DEDICACIÓN
DE IGLESIAS Y ALTARES
EXISTENCIA
CRISTIANA Y LITURGIA
FORMACIÓN
LITÚRGICA DE LOS FUTUROS PRESBÍTEROS
LITURGIA EN EL
NUEVO CÓDIGO DE DERECHO CANÓNICO
LITURGIAS
LOCALES ANTIGUAS (ORIGEN Y DESARROLLO)
MOVIMIENTO
LITÚRGICO EN ESPAÑA
OBJETOS
LITÚRGICOS/ VESTIDURAS
RELIGIONES
NO-CRISTIANAS Y FIESTAS
RELIGIOSIDAD
POPULAR Y LITURGIA
VIRGINIDAD
CONSAGRADA EN LA IGLESIA
NUEVO DICCIONARIO LITURGIA
Ediciones
Paulinas
NUEVO DICCIONARIO
DE
LITURGIA
dirigido por
D. Sartore y
Achule M. Triacca
adaptó la
edición española
Juan María
Cañáis
2.a
edición
EDICIONES
PAULINAS
Traductores:
Severiano Blanco
Pacheco Macario Diez Presa Domiciano Fernández García Pablo Largo
Domingo Arturo Pinacho Sánchez Fernando Torres Pérez José
María Vegas Molla
Coordinación:
Isidoro
Sánchez Sánchez
Revisión
literaria:
Ezequiel Varona
Valdivielso
Bibliografía:
Julián
López Martín
© Ediciones
Paulinas 1987 (Protasio Gómez, 11-15. 28027 Madrid) © Edizioni
Paoline. Roma 19842
Título
original: Nuovo Dizionario di Liturgia Fotocomposición: Marasán,
S. A. San Enrique, 4. 28020 Madrid Impreso por Fareso. Paseo de
PRESENTACIÓN
A los veinte
años de la promulgación de la constitución
litúrgica Sacrosanctum concilium (3 de diciembre de 1963), ve la luz el Nuevo
Diccionario de liturgia: una obra que Edizioni Pauline habían programado
y cuya dirección se nos había encomendado desde el verano de
1979.
He aquí la
motivación que estimuló al editor a proyectarlo y a nosotros a
realizarlo: ya casi concluida, también en su versión italiana,
la reforma de los libros rituales, era finalmente posible preparar un
instrumento que ayudase de alguna manera al pueblo de Dios a asimilar las
inmensas riquezas teológico-espirituales de la liturgia renovada y,
consiguientemente, a celebrar los santos misterios "en espíritu y
en verdad". Efectivamente, todos teníamos (y tenemos) a la vista
los frutos de la reforma, "respondiendo a las realidades que el movimiento
litúrgico había preparado y como cumplimiento de las esperanzas con
que tantos hombres de la iglesia habían trabajado y orado" (Pablo
VI). Pero había (y sigue habiendo) una notoria diferencia entre los
enunciados teóricos y programáticos de la constitución
y de los documentos subsiguientes, por un lado, y las concretas
realizaciones pastorales, por otro. En las comunidades cristianas
aún sigue siendo muy parcial la renovación de la mentalidad:
así lo atestiguan la permanencia de una cierta orientación
ritualista, la falta de preparación del clero y de los fieles, la ausencia
de animación litúrgica y el escaso funcionamiento de los
organismos promocionales.
Había,
pues, lugar para un diccionario litúrgico que respondiese a tales
intenciones y se distinguiera tanto de las obras similares publicadas
también por Edizioni Paoline antes de la reforma (citemos solamente
el Novissimo dizionario di liturgia, de Gerhard Podhradsky, 1968) como de
esa notable colección de documentos ordenados
alfabéticamente por temas que es el Dizionario liturgico-pastorale,
de mons. Antonio Mistrorigo (Padua 1977).
Tenemos hoy la
satisfacción de ofrecer al público el resultado de otros cuatro
años de intenso trabajo, llevado a cabo por una comunidad ideal de
cincuenta y siete especialistas: entre todos hemos tejido las ciento diez voces
monográficas de este Diccionario, que pretenden llenar todo el amplio
horizonte de la liturgia renovada.
Queremos suponer
que tampoco para nuestro Diccionario resulte inadecuada la calificación
de Nuevo, que viene a catalogarlo junto a otros estimables volúmenes de
la serie "Diccionarios EP". En efecto,
Presentación
6
en su
realización se ha procedido siempre, desde la inicial programación
de los temas, conforme a tres directrices fundamentales que habían de
darle su consiguiente peculiaridad. Aludimos concretamente a la
concepción teológica de la liturgia que nos ha guiado, al
esfuerzo por conseguir una apertura interdisciplinar y a la atención
tenazmente dirigida a la problemática actual.
1. Como corriente
subterránea a través de todo el Diccionario, aparecerá
ante todo una concepción teológica de la liturgia, fundada en la
cristología, en la pneumatología y en la eclesiología, y
reflejándose en una espiritualidad, en una pastoral, en una
pedagogía y en una catequesis con impronta litúrgica.
La celebración
cristiana es la actualización de la salvación-haciéndose-historia
(misterio); tal salvación aparece re-presentada en la celebración
conmemorativa con el fin de poder traducirse en la existencia concreta, en la
vida de las comunidades cristianas (encontramos aquí la
dimensión santificadora de la liturgia). La presenciaacción
de Cristo y del Espíritu Santo en la celebración eclesial se
ordena a su vez a introducir a los fieles en la obra divina a través de
una actitud y comportamiento cada vez más conscientes y responsables
(participación), a fin de poder así tributar a Dios un culto en
espíritu y en verdad (es la dimensión cultual). La
celebración litúrgica es, pues, cima (en cuanto culto) y
fuente (en cuanto santificación) de todo el compromiso cristiano,
en el que la liturgia celebrada se convierte en vida.
Misterio-celebración-vida:
dentro de esta vigorosa línea teológica de pensamiento se mueve
enteramente el Diccionario, distante al máximo y por igual del
rubricismo y del historicismo, a los que, por lo demás, se limitaban no
pocas publicaciones litúrgicas del pasado.
2. La segunda
directriz dentro de la cual nos hemos movido es presentar dicha
concepción teológica en un contexto interdisciplinar. Las
aportaciones de las ciencias humanas, oportunamente invocadas en lo
concerniente a nuestro tema (Antropología cultural, Cultura, Fiesta,
Psicología, Rito, Sagrado, Signo, Sociología), intentan favorecer
la continuidad y hasta la traducción de los contenidos teológicos
de fondo (Teología litúrgica, Biblia y liturgia, Jesucristo,
Misterio pascual, Sacrificio, Misterio, Celebración, Memorial,
Espíritu Santo) en la praxis de las comunidades cristianas (Pastoral
litúrgica, Catequesis, Asamblea, Animación, Estilos celebrativos,
Existencia cristiana, Trabajo, Promoción humana). Queremos recordar, a
este propósito, cómo en el Diccionario se reserva una voz
adecuada para
cada uno de los
nuevos libros rituales destinados a las celebraciones de los sacramentos y de
los sacramentales.
7
Presentación
3. En tercer
lugar, nos hemos esforzado por prestar atención a la actualidad, es
decir, a los grandes problemas que marcan la vida eclesial de hoy y que
repercuten en su experiencia litúrgica. El Diccionario no
sólo representa una serie entera de voces claramente marcadas por este
rasgo específico, sino que incluso todas sus aportaciones se abren
con una aproximación de carácter socio-cultural, intentando dar a
los interrogantes que surgen de la problemática de hoy respuestas
enraizadas en la perenne y vital tradición de la iglesia y
revalorizadoras de la contribución de las ciencias humanas.
La finalidad del
Diccionario es a la vez informativa y formativa. Creemos que la
información aquí recogida es verdaderamente poliédrica,
merced al aludido carácter interdisciplinar (y adviértase que, al
hablar de la misma, no hemos mencionado las voces relativas a la historia de la
liturgia, a las bellas artes, al canto, al derecho, etc.). Sin hablar de las
apretadas bibliografías con que se cierra cada aportación, que
contribuyen a ensanchar más aún el campo de estudio. Pero lo
que se persigue con la información es una más profunda
formación
litúrgica, entendida y considerada como aspecto fundamental de la
formación integral del hombre-cristiano en la iglesia.
Deseamos que este
Diccionario sea útil a todos los que están llamados a ser
protagonistas de la liturgia mediante su participación, a través
de las diversas funciones ministeriales, en las celebraciones de los sagrados
misterios: los pastores de almas, sobre todo, y después
sucesivamente los demás agentes pastorales: animadores litúrgicos,
catequistas y, en general, todos cuantos en las comunidades locales
desempeñan algún ministerio de orden (como los diáconos),
constituidos o de hecho; y el cada vez más compacto frente de laicos
cristianos, mujeres y hombres, religiosos y no religiosos, que están ya
experimentando y aspiran a vivir más intensamente la liturgia como
culmen et fons de su compromiso. Creemos que también los profesores de liturgia,
y ciertamente sus alumnos, podrán racar provecho del Diccionario,
así como los teólogos que, dentro de sus respectivas y distintas
especialidades, deseen realizar una confrontación interdisciplinar
con la liturgia. Y con fruto consultarían el presente volumen
periodistas, agentes culturales, etc., cuando se acercan a la ritualidad
cristiana bajo el impulso de los más diversos intereses.
Para ayudar a
toda esta clase de destinatarios a aprovecharse de las riquezas de la obra y,
por tanto, para facilitarles su múltiple utilización, hemos
presentado diez distintas propuestas de lectura sistemática, parcial o
total.
Al final del
volumen un Pequeño vocabulario litúrgico, preparado por
Aurelio Nosetti y Cario Cibien, ofrece la explicación de términos
técnicos, o relativos a las liturgias no-romanas y a la historia de
la liturgia, que no han podido disponer de espacio dentro de cada una de las
voces.
No vamos a
extendernos más sobre la utilidad del índice analí
8
Presentación
tico, en el que
se evidenciarán las múltiples temáticas estudiadas en el
Diccionario, bastante más numerosas de las que figuran como temas de las
ciento diez voces monográficas.
Según una
célebre expresión de Pío XII, el movimiento
litúrgico fue "como un paso del Espíritu Santo por su
iglesia". A su soplo renovador obedecieron los padres del Vaticano II que
elaboraron la constitución litúrgica y Pablo VI, quien la
promulgó con ellos y llevó después a feliz término
toda la reforma. Nos atrevemos a esperar que el Nuevo Diccionario de liturgia
pueda servir como un segundo instrumento entre la voz del Espíritu y el
corazón de los fieles, para la vida del mundo.
DOMENICO SARTORE,
CSJ ACHILLE M. TRIACCA, SDB
INTRODUCCIÓN
A
El Nuevo
diccionario de liturgia, en su versión castellana, aparece publicado
precisamente cuando se cumple el veinticinco aniversario de la primera
sesión del concilio Vaticano II, presidida por el papa Juan XXIII. En
estos veinticinco años se ha llevado a término la más
amplia y completa reforma litúrgica que conoce la historia.
Ya el papa
Pío XII en 1956, hablando del movimiento litúrgico, dijo que era
"un paso del Espíritu por su Iglesia". Afirmación que
repitió el concilio (SC43). La reforma litúrgica posconciliar se
puede comparar a una semilla que encierra en su pequenez la vida y necesita
del tiempo para madurar y fructificar. Han brotado ya algunas flores y algunos
frutos, pero la cosecha puede y debe ser mucho mayor en años sucesivos.
Hoy la liturgia
se enmarca en la historia de la salvación, en el misterio pascual de
Cristo y en su sacerdocio, superando los enfoques meramente rubricistas o
jurídicos; se da prioridad a la palabra de Dios, uno de los ejes de la
celebración; se valora, desde la eclesiología conciliar, la
participación activa de la comunidad cristiana en la liturgia; los
nuevos libros litúrgicos, con sus introducciones teológico-pastorales,
marcan un nuevo estilo celebrativo y otros muchos aspectos positivos. Se
reconoce también, por el contrario, que no todos los objetivos de la
renovación litúrgica se han cumplido, unas veces por la
deficiencia de formación para comprender la reforma realizada y otras
por la desilusión al no conseguir unos frutos inmediatos.
El Nuevo
diccionario de liturgia recoge ampliamente el fruto de todos los estudios
realizados en este tiempo de reforma litúrgica y lo presenta a los
lectores de una forma sintética y sistemática; ofrece un
instrumento de información y de formación a todos los agentes
y animadores de la celebración y a todos los interesados por la
liturgia.
En la
traducción castellana se han introducido algunas novedades que debe
conocer el lector. Quizá merecerían una amplia justificación,
pero creemos que es suficiente una breve explicación. Se ha enriquecido
el volumen con quince voces nuevas, se han sustituido dos y se han adaptado
otras.
VOCES NUEVAS:
• Misal
romano y Leccionario: estos dos libros, por su importancia y su uso
cotidiano, se han desglosado de la voz Libros litúrgicos, y se han
creado dos voces más.
Introducción
a ia ed. española 10
Catecumenado y Diaconado: en la pastoral
moderna se da mucha importancia a la necesidad y organización del
catecumenado; se está revitalizando el diaconado en las iglesias
diocesanas.
Liturgia hispana: en un diccionario
litúrgico castellano no podía faltar dicha voz; ha sido la
liturgia celebrada durante siglos en España; se continúa
celebrando en la catedral de Toledo todos los días y en la actualidad
está en período de reforma.
Tiempo ordinario: es el tiempo más
largo y más ceniciento del año litúrgico, que precisa una
atención especial en la pastoral.
• Nuevas
plegarias eucarísticas y Movimiento litúrgico en España:
estas dos voces vienen a enriquecer y a ampliar las que existen en el
Diccionario, a saber: Plegaria eucarística y Movimiento
litúrgico.
•
Exorcismos y Canto gregoriano: palabras que se mencionan varias veces en
algunas voces y qué necesitaban una ampliación de su historia y
contenido.
VOCES
SUSTITUIDAS.
Se ha
creído oportuno sustituir las siguientes voces: Triduo pascual y
Evangelización y liturgia. La primera por reducirse al triduo sacro y no
incluir el tiempo pascual. La otra por estar orientada exclusivamente en
perspectiva italiana.
VOCES ADAPTADAS:
En algunas voces
ha sido preciso "desitalianizar" datos y referencias que no
ofrecían interés alguno para los lectores de la traducción
castellana. Las voces más adaptadas han sido: Organismos
litúrgicos y Pastoral litúrgica.
BIBLIOGRAFÍA:
En cada voz se
ofrece una bibliografía selecta publicada en castellano, para que
el lector pueda ampliar sus conceptos y poder ver una perspectiva desde
ángulos complementarios.
VOCABULARIO:
La edición
italiana incluye un pequeño y útil Vocabulario, que facilita la
comprensión de ciertos vocablos técnicos que el lector puede encontrar
en el interior de la voz. En la versión castellana se han añadido
nuevas palabras y se han ampliado o abreviado otras.
JUAN M.a CANALS,
CMF
DIRECCIÓN
Y COLABORADORES
DIRECTORES
DOMENICO SARTORE,
CSJ - ACHILLE TRIACCA, SDB
Del Pontificio
Instituto Litúrgico S. Anselmo, Roma
COLABORADORES
ABRUZZINI
Eugenio: arquitecto; profesor de arquitectura en el Pontificio Instituto
litúrgico "San Anselmo" (Roma). Voz: Arquitectura.
AUGE
Matías, cmf (España): profesor de critica y hermenéutica
litúrgica en el Pontificio Instituto litúrgico "San
Anselmo" (Roma) y en el Instituto de Teología de
BAROFFIO
Bonifacio, osb: profesor de canto gregoriano y vicedirector del Pontificio
Instituto de Música sagrada (Roma). Voz: Sacerdocio.
BERGAMINI
Augusto, mons. (diócesis de Módena): profesor de teología
de la revelación en el Estudio teológico interdiocesano de
Reggio Emilia. Voces: Año litúrgico; Adviento; Culto;
Navidad/Epifanía; Cuaresma.
BRANDOLINI Luca,
cm: profesor de liturgia en el Instituto de Ciencias religiosas de
BROVELLI Franco
(diócesis de Milán): profesor de liturgia y de historia de la
liturgia en
CALABUIG Ignacio,
osm (España): profesor de liturgia en
CASTELLANO
Jesús, ocd (España): profesor de teología sacramental y de
espiritualidad litúrgica en
Escatología;
Oración y liturgia; Religiosidad popular y liturgia/ II; Virgen
María.
CHUPUNGCO Anscar,
osb (Filipinas): profesor de liturgia en el Pontificio Instituto
litúrgico "San Anselmo" (Roma) y director del mismo Instituto.
Voz: Adaptación.
CIBIEN Cario,
ssp: profesor de liturgia como hecho dramático en el Estudio paulino
internacional de
COLOMBO Gianni
(diócesis de Novara): profesor de liturgia y de teología sacramental
en el Instituto de Liturgia pastoral "Santa Justina" (Padua) y en el
Seminario episcopal San Gaudencio (Novara). Voces: Matrimonio; Unción de
los enfermos.
COSTA Eugenio
jr., sj: profesor de canto y musicología litúrgica en el
Instituto diocesano de Música (Turín) y en el Instituí de
musique liturgique (París); redactor de "Música e
Assemblea". Voz: Canto y música/IV-VI.
Colaboradores 12
CUVA Armando,
sdb: profesor de liturgia en
DELLA TORRE Luigi
(diócesis de Roma): director de "Servizio della Parola".
Voces:
Homilía;
Pastoral litúrgica.
DI SANTE Carmine:
ex profesor de liturgia en el Instituto teológico de Asís. Voz:
Cultura y
liturgia.
DONGHI Antonio
(diócesis de Bérgamo): profesor de liturgia en el Seminario
episcopal de Bérgamo y en el Instituto regional lombardo de
Pastoral (Milán). Voces:
Profesión
de fe; Sacramentales.
FALSINI Rinaldo,
ofm: profesor de introducción a la teología en
FERRARO Giuseppe,
sj: profesor de teología en
Orden I
Ordenación.
GATTI Vincenzo,
fba: profesor de liturgia y de iconografía en el Instituto superior
internacional de Arte y Liturgia (Milán). Voz: Arte.
GELSI Daniel,
osb: profesor de liturgia oriental en el Pontificio Instituto litúrgico
"San Anselmo" (Roma) y de teología oriental en
GIBERT Tarruel
Jordi, o.cist. (España): profesor de liturgia en el Pontificio Instituto
litúrgico "San Anselmo" (Roma); oficial de
GOLDIE Rosemary
(Australia): profesora de teología del laicado en
HÁRING
Bernhard, cssr (Alemania): profesor de teología moral en
JOUNEL Pierre,
mons. (Francia): profesor honorario en el Institut supérieur de liturgie
del Institut Catholique (París). Voces: Dedicación de iglesias y
de altares; Lugares de celebración; Santos, Culto de los.
LEVER Franco,
sdb: profesor de teorías y técnicas de la comunicación
social en
LODI Enzo, mons.
(diócesis de Bolonia): profesor de liturgia en el Estudio
teológico académico bolones (Bolonia). Voces: Ministerio/
Ministerios; Obispo.
LOPEZ-GAY
Jesús, sj (España): profesor de misionología en las
Pontificias Universidades gregoriana y urbaniana (Roma). Voz: Misiones y
liturgia.
MAGGIANI Silvano,
osm: profesor de teología litúrgico-sacramental en
13 Colaboradores
MAGRASSI Mariano,
osb: arzobispo de Barí; presidente de
MARSILI
Salvatore, abad osb: profesor de teología litúrgica en el
Pontificio Institut" litúrgico "San Anselmo" (Roma) y
fundador del mismo Instituto; director de "Rivista Litúrgica".
Voces: Liturgia; Sacramentos; Teología litúrgica.
MAZZA Enrico
(diócesis de Reggio Emilia): profesor de liturgia y de teología
de los sacramentos en el Estudio teológico interdiocesano de Reggio
Emilia. Voz: Niños-
NEUNHEUSER
Burkhard, osb (Alemania): ex profesor de liturgia en el Pontificio Instituto
litúrgico "San Anselmo" (Roma); ex director del mismo
Instituto. Voces:
Memorial;
Misterio; Movimiento litúrgico; Sacrificio; Espiritualidad
litúrgica; Historia de la liturgia.
NOCENT Adrien,
osb (Bélgica): profesor de historia y teología de los sacramentos
en el Pontificio Instituto litúrgico "San Anselmo" (Roma) y en
OSSI Michele
(diócesis de Vittorio Véneto): profesor de liturgia en el Estudio
teológico de Treviso-Vittorio Véneto; secretario de
Organismos
litúrgicos/1.
PASQUALETTI
Gottardo, imc: ex ayudante de estudio en el "Consilium ad exsequendam
constitutionem de s. liturgia" y en
PELLEGRINO
Michele: cardenal de la santa Iglesia romana. Voz: Padres y liturgia.
PETRAZZINI
María Luisa: miembro de
PINELL Jordi, osb
(España): profesor de liturgia en el Pontificio Instituto
litúrgico "San Anselmo" (Roma). Voz: Liturgias locales
antiguas (origen y desarrollo).
PINKUS Lucio,
osm: profesor de psicología en
PISTOIA
Alessandro, cm: director de "Ephemerides Liturgicae". Voces:
Creatividad; Compromiso; Historia de la salvación.
RAFFA Vincenzo,
fdp: profesor de liturgia y de patrología en el Instituto
teológico "Don Orione" (Roma). Voz: Liturgia de las Horas.
RAINOLDI Felice
(diócesis de Como): musicólogo, profesor de liturgia en el Seminario
teológico de Como. Voz: Canto y música/I-II1.
ROSSANO Pietro:
obispo auxiliar de Roma para la pastoral de la cultura; rector magnífico
de
ROSSO Stefano,
sdb: profesor de liturgia en
RUSPI Walter
(diócesis de Novara): profesor de teología litúrgica y de
catequética e^ el Instituto de Liturgia pastoral "Santa
Justina" (Padua). Voz: Jóvenes.
( olaboradores 14
SARTORE Domenico,
csj: profesor de liturgia en el Instituto teológico de los Padres
Josefinos de Murialdo (Viterbo), en el Pontificio Instituto litúrgico
"San Anselmo" (Roma) y en
SCICOLONE
lldebrando, osb: profesor de liturgia en el Pontificio Instituto
litúrgico "San Anselmo" (Roma) y de introducción a la
liturgia en
SERRAC1NO INGLOTT
Peter, fba (Malta): profesor de filosofía de la comunicación en
el Instituto superior internacional de Arte y Liturgia (Milán) y en
SO DI Manlio,
sdb: del Centro catequístico salesiano de Turín-Leumann; profesor
de liturgia en
SORC1 Pietro,
ofm: profesor de liturgia en
TAMBURRINO
Pío, osb de
TERRIN Aldo
Natale (diócesis de Padua): del departamento de ciencias religiosas de
Antropología
cultural; Religiosidad popular y liturgia/1; Sagrado/1.
TRIACCA Achule,
sdb: profesor de teología litúrgica y sacramental en
VENTURI
Gianfranco, sdb: profesor de liturgia en
VISENTIN Pelagio,
osb: profesor de teología dogmática y de liturgia en
COLABORADORES DE
BELLAVISTA Joan:
profesor de liturgia en
BOH AJAR
José: profesor de
BOROBIO Dionisio:
profesor de liturgia y sacramentos en
CANALS Juan
María, cmf: director del Instituto teológico de Vida religiosa
(Madrid). Ha dirigido la adaptación española del Nuevo
diccionario de liturgia.
15 Colaboradores
CARMONA Manuel:
rector del Seminario de Jaén; consultor del Secretariado nacional
de Liturgia. Voz: Nuevas plegarias eucarísticas.
CORTES J.B., sj:
profesor en el Centro de Estudios Superiores de Alicante. Voz:
Exorcismos y
liturgia.
FARNÉS Pere:
profesor de liturgia en
FERNANDEZ Pedro,
op: profesor de teología litúrgica y sacramentos en
FERNANDEZ DE
GONZÁLEZ
José Manuel: profesor de liturgia y delegado diocesano de liturgia
(Cádiz). Voz: Movimiento litúrgico en España.
LÓPEZ
Julián: miembro del Secretariado nacional de Liturgia y profesor en
RAMOS Manuel, sj:
profesor de liturgia en
Evangelización
y liturgia.
LISTA DE
ABREVIATURAS
Documentos del
concilio Vaticano II
AA Apostolicam
actuositatem AG Ad gentes CD Christus Dominus DH Dignitatis humanae DV Dei
Verbum GE Gravissimum educationis GS Gaudium et spes IM ínter mirifica
LG Lumen gentium NA Nostra aetate OE Orientalium ecclesiarum OT Optatam totius
PC Perfectae caritatis PO Presbyterorum ordinis SC Sacrosanctum concilium UR
Unitatis redintegratio
Libros
litúrgicos: editio typica latina
CR Calendarium
Romanum (1969) DMP Sacra Congregatio pro Cultu Divino, Directorium de Missis
cum pueris (1973) IGLH Officium Divinum, Institutio Generalis Liturgiae Horarum
(en LH,
vol. I) IGMR
Missale Romanum, Institutio Generalis Missalis Romani (en MR) ILA Pontificale
Romanum, De Institutione Lectorum et Acolytorum, de
admissione
ínter candidatos ad Diaconatum et Presbyteratum, de sacro coelibatu
amplectendo (1972) LH Officium Divinum, Liturgia Horarum iuxta ritum romanum (4
vols.;
1971-1972) MR
Missale Romanum (19701; 19752) OBAA Pontificale Romanum, Ordo Benedictionis
Abbatis et Abbatissae
(1970) OBO
Pontificale Romanum, Ordo Benedicendi Oleum catechumenorum et
infirmorum et
conflciendi chrisma (1970) OBP Rituaie Romanum, Ordo Baptismi Parvolurum
(I9691; 19732) OC Pontificale Romanum, Ordo Conjirmationis (191 \) OCIMV Ordo
Coronandi Imaginem b. Mariae Virginis (1981) OCM Rituaie Romanum, Ordo
Celebrandi Matrimonium (1969) OCV Pontificale Romanum, Ordo Consecrationis
Virginum (1970) ODEA Pontificale Romanum, Ordo Dedicationis Ecclesiae et
Altaris (1977) ODPE Pontificale Romanum, De Ordinatione Diaconi, Presbyteri et
Episco
/>/ (1968) OE
Rituaie Romanum, Ordo Exsequiarum (1969) OICA Rituaie Romanum, Ordo
Initiationis Christianae Adultorum (1972';
reimpressio
emendata 1974) 18
Abreviaturas
OLM Missale
Romanum, Ordo Lectionum Missae (19691; 198P) OP Rituale Romanum, Ordo
Paenilemiae (11974) OPR Rituale Romanum, Ordo Professionis Religiosae (19701);
reimpressio
enmendata 1975,
sin la inscripción "Rituale Romanum" OUI Rituale Romanum, Ordo
Unctionis Infirmorum eorumque pastoralis curae (1972) SCCME Rituale Romanum, De
Sacra Communione et de Cultu Mystehi Eucharistici extra missam (1973)
Libros
litúrgicos: versión oficial castellana
B Ritual Romano,
Bendicional (1986) DÍA Pontifical Romano, Ritual de
(1980) DMN
Directorio para las Misas con Niños (1974) L Misal Romano, Leccionario
(9 t.; 1971-1984) LH Oficio Divino, Liturgia de las Horas (1979) LMN
Leccionario para las Misas con Niños (1975) M R Misal Romano (1971';
19782) OGLH Oficio Divino, Ordenación general de
Abadesa RBO
Pontifical Romano, Ritual de
nos y Enfermos y
de
Eucaristía
fuera de
tero y del Obispo
(1977) RP Ritual Romano, Ritual de
(1974)
Colecciones,
diccionarios, fuentes y revistas
A AS Acta
Apostolicae Sedis (Ciudad del Vaticano 1909ss) ALW Archiv für
Liturgiewissenschaft (Maria Laach/Ratisbone 1950ss) Amb Ambrosius. Rivista di
pastorale ambrosiana (Milán 1924ss) Ang Angelicum (Roma 1924ss) Ant
Antonianum (Roma 1926ss) AS Assemblées du Seigneur (Abbaye St.
André, Brujas 1962) Asp Asprenas (Ñapóles 1953ss) ASS Acta
Sanctae Sedis (Roma 1865-1908) ASSCOVS Acta Synodalia Sacrosancti Concilii
Oecumenici Vaticani Secundi
(Ciudad del
Vaticano 1970) BAC Biblioteca de Autores Cristianos (Madrid) Bib Bíblica
(Roma 1920ss)
19 Abreviaturas
BL Bibel und
Liturgie (Klosterneuburg 1926)
BM
Benedictinische Monatschrift (Beuron 1919-1958)
BNL Bulletin
National de Liturgie (Montreal/Ottawa 1965)
BS Bibliotheca
Sanctorum (Roma 1961-1971)
BVC Bible et Vie
Chrétienne (Maredsous 1953ss)
BZ Biblische
Zeitschrift (Friburgo de B.-Paderborn 1903ss)
CAL Centro di
Azione Litúrgica, Roma
CC
CCL Corpus
Christianorum. Series Latina (Turnhout 1954ss)
CIC Codex Iuris
Canonici (1917; ref. 1983)
CL
Communautés et Liturgie (Brujas 1975ss)
CLD Centro
Litúrgico Diocesano
CLLA K. Gamber,
Códices Liturgici Latini Antiquiores (Friburgo Sv.)
CNPL Centre National
de Pastorale Liturgique, París
COD Conciliorum
Oecumenicorum Decreta (Bolonia 19622)
Con Concilium
(Cristiandad 1965ss)
CSCO Corpus
Scriptorum Christianorum Orientalium (París-Lovaina
1903ss)
CSEL Corpus
Scriptorum Ecclesiasticorum Latinorum (Viena 1866ss)
DACL Dictionnaire
d'Archéologie Chrétienne et de Liturgie (París 19071953)
DB Dictionnaire
de
DBS Dictionnaire
de
DCB Dizionario
dei Concetti Biblici del NT (Bolonia 1976)
DETM Diccionario
Enciclopédico de Teología Moral (Ediciones Paulinas 19865) DIP
Dizionario degli Istituti di Perfezione (Edizioni Paoline 1974ss) DS
Diccionario de Sociología (Ediciones Paulinas 1986) Div Divinitas
(Ciutad del Vaticano 1957) DPILS 1 Documenta Pontificia ad Instaurationem
Liturgicam Spectantia
(1903-1953), a
cargo de A. Bugnini (Roma 1953) DPILS 2 Documenta Pontificia ad Instaurationem
Liturgicam Spectantia (1953-1959), a cargo de A. Bugnini (Roma 1959) DS H.
Denzinger-A. Schónmetzer, Enchiridion Symbolorum, definitionum et
declarationum de rebus fidei et morum (Friburgo de B. 196734) DSAM Dictionnaire
de Spiritualité, Ascétique et Mystique (París 1937ss) DTAT
Dizionario
Teológico dell'Antico Testamento (Turín 1978s)
DTC Dictionnaire
de Théologie Catholique (París 1903-1972)
DTI Diccionario
Teológico Interdisciplinar (Sigúeme, 1982)
EC Eglise qui
Chante (París 1954ss)
EDIL Enchiridion
Documentorum Instaurationis Liturgicae, I, 1963-1973, ed. R. Kaczynski
(Turín 1976) EL Ephemerides Liturgicae (Roma 1887ss) EncC Enciclopedia
Cattolica (Ciudad del Vaticano 1949-1954) ETL Ephemerides Theologicae
Lovanienses (Lovatna 1924ss) EU Enciclopaedia Universalis (París 1968ss)
EV Enchiridion Vaticanum, Documentos oficiales de
GCS Die
Griechischen Christlichen Schriftsteller der ersten drei Jahrhunderte
(Leipzig 1897ss) GD Gottesdienst (Friburgo-Viena-Einsiedeln 1967) GeV
Sacramentarium Gelasianum Vetus GLNT Grande Lessico del NT, Brescia 1965ss Greg
Gregorianum (Roma 1920ss) HD Heiliger Dienst (Salsburgo 1947) Ir
Irénikon (Chevetogne 1926ss) JLW Jahrburch für Liturgiewissenschaft
(Münster 1921-1941; después:
ALW)
Abreviaturas
20
JThST The Journal
of Theological Studies (Londres 1899ss) Leit Leitourgia. Handbuch des
Evangelischen Gottesdienstes, a cargo de
K. F.
Müller-W. Blankenburg (Kassel 1954-1970) Lit Liturgia. Notiziario
quindicinale del Centro di Azione Litúrgica
(Roma 1967ss) LJ
l.iturgisches Jahrbuch (Münster-Tréveris 1951ss) LQF
Liturgiegeschichtliche Quellen und Forschungen (Münster 1909ss) I.TK
Lexikon für Theologie und Kirche (Friburgo de B. 1957-19652) l.iimV
Lumiére et Víe (Lyon 1952ss) I V Lumen Vitae (Bruselas 1946ss)
l.V(' Liturgie et Vie Chrétienne (Montreal 1955ss) LW Liturgisch
Woordenboek (Roermond 1958ss) MA Música e Assemblea (Brescia 1973ss)
Miinsi J.D. Mansi, Sacrorum Conciliorum nova et amplissima Collectio,
reimpr.
anastática (Graz 1960-1962) Mar Marianum (Roma 1939ss) MI)
1857-1866) Ph
Phase (Barcelona 196lss) PL J.-P. Migne, Patrologiae Cursus Completus, Series
Latina (París
1844-1864) QL(P)
(Les) Questions Liturgiques (et Paroissiales) (Lovaina 1921ss) RAC Rivista di
Archeologia Cristiana (Roma 1924ss) RAM Rivista di Ascética e
Mística (Florencia 1956ss) RasT Rassegna di Teología
(Nápoles-Roma 1960ss) RB Revue Biblique (París I892ss) RBilt
Rivista Bíblica (Roma-Brescia 1953) RdQ Revue de Qumrán RED Rerum
Ecclesiasticarum Documenta, Series Maior (Roma 1956ss) RevB Revue
Bénédictine (Maredsous 1894ss) RevSR Revue de Sciences
Religieuses (Estrasburgo 192lss) RGG Die Religión in Geschichte und
Gegenwart (Tubinga 19272-1932) RHE Revue d'Histoire Ecclésiastique
(Lovaina 1900ss) RL Rivista Litúrgica (Finalpia/Turín-Leumann
1914ss) RPL Rivista di Pastorale Litúrgica (Brescia 1963) RSLR Rivista
di Storia e Letteratura Religiosa (Florencia 1965) RSR Recherches de Science
Religieuse (París 1910ss) RTAM Recherches de Theologie Ancienne et
Médiévale (Lovaina 1929ss) RTL Revue Théologique de
Louvain (Lovaina 1970ss)
Sal Salesianum
(Turín-Roma 1939ss) SC Sources Chrétiennes (París 1942ss)
ScC
21 Abreviatura*
SFS Spicilegium
Friburgense Subsidia (Friburgo/Sv. 1968ss) SSL Spicilegium Sacrum Lovaniense
(Lovaina 1922ss) ST Studi e Testi (Ciudad del Vaticano 1900ss) StL Studia
Litúrgica (Nieuwedam 1962ss) TA Texte und Arbeiten (Beuron 1930ss) TG
Theologie und Glaube (Paderborn 1909ss) ThS Theological Studies (Woodstock
1940ss) ThWNT Theologisches Worterbuch zum NT (Kittel) (Stuttgart 1933ss) TL
Tijdschrift voor Liturgie (Affligem 1919ss) TLL Thesaurus Linguae Latinae
(Leipzig 1910) TQ Theologische Quartalschrift (Tubinga 1819ss) TU Texte und
Untersuchungen zur Geschichte der altchristlichen Litera
tur
(Leipzig-Berlín 1882ss) VC Vigiliae Christianae (Amsterdam 1947ss) VD
Verbum Domini (Roma 192lss) VS
Otras
abreviaturas
a.c.
artículo citado AT Antiguo Testamento
l.c. lugar citado
LXX Septuaginta (versión griega del AT, llamada de los Setenta) NT Nuevo
Testamento
o.c. obra citada
p., pp. página, páginas s., ss. siglo, siglos v., vv.
versículo, versículos Vat. II Concilio Vaticano II / signo que
remite a otras voces del Diccionario
PROPUESTAS DE
LECTURA SISTEMÁTICA
Múltiples
son los modos de utilizar el Nuevo diccionario de liturgia (NDL): pueden variar
según el interés del lector, su formación o su
función eclesial, la urgencia de encontrar uno u otro tema.
Existe, sin
embargo, en el interior del NDL una concatenación orgánica, como
indica la flecha (/) que remite de una voz a otra: quien lo desea puede emplear
esta primera forma de lectura.
Pero la
organicidad y la sistematicidad que se han tenido presentes al idear y realizar
el NDL nos han permitido elaborar diez propuestas de lectura ordinaria. El
lector que quiera examinarlas para su utilidad encontrará aquí su
elenco.
A la primera
propuesta, que se apoya en la liturgia como realidad eclesial (I), siguen dos
guías (pistas) para el estudio: la primera sugiere un acercamiento
sistemático de la liturgia (II), la segunda presenta la estructura de la
enseñanza según la "Instrucción sobre la
formación litúrgica en los seminarios" (lll). La liturgia
puede considerarse también en su naturaleza propia de obra divino-humana
y en sus características (IV); asimismo se la puede considerar en
relación a las condiciones de vida de los miembros del pueblo de Dios
(V) y a la fuerte instancia de la actualidad proveniente del mundo
contemporáneo (VI). Por fin, la liturgia puede verse como tarea pastoral
(VII), como celebración (VIII) y como celebración de una asamblea
concreta (IX). La última propuesta (X) intenta facilitar una relectura
de la constitución "Sacrosanctum concilium" y de los
documentos (y libros) de la reforma litúrgica.
I.
La liturgia es el
misterio re-presentado en la celebración para la vida; debe vivirse como
culto en espíritu y verdad. La realidad constitutiva de la liturgia se
concatena del modo siguiente:
1. Liturgia
* / Liturgia
2. Misterio
* / Misterio /
Misterio pascual / Historia de la salvación / Biblia y liturgia / Memorial
3.
Celebración
* /
Celebración / Jesucristo / Espíritu Santo / Iglesia y liturgia /
Sacerdocio / Asamblea
4. Vida
/ Participación /
Antropología cultural / Pastoral litúrgica / Catecumenado /
Catequesis / Cultura y liturgia
/ Formación litúrgica /
Promoción humana / Existencia cristiana / Familia / Trabajo / Compromiso
Propuestas de
lectura sistemática 24
ESTUDIO SISTEMÁTICO DE
La liturgia en cuanto
"misterio" puede ser estudiada desde:
a)
Teología bíblico-litúrgica:
* / Biblia y
liturgia / Historia de la salvación / Memorial
b)
Teología dogmática:
* / Fe y liturgia
/ Profesión de fe
c)
Teología litúrgica:
* /
Teología litúrgica / Misterio / Misterio pascual
* / Jesucristo /
Espíritu Santo / Iglesia y liturgia
* / Culto /
Sacerdocio / Sacrificio
* / Tiempo y
liturgia / Año litúrgico / Escatología
* / Sacramentos /
Sacramentales / Liturgia de las Horas
2. La liturgia en
cuanto "misterio celebrado" puede ser estudiada desde: a)
Teología de la celebración:
* /
Celebración / Teología litúrgica / Memorial / Culto
b) Historia
litúrgica:
* / Historia de
la liturgia / Liturgias locales antiguas / Ambrosiana, Liturgia (I) / Hispana,
Liturgia / Orientales, Liturgias / Padres y liturgia / Movimiento
litúrgico / Movimiento litúrgico en España
c)
Teología pastoral:
/ Pastoral litúrgica /
Catecumenado / Catequesis / Reforma litúrgica
/ Participación / Asamblea /
Animación / Estilos celebrativos / Homilía
/ Obispo / Orden/Ordenación /
Diaconado / Ministerio/Ministerios
d) Derecho
litúrgico:
* / Derecho
litúrgico / Liturgia en el nuevo CDC / Organismos litúrgicos
3. La liturgia en
cuanto "misterio celebrado para la vida" puede ser estudiada desde:
a) Antropología litúrgica:
/ Antropología cultural / Cultura
y liturgia
/Adaptación /Elementos naturales
/Gestos / Signo/Símbolo / Rito/Ritos / Religiosidad popular / Devociones
y liturgia / Sagrado / Secularización
Propuestas de
lectura sistemática
* /
Psicología / Sociología
* / Pastoral
litúrgica / Creatividad / Reforma litúrgica / Estilos
celebrativos / Animación / Homilía / Traducción
litúrgica / Lengua/Lenguaje litúrgico
* / Catequesis y
liturgia / Formación litúrgica / Evangelización y liturgia
* / Existencia
cristiana y liturgia / Promoción humana y liturgia / Compromiso /
Trabajo
* / Grupos
particulares / Familia / Mujer / Jóvenes / Niños / Asambleas sin
presbítero
b) Arte y
liturgia:
* / Arte
* / Arquitectura
/ Lugares de celebración / Objetos litúrgicos/Vestiduras
* / Canto y
música / Canto gregoriano / Canto mozárabe (en Hispana, Liturgia)
* / Mass media /
Comunicación en la eucaristía
c) Espiritualidad
litúrgica:
* /
Espiritualidad litúrgica / Participación
* /
Espíritu Santo / Jesucristo / Sacerdocio / Sacrificio / Culto
* / Virgen
María / Santos, Culto de los
* / Sacramentos /
Sacramentales / Bautismo / Confirmación / Eucaristía / Penitencia
/ Unción de los enfermos
* / Orden / Diaconado
/ Matrimonio / Virginidad consagrada / Consagración de vírgenes /
Profesión religiosa
* /
Oración y liturgia / Bendición
* / Año
litúrgico / Tiempo y liturgia / Tiempo ordinario / Domingo /
Fiesta/Fiestas
d)
Misiología litúrgica:
* / Misión
y liturgia
* /
Evangelización y liturgia / Existencia cristiana y liturgia
* / Ecumenismo /
Promoción humana / Compromiso
* / Fe y liturgia
/ Profesión de fe / Iniciación cristiana
* / Religiones no
cristianas / Adaptación / Religiosidad popular y liturgia / Sagrado /
Secularización / Fiesta/Fiestas
ENSEÑANZA
DE
Nociones y
principios
a)
Introducción sobre el culto presentado bajo el aspecto
antropológico y psicológico:
* / Culto /
Antropología cultural / Cultura y liturgia
* / Sagrado /
Secularización / Religiones no-cristianas
* /
Sociología / Psicología
b) Naturaleza de
la sagrada liturgia:
* / Liturgia /
Misterio / Culto / Celebración
Propuestas de
lectura sistemática 26
/ Historia de la salvación /
Misterio pascual / Memorial / Biblia y liturgia
/ Jesucristo / Espíritu Santo /
Iglesia y liturgia / Participación
/ Signo/Símbolo / Gestos /
Rito/Ritos
2. La liturgia
como acción de la jerarquía y de la comunidad: la ley
litúrgica
/ Obispo / Sacerdote / Diaconado /
Ministerio/ Ministerios / Asamblea
/ Celebración /
Participación / Animación / Estilos celebrattivos / Iglesia y
liturgia / Formación litúrgica de los futuros presbíteros
/ Adaptación / Creatividad /
Libros litúrgicos / Misal Romano / Leccionario de la misa /
Eucología
/ Derecho litúrgico / Liturgia en
el nuevo CDC / Organismos litúrgicos / Asambleas sin
presbítero
3. Aspecto
didáctico y pastoral de la liturgia
* / Pastoral
litúrgica / Reforma litúrgica
* / Catequesis /
Formación litúrgica / Espiritualidad litúrgica
* / Biblia y
liturgia / Eucología / Libros litúrgicos / Misal Romano /
Leccionario de la misa / Lengua/ Lenguaje litúrgico
* /
Signo/Símbolo / Rito/Ritos / Gestos / Elementos naturales / Cultura / Antropología
cultural
* / Arte /
Arquitectura / Lugares de celebración / Objetos
litúrgicos/Vestiduras / Canto y música / Canto gregoriano / Canto
mozárabe (en Hispana, Liturgia)
* / Fe y liturgia
/ Evangelización y liturgia / Exorcismos / Profesión de fe
* / Familia /
Grupos familiares / Jóvenes / Niños
4. Nociones sobre
la historia de la sagrada liturgia
/ Historia de la liturgia / Liturgias
locales antiguas / Ambrosiana, Liturgia / Hispana, Liturgia / Orientales,
Liturgias
/ Padres y liturgia / Movimiento
litúrgico / Movimiento litúrgico en España / Reforma
litúrgica / Libros litúrgicos / Misal Romano / Leccionario de la
misa
5. Misa y culto
eucarístico
* /
Eucaristía / Sacrificio / Memorial / Misterio / Misterio pascual
* /
Celebración / Concelebración eucarística / Culto
eucarístico
* /
Eucología / Biblia y liturgia / Libros litúrgicos / Misal Romano
/ Leccionario / Plegarias eucarísticas / Nuevas plegarias
eucarísticas / Bendición / Profesión de fe / Silencio
* / Sacerdocio /
Participación
* /
Oración y liturgia / Asamblea / Animación / Estilos celebrativos
* / Asambleas sin
presbítero
6. Otros
sacramentos y sacramentales
/ Sacramentos / Misterio / Misterio
pascual / Memorial
/ Iniciación cristiana /
Catecumenado / Bautismo / Confirmación / Orden/ Ordenación /
Diaconado / Matrimonio / Penitencia / Unción de los enfermos
/ Sacramentales / Ministerio/ Ministerios
/ Exorcismos y liturgia
27 Propuestas de
lectura sistemática
/ Bendición / Dedicación de
iglesias y de altares / Bendicional (en Libros litúrgicos) /
Procesiones / Exequias
/ Virginidad consagrada en la iglesia /
Consagración de vírgenes / Profesión religiosa
/ Virgen María / Santos, Culto de
los
/ Libros litúrgicos / Misal Romano
/ Leccionario / Eucología / Fe y liturgia / Profesión de fe
7.
Santificación del tiempo
/Tiempo y liturgia / Domingo /
Fiesta/Fiestas /Religiones no-cristianas y fiestas
/ Año litúrgico / Adviento
/ Navidad/Epifanía / Cuaresma / Triduo pascual / Pascua y
Pentecostés / Tiempo ordinario / Virgen María / Santos, Culto de
los / Calendario litúrgico / Escatología
/ Liturgia de las Horas / Salmos /
Oración y liturgia / Silencio
/ Participación / Espiritualidad
litúrgica / Existencia cristiana / Familia / Compromiso / Trabajo
/ Historia de la liturgia / Orientales,
Liturgias / Ambrosiana, Liturgia / Hispana, Liturgia
IV. NATURALEZA
PROPIA DE
Por su
naturaleza, la liturgia supera toda forma de culto presente en las / Religiones
no-cristianas, y se caracteriza de tal modo que los / Elementos naturales que
forman parte en la / Celebración, como los / Ritos, las / Fiestas, los /
Gestos, los / Signos, etcétera, se entienden según la clave de
lectura que es la / Fe (/ Profesión de fe). La liturgia es a la vez obra
divino-humana (cf SC 2). Para comprender rectamente su naturaleza, se puede
partir del aspecto divino o del aspecto humano. Es, sin embargo, importante no
descuidar uno u otro aspecto, o acentuar uno sobre el otro: este proceder
destruiría las características de la misma liturgia.
1. La liturgia es
obra divina
/ Historia de la salvación /
Misterio / Biblia y liturgia
/ Jesucristo / Espíritu Santo /
Sacerdocio
/ Memorial / Sacrificio / Misterio pascual
/ Celebración /
Participación / Fe y liturgia / Profesión de fe
/ Iglesia y liturgia / Asamblea / Domingo
/ Fiesta / Lengua/ Lenguaje litúrgico / Existencia cristiana y liturgia
/ Gestos / Signo/ Símbolo /
Elementos naturales / Arte
/ Promoción humana y liturgia /
Cultura y liturgia / Antropología cultural / Sociología /
Psicología / Secularización
2. La liturgia es
obra humana
* /
Antropología cultural / Cultura y liturgia / Sagrado / Psicología
/ Sociología
* / Rito/ Ritos /
Gestos / Signo/Símbolo / Fiesta/Fiestas
* /
Adaptación / Creatividad
Propuestas de
lectura sistemática 28
/ Compromiso / Familia / Trabajo /
Existencia cristiana y liturgia
/ Biblia y liturgia / Fe /
Profesión de fe / Participación
/ Asamblea / Iglesia y liturgia / Domingo
/ Tiempo y liturgia
/ Misterio pascual / Sacrificio /
Sacerdocio / Memorial
/ Misterio / Jesucristo / Espíritu
Santo
3.
Características de la liturgia en cuanto obra divino-humana (elenco
indicativo)
a)
Característica teocéntrica: La liturgia tiene su fin en el Padre
(/ Eucología), tiene su centro en el / Misterio de / Jesucristo con su /
Misterio pascual, en el que realiza su único / Sacrificio, que
después la / iglesia actualiza en los / Sacramentos, cuando celebra (/
Celebración) el / Memorial gracias al / Sacerdocio de Cristo
coparticipado en diferentes grados por los fieles (/ Participación) en
virtud del / Espíritu Santo.
b)
Característica comunitaria o eclesial: La / Historia de la
salvación se perpetúa en los / Sacramentos que la / iglesia
celebra reuniendo a los creyentes en / Asamblea. La / Celebración se
realiza "in-una cum-pro Ecclesia". Allí la palabra de Dios
encuentra reunidos a sus destinatarios (/ Biblia y liturgia, / Celebraciones de
la palabra). Los fieles con su vida (/ Existencia cristiana) están en la
comunión con los / Santos, en particular con la / Virgen María.
Por medio de la celebración en comunión con la iglesia una,
santa, católica, apostólica se conseguirá la meta del /
Ecumenismo.
c)
Característica santificadora y cultual: Se explica por medio de los /
Sacramentos: / Iniciación cristiana, / Catecumenado, / Bautismo, /
Confirmación, / Eucaristía (/ Sacrificio); / Orden, / Diaconado,
/ Matrimonio, / Penitencia, / Unción de los enfermos; por medio de
los / Sacramentales; / Virginidad consagrada en la iglesia, /
Consagración de vírgenes, / Profesión religiosa;
especialmente por medio de la / Liturgia de las Horas y la santificación
del / Tiempo (/ Año litúrgico). También toda /
Oración, en especial la de los / Salmos, alimenta en el cristiano la
vida cultual en espíritu y verdad (/ Existencia cristiana, /
Religiosidad popular, / Devociones y liturgia).
d)
Característica histórico-salvífica: Pone en evidencia que
la comunidad cristiana vive en una / Historia de la salvación, de
la que en la / Celebración hace el / Memorial y en la que se compromete
con la / Participación en el plan divino, revelado en el / Misterio que
es / Jesucristo y que culmina en el / Misterio pascual. Por lo tanto, se exige
el / Compromiso de cada uno de los fieles (/ Profesión de fe), que se
proyecta entre la santificación del / Trabajo y la transformación
del mundo, comenzando en el ámbito de la / Familia. Efectivamente, el
fiel, que vive en el / Tiempo, encuadra la propia / Existencia cristiana en el
/ Año litúrgico y alimenta la propia / Fe con la palabra de Dios
(/ Biblia y liturgia, / Celebraciones de la palabra) que es anunciada en la /
Celebración del / Misterio, especialmente el / Domingo y las otras /
Fiestas. La historia personal de cada fiel, ritmada con las celebraciones de
los /Sacramentos y de los /Sacramentales, se convierte cada vez más en /
Historia de la salvación.
e)
Característica dinámica: el itinerario espiritual del fiel va del
/ Bautismo a la / Escatología. Está marcado por una típica
/ Formación litúrgica (/ Catecumenado, / Iniciación
cristiana, / Catequesis, / Pastoral litúrgica), es guiado por el /
Espíritu Santo y orientado a la persona de / Jesucristo. Por esto el
cristiano imita a la / Virgen María y a los / Santos, que venera como
fieles discípulos del Señor (véase el siguiente apartado).
29 Propuestas de
lectura sistemática
V.
/ Virgen María / Santos
/ Obispo / Sacerdocio / Orden/Ordenación
/ Diaconado / Ministerio/Ministerios
/ Familia / Matrimonio / Mujer /
Jóvenes / Niños
/ Virginidad consagrada /
Consagración de vírgenes / Profesión religiosa
/ Asamblea / Asambleas sin
presbítero / Grupos particulares
/ Bautismo / Confirmación /
Penitencia / Unción de los enfermos
/ Formación litúrgica /
Formación litúrgica de los futuros presbíteros
/ Existencia cristiana / Promoción
humana / Trabajo / Compromiso
/ Religiosidad popular / Devociones y
liturgia
/ Ecumenismo
VI. ACTUALIDAD DE
También la
liturgia debe en algún modo "dialogar" con el mundo, como lo
hace la iglesia, según las directrices de
* /
Adaptación / Creatividad / Cultura / Antropología cultural /
Sociología / Psicología / Secularización / Sagrado / Mass
media / Comunicación en la eucaristía / Trabajo / Compromiso
/ Familia / Mujer / Grupos particulares / Jóvenes / Niños /
Asambleas sin presbítero / Ecumenismo / Religiones no-cristianos /
Evangelización y liturgia / Misiones
VIL
/ Pastoral litúrgica /
Participación / Espiritualidad litúrgica
/ Catequesis / Formación /
Formación litúrgica de los futuros presbíteros /
Antropología cultural / Cultura / Secularización / Sagrado / Mass
media / Comunicación en la eucaristía
/ Existencia cristiana / Compromiso /
Trabajo
/ Grupos particulares / Niños /
Jóvenes / Familia / Mujer / Religiosidad popular
/ Celebración / Asamblea /
Animación / Estilos celebrativos / Libros litúrgicos / Misal
Romano / Leccionario de la misa / Eucología / Silencio / Canto y
música / Canto gregoriano / Canto mozárabe (en Hispana, Liturgia)
/ Biblia y liturgia / Celebraciones de la
palabra / Homilía / Oración y liturgia / Salmos
/ Diaconado / Ministerio/ Ministerios / Asamblea
sin presbítero
/ Adaptación / Creatividad /
Lengua/ Lenguaje litúrgico / Traducción / Gestos /
Signo/Símbolo /Rito/Ritos /Elementos naturales /Procesiones /Fiesta/
Fiestas
/ Lugares de celebración / Arte /
Arquitectura / Objetos litúrgicos/ Vestiduras
/ Derecho litúrgico / Liturgia en
el nuevo CDC
/ Misiones y liturgia /
Evangelización y liturgia / Religiones no-cristianas / Religiosidad
popular
VIII.
/ Celebración / Asamblea / Iglesia
y liturgia / Participación
/ Animación / Estilos celebrativos
Propuestas de
lectura sistemática 30
/ Sacerdocio /
Obispo / Diaconado / Ministerio/ Ministerios / Asambleas sin presbítero
/ Concelebración / Libros litúrgicos / Misal Romano / Leccionario
de la misa / Eucología / Creatividad / Adaptación / Canto y
música / Canto gregoriano / Canto mozárabe (en Hispana, Liturgia)
/ Silencio / Gestos / Signo/Símbolo / Rito/Ritos / Homilía /
Existencia cristiana / Compromiso / Trabajo / Familia / Grupos particulares /
Jóvenes / Niños / Mujer / Misterio / Misterio pascual / Historia
de la salvación / Biblia y liturgia / Celebraciones de la palabra /
Jesucristo / Espíritu Santo
IX.
/ / Asamblea /
Animación / Participación / Creatividad / Adaptación /
Estilos celebrativos / Sacerdocio / Diaconado / Obispo / Ministerio/
Ministerios / Grupos particulares / Niños / Jóvenes / Mujer /
Iglesia / Misterio / Culto / Espiritualidad litúrgica / Formación
/ Catequesis / Pastoral / Evangelización y liturgia / Derecho
litúrgico
RELECTURA DE
Proemio (SC 1-4)
/ Existencia cristiana / Reforma litúrgica / Adaptación /
Historia de la salvación / Misterio / Iglesia / Escatología
/ Espíritu Santo / Formación litúrgica / Ecumenismo /
Religiones no-cristianas / Orientales, Liturgias / Ambrosiana, Liturgia /
Hispana, Liturgia
Cap. I:
Principios generales para la reforma e incremento de la sagrada liturgia (SC 5-46)
a) Naturaleza de
la sagrada liturgia y su importancia en la vida de la iglesia (SC 5-13)
/ Liturgia /
Jesucristo / Espíritu Santo / Historia de la salvación / Misterio
/ Misterio pascual / Biblia y liturgia / Iglesia / Celebración /
Eucaristía / Concelebración / Asamblea / Culto / Memorial /
Devociones y liturgia / Religiosidad popular / Oración y liturgia /
Escatología / Participación
b) La
formación litúrgica y la participación activa (SC 14-20)
/
Formación litúrgica / Formación litúrgica de los
futuros presbíteros / Participación / Espiritualidad
litúrgica / Existencia cristiana / Compromiso / Catequesis /
Evangelización y liturgia / Liturgia / Oración y liturgia /
Devociones y liturgia / Religiosidad popular / Silencio / Mass media /
Comunicación en la eucaristía
c) La reforma de
la sagrada liturgia (SC 21-40)
/ Reforma
litúrgica / Historia de la liturgia / Movimiento litúrgico
31 Propuestas de
lectura sistemática
/ Movimiento
litúrgico en España / Orientales, Liturgias / Ambrosiana, Liturgia
/ Hispana, Liturgia / Adaptación / Creatividad / Traducción
litúrgica / Lengua/ Lenguaje litúrgico / Asamblea / Iglesia y
liturgia / Biblia y liturgia / Libros litúrgicos / Misal Romano /
Leccionario de la misa / Formación litúrgica /Obispo /Derecho litúrgico
/Rito/ Ritos / Signo/Símbolo / Catequesis / Homilía /
Antropología cultural / Cultura / Gestos
d) La vida
litúrgica en la diócesis y en la parroquia (SC 41-42)
/ Organismos
litúrgicos / Obispo / Diaconado / Ministerio/ Ministerios / Pastoral
litúrgica / Formación litúrgica de los futuros
presbíteros / Asamblea / Iglesia y liturgia / Derecho y liturgia /
Liturgia en el nuevo CDC
e) El incremento
de la acción pastoral litúrgica (SC 43-46)
/ Pastoral
litúrgica / Catequesis / Formación litúrgica / Reforma
litúrgica / Organismos litúrgicos / Espíritu Santo / Arte
/ Arquitectura / Canto y música / Canto gregoriano / Canto
mozárabe (en Hispana, Liturgia)
Cap. II: El
sacrosanto misterio de la eucaristía (SC 47-58)
/ Sacrificio /
Sacerdocio / Misterio / Misterio pascual / Memorial / Eucaristía /
Asamblea / Celebración / Concelebración / Culto
eucarístico / Silencio / Profesión de fe / Biblia y liturgia /
Celebración de la palabra / Homilía / Bendición / Libros
litúrgicos / Misal Romano / Leccionario de la misa / Eucología /
Lengua/Lenguaje / Traducción litúrgica / Plegarias eucaristías
/Nuevas plegarias eucarísticas / Ministerio/Ministerios /Obispo / Orden/
Ordenación /Asamblea /Animación /Estilos celebrativos /Catequesis
/ Pastoral / Espiritualidad litúrgica / Existencia cristiana / Familia /
Grupos particulares / Niños / Jóvenes / Compromiso / Trabajo /
Canto y música / Canto gregoriano / Canto mozárabe (en Hispana,
Liturgia)
Cap. III: Los
otros sacramentos y sacramentales (SC 59-82)
/ Sacramentos / Sacramentales
/ Misterio pascual / Profesión de fe / Fe y liturgia /Reforma
litúrgica /Movimiento litúrgico / Lengua/Lenguaje /
Traducción / Adaptación / Creatividad / Antropología
cultural / Cultura / Catequesis / Pastoral / Formación /
Participación / Espiritualidad litúrgica / Signo/Símbolo
/Rito/Ritos /Elementos naturales /Libros litúrgicos / Eucología /
Iniciación cristiana / Catecumenado / Bautismo / Confirmación
/Penitencia /Unción de los enfermos /Orden/Ordenación /Diaconado
/ Matrimonio / Ministerio/Ministerios / Asamblea sin presbítero / Biblia
y liturgia / Oración y liturgia / Religiosidad popular / Memorial /
Historia de la salvación / Misterio / Jesucristo / Espíritu Santo
/ Bendición / Procesiones / Existencia cristiana / Virginidad consagrada
/ Consagración de vírgenes / Profesión religiosa /
Dedicación de iglesias y de altares / Exequias / Canto y música /
Canto gregoriano / Canto mozárabe (en Hispana, Liturgia)
Cap. IV: El
Oficio divino (SC 83-101)
/ Liturgia de las
Horas / Salmos / Biblia y liturgia / Oración y liturgia / Tiempo y
liturgia / Libros litúrgicos / Lengua/ Lenguaje / Traducción
litúrgica / Eucología / Jesucristo / Espíritu Santo /
Participación / Iglesia y liturgia / Misterio / Misterio pascual /
Memorial / Culto / Liturgia / Espiritualidad litúrgica
/Orden/Ordenación / Ministerio/Ministerios /Estilos celebrativos /
Animación / Silencio / Derecho litúrgico / Religiosidad popular /
Adaptación / Creatividad / Canto y música / Canto gregoriano
Propuestas de
lectura sistemática 32
Cap. V: El
año litúrgico (SC 102-111)
/•Año
litúrgico /Tiempo y liturgia /Domingo /Fiesta/Fiestas /Culto / Misterio
pascual / Memorial / Libros litúrgicos / Orientales, Liturgias /
Ambrosiana, Liturgia / Hispana, Liturgia / Virgen María / Santos, Culto
de los / Adviento / Navidad/Epifanía / Cuaresma / Triduo pascual /
Pascua y Pentecostés / Tiempo ordinario / Devociones y liturgia /
Religiosidad popular y liturgia / Religiones no-cristianas y fiestas
Cap. VI: La
música sagrada (SC 112-121)
/ Canto y
música / Canto gregoriano / Canto mozárabe (en Hispana, Liturgia)
/ Adaptación / Religiosidad popular / Sagrado / Secularización /
Fiesta/ Fiestas / Signo/ Símbolo /Misiones y liturgia /Pastoral
litúrgica /Animación / Estilos celebrativos / Organismos litúrgicos
Cap. VII: El arte
y los objetos litúrgicos (SC 122-130)
/ Arte /
Arquitectura / Lugares de celebración / Dedicación de iglesias y
de altares / Objetos litúrgicos/Vestiduras / Adaptación /
Creatividad / Antropología cultural / Cultura / Organismos
litúrgicos / Derecho litúrgico / Liturgia en el nuevo CDC /
Formación litúrgica de los futuros presbíteros / Libros
litúrgicos
Apéndice
/ Domingo /
Misterio pascual
A
SUMARIO: I.
Situación después del Vat. II
11. Panorama
histórico de la adaptación litúrgica: 1. Adaptación
en la época apostólica;
2.
Adaptación en el período de las persecuciones; 3.
Adaptación desde el edicto de Milán hasta el s. vil; 4.
Adaptación desde el s. vin hasta la época del barroco; 5.
Adaptación durante la ilustración, la restauración y el
movimiento litúrgico - III. Constitución del Vat. 11 sobre la
sagrada liturgia, nn. 37-40: 1. SC 37; principios generales de
adaptación; 2. SC 38-39: primer grado de adaptación; 3. SC
40: segundo grado
de adaptación - IV. Aspecto cultural de la adaptación
litúrgica: 1. El problema de la aculturación; 2. El problema de
la inculturacíón - V. Conclusión.
I.
Situación después del Vat. II
La
constitución litúrgica del Vaticano II, en su n. 21,
distingue dentro de la liturgia una parte inmutable, por ser de
institución divina, y otras partes sujetas al cambio. Estas
últimas "pueden y aun deben variar en el decurso del tiempo, si es
que en ellas se han introducido elementos que no responden tan bien a la
naturaleza íntima de la misma liturgia o han llegado a ser menos
apropiados". La misma constitución especifica después, en el
n. 34, que en la futura revisión de la liturgia deberán
resplandecer los ritos por su noble simplicidad, concisión y claridad.
Éstas fueron efectivamente algunas de las características de la
2
liturgia romana
durante su período clásico desde el s. v hasta el vm, antes de su
extensión a las regiones franco-germánicas. El /movimiento
litúrgico clásico, cuya culminación se puede decir
que ha sido el Vat. II, promovió un retorno a la clásica forma
romana, purificándola, en la medida de lo posible, de todas sus
adherencias medievales. Aunque no siempre los /nuevos libros litúrgicos
posteriores al Vat. II han logrado hacer realidad tal propósito, en
general se distinguen por su simplicidad, concisión, sobriedad y
practicidad.
De todas formas,
La
adaptación litúrgica prevista en
Adaptación
se deberá
procurar "que las nuevas formas se desarrollen, por decirlo así,
orgánicamente a partir de las ya existentes". La aplicación
de este principio debería llevar a la liturgia romana a ramificarse en
otras liturgias que se adapten mejor a las diferentes culturas. Debiera
poder hablarse de una familia litúrgica romana en la que cada nuevo
miembro, reivindicando su parentesco bien con los elementos teológicos
o bien con otros elementos formales de dicha liturgia romana, se distinga por
expresiones culturales propias.
Siguiendo
o praenotanda a
los diversos libros litúrgicos editados en latín denominan a
estas adaptaciones accommodationes (para este primer modelo de
adaptación, / Creatividad). Los otros dos modelos de adaptación
se refieren a los ritos y exigen de las conferencias episcopales que introduzcan
adaptaciones (aptationes) de elementos estructurales y formales del mismo
rito romano. El primero concierne a los casos especificados en las
introducciones a los libros litúrgicos, en los que las conferencias
episcopales, como respuesta a necesidades pastorales o culturales, pueden
actuar con libertad. El segundo comprende los casos no especificados en
los libros litúrgicos, dado que dependen de la iniciativa de las mismas
conferencias episcopales. Las normas reguladoras de este
último modelo están formuladas en SC 40.
Aclaremos: los
nn. 27-31 de los
34
praenotanda del
Ordo Baptismi Parvulorum prevén algunos casos particulares en los que el
ministro del bautismo puede adaptar el ritual a las diversas circunstancias de
tiempo y lugar. Los nn. 23-25 tratan de posibles adaptaciones que las
conferencias episcopales pueden aprobar libremente, como, por ejemplo, una
fórmula de renuncia (a Satanás o al pecado) más extensa.
Finalmente, los praenotanda generalia del Ordo Initiationis Christianae
Adultorum, en los nn. 30-33, ratifican el principio de SC 40,1, donde se exige
a las conferencias episcopales que "consideren con solicitud y
prudencia los elementos que se pueden tomar de las tradiciones y genio de
cada pueblo para incorporarlos al culto divino". El n. 31 aplica este
principio a las tierras de misión donde existen ritos de
iniciación, exigiendo atenerse a SC 65, que se ocupa específicamente
de este tema. Análogas aplicaciones encontramos en otros libros
litúrgicos, particularmente en el Ordo Celebrandi Matrimonium. Los
praenotanda, en los nn. 8-11, se refieren a casos de accommodationes. Los
nn. 13-16 y 17
35
que el sacerdote
solicite y reciba el
consentimiento de
los contrayentes
e imparta la
bendición nupcial.
Así pues,
mientras las acomoda
ciones persiguen
que una determi
nada
celebración sea conveniente y
significativa
para una asamblea
particular, las
adaptaciones y crea
ciones de nuevos
ritos, que impli
can cambios o
modificaciones en
las partes
formales y estructurales
del rito romano,
responden a la
necesidad de una
liturgia más en
consonancia con
la cultura de cada
pueblo.
II. Panorama
histórico de la adaptación litúrgica
1.
ADAPTACIÓN EN LA ÉPOCA APOSTÓLICA. El cristianismo empezó
como movimiento religioso dentro del judaismo. Su culto está, pues,
profundamente enraizado en la religión judaica. Jesús mismo
declaró no haber venido a abolir la ley ni los profetas, sino a darles
cumplimiento (Mt 5,17). No se trataba de una ruptura, sino de una
plenificación de la religión de los padres. Jesús la
realizó dando una nueva orientación a determinados ritos
judaicos. La última cena es un claro ejemplo de reinterpretación
del banquete pascual: memorial, ya no del éxodo, sino del paso de Cristo
de este mundo al Padre. El comentario de Pablo a la institución de
la eucaristía (1 Cor 11,26) es un eco fiel de la intención original
del Maestro. El bautismo administrado por Juan y por la comunidad de
Qumrán lo transformó igualmente Cristo en sacramento de
participación
en la vida de
Adaptación
discípulos
fueron ya conscientes de la dimensión cristológica del rito
bautismal.
Dominados por la
experiencia del acontecimiento-Cristo, los discípulos fueron
impregnando progresivamente de sentido cristiano el culto judaico.
Leían las Escrituras, particularmente los salmos, a la luz del misterio
cristiano, que ellos proclamaban como cumplimiento de las promesas de Dios a
Israel. De manera similar, ciertos ritos
judaicos, como la
imposición de las manos y la unción de los enfermos (Sant
5,14-15), así como las fiestas judías de pascua y
Pentecostés (1 Cor 5,7-8; He 2,16-21; 38-39), terminaron siendo
interpretadas dentro del contexto de la nueva religión.
Tres vigorosas
corrientes venían a confluir en la iglesia apostólica. La primera
era la difundida tendencia a impregnar el culto judaico del misterio de
Cristo. La segunda estaba animada por un espíritu de apertura a los
gentiles convertidos, en relación con los cuales los apóstoles
consideraban que no tenía sentido imponerles la carga de la
circuncisión y de la ley mosaica (He 15,7-11). La tercera estaba condicionada
por un tenaz rechazo del paganismo; esta última corriente tenía
su origen en el celo ardiente de Israel por el monoteísmo en medio
de un mundo politeísta (1 Cor 10,21-22). Mientras el cristianismo
se mantuvo como movimiento dentro del judaismo, reclutando sus miembros
entre los temerosos de Dios que frecuentaban la sinagoga, persistió
el clima de hostilidad hacia las fiestas y ritos paganos. Pero apenas
comenzó a echar raí
ces en un
ambiente no judaico, el cristianismo se vio en la necesidad de adaptarse y de
transformar cuanto de bueno y noble se contenía en la
religión del lugar.
Adaptación
2.
ADAPTACIÓN EN EL PERÍODO DE LAS PERSECUCIONES. Este período
presenta rasgos característicos de la iglesia apostólica. El
primer rasgo es un esfuerzo deliberado por mantenerse en el ámbito de la
tradición litúrgica hebraica, si bien con una orient ición
radicalmente nueva. El segundo rasgo es la lucha incesante contra el paganismo.
El vínculo
c el judaismo puede apreciarse en las oraciones compuestas durante este
período, al menos las destinadas al uso litúrgico. La
eucología de la primera carta de Clemente (59-61) y las varias
bendiciones de
panes, el
banquete celestial, la barca, la virgen orante y el buen pastor1.
En el
período de las persecuciones se institucionalizó la
práctica apostólica de celebrar la fracción del pan en
casas particulares. Familias ricas ofrecían sus casas para las
reuniones de la comunidad cristiana. Por su planta característica,
estas casas se prestaban fácilmente a las necesidades litúrgicas
de la iglesia. El tablinium romano, presidido por el paterfamilias; el
atrium, lugar de reunión de los miembros de la familia; el triclinium, o
comedor, y el impluvium, que era un gran depósito de agua,
constituían un ambiente muy adecuado para la liturgia2. Con ligeras
modificaciones, estas casas se convertían fácilmente en
centros apropiados para la actividad de la iglesia; en ellos se congregaba la
comunidad para la celebración del culto, con lo que comenzaron a
denominarse domus ecclesiae. Un ejemplo clásico de estos centros lo
encontramos en Dura Europo, en Mesopotamia: una vivienda helénica
construida hacia el año 200 d.C. se convirtió en domus ecclesiae
el año 232. En Roma se cuentan unas cuarenta casas de esta
índole; las más famosas son las descubiertas bajo las
iglesias de los santos Juan y Pablo, Cecilia, Clemente y PudencianaJ.
El segundo rasgo
peculiar de este período es la intransigencia frente al paganismo.
Rituales, templos e ídolos paganos se consideraron creaciones
diabólicas, por lo que un cristiano no tenía nada en absoluto que
ver con ellos. A esta intransigencia también contribuyen de
algún modo las persecuciones. Para defender a la joven iglesia del
influjo de la idolatría, se hacía hincapié en la nobleza
del cristianismo y se desenmascaraba la corrupción del
paganismo. Los escri
37
tos
patrísticos ridiculizan las prácticas del culto pagano,
sobre todo al cotejarlas con las del cristianismo. El mártir Justino,
por ejemplo, acusa a los idólatras de Mitra de remedar la
eucaristía cristiana en su rito de iniciación. Recitan
fórmulas secretas sobre el pan y el agua, que ofrecen después a
los iniciados (Apología I 66, PG 6,428). En su libro sobre el bautismo
Tertuliano ironiza y se mofa de los ritos de iniciación de Isis y Mitra
y de los de purificación. Resultan costosos y carecen de todo valor; son
extravagantes y carentes de sentido. En cambio, el bautismo cristiano es
sencillo, gratuito y eficaz (De baptismo 2, SC 35). Clemente de Ale
jandría,
quien no obstante utiliza oportunamente el lenguaje de los ritos
mistéricos, no vacila en ridiculizarlos por sus errores y su corrupción
(Protrepticus 1-4, GCS 1).
Sin embargo, no
aparece tal actitud cuando se trata de elementos culturales o rituales no
vinculados rigurosamente con el culto pagano. Tertuliano, por ejemplo,
para describir la renuncia bautismal utiliza la expresión eieratio: un
término legal que significa rescindir
o renunciar a un
contrato de servicio o de asociación. Al entrar a depender de
Cristo, el candidato renuncia a la esclavitud de Satanás, y lo hace con
toda la fuerza de un compromiso legal. Habla Tertuliano de
profesión bautismal y de fidelidad a Cristo como sacramenti testado o
signaculum fidei. Son éstos también términos
técnicos, alusivos al juramento de fidelidad que hacía al
emperador el soldado romano4. Otro ejemplo lo hallamos en el mismo tratado de
Tertuliano sobre el bautismo, al aludir al rito de la unción que sigue
al baño bautismal (De baptismo 7, SC 35). Esta unción
debía realizarse con gran abundancia de aceite, de ma
Adaptación
nera que
éste corriera por el desnudo cuerpo del neófito, si nos
atenemos a la plástica descripción del propio Tertuliano; in
nobis carnaliter currit unctio. ¿Cuál es el significado
de este rito? Tertuliano lo descubre en la praxis veterotestamentaria de
ungir a los sacerdotes en la parte más alta de la cabeza, como lo
hiciera Moisés con Aarón. E insinúa que el bautismo
confiere al cristiano lo que en el AT confería la unción al
israelita: el sacerdocio. Sabemos también que los griegos y romanos
ungían el cuerpo por motivos diferentes: con fines terapéuticos,
para estar físicamente en forma, por razones deportivas. Ambrosio de
Milán defendió el significado sacerdotal de la unción
posbautismal, describiendo en términos más bien culturales
la unción prebautismal: unctus est quasi atletha Christi (De
sacramentis 1,4, SC 25 bis).
Según
La
contribución de la cultura es
Adaptación
muy notable en la
primera etapa del desarrollo de los distintos ritos. Pero los padres
reinterpretaron a la luz de Cristo lo que podía ofrecerles la
cultura. Eieratio significa renuncia a Satanás como condición
previa al bautismo; sacramenti tesíatio es el juramento de fidelidad a
Cristo; la unción es una consagración sacerdotal; la leche
con miel significa el disfrute de la nueva tierra prometida. Algunos elementos
de la cultura mediterránea se prestaban a una interpretación
cristiana; poseían cierta connaturalidad para expresar el misterio
cristiano. Obviamente, el hecho de introducirlos en la liturgia podía
llevar a los neófitos a una interpretación equivocada o a
una teología inaceptable. Para evitar tales confusiones, los padres
insistieron en la catequesis y en la mistagogia; pero en esto a veces fueron
tan lejos que se olvidaron los orígenes culturales de tales elementos,
lo que ha obligado posteriormente a caminar a tientas a la hora de
establecer su procedencia.
Este
período presenta también como características la improvisación
y la espontaneidad. No existen todavía misales ni rituales como los
conocemos hoy; por eso en lo relativo a las oraciones no cabía sino
improvisarlas. No es que faltase un esquema definido, por ejemplo, para
la oración eucarística; pero la formulación y
extensión reales de una plegaria se dejaban, sin más, a la
discreción y pericia del presidente de la asamblea.
jé, al
ofrecer fórmulas para el ágape, comenta inmediatamente
después cómo a los profetas debe permitírseles dar gracias
durante todo el tiempo que ellos quieran'. Hipólito de Roma, que en su
Tradición apostólica presenta un modelo de plegaria
eucarística y otras fórmulas litúrgicas, recuerda al 38
obispo que
él no está necesariamente obligado a orar con aquellas
mismas palabras ni a repetirlas de memoria. Cada cual puede orar según
sus propios deseos: con fórmulas elaboradas y solemnes, o con
sencillez y brevedad. Hipólito no quería que sus composiciones se
considerasen fórmulas fijas, sino puros modelos. Exige, eso sí,
que el obispo, cuando ore, se atenga a la regla de la fe (B. Botte 9, LQF 39).
3.
ADAPTACIÓN DESDE EL EDICTO DE MILÁN HASTA EL S. VII. La
llegada de la era constantiniana repercute honda y duraderamente en la liturgia.
Ésta, de celebración doméstica íntima, se
transforma progresivamente en algo solemne y regio dentro del esplendor de las
basílicas constantinianas. No sólo el rito romano, sino
también los diversos ritos orientales comenzaron a desarrollarse,
alcanzando sus formas específicas hacia el s. vil. En el caso de la
iniciación cristiana asistimos al desarrollo de un ritual suntuoso y muy
alejado de la sencillez deseada por Tertuliano entre el 200 y el 206. Las
catequesis mistagógicas de Cirilo de Jerusalén y de Ambrosio
de Milán se hacen eco de la solemnidad y grandiosidad del rito de
iniciación que se celebraba durante la vigilia pascual.
Como en
épocas anteriores, sigue siendo siempre la biblia la principal fuente de
inspiración para la elaboración de los textos
litúrgicos. Las aludidas catequesis mistagógicas de Cirilo de
Jerusalén y las instrucciones de Ambrosio de Milán a los
neófitos muestran cuan radicalmente influye la / biblia en la
liturgia. Son temas bíblicos centrados en la historia de la salvación
los que constituyen el nervio de las preces eucarísticas compuestas
durante este período (Constitutiones ApostohrumVlU, 12,4-51).
39
Pero, no obstante
la adaptación y la creatividad, puede percibirse cierto apego a las
formas tradicionales. En la construcción de las diferentes
basílicas constantinianas el modelo sigue siendo la domus ecclesiae. En
el ábside de la basílica se instala el trono del presidente de la
asamblea (el obispo), coronado por un semicírculo de asientos para los
presbíteros. En el presbiterio están situados el atril para la
palabra de Dios y una mesa para la eucaristía. La nave es un amplio
espacio para los fieles y los catecúmenos. La basílica
constantiniana no es sino una domus ecclesiae agrandada y muy estilizada.
Dentro de este
período continuó la iglesia acogiendo en la liturgia elementos
procedentes de la cultura. Es indudable, por ejemplo, que en esta
época los ceremoniales pontificales eran adaptaciones de los utilizados
en la corte imperial. Las vestiduras litúrgicas, que tantos cambios han
experimentado, eran originariamente la túnica romana, la paenula o toga
y la mappula1. Pero como ejemplo clásico de la relación entre
liturgia cristiana y estructura socio-política de la época
tenemos las oraciones para la ordenación de los obispos, presbíteros
y diáconos en el sacramentario Veronense (LXXVIII, 942-954). En dichas
oraciones, términos como honor, dignitas y gradus no dejan
de ser
frecuentes. Ahora bien, en el ambiente socio-político romano tales
términos se refieren a un cargo público, con sus diversos grados,
y a su honor y dignidad respectivos". Sin embargo, hay que decir que en la
utilización de la terminología de la época el
sacramentario hizo uso de una tipología bíblica.
Un rasgo muy
evidente de este período es que el antagonismo frente al culto pagano
fue poco a poco suavizándose, hasta convertir
Adaptación
se finalmente en
abierta acogida, tal vez porque la amenaza del paganismo se había
por fin superado y no existía ya peligro alguno inmediato de recaer en
la idolatría. Cualquier ejemplo tomado al azar podría mostrar
hasta qué punto ha influido el paganismo en la liturgia. Durante
cierto tiempo condescendieron los cristianos con la práctica del
refrigerium o comida junto a la tumba de un difunto, para el que incluso se
reservaba una parte del alimento y la bebida (Epistularum XXII, 6, CSEL 34). La
práctica degeneró bien pronto en libaciones excesivas, de suerte
que Ambrosio de Milán hubo de prohibirla, mientras que
Agustín de Hipona, más tolerante, se limitó a convertirla
en una celebración con fines benéficos. Otro ejemplo del influjo
pagano es la formulación de oraciones, como el Eucologio de
Serapión, que utiliza, aunque con un sentido nuevo, peculiaridades lingüísticas
propias de las oraciones helenísticas precristianas. Abundan en estas
fórmulas los giros solemnes; son numerosos los atributos divinos,
particularmente los negativopositivos (infinito, inefable, incomprensible);
y es evidente un estilo retórico heredado de la cultura
helenística'. Puede igualmente descubrirse una influencia pagana en
ciertos responsorios litánicos, como el Libera nos, Domine y el Te
rogamus, audi nos, que derivan de la práctica romana de invocar a los
dioses con una serie de aclamaciones intercesionales. El beso mismo del
altar y de las sagradas imágenes tuvo su origen en gestos paganos
reverencialesl0. Incluso la iniciación cristiana fue recogiendo
costumbres paganas. Estuvo de moda entre los padres usar términos
tomados directamente de los ritos mistéricos, como memneménoi
(personas iniciadas en los misterios cristianos),
Adaptación
mystagogós
(el que enseñaba) y mystagogía (la doctrina sobre el misterio
cristiano enseñada por el mystagogós). Se tomaron igualmente
de los cultos paganos elementos ilustrativos para incorporarlos al
rito cristiano. La vestidura blanca, entregada a los neófitos en las
religiones mistéricas, se convierte en símbolo de
distinción de la nueva dignidad conferida por el bautismo al iniciado
cristiano. Los cirios y velas bautismales, aludidos por los Gregorios
Nacianceno y Niseno en sus homilías pascuales, se habían tomado
de la religión pagana. La práctica de volverse hacia el oriente
comenzó bajo influencia de las religiones solares
mediterráneas ".
En los ejemplos
arriba aludidos la iglesia aplicó el método de la
asimilación y de la reinterpretación. Pero utilizó
también el de la sustitución, por el que elementos culturales
paganos, sobre todo ciertas fiestas, eran reemplazados por elementos
cristianos, de suerte que aquéllos terminaron siendo eliminados por
estos últimos. Dada la semejanza de temas o la analogía entre
algunas fiestas paganas y otras cristianas, la iglesia instituyó sus
fiestas en lugar y en oposición a las paganas. Así, la navidad
sustituyó a la fiesta del nacimiento del dios-sol, de la
religión mitraica. La fiesta de la cátedra de san Pedro
(¿y san Pablo?) el 22 de febrero ocupó el lugar de la caristia o
cara cognado romana, que conmemoraba a sus antepasados difuntos, cuya autoridad
venía simbolizada por su cathedra n.
4.
ADAPTACIÓN DESDE EL S. vni HASTA LA ÉPOCA DEL BARROCO. Con el s.
vil los diversos ritos litúrgicos habían adquirido en Oriente y
Occidente sus características fundamentales. En orden a la
40
historia de la
adaptación tiene su interés el destino que experimentó la
liturgia romana tras emigrar a las tierras franco-germánicas en el s.
viii. Rituales un
tiempo austeros y prácticos se dilataron con ceremoniales
elaborados y con significados simbólicos. Los textos oracionales, un
tiempo inmediatos y sobrios, se adornaron con una verbosidad rayana en lo
florido. El prefatio de
En torno al
año 783 Carlomagno pidió al papa Adriano I que le enviara copia
de un sacramentario romano auténtico para uniformar la liturgia en todo
su imperio. Pero el sacramentario resultó deficiente: no contenía,
por ejemplo, un número completo de formularios de misas y
bendiciones, muy estimados por los pueblos franco-germánicos. Para
remediarlo hubo de añadir Alcuino textos suplementarios tomados de
la liturgia galicana, como la bendición del cirio pascual, oraciones
para las ordenaciones, bendiciones, dedicaciones de iglesias y exorcismos.
Tales aditamentos constituyeron al principio un apéndice distinto
del sacramentario romano; pero terminaron más tarde
incorporándose en él, de donde resultó un híbrido romano-francogermánico.
Los elementos galicanos no sólo completaron lo que faltaba, sino que
adaptaron el mismo sacramentario a las preferencias de aquellos pueblos
nórdicos y a sus gustos por el drama, la abundancia de palabras y el
moralismo. En Maguncia, hacia el 950, los Ordines romani se reelaboraron con
elementos tomados de varios sacraméntanos, naciendo así
el Pontificóle
41
Romano-Germanicum
del s. x. Los
sermones,
exposiciones, bendicio
nes, exorcismos y
ordalías (!) que se
habían
incorporado a este libro
litúrgico,
lo habían hecho atractivo
para los pueblos
nórdicos de aque
lla época
(Pontificóle Romano-
Germanicum
I-CCLVIII, ST
226,227).
El período
franco-germánico puede gloriarse de sus grandes composiciones literarias
y poéticas
(Veni Creator,
Victimae paschali laudes, Ut queant laxis), así como de sus
magníficas iglesias románicas en Alemania, Francia y
España. Otros rasgos característicos de este período, como
la decadencia en la participación activa, las misas privadas, las
devociones a los santos, las oraciones individuales y las confesiones durante
la misa, son sobradamente conocidos l3. Durante su vigencia en el Norte, el
rito romano se adaptó fácilmente al genio de aquellas
poblaciones, aunque a costa de sacrificar en ocasiones su propia
tradición.
Entre los ss. xi
y xm surgieron señales de retorno a la forma clásica. El
papa Gregorio VII (10731085) realizó un intento de regreso al
ordinem romanum et antiquum morem, pero con poco éxito l4. Más
afortunado fue el trabajo de los liturgistas del s. xii, que simplificaron
y redujeron el Pontificóle Romano-Germanicum del s. x, eliminando las
explicaciones didácticas y ciertos ritos, como ordalías y
exorcismos a personas poseídas por espíritus malignos". Sin
embargo, con motivo de la teología eucarística del s. xn, se
introdujeron nuevas prácticas en torno al momento de la
consagración: múltiples gestos reverenciales, el uso de las campanillas
y de las velas. Otra reforma significativa fue la iniciada por Inocencio III
(1198-1216), quien codificó las costumbres comunes de
Adaptación
la iglesia romana
para utilizarlas en su curia. Por más que se tendiese a la forma romana
clásica, el resultado quedó impregnado de legalismo,
alegorismo y pietismo '6. Estos intentos traducen ya la tendencia de la
liturgia romana a conservar la forma clásica o a volver a ella cuando se
había perdido.
Los ss. xiv y xv
y parte del xvi representan el otoño de la edad media y la decadencia de
la vida litúrgica. Constituyen, no obstante, un período
importante en la historia de la adaptación, ya que en el
ámbito litúrgico surge floreciente el drama. Representaciones
litúrgicas las había ya en el s. XII, pero sin ser
todavía elemento tan importante en el culto público como
llegaron a serlo durante este período, caracterizado por la
ignorancia en materia de liturgia". En un tiempo en que la liturgia
no decía ya nada a la gente, los pastores adoptaron las sagradas
representaciones como formas de instrucción catequística.
El concilio de
Trento (1545-1563) juega un papel importante en la historia de la liturgia
romana en general, mas no en el campo de la adaptación en particular.
Siendo como era su objetivo fundamental frenar abusos e introducir reformas,
se podían esperar del concilio, más que esquemas de nuevas adaptaciones,
una codificación de los usos litúrgicos ya existentes, rehuyendo
tanto la innovación como el arqueologismo. Con la creación de
Adaptación
vociones, dando
así origen —¡paradojas de la suerte!— a la
cultura religiosa del barroco.
La época
barroca refleja los sentimientos festivos de una iglesia que celebra la
victoria sobre el caos del medievo y sobre la crisis de la reforma protestante.
Sin embargo, la liturgia, reformada e impuesta ahora uniformemente para todos,
no pudo resistir a las presiones de la cultura religiosa del tiempo, es decir,
al atractivo por la fiesta y las grandiosas manifestaciones exteriores; al
triunfalismo, sobre todo en las peregrinaciones y procesiones portando
estandartes; al sensacionalismo en las expresiones artísticas y a
las prácticas piadosas de devoción. Resulta, pues,
enteramente comprensible por qué la fiesta por excelencia del barroco
fuera la del Corpus Domini con su solemne procesión llena de
estandartes, hábitos y escolta de honor. El edificio mismo de la iglesia
se transformó en una regia ornamentación de fiesta en honor
del rey eucarístico, en un salón elegantemente decorado y
presidido por un imponente tabernáculo, cual si se tratase de un trono
situado en el altar. Como consecuencia, la misa se convirtió en una
celebración exaltada por la orquesta y la música
polifónica, en la que la consagración era acogida con un
jubiloso repique de campanas. Sin embargo, la participación activa en la
misma liturgia era casi nula; se magnificaban en exceso los elementos
exteriores, a la vez que se minimizaba lo esencial reduciéndolo a
algo periférico. La misa constituía para muchos una excelente
ocasión para rezar el rosario o para refugiarse en la
devoción a los santos preferidos. Pero a pesar del retroceso,
no" se puede menos de admitir que el estilo barroco de celebrar la
liturgia sintonizaba rigurosamente,
42
al menos en su
particular situación histórica, con el temperamento de la gente.
5.
ADAPTACIÓN DURANTE
Pero las reformas
litúrgicas más dramáticas fueron las emanadas del
sínodo de Pistoya y del congreso de Ems, en Alemania, en 1786. Inspirados
en la tradición patrística, ambos sínodos intentaron
una vuelta al espíritu y a la forma auténtica de la liturgia
romana, preconizando así la aparición del movimiento
litúrgico clásico. Pero al quedar envuelto en el josefinismo y
jansenismo, el sínodo de Pistoya fue condenado por Pío VI
con la constitución apostólica Auctorem Fidel2". Y
dado que la reforma de Pistoya, válida en sí, venía prácticamente
impuesta a un clero y un pueblo impreparados para la misma, el
sínodo terminó siendo un fracaso completo.
El período
de la restauración se caracteriza como reacción contra los abusos
de la ilustración, llegando como lamentable consecuencia a un
retorno al Anden régime, al romanticismo, al barroco y, en ocasiones,
directamente a formas
43
medievales21. Es
en este contexto donde iba a ser digno de encomio el trabajo del benedictino
Próspero Guéranger (1805-1875), abad de Solesmes. Evitando, felizmente,
el restablecimiento de las liturgias galicanas, defendió denodadamente
la fidelidad a la autoridad de Roma y el mantenimiento de la liturgia
tridentina, dentro de una época asediada por el indiferentismo religioso,
el anticlericalismo, el liberalismo, el ateísmo, el materialismo y
el comunismo. La contribución de este período a la
adaptación litúrgica aparece en trabajos monumentales
(Migne,
E. Bishop y L.
Duchesne. Merced a ellos pudo la siguiente generación adquirir una mejor
comprensión de los textos, factor básico en el problema de
la adaptación litúrgica.
El / movimiento
litúrgico clásico se inició con Lambert Beauduin, abad de
Mont-César, en Bélgica, durante el congreso de Malinas en 1909.
Movido por el celo pastoral, el movimiento hizo suya la causa por un retorno a
la forma clásica de la liturgia romana a través de una
investigación histórica y teológica sobre la
tradición litúrgica. Merced a tal movimiento pudo la constitución
litúrgica del Vat. II abrir puertas a la adaptación y establecer
sus principios, retornando a la simplicidad original, a la sobriedad y claridad
del rito romano, así como también ofrecer la posibilidad de
adaptarlo a culturas y tradiciones de diversa índole.
III.
Constitución del Vat. II sobre la sda. liturgia, nn. 37-40
Los nn. 37-40 de
Adaptación
la liturgia
romana a la cultura y a las tradiciones de los distintos pueblos. Tales
números deberán interpretarse en el contexto de otros,
particularmente del 23 y 34. SC 23 habla de mantenimiento de las sanas
tradiciones y, al mismo tiempo, de apertura a un legítimo progreso. Con
tal objetivo, es necesaria, dentro del espíritu del movimiento
litúrgico clásico, una seria investigación
teológica, histórica y pastoral en torno a todas y cada una de
las partes de la liturgia que hubieren de someterse a revisión. Además,
deben tenerse en cuenta las últimas reformas e indultos
litúrgicos; en la introducción de novedades se deberá
tener como mira la utilidad de la iglesia, con "la precaución de
que las nuevas formas broten, por así decirlo, orgánicamente
de las ya existentes". A su vez, SC 34 exige que, dada la índole de
la liturgia romana clásica,
resplandezcan los
ritos por su simplicidad, brevedad, claridad y practicidad22. La
adaptación presupone, pues, un retorno a los orígenes; así
es como se pueden realizar innovaciones y modificaciones ".
1. SC 37:
PRINCIPIOS GENERALES DE ADAPTACIÓN. Se basa este número en
la encíclica de Pío XII Summi Pontificatus (AAS 31 [1939] 529).
Se afirma en él que, en el campo de la liturgia, la iglesia no pretende
imponer ninguna uniformidad rígida sobre lo que no afecta a la fe o
al bien de toda la comunidad. Ya la comisión conciliar declaraba
cómo, mientras debe mantenerse en materia de fe una unidad
absoluta, en materia de bien común basta una unidad relativa24. El
pluralismo litúrgico patrocinado por SC 37 es de índole cultural
y presupone como base el rito romano. Este número establece,
efectivamente, que la iglesia puede admitir
Adaptación
en la liturgia
elementos de las culturas y tradiciones, con la condición de que
armonicen con su auténtico espíritu.
Estos elementos
de las culturas y tradiciones se describen con términos como genio,
cualidades peculiares, estilos de vida. SC 37 fija las condiciones para su
admisión en la liturgia. La primera es negativa: "Que no
estén indisolublemente vinculados a supersticiones y errores".
Y la segunda es positiva: "Que puedan armonizarse con el verdadero y
auténtico espíritu litúrgico". A ello deberá
añadirse SC 40,1, donde se exige que las adaptaciones sean útiles
o necesarias. La adaptación litúrgica es, pues, la
admisión, en el ámbito litúrgico, de elementos tomados de
las culturas y tradiciones que, mediante un proceso de
purificación, puedan ser vehículos de la liturgia según la
utilidad o necesidad de un grupo particular. Si bien SC 4 declara ya el
propósito del Vat. II sobre el pluralismo litúrgico y el respeto
a todos los ritos legítimamente reconocidos, SC 37 va más
allá al pensar en nuevos ritos que, basados en el romano, habrán
de responder más fielmente a las culturas y tradiciones de los
pueblos y de las distintas
razas.
2. SC 38-39:
PRIMER GRADO DE ADAPTACIÓN. Estos números tratan de las
legítimas diferencias dentro del rito romano, "salvada su unidad
sustancial" (SC 38). No se declara, sin embargo, qué significa
unidad sustancial, si bien puede adivinarse su sentido leyendo SC 39, que habla
de "adaptaciones dentro de los límites establecidos en las ediciones
típicas de los libros litúrgicos". Lo cual significa
que la unidad sustancial del rito romano está garantizada por los
libros oficiales, en donde se señalan los casos de
44
adaptación
que se dejan a la iniciativa y obra de las conferencias episcopales. Tales
adaptaciones no podrán alterar ni la estructura fundamental ni la
índole del rito romano, sino que deberán darle más
posibilidades para responder a particulares necesidades, sobre todo en tierras
de misión. Las adaptaciones de esta naturaleza no se limitan a
elementos puramente externos, como rúbricas o colores litúrgicos,
sino que se extienden hasta el ordenamiento de los mismos ritos, es decir,
a su estructura y a su
. texto, ya que
lo permiten los libros oficiales. El ámbito de la adaptación
comprende los sacramentos y sacramentales, las procesiones, la lengua
litúrgica, la música sagrada y el arte litúrgico (SC 39).
SC 38 enumera los
diversos grupos a los que se debe adaptar la liturgia: grupos
étnicos, regiones, pueblos, especialmente en las tierras de
misión. La comisión conciliar aclaró que praesertim
(especialmente) acentúa la necesidad de una adaptación de
tal naturaleza en las tierras de misión, pero sin excluir las
demás25. La adaptación a los distintos grupos incluye la posibilidad
de legítimas variaciones entre región y región y, dentro
de una misma región, entre asamblea y asamblea. Pero sin olvidar que SC
23 exhorta a evitar, en cuanto sea posible, las diferencias notables de ritos
entre territorios contiguos (y a
fortiori entre
asambleas próximas). Algunos libros litúrgicos publicados
después del Vat. II distinguen entre aptatio y accommodatio. La primera
es competencia de las conferencias episcopales y se refiere a la
aplicación de las posibilidades previstas en los libros oficiales. Las
adaptaciones de esta naturaleza han de someterse a la confirmación de
45
las adaptaciones
en asambleas, tiempos y lugares especiales, tal como se especifica, dentro de
los praenotanda o del ritual mismo, en los libros oficiales.
3. SC 40: SEGUNDO
GRADO DE ADAPTACIÓN. El objetivo de este número, según la
comisión conciliar, es aplicar a la liturgia el principio de
adaptación constantemente confirmado por los papas al referirse a
la actividad misionera de la iglesia26. El texto primitivo acentuaba el
contexto misionero refiriéndose explícitamente a las misiones.
Pero el texto definitivo se hizo más abierto, permitiendo también
a otras iglesias locales, fuera de los territorios de misión, adaptar el
rito romano a su propia y particular cultura.
SC 40 se refiere
a "una adaptación más profunda de la liturgia". En
los libros litúrgicos no se especifican los casos que
entrarían en esta adaptación. Las conferencias episcopales
habrán de presentarlos a
la misma Santa
Sede. El tercer párrafo habla de la asistencia técnica de
peritos, sobre todo en las misiones, donde se da por supuesto que presentan
unas dificultades ma
Adaptación
yores las
adaptaciones de esta naturaleza.
Tanto 37 como 40
de SC enumeran los elementos culturales que pueden admitirse en la
liturgia: tradiciones, costumbres, genio, características y dotes
espirituales de los distintos pueblos. La enumeración no es
exhaustiva, sino sólo descriptiva de lo que constituye fundamentalmente
una cultura. Mientras SC 38-39 prevé la adaptación del rito
romano a los grupos particulares, SC 40 está contemplando la
posibilidad de admitir los elementos culturales en el rito romano.
IV. Aspecto
cultural de la adaptación litúrgica
Como se desprende
de todo nuestro discurso, hay tres modelos de adaptación
litúrgica. El primero es la accommodatio, que afecta a los elementos
celebrativos en cuanto realizados aquí y ahora por la asamblea
litúrgica. Este modelo no requiere necesariamente ninguna
adaptación cultural. El segundo, por el contrario, es de índole
cultural y desemboca en cambios o modificaciones del genio propio del rito
romano. Desde el instante en que es objeto de cambio él mismo rito
romano, tal modelo de adaptación constituye una
aculturación. El tercer modelo es también de índole
cultural e implica la transformación de un rito precristiano y su
reinterpretación a la luz de la fe cristiana tal como la celebra la
liturgia romana. Este modelo de adaptación es una inculturación.
En los modelos
segundo y tercero no debe entenderse por cultura la suma total del pensamiento
y de los modelos lingüísticos de un pueblo, de sus valores y
creencias, de sus ritos y tradiciones, de su literatura
Adaptación
y arte. Como
trasfondo de todo ello está el genio mismo del pueblo, es decir, esa
forma típica y espontánea de reaccionar frente a la realidad, que
encuentra su adecuada expresión, según marcos determinados,
en un pensamiento, que se expresa, a su vez, mediante un lenguaje y se traduce
en ritos y tradiciones27. Una adaptación cultural presupone determinar
acertadamente el genio de un pueblo y sus expresiones en lo que tienen de
elementos de cultura. Pero presupone también conocer bien el genio del
rito romano y sus expresiones lingüísticas y simbólicas.
1. EL PROBLEMA DE
Toda
aculturación de la liturgia romana debe contar con los elementos
tanto formales como teológicos del rito romano. Son elementos
formales de dicho rito los relativos a su simplicidad, sobriedad, brevedad
y practicidad, tanto en la formulación eucológica como en su
ordenamiento estructural.
46
Elementos
teológicos del rito romano lo son, por ejemplo, la costumbre
de dirigirse al Padre por el Hijo en el Espíritu Santo (SC 6-7). En
concreto, sería aculturación introducir un cambio o
modificación en uno u otro o en ambos elementos —formales y
teológicos— según el genio de un pueblo.
Una
aculturación de elementos formales puede consistir en reelaborar,
por ejemplo, fórmulas eucológicas romanas a fin de hacerlas
así más conformes con el modo de pensar y hablar de un pueblo
determinado. Y así, en vez de la sobriedad e inmediatez
romanas, las oraciones podrán ser más locuaces y elaboradas,
obedeciendo más al corazón que a la mente; abundan los ejemplos
históricos, a este respecto, en el período franco-germánico.
Son elementos particulares de cultura que hacen posible y eficaz este tipo
de aculturación, los múltiples valores, las expresiones
idiomáticas, las máximas y los proverbios. El contenido de la
fórmula eucológica romana, que debe mantenerse, queda así
trasvasado a los nuevos componentes culturales (De interpretatione textuum
liturgicorum, I, 5-29, EDIL 90,1024-1228). Por lo demás, cuando los
elementos formales del rito romano poseen un carácter puramente
práctico o utilitario, se les puede conferir un significado más
simbólico. Piénsese, por ejemplo, en la procesión
ofertorial y en la ablución de las manos que tienen lugar en la misa.
La
aculturación de afirmaciones teológicas puede consistir en
dirigir ciertas oraciones, exceptuada la plegaria euearística,
directamente a Cristo, como sucede en las liturgias galicanas. Ello se
adecuaría a las tradiciones culturales de ciertos pueblos en los que,
por sentirse mucho el valor de la mediación, se
47
prefiere
dirigirse directamente a Cristo mediador y no al Padre. Otro ejemplo puede ser
la expresión litúrgica de la piedad euearística,
tan sobria e indirecta en la liturgia romana, pero tan dramatizada y
elaborada en la época barroca.
La
aculturación puede servirse de una traducción dinámica o
de equivalencias dinámicas (De interpretatione textuum
liturgicorum II, 3035, EDIL 90,1229-1234). La traducción
dinámica de un texto romano exigirá la sustitución del
genio originario que anima el texto por el genio del pueblo al que se dirige la
traducción. Por ejemplo, el mirabiliter condidisti y el mirabilius
reformasti de la colecta leonina para el día de navidad
(Sacramentarium Leonianum XL, 1239), que expresa un sentimiento de reverencial
estupor ante la obra de la creación y de la salvación,
pueden traducirse dinámicamente mediante términos que expresen la
reacción espontánea de un pueblo ante las obras de Dios. Una
traducción como: "En tu amor has creado al hombre y con tu
misericordia lo has redimido", pone más de relieve la
característica de un Dios rico en amor y misericordia que no la
actitud del hombre lleno de admiración ante la obra de
Dios. Es decir,
una traducción
dinámica
va más allá del simple
empleo de
expresiones idiomáticas
para adoptar el
punto de vista
fundamental desde
el que un pue
blo contempla a
Dios, el universo o
a sí
mismo.
La equivalencia
dinámica puede describirse como la adopción de ritos y
tradiciones para sustituir o para ilustrar elementos rituales del rito romano.
En concreto, consistiría en sustituir los elementos romanos
por otros componentes rituales tomados de cada pueblo y con significado
equivalente o al menos
Adaptación
análogo.
Por ejemplo, al rito introductorio del bautismo, en el que se
acentúa la bienvenida que se da al niño en la iglesia, se le
puede hallar un equivalente dinámico en los ritos y tradiciones de
acogida de los niños (y huéspedes) en la familia o en la
sociedad. Y lo mismo podría decirse de otros ritos bautismales de
carácter explicativo, como la unción posbautismal, el uso de la
vestidura blanca y del cirio encendido. Bien determinado ya el sentido
teológico de tales ritos (sacerdocio, dignidad del cristiano, fe viva),
el proceso de la equivalencia dinámica puede iniciarse con la
búsqueda de elementos rituales y de tradiciones que expresen la misma
idea.
Puede igualmente
obtenerse una equivalencia dinámica por medio de la ilustración:
el rito romano continúa intacto, pero enriquecido con nuevos elementos
culturales que actúan como suplemento o como nueva ilustración de
dicho rito. Ello podría, sin embargo, llevar a inútiles
repeticiones, sobre todo si los nuevos ritos aspiran a ser tan sólo
simples ilustraciones o no están suficientemente integrados en la
estructura del rito romano. SC 65 parece, con todo, favorecer la
adopción de esta forma de equivalencia dinámica cuando dice
que se permite introducir aquellos elementos de iniciación
"que se encuentran en uso en cada pueblo en cuanto puedan acomodarse
al rito cristiano". Si el nuevo elemento constituye nueva
ilustración de un
rito explicativo
ya existente, el equivalente dinámico sólo sirve para llenar el
vacío entre la cultura greco-romana y el pueblo. Si, por el contrario,
el nuevo elemento es un suplemento al rito romano añadiéndole
significado, lo que hace tal equivalente dinámico es dar lugar a un
desarrollo ritual y teológico del mismo rito romano.
Adaptación
2. EL PROBLEMA DE
La
inculturación tiene no pocos antecedentes históricos. Bautismo y
eucaristía eran ritos precristianos que Jesús reinterpretó
en el contexto de su propio misterio. Son éstos los primeros
ejemplos de inculturación. La forma primitiva del bautismo
cristiano, tal como se describe en
La
legislación actual sobre sacramentos, si se exceptúa el Ordo
Celebrandi Matrimonium (= OCM),
apenas si
prevé inculturación. Los praenotanda del OCM hablan no
sólo de aculturacion (OCM 13-16), sino también de
inculturación (ib, 17-18). El OCM ofrece la posibilidad de
establecer un rito del matri
48
monio que se
adapte a las costumbres del lugar, una vez garantizada la presencia del
sacerdote que pida y reciba el consentimiento de los contrayentes e imparta la
bendición nupcial. Coincide con lo establecido por SC 77, con referencia
especial a SC 63. Por consiguiente, no sólo pueden mantenerse los ritos
del matrimonio ya existentes en las iglesias locales, como lo estableciera
el concilio de Trento, sino que se pueden también proponer o crear
nuevos ritos en conformidad con la cultura y las tradiciones de un pueblo
(Concilii Tridentini Decretum de Reformatione Matrimonii
"Tametsi"\, Mansi 33,153; SC 11). El OCM 18 añade
también que se pueden mantener tradiciones relativas al lugar en
que celebrar el matrimonio y a su duración. Con otras palabras, previa
solicitud por parte de las conferencias episcopales y con ciertas
condiciones canónicas y litúrgicas,
V. Conclusión
La
adaptación litúrgica es un problema complejo. Afecta a la
teología, a las fuentes cristianas, a la historia, a las legislaciones
litúrgicas y a la cultura. Como clara
49
mente lo ha
previsto SC 40, las mayores dificultades de adaptación se encuentran en
las tierras de misión; de ahí la necesidad de peritos que
colaboren con las conferencias episcopales. Pero la dificultad existe
también fuera de las misiones, sobre todo allí donde está
en evolución la cultura y donde el pensamiento teológico es más
fluido. Lo cual significa que la adaptación es un proceso sin
fin, dado que tanto las condiciones humanas como las condiciones
eclesiales están sujetas a una transformación incesante.
La
adaptación litúrgica tampoco puede ser un hecho aislado; se inscribe
en el fenómeno global de la adaptación dentro de la iglesia. La
liturgia, en efecto, no es una unidad independiente de la vida de la
iglesia. La fe que se celebra en la liturgia no es sino la misma fe que estudia
y formula la teología. El progreso en un área produce necesariamente
cambios en la otra. AG 22 ofrece un nuevo enfoque cuando afirma la necesidad de
promover una investigación teológica en todo el extenso
ámbito socio-cultural. Rste reexamen y revisión deberían
indicar cómo se podrá expresar la le en conformidad con el pensamiento
y el lenguaje de cada grupo étnico o cultural. "Con ello se
abrirán los caminos para una más profunda adaptación en
todo el ámbito de la vida cristiana". La adaptación
litúrgica debe seguir las huellas de la adaptación
teológica.
También
aquí es válido el axioma lex orandi, lex credendi, es decir, si
la liturgia adopta los valores y las expresiones lingüísticas de
cada pueblo.
Todo ello
requiere un discernimiento sobre la autenticidad de las formas culturales,
así como una capacidad de valoración crítica. Aquí
autenticidad significa que las
Adaptación
formas se ajusten
a la realidad vivida por el pueblo y la expresen adecuadamente.
Valoración crítica significa que las formas se sometan a un
proceso de purificación para poder comunicar el mensaje cristiano.
Se trata de un objetivo que exige no sólo un gran respeto a las
tradiciones y genio de los distintos pueblos, sino también una sensibilidad
innata hacia los mismos. AG 21 exhorta a los cristianos a expresar la fe
"en el ambiente de la sociedad, de la cultura patria y según las
tradiciones de su nación. Tienen que conocer esta cultura, sanearla y
conservarla". Hay que conocerla para discernir su autenticidad.
Sanearla y conservarla son medios para una valoración crítica.
Tal vez sólo un indígena sea capaz de responder a tales
exigencias.
[/ Creatividad; /
Cultura y liturgia; / Antropología cultural].
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leológicopastoral a propósito de una experiencia), en
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"Concilium" 142 (1979) 240-248; Véase también la
bibliografía de Creatividad, Cultura y liturgia, Grupos particulares y Niños.
ALTAR
/
Dedicación de iglesias y de altares; / Lugares de
celebración
50
SUMARIO: I.
Historia y significado del adviento - II. Estructura litúrgica del
adviento en el misal de Pablo VI - III. Teología del adviento - IV.
Espiritualidad del adviento
V. Pastoral del
adviento.
I. Historia y
significado del adviento
[/ Año
litúrgico, II]
Son dudosos los
verdaderos orígenes del adviento y escasos los conocimientos sobre
el mismo. Habrá que distinguir entre elementos relativos a
prácticas ascéticas y otros de carácter propiamente
litúrgico; entre un adviento como preparación para la
navidad y otro que celebra la venida gloriosa de Cristo (adviento
escatológico). El adviento es un tiempo litúrgico típico
de Occidente; Oriente cuenta sólo con una corta preparación de
algunos días para la navidad.
Los datos sobre
el adviento se remontan al s. IV, caracterizándose este tiempo tanto por
su sentido escatológico como por ser preparación a la
navidad; como consecuencia, se ha discutido no poco sobre el significado
originario del adviento: unos han optado por la tesis del adviento
orientado a la navidad y otros por la tesis del adviento escatológico.
La reforma litúrgica del Vat. II intencionadamente ha querido salvar uno
y otro carácter: el de preparación para la navidad y el de espera
de la segunda venida de Cristo (cf Normas universales sobre el año
litúrgico y sobre el calendario [texto en la edición oficial
del Misal Romano Castellano] n. 39).
II. Estructura
litúrgica del adviento en el Misal de Pablo VI
El adviento
consta de cuatro domingos (en la liturgia / ambrosia51
na, en cambio, de
seis). Aun manteniendo su unidad, como lo prueban los textos
litúrgicos y sobre lodo la casi diaria lectura del profeta
Isaías, este tiempo está prácticamente integrado por dos
períodos: 1) desde el primer domingo de adviento hasta el 16 de
diciembre se resalta más el aspecto escatológico, orientando el
espíritu hacia la espera de la gloriosa venida de Cristo; 2) del 17 al
24 de diciembre, tanto en la misa como en la / liturgia de las horas,
todos los textos se orientan más directamente a preparar la navidad. Los
dos prefacios de adviento expresan acertadamente las características de
una y otra fase. En este tiempo litúrgico destacan de modo característico
tres figuras bíblicas: el profeta Isaías, Juan Bautista y /
María.
Una
antiquísima y universal tradición ha asignado al adviento la
lectura del profeta Isaías, ya que en él, más que en los
restantes profetas, resuena el eco de la gran esperanza que
confortara al pueblo elegido durante los difíciles y trascendentales
siglos de su historia. Durante el adviento se proclaman las páginas
más significativas del libro de Isaías, que constituyen un
anuncio de esperanza perenne para los hombres de todos los tiempos.
Juan Bautista es
el último de los profetas, resumiendo en su persona y en su palabra toda
la historia anterior en el momento en que ésta alcanza su cumplimiento.
Encarna perfectamente el espíritu del adviento. Él es el
signo de la intervención de Dios en su pueblo; como precursor del
Mesías tiene la misión de preparar los caminos del Señor
(cf Is 40,3), de anunciar a Israel el "conocimiento de la
salvación" (cf Le 1,77-78) y, sobre todo, de señalar a
Cristo ya presente en medio de su pueblo (cf Jn 1,29-34).
El adviento,
finalmente, es el
Adviento
tiempo
litúrgico en el que (a diferencia de los restantes, en los que por
desgracia está ausente) se pone felizmente de relieve la relación
y cooperación de María en el misterio de la redención.
Ello brota como desde dentro de la celebración misma y no por
superposición ni por añadidura devocional. Con todo, no
sería acertado llamar al adviento el mejor mes mañano, ya que
este tiempo litúrgico es por esencia celebración del misterio de
la venida del Señor, misterio al que está especialmente vinculada
la cooperación de María.
La solemnidad de
III.
Teología del adviento
El adviento
encierra un rico contenido teológico; considera, efectivamente, todo el
misterio desde la entrada del Señor en la historia hasta su final. Los
diferentes aspectos del misterio se remiten unos a otros y se fusionan en
una admirable unidad.
El adviento evoca
ante todo la dimensión histórico-sacramental de la
salvación [/ Historia de la salvación]. El Dios del adviento
es el Dios de la historia, el Dios que vino en plenitud para salvar al hombre
en Jesús de Nazaret, en quien se revela el rostro del Padre (cf Jn
14,9). La dimensión histórica
Adviento
de la
revelación recuerda la concretez de la plena salvación del
hombre, de todo el hombre, de todos los hombres y, por tanto, la relación
intrínseca entre /evangelización y / promoción
humana.
El adviento es el
tiempo litúrgico en el que se evidencia con fuerza la dimensión
escatológica [/ Escatología] del misterio cristiano. Dios
nos ha destinado a la salvación (cf 1 Tes 5,9), si bien se trata de una
herencia que se revelará sólo al final de los tiempos (cf 1 Pe
1,5). La historia es el lugar donde se actúan las promesas de Dios y
está orientada hacia el día del Señor (cf 1 Cor 1,8; 5,5).
Cristo vino en nuestra carne, se manifestó y reveló resucitado
después de la muerte a los apóstoles y a los testigos escogidos
por Dios (cf He 10,40-42) y aparecerá gloriosamente al final de
¡os tiempos (He 1,11). Durante su peregrinación terrena, la
iglesia vive incesantemente la tensión del ya si de la salvación
plenamente cumplida en Cristo y el todavía no de su
actuación en nosotros y de su total manifestación con el retorno
glorioso del Señor como juez y como salvador.
El adviento,
finalmente, revelándonos las verdaderas, profundas y misteriosas
dimensiones de la venida de Dios, nos recuerda al mismo tiempo el
compromiso misionero de la iglesia y de todo cristiano por el advenimiento del
reino de Dios. La misión de la iglesia de anunciar el evangelio a todas
las gentes se funda esencialmente en el misterio de la venida de Cristo,
enviado por el Padre, y en la venida del Espíritu Santo, enviado del
Padre y del (o por el) Hijo.
IV.
Espiritualidad del adviento
Con la liturgia
del adviento, la comunidad cristiana está llamada a
52
vivir
determinadas actitudes esenciales a la expresión evangélica
de la vida: la vigilante y gozosa espera, la esperanza, la conversión.
La actitud de
espera caracteriza a la iglesia y al cristiano, ya que el Dios de la
revelación es el Dios de la promesa, que en Cristo ha mostrado su
absoluta fidelidad al hombre (cf 2 Cor 1,20). Durante el adviento la
iglesia no se pone al lado de los hebreos que esperaban al Mesías
prometido, sino que vive la espera de Israel en niveles de realidad y de
definitiva manifestación de esta realidad, que es Cristo. Ahora vemos
"como en un espejo", pero llegará el día en que
"veremos cara a cara" (1 Cor 13,12). La iglesia vive esta espera en
actitud vigilante y gozosa. Por eso clama: "Maranatha: Ven, Señor
Jesús" (Ap 22,17.20).
El adviento
celebra, pues, al "Dios de la esperanza" (Rom 15,13) y vive la gozosa
esperanza (cf Rom 8,24-25). El cántico que desde el primer domingo
caracteriza al adviento es el del salmo 24: "A ti, Señor,
levanto mi alma; Dios mío, en ti confío: no quede yo defraudado,
que no triunfen de mí mis enemigos; pues los que esperan en ti no quedan
defraudados".
Entrando en la
historia, Dios interpela al hombre. La venida de Dios en Cristo exige
conversión continua; la novedad del evangelio es una luz que
reclama un pronto y decidido despertar del sueño (cf Rom 13,11-14).
El tiempo de adviento, sobre todo a través de la predicación del
Bautista, es una llamada a la conversión en orden a preparar los caminos
del Señor y acoger al Señor que viene. El adviento,
enseña a vivir esa actitud de los pobres de Yavé, de los mansos,
los humildes, los disponibles, a quie
53
ríes
Jesús proclamó bienaventurados (cf Mt 5,3-12).
V. Pastoral del
adviento
Sabiendo que, en
nuestra sociedad industrial y consumista, este periodo coincide con el
lanzamiento comercial de la campaña navideña, la
pastoral del adviento debe por ello comprometerse a transmitir los valores
y actitudes que mejor expresan la visión escatológica y
trascendente de la vida. El adviento, con su mensaje de espera y esperanza
en la venida del Señor, debe mover a las comunidades cristianas y a los
fieles a afirmarse como signo alternativo de una sociedad en la que las
áreas de la desesperación parecen más extensas que
las del hambre y del subdesarrollo. La auténtica toma de conciencia
de la dimensión escatológico-trascendente de la vida
cristiana no debe mermar, sino incrementar, el compromiso de redimir la
historia y de preparar, mediante el servicio a los hombres sobre la
tierra, algo así como la materia para el reino de los cielos. En efecto,
Cristo con el poder de su Espíritu actúa en el corazón de
los hombres no sólo para despertar el anhelo del mundo futuro, sino
también para inspirar, purificar y robustecer el compromiso, a fin de
hacer más humana la vida terrena (cf GS 38). Si la pastoral se deja
guiar e iluminar por estas profundas y estimulantes perspectivas
teológicas, encontrará en la liturgia del tiempo de adviento un
medio y una oportunidad para crear cristianos y comunidades que sepan ser
alma del mundo.
[/ Año
litúrgico; / Tiempo y liturgia].
A. Bergamini
Ambrosiana,
liturgia
BIBLIOGRAFÍA:
AA.VV., Tiempo de Adviento, en Asambleas del Señor 2, Marova,
Madrid 1965; AA.VV., Adviento, Dossiers del CPL 2, Barcelona 1978; Barth K.,
Adviento, Ed. Estudio, Madrid 1970; Farnes P., Las lecturas bíblicas en
Adviento, en "Oración de las Horas" 12 (1983) 325-331; Ferro
Calvo M.,
La
celebración de la venida del Señor en el oficio hispánico,
Instituto S. de Pastoral, Madrid 1972; González R., El Adviento en
Galicia, en "Phase" 113 (1979) 377-385; Maertens Th., Pastoral
litúrgica de Adviento y Cuaresma, Marova, Madrid 1965; Nocent A.,
Contemplar su gloria: Adviento, Navidad, Epifanía, Estela, Barcelona
1963; Celebrar a Jesucristo, 1. Introducción. Adviento, Sal Terrae,
Santander 1979; Raquez O., Preparación para la fiesta de Navidad en
SUMARIO; I.
Eritre "ayer" y "hoy": frente a unos datos: 1.
III.
Conclusión: 1. Liturgia ambrosiana: concretización de la
única tradición litúrgica perenne: a) Ley del aumento del
depósito eucológico, b) Ley de la autodeterminación
litúrgica, c) Ley de las diversidades expresivolitúrgicas
como contraprueba de la veracidad de ía viva tradición
ambrosiana; 2. La teología litúrgica ambrosiana con miras a una
espiritualidad ambrosiana: a) El punto de apoyo de la tradición, b)
El punto de apoyo de la experiencia, c) El punto de apoyo de la comunión
con otras iglesias locales.
Con el principio
solemnemente ratificado en la introducción de la constitución
litúrgica Sacrosanctum concilium, el Vat. II ha acentuado su estima por
todos los ritos existentes en la iglesia. Se afirma, efectivamente,
allí: "... el sacrosanto concilio, ateniéndose
fielmente a la tradición, declara que la santa madre iglesia atribuye
igual derecho y honor a todos los ritos legítimamente
reconocidos y quiere que en el futuro se conserven y fomenten por todos los
medios" (SC 4)'. Así es como una vez más en el transcurso de
la historia quedaba oficialmente la liturgia ambrosiana a salvo de todo atropello2.
En efecto, conservar y fomentar una liturgia antigua como la ambrosiana
significa ratificar el principio de que toda iglesia local1 goza de un derecho
nato (jus fontale o jus nativum) a expresarse en sus formas connaturales
en lo tocante a realidades litúrgicas4. Lo cual equivale a decir
que toda liturgia legítima, aun la solamente celebrada por una iglesia local,
es siempre un culto ofrecido al Padre por todo el cuerpo de Cristo (Christus
totus: cabeza y miembros)5 en virtud de un único Espíritu Santot.
Dentro de este
contexto de legitimación de una liturgia perenne, como cabalmente
lo es la ambrosiana, que goza de derechos y es merecedora de todo aprecio
y debe conservarse y fomentarse7, a lo largo de nuestro estudio, y
después
54
de una ojeada
histórica a
I. Entre el
"ayer" y el "hoy": frente a unos datos
Bien ponderados
ciertos hechos del pasado, del ayer litúrgico de la iglesia viviente en
territorio italiano, llega hoy uno a sentirse estimulado a infundir
en las formas y fórmulas litúrgico-expresivas un espíritu
más genuino y auténtico. Desde tales hechos como fondo, se
llegará a comprender mejor la supervivencia de la liturgia ambrosiana
y su reforma actual.
1.
55
múltiples
factores, al período de compilación y estabilidad de las
fórmulas escritas. El segundo período (ss. m-iv/vi-vii) es
de actividad creadora de eucología, ya dentro del genio greco-oriental y
latinoromano ,0, ya en consonancia con el ministerio pastoral de las
grandes figuras y padres orientales: Basilio, Juan Crisóstomo, etc., y
occidentales: León, Gelasio, Gregorio (liturgia romana),
Ambrosio (liturgia ambrosiana), Leandro de Sevilla (liturgia
hispano-visigótica), Pedro Crisólogo (liturgia ravenense), Cromado
(liturgia aquileyense), etc., ya merced a la comunicación con las
principales sedes episcopales metropolitanas (Jerusalén,
Antioquía, Alejandría, Constantinopla, Roma, Milán,
Sevilla, Lyon, etc.): desde dichas sedes metropolitanas se irradiaba la
acción misionera mediante una evangelización capilar de las
aldeas. No pocas veces gozaban tales sedes de especial relevancia,
hasta el punto de alcanzar en ciertos momentos un papel marcadamente
importante en cuestiones político-civiles (Roma: caput mundi;
Constantinopla: segunda Roma; Milán: sede irregular y circunstancial
del emperador; Rávena: centro del exarcado; etc.). Otras veces, la
mezcla de pueblos bárbaros, así como las sucesivas vicisitudes ya
políticas, ya relativas a una ortodoxa o heterodoxa
profesión de la fe (piénsese en el arrianismo), intensificaban
la unión de los diversos grupos de fieles en torno al obispo, que, con
su presbyterium, venía a convertirse en centro de cohesión y
punto seguro de referencia. Este papel vendría después, con la
propa
gación de
las formas monásticas, desempeñado por el abad de los grandes
monasterios (en Occidente, los benedictinos).
Nada, pues, tiene
de extraño que, en un contexto de factores como
Ambrosiana,
liturgia
éste, el
área geográfica de Italia atestigüe un típico
florecimiento de
las tradiciones
litúrgicas más diversas".
Además de
la liturgia romanan,
cuyo influjo se
dejó sentir sobre
todo en el centro
y en las islas,
podrían
mencionarse otras más.
En
En
Ambrosiana,
liturgia
tismal24; con
Fortunaciano (t después del 360), que compuso un índice de
perícopas titulis ordinatis2'bi'; con el obispo Valeriano, que
escribe a Ambrosio: "Alexandrinae ecclesiae semper ordinem dispositionemque
tenuimus" (PL 16,949), y con la obra pastoral y litúrgica de
Cromacio de Aquilea25: también esta liturgia es objeto de frecuentes
estudios26, ignorándose todavía los tesoros que encierra; la
liturgia ravenense, con el testimonio de un libro litúrgico
antiguo —el Rotulus de Rávena27— y la obra de Pedro llamado
Crisólogo (ca. 425-ca. 451)28 y de Maximiano (546-557), con su Liber
sacramentorum 29. Pero existen también en esta época otros
centros impulsores de la transmisión de la fe a través de sus
típicos usos litúrgicos. Pueden evocarse Verona —con
Zenón (362372 ó 382)50—, ciudad que llegará a
ser conocida por su scriptorium de libros litúrgicos31; Vercelli, con
Eusebio (f 371)32; Turín, con Máximo (fea. 423)";
Pavía, con Ennodio (514-521)34. Del análisis interno de los
escritos de estos padres puede deducirse la existencia de usos
litúrgicos típicos, propios de
las iglesias
dirigidas por ellos.
Con la necesidad
de conducir a la fe católica a las diversas agrupaciones de
poblados arríanos y con la urgencia de restablecer usos y costumbres
cristianos, en el Valle paduano se experimentará la influencia del
centro monástico de Bobbio, con Misal35 y Ritual36 propios,
notablemente contaminados por la liturgia galicana (de ahí la liturgia
galicano-bobbiense'1). Columbano (543-615) y sus monjes procedían
de Irlanda, donde era usual el rito céltico, y habían pasado
por Luxeuil, en Francia, y por San Gallo, en Suiza, llevando consigo a
Bobbio usos litúrgicos ultraalpinos. Igualmente y por obra
56
de los monjes se
extenderían más allá de los Alpes usos y textos
litúrgicos ambrosianos que tales monjes habían encontrado ya vigentes
en los puntos geográficos de sus actividadesM. Se hacen, pues, sentir no
poco los influjos litúrgicos monásticos, sobre todo los
monástico-benedictinos".
Entre todas estas
liturgias itálicas, la única hoy superviviente, junto con la
romana, es la ambrosiana.
b) Desde los ss.
X-XI hasta el
'concilio de
Trento. A partir de los ss. vii-vm, las antiguas memorias litúrgicas que
logren sobrevivir se fundirán con las aportaciones culturales de
los nuevos pueblos establecidos principalmente en el sur y centro de
Italia, así como de otros pueblos más, instalados en la parte
meridional y en las islas: piénsese en los normandos y en las colonias
de griegos y de albaneses, así como en la difusión del monaquisino
oriental por obra, sobre todo, de los basilianos (Niío [f 1005] y
seguidores). Por factores de diversa índole, no siempre, por tanto, ni
sólo religiosos, y debido a la serie de personalidades, con el consiguiente
flujo de acontecimientos políticos, durante este período aparece
el mapa litúrgico italiano mucho más diversificado que en la
denominada época antigua.
En
57
producción
de libros litúrgicos, objeto todavía hoy de estudio, que
atestiguan ritos particulares. Durante este período es cuando quedan
codificados usos anteriormente aludidos42.
En
Es también
ésta la época de las
Ambrosiana,
liturgia
liturgias
particulares de órdenes monásticas y mendicantes. Recuérdese
a los silvestrinos, cistercienses, certosinos y premostratenses, que contaban
con usos litúrgicos, calendarios, salterios, disposiciones de
perícopas bíblicas, ritos, etc., especiales". No se
pueden, de igual modo, olvidar los usos litúrgicos de los dominicos, ni
posteriormente los de los servitas, como tampoco la obra de difusión, y
anteriormente de amalgama, de los mismos usos romanos, bajo la guía
de los franciscanos *.
La diversidad de
ritos en una
misma ciudad o
diócesis es un
hecho reconocido
incluso por el
IV concilio de
Letrán (1215), que
con su can. 9 no
pretende eliminar
por entero tal
diversidad, sino sólo
mantener la
unidad de la fe y de la
disciplina bajo
un único obispo.
Este debe proveer
y contar con
personal
competente para la cele
bración de
los sacramentos según
los diferentes
ritos5'. La necesidad
pastoral
obligará a traducir partes
de los libros
litúrgicos a una lengua
asequible al
pueblo58. Ante el aban
dono, por parte
de la gente, de la
liturgia oficial
celebrada en latín
(ya
incomprensible), el impulso
devocional
dará origen a las formas
denominadas de
sustitución de la
liturgia y al
auge de las devociones
populares5'.
Debido a la
imprenta, con la que también los libros litúrgicos aumentaron
su difusión, así como a las cambiantes condiciones culturales y a
las disposiciones de la cuarta sesión del concilio de Trento, que, para
salvaguardar el depositum fidei60, intentó abolir todos los ritos
litúrgicos que no se remontasen a una determinada época, van a ir
progresivamente desapareciendo las distintas tradiciones litúrgicas locales
itálicas"; la tradición ambrosiana va a ser una
excepción.
c) Desde Trento
hasta la reforma litúrgica actual. Se ha solido hablar de la
existencia de un fixismo litúrgico postridentino; pero ello no
responde enteramente a la verdad. Se puede hablar de fixismo, pero sólo
en un sentido determinado. En efecto, hasta fines del siglo pasado e
incluso hasta la promulgación del CDC (1917), aquí y
allí, por toda Italia, estaban vigentes, por ejemplo, rituales
específicos para la administración de los sacramentos y
sacramentales62, así como abundantes apéndices a los Misales con
sus misas propias para las distintas diócesis. El mismo Missale Romanum
de Pío V incluso casi un siglo después de haberse promulgado
no se usaba todavía en parroquias del Apenino central.
Además,
en algunas partes
el josefinismo trataba también de hacer sentir su influencia en materia
litúrgica. Las contraintervenciones de la iglesia se
justificarán, pues, por tales hechos, que deben sin embargo ser
bien estudiados. En todo caso, Italia contará durante este
período con eminentes especialistas en liturgia63. Alguna
resistencia se puso, en el siglo pasado y a principios del actual, por parte
del Dicasterio de
en uso hasta la
actual reforma posconciliar.
[/ Liturgias
locales antiguas].
2.
58
tintamente los
términos: rito, ritos, liturgia, tradiciones litúrgicas, sin
haber dado previamente ninguna clarificación terminológica, que
también nosotros —siguiendo una afirmación de C.
Vogel— creemos oportuna". Para evitar confusiones, se ha de
tener presente que rito ambrosiano encierra un sentido más amplio que
liturgia ambrosiana. Rito ambrosiano es expresión peculiar de la
vida de la iglesia ambrosiana y comprende el conjunto de normas y usos
cultuales, jurídicos y administrativos propios de las iglesias locales
que consideraban como cabeza a la iglesia metropolitana de
Milán. Se distinguirían aquí diversas etapas, a lo largo
de las cuales llega a formarse el rito ambrosiano y a gozar de típicas
autonomías jurídico-eclesiales dentro del Occidente
cristiano. Una de esas etapas va estrechamente vinculada a la existencia y
actividad de escuelas eucológicas que crearon o tomaron de otras fuentes
los formularios de oraciones y el conjunto de ceremonias para la liturgia
local. Por liturgia ambrosiana entendemos, pues, dentro de este contexto,
todo ese específico depósito eucoló
gico y el estilo
de celebración de los actos litúrgicos en las iglesias locales
que giraban en torno a la iglesia metropolitana de Milán. Con el correr
de los siglos y por motivos (políticos, religiosos, creación de
nuevas diócesis, antagonismos, etc.) que no vamos ahora a analizar, el
territorio de la liturgia ambrosiana vino a reducirse a la archidiócesis
casi entera de Milán, con alguna que otra localidad de otras
diócesis6*.
a) Sus
orígenes. Según testimonio del Liber Notitiae Sanctorum
Mediolani, escrito entre 1304 y 1311, que utilizó fuentes antiguas,
sabemos que el obispo milanés
59
Simpliciano
(j401) llegará a completar el cargo ubi sanctus Ambrosius non
impleverat, y que otro obispo también milanés, Eusebio (449-ca.
452), llegó a componer mullos cantus ecclesiae siguiendo las huellas de
san Ambrosio (374397)". El biógrafo Paulino atestigua que
con Ambrosio se introdujeron por primera vez en la iglesia de Milán
antiphonae, hymni ac vigiliaeK. En efecto, Ambrosio utilizó el
canto litúrgico popular alterno69 y compuso otros textos
litúrgicos *>, entre los que (tal vez) figura una laus cerei1'. Se
denomina, pues, liturgia ambrosiana no sólo la realmente utilizada por
san Ambrosio, sino también la que figura bajo su nombre. Por lo
demás, ha existido siempre la convicción de que en la
iglesia milanesa Ambrosio era el primus, id est maximus, metropolitanam
regens cathedram12.
Así es
como la expresión pronunciada por Ambrosio en un sermón
sobre la herencia recibida de sus predecesores Dionisio (349 apte.360
apte.), Eustorgio (f ca. 349), y Mirocles (t ca. 316): Atque omnium retro
Jidelium episcoporum13, sin duda se le puede después aplicar a él
mismo: la iglesia de Milán posee la herencia de Ambrosio74. Por tanto,
después de él, todo lo concerniente a la iglesia de
Milán no puede menos de ser ambrosiano, por más que la
aplicación del adjetivo ambrosiana a la iglesia milanesa corresponda
únicamente a una carta del papa Juan VIII en el año 881" (si
bien ya Gregorio Magno [590-604] se había dirigido a los
eclesiásticos milaneses con la expresión sancto Ambrosio deser
vientibus
clericisn).
Por encima de
estas afirmaciones queda, sin embargo, abierta todavía una
cuestión: cómo y cuándo tuvo origen la liturgia
ambrosiana y cuáles son las raíces de su
Ambrosiana,
liturgia
depósito
eucológico en su primitiva formulación. Sin entrar en detalles,
mencionemos las opiniones sobre el particular. Pueden reducirse a las
siguientes. La liturgia ambrosiana es de origen oriental: opinión sostenida,
por ejemplo, por Duchesne77 y por Léjay78, y que está avalada por
estudios de Cattaneo 7" y otros más recientes de Alzati80; puede
encontrar un apoyo posterior en el hecho de los frecuentes contactos entre
Milán y Oriente, ya directamente (intercambios comerciales,
presencia de gentes greco-orientales en Milán, cuestiones
políticas relacionadas con la división del imperio
romano, etc.), ya indirectamente mediante relaciones de Milán con
Rávena y Aquilea11, ciudades que a su vez (sobre todo Rávena)
formaron anillos de comunicación con Oriente. Otros, los más,
sostienen que la liturgia ambrosiana tiene origen romano: Probst, Ceriani,
Magistretti, Cagin, Magani, Cabrol, Battifol, Jungmann, etc.82 Se basan
ellos, entre otras razones, en la afirmación de san Ambrosio: In
ómnibus cupio sequi ecclesiam romanam, sed tamen et nos hominis
sensum habemus". Permítasenos observar que no podría
aducirse tal afirmación para establecer irrefutablemente la
romanidad de la
liturgia
ambrosiana: las pruebas aducidas por la opinión contraria —cantos,
antífonas, sistemas de elección y de disposición de las
perícopas bíblicas, fórmulas de profesión de fe
(credo) en la celebración eucarística, etc.— son datos
reales que emparentan la liturgia ambrosiana con Oriente más que
con Roma.
Pero hay algo que
sigue siendo cierto: 1) La liturgia ambrosiana posee tal unidad
específica que aparece como una realidad consistente en sí
misma: sistemas de lecturas bíblicas84, eucología8', to
Ambrosiana,
liturgia
nalidad de
temáticas teológicolitúrgicas típicas86,
estructura del año litúrgico *", del santoral88, de la
heortología *', paralelos a la correlativa formación de sus
libros litúrgicos90 y de sus ceremonias propias, la caracterizan
como liturgia especial dentro del Occidente cristiano. 2) Vale
también para la liturgia ambrosiana lo apuntado anteriormente [/I,
1, a] acerca de la unidad originaria de todas las liturgias antiguas, que
derivan de un único y primitivo tronco judeo-cristiano. Se debiera
aquí tener en cuenta que el primer obispo de Milán,
Anatalón, ejerció allí su ministerio entre finales del s.
ii y comienzos del m. Durante aquella época, ¿se celebraba
en Milán la liturgia en lengua griega o ya en la latina? E igualmente,
¿estaba constituido en Mi
lán el
primer núcleo de cristianos por orientales o no? 3) Es indudable
que la liturgia ambrosiana no puede catalogarse entre las liturgias galicanas,
contra lo que se lee en algunos libros y no sólo de siglos pasados.
b) Ambiente en
que se formó. Las peculiaridades de la liturgia ambrosiana habrán
igualmente de buscarse dentro del cauce teológico de su
formación, que tendrá lugar bajo un influjo de factores internos
y externos". Recordemos solamente los principales: 1) La honda matriz
de la liturgia ambrosiana es el antiarrianismo; en su origen e
instauración (ss. iv-v), en su desarrollo (ss. vi-vn) y en su
consolidación (ss. VIII-IX) hubo de luchar siempre contra el
arrianismo: el puro (ss. iv-v), el bárbaro —longobárdico—
(ss. Vi-vil) y sus epígonos (ss. VIII-IX); lo cual dejó impreso
en ella un fuerte "cristocentrismo" que se reforzará durante
el cisma de Aca
cio (484-519),
frente al cual los obispos milaneses se muestran in
60
condicionalmente
solidarizados con el pontífice romano. Después de la denominada
cuestión de los Tres Capítulos, que a través de enmarañadas
implicaciones teológicas y políticas llevó a una serie de
obispos, desde Vital (552-556) hasta Lorenzo (573-592), a adherirse al
cisma'2, los obispos católicos de Milán, fieles a la ortodoxia
—después de su regreso del exilio voluntario de Genova
(571-649), al que se habían acogido para evitar las matanzas de los
longobardos—, progresivamente (desde el 670 se había extinguido
todo espíritu separatista) van recuperando las posiciones de
una catolicidad de la fe más genuina que nunca". Todo ello
influyó en la elaboración de fórmulas y formularios
de la liturgia ambrosiana, que contienen ricas consideraciones en torno a la
persona de Cristo: encarnación del Verbo, nacimiento virginal,
humanidad-divinidad de Cristo; y, consiguientemente,
veneración de la siempre Virgen y Madre de Dios, María. 2) Los
frecuentes contactos entre Milán (merced a su centralidad, fue ya
desde la antigüedad lugar de intercambios culturales y comerciales) y
otros centros culturales explicarían ya los híbridos
orígenes de la liturgia ambrosiana,
ya sus diversas
estratificaciones y contaminaciones, ya las múltiples coloraciones
teológico-litúrgicas y litúrgico-espirituales que en ella
se pueden descubrir. Lo cual, sin embargo, no significa eclecticismo; es
más bien testimonio de polifacéticas riquezas presentes ya
en la liturgia ambrosiana antigua y transmitidas de generación en
generación hasta hoy. Los investigadores han descubierto huellas
influyentes, contaminantes, enriquecedoras, así como intercambios con
Oriente, a través de dos específicos centros culturales,
anteriormente apunta
(>l
dos
(Rávena y Aquilea); con África occidental (Cartago, Tagaste,
etcétera,4) y oriental (Alejandría)"; con España y
posteriormente con el territorio transalpino, a través de monjes
iro-celtas, o de la denominada reforma carolingia; con Roma, de la que
depende la progresiva romanización de la liturgia ambrosiana
".
c) Diversas estratificaciones
de su redacción. Si después de Ambrosio todo lo concerniente
a la iglesia de Milán no puede sino ser ambrosiano, se explica el
esfuerzo de los estudiosos por señalar en las fuentes manuscritas
de aquella liturgia
-cuyos
testimonios llegados hasta nosotros se remontan casi por entero al s. IX y
siguientes— todo lo que es redaccionalmente observable en la época
de Ambrosio, para distinguirlo de cuanto pertenece a la época de la
codificación definitiva durante el renacimiento longobárdico
o a la época de la recodificación ampliada durante la
reforma carolingia.
Teniendo en
cuenta la corriente teológica y el ambiente de la formación
de la liturgia ambrosiana, se comprenden mejor sus tres grandes y comprobadas
estratificaciones redaccionales. Se descubre en ellas el progresivo
enriquecimiento del primitivo núcleo ambrosiano. La primera
redacción se remonta al
s. (ív) v:
ha sido identificada por Paredi y algún otro". La segunda
redacción, como base de los estudios de Heiming y de Triacca'8, tiene
su apogeo en el s. vn. La tercera redacción es la carolingia (ss. ix-X),
que, según los estudios de Borella, Cattaneo y otros", atestigua
una progresiva romanización, obligada, pero también una
más sólida cristalización de la liturgia ambrosiana.
Desde un punto de vista formal se pueden, pues,
Ambrosiana,
liturgia
distinguir en la
liturgia ambrosiana una pura y neta liturgia, atestiguada por la primera
redacción y en parte por la segunda, y otra contaminada (por
influencias romanas, monásticas, etc.) atestiguada especialmente
por la tercera redacción.
Más
aún: la pluralidad expresivointerpretativa que entre los ss.
(ív) v-ix (x) llega a crearse en el seno de la liturgia ambrosiana nos
dice que —aun vivificándose y revistiéndose de distintas expresiones
litúrgicas o contaminándose con las más próximas
con el paso de una a otra generación o con la serie de culturas
heterogéneas (itálico-romanas, bárbaro-longobardas,
carolingia)— la única tradición litúrgica ambrosiana
salva lo que perennemente se remite a su temperies originaria. La cual debe
recogerse y reflejarse no tanto en el ceremonial o en las diferencias
celebrativas por relación a otras tradiciones, cuanto en las distintas
temáticas sobre el misterio de Cristo, centro de salvación del
cosmos y del hombre, y en la incisividad de su contenido, que a la
densidad conceptual, unitariedad y plenitud teológica une un
estilo que puede parecer redundante por relación a la concinnitas
de la liturgia romana, pero que mantiene la concisión expresiva
propia del Occidente litúrgico m.
d) Sus reformas y
revisiones. Todo lo dicho es una constatación de algo que merece
subrayarse: la supervivencia y el periódico retorno a la cresta de la
ola de la liturgia ambrosiana, la única, entre las distintas liturgias
occidentales antiguas (africana, galicana, visigóticohispánica,
etc.) —salvo la por desgracia sólo esporádica
supervivencia de la mozárabe1"'—, "que ha podido
salvarse hasta hoy como liturgia particular de toda una iglesia local y ha seguido
en todo
Ambrosiana,
liturgia
momento con vida
propia. Esta constante presencia y fiel transmisión a través
de los siglos no deja de ser un hecho del todo singular". La
reflexión es del profesor Alzati, quien, constatando la serie de las
condiciones socio-políticas que afectaron al área de la
difusión de la liturgia ambrosiana a través del tiempo, sigue
diciendo: "...han sido realmente muchos siglos: hemos tenido godos,
bizantinos, longobardos, francos, el imperio medieval y, posteriormente,
en la edad moderna, las sucesivas dominaciones extranjeras: franceses,
españoles, los Habsburgo de Austria, la revolución y
Napoleón, nuevamente los Habsburgo y después el Estado
piamontés; las instituciones civiles desaparecieron con el tiempo, las
mismas instituciones eclesiásticas fueron experimentando notables
transformaciones, mientras que la liturgia ambrosiana, únicamente ella,
se ha conservado y mantenido. Un fenómeno que no puede menos de hacer
pensar"102. Y, en el caso presente, pensar en serio, sabiendo que la
liturgia ambrosiana sobrevive en virtud de su misma vitalidad, por la que
se adapta al genio de los pueblos que la celebran y de los que, a su vez, sabe
asimilar lo que
es asimilable.
Por eso el tema que afrontamos en este párrafo quiere ser, más
que una expresión de hechos históricos"", una
reflexión global sobre el paso de la unidad originaria (¿con Roma
y/o con el Oriente o con el primitivo tronco judeo-cristiano?) a aquella
pluralidad expresivo-interpretativa, que desde antiguo considera la
liturgia ambrosiana como un unicum [/ supra, a] en el conjunto de las liturgias
occidentales en general y de las liturgias itálicas [/supra, I, 1]
más en particular.
Es cierto que los
cambios, influencias y contaminaciones con
62
otros centros
cultuales y culturales que puedan encontrarse en la estratificación
redaccional [/ supra, c] se deben confrontar con otro fenómeno no
litúrgico, típico también de la liturgia ambrosiana hasta
la reforma posterior al concilio de Trento; es decir, con el
fenómeno de la multiplicidad sincrónica, en el ámbito
de la misma liturgia ambrosiana, de otros formularios para la
celebración eucarística de una misma fiesta
litúrgica104 o para la celebración de un mismo sacramen
to l05
. A nuestro
juicio, la reforma carolingia, al influir en la liturgia ambrosiana, la
vivifica, por una parte, obligándole a tomar conciencia refleja de
su propia peculiaridad, y acelera, por otra, en ella el paso desde la
pluralidad expresivointerpretativa hasta la uniformidad ritual. En efecto,
la renovación de los manuscritosm, la sistematización
ceremonial codificada en los ss. xxii y siguientes107, el método de
selección y copia de otros fragmentos eucológicos
extra-ambrosianos, la sutura de formularios litúrgicos, etc., no
son sino determinantes propios de las diversas revisiones o reformas
de la liturgia ambrosiana.
Entre las
reformas antiguas podemos catalogar la correspondiente a la segunda
estratificación redaccional (s. vil); no tenemos pruebas, a no ser
las del análisis interno de los textos litúrgicos (cuya codificación,
repetimos, se remonta al s. ix y siguientes) —y sin recurrir al hecho
discutido y discutible aducido por la crónica milanense de Landolfo
Seniore, a saber: que en tiempos del arzobispo Constancio (593-600) el papa
Gregorio Magno se había interesado por el rito ambrosiano
l0"— y las de otros datos: el testimonio del Versus de
mediolana civitate (siendo arzobispo Juan el Bueno [641-669], que
<).?
pone fin al
exilio de los obispos milaneses en Genova), según el cual la ciudad,
desde el punto de vista litúrgico, era pollens ordo leccionum,
cantilene, organum, modolata psalmorumque conlaudanturm; la cultura del
arzobispo Mansueto (676-685); la producción de Benito (685-721);
En
correlación con la tercera redacción tenemos la denominada
reforma carolingia, promocionada desde fuera y debida a factores
extraños a la liturgia ambrosiana. Su resultado fue la consolidada
Ambrosiana,
liturgia
supervivencia y
continuidad de la misma, que entonces experimenta notables influencias romanas,
tanto en el calendario como en los formularios para la celebración
eucarística"6. Pero se experimentan igualmente las
influencias de usos monástico-benedictinos: tenemos testimonios de
códices litúrgicos ambrosiano-monásticos "7. Una cosa
es cierta: la reforma carolingia, que podría considerarse como un
fraude legal en la liturgia ambrosiana, creó en los ambrosianos una
conciencia tan refleja sobre el tesoro de que eran depositarios, que el resto
del medievo y el renacimiento atestiguan reformas, revisiones, restauraciones,
innovaciones de notoria importancia.
Baste recordar la
floración de los sacramentos y misales ambrosia-nos. El único
verdadero sacramentarlo (libro litúrgico para la celebración
de la misa carente de fragmentos escriturísticos, para los que se
recurría a los leccionarios, evangeliarios, etc.) ambrosiano
está escrito por el arzobispo Ariberto (1018-1045) "s. Poseemos
después el misal-sacramentario de Bérgamo1", los de Biasca
l2°, de san Simpliciano en Milán121, de Lodrino, de Bedero, de
Armio, de Venegono, de Vercelli, etc.I22. Destaca, además, a principios
del s. xn el paciente trabajo de Beroldo, el superintendente y custodio de las
luces de la iglesia metropolitana, que codificó el Ordo el ceremoniae
ecclesiae ambrosianae mediolanensis™. Poseemos igualmente el Ordo
missarum; la descripción de cómo se desarrollaba la liturgia
de las horas canónicas; de cómo se celebraban las vigilias
de las grandes festividades; cuáles fueron las fiestas menores; el
calendario, los usos para los diferentes tiempos litúrgicos, etc.
Tenemos después los manuscritos relativos a la liturgia de las
horas y a la
celebración
de los otros sacramentos (además de la eucaristía): el
conjunto total viene testimoniado en el "Líber manualis"
secundum institutionem ambrosianae ecclesiae,
usado en la
canonjía del Valle Travaglia (Várese), y en el Pontificóle
in usum ecclesiae mediolanensis'". Es éste el período
del reflorecimiento de la liturgia ambrosiana, que se debe a los esfuerzos
de los liturgistas de la época. Piénsese en la labor del ya
mencionado Beroldo: puede, a primera vista, parecer una simple
codificación de lo que durante su tiempo era usual en el reducido
ámbito de la iglesia metropolitana donde él prestaba sus
serviciosl24bi'; pero a partir de él (hasta la reforma hoy en marcha)
habrá que aludir ya siempre a la cristalización o
formalización beroldíana. Tampoco puede silenciarse el
Liber celebrationis missae ambrosianae, escrito alrededor de 1220 por Juan
Bartolomeo de Guercis de Melegnano, rector de la iglesia de San Víctor
de Puerta Romana'", así como la composición de formularios
de misas, oficios e himnos por obra de Ulrico Scaccabarozzi (t 1293), preboste
de San Nazario de Brolio l2\ Como no se pueden tampoco ignorar la reformatio et
instaurado missae ambrosianae realizada por el arzobispo Francisco
de Parma
(1296-1308) '" o la constitutio archiepiscopalis edita circa
reformationem officii del arzobispo Francisco II Piccolpasso (14351443)
"\
Con la
aparición de la imprenta, las revisiones de la liturgia ambrosiana
se miden por las distintas ediciones de sus libros. Comenzando por los
incunables del Misal (1475 y 1482) y del Breviario (1475), con el card. Esteban
Nardini (14611484), y terminando por las últimas ediciones iuxta
typicam de los libros litúrgicos latinos, con el card. Alfre64
do Ildefonso
Schuster (1929-1954), se realizaron siempre retoques, aportaciones o
defoliaciones, revisiones o verdaderas reformasl29. Las más
importantes son las que tuvieron lugar después del concilio de
Trento por obra de san Carlos Borromeo (1560-1584), quien, para renovar la
liturgia ambrosiana, fundó
. Borromeo
(1595-1631). Con el card. José Pozzobonelli (1744-1783) se
elaborará una edición del Misal —editado a
continuación del denominado Missale Ambrosianum Dúplex"1,
vigilado por Ratti-Magistretti sobre el trabajo de Ceriani— que
servirá para la preparación de la edición típica de
1902, con el card. Andrés Ferrari (1894-1921). Es en la época del
card. Ferrari cuando, por obra de los encargados del Dúplex y de otros,
Después de
la simplificación de las rúbricas y la adaptación del
horario de las celebraciones de la semana santa o Authentica con el card. Juan
Bautista Montini (19541963), en conformidad y sintonía con las
reformas paralelas de la liturgia romana "\ se cierra un capítulo
glorioso de la liturgia ambrosiana, la cual está hoy viviendo la
hora de su reforma posconciliar.
65
II. Actual liturgia
ambrosiana
Una vez que el
Vat. II, por razones pastorales, fruto éstas a su vez del
movimiento litúrgico, ratificó los principios de la reforma, también
para la liturgia ambrosiana transcurrió más de un lustro durante
el cual su primera preocupación fue preparar la traducción
oficial de los libros litúrgicos: se podía ya utilizar la lengua
italiana, abandonando la latina. Este abandono del latín
asestó, sin duda, un golpe de gracia a la tradición del canto
fijo o canto litúrgico ambrosiano "s, que incluso había
experimentado un renacimiento con el card. Ferrari'56 y posteriormente con el
card. Schuster mediante la edición revisada de los cantorales
'•" y el relanzamiento del Pontificio Instituto ambrosiano de
música sagrada "". El entusiasmo, incluso, por el arte sacro
había visto en 1921 el nacimiento de
Siguiendo las
huellas de todo cuanto se ha venido haciendo con la liturgia romana,
también la ambrosiana tuvo su traducción ad interim de los
libros litúrgicos más comunes. Después de la
traducción oficiosa recogida en los llamados misalilos para uso del
pueblo "*, en 1966 vio la luz, primero en fascículos (de
formato grande) y después en bloque (de formato pequeño), la
edición bilingüe del Misal Ambrosiano ,4°. Se editaron
también, en ediciones bilingües, los libros litúrgicos
para la celebración del bautismo y del matrimonio"" y
para los funerales "2. Era tan sólo el primer paso hacia la propia
y verdadera reforma, de la que todavía no puede hacerse historia, sino
sólo un
Ambrosiana,
liturgia
ensayo de
cronohistoria, lo cual nos va a permitir explicitar algunas peculiaridades de
la actual liturgia ambrosiana. Advertimos, sin embargo, desde el principio
que las peculiaridades celebrativo-rituales de la liturgia ambrosiana del pasado
>4-' se han uniformado ya casi de forma total con las de la liturgia romana.
1. BREVE
CRONOHISTORIA DE UNA REFORMA EN MARCHA. Para tejer sintéticamente la
cronohistoria de la reforma de la liturgia ambrosiana actual,
bastaría repasar las intervenciones oficiales del cardenal G.
Colombo hechas públicas entre el 28 de febrero de 1967 (discurso en la
segunda sesión plenaria del Sínodo XLVI'«, en el que se
preparaba oficialmente la reforma litúrgica ambrosiana) y el jueves
santo, 15 de abril de 1976 (durante la misa crismall4! el arzobispo
entregaba a los sacerdotes y fieles el nuevo Misal Ambrosiano hasta entonces
elaborado l46). Rebasa los objetivos de una voz de diccionario entrar en
detalles, por más que no dejaría de ser útil y hasta
necesario conocerlos para comprender el espíritu de la reforma de
la liturgia ambrosiana: remitimos a una muy lograda
síntesis"" y a las monografías, citas, indicaciones
de etapas, dificultades y logros de la reforma, puntualmente recogidos por la
revista Amb'", y especialmente a los artículos de Inos Biffi, que
son no pocos. Aquí importa destacar dos ejes en torno a los cuales gira
la reforma en marcha"".
a) Conciencia de
la autonomía litúrgica ambrosiana, oscurecida por indecisiones de
diversa índole.
El primer dato
efectivo que resalta en la crónica de hechos en torno a la reforma de la
liturgia ambrosia
Ambrosiana,
liturgia
na es el agudo
sentido de responsabilidad, en un careo entre la historia y la
iglesia, por evitar toda eventual supresión de la liturgia ambrosiana;
sentido de responsabilidad que se consolida con la progresiva toma de
conciencia refleja de que la autonomía de la santa iglesia ambrosiana en
materia litúrgica no es ni una extravagante improvisación de
hoy, ni una obstinada reivindicación de carácter
"arqueológico", ni la expresión de una autonomía
excéntrica o autocéfala con relación al mundo
litúrgico occidental o latino-romano, sino un acontecimiento eclesial de
primera importancia. En efecto, la supervivencia de una liturgia
particular es un hecho eclesial que lleva consigo una voluntad conservadora y, al
mismo tiempo, un espíritu renovador. Estas dos intenciones unidas
entre sí son un proprium de la iglesia puesta en el mundo para
transmitir el depositum fidei desarrollándolo y
profundizándolo, adaptándolo incesantemente a los hombres a
quienes está destinado, según el genio, carácter y
condiciones culturales de un pueblo particular150. Esta toma de
conciencia por parte de los ambrosianistas ha crecido y madurado tanto, que ha
llegado a superar un doble frente de objeciones teóricas y
prácticas aparecidas en revistas y semanarios durante el decenio
1965-1975 y que no han desaparecido aún hoy del todo.
Las objeciones
teóricas, de diversa índole y con distinto origen (en
ocasiones, suscitadas por personas ideológica y sobre todo espiritualmente
distanciadas de la archidiócesis milanesa), se pueden sintetizar
así: La reforma conciliar no pretende crear una nueva liturgia, ni
romana ni ambrosiana; la liturgia ambrosiana hoy no tiene razón de ser,
ya que la mentalidad y espiri
66
tualidad
ambrosianas no deben ser distintas de las de otras diócesis italianas,
ni exigir, por tanto, una expresión litúrgica particular; la
liturgia ambrosiana es una visión arcaica que queda superada, un
obstáculo a la participación litúrgica de una
población hoy sumamente heterogénea.
Se intenta
reforzar las objeciones teóricas con otras objeciones
práctico-operativas, que pueden resumirse así: En el mundo
litúrgico occidental hay una cierta tendencia que está
postulando uniformidad; dificultades económicas para contar con
libros litúrgicos propios y con sus respectivos subsidios
catequético-pastoral-litúrgicos; búsqueda de
fáciles acomodaciones uniformantes de la liturgia ambrosiana con la
romana; en la época actual, caracterizada por incesantes inmigraciones,
una liturgia particular distinta choca con su insuficiencia pastoral;
la civilización industrial, que con el turismo funde y confunde las
masas de fieles, tiene otras exigencias; la presencia de los religiosos que
siguen la liturgia romana dentro de la archidiócesis ambrosiana; las
islas de Monza y Treviglio, que, aun dentro del ámbito ambrosiano, usan
la liturgia romana; etc. Todo esto hacía pensar én la
abolición de la liturgia ambrosiana. Son los años de incertidumbre,
como los definía en 1976 el card. Colombo'", quien había,
sin embargo, demostrado su firme e irrevocable propósito de mantener la
liturgia ambrosiana y reformarla, desde 1967, al afirmar que el rito ambrosiano
es "una riqueza de nuestra tradición que a ningún precio
consentiremos perder". Con lo que daba una regla de oro para orientar
dicha reforma: "Conservar y vivificar con conciencia amorosa y llena de
celo todos los valores connaturales del rito ambrosiano",
67
con un compromiso
táctico: "Ninguna diferencia inútil con respecto al rito
romano en el leccionario, en el diálogo litúrgico, en los ritos y
en el canto que no esté rigurosamente exigida por la índole misma
del rito ambrosiano"1". Se trata sustancialmente de salvar el
depósito eucológico. En efecto, la eucología, la
palabra litúrgica sigue siendo hoy el elemento y el medio transmisor de
contenidos que caracteriza y determina lo specificum de la liturgia
ambrosiana151.
b)
"Conservar y renovar" sobre la base de una bien entendida
creatividad. La actual liturgia ambrosiana, aun conformándose no
poco con la liturgia romana, salva ¡a propia identidad al responder a un
instinto de conservación dentro de la renovación. La
auténtica renovación gira sobre una bien entendida creatividad
eucológica, dentro de una fidelidad al depositum fidei y a las
necesidades de los fielesl54. "Conservar y renovar el rito
ambrosiano": lo escribía el cardenal Colombo en carta al clero y
pueblo ambrosianos el 21 de noviembre de
Una
constatación: las razones y motivaciones aducidas desde no pocas partes
para la supresión de la liturgia ambrosiana, contrastadas con las que
abogan por su conser
Ambrosiana,
liturgia
vación y
su incremento, parecen débiles y frágiles. Poco consistente, en
especial, es la objeción de la movilidad de los fieles y de las
diferencias que éstos encuentran en la celebración
eucarística. En la misma liturgia romana, tal celebración
tiene igualmente lugar con matices y tonos tan distintos que (por ejemplo, en
los años 70) —es una reflexión personal— la diferencia
entre Turín, Bolonia y Ñapóles era mayor que entre
Roma y Milán.
Unos
sólidos principios: la liturgia ambrosiana encierra valores tan
notables, que bastan para justificar su existencia en la iglesia de hoy:
debiendo conservarse y hasta incrementarse, debe igualmente renovarse,
sin por eso falsear su identidad; su supervivencia será conveniente para
un sano pluralismo litúrgico, cuyo promotor ha sido el Vat. II,
así como por motivaciones de un justo sentido de libertad expresivolitúrgica
y por razones ecuménicas; conformarse a la liturgia romana, con la que
convive, pero sin uniformarse con ella; la uniformidad sería un
absurdo empobrecimiento, por lo que es menester una renovación sin
nivelaciones; dentro de este esfuerzo resaltará todo lo que en la
liturgia ambrosiana es esencial, auténtico y duradero, frente a lo que
aparece, por el contrario, como secundario y caduco; en una palabra: es
necesaria una clara inteligencia, una bien entendida creatividad.
Una
"voluntadférrea"para pasar del campo teórico al
práctico. Se creó un comité para la reforma
litúrgica15*; pero tuvo una vida muy corta y pasó "como un
meteoro por el cielo de la iglesia milanesa"1™. En efecto, el mismo
card. Colombo afirmará que "el carro no avanzaba ya; ¿qué
podía hacerse razonablemente sino apearse y recorrer solo
algún
trecho del camino, como una particular experiencia explorativa?"161
La experiencia explorativa se concretó en determinados experimentos.
En efecto, se prepararon el Ordo Hebdomadae Sanctae instauratus iuxta
ritum ambrosianumIM, el Missale Ambrosianum ab hebdómada I
quadragesimae usque ad octavam paschae"", con su respectivo
leccionarioIM; y así, el competente Dicasterio romano aprobó
inmediatamente, con procedimiento especial165, cual conviene a una
liturgia legítima y oficial como la ambrosiana, todas las partes del
NMA, primera etapa de la reforma actual. Como era lógico, paralelamente
tiene lugar la revisión del Calendario Ambrosiano'66. Los años
1970-1976 fueron años de un asiduo trabajo '", durante los cuales
se logró pasar del dilema "conservar o abolir" a una
simbiosis entre "conservar pero renovando" y "renovar pero
conservando". Desde
1976 hasta hoy la
archidiócesis milanesa viene editando los libros litúrgicos
ambrosianos renovados a tenor de las disposiciones conciliares.
2. AÑO
LITÚRGICO Y CALENDARIO AMBROSIANOS. La relación entre
uno y otro es mutua. En efecto, realizada la revisión del antiguo
calendario, después de un período de fatigosa y no siempre
unívoca gestación (recuérdese, por ejemplo, la
cuestión del adviento, que de seis domingos-semanas pasó a cuatro
'<* y después, felizmente, de nuevo a seis "*) y después
de varios proyectos, siguiendo la línea del Calendario Romano,
se confeccionó un nuevo Calendario Ambrosiano, adoptado entre 1970 y
1973'™. A través de múltiples vicisitudes, estudiadas por
Dell'Oro171, tales proyectos desembocaron fundamentalmente en el
Calendario 68
adoptado en 1974
"2: definitivamente ratificado en 1976, y en previsión de la
edición del NMA, fue el primer paso de la reforma definitiva de la
liturgia ambrosiana1". En el NMA se encuentran las Normas generales para
la ordenación del año litúrgico y del Calendariom.
Sobre sus
peculiaridades con respecto al calendario anterior a la reforma, remitimos
al estudio de Borella sobre el año litúrgico ambrosiano
'" y al de Marcora sobre el santoral ambrosiano m. Para describir
ahora las características del actual Calendario y, por tanto, la
estructura del año litúrgico ambrosiano en relación
con la liturgia romana, nos servimos de la síntesis de Dell'Oro'" y
sobre todo de las aludidas Normas generales para la ordenación del
año litúrgico y del Calendario.
a) El ciclo
"de tempore" se estructura sobre el Calendario litúrgico
romano de uso en Italia: la epifanía se celebra en el domingo
coincidente entre el 2 y el 8 de enero; la ascensión, en el domingo
VII de pascua; la solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo, en el domingo que
sigue a la fiesta de
El tiempo de
adviento comienza con las primeras vísperas del domingo
inmediatamente siguiente al 12 de noviembre y termina antes de las primeras
vísperas de navidad. Los domingos se llaman I, II, III, IV, V de
adviento. El VI domingo celebra la "solemnidad de la maternidad
divina de
perque Virginis
Mariae Sollemnitas "'"*•. Los días feriados 17-24
de
69
diciembre,
denominados prenatalicios y que en parte sustituyen a los feriados
anteriores de exceptólo "*, están orientados hacia una
más directa preparación para el nacimiento del Señor.
El tiempo de
navidad comienza con las primeras vísperas del nacimiento y termina
con el domingo siguiente a la epifanía, es decir, el domingo que tiene
lugar después del 6 de enero. La misa de la vigilia de navidad se
celebra Ínter vésperos en las iglesias coaligadas y, laudablemente,
también en las demás iglesias. Vale lo dicho también para
la misa de la vigilia de la epifanía. El IV domingo de enero se celebra
la festividad de la sagrada familia de Jesús, María y
José. Desaparece la fiesta de la cristoforia, introducida por el
card. Federico Borromeo en 1625. Hay, pues, aquí uniformidad con la
liturgia romana, ya por la tonalidad, ya por la denominación de los
otros domingos, como los subsiguientes a la epifanía, que son domingos
per annum. El 1 de enero se denomina in octava Nativitatis.
El tiempo de
cuaresma se extiende desde las primeras vísperas del primer domingo
de cuaresma (no desde el miércoles de ceniza, que no existe en la
liturgia ambrosiana), llamado también VI domingo antes de pascua17',
hasta la misa entre vísperas in Cena Domini, con la que se abre el
triduo pascual. La cuaresma ambrosiana actual conserva las siguientes
características: 1) se impone la ceniza el lunes después del
primer domingo de cuaresma o, por razones pastorales, en ese mismo primer
domingo cuaresmal; pero no en la misa vespertina anticipada; 2) en los
viernes de cuaresma, según una antigua y constante tradición ambrosiana,
no se celebra la liturgia eucarística, a no ser que coincida en
Ambrosiana,
liturgia
alguno de ellos
la solemnidad de san José o la de
o
"authentica", se denomina domingo de ramos o de los olivos.
Comparando dichas
denominaciones con sus correlativas romanas, pueden apreciarse
algunos matices o tonalidades, pero que no diferencian demasiado la actual
liturgia ambrosiana de la romana.
El triduo pascual
de la pasión y resurrección del Señor comienza con la misa
vespertina in Cena Domini, tiene su centro en la vigilia pascual y termina con
las vísperas del domingo de resurrección. El viernes santo en la
pasión del Señor, y según la oportunidad también el
sábado santo hasta la vigilia pascual, se celebra el ayuno pascual.
En la tarde del viernes santo se celebra la pasión del Señor,!0.
El tiempo de
pascua no presenta diferencia ninguna con la actual liturgia romana.
Desaparecieron así las letanías menores del anterior
año litúrgico ambrosiano. Sin embargo, en la semana pascual se
ofrecen dos formularios de misa: uno para la octava y otro "para los
bautizados".
El tiempo per
annum computa los domingos-semanas como la actual liturgia romana. Las particularidades
son: 1) son más de cuatro días el período entre el lunes
subsiguiente al domingo después del 6 de enero y el comienzo de la
cuaresma (faltando a la cuaresma ambrosiana el miércoles de ceniza y los
tres días siguientes); 2) es inferior a dos semanas el período
entre el lunes después de pentecostés y el comienzo del
tiempo de adviento (al ser seis los domingos-semanas del adviento
ambrosiano); 3) consiguientemente, la solemnidad de nuestro Señor
Jesucristo Rey del universo (último domingo per annum) se celebra con
una anticipación de dos domingos con respecto a la liturgia romana; 4)
el domingo III de octubre se celebra la dedicación de la iglesia
catedral181. Con lo que han desaparecido, entre los domingos después de
pentecostés, el ciclo de domingos después de la
degollación de san Juan Bautista y los domingos de octubre, los
cuales a la inversa hubieran podido servir, con el domingo de la
dedicación (que permanece) y los siguientes a la dedicación
(suprimidos), como un ciclo que potenciase la eclesiología
litúrgica.
Las
letanías mayores o rogativas siguen todavía en vigor; sus modalidades
celebrativas son competencia de los pastores de almas, con el consentimiento de
la autoridad competente, y según la adaptación a las situaciones
locales y a las necesidades de los fieles "".
Entre las ferias,
son privilegiadas las prenatalicias de exceptólo, el sábado in
traditione symboli, las de la semana authentica o semana santa. Las ferias de
cuaresma solamente ceden a la solemnidad de san José y a la de
Tanto en las
solemnidades del Señor durante el tiempo per annum como en las
solemnidades o fiestas de
70
lar de la iglesia
metropolitana (la catedral de Milán); el 12 de septiembre se
conmemora (ha desaparecido en el Calendario Romano) el nombre de la
bienaventurada Virgen María.
b) El
"santoral". Sin detenernos
a analizar su
génesis y sus particu
laridades, no
iríamos descaminados
al afirmar que el
nuevo santoral
ambrosiano adopta
fundamental
mente los
principios básicos de la
reforma del
Calendario litúrgico
romano, cuyo
esquema igualmente
reproduce, con lo
que se realiza por
ambas reformas la
ley de la simpli
ficación,
después de haberse llegado
a un punto de
saturación heortoló
gica. El
Calendario Ambrosiano ha
integrado, al
mismo tiempo, santos
de la iglesia
universal, profesando
así, con
el ciclo santoral, la catolici
dad de la
santidad de la iglesia.
Secundando la ley
de la simpli
ficación,
la liturgia ambrosiana ha reducido, por ejemplo, las múltiples
conmemoraciones de santos arzobispos milaneses, que anteriormente se
hacían para cada uno. Hoy, salvo los más importantes: san
Ambrosio (7 diciembre), san Carlos Borromeo (4 noviembre)
—solemnidades—, san Eustorgio I (18 septiembre), san Galdino (18
abril) y san Dionisio (25 mayo) —memorias—, los demás se conmemoran
en la fiesta de san Anatalón y de todos los santos obispos
milaneses (25 septiembre).
Pero secundando
igualmente la
especificidad de
la liturgia ambrosiana y sus tradiciones, se reponen fiestas o memorias de
santos (o beatos) locales o que nacieron en su ámbito regional y que ab
immemorabili han venido siendo venerados en Milán, tanto más
por aparecer insertos en el canon, como los santos Protasio y Gervasio (19
junio), Nabor y Félix (12 julio),
71
Nazario y Celso
(28 julio) y san Víctor (8 mayo). Hubiéramos preferido que
se hallaran presentes en el calendario ambrosiano todos los santos y santas
mencionados en el canon. Entre los santos o beatos nacidos en la región
recordamos, por ejemplo, a san Gerardo de Monza (6 junio), san Arialdo (27
junio), el beato Contardo Ferrini (16 octubre), las beatas Catalina y Juliana
del S. Monte de Várese (27 abril), san Antonio María Zacearía
(memoria obligatoria, 5 julio). Recordamos también a santos que
trabajaron, influyeron o fueron objeto de devoción en la archidiócesis
milanesa: las santas Bartolomea Capitanio y Vicenta Gerosa (18 mayo), san
José Benito Cottolengo (30 abril), san Omobono (13 octubre), santa
Francisca Cabrini (13 octubre), y que no son mencionados en el calendario
romano italia
1"1
no»-.
Están
presentes además las memorias de santos venerados de manera
especial en Milán: san Babil y los tres niños mártires (23
enero), san Pedro de Verona, que sufrió el martirio en la vía Comacina
(Seveso) (6 abril), santa Marcelina (17 julio) y san Sátiro (17
septiembre) (hermanos de san Ambrosio), san Alejandro mártir (26
agosto), san Mauricio y compañeros mártires (22 septiembre),
san Roque (16 agosto); de santos que se relacionaron especialmente con
Milán: Eusebio de Vercelli (2 agosto) y Honorato de Vercelli (29
octubre); Abundio y Félix, obispos de Como (31 agosto); Zenón de
Verona (12 abril); Virgilio, obispo, y Sisinio y Alejandro, mártires de
Trento (29 mayo); Siró, primer obispo de Pavía (9 diciembre); o
que "emigraron" de Milán: Anselmo de Lucca (8 octubre).
Para mantener el
carácter aheortológico de la cuaresma, la litur
Ambrosiana,
liturgia
gia ambrosiana
traslada a otras fechas las memorias de santos que la liturgia romana celebra
dentro de la misma cuaresma. A excepción de las solemnidades de san
José y de
Por razones
circunstanciales o para dar prioridad a celebraciones de santos propios dentro
de la tradición litúrgica ambrosiana, tienen igualmente lugar
otros traslados: san Roberto Belarmino, del 17 de septiembre (san
Sátiro, hermano de san Ambrosio) al 20 de ese mismo mes; santa
Eduviges, del 16 de octubre (beato Contardo Ferrini) al 12 de este mismo mes;
santa Margarita María Alacoque, del 16 de octubre al 13 de dicho mes.
La actual
liturgia ambrosiana conoce —como la liturgia romana— las
solemnidades, fiestas, memorias obligatorias y memorias libres para la
celebración del santoral. Sin embargo, siguiendo también
aquí una antigua tradición ambrosiana, en lugar de la lectio
profética (la primera de las lecturas de la misa), se hace la
lectio hagiográfica'", es decir, se lee la passio o la deposilio
del santo1!5 contenidas en los leccionarios o pasionarios, cuya existencia
viene atestiguada por varios manuscritos1**. Ello tiene hoy lugar para
santa Catalina y los santos Benito, Francisco de Asís, Carlos Borromeo,
Ambrosio, así como para
el Leccionario
Ambrosiano, del que
hablaremos
después"" [/ 3, c\.
Concluyendo: el
Calendario Am
brosiano recoge
la memoria de
treinta santos
propios, más dos
fiestas de beatos
y la memoria del
nombre de
María Virgen. Por otra
parte, se han
elevado a memoria
obligatoria los
santos Sebastián,
Jerónimo
Emiliani, Antonio Zacea
ría y
Eusebio de Vercelli; a fiesta,
los santos
Bernabé, Protasio y
Gervasio, el
martirio de san Juan
Bautista; a
solemnidades, los santos
Carlos Borromeo y
Ambrosio. Por
razones varias,
se han trasladado
dieciocho
memorias a fecha distinta
de la del
Calendario Romano.
3. EL NUEVO MISAL
AMBROSIANO. Brevemente analizada ya su génesis [/ supra, 1], digamos
ante todo que, como la del MR, la presentación del NMA no es enteramente
clásica; es decir, no lleva las lecturas bíblicas, con su respectivo
salmo responsorial, ni el canto del evangelio —para los que se
deberá acudir al Leccionario—, sino sólo la parte
eucológica y los cánticos de entrada (introito romano), para
después del evangelio, en la fracción del pan y en la comunión.
a) Visión
global. Globalmente considerado, en las subdivisiones se diferencia el NMA del
anterior por la nueva estructuración del aflo litúrgico. Como
queda dicho, no existen ya los domingos después de Pentecostés,
después de la degollación de san Juan Bautista, de octubre,
después de la dedicación; uniformándose con el MR, lleva
en primer lugar el propio del tiempo (desde adviento a pentecostés) y a
continuación los domingos per annum. Dividido en dos volúmenes
m, dado su tamaño, en el primero se recogen los formularios para
72
el tiempo de
adviento y navidad; los formularios del tiempo per annum de los domignos I-IX,
con la solemnidad del Señor en dicho tiempo per annum, a saber: la
sagrada familia de Jesús, María y José, en el IV domingo
de enero m; los formularios del tiempo cuaresmal hasta el sábado in
traditione symboli; sigue el propio de santos, desde el 11 de noviembre
(san Martín) hasta el 25 de marzo (
Con su
promulgación (11 de abril de 1976) quedaban suprimidas las anteriores
ediciones típicas del Missale Ambrosianum ™, incluida la
bilingüe en vigor desde 1966'"; a su vez, y para comodidad de los
fieles, se prepararon ediciones manuales o de bolsillo, que contienen
73
también
las lecturas de la palabra de Dios "!. Por último, vio la luz la
prometida edición típica latina del
NMAl92bi',
mismo que
constituye una preciosa base para futuras traducciones italianas, así
como para el estudio de la eucología ambrosiana a nivel internacional.
Son importantes
los Principios y Normas para el uso del Misal Ambrosiano que encabezan dicho
NMA '" y que, juntamente con él, fueron objeto de un convenio
"4. Con relación al MR, al que el NMA se ha acercado notablemente,
además de las ya anotadas, son particularidades propias los formularios
de misas por varias necesidades, que la liturgia ambrosiana desarrolla con
un método sui generis: se cuentan sesenta y nueve formularios, de
los que dieciocho son de nueva composición y no aparecen en el MR (por
ejemplo, por la libertad de la iglesia, por la educación cristiana, por
la profesión de fe de los adolescentes, por la tercera edad, por
las reuniones espirituales, para promover la justicia, por la libertad
civil, etc.). Asimismo, en los formularios para las misas de difuntos, y en
cuanto a su perfil estructural, el NMA se asemeja al MR; hay, sin embargo,
notables diferencias en lo tocante a los prefacios, a algunas oraciones propias
y a otras comunes con el MR, pero con adaptaciones.
Lo verdaderamente
específico del NMA es, como queda dicho [/ II, 1, a], la
eucología, es decir, el conjunto de fórmulas y formularios
típicos. Con palabras del card. Colombo, se puede afirmar que el
NMA "se presenta como una realidad radicalmente autónoma y
original. No hay nostalgia alguna por formas arcaicas de misales inmutables;
no hay preocupaciones maniáticas de continuas y caprichosas nuevas
experiencias. La eficacia de
Ambrosiana,
liturgia
la liturgia
depende, más que de la teatralidad de los signos, de la
profundización vital en la unión con Dios por Jesucristo en el
Espíritu Santo...""5
b) Estructura de
la celebración eucarística. Si bien la forma ritualcelebrativa
del Ordinarium Missae ambrosiano es muy similar al Ordo Missae romano, conviene
señalar las diferencias que, con la introducción de las
últimas innovaciones en la edición típica del NMA, caracterizan
la estructura de la celebración eucarística en la liturgia
ambrosiana. Pueden cotejarse con las propias de la anterior
edición típica del Misal Ambrosiano. Se le señalan al
celebrante en una cartulina suelta e inserta en el primer volumen del NMA.
Interesa ahora subrayar dos grupos de características: las de la
eucología y las de carácter ritual.
Las
características eucológicas:
nos hemos
referido a ellas en otro lugar"' y son objeto de estudios detallados por
parte de I. Biffi, el artífice del NMA "7. Tales características
son funcionales en el marco de la reforma actual, si bien el problema de la
redacción literaria de la eucología ambrosiana plantea, en el
campo de su estudio, algunos interrogantes y ha creado, en el campo de la
pastoral, algunas dificultades frente a su dicción áulica.
Con todo, debe tenerse presente que el lenguaje litúrgico se ha
caracterizado siempre por su nivel más elevado que el del lenguaje
ordinario del pueblo y se ha visto obligado siempre, por los contenidos
que transmite y propaga, a utilizar una terminología propia. Desde un
punto de vista cuantitativo, la eucología ambrosiana se ha
incrementado: se cuentan en conjunto más de dos mil quinientas
fórmulas eucológicas, un millar más que las actuales
fórmulas euco
Ambrosiana,
liturgia
lógicas
romanas. Todo formulario de misa posee, en efecto: una oración
más que la liturgia romana (la oración conclusiva de la liturgia
de
comunión
(la antigua oratio post communionem; la postcommunio romana). Desgraciadamente
desapareció, como en la liturgia romana, el canto del
ofertorio. Además, con relación a la anterior liturgia
ambrosiana, cayó el psalmellus (canto entre la primera y segunda
lectura, cuando no eran tres) y el cantus entre las lecturas o la lectura y el
evangelio. En cambio, se han recuperado el salmo responsorial y el canto al
evangelio (como en la liturgia romana).
Las
peculiaridades de las cuatro oraciones de la actual liturgia eucarística
ambrosiana pueden sinteti
74
zarse así.
La oración al comienzo de la asamblea litúrgica pone de relieve
el papel que desempeñan los fieles en la celebración; va precedida
por la invitación Oremos, como en la liturgia romana, hasta ahora
desconocida para los ambrosianos. La oración conclusiva de la
liturgia de
Finalmente, la
eucología sinásico-eucarística de la actual liturgia
ambrosiana se ha enriquecido —frente al canon ambrosiano (con
dípticos de los santos propios, con la narración de la
última cena, típica y única del Occidente litúrgico,
y con la doxología final especial)— con tres nuevas plegarias
eucarísticas (II, III y IV) de la reforma litúrgica romana y con
otras dos plegarias eucarísticas tomadas de la antigua liturgia
ambrosiana con algún retoque y arreglo complementario.
75
les, en los
aniversarios de ordenaciones y en las reuniones sacerdotales.
En
conclusión: nos hallamos ante una notable riqueza y una creatividad
eucológica que hacen resaltar contenidos y sensibilidades pastorales
específicas, aun después de habernos acercado también en
esto a la liturgia romana.
Las
características de tipo ritual: algunas son fruto de simplificaciones
y de agilización celebrativa, a tenor de los principios establecidos por
Recordemos en
primer lugar, brevemente, estas últimas. La plegaria de los fieles
(o plegaria universal), de uso constante en los domingos cuaresmales
de la antigua liturgia ambrosiana (con fórmulas diversas para
los domingos I, III y V y para los domingos II y IV), puede, según
convenga, ir introducida por el diácono con la invitación
Pongámonos de rodillas y concluirse con el Levantémonos para la
plegaria del sacerdote, a lo que responde el pueblo: Nos levantamos a ti,
Señor, siguiendo a continuación la oración conclusiva de
la liturgia de
Ambrosiana,
liturgia
bete, con la
respuesta: Ad te, Domine; y, después del embolismo del Pater
noster, otra segunda invitación del diácono: Offerte vobis
pacem, con la respuesta: Deo granas), después de haberlo situado,
como en el actual Ordo Missae romano, antes de la comunión, se ha
restablecido antes del ofertorio con la invitación La paz sea con
vosotros, o bien Según el precepto del Señor, antes de presentar
nuestros dones en el altar intercambiémonos un signo de paz;
pero a tenor de la legislación litúrgica ambrosiana se permite
todavía hoy un doble intercambio de paz como en el pasado. Existen
fórmulas propias de la liturgia ambrosiana, como: La paz y la
comunión de nuestro Señor Jesucristo sean siempre con
vosotros; las tradicionales fórmulas ambrosianas para la presentación
del pan y del vino (opcionales con las tomadas del actual Ordo Missae
romano); la fórmula para la infusión del agua en el vino:
Del costado
abierto de Cristo salió sangre y agua. En cambio, no existe el Agnus
Dei.
Señalemos ahora
las simplificaciones con respecto a la liturgia romana. El beso del
evangeliario no va acompañado por la fórmula La palabra del
evangelio borre nuestros pecados. El celebrante no dice nada al lavarse
las manos, gesto opcional —que debe cumplirse si fuera necesario— y
que de su anterior colocación infra actionem, antes de la
narración de la santa cena, se ha situado antes de la oración
sobre los dones, como en el Ordo Missae romano. De igual manera, después
de Infracción del pan, que tiene lugar al concluirse la doxología
final de la plegaria eucarística, el celebrante completa el rito
con la immixtio sin decir nada, terminando o recitando el canto en la
fracción del pan. La purificación
Ambrosiana,
liturgia
del cáliz
se realiza igualmente sin decir nada.
Se
acentúan, por fin, intencionadamente algunas antiguas peculiaridades
de la liturgia eucarística ambrosiana, si bien con adaptaciones y
retoques. Las señalamos siguiendo el esquema de la celebración.
Los tres "Kyrie eleison", que anteriormente se encontraban al final
del Gloria in excelsis, se recitan hoy conjuntamente por el sacer
dote y los fieles
en la tercera fórmula del acto penitencial y en las que la
sustituyen. Las lecturas de la palabra de Dios van precedidas por un
diálogo entre lector o diácono y celebrante principal, con
fórmulas que comprenden el Bendígame, Padre y las bendiciones
específicas "". Las lecturas bíblicas en los
domingos y solemnidades, así como en las fiestas, son tres. En esto la
reforma romana ha seguido a la antiquísima liturgia ambrosiana. El
celebrante bendice a cada uno de los fieles al presentar éstos en el
altar los dones, diciendo: Que el Señor te bendiga a ti y estos tus
dones. La profesión de fe o credo —por encontrarse dentro del NMA
donde se encuentra
en el MR, últimamente, como consecuencia de estudios hechos m y de la
intervención del maestro de ceremonias ambrosiano— se ha
situado de nuevo, como en la antigua liturgia ambrosiana, después del
ofertorio. Al diálogo de despedida (El Señor esté con
vosotros; Y con tu espíritu) añade el pueblo un triple Kyrie
eleison; se
imparte después la bendición y, finalmente, a la
invitación Vayamos en paz responde la asamblea: En nombre de
Cristo.
Es
característica constante en la ordenación del resto de la misa,
aunque desigualmente acentuada, la continuidad (tanto en la simplificación
como en la imitación de la liturgia romana) con la antigua
76
liturgia
ambrosiana. Hasta el mismo hecho de presentar el Misal en dos
volúmenes —muy esmerados desde el punto de vista gráfico
(piénsese también en las estupendas miniaturas que lo
enriquecen)— es con toda probabilidad un retorno a la tradición de
los antiguos misales (o sacraméntanos) ambrosianos; en efecto, "los
más antiguos misales conocidos de la liturgia ambrosiana
o milanesa se
dividen en hiemales (que contienen las misas desde adviento a pascua),
estivales (que contienen las misas desde pascua hasta adviento) y de todo
el año "m.
c) El Leccionario
Ambrosiano (LA). Recibe esta denominación un libro litúrgico para
la celebración de la eucaristía en la liturgia ambrosiana
editado ad experimentum20' por orden del card. Colombo en 1976.
Después de algunas introducciones, que comprenden una
presentación,
una introducción y la tabla anual de las principales celebraciones
del año litúrgico2"2, siguen generalmente tres
lecturas, y muchas veces con posibilidad de elección (forma larga o
breve; incluso otras perícopas) para cada día del tiempo de
adviento, de navidad, de cuaresma, de la semana santa, del triduo pascual y de
la octava de pascua, para las fiestas y solemnidades del Señor en el
tiem
po per annum,
para el propio de santos (según el Calendario Ambrosiano), para las
misas por varias necesidades (especialmente para las propias del NMA) y las
lecturas hagiográfícas de las que ya hemos hablado anteriormente
[/ II, 2, b]. Para las demás fiestas litúrgicas, la liturgia
ambrosiana ha adoptado hasta hoy el Leccionario Romano. Aun sin dejar de ser
creativo, el LA
imita los
sistemas A, B, C, adoptados por la liturgia romana para los domingos.
77
Las
características más salientes del LA son las del ciclo
litúrgico en sí mismo y las de sus contenidos. La liturgia
ambrosiana no ha tenido nunca un leccionario como el actual, si bien la
palabra se ha utilizado por Leclercq203 para designar la
recolección de las primeras lecturas usadas en la antigua liturgia
ambrosiana. Tal vez existieron los capitularía lectionum, por lo que
sólo impropiamente se puede hablar de leccionario. Habría sido
editado por Cagin204, y también Paredi alude a él al presentar la
edición del sacramentarium Bergomense™. Se sabe, en cambio,
que un conjunto de lectiones, coleccionadas aparte, era el contenido en un
manuscrito del fondo: Libros del maestro de ceremonias™, hoy perdido. Lo
editó afortunadamente Cagin207. Es segura la existencia de otros
manuscritos, en espera de ser editados208. En todo caso, el antiguo
leccionario ambrosiano solamente habría contenido las primeras
lecturas. Para las segundas lecturas se ha hablado de epistolario™
(capitulare epistolarum) ambrosiano. Parece que circuló en el
ámbito ambrosiano un célebre capitulare epistolarum ™.
Es cierto que no todos los manuscritos referentes al tema se han editado hasta
ahora. Valga como ejemplo el ms. A 28 inf. de
El actual LA
camina por una pista paralela a la del Leccionario Romano y contiene tanto
lecturas como cantos interleccionales, que han sido romanizados; en efecto, el
psalmellus se ha convertido en salmo responsorial y el cantus se ha
Ambrosiana, liturgia
transformado en
canto al evangelio. Es la aplicación del principio formulado por el
maestro de ceremonias ambrosiano card. Colombo: "Queremos con amor
intenso seguir en todo a la iglesia romana, sin renunciar por eso a nuestra
justa autonomía"213. Se ha salvado lo específicamente
ambrosiano mediante la conservación de las tres lecturas: uso
éste que la liturgia romana posconciliar ha hecho suyo, de conformidad
con el espíritu de los decretos conciliares, que inculcan una mayor
utilización de la palabra de Dios en la liturgia, aunque no para todas
las fiestas ni para las misas por varias necesidades, como, por el
contrario, lo hace la actual liturgia ambrosiana214. El LA conserva,
además, para los tiempos fuertes, perícopas o sistemas de
lecturas propios con esquemas bastante próximos a algunas
tradiciones orientales2'5.
Los
artífices de este leccionario2", conocedores de la palabra de
Dios, han sabido salvar también los filones más vitales de una
metodología catequético-pastoral implícita en un
determinado uso de la palabra de Dios, que, sin ser instrumentalizada
por tal metodología, evidenciaba la peculiaridad educadora de la
palabra de Dios que llega hasta nosotros, para retornar a Dios rica de frutos
producidos en los fieles. Sólo queda ya desear que el LA pase de la fase
ad experimentum a la aprobación definitiva, después de
haberse completado en la armonización de las perícopas
bíblicas con esquemas que sintonizan con toda la tradición
litúrgica ambrosiana.
4. REFORMA DE
OTROS LIBROS LITÚRGICOS AMBROSIANOS. A medida que los libros
litúrgicos romanos iban editándose en versión italiana
oficial y definitiva, iba también
Ambrosiana,
liturgia
adaptándolos
el clero ambrosiano: parecía así que tanto el ritual como el
breviario ambrosianos estaban destinados a desaparecer. Bien es verdad que
algunos sacerdotes ambrosianos usaban, como era su deber, ya la
traducción ad interim del anterior ritual para la celebración
del bautismo y del matrimonio [/ supra, nota 141], ya el Ordo Exsequiarum,
aunque bilingüe y provisional, para la celebración de los funerales
[/supra, nota 142]; pero fueron pocos los sacerdotes que continuaron rezando el
breviario en lengua latina con el Breviarium Ambrosianum. Si,
además, se
deseaba celebrar
la liturgia de las horas con el pueblo, como lo aconsejaba el Vat. II y
era costumbre en la archidiócesis de Milán (las vísperas
en los domingos y en las solemnidades de precepto y completas en la octava
del Corpus Domini), había entonces que recurrir a las versiones
italianas de
a) El Ritual
Ambrosiano. La última edición típica latina del ritual
ambrosiano se remonta a 19062"; siguieron después reimpresiones
y reediciones. En las posteriores a la promulgación de CDC (1917)
se incorporaron las modificaciones exigidas por la nueva
legislación codificada in re litúrgica sacramentaría. Por
utilidad práctica, se procuraron varias ediciones de excerpta del
ritual ambrosiano, incluso las bilingües anteriormente aludidas. Con la
reforma en marcha, y dentro de la fecha en que escribimos, podemos afirmar
que
fervet opus para
el Ritual para la celebración del bautismo1", en el que esperamos
quede a salvo todo
78
aquello que es
propio de la antigua tradición ambrosina2" y ambrosiana. Lo
cual sería, en realidad, pastoral y catequéticamente útil
también para los fieles de hoy. Es sabido igualmente que se está
preparando el Ritual relativo al culto eucarístico fuera de la
misa22° con particularidades ambrosianas: desde las relativas al color
rojo de las vestiduras litúrgicas221 para el culto eucarístico
hasta las más importantes relativas a la eucología y los
cantos. Por lo que respecta a la eucaristía, es importante el decreto
.del arzobispo Carlos M. Martini, fechado el primer domingo de adviento de 1981
(15 noviembre), sobre "Ministros extraordinarios de la comunión y
responsabilidad de los presbíteros acerca del ministerio
eucarístico", que contiene características del todo
específicas, como es también importante el "Rito de la
institución de los ministros extraordinarios de la
comunión"22""'. No se tiene noticia acerca del Rito
para la
celebración del matrimonio,
para el cual se
deberá utilizar, a tenor de la legislación litúrgica, la
traducción de 1965 [/supra, nota 141]. Lo cual valdría igualmente
para el bautismo. Mientras tanto, y por desgracia, se están utilizando
los rituales romanos en lengua italiana también para el Rito de la
penitencia y para
el de
De estos
últimos se ha publicado el Nuevo Rito de las Exequias221, que anula
todas las ediciones an79
teriores, incluso
la bilingüe de 196522\ y obliga a abandonar la edición romana
italiana que en algunas parroquias ambrosianas venía indebidamente
utilizándose. El nuevo rito, promulgado por decreto del card. Colombo
con fecha de 19 de junio de 1977, entró en vigor para todas las
parroquias y comunidades de rito ambrosiano desde el 2 de noviembre de ese
mismo año. Este rito, que por comodidad se había ya editado en un
excerptum aparte del ritual ambrosiano de 168722S y que continúa la
tradición de las agenda defunctorum (o mortuorum) ambrosianas22',
se ha redactado siguiendo los principios de renovación con
fidelidad a la tradición ambrosiana, potenciando la índole
pascual de la liturgia funeraria y la dimensión eclesial-comunitaria del
paulino "llorar con el que llora", mas como fieles que viven en la
esperanza. La estructura se moldea según el correspondiente rito romano
posconciliar, salvando, sin embargo, su ambrosianidad227. Comprende
la velada de oración en la casa del difunto y la verdadera y propia
celebración de las exequias. Considera ésta el traslado a la
casa, la procesión a la iglesia, la pausa en la iglesia, la
procesión y conducción al cementerio228. Los elementos presentes
en esta estructura y pertenecientes ya a la eucología con oraciones
nuevas, ya a los cantos22', se ajustan a la inspiración ambrosina230,
a la tradición ambrosiana y a la igualdad pastoral con una viveza
creativa y con sensibilidad para las diversas situaciones. Y así, nos
encontramos con oraciones de sufragio y de consuelo para los religiosos
y religiosas, para el padre y/o la madre que dejaron hijos de tierna edad, para
el joven esposo, para un fiel muerto de repente, en su juventud, en su vejez, o
después
Ambrosiana,
liturgia
de larga
enfermedad. Como es lógico, se tienen en cuenta las exequias para un
obispo, presbítero y diácono, así como para los
niños (bautizados o no, pero hijos de cristianos). Por lo demás,
este nuevo rito presenta cuatro esquemas distintos para las celebraciones
de sufragio, combinadas con moniciones, preces, responsorios, lecturas
de la palabra de Dios, plegarias de los fieles, letanías de santos,
salmodias (es decir, una serie de antífonas de índole
bíblica —cual versículos de salmos— o de libre
composición23'). Ha sido acogido por la archidiócesis milanesa y
está utilizándose con gran eficacia pastoral232.
Al final de la
reforma litúrgica ambrosiana en lo tocante a los sacramentos y
sacramentales de competencia ministerial no episcopal, se podría
llegar a la composición de un volumen que, según la antigua
denominación ambrosiana233, podría llamarse Manual o, como
prefiere Biffi, Manual del pastor de almas234.
b) El Pontifical
Ambrosiano. Como afirma Borella, debemos lamentar la falta de un Pontifical
Ambrosiano. Y, sin embargo, ha debido existir este libro litúrgico, ya
que en ningún Misal, ni" aun en el destinado para uso del arzobispo
Ariberto2", se encuentran formularios para las sagradas
órdenes236. Sobre lo concerniente a la antigüedad ambrosiana,
Magistretti ha editado un Pontificóle del s. IX in usum ecclesiae
mediolanensis (/supra, nota 107). Se encuentra allí un Ordo ad ecclesiam
dedicandam, un Ordo de sacris ordinibus benedicendis, una Ordinatio ad
abbatem faciendum vel abbatissam, una Consecratio sacrae virginis, quae in
epiphania vel in secunda
feria paschae aut
in apostolorum
Ambrosiana,
liturgia
natali
celebratur, con otras muchas oraciones y bendiciones. El mismo Gamber da la
ficha de Pontificales Ambrosianos237, y en
Es opinión
común que estos denominados Pontificales Ambrosianos no
tenían una fisonomía típica de la tradición milanesa.
Unos estudios detallados, serios y minuciosos harían caer, sin duda,
muchas afirmaciones de este género. Es cierto —y aceptamos
aquí plenamente la opinión de Biffi— que, conociendo los
propios documentos, elaborando una estructura propia y ofreciendo nuevos
textos según los principios por los que se rige la actual reforma
litúrgica ambrosiana ya parcialmente realizada, la santa iglesia
milanesa es capaz de crear un Pontifical Ambrosiano. No debe resultar
extraño que una liturgia particular, que dispone de libros
litúrgicos propios, pueda contar entre éstos con un Pontifical
propio23'.
Desde el punto de
vista jurídicolitúrgico —ateniéndonos a las
constituciones apostólicas de Pablo VI que inauguran cuatro Ordines
romanos reformados a tenor del Vat. II, y como base de un estudio
comparado de las cuestiones o partes finales de las mismas— se debiera
concluir que en el futuro y deseable Pontifical Ambrosiano tendremos que
conformarnos, para la administración de la confirmación, con
la liturgia romana. Aun entonces, sin embargo, le quedaría igualmente a
la liturgia ambrosiana un amplio espacio para la creatividad de todas las
demás partes del Pontifical.
c) El Breviario
Ambrosiano. La más genuina tradición ambrosiana 80
conoce
códices (Psalterium-Cantica y Officia totius anni), editados en parte
por Magistretti24°, que atestiguan un ordenamiento propio de la
salmodia24' y una selección particular de perícopas
bíblicas. De los códices se pasó a las ediciones impresas
con diversas revisiones y arreglos, cuya historia nos ha trazado
Cattaneo242 y sintetizado Borel
la243
. La liturgia
ambrosiana había llegado hasta el Vat. II con un breviario rico en
peculiaridades y fuente de una genuina espiritualidad. El vendaval
posconciliar, los titubeos al emprender la reforma del breviario y la
manía de lo nuevo llevaron a una parte del clero ambrosiano a usar
la liturgia romana de las horas. Sin embargo, y mientras tanto, circulaban
ya subsidios ambrosianos para el vesperal del domingo244 y más
aún Laudes y Vísperas editado por el arzobispa
do245
. Posteriormente,
en 1971, los hermanos Fernando y Lorenzo Longoni fueron comisionados por la
autoridad diocesana para emprender la reforma del breviario. En 1973, bajo
la dirección de
Assieme a Cristo
nella chiesa in preghieram. La reforma, entre tanto, había centrado
su interés en la cuaresma y en el período de
pascua-pentecostés. Se estaba intentando seguir un iter establecido
de antemano; mas, por motivos que los historiadores analizarán, no se
pudo seguir. Se siguió, sin embargo, trabajando, y en 1975
circulaba en la archidiócesis milanesa un libro pro-manuscripto con el
título Da quaresima a pentecoste. Documentazioni su una proposta
per la liturgia delle hore secondo il rito ambrosiano. Siguieron después
dos volúmenes: Lodiamo il Signore, I, Preghiere per il tempo di quaresima;
II, Preghiere per il tempo di pasqua. Eran los primeros ensayos
81
concretos de
reforma del Breviario Ambrosiano.
Después de
diez años (1971-1981) de trabajo febril, y no sólo para el
Breviario24', se pudo llegar a
No sin contrastes
y dificultades, pero con una conciencia cada vez más clara y con una
voluntad cada vez más operativa, dentro de 1983 —año en que
se celebra en Milán el Congreso eucarístico nacional— se
intentó publicar todo el nuevo Breviario Ambrosiano en cinco
volúmenes. Dos metas se han alcanzado hasta ahora: la
aprobación de su estructura general251; la aprobación y
publicación de un "texto litúrgico de nuestra iglesia
—escribe el arzobispo Martini—, la cual, antes incluso que en los
sacerdotes y religiosos, ha pensado en las comunidades cristianas y en cada uno
de los fieles y ha preparado un libro que contiene, parcialmente pero de forma
definitiva, nuestra oración oficial diurna""2. El
título de este libro (Diurna laus) y, sobre todo, el contenido (los
laudes, la hora intermedia, las vísperas y las completas de las cuatro
semanas de la nueva liturgia ambrosiana de las horas) prosiguen en parte la tradición
del Diurnum Ambrosianum2". Este último no contenía ni los
laudes ni un repertorio de himnos para los tiempos fuertes ni de
Ambrosiana,
liturgia
oraciones para
los diversos tiempos y las diversas categorías de santos, a diferencia
de la actual Diurna laus o Salterio popular (como lo llama el maestro de
ceremonias ambrosiano), que contiene incluso los oficios de la santa Cruz, de
la eucaristía, de la bienaventurada Virgen María y de difuntos.
El arzobispo Martini desea que la prudencia de los pastores de almas pueda
proponer tales oficios en forma votiva en los días que litúrgicamente
los permitan.
Tracemos las
características de
Es indiscutible
la ambrosianidad de esta primera parte de la reforma del breviario, aun
habiéndosenos de una u otra manera uniformado con la liturgia
romana de las horas: la disposición del salterio en cuatro semanas,
además de otras particularidades que no vamos ahora a analizar,
atestiguan que ha tenido lugar una simplificación del antiguo salterio
ambrosiano; la eucología es en ocasiones de nuevo cuño y en
ocasiones reproduce la anterior. Sin embargo, no todo es acertado o no todo
está históricamente comprobado (como la cuestión
de las antífonas ad crucem).
d)
¿Oíros libros litúrgicos? De tener en cuenta los
manuscritos litúrgicos y los libros impresos en uso durante los siglos
anteriores, la liturgia ambrosiana debería preparar la reforma de
otros libros litúrgicos. Los mediolanenses, en su práctica,
utilizaron himnarios, salterios, antifonarios, procesionarios para el
Triduum litaniarum y para las Rogationes"7, como lo atestigua la
floración de manuscritos litúrgicos (ss. ix-x) hasta la
invención de la imprenta258. También los libros impresos
contarán, junto a otras cosas, con antifonarios, salterios, matutinarios
y de nuevo el Liber litaniarum"'. Tal vez, cuando se haya preparado el
ritual (o, mejor, el Manual ambrosiano), se puedan procurar los excerpta para
comodidad de los celebrantes y de los fieles. Se pasará así
del verdadero y propio libro litúrgico al que podrá llegar a
ser auxiliar litúrgicopastoral para una verdadera y plena
participación en la liturgia. Sin incluir entre los libros
litúrgicos el famoso y benemérito Parroquiano ambrosiano1*",
recordemos que cada vez se está sintiendo más la necesidad de
subsidios litúrgicos ambrosianos.
Así como
la liturgia romana conoce un Ordo Cantus Missae, un Kyriale, un Gradúale
simplex y tiene en proyecto otros libros litúrgicos para el canto,
de igual manera necesita también la liturgia ambrosiana, dentro
siempre del surco de su tradición renovada, otros libros
litúrgicos para el canto ambrosiano.
III.
Conclusión
La liturgia
ambrosiana es una concretización de la fe vivida por la
82
"santa
iglesia milanesa" dentro de la tradición cristiana, más
aún, dentro de la comunión con la iglesia una, santa,
católica y apostólica, que a su vez se visibiliza y se
concreta en las iglesias locales. La presencia y supervivencia de esta liturgia
particular significa vitalidad local y vida con unas tonalidades
específicas del único depositum fidei. Se trata de una
típica aplicación y realización de la lex orandilex
credendi. La liturgia ambrosiana presta, pues, un valioso servicio al
futuro litúrgico de la iglesia universal al recordar a las
distintas iglesias locales todo lo que el Vat. II ha ratificado solemnemente
acerca de la conservación e incremento de las diversas tradiciones
litúrgicas. Desde un punto de vista ecuménico con relación
a las hermanas iglesias orientales —entre las cuales se ha aireado a
veces el fantasma de la fagotización de sus tradiciones
litúrgicas por parte de Occidente en el momento en que se realice la
deseada comunión completa con
estímulo
de salvación y potenciación de una sensibilidad pastoralcatequético-litúrgica
que desde hace siglos caracteriza la actividad del clero y de los seglares
ambrosianos (cofradías ayer, grupos de animación eclesial
hoy; catequistas, institutos e instituciones, etc.).
1. LITURGIA
AMBROSIANA: CONCRETIZACIÓN DE LA ÚNICA PERENNE
TRADICIÓN LITÚRGICA. La liturgia
83
ambrosiana, en su
conjunto, convalida una serie de leyes propias de la tradición
litúrgica perenne, la cual, mediante formas especiales, se encarna
en tradiciones particulares.
a) Ley del
aumento del depósito eucológico. Por sus contactos con otros
centros eucológicos, así como por las reformas y revisiones a las
que se ha visto sometida por factores internos o externos, la liturgia
ambrosiana ha venido purificándose de elementos ya superados,
pero enriqueciéndose al mismo tiempo con nuevos formularios
litúrgicos. Mas existe también el reverso de esta ley: tal vez el
incremento ha sido sólo cuantitativo (y no cualitativo); tal vez se
ha degradado la calidad ambrosiana en un como allanamiento hacia una uniformación
(especialmente) con la liturgia romana en el campo de la heortología
(fiestas del Señor, de
b) Ley de la autodeterminación
litúrgica, propia de las diversas encarnaciones del depositum liturgicum
ambrosianum en las culturas sucesivas dentro del área geográfica
donde estaba en vigor tal depósito. Reflexionando sobre los hechos, se
llega a tomar conciencia de que cada parte culturalmente homogénea
de la iglesia universal goza de un derecho de autodeterminación en
materia de expresividad litúrgica, de acuerdo siempre con la
competente autoridad de
Ambrosiana,
liturgia
la cultura abraza
lo que podemos llamar la ambrosianidad, de la que nuevamente se está
tomando una conciencia refleja262 y en la que se están vitalmente
insertando las supervivientes memorias de la ambrosianidad tanto de la
liturgia como del rito. Ahora bien, si es cierto que
c) Ley de las
diversidades expresivo-litúrgicas como contraprueba de la veracidad
de la viva tradición ambrosiana. El hecho de que las fórmulas
expresivas de la liturgia ambrosiana, aun dentro de sus diversidades,
jamás hayan desaparecido, antes bien hayan seguido vivas, es
ya una prueba de su ortodoxia. El sarmiento separado de la vid muere: en el
centro de la liturgia está la acción de Cristo, única
siempre en todas las liturgias legítimas y existentes en el seno de la
iglesia universal. Polifacetismo de manifestaciones locales significa unidad en
la multiplicidad. Lo cual, como un paradigma propio del cristianismo, se ha
realizado y es realizable en el caso de la liturgia ambrosiana. Mas la ley de
que
Ambrosiana,
liturgia
hablamos tiene
también su reverso:
la multiplicidad
de las expresiones
litúrgicas,
confrontadas entre sí, urge la revisión de las mismas con miras a
su clarificación o agilización. En esta dirección se
han movido algunas revisiones o reformas a las que se ha sometido la
liturgia ambrosiana en el transcurso de los siglos. Ya hemos recordado y dado a
entender cómo se tiende hoy a desarrollos amplificativos y a
limitaciones simplificadoras, signos de una vitalidad con que crece y se
robustece la liturgia ambrosiana.
2.
a) El punto de
apoyo de la tradición. Los textos litúrgicos ambrosianos, como los
de toda liturgia digna de este nombre, se inspiran ante todo en la sagrada
escritura, ya que la liturgia es el lugar privilegiado para la actuación
eclesial de la palabra de Dios [/ Biblia y liturgia']. Se inspiran igualmente
en el pensamiento de los padres y en una tradición sellada por la
autoridad y santidad de tantos obispos milaneses, con Ambrosio a la cabeza
de todos ellos. La eucología ambrosiana de ayer y de hoy bien puede
definirse como una eucología bíblico-patrística: por el
filtro del pensamiento patrístico, la palabra de Dios pasa a nuevos
cauces. Esta vis. traditionis ecclesiae ambrosianae hace de la "iglesia
ambrosiana no una simple circunscripción administrativa, sino una
verdadera y propia iglesia particular, cuya dignidad, prerrogativas y
peculiaridad fundamenta"2*4.
84
b) El punto de
apoyo de la experiencia. Comprender la teología litúrgica
ambrosiana en el ámbito de la experiencia significa que los
verdaderos motivos de la supervivencia de la liturgia ambrosiana (sean
éstos conocidos o desconocidos, reflexivamente perceptibles o
emotivamente vividos) se han de buscar en la voluntad de transmitir,
salvándolos, algunos filones en los que se encarnara el depositum fidei;
que las motivaciones de ciertos fermentos metodológico-catequéticos
y temático-pastorales han de buscarse en el deseo de inmunizar al pueblo
cristiano contra errores bien concretos que circulan en el ambiente que rodea a
la liturgia ambrosiana [/ supra, I, 2, b]. Vale ello tanto para hoy como para
ayer. De esta manera, la liturgia ambrosiana descubre las raíces
más profundas de su existencia en los mismos frutos que ha
producido en hombres vivos y en fieles practi
cantes.
c) El punto de
apoyo de la comunión con otras iglesias locales. En la parte
histórica no hemos tratado de las "emigraciones" de clero
milanés a España (s. vi) o a Palestina (s. vn), o de tantos obispos
que, también últimamente, ha dado la iglesia de Milán a
otras iglesias; ni hemos hablado del movimiento misionero (por ejemplo, en
el siglo pasado, el clero enviado por Milán a las misiones de Oriente
—del que nacerá el PIME—; y hoy, la misión ambrosiana
en Zambia, África); ni hemos podido hablar de instituciones (como los
oblatos de Rho) que han recorrido y beneficiado a las diócesis (no
sólo) más próximas.
Al concluir,
queremos recordar aquí que, si ha recibido influencias de otras
liturgias (romana, galicana, hispano-visigótica, céltica, 85
bizantina,
copto-alejandrina), la liturgia ambrosiana ha ejercido también sus
influjos (en la romana y en su reciente reforma, en la
hispano-visigótica, en la galicana, etcétera); incluso, estudios
más particulares (y todavía en curso) están demostrando lo
particularmente fecundo, comunicativo y sintonizante que ha sido su
influjo en otras iglesias locales. Hecho éste que evidencia cómo
la vida de la iglesia, siendo una, se encarna y se diversifica en las distintas
iglesias locales. Y así es como, a través de cambios cultuales (y
de otra índole), fomentan dichas iglesias la verdadera
comunión. Es más que natural que la misma fe lleve a orar de la
misma manera. Sin embargo, aunque las fórmulas expresivolitúrgicas
sean diversas —y es deseable que lo sean—, la comunión
radical entre las iglesias es elemento de unificación que lleva a
confesar, profesar y celebrar esa misma y única fe.
Bien es verdad
que a veces se ha confundido la comunión con la conformación a
unos mismos usos y maneras expresivas M. Pero no es vano recordar que en la
conformación está siempre presente la imitación,
la cual puede constituir un primer estadio de comunión y, desde el punto
de vista litúrgicoexpresivo, el primer estadio de la creatividad;
no, la imitación no está nunca en oposición con la encarnación
histórica del perenne depositum fidei: imitando se transmite
fielmente.
En la escuela de
la historia de la liturgia ambrosiana —es decir, tanto desde los flujos,
influjos y reflujos de la misma en otras liturgias como desde la
comunión entre la iglesia ambrosiana y las demás iglesias—
se debe, pues, afirmar que cambios recíprocos y comunión
habrán de reflejar la paritariedad
Ambrosiana,
liturgia
en la veracidad.
Con otras palabras: es necesaria o esencial la convergencia en la verdad.
La misma actual reforma litúrgica ambrosiana ha respetado tal
enunciado al utilizar una metodología equidistante tanto de una
acrítica asimilación a o de la liturgia romana (o de otras),
como de la mezquina y estéril conservación, que más
se parecería a un museo arqueológico que a la
expresión orante de una liturgia viva.
De la vitalidad
de la liturgia ambrosiana, atestiguada por la comunión de la iglesia
milanesa (que celebra y vive su propia liturgia) con las demás
iglesias, brotará la necesidad misma de potenciar cada vez más
eficazmente la espiritualidad ambrosiana. Espiritualidad ambrosiana
significa compenetración cualitativa entre liturgia e instituciones
de la archidiócesis de Milán. De igual manera, la espiritualidad
ambrosiana exige sinergia y sintonía con las demás iglesias
locales, no sólo con las geográficamente limítrofes,
sino también con todas aquellas con las que está
católicamente en comunión.
Se comprende, en
este contexto, por qué aun hoy algunas parroquias no pertenecientes
ya a la archidiócesis milanesa utilizan la liturgia ambrosiana: lo cual
no significa conservación de un residuo histórico
(arqueologismo litúrgico), sino más bien una sana y abierta
perspectiva de comunión eclesial. En efecto, la universalidad de la
iglesia local y la perennidad de la liturgia caminan a la par. Por una parte,
la iglesia local trasciende las dimensiones espaciales para alcanzar la
universalidad de los lugares (catolicidad en sentido etimológico y
real): así, y en última instancia, sería justificable una
eventual reextensión de la liturgia ambrosiana más allá de
sus límites
Ambrosiana,
liturgia
actuales, es
decir, a lugares donde ya en el pasado se usaba y de los que, por causas ajenas
a ella, fuera expulsada. Por otra parte, la liturgia ambrosiana, como
manifestación de una iglesia local, trasciende igualmente los
límites del tiempo para alcanzar así en el tiempo mismo la
perennidad propia del sacerdocio de Cristo, único y sumo mediador
(unicidad del culto), perennidad que se actualiza en la
.concreta
existencia de la liturgia ambrosiana, que, por eso, goza de la indefectible
promesa de Cristo a su iglesia, que viene realizándose y
concretándose en las liturgias locales no sólo existentes
actualmente (in esse), sino incluso en su devenir (infieri).
NOTAS: ' Los
cursivos son nuestros — 2 Tentativas de supresión se verificaron,
por ejemplo, con la reforma litúrgica carolingia (cf
P. Borella, //
rito ambrosiana, Morcelliana, Brescia 1964, 121-129, especialmente 121 ss; E.
Cattaneo, // Breviario Ambrosiana. Note storiche ed illustrative, Milán
1943, 44-46) y en tiempos del posconcilio de Trento (cf M. Magístretti,
Cenni sul rito ambrosiana, Milán 1895, 54-63; E. Cattaneo, o.c, 75-102
— -1 Cf A.M. Triacca, Chiesa lócale e liturgia. Linee
metodologiche mutuate dalla cristologia, en RL 59 (1972) 108-121 — 4
Téngase presente el principio enunciado por B. Neunheuser, Storia della
liturgia atíraverso le epoche culturali, Ed. Liturgiche, Roma 1977, 14:
"Cada época tiene el derecho de expresarse en sus formas
pertinentes... No obstante, tenemos el derecho y el deber de juzgar si una
forma corresponde realmente a las exigencias de su tiempo y a la norma suprema
de lo esencial del culto cristiano" s Cf A.M. Triacca, "Ecclesia
mater omnium viventium". Liturgie ambrosienne et ecclésiologie
universelle, en L'église dans la liturgie (por A.M. Triacca-A. Pistoia),
Roma 1980, 295-323; VV.AA., Liturgie de l'église particuliére et
liturgie de l'église universelle, Roma 1976 — 6 Cf VV.AA., Le
Saint-Esprit dans la liturgie, Roma 1977 — 7 Síntesis de lo que el
card. Juan Colombo escribe A tutto il clero e il popólo ambrasiano, como
premisa al Messale Ambrosiano secando il rito della santa chiesa di Milano,
rifarmato a norma dei decreti del Vat. II, Milán 1976, V
VII. Véase
también la carta pastoral del 21
86
noviembre 1970,
Custodire e rinnovare il rito ambrosiano, en Rivista Diocesana Milanese 58
(1970) 736-740 —8 Cf A.M. Triacca, "Improvvisazione"o
''fissismo eucologico? Asterisco ad un periódico episodio di pastorale
litúrgica, en Sal 32 (1970) 149-164; L. Bouyer, L'improvisation
liturgique dans l'église ancienne, en MD 111 (1972) 11-29 — 9 Cf
A. Baumstark, Liturgie comparé?-Principes et méthodes pour
l'étude kisto fique des liturgies chrétiennes,
Chevetogne-París
1953\ 17-58; H.A.J. Wegman, Geschichte der Liturgie im Westen unfl Osten,
Ratisbona 1979, 15-46— lü Cf B. Neunheuser, Storia della liturgia...
(nota 4), 15-70 — " Cf E. Cattaneo, II culto cristiana in Occidente.
Note storiche, Ed. Liturgiche, Roma 1978, 63-143 — n La mejor
síntesis histórica es la obra clásica de M. Righetti, Manuale
di storia litúrgica I, Introduzione genérale; 11, L'anno
litúrgico nella storia, nella messa, nell'ufficio; III, La messa; IV, /
sacramenti, I sacramentan, Milán, entre 1944 y 1969, tres ediciones
— '* Cf Documenta liturgiae Campaniae et Caiabriae, en K.. Gamber,
Códices- Litufgici Latini Antiquiores, Friburgo Su. 19682, 106-110. Nos
referiremos con frecuencia a este repertorio con la sigla CLLA — l4 Cf
Gennadius, De viris illustribus 49: PL 58, 1087; V. Raffa, S. Paulinus Nolanus
auctor sacramentara Gelasiani primigenii?, en EL 76 (1962) 345-348; K.
Gamber, Das Messbuch des hl. Paulinus von Ñola, en HD 20 (1966) 17-25.
Paulino de Ñola se había formado en
S. Reble (por)
Missale Beneventanum van Canosa, Ratisbona 1972; // lezionario di S.
Sofía in Benévento, en Miscellanea Giovanni Mercatib, Ciudad del
Vaticano 1946, 282-291;
K. Gamber,
Fragmente eines Missale Beneventanum ais Palimpsestblátter des Cod.
Ottob. lat. 576, en RevB 84 (1974) 367-372; S. Rehle,
87
Missale
Beneventanum (codex VI 33 des Erzbischqflichen Archivs von Benevent), en SE 21
(1972-73) 323-405; G. Cavallo, La genesi dei rotoli liturgici beneventani alba
luce del fenómeno storico-librario in Occidente e Oriente, en
Miscellanea in memoria di G. Cencetti, Turín 1973, 213-229;
además véase CLLA 238-254, y más de cerca: R.J. Hesbert,
L'Antiphona/e missarum de l'ancien rite bénéventain, en EL 52
(1938) 22ss; 53 (1939) 138ss; Les dimanches de caréme dans les
manuscripts romano-bénéventains, en EL 48 (1934) 198-222 -
20 Cf K. Gamber-S. Rehle (por), Manuale Casinense (Cod. Ottob. lat. 145),
Ratisbona 1977; A. Dold, Umfangreiche Reste zweier Plenarmisalien des IL
und 12. Jh. aus Montecassino, en EL 53 (1939) 11-167 — 2I Cf D. Mallardo,
La pasqua e la settimana maggiore a Napoli dal sec. V al sec. XIV, en EL 66
(1952) 3-36; asimismo G. Morin, La liturgie de Naples au temps de st.
Grégoire, en RevB 8 (1891) 481493; 529-537; D. Balboni, Uso
napoletano del cero pasquale nel sec. VIII, en Asp 8 (1961) 36 — n
Los testimonios de estos otros centros se remontan a algunos siglos más
tarde de la época que aquí consideramos. No obstante,
según el análisis interno de las fórmulas y de los
formularios, se puede afirmar que el material es de los ss. ixx. Cf, por
ejemplo, G. Battelli, L'arazionale di Trani, en Benedictina
19 (1972)
271-287; A. Dold, Die Zürcher und Peterlinger Messbuchfragmente aus der
Zeit der Jahrtausendwende in Bari-Schrifttyp mil eigenstandiliger Liturgie,
Beuron 1934, con contactos con el ámbito beneventano y testimonios
de usos anteriores a su codificación
n Véase
CLLA 254-258 (Rotuli paschaíes beneventani) y bibl. en el mismo lugar
para los centros de Bari, Traía, Gaeta, S. Vincenzo al V o l tur no.
Benevent o, Montecassino, etc. (recordemos que siempre es necesario distinguir
la codificación codicológica, de los ss. x-X!, de su contenido,
de dos siglos antes); y más genéricamente M. Achery, The
"Exsultet" Rolle of South Italy, Princeton 1936 Bbís Cf
G. Morin, Un
systéme inédit de lee tur es ¡iturgiques en usage au VII-
VIH siécle dans une église inconnue de Haute-ltalie, en RevB
20 (1903)
375-386; K. Gamber, I piü antichi libri liturgici del/alta Italia.
Descrizione dei manoscritti e frammenti del 550-570, en Rivista di storia della
chiesa in Italia 15 (1961) 71-81
Ambrosiana,
liturgia
MTZ 12 (1962)
181-201 — 2I Véase la reciente edición de las obras: J.
Lemarié (por), Chromace d'Aquilée. Sermons I-II, SC 154,
164, París 1969, 1971; R. Etaix-J. Lemarié (por), Chromatii
Aquileiensis opera, CCL
Mysterium et
sacramentum in s. Cromazio,
Trieste 1979, con
amplia bibl.; D. Corgnali, //
mis tero pasquale
in Cromazio d 'Aquileia, Udine 1979; G. Trettel, Tipología
figúrale in s. Cromazio vescovo di Aquileia, en Memorie storiche
forogiuliesi 59 (1979) 25-79; las Settimane di studi aquileiesi, que llegaron a
la 12 en 1981, decimosexto centenario del concilio de Aquilea (381),
promovido por s. Ambrosio; también E. Goi, Catalogo dei codici
liturgici aquileiesi ancora esistenti, Udine 1966-67; Mostra di codici
liturgici aquileiesi, Udine 1968; P.M. Ernetti, La música aquileiese,
Udine 1967-68; P. Paschini-G. Vale, Antichi usi liturgici nella chiesa di
Aquileia dalla domenica delle palme alia domenica di pasqua, Padua 1907; K.
Gamber, Zur altesten Liturgie Aquilejas, en Ostkirchlichen Studien 11 (1962)
52-56; L. Quarino, // battesimo... (nota 24). Por su influjo sobre Como
véase S. Celia, // rito patriarchino di Como, en VV.AA., Ricerche
storiche sulla chiesa ambrosiana 1, Milán 1970, 44-74 — 2; Cf
S. Benz (por), Der Rotulus von Ravenna. LQF 45, 1967; A. Olivar, Abermals der
Rotulus von Ravenna, en ALW II (1969) 40-58; también CLLA 311-318
— 2* Cf la bibl. en la obra de
F. Sottocornola,
L'anno litúrgico nei sermoni di Pietro Crisologo. Ricerca
storico-critica sulla liturgia di Ravenna antica, Cesena 1973, 13-20.
Además, véanse también: K. Gamber,
Der Ordo Romanus
IV, ein Dokument der ravennatischen Liturgie des 8. Jh, en Romische
Quartalschrift 66 (1974) 154-170; Eine altravennatische Epistel-Liste aus der
Zeit des hl. Petrus Chrysologus, en LJ 8 (1958) 7396; E. Caronti,
Frammenti di anáfora ravenna¡e del sec. IV, en RL9(\922)
114-118; Liturgia ravennate del IV-V sec, en Rivista Diocesana di Ravenna e
Cervia 13 (1922)- 27-32; F. Cabrol, Autaur de la liturgie de Ravenne, en RevB
22 (1905) 485-493; 23 (¡906) 489-520; Aquilée (Liturgie), en DACL
I, 2 (1907) col. 2683-2691; A. Baumstark, Liturgia romana e liturgia
dell'esarcalo. II rita in seguito patriarchino, Roma 1902 24 Descrito por
A. Agnellus, Liber pontificalis ecclesiae ravennatis 2,6, MGH Script,
rerum iong. 332: PL 106, 610; cf. A. Chavasse, L'oeuvre littéraire de
Maximien de Ravenne, en EL 74 (1960) 115
í() Su
120
cristocentrismo nos sirve para comprender el humus teológico del norte
de Italia; M.F. Stepinach, The Christology of Zeno of Verana, Washington 1948;
R. Rosini, // primata di Cristo secando s. Zeno di Verana, en Studia
Patrística. Berlín 1963, 3
36: CLLA 89-90 -
,! En la biblioteca capitular de Verona se conserva el manuscrito del
sacramentarium Veronense (editado por L.C. Mohlberg), llamado impropiamente
sacramentario Leoniano. Para la liturgia particular que se desarrollará
más tarde en Verona véase
G.G.
Meersseman-E. Adda-J. Deshusses,
L'orazionale
deli'arcidiacono Pacifico e il carpsum del cantore Stefano. Studi e testi sulla
liturgia del duomo di Verona dal IX all'XI sec, Friburgo Sv. 1974 —32 La
denominación de rito eusebiano se referirá al santo obispo
Eusebio para indicar el conjunto de usos locales que se desarrollarán en
el eficiente "scriptorium liturgicum" de Vercelli, atestiguados
por los manuscritos de los ss. xi-xiv —
33 Los matices y
las modalidades litúrgicas propios de Máximo de Turín han
sido puestos de relieve por M. Peüegrino y I. Biffi. La amplia bibl. puede
cotejarse en A. Di Bernardino (por), Patrología 3, Marietti,
Turín 1978, 543-544; y también en G. Rossetto, La testimonianza
litúrgica di Massimo I, vescovo di Torino, en Rieerche storiche sulla
chiesa ambrosiana 1, Milán 1970, 158-203 —
34 Autor, entre
otras cosas, de dos Benedictiones cerei. Las fórmulas de
bendición del cirio pascual tienen particularidades propias — 35
Cf E.A. Lowe (por), The Bobbio Missal. A Gallican Mass-Book (Henry Bradshaw
Society 58), Londres 1920. La reedición en la misma col. es inminente
—ib El importante Rituale di Bobbio (Roma, Bibl. Apost. Vat., Cod. Vat.
lat. 5768) se publicará próximamente en la "Bibliotheca Italíae
Liturgicae". Cf RL 63
37Cf
(1978) 430^31
— CLLA 167-170, 179180— 3K Estos intercambios mutuos son
todavía objeto de estudio, pero tal estudio depende de la
publicación de muchos manuscritos, de los cuales, aparte de su
existencia, se sabe bien poco. Véase M. Ferrari, Centri di trasmissione:
Monza, Pavía, Milano, Bobbio, en VV.AA., La cultura antica nelTOccidente
latino dal VII all'XI sec, Espoleto 1975, 303356 — 39 Una
síntesis histórica más que apreciable de la actividad
de los monjes benedictinos es la de M. Mourre, Histoire vivante des moines
des Peres du Désert á Cluny, París 1965 - "° Cf
T. Terrizzi (por), Missale antiquum s. panormitanae ecclesiae, RED 13,
1970; B. Rocco, La sequenza pasquale nella tradizione manoscrita
palermíiana, en Ho ¡neólogos 1975, 8-15; //
tabularía de/la cappella palatina di Palermo e il Martirologio di
época ruggeriana, ib, 1977, 131-144; A.M. Triacca, Una liturgia sicula?
In occasione dell'edizione del "Missale antiquum s. panormitanae
ecclesiae". en Sal 35 (1974) 313-320 41 Véase un elenco de los
códices litúrgicos que gravitan en torno a los redactados en
Perugia:
G. Battelli, Gli
antichi codici di S. Pietro di Perugia, en Bollettino della Depuiazione di
storia patria per l'Vmbria 64 (1967) 242-266;
U. Cameli, Usi
¡iturgici anconetani, en Studia Picena 10 (1934) 213-227 - 42
Véanse algunas referencias cit. en las notas 20, 21, 22, 23 — 43
Cf A. Jacob, Une lettre de Charles le Chauve ai clergé de Ravenne, en
RHE 68 (1972) 409-422 -* Cf C.G. Mor, La cultura aquileiese nei secc.
ÍX-XII, en VV.AA., Storia
88
della cultura
véneta dalle origini al Trecento, Venecia 1976, 287-311; M. Huglo,
Liturgia e música sacra aquileiese, ib, 312-325 — 45 Véanse
las aportaciones en la colección, que ya cuenta con varios
volúmenes, dirigida por
L. Colliard,
Recherches sur l'ancienne liturgie d'Aoste el les usages religieux et
populaires valdótains, Aosta 1969ss; y Monumento litúrgica
ecclesiae augustanae, que comprende hasta hoy: R. Amiet, Repertorium liturgicum
augustanum. Les témoins de la liturgie du diocése d'Aoste, 2
vols., Aosta 1974; Pontificóle augustanum, Aosta 1975; R.
Amíet-L. CoUiard (por), L'Ordinaire de la cathedrale d'Aoste, Aosta
1978 — 46 Los está estudiando especialmente F. dell'Oro, Le
"benedictiones episcopales" del códice Warmondiano, en ALW 12
(1970) 148-254; M.A. Mazzoli Casagrande, / codici Warmondiani e la cultura
a Ivreafra IX e XI sec, en Rieerche Medioevali 6-9 (1971-74) 89-139; B.
Baroffio-F. Dell'Oro (por), L'Ordo Missae.de!
vescovo Warmondo d'Ivrea, en Studi Medioevali 16 (1975) 795823 — 47
Cf B. Baroffio-E. Dahnk Baroffio,
Due sconosciuti
Passionari-Lezionari novaresi, en Novarien 5 (1973) 137-139; F. Dell'Oro, //
Benedizionale di Novara, ib, 6 (1974) 53-138; E, Dahnk Baroffio, I codici
liturgia dall'archivio storico diocesano di Novara, ib, 7 (197576)
75-92; 8 (1977) 174-191; A. Cislaghi,
L'iniziazione
cristiana nelle diócesi di Novara dal Val XIV sec, ib, 3-116; G.
Colombo, I ss. Gaudenzio, Agabio, Lorenzo nel sacramentario del sec.
XI-XII, cod. 35 (LIV) della biblioteca capitulare di S. Maria in Novara.
Problemática ed avviamento alio studio delle fonti
¡iturgico-agiografiche fino al sec. XV, ib, 6 (1974) 9-51; E. Cau,
Scrittura e cultura a Novara (secc. Vlll-X), en Rieerche medioevali 6-9
(1971-74) 1-87- 48 Cf G. Ferraris, Le chiese "stazionali" delle
rogazioni minori a Vercelli dal sec. X al sec. XIV, Vercelli 1976; L.
Colliard-G. Ferraris, L'Ordinaire de la "missa eusebiana" d'apres la
description de Robert Sala, en L. Colliard (por), Recherches sur l'ancienne
liturgie d'Aoste I, Aosta 1969, 51-64 — 4q Véase nota 31 y
también: S. Rehle, Lectionarium plenarium veronense. en SE 22 (1974-75)
321-376; F. Dell'Oro, Studi e testi sulla liturgia del duomo di Verona dal IX
all'XI sec, en RL 62 (1975) 382-403, el cual puntualiza el trabajo de G.E.
Meersseman-E. Adda-J. Deshusses (cit. precisamente en la nota 31) y abre otros
campos de investigación para lo específicamente litúrgico
del área
veronesa —
F. Unterkirchen, // sacramentaría Adalpretiano, Trento 1966, y
recensión de A.M. Triacca, en EL 81 (1967)446-449. Otros documentos
litúrgicos de la época anterior y de la baja edad media
verán la luz en los Monumento litúrgica ecclesiae tridentinae;
cf también I. Rogger, Vita, morte e miracoli del b. Adelpreto
(1156-1172), nella narrazione deli'agiografo Bartolomeo da Trento, en Studi
trentini di scienze storiche 56 (1977) 331-384 - 5I G. Battelli, II piü
antico
89
calendario di
Nonantola, en Atti e memorie della deputazione di storia patria per le antiche
provincie modenesi s. IX, 5 (1953) 290-313; L. Brou, Le sacramentare de
Nonantola, en EL 64 (1950) 274-282; G.M. Beyssac, Bréviaire de
Nonantola. Problemes d'un texte énigmatique, en EL 72 (1958) 47-48;
"Libellus precum" di Nonantola, de próxima edición: cf
RL 65 (1978) 430 — " Cf D. Balboni, Frammenti di un "Missale
plenarium" del sec. XI di origine pomposiana, en Analecta pomposiana 3
(1967) 1-6; A. Samaritani, La schola ferrar ese di s. Agnese del 1292 e le
iitanie di Pomposa del sec. XV, en Ravennatensia 3, Cesena 1972, 537-558
— 53 Véase, por ejemplo, E. Zana (por), // sacramentarlo
Benedettino-Bresciano del sec XI, Brescia 1971; B. Bishoff, Das
Güierverzeichnis des Kloster ss. Faustino e Giovita in Brescia aus dem
Jahre 964, en Italia medioevale e umanistica 15 (1972) 5361; V. Gatti,
Abbazia benedettina di S. Pietro al Monte Pedale sopra Civate, Milán
1980; y
C. Marcora, //
Messale di Civate, Civate 1958; el Messale monástico della Novalesa, de
próxima edición: cf RL 65 (1978) 430 — 54 Se pueden
recordar: Acqui: Commissione litúrgica diocesana (por), // vescovo
s. Maggiorino nell'antica chiesa di Acqui. Memorie e note storiche, Acqui 1975,
con testimonios de documentos litúrgicos; Biella: L. Eizenhofer, Missale
Bugellense (codex Lowe): ein Votiv-
Vollmissale des
XIV-XV Jahrhunderts aus Biella in Überitalien, en Traditio 17 (1961)
341-425; A.S. Bessone, Due riti della liturgia eusebiana superstiti a Biella,
Biella 1973; Cásale Monferrato: cf EL 11 (1963) 19-38; 78 (1964) 20-42;
Cremona, con la obra litúrgica de su obispo Sicardo (t 1215); Monza, con
la biblioteca capitular y sus libros litúrgicos: cf
A. Dold-K. Gamber
(por), Das Sakramemar von Monza, Beuron 1957; Padova, con su
sacramentaría gregoriano di Padova, editado antes en parte por K.
Mohlberg y cuya edición íntegra está próxima: cf RL
65 (1978) 430 — "• Cf A. King, Liturgies of the Religious
Orders, Londres 1955; P. Lefevre,
Ambrosiana,
liturgia
litúrgica
alia quarta sessione del concilio di Trento, en EL 87 (1973) 501-525; E.
Cattaneo, o.c, 360-378; B. Neunheuser, o.c, 109-115 — 61 También
para la tradición litúrgica aquileyense, que
sobrevivió a las disposiciones tridentinas, fue decretada la
extinción en 1596, con ocasión de un sínodo celebrado en
Aquilea — 62 Véase, por ejemplo, E. Mazza, // "Rituale
reggiano" post-tridentino, en In memoria di Leone Tondelli, Reggío
Emilia 1980, 301-317; R. Carletti, Riti matrimonian intorno al Tridentino, en
RL 55 (1968) 382402; Liber administrandorum sacramentorum secundum ritum
ecclesiae placentinae, Brescia 1574; Rituale sacramentorum ad usum ecclesiae
placentinae, Brescia 1608. Como es obvio, estos últimos eran anteriores
a la promulgación (1614) del Rituale Romanum reformado según
los dictámenes del concilio de Trento — 6? Cf E. Cattaneo, o.c,
416-515. Mención particular merecen los estudios efectuados sobre
Muratori (L. Brandolini, La pastorale dell'eucaristia di Ludovico A. Muratori,
Roma 1969), sobre Bona (E. Panitti, La scienza litúrgica nella
controriforma post-tridentina e contributo di Giovanni Bona al suo processo di
autonomía, Roma 1976), sobre Tomasi (I. Scicolone, // b. Giuseppe Tomasi
cardinale e gli inizi della scienza litúrgica, Palermo 1980; //
cardinale Giuseppe Tomasi di Ijimpedusa e gli inizi della scienza
litúrgica [Analecta Litúrgica, 5], Roma 1981), sobre Odescalchi
(1. Mazzola, Pastorale litúrgica del beato Innocenzo XI, Rovigo
1972), sobre Rosmini (A. Pistoia, La "parte del popólo" nella
liturgia nel pensiero di Antonio Rosmini, Roma 1973; A. Quacquarelli, La
lezione litúrgica di Antonio Rosmini, Milán 1970; y
también A. Pistoia en EL 87 [1973] 163-174) — 64 Cf A.M. Triacca,
Libri liturgici ambrosiani, en Anamnesis 2, La liturgia. Panorama storico
genérale, Marietti, Turín 1978, 201-217, sobre todo 212 y
214 — 65 Cf C. Vogel, Introduction aux sources de Thistoire du cuite
chrétien au moyen-áge, Espoleto 1966, 101, nota 1. Por otra
parte, "rito bizantino1' es un concepto más amplio que
"liturgia bizantina": ésta es parte o manifestación de
aquél - •* Aún en 1971, según los testimonios
aparecidos en Diócesi di Mi/ano ¡971, 611, las parroquias que
usaban la liturgia ambrosiana, si bien formando parte de otras diócesis,
eran noventa y tres: precisamente cincuenta y cinco en la diócesis
de Lugano, treinta y una en la diócesis de Bérgamo y siete en la
diócesis de Novara —
Ambrosiana,
liturgia
ambrosiana
(1874-1974), Milán Í98Í, en las voces "Rito
ambrosiano", "Liturgia ambrosiana", "Sacramenti
(battesimo ecc.)" — 7I Cf s. Agustín, De Civitate Dei 25,22.
Véase A. Paredi, La liturgia di s. Ambrosio, en Sanl'Ambrogio nel XVI
centenario... 69157 — 12 Landolfo, Historia mediolanensis I,
MGH, Scriptores VIII, 37 (30-31) —
" S. Ambrosio, Sermo contra Auxentium de basilicis tradendis 18: PL
16, 1055 74 Cf C. Alzan, La chiesa milanese e la sua
"ambrosianitá", en
Prosdocimi-C. Alzati, La chiesa ambrosiana.
ProfUi di storia istituzionale e litúrgica,
Milán
1980, 31-51, sobre todo 31-33
7Í
Registrum Johannis VIH papae: MGH, Epistolae Karolini Aevi V, n. 269, 237 7h
Gregorii l papae registrum epistolorum: MGH, Epistolae II, 266. Tomamos ambas
citas de C. Alzati, Le. — 77 Cf L. Duchesne, Origines du cuite
chrétien. Etude sur la liturgie latine avant Charlemagne, París
1925, 89123 -n Cf P. Léjay, Ambrosien (Rite), en DACL 1 (1907)
1379ss -7* Cf E. Cattaneo, Storia e particolaritá del rito ambrosiano en
Storia di Milano 3, Milán 1954, 761-837, especialmente 764; Rito
ambrosiano e liturgia oriéntale, en Borella-Cattaneo-Vílla,
Questioni e bibl. ambrosiane, Milán 1950, 19-42; I canti della frazione
e comunione nella liturgia ambrosiana, en Miscellanea litúrgica in hono
rem L. Cuniberti
Mohlberg 2, Roma 1949, 147-174; La "intinctio"nella liturgia ambrosiana,
en EL 54 (1960) 182-205 — m Al menos para la cuestión de la
colocación del "credo" en la estructura de la misa: cf C.
Alzati, La proclamazione del símbolo niceno-costantinopolitano nella
celebrazione eucaristica e la tradizione litúrgica ambrosiana, en Amb 54
(1978) 27-48-"' Cf E. Cattaneo, Santi milanesi ad Aquileia e santi
aquileiesi a Milano, en Aquileia e Milano, Udine 1973, 235-248; J.
Lemarié, La liturgie d'Aquilée et de Milán au temps de
Chromace et st. Ambroise, ib, 249-270. Lemarié ha estudiado
también las relaciones entre la liturgia de Aquilea y de Rávena -
K2 Cf la síntesis que sobre esta cuestión hace P. Borella, //
rito ambrosiano, Brescia 1964, 39-42 — *' S. Ambrosio, De sacramentis
III, 5. Acerca de la obra litúrgica de Ambrosio, cf P. Borella, o.c,
49-64, y bibl. en CLLA 85-88; E. Cattaneo, La religione a Milano nell'eta di s.
Ambrogio. Milán 1974 N4 Se pueden deducir del análisis interno de
las obras de Ambrosio. Cf J. Schmitz, Gottesdienst im altchrislichen
Mailand. Eine liturgiewissenschaftliche (Jntersuchung über Initiation
und Messfeier wahrend des ¡afires zur Zeit des Bischofs Ambrosius,
Colonia 1975, especialmente Í67 y 317-352; véase
también K.
Gamber, Leimahdrücke
eines mailándischen Lektionar aus dem 5.-7. Jh.. en Scriptorium 15
(1961) 117-121; P. Borella. // capitolare ed evangeliario ambrosiano di S.
Giovanni Battista in Busto Arsizio, en Amb 10 (1934) 210-232; A. Paredi, L
'evangeliario di Busto Arsizio, en Miscellanea litúrgica in onore di
90
S. E. il
cardinate Giacomo Lercaro 2, Roma 1967, 207-249; S. Beissel, Geschichte der
Evangelienbücher in der ersten Halfte des Miítelalters,
Friburgo/Br. 1906, 91-95; O. Heiming, Le epistole del lunedi, martedi, mercoledi
e giovedt di quaresima a Milano, en Amb 6 (1930) 25-27; P. Borella, // rito
ambrosiano. Brescia 1964, 31-34 — ** Véase, por ejemplo. A.
Paredi. / prefazi ambrosiani. Contributo alia storia della liturgia latina.
Milano 1937; A.M. Triacca, I prefazi ambrosiani del ciclo "de
lempore" secando il "Sacramentarium Bergomense". Avviamento ad
uno studio critico teológico, Roma 1970, con bibl. especialmente sobre
la eucología, 28
. liturgie
ambrosienne, en VV.AA., L'assemblée liturgique et les différents
roles dans l'assemblée, Roma 1977, 269-305 — *7 Cf P.
Borella, o.c, 325-450 -** Cf C. Marcora, II santorale ambrosiano. Ricerche
sulla formazione dagli inizi al sec. IX, Milán 1953 — xy Es
importante el conjunto de las fiestas marianas. Cf E. Cattaneo, Maria ss. nella
storia della spiritualita milanese, Milán 1955— 9Ü Cf
o.c, en la nota 64 — 9I Nos inspiramos en dos trabajos nuestros, en los
cuales el lector podrá encontrar también la bibl. relativa a
cada aserción:
A.M. Triacca, Per
una migliore ambientazione delle fonti liturgiche ambrosiane sinassicoeucaristiche.
Note meíodologiche in Fons vivus. Miscellanea litúrgica in
memoria di don Eusebio Maria Vismara, Zurich 1971, 165-220; Liturgie
ambrosienne: amalgame heterogéne ou "specificum " influent?
Flux, reflux, influences, en VV.AA., Liturgie de
l'égliseparticuliére et liturgie de l'église universelle,
Roma 1976, 289-327 - 92 Cf E. Stein, Chronologie des métropolitains
schismatiques de Milán et d'Aquilée-Grado. en Revue d'Histoire
Ecclésiastique Suisse 39 (1945) 126-136. Los obispos milaneses
cismáticos serían: Vital (552-556), Aussano (556-559), Honorato
(559-571), Fronto (571-573), Lorenzo II (573-592) 9' Cf A.l. Schuster, Lo
scisma dei Tre Capitoli ed il rito patriarchino a Monza, en ScC 71 (1943) 81-94
- y4 Cf A.M. Triacca, Per una migliore ambientazione... (cit. en la nota 91),
nota 101 ^ La antífona mariana "Sub tuum praesidium" llega a
Occidente desde Alejandría, vía Milán. Asimismo, la
oración "Emitte, quaesumus, Domine, Spiritum sanctum Paraclitum...",
para la bendición del aceite, entra con determinadas variantes en la
liturgia romana proveniente de Alejandría, de F.gipto, vía
Milán. Es interesante la nota de A.l. Schuster, Un terribi/e santo
milanese, en Rivista Diocesana Milanese 43 (1954) 173-174; %se trata de s.
Crescendo, monje de Egipto —
En nuestro ensayo Per una migliore...
(nota 91) reproducimos también las alusiones a los influjos de la zona
bretona, iroescocesa y, por ende, de los monasterios benedictinos del
91
tiempo — v/
Ci A. Paredi, ¡'prefazi ambrosiani... (nota 85); A. Bernareggi, I
primi inizi del rito ambrosiano, en Amb 1 (1925) 69-71; P. Borella, //
"Canon Missae" ambrosiano, en Amb 30 (1954) 225-257; C. Coebergh, Tre
antiche anafore della liturgia di Milano, en Amb 29 (1953) 219-232; H. Frank,
Die Feier der Feste "Natalis Salvatoris" und "Epiphania"
in Mailand zur Zeit des Bischofs Ambrosius, en JLW 12 (1932)
Í45-155; Id., Das mailandische Kirchenjahr in den Werken des hl.
Ambrosius, en Pastor Bonus 50 (1941) II16, y J. Schmitz, Gottesdienst im
altchristlichen Mailand... (nota 84) —% Cf O. Heiming, Afiturgische
Fastenferien in Mailand, en ALW 2 (1952) 44-46; // lavoro di Maria Laach
intorno al Breviario Ambrosiano, en VV.AA., Problemi di liturgia ambrosiana. Al
ti del Congresso litúrgico ambrosiano, Milán 1949, 48-58; Le
epistole del lunedi... (nota 84); A.M. Triacca, / prefazi ambrosiani... (nota
85) 78ss — yg Cf P. Borella, Influssi carolingi e monastici sul Messale
Ambrosiano, en Miscellanea litúrgica in honorem L. Cuniberti
Mohlberg I, Roma 1948, 73-115; // rito ambrosiano, 93-102; Catechismi liturgici
carolingi a Milano, en Studi in memoria di mons. Cesare Dotta. Milán
1956, 59-68; E. Cattaneo, Storia e particolaritá del rito ambrosiano, en
Storia di Milano 3, Milán 1954, 786-798; F. Brovelli, La "Expositio
missae canonicae". Edizione critica e studio liturgico-teologico, en
Ricerche storiche sulla chiesa ambrosiana 8, Milán 1979, 5-151 —
Ambrosiana, liturgia
la
"duplicatio euchologica" existente en las. fuentes litúrgicas
ambrosianas: A.M. Triacca, / prefazi ambrosiani... (nota 85), 57-72 — m
Para la unción de los enfermos, por ejemplo, véase A.M.
Triacca, "Impositio manuum super infirmum". L'unzione degli ammalati
nell'antica liturgia ambrosiana, en Eulogio. Miscellanea litúrgica in
onore di P. Burkhard Neunheuser, Roma 1979, 509-590, especialmente 550-565
-m Para una bibl. sobre los manuscristos véase A.M. Triacca, Libri
liturgici ambrosiani... (nota 64), 202-203. La renovación y el
incremento numérico de los manuscritos litúrgicos
ambrosianos son debidos también a la consunción de los
manuscritos anteriores (a causa de la humedad del valle del Po) y al
eficientismo congénito de esas poblaciones — l07 Cf M. Magistretti
(por)
Beroldus sive
ecclesiae ambrosianae mediolanensis Kalendarium et Ordines saec XII,
Milán 1894; (por) Pontificóle in usum ecclesiae mediolanensis
necnon Ordines ambrosiani ex codicibus saec IX-XV, Milán 1897; Id.
(por), Manuale ambrosianum ex códice saec. XI olim in usum canonicae
Vallis Travaliae Pars Prima, Milán 1905 (Psalterium-Cantica); Pars
altera, Milán 1904 (Officia totius anni). Para el Beroldus, véase
M. Ferrari, Valutazione paleografica del códice ambrosiano di Beroldo,
en VV.AA., // Duomo cuore e símbolo di
l0K Cf
Milano,
Milán 1977, 302-307— E. Cattaneo, // Breviario Ambrosiano. Note
storiche ed illustrative, Milán 1943, 39-40 —
m lp
nota 84 - Cf nota
99 — Cf A. Palestra,
S. Galdino, le
pievi, i monasteri, en Quaderni di Amb, Supl. al n. 4, 43 (1967) 59-96; O.
Heiming, Ein "fusionniertes" (sic!) Gregorianum und ein
Ambrosiano-Benedhtinum, en EL 64 (1950) 238-273; el Misal de Cívate,
cit. en la nota 53; la topografía monástica en el área
ambrosiana con relativas publicaciones litúrgicas, en A.M. Triacca, Per
una migliore ambientazione... (nota 91), 200-202; P. Borella, Influssi
carolingi... (nota 99), 110-115
Ambrosiana,
liturgia
(códigos
ambrosiano-monásticos) — "
107 — l24bis
nota Véase
G. Forzati Golia, Le raccolte di Beroldo, en VV.AA., // Duomo... (nota 107),
308-387 — l2í En G. Dozio, Cerimoniale Ambrosiano I,
Esposizione delle cerimonie della messa prívala, Milán 1853, 91111
— m Cf E. Cattaneo, // Breviario Ambrosiano... (nota 108), 51
— ni Editada por M. Magistrettti, en Beroldus (nota 107), 183
l28Cf
185— E.
Cattaneo, o.c, 54-57 — 129 Hemos reproducido los incunables y las
ediciones principales impresas de los libros litúrgicos ambrosianos en
nuestro trabajo Libri liturgia ambrosiani (nota 64), 211-217 — 130 Cf P.
Borella, // rito ambrosiano, Morcelliana, Brescia 1964, 133-134 — m
Missale Ambrosianum Dúplex (proprium de tempore) editt. Puteobonellianae
et Typicae (1751-1902) cum critico commentario continuo ex manuscriptis
schedis Ant. M. Ceriani adiderunt, A. Ratti-M. Magistretti, Milán 1913
— '"Véase
E. Moneta Caglio,
Movimento litúrgico ambrosiano, en O. Rousseau, Storia del movimento
litúrgico, Edizioni Paoline, 1960, 371-378; A. Bernareggi, II movimento
litúrgico ambrosiano, en Amb I (1925) 6-9, 42-45 — 133 El mismo
cardenal Schuster escribió mucho sobre la liturgia ambrosiana: cf Amb,
Rivista diocesana milanese, el diario Italia y especialmente A.I.
Schuster, // libro della preghiera antica, 4 vols., Milán 1943-44; 2.a
ed., 2 vols., Roma s.d. — l14 Cf P. Borella, // rito ambrosiano
(nota 130), 135-137; y la colección de intervenciones "in re
litúrgica"; card. J.B. Montini, Arzobispo de Milán-Su
Santidad Pablo VI, Pastora/e litúrgica, Roma 1963 — 135 Cf A,
Andreoni, Breve método teórico e pralico di canto fermo
ambrosiano ad uso dei seminan milanesi, Milán 19293 — l3h Cf Anti
phonarii
ambrosiani I, Pars jemalis; II, Pars aestiva; III, Proprium et commune
sanctorum, Milán 1898; y también Antiphonarium ambrosianum,
editado en Paléographie Musicale V, Solesmes 1896 (introducción
histórico-litúrgica con edición en fototipia); VI,
Solesmes 1900 (transcripción en notación gregoriana); Ordo ad
fuñera aliaque officia mortuis praeslanda, Milán 1898.
Véase E. Cattaneo, Note storiche sul canto ambrosiano, Milán
1950; HugloAgustoni-Cardine-Moneta Caglio, Fonti e
92
paleografía
del canto ambrosiano, Milán 1956 — l37 Véase, por ejemplo:
Antiphonale missarum iuxta ritum sanctae ecclesiae mediolanensis, Roma
1935; Líber vesperalis iuxta ritum sanctae ecclesiae
medíolanensis, Roma 1939; Praeconium paschale ambrosianum ad
codicum fidem restituium iussu
E.D. Alafridi
Hildephonsi card. Schuster, Roma 1933; Ordo et missa pro defunctis cum
exsequiarum ordine iuxta ritum sanctae ecclesiae medíolanensis, Roma
19512; etc. Es interesante la tesis doctoral de B. Baroffio, Die Offertorien
der ambrosianischen Kirche. Vorstudie zur Kritischen Ausgabe der mailándischen
Gesange, Colonia 1964 — ,38 Fundado en Milán el 12 de marzo de 1931
por el card.
A.I. Schuster; cf
E. Cattaneo, o.c, 37-40 —
138 bis Con
la revista Arte cristiana, que sigue
publicándose actualmente. Véase la "relación hecha
por el fundador mons. José Polvara el día 7 de junio de
1946", con el título, XXV di
fondazione della
scuola superiore d'arte cristiana B. Angélico, en Arte Cristiana nn. 5-6
(369), 33 (1946) 25-34 — m Ya existían antes de este siglo.
Véanse, por ejemplo, los dos volúmenes del Messale festivo
ambrosiano volgarizzato per aiutare i fedeli ad assistere alia
s. messa,
Milán 1829. En este siglo recordamos tres: por las religiosas de Nuestra
Señora del Cenáculo los dos volúmenes: Messale ambrosiano,
Milán 1924, con diversas ediciones; los fascículos, a cargo de
La santa messa
per il popólo, Rito ambrosia-no, reunidos después en dos
volúmenes; y el clásico misalito ambrosiano por el fundador de la
revista Amb, mons. C. Dotta, Messale ambrosiano, Milán 1949 — l40
Missale Ambrosianum latinum et italicum eminentissimi... Joannis... card.
Colombo archiepiscopi... iussu editum, auctoritate S. Sedis "ad experimentum"
adprobatum, Milán 1966. Paralelo a la edición oficial,
Nuovo manuale di
liturgia ambrosiana, ossia rególe e cerimonie dei sacramenti, del
sacrificio e dei sacramentan raccolte ed ordinate in testo único
col direttorio per le feste dell'anno ecclesiastíco ambrosiano.
Várese 19372; V. Ma
93
raschi, Le
particolaritá del rito ambrosiano, Milán 1938; E.T. Moneta
Caglio, Intendere la messa. Dogma, storia, spiritualita nella liturgia
ambrosiana della messa, Milán 1939; Ufficio Catechistico Diocesano (por),
Brevi nozioni di sacra liturgia, Milán 1944 — l44 Cf Rivista
Diocesana Milanese 55 (1967) 310-311. De
l45 Cf
ahora en
adelante: RDM — RDM 67 (1967) 410-411. La lista completa de las intervenciones
del card. Colombo para la reforma litúrgica, por 1. Biffi, en Amb 52
(1976) 353354 — ldé Messale Ambrosiano secondo il rito della
santa chiesa di Milano. Riformato a norma dei decreti del Vat. II.
Promúlgalo dal signor cardinale Giovanni Colombo, arcivescovo di
Milano, 2 vols., Milán 1976. De ahora en adelante: NMA — l
L'euchologie
ambrosienne dans la structure du nouveau Missel de la "sánela
ecclesia medíolanensis" en VV.AA., Gestes et paroles dans les
diverses familles liturgiques, Roma 1978, 301-328, especialmente 303-309
— 150 Compartimos plenamente la opinión de E. Galbiati, expresada
en Amb 52 (1976) 475-476, mientras nos distanciamos de la de Santiago Biffi,
expresada asimismo en Amb 52 (1976)
79. Por otra
parte Inos Biffi, haciendo propia la opinión del card. G. Colombo en La
riforma del rito ambrosiano nel pensiero e nelle direttive del!
arcivescovo card. Giovanni Colombo (Amb 52 [1976] 345), ratifica lo que
nosotros afirmamos — m La comunione sacerdotale (homilía en
la misa crismal, 15 abril 1976), en RDM 67 (1976) 410t52 Nuestra
síntesis interpretativa del Discorso alia seconda sessione plenaria del
Sínodo XLVI (28 febrero 1967), en RDM 55 (1967)
l53Cf
310-311 —
P. Alfonso, L'eucologia romana antica (lineamenti stilistici e storici),
Subiaco 1931, 7: "La eucología es la parte sustancial, la
parte incluso materialmente preponde
l54 Cf
rante de la
liturgia" — A.M. Triacca,
Creativita
eucologíca: motivazioni per una sua giustificazione teórica e
linee pratiche metodologiche, en EL 89 (1975) 100-118— '» Cf
RDM 58 (1970) 736-740, y Amb 47 (1971) 7579 — lí6 Cf nota
152; Notiziario per il Clero Ambrosiano II, 2 mayo 1970, 4-5; Amb 46 (1970)
271-276: conferencia pronunciada en el "Ambrosianeum"; RDM 58 (1970)
652 — 157 Cf RDM 59 (1971) 225-226; 60 (1972) 183184; 60 (1972) 75
etc. - l5,í NMA I, V-Vll m Cf F. Dell'Oro, // nuovo Messale...
(nota 147), 542-547 — 160 Las afirmaciones son de Inos Biffi, La
riforma... (nota 150), 343 — 161 En Risposta all'interpellanza del
Consiglio
Ambrosiana,
liturgia
presbiterale (16
noviembre 1971), en RDM 60 (1972) 183-184 — 162 Not 6 (1970) 128; Not 8
(1972) 212, y RDM 60 (1972) 139; texto italiano editado por el Centro
ambrosiano di documentazione e studi religiosi, Milán 1972 —
163 Not 8 (1972) 115; RDM 60 (1972), 87; texto italiano editado por el Centro
ambrosiano..., Milán 1972 — ,64 Not 8 (1972) 115; RDM 60 (1972)
31-32; E. Galbiati, // nuovo Lezionario Ambrosiano del tempo quaresimale e
pasquale, en Amb 48 (1972) 32-39; edición italiana del Centro
ambrosiano, Milán 1972 — 16S Cf F. DelPOro, o.c, 564, nota 151 -m
Cf Ib, 550560 — ,67 La expresión es del card. G. Colombo
en RDM 67 (1976) 410 — m Cí Progetto per il Calendario
litúrgico ambrosiano: documenti, en Amb 48 (1972) 200-206, especialmente
202 — l69 Cf I. Biffi, Avvento ambrosia-no: escatologia e speranza della
chiesa, en Amb 52 (1976) 355-372— l7° Cf B. Borgonovo-G. Terraneo, //
Calendario Litúrgico Ambrosiano, en Amb 48 (1972) 412-416.
Véase también, para las primeras tentativas, Amb 48 (1972)
200-206, 417-422 — m Cf F. DelPOro, // nuovo Messale... (nota 147), 550560
— l72 Cf B. Borgonovo-G. Terraneo, Presentazione del
Calendario'Litúrgico Ambrosia-no, en Amb 49 (1973) 454-458 — l73
Cf Ufficio per il culto divino, // Calendario Litúrgico Ambrosiano per
l'anno 1976, en Amb 51 (1975) 419-421- l74 NMA I, XLVIILXVII1 — l75
P. Borella, // rito Ambrosiano 325-440 — l
l8?b,i
I, XLVIII)
— En la edición latina del NMA (cf infra, nota 192 bis) se
encuentran asimismo las memorias facultativas de los bb. Luis Guanella {24
octubre) y Luis Orione (26 octubre) - |í<4 Según lo que
escribe J.A. Jungmann, Missarum Sollemnia I, Turín 19612, 219, este
uso era propio también de la liturgia galicana — INÍ Cf P.
Borella, // rito ambrosia-no 155; La messa ambrosiana, en M. Righetti,
Manuale di
síoria litúrgica III, La messa, Milán 19663, 638-639;
V. Raffa, Lectiones agiographicae in liturgia occidentali, en EL 73
,86Cf
(1959) 25-30 -
Borella-Cattaneo-Villa, Questioni e hibl. ambrosiane 87-88; CLLA 595, con bibl.
— l87 Cf Lezionario Ambrosia-no edito per ordine del sig. cardinale
Giovanni Colombo, arcivescovo di Milano ("ad experimentum"),
Milán 1976, 781-794. En p. 793, última línea, en
lugar de Teodorico debe leerse Teodosio — l88 Cf nota 146 — l89 El
lector sabrá perdonarnos si en las notas no seguimos citando la
bibl., salvo casos de extrema necesidad: cada parte del NMA ha sido y
sigue siendo objeto de estudio, especialmente por parte de Bizzarri, que
proporciona las fuentes en Ambrosius (próxima publicación, en un
fascículo aparte, por I. Biffi para la editorial Maríetti:
Missalis Ambrosiani fontes), y de I. Biffi, que, sobre todo en Amb, sigue
estudiando sus temáticas teológico-litúrgicas — 190
La última edición latina fue publicada bajo el card.
A.I. Schuster,
Missale Ambrosianum iuxta ritum sanctae ecclesiae mediolanensis. Editio
quinta post typicam, Milán 1954, que respecto a la primera
edición típica de 1902 se había enriquecido con
formularios y conmemoraciones de santos, por ejemplo en el 31 enero san Juan
l92Se
Bosco — ]9]
Cf supra, nota 140 — trata del Messale ambrosiano festivo. Introduzioni e
commenti de Inos Biffi, Marietti-Jaca Book, Turín-Milán 19761,
19802, y Messale ambrosia-no feríale. Introduzioni e commenti liturgici
de Inos Biffi, Marietti-Jaca Book, Turín-Milán 1977. De
próxima publicación el diario, resultante de la
fusión de los dos anteriores —
192 blb
Missale Ambrosianum iuxta ritum sanctae
ecclesiae mediolanensis ex decreto sacrosancti oecumenici Concilü
Vaticani ¡I instauratum, auctoritate Joannis Colombo sanctae romanae
ecclesiae presbyteh cardinalis archiepiscopi mediolanensis promulgatum,
Mediolani 1981; cf I. Biffi, en Not 187, 18 (1982) 113118—
'"NMA I, XIII-XLVI - l94 Cf VV.AA., // nuovo Messale ambrosiano. Atti
della "3 giorni" 28-29-30 sett. 1976, Milán
Roma 1978,
301-328 - ,97 Cf nota 189. Es sabido que el artífice del NMA es
Inos Biffi. El ilustre estudioso, junto con mons. Santiago (lacobus) Biffi,
continúa la preparación de los nuevos libros litúrgicos
ambrosianos, todos los cuales llevan al final el apotegma: "Ubi fides ibi
libertas"; los cursivos son nuestros y pretenden poner de relieve la
firma camuflada en los mismos de modo anagramático: Bi(f)fi /(nos)
/(acobus) -m Cf NMA I, 327-328 194 Cf C. Alzati, La proclamazione del
símbolo
94
niceno-costantinopolitano
nella celebrazione eucaristica e la tradizione litúrgica ambrosiana,
en Amb 54 (1978) 27-48 — 20° A. Paredi, en
2<H Cf
gici ambrosiani
(nota 64), 206 — Lezionario Ambrosiano... (nota 187). De ahora en
202 Cf LA
adelante: LA
— V-XIX - 203 Cf H. Leclercq, Lectionnaire (lectionnaires ambro
304 Cf
siens), en DACL
8, 2271 — P. Cagin (por), Codex Sacramentorum Bergomensis. Accedunt tres
indiculi sive Capitularía Lectionum, Epistolarum et Evangeliorum
antiqua,
205 Cf
Solesmes 1900,
187-192— A. Paredi, Sacramentarium Bergomense (nota 119), 2837
— 2Ü6 Cf CLLA 548 — 207 Cf P. Cagin, o.c,
208 Cf
193-207 —
CLLA 540 y el libro de K. Gamber cit. en la nota 84 — 309 Cf G. Godu,
Epitres (le systéme ambrosien), en DACL 5, 281-297. Nótese que en
las col. 390-397 se reproduce la citada edición del Lezionario por
Cagin — 2I0 Contenido en el códice Reginense lat. 9 de
212 2"
Cf nota 84 - Cf Decreto de promulgación
del NMA I, VI —
D. Causero,
L'ordinamento delle letture evangeliche nelle chiese non ambrosiane
dell'Italia settentrionale (tesi policopiata Pont. Inst. Lit.
s. Anselmo), Roma
1973 — 2lh Cf E. Galbiati, // nuovo Lezionario Ambrosiano del tempo
quaresimale e pasquale. en Amb 48 (1972) 3239, donde el lector encuentra
los primeros datos para una constitución de todo el LA -217 Cf
Rituale Sacramentorum ad usum s. mediolanensis ecclesiae editio t y pica,
Milán 1906 2,K Cf I. Biffi, La riforma litúrgica ambrosiana.
Traguardi e atiese, en Amb 56 (1980) 68-69 — 2I9 Puede servir la
aportación dada por G.P. Francesconi, Storia e símbolo.
"Mysteríum in figura": la simbólica storicosacramentale
nel linguaggio e nella teología di Ambrogio da Milano, Brescia 1981,
especialmente pp. 271-332 — 22° Cf 1. Biffi, o.c, en la nota
218, 70 —
22lblsCf
gia ambrosiana
usa el color rojo—
Sussidi di
pastorale litúrgica a cura dell 'Ufficio per i sacramenti e il culto
divino 1, Milán 1981, Decreto (7-12), Commento (13-23) y Rito (24-27)
— 222 Cf A.M. Triacca, a.c, en la nota 105 -22' Rito delle Esequie,
secando la liturgia della santa chiesa di Milano, promúlgalo da/
signar Cardinale Giovanni Colombo,
95
arcivescovo di
Milano, Milán 1977 — 224 Cf nota 142 — 225 Cf A.M. Triacca,
Libri liturgici ambrosiani (nota 64), 216 — 226 Ib, 211, y especialmente
P. Borella, // rituale dei funerali nella tradizione ambrosiana, en Amb 53
(1977) 514-526 — 227 Para la verificación de esta afirmación
es útil consultar P. Bizzarri, Fonti del nuovo Rito delle Esequie
ambrosiano, ib, 458468 - 22íí Para una descripción
pastoral véase 1. Biffi, // nuovo rito esequiale della liturgia
ambrosiana: struttura, cornponenti e contenuti, ib, 429-457 229 Cf L.
Migliavacca, I canti per il Rito delle Esequie. ib, 527-531 -2,° Cf I.
Biffi, Sant 'Ambrogio: jante d'ispirazione della nuova eucologio ambrosiana per
i defunti, ib, 502-513 -2" Cf A. Lentini, I nuavi "sallenzi"
ritmici latini della liturgia ambrosiana per i defunti, ib, 486-501 — n2
Véanse las aportaciones contenidas en Amb 55 (1979) 5104, que son
las relaciones y comunicaciones de la "Due giorni di studio"
celebrada en 1978 por iniciativa del Ufficio litúrgico ambrosiano sobre
la pastoral de los difuntos — m Cf M. Magistretti, Manuale ambrosianum...
(nota 107) — 234 Cf I. Biffi, La riforma litúrgica ambrosiana.
Traguardi e atiese, en A mb 56 (1980) 70 — 2" Es el único
sacramentario ambrosia-no puro. Cf nota 118 — 23fi Cf P. Borella, // rito
ambrosiano, 28 237 Cf CLLA 570-575,
218 Cf
que
deberán puntualizarse — RL 75 (1978) 431 — 239 Cf I Biffi,
La riforma litúrgica... (nota 234) 71-72 — 24° Cf M.
Magistretti, Manuale ambrosianum... (nota 107) 1, 3-178; II, 1-462 — 241
ib, I, 40-73 — 242 Cf E. Cattaneo, // Breviario Ambrosiano. Note
stariche ed illustrative, Milán 1943 — 24' Cf P. Borella, //
Breviario Ambrosiano, en M. Riguetti, Manuale di storia litúrgica
II, L'anno litúrgico, Milán 19693, 838-879, y también P.
Borella, // rito ambrosiana 225-272 — 244 Por
Ambrosiana,
liturgia
dos los Principi
e Norme para el Breviario
Ambrosiano (11
junio 1981); el Ordinario y el
Salterio (20
agosto 1981) y el Oficio de difun
tos (20 junio
1981) — 252 Cario Maria Martini,
In principio
efecto, tras la
editio typica de 1902, bajo el
card. Ferrari vio
la luz el Diurnum Ambrosia
num ad norman
Breviarii impressi iussu emi
nentissimi domini
Andreae Caroli til. s. Anas
tasiae presb.
cardinalis Ferrari archiepiscopi,
Milán
1907, que contiene sólo las horas menores, las vísperas y
completas para todos los días del año litúrgico, ciclo
temporal y ciclo
254 25í
santoral - Diurna
laus VI — Cf 1. Biffi, Commento alia Diurna laus ambrosiana: i lucernari,
en Amb 57 (1981) 318-343 2S6 Cf I. Biffi, Commento... Le commemorazioni battesimali
dei vesperi, en Amb 57 (1981) 398-444. El mismo autor ha prometido hacer un
comentario particularizado de cada una de las partes del Breviario
Ambrosiano — 257 Para una bibl. sobre el particular, véase A.M.
Triacca, Libri liturgici ambrosiani (nota 64), especialmente 206-211 —
258 Uno de los últimos manuscristos ambrosianos en G. Tibiletti,
Antifonario. Processionale delle litante triduane (manoscrino del 1492),
en EL 87 (1973) 145-162 259 Cf
A.M. Triacca
(nota 64), especialmente 213
216. En no pocas
parroquias he comprobado que antes del Vat. II se usaba la edición Litaniae
majores et triduanae solemnes ritu ambrosiano..., Mediolani 1846,
preparada bajo los auspicios del card. Cario Gaetano Gaisruck (1816-46) —
260 // (nuovo) Parrocchiano ambrosiano. Manuale completo di preci e di canti.
Librería editrice arcivescovile Giovanni Daverio, Milán
(varias fechas) - 261 Véase en RDM 61 (1973) 738, la afirmación
del card. Colombo: "Roma nos mira y alienta. Nos miran asimismo
muchas comunidades ortodoxas, frenadas en su acercamiento a Roma por el temor
de perder sus peculiares tradiciones litúrgicas; la supervivencia y
la fecundidad de nuestro rito podría ser para ellos motivo de confianza".
Véase también ib, 73 2tl Cf C. Alzati, La chiesa milanese e la
sua "ambrosianitá", e Liturgia ambrosiana. Alcune
riflessioni, en L. Prosdocimi-C. Alzati, La chiesa ambrosiana. Profili di
storia istituzionale e litúrgica,
Milán
1980, respectivamente 29-51, 53-6526í Pocos tienen conciencia de
este hecho. Además, la curia arzobispal milanesa tiene un dicasterio
litúrgico propio:
Rito Ambrosiano
(cf RDM 60 [1972] 183), la cual no es asimilable ni equiparable a los
órganos litúrgicos diocesanos [/ Organismos litúrgicos]
que a norma de las disposiciones de
Animación
de nuestro rito
ambrosiano, tan querido antes por usted y que aún sigue siéndolo,
en esta época de renovación litúrgica?" Hela
aquí: "Renovación, no nivelación. El rito ambrosia-no
puede y debe continuar. Sígase esta norma: adecuarse sin uniformarse. El
uniformismo sería un empobrecimiento de la iglesia, contrario a la
letra y al espíritu del concilio. Amad y haced amar, comprended y
haced comprender, vivid y haced vivir lo que el rito ambrosiano contiene de
verdaderamente característico, capaz de iluminar ciertos aspectos
de la verdad divina y de alimentar una fértil espiritualidad. La
vitalidad del rito ambrosiano ha sido una gran ayuda en el pasado y
seguirá siéndolo en el futuro no sólo para la
diócesis de Milán, sino para la iglesia universal": en
Notiziario per il clero ambrosiano II, 3 (2 mayo 1970) 4-5.
A. M. Triacca
BIBLIOGRAFÍA:
Borella P.-Cattaneo E.-Villa L., Questioni e bibliografie ambrosiane (Archivio
ambrosiano, 2), Curia arzobispal, Milán 1950; Borella P., // rito
ambrosiano, Morcelliana, Brescia 1964; // Breviario ambrosiano, en M.
Righetti, Manuale di storia litúrgica II, L'anno litúrgico,
Ancora, Milán 19693, 838879; La messa ambrosiana, en M. Righetti,
Manuale di storia litúrgica III, La messa, Ancora, Milán 19663,
615-676; / sacramemi nella liturgia ambrosiana, en M. Righetti, Manuale di
storia litúrgica IV, / sacramemi 1 sacramentan. Ancora, Milán
I9592, 555-620; Brovelli F., La "Expositio missae canonicae".
Edizione critica e studio liturgico-teologico, en Ricerche storiche sulla
chiesa ambrosiana 8, Curia arzobispal, Milán 1979, 5-151; Cattaneo E.,
// Breviario ambrosiano. Note storiche ed illustralive, Milán 1943;
Maria ss. nella storia della spiritualitá milanese (Archivio
ambrosia-no, 8), Milán 1955; Note storiche sul canto ambrosiano
(Archivio ambrosiano, 3), Milán 1950; Huglo-Agustoni-Cardine-Moneta Caglio,
Fonti e paleografía del canto ambrosiano (Archivio ambrosiano, 7),
Milán 1956; Marcora C, // santorale ambrosiano. Ricerche sulla
formazione dagli
inizi al sec. IX (Archivio ambrosiano, 5), Milán 1953; Prosdocimi
L.-Alzati C , La chiesa ambrosiana. Profili di storia istituzionale e
litúrgica, NED, Milán 1980, 69-85; Triacca A.M., Libri liturgici
ambrosiani, en Anamnesis 2, La liturgia. Panorama storico genérale,
Marietti, Turín 1978, 201-217. —REVISTAS: Rivista Diocesana
Milanese (= RDM). 1910 ss. Pero sobre todo Amhrosius, 1925 ss. Nacida como
"Bolletino litúrgico ambrosiano", en 1960 se convierte en
"Rivista liturgico-pastorale"; posteriormente, en 1970, pasa a ser
Rivista pastórale ambrosiana.
96
SUMARIO: I.
Situación litúrgico-celebrativa actual - II. Naturaleza,
necesidad, fundamento de la animación litúrgica: 1. Significado
del término "animación" y su naturaleza; 2. Fundamento:
a) La liturgia es acción, b) La liturgia es acción
simbólica, c) La liturgia es acción comunitaria - III. El
servicio de la animación: sujetos, características, modalidades:
i. Lección de la historia; 2. Diversos niveles de responsabilidad en la
animación litúrgica: a) Antes de la celebración, b)
Durante la celebración, c) Rol de quien preside; 3. El "grupo"
de animación y su preparación; 4. Disposiciones y actitudes
necesarias en todo animador litúrgico.
I.
Situación litúrgico-celebrativa actual
El problema de la
animación litúrgica se ha venido planteando con insistencia en la
pastoral de hoy, como consecuencia de la publicación de los nuevos
/libros litúrgicos, con el compromiso de participación que ellos
encierran y reclaman. Sorprendentemente, la animación, por más
que esté estrechamente relacionada con la naturaleza misma de
la liturgia —como veremos—, no entra en absoluto en su
definición. En los manuales y rituales oficiales no se habla de ella, al
menos directamente; sin embargo, está claro que el éxito de
las /celebraciones depende en gran parte de cómo se animen, de la misma
manera que el interés de los fieles y la calidad de su /participación
no dejan de estar fuertemente condicionados por una buena
animación.
Los antiguos
libros litúrgicos, publicados después del concilio tridentino,
por razones obvias de carácter teológico y pastoral no se
ocupaban, en el minucioso conjunto de rúbricas que encabezaban los
diversos ritos o se intercalaban en el cuerpo de los mismos, ni de la presencia
ni de la participación de 97
los fieles, que
asistían generalmente como espectadores mudos y extraños, y
mucho menos se ocupaban de los presupuestos culturales y de las implicaciones
antropológicas de la acción ritual. Ello se debía a que la
preocupación fundamental del legislador era inculcar a los ministros,
y especialmente al sacerdote celebrante, una acción
litúrgica digna, atenta y devota. La misma celebración
significaba, prácticamente, leer los textos oficiales y cumplir con
escrupulosa exactitud y, por consiguiente, con rigurosa uniformidad los ritos
prescritos y establecidos con todo detalle por las rúbricas.
En cambio, los
nuevos libros litúrgicos, publicados a tenor de los decretos del Vat.
II, constituyen, aun desde este particular punto de vista, una verdadera
revolución. En primer lugar, por el hecho de que centran su
atención en la / asamblea litúrgica, que es a la vez la protagonista
y la destinataria de la acción sagrada'. En efecto, sus Introducciones,
así como las indicaciones que van apareciendo a lo largo de la
celebración, ofrecen sugerencias y normas sobre la reunión de los
fieles, sobre las actitudes externas o internas que éstos debían
adoptar en cada caso, sobre los /gestos y movimientos que todos debían
realizar, sobre la forma en que tenían que leerse los diversos textos,
etc.2 En segundo lugar, destacan y fevalorizan el rol de los diversos
ministros1, sobre todo el
de quien preside,
sugiriendo en ocasiones una praxis más persuasiva bajo el aspecto
humano y pastoral (por ejemplo, cuando se habla de la acogida a los padres
en el bautismo de los niños o a los esposos en la celebración del
matrimonio; de la atención que se ha de tener para con quienes no
son o son
Animación
escasamente
creyentes y que, sin embargo, intervienen en una celebración
sacramental), o estableciendo los criterios que han de seguirse en las
opciones que tengan que hacerse, de suerte que los diversos elementos que
integran el acto ritual estén en mayor consonancia con la naturaleza y
las capacidades de las distintas asambleas, en orden a una participación
plena, consciente y activa de los fieles4.
Así es
como una atenta e inteligente utilización de las nuevas formas
cultuales, por parte de cuantos han tratado de descubrir y vivir su
espíritu genuino, está haciendo brotar un cambio gradual de
régimen: del denominado régimen ritualista se está pasando
a otro más atento a la experiencia religiosa. Es decir, van
cambiando los puntos de referencia de una auténtica
celebración y el criterio valorativo de su éxito o, mejor,
de su eficacia pedagógico-pastoral. Más que el elemento
espectacular, o la uniformidad rígida de la acción ritual, o la
simple realización oficial
de las palabras o
los gestos, lo que se busca es la implicación personal de los distintos
miembros de la asamblea, así como el valor efectivo de los signos
rituales.
La misma sensibilidad
de los participantes en la acción litúrgica se va afinando cada
vez más en relación con toda esta problemática. Los
fieles, en número creciente, saben ya distinguir una celebración
que sea una pura ejecución ritual de otra que esté bien animada y
que les implique personalmente; lógicamente, eligen ésta y
no aquélla, participando con interés en una, mientras que se
aburren en la otra, hasta el punto de terminar abandonándola. Sin
embargo, no pocos
celebrantes
mantienen aún la antigua mentalidad ritualista con que
Animación
se les
educó; por ello, se tiene la impresión, confirmada por rigurosas
encuestas5, de que se desconocen o, por lo menos, no se ha prestado
atención a las indicaciones dadas para facilitar y hacer más viva
la participación de los fieles, así como el compromiso ministerial
de servicio y animación de la asamblea.
Así, en
muchas de nuestras liturgias quien preside es todavía el
factótum; suelen faltar los necesarios colaboradores en la
celebración o no están técnicamente a la altura de su
tarea; no existen para nada roles no formalizados, sencillos pero
indispensables, como, por ejemplo, el de personas que acojan y acomoden a
los participantes. A su vez, en muchas asambleas falta el toque unificador de
la dirección, que no es ya el del ceremoniero —el garante de la
fidelidad a las rúbricas, el que sugiere a los ministros lo que han
de hacer—, sino el unificador de quien preside y que es fruto de una
sabia concordancia de todos en torno al acontecimiento y al misterio que se
está celebrando, con las modalidades concretas de su realización.
Así pues,
animar una celebración se ha convertido en una tarea difícil y
compleja. Está estrechamente ligada a otras múltiples cuestiones
que hoy se le plantean a la pastoral litúrgica: una participación
"plena, consciente y activa" de los fieles (SC 14); el servicio que
los distintos ministros están llamados a desempeñar; el
significado y el alcance de la celebración litúrgica, así
como la verdad y la ejecución de las palabras-gestos que convierten
en ritual el acto.
Se trata, con
todo, de una tarea indispensable para conseguir una liturgia viva realizada por
hombres vivos.
98
II. Naturaleza,
necesidad y fundamento de la acción litúrgica
1. SIGNIFICADO
DEL TÉRMINO "ANIMACIÓN" Y SU NATURALEZA. EN nuestras
lenguas usuales, son múltiples los significados del verbo animar,
que significa dar alma, dar expresión, dar movimiento, dar vitalidad,
comunicar aliento vital tanto a acciones que se realizan como a personas que se
encuentran en determinadas situaciones'. Dentro de la liturgia, esta vida
y vitalidad son ante todo las de la asamblea congregada para celebrar
el culto en espíritu y en verdad del NT. Pequeña o grande,
homogénea (compuesta, por ejemplo, de muchachos [/Niños] o
de /jóvenes) o diferenciada, regular o circunstancial, toda
asamblea tiene un alma que es menester descubrir, hacer aflorar y vibrar,
unificar en sus actitudes y movimientos. No se trata tanto de dar un alma a la
asamblea cuanto de posibilitar que su ya latente e inconsciente vitalidad
se exprese efectivamente, valorando todas sus virtualidades y recursos. Lo
cual será posible en la medida en que algunos —precisamente
los animadores— se pongan al frente de los demás y se presten a
ser su guía y sus servidores, de suerte que todos entren en
acción y movimiento.
La
celebración, además, es un conjunto ritual formado por palabras-gestos.
También éstos tienen un alma, es decir, un significado que
habrá que descubrir y poner de relieve; adquieren, pues, una connotación
e importancia específicas dentro del dinamismo del acto ritual.
También bajo este aspecto está confiada su animación a
cuantos pronuncian las palabras o realizan los gestos y están
al servicio de la asamblea.
99
2. FUNDAMENTO.
Según se desprende de la descripción que nos da de la
liturgia la constitución SC 7, y sobre todo de una reflexión
sobre el significado etimológico del término leitourghia, tres
son las realidades que integran su tratamiento: el ser la liturgia una
acción; una acción dotada, además, de peculiares características
y modalidades (acción simbólico-ritual); una acción, en
'fin, que implica
al pueblo, es decir, a la asamblea litúrgica ya como destinataria
(acción para el pueblo), ya como protagonista (acción del
pueblo), según que se ponga de relieve en ella el sujeto invisible, mas
siempre realmente presente y operante (Cristo resucitado), o el visible (la
asamblea). Tanto si se considera la liturgia en cuanto acción como si se
subraya su connatural dimensión popular, advertimos que la
animación es su elemento cualificante y que, como tal, debe entrar
en su misma definición. La necesidad de la animación litúrgica
se apoya, pues, en un triple fundamento.
1. Ante todo, en
el hecho de que la liturgia es acción. En efecto, como / historia de la
salvación en acto en el hoy de la iglesia, la liturgia no es simple
conocimiento
o una idea, sino
un drama; implica un movimiento, es decir, posee un dinamismo regido y guiado
por unas leyes intrínsecas, que reflejan en el acto ritual, especialmente
en el sacramental, la pedagogía aplicada por Dios en la historia para
invitar y admitir a los hombres a la comunión con él, a fin
de hacer de todos los hombres, alrededor de Cristo Señor, una
comunidad de hermanos.
La
celebración, pues, no es un simple conjunto de palabras-gestos
yuxtapuestos o unidos de forma extrínseca y artificial, ni una sucesión
insípida de elementos distintos,
Animación
sino un gran
movimiento que se
desarrolla, se
extiende, culmina y se
concluye, igual
que la historia sal
vífica de
la alianza entre Dios y el
pueblo, de la que
es realización en
el tiempo. Los
elementos que la
integran y se van
sucediendo se
organizan, pues,
y se concatenan
para constituir
el gran ritmo, ani
mado por un
hálito y vitalidad
interiores.
Esta
concatenación se realiza en
torno a tres
ejes, que son otras
tantas
dimensiones o, mejor, fases
sucesivas de la
acción litúrgico
sacramental. Se
captan ya en la
celebración
de la primera alianza
entre Dios y los
salvados estableci
da al pie del
monte Sinaí (cf Ex
24,4ss);
reaparecen cada vez que el
pueblo la
renueva, en circunstan
cias cruciales de
su historia; se
definen de modo
más completo y
preciso en la
celebración de la
nueva y eterna
alianza sellada por
Cristo con su sangre,
con su sacrifi
cio pascual.
Dichos ejes son:
• La
convocación de los creyentes en torno al Resucitado. Congregarse,
en la fe, para celebrar el culto del Señor es un acto rico de
significados y de compromiso. Distintos o separados, los cristianos
están invitados a reconocerse unidos por una misma fe en un mismo
Espíritu. Su reunión, además, está destinada a
manifestar y proclamar, como acto profético, la palabra de Pablo:
"Así, muchos, somos un solo cuerpo en Cristo, y miembros todos los
unos de los otros" (Rom 12,5).
Los ritos
introductorios de la misa, como los de toda celebración litúrgica
y sacramental (la acogida de los participantes, el canto, el saludo del
celebrante con la oración siguiente, el eventual acto penitencial),
son todos ellos elementos destinados a fomentar y expresar
Animación
esta unanimidad
y, por consiguiente, a introducir dinámicamente la
celebración7. Los animadores deben tener en cuenta todo esto, valorando
adecuadamente, según las circunstancias, uno u otro elemento y sobre
todo armonizándolos entre sí, con lo que vendrá toda la
celebración a beneficiarse de tal preparación; de lo
contrario, adolecerá de pesadez y del hastío de una marcha lenta
y penosa.
• El
diálogo salvífico en torno a la palabra de Dios'. Después
del amén de la oración, la asamblea se sienta. No es una pausa o
interrupción, sino un acto preparatorio de la liturgia de la
palabra. "En efecto, en la liturgia Dios habla a su pueblo; Cristo
sigue anunciando el evangelio. Y el pueblo responde a Dios con el canto y la
oración" (SC 33).
La liturgia de
A diferencia de
los ritos introductorios, el tiempo de la palabra es tiempo de escucha,
meditación y contemplación. Propicia la respuesta de la
asamblea, que deberá ser de gozo, de adhesión, de oración.
Tan importante es la palabra de Dios en la celebración litúrgica
[/ biblia y liturgia, celebraciones de la palabra], que constituye una de
sus principales articulaciones. Después 100
del Vat. II, no
hay acto litúrgico que no la tenga en cuenta o no la recomiende. Lo cual
significa, desde el punto de vista de la animación, que,
además de una buena presentación que actualice la palabra de
Dios, se deberá hacer de ella uno de los elementos centrales de la
celebración. Así que, a partir de la didascalía que viene
prevista al comienzo de la misa, será conveniente evocar la palabra
del día, pues es precisamente esa palabra la que indica el aspecto del
misterio de la salvación que hoy se celebra. Las intenciones de la
oración universal deberán igualmente tenerla en cuenta; la
misma plegaria eucaristica podría vitalizarse y actualizarse
con una alusión a la palabra de Dios en forma de monición.
Dígase lo propio para la introducción al Padrenuestro.
No obstante, se
procurará evitar siempre el verbalismo, sin multiplicar las ideas
ni prolongar demasiado este momento, a fin de no alterar las justas
proporciones entre las distintas partes de la celebración.
• El tercer
eje de la celebración está constituido por los signos con que se
sella la alianza. Para comprender su sentido y su valor conviene
meditar el episodio de los discípulos de Emaús (cf Le 24,13ss).
En su camino se encuentran con un desconocido; dialogan con él y entre
sí, girando el diálogo en torno a la palabra de Dios, a cuya luz
llegan a comprender su propia implicación en la alianza con Dios,
cerrada en Cristo muerto y resucitado. Pero su camino desemboca en la
fracción del pan. Desde la fe, reconocen en este signo al Cristo
resucitado, se llenan de gozo y se convierten en sus testigos y anunciadores.
Sellar la alianza
con Dios me
101
diante los signos
es un aspecto
específico
e importante de nuestras
celebraciones;
éstas no son una
puesta de ideas
en común, sino una
inserción
real, aunque sacramental,
en el misterio de
Cristo.
En la
celebración de la eucaristía el signo con que se sanciona la
alianza es la sangre de Cristo hecho presente en el gesto ritual de un banquete
fraterno. La iglesia renueva en él la cena del Señor y
actualiza su sacrificio pascual, en el que Jesús, tomando el pan y
dando gracias, lo partió y lo distribuyó... (cf Mt 26,2ss; Me
14,22ss; Le 22,15ss; 1 Cor ll,23ss). "De ahí que la iglesia haya
ordenado toda la celebración de la liturgia eucaristica
según estas mismas partes, que responden a las palabras y gestos de
Cristo. En efecto: en la preparación de las ofrendas se llevan al
altar el pan y el vino con el agua; es decir, los mismos elementos que Cristo
tomó en sus manos. En la plegaria eucaristica se dan gracias a Dios por
toda la obra de la salvación y las ofrendas se convierten en el
cuerpo y la sangre de Cristo. Por la fracción de un solo pan se manifiesta
la unidad de los fieles, y por la comunión los mismos fieles reciben el
cuerpo y la sangre del Señor"'.
Hay en esta
articulación de partes un movimiento que es necesario descubrir e
iluminar, con un respeto total al significado y valor de cada una.
Los ritos de
presentación de los dones constituyen un momento preliminar, casi de
paso y, en todo caso, funcional: se recogen las ofrendas y se preparan los
dones l0; por consiguiente, no debe prolongarse indebidamente este momento.
La celebración se convierte luego en acción de gracias con
la /plegaria eucaristica, que posee por sí sola un gran ritmo, una gran
Animación
resonancia
interior que, desde el
diálogo
inicial hasta el amén final,
conduce a la
asamblea presidida
por el sacerdote
a dar gracias, a
hacer memoria y,
por tanto, a
actualizar el
sacrificio pascual de
Cristo,
ofreciéndolo al Padre en el
Espíritu e
invocando su poder para
la
salvación de todo el mundo ". La
plegaria
eucaristica, que es función
propia y
exclusiva del sacerdote,
constituye a la
vez el centro y nú
cleo de toda la
celebración. Para
que ella sea
verdaderamente tal, es
menester un
esfuerzo especial para
actualizarla. Se
logrará plenamente
cuando aparezca
no como un gran
texto en medio
del cual se hace
algo, sino como
una gran acción en
la que se expresa
un texto. Hay
varios elementos
que le permitirán
desempeñar
su propio rol en el gran
movimiento de la
eucaristía: la
belleza de los
objetos, la simplici
dad y la
decoración sobria del altar,
los gestos
sencillos pero expresivos
y una
pronunciación perfecta (arti
culación
impecable, voz alta, tono
grave con un
ligero lirismo, pero sin
énfasis),
ritmo sosegado con sus
adecuadas
respiraciones; conoci
miento perfecto
de las aclamacio
nes por parte de
la asamblea, a fin
de iniciarlas con
decisión y sin ti
tubeos.
La plegaria
eucaristica se concluye con los ritos de la comunión, por la que la
eucaristía continúa siendo para nosotros, según la
voluntad del Señor, banquete pascual o cena del Señorl2. La
densidad de este momento es fruto de lo que se ha celebrado y del
carácter sereno, atrayente y recogido de los ritos de la
comunión.
La conclusión,
breve y gozosa —que comprende los avisos, la monición conclusiva y
la despedida—, en lugar de ser una terminación, pide su
desarrollo en la vida13. Como acción ritual concreta, la
Animación
celebración
tiene su término; sin embargo, se convierte en algo auténtico
cuando lleva a los participantes a abrirse al diálogo mutuo y al /
compromiso de vida.
Cada parte de la
celebración, pues, debe realizarse de tal modo que se constituya en
apoyo dinámico para el momento subsiguiente, a fin de lograrse que
la acción global progrese y se desarrolle toda ella sobre la base de los
distintos ritmos y acentos que posee. Podemos aclararlo con una
analogía: un drama no es una simple serie de secuencias o de cuadros,
sino un conjunto organizado y concatenado y con un determinado ritmo;
así es también la celebración litúrgica. La misma
/catequesis deberá tenerlo en cuenta. En nuestra época, en la que
el influjo de los medios de comunicación social [/ mass media] es
tan importante, urge más que nunca la coherencia armónica de movimiento
en nuestras celebraciones.
2. La necesidad
de la animación se basa, en segundo lugar, en el hecho de ser la
celebración litúrgica una acción simbólica [/
Signo/símbolo]. En efecto, se trata de una acción ritual que
se traduce en actitudes, gestos y palabras; es un conjunto de signos a
través de los cuales el Dios invisible se manifiesta y comunica su
vida por medio de Cristo en el Espíritu y continúa así
realizando su proyecto de amor para implantar o reavivar la nueva y eterna
alianza. "En efecto, de acuerdo con el plan de Dios, según el cual
la humanidad y la bondad del Salvador se han hecho visibles al hombre, Dios
quiere salvarnos y restaurar su alianza con nosotros por medio de signos
visibles"14. Optando por la vía sacramental, Dios se acomoda al
hombre, espíritu encarnado, quien a través de los signos
puede dar una respuesta de
102
fe a Dios,
encontrándolo así y realizando con los hermanos una comunidad, un
pueblo que lo reconozca en la verdad y le sirva fielmente.
Todo cuanto entra
en juego en la celebración (la historia de la salvación, la
fe, la comunión) está constituido por realidades invisibles
que necesitan de signos para expresarse. Tales signos (palabras, gestos, cosas
estructuradas concretamente en unos / ritos), aunque están tomados
del contexto humano y vinculados a una determinada cultura, no significan
algo útil y menos aún utilitarista: por encima de su visibilidad,
remiten al Totalmente Otro, es decir, a realidades invisibles y trascendentes;
son éstas las que les confieren su sentido pleno y total. Es, pues, en
la palabra de Dios y en su referencia a la historia de la antigua y de la nueva
alianza donde encuentran su significado y valorl5.
Todo esto nos
ayuda a comprender y a valorar la importancia de los signos en la
experiencia humana y cristiana. Los ritos tienen un gran relieve en la vida de
cada día; no sólo le permiten al hombre expresarse y
comunicar sus más profundos sentimientos; ayudan también a
un grupo humano a reconocerse y a dar un sentido a su existencia. Los
cristianos somos conscientes del peso que adquieren los ritos en nuestra
experiencia religiosa; en efecto, a través de ellos podemos entrar en
relación con Dios y reconocernos miembros de una comunidad.
Hay más aún. "La actividad ritual —escribe J.
Gelineau— no pone la mira en efectos puramente mundanos (de este mundo),
sino en el advenimiento del reino. Así, en la liturgia no se come
sólo para alimentar el propio cuerpo, no se canta sólo para
hacer / música, no se habla sólo para enseñar y aprender,
no se ora sólo para equilibrar 103
el propio
psiquismo. La liturgia es
una actividad de
tipo parabólico
(que nos echa a
un lado) o metafó
rico (que nos
lleva a otra parte),
alegórico
(que habla de otra cosa) y
simbólico
(que une y junta)"'6.
Todo
símbolo es ambivalente:
oculta y revela
—comunicándolo—
el / misterio de
que es signo. La
revelación-comunicación
del acon
tecimiento divino
está ligada a la
palabra de Dios
y, por ello, a la fe y
a la
acción misteriosa del Espíritu;
pero está
confiada también a las
mediaciones de la
actuación huma
na de quien pone
o acoge el signo.
Son tan
determinantes estas media
ciones, que
pueden facilitar o com
prometer dicha
revelación-comu
nicación,
haciéndola más difícil,
cuando no
imposible.
Hay
todavía algo que subrayar: no puede confinarse el simbolismo en el marco
del conocimiento. La liturgia, como cualquier otra actividad
simbólica, no es únicamente noética, sino también
pragmática: manifiesta y opera. Crea, pues, significados, pero
también sentimientos, y por eso invita al hombre a tomar una
postura. El orden del obrar es más importante que el del conocimiento,
sobre todo en referencia a la fe.
Estas breves
advertencias sobre la naturaleza simbólica de la liturgia tienen
claras repercusiones y consecuencias en el plano de la animación
litúrgica.
•
"Puesto que la celebración eucarística, como toda la
liturgia, se realiza por signos sensibles, con los que la fe se alimenta, se
robustece y se expresa, se debe poner todo el esmero posible para que sean
seleccionadas y ordenadas aquellas formas y elementos propuestos por la iglesia
que, según las circunstancias de personas y lugares, favorezcan
más directamente la activa y
Animación
plena
participación de los fieles"17. Aflora aquí, al programar y
realizar la celebración, el problema de las selecciones, que han de
hacerse no según los gustos de quien la anima, sino de manera que
respondan al bien espiritual de la asamblea y con la aportación de todos
los interesados directamente en ello.
• Todo
responsable o animador litúrgico debe tener constantemente presente la
naturaleza, el significado y la trascendencia de la acción ritual,
sobre todo para el descubrimiento de los apoyos simbólicos de toda
celebración, para una comprensión plena y sinfónica
de la palabra de Dios y, finalmente, para evitar el dar a los ritos
litúrgicos un sentido exclusivamente moralístico
o
ideológico: error éste en el que se suele caer, aunque sea con
intenciones pastorales y catequéticas.
• Se habla
con frecuencia de símbolos como si fuesen únicamente cosas:
el pan, el agua, la luz... ¿Cómo evitar este modo unilateral de
expresarse que se basa en el hecho de que el símbolo contiene siempre
una realidad significante? Préstese la debida atención: el
símbolo, más que una cosa, es siempre una acción humana,
una acción d,e vida. No es, pues, cambiando la cosa (por ejemplo,
sustituyendo el cirio pascual por una fuente de energía
eléctrica) como resultará más fácil el paso del
signo al misterio y, por tanto, a la vital inserción en él. No
existen objetos en sí mismos simbólicos. Solamente pueden llegar
a ser simbólicamente activos o en un determinado contexto cultural
en el que un grupo concreto los considera tales, o en una situación particular
en la que adquieren un sentido para el creyente. Nadie, pues, debe
arrogarse el derecho a manejar los ritos a su gusto, ni a crear otros nuevos.
La
Animación
/ reforma
litúrgica ha provisto ya a su simplificación, a la
eliminación de algunos ritos que ya no responden hoy a la
naturaleza más íntima de la misma liturgia o que son inoportunos,
así como a un enriquecimiento de otros o a su revitalización,
pues "deben resplandecer con una noble sencillez; deben ser breves y
claros, evitando las repeticiones inútiles; adaptados a la
capacidad de los fieles, y, en general, no deben tener necesidad de muchas
explicaciones" (SC 34). Aun siendo precisa una catequesis —o, mejor,
una mistagogia—, los signos lo son siempre del Totalmente Otro. Si
sólo se pretendiese mantener en la liturgia palabras y gestos con un
significado bien conocido, explícito y adquirido, toda función
ritual se reduciría a cero. Los símbolos encierran siempre
para los fieles un sentido que han de descubrir, un riesgo que han de aceptar,
una promesa que han de mantener, una alianza que continuamente han de
restablecer. Sería, pues, ilusorio creer que pudiera explicarse
enteramente su significado; porque no son sólo palabras, sino una
fuente inagotable de significados siempre nuevos y siempre posibles. Esta
es su riqueza, como gran posibilidad que se ofrece a la fe de los creyentes en
la celebración litúrgica. Ciertas celebraciones en las que
prevalece como soberana la palabra del hombre son víctimas de ese espíritu
ilusorio. Por consiguiente, quien trate de dar alma a los ritos, no debe
pretender crear un efecto significativo preciso, determinado en principio por
un símbolo concreto. Si por casualidad no se obtiene la animación
deseada, ello no es necesariamente culpa del rito; puede depender de otros
factores personales, ambientales o del /grupo que celebra la acción
litúrgica.
104
• Aun
siendo cierto todo lo dicho, pesa sobre quien se hace animador una
gran exigencia: preocuparse siempre de la verdad en todo lo que se dice o
se hace y en las cosas mismas que se utilizan en la celebración. A la
verdad va también vinculada la belleza, que no es sino el esplendor
mismo de la verdad y que está, a su vez, en estrecha conexión con
la gloria de Dios, de la que los signos litúrgicos deben ser un reflejo
y una epifanía. Aparece también aquí la estrecha
relación existente entre /arte y liturgia: arte no sólo en los
elementos materiales que componen el acto litúrgico, sino
también en el decir mismo y en el hacer. Quien dirige las funciones
rituales y quien, en general, es responsable de la acción sagrada no
puede dejar de tenerlo en cuenta. Tampoco esta exigencia es de fácil
actuación, dadas la educación ritualista y las estructuras
rituales del pasado, que habían llevado a no pocos celebrantes a
"actuar como si...", incluso sin ser conscientes de ello: se hablaba
y (casi) nadie escuchaba; se leía en alta voz, mas pocos
entendían; se exhortaba, pero nadie se entusiasmaba; hasta se
presidía de espaldas.
El remedio ha
sido restituir lo más posible verdad y belleza a palabras, gestos y
cosas. La ley de la verdad de las cosas es una de las que han guiado la reforma
posconciliar: pensemos, por ejemplo, en las nuevas disposiciones relativas
al pan eucarístico para que aparezca como verdadera comida'»,
en la . posibilidad de la inmersión en la celebración del /
bautismo ", en los diversos gestos de toda celebración (saludos y
diálogos, aclamaciones, movimientos procesionales, rito de la paz...)20,
en los distintos elementos del edificio21 [/ Arquitectura], en los vasos y
ornamentos para la 105
acción
litúrgica22 [/ Objetos litúrgicos I vestiduras], etc.
Pero lo que hace
verdadera, viva y bella a la liturgia no son tanto las estructuras y los
elementos que la constituyen, sino sobre todo el estilo, la manera de
comportarse, el aliento interior que el celebrante consigue despertar en
nosotros [/ Estilos celebrativos]. Es el problema de la /creatividad
interior, la más sencilla pero muchas veces la más difícil
de conseguir, porque exige un corazón inflamado por la caridad y
vivificado por la fe. Tan verdad es esto, que con un mismo e idéntico
programa ritual se puede llegar a resultados bien diferentes. En efecto, dicho
programa es comparable a una partitura musical, la cual exige ser interpretada
por el director y por los miembros de la orquesta; sólo entonces pueden
obtenerse los resultados apetecidos.
El rito, pues, no
funciona automáticamente. Si así fuese, estaríamos
cayendo en la magia; pero es que el animador no es un mago. El rito pide ser
personalizado, y ello supone la sensibilidad-capacidad para captar con fe su
mensaje y adaptarlo a la asamblea.
3. La
animación litúrgica, finalmente, se funda en un tercer
hecho: la liturgia es acción comunitaria, que exige, como tal, la participación
de todo el hombre y de toda la asamblea. "Las acciones litúrgicas
no son acciones privadas, sino celebraciones de la iglesia, que es sacramento
de unidad, es decir, pueblo santo congregado y ordenado bajo la
dirección de los obipos" (SC 26). Implican, pues, a todo el cuerpo
eclesial y exigen la participación plena de cada uno. Por
consiguiente, deben reflejar el rostro armónico y total de la
comunidad y manifestar la diversidad de miembros y funciones de todo el
Animación
pueblo de Dios.
Dentro de esta perspectiva se captan plenamente la naturaleza, las
características, las finalidades y hasta los límites de la
/participación en la celebración, que todo animador no
sólo debe realizar, sino también promover, mantener y orientar en
una dirección adecuada, etc.
• La
participación que. la renovación litúrgica desea e
inculca no debe ser sólo activa; debe ser también
consciente, interior y plena (SC 14). El objetivo del animador no puede
limitarse sólo a que los fieles actúen, es decir, cumplan los
gestos y movimientos o pronuncien las palabras. Ello constituiría una
simple forma de activismo religioso. Por el contrario, lo que el animador
deberá buscar es que cuanto se dice o se hace dentro de la liturgia se
cumpla conscientemente (de ahí la necesidad de la mistagogia), con
convicción interior y con recta disposición de espíritu,
de suerte que los fieles "pongan su alma en consonancia con su voz y
colaboren con la gracia divina, para no recibirla en vano" (SC 11);
tendrá que tratar de promover una participación ferviente de fe,
de esperanza y de caridad, es decir, que lleve a los participantes a profesar
la propia fe con los signos litúrgicos, así como a descubrir en
ellos las motivaciones de la propia esperanza y a actuar a través de los
mismos las exigencias de la caridad y del servicio a los hermanos. En una
palabra, el animador ha de ayudar a los fieles a insertarse en el misterio de
Cristo que celebra la liturgia, a participar en su obediencia sacrificial,
a vivir el / sacerdocio del que participan mediante los /sacramentos de la
/iniciación cristiana.
La
inserción del fiel en el misterio que se celebra debe ser total. Se
Animación
lo exigen la
naturaleza de la liturgia —que es acción— y hasta la naturaleza
misma del nombre, que es espíritu encarnado. "La experiencia
litúrgica... afecta de manera singular a todo el hombre"23, es
decir, implica a todas sus facultades, a su corporeidad y, por tanto, a sus
actitudes interiores y exteriores. De ahí los grandes deberes de los
animadores: valorizar la aportación que puede ofrecer el cuerpo al
momento cultual, no como gimna
sia gratuita e
impuesta desde fuera, sino como signo destinado a expresar y favorecer los
sentimientos de gozo, de gratitud, de adoración, de compunción y
de escucha; manifestar visiblemente la salvación global (alma y
cuerpo) que se le ha dado al hombre en Cristo Jesús; y, finalmente,
fomentar el sentido de la comunión y de la unidad de la asamblea24.
Otra de las
atenciones de los animadores ha de ser la promoción y
valorización del /silencio en la celebración; silencio que
favorece la escucha y la contemplación y que, por consiguiente, ha de
considerarse y vivirse como parte integrante de la acción y no como
simple momento de espera y de paso entre un rito y otro ".
• La
dimensión comunitaria y la estructura jerárquica de la
acción litúrgica no pueden reafirmarse como un dato puramente
teológico: deben hacerse concretas y visibles en el plano celebrativo.
Ante todo, es necesario que toda la celebración se desarrolle en su
contexto natural, es decir, el de la asamblea litúrgica; teniendo
presente que, cuando a la celebración le falta dicho contexto, queda
privada no de un elemento accesorio, sino de un signo fundamental, dentro del
cual adquieren su pleno sentido los demás signos. He aquí por
qué la
106
constitución
litúrgica recuerda que "siempre que los ritos... admitan una
celebración comunitaria, con asistencia y participación activa de
los fieles, se inculque que hay que preferirla... a una celebración individual"
(SC 27) [/ Concelebración]. No obstante los pasos que se han dado, queda
todavía mucho camino por andar en esta dirección.
Siendo la
celebración un acto de la iglesia, comunidad ministerial en su conjunto,
se impone en ella una adecuada distribución de las tareas y funciones
previstas para su realización. Problema éste de no
fácil solución, entre otras razones porque son aún
muchos los sacerdotes con una larga costumbre de hacer de factótum en la
liturgia. Entre los servicios previstos hay que recordar el de la acogida, que
resulta indispensable especialmente en algunas ocasiones y en determinadas
situa
ciones; el de la
lectura-proclamación de la palabra de Dios y del canto; el de la
recogida de ofrendas; y, finalmente, el de la distribución —aun en
forma extraordinaria— de la comunión. Se trata de servicios o
ministerios alentados por la misma legislación litúrgica actual.
Baste pensar cuan significativa novedad representa el capítulo
"Ministerios y servicios" que se encuentra en las Introducciones de
los nuevos libros litúrgicos.
Quien tiene en la
comunidad, particularmente en la celebración, la función
principal de la animación, es decir, el presbítero,
deberá esmerarse en descubrir los carismas de los miembros de la
asamblea, ayudándoles a expresarse, movido por una doble
preocupación: que los servicios litúrgicos no sean funciones
puramente rituales, sino índices de un servicio a los hermanos, que
se extiende incluso al antes y al después de la función; que se
salve siempre la distinción de los
107
diversos
cometidos sin indebidas ingerencias o peligrosas confusiones (cf SC 28); y,
finalmente, que se garantice a los ministros una adecuada formación
bíblico-litúrgica, espiritual y técnica.
• Queda un
último punto que subrayar. La participación de los fieles y su
afectiva co-implicación en la acción litúrgica pueden
verse condicionadas, cuando no comprometidas, por una serie de diversos
factores. Convendrá tenerlos en cuenta para eliminarlos o al menos
neutralizarlos, en la medida de lo posible. Podría tratarse de factores
inmediatos y locales; por ejemplo, una disposición poco favorable de la
asamblea en relación con el lugar de la celebración, inadecuado
para estar y actuar juntos; o un deficiente dispositivo acústico; o
un ritmo excesivamente lento o, por el contrario, muy acelerado del rito;
un horario intempestivo, etc. Podría tratarse incluso de factores
más hondos, ya de carácter personal, ya de índole
cultural, cuyas causas es más difícil descubrir y, por tanto, eliminar.
Se deberá,
por consiguiente, recortar el maximalismo ingenuo de quien apunta a una
participación a toda costa, sin preocuparse demasiado de lo que
puede significar concretamente para los presentes. La animación
deberá respetar más y mejor el juego de las libertades
personales, sin apoyarse sólo en la experiencia afectiva y comunional o
en la atmósfera de entusiasmo, para no convertir el rito en un medio de
presión, aunque sea religioso. Deberá tenerse en cuenta
también la cultura de las diversas asambleas, es decir, el conjunto de
valores y modalidades expresivas propios de todo grupo de personas. La liturgia,
afirma el decreto Ad gentes 19, es la celebración de la fe de un
Animación
pueblo; para que
sea auténtica, es necesario que se desarrolle conforme al
carácter del pueblo, pues de lo contrario se reduce fácilmente a
formalismo. De ahí el deber de la /adaptación, si bien dentro de
unos límites determinados y con ciertas condiciones, reconocida por los
documentos conciliares y por los mismos libros litúrgicos.
III. El servicio
de la animación: sujetos, características, modalidades
La
animación es un auténtico ministerio litúrgico. Pues quien
se hace animador se pone al servicio de la asamblea para ayudarla a hacerse
responsable de su oración y a entrar en el movimiento de la
celebración. Lo cual exige no sólo un carisma del
Espíritu, sino también unas capacidades específicas,
incluso técnicas.
1. LECCIÓN
DE
Como se desprende
de algunos escritos patrísticos, confirmados por una antigua
tradición litúrgica que han mantenido sobre todo las
iglesias orientales, al diácono
Animación
—como
privilegiado intermediario que es entre la acción ritual y la
asamblea— se le confía un verdadero servicio de
animación. En
juntamente con el
obispo, dos diáconos: uno aparece ocupado en velar por el perfecto
desarrollo de la celebración, con el fin de que, en la atenta escucha de
la palabra de Dios y en la prosecución celebrativa con el debido
fervor, nadie se distraiga por culpa de alguien "que charla, se duerme, se
ríe o hace cualquier ademán"; el otro, por su parte, presta
su servicio a la entrada, acogiendo a cuantos llegan e indicándoles
sus puestos respectivos27.
La
institución más tardía de las órdenes menores
(ostiariado, acolitado, lectorado) nace de análogas
preocupaciones28.
2. DIVERSOS
NIVELES DE RESPONSABILIDAD EN
a) Antes de la
celebración. Antes de pensar en las responsabilidades que
asignar en la celebración, es necesario prever y realizar todo aquello
que la prepara o la hace posible: la preparación del ambiente y la
disposición de los distintos elementos; la indicación de los
subsidios; el orden de las intervenciones y de los cantos; la cordial'
acogida de los participantes, con atención particular a los turistas2',
a los ancianos y a los niños. Se
108
trata de adoptar
actitudes y ofrecer sugerencias útiles o necesarias, a fin de que los
participantes se sientan cómodos, se encuentren en óptimas
condiciones para la celebración y puedan, por tanto, vivirla fructuosamente.
b) Durante la
celebración. Se procurará distribuir los roles previstos
durante la acción litúrgica, teniendo en cuenta no sólo su
movimiento y sus diversas partes, sino también las posibilidadescapacidades
tanto de la asamblea como de los que están a su servicio. Unos,
pues, harán de animadores para facilitar la convocacióncomunión;
otros proclamarán la palabra y ayudarán a los fieles a acogerla
con fe y a prestarle su respuesta gozosa y orante (lectores, salmistas,
cantores); otros, finalmente, colaborarán para que los signos de
Cristo sellen fructífera
mente la alianza
entre Dios y el pueblo (presidente de la asamblea, diáconos,
acólitos, etc.). Se presuponen, por tanto, varios tipos de
animadores, que intervendrán complementariamente e,n momentos
diferentes: el lector ofrecerá la palabra de Dios al corazón y
espíritu de cada uno; el cantor velará por la unanimidad de
las voces y las dirigirá; el organista despertará el gozo y el
recogimiento, etc. [/ Asamblea, III, 2, c-d]. Cada uno habrá de buscar,
como cumplimiento de su servicio, la manera de hacer avanzar la
celebración, garantizando su ritmo, sus acentos, sus necesarias
pausas o intervalos, el equilibrio entre la duración de sus distintas
partes, etc.
c) Rol de quien
preside. A quien preside la celebración le corresponde un puesto y un
cometido particulares y específicos. Es tal vez el papel más
importante y decisivo. Ante todo, porque hace 109
sensible en medio
del pueblo congregado la presencia de Cristo, cabeza del cuerpo o de la
iglesia, y, en segundo lugar, porque está llamado a coordinar a todos
los demás animadores y a desempeñar el ministerio de la
síntesis. No es el amo de la celebración, sino el primer servidor
del pueblo. En cuanto tal, tiene un cometido múltiple y articulado,
que exige un verdadero arte: vela por el buen funcionamiento de los ritos,
está atento al dinamismo del conjunto (a diferencia de los otros animadores,
que deben preocuparse más bien de cada parte o de determinados aspectos);
se esmera en acercar los textos y los ritos a las personas congregadas para la
celebración; está atento a que todo animador dé lo mejor
de sí mismo en su servicio; y, finalmente, hace un poco de todo para
fomentar la unidad y comu
nión entre
todos los miembros de la asamblea. Estos cometidos exigen una técnica,
que es fruto de empeño y ejercicio, y que exige competencia, buen
sentido pastoral y una preparación seria.
3. EL
"GRUPO" DE ANIMACIÓN Y su PREPARACIÓN. Una
animación seria y eficaz exige un trabajo concertado y de
colaboración que no puede quedar a la iniciativa de cada animador. De
ahí la importancia de un grupo de animadores, organizado y
funcional, en toda comunidad. Para su formación no hay receta.
Deberá brotar de las necesidades y posibilidades de cada lugar. La
iniciativa podrá partir del sacerdote, de religiosas o de seglares.
Todos estos componentes del pueblo de Dios deberían normalmente
participar en la tarea. Lo que cuenta es que se muestren todos y cada uno
dispuestos a trabajar en equipo, comprometiéndose, en particular, a
reflexionar sobre la cele
Animación
bración
para hacerse intermediarios de las realizaciones de los fieles, para
transmitirles el eco de la vida y las preocupaciones de la gente, así
como para garantizar un perfecto desarrollo de la misma celebración.
Todo esto
requiere una seria preparación. Fundamentalmente, una preparación
remota, la cual implica una sensibilidad habitual frente a la historia y la
vida, para saber hacer de ellas una lectura desde la fe e introducirlas en la
celebración, así como una atención a las distintas
mentalidades y culturas y a los miembros —especialmente
ocasionales— de la asamblea; pero lo que exige sobre todo es una
profundización, fruto de un estudio incesante del sistema ritual, es
decir, de la liturgia, de su naturaleza, de sus leyes, de sus dimensiones,
de su carga teológica, pastoral y espiritual, y hasta del mismo sistema
antropológico implicado en el rito. A ello pueden contribuir
notablemente las ciencias humanas [/ Antropología; / Psicología;
/ Sociología]. Se necesita también una preparación
próxima, relativa al peculiar servicio de animación que se
está llamado a prestar aquí y ahora, al significado que tiene, a
las características, ámbitos, límites, etc.
Las modalidades
concretas para garantizar la adquisición de tales competencias pueden
ser múltiples. Garantizada siempre la indispensable gradualidad, la
/ formación puede recibirse mediante cursos sistemáticos,
sesiones, fines de semana y subsidios adecuados.
4. DISPOSICIONES
Y ACTITUDES NECESARIAS EN TODO ANIMADOR LITÚRGICO. El ejercicio del
ministerio de la animación exige, en quienes se ponen al
servicio de la asamblea, algunas disposiciones comunes a todos ellos, las
cuales representan otras tantas condicio
Animación
nes para el
éxito en el desempeño del propio rol. En primer lugar, es
indispensable que los animadores se sitúen ante la asamblea, con el
servicio que le prestan, en una actitud justa. Han de conocer ante todo su
cultura, sus problemas, sus esperanzas y sus posibles tensiones, así
como sus dimensiones numéricas y sus posibilidades concretas de
expresión, para no exigir más de lo que los fieles pueden dar,
para no ejercer ningún género de violencia moral y, por tanto,
para tenerlos en cuenta a todos y no sólo a algunos con los que se
simpatice más; y, sobre todo, para no separar el acontecimiento
salvífico, que se
conmemora en la
celebración, de su real presencialidad en la historia y en la vida de
una comunidad concreta de creyentes.
Dentro de esta
perspectiva aparecen también otras exigencias. Ante todo, no se
deberá hacer acepción ninguna de personas en la asamblea
litúrgica (cf SC 32). No se trata de disimular eventuales diferencias,
sino de reconocerlos a todos como iguales ante Dios. Siendo esto válido
para los particulares, lo es igualmente para las minorías de
índole social, cultural y hasta lingüística. Existe
también el deber de respetar al máximo los caminos de fe
individuales. Todos los que forman la asamblea están llamados a la
santidad, a la plena confesión de la fe, al banquete del reino. Pero
todos
están en camino: hay quienes buscan a Dios con sinceridad; quienes,
aunque bautizados, son escasamente creyentes; quienes, finalmente,
tratan de vivir comprometidamente su comunión con Dios y con los
hermanos. En nuestro tiempo, con su pluralismo no sólo en la cultura,
sino también en la adhesión a la fe y, por tanto, en la
práctica religiosa, los animadores deberán estar atentos al
estilo que han de
110
adoptar y a la
dosificación de las formas en la acción ritual, para no reclamar
de todos un comportamiento uniforme y, sobre todo, para no exigir
idéntica intensidad en unas mismas opciones o actitudes. También
esto es signo de respeto.
Los animadores,
además, deben tener clara conciencia, tanto en el plano teórico
como en el práctico, de sus propios límites personales,
así como de los inherentes a la tarea que desempeñan;
jamás tengan, pues, la pretensión de sustituir a los
demás y mucho menos a la asamblea. Así, por ejemplo, un cantor
canta para facilitar y apoyar el canto de todos y no para ahogarlo con su
voz o para humillarlo.
Cada animador,
finalmente, deberá estar dotado de imaginación y
fantasía para comunicar viveza y variedad a la celebración, para
evitar un cierto mecanicismo que genere fácilmente rutina y tedio,
así como para no repetir en una asamblea lo que se ha visto hacer
en otra, tal vez muy distinta en su composición y naturaleza.
Estará siempre atento a su adhesión personal a todo lo que
dice y realiza, para ayudar a todos a hacer lo mismo, consciente de su papel
mediador, que lo mantendrá alejado de un doble peligro: el de
atraer más la atención sobre su persona y sus técnicas
expresivas que sobre Aquel de quien es signo y sobre el acontecimiento de que
es instrumento; y el de realizar gestos raros, impersonales, neutros y
absolutamente nada incisivos.
Con estas
condiciones, la acción litúrgica se convertirá en una
verdadera profesión de fe actuante,0 y en una rica experiencia de
comunión con Dios y con los hermanos.
[/Asamblea;
/Creatividad, VII; / Formación litúrgica de los futuros
presbíteros, IV].
III
NOTAS: ' Es
sintomática la diversidad con que principia el rito de la misa en el
Misal de
s. Pío V y
en el de Pablo VI. El ritus servandus in celebratione missae del primero
comienza con las palabras: "Sacerdos celebraturus Missam...",
mientras que el ordo missae del segundo se abre con la expresión:
"En la misa
o cena del
Señor..." — 2 Cf Misal Romano,
Ordenación
general del Misal Romano (= OGMR) 12, 15-16, 18, 20-21, 23, etc. — ' Ib,
58ss. — 4 Ib, 3, 5, 313ss. — 5 Cf Messe a Torino. Un rilevamento
delle celebrazioni eucaristiche festive, por C.L.D., LDC, Turín 1974,
123ss. — 6 Dizionario Garzanli della lingua italiana. Milán
197614, 96 — ' OGMR 24 -8 Ib, 33ss. — ' Ib, 48 - l0 Ib, 49 —
" Ib, 54-55 — l2 Ib, 56 — n Ib, 57 — 14 Ritual de la
penitencia — " CEI, Rinnovamento della calechesi, Edizioni
Pastorali ltaliane, Roma 1970, n. 115 — l6 J. Gelineau, Liturgia
para mañana. Sal Terrae, Santander 1977, 120 -" OGMR 5 -" Ib,
283 — " Ritual del bautismo de niños 37 —
20 2I
OGMR 14-15, 22,
49, 56b — Ib,
22 2J
253ss. —
Ib, 287ss. — CEI, o.c. 32 —
24 25
OGMR 20 -Ib, 23
-2* I, 67, trad. de
1. Giordani,
Cittá Nuova, Roma 1926, 124 — 27 II, 59, 1-2, por F. X. Funk, vol.
I, Paderborn 1905, 170; vol. II, 57, 6-11, 162-166 — 28 B. Fischer,
Esquisse historique sur les ordres mineurs en MD 61 (1960) 58-69 — 29
S.C. de los Ritos, Inst. Eucharisticum mysterium, del
L. Brandolini
BIBLIOGRAFÍA:
Borobio D., Ministerios laicales. Manual del cristiano comprometido, Madrid
1984; Participación y ministerios litúrgicos, en
"Phase" 144 (1984) 511-528; Filthaut Th., La formación
litúrgica, Herder, Barcelona 1963; Gelineau J., Liturgia para mañana.
Ensayo sobre la evolución de las asambleas cristianas, Sal Terrae,
Santander 1977; Laurentin A., Liturgia en construcción. Los gestos del
celebrante, Marova, Madrid 1967; López Martín J., Para participar
mejor enla liturgia, en "Imágenes de
Antropología
cultural
SUMARIO: I.
Precisiones terminológicas y problemas de método - II. La
antropología socio-cultural. Adelantos recientes: 1. La
antropología cultural americana; 2. La antropología social
británica - III. Psicoanálisis: 1. La comprensión
freudiana de "cultura"; 2. El concepto de "personalidad
básica" en Kardiner - IV. La lingüística y el
estructuralismo: 1. La lingüística; 2. El estructuralismo - V.
Visión global de la antropología a partir de lo
"simbólico" - VI. Antropología y ritual: 1. Los ritos
de crisis; 2. Los ritos de tránsito; 3. Los ritos cíclicos - VIL
Antropología y liturgia: 1. Una tesis sumaria; 2. Los ritos de crisis;
3. Los ritos de tránsito; 4. Los ritos cíclicos.
I. Precisiones
terminológicas y problemas de método
Hablar hoy de
antropología sin más especificaciones, sin una referencia
precisa a una ciencia particular del hombre, nos llevaría a caer en
equívocos, que no permitirían ya ningún resultado ni una
verdadera posibilidad de comprender los problemas. En efecto, si
genéricamente antropología significa estudio del hombre, hoy
este estudio se ha refractado y fragmentado en tantas ciencias humanas
especializadas, que éstas sólo conservan la palabra hombre como
punto de referencia, siendo tales su método y visión del objeto,
que transforman radicalmente las investigaciones y diversifican
igualmente de manera decisiva los resultados que obtienen.
Pero, entre todas
las ciencias humanas que en las últimas décadas han
adquirido cada vez mayor consistencia, emancipándose de la tutela
filosófico-metafísica y revelando un carácter
marcadamente diferencial en la medida en que no parten ya de la
concepción de una naturaleza humana abstracta y deducible de principios
filosóficos, hay una que parece estar en condiciones de integrar en
su seno las contribuciones de otras ciencias
Antropología
cultural
particulares y
que desde ahora se atribuye ya como por derecho la ambiciosa
denominación de antropología "tout court". Se
trata de la denominada antropología sociocultural, o simplemente
antropología, que nace originariamente del estudio de las
costumbres y del comportamiento de los pueblos primitivos, denominándose
también etnología en el ámbito europeo, y que hoy se
está ampliando incluyendo la matriz biológica del hombre
con las aportaciones de la etología y de la sociobiología,
incorporando el análisis de los mecanismos del aprendizaje y de la
comunicación,
la exploración psicoanalítica del inconsciente, además
de que naturalmente evidencia los aspectos culturales y sociales, que
serían como las dos grandes coordenadas de cuya intersección se
obtiene el resultado hombre.
Es precisamente
en esta vertiente de la antropología socio-cultural donde ahora queremos
situarnos para interrogarnos sobre el hombre en relación con su
ritualidad y, más específicamente, en relación con la
liturgia cristiana, no porque consideremos dicha ciencia como paradigmática
para la comprensión del hombre —si es que poseyese un proyecto
unitario de comprensión del hombre—, sino porque, presentándose
como estudio de las costumbres y, en general, del ethos de los pueblos,
goza de una concreción que no poseen otras ciencias humanas,
situándose además en línea con
el comportamiento
ritual, que aparece ante todo como una acción o un conjunto de
acciones de carácter simbólico que —al menos en un pi.aier
análisis— no es separable del contexto socio-cultural en que se
manifiesta.
Pero este punto
de partida y esta acotación previa no pueden impedirnos poner en
evidencia algunos
112
problemas
metodológicos preliminares, que pueden también poner al
descubierto los límites y las dificultades de la
antropología sociocultural, no sólo en su
constitución metodológica, sino también en su
pretensión de llegar a una nueva visión del hombre, partiendo de
bases distintas de las clásicas.
Lo primero que ha
de resaltarse en todo estudio referente al hombre es que, mientras que, por una
parte, existe una y otra vez la exigencia de identificar y definir quién
es el hombre, por otra, es cada vez más difícil su
identificabilidad. Nunca ha sabido el hombre tanto sobre sí mismo como
hoy; pero nunca tampoco como hoy se ha llegado a sentir tan inseguro.
Diríase que se ha quebrado la imagen de "este proyecto total de la
naturaleza" (Gehlen) y que ahora se están buscando sus fragmentos
para re
componerla. El
problema más llamativo que refleja este dato real pertenece a las
ciencias humanas, que se han desarrollado mostrando un desinterés por el
hombre, convirtiéndose en ciencias que proceden con criterios
que no permiten distinguir lo específicamente humano. Tal
situación ha venido creándose como consecuencia de un
alejamiento cada vez mayor entre las ciencias humanas y el humanismo clásico;
alejamiento que llevó a renunciar a toda síntesis global y a
la vez a modelar
tales ciencias del hombre siguiendo el estatuto epistemológico
propio de las ciencias exactas y naturales. El resultado global de este
procedimiento fue la cristalización de dos orientaciones opuestas, de
las que todavía se está resintiendo la cultura contemporánea:
por una parte, el naturalismo, con su trasfondo biológico y con su
acento estructuralista y funcionalista; por otra, una vez más el
humanismo dejado a la filosofía, con su
113
comprensión
más amplia del término cultura, con su realce de la
subjetividad, de los problemas hermenéuticos y, en última
instancia, de la subjetividad trascendental como punta de diamante para construir
toda antropología y, en particular, una antropología
filosófica. Y hoy no solamente no se está en condiciones de
eliminar la diferencia metodológica de análisis que mantiene
todavía la distinción diltheyana entre Naturwissenschaften
(ciencias naturales) y Geisteswissenschaften (ciencias del
espíritu), sino que, a niveles más hondos, dicha diferencia
metodológica se ha convertido en una irreductible divergencia de
contenidos. Por lo demás, es significativo observar que esta disputa
metodológica no afecta solamente de una manera genérica a la
relación entre ciencias humanas y naturales, sino que aparece también
en el seno mismo de la antropología socio-cultural, que refleja tal
vez más que ninguna otra ciencia la dificultad de conciliar los
polos —considerados casi siempre contrapuestos— entre hombre y
naturaleza. Bastaría recordar la diferencia en el método de
investigación aplicado por el antropólogo americano Boas y
el concepto de cultura propuesto por su discípulo Kroeber, frente a la
orientación naturalista de los antropólogos ingleses como
Malinowski y Radcliffe-Brown, de quienes trataremos más
detenidamente [/ infra, II, ly2].
Mientras la
superación de estas perspectivas totales o su conciliación
aparece como una tarea urgente y, no obstante, lejana todavía en
cuanto a su realización, es menester advertir que las ciencias humanas,
al especializarse en sus objetivos y en sus métodos, han contribuido y
siguen contribuyendo decisivamente al conocimiento del hombre. Y
Antropología
cultural
en este su
trabajo es también necesario reconocer que hay una cierta muerte
del hombre que forma parte del estatuto propio de la investigación
científica. En efecto, el objeto de estas ciencias particulares no puede
ni comprenderse ni profundizarse sino renunciando a las intuiciones
globales. En este sentido, también la antropología sociocultural
ha venido especializándose cada vez más, aunque sin dejar de
acoger los resultados de otras ciencias, y sólo cuando ha cedido a
generalizaciones y a teorías globales ha solido encontrarse con
dificultades en su mismo campo. Pensemos en las grandes teorías de
la antropología evolucionista, en el difusionismo, en la
escuela de los ciclos naturales de Viena y en el funcionalismo a ultranza
de algunas orientaciones contemporáneas.
Pero es menester
contemplar también el reverso de la medalla. El problema de la
recomposición de una imagen global del hombre no puede prorrogarse
indefinidamente. Cada ciencia particular, si no quiere caer en la
esquizofrenia, necesita presentar su interpretación global de lo
humanum. En este sentido la psicología y la sociología parecen
haber ya superado los estrechos límites de su ámbito particular,
integrándose en unos horizontes más amplios. Y la misma antropología
socio-cultural —buscando cada vez más la colaboración de la
psicología y de la sociología, de la lingüística y
del psicoanálisis, de la etología y de la
sociobiología— no se limita ciertamente a cumplir una simple tarea
de collage de sus adquisiciones; intenta llegar a una lectura contextual e
interdisciplinar de la realidad del hombre.
Pero en este
renovado esfuerzo de síntesis no podrá menos de presentarse una
vez más el dilema: naturalismo o humanismo, habida
Antropología
cultural
cuenta, por el
momento, de la im
posibilidad de
una conciliación a
corto plazo de
las dos perspectivas
fundamentales. El
problema no es
de fácil
solución: debería al menos
plantearse con
mayor flexibilidad.
Contemplando,
más en particular,
la matriz
biológica del hombre, es
esencial mirar
hacia lo orgánico y
lo natural, al
margen de la perspec
tiva
técnico-científica según la cual
la naturaleza no
es más que lo
disponible y
manipulable, y —lo
que es más
importante— será nece
sario ver a
qué ciencia se deberá
confiar la tarea
de la síntesis y de la
visión
global del hombre. Pero
hablar ya de
síntesis, de visión
global o de
totalidad, ¿no significa
encaminarse hacia
un tipo de refle
xión que
no puede orientarse meto
dológicamente
hacia un puro mo
delo natural?
Dentro de este contexto vuelve a aparecer la validez de la perspectiva
filosófica, que no podrá ya ser de carácter puramente
deductivo, sino todo lo más descriptivo-fenomenológico; que
deberá partir de la experiencia vivida como totalidad significante del
mismo hombre y cuya tarea será integrar de manera más consciente
la investigación de las ciencias humanas y de las ciencias
naturales.
II. La
antropología socio-cultural. Adelantos recientes
Con la breve
síntesis que aquí ofrecemos de las corrientes principales y
más recientes de la antropología socio-cultural, lo que
queremos es llegar a algunos resultados válidos en orden a la
comprensión de la actividad ritual; más que la
preocupación de ser exhaustivos, nos mueve el deseo de encontrar los
114
hondos motivos
inspiradores de la acción humana, de la acción ritual y
religiosa.
Sin embargo,
antes de emprender este trabajo creemos importante insistir en el objeto y el
sentido de la investigación antropológica globalmente
considerada. Para ello nos servimos de las palabras introductorias del
libro Él hombre y la cultura, de R. Benedict (Barcelona 1971, 13-14):
"La señal distintiva de la antropología entre las ciencias
sociales está en que ella incluye para un estudio más serio a
sociedades que no son la nuestra. Para sus propósitos, cualquier
regulación social del matrimonio y la reproducción es tan
significativa como la nuestra, aunque ella sea de los Mar Dyaks y no tenga
relación histórica alguna con la de nuestra civilización.
Para el antropólogo, nuestras costumbres y las de una tribu de Nueva
Guinea son dos posibles esquemas sociales respecto de un problema común;
y en cuanto permanece antropólogo se ve precisado a evitar
toda inclinación de la balanza en favor de uno a expensas
del otro. A
él le interesa la conducta humana no tal como está modelada
por una tradición, la nuestra, sino tal como ha sido modelada por
cualquier otra tradición. Está interesado en la gran gama de
las costumbres tal como se encuentra en culturas varias. Y su objeto es atender
el modo en que esas culturas cambian y se diferencian; las diversas formas
a través de las cuales se expresan, y la manera en que las costumbres de
los pueblos accionan en las vidas de los individuos que los
componen". En toda investigación antropológica, pues,
preliminarmente se trata de disponibilidad intelectual, para la que no
existen ya distinciones entre nosotros y los primitivos; una disponibilidad
que permitirá trascender el
115
ctnocentrismo de
la civilización blanca que nos ha impedido y hasta protegido frente a la
necesidad de tomar en serio las civilizaciones de otros pueblos, sin caer por
eso en las igualmente insignificantes "utopías
románticas que se dirigen hacia los primitivos más simples... [y
que] son a menudo, en el estudio etnológico, tanto un obstáculo
como una ayuda" (o.c, 31).
Pero
¿cuál es la configuración que ha adoptado hoy tal ciencia
y cuáles son las perspectivas de investigación más
significativas? Presentaremos brevemente las dos grandes corrientes de la
antropología contemporánea,, a saber: la antropología
cultural americana y la antropología social británica.
1.
Antropología
cultural
antropología
que él encontró era como un campo de juego y un terreno para
torneos de opiniones contrastantes; la antropología que dejó
era ya una ciencia pluralista, pero crítica" (La natura della
cultura, Bolonia 1974, 255-256). Si se hubiera de esencializar la
aportación de Boas al nuevo desarrollo de la antropología,
habría ante todo que referirse a sus precauciones metodológicas,
que al rechazo de las generalizaciones sumaban la voluntad incansable
de recoger datos de culturas y lenguas desconocidas, procedentes sobre todo del
ámbito indo-americano; proyectado todo ello sobre el trasíondo
diltheyano de la distinción entre ciencias naturales y ciencias
humanas con su carácter idiográfico y no nomolético
reconocido para estas últimas. Pero lo que, tal vez, particularmente
le deben sus discípulos es el nuevo concepto de cultura, entendido
no ya a lo Tylor como un conjunto de elementos particulares, sino más
bien como una totalidad que en la interrelación de sus elementos se
caracteriza posteriormente como algo específico y nuevo. Y fue
exactamente el concepto de cultura el eje en torno al cual iban a girar los
nuevos estudios antropológicos y el centro catalizador sobre el que
científicos americanos de renombre, como Wissler, Lowie, Kroeber,
Benedict y Sapir, fundariientarían sus investigaciones.
Fue Kroeber quien
particularmente ahondó en el concepto de cultura, hasta
contemplarla como una realidad autónoma que no podía estudiarse
sino a través de criterios culturales. El ensayo Lo
superorgánico, de 1917, presenta un carácter programático,
apareciendo esencialmente como una proclamación de independencia
antirreduccionista contra el predominio de la explicación
biológica de los fenó
menos culturales.
Juega el autor un buen partido al sostener que las estructuras de la cultura
jamás se transmiten por herencia, como sucede en los instintos
dentro del mundo animal. Un perro criado entre gatos ladrará como todos
los perros y no aprenderá a mayar —afirma Kroeber—, mientras
que un francés educado en China hablará corrientemente el
chino y no sabrá nada de francés. La esfera de lo
superorgánico es la esfera de la cultura y de la civilización,
que se sitúa en un nivel superior respecto al biológico, al
psíquico y al individual, constituyendo una realidad que se estudia
en sí misma y por sí misma. La misma sorprendente
aparición, en algunas épocas de la historia, de numerosos genios
y la contemporaneidad de los descubrimientos y hallazgos humanos las
explica Kroeber subrayando cómo tales genios y tales descubrimientos no
son directamente un producto de hombres individuales ni de fortuitos
momentos creativos, sino que
son el producto
global de un sistema cultural. Ciertamente, y tras los primeros
entusiasmos ante este nuevo planteamiento antropológico, se percata
el autor también de los peligros de una reificación de la cultura
misma, de un cierto determinismo cultural que venía a gravitar sobre la
teoría, de una cierta estaticidad e inmovilidad de tal visión al
no considerar los procesos de inculturación y de nueva creación
de cultura, viendo incluso el peligro que llevaba consigo un concepto tan
autónomo de cultura frente a la relación dinámica y
cambiante entre personalidad y cultura, que tan bien había visto ya el
maestro Boas. Sin embargo, entre las críticas que se le hicieron a
Kroeber, y que en parte él mismo reconoció más tarde como
oportunas, ninguna llega a invalidar el 116
sentido
originario de la distinción de niveles propuesta en el campo
antropológico, si se tiene presente la intención subyacente y por
él mismo reconocida como fundamental: "...la tendencia a
abstraer o extraer —como se prefiera decir— deliberadamente y de
forma progresiva la cultura, no sólo de las necesidades y de
la psicología de los seres humanos, sirio también de la sociedad
y de los individuos, tratando de mantener constantes tales aspectos, tiene
como fin unas mejores posibilidades de control y un resaltar más
claramente la interrelación entre formas y hechos puramente
culturales" (La natura della cultura, 257).
En esta misma
línea del valor de la cultura —pero con más clara
orientación hacia las propiedades estructurales de una cultura respecto
a otra— se mueve el trabajo de
R. Benedict, al
que queremos aludir brevemente. El valor de su investigación
estriba metodológicamente en el punto donde pretende superar el
acercamiento histórico atomizante que, como método,
terminaba casi inevitablemente perdiendo de vista los significados más
amplios (cf Boas). Por lo que Benedict hace confluir los valores, los fines y
los proyectos de una cultura en algo así como una opción
fundamental de una misma cultura que viene de este modo a caracterizar su
propio modelo. Siguiendo este esquema en El hombre y la cultura —libro
que logró un verdadero éxito en América—,
Benedict presenta tres culturas diferentes: la cultura de los indios
pueblos, la de los indios de las llanuras y la de los dobu, poniendo de relieve
que no son diferencias geográficas o genéticas las que originan
comportamientos tan diversificados que han podido calificarse el uno
de dionisíaco y el otro de apolíneo, sino más bien la
selec
117
ción
realizada por cada cultura particular: en efecto,- "toda sociedad '
humana, en todas partes, ha hecho tal selección en sus instituciones
culturales. Desde el punto de vista de otra, cada una de ellas ignora los
segmentos fundamentales y desarrolla los carentes de importancia. Una
cultura apenas reconoce valores monetarios. Otra los considera básicos
en todos los campos de conducta" (o.c, 36). El acercamiento relativo a los
modelos ciertamente es muy interesante, ya que está orientado a
reconocer un estilo y unos valores que se habían dejado en gran parte
para los humanistas, con graves deficiencias por parte de la
antropología; sin embargo, el trabajo de Benedict puede despertar, y no
sin un cierto fundamento, la sospecha de que se quiera proponer un relativismo
cultural poco menos que absoluto, que olvidaría, según parece,
injustificadamente dentro de la misma antropología la
relación entre individuo y modelo cultural, entre personalidad
normal y personalidad anómala y, en general, los problemas de la
difícil compatibilidad de una cultura.
No nos es posible
aludir aquí a las concretas indagaciones realizadas por los grandes
antropólogos americanos y que afectan a centenares de poblaciones
indo-americanas, sobre todo a las culturas indias del oeste de los
Estados Unidos.
2.
Malinowski, que
desarrolló sus indagaciones en Australia y sobre todo en las islas
Trobriand durante los años de la primera guerra mun
Antropología
cultural
dial,
mostró rápidamente su alejamiento del concepto de cultura de
la antropología americana, en cuanto que, para él, las instituciones
sociales u organizaciones institucionales no dejan de estar íntimamente
vinculadas con la cultura. El relieve dado a lo social, ciertamente como una
consecuencia más del conocimiento de los trabajos de Durkheim, sigue
siendo la base firme del edificio malinowskiano, hasta el punto de que
él mismo afirma que la ciencia del comportamiento humano comienza
con la organización social y que el gran signo de la cultura, tal como
se la vive, se la experimenta y se la observa científicamente, es el
fenómeno del reagrupamiento social. Con Malinowski, la
antropología social se orientará ya hacia el estudio de los
sistemas de parentesco, de ¡as prácticas religiosas y
mágicas, de las actividades económicas y al estudio del
derecho, más que al estudio de la cultura misma en su conjunto.
Pero el nuevo
planteamiento so
cial de la
indagación antropológi
ca no es el
único elemento caracte
rístico de
los estudios de Malinows
ki. En efecto,
este antropólogo de origen polaco dio también un fuerte acento
naturalístico-biológico al concepto de cultura, al considerarla
como la respuesta organizada de la sociedad a unas necesidades fundamentales o
naturales. "Podemos definir la expresión naturaleza humana
como el hecho de que todos los hombres deben comer, respirar, dormir, procrear
y eliminar sustancias superfluas de su organismo, dondequiera que
vivan y cualquiera sea el tipo de civilización a que
pertenezcan" (B. Malinowski, Una teoría científica de
la cultura, Barcelona 1981, 82). Así, por ejemplo, escribe
todavía Malinowski: "La necesidad de alimento
y el deseo de que
no deje de ser abundante han llevado al hombre a las actividades
económicas de recolección, caza, pesca; actividades que
él envuelve en emociones múltiples e intensas". Y prosigue
poco después subrayando eficazmente este interés selectivo
del hombre en orden a la satisfacción de sus necesidades primarias:
"Los que han vivido en la jungla en medio de los salvajes, y han tomado
parte en expediciones de depredación o caza, o han navegado con ellos
por las lagunas, o han pasado noches enteras a la luz de la luna en los
arenales marinos, acechando los bancos de peces o la aparición de la
tortuga, saben hasta qué punto el interés del primitivo es
selectivo y afinado y cuan celosamente sigue las indicaciones, pistas y costumbres
de su presa, mientras que resulta indiferente a cualquier otro estímulo"
(B. Malinowski, Magia, ciencia, religión, Barcelona 19822, 49). El
determinismo biológico impone, pues, a la naturaleza humana ciertas
consecuencias inquebrantables que deben entrar en toda cultura primitiva o
perfeccionada, simple o compleja, y la antropología
deberá hacer causa común con la ciencia de la naturaleza (Una
teoría científica..., o.a). En este contexto, el autor ha querido
incluso ofrecer un catálogo de exigencias biológicas y de
respuestas culturales: a la necesidad del metabolismo
correspondería el abastecimiento, a la reproducción el
parentesco, a la protección del cuerpo la defensa, etc., distinguiendo
después entre necesidades fundamentales y necesidades derivadas y
posteriormente entre imperativos culturales (cultural imperatives) e
imperativos integrativos (integrative imperatives),
entre los que
inserta el "conocimiento", la "magia", el
"arte" y la "religión".
118
Es difícil
no coincidir con Parsons cuando afirma que este cuadro de necesidades se
explica por el olvido del carácter multidimensional y
multifuncional de las respuestas culturales. Y no menos oportuna
parece la observación de Altan, según la cual se tiene la
impresión de que "aquí Malinowski se ha encontrado frente a
manifestaciones culturales que no encontraban lugar en su esquema y de
alguna manera ha querido hacerlas entrar en él" (C. T. Altan,
Manuale di antropología cultúrale, Milán 1979, 142).
Además de
la importancia que
Malinowski otorga
a las institucio
nes sociales y a
la teoría de las
necesidades, hay
en su trabajo de
indagación
y de sistematización
antropológica
una segunda dimen
sión
preponderante: se trata de su funcionalismo. ¿Qué sentido dar al
término funcionalismo en Malinowski? Encontraríamos en
él la mayor parte de sentidos aplicados al concepto defunción, a
saber, el matemático, el biológico y el sociológico.
En cuanto a este último sentido, en particular, nuestro autor
parece depender más estrechamente de Durkheim. Fundamentalmente
se entiende la función como el papel que ejerce un fenómeno
cultural sobre otro o sobre otros análogos y, en última instancia,
sobre el conjunto de la cultura. Por ello, a pesar de que para el autor de los
Argonautas "la función no es más que la satisfacción
de una necesidad", sería demasiada restricción concebir el
significado de función solamente en clave biológica. En efecto,
la cultura aparece como la prolongación de la
naturaleza, y en
el paso inevitable desde la naturaleza hasta la cultura no se pueden
infravalorar los fines sociológicos del funcionamiento de la cultura.
119
Mucho se ha
escrito sobre Malinowski compartiendo sus teorías, pero tal vez
mucho más criticándole sus principales tesis. Alguien ha
escrito que fue un etnógrafo provincial (Lowie), y algún
otro, tal vez con más razón, ha escrito que Malinowski es para
los antropólogos un poco como el padre totémico del que
habla Freud en Tótem y tabú, un padre a quien sus descendientes
devoran y admiran a un mismo tiempo (Lombard).
El segundo gran
antropólogo inglés es A. R. Radcliffe-Brown, quien, a pesar de su
oposición personal a Malinowski, no deja de tener muchos puntos en
común con este último: por ejemplo, el categórico
rechazo de las teorías anteriores del evolucionismo y el difusionismo,
y la coincidencia de ambos en un modelo de investigación empírica
y social de carácter antihistórico, considerando él
también el método histórico como no científico.
En Radcliffe-Brown aparece igualmente el concepto fundamental de
función con tanta frecuencia como en Malinowski; sin embargo,
será precisamente ese concepto el que vaya diferenciando cada vez
más el trabajo de ambos antropólogos. En particular,
Radcliffe-Brown rechaza la relación estrecha del concepto de
función con la teoría de las necesidades, basándose en una
concepción distinta del papel de las ciencias naturales en la
investigación sociológica. A diferencia del
"naturalismo" de Malinowski, orientado siempre en una
determinada dirección según la cual la función está
ligada al sustrato fisiológico y a las necesidades del hombre, para
Radcliffe-Brown "el concepto de función aplicado a las sociedades
humanas se basa en una analogía entre vida social y vida
orgánica" (Estructura y función en la sociedad primitiva,
Barcelona
Antropología
cultural
19742, 203), por
lo que se trata solamente de un modelo metodológico que no
interesa directamente al objeto de su investigación, al estar
éste constituido fundamentalmente por la realidad social en cuanto tal.
En rigor, podemos decir que es el concepto de función social el que
posteriormente diferenciará el trabajo de los dos
antropólogos ingleses. Mientras Malinowski se centra más en
las instituciones sociales, Radcliffe-Brown se orienta más claramente
hacia el análisis de los efectos sociales de determinadas instituciones,
demostrando una mayor dependencia de Durkheim. Se observa también esta
diversa perspectiva, por ejemplo, en la interpretación que uno y otro
dan de la religión. En efecto, mientras para Malinowski la
religión se explica también por motivos psicológicos,
como pueden serlo el deseo de supervivencia o el miedo a la muerte, etc., para
Radcliffe-Brown la explicación es siempre y rigurosamente de
carácter social y funcional, dando como presupuesto que la
religión —como toda otra institución social—
"es una parte importante, e incluso esencial, del complejo sistema
social por el que los seres humanos son capaces de vivir juntos en una
organización ordenada de las relaciones humanas" (o.c, 176).
Pero, más radicalmente todavía, lo que caracteriza el pensamiento
de Radcliffe-Brown es el concepto de estructura, que, unido naturalmente al de
función, convierte al estudioso de los andamaneses en el precursor
del estructuralismo. Es, ciertamente, difícil definir el concepto
de estructura y distinguirlo adecuadamente del de función, sistema,
organismo, y lo es todavía más difícil en Radcliffe-Brown,
en quien encuentra el término su primera configuración. Para
comprenderlo se habrá de tener en
Antropología
cultural
cuenta que toda
sociedad aparece como un todo integrado con miras a su continuidad y que dentro
de ella se da una compleja trama de relaciones sociales realmente existentes
que tienden a mantener en equilibrio funcional a la sociedad misma (cf o.c,
215-232). Desde este punto de vista, algún autor ha querido ver como
distintos dos períodos fundamentales del antropólogo
inglés, marcados, respectivamente, por un acercamiento más
funcional en un principio, y decididamente estructural-funcional
más tarde, de los años treinta en adelante, en los que se
manifiesta al mismo tiempo una oposición cada vez mayor a la cultura,
enjuiciada como un concepto poco útil a la antropología.
Ciertamente,
desde el punto de vista metodológico —que es el que, en
definitiva, más nos preocupa—, y dejando a un lado las afirmaciones
medio irónicas de Leach —para quien el estructural-funcionalismo
de Radcliffe-Brown se reduciría a una clasificación y una
tipología de mariposas o pudiera considerarse un trabajo de
distinción entre relo
jes de pulsera y
relojes pendulares (E. Leach, Nuove vie dell'antropologia, Milano 1973,
15ss)—, queda pendiente en el autor inglés un problema fundamental
que afecta al sentido profundo de la reconocida analogía entre
biología y antropología social. Aun describiendo "la
antropología social como la parte teórica de la ciencia natural
de la sociedad humana y como la indagación de los fenómenos sociales
con métodos sustancialmente análogos a los utilizados en las
ciencias físicas y biológicas" (o.c, 24). Radcliffe-Brown
jamás ha ahondado en qué medida son aplicables a la
antropología los métodos biológicos,
limitándose de vez
120
en cuando a
postular tal analogía
con la ayuda de
algún concepto
común,
como el defunción o el de
organismo.
Las líneas
fundamentales que hemos trazado tan sólo han querido hacer ver las
orientaciones principales de la antropología, con la perspectiva
culturológica americana, por una parte, y con la perspectiva
naturalístico-funcional-sociológica inglesa, por otra,
estableciendo así los presupuestos para comprender la
relación hombre-cultura, hombre-naturaleza, hombre-sociedad. Los
progresos actuales de una y otra orientación (la americana y la inglesa)
serán reemprendidos por autores como Turner, Geertz, Bellach, en
América, y por antropólogos actuales como Evans-Pritchard,
Firth, etc., en Inglaterra. Nos referiremos a ellos después bajo un
punto de vista más teórico [/ infra, V).
III.
Psicoanálisis
El discurso
psicoanalítico de Freud y de los neofreudianos empalma con el de la
antropología socio-cultural no sólo por ese golpe de genio e
imaginación de Freud que caracteriza su libro Tótem y tabú
(1912) —donde se declara a los antropólogos lo que ellos no
habían llegado a comprender, a saber: el significado del tótem en
relación con el origen de la cultura, de la religión y de la
moral—, sino también, más genéricamente, porque
la antropología ha experimentado en realidad un constante apremio
para reflexionar sobre el individuo y sobre las pulsiones instintivas
por parte del psicoanálisis. Pero, dentro del gran desarrollo del
psicoanálisis, aquí solamente quiero señalar, a nivel
todavía institucional, dos temas relativos a la antro
121
pología en
su conjunto, a saber: la comprensión freudiana de cultura y el concepto
de personalidad básica profundizado por el neofreudiano Kardiner.
1.
Si es verdad que
la postura de Freud sobre el concepto de cultura es rígida y totalmente
negativa, no lo es de igual manera para algunos neofreudianos como Erikson y
Fromm, capaces de acoger también los aspectos positivos y creativos de
la cultura, basándose en un ensanche del proceso de
sublimación y sobre todo viendo como interactiva la relación
individuo-sociedad.
2. EL CONCEPTO DE
"PERSONALIDAD BÁSICA" EN KARDINER. Precisamente en
una nueva relación entre momento individual y momento social de la
cultura es donde se inscribe el concepto de personalidad básica de
Kardiner, capaz de cierto modo de llenar un vacío de Freud, quien
jamás había considerado dinámica y operativamente tal
relación. Entendiendo por persona
Antropología
cultural
lidad
básica esa nueva realidad de la persona que nace como conjunto de
acciones de adaptación al ambiente socio-cultural, así como
de modelamiento operativo del ambiente con miras a la defensa de la
ansiedad provocada por la sociedad, no sólo se llega a modificar la
rigidez de la postura freudiana, sino que se comienza asimismo a profundizar
más sistemáticamente y en concreto la relación entre
psicología e indagación socio-antropológica. Una
prueba, por ejemplo, de esta nueva interacción que debe alentar la
investigación antropológica es el concepto de
institución, definida por Kardiner como "un determinado modo de
pensar y de comportarse que puede comunicarse, que goza de
aprobación general y cuya infracción o desvío crea una
perturbación en el individuo y en el grupo".
Sin embargo, y
más allá de estas dos ideas aquí expresadas (a saber: el
concepto de cultura de Freud —que, en expresión de Kroeber, es
reducible "al antiguo recurso de las hipótesis en pirámide,
al que se acudiría con menos frecuencia si las teorías hubieran
de pagarse como las acciones bursátiles" [A. L. Kroeber, La natura
della cultura, o.c, 565]— y la concepción de la personalidad
básica, que unifica lo individual y lo social), el psicoanálisis
tiene vinculaciones subterráneas más profundas con la
antropología socio-cultural en la medida en que ha convertido en tema lo
simbólico, lo onírico y lo mitológico. Dejando pendiente
por el momento la interpretación irracional e inconsciente
atribuida a la dimensión simbólica, es importante subrayar que
existe un hilo continuo y antropológicamente de gran relevancia
entre los mitos de las religiones, las leyendas populares, los sueños,
los arquetipos junguianos, el surrealismo con
temporáneo
y lo imaginario, en general, en la historia de los pueblos. Diríase
que el psicoanálisis ha contribuido a desviar el centro de
interés de la antropología sociocultural por los elementos
de la cultura, entendidos en sentido material y empírico, hacia las
grandes y, con frecuencia, inconscientes dimensiones simbólicas, como
nuevo campo de indagación en el que la ciencia de las religiones
—entendida como análisis de los mitos y ritos de los
pueblos— tiene nue
vas y decisivas
sugerencias que hacer al antropólogo.
IV. La
lingüística y el estructuralismo
1.
en particular de
la socio-lingüística se han proyectado siempre sobre el fondo
global de la investigación antropológica. Por otra parte, tampoco
será inútil recordar que precisamente el antropólogo
Boas, con su meticulosa descripción de las lenguas indo-americanas,
inspiró el trabajo lingüístico de Sapir, quien desarrolla ya
por los años veinte un cuadro de las funciones del lenguaje
(cognoscitiva, emotiva, estética,
volitiva,
pragmática), distinguiendo adecuadamente entre forma lingüística
y función lingüística y viendo en el fonema una especie de
pattern sonoro psicológico; ello, tal vez, independientemente de De Saussure.
122
Mas el nudo
teorético más importante que la lingüística y la
antropología deben desatar, aunando sus esfuerzos y sus campos de
investigación, es ciertamente el que atañe a la acción del
lenguaje sobre los hechos sociales y, a la inversa, la acción de
¡os factores sociales sobre los hechos lingüísticos. El
primer planteamiento del problema se remonta a las famosas tesis de Von
Humboldt, para quien toda lengua contiene en sí misma o en su
estructura
interna un análisis del mundo que le es específico, de suerte que
aprendiendo una lengua se llega a adquirir una particular visión del
mundo, del que la lengua viene a ser su más auténtico filtro.
Lingüistas hay actualmente que han reanudado la teoría
humboldtiana, en particular Whorf, con su estudio de las lenguas
indo-americanas, y Benveniste. Este último, con relación al
ámbito griego, pone de
relieve
cómo las categorías lógicas y, en general, el pensamiento
de los griegos se funde y se genera en las categorías gramaticales de la
lengua griega. En cambio, el segundo planteamiento del problema está
más próximo a la perspectiva durkheimiana y se ordena a
descubrir las causas sociales de los hechos lingüísticos hasta
determinar qué variables sociales provocan transformaciones
lingüísticas.
2. EL
ESTRUCTURALISMO (nos referimos aquí casi exclusivamente a C.
Lévi-Strauss en cuanto antropólogo y lingüista)
podría considerarse como un caso particular de isomorfismo entre
lenguaje y sociedad, por el hecho de converger enteramente ambos en una
fuente más profunda: la naturaleza y el inconsciente natural.
Diríamos que en el estructuralismo la lucha sin
fronteras entre
naturaleza y cultura se resuelve a favor de la primera,
123
aunque no sin
serias repercusiones sobre toda la vida del hombre y su destino.
Lévi-Strauss, que se ha dedicado sobre todo al análisis de una
cantidad imponente de mitos entre las primitivas poblaciones de
Sudamérica, considera la cultura como un complejo sistema de comunicación,
mientras que el mito no sería sino una forma de tal comunicación.
Se trata justamente de cómo en el estudio de la cultura se puede aplicar
el método formal consistente únicamente en comparar y
diferenciar situaciones, lo cual vale también para el mito. Para
descubrir lo que un mito está comunicando, se deben dividir los
elementos en grupos contrarios con sus soluciones, contenidas en la
fórmula situación, complicación, resolución,
adición o golpe de escena, en la que el último término da
lugar a una nueva situación, susceptible también ésta de
complicación y, si necesario fuere, de resolución, seguida
de una nueva adición. Dividiendo, catalogando y reduciendo así
las situaciones a unidades más simples, se lograría la estructura
de todos los mitos como igualmente se explicaría por qué se
repiten los mitos. Para evidenciar tal estructura escribe Lévi-Strauss:
"La función de la repetición es hacer evidente la estructura
del mito...; un mito muestra una estructura de hojas que llega hasta la superficie...
a través del proceso de repetición. Sin embargo, las hojas no son
idénticas. Y por ser objetivo del mito el proporcionar un modelo
lógico capaz de superar una contradicción (imposible de
conseguir si, cuando tiene lugar, es real la contradicción), se
creará un número teóricamente infinito de hojas
ligeramente diferentes unas de otras. Así es como el mito crece en
espiral hasta que el impulso intelec
Antropología
cultural
tual que lo ha
creado llegue a agotarse" (Antropología strutturale,
Milán 1966, c. XI: "Lo studio strutturale del mito").
Podemos, dentro
de este contexto, destacar sólo un hecho, a saber: que el
estructuralismo de Lévi-Strauss recae al menos parcialmente en la
contradicción metodológica denunciada al principio de este
estudio [/ supra, I], donde hacíamos observar cómo una
perspectiva parcial, limitada y especializada no parece que pueda arrogarse la
pretensión de proporcionarnos una lectura global y totalizante de
su objeto de estudio. El estructuralismo, exasperación
metodológicamente significativa del ámbito formal de
estudio de los símbolos de comunicación del hombre, resulta,
pues, desmedido al pretender convertirse en método exhaustivo de
comprensión y reducción de la realidad del hombre,
fijándole prematuramente su fin, en cuanto que le quita su esencia,
su sentido y lo mira como se mira "a la limite de la mer un visage de
sable" (Foucault), es decir, como realidad natural que se disuelve en lo
natural mismo.
V. Visión
global de la antropología a partir de lo "simbólico"
No creo
absolutamente injustificado el problema que se plantea
R. Firth al
preguntarse si la antropología social moderna no se está
alejando de la realidad empírica. El hecho es que hoy nos interesamos
cada vez más por "estructura profunda y no por contenidos, por
modelos y no por comportamientos, por símbolos y no por costumbres".
Incluso, según el autor, una de las causas de esta nueva orientación
se debe a "un reto al positivismo, que, por una postura
crítica relativamente neutra o por otro específico
interés, coloca en primer plano la autonomía y hasta la prioridad
de lo no-empírico. En todo este horizonte —según
Firth— el lenguaje del simbolismo y la investigación en torno a la
naturaleza del simbolismo han adquirido una categoría de primer
orden" (I simboli e le mode, Barí 1977, 149).
Las observaciones
de Firth no dejan de ser importantes; pero sería necesario analizar con
más profundidad las causas que han llevado a varias corrientes
antropológicas a cerrarse en embudo dentro de la dimensión
simbólica, así como a determinar qué se entiende en antropología
cuando se habla de dimensión simbólica. Y, en efecto, si a
la formación de la dimensión simbólica como ámbito
privilegiado de la investigación antropológica han cooperado
autores como Durkheim, Freud, Malinowski y Sapir, ello ha tenido lugar
sobre bases profundamente distintas, cuya uni
ficación
se ha realizado mediante una reducción y elisión recíproca
de contenidos, hasta el punto de que la convergencia aparece más como un
hecho formal que como una perspectiva fecunda. Esto se comprenderá
inmediatamente si se observa que Durkheim sólo se interesó por el
símbolo para demostrar que "la vida social en todos sus aspectos y
en todos sus momentos de la historia es posible merced a un extenso
simbolismo" y con este fin trató de relacionar estrechamente el
símbolo —visto fundamentalmente en el emblema totémico
australiano— con el sentimiento religioso y con la sociedad; que Freud,
por su parte, se sirve del símbolo para iluminar los factores
inconscientes e instintivos que intervienen en los procesos mentales; que
Malinowski, aunque más interesado por los problemas de las formas
simbólicas y de sus
124
transformaciones,
ve lo simbólico como aquello que permite transformar la
pulsión fisiológica en valor cultural, mediante el cual es
posible la satisfacción indirecta y referida de una necesidad; que,
finalmente, Sapir estudió la importancia del problema del referente, del
significado con respecto al símbolo, basándose en una
lógica inconsciente
o intuitiva de
los sistemas fonéticos y dejando entrever de forma nueva la amplitud de
la problemática que gravita en torno a lo simbólico.
Así es
como la diversificación de las perspectivas llevó al oscurecimiento
de la comprensión simbólica y a una visión
genérica, cuyo único elemento fundamental permanente parece
haber sido el de la relación existente entre cultura y sistema de
símbolos. En este contexto, C. Lévi-Strauss afirmaba
lógicamente que "toda cultura puede considerarse como un
conjunto de sistemas simbólicos en el que ocupan un primer plano el
lengua
je, las normas
matrimoniales, las relaciones económicas, el arte, la ciencia y la
religión", mientras Firth, casi dentro de la misma perspectiva,
habla del símbolo como de una "manera de habérselas con la
realidad en función de comodidad y de simplificación,
así como de dar espacio al desarrollo de la imaginación y de
facilitar la interacción y la cooperación social" (o.c,
77).
Se ha de
reconocer, sin embargo, que esta definición global de lo
simbólico como realidad inmanente a la cultura ha logrado al menos
mantener una especificación con respecto a lo social —y por tanto
fundamentalmente en la línea durkheimiana—, por lo que,
"dentro de la antropología social, el interés teórico
central en el estudio de los símbolos sigue siendo el análisis de
su papel en las relaciones de poder"
125
(Cohén).
En este sentido, Nadel, en particular, ha estudiado los símbolos
como instrumentos "diacríticos" dentro de la cultura para
establecer la postura diferencial de cada uno de ellos en el grupo y los
respectivos papeles sociales que caracterizan a un grupo respecto a
otro" (cf S. N. Nadel, Lineamenti di antropología sociale,
Bari 1974). Sin embargo, además de esta constante y peculiar tendencia
de la antropología contemporánea, leída sobre el
espejo de lo simbólico, a insistir en el carácter social de los
símbolos, siguen manteniéndose las divergencias
fundamentales acerca de la interpretación y el valor del símbolo
en cuanto tal. A la corriente naturalista (E. O. Wilson, Leroi-Gouran, etc.),
para la que el símbolo, como el signo, no es más que un
duplicado verbal de un hecho o de una situación, se contrapone la
corriente simbolista (con Jung, Eliade, Durand, Ricoeur, entre otros), que,
partiendo también y de un modo especial del extenso horizonte de
los mitos y los símbolos religiosos, sostiene que los símbolos
son en sí mismos portadores de valores últimos que dan sentido a
toda la realidad humana. En un estadio intermedio pueden, a su vez, situarse
otras dos orientaciones contemporáneas y fundamentales, a saber: el
estructuralismo y el funcionalismo. Del primero (con autores como
Lévi-Strauss, de quien ya hemos hablado, y Leach y, en un campo
más filosófico, Lacan, Foucault, Derrida, etc.) podemos afirmar
que se acerca a la corriente naturalista al contemplar el símbolo
desde la categoría de la diferencia, la cual es sin duda portadora
de sentido, pero sólo de un sentido relativo a otro. "El
sentido —escribe Lévi-Strauss— no es nunca un
fenómeno originario: es siempre reductible. Con otras palabras,
Antropología
cultural
frente a todo
sentido hay un no sentido" (Réponses a quelques questions, en
Esprit 1963, 322). Por su parte, elfuncionalismo, en el que hoy se concentra la
mayor parte de los estudios antropológicos y que comprende nombres como
Turner, Geertz, Douglas, Firth, Shils, a los que se unen sociólogos como
Bellah, Berger, Luckmann y Luhmann, puede ser considerado simbolista
a medias. Ateniéndose a la lección de Durkheim, reconoce que el
movimiento de trascendencia inscrito en lo social encuentra su dinámica
en lo simbólico, sin lo cual la sociedad no llegaría a crearse
ideales ni conjuntos orgánicos de sentido; sin embargo, aun reconociendo
esta función altamente significativa del símbolo, el funcionalismo
continúa fundamentalmente siendo escéptico sobre la capacidad
simbólica en cuanto tal y como portadora de valores absolutos.
Pero el
funcionalismo antropológico aparece grandemente diferenciado,
por lo que sería pecar de reduccionismo el identificarlo solamente
con esta apertura-clausura frente al símbolo. Y como, por otra parte, el
funcionalismo nos parece la corriente que hoy mejor representa a la
antropología e incluso al movimiento ideológico que en nombre de
sus mismas categorías de pensamiento parece más dispuesto a
estudiar el ritual como una acción simbólica de suma importancia
en el seno de la sociedad, queremos fijar la atención en esta
última orientación, tratando finalmente de llegar a
consideraciones más ajustadas acerca del ritual y la liturgia en el
contexto antropológico contemporáneo.
VI.
Antropología y ritual
Que, fijando su
objetivo en lo simbólico como campo privilegiado
de
investigación, se ponga la antropología contemporánea
a examinar particularmente el ritual como "sistema de pensamiento y
acción" (Beattie), es un hecho comprobable a través de
los múltiples estudios sobre los rituales más dispares
presentados por la antropología socio-cultural y es, sobre todo, algo
muy en consonancia con la importancia social que han dado a los ritos
Durkheim y Radcliffe-Brown. Este último autor, más en particu
lar, afirma que,
"para intentar comprender una religión, hemos de concentrar primero
nuestra atención en los ritos más que en las creencias"
y que "los ritos tienen una función social específica siempre
y cuando tengan para su efecto que regular, mantener y transmitir de una
generación a otra los sentimientos de los que depende la
constitución de la sociedad" (Estructura y función en
la sociedad
primitiva, Barcelona
1974, 167 y 177). Tal atención a los ritos encierra ya una
dimensión simbólica, si bien, en palabras de Geertz, ésta
paralizó durante muchos años la investigación
antropológica y aparece hoy contrabalanceada por una
simbología más profunda, operante ya en la definición
misma del ritual dada, por ejemplo, por V. Turner cuando escribe: "Con la
palabra ritual quiero significar un compor
tamiento formal y
determinado en circunstancias no consignadas a la routine tecnológica y
que dice relación a creencias en realidades y poderes
místicos". Y después de esta definición, añade
el autor que el símbolo es la unidad más pequeña del
ritual, que contiene, no obstante, las propiedades específicas del
ritual mismo (La selva de los símbolos, Madrid 1980, 21). También
la definición de J. Cazeneuve, revalorizada en la medida en que se
acepta estudiar en profundi
126
dad los
símbolos y los ritos, aparece más abierta a lo simbólico.
Para este autor el rito "es un acto que se repite y cuya eficacia es, al
menos en parte, de carácter extraempírico"
(Les rites et la
condition humaine,
París
1958, 4).
La lucha
incesantemente abierta entre dimensión funcional y social y
dimensión intencional-simbólica pudiera tal vez suavizarse
mediante la recíproca complementariedad intuida por M. Spiro cuando
escribe que el funcionalismo sin simbolismo es ciego y que el simbolismo
sin funcionalismo es cojo (Symbolism and Functionalism in the
Anthropological Study of Religión, en L. Honko, Science
of
Religión. Studies in Methodology.
Ante las
dificultades de acercamiento a las perspectivas de la antropología
socio-cultural en torno al estudio del ritual, y frente a la imposibilidad
de un análisis comparativo, por breve que hubiera de ser, entre los
diversos autores, queremos simplemente entresacar algunos temas más
importantes y hasta esenciales, reduciéndolos a esquema dentro de una
particular clase de ritos, según las clasifica
ciones
acostumbradas en antropología.
Existe, sin
embargo, un problema preliminar que no podemos eludir: el problema de
cómo debe caracterizarse el rito. Un comportamiento repetido y
formalizado, del que tan frecuentemente se habla en etología, ¿es
ya en sí un rito? Las ceremonias en concreto, entendidas como un
comportamiento controlado del cuerpo en un determinado contexto social
(Douglas), ¿constituyen un ámbito de ritualidad? Hemos dicho
que la mayor parte de
los
antropólogos tiende a especificar el rito por las connotaciones 127
más
comprometedoras, hablando de rito allí donde se da un comportamiento
relevante, de "elevado contenido simbólico y tradicional", en
el que estén presentes "elementos místicos" (Gluckman).
Al ser
ésta la comprensión del ritual más consolidada en antropología,
consiguientemente también la clasificación de los diversos ritos
tiene su estatuto, según el siguiente esquema hoy ya en boga: ritos de
tránsito (Les rites de passage, de Van Gennep, 1909), reexaminados hoy
en su estructura particularmente por Turner; ritos cíclicos o estacionales,
ligados al ritmo del tiempo, de las estaciones, del año; y ritos de
crisis, que se realizan en circunstancias especiales en orden a conjurar un
peligro o para afrontar cualquier situación anómala y de
difícil control.
1. Los RITOS DE
CRISIS. Para poder ir captando progresivamenten el valor de los ritos,
dentro de esta clasificación, tal vez es más sencillo partir de
los ritos de crisis, que vamos a analizar en relación con el tema
dominante de la eficacia instrumental, tema que aparece más
inmediatamente correlacionado con la función de esta clase de ritos
y que está fundamentalmente reconocido por la mayoría de los
antropólogos a partir de Malinowski. Dentro de la sociedad pueden
darse siempre situaciones incontrolables ante las cuales el hombre aparece
del todo incompetente. Por ejemplo, el drama de una enfermedad, de un
incendio que se propaga por la población, de una sequía pertinaz,
nos sitúan ante crisis individuales y sociales que los ritos tratan de
resolver o de aliviar, señalando la causa del fenómeno, revelando
la culpabilidad de la persona o buscando de la forma que sea una
contraacción. Basándo
Antropología
cultural
se en su eficacia
instrumental, más directa que la de otros, se han contemplado estos
ritos con frecuencia sobre un fondo mágico en la historia de la
antropología; pero ya Malinowski había reconocido que no es
posible distinguir adecuadamente cuándo se trata de magia, de
religión o de medios técnicos, aun dentro de un estadio
todavía rudimentario. Es famoso el ejemplo del mismo Malinowski relativo
a la pesca en las islas Trobriand. La diferencia entre la pesca en un lago,
para la que puede el hombre contar plenamente con sus conocimientos y su
destreza, y la pesca en mar abierto, llena de peligros e incertidumbres,
constituye una diferencia radical de actitudes en cada una de esas situaciones
particulares. Solamente en el segundo caso o cuando hay peligro, cuando
existen riesgos e incertidumbres en cuanto al resultado, recurren los
habitantes de aquellas islas al ritual. La eficacia instrumental en este caso
es evidente, si bien tal comportamiento ritual de carácter
extraempírico no puede definirse simplemente como mágico.
Pero los ritos de
crisis tendrían
además una
eficacia instrumental
secundaria
—si así se puede ha
blar—,
puesta también ahora de
relieve por
Malinowski-con su
afirmación
de que los ritos "redu
cen la
ansiedad" . No parece, sin
embargo, que la
mayoría de los
antropólogos
comulgue con dicha
tesis. Nadel
define tal tesis como
basada en una
"teología del opti
mismo",
mientras Geertz afirma
que, en su
transcurso, "la religión
probablemente ha
conseguido tur
bar y angustiar
más a los hombres
que comunicarles
o infundirles
confianza".
Más importante, en
cambio,
sería contemplar desde
otro punto de
vista qué implica el
hecho de que los
ritos permitan
cualquier
comportamiento activo
incluso
allí donde no es posible un control técnico completo de la
situación. En tal caso, e independientemente del hecho de que los
ritos no inmunizan contra el miedo, la angustia o el dolor, sí
podrían considerarse como una reacción contra el horror vacui del
agente. En este contexto, sin embargo, estaríamos abocados a otra perspectiva:
no a la de su eficacia instrumental, sino a la de búsqueda de sentido,
y, por tanto, nos orientaríamos hacia un contexto más
simbólico. Volveremos sobre el tema al referirnos a otros rituales.
Es preciso que
destaquemos un aspecto positivo que parece descubrirse en los ritos de
crisis: se trata de la actitud simpatética en los enfrentamientos con la
naturaleza.
El hombre
primitivo —sin pretender repetir la parte más espuria del
discurso de L. Lévi-Bruhl— vive en una "categoría
afectiva" en los enfrentamientos con la naturaleza, por la que, al modo
oriental, se siente más unido al cosmos, viviendo en una
dimensión cultural participacionista, que, prescindiendo de todo
juicio de valor, hoy más que nunca garantizado por una cierta moda
ecológico-religiosa, parece ser más integral que la visión
del hombre tecnológico. Es importante observar cómo la fe en
la eficacia instrumental del rito comporta además un positivo
respeto hacia las fuentes originarias de la naturaleza y una
contraindicación de no poco valor frente a la actual reducción
de la naturaleza a un conglomerado de objetos que hubieran de ponerse cada
vez más bajo control riguroso.
2. LOS RITOS DE
TRÁNSITO. Constituyen, tal vez, el campo por el que más se han
interesado los antropólogos sociales desde hace
128
algo más
de medio siglo, después de la aparición de Les rites de passage,
de Van Gennep, en 1909. Se trata de ritos relacionados con el nacimiento,
la iniciación, el matrimonio y la muerte y que se presentan como una
gran hermenéutica de la existencia fragmentada en sus momentos
principales. Pueden añadirse a estas etapas fundamentales otras
etapas de tránsito o paso de estado, de cambio en el papel social, de
nuevas adaptaciones a un tipo de vida: por ejemplo, el primer día de
escuela, el primer amor, una separación, etc.
El carácter
individual de estos ritos, por el hecho de afectar a la vida personal en sus
períodos o estadios, demuestra ser para la investigación
antropológica más aparente que real. En realidad, ya la misma
toma de conciencia, por parte del individuo, de su nuevo ser es una
obligación social: es imposible separar, sobre todo entre los pueblos
primitivos, una maduración personal y un particular status social
con particulares deberes y derechos. Con autores como Richards, Wilson,
Firth y muy en especial Turner, podemos hablar de ritos de tránsito de
una dominante basada en la eficacia social y simbólica, teniendo
cabalmente presente que el gran esquema de interpretación
simbólica de la existencia se encuentra fundamentalmente relacionado
con el orden social. Sin embargo, no son tanto las afirmaciones que, desde
Durkheim en adelante, van repitiendo distintos antropólogos
—según las cuales los ritos de tránsito simbolizan los
valores y las
creencias del grupo, expresan, refuerzan y promueven las normas tribales reafirmando
la cohesión social— las que nos obligan a sostener esta
fuerte dimensión socio-simbólica, cuanto las nuevas
investigaciones de Turner 129
sobre el proceso
ritual, por las que se demuestra al mismo tiempo la dependencia de los ritos de
tránsito respecto a la estructura social, así como su capacidad
de dar lugar a una simbólica que trasciende lo social y desemboca en
otra dimensión. Según Turner, que sólo en
proporción limitadísima repite temáticas de Van
Gennep, el paradigma procesual ritual tiene tres fases:
desestructuración, por la que se pasa de una situación
estructural a otra liminal, en cuanto que se sitúa fuera de la zona de
rigurosa estructura; la fase de liminalidad, que ejerce una cierta pureza
simbólica: saliendo de la estructura formal, el individuo adquiere un
carácter universalista y entra en una communitas que se constituye
mediante la forma de las relaciones yo-túnosotros. La tercera fase
se debe a la reestructuración y se basa en la recuperación de
modelos específicamente estructurales.
Ahora bien, si se
nos permite una simple observación, que creemos está en
línea con la intención última de Turner, mediante el
proceso de liminalidad no parece sino que la eficacia social de los ritos de
tránsito quedaría superada por la eficacia simbólica
del rito mismo. El peso de la argumentación recae por entero sobre
el concepto de umbral y sobre el estadio de liminalidad o marginalidad
—ejemplificados por estadios de humildad, despojo, obediencia total, de
suspensión de todos los derechos y deberes, de separación y
abandono, etc.—, en los que la comunidad, al celebrar el rito,
"descubre que la estructura social es todo un montaje, una mentira, noble
o indigna, una construcción social artificiosa de la realidad. La
verdadera realidad es la antiestructura. Es necesario volver la mirada al
simbolismo de nuestros signos: el no pronunciado
5
Antropología
cultural
en el umbral de
tránsito se revela como afirmación religiosa" (Turner).
Creo que una inserción como ésta de lo simbólico más
originario en la dimensión social reconocida en los ritos de
tránsito es una concesión importante por parte de la
antropología y un no menos serio intento por comprender la experiencia
religiosa aun dentro de la estructura socio-cultural en la que se sitúa
el rito mismo.
Pero la eficacia
simbólica de los ritos de tránsito debiera contemplarse
también —según indicaciones de los
antropólogos— desde la relación constante e inversa que
tiene lugar entre vida y muerte y muerte y vida. En este sentido, las tres
fases susodichas del rito de tránsito se verían como una muerte
simbólica, un período de exclusión ritual y, finalmente,
un renacimiento. Esta simbolicidad la ha puesto bien en evidencia Van der
Leeuw en clave religiosa, mientras los antropólogos, también
en el caso presente, tratan de debilitar la simbolicidad religiosa,
que aparece aquí en conexión con el problema de la
salvación, mediante el recurso a una función particular que desempeñarían
estos ritos de tránsito: la de orientar hacia el lado serio de la vida.
E. Shils escribe, en este sentido: "Mientras el organismo
biológico del hombre continúe sometido a las distintas fases
de crecimiento que hoy lo contradistinguen, habrá también
tránsitos de una etapa a otra y cada etapa sucesiva reclamará
siempre una forma de celebración como contraseñal de su
seriedad... Habrá siempre aquí necesidad del ritual, ya
que nunca sería menor la necesidad de establecer un contacto con el
estrato serio de la existencia humana" ("Riti e crisi", en La
religione oggi, bajo la dirección de D. R. Cutler, Milán
1972). Este "lado serio de la vida" se aproxima no poco a la
"perspectiva total" (Turner) y a "aquello que nos
atañe incondicionalmente" (Tillich); si bien es difícil
determinar hasta qué punto están de acuerdo los antropólogos
con la perspectiva religiosa y la normativa del teólogo, a quien
indirectamente aluden.
3. Los RITOS
CÍCLICOS. Finalmente, se habrán de tener en cuenta los ritos
cíclicos, que desempeñan una función importante en todas
las religiones, sean éstas primitivas
o
históricas. Se trata de los ritos que señalan puntos importantes,
de comienzo o fin de las estaciones, que regulan el tiempo social, que
determinan los tiempos de la fiesta, etc. Son particularmente importantes
en las religiones los ritos del año nuevo. Son famosos los doce
días babilónicos durante los cuales era repuesto en el trono el
dios Mar-duck, así como los Saturnalia romanos. Como el día
con sus veinticuatro horas es la unidad básica del ciclo
fisiológico, con el que frecuentemente va asociado un rito doméstico,
de igual manera se dan tiempos más largos que vienen medidos por la
fiesta, por el rito, por la celebración comunitaria. El intervalo entre
dos fiestas sucesivas de la misma índole forma un período,
generalmente con su denominación propia; por ejemplo, semana,
año. "Sin estas fiestas —escribe E. Leach— no
existirían tales períodos y hasta desaparecería de la vida
social toda forma de orden. Hablamos de medir el tiempo como si el tiempo
fuese una cosa concreta colocada ahí para ser medida; pero, creando los
intervalos en la vida social, en realidad estamos creando el tiempo"
(Nuove vie dell'antropologia, Milán 1973, 210).
Una vez
más, no obstante esta costumbre sociológica, descubierta
también en los ritos cíclicos de la
130
misma manera que
en los demás rituales, creo que tales ritos pueden incluirse dentro de
un tipo particular de eficacia simbólica en la medida en que, tal
vez más que los mismos ritos de tránsito, hablan en nombre de una
búsqueda de orden, de una búsqueda de sentido: tienden a
convertirse en ordenadores de la experiencia. En este orden de ideas se mueven,
por ejemplo, Douglas, concretamente, ve el ritual desde muy distintas
perspectivas. Douglas concretamente ve el ritual como la posibilidad de los
hombres desintegrados (el caso de los irlandeses que viven en Inglaterra)
de recuperar su identidad de valores e ideales. Se trata aquí, en el fondo,
todavía, de una integración de carácter social, que se da,
sin embargo, la mano con la recuperación de una experiencia global
y consolidante. Más específica es en este contexto la
aportación de Eliade, quien descubre en la repetición de los
ritos cíclicos, estacionales, etc., la voluntad de trascender la fragmentariedad
de la historia y del tiempo mediante una reinserción en el tiempo
originario, donde se da una consolidación ontológica total. El
rito repite el mito de los orígenes, salvando así el tiempo
y el sentido del tiempo, que de otra suerte quedaría a merced de un
proceso de desintegración frente al cual ni el hombre ni la comunidad
podrían resistir. Aunque en un contexto menos religioso e intencional
que el de Eliade, también Geertz habla en nombre de un deseo de orden y
sentido, intrínsecos a los ritos cíclicos, subrayando
cómo se busca en ellos una comprensión global y
reconfortante de la realidad. "En el rito... se funden los dos
mundos: el vivido y el imaginado, ya que resultan ser un mundo único,
con lo que se crea así una transformación peculiar del
131
sentido..."
("La religione como sistema cultúrale", en La religione oggi,
44). Es igualmente importante observar cómo a este sentido global,
a este monismo de sentido va también ligado, por necesidad, un nuevo
estímulo para el compromiso, para el engagement religioso. Geertz
escribe una vez más: "Con el salto ritual en el retículo del
significado establecido por las concepciones religiosas y, a ritual
concluido, con el retorno al mundo del sentido común, el hombre se
transforma... Y en la medida en que se transforma, transmuta al mismo
tiempo el mundo de lo ordinario o cotidiano, del sentido común, ya que
en adelante será considerado como forma parcial de una realidad
más amplia que lo modifica y a la vez lo completa" (ib, 57).
Resumiendo, yo
diría que las connotaciones internas y externas acerca de los ritos
cíclicos particularmente iluminadas por los antropólogos
son éstas: la repetición, la aspiración a trascender el
tiempo, la necesidad de sentirse insertos en una vivencia cósmica
positiva, la necesidad de encontrar un principio ordenador de toda la
experiencia (individual, social, cósmica), a las que seguiría
como corolario un comportamiento adecuado y comprometido.
VII.
Antropología y liturgia
Después de
haber recorrido fatigosamente las distintas concepciones
concernientes a la relación hombre-naturaleza, hombre-cultura,
hombre-sociedad y de haber contemplado en las diversas orientaciones la
dificultad de separar los problemas que se plantean en torno al hombre, la
apertura contemporánea a lo simbólico nos ha llevado a hacer
converger todos los temas en
Antropología
cultural
el comportamiento
simbólico y, por tanto, en el ritual, no ciertamente como punto de
solución de tales problemas, sino como polo condensador de las
distintas dimensiones y problemáticas abiertas.
El problema que
ahora, casi tocando la meta, se nos plantea es también de
difícil solución. Se trata de cómo realizar el paso desde
el ritual hasta la comprensión específica de la liturgia
cristiana, en su característica de acción de Dios y de la
iglesia. ¿Qué implica esta sustitución del ritual por la
liturgia? ¿Significa que ahora es necesario, partiendo de la perspectiva
teológica, comprender de nuevo la antropología
socio-cultural? Creo que, habiendo seguido hasta aquí las instancias y
los ecos de la antropología, lo importante será continuar
en este terreno y, limitándose a contemplar la liturgia como el ritual
cristiano, buscar la manera de centrar toda la atención en el hombre y
en la comunidad que celebran la liturgia para crear estímulos, dar
sugerencias y ayudar a la liturgia a comprenderse desde abajo. Dentro de esta
línea metodológica, sin embargo, señalaré dos
limitaciones recíprocas que habrán de aplicarse, de modo que se
respeten los dos campos distintos de indagación: por una
parte„ y desde la teología, se deberá aceptar el ver la
liturgia como el "ritual de la iglesia cristiana", sin más
especificaciones; en ella, efectivamente, pueden encontrarse los
clásicos ritos de tránsito, de crisis y del tiempo
cíclico; la antropología, a su vez, deberá estar dispuesta
a poner entre paréntesis el presupuesto empírico (Firth) y a no
considerar los ritos ni sus significados previamente incluidos ya todos
ellos en el mismo orden de experiencia, es decir, inscritos exhaustivamente en
la dimensión socio-cultural.
Antropología
cultural
Puestas estas
premisas, lo importante será observar ante todo que la
celebración litúrgica —si valen para ella las observaciones
hechas acerca del ritual— no es nunca un hecho teológicamente puro,
por lo que, partiendo del hombre que celebra la liturgia, deberán
tenerse en cuenta los elementos biológico-ecológicos,
las necesidades individuales y sociales, las situaciones históricas, los
contextos culturales omnicomprensivos e ideológicos que más
o menos veladamente se encontrarán en la liturgia misma o que, aun
admitiendo la pureza del dato litúrgico, proyectará instintivamente
el hombre mismo sobre la liturgia, encontrando en ella lo que en ella
trata de buscar.
Mas con esta
proposición se nos está urgiendo a dar cabida en toda su fuerza a
esas temáticas de la antropología socio-cultural que hemos
expuesto brevemente y sobre las que no es posible volver con detalle en orden a
la liturgia cristiana, por lo que iré en busca de una tesis sumaria
de todo el campo antropológico, para hacer después alguna
breve observación sobre los diversos ritos que encontramos
también en la liturgia cristiana.
1. UNA TESIS
SUMARIA. La tesis que creo un deber valorar es que en la liturgia
cristiana lo que el creyente y la comunidad buscan ante todo es la propia
identidad, siguiendo un mecanismo de necesidad-respuesta,
límite-superación del límite, desconfianza en lo real
cotidiano-victoria o recuperación de lo imaginado, búsqueda de
sentido-donación de sentido. Lo cual no significa dar razón a la
tesis funcionalista y social, como no significa tampoco que para el cristiano,
en la celebración litúrgica, el misterio de Cristo y de la
iglesia revista una expresión totalmente
132
secundaria y
subordinada. Significa
solamente
reconocer que el hombre
no puede
olvidarse de sí mismo ni
de su
ámbito vital ni siquiera cuan
do se propone
hablar con Dios
participando en
el culto de la
iglesia.
Significa que la dimensión
simbólica,
trascendente, intencional
del rito
cristiano pasa por la dimen
sión
funcional y social de la cele
bración
del rito.
Hecha esta
advertencia general y
teniendo en
cuenta que la antropo
logía
tiende a valorarse más por las
estructuras
profundas y estables del
hombre y menos
por los cambian
tes datos de la
sociología del mo
mento, quiero,
desde el punto de
vista de la
liturgia cristiana, insistir
en algunos temas
concernientes a
los ritos en la
triple clasificación
establecida por
las investigaciones
antropológicas.
2. Los RITOS DE
CRISIS. Tendríamos ante todo los ritos de crisis del orden natural,
hoy claramente en declive en la praxis del mundo occidental cristiano, como
consecuencia de los progresos científicos y técnicos.
Pueden, sin embargo, conservar todavía sus huellas en relación,
por ejemplo, con una enfermedad incurable, como consecuencia de una
catástrofe, ante lo inminente de un peligro grave, frente a una amenaza
de guerra; pero pueden también existir tales huellas en casos que dan
lugar a ritos de crisis en contextos menos dramáticos; por ejemplo, la
incertidumbre por el éxito de un examen, de un concurso, el temor a
que la cosecha no sea buena, etc. Los ritos que acompañan a tales
situaciones no dejan, sin embargo, de ser sumamente variados, y pueden ir
des
de el encendido
de una lamparilla ante la imagen de
hasta la
celebración de la eucaristía con el fin de obtener una gracia
importante e improrrogable.
La /secularización
de los años precedentes había condenado tales prácticas
religiosas y tales ritos, no viendo en ellos más que magia,
superstición y, en general, una instrumentalización de lo /
sagrado. Sociólogos y hasta teólogos se aliaron para combatir
estas formas rituales, mientras los antropólogos mantuvieron una actitud
más cauta, en realidad no por motivos rigurosamente religiosos,
sino por motivos funcionales y simbólicos. Dejando aparte la tesis
malinowskiana, según la cual tales ritos serían solamente
fruto del temor, realmente se ve que el resultado y la eficacia instrumental a
la que tienden está rodeada por un conjunto de sentimientos que
ayudan, por una parte, a esperar y a actuar esperando, mientras consolidan, por
otra parte, positivamente el credo cristiano. Ya Radcliffe-Brown hablaba del
"sentido de dependencia" presente en estos ritos; cristianamente se
hablará del sentimiento de creaturidad del hombre y de la paternidad de
Dios. El casi imperceptible pero muy hondo contraste que casualmente distingue
a los antropólogos de los teólogos está en que a los
primeros no les importa que se dé ahí más o menos una
instrumentalización de la fe, sino que el hombre y la sociedad tengan un
cuadro de referencia confortadora, lo cual aparece inmediatamente
como más útil. Mas —nos preguntamos— el teólogo
y el pastor de almas que se obstinan en defender la pureza de la fe —si
tomamos conciencia del principio anteriormente expuesto de que el creyente y la
comunidad buscan ante todo su identidad—, ¿no corren el peligro de
arrojar con el agua también fuera al niño?
Antropología
cultural
Ciertamente, las
situaciones están muy diversificadas en razón incluso de la mayor
o menor importancia que, en los distintos estamentos sociales o en las
distintas sociedades, se les otorga a la ciencia y a la técnica,
las verdaderas competidoras frente a estos rituales, basados
también, en el fondo, en una relación simpatética
entre la naturaleza y el hombre, según lo ya anteriormente anotado.
Pero, en nuestra sociedad, ¿no corre, a su vez, la misma ciencia el
peligro de llegar a convertirse en el nuevo ritual al cual se nos
confía, creando formas absurdas de relación hombrenaturaleza,
microcosmos-macrocosmos? Es muy deseable que nos arriesguemos a encontrar
un mayor equilibrio y que la ciencia, con su capacidad de disponer de la naturaleza,
no se sitúe simplemente en antagonismo con las más profundas
exigencias de armonía y solidaridad que el hombre busca desde siempre
dentro de su mundo. También para la liturgia cristiana debe existir
aquí un capítulo nuevo sobre tal perspectiva.
3. Los RITOS DE
TRÁNSITO. Tal vez son los que presentan una configuración
más exacta y una fisonomía más nítida, aun dentro
del cristianismo. También dentro de la religión cristiana la vida
está sujeta a un ritmo marcado por algunas etapas particularmente
importantes: el bautismo, la primera comunión, la
confirmación, el matrimonio, el funeral. ¿Qué significado
atribuir hoy en día, desde el punto de vista antropológico, a
tales ritos cristianos? La función estructurante de carácter
cultural y social de estos ritos cristianos es más que evidente y
está sobre todo confirmada por esos mismos cristianos que apenas
creen en el ritual y en la liturgia de la iglesia y, sin
Antropología
cultural
embargo, encomian
tales ritos e incluso participan en ellos en unión con sus familiares,
amigos o conocidos. Es, naturalmente, el marco externo el que mayormente
les atrae y les agrada, mientras pasan a un segundo orden el contenido de la
liturgia, los sentidos religiosos y cristianos expresados en las palabras,
en los gestos y en las exhortaciones. Pero podría ser suficiente
tal relevancia sociológica para poner en claro que también
en nuestra cultura, como en las sociedades primitivas, el problema de la pertenencia
social está todavía muy vivo y arraigado y forma parte de la
comprensión e interpretación de la existencia misma. El cristiano
medio se diría que está más solicitado —por
ejemplo, en el rito del matrimonio— por la nueva situación
social dentro de la cual se mueve y ofrece un indefinido sentimiento de la
"seriedad de la vida" (Shils), que por el sacramento en sí
mismo y por sus significados estrictamente teológicos.
Todo ello viene a
confirmarnos cómo también en el cristianismo es menester partir
de modalidades globales del sentir religioso para llegar después a la
especificación cristiana. En esta perspectiva el antropólogo
puede aparecer y es en definitiva un conservador, al considerar tantas
modificaciones sociológicas o expresiones nuevas de la sociedad
contemporánea como otras tantas variantes de un mismo tema. Lo que el
antropólogo mantiene como prioritario en los mismos ritos de
tránsito de la liturgia es una búsqueda de sentido (dimensión
más simbólica) y de consenso (dimensión más social),
sin correr el peligro de separar o distinguir adecuadamente las dos
líneas de búsqueda, como hemos apuntado al hablar de Turner,
Firth y Douglas. El problema de la liturgia
134
cristiana
será el de ver cómo se pue
de llegar a
injertar los específicos te
mas cristianos
dentro de esta estruc
tura.
Debería,
igualmente, repensarse la visión de Turner sobre la antiestructura
o la marginalidad, en orden a la creación de un período de
preparación intensa para estos ritos de tránsito, que sea como un
desprendimiento total de la vida anterior y un período de catecumenado,
en el más hondo sentido de la palabra, que ofrezca la posibilidad de
comprender la diferencia entre la dimensión social y cultural y la
dimensión religioso-cristiana. Con lo que también el tema
simbólico de muerte-vida y vida-muerte se vería con más
profundidad y encontraría un particular campo de aplicación
en la liturgia cristiana, en la que, por ejemplo, el compromiso
consiguiente al ritual se contemplaría radicalmente ligado al
cambio de status, más que valorado por una serie de recomendaciones y
exhortaciones aisladas o desvinculadas del ritual mismo.
4. Los RITOS
CÍCLICOS. Finalmente, existen en el cristianismo las festividades
del año litúrgico, que vienen a marcar el tiempo, las estaciones,
los distintos períodos del año. El domingo es verdaderamente
el día en que se basa todo el ritmo del tiempo
cristiano-litúrgico, mientras que, si se quisiese profundizar en la
ordenación del tiempo que transcurre entre las grandes festividades
cristianas, no dejaría de hallarse un extensísimo material de
indagación: la navidad coincide con los días del solsticio
invernal, mientras la pascua señala el comienzo de la primavera;
una y otra festividad van precedidas por un concreto período (adviento y
cuaresma) de preparación, que claramente presenta un sentido
ordenador del
135
tiempo y de la
experiencia cristiana del tiempo mismo. Habría aquí, sin embargo,
un problema preliminar que esclarecer, a saber: si la liturgia cristiana puede considerarse
a partir de la repetición cíclica o si ello no está
en contradicción con el tiempo bíblico, que comenzó con la
creación y se cerrará con la parusía y con el
acontecimiento irrepetible de la resurrección de Cristo, considerada
como principio y fin de la historia de la salvación. Lo único que
puede observarse aquí es que estos grandes temas teológicos no
han sido obstáculo a una concepción repetitiva de los
acontecimientos cristianos fundamentales ni a la articulación anual
de la liturgia. En el fondo, aun tratándose de una
repetición sui generis, no modificaría la perspectiva del
antropólogo.
En cambio,
sí es un problema de más difícil solución, que
hasta se comprueba por un dato sociológico, la
transformación o sustitución que han experimentado los ritos
litúrgicos cristianos periódicos, como consecuencia de una
sociedad de consumo para la cual no son ya los ritos cristianos los que miden
el tiempo, sino más bien los ritos profanos. Para el domingo lo son el
teatro, el cine, el partido de tenis, la discoteca, la marcha no competitiva,
etc.; para la navidad son los regalos, las vacaciones organizadas, los viajes,
etc., y así por el estilo para toda otra fiesta o solemnidad religiosa.
Ahora bien, la pregunta del antropólogo frente a la crisis del ritual
religioso y cristiano está en el deseo de acertar si la armonía
con el tiempo, la búsqueda de un sentido para la propia existencia
individual y social, el "deseo de ser íntegros"
(Sólle), que parecen ser características esenciales de los ritos
cíclicos, pueden encontrarse también en estos denominados
rituales
Antropología
cultural
de la sociedad
industrial de Occidente. A este nivel, el antropólogo, más
reflexivo y menos extrovertido que el sociólogo, no está
dispuesto a reconocer en esta transformación una situación
irreversible y destinada a consolidarse en lo venidero, fundamentalmente
porque ve en estos nuevos rituales una falta de alma, como la falta de una
simbolicidad profunda capaz de suplantar a la religiosa. A este
propósito escribe Shils: "La difusión de la cultura, de la
instrucción y de la ciencia, así como el más elevado nivel
de bienestar material, jamás lograrán desarraigar la necesidad
religiosa, a no ser que sean los mismos que presiden las religiones quienes
pierdan la fe y confianza en sí por falta de confianza de los hombres
más cultos en las grandes metáforas de la
tradición" (Sul rituale..., 267). Creo que se trata de una advertencia
de suma importancia, dirigida particularmente a los pastores de almas. Yo
diría, para concluir, que el hombre y la sociedad, en la búsqueda
de identidad, directa o indirectamente reclamarán una simbolicidad
cada vez más elevada y que, por otra parte, en la respuesta no existe
simbolicidad más alta que la religiosa y cristiana.
Pero dicha
elevación debe valorarse también a partir de la eficacia; y
aquí es donde el problema corre el peligro de bloquearse una y otra vez.
El antropólogo pudiera preguntar al liturgista y al pastor de almas
hasta qué punto se actúa en orden a la eficacia de los grandes
símbolos cristianos y hasta qué punto para este
delicadísimo trabajo se tiene el valor y hasta la osadía de
recurrir no sólo a la teología, sino también a las estructuras
fundamentales antropológicas, a fin de no caer en poder de una moda
demasiado improvisada y encontrarse después más aislados que
antes al expresar la riqueza y el
Año
litúrgico
patrimonio
inmenso qué la tradición les ha confiado.
A. N. Terrin
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Véase también la bibliografía de
Cultura y
liturgia, Elementos naturales, Fiesta ¡fiestas, Sagrado y Signo
/símbolo.
SUMARIO: I. La
actual problemática sobre el año litúrgico - II.
Progresivo desarrollo - III. El fundamento bíblico-teológico: 1.
El año litúrgico está fundado en la historia de la
salvación; 2. Unidad en Cristo y dimensión escatológica de
todo el plan divino; 3. Los misterios de Cristo en la perspectiva del misterio
pascual; 4. Del acontecimiento histórico al memorial litúrgico
- JV. Los motivos de celebrar un año litúrgico - V. La reforma
del año litúrgico dispuesta por el Vat. II - VI. Espiritualidad
del año litúrgico - VIL Pastoral del año litúrgico.
I. La actual
problemática sobre el año litúrgico
Al afrontar la
cuestión del año litúrgico, no se puede olvidar el actual
contexto socio-cultural, marcado por la /secularización y los
condicionamientos de una sociedad técnico-industrial. Tal contexto es
bastante distinto de aquel otro en
137
que surgiera y se
fuese desarrollando el año litúrgico. No faltan hoy quienes
llegan hasta cuestionar la realidad misma de la /fiesta religiosa, como
residuo de un mundo sacral [/Sagrado] ya superado, para dar paso solamente a
una fe secular que valora lo cotidiano y lo profano como lugar auténtico
del encuentro con Dios.
Frente a esta
situación, la pastoral no puede ceder ni al extremismo
secularizante ni al integrismo religioso de formas arcaicas; debe
más bien contar con el cambio cultural que ha tenido lugar y que
prosigue todavía su evolución, en orden a una purificación
y a un redescubrimiento de la fe en sus contenidos y en sus actitudes
más puras y auténticas. En su estructura, el año
litúrgico no es absoluto: es una creación de la iglesia, pero
cuyo contenido constituye ia esencia de la fe de la misma iglesia: el misterio
de Cristo. Cuando tal contenido se presenta íntegramente y en su
autenticidad, mediante una previa / catequesis que introduzca al lenguaje
bíblico y tenga en cuenta el lenguaje del hombre contemporáneo,
y cuando se celebra, después, con las consiguientes implicaciones de
vida, ciertamente no llegará a fomentar ninguna alienación de
índole sacral; ayudará más bien y sin cesar a los
creyentes a encontrarse con el Dios de la historia, el Dios Padre de nuestro
Señor Jesucristo "que tanto ha amado al mundo, que le ha dado
a su Hijo unigénito" (Jn 3,16). "En un hoy perenne, la
liturgia es capaz —mediante las acciones litúrgicas— de
regular y dimensionar la existencia redimida. El de la liturgia es el
tiempo de un hoy de gracia en el que la palabra de Dios se convierte en vida.
Reflexionar sobre el hoy de gracia, para percibir como concentrada toda la
trascendencia de la
Año
litúrgico
historia de la
salvación, concretizada y establecida por la palabra de Dios,
vivida y celebrada a través del año litúrgico, significa
trazar las líneas de una teología bíblica auténticamente
perenne"1.
II. Progresivo
desarrollo
El año
litúrgico no es una idea, sino una persona: /Jesucristo y su misterio
actuante en el tiempo y que hoy se celebra sacramentalmente por la iglesia
como memorial, presencia, profecía. El misterio de Cristo lo ha
comprendido y celebrado la iglesia a lo largo de los siglos con un
criterio que va de la "concentración" a la
"distribución" y por el que progresivamente se ha llegado
desde el "todo" considerado en la pascua hasta la
explicitación de cada misterio.
En el primer
período de la historia de la iglesia, la pascua fue el centro vital
único de la predicación, de la celebración y de la
vida cristiana [/ Triduo pascual]. No se olvide este dato importante: el culto
de la iglesia nació de la pascua y para celebrar la pascua. En los
primeros tiempos, pues, no se celebraban los misterios, sino el misterio
de Cristo. En los comienzos de la liturgia cristiana solamente se encuentra el
/ domingo como fiesta única y sin más denominaciones que la de
día del Señor.
Casi al mismo
tiempo, con toda probabilidad por influencias de las comunidades cristianas
procedentes del judaismo, surgió cada año un gran domingo como
celebración anual de la pascua y que se ampliaría al triduo
pascual, con una prolongación de la festividad durante cincuenta
días (la feliz Pentecostés). A continuación,
después del
s. iv, la
necesidad de contemplar y revivir cada uno de los momentos de la pasión
hizo prevalecer un criterio de historicización que dio origen a la
semana santa. La celebración del bautismo durante la noche de
pascua (ya a comienzos del s. ni), la disciplina penitencial con su correlativa
reconciliación de los penitentes en la mañana del
jueves santo (s.
v) hizo nacer también el período preparatorio de la pascua,
inspirado en los cuarenta días bíblicos, es decir, la / cuaresma.
El ciclo de
navidad [/ Navidad/ Epifanía] nació en el s. IV independientemente
de la visión unitaria del misterio pascual. La ocasión fue la
necesidad de apartar a los fieles de las celebraciones paganas e
idolátricas del sol invicto que tenían lugar en el solsticio
de invierno. Las grandes discusiones teológicas de los ss. IV
y v encontraron después en la navidad una ocasión para afirmar la
auténtica fe en el misterio de la encarnación. Al final del s.
IV, para establecer un cierto paralelismo con el ciclo pascual, se
comenzó a
anteponer a las fiestas navideñas un período preparatorio de
cuatro a seis semanas, llamado / adviento.
El culto de los
mártires [/ Santos] es antiquísimo y va vinculado a la
visión unitaria del /misterio pascual: se había considerado a
quienes derramaron su sangre por Cristo como enteramente semejantes a
él en el acto supremo de su testimonio ante el Padre en la cruz.
El culto a /
María es históricamente posterior al de los mártires.
Se desarrolló sobre todo a partir del concilio de Efeso (431) y particularmente
durante el período navideño con la conmemoración de
la divina maternidad tanto en Oriente como en Occidente (s. vi).
Después de
esta breve síntesis, se debe concluir que el año
litúrgico, históricamente, no se formó sobre
138
la base de un
plan concebido orgánicamente, sino que se desarrolló y fue
creciendo a partir de unos criterios de vida de la iglesia referida a la
riqueza interna del misterio de Cristo y a las múltiples situaciones
históricas con sus consiguientes
. exigencias
pastorales. La reflexión teológica en orden a captar el elemento
unificador de toda la celebración del año litúrgico
se hizo después sobre los desarrollos ya realizados.
III. El
fundamento bíblico-teológico
En orden a una
adecuada comprensión del año litúrgico, es imprescindible
contar con un buen fundamento bíblico-teológico. Sin esta previa
e indispensable reflexión se corre el riesgo de no encontrar el elemento
unificador de sus diversos aspectos y hasta de deformar la
interpretación de su contenido esencial, el misterio de Cristo, con
graves consecuencias en el plano espiritual y pastoral.
1. EL AÑO
LITÚRGICO ESTÁ FUNDADO EN LA /HISTORIA DE
elección
divina que se propone establecer una alianza, merced a la cual puedan llegar
los hombres a ser partícipes de la naturaleza divina (cf 2 Pe 1,4). San
Pablo 139
denomina a este
plan divino de salvación, que se realiza en la historia, con el
término /misterio1. El año litúrgico celebra el misterio
de Dios en Cristo; por lo que radica en aquella serie de acontecimientos
mediante los cuales entró Dios en la historia y en la vida del hombre3.
2. UNIDAD EN CRISTO
Y DIMENSIÓN ESCATOLÓGICA DE TODO EL PLAN DE Dios. El acto
fundamental y constitutivo de la historia de la salvación es la
predestinación de Cristo como principio y fin de toda la realidad creada
(cf Ef 1,4-5; Col 1,16-17). En este plan salvífico, Cristo es el centro
desde donde todo se irradia y a donde todo converge; él es la clave
de lectura de todo el designio divino, desde la creación hasta su
última manifestación gloriosa. La creación, desde su
principio, se ordena a él y progresará a través del
tiempo hasta su plenitud, el cuerpo de Cristo (cf Ef 4,13). El centro vital y
de irradiación de todo es el acontecimiento pascual, es decir, el
ágape, que culminará en el señorío pascual del
Resucitado (cf 1 Cor 15,20-28). El misterio de Cristo consiste, pues, en un
plan orgánico-progresivo, actualizado en el tiempo y que, desde la
creación y la caída de Adán hasta la promesa de la
redención y la vocación de Abrahán, desde la alianza en el
Sinaí hasta el anuncio de la nueva alianza, desde la encarnación
hasta la muerte-resurrección de Cristo, se halla en tensión de
realización
plena hasta el momento definitivo de la parusía final, cuando
"Dios será todo en todos" (1 Cor 15,28). Cada etapa del plan
salvífico no sólo prepara la siguiente, sino que la incluye
ya de alguna manera como en un germen que va desarrollándose: cada
momento de tal desarrollo, desde el comienzo, contiene la potencialidad del
todo.
Año
litúrgico
El misterio se
contempla, pues, en su profunda unidad y totalidad y en su dinámica dimensión
escatológica [/ Escatología]. La creación no es una
introducción, sino el primer acto de la historia de la salvación;
el AT no es una simple preparación histórica de la
encarnación del Verbo, sino que es ya la economía
salvífica, si bien todavía no definitiva, que hace a Cristo
cabeza (cf Jn 8,56; 1 Cor 10,4). En él y por él hablaba Dios a
Israel y lo constituía en pueblo suyo, anticipando el
acontecimiento que había de consumar la salvación.
En la humanidad
de Jesús se cumplieron, pues, los misterios de la salvación, que
es ya nuestra salvación (cf Rom 7,4; Ef 2,6).
Consiguientemente,
también el tiempo de la iglesia se considera ligado vitalmente al tiempo
de Cristo, a fin de que la salvación realizada en la carne de Cristo,
mediante la palabra y los sacramentos, llegue a ser salvación
comunicada a todos los hombres dispuestos, quienes, precisamente por
eso, llegan a formar el cuerpo de Cristo que es la iglesia.
La visión
del plan de Dios en la historia como salvación, que es toda, siempre y
solamente de Cristo ayer, hoy y por siempre (cf Heb 13,8), es fundamental y
esencial para captar el sentido, el valor, la estructura y la unidad interna
del año litúrgico.
3. Los MISTERIOS
DE CRISTO EN
Año
litúrgico
íntima y
profundamente relacionados entre sí —si bien con su propio
valor salvífico— y orientados hacia un cumplimiento: la pascua de
muerte-resurrección. Así, desde este centro —el
acontecimiento pascual— es como se contempla y se interpreta la
persona y la misión de Jesús. Esta es la perspectiva teológica
que se nos da en los evangelios y demás escritos del NT.
El año
litúrgico refleja no tanto la vida terrena de Jesús de Nazaret,
considerada desde un punto de vista histórico-cronológico
—si bien tampoco prescinde de la misma—, cuanto su misterio,
es decir, Cristo, en cuya carne se ha realizado plenamente el plan
salvífico (cfEf 2,14-18; Col 1,19-20).
4. DEL
ACONTECIMIENTO HISTÓRICO AL /MEMORIAL LITÚRGICO.
Después de haber contemplado la línea histórico-temporal
de los acontecimientos salvíficos, para comprender el año
litúrgico debemos contemplar la línea ritual o
litúrgica por la que la salvación realizada por Dios en la
historia se hace presente y eficaz para los hombres de todos los tiempos y de
todas las razas.
Ya en el AT se
perpetúa el acontecimiento salvífico en una fiesta y en un
rito memorial, mediante los cuales cada generación conmemora, hace
presente la salvación de Dios y anuncia proféticamente su cumplimiento
(cf Ex 12,14; Dt 5,2-3; Ex 13,14-15). Todas las fiestas de Israel son una
celebración memorial vinculada a los acontecimientos pascuales
del Éxodo (cf Lv 23,4-36; Dt 16,1-17; Núm 28,6).
Cristo dio
cumplimiento a los acontecimientos de la salvación del AT (cf Me 1,15;
He l,7ss) y, al mismo tiempo, también al significado de aquellas
fiestas memoriales de tales acontecimientos. En él se
140
cumple
es, entonces,
Cristo, el cordero pascual sacrificado y glorificado (cf 1 Cor 5,7-8).
El tiempo
litúrgico en la iglesia no es más que un momento del gran
año de la redención inaugurado por Cristo (cf Le 4,19-21); y
cada año litúrgico es un punto de la línea recta temporal
propia de la historia de la salvación. En la perspectiva del plan
orgánicoprogresivo de la salvación, la /celebración
litúrgica nos hace alcanzar el fin último de la actualización
de la economía salvífica, es decir, la interiorización del
misterio de Cristo (cf Col 1,27). El tiempo llega a ser como la materia de un
acto sacramental que transmite la
salvación.
El retorno de la celebración de los misterios de Cristo en el circulus
anni no debe sugerir la idea de un círculo cerrado o de una
repetición cíclica, según la visión pagana del mito
del eterno retorno. La historia de la salvación, actualizándose
para nosotros sobre todo en las acciones litúrgicas, en un
cumplirse en nosotros, un movimiento abierto y ascensional hacia la plenitud
del misterio de Cristo (cf Ef 4,13-15). La iglesia celebra cada año este
141
misterio desde
sus distintos aspectos, no para repetir, sino para crecer hasta la
manifestación gloriosa del Señor con todos los elegidos.
IV. Los motivos
de celebrar un año litúrgico
Hemos hablado de
la contestación del año litúrgico por parte de una
mentalidad secularizante de la fe [/ supra, I]. Nos vamos ahora a referir
también a una objeción que procede de la teología. Desde
el momento en que dentro de la eucaristía se encierra todo el bien
espiritual de la iglesia, el mismo Cristo, nuestra pascua (cf PO 5), y en
ella se actualizan y se concentran en grado sumo los aspectos del misterio
de Cristo y de toda la historia de la salvación, se preguntará uno
qué necesidad puede haber de la estructura de un año
litúrgico. Si la realidad salvífica es plena y total en cada
eucaristía, que puede celebrarse a diario, ¿para qué
toda una serie de fiestas distribuidas a lo largo de un año?
Las razones que
justifican un año litúrgico son de índole
pedagógica, pero también teológica. La iglesia, bajo la
influencia del Espíritu, ha ido explicitando los distintos aspectos
y momentos de un único misrio porque, en nuestra limitada capacidad
psicológica, no podemos captar ni penetrar con una sola mirada toda su
infinita riqueza. Poner de relieve litúrgicamente, primero uno y
después otro aspecto del único misterio, es decir, celebrar cada
uno de los misterios, es lo que se denomina liturgia o fiesta litúrgica4.
Pero hay, además, una segunda razón de carácter
rigurosamente teológico. La obra de la redención y de la perfecta
glorificación de Dios se ha cumplido especialmente
Año
litúrgico
(praecipue), pero
no exclusivamente, mediante el misterio pascual. Todos los actos de la
vida de Cristo y sus misterios son salvíficos, y cada uno de ellos tiene
una significación específica y un valor en el plan de Dios.
Tales misterios no tienen solamente una genérica significación
de paso hacia el acontecimiento final, sino que constituyen orientaciones
determinadas y determinantes de la vida de Jesús y manifiestan el
amor del Padre en Cristo5.
La liturgia, por
consiguiente, como actualización del misterio de Cristo no puede menos
de valorar cada hecho salvífico en orden a comunicar su gracia
particular a los fieles. Lo cual, sin embargo, tiene lugar —y no debe
olvidarse esto— sobre todo mediante la celebración
eucarística.
V. La reforma del
año litúrgico dispuesta por el Vat. II
La
constitución SC del Vat. II sobre la liturgia, al establecer la reforma
general de ésta, había dispuesto con respecto al año
litúrgico que éste "se revisase de manera que,
conservadas y restablecidas las costumbres e instituciones tradicionales
de los tiempos sagrados de acuerdo con las circunstancias de nuestra
época, se mantenga su índole primitiva para alimentar debidamente
la piedad de los fieles en la celebración de los misterios de la
redención cristiana, muy especialmente del misterio pascual [...].
Oriéntese el espíritu de los fieles, sobre todo, a las fiestas
del Señor, en las cuales se celebran los misterios de la
salvación durante el curso del año. Por tanto, el ciclo temporal
mantenga su debida superioridad sobre las fiestas de los santos,
Año
litúrgico
de modo que se
conmemore convenientemente el ciclo entero del misterio
salvífico" (SC 107-108).
Ya san pío
x y Juan xxni
habían
dado normas "para devolver
al domingo su
dignidad primitiva,
de modo que todos
lo considera
sen como la
fiesta principal, y al
mismo tiempo para
restablecer la
celebración
litúrgica de la cuares
ma". Y
Pío XII había "decretado
reavivar dentro
de la iglesia occi
dental, y en la
noche pascual, la
solemne vigilia,
durante la cual el
pueblo de Dios,
al celebrar los
sacramentos de
iniciación cristiana,
renueva su
alianza espiritual con
Cristo
Señor resucitado". Todo ello
na encontrado
ahora su corona
miento en las
Normas generales
para la
ordenación del año litúrgico y del nuevo calendario,
promulgadas por Pablo VI con el motu proprio Mysterii paschalis del 14 de
febrero de 1969, como aplicación de las normas fijadas por el Vat.
II'.
La reforma
está inspirada por un criterio teológico-pastoral de auténtica
tradición y de simplificación. Se ha promovido con ella una reestructuración
más lógica y más orgánica, clara y lineal, que
evitase los duplicados de fiestas y sobre todo que expresase la centralidad del
misterio de Cristo con su culminación en la pascua.
La reforma, pues,
ha establecido los siguientes principios fundamentales: 1) el domingo es
la fiesta primordial y, como tal, debe respetarse y proponerse a la piedad
de los fieles (cf SC 106); 2) el ciclo temporal, es decir, la
celebración de todo el misterio de Cristo con el misterio pascual como
centro ocupa el primer puesto7; 3) las fiestas de los santos para toda la
iglesia se reducen a las de santos importantes a escala universal (SC 111)*.
Es importante no
olvidar que en
142
el santoral [/
Santos] lo que se celebra es siempre el mismo misterio de Cristo, visto
ahora en sus frutos, realizados en sus miembros configurados ya con el
Señor muerto y resucitado, y sobre todo en María, "el
fruto más espléndido de la redención" (SC 103-104).
VI.
Espiritualidad del ano litúrgico
La liturgia, como
ha afirmado el Vat. II, "es la fuente primaria y necesaria en la que han
de beber los fieles el espíritu verdaderamente cristiano" (SC 14).
Con la celebración del año litúrgico la iglesia,
conmemorando los misterios de la redención, abre a los fieles la riqueza
de los actos salvíficos de su Señor, los hace presentes a todos
en todo tiempo, para que puedan los fieles contactar con ellos y llenarse de la
gracia de la salvación (cf SC 102). Todo tipo de espiritualidad
legítimo y aprobado por la iglesia
deberá
alimentarse y conformarse con esta fuente normativa [/ Espiritualidad
litúrgica].
Para entrar
vitalmente en el misterio de Cristo, tal como lo celebra el año
litúrgico, deberán rectificarse algunas perspectivas parciales y
unilaterales desde las que se le viene contemplando, sobre todo de las
denominadas /devociones, en las que prevalece el aspecto
anecdótico, sentimental y moralístico a expensas del aspecto
salvífico. Es, a su vez, preciso recuperar, a la luz de la mejor
teología bíblico-patrístico-litúrgica y de las
enseñanzas del Vat. II, la visión oikonómica y
escatológica del misterio de Cristo; recuperar la riqueza y la
centralidad del misterio pascual y contemplarse —mediante la
celebración litúrgica— actualmente envueltos e
inmersos en
143
dicho misterio.
Porque no existe una historia de la salvación ya pasada y cumplida de
cuyos frutos se disfruta hoy, sino una historia de la salvación que, por
la gracia interiorizante del Espíritu Santo debe realizarse en cada uno.
La espiritualidad
del año litúrgico exige, además, vivir la dimensión
cristocéntrico-trinitaria propia del culto cristiano según la
clásica fórmula del Padre, por Cristo, en el Espíritu
Santo, al Padre. Y exige finalmente, vivirse y alimentarse a través de
los ritos y las plegarias de la celebración misma y ante todo a
través de los textos bíblicos de la liturgia de
VII. Pastoral del
año litúrgico
La pastoral es
verdadera y auténtica cuando ayuda a los fieles a entrar en el
misterio y a mantener el máximo contacto con el Señor en la
asamblea de los bautizados, para convertir la vida entera en sacrificio
espiritual agradable a Dios. En efecto, el / memorial no es sino una
celebración sacramental centrada totalmente en el misterio pascual y
cuyo fin es insertar a los participantes en este gran hecho salvífico
al que se ordenan todos los demás hechos'. Se observa, sin embargo, con
frecuencia que los tiempos litúrgicos parecen más una
ocasión para aplicar iniciativas pastorales que verdaderas celebraciones
del misterio de Cristo, mediante las cuales se toma conciencia y vigor para
expresar a Cristo con la vida, y que "las fiestas (son) más una
circunstancia de asociación multitudinaria que la
congregación de un pueblo que manifiesta en ellas la fe en el
acontecimiento celebrado"1". La causa parece individualizarse en una
deficiente evangelización previa a la celebración
litúrgica. La litur
Año
litúrgico
gia es siempre el
acto de unos fieles que son conscientes de lo que celebran y nutren su fe
mediante la celebración misma (cf SC 9-14; 19; 48). Se llega al
año litúrgico, no se parte del año litúrgico por la
primera evangelización; es dentro del cauce vital del año
litúrgico como se educan los fieles para profundizar en su camino
de seguimiento de Cristo. La pastoral del año litúrgico,
valorizando por tanto los tiempos fuertes en su auténtico contenido
salvífico, deberá planificarse con suma atención a dos
exigencias: canalizar el año litúrgico hacia una
participación cada vez mayor en la pascua de Cristo por parte de los
fieles; vincular estrechamente la celebración de los sacramentos de la /
iniciación cristiana a los ritmos y a los tiempos del año
litúrgico y particularmente a la cuaresma y al tiempo pascual".
Siguiéndolo pastoralmente con estos criterios, el año
litúrgico viene a convertirse en la vía maestra para el anuncio y
la actualización del misterio de Cristo, no según esquemas
subjetivos, sino según el plan sacramental de la iglesia.
[/ Adviento; /
Navidad/Epifanía; / Cuaresma; / Triduo pascual; / Pentecostés; /
Tiempo ordinario; / Tiempo y liturgia].
NOTAS. ' A.M.
Triacca, Cristo e il lempo. La redenzione come storia en VV.AA., Cristo ieri
oggi e sempre. L 'anno litúrgico e la sua spiritualita, Fxumenica, Bari
1979, 23-24 — 2 Cf R. Penna, //'Mysterion'paolino, Paideia, Brescia 1978
' Cf A.M. Triacca, l.c. — ' Cf
C. Vagaggini, El
sentido teológico de la liturgia. BAC 1965, 177ss -5 Cf L. Sartori, //
mistero pasquale e il mistero totale di Cristo, en Studia patavina, 1966/2, 280
— ' Texto del Motu propio, del que se ha tomado la cita anterior, y de
7 Normas
universales sobre el año litúrgico y sobre el calendario. 17-IX *
Ib. 8-9 — * Cf
Arquitectura
Tillard, Le memorial dans la vie de
leglíse. en MD 106 (1971) 25-26 — '° Cf L. Della Torre, L
azione pasiorale alie prese con Vanno litúrgico, en RPL 1979/5, 54
— " Cf
Cé, La pasiorale dell'iniziazione
cristiana, en // Regno-doc, 1973/13, 327-333.
A. Bergamini
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144
las experiencias
recientes - VIII. Orientaciones para la praxis: 1. Unidad en la diversidad; 2.
El El respeto tópico; 3. La acogida; 4. La "domus ecclesiae";
5. El espacio arquitectónico para la asamblea litúrgica: a) El
centro ministerial para la eucaristía, b) El centro para la
iniciación cristiana, c) El centro para la reconciliación, d) El
lugar de la presencia eucarística; 6. El signo del testimonio.
I. Significado de
una proximidad temática
La
legitimación de la proximidad temática entre arquitectura y liturgia,
más que resultado de una lectura analítica de cada obra,
nace de una clara unitariedad en el conjunto del producto
arquitectónico1: se debe superar, efectivamente, toda
simplificación con tendencia a colocar el modelo
arquitectónico en un marco de mecánica dependencia de los
cánones explícitos de la liturgia. La verdad, más bien, es
que en el proceso formativo de la obra arquitectónica las
manifestaciones concretas de la liturgia y, más en general, de
la eclesiología, terminan
midiéndose
naturalmente con las variables de la verdadera y propia búsqueda
arquitectónica; con lo que se consigue finalmente una fábrica
que, presentándose como síntesis de múltiples aspectos
(técnicos, artísticos, ideológicos y funcionales),
adquiere con toda evidencia su autonomía.
II.
Problemática actual
La tarea actual
en el campo de la arquitectura sagrada nace y se incrementa bajo el impulso de
complejos y múltiples factores, más evidentes dentro de la
iglesia merced a la evolución a que dieran lugar las orientaciones
concretas del Vat. II. Tal impulso a la renovación o, más
concretamente, a la refundación de la arquitectura reli
145
giosa se expresa
a través de dos cauces principales e interdependientes; uno interno
a la iglesia, el otro externo.
FACTORES EXTERNOS. Entre los principales
factores externos figura el acelerado crecimiento de la concentración
urbana: ésta exigió la predisposición y
aplicación de instrumentos de programación y de control del
desarrollo que, como expresión de un mundo secularizado,
están evidentemente condicionados por influencias teóricas y
por comportamientos colectivos con sus claras valencias de orden cultural,
social y económico. Los fenómenos de incomunicabilidad, de
soledad, de violencia, de droga, de alcoholismo, cada vez más en
auge dentro de nuestras ciudades, se han agravado indudablemente con la
elección-uso de estructuras preferentemente ideadas y realizadas
por una humanidad considerada como objeto de atenciones productivistas y
utilitarias, mas no como sujeto de historia provisto de instrumentos con los
que perseguir unos fines según su propia y exclusiva medida.
FACTORES INTERNOS. Durante demasiado
tiempo, y salvo raras excepciones, la iglesia no participó en el proceso
de formación de la ciudad. Mas, superando gradualmente tal
alejamiento de la historia, observamos cómo, bajo el magisterio
eclesiástico, la actitud suspicaz
o
explícitamente condenatoria del arte contemporáneo durante casi
un siglo y medio se ha venido transformando, en conformidad con la
tradición, en una búsqueda de colaboración y de
diálogo.
El desconcierto y
las consiguientes dificultades que despertara el vuelco que dio la iglesia
a mediados de este siglo [/infra, III, 5] constituían la obligada
herencia de rela
Arquitectura
ciones
jerárquicas que se habían querido imponer en el ámbito del
hecho histórico: de ahí el desequilibrado juicio sobre el
arte moderno y sobre los artistas, atados estos últimos sin cesar a la
observancia de normas ajenas a la experiencia artística, más que
introducidos en la "cámara secreta donde los misterios de Dios
hacen saltar de gozo y de embriaguez"2 para permitirles expresar la
infinita belleza del Creador.
Con esta actitud
viene, además, a coincidir un desinterés hacia el edificio
sagrado por parte del arquitecto, más seducido por nuevas
técnicas, por nuevas atractivas funciones, por el descubrimiento del
espacio activo, que por el congelado historicismo y romanticismo de
la iglesia del s. xix y parte del xx. El edificio sagrado que, desde
Constantino en adelante, había significado para el mundo cristiano la
obra con que se expresaran los más elevados productos del genio
humano, no constituye ya el principal polo de referencia de una
instalación humana, ni como centro de real atención de una
comunidad creyente, ni como centro ideal de las ciudades utópicas
renacentistas. La confrontación y el diálogo con la ciudad se
realiza ahora entre la aceptación" incondicional de un mundo
que se desarrolla al margen de la iglesia, y hasta frecuentemente contra
ella, y la tentativa de volver a apropiarse de una supremacía que por lo
demás era ya evidente en las dimensiones, en la fuerza expresiva y en el
valor artístico de los anteriores edificios históricos.
Finalmente, a
algunos les parecen sospechosas las mejores proposiciones
arquitectónicas posconciliares, simplistamente acusadas de
tecnicismo, de sociologismo, de adhesión a una dimensión comple
Arquitectura
lamente terrena y
que nada tendría
de sacral. La
dificultad principal
con que ha tenido
que enfrentarse
el clero, y no
sólo él, consiste en no
encontrar en los
edificios religiosos
contemporáneos
aquella unicidad
de imagen que, a
pesar de los di
ferentes estilos,
había caracterizado
a la
iglesia-edificio desde el s. iv
en adelante. La
crisis de la cons
trucción
sagrada, si así la podemos
denominar, se
vería claramente en
el trabajo de
toda la comunidad
eclesial, en
busca del modo auténti
co de ser hoy
iglesia en el mundo.
III.
Consideraciones históricas
EL PERIODO POSAPOSTÓLICO. Durante
casi trescientos años no se formula ninguna definición
tipológico-espacial del edificio iglesia; pero se utilizan
múltiples estructuras públicas, nacidas con fines diferentes
de los cultuales y acomodadas a las nuevas exigencias. La falta de un
modelo y de un signo unívoco, aun dependiendo también de la
necesidad de rehuir una fácil individuación con motivo de las
constantes persecuciones, revela una fuerza tan profunda del nuevo
término cristiano, que éste construye ahora la nueva modalidad
más sobre motivaciones que sobre un vistoso signo exterior como, por el
contrario, tendrá lugar después de Constantino.
DEL S. iv AL MEDIEVO. La alianza de la
iglesia con el poder secular y el creciente proselitismo plantean problemas
cuantitativos y cualitativos, para cuya solución se pasó de la
domus ecclesiae a la experimentación de salas tomadas de la
basílica forense o de los ambientes representativos del palacio
imperial. La inicial indiferencia frente a la fijeza del lugar y sus
146
signos
simbólicos se transforma,
por parte de la
autoridad eclesiásti
ca, en una
exaltada aspiración a
erigir edificios
como testimonio de
la presencia de
Cristo en la tierra,
como
señales de una pedagogía
religiosa
orientada a conquistar los
nuevos pueblos
cuu los que la
cristiandad entra
en contacto des
pués de la
caída del imperio ro
mano.
Basado en
concretas fórmulas constructivo-espaciales y rápidamente
propagado por todo el mundo cristiano, el modelo de la basílica
paleocristiana se revela, por univocidad, enormemente productivo en
términos de historia de la arquitectura. Las posibilidades de entender
esta última como un gran instrumento pedagógico de servicio al
pueblo para favorecer la adhesión a la fe comienzan a ser el
fundamento más o menos explícito de toda la producción de
la arquitectura religiosa posconstantiniana.
3. DEL MEDIEVO AL
RENACIMIENTO. Con su hegemonía en la producción
arquitectónica y con su carga de símbolos generalmente
reconocibles, el modelo arquitectónico longitudinal-procesional
constituye una garantía para la transmisión de una
espiritualidad que sólo en casos excepcionales es expresión de la
liturgia comunitaria.
La
participación en la liturgia romana permanece viva todavía hasta
el comienzo de la edad media; pero ya a partir del s. vil se multiplican
las oraciones privadas, se reduce la comunión sacramental, aumentan las
prácticas de piedad ascético-morales con las nacientes devociones
a
Los fieles, en
vez de unirse al acto sacrificial, reclaman la visión de la hostia
consagrada, en la que 147
se ha realizado
el misterio de la transubstanciación. En la época de las obras
monumentales, señaladas frecuentemente como manifestaciones del
genio cristiano, tal vez llenas de espiritualidad, pero distanciadas de
las primitivas motivaciones litúrgicas. La participación
activa en la liturgia sólo se conserva dentro de los monasterios, que,
dado el superior nivel cultural de sus miembros y por haber hecho coincidir en
sí mismos la ciudad del hombre y la ciudad de Dios, siguen expresando
aún el carácter unitario y comunitario de la celebración.
El dilema,
ampliamente propagado en la iglesia occidental, entre teología de
la cruz y teología de la gloria lo resuelve la jerarquía eclesiástica
del período humanista, que presenta la arquitectura como servicio a
la predicación y a la presencia gloriosa de la iglesia. Nicolás
V, Julio II, León X y todos los papas del triunfalismo renacentista
subrayan su preferencia por los edificios grandiosos, por los
"monumentos imperecederos, testimonios poco menos que eternos y casi
divinos" (Nicolás V, 1447-1455).
El modelo
basilical se sustituye, al menos hasta el primer cuarto del
s. xv, por el
modelo de planta central, de simetrías múltiples, elaborado
por la técnica arquitectónica del s. xiv como concreta interpretación
de las leyes armónicas que rigen el universo. Es el más elevado
producto del hombre, digno de representar a Dios; término final de
aquel proceso de acentuada simbolización, que había comenzado
en el período constantiniano y que respondía a la estética
figurativa ampliamente propagada en el mundo cristiano. Para los teorizantes
de la ciudad utópica del renacimiento, el edificio religioso, dadas
sus internas características, llega a tomarse como fundamental organi
Arquitectura
zador de la
ciudad y a adquirir una situación dominante con respecto a la estructura
circundante, implicando en estos modelos de organización
urbana la jerarquización de valores postulada por la autoridad
religiosa.
4. DEL CONCILIO
DE TRENTO AL BARROCO. Superada la crisis de la reforma protestante, afronta la
iglesia un nuevo problema: la instauración de su necesaria
presencia allí donde poder recobrar la adhesión del pueblo a
la religión católica mediante la predicación, cosa
que se logrará sobre todo gracias a la utilización de la
retórica y de la emotividad introducidas en todos los medios
pedagógicos aplicados, entre los que ocuparía el primer lugar la
arquitectura. Así es como la arquitectura barroca renuncia al estudio de
las estructuras céntricas, de carácter
matemático-proporcional, comprometiéndose en cambio al
desarrollo de nuevos modelos a través de complicadas geometrías
agregativas, utilizadas no por los significados cosmológicos en ellas
implicados, sino prevalentemente por la voluntad de obtener efectos
emocionales. En todo caso
—
piénsese en Borromini— se llega también a un alto
testimonio de la conflictividad existente en el artista y en el mundo
contemporáneo; como norma, sin embargo, se mueve en la
búsqueda de efectos deseados, aunque no por ello necesariamente
sentidos.
5. D E
Arquitectura
inarxista,
ateísmo, materialismo.
La
participación en la celebración
litúrgica,
reducida a una obligatoria
presencia pasiva,
llega en gran
parte a
traspasarse al ejercicio de
prácticas
lato sensu religiosas, que
parcializan el
misterio de la salva
ción, a
pesar del testimonio contra
rio de grandes
santos.
Dentro de tales
dificultades va,
sin embargo,
madurando un nuevo
interés
por la liturgia, y a finales del
s. xix asistimos
a un florecimiento de estudios teológicos. Por otro lado, las
iniciativas y las medidas restrictivas de la jerarquía tratan de
defender y hasta de reforzar las murallas del ghetto católico con miras
a una reconquista cristiana de la sociedad moderna; pretenden guiar y limitar
la investigación artística, prefiriendo en el campo
arquitectónico, explícita o indirectamente, el
período gótico y el barroco.
La
apelación, recogida por el código de derecho canónico
(1917), a la tradición cristiana y eclesiástica, al
ecclesiae sensus, refiriendo ahora tales términos a la tradición
del arte sacro europeo, lleva, a comienzos del siglo, a la construcción
de iglesias barrocas en California y de edificios góticos en Tokyo.
Tal constante tendencia, aunque con diversos acentos, abre un foso entre la
cultura arquitectónica, expresión de un mundo en gran parte rechazado,
y la iglesia, cada vez más preocupada por su denuncia de errores y
desviaciones \
El resultado de
tal tendencia puede comprobarse por las desafortunadas y desfasadas
realizaciones de arquitectura religiosa de la época, que, salvo raras
excepciones, modernizando solamente la tecnología de implantaciones
formales anteriores acríticamente asumidas, provocan el
desinterés de los realizadores más cualificados.
148
Finalmente, con
el avance del movimiento litúrgico y la publicación de la
encíclica Mediator Dei (20 de noviembre de 1947), Pío XII llega a
afirmar que "no deben repudiarse generalmente, en virtud de una toma de
partido, las formas y las imágenes de hoy, pero sí es
absolutamente necesario dejar campo libre al arte moderno, cuando sirva
con la debida reverencia y el honor debido a los edificios sacros y a los ritos
sagrados". En lugar del ascetismo y de las temibles censuras que
todavía persistían, Juan XXIII abre la iglesia a la esperanza, demuestra
aceptar el diálogo y la mentalidad experimental del mundo moderno.
Llegamos nuevamente —como final de un ciclo, podemos decir— a
hablar de domus ecclesiae en un sentido análogo al utilizado
en los primeros
siglos: "Introducid en las iglesias —dice, en efecto, Juan XXIII a
los arquitectos franceses— la sencillez, la serenidad y el calor de
vuestras casas".
IV. Principios
bíblico-Iitúrgicos de una arquitectura sacra
La
constitución sobre la sagrada liturgia del Vat. II (SC 122-129), es la
relación fundamental sobre una arquitectura que aspire a encarnar en sus
formas el carácter comunitario de las celebraciones: se
explícita allí por parte de la iglesia su voluntad de
aceptar la colaboración del arte contemporáneo, concretando entre
otras cosas, para los nuevos edificios sagrados, dos objetivos principales: la
funcionalidad en orden a la celebración litúrgica y la
participación
activa de los fieles en la misma liturgia. Este último objetivo,
por no estar configurado por simbolismos exteriores, es de fácil
aceptación por parte del arquitecto, 149
mientras que la
funcionalidad con miras a una acción, como signo que es de la nueva
alianza entre Dios y los hombres, exige conocer la verdadera esencia, el
significado teológico de las acciones litúrgicas, del culto
divino y, sobre todo, de la celebración eucarística, de los sacramentos
de iniciación y de la liturgia de las Horas (SC 5-20)'.
Ahora bien,
según la óptica del NT, el templo es Cristo, el Cristo total
(caput et membra): Cristo y la iglesia conjuntamente, es decir, el pueblo redimido
que se congrega para celebrar su memorial en las acciones sacramentales, en la
proclamación del evangelio, en la oración comunitaria.
De este
fundamental proceso de espiritualización es de donde deriva que el
edificio del culto cristiano no sea ya, como sucedía en los templos
paganos e incluso en el templo de Jerusalén, la morada de la divinidad:
es más bien el lugar donde se congrega la comunidad de los fieles para
celebrar los misterios de Cristo y hacer presente entre los fieles al
mismo Cristo. Mas el lugar que congrega a la comunidad para celebrar con Cristo
y en Cristo el misterio de la salvación se convierte igualmente en
lugar sagrado por la permanente presencia de Cristo en el sacramento de su
cuerpo (cf instr. Eucharisticum Mysterium, 1967, 49)'.
Todo simbolismo
exterior al significado de esta doble presencia de Cristo habrá de
considerarse como elemento de segundo orden.
V. Funcionalidad
litúrgica
1. EN LOS
EDIFICIOS HISTÓRICOS. ES necesario antes advertir que las
tipologías históricas, con su carga de significados y de experiencias
estratificadas, son aceptables
Arquitectura
por lo que tienen
de expresión de una andadura de fe y una cultura que se aplicaron
según modalidades propias, sí bien reavivándolas hoy a la
luz de las aportaciones litúrgicas conciliares; en efecto, y con frecuencia,
el uso de tales tipologías, unidas a las características
artísticas e históricas del monumento —no sólo
ineliminables, sino dignas también de conservarse celosamente—,
puede aparecer como impedimento frente a la celebración de una
liturgia renovada.
Los
límites objetivos que, caso por caso, señalan las valoraciones
histérico-artísticas no siempre permitirán alcanzar
óptimas soluciones. Ello no justifica la exigencia culturalmente
inaceptable de intervenciones destructoras; baste considerar que una
comunidad bien estructurada y fuerte en su fe no halla dificultad alguna en
celebrar la liturgia incluso en un prado, y menos aún la
encontrará en celebrarla en un edificio cuya evocación
del pasado pueda favorecer el sentido de la comunión eclesial. Frente a
obstáculos objetivos a unas intervenciones, la competente autoridad
eclesiástica podrá circunstancialmente urgir adaptaciones
pastorales adecuadas a la acción litúrgica local. Por lo
demás, las directrices de la constitución conciliar sobre la
sagrada liturgia no constituyen ninguna serie de normas fijas que, de no
aplicarse, harían ineficaces las acciones litúrgicas, aunque
sí expresan una necesidad de clarificación y de comprensión
que permita una plena participación en la acción litúrgica
como fuente de vida del cristiano en la iglesia.
2. EN LOS NUEVOS
EDIFICIOS. La atención del lector se centrará ahora en la
relación que se establece entre espacio arquitectónico y
Arquitectura
acción
litúrgica. Precisemos inmediatamente cómo la primera aportación
concreta de la arquitectura puede y debe ser el eliminar el mayor número
de obstáculos técnicos y de formas que dificulten un
armónico desarrollo de los ritos, desde las celebraciones
litúrgicas y paralitúrgicas hasta las formas de piedad privada y
comunitaria. Consiguientemente, la adecuación tipológica
de la arquitectura religiosa es posible en la medida en que se analicen los
significados y las exigencias de la acción litúrgica, en
estrecha relación con la comunidad jerárquicamente ordenada que
celebra. La conciencia del significado (y, por tanto, no sólo de
las exigencias funcionales) es necesaria para explicitar y reconocer los
valores relaciónales que se establecen cada vez que una presencia
material, por su inamovilidad, constituye un signo perceptible. Por lo mismo,
la funcionalidad litúrgica, entendida como conjunto de relaciones significativas
entre los elementos materiales humanos y divinos que forman el
edificio-iglesia, dimana de la eclesiología como doctrina teológica
sobre la iglesia. Si la relación de comunicación constituye una
señal significante, esta última no es a su vez sino el resultado
de una compleja intuición de carácter arquitectónico-artistico,
cuyo éxito solamente puede comprobarse en la elaboración de
cada obra según las específicas cualidades que la caracterizan.
Sería,
pues, nuevamente limitante pretender enmarañar con normas concretas
o con modelos uniformes las orientaciones nacidas del análisis de
los significados y exigencias de la acción litúrgica, ya que la
instrumentación formal que utiliza el realizador arquitectónico
posee sus peculiares características. Es fácil demostrar, por
ejemplo, cómo 150
la presencia
eucarística (el sagrario) situada fuera del altar mayor puede
circunstancialmente relacionarse, en términos de significado, con un
objeto secundario al no coincidir con el centro ideal del presbiterio; pero, a
la inversa, el sagrario, aun situado fuera del altar —si bien en una singular
condición espacial entendida como un conjunto homogéneo de
formas y de luces—, puede también constituir, si tal es el fin, el
centro principal de referencia cuando no hay celebración.
La casi ilimitada
potencialidad concedida al artífice formal para asignar valores y
significados a las distintas partes por medio de relaciones espaciales
específicas —en el uso de materiales, en la forma, en la
dimensión y en la iluminación— tan sólo exige
del comitente la individuación del contenido, que no, ciertamente,
la prefiguración de soluciones arquitectónicas.
VI. El signo en
la ciudad
En el
indiferenciado y caótico tejido del actual contexto urbano sería
fundamental hallar un lugar más reconocible donde pudiera el
espíritu humano encontrarse con Cristo en la liturgia. Tal lugar habrá
de ser un espacio urbano destinado al encuentro con el Señor y en
el que se agrupen los seres humanos en torno a la única mesa y la
única palabra; habrá de ser sobre todo reconocible como lugar
santo; no sólo por el hecho de celebrarse en él el santo
sacrificio, sino también en virtud de la santidad de quienes
allí se congregan. Deberá ser un espacio acogedor y accesible,
donde pueda el hombre encontrarse consigo mismo y encontrar al Otro en una
dimensión de diálogo, de amistad y de oración 151
y que estimule,
por otra parte, la realización de la solidaridad humana.
El programa,
simplemente perfilado y grávido de esperanza, no apunta
inmediatamente a una tipología arquitectónica predeterminada;
sus características implicaciones son: a) la acogida, entendida
—en lenguaje arquitectónico urbanístico— como
comodidad y facilidad de acceso, predisposición de ambientes aptos
para el encuentro, no referidos, por consiguiente, a elaboradas
simbologías; b) la integración arquitectónica y
urbanística, como correlación con los espacios y las realidades
urbanas circundantes. Una realización de este tipo debe contar con las
condiciones de la vida local, así como con la forma, dimensión y
características de las instalaciones humanas de su alrededor. La
preeminencia dimensional y su monumentalidad predeterminadas no
serían justificables si no se las confronta con la exigencia de
individuación de un espacio social apropiado para la función
señalada; c) la apertura, como posibilidad integradora del momento
cultual con el misionero: por consiguiente, flexibilidad, adaptación a
la realidad local dentro de su devenir, siguiendo programas concretos en
relación con la vida de la comunidad. Más que de una sala,
debe hablarse de una domus ecclesiae donde el espacio para la asamblea
litúrgica es el corazón de un organismo vivo [/ infra, VIII,
4]; d) la reconocibilidad, como presencia permanente y real de Cristo en la
eucaristía, dentro de la ciudad, como señal, incluso,
arquitectónica de reconocibilidad de un lugar donde Cristo, único
sacerdote, provoca una respuesta aun por parte de cuantos no tienen conciencia
de vivir una dimensión de fe.
Arquitectura
VII. La
relación comitente-arquitecto artista
Se hace necesaria
una consiguiente especificación. Entre las dos posturas extremas:
dejar al técnico/artista toda decisión o predeterminar
por parte de las comisiones eclesiásticas competentes los modelos
unívocos, se ve la conveniencia de reconsiderar juntos, comunidad local
y artistas —como momento de madurez de la comunidad y de
concienciación del artista—, la doctrina teológica
sobre la iglesia; con lo que se consigue la individuación no de
espacios ni de formas, sino de contenidos, de significados de las presencias y
de las específicas exigencias locales que puedan constituir la base
del programa edilicio a cuya realización concurren de igual manera la
intuición, la creatividad, la sensibilidad del artista
—correlativas a los vínculos internos y externos del programa
mismo— dentro de un proceso unitario formativo de la obra. La comunidad
local, las comisiones diocesanas y la central sobre el arte sacro
podrán después comprobar, dentro de esa correcta relación,
la pertinencia y la calidad de la respuesta artística.
Las experiencias
recientes. Para comprobar las consideraciones que nos hemos venido haciendo
hasta aquí, resultaría casi imposible remitir a obras
arquitectónicas ubicadas en distintas ciudades. Tales obras, por lo
demás, se prestarían a ser interpretadas a través de las
simplificaciones convencionales de sus plantas, de su secciones, de sus
fachadas; ahora bien, sólo un experto o perito puede apreciar en
tales representaciones el valor del espacio arquitectónico resultante y
de su significado; por otra parte, en casi todas las publicaciones se
Arquitectura
representa el
edificio-iglesia sin
contar con el
ámbito edificado
circundante ni
con las relaciones
espaciales y el
significado que con
su presencia
viene a tener la obra
en una concreta
instalación huma
na; si,
finalmente y por otra parte,
se llega a dar
imágenes del espacio
interior,
éste aparece siempre inex
plicablemente
vacío. Es, pues, más
útil
consultar los resultados de los
concursos en que
los artistas como
grupo y con la
colaboración de
teólogos y
liturgistas han tratado de
dar una respuesta
personal, pero
sobre todo
eclesiológica6.
El descubrimiento
más importante de las propuestas arquitectónicas que durante
estos últimos años han venido madurando es la enorme
diferenciación espacial y formal de cada realización, con el
consiguiente desconcierto de quien, buscando soluciones
unívocas y loables, está llamado a juzgar o, incluso, a
intervenir en la programación y realización de un conjunto religioso.
Ante el intento
de superar al menos en parte las dificultades, puede resultar
útil deducir de todo lo anteriormente expuesto una serie de indicaciones
que puedan servir de orientación, ya en la interpretación
crítica de las recientes realizaciones, ya en la
programación de las nuevas domus ecclesiae. Cada interesado podrá
así adquirir y comprobar, en situaciones concretas, todas aquellas
referencias de orden particular y local, necesarias para comprender el
significado de la obra.
VIII.
Orientaciones para la praxis
El problema de
una interpretación crítica y bien orientada de las obras de
arquitectura religiosa, rea
152
lizadas o sin
realizar, se nos plantea desda la exigencia misma de encontrar posturas
comunes que, dentro de situaciones diversas, puedan llevar a reconstruir no ya
una imagen formal única, sino una modalidad de la unidad de la iglesia
visible.
1. UNIDAD EN
Las indicaciones
recogidas en los cinco puntos siguientes no configuran ningún
modelo arquitectónico concreto, sino más bien las modalidades
determinadas, y frecuentemente olvidadas, que constituyen unos puntos de
referencia en orden a la definición del programa edilicio,
elaborado conjuntamente por el arquitecto y por la comunidad local, así
como un instrumento de comprobación de las proposiciones del realizador
arquitectónico. Se podría decir, en definitiva, que una
iglesia-edificio que, en la diversidad de situaciones, no tenga en cuenta las
cinco siguientes invariables, por hermosa que sea, no es "hoy" una
iglesia. Ese más, que tal vez todos quisieran, lo proporcionará
la modalidad con que la comunidad cristiana se identifique con la iglesia
de Cristo.
153
EL RESPETO TÓPICO (1.a invariable).
Cada ambiente, cada lugar tiene sus específicas propiedades, que exigen
una respuesta adecuada. Situaciones urbanas, morfológicas,
ambientales, materiales, métodos constructivos locales: todo ello
debe ser valorado y asumido amorosamente como material para la construcción
localizada del edificioiglesia. No hay aquí justificaciones
religiosas, de prestigio, de solemnidad, que avalen contrarias posturas.
Esta fundamental orientación no excluye el nacimiento de nuevas
catedrales; lo que sí excluye con toda claridad son las catedrales en el
desierto.
Arquitectura
no, antes y
después del encuentro con Cristo en la liturgia, distingue a la
comunidad cristiana de un selfservice que no otorga ningún valor a
las relaciones interpersonales entre sus clientes. Más todavía:
la apelación al uso de los medios técnicos, que tantas veces se
invoca en las instrucciones para la exacta aplicación de la
constitución vaticana sobre la liturgia, debe llevar a una
más atenta consideración de los aspectos ligados a la acogida: la
ventilación, la iluminación adecuada, las condiciones
acústicas y de recogimiento; factores frecuentemente olvidados en
edificios que no parecen en absoluto construidos para una asamblea de personas
humanas.
LA "DOMUS ECCLESIAE" (3.a
invariable). La domus ecclesiae indicaba un conjunto de locales diversos para
los servicios de la comunidad, que comprendían, en el corazón
mismo de la domus, la sala para la celebración de la liturgia. Si se
adopta nuevamente esta expresión, no es por una manía arqueologizante
o de retorno a los orígenes, sino por descubrir explícitos
en ella, dentro de su dinámica de organización, los tres grandes
aspectos de la iglesia: el profético, el litúrgico y el
caritativo. Evidentemente, ha de ser la pastoral la que indique, con
participación de la comunidad, la exigencia, la dimensión,
la utilidad y el radio de influencia de tales estructuras. El
edificio-iglesia, por consiguiente, está pensado como una pequeña
ciudad dentro de la ciudad, como una realización de
EL ESPACIO ARQUITECTÓNICO PARA
Arquitectura
de personas, no
es ante todo una estructura, sino fundamentalmente comunión, comunidad.
Hacer posible la participación significa, en primer lugar, eliminar
los obstáculos que pudieran impedir la libre acción de la
comunidad: ésta debe poderse ver, sentir, cantar juntos. La liturgia es
acción que debe hacerse posible. La distinción o diferencia
ministerial impone aquí la necesidad de distinguir el área
presbiterial y la del aula, que no es, sin embargo, una separación: la
presidencia de la
asamblea lo es para nosotros y con nosotros. Dentro del aula tienen su
lugar específico los centros ministeriales para la
eucaristía, para la iniciación cristiana, para la
reconciliación y el lugar de la presencia eucarística. La
copresencia de todos ellos, por otra parte significativa, impone una
articulación que, según los diversos momentos de la
celebración, llegue a establecer el centro de referencia como polo
privilegiado. La luz, la forma, el espacio arquitectónico; todo debe dar
una respuesta adecuada.
a) El centro
ministerial para la eucaristía. En el área presbiterial
están colocados el altar, el ambón y la sede presidencial. La
centralidad del altar no es un marco geométrico, sino una
característica del espacio. El ambón es el lugar de la
proclamación de la palabra, es la mesa de la palabra: Cristo es el
único sacerdote. El recorrido procesional que conduce hasta el
área presbiterial debe pasar por en medio de la comunidad
congregada: la vestición, la preparación del celebrante es
ya un comienzo de la celebración (sacristía).
b) El centro para
la iniciación cristiana. Lo forma la pila bautismal; ahí se
guardan también el crisma y los santos óleos para la
154
administración
del sacramento de la confirmación. Es un lugar donde, al recibir el
bautismo, se pide ser acogidos en el seno de la iglesia, ser hermanos en
Cristo, hijos del Padre, signo pascual. Es un lugar vivo, de gozo; es un
lugar de acogida que lleva a la eucaristía. Es la ecclesia que
acoge; en modo alguno un lugar privado, sino el lugar propio de una
celebración comunitaria.
c) El centro para
la reconciliación. Es el lugar donde personalmente respondemos
a la invitación de "dejarnos reconciliar" con el Padre, para
ser readmitidos a la comunión con los hermanos. Es una respuesta que
damos personalmente, pero sin dejar de ser la comunidad la que acoge de
nuevo: el lugar, por consiguiente, no puede pensarse independiente del aula
comunitaria.
d) El lugar de la
presencia eucarística. No es el lugar de la celebración.
El misterio eucarístico hace sacramentalmente presente a Cristo: se
le rinde a este misterio acción de gracias y culto. La presencia
eucarística es el principal signo real que llena nuestras iglesias
cuando no hay celebraciones, lo que distingue un lugar sagrado de otro
ordenado a una comunidad humana. Cristo se ofrece a todos y por todos
bajo las sagradas especies: tal ofrenda se presenta como peculiaridad
permanente del edificio, signo real que puede distinguir incluso
exteriormente el
edificio-iglesia.
6. EL SIGNO DEL
TESTIMONIO
(5.a invariable).
El edificio-iglesia, aun sin la presencia física de los fieles,
está lleno del Espíritu de Cristo, el Espíritu que
guía y ayuda a testimoniar la esperanza y el gozo anunciados al mundo.
El edificioiglesia es un continuo interrogante 155
para quien
recorre las calles de un barrio, es una invitación a la participación,
es el lugar donde la comunidad aprende, a la luz de la palabra de
Dios, a vivir la comunión y a rechazar las rivalidades, la indiferencia
y el individualismo de la sociedad. Es un signo pedagógico, un
instrumento de conocimiento del mensaje. En
[/ Arte; /
Dedicación de iglesias y de altares; / Lugares de celebración].
NOTAS: ' La
lectura-interpretación de obras específicas de arquitectura
requiere el análisis de un conjunto de factores: urbanísticos,
técnicos, procesales, económicos, sociales, figurativos e
históricos —entendidos estos últimos como síntesis
de la investigación personal del artista con las corrientes
artísticas del período—, que limitan las conclusiones al
juicio de valor de la obra particular en su contexto— Guitton, Dialoghi
con Pao
2J.lo VI,
Mondadori, Verona 1967 — 'Es fácil encontrar en esta actitud el eco
de antiguas e ininterrumpidas polémicas del catolicismo en
relación a la civilización industrial, la cultura y la sociedad
contemporánea (cf J. Comblin, Teología della cittá,
Cittadella, Asís 1971, y, más genéricamente, M.D. Chenu,
Pour une théologie du travail. Seuil, París 1955) — 4 Cf
los comentarios en VV.AA., Anamnesis I y II, Marietti, Turín 1974 y 1978
— 5 En LTK VI (1961) 199, se define así la finalidad de la
construcción de las iglesias: "Crear el lugar adecuado para la
celebración eucarística comunitaria de la comunidad, la
administración de los sacramentos, la homilía, así
como para actos de oración no estrictamente litúrgicos"
— respecto véanse el concurso de
fi AlAscoli
Piceno (Fede e Arte, abril-junio 1965) y los concursos para nuevas iglesias de
Roma, Turín y Ñapóles (Pontificia Opera per la
preservazione della fede e la provvista di
Arquitectura
nuove chiese in
Roma, Chiese nuove in Roma, 1968; Fede e Arte, octubre-diciembre 1965;
octubre-diciembre 1966; enero-marzo 1967; abril-junio 1967). Las realizaciones
que, según un primer examen, más se parecen a las domus
ecclesiae, que prefiguramos / infra, VIH, han sido realizadas en Alemania y
Suiza y están suficientemente documentadas en Kirchenbau in der
Diskussion de 1975, precedido diez años antes por el único libro
que en el mismo título demuestra afrontar el tema: Architeltura e
liturgia per il luogo dell'assembtea cristiana, en VV.AA., Cjese de Diu, cjese
nuestra, Udine 1979.
E. Abruzzini
BIBLIOGRAFÍA:
Busquets P., Examen de ¡a problemática actual de las
construcciones eclesiales, en "Phase" 68 (1972) 147-167; Un ejemplo
de análisis semiológico en la liturgia: el edificio eclesial, en
"Phase" 76 (1973) 329339; Castex J., El templo después
del concilio. Arte y liturgia de las iglesias, imágenes, ornamentos y
vasos sagrados, PPC, Madrid 19Ó7; Cerezo M., Construcción y
adaptación de iglesias, Desclée, Bilbao 1967; Díaz-Caneja
M., Arquitectura y liturgia. Artes Gráficas Grijelmo, Bilbao 1947; De
Fusco R., Arquitectura como "ma.ss médium ", Anagrama,
Barcelona 1970; Fernández A., Iglesias nuevas en España,
111 (1979)
177-269; Zevi B., Saber ver la arquitectura. Poseidón, Barcelona 19793;
Zunzunegui J.M., La iglesia, casa del pueblo de Dios. Arquitectura y liturgia,
IDATZ, San Sebastián 1979; véase también la
bibliografía de Lugares de la celebración.
Arte
SUMARIO: I.
Problemática actual - II. La gama de las distintas artes - III.
Exigencias artísticas, funcionalidad y simbolismo - IV.
Panorámica histórica - V. Orientaciones (creatividad y
adaptación) - VI. Normativa vigente.
I.
Problemática actual
La
renovación promovida por el Vat. II, al afectar en una gran medida a la
liturgia, ha tenido que enfrentarse, consiguientemente, con el problema
artístico, no como realidad autónoma, sino como parte de la
estructura sobre la que descansa el signo litúrgico mismo.
El problema era
tanto más grave cuanto que el arte, en sus manifestaciones
más destacadas, se hallaba en crisis. La muerte del arte, preconizada
por Hegel, parecía pronta a ser celebrada por los mismos artistas.
Hasta nuestros tiempos una obra de arte se consideraba tal en la medida en que
lograba ser bella (es decir, en que conseguía una síntesis que
integrara lo verdadero con lo bueno y que, al ser contemplada, agradara). En
cambio, en los años en que tuvo lugar el Vat. II, dominaba ya la
idea de que una obra de arte no debía referirse más que a
sí misma; e inmediatamente después de aquellos años comenzó
a reinar la idea de que el artista debía renunciar incluso a la
creación más
o menos
consciente, ateniéndose solamente al mero encuadramiento de un objeto,
por informe o deforme que fuera. Era la expresión de una total
desconfianza en la posibilidad de comunicar lo verdadero mediante signos
creados o elegidos por el hombre; una reacción a la proliferación
de palabras e imágenes que, en la propaganda o en la publicidad,
habían invadido todos los sectores de la vida. Sólo una 156
radical iconoclastia
y un total
rechazo de las
imágenes parecían
capaces de
recuperar para el hom
bre los espacios
donde poder recon
quistar la paz.
En el silencio.
Tampoco era
casual que al tema
sobre la muerte
del arte se sumase
un nuevo tema
sobre la muerte de
Dios. Porque si
Dios sólo es cog
noscible a
través de sus imágenes y
solamente
adquiere un rostro hu
mano en la
persona de Cristo, su
perfecta imagen,
que debe reflejarse
no sólo en
el rostro de los hijos de
la iglesia, sino
también en sus obras
transfiguradoras
del mundo mate
rial, la
iconoclastia universal conlle
va
inevitablemente la incomunica
bilidad con Dios.
Pero tanto entre
los teólogos de la muerte de Dios como entre los artistas promotores de
la muerte del arte, sus mejores representantes no tardaron en redescubrir y
encontrarse unidos en el descubrimiento de dos realidades afines: la construcción
imaginaria de ciudades ideales, llamadas utopías, y las celebraciones de
las fiestas populares, caracterizadas unas y otras por ser juegos serios,
fuentes de esperanza y de un poder desconcertante en donde el arte
podía redescubrirse a sí mismo en su relación con el
rito.
Tal
relación —y, por tanto, el sentido de expresiones como arte sacro,
arte litúrgico, arte religioso, arte cristiano y hasta, simplemente,
arte— se ha entendido de múltiples y diversos modos. Hay quien
sostiene que toda distinción es inútil. Otros solamente
llaman sacro al arte consagrado a. Dios, sea mediante un acto interno o
por una intencionalidad inherente a la obra, sea incluso tan sólo para
expresar la sublimidad de la actividad artística, definible
también como divina; llaman litúrgico al arte entendido y
utilizado en el ámbito del culto;
157
religioso al que
explícita o tal vez implícitamente exige una fe; cristiano a
aquel cuyo objeto gira en torno a la fe cristiana. Una obra de arte, sin
embargo, adquiere una u otra de las antedichas características no
ciertamente por el hecho de presentar determinados o determinables rasgos
o marcos que la distinguen como tal. Con todo, no es ninguna incoherencia
denominar sacro a todo lo que tiene una relación con lo trascendente, y
litúrgico a cuanto interviene en la liturgia en perfecta sintonía
con su espíritu, cooperando de una manera apropiada a la plena
realización de la realidad litúrgica, en su dimensión
natural, es decir, sosteniendo el concurso del hombre (ya que Dios
actúa siempre a la perfección).
Tendremos, pues,
arte litúrgico cuando los caracteres específicos de la liturgia
se manifiesten con dignidad y elevación, filtrándose y expresándose
en el lenguaje corriente; así es como la iglesia puede justamente
afirmar no haber tenido jamás "como propio estilo artístico
alguno" (SC 123). En efecto, todo artista puede hacer en cualquier tiempo
arte litúrgico, al poner sus cualidades artísticas al servicio de
la liturgia, informado por el espíritu de la misma. Tal arte puede,
pues, llamarse también sacro y religioso por el hecho de estar
consagrado a Dios y a la relación del hombre con él.
II. La gama de las
distintas artes
El arte penetra
la liturgia en todas sus manifestaciones, explicitando el rico contenido
semántico de la misma. Sus expresiones —como el mimo, el
gesto, la coreografía— liberan el rito de la banali
Arte
dad de la
acción común, confiriéndole hieraticidad y un justo
tono impersonal, de modo que pueda decirse acción de todos y puedan
todos comunitariamente reflejarse en él.
Lo atestigua
así la misma historia, que, a través de las artes
gráficas y plásticas, nos transmite la gran elocuencia de ciertos
gestos cultuales, repetidos a lo largo de los siglos con devota reverencia,
hasta llegar a sacralizarlos. El más antiguo es el gesto del
orante: éste aparece recto y en pie, con los brazos ligeramente
extendidos y doblados hasta elevar las manos con las palmas abiertas a la
altura de los hombros. El gesto de la mano extendida hacia la ofrenda en el
momento en que los sacerdotes concelebrantes de la eucaristía
pronuncian las palabras de la institución viene igualmente
atestiguado por el arte; constituye un gesto similar al denominado bendiciente
del Cristo Pantocrátor y al del ángel que anuncia la
resurrección de Jesús en el arte románico y
prerrománico. No son ellos propiamente signos o gestos
litúrgicos acompañados y clarificados por la palabra; son
más bien reforzadores de la palabra misma. Para proclamarla en la
asamblea como conviene a una. digna celebración litúrgica,
es necesario recurrir al arte de la dicción y de la oratoria que, junto
con el / canto, no sólo evidencia la composición literaria y
poética que expresa la palabra de Dios, sino que interpreta
también y manifiesta la intensa riqueza de sentimientos que ella
suscita. Estas artes cooperan con su fuerza sugestiva a envolver en
la acción tanto a los fieles como al que preside o al que proclama
la palabra, de modo que ésta, penetrando en sus corazones,
"más tajante que una espada de doble filo", los transforme
hasta el
Arte
punto de
convertirlos en expresión perfecta de alabanza a Dios.
A una con la
/música y los colores, las líneas arquitectónicas
{/Arquitectura] y plásticas crean en torno a la celebración
litúrgica un ambiente que, con justa y armónica
sugestión, ayuda a los fieles a entrar en la atmósfera festiva
del rito, así como a comprender los significados más
fundamentales de los diversos elementos integrantes de su celebración.
Desde los tiempos más remotos, el hombre ha comprendido la
necesidad de distinguir, consagrar y dedicar un determinado espacio a
Dios para expresar sus gestos cultuales [/ Lugares de celebración].
El sello característico de este lugar lo dan las líneas y
las formas que convencional o tradicionalmente evocan determinados valores
simbólicos (recuérdese
el uso del
cuadrado y del círculo con los respectivos cubo y esfera; articulados
entre sí en la composición de elementos
arquitectónicolitúrgicos, llegan a evocar el misterio
de la encarnación. Es el caso, por ejemplo, del sagrario colocado sobre
el altar).
El arte
pictórico, y más tarde el escultórico, se suman con su lenguaje
propio al arquitectónico, con la intención de dar mayor elocuencia
a la función del lugar y envolver así más profundamente a
quien penetre en su recinto. De los muchísimos ejemplos que la
historia nos ha transmitido bien se puede concluir que la función
fundamentalmente decorativa de estas dos artes había tenido
también, en el ambiente litúrgico, finalidades más
inmediatas y diversas, no contrastantes, determinadas por la sensibilidad
religiosa de las generaciones, así como por las cambiantes exigencias
del tiempo.
Un primer tipo de
decoración es el simbólico, que, sirviéndose de
158
signos
convencionales, intenta señalar una particular realidad espiritual
presente en aquel lugar; por ejemplo, los distintos símbolos mortuorios
de las catacumbas colocados sobre los sepulcros de los cristianos (cruz,
áncora, paloma, orante, etc.). La propagación de estos
símbolos da lugar a escenas esenciales en las que la representación
de unos pocos personajes evoca el significado de un hecho que se considera todavía
eficaz con su mensaje salvífico profético (por ejemplo,
Noé en el arca, Moisés en la cestilla, Daniel en el foso de los
leones), o cuya presencia es garantía de salvación, evocando
con milagros y alegorías los distintos sacramentos recibidos por el difunto
(por ejemplo, la multiplicación
de los panes, la
resurrección de Lázaro, la curación del paralítico,
el bautismo representado por la pequeña escena de la oveja que coloca
amorosamente su pata sobre la cabeza del cordero). Más tarde se acoplarán
tales escenas siguiendo una lógica distinta, es decir, como momentos
sucesivos de la historia de la salvación, para ordenar así su
narración.
En el primer
período románico se vuelve a dar importancia al arte como
auxiliar de la catequesis. Esta, en efecto, se desarrolla siguiendo
más el esquema simbólico que el narrativo. La elección de
temas y de lugares donde exponerlos se realiza bajo motivaciones bien
determinadas, de manera que el fiel no solamente llega a instruirse
mediante la narración del hecho, sino que es precisamente esa misma
narración la que lo ayuda a comprender la función
simbólica de aquella parte concreta del lugar sagrado. Por ejemplo, en
la basílica de san Pedro al Monte sopra Civate (Como), en el
exterior de la portada está representada la funda
159
ción de la
iglesia: Cristo entrega a los príncipes de los apóstoles, Pedro
y Pablo, las llaves y el libro de su palabra; ya en el interior, en la luneta
de la puerta se representa a Abrahán como evocación de la virtud
esencial para entrar en la iglesia: la fe; en las bovedillas de la nave de
entrada se suceden temas bautismales de renovación de vida y de
purificación: la nueva Jerusalén (Ap 21 y 22), a la vez
imagen de la iglesia y paraíso de los redimidos; cuatro personajes:
los ríos del paraíso terrenal, relacionados con los
símbolos de los evangelistas, vierten por otros tantos odres la
abundancia de agua que brota del trono del Cordero (cf Ez 36,25). Decoran los
cuatro frontones del cimborrio que cobija el altar la representación
de la muerte de Cristo, su resurrección y la expectación,
descrita por la repetición de la escena de la fundación de la
iglesia, que aparece ya en el exterior sobre la puerta de entrada, y la
última venida. Estas preciosidades iconográficas volvemos a
encontrarlas una vez más en las admirables decoraciones de los
pórticos góticos.
Poco a poco se va
centrando la importancia casi exclusivamente sobre el acontecimiento en
sí. Las amplias paredes de las iglesias del
s. xiv vienen a
ser como grandiosas páginas ilustradas que narran los hechos más
destacados de la historia de la salvación. Se recupera así,
por distinto procedimiento, el uso de las basílicas paleocristianas, en
las que el arte, particularmente el mosaico, había decorado los muros
del templo celestial y evocaba las imágenes de la historia de la salvación
que la celebración de los divinos misterios volvía a hacer
presente para que los viviera el pueblo de Dios.
El arte
renacentista se convierte en síntesis de las anteriores inspira
Arte
ciones y,
continuando la decoración de carácter narrativo, acentúa
los valores alegóricos y se complace en los formales, sin advertir
cómo desde Dios se va centrando la atención en el hombre y
cómo llega a convertirse la belleza del templo de Dios en la suntuosidad
de la grandiosa sala del hombre.
El arte sacro del
barroco celebra el triunfo de la verdad sobre la herejía con bastante
solemnidad, a través de líneas arquitectónicas y de
modelados de la materia casi imposibles (véase el Baldaquino de Bernini),
y narra los fastos de la fe con vibrantes y densos coloridos.
Y, como
consecuencia, el arte sagrado ya no tiene un fin bien determinado: los muros se
cubren de escenas que narran la vida de los santos o escenas
evangélicas, frecuentemente al estilo teatral y grandilocuente. Las
líneas arquitectónicas se ven alteradas por un decorativismo
escenográfico; se viene a satisfacer mediante la ficción la
tendencia del pasado a embellecer con el arte y con materiales nobles las
paredes de las iglesias. Sin advertirlo, una vez más el hombre se
engaña a sí mismo creyendo engañar a Dios.
La función
cultual del arte se ha experimentado en particular y más
auténticamente en la iglesia oriental. Para ella, en efecto, las
imágenes de Dios y de los santos son una especie de presencia capaz
de recibir y de transmitir el culto de los fieles y se convierten en
intermediarias de la benevolencia divina. Por eso es objeto de
veneración el icono, que representa ordinariamente una sola figura
o la esencialidad de un hecho. El lenguaje artístico con que
se expresa dicha función cultual es un lenguaje particular y,
más que una manifestación humana, aspira a ser un reflejo de
la divina e increada
Arte
belleza. Para
comprender tal lenguaje es muy importante conocer el código moral
de los artistas iconográficos orientales, que aparece bastante
similar a una rigurosa regla monástica. El arte sacro se contempla,
pues, como fruto de la contemplación o como un camino hacia ella.
Nuestro tiempo,
por motivos de orden artístico y doctrinal, y a consecuencia de
influencias nórdicas, ha privilegiado la esencialidad de la
línea arquitectónica, frecuentemente sin dar espacio ni a la
pintura ni a la escultura, ofreciendo sólo una posibilidad de juegos
cromáticos en las vidrieras. Esta esencialidad arquitectónica
lleva a descubrir la autenticidad de los utensilios litúrgicos y a
rechazar la falsificación de sus materiales, cortando así su
excesivo simbolismo.
El material
necesario para el culto [/ Objetos litúrgicos/ Vestiduras] ha
recibido a través del arte una sacralidad que lo excluye de todo uso
profano y que lo embellece, convirtiéndolo así en signo de
trascendencia y creando en torno al mismo un noble sentido reverencial que
responde a la excelencia de su uso y a su excepcionalidad; lo cual no
se habrá de confundir con la magia, enteramente ajena a la
acción litúrgica y al arte. El arte de estos objetos se ha
definido de ordinario, pero injustamente, como arte menor. La exquisitez de un
bordado, como la finura de un cincelado o de un marfil, poseen frecuentemente
una fuerza artística, cromática o plástica no inferior a
la de las denominadas obras mayores.
Mas para que la
iglesia como ámbito y en sus celebraciones pueda revelarse en toda
su deseada beldad, es menester que la gama íntegra de estas artes sea
conveniente y armónica, de suerte que, además del valor
artístico de cada uno 160
de los elementos,
brille la unidad del conjunto. Y entonces la iglesia, además de maestra
de
III. Exigencias
artísticas, funcionalidad y simbolismo
Liturgia y arte
son dos valores que, en la celebración cultual, constituyen una sola
realidad. Ya Pablo VI subrayó esta íntima relación en
su discurso a los artistas, el 7 de mayo de 1964; en él se expresaba
así: "Nuestro ministerio tiene necesidad de vuestra
colaboración. Porque, como sabéis, nuestro ministerio es
predicar y hacer accesible y comprensible, y hasta conmovedor, el
mundo del espíritu, de lo invisible, de lo inaferrable, de Dios. Y en
esta actividad que trasvasa el mundo invisible en fórmulas accesibles
e inteligibles sois vosotros maestros..., y vuestro arte es justamente
arrancar al cielo del espíritu sus tesoros y revestirlos de palabra, de
colores, de formas, de accesibilidad" (AAS 56 (1964) 438).
Tal vez se ha
creado un conflicto entre el arte y la liturgia: el arte pretendió
presentarse como realidad principal, subordinando a sí mismo el
desarrollo de la liturgia y su correspondiente material, con lo que la
música, la coreografía, las artes decorativas, más que dar
fuerza a la expresividad litúrgica, vinieron a ofuscar u oscurecer su
autenticidad.
Cada elemento de
la celebración litúrgica tiene su funcionalidad propia, rica y
articulada, y el arte viene a hacerse para dichos elementos como soporte
de su aplicación. Conviene, pues, distinguir, en el objeto
litúrgico, y por consiguiente 161
en su mismo uso,
dos aspectos de una misma función: práctico el uno y
simbólico el otro. El primero se ordena a la acción material que
con él habrá de realizarse, mientras que el segundo nace de la
significación de la acción misma.
Esta
simbología no puede, por tanto, aplicarse al objeto por una sobreabundante
(en cuanto conceptuosa) decoración; porque, frecuentemente,
tal decoración, más que reforzar, vela y hasta hace
equívoca tal simbología. Más bien por la autenticidad y lo
precioso del material empleado, por la armonía de la línea
con la función práctica, por la logicidad y conveniencia en la
elección de las proporciones, con relación al ambiente es como adquirirá
el objeto su oportuna elocuencia y llegará a desempeñar
notables valores artísticos globales. Si, por ejemplo, contemplamos el altar,
es de suma importancia que se manifieste claramente en él su
carácter sacrificial y convival, el cual no depende solamente de su
forma, sino también de su colocación en el lugar de la
asamblea litúrgica. De igual manera, un pequeño cáliz
sobre un gran altar difícilmente transmitirá a una gran asamblea
su mensaje simbólico de "cáliz de la nueva y eterna
alianza". Multiplicar el número de cálices anularía
la preciosa simbología de la unicidad. Dígase lo propio acerca
del lugar de la proclamación de la palabra: reducido a un miserable
atril, anula su elocuencia y pierde la fuerza de polo de concentración
de la atención de los fieles. Aquí una oportuna y hasta evidente
colocación del micrófono refuerza la simbolicidad del
ambón. En cambio, ese mismo objeto, demasiado visible en el altar,
distrae la visión de lo esencial: las ofrendas. La sede, finalmente, es
para la asamblea cristiana signo de la presen
Arte
cia de aquel que
es su única cabeza, signo de unidad y garantía de
autenticidad de la enseñanza (recuérdese el significado del
sitial de honor de las iglesias antiguas); aquí se identifican
funcionalidad y simbolismo, ya que la sede no puede cumplir su
función simbólica si no se la coloca dentro de la asamblea, donde
el sacerdote pueda realmente presidir.
Después de
un período en el que la postura del hombre llegó a determinar
el objeto litúrgico sacralizado, finalmente hoy vuelve a ser la
acción litúrgica, esa realidad en la que el hombre es el
principal actor con Dios, la llamada a dar a los objetos autenticidad y sacralidad
de función y, por consiguiente, a justificar su nobleza y la beldad de
su hechura.
IV.
Panorámica histórica
Desde siempre el
arte ha acompañado e igualmente expresado el más profundo
sentimiento religioso del hombre, tornándose elemento determinante en el
proceso de ritualización del culto dentro de los distintos pueblos.
Arte y rito están, de esta manera, ligados entre sí; lo atestigua
el mismo arte prehistórico que ha llegado hasta nosotros en grafitos y
obras estéticas de toda índole y en todos los continentes.
El signo
gráfico, modelado o arquitectónico, ha servido al hombre
para expresar lo inexpresable, ya por ser todavía solamente fruto del
deseo, ya por pertenecer al pasado y estar por tanto sólo presente
en el recuerdo, ya por ser realidad trascendente.
El grabado
rupestre del animal perseguido por los perros o herido por la flecha mortal,
que se adelantan a la acción misma del hombre, es acto religioso,
propiciatorio; la
Arte
máscara o
maquillaje que transforman el rostro y el cuerpo del hombre encarnan el
espíritu y lo hacen presente; el cipo consagrado con óleo y
clavado en tierra testimonia el sentimiento religioso del fiel;
finalmente, también el lugar o cualquier otra realidad natural que asume
las características de originalidad, grandiosidad, belleza o impenetrabilidad
es signo manifestativo de la presencia divina.
En el pasado, el
acto propiciatorio o de agradecimiento se expresaba por medio de
dones artísticamente elaborados; el culto a los muertos nos ha
transmitido testimonios de gran valor, desde las gigantescas
pirámides hasta las diminutas y bellísimas urnas cinerarias,
desde los misteriosos sarcófagos de las momias hasta los simples
utensilios finamente trabajados.
Para el culto
pagano, la grandiosidad del templo y la preciosidad de los objetos son
también elementos que manifiestan la sacralidad. En el culto hebraico,
el valor artístico y material del objeto litúrgico no constituye
su sacralidad, pero sí es una exigencia de la misma; y así
seguirá siéndolo en el culto cristiano, confirmándolo
en tal sentido el mismo Cristo con la defensa del gesto de la pecadora que
derramó sobre sus pies un preciosísimo ungüento (cf Jn
12,3).
El arte
acompaña al cristianismo a lo largo de toda su historia, como sucede
también en las demás religiones. La historia misma del arte
evidencia la parte preponderante que ocupa el arte con función
religiosa. Incluso en el arte occidental los principales estilos, como el
paleocristiano, el románico, el gótico, el renacentista y el
barroco, están definidos principalmente por obras de carácter
religioso, reflejando cada uno de ellos un momento particular de la
historia de la fe y 162
evidenciando la
espiritualidad que caracteriza al arte mismo. Algo similar ha acaecido en los
últimos siglos, en los que el carácter esencialmente
ecléctico de la espiritualidad ha favorecido una desordenada
recuperación de los elementos estilísticos del pasado,
amenazados en principio por el mismo fundamental defecto del eclecticismo,
que contrasta con la libre expresión de la originalidad propia del
hombre en cada tiempo.
También
hoy el redescubrimiento de la autenticidad litúrgica ejerce una
liberación de la autenticidad del hombre, que puede así manifestarse
con originalidad y verdad. El momento actual es todavía de búsqueda,
de tendencia hacia un movimiento que resulta, al mismo tiempo,
contradictorio en su confrontación con el pasado y
nostálgico frente a él, abierto a un extenso futuro, pero
obstaculizado por mentalidades legalistas o privatistas: en efecto, por
una parte, ateniéndose a la costumbre, se rechaza la incipiente
libertad que conceden las normas actuales; por otra parte, aun dentro de la
variedad de estilos, no se abre a la comunidad a cuyo servicio
está, hasta el punto de que, con frecuencia, el arte en el culto no es
expresión del espíritu de la iglesia, sino que continúa
siendo esencialmente la conclusión de personales elaboraciones del
artista, incluso (a veces) carente de fe o simplemente en busca de su
propia afirmación individual.
V. Orientaciones
(creatividad y adaptación)
En el n. 123 (c.
7) de la constitución sobre la sagrada liturgia afirma el Vat.
II: "La iglesia nunca consideró como propio estilo artístico
alguno", y es conveniente que 163
"también
el arte de nuestro tiempo y el de todos los pueblos y regiones se ejerza
libremente en la iglesia..., para que pueda ella juntar su voz a aquel
admirable concierto que los grandes hombres entonaron a la fe católica
en los siglos pasados". Son tales sugerencias un modelo de lectura de la
auténtica orientación mantenida por la iglesia a lo largo de su
historia, por encima de toda otra postura contraria por parte de cada miembro
del clero o de comunidades eclesiales enteras que sistemáticamente
han privilegiado determinados estilos del pasado. El texto de
La liturgia
puede, por consiguiente, interrogarse con libertad a sí misma y
llegar a descubrir desde sí propia cuáles son las exigencias
más auténticas, cómo puede también frente a las
nuevas obras responder con autonomía y, a la vez, con respeto a los
condicionamientos con que han podido vincularla otros períodos
del pasado. Centralidad en Cristo, primacía de la persona sobre el
objeto, valor activo de la comunidad, importancia de la posibilidad
dialogal en la celebración litúrgica: he ahí algunos
aspectos que, una vez más evidenciados en la liturgia, ofrecen la
posibilidad de unas originales y adecuadas soluciones.
La
publicación de los nuevos / libros litúrgicos impone cambios
radicales en la usual propuesta y colocación de los elementos necesarios
para la celebración. Ya desde ahora es posible entrever en las nuevas
realizaciones sus mejores
Arte
resultados en el
futuro si, después
de una mayor
profundización y
asimilación
del sentido litúrgico, se
aplican
efectivamente las sugeren
cias que tales
libros encierran.
Muy distinto es
el problema de la reestructuración de las obras ya existentes. En ellas
la reacción a particulares errores doctrinales, la exagerada
acentuación o el aislamiento de algunas verdades de fe, la
incontrolada devoción privada
o simplemente
algunas exigencias prácticas (como para el pulpito) han condicionado la
realización de lo que, aun apreciable en el plano artístico, no
responde ya hoy a la auténtica y específica función originaria.
La intervención en tales obras o en parte de las mismas significa a
veces romper la armonía artística del conjunto, que es precisamente
su característica. En la primera fase posconciliar, un viento
renovador, frecuentemente sólo superficial, llevó a modificar y
adecuar con demasiada prisa la estructura de iglesias y ornamentos, sin
preocuparse de los demás valores que poseían. Este
período, con intervenciones que a veces rompieron la armonía
de conjuntos artísticos, dando lugar a soluciones inaceptables
tanto desde la estética como desde la liturgia, sentaron en general las
premisas para unas soluciones satisfactorias que pudieran
salvaguardar algunos de los monumentos artísticos más importantes.
A ello
contribuyó también la introducción general del horrible
altar postizo, síntoma de mal gusto, deseducador con su falsa preciosidad,
verdadero reto a la constitución litúrgica, que en el n. 124
hace una llamada a la solicitud de los obispos con el fin de que "sean
excluidas de los templos... aquellas obras artísticas que... repugnan a
la piedad cristiana y ofenden el senti
Arte
do
auténticamente religioso, ya sea por la depravación de las
formas, ya sea por la insuficiencia, la mediocridad o la falsedad del
arte". No obstante, también este mal ha puesto en evidencia lo
inadecuado de la vieja construcción, que sólo había
conservado del altar una parte de la mesa, convertida hoy en una simple consola
inserta en el gran monumento que cabalmente representaba el altar, el cual, por
su parte, venía a servir de sostén con sus muchas gradas para
floreros o candelabros, para el tabernáculo
o para la
custodia, destinada a la exposición del santísimo Sacramento.
Ahora bien,
puesto que el cristiano educado en la fe después del concilio no ve
ya en tal monumento el altar, se aducen menos aquellos motivos que en un
principio reclamaban su destrucción porque se consideraba
justamente inaceptable la copresencia de dos verdaderos y propios altares en el
templo litúrgico. Este elemento, despojado del mantel, y en el
supuesto de que sea de valor artístico, como integrante de la
armonía conjunta del templo, puede mantenerse y oportunamente
convertirse en credencia (precioso recuerdo de aquellas credencias de madera
durante algún tiempo situadas a los lados del presbiterio y que
ahora han desaparecido casi enteramente).
El ambón,
con la ayuda de amplificadores sonoros o acústicos, puede
realizarse como lugar de la palabra y situarse de suerte que constituya un polo
de convergencia de la atención de los fieles. Por lo demás, el
desnudo atril que con frecuencia lo ha sustituido es una forma
artísticamente también inadecuada a la majestad de su importantísima
función.
E, igualmente, la
sede, símbolo de la presencia y presidencia de 164
Cristo, debe
colocarse allí donde el sacerdote que preside la celebración
pueda verdaderamente sentirse como tal, si bien no deberá situarse
delante del altar o del tabernáculo. La pila bautismal es otro lugar que
exigía estar más a la luz, de la que es símbolo especial.
El bautismo, en el nuevo ritual, exige que la pila se encuentre en clara
relación con el ambón y el altar. Pero es evidente que tal relación
no puede resolverse con la mera superposición o yuxtaposición
material de los símbolos. Corresponde al artista cristiano buscar
soluciones oportunas y elocuentes; al proyectar la pila, sabrá
realizar, con la libertad que le conceden las rúbricas, toda la simbologia
propia del sacramento.
Tal
ejemplificación es proporcionalmente aplicable a toda otra intervención
en materia de reestructuraciones o de nuevas realizaciones;
corresponde al sacerdote el deber, por su autoridad litúrgica y su
responsabilidad, de colaborar con el artista, pero no el privilegio de
sustituirle en su mismo plano técnico y estético.
VI. Normativa
vigente
La normativa
general que regula la relación entre arte y liturgia se encuentra
fundamentalmente en la colección de decretos conciliares, y más
directamente en el c. 7 (nn. 122-129) de la constitución SC. La
aplicación de estos principios se rige por la instrucción
ínter Oecumenici, del 26 de septiembre de 1964 (AAS 56 [1964]
877-900), que, en particular, con el c. 5, ofrece orientaciones más
concretas para la construcción de las iglesias y de los altares, a fin
de que se fomente más la activa participación de los fieles.
Sobre el tema de la eucaristía, y por tanto del lugar y de los
materiales necesarios para su celebración, 165
tratan más
específicamente la instrucción Eucharisticum mysterium, de
La normativa
referente a la conservación y defensa del patrimonio
artístico-sagrado ha sido ampliamente recogida en dos documentos:
uno es la carta circular, con fecha de 11 de abril de 1971, de
En virtud de su
derecho, reconocido por el Vat. II, cada conferencia episcopal posee
la facultad de fijar directrices particulares en orden a la
aplicación de los principios generales a las exigencias locales.
La promulgación de estas normas particulares se realiza oficialmente
en las revistas diocesanas. Tales directrices son particularmente
útiles al artista que desee actuar a favor del servicio litúrgico
en una concreta comunidad local.
El
intérprete responsable de la normativa
litúrgico-artística, en cada diócesis, lo es
[/ Organismos
litúrgicos].
V. Gatti
Asamblea
BIBLIOGRAFÍA:
Barbaglio G., Imagen, en
DTI 3,
Sigúeme, Salamanca 1982, 131-145;
Barbosa M., El
arle sacro, en G. Barauna, La
sagrada liturgia
renovada por el concilio,
Studium, Madrid
1965, 741-762; Bellavista J.,
Cuestiones
básicas para un directorio de arte sacro, en "Phase" 143
(1984) 403^116; Guardini R., Sobre la esencia de la obra de arle,
Guadarrama, Madrid 1960; El espíritu de la liturgia, Araluce, Barcelona
19623, 159-180; Herwegen I., Iglesia, arte, misterio, Guadarrama, Madrid
1960; Iguacen D., Orientaciones pastorales sobre el arte sacro, en
"Notitiae" 161 (1979) 738-758;
Arte Sacro,
Madrid 1964ss.
SUMARIO: I.
Introducción; 1. Problemática actual sobre la asamblea
litúrgica; 2. Noción de asamblea litúrgica; 3. Presencia
de Cristo en la asamblea litúrgica; 4. Relación asambleaacciones
litúrgicas; 5. Notas históricas - II. La asamblea, signo: 1.
Dimensión conmemorativa; 2. Dimensión demostrativa; 3.
Dimensión escatológica; 4. Dimensión compromisoria.
III. Los
distintos agentes en la asamblea: 1. Los fíeles; 2. Los ministros: a)
Advertencia sobre los ministerios litúrgicos, b) Los ministros
ordenados, c) Los ministros instituidos, d) Los ministros de hecho - IV.
Perspectivas pastorales: 1. Previa visión interdisciptinar; 2.
Principios generales; 3. Aplicaciones prácticas - V.
Conclusión.
Asamblea
I.
Introducción
1.
PROBLEMÁTICA ACTUAL SOBRE
La asamblea
litúrgica es hoy objeto de una variada e interesante problemática',
suscitada por el deseo de redescubrir la importancia y la actualidad de la
misma, pero no siempre inspirada en sólidos principios
teológico-litúrgico-pastorales.
Tratando de
sintetizar las principales tensiones en torno a dicha problemática,
podemos decir que apuntan hacia la búsqueda de la "identidad"
de la asamblea litúrgica y el examen de las múltiples relaciones
que ésta tiene con otras 166
realidades de
orden religioso y social del mundo de hoy, caracterizado por ese
fenómeno que se ha definido como aceleración de la historia.
¿Cuáles son en concreto las orientaciones de tal estudio? Se
tiene la justa preocupación de contar con la nueva mentalidad que
ha surgido en la iglesia y en toda la sociedad civil. Se presta atención
a las nuevas dimensiones de la relación / fe-religión y, por
consiguiente, a las nuevas tendencias de la piedad cristiana y de la misma
vida cristiana. Se contemplan la nueva fisonomía que presenta la /
liturgia después de la / reforma del Vat. II y los reflejos que en ella
pueda tener una justa valoración de las cuestiones relativas al / ecumenismo,
a la / secularización, a la política. En particular, se consideran
atentamente los elementos constitutivos de la asamblea y las relaciones
interpersonales que la definen en lo interior, confrontándola al
mismo tiempo con la iglesia y con la comunidad de la que es expresión,
con los diversos / grupos que en ella se dan cita y con los más amplios
sectores humanos en los que está llamada a ejercer su influjo.
Problemática
verdaderamente amplia, a la que la iglesia debe saber oportunamente responder
bajo la guía del Espíritu Santo. De esta respuesta
dependerá el futuro de la liturgia, de la cual es importante
elemento constitutivo la misma asamblea. Las notas que siguen no pretenden
sino fomentar el conocimiento de la identidad de la asamblea
litúrgica y ayudar a resolver los problemas que la afectan, con
miras a una eficaz acción pastoral dentro de este campo.
Nos adentramos en
el tema haciendo algunas indicaciones sobre la noción de asamblea
litúrgica, sobre la presencia de Cristo que la 167
caracteriza,
sobre la relación asamblea-acciones litúrgicas, sobre la
historia de la asamblea.
2. NOCIÓN
DE ASAMBLEA LITÚRGICA. Con el término asamblea, considerado
en su acepción genérica y profana fundamental, se suele
significar un grupo cualquiera de personas reunidas con un fin determinado.
Considerado ya en el campo eclesiástico, el término ha
recibido ante todo la significación estrictamente religiosa de
grupo de fieles congregados en nombre de Cristo y, consiguientemente, por
intereses que directa o indirectamente entran en la dinámica de la vida
cristiana. De aquí la significación más específica
dada a la expresión asamblea litúrgica: una comunidad de fieles,
jerárquicamente
constituida, legítimamente congregada en un determinado lugar
para una acción litúrgica y altamente cualificada por una
presencia salvífica particular de Cristo2.
El estudio
profundo de la asamblea litúrgica, de sus elementos constitutivos,
de sus características, de sus leyes y de sus fines más
fundamentales permite considerarla como auténtico sacramento de salvación
en estrecha relación con la liturgia misma, con la iglesia y con Cristo
\
3. PRESENCIA DE
CRISTO EN
Asamblea
tió: Donde
están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en
medio de ellos (Mt 18, 20)"5. Es importante la referencia al texto de
, Mateo,
fundamental para el tema de la asamblea. Los exegetas insisten en el
significado comunitarioeclesial del texto, encuadrándolo en el
contexto de la caridad y del amor fraterno propio de todo Mt 18 y en el
contexto de la oración común (cf Mt 18,19).
El tema de la
presencia de Cristo [/Jesucristo, II, 2] en la asamblea litúrgica ha
sido igualmente objeto de una clara explicitación en el n. 9 de la
instrucción Eucharisticum mysterium1', donde se afirma que Cristo
está "siempre presente en la asamblea de los fieles congregados en
su nombre" (cf Mt 18,20). Tal doctrina se aplica asimismo a asambleas
específicas: la que se congrega para la eucaristía7 y la que se
reúne para la liturgia de las horas8.
4.
RELACIÓN ASAMBLEA-ACCIONES LITÚRGICAS. Se trata de una
relación muy estrecha que encuentra su fundamento y su
justificación en el carácter comunitario de las mismas acciones
litúrgicas. Baste recordar algunos principios generales de
teología de la /celebración litúrgica, contenidos en
cuerpo de la
iglesia, lo manifiestan y lo implican; pero cada uno de los miembros de este
cuerpo recibe un influjo diverso según la diversidad de órdenes,
funciones y participación actual" (ib). Y una nueva
consecuencia: "Siempre que los ritos, cada cual según su naturaleza
propia, admitan una celebración comunitaria, con asistencia y participación
activa de los fieles, inculqúese que hay que preferirla, en cuanto
sea posible, a una celebración individual y casi privada" (SC
27).
De tales
principios se desprende que la presencia de la asamblea, aun sin ser esencial
para la validez de las acciones litúrgicas, constituye generalmente el
clima ideal de su celebración. Esta, en realidad, "exige la
congregación de los fieles, la supone siempre y debe, por tanto,
provocarla suscitando el necesario esfuerzo pastoral..."' De esta manera,
mientras las acciones litúrgicas están radicalmente orientadas
hacia la asamblea de los fieles, ésta a su vez recibe su más rica
especificación cuando tiene lugar en las acciones
litúrgicas, es decir, cuando es litúrgica.
5. NOTAS
HISTÓRICAS IO. El tema de la asamblea ha sido muy valorado en la
iglesia desde los tiempos primitivos. Lo atestiguan la literatura
neotestamentaria y la sucesiva literatura patrística". La asamblea
fue desde el principio signo de pertenencia a la iglesia, y como tal la
vivieron intensamente los cristianos, llegando a constituir una nota
distintiva de la iglesia misma. La participación en la asamblea se
consideraba algo constitutivo de la vida del cristiano y se realizaba como algo
connatural y espontáneo en orden a la profesión de los
ideales cristianos.
Al ir
sucesivamente mermando el entusiasmo primitivo por las manifestaciones
eclesiales, fue también apagándose el interés por la asamblea
litúrgica y por la participación 168
en ella. De
ahí el carácter obligatorio impuesto por los pastores de
almas a la asamblea de los días festivos. Esa intervención no
siempre fue vista como una llamada oportuna y paterna respecto a la
importancia de la asamblea y a una participación verdaderamente consciente
y activa en la misma. La obligatoriedad de la asamblea fue para muchos el
único móvil de su participación, con lo que se
llegó frecuentemente a despreocuparse de ella.
La historia de la
asamblea se ha estudiado también a la luz de las diversas y sucesivas
situaciones circunstanciales en que llegaron a encontrarse las comunidades cristianas
en sus distintas áreas geográficas o en sus diferentes
épocas. Piénsese, entre otras cosas, en el variado semblante que
adoptaron las comunidades cristianas, y hasta las mismas asambleas, en el mundo
pagano; en el régimen sucesivo de la sociedad cristianizada, y en la
fase actual de / secularización-secularismo12. Piénsese
igualmente en los diversos condicionamientos impuestos a la asamblea desde el
seno mismo de la sociedad eclesial, sobre todo en relación con los
diferentes períodos por los que atravesó la liturgia en su
continua, aunque no siempre orgánica ni ordenada, evolución.
Es mérito
de la renovación litúrgica de finales del s. Xix y de las
primeras décadas del s. xx el haber puesto de relieve de diversas maneras
la importancia de la asamblea. Y merece consignarse la perspectiva
teológico-histórica que se ha dado al estudio del tema. Todo ello
lo ha recogido el Vat. II. Entre los puntos más logrados de la
reforma litúrgica promovida por el concilio ocupa un lugar eminente el
de la revalorización de la asamblea litúrgica. Lo confirman
las continuas
169
alusiones a la
misma que se encuentran en los nuevos /libros litúrgicos.
II. La asamblea,
signo
La
teología litúrgica de la asam
blea, sobre la
que hemos sentado ya
algunos
principios, recibe una noto
ria
profundización desde el análisis
de la naturaleza
misma de la asam
blea como /
signo. Dedicamos a
este aspecto un
estudio especial.
La asamblea
litúrgica cristiana participa de la naturaleza del signo, propia de la
misma liturgia cristiana. En efecto, ésta es un conjunto de signos
(o sacramentos, según la primitiva y amplia significación,
bíblica y litúrgica, de tal término), mediante los cuales
se significan y se realizan la santificación del hombre y el culto
divino (cf SC 7). Uno de tales signos, entre los más patentes y
más reveladores, es precisamente la asamblea. En ella están
presentes las cuatro dimensiones propias de todo signo litúrgico:
conmemorativa, demostrativa, escatológica y compromisoria ".
Tales dimensiones han de interpretarse sin dejar de prestar atención al
cuadro unitario de la economía de la salvación, tal y como Dios
la ha querido desde la eternidad y realizada por etapas que se suceden
ordenada y orgánicamente.
1.
DIMENSIÓN CONMEMORATIVA. La asamblea litúrgica cristiana
conmemora las asambleas del pueblo de Dios en el AT. En efecto, al
escandir el tiempo de la fase eclesial de la /historia de la salvación,
se sitúa en la línea de las asambleas del AT, que hicieron lo
propio con el tiempo de la fase preparatoria de la misma historia de la
salvación. Se subraya aquí la relación íntima entre
estas dos primeras fases de la
Asamblea
historia de la
salvación. Por su fundamental referencia a las asambleas del AT, la
asamblea litúrgica cristiana constituye la conmemoración de
las mismas y, al mismo tiempo, una cierta representación en el nuevo y
rico contexto del ejercicio del sacerdocio de Cristo en la iglesia.
Entre las
asambleas del AT que se conmemoran y representan ocupa un puesto especial
la primera gran asamblea celebrada por los hebreos a los pies del Sinaí
inmediatamente después de la liberación de Egipto y con
ocasión de su constitución como pueblo de Dios. La
tradición bíblica llama a este acontecimiento asamblea de
Yavé; y al día en que tuvo lugar, el día de la asamblea.
La asamblea de
Yavé se caracterizó por un ritmo especial, determinado
en particular por cuatro elementos que en ella se sucedieron,
fundiéndose en admirable unidad: la convocación que el mismo Dios
hizo de su pueblo; la presencia de Dios en medio de él, sobre todo
mediante la palabra que le dirige a través de Moisés; la adhesión
del pueblo a las proposiciones de Dios; el sacrificio conclusivo con que se
selló la alianza establecida entre Dios y el pueblo (cf Ex 19-24). Tal
asamblea fue la primera de toda una larga serie de asambleas que fueron
sustancialmente repitiéndose con el mismo ritmo de la primera. Muchas de
ellas adquirieron un valor emblemático especial. Baste recordar la
celebrada en Siquén bajo la presidencia de Josué después
de la entrada en la tierra prometida (cf Jos 24), la que tuvo lugar con
ocasión de la dedicación del templo realizada por Salomón
(cf 1 Re 8) y la que se celebró al retorno del exilio de Babilonia (cf
Neh 8-9).
Las asambleas del
AT fueron el
tipo o figura de
la asamblea cristiana. Adviértase que "la primera gran
asamblea cristiana queda inaugurada con ocasión del pentecostés
cristiano en estrecha relación con una asamblea que ve congregados en la
ciudad santa de Jerusalén a hebreos procedentes de todas las partes para
su fiesta anual de Pentecostés. Las asambleas cristianas se nos
presentan como el desarrollo, genuino y original al mismo tiempo, de
las asambleas de Israel en el AT"'4. Como tales, dicen relación a
las mismas realidades fundamentales demostradas y patentizadas por las
asambleas del AT: el pueblo de la antigua alianza y su misma historia. A
través de las asambleas del AT mencionadas, las asambleas
litúrgicas cristianas vienen igualmente a ser conmemoración
de tales realidades, ahora profundamente orientadas a Cristo y a su obra de
salvación, como también a la iglesia en cuanto continuadora de
esa misma obra hasta su definitivo cumplimiento.
Y existe otro
punto de contacto entre las asambleas litúrgicas cristianas y las
asambleas del AT. Las primeras llegan a participar del ritmo propio de las
segundas. También ellas están convocadas por Dios a
través de sus ministros, se caracterizan por la presencia de Dios y por
la adhesión de los fieles a Dios y se coronan con una ratificación
de la alianza.
2.
DIMENSIÓN DEMOSTRATIVA. La dimensión demostrativa propia de las
asambleas del AT, a las que se ha aludido, está particularmente presente
en la asamblea litúrgica cristiana. Las asambleas del AT fueron signos
demostrativos y reveladores del pueblo de la antigua alianza. De igual
manera, la asamblea litúrgica cristiana es una especial
demostración de una gran
170
realidad
presente: la iglesia, nuevo
pueblo de Dios,
cuerpo místico de
Cristo [/
Iglesia]1S.
La asamblea
litúrgica cristiana no es un simple símbolo de la iglesia; es
sobre todo su manifestación más expresiva y accesible, una
verdadera epifanía de la misma iglesia. Es, efectivamente, "en la
asamblea litúrgica donde una comunidad local, sea pequeña o
grande, y por tanto la iglesia entera, se encarna al máximo y
experimenta en profundidad su vitalidad religiosa. La asamblea
litúrgica es, pues, a través de la comunidad local, una
manifestación de toda la iglesia. Así como cada comunidad local
no es una partícula aislada del organismo social de la iglesia, sino que
es la iglesia misma actualizada y presente en un determinado lugar y grupo
de fieles, de igual manera cada asamblea litúrgica, aunque bajo formas
distintas según sus diversos niveles, es signo y expresión de
toda la iglesia"l6.
Es una
dimensión demostrativa particular la que atribuye a las asambleas
litúrgicas episcopales
El especial valor
demostrativo en orden a la iglesia atribuido a la 171
asamblea
litúrgica en general, aun a la más insignificante, no deja de
estar en estrecha relación con la específica cualificación
litúrgica de la asamblea misma. Esta se califica como litúrgica
cuando es sujeto de las acciones litúrgicas, es decir, de aquellas
acciones que, como veíamos antes, pertenecen a toda la iglesia, la
manifiestan y la implican (cf SC 26). Lo que se dice de las acciones
litúrgicas se aplica a la asamblea litúrgica misma.
3.
DIMENSIÓN ESCATOLÓGICA. La asamblea litúrgica se considera
también "una imagen anticipada de la iglesia celeste, reconocida en
la oscuridad de la fe"". En efecto, además de ser signo
demostrativo de la iglesia en su situación actual, la asamblea
litúrgica es igualmente signo profético de lo que será la
iglesia después de los últimos tiempos [/
Escatologíá], signo profético de la gran asamblea de los
santos, ya al completo, después del juicio universal, congregada ante el
trono de Dios para celebrar la eterna liturgia del cielo, que
constituirá la plena glorificación de Dios y la inefable
felicidad del hombre. Encuentra todo ello su confirmación en lo que
dice el apóstol Juan en su Apocalipsis sobre el carácter
litúrgico de la asamblea de la iglesia celeste, en consonancia
admirable con la asamblea de la iglesia peregrinante20.
La liturgia
celeste está realmente prefigurada por la liturgia terrena. Participando
en la liturgia terrena preguntamos y tomamos parte ya en aquella liturgia
celestial, nos sentimos unidos a los ejércitos celestiales en el
cántico del himno de gloria a Dios, veneramos la memoria de los santos y
esperamos tener parte con ellos y gozar de su compañía (cf SC 8).
Ahora bien, es propiamente en la asamblea litúrgi
Asamblea
ca donde adquiere
su relieve tal dimensión escatológica de la liturgia
terrena. La asamblea litúrgica, así como cada participante,
toman plena conciencia del profundo vínculo existente entre la
liturgia terrena y la liturgia celeste y se convierten en testigos e
intérpretes de la esperanza escatológica de toda la iglesia, que
anhela la plena y definitiva realización en la celestial
Jerusalén.
Y así es
como, merced a esta dimensión escatológica de la asamblea
litúrgica, manifiesta la iglesia peregrina más plenamente la
índole escatológica de su vocación (cf LG 48) y verifica
ya en este mundo, de manera sublime, su unión con la iglesia celeste (cf
LG 50).
4.
DIMENSIÓN COMPROMISORIA. Se ha subrayado, finalmente, la
dimensión comprometida de la asamblea litúrgica. En ella encuentran
su complemento las otras tres dimensiones. Signo conmemorativo de las asambleas
del pueblo de la antigua alianza, signo demostrativo de la iglesia, signo
escatológico de la futura iglesia celeste, la asamblea litúrgica
es, por consiguiente, signo compromisorio de un régimen de vida que
habrá de sintonizar con tales realidades y corresponder al fin
último al que se ordenan las acciones litúrgicas: la
santificación del hombre y la glorificación de Dios. Se trata de
un compromiso peculiar de la asamblea litúrgica como tal; de un
compromiso verdaderamente comunitario, aun cuando suponga e implique
la plena toma de conciencia y la convencida responsabilidad de cada uno de los
participantes. La asamblea expresa tal compromiso sobre todo en dos
direcciones.
Ante todo ha de
sentirse comprometida a aplicar las condiciones que le permitan adoptar, durante
la
acción
litúrgica, su propia fisonomía. Las interpelan a ello los
ritos introductorios de cada una de las acciones litúrgicas. Y vale para
cada una de ellas cuanto se ha dicho, con particular insistencia, sobre los
ritos introductorios de la asamblea eucarística. Su finalidad es que los
fieles, al agruparse, formen comunidad y se preparen a la
celebración21. Es necesario desde el principio fomentar la unión
de cuantos se han congregado, hacerles tomar conciencia del misterio de la
presencia de Cristo y del misterio de la iglesia allí reunida que se
realizan en la asamblea e introducir su espíritu en la
contemplación del misterio que va a ser objeto de la
celebración22, con lo que se llegará a suscitar en la asamblea el
clima
ideal para la
celebración, caracterizado por un intenso ejercicio de la fe, la
esperanza y la caridad. Desde su primera constitución ha de sentirse
la asamblea comprometida frente a todo ello. El compromiso de la asamblea
deberá después ir incesantemente creciendo durante la
celebración misma, animado por sus distintos elementos y estimulado
por sus momentos fuertes. Ese compromiso tendrá ya un primer anhelado
coronamiento durante la celebración en la intensa unión con Dios
y con los hermanos que tiene lugar en la asamblea. Lo cual se
verificará, sobre todo, en la celebración
eucarística, cuando los que comulgan con el cuerpo y la sangre de Cristo
se hacen, en el mismo Cristo, un solo cuerpo y un solo
espíritu,
por la fuerza del Espíritu Santo invocado con el Padre en la
epíclesis.
Una segunda
dirección del /compromiso de la asamblea es la de la vida que se
desarrolla fuera de las acciones litúrgicas. Nos comprometemos
comunitariamente a conducirnos según el estilo aprendido y
172
vivido durante
las acciones litúrgicas, así como a transfundir en ella las
dimensiones santificantes y cultuales propias de la liturgia. Generalmente,
será cada uno de los fieles quien haya de responder en concreto a tal
compromiso; pero éste deberá encontrar en la asamblea su
centro propulsor. Asumido originariamente en la recepción de los
sacramentos de la /iniciación cristiana y ratificado en la recepción
de los demás sacramentos, tal compromiso se hallará siempre bajo
el benéfico influjo de las periódicas asambleas litúrgicas
en las que los fieles toman parte. Se tratará, para ellos, de
corresponder cada vez más fielmente a la vocación cristiana,
con la luz y fuerza que brotan de la asamblea litúrgica. Se
tratará igualmente de vivir de tal manera que lleguen a hacerse cada
vez más
dignos de la asamblea, de la serie de asambleas tanto pasadas como futuras.
Vendría a redundar todo ello en beneficio de la asamblea misma.
Viviendo bien el compromiso asumido en la asamblea, los fieles
mantendrán siempre vivo el deseo de participar ordinariamente en
ella. Y quienes se consagran al trabajo apostólico deben orientarlo
decididamente hacia la asamblea litúrgica (cf SC 10).
El compromiso de
la asamblea terrena adquiere una segura orientación cuando se
compara con la gran realidad de la que es imagen: la asamblea del cielo. La
asamblea terrena experimenta la necesidad de realizarse según su modelo
lo más fielmente posible, con lo que se convertirá en punto de
referencia de ese camino que los fieles deben recorrer día tras
día con la esperanza de poder ser admitidos en la asamblea del
cielo. Les servirá mucho valorizar el clima de esperanza
escatológica característico de la asamblea,
desarrollándolo e
173
irradiándolo
en sus actividades de cada día, a fin de que queden orientadas a su
verdadero fin último.
III. Los
distintos agentes en la asamblea
No deja de ser
útil aquí invocar, ante todo, algunos principios generales
que regulan el desarrollo de la asamblea. En virtud de su bautismo, todos
los cristianos tienen el derecho y el deber de participar en las celebraciones
litúrgicas y en las asambleas a ellas destinadas (cf SC 14), a no ser
que estén legítimamente excluidos de las mismas. Todos los
participantes en la asamblea litúrgica están, pues, implicados en
la celebración de las acciones litúrgicas, si bien de manera
distinta, según la diversidad de órdenes, de funciones y de
la participación actual (cf SC 26)". Todo el que desempeña
una determinada función debe limitarse a realizar todo y
sólo aquello que, por la naturaleza del rito y por las normas
litúrgicas, corresponde a la función misma (cf SC 28)24. La
ordenación de la celebración litúrgica debe ser clara
expresión de la estructura orgánica y jerárquica del
pueblo de Dios25 y hacer visible a la iglesia tal y como está constituida
en sus distintos órdenes y ministeros 2\ La misma
"disposición general del edificio sagrado" debe
"presentar en cierto modo la imagen de la asamblea reunida"27.
La
consideración de tales principios nos lleva a la conclusión
de que todos los participantes en la asamblea son verdaderos agentes en ella,
desempeñando cada cual un determinado papel. Algunos desempeñan
un ministerio litúrgico; otros, no. Los primeros se llaman ministros,
que se distinguen en
Asamblea
ministros
ordenados, ministros instituidos y ministros de hecho2». Los
demás figuran bajo la simple denominación de fieles. Pasemos
brevemente a describir los distintos agentes de la asamblea, hablando
antes de los fieles y después de los ministros. Nos limitaremos a lo
más esencial.
1. Los FIELES. La
función de los fieles en la asamblea, aunque genérica,
merece su justo relieve y su estima. También ellos, por su sacerdocio
común, participación del único sacerdocio de Cristo,
están capacitados para ejercer el culto, sobre todo durante las acciones
litúrgicas (cf LG 10, 11,34).
Su
participación en la liturgia debe ser ante todo interna, es decir, debe
manifestarse en la atención de la mente y en los afectos del corazón,
para llegar así a una conformación de su espíritu con
las palabras que pronuncian o escuchan y a cooperar con la gracia divina.
Pero tal participación debe ser también externa, es decir, debe
ser una muestra de la participación interna mediante los
correspondientes actos exteriores, como son la oración, el canto, los gestos
rituales, la postura del cuerpo (cf SC 11, 30)2'. En orden a la
consecución de tales metas, han de tener los fieles muy en cuenta las
siguientes indicaciones generales contenidas en la
Ordenación
general del Misal Romano (cuyo texto se halla en la edición oficial
española del Misal Romano = MS) y que, aun refiriéndose
directamente a la celebración eucarística, conciernen a
todas las celebraciones litúrgicas: se mostrarán penetrados
de su función "por medio de un profundo sentido religioso y por la
caridad hacia los hermanos que toman parte en la misma
celebración"; evitarán "toda apariencia de singularidad
o de
Asamblea
división,
teniendo presente que es uno el Padre común que tienen en el cielo, y
que todos, por consiguiente, son hermanos entre sí"; se
esforzarán en formar un solo cuerpo, manifestando exteriormente
esta unidad; se mostrarán dispuestos a "servir al pueblo de
Dios con gozo cuando se les pida que desempeñen en la
celebración algún determinado ministerio"30.
Por lo
demás, en la celebración de la eucaristía han de lograr
los fieles su máximo grado de participación mediante la
comunión sacramental (cf SC 55)3I.
2. Los MINISTROS,
a) Advertencia sobre los ministerios litúrgicos.
Antes de hablar
de quiénes son agentes en la asamblea litúrgica en calidad de
ministros, recordemos las distintas clases de ministerio litúrgico para
cuyo desempeño han sido designados. Por / ministerio litúrgico se
entiende todo servicio, con cierta consistencia y estabilidad, previsto y
reconocido como tal para el adecuado desarrollo de las acciones
litúrgicas. Merecen una mención particular los ministerios de la
presidencia, de la oración, del canto, de la lectura, de la predicación
y de la acogida'2. No se trata de ministerios abstractos. Como las acciones
litúrgicas, a cuya realiza
ción
cooperan, y la misma liturgia son ministerios muy concretos, se realizan
mediante una multiplicidad de signos y se configuran variadamente en las
acciones litúrgicas según la diversa índole de las mismas.
Generalmente se compenetran unos y otros en la misma acción
litúrgica y, exceptuado el ministerio de la presidencia, pueden ser al
mismo tiempo competencia de distintos ministros.
b) Los ministros
ordenados. Son los que han recibido el sacra
174
mento del orden,
es decir, los obispos, los presbíteros, los diáconos. Les
corresponde a ellos el desempeño de distintos ministerios en el sector
específico de la santificación de los hombres y de la
glorificación de Dios, propio de la liturgia. Adviértase que
tales ministerios litúrgicos de los ministros ordenados, de los que
nos ocupamos aquí por separado, para comprenderlos
adecuadamente han de contemplarse a la luz de los demás ministerios en
los otros sectores, como los de magisterio y gobierno.
Los obispos, en
la liturgia, presiden en nombre de Dios a la grey de la que son pastores,
como sacerdotes del culto sagrado (cf LG 20). Gozando de la plenitud del
sacramento del orden, son "los principales administradores de
los misterios de Dios, así como también los moderadores,
promotores y custodios de toda la vida litúrgica en la iglesia que
les ha sido confiada" (CD 15). Al obispo le "ha sido confiado el
oficio de ofrecer a
de la
presidencia, otros ministerios litúrgicos, en orden sobre todo al
ejercicio de las funciones principales y fundamentales, ligadas a la
función episcopal. Participando activamente en las celebraciones
litúrgicas y desempeñando sus específicos
ministerios, los obispos ofrecen una particular muestra de su cualidad de
grandes sacerdotes de la grey que se les ha confiado; su presencia, más
que índice de solemnidad, es especial manifestación del
misterio de la iglesia (cf SC 41).
Los
presbíteros son los principales colaboradores de los obispos
175
(cf LG 20)
también en el ejercicio del culto. "Son consagrados por Dios,
siendo su ministro el obispo, a fin de que, hechos de manera especial
partícipes del sacerdocio de Cristo, obren en la celebración del
sacrificio como ministros de aquel que en la liturgia ejerce constantemente,
por obra del Espíritu Santo, su oficio sacerdotal en favor nuestro"
(PO 5). Los presbíteros presiden la asamblea como representantes
del obispo y desempeñan los demás ministerios a ellos reservados
en las distintas funciones litúrgicas, entre los que sobresalen los
de la oración y la predicación. Como los obispos, también
ellos ejercen su sagrado ministerio sobre todo en la celebración
eucarística, en la que, actuando en nombre de Cristo, representan y
aplican el sacrificio del mismo Cristo, dirigiendo al mismo tiempo las
oraciones de los fieles y anunciándoles el mensaje de la
salvación (cf LG 28)".
Los
diáconos, colaboradores también ellos del obispo (cf LG 20) y en
plena comunión y dependencia de él y de su presbiterio (cf LG 29;
CD 15), ejercen determinados ministerios en las acciones
litúrgicas. Además de prestar, en general, su servicio al
sacerdote, anuncian el evangelio, en ocasiones predican, proponen a los fieles
las intenciones de la oración, sugieren —si llega el caso— a
la asamblea los gestos y las actitudes que hayan de adoptarse y, al
finalizar las celebraciones, despiden a la asamblea. En la celebración
eucarística, más concretamente, corresponde a los
diáconos cuidarse del altar y de los vasos sagrados, en especial
del cáliz, y distribuir la eucaristía a los fieles, especialmente
bajo la especie del vino. En algunos casos, además, compete a los
diáconos el ministerio de la presidencia de la asam
Asamblea
blea, al que van
ligados otros específicos ministerios (cf LG 29)".
c) Los ministros
instituidos. Son los designados, por institución, para funciones
particulares en la comunidad eclesial. En la actualidad, son ministros
instituidos los lectores y los acólitos. Sus funciones, dentro de
la liturgia, están respectivamente al servicio de la palabra y del
altar".
Los lectores
desempeñan de ordinario las siguientes funciones litúrgicas:
proclamar las lecturas de la sagrada escritura, exceptuada la del evangelio;
recitar el salmo interleccional, a falta del salmista [/ infra, d];
proponer las intenciones de la oración, y dirigir el canto y la participación
de los fieles en caso de ausencia del diácono o del cantor".
Los
acólitos se han creado para ayudar al sacerdote y al diácono.
Desempeñan ordinariamente las siguientes funciones litúrgicas:
llevar la cruz en las procesiones; presentar el libro al sacerdote o al
diácono; cuidar del altar, de los vasos sagrados y de las ofrendas,
juntamente con el diácono, y del incensario. A tenor del derecho, por lo
demás, como ministros extraordinarios de la eucaristía, los
acólitos ayudan al sacerdote o al diácono a distribuir la
comunión y exponen públicamente la eucaristía a la
adoración de los fielesJ*.
d) Los ministros
de hecho. Son los que desempeñan determinadas funciones en la comunidad
eclesial, aun sin poseer ningún título oficial de
ordenación o de institución. En el sector litúrgico
merecen mencionarse: los que, en calidad de ministros
extraordinarios, tienen la función de distribuir la comunión
y exponer públicamente la eucaristía a la adoración de los
fieles"; los salmistas, es decir, los que proclaman el salmo o el
canto bíblico
entre las
lecturas"; los que, en el puesto de los lectores o de los acólitos
institucionales, hacen las lecturas de la sagrada Escritura, exceptuada la del
evangelio, y llevan el misal, la cruz, los ciriales, el incensario, etc.
(llamados ordinariamente estos últimos servidores; cf SC 29)4I; los
comentaristas, que, sustituyendo al sacerdote o al diácono, o bien
para ayudarles, intervienen con breves moniciones y explicaciones para
introducir a los fieles en las celebraciones y en sus distintas partes (cf SC
29)a; los que están al servicio de la acogida, recibiendo a los fieles
en la puerta de la iglesia y acompañándoles a sus puestos";
los que recogen las ofrendas en la iglesia44; los que desempeñan de la
forma que sea el servicio del canto, como el cantor, el maestro de coro, el
organista, los demás músicos, la misma schola cantorum (cf SC
29)45; los que, en calidad de guías, ayudan al sacerdote y al
diácono con su atención al recto desenvolvimiento de las celebraciones,
sobre todo de las más complejas4'.
IV. Perspectivas
pastorales
¿Qué
hacer para que el signo de la asamblea litúrgica se realice siempre con
toda su riqueza y en toda su eficacia? Es un interrogante que exige una clara
respuesta y, por consiguiente, una decidida toma de posición por parte
de los pastores de almas, con miras sobre todo a la formulación de
oportunos planes de trabajo [/ Pastoral litúrgica].
1. PREVIA
VISIÓN INTERDISCIPLINAR. Es ante todo necesario que los pastores de
almas posean pleno conocimiento de los datos teológicos y,
más específicamente, litúrgicos relativos a la
asamblea. Tales
176
datos, por lo
demás, deberán ser objeto de una progresiva profundización
en el marco más amplio de la / formación litúrgica
permanente del clero. Un elemento indispensable de tal
profundización es la adaptación de esos mismos datos
teológicos y litúrgicos a los datos aportados por las ciencias
antropológicas [/Antropología], en especial por la
/psicología y la /sociología47. Para que tal adaptación
pueda verdaderamente ser útil y fructuosa, es menester ante todo
interpretar los datos de las ciencias antropológicas en la asamblea según
la óptica propia de las mismas y con el respeto debido a su autonomía.
Pero es no menos absolutamente necesaria la relectura de tales datos a la
luz de la fe, en cuyo ámbito se inscribe la asamblea litúrgica, y
bajo la guía del magisterio. Tal estudio interdisciplinar del tema
de la asamblea es necesario para que se valore la pastoral de la asamblea de
suerte que presente las características de seriedad y de credibilidad y
responda, al mismo tiempo, a las exigencias concretas de las distintas
comunidades eclesiales. Con la intención de cooperar al logro de
tales metas, señalamos lo que nos parece más importante
en el plano de
los principios, añadiendo algunas aplicaciones prácticas.
2. PRINCIPIOS
GENERALES4", a) Asamblea signo. La asamblea debe desarrollarse de forma
que responda a su compleja naturaleza de signo [/ supra, II]. Aun
reconociendo la imposibilidad de cubrir la gran distancia que existe entre
la asamblea-signo y las grandes realidades significadas y realizadas en
dicho signo, hay que imprimir a la asamblea un dinamismo que la haga signo cada
vez más elocuente y transparente.
177
b) Asamblea y fe.
La asamblea está abierta a todos los fieles. Estos, aun en
posesión de la fe, necesitan crecer en ella. Al menos implícita y
en grado elemental, la fe se supone siempre en los participantes en la
asamblea. Se les habrá de ayudar a explicitarla y profundizarla durante
las celebraciones litúrgicas. La asamblea misma está llamada a
ser expresión viva de fe.
c) Asamblea y
santidad. La asamblea es signo de la iglesia, que, si bien "indefectiblemente
santa" (LG 39), "encierra en su propio seno a pecadores, siendo al
mismo tiempo santa y necesitada de purificación" (LG 8). La
asamblea, pues, no agrupa solamente a santos y perfectos; no queda reservada a
una élite espiritual. Acoge a todos: santos, imperfectos, pecadores,
para que en todos se manifiesten los prodigios de la misericordia y de la
gracia de Dios y, de esta manera, la iglesia entera "se purifique y
se renueve cada día más, hasta que Cristo se la presente a
sí mismo gloriosa, sin mancha ni arruga" (UR 4).
d) Asamblea y
eclesialidad. En la asamblea debe cultivarse y desarrollarse el sentido de
la eclesialidad [/ iglesia], superando las fronteras que provengan de
las diferencias de edad, condición de vida, cultura, lengua, raza o
nacionalidad4". Lo cual habrá de verificarse sobre todo a
nivel parroquial (cf SC 42), de iglesia local (diócesis) (cf SC 41)
y de iglesia universal (cf SC 26; LG 26). Llegará así a ser la
asamblea signo expresivo de comunión —a diversos niveles—
con la iglesia [/supra, II, 2]. Y a través de la iglesia,
"sacramento universal de salvación" (LG 48), de la cual se
siente parte viva, entrará la asamblea en comunión con toda la
humanidad, convirtiéndose ella
Asamblea
misma en figura y
signo de la unión de todos los hombres en Cristocabeza50.
e) Asamblea y
unidad. Sea numéricamente pequeña, mediana o grande, la
asamblea debe manifestar la unidad de sus participantes. El objetivo es
más fácilmente alcanzable cuando dicha asamblea es
expresión de una comunidad a la que los participantes en aquélla
están ligados por peculiares lazos de pertenencia. En cambio,
podrá experimentarse una cierta dificultad cuando la asamblea
litúrgica no es expresión de una comunidad bien definida.
Podría superarse tal dificultad mediante una oportuna y bien
estudiada dirección [/Animación], capaz de suscitar en los
participantes unos centros comunes de interés sobre la base de la
única fe y de la pertenencia al único cuerpo místico
de Cristo: la iglesia51.
f) Asamblea y
participación. La asamblea debe caracterizarse por una /
participación activa y diferenciada de sus miembros [/supra, III].
En orden a una participación verdaderamente activa será muy
útil procurar todo lo concerniente a la función de
significación-comunicación de los signos litúrgicos.
Tal participación, si ha de ser eficaz, habrá de promoverse en su
triple dimensión de instrucción, de creación de actitudes,
de consiguiente inserción en el misterio de Cristo52. En cuanto a
la diferenciación en la participación, será el
resultado de una seria valoración de las distintas funciones
señaladas a todos los miembros de la asamblea, que llevará a
una celebración pluralista y orgánicamente ordenada mediante
la observancia de las normas litúrgicas y bajo la dirección
del presidente de la asamblea.
En este contexto
se habrá de estudiar el tema de los carismas. Su ejercicio, sometido al
criterio de la autoridad competente (cf LG 12), no deja de cooperar al
desempeño de las diversas funciones de la asamblea, así como a su
vivificación. Lo cual termina redundando en beneficio de la
eficacia de la celebración entera y de la edificación de
dicha asamblea.
g) Asamblea y
vida. Aun estando, como litúrgica, hondamente penetrada por todo
aquello que tiene lugar durante la celebración, y hasta precisamente por
eso, no debe olvidar la asamblea nada de cuanto acompaña y caracteriza
la vida del hombre fuera de la celebración. En efecto, el hombre es
el sujeto concreto de la liturgia; la liturgia encuentra en él "su
materia, su norma, su mismo ser"".
La asamblea debe
estar abierta y atenta a todas las situaciones y a todos los problemas humanos,
individuales y sociales. Tales situaciones y problemas traspasan,
juntamente con sus protagonistas, la frontera de la liturgia, que los ha
de contemplar a la luz de la fe. A cada uno de los fieles le será
entonces posible, como lo será a la comunidad, el afrontarlos en su
concreción de cada día con la fuerza recibida en la liturgia.
Reflejando en sí misma la dimensión antropológica de la
liturgia54, la asamblea no solamente demostrará su respeto hacia todos
los valores humanos, sino que, merced sobre todo a la eucaristía,
llegará a ser también instrumento de su potenciación y,
por tanto, fuente de un serio compromiso y de una verdadera /promoción
humana" [/supra, II, 4].
h) Asamblea y
fiesta. La asamblea debe ser expresión y manantial de / fiesta. Es
la fiesta una de las grandes posibilidades que se le ofrecen al hombre en orden
a superar la monotonía y las dificul
178
tades que derivan
de su vida ordinaria. También la asamblea litúrgica
presta un gran servicio en este sentido. Su misma constitución es ya una
oportunidad festiva para sus participantes. Y lo es con posterioridad, al
celebrar, con la variedad y riqueza de los signos que se le ofrecen, el /
memorial de la salvación, llegando ella misma a ser
celebración gozosa y festiva de la salvación de cada uno de los
participantes y de toda la iglesia. No representan obstáculo alguno
aquellos momentos de aparente repliegue sobre sí misma
provocados por la aplicación de determinados signos con sabor a
penitencia o a luto. Se trata en realidad de momentos que hacen brotar con
más vigor e intensidad el gozo y la fiesta, después de haber
pasado por el crisol de una purificación siempre necesaria. El
clima festivo de la asamblea litúrgica se irradia, finalmente, hacia
otras manifestaciones festivas de la vida humana, así como sobre los
mismos acontecimientos que sellan el discurrir ordinario de su
jornada".
3. APLICACIONES PRÁCTICAS.
Entre las muchas aplicaciones de orden práctico que derivan del conjunto
de principios generales expuestos, señalamos las siguientes. Apuntamos
algunas normas sobre la asamblea contenidas en
a) Recordemos
previamente que la asamblea, sobre todo la del domingo (cf SC 106), es un
elemento característico de la vida de la iglesia (cf SC 6). Tanto
la asamblea como su adecuado desarrollo deben, pues, constituir una
constante 179
meta del trabajo
apostólico (cf SC 10) y uno de los núcleos fundamentales de
interés de la pastoral litúrgica58.
b) Dentro de las
distintas celebraciones litúrgicas, se habrán de tener en
cuenta la naturaleza y las características de cada asamblea, de suerte
que se favorezcan la activa participación de todos sus miembros y
el bien espiritual común de la asamblea misma". De ahí la necesidad
de una prudente / adaptación y de una sabia / animación. Se
habrá de prestar una particular atención a los que se encuentran
en la asamblea, pero sin sentirse comprometidos en una efectiva participación,
sea por la debilidad de su fe, sea por su insuficiente formación
litúrgica w.
c) La misma
disposición general del lugar sagrado ha de ser tal que constituya
una verdadera expresión de la asamblea en él congregada
y favorezca la comunicación entre los distintos participantes".
d) La preparación
de cada celebración debe realizarse de común acuerdo entre
todos los miembros de la asamblea que hubieren de desempeñar alguna
función determinada62. Dése la debida importancia a
aquellos elementos que, siendo signos externos de la celebración comunitaria,
cooperan a manifestar y favorecer la participación de todos".
e) Para una
conveniente preparación de las celebraciones es también
necesario conocer aquellos sectores particulares del / derecho litúrgico
que regulan el comportamiento de la asamblea y de los llamados en la misma
a desempeñar funciones particulares. Merecen especial mención las
normas conte
Asamblea
nidas en los
prólogos o introducciones generales de cada uno de los / libros
litúrgicos, caracterizadas por una clara dimensión
teológicoespiritual-pastoral. No se han de omitir tampoco las
múltiples indicaciones relativas a la participación de los
fieles (cfSC 31).
f) Durante la
celebración litúrgica, el ejercicio de las diversas
funciones no debe ser expresión de individualismos ni causa de desunión;
debe, más bien, alcanzar aquella profunda y orgánica unidad de la
asamblea que haga de ella un claro signo de la unidad de todo el pueblo de
Dios64.
g) Con el fin de
eliminar las divisiones y la dispersión, evítese tener simultáneamente
en la misma iglesia más asambleas de diverso o de idéntico tipo
(misa, sacramentos, etcétera)'5.
h) Para fomentar
el sentido de la comunidad parroquial y evitar su excesivo fraccionamiento, en
los domingos y días festivos no ha de multiplicarse, sin un verdadero y
fundado motivo, el número de las asambleas66.
i) Por principio,
las asambleas deben estar abiertas a todos los componentes de la comunidad,
reservando una acogida especial a los huéspedes y a los extraños,
a no ser que para estos últimos se juzgue más oportuna la
programación de asambleas adjuntas67.
k) Por razones de
orden pastoral, han de fomentarse las asambleas por /grupos
particulares. Ténganse, en la medida de lo posible, en los
días no festivos. Cuando fuere necesario tenerlas en día festivo,
búsquese la forma de fusionarlas convenientemente con la asamblea o
asambleas más amplias de toda la comunidad6*.
Asamblea
V.
Conclusión
Valorizar al
máximo la asamblea litúrgica. Muy bien puede ser ésta la
más oportuna conclusión de cuanto hemos venido diciendo sobre
el tema de la asamblea, sobre su necesidad, dignidad e importancia. Hemos
subrayado cómo la función de valorizar la asamblea debe desempeñarse
ya en el campo doctrinal, ya en el orden de la praxis. Ante todo, se ha de
profundizar cada vez más la doctrina sobre la asamblea, insistiendo en
sus fundamentos teológicos y antropológicos. La praxis, a su
vez, debe buscar, a la luz de la doctrina, los medios más adecuados para
hacer cada vez más comprensible, creíble y eficaz el signo de la
asamblea. Y entonces se sentirán los fieles llevados a participar en la
asamblea sin presiones de ningún género, espontáneamente,
con alegría, experimentando su necesidad y desempeñando
a conciencia las funciones propias de la asamblea. No se tratará
solamente de congregarse de una manera material, sino que se tenderá a
esa disponibilidad en la acción y a esa unanimidad de espíritu
que permitan experimentar la viva y real presencia de Cristo resucitado en
medio de la asamblea, revivir intensamente su misterio e irradiar la
virtud en beneficio de toda la humanidad.
[/
Animación].
NOTAS: ' Cf Y.
Congar, Réflexions ei recherches actuelles sur l'assemblée
chrétienne, en MD 115 (1973) 7-29 (espec. 19-29); Th. Maertens. La
liturgie de l'assemblée face aux problemes d'aujourd'hui, en ParL 51
(1969) 106-120 — 2 Cf A. Cuva, La presenza di Cristo nella liturgia, Ed.
Liturgiche, Roma 1973, 3132, 56 — 3 Cf L. Olgiati, L'assemblea
litúrgica, momento fundaméntale di evangelizzazione e cultura cristiana,
en Riv. del clero ¡tal. 57 (1976) 958-967; A. Pascual, La asamblea
litúrgica, sacramento de salvación, en Liturgia (Silos) 24 (1969)
47-63; S. Rinaudo, L'assem
180
blea
litúrgica, en RL 51 (1964) 179-192 -' Cf. ene. "Mediator Dei",
sobre la liturgia, 20-111947, I, I, en La liturgia (Insegnamenti
pontifici, 8), Edizioni Paoline, 19592, 358, n. 520 — 5 Cf también
Pablo VI, ene. "Mysterium fidei", sobre la santísima
eucaristía, 3-91965, en Pablo VI, Encicliche e discorsi Vil,
Edizioni Paoline 1966, 24 — 6 S. Congr. de ritos, Instr.
"Eucharisticum mysterium" (= EM), sobre el culto del misterio
eucarístico,
J0 3I
n.
181
reforma en la
iglesia latina de la disciplina relativa a la primera tonsura, a las
órdenes menores y al subdiaconado,
n. 29; MR, OG 65,
143-147; Ritual romano..., Comunión fuera de la misa..., p. 534ss
— * Cf MR, OG 68; Ritual romano..., Comunión fuera de la misa...,
p. c. —m Cf MR, OG 67, y también 36, 90, 313 — 4I Cf
también MR, OG 68; Pablo VI, Motu proprio "Ministerio
quaedam".... V, VI — 42 Cf también MR, OG
pastorales, en MD
124 (1975) 103-109; E. Lodi, o.c, 159-161 — 6I Cf MR, OG 257, 271 —
62 Cf MR, OG 313 — 63 Cf MR. OG 14-16 -" Cf MR, OG 62, 257 —
« Cf EM 17 -<* Cf EM 26 -" Cf EM 16, 19 - 68 Cf EM 27; S. Congr.
para el culto divino, Instr. "Actio pastoralis ecclesiae", sobre las
santas misas para grupos particulares,
A. Cuva
BIBLIOGRAFÍA:
Auge M., La asamblea cultual, propiedad sagrada del Señor, en
"Clare-
Asambleas sin
presbítero
tianum" 9
(1969) 395-411; Bellavista J., La asamblea eucaristica y el domingo, en
"Phase" 61 (1971) 51-62; Cantinat J„
SUMARIO: I. Una
nueva praxis eclesial - II. La experiencia de las iglesias alemanas - III. La
experiencia de la iglesia francesa - IV. Algunas conclusiones.
I. Una nueva
praxis eclesial
En los
años que siguieron al Vaticano II fue adquiriendo cada vez mayor
difusión y consistencia un nuevo tipo de asambleas cristiañas,
en parte ya conocidas en el pasado: las denominadas asambleas litúrgicas
sin presbítero. (No sería necesario indicar que en esta voz el
término asamblea se utiliza como sinónimo de celebración
y, por tanto, con un significado un tanto distinto del que tiene la voz anterior.)
Centradas en la
palabra de Dios y en la oración, estas celebraciones se habían ya
valorado en particulares contextos históricos' y en las misiones2,
habiendo encontrado difusión más reciente en Europa y en las
iglesias jóvenes. Pero después del Vat. II esta nueva praxis
eclesial ha experimentado interesantes desarrollos a nivel de
reflexión y de organización al menos por tres motivos: la falta
de sacerdotes; la renovación de la eclesiología y de la doctrina
sobre los ministerios; la atención misma que la iglesia oficial ha
reservado a nuevas situaciones pastorales de emergencia. La
dramática reducción numérica de sacerdotes ha provocado,
incluso en Europa, la multiplicación de comunidades cristianas sin
pastor, deseosas de seguir congregándose en el día del
Señor dentro de su propio ambiente de vida; por otra parte, el
reflorecimiento de ministerios en las distintas iglesias y la vigorosa
investigación teológica actual sobre la cuestión han
favorecido la asunción de nuevas responsabilidades en las
comunidades locales por parte de diáconos, religiosas y laicos, hasta
llegar a presidir la asamblea dominical cuando no se puede contar con la
presencia del sacerdote.
Pero,
además, algunas conferencias episcopales se han interesado
activamente por el problema, desarrollando las posibilidades que dejaron
abiertas los documentos conciliares y posconciliares. La constitución
litúrgica (1963), en 182
efecto,
había recomendado la celebración de la palabra en los domingos
y fiestas, "sobre todo en los lugares donde no haya sacerdote, en cuyo
caso debe dirigir la celebración un diácono u otro delegado
del obispo" (SC 35,4), mientras que la instrucción Eucharisticum
mysterium (1967) hablaba del caso en que, "por escasez de sacerdotes,
se distribuye la comunión incluso por un ministro que tenga esta
facultad por indulto de
Nacía
así la posibilidad de programar una celebración dominical,
denominada con nombres distintos, que, además de los ritos de saludo y
despedida, podía comprender tres partes: proclamación de la
palabra; oración de la comunidad; distribución de la
comunión. Podía estar presidida por un diácono o por otro
ministro, hombre o mujer, generalmente delegado por el obispo, que hubiere
alcanzado una adecuada preparación. Tal función ministerial, por
lo demás, no se limitaba sólo al momento litúrgico, sino
que se extendía a todos los aspectos de la animación de la
comunidad cristiana, que únicamente raras veces, con frecuencia
sólo cada mes, podía participar en la eucaristía celebrada
por el sacerdote responsable de la comunidad mayor.
El
fenómeno se ha propagado en muchas iglesias de diversos países';
pero para ilustrar sus aspectos y su problemática, juzgamos suficiente
documentar la experiencia más reciente de las iglesias de Alemania
y Francia, que nos parecen bastante representativas y capaces de inspi
183
rar algunas
conclusiones de importancia más general.
II. La
experiencia de las iglesias alemanas
En las
diócesis de
Asambleas sin
presbítero
saludo y apertura
con un acto penitencial; proclamación de la palabra con homilía;
oración universal; distribución de la comunión;
despedida y bendición. La reflexión pastoral de los
últimos años ha versado sobre los puntos siguientes:
a) una palabra
seguramente decisiva para la pastoral de la diáspora es
Mt 18,19; el
credo ecclesiam posee un particular significado para una pequeña
asamblea de dispersos; b) no se infravaloran las dificultades que
experimentan algunos ante las iniciativas que puedan contener un sabor
protestante y que podrían provocar una peligrosa desestima de la
eucaristía y del sacerdocio ministerial; c) se ha reflexionado
mayormente sobre las diferencias entre una celebración
eucarística y las celebraciones estacionales: estas últimas no
sustituyen a la primera, que sigue siendo la forma máxima de
reunión de la asamblea, y que no queda eliminada, sino que se celebra
más raras veces; d) una celebración estacional tiene algunas
características propias: expresa la comunión con la
comunidad parroquial, con la diócesis, con la iglesia universal;
lleva a experimentar la relación palabra-sacramento; actualiza la
múltiple presencia del Señor; mantiene la antigua
ordenación de la plegaria eucarística (alabanza, acción de
gracias, súplica, penitencia); no se limita a ser un hecho verbal,
sino que realiza un ritmo adecuado entre palabras, ritos, silencio y
acciones.
La nueva
experiencia en
La nueva praxis
se ha propagado igualmente en
damental de la
celebración eucarística dominical, como "forma primaria"
de la asamblea litúrgica de una comunidad"; la inconveniencia de
multiplicar las misas dominicales de sacerdotes supercomprometidos, cada vez
menos numerosos; la necesidad de una programación zonal, con
la concentración para la celebración eucarística en algunas
localidades más céntricas; la presencia, sin embargo, de
comunidades menores, sociológicamente vinculadas a su ambiente
y para las que "es menester tratar de organizar a toda costa
celebraciones litúrgicas dirigidas por un diácono
o por un
laico". Se iluminan las motivaciones litúrgico-pastorales de estas
celebraciones, subrayando que "debieran aprovecharse también las
ricas experiencias que en este campo se han realizado ya, por ejem
184
plo, en la
diáspora y con las ejem
plares tentativas
de
han dado
distintas orientaciones so
bre la
conveniencia de revitalizar
y apelar a la
responsabilidad de las
comunidades,
sobre la preparación
de ministros y la
presentación de
los mismos a los
fieles "en una
celebración
particular en la que se
lea
públicamente la carta del obispo
que les confiere
tal oficio".
Para la
estructuración de estas asambleas, "menos definidas por el derecho
litúrgico", se aconseja "servirse, donde sea posible, de los
elementos de la misa: lecturas del día, explicación por parte de
una persona autorizada para predicar o bien por medio de un texto leído,
cantos, oración, plegaria universal, oración preparatoria y final
para la distribución de la comunión". El mismo sínodo
ha dedicado igualmente a estas celebraciones una directriz pastoral y ha
presentado a la conferencia episcopal un voto, solicitando "la
elaboración para las regiones de lengua alemana de algunos modelos
comunes de liturgias comunitarias dominicales sin el sacerdote".
La nueva praxis
está siendo, en
185
III. La
experiencia de la iglesia francesa
En Francia, a
comienzos de 1971, con el acento de la escasez de sacerdotes y con el
desarrollo de la reflexión posconciliar, se ha visto ampliamente acogida
la opción pastoral de mantener en su ambiente a las comunidades
locales, invitándolas regularmente a agruparse en asambleas,
animadas y dirigidas por sus mismos miembros12. Estas celebraciones,
conocidas más frecuentemente con el nombre de
Assemblées
dominicales en l'absence de prétres (ADAP), en 1977
aparecían ya extendidas por más de mil cien parroquias,
repartidas en sesenta y siete diócesis". Se las ha valorado de
acuerdo con un esquema flexible, con variantes frecuentemente significativas,
que por lo general mantienen la siguiente estructura: rito de apertura; liturgia
de la palabra con homilía y oración universal; acción de
gracias; comunión; despedida. Aunque con algunos antecedentes, la
nueva situación se configuró rápidamente a principios de
1973, merced al fuerte influjo del documento de la asamblea de los obispos
sobre la corresponsabilidad en la iglesia14. Sobre la situación pastoral
francesa se realizó en 1979 una reflexión orgánica, en un
encuentro nacional de animadores y responsables, preparado con el informe
de 1977 sobre los diversos aspectos de estas asambleas (decisión,
actuación, funciones, contenido de la celebración)15.
Esta floración
de asambleas sin sacerdote está ciertamente ligada a la escasez de
clero, pero es igualmente expresión del convencimiento sobre
la importancia fundamental de la asamblea para mantener y manifestar una
comunidad cristiana, teniendo una consideración
Asambleas sin
presbítero
especial con
aquellos que no pueden abandonar su ambiente; y ha sido posible por la
presencia de un grupo de cristianos que viven conjuntamente su fe en una
comunidad local. Entre los aspectos positivos del fenómeno se ha subrayado
el resurgir de una iglesia más consciente y responsable, más
abierta y diversificada, más viva y fraterna.
Pero existen
también varias dificultades: la precariedad de ciertos grupos; la
dificultad de construir realmente la iglesia en asambleas con escaso
número de participantes
o con una
presencia insuficiente de animadores; la persistencia de una mentalidad y de
unos hábitos anteriores, que contribuyen a la continuación
de una práctica tradicional más que al resurgir de un nuevo tipo
de comunidad. Según informes, pueden recogerse experiencias muy
diversas sobre la preparación e introducción de la nueva praxis;
sobre las funciones del animador, en relación con los distintos servicios
asumidos por los laicos dentro de la comunidad; sobre la manera de concebir y
de ejercer la presidencia (mantenida como necesaria, pero con un papel a
ser posible más discreto); sobre la sensibilidad en torno a la
función del sacerdote responsable de una comunidad mayor.
Son
significativas, y no sólo para la iglesia francesa, las orientaciones
dadas por Pablo VI a los obispos franceses en 1977: "Afrontad igualmente
el problema de las asambleas dominicales sin sacerdote, en los ambientes
rurales donde la aldea forma una cierta unidad natural tanto para la vida como para
la oración; sería perjudicial desentenderse de él o
dispersarlo. Comprendemos perfectamente la razón y las ventajas que
de ahí pueden derivar para la responsabilidad de los participantes
y la vitalidad de la
población.
El mundo actual prefiere estas comunidades a la medida humana, a
condición, evidentemente, de estar atendidas con suficiencia,
vivas y no cerradas en sí mismas como un ghetto. Os decimos, pues:
proceded con discreción, pero sin multiplicar este tipo de reuniones,
como si fuesen ellas la mejor solución y la última posibilidad.
Ante todo, estad vosotros mismos convencidos de la necesidad de se
leccionar con
prudencia y de preparar a los animadores, laicos o religiosos, y de que ya
en este nivel aparece de importancia capital el papel del sacerdote. Por lo
demás, el objetivo debe seguir siendo la celebración del
sacrificio de la misa, la única verdadera realización de la
pascua del Señor. Y pensemos sobre todo en serio que estas asambleas
del domingo no pueden bastar para construir comunidades vivas e
irradiantes, en un contexto
de
población poco cristiana o que está abandonando la
práctica dominical. Es menester crear al mismo tiempo otros
encuentros de amistad y de reflexión, grupos de formación
cristiana, con el concurso de sacerdotes y de laicos más formados,
que puedan ayudar al ambiente a establecer relaciones de caridad y a tomar una
mayor conciencia de las propias responsabilidades familiares, educativas,
profesionales, espirituales" "•.
IV. Algunas
conclusiones
Después de
haber confrontado la copiosa bibliografía sobre la cuestión
y las experiencias más conocidas, al menos en Europa, creemos poder
ya sacar algunas conclusiones orientadoras.
1. Basados en los
hechos más destacados, parece legítimo afirmar
186
que el
fenómeno de la propagación de las asambleas sin sacerdotes se
debe ciertamente a la falta o escasez de clero y a la voluntad por parte
de la iglesia de no abandonar a sus comunidades más
"pequeñas, pobres y dispersas"; pero se debe también,
en no pocas situaciones, a una viva presencia de laicos comprometidos, que
desean asumir sus propias responsabilidades dentro de una iglesia que se
renueva, construyéndose desde abajo.
2. Las asambleas
sin sacerdotes pueden representar una solución pastoral provechosa en
muchos ambientes eclesiales, donde las comunidades menores están olvidadas
o atendidas con una apresurada misa dominical, desligada por otra parte de su
vida y de todo compromiso de evangelización. El juicio
podría extenderse no sólo a las zonas rurales, sino
también a las grandes ciudades, en sintonía con la tendencia a
formar grupos de barrio, de vecinos, de afinidad, que
pueden llegar a
servir de base sociológica de nuevas experiencias de iglesia17.
Los problemas abiertos y las dificultades
existentes no deben hacer olvidar que nos hallamos solamente en los comienzos
de una andadura, de la que brotan ya no pocos indicios alentadores, como la
mayor corresponsabilidad, la vigorosa creatividad, el deseo de una mayor
formación, la relación celebración-vida, la
progresiva iniciación en una más plena comprensión de
la eucaristía y del sacerdocio ministerial.
Más en particular se subraya
cómo, aun introducida por necesidad, esta nueva praxis
"representa la ocasión privilegiada para traducir en
realidades concretas las enseñanzas del Vat. II sobre el
187
pueblo de Dios,
ofreciendo a sus miembros la posibilidad de tomar parte activa en la vida de la
iglesia y en hacerla realidad"'8; es decir, estamos asistiendo a la
consolidación de un nuevo estilo de iglesia, que representa un
hecho nuevo y de gran importancia para el futuro.
5. Y un
último dato significativo que, bajo el signo de la evidencia,
encuentra un eco vivo sobre todo en las iglesias jóvenes: las asambleas
sin sacerdotes son el lugar donde más vivamente se plantea el problema
de los ministerios a partir de las necesidades reales y de los carismas
que se ponen de manifiesto en las comunidades, sin excluir "la
posibilidad de admitir como elegibles para la ordenación sacerdotal a
líderes reconocidos, salidos de niveles de comunidades cristianas de
base de índole distinta"". En una palabra: estas nuevas
experiencias, aunque recursos provisionales y precarios de una pastoral en
difíciles situaciones, pueden llegar a ser punto de partida de una
vigorosa renovación eclesial, capaz de desembocar en una profunda
reestructuración de las comunidades cristianas.
[/ Mujer, IV, 2,
e].
NOTAS: ' Cf, por
ejemplo, K. Juhasz, Laien im Dienst der Seelsorge wáhrend der
Türkenherrschaft in Vngarn, Münster 1960; F.X. Bürkler, Die
Sonnund Festtagsfeier in der katolischen Chinamission, Roma 1942 — 2 Cf
J. Hofinger,
Pastorale litúrgica e cristianitá missionaria, Edizioni Paoline,
1961, parte III (La celebrazione comunitaria in assenza del sacerdote), donde
se encontrarán también esquemas de celebración
según los tiempos litúrgicos — 3 Cf el "dossier"
"Paroisses sans prétre" en Europe occidentale. Situations et
recherches des solutions, en Pro mundi vita (marzo 1979); P.D. Delanotte,
Cathéchistes hier, responsables de communautés actuelment,
en Spiritus 18 (1977) 350-359 —4 Cf J. Cramer, Die Stationsgottesdienste
in der DDR. Sonntáglicher Gottesdienst in der Diaspora, en U 29 (1979)
222-225. Acerca del nombre: A. Háussling, Was ist "Stationsgot-
Asambleas sin
presbítero
tesdienst"?,
en U 15 (1965) 163-166 — 5 H. Aufderbeck, La asamblea litúrgica en
la diospora, en Con 12 (1966) 243-247. Estudios más recientes
de este autor: Gemeinde ais Versammlung, en LJ 19 (1969) 65-78; Stationsgottesdienste,
Texte, Lipsia 1972; Sonntagsgottesdienst ohne Priester, en Th. MaasEwerd/KL.
Richter, Gemeinde im Herrenmahi. Zur Praxis der Messfeier, Benziger/Herder,
Einsiedeln-Friburgo de B. 1976, 91-96 — 6 H. Aufderbeck, Sonntagsgottesdienst
ohne Priester, cit., 95-96 — 7 Cf J. Cramer, Die
Stationsgottesdienste..., a.c. — 8 Die deutschen Bischóle, Zur
Ordnung der pastoralen Dienste, Bonn 1977; A.G. Koch, Priestermangel und
Sicherung der Seelsorge. Zur Situation der pastoralen Dienste, en Herderkorrespondenz
31 (1977) 306-312; F. Mussner, Die sonmagUche Versammlung der Gemeinde zum
Priesterlosen Gottesdienst, en U 29 (1979) 226-231; D. Eissing, Zur Diskussion
um die Gestalt sonntáglicher Gemeinde-Gottesdienste ohne Priester, en TG
69 (1979) 203-229; U. Ruh, Priesterlose Sonntagsgottesdienste. Zur
Diskussion über eine Folgeerscheinung des Priestersmangels, en Herderkorrespondenz
34 (1980) 203-206 — 9 Cf. P.J. Cordes, Pastoralassistenten und Diakone,
en Stimmen der Zeit 195 (1977) 389-401; N. Greinacher, Das Problem der
nichtordinierten Bezugspersonen in katolischen Gemeinden, en Diakonia 9 (1978)
404-412; H.J. Pottmeyer, Les animateurs pastoraux dans l'Église d'Allemagne,
en NRT 100 (1978) 838-854 — l0 Cf Gemeinsame Synode der Bistümer in
der Bundesrepublik Deutschland. Beschlüsse der Vollversammlung. Of/izielle
Gesamtausgabe I, Friburgo de B. 1976, 196-225 (2,4, c) — "
Además de los escritos anteriores, cf A. Schilson, Ein Schritt in die
falsche Richtung. Kritische Bemerkungen zur gegenwártigen praxis
sonntáglicher Kommunionsfeiern, en Diakonia 9 (1978) 62-67; K.
Schlemmer, Priesterloser Gottesdienst-aber wie?, en LJ 28 (1978)37-44 —
l2 CíNPLn. 120(1976) (Assemhlées dominicales en l'absence de
prétre); varios trabajos en MD 130 (1977); L. de Vaucelles, Le
destín incertain des assemblées dominicales sans prétres,
en Études 349 (1978) 239-248; M. Klóckner, Sonntagsgottesdienste
unter Leitung von Laien. Zur Praxis und Diskussion in Frankreich, en TG 68
(1978) 7789; el CNPL ha publicado también una guía para los
animadores: Assemblées dominicales en l'absence du prétre.
Célébrations, Cahiers du livre, París 1978 — n Cf M.
Brulin, Assemblées dominicales en l'absence de prétres.
Situation en France et enjeux pastoraux, en MD 130 (1977) 80-113— M Cf
Assemblée pléniére de l'episcopat francais, Tous responsables
dans l'Église? Le minístére presbyteraldans
l'Église tout entiére ministerielle, Centu
Asambleas sin
presbítero
rion,
París 1973 — l5 Cf M. Brulin, Asambleas dominicales sin sacerdote
(en Francia), en Con 153 (1980) 327-333 — " Cfel texto en La doc.
cath. 59 (1977) 351-353 — " Cf L. de Vaucelles, Le
destín incertain..., a.c, 248 — " Ib, 242 — " J.
Dupuis, Colloque d'Asie: ministeres dans l'Église, en Spiritus,
diciembre 1977,
374.
D. Sartore
188
BIBLIOGRAFÍA:
Keremer J., Celebración de
Celebraciones
dominicales en ausencia de sacerdote, Subsidia Litúrgica 39, ED1CE, Madrid
1981.
B
SUMARIO: 1.
Introducción - II. La experiencia litúrgica y pastoral de la
iglesia apostólica:
1. El
término "bautizar", "bautismo"; 2. El bautismo de
Juan; 3. El bautismo recibido por Jesús; 4. Jesús y el bautismo;
5. Los Hechos de los Apóstoles y el bautismo; 6. San Pablo y el
bautismo; 7. El bautismo en san Juan; 8. La tipología bautismal de la
iglesia y la carta de Pedro - III. Las experiencias bautismales en los primeros
siglos: 1.
- XI. La
catequesis de los padres: 1. La metodología catequética: a) La
renuncia, b) La bendición del agua - XII. Visión sintética
del nuevo rito del bautismo de los niños.
I.
Introducción
No es posible
hablar del bautismo sin relacionarlo con los otros dos sacramentos de la
iniciación cristiana. El Rito del bautismo de los niños subraya
esta importante exigencia dedicándole los párrafos iniciales de
los Praenotanda del RBP (nn. 1-2). Mas, si es legítimo y hasta necesario
tratar por separado del bautismo, en un tratado aparte como el presente no
podrá encontrarse el encuadramiento general, que sería tan
necesario, por lo que rogamos al lector que consulte previamente la voz
/"Iniciación cristiana. Presupuesto cuanto allí se dice,
aquí nos limitaremos al bautismo, aun aludiendo acá y
allá a la /confirmación, para subrayar ya sus relaciones con el
primer sacramento, ya sus diferencias.
II. La
experiencia litúrgica y pastoral de la iglesia apostólica
1. EL
TÉRMINO "BAUTIZAR", "BAUTISMO". Desde el punto de
vista lexicográfico, el verbo griego báptó,
baptizó, significa inmergir, sumergir: se usa también hablando de
una nave que se hunde o que se hace sumergir. En el helenismo rara vez se usa
con el significado de bañarse, lavarse; sugiere más bien la idea
de hundirse en el agua.
El NT usa
báptó solamente en sentido propio: mojar (Le 16,24; Jn 13,26),
teñir (Ap 19,13); y baptizó solamente en sentido cultual (rara
vez en referencia a las abluciones de los judíos: Me 7,14; Le 11,38), es
decir, en el sentido técnico de bautizar. Que el NT use el verbo
baptizó sólo en este sentido cultual técnico bien
determinado demuestra que en él el bautismo comporta ya algo que
era desconocido en los demás ritos y costumbres de la época. En
efecto, las religiones helenísticas conocían las abluciones;
pero, como demuestran los estudios actuales, si alguna vez aparece el
Bautismo
verbo
baptízein en el helenismo, dentro de un contexto religioso, nunca llega
a tener un sentido sacral técnico.
En el AT y en el
judaismo los siete baños de Naamán (2 Re 5,14) demuestran cuan
importante era ya entonces bañarse en el Jordán. Se trata de un
gesto cuasisacramental que se convertiría en uno de los tipos
principales de la patrología patrística [/ infra, 8]. Sin
embargo, las abluciones de los judíos con carácter de
purificación sólo aparecerían más tarde, por
ejemplo en Jdt 12,7. (También el bautismo de los prosélitos
judíos entraba en esta intención purificadora.) Pero en el
judaismo tales
purificaciones son, por así decirlo, un rito legal más que una
verdadera purificación. Sabemos cómo la exégesis radical,
sobre todo a finales del siglo pasado, ha tratado de demostrar que el
cristianismo se habría apropiado simplemente estos diversos ritos'.
2. EL BAUTISMO DE
JUAN. El bautismo de Juan en las riberas del Jordán atrajo sin duda la
atención. Aun poseyendo algunas semejanzas con las abluciones legales de
los judíos y con el bautismo de los prosélitos, el de Juan se
distinguía fundamentalmente de estos ritos, ya que exigía un
nuevo comportamiento moral: en él se trataba de realizar una
conversión en vista de la llegada del reino. Nos encontramos frente
a un rito de iniciación de una comunidad mesiánica, en
línea con los anuncios de los profetas (cf Is 1,15ss; Ez 36,25; Jer
3,22; 4,14; Zac 13,1; Sal 51,9). Se trata, pues, de un rito con un alcance
verdaderamente nuevo. El bautismo de Juan es una expresión peni
tencial en orden
a la conversión del corazón (Me 1,4; Le 3,3; Mt 3,11); es un
bautismo para la remisión de los pecados (Me 1,4; Le 3,3); pero
190
es un bautismo
que anuncia otro bautismo y que, independientemente de la cuestión
sobre la historicidad de las palabras de Juan recogidas por Mt 3,11:
"Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego" (cf
Me 1,8), aparece claramente diferenciado del bautismo cristiano. El judaismo
del AT conoce ya la idea de una inmersión que daba la vida (Jl 3,lss; Is
32,15; 44,3; Ez 47,7ss); no es, sin embargo, difícil descubrir en el
bautismo de Juan un significado escatológico y colectivo2.
3. EL BAUTISMO
RECIBIDO POR JESÚS. El bautismo que recibió Jesús en el
Jordán impresionó ciertamente a los evangelistas, pues los cuatro
hablan de él explicando más o menos el hecho (Mt 3,13-17; Me
1,9-11; Le 3,21-22; Jn 1,32-34)'. Pero aquí habría mucho que
hablar sobre cómo se ha interpretado este bautismo. Los mismos padres
escribieron no poco sobre él, insistiendo en el hecho de que
Jesús no necesitaba ni conversión ni remisión de los
pecados. Muchos de ellos, sin
embargo, y esto
no se ha subrayado lo bastante, ven en tal bautismo la designación
oficial de Jesús como mesías, profeta, rey y siervo; siervo
con toda la riqueza de significado expresada por Is 53: siervo,
víctima, sacerdote. Y desde este sentido, los padres interpretan el
bautismo de Jesús en el Jordán como tipo de la
confirmación, al igual que interpretan, por otra parte, la
intervención del Espíritu en la encarnación como anuncio
del bautismo. Al final de la narración, las palabras del Padre confieren
un profundo significado a este bautismo, que es una designación,
una epifanía del Hijo, como acertadamente lo interpreta la liturgia
orien
tal. El Hijo,
hyios monogénés, es también el doülos, el siervo.
Puede verse aquí una alusión clara a Is 191
42,1, de suerte
que las palabras del Padre expresarían la elección del Padre:
Yo te he escogido como siervo4. La narración del bautismo y la voz del
Padre deberían, pues, interpretarse como un envío misionero
a proclamar la salvación y a ofrecer el sacrificio en el que se
cumpliese la voluntad del Padre para la reconstrucción del mundo.
En tal sentido, la narración del bautismo de Jesús es para
nosotros más significativa por referencia a la confirmación que
por referencia al bautismo [/ Iniciación cristiana, I, 2].
El bautismo de
Juan implica un acto que afecta a un pueblo en su conjunto, y es evidente que
tanto Jesús como Juan se sitúan ante una misión para la
salvación del mundo, cada cual dentro de su propia línea. La
frase de Jesús a Juan: "Conviene que se cumpla así toda
justicia" (Mt 3,15)5, alude a la misión para la que desde
entonces queda designado Jesús: el anuncio de la salvación y la
realización de la misma en su misterio pascual. Es evidente, por tanto,
que cuanto acaece en el Jordán es una designación oficial de
Jesús para su misión profética, real y
mesiánica y, al mismo tiempo, para su misión sacerdotal de
siervo, víctima y sacerdote. Por otra parte, Jesús recibe la
plenitud del Espíritu para desempeñar por entero su
misión. Se comprende entonces por qué en el bautismo de
Jesús en el Jordán hayan visto frecuentemente los padres el
sacramento de la confirmación: al ser-de-hijo-adoptivo, que a
nosotros se nos ha dado en el bautismo y que para el Verbo corresponde a su
ser-en-la-carne, se añade ahora un actuar-para-unamisión y
para-el-sacrificio de la alianza [/ Iniciación cristiana, I, 2]. Es
menester subrayar la definición que hace Juan de Jesús al
llamarle
Bautismo
"el cordero
de Dios" (Jn 1,29-34). Por otra parte, Jesús es el que ha venido
para traer la luz (cf Jn 1,9), y esta misión de iluminar confirma las
palabras de Isaías, quien ve en el que había de venir "la
luz de las naciones" (42,6). Existe, pues, unidad entre el papel de
anunciar y el de ofrecer el sacrificio (Heb 10,7.10). Encontramos aquí
más una teología de la confirmación que una
teología del bautismo, y los padres ven en el bautismo de Jesús
en el Jordán más el don del Espíritu y el sacramento de la
confirmación que el del bautismo. Algunos autores contemporáneos
han entrevisto este dato tan importante para la teología de la
confirmación, pero también para su liturgia y para su
colocación tradicional en el ámbito de la iniciación
cristiana; es decir, la confirmación debe situarse después
del bautismo, del que es consummatio, perfectio [/Iniciación cristiana,
II, 1, ¿>], pero que al mismo tiempo se ordena a la
actualización del misterio de la alianza: la eucaristía6.
4. JESÚS Y
EL BAUTISMO. El evangelista Juan insiste en el hecho de que los
discípulos de Jesús bautizaban (Jn 3,22-23; 4,1-3). Pero tanto
Mateo como Marcos recuerdan cómo Jesús, después de su
resurrección, confió a los apóstoles la
misión de evangelizar. Mateo es más preciso aún: los
discípulos deben llevar la buena nueva a todas las gentes (Mt 28,1819)
y no sólo a toda la creación (Me 16,15). "El que crea y sea
bautizado se salvará" (Me 16,16). Los apóstoles deben
convertir a todos los hombres en discípulos, bautizándolos en el
nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo (Mt 28,18-19). El
bautismo, junto con la fe, da la salvación (Me 16,16); hace ser
discípulo y apóstol
Bautismo
(mdthétéusate:
Mt 28,19). Si la iglesia primitiva bautiza, no es sino porque ha recibido para
ello orden de Jesús. A veces ha dudado la exégesis de que tal
orden saliera de la boca de Jesús. Pero, aun cuando la iglesia hubiese
introducido tal frase, con ello no se vendría sino a demostrar que la
iglesia misma tenía conciencia de haber recibido la orden de bautizar y
que lo había puesto en práctica desde el principio.
5. Los HECHOS DE
LOS APÓSTOLES Y EL BAUTISMO. Tanto en los Hechos como en el
evangelio de Lucas (los dos libros están estrechamente ligados
entre sí), Jesús resucitado habla de un bautismo y lo
distingue del de Juan. "Juan bautizó con agua; pero vosotros
seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos
días" (He 1,5; cf Le 24,49). Es menester señalar aquí
la diferencia entre lo que acaece a los apóstoles y discípulos y
lo que acaecerá a la comunidad cristiana primitiva.
Es ciertamente el
Espíritu Santo el que perdona los pecados (Jn 20,22). Apóstoles y
discípulos han recibido el bautismo de Juan para la remisión de
los pecados; por otra parte, en pentecostés recibieron el
Espíritu (He 2,1-4), tal como Jesús se lo había dicho. La
comunidad primitiva recibe la remisión de los pecados inmediatamente con
la inmersión en el agua. No obstante, hallamos en la vida de Pablo
señales de una evolución progresiva que va del bautismo de
Juan al don del Espíritu. Así, los discípulos de Efeso (He
19,1-6) han recibido en un primer momento el bautismo de Juan, un bautismo de
penitencia que dispone para la fe en el que había de venir; pero a
continuación les confiere Pablo el bautismo en el nombre de
Jesús. No se trata aquí
192
ya solamente de
conversión, sino de
una
realización: estos discípulos
están
injertados en Jesús y nacen en
él; Pablo
les impone después las
manos, y entonces
reciben el don
del Espíritu,
atestiguado con el don
de lenguas.
Se da, pues, un
bautismo en
agua, que es
participación en la
salvación
dada por Cristo e inser
ción en
él; es decir, un bautismo en
el nombre de
Jesús. Se ha pasado
de un bautismo
que anunciaba, el
de Juan, al
bautismo que injerta en
Cristo, quien
perfecciona su obra
enviando el
Espíritu el día de pen
tecostés7.
El Espíritu de pentecos
tés que se
le ha dado a la iglesia
para dirigirla
lleva al desempeño de
la misión
de Jesús.
Los Hechos nos
dan a conocer la catequesis bautismal, permitiéndonos, por tanto,
comprender cómo se concebía el bautismo. Prescindiendo del
caso particular del eunuco de la reina Candaces (He 8,26-39), el bautismo
supone una preparación. Los Hechos nos han transmitido el plan
global de la catequesis bautismal (He 10,37-43). Los discursos de Pablo
ofrecen una muestra bastante rica de ello (He 16,3132; 17,22-31;
19,2-5). Algunos fragmentos de los Hechos pueden considerarse como
auténticos extractos catequéticos (He 2,14-19; 3,12-26; 8,31-38).
El rito del
bautismo es simplicísimo; en ocasiones lo administra un
diácono, como en el caso del eunuco bautizado por Felipe: ambos
descienden hasta el agua y el diácono lo bautiza. No existe huella
alguna de una hipotética fórmula usada por Felipe, quien, tal
vez, administrara el bautismo sin añadir al gesto ninguna palabra (He
8,3638). Ni se sabe si hubo en tal caso una inmersión completa.
Sabemos de otro
rito, el de la imposición de las manos, que no se
193
realizaba
necesariamente después del bautismo, como en el caso de los samaritanos
(He 8,15), sino también antes, como en el caso de Cornelio (He 10,44).
Sería, pues, imprudente utilizar un método
histórico-anecdótico en el estudio de tal imposición de
las manos; es, por el contrario, menester recurrir a todo el conjunto de la
historia de la salvación y desde él estudiar el influjo del
Espíritu en la realización del plan de reconstrucción
del mundo mediante la alianza [/Iniciación cristiana, I, 2].
6. SAN PABLO Y EL
BAUTISMO. Bastaría leer la carta a los Hebreos, con la mirada puesta en
el bautismo y en la imposición de las manos, para concluir que
difícilmente tal escrito puede atribuirse a san Pablo. La carta parece
querer distinguir claramente entre bautismo e imposición de las
manos para la donación del Espíritu, mientras en san Pablo
encontramos el don del Espíritu tanto en el bautismo como en la
imposición de las manos. Al no tener que hacer ahora la teología
del bautismo, no nos detendremos en la doctrina bautismal de las cartas
paulinas, en la medida en que no esté tal doctrina ligada a una
exposición litúrgica, que Pablo no obstante realiza, como puede
comprobarse algunas veces en los Hechos, donde aparece la descripción
de una liturgia bautismal. Nada semejante encontramos en las cartas de Pablo.
Como tampoco es legítimo ver una alusión a la liturgia
bautismal en Rom 6,4, donde Pablo dice que hemos sido sepultados con
Cristo en la muerte y con él hemos resucitado. Tres son los elementos
que en san Pablo caracterizan el bautismo: el bautismo en Cristo
Jesús; el bautismo en el Espíritu Santo; el bautismo como lo que
forma y construye el cuerpo
Bautismo
de Cristo, en el
que queda inserto el bautizado. Subrayaremos algunos aspectos, mas sin entrar
en detalles.
El bautismo en
Cristo Jesús es una fórmula que acompaña el acto
bautismal, descrito no en sí mismo, sino como participación real
(y no sólo espiritual) en el descenso de Cristo a la muerte y al
sepulcro, y en su resurrección. El texto de Rom 6,4-10 tiene un sabor
realista, importante para la teología sacramental. El concepto
teológico de semejanza (Rom 6,5: texto latino y griego), traducido por
san Ambrosio con el término figura1 y por Serapión con el
mismísimo término paulino de semejanza'', significa no simplemente
una adhesión espiritual o moral, sino la presencia actualizada por
el misterio pascual. Se expresa en dicha modalidad el fundamento de toda la
liturgia; san León Magno lo traduciría con el término
sacramentum l0 [/ Misterio].
El bautismo en el
Espíritu aparece de hecho como sinónimo de bautismo en
Cristo Jesús, ya que en Pablo las expresiones "Espíritu de
Dios" y "Espíritu de Cristo" poseen el mismo
significado". Mientras en la carta a los Hebreos y todavía
más en los padres se afirma que en la confirmación se otorga el
Espíritu y que la confirmación se caracteriza por ser
don del Espíritu (desde el momento en que el Espíritu obra
también en los demás sacramentos, pero sin que ello constituya el
don del Espíritu), en san Pablo no pueden distinguirse los dos aspectos:
actividad del Espíritu y don del Espíritu. En el bautismo se nos
da el Espíritu; vivir en Cristo mediante el bautismo significa vivir en
el Espíritu (Rom 8,2). Ésa es la razón por la que no se
puede recurrir al término, grato a san Pablo, de sphragís (sello)
para distinguir el acto bautismal de la imposición de las manos. La
sphragís, en efecto,
se aplica a todo
el rito de la inicia
ción
bautismal, que hace del bauti
zado un heredero
de la promesa y,
con este signo
distintivo, lo inserta
a la vez en la
comunidad cristiana,
en el pueblo de
Dios (2 Cor 1,22; Ef
1,13; 4,30).
Este sello
bautismal, que señala la intervención del Espíritu,
es igualmente un signo de agregación al cuerpo de Cristo. "Formar
un solo cuerpo" significa, en sí, la realización de la
alianza (1 Cor 12,13).
El uso que hace
san Pablo de la tipología tiene su importancia para la catequesis y la
teología del sacramento del bautismo; pero de esto nos ocuparemos
dentro de poco [/ infra, 8].
7. EL BAUTISMO EN
SAN JUAN. No es que san Juan rehuse la tipología, como veremos
después, sino que, prescindiendo para el agua bautismal de los tipos
corrientemente usados por los otros evangelistas y por san Pedro,
para Juan el agua debe entenderse paralelamente como inmersión en
el Espíritu: el bautismo de agua, según él, se
refiere al bautismo del Espíritu y a la efusión del
Espíritu. En Juan agua y Espíritu están vinculados entre
sí (Jn 7,37-39; 4,10-14; 5,7; 9,7; 19,34-35). Ya al presentar el
bautismo de Jesús en el Jordán coloca Juan su plena realidad en
el hecho de que Jesús recibe allí su misión y queda lleno
del Espíritu y dará el Espíritu (Jn 1,32-34; 3,34) ".
Según Juan, como punto de partida para el bautismo cristiano, no es
necesario recibir el bautismo impartido por Juan Bautista, sino el don del
Espíritu a la iglesia, don que es el fruto de la muerte y
glorificación de Cristo (Jn 7,39; 16,7). Es la inmersión en el
Espíritu la que salva a quienes creen (Jn 7,39). Concretamente, el
bautismo cristia
194
no encuentra su
verdadero funda
mento en el agua
que brota del
costado de
Jesús: "Eso lo dijo
refiriéndose
al Espíritu" (Jn 19,34;
7,38-39).
El encuentro de
Jesús con Nicodemo (Jn 3,1-21) es el punto central que permite a
Juan explicarse sobre el bautismo. Los vv. 1-15 recogen el coloquio entre
Jesús y Nicodemo: la condición fundamental e indispensable
es creer en la palabra del Hijo del hombre y en su virtualidad renovadora.
Nacer de lo alto es nacer del agua y del Espíritu; con otras palabras:
el que quiera nacer de lo alto tiene delante de sí un medio: nacer del
agua y del Espíritu. Nacer de Dios exige la fe, la cual supone la
acción del Espíritu, como sucedió en el nacimiento de
Jesús. Bautismo significa —según una expresión grata
a Juan— "nacer de"13. En ese momento nace "el hijo de
Dios", un "ser nacido de Dios", engendrado por él (1 Jn
3,12;Jn 1,12; 11,52; 5,2).
En el mismo
pasaje (Jn 3,1-21), después del coloquio con Nicodemo,
concretamente en los vv. 16-21, encontramos las reflexiones de Jesús.
Tales reflexiones pastorales son de esencial importancia. Aun siendo un don, el
bautismo no puede tener lugar sin la fe: el bautismo señala la
entrada plena en la fe, pero la supone; creer es la condición para que
el bautismo pueda hacer entrar en Jesús ,4.
Este tema de la
renovación, de un nuevo estado, lo desarrolla el cuarto evangelio desde
el segundo capítulo con las bodas de Cana. Se insiste en él en el
tercer capítulo con el episodio de Nicodemo, y en el cuarto, con el de la
samaritana ".
Así pues,
para Juan el bautismo en el agua y en el Espíritu es creación de
un hombre nuevo, de una situación nueva en una comunidad nueva.
195
8.
No queremos
aquí descender a detalles sobre la tipología bautismal del NT. La
primera carta de Pedro, sin embargo, nos ofrece una ejemplificación
bastante significativa del método catequético utilizado ya por
los apóstoles. Los tipos fundamentales son: el mar Rojo, usado por
Pablo (1 Cor 10,1-5); el diluvio, utilizado por Pedro (1 Pe 3,19-21); la roca
del Horeb (Jn 7,38) y, por tanto, la alusión al Éxodo. Hay,
naturalmente, también otras referencias al AT. La primera carta de
Pedro, que no pocos exegetas ven como una catequesis bautismal, parece
presentarse inserta en una liturgia (1 Pe 4,12-5,14); por otra parte, la carta
está dirigida a los iniciados, que necesitan ser animados y
ayudados en sus primeros pasos en la vida cristiana (1 Pe 1,34,11).
Pedro ve en el
agua bautismal, que da la salvación, el antitipo del diluvio. No es
Pedro el primero en ver en el diluvio un símbolo de la salvación.
Ya Isaías habla de un nuevo diluvio como manifestación del juicio
de Dios (28,17-19): será para nosotros como un aniquilamiento, pero
en él estará también la salvación (54,9).
También el libro
Bautismo
de los Salmos
presenta el mismo tema. Agua, arca, las ocho personas salvadas, son los
elementos de que se sirve Pedro. Los cristianos inmersos en el agua
están salvados por la resurrección de Jesús y caminan
hacia la salvación definitiva, hasta el día del retorno de
Cristo, el día octavo.
El mismo san
Pablo utiliza, por lo demás, la tipología en su catequesis
sobre el bautismo. En la primera carta a los Corintios (10,15) recurre a
la tipología del éxodo. Distingue él dos clases de
éxodo: el de Egipto y el del final de los tiempos (10,11). Entre los dos
éxodos transcurre el tiempo de la salvación. El segundo
éxodo comienza con la resurrección de Cristo: se
camina, pues, bajo la nube de la gloria de Dios a través del mar. Esto
significa: morir al hombre viejo, morir al pecado (representado por
Egipto), para recibir el bautismo, que es renacimiento, pasando de la muerte a
la vida, del mar a la nube divina.
El antitipo es,
pues, la realidad de la salvación misma. En el fondo, el antitipo es
Cristo, acontecimiento-vértice de la realidad salvífica.
Con relación a este acontecimiento-vértice, que es Cristo,
toda la historia del AT no hace sino de tipo.
Este dato es
perceptible en el evangelio de Juan, para el cual Cristo es antitipo en cuanto
es la realidad de la salvación, paso desde el mundo al Padre, pascua (=
paso). Desde el momento en que contemplamos a los hijos dispersos congregados
en el Hijo de Dios, tocamos ya con la mano la realidad y la actualización
en Cristo de todo cuanto ha preparado dicha reunificación. Cristo
es la realización de todas las figuras que precedieron y anunciaron tal
reunificación (Jn 11,52). Juan mismo en su evangelio
Bautismo
ve en los gestos
y en los signos de Jesús el anuncio, el tipo de los sacramentos. Bien
pronto la liturgia de la cuaresma tomó en sus lecturas
evangélicas, para la preparación de los catecúmenos, la
tipología de Juan. Así, en el tercer domingo de cuaresma (ciclo A)
se lee el pasaje de la samaritana, donde el agua es tipo de aquella otra agua
que da la gracia y renueva (Jn 4,5-42). En el cuarto domingo se proclama el
evangelio del ciego de nacimiento, tipo de la iluminación del bautizado
(Jn 9,1-41). En el quinto domingo se proclama el milagro de la resurrección
de Lázaro como tipo de la resurrección de Cristo y de nuestra
resurrección, al estar nosotros injertados en Cristo (Jn 11, 1-45).
III. Las
experiencias bautismales en los primeros siglos
Recogemos
aquí solamente los testimonios que nos ofrecen elementos
importantes para la liturgia y la teología del bautismo.
1. LA
"DIDAJÉ" - LAS ODAS DE SALOMÓN - HERMAS. Aun presentándonos
un ritual determinado, estos tres textos nos ofrecen algunas indicaciones
ya notablemente precisas.
a)
dato, diciendo en
el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo'6. Bautismo, pues,
por inmersión o ya por infusión. En cuanto a la
fórmula bautismal, no sería prudente ver en las palabras mencionadas
—como en Mt 28,19— la fórmula trinitaria, que sólo se
usará más tarde. Se comprende, por el contexto, que el bautismo
es para la remisión de los pecados y señala la entrada en una
comunidad con el propósito de elegir una de las dos vías
señaladas en el texto: la vía del bien. Se echan, sin embargo, de
menos otros elementos doctrinales.
b) Las Odas de
Salomón presentan un discurso con repetidas alusiones al rito
bautismal. La inmersión, por ejemplo, es un descenso a los
infiernos, pero también una liberación ". El autor usa el
término sphragís; pero ¿se trata del bautismo?,
¿de una señal de la cruz?, ¿de una unción?"
Notemos cómo esta catequesis se funda en una determinada
tipología, como la del mar Rojo, la del templo o la de la
circuncisión". Por su parte,
20
mo.
c) Hermas, en el
Pastor, nos informa sobre los ritos del bautismo. Presenta él la
iglesia como una torre construida sobre el agua: es una clara alusión al
bautismo, que construye el cuerpo de Cristo. Vemos a los hombres entrando
en la torre después de haber recibido una vestidura y un signo2'. Se
alude a la corona22, a la vestidura blanca2', al sello24. El bautismo
provoca en el hombre la inhabitación de Dios y lo compromete en una vida
nueva de total fidelidad a Dios25. No es fácil comprender qué
significa la corona: ¿es una corona real o 197
más bien
una imagen para significar la gloria recibida en el bautismo? De
igual manera, ¿es real la vestidura blanca o, por el contrario, ve en
ella Hermas simplemente un signo del don del Espíritu?
2. JUSTINO -
TERTULIANO -HIPÓLITO DE ROMA. En estos tres autores hallamos
descripciones muy concretas del bautismo, en íntima relación con
una teología a veces desarrollada. En Tertuliano hasta se puede
descubrir una disciplina con carácter estable.
a) En su
Apología I, el mártir san Justino quiere ser prudente: en efecto,
se dirige él al emperador pagano Antonino Pío (a. 150), y no
conviene exponerle detalladamente la descripción de un sacramento. Sin
embargo, da a entender lo que es el bautismo. Ante todo se ha de creer en lo
enseñado y vivir conforme a tal enseñanza, aprender a orar y
a pedir el perdón de los pecados. Toda la comunidad ayuna juntamente
con los candidatos a la iniciación. Son éstos conducidos
después al lugar del agua y bautizados en el nombre del Padre, y
del Hijo, y del Espíritu Santo, con lo que quedan purificados mediante
el agua; esta ablución se denomina iluminación1''. El bautismo
tiene unos efectos negativos: perdonar los pecados; pero produce igualmente
un efecto positivo: iluminar. Para Justino, la fe en Cristo y el bautismo
comunican la luz al creyente, hasta el punto de definir él el
bautismo como photismós o iluminación2'. Pero el efecto
positivo del bautismo no es únicamente el personal: introduce
además en la comunidad a fin de poder compartir el pan de la
eucaristía28. En el Diálogo con el hebreo Trifón utiliza
Justino una tipología familiar al interlocutor, comparando al bau
Bautismo
tizado con
Noé salvado de las aguas M y el bautismo con la circuncisión30.
b) No obstante la
típica agresividad del género apologético, Tertuliano
aporta algunos datos litúrgicos precisos en su Tratado del
bautismo''. Para nosotros es de particular interés la primera parte de
dicho tratado, ya que encontramos en él un comentario al rito
bautismal. En dicho comentario inaugura Tertuliano la metodología
catequética patrística, consistente precisamente en
enseñar la doctrina partiendo del rito. El rito bautismal comporta la
renuncia y la inmersión con su triple interrogación
trinitaria. Anteriormente había hablado Tertuliano del simbolismo del
agua, lo cual hace pensar en la existencia de una bendición del agua, de
la que hablará Hipólito de Roma32. A cada pregunta responde el
candidato creo, y es sumergido cada vez". Al salir del agua, el bautizado
recibe la unción con el óleo. El De baptismo no alude a la
signatio, pero introduce la imposición de la mano, a la que
atribuye, como harán después los padres, el don del
Espíritu, relacionándolo con la bendición de Jacob M. Distingue
claramente Tertuliano entre la acción del bautismo, consistente en
preparar para la venida del Espíritu y en purificar, y el don mismo del
Espíritu. Mas, si los sacramentos son distintos, la totalidad tiene lugar
en una misma celebración ".
c) En su
Tradición apostólica nos da a conocer Hipólito de Roma su
concepción del rito bautismal36. Al canto del gallo se bendice el agua,
aunque no sabemos con qué fórmula. En primer lugar se bautiza
a los niños. No es necesario subrayar la importancia de este texto para
la historia de la práctica del bautismo de los niños37. Si
Bautismo
estuvieren
capacitados para ello, los mismos niños responderán a las
preguntas trinitarias; de lo contrario, lo harán los padres o
algún otro miembro de la familia. Después se bautiza a los
hombres, y finalmente a las mujeres, las cuales se presentarán con la
cabeza descubierta y sueltos los cabellos, sin broches de oro'8. Antes se
bendice el crisma, llamado óleo de acción de gracias, y un
óleo de exorcismo (correspondientes a nuestros sagrados crisma y
óleo de los catecúmenos). El sacerdote hace que se pronuncie
la renuncia con la fórmula que llegará a ser clásica:
Yo renuncio a ti, Satanás, y a todas tus
pompas y a todas
tus obras. Se unge después al candidato con el óleo del
exorcismo, diciendo: Aléjese de ti todo espíritu maligno, y
se le entrega, vestido, al obispo o al sacerdote, que está al lado del
agua, para que lo bautice. El candidato desciende hasta el agua con el
diácono, que le pregunta acerca de la fe trinitaria y le impone la mano.
A cada respuesta creo se le introduce en el agua, y a continuación
le unge el sacerdote con el óleo de acción de gracias. Una vez
revestidos, los bautizados retornan a la iglesia, donde el obispo les
impondrá las manos, les ungirá y les signará en la
frente ". En la celebración eucarística que
inmediatamente se va a celebrar, el obispo da gracias sobre el pan y el
vino, sobre una mezcla de leche y miel (símbolo de las promesas hechas
ya realidad) y sobre el agua (símbolo del bautismo). En el momento
de la comunión, los neobautizados y confirmados
recibirán el pan, el agua, la leche con miel y el vino.
Tales son los
ritos del bautismo que llegaron a practicarse en la liturgia latina. Ahora nos
ocuparemos de cada uno de los ritos, estudiándolos brevemente en su
198
evolución
hasta nuestros días, es decir, hasta el nuevo Ordo Baptismi
Parvulorum (= OBP; para los Praenotanda en castellano véase
A. Pardo,
Liturgia de los nuevos Rituales y del Oficio divino, col. Libros de
IV. La
bendición del agua bautismal
Según
En el
sacramentario Gelasiano y en el sacramentario Gregoriano encontramos una
oración consecratoria que en el último se convierte en una
especie de prefacio46. Co199
mienza dicha
oración con un exorcismo47, al que sigue una bendición48,
pasándose después a una epíclesis4'. Posteriormente, hacia
el
s. vin, se
acompaña la oración consecratoria del agua con algunos
ritos™, que aparecerán después fijamente en el Pontifical
de
Este rito de la
bendición del agua se ha conservado hasta el Vat. II, que con su reforma
ha simplificado la fórmula de bendición, así como los
ritos. Ahora el sacerdote toca el agua con la mano. La fórmula enumera
los tipos del agua, preparada desde la creación: el agua de la
creación, el diluvio, el mar Rojo, el Jordán, el agua que brota
del costado de Cristo (RBN 123; RICA 215). Adviértase cómo, antes
de la bendición y durante la procesión hasta la pila bautismal
—que puede ser también una concha de agua colocada delante del
altar o en un lugar visible, cuando la pila no fuese visible (RBN 121)—
se cantan las letanías".
El nuevo rito ha
previsto otras dos fórmulas para la bendición del agua (RBN
216-218; RICA 389). La finalidad de estas nuevas creaciones es doble: la
primera fórmula de bendición puede parecer demasiado larga;
corre además el peligro de dejar demasiado marginados a los fieles, sin
posibilidad de participación visible, por lo que las dos nuevas
fórmulas, más breves, contienen aclamaciones intercaladas en
el texto. Por interesante que sea tal novedad, no está, sin embargo,
exenta de defectos. El más grave parece ser el olvido de toda tipología,
Bautismo
que es a su vez
indispensable si se quiere que el sacramento quede por entero ilustrado
catequéticamente, es decir, mostrando cómo se fue preparando a
través de siglos de historia salvífica antes de haberlo
instituido Cristo. Ahora bien, la tipología contenida en la primera
fórmula (RBN 123; RICA 215) muestra cómo el agua bautismal es
fruto de una larga gestación dentro de la historia de la
salvación.
Notemos
cómo la bendición del agua, en algún tiempo realizada
solamente en pascua y en Pentecostés —que eran los
días establecidos para administrar el bautismo—, hoy tiene lugar
en cada bautismo, a excepción del que tenga lugar en el tiempo pascual
(cf rúbrica en RBN 123).
V. La renuncia a
Satanás
Este rito,
frecuentemente comentado por los padres, ha ocupado lugares diferentes en
la celebración, ha recibido distintas formulaciones y se ha visto dotado
de elementos rituales más o menos dramáticos.
Ya Justino alude
a él en su Apología /". En el De baptismo, de Tertuliano, se
llega a tener la impresión de que se realizaba durante el
mismo bautismo, cuando el candidato era introducido en el agua". En
Bautismo
et angelis eius
ore nostro contestamur"61. El mismo Tertuliano explica que las
pompas son las manifestaciones idolátricas62 y los ángeles
son los ministros de Satanás6'. San Ambrosio nos recuerda la
fórmula usada en Milán: "Abrenuntias diabolo et
operibus eius... saeculo et voluptatibus eius?"64, dando así a
comprender lo que entiende por
pompas. En el
sacramentario Gelasiano, como en todos los libros litúrgicos del
ámbito romano, la fórmula interrogatoria es la siguiente:
"Abrenuntias satanae...? Et ómnibus operibus eius? Et
ómnibus pompis eius?"65 El nuevo ritual publicado después
del Vat. II adopta esta última como segunda fórmula de renuncia
en el RICA 217, B, como primera en el RBN 125. El RICA, en efecto, no cuenta
con las otras dos (el RBN, solamente con una de ellas).
"¿Renunciáis a Satanás y a todas sus obras y
seducciones?" (fórmula B de RICA 217); "¿Renunciáis
al pecado, para vivir en la libertad de los hijos de Dios...?
¿Renunciáis a las seducciones de la iniquidad, para que no os
domine el pecado...? ¿Renunciáis a Satanás, que es el
autor y cabeza del pecado?" (fórmula C del RICA 217; segunda
del RBN 125). Esta última fórmula parece más concreta.
Oriente introdujo a veces a este propósito algunos ritos
dramáticos. Nos los describe san Cirilo de Jerusalén, o al
menos las catequesis que figuran con su nombre: el candidato, descalzo y sobre
un cilicio, está revestido elementalmente con una túnica y
renuncia después a Satanás mirando hacia occidente;
sopla o escupe tres veces en esta dirección y se vuelve después
hacia oriente, con las manos y los ojos levantados hacia el cielo mientras
pronuncia la fórmula con que
200
expresa su
adhesión a Cristo66. También en Milán, en África y
España se hacía la renuncia en pie sobre un cilicio67.
VI. La
unción prebautismal
Varía su
puesto según los rituales. En Hipólito tal unción
sigue inmediatamente a la renuncia y en su misma fórmula se explica el
significado: "Omnis spiritus abscedat a te"68. En Milán,
por el contrario, parece precederla. De tal unción dice san
Ambrosio: "Unctus es quasi athleta Christi, quasi luctam huius saeculi
luctaturus"65. La misma praxis se encuentra en el sacramentario
Gelasiano *> y en el Gregoriano". El sacramentario de Gelone,
en su segundo Ordo bautismal, precisa que la unción se realiza con la
señal de la cruz ", pero colocando dicha unción
después de la triple respuesta abrenuntio. Las dos primeras
unciones se hacen en el pecho; la tercera, en el dorso ".
En Oriente, las
Catequesis mistagógicas atribuidas a san Cirilo de Jerusalén
hablan de una unción realizada en todo el cuerpo.
En el Pontifical
de
El ritual del
Vat. II prevé esta unción ya durante la preparación para
el bautismo, en el caso del adulto (RICA 130), ya durante el rito mismo
después y antes de la renuncia, respectivamente (RICA 218; RBN 120-121),
con la fórmula: "Que os fortalezca el poder de Cristo salvador, con
cuya señal os ungimos con el óleo de la salvación..."
201
VII. Bautismo y
profesión de fe
Tocamos el
núcleo central del rito del bautismo. Con las excepciones
mencionadas por
¿Cómo
se desarrollaba el rito? Parece que no siempre era total la inmersión,
sino que se limitaba a introducirse en el agua hasta las rodillas: nos lo
atestiguan las múltiples representaciones de los antiguos
mosaicos y la estructura misma de ciertos baptisterios antiguos
todavía existentes e incapaces para una inmersión total. Pero
debía practicarse también la inmersión casi total, ya que
de lo contrario resultarían incomprensibles ciertos comentarios de
padres como san Ambrosio: la imagen de la sepultura —el agua
representaba la tierra— carecería de sentido77. En Oriente no
hay duda a este propósito, y lo atestiguan catequesis como las de
san Cirilo7". Duraría tal costumbre largo tiempo: santo
Tomás de Aquino la atestigua todavía en su tiempo y la alaba (S.
Th. III,
q. 66, a. 7). En
los ss. xiv y xv desaparece tal costumbre en Occidente; pero
todavía la encontramos hoy, por ejemplo, entre los griegos. El antiguo
Rituate Romanum todavía permitía tal uso por respeto a las
tradiciones locales. El rito actual lo considera normal por el mismo
título que el de la infusión (RICA 220; RBN 128; cf además
OBP, Praenotanda 22, A. Pardo, o.c, p. 35; RBN 73, b). No se olvide que la
inmersión significa mejor el efecto positivo del bautis
Bautismo
mo: renacer del
agua y del Espíritu, mientras que el rito por infusión evoca
más bien la purificación de los pecados.
Durante muchos
siglos, la fórmula del bautismo consiste en la triple interrogación.
Sin embargo, cuando los bautizados eran niños, daban las
respuestas sus padres o sus padrinos y madrinas, según la praxis ya
prevista por Hipólito79. Es normal que se contase con una fórmula
como Ego te baptizo. El Gelasiano, sin embargo, la desconoce y en el rito
del sábado santo80 mantiene la pregunta, mientras los Gelasianos del s.
vm, como el de Gelone, utilizan la fórmula Ego te baptizo", praxis
seguida igualmente por el Suplemento del Gregoriano'2. La
profesión de fe viene así a preceder al bautismo, siendo los
padrinos y madrinas quienes responden a la pregunta. El rito actual ha
conservado esta fórmula también para el bautismo de los adultos,
quienes son invitados a profesar su fe antes de ser bautizados (RICA
219-220). En el caso de los niños, son los padres los llamados a hacer
la profesión de fe por sus hijos (RBN 126-128).
VIH. La
unción después del bautismo
Ya Tertuliano
alude a esta unción: "Caro abluitur ut anima emaculetur; caro
ungitur ut anima consecretur..."83
Bautismo
ma del Vat. II,
que en este caso la ampliaría. He aquí la fórmula de
Ambrosio: "Deus, Pater omnipotens, qui te regeneravit ex aqua et
Spiritu concessitque tibi peccata tua, ipse te ungueat in vitam aeternam"!S.
El Gelasiano dice: "Deus... ex aqua et Spiritu sancto quique dedit tibi
remissionem omnium peccatorum, ipse te linit chrisma salutis in Christo Iesu
domino nostro"86. Es la fórmula que se nos ha transmitido. El
ritual del Vat. II la recupera hasta las palabras chrismate salutis,
añadiendo después: "para que, agregado a su pueblo, como
miembro de Cristo sacerdote, profeta y rey, permanezcas para la vida
eterna" (RICA 224; RBN 129). El significado del rito queda así
claramente
expresado. Y es una ilustración de lo que ya se ha realizado en el
baño de la regeneración; exactamente como antes, por
ejemplo, en el Gelasiano, la unción que seguía a la
imposición de la mano en la confirmación ilustraba el don del
Espíritu que se había ya dado precisamente con la imposición
de la mano".
IX. La entrega de
la vestidura blanca y del cirio
Para el origen de
este rito hemos de acudir a las palabras de san Pablo: "Cuantos en Cristo
fuisteis bautizados os habéis revestido de Cristo" (Gal 3,27). La
vestidura es blanca, ya que debe simbolizar la resurrección (Mt 17,2 y
par.; Ap 4,4; 7,9.13). Es Teodoro de Mopsuestia quien nos ofrece el primer
testimonio claro de este rito, hacia la mitad del s. iv88. San Ambrosio lo
recuerda en el De mysteriis, dando del mismo una explicación
moralizadora: despojados del pecado, se nos ha revestido con la
indumentaria pura de la inocen
202
cia8'. El mismo
san Ambrosio lo omite en el De sacramentis, tal vez por estar demasiado
preocupado en defender contra Roma, que no lo cumple, el lavatorio de los
pies de los neófitos, que era habitual en Milán. San
Ambrosio piensa que no debe abandonarse dicho gesto, símbolo de la
salvación misma. El príncipe de los apóstoles,
después de haber comprendido plenamente su significado, pide al
Señor que no solamente le lave los pies, sino incluso todo el cuerpo; y
san Ambrosio se sorprende de que en Roma precisamente, en la iglesia de San
Pedro, no se practique tal rito. Ambrosio aprovecha la ocasión para
ratificar su adhesión a Roma, confirmando al mismo tiempo la
libertad de Milán90.
El Misal de
Bobbio conserva la fórmula de la entrega de la vestidura",
mientras que el Gelasiano ni siquiera conoce su uso'2. Hay, en cambio, huellas
sobre el particular en el Pontifical Romano del s. XII; y esta fórmula
ha llegado hasta nosotros con pocas variantes". El rito actual ha
añadido una frase introductoria: "N. y N., os habéis
transformado en nuevas criaturas y estáis revestidos de Cristo"; a
la que sigue la antigua fórmula: "Recibid, pues, la blanca
vestidura que habéis de llevar limpia de mancha ante el tribunal de
nuestro Señor Jesucristo, para alcanzar la vida eterna" (RICA
225; RBN 130). Los neófitos usaban la vestidura blanca hasta la
octava de pascua. Ese día la dejaban, adquiriendo su puesto
habitual entre
los fieles. En cuanto a la entrega del cirio, de la que sólo tenemos
clara noticia por el Pontifical Romano del s. XII, comportaba una
fórmula parecida a la que hoy conocemos, con un simbolismo que
recuerda las lámparas de las vírgenes prudentes'" (cf RICA
226; RBN \7,\).
203
X. £1
bautismo de los niños
Los ritos hasta
ahora analizados son idénticos para los adultos y para los niños.
Importa ahora centrar la atención en la preparación de los
niños y, particularmente, en la de sus padres y padrinos.
Para los adultos
el RICA (68207) propone un período de catcquesis con ritos
particulares. Respecto a los niños, por más que una larga
tradición muestre cómo había algunos ritos que les
afectaban también como si fuesen adultos, y en los que estaban
comprometidos sus padres y padrinos [/ Iniciación cristiana, II, 2,
b-c], el RBN solamente prevé la catequesis de los padres, pero sin
insistir en la forma, y sobre la que sería útil ahondar
(OBP, Praenotanda, véase
A. Pardo, o.c,
nn. 7 y 13, pp. 3334; n. 5, p. 39; RBN 15.95-98) [/ Iniciación
cristiana, IV, 2; VI, 1].
Pero el actual
RBN (que no es un ritual de iniciación, ya que el niño solamente
recibe el bautismo; además, es de reciente creación; en
efecto, el rito que se usaba para el bautismo de los niños hasta la
reciente reforma adoptaba simplemente el del bautismo de los adultos,
con poquísimas adaptaciones) se ha esforzado por hacer más
comunitario el bautismo de los niños, exigiendo que se celebre
normalmente en la iglesia parroquial (OBP, Praenotanda, A. Pardo,
o.c, 10, p. 41; RBN 49), en días en que sea fácil reunir a los
fieles (OBP, ib., 9, p. 41; RBN 46). Para el comienzo de la celebración
están previstos ritos de acogida, en los que el celebrante expresa el
gozo de la comunidad por el hecho de recibir a nuevos miembros (RBN
109-114). Con el
fin de concretar esta inserción en la comunidad y hacer menos individual
el sacramento, se recomienda el reagrupar,
Bautismo
en cuanto sea
posible, a los niños que van a recibir el bautismo y realizar con todos
ellos una única celebración (OBP, ib, 27, p. 36; RBN 42). La
reciente Instrucción sobre el bautismo de los niños,
publicada por
Bautismo
niños
tiene su sentido; y, para mayor abundancia, en sus moniciones y plegarias
apela a la responsabilidad de los padres (OBP, ib, 9, p. 33; 5, p. 39 (RBN
15-73, a; 110113; 124-128; 131).
Hasta hoy no
había tenido el bautismo de los niños su propia liturgia de
p. 42; n. 29; b,
p. 45; RBN 69-72), pero con libertad para proclamar igualmente otros textos
(RBN 116). Después de esta liturgia de
p. 42; 29 b, p.
45; RBN 72; 116117). Siguen las invocaciones de los santos, como una
llamada a hacer presente la iglesia del cielo al lado de la iglesia de la tierra
(RBN 118).
Mientras el
anterior ritual, en este punto, preveía los tres sucesivos
exorcismos —reproducción de los exorcismos de los escrutinios para
los adultos [/ Iniciación cristiana, II, 2, b]—, el nuevo
ritual ha eliminado este conjunto artificioso, con sus fórmulas
respectivas, frecuentemente chocantes si se piensa que estaban
éstas dirigidas a un infante, sustituyéndolas por una
204
nueva
oración de exorcismo con un contenido enteramente positivo. Aun
recordando que con la expulsión de Satanás queda liberado de
la culpa original, la oración no deja de evidenciar la entrada del
niño en el reino de la luz y su transformación en templo de
la gloria divina y en morada del Espíritu Santo (RBN 119). La otra
fórmula de exorcismo, ad libitum, por ser más moralizadora,
resulta también más accesible a los fieles (RBN 215).
Después de
la unción prebautismal (RBN 120) y la bendición del agua
(RBN 122-123), de la renuncia a Satanás y la profesión de fe (RBN
124-126), viene el bautismo propiamente dicho (RBN 128), al que sigue la
unción posbautismal (RBN 129), la entrega de la vestidura blanca y del
cirio encendido, rito este último que una vez más ofrece a los
padres y padrinos la ocasión de recordarles sus responsabilidades
(RBN 130-131), y el rito del Effetá (RBN 132). La celebración del
bautismo finaliza con la recita
ción del
padrenuestro, previa monición del celebrante, en la que se alude a
la confirmación y a la eucaristía, en las que un día tomarán
parte los niños recién bautizados (RBN 134). Finalmente, el
celebrante bendice a las madres (RBN 135) —gesto que ocupa, felizmente,
el puesto de la antigua
purificación
de la puérpera, que recordaba la enojosa prescripción del Lev
12—, pero sabiéndose igualmente bendecidos los padres de los
niños y toda la asamblea participante en la celebración (ib).
La editio typica
latina del OBP prevé un rito del bautismo de los niños sin
sacerdote ni diácono para uso de los catequistas (OBP 132156), que
no se ha recogido en la versión española.
205
XI. La catequesis
de los padres
En orden a
destacar la espiritualidad del bautismo, así como para su uso
catequético, puede ser útil esbozar las líneas de la
catequesis patrística bautismal. Dentro de los límites que el
espacio nos permite, nos referiremos sobre todo a san Ambrosio, aunque sin
olvidar a otros padres.
1.
En su tratado De
sacramentis, san Ambrosio es particularmente fiel a este esquema. Su
intención no es explicar los ritos en sí mismos, sino mostrar su
más hondo significado para la vida cristiana. Y se sirve para ello,
como base, del simbolismo de los ritos y del de
Bautismo
a) La renuncia.
Tiene lugar después de haber entrado en el baptisterio y en vista de la
fuente de la gracia. Existe una lucha, y la unción que la
acompaña es la del atleta de Cristo: el cristiano es un
"profesional de la lucha"'8. Pero allí donde hay un combate,
hay también un premio. La renuncia es un compromiso, y con ella es
como el cristiano lo rubrica y lo suscribe ante un ministro, es decir, ante un
representante de Dios, y por tanto ante el cielo, y no solamente ante la
tierra". Según san Basilio, renunciando a los ángeles
de Satanás se renuncia a los hombres, que son instrumentos de
Satanás l0°. Teodoro de Mopsuestia nos da su lista: los que
propagan el error, los poetas de la idolatría, los dados al vicio'01.
Para Cirilo las pompas del demonio son los espectáculos, las carreras de
caballos y las vanidades mundanasl0!.
b) La
bendición del agua. Para explicar este rito aprovecha san Ambrosio sus
hondos conocimientos bíblicos. Quiere demostrar él
cómo, aunque aparentemente semejante a cualquiera otra, el agua
bautismal es totalmente distinta. Para lograrlo recurre a los tesoros de la
tipología bíblica que los catecúmenos han descubierto ya
con la ayuda de las lecturas de las liturgias preparatorias al bautismo.
El mar Rojo, la curación de Naamán en el Jordán, el
bautism0 de Cristo, la roca del Horeb, el diluvio, la piscina de Betesda»
Elíseo, que hace flotar en el agua e ' hierro de la segur103; todas
estas preparaciones van evocándose para llegar después al agua de
la fuente bautismal, que consagrará el obis' po. Las figuras del AT no
so*1 ilustraciones, sino realidades. Los padres utilizan todos, en sus cate'
quesis sobre el agua, este conjunt"
Bautismo
de tipologías,
subrayando particularmente aquellas que facilitan la comprensión
del sacramento.
Creación y
diluvio son los tipos a los que con más frecuencia recurren los padres.
El tema de las aguas de la creación permite la apelación al
Espíritu: aquel mismo Espíritu que habrá de recrear el
mundo destruido "". De ahí la relación entre el
Espíritu que aletea sobre las aguas primitivas y el Espíritu del
bautismo en el Jordán ">s. Y puesto que la salvación
se nos da por medio del agual06, no es difícil desde ahí pasar a
la imagen del pez: el monograma de Cristo, ICTÚS, que significa
"pez". También nosotros somos peces, y no puede la tempestad
hacernos perecer"". El diluvio ocu
pa asimismo un
puesto importante en la tipología bautismal. Después del diluvio
sobrevive un pequeño resto, un grupo de salvados con vistas a la
alianza: el arca se convierte así en tipo de la iglesia (1 Pe
3,18-21)™. Se recurre también al mar Rojo por su significado pascual
y escatológico (1 Cor 10,26)"". Moisés es figura
de Cristo guiando a su pueblo.
En el tema del
Jordán, el pensamiento teológico parte en tres direcciones.
1) Josué, figura de Cristo, atraviesa el Jordán para entrar en la
tierra prometida; Jesús se encuentra en el Jordán cuando le
anuncian la muerte de Lázaro, a quien él resucitará. Se
trata indudablemente de temáticas afines: bautismo en el agua
del Jordán y resurrección para una nueva vida"0. 2) Elias
atraviesa el Jordán antes de ser arrebatado al cielo: el hecho evoca la
travesía del mar Rojo. La segur de Elíseo flotando sobre las
aguas del Jordán relaciona el bautismo con el madero de la
cruz1". 3) La curación de Naamán, el sirio,
que tiene lugar
en las aguas del Jordán.
206
Tales son los
temas tipológicos que encontramos en toda la catcquesis
patrística. No todos pueden utilizarse en la catequesis actual; pero
todos contienen elementos aun hoy indispensables para una catequesis que
quiere fundamentarse en
XII.
Visión sintética del nuevo rito del bautismo de los niños
A la luz de la
tradición, ilustrada panorámicamente en la anterior perspectiva
histórico-evolutiva, y como conclusión de todo lo expuesto,
creemos útil añadir alguna breve anotación sobre el
nuevo rito del bautismo de los niños reformado por el Vat. II, al
servicio de la celebración, mientras que para los aspectos
catequético-pastorales nos remitimos a / Iniciación cristiana,
VI.
El nuevo rito
consta de cuatro momentos: rito de acogida; liturgia de la palabra; liturgia
del sacramento; ritos finales.
La acogida de los
niños "manifiesta la voluntad de los padres y de los padrinos
y el propósito de la iglesia de celebrar el sacramento del bautismo,
voluntad y propósito que los padres y el celebrante expresan con la
signación de los niños en la frente (OBP, ib, 16, p. 42). El
diálogo inicial con que padres y padrinos declaran ser conscientes de
las responsabilidades que asumen será tanto más
auténtico y significativo cuanto más sea fruto de una
preparación anterior y eficaz. La señal de la cruz en la
frente de los niños —por parte del celebrante, primero, y por
parte de los padres y padrinos, después— es un primer gesto de
acogida dentro de la iglesia, y una como introducción a toda la
iniciación cristiana o par
207
ticipación
sacramental en la muerte y resurrección de Cristo.
La
celebración de la palabra "tiene por finalidad avivar la fe de los
padres, de los padrinos y de todos los presentes"; con "la homilía,
que puede acompañarse de un momento de silencio" (OBP, ib, 17,
p. 42), se
prepara la comunidad cristiana a profesar la fe en nombre de los niños y
a comprometerse en su formación cristiana hasta hacerles llegar a
ser adultos en la fe. Es esto lo que se pide en la oración de los fieles
—que pueden preparar y en la que pueden participar los familiares—,
a la que se añaden las invocaciones de los santos.
La oración
del exorcismo y el gesto de la unción con el óleo de los
catecúmenos muestran la liberación del pecado original y la
llamada a luchar con Cristo por el bien.
La
celebración del sacramento comienza con la solemne plegaria de la
bendición del agua, hermosa catequesis sobre el agua en la historia
de la salvación hasta el bautismo instituido por Cristo; sigue el
compromiso solemne de los padres y padrinos en nombre del niño (renuncia
a Satanás, profesión de fe, explícita solicitud del bautismo).
El rito central del bautismo puede realizarse por inmersión, "signo
sacramental que expresa más claramente la participación en la
muerte y resurrección de Cristo",
o por
infusión del agua en la cabeza del niño, acompañadas una u
otra con la fórmula trinitaria, que permite la comprensión
de las nuevas y misteriosas relaciones del bautizado con el Padre, el Hijo y el
Espíritu Santo.
El primero de los
ritos posbautismales, la unción crismal, "significa el
sacerdocio regio del bautizado y su incorporación en la comunidad del
pueblo de Dios" (OBP, ib,
p. 42). La
entrega de la vestidura
Bautismo
blanca y de la
candela, que el padre del niño enciende con la llama del cirio pascual,
expresan la nueva dignidad del bautizado y la luz de la fe que se le ha
otorgado al niño y se le ha confiado a la familia. El rito del
Effetá reitera el gesto de Cristo implorando para el neobautizado
la capacidad de acoger la palabra de Dios y anunciarla a los hermanos.
Los ritos finales
reúnen a la comunidad en torno al altar para la recitación del
padrenuestro y para subrayar cómo los pequeños bautizados un
día "recibirán por la confirmación la plenitud del
Espíritu Santo. Se acercarán al altar del Señor,
participarán en la mesa de su sacrificio y lo invocarán como
Padre en medio de su iglesia" (RBN
134). La
bendición final a las madres, a los padres y a todos los presentes
invoca una vez más la felicitación y el compromiso de "dar
testimonio de la fe ante sus hijos, en Jesucristo nuestro
Señor"
(RBN 135).
NOTAS: ' En
relación con esto cf O. Oepke, Baptizó, en GLNT II (1966) 41-61,
con abundante bibl. -2 También en este párrafo cf Oepke, a.c,
61-65 y relativa bibl.; asimismo M. Righetti, Historia de la liturgia
II, BAC, Madrid 1956, 624ss, con bibl. — 3 El Bautista es presentado por
Jn 1,32-34 como testigo principal de la misión de Cristo — 4
O. Cullmann, Le baptéme des enfants...,
Neuchátel-París 1948, 14 — 5 Mt 3,15 no es muy claro, pero
nuestra interpretación no nos parece carente de interés. Cf
O. Cullmann, o.c, 15; A. Descamps,
Les justes et la
justice, Lovaina 1950, 112
118 h L. Bouyer,
La signification de la
confirmation, en
VS 29 (1954) 162-179; T,
Camelot, La
théologie de la confirmation á ¡a
lumiere de
controverses recentes, en MD 54
(1958) 79-91; L.
S. Thornton, Confirmation.
Its Place in the
Baptismal Mystery, Westmins
ter 1954; J.
Lécuyer, La confirmation chez les
Peres, en MD 54
(1958) 40ss: el artículo
contiene
interesantes pasos patrísticos sobre la
conexión
entre Jordán y don del Espíritu en la
confirmación
— 7 Los Hechos usan con fre
cuencia la
expresión "bautizar en el nombre de Jesús" para indicar
el bautismo de agua: 2,38; 10,48; 19,5; 22,16; la usa también Pablo: 1
Cor 1,13.15; 6,11; Gal 3,27; Rom 6,3 — 8 Ambrosio de Milán, De
sacramentis. 2.23: por B. Botte, SC 25-bis, 86-89 — ' A. Hánggi-
I. Pahl, Prex
eucharistica. SF 12 (1968) 131: Anaphora in Euchologio Serapionis 3 — l
3: la necesidad
de renacer; y en el c. 4: el agua de la samaritana se transforma en agua de la
gracia; el templo nuevo y el culto en espíritu y verdad — "
Didajé 7,1-4: por J.-P. Audet,
CCL I. 283—
35Id, 6,1; 8,1; CCL I, 282283 — 36 Hipólito de Roma, o.c. 21:
45-46 — 37 J. Jeremías, Le baptéme des enfants dans les
quatre premiers siécles. Mappus. Lyon 1957 — 38 Hipólito de
Roma, o.c, 21: 44^(7 — " Id, 21: 46-59 — "" Cipriano
de Cartago, Carta 70: por Hartel, CSEL 3,767 — 4I Tertuliano, De baptismo
3: CCL I, 278-279 — 42 Cipriano, Carla 70.1: CSEL 3, 767— "3
Cf también Teodoro de Mopsuestia, Homilía 14,9: por R. Tonneau,
Les homélies catéchétiques de Théodore de
Mopsuesle, ST 145 (1949) 421 — 44 Ambrosio de Milán, De
sacramentis 1.18: SC 25-bis, 70-71. También: "Non sanat aqua nisi
Spiritus sanctus descenderit et aquam illam consecraverit": Ib, 1,15: SC
25-bis, 6869; y 2,14: SC 25-bis, 80-81; De mysleriis
208
8,20.22: SC
25-bis, 166-167 — « Cf De sacramentis, 1,13-2,13: SC 25-bis,
66-81 — * Liber Sacramentorum Romanae Aeclesiae Ordinis Anni Circuli
(Sacramentarium Gelasianum),
por L. C.
Mohlberg, Herder, Roma 1968. Para los estudios sobre este sacramentario cf A.
Nocent, Storia dei libri liturgia romani, en Anamnesis 2: La liturgia, panorama
genérale, Marietti, Turín 1978, 150-152. Aquí citaremos
los números de las formulas contenidas en tal sacramentario (= Ge V).
Sacramentare Grégorien, por J. Deshusses, SF 185 (1971) 373-374
(=Gr) — 47 GeV 445 — * GeV 446 — 4« GeV 448 — ^
Cf, por ej., Sacramentaire de Gallone, por A. Dumas, CCL 149, 99-100,
704d-705 (= G) — " Le pontifical Romain au moyen
áge 2: Le
pontifical de
21: 46-47 —
m Ambrosio de Milán, De sacramentis 1,4: SC 25-bis, 62-63 —
70 GeV 421 —
71 72
Gr 361 -G 2306:
CCL 149. 332 (segundo Ordo bautismal); G 2373; CCL 149, 345 (bautismo de los
enfermos). Para el segundo Ordo, cf CCL
21: 46-47 —
76 Ambrosio de Milán, De sacramentis 2,20; SC 25-bis. 84-87 —
77 Id, 2,19: SC 25-bis, 84-85 — 78 Cirilo de Jerusalén, Catequesis
2,4: SC 126, 110-112 — 79 Hipólito de Roma, o.c. 21: 44-45 —
*° GeV 449 — 8I G 2321: CCL 194, 336-" G r 108583
Tertuliano, De carnis resurrectione 8: por A. Kroyman, CSEL 47, 36-37 —
"4 Hipólito de Roma, o.c. 21: 50-51 — 85 Ambrosio de
Milán, De sacramentis 2,24: SC 25-bis, 8889 — 86
GÉ'K450 -"' GeK450 --"« Teodoro
de Mopsuestia,
o.c (nota 43), 3,26: por Tonneau, 455 — "* Ambrosio de Milán,
De mysleriis 7,34: SC 25-bis, 174-175 — "° Id, De sacramentis
3,5-7: SC 25-his, 94-95 —
209
" Misal de
Bobbio 250: por A. Lowe, The Bobbio Missal. 1919, 75— n GeV 450 — 93
Le Pontifical Romain au moyen-áge 1: Le pontifical Romain du XIIemt
siecle. por M. Andrieu, ST 86 (1948) 246,27— 94 Ib. 246,28 — 9i En
AAS 72 (1980) 1137-1156 — 96 Agustín, Cana, 98, 5; PL 33, 362;
CSEL 34,
p. 526 — 97
Ambrosio de Milán, De sacramentis, 1,1: SC 25-bis, 60-61: "De
sacramentis quae accepistis sermonem adorior cuius rationem non oportuit
ante praemitti. In christiano enim viro prima est fides" — 98 Id,
1,4: SC 25bis, 62-63- "Id, 1,6: SC 25-bis, 62-65 — 100 Basilio,
Tratado del Espíritu Santo 27: por
B. Pruche, SC
17,154-155— ""Teodoro de Mopsuestia, o.c. (nota 43), 2, 8-9:
por Tonneau, 379-383 — m Cirilo de Jerusalén, o.c. (nota 78),
1,6-8: SC 126, 88-99 - ,03 Ambrosio de Milán, De sacramentis 1,13-23: SC
25-bis, 66-81 — m Tertuliano, De baptismo 3,1-4: CCL I, 278-279; Ambrosio
de Milán, De sacramentis 1,15: SC 25-bis, 68-69; Cirilo de
Jerusalén, Catequesis sobre el bautismo: PG 33, 433. Una lista de los
tipos se encuentra en Tertuliano, De baptismo; Ambrosio de Milán, De
sacramentis y De mysleriis — ,05 Cirilo de Jerusalén, Catequesis
sobre el bautismo, PG 33, 433 — "* Tertuliano, De baptismo 3,3: CCL
I, 278-279— ,07 Id, 1: CCL I, 277; Ambrosio de Milán, De
sacramentis 3,3: SC 25-bis, 90-93 — l0" Justino, Diálogo con
Trifón 138, 2-3: por G. Archambault, 296-297; Tertuliano, De baptismo
8,3: CCL I, 283; Cirilo de Jerusalén, Catequesis sobre el bautismo: PG
33, 982; Tertuliano, De idolatria 24,4: CCL 11, 1124; Cipriano de Cartago, De
unitale ecclesiae: por M. Bévenot, CCL III, 253 -m Tertuliano, De
baptismo 19: CCL I, 293-294; 9: CCL I, 283-284; Basilio, Tratado del
Espíritu Santo 14: SC 17,163-164; Ambrosio de Milán, De
sacramentis 1,22: SC 25-bis, 72-73; De mysleriis 12: SC 25-bis, 162-163 —
110 Acerca de estos tipos, véase: J. Daniélou, Bible et liturgie,
Lex Orandi 11. c. 4. Les
figures du
baptéme. 96-155— '"//> — 112 Estos tipos
podrían servir de base para una catequesis, aunque teniendo en cuenta al
auditorio. Junto con la biblia, son la fuente normal para una catequesis que
quiera partir de los ritos, y no de abstracciones.
A. Nocent
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4. Ritual del
bautismo
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Historia del rito bautismal, en "Asambleas del Señor" 42,
Marova, Madrid 1967, 26-36; Fernández P., La celebración
litúrgica del bautismo, en "
Notas al nuevo
Ritual del bautismo de los niños, en "Phase" 57 (1970)
225-240. Sobre la bendición del agua para el bautismo, véase la
bibliografía de Bendición-2. .
SUMARIO: I.
Panorámica cultural y existencial - II. Etimología; 1. En la
latinidad clásica y cristiana; 2. En la literatura griega - III. La
bendición en el AT y en el NT: 1. En el AT: a) La bendición en su
significado descendente, b) La bendición en su significado ascendente,
2. En el NT: a) Premisa terminológica, b) Primeros ejemplos
neotestamentarios, cj La "bendita entre las mujeres", d) Los
discípulos, e) La actitud de Cristo,/) Conclusión - IV. La
bendición en la historia y en la vida de la iglesia: I. Bendición
ascendente; 2. Bendición descendente; 3. El testimonio de la
tradición;
4. ¿Hacia
una redefinición? - V. Para un
210
redescubrimiento
teológico de la bendición: 1. El redescubrimiento del sentido
bíblico de la bendición; 2. La enseñanza de la iglesia
hoy; 3. La praxis de la ekklesía que celebra: a) Rito en la misa con el
pueblo, b) Propio del tiempo, c) Propio de los santos, d) Conclusión -
VI. Implicaciones pastorales y catequéticas: 1. Revaloración del
dato bíblico; 2. En un contexto eclesial; 3. Mediante nr.a catequesis
adecuada - VIL Conclusión.
I.
Panorámica cultural y existencial
El término
bendición, con su correspondiente verbo bendecir, significa una
particular postura religiosa; es decir, una relación entre el hombre y
lo sobrenatural —y viceversa— que se manifiesta en determinados
contextos, entre sí distintos, pero que tienden en definitiva a
evidenciar una recíproca relación entre el hombre y lo divino.
Parece ésta una realidad común a todas las religiones.
En cualquier
diccionario de lengua castellana uno de los primeros significados del
término es el de "invocar en favor de alguna persona o cosa la
protección divina", en ocasiones a través de un intermediario1.
Se trata, pues, de una relación-comunicación que implica al menos
dos modalidades en la acción. Se da ante todo un tipo de
intervención que intenta el hombre realizar dentro o fuera de los
cánones rituales sobre personas, animales o cosas en virtud de
un poder positivo (o negativo) que procede en él "de su particular
investidura y posición..., o por los medios que utiliza..., o por su
recurso al orden de lo divino para que su acto... llegue a ser eficaz"2.
Pero se da también un tipo de intervención que parte del orden
divino, capaz de "determinar condiciones de prosperidad en el hombre o en el
grupo humano mediante una acción gratuita... de dicho orden di
211
vino, es decir,
como consecuencia del comportamiento humano valorado desde la perspectiva
de las observancias rituales y éticas"'. Tanto una como otra forma
de intervención implican una certeza: que la realidad humana, y hasta
creatural, pueden modificarse —positiva o negativamente— en virtud
de un poder sobre esa misma realidad. "El que bendice 7—escribe De
Ñola— ...considera posible realizar una modificación en el
estado de la realidad, adecuándolo a las propias exigencias y
deseos"4.
Que existan seres
y potencias de los que proviene el bien, la fuerza, la vida, así como el
mal y la muerte, nos lo confirma la historia de las religiones. Se trata
de una de las creencias más antiguas, según la cual semejante
forma de transmisión se realiza mediante palabras y gestos, y cuyo
efecto es irresistible, a no ser, obviamente, que esté contrarrestado
por fuerzas no menos eficaces. Se constata, efectivamente,
cómo aun en las manifestaciones más sencillas del
sentimiento religioso, con motivo del poder inherente a la palabra, la
bendición constituye una manera de procurar el bien para una persona o
una cosa precisamente mediante la palabra. Sobre este poder inherente a la
palabra pueden citarse dos ejemplos característicos. Al presentar
la bendición de los peregrinos, afirma Righetti que éstos,
"como protección contra el peligro de los enemigos y
malhechores del camino se proveían de cartas, consideradas como
talismanes. Eran de origen irlandés y habían obtenido desde el
s. vin larga
difusión entre el pueblo sencillo"5; vale la pena conocer al menos
uno de tales textos: "Omnes inimici mei et adversarii fugiant ante
conspectum maiestatis tuae et per istos angelos corruant, sicut corruit Goliat
ante conspectum
Bendición
pueri tui David.
Universos angelos deprecor, expellite, si quis immundus spiritus vel si
quis obligatio vel si quis maleficia hominum me nocere cupit. Si quis hanc
scripturam secum habuerit, non timebit a timore nocturno sive meridiano. Vide
ergo, Egipti, ne noceas servos ñeque ancillas dei, non in mare, non in
ilumine, non in esca, non in potu, non in somno, non extra somno nec in aliquo
dolore corporis ledere presumas..."' Una prueba, en sentido
negativo, relativa a la maldición, es la que nos ofrecen las defixionum
tabellae utilizadas en el mundo griego y romano entre los ss. in-v d.C: la
maldición contra un adversario (y/o sus bienes) está sellada
(= grabada, defixa) en planchas metálicas7 con la intención
de aminorar o destruir sus facultades físicas o morales.
En ese contexto,
el acto y el gesto constituyen una potenciación de la eficacia inherente
a la misma palabra. Es la situación que, aun con distintas
connotaciones, encontramos en el ámbito cristiano, donde el signo
material que acompaña a la palabra se convierte en medio, modo e
instrumento de transmisión del poder divino y, por tanto, de
mediación salvífica.
Una visión
como ésta del fenómeno religioso provoca inevitablemente
un interrogante: ¿tiene todavía sentido, en el contexto
cultural de hoy, una consideración de esa naturaleza, una
consideración en la que la relación entre lo humano y lo divino
corre el peligro de confundirse con el de la magia, o al menos de situarse
dentro de un contexto similar? El clima de / secularización
todavía en marcha, aunque con modalidades diversas a las de los
años de su aparición, ha incidido hondamente en estas realidades,
provocando en ellas una justa purificación y selección, no
precisamen
Bendición
te una eliminación.
Ningún fenómeno de secularización ni de desacralización",
por racional que sea, puede anular esa relación profunda entre natural y
sobrenatural, entre el hombre y Dios, que por su parte la bendición
intenta expresar y realizar.
Todo esto nos da
ya una primera clave de lectura del hecho cristiano que, aun variando las
situaciones ambientales, locales e históricas, jamás ha
interrumpido esta comunicación e invocación de lo divino, ya
que es un dato efectivo inherente a la historia misma de la ecclesia, tanto en
la nueva como en la antigua alianza: por lo que el actuar de la una es
incomprensible sin hacer referencia a la otra.
II.
Etimología
Bendecir
—de ahí bendición— deriva del latín
benedicere: un verbo compuesto de bene dicere, que significa decir bien, y que
dentro del latín clásico se utilizó en esta forma.
Efectivamente, la fusión no es originaria: tiene lugar en la
tardía latinidad, en la liturgia de la iglesia, al adoptar el
término las connotaciones que caracterizan al correspondiente
euloghéó en los LXX\
1. EN
vorum suorum
glorificatur Deus, et totius pietatis auctori in multa gratiarum actione
benedicitur..."" Dentro de este contexto, benedictio, presente
sobre todo en los escritores eclesiásticos12, indica: alabanza,
exaltación, praeconium, sobre todo cuando tiene por objeto a Dios. Y con
estas características es como se usa fundamentalmente el término
en
El segundo
significado, que llegaría después a ser
característico y típico del lenguaje religioso y cristiano,
es: augurar cosas buenas y favorables, saludar, invocar el favor del hombre, y
particularmente el de Dios. Benedictio es entonces la invocación y/o la
donación de protección, de realidades buenas y favorables, sobre
personas o cosas; su santificación " por obra de Dios
o del hombre.
Bendecir, entonces, es también la acción de Dios, que manifiesta
el propio favor, que concede una protección especialM. Este es, pues, el
significado más común en el uso y en el lenguaje de la iglesia,
al menos durante cierto período de su historia.
Por
extensión, con benedictio se señala el voto, el deseo de prosperidad,
de bienestar, de buena suerte, que se pide al cielo. Es ésta la
forma más sencilla (que puede solamente pensarse, o desearse, o
también expresarse oralmente) de concretarse la bendición.
"El augurio —escribe De Ñola— como expresión
dirigida etimológicamente a procurar un incremento físico... es,
efectivamente, una bendición de carácter elemental que, a
través de la palabra (o también a través del pensamiento),
tiende a proyectar para sí o para otros la realización de una
mejora en el estado actual, y de una potenciación del propio ser,
vinculados a veces a eventualidades y empresas específicas..."'5
213
2. EN
ción que
adoptará una forma más precisa y más libre de todo significado
mágico y mistérico con la aparición de los LXX.
III. La
bendición en el AT y en el NT
El uso que de
euloghéó harían los LXX (cerca de cuatrocientas cincuenta
veces) está ya indicando no sólo la frecuencia y la importancia
del concepto de bendición expresado por la raíz
barák, sino sobre todo cómo en el contexto cultural y cultual
judaico ha recibido el término una impronta definitiva con respecto
a otras culturas del mundo oriental.
1. EN EL AT. Dos
son fundamentalmente los aspectos de la
Bendición
bendición
que pueden descubrirse en el ámbito de la praxis veterotestamentaria
y que, conforme a su significado, pueden calificarse con los adjetivos
descendente y ascendente.
a) La
bendición en su significado descendente. El valor fundamental
de barák es dotar de virtud salvífica; tal significado comprende
al mismo tiempo el gesto de dar y el estado del don. En la bendición se
da, pues, originariamente un poder que actúa con autonomía, una
fuerza de salvación que puede transmitirse, así como hallamos por
el lado opuesto el poder de la maldición, que actúa destructivamente".
En efecto, el hebreo beraká "no significa solamente el acto de
bendecir o la palabra de bendición, sino también el ser
bendito, colmado de bendición, así como las bendiciones que de
ella proceden: fortuna, fuerza, etc."20 Esta fuerza que el hombre puede
transmitir constituye el contenido primordial de la bendición, que
implica, más
en particular,
una vida larga y vigorosa y una numerosa descendencia; pero también
paz, seguridad, felicidad, salvación. Es típico, a este
propósito, el relato del Gen 27,1-29 (en particular los vv. 27-29),
donde Isaac bendice a Jacob; del Gen 48,15-16 y de todo el c. 49
(particularmente los vv. 25-26), donde Jacob bendice a José.
De tales textos
se desprende inmediatamente, si bien en forma arcaica, que
sólo Dios es el depositario y el dispensador de toda
bendición; es una constatación que se va haciendo cada vez
más certeza en todo el resto del AT, comenzando por el c. 1 del Gen,
donde es Dios mismo, en su misericordia y libertad, el primero en pronunciar y
en dar la bendición a las realidades creadas: "Y Dios los bendijo
dicien
do: Creced,
multiplicaos y llenad las aguas del mar y multipliqúense las aves sobre
la tierra..." (Gen 1,22); pero sobre todo al hombre y a la mujer, como
criaturas vivientes: "Y Dios los bendijo diciendo: Sed
prolíficos y multiplicaos, poblad la tierra y sometedla; dominad
sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre cuantos animales se
mueven sobre la tierra..." (Gen 1,28); y al hombre en su actuar
histórico, a quien Dios garantiza su propia presencia: "... Yo
estaré contigo y te bendeciré..."
(Gen 26,3); una
presencia que se manifiesta concretamente en Adán, en Noé, en los
patriarcas y en Moisés, así como en tantos otros acontecimientos
de la historia de la salvación, y que en la plenitud de los tiempos
culminará con la venida misma del Hijo de Dios encarnado entre los
hombres y revestido de su misma naturaleza y condición. Con esta venida
realizará Dios definitivamente cuanto se había preanunciado
y prefigurado en Gen 17,7: "Yo establezco mi alianza contigo y con tu
descendencia después de ti de generación en generación;
una alianza perpetua, para ser yo tu Dios y el de tu descendencia, que te
seguirá después de ti". La condición, pues, para
entrar en el dinamismo de la bendición divina queda
determinada por la aceptación de su alianza y por la fidelidad a la
misma: "... sólo quienes guardan los mandamientos de Dios, los
justos, los piadosos, participan en los beneficios de su
bendición"21, como lo recuerda el Sal 24(23),4-5: "... Aquel
que tiene manos inocentes y puro corazón... logrará bendición
del Señor, y justicia del Dios
su
salvador".
Este particular
modo de intervención de Dios en la creación, en la vida y en
la historia del hombre, va progresivamente encontrando en 214
el culto sus
formas rituales. Hay quien afirma, como Beyer, que "el culto es tal vez la
fuente misma del concepto israelítico de bendición: en el culto
el israelita... está convencido de que lo sustancial de la fuerza
de la bendición puede de alguna manera reconocerse continuamente
mediante actos sagrados..."22
En principio,
todos están autorizados a impartir bendiciones. Sin embargo, es en
el contexto del culto donde unos hombres particularmente designados para
ello (Aarón y Moisés: Lev 9,22-23; los levitas: Dt 10,8; 21,5;
Aarón y los levitas: 1 Crón 23,13) invocan la bendición
del Señor, que con el tiempo vendrá a ser un privilegio
sacerdotal incluso en la liturgia de la sinagoga. El ejemplo más
característico a este respecto nos lo ofrece Núm 6,23-27: se
trata de la bendición aaronítica que aparece como fórmula
fija de la bendición sacerdotal y que se utilizará al final
de toda celebración cultual, sea en el templo2J, sea en la sinagoga,
donde a cada invocación responde la comunidad con el Amén.
"... He aquí cómo habréis de bendecir a los hijos de
Israel...:
Que el
Señor te bendiga y te guarde. Que el Señor haga resplandecer
su faz sobre ti y te otorgue su gracia. Que el Señor te vuelva su rostro
y te traiga la paz. Así invocarán mi nombre los hijos de
Israel y yo los bendeciré". Es el texto que con ligeras modificaciones
ha adoptado el nuevo Misal Romano y repuesto en el corpus de las bendiciones
solemnes sobre el pueblo [/ infra, V, 3, a]7".
Dos son los
elementos que intervienen en la actuación del contenido de la
bendición: el primero es la palabra, una palabra cargada de poder
divino, acompañada siempre por un gesto —y es el segundo elemento—,
sobre todo la imposi215
ción de la
mano, que constituye la convalidación de lo anunciado con la
comunicación de una fuerza salvífica mediante una acción
(de contacto). Son éstos los elementos que quedarán
después, en la liturgia cristiana, como constitutivos de toda
acción litúrgico-sacramental.
b) La
bendición en su significado ascendente. Hasta ahora se ha
clarificado un aspecto dé la bendición, el propiamente
descendente, que se identifica con el favor divino tal como se manifiesta en
las relaciones de toda realidad creada. Pero el uso del término
barak implica también una segunda connotación paralela a la
anterior, que podríamos llamar de signo ascendente: no es solamente
Dios quien bendice al hombre; es también el hombre el que bendice a
Dios. La certeza de que la vida entera del hombre está en las manos de
Dios impulsa al piadoso israelita a eulo
ghéin
théon; es decir, a expresar la propia fe, la gratitud y la esperanza
tributando gloria y alabanza a Dios. El libro de Daniel presenta al respecto
uno de los ejemplos más típicos, ya en 3,26-27, ya sobre todo en
el cántico de los tres jóvenes (3,52-90), en donde el verbo bendecir
con este específico significado aparece claramente treinta y nueve
veces.
Tal
connotación nos remite al significado originario adoptado por
euloghéin en el griego profano: alabar, ensalzar, engrandecer constituyen
la actitud del hombre al presentarse ante Dios, reconocido como creador,
benigno, misericordioso y justo, y como tal digno de alabanza y de
agradecimiento.
Todas las
oraciones que comienzan con una alabanza a Dios se denominan, incluso en
el judaismo contemporáneo de Jesús, beraká (plural:
berakóth)". La oración
Bendición
principal es el
Shemonéh-'esréh berakóth que todo piadoso israelita reza
tres veces al día, y que está constituida por 18 (19) bendiciones26:
entre bendición y bendición, siempre distintas, se va intercalando
como estribillo: "Loado (bendito) seas, Señor..."27 Con
ésta, que es la principal, se van pronunciando otras muchas oraciones de
alabanza (berakóth), según las diversas circunstancias; pero
sobre todo antes, durante y después de las comidas28, como puede
constatarse en el ritual de la cena pascual2', de suerte que "para quien,
agradecido, recibe los alimentos como un don de Dios, toda la comida se
convierte... en una euloghia"x. El conjunto nos da, pues, una
visión grandiosa: el hombre reconoce que cada uno de los elementos de la
creación es obra y, por tanto, propiedad absoluta de Dios;
solamente quien adopta gozoso una actitud de reconocimiento frente a
cada una de las realidades con que se beneficia llega a situarse en la forma
debida. No orientarse dentro de esta perspectiva es cometer un latrocinio,
una infidelidad en los encuentros con Dios", ya que sólo "del
Señor es la tierra y cuanto encierra..." (Sal 24,1). Bendecir a
Dios es glorificarlo en todas y por todas sus obras; es un agradecerle y
darle gloria mediante la propia vida, sea con el culto, sea con la
oración personal, sea en familia. Y todo ello se convierte
así en actitud constante: lo que cambia son las ocasiones y las
circunstancias que provocan tal alabanza.
Y este momento de
alabanza que bendice a Dios se convierte, a su vez, en el lugar y el momento en
que Dios mismo se revela como bendición para el hombre, realizándose
así aquel admirabile commercium que, actuándose plenamente
en el paschale mysterium de Cristo,
Bendición
espera llegar a
su consumación en la vida de cada uno, en el hoy de la iglesia.
2. EN EL NT. La
realidad veterotestamentaria de la bendición sigue estando presente
igualmente en el NT, donde bendecir a Dios es alabarlo: loar su nombre sobre
todo por su misericordia y bondad, por todo cuanto acaece conforme a su
voluntad. Todo lo cual se expresa ya mediante verbos característicos
en los LXX: euloghéin, exomologhéin, eucharistéin.
a) Premisa
terminológica. En el conjunto del NT, el verbo euloghéin
aparece cuarenta y dos veces con el significado más ordinario de: loar,
ensalzar, glorificar. Exomologhéin, en el lenguaje extrabíblico,
no tiene nunca el significado de loar; en el NT aparece sólo diez veces,
en las que, entre otras significaciones, expresa también proclamar
las obras de Dios, ensalzar en sumo grado, alabar, confesar, dar gracias.
Eucharistéin, en cambio, usado un total de treinta y ocho veces, se
reserva casi exclusivamente para expresar el agradecimiento a Dios como
una actitud fundamental y constante de la vida cristiana. "...
Eucharistéin —escribe Ligier—, sinónimo frecuente de
euloghéin en el NT, incluye el significado de este último. Como
él, significa la simple bendición que saluda, colma de honores y
de augurios; pero, debido a su raíz semítica, expresa en
particular la confesión del Dios de la alianza, de sus beneficios,
así como también el agradecimiento que él
merece..."52 Pero el verbo adopta igualmente el significado particular de
oración de agradecimiento antes, durante y después de la comida
(cf Me 8,6 y par.; He 27,35; Rom 14,6; 1 Cor 10,30; y sobre todo Le 22,17.19; 1
216
Cor 11,24). Se
trata de las berakóth de la mesa, que se caracterizan fundamentalmente
por la alabanza a Dios a causa de sus beneficios. Así es como "los
primitivos elementos de la alabanza a Dios y de la simple
conmemoración de sus beneficios (anamnesis) tuvieron frecuentemente
un particular desarrollo mediante la introducción de una
específica acción de gracias y una súplica. La
bendición encontró amplio uso en la liturgia de la sinagoga y en
las comidas familiares de cada día..."" Nos referiremos
dentro de unos instantes a la relación entre esta particular
fórmula de bendición y lo que realizará Jesús
especialmente en la última cena, con lo que de ahí había
de derivar para la praxis de la iglesia en todo tiempo y lugar.
Volviendo al
significado común a euloghéin y eucharistéin (= alabanza,
agradecimiento a Dios), observemos cuáles son las personas que en
el NT bendicen o que son objeto de bendición.
b) Primeros
ejemplos neotestamentarios. Los primeros y más inmediatos ejemplos
de bendición los encontramos en el comportamiento y en las palabras
de Zacarías, expresando la propia alabanza y acción de
gracias al Dios cuya acción poderosa ha experimentado de forma tan
directa y personal: "Bendito (euloghétós) el Señor
Dios de Israel, porque..." (Le 1, 68ss).
También
Simeón alaba a Dios por haberle concedido contemplar al Salvador
prometido: "...lo recibió en sus brazos y bendijo (eulóghésen)
a Dios..." (Le 2,28).
c) La
"bendita entre las mujeres". Anillo de enlace entre la salvación
anunciada y prefigurada y su realización, María expresa su
alabanza por lo que Dios ha hecho
217
en ella y por
medio de ella: "Mi alma glorifica al Señor... porque me ha hecho
cosas grandes el Omnipotente..." (Le l,46ss). Ella misma, por
otra parte, viene a ser objeto de bendición, juntamente con el fruto de
su vientre: "Bendita (euloghéméné) tú entre
las mujeres, y bendito (euloghéménos) el fruto de tu
vientre" (Le 1,42). María es así la primera y más
extraordinaria bendición del Padre: es "bendita" porque
"el Señor es contigo" (Le 1,28); y, como en Abrahán,
padre de muchas gentes, la bendición sobre María es fecundidad
(cf Le 1,31).
d) Los
discípulos. También los discípulos bendicen a Dios. Lucas
concluye su evangelio con la imagen de los discípulos, que
"estaban continuamente en el templo bendiciendo (eulogoüntes) a
Dios" (24,53). Así, la expresión "Bendito sea
Dios..." aparece frecuentemente en las cartas de Pablo (cf, por ejemplo,
Rom 1,25; 2 Cor 1,3; Ef 1,3). Pero los discípulos deberán incluso
bendecir a quienes los maldigan: "Bendecid (eulogheite) a los que os
maldicen..." (Le 6,28); sólo así podrán heredar la
bendición de Dios: "...bendecid siempre (eulogoüntes),
pues para esto habéis sido llamados, para ser herederos de la
bendición (euloghían)"'(1 Pe 3,9).
e) La actitud de
Cristo. Como todo piadoso israelita, Jesús bendice a algunas
personas, como los niños: "...los bendijo imponiéndoles
las manos (kateulóghei)" (Me 10,16), en línea con la actitud
ordinaria de un padre de familia o de un maestro; los enfermos; los
discípulos en el día de la ascensión: "... alzando
las manos, los bendijo (eulóghésen). Y mientras, se alejaba de
ellos e iba subiendo al cielo..." (Le 24,51). Comentando esta conclusión
del evangelio de Lucas,
Bendición
afirma Link:
"Al despedirse, el Señor comunica a su comunidad la fuerza de su
bendición, en virtud de la cual queda él unido a la comunidad
misma. El contenido de la bendición es la presencia del Señor
ensalzado por su comunidad..."34 Pero sobre todo Jesús bendice (=da
gracias) al Padre. Los evangelios nos señalan algunas circunstancias:
"Padre, te doy gracias (eucharistó) porque me escuchaste..."
(Jn 11,41); "Yo te alabo35, Padre, Señor del cielo y de la tierra,
porque habiendo ocultado..." (Le 10,21). Es interesante observar
cómo presenta Bouyer este texto a manera de una típica berakah,
ya por la forma, ya sobre todo por el tema: "el conocimiento de Dios"
como respuesta a su palabra. "La berakah mediante el conocimiento llega en
este texto a su plenitud, ya que, en Jesús, se manifiesta enteramente
Dios al hombre, suscitando inmediatamente la respuesta perfecta del
hombre. Simultáneamente, esta berakah por el conocimiento que el Padre
tiene del Hijo y por el conocimiento que el Hijo recibe del Padre se desarrolla
en una berakah por la comunicación de esta intimidad singular a los
pobres, en el sentido común en Israel, es decir, a los que viven
solamente de la fe"".
Este
comportamiento de Jesús en sus relaciones con el Padre resulta
todavía más claro y ejemplar cuando, apropiándose las
costumbres y los usos de su pueblo, como todo cabeza de familia, toma el pan,
pronuncia la acción de gracias ("Bendito sea Dios, que ha hecho
germinar este pan de la tierra"; los presentes responden:
"Amén"), lo parte y lo distribuye...: es el ritual que observamos
en las dos multiplicaciones de los panes (cf Me 6,41; 8,6 y par.).
Pero es durante
la última cena
cuando destaca
todo esto de manera más clara al tomar Jesús el pan y
pronunciar la bendición..., al tomar el cáliz y dar gracias...
Todo el movimiento de bendición y acción de gracias se realiza
dentro de ese contexto veterotestamentario que aparece bien sintetizado en Dt
8,10: "Comerás hasta saciarte y bendecirás al
Señor, tu Dios, en la dichosa tierra que te da".
Toda
bendición antes y después de las comidas está siempre
dirigida a Dios: es una bendición y acción de gracias al Creador,
que dispone de todo, que hace brotar "el pan de la tierra", que crea
"el fruto de la vid"...; y todos los presentes ratifican la
bendición con su Amén. "Terminada la comida, sigue la
comunitaria acción de gracias, la bendición por los alimentos...;
el jefe de la familia (o el huésped de más elevada
categoría...) pronuncia la oración convival, consistente en
cuatro bendiciones..."37
Lo que, dentro de
nuestra particular argumentación, reclama su atención no es
el conjunto de lo que Jesús ha hecho en la última cena, sino el
sentido de las expresiones38: "pronunciada la bendición" (euloghésas);
"después de haber dado gracias" (eucharistésas). En el
contexto de la tradición judía, uno y otro verbo nos dan la
síntesis del doble movimiento ascendente y descendente propio de la
bendición. Y a este específico contexto se debe que el
término eucharistia —traducción greco-cristiana de
berakah— pasase a designar en la tradición cristiana la
celebración completa de la cena del Señor, tomada como hecho que
recapitula en sí mismo toda bendición divina en los encuentros
del pueblo de la alianza; que prefigura el cumplimiento de toda esperanza en
Cristo como suprema bendición del Padre, y que, conmemorando in mysterio
218
toda la
redención, la actualiza enteramente para la salvación del pueblo
de la nueva y definitiva alianza. Y la iglesia da gracias por todo ello
bendiciendo a su Señor.
f)
Conclusión. Cuando, tanto en el AT como en el NT, el término
bendecir tiene como sujeto a Dios, significa su continua comunicación
salvífica, y por tanto el don de su amor, de su misericordia, de su paz.
Cuando el término tiene como sujeto al hombre, indica el comportamiento
(alabanza, adoración, invocación, acción de gracias) con
que el hombre acoge la comunicación que hace Dios de sí
mismo, y se sitúa en la condición salvífica del
Éxodo. Los dos aspectos aparecen admirablemente fundidos en Ef 1, 3-4,
donde Pablo, al presentar el plan divino de la salvación que proviene
del Padre, que se manifiesta y se realiza por el Hijo, que acontece en el
Espíritu y que lo reconduce todo al Padre, afirma: "Bendito sea
Dios..., que nos bendi
jo en Cristo con
toda suerte de bendiciones espirituales...".
IV. La
bendición en la historia y en la vida de la iglesia
Analizando la
praxis litúrgica de la vida de la iglesia, nos encontramos con una
progresiva evolución —hasta identificarse con una verdadera y
propia transformación— del significado y del uso originario de la
bendición. Podemos distinguir dos líneas de desarrollo, que a
veces se integran y entrecruzan: la oración de bendición
como alabanza y acción de gracias, y la bendición como
oración que se extiende progresivamente hasta los seres inanimados.
1.
BENDICIÓN ASCENDENTE. Considerada en su movimiento
219
ascendente, la
bendición entendida como acción de gracias en la tradición
litúrgica irá desapareciendo cada vez más de la conciencia
y de la práctica de los fieles, para identificarse casi por
completo con la oración eucarística y encontrar en el prefacio el
momento más característico no sólo para expresar tal
actitud de alabanza en general, sino también para dar en ocasiones la
motivación de la misma. Se trata del contenido típico del
embolismo, cuyo fin es dar razón siempre de la particular acción
de gracias que la asamblea dirige al Padre por Cristo en el Espíritu.
Las antiguas fuentes litúrgicas nos permiten constatar esta riqueza y
variedad de expresión, en parte reproducida por los nuevos / libros
litúrgicos, especialmente por el Misal Romano de Pablo VI3'.
En los primeros
siglos, antes de acentuarse la evolución de la bendición
desde alabanza a Dios hasta santificación de las realidades creadas,
tenemos todavía algunos testimonios de costumbres conformes al
espíritu y a la praxis de la tradición hebraica. Ya Pablo en sus
cartas nos ofrece una interesante documentación al abrir su
discurso con las distintas comunidades bendiciendo (= dando gracias) a
Dios Padre por lo que ha realizado en Cristo Jesús, especialmente en su
muerte y resurrección, y por lo que obra en todos aquellos que acogen su
palabra40. Hipólito, en
Bendición
cias de los
frutos y para las flores (nn. 31-32); en una palabra: "Por todo lo que se
toma (como alimento), se darán gracias al Dios santo,
tomándolo para su gloria" (n. 32).
2.
BENDICIÓN DESCENDENTE. La acción del fiel que se dirige al Padre
para expresarle su propia acción de gracias constituye la respuesta a la
intervención de Dios en la historia misma y en la vida del hombre. Si el
hombre responde, es porque Dios se ha movido antes. Mas esta acción de
Dios la pide e invoca el hombre porque sabe que todo depende del mismo
Dios.
En este
movimiento, que podemos llamar descendente, Dios bendice al hombre y
las realidades creadas. Dentro de esta misma perspectiva, sabiéndose
investida de la autoridad de Cristo, la iglesia bendice con ritos particulares
a personas y cosas por medio de sus ministros. Así pues, cuando el
hombre bendice a alguien o algo, lo hace en nombre de Dios, el único que
puede bendecir, es decir, insertar en el flujo de la propia vida.
Esta praxis ha
tenido a lo largo de los siglos42 un extraordinario desarrollo en la vida de la
iglesia, hasta aparecer el término bendición con el casi
exclusivo sentido de "acción realizada por un hombre a quien la
iglesia ha conferido un poder divino con el fin de invocar, mediante la
oración, el favor divino sobre personas y cosas"43.
3. EL TESTIMONIO
DE
Bendición
"Hacia los
ss. VIH y ix —escribe
Molien—, la
vida cristiana en su
conjunto aparece
impregnada de
bendiciones cuyo
uso, iniciado en
los monasterios,
se había de propa
gar
después entre todas las clases so
ciales"44.
De una manera
general, pueden
subdividirse
así: bendiciones con
cernientes a las
personas: obispo,
presbítero,
diácono, lector, virgen,
viuda, abad,
abadesa, penitente,
catecúmeno,
enfermo...; los objetos
destinados al
culto: basílica, altar,
cáliz,
patena, baptisterio, fuente,
óleo,
cera, agua, sal, cruz, incien
so...; los
elementos para la vida del
hombre: semillas,
mieses, lluvia,
primicias,
animales, casa, pozo,
vestido...
Franz adopta una
división distinta en la obra que recoge las bendiciones de la
iglesia en el medievo "5: 1) el agua bendita; 2) sal y pan; 3) la
bendición del vino; 4) aceite; frutos del campo, del jardín y
yerbas (achicoria, ruda, yerbas medicinales...); 5) las bendiciones en el
día de la epifanía (oro, incienso y mirra; piedras preciosas); de
las candelas, el 2 de febrero; de san Blas; así como en otros tiempos;
6) las bendiciones en cuaresma y en el tiempo pascual (ceniza, palmas, fuego,
cirio pascual, Agnus Dei en Roma, alimentos en el día de pascua);
7) casa, granja, oficios (casas, fuentes nuevas o contaminadas, recipientes,
objetos para los oficios...); 8) bendiciones conventuales; 9)
fenómenos de la naturaleza (lluvia y sequía; temporales y demonios;
oración por el tiempo...); 10) los animales (ayuda y protección;
defensa...); 11) matrimonio, madre y niño (matrimonio y fertilidad;
para la madre, antes, durante y después del parto; en la niñez y
juventud; en la
escuela...); 12) en
los peligros
(viajes, peregrinaciones,
batallas, juicio
de Dios, ordalías...);
220
13) en las
enfermedades (fiebres, ojos...); 14) para la posesión diabólica.
Hoy, por lo
general, el estudioso, así como el pastor, puede disponer de un
instrumento que le permite acceder a la mayor colección de bendiciones
pertenecientes a las numerosas tradiciones de la iglesia occidental. Se trata
del Corpus Benedictionum Pontificalium, cuyo autor —Moeller— recoge
un total de 2.093 bendiciones, siguiendo el orden alfabético de su
incipit, ofreciendo además un útilísimo índice
de lectura según el Calendarium liturgicum'6. Las bendiciones aparecen
según el calendario anterior a la reforma litúrgica del Vat. II;
pero señala también muy acertadamente el autor la
concordancia con el actual calendario. He aquí el orden de los
capítulos: I. Proprium de Tempore; II. Commune benedictionum per
annum; III. Proprium de Sanctis; IV. Commune Sanctorum; V. Commune defunctorum
et Benedictionum votivarum, Ritualis et Pontificalis. También, en este
contexto, es obligado recordar la obra más reciente y accesible de
E. Lodi, que en
el Enchiridion euchologicum recoge cerca de ochenta bendiciones".
Hemos
creído útil hacer esta digresión, que puede incluso dar la
impresión de análisis histórico. Pero el conocimiento de
la tradición, además del enriquecimiento que implica,
constituye una guía segura y una mina a la que el agente pastoral debe
saber acercarse con discernimiento e inteligencia. Una mirada siempre
atenta a la tradición, considerada globalmente, permite encontrar
sugerencias útiles también para las múltiples y tan
variadas situaciones pastorales del mundo contemporáneo.
Aun a la espera
de que la reforma litúrgica ofrezca en el Ritual y 221
en el Pontifical
o, mejor, en el / Bendicional47bl! —así se denominaba el
libro con los textos de las bendiciones desde la reforma litúrgica
llevada a cabo por san Pío V—, una adecuada colección de
bendiciones, el Misal Romano de Pablo VI nos ofrece ya una lista de las mismas
para la conclusión de la eucaristía en los momentos más
significativos del año litúrgico, así como para otros
tiempos litúrgicosacramentales de la vida del cristiano4".
El valor litúrgico y pastoral de tales bendiciones es indiscutible:
permiten solemnizar las celebraciones y variar la fórmula
estereotipada de la bendición final mediante textos que brillan por
su concisión y riqueza doctrinal y que expresan muy bien el
espíritu de la fiesta y el sentido del misterio que se ha celebrado.
4. ¿HACIA
UNA REDEFINICIÓN? Algunos padres nos ofrecen definiciones de
bendición que sintetizan muy bien la realidad inherente a este gesto. He
aquí dos ejemplos muy significativos. Basilio Magno, en la carta
c. II de su obra
De benedictionibus patriarcharum, al presentar la bendición de
Rubén más como una profecía que como verdadera y propia
bendición, afirma: "Prophetia enim annuntiatio futurorum est,
benedictio autem sanctificationis et gratiarum votiva collatio" (PL 14,
Nos encontramos,
pues, ante un rito {— oración + gesto/s) instituido por la
iglesia y realizado en su nombre por uno de sus ministros para santificar a
personas o cosas:
Bendición
para que las
personas puedan disfrutar de los frutos de la redención y las cosas
lleguen a ser instrumento de gracia para todos4'. "La
bendición, en sentido litúrgico —escribe Righetti—,
es el rito realizado por un ministro sagrado y por el que se invoca a Dios,
para que derrame su favor sobre alguna persona o cosa, la cual adquiere por
esto una especie de carácter sagrado, o bien se pide un beneficio
material o espiritual... En el primer caso tenemos las llamadas Bendiciones
constitutivas..., cuya eficacia queda siempre asegurada por la oración
de la iglesia; en el otro tenemos las llamadas Bendiciones invocativas..., cuyo
efecto depende del fervor del que las recibe y de la voluntad de Dios"50.
Las primeras, en efecto, llamadas también consecutivas, dan a la
persona o al objeto un carácter sagrado que los arranca de todo uso
puramente común (la /consagración de las vírgenes, la
bendición de los vasos sagrados o de una iglesia [/ Dedicación
de iglesias], etc.); las segundas, por el contrario, no cambian la
naturaleza o la finalidad de un objeto (el pan bendito se come; la persona
bendita continúa viviendo su propia vida...), sino que piden solamente
un particular bien espiritual o temporal. Ordinariamente, el efecto
temporal o espiritual que se sigue de la bendición depende de las
disposiciones del sujeto y de la oración de la iglesia ("ex sua
impetratione": cf can. 1144 del CDC de 1917), la cual envuelve la vida del
hombre como en una atmósfera sobrenatural para introducirla cada
vez más en el misterio de Cristo, recordando la afirmación de
Pablo: "... todo es para vosotros: ... el mundo, la vida, la muerte, el
presente, el futuro, todo es vuestro, vosotros de Cristo, y Cristo de
Dios"(l Cor 3,21-23).
Bendición
V. Para un
redescubrimiento teológico de la bendición
El nuevo
Bendicional, como todos los libros litúrgicos de la reforma
promovida por el Vat. II, contiene en sus Praenotanda los elementos
de orden biblico-teológicolitúrgico y pastoral que
constituyen la base para una recuperación del tema teológico. Un
tema que viene exigido por la actual y la futura praxis, en la medida en que se
impone una refundamentación de los motivos de la misma praxis en el
contexto social y pastoral de nuestro tiempo. En espera de esas
. indicaciones
precisas, que constituirán la línea fundamental para el desarrollo
de dicho tema, podemos citar algunos elementos que, dada su perenne validez,
nos parecen constituir la base de todo. Es decir, se trata de descubrir ios
elementos bíblicos que permitan recuperar el aspecto más genuino
y más hondo de la bendición, en la línea de la
enseñanza de la iglesia y de su praxis. Analicemos brevemente estos
tres componentes.
1. EL
REDESCUBRIMIENTO DEL SENTIDO BÍBLICO DE
Si analizamos la
colección de bendiciones que el Pontifical y el Ritual han mantenido en
uso hasta nuestros días, es fácil observar cómo se
establece en esos textos un movimiento de bendición-súplica que,
partiendo del simbolismo de
222
la vida
ordinaria, trata de encontrar un empalme (o un paralelo, una
prefiguración, una alusión, un ejemplo...) en la historia de la
salvación, haciendo así que cada elemento de la
creación sirva para la gloria de Dios y para el bien inmediato del
hombre.
Está todo
ello determinado por el significado de la creación en la economía
de la salvación. Verdad es que "vio Dios todo lo que había
hecho, y he aquí que todo era bueno" (Gen 1,31); pero la realidad
del pecado lo invirtió y revolucionó todo. Escribe Vagaggini:
"... rota, en cierto modo, la unidad entre el hombre y Dios por el pecado,
se rompió también, en cierto modo, la unidad entre el hombre y la
criatura inferior. Esta, en sus relaciones con el hombre, sigue de alguna
manera la suerte de las relaciones del hombre con Dios"". Ahora bien,
esta unidad entre el hombre y la criatura infrahumana encuentra el comienzo de
su recomposición y realización en la liturgia: particularmente
en los sacramentos, y subordinadamente en los sacramentales. "En la
vida litúrgica de los sacramentales... se concretizan y se ponen en
obra las grandes realida
des de la
doctrina y de la vida cristiana: 1) la unidad del cosmos; 2) la universalidad
cósmica de la caída y del imperio de Satanás; 3) la
universalidad cósmica de la redención en Cristo como liberación
del imperio de Satanás; 4) el hombre como microcosmos y nudo del
universo; 5) el valor sagrado de las cosas sensibles como don de Dios al hombre
e instrumento del hombre para ir a Dios..."52
Releyendo entonces
en esta dirección la secular praxis de la iglesia, nos damos
cuenta de cómo la actitud que ella adopta, si bien aparentemente puede
dar paso a un juicio un tanto pesimista sobre las
223
realidades de
este mundo (cf, por ejemplo, ciertos /exorcismos...), sin embargo, y por otra
parte, destaca sobre todo su dimensión positiva: hacer que la
redención de Cristo se extienda a todo el cosmos. Tal es el sentido de
la bendición de un objeto: que, una vez purificado, sirva al bien
material y espiritual del hombre. Así es como cada elemento de la
creación vuelve a contemplarse y situarse en la perspectiva que se
le había dado en los comienzos de la creación; y en el contexto
de la nueva alianza, vuelve a ser instrumento con que el hombre pueda
alcanzar su salvación. Sólo en esta perspectiva encuentran
significado y, por tanto, lugar en la praxis de la iglesia las bendiciones
constitutivas e invocativas (/ supra, IV, 4).
Mas éste
es sólo un primer aspecto, por lo demás parcial, de un
segundo movimiento, el ascendente,
o de la alabanza
y acción de gracias, que se eleva desde lo creado hasta su Creador.
Reconducir los elementos de la creación a su función
originaria comporta necesariamente el reconocimiento de la mens de Dios en
la obra misma de la creación; pero es también el punto de partida
para llevar la atención y la sensibilidad del hombre a bendecir a
Dios por toda realidad creada. Representa el restablecimiento de esa
relación entre el hombre y Dios que en la tradición hebraica fue
y sigue siendo todavía vivísima mediante el uso de las
berakóth. La evocación de algunos ejemplos de dicha
tradición ilumina mejor todavía el camino recorrido desde
sus orígenes por la iglesia": antes de comer los frutos:
"Bendito seas, Señor, Dios nuestro, rey del mundo, creador de
los frutos del árbol"; al respirar el perfume de una planta
aromática: "Bendito... el que creó los árboles (las
yerbas) que dan
Bendición
olor"; quien
bebe agua para apagar la sed dice: "Bendito... aquel por cuya palabra todo
ha sido hecho" (o bien: "el que creó tantísimos seres
animados"); ante un hombre sabio: "Bendito aquel que ha hecho
partícipes de su sabiduría a quienes lo temen"; ante unas
tumbas: "Bendito aquel que conoce el número de todos vosotros
y en el futuro os hará volver a la vida y os hará subsistir;
bendito aquel que resucita a los muertos"; frente a los fenómenos
meteorológicos: "Bendito aquel cuya fuerza y poderío llenan
el mundo"; quien contempla el cielo límpido dice: "Bendito
aquel que renueva la obra de la creación".
Una
profundización de los valores de la oración
eucarística, que engloba toda esta realidad, así como de los
demás elementos de la oración de la iglesia, especialmente los
Salmos, no dejaría de contribuir a la revalorización tanto de la
actitud como de los contenidos propios del bendecir a Dios.
2.
Bendición
las usa con las
debidas disposi
ciones"".
El Vat. II no
alude explícitamen
te al significado
ni al valor de las
bendiciones56.
Sin embargo, en el
c. III de la constitución
SC, al tratar de los sacramentos (exceptuada la eucaristía) y de los
sacramentales, presenta estos últimos según su naturaleza, su
valor y eficacia. Vale la pena recordar el contenido de los nn. 60 y 61 en
orden a una refundamentación teológica de la bendición:
"La santa madre iglesia instituyó... los sacramentales.
Éstos son signos sagrados creados según el modelo de los
sacramentos, por medio de los cuales se expresan efectos, sobre todo de
carácter espiritual, obtenidos por la intercesión de la
iglesia. Por ellos los hombres se disponen a recibir el efecto principal de los
sacramentos y se santifican las diversas circunstancias de la vida. Por
tanto, la liturgia de los sacramentos y de los sacramentales hace que, en los
fieles bien dispuestos, casi todos los actos de la vida sean santificados
por la gracia divina que emana del misterio pascual de la pasión, muerte
y resurrección de Cristo, del cual todos los sacramentos y sacramentales
reciben su poder, y hace también que el uso honesto de las cosas
materiales pueda ordenarse a la santificación del hombre y a la alabanza
de Dios".
Podemos ver
claramente en este texto una definición que, recordando el
significado y la eficacia del sacramental, muestra al mismo tiempo su
naturaleza: constituye una prolongación del simbolismo y de la realidad
sacramentaría. Pero, junto con la definición, lo que importa
sobre todo es haber reorientado todo este movimiento santificante hasta la
fuente de donde dimana toda intervención salvífica: el misterio pascual
de
224
Cristo. En esta
dirección se mueven ciertamente las indicaciones teológico-pastorales
del nuevo Bendicional.
3.
a) En el rito de
la misa con el pueblo, tal como aparece en la edición oficial
castellana, encontramos un elemento eucológico nuevo con respecto a
toda la tradición anterior. Se trata de las dos bendiciones para el
pan y para el vino,
que encontramos en
el rito de la presentación de los dones al comienzo de la liturgia
eucarística. El texto para el pan y el vino adopta y desarrolla la
estructura y el contenido de la berakah judaica, con la intención,
sin embargo, claramente nueva de reproducir los gestos y las palabras de
Jesús en la última cena". La asamblea bendice a Dios,
reconocido como tal ("Señor"), como creador de todo
("Dios del universo"), como aquel que hace brotar el pan de la tierra
y el fruto de la vid. En tal reconocimiento —que es alabanza,
admiración, agradecimiento— se inscribe la breve respuesta de la
asamblea pidiendo que esos signos —con lo que implican: toda la actividad
humana en el universo— lleguen a ser signo de salvación ("pan
de vida" y "bebida de salvación"). Estas bendiciones, aun
dentro de su brevedad, encierran el movimiento interno tan típico de
toda oración
225
cristiana, sobre
todo de la eucarísti
ca; movimiento
sintetizable en el
memores
-offerimus - petimus. Es
también
innegable su valor de
ejemplaridad.
Como conclusión
del rito de la misa propone el nuevo misal un corpus de bendiciones solemnes y
oraciones de bendición sobre el pueblo. También ahora nos encontramos
ante la feliz recuperación de un elemento de la tradición que
había caído en desuso durante los últimos siglos. Una
recuperación estimulada no sólo por la praxis de otras
tradiciones litúrgicas, sino también por la revalorización
de la bendición atestiguada en el AT, cuyo ejemplo más
característico es la de Aarón (Núm 6,24-26) [/ supra III,
1, a]. Sobre este texto como pauta, el Misal Romano presenta veinte formularios
de bendición solemne5* para los distintos momentos del año
litúrgico y veintiséis
oraciones de
bendición sobre el pueblo. Mientras en el primer grupo tienen
ordinariamente los textos una estructura siempre" tripartita (+ la
bendición final) y ia asamblea responde a cada invocación con el
Amén, en el segundo nos hallamos ante una simple oración de
súplica, con la que el presidente de la asamblea invoca sobre la misma
la bendición divina con todo lo que ella comporta: salud del cuerpo y
del espíritu, paz, victoria sobre el mal, perdón y
conversión, deseo de servir al Señor, disponibilidad en el
servicio del bien, etc.
Rito
estrechamente ligado a la celebración de la eucaristía es el de
la
aspersión dominical del agua bendita, que el Misal Romano recoge
como apéndice60. Aquí, más que el rito en sí mismo,
lo que interesa es sobre todo la larga oración bendicional del agua. Se
invoca la dynamis, el poder divino sobre el agua, a fin de que, así
Bendición
como ha sido
siempre "un signo de la... bondad" del Señor en el pueblo de
la antigua y de la nueva alianza (cf toda la tipología con que
está entretejido el texto), siga siéndolo de la protección
divina sobre todos los bautizados en la pascua de Cristo, nuestro Señor.
El texto resume, pues, admirablemente la intervención de Dios en lo
humano, pero también el reconocimiento de tales intervenciones por parte
del hombre: un reconocimiento que lleva a la alabanza y a la gratitud, que, en
el domingo, se expresará dentro de la eucaristía, acción
de gracias y memorial de toda la obra salvífica.
b) En el propio
del tiempo, al comienzo de la cuaresma, aparece la bendición de la
ceniza. El Misal Romano trae dos textos breves, de libre elección, pero que
tienen función y significado distintos. En el primer texto, el
presidente invoca la bendición del Señor sobre "estos
siervos tuyos... para que, fieles a las prácticas cuaresmales", se
renueven espiritualmente para poder celebrar dignamente la pascua del
Señor. Con el segundo texto, en cambio, se invoca la bendición de
Dios sobre la ceniza, que recuerda la honda condición humana y el camino
de penitencia que debe recorrer el hombre para alcanzar, "a imagen de tu
Hijo resucitado, la vida nueva de tu reino".
Para la
bendición de los ramos en la conmemoración de la entrada del
Señor en Jerusalén (= domingo de ramos), el Misal Romano ofrece
dos textos de libre elección. En el primero se invoca la
bendición de Dios sobre los ramos, para que los fieles que acompañan
jubilosos a Cristo puedan "entrar en
Bendición
que la asamblea
produzca "frutos abundantes de buenas obras".
Para la
bendición de los óleos sacramentales realizada por el obispo
durante la misa crismal, en la mañana del jueves santo, remitimos al
nuevo texto del Ritual de la bendición del óleo de los
catecúmenos y enfermos y la consagración del crisma (=
RBO)" (se encuentra en el Ritual de Órdenes, en castellano).
La vigilia
pascual en la noche santa contiene varios elementos bendicionales; nos
atreveríamos a afirmar que, globalmente, pueden considerarse como una
gran bendición que la iglesia entera dirige a Dios Padre, como
lírico y gozoso memorial de lo que él ha realizado y sigue
realizando en la historia de la salvación. Profundizar en cada uno de
los elementos es algo que no nos compete aquí y ahora; nos limitamos
simplemente a enumerarlos: bendición del fuego; proclamación
del anuncio pascual; bendición del agua bautismal; bendición del
agua lustral62.
c) En el propio
de los santos, el formulario de la festividad de la presentación del
Señor contiene la bendición de las candelas. Después de
una larga monición que resume el significado del misterio que se va a
celebrar, el Misal Romano ofrece dos oraciones de libre elección. En la
primera se invoca la bendición sobre los cirios, signos luminosos de
aquella realidad —la "luz eterna"— a la que los
fieles se encaminan. En la segunda, en cambio, se invoca a Dios,
"dador... de la luz", a fin de que infunda en cada uno el
"esplendor" de su santidad como condición para el encuentro
definitivo con Cristo.
Para la
bendición del cáliz y de la patena remitimos a la voz / Objetos litúrgicos/
Vestiduras II, 1, b.
226
d)
Conclusión. Del conjunto de todos estos elementos, como porción
viva del patrimonio eucológico de la iglesia de nuestro tiempo, podemos
concluir, con palabras de Vagaggini, que todo sacramental —y eso son
todas las bendiciones anteriormente recordadas— es un signo demostrativo
de la oración de la iglesia y "de la oración de Cristo...,
de la que la iglesia no es sino una participación. Es, por tanto,
también signo comprometido para quien recita o acepta esta
oración también en nombre propio. Es signo rememorativo de las
impetraciones de Cristo... (y de las) dirigidas a Dios después
del pecado de Adán..., que eran figuras de las que habían de
hacer Cristo y la iglesia. Es, finalmente, signo profético de la
oración de
VI. Implicaciones
pastorales y catequéticas
Sin ocultar los
aspectos críticos reales que durante estos años han surgido en
torno a la praxis de las bendiciones —que, por lo demás, es
conveniente recordarlo, no constituyen la parte esencial de la / liturgia
cristiana—, está fuera de toda duda que mantienen su notoria
importancia en el plano pastoral y catequético. El sentido de la unidad
cósmica del reino de Dios y la conciencia de cómo también
la criatura infrahumana está de alguna manera llamada a cooperar en
ese reino, implican al hombre con su esperanza y con todo cuanto le rodea.
Descubrir entonces el genuino sentido de la bendición supone
recobrar los valores de la creación en su conjunto, reapropiarse ese
sentido de lo divino que envuelve
227
todo lo creado y,
sobre todo, un reconocimiento de Dios como Señor y como Padre. El
camino que el agente pastoral está llamado a recorrer es sin duda largo
y no exento de dificultades, pero podrán superarse en la medida en que
se tengan en cuenta los siguientes elementos:
REVALORIZACIÓN DEL DATO
BÍBLICO. Como para los demás sectores de la / pastoral
litúrgica, la recuperación de las bendiciones como actitud permanente
del cristiano sólo puede llegar a ser realidad mediante un
redescubrimiento de aquellos elementos que en la biblia caracterizan la
bendición: la alabanza y acción de gracias por todo cuanto Dios
ha hecho y sigue haciendo en la historia del hombre; el recuerdo (memorial) de
sus mirabilia, que orientan al fiel hacia una actitud de oración y
súplica. Situarse en esta perspectiva ayudará por igual a
los pastores y a los fieles a evitar tanto una supervaloración como una
desvalorización de la bendición en sí misma.
Volverá así a aparecer como lo que realmente es: ni un medio
insignificante ni un medio infalible en orden a la salvación.
EN UN CONTEXTO ECLESIAL. Una vez
distinguidos los elementos propios de la terminología (corriente
entre nosotros), que incluye a veces en una categoría única bendición
y consagración, es posible recuperar los valores de la primera y de la
segunda. "La bendición, que viene de Dios y penetra con su fuerza
divina todas las bendiciones pronunciadas por el hombre, abarca lo sacro y
lo profano"; en cambio, la consagración implica "una
invocación dirigida a Dios para obtener de su misericordia los auxilios
y gracias oportunos sobre las
Bendición
personas que se
consagran a él o sobre cuantos utilicen los objetos reservados al culto,
a fin de que su acción sea digna de los santos misterios y
fructífera para cuantos participan en los mismos"64.
Del contexto
brota aún más clara la bendición como oración de
cada uno, pero sobre todo de la iglesia. Lo cual implica la presencia de todos
los elementos propios de una celebración comunitaria, como lo son la
palabra y algunos gestos que de ella reciben su significado, y, paralelamente,
la necesidad de unas disposiciones interiores a fin de que, con respecto al
signo, también la bendición sea signo de salvación. Se
trata, pues, de un momento litúrgico ordenado a la liturgia de la vida a
través de la cual cada uno y la comunidad intentan resituar toda
realidad en el dinamismo de la creación, que tiene como meta el designio
de "recapitular todas las cosas en Cristo, las de los cielos y las de la
tierra" (Ef 1,10).
3. MEDIANTE UNA
/CATEQUESIS ADECUADA. La ley misma de una catequesis previa, concomitante y
subsiguiente a cada una de las acciones litúrgicas vale también
para las demás formas de culto y para las bendiciones. La oración
bendicional constituye una privilegiada oportunidad para la catequesis,
ya que permite redescubrir un dato bíblico fundamental: la actitud de
alabanza que un fiel debe apropiarse cada vez más como típico
habitus de su coloquio con el Padre, por el Hijo, en el Espíritu, y
en comunión con la ekklesía. Una relectura frecuente de los
respectivos fragmentos del AT, de la literatura judaica, en
particular de los Salmos, y del NT constituirá la mejor acción
pedagógica en este sentido. Paralelamente al dato bíblico,
deberá igualmente centrar
Bendición
se la
atención en los textos eucológicos. El contenido de estas
fórmulas enseña a enmarcar el gestoactitud de la
bendición —de suyo, limitado en el tiempo y en el espacio—
en un contexto más amplio del misterio de la salvación. Todo lo
cual contribuirá a la actuación cada vez más plena del
misterio de Cristo, que lleva consigo una ampliación de los valores
propios de la esperanza cristiana —cuyo fundamento es la confianza
en la sabiduría y poder amoroso del Padre—, para proyectarlos
hacia la victoria definitiva sobre el mal. El nuevo Bendicional se adapta
también a esta perspectiva pastoral y catequética.
VII.
Conclusión
En una antigua
oración de vísperas, según lo atestigua el sacramentarlo
Gelasiano, la asamblea pide ser, a través de la propia vida, una perenne
alabanza al Padre: "...ut nos omni tempore habeas laudatores" (n.
1594). El descubrimiento y uso de la bendición nos orientan en esta dirección.
Es Dios mismo —el Dios visible en sus obras— quien suscita la
respuesta de alabanza por parte de todo lo creado; y en alabar al Señor
reside la gloria y la salvación de todos aquellos "que él se
adquirió para alabanza de su gloria" (Ef
1,14).
NOTAS: ' Real
Academia Española, Diccionario de
228
270, nota 3
— ' A.M. Di Ñola, Defixionum Tabettae, en Enciclopedia delle
religioni II, 616-619 — 8 Cf J. Ramos-Regidor, Secolarizzazione,
desacralizzacione e cristianesimo, en RL 66/5-6 (1969) 473-565; E. Ruffini, Desacralizzazione,
culto e liturgia, ib, 631-648 — ' A. Ernout-A. Meillet, Dictionnaire
étymologique de la langue latine. Histoire des mols, París
1967*, 73; Thesaurus Linguae Latinae (= TLL) H/2, 1867: "Diiunctum bene
dico in sermone vetustiore. Christianorum in sermone coaluit secundum gr.
euloghéin, quod LXX saepissime pro bárák
usurpaverunt"; cf también Ch. Mohrmann, Études sur le
latín des chrétiens III: tatin chrétien et
¡iturgique, Storia e Letteratura, Roma 1965, 53; IV: Latin
chrétien et latin medieval, Storia e Letteratura, Roma 1977, 19 —
10 Son instrumentos esenciales: TLL U/2, 1867-1874; Ae. Forcellini-F.
Corradini-J. Perin, Lexicón totius latinitalis, Padua 19404; Du Cange,
Glossarium mediae et infimae latinitalis. Graz 1954, 625-628 — " R.
Dolle (por), Léon le Grand, Sermons, t. IV, SC 200 (1973) 94 — l2
Benedictio en este sentido "oceurrit apud inferioris aevi scriptores,
praesertim ecclesiasticos» (Forcellini) — " "Benedicere
aliquid est consecrare, sanctum reddere" (Forcellini) — M Se
explica, en consecuencia, el modo de "hacer la señal de la cruz...,
a impetrar para los presentes (personas..., cosas) la protección de
Dios, el favor celestial; ...augurar, solicitar la gracia divina sobre personas
y cosas": S. Battaglia, o.c, 168 — " A.M. Di Ñola, o.c,
1004 -" Son instrumentos esenciales: H.W. Beyer, Euloghéó,
euloghetós, euloghia, eneuloghéó, en GLNTIW, 1149-1180;
H.-G. Link, Benedizione -euloghéó, en DCB 171-179 —
" GLNT III, 1152- "DCB 171 -"DCB 17220 GLNT U\, 1154-1155-
2I GLNT III, 1159— "GLNT III, 1160; Link, por el contrario, afirma
que "las raíces de la concepción israelita de
bendición se remontan a una época preisraelita", y que
"desde un punto de vista histórico-religioso están en
relación con la magia y el encantamiento, de los que en su origen
difícilmente podía distinguirse la bendición"; y
concluye que "en su origen la bendición no tiene su Sitz im Leben
en un Jugar santo del culto, sino en la organización familiar de la
tribu..." (DCB 172) — 2> "En el culto cotidiano de la
mañana los cinco sacerdotes empleados en el interior del templo se
adelantan, entre la ofrenda del incienso y el holocausto, a la escalinata que
se levanta ante el templo y con las manos elevadas pronuncian sobre el pueblo
la bendición de Núm 6" (GLNT III, 1166) — " Cf
Misal Romano, reformado por mandato del conc. Val. II y promulgado por Pablo
VI, Coeditores Litúrgicos 1978, 521: Bendiciones solemnes. Tiempo
ordinario / — 2' Sobre el particu
229
lar no podemos
menos de recordar la obra dirigida por S. Cavalletti, // trattato delle
Benedizioni (Berakhót) del Talmud babilonese, UTET, Turín
1968 — 26 Acerca del motivo por el que las 18 bendiciones son realmente
19, cf ib, 237-238 — 27 Para el texto, cf ib, 443448; así
como en A. Hánggi-I. Pahl, Prex Eucharistica. Textus e variis
liíurgiis antiquioribus selecti, SF 12 (1968) 41-43 — 2*
"Se le prohibe al hombre gozar de este mundo sin bendecir; quien goza de
este mundo sin bendecir, comete una infidelidad" (texto citado en
GLNT III, 1167) — N Cf A.S. Toaff, Haggadah di Pasqua. Testo ebraico
con traduzione italiana, introduzione e note, Ed. Israel, Roma I97I3—
™ GLNT III, 1169— 31 Cf texto citado en la nota 25: la llamada se
encuentra en p. 284 —
491.
"Euloghéin puede ser sustituido a veces por eucharistéin (en
Me 8,6.7 los dos vocablos están yuxtapuestos), lo cual significa que no
hay entre ambos diferencia de significado; tampoco eucharistéó es
la traducción de berek": así se expresa Beyer en GLNT III,
1173; para el término eucharistéó, cf también H.-H.
Esser, Ringraziamento, lode -eucharistia, en DCB 1574-1576, con bibl.
—
Ed. Francescane,
Roma 1971 — 4I B. Botte (por),
(1963) — 41
Una breve y clara síntesis a este respecto se puede ver en A. Gignac, /
segni della nuova creazione e della speranza evangé
Bendición
lica, en VV.AA.,
Nelle vostre assemblee. Teología pastoralle delle celebrazioni liturgiche
II, Queriniana, Brescia 19752, 405-424 (412-417); así como en B.
Darragon, Le benedizioni, en A.-G. Martimort (por), La chiesa in preghiera.
Introduzione alia liturgia, Desclée, Roma 19662, 716-732
(722-726)— 43 J. Baudot, Bénédiction, en DACL 11/1 (1925),
671 — ** A. Molien, Bénédictions, en DSAM
1 (1937) 1363
— 4S En la lista los números corresponden a los ce. de la obra de
A. Franz,
Die kirchlichen
Benediktionen im Mittelalíer, 2 vols., XXXVIII+ 646; VII+ 764, Friburgo
de B. 1909 (reimp. anast. Graz 1960) — * E. Moeller, Corpus Benedictionum
Pontificalium, CCL 162,
47bis
1829, sub
voce— De benedictionibus, editio typica, Vaticano 1984 — 48 En la
celebración de misas rituales se encuentran otras fórmulas
en los respectivos libros litúrgicos oficiales: Ritual del bautismo de
niños; Ritual de la confirmación; Ritual del matrimonio; Ritual
de la penitencia; Ritual de la unción y pastoral de los enfermos; Ritual
de la profesión religiosa; Rítuaí de ía
institución y ordenación de ministros; Ritual de la bendición
de los óleos; Ritual de la dedicación de iglesias y altares
—
Biblia y liturgia
des lieux, en QL
51/1 (1970) 29-32; MRC. en castellano, pp. 957-960 — 6I Rituales de la dedicación
de iglesias y de altares y de la bendición de un abad o una abadesa,
Coeditores Litúrgicos, Barcelona 1979; el también P. Jounel,
La consécration du chreme et la bénédiction des saintes
nuiles, en MD 112 (1972) 70-83— hl Es el mismo texto usado para el rito
de la aspersión dominical del agua bendita (cf / supra en el texto, V,
3, a) — bi C. Vagaggini, o.c, en la nota 51, 95-96 — M A. Gignac,
o.c., en la nota 42, 418.
M. Sodi
BIBLIOGRAFÍA:
1.
Teología de la bendición
Aldazábal
J., Bendecir tiene todavía sentido, en "Phase" 121 (1981)
19-38; Asensio F.,
Trayectoria
histórico-teológica de la "bendición"
bíblica de Yahveh en labios del hombre,
en
"Gregorianum" 48 (1967) 253-283; Darragón B., Las
bendiciones, en A.G. Martimort,
1983, 222-223;
VV.AA., La bendición como poder, en "Concilium" !98 (1985)
149-297.
2. Algunas
bendiciones
Bernal J., La
bendición del agua, en "Phase" 9 (1962) 86-94; Gibert Tarruell
J., Los formularios de la bendición del agua en el OBP y en el
OICA, en "Ephemerides Liturgicae" 88 (1974) 275-309; Lengeling E., La
bendición del agua bautismal en el Rito Romano, en "Concilium"
2 (1967) 244-253; Olivar A., San Pedro Crisólogo, autor del texto de la
bendición de las fuentes bautismales, en "Ephemerides
Liturgicae" 71 (1957) 280-292; Pinell J., La benedicció del ciri
pasqual i els seus textos, en "Litúrgica" 2 (Scripta et
Documenta 10), Montserrat 1958, 1-119; Stock A., La bendición del
agua bautismal en
230
SUMARIO: I.
Introducción - II. Panorámica sobre los estudios acerca del
binomio "liturgia y biblia": 1. Estudios que abordan problemas de
carácter histórico-litúrgico; 2. Estudios que abordan
problemas de carácter pastorallitúrgico; 3. Estudios que
abordan problemas de carácter teológico-htúrgico - III.
Precisiones terminológicas - IV. Principios establecidos por
el Vat. II sobre la relación entre palabra de Dios y celebración
litúrgica - V. Principios interpretativos (— hermenéutica)
de la palabra de Dios proclamada en la liturgia:
La actuación eclesial de la
palabra de Dios;
Principales "leyes" que tienen
lugar en la relación entre celebración litúrgica y palabra
de Dios y sus aplicaciones práctico-vitales: a) Ley del cristocentrismo,
b) Ley del "dinamismo" del Espíritu Santo, c) Ley de la
eclesialidad, d) Ley de la actuación vital litúrgica - VI.
Conclusión.
I.
Introducción
Siguiendo la
dinámica del movimiento bíblico, auténtico don del
Espíritu Santo, el magisterio de la iglesia ha urgido a la comunidad
cristiana su retorno al texto sagrado, con todo lo que en él se
contiene de mensaje, de alimento, de vitalidad para la iglesia misma:
bastaría releer las tres encíclicas Providentissimus Deus (18
noviembre 1893), de León XIII1; Spiritus Paraclitus (15 septiembre
1920), de Benedicto XV2; Divino afflante Spiritu (15 septiembre 1943), de
Pío XII3, así como las constituciones Sacrosanctum concilium y
Dei Verbum, del Vat. II. Tanto los documentos conciliares como los del
posconcilio hablan reiterativamente de revelación divina, de
palabra de Dios,
de Sagrada Escritura, de AT y NT, de lectura I lecturas de la palabra
de Dios o de
231
hijos de Dios a
través de la palabra y el sacramento6. La iglesia acoge con fe la
inmensa riqueza de la palabra única de Dios'. Es la iglesia la que
interpreta la palabra de Dios8. Y ella es la que celebra la palabra de Dios,
proclamándola en la acción sagrada por excelencia: la
celebración litúrgica. En la palabra de Dios tenemos una de las
más significativas presencias de Cristo entre nosotros'; en la palabra
de Dios encontramos un alimento interior para nuestra fel0, que se nos
vuelve a dar y se nos incrementa cada vez que celebramos los divinos
misterios.
Importa, pues,
abordar el estudio del binomio liturgia y biblia. Ciertamente, no
dejaría de ser útil empezar con algunas precisiones sobre el
segundo término del binomio: liturgia y Sagrada Escritura, y
palabra de Dios, y / celebración de la palabra de Dios; precisiones que
no son simplemente formales, sino que revelan más bien cuestiones y
temáticas notablemente diversas. Nos atenemos, sin embargo, a nuestro
tema biblia y liturgia, dejando para más adelante el especificar
[/ infra, III, 2] su sentido exacto.
II.
Panorámica sobre los estudios acerca del binomio "liturgia y
biblia"
El despertar de
los estudios sobre las relaciones entre liturgia y biblia se debe, en este
siglo, al / movimiento litúrgico, que ha venido
desarrollándose al lado del movimiento bíblico". La
convergencia de estos dos movimientos ha fomentado igualmente los movimientos
catequético, pastoral y ecuménico n. Ahora bien,. el
movimiento
Biblia y liturgia
litúrgico
apareció como un paso del Espíritu Santo por la iglesia", y
dentro del dinamismo del despertar litúrgico es la palabra de Dios el
soplo animador, la presencia del Espíritu de Dios. No hay, pues, por
qué sorprenderse de que se hayan realizado esfuerzos notables para
profundizar, bajo sus múltiples aspectos, el problema de la
relación entre liturgia y biblia". Naturalmente, tal
empeño prosigue también hoy día15. Significativo a
este respecto fue el congreso de Estrasburgo de 1975 "•, que
tuvo un eco notable " especialmente por haber hecho tomar conciencia sobre
la importancia del problema y sus implicaciones en el campo de la pastoral. Dan
testimonio de tal sensibilización las revistas de alta divulgación,
que se ocuparon del tema en números monográficos18, y varios
volúmenes escritos en colaboración ".
Ofrecemos, como
síntesis, una panorámica ordenada de los estudios realizados
en las dos últimas décadas sobre el tema liturgia y biblia en
orden ya a la comprensión de las acertadas afirmaciones del Vat. II, ya
a la puntualización de nuestro tema. Catalogaremos tales estudios en
tres grupos distintos, según que se afronten problemas de
carácter histórico, pastoral o teológico-litúrgico.
1. ESTUDIOS QUE
ABORDAN PROBLEMAS DE CARÁCTER HISTÓRICOLITÚRGICO.
Tres son fundamentalmente los polos de interés en torno a los
cuales giran los análisis de carácter histórico sobre la
relación entre liturgia y biblia. Cada uno presenta sus aspectos de
índole pastoral, que el Vat. II y la reforma litúrgica
posconciliar no han dejado de tomar en oportuna consideración.
Biblia y liturgia
a) Se ha
profundizado ante todo la génesis de la primera parte de la misa10. El
estudio de la formación de los ritos en los que se articula la
celebración eucarística, ha permitido mostrar mejor cómo
la denominada liturgia de la palabra es parte integral de la misma
celebración2'. A la acción de Dios, que interviene con la invitación
persuasiva de su palabra, responde la asamblea con la liturgia
eucarística. Las dos partes forman un unicum. Tal constatación
resulta igualmente válida para la celebración de todos los
demás acontecimientos litúrgico-sacramentales 22, cuya
estructura deberá, por consiguiente, comportar siempre la celebración
de la palabra de Dios y la celebración del sacramento propiamente
tal.
Dentro del
análisis sobre la primera parte de la celebración eucarística
hay una serie de estudios que se detienen en profundizar los motivos en
que se basan los diversos ritos" que acompañan a la proclamación
de la palabra de Dios, con lo que se logra una renovada conciencia de la
veneración, cuidado y respeto con que los cristianos de otras
épocas contemplaban la biblia24.
b) Para
esclarecer las relaciones mutuas entre liturgia y biblia se han hecho
análisis sobre las modalidades en el uso de
232
ráneo de
otros sistemas dentro de
una misma
tradición litúrgica
muestra la
libertad con que otras
épocas
cristianas se aproximaban a
acción
litúrgica27.
En el contexto de
este tipo de
estudios se van
puntualizando
igualmente
cuestiones más particu
lares, como el
uso de algunas perí
copas
veterotestamentarias en rela
ción con
las neotestamentarias: si se
utilizan en
número igual o menor, y
el porqué
de tal fluctuación28; la
tipología
bíblica en la liturgia29; los
libros de
un determinado
período del año
litúrgicoJ0;
otras cuestiones particu
lares".
Con su
aportación, esos estudios han mostrado, entre otras cosas, la gran
variedad de usos y la máxima libertad con que en el pasado se
dividían las perícopas bíblicas y se ajustaban entre
sí. Se tenía la clara conciencia de que dentro de la liturgia
estaba permitido recurrir a un método de esta naturaleza, ya que la
liturgia es concretamente el depósito vivo de la vitalidad de la
iglesia, a su vez depositaría de la palabra de Dios.
c) Un tercer polo
de interés de los estudios de carácter histórico es
la diferencia
entre cristianismo y judaismo en cuanto al uso litúrgico de
233
tipo del antitipo
realizado, que sigue realizándose dentro del cristianismo.
2. ESTUDIOS QUE
ABORDAN PROBLEMAS DE CARÁCTER PASTORALLITÚRGICO. Existe
un notable número de estudios que se ocupan de temas de
índole más directamente pastoral y práctica, como la
funcionalidad de las denominadas —antes de la reforma litúrgica
conciliar— vigilias bíblicas", ahora /celebraciones de
la palabra de Dios"; su naturaleza (es decir, si son o no acciones
litúrgicas)35; las modalidades de la dicción *> en la
lectura'7; la ubicación del ambón "; la lectura de
Entran
también en el ámbito de los estudios de esta índole los
que se esfuerzan por hacer vivir la palabra de Dios en la comunidad,
facilitando su comprensión por todos los medios útiles a este
fin4',
o los que se
preocupan de convertir la biblia en oración42.
3. ESTUDIOS QUE
ABORDAN PROBLEMAS DE CARÁCTER TEOLÓGICOLITÚRGICO.
Este sector de estudios interesa más de cerca a nuestro tema.
Además de la aludida discu
Biblia y liturgia
sión,
todavía abierta, sobre la naturaleza de las celebraciones de la
palabra de Dios en sí mismas (es decir, si son o no acciones
litúrgicas en sentido riguroso)4', se resalta cómo la lectura
cristiana de la biblia44, cuando se hace durante las celebraciones
litúrgicas, es acción litúrgica. Así, pues, la
palabra de Dios celebrada se ordena a realizar no sólo el aspecto
santificante (= dimensión descendente), sino también el
igualmente objetivo del culto (= dimensión ascendente), siempre
copresentes en la celebración litúrgica. Se profundiza, por
consiguiente, la finalidad última de la palabra de Dios, destinada a
volver a Dios "cargada" de gloria45. Para esto ha llegado hasta
nosotros y para esto la celebramos. Se iluminan así la vitalidad de
la palabra de Dios en la acción litúrgica46 y, coiateralmente, la
relación entre liturgia de la palabra y fe", así como entre
evangelización y litur
gia". Se
llega asimismo a ahondar en la relación entre liturgia de la palabra y
rito sacramental, especialmente en lo relativo a la celebración
litúrgica de la eucaristía4', dedicando además una
particular atención al significado de la presencia de Cristo ya en
el rito sacramental, ya en la liturgia de la palabra50. Porque es
Cristo presente quien confiere unidad indisoluble a la celebración
litúrgica; como es igualmente su presencia la que vivifica la palabra
proclamada51, mediante la cual la historia de la salvación contenida en
dicha palabra se convierte en misterio de salvación!2.
Los mirabilia Dei
actualizados en la liturgia son la confirmación de cuanto se anuncia en
Biblia y liturgia
celebra56 y
actualiza" la palabra de Dios.
III. Precisiones
terminológicas
Mediante esta
panorámica de los estudios sobre el binomio liturgia y biblia, se
intuyen ya algunos puntos-clave para el desarrollo de nuestro tema. Queremos,
sin embargo, recordar, dentro aún de los preliminares, dos
precisiones terminológicas, necesarias para superar una cierta
confusión presente en no pocos de los trabajos citados en las notas.
La primera se refiere a la liturgia. En
el binomio en cuestión, al hablar de liturgia, frecuentemente no se
precisa si se entiende o no el término como equivalente a acción
litúrgica, y, en este presupuesto, si se refiere o no a cualquier
acción litúrgica, sea ésta sacramento o bien
sacramental. Al utilizar el término liturgia queremos referirnos a
la / celebración litúrgica, ya de un acontecimiento de
salvación (= sacramento), ya de cualquier otro signo sagrado con el que,
de alguna manera y como en los sacramentos, se significan algunos efectos
espirituales obtenidos por impetración de la iglesia58.
La segunda precisión se refiere
a la biblia. De suyo, en rigurosa terminología, el binomio liturgia y
biblia hace pensar en el ámbito de la veneración (y del uso) que
la liturgia, en la celebración y fuera de ella, otorga (y hace) al (del)
libro sagrado, al libro por excelencia:
234
las
perícopas del escrito sagrado.
Este
ámbito sólo nos interesa tan
gencialmente. El
ámbito de nues
tro tratado, por
el contrario, es:
celebración
litúrgica y palabra de
Dios; es decir,
nos interesa el men
saje vivo,
transmitido mediante
celebrado en la
acción litúrgica; o,
si se prefiere, y
en la línea de
cuanto proviene
del Vat. II, la
celebración
litúrgica de la palabra de Dios.
IV. Principios
establecidos por el Vat. II sobre la relación entre palabra de Dios y
celebración litúrgica
Encontramos
especialmente tales
principios en la
constitución Sacro
sanctum
concilium, sobre sagrada
liturgia5', y en
la constitución Dei
Verbum, sobre la
divina revelación;
pero no
sólo en dichos documentos.
Se puede decir en síntesis que el
Vat. II, por lo que se refiere a tal relación, parte idealmente de un
presupuesto que nosotros calificamos de paralelismo existencia! entre
mesa de la palabra de Dios y mesa eucarística60. De una y otra mesa
procede para los fieles el alimento de su vida cristiana. De ahí la
acentuada importancia que se da a la palabra de Dios en la celebración
litúrgica61. Se desea una mayor utilización de la misma "infra
actiones litúrgicas"62, de suerte que obtengan de ella los
fieles un alimento abundante, variado y acomodado a sus exigencias vitales.
He aquí los siguientes principios
implícitos y derivados de tal presupuesto: a) en el anuncio celebrativo
de
235
palabra
proclamada durante la acción litúrgica habla Cristo64, c) la
liturgia de la palabra está enteramente vinculada a la liturgia del
sacramento, hasta constituir con él un solo acto de culto65; lo cual
significa que la palabra de Dios celebrada es acción de culto, es decir,
alcanza las finalidades por las que se proclama, se revela y se celebra.
En lo concerniente al plano operativo de
la pastoral litúrgica, he aquí las consecuencias que brotan
de todo ello: a) la suma veneración con que debe escucharse la
palabra de Dios, veneración análoga a la que se tributa al
cuerpo de Cristo66; b) el vínculo entre rito y palabra de Dios es tan
íntimo y profundo67, que no puede dejar de afirmarse cómo toda
proclamación (incluso extrasacramental) de la palabra se relaciona
(al menos implícitamente) con el rito; debe llevar al rito; el
rito no es posible ni comprensible sino en relación con la palabra de
Dios; c) la proclamación de la palabra, que se hace culto en la
celebración, debe ir siempre acompañada de la actitud orante 6S;
d) la palabra de Dios, que convoca a la familia de Dios6' y fomenta la vida
espiritual70, alcanza en la celebración su máxima eficacia.
Con otras palabras: el Vat. II nos da la
llave de interpretación y de lectura existencial de la relación
existente entre celebración litúrgica y palabra de Dios: la
palabra de Dios se hace celebración, y la celebración no es
sino palabra de Dios actualizada de forma suprema. Ni una ni otra realidad
pierden su propia originalidad. Aun siendo partes constitutivas de un
único acontecimiento salvífico como la acción
litúrgica, existe entre ellas una diferencia, si bien sólo de
Biblia y liturgia
orden
lógico (y, si se quiere, de orden cronológico), no de orden
teológico, ya que cada una lo es para la otra. Su respectiva importancia
no ha de buscarse en la correspondiente dignidad de naturaleza, sino
sólo en la respectiva diversidad de funciones: la palabra de Dios
prepara la celebración del sacramento; la celebración actualiza
la palabra de Dios.
Para nuestro
tema, por consiguiente, lo que brota del Vat. II es más que claro,
evidente y de utilidad insustituible.
V. Principios
interpretativos (= hermenéutica) de la palabra de Dios proclamada en la
liturgia
A estas alturas
se nos puede preguntar cuáles son los principios interpretativos de la
palabra de Dios proclamada en la liturgia. Es este sector el que más
interesa a la /pastoral litúrgica y a la /espiritualidad
litúrgica. Siguiendo las orientaciones de los estudios sobre el
binomio liturgia y biblia [/ supra, II] y como desarrollo de los principios que
nos ofrecen los documentos conciliares [/supra, IV], veamos algunos iniciales
principios interpretativos de la "palabra de Dios que, proclamada en
la acción litúrgica (hasta entenderse en el sentido indicado
[/supra, III, 1]), se enriquece con las realidades implicadas en la
celebración misma.
Esta viene a ser
lugar por excelencia donde se confirman los fieles en su fe común
en Jesucristo y —mediante el poder del Espíritu Santo—
forman, por un nuevo título, cuerpo con él: se muestran y se
edifican como pueblo de Dios, como iglesia del Señor71. Cabe
añadir que la celebración litúrgica,
Biblia y liturgia
que por su
naturaleza se realiza en un régimen de signos, es signo en primer lugar
de Cristo presenteagente, y en segundo lugar de la iglesia, cuerpo suyo.
En efecto, una vez convocada, la asamblea litúrgica ante todo
evoca, mediante la proclamación de la palabra de Dios, las maravillas
que realiza el Señor por su medio; y después, con alabanzas y
súplicas, invoca la bondad del Padre, que desborda su amor en el Hijo,
mediante la acción de gracias. Evocada la grandeza del plan salvifico,
en la celebración litúrgica se descubre la asamblea como la
continuación y perpetuación de las asambleas
litúrgicas de todos los tiempos: descubre en sí misma, en virtud
del Espíritu, la fuerza de suscitar los más hondos dinamismos ya
presentes en la primitiva comunidad cristiana. Así es como la asamblea
litúrgica en la celebración de los mirabilia Dei toma cada vez
más conciencia de la unidad profunda del misterio de la salvación
en sus múltiples manifestaciones y concreciones. Con otras
palabras: cada asamblea litúrgica, en la celebración, se descubre
adornada con algunas características, cuyos valores intrínsecos
logran así que la celebración misma sea el lugar donde la palabra
de Dios se actúa de manera específica y especial.
He aquí
las dimensiones principales o características de la asamblea
celebrante: a) dimensión histórica: la asamblea, en la celebración
litúrgica, se descubre concretamente como una visibilización
del pueblo de Dios que Cristo ha unificado, incorporándolo a
sí mismo en su misterio pascual, regenerándolo a una vida
nueva para hacerlo partícipe de su propia función sacerdotal,
real y profética. Y Cristo capacita a este pueblo para ofrecer al
Padre el culto espiritual 236
que constituye la
esencia del plan de Dios; en efecto, el fin primario de la comunidad eclesial,
de la que las asambleas veterotestamentarias son figuras reiterativas, es el
cultual; b) dimensión espiritual: la asamblea litúrgica
viene a ser, en la celebración, el lugar donde la participación
de los bautizados en el sacerdocio de Cristo se realiza de la forma más
perfecta; c) dimensión escatológica: la asamblea
litúrgica, en la celebración, visibiliza cómo la
realización perfecta de la acción cúltica tendrá
lugar en el éschaton. La celebración anticipa, de alguna
manera, la actuación final; d) dimensión litúrgica
propiamente dicha: la asamblea, convocada siempre por la palabra de Dios,
está llamada, en y mediante la celebración, a anunciar,
rituaiizándolo, el memorial del Señor.
En estas
dimensiones de la asamblea celebrante, la palabra de Dios está
siempre presente y se actualiza bajo diversos títulos: como fuente y
motivo de la convocación de la asamblea litúrgica misma; como
realidad actuada, con la esperanza de que los fieles, desde pentecostés
hasta la parusía, se sometan a ella y la acepten hasta que todo el
cuerpo, bien aglutinado, crezca de suerte que llegue a alcanzar la plenitud de
la edad madura en Cristo"; como realidad celebrada por la iglesia. Si
fuese lícito hablar de forma resumida, se podría afirmar que
la palabra de Dios da origen a la iglesia; que la iglesia se concentra en la
celebración; que la celebración actúa la palabra de
Dios para llevar a la iglesia a la consecución de los fines
para los que la
palabra de Dios ha llegado hasta nosotros.
Aparecen entonces
comprensibles los siguientes principios interpretativos (o
hermenéuticos) de la palabra de Dios proclamada en la liturgia.
Agrupemos esos principios
237
bajo dos grandes
títulos: 1. La actuación eclesial de la palabra de Dios; 2.
Principales leyes que tienen lugar en la relación entre celebración
litúrgica y palabra de Dios.
1.
a) En
b) Toda la
palabra del Padre se concentra en el Logas, el cual, al entrar en el tiempo,
historifica toda palabra de Dios y la convierte en acontecimiento realizador de
historia salvífica; en efecto, la palabra de Dios entra y se
pronuncia en el
Biblia y liturgia
mundo por amor y
para que el amor de Dios se comunique a los hombres mediante hechos
histórico- s alvíficos. Dicho de otra forma: la palabra
de Dios es el mystérion del Padre, es decir, Cristo, el cual por
obra del Espíritu actúa en la historia, haciéndola ser
historia de salvación. Tal historia de salvación alcanza su
máxima realización en la vida del Salvador, vida que mediante su
pascua se vierte sobre su cuerpo místico, esto es, sobre la iglesia. Y a
la iglesia se le ha confiado la palabra de Dios para que, así en el
tiempo como en el espacio, la haga ser historia de salvación en acto. Es
decir: la palabra de Dios en manos de la iglesia se convierte por un nuevo
título en signo de la presencia y acción de Cristo cuando la
iglesia misma, visibilizada en la asamblea, mediante la celebración, en
virtud del Espíritu, presencializa a Cristo y realiza,
actualizándolas, las acciones salvíficas. El misterio,
proclamado por la palabra, es actuado en la acción
litúrgica.
c) Todo signo que
tenga lugar en la acción litúrgica se ordena ya a la fe, que es
menester despertar para que la acción misma presencialice el misterio en
la vida del cristiano, ya al cumplimiento y realización de cuanto se
significa precisamente mediante el signo. Ahora bien, la palabra proclamada, en
cuanto partícipe de la dimensión de signo, se ordena directamente
a la propia realización. Es, pues, todo el insondable proyecto
histórico-salvífico, gradualmente revelado a través de los
siglos y realizado en y por Cristo, el que, por la virtud del Espíritu
Santo, se hace presente en la celebración litúrgica. La palabra
allí proclamada, como todo signo litúrgico, está en
relación directa con la actuación de la historia de la
Biblia y liturgia
salvación
que aquí está teniendo lugar.
d) La
actuación de la palabra de Dios en la acción litúrgica se
realiza, por consiguiente, merced al hecho mismo de hallarnos en el
ámbito de la /celebración, y celebración
litúrgica significa realización de las realidades presentes
a través de los signos. Con otras palabras: en orden a la
realización de la historia de la salvación, el signo en la
liturgia actúa en dimensión rememorativa, demostrativa y
preconizadora de cuanto con él se significa. La proclamación de
la palabra de Dios en, mediante y con la celebración litúrgica
(en el sentido explicado / supra, 111,1) realiza lo que significa. Merced
a la íntima vinculación en, con y por Cristo, es decir, por lo
que son la / liturgia y la / participación litúrgica, toda celebración
o actualización del misterio pascual de Cristo es actualización
del "opus nostrae redemptionis"". Así es como toda
la salvación realizada por Cristo confluye, mediante la fe de
quienes creen en él y celebran la liturgia en conmemoración
suya, por su orden, en el presente litúrgico, realizándose y
actualizándose en él. Lo cual puede sintetizarse en el siguiente
principio: la palabra de Dios anuncia la historia de la salvación;
y la celebración, celebrando la palabra, realiza el misterio de la
salvación, contenido y transmitido en ella y
por ella.
Al condenar el
error que reduce la eucaristía a pura y "nuda commemoratio",
el concilio de Trento afirmaba implícitamente que cuanto se celebra
en la eucaristía es realización de lo que Cristo hizo74.
Está, efectivamente, en juego la peculiaridad misma del simbolismo y de
la dimensión semántica de la liturgia. Tal peculiaridad consiste
238
en la capacidad
de efectuar la realidad proclamada. La palabra, como signo de la realidad
mistérica, se hace acontecimiento.
e) Después
de cuanto hasta ahora llevamos dicho y hemos mostrado, se comprende por
qué la interpretación litúrgica de la palabra de Dios
está dotada de ciertas notas que es conveniente recordar. Helas
aquí: 1) la objetividad. La palabra de Dios proclamada en la
acción litúrgica goza de la objetividad de la liturgia, en
virtud de la cual ésta, en su finalidad, en su estructura, en su
determinar y fijar la ordenación de los medios cultuales, responde
a normas objetivas procedentes de Cristo, plenitud del mysterium. De suerte que
"la objetividad de la palabra en la proclamación litúrgica
contiene la proyección viva y eficaz del pensamiento de Dios a los
hombres"75, es decir, del plan divino histórico-salvífico.
La objetividad de la palabra de Dios explica la eficacia de esta misma palabra
en cuanto proclamada, hasta alcanzar el fin por el que ha llegado hasta
nosotros; 2) la irrepetibilidad. La palabra de Dios en la celebración se
hace —entiéndase bien— irrepetible, en el sentido de
que no podrá en otro hic et nunc celebrativo repetirse tal cual. En
efecto, la palabra de Dios en la acción litúrgica viene a ser
unívocamente nueva, renueva y es fructíferamente fecunda; 3) la
adaptabilidad. En relación directa con la hermenéutica
aplicable a cada una de las celebraciones, sean éstas sacramentos o
sacramentales, la palabra de Dios asume ipso fado
una
adaptación apropiada; 4) la vivificabilidad. En la proclamación
de la palabra, el Espíritu Santo, como principio vital que es de la
celebración, llama y hace comprender la palabra misma en
sintonía 239
con la
situación espiritual en que se encuentra cada uno de los fieles dentro
de la iglesia. La palabra de Dios, transmitida con fidelidad a la
tradición, llega en la celebración a su plenitud, según su
máxima posibilidad aquí, in via.
2. PRINCIPALES
"LEYES" QUE TIENEN LUGAR EN
o
rituales-cúlticas77; y, sea como sea, siempre encuentra en la celebración
litúrgica el lugar ideal para una explicitacion más iluminadora,
a medida que las mismas celebraciones van alternándose en el tiempo.
Con tal que dicha explicitacion no se entienda como una manera subjetiva de
tratar el dato a través de la sensibilidad y de la imaginación,
en nuestra afirmación se encierra un principio auxológico (= de
crecimiento) al cual responde la palabra de Dios. Lo formulamos interpretado de
dos maneras:
1. El crecimiento
histórico de la inteligencia de la iglesia, que paulatinamente va
descubriendo las riquezas insondables de la revelación del
Señor, tiene su incidencia en la palabra de Dios. La celebración
litúrgica, que es el memorial de la iglesia, ayuda a ésta a
recordarse a sí misma cuanto el Espíritu va suscitando en favor
de las generaciones cristianas78. Los textos de
Biblia y liturgia
luz del todo
propia. Esta luz toda propia y en cierto modo nueva proviene, me parece, de
tres fuentes. Ante todo, del desarrollo de la historia eclesiástica
y de la vida de la iglesia como se ha realizado desde los apóstoles
hasta hoy (...). Otra fuente de nueva luz más abundante
todavía es la evolución o
explicitacion
sucesiva de los dogmas y de las doctrinas como se admite en la iglesia
católica (...). Una tercera fuente de abundantísima luz que
reciben muchos textos del NT por la liturgia es su relacionarse a la
acción litúrgica, en la cual hic et nunc son insertados, y por lo
mismo a la situación personal del fiel que en ese momento vive esa
misma acción litúrgica"79.
2. La
profundización que la celebración litúrgica da a la
palabra de Dios es tal que "la liturgia cristiana remite a
Biblia y liturgia
da Escritura, y
Cristo llega a ser la realidad confesado-comunicada por la liturgia. Así
es precisamente como la liturgia, a través de la directa experiencia del
misterio de Cristo (experiencia de salvación interior), será la
que nos dé el conocimiento y revelación del mismo misterio, que
no podrá nunca ser sólo intelectual, sino que tenderá
siempre a representarse, con el incremento del
"conocimiento-revelación", en una mayor experiencia
íntima y existencial.
Mediante la
iluminación de este principio auxológico se comprende por
qué la inteligencia y la actuación de la palabra de Dios en
y con la celebración litúrgica puedan crecer en una
progresión sin fin, con lo que el susodicho principio auxológico
encuentra una como contraprueba y hasta su confirmación en algunas
constantes, presentes y verificables en la relación entre
celebración litúrgica y palabra de Dios celebrada, que hemos denominado
leyes. Queremos llamar la atención sobre las principales, aprovechando
la oportunidad para aludir a algunas implicaciones de carácter pastoral
litúrgico. Estas leyes, por ser comunes a la iglesia de ayer y de hoy,
de Oriente y de Occidente, es decir, de todos los tiempos y de todas las
áreas geocultuales y geoculturales, gozan de un prestigio
excepcional.
a) Ley del
cristocentrismo. En toda celebración litúrgica está presente
el Señor según su promesa" y, por título
específico82, como Palabra viviente.
El que proclama
la palabra de Dios escrita da a
240
estadio,
vivificada". El que la oye y
acepta, prepara
el proceso de vivifi
cación que
se realiza por medio del
Espíritu.
Tal vivificación se extien
de a la
actuación del sentido de los
textos del AT
(como preparación
para la venida de
Cristo) y de los
del NT (como
testimonios del mis
terio de Cristo
que ahora se está
celebrando).
"Puede formularse así
la ley
interpretativa de
Escritura en la
liturgia: la liturgia
lee
pio supremo de la
unidad del misterio de Cristo y, por lo mismo, de los dos testamentos y de
toda la historia sagrada, unidad orgánicoprogresiva bajo la
primacía del NT sobre el AT y de las realidades escatológicas
sobre la realidad de la economía actual"84.
La
dimensión de cristocentrismo que la palabra de Dios adopta en la
acción litúrgica es ya —bien considerada en sus
resultados y en sus implicaciones— poder de penetración y de
interpretación. Y así, recurriendo al conocido axioma de
Jerónimo, según el cual "ignorar
del
Espíritu y también a
Esta ley de
cristocentrismo comporta, en clave de pastoral litúrgica y de
espiritualidad litúrgica, al menos lo siguiente:
241
que se subraye y
se muestre la relación íntima entre las lecturas del AT y el
evangelio: aquéllas son comprensibles y explicables sólo cuando
se las sitúa en relación directa con la realización (que
es Cristo) significada en el evangelio86;
cuando, al menos
implícitamente (mejor todavía si lo es directa y
explícitamente), el comentario temático veterotestamentario, evocativo
de realidades salvíficas, se relaciona con la interpretación cristocéntrico-litúrgica,
los diversos tipos de exégesis (alegórica, tipológica,
etc.), así como los diversos tipos de lectura (mistagógica, espiritual,
etc.) llegan a encontrar consistencia y operatividad;
precisamente
porque el sentido que la palabra de Dios ha tenido para el hagiógrafo se
ilumina, a la luz de la persona de Cristo, mediante la centralidad
luminosa que de él proviene, es más fácil poder hacer
algunas aplicaciones prácticas. Tales aplicaciones de la palabra
de Dios, para los seguidores de Cristo no incurrirán en las
fáciles aplicaciones moralizantes, sino que mostrarán las ideas
motrices que dimanan del Verbum Dei, que se ha hecho presente en la
celebración. Por otro lado, no se puede separar a Cristo de los
cristianos, "ni las realidades cristianas de las que tienen lugar
después de Cristo en los cristianos y entre los cristianos.
Efectivamente, Cristo se prolonga de alguna manera y se completa en las
realidades cristianas""'.
En
conclusión: Cristo, por ser el centro de la liturgia, lo es
también de
b) Ley del
"dinamismo" del Espíritu Santo. "Para que la palabra
de Dios realice efectivamente
Biblia y liturgia
en los corazones
lo que suena en los oídos, se requiere la acción del
Espíritu Santo; con cuya inspiración y ayuda la palabra de
Dios se convierte en fundamento de la acción litúrgica. Y en
norma y ayuda de toda la vida. Por consiguiente, la actuación del
Espíritu no sólo precede, acompaña y sigue la
acción litúrgica, sino que también va recordando en
el corazón de cada uno (cf Jn 14,15-17.25-26; 15,26-16,15) aquellas
cosas que en la proclamación de la palabra de Dios son leídas
para toda la asamblea de los fieles, y consolidando la unidad de todos,
fomenta asimismo la diversidad de carismas y promociona la multiplicidad
de actuaciones" (OLM 9).
Para un adecuado
comentario a esta ley remitimos a nuestro estudio citado en la nota 4. Pero ya
en esta voz son frecuentísimas las referencias al Espíritu
Santo, por lo que el lector atento podrá fácilmente descubrirlas.
c) Ley de la
eclesialidad. En el nuevo pueblo de Dios, la palabra se actualiza y vivifica
precisamente por haber venido el Verbum Dei a nosotros ante todo para
constituir, entre los dispersos hijos de Dios, la unidad en su cuerpo88, que es
la iglesia. Y es siempre la palabra de Dios la que congrega a la asamblea
litúrgica; como, por otra parte, todo anuncio de la palabra de Dios en
la acción litúrgica no lo es sino para la edificación de
la misma iglesia*9. Mediante el anuncio de la palabra que la iglesia realiza y
mediante la acogida de dicha palabra en la fe por parte de la misma
iglesia es como se construye cada vez más radicalmente la comunidad de
los creyentes*0. Añádase que la misma iglesia es
depositaría de la palabra de Dios: a ella se le ha confiado para gloria
de Dios en la
Biblia y liturgia
edificación
de la familia de los hijos de Dios. La palabra de Dios nunca es una realidad
puramente exterior, sino que su proclamación en y por parte de la
iglesia provoca la progresiva interiorización existencial de la
doctrina vivificante de Cristo, hasta el punto de estar llamado el creyente a
permanecer en la palabra, mientras está la palabra en
él". Por lo demás, como ya hemos recordado, la palabra de
Dios, que es historia sagrada anunciada y revelada, es vivida al máximo
por la iglesia cuando ésta celebra la misma palabra. En la
celebración, el kerigma anunciado hace de cada creyente un participante
en la acción litúrgica: como alguien que escucha,
profundiza, comprende, acepta, y respectivamente como alguien que interpreta y
anuncia92. El fin, la dinámica, la esencia de la celebración que
realiza la iglesia es actuar la pascua en la palabra y en el sacramento y
conducir a los demás a celebrar la misma pascua del Señor. Es
propiamente en la pascua del Señor, con Cristo y por Cristo, cuando
—mediante la celebración realizada en, con y por la
iglesia— la palabra de Dios celebrada es el resplandor de Cristo
resucitado, represencializado sin
cesar en el
mundo. Lo cual equivale a afirmar que la actuación de la palabra de Dios
se realiza por la iglesia, dentro de la verdadera celebración, en
Cristo, quien con la iglesia convierte el don de la palabra en aceptable,
acepto y aceptado.
La primera y
suprema ley de la interpretación de la palabra proclamada en la celebración
litúrgica es ésta: la palabra es interpretada por su
relación a Cristo-iglesia que la celebra. Se comprende por qué
"la expresión litúrgica del misterio de Cristo es toda ella
escriturística"n, y por qué toda
242
ra llega a su
"verificación" en la
liturgia de la
iglesia. En efecto, la
palabra de Dios
se proclama para
poder reencontrar
su voz. Y la
celebración
litúrgica da la propia
voz a la palabra
de Dios, a fin de
que se realice su
actuación. Se
comprende, pues,
también por qué
la iglesia, al
proclamar la palabra
en la liturgia,
da cumplimiento a su
mandato
profético con la máxima
eficacia y de una
manera pública y
solemne94.
Esta ley de la
eclesialidad comporta en clave de pastoral y de espiritualidad
litúrgicas al menos lo siguiente:
es sabido cómo la / homilía
no constituye solamente un género literario extraordinario, sino
que es un lugar exegético verdadero y propio de la palabra de Dios95.
Ahora bien, la interpretación de la palabra de Dios (proclamada en la
acción litúrgica) que se hace con la homilía
litúrgica reclama una máxima sintonización con la
tradición perenne de la iglesia, lo cual significa que no es la
exégesis dada por un autor o por una escuela exegética la
que debe adoptarse en las actiones liturgicae, sino la perenne y común a
la iglesia católica. En efecto, siendo la tradición promanación
y actuación de la presencia en la iglesia del Señor resucitado,
por medio del Espíritu, estar en sintonía con la tradición
significa estar en comunión con el Resucitado por obra del
Espíritu. Al romper la participación (= méthexis) con la
tradición, se correría en la acción litúrgica el
peligro de proclamar materialmente la historia de la salvación, pero no
formalmente, y menos aún vitalmente;
de manera
análoga es más que sabido por todos qué la
celebración litúrgica es la epifanía del principio de
identificación y unificación de
243
las diversas
moradas y de los diferentes carismas en y con los que se articula la
ensambladura de la actividad eclesial. Ésta es la razón por la
que, aunque la palabra de Dios proclamada en la celebración es para
todos los participantes en la acción litúrgica (incluso el que la
anuncia), no a todos se les ha dado el carisma (=don, misión y morada)
de interpretarla: ello sólo compete a quienes en la acción
litúrgica poseen la prerrogativa de la presidencia. Así es
como en la ordenada articulación de las diversas mansiones y en la
celebración litúrgica resplandece la única naturaleza de
la iglesia: cuerpo vivo, jerárquicamente estructurado y
carismáticamente vitalizado%;
la comunidad
creyente, como debe serlo toda asamblea litúrgica, no sólo se
abre a la palabra allí anunciada mediante la adhesión
noética, intelectual, sino que celebra además el contenido
de la palabra misma. La ley de la eclesialidad subraya la parte
insustituible que la asamblea desempeña en procurar así que la
palabra de Dios pueda encarnarse en el hoy litúrgico. Para los
fieles congregados para celebrar, el hoy de la celebración eclesial es una
privilegiada oportunidad para introducirse en el hoy del Padre, que es
Cristo, y, por tanto, para alcanzar en plenitud el misterio salvífico97;
la palabra de
Dios en la celebración litúrgica posee una actuación
y una actualidad absolutas que, en cierto modo, rompen el /tiempo para
insertarlo en otros parámetros, los atemporales. La consecuencia es que
la relación que llega a adoptar la asamblea litúrgica ante
la palabra de Dios es tal que implica el hic et nunc de la asamblea celebrante
en el heri et in saecula salvífico. Las fases his-
Biblia y liturgia
tórico-salvíficas
evocadas en la palabra de Dios se reactúan en y por medio de la
asamblea litúrgica. Realmente, en cada celebración se hace
conmemoración (= anamnesis) de la historia de la salvación; de
suerte que la palabra de Dios, con la peculiaridad de las diversas celebraciones,
viene a ser misterio actuado de salvación. Se comprende así
mejor la cuarta ley, a la que ahora nos vamos a referir.
d) Ley de la
actuación vital litúrgica. La interpretación insustituible
de la palabra de Dios que tiene lugar en la liturgia deriva del hecho de ser la
proclamación de la palabra de Dios durante la acción
litúrgica un acto de culto98. Se comprende entonces por qué primariamente
no interese a la liturgia tanto o sólo una comprensión intelectualista,
conceptualista o erudita de la palabra de Dios. Ésta se proclama en
la liturgia en función del dinamismo interno de la acción
litúrgica, que es el ser-culto; con lo que no se pretende afirmar absolutamente
que la liturgia rechace todo tipo de iniciación bíblica, ni aun
la que se reviste de erudición. Más aún: consiente que,
incluso durante las acciones litúrgicas, se utilicen las debidas
moniciones en la medida en que ayuden a comprender lo que se está realizando";
moniciones que deberán hacerse- con un estilo de iniciaciones
bíblicas breves, incisivas y profundas. Por lo demás, toda
iniciación bíblica no constituiría más que un
momento propedéutico de la liturgia, que es misterio-acción-vida.
Por otra parte,
en la liturgia es donde encuentra su culminación toda actuación
de la palabra. En este sentido se puede comprender por qué, aun sin ser
jamás la ciencia bíblica propiedad de todos, a todos los
cristianos se les ha
Biblia y liturgia
concedido el orar
(según el modo por excelencia más vital, como es el
litúrgico) la palabra de Dios"", lo cual tiene lugar con la
misma palabra de Dios proclamada en la acción litúrgica. La
vitalidad con que llega a enriquecerse todo el que participa en la
proclamación de la palabra de Dios hace que donde tal
proclamación de la palabra se verifique eclesialmente, y por tanto
se acoja comunitariamente, se dé una acción litúrgica101.
La iglesia ha comprendido siempre, bajo la acción del
Espíritu Santo, que la palabra de Dios constituye una ayuda especial
para la vida del creyente, así como un medio insustituible que
permite establecer la interpretación cristiana de la vida y formar
personalidades profundamente cristianas102. En efecto, se puede afirmar
que entre "pietas litúrgica " y palabra de Dios proclamada
existe un principio de correlatividad inescindible e insustituible
"", ya que entre palabra de Dios y liturgia existe tal dinamismo
vital, que la liturgia se nutre de la palabra de Dios y la palabra de Dios
celebrada llega a ser, por un nuevo título, palabra viva"*, palabra
de vida105. Este dinamismo vital es algo parecido al que tiene lugar entre vida
cristiana y acción litúrgica, donde entre las dos realidades
no debiera haber ninguna diferencia, a no ser la cronológica, en el
sentido de que la acción litúrgica puede circunscribirse al
tiempo y al espacio, mientras que la vida cristiana es coextensiva a todo
aquello que realiza cada cristiano. Ahora bien, la liturgia, que es todo el
misterio
salvífico en la vida del cristiano llevado a su culminación (=la
celebración), y que a su vez es fuente del vivir cristiano, aparece en
simbiosis con el dinamismo vital propio de la palabra de Dios.
En orden a la
espiritualidad
244
litúrgica
nos place recordar esquemáticamente:
la palabra de
Dios proclamada (y comentada) en la acción litúrgica tiene como
finalidad mover a la acción cristiana vital. Esta acción vital
para todos y en todos los fieles que participan en la celebración se
verifica en cuanto que la palabra de Dios en la liturgia desemboca para todos
en acción cultual y ella misma es culto. Celebrando la
acción litúrgica, los participantes celebran la cumbre misma
adonde debe llegar todo tipo de estudio, de lectura, de exégesis de
a la proclamación de un pasaje
escriturístico, hecha dentro de la acción litúrgica,
debiera seguir un espacio de /silencio10*, que, más que una ceremonia
formal, ha de ser signo de la presencia del Espíri
tu107
. El silencio en
la liturgia es llamada a unos instantes de recogimiento meditativo a lo
largo de la jornada del cristiano, cuyo fin es éste: "La vital
actuación de la palabra de Dios, bajo la acción del
Espíritu Santo, entra particularmente por un don especial del
Espíritu Santo en la intimidad de cada creyente". Lo que
decía Ambrosio de la persona del cristiano: "tota intendit in
Verbo"108, se concreta en la acción litúrgica por
excelencia, la eucarística. Se realiza en ella, de la manera más
perfecta posible in via, la unión entre el creyente y el Verbo hecho
alimento;
• si la
celebración litúrgica no es signo del Espíritu, no
significa nada; en efecto, la verdadera esencia de la acción
litúrgica es ser epifanía del Espíritu. Ahora bien,
mediante
245
es decir,
plasmador de esa misma
imagen. En la
acción litúrgica es
simultáneamente
iconógrafo, icono
plasto e
iconóforo, esto es, porta
dor de la imagen
presencializada y
vivificada. Los
participantes en la acción litúrgica deben sintonizar y cooperar
con el Espíritu, que actúa la palabra de Dios. La espiritualidad
litúrgica es eminentemente pneumatológica. Es precisamente en la
acción litúrgica donde, ya personal, ya comunitariamente, todo
creyente debiera ser con más facilidad dócil al Espíritu,
para superar el hecho de que
• en
efecto, la formación cristiana no es tanto o solamente fruto de la
investigación exegético-científica orientada y realizada
sobre
Biblia y liturgia
de Dios,
realizando lo que significa, transforma la vida del cristiano en una
acción de gracias. Se comprende así mejor cómo lo que
cuenta es la contemplación orante y vivida de la palabra de Dios. Y la
sed apagada con la palabra orante —mientras se intensifica
todavía más el deseo de volver a la fuente— edifica,
une, alaba, da gracias: se hace liturgia-vida;
• la
actuación de la palabra de Dios, como obra del Espíritu otorgado
por Cristo resucitado y colaboración con Cristo por parte de los
fieles, en la celebración litúrgica es normativa; en efecto, la
celebración litúrgica se caracteriza por tres dinamismos
transformantes o de actuación: el dinamismo de trans
formación
sacramentaría, mediante el cual la celebración transforma, por
ejemplo, a una persona en hijo de Dios por adopción (= bautismo), a
un fiel en ministro jerárquicamente constituido (= orden), a un
pecador en camino de conversión en un convertido (= penitencia),
el pan y el vino en cuerpo y sangre del Señor (= eucaristía:
transustanciación), etc.; el dinamismo de transformación
existencial, mediante el cual la celebración transforma a la asamblea en
cuerpo místico del Señor cada vez más radical y
profundamente tal; el dinamismo de transformación actualizante v
vitalizante, mediante el cual la celebración (si es lícito hablar
así) transforma la palabra de Dios en acontecimiento históricosalvífico
actuado.
El
advenimiento-acontecimiento y el anuncio coinciden. El in illo tempore
salvífico viene a ser, en el hodie litúrgico celebrativo, el
quotidie salvífico perennizado; como el et in saecula está ya
anticipado y consumado en el hic et nunc celebrativo.
Biblia y liturgia
Añadamos
que la proclamación de la palabra de Dios en la liturgia aparece siempre
inserta en celebraciones particulares (diversos sacramentos,
sacramentales, etc.), que a su vez se celebran dentro de la estructura del /
año litúrgico. Dicho de otra manera: la palabra de Dios
celebrada debe situarse en la confluencia de tres centros de interpretación:
el de la celebración, el del período del año
litúrgico, el de la asamblea concreta. La celebración
transforma la palabra de Dios; el período del año
litúrgico la informa; la asamblea concreta la orienta a medida que va
percibiéndola, y la asamblea a su vez está orientada por la
palabra de Dios. La espiritualidad litúrgica se potencia mediante
la orientación que viene de la palabra de Dios celebrada,
contribuyendo a su vez a la orientación vital de la palabra de Dios.
Sabemos, en efecto, que la espiritualidad litúrgica es eminentemente
bíblica.
En orden a la
pastoral litúrgica haremos solamente alusión a algunas cosas
prácticas.
• Partiendo
de lo que aquí mismo acabamos de recordar, y sin adentrarnos en la
relación que viene a establecerse entre el contenido objetivo
de la palabra de Dios y quien percibe la importancia de tal contenido,
dirigimos la atención hacia los otros dos centros de interpretación:
el de la celebración y el del período del año
litúrgico. Nos ayudarán estos dos centros a comprender
cómo la palabra de Dios aparece en la liturgia con una "estructura
especial"110, que constituye un paso obligado para la
comprensión de la misma palabra de Dios. La liturgia recoge todas las
aportaciones de la sana exégesis católica. El pastor, sin
embargo, debe saber adaptar el texto bíblico
246
inserto en la
estructura litúrgica ya a la acción litúrgica, ya el
período del año litúrgico. Supongamos, por ejemplo, que se
trata de Rom 6 o Rom 8. La liturgia romana actual proclama: el c. 6 de la carta
a los Romanos, en la liturgia eucarística"1, en la liturgia
bautismal"2, en la liturgia penitencial"3, en la liturgia de la
consagración de las vírgenes "4 y de la
profesión religiosa115, en la liturgia exequial"6; el c. 8 de la
misma carta a los Romanos, en la liturgia eucarística"', en la
liturgia bautismal"8, en la de la confirmación "',
en la del matrimonio l2°.
El sentido de
cada perícopa está y debe estar en sintonía con el
concreto momento celebrativo, el cual ilumina y matiza las perícopas
con una luz específica, por lo que habrá de añadirse que
en el ámbito de una misma celebración puede proclamarse un pasaje
escriturístico en distintos períodos del año
litúrgico. Refiriéndonos concretamente al citado c. 8 de la
carta a los Romanos proclamado en la eucaristía, lo encontramos
utilizado en tres distintos períodos: en el tiempo "per
annum", durante la cuaresma y en pentecostés l2'. Consiguientemente,
en la práctica se habrá de atender simultáneamente a tres
modulaciones para la comprensión de un texto bíblico proclamado
en la acción litúrgica, es decir, a cuanto deriva: 1) de la
exégesis clásica y católica, 2) de la acción
litúrgica en que se proclama, 3) del período del año
litúrgico en que se utiliza.
• Esto nos
lleva a recordar cómo la acción litúrgica, que nace y
florece de la palabra de Dios proclamada, es al mismo tiempo el humus en
el que esa misma palabra de Dios proclamada hunde sus raíces y de donde
toma sus mociones. Ello no debe malentenderse, si
247
no se quiere que
la sensibilidad de algún exegeta reaccione herida o molesta. Lo que
nosotros afirmamos es que, simultáneamente y de forma indisociable,
la palabra de Dios está al servicio de la acción litúrgica
y la acción litúrgica al servicio de la palabra de Dios.
Ordinariamente se olvida la segunda parte de esta afirmación. En
cuanto al servicio que la acción litúrgica presta a la palabra de
Dios, no es sólo el de conducirla a su culminación o punto de
llegada (toda proclamación litúrgica de la palabra de Dios, en
efecto, apunta a conmemorar, es decir, a hacer llegar la misma palabra a
acontecimiento cultual), sino también el de desplegar su
grandiosidad, polivalencia, profundidad, viveza y vitalidad en una
peculiar actuación de dicha palabra de Dios en sintonía con cada
celebración. Creemos, pues, que no es posible llegar a la
comprensión
de la palabra de Dios proclamada en la acción litúrgica si no se
conoce la teología litúrgica propia de cada celebración, y
aun la misma teología del / año litúrgico, de la que
la palabra proclamada toma sus peculiares matices.
• Debemos
añadir que el servicio de la acción litúrgica a la palabra
de Dios pudiera también deducirse de un ulterior dato efectivo, es
decir, del hecho de que toda tradición litúrgica, a lo largo
de los siglos, se ha sentido siempre libre para elegir, disponer,
adherirse interpretativamente y utilizar
te122
. Si los estudios
sobre este hecho se hubieran desarrollado más sistemáticamente,
aplicándoles con mayor detalle el método del comparativismo
litúrgico entre las diversas liturgias orientales y occidentales,
se podrían comprender los
Biblia y liturgia
criterios del uso
litúrgico de
división y
de disposición de las perícopas, que cambian de familia
litúrgica a familia litúrgica (dentro de una misma familia, en
tiempos distintos, se encuentran notables cambios), están indicando que
la liturgia es consciente de su deber de salvaguardar y potenciar su propia
temperies en la proclamación de la palabra de Dios, temperies mediante
la cual la misma palabra de Dios viene provechosamente, y por nuevo
título, actuada en la iglesia. Todo ello comporta en el campo de la
pastoral litúrgica una cierta maleabilidad y ductilidad para adaptarse
—renunciando a los propios puntos de vista— a los diversos
datos contenidos en los actuales libros litúrgicos,24 y un saber usufructuar
igualmente el título oficialmente propuesto en el ámbito de
los distintos leccionarios existentes en la liturgia romana. Por desgracia,
los comentarios exegéticolitúrgicos hoy accesibles recurren
muy pocas veces a este subsidio exegético.
• La toma
de conciencia acerca de la oportunidad de volver cíclicamente a las
temáticas contenidas en la palabra de Dios se dio siempre
Biblia y liturgia
también en
la liturgia de ayer. Hoy, bajo la necesidad urgente de actuar lo sancionado por
Este incremento
cuantitativo y el acentuado carácter cíclico presente en la
proclamación de la palabra de Dios se basa y beneficia, al mismo tiempo,
de la ley psicológica de la índole cíclica del
aprendizaje. Se apoya también en el hecho de ser igualmente la liturgia
un método de vida.
No es la
transformación de la personalidad humana en personalidad cristiana
la finalidad directa de la celebración litúrgica (que es la de
hacer vivir el misterio realizado en Cristo por el Espíritu Santo para
alabanza y gloria del Padre), pero sí es fruto directo de la liturgia.
Creemos oportuno y útil tenerlo presente en la pastoral
litúrgica, ya que ello induce a volver sobre los mismos conceptos,
verdades y realidades hasta alcanzar gradualmente la transformación
del individuo. La liturgia, bajo la moción del Espíritu Santo,
nutre, forma y perfecciona al cristiano hasta la plenitud de la edad madura en
Cristo. Ello equivale a afirmar que la actuación vital de la
palabra de Dios en y por medio de la acción litúrgica está
en sintonía con los parámetros de la pedagogía divina, que
se modula según los tiempos largos, y el arte paciente de educar.
248
VI.
Conclusión
La liturgia es
capaz de regular la existencia del cristiano. Para lograr ser fiel
intérprete de cuanto se proclama en la palabra de Dios, no deja de
multiplicar las formas de inserción de la presencia de Cristo en la
temporalidad humana. En este sentido, la liturgia es palabra viva que hace
brotar, en el transcurso del tiempo, la respuesta individual y
eclesial (de cada persona en la iglesia y de la iglesia en cada persona) a
la intervención de Dios que tiene lugar a través de la palabra.
La celebración litúrgica cumple así su misión de
diakonia, primariamente siendo creadora del modo de transmitir, de anunciar y
de actuar vitalmente la palabra de Dios, y subsidiariamente actuando la
formulación de la respuesta existencial al Dios-Trino, que interpela
a los creyentes. La celebración litúrgica viene a ser el momento
privilegiado del ministerium Verbi. En efecto, "la lectura
litúrgica de
La
celebración de la palabra de Dios se orienta, pues, a revelar la perenne
actualidad del misterio que se está celebrando, así como a 249
hacer penetrar a
los celebrantes o participantes en su comprensión, vitalizándolo.
Participando en una celebración de la palabra se sienten movidos los
cristianos a participar en la celebración de la eucaristía, que
representa la suprema realización de toda palabra proclamada. Es,
por tanto, inconcebible que algunas comunidades de cristianos se aventuren a
vivir el cristianismo en su complementariedad nutriéndose
sólo de la mesa de la palabra, amortiguando así el dinamismo de
la misma, que consiste en hacer llegar a la completa celebración de
cuanto en ella se anuncia [/ Celebración de la palabra].
NOTAS: ' Cf ASS
26 (1893-94) 278ss — 2 Cf ASS 12 (¡920) 288ss — 3 Cf ASS 35
(1943) 309ss — 4 En este sentido es significativo el n. 2 (con la correspondiente
nota 6) de los Praenotanda a la "editío typica altera" del
Ordo Lectionum Missae (= OLMJ, 1981, p. XIV, donde se advierte que el
vocabulario adoptado para significar la realidad de la palabra de Dios en
relación a la liturgia, asi como es múltiple en los documentos
conciliares, lo es igualmente en los mismos Praenolanda. Véase
al respecto: A.M. Triacca, In margine alia seconda edizione delV'Ordo Lectionum
Missae" (Dei Verbum in liturgia: Christi locutio, fidelium vita). La
"celebrazione" delta Parola di Dio, fonte delta vita spirituale
dei fedeli. en Not 18 (1982) 243-280;
M. Lessi-Ariosto,
Aspetti rituali e pastorali dei Praenotanda Ordinis Lectionum Missae, ib,
330-355 — 5 Cf DV 21 -* Cf LG 28 — 7 Cf DV I; LO" 66 " Cf
DV 10; 12 -' Cf SC 7; 35; DV 21; 26; AG 15; PO 18 — l0 Véanse las
aportaciones contenidas en A.M. Triacca-
A. Pistoia (por).
La liturgie expression de foi, Ed. Liturgiche, Roma 1979 — " Sobre
el particular cf, por ejemplo, C. Charlier, Reforme liturgique et
renouveau biblique. en MD 66 (1961) 10-35; R. Cardinaels, Culture biblique et
renouveau liturgique, en Revue Ecclésiastique Liége 50
(1964) 39-45; 101-108; G. Ruiz, El movimiento bíblico en la liturgia,
investigación y pastoral, en Sal Terrae 62, 12 (1950) 864-870; S. Meurer,
Probleme der Bibelverbreítung heule, en BL 50 (1976) 357-370.
Advertimos que todas nuestras relaciones bíblicas constituyen una
ejemplificación puramente indicativa, y no exhaustiva. Los ensayos
serán citados en orden cronológico — l2 Cf
Biblia y liturgia
M.F. Coudreau, La
bible et la liturgie dans la catechése, en VV.AA., Parole de Dieu et
liturgie, París 1958, 189-200; M. Papeleux, Bible, lilurgie et aclion
catholique, en Revue Dioc. Tournai 13 (1958) 156-165; VV.AA., Bibbia, liturgia
e dogma nella preparazione dottrinale del sacerdote catechista, Turín
1959; A. Ramos, A biblia na catequese, na liturgia e na espiritualidade, en
Lumen 26 (1972) 661671; H.R. Weber, The Bible in Today's Ecumenical
Movement, en Ecumenical Review 23, 4 (1972) 335-356; C. Quiviger, La liturgie
de
Biblia y liturgia
1-5; C. Howell,
The Bible and the Lilurgy, en Liturgy 30 (1961) 94-96; M. Peinador, Biblia y
liturgia, en Liturgia 16 (1961) 82-88; 132-140; 217-224; J. Bauer, Bible und
Lilurgie, en BL 36 (1962-63) 378-389; H.E. Winstone, The Bible and ihe Liturgy,
en Liturgy 32 (1963) 72-89; *** La bible et ¡a lilurgie, en Amen 16
(1964) 10-17; J.P. Jossua, Parole de Dieu et liturgie, en VV.AA., La liturgie
aprés Vatican II, París 1967, 141-146; T. Cabestrero, Palabra de
Dios y liturgia, en Liturgia 24 (1969) 351-360; J. Urdeix, Biblia y liturgia:
cuestiones marginales, en Ph, 66, 11 (1971) 573-575, etc. D 2. BibliaI
Sagrada Escritura ¡ palabra de Dios en la liturgia: J. Besse, La bible
dans la liturgie, en Vie et Arts liturgiques 6 (1919-20) 145-151;
D. Herwegen, Die
Heilige Schrift in der Liturgie der Kirche, en Liturgische Zeitschrift 3
(1930-31) 8-17 (trad. franc. en MD 5 [1946] 7-20); J, Teulings, Bijbel-lezen en
liturgie, en Maandschrift v. hit. 9 (1934) 120-134; H. Serrarens, Heilige
Schrift en liturgie, en Ons lit. Tijdschr. 23 (1937-38) 55-60; R. Ríos,
The Bible in the Liturgy, en Orate fratres 20 (194546) 120-128; L. Bopp,
Die aussere Behandlung der Bibel in der Liturgie, en Anzeiger für Kathol.
Geistlichkeit 62 (1953) 62-64; G. van der Velden, Bijbel en liturgie, en TL 37
(1953) 15-19; H. Duif, Bijbel en liturgie, en t-H. Land 8 (1955) 138-139; K.
Sullivan, Scripture in Worship, en Wor 29 (1955) 189-197; C. Burgard, La bible
dans la liturgie, Tournai-París 1958; P. Jounel, La bible dans la lilurgie,
en VV.AA., Parole de Dieu el liturgie, París 1958, 17-50; J. Lloret, La
palabra de Dios en la liturgia eucaríslica, en Ph. 18, 3 (1963) 225227;
M. Veys, L'Ecrilure dans la célébralions, en Parí. 56
(1974) 312-318; R. Gantoy, La bible dans la liturgie: pourquoi, comment, en CL
(1977) 25-34 — ,5 Cf, por ejemplo, lo que expone J.P. Audet, La lecture
Hturgique de la bible. Questions encoré peu explorées, en L VC 91
(1975) 6-16. Cf también el congreso de actualización en
250
París
1958. Nótese el cambio del título: de "Bible et
liturgie" se pasa a "Parole de Dieu et liturgie". Poco
después el Centro de apostolado bíblico-litúrgico de
Kloslerneuburg tuvo una semana de estudios sobre "Biblia y liturgia":
cf BL 33 (1959-60) 289 — " Cf Las reflexiones sobre dicho congreso,
en G. Dantinne, Parole de Dieu et liturgie, en Evangéliser 12 (1957)
127-130; P. Doncoeur, Bible et liturgie: conditions d'une tensión
féconde, en Eludes 194 (1957) 95-105; G. Prado, Biblia y liturgia, en
Liturgia 12 (1957) 212-219; F. Thijssen, De betekenis van de
bijbels-liturgische vroomheid voor het oecumenisch denken en leven, en 77,
41 (1957) 276295; B. van lersel, Schrift en liturgie, en 't-H. Land 11 (1958)
2-5 — l! Entre las revistas que han dedicado números completos y
únicos al argumento citamos: RL n. 2, 53 (1966), sobre Liturgia de la
palabra: n. 3, 53 (1966), sobre Sagrada celebración de la palabra de
Dios; n. 2, 55 (1968), sobre Leccionario ferial: Ph n. 18 (1963), sobre La
proclamación de la palabra de Dios; n. 56 (1970), sobre Liturgia de la
palabra; n. 66 (1971), sobre Biblia y liturgia. El leccionario; MD: sobre Bible
et liturgie, n. 5 (1946); n. 12 (1947) 14-52; n. 16 (1948) 60-66; n. 47/48 (1956)
12-148; n. 53 (1958) 9-22; 89-109; n. 62 (1960) 20-31; 41-68; sobre
Écrilure sainle et Parole de Dieu dans la liturgie, n. 82 (1965); n. 85
(1966) 155-16; n. 98 (1969) 32-58; sobre Le nouveau Lectionnaire,
n. 99 (1969)
7-123; sobre Traduclion Hturgique du_psautier, n. 1.18 (1974) 7-91; sobre Lire
l'Écriture dans l'Église, n. 126 (1976). Véanse
también: Témoignages cah. 42 (1954), sobre Bible -Liturgie -
Tradition; BL 2 (1959), sobre Bibel in der Seelsorgearbeit (Bericht einer
biblischen Werktagung); LVC9\ (1975), sobre L'aménagement de la lilurgie
de
M. Magrassi y
otros, L"Oggi".della Parola di Dio nella liturgia, LDC, Turín
1970 — 20 Basta citar al respecto las dos obras clásicas:
M.
Ríghetti, Historia de la liturgia II, La eucaristía (La misa),
BAC, Madrid 1956, 198244 (= Las lecturas), y bibl. ib; J. A. Jungmann,
Missarum Sollemnia. Origini, liturgia, storia e teología della messa
romana I, Marietti, Turín 19612, 317-366 (= Le lezioni) y bibl., ib. Cf también
N.M. Denis-Boulet, La liturgia della Parola, en A.-G. Martimort (por). La
chiesa in preghiera. Introduzione alia liturgia, Desclée, Roma 19662,
382-401; A. Nocent, La letlura della sacra scrittura, en L.
251
Della Torre-D.
Sartore-F. Sottocornola (por),
Nelle vostre
assemblee I, Queriniana, Brescia
1975% 226-246; J.
Gélineau, La liturgia della
Parola, en L.
Della Torre etc., o.c, 212-225 21 Es lo que se deduce de los estudios citados
en la nota ant. Se llega incluso a colegir y subrayar que la misma
acción litúrgica deviene con la palabra de Dios una unidad. Cf
Gibbard, Liturgy as Proclamación of the
Word, en Stud.
Litur. Nievwendam 1 (1962) 620. Cf también M. Veys,
L'Écriture dans la celebration, en Parí. 56 (1974) 302-308; M.
Magrassi, Parola e rito nell'unitá orgánica della celebrazione,
en VV.AA.,
J. López
Martín, El don de
Biblia y liturgia
zium Jerusalems,
Münster 1968; N. Engeder, La lecture de l'Écriture dans la
tradition byzantine, en ParL 51 (1969) 497-500; P. Evdokimov, La lecture
orthodoxe des Ecritures, en Foi et vie 69 (1971) 40-47; La bible dans la
piété orthodoxe, en Ir 23 (1950) 377386; J. Mateos, La
celebration de
Introduction aux
sources de Thistoire du cuite chrétien au moyen-áge, Spoleto
1966, 252263 — 3>! La cuestión sobre la lectura del AT en
la liturgia presenta un problema de fondo que lo ha tratado el P. Grelot en
Sens chrétien de VAT. Esquisse d'un traite dogmatique,
París
1962, y que ha sido puntualizado recientemente por L. Alonso Schókel,
L'attualitá e la lettura cristiana dell'AT, en VV.AA., Messaggio
bíblico per il nostro tempo. Per l'uso pastorale del lezionario festivo,
Milán 1971, 48-65. El problema, ya preconizado hace tiempo (cf M.A.
Dubarle, Lecture chrétienne de l'AT, en L'AT el les chrétiens,
París 1951, 225ss), reaparece también en los tratados más
directamente relacionados con la celebración litúrgica.
Véase, por ejemplo, J. Schildenberg, Das A T in seiner Beziehung zur
Liturgie, en Liturgie und Monchtum 12 (1953) 68-85; N.J. Tromp, Het Oude
Testament in de liturgie, en Rond de Tafer 27 (1972) 2-10. Puede servir
también J. Schildenberg, Die Verkündigung des Wortes Gottes in AT
Gottesdienst, en Anima 10 (1965) 296-304 y especialmente S. Amsler, L'AT dans
VégHse. Essai d'herméneutique chrétienne,
Neuchátel 1960; C. Larher, L'actualité chrétienne de VAT
d'aprés le NT. París 1962; F.F. Bruce, AT development of OT
Themes, Grand Rapids 1968; C. Charlier, La lettura cristiana della bibbia, Edizioni
Paoline, 19795 — 29 Para una primera infor
Biblia y liturgia
mación
véase M. Magrassi, Tipología bíblica e patrística e
liturgia della Parola, en VV.AA., Liturgia della Parola, teología e
celebrazione,
LDC, Turín
1966, 27-55, con amplia bibl. sobre el particular. No se pueden olvidar los
tratados clásicos de J. Daniélou, Sacramentum futuri. Eludes sur
les origines de la typologie biblique, París 1950; Bible et liturgie,
París 1958* — 30 Este argumento puede constituir sin duda un tema
para investigaciones, dado que hasta hoy no existe, en e! ámbito del
comparativismo litúrgico, ningún trabajo que nos hable del uso de
los distintos libros bíblicos en las diversas familias litúrgicas
y en los diversos tiempos litúrgicos. La utilidad de tales trabajos es
intuible. Hay buenas pistas de investigación en R.A. Grant. The Bible in
the Church. A short history of the interpretation of the Bible, New York 19632;
A. Grillmeier, La sainte Écriture dans la vie de l'Église, en
VV.AA., La révélation divine, París 1973, 438445; L.
Grollenberg, De liíurgische interpretatie van bijbelse teksten en
der waarde van deze interpretatie, en TL 41 (1957) 263-275 — 31 Como, por
ejemplo, O. Rousseau, La plus ancienne liste des camiques liturgiques tires de
/'Écriture, en RSR 35 (1948) 120-129; G.D. Schlegel, The Biblkaí
Text of the "Antiphonale Missarum", en Irish Ecclesiastical
Review 69 (1947) 199-206; M.D. Schürmann, Parole de Dieu et rite
sacramentei Étude critique des antiennes de communion
néotestamentaires,
Bruselas 1963; y
también: O. Rousseau,
Lecture et
présence de VApotre a la liturgie de la messe, en MD 62 (1960) 69-79
— 32 No se trata de recordar la bibl. en torno a !a llamada liturgia
judaica: para ello remitimos a un trabajo policopiado dirigido por nosotros en
el Pontificio instituto litúrgico San Anselmo (Roma), de G. Francesconi,
Omiletica giudaica e omiletica cristiana dei primi due secoli
Sintesi degli
studi finora condotti e linee metodologiche orientative per un possibile
migliore esame dellargomento, Roma 1971, 440 (bibl. en pp. 13-49 y passim antes
de cada capítulo). En cambio nos interesan más de cerca: R.G.
Finch, The Synagogue Lectionary and the NT, Londres 1939, y la obra fundamental
de C. Perrot, La lecture de la bible dans la synagogue. Les anciennes lectures
palesiiniennes du Shabbat et des Jetes, Hildesheim 1973; además,
los siguientes artículos: H. Cazelles, Y eut-il une liturgie de
Sandmel, Lezionari di differenti
tradizioni. La scrittura nellebraismo, en Con 1975/2, 4756; C. Perrot, La
lecture de la bible dans les synagogues au premier siécle de notre ere,
en MD 126 (1976) 24-41 - "Véase lo que asentaba hace más de
cuarenta años J. Casper,
Einiges über
Bibelbewegung und Bibelstunden,
252
en BL 10
(1935-36) 457-459. La misma revista afrontará idéntico argumento
con C. Dosal,
Für die
Bibelstunde: Das SchÓpfungswerk in Licht Christi (BL 33 [1959-60]
239-245), después de haber dedicado a ello un fascículo entero en
1957. Véase también G^ Martínez de Antoñana, Sobre
las vigilias bíblico-litúrgicas: una respuesta de
F. Louvel, La
proclamaron de
253
1968 ,K Sobre el
ambón, que en la estructuración del presbiterio llega a ser
un elemento importante, véanse los documentos oficiales cit. en la voz
"Ambo" en EDIL 1. Cf G. Garlato, L'altare, il tabernacolo, l'ambone,
en L'area litúrgica preshiterale, Ascolí Piceno 1971, 55-63; G.
Varaldo (por). La chiesa, casa del popólo di Dio. Liturgia e
architeitura,
LDC, Turín
1974, 45-47. Para otra bibl. cf los trabajos cit. supra en la nota 20 —
l9 Además de los trabajos de Mignone y de Tiilard cit. en la nota 37,
véase G. Barbaglio, Liturgia e bibbia: problema ermeneutico, en RL 55
(1968) 617-631, donde el A. sostiene, entre otras cosas, la necesidad de la
biblia en el conjunto de la celebración, aun cuando la exégesis
deba tener presentes a los hombres de hoy: E. Bargellini, Esegesi
bíblica ed esegesi litúrgica. Analisi di un método, en
VV.AA., Bibbia e spirituatitá, Roma 1967, 437-470. Para comprender el
equilibrio entre las dos partes constitutivas de la celebración pueden
consultarse J. Bernal, La lectura litúrgica de la biblia, en Ph 16
(1976) 25-40, que subraya la aportación del nuevo leccionario al
equilibrio celebrativo; B. Maggioni, Le letture nell'economia della
celebrazione, en VV.AA., // Messale, Padua Í973, 85-103. Por desdicha,
el equilibrio interno de la celebración quedaría roto por algunas
pseudoinstancias a las que nos referimos en la nota siguiente — *° En
este sentido se equivocan de nuevo los que desearían suprimir
simplemente la palabra de Dios durante la acción litúrgica o
sustituirla recurriendo a lecturas que no son la iectio Verbi Dei. En este
sentido, cf J. Gomis, Una propuesta: omitir la lectura de ¡a biblia, en
Ph, 59, 10 (1970) 516. Puede interesar también M.B. Ogle, Bible Text of
Liturgy?, en Harward Theol. Review 33 (1940) 191-224. Véase
igualmente la aportación, en parte discutible, del seminario de estudios
sobre las escrituras no bíblicas celebrado en Bangalore en diciembre
de 1974. Los documentos están publicados en: D.S. Amalorpavadass (por),
Research seminar on non-Bxblical Scriptures (Bangalore 1975). Para la
intervención del card. Parecattil di Ernakulam (India) véase
festivo,
Milán 1971. Véase también C. Rauch,
Biblia y liturgia
Comment utiliser
!a bible dans les offices paroissiaux, en Lünion (n. 669 abril) 77 (1951)
37-39; H. Schürmann, Die Heilige Schrift im Gemeindelehen, en VV.AA.,
Bibel und Seelsorge, Stuttgart 1964. 183-191. Muy significativo es J.
Labigne, L'eucharistie renouvelée par la liturgie de
Interpretazione
cristiana e litúrgica della bibbia, en M. Magrassi y col., o.c. al
comienzo de la nota 42, 13-54; G. Barbaglio, Lettura cristiana dei salmi, ib.
55-90 — 45 Véase sobre el particular el tema joanista del Verbo de
Dios hecho carne para manifestar la gloria del Padre (cf Jn 1,14), que lleva a
la perfección
L. Bouyer,
Biblia y liturgia
cristiana,
Milán 1973, 56-76; A. Stenzel, Liturgie el éducation de
41( Cf
11/1973, 140-152
- B. Neunheuser, Evangelizzazione e celebrazione litúrgica, en VV.AA.,
L'annuncio del Vangelo oggi, cit. en la nota 45, 237-253; A. Nocent, L'annunzio
del Vangelo nella liturgia, ib., 223-236. Sobre este vasto problema cf A.
Marranzini, Evangelizzazione e Sacramenti, Roma 1973, 103-106; VV.AA.,
Evangelizzazione e Sacramenti,Ñapóles 1973 — 4y Cf A.M.
Roguet, Toute la messeproclame
254
aprés Vat.
II, París 1967, 141-146-w El principio está sancionado
solemnemente por
26: "...
así es de esperar que recibirá nuevo impulso de vida espiritual
con la renovada devoción a la palabra de Dios, que dura para siempre"
7I Aquí pueden interesar algunos trabajos y la aportación de los
mismos. Véanse en A.M. Triacca-A. Pistoia (por), L'Église dans la
liturgie, Ed. Liturgiche, Roma 1980; A. M. Triacca, // mistero della chiesa
comunitá di salvezza, en V. Miaño (por), Corso introduttivo
al mistero della salvezza, PAS-Verlag, Zurich 1971, 93-114; Chiesa
lócale e liturgia. Linee metodologiche mutuate dalla cristologia, en RL
59 (1972) 108-121; "Mater omnium viventium". Contributo
metodológico ad una ecclesiologia litúrgica dal nuovo Messale
Ambrosiano, en VV.AA., In Ecclesia, LAS, Roma 1977, 353-383 -n Cf Ef 4,13
-" Es el principio sancionado, para la eucaristía, en el misal de
Pío V de la secreta del IX dom. post Pent. y ahora en MR por la super
oblata: de la feria V Hebd. Sanctae; II Dom. "per annum "; missa
votiva De SSma. Eucharistia B. (cf, respectivamente, MR 246; 341; 858), que
afirma: "quoties huius hostiae commemoratio celebratur, opus nostrae
redemptionis exercetur". El principio, por coextensión, vale
para todas las acciones litúrgico-sacramentales, DS 1743 y 1753 75 La
expresión es de A. No-cent, o.c, en la nota 48, 229 — n Cf los
trabajos cit. en las notas 55 y 56 — 77 Cf la interesante síntesis
sobre el argumento presentado por P. Béguiere, La bible née
de la liturgie, en MD 126 (1976) 108-116. No será secundario
recordar que muchas perícopas escritu
255
rísticas
son fragmentos litúrgicos (como las narraciones de la institución
de la eucaristía) que, al relatar el mismo hecho histórico, ya
sufren la influencia de cuanto la iglesia apostólica celebraba con
modalidades distintas. Cuestión análoga es la de los llamados
"himnos litúrgicos" presentes en las Sagradas Escrituras.
Así como, a veces (son los exegetas los que lo dicen), la misma palabra
de Dios es revelada en el marco de acciones cultuales. Nos place recordar que
ya a comienzos de nuestro siglo se había tomado conciencia refleja
de este hecho. Cf M. Woodley, The Liturgy of the Primitive Church, Londres
1910, 25-36;
F.E. Warren, The
Liturgy and Ritual of the Ante-Nicene Church, Londres 1912, passim;
A. Fortescue, La
messe. Étude sur la liturgie romaine (trad. del ingl.), París
1921, 7-38. Véase también últimamente, por ejemplo,
M.E. Boismard,
Quatre hymnes baptismales dans la premiére építre de Pierre,
París 1961;
A. Guilding, The
Fourth Gospel and Jewis Worship, Oxford 1960 — n Cf P. Merendino, Das
Geistes Kraft in Verkündigungswort, en ALW 13 (1971) 7-25 —
o.c. (nota 1),
425 — K5 Jerónimo, Commentarii in Isaiam prophetam. Prologus,
afirma: "Si enim iuxta Apostolum Paulum [— 2 Cor 1,24], Christus Dei
virtus est, Deique sapientia: et qui nescit Scripturas, nescit Dei virtutem
eiusque sapientiam: ignoratio Scripturarum ignorado Christi
est": PL 24,17AB. Cf DV 25 m Es cuanto afirma, en síntesis, el
dicho: "Novum in Vetere latet et in Novo Vetus patet", de
Agustín, Quaestionum in Heptateucum Líber 2,73; PL 34,623. Cf DV
16 - 87 Cf C. Vagaggini, o.c, 454 — Síí Véase
Jn 11,51-52: "Esto no lo dijo de su iniciativa, sino que, como era el
pontífice de aquel año, profetizó q-ue Jesús
debía morir por la nación, y no sólo por la nación,
mas también para reunir en uno (congregaret in unum) los hijos de
Dios dispersos" —M Cf He 20,32; 1 Cor 14,1-40. Sobre el
particular puede ser útil ver P.-Y. Emery, Le service de
Biblia y liturgia
alidad
Agustín en Enarratio in Ps. 44,23: PL
36,508: "
Predica ver unt Apostoli Verbum veri
tatis et
genuerunt ecclesias" — 9I Cf Col 3,16:
"Verbum
Christi habitet in vobis abundan
tes.."; 1 Jn
2,14; "et Verbum Dei manet in
vobis"
— 92 Cf T. Federici, o.c. (nota 45), 50
51 — 9i C.
Vagaggini, o.c. (nota 1), 424 —
94 Cf A. Nocent,
o.c. (nota 48), 223-236, espe
cialmente 229-230
— 95 Cf P. Massi, Omelia:
didascalia,
kerygma, catechesi o "actio litúrgi
ca"?, en RL
57 (1970) 523-537; I. Biffi, Rifles
sioni teologiche
sopra Tomelia, ib, 538-562. Y
también
J.A. Goenaga, La homilía: acto sacra
mental y de
magisterio, en Ph, 95, 16 (1976)
339-358 —
96 Cf F. Alberich, // mistero della
chiesa e la
liturgia, en VV.AA., La costituzio
ne
dogmática "De Ecclesia", Reggio Emilia
1965, 76-110. La
inspiración es de la p. 107;
A.M. Triacca, //
mistero della chiesa, comunitá di salvezza, cit. en la nota 71
— 97 Nos hemos inspirado en afirmaciones (p. 591) de J. Pínell,
L'"Hodie"festivo negli antifonari laiini, en RL 61 (1974)
579-592 — ** Cf supra nota 65 — " Ya lo había
sancionado el Rituale Romanum de Pablo V (1614) en el n. 10 del Titulus I.
Capul unicum. De íis quae in administratione Sacramentorum
generaiiter servando sunt, donde se afirmaba: "Como recomienda
(praecipit) el concilio tridentino, en la administración de los
sacramentos [el sacerdote] en los límites de lo posible explicará
cuidadosamente la eficacia, la frecuencia (usum) y la utilidad de los
sacramentos mismos y el significado de los ritos, en base a la doctrina de
los padres y del Catecismo romano". Y el Vat. II ha recogido lo que el
concilio de Trento había propugnado. Cf, por ejemplo, SC 35,3:
"Inculqúese también por todos los medios la catcquesis
más directamente litúrgica y, si es preciso, ténganse
previstas en los ritos mismos breves moniciones, que dirá el
sacerdote u otro ministro competente, pero sólo en los momentos
más oportunos, con las palabras prescritas u otras semejantes"
— 10° La expresión "rezar la palabra de Dios con la
palabra de Dios es propio de cada fiel", es paráfrasis de Juan
Crisóstomo, Cuidadosa exposición de la fe ortodoxa 4,17 (= Sobre
perspectives
nouvelles, París 1969. Con la reforma litúrgica posconciliar
tales celebraciones han sido promovidas e incrementadas por los mismos libros
litúrgicos oficiales. Véase, por ejemplo, Ritual; Penitencia,
323ss, y Esquemas de celebraciones penitenciales, id., 466ss.
Véanse supra las notas 33 y 34 — l03 Hemos usado la
expresión "pietas litúrgica". Para no correr el peligro
de errar véase: W. Düring,
Biblia y liturgia
Pietas
litúrgica. Studien zum Frómmigkeitsbegriff und zur
Gotlesvorslellung der abendlitndischen Lilurgie, Ratisbona 1958; con Th.
Klauser, Studien zur Entslehungsgeschichte der christlichen Kunst II, en
Jahrbuch für Antike und Christentum 2 (1959) 115-145 — ""
Cf Heb 4,12: "La palabra de Dios es viva y eficaz y más aguda que
espada de dos filos..." — los Cf Jn 6,68: "Simón
Pedro le contestó: 'Señor, ¿a quién iremos?
Tú tienes palabras de vida eterna'" — m Cf B.M. Heron,
Silence during
the celebration of Mass and other rites, en Not 8 (1972) 180-181; [abl Tibi
silentium laus, en Not 11 (1975) 279-282. El último artículo
lleva el mismo titulo que un tratado práctico, con abundante documentación,
que no sólo merece ser leída, sino también
profundizada: I. Cecchetti, Tibi silentium laus, en Miscellanea
litúrgica in honorem L. Cuniberti Mohlber II, Roma 1949, 521-570 —
107 El
"silencio" en la acción litúrgica indica siempre la
presencia del Espíritu Santo. Por ejemplo, también en la reforma
posconciliar, en la línea de la tradición perenne, en la consagración
de los diáconos, de los sacerdotes y de los obispos el consagrante
impone las manos sobre la cabeza de los ordenandos "sin decir nada":
cf Ritual: Institución y ordenación de ministros, 946, 951, 962,
974; así como Unción y pastoral de los enfermos, 692, 703, etc.
—
108 Cf Ambrosio,
Expositio psaltni 118,6.8: "anima iusti sponsa est verbi, haec si
desideret, si" cupiat, si oret et oret adsidue et oret sine ulla
disceptatione et tota intendat in verbo, súbito vocem sibi videtur eius
audire quem non videt et intimo sensu odorum divinitatis eius agnoscit":
CSEL 62,112 (= PL 15,1270) — "* El hecho de que
"!
Ritual del Bautismo de Niños (=
RBN), 188; Ritual: Iniciación cristiana de adultos (= RICA), 230 —
"J Cf Ritual: Penitencia. 390, 391 — '" Cf Istituzione dei
Ministeri. Consacrazione delle Vergini. Benedizione Abbaziale, p. 168, n.
3 — '" Cf Rito delta Professione Religiosa, 241 — "'
Cf Ritual: Exequias, 1109 — "7 Cf OLM, Index Leaionum,
p. 485 —
"« Cf RBN 189; RICA 231 — "« Cf Rito delta
Confermazione, 104, 105 — ,2° Cf Ritual: Matrimonio, 804 — l21
Por ejemplo, según el Index Leaionum del OLM, p. 485,
256
resulta que, en
la misma liturgia eucarística, Rom 8 es proclamado en diversos
períodos del año litúrgico. Asume distintas tonalidades.
Véanse vv. 1-11: Año I, Sábado -Hebdómada XXIV
"per annum": 8-11: Ciclo A, Dominica V in quadragesima; 9,11-13:
Ciclo A, Dominica XIV "per annum": 12-17: Año I, Feria 2
-Hebdómada III "per annum": 14-17: Ciclo B, Sollemnitas Ss.
Trinitatis: 18-25: Año I, Feria 3 -Hebdómada XXX "per
annum": 18-23: Ciclo A, Dominica XV "Per annum": 22-27: Ciclos
A, B, C, Dominica Pentecostés: Ad. Missam "in vigilia": 26-30:
Año I, Feria 4 -Hebdómada XXX "per annum": 26-27: Ciclo
A, Dominica XVI "per annum": 28-30: Ciclo
A, Dominica XVII
"per annum "; 31 b-34: Ciclo B, Dominica II in quadragesima. 31 b-39:
Año I, Feria 5 -Hebdómada III "per annum": 35,37-39:
Ciclo A, Dominica XVII "per annum ". Así se logra una
especie de "lectio continua" para el ciclo A en los domingos
"per annum": XIV - XV - XVI - XVII - XVIII; para el Año 1:
entre el sábado de
,
Cf supra nota 61 — C. Vagaggini,
o.c. (nota 14), 355.
A. M. Triacca
BIBLIOGRAFÍA:
Aldazábal J., Palabra y pan: doble mesa y doble comunión, en
"Oración de las Horas" 1 (1981) 17-21; Alonso Schokel L.,
257
en la liturgia,
en VV.AA., Renovación de la liturgia pastoral en el pontificado de
Pío XII (Congreso Int. de Liturgia de Asís: 18-22 ag.
¡956). Toledo 1957, 119-139; Bernal J.M., La lectura litúrgica de
La
concelebración comunitaria de
Biblia y liturgia
oración,
Herder, Barcelona I9672, 146-184;
"Está
presente en su palabra...", en VV.AA.,
Actas del
Congreso I. de Teología del Vatica
no II, Flors,
Barcelona 1972, 311-326; Righetti
M., Historia de
la liturgia, 2, BAC 144,
Madrid 1956,
198-244; Schmidt H„ La lectura^
de
Madrid 1974;
VV.AA., El contexto y el uso de
c
SUMARIO: 1.
Calendario y cómputo eclesiástico - II. Historia del
calendario litúrgico - 111. El calendario romano de 1969: 1. La obra del
"Consilium"; 2. Los puntos fundamentales de la revisión - IV.
El calendario particular de España.
I. Calendario y
cómputo eclesiástico
"La
ordenación de la celebración del / año litúrgico se
rige por el calendario, que puede ser general o particular, según
esté concebido para uso de todo el rito romano o para alguna iglesia
particular o familia religiosa" (NUALC 48). Estas palabras de las Normas
universales sobre el Año litúrgico y el Calendario definen
el objeto del calendario litúrgico y establecen el ámbito de su
contenido, según se trate del calendario general o de los calendarios
particulares.
El calendario
general contiene el ciclo total de las celebraciones del / misterio de Cristo,
es decir, el propio del tiempo, que constituye la estructura fundamental del
año litúrgico (cf SC 102), al que se une el santoral (cf SC
103-104). Los calendarios particulares han de combinarse con el calendario general
y recogen aquellas celebraciones propias o más relevantes de las
iglesias particulares —y también de las naciones y regiones—
y de las familias religiosas, generalmente en honor de los santos y beatos que
tienen alguna vinculación especial con aquéllas y éstas.
El calendario general es obligatorio para todos los fieles del rito romano,
mientras que los calendarios particulares lo son en el ámbito que les es
propio.
La / reforma
litúrgica del Vat. II se ocupó de la revisión del calendario
general y dio normas para la confección de los calendarios particulares
de acuerdo con el siguiente principio: "Para que las / fiestas de los /
santos no prevalezcan sobre los misterios de la salvación, déjese
la celebración de muchas de ellas a las iglesias particulares, naciones
o familias religiosas, extendiendo a toda la iglesia aquellas que recuerden
a santos de importancia realmente universal" (SC 111).
El calendario
litúrgico ha estado siempre formado por el conjunto de fiestas
observadas por la iglesia, dispuestas en los días propios del
año. Ahora bien, algunas fiestas no han tenido nunca día fijo.
Son las llamadas fiestas movibles, que varían cada año
juntamente con la solemnidad de la pascua, de la cual dependen. Las fiestas
fijas se celebran todos los años en el mismo día del mes,
salvo traslado accidental.
La solemnidad de
la pascua de 259
resurrección,
cuya fecha ha estado siempre ligada a la pascua de los judíos
—celebrada el 14 de nisán, mes que cae entre el 13 de marzo y el
11 de abril—, sufre una oscilación que va desde el 22 de
marzo como fecha más temprana al 25 de abril como fecha más
tardía, ambos días inclusive. Esta movilidad afecta no
sólo a las fiestas que están relacionadas con pascua, sino también
al número de semanas del /tiempo ordinario entre el domingo del
bautismo del Señor y el comienzo de la /cuaresma, y después
del domingo de pentecostés.
La fijación
cada año de la fecha de la fiesta de pascua y de las restantes
celebraciones del calendario dio lugar al llamado cómputo
eclesiástico o conjunto de cálculos para determinar la
correspondencia entre los ciclos lunar (del que depende la fecha de la
pascua), solar y litúrgico, resolviendo también otros datos
como la epacta, el número áureo, la indicción y las letras
dominicales del martirologio. Las nociones principales del cómputo
eclesiástico se recogían en los libros litúrgicos
anteriores al Vat. II. Actualmente el /misal y la /liturgia de las horas
insertan al principio, junto con el calendario general y la tabla de la
precedencia
de los
días litúrgicos, las tablas de las principales /fiestas movibles
del año / litúrgico para un período de años.
II. Historia del
calendario litúrgico
El uso de un
calendario estrictamente eclesiástico se remonta a los primeros
siglos cristianos. Probablemente su origen se encuentra en los
dípticos o tablillas donde estaban escritos los nombres de los
mártires y de los obispos de cada
Calendario
litúrgico
iglesia, con la
indicación del día de su muerte (el dies natalis) o sepultura
(la depositio). Los dípticos tuvieron uso litúrgico en las
intercesiones de la / plegaria eucarística (rito romano) y en las
preces por los oferentes (rito hispánico). También dieron origen
al martirologio, catálogo de / santos dispuestos según el
orden del calendario y en el que están inscritas además las
fiestas celebradas en fecha fija.
El más
antiguo calendario eclesiástico de la iglesia de Roma llegado
hasta nosotros es el extracto copiado por Furio Dionisio Filocalo hacia el
año 354. El documento se remonta, no obstante, al año 336, y
contiene
VIII Kal. lan.:
Natus Christus in Betleem Iudae, la primera noticia existente sobre la fiesta
de /navidad el 25 de diciembre. También figura el 29 de junio, el
(dies natalis) Petri in Catacumbas et Pauli Ostiense.
Más rico
aún que el calendario de Filocalo son el calendario de Polemio Silvio
(s. v) y el Kalendarium Carthagíniense (s. vi), que contiene los
natalicios y las depositiones de los mártires y obispos africanos,
junto con los nombres de santos romanos y de otras regiones. Todas las iglesias
de la antigüedad, hasta bien entrada la edad media, contaban con sus
catálogos de dies
fastos y de
aniversarios de santos, entre los que predominaban los mártires.
En España
se conoce el Ordo sanctorum martyrum, de los ss, v-vi, llamado también
calendario de Carmona, esculpido en dos columnas, desgraciadamente con la
mitad Calendario litúrgico
de la lista:
desde navidad hasta san Juan Bautista (24 de junio). Contiene doce
fiestas, además de la natividad del Señor, en las que son
celebrados, además de san Esteban, san Juan Evangelista y san Juan
Bautista, los mártires hispanos Fructuoso y compañeros de Tarragona,
Vicente de Zaragoza, Félix de Sevilla y otros. Después hay que
esperar hasta los ss. x-xi para encontrar los calendarios propiamente
litúrgicos, correspondientes a los /libros de la /liturgia
hispánica. Fueron publicados por primera vez por M. Ferotin en su
edición del Líber Ordinum, y modernamente por J. Vives. El
santoral de estos calendarios abarca un mínimo de cien celebraciones
comunes a todos ellos. Después de la desaparición del rito
hispánico, los calendarios romanos en España siguieron conservando
algunos de los santos más venerados de la liturgia hispánica.
En la liturgia
romana se puede seguir la evolución del calendario litúrgico a
través de los sacraméntanos y de los comes y
capitularía de las lecturas. La característica frecuente de
estos testimonios, que llegan hasta finales del s. vm, es la no
separación, como ocurre en los libros litúrgicos actuales, de las
celebraciones del propio del tiempo y las del santoral; las fiestas de los
santos se intercalan entre el propio del tiempo, y siempre tienen lugar en el
dies natalis. Cuando en un mismo día coinciden varios santos, cada uno
tiene su misa, a no ser que tengan relación entre sí. En esta
época de la liturgia no habían entrado aún en el calendario
las celebraciones de santos marcados por la leyenda.
A partir del
siglo ix y durante toda la baja edad media el calendario se multiplica por
influjo de actas y pasionarios de mártires, apócrifos muchas
veces. Al mismo 260
tiempo se produce
una sistematización de las categorías de los santos y se
procura completar éstas: por ejemplo, todos los apóstoles
debían tener su fiesta, se ampliaban las listas de papas santos —a
muchos se les suponía mártires— y se formaban colecciones
de santos sin apenas rigor histórico. Las reformas del / Misal
Romano, publicado en 1570, y del Breviario de 1568 supusieron una
drástica simplificación del calendario litúrgico de
acuerdo con los principios de la ciencia histórica y hagiográfica
de aquel tiempo. Sin embargo, a pesar de que desde san Pío V los /
libros litúrgicos estaban bajo la autoridad suprema de la iglesia y
solamente
En efecto, en los
cuatro siglos que transcurren desde la promulgación de los / libros
litúrgicos reformados según las disposiciones del concilio
de Trento hasta el Vat. II, se habían introducido ciento cuarenta y
cuatro santos en el misal y el breviario. Entre ellos estaban las grandes
figuras de esta época, pero también numerosos santos cuyo culto
era muy restringido; por ejemplo, los santos pertenecientes a las casas reales
europeas. Por otra parte, la inmensa mayoría de los santos con misa y
oficio eran religiosos, con enorme predominio de los italianos y
franceses. El calendario litúrgico, en estas condiciones, ni era
verdaderamente universal ni siquiera representativo de la santidad
reconocida en la iglesia.
261
III. El
calendario romano de 1969
Ante este
panorama era inevitable una reforma a fondo del calendario, sobre
todo si se querían llevar a la práctica los principios
señalados por el Vat. II referentes al / año litúrgico en
general y a la primacía del /misterio de Cristo en las celebraciones de
la iglesia (cf SC 102-111). La revisión del calendario constituye, por
sí sola, un capítulo propio de la / reforma general de la
liturgia emprendida por el último concilio y uno de los aspectos menos
comprendidos por algunos pastores y por no pocos fieles, mal informados y
bastante desorientados, por ejemplo, por los cambios de fecha de la
conmemoración de algunos santos.
1.
El grupo de
estudio, el coetus, que se ocupó del calendario litúrgico
hacía el número uno de toda la organización del Consilium,
dado que de él dependía el trabajo de los coetus encargados de la
revisión del / misal y de la / liturgia de las horas. El primer relator
o ponente de los trabajos fue mons. Bugnini, más tarde sustituido por P.
Jounel. Se elaboraron un total de veinticinco proyectos de trabajo o esquemas
(cf "Notitiae" 195-196 [1982] 604-612) y se hicieron dos grandes
Calendario litúrgico
informes
(relaciones), que fueron estudiados y aprobados en otras tantas sesiones
plenarias del Consilium en abril de 1965 y en octubre de 1967.
Después vino el examen de todo el proyecto del calendario por las
Congregaciones para
Finalmente, el
papa aprobó el calendario revisado y anunció su
publicación juntamente con el nuevo Ordo Missae el 28 de abril de
1969. La promulgación del Calendarium Romanum Genérale tuvo
lugar por medio del motu proprio Mysterii paschalis, que lleva fecha del 14 de
febrero del mismo año. La presentación de todo el volumen
ocurrió el 9 de mayo. El calendario litúrgico todavía
sufrió algunos retoques antes de aparecer definitivamente en
la edición típica del Missale Romanum de 1970.
Como complemento
de la reforma del calendario, el 24 de junio de 1970 se publicó una
instrucción para la revisión de los calendarios particulares y
las misas y oficios propios.
2. LOS PUNTOS
FUNDAMENTALES DE
Calendario
litúrgico
111). Por
consiguiente, las fiestas de los santos debían ser consideradas
como una proclamación del misterio pascual (cf SC 104), y no ocupar el
puesto de la celebración de los misterios del Señor. Para ello no
había otro camino que reducir el santoral y remitir muchas conmemoraciones
de santos a los calendarios particulares.
La
celebración de la obra de la salvación se estructura en torno a
tres grandes tiempos: las celebraciones que"se mueven alrededor de la
solemnidad de la pascua, la celebración de la manifestación
del Señor y los tiempos que no celebran algún aspecto particular
de la salvación y forman el / tiempo ordinario.
El primer bloque
tiene como núcleo el recuperado / triduo pascual de Cristo
crucificado, sepultado y resucitado (san Agustín, Ep. 55,14: PL
33,215), y abarca la / cuaresma, iniciada el miércoles de ceniza hasta
el jueves santo por la mañana, y la cincuentena pascual, que transcurre
desde pascua hasta el domingo de pentecostés. Para dar unidad y
sencillez a todo el período (cf SC 34), se suprimieron el tiempo de
septuagésima y la octava de pentecostés, así como el
denominado tiempo de pasión. La cuaresma se refuerza en su
carácter penitencial y bautismal (cf SC 109), y la cincuentena pascual
se apoya en los domingos elevados de categoría litúrgica.
El segundo
bloque, de la manifestación del Señor, se articula sobre
las cuatro semanas del / adviento, con sus domingos respectivos, y
sobre las solemnidades de / navidad y epifanía y la fiesta del bautismo
del Señor. Adviento queda perfilado en dos momentos,
escatológico el primero (hasta el 17 de diciembre) y de
preparación para la navidad el segundo. Se mantiene la octava de navidad
con 262
las fiestas del
"cortejo del Rey"; pero el día de la octava recupera la
antiquísima celebración de
Por
último, el tercer bloque ya no se divide en "tiempo después
de epifanía" y "tiempo después de
pentecostés", sino que forma una serie única y ordenada de
domingos per annum, con un total de treinta y cuatro semanas. La
característica de este tiempo es no celebrar un aspecto particular del
misterio de salvación. Dentro de este período se inscriben
algunas solemnidades del Señor que no cambian de puesto, a
excepción de la solemnidad de Cristo Rey, asignada al último
domingo de la serie. Las otras solemnidades son
Las otras
celebraciones tradicionales del propio del tiempo, las témporas y
las rogativas quedaron asignadas al momento que señalasen las
conferencias episcopales.
En cuanto al
santoral, los criterios directivos de la revisión del calendario se
reducen esencialmente a tres: elección de los / santos de mayor relieve
para toda la iglesia, universalización del calendario y
restitución del santo a su dies natalis, salvo que el día
fuese impedido.
El primer
criterio permitió fijarse en los santos que ejercieron un influjo mayor
en la vida de la iglesia, en los que continúan ofre263
ciendo un mensaje
actual y en los que representan los diversos tipos de santidad (martirio,
virginidad, vida pastoral, vida conyugal, etc.). El segundo criterio ha
mostrado la universalidad de la santidad tanto en el tiempo como en la
geografía. El calendario general contiene sesenta y cuatro santos
de los diez primeros siglos y setenta y nueve de los otros diez. Los siglos
más representados son el iv (veinticinco), el xn (doce), el
xvi (diecisiete) y el xvui (diecisiete). Geográficamente, hay
ciento veintiséis santos de Europa, ocho de África, catorce de
Asia, cuatro de América y uno de Oceanía. Estos datos pertenecen
al momento de aparecer el calendario litúrgico en 1969. La reforma
realizada años después en el procedimiento para las causas
de los santos está permitiendo unlversalizar un poco más el
calendario. El tercer criterio es fruto, a su vez, de la investigación
sobre la vida y la muerte de algunos santos. Este punto, que ha sido uno de los
menos comprendidos de la revisión del calendario, revela, sin embargo,
un gran esfuerzo de fidelidad histórica. En muchos casos el
traslado de la fiesta se ha producido al día exacto de la muerte del
santo; en otros, al de su sepultura definitiva
o traslado de
reliquias; en otros, cuando no había noticias seguras, al día de
su ordenación episcopal, etcétera.
Por otra parte,
el calendario utiliza una triple categoría de celebración de
los santos: la solemnidad, la fiesta y la memoria, y en esta última
distingue entre memoria obligatoria y memoria facultativa. Estas distinciones
permiten celebrar a los santos según el grado de su importancia y, sobre
todo, conjugar su celebración con los diferentes / tiempos
litúrgicos. Estas categorías no establecen clases entre los
Calendario
litúrgico
santos, porque
aquí entran enjuego
también
los calendarios particula
res: un santo que
tiene memoria
obligatoria en el
calendario general
puede ser
celebrado como solemni
dad en el
calendario propio de una
iglesia
particular o de una familia
religiosa.
Sabido es que el
santoral se ha resentido siempre del influjo de la leyenda áurea. Pues
bien, uno de los mayores méritos del calendario litúrgico ha sido
el rigor con que ha procedido en el servicio a la verdad. Hay ejemplos
concretos de santos que han sido tachados del calendario porque se ha
comprobado que no existieron más que en la leyenda. Son casos muy
concretos, que han sido objeto de amplios dossiers. Los afectados no han
sido solamente presuntos santos medievales; también han sido
examinados los mártires de la antigüedad, conservándose
únicamente aquellos de los que se tiene alguna noticia además del
nombre: sermones sobre ellos de los santos padres, basílicas
dedicadas, etc.
IV. £1
calendario particular de España
El 1 de enero de
1972 entró en vigor el calendario particular para toda España,
preparado de acuerdo con la instrucción romana de 24 de junio de 1970.
Se trataba de insertar en el calendario litúrgico general las
celebraciones propias de la iglesia de España. El calendario fue
preparado por un grupo de expertos en historia, liturgia,
hagiografía y derecho litúrgico, tomando parte activa
también los obispos españoles, que fueron consultados repetidamente
y, al final de los trabajos, tuvieron que expresar individualmente su
juicio sobre el proyecto de los peritos.
Canto gregoriano
Los criterios
seguidos fueron en líneas generales los mismos del calendario
litúrgico romano. La prioridad de la celebración del misterio de
Cristo obligó a que la celebración de san Isidoro de Sevilla,
elevada a la categoría de fiesta, no pudiese dejarse el 4 de abril por
la proximidad de la semana santa, trasladándose al día 26 del
mismo mes. El criterio de la representatividad motivó la
incorporación de tres mujeres de nuestro tiempo: santa María
Micaela del Santísimo Sacramento, santa Joaquina Vedruna y santa
Soledad Torres Acosta, y una mujer de la antigüedad: santa Eulalia de
Mérida, virgen y mártir. Con este mismo criterio se añadieron
san Pelayo, un niño, y san Eulogio de Córdoba, presbítero
de
La /
devoción popular fue tenida en cuenta también al elevar de
categoría las memorias del diácono san Vicente y de
El calendario
particular de España contaba, en el momento de su
promulgación, con una solemnidad (Santiago apóstol), tres fiestas
(san Isidoro, Nuestra Señora del Pilar y santa Teresa de Jesús),
cuatro memorias obligatorias, quince memorias libres y la feria mayor del
5 de octubre. Posteriormente se agregaron la fiesta de Jesucristo sumo y
eterno sacerdote y la memoria
264
obligatoria de
santa Teresa de Jesús Jornet.
J. López
Martín
BIBLIOGRAFÍA:
Calendarium Romanum ex Decreto Sacrosancti Oecumenici Concita Vaticani II
instauratum auctoritate Pauli PP. VIpromulgatum, ed. typica, Typis Pyloglottis
Vaticanis, 1969; Instrucción Calendaría Particularia: "Pastoral
Litúrgica" 51/53 (1970) 425; Aldea Q., Hagiografía, en
DHEE 2 (1972) 1073-1078; Bugnini A., La riforma litúrgica (1948-1975),
Ed. Liturgiche, Roma 1983, 302322; Jouneí P., // nuovo calendario,
en "Riv. Lit." 57 (1970) 273-283; Olivar A., El nuevo calendario
litúrgico, Estela, Barcelona 1970; Righetti M., Historia de la liturgia
1, BAC 132, Madrid 1955, 287-294; Schmidt H.A., Introductio in Liturgiam
Occidenlalem, Herder, Romae 1960, 528-685; Urdeix J., El nuevo calendario
romano, en "Phase" 51 (1969) 298310; Vives J., Calendarios
litúrgicos, en DHEE 2 (1972) 1324-1326; VV.AA., Novum Calendarium
Romanum, en "Ephem. Lit." 83 (1969) 149-250.
SUMARIO: 1. El
canto de la iglesia primitiva
II. El canto
galorromano - 111. El repertorio gregoriano - IV. La estructura gregoriana: 1.
Los cantos de la misa; 2. Los cantos del oficio divino - V. Los libros de canto
- VI. El canto gregoriano en la historia.
El papa san
Pío X, en el célebre motu proprio Tra le sollecitudini, por el
que se impulsó en la iglesia católica el uso de la música
sagrada según la más pura tradición, describió
el canto gregoriano como "el propio de la iglesia romana, el único
que la iglesia heredó de los antiguos padres, el que ha custodiado
celosamente durante muchos siglos en sus códices litúrgicos, el
que en algunas partes de la liturgia prescribe exclusivamente, el que propone a
los fieles directamente 265
como suyo y
recentísimos estudios han establecido felizmente en su pureza e
integridad". Los diferentes documentos pontificios que siguieron a
este importante texto del 22 de noviembre de 1903, Divini cultus (Pío
XI), Musicae sacrae (Pío XII), desarrollaron y adaptaron estos conceptos
hasta ser asumidos en gran parte por la propia constitución del
concilio Vat. II sobre sagrada liturgia Sacrosanctum con-cilium, en la que
leemos: "La iglesia reconoce el canto gregoriano como el propio de la
liturgia romana; en igualdad de circunstancias, por tanto, hay que darle
el primer lugar en las acciones litúrgicas" (116).
I. El canto de la
iglesia primitiva
El canto
gregoriano ha sido considerado, con razón, heredero de los cantos
de la liturgia de la iglesia primitiva. Los cristianos se reunían para
rezar, para escuchar la palabra de Dios, para celebrar la eucaristía,
para debatir los problemas que surgían en la vida de la comunidad.
En estas reuniones no existía otro repertorio de cantos que el de la
biblia: el libro de los Salmos y demás cánticos repartidos en los
escritos del Pentateuco, de los profetas y sapienciales. Estos textos
poéticos eran cantados, o por mejor decir, cantilados o recitados en las
sinagogas por los judíos según unos determinados sistemas, en los
que se hacía participar a los fieles para que éstos memorizasen
mejor ciertas frases, ciertos textos más importantes. Aun hoy
en las tradiciones judías más puras, como la yemenita
o la
sefardí de Marruecos, persiste esta costumbre ancestral. De ahí
surge, pues, ese hábito de cantar en la liturgia y esas formas
líricomusicales, de las que ya nos da
Canto gregoriano
precioso
testimonio la peregrina Egeria, que desde los confines de Occidente,
probablemente desde Galicia, viaja a Jerusalén y nos relata
pormenorizadamente el ambiente de las comunidades cristianas en
Palestina, haciendo expresa referencia a los cantos, por el año
380.
Los diferentes
condicionamientos de las iglesias en los distintos enclaves
geográficos del mundo romano propiciarán la
diversificación de las prácticas litúrgicas y, en
consecuencia, musicales de cada una de ellas. La lengua era ya una primera
frontera para esta separación, si bien en Occidente la
rápida aceptación del latín como lengua del imperio
favorecería una indudable unidad litúrgica, que sólo
se fragmentaría en origen por la utilización de las
diferentes versiones latinas de la biblia. La fragmentación en
prácticas bien diversas aparece ante nosotros desde el s. IV, y
llegará a plasmarse en repertorios litúrgico-musicales bastante
conocidos, anteriores a la implantación del canto gregoriano.
En el sur de
Italia tenían un repertorio musical que nos ha llegado parcialmente
en códices de los ss. XI y XII procedentes de Benevento. Hoy se lo
designa con el nombre de canto beneventano. En Roma existía un canto
propio de la liturgia, tal como la describe Amalario a comienzos del s.
ix. Se conserva sustancialmente en libros que estuvieron en uso en Roma
durante los ss. xi al xiii. Es el llamado canto viejo-romano. En Milán
se mantiene aún vivo el canto ambrosiano, cuyos manuscritos
más antiguos llegados hasta nosotros son del s. xn, pero revelan una
práctica musical antiquísima. En las Galias existía el
canto galicano, desaparecido casi por completo al ser suplido por el canto
gregoriano. En África occi
(arito gregoriano
dental
(ahí tenemos los numerosos testimonios de Tertuliano y de san
Agustín) existía una liturgia muy solemne, en la que la
música ocupaba un lugar esencial. De ella no nos han quedado
vestigios. Por fin, en Hispania existía, desde
II. £1
canto galorromano
La diversidad de
usos litúrgicos y musicales era una de las máximas dificultades
que encontró la restauración carolingia para establecer una
soñada unidad del imperio sobre la base de la herencia constantiniana.
Así, los clérigos carolingios, entre los que no
faltaría un insigne monje español, Benito Aniano, se preocuparon
de encontrar la fórmula que propiciase la práctica unitaria
en la liturgia. Con una actividad febril se dedicaron a copiar manuscritos con
los repertorios que debían usarse en todo el imperio. Estos
repertorios se construyeron sobre la base de lo que se hacía en la
iglesia de Roma y en las propias Galias. Con santa astucia, su
reconstrucción fue atribuida a un antiguo papa santo de los más
influyentes en la alta edad media, san Gregorio Magno. Así, la nueva
liturgia y el nuevo canto de las iglesias sometidas al imperio era el
gregoriano, el directamente inspirado por Dios al santo papa.
Durante el s. IX,
el canto que se canta en la liturgia de las iglesias de influencia carolingia
es el gregoriano. Ya en este siglo se advierte un incontenible deseo de
los carolingios para que el papa fomente la 266
aceptación
del nuevo canto en toda la cristiandad. En las Galias, Germania e
Inglaterra se produce rápidamente la implantación de la
nueva música sin dificultad. También en Roma y en Italia
central, salvo reductos contados, se acepta la nueva práctica. Pero
aquellas iglesias latinas más alejadas del área de influencia
carolingia y más fuertemente apegadas de su vieja tradición, como
las del sur de Italia, Milán y
La
difusión del canto gregoriano en toda Europa se llevó a cabo
fundamentalmente mediante la copia y rápida circulación de
nuevos códices (fue a partir del s. ix cuando se generalizó
el uso de un tipo de escritura, la carolingia, que sería
extraordinariamente fecunda por su claridad, versatilidad y elegancia) y
la repoblación de iglesias y monasterios por clérigos
carolingios, primero, y luego por los monjes cluniacenses.
III. El
repertorio gregoriano
El canto
gregoriano se copió en códices, como el resto de las fórmulas
eucológicas. Pero si los formularios litúrgicos se formaron
por la selección de unos textos bíblicos o de oraciones antiguas
y escritos de los santos padres, los cantos del repertorio gregoriano, cuyos
textos estaban previamente fijados, fueron establecidos y ordenados con unos
criterios de funcionalidad más que de obediencia a una tradición.
Había cantos en los que participaba todo el pueblo, y eran respuestas
sencillas a unas recitaciones del lector o del salmista. Cada vez, sin embargo,
los fieles tenían menos participación directa, por cuanto el
267
latín ya
había dejado de ser una lengua inteligible por la mayoría,
especialmente en los países menos romanizados, como las Galias del
Norte, Germania, etc. Y había cantos, cada vez más
numerosos, en los que sólo un grupo reducido de cantores podía
participar, llamado schola, porque pertenecían a la schola o escuela de
clérigos que había en las grandes iglesias y monasterios. La
importancia de la schola fue cada vez mayor, hasta dejar reducida al
mínimo la participación de los fíeles en las breves
aclamaciones de los solistas, tales como el celebrante y los demás
ministros.
Por esta
razón el repertorio gregoriano propiamente dicho llegó a
formarse con cantos destinados a la schola, esto es, al grupo de cantores
técnicos, o al cantor solista, personaje que desde el primer
momento tuvo gran influencia en la enseñanza de la música
(aparte de otras funciones extraordinarias que a veces les fueron encomendadas,
como las de embajadores o legados del papa o del obispo para llevar a cabo
misiones delicadas, como Juan el Archicantor, enviado a Inglaterra ya en
tiempos del papa Gregorio Magno). No obstante, también entraron
esporádicamente cantos procedentes de la primitiva recitación
salmódica, conservados vivos en la tradición oral. Son
éstos especialmente los cantos feriales del oficio divino, cantos que no
llegaron a escribirse en códices sino más
tardíamente, pero que hoy pertenecen con toda razón, por su
venerable antigüedad, al repertorio musical gregoriano.
Así pues,
los musicólogos modernos, lejos de ver en el repertorio gregoriano
un todo homogéneo, establecen con bastante precisión los
procedimientos y sistemas usados en su composición, que se
Canto gregoriano
reducen
fundamentalmente a tres:
a) Procedimiento
de melodíastipo. Consiste en la adaptación de una
determinada fórmula melódica, sencilla o complicada, a muchos
textos de idénticas características. Este procedimiento es el
más antiguo y proviene de las primitivas prácticas de
recitación bíblica. En el origen eran melodías
sencillísimas, que consistían en una entonación, un
recitado sobre una cuerda o nota sostenida y una cadencia, formando todo una
especie de arco rebajado. Progresivamente, la entonación y la
recitación sobre la cuerda o tenor, así como la cadencia,
fueron adornándose más y más por influjo de los propios
recitadores, hasta el punto de quedar desdibujada la primitiva
línea melódica, como es el caso de la mayoría de los
responsorios graduales en la misa o del oficio divino.
b) Procedimiento
de melodías originales. Fueron compuestas expresamente para
determinados textos, y tuvieron como destinatarios los cantores de la
schola. No cuidan la forma primitiva antifonal, sino que la propia
antífona, por ejemplo, es tomada como un todo sobre el que se
dibuja una melodía coherente. Este procedimiento es el que ha sido
utilizado en casi todas las antífonas festivas, en los introitos y
comuniones de la misa.
c) Procedimiento
centonal. Trata el texto de manera similar a como lo hace el procedimiento
anterior, esto es, sin atender a la forma primitiva. Pero en lugar de forjar
una melodía a la medida y sentido gramatical del texto, toma
fórmulas melódicas estereotipadas de aquí y de allí
y las cose formando una especie de rapsodia, en el sentido
etimológico de la palabra, o de mosaico. Las fórmulas
melódi
Canto gregoriano
cas
autónomas, que emigran de aquí para allá adheridas muchas
veces a textos o expresiones estereotipadas, como confitebor tibí,
laúdate Dominum, etc., se llaman centones.
IV. La estructura
gregoriana
Naturalmente, la
estructura del canto gregoriano es la misma que la de la liturgia. Pero veremos
cómo la propia condición musical de un determinado texto va a
modificar la estructura litúrgica general.
Los propios
códices antiguos nos señalan ya una distribución obvia de
los cantos en el repertorio gregoriano al separar los cantos de la misa de
los del oficio divino. Unos y otros tendrán también unas características
bien distintas.
1. LOS CANTOS DE
El celebrante
entra en la iglesia. Mientras, la schola canta la antiphona ad introitum o
simplemente introito. El celebrante saluda al altar y se dirige a su sitial;
entonces la schola comienza el Kyrie eleison, alternando entre sí o con
el cantor. Ya entonces se ha perdido la letanía introductoria de esta
invocación. Inmediatamente el celebrante entonaba el Gloria, que
era seguido por la
268
schola. Estos dos
últimos cantos, por tener el mismo texto para todos los días,
solían cantarse con fórmulas estereotipadas. Terminada la
primera lectura, uno o dos solistas, a veces con intervención de la
schola, cantaban el responsorio gradual. El aleluya se introduciría
más tarde, y por eso no existe uniformidad en la tradición manuscrita.
Otra pieza interleccional, que suplía en cuaresma al aleluya, fue el
tracto, que consistía en el canto de una serie de versículos
seguidos con una melodía muy adornada. Después del evangelio
se recitaba el credo. Esta recitación dio lugar a un canto
silábico típico, sobre el que se basaron las diferentes melodías
que hoy conocemos.
La liturgia
eucarística se iniciaba con el canto del ofertorio. En los libros
litúrgicos gregorianos aparece el canto del ofertorio en forma
responsorial, con uno o varios versículos de extraordinaria complicación
melódica. Éstos desaparecerían, permaneciendo
solamente la parte primera, con lo cual quedaría configurada la pieza
como una antífona muy adornada. En las partes recitadas o cantiladas de
la oración eucarística, se conservó una melodía muy
antigua, de la que formaba parte ei propio Sanctus. Éste, en lugar de
ser una aclamación propia de los fíeles, fue asumido
también por la schola, y más aún por el cantor, el cual
podía introducir tropos complicados.
El Agnus Dei es
el vestigio de unas preces más antiguas. En la época de
introducción del canto gregoriano ya era cantado por la schola. En fin,
la comunión es vestigio también de un canto antifonal, cuyo
estribillo o antífona fue tomando autonomía hasta desaparecer
el propio salmo.
Los cantos que
tenían texto diferente para cada día eran los que 269
formaban el
repertorio gregoriano más primitivo, el que aparecía en los
códices. Por el contrario, los cantos con texto idéntico para
cada día, llamados también del ordinario de la misa,
tenían unas pocas fórmulas melódicas, las cuales se
multiplicaron al ser cantadas con tropos. Normalmente estos cantos del
ordinario de la misa no aparecen en los manuscritos sino tardíamente,
en colecciones de tropos, troparios y prosarios. La pertenencia a este
repertorio tardío hizo que todas las piezas del ordinario de la misa,
aun cuando tuviesen un origen y una función bien diferentes dentro
de la liturgia, fuesen consideradas musicalmente como un todo. Esto
ocurrió especialmente al comienzo del ars nova, en el primer cuarto del
s. xiv. Así funcionarán fórmulas del Kyrie agrupadas con
ciertas fórmulas del Gloria, Sanctus y Agnus Dei, de modo que en ciertas
solemnidades se cantaban unas mismas fórmulas. Entonces
aparecería el nuevo concepto de misa como forma musical independiente,
referida a un conjunto de fórmulas o cantos del ordinario de la misa. La
polifonía tomaría estos cantos por estar más abiertos a la
composición de música nueva, creando auténticas obras de
arte, tales como la misa de Notre Dame, de Guillaume de Machaut, basada en la
fórmula gregoriana del Kyrie cum jubilo, y otras piezas, propias de las
festividades de
María.
2. LOS CANTOS DEL
OFICIO DIVINO. El canto del oficio divino se basaba al principio en la
mera recitación de los salmos. Hay que señalar desde el
principio que, contrariamente a lo que ocurre en la actualidad, en que nuestras
lecturas públicas y nuestras conversaciones y conferencias se
hacen en una
Canto gregoriano
entonación
propia de cada individuo (orientado obviamente por la naturaleza
fónica de la lengua), los antiguos leían, rezaban y hablaban en
público según unos determinados esquemas melódicos
que constituían lo que hoy llamamos cantilación.
Así pues, el rezo de los salmos era cantilado o semitonado. Ahora
bien, el oficio divino consistía esencialmente en la recitación
de los salmos. Como quiera que el libro de los Salmos era universalmente
memorizado, en un principio no había libros para el rezo del oficio
divino. Los salmos eran recitados o cantilados de varias maneras, lo cual daba
una cierta variedad al rezo, y al mismo tiempo propiciaba una mayor interiorización
de ciertos textos más importantes. Así, el salmo
podía ser recitado en directo, cuando los versos eran rezados por todos
sin interrupción desde el primero al último; podía ser
cantado responsorialmente, cuando los versos eran recitados por un solista
y el resto de los asistentes respondía con una frase significativa
tomada del propio salmo; o, finalmente, podía ser cantilado
antifonalmente, cuando estribillo y versos eran alternados por el coro partido
en dos grupos.
El oficio divino,
después de la reforma carolingia, guardó esta forma de cantar,
conservó las mismas fórmulas melódicas y estribillos
en los oficios feriales. En los oficios festivos, por el contrario, sobre todo
los de creación más reciente, las antífonas y responsorios
fueron desligados de las fórmulas recitativas salmódicas,
perdiendo incluso los propios textos, tomados de los salmos, para
asumir otros relativos directamente al acontecimiento litúrgico que
se está celebrando.
La diferencia en
la estructura de las horas del oficio divino en el
Canto gregoriano
cursus llamado
romano y en el monástico sólo es relevante a la hora de
contabilizar el número de los salmos con sus respectivas antífonas
que se cantan en las diversas horas, y especialmente en maitines. Este
último obedece a la normativa que establece san Benito en su Regula
monasteriorum.
V. Los libros de
canto
Los
códices primitivos de canto fueron escritos en el momento en que la
tradición oral no alcanzaba presumiblemente a salvaguardar la pureza de
las melodías, y cuando nuevos cantos engrosaban el repertorio
musical litúrgico. Estos códices fueron concebidos, sin
embargo, no sólo como repertorios que daban cuenta de la genuina
verdad de los cantos, sino también como útiles o instrumentos al
servicio de los cantores. De ahí su carácter
eminentemente
funcional. Hemos de distinguir, pues, los libros de canto de la misa y los del
oficio divino. Todos ellos, cuando sólo contienen música, suelen
ser designados con el título de antifonarios. En casos
excepcionales, frecuentes, sin embargo, en
Entre los libros
de la misa hemos de destacar el Antiphonarium Missae, llamado también
Antiphonarium Gradúale, o más sencillamente Gradúale,
porque una de las principales piezas contenidas en él era
precisamente el responsorio gradual, cantado como canto interleccional.
Este libro contenía todas las piezas cantadas de la misa, pertenecientes
al cantor y a la schola. También existía un libro suelto propio
del cantor, llamado cantatorium, del que nos han quedado
270
muy pocos
testimonios, tales como el cantatorio de San Galo y el gradual de Monza.
Más tarde, sobre todo después de la llegada de los frailes
mendicantes, dominicos y franciscanos principalmente, abundarían
libros mixtos, como el Missale notatum, que contiene todas las piezas de
la misa, exceptuadas las del ordinario, cantables o no; pero las cantables, con
notación gregoriana. Los cantos del ordinario de la misa
aparecían en unos
códices
especiales que contenían tropos y secuencias o prosas, llamados
troparios o prosarios, ya que dichos cantos siempre venían acompañados
de estas piezas de creación moderna.
El oficio divino
originalmente se cantaba, como se ha dicho, sirviéndose del libro
bíblico de los Salmos
o Salterio. Poco
a poco aparecieron colecciones de antífonas y de responsorios y
otras piezas cantadas, formando un libro musical por excelencia del oficio
divino, llamado antifonario, sin más, o antifonario del
oficio. Los himnos venían en libro aparte, llamado himnario, normalmente
sin música, pues al ser las piezas versificadas e isostróficas
podían ser cantadas muchas veces con fórmulas musicales distintas.
Luego aparecería el Breviarium notatum, de las mismas características
que el Missale antes seña
lado.
La uniformidad
existente en la celebración de la misa, así en el rito romano
como entre las órdenes religiosas, creó también uniformidad
en los libros litúrgicos. No ocurrió igual con los libros del
oficio. En éstos hay que distinguir con cuidado entre los códices
del cursus romanus y los del cursus monasticus. Éste tiene una ordenación
distinta de los cantos, lo mismo en el oficio ferial que en el festivo, y se
distingue especialmente
271
por el
número mayor de salmos,
doce en total en
lugar de nueve, en
los nocturnos.
Tardíamente
surgirían nuevos
libros del
repertorio gregoriano,
según las
necesidades de cada igle
sia, orden
religiosa o monasterio:
procesionales,
matutinarios, res
ponsoriales,
diurnales. Asimismo,
el ritual y el
pontifical, libros que
contenían
los formularios propios
de las
celebraciones especiales no
incluidas en el
anni circulo, esto es,
en el año
litúrgico, recogerán con
notación
los cantos de tales actos
litúrgicos.
VI. El canto
gregoriano en la historia
El canto
gregoriano ha tenido un lugar privilegiado en la historia de la iglesia y en la
historia de la cultura universal. Aunque no es seguro que fuese el repertorio
gregoriano donde primeramente se experimentó la técnica de
escritura musical que tenía como principio la plasmación de los
sonidos en neumas (grafías que intentaban reproducir el
movimiento melódico de la voz y su duración temporal), sin duda
en él obtuvo su madurez y mayor difusión la escritura
neumática y las que inmediatamente seguirían a
ésta como evolución natural de la misma. La notación
figurada usada por los músicos en Occidente hasta hoy no es más
que la concreción y estilización de unas figuras ampliamente
usadas en el repertorio gregoriano.
Esta
música, cantada universalmente en todas las iglesias de la
cristiandad, a excepción de las comunidades de Oriente, sirvió de
objeto de estudio y de especialización de los músicos
más cualificados durante toda la edad media. En el repertorio
gregoriano se ensaya
Canto gregoriano
ron los
géneros más productivos de la creación musical moderna, el
tropo y la polifonía. El tropo era la glosa literario-musical que se
introducía en medio de determinadas piezas gregorianas. La versatilidad
de este sistema compositivo dio origen a numerosas formas, incluso en lengua
vulgar. El trovador recibe su nombre del tropo: tropator, compositor de
esta música. La polifonía, en la concepción contrapuntística
que ha perdurado hasta nuestros días, se inició en el discantus
de los primitivos organa. Sobre la melodía gregoriana cantada por el
cantor o por la schola, un cantor especializado, el discantor, trenzaba
exquisitamente otra melodía, produciéndose de esa manera el
efecto polifónico que habría de suponer, por otra parte, el
olvido de los otros matices propios de la interpretación gregoriana
de los primeros tiempos, tales como los detalles rítmicos y
articulatorios que expresa con tanta precisión la notación
neumática.
La
aparición de los tropos y de la polifonía y su amplia
difusión no menoscabaron el uso del gregoriano en las iglesias,
aunque, como decíamos, afectaron de modo directo a la
interpretación del mismo. Esta presencia constante de una música
tradicional, considerada como sagrada y la propia de la liturgia romana,
ha perdurado hasta nuestros días y ha actuado como punto de
referencia inexcusable para todas las composiciones de música sagrada y
como fuente inagotable de inspiración en los grandes compositores
de todos los tiempos, desde los grandes polifonistas del s. xvi, pasando
por los del barroco, el clasicismo, hasta el modernismo de Debussy, etc.
El paso del
tiempo desfiguró un tanto la brillantez melódica de las viejas
melopeas gregorianas, hasta
Canto y
música
el punto de ser
llamado canto llano, esto es, plano, sin el relieve propio del canto
figurado. Durante el
s. xix, el fervor
romántico por el oscuro mundo medieval descubrió la hondura de
este canto, atribuido nada menos que al papa san Gregorio Magno. Un clérigo
francés que, impregnado del más profundo sentimiento
romántico, visitaba asiduamente las ruinas de un viejo monasterio
caído, el priorato de Solesmes, sintió un deseo irresistible
de restaurar el cenobio en ruir ñas y emprender en él la vida de los
monjes antiguos. Este hombre fue Dom Guéranger, impulsor de la vida
monástica benedictina, que había caído en el ostracismo
después de
Seguidamente
surgió un gran interés por este canto, no sólo en los
medios eclesiásticos y monásticos, sino también entre
los musicólogos e historiadores. Éstos se
272
percataron de que
fue sobre el
canto gregoriano
sobre el que se
establecieron los
principios de la
teoría
musical que están vigentes en
nuestras
escuelas.
Coros de monjes y
otros más o menos profesionales dedicaron sus esfuerzos a difundir el
canto gregoriano a través de grabaciones discográficas,
siguiendo el modelo del coro de Solesmes, que realizó una gran
colección de discos de reconocida calidad. En España han
sido los monjes benedictinos de Silos y Montserrat los que siguieron las
huellas de Solesmes.
[/ Canto y
música.]
1.
Fernández de
SUMARIO: I.
Método y ámbito del tratado
II. Cuadro de
problemas y experiencias litúrgico-musicales en las distintas
épocas hasta el Vat. II: I, La expresión vocal en la liturgia
primitiva; 2. Aspectos litúrgicomusicales de la época
patrística: a) El pensamiento sobre la música, b) Desarrollo
de formas musicales; 3. Panorámica de liturgias y de prácticas de
canto; 4. Las épocas romanofranca y romano-germánica de la
liturgia; 5. Del canto para una cierta liturgia a una liturgia para la
música: a) Síntesis conceptual, b) Puntos salientes de la praxis
y de la legislación litúrgico-musical - III. Síntesis
de las perspectivas litúrgico-musicales del Vat. II
IV. La historia
reciente - V. Rito - Cultura -Música: 1. El proyecto ritual; 2. Las implicaciones
culturales; 3. El quehacer musical - VI. Perspectivas.
I. Método
y ámbito del tratado
Puesto que
aquí se va a tratar de canto y música en la liturgia cristiana
en cuanto son formas, y más que formas, del culto en espíritu y
verdad traducido ritualmente, el
273
lema puede
precisarse asi: la expresión vocal e instrumental en la experiencia
celebrativa de la iglesia. Con el término experiencia se debe abarcar la
perspectiva diacrónica (histórica), en cuanto reveladora de
constantes y de variables relativas, ya a la realidad musical en sí
misma, ya a la diversa relación de la misma con los proyectos celebrativos,
ya a los resultados del impacto en los procesos de transformación
cultural.
Con una
óptica de esta naturaleza se hace posible una exposición
suficientemente seria del tema, cuyo tratamiento supone y comprende un extenso
conjunto de datos, así como su interacción. Cada uno de dichos
datos exigiría ya de por sí una documentación y un análisis
que, aun limitándose a una visión sincrónica, no
dejarían de ser bastante complejos y de necesitar unas aportaciones
especializadas e interdisciplinares en la medida en que nos ponen en
relación con las más antiguas etapas de la adaptación
ritual, de la evolución lingüísticomusical y de la relación
ad intra: música-liturgia, y ad extra: liturgia-sociedad-historia,
por lo que no podemos menos de acudir a los principales elementos en juego, que
deberán entenderse en síntesis orgánica siempre que
se hable de música ritual. Se resumen tales elementos en la
tríada: música-liturgia-cultura, magnífica forma de
indagación y de reflexión en los cotejos del pasado con la
actualidad.
Música.
Bajo este término, en su sentido más general, deberán comprenderse
todos los fenómenos acústicos, emitidos por distintas fuentes
(aisladas o conjuntas), variadamente organizados según selecciones
o acoplamientos de uno o más elementos de formalización (timbre,
ritmo...), estructurados
Canto y
música
según
gramáticas y sistemas de diversa índole (modos, escalas...). En
nuestro caso se extiende desde la señal de un crótalo hasta
el concierto de campanas, desde un solo de trompa hasta una sinfonía de
órgano, desde el recitativo entonado por un ministro de la palabra
hasta la fioritura melismática de un vocalista, desde la
intervención solista hasta la coralidad de la más articulada
polifonía. Música es todo esto; y una historia de las
experiencias musicales (no sólo en la liturgia) debiera ocuparse de ello
sin selecciones ideológicas preconcebidas ni discriminaciones apriorísticas.
Liturgia. La
entendemos aquí como el aspecto fenoménico, ritualmente
organizado, de las realidades teológico-antropológicas constitutivas
del diálogo salvífico en la perspectiva de la revelación
bíblica. Liturgia es entonces, ante todo, palabra
(dada-recibida-restituida) que resuena moduladamente a través de
una amplia gama de funciones-formas-protagonistas. El canto, en
conexión con la palabra, es acción sacramental (a distintos
niveles), que normalmente no obra ni produce su efecto sino en base a su
significación; como, a la inversa, no significa sino en relación
a su autenticidad operativa. Liturgia es entonces expresión
icónica y comunicación de lo divino en el momento en
que toma cuerpo en la limitación y en el cambio histórico; y
es imagen determinada de iglesia (constitución, vitalidad, metas...),
que se establece, se construye o se expresa en el juego simbólico,
responsablemente participado por todos los que intervienen en la
celebración. Realidad litúrgica es acontecimiento a partir de dos
o tres congregados en el nombre de Cristo, incluso antes de un especí
Canto y
música
fico papel
institucional e independientemente del rango social, de la índole
cultural, de la situación geográfica de los presentes y del mismo
programa celebrativo más o menos codificado.
Cultura. Dada la
casi omnicomprensividad de significados del término, justo es
precisar en qué sentido se utiliza aquí. En relación
con nuestro tema musical, entendemos por cultura el peso de aquellos
elementos que los procesos de producción y dirección
litúrgica han recibido de diversos contextos humanos (espontáneos
o institucionalizados). Los / ritos, con otras palabras, reflejan —y
a veces hasta inventan— la aventura histórica. Se crean, y se
transmiten después culturalmente superdeterminados; en ocasiones
continúan sobreviviendo cargados de significados originarios,
que se volvieron más tarde incomprensibles u oscuros y carentes ya
de vitalidad sin unas relecturas o interpretaciones. Ello es mucho
más fácil cuando un rito se ha vinculado a determinados proyectos
o a prácticas musicales particulares. Cambia el mundo de las
motivaciones, prevalece el uso reductivo o alterno de una o más
prácticas musicales según combinaciones múltiples,
surgen las preferencias de época por sistemas gramaticales
particulares, se descubren las huellas de improntas estilísticas
subsiguientes, se diferencian los criterios interpretativos y valorativos
de los productos musicales (obras y repertorios). En buena cantidad de ritos,
por lo demás, cambia la eclesiología y la
composición-participación de las / asambleas, según una
gama de variables casi infinitas.
Poner como base
de un estudio sobre canto y música un programa de atención a los
ejes señalados, y
274
más
aún a la red de asociacionesreferencias-reclamos que derivan de su
lectura por conjuntos, no deja de parecer algo temerario. Nadie puede
sentirse capaz de aventurarse ni de proseguir tal camino. Una historia
nueva y exhaustiva del canto cristiano, que integre las coordenadas
fundamentales aludidas, seguirá siendo —tal vez durante mucho
tiempo— un sueño apasionante, si bien están ya cooperando a
escribirla muchos pacientes análisis y los esfuerzos de
recomposición de conjuntos sectoriales, obtenidos sabiamente de una
escucha más crítica y menos mítica de la
tradición y fecundados con la aportación vital de cada elemento
ofrecido por la interdisciplinariedad de la investigación.
No parecen
superfluas tales consideraciones desde el momento en que la literatura
corriente sobre nuestro tema, especialmente en el ámbito
eclesiástico, da la impresión de no valorarlas apenas o de ignorarlas,
creando desequilibrios informativos por exceso o por defecto. Por exceso,
cuando las indagaciones, moviéndose dentro de los laboratorios
de una sutil especialización, renuncian a aperturas exploratorias
y a esfuerzos de contextualización que proporcionarían una
lectura más orgánica de los fenómenos estudiados,
suscitando seguramente nuevos interrogantes, desvaneciendo ideas e
imágenes convencionales, insertando en el potencial del resultado
científico aquella toma de corriente que pudiera aportar luz sobre
los problemas de hoy. Piénsese, sólo por poner un ejemplo,
en el sentido que se debe dar a ciertas indagaciones actuales sobre el canto
gregoriano, que corren el peligro de parecer un anacrónico academismo,
en la medida en que no se explícita su importancia ni se
ilustran sus consecuen
275
cias, gusten o
no. Por el otro lado,
o por defecto, el
desatender las perspectivas arriba mencionadas puede llevar a una fácil
apologética; a una repropuesta de modelos culturales, considerados,
sin comprobación, como legítimos y ejemplares; a una
reiteratividad de esquemas mentales y de juicios prefabricados; a una fabulaciónocultamiento
de datos para mantener una determinada forma de poder y de visión
ideológica. Piénsese en expresiones mixtificadoras
corrientes, como, "el gran patrimonio de la música
sagrada", "el
pensamiento de la
iglesia sobre el canto", "el órgano, rey de los
instrumentos", "la universalidad del canto gregoriano", etc.
Es un hecho que
los ensayos, incluso parciales, verdaderamente magistrales o ejemplares sobre
nuestra temática, en cuanto a contenido y a espíritu, son
escasos, a pesar de las abundantes historias de la música o de la
liturgia. Las primeras tratan de música ritual, casi siempre
prescindiendo del tipo de liturgia celebrada o del tipo de una expresa
comunidad; faltan frecuentemente las más elementales referencias al
cuadro celebrativo y a las funciones de la música, aun cuando fueren la
única justificación
de una forma
musical; no se alude al tipo de protagonistas o de destinatarios del canto
ni al tipo de ambiente o de experiencias eclesiales. Las segundas, aun
describiendo el marco ritual o la experiencia eclesial que lo determina, son
muy avaras en alusiones a canto y música y, sin embargo,
infravaloran las formas concretas de la ritualidad en las que el juego de la
imagen sonora es siempre (positiva o negativamente) bastante determinante.
Además, los estudios de /teología
litúrgica
(aparte de su escasa atención a los textos cantados) ofrecen Canto
y música
unos cuadros
hipotéticos e intelectualísticos (sin decirlo), ya que no
valoran ese plus o esa diversidad de contenido que confiere a un texto (por
ejemplo, un prefacio) una determinada inmersión sonora, o bien el marco
festivo o ferial, la ejecución coral o solística, etc.
Tras esta amplia
premisa metodológica, que tiene validez aun prescindiendo de la
continuación de nuestro discurso, queda por esclarecer la
línea de orientación en que va a moverse el resto del tratado.
Con la humildad que sin más nos imponen las reflexiones anteriores,
pero con la franqueza también de un discurso que no quiere ser convencional,
se fijarán, como en una radiografía, algunos momentos de la gesta
litúrgico-musical entre los que, por diversas razones, parecen
más significativos. Se tratará de rasgos históricos tan
esenciales que
parecerán
reductivos, hasta casi en aparente contraste con las exigencias
anteriormente aludidas; pero se reserva una particular atención al
discurso sobre hoy (/ infra, IV-V), dado que ahí confluyen y vuelven a
reaparecer en un cuadro extremadamente vivaz los diversos puntos
fundamentales de la gesta histórica.
II. Cuadro de
problemas y experiencias litúrgico-musicales en las distintas
épocas hasta el Vat. II
1.
Canto y
música
cristiano, y las
investigaciones de la musicología comparada aplicada a las más
antiguas (o supuestamente tales) melodías cristianas. Tales
estudios no sólo no han dado satisfactorios resultados, sino que
hoy parecen incluso metodológicamente poco correctos. El camino
más apropiado para trazar un cuadro lo menos hipotético
posible parece ser el de una lectura músicológica de las
fuentes literarias cristianas a partir del NT, pero con referencia atenta
y crítica a los hechos vocales y musicales que son propios, según
sabemos, de la cultura contemporánea y circunstante.
Del
espíritu de la expresión cristiana se deducen la
primacía del logos, la importancia de la didajé, las funciones
del melos, valorado, sí, pero en oposición a las prácticas
encantatorias o máginas del paganismo. De la vigilancia pastoral
deriva el temor a influencias culturales-cultuales. En particular, aparece
ligada a ciertos momentos y a ciertas áreas geográficas la puesta
en guardia contra fenómenos fuertemente señalados, como los
aspectos rítmico-métricos de la poesía o la
tímbrica ligada a prácticas religiosas o a usos sociales.
Sin embargo, en el seno de las iglesias locales está viva una rica
gestualidad vocal, inspirada en la praxis común, que permite a los
fieles intervenir en las celebraciones, ya se trate de proclamar
Cierto que el
valor terminológico de las expresiones vocálicomusicales
es bastante fluctuante y hasta más bien dudoso. Se consideran, por
ejemplo, como salmos, además de los poemas bíblicos
276
veterotestamentarios
bien conocidos de las fuentes del NT, los mismos himnos cristianos con su
original procedimiento, que se aleja tanto de la rítmica hebraica como
de la métrica grecorromana. Tales himnos combinan libremente estructuras
sálmicas y contenidos aclamatorios, doxológicos e invocativos.
Los textos, destinados probablemente o con toda certeza al canto, que se
han conservado son bastante numerosos; como son asimismo numerosos los testimonios
sobre la práctica del canto: son célebres los pasajes de la carta
de Plinio a Trajano, los de la carta de san Ignacio de Antioquía a los
efesios, los del Pedagogo de Clemente Alejandrino y del De anima de
Tertuliano. En cambio, ninguna melodía ha llegado hasta nosotros, a no
ser el épainos a
Uno de los
criterios para imaginar el proceso y el sabor de las melodías
arcaicas es tener en cuenta algunos procedimientos compositivos comunes a
muy diversas áreas culturales, incluida la mediterránea: se trata
del uso de melodías de centón y de la técnica de las variaciones
de estructura. Mas por encima de tales datos, de la documentación
en su conjunto nace una visión bastante positiva: riqueza de motivaciones
del canto, vitalidad de prácticas diferenciadas, ritualidad capaz de
liberar más que de bloquear los comportamientos humanos,
escucha cultural crítica y actitud receptiva. Se está en el
polo
opuesto a la
concepción de una
música en
sí en las confrontaciones
del rito, y de un
rito en sí en las
277
confrontaciones
de la vida; la cele
bración
misma de los misterios
cristianos no es
extrapolación de la
cultura-ambiente,
sino en la medida
en que el juicio
evangélico desen
mascara
ídolos o denuncia estructu
ras opresivas.
Hoy,
después de múltiples expe
riencias en
diversos sentidos, tal
concepción
y tal praxis aparecen,
en su conjunto,
como las más
"modernas"
de la historia de la
liturgia. Y son
dimensiones que
habrán de
recuperarse, para volver
a encontrar una
identidad de cris
tianos en el
culto y de ciudadanos
en el mundo.
2. ASPECTOS
LITÚRGICO-MUSICALES DE LA ÉPOCA PATRÍSTICA. Con esta
rápida reseña, que prescinde hasta de sucesiones
cronológicas y de concretas localizaciones geográficas, se
intentan destacar dos aspectos de notable riqueza: la evolución de un
pensamiento cristiano cada vez más rico sobre la música y la
aparición de algunas formas litúrgico-musicales diversamente
estructuradas y variadamente funcionales.
a) El pensamiento
sobre la música. El interés bastante vivo en la sociedad por
las prácticas musicales (fiestas, banquetes, cultos, ritos
fúnebres...) lleva a los padres a una confrontación, a una
profundización especulativa y espiritual, a una vigilancia unas
veces promocional y otras polémica. La preocupación celebrativa y
ética orienta el discurso patrístico (¡felizmente para
nosotros!) hacia la vertiente de la música práctica, es
decir, hacia aquel usus desdeñado por los doctos, para quienes la
música era ciencia especulativa. Solamente san Agustín es
contemporáneamente testimonio de preocupaciones espirituales en sus
Confessiones, pastorales en sus Enarrationes y científi
Canto y
música
cas en el De
música. Entre los más calificados testimonios del tema
litúrgico-musical se han de recordar, al menos, san Ambrosio, Clemente
de Alejandría, Eusebio de Cesárea, Gregorio Nazianceno y Gregorio
Niseno, Jerónimo, Juan Crisóstomo, Nicetas, Orígenes,
Teodoreto, Tertuliano (perdónesenos el orden puramente
alfabético).
Los padres
encomian el canto litúrgico por diversas razones. Se atienen ante todo a
los ejemplos escriturísticos, multiplicando, a su manera, las
interpretaciones bíblicas: se extienden desde el Éxodo hasta
los Salmos, desde los profetas hasta el Apocalipsis, desde los libros de los
Reyes hasta los evangelios. Su lectura bíblica no es exclusivamente
espiritualista, sino que acoge y engloba los valores antropológicos y
los efectos psicológicos de las diversas prácticas de canto,
que producen alegría espiritual, salud física o
psíquica, emotividad tan intensa que resulta ambigua: medicina
para los hombres carnales, pero impedimento para los espirituales. Se pusieron
sobre todo de relieve los aspectos simbólicos y celebrativos de la
coralidad en sus múltiples formas: es servicio de la palabra,
cohesión comunitaria (signo y prueba de unidad), sacrificio
espiritual, profecía del reino, comunión con los coros
angélicos y anticipación escatológica. La práctica
litúrgica del canto se inserta en una visión
mistérico-sacramental, hasta el punto de que los textos que hablan de
él pertenecen más al
género de
la mistagogia que al del tratado.
No dejan tampoco
los padres de tener presentes las problemáticas del impacto cultural: conocen
el fascinante poder de los cantos inmorales y la fuerza contagiosa de los
cantos heréticos; son conscientes de los peligros de retorno a
Canto y
música
situaciones
idolátricas implicadas en la fuerza evocativa de melodías y
timbres instrumentales; no ignoran la encantadora seducción ni el
mágico poder de algunas prácticas; como consecuencia de todo
lo cual establecen reservas y tratan de prevenir contra particulares situaciones
que, por otra parte, encierran elementos interesantes o incluso
normativos para toda época. En resumen, parece lícito hablar también
de una modernidad de los padres en el tratado global sobre la música. Su
visión más bien es amplia y articulada, tiene en cuenta una
multiplicidad de prácticas y proyectos, refleja una situación
celebrativa no alejada de la vida ni del pueblo y todavía no dominada
por la estaticidad de normas rubrícales intangibles.
b) Desarrollo de
formas musicales. Signo de una liturgia en vital expansión
celebrada con lenguajes usuales, ni siquiera reservada en exclusiva para
adeptos de raigambre levítica, lo es igualmente el desarrollo de
formas musicales variadamente funcionales y convergentes. En el campo
de la salmodia se apoyan en la ejecución directivosolista
(frecuentemente virtuosista con la asamblea a la escucha) nuevos tipos de
ejecución: la directivo-colectiva (colectiva o alterna), en la que
también participa el pueblo con un número determinado de salmos
escogidos; la de frases intercaladas, aleluyáticas o responsoríales
(el estribillo está atestiguadísimo por los padres);
finalmente, las formas diversamente antifonadas, que combinan escucha e
intervención y liberan funciones ministeriales. En el campo de
la himnodia, después de una feliz gestación en Oriente, en
África y hasta en Europa, tanto en los ámbitos
heréticos (gnosticismo, arrianismo) como en
278
los ortodoxos
(desde Bardesano [f 222] hasta Arrio [| 336] o Efrén [f 373], desde
Mario Victorino hasta Hilario [| 336]), se llega a un estadio de madurez
por obra de san Ambrosio (\ 397). Su fina intuición pastoral y su
interés por los misterios celebrados en la asamblea son
gérmenes de vitalidad sembrados por todo Occidente.
Así es
como salmodia e himnodia, revigorizadas y relanzadas en los
círculos celebrativos, presentan unas asambleas en las que la unidad
no está tejida de uniformidad. Como sabemos, en la celebración
bien inserta, en los ritmos de la vida y en el tejido experiencial de las
comunidades pueden resonar (solamente en Roma no llega a aprovecharse
de tal apertura), además de la palabra bíblica, las palabras que
la cultura viva, traducida en vena poética o creatividad
eucológica, forja como respuesta eclesial. Algunas hipótesis
hacen remontar hasta los ss. ív-v la fundación de las scholae
cantorum, comprobadas documentalmente en algunas localidades. La
creación de tal institución en un contexto litúrgico
rico en aportaciones participativas podría significar un
máximo enriquecimiento en la estructuración ministerial
de las asambleas. Sabemos igualmente que bien pronto se verán envueltas
tales scholae, al menos como concausas, en un proceso disgregador y de decadencia
celebrativa, al ritmo del contrastante camino ascensional del arte.
3.
PANORÁMICA DE LITURGIAS Y DE PRÁCTICAS DE CANTO. Desde la
época patrística, en Oriente como en Occidente, todo
ámbito eclesial crea y estabiliza su propio mundo celebrativo en
conexión con la cultura local y con el genio étnico particular,
aunque abiertos siempre e insertos en la red compleja de los
279
cambios e influjos
más dispares. Y
cada liturgia
local se expresa con
sus
correspondientes hábitos musi
cales. Es el
triunfo del pluralismo
litúrgico-musical,
aceptado y hasta
respetado por la
misma iglesia de
Roma, no
solamente para las áreas
geográfica
y culturalmente distan
tes, sino
también para la misma
Italia.
No podemos
ocuparnos aquí del Oriente litúrgico con sus ramificaciones.
En cuanto a Occidente, tenemos noticia de una tradición africana, del
mundo visigótico con sus diversas escuelas y redacciones locales en
Iberia, de las exuberancias creativas en el ámbito galicano, de las
aportaciones originarias de las regiones célticas. Por lo que se refiere
a las producciones musicales, hoy es difícil y no pocas veces
imposible discernir, precisar y reconducir hasta su fuente costumbres
y repertorios: está, por lo demás, documentada la vitalidad
creativa y la recíproca fecundación de diversas aportaciones. En
lo que concierne, finalmente, a Italia, todo grupo eclesial consistente, sobre
todo si es políticamente importante, está dotado de su propio
conjunto de textos y entonaciones. De la riqueza de algunas regiones o ciudades
no queda ni recuerdo; de otras quedan rastros y hasta noticias bastante
considerables (Campania, zona ravenense, área aquileyense); se
conserva, en cambio, el patrimonio orgánico y codifica
do de las
ciudades de Benevento, Milán y Roma. Sin entrar en cuestiones que
los estudiosos están orientando en diversas direcciones
—histórica-litúrgica-textualpaleográfica-semiológica-musicológica—,
baste una alusión a la estructuración (cada vez más compleja
y a la vez precisa) de las grandes celebraciones sacramentales, de la
oración diaria con sus múl
Canto y
música
tiples programas
o del memorial anual del misterio de Cristo. Dentro de tales celebraciones se
ponen a punto las diversas formas de canto, ya las ligadas a funciones de base
comunes a todas las liturgias (por ejemplo, el introito de la misa, con
las distintas nomenclaturas según los diversos ritos), ya las que
acompañan a costumbres características de uno o más
ritos. En cuanto a la iglesia de Roma, es notoria la atención de los
pontífices al ordenamiento ritual en general y a la
puntualización del antifonario en particular. Por sus influjos
determinantes y por los resultados prácticos en el campo
litúrgicomusical no se pueden olvidar ni el dinamismo de la
expansión misionera ni la floración monástica.
Sin embargo, y a
pesar de tanto trabajo creativo o de adaptación, hay un elemento
importante de la celebración que siempre va a menos: el de la
participación-encuentro asambleario. Adquieren espacio la
especialización teológico-bíblica de los compiladores de
textos (¡magníficos!), la gestualidad escenográfica de
los ministros, el afinamiento melódico de los adscritos a las
scholae, mientras que al pueblo pertenecerán las sustituciones que se le
ofrecen (también musicalmente) o que él mismo busca y perfecciona
o realiza. Cultura y música elitistas son las que invaden el espacio
litúrgico; la ritualidad busca cada vez más influencias
pontificias y regias, alejadas de la experiencia ordinaria. La
celebración se configura como espléndido opus al que acudir, y a
sus protagonistas se les reconocen poderes misteriosos: el alejamiento cultural
comienza a ser así distanciamiento sacral. El progreso musical no es
enteramente inocente, junto con otros factores, en lo tocante al
distanciamiento entre litursia v vida T » miioíoo o»
Canto y
música
prepara para
llegar a ser, como el latín, una lengua culta: la lengua de otra
iglesia, que es la institución y su clero.
4. LAS
ÉPOCAS ROMANO-FRANCA Y ROMANO-GERMÁNICA DE
280
bien lugar a unos
conjuntos demasiado híbridos. La yuxtaposición cultural
producirá- reacciones o resistencias o también movimientos
anárquicos; hasta desembocará en floraciones de una imprevisible
e incontrolable creatividad.
Dentro de este
trabajo se sitúa el fenómeno de la fecundación y del feliz
parto de un arte melifluo de primera calidad: el denominado canto / gregoriano.
Las hipótesis de los estudiosos sobre el origen de esta perfeccionadísima
praxis (que se establecerá más tarde como repertorio) pueden
reducirse sustancialmente a dos principales, muy distintas entre
sí. Se hace referencia aquí a ellas a grandes rasgos y sin entrar
en todos los detalles necesarios, a) El gregoriano es canto de
281
códices
neumati más antiguos (incomparables por su precisión
gráfica, la cual transparenta una alta musicalidad, una
perfeccionadísima vocalidad y una auténtica espiritualidad
al abordar el texto bíblico) proceden de las Galias y de Suiza. En Roma,
por el contrario, no aparece tal canto documentado sino mucho más tarde
(s. xm) y en su fase decadente.
Si es justo
recordar tales hipótesis, ya no es del caso pronunciarse en pro o
en contra de posiciones acerca de una cuestión que probablemente
nunca será posible esclarecer adecuadamente. Siguiendo la
línea de reflexión que nos hemos propuesto desde el principio,
nos parece más necesario hacer algunas observaciones: a) La
calificación de los ritos y la especialización en el canto impulsan
a la liturgia, de forma definitiva e irreversible durante siglos, por un
carril que solamente podrá ser controlado y gestionado por adictos
a esos trabajos, es decir, por el mundo clerical y monástico.
Impresiona el hecho de que, paralelamente al espléndido florecimiento
del canto (que sigue produciendo textos y meíodias para tropos,
secuencias, responsorios, aleluyas, nuevos oficios, etc.), se sienta la piedad
cristiana obligada a refugiarse en formas moralizantes y ascéticas y en
tonos psicológicosentimentales, fomentados por el alegorismo y la
dramaturgia celebrativa, por la cuantificación concomitante de
la descalificación de las fiestas y por la hipertrofia ritual
directamente proporcional a la incuria pastoral en los encuentros del
pueblo congregado para las celebraciones. De ahí que tal canto, nativa y
constitucionalmente ligado a ese estado de cosas (y sobre todo a la imposible
participación de los fieles), continúe siendo el indicado
como repertorio normativo del
Canto y
música
canto eclesial
(latino) y popular para toda época, b) No es demasiado pedir que la
idealización del gregoriano (provenga ésta de estetas o de
documentos eclesiales) se mantenga dentro de límites cultural y
eclesiológicamente razonables y se mueva en el ámbito de bien
claras intenciones. No se pueden desatender las problemáticas que
suscita tal repertorio cuando se quiere indebidamente absolutizarlo
o reponerlo en el
ámbito cultual: ¿quién lo ejecutaba?,
¿cómo?, ¿para quién?, ¿representa un
fenómeno de comunión eclesial o de marginación?,
¿es plenamente positivo el hecho de haberse extendido a costa del
silencio de otras voces, marginadas hasta cierto punto o acalladas
irreparablemente (piénsese en los patrimonios locales que no
sobrevivieron, a excepción del canto ambrosiano; y sobre todo en el
canto visigótico, ligado a una gloriosa tradición
litúrgica, truncada por Gregorio VII)? Con este tipo de reflexión
no se quita lo más mínimo al valor intrínseco ni a la
refinada espiritualidad del mundo gregoriano. Pero se le contextualiza en una
experiencia eclesial más amplia (incluidos los cambios litúrgicos)
y se sopesan tanto los valores que han de conservarse como los límites
que no han de sobrepasarse.
5. DEL CANTO PARA
UNA CIERTA LITURGIA A
Canto y
música
mente laica,
lleva a individualizar los miedos, las lentitudes, las tardías
posiciones de recuperación de una gestión de poder que se siente
amenazada por las transformaciones culturales y que reacciona, hasta
encubrir como amor a la tradición un deseo de autoconservación.
Ambas posiciones tienen algo de verdad, pero no pueden constituir el punto de
partida para una valoración racional. En efecto, el punto de vista
estético-musical lleva a absolutizar, a posteriori, la herencia de un
thesaurus acumulado durante siglos; mientras tanto, la vía del
análisis socio-cultural, prefiriendo en la indagación la novedad
de los fenómenos incluso estéticos en su impacto con las
estructuras de la época, corre el peligro de olvidar el peso de la
continuidad en el rito y el problema
político
implicado en la oración misma.
En esta relectura
se prefiere, una vez más sin absolutizarla, una tercera vía
de aproximación: la liturgia en su vertiente celebrativa, que
implica una visión teológica. Tal postura, a diferencia de las
otras dos más periféricas, llega mejor al nudo de la
cuestión. En efecto, el conjunto de datos estéticos o culturales,
y aun la misma serie de acontecimientos históricos reseñados,
vuelven a entrar en unos cauces lógicos y encuentran una
explicación más oportuna cuando se redimensionan, a nivel de efectos,
desde las confrontaciones de una causalidad verdaderamente básica: la de
una liturgia que vive una crisis cada vez más grave y prolongada.
De esta variada y
extensa documentación se deduce el dato de unas celebraciones
vacías y en decadencia: cumplimiento más que vocación
eclesial, repertorio que ejecutar más que inspiración, con
282
junto de cosas
sagradas que tratar más que autenticidad de un comportamiento
humano, movimiento representativo de una burocracia en el culto en vez de una
acción coral del pueblo, dramaturgia en exhibición
más que misterio participado, supervaloración de un cuadro
religioso-cultual más que acogida de un Dios que dialoga y se da dentro
de una auténtica lógica de encarnación. Después de
la estación gregoriana, la floración de la polifonía
(con sus aspectos lingüísticos y gramaticales revolucionarios y sus
osadas experiencias) se inserta en los distritos de tal situación
celebrativa. La búsqueda sonora tiene una vitalidad incansable; los
mismos ajustes sociales nuevos y cambiantes están abiertos al gusto
cada vez más exquisito del progreso artístico, hecho de
mezclas armónicotímbricas, de juegos y simbologías
rítmicas, de prestaciones profesionales por parte de los nuevos
músicos, que no son ya, como en otro tiempo, especuladores de
armonías esféricas ni combinadores de números
místicos, sino artistas de la materia. El impulso autonómico de
la música no conoce verdaderos obstáculos, dado que su
relación con el rito es extrínseca. Se llegó a la
desaparición de las formas y al oscurecimiento de las funciones
rituales; por eso son posibles la reducción a señal festiva de
las composiciones desmesuradas y a veces extravagantes, la contraposición
de modelos ajustados al genio
o a la cultura de
los detentores del monopolio melódico-instrumental. La concepción
exterior de la fiesta y el vacío teológico de la solemnidad
litúrgica se crean sus propios sucedáneos: un tipo de participación
reducido a percepción global de lo sagrado; una afectividad
orientada por los aspectos descriptivos y narrativos del rito; unas 283
repercusiones
psicológicas favorecidas por las aportaciones audiovisuales
del programa; un encantamiento provocado por la gestualidad musical
conjugada con la materialidad un tanto sensual de la tímbrica, con la
fascinación de las cambiantes armonías, con las caleidoscópicas
evoluciones del ritmo. Cada uno de estos aspectos tiene, sin embargo,
igualmente sus facetas positivas; en efecto, la iniciativa popular busca y
encuentra desembocaduras significativas en ritos marginales (procesiones,
peregrinaciones, bendiciones...) y celebraciones en la frontera de lo
litúrgico (via crucis, sepulcros, pesebre...), ricos, sin embargo,
en valores simbólicos, en elementos añadidos (cf las
cofradías) y en nuevos repertorios de canto en lengua viva (por ejemplo,
los laudes).
La misma liturgia
oficial no podrá ya desde ahora subestimar la nueva música; pero
el torbellino musical se convertirá, dentro de la celebración, en
algo así como la proverbial serpiente en el seno. Se intenta solamente
exorcizar sus amenazas y curar sus mordeduras más agudas; salvo que se
busque la manera de gloriarse, a distancia y después de varias
caídas, de las heridas cicatrizadas como de unos trofeos conquistados.
Se escuchan
protestas y lamentaciones por parte de hombres de probada piedad y por
parte de espíritus particularmente reaccionarios, pero son como
voces en el desierto. La autoridad legisladora se mueve a su vez torpemente y
con inevitable ineficacia. Los intentos de intervención, desatendiendo
las verdaderas causas del mal, se limitan a hacer algunos reparos. Sus
directrices muestran su extravío ante una realidad litúrgica cada
vez más deteriorada en su recorrido por los caminos de la música.
Tras la
Canto y
música
corteza literal y
efectiva de las providencias pontificias o sinodales
o de las
denuncias de testimonios particulares, que se multiplicarán con la
decadencia que reaparece, puede componerse este cuadro:
Preferencia fundamental por viejas formas
compositivas y por repertorios fijos, socializados e inocuos, frente a las
novedades. "Novis ómnibus vetera praeponantur..." (1279):
es un programa. La búsqueda, absolutamente justificada como
salvaguardia de la continuidad, desemboca sobre todo en estas vías:
la congelación ritual —es la primera vía— de los
tonos de la lectura, de la oración, de los diálogos, de las
moniciones, de las salmodias (que, por lo demás, se consideran cantus
más que música): es la estilización a ultranza de gestos
orales de diversa índole, pero incomprendidos y planificados. Segunda:
la reposición constante del gregoriano, fijo en los libros rituales, a
pesar de lo degradado de sus funciones. Es un repertorio que conserva poco
más que un papel sígnológico o genéricamente connotativo;
su vestimenta originaria se ha manchado con manipulaciones de todo
género, realizadas como homenaje a las nuevas sensibilidades
culturales y a los fluctuantes gustos retóricos. El mismo gregoriano
llega a yuxtaponerse (en formas alternas) a composiciones monódicas o
policorales de espíritu muy distinto; ofrece más bien un soporte
de conexión del tejido polifónico (cantus firmus, frecuentemente
irreconocible).
Esfuerzo de
puntualización de un estatuto sacral de la música. A las
composiciones que llegan a madurar como fruto de un nuevo pensar y sentir se
les quiere imponer —condición de su acceso al templo y de
concordada compatibi
Canto y
música
lidad con el
rito— una etiqueta de garantía, que puede obtenerse mediante
la adecuación a determinadas selecciones estilísticas, la
adopción de ambientes, la calidad de mociones: necesitan
propiedades como la casillas, o al menos la honestas, y sobre todo la gravitas,
de suerte que las armonías resultantes auditum demulceant, devotionem
provocent, psallentium Deo ánimos torpere non sinant. En la vertiente
opuesta se implantan la vigilancia y la resistencia a las presiones de lo
profano, que se manifiesta diversamente como adopción de temas
populares, como mezcla y contaminación de textos, como divismo canoro,
como incapacidad ejecutiva: "Magna bestialitas! —clama J.
de Muris (1370)—. Asinus pro homine, capra pro leone, ovis pro
pisce...",
Preocupación por salvaguardar al
menos la integridad material de la palabra litúrgica, redactada en
latín, que no es ya de uso común; olvidada y, más tarde,
ya incomprensible; a veces se tiene la impresión de que se la
utiliza como simple material fonético. Este mal por defecto
desembocará en otro mal por exceso: el uso inadecuadamente
retórico y teatral de la palabra cuando la música pretenda
colorear el texto, en vez de limitarse a prestarle la voz.
Intención estratégica de
controlar los centros de operación y los modelos de comportamiento
musical, con el mantenimiento institucional de la relación
clérigo-músico de iglesia.
Falta de atención a la constante
histórica, que revela exigencias participativas en el campo celebrativo
y devocional. La amplísima y sugestiva producción
laudística (en lengua viva y melódicamente próxi
284
ma al sentir del
espíritu popular) sigue estando, de hecho y de derecho, en
contraposición a la liturgia oficial.
Justificación
de la cesión inevitable frente a la eclosión del arte
vocal-instrumental. Viene englobada dentro de la visión de la majestad
incluso temporal de la iglesia, en la perspectiva apologética de la
victoria de la ortodoxia católica; y se concilia con el proyecto
pastoral de un saludable atractivo y de un santo entretenimiento: es suscitadora
de piadosos afectos de signo opuesto a los creados por la lascivia del
siglo, aun con los mismos módulos musicales.
Recurso a un viraje reaccionario
cuando, considerada la pasividad del balance del compromiso, se idee y
actúe en el sentido de una contracultura católica, restableciendo
arquetipos remitificados y supersacralizados.
Exigencia final de una orgánica
codificación jurídica de la música, que fije con autoridad
proyectos, modelos, comportamientos.
b) Puntos
salientes de la praxis y de la legislación litúrgico-musical.
La
síntesis conceptual que hemos trazado, aparentemente aproximativa,
pero en realidad fiel y documentable en sus diversos enunciados,
sirve como fondo y como encuadramiento de la experiencia celebrativa en su
vertiente musical, así como de las intervenciones normativas que tienen
lugar entre el
s. xin y el Vat.
II. En la imposibilidad de trazar la historia musical de tantos siglos, ni
aun limitándose al ámbito eclesial euroculto, aludiremos a
alguna etapa y a algún hecho digno de mención por su valor
documental o por el potencial de reflexión que suscita.
En 1324-25
aparece
285
sanctorum Patrum,
de Juan XXII, primer gran texto pontificio sobre la música
litúrgica. Se puntualiza la situación en orden a rectificar su
ruta. El primer dato que destaca en el cuadro es la corrupción del canto
gregoriano, en contraste con épocas anteriores (¿de oro?). El
papa, desde Aviñón, lamenta la involución ejecutiva y
la ignorancia teórica de los principios que imposibilitan al
canto tradicional el fomento de la devoción, vinculada a un flujo
melódico respetuoso frente a la transparencia del texto. Son responsables
del mal las novedades de la cultura: se trata de la poética y de la
técnica del Ars nova, ya brevemente descritas. A pesar de la
intencionalidad restauradora, la intervención deja entrever la conciencia
de un cambio ya definitivo en el mundo de la práctica y de la
percepción musical. Mientras toma clara posición contra las
innovaciones rhmicas y la disolución del texto litúrgico, el
pontífice se muestra más abierto a los análisis de
los usos armónicos, al menos los recibidos y de alguna manera abonados.
Tal
política de contención se aplica a una realidad que había
ya desbordado los cauces señalados como lícitos. La
polifonía no está ya en gestación, sino en
expansión; está abierta a experiencias compositivas
fantásticas y a la vez calculadas; va en busca de equilibrios
vocales experimentales y a la vez regulados; está más ebria que
sedienta de un mundo poético y sonoro inédito, por lo
que, al lado de los antifonarios gregorianos redactados en notación
cuadrada, en las iglesias importantes aparecen nuevos códigos con las
partes polifónicas; muchos de ellos están
espléndidamente miniados, como expresando la belleza que se le reconoce
al nuevo canto. En la
Canto y
música
celebración
de la misa, junto al altar y en torno a un gran atril, un grupo de cantores (e
instrumentistas cuando es necesario) trata el ordinario de la misa como
una arquitectura sonora (el propio se ejecutará a lo sumo en
gregoriano), mientras el celebrante se concentra en el acto personal y casi
enteramente privado de la ofrenda del sacrificio, y el público se
entretiene ad libitum según distintos polos de atención. El
modelo litúrgico básico es el principesco, con toda su
lógica de etiqueta, de poder y hasta de consiguiente mercado; en las
épocas siguientes llegará a ser regio, angélico,
mistérico-arcaico. Ello se refiere a la liturgia solemne, equivalente
a la cantada; la liturgia leída, ferial, así como la rural, no es
más que una coexistencia de devocionalismos privados. En un
contexto como el descrito es donde se sitúan las experiencias relatadas
por toda historia de la música acerca de la polifonía.
En este
período es Flandes la fuente y el depósito mejor surtido para un
riego artístico que iba a durar por lo menos cuatro generaciones.
Pero son los cambios, los viajes, los matrimonios, los encuentros
principescos y hasta las mismas guerras los que desempeñan la
función de canales a través de los cuales se difundirá la
polifonía como una koiné centroeuropea; ésta se
consolidará merced a experiencias locales innumerables (todavía
poco estudiadas), que acompañan a los múltiples y diversos
fermentos humanísticos y renacentistas. Aun cuando se trate de un
mundo fascinante, será menester sustraerlo a toda fácil idealización.
Las obras de algunos polifonistas, tal como hoy las conocemos, seleccionadas
e inventadas como bienes culturales, se nos están ofreciendo a
través de refinadas ejecuciones
Canto y
música
discográficas
concertísticas (o también litúrgicas, pero dentro de
un nuevo mundo celebrativo). La realidad de la época presenta
desgraciadamente también otra cara, si hemos de dar
crédito a las quejas de los cronistas acerca de ejecuciones intolerables
("clamoribus horridulis, inconditu garritu"), a las anotaciones
de los liturgistas sobre la evolución ritual (listas de abusos), a las
voces de responsables que condenan hábitos y costumbres de
músicos (generalmente clérigos).
Hasta el mismo
concilio de Trento llega la discusión de los pros y de los contras
en torno a la música polifónica; pero los elementos censurables
de las composiciones y de las ejecuciones se atribuirán a la impericia,
y no al arte. Tal estado de cosas no cambia de rumbo; y sólo se
exigirá para la música, dentro de un cuadro ritual reformado
pero inalterado, el bautismo artístico; lo cual significa, desde este
momento, componer a la romana, sobre todo a lo Palestrina. Sólo
que, desde el instante en que se acepta semejante ideal (de indiscutible
valor artístico), se muestra ya superado por el caminar de la
experiencia artístico-cultural.
Había
nacido ya una nueva música y un nuevo modo de sentirla, como
habían cambiado las sociedades y las costumbres. Apareció
aquel mundo musical (nueva práctica, estilo concertante, bajo continuo,
alianza música-retórica, poética de los
sentimientos...) que casi doscientos años más tarde la tratadística
ceciliana valorará, muy severamente, como viraje corrompido y
corruptor. Efectivamente, la distancia que separa música de iglesia y
música profana (de cámara, de entretenimiento, de teatro) es
casi insignificante bajo el aspecto estilístico formal (solo, aria,
intermedios, coros...) y llega a dar, tanto
286
a
Alejando VII
después, en la constitución Piae sollicitudinis studio
(1657), toma posiciones para extirpar de la ciudad de Roma, con
vocación a la ejemplaridad, la licencia de usar textos
litúrgicos no aprobados, desde luego en lengua vulgar, como ya lo
había hecho la herejía protestante. Tales intervenciones,
aun fustigando las prácticas notoriamente más abusivas, no
presentan alternativas de fondo e indican la sustancial aceptación de
los proyectos musicales vigentes; no podía ser de otra manera. En efecto,
no se puede negar la compleja adecuación de la música barroca a
la magnilocuente ritualidad de la liturgia contrarreformística; ni su
coherencia con la concepción de un orden monárquico y
jerárquico ejemplar que desde Dios, a través de jerarcas y reyes,
llega hasta el clero y los nobles civiles. De esta manera, en las iglesias,
director de coro y organista podrán y deberán pontificar,
despertando mayor interés en el presidente; el órgano
será rey, y hasta émulo monumental del altar; el lenguaje
melódico, sobre el bajo continuo de implantación armónica
bien codificada, será tan elocuente que tornará, en cierto modo,
familiar y accesible al pueblo la misma lengua muerta del latín; el
juego alternante, el contraste tímbrico, el tejido
contrapuntístico serán capaces de expresar, mejor que el
más calificado predicador, el sentido de la fiesta; la amplia gama de
convenciones retóricas llegará a
simbolizar todo
lo demás: el llanto, la lucha, el gozo angélico.
Es, por
consiguiente, un juicio aproximativo y no del todo justo el que anatematiza
reduccionística287
mente el
repertorio de iglesia del barroco y, posteriormente, del clasicismo. Ese
repertorio nutre la devoción, exalta la sensibilidad personal
y colectiva y mantiene una visión al menos religiosa de la realidad
cristiana, dado que el secreto de los misterios es inviolable por
parte del pueblo. Sin embargo, ello lleva también, dentro del
catolicismo, a un deslizamiento hacia el culto del esteticismo, así como
a una integración entre iglesia y sociedad, entre religión y
cultura, con todas las ambigüedades posibles.
La
intervención de Benedicto XIV, con su doctísima carta Annus qui
(1749) a la diócesis de Roma, es un verdadero índice de la
situación efectiva, frente a la cual una ponderada
valoración vale más que una serie de penas conminatorias. La
encíclica se presenta como una mesa redonda de amplia consulta; las
mismas medidas disciplinarias están calculadas partiendo de horizontes
más amplios para combatir objetivos más concretos.
En el s. xix, por
el contrario, prevalecerá el ataque (fomentado por el cecilianismo)
contra la música profana y el estilo teatral; lucha
justificada realmente frente al precipitarse de elementos abusivos, pero no
estratégicamente orientada. Contribuye a tal posición, sobre todo
en el norte de Europa, la restaurada visión romántica de un
medievo litúrgico idealizado. En realidad, el nuevo celo de purificación
del templo se basa en un diagnóstico desacertado del mal que se
pretendía remediar. No se advierte que el verdadero estrago radica en la
condición y orientación litúrgicas. Mientras los cuadros
ceremoniales, jurídicamente protegidos, son incapaces de significar
algo que no se difumine en la polisemia de un algo sacro indife-
Canto y
música
renciado, no se
puede evitar que una religiosidad genérica o episódica
busque satisfacción en expedientes emotivos y estéticos. No
es sólo la música la que hace de los templos un lugar de
concierto; es la celebración la que reclama una música
culturalmente interesante como medio apropiado para entretener a los
fieles. En esta época, la música verdaderamente contemporánea,
capaz de despertar atractivo, es la galante y dramática, que tiene su
epicentro en la ópera. No es ya sólo la música ligada a
los poderosos de un tiempo; es también patrimonio de la
burguesía que se está consolidando; los mismos pobres se acercan,
al menos en las iglesias, al banquete de esta fiesta musical. Para el
catolicismo decimonónico lo que debiera haber sido verdaderamente
escandaloso (el rito anacrónico en la lengua, en los
símbolos, en los gestos) es, por el contrario, la posesión
pacífica, ribeteada de nobleza, sacralidad e intangibilidad; por
otra parte, lo que es enteramente natural y obvio, como un sentir musical
vinculado a la vida y a sus dramas, deseos y aspiraciones, constituye
escándalo e intolerable contaminación del templo. No queda
más que una vía: expulsar la música actual de la iglesia,
sustituyéndola por otra que sea, como el mundo ritual, ajena a la
existencia, pero dotada de tradicionalidad y de artisticidad-fijeza,
controlables por un centro de poder. Se toma la vía del regreso
cultural: plagio compositivo de los estilos ya pasados y reposición de
viejos repertorios, relativamente conocidos, pero debidamente mitificados
(los númenes tutelares son san Gregorio y Palestrina). En su
carácter arcaico y en su desacostumbrado sabor se reconoce el
distanciamiento suficiente para justificar su relectura con categoría
Canto y
música
de sagrado.
Gregoriano y polifonía (romana) quedan elevados a la categoría de
música litúrgica arquetípica, fuente de garantizada
inspiración, único patrimonio mediante el cual obtener una
auténtica riqueza. Así es como son absolutizados dos
momentos históricos de la cultura relativos a contextos transitorios,
hasta el punto de llegar a deducir de los mismos las propiedades
normativas de la verdadera música sagrada.
Desgraciadamente,
el motu proprio de Pío X ínter pastoralis officii
sollicitudines (1903) es ampliamente deudor de tal visión; en efecto, al
avalarla en lo sustancial con tono autoritario, provoca (independientemente
de las indudables ventajas en el campo de la extirpación de macroscópicos
abusos) un frenazo al pensamiento y a la praxis en el sector de la
música ritual; agranda la distancia entre la liturgia y la necesidad
cada vez más notoria de formas expresivas y participativas, no
sólo a nivel espiritual; comunica vigor, a su vez, a la
ideología culturalmente miope y teológicamente vana de una
música sagrada.
Desde Pío
X hasta el Vat. II es la reiterativídad conceptual lo que caracteriza
los documentos, y una imitación estandarizada de módulos
musicales lo que caracteriza los repertorios de nueva hechura: todo ello en la
medida en que los documentos tienen carácter oficial, y los
repertorios carácter de reconocida ortodoxia. A la larga siguen siendo
sospechosas las voces proféticas; se esquivan o se frenan algunos generosos
intentos de reformular las cuestiones de fondo y de revalorizar la praxis
celebrativa. Los frutos del movimiento litúrgico parecen muy
codiciosos en lo que concierne a canto y música, puesto que incluso una
instrucción de 1958 (a pesar de la concesión de adap
288
taciones rituales
y de una cierta ampliación de la .problemática) recodifica la
situación de impasse y el cúmulo de contradicciones que se han
producido en el largo caminar, aunque extra viam.
III.
Síntesis de las perspectivas litúrgico-musicales del Vat. II
Si bien los
documentos del Vaticano II revelan la existencia de dos almas, presentes
en la formulación de algunos textos explícitamente referidos al
tema musical litúrgico (la adhesión a una concepción y a
una terminología adoptada en los documentos pontificios se yuxtapone
a instancias y principios que, arrancando de la teología
litúrgica y de la celebración presentada en clave pastoral, son
capaces de liberar a la problemática de sus antiguas trabas y a la
praxis de un carril muerto), existe todavía, dentro del dictado
conciliar global, el signo de una maduración y la voluntad de una
evolución cualitativa, ya en el enfoque de los ideales y objetivos
de la renovación litúrgica, ya en la fundamentación
de una nueva visión de la iglesia y de sus relaciones con las culturas y
la historia.
Los puntos firmes
del empeño por una renovación providencial de la práctica
de la música litúrgica son los siguientes: a) Desde el
momento en que la liturgia es misterio pascual celebrado por el pueblo de Dios
como ejercicio, en Cristo y en el Espíritu, del nuevo sacerdocio, en el
rito cristiano la actuación de las personas (todas), en plenitud y
autenticidad, es un valor primario, b) Canto y música son un gesto vivo,
antes de ser una obra codificada que ejecutar; un comportamiento
simbólico actual, 289
antes que un
repertorio (histórico o moderno) al que adecuarse; una ofrenda viviente
de sí mismos, antes que la formalización de actitudes o de
modalidades expresivas legalmente sagradas, c) Canto y música
participan de la dimensión sacramental de la liturgia; son
elementos simbólicos de realidades esenciales, y no adorno exterior;
encarnación en estructuras comunicativas de la palabra y de las palabras
del diálogo salvífico, y no ingredientes vagamente místico-estéticos
de un culto religioso, d) Canto y música no tienen autonomía en
las confrontaciones de la ritualidad litúrgica que, no
obstante y por estar bien articulada, ofrece sus espacios y reclama sus
cometidos (formasfunciones-actores); canto y música tampoco
son privilegio exclusivo de algunas personas que los crean
o ejecutan, ni
deleite estético de quienes los disfrutan: son patrimonio
celebrativo de todos, aun cuando la acción corresponda a uno solo,
e) Canto y música deben estar dotados de verdad expresiva y de
autenticidad implicativa a partir de bases antropológicas y de los mundos
culturales de los creyentes. Es necesaria la bondad de las formas, pero no
es medible únicamente a partir de cánones estéticos o
jurídicos
preestablecidos, f) Los repertorios del pasado y hasta las nuevas obras no son
bienes culturales que se hayan de airear para dar prestigio a la
institución o para solemnizar vacuamente el rito, sino posibilidades
simbólicas que actualizar con su adecuada inserción en contextos
significativos y en conjuntos participativos (animación,
dirección).
Esta serie de
anotaciones, deducidas del espíritu más que de la letra del
Vat. II, permite entrever la riqueza de un mundo musical diverso,
después de tantas experiencias
Canto y
música
desorientadas y
alocadas. Puede cerrarse la vieja aventura musical y movilizarse, a su vez, la
responsabilidad del pueblo de Dios para hacer brotar toda la riqueza de
ministerios y carismas en la vida y en la celebración, de tal modo
que cante su identidad, dé cuenta de su esperanza y revele a todos
el rostro del Padre de Jesucristo. Esta vocación se halla estimulada por
la conciencia de que lo sacro y lo profano, como contrapuestos, pertenecen
solamente a los imposibles territorios no visitados por Dios; y se nutre
con la fe en la desaparición de los poderes y privilegios, de las
barreras étnicas y culturales (en todas las dimensiones), ya que todo
hombre y todo lenguaje están llamados a la alabanza. En labios de
comunidades evangélicamente nuevas, eclesialmente abiertas,
culturalmente contemporáneas a sí mismas puede florecer el
canto nuevo. Pero no debemos olvidar cuan largo y duro va a ser este camino
hacia tal novedad, que, por lo demás, tampoco se verá libre
de caídas y de desvíos.
F. Rainoldi
IV. La historia
reciente
A veinte
años de la conclusión del Vat. II vale la pena intentar un primer
balance, provisional y rápido, del movimiento creado por la reforma
litúrgica en el sector de la música y del canto para la liturgia.
Esta breve panorámica permitirá encuadrar mejor los problemas
todavía abiertos, para articularlos más adecuadamente con las
perspectivas que teoría y praxis han elaborado durante este mismo
periodo. Las lecciones de tal historia recentísima, aunque de
difícil com
Canto y
música
prensión
global todavía, son un dato que la misma reflexión debe recoger y
con el que debe enfrentarse. Tomando también en este caso tres
polos (el rito, la cultura, la música) [/ supra, I] como elementos
determinantes y mutuamente influyentes, podemos concretar en las asambleas
cristianas algunos comportamientos que prevalecieron durante este
breve período de tiempo.
Todo el que haya
sido más sensible a las actuales transformaciones culturales y a
los cambios más evidentes en el campo de la "creación
musical", no ha dejado de privilegiar la adhesión al dato efectivo,
es decir, a la sectorialización y fragmentación de las culturas,
a la preocupación del hacer sobre el completar, dando así vida,
por ejemplo, a repertorios de canto denominados juveniles y a celebraciones
caracterizadas por un dilatado empleo de módulos y formas
típicas de la música corriente o de entretenimiento. El cambio
ritual se ha recibido como apertura indiscriminada a nuevos estilos,
más que como programa, renovado, sí, pero puntual y exigente.
Quien, por el
contrario, ha tenido más en cuenta las nuevas estructuras y
funciones celebrativas, frecuentemente no ha sabido renovarse bajo el
aspecto cultural ni ha sentido la necesidad de interrogarse sobre los aspectos
actuales de la música. De ahí que se haya dado lugar a una
irrelevante creativid'ad, ampliamente deudora a escuelas musicales
académicas o neoclásicas, correctas pero limitadas en el plano de
la composición, y a una gestión del rito poco literal, miope y de
cortas perspectivas. Se ha dado una segunda actitud francamente reaccionaria
en todos los frentes: acogida reticente de los nuevos ritos, empleo
desmedido de repertorios musicales nacidos en el pasado para
290
un mundo
litúrgico diverso, rechazo manifiesto de toda realidad musical
contemporánea tanto docta como popular; análisis inexistente de
datos culturales generales, preeminencia acrítica dada a comportamientos
celebrativos poco o nada valorativos del papel de la asamblea.
Quien,
finalmente, ha tratado de enfrentarse con toda la compleja red de datos que un
musicólogo litúrgico tiene delante, frecuentemente ha
caminado a tientas, sin llegar a dominar la fase actual del cambio en toda su
amplitud. Se ha tratado, en todo caso, de minorías activas, dislocadas,
aunque no de manera uniforme, dependientes de los talentos individuales o de un
grupo más que de un amplio movimiento de opinión y de
práctica. Entre los éxitos de esta última tendencia
podemos citar: una visión dinámica y funcional de los ritos
renovados; un intento de efectiva animación de las asambleas, consideradas
dentro de sus características culturales y llamadas a articularse,
incluso musicalmente, de forma diferenciada y activa; una utilización
despreocupada, pero en el fondo aguda y coherente, de un extenso arco de
repertorios musicales, incluso históricos; la multiplicación
de las intervenciones instrumentales frente al monopolio del
órgano; el esfuerzo en procurar medios de reflexión,
formación y orientación práctica, mediante libros,
revistas, cursos, escuelas, ediciones discográficas y musicales. La
creciente publicación de discos y casetes, en particular, ha influido no
poco en la praxis musical de iglesia, con resultados que bien merecerían
atentos análisis. Pero, más allá de los conocidos
círculos editoriales, se ha desarrollado también un
repertorio de cantos, nacido y crecido en el ámbito de grupos
291
locales; de
movimientos particulares y de comunidades monásticas, que evocamos
como un fenómeno digno también de nota, pero a título de
inventario, ya que con frecuencia se ha realizado sin apenas valor
artístico y como señal de una aproximación
espontánea más que de una meditada exigencia celebrativa.
Para dibujar un
panorama realista, debe, finalmente, mencionarse toda una extensa franja
de praxis litúrgica, en la que la música se aproxima al cero, y
ello por varios motivos. Además de la sordera y los incumplimientos
eclesiales, la razón principal es tal vez una consciente y larvada
desconfianza respecto a una adecuada celebración y al cuidado por
hacerla significativa. Frente a problemas considerados como
más urgentes (avanzada descristianización, conflictos
sociales...), todo esto se tiene por superfluo, y en todo caso como secundario.
Como los demás aspectos del rito, tampoco la música ha
dejado de pagar
su tributo en este punto.
V. Rito - cultura
- música
La época
es, pues, de transición. Saliendo de un largo y secular período
en el que, dentro de la música litúrgica, han prevalecido el
escuchar sobre el hacer, una atmósfera globalmente considerada como
sagrada sobre una acción ritual específica, los ejecutores
musicales capaces de producir música para la escucha (y, por tanto, los
problemas de una cierta calidad compositivo-ejecutiva) sobre una
gestión a su vez más asamblearia, compacta y popular de lá
celebración con música —pasando ahora a proyectos
más caracterizados bajo el aspecto ritual, a una atención
más
Canto y
música
lúcida por
las peculiaridades de las culturas locales, a un tipo de intervención
musical más vinculado a los dos polos anteriores—, es menester
formular proyectos, programas y normas prácticas según una
visión más dialéctica, más amplia y más
abierta a soluciones de diversa índole.
1. EL PROYECTO
RITUAL. La reforma de los ritos —por haberse realizado en un
período histórico agitado, es decir, vivido bajo el doble signo
de la rápida evolución de la vida y de la proliferación de
culturas locales reconocidas y valoradas— no puede ciertamente considerarse
como definitiva, ni siquiera a medio camino: se ha realizado, pero hay
todavía no poco que hacer; no solamente como realización de
comportamientos aplicables (ritos y rúbricas), sino también como
búsqueda incesante de los significados perseguidos, bajo el acicate de
las exigencias que pro
gresivamente se
manifiestan en las iglesias locales. Dentro de esta perspectiva, es útil
leer los libros litúrgicos bajo la ya aludida distinción
entre proyecto (la inspiración, el significado, los valores en juego), programa
o modelo (elementos, estructuras, normas) y orientación concreta
(disposiciones prácticas, dirección conjunta). Así, por
ejemplo, en un rito bautismal podemos concretar: sus significados fundamentales,
una articulación del tipo acogida-palabra-sacramento-despedida, un
nexo entre las partes, un dinamismo que imprimir a la celebración, una
serie de atenciones, criterios, medios concretos,
capacidad de
intervención y de servicio, a fin de que el gran acontecimiento
sacramental se realice de la manera más fructífera para todos.
En un conjunto así se inserta fácilmente el canto y hasta la
Canto y
música
misma
música instrumental; de lo contrario, tendrían éstos que
soportar una pura ejecución ritualista del rito, ya del aludido, ya
de cualquier otro. Para iluminar tal inserción, más que enumerar
los pasajes concretos y señalados, en los que las rúbricas
indican canto o música, es preferible resumir, aunque sea muy a grandes
rasgos, los grandes proyectos-programas de la liturgia. La expresión cantada
o la producción instrumental adquieren sentido y orientación
concreta precisamente mediante la relación entre el significado del
rito y sus estructuras prácticas.
Toda
celebración tiene un comienzo y un final: dirigir la asamblea
dentro del rito, imprimiéndole un paso no formalista sino participativo,
y, en última instancia, reacompañarla en el vivir de cada
día no mediante ruptura, sino en continuidad con el rito celebrado. Para
tales proyectos prevén normalmente los programas rituales un canto
englobado en el rito inicial y alguna fórmula de breve aclamación
(del tipo Demos gracias a Dios) como gesto conclusivo. Son, cabalmente,
programas fijos, de alguna manera complicados por residuos poco integrados de
estructuras prerreforma (como en el caso del Gloria de la misa festiva),
por lo que conviene mantener con cierta elasticidad la norma de su realización:
una gama de soluciones, desde la simple escucha (canto coral, parte
instrumental o, en última instancia, también música
grabada) hasta el canto alterno entre asamblea y coro; desde formas
hímnicas, más de masa, hasta un desarrollo más rico y
articulado, puesto en música mediante el despliegue de medios
apropiados (por
ejemplo,
tropario). Serán las variables de lugar y tiempo, las personas,
las fiestas, las que orienten la
292
elección.
De forma parecida, la conclusión del rito puede expresarse
perfectamente con una auténtica aclamación, así como
también con un canto más extenso, o bien mediante una
música instrumental de transición.
Toda
celebración tiene, pues, siempre un gran momento de escucha/respuesta:
una liturgia de la palabra de Dios y de la palabra de la asamblea. Las
fórmulas abarcan elementos y acentos distintos: desde un predominio de
la proclamación bíblica (el modelo más extenso es el de la
vigilia, como la pascual) hasta una mayor importancia dada a la
meditación sapiencial (como, por ejemplo, en la salmodia de las horas);
pero de la escucha nace siempre una oración de súplica. La intervención
musical puede tener lugar tanto en la propuesta como en la respuesta: la
proclamación de los textos escriturísticos puede reforzarse y
—según los distintos géneros literarios— hacerse
más lírica o más impresionante mediante el empleo
eventual de recitativos, de acompañamientos, lecturas con música
de fondo, etc. En la vertiente de la respuesta son dignas de aplauso
distintas aclamaciones (¡Aleluya!, ¡Gloria a ti, Señor!) o
diversas formas de salmodia: responsorial breve o largo, alterno, directo.
La misma profesión de fe puede revalorizarse mediante un recitado
colectivo o mediante con
cisas
afirmaciones cantadas. La súplica puede expresarse mediante la
repetición de una invocacióngrito que, cuando no se
distancia mucho, da lugar a una letanía verdadera y propia. En ciertas
celebraciones de la palabra, sobre todo en las propiamente tales, se puede
apelar igualmente al uso del himno estrófico, compendio lírico y
respuesta apasionada al anuncio recibido.
293
Los grandes
gestos sacramentales, en el acto de su celebración, son los tiempos
fuertes del culto cristiano: renuevan la alianza entre Dios y su pueblo,
es decir, preparan un pueblo nuevo, capaz de ser levadura en el mundo. Los
modelos rituales de que hoy disponemos son fundamentalmente de dos tipos:
el de la gran oración bendicional (eucaristía, ordenaciones y
consa
graciones) y el
del diálogo breve, que se integra en un gesto determinado
(bautismo, matrimonio, etc.). Canto y música tienen, aunque bajo
diferente título, aplicación en uno y otro caso: el recitado puede
dar mayor cuerpo y solemnidad a la palabra del ministro; la aclamación
puede reforzar más intensamente la adhesión, si no de cada cual,
sí ciertamente de toda la asamblea
que lo rodea.
Finalmente, la
liturgia tiende a manifestar el valor oculto del transcurrir del tiempo,
desplegando así la riqueza del misterio cristiano, haciendo del
año una consecuencia ritual, a la vez memoria y presencia y
profecía. Mediante un alternarse las ferias y las fiestas,
así como mediante la conjugación cíclica de los
misterios de Cristo y de sus santos, el tiempo queda estructurado y
caracterizado por celebra
ciones
peculiares. Uno de los signos de la fiesta es, por experiencia universal, el
canto o la música. Volveremos sobre esta función
específica; pero ya desde ahora recordamos la necesidad de que las
estructuras habituales de los ritos cuenten con una dirección sonora
más generosa en los días y períodos festivos, sin dejar
tampoco de aludir a lo que una sobria utilización de algunos medios
musicales (formas de recitado, ciertos tipos de instrumentos) puede
aportar a su vez a los días feriales, hasta el uso intencionado del
/silencio, de la
Canto y
música
ausencia de toda
sonorización, como contraste.
Para una adecuada
gestión del hecho musical no sólo es indispensable la
articulación entre proyecto, programa y normativa, sino que deben
abordarse ahora de manera específica el mismo encuentro dialéctico
entre el rito y los otros polos en cuestión.
2. LAS
IMPLICACIONES CULTURALES. Al hablar de cultura, la entendemos como un
conjunto de valores y comportamientos vividos y compartidos por un grupo humano.
Se trata, concretamente, de determinar el tipo específico de cultura
dentro del cual se encuentra toda comunidad cristiana local, incluso, en
última instancia, toda asamblea litúrgica. Es obvio que en el
término cultura entra también para nosotros el aspecto eclesial:
hablamos de una asamblea de igle
sia. Podemos,
pues, preguntarnos por esto: ¿qué liturgia y qué
música para qué iglesia? El problema de fondo es, por tanto,
eclesiológico, en su conjunto indescifrable de valores seculares y
religiosos, de temas y modelos sociales, en los que se inserta una de las
posibles visiones y prácticas de la iglesia. Para mayor claridad podemos
distinguir los dos planos, pero sin olvidar su recíproca interdepen
dencia.
En un plano
cultural más general, podemos servirnos del análisis, hoy
corriente, que distingue entre culturas integradas y culturas fragmentadas:
las primeras tienden a ser homogéneas y tradicionales; las segundas son
dispares, heterogéneas, conflictivas. Las comunidades eclesiales
viven en una u otra situación, con frecuencia también en
situaciones de tránsito entre una y otra. Los modos de pensar y de
comportarse no
dejan de estar in
Canto y
música
fluenciados por
ellas; las prácticas culturales están también influenciadas
por ellas; lengua y lenguajes, figuraciones, modos de comunicarse, valores
y jerarquías, tradiciones y creatividad están consiguientemente
sometidos a fuertes variaciones. De ahí también la diversa
aproximación de la liturgia y de la música. La sociedad integrada
tiende a vivir fácilmente y con satisfacción una
ritualidad bien codificada, en la que todo tiene su puesto, pero oportuno y
adecuado, incluida la fiesta. Estará, pues, cómodamente con un
repertorio musical conocido, carente de sorpresas de tipo
signológico, pero portador a su manera de significados estándar,
reiterativos, unánimemente valorados y hasta solicitados. Modos y
papeles ejecutivos están igualmente codificados, y no admiten, en general,
variantes. En cambio, las sociedades en crisis, y ya sin unidad cultural,
están sometidas a tensiones y fuerzas divergentes: en particular,
se muestran abiertas a evoluciones y experiencias en el campo
litúrgico; pero frecuentemente a costa de contrastes, exceptuadas unas
poquitas islas donde parece recrearse una unidad perdida. Musicalmente, de
forma similar, aparecen líneas dispares, ya en los repertorios
de canto, ya en la práctica ejecutiva, a veces con acentuaciones
unilaterales, más frecuentemente en un clima de búsqueda que
suscita problemas y mantiene a la vez una viveza de perspectivas y de solu
ciones.
Por el contrario,
en el plano estrictamente eclesial, y más específicamente en
el de cada asamblea, se vislumbran diversos modos de pensar y de concretar la
vida de la iglesia, y por tanto la celebración. Simplificándolos,
se pueden resumir así según tres modelos: la gestión
monolítica, la asamblearia y
294
la
carismática. En la primera todo recae sobre el responsable (párroco,
superior religioso, líder laico), quien acumula la mayor parte de
papeles, manifestándolo en una celebración igualmente compacta y
monocorde. Sus opciones son las que valen; la doctrina del partido se aplica
inflexiblemente. Las consecuencias dependen de las premisas, sean del
tipo, color o escuela que fueren. La asamblea está alineada: canta
o no canta, canta esto o aquello, según la línea oficial local.
En la gestión asamblearia, en cambio, la vitalidad está
más garantizada, la movilidad y la participación mejor
promovidas: se palpan sus consecuencias en la liturgia. Se solicitan los
ministerios [/ Asamblea, III], se subdividen las funciones, se desarrollan las
capacidades. Una atención privilegiada al papel celebrante de la
asamblea, una adecuada variedad y riqueza de medios corales e
instrumentales, un justificado eclecticismo en la selección de
repertorios o, en todo caso, una línea más compartida, son, en
general, el marco de una mayor participación. Mas no carecen de
dificultades en la coordinación, lo cual puede dar lugar a tensiones
insolubles o bien a periódicas revisiones y a graduales
modificaciones de perspectivas. La gestión carismática,
finalmente, se caracteriza por la valoración ilimitada de los talentos
creativos, pero con escasa reflexión sobre los fundamentos de la
acción eclesial y frecuentemente con el superpoderío de una
—aunque cambiante— oligarquía. Hay mucha generosidad y
a veces genialidad, capacidad de intuir situaciones y soluciones,
creatividad espontánea, libertad expresiva, atmósfera de
fiesta; pero no deja de existir al mismo tiempo el peligro de prevaricación
de unos pocos sobre otros muchos, de un rebrotar incontrola
295
do de posturas
acríticas, de una efectiva reducción de comportamientos
expresivos, incluidos canto y música, a unos pocos módulos y a
estilos estereotipados: paradójicamente tal tipo de iglesia, de
culto y de asamblea termina solidarizándose, al menos bajo ciertos
aspectos, con el primero o monolítico.
En conclusión,
todo upo de gestión eclesial y asamblearia tiene la liturgia y la
música que se merece; es decir, termina por moldearlas, en modos y
estilos, a su propia imagen y semejanza. Algunas consecuencias: por un
lado, el hecho inequívoco de que la práctica musical no es
nunca abstracta o sectorial, sino que viene siempre envuelta en el complejo
intercambio entre el producto musical (por ejemplo, tal canto, tal
instrumento) y sus usuarios (por ejemplo, tal asamblea en tal cultura); de
donde se deriva una notable movilidad y relatividad en los juicios de valor, ya
que en lo referente a los caracteres formales (bello/feo, moderno/ arcaico, docto/popular,
etc.), ya en lo relativo a las exigencias espirituales (sagrado/profano,
devoto/divertido, sentimental/austero, festivo/monótono,
etcétera). Un sentido correcto de la encarnación-y de lo que
ésta implica, lejos de enjuiciar como reduc
cionista tal
perspectiva, se aplicará a desarrollarla coherentemente y con un
inteligente discernimiento. Por otro lado, la misma fidelidad a las exigencias
del rito, es decir, la necesidad de encontrar formas capaces de encarnar las
distintas funciones rituales, no podrán prescindir de los
condicionamientos culturales, incluido el sector del canto y de la
música. Por ejemplo, no se habrá de destruir inmediatamente
un repertorio tradicional de cantos en una sociedad tradicional; se
tratará más bien, si fuese necesario, de realizar un proceso
gradual
Canto y
música
de
evolución partiendo de sus antecedentes globalmente culturales, a
la vez seculares y religiosos. E igualmente convendrá aceptar situaciones
complejas y tal vez contradictorias en el seno de comunidades no
homogéneas ya: modos de actuar, estilos y obras, tipos de
coparticipación, etc., podrán convivir dentro
—supongamos— de una misma parroquia, a condición, sin
embargo, de promover cada cual un nivel musical serio y exigente, sin dejar de
pedir a todos una generosa capacidad de comprensión, la cual,
más que simple tolerancia, ha de ser la medida de la autenticidad
de una convivencia eclesial.
3. EL QUEHACER
MUSICAL. Si consideramos aparte, aunque siempre conexos entre sí,
el polo canto/música, no es porque él se contraponga al
polo más amplio de la cultura. Sin embargo, dados su peculiaridad y
su peso específico en la celebración, reclama un análisis
que pueda señalar sus funciones propias y su impacto en el conjunto del
rito. La expresión quehacer musical subraya el nacer del fenómeno
sonoro mediante la acción humana y privilegia ese mismo hecho, dejando
en segundo plano la obra realizada. Señala la implicación
somática que tiene lugar en el cantar-danzar-tocar y en el acto mismo de
escuchar. Ahora bien, en la celebración hay elementos que son más
implicativos que la simple palabra, al suponer una mayor generosidad de
espíritu, de expresión, de dilatación perceptiva, de
coordinación con la actuación de los demás: son
precisamente los elementos musicales. El antiguo adagio qui cantat bis orat
toma algo de este empleo de energías más corpóreo, y por tanto
más total, en la oración cantada.
Canto y
música
La liturgia
cristiana, nacida también como contraste frente a ciertas formas
orgiásticas de algunos cultos contemporáneos, pone desde el
principio en un primer plano la palabra, como expresión lúcida y
moderada de la acción mistérica. Pero es una palabra que se
integra en los gestos del cuerpo y se dilata con la aparición del canto.
Con el canto se habla menos y a la vez más: se despliega y se reduce el
discurso, pero adquiere también intensida"d y fervor. Cuenta
más el cómo que el qué; pero cabalmente el cómo
expresa en el culto una participación más plena. De ahí la
posible ambigüedad: canto como actitud de entrega más plenaria o,
por el contrario, como fuga a lo irracional. El control de las resonancias
somáticas y afectivas, personales y de grupo, sigue siendo, pues,
problema permanente. Pero, positivamente, el canto da origen a gestos
celebrativos a los que la sola palabra muy difícilmente llega:
proclamar, aclamar, meditar, alabar, invocar. A ello puede añadirse
una función mnemotécnica, que tiene sus reflejos
pedagógicos y, en nuestro caso, igualmente catequéticos. Si
consideramos, pues, los valores meramente sociales del cantar, es evidente que
él es creador de valores nuevos. Recordemos ante todo la efectiva
cohesión del grupo mediante la imagen sonora que él mismo recibe
de sí propio y merced al refuerzo de su identidad provocado por cantos
conocidos, familiares y algo así como abanderados del grupo mismo.
Además, el canto crea fiesta; es sefial y signo de celebración y
de festividad, intensificando la expresión coral, creando nuevas
dimensiones poéticas y concentrando a toda la asamblea. La
intervención instrumental estaría en una línea más
o menos similar. Prolongación del gesto corporal,
296
apoyo y
contrapunto del canto, fabricación de objetos sonoros (de piezas
musicales), proyección simbólica de mitos sociales y
religiosos, creación de cifras y estilemas tan característicos
que puedan remitir a sus peculiares grupos o ambientes, la actuación de
los elementos musicales participa, aun dentro de su independencia, en el
complejo juego de significados a que da lugar la acción cantada. En
conclusión, la liturgia necesita el canto y sus instrumentos: el hacer
música como expresión propia es de suyo una actitud coherente con
la intención participativa de toda celebración; la música
como im-presión, co-implicación, presión sobre el
grupo, entra en el objetivo de crear una asamblea unida y de llevarla a actuar
en un clima intenso, festivo, comprometido, sentido; la música como
comunicación (o lenguaje) remite a los múltiples mensajes que
todos los elementos celebrativos transmiten a los miembros de la asamblea; la
música como creación de materiales sonoros, con su poder
fascinante y su fuerza simbólica, es un hecho perfectamente coordinable
con los aspectos más significativos del rito, el cual necesita una
permanente tensión simbólica. En definitiva, muchos de los
proyectos con sentido por parte de quien hace música son los proyectos
mismos de quien celebra. Si canto y música no son rigurosamente
indispensables, su presencia en la liturgia es, sin embargo,
insustituible: no es posible cambiarla por otras cosas. Su sistemática
ausencia privaría a la celebración de valores fundamentales.
El hacer
música remite, finalmente, a quien la hace. Él es promotor
de papeles y de servicios en la asamblea. Cuando utiliza materiales
sencillos, cantos practicables, instrumentos corrientes, es decir, 297
cuando es una
música para todos, se está subrayando el importantísimo
papel de la asamblea como tal. Cuando, por el contrario, se hacen intervenir
composiciones más elaboradas y ejecuciones más profesionales,
el hacer música concentra su atención en el papel de los cantores,
coros, grupos vocales e instrumentales.
Hay tiempo para
cantar y tiempo para escuchar: será la dinámica de cada rito
—y no otros criterios de carácter estético o
hedonístico— la que señale su empleo más adecuado.
Los músicos que prestan tal servicio litúrgico desempeñan
un ministerio propio, que comporta concretas exigencias técnicas, pero
también un compromiso espiritual: es impensable una prestación
puramente profesional sin una auténtica participación en el
rito. Forma parte también de su papel la selección concreta
de los repertorios de canto y de los instrumentos más eficaces y
oportunos; en una palabra, la normativa sonora de la celebración.
Formas correlativas a las distintas funciones rituales, obras y estilos
proporcionados a los recursos y a las capacidades culturales de los presentes,
manejo de las intervenciones sonoras en adecuada relación con
el desarrollo y el avance del rito son otros tantos objetivos funcionales a los
que el músico tendrá que hacer frente.
Más que de
reglas abstractas o autoritarias, la ayuda decisiva le vendrá de una
preparación técnica y cultural lo más amplia posible,
habida cuenta del mundo en que se mueve y actúa. Pero lo que sobre todo
le ayudará es un constante ejercicio de confrontación entre todos
los elementos, presupuestos e implicaciones de la música de iglesia,
tal como se ha tratado de exponer en estas páginas.
Canto y
música
VI. Perspectivas
En esta
específica fase de adaptación y búsqueda en el campo
de la música litúrgica no se pueden trazar líneas de
futuro muy convincentes. Por otra parte, las lecciones de la historia [/
supra, I-IV] son tales que impulsan a creer que las vicisitudes de la
música de iglesia permanecerán siempre envueltas en los
cambios de prácticas y de significados que presenta el terreno en
el que ella se mueve: la eclesiología, y por tanto la liturgia; el humus
cultural local, los modos de hacer música predominantes o de
la forma que sea presentes en las comunidades o en la sociedad misma a la
que aquéllas pertenecen. La relativa complejidad de los elementos en
juego no
establece imperativos categóricos, pero sí delimita el campo
en que las asambleas cristianas deberán moverse con lucidez.
Hoy ciertamente
se está dando un crecimiento en la toma de conciencia sobre lo que
supone una celebración. Pero cegueras y sorderas de todas clases
siguen también siendo posibles, como fruto de visiones parciales o
de acentos exclusivos. En la medida en que los miembros de la asamblea
creyente, y sobre todo los animadores del rito, incluidos los músicos,
sepan conquistar y mantener viva esa capacidad fundamental que consiste en
saber celebrar, es decir, en saber actuar, saber comunicarse, dar sentido,
crear y participar, sin ceñirse a la mera repetitividad o limitarse al
gueto de una musicalidad autónoma y centrífuga, en esa misma
medida las vicisitudes del celebrar cantando y tocando llegarán a ser
ejemplares, como aporte significativo al misterio cristiano, vivido a
través de los ritos de la iglesia.
E. Costa jr.
Catecumenado
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la liturgia, en "Phase" 60 (1970) 597-605; Aldazábal J., El
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R.G., El obispo y la música para el culto, en "Phase" 142
(1984) 362-373.
298
SUMARIO: I.
Origen y evolución histórica del catecumenado: 1. Antecedentes
bíblicos; 2. Nacimiento y configuración primera: ss. II-III;
3.
Evolución y cambios posteriores: ss. 1V-VI; 4. Mantenimiento formal y
decadencia práctica:
s. vil ss.; 5.
Intentos de recuperación en la evangelización del nuevo mundo:
ss. XVI-xvn;
6.
Renovación catecumenal en la época moderna: finales del XIX-XX;
7. El catecumenado en el Vat. II y el Ritual de
2. Objetivos del
catecumenado: a) Maduración de la conversión y de la fe, b)
Experiencia del Espíritu e inmersión en el misterio, c) Vinculación
más estrecha a la iglesia y experiencia de comunidad, d)
Aceptación responsable de la misión; 3. Identidad del
catecumenado: a) Es un proceso dinámico señalado por etapas, b)
Es un proceso marcado o significado por ritos,
c) Es un proceso
comunitario y en comunidad, d) Es un proceso educativo y doctrinal, e) Es un
proceso vivencial,/) Es un proceso compromeiente; 4. Catecumenado e iniciación
cristiana; 5. Conclusión.
Se entiende por
catecumenado (de katejein = instruir de palabra), en sentido más
clásico, la institución iniciática de carácter
catequético-litúrgico-moral, creada por la iglesia de los
primeros siglos con el fin de preparar y conducir a los convertidos adultos, a
través de un proceso espaciado y dividido por etapas, al encuentro pleno
con el misterio de Cristo y con la vida de la comunidad eclesial, expresado en
su momento culminante por los ritos bautismales de iniciación: bautismo,
ritos posbautismales, eucaristía, que, normalmente presididos por
el obispo, se celebran el sábado santo durante la vigilia pascual1.
El catecumenado
es, pues, una pieza fundamental del conjunto de elementos que componen el proceso
de la iniciación cristiana. Hasta el punto de que sin él no puede
considerarse que tal iniciación ha llegado a su plenitud. Por eso a lo
299
largo de la
historia, de una u otra forma, se le dio gran importancia teórica,
aunque no siempre se le diera el mismo valor práctico. Hoy se ha venido
a revalorizar tanto la importancia teórica cuanto la realización
práctica del catecumenado a diversos niveles2. Pero su puesto en la
estructura iniciática ha variado con frecuencia en relación con
el que tuvo en la iglesia primitiva. Mientras que en los primeros tiempos
de la iglesia precedía al bautismo, normalmente celebrado con
adultos, en nuestros días suele realizarse con frecuencia
después del bautismo, generalmente celebrado con niños.
Nuestro objetivo
es ofrecer las líneas maestras de evolución y sentido del
catecumenado, teniendo especialmente en cuenta la aportación
de los autores y de la iglesia hispánica, sobre todo en los ss. vn y
xvi, y tratando de mostrar las formas posibles de recuperación y
actualización del catecumenado, desde la situación actual de la
iglesia, principalmente en España3.
I. Origen y
evolución histórica del catecumenado
Para comprender
la verdad de la institución catecumenal es preciso que primero
recordemos la evolución del catecumenado en la historia, de
modo que .podamos decantar lo permanente y lo variable del mismo.
1. ANTECEDENTES
BÍBLICOS. Cristo no creó la institución del catecumenado.
Pero la comunidad cristiana se encontró ya con un germen de
institución catecumenal procedente de la tradición judía,
y con un contenido catecumenal basado en el mensaje de Cristo y en
Catecumenado
las mismas
exigencias de conversión y de fe para el seguimiento de Cristo. La
tradición judía imponía unas condiciones y medios para
entrar a formar parte de la comunidad, como se manifiesta en estos dos
ejemplos más típicos:
a) El de la
admisión en las sectas judías (sobre todo en la comunidad de
los esenios del Qumrán), que implicaba una iniciación
progresiva a modo de etapas, un tiempo de formación y
purificación, unas pruebas y un discernimiento por parte de la comunidad
para ser aceptados4.
b) Y el de la
admisión de los prosélitos (según aparece en la literatura
rabínica de finales del s. i), que incluía la predicación
misionera para la conversión, la purificación de los
motivos de esta conversión, el examen de admisión realizado
por tres rabinos, la instrucción sobre los mandamientos y la ley de
Dios, y, finalmente, la circuncisión y el bautismo!.
El Nuevo
Testamento no nos ofrece una ordenación tan clara de los elementos de
preparación al bautismo, pero ciertamente alude a esta exigencia de
preparación. Aunque algunos textos pudieran hacer pensar en un
bautismo repentino (He 2,37-38; 2,41), sin embargo son frecuentes los textos que
se refieren a una preparación y discernimiento anteriores a su
celebración. Así se manifiesta en la sucesión de secuencias:
predicación, acogida, petición y bautismo (He 2,37-39; 8,27-28);
en la conversión y decisión irreversible que implica el
bautismo (Heb 5, 12-6,3); en la exigencia de una fe verdadera, que conlleve la
renuncia a los ídolos y el conocimiento y servicio del Dios vivo y
verdadero (1 Tes 1,9-10); en la distinción que de algún modo se
hace entre la
Catecumenado
primera
evangelización, la catequesis y la petición del bautismo,
tal como aparece en el caso de Cornelio (He 10,1-11,18)... En una palabra,
parece claro que, aunque no aparezca en el NT un catecumenado
estructurado, sí aparece un contenido y unas secuencias catecumenales
exigidas por el mismo sentido que se le da al bautismo. No se bautiza sin
más a los que quieren ser cristianos. Se les exige el conocimiento, la
conversión y la fe, que suponen un cambio total de vida y requieren un
espacio y un tiempo determinados (He 2; 5,9; 8,20-21). En el s. i no existe el
catecumenado como institución codificada, pero existe
ciertamente el proceso catecumenal como verdad vivida".
2. NACIMIENTO Y
CONFIGURACIÓN PRIMERA: ss. II-III. Durante el
s. H resulta
patente la necesidad del catecumenado, dada la situación en que vive
Los testimonios
que hablan del catecumenado ya en esta época son muy importantes, y
entre ellos cabe destacar Justino (hacia 150) y
300
Cartago; Clemente
(f antes del 215) y Orígenes (t 253/254), en Alejandría; los
Hechos Apócrifos de los Apóstoles, las Pseudo-clementinas
(principios del ni) y
Será
a) Entrada en el
catecumenado (nn. 15-16), que supone la evangelización y
conversión primera, la presentación realizada por los padrinos
y el examen de admisión12, con lo que, verificada la sinceridad de
actitudes, motivos y actividades del candidato, éste viene a ser incluido
en el grupo de los catecúmenos.
b) Tiempo de
catecumenado o catequesis (nn. 17-19), que en Roma dura tres años;
desarrolla la dimensión doctrinal (formaciónilustración),
la moral (cambio de costumbres-conversión) y la ritual
(introducción a la oración y los símbolos), y viene a ser
como el largo camino por el desierto hasta llegar a la tierra prometida por el
bautismo cristiano ".
c)
Elección para el bautismo
(n. 20), que
tiene lugar después de haber pasado por un segundo examen, donde
padrinos y comunidad testifican de su conducta y preparación, y los
candidatos son considerados como aptos o elegidos, en orden a una
preparación más intensa y definitiva al bautismo (con la
oración, la imposición de manos y
301
exorcismo, el
ayuno y el rito del effetá), que tendrá lugar el sábado
santo en la vigilia pascual.
Se trata, pues,
de un proceso con diversos grados, como indica la misma nomenclatura que se
utiliza: simpatizantes (accedentes), catecúmenos oyentes
(auditores, catechumeni) y elegidos o iluminados (elec-ti, illuminati)
(nn. 17-20). De forma semejante se expresan Tertuliano" y Orígenes
".
Sobre los
contenidos del catecumenado, aun existiendo variaciones, parece claro
que se destacan dos vertientes principales: una más moral sobre las dos
vías (bienmal, vida-muerte), destinada a madurar la
conversión y la opción cristiana, abandonando los cultos y
costumbres paganosl6; y otra más dogmática o doctrinal que o bien
comenta
Para que todo
esto pudiera cumplirse se requería la dirección de unos
"responsables" o "ministros". Además del obispo y
los presbíteros (TA 20), nuestros testimonios hablan de los
padrinos (que ejercieron una función muy importante, comunicando
espontáneamente la fe y suscitando el interés y la primera
conversión)20; y sobre todo de los catequistas o doctores audientium,
que podían ser clérigos o laicos ("sive clericus est qui dat
doctrinara, sive laicus": TA 19), habían recibido una
encomienda o misión por parte de la comunidad u obis
Catecumenado
po 21 y
tenían por función preparar e instruir a los catecúmenos,
adaptando el mensaje a su capacidad, dando testimonio de vida,
iniciándolos a la oración e imponiéndoles las manos y
testificando ante -el obispo de su conducta moral y su dignidad22.
Los ss. ni-iv
constituyen ya el pleno desarrollo de la institución catecumenal y el
momento álgido de su autenticidad. Las evoluciones posteriores
habrá que juzgarlas a la luz del modelo ya entonces conconfigurado.
3.
EVOLUCIÓN Y CAMBIOS POSTERIORES: ss. IV-VI. A partir de la paz
constantiniana (313) se producen cambios eclesiales de gran importancia:
conversión masiva, reconocimiento oficial de la religión
cristiana, favor de los emperadores, aumento del bautismo de niños y
disminución del de adultos... Esto llevará, sobre todo a partir
del 430450, a cambios sucesivos en el catecumenado, que conducirán
a una progresiva desaparición. Podemos concretar en tres los
cambios más significativos: a) Ambigüedad de motivos por los que se
pide el catecumenado: a veces de interés político o social
más que cristiano23, b) Costumbre y tendencia a extender el tiempo
de permanencia en el catecumenado con el fin de gozar de sus ventajas y
librarse de las exigencias del bautismo24, c) Retraso del bautismo
prácticamente hasta el final de la vida, creando una
situación anormal y suscitando la extensión del bautismo de ni
ños 25 .
Consecuencia de
todo ello fue una progresiva devaluación de la institución
catecumenal, a pesar de las protestas de los responsables», y la
introducción de algunas modificaciones significativas para adaptarse
a la nueva situación de los
Catecumenado
candidatos. Entre
estas modificaciones cabe señalar: el acento que ahora se pone en
la preparación próxima; la vaciedad del término
catechumeni en pro de la importancia dada a los competentes; la
reducción práctica del proceso catecumenal de tres
años al tiempo intensivo de la cuaresma; la concentración de
contenidos y ritos en un tiempo relativamente insuficiente y corto (dar el
nombre, escrutinios, exorcismos, elección, entregas...); en fin, la
insuficiencia de la preparación real y la conversión con que
muchos vienen a ser competentes".
Debido a este
proceso, se entiende que la estructura del catecumenado tuvo que ser
de hecho recompuesta. Así, el ingreso, que en principio
debía ser con un largo tiempo de antelación, ya que sólo
se le daba seriedad al catecumenado al final, vino a situarse al principio
de la cuaresma. Los ritos que lo significaban varían de un lugar a otro:
la inscripción solemne del nombre en Jerusalén (Egeria,
Itinerario 45); el testimonio del padrino y el examen en Antioquía
(Teodoro de Mopsuestia, Hom. XII 14); la signación y la sal en
África (Agustín, Sermo 107); la imposición de manos
en
En cuanto al
tiempo propio del catecumenado o catecumenado cuaresmal, se daba una
preparación moral, que ponía el acento en el ayuno, la
oración, la penitencia y los exorcismos como expresión de
conversión verdadera; una preparación doctrinal, que se
centra en la explicación del símbolo de la fe, de la historia
salutis y a veces del padrenuestro, expresando su asimilación por la
traditio y redditio symboli sobre todo2'; y una preparación
litúrgica o ritual, que inicia a la oración, se expresa en
bendiciones, exorcismos, escrutinios e impo
302
siciones de
manos, y viene a indicar
la renuncia
progresiva al mal y la
creciente
posesión de Dios30.
El catecumenado
en su etapa próxima e inmediata al bautismo incluía
también algunos elementos, tales como la redditio symboli el domingo de
Ramos, como gesto de haber recibido y creído su fe31; la misma
"renuncia a Satanás y la adhesión a Cristo",
acompañada de un doble gesto: vueltos hacia occidente, lugar de las
tinieblas, para la renuncia, y mirando hacia oriente, lugar de donde viene la
luz, para la adhesión de fe32. A continuación, en la vigilia
pascual, tenía lugar el bautismo de agua, acompañado de los ritos
posbautismales, que variaban según las diversas tradiciones
(oriental, africana, romana, ambrosiana, galicana, hispánica...):
unción, signación en la frente, imposición de
manos, lavatorio de los pies, eucaristía. Con ellos se quería
indicar especialmente el don del Espíritu y la compleción o
perfeccionamiento del bautismo33.
Pero el proceso
no terminaba con el bautismo. Continuaba con las catcquesis mistagógicas
a los neófitos durante la semana(s) de pascua, destinadas a la
explicación y comentario de los ritos celebrados, a la apertura de
los ojos al misterio (= arcano), a la experiencia de la fe y del gozoso
encuentro con la comunidad creyente y resucitada34. Los testimonios
más importantes (Cirilo de Jerusalén, Teodoro de
Mopsuestia, Ambrosio) dan fe de la importancia de este momento,
quizá como recuperación a
posteriori de una
autenticidad que no se logró anteriormente.
Naturalmente,
debido a estos cambios y estructura, vinieron a tener cada vez menos importancia
los ministerios laicales durante el catecumenado y, en cambio, cobraron
cada vez más importancia
303
el ministerio de
los presbíteros y obispos, quienes, al reducirse el catecumenado al
tiempo de cuaresma, asumieron la responsabilidad de catequizar
intensivamente a los competentes, e incluso a los neophiti ". El
hecho de que a partir del
s. iv apenas se
nombre a los doctores audientium 36; el que se hable de grandes catequetas
obispos (Cirilo de Jerusalén, Agustín: De catechizandis
rudibus...); el que sean éstos quienes tienen sobre todo las catequesis
y homilías catequéticas (catequesis mistagógicas); el
que se nombre más a los diáconos y presbíteros en sus
funciones de cara a los catecúmenos37..., da a entender que realmente se
produjo una clericalización de los ministerios catecumenales
como evolución también significativa.
Estos cambios,
unidos a la extensión cada vez mayor del bautismo de niños y
a una disminución de las exigencias catecumenales, así como a un
asentamiento creciente de la iglesia de cristiandad, conducirán a una
situación de mantenimiento formal del catecumenado, pero en
correspondencia con una realidad diversificada: la de la generalización
práctica del bautismo de niños, y la de la realización
real más excepcional del bautismo de adultos. Esta es la
situación que reflejan perfectamente los testimonios más
significativos de la iglesia hispánica del s. vil.
4. MANTENIMIENTO
FORMAL Y DECADENCIA PRÁCTICA: S. VI I Y SS. Los testimonios
hispánicos sobre el catecumenado aparecen ya desde comienzos del s. iv:
concilio de Elvira, Paciano de Barcelona, Gregorio de Elvira, Baquiario,
Martín de Braga, Justo de Urgel, diversos concilios provinciales y
toledanos, Liber Ordinum i%... En todos ellos
Catecumenado
se manifiesta una
fundamental coincidencia con los testimonios de la iglesia occidental. Pero hay
dos autores del s. vil, Isidoro de Sevilla e Ildefonso de Toledo, que, a nuestro
entender, reflejan como ningún otro en la iglesia occidental la
situación creada en el entre la pervivencia y la
desaparición práctica del catecumenado. En ellos nos fijamos
especialmente3'.
En esta
época se practican los dos bautismos: más excepcionalmente
el de adultos, sobre todo judíos y paganos o arríanos40, y
más generalmente el de niños, bien sea que se valgan ya por
sí mismos
o sean
recién nacidos41. Ildefonso de Toledo, al hablar de un acto penitencial
por el que pasan tanto adultos como niños, y al pedir a algunos
niños que reciten el símbolo por sí mismos42,
está dando a entender que hay niños ya mayores y más
pequeños que son bautizados: "Majuscula aetate venientes...
vel sive recens nati, sive parvuli sint..."43. Puede concluirse, por
tanto, con J. M. Hormaeche, que hay "candidatos al bautismo que son
adultos, candidatos niños con edad para poder adquirir una digna
preparación y, finalmente, los párvulos"44. Por tanto, al
menos en principio, la catequesis o catecumenado está dirigido a
los dos grupos de personas.
En el
catecumenado o proceso hacia el bautismo los dos autores distinguen, siguiendo
la tradición, tres grados: el de los catecúmenos o audientes, el
de los elegidos o competentes y el de los bautizados
o neophiti":
"Catecúmeno se llama al que todavía está aprendiendo
la doctrina de la fe y no ha recibido el bautismo. Competentes o pretendientes
se llama a los que, después de recihir la instrucción de la fe,
piden la gracia de Cristo"46.
En cuanto al
primer grado o
Catecumenado
catecúmenos-audientes
son aquellos que, proviniendo del paganismo, desean creer en Cristo. Ildefonso
dice al respecto: "Todos los que en edad adulta, procedentes de la vida y
superstición gentil..., creen de buena intención en Dios, bien
sean recién nacidos, bien párvulos, son llamados
catecúmenos, es decir, oyentes, porque escuchan el primer mandamiento de
la ley, que conmina con estas palabras: Escucha, Israel (Dt 6,4). Y estos
catecúmenos, por el conocimiento de Dios que éste les
comunica por el sacerdote..., se denominan oyentes"47. Este primer
grado consiste, por tanto, sobre todo en escuchar la palabra, que ahora ya no
enseña el doctor audientium laico, sino el sacerdote, y que en principio
está destinada también a sujetos de corta edad, incapaces de
comprenderla y aceptarla por sí mismos. Además, el
catecumenado incluía toda una serie de actos y ritos, como eran la
oración y la penitencia, los escrutinios, los exorcismos, la
degustación de la sal y la unción ". No nos detendremos
a explicar ahora todos estos ritos4'. Cabe advertir, sin embargo, que el
uso de la sal es propio sólo de la iglesia hispalense», que el
Líber Ordinum se refiere además a una imposición de manos
separada del exorcismo", que se le daba gran importancia al exorcismo y a
los ritos que le acompañaban52, y que al comienzo de los escrutinios y
antes de pasar al grado de competentes tenía lugar la inscripción
de los nombres de los bautizados ".
Se pasaba al
grado de "competentes" después de haber recibido la
unción el domingo de Ramos por la mañana, y con el rito de la
entrega del símbolo de la fe o credo. Ildefonso dice al respecto:
"En efecto, así como se llama oyente por el hecho de oír la
doctrina de Dios,
304
así
también porque, recibido el símbolo pide la gracia de Dios, se
llama competente"54. E Isidoro afirma: "En este día [domingo
de Ramos] se les entrega el símbolo de la fe por su proximidad al
día solemne de la pascua"55. Los competentes son aquellos
catecúmenos que están decididos y dispuestos a recibir la gracia
de Dios, y por eso piden ya expresamente el bautismo. A diferencia de los
catecúmenos, a ellos se les da una catequesis particular sobre los
sacramentos, y se les enseña la doctrina del símbolo de la fe.
Símbolo éste que se les entrega para que lo aprendan de memoria,
quede grabado en sus corazones y lo devuelvan como signo de su aceptación56.
Isidoro expresa este sentido con palabras bellísimas: "Post
catechumenos secundus competentium gradus est. Competentes autem sunt, qui
iam post doctrinam fidei, post continentiam vitae ad gratiam Christi
percipiendam festinant. Ideoque appellantur competentes, id est,
gratiam Christi petentes; nam catechumeni tantum audiunt, necdum petunt.
Sunt enim quasi hospites, et vicini fidelium, deforis audiunt mysteria, et
gratiam, sed adhuc non appellantur fideles"57. En cuanto al contenido
del símbolo, según Sejourné, al menos en Sevilla, parece
que no era ni el de los apóstoles, ni el niceno-constantinopolitano,
sino un resumen de la extensa profesión de fe elaborada por los
concilios de Toledo58. El hecho es que, después de una
explicación doctrinal del mismo y de haberlo aprendido, tenía
lugar la ceremonia de la redditio symboli o recitación de memoria por
los candidatos el día de jueves santo, como dice Ildefonso: "Este
símbolo que reciben los competentes el día de la unción,
bien por sí personalmente si son adultos, bien por boca de los que
los llevan si son infantes,
305
lo recitan y dan
cuenta de él al sacerdote el jueves de pascua, para que, aprobada su fe,
se lleguen dignamente al próximo misterio de la resurrección del
Señor por medio del bautismo del agua sagrada"5».
En cuanto a la
duración del catecumenado o el momento preciso de cada una de las
ceremonias, apenas se dan referencias. "Los dos autores que describen con
más detalle las ceremonias de la preparación del bautismo
—Isidoro e Ildefonso— nada dicen acerca del inicio de la misma ni
determinan siempre el tiempo en que se administraba cada uno de los
ritos"60. Esto se debe en parte a la situación de un catecumenado
más formal que real, al menos con muchos de los sujetos niños.
Por ello abundan los lugares en los que se insiste en que la catequesis debe
prolongarse más allá del bautismo, a lo largo de toda la vida:
"Hemos visto —dice Ildefonso— cómo llega el hombre a la
gracia de la regeneración. Ahora es necesario detenerse a considerar los
pasos que nos llevan a la meta final de la vida"6'. Esta catequesis debe
realizarse en dos grupos de personas sobre todo: "Los niños que han
llegado al bautismo sin ninguna preparación, o con muy poca, y los
adultos, que debido al escaso tiempo de preparación continúan
ignorantes de muchos aspectos de la vida cristiana"62.
Como
conclusión podemos decir que, si bien este catecumenado no muestra
rasgos originales en su estructura respecto al que se practicaba en
la iglesia occidental, sin embargo, sí es prueba de una pervivencia
más formal que real, en una situación nueva donde los sujetos
niños son considerados como catecúmenos, aun sin ser capaces
de hacer un verdadero catecumenado. Aunque ni Isidoro ni Ildefonso son precisos
al respecto, es indudable
Catecumenado
que las dos
etapas catecumenales debieron sufrir modificaciones importantes en la
práctica por fuerza de la nueva situación, tanto en su
realización estructural cuanto ritual. Como bien dice A. Carpin,
"no disponemos de elementos suficientes para poder decidir en
qué casos se cumplían (los ritos descritos por Isidoro).
Parece seguro que el rito del exorcismo se realizaba en el caso de los
niños, junto con la degustación de la sal y la unción. En
cambio, no es fácil pronunciarse sobre la presencia de la traditio
symboli en este caso"". Se trata, pues, de un momento de
tránsito y de adaptación de la estructura catecumenal
clásica a la situación catecumenal nueva, del catecumenado
más general y real de adultos al catecumenado más general y
formal con niños.
5. INTENTOS DE
RECUPERACIÓN EN
Si por
catecumenado se entiende la institución clásica de los ss. m-iv
aplicada en rigor a la nueva situación, es evidente que no llegó
a darse. Pero si por catecumenado se entiende, de modo muy amplio, la
evangelización e instrucción prebautismal
institucionalizada, duran
Catecumenado
te un
período relativamente largo, para los adultos paganos o indios
que deseaban descubrir la fe y convertirse en orden a la celebración
del bautismo, entonces puede afirmarse que tal catecumenado sí se dio en
la época que examinamos. La mentalidad de los misioneros y de la
iglesia, la situación y las posibilidades del momento, hacen que de
hecho el sistema de iniciación más generalizado para los
indios adultos sea: anuncio primero y fundamental para una conversión
inicial, bautismo, catequesis y adoctrinamiento prolongado, consideración
de fideles en sentido pleno. Como afirma el P. Brou, "la conversión
se obraba en tres tiempos, por decirlo así: adhesión de
espíritu a los dogmas fundamentales explicados sumariamente,
bautismo y catecismo"". A pesar de este sistema, en e\ que
parecería no hay lugar para el catecumenado, hay autores que hablan de
catecumenado y de catecúmenos. José de Acosta dirá:
"Vean los infieles, vean los catecúmenos, vean los neófitos
en él un padre y protector; interceda muchas veces por ellos ante el
capitán y la justicia, defiéndalos de las injurias de los
soldados, provea a su pobreza aun con la propia mendicidad"66. Este
hecho se debe a dos razones fundamentales: por una parte, la memoria del
modelo del catecumenado antiguo; y, por otra, la convicción de una
necesidad de cierta preparación de estilo catecumenal para los indios
adultos, a fin de evitar la ligereza de un acercamiento al bautismo sin
preparación. Testimonio de ello es el mismo J. de Acosta cuando afirma:
"En otros tiempos, cuando estaba en su vigor la disciplina
eclesiástica, a hombres de excelente ingenio e ilustres letras los
tenían mucho tiempo en el orden de los catecúmenos, aprendiendo y
estu
306
diando el
símbolo y los misterios de la fe, y no eran admitidos al sacramento
del bautismo sino después de haber oído muchos sermones del
obispo sobre el símbolo y de haber conferido muchas veces con el catequista...
¿Y nosotros, tardos y soñolientos, reprendemos duramente a
los indios y les acusamos de rudeza y estupidez porque no aprenden lo
que no les hemos enseñado ni han podido aprender de otros, siendo cosas
sublimes y muy fuera de su alcance y condición?"67
Acosta, como
otros muchos misioneros y eclesiásticos, era consciente de los
abusos y la facilidad con que a veces se bautizaba a los indios, de la
credulidad excesiva en acoger a los candidatos, de la impaciencia en
educar y evangelizar a las personas rudas, de la rapidez en administrar el
bautismo y hasta de los bautismos masi/icados68... Por eso se insistía
una y otra vez en la necesidad de instrucción, como hacía el
concilio Límense I: "Que los infieles que se convierten a nuestra
santa fe católica y quieren entrar en el corral de la iglesia por la
puerta del bautismo, primero que lo reciban entiendan lo que reciben y a lo que
se obligan, así en lo que han de creer como en lo que han de obrar"69.
Pero mientras unos se contentaban con una instrucción sumaria y
elemental, otros abogaban por un cierto proceso catecumenal:
"Bien me parece que nada se había de haber decretado en el concilio
provincial más gravemente... ni se había de castigar con
más rigor, que si los indios adultos, no siendo en peligro de muerte, no
fuesen detenidos antes del bautismo por un año o más aprendiendo
los misterios de la fe y confirmándose en la buena voluntad..., pues no
puede haber sacramento sin voluntad del que lo recibe, ni puede recibirlo
el que no presta todo su
307
consentimiento"7".
Acosta no sólo busca una fe bautismal verdadera por el catecumenado,
sino que quiere aplicar los mismos ritos catecumenales que manifiestan la
conversión auténtica: "Muy bien sería, a mi parecer,
que, conforme a la antigua disciplina de la iglesia, los catecúmenos se
ejercitasen por unos días, ya que no fuesen meses, en ayunos, oraciones
y otras pías obras, según puedan, antes del bautismo, y diesen
testimonio de que se habían abstenido de contaminaciones
perniciosas, de toda suerte de superstición gentilicia, y sobre todo de
la borrachera, y frecuentasen también la iglesia, y de todas maneras
mostrasen la enmienda de vida"". Sin duda, Acosta va
más lejos que lo que decía el primer concilio Límense al
formular esta orden: "S.S. ap. ordenamos y mandamos que ningún
sacerdote de aquí en adelante baptice indio alguno, de ocho años
y dende arriba, sin que primero, a lo menos por espacio de treinta días,
sea industriado en nuestra fe católica, dándole a entender dentro
de dicho término el error y vanidad en que ha vivido, adorando el sol y
las piedras..."72
De todo esto se
deduce que no sólo se desea, sino que también se ordena el que
exista una preparación de estilo catecumenal. En un caso (concilio
Límense I) se manda que la duración sea de treinta días.
En el otro (J. de Acosta) se desea que dure un año. Si realmente se
cumplieron o no estos deseos de Acosta, no está claro. Sólo indica
en un momento que realmente había catecúmenos o indios infieles
que se preparaban al bautismo: "Añádase a esto que los
indios infieles no rechazan el bautismo, antes lo desean y lo piden, y la mayor
parte se cuentan en el número de los catecúmenos, o por
vicio
Catecumenado
de ellos o por
negligencia de los
nuestros"71.
Por la misma
época, en otra área misional jesuítica como el
Japón, se extenderá y defenderá también la
necesidad del catecumenado. El primer concilio de Goa mandará en la
"Constituicao IV", decretada en 1568, "que ningún catecúmeno
sea bautizado sin primero ser instruido en las cosas de nuestra santa fe,
principalmente declarándole por su lengua lo que ha de creer... Sin la
cual instrucción, ya gaste mucho, ya poco tiempo, no será bautizado"74.
Y el tercer concilio de Goa, de 1585, ordenará en concreto que "a
los gentiles y moros naturales no se dé el bautismo antes de veinte
días de catecismo"75. Si bien esta duración de veinte
días era frecuente, variaba el tiempo a tenor de la
categoría y capacidad de los catecúmenos, pues, como dice
Valignano, "con los rudos y de poco ingenio se acomodará
predicándoles solamente cosas fáciles y necesarias brevemente"76.
Brevedad ésta que en muchos casos se concretaba en diez días, a
base de una preparación intensiva77, que en ocasiones se hacía
por familias o en las casas, resultando así la familia entera catequizada
y al mismo tiempo catequizado™7».
En cuanto al
contenido de la instrucción catecumenal, del conjunto de los
testimonios7' puede deducirse que sobre todo se trataba de la existencia de un
Dios único, creador y salvador; del pecado original y de la
salvación por Jesucristo; del paraíso y del infierno; de
gar, al menos en
algunos casos, en las fechas de pascua o Pentecostés, dando gran
solemnidad al acto81.
En
conclusión, podemos decir que, si bien no puede hablarse de catecumenado
en sentido estricto, sí puede afirmarse la existencia de un proceso
catecumenal para los adultos. El catecumenado antiguo era para no pocos
misioneros modelo que imitar, pero también ejemplo que aplicar a las
circunstancias y capacidad del indio. Esta aplicación la realizaron de
diversa manera: mientras los franciscanos no salvaban apenas ninguna
característica del catecumenado, los agustinos, los dominicos y los
jesuítas la realizaban aceptando elementos esenciales de dicho
catecumenado (duración, seriedad en la preparación
doctrinal, moral y ritual, celebración solemne del bautismo).
Teniendo en cuenta que después del bautismo seguían largos
años de doctrina, a la que todos estaban obligados, cabe considerar como
serio este intento de renovación.
6.
RENOVACIÓN CATECUMENAL EN LA ÉPOCA MODERNA: FINALES DEL XIX-XX.
La instauración del catecumenado .en la época moderna va ligada
al cardenal Lavigerie, fundador de los Padres Blancos. Buen conocedor del
catecumenado de la iglesia primitiva e inspirado en esta praxis, propone un
catecumenado que (a partir de 1879) durará cuatro años y
tendrá tres etapas o grados fundamentales: el de los postulantes, que
reciben la instrucción fundamental (evangelización); el de
los catecúmenos, que son instruidos con mayor amplitud y profundidad
(catecumenado), y el de los candidatos al bautismo, que supone haber pasado un
examen de admisión (preparación próxima). La institución
catecumenal vino a 308
implantarse
así poco a poco en África, con realizaciones más o menos
limitadas o perfectas. Hoy puede afirmarse que el catecumenado africano es
una realidad viva que, con variantes menores, tiene un puesto privilegiado en
el proceso de iniciación cristiana, no sólo de adultos que se
preparan al bautismo, sino = también de jóvenes o
niños ya bautizados*2.
Esta
renovación en la iglesia africana, acompañada de un
interés creciente de la iglesia, de numerosos estudios y encuentros
sobre el tema, de una situación y una conciencia nueva en las
comunidades cristianas...'3, vino a hacer posible el que, sobre todo a partir
de 1954, comenzaran a prodigarse, primero en Francia y luego en el resto de los
países europeos, las experiencias catecumenales y los bautismos de adultos.
Se dan algunas variantes en la orientación y realización: Francia
y Bélgica plantean un catecumenado en sentido estricto como
iniciación de adultos no bautizados; Suiza, Alemania y Holanda le
dan un marcado carácter ecuménico, al plantearse sobre todo con
motivo de la conversión de cristianos de otras confesiones;
España, Portugal e Italia hablan más bien de neocatecumenados o
catecumenados de adultos, al tratarse de adultos ya bautizados que quieren
autentificar su conversión y fe por una renovación de su bautismo.
Entre las causas
de fondo que condujeron a esta renovación cabe señalar: el
parangón de la situación eclesial actual con la de los primeros
siglos; el aumento de convertidos no bautizados; la existencia de un
número muy amplio de bautizados no convertidos; el deseo de superar
el bautismo de niños indiscriminado; la necesidad de verdaderas
ofertas eclesiales para autentifi309
car la
conversión y la fe; la urgencia
de renovar la
comunidad cristiana
a través
de las pequeñas comunida
des y de una
verdadera experiencia
de comunidad; la
acentuación del
compromiso
cristiano y de la di
mensión
ética de la fe; la búsqueda
de cristianos
convertidos y forma
dos, capaces de
asumir tareas y
responsabilidades
en la iglesia...84
Es cierto que a
lo largo de los años
se han ido
revisando y remodelan
do diversos
aspectos discutibles;
pero los motivos
permanecen, y
cada vez se habla
más de catecume
nado en
referencia a cristianos ya
bautizados, en
orden a autentificar su iniciación cristiana. Más que una
institución para convertidos del ateísmo o la increencia, el
catecumenado se entiende hoy como ese espacio y medio para un proceso de
evangelización, a través de la acogida y la búsqueda,
que se realiza en comunidades de talla humana, donde es posible la
experiencia de la fe, la escucha mutua, la revelación progresiva de
Jesús salvador y el aprendizaje de las costumbres evangélicas85.
7. EL
CATECUMENADO EN EL VAT. II Y EL RITUAL DE
Catecumenado
del decreto sobre
la actividad misionera de la iglesia, donde se habla del catecumenado
y la iniciación cristiana, describiendo los elementos integrantes
de dicha iniciación: anuncio del kerigma, conversión inicial,
catecumenado, iluminación cuaresmal, participación
ministerial de la comunidad entera, sacramentos de iniciación,
incorporación plena al misterio de Cristo y a la vida de la comunidad
cristiana.
Esta
visión iniciática ha encontrado una cierta expresión
en la reforma de los Rituales del bautismo y la confirmación88, aun
sin llegar a asumir todas las consecuencias, dado que piensan sobre todo
en los niños. Será el Ritual de
Catecumenado
ca (Ritual,
68ss); valoración ministerial de la comunidad cristiana y sus
ministerios (Praen.
La estructura de
iniciación y catecumenal que nos propone distingue tres grados o
etapas, que marcan los momentos culminantes de la iniciación y
significan ritualmente el paso de una a otra: el primero es el ingreso en
el catecumenado, por el que los candidatos vienen a llamarse catecúmenos;
el segundo es el examen o elección, por el que se les denomina elegidos
(competentes, iluminados); el tercero es el de los sacramentos de
iniciación, por el que son llamados neófitos (Praen. 6).
Los grados vienen
a culminar e introducir en los diversos tiempos: el primero es el del
precatecumenado o evangelización primera (que culmina en el ingreso
en el catecumenado); el segundo es el catecumenado o catequesis (que
se concluye con la elección); el tercero es la purificación
o iluminación (que tiene su punto terminal en el bautismo); el
cuarto es la mystagogia o experiencia, por el que el neófito viene a ser
plenamente integrado en el misterio de Cristo y de la iglesia. Esta estructura,
que recoge los elementos clásicos más válidos, no es sino
la ordenación externa de los elementos de un proceso con vistas a apoyar
y expresar el dinamismo interno de un encuentro del catecúmeno con
Dios por la mediación de la iglesia ".
II. Sentido y
realizaciones del catecumenado en la iglesia actual
Las etapas y la
evolución histórica del catecumenado que hemos 310
estudiado nos ha
hablado al mismo tiempo de la importancia y permanencia, de la necesidad y
el sentido de la institución catecumenal. Tratamos de ver ahora
cuál es la interpretación teórica y práctica que se
hace y puede hacerse de esta institución, de manera que responda
con mayor rigor a su verdad histórica y a las necesidades concretas.
Para ello nos fijaremos en diversos puntos brevemente ".
1. UNA IGLESIA
CON TALANTE CATECUMENAL. Desde los tiempos precedentes al Vat. II, la iglesia
ha venido tomando conciencia cada vez más clara de una doble deficiencia
y exigencia: ad extra, o en su relación con el mundo, es consciente
de un cierto extrañamiento respecto a algunas realidades que se le
escapan de las manos, y por tanto de una necesidad de hacerse realmente
presente en todas las áreas donde se juega el futuro de la humanidad,
por medio del testimonio y ejemplo de sus miembros; y ad intra, o en
relación con su propia vida, es también consciente de la
existencia de no pocos elementos de inautenticidad y disgregación,
de la lejanía, indiferencia
o escasa
participación de la gran mayoría de sus miembros bautizados
de hecho pero no plenamente convertidos, creyentes en teoría, pero
ignorantes de su fe en la práctica...
Es cierto que no
existe una respuesta clara e inmediata a esta situación. Pero si de
algo ha hablado la iglesia en los últimos tiempos, es de
evangelización. Y si algún elemento aparece como central en esta
evangelización, es la catequesis y el catecumenado, como medios
más eficaces para renovarse hacia afuera y hacia adentro". Desde el
Vat. II se está imponiendo en la iglesia una perspectiva evangeliza311
dora y
catecumenal, unida a una exigencia de autenticidad de vida, de
participación eclesial y de compromiso en el mundo y el servicio a
los más pobres y necesitados. Por eso mismo, el catecumenado, como
ámbito en el que se engendran todas estas actitudes y compromisos,
ha venido a ser en muchas comunidades un momento y un medio pastoral
prioritario. "El catecumenado se concibe hoy como una
institución apta para el proceso de reiniciación cristiana
de los bautizados no suficientemente evangelizados, y como medio de creación
de comunidad cristiana, que debe ser el modelo de referencia de toda
catequesis",!.
Ahora bien, esta
reivindicación catecumenal y esta restauración renovada, del
catecumenado, ¿está interpretándose y realizándose
adecuadamente? ¿Cuál es el lugar que ocupa y debe ocupar el
catecumenado en la comunidad cristiana? ¿Existe un iter o proyecto
de iniciación, donde el catecumenado y los otros elementos
iniciáticos encuentren su lugar, su articulación y su
sentido pleno?
2. OBJETIVOS DEL
CATECUMENADO. Con frecuencia el catecumenado sufre una degeneración
o deformación práctica, porque o no se han identificado sus
objetivos o no se realizan de modo adecuado. Por eso deben tenerse siempre presente?.
a)
Maduración de la conversión y de la fe. El catecumenado, bien se
realice antes o después del bautismo, tiende ?. profundizar y
madurar la conversión y la fe a través de un proceso
histórico y prolongado, que propone una pedagogía de crecimiento
y aprendizaje, en la que entran como elementos fundamentales la
ilustración y profundización en la fe por la catequesis y el
Catecumenado
diálogo,
la expresión y celebración de esa fe por la oración y los
símbolos, la experiencia de Dios y el compromiso cristiano por el amor y
la justicia. La fe y la conversión, que ya existen primariamente
antes del catecumenado, ahora arraigan en la vida, desarrollan todas sus
dimensiones, y engendran toda su fuerza misionera de expansión por
el compromiso cristiano. El objeto o contenido de esta fe y conversión
no puede ser otro que Cristo mismo y su misterio de salvación.
b) Experiencia
del Espíritu e inmersión en el misterio. El segundo objetivo
del catecumenado es progresar en la participación del misterio de
Cristo, desde un descubrimiento de la propia identidad a partir de la
experiencia, el don y la fuerza del Espíritu. No basta que el misterio
nos sea ofrecido por la palabra y los signos. Es preciso sumergirse, venir a la
experiencia personal y vital por las que el mismo iniciado cree y acepta gozosamente
este misterio, no como algo que se le ofrece desde fuera, sino como algo en lo
que vive desde dentro y que transforma su propio ser, dando sentido a su
existencia total. No se trata tanto de una introducción intelectual
cuanto de una inmersión vivencial, por la que, más que pretender
desentrañar el misterio con las categorías de la razón, se
intenta vivirlo con la entrega del corazón, con la experiencia del
gozo, con la admiración y el entusiasmo, con la contemplación,
la oración y la acción. Y todo
esto sólo
es posible desde la experiencia del Espíritu, como el don pascual y
gozoso, transformador y agraciante de una realidad insuperable e
indecible.
c)
Vinculación más estrecha a la iglesia y experiencia de comuni
Catecumenado
dad. Ni la
iglesia se entiende sin catecumenado ni el catecumenado se entiende sin la
iglesia. Hacer el catecumenado es ir al encuentro de la iglesia por la
mediación de la comunidad eclesial. Hayan sido o no bautizados
todavía los catecúmenos, siempre será el catecumenado
ese momento álgido de los desposorios entre la iglesia y el
catecúmeno. Un momento en el que uno no es sólo introducido, sino
que se introduce; no sólo se le declara miembro, sino que lo acepta
libre y gozosamente; no sólo es vinculado a la iglesia, sino que se
siente perteneciente a ella; no sólo vive en la comunidad, sino que hace
la vida de la comunidad... Por eso el catecumenado es vinculación y
experiencia de comunidad al mismo tiempo. Y éste es el objetivo que debe
perseguir con todas sus fuerzas.
d)
Aceptación responsable de la misión. Es decir, de las tareas
eclesiales, con el compromiso de ser testigo de Cristo y de difundir y defender
la fe con palabras y obras, para la edificación de la iglesia en el
mundo. El cambio moral, el compromiso eclesial y temporal que supone el
catecumenado implica la capacitación humana y cristiana para asumir
aquellas tareas que, en correspondencia con el propio carisma, lleven al
cumplimiento de la misión que Cristo ha encomendado a todos los miembros
de la iglesia, aunque la participación sea diferente. En el compromiso
con la palabra (servicios y ministerios de la palabra), con el servicio
cultual (servicios y ministerios litúrgicos), con la caridad y la
justicia (servicios y ministerios sociales), con la dirección para
la comunión (servicios y ministerios para dirigir, animar o
presidir la comunidad) se encuentran expresadas todas las
312
dimensiones de
realización de la misión ".
3. IDENTIDAD DEL
CATECUMENADO. Debido a las circunstancias en que suele realizarse el
catecumenado en muchas iglesias (con jóvenes, adultos
bautizados...), se producen unas adaptaciones que a veces llevan a una
pérdida de la identidad catecumenal. Conviene, pues, tener en cuenta las
características que pertenecen a la esencia del catecumenado y sin
las cuales no podría ser ni calificarse como tal. Se deducen, en
definitiva, de su comprensión y configuración histórica,
y de la actual renovación propuesta por el Ritual de
a) Es un proceso
dinámico señalado por etapas. Se ha definido el catecumenado
como "un tiempo de formación y noviciado convenientemente
prolongado en la vida cristiana". Esto quiere decir que no se trata
de una simple catequesis más
o menos
intensiva, sino de un proceso distendido y prolongado, de un proceso
dinámico y vital, que indica el avance, la progresividad, el cambio,
evitando la sensación de monotonía y estancamiento. Para lograr
esto se establecen diversas etapas, marcadas debidamente, que serán como
punto de llegada y de partida, como momento de referencia que jalona y
marca el proceso, que expresa externamente el cambio interno que se
produce. No sólo responde a la historicidad del hombre, sino
también a la necesidad de tiempo para la maduración de la propia
opción, al respeto que merece la libertad, a la imposibilidad de
abarcar el misterio en un momento, a la misma pedagogía de Dios.
b) Es un proceso
marcado o significado por ritos. Las etapas se marcan y distinguen sobre todo
por 313
los ritos, y de
ahí que el catecumenado "suponga unos ritos sagrados que han
de celebrarse en tiempos sucesivos" (SC 64), y que la misma catequesis
deba presentarse "acomodada al año litúrgico y basada
en las celebraciones de la palabra" (RICA 19,1). Desde siempre la iglesia
acompañó a los catecúmenos, expresando su proceso por
multitud de ritos, como eran la imposición de manos, los exorcismos,
los escrutinios, la signación y la unción, la bendición y
la sal, las entregas (credo y padrenuestro) y las acogidas... Y es que los
signos, ritos y símbolos son necesarios para el hombre. Son
expresión de la vida, acercamiento visual al misterio,
concreción de las aspiraciones más hondas, realización de
la vida y de la persona, puntos de referencia necesarios y realidad
constatable de una vida en busca del infinito. Habrá que adaptar
algunos de estos ritos, será necesario evitar el ritualismo, pero no se
pueden excluir del proceso catecumenal.
c) Es un proceso
comunitario y en comunidad. No existe catecumenado en solitario ni al
margen de la comunidad de referencia. Siempre es un proceso en comunidad y con
la comunidad. Al ser en comunidad, quiere decir que debe hacerse en
grupo, uniéndose a quienes quieren seguir el mismo proceso, buscan la
misma verdad, tienen idéntico objetivo y están dispuestos a vivir
la misma experiencia iniciándose en el misterio de Cristo y de la
iglesia. De este modo, los catecúmenos sienten el mutuo apoyo y
ayuda, son entre sí estímulo y testimonio... Y al ser proceso con
la comunidad, quiere decir que no puede dejar de implicar a la comunidad
entera; que ésta debe estar presente desde el primer momento, con su
acogida y acompañamiento,
Catecumenado
con la
instrucción, el ejemplo, la oración y la participación
activa. Esto supone que la comunidad debe estar formada e informada, es decir,
debe existir como comunidad de referencia y debe interesarse como comunidad que
se juega su propio futuro. Una cosa es cierta, en todo caso: como el catecumenado
debe estar presente en la comunidad, así la comunidad debe estar
presente en el catecumenado (cf RIC
d) Es un proceso
educativo y doctrinal. "El catecumenado es un tiempo prolongado en que los
candidatos reciben la instrucción pastoral y se ejercitan en
un modo de vida apropiado" (RICA 19). Tiende, pues, a suscitar,
alimentar y madurar la fe a través de la transmisión de unos
contenidos y la iluminación de un misterio en el que se inicia. Para que
este objetivo pueda lograrse adecuadamente, es preciso determinar con justeza
los contenidos de la evangelización y catequesis catecumenal, de manera
que se suscite una verdadera conversión y fe. Estos contenidos tendrán
que tener en cuenta el sentido del mismo catecumenado y del sacramento o
sacramentos a los que conduce, el carácter fundamental de dichos
contenidos, la situación propia de los sujetos y su capacidad, las
dimensiones fundamentales de la fe cristiana:
histórico-salvífica, cristológica, pneumatológica,
eclesiológica, sacramental y vital. Debe valorarse el contenido sin
absolutizarlo. Debe evitarse el racionalismo de la fe, el dogmatismo de
contenidos, el subjetivismo doctrinal, el verbalismo absorbente. El catecumenado
es también acción y testimonio, oración y
celebración, contemplación y experiencia...
e) Es un proceso
vivencia!. El catecumenado es una pieza de la
Catecumenado
iniciación
total, por la que la co
munidad
"induce con su ejemplo a los catecúmenos a seguir al Espíritu
Santo con toda generosidad" (RICA 4). Uno de los objetivos fundamentales
del catecumenado es suscitar en los catecúmenos la experiencia de
Dios, la experiencia del Espíritu, conscientes de que no hay
adhesión más plena y radical, más totalizante y
transformadora que aquella que procede de la vivencia inmediata y sensible de
la misteriosa cercanía y amor de Dios a los hombres. La experiencia de
Dios es, en definitiva, la experiencia del Espíritu, la experiencia
del Amor que nos sobrecoge y fascina, más allá de racionalismos e
idola
trías
representativas. Para suscitar y ayudar esta experiencia es preciso crear
espacios de oración, dejar hablar al silencio, introducir al lenguaje de
los símbolos, acoger la alegría de la fe...
0 Es un proceso
comprometedor. El catecumenado ha exigido siempre un auténtico
cambio de vida, una transformación moral en correspondencia con el
evangelio, una conversión radical. Se trata de un "tránsito
que lleva consigo un cambio progresivo de sentimientos y costumbres, que debe
manifestarse con sus consecuencias sociales y desarrollarse paulatinamente
durante el catecumenado" (RICA 19,2).
No se trata ya
tanto de abandonar los ídolos de otros tiempos ni de insistir en
normativas morales con acento negativo sobre lo que significa ser
cristiano. Se trata más bien de una insistencia en el ideal
evangélico, sin olvidar sus exigencias en la vida personal, social, económica
y política. Por otro lado, el catecúmeno debe estar dispuesto a
aceptar las consecuen
cias y
compromisos de su pertenen
314
cia a
4. CATECUMENADO E
INICIACIÓN CRISTIANA. El catecumenado no debe considerarse como
algo independiente de la iniciación, sino como un elemento constitutivo
e integrante de la misma, que en un momento u otro, de una u otra forma,
deberá darse. Por lo mismo, cuando se habla de catecumenado, se habla de
iniciación, y viceversa. El problema radical de la iglesia al respecto
creemos que no es ni el catecumenado ni la catequesis de adultos como elementos
aislados, ni la celebración del bautismo, confirmación y
eucaristía como ritos independientes, sino si existe un
proyecto coherente
de iniciación, un entramado dinámico de desarrollo, un
sistema organizativo o programático adecuado, en el que hacer
catecumenado o dar catequesis, bautizar y confirmar tengan pleno sentido.
Pensamos que para situar bien el catecumenado en la iglesia actual es preciso
replantearse y reestructurar la misma iniciación cristiana, en la que
dicho catecumenado deberá encontrar un puesto correspondiente '5.
Desde el s. vi
puede afirmarse que la iglesia ha carecido de un verdadero proyecto de
iniciación cristiana teórico-práctica que, teniendo
en cuenta la generalización del bautismo de niños, ofreciera
todos los dispositivos necesarios para realizar en plenitud la iniciación,
en correspondencia con lo sacramental y eclesialmente significado. La desaparición
del catecumenado, la ruptura de la unidad de la iniciación, la
prevalencia de lo ritual sobre lo vital, la mayor atención a lo
cuantitativo que a lo
cualitativo...
hicieron que se creara una distancia entre lo que se enten
día por
iniciación y lo que se po
315
sibilitaba para
la misma, sin que se alcanzara en muchos casos su verdadero objetivo *. A pesar
de los grandes avances realizados por el Vat. II, creemos que en el caso de los
niños no llega a crear una adecuada estructura de iniciación que
tenga en cuenta la situación peculiar, que posibilite la realización
de todas sus dimensiones, que cuente con la institución catecumenal
en su interior, que cree un ritmo adecuado, que tenga en cuenta las diversas
edades y ámbitos de procedencia de quienes hoy se inician, que
reordene los mismos sacramentos de iniciación... El RICA es y
ofrece, ciertamente, la respuesta adecuada para el caso de adultos. Pero hoy,
en nuestra iglesia, no son precisamente los adultos no bautizados los que
más piden la iniciación, sino los jóvenes y adultos
bautizados, porque son los que más lo necesitan. De ahí que no se
haya respondido a la situación más generalizada.
Nos parece que la
renovación del catecumenado está pidiendo, para ser
verdadera, la renovación y reestructuración de la
iniciación cristiana total, la recreación del proyecto de
iniciación en correspondencia con la situación real.
Pensamos, por tanto, que el catecumenado tiene su puesto más propio
no fuera, sino dentro de la estructura de iniciación, que nos viene
dada por el cuadro sacramental: bautismo, confirmación,
eucaristía. Puesto que no es posible (por incapacidad
subjetiva) situarlo antes del bautismo del niño o de la primera
eucaristía, encontramos que la verdadera y la mejor posibilidad, por
razones teológicas, pastorales y psicológicas, es situarlo antes
de la confirmación, a una edad entre los dieciséis y los
dieciocho años. En este caso, se trataría de un catecumenado
que conservaría toda la
Catecumenado
fuerza de su
sentido iniciático, por las siguientes razones: porque se trata de un
catecumenado para la iniciación y dentro de la estructuraproceso de
iniciación; porque culmina con un sacramento de iniciación
celebrado por primera vez (confirmación) y se orienta a la
eucaristía de la comunidad adulta; porque cumple su objetivo central de
llevar a plenitud el bautismo y la iniciación, relacionando los diversos
elementos-momentos integrantes.
5.
CONCLUSIÓN. El catecumenado es una de las instituciones más
clásicas e importantes de la iglesia. Realizado con verdad o adaptado
por exigencia, exaltado en la memoria u olvidado en la práctica, lo
cierto es que siempre ha sido una institución y realidad presente o
latente en la vida de la iglesia. La importancia que hoy se le concede es
síntoma de unas deficiencias y carencias que se sienten. En él se
ve un signo de renovación de la misma iglesia. Es cierto que las
circunstancias y sensibilidad han cambiado, y que, por tanto, será
necesaria una adaptación. Pero hay una identidad que salvar, si queremos
que el catecumenado sea una realidad que vivir. No podemos hacer simples
trasplantes arqueológicos (imitación del pasado) ni ingenuos
inventos de modernidad. El realismo y la sana renovación nos llevan
a recuperar el catecumenado desde las dos claves, pasado y presente, identidad
histórica y actualización vital. Será preciso, pues,
redescubrir la verdad catecumenah sin absolutizarla, ya que el catecumenado
no es fin, sino medio; no es el todo, sino la parte de la iniciación. Y
no menos necesario será clarificarse sobre la terminología
que utilizamos. Como ya hemos mostrado en otros lugares, una cosa es el
catecumenado, que mantiene su
Catecumenado
estructura y su
lugar dentro de la
iniciación;
otra cosa son los neoca
tecumenados, que
aun manteniendo
la estructura se
realizan con cristia
nos adultos ya
bautizados y fuera
del marco
iniciático, y otra los
procesos
catecumenales, que adop
tando algunos
elementos del cate
cumenado, como
duración, intensi
dad de
contenidos, celebraciones,
proceso
comunitario..., sin embar
go, no conservan
la estructura ca
tecumenal, ni
tienen como meta el
bautismo. Una
cosa debe alegrar
nos en todo caso:
la renovación del
catecumenado es
la renovación del
talante
catecumenal de la vida de la
iglesia y la
renovación de la inicia
ción
cristiana total.
NOTAS: ' Cf D.
Borobio, art. Catecumenado:
C.
Floristán-J.J. Tamayo, Conceptos Fundamentales de Pastoral, Madrid
1983, 99-120 — 2 Ritual de
M. Dujarier,
Catéchuménat. Données de Ihistoire et perspeclives
nouvelles, París 1969, 38-39— 'Orígenes, Hom. in Le. 21
— 8 Tertuliano, De idol. 9,11 y 24,3 — ' Justino, Apol. I, 61-66;
Tradición Apostólica de Hipólito: ed. B. Botte,
Illuminatio verbi
Divini-Confessio fideigratia baptismi: VV.AA., Fides sacramenti. Sacra-mentum
fldei. Van Gorcum Assen, The Netherlands 1981, 41-67 — l2
Orígenes, Contra Celsum 3,15; 3,51 — " Id, Hom. in Num. 26,4
— "Tertuliano, De praesc. 41,2-4; De poen. VI, 14-15 — "
Orígenes, Contra Celsum 3,51 .— " Didaché I, 1;
Bernabé, Ep. 18,21;
316
Orígenes,
ln Num. Hom. 27,1 — n Bernabé, Ep. I, 17; Ireneo, Demostr. pred.
ap. 98 — 11 Ireneo, Demonstr. pred. ap. 3-8; Tertuliano, De praescr.
36,4-5 — " Tertuliano, De baptismo; De oratione;
Orígenes, De oratione — 20 Dice
"Recherches
de Science Religieuse" 35 (1948) 325-381. AI principio los escrutinios se
realizaban en Roma los domingos tercero, cuarto y quinto de cuaresma: los
exorcismos eran la parte principal de la reunión con los catecúmenos
o escrutinio, e implicaban unas palabras imprecatorias, la exuflación
sobre el rostro, la signación sobre la frente, oídos y nariz
— 31 Egeria, Itinerario 46; Agustín, Sermo 215,1; Victorinus,
Confess. VIII, 2,5 — M Teodoro de Mopsuestia, Hom. Cateq. 13, intr.;
Cirilo de Jer., Procateq. 19,9 — M Juan Crisóstomo, Cateq. ad
lllum. 2,27; Ambrosio, De sacram. III, 8; Cipriano, Ad Iub. Ep. 73,9 —
" Cf J. Daniélou-R. du Charlat, La catéchese aux premiers
siécles, París 1968, 173-226 — " Th. Maertens,
Histoire et pastúrale du rituel du catéchuménat et du
baptéme, Brujas 1962 — 36 Sólo se refieren a ellos los
Cánones de Hipólito, can. 12,17,18: Ptr. Orientalis 31,363ss.
— 37 Cf Testamento de N.S.J., II, 5,1 — 38 Véase un estudio
complexivo en J. Fernández Alonso, La cura pastoral en
317
particularizado
se encuentra en el reciente trabajo doctoral de E. Carpín, // battesimo
in Isidoro di Sevilla (Pontificia Univ. Gregoriana, Fac. Theologiae),
Bolonia 1984, 17-81 y 124-126. En dos lugares trata sobre todo san Ildefonso,
De cognitione baptismi: PL 96,4348; De itinere deserti: PL 96,195-206: ed.
crítica bilingüe, J. Campos, El conocimiento del bautismo. El
camino del desierto, BAC, Madrid 1971. Un estudio de tesis al respecto en J.M.
Hormaeche, La pastoral de la iniciación cristiana en
u
propter aetatis
tempus" — 43 Ib, 20 — J.M. Hormaeche, o.c, 43-50 — 45
Isidoro, De eccl. off. II, 21,1: "Quorum gradus primus est catechumenorum,
secundus competentium, tertius baptizatorum". Lo mismo Ildefonso, De cogn.
bap. 50 — " Isidoro, Etymotogiae: trad. Cortés
Góngora, BAC, Madrid 1951, 186 — 47 Ildefonso, De cogn. bap. 50.
Lo mismo y con parecidas palabras Isidoro, De eccl. off II, 21,1:
"Catechumeni sunt, qui primum de gentilitate veniunt habentes voluntatem
credendi in Christum, et quia primum exhortationis praeceptum est in lege Dei:
'Audi, Israel, Dominus Deu tuus, Deus unus est', inde est ut is cui per
sacerdotem, quasi per Mbysen, Deus primum loquitur, catechumenus, id est
audiens, nominetur, scilicet, ut, unum agnoscens Dominum, relinquat errores
varios idolorum" — 48 Isidoro, De eccl. off. II, 21-2: "Puto
autem et omnes a Joanne in poenitentiam baptizatos catechumenorum praetulisse
figuram... Exorcizantur autem hi primum, deinde salís accipiunt, et
unguntur". Lo mismo Ildefonso, De cogn. bap. 20-21 —
Véase J.
Pijuán, La liturgia bautismal 36-44;
Carpin, // battesimo 20-25; J.M. Hormaeche,
La pastoral de la iniciación 78-83 — * Ni el Líber Ordinum
(ed. M. Ferotin, col. 24ss.) ni san Ildefonso hablan de la sal. Más
aún, Ildefonso dice expresamente que no es obligatorio este rito:
"En algunas regiones reciben éstos la sal, según se dice,
como para significar el conocimiento de la sabiduría. Aunque
quizá, como se dice, porque solamente es una recomendación de los
antiguos, todavía no es aceptado en todas partes. Y porque no
está aprobado por ningún testimonio claro de
Catecumenado
catecúmenos
al recibir el sacramento de la fe, por eso no hay ningún perjuicio en no
practicarlo": trad. J. Campos, 264 — sl Líber Ordinum, col.
24ss. — 52 Isidoro, De eccl. off. II, 21,2: "Exorcismus autem sermo
increpationis est contra inmundum spiritum in energumenis, sive catechumenis
factus, per quem ab illis diaboli nequissima virtus et inveterata malitia, vel
violenta incursio expulsa fugetur" — 53 Esta inscripción
en Toledo se hacia el domingo "laetare", pero no debe confundirse con
el rito del domingo de Ramos o "capitilavium": J. Pijuán,
38, nota 19. En el Antifonario visigótico de
a
61 Ildefonso, De
itinere deserti 1,7 — J.M. Hormaeche, La pastoral de la iniciación
55 —
Catecumenado
1951: aquí
I, 9, const. 4. Sobre la necesidad de formación y el catecumenado puede
verse: F. de Armas Medina, Cristianización del Perú (1532-1600),
Sevilla 1953, 243-306; P. Borges, Métodos misionales en la
cristianización de América, Siglo XVI, Madrid 1960, esp. 250338
— 70 J. de Acosta, De procurando, lib. VI, c. 3, pp. 581-582. Y
refiriéndose en concreto a la fe, dice más adelante:
"Qué medida se le ha de exigir al catecúmeno y cómo
se ha de hacer para que se acerque a las aguas del bautismo suficientemente
instruido y firme, lo hemos dicho en el libro anterior" (ib, c. 4, p. 584)
— 71 Ib, c. 4, p. 584 — 72 Vargas ligarte, I, 9, const. 4 —
73 J. de Acosta, De procurando, lib. III, c. 13, p. 480 — 74 Texto en
Documentacao para a Historia das Missóes do Padroado portugués do
Oriente: ed. Da Silva Regó, vol. 10 (1566-68), Lisboa 1953, 498: cit. J.
López Gay, El catecumenado en la misión del Japón 42
— 75 Bullarium Patronatus Portugalliae... Appendix, tomus I, Olisipone
1872, p. 14: cit. Ib, 42 — 76 Ib, 42 — 77 J. López Gay recoge
diversos testimonios que indican una variedad de duración que va de una
semana a cuarenta días, según se trate de unos u otros sujetos:
Ib, 41ss. Será sobre todo el testimonio de Valignano el que mejor
explique no sólo la existencia del catecumenado, sino también la
aplicación de una dinámica catecumenal al estilo de la
7K 79
iglesia antigua
— Ib, 52-53 — Cf Pou y Martí, El libro perdido de las
pláticas o coloquios de los once primeros misioneros de México,
en Miscellanea Francesco Ebrle III, Roma 1924, 281-333. También Concilio
Límense I de 1552, const. 4: Vargas Ugarte I, 9 — m Cf R.
Richard, La conquista espiritual de México 189ss; López Gay,
57ss. — 81 Esta práctica no es general: mientras los franciscanos
bautizaban con más facilidad en cualquier fecha, los agustinos lo
hacían en navidad, pascua, pentecostés o la fiesta de san
Agustín; y los dominicos se inclinaban por hacerlo o en pascua o en
pentecostés. Cf R. Richard, Ib, 200 — 82 Cf J. Vernette-H.
Bourgeois, Perspectivas catecumenales, Madrid 1980; D. Borobio,
Catecumenado, art. cit., 108-110; Mubengayi, Initiation africaine et initiation
chrétienne, Kinshasa 1966; A. Titiama Sanon-R. Lineau, Enreciner
l'Evangile. Initiatives Africaines et pédagogie de la foi, Cerf.
París 1983 — 83 En Francia, por esta época, tuvieron
lugar diversos encuentros nacionales sobre el tema "catecumenado": en
Blois, el 1962; en Peyruis, el 1964; en París, el 1967 y 1969... —
84 Cf nuestro art. Catecumenado 109-110 — 85 Así se expresaba el
VIII encuentro europeo de catecumenado, del 1-4 de mayo de 1981 — 86 AAS 54
(1962) 310-338. Cf A. Laurentin-M. Dujarier, Cathéchuménat, o.c,
donde ofrecen un buen comentario y estudio a partir de este Ritual — 87
Los lugares donde se habla
318
de estos aspectos
son: SC 64,66,71,109; LG 17,14; CD 14; PO 5; AG 13,14,15 — 88 Véase
el Ritual del bautismo de niños, nn. 1 -2; Ritual de la
confirmación, nn. 5,11,13. Const. Apostólica "Divinae
consortium naturae", en la ed. del Ritual de la confirmación, pp.
9-10 — 89 Véanse nuestras explicaciones en D. Borobio,
Proyecto de iniciación cristiana 119ss. — 90 Para completar
nuestra visión pueden verse nuestros estudios citados, así como
Confirmar hoy. De la teología a la praxis, Bilbao 1978; Bautismo de
niños e iniciación cristiana:
"Lumen"
34 (1985) 6-21 —
La visita del
Papa y el servicio a la fe de nuestro pueblo, aprobado en
D. Borobio, El
catecumenado, modelo de la catequesis de adultos. El puesto del catecumenado
y la catequesis en los procesos iniciáticos actuales:
"Teología y Catequesis", abril-junio 2 (1982) 193-212 —
93 Proyecto de iniciación cristiana, 220-230 — ** Más
ampliamente sobre estos puntos en Confirmar hoy, op.cit., 272280 —
95 Esta tesis la hemos defendido en diversos lugares, sobre todo en Proyecto de
iniciación cristiana; y en el art. cit. Bautismo de niños e iniciación
cristiana — 96 Este problema ha sido planteado también por algunos
autores como J. Moingt, Le devenir chrétien, Desclée,
París 1973. Y en el área italiana: VV.AA., Iniziazione cristiana,
problema della Chiesa di oggi, EDB, Bolonia 1976; VV.AA., Iniziazione
cristiana e immagine di Chiesa, Elle Di Ci, Turín-Leumann 1982.
D. Borobio
BIBLIOGRAFÍA:
P. De Puniet, Catéchumennat, DACL 2/11, 2579-2621; H. Leclercq,
Cathéchese, cathéchisme, catechumenat, DACL 2/II, 2530-2579; A.
Chavasse,
319
maux á
Rome, en "Bulletin du Comité des Études de
B. Fischer, De
initiatione christiana adultorum, en "Notitiae" 3 (1967) 55-70;
J. Daniélou-
R. du Charlat, La
catéchése aux premiers siécles (París 1968); A.
Laurentin-M. Dujarier, Catechumenat. Données de lTiistoire et
perspectives nouvelles (Paris 1969): A. Stenzel,
Lo transitorio y
lo perenne en la historia del catecumenado y del bautismo, en
"Concilium" 22 (1967) 206-221; I. Oñatibia, Actualidad del
catecumenado antiguo, en "Phase" 11 (1971) 325-334; M.
González, La restauración del catecumenado: una urgente necesidad
de hoy,
en
"Actualidad Pastoral" 20 (1969) 126-128; A. Aubry, Celebrar el
crecimiento de una Iglesia. Liturgia y catecumenado, en "Phase" 64
(1971) 361-373; C. Floristán, El catecumenado (Madrid 1972);
Pertenencia a
B. Luykx, Cuite
chrétien en Afrique (Freibourg 1974) 129-140; J. Ruiz Díaz,
El catecumenado moderno o las nuevas formas de anunciar y vivir la fe, en
"Sinite" 15 (1974) 732; Secretariado Diocesano de Catequesis de
Madrid, Catecumenado de Adultos I y II (Madrid 1975 y 1977); De la cristiandad
a la comunidad (Madrid 1980); Secretariado Nacional de Catequesis,
Iniciación al catecumenado de adultos (Madrid 1979); K. Arguello,
Le comunitá neocatecumenali, en "Rivista di Vita Spirituale" 2
(1975) I92ss; // neocatecumenato, ib, I (1977) 98ss; G. Zevini, Experiencias
de iniciación cristiana de adultos en las comunidades neocatecumenales,
en "Conci
Catequesis y
liturgia
lium" 142
(1979) 240-248; D. Borobio, Sobre el "ministerio del catequista de
confirmación " y sus funciones dentro del proceso de iniciación
cristiana, en "Seminarios" 71 (1979) 1144; Proyecto de
iniciación cristiana (Bilbao 1980); S. Movilla, Del catecumenado a la
comunidad (Madrid 1982). Junto a esto cabe recordar el documento oficial que
mejor expone el catecumenado para la iglesia actual:
Ritual de
(Madrid 1976).
Igualmente, algunos números monográficos de revistas dedicados al
tema: Catechumenat des adultes, en "Lumen Vitae" 12 (1957); Du
catechumenat a la confirmation, en "
SUMARIO:
Introducción - I. Lecciones de la tradición patrística -
II. Documentos recientes - III. Propuestas sistemáticas: 1. La
primacía de la evangelización; 2. La estructura catecumenal;
3. La mistagogia; 4. Formas de la catequesis litúrgica: a) La catequesis
como iniciación a la liturgia, b) La liturgia, catequesis en acto,
c) La liturgia, fuente de la catequesis - IV. Problemas abiertos.
Conclusión.
Introducción
En la más
reciente literatura sobre las relaciones catequesis-liturgia se encuentran
frecuentemente expresiones como diálogo difícil,
insuficiente debate, encuentro problemático, etc. En el terreno
pastoral no faltan dificultades e incomprensiones; en el plano
organizativo se procede con frecuencia de una manera paralela. A veces, al
consultar escritos y programas recientes se tiene la impresión de
que la catequesis, tan abierta a los valores de la más inmediata
renovación eclesial, no se ha penetrado aún de las
Catequesis y
liturgia
orientaciones
fundamentales de la / reforma litúrgica. Preocupada por el anuncio y por
su traducción a la vida concreta, parece a veces menos sensible ante el
momento celebrativo, que constituye la culminación del anuncio y el
manantial de la existencia cristiana. Hoy las ciencias humanas han
mostrado con mayor claridad la función de la experiencia
simbólico-ritual [/Signo/símbolo] en la vida humana; pero
corresponde sobre todo a la /liturgia en la /historia de la salvación y
en la vida de la / iglesia el determinar su significado para la catequesis.
El Vat. II ha
afirmado repetidamente la función catequéticopedagógica
de la liturgia: ella es "la fuente primaria y necesaria en la que han de
beber los fieles el espíritu verdaderamente cristiano" (SC 14);
ella es "también una gran instrucción para el pueblo
fiel" (SC 33); "los sacramentos... en cuanto signos tienen
también un fin pedagógico" (SC 59);
"inculqúese también por todos los medios la catequesis
más directamente litúrgica" (SC 35,3).
El valor
insustituible de la liturgia para la catequesis, así como para la
reflexión teológica, depende de la condición sacramental
de la iglesia, del hecho de configurarse ésta de una manera más
existencial, donde la comunidad celebra la liturgia. Es en la liturgia donde la
realidad eclesial aparece más visiblemente como "cumbre y
fuente" de la vida de la iglesia. Este principio teológico
tiene su fundamento antropológico en el hecho de que toda experiencia
humana, individual o comunitaria, recibe su plena dimensión a
través de la experiencia simbólica, que confiere forma
plenaria a los sentimientos y a las disposiciones más íntimas,
que
320
compromete al
hombre en todas sus facultades, que verifica la comunión más
perfecta'. Además, el lenguaje de la liturgia no es puramente
verbal, sino que se enriquece con todos los valores simbólicos y
espirituales de aquella experiencia de comunión y participación.
En la liturgia la catequesis puede encontrar un empalme psicológico
con la experiencia humana, un importante principio de convergencia y unos
recursos pedagógicos de gran eficacia, como la expresión
simbólica y la repetición cíclica.
Por otro lado, no
es menos verdad que la liturgia exige continuamente la catequesis. Y
no sólo por motivos pastorales más o menos contingentes, sino porque
el culto cristiano constituye un /misterio accesible solamente a través
de la fe y exige, por tanto, incesantemente una renovada iniciación.
Para que los fieles puedan realmente encontrar a Cristo en los signos de
la iglesia, es necesario que crean ya en él, conozcan el itinerario
salvífico que está él realizando en la historia del mundo,
comprendan lo anunciado en las Escrituras y realizado en Cristo y ahora ya
presente para nosotros como prenda y preludio de su plenitud final (cf SC 9).
Aun conscientes
de que muchos problemas permanecen abiertos, queremos contribuir a la
reflexión y a la búsqueda sobre cómo profundizar la
relación entre catequesis y liturgia, recordando ante todo las lecciones
de la catequesis patrística (I), para luego, y después de haber
analizado los documentos más recientes del magisterio (II), tejer
un discurso sistemático sobre la catequesis litúrgica (III),
que entendemos en el sentido de "una catequesis orientada e
inspirada en la celebración del misterio de Cristo en la liturgia,
a fin de hacerlo cada 321
vez más
plenamente asequible, participable y asimilable en la propia vida".
I. Lecciones de
la tradición patrística
Una renovada
conciencia de la profunda relación entre catequesis y liturgia no puede
dejar de pasar por un redescubrimiento de la catequesis patrística,
"por lo que de más vivo y menos marcado por el tiempo hay en la
obra de los padres"2. Las grandes catequesis patrísticas
de los ss. iv-v nos ofrecen unos modelos ejemplares de catequesis
litúrgica, enseñándonos sobre todo a centrar el tema
catequético-litúrgico en una más amplia perspectiva
pastoral.
En el
período de tiempo al que nos referimos estaba ya superado un verdadero y
propio /catecumenado prolongado, tal como lo describe
Lo que a nosotros
nos interesa es sobre todo mostrar el método formativo que la
iglesia aplicaba para la iniciación cristiana de quienes daban su nombre
para el bautismo, haciéndose competentes o electi. En este proceso
formativo desempeñarán un papel fundamental las celebraciones
mismas: no sólo las formas rituales que caracterizan el
Catequesis y
liturgia
itinerario
catecumenal, sino sobre todo los verdaderos y propios sacramentos de la
iniciación cristiana, celebrados en la vigilia pascual. Tal experiencia
litúrgica adquiere una eficacia particular para la autenticidad de
las celebraciones, para su vinculación con la pascua, para lo
sugerencial de la novedad, pero sobre todo para el misterio realmente
participado a nivel de fe y de gracia. Tales eran las premisas para la subsiguiente
catequesis mistagógica. Evocaremos los aspectos fundamentales
de este itinerario de formación cristiana.
1. La
preparación para los ritos no representaba una fase en sí
misma, ni se reducía a la transmisión verbal de unas
enseñanzas más
o menos
teóricas: era una pastoral completa, una integral iniciación en
la vida cristiana dentro de la iglesia, que culminaba en los tres sacramentos
de la vigilia pascual.
El itinerario se estructuraba conforme a
un desarrollo cronológico, orientado a un proceso de
maduración y de crecimiento a través de varios grados: el precatecumenado,
un catecumenado más intenso en la última cuaresma, la
celebración de los sacramentos, la catequesis mistagógica.
El anuncio verbal era tan sólo un
momento del proceso de iniciación, que asumía varios elementos
más: ritos de inscripción, escrutinios, exorcismos, traditiones,
celebraciones sacramentales, etc.
Todo el itinerario de iniciación
presentaba un carácter típicamente eclesial-comunitario: no
sólo por desarrollarse públicamente y de una manera
institucionalizada, o por encuadrarse en el año litúrgico, sino
porque la comunidad misma acogía, participaba y colaboraba en ello,
especialmente a través de la
Catequesis y
liturgia
institución
del padrinazgo y el ejercicio de algunos ministerios.
5. Finalmente,
puede subrayarse la dimensión profundamente espiritual de tal
proceso de iniciación: era un camino de iluminación y de
maduración en la fe y en la progresiva inserción en Cristo y en
la iglesia. Justamente observa
J.
Daniélou que la estructura de la catequesis patrística obedece a
dos grandes orientaciones: la de la extensión y la de la profundidad3.
Con la mirada
fija en la antigua tradición, el Mensaje al pueblo de Dios del
sínodo de obispos de 1977 afirma que "constituye un modelo de toda
catequesis el catecumenado bautismal, que es formación
específica mediante la cual el adulto convertido es guiado hasta la
confesión de la fe bautismal durante la vigilia pascual" (n. 8).
Creemos que, dentro de esta perspectiva, son muchas las lecciones que
podemos sacar de la catequesis antigua:
a) La primera
lección de la catequesis patrística en todas sus formas, que
nos parece necesario explicitar, es la vigorosa conciencia cristiana que la
anima. Los padres son todos unos convertidos, en el sentido pascaliano del
término, con una profunda fe y confianza en el mensaje de Cristo:
sienten la urgencia de hacer resonar la buena nueva, de anunciar una
palabra iluminadora y salvífica, atentos a no desvirtuar la fuerza
de arrastre del kerigma frente a la sabiduría secular, con la que
tampoco dejan de dialogar. Su catequesis es siempre y ante todo bíblica;
se desarrolla como traditio symboli, iniciación en la oración del
Señor, intimado spei resurrectionis, introducción a la vida de
una comunidad concreta y, sobre todo, a la participación en los
sacramentos, como predicación
322
de una moral que
se especifica como sequela Christi. Se da, pues, un fuerte sentido de identidad
y de pertenencia.
b) El segundo
carácter de la catequesis de los padres es ser una catequesis
típicamente "económica", penetrada por una
visión profundamente unitaria de la historia de la
salvación: piénsese en la clarísima percepción
de la continuidad de los dos testamentos, en la inspiración
histórico-salvífica y eclesiológica de la reflexión
trinitaria, en la riqueza semántica de términos como
recapitulatio, oikonomia, mysterium salutis, en la teología de la
historia de Agustín y en su emblemática "narrado plena"
en el De catechizandis rudibus, en el típico método de la
mistagogia, en la concepción anamnética de la celebración
litúrgica y de la plegaria eucarística en particular. De
esta intuición fundamental es de donde brota esa profunda unidad en el
plano epistemológico que caracteriza a los padres: como anota Y. Congar,
"son ellos testimonios de la estrecha relación que une todas
las partes de
c) Existe otro
aspecto de la antigua catequesis que ejerce también un influjo
particularmente fecundo en la iglesia de hoy: su estructura catecumenal, ya en
su desarrollo cronológico, como gradual y sistemática
pedagogía de la fe, ya en su carácter de pastoral completa, como
iniciación integral a la existencia cristiana en la comunidad
eclesial.
323
d) La catequesis
de los padres está estrechamente vinculada a la liturgia. Es una
catequesis que encuentra en la liturgia su más plena expresión,
su incesante manantial y un centro constante de referencia. Una catequesis
que no sólo en la iniciación a los sacramentos, sino
también en otros momentos, sabe moverse a través de signos
litúrgicos o referirse a ellos como datos de experiencia y estructuras
portadoras de una fe vivida en la comunidad. El año litúrgico,
por otra parte, como ha subrayado
J. Pinell, se
desarrolló propiamente en la iglesia de los padres como "una
programación eclesial de mistagogia... en función de un
incesante redescubrimiento de la economía sacramental", desde
todos sus presupuestos y todas sus consecuencias, siguiendo una ley
exquisitamente pedagógica, de ciclicidad y formación
permanente'.
e) Vivo
interés suscita también hoy en nosotros la dimensión moral
y social de la catequesis patrística, como consecuencia y punto de llegada
de todo el anuncio cristiano y como fruto de la experiencia litúrgica.
Una vida moral como íntima exigencia de la inserción en Cristo y
del don del Espíritu, que otorga la primacía a la caridad y
tiende a traducir en la existencia concreta cuanto se expresa y se celebra en
la liturgia.
f) Las
precedentes anotaciones pueden culminar en la consideración de un
aspecto nuevo —de inestimable valor— de la catequesis
patrística, el del lenguaje: un "lenguaje total", de
carácter simbólico, que tenía sus raíces en la
revelación y había logrado una consistencia institucional y su
más adecuada expresión en el momento celebrativo,
manteniéndose siempre abierto a un vivo sentido existencial, así
Catequesis y
liturgia
como a un
profundo diálogo con
las culturas.
La antigua
tradición catequética se ha mantenido viva en las iglesias
orientales, donde la liturgia conserva un vínculo estrecho con la
vida de las comunidades y donde perdura el influjo de las grandes mistagogias,
antiguas y más recientes6. "La liturgia y todos los oficios
—observa E. Mélia— contienen en las oraciones y en su
abundante himnografía múltiples elementos catequísticos,
es decir, explicativos y de iniciación: son unos auténticos
iconos verbales, traducidos en imágenes y ricos en doctrina
poéticamente expresada... Los ritos se convierten así en una
estructura portadora de la liturgia y poseen un valor catequético... El
calendario eclesiástico es, por poco que se fije en él la
atención, una viviente catequesis de la economía de la
salvación, de la que se presenta como una catequesis visualizada... El
objeto propio de la catequesis es comentar estos ritos y estas expresiones
tan diversificadas, de suerte que se graben en la conciencia de cada uno y de
toda la comunidad y se enmarquen en el conjunto sistemático de la
teología, de una teología vivida, de una teología
litúrgica"7.
Concluyendo, se
podría resumir así el mensaje que nos trae la catequesis de
los padres: la importancia de los fundamentos bíblicos, ya en la
primera evangelización, ya en la perspectiva general históricosalvífica,
ya en la interpretación de cada signo; la formación
litúrgica como momento de una pedagogía más general; el
papel de la experiencia litúrgica; la permanente necesidad de
una mistagogia incluso para los bautizados; la relación
liturgia-vida.
No nos es posible
documentar aquí el progresivo alejamiento que
Catequesis y
liturgia
ha venido
teniendo lugar en Occidente entre liturgia y catequesis; preferimos dar
mayor espacio a las más recientes orientaciones del magisterio en
la última década.
II. Documentos
recientes
El Vat. II, que
subraya: "En el cumplimiento de su función educadora, la
iglesia se preocupa de todos los medios aptos" (GE 4), no ha tratado
explícitamente de la catequesis; sin embargo, no han dejado de
traducirse en urgencias de renovación catequética las más
significativas orientaciones de toda la obra conciliar. La catequética
posconciliar, en sus distintas fases8, ha reservado precisamente por esto una
mayor atención a la liturgia, frente a las consecuencias de la / secularización,
a las exigencias del compromiso cristiano, a las aportaciones de las
ciencias humanas, a la problemática evangelización-sacramentos,
etc.
Recogiendo y
explicitando algunas orientaciones del concilio arriba citadas (cf SC
33-36), la instrucción ínter oecumenici (1964) muestra
la relación entre la transmisión del mensaje cristiano y la
realización del misterio de Cristo en la liturgia: "Hay que
cuidar, sin embargo, que todas las actividades pastorales se hallen en
justa conexión con la sagrada liturgia, y, al mismo tiempo, que la
pastoral litúrgica no se lleve a cabo de una manera separada e
independiente, sino en íntima unión con las otras actividades
pastorales. Es particularmente necesaria que exista una íntima
unión entre la liturgia y la catequesis, la instrucción religiosa
y la predicación" (n. 7).
Los distintos
Praenotanda u Observaciones de la liturgia renovada, además de
introducir formas cele
324
brativas que
facilitan la comprensión y la /participación de los fieles,
insisten mucho en la catequesis preparatoria y tienden a hacer entrar a
las /familias en la iniciación litúrgica de los hijos.
Con referencia al
modelo patrístico que hemos recordado, adquiere una honda
significación para la catequesis litúrgica el Ordo Initiationis
Christianae Adultorum (1972), ya que forma cristianamente en los cuatro tiempos
sucesivos, a saber: "El precatecumenado, caracterizado por la primera
evangelización; el catecumenado, destinado a la catequesis integral; el
de purificación e iluminación, para proporcionar una
preparación espiritual más intensa, y el de mistagogia,
señalado por la nueva experiencia de los sacramentos y de la
comunidad"' (RICA, Observaciones previas n. 7). I>e ahí derivan
e\ primado de la evangelización, la función de la comunidad
cristiana, la relevancia del año litúrgico en la catequesis
permanente de la iglesia, la unión íntima y orgánica de
los tres sacramentos de la iniciación cristiana, el papel de
"una catequesis de carácter mistagógico de los
sacramentos ya recibidos en orden a una experiencia más plenaria de
su divina eficacia, experiencia que encuentra su lugar en la
participación en la vida de la comunidad eclesial mediante la
catequesis, la celebración litúrgica y el testimonio de una vida
nueva"l0.
El Directorium de
missis cum pueris (1973) afirma que los educadores deben tender a que los
niños "adquieran también una experiencia, de acuerdo
con su edad y con su progreso personal, de los valores humanos subyacentes en
la celebración eucarística", advirtiendo que "es
función de la catequesis eucarística desarrollar estos
valores humanos a fin de que los niños de un
325
modo gradual, de
acuerdo con su edad y condiciones psicológicas y sociales, abran su
espíritu a la percepción de los valores cristianos y a la
celebración del misterio de Cristo" (n. 9).
El Directorio
catequético general (1971) (Directorio general de pastoral
catequética, ed. bilingüe, CEE, Madrid 1976), contemplando las
distintas formas y las diversas funciones de la catequesis, pone de relieve
la relación que con la vida litúrgica debe mantener la catequesis:
"La catequesis debe ayudar a una participación activa, consciente y
genuina en la liturgia de la iglesia, no sólo aclarando el significado
de los ritos, sino educando también el espíritu de los fieles
para la oración, para la acción de gracias, para la
penitencia, para la plegaria confiada, para el sentido comunitario, para
la captación recta del significado de los símbolos, todo lo
cual es necesario para que exista una verdadera vida litúrgica" (n.
25). En relación con la catequesis sacramental, se llama la
atención sobre la importancia de la catequesis de los signos: "Que
conduzca a los fieles a través de signos visibles a penetrar los
invisibles misterios salvadores de Dios" (n. 57), mientras se afirma
por otro lado que el contenido de la catequesis "se celebra en la
liturgia" (n. 45).
En la
exhortación apostólica Evangelii nuntiandi (1975), de Pablo
VI, se contemplan las finalidades de la catequesis litúrgica en un
horizonte más amplio, el de la evangelización, entendida como
"un paso complejo, con elementos variados: renovación de la humanidad,
testimonio, anuncio explícito, adhesión del corazón,
entrada en la comunidad, acogida de los signos, iniciativas de
apostolado", añadiendo que "el mérito del reciente
Sínodo ha sido el habernos invita
Catequesis y
liturgia
do constantemente
a componer estos elementos, más bien que oponerlos entre sí, para
tener la plena comprensión de la actividad evangelizado™ de la
iglesia" (n. 24). En particular, se introduce una puntualización de
gran actualidad: "La evangelización despliega toda su riqueza
cuando realiza la unión más íntima, o mejor, una intercomunicación
jamás interrumpida, entre la palabra y los sacramentos. En un cierto
sentido es un equívoco oponer, como se hace a veces, la
evangelización a la sacramentalización. Porque es seguro
que, si los sacramentos se administran sin darles un sólido apoyo de
catequesis sacramental y de catequesis global, se acabaría por
quitarles gran parte de su eficacia. La finalidad de la
evangelización es precisamente la de educar en la fe de tal manera
que conduzca a cada cristiano a vivir —y no a recibir de modo pasivo
o apático— los sacramentos como verdaderos sacramentos
de la fe" (n. 47).
En el
Sínodo de 1977, dedicado al tema "la catequesis en nuestro tiempo,
con particular referencia a los niños y a los jóvenes", se
destaca vigorosamente la dimensión litúrgica".
La
exhortación apostólica Catechesi tradendae (1979), de Juan
Pablo II, se hace eco de ello al escribir: "La catequesis está
intrínsecamente unida a toda la acción litúrgica y
sacramental, porque es en los sacramentos y sobre todo en la eucaristía,
donde Jesucristo actúa en plenitud para la transformación de los
hombres". Si bien, a nuestro juicio, la exhortación no recoge del
todo la gran afirmación citada [/ supra, 1, 5] del Mensaje al pueblo de
Dios, se habla del resurgimiento del catecumenado, citando el RICA, ya que se
precisa: "De todos modos, la catequesis está
Catcquesis y
liturgia
siempre en
relación con los sacramentos. Por una parte, una forma eminente de
catequesis es la que prepara a los sacramentos, y toda catequesis conduce
necesariamente a los sacramentos de la fe. Por otra parte, la práctica
auténtica de los sacramentos tiene forzosamente un aspecto
catequético. En otras palabras, la vida sacramental se empobrece
y se convierte muy pronto en ritualismo vacío, si no se funda en un
conocimiento serio del significado de los sacramentos. Y la catequesis
se intelectualiza si no cobra vida en la práctica sacramental"
(n. 23). En este
documento, el horizonte de la catequesis se dilata mediante "la
triple dimensión de palabra, de memoria y de testimonio, es decir,
de doctrina, de celebración y de compromiso en la vida" (n. 47),
que se actúa sobre todo mediante "la catequesis que se hace dentro
del cuadro litúrgico y concretamente en la asamblea litúrgica:
respetando lo específico y el ritmo propio de este cuadro, la
homilía vuelve a recorrer el itinerario de fe propuesto por la
catequesis y lo conduce a su perfeccionamiento natural..." (n. 48).
La
comisión episcopal de enseñanza y catequesis de España
publicaba en 1983 un documento sobre "la catequesis de la
comunidad"". En este documento se ha inspirado la renovación
de la catequesis en España en los últimos años. En
los nn. 89 y 90 se relacionan explícitamente catequesis y liturgia.
Es necesaria una iniciación en la experiencia religiosa en la
oración y en la vida litúrgica "para que eduque para una
activa, consciente y auténtica participación en la
celebración sacramental, no sólo aclarando el significado de los
ritos, sino educando el espíritu para la acción de gracias,
para la penitencia, para la plegaria confiada, para la captación
326
del significado
de los símbolos, todo lo cual es necesario para que exista una verdadera
vida litúrgica. 'La catequesis se intelectualiza si no cobra vida
en la práctica sacramental' (Catechesi tradendae, n. 23), ya que
'recibe de los sacramentos vividos una dimensión vital que le
impide quedarse en meramente doctrinal' (ib, n. 37)" (n. 89). La
catequesis prepara a los fieles para la participación litúrgica y
sigue acompañando a los mismos en la acción litúrgica y en
el compromiso cristiano fuera de la celebración. Así crecen en la
inteligencia del misterio cristiano y son alimentados por los sacramentos
pascuales. Para conseguir tal objetivo el documento recuerda que
"hemos de cuidar muy especialmente la iniciación a la
celebración litúrgica, educando con todo cuidado las actitudes
generales básicas presentes en toda celebración. Nos referimos
no sólo a las actitudes espirituales: la expresión corporal
tiene también gran importancia..." (n. 90). El año
litúrgico ofrece al catequizando una amplia formación:
"Una catequesis que forme auténticamente hace que la vida del
catequizando se vea jalonada poco a poco por las principales fiestas del
año litúrgico y que aquél se capacite gozosamente para
insertarse de corazón en los diversos tipos de celebración,
en toda la gama que permiten las normas litúrgicas de la iglesia, de
suerte que ese período intensivo de formación cristiana
básica que es la catequesis capacite realmente al catecúmeno a
participar después activamente en la vida litúrgica
ordinaria de la comunidad cristiana y a desarrollar su vida personal de
oración" (n. 90).
Es significativa
la afirmación de la necesidad, en una situación de iglesia
masiva, de una catequesis realizada a través de diversos ámbi
327
tos comunitarios:
parroquias, familia, comunidades eclesiales de base, asociaciones, grupos
y movimientos apostólicos, etc. (cf nn. 267-282). "Todo proceso
catequético, en cualquier edad y situación, debe suponer para
quien lo hace una verdadera experiencia de iglesia. El catecúmeno, en
unión fraterna con los demás creyentes, va adentrándose
de forma progresiva en lo que la iglesia cree, vive, celebra y anuncia. En
la catequesis la misma iglesia se va presentando a sí misma como
realidad sacramental de salvación" (n. 253).
En todos estos
documentos se entrecruzan tres dimensiones de la relación
catequesis-liturgia, sobre las que volveremos más sistemáticamente:
la catequesis como preparación para la vida litúrgica; la
liturgia como catequesis en acto; la liturgia como fuente de la catequesis.
La liturgia se hace presente en los fundamentos, en las finalidades y en el
objeto de la catequesis; pero con su tradición y con sus instancias
es capaz igualmente de sugerir, como veremos, preciosas indicaciones
metodológicas.
III. Propuestas
sistemáticas
La
apelación a los valores de la tradición antigua y el
análisis de algunos documentos más recientes han dado lugar a un
cuadro de indicaciones, que queremos ahora profundizar sistemáticamente.
Comenzaremos con algunas premisas que dan base y orientación al problema
de las relaciones catequesisliturgia (1-3), para presentar después
las formas que asume la catequesis litúrgica (4).
1.
Catequesis y
liturgia
cia de la fe y de
la conversión para participar en la liturgia. Tal confirmación,
fundamental en toda situación pastoral, adquiere particulares
significaciones en la iglesia de hoy, donde frecuentemente los practicantes
no son creyentes, o al menos no lo son en la medida ni en la forma exigida por
la participación litúrgica. De ahí toda la fuerte
actualidad de la lección que nos viene del De catechizandis rudibus de
san Agustín: la necesidad de introducir en la historia de la
salvación y de suscitar la fe en la acción de Dios, que se
explicita en momentos distintos y en tiempos diversos, que culminan con el
/misterio pascual
de Cristo y que está teniendo lugar en las acciones litúrgicas,
las cuales son memorial y representación del pasado y anuncio y
anticipo del futuro. De ahí el papel de la palabra de Dios en cuanto
preparación a la liturgia y en la celebración misma, como lo ha
subrayado recientemente la exhortación apostólica Catechesi
tradendae. Y de ahí también todas las llamadas del
magisterio más reciente a realizar una unión más
radical entre la catequesis y la pastoral litúrgica y todo el anuncio y
misión de la iglesia: todos los ejes se encuentran en la
cuádruple dimensión de la experiencia litúrgica
(memorial, representativa, profética, de compromiso), en el cuadro
de una vital y profunda consideración de la historia de la
salvación.
2.
nes y
prácticas eclesiales, que llegan desde una consideración cada vez
más atenta sobre el significado y las dimensiones del OICA hasta la
difusión de movimientos neocatecumenales para los ya bautizados y la
progresiva transformación de una preparación puramente doctrinal
de los sacramentos en una iniciación más completa, que se
esfuerza por recobrar, al menos parcialmente, la función y el
método del catecumenado clásico. Son muchos los que piensan
que en tales iniciativas parciales, frecuentemente inmaduras aún y
con sus ambigüedades, se hallan los pródromos de una profunda
renovación eclesial. En todo caso, encontramos aquí una relevante
indicación metodológica que nos llega de la tradición
litúrgica para toda la catequesis y la pastoral de hoy;
indicación que, entre otras cosas, nos lleva a una adecuada
valoración del año litúrgico como "continuada y
progresiva celebración de todo el plan salvífico", y
cabalmente por eso capaz de llegar a hacerse "itinerario catecumenal
propio de toda la comunidad cristiana" ".
3.
328
servan una
preciosa actualidad: la valoración de los signos (gestos, palabras),
apenas experimentados; la interpretación de los ritos a la luz de la
biblia en la perspectiva de la historia de la salvación; la apertura al
compromiso cristiano y eclesial, expresión de la nueva vida en Cristo.
Era evidente la necesidad pastoral de ayudar a los nuevos cristianos a
profundizar el misterio de los ritos, que corrían el peligro de quedarse
en algo exterior y de ser interpretados mágicamente. Incluso hoy,
al margen de algunas determinaciones socio-culturales de la época,
contiene el método mistagógico de los padres una significativa
indicación pastoral: la catequesis litúrgica, ya necesaria en la
antigua iglesia no obstante la autenticidad de las celebraciones de entonces,
es hoy tanto más imprescindible para los cristianos que recibieron los
sacramentos sin fe personal y a quienes se les debe llamar a una más
honda conciencia. El OICA (= RICA) contempla "la última etapa de la
iniciación, a saber: el tiempo de la mistagogia de los
neófitos" (n. 37), como aquella en la que "una inteligencia
más plena y fructuosa de los misterios se adquiere con la
renovación de las explicaciones y sobre todo con la recepción
continuada de los sacramentos" (n. 38). Pero el método
mistagógico tiene para nosotros un interés todavía
más amplio: por el valor ejemplar que conserva para la catequesis
litúrgica en general, no sólo en la preparación inmediata
a los sacramentos, sino en toda la formación permanente del cristiano,
que se extiende a toda la vida.
4. FORMAS DE
más
concretamente, ¿cómo se configura y articula la catequesis
litúrgica? Nos vamos a fijar en tres aspectos:
a) La catequesis
como iniciación a la liturgia. La finalidad de la catequesis con
respecto a la liturgia comienza mostrando el significado de las acciones
litúrgicas en la historia de la salvación y en la vida de la
iglesia e iluminando los fundamentos antropológicos y
sociológicos de los ritos cristianos, así como su más
profundo enraizamiento en la naturaleza del hombre y en la vida de la
comunidad. Más específicamente, la catequesis litúrgica
viene a ser iniciación frente a los signos litúrgicos (sobre todo
los sacramentos), constituidos por cosas, gestos y palabras, a
través de los cuales entramos a participar en el misterio
salvífico de Cristo, con la conciencia de que se hallan en línea
de continuidad con una pedagogía de Dios que se expresa en toda la
biblia, y con la que nos sale Dios al encuentro a nuestra medida humana. Una
catequesis, pues, que sabe moverse dentro de las realidades naturales y de
las experiencias humanas en busca de una inteligencia bíblica
más profunda, a la luz de la palabra interpretativa que acompaña
al gesto.
El compromiso de
la catequesis no persigue en absoluto una finalidad intelectualista, y
menos aún se agotaría en un interés histórico-arqueológico.
En efecto, "la liturgia exige una participación lo más
consciente posible, activa, comunitaria, plena, fructífera, pues
Dios quiere que los hombres colaboren en la obra que él realiza para su
salvacióñ'Y£>fl 113).
b) La liturgia,
catequesis en acto. Una función catequética eficaz antes que
nada tiene la liturgia Catequesis y liturgia
de la palabra,
que se celebra en estrecha unión con el rito sacramental, mediante
la homilía con su clara función mistagógica. Lo que en la
catequesis ordinaria aparece solamente evocado y explicado adquiere en la
liturgia una fuerza de actualidad verdaderamente única. La
celebración litúrgica viene a ser una catequesis en acto, y no
sólo en cuanto particularmente connatural a la psicología humana
mediante los recursos a sus formas simbólicas y a su lenguaje total, o
por insertarse en la pedagogía misma de Dios, revalorizando su lenguaje
y sus mediaciones, sino por ser "una profesión de fe en acto"
y "comunicación de gracia", ya que "realiza lo que
significa". Mas para que una celebración litúrgica llegue a
ser realmente una experiencia de fe y de vida cristiana y, por consiguiente,
intensamente educadora, es menester que se enraice de verdad en el tejido
existencial de la comunidad, que sea auténtica en las palabras y en los
ritos y esté abierta al compromiso cristiano.
Todo lo dicho
exige, además de la siempre necesaria / adaptación a las culturas
y a las situaciones, un particular compromiso de / animación de la
asamblea y de competencia en el celebrar, con su oportuna
valoración de los / ministerios.
c) La liturgia, fuente
de la catequesis. Que la liturgia sea una fuente de la catequesis es algo
que han puesto ya de relieve las consideraciones que hemos venido haciendo
hasta aquí. Queremos completar el cuadro con una perspectiva
más simple, que con frecuencia forma parte de la catequesis ocasional,
pero que es igualmente de gran valor pastoral. La liturgia puede convertirse
para la catequesis en un manantial inagotable de elementos
Catequesis y
liturgia
simbólicos
o de temas concretos ordenados a introducir a los fieles en cada uno de los
aspectos del misterio de Cristo y de la iglesia, así como a promover la
fe y la vida cristiana: celebraciones sacramentales, signos principales o
secundarios, gestos, palabras, cosas, actitudes, lugares y
determinaciones temporales, plegarias, aclamaciones, etcétera. En
la catequesis, como en la / homilía, tales elementos resultan
preciosos como incentivos psicológicos y como datos de experiencia
ya familiares a los fieles, que tendrían la ventaja de seguir siendo
después una como estructura valiosa y llamada constante a un anuncio
de fe y a un mensaje de vida. Así, el signo de la cruz a través
de sus distintas formas litúrgicas pue
de introducirnos
en dos misterios fundamentales de nuestra fe; el agua santa evoca el bautismo;
la asamblea congregada y hasta el mismo edificio nos hacen comprender la
iglesia; los gestos reverenciales, oracionales, de perdón y de
comunión son una interpelación a nuestra vida concreta; el
amén y el aleluya, como comentaba san Agustín, resultan todo un
programa para la comunidad cristiana, etcétera.
Desde
múltiples puntos de vista, incluso aparentemente marginales, la liturgia
puede ser una fuente abundosa de catequesis, capaz de nutrir la fe y de llamar
a la conversión, de construir día tras día la
comunidad, de proponer incesantemente eficaces retornos a la esperanza
cristiana y a un generoso compromiso eclesial. La misma homilía
puede ser igualmente explicación de "un texto del ordinario o
del propio del día" (OGMR 41), así como de cualquier otro
aspecto de la celebración; pero normalmente deberá versar sobre
las lecturas, sin dejar nunca de atender, como pun
330
tos de
reflexión o como marco referencial, a los múltiples recursos
de la celebración cristiana ls.
IV. Problemas
abiertos
Pese al
redescubrimiento de la fundamental convergencia entre liturgia y catequesis y a
un esfuerzo cada vez mayor por un diálogo serio y constructivo, no
faltan dificultades ni tensiones, tanto en el plano teórico como en
el práctico l6.
1. La catequesis
parece haber recorrido demasiado camino sin la liturgia y haber sido a veces
lenta en asimilar propuestas, contenidos, sugerencias metodológicas que
le pudieran llegar de la tradición litúrgica y de la
renovación en marcha; a su vez la liturgia o, mejor, algunos liturgistas
tienden en ocasiones a identificar con la liturgia la vida entera de la
iglesia; a ver en las celebraciones litúrgicas, con excesivo
exclusivismo, el hoy de la historia de la salvación, con demasiada
insensibilidad hacia las preocupaciones culturales y pedagógicas de
la catequesis y hacia el camino que esa misma catequesis ha recorrido durante
estas últimas
décadas.
2. Ha crecido
ciertamente la convicción de que liturgia y catequesis no son sino
dos aspectos de la misión de la iglesia, con un único objetivo y
con diferentes modalidades en su realización; pero se constata
una notoria y tal vez inevitable diversidad de criterios y de sensibilidad.
Piénsese, por ejemplo, en la distinta manera de relacionarse con el
tiempo: más sincrónica y atenta a la situación cultural,
por parte de la catequesis; más diacrónica y más anclada
en la tradición, por parte de la liturgia. Así, la liturgia
procla
331
ma la palabra y
cree en su vitalidad y eficacia; la catequesis es más sensible a sus
condicionamientos humanos y a todo aquello que circunscribe su
proclamación en la iglesia.
Catequesis y liturgia han llevado
adelante en estos años un esfuerzo excepcional de adaptación, aun
refiriéndose de distinta manera a la tradición. La liturgia les
parece a algunos demasiado anclada todavía en las fuentes; la
catequesis tiene tal vez aún mucho que recuperar de algunos modelos
antiguos. Pero una y otra comprenden ya más claramente los peligros de
una adaptación a ultranza y experimentan a la vez su
preocupación frente a problemas no resueltos todavía, como, por
ejemplo, la efectiva desarticulación de la iniciación cristiana
y lo insuficiente de ciertas acomodaciones pastorales introducidas
frecuentemente de una manera acrítica.
Como centro de unos intereses
comunes está sin duda la ritualidad o, mejor, la sacramentalidad
cristiana. Ahora bien, existe evidentemente un cierto malestar por parte
de la catequesis frente a la tarea de situar e interpretar la sacramentalidad,
mientras que la liturgia no siempre logra realizar una experiencia
simbólica auténtica, ni sobre todo llega con frecuencia a evangelizar
la ritualidad.
A veces catequesis y liturgia resultan
problemáticas precisamente dentro dé su misma
relación concreta y del diálogo vivido: la catequesis trata de
unirse con la liturgia, sincronizando con el año litúrgico y
asumiendo dimensiones celebrativas; la liturgia, por su parte, consciente de
ser catequesis en acto, acentúa a veces este aspec
Catequesis y
liturgia
to con demasiadas
moniciones, explicaciones, uso de audiovisuales, etcétera, de donde
puede nacer una confusión de géneros que compromete la
eficacia propia de una celebración y desvía la catequesis de su
método característico, así como también de sus
verdaderos objetivos.
6. Finalmente,
catequesis y liturgia se hallan frente a un problema más
preocupante, que cada una vive a su manera: el bajo nivel de fe de las
comunidades cristianas, que aumenta las responsabilidades y los problemas de la
catequesis hasta amenazar su identidad y que incrementa
dramáticamente la discordancia entre las riquezas de los ritos
y el proyecto comunitario que éstos implican y la pobreza y pluralismo
de las asambleas cristianas concretas.
Conclusión
Un diálogo
más profundo entre liturgia y catequesis podría llevar a acentuar
dicho enriquecimiento mutuo, que es ya un fruto del movimiento litúrgico
y de la renovación eclesial más reciente. La catequesis
puede redescubrir más eficazmente una tradición que ella tiene en
común con la liturgia, reencontrando así el primado de la
evangelización y el horizonte histórico-salvífico, el
método catecumenal y las sugerencias de la mistagogia; la
liturgia puede hacerse más sensible a la problemática cultural y
pedagógica de la catequesis con su patente atención a la
situación real de fe de las comunidades. La relación,
todavía difícil, entre liturgia y catequesis podría
desdramatizarse y consolidarse mediante la común asunción de la
evangelización como problema primario y siempre abier
Catequesis y
liturgia
to,
reconociéndose como liturgia y como catequesis de una iglesia en estado
de misión, de una iglesia peregrinante hacia una consumada
realización escatológica, que le ha sido prometida, pero que no
se le ha concedido todavía de una manera plena.
[/
Formación litúrgica].
NOTAS: ' Cf G.
Lukken, La liturgie comme lieu théologtque irremplacable, en QL 56
(1975) 97-112 — 2 J. Daniélou-R. du Charlat, La catechesi nei
primi secoli, Turín-Leumann 1967, 157-158. Sobre la catequesis de los
padres, especialmente en sus relaciones con la liturgia, cf D. Sartore,
Attualitá delta catechesi patrística per la chiesa di oggi, en
VV.AA., Valori altuati delta catechesi patrística (por S. Felici), Las,
Roma 1979, 21-27; A.M. Triacca,
Liturgia e catechesi
nei padri: note metodologiche, ib, 51-66; E. Bargellini, Catechesi e
liturgia: é ancora attuale il método mistagogico dei padri?,
en Vita monástica 116-117 (1974) 37-67: I. Oñatibia, La
catequesis litúrgica de los padres, en Ph 118 (1980) 281294; M.
Jourion, Catéchese et liturgie chez les peres, en MD 140 (1979) 41-49 -'
Cf J. Daniélou-R. du Charlat, o.c, 30 — 4 Y. Congar, La foi et la
théologie, Tournai 1962, 151 — 5 J. Pinell, L'anno
litúrgico, programmazione ecclesiale di mistagogia, en 'O Theo¡ogos
6 (1975) 9-28; cf también: D. Sartore, L'anno litúrgico,
criterio-base di una programmazione ecclesiale, en RPL 84 (1977) 9-15
— 6 Cf I.-H. Dalmais, La liturgie, lieu privilegié de la
catéchese dans les traditions de L'Orient, en MD 140 (1979) 55-69; E.
Mélia, Anamnése, actualisalion et anticipation comme lieux de la
catéchese liturgique, en A.M. Triacca-A. Pistoia, L'économie du
salut dans la liturgie (XVII Conférences Saint-Serge, París
1970), CLV, Roma 1982, 128-142; entre los textos clásicos de la
mistagogia bizantina, cf Nicolás Cabasilas, Explication de la divine
Liturgie (SC 4-bis). París 19672 — ' E. Mélia, o.c, 132-133
— " Cf E. Alberich, La pedagogía catechistica dopo il
concilio, en Orientamentí pedagogía 92 (1969) 292-395; L.
Erdozain, L'evolution de la catéchese. Panoramique de six Semaines
intérnationales de catéchese, en LV 24 (1969) 575-599; Catechesi
1977/13, dedicado al tema Una catechesi per il nostro tempo; J. Bagot, Quel
tanguage pour la catéchese?. en Eludes 345 (1976) 379-399 — ' Cei,
Rito dell'lniziazione Cristiana degli Adulti, Librería Ed. Vaticana
1978, Premesa
332
della Cei —
"> Ib — " Cf A. Cuva, IM liturgia al Sínodo dei
Vescovi zulla catechesi, en Not 139 (1978) 90-118; 140 (1978) 131-143 12
Cei, // rinnovamento della catechesi, Ed. Pastorali italiane, Roma 1970; lo
citaremos con la sigla DdB; cf G.M. Medica, Liturgia e catechesi, en RL 70
(1973) 588-610 — " Entre las publicaciones más recientes
sobre el catecumenado en clave pastoral, cf G. Groppo,
L'evoluzione del
caiecumenato nella chiesa antica dal punto di vista pastorale. en VV.AA.,
Valori attuali delta catechesi antica 29-49; para algunas cuestiones muy
debatidas en nuestros días, cf E. Costa, E possibile oggi l'esperienza
catecumenale dei battezzati?, en RPL 60 (1973) 33-37 -" J.
Daniélou-R. du Charlat, o.c. — " Como subsidios para este
tipo de catequesis, cf B. Fischer, Quel che il catechismo non dice,
Morcelliana, Brescia 1956; J. Godefroid, Priéres et gestes titurgiques
(Collection Pastorale Liturgique, 17), Bruges 1962; M. Righetti, Historia de la
liturgia I, BAC, Madrid 1955, 382-634; VV.AA., Nelle vostre assemblee II,
Queriniana, Brescia 1975, 309-329 — " Cf de modo particular A.
Rouet, Catéchese et liturgie: radiographie d'un débat
insuffisant, en MD 140(1979)7-23.
D. Sartore
BIBLIOGRAFÍA:
Aldazábal J., Preguntas a la catequesis desde la liturgia, en
"Phase" 118 (1980) 255-256; Borobio D., Función
litúrgicosacramental del ministerio del catequista, ib, 305-322;
Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis,
sis, San
Pío X, Salamanca-Tejares 1969; Oñatibia I., La catequesis
litúrgica de los Padres, en "Phase" 118 (1980) 281-294; Verd
G.M., La predicación patrística española, en EE 181 (1972)
227-251; VV.AA., Liturgia y pedagogía de la fe, Marova, Madrid 1969.
333
SUMARIO: I.
Ambientación cultural y existencial - II. Elementos de orden
antropológico
- III.
Etimología: 1. En la latinidad clásica; 2. En la latinidad
cristiana y litúrgica; 3. Conclusión - IV. Elementos
bíblicos: 1. El contenido de la "celebración": a)
Palabra, b) Sacrificiosangre; 2. Las distintas "dimensiones" de
la celebración: a) Dimensión histórica, b) Dimensión
comunitaria, c) Dimensión mistérica - V. Teología de la
celebración: 1. Los elementos de la "actio": a) El rito, b) La
palabra, c) La eucología; 2. El signo del misterio: a) La
celebración como "mysterium", b) La celebración
como "actio", c) La celebración como "vita" - VI.
Problemática pastoral: 1. ¿Un "estilo" también
para celebrar?; 2. ¿Qué "lenguaje"?; 3.
¿Catequesis o evangelización? VIL Conclusión.
I.
Ambientación cultural y existencial
Recuperar incluso
en el lenguaje más corriente del hombre de hoy un término como
celebrar-celebración es ya un dato positivo. Las situaciones
sociales y culturales en las que tal recuperación ha tenido lugar y
sigue desarrollándose son entre sí muy diversas: nos movemos
dentro de un contexto que va desde lo social —en el más amplio
sentido del término— hasta lo lúdico, pero que encuentra en
lo religioso su expresión más originaria y a la vez más
completa. No entra en el ámbito del presente estudio mostrar las
razones del reviva! de este término. Sólo se puede afirmar que no
se trata ciertamente de una moda, sino de un hecho ligado a elementos
cuyas manifestaciones sucesivas trascienden todo ámbito restringido en
el tiempo y en el espacio. Encontrarse ante un tema que se presenta como
nuevo ' obliga a un tipo de reflexión abierta; es decir, de reflexión
que, aun estando en sus comienzos, cuenta ya con algunos datos reales
imprescindibles y siempre válidos, pero que aspira, por
Celebración
otra parte, a
completarse con esas otras aportaciones socio-ambientales,
antropológicas [/ infra, II], culturales y lingüísticas (en
sentido amplio) que caracterizan a cada generación en las distintas
épocas de la historia.
Aparece, en todo
caso, como un hecho comprobado que la recuperación del significado
originario del término y el uso que del mismo está haciendo el
lenguaje litúrgico propiamente tal son determinantes en la
reapropiación de las connotaciones esenciales de una
terminología tan característica que, utilizadísima en la
lengua latina tanto clásica como cristiana, llegó después
a sobrevivir en los escritos de los padres, y sobre todo en los textos litúrgicos.
Más adelante [/ infra, III] ahondaremos en este fenómeno mediante
el estudio etimológico del fonema, estudio que aportará indicaciones
para una nueva comprensión del término incluso en el
contexto socio-cultural-religioso de hoy.
Y éste es
el objetivo del presente trabajo. Más allá de una simple
indagación filológica que puede parecer estéril o
inútil, se esconde el deseo —y hoy más que nunca es una
urgente necesidad— de comprensión profunda de la
acción que este término implica: de sus elementos, de las
modalidades de actuación y sobre todo de los contenidos que
encierra e intenta expresar. El tratamiento prescinde intencionadamente de
lo que pudiera ser una eventual confrontación con celebraciones
propias de otras / religiones no cristianas, para centrarse en la
celebración dentro de un ámbito cristiano y litúrgico, ya
que el objeto que distingue a las primeras de la segunda es radicalmente
diverso, como es radical y objetiva la diferencia entre lo que puede
identificarse con el mito y lo que ha sido
Celebración
un acontecimiento
histórico y religiosamente bien situado.
II. Elementos de
orden antropológico
De Ñola,
al estudiar los elementos que caracterizan la fiesta2 considerada
como "un período intensivo de la vida colectiva y de la experiencia
social", subraya cómo la fiesta adopta "la fisonomía de
un tiempo sagrado" que, realizándose "en formas
dramáticas y espectaculares..., resulta, en su relación con
el módulo (mítico), acción ritual"3. Según una
cierta crítica "funcionalista e historicista..., el
módulo mítico, que aparece en los contextos festivos (la
celebración de una vicisitud que da origen a unos bienes culturales, de
una empresa salvadora y liberadora, de un hecho primordial que garantiza la
continuidad en los procesos de producción económica,
agrícola, de caza, pesca, etc.), produce efectivamente una
deshistorificación de la vida del grupo, el cual se ve reconducido a una
representación mítica del mundo, pero no agota su
función en el resultado deshistoríficante, ya que tiende a
reintegrar al grupo en la realidad histórica o mundana y a liberarlo de
las incertidumbres y de las preocupaciones que tienen lugar en las crisis
productivas"4.
En el
ámbito cristiano, realizar una acción denominada
celebración no implica referencias explícitas ni
implícitas a módulos míticos, a cultos mistéricos
como los practicados en algunas regiones de la cuenca
mediterránea en época pre y poscristiana, y mucho menos la
recuperación de situaciones folclóricas, sino la
adopción de unos "hechos históricos concretos que elevan la
historia humana a historia de salvación y que rechazan el
334
lenguaje
mítico"5. En la base del hecho celebrativo cristiano se da, pues,
no un elemento mítico, sino "un sólido fundamento
antropológico" que hunde "sus raíces no
sólo en la realidad misma del hombre y del mundo, sino de una manera
especial en la naturaleza específica de la relación religiosa
Dios-hombre... Es propiamente este fundamento —prosigue
Ruffini— el que, permitiendo, por una parte, a la ritualidad cristiana
mantener estable toda su más auténtica originalidad, le
permite, por otra, igualmente convertirse en excepcional intérprete
de toda ordenada religiosidad natural"6.
Aflora entonces
con más claridad cómo en la historia religiosa del hombre
constituye la celebración el transmisor del contenido de la experiencia
espiritual del hombre mismo. Y todo está mediado a través de ese
mundo de símbolos (acciones, gestos y cosas...) que caracterizan de una
forma determinante el rito religioso. "En este contexto
—observa Ruffini— la simbolicidad no entra ya en la
categoría de lo irreal, de lo no verdadero y de lo fútil, sino
que consiste en un nuevo y más profundo modo de ver y experimentar
la realidad y de situarse en una relación más constructiva
con las cosas, con los hombres y hasta con Dios mismo..."7
Sólo
dentro de estas premisas adquiere nuestro análisis su más
adecuada perspectiva, pudiendo así aportar su propia contribución
relativa a la celebración considerada en el mundo específicamente
cristiano. El examen filológico [/ infra, III] —como premisa indispensable—
evidenciará aquellos significados originarios y derivados que celebrar y
celebración mantendrán y desarrollarán al evolucionar
también en el latín cristiano y li335
túrgico.
En este análisis global es donde encontraremos los significados que
el verbo comporta todavía hoy tanto en el contexto religiosocultual
como fuera de él, es decir, en un contexto decisivamente profano.
Fijando la atención en el primer ámbito, el religioso-cultual, el
acercamiento al asunto bíblico [/ infra, IV] constituirá el
necesario e imprescindible puente de tránsito para una
comprensión teológicolitúrgica del acontecimiento
cristiano denominado celebración [/ infra, V]. La reflexión
sobre tal acontecimiento y sobre sus elementos integrales
llevará a evidenciar las características propias de toda
celebración, pero también y al mismo tiempo a puntualizar y
ofrecer algunas líneas de solución en torno a la actual
problemática [/ infra, VI].
III.
Etimología
Un acercamiento a
la evolución semántica del término, a la vez que muestra
su riqueza de significado, constituye el método más apropiado
para recobrar unas virtualidades expresivas que la evolución de la
lengua en el tiempo y las diversas situaciones sociales, ambientales y
cultuales han oscurecido parcialmente. Es necesario, pues, reemprender
un cierto camino de análisis para constatar el uso del término,
en sus específicas connotaciones, dentro de la latinidad
clásica y cristiana, en
Celebración
1. EN
o agrupaciones de
diversa índole indica: (bastante) frecuentado, visitado l0,
así como populoso; b) en sentido traslaticio significa: solemne,
magnífico, grandioso por el concurso de personas, comitivas,
procesiones...; pero también exaltado, celebrado (= famoso,
glorioso, célebre) " por referencia ya a los dioses, ya a los
hombres, así como también a los animales y a las cosasl2; c)
finalmente, y aunque rara vez, indica: repetido, realizado, de uso
común, que se encuentra frecuentemente...
CELEBRAR, a) El
primer signi
ficado del verbo
lo señala así el Thesaurus Linguae Latinae: "festive aut
religiose agere, agitare, frequentare" ". In sensu proprio, por
tanto, indica ante todo visitar frecuentemente en grupo un lugar; acudir
multitudinariamente a un lugar cualquiera, "ut eidem species,
dignitas ac splendor accedat" (Forcellini); y es la connotación que
diferencia celebrare de frequentareu. En segundo lugar, cuando celebrare
tiene por objeto: "dies festos, ludos, sacra, sacrificium...", indica
la presencia y la participación de muchos que contribuyen a elevar el
acontecimiento "ad maiorem speciem et dignitatem" (Forcellini);
por tanto, celebrar solemnemente, solemnizar. Referido después a las
personas "quas frequenter adimus, adeoque celebres reddimus" (Forcellini),
adquiere el significado de honrar, exaltar, glorificar, rodear de atenciones y
de aprecio. Finalmente, celebrare déos vel numina corresponde al
religiose colere. El significado religioso se sitúa, pues, en la cumbre
de la evolución semántica del término al resumir en
sí la idea de gentío, de solemnidad, de
Celebración
culto y de
alabanzal5. b) In sensu transíalo "ocurrit de rebus quae a multis
administrantur, factitantur, exercentur" (Forcellini), y, por tanto,
significa: usar, emplear frecuentemente, ejercer, practicar, repetir,
hablar con frecuencia de algo... Consiguientemente, con referencia a
escritos o discursos, el verbo indica: divulgar", dar a conocer ",
anunciar.
Podemos entonces
concretar los significados de celebratio sintetizando todo lo
anteriormente dicho. El término puede significar: a) aglomeración,
concurso numeroso, afluencia de personas'»; b) celebración,
solemnidad "; c) estima, aprecio, favor.
2. EN
Aparece también
a su lado el significado de realizar con frecuencia una acción (del
orden que sea) conjunta (por ejemplo, stationes et
336
vigilias,
ieiunium, exactionem, lava
cro, mysterium;
celebrare benedic
tiones =
benedicere...). En esta
misma
línea se halla también el
significado de
tener una reunión
(concilium
celebrare) o una elección
(electionem
celebrare)2'; emitir o
realizar un
juicio (celebrare iudi
cium)2S; celebrar
un contrato, es
decir, llevarlo a
cabo mediante las
correspondientes
fórmulas legales.
Resumiendo,
podemos, pues, concretar con estas dos connotaciones el uso de celebrare
en el contexto específicamente litúrgico donde se manifiesta
en relación íntima con la noción de /fiesta: a)
realización ritual del sacrificio eucarístico; b)
solemnización26 de algún misterio de la salvación (o del
dies natalis de un santo o de un mártir) mediante la
celebración de la eucaristía, ritual acto público y
comunitario por excelencia.
El sustantivo
correlativo celebratio, aunque de uso corriente en el latín
cristiano, no se encuentra sino raras veces en los antiguos sacramentarlos27;
en
3.
CONCLUSIÓN. Al concluir esta parte, conviene recordar alguna de las
afirmaciones con que completa Droste su largo y minucioso análisis29.
"La palabra celebrare ha mantenido su significado fundamental desde
los primerísimos tiempos de la latinidad clásica hasta la
lengua litúrgica cristiana. Celebrare es siempre un actuar
público vinculado a una comunidad, generalmente realizado con
una cierta solemni
337
dad y que se
distingue de lo cotidiano. Al asignarse a la lengua latina la
función de formular el contenido de ideas doctrinales... y de la vida
cristiana en su forma expresiva, celebrare —que en la latinidad
clásica se usaba especialmente para la administración de la
justicia, fiestas mortuorias y fiestas de victoria, sacrificios y juegos,
banquetes festivos y cultuales, así como para plegarias y
acompañamientos de cánticos— llega a ser también
para el cristianismo cada vez más término de solemnidad y de
culto... En la literatura patrística el término celebrare no
se limita solamente al ámbito cultual, sino que indica de la misma
manera todo comportamiento que pueda considerarse unido con el culto o
fuertemente relacionado con él: ordenación, congregarse para un
concilio, bendecir, dar iimosna, ayunar, orar, representar la muerte y la
resurrección con Cristo en el bautismo o en la penitencia, en el
martirio o en la lucha diaria de la vida. El múltiple campo de
utilización de la palabra en el latín clásico, si bien
experimenta en el uso lingüístico de la biblia y de los padres
una restricción, recibe, sin embargo, en el contexto cristiano una
notable profundización. Celebrare significa en los padres, especialmente
en Agustín, un hacer visible una realidad invisible; da cuerpo a la
vez al diálogo de Dios con el hombre y lo encierra en una acción
significativa que contiene en sí el pasado y el futuro... En los
sermones de León Magno... resplandece el momento de la palabra, que se
hace cada vez nuevamente presente... (con una) presencia que se presenta a
veces más parecida a la imagen del icono, mientras otras veces se
acentúa más la presencia en la acción. En los
sacramentados... celebrare es casi únicamente la acción de
quienes se
Celebración
congregan para la
eucaristía. En el celebrare de la comunidad se hace visible la iglesia
local. Y el nosotros se dilata, a través de la participación
de los ángeles, hasta el universo creado... De todo lo cual recibe
el concepto superior de solemnidad, que se puede justamente denominar
celebrare, un colorido mucho mayor. En celebrare se visibiliza el significado
de congregare e in unum convenire, la acción creadora del faceré
y la intensidad del agere, el siempre nuevo retornar del recurrere y el
sabroso pensar que pueda expresar el término recoló. Por
relación a los respectivos objetos, la palabra se colorea más
intensamente de sacrificio o bien de alabanza en praedicare y exsullare.
Está siempre envuelto el hombre en su totalidad: espíritu y
cuerpo. Cuando la iglesia celebra el triunfo y los méritos de los
mártires, las fiestas de los santos, el mismo ieiunium, tal celebrare se
dirige, se resume y completa en la eucaristía. La celebración
de la eucaristía es, sin embargo, simultáneamente
acción de la iglesia, memorial, signo, sacrificio, banquete,
anuncio y suprema alabanza divina."
IV. Elementos
bíblicos
La / reforma
litúrgica promovida por el Vat. II fue un elemento determinante de una
nueva aproximación a la biblia bajo todos sus aspectos. Tal
propósito se extendía más deliberadamente al mundo de la
liturgia, que vive de
Celebración
tos que
ordinariamente caracterizan la celebración (cf liturgia de la palabra),
sino como el objeto mismo de la celebración. Si el centro de la
historia de la salvación es el misterio de Cristo, preanunciado y
prefigurado en el tiempo de la antigua alianza y realizado en la plenitud de
los tiempos, es este mismo misterio el que la liturgia —en y mediante la
celebración— está llamada a prolongar en el tiempo,
haciéndolo presente en el signo sacramental. Esta palabra, que se halla
revelada en
Al valorar
entonces el tratado sobre la celebración en perspectiva
histórico-salvífica, no hace uno más que situarse en la
línea programática trazada por la constitución
litúrgica SC, la única que permite ver en la liturgia el anuncio
y la actualización del misterio de Cristo en el hodie de la iglesia. Se
trata, por tanto, de ver qué perspectivas podemos descubrir en
El método
puede ser doble. Pueden explicitarse algunos acontecimientos
decisivos que nos presenta la biblia para entresacar los elementos
esenciales que definen la celebración veterotestamentaria y, después,
la específicamente cristiana. Esta línea —y es la que
seguiremos— nos permite tocar casi inmediatamente el
núcleo de nuestro objetivo. Pero hay también otro
338
camino que, por
obvias razones, no seguiremos directamente (aunque se halla en el punto de
arranque de esta sección de nuestro estudio): el análisis
etimológico de celebrare, celeber y celebratio considerados en su
relación con los equivalentes términos griegos en el AT32, ciertamente
no según la sucesión de los libros de
Según
Fabris, "el punto de partida más adecuado para examinar la
relación entre la / historia de la salvación y el momento
celebrativo en los textos del AT es el examen de la tradición relativa
al éxodo y a la alianza. Porque ése es el corazón de la
biblia, el punto focal de la experiencia religiosa del pueblo de
Dios..."34. Leyendo desde una perspectiva litúrgica —ya
que tal es su Sitz im Leben "— los acontecimientos esenciales
del éxodo que culminan en la gran liturgia de la alianza,
así como otras páginas del AT que directa o indirectamente
apuntan a lo que será el acontecimiento primordial y determinante
de la historia del pueblo de la antigua alianza, vemos cómo surgen
el contenido y las peculiares dimensiones de la celebración.
1. EL CONTENIDO
DE LA "CELEBRACIÓN". El examen de los elementos de
esta primordial celebración nos lleva a contemplar los ce. 19-24 del
libro del éxodo. Se trata de un conjunto literario y
temáticamente unitario, que puede esquematizarse
339
así: Ex
19,3-24, presentación de la alianza y gran teofanía; 20,2-17,
cláusulas de la alianza (o decálogo), a las que sigue el
código de la alianza misma (20,22-23,19); 24,111,
celebración conclusiva conforme a tales momentos: encuentro de
Moisés con el Señor; adhesión del pueblo:
"Cumpliremos todo lo que ha dicho el Señor y obedeceremos"
(v. 7);
sacrificio de la alianza: "Ésta es la sangre de la alianza que el
Señor ha hecho con vosotros mediante todas estas palabras" (v.
8).
Podríamos
sintetizar así los elementos de esta liturgia: propuesta de Dios y
respuesta del pueblo; ratificación del pacto con el signo de la sangre.
Son, como podemos ver, los elementos que en cierto sentido prefiguran ya los
términos palabra y sacrificio, para nosotros más habituales, que
caracterizan las santas convocatorias del pueblo de la antigua alianza;
prefigurativos, a su vez, y paradigmáticos de los elementos de la
celebración que Cristo realizó en la nueva y definitiva
alianza con su propia sangre, y que confió a su iglesia como perenne
memorial.
a) Palabra. El
término palabra encierra en sí una realidad dialógica
que tiene como interlocutores a Dios y al hombre; un diálogo entretejido
no tanto con palabras cuanto con palabras y acontecimientos, a
través de los cuales, desde la creación (primera palabra de este
diálogo-propuesta), iniciara Dios y construyera en el tiempo esta
relación comunional con el hombre, esta alianza* que ha encontrado
ya, por parte de Dios, la plena y definitiva propuesta-actuación en
el misterio de Cristo, y que ahora no espera ya sino realizarse en todos y cada
uno, en todo tiempo y lugar, hasta que todo se haya consumado en aquella nueva
Celebración
y definitiva
re-creación que, actuada en los "nuevos cielos y nueva
tierra", constituirá la fase última de la nueva y definitiva
alianza en la pascua eterna. Dentro de estos dos polos de la alianza se
sitúa la vida del hombre, que, aunque sellada por el pecado (= rechazo
de la alianza, de la comunión) y sus consecuencias, encuentra en el elemento
palabra el locus de la búsqueda y de la actuación de esta
comunión con Dios.
En la primera
alianza "son diez palabras las condiciones propuestas por Dios y
libremente acogidas por el pueblo para vivir desde tal condición...
de libertad (en que) lo puso la acción gratuita y eficaz de Dios...
(Tales) son las condiciones para prolongar la historia salvífica de Dios
en favor de la comunidad congregada en la asamblea"37. Se comprende
entonces el papel tan original, y por tanto determinante, de la palabra en la
celebración. En ella se hace acontecimiento; incluso es una
"revelación celebrada"31, ya que es fundamentalmente reproposición
de un acontecimiento histórico-salvífico que provoca la aceptación
(o el rechazo) y, por tanto, una respuesta que implica una actitud nueva
—o renovada— de vida: "Nosotros cumpliremos todo cuanto ha
dicho el Señor" (Ex 24,3).
b)
Sacrificio-sangre. La realidad del sacrificio mediante el signo de la
sangre w constituye el segundo elemento ritual en la celebración de la
primera alianza. Fabris le atribuye "un valor puramente
simbólico, en cuanto expresa de una forma plástica la iniciativa
gratuita de Dios y el compromiso o libre respuesta del pueblo"*>.
Se trata de una afirmación que reclama alguna precisión en lo
relativo al "valor... simbólico". Puede ser simplemenCelebración
te
cuestión de terminología; pero, justamente por las connotaciones
que adquiere el adjetivo simbólico, es preciso tener en cuenta que, si
simbólico se entiende como equivalente a "de signo",
entonces no hay ningún lugar a duda, ya que el sacrificio era realmente
signo, es decir, realizaba, daba existencia a la iniciativa de Dios y al
compromiso del pueblo, como el sello de fuego es el signo real y concreto
del pacto, de la inteligencia entre dos partes. Dentro de esta perspectiva, el
sacrificio del éxodo presenta un aspecto determinante en el conjunto
de la celebración de la primera alianza; si bien —no podemos olvidarlo—
a su vez tal sacrificio será un símbolo: una realidad que
encontrará su plenitud en el sacrificio de la nueva alianza, con y
por el que está relacionado y finalizado41.
Tornando a la
realidad del sacrificio, vemos como dominante el elemento de la sangre,
que, "símbolo de vida, sella esa unión vital entre dos
miembros de un pacto que se funda en la acción gratuita y eficaz de
Dios, a la que corresponde la acogida y la obediencia del pueblo"42.
El rito de la sangre, escribe FUglister, "sirve para sellar y simbolizar
la alianza realizada entre el Señor e Israel. Se funda este simbolismo
en la idea del parentesco de la sangre, que crea un estrecho
vínculo de solidaridad en virtud de una real participación,
o también
sólo ritual y simbólica, en una misma sangre..."4'. La sangre
aparece, pues, como señal de purificación y de comunión,
anticipando así la comprensión del signo de aquel nuevo
sacrificio a través del cual llevará el Padre a plenitud la
realidad de la alianza en el signo de la sangre de su propio Hijo (cf 1
Cor 11,25-26). Y será mediante la participación en este signo
como seguirá construyéndose igualmente
340
en el tiempo de
la iglesia —como ya en el tiempo de la primera alianza— un
"pueblo nuevo establecido en comunión total con el Padre dentro de
la nueva alianza en la sangre del Hijo y en el Espíritu"44.
Sintetizando,
observamos, pues, que son dos los contenidos esencialísimos de la
celebración provenientes del contexto bíblico: la palabra
y el sacrificio; contenido que se hace igualmente paradigma en cuanto que toda
celebración estará siempre modulada con estas dos constantes. En
efecto, una de las características de la reforma litúrgica
es el haber recobrado en toda celebración la riqueza de estos dos
momentos. Palabra y sacrificio están además ordenados a la realización
de una presencia: la de Dios en medio de su pueblo, explicitada en la
afirmación: "Estableceré mi morada en medio de vosotros...
Marcharé en medio de vosotros; seré vuestro Dios y vosotros
seréis mi pueblo" (Lev 26,11-12). La realización
suprema de tal presencia de Dios será Cristo, que "habitó
con nosotros" (Jn 1,14) y permanecerá entre los suyos como pascua
eterna en la celebración memorial de su
pasión-muerte-resurrección: "Pues nuestro cordero pascual,
Cristo, ya fue inmolado" (1 Cor 5,7).
2. LAS DISTINTAS
"DIMENSIONES" DE
a)
Dimensión histórica. En la base del hecho de la primera alianza
encontramos la pascua, un acontecimiento históricamente bien situado:
"El Señor nos sacó de Egipto con mano poderosa y brazo
tendido..." (Dt 26,8), y vivido en
341
primera persona
por los presentes: "Vosotros habéis visto con vuestros propios ojos
lo que hice en Egipto..." (Jos 24,7). Un hecho que "está
considerado como el vértice de la historia salvífica" y que
aparece "en el origen del pueblo ahora congregado en asamblea para
conmemorar la fidelidad de Dios en el pasado, celebrar su realización en
el presente y anticipar en esperanza el futuro escatológico o
definitivo"45.
Ahora bien, en la
celebración de la alianza la intervención históricosalvífica
de la pascua adquiere un papel decisivo en la medida en que su conmemoración
reactualiza la iniciativa de Dios aquí y ahora, pero sobre todo por
encontrar en la misma alianza los presupuestos y su finalidad. Y es "este
vínculo con el hecho histórico (lo que) determina no sólo
la estructura externa de la celebración, sino lo que define
también la realidad más honda y la conciencia del momento
celebrativo por parte del pueblo de Dios... La acción histórica
de Dios está en el origen de la convocación actual de la
comunidad que conmemora su iniciativa salvífica..."46 En este contexto
es, entonces, donde se inserta lógicamente la reflexión
sobre la realidad de la / memoria; es decir, sobre la realidad que ofrece la
motivación histórico-salvífica para toda
celebración reiterada anualmente, semanalmente o bien cada día4';
celebración que es continua liberación, en cuanto que los
cristianos
"unidos al Señor ya presente, (...) esperan, sin embargo,
ansiosamente la futura venida del Señor mismo y la unión final
con
él"
48
b)
Dimensión comunitaria. Al lado de la anterior, la comunitaria es sin
duda la dimensión que destaca de una manera más inmediata.
Celebración
El hecho de la
primera pascua afecta a un pueblo y señala el comienzo de la historia de
modo tan decisivo y determinante que todos, en un futuro, deberán considerarse
unos salvados en" aquel acontecimiento: "Ese día (= anual
conmemoración de la pascua) dirás a tus hijos: Esto es en memoria
de lo que por mí hizo el Señor cuando salí de Egipto"
(Ex 13,8); "... Nuestros padres estuvieron todos bajo la nube y todos
atravesaron el mar, y todos se bautizaron en Moisés en la nube y en
el mar, todos comieron el mismo alimento espiritual y bebieron la misma bebida
espiritual: bebían de la piedra espiritual que les seguía, y la
piedra era Cristo" (1 Cor 10,1-4).
Evocando una vez
más los elementos de la primera alianza, que constituyen la
ritualización de la primera pascua, observamos cómo, al lado de
Dios como centro del acto celebrativo, aparece la comunidad, bien
subrayada con la presencia del nosotros-vosotros. Es un
pueblo que ha
acogido aquella primera liberación; solamente quien vive en el seno de
este pueblo —y la circuncisión será el signo típico
y evidente de tal pertenencia, hasta el punto de considerarla también
como un signo-memorial— puede celebrar el memorial de aquella primera
liberación como pascua perenne. Consiguientemente, sóJo para
quien vive en comunidadcomunión hay salvación; es decir, se
actúa aquel diálogo —dentro de la dinámica
propuesta-respuesta— entre Dios y la asamblea congregada, en la que
cada cual renueva su propia adhesión a Dios, el único que salva.
Son de gran valor en este contexto los contenidos del c. 8 del libro de
Nehemías: la evocación del desarrollo y de los elementos de esta
asamblea litúrgica es obligada.
Dentro de esta
dimensión comu
Celebración
nitaria se dan
otros elementos, como la actitud de confianza en Dios, la apelación a la
fidelidad a la ley (a la palabra dada al Señor), sobre la que tantas
veces y de manera tan insistente se dejará oír la voz de los
profetas; y más aún la atención al hermano más
pobre y necesitado...4' Elementos que en cierta manera son unas consecuencias
que brotan de la celebración, pero que a su vez son también condiciones
para un culto cada vez más genuino y sincero. "Odio —se lee
en el profeta Amos—, aborrezco vuestras solemnidades... Si me ofrecéis
holocaustos y oblaciones, no los aceptaré... (Lo que quiero es) que el
derecho se deslice como el agua, y la justicia como torrente perenne..."
(5,21-24).
De manera global
vemos, pues, que comunión indica coparticipación,
copresencia, condivisión, y por tanto reasunción del concepto
(y realidad) de solidaridad.
Pasando del AT al
NT, ello aparece aún más evidente y comprometido a la vez.
Citamos, a modo de ejemplo, solamente dos textos, entre otros muchos, que
subrayan esta dimensión comunitaria con todas sus implicaciones: He
2,42-46: el texto muestra la existencia de una comunidad y el "hecho
celebrativo comunitario, visto como primera manifestación concreta
de una nueva realidad: la unidad de fe en la cual se reconocen quienes han
aceptado el mensaje de Cristo y el don del Espíritu Santo"50.
/ Cor 14 es una confirmación de tal aspecto: la iglesia brota de la
comunión en el sacrificio de Cristo; es la cena del Señor la que
edifica a los hermanos en la comunión con Cristo y entre sí:
"La cena del Señor, que en el cuerpo sacrificado por nosotros y en
la sangre derramada como alianza nos presenta la memoria objetiva de la
muerte de
342
Cristo, es el
único banquete sagrado... capaz de significar-realizar la
comunidad, es decir, la iglesiacuerpo de Cristo"5'.
c)
Dimensión mistérica. El acento de la dimensión comunitaria
declara la naturaleza y las características de la asamblea, y por
tanto el papel que desempeña la misma en la celebración: un papel
determinante y decisivo con respecto a los fines del culto mismo en cuanto
llamada a (con el deber de) conmemorar un acontecimiento pasado, hacerlo
presente hic et nunc en el / misterio, hacer "perdurable en el tiempo...
la realidad de un hecho pasado"". El precepto de Ex 12,14: "Este
día será memorable para vosotros y lo celebraréis
como fiesta del Señor, como institución perpetua de
generación en generación", encuentra un eco en las palabras
de Cristo: "Haced esto en memoria mía" (1 Cor 11,24) y en el
testimonio de Pablo: "Cuantas veces comáis este pan y
bebáis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor
hasta que venga" (1 Cor 11,26).
Es el precepto
que Cristo ha dejado a su iglesia para todo tiempo y lugar, a saber: el de
hacer presente su muerte-resurrección, su pascua liberadora. Ahora bien,
la celebración hace cabalmente presente toda esta realidad in mysterio
", ya que la liturgia es continuación y actuación de la
historia de la salvación en el tiempo de la iglesia. Entre la primera venida
de Cristo y su definitivo retorno se está desarrollando la vida de
la iglesia, que, como los apóstoles, está llamada en el tiempo a
anunciar "que el Hijo de Dios, con su muerte y resurrección,
nos libró del poder de Satanás y de la muerte..."; pero
también a realizar "mediante el sacrificio y los sacramentos"
la obra de salvación anunciada (SC 6).
343
Se trata, pues,
de una celebración de acontecimientos o de misterios, es decir, de
una comunicación de/con una realidad sobrenatural actuada mediante
el rito. Aquí, en efecto, vive y se expresa la inefable riqueza de Dios,
que se comunica al hombre por Cristo en el Espíritu. Por eso hace
continuamente la liturgia evocación o memoria del misterio de
Cristo celebrándolo como memorial.
V.
Teología de la celebración
Las reflexiones,
si bien sumarias, sobre la dimensión mistérica de la
celebración abren un tema más específicamente
teológico; es decir, un tema que, partiendo de la biblia y de la
tradición, busca cómo iluminar la esencia de la realidad
celebrativa. Se trata, pues, de una reflexión sobre el dato de fe celebrado,
de una theo-loghía que es contemplación del misterio de Dios y de
su acción celebrada, vivida y presencializada en la acción
litúrgica. Es una reflexión teológica sobre lo que la
ekklesía cree y ruega, y por tanto sobre los elementos de la
celebración.
Si la
celebración es actuación ritual de la fe, la teología de
la celebración deberá ser una reflexión sobre la
fe-expresada-en-rito, es decir, una teología de los misterios que
constituye la clave de comprensión cada vez más perfecta de la
liturgia misma. En efecto, si la liturgia constituye el momentosíntesis
de la historia de la salvación por resumir en sí anuncio
(AT), advenimiento (NT) y éschaton de dicha historia, son los
iterata mysteria los que realizarán en cada uno y en la comunidad la
realidad anunciada y ya plenificada en Cristo. He ahí el dinamismo
que
Celebración
se actúa
en la celebración de los sagrados misterios, según un movimiento
dialógico que tiene como interlocutores al Eterno: Dios, que
incesantemente interpela al hombreen-comunidad a través de la
proclamación de su palabra y la acción de su presencia, y al
"siempre nuevo": el hombre, fundamentalmente siempre el mismo y,
sin embargo, siempre distinto, dada la diversidad de tiempos y de
situaciones en que está llamado a vivir.
La
celebración litúrgica puede entonces considerarse como la actio54
por excelencia que la iglesia realiza hasta la parousía, en el anuncio y
actuación del mystérion, y que hace al hombre de todos los
tiempos partícipe del plan divino de salvación.
1. LOS ELEMENTOS
DE LA "ACTIO". La reflexión sobre esta actio de la
iglesia puede entonces modularse teniendo presentes las estructuras
rituales que caracterizan toda celebración y los elementos temáticos
propios de la palabra anunciada y de la eucología. Dada la
diversidad combinatoria de tales elementos, que varían según las
celebraciones, tendremos también una más o menos acentuada diversificación
en la teología de la celebración misma. En efecto:
a) El rito
constituye la fórmula exterior más evidente de tal comunicación
salvífica divino-humana. En la liturgia, se lee en SC 7, "los
signos sensibles significan, y cada uno a su manera realizan, la santificación
del hombre, y así... se ejerce el culto público
íntegro". El / rito es, pues, la mediación a través
de la cual se actualiza y torna operativa la palabra; pero está
igualmente destinado a "ser personalizado por el sujeto que lo pone en
práctica; a saber: por la comunidad celebrante, Celebración
a fin de que
ésta se reconozca en él, lo asimile, se exprese en él y lo
vivencie... El rito, que no está sino en función de la
experiencia objetiva del misterio salvífico de Cristo, se hace...
manantial y elemento importante de una experiencia tal, por la que el misterio
de Cristo, más que afectar a la comunidad como desde fuera, se le
manifiesta desde dentro adoptando, en cierto modo, la fisonomía
espiritual de la comunidad celebrante concreta"55. El rito, en- una
palabra, constituye un punto de encuentro entre lo humano y lo divino, fomenta
la participación en el misterio, pero sin dejar de ser nunca un
"diafragma que... implicará obstáculos y reacciones, en
cuanto que el sentido intrínseco de su función es afectar a todo el
hombre..."56.
b) La palabra. El
anuncio de la palabra es uno de los dos elementos constitutivos tanto de
la primera como de la segunda alianza y, consiguientemente, de toda
acción litúrgica que la ritualice bajo cualquiera de sus
aspectos57. En la acción litúrgica constituye tal anuncio
una realidad única con el sacramento, en cuanto que "la
función de la palabra propiamente sacramental se anticipa en cierto
modo a la liturgia de la palabra"; y en este sentido es posible reasumir
una terminología escolástica que, con respecto a la estructura de
la misa, "contempla la liturgia de la palabra como la pars magis
determinans, y la liturgia eucarística como la pars magis
determinabais..."''*. Es, pues, la palabra la que hace del rito sacramental,
sea cual fuere, un verdadero y propio kairós, un signo de
salvación.
344
"Cristo
está siempre presente a su iglesia, sobre todo en la acción
litúrgica... Está presente en su palabra, pues cuando se lee en
la iglesia
c) La eucologio.
Toda celebración se modula con dos elementos entre sí
íntimamente relacionados: el anuncio de la palabra de Dios y la
respuesta —en un régimen de signos— por parte de la
asamblea, de la que la lex orandi constituye una de sus más
características expresiones. Dentro de sus situaciones históricas
y ambientales, la iglesia ha orado y celebrado sin cesar la propia fe: un
testimonio de la continuidad de esta misma fe orada, celebrada y, por tanto,
creída es la / eucología, que constituye el fruto del contacto
vivo y vivificante con el misterio de Cristo, y por lo mismo una
síntesis admirable tanto de la especulación noética
como de la vida de la iglesia misma. El lenguaje eucológico es, efectivamente,
resultado del lenguaje usual —unas veces solemne, otras veces sencillo,
pero con mucha frecuencia radicalmente nuevo— de las asambleas
celebrantes dentro de su variada situación social, política,
cultural, espacio-temporal, que en
345
la
celebración reencuentran su unidad. La eucología es, pues,
la respuesta de la asamblea unida al Dios que la interpela y la provoca a la
conversión y a la fidelidad a la alianza. Una respuesta que varía
según los tiempos litúrgicos, ya que cada tiempo litúrgico
reaviva con modalidades propias un aspecto particular del opus nostrae redemptionis;
una respuesta que no es sino voz de la iglesia congregada para celebrar el
misterio de la salvación. El estudio de esta voz entra entonces con
pleno derecho en el tratado teológico sobre la celebración
—incluso es un puente obligado de paso para una adecuada
comprensión— en cuanto ofrece, juntamente con unas
constantes, esas otras variantes de tiempo, lugar y espacio que caracterizan y
determinan a cada una de las asambleas.
2. EL SIGNO DEL
/MISTERIO. Considerados los elementos esencialísimos que
caracterizan la celebración como una actio, es menester
todavía detenerse en otros para una comprensión de la realidad y
de sus implicaciones, así como de los elementos que intervienen en la
dinámica del misterio. Esta parte podría, pues, orientarse
según el movimiento expresado sintéticamente por la riqueza
de tres términos: por la actio al mysterium para la vita. En
definitiva, tal es el dinamismo que se actúa en el seno de toda
celebración: en la actio litúrgica se hace el paschale mysterium
realidad siempre nueva en y para la existencia (vita) del hombre mismo.
a) La
celebración como "mysterium". Aun habiendo ya subrayado
este aspecto en la parte bíblica [/ supra, IV, 2, c], conviene volver a
abordarlo aquí bajo otra perspecCelebración
tiva que complete
la óptica específicamente teológico-litúrgica
con que se relaciona y se estudia la realidad celebrativa.
En uno de los
prefacios existentes en los formularios que el Sacramentarium
Veronense cita "in natale apostolorum Petri et Pauli" leemos:
"... ostendens nobis et in trinitate quadriformis evangelii constare
mysterium, et in unoquoque evangeliorum trinitatis plenitudinem
confinen..." (n. 354). Extrapolando la referencia a la realidad
evangélica, tal expresión puede ayudar a comprender la
dimensión mistérico-trinitaria propia de toda celebración.
En efecto, el eje de toda celebración que tiene lugar en el desarrollo
del / año litúrgico es la realidad trinitaria de Dios Padre que,
con el poder del Espíritu, envía al Hijo para salvar al hombre.
La realidad trinitaria adquiere un marcado relieve en el conjunto de los
múltiples elementos que estructuran la celebración de cada
momento del año litúrgico. El misterio trinitario se manifiesta
como intervención o acción de personas en un conjunto de personas
como es el pueblo de Dios: la presencia vital del Padre, del Hijo y del
Espíritu envuelve a la iglesia dentro de un dinamismo que parte del
infinito, desde la arené de los tiempos cuando el Hijo estaba en el seno
del Padre (cf Jn 1,1), y está orientado hacia la parousía cuando
vuelvan a ser "nuevas todas las cosas" (Ap 21,5).
La
eucología ora y celebra este misterio, personal y trinitario a la vez,
recapitulando en sí misma las características de
doxología, de memorial y de implicación en la práctica:
elementos típicos de la celebración que se basa y trasciende las
constantes humanas de espacio y tiempo. Y es precisamente mediante la
eucología en su conjunto Celebración
como contempla y
celebra la iglesia el misterio trinitario del Padre, del Hijo y del
Espíritu. No es éste el momento de ejemplificar con alusiones
a períodos o formularios específicos del año
litúrgico, pero sí es posible y hasta útil subrayar,
tomando elementos de anteriores estudios personales, la interacción ad
intra y ad extra de cada una de las personas trinitarias.
• El Padre.
Siguiendo la tradición de la iglesia de siempre, la
eucología se dirige a Dios Padre invocándolo con términos
basados en el uso vetero y neotestamentario. Dios es el omnipótens, el
misericors, el Domine Deus noster. Se contempla la realidad divina en su
doble e indisoluble dimensión: creadora y eterna; Dios es el que domina
y crea el mundo y al hombre, sin dejar de trascender a la vez tiempo y
espacio creados por él a medida del hombre; es el que se muestra fiel a
las promesas actuán
dolas
progresivamente en el tiempo del hombre, como su epifanía. La iglesia
toma experiencia viva de todo esto al congregarse para celebrar los
misterios de la salvación.
• El Hijo.
La iglesia, con la riqueza de la propia lex orandi, no se expresa con
categorías sistemáticas; pero ateniéndose a una
sapientísima pedagogía, típica de la historia de
la salvación, por la que Dios se ha revelado progresivamente a sí
mismo haciéndose presente en la vida y en los acontecimientos del pueblo
de la antigua alianza, reconoce, cree, invoca y celebra los misterios del
Hijo, según la visión económico-soteriológica que
le es propia. Cristo es celebrado como
verdadero hombre
y verdadero Dios, el cual en su realidad histórica y trascendente a
la vez realizó semel pro semper la salvación. La
connotación más honda y completa
346
la encontramos en
el Christus Do-minus: confesión litúrgica de la iglesia primitiva
(cf He 2,36) y de las iglesias de todo tiempo y lugar, las cuales con el
per Christum Dominum nostrum de toda fórmula eucológica
conmemoran continuamente la mediación de Cristo59. En esta
conmemoración actúa la liturgia —por obra de la dynamis
divina— el encuentro entre el creyente y el Padre en el Cristo encarnado,
muerto y resucitado, que subió al cielo y que sin cesar nos está
dando el Espíritu. Dentro de
esta
dimensión mistérica, vital y globalizadora, centrada en la pascua,
es donde se sitúa la celebración de cada uno de los misterios de
la vida de Cristo, siguiendo una dinámica que se extiende desde la
experiencia noética del misterio hasta su plena posesión. Se
realiza así la nova creado, que, comenzando con la entrada de
Cristo en la historia humana, permanece entre los hombres mediante la celebración
—éschaton ya en acto— y encuentra su definitiva consuma
ción en la
anakefaláiosis (cf Ef 1,10) de las cosas del cielo y de la tierra.
• El
Paráclito. La acción del Espíritu, enviado para permanecer
entre nosotros hasta el final de los tiempos, es el punto de amalgama de la
celebración, que se actúa propiamente mediante su poder. La
acción del Espíritu que desde el cenáculo esparció
a la iglesia por el mundo para anunciar el reino, prosigue en el hoy de la
iglesia que es la celebración, en la que la misma iglesia se realiza
como comunidad de culto. Por el poder del Espíritu se
realizó la primera venida de Cristo; por su poder se actúa
el misterio de la
celebración (cf la epíclesis de la consagración en la
plegaria eucarística); y por su poder
347
se va
progresivamente insertando el hombre en el misterio hasta el retorno de Cristo.
Es menester, al respecto, observar la terminología utilizada por Pablo
al presentar la realidad de la nueva creación como una unión cada
vez más íntima y perfecta con Cristo; una unión
progresiva, que propia y solamente la celebración litúrgica
—en sus diversos momentos conmemorativos— puede realizar, y
que puede esquematizarse así: el creyente es con Cristo:
con-»paciente, Rom 8,17; con-crucificado, 6,6; conmuerto, 6,8;
con-sepultado, 6,4; sy'n-phitos, 6,55; syn-koinonós, 11,17;
con-resucitado, Ef"2,6; convivificado, 2,5; con-viviente, Rom 6,8;
con-glorificado, 8,17; coheredero, 8,17; con-ciudadano, Ef 2,19;
con-sedente, 2,6; con-reinante, 2Tim2,12.
b) La
celebración como "actio". "Sit nobis, Domine, reparado
mentis et corporis caeleste mysterium, et cuius exequimur actionem, sentiamus
effectum": es el texto de una oratio post communionem (n. 580) que aparece
en el Sacramentarium
Veronense y en
otras muchas antiguas fuentes litúrgicas. El texto es de sumo
interés para los fines de nuestra reflexión, al mostrarse con
toda evidencia —mediante la voz de la misma lex orandi— la esencia
de la celebración: la actuación ritual (exequimur actionem)
del misterio por parte de la asamblea.
La
contemplación y celebración del misterio es, pues, actio para la
vida de la iglesia, incluso "la"actio que descompone y refracta la
luz del único misterio en una pluriforme variedad de ritos y de
fórmulas que revelan la tonalidad específica del memorial que la
iglesia celebra en un determinado período o momento del anni
circulus.
Actio fundamental
de la iglesia es Celebración
conmemorar el
opus salutis, que, actuando una vez en la historia por Cristo, se
continúa en la iglesia y por la iglesia; es decir, en la celebración,
que es anuncio y actuación al mismo tiempo. Se trata de una
liberación que el pueblo de Dios pide continuamente al Padre; y
más aún que el pueblo de la antigua alianza, la iglesia
experimenta la misma mano divina en la liberación de todo aquello que la
ata a situaciones maléficas o de pecado: es la nueva libertad
anunciada y actuada por Cristo, que permite a la asamblea de los que creen
en Cristo sin haberle visto descubrir su propia identidad sacerdotal, regia y
profética.
Todo esto, que la
liturgia anuncia en la celebración, llega también a
actualizarse en ella: todo anuncio es una realización; sólo en la
celebración y mediante la misma, que es plenitud del tiempo de la
iglesia, continúa Cristo estando —por el poder de su
Espíritu— en medio de su pueblo, y el Padre —en
Cristo— sigue fijando su tienda entre los suyos hasta la
consumación de la esperanza, en cuyas fases de actuación se
inserta siempre la asamblea celebrante M.
Consiguientemente,
el dinamismo y los contenidos de la oración de la iglesia revelan
ser la celebración misma, el locus donde Dios se comunica a su
pueblo, y de su pueblo —en la celebración— espera la
respuesta; el locus en el que y a través del cual el Espíritu
actúa en la comunidad eclesial congregada para ofrecer su culto; el
momento siempre presente (el hodie) de esta historia de salvación en
acto. Así es como en esta actio se hace presente el
acontecimiento-Cristo y llega a realizarse en cada cual lo que Cristo
realizara por todos semel pro semper. Y así es como, incluso, se realiza
el hombre nuevo en la
Celebración
actio
celebrativa, que pone en
contacto la
realidad y las experien
cias de cada
creyente mediante la
fuerza renovadora
y siempre nueva
que brota de la
celebración misma.
La
participación en el misterio, la
comunión
con la divinidad es la
honda y constante
aspiración del
hombre de todo
tiempo y lugar; y
es Cristo quien
lo ha hecho posible
y realizable. A
través del año litúr
gico, con las
peculiaridades pro
pias del tiempo,
la actio lleva a la
asamblea a"
conformarse cada vez
más
plenamente con el misterio
celebrado: una
conformación que la
realiza como
templo vivo, auténtico
locus donde se
realiza a su vez el
encuentro con
Dios.
c) La
celebración como "vita". A la escucha una vez más de
(n. 669). El esse
consors tanti mysterii es para el creyente una realidad que brota de la
participación en la actio que precisamente hace presente el
misterio; pero es al mismo tiempo un programa de vida, incluso el motivo de
vida: la iglesia vive merced a un sumergirse, mediante la celebración,
en el misterio.
El que celebra es
una asamblea, el nuevo pueblo de Dios, que hunde sus raíces en el
santo resto de Israel, en los hombres anónimos y en las muchedumbres
indeterminadas que creyeron sin haber visto; que sabe ser una
"especial propiedad" (cf Ex 19,5); y que la eucología
identifica y personifica con una riqueza terminológica impresionan348
te: nos, famuli,
plebs, populas, /¡deles, ecclesia, grex...
En su camino
usque ad plenitudinem Christi tienen conciencia los fieles de cómo
sólo merced a la clemencia y bondad del Padre podrán llegar a ser
capaces de alcanzar la fisonomía de la plena madurez. Y la asamblea
celebrante encuentra la cumbre de su vida precisamente en el serviré
Domino, categoría cúltica fundamental de la iglesia, que por y en
la celebración se reconoce y se actúa como tal. Asi se realiza el
reino de Dios, que cada cual está llamado a construir; el reino de Dios
ya entre nosotros, que se hace acto en la celebración.
En la
celebración, que es histórica y a la vez
escatológica, surge la globalidad, la plenitud del misterio pascual que,
iniciado con la encarnación del Hijo del hombre, encontrará
su consumación en la segunda venida de Cristo. Esta dimensión
escatológica " pertenece a la vida de la iglesia, que, llamada a
ser el nuevo reino de Dios, espera los nuevos cielos y la nueva tierra. El
creyente vive y anticipa así el éschaton anclado en la realidad
existencial que el hic et nunc celebrativo proyecta con el dinamismo de lo
trascendente a.
VI.
Problemática pastoral
Las implicaciones
y las consecuencias relativas a la praxis pastoral que brotan del
tratado sobre la celebración son múltiples y de diversa
índole. No es posible ni oportuno agotarlas todas, ya que casualmente
vienen explicadas por otras voces de este mismo diccionario. Basten, pues,
algunas insinuaciones a problemas para cuyas soluciones sabrá
el agente pastoral encontrar instrumentos adecuados, supuesta, como
condición indispen349
sable para todo
acercamiento a lo divino, una buena dosis de sensibilidad espiritual y
humana.
1. ¿UN
"ESTILO" TAMBIÉN PARA
CELEBRAR? Si la
celebración —como hemos visto— es el momento en que lo
divino irrumpe en lo humano mediante un régimen y un lenguaje de signos,
no puede considerarse como secundario propiamente tal mundo del signo. Implica
éste el uso de la palabra, el signo por excelencia de tal comunicación;
pero implica también la modalidad con que se traduce y se aplica la
gestualidad entera. Si el /gesto, el /rito es el transmisor..., se impone su
realización conforme aun/ estilo que coopere a dar más
fácilmente tal paso desde lo divino hasta lo humano, y viceversa. Y todo
esto interpela primeramente al que tiene la función ministerial de
presidir la celebración "; pero interpela también a
toda la / asamblea, que con tal fin ha sido educada según una sabia
pedagogía hecha de palabra y más aún de actitudes, hecha
de / creatividad y de / adaptación M, que tengan en cuenta no tanto
los gustos de quien desempeña el ministerio de la presidencia
cuanto sobre todo las necesidades reales de quienes participan en la
acción litúrgica y aspiran a que tal / participación sea
consciente, activa, plena... e implique a la persona en su integridad.
2.
¿QUÉ "LENGUAJE"? En estos años la parte
más macroscópica de la / reforma litúrgica ha consistido
en traducir de la editio typica a la lengua vulgar textos y estructuras
rituales [/ Traducción litúrgica]. Podríamos calificarla
como una primera fase de la reforma. Después de unos pocos
años de experiencia directa con los nuevos instrumentos para
la celebración, como
Celebración
son los /libros
litúrgicos", se vislumbra ya la necesidad de una segunda fase de
dicha reforma que "traduzca el lenguaje" [/ Lengua/Lenguaje
litúrgico]. No son ciertamente las palabras las que crean dificultad,
sino la abundancia de conceptos que tales palabras —así como los
signos— encierran, y cuya comprensión remite predominantemente
a un conocimiento de
se puede decir
haber agotado <*.
3.
¿CATEQUESIS O EVANGELIZARON? Ciertamente, el dilema no se plantea
de una manera absoluta, ya que / evangelización y / catequesis no son
sino dos momentos, muy distintos ciertamente de la celebración,
pero igualmente esenciales para su realización. Pasando por alto la
acentuación de la evangelización como elemento previo y
concomitante de la celebración misma, nos queda el importantísimo
e imprescindible papel que viene a desempeñar la catequesis. No se
trata, desde luego, de una novedad; basta una mirada a la historia de la praxis
litúrgica para percatarse de cómo este problema de la iglesia de
nuestro tiempo se replantea dentro del cauce de la acción pastoral de la
iglesia de siempre, si bien con modulaciones que varían según el
tiempo, las áreas culturales, cultuales y geográficas.
Focalizando el
papel de la catequesis en el ámbito específico de la
celebración, observamos dos aspectos: a) La catequesis es
indispensable a la celebración: previa, concomitante o
mistagógica, su presencia no puede faltar, ya que la iniciación
en el mundo y el lenguaje del signo y del símbolo —y más
aún del misterio— no se agotan jamás, b) La misma
celebración es una catequesis, incluso una "catequesis inte
Celebración
gral"*7, ya
que educa para la acción litúrgica en el momento preciso de
participar en la realidad divina que aquélla hace presente. Con ello no
se pretende confundir o identificar el momento catequético con el específicamente
celebrativo: son dos realidades muy distintas en cuanto a las modalidades de
actuación, si bien una y otra tienen un objetivo común. La
catequesis, en efecto, está llamada, entre otras finalidades, a
concretar y proponer orgánicamente temas que brotan de una particular
celebración y de los mismos textos litúrgicos, situándolos
después orgánicamente en el transcurso del año
litúrgico y en relación con la vida del cristiano.
VII.
ConclusiónH
Toda forma de
acción pastoral, es decir, de ese arte que en la iglesia tiende a
hacer realidad que el creyente se encuentre con Dios a través de sus
misterios, si quiere ser eficaz, no puede prescindir de una sólida base
bíblico-teológico-litúrgica: sólo con una mens
verdaderamente litúrgica es posible orientarse uno mismo y a los
demás a vivir el misterio de Cristo con plenitud. Tal mentalidad
litúrgica no se obtiene o no se renueva a través de una simple
adaptación de textos o de ritos, sino que se adquiere entrando en lo
más vivo del dinamismo de la celebración del misterio mediante una
participación personal, ciertamente, pero no menos mediante una
aproximación teológica al he
cho
litúrgico, además de una adecuada catequesis. El agente
pastoral encontrará la base para una actuación cada vez
más eficaz en la medida en que se apoye ésta en una
teología de la acción litúrgica. Esta es la
reflexión —la theologhía de los padres— que
señala el camino a
350
seguir, a fin de
que el encuentro entre el creyente y Cristo, en la celebración del
misterio, lleve a las comunidades eclesiales a aquella plenitud de vida que es
cabalmente el objetivo de toda forma de actividad eclesial (cf SC 10).
NOTAS: ' Signo
elocuente es el escasísimo número de estudios sobre el argumento;
es posible afirmar que estamos ante el comienzo de una nueva "literatura"
que bajo diversas perspectivas trata de abordar el hecho cristiano de la
celebración como acontecimiento humano y divino al mismo tiempo, con
todo lo que comportan estos dos adjetivos en sus acepciones — 2 Tales
elementos son la "periodicidad" y la "calificación
colectiva", insertos en la "problemática" más
amplia "de la dinámica sagrado-profana"; A.M. Di Nolla, Festa,
en Enciclopedia delle Religioni II, Vallecchi, Florencia 1970, 1585-1586 —
' Ib, 1585; 1586 —4 Ib, 1586-1587 — s Ib, 1588 — 6 E. Ruffini,
Celebrazione litúrgica, en NDS 154-155 — ' Ib, 155 — !
Instrumentos esenciales para este tipo de investigación son:
Thesaurus Linguae Laíinae (= TLL), Lipsia 1900ss, 111/1, sub vocibus; A.
Ernout-A. Meillet (= EM), Diclionnaire élymologique de la langue latine,
Histoire des mots, C. Klincksieck, París 1967"; Ae.
Forcellini-F. Corradini-
J. Perrin,
Lexicón totius latinitatis, Padua 19404; Du Cange, Glossarium mediae et
infimae latinitatis, Graz 1954; K.E. Georges-F. Calonghi, Dizionario della
lingua latina, Rosenberg-Sellier, Turín 19573. El estudio más
completo sobre el término ha sido tratado por
B. Droste,
"Celebrare" in der rómischen Liturgiesprache. Eine
liturgie-theologische Untersuchung. M. Hüber, Munich 1963. En la obra
—de extremo interés en muchos aspectos— la autora
analiza celebrare en la latinidad clásica (pp. 2-11), en la biblia
y en algunos padres (Tertuliano, Cipriano, Ambrosio, Casiano, Agustín,
León Magno: pp. 12-73) y, por fin, en el uso lingüístico de
la liturgia romana: el sujeto de celebrare (pp. 73-82); la relación del
verbo con otros verbos de significado análogo (pp. 82-141); el
objeto de celebrare (pp. 142-195) — ' Según Forcellini, "haec
vox conjungenda est cum Graeco kéllo",
del que
derivaría el significado literal: "vehementer ac saepe
calcatus, ac proinde qui frequentatur". En esta línea se coloca
también De Soos cuando escribe: "La racine indoeuropéenne
kel qui a donné le verbe grec kélomai pousser, pousser vivement,
presser, est probablement á l'origine des deux familles de mots latins
qui peuvent se grouper autour des
351
adjectifs celer
et celeber...": M.B. de Soos, Le mystére liturgique d'apres saint
Léon le Grané, LQF 34 (19712), 29. Por el contrario EM (cf nota
8) afirman que "le rapprochement avec gr. kélomai [= excito,
estímulo, exhorto, aliento...], kéllo [—empujo, paro en
tierra, atraco...] est vague" (p. 110) — ,0 Forcellini: "... ad
quae [loca, conciones, ludi, sollemnia...] populus frequens convenit"
— " Cuando se le usa con este significado, "occurrit saepius
addita re, qua quis clarus est" (Forcellini); se presenta especialmente
"en poésie et peu fréquent avant I'époque
impériale" (EM 110) — l2 Cf TLL 111/1, 739-740 (cf nota 8)
(dies, deus, Venus, mater, orator...; elephans, vitulus...; imperium, exemplum,
flumen, gloria, proverbium, sermo...)— '3 TLL 111/1, 742
745.
"Frequentare —anota Forcellini— ... proprie est frequenter
adire, visitare, saepius cum aliquo esse. Stricto sensu dicítur de locis
et hominibus, quos frequenter adimus ac visitamus: latiori sensu de actione
dicitur, et est aliquid frequenter faceré, repetere..." En sentido
traslaticio, "generatim frequentare de loco dicitur et est frequentem
faceré, congregare; speciatim, sed raro, de sacris et similibus
dicitur, et est idem quod celebrare, seu frequentia et multitudine
celebrare" — ld En este sentido encontramos el verbo concelebrare,
que, "dans Lucréce, a encoré le sens de 'peupler en
masse'" (EM 110) — 15 "Du rassemblement relígieux en
l'honneur de quelqu'un, on passera naturellement á l'exaltation des
mérites de cette personne, á la louange solennelle; et on en
viendra également aux manifestations extérieures, aux rites
accomplis pendant ees réunions en l'honneur de la personne
célébrée, ce qui donnera á celebrare non seulement
le sens de *se rassembler en grand nombre', auxquels s'ajoutent celui
d'honorer' et celui d'éxalter', mais aussi le sens d'accomplir avec
solennité, en grande pompe, une action d'ordre
relígieux'...": M.B. De Soos, o.c, 29-30 — I6 Forcellini:
"speciatim est vulgare, ut personae aut reí nomen accedat et fama,
adeoque ponitur pro laudare, ornare, celebrem faceré" — n TLL
111/1, 746-748: laudibus efferre — IK TLL: frequentia, co
iy
eíus
— TLL: sollemnitas, actio, effectio — 20 Instrumentos de uso
inmediato son: A. Blaise-H. Chirat (= BI), Diclionnaire latinfrancais des
auteurs chretiens, Brepols, Turnhout 1967; A. Blaise-A. Dumas (=B2), Le
vocabulaire latín des principaux thémes ¡iturgiques,
Brepols, Turnhout 1966; A. Blaise (= B3), Dicüonnaire latin-francais de auteurs
du moyen-áge. Lexicón latinitatis medii aevi, praesertim ad res
ecclesiascicas investigandas pertinens (= CCCM), Brepols, Turnhout 1975; M,P.
Ellebracht, Remarks on ihe vocabulary of the ancient orations in the
Missale-Romanum, Dekker-van De Vegt, Nimega-Utrecht
Celebración
19662. A
éstos deben añadirse todas las concordancias —no es
éste el momento de recordarlas— de obras individuales y completas
de padres de la iglesia y del magisterio — 21 Blaise anota que "le
mot celebrare implique l'idée, mais pas nécessairement, d'une
participation nombreuse, d'une assemblée solennelle" (B2,
§ 3) —
206. El lector
puede encontrar gran número de otras citas, tomadas sobre todo de
algunos padres, en el volumen citado (nota 8) de B. Droste, passím
— B Cf sobre ello B. Droste, o.c, en particular pp. 12-23 — 24 Cf
Bl,
25 26
141 — Cf
B3, 164 — "Sans disparaitre —prosigue De Soos—
l'idée de multiplication, de fréquentation, semble étre
allée en s'atténuant au profit de l'idée dTionneur
rendu avec solennité et de l'idée de louange, d'éloge
publie et solennel" (o.c. [nota 9], 30) — 21 Cf, por ej.,
Sacramentarium Veronense, n. 253-254 — 2S Cf A. Pflieger, Liturgicae
orationis concordantia verbalia. Prima pars: Missale Romanum, Herder,
Roma 1964, 73 —29 D. Droste, o.c, 196-197 — 30 La
terminología es usada también por S. Marsili, Liturgia e
Teología. Proposta teorética, en RL 59/4 (1972) 455473
— Jl Son muy interesantes los estudios de: R. Fabris, Storia della
salvezza e momento celebrativo nel Nuovo Testamento, en VV.AA., Celebrare
il mistero di Cristo, Dehoniane, Bolonia 1978, 17-58; S. Marsili,
La celebrazione
litúrgica ira storia e teología, en VV.AA., Celebrare il mistero
di Cristo, o.c, 59-116; A. Carideo, Evento-Celebrazione. Prospettive
bibÜche sulla liturgia come celebrazione degli eventi salvifici, en
RL 65/5 (1978) 609-632 — n Este tipo de argumentación se
articula sobre todo en torno a los textos del AT, porque el NT —siempre
en el aspecto etimológico— usa celebrare sólo en Heb 11,28
— 33 En esta línea se coloca B. Droste, o.c. 12-23 — J* R.
Fabris, o.c, 19 — 35 "De hecho ya nadie duda en nuestros días
que la concepción 'teológica* de la alianza tenía su
puesto en el ambiente cultual de Israel, en determinadas solemnidades, que,
según parece, constituían los puntos culminantes de su vida
religiosa"": G. von Rad, Teología del ATI, Teología de
las tradiciones históricas de Israel, Sigúeme, Salamanca 1978,
180 —
Celebración
"
"Alianza significa en primer lugar una relación recíproca de
pertenencia, en nuestro caso el vínculo de Israel con Dios... Es, por
otra parte, propio de la naturaleza de la alianza divina en el AT que el hombre
se comprometa en lo que concierne a una concreta voluntad de Dios; es decir,
que asuma, considerándola vinculante, una disposición
manifestada por Dios (en el caso del Sinai y del Decálogo)...": N.
FUglister, // valore salvifico della Pasqua, Paideia, Brescia 1976, 280-281
— " R. Fabris, o.c. 23 — 38 Para este aspecto tan decisivo con
vistas a una refundación teológica de la liturgia de la palabra,
cf el estudio de A.M. Triacca [usado en gran parte en la voz / Biblia y
liturgia de este diccionario], Celebrazione litúrgica e Parola di Dio.
Attuazione ecclesiale della Parola, en G. Zevini (por), Incontro con
352
ción
eucológica se indica frecuentemente toda la celebración -—
J.M.R. Tillard,
J. de Lattaquié, A. Guillermou, F.A. Isambert, J.-Y. Hameline).
Otros estudios: I. de Sandre, Condizioni sociologiche della celebrazione:
comunione ed eucaristía, en RL 62/4-5 (1975) 528-537; F. Sottocornola,
Celebrare l'único mistero di Cristo nei molti avvenimenti della storia,
en RL 64/3 (1977) 333-346 — a Algunas aportaciones en esta perspectiva:
L. Brandolini, Presiedere l'assemblea litúrgica: un compito
impegnativo, en Orientamenti Paslorali 18/7 (1970) 598-605;
G. Lercaro,
"Sacerdotem oportet praeesse": lo stile della celebrazione, en RPL
316 (1965) 521-536; G. Blasich, Gesto, azione, regia e celebrazione, en RL 66/1
(1979) 36-48; L. Della Torre, In cantiere il celebrante e la liturgia di
domani, en RPL 6/4 (1968) 267-285; E. Costa, Regia di una celebrazione
eucaristica festiva, en RPL 12/5 (1975) 40-48 — M Cf el estudio de E.
Costa, Procedimenti e condizioni per un adattamento, en RL 63/1 (1976) 77-86
— 65 Cf el estudio de A.M. Triacca-B. Neunheuser, // libro
litúrgico e la celebrazione: ieri e oggi, en RL 63/1 (1976) 57-76
— " A título de ejemplo, cf L. Gherardi, Un ¡inguaggio
per
353
la
comunitá celebrante, en RL 66/1 (1979) 13
19; T.
Schnitzler, // ¡inguaggio dei segni:
prospettive
paslorali e catechetiche, en RPL
3/6 (1965)
552-564 -« E. Costa, La "cele
brazione"
come catechesi intégrale, en RL
60/5 (1973)
633-642 — " Tomo estas reflexio
nes de un estudio
mío anterior: Liturgia:
pienezza e
momento della storia della salvezza,
en VV.AA.,
Mystérion, o.c, 148-149.
M. Sodi
BIBLIOGRAFÍA:
Aldazábal J., El libro litúrgico como pedagogía de la
celebración, en "Phase" 116 (1980) 111-124; Bernal J.M., La
celebración litúrgica como experiencia íntima de Dios, ib,
114 (1979) 473-493; Costa E., Celebración-Fiesta, en DTI 2,
Sigúeme, Salamanca 1982, 25-38; Duchesnau Cl., La celebración
en la vida cristiana, Marova, Madrid 1979; Farnés P., Las acciones
litúrgicas, celebraciones de
en
"Concilium" 62 (1971) 281-290; Maldonado L., Los signos de los
tiempos en el corazón del culto, en "Phase" 62 (1971) 211-214;
Maldonado L.-Fernández P., La celebración litúrgica:
fenomenología y teología de la celebración, en VV.AA., La
celebración en
1980.
CELEBRACIÓN
EUCARISTICA / Plegaria eucaristica; / Eucaristía; / Nuevas plegarias
eucarísticas; / Concelebración eucaristica
CELEBRACIÓN,
LUGARES DE / Lugares de celebración
Celebraciones de
la palabra
SUMARIO: I.
Introducción - II. El don de la palabra de Dios: 1. Cristo, presente en
la palabra; 2. El Espíritu Santo, exegeta de la palabra; 3. La iglesia,
criatura y servidora de la palabra - III. La palabra de Dios en la
celebración litúrgica: 1. La palabra de Dios en la liturgia; 2.
Palabra de Dios y sacramento; 3. Palabra de Dios y sacrificio - IV. Las celebraciones
de la palabra: 1. Un acontecimiento litúrgico; 2. La dinámica
celebrativa; 3. Diferentes celebraciones de la palabra: a) Celebraciones de la
palabra propiamente dichas, b) Celebraciones rituales de la palabra, c)
Celebraciones de la palabra en la liturgia de las horas, d) Otras celebraciones
de la palabra de Dios.
I.
Introducción
Nos referimos a
las celebraciones sagradas de la palabra de Dios,
anteriormente
llamadas vigilias bíblicas y paraliturgias, tal como nos las
presenta la constitución litúrgica Sacrosanctum concilium 35,4,
cuyo desarrollo ritual encontramos en la instrucción litúrgica
ínter Oecumenici 37-39, en correspondencia con la llamada liturgia
de la palabra, en la eucaristía. De todos modos, estas celebraciones
sagradas de la palabra de Dios han sido referidas especialmente a las
celebraciones de la palabra de Dios sin sacerdote (Ordo Lectionum Missae, 2.a
ed., 1981, 62. En adelante, OLM). Cuando nos adentramos en el estudio
teológico y pastoral de las celebraciones de la palabra,
intentamos reflexionar sobre la celebración de la palabra de Dios desde
el sentido de la presencia de esta palabra en la celebración; o, con
otras palabras, queremos tratar principalmente no del sacramento de la palabra,
sino de la palabra en el sacramento. La terminología palabra de Dios o
palabra de Yavé aparece ya en el Antiguo y en el Nuevo Testamento (1 Sam
3,7; 1
Tes 2,13). El
quicio de nuestro estudio sobre las celebraciones de la palabra, en cuanto acto
celebrativo autónomo y específico, está en la
relación entre la palabra y el rito litúrgico, y el contexto
responde a las relaciones generales entre biblia y liturgia (Sacrosanctum
concilium 24.33.35.51.52; Dei Verbum 21. En adelante, SC y DV).
Estamos hablando
de las celebraciones de la palabra, y nos preguntamos:
¿Cómo se entiende esta memoria litúrgica de la biblia? La
celebración cristiana es, en principio, una
presencialización festiva y religiosa del acontecimiento histórico
de nuestra salvación, conocido como historia salutis o misterio pascual
de Jesucristo. En consecuencia, la celebración litúrgica
presupone, además del aconteci
354
miento
histórico salvífico, una asamblea convocada por la palabra
proclamada y unos signos celebrativos de tipo sacramental. Celebrar la
palabra, por tanto, tiene un contenido denso e implica la
liberación de la fuerza salvífica que está en la palabra
de Dios. En la celebración, la palabra es siempre algo inédito,
pues su contenido se explícita en el acontecimiento de su
celebración. En este sentido, en las celebraciones de la palabra nos
interesa su don salvífico en el momento de su realización en
nosotros, que es también el momento de su principal eficacia salvadora y
su contexto hermenéutico fundamental.
El origen y la
finalidad de muchas páginas de
355
II. El don de la
palabra de Dios
AI hablar de la
palabra de Dios estamos considerando
1. CRISTO,
PRESENTE EN
Celebraciones de
la palabra
En concreto, hay
que pasar de la palabra escrita a la palabra celebrada en la liturgia y en
los sacramentos, que son las acciones litúrgicas fundamentales. Las
celebraciones de la palabra son la memoria epifánica y
escatológica, por la virtud del Espíritu Santo, en el hoy de Dios
(el tiempo de gracia o kairós, Rom 13,11; 2 Cor 6,2) de los
acontecimientos maravillosos de nuestra salvación, llamados también
mirabilia Dei, historia salutis y mysterium paschale.
Ahora bien, la
palabra de Dios no es un don que se entregue sin más, sino que es un don
que sólo en el culto litúrgico se descubre en su pleno sentido
salvífico. Para ello hay que recorrer un proceso de escucha de la
palabra, de experiencia interior de la palabra y de cumplimiento de la
palabra, haciendo verdad en nuestras vidas la misma verdad de la palabra. Este
proceso de interiorización de la palabra de Dios despierta en los
creyentes el diálogo, la oración, la búsqueda de la
voluntad de Dios, el perdón de los pecados, la curación de los
enfermos, el celo apostólico y, sobre todo, la celebración
litúrgica, que es el tiempo y el espacio donde la palabra de Dios se
hace especialmente don de Dios. Sin embargo, este proceso presupone la
evangelización cristiana, que nos permite entrar en el contexto
cultural y religioso de
La palabra de
Dios es camino que nos conduce al misterio de la fe cristiana. La palabra nos
transmite lo que Dios ha hecho y hace continuamente por nosotros; y
así nos pone en comunión, mediante la comunicación, con la
salvación de Jesucristo encarnado y, en él, con la humanidad
entera llamada a ser salvada, y con toda la creación de Dios. La palabra
de Dios manifies
Celebraciones de
la palabra
ta, contiene y
realiza la alianza que Dios ha hecho con el hombre; por eso su
proclamación exige nuestra adhesión a su verdad: Haremos lo que
ha dicho el Señor (cf Neh 10,30; 2 Re 23,3). Con fundamento, pues, ha
sido comparada la palabra de Dios con el cuerpo de Cristo, y en esta
perspectiva se habla de la mesa de la palabra y de la mesa del sacrificio,
siguiendo el vocabulario de los santos padres. Ciertamente, Cristo es el
camino, la verdad, la vida, el misterio y el centro de
Con razón,
por tanto, el concilio Vat. II afirma la presencia de Cristo en la palabra
cuando enseña: "Está presente en su palabra, pues cuando se
lee en la iglesia
encíclica
Mysterium fidei (1965), parece como si más bien se hablara de la
presencia de Cristo en la comunidad, y sobre todo en la jerarquía cuando
actúa en nombre del Señor. Pero en
Finalmente, en la
segunda edición del Ordo Lectionum Missae (1981) se habla ya
claramente de la presencia de Cristo en su misma palabra y se propone una
explicación teológica adecuada con estas palabras: "En
la celebración litúrgica, la palabra de Dios no se pronuncia
de una sola manera ni repercute siempre con la misma eficacia en los corazones
de los que escuchan, pero siempre Cristo está presente en su palabra y,
realizando el misterio de salvación, santifica a los hombres y tributa
al Padre el culto perfecto. Más aún, la economía de
la salvación, que la palabra de Dios no cesa de recordar y de prolongar,
alcanza su más pleno significado en la acción litúrgica,
de modo que la celebración litúrgica se convierte en una
continua, plena y eficaz exposición de esta palabra de Dios. Así,
la palabra de Dios, expuesta continuamente en la liturgia, es siempre
viva y eficaz por el poder del Espíritu Santo y manifiesta el amor
operante del Padre, amor indeficiente en su eficacia para con los hombres"
(n. 4). "Para que puedan celebrar de un modo vivo el memorial del
Señor, los fieles han de tener la convicción de que hay una sola
presencia de Cristo, presencia en la palabra de Dios, pues cuando se lee en la
iglesia
(n. 46).
357
La palabra de
Dios se manifiesta como sacramento de salvación, en sus dimensiones
cristológica, pneumatológica, doxológica y eclesial.
Dios, al autorrevelarse, se hizo palabra, y la palabra tomó carne y
habitó entre nosotros. La palabra es la historia de nuestra
salvación, actuando el proyecto salvífico de Dios en el tiempo
humano. El culto de la palabra, como profecía en el Antiguo Testamento y
como acontecimiento en el Nuevo Testamento, es el fundamento de la
liturgia en las religiones reveladas a partir de la densidad de la palabra de
Dios. "Porque, ¿cuál es en verdad la gran nación que
tenga dioses tan cercanos a ella como Yavé, nuestro Dios, siempre
que le invocamos? Y ¿cuál la gran nación que tenga leyes y
mandamientos justos como toda esta ley que yo os propongo hoy?" (Dt
4,7-8). La ley y los mandamientos de Dios son la presencia cercana
del Señor en medio de su pueblo, que habla al corazón en el
desierto de la vida (Os 2,16). La liturgia cristiana es el culto de la palabra,
donde el cuerpo de Cristo es el nuevo templo, y su contenido es el misterio
sacramentalmente realizado de nuestra salvación, al cual todos decimos
sí y amén en Cristo nuestro Señor. Ciertamente, cuando se
ignoran las Escrituras se ignora a Cristo, y también se desconoce
el misterio del culto litúrgico de la iglesia.
El evangelio es
la carne de Cristo, en frase de san Ignacio de Antioquía3. Los
evangelios nos ofrecen los acontecimientos y padecimientos (acta et
passa) de Jesucristo, que han de ser interpretados no según la
carne (la razón humana), sino según el Espíritu Santo
(el don de la unción), a partir de la crucifixión y de la
resurrección del Señor. En este sentido, advertimos que el don de
la palabra es el
Celebraciones de
la palabra
mismo Cristo
hablando a su pueblo, de manera que Jesús es el profeta y el
sacerdote principal. "Quien escucha estas palabras y las cumple se parece
a un hombre sabio que construye su casa sobre roca" (Mt 7,24). "Desde
la infancia conoces las Santas Escrituras que conducen a la salvación
mediante la fe en Jesucristo" (2 Tim 3,15). "Bienaventurado el que
lee y los que escuchan las palabras de esta profecía, y los que observan
las cosas en ella escritas, pues el tiempo está
próximo" (Ap 1,3). Ahora podemos comprender que la reforma de
la iglesia está en relación con el conocimiento de
2. EL
ESPÍRITU SANTO, EXEGETA DE
ritos que rodean,
por ejemplo, la proclamación del santo evangelio manifiestan a Cristo
anunciando su palabra. Es Cristo el que habla a su pueblo, o la iglesia en su
nombre.
En este contexto
de la proclamación litúrgica de la palabra de Dios se
comprende mejor la conexión entre esta palabra proclamada y celebrada en
la liturgia y la acción del Espíritu Santo. "Para que la
palabra de Dios realice efectivamente en los corazones lo que suena en los
oídos, se requiere la acción del Espíritu Santo, con cuya
inspiración y ayuda la palabra de Dios se convierte en fundamento de la
acción litúrgica y en norma y ayuda de toda la vida. Por consiguiente,
la actuación del Espíritu no sólo precede, acompaña
y sigue a toda la acción litúrgica, sino que también va
recordando, en el corazón de cada uno, aquellas cosas que, en la
proclamación de la palabra de Dios, son leídas para toda la
asamblea de los fieles y, consolidando la unidad de todos, fomenta asimismo la
diversidad de carismas y promociona la multiplicidad de actuaciones"
(OLM 9). Aquí nos encontramos con la liturgia del Espíritu o
con el Espíritu de la liturgia, es decir, con el fundamento del
sentido pneumatológico de la liturgia y, en consecuencia, de las
celebraciones de la palabra. Así pues, cuando se celebra la palabra de
Dios se revela aquí y ahora su contenido de salvación. La palabra
de Dios es tal, no en abstracto, sino cuando nos acercamos a ella con fe, y
sobre todo cuando la celebramos litúrgicamente.
Y desde el
Espíritu Santo de la liturgia llegamos al carisma o don de Dios en el
celebrante cristiano, que da la capacidad sacramental y espiritual de ejercer
dignamente o de participar correctamente en las
358
celebraciones
litúrgicas, es decir, el sacerdocio de Jesucristo y nuestra
redención, para la gloria de Dios. En primer lugar, para escuchar la
palabra de Dios necesitamos el don del Espíritu Santo. Para escuchar en
el silencio eterno esa palabra, Cristo, pronunciada en constante melodía
por el Padre, necesitamos la presencia poderosa en nuestros corazones del agua
de la vida y de la unción del Espíritu. Necesitamos tener ungidos
nuestros corazones e iluminados nuestros rostros. "Este es mi Hijo muy
amado. Escuchadlo", nos dice el Padre de su Hijo (Le 9,35).
"Pero el que beba del agua que yo le diere no tendrá
jamás sed;
que el agua que yo le dé se hará en él una fuente que
salte hasta la vida eterna" (Jn 4,14). "Esto dijo del Espíritu
que habían de recibir los que creyeran en él" (Jn 7,39). "Cuando
Dios nos comunica su palabra, espera siempre una respuesta, respuesta que
es audición y adoración en espíritu y verdad (Jn 4,23). El
Espíritu Santo, en efecto, es quien da eficacia a esta respuesta, para
que se traduzca en la vida lo que se escucha en la acción
litúrgica, según aquella frase de
En segundo lugar,
la palabra de Dios, escuchada con fe y con la fuerza del Espíritu Santo,
nos hace profetas, es decir, nos da la capacidad de hablar con dignidad y
con eficacia de las cosas de Dios. Desde el acontecimiento de
pentecostés, los apóstoles, los profetas y toda la iglesia deben
de hablar con el poder del Espíritu de Jesucristo.
¿Qué significan si no aquellas lenguas de fuego aparecidas sobre
las cabezas de los que se encontraban esperando la manifestación
del Espíritu? Como la palabra de Dios es fuerza divina, hay que acogerla
y procla
359
marla movidos por
el mismo dinamismo del Espíritu. Las cosas santas hay que
tratarlas santamente. Aquí hallamos el fundamento y el sentido
carismático de la palabra de Dios y de las celebraciones litúrgicas.
La palabra de Dios es un carisma: el carbón encendido en el
corazón y en los labios del profeta Isaías, y debemos de
proclamarla y celebrarla carismáticamente. En este contexto se advierte
y se recibe, mediante la unción o ensanchamiento del
corazón, la gracia del profetismo cristiano, que se debiera manifestar
en todos los bautizados al haber sido hechos en el bautismo partícipes
de la consagración y de la misión de Jesucristo en su triple
ministerio de profeta, sacerdote y rey. Este profetismo, que consiste en ser
capaces de hablar carismáticamente de Jesucristo, ha aparecido
especialmente en algunos santos, testigos del Señor, como santo Domingo
de Guzmán, padre y fundador de los frailes predicadores,
caracterizado por el don de la palabra, y santo Tomás de Aquino, que tan
profundamente escribió sobre la gracia de la predicación.
De este modo, el
Espíritu Santo nos introduce en la celebración y en la
experiencia cristiana de los tesoros salvíficos de la palabra de
Dios, y con ello la palabra se hace verdadero acontecimiento de
salvación en nuestra propia historia. Así, nos situamos en el hoy
salvífico de Jesucristo. El Espíritu Santo, inteligencia
y memoria viviente de la iglesia y de cada cristiano, nos da un corazón
de carne, que nos hace capaces de interpretar y de experimentar el
contenido y el sentido de las Sagradas Escrituras, de modo que la palabra se
convierte en verdadera liturgia de Dios. La palabra nace en el silencio y se
proclama desde el silencio. La palabra de Dios así creída y cele
Celebraciones de
la palabra
brada se hace
necesidad urgente de ser proclamada, pues se transforma en un don de Dios que
invade y toma posesión de la persona que la acoge con el corazón
dispuesto. Es el Espíritu Santo quien realiza este misterio de
posesión, revelándonos interiormente el misterio pascual de
Jesucristo, el misterio de su muerte y de su resurrección, y nos da la
capacidad de celebrarlo santamente en el misterio de la iglesia, sacra
. mentó de
Jesucristo. La palabra proclamada y celebrada en el Espíritu Santo,
que es la verdad de Dios, se hace comunicación, para terminar
haciéndose comunión en el mismo misterio de la salvación
en Jesucristo, nuestro Señor. En las celebraciones de la palabra, como
en las demás celebraciones litúrgicas, no debemos separar
jamás la memoria de Cristo crucificado y resucitado de la invocación
(epíclesis) al Espíritu Santo; pues si eso sucediera
estaríamos en un peligro próximo de manipular los dones de Dios,
sirviéndonos de ellos para nuestra propia gloria, olvidando los caminos
elegidos por Dios para la salvación del hombre y para alcanzar su
gloria. El equilibrio entre la memoria de Cristo y la epíclesis,
quicio de la fe cristiana y de la liturgia ortodoxa, nos da también
el sentido de la historia, del presente y del futuro de nuestra existencia
cristiana, que se fundamenta en la historia de- Cristo encarnado. De
este modo recibimos los cristianos la capacidad de enfrentarnos con la
realidad de la cruz y de la esperanza en la vida, sin angelismos ni
reduccionismos socio-políticos. La escatología cristiana no
es esperanza en un futuro histórico del hombre, luchando por un
paraíso en la tierra (la tierra que sólo produce sudor y
abrojos), sino que es fe y experiencia creyente en el Espíritu Santo,
que nos recuerda,
nos interpreta y
nos acoge en nuestra propia historia, de modo que le dejemos celebrar en
nuestra existencia el misterio pascual de Jesucristo, nuestro
Señor y salvador.
3.
total
cumplimiento. Todos los cristianos son constituidos, por el bautismo y la
confirmación en el Espíritu, pregoneros de la palabra de Dios en
la iglesia y en el mundo, por lo menos con el testimonio de su vida. Esta
palabra de Dios, que es proclamada en la celebración de los sagrados
misterios, no sólo atañe a la actual situación
presente, sino que mira también al pasado y vislumbra el futuro, y nos
hace ver cuan deseables son aquellas cosas
360
que esperamos,
para que, en medio de las vicisitudes del mundo, nuestros corazones
estén firmes en la verdadera alegría" (OLM 7).
En el texto
anterior advertimos el puesto central de la palabra de Dios en la vida y
misión de la iglesia y su sentido sacramental. En esta perspectiva, la
iglesia aparece también como sacramento de la palabra, de manera que es
y debe manifestarse como signo creíble de esta palabra, debiendo permanecer
constantemente a su escucha. Al difundirse la palabra se multiplicaba el
número de los discípulos de Jesucristo en Jerusalén (He
6,7). La iglesia nace y crece gracias a la palabra de Dios, dinámica y
creadora en su Espíritu. Esta palabra es la semilla divina, de
donde procede la vida nueva. La iglesia pudo vivir sin la palabra escrita en el
tiempo de los apóstoles —fue su carisma—; pero ahora ya no
es posible para la iglesia vivir sin esta palabra escrita y, sobre todo,
sin esta palabra celebrada en la liturgia. La iglesia, además,
está llamada a proclamar y a celebrar la palabra, pues ha sido hecha por
los sacramentos de la iniciación cristiana una comunidad
profética y sacerdotal, de modo que todos los bautizados hemos sido
convocados al anuncio y a la celebración de la palabra en su
realidad histórica, en el hombre y en Jesucristo, en cuanto
acontecimiento de salvación. Ahora bien, este misterio es obra del
Espíritu Santo, como se afirma en
darse, pues, oración
cristiana sin la acción del Espíritu Santo, el cual, realizando
la unidad de la iglesia, nos lleva al Padre por medio del Hijo" (n. 8).
La iglesia, en
orden a valorar su verdadera responsabilidad en la proclamación y
celebración de la palabra de Dios, necesita redescu361
brir el
sacerdocio común o bautismal de todos los cristianos, que nos da la
identidad básica y sacramental y nos descubre el fundamento de
nuestra consagración y de nuestra misión en el pueblo de Dios en
cuanto profetas, sacerdotes y reyes. Cada cristiano, por el bautismo, queda
convertido real y verdaderamente en profeta de Jesucristo, llamado a
extender la palabra de Dios; queda convertido también en sacerdote de
Jesucristo, con el derecho y el deber de ofrecer su vida al Señor y
participar en el culto litúrgico de la iglesia en lo que corresponde a
los seglares; y queda hecho también responsable pastoral del
conocimiento y del cumplimiento de la voluntad de Dios en el pueblo y en la
humanidad entera. En este contexto bautismal advertimos cómo
la palabra de Dios ha sido confiada a todos los cristianos, convertidos en
pueblo de Dios por el Espíritu Santo. "Pero vosotros sois linaje
escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido para
pregonar el poder del que os llamó de las tinieblas a su luz
admirable" (1 Pe 2,9). Sin embargo, aunque todos los bautizados han
recibido la palabra, no todos tienen el mismo carisma para proclamarla y para
interpretarla.
Consagrados los
cristianos por el bautismo para la triple misión de la iglesia en el
mundo: la misión profética (el kerigma, la catequesis, la
didaskalía), la misión litúrgica (la glorificación
de Dios y la salvación del hombre) y la misión de la caridad (los
servicios de la diakonía y de la koinonía), cada cristiano la
ejercita en la iglesia de acuerdo con la vocación que haya recibido de
Dios, sea el sacerdocio, la vida consagrada o el laicado. En consecuencia,
aunque existe una identidad básica entre todos los cristianos
por el sacramento del bautisCelebraciones de la palabra
mo, cada uno
tiene su especial consagración y su correspondiente misión en la
iglesia en relación con una de las tres vocaciones esenciales y con
los sacramentos que haya recibido. La iglesia es una comunidad
profética, sacerdotal y real jerarquizada y diferenciada. En esta
perspectiva se advierte que "el oficio de interpretar
auténticamente la palabra de Dios escrita o transmitida ha sido
confiado únicamente al magisterio vivo de la iglesia, cuya autoridad se
ejerce en el nombre de Jesucristo" (DV 10). Concisamente, se afirma en el
Ordo Lectionum Missae: "Por voluntad del mismo Cristo, el nuevo pueblo de
Dios se halla diversificado en una admirable variedad de miembros, por lo
cual son también varios los oficios y funciones que corresponden a cada
uno, en lo que atañe a la palabra de Dios; según esto, los fieles
escuchan y meditan la palabra, y la explican únicamente aquellos
a quienes, por la sagrada ordenación, corresponde la función
del magisterio, o aquellos a quienes se encomienda este ministerio" (n.
8).
Aunque todos los
bautizados somos profetas del Señor en orden a acoger y a proclamar
litúrgicamente la palabra de Dios, sin embargo no es
idéntica la misión profética del sacerdote, del consagrado
y del laico, pues se trata de tres vocaciones esencialmente. diferentes,
según las cuales se diversifica y se ordena el pueblo de Dios.
Según es la vocación cristiana y eclesial recibida de Dios,
así será también la misión profética, sacerdotal
y real en la iglesia. El concilio Vat. II afirmaba ya: "El sacerdocio
ministerial, por la potestad sagrada de que goza, forma y dirige el pueblo
sacerdotal, confecciona el sacrificio eucarístico en la persona de
Cristo y lo ofrece en nombre de todo el pueblo a Dios. Los fieles, en
Celebraciones de
la palabra
cambio, en virtud
de su sacerdocio regio, concurren a la ofrenda de la eucaristía y lo
ejercen en la recepción de los sacramentos, en la oración y
acción de gracias, mediante el testimonio de una vida santa, en la
abnegación y caridad operante" (LG 10). No es cuestión de
ritualismos vacíos, ni tampoco de esteticismos inadecuados, sino de
aceptar las consecuencias de la naturaleza de la iglesia y de ser conscientes
de la importancia de
la liturgia en
cuanto misterio que expresa, contiene y comunica, en signos transparentes y
eficaces, los dones de Jesucristo, Señor y salvador.
La
proclamación comunitaria y litúrgica de la palabra de Dios es un
acontecimiento ministerial y solemne, cuya misión es transmitir la
salvación cristiana. Así surgen los ministros eclesiales de la
palabra de Dios, cuyo ejercicio requiere el respeto a
ministros de la
palabra de Dios están los lectores instituidos, los delegados de la
palabra (en donde está ausente el sacerdote), los diáconos,
los sacerdotes, los cuales tienen como primer deber, en el orden de la
ejecución, la proclamación auténtica de la palabra de
Dios. "El pueblo de Dios se congrega primeramente por la palabra de
Dios vivo, que con toda razón es buscada en la boca de los sacerdotes.
En efecto, como quiera que nadie puede salvarse si antes no creyere, los
presbíteros, como cooperadores que son de los obispos,
362
tienen por deber
primero el anunciar a todos el evangelio de Dios, de forma que, cumpliendo
el mandato del Señor: Marchad por el mundo entero y llevad la buena
nueva a toda criatura (Me 16,15), formen y acrecienten el pueblo de Dios*'^04).
La presidencia
del ministerio de la palabra, como en los demás ministerios eclesiales y
litúrgicos, corresponde y es propia del sacerdote, y nunca del
seglar, aunque fuera un líder. El pastor verdadero es siempre el
sacerdote ordenado, que es el ministro de los misterios de Dios; él
tiene un ministerio y un carisma en la comunidad cristiana insustituible por el
laico, aunque existen ministerios que puedan ser delegados. Por ejemplo, la
predicación de los laicos en los templos es permitida siempre que
circunstan
cias
excepcionales lo aconsejen, a juicio del obispo, supuestas ciertamente la
debida preparación y la necesaria misión canónica, y excluyendo
la predicación homilética. El sacerdote, como presidente de la
celebración de la palabra y de los sacramentos, debe de sembrar sin
cansancio la palabra de Dios, preparando el terreno de los corazones
humanos. El sacerdote está convocado a proclamar la grandeza, la
verdad y la fuerza de la palabra. "El que preside la liturgia de la
palabra, aunque escucha él también la palabra de Dios proclamada
por los demás, continúa siendo siempre el primero al que se le ha
confiado la función de anunciar la palabra de Dios, compartiendo con los
fieles, sobre todo en la homilía, el alimento interior que contiene
esta palabra" (OLM 38). El sacerdote, al celebrar la palabra,
pondrá también su confianza, no en los hombres, sino en Dios,
sabiendo por experiencia el sentido de aquellas palabras:
"Sécase la hierba, marchítase
363
la flor, pero la
palabra de nuestro Dios permanece por siempre" (Is 40,8).
III. La palabra
de Dios en la celebración litúrgica
Hemos
reflexionado anteriormente sobre las dimensiones anamnética,
pneumatológica y eclesial de la palabra de Dios; ahora nos corresponde
estudiar directamente la palabra de Dios en la liturgia, es decir, la
dimensión doxológica de la palabra de Dios, como salvación
de los hombres y como glorificación extrínseca de Dios en el
hoy celebrativo de la historia de la salvación en nuestras propias
existencias. "En la celebración litúrgica, la lectura
de
"En las
distintas celebraciones y en las diversas asambleas de fieles que participan en
dichas celebraciones se expresan de modo admirable los múltiples
tesoros de la única palabra de Dios, ya sea en el transcurso del
año litúrgico, en el que se recuerda el misterio de Cristo en su
desarrollo, ya en la celebración de los sacramentos y sacramentales de
la iglesia, o en la respuesta de cada fiel a la acción interna del
Espíritu Santo, ya que entonces la misma celebración
litúrgica, que se sostiene y se apoya principalmente en la palabra de
Dios, se convierte en un acontecimiento nuevo y enriquece esta palabra con una
nueva interpretación y una nueva eficacia. De este modo, en la
liturgia, la iglesia
Celebraciones de
la palabra
sigue fielmente
el mismo sistema que usó Cristo en la lectura e interpretación de
las Sagradas Escrituras partiendo del hoy de su acontecimiento
personal'YÓLA/ 3).
Desde esta
perspectiva teológica, consideramos a continuación las relaciones
de la palabra de Dios con la liturgia, con el sacramento y con el sacrificio.
La palabra en la liturgia es signo celebrativo (palabra-liturgia), signo
sacramental (palabra-sacramento) y signo sacrificial (palabra-sacrificio).
No se trata de dos palabras simplemente yuxtapuestas, sino del encuentro con el
esplendor de la riqueza de la palabra de Dios. La palabra es signo y, en cuanto
tal, contiene, expresa y transmite la salvación que significa. Las
celebraciones de la palabra, al hacerse acontecimiento de salvación, producen
lo que significan. La palabra de Dios cobra todo su valor en la liturgia
al quedar iluminada por su luz propia. La palabra en la liturgia cambia
el in illo tempore por el hodie celebrativo, transformando el signo verbal o
lingüístico en signo sacramental y eucarístico.
1.
esta misma
perspectiva, el Ordo Lecíionum Missae, en sus prenotandos, tratando
de mostrar el puesto de la palabra de Dios en la liturgia, afirma: "Por lo
cual tanto más participan los fieles en la acción
litúrgica cuanto más se esfuerzan, al escuchar la palabra de
Dios en ella proclamada, por adherirse íntimamente a la palabra de
Dios en persona, Cristo encarnado,
de modo que
aquello que celebran en la liturgia procuren reflejarlo en su vida y costumbres
y, a la inversa, miren de reflejar en la liturgia los actos de su vida"
(n. 6). Incluso en el mismo documento se afirma: "Cuanto más
profunda es la comprensión de la celebración
litúrgica, más alta es la estima de la palabra de Dios, y lo que
se afirma de una se puede afirmar de la otra, ya que una y otra recuerdan el
misterio de Cristo y lo perpetúan cada una a su manera" (n. 5).
Es evidente, por
consiguiente, el puesto y el quehacer fundante y fundamental de la palabra de
Dios en las celebraciones litúrgicas; de donde se concluye que toda
acción litúrgica está basada en la proclamación
de la pertinente palabra de Dios. Ahora bien,
toda la vida del
cristiano y a la creación entera en el misterio pascual de la
muerte y de la resurrección del Señor. Así se
advierte mejor la virtud que caracteriza a la palabra de Dios celebrada en la
liturgia, eri orden a transmitir la vida que contiene y significa. Ninguna
lectura privada de la biblia puede sustituir a su proclamación
litúrgica, porque en ésta la palabra
364
se convierte en
un nuevo acontecimiento de salvación. para la asamblea
cristiana. Ciertamente, "la liturgia es la cumbre a la cual tiende la
actividad de la iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su
fuerza" (SC 10).
La
celebración de la palabra de Dios ha sido siempre uno de los elementos
necesarios de la sagrada liturgia, como consta en la tradición
de las liturgias históricas cristianas'. Cuando consideramos la
relación entre la palabra y la liturgia, surge también la fe de
la iglesia como una de las realidades fundamentales de las celebraciones
litúrgicas. Lo que la constitución conciliar sobre la liturgia
afirma de los sacramentos, podemos ampliarlo a todas las demás
acciones litúrgicas: "No sólo suponen la fe, sino que a
la vez la alimentan, la robus
tecen y la
expresan por medio de palabras y cosas; por esto, se llaman sacramentos de
la fe" (SC 59). La sagrada liturgia es la manifestación y la
profesión de la fe de la iglesia, de modo que donde hay crisis
litúrgica en el fondo hay una crisis de fe. Si en las celebraciones no
llegamos a una participación en el misterio de Cristo, todo se reduce
por parte del hombre a una gesticulación delirante.
Hay que celebrar
la liturgia como profesión de la fe, de la esperanza y de la caridad de
la iglesia, logrando ese difícil equilibrio entre el consuelo del
más allá y el compromiso en el más acá, en
relación con la teología litúrgica de santo Tomás
de Aquino, que nos habla de la doble dimensión cultual: la ley del
descenso (la gracia de santificación) y la ley del ascenso (el culto de
Dios)5. En esta línea experimentamos que la palabra de Dios es viva
y eficaz y
tajante más que una espada de doble filo... (Heb 4,12). La palabra es
como la lluvia y 365
la nieve, que
después de empapar la tierra la hacen germinar... (Is 55,10). La
eficacia de las celebraciones de la palabra es moral y, a veces,
también física, especialmente en los sacramentos. San
Agustín, por ejemplo, atribuye su conversión a la gracia de
aquellas palabras: "Andemos decentemente y como de día, no viviendo
en comilonas y borracheras, no en amancebamiento y libertinaje, no en
querellas y envidias, antes vestios del Señor Jesucristo" (Rom
13,13-14)6. La iglesia, con razón, ha venerado el cuerpo del
Señor y la palabra de Dios.
Una de las
acciones litúrgicas que mejor manifiesta la relación entre la
palabra y la liturgia es la homilía, como aparece, por ejemplo, en Le
4,16-21 y 24,25-35. Después de proclamar en la palabra los acontecimientos
de nuestra salvación, la homilía aplica a nuestra propia historia
personal la salvación anunciada. La homilía, cuyas palabras
deben brotar de un corazón encendido y ungido por el Espíritu
Santo, manifiesta la vida palpitante que habita en nuestro interior y nos
dispone para experimentar el poder de los sacramentos de la iglesia. La
homilía se prepara, principalmente, desde la palabra rezada y desde
la vida pastoral de cada semana, dejándonos llevar por el
Espíritu del Señor. ¡Cuántas veces comenzamos
la eucaristía pensando decir algo, y después el Señor nos
cambia el estilo y hasta el mismo contenido! "Con esta
explicación viva, la palabra de Dios que se ha leído y las
celebraciones que realiza la iglesia pueden adquirir una mayor eficacia, a
condición de que la homilía sea realmente fruto de la
meditación, debidamente preparada, ni demasiado larga ni demasiado
corta, y de que se tenga en cuenta a todos los que están presen
Celebraciones de
la palabra
tes, incluso a
los niños y a los menos formados" (OLM 24).
2. PALABRA DE
DIOS Y SACRAMENTO. La relación entre la palabra de Dios y el
sacramento es una cuestión básica en la teología
litúrgica y en la espiritualidad cristiana, de acuerdo con esta
afirmación conciliar: "Este plan de la revelación se
realiza con palabras y gestos intrínsecamente conexos entre sí,
de forma que las obras realizadas por Dios en la historia de la
salvación manifiestan y confirman la doctrina y los hechos significados
por las palabras, y las palabras, por su parte, proclaman las obras y esclarecen
el misterio contenido en ellas" (DV 2). La palabra tiene el primado
en el significar los pensamientos de Dios y los sentimientos del hombre, y
nunca ha estado ausente en la celebración de los sacramentos de la
iglesia. Sin embargo, en el medievo la palabra quedó oscurecida en
una lengua extraña, surgiendo el ritualismo. En el siglo xvi la
reforma protestante, aunque redescubrió el valor fundamental de la
palabra en el culto, lo hizo de tal modo que rompió la unidad existente
entre la palabra y el sacramento. Ante esta problemática
histórica, el concilio Vat. II nos recuerda la íntima
conexión entre la palabra y el rito en las celebraciones
litúrgicas (SC 35). Incluso la misma constitución
litúrgica afirma, hablando de la eucaristía, que la liturgia
de la palabra y la liturgia del sacramento constituyen un solo acto de culto
(SC 56). Por este motivo, aunque las celebraciones de la palabra tienen su
importancia para conservar y expresar la fe, especialmente en las comunidades
que carecen de sacerdote, con todo
no han de
considerarse como una solución completa, pues la palabra está
exigiendo, en definitiva, los
Celebraciones de
la palabra 366
sacramentos, y
sobre todo la eucade la palabra de Dios, de manera ristía. que la
relación entre el hoy de la
El anuncio de la
palabra de Dios iglesia y las etapas anteriores de la no puede dejar de
relacionarse con historia de la salvación es la base de la celebración
de los sacramentos, la exégesis sacramental de la sagrapues el
misterio de la salvación da liturgia. Aquí se fundamenta la debe
de proclamarse y, principalexposición tipológica de los
sacramente, debe de celebrarse (SC 6). mentos cristianos, de acuerdo con
Hay un proceso de perfección entre el criterio de san Ambrosio de la
palabra, los sacramentos y el Milán cuando escribe: "lilis in
sacramento del sacrificio eucarísti-figura, sed nobis in
veritate"". San co que hay que respetar en la liAgustín
afirmaba ya que el sacraturgia. La palabra de Dios es un mento es una
palabra hecha visimensaje que el Señor nos dirige hoy ble ', es
decir, una palabra ritual-
a nosotros en una
historia concreta, mente significativa. Y los escolástique
constituye su contexto herme-cos enseñaban que la palabra, en el
néutico. La obra de Dios explica la sacramento, es la forma que deterpalabra
de Dios. Éste es el princimina su significado salvífico. Es
pio básico de la tipología sacramenimportante advertir que
lo sacratal. Nuestras celebraciones de la mental, y su auténtico
concepto palabra son el cumplimiento de las eclesial, es el genio del
catolicismo, profecías antiguas, y así la palabra en el sentido
de que las cosas descubre las entrañas mistéricas de creadas han sido
elevadas por Dios los sacramentos, de manera que el a ser instrumentos de la
gracia en cristiano llega a los sacramentos y a relación última
con la humanidad
la
eucaristía a través de la palabra de Cristo, instrumento original
de de Dios. En la oración de bendición nuestra salvación.
Es fundamental del agua bautismal,
nes son los
mirabilia, que sólo él con la historia de la salvación,
puede realizar. Dios crea, juzga, según la famosa frase de santo hace
alianza, está presente, santifiTomás de Aquino: "Per
fidem et ca, libra. Estas mismas acciones se fidei sacramenta " ".
realizan en los distintos planos de la historia de la salvación. Hay, La
palabra de Dios es profecía
pues, una
analogía fundamental cumplida en la celebración litúrgica
entre estas acciones. Los sacramende los sacramentos, los cuales, a su tos
son simplemente la continuavez, son memoria de la pasión de
ción, en el tiempo de la iglesia, de Jesucristo, gracia de Dios para la
las acciones de Dios en el Antiguo vida presente y prenda de la gloria y en el
Nuevo Testamento"7. futura. Esta triple dimensión, pasada,
presente y futura, propia de toLa unidad intrínseca entre paladas
las acciones litúrgicas, aparebra y sacramento es uno de los ce de
una manera especial en los grandes principios hermenéuticos sacramentos
y en la eucaristía,
367
fundamentando el
valor histórico y el valor escatológico de la vida cristiana en
relación con el modo correcto de entender y de vivir el presente, es
decir, el compromiso cristiano. La liturgia "alimenta la fe de los
presentes en la palabra, que en la celebración, por obra del
Espíritu Santo, se convierte en un sacramento; los prepara para una
provechosa comunión y los invita a asumir las exigencias de la vida
presente" (OLM 41).
3. PALABRA DE
DIOS Y SACRIFICIO. Tanto el culto del Antiguo Testamento como el culto del
Nuevo Testamento es una liturgia de la palabra y del sacrificio, puesto
que lo proclamado por la palabra se realiza y se acepta como salvación
del hombre gracias al sacrificio y, en definitiva, gracias a la cruz de
Jesucristo. La palabra de Dios nos conduce a la plenitud del misterio pascual
de Cristo crucificado y resucitado, como aparece con luz meridiana en la misma
celebración del sacramento del sacrificio eucarístico, donde
la liturgia de la palabra y la liturgia del sacramento forman un solo y
único acto de culto. Desde la reflexión teológica se
advierte cómo la palabra de Dios, que es memorial de las obras
maravillosas realizadas por Dios en la historia, alcanza su cumbre sacramental
y salvífica en el sacrificio pascual de Jesucristo, en donde se
fundamenta esa relación profunda entre palabra de Dios y sacrificio
pascual.
En el documento
Ordo Lectionum Missae se nos recuerda repetidamente esta
íntima conexión entre palabra de Dios y sacrificio eucarístico.
"La instrucción litúrgica debe facilitar a los lectores una
cierta percepción del sentido y de la estructura de la liturgia de
la palabra y las razones de la conexión Celebraciones de la palabra
entre la liturgia
de la palabra y la liturgia eucarística" (OLM 55). "Por la
palabra de Cristo el pueblo de Dios se reúne, crece y se alimenta,
lo cual se aplica especialmente a la liturgia de la palabra en la
celebración de la misa, en que el anuncio de la muerte y de la resurrección
del Señor y la respuesta del pueblo que escucha se unen inseparablemente
con la oblación misma con la que Cristo confirmó en su sangre la
nueva alianza, oblación a la que se unen los fieles con el deseo y
con la recepción del sacramento" (OLM 44). "En efecto, el
misterio pascual de Cristo, proclamado en las lecturas y en la
homilía, se realiza por medio del sacrificio de la misa" (OLM 24).
Estas
afirmaciones cualificadas nos están recordando esa continuidad
gradual y perfectiva existente entre la palabra, los sacramentos y la misa, en
cuanto etapas de la misma y única historia de la salvación,
como aparece en el mismo lenguaje simbólico de la liturgia. "La
iglesia honra con una' misma veneración, aunque no con el mismo
culto, la palabra de Dios y el misterio eucarístico, y quiere y sanciona
que siempre y en todas partes se imite este proceder, ya que, movida por el
ejemplo de su fundador, nunca ha dejado de celebrar el misterio pascual de
Cristo, reuniéndose para leer lo que se refiere a él en toda
Celebraciones de
la palabra
En efecto, en la
palabra de Dios se proclama la alianza divina, mientras que en la
eucaristía se renueva la misma alianza nueva y eterna. En aquélla
se evoca la historia de la salvación mediante el sonido de las palabras;
en ésta la misma historia es presentada a través de los signos
sacramentales de la liturgia. Conviene, por tanto, tener siempre en cuenta
que la palabra de Dios leída y anunciada por la iglesia en la liturgia
conduce, por así decirlo, al sacrificio -de la alianza y al banquete
de la gracia, es decir, a la eucaristía, como a su fin propio. Por
consiguiente, la celebración de la misa, en la cual se escucha la
palabra y. se ofrece y recibe la eucaristía, constituye un solo acto de
culto en el cual se ofrece a Dios el sacrificio de alabanza y se confiere
al hombre la plenitud de la
redención"
(OLM 10).
Ahora bien, en
esta perspectiva, es de suma importancia advertir cómo el ministerio de
la iglesia, reflejado especialmente en la vida sacerdotal, comienza por la
predicación de la palabra de Dios y culmina con la
celebración del sacrificio eucarístico. Cuando se separa la
predicación de la palabra de la celebración de la
eucaristía se pierde el quicio del equilibrio profético,
sacerdotal y real de la iglesia y de los cristianos, pues la eucaristía
es el vértice y el centro de la iglesia y de todas las comunidades
cristianas. La mesa de la palabra y la mesa del altar, en definitiva, no
son dos mesas separadas, puesto que la mesa de la palabra nos lleva necesariamente
a la mesa del altar, que es su plenitud de significado y de realidad pascual.
Toda la vida de Jesucristo estaba orientada hacia el cumplimiento en él
de la voluntad de Dios, para lo cual había venido a este mundo. La
palabra de Dios
nos introduce
siempre en el sacrifi
368
cio del
Señor y en nuestro propio sacrificio, para con-morir y conresucitar
con Jesucristo. Esta teología sobre la relación de la
palabra con el sacrificio es la base para que, al hablar de los ministerios
laicales, no se altere la especificidad del ministerio sacerdotal, en cuanto
plenitud del ministerio laical en la iglesia ".
El sacramento
eucarístico es la actualización mistérica del único
sacrificio pascual de Jesucristo, crucificado y resucitado. Por este motivo, la
eucaristía es alianza sacramental de Dios con el hombre, llamada
tradicionalmente símbolo. La sangre de Abel, el sacrificio de Isaac, la
sangre esparcida por Moisés son símbolos de la alianza de
Dios con la humanidad en la sangre de Jesucristo. La partición del pan
entregado y la distribución de la sangre derramada son la fuente, la
cumbre y el centro de la iglesia y de toda comunidad cristiana. En el mismo
sentido se afirma que la misa es la fiesta esponsal de Cristo con su iglesia,
donde se celebra la recapitulación de toda la historia de la
salvación en el mismo Señor. La eucaristía, sacrificio
sacramental de Cristo en medio de nosotros, es memoria, presencia y
profecía; es decir, es la recapitulación de todo el misterio de
la iglesia y de la vida cristiana ('Recolitur memoria eius, mens
impleíur gratiae, et futurae gloriae pignus datur"'2).
IV. Las
celebraciones de la palabra
La
constitución del concilio Vat. II Sacrosanctum concfíium, sobre
la sagrada liturgia, habla oficialmente sobre las celebraciones sagradas
de la palabra de Dios (SC 35,4), y la instrucción ínter oecumenici,
nn. 37-39 (septiembre 369
1964), dedicada a
la aplicación correcta de la constitución litúrgica,
desarrolla el pensamiento conciliar sobre estas celebraciones de la palabra,
presentando principalmente su estructura y dinámica, y algunas de
las ocasiones en las cuales habría que fomentarlas. En nuestra
reflexión vamos a presentar los objetivos, la dinámica y las
formas concretas de las celebraciones de la palabra, teniendo en cuenta
que se trata de una acción litúrgica específica y
autónoma, cuyo futuro en la pastoral de la iglesia, en orden a favorecer
especialmente la evangelización y el crecimiento de la fe y de la
oración en las comunidades cristianas, presenta una riqueza
insospechada. En contra de la inflación de misas, necesitamos aceptar
con sentido de futuro el valor de las celebraciones de la palabra, en un tiempo
en el cual han desaparecido casi totalmente las novenas y los triduos, en
orden a equilibrar la evangelización con la sacramentalización y
vivir coherentemente la dimensión misio
nera de la
iglesia.
1. UN
ACONTECIMIENTO LITÚRGICO. Las celebraciones de la palabra,
basadas en el valor salvífico de la palabra de Dios, no se describen como
lecciones catequéticas o clases prácticas de moral
cristiana, ni tampoco como discursos teológicos, sino que son
realmente celebraciones litúrgicas de la palabra, en torno a las
cuales van surgiendo los cantos, los ritos, las oraciones, etc. Nos encontramos
ante la proclamación litúrgica de la palabra, que es escucha
comunitaria e instrucción del pueblo de Dios, siendo objeto de una
verdadera celebración litúrgica. Antes y después del
concilio se discutió la naturaleza litúrgica o
paralitúrgica de estas celebraciones de la palabra. Ahora bien, entiendo
Celebraciones de
la palabra
que la misma
presentación conciliar y posconciliar de estas celebraciones de la
palabra nos ofrecen un contexto litúrgico; por ejemplo, se nos habla de
la presidencia, que debe ser ejercida por un sacerdote, diácono o seglar
delegado (asistentes pastorales); del sistema oficial de lecturas; del
modelo de la liturgia de la palabra en la eucaristía,
etcétera. Por otra parte, las celebraciones de la palabra son un
dato litúrgico ya antiguo, heredado de la misma sinagoga, como aparece
en la misma celebración del viernes
santo.
Dado que el
quicio de las celebraciones de la palabra, en cuanto acción
litúrgica, es la proclamación de la palabra de Dios como acontecimiento
de salvación, han de prevalecer en su desarrollo los criterios
simbólico y sacramental sobre los aspectos pedagógico y
catequético. Con otras palabras, el criterio litúrgico ha de
prevalecer sobre el criterio pastoral, y de esta manera se podrán
superar mejor peligros como el verbalismo o el endoctrinamiento,
favoreciendo el contexto contemplativo, en el cual quede patente la finalidad
doxológica sin excluir su objetivo didáctico (OLM 61). No
olvidemos que se trata de una verdadera acción litúrgica, y que es
Cristo quien habla y salva a su pueblo; en consecuencia, no podemos reducir las
celebraciones de la palabra a un mero ejercicio piadoso, ni tampoco a una
práctica religiosa, como si se tratara de una paraliturgia.
Además, como veremos más adelante, las posibilidades de las
celebraciones de la palabra no podemos reducirlas a las celebraciones de
las comunidades sin sacerdote, las cuales, por otra parte, están
exigiendo, en definitiva, la celebración eucarística.
Las celebraciones
de la palabra son un signo litúrgico; la palabra, el ( elebraciones de
la palabra
estilo
celebrativo, los ritos, todo nos lleva al significado sacramental de Cristo
anunciando su palabra y realizando en los sacramentos la salvación
proclamada. Lo que da plenitud y fuerza significativa a las celebraciones de la
palabra de Dios es el hodie celebrativo del misterio pascual de Jesucristo,
muerto y resucitado. El contenido teológico de las celebraciones de la
palabra es la anamnesis de la historia de la salvación, la
epíclesis al Espíritu Santo, y la glorificación del Padre.
La palabra llega a la asamblea como kerigma, y al celebrarla se hace anamnesis,
epíclesis y doxología. La iglesia no filosofa sobre la
palabra, sino que, en nombre de Cristo, la proclama y la celebra,
entregándonos nuestra salvación para la gloria de Dios. La palabra
celebrada litúrgicamente, como toda acción cultual de la iglesia,
tiene una triple dimensión salvífica y cultual: es memoria de
Cristo muerto y resucitado; es presencia actual de la gracia que nos salva y
glorifica a Dios, y es el comienzo de la escatología cristiana. En
definitiva, las celebraciones de la palabra son acción y
contemplación, donde los cristianos rezan y misionan a los hambrientos
de la palabra. De estas celebraciones de la palabra surgirán la
alabanza, la acción de gracias, las intercesiones, etcétera.
2.
370
otros haremos
todo cuanto ha dicho Yavé" (Ex 19,8). Esta estructura
tradicional en la sinagoga y en el culto litúrgico de la iglesia se ha
desarrollado especialmente en la primera parte de la liturgia eucarística,
tal como aparece en los diversos ritos orientales y occidentales. "El
esquema 'lectura, canto, oración' es una forma fundamental que
establece unas líneas básicas, pero que permite muchas
modificaciones
o derivaciones.
No hay por qué retirar sin más tampoco formas usuales hasta ahora.
Basta con que sean completadas o incorporadas a nuevos encuadres. Pero, sobre
todo, debe hacerse honor a este elemento, que no halla lugar muchas veces
en nuestros actos piadosos y que, sin embargo, está llamado a
ofrecer su médula central, de la misma manera que el sacramento
constituye el eje de la celebración eucarística, es decir, la
palabra de Dios en
Dentro del margen
de creatividad que permite la estructura fundamental de estas
celebraciones de la palabra, su dinámica consta, además de
su tiempo inicial de purificación y de su tiempo final de
acción de gracias, de estos tres momentos: lecturas, canto y oración.
Las lecturas, que pueden ser tres, como en el culto dominical de la iglesia
romana (el profeta, el apóstol y Jesucristo), irán completadas
con la homilía, pronunciada por el sacerdote o por el diácono; en
caso de una celebración sin sacerdote o diácono, la
homilía será simplemente leída por el seglar delegado. El
canto es la respuesta normal ante la acogida profunda de la palabra, y debe
responder a la fe en la palabra y a la alabanza a Dios por su cercanía
al hombre. Finalmente, la oración de alabanza y de
intercesión, con el colofón normal del padrenuestro, no puede
faltar, 371
dado que es el
fruto de la escucha
de la palabra de
Dios; incluso en
las celebraciones
de la palabra se
pueden ampliar,
si la comunidad
presente lo
necesitara, estas presen
cias de las
lecturas, los cantos y las
oraciones.
La
dinámica interior de las celebraciones de la palabra de Dios
depende de la actitud de escucha y acogida que tenga la comunidad celebrante y
de su disponibilidad y docilidad para asumir las mociones del Espíritu
Santo, que es el alma de toda celebración litúrgica. La palabra
de Dios convoca y purifica a la asamblea, que es el sujeto eclesial de la
celebración; la palabra de Dios proclama la historia de la
salvación o misterio pascual de Cristo muerto y resucitado; la palabra
de Dios, al ser celebrada, se reviste de su fuerza salvadora y se hace
acontecimiento de salvación y diálogo de misericordia de Dios con
el hombre. Así, las celebraciones de la palabra terminan siendo
plegaria contemplativa, comunicación eclesial, comunión con
Dios y con los hermanos, alabanza a Dios y adoración al único
Señor. La dinámica celebrativa de la palabra, en definitiva, nos
ofrece el proceso de la historia de la salvación en las coordenadas de
adaptación, continuidad y gradualidad progresiva, en el
conocimiento de
(DV2S).
En la
dinámica de las celebraciones de la palabra influye mucho el ars
dicendi o el arte de proclamar solemnemente la palabra de Dios, sabiendo que se
trata de una palabra performátiva, como toda palabra
litúrgica, en la que influye la técnica y, sobre todo, la cultura
y
Celebraciones de
la palabra
especialmente la
fe. La proclamación de la palabra de Dios puede hacerse como
recitación o como canto, buscando siempre la dimensión
simbólica de esta palabra. La conciencia de la importancia de
ministerios (el lector), de espacios (el ambón) y de los libros
(leccionarios) en las celebraciones de la palabra en orden a conseguir
celebraciones dignas, es algo fundamental. El ministro de la palabra
debe de confiar, más que en sus cualidades humanas, en el don de Dios.
El ambón será un elemento consistente, estable y digno, en
relación con el altar. El leccionario será digno de la santidad
de la palabra de Dios. Las moniciones, pronunciadas por el presidente o por el
ministro competente, servirán, en su brevedad, para explicitar
desde la misma celebración el sentido de las lecturas y el sentido
de la misma celebración (OLM 35).
3. DIFERENTES
CELEBRACIONES DE
a) Celebraciones
de la palabra propiamente dichas: 1) Celebraciones de la palabra en domingos y
días festivos en
comunidades
cristianas sin sacerdote (SC 35,4; ínter oecumenici 37; OLM 62).
Estas celebraciones son muy importantes, por ejemplo, para contrarrestar la
extensión de las sectas en Hispanoamérica.
2) Las
celebraciones de la palabra durante el año litúrgico, especialmente
en los tiempos privilegiados de adviento y cuaresma, domingos y
días festivos (SC 35,4; ínter oecumenici 38).
3) Las
celebraciones de la palabra antes de las exequias (Ritual de exequias, nn.
37-38).
4) Las
celebraciones de la palabra en visita a enfermos (Ritual de la
unción y .de la pastoral de enfermos, n. 90).
5) Las
celebraciones de la palabra de Dios con niños (Directorio sobre las
misas con niños, nn. 14.27). Como preparación para la eucaristía,
aunque fuera de ella.
b) Celebraciones
rituales de la palabra:
1) Las
celebraciones de la palabra para catecúmenos (Ritual de la
iniciación cristiana de adultos, n. 19.3), y celebraciones con
niños o
jóvenes,
bautizados de pequeños, que se preparan para recibir la
confirmación o la comunión (Ritual de la iniciación
cristiana de adultos, n. 301).
2) Las
celebraciones de la palabra para penitentes (Ritual de la penitencia, nn.
36-37). "Téngase cuidado de que estas celebraciones no se
confundan, en la apreciación de los fieles, con la misma celebración
del sacramento de la penitencia" (n. 37).
c) Celebraciones
de la palabra en la liturgia de las horas. Las vigilias. "Si en
algún higar determinado se ve la conveniencia de dar realce a otras
solemnidades o peregrinaciones mediante una vigilia, obsérvense las
normas generales
372
para las
celebraciones de la palabra divina" (Ordenación general de la
liturgia de las horas, n. 71). El oficio de lecturas es presentado por
d) Otras
celebraciones de la palabra de Dios. Además de las celebraciones de la
palabra que van unidas a otras celebraciones litúrgicas, con motivo
de la distribución de la eucaristía fuera de la misa, o de la
profesión religiosa celebrada fuera de la misa, o de la confirmación
celebrada igualmente fuera de la misa, de las cuales hemos prescindido,
como dijimos anteriormente, podríamos referirnos aquí a
celebraciones
ecuménicas de la palabra y a las celebraciones mañanas de la
palabra de Dios, cuya importancia para la devoción existente en los
santuarios de Nuestra Señora, y cuya utilidad en las convenciones
ecuménicas son fácilmente comprensibles por todos.
NOTAS: ' Cf F.
Dreyfus, Exégése en Sorbonne, exégése en
Église. en "Revue Bíblíque" 82 (1975) 321-359;
L'actualisation de l'Ecriture 1, Du texte á la vie, "Revue
Biblique" 86 (1979) 558; 2, L'action de VEsprit, pp. 161-193; 3, La
place de la tradition, pp. 321-384 — 2 Cf San Ambrosio, Sermo IX, De
Sánela Epiphania II: PL 17, 641-642 — 3 Cf San Ignacio de Antioquía,
A los de Filadelfia 5,1: PC 5,701-702 —
* Cf O. Cullmann,
La fe y el culto en
373
Áquino,
Editorial Católica, Madrid 1984, 114118; 135, nota 136, y 138, nota
144 — 12 Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo,
Antífona del Magníficat de las Segundas Vísperas —
" J.A. Jungmann, El servicio de ¡a Palabra a la luz de la
teología y de la historia, Sigúeme, Salamanca 1969, 133
134.
P.
Fernández
BIBLIOGRAFÍA:
Casper J., Einiges über
Bibelbewegung und
Bibelstunden, en "Bibel und Liturgie" 10 (1935-1936) 457-459;
Martínez de Antoñana G., Sobre las vigilias bíblicolitúrgicas:
una respuesta de
Studium, Madrid
1967, 83-138; Johanny R., Parole de Dieu et corps du Christ, en "Parole et
Pain" 21 (1967) 310-331 Jungmann J.A., El servicio de
Compromiso
"Rivista di
Pastorale Litúrgica" 118 (1983); Duchesneau Cl., Parola del
Signore. Una guida per la celebrazione della Parola, Marietti,
Cásale 1983;
SUMARIO: I.
Problemática actual: 1. De las "obras buenas" a la
transformación del mundo; 2. La intervención de la liturgia en el
asunto - II. Términos en que se plantea el problema y vocabulario: 1. El
compromiso en su acepción específica; 2. Compromiso en
comparación con términos análogos; 3. El compromiso como
acto profético; 4. Preguntas sobre la relación específica
entre liturgia y compromiso - III. El significado de las celebraciones respecto
al compromiso: 1. La celebración, fuente del compromiso: a) Fuente
sacramental, b) El papel primario de la memoria litúrgica, c) La
dimensión profética de la memoria: fidelidad a la
intención divina, discernimiento, "parresía", d) La
dimensión escatológica de la memoria; 2. El gesto cultual del
ofrecimiento como vértice del compromiso;
3.
Recapitulación - IV. La celebración como expresión del
compromiso: 1. La fiesta, anuncio de liberación integral; 2. El signo de
la asamblea; 3. La palabra proclamada y la palabra actualizada; 4. La
oración: a) La intercesión, b) La alabanza y la acción de
gracias, c) Las oraciones, d) Los cantos; 5. El gesto de ofrecimiento; 6. La
comunión sacramental - V. Perspectivas litúrgico-pastorales:
1. Suscitar la
capacidad celebrativa; 2. Posibilidad de celebraciones con
explícita referencia al compromiso; 3. El problema de las asambleas
políticamente divididas: a) Aceptación de la legitimidad de un
pluralismo de opciones políticas; b) La unidad-comunión es un don
de lo alto, c) La celebración debe mantener abiertos los canales del
diálogo y de la conversión.
I.
Problemática actual
Las mutuas
referencias entre la experiencia litúrgica y la intervenCompromiso
ción
cristiana en el terreno de las realidades seculares, en especial de la
sociopolítica, son objeto de una nueva y atormentada consideración,
en coincidencia con los profundos cambios culturales, sociales,
políticos y económicos que han caracterizado estos últimos
decenios. Será útil un breve vistazo sobre el camino
recorrido por tal problemática.
1. DE LAS
"OBRAS BUENAS" A
y de taponamiento
de las desmalladuras que dicho orden, por debilidad humana, llevaba
anejas. Acontecimientos propios de una época
374
como la
revolución francesa, la primera industrialización, el mensaje
marxista ("es hora no ya de narrar la historia, sino de hacerla"),
sólo más tarde habrían comenzado a insinuar inquietudes en
las conciencias cristianas, forzándolas a interrogarse sobre el
sentido de la propia fe, de la propia oración, del propio culto y sobre
la índole de la propia presencia en el mundo respecto a los nuevos
y gravísimos problemas planteados por la historia moderna; todos
estos interrogantes acababan apremiando a tales conciencias a tomar
posición. Esta crisis de conciencia se extendió y ahondó a
partir de la segunda posguerra y se agudizó tras la estela de los
conflictos posteriores, ora manifiestos, ora latentes, a nivel político,
militar, social, económico y sindical, hasta plantear actualmente
el problema en términos de opción de civilización y de
supervivencia del mismo género humano. El paso de una actitud de
sustancial aquiescencia en relación con la cultura y las estructuras
sociales y políticas vigentes a una actitud de crítica, de
impugnación, de propuesta de orientaciones y modelos alternativos
representa, por su amplitud y por los motivos de fondo, un hecho decisivamente
nuevo en las relaciones entre cristianismo y sociedad; en efecto, es la
primera tentativa, aunque entre excesos idealistas e ingenuidades
pragmáticas, de repensar en términos verdaderamente nuevos
la relación entre historia del mundo y proyecto salvífico de
Dios. Una influencia autorizada en este sentido la ha ejercido la
enseñanza del
Vat. II, sobre
todo en
375
mundo más
digno del hombre y, en definitiva, del reino de Dios. Actualmente se habla
en términos de / promoción humana como exigencia unida a la
obra de evangelización; aquí, sin embargo, interesa el
aspecto específicamente político del compromiso cristiano en el
ámbito de tal promoción.
2.
nes de
contribuir, con modalidades propias, a la construcción de un mundo
nuevo, en el que las realidades sociopolíticas tienen un papel
determinante. Es, en el fondo, una exigencia de credibilidad que se le hace a
la liturgia y que constituye, por tanto, el punto neurálgico del
problema. Diversas son las respuestas que se dan a este problema,
según los presupuestos de que se parte. Estos últimos son
esencialmente tres: la ideología de la / secularización;
la politización de la fe, y por tanto, también de su momento
cultual; la visión de una unidad de fondo entre momento cultual y
momento del compromiso.
a)
Secularización. Presuponiendo aquí ya conocido el
fenómeno cultural correspondiente, nos limitamos a señalar
que la afirmación de la muerte de Dios en Jesucristo,
hombre totalmente
para ¡os demás, eliminando un tú trascendente al que
atribuir un proyecto personal sobre la historia y sobre el mundo y al que
dirigir un culto agradecido, venía a quitar a la liturgia cristiana,
entendida en su auténtica tradición, toda razón de ser y a
dar vida, por el contrario, a una liturgia de nuevo cuño enderezada a
celebrar el compromiso del hombre por el hombre, compromiso ejemplificado
por el Cristo unidimensional, es decir, por el único hombre que ha hecho
morir en sí a Dios para proclamar simplemente la plena autonomía
y autosuficiencia del hombre.
b)
Politización. Se trata de una corriente que tiende, en sustancia, a la
abolición de la autonomía de la liturgia en favor de una
subordinación a las exigencias de un compromiso de los
cristianos, totalmente encaminado a la elaboración y ejecución de
proyectos políticos. En su estado puro, en realidad, es difícil
encontrar esta corriente,
Compromiso
porque casi
siempre las celebraciones efectuadas por cristianos politizados (cf,
por ejemplo, las vísperas políticas de Colonia en 1968) se
proponen —al menos intencionalmente— respetar el primado de la
palabra bíblica y valorar el momento celebrativo, exaltando sus
valencias sociopolíticas precisamente porque se capta su
intrínseca capacidad de postular la acción; esto no quita
para que de hecho se deslicen bastante a menudo hacia interpretaciones-y
expresiones de sentido único.
c)
Percepción de la unidad de fondo entre compromiso y liturgia.
Se hace
intervenir a lá liturgia porque se parte de la convicción de que
tanto el momento cultual como la actividad directa del cristiano en el mundo
son dos fases mediadoras de la única e idéntica intervención
salvífica de Dios. Son, cabalmente, fases que se reclaman
recíprocamente, incluso en el ámbito de las respectivas
esferas de acción y del modus operandi propio de cada una de ellas: son
inseparables, pero no idénticas. En esta línea, no es la liturgia
en sí y por sí, ontológicamente entendida, la que se
pone en cuestión, sino la fisonomía concreta que la reciente /
reforma le ha conferido: tal y como es, ¿está verdaderamente en
condiciones de encarnar un papel significativo en la actividad de cristianos
que intentan comprometerse en hacer a las personas, las instituciones y
las estructuras más humanizadas y más dignas de las promesas de
Dios? Y ¿de qué tipo debe ser tal papel? Una vez aceptado el
hecho de la unidad fundamental a que nos hemos referido arriba, llega el
momento de establecer con mayor precisión los términos del
problema para poder
luego detallar
las líneas más seguras de una solución.
376
II.
Términos en que se plantea el problema y vocabulario
El punto de
partida decisivo es establecer lo que se entiende por el término
"compromiso".
EL COMPROMISO EN SU ACEPCIÓN
ESPECÍFICA. Hay que precisar inmediatamente que aquí no
está en cuestión la relación general entre liturgia y
vida, entendiendo por vida la existencia personal del cristiano en su
totalidad. La adecuación, por parte del cristiano, de la propia
mentalidad y del propio comportamiento a los contenidos de fe que la
celebración le ofrece, aiin siendo siempre necesaria, no
explícita todavía lo que constituye la preocupación típica
de los cristianos de hoy ante los problemas de las instituciones, de los
ordenamientos, de las opciones operativas en el mundo de la polis.
Así pues, el compromiso hace referencia a la toma de conciencia de un
imperativo ético que, partiendo de la vocación de
discípulo-testigo de Cristo y de su propuesta de un hombre nuevo en un
mundo renovado, hace del cristiano un agente de progreso humano integral
justamente allí donde residen los centros de decisión y de
organización de la realidad social; y esto a todos los niveles:
internacional, nacional y regional, descendiendo hasta las últimas
determinaciones de los grupos humanos. Para mejor comprender, en este
contexto, el sentido y el alcance del término compromiso,
será útil aproximarlo a otros afines al mismo.
COMPROMISO EN COMPARACIÓN CON
TÉRMINOS ANÁLOGOS. Compromiso no es un término de matriz
cristiana, pues está tomado de la cultura corriente; sin embargo,
el cristiano de nuestros días lo
377
relee a la luz de
su tradición de fe y lo carga de resonancias bíblicas propias de
categorías como vocación, misión, testimonio,
apostolado, servicio, profecía. Cada uno de estos términos
expresa un aspecto, una faceta específica de la totalidad de su
relación con el mundo y de lo que él intenta realizar en
relación con el mismo, visto como destinatario global del plan
salvífico divino. Mientras que los términos arriba registrados
ponen de relieve el polo de proveniencia de los respectivos contenidos, es
decir, Dios (es Dios quien llama, quien encomienda una misión, etc.), el
término compromiso parece subrayar más bien el polo de
llegada, es decir, el cristiano mismo en cuanto cobra conciencia del mandato
recibido y lo asume con plena libertad y con sentido de responsabilidad. Es
determinante en esto la libre decisión personal, madurada desde una
instancia de fe, a su vez urgida por el contacto directo con las realidades
seculares que es propio del cristiano que vive en el mundo. Sumamente significativo
es el hecho de que, tras la recuperación de la sensibilidad bíblica,
el término compromiso aparezca con preferencia al lado del de
profecía y se lo lea dentro del mismo. Esto merece destacarse par
ticularmente.
3. EL COMPROMISO
COMO ACTO PROFÉTICO. Enlazando, remotamente, con la
tradición profética veterotestamentaria, para la que era tema
constante el llamamiento a la necesidad de adecuar, además del
comportamiento personal, también las estructuras, los ordenamientos y
los comportamientos sociales del pueblo elegido a las exigencias de la alianza,
y conectando, más próximamente, con el advenimiento del
reino de Dios en la persona de Cristo —advenimiento que con el
Compromiso
anuncio de un
hombre nuevo establecía los presupuestos para un planteamiento
diverso de las mismas relaciones sociales—, el cristiano de hoy
intenta introducir en el mundo en que vive el estímulo de un juicio
profético. La salvación es comienzo de una nueva creación
universal que, efectuada por medio de Cristo (Col l,15ss; 2,10.20), libera
a los creyentes y, potencialmente, a todo hombre de todas las potestades
demoníacas del cosmos (1 Cor 3,21ss; Rom 9,37ss) y les da la capacidad
de juzgar las cosas del mundo (Flp 4,8) en perspectiva escatológica:
este mundo, con sus instituciones, sus ordenamientos y sus valores, es desacralizado,
es decir, desmentido en su pretensión de presentarse como valor absoluto,
y relativizado, es decir, remitido a su condición de eón
intermedio entre la inauguración del reino y su definitiva
instauración. Como tal, se convierte en objeto de un juicio de
contestación y de condena cada vez que, oprimiendo al hombre, le impide
acceder al ofrecimiento de la nueva creación. Pero cuando, en dicho
mundo, se manifiestan valores, energías o movimientos tendentes
a un verdadero progreso cualitativo, el compromiso de los discípulos
de Cristo asume las formas de una leal colaboración, aunque no deja
nunca de ser vigilante. Esto no contradice mínimamente a la relativización
del mundo mismo, porque relativizarlo no significa convertirlo en algo vano, sino
simplemente levantar acta de su realidad de fase histórica, temporal,
del proceso de crecimiento del reino. En esta perspectiva tiene
consistencia el reconocimiento de la (relativa) autonomía del mundo
(culturas, instituciones, ordenamientos, etc.) y de la validez del compromiso
de los cristianos en él y por él (cf GS ce. II, III, IV).
Compromiso
4. PREGUNTAS
SOBRE
¿cómo
puede ofrecerlo? Lo que sigue dará las respuestas correspondientes.
III. £1
significado de las celebraciones respecto al compromiso
A estas alturas
podemos, para dar mayor concreción a los razonamientos, hablar de
celebración/celebraciones en vez de hablar sencillamente de
liturgia: la / celebración no es, en efecto, sino liturgia en acto.
1.
378
aspectos que
confieren singularidad, irrepetible en otra parte, a la relación
liturgia-compromiso, sino también los límites precisos del mismo,
es decir, todo aquello que la liturgia puede y debe dar al compromiso y
éste puede exigir de aquélla.
a) Fuente
sacramental. Para cualquier discípulo de Cristo, toda su razón de
ser y de obrar consiste en la conformidad con Cristo mismo y, a
través de él y en su Espíritu, en la obediencia al designio
soberano de Dios Padre, tendente a crear una humanidad nueva en un mundo nuevo.
Este proceso de cristiflcación se verifica por medio de la fe y del
contacto, en la iglesia, con el acontecimiento pascual de Cristo mediante los
signos de la celebración cultual, comenzando por el bautismo. Toda la
estructura ritual cristiana tiene el cometido de proclamar el hoy, el
aquí y ahora de la salvación en el Cristo venidomuerto-resucitado,
y de insertar en esta salvación pascual a todo el que
se adhiere con fe
a la libre promesa de Dios. Y puesto que esta promesa pasa a través de
la historia del hombre y de su mundo confiriéndoles un significado
y una dirección nuevos, se sigue que cualquier cristiano dispuesto
a tomar en serio el reino de Dios colaborando a realizarlo no puede evitar el
acudir continuamente a las fuentes sacramentales del "hacerse"
de la salvación en la historia, o sea, a las celebraciones
litúrgicas [/ Misterio
pascual].
b) El papel
primario de la memoria litúrgica. Para un cristiano o, mejor
todavía, para una comunidad cristiana que hace una opción por el
compromiso, es lógico que toda la atención se proyecte hacia adelante,
hacia un proyecto concreto que realizar en un futuro más o 379
menos inmediato,
pero que comience ya a obrar sobre el presente. Esta proyección
hacia adelante es cristianamente válida en la medida en que
permanece fielmente anclada en el acontecimiento fontal constituido por la
actuación radicalmente completa en Cristo del proyecto escatológico
de Dios. Es tarea específica de la celebración litúrgica
proponer continuamente de nuevo la memoria (anamnesis) de tal acontecimiento,
no sólo como objeto de culto (alabanza, acción de gracias, ofrecimiento),
sino también como norma e inspiración del compromiso cristiano
volcado en la búsqueda de una adecuación entre situaciones
humanas y exigencias del reino. En esta perspectiva, la memoria viene
nuevamente propuesta por la celebración bajo un doble aspecto: 1)
anuncio del
cumplimiento radical en Cristo del hombre nuevo y del mundo nuevo: como fuera
de Cristo no hay otro nombre en que el hombre pueda salvarse (cf He 4,12),
asimismo no existe un proyecto para el futuro del hombre y del mundo
alternativo al ya inaugurado por Dios en Cristo muerto y resucitado; 2) medida
y clave interpretativa de toda situación y acontecimiento,
personal y colectivo, en cuanto que las situaciones y los acontecimientos
están llamados a insertarse en el designio salvífico de Dios y a
recibir del mismo significado y consistencia.
Es sumamente
importante la recuperación del dato que es objeto de la anamnesis
en la celebración litúrgica en relación con el mismo tema
del compromiso, porque su desconocimiento origina esa actitud de negligencia o
de rechazo que muchos cristianos tienen hacia la liturgia, al considerarla
extraña e incluso alienante respecto a las tareas urgentes requeridas
por el momento histórico. Sabido es
Compromiso
cómo el
compromiso ético del cristiano tiene sus raíces más profundas
no en un sistema de verdades abstractas, sino en los hechos mismos de la
historia de la salvación, recapitulados en el acontecimiento
Cristo y en la palabra revelada que explícita su sentido; ahora bien, la
liturgia, en cuanto anamnesis, contiene objetivamente, en su misma estructura sacramental,
los acontecimientos que son otras tantas fuentes de imperativos éticos.
Por tanto, la participación requerida por la liturgia entraña una
auténtica conciencia (cf SC
Compromiso
también
amputar la acción del cristiano de su misma razón de ser y de su
significado universal, incluso cuando está local y temporalmente
circunscrita [/ Memorial].
c) La
dimensión profética de la memoria: fidelidad a la
intención divina, discernimiento, "parresía". Como ya
se ha visto [/ supra, II, 3], el compromiso del cristiano tiene una destacada
connotación profética; esta .connotación, no
obstante, tiene su raíz última exactamente en la memoria
sacramental propia de la celebración, porque todo lo que esta memoria
encierra, es decir, la asunción y la transformación por parte de
Dios, en el Cristo pascual, del viejo mundo en un mundo nuevo, constituye para
los cristianos una realidad dinámica que remite a una tarea
histórica por cumplir: hacer memoria entraña proyectarse hacia
adelante, decidirse por la acción, asumir responsabilidades
(memoria propulsiva). Y esto —es oportuno subrayarlo—, no en el
sentido de que el proyecto de Dios, captado cada vez de nuevo en la memoria
litúrgica, deba ser canalizado al servicio de un particular
proyecto humano (ideología, opción de campo, sistema sociopolítico,
metodología de acción política, etc.), sino en el
sentido de que todos y cada uno de los proyectos humanos y las opciones que
llevan anejas deben ser referidos al desig
nio de Dios y ser
juzgados por él. Sin embargo, también en este caso hay que
precisar que no es tarea de la celebración como tal transformar esta
confrontación profética en debates ideológicos ni en
opciones operativas específicas. Si es verdad que la
confrontación brota de la memoria, también es verdad que una y
otra se sitúan en un contexto celebrativo, y no en el de programación
y acción directa.
380
Las
características del cometido profético de la celebración
en relación con el compromiso pueden entonces definirse en los
siguientes términos: 1) adhesión fiel e incondicional a la
propuesta de Dios: es típico del profeta remitir de continuo a
sí mismo y a los demás los pensamientos y las acciones, las
situaciones y los acontecimientos, al proyecto divino (= hacer memoria)
para mantener la fe en él en toda circunstancia; las intenciones divinas,
en este caso, se perciben no en cuanto susceptibles de subordinación
a opciones humanas predeterminadas (incluso aunque éstas fueran en
sí justas) y utilizables corno cobertura ideológica de las
mismas, sino en cuanto que exigen una apertura total, una aceptación
incondicional, una obediencia completa en relación con el proyecto
global que Dios, en el cuadro de la historia de la salvación, ha preordenado
sobre el futuro de la humanidad y ha inaugurado ya en Cristo. Y puesto que
este proyecto prevé no sólo el hecho de una salvación para
la humanidad, sino también el modo de su realización, es decir,
la aceptación de todo un conjunto de valores de fondo de los que Cristo
se hizo portavoz en nombre del Padre (piénsese, por poner un
ejemplo, en el
sermón del monte), se sigue que la celebración, en el momento
mismo en que actualiza sacramentalmente la promesa divina, urge a una
conversión (metánoia) no sólo al hecho, sino también
al modo. En sustancia, la primera consecuencia de la dimensión profética
de la memoria litúrgica es —siempre en referencia al tema del
compromiso— una opción radical por el proyecto de Dios,
opción previa a cualquier opción humana de orientaciones
ideológicas y de técnicas de intervención; 2)
discernimiento: la opción de fon381
do en
cuestión constituye también —siempre en el ámbito de
la celebración— la fuente primaria de juicio y de
discernimiento en orden a la calidad evangélica del compromiso.
Más que de un juicio sobre las opciones concretas —para el que la
celebración cede el puesto a otros ámbitos y a otros instrumentos
más adecuados—, se trata de una comprobación de la
consistencia y de la capacidad de permanencia de una mentalidad
modelada según las exigencias imprescindibles del proyecto divino. En
este sentido la celebración, en cuanto hecho que postula autenticidad,
ofrece las bases para una acción de desenmascaramiento frente
a actitudes calificadas de comprometidas, pero que en realidad
podrían esconder el plagio ideológico, la aquiescencia
acrítica a las modas culturales, el deseo de autoafirmación, la
instrumentalización de valores, de personas, de instituciones,
etc.; pero podría igualmente ayudar a poner al descubierto la falta de
una conciencia mínima de compromiso, falta disfrazada tras la defensa
a ultranza de una presunta pureza de la fe y de la misma vida litúrgica;
presunta, en la medida en que fe y liturgia se entienden indebidamente como
extrañas a la historia real; 3) parresía: se trata de la franqueza
audaz y valiente del apóstol de Cristo, que no puede por menos de
anunciar las obras de Dios (cf He 2,29; 4,13; 9,27, etc.) en toda circunstancia,
incluso las más hostiles (cf Ef 6,20). En relación con nuestro
tema, estamos una vez más frente a una exigencia que mana de una
sintonización sabia con el mensaje y el espíritu de la celebración.
Comprometerse a obrar evangélicamente en la ciudad terrena no
sólo no es, para un discípulo de Cristo, fruto de una
decisión autónoma (o desvinculada del proyecto
Compromiso
divino), sino que
ni siquiera puede encontrar apoyo, para realizarse, en los meros recursos de la
capacidad humana de empresa, ni en el mero estímulo de las motivaciones
ideológicas, ni, en fin, en la confianza otorgada a las exigencias
operativas, cualquiera que sea la esfera de la que se tomen estas
realidades. Se necesita, por el contrario, ese tipo de franqueza, de libertad,
de audacia que proviene de lo alto, es decir, de aquel Dios que,
junto a la misión de cooperar en su programa de salvación,
da también la correspondiente armadura espiritual (cf Ef 6,13ss).
Ahora bien, la celebración, en cuanto memorial sacramental del
ya de la salvación y profecía del todavía no (por tanto,
como se ha dicho, memoria propulsiva hacia compromisos concretos), es
fuente de parresía para todo el que, sintonizando con ella, acepta
ponerse al servicio (diaconía) del designio integral de salvación
para el mundo.
d) La
dimensión escatológica de la memoria. El compromiso temporal del
cristiano, justamente en razón de su imprescindible connotación
profética, debe ser referido continuamente a una confrontación
con la perspectiva escatológica del reino, para evitar perderse en una
perspectiva puramente ultramundana y para encontrar, al mismo tiempo,
el relanzamiento hacia ulteriores etapas. Ahora bien, la dimensión
escatológica es un componente típico de la liturgia [/
Escatologíd], en cuanto que el símbolo celebrativo comprende una
anticipación no sólo de la liturgia celeste (cf SC 8), sino
también de ese mundo nuevo del que constituye una
preparación el progreso terreno por el que también se
comprometen los cristianos (GS 38b: "materiam regni caelestis paCompromiso
rantes"). En
particular, el aspecto anamnesis de la celebración no se limita
sólo a recordar que la novedad del reino de Dios es un hecho ya
real en el misterio de Cristo, sino que presenta al mismo tiempo este hecho
como una promesa, es decir, como una realidad en fase de cumplimiento en
el camino de la historia y, por tanto, como una tarea que llevar a cabo.
Todo ello, sin embargo, con la clara advertencia de una alteridad de la
naturaleza, de los criterios y de los objetivos de crecimiento del reino
respecto a la naturaleza, a los criterios y a los objetivos de desarrollo de la
realidad sociopolítica. La perspectiva escatológica presente
en la liturgia propone continuamente de nuevo el hecho de que la historia de la
salvación, el reino de Dios, es la realidad última, mientras que
la peripecia de la ciudad terrena es realidad secular, por tanto, no
última. Existe ciertamente una conexión entre una y otra, pero no
en el sentido de que el actuarse del reino de Dios sea el cumplimiento natural
de la historia de la ciudad
secular, sino en
el sentido de que pasa a través de esta última, apuntando a
una salvación de otro género. Este pasar a través implica,
sin embargo, un tomar en serio el compromiso histórico, y más
precisamente político, puesto que la salvación ofrecida por
Dios —y celebrada por la liturgia— es siempre salvación
de este mundo, de esta humanidad.
Precisamente
mirando hacía la realidad última puede la memoria
litúrgica remitir al compromiso histórico con esa vigilancia
crítica que somete continuamente a examen la posición del
cristiano comprometido. Esto constituye el punto más delicado,
fuente de sufrimiento y a veces incluso de desgarro de las conciencias
más sensibles, dada la
382
dificultad de
equilibrar en la praxis cotidiana las respectivas exigencias de las dos
historias. Pero representa también la característica
original de la presencia del cristiano y del pueblo de Dios en el mundo, llamados,
al mismo tiempo, a celebrar y a obrar. En sustancia, la memoria celebrativa
mantiene despierta la conciencia de una tensión (desconocida,
obviamente, para quien se mueve en un horizonte totalmente intramundano) que
remite directamente a la esperanza teologal: lo que ya está
cumplido en Cristo, y de lo que cabalmente se hace memoria, autoriza a
creer que siempre hay espacio para lo nuevo, que se pueden rebasar
límites imposibles, que el cumplimiento de esperanzas largamente
cultivadas puede manifestarse bajo formas imprevistas e imprevisibles.
Pero es una espera que no dispensa al discípulo de Cristo de colaborar
en la creación de situaciones en que lo imprevisible pueda
producirse.
2. EL GESTO CULTUAL
DEL OFRECIMIENTO COMO VÉRTICE DEL COMPROMISO. Lo mismo que
toda otra actividad en la vida del cristiano, también el testimonio dado
en el campo particular de la acción sociopolítica encuentra
en la celebración litúrgica no sólo su fuente
sacramental, sino también su punto de llegada. En otros términos:
la celebración constituye también el vértice del
compromiso. Esto, por razón de la orientación de fondo de la
economía salvífica, por la que toda la existencia —fe y
obras— de los discípulos de Cristo debe convertirse y, a su
vez, hacer que el mundo se convierta en ofrenda espiritual grata a Dios (cf Rom
12,1; 15,16; Heb 12,28; 1 Pe 2,4-5); ofrenda que alcanza su perfección
en la de Cristo, actualizada sacramentalmente en la eucaristía. La
383
celebración,
si constituye, para el compromiso sociopolítico del cristiano, el
momento sacramental fontal, o sea, de empalme con el sentido y las motivaciones
de fondo que brotan del plan de Dios leído en perspectiva de fe,
constituye también su momento teleológico (gr. telos —
fin), esto es, el gesto de entrega a Dios de cuanto se ha obrado efectivamente
o se pretende obrar. Sin este gesto de retorno, el papel de la
celebración quedaría dimidiado, porque se vería privado de
su natural conclusión y correría el riesgo de una sutil
instrumentalización del mismo momento celebrativo. Por
consiguiente, la acción del cristiano, los frutos de su compromiso
se considerarían como válidos por sí mismos, sin
advertir la necesidad de que, a través de la ofrenda-entrega, sean
asumidos por el Cristo pascual en la propia ofrenda y confiados por
él al Padre. Faltaría, en suma, el momento recapitulador del
compromiso cristiano. En efecto, sólo en la aceptación
por parte del Padre, por la mediación del Cristo pascual y por la
acción santificante del Espíritu, entran definitivamente los
frutos del compromiso cristiano en la construcción del reino. No
sólo eso, sino que en el ofrecimientoentrega hecho por el
cristiano, en razón de la participación de éste en el
sacerdocio de Cristo, es toda la realidad de que él se ocupa —es
decir, en nuestro caso, las situaciones, los acontecimientos, las personas,
las luchas, los anhelos, las esperanzas, las victorias e incluso los
fracasos—, la que se co-ofrece y confía en las manos del Padre. De
ahí resulta que, en el ámbito de la celebración, la
importancia de este momento oblativo del compromiso cristiano es pareja a la de
su momento fontal y exige la misma atención y el mismo realce en la
Compromiso
utilización
de los elementos rituales para expresarlo.
3.
RECAPITULACIÓN. Es útil tener en síntesis los
elementos más importantes de la reflexión hecha hasta ahora.
a) En general, la
respuesta a la pregunta por las relaciones entre celebración y
compromiso debe tener en cuenta los siguientes datos: 1) diversidad de objetivo
formal: la celebración se propone directamente actuar la
salvación integral del hombre, representando sacramentalmente su
cumplimiento en el misterio pascual de Cristo; el compromiso se propone
directamente intervenir en las situaciones y en las estructuras de la polis,
basándose en valores inspirados en la fe; 2) diversidad de método
operativo: la celebración es un tipo de acción (es una
-urgía, un hacer) que obra por vía simbólico-sacramental;
el compromiso obra por vía directa, in medias res. Se intuye
fácilmente cómo es esta segunda diferencia la que constituye el
factor decisivo para una recta comprensión de la especificidad propia de
cada una de las dos actividades confrontadas: mientras que las exigencias de intervención
cristiana en lo social y lo político están "incluidas"
en la totalidad e integralidad de la salvación proclamada en la
celebración y pueden, por tanto, justificar una dimensión
"política" de la liturgia en cuanto que ésta remite a
una actuación concreta de aquéllas en el mundo, en cambio, el
hecho de la diversidad metodológica de acción hace que liturgia y
compromiso mantengan los respectivos campos de autonomía (si bien no de
independencia), sin caer en una fusiónconfusión de
cometidos.
b) En particular,
la contribución que la celebración puede y
( ompromiso
debe aportar al
compromiso puede recapitularse así: la celebración, actualizando
en el simbolismo sacramental el designio salvífico de Dios
realizado en el misterio pascual de Cristo, propone de nuevo este mismo
designio, así cristologizado, como acontecimiento decisivo
para la salvación integral del mundo y, por tanto, como: 1) acontecimiento
propulsivo para una decisión del cristiano a una intervención
activa en el campo sociopolítico;^) acontecimiento normativo
para una valoración crítica global del compromiso en
relación con los valores y las exigencias últimas del reino; 3)
acontecimiento recapitulativo-oblativo de la acción del cristiano con
vistas a una entre
ga de la misma al
Padre. No puede, por el contrario, recabarse de la celebración en cuanto
tal un examen y un pronunciamiento directo sobre los instrumentos y los
criterios operativos (motivaciones ideológicas,
técnicas de intervención) con que el cristiano obra en la vida
concreta. Esto no sólo por la obvia razón de un riesgo de
instrumentalización, en sentido politizante, de la liturgia, sino,
de manera radical, porque se atribuiría a la liturgia lo que ella no
puede ni debe dar, y que está reservado, por el contrario, a otros
contextos y a otros instrumentos.
c) La
aportación del compromiso a las celebraciones. Es un aspecto
que no puede ser ignorado, pero que se intuye fácilmente y está
ya implícito en cuanto se ha dicho hasta aquí. Esta
aportación consiste en recordar a la liturgia el hecho de que la
salvación hay que celebrarla en su totalidad e integridad, es decir, que
tiene una exigencia de encarnación de todo lo que constituye la
peripecia terrena del hombre, incluidos los aspectos sociales
384
y
políticos. El compromiso ofrece, por tanto, a la liturgia la concreción
de la historia (lucha por la justicia, la libertad, la paz...) como motivo que
ha de incluirse en la memoria del plan salvífico, en la acción de
gracias, en la ofrenda sacrificial y en la oración de intercesión.
IV. La
celebración como expresión del compromiso
Al pasar de las
consideraciones de principio al campo aplicativo, es oportuno anteponer las
siguientes obfervaciones:
a) Lo que no es
asumido no es objeto de salvación. Que la celebración se
haga eco concretamente de las implicaciones sociopolíticas del obrar del
cristiano en el mundo no pueden contradecirlo eventuales pretensiones de
preservar el culto litúrgico de contaminaciones indebidas: esto
equivaldría a descalificar como indignas del evangelio la presencia
y la acción de los cristianos en el corazón de las luchas
por la justicia, la paz y el progreso. Aparte del hecho de que tal silencio,
quiérase o no, constituiría también una opción
política precisa, se obtendría como consecuencia la
exclusión del área de la salvación de toda una realidad
constitutiva de la existencia humana en el mundo. En efecto,
también para la liturgia es válido el principio
soteriológico según el cual "lo que no es asumido no es objeto
de salvación".
b) El problema de
la idoneidad de la liturgia actual. No es una sorpresa constatar que la actual
fisonomía de las celebraciones, aun presentando elementos interesantes
para nuestro tema, na se presta
385
fácilmente,
en su globalidad, a expresar la relación liturgia-compromiso:
se diría que la conciencia de los cristianos de hoy ha madurado, con el
estímulo de los tiempos, una sensibilidad social y política
más rápidamente que la sensibilidad litúrgica, y,
ciertamente, con anticipación sobre las etapas de revisión
de la liturgia misma. A pesar de ello —sin adentrarnos aquí en el
análisis del fenómeno y dejando intacta la perspectiva de
ulteriores posibilidades de adaptación—, la actual liturgia ofrece
no pocos elementos celebrativos concretamente susceptibles de asumir y
expresar el valor del compromiso.
1.
Compromiso
carácter
de mensaje de liberación integral: la fiesta —que tiene como
corazón la celebración litúrgica (en primer lugar la
eucaristía)— constituye un indicativo (= la liberación
pascual es una realidad actual del reino, presente in mysterio o in sacramento)
que se convierte también en imperativo (— la
liberación total ha de encarnarse también en la ciudad terrena). No
tendría justificación celebrar algo que no tuviese sentido alguno
para la ciudad terrena y que no postulase el compromiso por una efectiva pro
moción
humana.
Concretamente,
este vínculo entre indicativo e imperativo hay que identificarlo,
como con su propia raíz, con el núcleo mismo de la fiesta
cristiana, es decir, con el misterio pascual de Cristo: 1) la
resurrección de Cristo crucificado es fuente de liberación y, en
cuanto tal, es ya objeto de experiencia gracias a la acción del
Espíritu, y promesa activa para un mundo todavía prisionero de
sus falsos dioses; 2) la muerte en cruz de aquel que resucitará es
denuncia de las fuerzas del mal que actúan en el mundo y camino por
recorrer para luchar contra ellas (verdadero via crucis). Estudiar a fondo este
dato de la fe y proponer a la comunidad cristiana su actuación como
misión que realizar en la ciudad terrena no es opción facultativa
u ocasional, sino una exigencia precisa proveniente del respeto debido a
la inte
gridad del
significado de la fiesta
cristiana.
2. EL SIGNO DE LA
/ ASAMBLEA. La comunidad reunida para la celebración
litúrgica es sacramento de la iglesia, o sea, de la humanidad ya
constituida en pueblo de Dios y, por tanto, alcanzada ya por la
liberación efectuada por el Cristo pascual, si bien la posesión
radical Compromiso
de la libertad de
los hijos de Dios debe desplegar todavía sus virtualidades a lo
largo del camino de la historia. En esta perspectiva, la asamblea es el signo
que proclama la liberación acontecida y que contiene en sí la
missio, el envío a su ulterior actuación en el mundo no libre,
porque la liberación no será completa sino cuando haya alcanzado
a todos los hombres de todos los tiempos: la asamblea no puede contentarse con
su libertad. El signo de la asamblea expresa, además, la
dimensión comunitariaeclesial de esta missio: ni la toma de
conciencia del imperativo del compromiso también en sentido sociopolítico
ni el trabajo de confrontación del mismo con los valores de fondo
contenidos en la celebración pueden prescindir del hecho de que se
realizan en un contexto litúrgico, por su misma naturaleza comunitario-eclesial.
Sustrayendo el tema del compromiso a toda tendencia privatizadora y sin quitar
nada a la responsabilidad personal, el hecho de la asamblea manifiesta que
asumir la tarea de obrar en las estructuras de la polis es una opción
que compromete a la comunidad cristiana como tal (otro asunto es el de las
orientaciones políticas, de las opciones sectoriales, de los programas
operativos, de las técnicas de intervención, etc., en que
funciona el criterio de lo opinable
y, por tanto, del
pluralismo de posiciones). Todo esto —hay que observarlo
realistamente—, está más en el plano del deber ser que en
el de una situación de hecho: es conocido el problema de las diversificaciones
e incluso contraposiciones latentes en cuestiones políticas en las
asambleas cristianas. Sobre esto volveremos [/ infra, V, 3].
3.
386
ne tratar juntos
estos dos aspectos relativos a la palabra de Dios (lecturas bíblicas y
homilía) porque, a pesar de la distinción de su respectiva
naturaleza y función, presentan sustancialmente los mismos
problemas.
a) La palabra
proclamada. Es
fácil
intuir la importancia suma
que, en el
ámbito de la celebración,
reviste el uso de
ra [/ Biblia y
liturgia] desde el
punto de vista de
la temática socio
política;
igualmente fácil es intuir
los riesgos de
indebidas instrumen
talizaciones. Sin
embargo, a pesar
de estos riesgos,
el uso mencionado
no es de por
sí ilegítimo, si tiene
sentido afirmar
que la palabra de
Dios es luz y
guía para todo lo que
se refiere al
orden de la salvación;
ahora bien,
indudablemente la lu
cha por el
progreso humano se
refiere a ese
orden en cuanto cae
bajo el anuncio
de una liberación
integral, aun sin
identificarse con
esta
última. Sin embargo, lo que
hay que subrayar
es que no existe
sólo el
problema de un correcto uso político de la palabra de Dios en el
ámbito celebrativo (e igualmente fuera de él), sino
también el de la posibilidad ofrecida concretamente en tal sentido por
el ciclo ordinario de las lecturas (leccionario). Evidentemente,
sería injusto y descaminado pretender un planteamiento total de los
leccionarios en sentido político; y es, por el contrario, justo y
plenamente educativo que el uso litúrgico de
387
ordinarios
existen posibilidades concretas de aprovechar la temática del compromiso
sin violentar artificiosamente el texto: por ejemplo, en los ciclos de
adviento, de cuaresma, del tiempo pascual, en que el anuncio,
respectivamente, del tiempo mesiánico y de la liberación
pascual contiene efectivamente las más ricas referencias a la responsabilidad
del cristiano en el mundo. Fuera de estas ocasiones privilegiadas queda
siempre el deber de no pasar nunca por alto los puntos de contacto que ofrece
la proclamación litúrgica de la palabra de Dios con los
problemas de la ciudad terrena: a menudo, incluso, serán éstos
los que revelen nuevas posibles resonancias de la palabra bíblica.
b) La palabra
actualizada. La / homilía, en cuanto dependiente primariamente de las
lecturas bíblicas, ha de regularse en conformidad con los criterios
arriba mencionados. Vale, sin embargo, para ella la necesidad de una mayor
vigilancia, en cuanto que, correspondiéndole la tarea de mediar entre el
impacto del mensaje bíblico y de toda la celebración y la
actualidad, está particularmente expuesta a riesgos de
instrumentalización y a unilateralismos, especialmente por lo que
se refiere a problemas sociales y políticos. Evitando presentar las
propias opiniones personales, o las de un grupo particular, o también
las que más agradan al auditorio como las únicas coincidentes con
la palabra de Dios, los responsables de la homilía se atendrán al
criterio de apuntar a las actitudes de fondo, que han de llevar la impronta de
la mentalidad evangélica.
4.
la eficacia de la
oración litúrgica, nos limitamos a destacar algunas expresiones
particularmente indicadas para acoger referencias al compromiso:
a) La
intercesión (o súplica). En su forma clásica de
oración universal o de los fieles o en formas más libres.
b) La alabanza y
la acción de gracias (o bendición). Puede expresarse
utilizando o inspirándose especialmente en los / salmos, riquísimos
en motivos válidos para el presente (situaciones críticas, evocación
de los mirabilia ya realizados y de las promesas para el futuro). Respecto
a la bendición típica, es decir, la / plegaria eucarística,
se podría pensar en relacionar hechos o situaciones contingentes
—pero siempre historia vivida— con la evocación de los
grandes hechos de la historia de la salvación, por ejemplo, en el
ámbito del prefacio, por su misma naturaleza destinado a explicitar los
motivos de la alabanza o de la acción de gracias; así
también, brevísimas pero puntuales alusiones podrían
hallar sitio en la parte reservada a la súplica (intercesiones) en la
anáfora (sin embargo, la cuestión remite al problema de la /
adaptación y de la /creatividad, con las correspondientes
implicaciones disciplinarias).
c) Las oraciones
(especialmente las colectas). La escasa sensibilidad, de sobra conocida, del
actual cuerpo oracional a los temas que ocupan la existencia de los
hombres y de los cristianos de hoy remite, también en este caso, a un
trabajo de adaptación y de creatividad, que no por ser exigente y
complejo deja de ser urgente.
d) Los cantos. La
oración cantada es un sector muy abierto a un Compromiso
trabajo de
creatividad, donde el tema del compromiso proporciona un estímulo
enormemente rico de posibilidades de síntesis entre la
proclamación del mundo recreado en Cristo y el grito de las expectativas
humanas. Una asamblea que canta sus certezas y sus esperanzas haciéndose
eco de las invocaciones a voz en grito o mudas de un mundo no libre es una
asamblea que no se rinde a la realidad
factual ni acepta
hacerse cómplice de los poderosos de este mundo.
De todos modos,
como quiera que se utilicen las varias formas de oración disponibles,
hay que subrayar siempre que se trata del ejercicio del sacerdocio
bautismal del cristiano, que le permite no sólo interceder por las
situaciones y los problemas que comparte con todos los demás hombres,
sino también referirlo todo a aquel primado de la
justicia del
reino que trae consigo la promesa de una sobreabundancia de todo lo
demás (cf Mt 6,33).
5. EL GESTO DE
OFRECIMIENTO. Recordando cuanto se ha dicho [/ supra, III, 2] la
intención de entregar a Dios en un gesto de ofrecimiento el propio
trabajo de agentes de paz y de justicia encuentra una adecuada forma de
expresión en el gesto de la presentación de los dones y en
el ofrecimiento sacrificial de la anáfora. Una oportuna catequesis
previa, así como oportunas intervenciones didascálicas en el
curso mismo de la celebración, pueden fácilmente poner de
relieve la conexión entre el compromiso por la paz y la justicia y
su inserción en el ofrecimiento pascual de Cristo, recapitulador de todo
lo que su muerte y resurrección ha depositado en el mundo como verdadero
fermento de liberación integral. Así subrayado, el gesto de
ofrecimiento encontrará en la do
388
xología
que cierra la plegaria eucarística (o en otra creada a
propósito para celebraciones diversas de la eucarística) su sello
natural.
6.
V. Perspectivas
litúrgico-pastorales
Aquí han
aparecido ya [/ supra, VI] algunas indicaciones de carácter
pastoral celebrativo. Se trata ahora de centrar la atención en el plano,
más amplio, de las perspectivas que se ofrecen al binomio celebración-compromiso
desde el punto de vista de la iniciativa pastoral.
1. SUSCITAR
bilidad creyente
interpreta como signo de los tiempos o como momento oportuno
(kairós) para que se haga concreta la historia de la salvación.
Esto se requiere particularmente en el sector de la actividad social y
política de los cristianos: el acercamiento liturgia-política
constituye por sí mismo una novedad que, por carecer de precedentes
en que inspirarse, exige una auténtica creatividad capaz de expresar en
adecuados signos celebrativos la valencia religiosa del compromiso sin
degenerar en ambigüedades y sectarismos. Esto requiere, sin embargo,
un trabajo previo de sensibilización y de educación de las
comunidades cristianas acerca de la conexión entre fe y tareas
históricas, entre reino de Dios y ciudad terrena, entre pasión
por el evangelio y pasión por el hombre. Este trabajo no es tarea
directa de la liturgia, a la que, por el contrario, corresponde expresar en
congruas formas celebrativas lo que la conciencia cristiana ha adquirido
ya como perteneciente a la fe. El hecho de que la liturgia sea, como se ha
visto, fuente de compromiso, no ha de entenderse en el sentido de una
concienciación y educación en el compromiso en la ciudad terrena
(una contribución suya en esta dirección sólo puede ser
indirecta, refleja; sería demasiado arriesgado, incluso si lo
requirieran particulares necesidades pastorales, atribuirle tal tarea
supletoria), sino en el sentido de una proclamación y
actualización, por vía de signos sacramentales, de un hecho
—el advenimiento en Cristo de la salvación integral en
el mundo— que ya contiene en sí, a modo de fermento y al mismo
tiempo de paradigma profético, el mundo nuevo como debe ser de acuerdo
con las promesas de Dios. De este hecho (indicativo) nace la
misión de obrar sobre
Compromiso
las estructuras
del viejo mundo
(imperativo).
De ello se sigue
que el momento celebrativo no puede ser, desde el punto de vista de una
correcta metodología pastoral, el punto de partida o el factor
determinante para una toma de conciencia del tema relativo al compromiso; puede
y debe, por el contrario, acompañar a la comunidad cristiana a lo largo
de este itinerario como momento de inserción en el misterio de la salvación
en todos sus aspectos. En esta perspectiva específica, la iniciativa
pastoral se preocupará por estimular en la comunidad el carisma
celebrativo, o sea, por suscitar la necesidad y la capacidad de expresar
en palabras y gestos adecuados —de contemplación, de alabanza, de
acción de gracias, de ofrecimiento, de proclamación de la
esperanza, de súplica— el compromiso por la
construcción de un mundo diverso, que acoja en sí el sentido
nuevo dado a la historia por la pascua de Cristo.
2. POSIBILIDAD DE
CELEBRACIONES CON EXPLÍCITA REFERENCIA AL COMPROMISO. Se trata de
la posibilidad y oportunidad de dar vida a formas celebrativas
—basadas esencialmente en la escucha de la palabra
bíblica, en el intercambio de reflexiones y experiencias, en la
oración común— que, yendo de consuno con las de la liturgia
oficial, permitan dar cabida de modo más libre y explícito al
tema del compromiso. Llamarlas directamente celebraciones políticas
entrañaría el riesgo de entender estas formas como pilotadas
por contenidos o propósitos políticos preestablecidos
y, por tanto, ya desviadas y desviadoras (es el riesgo común a todas las
celebraciones llamadas con tema). El acento dominante, por el contrario,
debería recaer Compromiso
sobre las
personas, es decir, sobre los cristianos, que se reúnen en común
para hacer aflorar las implicaciones políticas de su fe y traducirlas
en oración. Aunque sea una situación precisa o un determinado
hecho político lo que reclama el hecho celebrativo, el objetivo primario
de este último es siempre el del crecimiento de estas personas
(comunidad, grupo) en una sabia armonía entre fe y testimonio correspondiente,
incluso bajo el aspecto del compromiso sociopolítico. Las
opciones concretas de acción, aunque apunten a traducir en gestos
precisos en la vida cotidiana la inspiración fundamental de la fe,
conservan siempre un aspecto contingente y opinable, que requiere
continuas verificaciones y puntuales reajustes.
Habrá que
tener presentes otros dos riesgos a propósito de este tipo de
celebraciones: el de un fácil autoaislamiento del grupo políticamente
homogéneo y el de considerar sólo a estas formas
celebrativas como válidas para un compromiso político, desertando
o vaciando de significado a las otras, o sea, a las de la liturgia oficial. Se
trata de selecciones que podrán ser conjuradas sólo por una
previa asimilación del espíritu y de los valores auténticos
de la / liturgia.
3. EL PROBLEMA DE
LAS ASAMBLEA S POLÍTICAMENTE DIVIDIDAS. Se trata de un problema que
se plantea a tres niveles: diversidad de análisis y de opciones
operativas políticas; divergencia de ideologías políticas,
aunque conservando la voluntad de permanecer fieles a las exigencias
evangélicas; adhesión a ideologías y actitudes
políticas, llevada hasta el punto de contradecir a las
exigencias evangélicas. Si la liturgia es siempre celebración de
la unidad de fe y en la fe, ¿puede
390
garantizar, y
hasta qué punto, la comunión entre personas que interpretan
de modo diverso, y a veces incluso contrapuesto, la traducción en
actitudes y opciones políticas de los valores de fe? La pregunta remite,
de suyo, a un análisis a fondo del tipo de unidad-comunión
compatible con la fe y con su expresión litúrgica.
Aquí nos limitamos a las siguientes observaciones:
a)
Aceptación de la legitimidad de un pluralismo de opciones políticas.
Ni la fe ni la liturgia pueden entender la unidad-comunión como ausencia
total de posiciones diferenciadas y, por tanto, de una cierta
conflictividad también en el campo sociopolítico, sea porque fe y
liturgia no confunden la unidad con la uniformidad, sea por la dificultad
objetiva de distinguir netamente los límites entre exigencias
específicamente cristianas y los sectores de competencia humana.
b) La
unidad-comunión es un
don de lo alto.
No está hecha por
mano de hombre,
sino que brota de
la pascua de
Cristo, y como tal es
entregada por la
liturgia. Es una
unidad
radicalmente actuada en
Cristo, pero en
vías de progresiva
actuación
en sus miembros místicos
y con su activa
cooperación. Esto
significa, en
concreto, que una
celebración
no puede suponer a priori una asamblea "perfecta en la unidad"; mucho
menos bajo el perfil de las opciones políticas; puede, en cambio, exigir
que se empeñe seriamente en la realización de la unidad a partir
del dato objetivo del don sacramental (también en este caso vige la
relación indicativo-imperativo).
c) La
celebración debe mantener abiertos los canales del diálogo
y_ de la conversión. Al exigir la fidelidad más estricta a los
valores
391
evangélicos,
que ella presenta encarnados en el Cristo pascual, la celebración
(en especial la eucarística, "sacramento de unidad")
unifica a la comunidad cristiana creando en su interior las condiciones fundamentales
para la escucha y el diálogo recíprocos, denunciando la
cerrazón y los sectarismos, proponiendo de nuevo el recurso a continuas
verificaciones de las diferentes opciones no en el plano de su eficacia
técnica, sino en el de su conciliabilidad con la visión evangélica.
Sobre la base de
este triple requisito es posible afirmar que la presencia en el seno
de la asamblea de cristianos que difieren en los análisis
políticos y en las correspondientes opciones de acción no
rompe de suyo la unidad-comunión ni vacía de sentido la
celebración. Ruptura y vaciamiento se producirían sólo en
el caso en que personas o grupos abrazaran opciones políticas verdaderamente
inconciliables con el evangelio y, además, se negaran a someterlas a
discusión (presunción de monopolio de la verdad). En tal caso
sería más exacto decir que no es la liturgia la que deniega el
don de la unidad, sino que son tales miembros los que se ponen en condiciones
de no poder recibirla. Dicho esto hay que añadir que una sabia
política pastoral debería encauzar tensiones y
conflictividad en el conjunto de la vida de la comunidad cristiana,
evitando tanto su explosión en el ámbito de la celebración
como el silencio ficticio sobre su presencia.
[/
Promoción humana y liturgia].
A. Pistoia
BIBLIOGRAFÍA:
Belda R., Vida cristiana y compromiso político, Ed. Guadalupe, Buenos
Aires 1969; Igarza E., Liturgia y compromiso cristiano, en "Liturgia"
246 (1969) 167-178;
Comunicación
en la eucaristía
Maggioni
B.-Sorbí P., El compromiso social y político de los grupos
pequeños, Sigúeme, Salamanca 1974; Martínez P., Liturgia y
sociedad de consumo, en "Phase" 71 (1972) 421-431; Pou R.,
Relación vida litúrgica y acción cristiana en el mundo,
ib, 43 (1968) 4961; Rovira J.M., incidencia de la ideología de las
celebraciones litúrgicas, ib, 77 (1973) 407422; VV.AA., Liturgia y
acontecimiento, en "Phase" 58 (1970) 325-392; VV.AA.,
Ideología y liturgia, ib, 77 (1973) 403-445; VV.AA., Liberación
del hombre por la liturgia, en "Concilium" 92 (1974) 165-312.
Véase también la bibliografía de Existencia cristiana y
liturgia y Promoción humana y liturgia.
SUMARIO: Premisa:
Ámbito y metodología de la investigación - I. El emisor y
el receptor deben estar "motivados": 1. Conocimiento
recíproco; 2. Correspondencia con los intereses reales; 3. Respuesta a
los problemas concretos - II. La codificación y la descodificación
deben ser correctas: 1. Códigos que se refieren al espacio: a)
Espacio y comunicación, b) Espacio y celebración
litúrgica, c) Algunas transformaciones recientes, d) Silencio y
sonoridad, e) El uso del espacio-iglesia por parte de los fieles; 2.
Códigos ¡cónicos; 3. E! código de los objetos; 4. El
código "vestido"; 5. El código de los gestos: a) La
falta de espontaneidad, b) La gesticulación del celebrante; 6. Los
códigos verbales: a) Los códigos paralingüísticos, b)
El código lingüístico - III. Debe haber una verdadera
interacción ("feed-back"): 1. Lo "predeterminado" en
la misa; 2. El canto; 3. La homilía - IV. Debe darse apertura a lo real:
1. Signos
reveladores; 2. El "aquí y ahora" y la universalidad - V.
Conclusión.
Premisa:
Ámbito y metodología de la investigación
Queremos abordar
en esta voz un estudio del acontecimiento misa asumiendo el punto de vista
típico de las ciencias que se interesan por la comunicación
humana. En este sentido, estudiaremos solamente una dimensión de la
celebración Comunicación en la eucaristía
cucarística:
la misa en cuanto grupo
de personas
reunidas que realizan
una serie de
procesos comunicati
vos. No se trata
de un punto de
vista que permita
la formulación de
juicios globales,
ya que la misa es
mucho más
que un hecho comuni
cativo humano: es
la celebración
conmemorativa y
sacramental del
sacrificio que
Cristo realizó en la
cruz. No
obstante, las conclusiones
a que lleguemos
pueden ser de
alguna utilidad
para agentes de
pastoral,
teólogos y liturgistas.
La materia es
vastísima y sería
preciso
afrontarla provistos de un
bagaje de
conocimientos muy am
plio,
extraído de diversas discipli
nas
científicas; haría falta el trabajo
de un equipo.
Pero nuestra inten
ción es
simplemente sugerir que el
tema misa puede y
debe ser estudia
do también
desde el punto de vista
de la
comunicación para llegar a
conclusiones
operativas.
Éste
será nuestro modo de proceder: destacaremos y explicitaremos
sucesivamente cuatro condiciones que parecen esenciales para que de
algún modo se pueda dar una situación de auténtica
comunicación humana, y después aplicaremos en cada caso
los datos adquiridos a la situación comunicativa
misa.
La misa de que se
habla en esta voz no es la que se celebra en / grupos particulares, o la
presidida por el obispo con ocasión de una visita pastoral, sino la misa
normal que se celebra en nuestras parroquias todos los domingos per annum.
Casi no hace
falta indicar otro límite de esta voz: estudia únicamente la
misa en cuanto acontecimiento de comunicación; pero tal
investigación podría extenderse legítimamente a todo
el mundo litúrgico, y por tanto también a la celebración
de los otros sacramentos y
392
sacramentales
(que, en cualquier caso, la mayor parte de las veces ocurre durante la misa).
I. El emisor y el
receptor deben estar "motivados"
La primera de las
condiciones
fundamentales
para que un encuen
tro humano llegue
a ser un momen
to de
auténtica comunicación es
que emisor y
receptor estén perso
nalmente motivados
para realizar
este encuentro; y
parece legítimo
añadir que
la riqueza humana de
un momento de
comunicación es
proporcional al
nivel de participa
ción de
las personas que están im
plicadas en ella.
Esta
motivación puede analizarse así: a) incluye un conocimiento
recíproco (quizá mínimo inicialmente), que garantice
un encuentro capaz de aportar elementos nuevos para enriquecer la experiencia
propia: hay una confianza recíproca; b) conlleva la
convicción de que el argumento de que se trata corres
ponde a intereses
reales, a necesidades concretas; c) supone la razonable expectativa
de que del diálogo surgirán indicaciones y apoyos para llegar a
soluciones concretas de los problemas tratados: al que busca un verdadero
encuentro con la gente que le rodea no le interesan conversaciones siempre
iguales ("ya sé lo que va a decir"), sin perspectivas de
solución de los problemas reales ("no sirve para nada"), con
tan poco gancho que le dejan deprimido y desilusionado ("es un discurso
abstracto, que se va por las nubes...").
Estos elementos,
que dan cuerpo a la motivación y establecen las condiciones para la
realización de un verdadero encuentro humano, ¿se hallan en la
asamblea de los que participan en la misa? Una respues393
ta documentada
exigiría los resultados de una investigación que todavía
no se ha realizado. Para que la misa resulte motivada y sea un verdadero
encuentro humano ha de reunir las siguientes condiciones.
1. CONOCIMIENTO
RECÍPROCO. Mucha gente ve en la misa un rito a través del cual
entra en un diálogo personal-individual con Dios, y no un encuentro
comunitario de los creyentes, en el que se descubre la presencia y la palabra
de Dios tanto en el acto litúrgico como en la vida. En este caso, la
presencia de los otros es solamente ocasional, secundaria, y no hay ninguna
razón especial que empuje al conocimiento-diálogo con ellos;
es más, los otros podrían convertirse en una molestia. Por el
contrario, quien busca el encuentro comunitario desea que este encuentro con
los otros sea una especie de signosacramento del encuentro con Dios.
Motivaciones tan
diversas llevan
a comportamientos
asimismo dife
rentes, no
conciliables de hecho.
Depende de la
primera actitud el hecho de que en nuestras asambleas generalmente no exista el
deseo de establecer relaciones de amistad con las personas que nos rodean o con
el mismo sacerdote que celebra. Por lo menos, no se aprecian signos que prueben
lo contrario: si no hay un conocimiento anterior, el gesto de la paz se reduce
a un gesto entre extraños; no es un gesto abierto, de ruptura de esa
lejanía. Al final de la misa, fuera de la iglesia, la situación
es la misma que se da a la salida de cualquier reunión; es más,
después de una obra de teatro o de un concierto la gente no desaparece
tan rápidamente.
Por lo
demás, el mismo sacerdote no parece que busque una relación
directa, personal: en general, evita el contacto visual con los que
están
Comunicación
en la eucaristía
delante; no hace
referencia a la situación concreta del aquí y ahora, no siente la
necesidad de presentarse cuando se encuentra ante una asamblea que no le
conoce y que quizá esperaba a otra persona. Es totalmente excepcional
que alguna persona se quede después de la celebración para
profundizar junto con el sacerdote los temas propuestos por las
lecturas o por la homilía.
2.
CORRESPONDENCIA CON LOS INTERESES REALES. En cuanto al valor existencial
atribuido a la celebración eucarística, se podría afirmar
que existen notables diferencias entre persona y persona: hay quien
está presente en la misa porque se trata de un hecho habitual,
ritual ("el domingo no es domingo sin misa"); otros están
presentes por presión del grupo o de la familia...; otros, en fin, por
una convicción muy precisa.
Que existen estas
diferencias, se puede deducir de algunos hechos: el retraso con que la gente
llega a misa; los puestos ocupados en el espacio disponible; el comportamiento
que se consiente a los niños... A pesar de todo, la
situación actual es ciertamente mejor que la del pasado más
reciente: hoy las presiones llevan solamente a la iglesia a los que tienen una
vaga intención de ir.
3. RESPUESTA A
LOS PROBLEMAS CONCRETOS. No es fácil afirmar si son muchos o
pocos los que buscan en la misa una respuesta a sus problemas concretos o si encuentran
caminos de solución y ayuda para la vida cotidiana. Más bien la
impresión común es que la misa no afronta nunca esos problemas
y es aburridamente repetitiva ("ya se sabe cómo se desarrolla y
cómo va a acabar"; "las palabras del sacerdote son siempre las
mismas"; "es siempre un discurso abstracto"...).
Así la presencia en la celebración termina por convertirse
en un soliloquio con la propia fantasía y con los propios
problemas.
Un signo
revelador de esta situación puede ser el automatismo con que la
asamblea responde a las palabras del celebrante; por ejemplo, en algunos
prefacios el primer párrafo ("En verdad es justo...") acaba
con las palabras "por Cristo Señor nuestro", y muchos responden
puntualmente: "Amén". Por otra parte, el modo como el sacerdote
lee las partes fijas de la misa lleva en ocasiones a pensar que también
para él se trata de un acto repetitivo, automatizado: préstese
atención,
por ejemplo, al modo como se pronuncia la conclusión de las oraciones:
"Por nuestro Señor..." Se tiene la impresión de
que solamente se quiere provocar la respuesta de los fieles:
"Amén".
Es más
bien raro, en cambio, que la misa, y en especial la homilía, se
concreticen en un momento de comunicación en torno a un tema conductor
único (no sobre mil problemas, dejados después sin resolver); un
tema claro, relacionado de modo evidente con la vida concreta de los
presentes.
H. La
codificación y la descodificación deben ser correctas
La segunda
"condición" para que pueda darse una auténtica comunicación
humana es que se den los procesos de codificación y descodincación
adecuados. Esta afirmación pone en contacto con un tema muy amplio,
que conviene analizar Por partes. Precisemos ante todo que por
codificación y descodifica"on se entiende el doble proceso
394
del que vive la
comunicación, a través del cual, por una parte, se confían
contenidos mentales a elementos perceptibles (escritura, gesto,
palabra, imágenes...); por otra parte, partiendo de estos signos
sensibles, se reconstruyen los significados que les han sido confiados:
para indicar "prohibido circular" pongo una determinada señal
de tráfico (codificación); por esta señal el conductor
entiende que está prohibido pasar (descodificación).
a) Para
comunicarse, evidentemente, es necesario que las personas interesadas
conozcan y utilicen de hecho el mismo lenguaje, el mismo código. Es
importante recordar este principio por dos razones al menos.
La primera es la
necesidad de subrayar que el uso del mismo lenguaje significa radicalmente que
se hace referencia a experiencias humanas comparables (si no exactamente
iguales). Obviamente, para hablar de cosas superficiales o de fondo puramente
técnico, lo que acabamos de afirmar tiene una importancia sólo
relativa: también con el uso aproximado de una lengua puedo charlar... o
comprar y
vender. Pero si
la comunicación trata de temas como la familia, el amor, el pecado, el
sentido de la sociedad, la imagen de Dios..., ni siquiera una lengua
común entre los interlocutores es suficiente si la cultura y la
experiencia personal son radicalmente diversas. En tal caso, en efecto, las
palabras tienen sólo aparentemente el mismo significado: es
necesaria una comunión de vida para superar la pobreza de las palabras y
descubrir la riqueza de los significados de los mensa
jes
pertenecientes a las diversas culturas.
La segunda
razón que motiva nuestra atención a este principio es 395
que para
comunicarse no es suficiente conocer la misma lengua y participar de la
misma experiencia de vida; es necesario que el receptor
decida
descodificar el mensaje según las instrucciones dadas por el
emisor: de hecho, nosotros, cuando enviamos un mensaje, damos también
las instrucciones según las cuales el receptor debe operar si quiere
comprendernos. El emisor "hombre" envía mensajes muy complejos;
es más, envía muchos mensajes al mismo tiempo (el modo de
vestir, de mirar, el tono de voz, las palabras que usa...); en un determinado
momento puede usar signos con un significado diverso del
acostumbrado,
modificándolos en un instante (por ejemplo, puedo decir "eres un
burro" como una broma, con el significado de "¡eres
simpático al aparentar que no entiendes!"). Si las cosas son
así, es evidente que para recibir el mensaje transmitido por el emisor,
el receptor no sólo debe conocer los códigos que se
usan, sino que también debe obedecer a las instrucciones dadas por el
emisor para una perfecta descodificación. Nuestro lector, por
ejemplo, en vez de seguir el sentido explícito del discurso, podría
prestar atención al tipo de estructura gramatical usada en el texto, a
la puntuación correcta o no, a la pobreza o riqueza de la
terminología; en tal caso, aunque conozca perfectamente la lengua
acabará por no captar los contenidos de lo que se escribe.
b) Para codificar
de modo que se garantice al máximo la comprensibilidad de lo que se
quiere decir, es necesario prestar atención a las características
del medio que se utiliza y conocer (para adecuarse a ellas) la
disponibilidad-capacidad del receptor en la situación concreta en
que recibe el mensaje. Así, no
Comunicación
en la eucaristía
es un modo eficaz
de comunicación hablar "con tono familiar" cuando se debe
hacer un informe en una reunión oficial: sería rechazado incluso
antes de ser escuchado. Y cuando hablo confidencialmente con un grupo de
personas, aunque sea una conferencia, no puedo usar el mismo lenguaje que al
redactar un curso universitario; en efecto, el texto escrito deja a cada uno la
libertad de usar su propio ritmo, y permite leer de nuevo lo que no se ha
comprendido, cuando es necesario; por el contrario, la comunicación
oral solamente puede apoyarse en la familiaridad del tema tratado y de los
términos utilizados, así como en la memoria inmediata del
receptor, que está obligado a seguir el ritmo impuesto por el fluir de
nuestras palabras, sin posibilidad de volver a escucharlas, sin pausas para la
reflexión escogidas individualmente: la comunicación oral
debe ofrecer más elementos para explicitar y relacionar los diversos
conceptos que un texto escrito.
c) Para codificar
y descodificar correctamente es necesario que emisor y receptor tengan en
cuenta los respectivos puntos de partida; en efecto, cada afirmación se
hace, y por tanto puede ser comprendida, a partir de lo que ya se ha expresado,
y está condicionada por lo que, aunque no se haya dicho explícitamente,
influye sobre la comunicación. El receptor comprende cuanto se
le comunica a la luz de un contexto de conocimientos precedentes,
"así como en función de un cierto tipo de expectativas: la
descodificación es fruto también de una
precomprensión. Si estos conocimientos precedentes y estas expectativas
dan una imagen negativa del emisor, cada mensaje proveniente de esta
fuente estará marcado por un prejuicio negativo. De
Comunicación en la eucaristía
nada sirve
lamentarse; es más productivo trabajar para mejorar la propia
imagen. Si en cierto contexto la iglesia es considerada la longa manus de
las potencias y culturas occidentales, no se puede pretender que sus mensajes y
sus actividades sean correctamente comprendidas. Es necesario actuar directamente,
a fin de que cambie la imagen de la iglesia; y no sólo planteando el
mensaje de modo que se prevean o desmientan eventuales interpretaciones falsas,
sino actuando concretamente, porque los signos y los hechos
constituyen el contexto global en el que se da la comunicación. Es,
pues, ingenua la pretensión de que los mensajes particulares sean
descodificados en un ambiente aséptico. La comunicación es
un hecho global, un continuum (como un flujo continuo); los mensajes
individuales son segmentos particulares de este flujo y están afectados
por el conjunto. Así, también comunican los silencios, al
menos cada vez que para el receptor una toma de posición del emisor se da
por descontada. Si, por ejemplo, sucede cualquier cosa muy grave para el
país, y la predicación (o las transmisiones de radio
o
televisión de carácter religioso) no la hace objeto de una
reflexión desde el punto de vista cristiano, es inevitable que este
silencio —aunque quizá no haya sido intencionado porque
la transmisión pudo haberse grabado con antelación— sea
significativo, negativamente significativo. La iglesia tiene una imagen
pública: no puede hablar o guardar silencio sin que ello deje de influir
en la comunicación. Esto es más verdad hoy, gracias a los medios
de comunicación, socialmente omnipresentes. Así, un papa no
puede confesar en San Pedro sin valorar la gran resonancia que este gesto
tendrá en la opinión pública.
396
Ser conscientes
de esta realidad de la comunicación hoy es indispensable; es
útil incluso. Juan Pablo II nos recordó a todos la importancia
del sacramento de la reconciliación con un simple gesto.
Resumiendo
esquemáticamente cuanto se ha dicho: para que los procesos de
codificación y descodificación sean los adecuados se
requiere: 1) que los interlocutores conozcan y utilicen correctamente los
mismos códigos (los mismos sistemas de signos); 2) que los mismos
interlocutores hagan referencia a experiencias al menos de algún
modo comunes; 3) que el emisor se adecúe a la situación en que se
realiza la comunicación; 4) que se tenga presente el influjo de cuanto
ha sido expresado antes (peso determinante de las precomprensiones y de
las expectativas de los receptores). A este esquema haremos referencia, en
particular [/ infra, 6, b] cuando hablemos del código
lingüístico.
Esta segunda
condición, cuyo objeto es la exactitud de la codificación y
descodificación, ¿se realiza en la misa? Es imposible responder
en abstracto y genéricamente, porque la pregunta apunta a cada una
de las situaciones concretas. La respuesta debería buscarla cada
celebrante (junto con su comunidad), ya que sobre él pesa de un
modo especial el deber de garantizar la comprensión y la riqueza
del mensaje anunciado en la misa. La aportación que aquí se
ofrece puede ser un instrumento para este trabajo; se concreta en una
reseña de los códigos y mensajes existentes en la
celebración, y en un análisis un poco más atento del uso
de los códigos verbales.
1. CÓDIGOS
QUE SE REFIEREN AL ESPACIO. El primer bloque de mensajes sobre los que se
pretende 397
llamar la
atención es el que se refiere a los diversos elementos que constituyen
el espacio en que se realiza la celebración.
a) Espacio y
comunicación. Es un error considerar al hombre y al ambiente como dos
entidades separadas, y no como partes integrantes de un sistema verdadero
y típico de interacciones. Desde siempre y en cada cultura el hombre
expresa mensajes a través de los distintos modos de situarse en el
ambiente y de modelar constructivamente el espacio. La arquitectura, entendida
como modo de construir, independientemente del valor artístico de
los resultados, interpreta en cada momento la concepción que el hombre
tiene de sí mismo, de su relación con los otros y con Dios;
traduce en estructuras más o menos sólidas (también esto
es significativo) el valor atribuido a los diversos momentos de la vida
humana individual, familiar, comunitaria y social. Es reciente el
nacimiento de una ciencia —la proxémica— que estudia
precisamente cómo utiliza el hombre el espacio, cómo interpreta
el espacio que le rodea, qué mensajes confía a su comportamiento
espacial. Para ninguno de
nosotros es
indiferente (= sin significado) la distancia a la que nos colocamos con
respecto a otra persona: no tiene el mismo diámetro el
círculo de gente que se forma alrededor del campeón deportivo
después de una victoria que el que se forma alrededor del obispo en la
visita pastoral. La diferencia es significativa de las diversas relaciones
que unen a las personas en ambos casos. También nuestro comportamiento
en la iglesia utiliza una serie de señales espaciales con un significado
muy preciso.
Pero el espacio
no se define sólo por las estructuras arquitectónicas.
Comunicación
en la eucaristía
por la
decoración o por las diversas posturas adoptadas por las personas
presentes: también la dimensión sonido entra en juego. Para darse
cuenta de ello, préstese atención a la importancia que tiene la
música de fondo en un supermercado. Aunque se han dejado fuera los
ruidos de la calle, en definitiva nos encontramos en una situación
análoga (gente que va y viene, carritos que circulan, productos que
se descolocan o caen...). En cambio, la música se sobrepone a esos
ruidos y crea una atmósfera a la medida para todos los que entran. Se
deja a cada uno a solas con sus pensamientos, porque todos los ruidos
capaces de recordarle realidades poco o muy extrañas están sofocados.
b) Espacio y
celebración litúrgica. Para construir su ambiente de culto
los primeros cristianos escogieron el modelo de la basílica romana
y no el del templo; optaron, por tanto, por una estructura concebida para
ser esencialmente lugar de encuentro. Con esta elección,
decididamente revolucionaria (no sin razón los paganos les llamaban
ateos), los cristianos se situaban fuera de toda tradición religiosa:
todas las religiones del ambiente europeo, del Medio Oriente y egipcias
concebían el templo esencialmente como casa de Dios; el lugar de
los fieles se encontraba fuera de este espacio. En la basílica, por el
'contrario, el espacio es único, y es en el encuentro de la comunidad
donde se celebra el encuentro con Dios.
A través
de los siglos y de las culturas, el ambiente cultual cristiano ha sido diversamente
estructurado, según los diferentes modos de concebir los roles en
la comunidad y el sentido de la presencia y la trascendencia de Dios y
según el Comunicación en la eucaristía
modo de celebrar
la eucaristía [/ Lugares de celebración, I-II].
c) Algunas
transformaciones recientes. Tomemos en consideración algunos de los
cambios más llamativos efectuados en los últimos veinte
años. Las iglesias ya no se han desarrollado en vertical y según
líneas paralelas o como ejes cartesianos (naves, crucero, con el altar
bastante lejano o sobre una serie de peldaños). La forma que ha
prevalecido es de tipo más o menos circular, y se desarrolla en sentido
horizontal: el altar está en medio de la asamblea, elevado apenas uno o
dos peldaños. La iglesia se ha convertido así en signo de la
comunidad que se encuentra alrededor del memorial del Señor.
La trascendencia
ya no se expresa a través de la verticalidad de la
construcción o de la suntuosidad de los mármoles: es como decir
que Dios no está en lo alto en sentido material ni ama la riqueza... La
trascendencia (el misterio de Dios, la diversidad y la sacralidad del ambiente)
se expresa, al parecer, en la severidad de la construcción de cemento
armado, privada de todo adorno, y en el uso de la luz, que cae sobre el altar.
Así en las
nuevas construcciones. En las iglesias más tradicionales, el mensaje de
la iglesia como lugar de la comunidad se manifiesta en la construcción
del altar vuelto al pueblo, la eliminación de la balaustrada, la
colocación de las sillas. No siempre la solución es
significativa: a veces la nueva disposición resulta inexpresiva.
Piénsese en las sillas situadas al lado del altar, de modo que el
celebrante termina por encontrarse trasversalmente con respecto a la
dirección en que está orientado el público: no se ha querido
(o podido) dar la espalda al altar principal, pero se ha impedido
398
el diálogo
directo, el encuentro cara a cara con la comunidad.
d) Silencio y
sonoridad. Pienso que el sonido ha adquirido una nueva dimensión en
nuestro tiempo —en lo que se refiere a la "iglesia"—,
al menos por dos motivos. Antes se usaban materiales de construcción
menos reverberantes y más aislantes de los ruidos (un muro de ladrillos
o de piedra, de un metro de ancho o más, es acústicamente
incomparablemente inferior a la pared elástica con una simple capa de
cemento); hoy el nivel del ruido se ha elevado enormemente. El espacio-iglesia
debería dar al que entra la sensación de paz, de ausencia de
tensión: el silencio (verdadero y propio silencio-ausencia-de
estímulos-sonoros) es un componente esencial. Si
estuviéramos convencidos del valor decisivo de cuanto se ha dicho, le
daríamos más importancia, independientemente de las
consideraciones de la originalidad con que el arquitecto se propone tratar las
estructuras principales; no se construiría, por
ejemplo, una
iglesia en el cruce de dos calles con mucho tráfico, una de las cuales
tenga un semáforo (= aceleraciones continuas); no se construiría
con cemento armado y con grandes superficies de vidrio, porque el
espacio-iglesia resultaría mucho más ruidoso y ninguna
instalación acústica podrá restituir a la comunidad las
condiciones necesarias para sentirse en "su casa", escuchando su
propia oración y sus propios cánticos.
Además del
silencio, es preciso cuidar la sonoridad del espacioiglesia. Tampoco en
las iglesias antiguas es siempre fácil obtener que en todos los lugares
se oiga bien la voz del celebrante o del lector. Sin embargo, esto es mucho
más urgente hoy, cuando la cele399
bración
vive de la escucha. Antes, como se celebraba en latín, la
comprensión no era esencial, porque la música de fondo
durante la misa funcionaba en cierto modo como la música en los
supermercados: ayudaba a cada uno a hacer su oración. Hoy, cuando
la escucha se ha hecho esencial, a veces ha habido más
preocupación por dar una mano de pintura a las paredes o por revestirlas
de mármol que por estudiar las soluciones aptas que permitan en todo
momento una escucha digna de la liturgia.
e) El uso del
espacio-iglesia por parte de los fieles. Entre los fieles hay quien prefiere el
lugar más alejado del altar y más cercano a la puerta; otros se
distribuyen diversamente por los bancos: unos se sitúan en los
primeros puestos, otros permanecen junto a las paredes laterales y algunos
se refugian en el coro, quizá completamente alejados de cuanto sucede en
el altar. Hay quien se aisla y quien se acerca a los otros. Todos preferimos
el extremo del banco; ocupamos primero los bancos libres, manteniendo una
determinada distancia de la persona más cercana (si es posible),
distancia proporcional a la relación que se tenga con ella. El modo de
escoger el puesto en la iglesia no carece de significado: expresa nuestra
disponibilidad para dejarnos envolver por la celebración y la
comunidad. Las misas celebradas en iglesias en las cuales los puestos
más ocupados son los más cercanos al altar alcanzan un nivel
comunicativo no comparable al de las iglesias donde los puestos preferidos son
los que están junto a las salidas.
Adelantamos ahora
algunas ideas sobre la importancia de las posturas que asumimos durante la
celebración. Antes estábamos sentados
Comunicación
en la eucaristía
o de rodillas,
raramente de pie: tres posturas consagradas por ese extraño mueble
que es el banco, que ordena a toda la asamblea en filas precisas, determina el
puesto de las personas importantes y consiente las tres posiciones recordadas,
impidiendo los cambios. Hoy estamos sentados o en pie, raramente de
rodillas; salvo en circunstancias especiales, no existen puestos reservados.
Quizá el banco en la iglesia deje de ser un instrumento organizador
del espacio y no se lo considere necesario; en efecto, ya ha desaparecido
donde se ha redescubierto el valor de otras posturas para la oración.
2. CÓDIGOS
ICÓNICOS. NOS referimos al sistema de signos, más variado y
complejo que nunca, que son las imágenes. La iglesia, especialmente
la tradicional, es lugar de imágenes; son patentes desde la entrada; por
ejemplo, el viacrucis, los cuadros, las estatuas de santos (quizá el
cepillo para las ofrendas). En las construcciones más recientes,
por el contrario, las paredes están totalmente desnudas. Las iglesias
son como libros diferentes, abiertos, en los que se puede leer mucho sobre el
tipo de religiosidad vivido por la comunidad que en ellas se reúne. Las
imágenes son uno de los signos más elocuentes para esta lectura.
Muchas de ellas son puro adorno, sin la menor inspiración religiosa.
Esto es verdad sobre todo en muchísimas iglesias del siglo pasado y de
comienzos de éste. Una comparación con el arte románico,
por ejemplo, con las portadas de iglesias y monasterios (Ripoll, Vezelay,
Moissac) o también de otras comunidades más pobres de la
misma época resulta iluminador: el arte tiene ahí un papel
importante.
Hoy,
desgraciadamente, persiste
una grave
incomprensión entre el mundo del arte y la comunidad cristiana.
También es verdad que resulta más bien difícil introducir
en nuestras iglesias algunas expresiones del arte religioso moderno; sin embargo,
no existen solamente las formas exasperadas de búsqueda
lingüística. Tampoco es una solución recaer en lo obvio, en
lo banal, olvidando la gran lejanía que se advierte entre las nuevas
generaciones y muchos de los modos tradicionales de representar a los
santos, a
La comunidad
tiene necesidad de artistas, tanto como de profetas y testigos. El arte es la
forma más alta que tenemos para celebrar el misterio, la grandeza y la
bondad de Dios. De aquí la urgencia de preguntarse cuál es el
mensaje o, si se prefiere, la impresión que el individuo y la comunidad
reciben del conjunto de las imágenes de una iglesia. Ciertamente
contribuyen a construir el contexto de la celebración: una imagen
cambia el espacio en el que se coloca, lo determina, lo banaliza y lo exalta.
Parece útil recordar el uso litúrgico que la iglesia ortodoxa
hace de los iconos. En el umbral de la iglesia, sobre un solemne atril, se
coloca un icono que representa el misterio del Señor celebrado en cada
período litúrgico. Nadie puede entrar sin sentirse
acompañado de una precisa suges
tión para
su oración.
3. EL
CÓDIGO DE LOS OBJETOS. Los objetos no son solamente cosas concretas. Son
signos, contienen mensajes. No sólo por el hecho de que estén o
no estén, sino también por el modo de ser utilizados, presentados
o conservados.
El cirio pascual
es un signo bien definido por la liturgia: recuerda la vigilia pascual, la luz
de Cristo resucitado, alfa y omega, Señor del
400
tiempo, el
bautismo... Los otros cirios son ordinariamente de dos tipos: la vela
común más o menos adornada, que se consume normalmente; y la
vela artificial, que no debe consumirse: lleva en su interior otra vela,
de poco costo, empujada hacia lo alto por un resorte a medida que se va
consumiendo. ¿Por qué se recurre tan a menudo a la segunda
solución? Por razones de estética (el cirio permanece entero
durante todo el tiempo en que se usa); por razones económicas (las
velas internas son de tipo estándar para todos los candeleras y se
consumen por completo); por razones prácticas (el sistema es más
rápido, la cera no gotea y, por tanto, no necesita mucho mantenimiento);
son razones de orden sobre todo material, sin preocupación por la
autenticidad del símbolo.
Lo mismo puede
decirse de las flores naturales en comparación con las artificiales; de
las lámparas votivas eléctricas, que simulan el movimiento de la
llama... Como es natural, las flores naturales exigen un cuidado diario para
que no se estropeen demasiado rápidamente, y también las velas de
verdad exigen cuidados: sustituirlas, limpiarlas, etc. E igualmente,
si no se cubre el mantel blanco con plástico más o menos
transparente, habrá que cambiarlo con frecuencia.
Pero estas
elecciones y estos cuidados ¿no son quizá significativos,
es decir, signos de la fe de la comunidad que celebra? Es ciertamente
difícil comprender el valor del cirio pascual cuando ha quedado
reducido a medio cirio, sobre el que se ha empalmado en el mejor de los casos
otro medio cirio de color y diámetro diversos (¡a menos que por
otros signos no quede claro que esto es lo máximo que la comunidad
se puede permitir!). Por lo mismo es también problemático 401
descubrir el
valor del misterio eucarístico si la limpieza del altar y de los vasos
sagrados deja que desear.
En estos
últimos años se ha modificado claramente la forma del
cáliz, del copón y de la patena. Parece ser que se tiende a modelarlos
conforme a los objetos que usamos en la mesa. Sin embargo, hay límites
que no se deben superar: un objeto debe aparecer como signo de la
función a la que es destinado. No es correcto usar sobre el altar el
mismo plato y el mismo vaso que usamos en la mesa. Si se hiciese
así, se manifestaría la voluntad de indicar que la misa es una
cena parecida a las comidas familiares; pero entonces, ¿a qué
confiaremos los demás significados que no se deben perder, a saber: que
se trata de la cena-memorial del sacrificio de Cristo, cena simbólica
de una comunidad a la que se ha confiado un rito, al que se mantiene fidelidad
desde hace siglos en todas las partes de la tierra?
4. EL
CÓDIGO "VESTIDO". Que el modo de vestir es un modo de
comunicarse, es indudable. El vestido no sirve solamente para cubrir y
proteger. Sirve para decir si es día de fiesta o de trabajo, si hay
alguna circunstancia especial o no, si tenemos un papel preciso en la
sociedad (el uniforme) o no; sirve para definir la relación que
queremos establecer con los otros, el modo de vivir nuestra sexualidad; dice de
nuestro descaro o nuestra simplicidad... También el modo de
vestirse de las personas que entran en la iglesia merece nuestra
atención. Sobre este tema o, mejor, sobre un aspecto de él ha
habido una cierta preocupación desde hace tiempo: si existiese una
colección de los avisos fijados a las puertas de las iglesias
Comunicación
en la eucaristía
para recomendar
un vestido decente, se podría deducir de los mismos no sólo
la evolución de las situaciones y de la sensibilidad, sino también
los diversos modos, más o menos respetuosos, utilizados por el clero
para dirigirse a la gente que entra en la iglesia. La necesidad de intervenir a
este respecto significa, desgraciadamente, que ciertos comportamientos
están ya introducidos. El talante de la comunidad (que se supone existe)
no es capaz de hacerlos desaparecer, haciendo resaltar su incongruencia.
Sin embargo, es verdad que cada vez con más frecuencia esos
comportamientos pertenecen a gente extraña, a turistas, más
que a miembros de la comunidad.
Desde este mismo
punto de vista se debería examinar también el significado de las
vestiduras del celebrante y de los que sirven en el altar: no por la
manía de volver a discutir todo, sino por la exigencia de abandonar
cuanto a lo largo del tiempo se ha ido sobreponiendo a la simplicidad inicial.
Es importante ser austeros en el uso de los signos, sin permanecer sujetos
a una suntuosidad que es de otros tiempos y de otra sensibilidad.
5. E L
CÓDIGO DE LOS GESTOS. Este tema, al que ya hemos aludido [/ supra, 1, el
es muy amplio: nos interesa comprender el significado de los • / gestos
realizados por el particular, por la comunidad como tal y por el celebrante.
a) La falta de
espontaneidad. En la misa no hay prácticamente ningún gesto
espontáneo, ni por parte de los fieles ni por parte del celebrante, que
exprese de modo
•inmediato
y significativo la novedad, la no repetibilidad del acontecimiento
que se celebra aquí y ahora. La misa parece ser, por
definición,
la repetición de una serie de prescripciones formales. Al decir esto, se
pretende poner de manifiesto una tendencia, más que un dato constante de
hecho; tampoco se quiere hacer un juicio, para cuya formulación se
deben tener en cuenta muchos factores, entre ellos la amplitud de la asamblea.
De hecho, incluso el gesto de la paz es frecuentemente realizado con la
rigidez de un
acto formal, a pesar de ser el único propuesto como siempre nuevo
(¡no sé quién estará junto a mí!) y el
único momento en que se establece explícitamente una
comunicación interpersonal entre los participantes en el rito que no sea
el responder juntos, cantar juntos o moverse juntos.
El deseo de
recuperar este aspecto de la comunicación en la misa se expresa
hoy, especialmente en los grupos de personas que se conocen,
con el gesto de
cogerse las manos durante el rezo del padrenuestro. Es un gesto significativo,
e incluso comprometedor; de hecho, algunas personas sienten su intimidad
invadida: no estrechan la mano, la prestan.
Obsérvese
el modo en que los fieles entran y salen de la iglesia: difícilmente se
notarán gestos, maneras de comportarse, por los que se reconozca
que está reuniéndose o disolviéndose una comunidad.
El que preside la
asamblea no participa en la realización del encuentro comunitario
sino a través de gestos ya programados por el ritual: llega a la iglesia
cuando la comunidad ya está reunida, no saluda (ni despide) a la
comunidad con gestos que expresen un conocimiento recíproco:
sitúa así el encuentro en un plano estrictamente ritual.
b) La
gesticulación del celeorante. Con esta última observa
402
ción se
introduce el tema de la gesticulación del celebrante, que
merecería un amplio tratamiento, precisamente porque parece que no se le
da la importancia debida; esto es, no es considerada como parte de la
comunicación confiada al presidente de la asamblea. Tómense,
por ejemplo, los gestos que constituyen el momento de la ofrenda del pan y del
vino. Es más bien raro ver a un sacerdote que haga coincidir las
palabras referentes a la presentación del pan, incluida la parte de
la
fórmula
reservada a los fieles, con el gesto de tal ofrecimiento; hay quien comienza a
decir "Bendito seas..." mientras coloca la hostia sobre la patena, y
ya prepara el vino en el cáliz cuando la comunidad aclama:
"Bendito seas por siempre, Señor". El gesto ¿no
debería recibir su significado porque se lo realiza al mismo tiempo
que el celebrante y los fieles formulan la ofrenda? Lo mismo puede decirse
de la elevación de la patena y del cáliz durante la
doxología que concluye la plegaria eucarística: no es frecuente
ver a un celebrante que mantenga el gesto incluso durante el amén de los
fieles. A menudo, cuando se pronuncia el que es el amén más
solemne de la misa, las manos del sacerdote están ya bus
cando el
padrenuestro.
También el
lavabo constituye, por así decir, un problema desde el punto de vista de
la comunicación. Si debe ser un gesto simbólico, ¿por
qué no es auténtico? ¿Qué comunica ese mojarse
las puntas de los dedos, aparte de la observancia formal de una rúbrica?
(De hecho, bajo ningún aspecto se puede considerar ese gesto como
una purificación de las manos.)
Es éste un
punto decisivo: cada gesto que se realiza en la misa, para
poder llegar a
ser expresión de un mensaje religioso, debe ser antes
403
que nada simple y
humanamente verdadero. Lo banal no puede ser portador de religiosidad. Si el
signo es lavarse las manos, o se lavan de verdad las manos o se omite; si el
signo es mezclar el agua con el vino para expresar nuestra participación
en la vida y en el sacrificio de Cristo, no debe convertirse en un
jugar a contar
las gotas de agua.
6. LOS
CÓDIGOS VERBALES. Son muchas las informaciones que transmitimos al que
escucha por medio de la palabra, el instrumento de comunicación
más dúctil y eficiente que tenemos a nuestra disposición.
Sin embargo, no es un instrumento de uso sencillo: tiene una complejidad
difícilmente agotable, como testimonia la gran cantidad de
estudios que se interesan por el lenguaje humano. El problema se complica
más cuando se toma como objeto de estudio el lenguaje religioso.
Aquí queremos provocar y encaminar una reflexión sobre la
comunicación verbal en la misa.
a) Los
códigos paralingüísticos. El estudio del uso concreto de la
lengua propone una distinción bastante importante. El hecho, cuando
habla, utiliza una pluralidad de signos verbales que podemos dividir en
dos grandes categorías: los que se organizan en códigos
lingüísticos y los que se organizan en códigos
paralingüísticos. Cada una de las lenguas es un código
lingüístico; por código paralingüístico se
entienden aquellos sistemas que organizan otras variantes y características
introducidas por cada hablante: la entonación, la pronunciación,
el ritmo, la sonoridad... Las dos categorías de signos son inseparables
en cada hablante, mientras que en el texto escrito no queda
prácticamente ningún indicio de los Comunicación en la
eucaristía
textos
paralingüísticos (excepto en las escenificaciones teatrales o cinematográficas,
etc., donde se indican los diversos modos de pronunciar el texto: sonriendo,
con sarcasmo...).
Los signos
paralingüísticos participan en la definición del
mensaje: a menudo, en efecto, a través de estos signos proveemos al
interlocutor de la clave para descodificar correctamente lo que estamos diciendo.
Por ejemplo, la expresión ¡Felicidades! puede tener un significado
positivo o negativo, y es el tono con el que la pronunciamos el que indica el
significado que queremos darle.
Es interesante,
durante la celebración de la misa, prestar atención a los
mensajes enviados a través de los códigos
paralingüísticos. Se puede conocer el origen del celebrante,
de algún modo su carácter... Pero es más importante
observar que con frecuencia el tono adoptado por el celebrante es lejano,
profesional, con cantinelas e inflexiones (a veces) muy típicas. El
hecho merece también una reflexión, porque en todas partes
usamos el micrófono, que reproduce y agranda estas
características negativas de la voz. Además estamos
acostumbrados a escuchar a los profesionales de la dicción del cine, de
la televisión y de la radio.
A través
de los códigos paralingüísticos no se comunica
solamente nuestra participación en lo que realizamos: expresamos
también nuestra teología. En la misa hay un momento en el que la
verdad de esta afirmación resulta evidente: el relato de la
institución. El tono con el que el sacerdote pronuncia las palabras
consecratorias está en estrecha dependencia con su teología
de la eucaristía. Es posible distinguir fundamentalmente dos
categorías de celebrantes: con una
Comunicación
en la eucaristía
pizca de
exageración podremos decir que existe el sacerdote-mago y el
sacerdote-historiador. El primero, cuando llega a la fórmula consecratoria,
se detiene (la asamblea suspende todo rumor, incluso el toser), se inclina
profundamente y, con un tono totalmente diferente, pronuncia las palabras casi
silabeándolas. Eleva solemne y largamente la hostia,
después se arrodilla profunda y lentamente. Del mismo modo
pronuncia las palabras sobre el cáliz, lo alza y se arrodilla
nuevamente. Ahora la asamblea respira, puede toser, se mueve: se puede advertir
siempre un cambio en la sonoridad del ambiente. El celebrante retoma el tono
anterior y se desliza sobre el texto, velozmente, hasta el padrenuestro.
Por el contrario, el celebrante-historiador, cuando llega a la fórmula,
no interrumpe el tono de la lectura, ni introduce pausas lo
suficientemente largas como para separar las palabras consecratorias del
contexto de la narración; el gesto de ostensión a la asamblea es
sólo un ademán reverente; prefiere una sola genuflexión
al final, como gesto explicativo de la aclamación "Éste
es el sacramento de nuestra fe". La plegaria prosigue con calma: se
pronunciará con mayor solemnidad la doxología que acompaña
a la elevación conclusiva de la plegaria eucarística.
Los dos
diferentes modos de pronunciar la fórmula de la consagración
(junto, ciertamente, con otros signos de comportamiento) expresan dos
teologías diversas de la eucaristía, la una centrada en la
transustanciación, la otra en la misa como memorial. Con esta
descripción un poco forzada no se intenta dar un juicio de valor. Interesaba
solamente llamar la atención sobre este tipo de signos utilizado por
nosotros.
404
b) El
código lingüístico. Desde que la / reforma litúrgica
introdujo la lengua vulgar, la importancia del código
lingüístico —en lo referente a la comunicación—
ha llegado a ser determinante. Por desgracia, la atención prestada a
esta dimensión por parte de los celebrantes no parece que sea la
adecuada a su importancia. El mejor modo para estudiar este aspecto de la
"misa como comunicación" creemos que es el de referirse al
esquema presentado al final de la parte introductoria de este
párrafo II.
1) Los
interlocutores conocen y utilizan correctamente los mismos códigos. Para
que el mensaje sea comprendido por el receptor, es necesario que el emisor lo
codifique en signos comprensibles y que el receptor lo descodifique
refiriéndose al mismo sistema de signos. La afirmación es
tan obvia, que acaba por no tomársela en serio; de lo contrario, los
celebrantes se preocuparían más de explicar el sentido de
las expresiones rituales y se esforzarían por conocer las
características de su auditorio.
La lengua usada
en la liturgia es un lenguaje especializado, y es normal esperar que el
que frecuenta la iglesia lo posea, al menos a un nivel elemental.
Términos como "Espíritu Santo", "Hijo",
"Padre" (atribuidos a Dios), "amor", "con tu
espíritu", "alianza", pueden ser considerados —al
menos en un primer nivel de comprensión— transparentes.
Sin embargo, no está fuera de lugar la hipótesis de que otras
palabras, también muy frecuentes, sean menos claras: "canon",
"adviento", "la comunión del Espíritu Santo",
"gracia", "gloria", "temporal",
"memorial", "cordero de Dios",
"efusión"... Hay frases enteras que son repetidas frecuentemente,
sin que su significado sea
405
igualmente
familiar: véase el texto del Gloria o del Credo. Incluso el Padrenuestro
no es obvio del todo: por ejemplo, las palabras "santificado sea tu
nombre". Estas últimas deben ser explicadas.
Un dato
importante que se ha de tener en cuenta: la cultura religiosa incluye
sólo para muchos fieles el vocabulario de preparación a la
primera comunión. Más aún: el ambiente católico
español no se distingue por una lectura asidua de la biblia (y una buena
parte del lenguaje litúrgico está sacado de la biblia). Ahora
bien, el defecto de no situarse "en lugar de los que escuchan" parece
estar bastante difundido.
2) El emisor hace
referencia a experiencias al menos de algún modo comunes con el
receptor. No basta usar un lenguaje sencillo y términos claros o, en el
caso de que sean nuevos, que se haya explicado su significado: el emisor debe
colocarse dentro del horizonte experiencial y cultural del receptor.
Es decir, debe hablar de temas que pertenezcan a los intereses, las
preocupaciones o las esperanzas de quien le escucha; o bien, cuando se
introducen temas que pueden parecer absolutamente nuevos, es necesario
relacionarlos con los intereses, preocupaciones y esperanzas ya presentes,
aunque no explícitas. Si se aceptan estos principios, se siguen
necesariamente algunas opciones importantes para la comunicación
en la misa. Por ejemplo, no se deberían proclamar ciertas lecturas
(en especial del AT) sin que las preceda una introducción que muestre a
qué problemas y esperanzas actuales responde el fragmento propuesto
y sin ofrecer el contexto necesario para comprenderlo, de modo que cada uno
esté en situación de escuchar personalmente la
Comunicación
en la eucaristía
palabra de Dios.
No siempre se hace esto; y no siempre, desgraciadamente, es posible
nacerlo de una forma razonablemente breve.
3) El emisor se
acomoda a la situación concreta en que la comunicación se
realiza. No es lo mismo hablar por teléfono, hablar cara a cara o
expresar las mismas cosas por carta. No es lo mismo leer un texto que todos
tienen a mano que leerlo para un grupo que está simplemente escuchando;
leerlo para un pequeño grupo o leerlo al micrófono en un ambiente
mucho mayor. Si el grupo es grande y el texto difícil, con mayor
razón se deberá estudiar con mucho cuidado la página que
se va a leer, para determinar el ritmo de la lectura, lo que se debe acentuar,
los silencios: el objetivo es ofrecer al que escucha casi una interpretación
que facilite la comprensión del texto. No supone la misma
dificultad la redacción de un artículo que la preparación
de la homilía.
El modo como se
efectúa la comunicación durante la misa es conocido: el emisor
tiene unos textos para leer a un público más o menos amplio y ha
de hacer un discurso; el receptor, normalmente, no tiene ni está
obligado a tener el libro, sino que está a la escucha.
¿Qué características debería tener un texto o un
discurso para que sea facilitada la atención y la descodificación
por parte del que está escuchando?
Además de
las indicaciones propuestas hasta ahora, damos aquí otras
sugerencias: evitar los períodos complicados, con frases subordinadas
unas a otras, construidas de modo diferente al usual (que es: sujeto, verbo y
complemento); evitar hacer abstracto lo que puede ser expresado en
términos concretos; dar estímulos visuales, imágenes
Comunicación en la eucaristía
que ayuden a
hacer la síntesis con
tinua de lo que
se está diciendo.
Cuando escuchamos
a alguien que está haciendo un discurso, debemos memorizar las
palabras que dice para poder relacionarlas con lo que dirá
después: esto es más difícil cuanto más aumenta el
material que se debe recordar, cuanto más compleja es la
interdependencia entre las frases pronunciadas, cuanto menos lineal es el
período y cuanto más abstracto es el discurso. Un período
que comienza: "en la medida en que", impone la memorización
de toda la primera parte para que se pueda aferrar la lógica de la
afirmación principal. Por el contrario, un hablar hecho de frases
lineales, coordinadas más que subordinadas, es normalmente fácil
de seguir.
No son un buen
ejemplo, a este respecto, muchas de las oraciones propuestas en la liturgia de
la misa: la construcción de la frase está calcada sobre la
elegancia de la frase latina, con frecuentes añadiduras y
subordinadas, que interrumpen el lógico fluir de la idea, y con
frecuentísimos términos abstractos. Pero, como se puede comprender,
aquí tropezamos con los problemas de la / tradición litúrgica.
¿Qué
significa "proveer de estímulos visuales"? Esencialmente
significa ofrecer al auditorio la posibilidad de relacionar entre ellos los
diversos elementos que se van proponiendo. Cuanto más numerosas
sean las ideas en torno a las cuales se puede construir la síntesis,
mejor se retendrá el discurso. Las imágenes desarrollan de modo
superior esta función: un razonamiento abstracto no se sigue
más allá de un cierto punto si no se está preparado
sobre el tema; una parábola se recuerda por largo tiempo. Jesús hablaba
a menudo en parábolas.
406
4) La
precomprensión y las expectativas del receptor son factores
decisivos en la descodificación de un mensaje. Cada receptor, siempre,
llega a la escucha con una serie de expectativas, con unas ciertas previsiones
sobre lo que va a decirse; previsiones y expectativas que surgen de la
experiencia pasada y de las informaciones que proporciona la
situación actual.
Forma parte de la
profesionalidad de un comunicador no sólo documentarse sobre el
contenido que debe transmitir, sino también informarse del grado de
conocimiento que sobre un tema concreto tiene ya el público,
cuáles son las objeciones y las resistencias a ese respecto, cuál
la orientación. Obviamente, este trabajo es más
difícil cuanto más complejo es el público que se tiene
delante.
Los prejuicios
que afectan a la persona del emisor, el grado de autoridad que se le atribuye,
el crédito que el público está dispuesto a
concederle: éste es el significado del término
técnico imagen del emisor. Es un factor decisivo. Cada emisor es
valorado al menos a partir de lo que se ha oído decir, o por el hecho de
que la comunicación se realiza de un cierto modo, desde un
pulpito... Cuando se tenga conciencia de no gozar de una imagen positiva,
quizá se debería renunciar a hablar: es preciso de todos modos
tenerlo siempre en cuenta.
La imagen del
emisor es decisiva, en especial cuando está reconocido como personaje:
el sacerdote habla como sacerdote, el profesor como profesor, el
político como político... El peligro está en ser
entendidos como si se hablase por oficio: se dicen esas cosas no porque sean
verdaderas, sino porque se deben decir. La solución está
ciertamente en la autenticidad; pero sobre todo
407
es necesario que
el receptor descubra que la realidad verifica lo que se dice.
III. Debe haber
una verdadera interacción ("feed-back")
Es la tercera
condición necesaria para que la comunicación humana sea
auténtica.
Uno de los
conceptos fundamentales aclarados por los estudios sobre la
comunicación es el concepto defeed-back. Conviene detenerse un poco
para aclararlo.
Un sistema
autorregulado mantiene un nivel óptimo de funcionamiento
cuando el resultado del proceso está bajo control y cada
variación no deseada es señalada y provoca un reajuste del proceso
mismo.
ínput t
PROCESO utput
feed-back
Por input se
entiende la señal que entra en el sistema; por output, el resultado del
proceso. Cuando el output no corresponde a las previsiones, la
variación se indica con el fin de modificar proporcionalmente las
condiciones iniciales del proceso mismo. La vuelta de la información
como medio de control de la fuente, para garantizar la regularidad del
proceso, es lo que se entiende con el término feed-back.
El cuerpo humano,
por ejemplo, tiende a mantener estable su temperatura: cuando la
temperatura externa se aleja de unos valores bien determinados, llegan al
cerebro informaciones que determinan (a nivel inconsciente) toda una serie
de modificaciones de la estructura de la piel para contener las consecuencias
negativas provocadas por la nueva situación: estas modificaciones
son controladas con el fin de Comunicación en la eucaristía
que sean
proporcionales a la causa. Si no se diesen estos intercambios de
información centro-periferia, el hombre no podría sobrevivir.
Debe observarse que las informaciones provenientes de la periferia no son
solamente respuesta a las órdenes enviadas; son, a su vez, capaces de
modificar las decisiones del centro; es decir, funcionan como feed-back.
Estos conceptos
son importantes también para el estudio de la comunicación
humana. Para que el proceso comunicativo pueda desarrollarse de la
mejor manera, una de las condiciones sirte qua non es que el receptor pueda
informar sobre el mensaje que está descodificando y, por este medio,
influir sobre el emisor. Un proceso comunicativo unidireccional no puede
considerarse auténticamente humano; no sólo porque puede
transformarse en ejercicio de podei y de opresión, sino
también porque ningún emisor puede saber qué está
comunicando (qué descodifica el receptor) sin la relativa
confirmación del receptor.
Nadie está
en condiciones de garantizar por sí solo la autenticidad del
proceso comunicativo. La interacción (el intercambio de papeles: el
receptor toma a su vez la palabra) es una dimensión necesaria de la
comunicación humana; es garantía de idéntico poder sobre
el proceso que se realiza; la comunicación es la interacción
de personas libres; se convierte en un instrumento válido para la
mutua comprensión y para la búsqueda de la verdad.
¿Qué
espacio hay en la celebración de la misa para una verdadera
interacción? Aunque seamos optimistas, es preciso decir que este
espacio no es grande. La misa es un momento de especial comunicación,
en la que participa contemporáneamente un considerable número
de personas. Quizá no se le puedan aplicar las mismas reglas que a
la comunicación interpersonal. Sin embargo, se pueden hacer a su
respecto algunas observaciones.
LO "PREDETERMINADO" EN
EL CANTO. Un espacio bastante
interesante, apto para la participación, es el /canto, al menos
donde es considerado como forma normal de expresar la propia adhesión a
la celebración. Esta convicción no está difundida por
todas partes; en ocasiones, el canto se reserva al grupito especializado o bien
es tristemente descuidado.
408
demuestra incluso
el hecho de que
todo verdadero
orador busca una
continua
verificación del proceso
que se está
realizando, obteniendo
informaciones del
rostro de los que
escuchan, de su
actitud, de su par
ticipación
(sonríen o no sonríen,
¡en el
momento justo, naturalmen
te!), del ruido
ambiente... La impa
sibilidad del
público destroza a
cualquiera.
¿No es
demasiado poco este feedback para garantizar la libertad de los fieles y
para producir una predicación rica, interesante, adaptada al
público y a la situación? Si hubiese algún espacio
disponible para la intervención de los fíeles al objeto de profundizar,
completar o referir a situaciones vitales y concretas cuanto se está
diciendo, o bien para rechazar la superficialidad, la monotonía o
la latencia de la homilía... Indudablemente es más bien
difícil introducir en la misma celebración este espacio,
sobre todo cuando la asamblea es muy amplia. Sin embargo, o este espacio se
inventa o se deja la homilía sin ningún instrumento para mejorar
sus resultados. Una solución hoy difundida es la opción de
preparar la homilía con un grupo de fieles: un paso ulterior
sería someter a verificación lo que efectivamente se ha dicho.
IV. Debe darse
apertura a lo real
La última
de las condiciones que forman parte esencial de una auténtica
comunicación humana es la apertura a la realidad. La comunicación
humana es auténtica cuando, lejos de ser un juego verbal, es
búsqueda humilde y, luego, verificación de cuanto se ha
encontrado, sin la pretensión de ser expresión definitiva y
exhaustiva de la reali
409
dad: es siempre
posible dar un paso más y descubrir un nuevo aspecto de la vida que
vivimos.
La realidad a la
que la comunicación-misa debe permanecer abierta es (por decirlo
así) doble: debe hablar de la verdad de Dios (de las gestas admirables
que ha realizado en favor de los hombres a lo largo de la historia de la
salvación, que culminan en el acontecimiento pascual de la muerte y
resurrección del Señor y en el consiguiente envío del
Espíritu Santo a los fieles convocados en la santa iglesia) y de la
presencia de Dios; debe, después, saber hablar también de nosotros
tal como somos, con el peso de nuestras derrotas, pero también con el
consuelo de nuestras alegrías y de la esperanza con la que
también vivimos.
1. SIGNOS
REVELADORES. ¿Cuáles son los signos con los que indicamos en
la misa la verdad de Dios y testimoniamos que vivimos en su presencia? Son
muchos los signos que, por definición, deberían ser indicadores
de este significado; pero lo decisivo no es la materialidad del signo. La
arquitectura puede ser transparente, las imágenes expresivas, los
textos y lecturas claros..., pero únicamente el modo en que el
celebrante.y la comunidad viven estos signos es sacramento de la realidad de
Dios. Lo que importa es, por tanto, la cualidad del encuentro humano, el
modo de orar y de escuchar, el espesor del silencio...
En particular, el
/ silencio, quizá, es una de las expresiones más olvidadas
en nuestras comunidades. Se dice que el silencio intimida, incomoda; esto
no es verdad siempre, sino sólo cuando el silencio está
vacío, cuando es señal de lejanía. El silencio entre las
personas que forman una comunidad es libertad,
Comunicación
en la eucaristía
es tiempo de
apropiación personal de lo que se vive con los otros. Frente a Dios, el
silencio es nuestro modo de expresarnos.
¿Cuáles
son los signos con los que afirmamos que la misa no es un paréntesis, un
momento de ausencia de nuestra historia personal y comunitaria de todos
los días? No son muchos. A veces, algún cartel a la puerta de la
iglesia; otras veces la colecta, destinada a una obra concreta... El rito
de acogida y de despedida, la oración de los fieles, la elección
de las lecturas, la homilía deberían favorecer la
ubicación de la misa en nuestro tiempo y en nuestro ambiente. Por el
contrario, muchas oraciones de los fieles son iguales en Bilbao y en
Almería, en 1970 y en 1990; y la homilía no variaría
demasiado si se propusiese a cualquier otra asamblea de veinte años
atrás o de los próximos veinte años.
2. EL
"AQUÍ Y AHORA" Y
Concelebración
eucarística
ninguna de estas
dimensiones. Aquí hemos insistido en una sola dirección,
porque la continuidad con el pasado y la universalidad de la iglesia
están garantizadas por la uniformidad de los textos ofrecidos por los
libros litúrgicos.
V. Conclusión
Nuestra
intención era solamente proponer un instrumento que permitiese
verificar si y cómo se da en la misa una comunicación entre los
participantes en el sentido entendido por las ciencias de la comunicación.
Aunque nuestro punto de vista al estudiar la celebración
eucarística ha sido intencionalmente parcial, creemos haber sugerido
algunas ideas útiles sobre todo para la reflexión de los agentes
de pastoral.
F. Lever
BIBLIOGRAFÍA:
Aldazábal J., ¿Funciona la comunicación en nuestras
celebraciones?, en "Phase" 107 (1978) 459-478; Ángulo J.,
Revisar nuestras celebraciones, en "Pastoral Litúrgica" 97-99
(1978) 24-28; Bini L, Comunicación social, en DETM, Paulinas,
Madrid 1975, 91-98; Burgaleta J., El arte de comunicar en la liturgia, en
VV.AA., Arte y celebración, PPC, Madrid 1980, 39-62; Coll-Vinent R., La
comunicación en las homilías, en "Phase" 91
(1976) 55-59;
Grabner-Haider A., Semiótica y teología, Verbo Divino, Estella
(Navarra) 1976; Nocent A., Gestos, símbolos y palabra en la liturgia occidental
contemporánea, en "Concilium" 152 (1980) 187-197; Palo G.,
Comunicación, en DTI 2, Sigúeme, Salamanca 1982, 51-63; Pou R.,
¿Estamos hablando al aire?, en "Phase" 50 (1969) 160-163;
Sastre A.R-, Lenguaje y comunicación en ¡a liturgia, ib, 138
(1983) 457-472; Stefani G., La aclamación de todo un pueblo. La
expresión vocal y musical de la liturgia, Apostolado de
guaje
litúrgico, Mass media y Signo I símbolo.
410
SUMARIO: I. La
concelebración hoy en la iglesia - II. Tradición: momentos
típicos: 1. Los tres primeros siglos; 2. Los ss. iv-vi; 3. Los ss.
viil-xii; 4. Del s. xm en adelante; 5. Interpretación de los datos de la
tradición
III. Reforma
litúrgica y concelebración - IV. Valor teológico de la
concelebración: 1. Unidad del sacerdocio; 2. Unidad del sacrificio;
3. Unidad del pueblo de Dios - V. La concelebración en la acción
pastoral: 1. Frecuencia de la concelebración; 2. Papel del celebrante
principal; 3. Papel de la asamblea.
I. La
concelebración hoy en la iglesia
Uno de los trazos
característicos de la eclesiología actual es la revalorización
de las iglesias-comunidades locales en cuanto construidas sobre los
sacramentos, y ante todo sobre la eucaristía: la eucaristía
confiere la dignidad y realidad eclesial a estas comunidades; la iglesia existe
ante todo en donde se celebra la eucaristía; la iglesia se realiza, se
nutre, crece y se manifiesta ante todo en la celebración
eucarística1. De ahí proviene la
importancia que
de nuevo se atribuye a la comunidad cultual local como principal
expresión de la iglesia y el valor central que la liturgia ha adquirido,
particularmente la eucaristía, cumbre y fuente de la vida de
la iglesia2. La toma de conciencia de esta realidad eclesial a nivel local
y sacramental ha hecho posible que le fuera restituido a la
eucaristía el carácter central y comunitario que en un pasado no
muy lejano había quedado encubierto por las tendencias devocio
nales o,
más genéricamente, individualistas. El redescubrimiento de
la concelebración litúrgica hay que colocarlo en este contexto,
pues se trata de un valioso instrumento para dar una expresión concreta
y viva a esa doctrina.
411
Sobre la
concelebración eucarística, su naturaleza, su significado y
la oportunidad pastoral de la misma existe una literatura abundante que
acompaña y sigue al Vat. II, el cual ha decretado la restauración
y ampliación de aquélla. Es una cuestión en la que se
entrelazan principios doctrinales, jurídicos, pastorales y
prácticos, y también modos diferentes de interpretar la historia.
Sin embargo, el interés por la concelebración era vivo en el
ambiente eclesial ya antes del concilio, especialmente alrededor de los
años cincuenta, como lo demuestra sobre todo la considerable producción
literaria centroeuropea de estos años.
En su significado
primario y elemental, concelebrar significa asociarse a la acción
litúrgica del celebrante principal. Se puede afirmar, a la luz de
la naturaleza del culto neotestamentario y de su historia, que la
concelebración de los sacramentos en general no sólo es posible,
sino que en el fondo es el modo original y típico de celebrar el
culto de la nueva alianza3. Aquí hablamos de concelebración
eucarística, es decir, de la participación simultánea
de varios presbíteros en la celebración de la misma
eucaristía bajo la presidencia de un celebrante principal. El decreto Ecclesiae
semper, de la sagrada congregación de ritos, con el cual se
promulgó en 1965 el nuevo rito de la concelebración, da la
siguiente noción de misa concelebrada: "En esta forma de
celebración de la misa, varios sacerdotes, en virtud del mismo
sacerdocio y en la persona del sumo sacerdote, actúan juntos con
una sola voluntad y con una voz sola, y con un único acto sacramental
cumplen y ofrecen juntos el único sacrificio y juntos participan en
él"*. Éste es el concepto actual y "oficial"
de concele
Concelebración
eucarística
bración,
forjado por la iglesia latina a lo largo de su historia. Con todo, este
concepto no se puede aplicar indistintamente a todos los hechos de la historia
de la liturgia, sobre todo de la más antigua: cada uno de estos hechos
de la historia ha de ser interpretado a la luz de la mens teológica que
expresa.
II.
Tradición: momentos típicos
Según los
estudiosos, de acuerdo en este punto, los testimonios históricos
prueban claramente la existencia desde los primeros tiempos, tanto en
Oriente como en Occidente, de un tipo concreto de concelebración
eucarística. Pero no es tan fácil determinar su difusión,
y menos aún demostrar cómo se concebía y realizaba en la
práctica.
1. LOS TRES
PRIMEROS SIGLOS. En este período los documentos hablan repetidamente de
la única eucaristía, presidida por el obispo rodeado de su
presbyterium y de toda la comunidad de los fieles. Citamos dos testimonios
particularmente significativos.
A comienzos del
s. II, Ignacio de Antioquía habla de la eucaristía en estos
términos: "Poned todo ahínco en usar de una sola
eucaristía; porque una sola es la carne de nuestro Señor
Jesucristo y un solo cáliz para unirnos con su sangre; un solo altar,
así como no hay más que un solo obispo, juntamente con el colegio
de ancianos y con los diáconos, consiervos míos. De esta manera,
todo cuanto hiciereis, lo haréis según Dios"5. La
eucaristía es, pues, una acción de la comunidad, una
acción que hace comunidad. Cada uno toma parte en ella ocupando su
propio lugar y ejerciendo su función propia. La mis
ma doctrina
encontramos en Cle
mente de Roma6.
Más
importante para nosotros, al
menos por lo que
se refiere a la
función
del presbyterium, es el tes
timonio que a
principios del s. m
nos ofrece
Hipólito de Roma en
el c. 4 de
Se trata de una
celebración común
de la
eucaristía, en la que varios
sacerdotes, con
una acción común,
celebran un solo
sacrificio: todos
los
presbíteros imponen las manos
sobre la oblata;
pero la plegaria
eucarística,
pronunciada libremen
te siguiendo la
propia inspiración,
está
reservada al obispo que presi
de'. Se puede
afirmar que esta
concelebración
mediante gestos
colectivos y
silenciosa, es decir, en
la que los
concelebrantes no recitan juntos la plegaria eucarística, ha sido la
forma original en Roma, como lo era también en las iglesias orientales.
Estas
últimas han conservado vivo hasta hoy el principio de la
concelebración eucarística, aunque lo aplican de modos diferentes
". En cambio, la iglesia romana sufrió una evolución
rápida de empobrecimiento de esta forma de celebración,
que ilustraremos brevemente.
2. Los ss. IV-VI.
En esta época, en que se fijan los primeros formularios para la
celebración eucarística, diversas causas favorecen la
multiplicación de las misas, de tal modo que la concelebración en
su forma primitiva pierde poco a poco importancia.
Pero pertenece a
este período un uso significativo. A principios del
s. v encontramos
en Roma el rito del fermentum: todos los domingos el papa envía a los
sacerdotes que tienen confiadas iglesias llamadas títulos
partículas del pan consagrado por él durante su misa: no 412
pudiendo en este
día unirse con él,
dado que
tenían que celebrar en las
propias iglesias,
introducían en su
cáliz la
partícula enviada por el
papa'. Con este
rito, que desapare
cerá a lo
largo del s. vil, se expresa
el ideal
primitivo de la única euca
ristía en
el seno de una comunidad
reunida alrededor
de su pastor.
La
celebración común de la euca
ristía en
Roma nos consta todavía
por una noticia
transmitida en el
Líber
Pontificalis, que se refiere a
usos de los ss.
v-vi: los ministros
tienen en sus
manos las patenas,
mientras los
sacerdotes están de pie
delante del
obispo que celebra la
misa; al final
del rito, ellos reciben
la
eucaristía de manos del obispo
para distribuirla
al pueblo. Por lo
tanto, el clero
romano, cuando no
se lo
impedían las obligaciones de
los
títulos parroquiales, tomaba
parte en la
única eucaristía del
l0
papa. A lo largo
de los siglos, esta imagen ideal de una grande y común
celebración eucarística alrededor del propio obispo
perderá lentamente su esplendor primitivo.
3. Los ss.
VIII-XII. A fines del
s. VIII hay
todavía testimonios de una celebración común de la eucaristía
por el papa en unión con su clero. Pero esta concelebración
presenta algunas novedades importantes. El documento que ilustra la nueva
situación es el Ordo Romanus III, segundo suplemento del Ordo
Romanas I de la misa papal: los presbíteros cardenales están
junto al altar,
tienen en sus manos tres oblatas y recitan juntamente con el pontífice
la plegaria eucarística: el pontífice pronuncia en voz alta
las palabras comunes y hace las bendiciones respectivas, pero todos consagran
juntos. Esta concelebración tiene lugar solamente en las grandes
solemnidades de pascua, 413
Pentecostés,
san Pedro y navidad ".
En Roma, hasta el
s. vi, la concelebración tenía lugar probablemente en
todas las misas estacionales. Ahora, en cambio, es algo excepcional, que
se realiza solamente en algunas grandes solemnidades del año.
Además, el rito se ha transformado, ya que todos recitan juntos las
palabras del canon, cuyo texto ha sido ya fijado definitivamente. Hemos pasado
de la concelebración silenciosa a la concelebración hablada,
de una concelebración jerarquizada a una concelebración casi
sincronizada. Se ha hecho sentir el influjo de las misas privadas. Esta forma
de concelebración permanecerá como la típica de Roma;
en el
s. ix,
según Amalario de Metz, es la forma habitual: "mos est romanae
ecclesiae..."12. Los Ordines de los ss. xn y xiii describen la concelebración
con formas que son sustancialmente idénticas.
4. DEL S. XIII EN
ADELANTE. Poco después de Inocencio III (t 1216) cae en desuso incluso
la concelebración reservada a las grandes solemnidades, pero sin
que por ello desaparezca del todo. La concelebración
encontró modo de expresarse en los ritos' de consagración
del obispo y de ordenación del presbítero. Así, en el
Poniiftcale Romanum de fines .del s. xn ,3 y en el de la curia romana del s. xm
es evidente la concelebración con ocasión de la consagración
episcopal. Siguiendo las características de esta
concelebración se desarrollará más tarde la del rito de
ordenación presbiteral, que aparece de modo incierto en el
Pontificóle Romanum de mediados del s. xm y en el de Durando: se habla
sólo de la recitación del canon en voz bajal4.
Sea lo que fuere,
la concelebración en la consagración del obispo y en la
ordenación presbiteral,
Concelebración
eucarística
confrontada con
las formas precedentes, resulta algo modificada y desvirtuada. Esto es
importante para poder comprender e interpretar justamente las opiniones de
los teólogos del alto medievo, los cuales elaboraban sus
reflexiones sobre la concelebración partiendo de esta pobre base ritual.
5:
INTERPRETACIÓN DE LOS DATOS DE
Las preguntas
fundamentales que los autores se hacen a propósito de la forma
más antigua de concelebración (silenciosa o
implícita) son las siguientes: a) Actuando en este modo, ¿los
antiguos concelebrantes intentaban consagrar y lo hacían de hecho? A
este propósito se suele distinguir entre concelebración sacramental
y concelebración ceremonial, o también entre concelebración
que confecciona el sacramento (confectionis sacramenti) y concelebración
de simple participación. b) ¿Es teológicamente correcto o,
mejor, es posible consagrar comportándose como lo hacían los
antiguos en sus concelebraciones silenciosas?
El simple hecho
de plantearse el problema de este modo supone ya una determinada mentalidad
teológica sobre la naturaleza de la concelebración y el
papel que en ella desempeña el sacerdote o ministro. Esta
teología reduce prácticamente la problemática de la
concelebración eucarística a la confecíio sacramenti
por medio de las palabras consagratorias, consideradas esenciales para la
misma. Ahora bien, interpretando los datos de la historia a la luz de
estas preocupaciones teológicas, se corre el riesgo de limitar la
cuestión y de empobrecerla en su contenido.
Por otra parte,
no se pueden leer los datos de la historia de tal modo que contradigan a una
doctrina sacramental sólidamente establecida mediante la
reflexión de los teólogos y la autorizada intervención
del magisterio eclesiástico. Después de algunos discursos significativos
pronunciados por Pío XII a este respecto", en 1957 una respuesta
del santo Oficio a un
Dubium de valida
concelebratione
declaraba que
para consagrar válidamente, y consiguientemente, en este sentido,
para concelebrar válidamente la misa, era necesario que cada uno de
los concelebrantes pronunciase las palabras de la consagración:
"Ex institutione Christi Ule solus valide celebrat, qui verba
consecratoria pronuntiat" ". Pero el documento habla probablemente de
una validez jurídica, es decir, expresa la norma a la cual se debe
ajustar el signo sacramental para que la iglesia lo reconozca como tal en un
momento determinado. Los sacramentos son acciones de la iglesia; por
consiguiente, ella tiene el poder de precisar, incluso con leyes que
condicionen su validez, determinadas cosas con relación a los
sacramentos. Esta norma, con todo, no coincide necesariamente ni se identifica
con el rito esencial instituido por Cristo ". Consiguientemente, las
declaraciones de la
414
autoridad eclesiástica
que hemos citado de suyo no excluyen el hecho de que en un determinado
período de la historia pasada o eventualmente en un futuro
más o menos próximo se hayan dado o se puedan dar otros
modos de concelebrar válidamente. No se puede tomar la actual
disciplina sacramental como punto de partida para resolver los problemas
planteados por la historia de la concelebración: sería trasladar
al pasado una problemática entonces inexistente.
Desde una
perspectiva colegial del sacerdocio cristiano y comunitaria de la
celebración eucarística, el hecho de no pronunciar personalmente
las palabras de la consagración no excluye necesariamente toda otra
función propiamente sacerdotal del presbyterium en la confección
del signo sacramental. Si esto es verdad, el antiguo uso romano según el
cual solamente el celebrante principal pronunciaba la plegaria
eucarística, y consiguientemente las palabras propiamente
consagratorias, podría ser interpretado como una verdadera y propia
concelebración eucarística ". Este tipo de
concelebración está todavía en uso entre los griegos
ortodoxos.
III. Reforma
litúrgica y concelebración
Desde principios
de nuestro siglo el / movimiento litúrgico se había afanado
activamente por redescubrir la dimensión comunitaria de la
celebración litúrgica. En este contexto se había
despertado el recuerdo y se habían promovido los estudios sobre la
concelebración eucarística con vistas a una revalorización
del aspecto comunitario y jerárquico de la misa. Favoreciendo la
multiplicidad de las celebraciones 415
eucarísticas,
incluso simultáneamente en una misma iglesia, la misa se
había reducido muchas veces a un acto de devoción casi privado.
En este clima se llegó, durante y después del Vat. II, a proponer
primero y a restablecer luego la concelebración eucarística.
En el progresivo
desarrollo del Vat. II no era infrecuente que las concretas necesidades
pastorales pusieran en evidencia cuestiones teológicas de fondo y que el
estudio de estas cuestiones diera como fruto soluciones en las que la
pastoral y la tradición lograban encontrarse y fundirse
armoniosamente. Éste fue el caso de la concelebración
eucarística, que el concilio replanteó renovando su estructura
ritual y profundizando su significado teológico.
Ante todo, el concilio
se hace portavoz autorizado de los ideales del movimiento litúrgico,
afirmando claramente en la constitución sobre la liturgia que hay
que preferir la celebración comunitaria, en cuanto sea posible, a
una celebración individual y casi privada (SC 27; 41). Este
principio general, válido para toda celebración
litúrgica, "vale sobre todo para la celebración de
la misa" (SC 27). Fiel a'la tradición, el concilio da
después un nuevo paso cuando en el mismo documento declara querer
restaurar el uso de la concelebración eucarística no por
razones sentimentales o arqueológicas ni por motivos puramente
contingentes y particulares, sino por razones teológicas, espirituales
y pastorales (SC 57-58). En concreto, recordando que la concelebración
se ha practicado hasta ahora en la iglesia, el concilio reconoce la
oportunidad de ampliar esta práctica. A este respecto da normas
específicas que regularán su uso y establece que sea redactado un
nuevo rito de la concelebración.
Concelebración
eucarística
El concilio
vuelve brevemente sobre el tema en otros dos documentos: en el decreto sobre el
ecumenismo (UR 15) y en el decreto sobre el ministerio y la vida de los
presbíteros (PO 8).
Después de
una fase experimental, la sagrada congregación de ritos promulgó
el nuevo rito de la concelebración con fecha 7 de marzo de 1965. Son
muchos los documentos del posconcilio que se han ocupado de algún modo
de la concelebración, tanto desde el punto de vista doctrinal como
disciplinar '».
En el nuevo rito,
la disciplina de la concelebración es la misma propuesta por la
constitución conciliar: licencia del ordinario, facultad conservada a
cada sacerdote de celebrar la misa individualmente, límite impuesto por
la utilidad pastoral de los fieles. Sin embargo, se nota, con relación
al concilio, una ampliación de los casos previstos: navidad,
vigilia pascual, con ocasión de la visita pastoral. En cuanto a la forma
ritual, es evidente la influencia de las directrices de Pío XII y de la
respuesta del santo Oficio de 1957, que, como hemos dicho, exigen para que la
concelebración sea válida que cada concelebrante
pronuncie las palabras consagratorias. Dos años después de la
publicación del nuevo rito, la instrucción Eucharisticum mysterium,
de 1967, habla de la concelebración con favor y simpatía,
declarando que se trata de "un modo excelente de
celebración": los sacerdotes son invitados a preferir la misa
concelebrada a la celebración individual. Se extiende la facultad de
concelebrar a las misas principales de las iglesias y de los oratorios
públicos y semipúblicos de los seminarios, de los colegios y
de los institutos eclesiásticos, como también de los
institutos religiosos y de las sociedades clericales de vida común sin
votos. Se exhorta a los superiores a favorecer la concelebración,
consintiéndola incluso varias veces al día, particularmente
en las grandes comunidades sacerdotales. Pero se repiten las dos
cláusulas ya conocidas: que tenga cada sacerdote la facultad de
celebrar individualmente y que se tenga en cuenta la utilidad pastoral de
los fieles. Por lo mismo, la concelebración ya no se presenta como un
rito extraordinario y excepcional, sino como algo normal y cotidiano; no
ya permitida, sino abiertamente favorecida y recomendada.
El proceso de
restauración de la concelebración eucarística culmina en
la publicación del Código de Derecho Canónico de 1983: el
canon 902 se ocupa de la concelebración limitándose a
permitirla; no obstante, no se pone acotación alguna, salvo el que la
utilidad pastoral exija otra cosa, y dejando a salvo la libertad personal de
celebrar de modo individual. Dada la naturaleza del código, queda en pie
el valor de los documentos anteriores, que, como hemos visto, llegan incluso a
"recomendar" la concelebración eucarística.
IV. Valor
teológico de la concelebración
La
constitución conciliar afirma que la concelebración
eucarística "manifiesta apropiadamente la unidad del
sacerdocio" (SC 57). El decreto Ecclesiae semper, de
Ordenación
general del misal romano (= OGMR, de 1970): la concelebración
"manifiesta apropiadamente la unidad del sacerdocio, del sacrificio y
del pueblo de Dios" (n. 153). Esta triple unidad deriva de la
416
misma esencia de
la misa; pero se expresa mayormente en la forma concelebrada de la
eucaristía. La concelebración eucarística es un acto
colegial, en el que todos los ministros convergen hacia el acto sacrificial
único que construye la comunidad cristiana.
1. UNIDAD DEL
SACERDOCIO. La unidad del sacerdocio cristiano proviene ante todo y
directamente de su carácter ministerial. El ministerio sacerdotal
en la iglesia es prolongación sacramental del único sacerdote,
Jesucristo. Por lo tanto, los sacerdotes, al celebrar la eucaristía,
actúan como instrumentos del único sumo Sacerdote. La concelebración
es una expresión más elocuente de esta unidad del sacerdocio
cristiano. En efecto, en esta forma de celebración eucarística
varios sacerdotes, en virtud del mismo sacerdocio y en la persona del sumo
sacerdote, actúan juntos con una sola voluntad, juntos cumplen y
ofrecen un solo sacrificio con un único acto sacramental y juntos
participan en él. Santo Tomás, hablando de la
concelebración de los neopresbíteros, ilustra esta teología
afirmando que "el sacerdote consagra sólo en la persona de
Cristo, y ellos [los celebrantes], aunque sean muchos, no son más que
una sola cosa en Cristo"; de tal modo que "importa poco que este
sacramento sea consagrado por uno
o por muchos, con
tal que se respete el rito de la iglesia" (S. Th. III,
82, a. 2, ad 2).
Cuando el
presbyterium celebra la eucaristía colegialmente, es normal que lo
haga expresándose en forma jerarquizada: esto sucede de modo
explícito cuando preside el obispo rodeado de sus presbíteros; en
los demás casos hay siempre un celebrante principal, que preside en
representación del obispo. La cons
417
titución
sobre la iglesia afirma que "toda legítima celebración de la
eucaristía es dirigida por el obispo" (LG 26), de tal modo que no
hay legítima celebración de la eucaristía si no es la que
"él mismo celebra o procura que sea celebrada" (ib, cita de
san Ignacio de Antioquía). Ahora bien, para realizar un acto colegial
no es necesario que todos los miembros del colegio cumplan las mismas acciones
y digan las mismas palabras; basta que la colaboración real de todos
tienda a la realización de un único acto.
2. UNIDAD DEL
SACRIFICIO. La unidad del sacerdocio comporta necesariamente la unidad del
sacrificio. En el NT hay un solo sacrificio: el de Cristo, el cual
una vez para siempre se ofreció a sí mismo al Padre como
víctima sin tacha (cf Heb 9,11-28). La multiplicación de las
misas en el mundo no hace más que representar y aplicar hasta la venida
del Señor (cf 1 Cor 11,26) este único y eterno sacrificio de
Cristo.
El sacerdocio
ministerial de los individuos no es separado o autónomo, sino que
se funde, en Cristo y por Cristo, con y en el sacerdocio colegial, lo cual
implica no sólo solidaridad de empeños y comunidad de funciones,
sino también prioridad del colegio en cuanto tal sobre los mismos
individuos que lo componen. En esta pluralidad esencialmente unificada, el
número de sacerdotes que celebran juntos la eucaristía no crea
una pluralidad de actos sacrificiales, sino que todos juntos celebran el
único misterio de la iglesia in persona Christi1'.
3. UNIDAD DEL
PUEBLO DE DIOS. El signo de la eucaristía no es solamente el pan y el
vino: lo es toda la celebración, y lo es también la asamblea que
participa activa
14
Concelebración
eucarística
mente en ella. La
eucaristía es, por definición, una sinaxis: una reunión
que es realización eficaz de la comunión espiritual que Cristo
opera entre los creyentes. El signo sacramental entra en funciones por el
simple hecho de que los fieles se reúnan alrededor de la mesa del
Señor ".
Considerar la
concelebración solamente como expresión de la unidad del
sacerdocio ministerial podría conducir a una visión de la
eucaristía preponderantemente clerical. La eucaristía es
celebrada por toda la comunidad cristiana, y cada uno de sus miembros ejerce en
ella una función específica. La concelebración
eucarística que tiene como punto de referencia solamente la confectio
sacramenti subraya la acción, ciertamente necesaria, del sacerdocio
ministerial, pero al mismo tiempo oculta el papel propio de la asamblea de
los fieles. La eucaristía es acción común de todo el
pueblo de Dios en unidad jerárquicamente ordenada y estructurada.
Por lo mismo, el
ideal al cual la eucaristía tiende connaturalmente es la
celebración del rito con la participación activa de los presentes,
de tal modo que cada uno de ellos ejerza la función específica
que le compete. La naturaleza comunitaria de la misa, como acción
de una comunidad jerárquicamente estructurada, se manifiesta con
mayor fuerza en la concelebración, sobre todo si es presidida por
el obispo. Por esto la misa celebrada por el obispo rodeado de su
presbyterium concelebrante con él, servida por los diáconos y por
los otros ministros y participada activamente por toda la asamblea de los
fieles, es la expresión ideal y eficaz de la más profunda
naturaleza de la iglesia como sacramento de unidad.
Una vez percibida
la naturaleza comunitaria, pero jerárquicamente estructurada, de la
celebración eucarística, y aceptada la importancia
fundamental del signo en la liturgia, se descubre sin diñcultad el gran
valor teológico, litúrgico, espiritual y pastoral de la
forma concelebrada del misterio eucarístico.
V. La
concelebración en la acción pastoral
La concelebración
eucarística ha sido sin duda una de las realidades más
significativas de la reforma litúrgica posconciliar. Al principio fue
aceptada con alguna perplejidad. Hay que reconocer además que ha
corrido siempre el riesgo de ser considerada desde una perspectiva
ritualista y funcional, que tiende a instrumentalizarla para resolver
el problema del número de las misas o para solemnizar las fiestas. No
obstante, la concelebración ha contribuido a mejorar la cualidad de las
celebraciones eucarísticas poniendo en evidencia sobre todo, como
decíamos antes, la unidad del sacerdocio, del sacrificio y del pueblo de
Dios. Quedan por clarificar, en la práctica pastoral, el papel del
celebrante principal y el de la asamblea de los fieles. Pero antes nos ocupamos
de otro tema.
1. FRECUENCIA DE
418
congresos...). La
dificultad o imposibilidad de la celebración individual era el
único motivo al cual se refería el esquema de constitución
de la comisión litúrgica preparatoria a los trabajos del
concilio cuando proponía la restauración y la extensión de
la concelebración eucarística. Pero el concilio se opuso a este
planteamiento del problema y pidió la supresión de la
cláusula que presentaba la concelebración como un simple
expediente práctico. Así que en la 45 congregación
general se votó el artículo 57 de la constitución sobre la
liturgia, en el que se declaraba que la razón de la
concelebración consiste en que expresa la unidad del sacerdocio
".
Una vez
establecido que la concelebración se funda sobre razones
teológicas, ¿cuál es el criterio de su frecuencia?
Los principios
establecidos por el concilio y las nuevas perspectivas abiertas por la reforma
posconciliar reclaman la oportunidad de un uso cada vez mayor de la concelebración.
La pastoral litúrgica tiende como objetivo suyo ideal al encuentro
jerárquico y fraterno alrededor del mismo altar, y no al fraccionamiento
de las asambleas, que la instrucción Eucharisticum mysterium
exhorta explícitamente a evitar. Naturalmente, el modelo ideal se
logra de modo perfecto cuando la celebración eucarística,
presidida por el obispo, concelebrada por sus sacerdotes y servida por los
otros ministros, reúne en participación activa a la comunidad de
fieles que les está confiada; se logra también de modo
significativo cuando una comunidad cristiana, presidida por sus sacerdotes,
celebra la eucaristía en comunión con su obispo. Pero la
concelebración tiene sentido también en otros tipos de
asamblea
eucarística.
Cuando, por ejemplo,
419
los obispos de
diversas diócesis concelebran en presencia de la comunidad, ello
demuestra que existe una relación entre las diversas iglesias
locales, que, juntas, constituyen la iglesia universal. En efecto, la
concelebración no realiza solamente la unidad interior de una comunidad
o iglesia particular; realiza también la naturaleza comunitaria de
la iglesia universal, en la que todas las iglesias tienen su lugar. Ello
demuestra también la oportunidad de las concelebraciones del papa
con los obispos, sobre todo cuando en ellas participan numerosos fieles. En las
comunidades sacerdotales monásticas o religiosas en general,
en donde no es siempre posible la participación activa de una asamblea
de fieles, la concelebración es siempre expresión
válida del vínculo de fraterna caridad que une a los sacerdotes,
y que tiene su fundamento en la común ordenación y
misión24.
El único
límite realmente tal que el concilio impone a la concelebración
eucarística es la utilidad pastoral que una misa puede representar
para los fieles, los cuales, en caso contrario, se verían privados de
ella. La necesidad de multiplicar las misas proviene únicamente de la
necesidad de dar a los fieles (y también al mismo sacerdote como simple
fiel) ocasión de ponerse en contacto sacramental con el sacrificio
de Cristo de tal modo que este contacto se actúe con las disposiciones
subjetivas de fe, esperanza y caridad que permitan una mayor consecución
de los frutos correspondientes. Por lo tanto, en cada caso hay que
verificar si existe tal necesidad y si, multiplicando las misas, aquellos
mismos fieles se acercarán a ellas con las disposiciones de fe,
esperanza y caridad necesarias para obtener verdadero fruto de
salvación personal23.
Concelebración
eucarística
El concilio
reconoce a cada uno de los sacerdotes la facultad de celebrar la misa
individualmente, pero no al mismo tiempo en la misma iglesia en que se
concelebra, ni el jueves santo (SC 57,2). Esta reconocida libertad de celebrar
individualmente es comprensible en un momento de reforma en el que se han
de superar prejuicios provenientes de una vieja espiritualidad construida
a partir de la misa privada. Con todo, sería absurdo invocar
este derecho aislándolo del conjunto de la doctrina sobre la
concelebración expuesta por los documentos conciliares y posconciliares.
2. PAPEL DEL
CELEBRANTE PRINCIPAL. La concelebración es un acto colegial. La
pluralidad de sacerdotes celebrantes no crea una pluralidad de actos
sacrificiales. Se trata de una sola comunidad de fe, que celebra el
único sacrificio por medio del ministerio del único cuerpo
sacerdotal, que actúa in persona Christi, sumo sacerdote. Los sacerdotes
participantes no celebran cada uno su misa, sino el único misterio de la
iglesia. Pero el colegio sacerdotal tiene una estructura jerárquica,
y, por lo mismo, cada uno de sus miembros forma parte del mismo
"según su orden"; y así, el presbyterium preside la
eucaristía bajo la dirección del obispo o de su representante. La
pluralidad de miembros del presbyterium realiza su unidad en la persona del
único celebrante principal.
El papel del
celebrante principal
o presidente, el
de los concelebrantes y el de los otros ministros se debe expresar
coherentemente a lo largo del rito. La tradición latina conoce
varias formas rituales [/ supra, II]; pero, al menos desde el s. vin en
adelante, se requiere la recitación colectiva de la plegaria
Concelebración
eucarística
eucarística.
El tipo de concelebración propuesto por el nuevo ritual
posconciliar está en la línea de esta tradición cuando
prescribe, entre otras cosas, que todos los sacerdotes concelebrantes
recen juntos la parte central del canon. En particular: cada uno, para
celebrar válidamente la misa, y por lo mismo para concelebrar
válidamente, debe pronunciar las palabras de la consagración.
Con todo, el nuevo rito se preocupa de delinear la figura del celebrante -principal
de tal modo que él ejerce una efectiva presidencia de la
celebración; si no dicen lo contrario las rúbricas, sólo
él hace todos los gestos rituales y recita todas las oraciones
estrictamente sacerdotales; en la recitación común de la
plegaria eucarística, su voz se debe distinguir y dominar a la de los
otros concelebrantes de tal modo que facilite la armonía y la
fusión, sobre todo en las palabras consagratorias, que todos deben
pronunciar contemporáneamente. Los concelebrantes toman parte en el rito
según el modo indicado por las rúbricas: recitan juntamente con
el celebrante
principal sólo la parte central de la plegaria eucarística;
escuchan, en cambio, o recitan mentalmente las otras oraciones26.
3. PAPEL DE
420
Un peligro real
de la concelebra
ción
consiste en que el rito se
convierta en
monopolio de los
concelebrantes,
en el sentido de que
incluso las
funciones propias de la
asamblea o de sus
representantes
(lecturas,
cantos, moniciones, ora
ción de
los fieles...) sean ejercidas
por los diversos
concelebrantes. De
ese modo la
concelebración corre el
riesgo de
convertirse en un espec
táculo
dirigido por el clero.
La misma palabra
concelebra
ción ha
sido criticada porque no es del todo precisa desde un punto de vista
teológico.
presidir,
con-consagrar21.
No raras veces,
las concelebraciones masivas producen un cierto malestar entre los fieles,
los cuales se sienten dominados y casi oprimidos por la asamblea clerical.
La constitución litúrgica ha formulado claramente el
significado de la / participación activa de los fieles en sus aspectos
teóricos y prácticos (SC 14; 30; 48; 50). Todos los fieles tienen
un papel que desempeñar en 421
la liturgia, y
los diversos oficios no tienen por qué crear mutuas interferencias.
Cada fiel participa en la celebración litúrgica según el
modo que le corresponde (SC 28). En la celebración eucarística
los creyentes son actores, no simples espectadores. La eucaristía
es una acción en la que participa la iglesia entera, con todos sus
grados y órdenes.
NOTAS: ' Sobre
este tema, véase Eucaristía e comunita lócale (I y II),
preparado por el Comité para el congreso eucarístico
nacional, Udine 1971-1972 — 2 Cf SC 10 -3 Cf V. Joannes, Aspeííi
íeologici delta concelebrazione, en VV.AA., Concelebrazione, Dotlrina e
Pastorale. Queriniana, Brescia 1965, 37-143 — 4 Decreto Ecclesiae
semper, en AAS 57 (1965)
411: "In hac
ratione Missam celebrandi plures sacerdotes, in virtute eiusdem Sacerdotii et
in persona Summi Sacerdotis simul una voluntate et una voce agunt, atque
unicum Sacriíicium único actu sacramentali simul conficiunt
et offerunt, idem simul participant" — 5 Ignacio de
Antioquía, Carta a los Filadelftos 4, BAC 65, p. 483 -6 /*, pp. 255.256.257;
Carta a los Corintios 40,5; 41,4; 44,4-5 — 7 "Ule episcopus autem
imponens manum suam super oblationem cum presbyteris dicat gratias
agens..." (Hipólito de Roma,
G.M. Hanssens, La
concelebrazione sacrifícale della Messa. en Div 2 [1958] 247-249)
— " Véase J.H. Hanssens, De concelebratione Missae in ritibus
orienlalibus, en Div 10 (1966) 482-559 — ' Véase Inocencio I,
Epist. 25 ad Decentium 5, PL 20, 556-557 — "> Cf L. Duchesne, Le
Líber Pontijicalis, texte, introduction et commentaire I,
París 19552, 139 — 11 "In diebus autem festis, id est pascha,
pentecosten, sancti Petri, natalis domini, per has quatuor sollemnitates habent
colligendas presbyteri cardinales, unusquisque tenens corporalem in manu sua et
venit archidiaconus et porregit unicuique eorum oblatas tres. Et, accedente
pontifice ad altare, dextra levaque circumdant altare et simul cum illo canonem
dicunt, tenentes oblatas in manibus, non super altare, ut vox pontificis
valentius audiatur, et simul consecrant corpus et sanguinem domini, sed tantum
pontifex facit super altare crucem dextra levaque" (Ordo III 1: por M.
Andrieu, Les Ordines Romani du haut moyen-áge II [SSL 23], Lovaina 1960,
131) — l2 De eccle-
Concelebración
eucarística
siasticis
Officiis 1,12: PL 105, I
Concelebración
eucarística
Vagaggini, loe.
cit. (nota 17), 206-214 — 26 Algunos creen que la concelebración
es un acto extraordinario y solemne, como testimonia la tradición
litúrgica, por lo cual en las reuniones habituales de sacerdotes se
juzga más oportuno limitarse a la celebración
"comunitaria" de la misa, en la que participan todos los sacerdotes
presentes more laicorum, dialogando con el celebrante y, sobre todo, tomando
parte en la comunión sacramental. £1 problema ha sido discutido en
Alemania y en Holanda, y se han sacado conclusiones prácticas en
estos países, y también en Francia. Después de las
intervenciones de Pío XII y de la respuesta del santo Oficio de 1957,
que para la validez de la concelebración requieren al menos la
recitación común de las palabras consagratorias, este tipo de
celebración comunitaria no puede considerarse una concelebración
en sentido estricto, porque no pone de relieve la naturaleza de la misa como
acto comunitario jerárquicamente estructurado: limitándose a
participar activamente en la misa con toda la comunidad y a comulgar, los
sacerdotes no ejercen poder alguno específicamente sacerdotal
(véase a este propósito
C. Vagaggini,
loe. cit., 214-215) — 27 Cf
P.
Farñés-M. Delgado, Ordenación general del Misal Romano.
Texto bilingüe y comentarios. Editorial Litúrgica
Española, Barcelona 1969, 52.
BIBLIOGRAFÍA:
Una detallada bibliografía sobre el argumento se encuentra en H.A.P.
Schmidt, Introductio in liturgiam occidentalem, Herder, Roma 1960,
406-410. Se recogen 59 títulos sobre la concelebración, que
abrazan la producción literaria del 1898 al 1958. Esta
bibliografía ha sido completada hasta 1963 por
G. Danneels, Het
probleem van de concelebratie, en Collationes Brug. et Gand., t. 9, 1963,
160. De los
años 1963-1964 encontramos otras indicaciones bibliográficas en
P. Tihon, De la concélébration eucharistique, en NRT 86 (1964)
579-607. Desde el año 1965 en adelante, indicamos los estudios
siguientes: VV.AA., Concelebrazione. Dotrina e Pastorale, Queriniana,
Brescia 1965. Estudios de B. Neunheuser, E. Lanne, V. Joannes, L. Della
Torre, A. Franquesa, R. Falsini y F. Dell'Oro. C. Braga, In ritum
concelebrationis commenlarius, en EL 79 (9165) 219-235; F. Dell'Oro, La concelebrazione
eucarística: dalla storia alia pastorale, en RL 52 (1965) 220-251; R.
Falsini, La concelebrazione, il rito da preferiré, en RPL 3 (1965)
435-448; A. Ferrua, La concelebrazione, nuova prospettiva per le
comunitá sacerdotali, en Rivista di ascética e mística
(1965) 240-246;
J.P. Jossua, Note
conjointe sur l'ontologie de la concélébration, en ParL 47 (1965)
561-570;
422
H. Manders,
Concelebración, en Con (1965) 130-144; S. Mazzarello, La concelebrazione
e la comunione al cálice, Vita e Pensiero, Milán 1965; A.M.
Roguet, Sens et avantages de la concélébration, en VS (1965)
515-518; C. Vagaggini, // valore teológico e spirituale della messa
concelebratq, en RL 52 (1965) 189-219; A.Th. Vismans, La concelebrazione, en
VV.AA., / grandi temí del concilio, Edizioni Paoline, 1965, 37-59; J.H.
Hanssens, De concelebratione missae in ritibus orientalibus, en Div 10 (1966)
482-559; P. Jounel, La concélébration, Tournai 1966; A. King,
Concélébration in the Christian Church, Oxford 1966; B.
Neunheuser, // canone nella concelebrazione, en RL 53 (1966) 581-592; A.M.
Roguet, Pour une théologie de la concélébration, en
MD 88 (1966) 116-126; R. Gantoy, Messe concélebrée ou
célébration des messes simultanees?, en ParL 49 (1967) 114-115;
E. Dekkers, Limites de la concélébration eucharistique, en
Liturgie et monasteres, Saint-André 1968, 77-84; R. Falsini, La
concelebrazione, en Con 8 (1968) 88-97; R. Gantoy, La liturgie:
concélébration de la communauté, en Liturgie et
monasteres, Saint-André 1968, 1121; Ph. Rouillard, Les diverses
formes de
concélébration
eucharistique au cours des siécles, ib, 45-55; R. Swaeles, Valeurs de la
concélébration eucharistique, ib, 59-74; A. Veilleux,
13. bis 15.
Jahrhundert, en Studia Moralia 10 (1972) 347-435; E. Dekkers, La
concélébration, tradition ou nouveauté?, en
Mélanges liturgiques offerts au R.p. Dom Bernard Botte, Louvain
1972, 99-120; A. Carideo, Concelebrazione e partecipazione all'eucaristia.
Ricchezze e limiti del nuovo rito, en RL 62 (1975) 552-568.
M. Auge
BIBLIOGRAFÍA:
Bellavista J., El celebrante principal, en "Ph^se" 107 (1978)
487-490; Bugnini A., Franquesa A., La misa concelebrada, PPC, Madrid 1965;
Franquesa A., La concelebración, en W.AA., Comentarios a la
constitución sobre ¡a sagrada liturgia, BAC 238, Madrid 1965;
423
restauración,
en VV.AA., Liturgia opera divina e umana. Studi offerti a S.E. Mons. A.
Bugnini, Edizioni Liturgiche, Roma 1982, 291306; González A.,
¿La concelebración en peligro?, en "Phase" 95 (1976)
403^110; Gracia J.A., La concelebración como noticia, ib, 104 (1978)
178-182; Manders H., Concelebración, en "Concilium" 2 (1965)
130-144; Nicolau M., La concelebración eucarística, en
"Salmanticensis" 8 (1961) 269-294; Santagada J., La
concelebración, en "Revista Litúrgica Argentina"
29 (1964) 67-82; Vagaggini C , Dell Oro F., La misa concelebrada.
Teología, historia, pastoral, Studium, Madrid 1966; VV.AA., La
concelebración, en "Phase" 24 (1964) 437-471.
SUMARIO: I. La
confirmación en el debate actual - II. La confirmación en la
tradición eclesial - III. La celebración de la confirmación
en la nueva propuesta litúrgica: l. Rito de la confirmación para
los niños durante la misa: a) Premisas, b) Análisis ritual; 2.
Rito de la confirmación sin la misa; 3. Rito de la confirmación
para los adultos - IV. Aspectos doctrinales: 1. La confirmación y la
iniciación cristiana; 2. La confirmación y la historia
salvíftca; 3. La confirmación y la iglesia; 4. La
confirmación y la existencia cristiana - V. Orientaciones pastorales: 1.
El problema de la edad; 2. La catequesis; 3. La preparación remota y
próxima; 4. La celebración - VI. Conclusión.
I. La
confirmación en el debate actual
Decir cristiano
equivale a decir bautizado. La nota de crismado (o confirmado) cuenta
relativamente poco en la conciencia común; la confirmación, en
efecto, no se considera necesaria para la salvación ni se exige
como condición absoluta para el matrimonio. Se piensa, pues, en ella con
menor estima o se la considera como una sobreafiadidura. Su celebración,
además, evoca algún aspecto marginal (la palmadita en la
mejilla) y
Confirmación
una nota de
solemnidad, aunque folclórica, por la presencia del obispo.
De ahí la
menor solicitud del
sacramento,
especialmente en algu
nas zonas, por no
ser fácil encon
trar un padrino
que acepte sus
compromisos para
la formación del
ahijado. Por otra
parte, se consta
tan un
interés y esfuerzo crecientes
por parte de los
pastores en favor
de una más
intensa y honda prepa
ración de
los candidatos al sacra
mento: desde una
catequesis más
orgánica
hasta una serie de inter
venciones que
tienden a comprome
ter a los padres,
e incluso a toda la
comunidad
parroquial.
Entre dicha
crisis, por un lado, y esa preocupación pastoral, por otro, se inscribe
el debate teológico, que aumenta la dificultad, al no constatarse un
consentimiento unánime sobre el significado y sobre Ja real
importancia de la confirmación. Así, con respecto al
bautismo, aparece aquélla no sólo como pariente pobre, sino
como añadidura molesta y contestada. Ello demuestra la actualidad y
la amplitud de los problemas relativos a la confirmación.
En la historia de
la iglesia no se conoce un período como el nuestro, en el que dicho
sacramento está ocupando el centro de la investigación y del
debate a todos los niveles; existencial, histórico,
teológico, ecuménico, pastoral (catequético, celebrativo,
poscelebrativo) [/ infra, 1-5]. Los estudios, iniciados desde la primera
posguerra, se prosiguieron sin interrupción hasta nuestros
días ', con resultados, si no llamativos, sí estimables.
Entre ellos, el más prometedor propiamente para nuestro fin es la
convicción de que la confirmación va a situarse en el cuadro
unitario de los sacramentos de la / iniciación cristiana y a
considerarse en el contexto de
vida eclesial:
"tal es el lugar interpretativo más adecuado para redescubrir
el sentido del sacramento de la confirmación y de su modalidad en la
celebración y en la pastoral"2.
1. A nivel
existencial, ya antes de la última guerra se asiste al despertar del
laicado católico. Su inserción activa en la sociedad civil, que
había perdido su fisonomía cristiana, encuentra pleno apoyo y
hasta un preciso mandato por parte de- la autoridad eclesiástica. Se busca,
sin embargo, un fundamento teológico-sacramental, y se encuentra
precisamente en la confirmación, el sacramento que capacita al
cristiano para su función apostólica en el mundo. Se desarrolla
así una tendencia que considera la confirmación como sacramento
del apostolado, en particular de la acción católica. Mas el
empobrecimiento de la perspectiva sacramental de la
confirmación, así como la confusión entre apostolado y
testimonio, llevan al abandono de la teoría, abriendo la vía
a un nuevo término, menos polémico y más amplio, pero
siempre relacionado con la confirmación: el de testimonio. Por lo
demás, el texto de He 1,8 parecía confirmar la nueva
acentuación. Se apuntaba, en todo caso, a una actitud activa del crismado,
a quien el sacramento otorgaba el Espíritu en una perspectiva
existencial.
Casi
simultáneamente surgía un movimiento de interiorización intraeclesial,
que, con la distancia de alguna década, llegará a afectar a todas
las iglesias: el fenómeno de los pentecostales o carismáticos,
que en España ha adoptado recientemente la denominación de
Renovación en el Espíritu. Entre sus temas
característicos está precisamente el bautismo en el
Espíritu, que evoca el momento sacramental
424
de la
confirmación y que trata de ser su renovación personal y actual.
2. La
discusión en el plano teológico partió de la iglesia de
G. Dix, que en
1946 proponía la distinción entre el bautismo y la
confirmación, atribuyendo al primero la remisión de los
pecados (efecto negativo) y a la segunda el don del Espíritu (efecto
positivo). La reacción fue inmediata y general, con diferenciadas
posiciones entre los teólogos de las distintas confesiones: en el campo
protestante —salvo algunos matices entre los anglicanos y los
calvinistas, que tendían a valorar la confirmación
reconociéndola al menos como una renovadora intervención del
Espíritu—, que no aceptaba una clara distinción entre
la confirmación y el bautismo y negaba todo carácter sacramental
propio; en el campo católico, que, aun reconociendo en el bautismo el
don del Espíritu, afirmaba una nueva y específica efusión
de dicho Espíritu en el sacramento de la confirmación.
El debate en la
teología católica se centraba propiamente en la donación
del Espíritu con relación al bautismo y en su concreta finalidad.
Con respecto al bautismo, el don del Espíritu quedaba aclarado con la
doble intervención (doble unción) del Espíritu en la
persona de Cristo: una en el nacimiento, que, por así decirlo, lo
constituye Hijo de Dios, y otra durante el bautismo en el Jordán, que lo
manifiesta y acredita como siervo de Yavé, profeta y mesías.
También el crismado recibe el Espíritu en el bautismo para poder
conformarse
425
con Cristo, hijo
del Padre, y en la confirmación para llegar a conformarse con
Cristo profeta y mesías.
La finalidad
específica de la confirmación se concretaba en la misión,
y particularmente en el testimonio, para el que quedaba capacitado el
confirmado. Según algunos teólogos, la apelación al efecto
de la fuerza (robur) para la lucha y el testimonio se daba por supuesta, y en
cierto modo históricamente fundada, sin restablecer por eso la
analogía de la milicia, por la que el bautizado, mediante la confirmación,
llega a ser soldado de Cristo. Entre otras, continuaba viva la teoría de
la santificación personal —aspecto acentuado en la teología
oriental—, el perfeccionamiento de las facultades espirituales del bautizado,
con que se había acuñado la idea del perfecto cristiano. En lugar
de la idea de perfección algunos prefirieron, añadiendo o
sustituyendo, la de crecimiento o de madurez, según una
analogía inspirada en santo Tomás. Dentro de esta teoría
se considera el bautismo como el sacramento del nacimiento, y la
confirmación como el del crecimiento o maduración
espiritual: los dos sacramentos resultan ritos de tránsito [/ Antropología
cultural, V-VI]. Finalmente ha aparecido una nueva tesis, sugerida por la
presencia del obispo según la antigua y común
tradición: la confirmación es el sacramento de la
comunión eclesial, de la plena incorporación del bautizado a la
iglesia.
No obstante su
aportación a la clarificación de la finalidad del sacramento,
ninguna de tales tentativas puede considerarse como exhaustiva.
Están todas ellas condicionadas por la praxis de la confirmación
de los niños separada del bautismo, desconociendo el cuadro de la
iniciación y moviéndose denConfirmación
tro de una
perspectiva personalista y eficientista, y olvidando, por consiguiente, la
perspectiva eclesial e histórico-salvífica. El Vat. II, aun sin
entrar en el debate teológico, se ha sentido también influido por
él (LG 11), y sin proponer una nueva teología de la
confirmación, ha sugerido nuevas orientaciones y pistas de
investigación: ha recordado la unidad de los tres sacramentos
de la iniciación cristiana (SC 71), afirmando que la confirmación,
juntamente con el bautismo, es el fundamento de la función sacerdotal,
profética y real de los fieles (LG 10; 11; 26; 33; AA 3).
3. En el
ámbito histórico-litúrgico, el resultado más
relevante ha sido la recuperación del concepto de iniciación
cristiana, constituida por los tres sacramentos del bautismo,
confirmación y eucaristía. Este dato, común a todas
las iglesias durante todo el primer milenio, perdido después definitivamente
en Occidente a partir del
s. XIII, pero
siempre practicado en el caso del bautismo de los adultos, ha significado
un vuelco en la reflexión teológica y en la celebración
de la confirmación, como lo ha demostrado el nuevo ordo.
En cuanto al
signo sacramental propio de la confirmación, la investigación
histórica ha sido apasionada, y no siempre con resultados
unánimes. Las dificultades nacen de la continuidad de los ritos posbautismales,
de su variedad en las distintas iglesias, así como de los cambios que
han tenido lugar a lo largo de los siglos, por lo que resulta casi imposible
saber dónde termina el bautismo y dónde comienza la
confirmación, y cuál es el rito para la donación del
Espíritu. Hoy parece seguro que son dos los ritos fundamentales: la
unción y la imposición de las manos, que están
Confirmación
presentes (si
bien no de la misma manera) en Oriente y en Occidente, prevaleciendo, sin
embargo, la unción por razones históricas. En todo caso,
sería forzoso admitir una continuidad entre la imposición de
las manos de He 8,14-17 y la practicada en la confirmación; pero no
sería adecuado mantener que la imposición de las manos de origen
apostólico haya sido sustituida por la unción. Ambos ritos
son coexistentes en la misma iglesia. La constitución
apostólica de Pablo VI (de la que hablaremos) sobre el nuevo ordo de la
confirmación se decide por la unción crismal. Acerca de
la fórmula sacramental, en cambio, se constata una gran variedad, y
solamente hoy se ha logrado unanimidad entre el rito romano y el rito
bizantino.
4. El
diálogo ecuménico ha abierto igualmente camino, durante las
últimas décadas, a una útil confrontación en torno
a la confirmación. Así está como fruto una
declaración común de 1974, en la que colaboraron también
los teólogos católicos, que pone al rojo vivo el estado
actual de la doctrina de las distintas iglesias, sus puntos de convergencia y
de diferenciación, con sugerencias de posterior profundización
en orden a una deseada inteligencia ecuménica3. La base común es
ésta: el bautismo implica el don pentecostal del Espíritu; no se
está plenamente bautizado mientras no se participe en la muerte y
resurrección de Cristo, y al mismo tiempo del Espíritu del
Resucitado; por consiguiente, la iniciación cristiana comprende los
dos momentos
o aspectos
fundamentales del misterio pascual y pentecostal de Cristo.
Las diferencias
se refieren a las formas específicas en que se traduce el signo
sacramental del don pentecostal. Los protestantes reducen la
426
iniciación
al bautismo de agua, que es por tanto también bautismo en el
Espíritu: conocen una cierta fórmula de confirmación
como acto de compromiso personal y complementario del bautismo, pero sin
valor sacramental ninguno. Los católicos celebran por separado el don
del Espíritu, al menos de ordinario, para los bautizados en tierna edad;
y, al hacerlo así —según el citado documento—,
comprometen la unidad de la iniciación, dificultando el reconocimiento
de miembros de la iglesia a quienes solamente han recibido el bautismo. Los
orientales, en cambio, mantienen unificada la celebración de
los dos momentos, incluso de los tres, constitutivos de la iniciación. A
los protestantes y católicos se les pide revisar su respectiva praxis: a
los protestantes, explicarles el motivo por el que los bautizados son
admitidos a la eucaristía solamente después del rito de la
confirmación; a los católicos, el unir los dos momentos
sacramentales (retornando a la antigua praxis, y extendiendo a los niños
lo ordenado para los adultos)
o bien eliminar
de la confirmación su valor sacramental o reinterpretarlo de
distinta manera.
5. En el terreno
pastoral se han acumulado los problemas y han revelado su complejidad, suscitando
al mismo tiempo numerosas iniciativas, algunas no sin contrastes, en
distintos órdenes: la determinación de la edad, la preparación
orgánica (una especie de catecumenado) de los candidatos, nuevos
contenidos de la catequesis con los correlativos textos catequísticos,
la participación de los padres y de la misma comunidad, formas celebrativas
más esmeradas, nuevas relaciones del obispo con los confirmandos
y de éstos entre sí, intentos
427
de valorar el
tiempo posterior a la confirmación.
Sobre la edad se
abrió en el inmediato posconcilio una encendida controversia entre
teólogos y agentes de pastoral. La propuesta de trasladar el momento
celebrativo de la confirmación hasta la adolescencia, dictada por
el deseo de una mayor preparación de los candidatos, venía
teológicamente justificada por la tesis de la confirmación
como sacramento de la madurez. La frágil consistencia de la motivación,
válida por lo demás para todo sacramento, comenzando por el
bautismo, y la ambigüedad del término madurez (la confusión
entre madurez anagráfica y psicológica, que no siempre
coinciden, inducía a mantener la confirmación como sacramento de-
la adolescencia y hasta de la juventud), demostraban que la
cuestión de la edad no era sino un pseudoproblema, que hasta
corría el peligro de instrumentalizar el sacramento por exigencias
contingenciales. La solución adoptada varía según las
diversas iglesias: en España el episcopado ha establecido el
26 de noviembre de 1983, sobre las Normas
complementarias
al nuevo Código
de Derecho
Canónico, "la edad
para recibir el
sacramento de la
confirmación
en torno a los catorce
años,
salvo el derecho del obispo
diocesano a
seguir la edad de la
discreción
a la que hace referencia
el canon
891" (Cf Boletín Conferen
cia Episcopal
Española 3, 1984,
102).
En cambio, las
iniciativas y las experiencias de carácter formativo de los
candidatos han logrado amplio consentimiento y lisonjeros éxitos. En
algunas diócesis se ha introducido el año de la confirmación
conforme a un plan pastoral denominado catecumenado o itinerario
catecumenal, que ha moviConfirmación
lizado a grupos
de catequistas, a padres de los confirmandos y a comunidades parroquiales.
Mayor atención han merecido los contenidos de las catequesis y una
renovada metodología, con encuentros menos escolarizados. Se ha
atendido con medios y cursos orgánicos a la formación de los
adultos no confirmados.
La
celebración de la confirmación ha readquirido mayor vitalidad
mediante la elección más adecuada del día y de la
hora, por la presencia de la comunidad, por una participación más
activa, por su conexión con la eucaristía, por una
relación más explícita con el obispo, pese a la
delegación a otros sacerdotes para presidir el rito. En cambio, se ha
presentado difícil el problema de mantener una relación directa
con los neoconfirmados y el de su inserción en organismos y actividades
eclesiales.
6. En este
contexto amplio y articulado, rico en fermentos y alientos, ha venido a
situarse el nuevo ordenamiento ritual de la confirmación, publicado en
dos tiempos: en 1971, el Ordo Confirmationis, como celebración
autónoma para los infantes; y en 1972, el
Ordo Initiationis
Christianae Adultorum, como celebración unitaria de la
iniciación de los adultos. Presenta dicho ordenamiento un cuadro
orgánico y completo, recobra no pocos valores olvidados, expresa la
fe y la sensibilidad pastoral de la iglesia de nuestro tiempo y constituye por
tanto un irrenunciable punto de referencia y de confrontación con la
teología y la praxis. Con el nuevo ordenamiento, la iglesia ha
tomado conciencia de que la confirmación no es un simple gesto
ritual, sino un acto cualificante y decisivo para el bautizado y un momento
revelador de la propia identidad, como comunidad animada por el
Espíritu, y de su propia misión en el mundo, hacia el cual
está empujada por el Espíritu del Resucitado.
II. La confirmación
en la tradición eclesial
Más que
una exacta reconstrucción de la historia ritual, lo que interesa
son las etapas más significativas del recorrido de la confirmación
en el cuadro de la iniciación con las incidencias de orden ritual,
teológico y pastoral.
1. En la iglesia
del NT el bautismo representa el momento fundamental y totalizante
del renacimiento cristiano. El bautismo se realiza en el agua y en el
Espíritu (Me 1,8 y par.; Jn 3,5; Tit 3,5; 1 Cor 12,13; etcétera):
comporta, pues, con la remisión de los pecados, el don del
Espíritu. El mismo acontecimiento de pentecostés está
caracterizado como bautismo, no como confirmación (He 1,5; 11,15).
La iniciación cristiana es un hecho unitario que no conoce las
distinciones a las que estamos habituados: la teología crismal se funda
en la teología bautismal.
Hay dos textos de
Lucas que parecen aludir a un segundo momento ritual de iniciación
para el don del Espíritu, que comprende la imposición de las
manos y la oración: He 8,14-17; 19,1-7. La hipótesis
que quiere reconocer en el rito el origen de nuestra confirmación
está hoy descartada por la más acreditada exégesis, que
atribuye a los dos episodios distintas finalidades: afirmar que no existen
dos comunidades eclesiales, una de carácter privado y otra
apostólica, sino una sola iglesia, a la que se pertenece mediante el don
del Espí428
ritu comunicado
por los apóstoles.
Los cristianos de
Samaría, pobla
ción ya
separada del antiguo Israel,
habían
sido bautizados por Felipe,
quien se
había trasladado allí no
por un mandato
específico, sino
con motivo de la
persecución: el
nuevo grupo
debía, pues, agregarse
a la iglesia
madre mediante la in
tervención
de los apóstoles Pedro y
Juan. El episodio
de Éfeso se re
cuerda con la
misma finalidad: el
apóstol
Pablo interviene para co
municar el
Espíritu. La teología
subyacente es la
apostolicidad de la
iglesia, no la
idea de un segundo
momento ritual.
Se trata, por lo
demás, de
dos episodios excepcio
nales, y no de
una praxis ordinaria.
Sin embargo, el
posterior des
arrollo de la
iniciación se referirá a
los dos episodios
para encontrar un
fundamento
bíblico al rito sacra
mental de la
confirmación. Un
hecho es claro:
el don del Espíritu,
característico
del tiempo mesiánico
e identificador
de la nueva comuni
dad, se le otorga
a todo bautizado.
La forma de tal
comunicación no
es, sin embargo,
uniforme: en el
caso de Cornelio
(He 10,44-48),
fuera de todo
signo sacramental; en
otros casos,
juntamente con el
bautismo (1 Cor
12,13; 2 Cor 6,11;
etcétera).
2. El paso de la
edad apostólica al s. m no está suficientemente documentado;
pero la organización de la comunidad ha contribuido a una
elaboración del ritual de iniciación, que ya en el alborear
del s. v se articula en tres grados: catecumenado, ritos bautismales,
ritos posbautismales. No son estos últimos idénticos en
todas las iglesias, y variarán en número, en importancia y
en significado, con mutuas influencias a lo largo de los siglos. Pero todas las
iglesias coincidirán en ciertos puntos comunes y segu
429
ros: los
distintos ritos forman un todo orgánico con la celebración
bautismal y se valorarán por su referencia al don del Espíritu mediante
la intervención del obispo.
Comencemos por el
análisis de cada rito. Se pensaba que en Oriente el único
elemento ritual era la unción con el óleo perfumado (llamado
myron) y que la imposición de las manos era desconocida por completo. En
cambio, los testimonios recogidos por L. Ligier confirmarían
la existencia de la imposición de las manos no sólo como
presente en algunos ritos, sino incluso en la praxis más antigua4. Hasta
parece que la imposición de las manos con la invocación del
Espíritu para que llene con sus dones al bautizado, y así evitar
la confusión con el mismo rito usado en la reconciliación de
los herejes, se sustituyó o se integró con la unción
mediante el myron. Para la iglesia siríaca occidental, Teodoro de
Mopsuestia recuerda también la signación del bautizado en la
frente \
En Occidente los
ritos son más numerosos, y se dan mayores diferencias entre las
distintas iglesias. En la iglesia de África, como atestigua
Tertuliano, a la inmersión bautismal seguía la unción con
el crisma y la imposición de la mano del obispo. En la iglesia de
Milán, san Ambrosio habla de unción de la cabeza, de lavatorio de
los pies y de sello del Espíritu Santo con sus siete dones. En la
iglesia de España encontramos la consignación en la frente del
bautizado y la imposición de la mano con la invocación del
Espíritu Santo. La iglesia de Francia conoce la unción
crismal y la imposición de la mano, a la que se atribuye el don del
Espíritu \ De importancia especial es el uso de la iglesia de Roma, que
seguiremos de cerca en su posterior desarrollo,
Confirmación
atestiguado en
los comienzos del
s. III por
7
paz. Tales ritos,
a diferencia del catecumenado, que se desarrolla por etapas, forman una
unidad litúrgica, incluso sin solución de continuidad
con el bautismo, se realizan normalmente después de la inmersión
bautismal y preceden siempre a la participación en la eucaristía.
La celebración unitaria tiene lugar en la vigilia pascual y está
presidida por el obispo, a quien quedan propiamente reservados los susodichos
ritos. No podemos, pues, hablar del sacramento de la confirmación
como acto distinto del bautismo: todo intento de distinguir o bien de
separar los dos actos, atribuyéndoles particulares efectos, seria un
inaceptable anacronismo. Se tiene la convicciór" de que el bautismo
no ha alcanzado todavía su plenitud mientras no haya finalizado el obispo
la celebración comunicando el Espíritu Santo al neobautizado,
para introducirlo después en la comunidad eucarística. Tal
visión unitaria sigue manteniéndose intacta hasta hoy en la
tradición oriental, mientras se asiste en la tradición
occidental a la separación progresiva y, finalmente, al
distanciamiento total de los dos polos sobre los que se articulaba la
única celebración: los ritos bautismales y los ritos
posbautismales.
La relevancia
dada al Espíritu Santo, cuya teología iba desarrollándose,
y las tendencias heréticas y cismáticas, que ponían en
peligro la unidad de la fe eclesial, llevaron a centrar la atención en
los ritos posbautismales, precisamente ca
Confirmación
racterizados por
el don del Espíritu, propio de la verdadera iglesia, y por la presencia
del obispo, responsable de cada comunidad en la línea
apostólica. Del don del Espíritu, simbolizado por nuestros ritos,
hablan explícitamente los textos litúrgicos tanto orientales como
occidentales, relacionándolos con el descendimiento del Espíritu
en el bautismo del Señor. Se le invoca mediante la oración
(así en Tertuliano) o bien es dado con la unción como sello,
perfeccionamiento, unción santa, por la que se llega a ser
cristiformes (así en Cirilo de Jerusalén y Teodoro de Mopsuestia).
Hacia la mitad del s. v encontramos, en una carta del obispo de
Constantinopla al obispo de Antioquía, la fórmula de la
oración todavía en uso entre los bizantinos y recogida por el
nuevo ritual de la confirmación: "Sello del Espíritu Santo
que se te otorga como don".
La
intervención del obispo llega a adquirir un papel determinante. A
él están reservados los ritos (imposición de las manos,
signación, unción) que confieren el don del Espíritu
y que completan la iniciación introduciendo al neófito en la
comunidad eucaristica. La motivación principal de tal reserva,
según los estudios de Bouhot» y de Ligier', estaría en
relación con la reconciliación de los herejes, a quienes se les
exigía la profesión de fe. Plena comunión eclesial y ortodoxia
en la fe eran condiciones para la unidad de la iglesia, garantizada por la
presencia del obispo. Con el tiempo tales motivaciones perderían
actualidad y se preguntará por la razón de la reserva episcopal,
sobre la cual están de acuerdo la iglesia de Oriente y la de Occidente.
Es propiamente en este período cuando aparece el término
confirmatio, con un significado fluctuante entre el de robusteci
430
miento y el de
complemento del rito final de la celebración bautismal, hasta
indicar el momento sacramental rigurosamente dicho '°.
3. Entre el s. v
y el s. xn, la reserva episcopal de la confirmatio (signatio, unctio,
impositio) señala un giro en la historia de la confirmación.
En efecto, la difusión del cristianismo en el campo, con la constitución
de comunidades presbiterales, hace imposible la presencia
física del obispo, que continúa presidiendo la celebración
de la vigilia pascual. En Oriente se opta por una solución de
compromiso, hoy del todo válida: el presbítero realizará
la unción con el myron bendecido por el obispo en el jueves santo. En
Occidente, por el contrario, no se le ha concedido al presbítero
tal facultad, por lo que los neobautizados deben acercarse a la iglesia
catedral para la confirmatio. Se asiste así, desde el s. v, a la
separación entre la confirmatio y el bautismo. Fatalmente, iba a derivarse
de ahí un desinterés y desestima, como lo atestigua la
célebre homilía de Fausto, obispo de Riez (t 490)". Para
mover a los fieles a no diferirla, apremiado por una situación de luchas
y persecuciones, Fausto presenta la confirmatio como un adiestramiento y
un equipamiento del cristiano, a semejanza de un soldado, para las luchas
de la vida: si el bautismo es un puro don de Dios, el don del Espíritu
en la confirmatio asegura la fuerza para la lucha moral y el compromiso
personal del individuo.
Se llegó a
la separación entre la confirmatio y el bautismo con la
generalización del bautismo de los recién nacidos. Si antes
había sido una excepción, ahora se estaba convirtiendo en una
regla dictada por la simple hipótesis de un peligro de muerte, con
lo que el bautis431
mo administrado
fuera de determinadas fechas y en lugares alejados aumentó la
dificultad de una celebración unitaria de la iniciación. La
anticipación del bautismo a los primeros días de vida crea la
necesidad de una formación en la fe, que viene a relacionarse con
la confirmación y con la primera eucaristía. La
necesidad de la fe para el bautismo, menos advertida, se remedia mediante
una instrucción o educación en la misma después del
bautismo. No por esto se deja de exhortar a los candidatos a acercarse a
la catedral para la confirmatio del obispo.
Mientras se va
extendiendo rápidamente la praxis, los libros litúrgicos
continúan mostrándose todavía ligados a la visión
unitaria de los ritos de iniciación f2. El antiguo sacramentarlo
gelasiano (final del
s. vi) presenta
dos rituales para la consignatio (término propio del rito romano), uno
para la vigilia pascual y otro para la vigilia de Pentecostés,
según este esquema: imposición de las manos con la
invocación del Espíritu septiforme, consignación o
unción con el crisma en forma de cruz sobre la frente del bautizado y
acompañada con la fórmula Signum Christi in vitam aeternam, beso
de paz (no recordado) con el saludo. El sacramentarlo gregoriano-adrianeo
recoge solamente la oratio ad infantes consignandos, sin mencionar la
imposición de las manos. El Ordo XI (ss. vi-vn), el más
importante de los Ordines Romani, describe los ritos de la confirmación,
inserta en el Ordo baptismi de la vigilia pascual, usando ya el término
confirmare: invocación del Espíritu septiforme (no se menciona
tampoco la imposición de las manos, si bien tal vez se está
presuponiendo), unción en la frente con el crisma en forma de cruz
acompañada de la fórmula In
Confirmación
nomine Patris...,
saludo-augurio de paz. Hasta el s. xi inclusive, los textos litúrgicos,
tanto romanos como germánicos, aun diferenciándose en
algunas particularidades (ignorada por los primeros la imposición
de las manos), siguen manteniendo la confirmación entre el bautismo
y la eucaristía.
4. A los Ordines
suceden en el
s. xm los
Pontificales, libros para uso del obispo, donde por primera vez el rito de
la confirmación aparece separado del rito bautismal. Permanece
todavía muy viva la relación con el bautismo, según se
desprende de la rúbrica del pontifical romano-germánico del
s. x, n. 390:
"Hoc autem omnino praecavendum est ut non neglegatur, quia tune omne
baptismum legitimum christianitatis nomine confirmatur". No se habla ya de
lactantes (solamente los nacidos en la semana santa serán confirmados en
la vigilia pascual), sino de infantes y de pueri. El pontifical de la
curia romana del s. xm presenta la confirmación como rito totalmente
independiente, situándolo entre la bendición de los ornamentos
sacerdotales y la bendición del pan. Con el pontifical de Guillermo
Durando de Mende (f 1296) —que adoptará después Inocencio
VIH en 1485 como texto oficial de la iglesia de Roma, e impondrá a toda
la iglesia el concilio de Trento— se llega a la fase decisiva del
desarrollo. El ritual descrito por Durando, con el título De chrismandis
in fronte pueris, colocado al principio del libro, tiene de original,
además de varios textos eucológicos y cantos, la extensión
de las manos sobre todos los candidatos, la introducción de una
palmadita en la mejilla como sustitución del antiguo beso de paz, la
recomendación a los padrinos de enseñar a sus ahijados
Confirmación
bración
bien ordenada y más expresiva.
La
relación, bajo el aspecto ritual, con el bautismo se ha hecho
visible con la recomendación de que sea "el padrino del bautismo...
también el padrino de la confirmación" (RC n. 5), con
la explícita evocación del bautismo en la alocución
del obispo (OC n. 22; RC n. 26), con la renovación de las promesas
bautismales (OC n. 23; RC nn. 28-29) y con una clara alusión en la
oración que acompaña la imposición de las manos (OC nn.
24-25; RC nn. 30-32). La relación con la eucaristía se ha
subrayado con la disposición de que, salvo casos particulares, la
confirmación se administre durante la misa "para que se manifieste
más claramente la conexión de este sacramento con toda lá
iniciación cristiana, que alcanza su culmen en la comunión del
cuerpo y de la sangre de Cristo" (RCn. 13).
Acerca de la
participación de la comunidad cristiana en la confirmación
se dice que "el pueblo de Dios, representado por los familiares y
amigos de los confirmandos y por los miembros de la comunidad local,
será invitado a participar en esta celebración; y se
esforzará en manifestar su fe con los frutos que ha producido en ellos
el Espíritu Santo" (RC n. 4). En el desarrollo ritual, la parte de
la comunidad se manifiesta en el asentimiento a la profesión de fe (OC
n. 23; RC nn. 28-29), en la oración (OC n. 30; RC nn. 35-38), en el
canto y en la participación de la eucaristía, que los
confirmandos, con sus padrinos, padres, parientes y catequistas, podrán
recibir bajo las dos especies (OC n. 32; RC lo omite).
El ministro de la
confirmación sigue siéndolo de ordinario el obispo, no
calificado ya de ministro ordinario, como había declarado el
434
concilio de
Trento, sino originario (RC n. 7), por respeto a la iglesia oriental, que
confía ordinariamente la función de confirmar al presbítero.
En caso de imposibilidad por parte del obispo, se otorga la facultad a
otros sacerdotes debidamente designados (RC nn. 7-8). En todo caso, al obispo
se reserva, según una tradición común a todas las iglesias
de Oriente y Occidente, la consagración del crisma (óleo perfumado
para la unción), que tiene lugar en la misa del jueves santo.
La
celebración tendrá un carácter festivo y solemne, dada la
importancia y el significado de la confirmación para la
iglesia local, y se dará la preferencia a la forma comunitaria, es
decir, a una celebración común para todos los candidatos
(RC n. 4).
En cuanto al
tiempo de la confirmación, para los niños se ratifica la
costumbre de la iglesia latina, que lo fija hacia los siete años, pero
dejando a las conferencias episcopales la facultad de establecer una edad
más madura si lo consideran oportuno (OCn. II; CDC 891).
Acerca del rito
esencial, la constitución apostólica, poniendo fin a las
discusiones teológicas, declara: "En adelante, sea observado en la
iglesia latina cuanto sigue: el sacramento de la confirmación se
confiere mediante la unción del crisma en la frente, que se hace
con la imposición de la mano, y mediante las palabras: 'Recibe por
esta señal el don del Espíritu Santo". Juntamente con
la unción, se reconoce como elemento "integrante" la
imposición de las manos sobre los elegidos que precede a la
crismación; la cual, como se dice en la citada constitución,
"forma parte de la perfecta integridad del mismo rito y favorece la
mejor comprensión del sacramento" '".
b)
Análisis ritual. Para el análi435
sis ritual de la
confirmación con
sideramos el caso
normal de su
celebración
durante la misa (OC
nn. 20-33; RC nn.
20-45), cuyo
esquema sigue
siendo el clásico:
ritos
introductorios, liturgia de la
palabra, liturgia
del sacramento, li
turgia
eucarística, ritos conclusivos.
Ritos
introductorios. No está previsto un rito de acogida de los candidatos ni
del obispo; pero no hay ningún inconveniente, y hasta es muy oportuno
que se realice mediante la intervención del mismo párroco para
crear un clima de fraternidad y para subrayar la importancia del
acontecimiento eclesial.
Liturgia de la
palabra. Para las lecturas bíblicas se permite recurrir total o
parcialmente a las de la misa del día (OC n. 20; RC n. 24); pero es
preferible atenerse .al leccionario de la confirmación (OC nn. 61-65; RC
nn. 63-103), que recoge en total 29 pasajes con una serie de salmos
responsoriales y versículos aleluyaticos: cinco del AT, 12 de los
escritos apostólicos y 12 de los evangelios. La acción
sacramental del Espíritu se hace plenamente comprensible en el contexto
de la historia de la salvación. La palabra de Dios, al par que proclama
la intervención histórica del Espíritu y reaviva la fe de
los presentes en el don de dicho Espíritu, ilumina y da significado a su
intervención sacramental. Es, por tanto, catequesis y parte
integrante del sacramento. El conjunto de las lecturas presenta la
acción del Espíritu en la fase del anuncio o de la promesa y en
la fase de su realización, primeramente en Cristo y después
en la comunidad apostólica, es decir, en la iglesia. Con respecto a
Cristo, se contempla al Espíritu en su obra consagrante para la
realización del ministerio mesiánico, para la instauración
de la nueva alianza, para la liberación del mal y para la
Confirmación
constitución
de un pueblo profetic e Con respecto a la iglesia, en cuanto nuevo pueblo
poseído por el Espíritu, se contempla su obra tendiendo a la
unidad aun en medio de la diversidad de dones, al conocimiento total de la
verdad o del evangelio proclamado por Cristo y al testimonio valiente del
evangelio. Con respecto a cada miembro, se subraya tanto la acción
interior y transformante del Espíritu como las formas exteriores, fruto
del mismo Espíritu. Partiendo de tal visión de la acción
del Espíritu en la historia de la salvación, se prepara mejor el
espíritu para la acción sacramental mediante la cual se realiza
la efusión del Espíritu Santo sobre los bautizados para
introducirlos en el plan divino de la salvación en el seno de la
comunidad cristiana.
La
presentación de cada uno de los candidatos al obispo confiere un
carácter personal y espontáneo, no anónimo ni
burocrático, al encuentro del obispo, cabeza y padre de la iglesia
local, con sus hijos. La norma ritual (OC n. 21; RC n. 25) es justamente
bastante elástica: la presentación la hace el párroco u
otro presbítero, un diácono o un catequista. Cada cual es llamado
por su nombre y, si son niños, se acercan acompañados por uno de
los padrinos o de los padres.
El obispo dirige
una breve homilía, inspirándose en las lecturas, para
explicar la realidad sacramental de la confirmación. El texto
ritual (OC n. 22; RC n. 26) ofrece un esquema en el que se alude ante todo a la
función, confiada a los apóstoles y a sus sucesores, de comunicar
a los bautizados el don del Espíritu derramado sobre la iglesia en el
día de pentecostés; describe después el efecto del Espíritu,
ya con vistas a la santificación y unidad de la iglesia, ya a la
santificación personal en orden a
Confirmación
una mayor
conformidad con Cristo y con la iglesia; y evoca, finalmente, ante los
confirmandos el compromiso apostólico de testimonio y de vida bajo
la guía del Espíritu.
Liturgia del
sacramento. El esquema ritual de la confirmación se desarrolla por
este orden: renovación de las promesas bautismales,
imposición de las manos con la oración epiclética,
crismación y saludo de paz.
El gesto ritual
de la renovación de las promesas bautismales (OC n. 23; RC nn. 28-29),
dispuesto por el Vat. II (SC 71), tiene como fin expresar la mutua
relación entre bautismo y confirmación, que es natural desarrollo
y complemento del primero. Al mismo tiempo, por tratarse de la fe y no de una
simple promesa (como la que hacen en nombre del interesado los padres y
padrinos en el día del bautismo), adquiere su relieve la dinámica
de esa misma fe, que va desde la aceptación de la palabra hasta la
explícita profesión de fe y, finalmente, a la
celebración de dicha fe en el sacramento. La confirmación, como
todo sacramento, exige la fe; es decir, la personalización, por parte
del confirmando, del acto de fe expresado en el bautismo por sus padres, y su
profesión ante la comunidad y su legítimo pastor. En los dos
aspectos, negativo (renuncia) y positivo (credo), la respuesta es
personal. Pero la fe es común a todo el pueblo de los bautizados,
coincide con la fe de la iglesia. Y la iglesia, congregada en asamblea,
interviene aquí adhiriéndose y ratificando la fe de los
confirmandos, es decir, respondiendo aménr a las palabras finales del
obispo: Ésta es nuestra fe...
El formulario es
más bien desafortunado por su ambigüedad e incoherencia; en
cuanto al título ("Renovación de las promesas del 436
bautismo"),
mal se acomoda con el final de la alocución del obispo, que habla, en
cambio, de "profesión de fe" (RC n. 27), y con la
expresión propia del rito del bautismo: "renuncias" y
"profesión de fe" (OBP nn. 56-59; RBN nn. 124-127). El texto,
además, sólo en parte corresponde al bautismal, al resumir
en una las tres preguntas de renuncia y elevar a cuatro las tres demandas de
fe". Desarrolla, en efecto, la interrogación sobre el
Espíritu Santo, que hoy realiza en cada uno de los candidatos una
efusión semejante a la que tuvo lugar en pentecostés sobre los
apóstoles. Con esta referencia aparece la confirmación como
el pentecostés del bautizado.
La
imposición de las manos. La invitación del obispo a la
oración (OC n. 24; RC n. 31), con un texto que recuerda la
regeneración bautismal y anuncia la efusión del
Espíritu con sus dones sobre los confirmandos para conformarlos con
Cristo, tiende a crear un clima de intenso recogimiento y de adhesión
al misterio sacramental.
La oración
epiclética (OC n. 25; RC n. 32), que acompaña a la imposición
de las manos, desarrolla los dos pensamientos evocados en la invitación:
la apelación al bautismo de los candidatos en su efecto liberador y
regenerante mediante el agua y el Espíritu, y la petición de una
plena efusión del Espíritu con sus siete dones. Aparece una vez
más la complementariedad de la confirmación con el bautismo. La
demanda de la efusión del Espíritu Santo, denominado con el
término juanista paráclito (asistente, intercesor, defensor,
abogado), se explícita en la enumeración de sus siete dones.
De ellos habla Isaías 11,1
437
tnesiánico
los dones de distintas maneras visibilizados en los grandes reyes, en los
profetas y en los patriarcas. El texto original de Isaías enumera seis
dones; pero los
y
2 piedad en vez de temor, llegando
así a clasificarlos como siete dones. Y toda la tradición cristiana,
comenzando por los padres del
iv, ha aceptado la lectura del
Espíritu septiforme. En vez de entrar en detalles sobre cada don, es
preferible insistir en la plenitud y en la permanencia del Espíritu de
Dios en el mesías, y consiguientemente en los bautizados, que se
hacen plenamente conformes con Cristo.
El gesto de la
imposición de las manos, aunque declarara la constitución
apostólica de Pablo VI "no pertenecer a la esencia del rito
sacramental", merece una "gran consideración, ya que forma
parte de la perfecta integridad del mismo rito" de la confirmación,
"y por favorecer la mejor comprensión del sacramento". El
gesto, de claro origen bíblico, se usa con un doble significado: cuando
se quiere investir a alguien o confiarle una misión
específica, como en el caso de Moisés, que impone las manos sobre
Josué para encargarle que guíe al pueblo hacia la tierra prometida
(Núm 27,18-23; Dt 34,9); cuando se quiere expresar la petición
de un favor divino sobre alguien, como en el gesto de Jacob sobre sus hijos
Efraín y Manases (Gen 48,14), de Aarón sobre el pueblo (Lev
9,22), de Jesús sobre los niños (Me 10,13-16; Mt 19,1315).
En nuestro caso, en línea con los textos correlativos de los Hechos
(8,17; 19,6), quiere significar el otorgamiento de un don, del Espíritu
Santo, como afirma la constitu
ción
paulina.
La
crismación o unción con el
Confirmación
crisma (OC nn.
26-29; RC nn. 3334), acompañada por la correspondiente
fórmula, constituye el rito esencial. La fórmula "Recibe por
esta señal el don del Espíritu Santo" quiere hacer
más expresivo y significativo el don del Espíritu y la nueva
evocación de su efusión en el día de pentecostés.
Los términos recibe y don, por relación al Espíritu,
evocan efectivamente, más de cerca, el lenguaje neotestamentario (He
2,38; 1,5-8; 8,16; etc.). Más complejo se presenta el significado de la
palabra señal (lat. signaculum, gr. sfraghis), ya que en el
período patrístico se usa sobre todo para indicar el bautismo,
conociendo una gran variedad de interpretaciones simbólicas.
No parece que deba relacionarse con un rito exterior (señal de la
cruz), ni que indique, por tanto, el efecto de marcar a alguien; parece
más bien entenderse en sentido espiritual: una acción divina que
se realiza en nuestros corazones, que crea una realidad nueva y permanente (señal
espiritual) mediante el Espíritu. Es, pues, un don espiritual: una
señal del Espíritu. La fórmula, por tanto, viene a
especificar que el Espíritu, derramado como don ya prometido por Cristo,
es una señal interior grabada por Dios en el bautizado; algo así
como una circuncisión espiritual, que introduce en la nueva alianza: es
un refuerzo de la fe, una señal permanente, como una garantía,
incluso unas arras para el día postrero. El signo exterior
(consignado), típico del rito romano, tiene valor en cuanto de
signa la señal
espiritual e interior.
El gesto de la
unción con el crisma, de indudable origen bíblico, tiene lugar
más o menos relevante en toda la tradición litúrgica. En
el AT tiene un significado ya real (unción de reyes y después de
sacerdotes), ya figurado (profetas).
Confirmación
En el NT, el
término unción va vinculado a la idea de consagración por
parte del Espíritu Santo con miras a una misión ".
Recuérdese el episodio de Jesús en la sinagoga de Nazaret (Le
4,18). No faltan alusiones a la unción real y sacerdotal de Cristo
(He 4,27; 10,38; Heb 1,8-9). La unción de Jesús debe entenderse
en sentido figurado, tiene un carácter profético
explícito y se realiza por obra del Espíritu en un contexto
bautismal, en el Jordán: se ordena a inaugurar sú ministerio, el
anuncio del evangelio.
Pablo habla de la
unción de los cristianos en 2 Cor 1,21-22; en la catequesis
patrística se la relaciona siempre con la de Cristo, y es signo del
Espíritu que mora en el corazón del creyente, lo ilumina y lo
identifica con el mismo Cristo. La unción espiritual viene
especificada a continuación mediante un rito exterior, una
unción visible, siempre interpretada a la luz de la unción
espiritual de Cristo, en continuidad con la unción profética
y real. Se explica así el uso del óleo, que en la biblia
tiene varios significados (bendición, elección, gozo, riqueza,
salud): vendrá a simbolizar la fuerza penetrante concedida por Dios
juntamente con el Espíritu, a fin de que la persona ungida pueda realizar
su propia misión (1 Sam 18,1-6; Is 61,1). Para mejor simbolizar a Cristo
se añadirán al óleo varios perfumes: el myron. El tema del
"buen olor de Cristo" encuentra su fundamento en 2 Cor 2,14-27. En el
rito romano se realiza la unción en forma de cruz sobre la frente del
candidato. Se unen así los dos signos para significar el don del
Espíritu, que orienta hacia la herencia del reino y la garantiza
(cf Ap 7,4). La imposición de la mano durante la unción,
recordada por la constitución de Pablo VI, no es originaria ni
constante.
438
El saludo de paz
("la paz sea contigo") con que se concluye el rito es un saludo
pascual, reservado en general al obispo. Puede verse en él un gesto de
fraternidad, como demuestra el testimonio de Hipólito Romano: iba, en
efecto, acompañado por el abrazo de paz del obispo. Se
sustituyó después con la palmadita en la mejilla, suprimida
en la reciente reforma ritual.
Con la
oración de los fieles —de la que ofrece el rito un formulario
propio (OC n. 30; RC nn. 35-38), en el que se explicitan los efectos del
sacramento— se concluye la liturgia del sacramento.
Liturgia
eucarística. Todo procede regularmente. Merecen señalarse
varios formularios (Hanc igitur propio para el canon romano [OC nn. 31. c; 58;
RC n. 41], oraciones sobre las ofrendas y después de la comunión,
antífona de la comunión [OC nn. 58-60; RC nn. 40.42-43]), en los
que aparece la temática de los frutos del sacramento con más
amplitud de la que se expresa en el rito: testimonio del evangelio, fuerza
particular, unidad de la fe, configuración con Cristo, abundancia
de dones, misión profética del pueblo de Dios, etc. Recordemos la
facultad de la comunión bajo las dos especies para los confirmados, a
quienes podrán unirse sus padrinos, padres y catequistas (OC n. 32;
RC lo omite).
Ritos conclusivos.
Para la bendición final se proponen dos fórmulas: la
primera (OC n. 33; RC
n. 44), de
carácter trinitario, que atribuye a cada persona divina un determinado
efecto (filiación, confesión de la fe, unidad y gozo
eterno); la segunda (OC ib; RC n. 45), en cambio, es una oración sobre
el pueblo, que adopta casi la misma temática.
439
RITO DE
RITO DE
Confirmación
ritual sin
separación alguna con el bautismo. "Según el antiguo uso
—se lee en el n. 34—, conservado en la liturgia romana, no se
bautice a ningún adulto sin que reciba a continuación del
bautismo la confirmación". Es de desear que sea el obispo
mismo el que presida y confiera en la vigilia pascual los sacramentos de la
iniciación (cf n. 44): su ausencia no debe ser razón para que
disminuya la importancia del acto; en tal caso queda autorizado a presidir
el rito de la confirmación el sacerdote que haya administrado
el bautismo (cf n. 228).
Para subrayar la
continuidad se ha suprimido la unción posbautismal con el crisma
(n. 223). El paso entre el bautismo y la confirmación se realiza
ejecutando un cántico.
El rito de la
confirmación queda, pues, bastante abreviado, según este esquema
(nn. 227-231): alocución del ministro, invitación a la
oración seguida de una pausa de silencio, imposición de las manos
sobre los confirmandos con la oración epiclética,
presentación de cada uno de los candidatos, unción crismal
cruciforme en la frente del candidato con la fórmula sacramental,
saludo de paz. La alocución dirigida a los neófitos recuerda
el significado del bautismo (renacimiento a la vida de hijos de Dios y
miembros de Cristo y de su pueblo sacerdotal) y anuncia el don pentecostal
del Espíritu comunicado a los bautizados por los apóstoles y sus
sucesores. Describe después, como resumiendo la teología de la
confirmación, los efectos del don del Espíritu: una fuerza divina
interior, perfecta conformidad con Cristo con miras al testimonio del
misterio pascual, participación más activa en la
edificación del cuerpo de Cristo. La invitación a la oración
concreta la finalidad de la acción sacramental: plena efusión
Confirmación
del Espíritu
sobre los neófitos para que sean "confirmados" y mediante la
unción se hagan conformes a Cristo. La imposición de las manos
sobre todos los confirmandos va acompañada de la invocación del
Espíritu y la plenitud de sus dones. La unción crismal se realiza
en forma de cruz sobre la frente del candidato con las palabras: "Recibe
por esta señal el don del Espíritu Santo". Finalmente, el
saludo de paz, al que sigue la celebración de la eucaristía, en
la cual los neófitos y confirmados participan por primera vez en
unión con toda la asamblea.
Idéntico
rito se prevé para los niños en edad de catecismo y sin bautizar;
para tales niños se ha adaptado, en efecto, todo el proceso
iniciático de los adultos, con la reimplantación del catecumenado
y de la unidad celebrativa de los tres sacramentos en la vigilia pascual (RICA
c. 5, nn. 306-369).
IV. Aspectos
doctrinales
La propuesta
ritual ni presenta ni pretende presentar una nueva teología
orgánica de la confirmación; pero el hecho mismo de su reposición
dentro del cuadro iniciático, además de subrayar otros aspectos y
elementos, invita a repensar el significado de este sacramento. En efecto, si
la praxis de la celebración autónoma de la confirmación
había sido el punto de partida para una típica teología
occidental de tal sacramento todavía vigente, la nueva praxis, que
celebra la confirmación en estrecha relación con el bautismo
y la eucaristía, está orientada a promover una renovada
reflexión teológica sobre la confirmación en su
relación con la iniciación, con la historia
salvífica, con la iglesia y con la existencia del con
440
firmado [/ infla,
1-4]: son éstos los puntos que la reforma ha clarificado y que
parecen capaces de hacer redescubrir la plenitud del significado del
sacramento.
1.
La
confirmación es el segundo sacramento, y se encuentra en una
posición intermedia entre el bautismo y la eucaristía,
representando la segunda etapa del camino hacia la plena entrada en el misterio
de Cristo y de la iglesia. "Los bautizados avanzan por el camino de
la iniciación cristiana por medio del sacramento de la
confirmación, por el que reciben la efusión del Espíritu
Santo, que fue enviado por el Señor sobre los apóstoles en el
día de pentecostés" (RC n. 1).
Debido a esta
unidad entre los tres sacramentos, la confirmación exige ser comprendida
y valorada en su relación dinámica con el
441
bautismo y la
eucaristía. Con respecto al bautismo, la confirmación
representa un desarrollo, una plenitud, un perfeccionamiento. No es que el
bautismo sea de suyo incompleto e imperfecto, sino en el sentido de
que necesita de una expresión ritual explicativa y significativa de la
realidad bautismal.
A esta fase
ritual intermedia de la iniciación —de donde procede primeramente
la distinción y después la separación del rito de la
confirmación— se ha atribuido en el plano objetivo el don del
Espíritu, mientras en un plano subjetivo se ha hablado de los efectos de
perfección y crecimiento. La confirmación, sin embargo,
pertenece al nacimiento del cristiano y constituye un momento de su
desarrollo; no ciertamente de madurez autónoma y personal, sino
más bien en relación con la eucaristía, tercer momento
de la iniciación. El desarrollo se refiere primariamente a la
realidad sacramental del bautismo, al nacimiento del hombre nuevo y a su
inserción en el misterio de Cristo y de la iglesia. Bautismo y confirmación,
podría decirse, constituyen un todo celebrado en dos tiempos: ambos
sacramentos conforman con Cristo y agregan a la iglesia para una misión
en el mundo, hacen del creyente un nuevo ser en Cristo resucitado y lo
vivifican mediante el Espíritu. Bautismo y confirmación son dos
realidades complementarias en la constitución del ser cristiano. El
problema no consiste en preguntarse qué aporta de nuevo y de
más la confirmación, sino más bien en saber qué
aspectos de la realidad pascual y eclesial pone en evidencia. El misterio
pascual de Cristo se explícita aquí en el misterio pentecostal,
mientras la incorporación a la iglesia como comunidad animada por el
Espíritu implica un papel específico y activo del confirmado.
Confirmación
Ambos sacramentos
introducen en la comunidad eucarística, supremo signo de la pascua
de Cristo, plena expresión de la iglesia vivificada por el
Espíritu. La primera participación de cada uno en el misterio
pascual y pentecostal de Cristo resulta participación festiva y plenaria
en el misterio mismo como sacrificio de la nueva alianza, fuente de unidad y de
vida. La unidad de la confirmación con el bautismo y la
eucaristía es anterior a toda distinción, así como a toda
eventual separación: desde el momento en que llegase a perder su
vinculación con el bautismo, se oscurecería su típica
connotación, su identidad de sacramento de la iniciación. Los
renacidos en Cristo y animados por su Espíritu, los que han
participado en el misterio pascual, se congregan para celebrar
juntos el
memorial de la muerte y resurrección, para revivir ritualmente la
gracia bautismal y crismal.
La
ordenación de la confirmación a la eucaristía se comprende
mucho mejor partiendo del vínculo que une los tres sacramentos: el
Espíritu de Cristo, cuya función es llevar a plenitud la obra del
mismo Cristo. Y es mediante la eucaristía como Cristo unifica y
construye su iglesia, haciéndola cuerpo y espíritu suyo.
2.
Confirmación
El acontecimiento
salvífico con el que la confirmación viene repetidamente
relacionada es el de Pentecostés, primera y plena efusión del
Espíritu por parte del Resucitado. Pero Pentecostés es
inseparable de la pascua; la participación en el misterio pascual
está, pues, reclamando la participación en el don
pentecostal, manantial de la vida nueva en Cristo para toda la comu
nidad de los
creyentes. Los documentos de la reforma, siguiendo la más antigua
tradición, repiten hasta la saciedad que en la confirmación se
derrama el Espíritu enviado por Cristo en pentecostés; por lo que
la confirmación resulta ser el pentecostés del cristiano bautizado.
Se traslada así la atención desde el momento sacramental y
el análisis de sus efectos sobre cada bautizado al acontecimiento
salvífico, que en el sacramento se celebra y se actualiza para que el
destinatario participe de la pascua en toda su plenitud, a saber: del don del
Espíritu que descendió sobre Cristo en el bautismo para su
investidura mesiánica y fue enviado sobre la iglesia al comienzo de su
misión en el mundo (que el candidato está por su parte
llamado a realizar). Nos vemos reconducidos hacia la perspectiva
histórico-salvífica y eclesial, que es el dato tradicional y
constante en la historia del sacramento.
Tal reajuste de
la confirmación dentro de la historia de la salvación, a la
vez que presenta los sacramentos como continuación de las intervenciones
divinas realizadas en la historia de Israel y de Cristo, permite comprender el
significado exacto de la acción del Espíritu en la
confirmación. Ésta recibe luz y
sentido de los
acontecimientos bíblicos a través de los cuales se manifiesta
la obra del Espíritu.
Podemos aludir
ante todo a la
442
oración
consagratoria del crisma que recita el obispo en la misa del jueves santo, cuyo
primer formulario traza una síntesis de la acción del
Espíritu desde las aguas creadoras hasta el bautismo de Cristo,
mientras el segundo se centra en el misterio pascual (RBO que^ se encuentra
en el Ritual de Órdenes, pp. 216-218).
La serie de
lecturas para la liturgia de la palabra (OC nn. 61-65; RC nn. 63-103)
ofrece un cuadro completo de la acción del Espíritu, desde el
anuncio y la promesa a través de los profetas hasta la efusión
plena sobre Cristo y el don enviado por él a la iglesia en el día
de pentecostés. Las dos privilegiadas e iluminadoras intervenciones
bíblicas que se insertan en toda la trama histórica y
profética son el
bautismo de
Jesús (OC n. 65,4; RC
n. 95) y
pentecostés (OC n. 62,2; RC n. 69).
Durante el
bautismo en el Jordán desciende el Espíritu y se posa sobre
Jesús en forma extraordinaria y visible; lo manifiesta como Hijo de
Dios, siervo de Yavé y ungido del Señor. La venida del
Espíritu se equipara a una unción profética (cf
Le 4,18), en cuanto que acredita a Jesús entre los hombres, confirma el
mandato divino y señala la investidura y la inauguración de
su obra de siervo paciente. Lo que representó para la misión de
Jesús la venida del Espíritu en el Jordán lo representa
para la iglesia la venida del Espíritu en pentecostés. La
iglesia recibe el bautismo en el Espíritu, nace como nuevo pueblo
animado por el Espíritu (profé
tico), obtiene la
investidura apostólico-misionera y la fuerza prometida por
Cristo (He 1,8) para poder anunciar y testimoniar que sólo Cristo es la
salvación. Lo que sobre la iglesia se realizó en el día de
pentecostés se realiza sobre todo
443
bautizado en el
sacramento de la confirmación: una prolongación, una
repetición en el orden individual del proceso realizado en Cristo y
en su iglesia.
En la
confirmación se obtiene la plenitud del Espíritu o el don del
Espíritu en su plenitud. La reflexión teológica no ha
tratado sino de especificar los efectos del Espíritu. En efecto,
recogiendo los diversos textos de la reforma litúrgica, se logra
una serie de aplicaciones que corresponden a las distintas hipótesis
todavía en curso (salvo la idea de la madurez): fortalecimiento o
confirmación del bautismo, enriquecimiento con una fuerza especial,
gracia de la fortaleza, conformidad con Cristo, etc. Se trata, en resumen,
de modalidades en la acción del Espíritu Santo, cuyo don es el
efecto propio y característico. Querer identificar un efecto
específico olvidando los demás equivale a poner
límites a la acción del Espíritu. Mejor es dejar
espacio a la acción multiforme del Espíritu, acción
que no se agota en el momento ritual ni está condicionada por la
situación histórica del candidato.
3.
La función
reservada al obispo, según el rito romano, de presidir normalmente la
celebración de la
Confirmación
confirmación
y, según los ritos orientales, su intervención al menos indirecta
como consagrante del crisma, no se interpreta como un acto jurisdiccional: es
más bien el acto del cabeza de la comunidad cristiana, o de la iglesia
local, que pone el sello a la incorporación del bautizado y que,
comunicándole el Espíritu, le confía oficialmente una
misión propia de la iglesia entera. "El ministro originario de la
confirmación —se lee en el RC n. 7— es el obispo.
Ordinariamente el sacramento es administrado por él mismo, con
lo cual se hace una referencia más abierta a la primera
efusión del Espíritu Santo... Así la recepción
del Espíritu Santo por el ministerio del obispo demuestra más
estrechamente el vínculo que une a los confirmandos a la iglesia y el
mandato recibido de dar testimonio de Cristo entre los hombres".
Es el obispo el signo viviente de la comunión eclesial; el garante de la
unidad de la iglesia y de la autenticidad del testimonio, así como de la
ortodoxia de la fe, el punto de unión con la iglesia de
pentecostés.
Con la
confirmación no se obtiene una nueva incorporación a la
iglesia, ya que es con el bautismo como somos agregados a ella y participamos
de su misión; pero la confirmación expresa y crea un
"vínculo más perfecto" (LG 11) y exige un compromiso
más eficaz para su "edificación en la fe y en la
caridad" (RC n. 2). La confirmación, dilatando la vida
bautismal, hace que el confirmado participe más explícitamente en
la misión de la iglesia y lo orienta a vivirla en plena comunión
con ella. La confirmación hace comprender, por tanto, que la
vida bautismal se realiza en la iglesia y para la iglesia, en unión con
los demás bautizados. Este pensamiento reaparece tam
Confirmación
bien en algunos
formularios del rito (OC nn. 22; 30; 33; etc.; RC nn. 26; 35-38; 44).
Todo sacramento,
por lo demás, es un acto realizado por la iglesia congregada en asamblea
y está destinado a su edificación. Ello vale por un
título particular para la confirmación, en la que, comenzando
por su pastor, se congrega y manifiesta la iglesia como comunidad nacida
de Pentecostés y animada por el Espíritu del Resucitado.
Mientras celebra el sacramento de la confirmación, está la
iglesia reavivando el acontecimiento de Pentecostés; toma conciencia de
ser y vivir bajo la acción del Espíritu; reconoce su identidad de
pueblo profético, sacerdotal y real, y se siente urgida a dar ante el
mundo testimonio de su Señor.
El confirmado
viene a compartir la condición y la misión de este nuevo pueblo
creado por el Espíritu: la condición de un pueblo
estructurado con ministerios y carismas, con diversidad de vocaciones
y de papeles, en su camino hacia la verdad plena del evangelio, en
crecimiento y desarrollo incesantes hacia una mayor unidad y santidad de
vida; y la misión es realizada como un servicio al reino de Dios, como
un anuncio libre y valiente de la palabra, como una acción
profética de denuncia del pecado y de reconciliación en el mundo
y para el mundo.
4.
444
cuerpo eclesial:
el confirmado aparece constantemente como miembro de la iglesia.
La
perfección no es, sin embargo, un fruto instantáneo, ni la fuerza
para el testimonio es exclusiva de la confirmación; pero la integración
más expresiva en la iglesia de Pentecostés justifica en parte ese
acento tradicional. El Espíritu es principio de vida nueva, y prenda al
mismo tiempo de la realidad futura. En este sentido la confirmación
aparece como un sacramento abierto al desarrollo, al crecimiento, a la
madurez, al testimonio, a la realización del reino, es decir, a la
parusía. Pero estaría fuera de lugar hablar de madurez o de
perfección (cristiano adulto o perfecto) como efecto propio de la
confirmación, ya que ello no corresponde a un sacramento de la
iniciación, y menos aún en el caso de la celebración
unitaria de la confirmación con el bautismo.
La confirmado, al
menos en su genuina acepción, se refiere explícitamente a la
fe, y el RC con la renovación de las promesas bautismales revaloriza
tal elemento para quienes no tuvieron la posibilidad de profesarla en el acto
del bautismo. La fe exigida, en efecto, es la bautismal, confesada ante la
iglesia y su legítimo pastor. Tal rito, al reafirmar el estrecho
vínculo con el bautismo, del que una vez más aparece como
explicitación, reafirma cómo todo sacramento debe
considerarse una señal de fe; intenta garantizar la ortodoxia de la
fe del candidato en una única confesión eclesial. Considera
al mismo tiempo el compromiso, juntamente con la iglesia, de un coherente y
decidido testimonio, que se refiere propiamente a la fe, según varias
alusiones del mismo rito (OC nn. 30; 33; 58-60; RC nn. 35-34; 44; MRC, Misas
rituales 4, A.B.C, páginas 775-779).
445
V. Orientaciones
pastorales
La reforma litúrgica
ha partido de los fundamentos tradicionales y teológicos para presentar
una renovación de toda la pastoral de la confirmación, en la
que la reforma ritual aparece como un momento privilegiado. Los proyectos e
intentos, aplicados en estos últimos años, de una pastoral
más orgánica y más eficaz de la confirmación se han
recogido en buena parte en el RC y han recibido un nuevo impulso
precisamente en fuerza de la nueva fisonomía que se ha dado al
sacramento en el cuadro de la iniciación. Las cuestiones con que hoy se
encuentran los agentes de pastoral se refieren particularmente a la edad, la
catequesis, la preparación y la celebración de la confirmación
[/ infra, I -4 ].
1. EL PROBLEMA DK
sión a
Cristo el Señor y la necesi
Confirmación
dad de dar
testimonio de él, (que) las conferencias episcopales puedan determinar
una edad más idónea, de tal modo que el sacramento se confiera
cuando los niños son ya algo mayores y han recibido una conveniente
formación" (n. 11). Son varios los episcopados que han hecho uso de
tal facultad, entre ellos el español [/ supra, I, 5].
Prescindiendo de
lo discutible de la decisión, el debate ha servido al menos para
replantear el problema de la iniciación de los niños de una
manera integral, con los límites y los riesgos de una cierta
teología del sacramento. Si existe un problema de edad, se refiere
en primer lugar al bautismo, y, en segundo lugar, a la primera
eucaristía. Para la confirmación sólo se ha planteado
en los últimos años, con motivaciones que tendrían
aplicación a todo sacramento y en particular a toda la iniciación
cristiana. El abandono de la práctica religiosa y de la misma fe,
así como la falta de preparación de los candidatos, recaen sobre
el aludido modelo de iniciación heredado de un tipo de sociedad ya
superado: el remedio no puede consistir en la dilación de un solo
sacramento, en reparar un fallo, sino en revisar todo el procedimiento
iniciático, que exige una auténtica formación en la fe, y
no una simple catequesis, por muy actualizada que se la quiera.
Por otra parte,
se nos ha dado una deficiente teología de la confirmación,
vista como función personal y desde una mayor eficacia, olvidando
la dimensión históricosalvífica y eclesial y, sobre
todo, el contexto integral de la iniciación, con una
interpretación unilateral de la confirmación como sacramento del
crecimiento, de la madurez cristiana (sin distinguir entre la psicológica
y anagráfica e ignorando'la de la fe) o del testimonio. El
Confirmación
desplazamiento de
la confirmación para después de la eucaristía revoluciona
y contradice toda la tradición eclesial, incluso la conciencia
actual, que considera la eucaristía como sacramento terminal de la
iniciación.
El peligro que de
aquí se deriva es la instrumentalización de la
confirmación y su transformación en rito de paso. La
confirmación se utiliza para cubrir vacíos pastorales mucho
más profundos y para sacralizar los momentos dé la
existencia humana. Mientras se valora una edad para la confirmación de
los niños, se vuelve menos comprensible, o bien una
excepción, la praxis normal y normativa de la confirmación
para los adultos, sin hablar de la praxis oriental para los niños. No
existen de suyo sacramentos del nacimiento y de la pubertad o de la
adolescencia: la referencia es solamente al misterio de Cristo y a la fe
del candidato.
En la
práctica, las recientes disposiciones de algunas iglesias locales
no debieran impedir un pluralismo de soluciones (desde la confirmación
unida al bautismo de los niños hasta la confirmación en la edad
de la discreción), para que se haga más evidente la
relación de la confirmación con el bautismo, y al mismo tiempo se
cree un clima eclesial de maduración de la fe y de los sujetos y
familias, en el que encuentre este sacramento su real justificación y su
auténtico significado.
2.
de pasar de una
sumaria doctrina cristiana sobre el sacramento, impartida a los
confirmandos, a una verdadera y propia formación en la fe o, mejor, a
una experiencia de vida cristiana.
No podría
faltar una adecuada presentación del rito sacramental —que supere
la reductiva del catecismo de Pío X— relativa a la totalidad
del signo celebrativo y a la clarificación de cada uno de los signos de
mayor importancia (imposición de las manos, unción,
presencia del obispo), evitando acentuar ciertos elementos secundarios y
parciales. Del sacramento en su expresión ritual, visto como parte
integrante de la iniciación, es decir, de la incorporación a
Cristo y de la agregación a la iglesia o bien a la comunidad
eucarística, se pasará a asimilar el acontecimiento
salvífico que se celebra y la comunicación del Espíritu
Santo, cuya acción se revela aquí más intensa, pero no
exhaustiva, ya que invade toda la historia salvífica y llega a ser
principio y constante fuerza animadora de una vida filial y espiritual conforme
con Cristo, vida que reclama su desarrollo en el seno de la iglesia, el pueblo
real, sacerdotal y profético de la nueva alianza. La presencia del
obispo coopera a descubrir la inserción no sólo en la
pequeña comunidad, sino también en la iglesia local y, a través
de ella, en la iglesia universal.
Se comprende, por
tanto, cuan necesaria sea la gradual experiencia de vida eclesial, de
comportamiento, de opciones y actitudes bien determinadas; a lo cual
cooperarán el contacto con la palabra de Dios, los encuentros de
oración, las celebraciones comunitarias y los testimonios de
vida concretos, de suerte que lleguen a despertar la conciencia cristiana
eclesial y la orientación hacia claras responsabilidades que
447
asumir dentro de
la familia, de la escuela y de la participación eucarística.
A fin de no incurrir en el peligro de aislar a los confirmandos ni de
crearles un ambiente artificial y falto de realismo, deberá fomentarse
una relación directa con la comunidad cristiana parroquial,
concretamente sentida como una familia de creyentes, articulada en sus
ministerios y en la pluralidad de sus vocaciones, congregada en torno a la
eucaristía, comprometida en un servicio de caridad y solidaridad con
todos los hombres.
Mientras la
catequesis para niños tiene la posibilidad de desarrollarse dentro de un
tiempo determinado y en un ambiente abierto al contexto eclesial, no sucede lo
mismo en el caso de los adultos, entre los que cada vez son más quienes
solicitan el sacramento de la confirmación particularmente con
ocasión de su matrimonio. En tal caso se plantea el problema de
qué cristiano vendría a ser el garante y el intermediario
de la iglesia que permaneciese al lado del candidato, o el problema de una
formación en la fe más amplia en cuanto a los contenidos y
más concreta en orden a un verdadero estilo cristiano de conducta.
De ahí la posibilidad de un método lormativo de la fe que no
quede condicionado a la celebración del matrimonio (RC 12).
3.
conjunto de
medios y elementos más adecuados para predisponer y fomentar un intenso
clima celebrativo. Ello comporta una acción pastoral
orgánica, distribuida en el tiempo y planificada a nivel diocesano,
o al menos zonal, sin dejarla ni limitarla a los confirmados, y a lo sumo a sus
padres.
La
sensibilización y adhesión de toda la comunidad parroquial habrá
de ser el primer objetivo que alcanzar, despertando el sentido del bautismo y
del compromiso en la vida eclesial. Se puede recurrir a ciertas fórmulas
ya experimentadas: el anuncio del carácter de la celebración
unos meses antes, la presentación de los candidatos a toda la
comunidad en el momento de la eucaristía dominical, la oración
común con aportaciones y oportunas intervenciones en la plegaria
universal, alguna celebración de la palabra dentro del ciclo de instrucciones
y con miras al día de la celebración del sacramento.
Además de
una específica preparación de los candidatos con alguna
propuesta de retiro en compañía de los catequistas, cuya
constitución en grupo estable y eficaz es una exigencia o necesidad
inaplazable como núcleo dirigente y estimulante, hasta hacerlo
responsable de los criterios de admisión a la confirmación,
no debe faltar la de los padres y padrinos, mediante encuentros en familia, por
grupos o con carácter comunitario.
El RC reconoce en
los padres la función primaria en la iniciación de sus hijos
respecto a la vida sacramental (n. 3), responsabilidad que no se les puede
confiar sin una efectiva ayuda o colaboración de otras personas y una
adecuada instrucción sobre el sacramento, así como sobre los
criterios y medios para educar a los hijos en la fe. Más delicado es el
problema de los
Confirmación
padrinos y
madrinas, una institución que tiene todavía su razón
de ser, si bien a condición de restaurarla fijando el criterio de
elección de las personas y determinando su función educativa en
el período que sigue a la confirmación. Un padrino que
solamente aparece en el día de la confirmación es un elemento
que desvirtúa el significado del sacramento, transformándolo en
un rito convencional. La elección, pues, que no puede reservarse
únicamente a-la familia o a los muchachos, sino que ha de
convenirse con los responsables de la catequesis, debe tender a recaer en
personas maduras, serias, capaces de poder ejercer su influjo en la familia y
en los confirmandos.
El aspecto
eclesial de la confirmación está fuertemente relacionado
con la figura del obispo, cuya efectiva presencia local, en las grandes
diócesis, no deja de chocar con notables dificultades prácticas.
En este caso parece más conveniente un encuentro personal en otra
circunstancia, o bien una carta o un mensaje que haga escuchar su voz. El
recurso a otros obispos, jubilados o de otras sedes, como a personas
delegadas para tal ocasión, pero desconocidas para los confirmandos,
corre el peligro de hacer aparecer al ministro como un elemento decorativo
o de poder personal, con perjuicio de la valoración eclesial de la
confirmación.
En cuanto al
tiempo de la preparación, y por tanto de la celebración,
es preferible sin más el tiempo pascual por su misma naturaleza de
plenitud de la pascua y de experiencia de vida eclesial.
Para que la
preparación a la celebración de la confirmación lleve a un
redescubrimiento no sólo del bautismo, sino también de la eucaristía,
se deberá procurar que ésta resulte de verdad el momento cul448
minante de la
iniciación, la máxima expresión de la
agregación al cuerpo de Cristo, el encuentro con toda la familia
cristiana, la participación comunitaria en la pascua del
Señor. La confirmación completa, en efecto, la iniciación
bautismal e introduce en la eucaristía, habitual celebración de
cuantos están ya iniciados en el misterio del Señor. El no
mantener el orden tradicional de los tres sacramentos no debe hacer olvidar que
la confirmación está por su misma naturaleza ordenada a la
eucaristía: la participación de los confirmados en la eucaristía
tiene un valor y un significado enteramente propio, en cuanto que proclama
ya el derecho del confirmado, ya una específica modalidad de
participación en el supremo acto vital de la iglesia, un reavivar con
los hermanos la misma realidad bautismal y crismal.
4.
Un clima y
ambiente cordial de acogida, una esmerada selección de las lecturas y de
los cánticos, una gran atención al ritmo de la celebración
oportunamente orientada y comentada: he ahí las condiciones
indispensables para dar realce a la vitalidad y a la eficacia del rito sacramental.
449
La acogida
reservada al obispo o a su delegado no debe oscurecer la de los confirmandos,
quienes precisamente mediante este rito son acogidos por la comunidad
eclesial para asumir una función más explícita y
activa dentro de la misma. Favorézcase la relación directa y
personal entre obispo y confirmandos.
La
elección de las lecturas —exceptuados algunos domingos privilegiados—
se orientará por el leccionario de la confirmación, es
decir, por los pasajes conocidos o significativos, de los que se servirá
la homilía para ambientar el verdadero sentido del sacramento. Conviene
recordar que la liturgia de la palabra tiene también como finalidad
reavivar la fe de los presentes en el don del Espíritu concedido ahora a
los confirmandos, así como en su acción sobre toda la comunidad
cristiana, como fruto de la pascua de Cristo.
No deja de ser un
momento relevante la renovación de las promesas bautismales (o,
mejor, de la fe), que expresa no sólo la relación esencial con el
bautismo, sino también la personalización de esa misma
fe bautismal de los confirmandos y la adhesión final de toda la
asamblea.
En la
intervención explicativa del rito conviene subrayar la unidad de los
distintos momentos y su progresivo desarrollo, que culmina en los dos
gestos de la imposición de las manos y de la unción. Aun cuando
el primero no sea esencial al sacramento, favorece, sin embargo, .su
comprensión y coopera, con la riqueza de su formulario, a destacar la
acción plenaria del Espíritu, evocando a la vez el antiguo rito
bíblico y apostólico. Un breve comentario ilustrativo del gesto
de la unción con su relativa fórmula (signo realizado como sello
o ratifi
Confirmación
cación del
Espíritu dado como don en orden a una existencia espiritual)
vendría facilitado por el espacio de tiempo necesario, en especial
cuando es notable el número de confirmandos. Para que el clima de
recogimiento no decaiga ni degenere en un acto recreativo, se recomienda
la ejecución de un cántico o el recitado de brevísimos
versículos tomados de las lecturas bíblicas. Otro momento que se
ha de cuidar es la oración universal: nada impide que las intenciones
propuestas puedan sustituirse o verse enriquecidas con otras, que
ojalá puedan ser presentadas por uno o más neoconfirmados.
La
confirmación alcanza en la eucaristía, culminación de la
iniciación, su plena expresión con la comunión
sacramental (incluso del cáliz) de los neoconfirmados, con sus padres y
padrinos. Si los confirmados hubieran recibido ya la eucaristía, no
se omita hacer notar cómo desde este momento su participación
en ella adquiere un significado más pleno merced a su definitiva
incorporación al cuerpo de la iglesia. Cuando no se celebre la
eucaristía, se dará realce al menos al padrenuestro como
oración de todos los hijos de Dios, animados por el Espíritu de
Cristo en el seno de la familia eclesial.
VI.
Conclusión
A pesar del
debate teológico en curso y la diversidad de posturas pastorales sobre
el sacramento de la confirmación, hoy, merced también a la nueva
propuesta litúrgica, estamos en grado de poder situarlo en el
exacto lugar dentro del organismo sacramental y de comprender mejor
su significado para la vida de cada uno y de la iglesia ". El dato que con
más claridad brota
Confirmación
de la historia y
de la misma conciencia eclesial es su relación intrínseca
con la iniciación cristiana, y en particular con el bautismo. Se
relaciona con dicho sacramento en el plano ritual (aspecto jamás desmentido,
ni aun después de su separación, y hoy reafirmado) y en el plano
conceptual o teológico, en cuanto que representa su desarrollo y
complemento. La confirmación subraya, significa y celebra la dimensión
pneumatológica de la realidad bautismal, el don del Espíritu
como principio de vida nueva. Propiamente la atención al don del
Espíritu, elemento característico del tiempo y del nuevo pueblo
mesiánico-escatológico, ha llevado a la valoración de
los ritos posbautismales, y por tanto a la celebración
explícita del acontecimiento de Pentecostés, que fue la gran experiencia
de la iglesia después de la pascual. De esta manera los dos hechos
salvíficos, pascua y Pentecostés, se encuentran en el origen
de la doble celebración del bautismo y de la confirmación,
como modalidades ritual-sacramentales
para participar
en la pascua y en el don pentecostal del Resucitado.
El don del
Espíritu, que no es acto de un solo instante, alcanza en la
confirmación su momento culminante y se derrama con la plenitud de
su poder, no simplemente en un solo efecto específico de fuerza, de
crecimiento, de testimonio, etc. En la sistematización teológica
occidental que se dio después de la separación de la
confirmación y el bautismo, se miró más a los efectos
concretos que a su causa o principio, y más a la situación
histórica o existencial del candidato que a su condición de
bautizado o a su relación con la iglesia.
Aun reconociendo
la legitimidad del desarrollo tanto ritual como teológico, hoy parece
una exigencia
450
ineludible la
inclusión de la confirmación en el proceso iniciático
(por tanto, con el camino de fe y con los dos sacramentos del bautismo y de la
eucaristía); en primer lugar, a nivel de reflexión
teológica, que debe fundarse en la economía salvífica,
resaltando el papel del'Espíritu en la vida de Cristo y de la iglesia, y
por tanto en la vida de cada bautizado; Espíritu que permite a este
último realizar y desarrollar, en y con la iglesia, las dimensiones y
las potencialidades de su nueva existencia y misión bautismal; en
segundo lugar, en el plano celebrativo: si bien la unidad ritual,
especialmente en el caso del bautismo de los niños, es un ideal
casi utópico, parece al menos deseable una pluralidad de formas
celebrativas y, en todo caso, el oportuno realce de los elementos concordantes,
que la reforma litúrgica felizmente ha introducido.
[/
Iniciación cristiana].
NOTAS: ' A.
Caprioli, Saggio bibl. sulla confermazione nelle ricerche storico-teologiche dal
1946 al 1973. en ScC 105 (1975) 645-659; A.-G. Martimort, Dix ans de travaux
sur le sacrement de confirmation, en Bulletin de litlérature
ecclésiastique 2 (1978) 645-659 —
45!
perfeccionamiento
de la gracia bautismal: crecimiento, perfección, maduración,
confirmación del bautizado, etc. Sin ocuparnos de la diversidad de
uso y de sentido de confirmatio en la época patrística y
posterior, debemos de reconocer que no parece correcto aplicar al sacramento en
sí mismo, separado del bautismo, el significado que podía
asumir cuando formaba una sola cosa con el bautismo ni el significado que le
derivaría del simple hecho de la separación ritual. Por tanto
posee un simple valor indicativo o bien completamente genérico del
bautismo. Para la terminología cf B. Botte, Le vocabulaire ancien de la
confirmation, en MD 54 (1958) 5-22; L. Ligier, o.c, 242-246. Acerca del
significado en la época patrística: J. Lécuyer, La
confirmation chez les Peres, en MD 54 (1958) 23-52; M. Magrassi, Confirmatione
baptismus perficitur, en VV.AA., La confermazione.,. (nota 6), 137152
— '' El texto latino-italiano de la homilía st encuentra en
VV.AA., La confermazione..., 273-278 — l2 Para la historia
litúrgica de la confirmación en este período, cf R.
Falsini, // rilo delta confermazione nella chiesa latina, en VV.AA., La
confermazione..., 179-191; G. Riggio, Liturgia e pastorale della confermazione
nei secc. XJ-XII-XIII, en EL 87 (1973) 445472; 88 (1974) 3-31 — IJ
Para la historia de este último período se puede consultar E.
Diebold, L'initialion du concite de Trente au décret "Quam
Singulari", en VV.AA., Communion solennelle et profession de foi,
Cerf, París 1962, 47-84; P. Stella, La confermazione nella catechesi e
nella pastorale da Tremo al Val. 1, en RL 59 (3/1972) 340-351; G. Riggio,
Leía della confermazione ¡n Italia, studio storico, en RL 59 (3/1972)
402-414 — '" Esta decisión sobre el rito esencial de la
confirmación ha provocado una grave contrariedad entre los
estudiosos. En efecto, la tradición untigua de las iglesias orientales y
occidentales untes de los ss. iv-v, que continúa en la iglesia
occidental hasta los ss. vii-vm y permanece viva en la iglesia copta,
etíope y nestoriana, concuerda en lo relativo a la imposición de
las manos con la oración epiclética. La solución udoptada
por la constitución apostólica de Pablo VI no estaría
conforme con la historia ni sería favorable al diálogo
ecuménico. Para rl problema, además del cit. volumen de L. I
igier, cf C. Vagaggini, Per unctionem chrismalts in fronte, quae fu manus
impositione. Una curiosa affermazione dell'Ordo confirmatumis del 1971
sulla materia prossima della confermazione, en Myslerion, nella celebrazio«r
del mistero di Cristo la vita della chiesa (Miscellanea S. Marsili), LDC,
Turín 1981,
,5
163-439 —
Sobre la discutibilidad de este cambio ritual, cf R. Falsini, La cresima nei
qiuidro delt'iniziazione: rapporto con il battesimo, en Mysterton...
448-450 — '* Para el
Confirmación
significado
bíblico de la expresión, cf J. De
R. Falsini
BIBLIOGRAFÍA:
1. Sobre la
confirmación en general
Arnau R., La
confirmación, sacramento de
la
incorporación a
El sacramento de
¡a confirmación y el desarrollo cristiano, en MS 5,
Cristiandad, Madrid 1984, 278-328; Tettamanzi D., Confirmación, en DETM,
Paulinas, Madrid 1975, 113-124; VV.AA., La confirmación, en
"Phase" 16 (1963) 129-152; La confirmación, ib, 69 (1972)
195-302; El sacramento del Espíritu, PPC Madrid 1976.
2. Pastoral y
celebración de la confirmación
Adam A., La
confirmación y la cura de almas, Herder, Barcelona 1962;
Aldazábal J -Roca J., Confirmación, "Dossiers CPL" 10,
Barcelona 1980; Béraudy R., La confirmación, en A.G. Martimort,
Consagración
de vírgenes
confirmación
entre los datos teológicos y la práctica pastoral, en
"Phase" 94 (1976) 279294; Llopart E., Les formules de la
confirmado en el Pontifical Roma, en "Litúrgica" 2
(Scripta et Documenta 10), Montserrat 1958, 121-180; Mostaza A., El problema
del ministro extraordinario de la confirmación, Salamanca 1961; En torno
al ministro de la confirmación, en "Rev. Esp. de Derecho
Canónico" 36 (1980) 495-498; Oriol J., El nuevo Ritual de la
confirmación, en "Phase" 68 (1972) 169-178; Peinado M., El
derecho del niño bautizado, ib,
143 (1984)
451-453; Ruffini E., La edad para recibir la confirmación, en
"Concilium" 38 (1968) 192-198.
SUMARIO: I.
Síntesis histórica del rito de la consagración de
vírgenes; 1. Orígenes y primeros desarrollos (ss. lv-vm): a) En
la segunda mitad del s. IV, b) En los ss. v-vm. Los primeros textos
litúrgicos; 2. La "consecratio virginum" en el pontifical
romanogermánico; 3. Dos revisiones de la "consecratio
virginum" en el s. xin: a) El pontifical de la curia romana en el s. XIII,
b) El pontifical de
G. Durando; 4. La
"consecrado virginum" en los pontificales oficiales: a) El pontifical
de Inocencio VIII (1485), b) El pontifical de Alejandro VI (1497), c) El
pontifical de 1520, d) El pontifical de Clemente VIII (1596) - II. El nuevo
rito de la consagración de vírgenes: 1. Las premisas: a) El
sujeto, b) El ministro, c) El día, d) El lugar; 2. Estructura del
rito: a) Llamada de las vírgenes, b) Homilía, c) Escrutinio, d)
Letanías de los santos, e) Renovación del "propositum
castitatis", f) Oración consagratoria, g) Las insignias de la
consagración, h) Liturgia eucarística; 3. Contenido teológico:
a) Un don del Padre, b) "Sponsa Christi", c) Consagrada por el
Espíritu, d) La iglesia y la virgen, e)
a) Falta un rito
de consagración virginal para varones, b) Cuestión de la
superioridad de la virginidad consagrada sobre el matrimonio;
Problemas jurídicos: a) Sobre el
sujeto, b) Sobre los requisitos, c) Sobre los efectos;
Problemas pastorales.
El rito de
consagración de las vírgenes (Ordo Consecrationis Virginum)
es la acción litúrgica con que la iglesia celebra la
decisión (propositum) de una virgen cristia
452
na (sponsa) de
consagrar a Cristo (sponsus) la propia virginidad, y por la que, invocando
sobre ella el don del Espíritu, la dedica para siempre al servicio
cultual del Señor y a una diaconía de amor en favor de la
comunidad eclesial.
I.
Síntesis histórica del rito de la consagración de
vírgenes
Este rito tiene
una historia amplia y compleja, que parte de Roma y en Roma se concluye,
después de sus diversas peregrinaciones por los países de allende
los Alpes. En el desarrollo histórico del rito pueden distinguirse
cuatro períodos: orígenes y primeros desarrollos, en Roma
(ss. v-vni); difusión y transformación en los países
franco-germánicos (ss. IXXII); retorno a Roma y elaboración
ulterior (ss. Xin-xv); fijación en el pontifical oficial de Roma
(ss. xvi-xx).
1.
ORÍGENES Y PRIMEROS DESARROLLOS (SS. iv-vni). Los estudiosos
sostienen unánimemente que, hasta el s. iv, la emisión del propositum
virginitatis no comportaba ninguna celebración litúrgica particular.
Pero en el s. iv, cuando la iglesia, después del edicto de Milán
(313), adquiere un papel específico y una fisonomía
jurídica en la misma sociedad civil, el status de las vírgenes
consagradas se organiza e institucionaliza progresivamente; y se
entrará en él mediante una celebración litúrgica.
a) En la segunda
mitad del siglo iv. Aunque fragmentariamente, algunas fuentes nos informan
sobre cómo se desarrollaba en Roma y, con ligeras diferencias, en todo
el Occidente, durante la segunda mitad del s. iv, el rito de la consagración
de las vírgenes '. La ceremonia 453
es sobria, aunque
no exenta de solemnidad: preside el obispo y son numerosos los fieles que
acuden al acto; el día es particularmente significativo (navidad,
epifanía, pascua); con toda probabilidad, se celebra la
eucaristía. La virgen consagrada se halla cerca del altar, rodeada de
otras vírgenes ya consagradas. La ceremonia ritual se desarrollaba
así: proclamación de las lecturas; homilía del obispo, que
evoca el sentido del rito y las obligaciones inherentes a la consagración;
renovación, tal vez, ante la comunidad eclesial del propositum formulado
ya privadamente ante el obispo; oración bendicional sobre la virgen2;
entrega del velo virginalnupcial, previamente colocado sobre el
altar, símbolo de Cristo que santifica a la virgen '.
b) En los ss.
y-vía. Los primeros textos litúrgicos. Hasta ahora nos hemos
referido a fuentes literarias; pero a partir del s. v disponemos ya
de fuentes litúrgicas, que nos transmiten los textos eucológicos
usados en la consagración de las vírgenes: se trata de tres antiguos
sacramentarlos romanos —el leoniano o veronense, el gelasiano, el
gregoriano—, cuyo testimonio examinaremos separadamente a
continuación:
• el
Sacramentarium veronense, la más antigua colección de textos
litúrgicos (ss. v-vi)*, trae fórmulas para la consagración
de las vírgenes en dos momentos: el 29 de junio, fiesta de los santos
Pedro y Pablo, está previsto un Hanc igitur propio, siempre que tenga
lugar en dicho illa la consagración de vírgenes (n. 283); a
finales del mes de septiembre, bajo el título de Ad vírgenes
sacras, figuran la colecta Réspice, Domine (n. 1103) y la célebre
plegaria Deus, castorum corporum
Consagración
de vírgenes
(n. 1104).
Extensa y redactada según la estructura propia de las preces
eucarísticas, constituye el texto fundamental del rito de la
consagración. Por la perfección formal y por la riqueza de su
contenido, la plegaria Deus, castorum corporum perdurará a lo largo
de los siglos y aparecerá en todos los- ritos de consagración,
incluido el actual. La crítica le atribuye la paternidad a san
León Magno (f 461)'.
• el
Sacramentarium gelasianum, colección romana del s. vi con numerosas
ediciones galicanas6, en la sección CIII reproduce las fórmulas
del veronense: la colecta Réspice (n. 787) y la oración consagratoria
Deus, castorum corporum (nn. 788-790), ampliada con un pasaje que recoge la
parábola de las vírgenes prudentes y necias. El gelasiano
ofrece además tres nuevos formularios para la misa de consagración
de las vírgenes (nn. 793796; 797-799; 800-803), el primero y el
tercero de los cuales con su Hanc igitur propio, y dos fórmulas de
probable origen galicano': una
Benedictio
vestimentorum virginum
(n. 791) y una
Orado super ancillas Dei (n. 792), que probablemente en su origen tuviera un
valor consagratorio;
• el
Sacramentarium gregorianum atestigua la liturgia papal de los ss. vil y
vni. En lo concerniente al rito de la consagración de las
vírgenes, el gregoriano no contiene elementos nuevos, lo que hace
suponer que el rito se había estabilizado en un esquema definitivo
en los ss. v-vi.
El testimonio de
los sacraméntanos romanos es particularmente válido en el
orden eucológico: algunas fórmulas son usuales todavía;
en el plano ritual confirma e ilustra mejor la relación entre cele
Consagración
de vírgenes
bración
eucarística y consagración virginal: después de haberse
consagrado al Señor, las vírgenes llevan al altar las
ofrendas eucarísticas, y sus nombres están escritos en
dípticos que se leen antes del Communicaníes, y se
recuerda su ofrenda en el Hanc igitur.
2. LA
"CONSECRATIO VIRGINUM" EN EL PONTIFICAL ROMANOGERMÁNICO.
A partir de la segunda mitad del s. vm, las vicisitudes históricas de la
liturgia romana se reflejan puntualmente en el rito de la consagración
de las vírgenes. Ya en aquella época los viejos sacraméntanos
romanos —el veronense, el gelasiano antiguo— habían penetrado
en los países francogermánicos, pero por iniciativa privada;
ahora, como consecuencia de la política eclesiástica de Pipino el
Breve (t 768) y sobre todo de Cario Magno (f 814), la liturgia de Roma entra
allí oficialmente: respondiendo a su solicitud, el papa Adriano I
(t 795) remite al emperador el denominado sacramentario gregoriano,
que en sus intenciones debía ser el libro nuevo y unificador del culto
divino en los países franco-germánicos.
Pero sólo
en parte se iba a conseguir el proyecto cultural del emperador; en
efecto, no se podían cancelar de un golpe seculares tradiciones
cultuales de las poblaciones francas y germánicas; por otra parte,
tampoco la liturgia importada de Roma, particularmente sobria, se adaptaba
a todas las necesidades locales ni al genio de aquellas naciones. Así es
como se formó una liturgia mixta —romano-franca o
romano-germánica—, de la que el pontifical redactado hacia el
950 por un monje de la abadía de San Albán, en Maguncia, es
una de las más características expresiones ».
454
El pontifical de
Maguncia, reflejando inteligentemente una situación de hecho,
presenta dos rituales para la consagración de las vírgenes:
uno para.las vírgenes monjas (XX); otro para las vírgenes seglares
(XXIII). Nos detendremos sobre todo en el primero, en el que el sobrio ritual
romano se transforma en una amplia celebración de tono altamente
dramático y de carácter marcadamente nupcial:
antes de la misa, los padres, juntamente
con los dones para la celebración de la eucaristía, ofrecen la
virgen al obispo, quien la recibe tomándola de la mano, mientras la
virgen entona la antífona Ipsi sum desponsata (n. 1), sacada de
después
del canto del gradual o, según la tradición bávara, después
del evangelio, comienza la consagración: la virgen se acerca al altar
acompañada por el stipulator, es decir, aquel que, según el derecho
germánico, estipula el pacto nupcial haciéndose garante del
compromiso de la virgen y dando su consentimiento a las nupcias (nn. 4-5);
el obispo bendice las vestiduras
monacales recitando tres oraciones (nn. 6-8); y después, por separado,
bendice el velo, pronunciando sobre él la fórmula Capul
omnium
fidelium Deus (n.
9); la virgen despoja su cabeza de los ornamentos laicales y, una vez
recibidos de manos del obispo los vestidos monásticos, exceptuado el
velo, se retira al secretarium para vestírselos (n. 10).
• retorna a
la iglesia, se postra
455
ante el altar y
dice tres veces el versículo: Suscipe me, secundum eloquium tuum, et non
confundas me ab exspectatione mea (Sal 118,116) (n. 11), ya presente en el
ritual de la profesión monástica inserto en
• se cantan
después las letanías de los santos (n. 12). La virgen se levanta,
y el obispo la consagra pronunciando sobre ella, que está en pie y con
la cabeza inclinada
(n. 13), las dos
antiguas oraciones romanas: la colecta Réspice, Domine (n. 14) y la
oración consagratoria Deus, castorum corporum
(n. 15);
terminada la
oración consagratoria, el obispo impone el velo a la virgen (n.
16). Pero al antiguo gesto de la velatio se añaden ahora la tradiüo
anuli y la traditio coronae (nn. 23-26), lo cual da lugar a una umplia
secuencia ritual, en la que se cruzan fórmulas de entrega, antífonas
y oraciones, a veces por duplicado l2. De ahí resulta una ceremonia
compleja y espectacular, que impresiona a los sentidos y exalta la
imaginación; pero la amplitud que se da a la misma tampoco
carecerá de consecuencias negativas en la economía general del
ordo, ni para su correcta interpretación: a los ojos de los fieles, por
ejemplo, las distintas entregas adquirirán una importancia superior a la
de la misma oración consagratoria;
la
consagración termina con una severa monición: el obispo pide que
nadie ose apartar a las vírgenes del "servicio divino prestado a
naves de la castidad" y exhorta a los fieles a ayudarlas a vivir serenamente
su consagración (n. 27);
la celebración de la misa prosigue
con la proclamación del evannelio o, según la
tradición bávan\, con el ofertorio (n. 28); en el
Consagración
de vírgenes
momento oportuno,
la virgen consagrada lleva al altar los dones eucarísticos (n. 28);
en la comunión se reservan algunas partículas, a fin de que pueda
comulgar durante los ocho días inmediatamente siguientes (n. 29);
•
finalmente, como por un escrúpulo jurídico, el ordo anota:
si es del caso, el obispo confía la virgen, ya consagrada, a aquel que
se ha hecho garante de la misma (qui ei testimonium perhibuit, n. 30): en
realidad, tratándose de una monja, la confía a las atenciones de
la abadesa, a fin de poder presentarla inmaculada ante el tribunal de
Cristo (ib).
El pontifical
romano-germánico es de fundamental importancia en la historia del rito
de la consagración de las vírgenes. El anónimo autor
tiene el mérito de haber compuesto un ordo que, con realismo, llega
a conjugar la herencia romana, sobria e intelectual, con la tradición
germánica, exuberante y sentimental. Hasta fue un abanderado del
principio de adaptación de la liturgia a los distintos contextos
culturales: escribió un ordo para gente de su tierra y de su cultura.
3. DOS REVISIONES
DE LA "CONSECRATIO VIRGINUM" EN EL S. XIII. El pontifical
romano-germánico, por sus cualidades intrínsecas y por algunas
felices circunstancias —Maguncia, la ciudad donde se había
redactado, era también el centro de la renovatio impertí con la
dinastía de los Otones—, se difundió rápidamente
en Europa: hacia finales del
s. x se usaba ya
en Roma, donde fue acogido favorablemente por los numerosos prelados
germánicos entonces residentes en la curia y donde iba a desempeñar
un importante papel de estímulo y de integración frente
a la liturgia romana,
Consagración
de vírgenes
inmersa en un
preocupante letargo. Con relación al rito de la consagración
de las vírgenes puede decirse que en cierto sentido las sucesivas
reformas, incluso la de Pablo VI en 1970, consciente o inconscientemente
no son sino ampliaciones, simplificaciones o adaptaciones del ordo del
pontifical romano-germánico.
a) El pontifical
de la curia romana en el s. xm. Dejando aparte las primeras reacciones
romanas ante el ordo del pontifical de Maguncia."," trataremos
aquí de la reforma del rito de la consagración de las
vírgenes tal como aparece en el Pontificale secundum consuetudinem
et usum romanae curiae",
de la mitad del
s. xm, obra de los ceremoniarios del Laterano, realizado bajo el impulso
de la reforma promovida por Inocencio III (t 1216), liturgista también
él.
Frente al ordo
romano-germánico, los liturgistas de la curia mantienen una
actitud respetuosa y a la vez creativa: suprimen, como es obvio, las
referencias al derecho germánico; completan en el aspecto
jurídico y rubrical los datos a veces imprecisos del ritual maguntino;
renuevan el repertorio antifonal, introduciendo antífonas que obtendrán
gran éxito, como Veni, sponsa Christi (n. 19); sobre todo, con varios
retoques textuales, dan al ordo una impronta más romana. Así, las
fórmulas maguntinas para la entrega del anillo y la corona, en las que
figuran expresiones como sponsa Dei y uxor Christi, demasiado
realísticas para la sensibilidad romana, se sustituyen por otras en las
que las imágenes esponsalicias aparecen más difuminadas (nn. 18 y
20) '5.
b) El pontifical
de G. Durando. A finales del s. xm, entre los años 1292 y 1296,
Guillermo Durando, obispo de Mende (t 1296), compiló
456
para uso personal
un pontifical que llegaría a convertirse en libro oficial de la iglesia
romana". Durando, profesor de derecho canónico durante muchos
años en Bolonia y autor de importantes obras como el Repertorium iuris
canonici, experto liturgista —compuso el célebre Rationale
divinorum officiorum—, estaba particularmente preparado para la
composición de tal libro litúrgico. Destacaremos aquí ante
todo los elementos que él introduce ex novo o que modifica en el rito de
consagración de las vírgenes:
establece con
gran precisión los días en que puede tener ¡ugar la
consagración y las excepciones permitidas; define las modalidades
del escrutinio preliminar sobre la edad, la conducta, la sinceridad del propósito,
la integridad física (nn. 1-2);
amplía
exageradamente la ceremonia de la presentación de las
vírgenes ante el obispo (nn. 4-15), que se articula en tres momentos: la
procesión de las vírgenes hacia el presbiterio, que evoca la
antigua deductio in domum mariti y el cortejo de las vírgenes prudentes
de la parábola mateína (nn. 4-5); la poslulatio de
consagración de las vírgenes, hecha por el presbítero
asistente o paraninfo, tomada del rito de ordenación de los
diáconos y presbíteros (nn. 6-9); el encuentro entre el obispo,
que representa al sponsus, Cristo, y las vírgenes sponsae(nn.
10-15);
añade una
promesa de fidelidad, calcada sobre la promesa de obediencia del rito de
la ordenación de los presbíteros, que era a su vez una
reminiscencia de la homagium feudal; aquí, obviamente, la virgen promete
ser fiel al propositum de virginidad y, por tanto, ser fiel a Cristo, su
Señor (nn. 16-17);
introduce en las
letanías una
457
intervención
personal del obispo: en pie, vuelto hacia las vírgenes, canta cuatro
peticiones, de las que la primera es la más característica,
acompañada por un triple gesto de bendición: Ut praesentes
ancillas tuas benedicere, sanctificare et consécrate digneris (n.
19);
dedica una amplia
sección a la bendición de las insignias monásticas y
esponsales (nn. 20-27): vestidos (nn. 21-23), velos (nn. 24-25), anillos y
coronas (nn. 26-27);
da a la ceremonia
de la mutatio vestium un tono más dramático: las vírgenes
retornan a la iglesia desde el secretarium cantando el responsorio Regnum
mundi et omne ornatum saeculi contempsi (n. 28);
amplía los
ritos de la entrega del velo (nn. 36-39), del anillo (nn. 40-45) y de la corona
(nn. 46-51).
Tales entregas,
simétricamente estructuradas, son bastante complejas, c implican
cinco elementos cada una: la llamada del obispo; la fórmula de entrega;
el canto de una antífona; el retorno de las vírgenes a su puesto,
donde cantan una segunda antífona; la oración final;
• alarga la
secuencia conclusiva del rito (nn. 49-56) añadiendo a los elementos
tradicionales (oración Ik-us plasmator corporum publicación
del anatema) la prolija oración Hcnedicat vos Deus Pater (n. 53).
El
análisis del ordo de G. Durando permite concretar los criterios que
él siguió y las orientaciones teológicas en que se
inspiró: el obispo de Mende tenía ciertamente ÍI I
¡i vista los ordines anteriores, pero los amplió, dando lugar a un
uto espectacular y dramático, hasta ron elementos redundantes, que
lévela, sin embargo, un cierto gusto por la simetría y la
armonía de las parios. Durando clericalizó, por así
decirlo, el ordo al hacerlo depender
Consagración
de vírgenes
en varios puntos
de los ritos de ordenación de los diáconos y presbíteros;
devolvió al rito el marcado sentido esponsal que se le había
restado en la revisión de los liturgistas romanos de los ss.
xil-xm. Así restableció algunas fórmulas del pontifical
romano-germánico y creó otras, subrayando en todas ellas el
sentido del desposorio místico de las vírgenes con Cristo, como
Desponso te Jesu Christo, Filio summi Patris, qui te illesam custodiat (n.
41).
4. LA
"CONSECRATIO VIRGINUM" EN LOS PONTIFICALES OFICIALES. Examinaremos en
este párrafo el rito de la consagración de las vírgenes
en las ediciones del pontifical que se sucedieron desde 1485 hasta 1962.
a) El pontifical
de Inocencio VIH (1485). La compilación de
G. Durando tuvo
éxito: la adoptó la mayor parte de los obispos. Por lo que,
cuando Inocencio VIII (t 1492) encargó a A.P. Piccolomini y a G.
Burcardo preparar una edición oficial del pontifical —la primera
impresa—, éstos tomaron como modelo el pontifical de Durando
".
En lo
concerniente al rito de la consagración de las vírgenes, los
liturgistas pontificios se limitaron a reproducir el ordo de Durando,
introduciendo solamente algunas precisiones rubrícales, ligeros retoques
estilísticos y pequeños cambios rituales. Así, por
ejemplo, prescribieron el asperjar con agua bendita el anillo y la corona,
mientras que en el texto de Durando solamente estaba prevista la
aspersión del velo.
El reducido
número de modificaciones introducidas por los dos liturgistas
romanos revela que en el ambiente de la curia romana de finales del s. xv el
ordo de Durando
Consagración
de vírgenes
se consideraba
válido y en consonancia con los gustos y la sensibilidad de la
época. El aval de la autoridad pontificia y la difusión que su
impresión le aseguraba suscitaron nuevos asentimientos al ordo del
obispo de Mende, que se convirtió en rito oficial de la iglesia
romana.
b) El pontifical
de Alejandro VI (1497). En 1497 salió una nueva edición del
pontifical, bajo la dirección de G. de Luciis y G. Burcardo.
Adoptó el ordo de la edición de 1485, al que aportará
aquí y allá ligeras modificaciones rubrícales, sugeridas
por la experiencia, y terminológicas, dictadas por un mayor rigor filológico.
Pero esta edición se recuerda sobre todo por tres significativas
adiciones: la introducción, aunque facultativa, del Veni, Creator
después del canto de las letanías, a ejemplo de lo que
tenía lugar en la ordenación de los presbíteros; la entrega
del breviario después de la bendición final de la misa: con este
gesto, calcado en la entrega del evangeliario a los diáconos, el
obispo confía a las vírgenes consagradas la función de
celebrar el oficio divino en nombre de la iglesia; el canto del Te Deum al
finalizar la
celebración, antes de que las vírgenes retornen a la clausura.
c) El pontifical
de 1520. En la primera mitad del s. xvi, la publicación de los
libros litúrgicos no era todavía exclusivo derecho de
pontifical
romano. En el rito de la consagración de las vírgenes introdujo
un solo elemento de relieve: el largo y severo anatema Auctoritate omnipotentis
Dei contra todo el
458
que se atreviese
a usurpar los bienes de las vírgenes consagradas o a apartar a
éstas de su propósito de castidad; el anatema, lleno de reminiscencias
del AT, es el más terrible texto que haya conocido la liturgia romana:
"... sea maldito en casa y fuera de casa; maldito en la ciudad y en el
campo; maldito en la vigilia y en el sueño; maldito cuando come y cuando
bebe; maldito cuando anda y está sentado; malditos sean su carne y sus
huesos, y desde la planta de los pies hasta la coronilla de la cabeza no haya
salud en su cuerpo..."
d) El pontifical
de Clemente VIII (1596). Con la constitución Ex quo in Ecclesia Dei, del
10 de febrero de 1596, Clemente VIII promulgó una nueva edición
del
pontifical
romano, declarando suprimidas y abolidas las anteriores. Con respecto a
nuestro ordo, la edición clementina repone el rito que iba a ser el
tradicional, con algunas variantes de carácter secundario: el canto
del Veni, Creator de facultativo pasa a ser obligatorio; en el canto de las
letanías, las peticiones cantadas por el obispo se reducen de cuatro a
dos; y, en particular, en la tradicional petición Ut praesentes
ancillas tuas benedicere, sanctificare et consecrare digneris, el
término consecrare se suprime, probablemente porque aplicado a las
vírgenes se consideraba impropio. El término sólo
volverá a reaparecer en 1970, en el ordo de Pablo VI; en las
fórmulas de entrega del velo, anillo y corona, los liturgistas de
Clemente VIII modificaron la primera, dejaron intacta la segunda y sustituyeron
la tercera por la correspondiente fórmula del pontifical de la
curia romana del s. xm, en la que la referencia al desposorio místico se
había
atenuado.
459
Depués de
1596 se promulgaron otras ediciones típicas del pontifical romano: por
orden de Urbano VIII en 1645, de Benedicto XIV en 1752, de León XIII en
1888, de Juan XXIII en 1962, cuando ya se había convocado el Vat. II;
pero el rito de la consagración de las vírgenes quedaba
exactamente igual. R. Metz explica la razón de tal estabilidad
observando con cierta agudeza que "nadie advierte la necesidad de modificar
un ceremonial caído en desuso" '«.
En las
vísperas, pues, del Vat. II, la liturgia romana dispone de un rito para
la consagración de las vírgenes que, en lo sustancial y en sus
particularidades, se remontaba a finales del s. xm (ordo de G. Durando); pero
ha pasado demasiada historia y ha cambiado demasiado la sensibilidad
litúrgica para no sentir la necesidad de proceder a una revisión.
II. El nuevo rito
de la consagración de vírgenes
El 31 de mayo de
1970,
Ordo
Consecrationis Virginum (~OCV), restaurado en'conformidad con la
prescripción conciliar: "Revísese el rito de la
consagración de vírgenes, que forma parte del pontifical
romano" (SC 80). El 4 de febrero de 1979 se publicó la verdión
oficial castellana con el título de Ritual de
Vírgenes
(= RCV), a la que pre-Icrcncialmente nos referiremos l9. Iluminaremos las premisas
(praenoianda), la estructura y el contenido (eológico del
nuevo rito.
I. LAS PREMISAS.
Dejando para más tarde [/ infra, 3] la valoración ilc la
"premisa teológica" (RCV 12), aquí nos ocuparemos
exclusiva
Consagración
de vírgenes
mente del sujeto
de la consagración, del ministro, del día y del lugar.
a) El sujeto. Se
establece ante todo que "a la consagración virginal pueden ser
admitidas tanto las monjas (moniales) como las mujeres seglares (mulieres
vitam saecularem agentes)" (RCV 3). El doble sujeto da lugar a dos
ordines distintos, si bien muy semejantes en la mayor parte de sus
secuencias rituales; el primero (c. I), para las vírgenes seglares;
el segundo (c. II), para las vírgenes claustrales.
Pero merece ante
todo resaltarse cómo, después de ocho siglos, restableciendo
una praxis desaparecida a raíz de una prohibición del
concilio II de Letrán (1139), la iglesia latina readmite nuevamente a
las vírgenes seglares a la consagración virginal. Se trata
de una importante disposición litúrgicocanónica, en
la que habrá de verse un signo de los tiempos: en una época en
que la cultura, bastante refractaria al mensaje evangélico, no
comprende, contesta y ridiculiza el misterio de la vida virginal, la iglesia
reconoce un aspecto esencial de sí misma sn el testimonio de la
virginidad consagrada por el reino, aun la vivida con manifestaciones
típicamente seglares, distintas, por consiguiente, e independientes de
las de la vida religiosa, y hasta las sanciona con el máximo reconocimiento
litúrgico: un rito consagratorio de carácter esponsal,
cristológico y eclesial.
Los requisitos
necesarios a las
vírgenes
seglares en orden a su
consagración
son: "Que nunca ha
yan celebrado
nupcias y no hayan
vivido
pública o manifiestamente
en un estado
opuesto a la castidad;
que por su edad,
prudencia, cos
tumbres probadas
a la vista de
todos, sean
fieles en la vida casta
y puedan
perseverar dedicadas al servicio de la iglesia y del prójimo; que sean
admitidas a la consagración por el obispo ordinario del
lugar" (RCV
5).
Respecto a las
religiosas, el ordo
de 1970 sigue
sustancialmente en
las posiciones
anteriores: el rito se
reserva para las
monjas; éstas pue
den utilizarlo en
el caso de "que la
congregación
religiosa utilice este
rito según
antigua costumbre o un
nuevo permiso de
la autoridad
competente"
(RCV4).
Frente a esta
legislación, que
concede la
consagración a las muje
res seglares y
las monjas, pero que
excluye del todo
a las religiosas, los
comentaristas,
perplejos y desorien
tados, no dejan
de preguntarse por
las razones de
tal disciplina, sin lle
gar, por lo que
sabemos, a encon
trar una
respuesta válida.
b) El ministro.
En conformidad con la más antigua tradición, se repite que
"el ministro del rito de la consagración de vírgenes es el
obispo ordinario del lugar" (RCV 6). Pero en el espíritu del nuevo
ordo, la intervención del obispo no es puramente ritual; dado el peculiar
vínculo que llega a crearse entre la virgen y la iglesia local, al
obispo pertenece: admitir a las vírgenes a la consagración;
establecer "con qué condiciones se obligan a abrazar
perpetuamente la vida virginal" (RCV 5); por lo que "debe recibir a
las vírgenes que serán consagradas y, como padre de la
diócesis, entablar con ellas un diálogo pastoral"
(RCV I, 2, y II, 40), no sólo cumplir un requisito jurídico
previo, como prescribía el ordo de G. Durando.
En el ordo de
1970 no se habla de la facultad del obispo como delegable en un
presbítero; pero se la puede suponer. Sin embargo, sólo
podrá recurrirse a ella en ca
460
sos
excepcionales, ya que la tradición y la plenitud del signo reclaman
la presencia del obispo; sólo él representa adecuadamente a
Cristo,
Sponsus
ecclesiae.
c) El día.
Respecto al día, dice la rúbrica: "La consagración de
vírgenes conviene celebrarla en los días de la octava de pascua,
o bien en las solemnidades, especialmente en las dedicadas a la conmemoración
de los misterios de la encarnación, en los domingos, en las fiestas
de
d) El lugar.
Respecto a la elección del lugar, se lee en una rúbrica:
"Es muy oportuno que la consagración de estas vírgenes
se tenga en la catedral" (RCV I, 3). También esta indicación
responde a un criterio teológico: para una función realizada
por el obispo, que en tal rito es símbolo de Cristo esposo, siendo la
virgen consagrada el signo de la iglesia esposa y quedando dedicada al servicio
de la diócesis, el lugar natural es la iglesia cate
461
dral; de hecho,
no siempre será posible consagrar a las vírgenes en la catedral;
sin embargo, la rúbrica señala el lugar como punto ideal de
referencia, oponiéndose así a toda interpretación
intimista del rito. Para las monjas, será la iglesia de su monasterio
(RCVU, 41).
2. ESTRUCTURA DEL
RITO. El ordo de Pablo VI tiene una estructura sencilla y lineal. Como los
demás ritos de consagración, también éste
tiene lugar durante la celebración eucarística, entre la liturgia
de la palabra y la liturgia del sacramento. Ilustraremos brevemente las
partes de que consta.
a) Llamada de las
vírgenes. Proclamado el evangelio, tiene lugar la llamada ritual de las
vírgenes. Al canto de la antífona Prudentes virgines
("Vírgenes prudentes, preparad vuestras lámparas; mirad
que llega el esposo: salid a recibirlo", RCV 13.51), las vírgenes
encienden sus lámparas y se acercan procesionalmente al presbiterio.
Sigue la invitación del obispo:
Venite, flliae
("Venid, hijas, escuchadme; os instruiré en el temor del
Señor", RCV 14,52), a la que responden las vírgenes,
mientras se van acercando procesionalmente al altar: Et nunc sequimur
("Queremos seguirte de todo corazón, te respetamos y buscamos
tu rostro; no nos dejes defraudadas; trátanos según tu clemencia
y tu abundante misericordia", RCV 14.52).
La llamada ritual
de las vírgenes puede calificarse de tradicional: como queda anotado,
del pontifical de G. Durando pasó al pontifical romano™; pero en
el ordo de 1970 aparece notablemente simplificada: se eliminan algunos
elementos que la hacían enfática y espectacular. Los tres textos
con que se articula
Consagración
de vírgenes
ca: Prudentes
virgines proviene de Mt 25,6; Venite, filiae, del Sal 33, 12; Et nunc sequimur,
de Dan 3, 41-42. Este último expresa admirablemente los
sentimientos que invaden el corazón de una virgen el día de
su consagración: vivo amor a Cristo, intenso deseo de seguirle y, al
mismo tiempo, plena conciencia de.la propia debilidad.
Desde el punto de
vista ritual, la llamada de las vírgenes da lugar a un como cortejo
nupcial que evoca —como hemos anotado al ilustrar el ordo de G. Durando
[/ supra, I, 3, b]— el cortejo de las vírgenes prudentes admitidas
en casa del esposo (cf Mt 25,1-12), y representa en un cierto sentido la
supervivencia ritual del antiguo cortejo con que, en la noche, con hachas
encendidas, era conducida la esposa a la casa del esposo (deductio in
do-mum mariti).
Desde el punto de
vista teológico, en cambio, la virgen que se acerca al altar y al
obispo (dos símbolos de Cristo-Esposo) es la virgen que sale al
encuentro de Cristo para celebrar con él, en el más elevado
ambiente litúrgico, un rito de nupcial alianza.
Para la llamada
ritual de las vírgenes prevé el ordo de 1970 una segunda
fórmula, que se caracteriza por el llamamiento individual de las
vírgenes, calcado en el de los candidatos en el rito de la
ordenación. Al llamamiento, cada virgen responde: Ecce, Domine
("Aquí estoy, Señor; tú me has llamado", RCV
81), fórmula que procede de 1 Sam 3,45, y que aparece por primera
vez en el rito. La forma alternativa, si por una parte personaliza la respuesta
de las vírgenes, por otra amortigua
o suprime un
elemento eficazmente expresivo: el cortejo.
b)
Homilía. Después el obispo pronuncia la homilía, en la que
explica las lecturas y el significado "del don de la virginidad y de lo
que ella representa para la propia santidad de las vírgenes y para el
bien de la iglesia" (RCV 16). El ordo de 1970 ofrece un texto ad libitum
de homilía ritual: texto apreciable que, inspirándose ampliamente
en los escritos patrísticos, presenta una rica doctrina sobre el valor y
significado de la virginidad consagrada.
c) Escrutinio. Al
finalizar la homilía, el obispo interroga a las vírgenes sobre su
voluntad de perseverancia "en el santo propósito de la
virginidad al servicio de Dios y de la iglesia" (RCV 17) y de "ser
consagradas (consecran) y ante la iglesia ser desposadas (desponsari) con el
Hijo de Dios altísimo" (ib).
El primer
testimonio de tal escrutinio parece encontrarse en el pontifical de
Durando2I, que lo tomó del análogo escrutinio de los candidatos
en el rito de las ordenaciones. En las intenciones del canonista Durando, las
preguntas concretas de tal escrutinio, formuladas ante la comunidad eclesial,
debían tender a asegurar que, frente a los difíciles compromisos
que derivan de la consagración, ninguna virgen pudiese apelar a la
ignorancia de las obligaciones contraídas. En las intenciones del ordo
de 1970, el escrutinio, sin renunciar a las perspectivas jurídicas,
se tiende sobre todo a definir el objeto de la consagración y a
suscitar en el ánimo de las vírgenes la gozosa conciencia
del gran don que
van a recibir.
d)
Letanías de los santos. Al escrutinio sigue el canto de las
letanías de los santos: con ellas la comunidad, confiando en la intercesión
de la bienaventurada Virgen María y de los santos, pide a Dios que
"derrame abundantemente los dones del Espíritu" (RCV 18) sobre
462
las
vírgenes consagradas. El canto de las letanías es un elemento
común y característico de los diversos ritos de
consagración. Como en la mayor parte de los ordines restaurados
después del Vat. II, en el ordo de 1970 las letanías preceden
inmediatamente a la fórmula de consagración y constituyen la preparación
orante, última e intensa, típicamente eclesial, de la asamblea y
de las vírgenes.
El canto de las
letanías de los santos está atestiguado en el rito de
consagración de las vírgenes ya en el pontifical
romano-germánico del
s. X22. Sin
embargo, las letanías del ordo de 1970 pueden considerarse nuevas y
propias en relación con los varios formularios hoy vigentes en la
liturgia romana; y ello ya por algunas selecciones particulares en la serie de
los santos invocados, ya sobre todo por la específica y original
serie de las intercesiones.
Dado su
carácter de súplica e intercesión, se comprende por
qué en esta circunstancia el canto de las letanías suple la
oración de los fieles (cf RCV 12, e. 50, c); como se explica igualmente
por qué se ha suprimido en este punto el canto del Veni, Creator,
introducido, con carácter no obligatorio, en el ponti
fical de 1497.
e)
Renovación del "propositum castitatis". Concluido el canto de
las letanías, "si se cree oportuno, las vírgenes hacen
oblación a Dios de su propósito de castidad por mediación
del obispo" (RCV 22), es decir, optan por el estado virginal y por su
donación a Cristo, Señor y Esposo.
Por ser el contexto
jurídico de la consagración de las vírgenes diverso
del de la / profesión religiosa, es obligatoria la explícita
formulación del propositum durante la celebración, con lo
que el legislador litúr
463
gico ha querido
indicar que, hoy como en la antigüedad, para que una virgen reciba la
consagración es necesario y basta el propositum que se ha formulado
irrevocablemente en su corazón y que ha manifestado previamente al
obispo, quien a su vez no ha dejado de comprobar su autenticidad (cf RCV 5). En
este caso, la admisión de la candidata a la consagración y a la
celebración misma del rito litúrgico confieren un
carácter público, jurídica y eclesialmente, a su
propósito.
Pero, aun sin ser
necesaria, la renovación del propositum virginal en el contexto de la
celebración resultará casi siempre oportuna desde el punto de
vista pastoral y significativa desde el punto de vista litúrgico. Tal
renovación se configura entonces como la presentación de la
ofrenda para ser consagrada por el Señor con "nueva unción
espiritual" (RCV 16), por lo que se puede decir que en el rito de la
consagración de las vírgenes la formulación del propositum
es a la oración consecratoria lo que en la misa es la
presentación de los dones a la oración, eucarística.
Las
características de la ofrenda del propósito, irrevocablest por su
naturaleza, son: el carácter eclesial: la ofrenda se hace a Dios por mediación
del obispo, mientras la asamblea litúrgica actúa como testigo;
el sentido esponsal: el "propósito de castidad perfecta"
(RCV 22) no es más que la donación a Cristo, virginal o esponsal,
y por tanto perpetua y total, que abarca todo el ser, el corazón, la
mente, el cuerpo; la orientación cristológica: la donación
esponsal a Cristo se traduce necesariamente en "el seguir fielmente a
Cristo" (RCV 22): la virgen, al entregarse al Señor, quiere
compartir su suerte, asumir su estilo y condición de vida.
Consagración
de vírgenes
f) Oración
consagratoria. A la formulación del propositum (consagración
subjetiva de la virgen) sigue la oración consagratoria (consagración
objetiva). La consagración, en efecto, tiene lugar mediante una solemne
oración, en la que la iglesia suplica al Padre que derrame sobre la
virgen la abundancia de los dones del Espíritu y realice en ella
"el vínculo esponsal con Cristo"
(RCV 24).
No obstante
ciertos detalles teológicos o ascéticos, hoy no compartidos
por todos, el ordo de
g) Las insignias
de la consagración. La realidad de la consagración
radica en la unción interior realizada por el Espíritu mediante
el vínculo esponsal con Cristo. Signos de tal realidad y de la nueva
condición de vida de la virgen consagrada son, según la
tradición, el velo y el anillo (signos esponsales) y el libro de la
liturgia de las horas (signo eclesial).
Concluida la
oración consagratoria, el obispo entrega a las vírgenes un
velo y un anillo, diciendo: "Recibid... el velo y el anillo, signos de
vuestra consagración; guardad siempre fidelidad plena a vuestro esposo,
y no olvidéis nunca que habéis sido consagradas a Cristo y
dedicadas al servicio de su cuerpo que es la iglesia" (RCV 25),
fórmula que expresa eficazmente el significado esponsal de la
consagración y el simbolismo nupcial, por lo demás transparente,
del velo y el anillo.
El velo y el
anillo se entregan, 464
pues, con una
fórmula unitaria, pronunciada una sola vez, lo cual constituye una
innovación y una como reacción a la excesiva complejidad que
tal secuencia ritual había adoptado. El ordo prevé, sin embargo,
una secuencia alternativa en la que velo y anillo se entregan por
separado con sus respectivas fórmulas, que se repiten para cada una
de las vírgenes consagradas (cf RCV 94-95).
Es de notar en
esta parte del rito la supresión de la corona, introducida
—como queda dicho [/ supra, I, 2]— en el s. x. Son probablemente
varios los motivos que la han determinado: ante todo, la pérdida del
significado esponsal de la corona en la costumbre occidental —porque
de hecho no forma ya parte de los ritos nupciales— ha hecho de ella un
símbolo inadecuado para expresar eficazmente el desposorio
místico de la virgen con Cristo; además, el cambio de sensibilidad
social ha hecho que muchas mujeres se resistan a recibir un signo que, en la
cultura contemporánea, tiene con frecuencia un significado
triunfalista; finalmente, la interpretación de la corona como signo
terminal —de coronamiento precisamente de una obra, de una fatiga, de un
combate— hace aparecer dicho símbolo impropio en un rito que,
bajo tantos aspectos, señala el comienzo de un compromiso.
Después
del velo y el anillo, el obispo entrega igualmente a cada una de las
vírgenes el libro de la liturgia de las horas. El origen de tal entrega,
como hemos visto [/supra, I, 4, b], es relativamente reciente (1497). Limitada
de hecho a las monjas, tenía lugar al final de la misa, y revestía
un carácter prevalentemente jurídico. En la traditio breviarii,
el ordo de
significativos:
con el desplazamiento del instante de la entrega (del final de la misa a
después de la oración consagratoria) se ha querido ante todo
significar que el compromiso de la oración eclesial de la virgen
consagrada no es un aspecto complementario, sino esencial a su vida; y, al
mismo tiempo, declarar que tal compromiso no es exclusivo de las
vírgenes consagradas dentro de la vida monástica, sino
propio también de las vírgenes consagradas que viven en el mundo
(la / liturgia de las horas, por lo demás, es oración de todo el
pueblo de Dios); se ha querido igualmente resaltar que el signo de la traditio
breviarii, si en sus inmediatas connotaciones parece de índole
ascética (orar siempre), atentamente considerado revela una fuerte
impronta esponsal. En efecto, y como es sabido, el oficio divino es "en
verdad la voz de la misma esposa que habla al esposo" (SC 84); ahora bien,
el signo más claro de la iglesia virgen-esposa es precisamente la virgen
consagrada: cuando ella ora con la liturgia de las horas no sólo entabla
un diálogo esponsal con Cristo, sino que se convierte en
expresión viva y en signo de la iglesia, esposa orante con su Esposo.
A la luz de su condición de sponsa Christi y de signo de la ceelesia
sponsa, se comprende la importancia de la monición del obispo a las
vírgenes consagradas: "Recibid el libro de la oración de la
iglesia: con él cantaréis siempre las alabanzas del Padre y
oraréis a Dios por el bien del mundo entero"
<RCV2&).
h) Liturgia
eucarística. Termiiinda la entrega de las insignias y runlada la
antífona Ipsi sum desponsata ("Estoy desposada con iiqucl a
quien sirven los ángeles", RCV 29), prosigue la celebración
Consagración
de vírgenes
de la
eucaristía, en la que, dentro de esta circunstancia, resulta particularmente
acentuado su carácter de banquete nupcial. Siguiendo la antigua
tradición, el ordo de 1970 prevé intercesiones particulares en
cada una de las cuatro plegarias eucarísticas (cf RCV 33).
3. CONTENIDO
TEOLÓGICO. El contenido doctrinal del ordo de 1970 es amplio, eco sobre
todo de la tradición patrística y litúrgica, pero abierto
a las aportaciones de la reflexión teológica de nuestro tiempo.
Antes de iniciar la exposición, nos parece obligada una previa
observación: para una penetrante inteligencia de la doctrina del
ordo es menester situarse en una perspectiva de fe. La virginidad por el reino
es, en efecto, un mysterium
o realidad
salvífica sobrenatural, que no se explica con la lógica de la
razón, sino con la de la fe; es uno de los mirabilia Dei que pertenecen
al orden nuevo inaugurado con la muerte-resurrección de Cristo y la
venida del Espíritu; ininteligible al hombre carnal, la virginidad
cristiana es experiencialmente comprensible para el hombre
espiritual.
a) Un don del
Padre. La virginidad es un don que proviene de lo alto. Con los santos
padres, el ordo recuerda que el lugar de origen (patria) de la virginidad
cristiana es el cielo, "su fuente es el mismo Dios, porque de Dios brota
el don de la virginidad, como de una fuente purísima e
incorruptible" (RCV 16). La oración consagratoria,
después de haber celebrado el designio universal de salvación,
afirma igualmente: "Entre los dones que concediste a tus hijos..., quisiste
otorgar a algunos el don de la virginidad" (RCV 24). La virginitas,
pues, es un don gratuito y, por otra parte, antes de ser una condi
ción o una
característica del hombre, es un atributo divino, una realidad
intratrinitaria.
En Dios Padre
está el origen de toda auténtica vocación virginal: es
él quien llama a las vírgenes "para atraerlas más
íntimamente a sí" (RCV 16); él inspira su santo propósito
(cf RCV 24; 36); él enciende en sus corazones la llama de la virginidad
(cf RCV 24). Pero Dios Padre no limita su acción a la llamada inicial.
Él es el Señor fiel que acompaña con su amor a las
vírgenes durante toda su vida, es decir, hasta llevar a plenitud la obra
que él mismo ha comenzado (cf Flp 1,6)24. Y así el Padre continúa
alimentando la llama que él encendió (cf RCV 24) y consolidando
día tras día el propósito que él mismo
despertó en la virgen (cf RCV 60); guía y defiende, ilumina y
sostiene a las vírgenes en su camino (cf RCV 24; 36) y las conduce
"por la senda del evangelio" (RCV 21); él mismo es su
"auxilio..., librándolas del antiguo enemigo... para no
empañar el brillo de su perfecta castidad" (RCV 24); él es
"el descanso en la aflicción", "el consejo en la
duda", "el remedio en la enfermedad" (RCV 24). El Padre,
que ciertamente es "su honor, su gozo, su deseo" (RCV 24), es igualmente
el fin último de la consagración de las vírgenes:
"Que en ti, Señor, lo encuentren todo y sepan preferirte sobre
todas las cosas"
(RCV 24).
b) "Sponsa
Christi". El designio del Padre es unir esponsalmente a las
vírgenes con Cristo, el Verbo encarnado, esposo de la iglesia y de la
humanidad. En este punto el ordo de 1970 reproduce sin vacilaciones,
así como sin concesiones a la emotividad, la doctrina unánime de
los santos padres y la intención perenne de la liturgia: el elemento
específico de la consecratio virgi
466
num es la
peculiar relación esponsal que se establece entre Cristo y la virgen.
Los textos son explícitos. En la homilía el obispo dice a las
vírgenes: "El Espíritu Santo paráclito...,
hoy...,' al elevaros a la dignidad de esposas de Cristo, uniéndoos con
vínculo indisoluble al mismo Hijo de Dios" (RCV 16); en el
escrutinio les pregunta: "¿Queréis ser consagradas a nuestro
Señor Jesucristo y ante la iglesia ser desposadas con el Hijo del Dios
altísimo?" (RCV 17); en la oración consagratoria,
dirigiéndose al Padre, declara: "Que tú mismo les
hiciste desear (la virginidad)" (RCV 24); al entregar el anillo a las
vírgenes, las amonesta así: "Recibid el anillo, signo
de vuestro desposorio con Cristo" (RCV 26); las despide, finalmente,
recordándoles: "Jesucristo, el esposo, que se ha unido hoy a
vosotras en alianza nupcial..."(RCV'36).
Todos los
miembros del cuerpo místico están llamados a participar en el
misterio nupcial que se realiza en un intercambio de amor y en un
recíproco don entre Cristo y la iglesia. Mas los caminos a través
de los cuales se actúa tal participación son diversos. La virgen
participa en el misterio nupcial en virtud de un don particular y de una
llamada personal, a los que ella responde activamente entregándose a
Cristo por entero y para siempre; pero sobre todo en fuerza de una peculiar
intervención del Espíritu, invocado por la iglesia en el
rito litúrgico, que consagra a la virgen "como una nueva
unción espiritual" (RCV 16) y la hace sponsa Christi. La virgen
renuncia al "casto desposorio" de las nupcias humanas (coniugium),
pero logra igualmente la realidad profunda significada por el matrimonio
(sacramentum), es decir, la alianza nupcial entre Cristo y la iglesia (cf
RCV 24). Con otras
467
palabras, la
virgen, sin aplicar el signo de la unión de los cuerpos (quod nuptiis
agitur), obtiene la realidad sobrenatural por él significada (quod
nuptiis praenotatur): la unión esponsal con Cristo.
Como la iglesia
es virgen, esposa y madre, así la virgen consagrada es también
una virgo mater, fecunda por su adhesión a la voluntad del Padre y por
acoger en sí la semilla divina de la palabra de Cristo:
"Vosotras, que por amor a Cristo habéis renunciado al gozo de la
maternidad, seréis madres espirituales por el fiel cumplimiento de
la voluntad divina, cooperando con Dios por el amor, para que sea engendrada o
devuelta a la vida de la gracia una muchedumbre de hijos" (RCV 16);
"Jesucristo... haga fecunda vuestra vida con la fuerza de su divina
palabra" (RCV 36).
c) Consagrada por
el Espíritu. Ya hemos subrayado [/ supra, b] cómo una
discípula del Señor llega a ser realmente virgo sacrata y sponsa
Christi en virtud de una unción del Espíritu: "El
Espíritu paráclito... va a enriqueceros hoy por mi ministerio con
una nueva unción espiritual" (RCV 16); y en la bendición de
despedida se dice algo parecido: "El Espíritu Santo... hoy con su
venida ha consagrado vuesiros corazones" (RCV 36). El ordo de 1970
ilumina en otros pasajes las relaciones que tienen lugar entre el
Ispíritu y la virgen cristiana: "En el seno purísimo (de
•mulos,
invita el obispo a pedir a Dios que "derrame abundantemente los dones
del Espíritu Santo" (RCV 18) sobre las candidatas a
consagración
virginal; en la oración consagratoria se invoca sobre las
vírgenes al Espíritu del Señor, y del "don del
Espíritu" (RCV 16) se hacen depender los dones particulares
—virtudes, gracias, carismas— que deben adornar sus cuerpos y sus
almas.
d) La iglesia y
la virgen. El misterio del cuerpo se proyecta en los miembros, y lo propio del
todo se encuentra también en la parte. Es decir: la índole
esencial de la iglesia —virgen, esposa y madre— se reproduce en la
vida de la virgen consagrada. La virgen (filia) lleva la impronta de la iglesia
(mater), de la que es una representación, un signo, una concreta
actuación: "La madre iglesia —se lee en la homilía
ritual— os considera como la porción más escogida de la
grey de Cristo, pues por vosotras se manifiesta y crece su fecundidad"
(RCV 16).
Desde el punto de
vista teológico, la capacidad, por parte de la virgen, de
significar y representar el misterio virginal y nupcial de la iglesia
constituye el aspecto más relevante en que se articula la
relación ecclesia-virgo sacrata. Lo cual determina la aplicación
a las vírgenes del título eclesial de sponsa Christi: "Los
padres doctores de la iglesia no dudaron en dar el sublime nombre de
esposas de Cristo, propio de la misma iglesia, a las vírgenes
consagradas a Cristo" (ib).
Desde el punto de
vista operativo, la relación iglesia-virgen consagrada se
define sobre todo en términos de servicio: la virgen está
consagrada al servicio de la iglesia y, por ella y más allá de la
misma, al servicio de la humanidad. Los textos son numerosos: el obispo,
dirigiéndose a los familiares de las vírgenes, observa: "El
Señor las ha llamado porque desea atraerlas más
íntimamente a sí y dedicarlas al servicio de la iglesia y de
todos los hombres"; y, dirigiéndose a las vírgenes, les
dice: "Recordad siempre que os habéis consagrado al servicio
de la iglesia y de todos los hombres" (RCV 16); en el escrutinio les
pregunta: "¿Queréis perseverar... en el santo
propósito de la virginidad, al servicio de Dios y de la iglesia?"
(RCV 17); el ordo de 1970, sin excluir el simbolismo nupcial, interpreta el
velo como un signo de consagración "a Cristo... y al servicio de su
cuerpo, que es la iglesia" (RCV 25); en las intercesiones de la
oración eucarística se pide por las vírgenes "hoy
consagradas para siempre al culto divino y al servicio de los hermanos"
(MRC, Misas rituales VI, d); finalmente, en la bendición de despedida
pide el obispo que el Espíritu inflame los corazones de las
vírgenes "con su fuerza para que viváis entregadas al
servicio de Dios y de la iglesia" (RCV 36).
Las numerosas
referencias del ordo de
e)
468
de la iglesia y
el modelo de las vírgenes. La doctrina patrística, una vez
más propuesta por el Vat. II —según la cual "en el
misterio de la iglesia, que con razón es llamada también madre y
virgen, precedió la santísima Virgen, presentándose de
forma eminente y singular como modelo tanto de la virgen como de la madre"
(LG 63)—, encuentra variada aplicación en el ordo de 1970.
Se recuerda ante
todo en dicho ordo la parte que tiene María en la encarnación del
Verbo, es decir, en el hecho esponsal paradigmático de cualquier otra
estructura nupcial de orden sobrenatural (sea ella la relación
Cristo-iglesia, o la unión hombre-mujer en el sacramento del /
matrimonio, o la consagración de los discípulos de Cristo en la /
profesión religiosa o en la consagración virginal...) (cf
RCV 16). En
469
gradas] est
Sponsus), así como hijo
de la siempre
Virgen (quemadmo
dum perpetuae
virginitatis [= Ma
ría] est
Filius). En varias traduccio
nes
litúrgicas, incluida la castellana,
la referencia a
María, por desgra
cia, ha desaparecido.
Con esta
referencia a la relación de Cristo con María y con las
vírgenes se cierra la homilía ritual: "Cristo, el Hijo de
0 Un signo
escatológico. La virgen consagrada desempeña una múltiple
función (signum, imago, figura...). La integridad virginal, que brota de
la fuente purísima e incorruptible de Dios, hace que las vírgenes
sean "consideradas por los padres de la iglesia como imágenes de la
misma incorruptibilidad de Dios" (RCV 16). La virginidad es igualmente
"símbolo manifiesto de aquel gran sacramento..., llevado solamente
a plenitud en los desposorios de Cristo con la iglesia" (ib); y en la
medida en que la virgen vive de acuerdo con la ley del amor, se hace
"testimonio y signo de la caridad divina en medio del mundo"
(RCV 98).
Pero la
función simbólica de la virgen consagrada se desarrolla sobre
todo en su relación con el reino futuro. Para iluminar esta
función, el ordo de 1970 recoge (emas y motivos de la literatura
Consagración
de vírgenes
patrística
y del patrimonio litúrgico; por lo demás, la parábola
de Mateo sobre las vírgenes necias y las prudentes (Mt 25,1-13), evocada
desde la antigüedad en el rito de consagración de las
vírgenes, es una página de orientación claramente
escatológica.
En la
homilía ritual, el obispo recuerda a las vírgenes: "Vosotras
prefiguráis el reino futuro de Dios, en donde nadie tomará marido
ni mujer" (RCV 16), con explícita referencia a Mt 22,30; en el
escrutinio se repite la idea de que la vida de la virgen consagrada es un
"signo manifiesto del reino futuro" (RCV 17). Pero, además de
ser un signo, la virgen consagrada es, en cierto sentido, un anticipo y una
experiencia de las realidades futuras: "Tú (Padre...), que la
llevas a experimentar, ya en esta vida, los dones reservados para el mundo
futuro; y así haces a quienes viven aún en la tierra semejantes a
los ángeles del cielo" (RCV24).
Es toda la
iglesia la que aguarda y espera la venida del Señor. Pero tal vez, desde
el punto de vista del signo, ninguna otra categoría de fieles como el
ordo virginum está tan invitada por la liturgia a vivir la
espiritualidad de la espera y del encuentro. En la apertura del rito, mientras
las vírgenes, con la lámpara en la mano, se acercan al
altar, el coro canta la antífona: "Vírgenes prudentes,
preparad vuestras lámparas; mirad que llega el esposo, salid a
recibirlo" (RCV 13); en las intercesiones de la plegaria eucarística
II se pide al Padre por las vírgenes para que les haga experimentar
su protección a fin de que, "sin desfallecer, te sirvan a ti y a tu
pueblo, y manteniendo encendida la lámpara de la fe y de la caridad,
vivan anhelando la llegada de Jesucristo, el Esposo" (RCV p. 187); en
el fíanc igitur del canon romano se
Consagración
de vírgenes
pide al Padre por
las vírgenes "para que por tu gracia las que hoy se han unido
más estrechamente a tu Hijo le reciban con gozo cuando venga al final de
los tiempos" (RCV
p. 186). En la
perspectiva del ordo de 1970, la virgen consagrada vive en una fecunda
tensión entre renuncia y posesión, entre vigilancia y fruición,
entre espera y encuentro, entre seguimiento de Cristo por la senda de la
cruz y un ya inicial se
guimiento del
Cordero adondequiera que va (cf Ap 14,14; RCV 16).
III. Cuestiones
abiertas
El ordo de 1970,
al restaurar el rito de la consagración de las vírgenes
según las directrices conciliares, ha resuelto sus problemas de
índole litúrgica. Pero deja sin resolver algunos problemas
teológicos, jurídicos y pastorales.
1. PROBLEMAS
TEOLÓGICOS. Hay dos problemas de índole teológica
que, a nuestro juicio, deben ser objeto todavía de atenta
reflexión.
a) Falta un rito
de consagración virginal para varones. Como queda ya dicho [/
supra, I, 1, a], desde el s. ív se había establecido un rito
de consagración por el que la virgen se hace sponsa Christi y signo
visible de la iglesia, virgen esposa de Cristo. Pero el carisma de la
virginidad por el reino no es privilegio exclusivo de las mujeres: el Padre lo
otorga tanto a los hombres como a las mujeres y compromete de igual manera a
los discípulos de uno y otro sexo en la entrega total a Cristo y en el
servicio a la iglesia. Además, la iglesia vive su condición
de virgen esposa y consuma el misterio de sus desposorios con Cristo en
toda su com
470
pleja realidad,
es decir, en todos sus miembros: hombres y mujeres, casados y vírgenes.
Por otra parte, y como repetidas veces se ha dado a entender, matrimonio
cristiano y virginidad consagrada son dos modos distintos de vivir la
condición de discípulos, que coinciden, no obstante, en ser cada
uno símbolo efectivo del desposorio de Cristo con la iglesia.
Sorprende, pues,
que el ordo se haya restaurado en la perspectiva exclusiva de la
consagración de mujeres vírgenes. La causa debe probablemente
radicar en el hecho de que, desde los orígenes del rito, en virtud de
una tradición que se remonta a la edad subapostólica y basada en
la teología paulina y juanista (cf Ef 5,25-27; 2 Cor 10,17-11,2; Ap
21,2), la virgo mujer asume la función de signo de la iglesia, vista en
sus características femeninas y en su condición específica
de esposa de Cristo. Se comprende, por tanto, por qué, a nivel de
signo, la consecrado virginum, dadas sus referencias esponsaleseclesiales
y por el inevitable recurso al lenguaje teológico y a la analogía,
haya seguido teniendo como objeto exclusivamente a las vírgenes
femeninas. Sin embargo, y puesto que el valor de la virginidad consagrada no
consiste sólo en simbolizar la donación esponsal de la iglesia,
nada impide, antes es más bien deseable, que en el futuro se establezca
un rito de consagración para los hombres seglares que abrazan la
virginidad por el reino; un rito, claro está, distinto del de la
profesión religiosa, que ponga de relieve otros contenidos de la virginidad
consagrada y pueda recobrar el aspecto nupcial en sus referencias
cristológicas; es decir, un rito que sugiera como compromiso esencial el
servicio total y exclusivo a la iglesia y en el que la imagen rectora
471
sea Cristo, que
ama a la iglesia hasta dar la vida por ella.
b)
Cuestión de la superioridad de la virginidad consagrada sobre el
matrimonio. El ordo de 1970 hace implícitamente suyas las
enseñanzas de la tradición bíblico-patrística y del
magisterio de la iglesia, sobre todo del concilio de Trento, que afirma la
superioridad del estado virginal sobre el matrimonial. Pero, aun constituyendo
un encomio de la virginidad cristiana, el ordo no cae en redundancias
retóricas cuyo resultado pudiera ser una minusvaloración del
estado conyugal, ni presenta a las vírgenes como pertenecientes a
una casta superior. Esta upreciable sobriedad parece ser ya un indicio de la
orientación del ordo a no plantear la cuestión de la superioridad
de las virginidad consagrada sobre el matrimonio en términos de
oposición o de contraste.
Pero el ordo no
es un tratado teológico, y además no se plantea
explícitamente la cuestión; por lo que tampoco ofrece soluciones
propias y nuevas al debate posconciliar. Sin embargo, aparecen en
él, aquí y allá, aunque no explícitamente
enunciados, algunos motivos que sufragan la superioridad de la virginidad
consagrada sobre el inutrimonio. Son éstos: una participación
más plena en el radicalismo evangélico; una más clara
entrega a Cristo como único absoluto; una representación
más perfecta del proyecto de vida históricamente rlcgido por
Cristo; la consecución directa de la realidad (el desposorio ron Cristo)
sin acudir al signo del mntrimonio (la unión conyugal). No son, como
puede apreciarse, ni aumentaciones nuevas, y a propósito de las
mismas son no pocos los teólogos que dudan de si los
rlrincntos a que
se refieren pertene-.
Consagración
de vírgenes
cen a la
estructura ontológica de la
virginidad
cristiana.
En todo caso, el
ordo de 1970
constituye, en su
conjunto, una
invitación
a no subestimar los datos
tradicionales y
magisteriales y a
profundizar en
una cuestión que en
otros puntos, y
por muchos lados,
queda abierta.
2. PROBLEMAS
JURÍDICOS. LOS libros litúrgicos contienen con frecuencia
diversas indicaciones sobre el sujeto, requisitos y efectos del rito; pero no
afrontan todos los problemas de carácter jurídico, que deben, sin
embargo, tratarse y aclararse en otra parte.
a) Sobre el
sujeto. Como ya se ha anotado [/ supra, II, 1, a], la
"legislación" expresada por el ordo de 1970 respecto al sujeto
de la consagración ha sido ampliamente contestada, y ningún
organismo oficial ha dado las deseadas aclaraciones. El ordo de
cambio, no pueda
recibirla una virgen que por amor a Cristo consagra totalmente su vida al
servicio de los hermanos.
A este
propósito, nos parecen ser dos las vías para llegar a una
solución. La primera: reconsiderar la legislación del ordo de
1970 y eliminar la exclusión de las religiosas de votos perpetuos;
es decir, conceder que también ellas puedan, si lo desean, recibir la
consagración virginal. Ésta parece ser la orientación
implícita de una nota oficiosa
aparecida en la
revista Notitiae2S.
La segunda:
profundizar la cuestión bajo todos sus aspectos. A nuestro juicio,
ello implicaría:
el reconocimiento de la laicidad de
la antigua consecratio virginum, y, por tanto, de su fundamental
destino a las vírgenes seglares; justamente ellas, por su inmediata
dedicación al servicio de la diócesis, son consagradas, por el
obispo, y para ellas se utiliza la oración Deus, castorum corporum, que
no contiene ninguna mención de los elementos diversos y típicos
de la vida religiosa (vida común, pobreza, obediencia...);
la adquisición del convencimiento
de que las religiosas de votos perpetuos, en virtud del rito litúrgico
explícito del Ritual de la profesión religiosa (= RPR), son
objeto de una verdadera consagración y gozan de la dignidad de
sponsa Christi. En efecto, las expresiones consagratorias, los
términos y los signos esponsales del RPR no son en modo alguno menos
fuertes 26 que los de RCV; en particular, la oración Deus, sancti
proposiíi en RPR 72 tiene una epíclesis consagratoria
más explícita que la de
la
atribución de un valor histórico más que teológico
a la conser
472
vación,
dentro de algunas familias monásticas, de la consecratio virginum
en la fórmula tradita. Las monjas, en efecto, tienen el mérito
histórico de haber mantenido textos y signos de la antigua consecratio
virginum; y por tanto hubiera estado fuera de lugar el privar a las de vida
contemplativa de un rito que han celebrado ininterrumpidamente, o a las
benedictinas de un ordo que, aunque en tiempos relativamente recientes,
han vuelto a restablecer. Por otra parte, a lo largo de los siglos, muchos
monasterios no han usado la consecratio virginum, prefiriendo profesar según
ordines inspirados directamente en el ritual de
Cuanto hemos
dicho entra en el ámbito de una hipótesis formulada para obviar
los inconvenientes de una legislación que da lugar a perplejidades de
diversa índole. La hipótesis podría corregirse en
algún punto o podría sufragarse más ampliamente mediante
subsiguientes estudios; y, en todo caso, para llegar a ser operativa
serían necesarias las oportunas intervenciones de
b) Sobre los
requisitos. Ya hemos recordado los requisitos señalados por el
ordo de 1970 para que una virgen seglar pueda recibir la consagración [/
supra, II, 1, a]. Acertadamente, la edición típica del OCV,
destinada a todas las iglesias locales de rito romano, no desciende a
normas demasiado particulares. Por otra parte, hemos puesto ya de relieve
[/ supra, II, 2] la variedad de soluciones adoptadas por la iglesia en lo
concerniente, por ejemplo, a la edad. Creemos, no obstante, que cada vez se presentará
con mayor urgencia la ne
473
cesidad de que
las conferencias episcopales adopten para su territorio —quedando a
salvo, en última instancia, el poder decisorio de cada obispo (cf RCV
5)— criterios suficientemente uniformes acerca de los requisitos y de las
modalidades para el acceso de las vírgenes seglares a la
consagración virginal y para la definición de los vínculos
que vienen a establecerse entre la diócesis y la virgen consagrada.
Criterios muy diversos entre diócesis y diócesis
—aquí amplios, allí rigurosos— podrían, en
efecto, causar desorientación en las candidatas y en los fieles.
c) Sobre los
efectos. Durante ocho siglos, en la iglesia latina no se practicó la
consagración de vírgenes seglares [/ supra, II, 1, a]. No
existe, pues, una legislación vigente que establezca los efectos de la
consagración en el campo jurídico. No parece que haya duda
de que el voto pronunciado por la candidata es público y perpetuo, y que
la virgen llega a ser persona consagrada. Pero, debido a la fragilidad
humana, que conviene tener siempre en cuenta,, no están fuera de lugar
algunas preguntas, que reclamarían una autorizada respuesta.
Si una virgen
consagrada llega a desmayar en su propósito, ¿a qué
instrumento jurídico podrá o deberá recurrir?
¿A una dispensa? Pero si la esencia de la consagración virginal
consiste en el vínculo mistérico-nupcial entre la virgen y
Cristo, ¿se puede hablar de dispensa? En tal caso, ¿a
qué autoridad eclesiástica se deberá acudir? Su voto
público, ¿vuelve nulo un eventual atentado matrimonio?
En otro orden,
¿es deseable la constitución, en una sede diocesana, de un ordo
virginum? ¿Con qué características y con qué
reconoci
Consagración
de vírgenes
miento
jurídico? Las vírgenes seglares consagradas, las herederas
más próximas a las antiguas diaconisas, ¿no debieran ser
por ello las candidatas más calificadas a ser ministro
extraordinario de la comunión?
3. PROBLEMAS
PASTORALES. Respecto a la consagración de las vírgenes seglares,
el problema pastoral más serio está relacionado con el
escaso conocimiento de la existencia misma del rito y, por tanto, del don
que la iglesia concede a una hija suya, en la cual ha podido reconocer tal
carisma, constituyéndola sponsa Christi, consagrada en el estado
seglar al servicio de Dios y de los hermanos.
Con frecuencia,
mujeres que viven responsablemente la virginidad por el reino ignoran la
posibilidad de recibir la consagración litúrgica en
régimen seglar o, por no tener clara idea de su naturaleza, se creen
inmaduras para la misma. En el pueblo de Dios no deja de ser común la
mentalidad de que la virginidad consagrada se vive exclusivamente de forma
institucionalizada en comunidades monásticas
o en
congregaciones religiosas. Resulta que a veces los mismos obispos no
están debidamente informados sobre la naturaleza y el valor del
rito; en su disposición frente al mismo se advierte una mentalidad
más administrativa que sacramental.
De hecho, desde
1970, año de la promulgación del rito, apenas si se han dado
noticias sobre la práctica de tales consagraciones; los mismos
especialistas no han prestado a dicho ordo sino muy escasa
atención. Por otra parte, no se restablecen de un golpe la conciencia y
sensibilidad hacia un rito desde hace ocho siglos en desuso; por lo que se
precisan una acción pastoral prudente y eficaz y una catequesis
iluminadora, a
fin de que la consa
gración
virginal de las mujeres
seglares deje de
ser un rito imprac
ticado o de
parecer un hallazgo ar
queológico
que se quiere valorar.
La auspiciada
obra de iluminación y catequesis deberá mostrar igualmente
que la consagración virginal no es un rito reservado a mujeres
particularmente preparadas desde el punto de vista cultural, cuya
aplicación, por consiguiente, fuese elitista; pero deberá
declarar a su vez que, por la seriedad del compromiso que comporta, por la
madurez psicológica y de fe que exige, por el misterio al que incesantemente
remite —el virginal y fecundo desposorio entre Cristo y la
iglesia—, por los valores escatológicos que testimonia, por
la implicación de la iglesia local en la persona del obispo, la
consagración virginal no puede considerarse como simple y laudable
compromiso que se asume dentro de una pía asociación, ni
como los mismos votos privados. Una sabia pastoral actuará rechazando
tanto una presentación en clave elitista o aristocrática
como una presentación banalizadora del rito, e introduciendo, en
las sedes diocesanas y en los momentos más oportunos, "una
específica presentación de la virginidad consagrada, sobre
todo en su aspecto positivo de ministerio indispensable para la vida y
para el progreso espiritual de la iglesia" ".
[/
Profesión religiosa; / Virginidad consagrada en la iglesia].
NOTAS: ' Las
fuentes principales son: San Dámaso, Decrétale ad episcopos
GalHae 3-4 (PL 13, 1182-1183, donde se atribuye erróneamente al
papa Siricio); san Ambrosio, De virginibus III, 1-4 (PL 16; 231-233), en
donde está descrita la consagración de Marcelina, hermana de
Ambrosio, efectuada el 25 de diciembre del 352 ó 353, por las manos
del papa Liberio; el opúsculo De lapsu virginis sacratae (PL 16,
367-384), atribuido a Nicetas de Re
474
mesiana; san
Jerónimo, Epistula 24 3 (CSEL 54,215-216) — 2 La oración
más antigua de bendición de una virgen figura en el tratado
ambrosiano De institutione virginis 104-114 (PL 16, 345-348). Se trata, empero,
más de una "oración literaria" que de un texto proveniente
del uso litúrgico o destinado al mismo — 3 Así
reconstruye el rito R. Metz, La consécration des vierges dans
l'église romaine. Étude d'histoire de la liturgie. Puf,
París 1954, 124-138; R. d'Izarny, Mariage et consécration
virginale au IV siecle, en VSS 6 (1953), 108111, estima que en Roma, hacia
la mitad del s. iv, el rito de consagración de las vírgenes no
preveía ni la plegaria de bendición ni la entrega del velo
(velatio), sino que consistía sólo en la mutatio vestium: la
virgen adoptaba un atuendo sobrio, de color oscuro. El estudio de
R. d' Izarny,
importante por muchas razones, no ha encontrado, sin embargo, asentimiento
sobre este punto —
eliminar la idea
implicada.del parangón entre
475
las
vírgenes y las mujeres casadas — 24 Este versículo, con el
cual el Apóstol manifiesta la fidelidad de Dios hacia aquellos que ha
llamado a la fe, es usado en el Ritual de la profesión religiosa
— 2S "... parece justo y razonable que se verifique en el futuro una
evolución de la disposición actual. Tratándose de una ley
eclesiástica, expresada de momento sólo en el nuevo
Pontificóle, podrá admitir excepciones en base a solicitudes de
los distintos instituios": Ñor 7 (1971) 108 — 26 Cf RPR
149; 162; 163; 165 -27 Cf RCV (nota 19).
/. M. Calabuig-R.
Barbieri
BiBLlOGRAFfA:
Auge M., Notas para una teología de la vida religiosa que emergen de los
ritos de profesión religiosa y de consagración de
vírgenes, en "Miscellanea Lateranense" 4041 (1975)
458-470; Nocent A., La consagración de vírgenes, en A.G.
Martimort,
SUMARIO: I.
Enfoque cultural: 1. Orígenes, significados, desarrollo: a) En el campo
profano, b) En el campo religioso y litúrgico;
2.
Valoración global - II. La creatividad en la tradición
litúrgica: 1. Era apostólica; 2. Knlrada en la cultura
greco-latina; 3. Época medieval; 4. De la reforma tridentina al Vat. II
III. El tema de
la creatividad litúrgica en el Vut 11 y en el posconcilio: 1.
Fundamentos liencrales: unidad y pluralismo; 2. Unidad y , pluralismo en
liturgia: espacio para la adaptación y la creatividad - IV.
Perspectivas oficíales de creatividad en la liturgia reformada: I.
En los actuales libros litúrgicos; 2. Otras ponibilidades de desarrollo
- V. Presupuestos y criterios para una correcta metodología de la
ctrulividad litúrgica: 1. Presupuestos relacion«(li>s con
la liturgia misma: a) La liturgia es mprcMÍm de un dato que ella no
crea, sino que
Creatividad
acoge, b) La
liturgia asume y transforma el dato humano, c) La liturgia es
ontológicamente una e históricamente variable en las formas;
2. Indicaciones
metodológicas: a) Conocimiento a fondo del contexto
histórico-cultural y asunción "crítica" del
mismo, b) Relectura "soteriológica" de la relación
rito-cultura, c) Respeto equilibrado de las exigencias de "universalidad"
y "particularidad", d) Implicación de las comunidades
locales, e) Recurso a otras disciplinas,/) Experimentación progresiva
y gradual - VI. Diversos niveles de competencia: I. Competencia de
autorización; 2. Competencia de ejecución; 3. Legislación
y creatividad - Vil. Perspectivas pastorales: 1. El uso inteligente de los
textos y de los ritos disponibles; 2. Implicación de la comunidad local;
3. Búsqueda de formas de celebración adecuadas a los diversos
niveles de fe; 4. Creación de formas nuevas para una liturgia más
"popular".
I. Enfoque
cultural
El uso del
término creatividad en el campo de la liturgia católica es
bastante reciente; aparece con motivo del primer encuentro de la / reforma
litúrgica posconciliar con el mundo de la / cultura actual. Y de esa
misma cultura ha sido tomado el término. Por eso es importante,
para comprender debidamente la problemática que a la liturgia se le
plantea, tener presente lo que culturalmente está implicado en la
noción de creatividad.
1. ORÍGENES,
SIGNIFICADOS, DESARROLLO, a) En el campo profano. El término
nació en los Estados Unidos de América en la época
siguiente a la segunda guerra mundial, y en el campo de las ciencias
psicológicas, para designar la capacidad de reacción de la
inteligencia del individuo frente a un problema completamente nuevo: si esa
inteligencia, en vez de limitarse a dar una solución única
(converger), consigue idear el máximo de soluciones posibles
(diverger), se podrá hablar de inteligencia creativa. Utilizado inicialmente
como índice
Creatividad
de un
método específico de medida de las capacidades intelectivas (test
de creatividad), muy pronto el término entró en el campo de
la pedagogía como clave de un nuevo planteamiento educativo que
quiere privilegiar en el niño la actividad inventiva, el favorecimiento
de la iniciativa personal, el estímulo de la imaginación creadora
tanto en el aprendizaje escolar como en las manifestaciones lúdicas o en
el comportamiento familiar y social. Sucesivamente el término y el correspondiente
contenido se fueron extendiendo a ámbitos cada vez más numerosos
de la actividad humana: desde la investigación científica
hasta el desarrollo industrial, desde el sector artístico al de las
relaciones interpersonales, la convivencia social, la cultura, el
lenguaje, la concepción y praxis política o el comportamiento
religioso. De este modo la creatividad termina presentándose como
una manera nueva de ver e incluso de programar al hombre, su personalidad,
su actividad, su sistema de relaciones a todo nivel; y no sólo
esto, sino que influye también en la visión del grupo, de la
colectividad, de la sociedad y de la cultura misma en la medida en que en todo
este complejo de realidades se estimule y favorezca la aparición de
compor
tamientos
originales y más auténticos, superando o rompiendo con
anteriores sistemas basados en concepciones monolíticas, en un
igualitarismo general o en el convencionalismo y el conformismo.
Proyectado sobre
una gama tan amplia de realidades, resulta difícil definir el
término con precisión. Quizá sea más útil
tener presentes los principales tipos en que se encarna: creatividad de
expresión: una actividad buscada por sí misma, sin dar
importancia a la habilidad, a la originalidad, a la calidad
476
de la obra (por
ejemplo, los dibujos espontáneos del niño); creatividad " de
producción: control y canalización de la actividad
lúdica a consecuencia del progresivo aumento de los
condicionamientos de la técnica; creatividad de invención:
capacidad de captar la posibilidad de relaciones nuevas entre elementos
hasta ahora disociados; creatividad de innovación: modificación
de los fundamentos y postulados de un sistema determinado; creatividad de
emergencia: aparición de una norma o una hipótesis
completamente nueva, como en el caso del arte abstracto'.
Múltiples
han sido los factores que han presidido o favorecido el afirmarse de una
pedagogía o de una filosofía de la creatividad: la
reacción a la progresiva asfixia de la persona por la
organización técnica e industrial, siempre en crecimiento; el
retroceso de concepciones ideológicas y de modelos de
comportamiento heredados del pasado y considerados incapaces de seguir
orientando al individuo y a la sociedad en su conjunto; la confianza
concedida —hasta hacer de ella un problema ético— a la
espontaneidad, a la naturalidad en todos los campos, y el rechazo de toda idea
o criterio-guía proveniente del exterior (la llamada no-directividad);
la suspicacia frente a toda estructura jerarquizada que, entrometiéndose
en el ámbito privado del individuo o en el sistema horizontal de
relaciones de los grupos, amenaza la necesaria autonomía de las personas
y de las formas asociativas; la creciente concepción del hombre
como sujeto y protagonista del proyecto y de la creación de un futuro
diverso, donde el papel de la imaginación creativa, abierta, flexible,
ocupa el lugar de las ideologías y de los sistemas monolíticos y
fixistas.
477
b) En el campo
religioso y litúrgico. Las nuevas perspectivas ofrecidas por la
creatividad han influido también en el campo religioso, considerado
estable por su misma naturaleza gracias a su estructura dogmatizante, la
normatividad de su tradición, la sustancial uniformidad de su
disciplina y la repetitividad de su estructura ritual. Dos acontecimientos
importantes, cada uno a su modo, han contribuido a poner en marcha la
creatividad en este terreno específico: el primero
e.s la apertura
realizada por el Vat. II al mundo real de la historia y al diálogo con
las múltiples culturas; el segundo es el fenómeno de la
desacralización o / secularización, aparecido con fuerza a mitad
de la década de los años sesenta. De la apertura conciliar
trataremos más adelante. En cuanto al otro fenómeno, digamos
simplemente que, en su forma radical (secularismo), negaba al cristianismo (y a
toda religión) el derecho de presencia en I a historia en nombre de la
absoluta autonomía del hombre; a lo sumo, habría reconocido a la
religión el derecho a la existencia a cambio del abandono de los
presupuestos melahistóricos y del compromiso radical de actuar
eficazmente en la historia en orden a la transformación del mundo
según módulos meramente humanos. El cristianismo, en
concreto, no pudo menos de ncntirse estimulado por todo esto a interrogarse sobre
su relación con el mundo, con particular atención a las
exigencias que le presentaban las legítimas autonomías reivindicadas
por el hombre en el campo de lu cultura, de la política, del orden
uncial, de la economía, de la educación, etc. Este estado de
cosas ape-Ittbu de hecho a todos los recursos del cristianismo y de la iglesia,
a su expresión histórica concreta, orien-Imulo hacia una renovada
capaci
Creatividad
dad
interpretativa y creativa de los mismos.
En tal
situación, la liturgia se encontró en primera línea: por
haber sido el primer sector de la vida eclesial de que se ocupó el
Vat. II y en el que éste introdujo sus fermentos renovadores, tuvo que
afrontar a su debido tiempo el problema de la creatividad en virtud de la
propia estructura y del propio modo de obrar, basados enteramente en un
conjunto de elementos provenientes de ámbitos culturales
históricamente identificables.
2.
VALORACIÓN GLOBAL. La aceptación alcanzada en todos los campos
por la idea de creatividad no es, sin más, prueba de validez
incuestionable; como, por otra parte, los excesos a que ella pueda dar lugar no
significan motivo de condena automática. Una valoración
justa debe tener en cuenta el contexto del problema. Ahora bien, el hombre de
hoy se caracteriza notablemente por una crisis que es fruto de un cambio de
civilización: todo un mundo de viejas certezas está agonizando y
todo un mundo de perspectivas, ya fascinantes, ya inquietantes, alborea en el
horizonte de la historia. Es una situación que objetivamente, por
necesidad intrínseca más que por elección deliberada,
apela a todos los recursos de inventiva del hombre. Punto
extremadamente delicado es el paso, quizá en la mayoría de los
casos inevitable, de la toma de conciencia de una instancia objetiva a una teorización
unilateral y absolutizante de su solución (ideología). Tal
es el caso de la creatividad, transformada de simple instrumento de
investigación psicológica en un modo nuevo de proyectar y
realizar la vida de la persona, los varios niveles de relaciones, las
Creatividad
instituciones, la
cultura. La palabra creatividad ejerce por sí misma una
fascinación difícil de dominar, y, sin suficiente análisis
crítico, se convierte con facilidad en eslogan. Más aún si
se tiene en cuenta que a ella se acercan o con ella se confunden otros
términos no menos deslumbrantes, aunque igualmente sujetos a
ambigüedad, como improvisación, espontaneidad, gratuidad,
fantasía, originalidad, no-directividad, etc. Es preciso no olvidar
el peso de los orígenes, es decir, aquella concepción
pedagógica deudora de la utopía liberal, de cuño
típicamente americano, extremadamente confiada en las posibilidades
de autorrealización del individuo. A pesar de todo, por encima de
ciertas sombras innegables, la creatividad sigue siendo una tarea
histórica frente a problemas inéditos en sí mismos, o
a causa de las situaciones en que se plantean o por sus enormes dimensiones
(pensemos simplemente en el sector del desarrollo tecnológico y
científico, con sus inevitables repercusiones en el campo de la
ética, o incluso en la elección de tipo de civilización;
pensemos asimismo en las dificultades que originan los nuevos equilibrios
económicos, en el problema feminista, en las nuevas orientaciones
educativo-escolares, etc.). Es necesario, sin embargo, que para afrontar tales
desafíos la creatividad no se plantee ante todo en términos
de pura y simple supresión de los varios condicionamientos
(desestructuración) y luego pretenda comenzar desde cero, sino que
acepte reconocer que en realidad no se da cfesestructuración sino
como reestructuración de los elementos que entran en juego. Tal
reestructuración puede ser realmente liberadora y signo de
crecimiento en la medida en que las nuevas opciones y los nuevos comporta
478
mientos
continúen fundamentando-,, se en valores considerados anacrónicos
para muchas situaciones, pero debidamente reinterpretados y reformulados.
La creatividad, algo completamente distinto de la improvisación,
que es la aventura de una fantasía incontrolada, debe ir
acompañada por el esfuerzo del análisis, la búsqueda de
mediaciones entre lo viejo y lo nuevo, la sabiduría de una actitud
de reserva crítica ante las propias creaciones, para poder ser realmente
ella misma. Se podrá definir la creatividad como la búsqueda
de las posibilidades óptimas de confirmar la propia identidad en la
renovación2, tanto a nivel personal como social, de instituciones,
cultura, etc. Esto reconduce la creatividad a sus verdaderas dimensiones de
instrumento de trabajo, pero asegurándole al mismo tiempo las
mejores
condiciones de
eficacia.
Desde este punto
de vista, la creatividad puede afrontar el mundo religioso en general, y
el litúrgico en particular, con las precisiones ulteriores que la
materia específica exige.
II. La
creatividad en la tradición litúrgica
Examinando el
concepto de creatividad en referencia a épocas pasadas de la /
historia de la liturgia, es preciso advertir que, si no la sustancia,
ciertamente el contexto cultural del pasado era muy distinto del
actual. Mientras que hoy la instancia de la creatividad en liturgia
requiere una justificación no sólo histórica, sino
también de principio, de su misma legitimidad, siendo además
exigida por estímulos culturales precisos; en otras épocas,
sobre todo en los primeros siglos de la iglesia, era un hecho
479
obvio, vivido
espontáneamente, exigido por necesidades inmediatas de la
celebración y de la pastoral, lín una palabra, no existía
una problemática de la creatividad comparable a la nuestra, nacida
después de un largo período de fíxismo litúrgico,
que pretendía justificarse con argumentos doctrinales. Esta
observación tiende a prevenir contra el peligro de una
dogmatización de los testimonios a favor de la creatividad, que la
lectura histórica de la tradición litúrgica proporciona
indudablemente.
1. ERA
APOSTÓLICA. La estruclura sustancial de la liturgia cristiana
fue creada prácticamente por los apóstoles sobre la base de los
elementos primordiales proporcionados por la enseñanza y el ejemplo
de Jesús. También en materia iitúrgico-ritual se
encontraron ante la necesidad de escanciar el vino nuevo en odres nuevos, es
decir, de proclamar el acontecimiento salvífico Cristo-Jesús
no sólo en la predicación, sino también en formas
culturales adecuadas. De estas últimas puede afirmarse con certeza
que se remontan a la era apostólica las siguientes: baño-bautismo
en el nombre de Jesús; la fracción del pan o cena del
Señor; la imposición de manos para conferir el Espíritu
junto al poder de
presidir la comunidad local; la unción de los enfermos; la
oración en diversas formas; el /domingo como día de la memoria
semanal del Resucitado. La creación de esta liturgia embrionaria
tuvo lugar todavía en el contexlo y bajo el influjo de la secular y
riquísima tradición cultual (tanto pública como privada)
del pueblo elegido; tradición que podía proporcionar no
sólo modelos consagrados —como las oraciones del Hervido
divino del templo, las diversas horas de oración a lo largo
Creatividad
del día,
las fórmulas de alabanza usadas frecuentemente en la vida cotidiana y,
sobre todo, la liturgia de la palabra de tipo sinagoga!—, sino
también sólidos fundamentos en materia de libertad creativa.
Especialmente en el campo de las fórmulas de oración, la tradición
oral judía daba cabida a la variedad y espontaneidad, llegando incluso a
prohibir la redacción escrita de fórmulas destinadas a la
asamblea, con el fin de favorecer la implicación y
participación personal de cada miembro. Sin embargo, la fuente y motivación
principal de la creatividad litúrgica en la era apostólica
será la nueva economía salvífica inaugurada por
Jesús mismo: su muerte y resurrección constituyen el
acontecimiento salvífico único, absoluto, definitivo, que, como
tal, estimula y dirige la capacidad inventiva de los apóstoles y de
las primeras comunidades reunidas en torno a ellos en orden a la
creación de formas cultuales nuevas. La misma actitud personal del
Maestro era determinante en el sentido de que él, continuando la
tradición de los antiguos profetas, proclamaba la llegada de un culto
"en espíritu y en verdad" (Jn 4,2324), liberado, si no
del elemento ritual en sí, ciertamente del ritualismo y legalismo
exteriores. Un punto firme e inconmovible, heredado del Maestro, condicionaba
las opciones de los apóstoles: la nueva liturgia tenía como
motivo y centro específico el hacer memoria de Jesús (Le 22,19; 1
Cor ll,24s): ya no era la cena de la antigua pascua, sino la "cena del
Señor" (1 Cor 11,20); no la circuncisión o el baño
penitencial, sino el "bautismo en el nombre de Jesús" (He
2,38; 8,16...); no la remisión de los pecados a través de los
antiguos sacrificios expiatorios, sino la obtenida mediante la
"sangre de la nueva alian
Creatividad
za" (Mt
26,28); no la oración en contacto inmediato con Yavé, sino
realizada "en el nombre del Señor Jesús, dando gracias al
Padre por su intercesión" (Col 3,17; cf también Ef
5,20). Particularmente significativa es la aparición de himnos,
oraciones, aclamaciones que centran toda su referencia específica
en Cristo y en su papel en la economía de la salvación: 1 Tim
6,15-16; Flp 2,6-11; Ap 4,11; 15,3-4; 5,9-10; 5,12, Rom 16,27; Heb 13,21, etc.
Tener fe en esta herencia significaba para los apóstoles y la iglesia
naciente emprender un camino completamente inédito en busca de
signos rituales en los cuales la novedad de la llegada de la salvación
en Cristo Jesús apareciese en toda su fuerza originaria, procurando que
los elementos procedentes del contexto cultual judío no la oscureciesen
ni la sofocasen.
En los escritos
de san Pablo encontramos ya testimonios de la aparición de una
tensión entre
fidelidad a la
tradición y empuje creativo en las primeras comunidades cristianas:
algunos desórdenes (divisiones en la asamblea: 1 Cor ll,18s; confusión
en el ejercicio de los carismas: 1 Cor 14,1-40) provocan llamadas al orden
o, lo que es lo mismo, al firme respeto a una tradición ya reconocida
como tal (cf 1 Cor 11,23). Estas llamadas al orden no significan, sin embargo,
negación de la creatividad, sino subordinación de la misma al
dato "recibido y transmitido" (ib) y a la
"edificación" común (1 Cor 14,12. 26), en orden y
concierto (1 Cor 14,40). La exhortación de Pablo mantiene siempre la
puerta abierta al ejercicio, aunque regulado, de los dones personales en la
asamblea (1 Cor 14,26; cf también Ef 5,1820), especialmente del don
de la oración espontánea (1 Tim 2,ls). Y la enseñanza de
Pablo no podía ser
480
diferente, al
menos en sus grandes líneas, de la de los demás apóstoles.
En esta primitivísima era de la iglesia, por tanto, la creatividad en
materia litúrgica se imponía con una necesidad tanto de principio
como de hecho, debido al paso de la antigua a la nueva economía. Las
decisiones del llamado concilio de Jerusalén (He 15,2-29) tienen un
alcance liberador universal, incluido el ámbito cultual, por el
abandono decidido de todo lo que habría podido aprisionar la
fuerza expansiva y creativa de la buena noticia: la carta de los
apóstoles fue acogida con gozo por la comunidad de Antioquía:
"Y habiéndola leído, se alegraron con este consuelo"
(He 15,31). Pero esta apertura no podía eliminar por completo el fondo
común a ambas experiencias, la judía y la cristiana, que sigue
siendo patrimonio inalienable de nuestra espiritualidad y nuestra liturgia
actual.
2. ENTRADA EN
Ya la presencia
en las primeras comunidades de convertidos provenientes tanto del judaismo
de la diáspora como del paganismo (He 2,8-11.41; 11,20, 13,46-48)
planteó graves problemas, que no podían ignorar tampoco el
aspecto cultual. Su influjo fue ciertamente determinante en las decisiones
de apertura adoptadas ya por el concilio de Jerusalén. El gradual pero
impresionante multiplicarse de iglesias con características
rituales diversifí481
cadas debe
explicarse, en su raíz, desde esta primera toma de conciencia
oficial del universalismo cristiano, que implica el respeto a las costumbres de
cada pueblo. Pero la fidelidad a la tradición era siempre el
criterio-guía del esfuerzo de adaptación y creatividad. La
aparición de las primeras desviaciones doctrinales (desde el
gnosticismo y maniqueísmo hasta las herejius
cristológicas y trinitarias) obligó, por un lado, a la
defensa y ulteriores precisiones de la fe cristiana y, por otro, a una
particular vigilancia de la praxis litúrgica, considerada desde siempre
como garantía de la autenticidad de la fe misma en cuanto testimonio
objetivo de la tradición. Llamadas a una disciplina
litúrgica las encontramos ya en
ii>
Creatividad
y recita una
oración más modesta no se le impida, con tal que su
oración sea correcta y conforme a la ortodoxia"3. Hipólito
es, pues, testigo de una liturgia al mismo tiempo fiel al dato tradicional en
cuanto a las cosas esenciales y abierta a la inspiración creativa,
especialmente en materia de formulación oral. Esta simbiosis
será constante todavía durante mucho tiempo, apoyada por figuras
como Tertuliano, Orígenes, Agustín, Ambrosio, etc., y por
concilios locales como el de Hipona, del año 393, y los dos de Cartago,
de 397 y 407. Particularmente significativa es la afirmación de san
Ambrosio en que dice que quiere seguir la tradición litúrgica
romana, aunque reservándose el derecho de adoptar y conservar
algunos usos diversos de los de Roma4.
Tres hechos
importantes favorecen decididamente un ulterior desarrollo de las
relaciones entre tradición y creatividad: la libertad concedida
al cristianismo por Constantino el Grande, el paso de la lengua griega a
la latina, el afirmarse de iglesias-modelos. El edicto de Milán del
año 313, al hacer salir a la iglesia del estado de persecución y
de privación de todo derecho público, determinó,
entre otras cosas, un desarrollo impresionante de la liturgia cristiana,
la cual tuvo que modelarse ahora según las exigencias tanto de una
celebración en ambientes públicos (basílicas) como de una
gran multitud de neoconversos (organización del / catecumenado).
Una explosión de vitalidad creativa se manifestó también
en el campo de los edificios sagrados (además de las basílicas,
los baptisterios, las memorias sobre las tumbas de los
mártires, los cementerios) y del arte pictórico y musical.
El paso, en Roma, del griego al latín en el uso litúrgico
—paso que Creatividad
tuvo lugar
probablemente bajo el papa Dámaso (366-384)— supuso de manera
singularísima la inculturación romana de la liturgia misma,
con las bien conocidas características de sobriedad, claridad y
racionalidad, y con la producción fecundísima y
original de textos eucológicos. Entran en la liturgia,
además, elementos provenientes del culto pagano y del ceremonial de la
corte imperial: se trata, desde luego, de elementos secundarios y bien filtrados
antes de su aceptación (vestidos, insignias, proskynesis o postraciones,
expresiones técnicas del uso forense o asambleario, etc.), pero
importantes en cuanto al principio subyacente a su adopción, o sea, el
impulso encarnacional de la liturgia cristiana. El afirmarse, finalmente, de
iglesias-guía (comenzando, en Occidente, por Roma) con motivo de su
origen apostólico, o del prestigio de grandes obispos, o de su
ubicación geográfica y política, dio origen a procesos de
imitación por parte de las iglesias menores o en algún modo dependientes:
ritos y fórmulas, particularmente apreciados por su consonancia con
el dato de la fe o por su belleza literaria, fueron adoptados por estas
últimas. A esto hay que añadir una razón de orden
interno: siendo la liturgia (y en particular el corazón de la misma, es
decir, la plegaria eucarística) expresión del credo de la
iglesia, su celebración constituye una auténtica proclamación
de la fe misma, común a todos los creyentes; es lógico, pues, que
la liturgia fuese convenientemente estructurada de modo que presentase una
cierta homogeneidad por encima de las diferencias geográficas,
étnicas, lingüísticas o rituales. Si todo esto implicaba el
inicio de un proceso de gradual afinidad incluso exterior de las diversas
expresiones litúrgicas, no significa
482
ba, sin embargo,
la desaparición de
la creatividad:
tal proceso, en efec
to, no se debe a
una legislación
positiva
centralizadora y unificado
ra (impensable en
esta época), sino
a una
convergencia natural siempre
respetuosa, a
pesar de todo, con las
peculiaridades
locales.
No pudiendo
seguir aquí paso a paso, tanto para el Oriente como para el Occidente,
el desarrollo creativo de las varias familias litúrgicas, nos
limitaremos a precisar, a modo de síntesis, el sentido genuino de la
creatividad litúrgica en el período singularmente fecundo que se
extiende desde mediados del s. ni hasta finales del s. vil. Es posible hablar
de espontaneidad e improvisación, pero dentro de los límites
de convenciones (synthékai: Orígenes) y de normas umversalmente
reconocidas y respetadas acerca de la estructura esencial de las formas
litúrgicas, los contenidos doctrinales fundamentales y un
vocabulario cultual específico, por ejemplo en lo referente a la
plegaria eucarística (anáfora). Una creatividad absoluta,
desligada de reglas y de puntos de referencia, no se dio jamás en la
iglesia de los primeros siglos, pues era demasiado viva la conciencia de que la
liturgia es en sí misma depositum y traditio de los misterios de la
fe recibidos de Cristo y de los apóstoles. Por otra parte, la
aparición, ya en esta época, de recopilaciones escritas (libelli
sacramentorum y, luego, sacraméntanos, antifonarios,
pontificales...) no se debió en manera alguna a una presunta
concepción fixista y uniforme de la liturgia. Ni siquiera la
huella, en ciertas liturgias, de here
jías
doctrinales o la aparición de abusos en materia ritual fueron capaces de
transformar las llamadas al orden, que tienen lugar ya frecuentemente en
la época en cuestión, en prohibición de libertad
•183
ci cativa (la
tradición litúrgica posterior, hasta hoy, no ha vuelto a
igualar en creatividad a aquellos cuatro siglos). La tradición misma
cía fuente de inspiración creativa mediante una adaptación
pastoral a nivel local; esta última, a su vez, era concebida al servicio
de una mayor eficacia del patrimonio de fe transmitido.
3. ÉPOCA
MEDIEVAL. En la situación resultante de la caída del imperio
romano de Occidente y al encontrarse con nuevos pueblos y culturas, la
religión cristiana y su liturgia fueron el factor primario de
aglutinación y de inspiración. Se asiste a la aparición de
un doble fenómeno: por una parte, el surgir de una serie de usos
litúrgicos propios de las iglesias locales (rito uiilicano,
céltico, / hispánico, / amnrosiano, aquileyense...); por
otra, la atención siempre creciente a la iglesia de Roma y su liturgia.
La progresiva modelación de las liturllius locales según la
romana deja amplio espacio a las particularidades regionales. La misma
iglesia de Koma conoce en el primer medievo una intensa actividad creativa, de
la que son claros testimonios sobre lodo los sacramentarios veronense,
uclasiano y gregoriano. En particular, la reforma de la liturgia realizada
por Gregorio Magno para la ciudad de Roma con intentos claramente
pastorales (retocando no sólo elementos rituales, sino también
el mismo lenguaje), está acompañada de una viva sensibilidad
por el respeto a las exigencias culturales y espirituales de los diversos
lunares, sensibilidad que el mismo Gregorio en cierto modo codificó
en una metodología de adaptación pastoral cuya inspiración
de fondo en perennemente válida. A las preguntas precisas que le
dirigió el monje Agustín, misionero en Ingla
Creatividad
terra,
respondió él en el año 601 recomendándole que
tuviese siempre en cuenta la costumbre de la iglesia romana, pero que
recogiese también elementos útiles de las otras iglesias y los
insertase en la de Inglaterra. En otra carta del mismo año, dirigida
también a Agustín por medio del abad Melitón, sugiere
utilizar elementos rituales paganos (templos, sacrificios, banquetes)
insertando en ellos nuevas tentativas, de modo que gente todavía
ignorante pueda convertirse a los nuevos valores cristianos gradualmente,
sin choques, a partir de experiencias ya vividas5. Aun sin definiciones ni
teorizaciones sistemáticas, tenemos aquí toda la sustancia
de la problemática actual referente a la inculturación
litúrgica (/ Adaptación, IV).
El
fenómeno que caracteriza los ss. vnixii, con las migraciones de los
libros litúrgicos romanos a los territorios franco-germanos y las
consiguientes mescolanzas de la liturgia romana con la galicana (floreciente ya
desde hace siglos) —intercambio que dio origen a la liturgia llamada
romana hasta la reforma del Vat. II—, puede ser considerado
también como un hecho de creatividad, pero ciertamente en tono
menor, pues se trata sobre todo de una serie de adaptaciones,
compilaciones entrecruzadas de textos y de libros litúrgicos, en
las que no se detecta una verdadera originalidad. Esta, todo lo
más, se manifiesta en sectores periféricos de la liturgia,
como oraciones privadas para los fieles o para el celebrante mismo
(apologías), secuencias y oficios devocionales. Y todo ello en
consonancia con el surgir de nuevas tonalidades en la teología, en la
espiritualidad y en la piedad: de la consideración objetiva y global de
los misterios de la fe se pasa a acentos más subjetivos,
Creatividad
intimistas,
apasionados, amantes de los detalles históricos y también de la
acumulación y repetición de elementos secundarios. Y el conjunto
fue favorecido enormemente por el progresivo apagarse de la / participación
activa en las acciones litúrgicas, determinado por la ininteligibilidad
del latín en una época en que surgen ya las lenguas vulgares
y por la creciente distancia entre celebrante y fieles. El período que
comprende los ss. xm y xiv se caracteriza por un proceso de fijación
de los formularios y de los ritos dentro de cada iglesia: nos ha quedado prueba
de ello en la abundante producción de ordinarios y libros
ceremoniales. Sin embargo, aunque falte creatividad, sigue habiendo pluralidad
de formas litúrgicas, si bien se notan ya los signos de una profunda
decadencia de la liturgia misma.
4. D E
484
lio del
latín se convirtieron, en la iglesia occidental, en una norma
inderogable. La época siguiente, hasta la reforma del Vat. II, ya no fue
de creatividad, sino de estricto rubricismo. La rigidez con que se entendió
la uniformidad litúrgica apareció con particular evidencia en el
sector misionero, donde no se concedió derecho de ciudadanía en
la liturgia ni en otros sectores de la evangelización a los valores
propios de culturas extraeuropeas. Pero esto revela exactamente el nudo central
del problema, es decir, el progresivo distanciamiento entre la cultura de la
iglesia, anclada en el modelo medieval, y la naciente cultura de
creatividad.
III. El tema de
la creatividad litúrgica en el Vat. II y en el posconcilio
Apremiado por las
instancias provenientes del mundo misionero y ecuménico en el marco de
la multiplicidad de las culturas actua485
les a las que se
dirige el mensaje cristiano, el Vat. II hizo de la aperlura a esas
diversas culturas y (radiciones una de las líneas maestras de su
enseñanza.
FUNDAMENTOS GENERALES: UNIDAD Y
PLURALISMO. Afirmando la unidad de la iglesia y en la iglesia, el concilio
dejó también, mitoritativamente, espacio para una legítima
y necesaria diversidad en el ámbito de la expresión
teológica, pastoral, jurídica, disciplinar y, por tanto,
también litúrgica del único e idéntico depositwn
fidei. Y esto no sólo como reconocimiento de un dato de hecho ineludible
o como simple adecuación exigida de vez en cuando por necesidades
obvias, inmediatas, como surgiendo de una intuición instintiva
más bien que de tina reflexión global y sistemática, sino
principalmente como un valor teológico en sí, o sea, como exigencia
de la misma catolicidad y apostolicidad de la iglesia, que está
obligada a buscar formas y métodos diferentes para hacer conocer y
experimentar los misterios divinos (cf LG 13; 23; GS 7; 44; 92; UR 2; (i; 17)
sobre la base de una madura iiutoconciencia del valor de las culturas en el
encuentro con el mensaje de la salvación.
UNIDAD Y PLURALISMO EN LITURGIA: ESPACIO
PARA
Creatividad
preverse e
indicarse positivamente en el trabajo mismo de reforma (38). Esta apertura
está esencialmente determinada por la preocupación
pastoral que domina decisivamente todo el documento y que está
atenta a asegurar sobre todo la participación inteligente y activa del
pueblo de Dios en las diversas celebraciones (14 y 21). Así se explica
que el texto de la constitución prescinda de un razonamiento
expreso sobre el valor intrínseco de la encarnación cultural,
limitándose a recoger su necesidad y oportunidad pastoral.
Será el período sucesivo de aplicación de lo ordenado
en la constitución el que prorrogue, a través del encuentro
con las situaciones reales, una profundización en la
temática cultural, apoyándose para ello en las aportaciones
maduradas entre tanto en los otros documentos conciliares, sobre todo en
ción y de
la creatividad en el campo litúrgico. La terminología misma del
documento —optare, aptatio— contiene en sí una potencialidad
de desarrollos que van más allá de la remodelación
rubrical externa, para llegar, precisamente allí donde la
celebración se inserta en un contexto vital preciso, a la
creación de formas y de elementos nuevos. Adaptación y
creación, aunque rigurosamente hablando puedan distinguirse,
en realidad, sin embargo, se compenetran mutuamente: "toda
adaptación exige creatividad, igual que toda creatividad es fruto y
exigencia de una adaptación"6. Por eso, el trabajo realizado por la
reforma litúrgica está en perfecta correspondencia con las
intenciones de fondo y con las indicaciones tanto de método como de
contenido que se encuentran en
Creatividad
IV. Perspectivas
oficiales de creatividad en la liturgia reformada
Puesto que, como
hemos visto, la acogida de legítimas diversidades litúrgicas debe
ser, según
EN LOS ACTUALES LIBROS LITÚRGICOS.
En general, la creatividad contemplada por esos libros es la entendida en
sentido amplio, es decir, como facultad de adaptar los ritos oficiales o de
elegir entre los propuestos ad libitum o pro opportuninate. Pero no falta
la posibilidad de crear ritos y textos nuevos. Los elementos adaptables o
también, en ciertos casos, re-creables se refieren a todos y cada
uno de los sacramentos y sacramentales, a la liturgia de las Horas y al
calendario litúrgico. Posibilidades más amplias ofrece el ritual
de la iniciación cristiana de los adultos, el rito del matrimonio y el
de exequias, en cuanto que a ellos corresponde con bastante frecuencia una ya
rica tradición religioso-civil en las diversas áreas
culturales. Especialmente susceptibles de adaptación o de
innovación son los / gestos y las posturas del cuerpo, los utensilios
sagrados [/ Objetos litúrgicos/ Vestiduras], el / canto y la
música, el / arte sacro, la / traducción de los libros
litúrgicos 7.
OTRAS POSIBILIDADES DE DESARROLLO. En esa
misma línea lógica inherente al camino de la reforma
litúrgica, a las dos primeras etapas ya realizadas, de la
adopción de las lenguas vivas y de
486
la
publicación de los nuevos libros litúrgicos, debe añadirse
una tercera, bastante más exigente: la de una auténtica /
adaptación cultural, cuya profundidad puede extenderse hasta la
creación propiamente dicha de elementos nuevos. En efecto, la
admisión autoritativa del principio de la encarnación
cultural en perspectiva pastoral contiene en germen un itinerario que, partiendo
de los actuales libros litúrgicos, que reflejan la unidad sustancial del
rito romano, preparará la asunción gradual, cada vez más
decidida, de legítimos valores culturales y de sus expresiones
simbólicas concretas. El instrumento principal para realizar tal
tarea se identifica siempre, en los documentos oficiales y en los libros
litúrgicos mismos, con la autoridad eclesiástica local, es decir,
con las conferencias episcopales y los / organismos establecidos por ellas. En
esta referencia a la tarea de la iglesia local está implícito el
reconocimiento de que las líneas de la ya renovada legislación
litúrgica universal [/ Derecho litúrgico] son necesariamente
generales, y no pueden por ello considerar problemas estrictamente ligados
a situaciones específicas, de las que sólo la iglesia local
puede hacerse cargo in situ. Desde esta perspectiva, las posibilidades de
desarrollo de una válida creatividad litúrgica son inmensas,
incluso teniendo en cuenta ciertos presupuestos imprescindibles,
ciertas líneas metodológicas que hay que seguir y límites
que no deben traspasarse, a los que aludiremos más adelante. Tales
posibilidades no revelan todavía una fisonomía concreta de
su alcance, pues, en general, las iglesias locales no han aprovechado hasta el
presente sino una mínima parte del espacio disponible que se les
ofrece, habiéndose quedado mucho más acá del
límite.
4X7
V. Presupuestos y
criterios para una correcta metodología de la creatividad
litúrgica
Puesto que la
liturgia es tradición viviente y vivida de los misterios de fe de la
iglesia, cualquier iniciativa que se ordene a crear nuevas síntesis
entre el revestimiento ritual de tales misterios y los múltiples contextos
culturales de la historia en curso, debe prestar la debida atención
a ciertos aspectos específicos de la liturgia misma que inspiran
también los criterios operativos de una válida y fructuosa
creatividad.
1. PRESUPUESTOS
RELACIONADOS CON
b) La liturgia
asume y transforma el dato humano. Ya en el
Creatividad
momento mismo en
que la liturgia cristiana asume elementos humanos realiza una obra de verdadera
creatividad al darles un nuevo y más alto significado en relación
con su contexto natural y cultural. Cada vez que situaciones históricas
y pastorales específicas exigen ulteriores intervenciones
creativas, estas últimas deben moverse en el ámbito preciso
de esa transfiguración, teniendo presente que la liturgia es el
lugar primero de la transformación, en sentido salvífico, de
toda la realidad humana, en cuanto que en su estructura y en su dinamismo
sacramental es donde tal realidad continúa siendo asumida.
c) La liturgia es
otológicamente una e históricamente variable en las formas.
Esto no es sólo un dato de hecho que emerge de la historia de la
liturgia misma, sino un aspecto constitutivo de esta última gracias
a la índole encarnacional del misterio que se autorrevela. La
percepción de la oferta divina de gracia, tal como se manifiesta en un
contexto histórico concreto, obliga a las formas que la liturgia paulatinamente
va asumiendo a interrogarse tanto sobre su unidad de fondo como sobre su
fidelidad a las exigencias de encarnación en respuesta a las llamadas
divinas que actúan en la historia. Precisamente en esa necesidad de un
constante examen de la doble fidelidad de la liturgia se fundan primariamente
la exigencia de creatividad (que no debe confundirse, por tanto, con la simple
espontaneidad, la cual hace referencia esencialmente a necesidades
subjetivas) y la necesidad de distinguir entre partes inmutables y partes
susceptibles de cambio (cf SC 21), distinción que delimita claramente el
campo de acción de la adaptación y de la creatividad.
Creatividad
2. INDICACIONES
METODOLÓGICAS, a) Profundo conocimiento del contexto
histórico-cultural y asunción "crítica" del
mismo. Es una necesidad indirectamente puesta de relieve por el hecho de que la
falta
o insuficiencia
de auténticas mediaciones culturales, es decir, de /
signos-símbolos válidos (lenguaje simbólico) tomados de
las culturas corrientes, constituye en la actualidad la más grave
laguna de la renovación litúrgica. Esta situación de hecho
exige más que nunca que las iniciativas de creatividad se funden en un
análisis serio y metódico de las múltiples
áreas culturales en que deben encarnarse la palabra y el gesto
litúrgico. Esto es tanto más necesario cuanto que todo aquello
que en materia de valores humanos, lenguaje y simbolismo entra a formar
parte de los ritos cristianos, asume consiguientemente una función
sacramental, permitiendo a los ritos mismos una encarnación real en el
ámbito de la experiencia humana, y a esta última una posibilidad
real de inserción en la historia de la salvación. Es preciso, por
tanto, que los valores y sus correspondientes expresiones sean atentamente
acrisolados, rechazando todo lo que resulte indisolublemente unido a
errores y supersticiones (SC 37), y aceptando cuanto sea susceptible de ser
orientado hacia el misterio cristiano. A esto subyace la nueva
comprensión de la misteriosa acción de Dios en la historia y en
el mundo, que lleva a una consideración teológicamente
más positiva de los fenómenos culturales y religiosos existentes
incluso fuera del ámbito cristiano, aceptados ya como posibles
vehículos de una manifestación de la acción divina
encaminada a desvelar más plenamente la naturaleza misma del hombre
y a abrir nuevas
vías hacia
la verdad (GS 44b).
488
b) Relectura
"soteriológica" de la relación rito-cultura. Para
evitar que adaptación y/o creatividad acaben reduciéndose a una
mera operación cultural, será absolutamente necesario
referir los elementos culturales, objeto de interés, a aquello de
lo que la liturgia es directamente signo y actuación: el misterio
salvífico de Cristo. Por tanto, habrá que proceder a una
reinterpretación de la presencia y del alcance de la acción de
Cristo en el substrato antropológico del rito, de modo que se pueda dar
una respuesta adecuada a la pregunta sobre cómo las múltiples y
más auténticas manifestaciones de la experiencia humana puedan
ser reconocidas, reexpresadas y vividas dentro de los actos salvíficos
de Cristo que la liturgia propone. De esa manera el / rito, que se presenta
como fruto de una nueva creación, se convierte, gracias a la
eficacia intrínseca de la / celebración, en el lugar
primigenio en el que una / asamblea actual puede captar el sentido nuevo,
transfigurado^ refundidor, que el misterio de Cristo da al patrimonio
humano de que ella dispone y que, en cuanto parte de su condición existencial,
también necesita ser salvado.
c) Respeto
equilibrado de las exigencias de "universalidad" y
"particularidad". La liturgia, como la iglesia, es
ontológicamente una, pero fenomenológicamente variada: una e
idéntica, en cuanto que es siempre acción de la iglesia de
Cristo, incluso en sus diferentes ritos, lugares y tiempos; variada, en cuanto
caracterizada por peculiaridades propias de las diversas comunidades
eclesiales en que se celebra. La creatividad estimulada por las diversas
situaciones culturales debe salvaguardar el dato absolutamen489
le primario,
según el cual no hay iglesia local —y por tanto liturgia
particular— que no sea epifanía y actuación sacramental de
la iglesia católica, puesto que todos, y cada uno de los fieles son
llamados, cualquiera que sea la situación geográfica, cultural y
nacional de que provengan, a ser y actuar como miembros de la iglesia una e
indivi-Ka de Cristo: la liturgia de las diversas iglesias y asambleas particulares
sigue siendo siempre católica, es decir, universal. Pero debe
lalvaguardarse igualmente el valor de cada iglesia y asamblea en cuanto
dotadas de una identidad espiritual propia, ligada a procesos históricos
y culturales diferenciados: las diversas iglesias locales "tienen una
disciplina propia, unos ritos litúrgicos y un patrimonio
teológico y espiritual propios" (LG 23). La inevitable
tensión entre estos dos polos, igualmente necesarios, encuentra un
soporte equilibrador en un concepto renovado de lo universal, que, tomando
muy en consideración las irreducibles diferencias ii uc destacan el
carácter de unicidad e irrepetibilidad de los diversos grupos
humanos y de los individuos mismos, renuncia a proceder por generalizaciones
teóricas y jurídicas, para captar, en cambio, en Hundios
mismos sujetos la capacidad de contener y expresar en su peculiaridad
valores de alcance humano. Un grupo humano cultural mente definido, cuanto
más en contacto se pone con las auténticas raices de su identidad
(que brota de determinadas razones históricas, etnológicas,
geográficas, políticas, económicas, religiosas, etc.) y
cuanto más fiel permanece a ellas, empeñado en su
desarrollo, tanto mas crece humanamente en todos ION sentidos. Lo universal no
aparece ya como suma de rasgos comune», sino como un todo
simultánea
Creatividad
mente presente en
todo tipo cultural. Desde este punto de vista, la creatividad
litúrgica tendrá que partir del presupuesto de que una comunidad
local, cuanto mejor consiga leer los valores auténticos del propio
patrimonio cultural a la luz del misterio de Cristo operante en la liturgia y
permanecer fiel a ellos como a una manifestación precisa de la gracia
regeneradora del Señor, tanto mejor expresará desde dentro de su propia
experiencia el valor universal de la potencia santificadora de la liturgia
en cuanto "acción de Cristo y de la iglesia": el
significado y el alcance universal de su liturgia culturalmente encarnada
serán los mismos de la iglesia católica. Propiamente hablando, no
es la iglesia particular quien proyecta en dimensiones universales la
propia experiencia específica, sino que es la iglesia
ontológicamente una e idéntica quien, en y mediante la actividad
creativa desarrollada in loco por la iglesia particular, asume en su propio
horizonte aquella misma experiencia y se reconoce en ella.
d)
Implicación de las comunidades locales. Estas últimas, si
son el sujeto integral de la celebración litúrgica, son
también el sujeto integral del proceso creativo que a ella se
refiere, dado que éste exige la puesta en ejercicio de vocaciones y
carismas propios de la iglesia local, necesarios para su crecimiento y
misión. Una creatividad que fuese fruto solamente del trabajo de
expertos correría el riesgo no sólo de ser un frío
producto de laboratorio, sino que además no respetaría el
papel activo del sensus fidei y de los carismas del pueblo de Dios (cf LG 12).
El modo de realizar en la práctica esta implicación de todos se
estudiará caso por caso, en diversos grados y formas: la res
Creatividad
ponsabilidad
primera compete al / obispo, liturgo de su iglesia, y, en grado subordinado, a
las personas y a los / organismos encargados del trabajo de adaptación
creativa. Pero habrá que idear el modo de convocar una amplia y
representativa porción de la comunidad local a prestar su
colaboración en las fases de consulta, estudio, experimentación,
evitando cuidadosamente que la elaboración de una liturgia encarnada
se quede en feudo de grupos particulares o de visiones personales.
e) Recurso a
otras disciplinas. El respeto a las diversas competencias y disciplinas,
sagradas y profanas, punto firme en el afrontamiento de cualquier
objeto de estudio, lo es particularmente en el campo de la creatividad
litúrgica, dado que ella está en relación directa con el
encuentro entre la liturgia y los diversos mundos culturales. Por tanto,
habrá que recurrir necesariamente, en el campo de las ciencias
sagradas, a las aportaciones de la exégesis bíblica, de la
tradición patrística, de la teología en general y de la
litúrgica en particular, de la / historia de la liturgia y de la /
religiosidad popular; en el campo de las ciencias humanas, a las
aportaciones de la / antropología, de la / psicología, de la /
simbología, del / lenguaje ritual, con atención
especial a las culturas locales. El criterio de fondo que debe inspirar el
recurso a tales disciplinas es doble: por una parte, debe respetarse la
legítima autonomía de que ellas gozan, sin absorberlas en
esquemas preestablecidos; por otra, particularmente a propósito de las
disciplinas humanas, debe tenerse presente el carácter auxiliar de su
aportación a los fines que la creatividad litúrgica se
propone, ya que no pueden ser elevadas en sí mis
490
mas a criterio
último de validez de los resultados obtenidos o que se quieran obtener;
en efecto, el criterio último será siempre el
espíritu específico de la liturgia cristiana, que es el de
celebrar el hoy de la salvación de Dios.
f)
Experimentación progresiva y gradual. La complejidad de las
investigaciones preliminares, el respeto a los tiempos de maduración
de las diversas mentalidades, la atención a las necesidades espirituales
reales de una comunidad determinada exigen un criterio prudente de gradualidad
en la ejecución de un programa de creación litúrgica,
tanto en cuanto a los tiempos de su realización como en lo que se
refiere a los elementos rituales sobre los que hay que actuar. Las diversas
etapas de este proceso creativo deben responder no tanto a un esquema preestablecido
cuanto al grado de receptividad real de una asamblea o de una iglesia local: en
último término, el verdadero examen de madurez al que debe
someterse una determinada creación es el realizado por la misma
comunidad a que se destina. Una intuición en sí misma excelente
puede resultar de hecho suspendida por la reacción de la comunidad, que
quizá la experimenta como desfasada en relación con sus exigencias
objetivas. Esto puede suceder sobre todo cuando la creatividad se
limita a incluir en la liturgia elementos importados de experiencias
realizadas en otro lugar con óptimos resultados, pero extrañas al
nuevo ambiente. Gradualidad significa, por tanto, paciente conocimiento
del terreno, discreta animación de la sensibilidad del pueblo de
Dios hacia un encuentro de su camino de fe con los objetivos reales de la
participación litúrgica, propuesta motivada por las nuevas
•191
expresiones
rituales, reflexión crítica sobre las mismas. Aquí es
donde interviene el criterio complementario de la experimentación:
se trata ilc un instrumento verdaderamente nuevo en materia litúrgica
que, con la debida autorización, se justifica por una necesaria
cautela, y está confiado a la responsabilidad de la autoridad
eclesiástica territorial y circunscrito a grupos cualificados y
ñor tiempos determinados (SC 40, 2; cf también 44). La circunspección
con que
VI. Diversos
niveles de competencia
Según
Creatividad
petencia. Para
mayor claridad distingamos entre competencia de autorización
(— los sujetos a quienes compete autorizar la creación y
experimentación en materia litúrgica) y competencia de
ejecución (= los sujetos a quienes se confía la función de
traducir en hechos una y otra).
1. COMPETENCIA DE
AUTORIZACIÓN. Corresponde sobre todo a las
autoridades
eclesiásticas territoriales, de hecho las conferencias episcopales,
para las regiones sometidas a ellas, y en orden a una más profunda
adaptación de la liturgia; en la práctica, en los casos en que la
reforma realizada por los organismos centrales de la iglesia resulte
insuficiente. Es el caso precisamente de aquella adaptación que se
lanza en profundidad hasta crear nuevas síntesis entre datos culturales
y tradiciones litúrgicas, y que requiere en último término
la anuencia de la sede apostólica para su implantación definitiva
(cf SC 40,1 y 44). En cuanto a los obispos individualmente, es de su competencia
promover y autorizar la creación litúrgica en el ámbito de
las respectivas diócesis sobre la base de la plenitud del sacramento del
orden, que los constituye "principales administradores de los misterios
de Dios..., promotores y custodios de toda la vida litúrgica en la
iglesia que les ha sido confiada" (CD 15). La tercera instrucción,
Liturgicae instaurationes (1970), concretiza esta facultad hablando del papel
mediador entre la norma general y las necesidades que surgen en la
pastoral. En cuanto a los ministros, finalmente, la facultad de
creación, además de estar limitada territorialmente, cuadra mejor
en el ámbito de la adaptación (accommodatio) de elementos
que forman ya parte de los esquemas celebrativos
Creatividad
de los libros
litúrgicos: en la práctica, se trata de posibilidades de
elección, de reducción, omisión, añadidura,
ampliación, sustitución, cambio de lugar, etc., allí donde
los libros litúrgicos no sólo prevén tales cambios, sino
que muy frecuentemente proporcionan ellos mismos los elementos que han de
utilizarse».
COMPETENCIA DE EJECUCIÓN. Incumbe
a todos aquellos organismos (comisiones) que las autoridades
eclesiásticas destinan a la investigación,
experimentación, propuesta, preparación y valoración
de cuanto se orienta a enriquecer el patrimonio litúrgico con nuevas
creaciones. Formados por personas cualificadas en las varias disciplinas de
interés, tales organismos son, actualmente, los únicos autorizados
para actuar en el sector de la creatividad propiamente dicha, en orden a
garantizar la suficiente seriedad y continuidad; lo cual no quita, sino
que más bien exige, que ellos se sirvan de todas aquellas personas y de
todos aquellos instrumentos necesarios para asegurar el más amplio
abanico posible de conocimientos y experiencias.
LEGISLACIÓN Y CREATIVIDAD. Se
trata de un punto extremadamente delicado, en cuanto que la creatividad no
parece hermanarse fácilmente con la idea de normatividad. Sin
embargo, el análisis que acabamos de hacer acerca de la naturaleza y
finalidad de la creatividad litúrgica ha dejado en claro que esta
última no consiste en una pura y simple espontaneidad o improvisación
entendida como ausencia de directividad, sino en un proceso de mediaciones
regulado por principios y metodologías imprescindibles. El
hecho de que tal proceso esté regulado también por diversos
492
niveles de
competencia jurídica es un criterio que se sigue de la misma
visión de las cosas. Pero es un hecho también la presencia
de complejas creaciones litúrgicas realiza-, das en
autonomía respecto de las normas vigentes. La normativa arriba indicada
y las numerosísimas advertencias de estos últimos años
contra abusos de todo género, sobre todo en materia de iniciativas
locales en el campo de la creatividad litúrgica, declararía
automáticamente tales creaciones contra legem. Pero consideraciones
meramente jurídicas no agotan por sí solas la
relación entre iniciativa local y norma universal, puesto que el
fenómeno de la creatividad autónoma no puede ser etiquetado
a la ligera y sin matizar como rechazo de la institución. Aun en medio
de grandes ambigüedades y excesos de idealismo, hay valores que merecen
consideración, como la búsqueda de autenticidad, el intento de
recuperar la capacidad de expresar la fe a través de la
multiplicidad de las sensibilidades y los testimonios, el actuar juntos, el
escucharse y criticarse recíprocamente, etc. Para recuperar estos
aspectos en sí positivos, actualmente se puede disponer de dos
instrumentos jurídicamente fundados: la experimentación
y la costumbre. De la primera, de reciente institución, ya hemos
tratado; sólo hay que añadir que la experimentación,
cuando se realiza con la debida autorización, debe poder ser utilizada
con una amplitud y una flexibilidad tales que conduzcan realmente a algo
nuevo y válido: debería convertirse en una metodología
normal en la vida de las iglesias. En cuanto a la costumbre, se trata de
un instrumento antiquísimo en la tradición de la iglesia y de la
misma vida litúrgica, aunque su aplicación al caso de la
creatividad se ha
hecho más difícil
4<J.1
por la
situación actual, caracterizada por rápidos cambios
culturales y Íior la multiplicación de iniciativas
ocales: estamos
muy lejos de los tiempos en que la institución de la costumbre
presuponía una estabilidad sustancial del derecho y de la vida
misma de la iglesia. Sin embargo, se podría tener presente que el
recurso a esta institución específica invoca sobre todo la
racionabilidad de la forma naciente, cuando ésta, aun
configurándose contra la letra de la ley en vigor, tiende, sin embargo,
a alcanzar los objetivos de la misma'. No se trataría, pues, de un
lenitivo complaciente, sino de un instrumento jurídico inspirado en el
sentido de la economía pastoral de la iglesia, que induce a
reconsiderar y modificar la letra de la ley cuando ésta pueda convertirse
en obstáculo para lograr el verdadero objetivo. En todo caso, »e
trata por el momento no de un criterio operativo, sino de un proyecto que
merece ser tomado en consideración en el actual proceso de
renovación de la legislación canónica. Actualmente, el
itinerario de la creatividad litúrgica está regulado por la
normativa anteriormente expuesta, que tiene como único instrumento
jurídico operativo la facultad de la experimentación
legítimamente autorizada.
[/
Adaptación].
VII. Perspectivas
pastorales
En el campo de la
/ pastoral litúrgica ordinaria, la actual orientación
normativa da estatuto privilegiado al uso inteligente y fiel de los
instrumentos de celebración (textos y ritos) que la reforma ha puesto a
disposición, reservando las iniciativas de creatividad propiamente
dicha a los organismos y los modos explícitamente autorizados.
Creatividad
Pero existe un
tipo de creatividad posible, más aún, obligatorio, que, aunque no
se refiere directamente a la producción de textos y ritos nuevos, se
empeña en valorar al máximo la naturaleza de acontecimiento
propia de la / celebración, es decir, en tratar a esta última
como creación efectiva cada vez del encuentro de una asamblea concreta
con los misterios del Señor, aun cuando el marco ritual siga siendo
sustancialmente el oficial. No nos referimos con esto simplemente a lo que se
entiende por / animación de la celebración, que, a pesar del
acierto de la expresión, sugiere la idea de un esfuerzo orientado a dar
vida a un cuerpo inerte, o que, en cualquier caso, insiste demasiado en una
perspectiva espectacular de la celebración, sino más bien a la
búsqueda de aquellas condiciones mediante las cuales una comunidad
local, reunida en asamblea litúrgica, puede personalizar la celebración,
captando su significado de fe y refiriéndolo a su propia
situación de vida. Esta búsqueda puede realizarse a
través de etapas progresivas, como, por ejemplo:
1. EL USO
INTELIGENTE DE LOS TEXTOS Y DE LOS RITOS DISPONIBLES. Se trata de un punto
de partida imprescindible, pues los nuevos libros litúrgicos representan,
para todas las expresiones locales de la iglesia, una base unitaria de
identificación, de comunión, de vinculación con la
sustancia perenne de la tradición. Saber utilizar todas sus posibilidades
de adaptación constituye, si no todavía una creatividad
propiamente dicha, al menos sí su preparación necesaria, sobre
todo si consigue suscitar en los pastores y en los fieles el sentido de un
camino progresivo y siempre parcialmente realizado hacia el objetivo real de
celebración,
que hemos recordado más arriba. Esto hará aparecer la
creación de nuevas formas como un paso exigido por la madurez de la
comunidad local: la hará desearla y pedirla, estimulando al mismo tiempo
la manifestación de los carismas pertinentes. Para moverse en esta
dirección es preciso, sin embargo, considerar la flexibilidad ofrecida
por los varios ritos en función no de la pura y simple vitalidad de la
celebración, sino de la concentración en el significado esencial
del misterio celebrado. Siendo el / rito en sí mismo, considerado
en su globalidad, un hecho de lenguaje, será necesario exaltar todas sus
posibilidades comunicativas, recurriendo al realce, en sus diversos
momentos, de su esquema unitario, de los temas y de los símbolos-clave,
de los pasos lógicos, de los contactos con la vida cotidiana. Esto
exige, ante todo, una relectura previa y sabia del rito mismo no como esquema
que hay que realizar, sino como propuesta o modelo que hay que encarnar con
renovada sensibilidad; por consiguiente, la búsqueda de intervenciones
de palabra (moniciones, sugerencias, didascalías, invitaciones...)
que, oportunamente distribuidas a lo largo de la celebración, la ayuden
a superar la repetitividad un poco mecánica de los esquemas rituales
para convertirse en verdadero acontecimiento. Para evitar que estas
intervenciones se estanquen en lo genérico o en tópicos,
será preciso sintonizar con el mundo cultural ambiental, intercambiando
con él, siempre con el debido filtro crítico,
sensibilidades, esperanzas, lenguaje.
2.
IMPLICACIÓN DE
494
sujeto-actor de
la liturgia por su sacerdocio bautismal, sino también por el hecho de
que el lenguaje (capacidad significativa y comunicativa) de la
celebración y el lenguaje (mundo cultural) de la asamblea
deben encontrarse y fundirse para permitir que se dé en realidad un
acontecimiento salvífico vivido. Ahora bien, la comunidad local,
considerada tanto en su momento asambleario como en su condición
ordinaria de diáspora propia de la vida social, es portadora de todo un
potencial de capacidad, de actitudes, de carismas, que no puede ni debe
permanecer inutilizado durante la asamblea. Mientras que en el sector de
los / ministerios litúrgicos se han obtenido buenos resultados, queda
todavía por explorar el amplísimo sector de los servicios
desarrollados de hecho por numerosos fieles comprometidos en la animación
cristiana del orden temporal y de la / promoción humana, y que, puesto
que como tales forman parte de la misión de la iglesia, podrían
ser objeto de ministerio eclesial10. Para lograr una liturgia que sea verdadera
expresión de una comunidad que crece solidariamente en la fe y en
la caridad, es preciso que toda esta riqueza de formas ministeriales
encuentre acogida en la celebración: la capacidad de diálogo,
de análisis de la realidad circundante, de ayuda recíproca
material y espiritual, que en buena medida caracteriza la actividad de estos
miembros de la comunidad local, debe poder ejercerse también en el
ámbito propiamente litúrgico de múltiples maneras: en la
preparación de la celebración, en la actualización
de la palabra de Dios, en la individuación de los temas y de los
gestos-clave del rito celebrado, en la cualificación más
específica de la oración de la asamblea (por ejem
plo: oraciones,
preces de los fieles,
• l'IS
temática
de la acción de gracias y del memorial en la plegaria eucaríslica,
etc.). Esta continuidad entre comunidad del testimonio y comunidad
celebrante origina un impulso que es creativo tanto de unidad interna como
de verdadera participación litúrgica. La
comunidad-HNiimblea, manifestándose como sujeto interpretativo (y no
sólo ejecutivo) de la propia celebración en referencia a la
propia situación de fe y de vida, alcanza el objetivo más
profundo de la creatividad, en el sentido de que, más bien que ser lu
creación de textos y ritos nuevos la que plasme la fisonomía de
la comunidad-asamblea, es la renovación de la vitalidad de esta
última (|tiien confiere nuevo rostro y nuevo vigor al rito.
(.
BÚSQUEDA DE FORMAS DE CEI I IIRACIÓN ADECUADAS A LOS DI-vi
RSOS NIVELES DE FE. Las comunidades cristianas actuales viven nituaciones
de fe diversamente cai «eterizadas: además de los fieles en
el sentido más verdadero del término, hay personas en crisis
y en búsqueda, adolescentes y jóvenes cu período de
intranquilidad y de i'iimbio, bautizados en situaciones irregulares (divorciados,
.amancebados); personas, en cualquier caso, Incapaces por el momento de
participar plenamente en la liturgia «ncramental de la iglesia
confesante. Para estas categorías de perso-IIIIS se plantea la
necesidad pastoral de buscar formas de celebración que, respetando las
exigencias pro-plus de una fe todavía problemáticn,
permitan, no obstante, un veriluilcro encuentro vital con la palabru
y los signos de la liturgia de
sacramentos a los
divorciados (las condiciones podrán determinarse), necesitan
todavía mayor madurez y profundización, además de la necesaria
sanción por parte de quienes tienen la responsabilidad de decidir en
materia tan delicada; pero es claro que será posible programar para esas
categorías celebraciones de tipo precatecumenal o catecumenal,
según los casos, en las cuales, incluso teniendo el papel preponderante
de la palabra de Dios como fuente de anuncio, de catequesis y de
confrontación, encuentren amplio espacio también gestos
concretos de oración en común, de penitencia, de
compromiso. Será una liturgia del todavía no, del aspecto crucificante
del / misterio pascual de la espera activa del momento de luz plena, pero, aun
así, testimonio siempre vivo de la capacidad de acogida por parte de la
comunidad eclesial. Mas, incluso en este caso, es necesario que la comunidad
local se haga cargo del camino de estos miembros suyos particulares.
4.
CREACIÓN DE FORMAS NUEVAS PARA UNA LITURGIA MÁS "POPULAR".
Como es sabido, el relieve justamente concedido por la renovación
litúrgica al primado y a la centralidad de la celebración eucarística
ha causado, aunque haya sido involuntariamente, un vacío en el
ámbito de los ejercicios de piedad y de las devociones populares, dejando
insatisfechas algunas legítimas esperanzas. Sin ceder a un
nostálgico replegarse sobre el pasado, se abre a la creatividad un
amplísimo campo de trabajo en dar vida a nuevas expresiones de la
auténtica piedad del pueblo de Dios, teniendo presentes los valores y
las orientaciones procedentes de la renovación litúrgica: a) la
liturgia por sí sola no agota todas las posibilidades de crecimiento de
la
Creatividad
vida espiritual
(SC 12); b) es preciso que los ejercicios de piedad estén en
consonancia con el espíritu de la liturgia, que se inspiren en ella y a
ella conduzcan (SC 13); c) la posibilidad de ampliar la extensión
del área litúrgica más allá de una
distinción puramente jurídica entre lo litúrgico y lo no
litúrgico, recurriendo al principio —ya utilizado para la
liturgia de las Horas (cf OGLH 22)— según el cual un acto de culto
realizado por fieles convocados y unidos con el presbiterio
"visibiliza la iglesia que celebra el misterio de Cristo". La
capacidad inventiva en este campo está facilitada por una mayor
elasticidad normativa y, por tanto, por una más libre posibilidad de
acoger valores culturales ligados a ambientes específicos (urbano,
rural, estudiantil, industrial, artístico...). Así
podrían nacer liturgias diversificadas según acentos
particulares: confesiones de fe, alabanza, penitencia, catequesis,
circunstancias vinculadas a la vida de la comunidad local. Piénsese
en las inmensas posibilidades ofrecidas por acontecimientos de fiesta, de
luto, de solidaridad cívica..., así como por la
reinvención de tradiciones populares como las procesiones [/ Procesión],
peregrinaciones, bendiciones [/ Bendición; / Libros litúrgicos'].
La creatividad es solicitada aquí, más que en cualquier otro
campo, a mediar sabiamente en el encuentro entre el misterio de Cristo y
la situación humana l2.
NOTAS: ' Cf I.
Taylor, reproducido en B.M. Foss, New horizons in Psychology, Penguin Books
1966 — 2 Cf D. Hameline, La créativité: fortune d'un
concept ou concept de fortune?, en MD, 111 (1972) 105 — J Traditio
apostólica, n. 10. Cabe notar que ya, según san Justino
mártir (tea. 165), el celebrante "da gracias como puede" (I
Apología 67,5) — 4 De sacramentis III, 1,5 — 5 Cf MGH,
Epistolae Gregorii I, vol. II, 332s y 331 —
496
Braga, Un
problema fondamentale di pastorale litúrgica: adattamento e
incarnazione nelle varié culture, en EL 89 (1975) 11—' Para un cuadro
detallado relativo a esta sección remitimos al art. de A. Cuva La
creativita rituale nei libri liturgici ai vari livelli di competenza, en EL 89
(1975) 54-99. Los libros litúrgicos sucesivos a la fecha de este
artículo no se apartan de las lineas indicadas en él — 8
También en este caso remitimos al art. ya citado de A. Cuva, 84-96
— ' Para el objeto específico de este párrafo, cf
fascículo monográfico de MD 112 (1972) — 10 Cf Carta
apostólica Ministerio quaedam (1972), que prevé para las
conferencias episcopales la posibilidad de instituir otros ministerios
útiles para su región; cf también: C.E.I., Evangelizzazione
e ministeri (1977), donde se expone la profundización del problema de
nuevos ministerios (nn. 75-77 y 49ss.) — " J. Gelineau, La
liturgia domani. L'evoluzione delle assemblee cristiane, Queriniana, Brescia
s.a. (edic. orig. franc. 1976). Por diversas entradas se entienden formas
diversificadas de celebración de la palabra o en grupos
simultáneos o en el curso de sucesivas celebraciones; por diversas
salidas se entienden celebraciones en las que se permite abandonar la asamblea
en el momento en que uno no se sintiera ya en su lugar — 12 Interesantes
y sugestivas propuestas de expresiones celebrativas inspiradas en el modelo
eucarístico y en la oración bíblica de bendición
las da F. Sottocornola en su art.
Celebrare l'unico
mistero di Cristo nei molti avvenimenti delta storia, en RL 64 (1977) 342
346.
A. Pistoia
BIBLIOGRAFÍA:
Bellavista J., Ayer y hoy de la creatividad litúrgica, en "Phase"
103 (1978) 45-60; Bernal J.M., ¿Traducir o crear textos nuevos?, ib, 41
(1967) 446^158; Briones R„ Creatividad y fidelidad en la
celebración cristiana, en "Pastoral Misionera" 7-8 (1980)
602-614; Fernández I., La oración litúrgica
frente a la
creatividad, en "Liturgia" 254 (1971) 198-223; Goenaga JA. ,
Creatividad litúrgica (Historia, reflexión, pautas), en EE 51
(1976) 521-540; Marsili S., Textos litúrgicos para el hombre moderno, en
"Concilium" 42 (1969) 219-236; Martín Pintado V., La creatividad
en la liturgia, en "Salmanticensis" 27 (1979) 419-442;
Rodríguez del Cueto C ,
Pequeñas
comunidades y creatividad litúrgica,
en "Studium
Legionense" 19 (1978) 173-249; Rombold G., Arquitectura religiosa y
libertad creadora de nuestras comunidades, en "Concilium" 62
(1971) 251-259; Urdeix J., Liturgia y creatividad, en "Phase" 76
(1973) 315-328;
497
VV.AA.,
Creatividad litúrgica, en "Liturgia" 254 (1971) 185-291;
VV.AA., La liturgia, una tradición creativa, en "Concilium"
182 (1983) 157-294; Velado B., Los himnos de
SUMARIO: I.
Origen de la cuaresma - II. La celebración litúrgica actual de la
cuaresma
III.
Teología y espiritualidad de la cuaresma
IV. La semana
santa: 1. El domingo de ramos, "de passione Domini"; 2. El jueves
santo: conclusión de la cuaresma; 3. La misa crismal.
Puede ser
útil enmarcar el tema ile la cuaresma en un contexto más amplio:
introducirlo con la lectura de / año litúrgico e integrarlo con
la lectura de / triduo pascual.
I. Origen de la
cuaresma
No es posible
saber con certeza dónde, por medio de quién o cómo
surgió la cuaresma, sobre todo en Roma; sólo sabemos que se fue
lormando progresivamente. Antes todavía que de los cánones conciliares
—hace notar el card. A.I. Schuster—, un tiempo de observani ia
preparatorio para la pascua IIIVO que nacer del sentido mismo y il<l genio
sobrenatural del cristianismo1. Las primeras alusiones directas a un período
prepascual las encontramos en Oriente a principios del s. iv, y en
Occidente a fines ili-l mismo. Sin embargo, una pra
xis penitencial
preparatoria de la
pascua con ayuno
se había comen
.ulo a consolidar
desde la mitad
li'l s. n. Desde
el final del s. iv, la
siructura de la
cuaresma es la de
ios cuarenta
días, considerados a la
lu/. del
simbolismo bíblico5, que da
Cuaresma
a este tiempo un
valor salvífico/redentor, del que es signo su denominación
como sacramentum [/ infra, III]. Al desarrollo de la cuaresma contribuyó
la disciplina penitencial para la reconciliación de los pecadores, que
tenía lugar la mañana del jueves santo [/ infra, IV, 2], y las
crecientes exigencias del / catecumenado, con la preparación
inmediata al bautismo, celebrado en la noche de pascua [/
Iniciación cristiana, II-III].
II.
Iniciación litúrgica actual de la cuaresma
El Vat. II
había recomendado: "Puesto que el tiempo cuaresmal prepara a los
fieles, entregados más intensamente a oír la palabra de Dios y a
la oración, para que celebren el misterio pascual, sobre todo mediante
el recuerdo o la preparación del bautismo y mediante la penitencia,
dése particular relieve en la liturgia y en la catequesis
litúrgica al doble carácter de dicho tiempo. Por consiguiente:
úsense con mayor abundancia los elementos bautismales propios de la
liturgia cuaresmal y, según las circunstancias, restaúrense
ciertos elementos de la tradición anterior" (SC 109). Fiel a
estas"directrices, la reforma ha vuelto a dar a la cuaresma ante todo
su orientación pascual-bautismal; ha fijado su tiempo desde el
miércoles de ceniza hasta la misa in coena Domini excluida3; para
conservar su unidad interna, se ha reducido el tiempo de pasión4:
sólo el VI domingo, que da comienzo a la semana santa, es llamado
domingo de ramos, de passione Domini. De este modo, la semana santa cierra la
cuaresma y tiene como objeto la veneración de la pasión de Cristo
desde su entrada mesiánica en Jerusalén.
Cuaresma
Además de
la riqueza de los textos eucológicos, en la actual cuaresma tenemos
también una abundante serie de textos bíblicos. El leccionario
dominical ofrece la posibilidad de una triple alternativa: a) una cuaresma
bautismal (ciclo A) [/ Iniciación cristiana, IV, 1; VI]; b) una cuaresma
cristocéntrica (ciclo B); c) una cuaresma penitencial (ciclo C).
Los textos del AT presentan de modo especial la historia de la
salvación.
III.
Teología y espiritualidad de la cuaresma
La cuaresma se
interpreta teológicamente a partir del / misterio pascual, celebrado
en el / triduo sacro y con los sacramentos pascuales, que hacen presente
el misterio, para que sea participado y vivido [/ Participación].
La cuaresma no es
un residuo arqueológico de prácticas ascéticas de otros
tiempos, sino el tiempo de una experiencia más sentida de la
participación en el misterio pascual de Cristo: "padecemos
juntamente con él, para ser también juntamente glorificados"
(Rom 8,17). Esta es la ley de la cuaresma. De aquí su carácter
sacramental [/ Misterio, II]: un tiempo en el que Cristo purifica a su esposa,
la iglesia (cf Ef 5,25-27). El acento se pone, pues, no tanto en las
prácticas ascéticas cuanto en la acción purificadora y
santificadora del Señor. Las obras penitenciales son el signo de la participación
en el misterio de Cristo, que hizo penitencia por nosotros ayunando en el
desierto. La iglesia, al comenzar el camino cuaresmal, tiene conciencia de que
el Señor mismo da eficacia a la penitencia de sus fieles, por lo que
esta penitencia adquiere el valor de acción litúrgica, o sea,
acción de
498
Cristo y de su
iglesia. En este sentido, los textos de la eucología hablan de
"annua quadragesimalis exercitia sacramenti" (Missale Romanum,
colecta del primer domingo de cuaresma; la traducción castellana
no refleja el sentido de la expresión latina); de "ipsius venerabilis
sacramenti [quadragesimalis] exordium" (ib, sobre las ofrendas; la
traducción castellana elimina también la palabra
"sacramenti"); de "solemne jejunium" (= ayuno que se repite
regularmente cada año: oración del sábado después
de ceniza en el Missale anterior a la reciente reforma), mediante el cual
"tú [¡oh Dios!] refrenas nuestras pasiones, elevas nuestro
espíritu, nos das fuerza y recompensa, por Cristo nuestro Señor"
(actual prefacio IV de cuaresma).
La cuaresma tiene
un carácter especialmente bautismal, sobre el que se funda el
penitencial. En efecto, la iglesia es una comunidad pascual porque es
bautismal. Esto se afirma no sólo en el sentido de que se entra en ella
mediante el bautismo, sino sobre todo en el sentido de que la iglesia
está llamada a manifestar con una vida de continua
conversión el sacramento que la genera. De aquí también el
carácter eclesial de la cuaresma. Es el tiempo de la gran llamada a todo
el pueblo de Dios para que se deje purificar y santificar por su Salvador
y Señor.
De la
teología de la cuaresma que hemos expuesto nace, por tanto, una
típica espiritualidad pascual-bautismal-penitencial-eclesial. Desde
este punto de vista, la práctica de la penitencia, que no debe ser
sólo interior e individual, sino también externa y comunitaria,
se caracteriza por los siguientes elementos: a) odio al pecado como ofensa
a Dios; b) consecuencias sociales del pecado; c) parte de la
4W
iglesia en la
acción penitencial; d) (nación por los pecadores.
Los medios
sugeridos por la práctica cuaresmal son: a) la escucha más
frecuente de la palabra de Dios; b) la oración más intensa y
prolongada; c) el ayuno; d) las obras de caridad (cf SC 109-110).
La pastoral debe
ser creativa para actualizar las obras típicas de ¡ii cuaresma
(oración - ayuno - caridad), adaptándolas a la sensibilidad
del hombre contemporáneo mediante iniciativas que, sin apartarlo
tic la naturaleza y del objeto propio de este tiempo litúrgico, ayuden a
los fieles a vivir el bautismo en dimensión individual y comunitaria y a
celebrar con mayor autenticidad fu pascua. La vida cristiana, en electo,
está esencialmente guiada por la dinámica pascual.
IV. La semana
santa
La última
semana de la cuaresma, denominada santa o semana grande, se ha
desarrollado sobre lodo por la exigencia de historización de los
acontecimientos de la piisión del Señor. En Jerusalén,
donde mejor que en otras partes se podían revivir en los mismos lugatcs
los momentos últimos de la vida de Jesús, se desarrolló
una rica liturgia que abarcaba el período de licmpo que va desde el
domingo de muios hasta la pascua. Nos la ha descrito la peregrina Egeria (fines
del s. iv) en su Itinerariumi.
I'iira imitar a
Jerusalén en ese icvivir de los episodios descritos por los
evangelistas, la liturgia occidental hizo algo parecido, orgaiii/mido
celebraciones particulariza-IIIIN, que terminaron por dar origen II Iti semana
santa. La reconstrucción demasiado anecdótica, si por IIIIII
purte permitió un análisis aten-Ui del valor de cada uno de los
epi
Cuaresma
sodios, por otra
quebrantó la unidad del misterio pascual. En la edad media, en
efecto, la semana santa se llamaba semana doloroso, porque la pasión de
Jesús era dramatizada, más que celebrada in mysterio, poniendo de
relieve los aspectos del sufrimiento y de la compasión emotiva, con
perjuicio del aspecto salvífico y de la victoria sobre la muerte por la
resurrección. Aún corremos el mismo peligro si no estamos atentos
o no tenemos las ideas claras, a pesar del esfuerzo realizado por la reforma
del Vat. II para restablecer la unidad perdida.
Las principales
celebraciones de la semana santa que cierran la cuaresma y preceden al /
triduo pascual son las siguientes:
1. EL DOMINGO DE
RAMOS, "DE PASSIONE DOMINI". En este día, como dice el Missale
Romanum, la iglesia conmemora a Cristo, el Señor, que entra en
Jerusalén para llevar a cumplimiento su misterio pascual. En todas las
misas se debe hacer memoria de esta entrada del Señor: con la
procesión solemne (forma I); con la entrada solemne (forma II) antes de
la misa principal; o bien con la entrada simple (forma III) antes de las
otras misas. La entrada solemne, aunque sin procesión, puede ser
repetida antes de otras misas que tengan gran número de fieles.
Desde el punto de
vista pastoral, hay que saber encontrar los modos más adecuados para dar
realce de fe al reconocimiento mesiánico de Cristo en el hoy de la vida
de la iglesia y del mundo por parte de nuestras asambleas. Por eso la celebración
de la entrada de Jesús debe valorar no tanto los ramos de olivo cuanto
sobre todo el misterio expresado a través de la / procesión
[III, 1], que proclama la realeza mesiánica de Cristo.
Cuaresma
La liturgia de la
palabra y la liturgia eucarística son una celebración de la
pasión del Señor. En efecto, éste es el único
domingo del año en que se celebra el misterio de la muerte del
Señor con la proclamación del relato de la pasión.
Este hecho no carece de significado teológico, ya puesto de relieve por
los evangelistas: Jesús se dirige a la ciudad santa y entra en ella
triunfalmente, pero para consumar su pascua de muerte y
resurrección.
EL JUEVES SANTO: CONCLUSIÓN
DE
500
institución
de la eucaristía, sino sobre todo a una razón práctica:
poder disponer de los santos óleos, sobre todo del óleo de los
catecúmenos y del santo crisma, para la celebración de los
sacramentos de la iniciación cristiana durante la vigilia pascual. Sin
embargo, no se debe olvidar que este motivo de utilidad no resta nada a la
teología de los sacramentos, que los ve a todos unidos a la
eucaristía.
No es ésta
la ocasión de hacer la historia del rito de la bendición de los
santos óleos. Recordemos solamente que, "según la
costumbre tradicional de la liturgia latina, la bendición del
óleo de los enfermos se hace antes de finalizar la plegaria
eucarística; la bendición del óleo de los catecúmenos
y la consagración del crisma tiene lugar después de la
comunión. Pero por razones pastorales se puede hacer también
el rito de la bendición después de la liturgia de la
palabra, observando el orden que se describe más adelante"
(Misa crismal del jueves santo, nn. 11-12, en Ritual de Ordenes,
apéndice II).
De cualquier modo
que se haga la bendición de los óleos, inmediatamente
después de la homilía del obispo tiene lugar la renovación
de las promesas sacerdotales (Misal Romano, jueves santo, misa crismal).
Esta solemne
liturgia se ha convertido en ocasión para reunir a todo el
presbiterio alrededor de su obispo y hacer de la celebración una fiesta
del sacerdocio. Los textos bíblicos y eucológicos de esta
misa manifiestan y recuerdan esta realidad. Aparece así, junto con el
compromiso de fidelidad de los presbíteros a su misión
sacerdotal, la naturaleza profética del sacerdocio ministerial del
NT, llamado, como Cristo, "a evangelizar a los pobres, a predicar a los
cautivos
liberación
y a los ciegos la recupernción de la vista, a libertar a los
oprimidos, y a promulgar un año de gracia del Señor" (Le
4,18). Si el ministerio presbiteral está unido esencialmente a la
eucaristía, es también verdad que este ministerio se ordena a la
eucaristía ante todo con el anuncio del evangelio, y encuentra en ella
toda la amplitud y profundidad de su dimensión prole! ica.
NOTAS: ' Card. A.
I. Schuster, Líber sacramentorum III, Herder, Barcelona 19582, 7N
* II simbolismo bíblico dei quaranta gioini e molto ricco: si ricordano
i quaranta giorni del diluvio; di Mosé su! Sinai; di Elia che cammina
verso il monte Oreb; di Giona; del popólo di Dio nel deserto; di
Gesíi nel deserto (cfr. R. Poelman, // segno bíblico di quaranta
giorni, Queriniana, Brescia 1964) — ' I stato opportunamente soppresso il
tempo drlla settuagesima, sessagesima e quinquagesiin» - "
Precedentemente, nel Messale di Pió V, il tempo di passione iniziava con
A. Bergamini
BIBLIOGRAFÍA:
Chavasse A., La preparación dr lu Pascua, en A.G. Martimort,
ni
"l-phemerides Liturgicae" 98 (1984) 212IIS, Sancho Andreu J.,
Estructura y contenido teológico del Leccionario de Cuaresma del
Misal Romano, en "Nova et Vetera" 8 (1979) IM 194; Secretariado de
Liturgia, Un pueblo hacia
Culto
del
Señor" 21, Marova, Madrid 1965; VV.AA., En el umbral de
SUMARIO: I. El
culto en la época de la secularización - II. El culto en las
religiones
III. El culto en
el AT - IV. Valor sotenológico del culto hebreo y cristiano - V. El
culto y la vida: I. El culto pagano y el cambio de vida; 2. El culto hebreo y
la conversión del corazón; 3. El culto espiritual inaugurado con
Cristo; 4. El culto de la iglesia; 5. Relación entre celebración
litúrgico-sacramental y culto espiritual.
I. El culto en la
época de la secularización
El proceso de /
secularización que caracteriza nuestra época ha puesto en
discusión el llamado cristianismo religioso y ha propuesto un
cristianismo no religioso. En el paso de una visión de la realidad que
subrayaba el primado de Dios a una visión que reivindica, por el
contrario, el primado del hombre, a algunos les ha parecido que ya no
podía quedar espacio para el cristianismo tradicional, fundado en
modelos religiosos y cultuales. El hombre secular y no-religioso del mundo
contemporáneo —según aquéllos— sólo podría
comprender y aceptar un cristianismo presentado como "religión
para el hombre"1. Los puntos de referencia de esta visión de
la vida cristiana, por consiguiente, se reducen a la certeza de la misericordia
del Padre y a la
Culto
gran ley de la
caridad fraterna. Desde esta perspectiva, la existencia cristiana tierle
poco que ver con los problemas del culto rendido a Dios2. Por tanto, la
crítica radical que desde ciertos sectores se hace al culto en general y
a la práctica litúrgico-sacramental en particular, debe ser
encuadrada, para poder comprenderla, en esta tentativa de revisión del
cristianismo para liberarlo de supuestas superestructuras religiosas, es
decir, de las añadidura" que la iglesia ha hecho al mensaje de
Jesús, interpretado con categorías religiosas, cuando en realidad
el evangelio sería un mensaje de liberación humana, es
decir, social, económica y política. El fenómeno de la
crisis del culto y de la liturgia, en esta situación, no puede ser
considerado como algo accidental reducible a un problema de lenguaje, sino que
debe explicarse en el contexto de una crisis mucho más amplia3. Es
una crisis que abarca la relación Dios-hombre y, en consecuencia,
también la relación iglesia-mundo. En última instancia, lo
que de hecho está en crisis es la imagen misma de Dios". Si el
proceso de secularización vivido actualmente por el mundo
contemporáneo implica que las realidades constitutivas de la vida humana
se van expresando sin referencia a Dios, es fácil comprender que
para el hombre contemporáneo, más o menos secularizado, el
simple término culto no suscite ningún interés. Si el
hombre se ha liberado de la hipótesis Dios o vive
en la
práctica en la indiferencia religiosa, se ha liberado igualmente de todo
lo que en el pasado sustentaba la expresión cultual. De ahí
la gran actualidad e importancia del estudio de la problemática
referente al culto, y sobre todo de la clarificación de la esencia
del culto cristiano.
502
II. £1
culto en las religiones
La
expresión y la actuación concreta en la que se manifiestan
las diversas religiones es el culto. En realidad, religión significa
conocimiento y aceptación de una relación fundamental
entre el hombre y el ser absoluto, trascendente y personal. Esta
relación, en cuanto brota del conocimiento de nuestro ser creatural, por
un lado pone al hombre en condición distinta de Dios y, por otro, lo
lleva a reconocer su dependencia de él. El culto, aun cuando no
expresa toda la rica implicación de la relación religiosa (como,
por ejemplo, el conocimiento de Dios, la vida moral), es el momento
expresivo y manifestativo de lo que fundamentalmente es la religión;
implica tanto la actitud interior como la exterior del hombre. La
expresión externa del culto consiste en acciones que tocan la esfera corpórea
humana y ocupan el tiempo y el espacio. En efecto, toda expresión
cultual está constituida por ritos que exigen tiempos y lugares
sagrados. La naturaleza del culto es tal que no se puede reducir, ni siquiera
en sus manifestaciones exteriores, a una pura funcionalidad, en el sentido
de que su valor venga dado solamente por
el hecho de
favorecer o sostener la relación religiosa con la divinidad; más
aún, el culto mismo constituye y expresa la relación Dios-hombre.
Puesto que la
relación entre culto y religión es sustancial e íntima y,
por otra parte, la religión constituye una dimensión
esencial del hombre, un hecho universal, el culto se encuentra realizado
en formas concretas umversalmente semejantes, muchas veces incluso comunes
a todos los pueblos (por ejemplo, la oración, el sacrificio, las
fiestas, los templos, etc.). Estas formas, sin embargo, adquieren expresiones
503
diversas no
sólo debido al elemento cultural, sino debido igualmente al
contenido al que hacen referencia.
III. El culto en
el AT
Para comprender
el significado del culto y de sus formas en Israel es preciso tener en cuenta
dos elementos: por un lado, el pueblo hebreo recibió de su contexto
cultural un conjunto de creencias, de ritos y de prácticas
religiosas que le acercan a los pueblos del Oriente Medio; por otro, Israel
encontró a Dios en su historia a través de acontecimientos que
están en el origen de su constitución como pueblo. A causa de
esta originalidad absoluta, su culto, aun conservando formas
idénticas a las de los pueblos de aquella época, tiene un
significado totalmente diverso. No podemos hacer aquí una presentación
comparativa de todas las expresiones cultuales de Israel con las de otras
religiones; consúltense para ello las obras especializadas en la materia5.
Recordemos aquí solamente algunos ritos y fiestas de particular
importancia para nuestro tema. El rito del cordero, por ejemplo, era
propio de los pastores nómadas y seminómadas del desierto;
lo realizaban las familias y las tribus al comienzo de la primavera; la sangre
del cordero, con la que en tiempos más antiguos se rociaban los soportes
de las tiendas de los pastores y luego las jambas de las casas, tenía un
valor apotropaico, es decir, de exorcismo, de conjuro y de propiciación.
El rito de los ácimos era propio de los agricultores sedentarios;
consistía en unos panes que se hacían en primavera con la nueva
cebada, sin levadura, para significar que, con el comienzo del año, todo
debía ser nuevo y sin
Culto
ligamen alguno
con el año viejo. Encontramos también la fiesta de la siega, con
la oferta de las primeras gavillas de trigo, y la fiesta de la
recolección de los frutos (cf Ex 23,14-17; 34,18-23). Nos encontramos
ante fiestas de carácter agrícola, vinculadas a la
naturaleza y a las estaciones: la fiesta de la primavera (ácimos), del
verano (siega), del otoño (recolección).
Con los
acontecimientos del Éxodo, el culto de Israel queda íntimamente
vinculado a la revelación de Yavé, el Dios de la
liberación de Egipto, el Dios de la alianza. Israel deberá
salir de la tierra de la esclavitud para ir a dar culto a Yavé en el
desierto (cf Ex 3,12.18; 4,23; 5,
Culto
ta en vicisitudes
históricas concretas para formar un pueblo y pactar una alianza con
él. El nombre mismo que Dios revela: "Yo soy el que soy" (Ex
3,13-14), no indica, según la mejor exégesis, una definición
ontológica, sino una dimensión
histórico-salvífica: el que está presente siempre y en
todas partes para salvar6. El hecho de conocer y de pronunciar el nombre de
Yavé será para todas las generaciones un / memorial de su
presencia liberadora (cf Ex 3,15).
IV. Valor
soteriológico del culto hebreo y cristiano
La coincidencia
de las fiestas con los acontecimientos de la revelación de Yavé,
de su intervención liberadora y de la formación del pueblo
de Dios por medio de la alianza del Sinaí y del don de la ley, transformó
aquellas fiestas con sus ritos en eventos ritual-memoriales de las
intervenciones divinas en la historia. Signo de este paso del significado
naturalista al soteriológico es el cambio de nombre: la
inmolación del cordero y los ácimos se identifica con la
fiesta de pascua, es decir, con el paso liberador de Yavé: la fiesta de
la siega se convierte en la fiesta de las siete semanas de la
liberación, que culminan en la gran teofanía del Sinaí,
cuando Yavé
proclama la
alianza con su pueblo Israel con el don de la ley; la fiesta de la
recolección será la fiesta de los tabernáculos o de las tiendas,
en recuerdo de la larga peregrinación por el desierto (Lev -23,43) y del
hecho de que Yavé mismo haya habitado bajo una tienda para estar en
medio de su pueblo (Ex 29,4546; Lev 26,11-12; 2 Sam 7,5-6). Estas
celebraciones cultuales de Israel, aunque permanecen en el marco estacional en
que habían nacido, constituyen desde ahora el
504
memorial
perpetuo, sobre todo la pascua (cf Ex 12,14; 13,9), de los grandes
acontecimientos de la liberación realizada por Yavé en favor
de su pueblo.
El sábado
mismo, aun conservando semejanzas con instituciones extrabíblicas
análogas, tiene su propia originalidad, que consiste en el hecho de ser
un día "santificado por su relación con el Dios de la
alianza, y que es un elemento de esta alianza"7. El memorial sabático
de la alianza se caracterizará por la ofrenda de los doce "panes de
la presencia", "ofrecidos en memorial" para poner a las doce
tribus de Israel ante los ojos y en la presencia de Yavé (cf Lev
24,5-9).
En este momento
se puede dar ya una valoración más amplia de la enorme distancia
entre el culto ritual de Israel y el culto de los pueblos vecinos,
particularmente el culto de los cananeos. El culto hebreo está
vinculado a la historia, a las vicisitudes temporales del pueblo, interpretadas
proféticamente como intervenciones salvíficas divinas. El
culto de los pueblos circundantes, por el contrario, estaba vinculado a
los fenómenos de la naturaleza, cuyos ciclos y ritmos perennemente
repetidos celebraba simbólicamente. En los ritos de Israel los participantes
quedaban implicados en la acción históricosalvífica
de Yavé en una profunda
adhesión
de fe, de compromiso de vida y de gran esperanza para el futuro. En cambio, los
ritos paganos eran la tentativa de entrar en comunión con el dios
de la fertilidad y de la fecundidad para obtener las fuerzas vitales
de la generación y de la abundancia de cosechas en los campos.
La diferencia es profunda, y se capta en toda su originalidad también
por sus implicaciones de vida, como se verá más adelante.
505
El culto del AT,
sin embargo, no se limitaba a evocar el pasado, haciéndolo presente
mediante las celebraciones rituales, sino que orientaba la mirada de los
participantes hacia la futura intervención salvífica de
Dios. Los salmos reales, sobre todo después del exilio, se cantan en
referencia al futuro mesías, cuya gloria y luchas describen
anticipadamente (cf Sal 2). La esperanza judía, fundada en estos textos,
está particularmente viva en la época del NT.
También el
culto cristiano debe ser considerado en la misma línea
histórico-salvífica. El AT no debe ser abolido con la venida de
Cristo, sino qué debe ser "cumplido", y es realmente cumplido
con él y en él (cf Mt 3,15; 5,17-18; Le 4,17, 24,27.44). En el
evangelio de Jesús encontramos un núcleo doctrinal ciertamente
original y nuevo, pero no puede ser separado del contexto histórico del
AT. También para el culto vale la afirmación de
Culto
anuncio y
actuación del misterio de Cristo muerto y resucitado, que nos comunica
el don del Espíritu santificador (SC 6).
El culto de la
iglesia está en la línea de la actuación de la historia de
la salvación, por lo cual es presencia y acción de Cristo, que
"asocia siempre consigo a su amadísima esposa la iglesia, que
invoca a su Señor y por él tributa culto al Padre eterno"
(SC 7). La noción de culto, en la perspectiva del NT, cumplimiento del
AT, adquiere una significación original y nueva, en total relación
a Cristo, del cual es "como el ejercicio de su sacerdocio". En
este culto "los signos sensibles significan y cada uno a su manera
realizan la santificación del hombre, y así el cuerpo
místico de Jesucristo, es decir, la cabeza y sus miembros, ejerce el
culto público íntegro" (ib). Usando, pues, la categoría
del culto, podemos llamarlo culto santificante por su carácter
esencialmente soteriológico y doxológico.
V. El culto y la
vida
Si hay una
connotación original que contradistingue el culto hebreocristiano,
es la que se refiere a la implicación del hombre con toda su vida. La
única religión que de hecho interpela al hombre es la
religión revelada del AT y NT. Para darse cuenta de esto, basta una
breve confrontación con el culto público a las divinidades
paganas tradicionales en los tiempos apostólicos.
1. EL CULTO
PAGANO Y EL CAMBIO DE VIDA. El conocimiento del ritual de los cultos de
las antiguas religiones mistéricas griegas y del mundo oriental,
bastante desarrolladas en tiempos de las primeras
Culto
comunidades
cristianas, es muy escaso. Esto se debe, entre otras cosas, a la ley que
obligaba a los iniciados al secreto. Pero, para nuestro tema, hay dos datos de
interés que conocemos con certeza: a) las religiones mistéricas
celebran los diversos mitos y, como tales, son religiones ahistóricas;
el rito es la tentativa de unirse con la divinidad fuera del tiempo; en el
fondo es una evasión de la historia8; b) el culto pagano no exige cambio
de vida, sino únicamente pureza ritual.
Los antiguos
tenían una visión cósmica y humana en la que todo estaba
sometido a las leyes de la fatalidad. Al hombre no le queda más que
aceptar el destino y seguir la naturaleza. El culto, entonces, consiste en la
práctica, para los iniciados que conocen sus secretos y sus palabras de
orden, en sobrepasar las barreras del mundo invisible y contemplar
espectáculos inefables. Así los iniciados se liberan de las
potencias malignas que los oprimen y adquieren la seguridad de triunfar sobre
el destino.
Además,
según esta visión de las cosas, los misterios, así como
los sacrificios o los otros actos del culto pagano, no están destinados
a cambiar el corazón del hombre. Los que participan en el culto no son
los convertidos. Los dioses paganos eran complacientes con los vicios de los
hombres; más aún, eran incluso la personificación de
aquellos vicios: eran divinidades impúdicas, belicosas, prontas a la
cólera y a los insultos. Aun cuando encontremos entre los antiguos un
vínculo entre religión y santidad, esto no debe inducirnos a
error, pues esa santidad se entiende solamente en términos de
pureza ritual. Esa pureza es exigida por los dioses, y deben poseerla los
hombres, los edificios y los objetos utilizados en el culto'. Los que
practicaban
506
las
manifestaciones religiosas del mundo greco-romano no tenían que
preocuparse en absoluto por la pureza de sus corazones y por la práctica
de la virtud. Bastaba cumplir las numerosas condiciones prescritas por el
código de pureza (éste se refería, por ejemplo: a la
suciedad propiamente dicha, o a cualquier defecto físico; al homicidio
culpable o no culpable; al contacto sexual; al contacto con un cadáver;
al contacto con una parturienta; a comer ciertos alimentos; para una
mujer: la pérdida de la virginidad, la menstruación, el parto,
el aborto, etc.). Para purificarse bastaba dejar transcurrir un cierto
tiempo, o bien entrar en el templo, o realizar un baño de purificación.
En las religiones naturales arcaicas, el grupo y tos particulares
saben solamente que en el culto encuentran la garantía de la salvación,
entendida ésta como recto camino del mundo, fecundidad de los
campos, de los animales y de los hombres. Sin culto, el mundo y la
sociedad estarían abandonados a la ruina 10. Un culto entendido
así es alienante; aparece como simple tentativa del hombre por
acapararse la divinidad en favor propio, mientras la vida moral del hombre no
se pone lo más mínimo en discusión. El dios pagano, al dar
la razón al hombre, lo engaña y lo traiciona.
2. EL CULTO
HEBREO Y
pueblo de Dios
para el servicio de Dios; por tanto, nace como pueblo sacerdotal. Todo el
acontecimiento
507
#
pascual tiene su
significado profundo y su valor en el éxodo-liberación de la
esclavitud de la idolatría de Egipto y en el paso a la fe y al servicio
de Yavé: "Vosotros habéis visto cómo he tratado a los
egipcios y cómo os he llevado sobre alas de águila y os he
traído a mí. Ahora, pues, si escucháis atentamente mi voz
y observáis mi alianza, vosotros seréis mi especial propiedad
entre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra. Vosotros
seréis un reino de sacerdotes, un pueblo santo" (Ex 19,4-6). Este
texto es fundamental para comprender que el aspecto cultual externo no puede en
modo alguno ser separado del compromiso moral. Yavé exige que el culto que
a él se le debe no se reduzca a un ritualismo exterior
mágico-sacral, ni siquiera a una actitud interior de adoración,
pero separada del resto de la vida. El culto que Yavé pide a Israel, su
pueblo constitutiva y constitucionalmente sacerdotal, consiste en un
servicio con el que el hombre esté a total disposición suya:
"Israel, ¿qué es lo que te pide Yavé, tu Dios, sino
que le temas, sigas sus caminos, le ames, sirvas a Yavé, tu Dios, con
todo tu corazón y con toda tu alma, guardes los mandamientos de Yavé,
sus leyes que hoy te prescribo yo para que seas feliz?" (Dt 10,1213).
La profundidad del culto así entendido es tal que exige que todas las
expresiones de la vida sean elevadas a actos de culto.
La
tentación de Israel será siempre la de apegarse al rito,
olvidando el carácter interior de las exigencias de la alianza a nivel
de vida; de aquí las constantes llamadas de atención de los
profetas: sin las disposiciones del corazón, el acto cultual del
sacrificio se reduce a un gesto vacío e hipócrita (cf Is 1,
11-16).
El sacrificio
interior no es algo
Culto
accidental en el
acto de culto, sino que constituye su esencia, hasta el punto de suplir al
mismo rito cuando éste no pueda ser realizado (cf Sal 50,18; Dan
3,38ss). Jeremías denunciará la hipocresía del culto que
se celebra en el templo, a causa de la corrupción de los corazones (cf
7,4-15).
El vértice
del culto espiritual en el AT lo alcanza la figura del siervo de Yavé,
que ofrece su vida como sacrificio de expiación: el máximo de la
interioridad se une al máximo de la eficacia (cf Is 53).
3. EL CULTO
ESPIRITUAL INAUGURADO CON CRISTO. Jesús se presenta en la
línea de los profetas, que exigen la primacía del espíritu
sobre el rito (cf Mt 5,23ss; Me 12,33). Acoger la buena noticia implica una conversión
profunda y radical (cf Me 1,14-15). En cuanto al culto, con Cristo tenemos un
salto cualitativo: él mismo, con toda su vida, personifica y ejemplifica
el culto debido al Padre. El se identifica con la figura del siervo de
Yavé de
Isaías, y anuncia su pasión y muerte en términos que
caracterizan el sacrificio expiatorio de este siervo (cf Me 10,45; Le
22,37; Is 53,10ss). El NT ve a Jesús entrar en el mundo en actitud
sacrificial: ha venido para hacer ofrenda al Padre de toda su vida (cf Heb
10,5-7).
Cristo no condena
el culto de su pueblo; él mismo participa en él; pero exige, por
una parte, la pureza del corazón, sin la cual los ritos son vanos (cf Mt
23,16-25) y, por otra, declara su fin, porque en su persona se realiza un
nuevo templo y un nuevo culto (cf Jn 2,14-19). Con Jesús se concluye la
época profética de la figura y del anuncio; termina el culto
vinculado a lugares particulares y se inaugura el culto "en
espíritu y en verdad" (Jn 4,24). No se trata de un culto ofrecido
"de
Culto
modo espiritual y
no corporal" o de un culto solamente interior: más bien se trata de
un culto que tiene como principio vital al mismo Espíritu Santo.
Así la expresión en verdad no pretende significar un verdadero
culto contrapuesto a un falso culto o un culto real en oposición al
culto prefigurado del AT. Para Juan, la verdad es la revelación
mesiánica, que se identifica con la persona y el mensaje de
Jesús ".El culto en espíritu y verdad, por
consiguiente, es el culto ofrecido con toda la propia vida, como lo
vivió y ejemplificó Cristo
mismo.
Jesús no
formó parte de la casta sacerdotal; en términos actuales
podríamos decir que fue un laico; ni siquiera se dice que haya ofrecido
sacrificios rituales. En cambio vemos que el culto antiguo, ritual, externo, convencional,
Cristo lo sustituye por un culto real, personal, ofrecido con la vida. En
este sentido da plenitud de cumplimiento a todo lo que Yavé
pedía en el momento de la fundación del pueblo sacerdotal
(cf Ex 19,4-6). Cristo no se presentó ante el Padre a ofrecer un
sacrificio semejante a los muchos sacrificios que se ofrecían en el
templo, sino que presentó al Padre un sacrificio radicalmente diverso:
se ofreció totalmente a sí mismo, su vida y su obediencia hasta
la muerte (cf Heb 9,14; 10,410). Su ofrenda constituye la plenitud
del culto, su máxima perfección; mediante este culto, Dios
es plenamente glorificado y el hombre realmente salvado. Con la muerte de
Cristo cesa el antiguo sacrificio ritual ofrecido en el templo (por eso al
morir Jesús se rasgó el velo que separaba el santo del santo de
los santos; cf Ex 26,31; Mt 27,51) y comienza un culto que no consistirá
ya en sacrificios de cosas, por muy correctas actitudes interiores que
508
los
acompañen, sino en la ofrenda de la vida. En este sentido profundo,
la muerte de Cristo es un sacrificio cuyo altar, sacerdote y víctima
es él mismo.
4. EL CULTO DE
509
de la iglesia,
que nació de la pascua y se manifestó con la efusión del
Espíritu Santo en pentecostés, los autores de los libros del NT
evitan expresarlo con los términos usados por el AT, y más bien
recurren a términos en cierto modo profanos, que no tienen absolutamente
nada de cultual. La celebración eucarística, por ejemplo, no
se llama nunca sacrificio, sino "fracción del pan" (He
2,42-46; 20,7-11; 1 Cor 10,16), "cena del Señor" (1 Cor
11,20), "mesa del Señor" (1 Cor 10,21), "cáliz de
bendición" o "cáliz del Señor" (1 Cor
10,16-21).
Por el contrario,
el NT ha reservado sistemáticamente los términos cultuales
para designar la comunidad cristiana y la vida de caridad, ya sea de los
fieles, ya de los apóstoles. Los creyentes, estimulados por el
Espíritu que los anima, en comunión de vida con su Señor,
están "dispuestos como piedras vivientes a ser edificados en casa
espiritual y sacerdocio santo para ofrecer víctimas espirituales aceptas
a Dios por mediación de Jesucristo" (1 Pe 2,5; cf 1 Cor
3,10-17; 2 Cor 6,16ss; Ef 2,20ss). San Pablo identifica, hasta el punto de no
distinguirlos, el culto cristiano con la vida cristiana: "Os ruego, hermanos,
por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como
sacrificio vivo, santo, agradable a Dios: éste es el culto que
debéis ofrecer" (Rom 12,1). La actividad apostólica, por
consiguiente, es considerada por Pablo como una liturgia, "la tarea
sagrada del evangelio" (Rom 15,16), en virtud de la cual puede ofrecerse
el único sacrificio agradable a Dios, la ofrenda de la vida en el
Espíritu Santo: "Me ha sido dada por Dios la gracia de ser ministro
de Jesucristo para los gentiles ejerciendola tarea sagrada del
evangelio de Dios, para que la ofrenda de los
Culto
gentiles sea
agradable a Dios, santificada por el Espíritu Santo" (Rom
15,15-16). Por eso el templo material donde se celebraba el culto del AT
ha sido sustituido por la comunidad misma, "cuerpo de Cristo
resucitado" (cf 1 Cor 12,12), verdadero pueblo sacerdotal que adora,
en Cristo y por Cristo, al Padre "en espíritu y en verdad" (cf
Jn 4,23-24).
La noción
integral de culto cristiano, con todas las componentes propias del culto y
expresivas de la actitud específica que nos viene de la plenitud de la
revelación de Cristo, puede definirse con estas palabras de S. Marsili:
"El momento en que los hombres, habiendo tomado conciencia de su
inserción en Cristo, realizan en sí, según formas
propiamente cultuales (adoración, alabanza, acción de
gracias) externamente manifestadas, aquella misma totalidad de servicio a Dios
que Cristo rindió al Padre, aceptando plenamente su voluntad en la
escucha constante de su voz y en la perenne fidelidad a su alianza"l3.
5.
RELACIÓN ENTRE CELEBRACIÓ N LITÚRG1CO-SACRAMENTAL Y
CULTO ESPIRITUAL. A partir de lo que se ha dicho hasta aquí acerca de la
identidad del culto cristiano, queda claro que la celebración litúrgica
no constituye toda la realidad de este culto, sino que está al
servicio del culto total, que consiste precisamente en el ofrecimiento de la
vida.
En la
época de la secularización, algunos grupos cristianos, como se ha
aludido más arriba, han acentuado de tal manera la diferencia entre
NT y AT y han acentuado tanto el discurso sobre el culto de la vida, que han
llegado a rechazar toda celebración litúrgica. El error
Culto
está en la
reducción de la liturgia a ceremonia, olvidando la dimensión
sacramental, es decir, su relación con Cristo, del que ella es signo
eficaz. Si la liturgia fuese solamente un culto ritual, no habría lugar
para ella en la existencia cristiana. Pero la celebración
litúrgica, sobre todo en su culmen et fons, constituido por la
eucaristía, es una acción en la que entran en comunión
la presencia y la acción salvífica de Cristo con la vida de
los hombres. Desde este contacto sacramental con Cristo es posible la
transformación de la vida para ofrecer a Dios el culto espiritual
exigido por el evangelio. Rechazar el sacramento en nombre del culto en
espíritu y verdad significa rechazar en la práctica el orden
de la encarnación y caer en la errónea ilusión de creerse
capaces de autosalvación. Y de esa manera Cristo queda reducido a
puro modelo moral a imitar, considerando sólo la dimensión
horizontal de la solidaridad humana. El sacramento, por el contrario,
significa la iniciativa de Dios, que en su amor nos reúne en Cristo
para una fraternidad nueva, pero en orden a que seamos "alabanza de
la gloria del Padre" (cf Ef 1,14). Es "propiedad
característica de la acción litúrgica cristiana
—afirma E. Schweizer— la de significar primariamente y de modo
inequívoco un estar uno
junto al otro, un
estrecharse. Pero esta acción común, o este común lugar
que da significado a semejante reunirse, es una acción de Dios, un
don de Dios, un servicio a Dios. Por eso los términos usados en el NT
figuran casi exclusivamente como afirmaciones cristológicas: no es el
hombre el sujeto primario del rito litúrgico, sino Dios mismo, que
ejerce en Jesucristo su oficio, cumple su acción sacerdotal, presta
su servicio a los hombres",4.
510
NOTAS: ' Cf
Primato di Dio e cristianesimo non religioso, en CC 3022 (1975) 313-322 —
2 Cf J.-M.R. Tillard, Vangelo e terzo uomo, Queriniana, Brescia 1969 — '
Cf P. Vanbergen, La crise de la liturgie: aspects d'une crise plus vaste,
en ParL 1967/7, 642-659 —4 Cf E. Vilanova, Crisi delta liturgia e critica
delta religione, en Con 1969/2, 23-37 — ! Cf R. de Vaux, Instituciones
del AT, Barcelona 1964 — 6 Cf J. Plastaras, // Dio dell'Esodo, Marietti,
Turín 1977, 65-72 — ' Cf R. de Vaux, o.c, 599ss — 8 "En
la sociedad humana primitiva, el mito expresa una verdad absoluta, narrada como
historia sagrada, relativa a una revelación extrahumana, en cuanto
hecho primordial (in illo tempore). El mito, al ser real y sagrado, es
también ejemplar y, por consiguiente, reiterable, es decir,
válido para las acciones humanas. Imitando las acciones ejemplares o
narrando las gestas de los héroes míticos, los hombres
pretendían salir de la esfera del tiempo profano y religarse con el
tiempo sagrado de los principios" (Mircea Eliade, Mithes, réves el
mystéres, Gallimard, París 1957, 16ss) — ' Cf G. Bardy, La
conversione al cristianesimo nei primi secoli, Jaca Book, Milán
1975, 38-40 — l0 Cf H.B. Meyer, L'importanza sociale delta liturgia, en
Con
1974/2, 47
— " Cf I. de
A. Bergamini
BIBLIOGRAFÍA.
Aldazábal J., La identidad de la liturgia cristiana según el N.
T, en "Phase" 133 (1983) 29-48; Alvarez Bolado A„
El culto y la
secularización en el mundo secularizado, en "Phase" 41 (1967)
411-445; Asamblea de Upsala (Consejo M. de las Iglesias), Documento sobre el
culto, ib, 47 (1968) 404-414; Barbaglio G., Culto, en NDT 1, Cristiandad,
Madrid 1982, 285-298; Cullmann O., La fe y el culto en
511
cristianos, en
"Concilium" 42 (1969) 191-202; Pannikar R., Culto y
secularización. Apuntes para una antropología litúrgica,
Marova, Madrid 1979; Perrot Ch., El culto en
El servicio
divino de la comunidad reunida en Cristo. Culto v liturgia, en MS 1V/2 (1975)
2659, 178-183, 472-477; Tettamanzi D., Culto, en DETM, Paulinas, Madrid
19742, 158-171; Vanhoye A., Culto antiguo y culto nuevo en
El culto
cristiano. Su esencia y su celebración, Sigúeme, Salamanca 1968;
VV.AA., El culto y el cristiano de hoy, en "Concilium" 62 (1971)
165-306. Véase también la bibliografía de Liturgia y de
Secularización.
CULTO DE LOS
SANTOS
/ Santos, Culto
de los; / Virgen María.
SUMARIO: I. Culto
eucarístico fuera de la misa - II. Historia del culto
eucarístico: 1. El contexto doctrinal y litúrgico de los
comienzos del culto eucarístico; 2. Manifestaciones principales; 3.
Valoración conclusiva - III. De la "Eucharisticum mysterium"
al Ritual de 1973 - IV. Líneas teológicas del culto
eucarístico.
I. Culto
eucarístico fuera de la misa
La
expresión culto eucarístico puede entenderse en dos sentidos: /
culto al Padre por medio de la celebración eucarística, supremo
acto del culto cristiano; y culto al santísimo sacramento del cuerpo y
Culto
eucarístico
de la sangre de
Cristo, es decir, reconocimiento y adoración de la presencia
eucarística del Señor, presencia definida como verdadera, real y
substancial por el concilio de Trento (cf DS 1651ss). Ahora bien, este segundo
sentido de la expresión culto eucarístico se desglosa
también en dos momentos: durante la celebración de la misa y
fuera de ella. El culto eucarístico durante la / celebración
está inmerso en la misma dinámica de la acción ritual y
tiene expresión concreta, prevista por el Ordinario de la misa, en
determinados gestos del celebrante (genuflexiones, ostensión al pueblo
de los dones eucarísticos, etc.), e incluso de los fieles, durante la
consagración y en la comunión. El culto que se va a tratar
aquí es el culto a la presencia de Cristo en la / eucaristía
fuera de la misa.
Obviamente, la
indicación fuera de la misa se toma porque es la usada por el Ritual de
Culto
eucarístico
integridad y
amplitud "tanto en la celebración de la misa como en el culto de
las sagradas especies" (EM
Ahora bien, no
siempre se ha tenido en cuenta la unidad y continuidad entre la misa y el
culto eucarístico fuera de ella. En el origen de la dicotomía ha
estado, por una parte, una teología eucarística que no ha
considerado suficientemente en su conjunto el contenido de la
doctrina eucarística, desarrollada por partes desconectadas entre
sí, como consecuencia de la necesidad de afirmar la verdad
católica frente a las herejías. Por otra parte, ha estado una
piedad eucarística muy marcada por el devocionalismo en lugar de por la
/ participación sacramental en la misa. Ambas causas pertenecen ya a la
historia, en el sentido de que la renovación teológica,
litúrgica y espiritual impulsada por el Vat. II ha pretendido superar la
dicotomía, y por ese camino han avanzado los documentos citados
anteriormente.
Sin embargo, la
recuperación de la unidad y del equilibrio en el culto del misterio
eucarístico por los documentos de la reforma litúrgica no ha
ido acompañada en todas partes por la necesaria aplicación
pastoral de los principios en la vida de las comunidades y aun de los pastores
y fieles. En los últimos años no han faltado incluso voces que
acusaron al Vat. II y a la / reforma litúrgica de haber causado una
evidente decadencia del culto eucarístico, como consecuencia de
haber resaltado demasiado determinados aspectos de la doctrina y de la
praxis eucarística. La acusación no es justa, porque todos los
documentos han dejado muy claro que la / eucaristía-sacrificio es la
fuente y razón de ser de la presencia de Cristo y, en consecuencia,
de aquí se deriva toda la 512
disciplina
concerniente a la comunión eucarística y al culto del misterio
eucarístico.
Se impone, por
tanto, un mejor conocimiento de las orientaciones de la iglesia sobre el culto
eucarístico a la luz de la historia de este culto, para llevar a
cabo una acción pastoral de la eucaristía que no deje en la
penumbra ningún aspecto del / misterio y sirva de alimento de la vida
espiritual de las comunidades y de los fieles.
II. Historia del
culto eucarístico
Las
manifestaciones del culto eucarístico fuera de la misa, como la
exposición del santísimo sacramento, las / procesiones, la
bendición eucarística, los congresos eucarísticos
y otras formas de piedad pública y privada, constituyen una
práctica propia de la iglesia de Occidente, más exactamente de la
iglesia católica. Algunas de estas manifestaciones se remontan al
s. XII, aunque
no' falta quien encuentra antecedentes en siglos anteriores. El culto
eucarístico no dejó de desarrollarse hasta bien entrado
nuestro siglo, pudiendo incluso considerarse la / reforma litúrgica del
Vat. II como el factor más sintético y aglutinante de la historia
de este culto. Sin duda el Ritual de 1973 representa la más autorizada y
completa codificación de las manifestaciones de rango
litúrgico de la piedad eucarística.
1. EL CONTEXTO
DOCTRINAL Y LITÚRGICO DE LOS COMIENZOS DEL CULTO EUCARISTICO. Para
comprender el significado del culto eucarístico es
imprescindible conocer el momento de su nacimiento, situado en los ss. IX-XII.
En dichos siglos
se produce un
513
tránsito
del simbolismo que caracterizaba a la doctrina eucarística de los
santos padres, a una nueva corriente más realista y cosificante. En
efecto, se pasa de la consideración de la celebración de la
misa en relación directa con el acontecimiento de la muerte del
Señor a una atención casi exclusiva de la presencia de Cristo,
sin tener en cuenta la conexión dinámica de la acción
litúrgica con el hecho histórico salvífico que la sustenta.
Olvidando la dimensión de anamnesis, se contempla el acontecimiento
sacramental en sí mismo, como una res u objeto. El recuerdo de la
pasión y muerte del Señor queda reducido al plano de la
alegoría. La / celebración es vista como un proceso que causa la
presencia del cuerpo y de la sangre de Cristo. Las controversias
teológicas del s. ix y las primeras herejías eucarísticas
contribuyen a reducir la doctrina sobre la eucaristía al tema de la
presencia.
Mientras tanto,
la celebración de la misa se convierte en un acto cada vez más
privativo del sacerdote, al que el pueblo asiste para conseguir dones y gracias
por los vivos y los difuntos. La comunión se hace cada vez más
rara e infrecuente: de las tres o cuatro veces al año que recomendaban
los sínodos locales hay que pasar a la obligatoriedad impuesta por el
concilio Lateranense IV, en 1215, de que se comulgue al menos una vez al
año. Sin embargo, lo que no permite comprender el
desconocimiento del latín por el pueblo y el secreto con que se recitan
las principales plegarias de la celebración (el canon), se pretende
suplir con el deseo interior de "ver la sagrada hostia". Este deseo,
que guarda relación también con la tendencia afectiva hacia la
humanidad de Cristo, está en el origen de las primeras formas de
culto euca
Culto
eucarístico
rístico:
ostensión y elevación de las especies, exposición
prolongada del santísimo. La mirada se convertía en un acto
de fe y adoración, e incluso de comunión espiritual. Algunos
místicos, como santa Gertrudis (s. xm), consideraban que de esta
comunión se obtenía idéntico beneficio espiritual que de
la comunión sacramental.
2.
MANIFESTACIONES PRINCIPALES. El deseo de contemplar la sagrada hostia
alcanzó una rápida y amplísima difusión no
sólo entre los místicos, sino también en el mismo pueblo.
Cuando los moribundos no podían recibir la comunión, se
les llevaba el sacramento para que pudiesen contemplarlo por última vez.
Esta práctica estuvo en vigor hasta que fue prohibida por el Ritual
Romano de 1614.
En
relación con este mismo deseo, el rito de la elevación de la
hostia y del cáliz empieza a cobrar un enorme relieve,
solemnizándose el momento con luces e incienso, sonido de campanas y del
órgano, interpretación de motetes y rezo de plegarias, etc. La
doxología del canon, que comprendía también una
elevación, pasaba totalmente desapercibida. Había todo un desplazamiento
del interés individual y comunitario por realizar el propio ofrecimiento
y la comunión con Cristo en el momento de la elevación. Este
rito era ya una práctica muy común cuando a finales del
s. xn se recoge
en las rúbricas de la misa.
A partir del s.
xi, la reserva eucarística empieza a hacerse sobre el altar principal,
en las columbas eucarísticas (sagrarios en forma de paloma) suspendidas
sobre él o en nichos e incluso en pequeñas torres. Nace
así el tabernáculo, que recibe este nombre por el velo que
lo cubre a modo de tienda circular y
Culto
eucarístico
recuerda el lugar
donde reposaba el arca de la alianza. Contemporáneamente a este
modo de destacar la presencia eucarística se produce el encendido de una
lámpara perpetua ante el tabernáculo, de modo similar a como
se hacía delante de las reliquias de los mártires en la
antigüedad. La primera noticia sobre la lámpara eucarística
procede de Cluny, de las ordenanzas del abad Bernardo, que
disponían el encendido de una lámpara continua después de
la misa del jueves santo. La primera prescripción de esta lámpara
para toda la iglesia se encuentra en el Ritual Romano de 1614. El cuidado y
mantenimiento de la lámpara del santísimo estaba confiada en
Italia a las cofradías eucarísticas como la de Santa María
sopra Minerva, en Roma, fundada en 1539 por el papa Paulo III.
La
institución de la fiesta del Corpus Christi en Lieja en 1246, extendida
por el papa Urbano IV a toda la iglesia en 1264, contribuyó a
popularizar y extender la devoción eucarística. La /fiesta
se convirtió pronto en una de las principales solemnidades del
año, tomando parte en la procesión del santísimo sacramento
todos los estamentos sociales. Las recomendaciones y privilegios con que
fue enriquecida esta fiesta prosiguieron a lo largo de los siglos sucesivos,
especialmente después del concilio de Trento. La procesión del
Corpus se convirtió en un rito propio con caracteres de
manifestación pública de la fe católica y de homenaje a la
eucaristía.
Las procesiones
del santísimo debían clausurarse obligatoriamente con la
bendición eucarística. Probablemente la práctica tiene su
origen en la costumbre de bendecir al pueblo con algún objeto sacro en
el momento de despedirlo. De la procesión del Corpus y de la bendi514
ción final
con el santísimo sacramento parece que derivó también
la costumbre de la exposición prolongada de éste sobre el
altar. Los testimonios de esta manifestación cultural se remontan al s.
XIV. Para realizar esta exposición se adaptaron relicarios con
forma de ostensorios y, sobre todo en la época del barroco, se
construyeron grandes retablos y espléndidas custodias. Una
exposición eucarística que alcanzó gran importancia fue la
llamada de las Cuarenta Horas, que surge a mediados del s. xvi, probablemente
como repetición de la adoración eucarística del jueves al
viernes santo, y que tenía lugar varias veces al año en templos
especialmente dedicados.
La
práctica de la exposición eucarística durante la misa, o
de celebrar ésta durante la exposición, se inició en
Francia desde comienzos del s. xvi, extendiéndose después
a todas partes. Esta práctica no encontró demasiado apoyo en
o nocturna,
adquiere durante el
xix una
orientación manifiesta de reparación hacia el Señor presente
en el sacramento, hecho prisionero por nosotros, humillado y escarnecido
por los pecados. A esta presencia divina debía corresponder la
presencia de una guardia de honor.
3.
VALORACIÓN CONCLUSIVA. Desde comienzos del s. xx se aprecian
síntomas de una crisis en el culto eucarístico fuera de la misa,
que se consumará durante y después del Vat. II. Pero al
mismo tiempo, desde el movimiento litúrgico, en el que hay que
incluir las disposiciones de san Pío X sobre la comunión
frecuente y de Pío XII 515
sobre las misas
vespertinas y el ayuno eucarístico, se empezaron a sentar las bases de
una renovación profunda.
El culto
eucarístico padecía algunas insuficiencias y acentuaciones
que, sin afectar a la legitimidad de este culto, tenían origen y explicación
en las circunstancias doctrinales e históricas en medio de las que
nació y se desarrolló. El punto más débil del culto
eucarístico fue siempre la posibilidad de convertirse en una
realidad desgajada de la celebración eucarística,
justificado por sí mismo, como consecuencia de una teología
eucarística y sacramentaría esencialista y
apologética, y de la escasa o nula participación del pueblo en la
misa, incluyendo la comunión sacramental. El culto
eucarístico ha estado siempre impregnado de devocionismo e individualismo,
en lugar de nutrirse de las fuentes objetivas de la palabra de Dios y de
la tradición patrística y litúrgica de los primeros
siglos.
Era inevitable,
por tanto, que al producirse en este siglo un amplio cambio en la
orientación teológica y en la / participación
litúrgica, se llegase a una crisis. El concilio Vat. II, que
asumió las- grandes líneas doctrinales y de acción del /
movimiento litúrgico y de la obra de los pontífices antes citados,
no menciona el culto eucarístico en la constitución Sacrosanctum
concilium, aunque sí lo hace en el decreto Presbyterorum
ordinis al hablar de los recursos para fomentar la vida espiritual (cf PO 13 y
18). Sin embargo, el concilio da unas normas muy precisas sobre los ejercicios
de piedad del pueblo cristiano (cf SC 13) y, sobre todo, ofrece una
visión global y decididamente bíblica y patrística
del misterio eucarístico, al que define como el sumo bien de la
iglesia (cf PO 5) y la
Culto
eucarístico
fuente y
culminación de toda acción eclesial (cf ib, y LG 11; SC 10).
III. De la
"Eucharisticum mysterium" al Ritual de 1973
El primer
documento posconciliar directamente referido al culto eucarístico
fue la instrucción Eucharisticum mysterium, de 1967, aun cuando ya
había tocado algún punto de este culto la encíclica de
Pablo VI Mysterium fidei, de 3 de noviembre de 1965. Sin embargo, entre estos
dos documentos no existe relación alguna de dependencia.
En el
artículo / Devociones resumimos los objetivos y las principales
orientaciones de
Culto
eucarístico
global de todo el
misterio eucarísti
co que ofrece el
Proemium (EM 1
4) y la primera
parte (EM 5-15). La
segunda parte (EM
16-48) y la
tercera (EM
49-67) constituyen las
normas
prácticas derivadas de
aquellos
principios doctrinales y
catequéticos,
aplicados a la celebra
ción
eucarística y al culto eucarísti
co fuera de la
misa.
Esta
instrucción es de tal impor
tancia que,
cuando llegó el momen
to de preparar la
parte del Ritual
Romano que trata
del sacramento
de la
eucaristía y de las / procesio
nes, no fue
necesario preparar un
gran proyecto,
sino que bastó re
sumir
da y aplicar
sencillamente las orien
taciones
prácticas contenidas en
ella para
confeccionar los ritos. En
apenas un
año, desde marzo de
1972 hasta junio
de 1973, fue estu
diado por varias
congregaciones
romanas y por el
papa. El libro
litúrgico
De sacra Communione et
de cultu Mysterii
eucharistici extra
missam fue
promulgado el 21 de junio de 1973, solemnidad del Corpus también.
Como el mismo
título indica, la materia está dividida en dos partes:
comunión fuera de la misa y culto eucarístico público.
Después de los praenotanda generales, hay cuatro capítulos, de
los cuales el último es el dedicado a las varias formas de culto a la
eucaristía: exposición, procesiones eucarísticas y
congresos eucarísticos. En el último capítulo hay una
amplia colección de textos: un / leccionario de 51 lecturas bíblicas
y salmos, cantos, himnos y oraciones tomadas del / misal romano y de
antiguos libros procesionales.
Es preciso aludir
también a la carta de Juan Pablo II a los obispos de la iglesia con
motivo del jueves santo de 1980. La carta Dominicae caenae causó un
fuerte 516
impacto, no
faltando quien quiso ver en ella un signo de involución. Nada más
lejos de la realidad. El papa se dirigía a los obispos en un tono
coloquial para reafirmar algunos aspectos del misterio eucarístico
en línea con otras intervenciones suyas (especialmente la
encíclica Redemptor hominis) y con los documentos que hemos citado.
En concreto, Juan Pablo II se refería al carácter / sagrado
original de la eucaristía, a la relación entre / ministerio y
eucaristía y al culto eucarístico, y de modo particular a la
adoración. Esta actitud forma parte de la / participación en el
sacrificio y se extiende más allá de la / celebración,
hasta alcanzar toda manifestación privada o comunitaria del culto
eucarístico: visita al santísimo, / procesiones, exposiciones,
congresos, etc.
IV. Líneas
teológicas del culto eucarístico
Como ya se ha
insinuado anteriormente, la legitimidad de las manifestaciones externas de
la fe orante hacia la eucaristía jamás se han puesto en duda en
los principios que han guiado la renovación litúrgica.
Más aún, se ha de decir también que el desconocimiento o
el incumplimiento de estos principios, por exceso y por defecto, son los
factores que ponen en peligro verdaderamente el culto eucarístico. Para
que esto no suceda es necesario un cambio de mentalidad y una
consideración del misterio eucarístico que supere
concepciones reduccionistas de la / eucaristía y actitudes
meramente devocionales o pietistas. Los documentos que orientan actualmente el
culto eucarístico, fuera de la misa, señalan estas
orientaciones en línea de principios:
517
1. El misterio
eucarístico es el centro de la liturgia y, por lo mismo, de toda la vida
cristiana. Por misterio eucarístico se entiende la eucaristía en
la totalidad de sus aspectos, comenzando por la celebración del
memorial del Señor. Esta celebración es también el centro
de la vida de la iglesia local y universal.
2. La
celebración eucarística es el punto de referencia y la clave de
comprensión del culto a la eucaristía, es decir, es el
origen y el fin del culto eucarístico. En la misa radica este culto,
puesto que la eucaristía es la presencia real de Cristo en acto
sacrificial y el sacramento permanente de esta presencia, aun después de
la celebración. Esto tiene especial valor para aquellos que no han
podido tomar parte en la acción litúrgica y, por medio de la
comunión, pueden unirse al sacrificio que ha hecho presente a
Cristo. Tal es el caso especialmente de los moribundos, cuando la comunión
asume la forma de viático. Al mismo tiempo, la presencia oblativa de
Cristo hace que la eucaristía siempre esté destinada a la
comunión, aun cuando, mientras tanto, reciba la adoración y el
culto de los fieles.
3. La
conservación de la / eucaristía tiene como objeto primario y
primordial la administración del viático, y como objeto
secundario la distribución de la comunión y la adoración
de Cristo presente en el sacramento. Por consiguiente, el culto
eucarístico debe conducir a una participación más plena y
profunda en el misterio pascual, o
sea, a recibir
con más intensidad y frecuencia la eucaristía y a poner en
práctica la unidad en la caridad que está significada en el
sacramento.
Culto
eucarístico
tra entre la
identificación con Cristo en el / sacrificio, del que es
prolongación, y la participación sacramental, que conduce
también a la comunión con los hermanos. El culto
eucarístico no puede ser ajeno a la vida.
La continuidad del sacrificioconvite,
que es la misa, en el culto eucarístico pide también que
éste se acomode a la estructura pascual, trinitaria y celebrativa del
memorial del Señor. Esto no es otra cosa que la armonización de
los actos del culto eucarístico con el espíritu de la / liturgia,
tanto en la íntima conexión entre la palabra de Dios y el / rito
como entre la eucaristía y la / asamblea o comunidad orante, sin olvidar
tampoco el estilo y la orientación de la / plegaria, que debe dirigirse
solamente a Cristo y, por medio de él, al Padre en el Espíritu
Santo. En la práctica, el culto eucarístico requiere y reclama la
presencia de la comunidad reunida por la palabra de Dios. Sólo
así las manifestaciones eucarísticas constituirán una
statio de la iglesia local.
La dignidad del misterio eucarístico
pide también la atención conveniente a la dimensión de los
/ signos. De lo que se trata es de poner en evidencia la relación del culto
eucarístico con la celebración de la misa. Esto afecta al lugar
donde se reserva la eucaristía, que a poder ser no debe estar sobre el
altar donde se celebra, para que aparezca que la presencia de Cristo es fruto
de la acción consecratoria. Pero afecta también a todos los
demás signos que acompañan los actos del culto
eucarístico: luces, ornamentación, modo de hacer la
exposición del santísimo, situación del copón o de
la custodia, duración de la exposición, etc. El ideal
Cultura y
liturgia
es que todos los
actos de culto a la eucaristía vayan a continuación de la
celebración de la misa, y que la participación y la solemnidad de
ésta no sea inferior al acto eucarístico.
El equilibrio que
se propugna en la práctica sólo puede producirse a través de
una adecuada formación de los pastores, que no han asimilado
aún la renovación deseada por el Vat. II, y de una no menos urgente
catequesis del pueblo cristiano.
/. López
Martín
BIBLIOGRAFÍA:
Aldazábal J., Recuperar también el culto (eucarístico), en
"Oración de las Horas" 6 (1981) 115-121; Bertaud E.,
Dévotion eucharislique, en Dictionnaire de Spiritualité IV/2,
Paris 1961, 1621-1637; DeirOro F., La santa comunione e il culto del misterio
eucarístico fuori della messa, en "Riv. Lit." 61 (1974) 247-266;
Dumounet E., Le désir de voir l'hostie et les origines de la
dévotion au Saint Sacrement, Paris 1926; Falsini R., // culto
eucarístico al di fuori della messa, en VV.AA., Liturgia e forme
dipietá, Opera della Regalitá, Milano 1979, 57-71; Farnes P., El
culto a
CULTURAL,
ANTROPOLOGÍA / Antropología cultural
518
SUMARIO: I.
Algunos elementos fundamentales del concepto "cultura"; 1. El
final de un mito; 2. Un nuevo concepto de cultura - II. Orientaciones culturales
actuales que influyen en la liturgia: 1. El cambio antropológico; 2. La
conciencia histórica; 3. La mentalidad científica - III.
Distintos enfoques del fenómeno cultual: 1. La teoría de la
autonomía; 2. La teoría de la instrumentalidad; 3. La teoría
simbólica - IV. Perspectivas pastorales - V. Conclusión.
Esta
contribución al tema cultura y liturgia no puede leerse aisladamente.
Supone otras voces de corte más específicamente litúrgico,
con las cuales nuestra presentación se encuentra en tensión dialéctica,
sin renegar de contenidos y realidades que son propios de la liturgia de la
iglesia, pero intentando repensarlos desde un cuestionamiento a partir de
algunos parámetros culturales de nuestro tiempo.
I. Algunos
elementos fundamentales del concepto "cultura"
1. EL FINAL DE UN
MITO. El nacimiento de la / antropología cultural es
más bien reciente. Entre todas las ciencias, es la última y la
más joven. Característica de este nuevo sector del saber es la
elaboración de un concepto de cultura notablemente distinto
del de la tradición clásica y humanística. Para esa
tradición, cultura es sinónimo de amplitud de conocimientos
y de nociones. Es hombre de cultura quien sabe mucho y bien; no es culto
el que sabe poco o nada. Y por saber se entiende el saber
lógico-racional, abstracto, vinculado a la esfera del
entendimiento, con exclusión de lo perteneciente al ámbito de lo
emocional, de lo ético y lo praxológico. Así, se pensaba
519
que había
hombres cultos y hombres incultos, pueblos provistos de gran cultura y
otros de escasa. Esta concepción reductiva procedía de la
pretendida superioridad de Occidente, que se tomaba a sí misma como
parámetro de valoración de toda otra manifestación
antropológica. Y puesto que Occidente ha privilegiado siempre al
logos griego, de ello se siguió la infravaloración de
las otras formas de vida, de pensamiento y de acción. Esta idea de
cultura ha hecho crisis por los estudios de etnología y por la actitud
crítica de no pocos pensadores que, a comienzos de siglo, empezaron
a mirar con ojos menos prevenidos y más respetuosos las formas de
pensamiento y comportamiento de otras poblaciones, tanto antiguas como
contemporáneas.
2. UN NUEVO
CONCEPTO DE CULTURA. La progresiva, aunque lenta, superación del
mito eurocéntrico ha llevado a los estudiosos a una definición
nueva de cultura. Si bien hasta el presente no existe ninguna definición
en la que estén todos de acuerdo ', para la mayor parte de los
estudiosos tienen importancia los siguientes elementos:
a) Lo cultural no
se refiere sólo a lo racional. No sólo el pensamiento, sino
toda práctica (desde hablar hasta preparar los alimentos, construir
casas, cultivar campos, erigir templos, orar a la divinidad, etc.) pertenece al
ámbito de lo cultural, como su causa y efecto. Desde este punto de vista
está claro que también la liturgia es un fenómeno
cultural.
b) Lo cultural no
se opone a lo natural. No se da primeramente un hombre natural y a
continuación un hombre cultural. En realidad existe siempre y
sólo un hombre
Cultura y
liturgia
cultural, es
decir, culturalizado, que resulta de una interrelación constante
entre su dimensión biofísica y el ambiente del que es al mismo
tiempo creador y criatura, causa y efecto. El mítico período de
una época natural, si existe en la literatura y en el campo de la
fantasía, ciertamente no existe en el de la realidad. Sentimientos,
amor, alegría, dolor, etc., son realidades culturales!. Los mismos
conceptos de Dios, de sagrado, de fe son comprensibles solamente a
través del complejo aparato de modelos culturales más o menos
conscientes. También a este nivel es fácil comprender
cómo y por qué la liturgia está vinculada a la cultura:
símbolos, ritos, textos eucológicos no nacen de la nada,
sino que se desarrollan dentro de estructuras más amplias, que son las
típicas de una determinada forma de pensamiento y de acción,
de modelos y de prácticas.
c) Lo cultural es
antropogenético. La cultura no es un accesorio del que se
puede prescindir: ella crea al hombre, le da el ser, es
antropo-genética. Valores, creencias, actitudes, emociones, reacciones,
comportamientos, criterios de juicio, tipos de relación, instrumentos
interpretativos, canales selectivos, módulos comunicacionales,
etcétera, son engendrados por la cultura. Si es, pues, verdad que el
hombre hace la cultura, más verdad es todavía que la cultura hace
al hombre (círculo antropo-genético): "Sin hombres no hay
cultura, ciertamente; pero igualmente, y más significativamente,
sin cultura no hay hombres"5. Más aún: "llegar a ser
hombre significa llegar a ser individuo; y nosotros adquirimos la
individualidad bajo la guía de módulos culturales, de sistemas de
significado históricamente creados,
Cultura y
liturgia
en cuyos
términos damos forma, orden, sentido y dirección a nuestra
vida"4. También aquí salta a la vista la relación
profunda entre liturgia y cultura; también aquélla
contribuye a crear un tipo de hombre, Qfrece motivaciones y valores,
indica perspectivas y abre horizontes de trascendencia y fraternidad.
d) Lo cultural es
revelador del hombre. La respuesta a la pregunta: "¿Qué
es el hombre?", no puede darse en abstracto, basándose simplemente
en principios preconcebidos, sino pasando por el análisis de las
diversas instituciones y modelos que a lo largo de la historia van apareciendo.
La cultura es el único terreno de lectura, de interpretación y de
comprensión del hombre; el lugar privilegiado de la manifestación
de su identidad. Ciertamente siguen siendo posibles una antropología
teológica y una antropología filosófica, pero sobre la
base de datos culturales leídos hermenéuticamente (no
eludidos bajo pretexto de trascenderlos). A este nivel es donde el
comportamiento litúrgico y celebrativo manifiesta toda su riqueza, no
sólo en el campo de la teología, sino en todo el arco cultural:
entre todas las prácticas culturales, la cultual, más que
cualquiera otra, pretende desvelar el misterio último del hombre, el
enigma de su realidad: partner de Dios mismo en un diálogo de amor,
llamado a ser y actuar como su imagen y seme
janza (Gen 1,26).
e) Lo cultural no
es unívoco. No existe una sola cultura, sino muchas; tantas cuantos son
los grupos humanos, ya sea diacrónica, ya sincrónicamente
considerados. La pretensión de un mono-culturalismo es inadmisible.
La pluralidad de las culturas, teóricamente multiplicable al
infinito, testifica a favor de una inagotable plasticidad del
520
hombre. Las
culturas, como las lenguas, pueden ser tantas cuantos sean los códigos
que las definen, es decir, las convenciones y las reglas que
explícitamente y (todavía más) implícitamente
establecen sus posibilidades y límites. También a este nivel
son claras las relaciones entre liturgia y cultura. En efecto, el
fenómeno cultual, como cualquier otro fenómeno cultural, no se da
nunca bajo ropaje unívoco (de hecho tenemos una liturgia copta,
ortodoxa, siríaca, ambrosiana, latina, galicana, hispana, etc.). No
sólo esto: la liturgia, como la lengua, puede traducirse en una
multiplicidad de formas y de modelos prácticamente infinitos.
De aquí la inaceptabilidad del fixismo y del inmovilismo
ritual y la conveniencia de la / creatividad litúrgica, de la cual, por
lo demás, el Vat. II ha puesto las premisas [/ Adaptación].
f) Lo cultural es
siempre estructural. La cultura se presenta como conjunto de elementos
dispuestos no al azar o como simple conglomerado, sino estructuralmente,
es decir, según la lógica de la estructura. Esto significa
que, en toda cultura, el detalle debe ser comprendido a la luz del
conjunto global, y que cada globalidad (la cultura) es algo más, algo
distinto de la suma de los particulares. También esta ley tiene
aplicación en el campo de la liturgia. Lo litúrgico, que es un
momento de lo cultural, no puede ser comprendido en sí mismo, sino
dentro del arco teológico, y éste dentro del cultural. Un tratado
sobre los sacramentos que no tuviese en cuenta el ambiente cultural en que
deben celebrarse sería reductivo y podría exponer al lector a una
serie de equívocos. La ley de la estructura tiene todavía otra
cosa importante que decir: todo cambio que se realiza en un
521
punto de la
cultura, por insignificante que sea, se refleja en la totalidad del
sistema, llamado entonces a reestructurarse globalmente. Por seguir
en el campo de la teología: un cambio registrado en las ciencias
humanas, políticas o económicas no puede menos de reflejarse
también en las ciencias religiosas. De lo contrario, éstas se
condenarían a la marginación. Este ha sido y es el drama de la
teología occidental a partir del renacimiento 5.
g) Lo cultural
está siempre expuesto al riesgo de convertirse en manipulador,
según como en ello esté distribuido el poder. Cuanto más
dividido y participado sea el poder, tanto más disminuye el riesgo de
una cultura de ser manipulativa; cuanto más esté el poder en
las manos de pocos, mayor probabilidad hay de que la cultura se convierta en
ideología, instrumento de dominio y de explotación de una
minoría sobre la mayoría. La toma de conciencia de la dimensión
manipuladora de una cultura, y por tanto de la carga alienante de que con
frecuencia se revisten las instituciones (escolarización, educación,
prensa, propaganda, moda, deporte, etc.), ha acabado con el mito de la bondad
automática de la cultura, y ha favorecido la exigencia de un uso
crítico de las mediaciones culturales y de una más
equitativa distribución del poder entre todos los que componen el grupo
cultural. Este razonamiento, según algunos, tocaría de cerca a la
liturgia: también ella, como cualquier otro fenómeno
cultural, si se desarrollara de manera verticalista, podría hacerse
manipulativa e ideológica6. Quede de momento la sugerencia de que la
liturgia como ideología es un capítulo que necesita ser
estudiado'.
Cultura y
liturgia
II. Orientaciones
culturales actuales que influyen en la liturgia
Si la cultura es
el conjunto de valores, creencias, propuestas, modelos, instituciones y
estructuras con los que un grupo humano traduce y comunica el propio modo de
acercarse a la realidad, de captar sus múltiples aspectos y de establecer
sus conexiones, hay que preguntarse cuáles son hoy las orientaciones
culturales fundamentales que influyen sobre la liturgia. Pienso que pueden
reducirse a tres.
1. EL CAMBIO
ANTROPOLÓGICO. ES la tendencia, cada vez más marcada e irreversible,
a poner en el centro de la investigación y de la reflexión al
hombre con su realidad, sus necesidades y su subjetividad 8. La
colocación del hombre en el centro de las elaboraciones culturales
y la reivindicación de su prioridad no infravaloran ni niegan las otras
dimensiones (teológicas, éticas, institucionales, etc.), sino que
las reconducen a sus exactas proporciones y perspectivas: no se trata de
categorías a priori que ab aeterno se impongan y determinen al hombre,
su historia, sus proyectos y sus realizaciones, sino de expresiones
complejas y polimorfas, que periódicamente elaboran las
colectividades desde su propio ser para responder a los interrogantes de
su carne, que el creyente sabe habitada por el Espíritu de Dios. La
cultura contemporánea, aunque caótica y contradictoriamente, alberga
el sueño de querer liberar al hombre del peso de fardos culturales
inútiles para introducirlo en una nueva tierra de libertad. Es un
sueño que se estrella contra muros ciclópeos de alienación
y de represiones pluriseculares, pero que cada vez se hace más
movimiento e
Cultura y
liturgia
historia. El
marxismo, el neomarxismo, el existencialismo, la fenomenología,
el radicalismo, la psicología, las reivindicaciones de una nueva
racionalidad y una nueva subjetividad; el rechazo de la misma
proyectividad por parte de muchos, sobre todo jóvenes; la exigencia de
la mística y de la metaracionalidad..., todo esto esconde, bajo su
superficie, la afirmación del primado de la subjetividad sobre la
objetividad, de la persona sobre el principio, del "hombre sobre el
sábado".
Estas
orientaciones se reflejan también en la liturgia: se advierte la
necesidad de dejar en ella mayor espacio al hombre. Por eso hoy algunos
estudiosos comienzan a hablar de antropología de la liturgia,
antropología litúrgica, antropología sacramental''.
Se trata de una perspectiva nueva, cuyo significado no es fácil de
comprender y cuyas exigencias no resultan fácilmente previsibles.
Queda mucho camino por andar. ¿Qué quiere expresarse con esta
terminología? Con ella se abre camino una nueva sensibilidad en torno a
la celebración litúrgica, momento privilegiado en el
que el hombre toma con
ciencia y expresa
los rasgos profundos de su identidad: partner del mismo Dios en un
diálogo de abandono y de amor. La relación entre
antropología y liturgia es tan constitutiva, que esta última
puede ser considerada como el lugar ideal de la antropologización o
antropogénesis ">.
2.
K. Lówith
hace remontarse a Giambattista Vico el paso del pensamiento antiguo,
filosófico y racional, al moderno, histórico y concreto ".
El verum no es lo confinado en las regiones del hiperuranio y que se identifica
con las ideas claras y
522
distintas, sino
que es el factum, lo
que el hombre
hace y crea: su
historia,
entendida no como una
cárcel de
la que hay que escapar (a
la manera
griega), sino como el
único
espacio en que se construye
la propia
identidad, y por tanto se
autodesvela y
autodefine. La histo
ria se rescata de
su valoración se
cundaria e
irrelevante y se coloca
en el centro de
todo interés; lejos de
ser
in-significante (porque el senti
do se
encontraría fuera de ella, en
el hiperuranio),
es el único código a
través del
cual el hombre tiene la
posibilidad de
decirse y de decir.
Los reflejos de
la conciencia
histórica
en el campo litúrgico son
varios:
aquí nos limitamos a enu
merarlos, ya que
serán desarrolla
dos en otras
voces de este dicciona
rio:
superación de la antigua con
cepción de
la eficacia de los / sa
cramentos 12 y
propuesta de una
nueva
concepción de la mismal3;
toma de
conciencia de la relatividad
de ciertas
fórmulas litúrgicas y de
la consiguiente
necesidad de una
/ creatividad en
este campo; exi
gencia de la
aculturación y de la
inculturación
litúrgicas [/ Adaptación
IV-VJ.
3.
523
educa y lo
madura; hasta dónde puede adaptar esta realidad a las propias
exigencias, y hasta dónde, en cambio, debe adaptarse a ella en
obediencia. Esta mentalidad científica tiene, ciertamente, graves
limitaciones, e incluso puede decirse que hoy está en crisis; pero
siguen siendo evidentes sus aspectos positivos, que se reflejan en el
campo teológico, y sobre todo litúrgico. Menciono algunos:
a) Desconfianza
de un ritualismo mágico. Cada vez que éste emerge, el mundo
de la ritualidad religiosa se transforma de mediación de la propia
subjetividad adulta, consciente y respetuosa del misterio benévolo
y envolvente, en instrumento para apresar la trascendencia y lo divino.
Así, la mentalidad científica (no ciencista, que pretende
ser totalizante e ignora sus límites), lejos de constituir un atentado a
la liturgia y su especificidad, puede ser ocasión de su mayor
comprensión y delimitación.
b) Sensibilidad
por lo poéticoevocativo. La ciencia explora su campo e indica los
senderos que el hombre puede recorrer, porque son accesibles a sus
instrumentos, y los que le están prohibidos, por caer más
allá de sus posibilidades. ¿Qué actitud adoptar frente al
mundo que se encuentra más allá del propio campo perceptivo
y cognitivo? La respuesta definitiva la ha dado
L. Wittgenstein
con su célebre aforismo: "Acerca de lo que no se puede hablar
hay que callar". Hay que callar con el lenguaje de la descripción y
de la verificabilidad, pero no con el de la evocación y de la
simbolicidad. El primero es el lenguaje de lo cuantitativo y de lo mensurable,
el segundo de lo cualitativo y de lo indemostrable; el primero establece
los confines y la composición del dato, el segundo
Cultura y
liturgia
amplía el
campo y modifica su código; el primero obedece y respeta lo real,
el segundo intuye y crea lo posible; el primero transcribe lo ya conocido, el
segundo orienta hacia lo todavía-no; el primero es delimitante y
restrictivo, el segundo parabólico y heurístico; el primero habla
con la fuerza del logos, el segundo con la del símbolo. De este modo la
mentalidad científica obliga a la liturgia a ser cada vez menos
racional y más simbólica. Quizá sea éste el mayor
desafío de nuestra época a la ritualidad: re-simbolizarla
adecuadamente, liberándola de lo excesivamente racional, depurado,
hablado, cotidiano. Probablemente sea éste el gran camino de la
liturgia del mañana.
c) Conciencia de
los dos niveles de discurso. La epistemología moderna resalta cada
vez más la diferencia profunda entre un fenómeno y su
comprensión. Estos dos planos
o niveles no se
confunden; la pretensión de identificarlos o superponerlos es
causa de curiosas paradojas, caminos sin salida e inextricables
absurdos '". La diferencia entre ambos niveles es la misma que se da, por
ejemplo, entre el hablar una lengua (fenómeno) y el hablar de una lengua
(comprensión del fenómeno), entre hacer un cálculo y
hablar del cálculo, entre caminar y hablar del caminar. Para no perder
de vista el salto cualitativo existente entre los dos niveles, hoy se habla
cada vez más de meta-lenguaje, meta-matemática, meta-movimiento,
etc., expresiones en las que el prefijo meta indica un escalón
lógico superior, en cuyo nivel se desarrolla el discurso. Tal distinción
lógica puede aplicarse también a la liturgia, a propósito
de la cual no siempre se advierte la distinción entre el fenómeno
cultual, en cuanto práctica (liturgia), y su compren
Cultura y
liturgia
sión
(meta-liturgia). Ahora bien, las diferencias entre liturgia y metaliturgia
son numerosas y sustanciales: la liturgia es un fenómeno real, la
meta-liturgia es una teoría sobre el fenómeno real; la primera es
competencia de cuantos la practican; la segunda es sólo de algunos
que estudian la primera; la primera, salvadas ciertas condiciones, es siempre
verdadera; la segunda de por sí no es verdadera ni falsa, sino
sólo funcional y heurística (sirve en la medida en que ayuda a
captar mejor el fenómeno); la primera puede existir sin la segunda, y la
segunda sin la primera (como pueden darse teóricos del amor o de la
belleza sin que jamás hayan experimentado la belleza o el amor; o
como pueden encontrarse teólogos
de una fe muy
lánguida, así puede haber también liturgistas que hablan
de la liturgia, pero están privados de toda sensibilidad litúrgica).
La no-conciencia de esta distancia lógica entre los dos niveles
puede fácilmente convertirse en una fuerza oculta de dominio y de
opresión IS; en nuestro caso, puede transformar la misma teoría
litúrgica, de servicio para una mejor comprensión del
fenómeno cultual, en medio que obstaculiza e inhibe. Aquí es
donde anida la raíz genética de la ideología: pasar
del metanivel teórico (en sí ni verdadero ni falso) a la
verdad en sí y por sí, normativa, y por tanto vinculante de las
subjetividades reales. La convicción de que el razonamiento
litúrgico se sitúa en el terreno teórico es difícil
de adquirirse, pero es urgente y liberador adquirirla. La mentalidad
científica puede contribuir notablemente a conservar viva la
conciencia de que, siempre que se habla de liturgia, se está en el
ámbito de la elaboración teórico-conceptual y que entre
los niveles litúrgico y meta-litúrgico, a
524
pesar de darse
una dialéctica cerrada, existe también una gran distancia
lógica.
III. Distintos
enfoques del fenómeno cultual
Otra diferencia
notable entre los dos niveles es ésta: si el primero obedece a una
lógica unívoca, el segundo (el meta-nivel) obedece a una
lógica múltiple, y a veces incluso equívoca y
contradictoria. Si, por ejemplo, el lenguaje como práctica de
comportamiento es unívoco dentro del grupo que lo habla, sus interpretaciones
(teorías del lenguaje) pueden ser y en realidad son ilimitadas. La
misma observación vale para la crítica cultual: a pesar
de ser una constante de toda comunidad cristiana, se
presta a una
multiplicidad de interpretaciones o teorías, que, esquemáticamente,
podemos reducir a tres:
1.
divinas
dominadoras de la existencia, y peligrosas aunque fascinantes (tremendum
et fascinosum). Según esta interpretación, el hombre está
525
en función
del rito, y sus gestos rituales están separados tanto de su subjetividad
como de la eventual subjetividad del Otro (el misterio) y poblados por los
fantasmas de su universo arcaico, infantil. Esta interpretación, aun
cuando a nivel de lenguaje explícito haya estado siempre ausente en la
elaboración meta-litúrgica más iluminada, ha estado
presente como presupuesto preconsciente, no tematizado, en los estratos
populares, y quizá tam
bién en
cierta manualística litúrgica.
2.
ción de la
liturgia. El mismo concilio Vat. II y los documentos de
La teoría
de la instrumentalidad, a pesar de su sólido fundamento y su frecuente
exposición, comienza a mostrar sus límites, sobre todo cuando se
la parangona con la con
Cultura y
liturgia
cepción
bíblica de la experiencia religiosa. Frente a la instancia del
personalismo de nuestro siglo, el lenguaje de la instrumentalidad aparece
frío, objetivo, cosificado y, por lo mismo, cosificante. Además,
si esta concepción teórica pretendiese encerrar el misterio
del encuentro de Dios con el hombre exclusivamente en las estrecheces de
un comportamiento ritual, sería extremadamente pobre, e incluso se
estaría en contradicción con la tradición
teológica, en la que siempre ha tenido pleno derecho de
ciudadanía la doctrina del votum sacramenti y de la fldes
implícita. Finalmente, la afirmación de que el comportamiento
ritual es el instrumento de la gracia, afirmación de suyo justa,
corre el riesgo de ser entendida reductivamente, en el sentido de sugerir que
los otros comportamientos sean neutros, y por tanto indiferentes en
relación a la obtención del don de la gracia. Esto, si bien se
considera, no está de acuerdo (por citar sólo este ejemplo) con
la teología paulina de Rom 12,1-2, según la cual el culto agradable
a Dios, el culto espiritual (el medio de la gracia, para seguir con nuestra
terminología) es el que se le da con toda la vida. En una palabra: la
categoría de la espiritualidad no parece del todo adecuada para
explicar el fenómeno cultual.
3.
Cultura y
liturgia
la
instrumentalidad y terminó por no dejar traslucir toda su riqueza
lingüística, semiológica y, particularmente,
simbólica. Como la instrumental, también la categoría
simbólica remite a la relación entre Dios y el hombre dentro
de la iglesia; pero a la luz de la categoría simbólica la
relación se entiende no reductivamente, limitada al momento en que
se realiza el rito o el gesto, sino extensiva a todos los momentos, incluso a
los que anteceden a la acción ritual. La relación entre el
instrumento y quien lo usa es de tipo funcional, temporal, parcial y, por lo
general, extrínseca; en cambio, la relación entre el
símbolo y quien lo realiza es de tipo intrínseco, estable,
continuado y total. La madre que da un beso a su hijo recurre a un signo que
expresa la totalidad de sí misma, de su situarse ante el propio
niño. El significante simbólico, independientemente de su
densidad, remite a la totalidad del sujeto, tanto diacrónica
(historia presente) como sin
crónica
(historia pasada). En este marco teórico la liturgia aparece como el
momento simbólico en el que la comunidad de los creyentes y Dios expresan
y comunican plenamente su ser recíproco, los unos hacia lo Otro, y
viceversa: disponibilidad para recibir (comunidad de los creyentes),
voluntad de dar (Dios). Desde esta perspectiva, la liturgia es el lugar en que
la gracia de Dios (que siempre y en todas partes se comunica al hombre) y la
respuesta del hombre (que siempre y en todas partes está llamado a
abrirse a ella) se manifiestan, se reasumen y se simbolizan completamente
(syn-bállein, reunificar). La liturgia es el momento epifánico,
revelador, de lo que Dios es para el
hombre y de lo
que el hombre es y está llamado a ser para su Señor ". Las
ventajas de este nuevo acer
526
camiento
teórico son notables: superación del dualismo entre vida y
liturgia, entre cotidianidad y ritual, entre profano y sagrado, entre
mundo e iglesia: polos que no hay que contraponer, sino integrar (el segundo en
el primero) a nivel de expresividad simbólica; revalorización
de lo concreto, de lo histórico, de lo mundano, de lo cotidiano:
que no es una zona neutra privada de gracia, sino lugar real de salvación;
valoración del sacramento no como momento exclusivo de lo
salvífico, sino como momento expresivo y síntesis de todo lo
salvífico. Probablemente la teoría simbólica sea
la que mejor respeta las exigencias de
IV. Perspectivas
pastorales
La
reflexión sobre las relaciones entre cultura y liturgia podría parecer
a muchos que se aplican a este tipo de trabajo muy lejano a los intereses y
preocupaciones de un pastor de almas. Pero si se considera atentamente,
pocos razonamientos estarán tan cercanos a las preocupaciones del
sacerdote responsable de una comunidad. La reforma deseada por el Vat. II
está todavía comenzando, en lo que se refiere a su
asimilación efectiva, y la falta de aprecio por la práctica
sacramental sigue siendo un fenómeno grave y real, a pesar de que
no pocos signos de esperanza estén apareciendo en los numerosos grupos
que precisamente en una liturgia viva y participada encuentran
constantemente su
mayor fuerza aglutinante. Ciertamente la falta de aprecio por la liturgia es
fruto de factores muy variados difícilmente reducibles a una univocidad.
Pero no está muy lejos de la verdad la
527
afirmación
de que uno de los motivos es también el estrecho marco
teórico en que normalmente se encierra y explica la liturgia.
Puesto que el pastor de almas no es sólo un liturgo (primer nivel), sino
también un meta-liturgo (segundo nivel: alguien que reflexiona
sobre la liturgia), es necesario que disponga de un marco teórico que le
ayude lo más posible a él mismo y a los fieles que le
están confiados a adquirir una conciencia liberadora de los propios
gestos rituales.
Desde el punto de
vista pastoral no deberían desatenderse nunca las exigencias siguientes:
a) la de la explicitación del marco teórico,
necesariamente
presupuesto, no tematizado, con que se construye, quizá
inconscientemente, el propio modo de vivir y de ejercer la ritualidad.
Nuestros gestos y nuestras acciones no son realizados nunca en estado puro,
sino que implican siempre hipótesis interpretativas y opciones
teóricas (aun cuando no sean explícitamente perceptibles), que se
reflejan en nuestro obrar y lo condicionan. Esto es cierto también de
las acciones litúrgicas, que pueden ser vividas en un marco
teórico que pone en el centro la autonomía, la instrumentalidad o
la simbolicidad; b) la de la imprescindible referencia al criterio
bíblico-eclesial,
según el
cual el verdadero culto que hay que dar a Dios es el que se celebra en el
templo de la existencia concreta vivida en la iglesia, mientras que el
culto celebrado en el templo de piedra deriva del primero su eficacia y valor.
Pastoralmente, no habría que infravalorar nunca textos como Is 1,10-17
ó Rom 12,12, criterios hermenéuticos imprescindibles de
toda ritualidad cristiana; c) la de la constante subjetivización,
que significa privilegiar lo subjetivo y personal sobre el rito como tal. Si la
tentación de toda
Cultura y
liturgia
ritualidad es
autonomizarse (cf supra), preocupación de todo pastor de almas debe
ser la de re-subjetivizarla, privándola de su pretensión de
poseer la exclusiva de lo salvífico y remitiendo a la responsabilidad
y a la praxis de justicia de cada uno y de la comunidad. Es evidente que
semejante re-subjetivización sólo es posible en la medida en que,
por ejemplo, en la preparación de una determinada celebración
litúrgica, la palabra circule libremente y el sacerdote presidente
sienta su función no como la de único dueño de la palabra,
sino como la de un inteligente y respetuoso catalizador 18. La
promoción, es decir, el crecimiento del pueblo de Dios hacia "el
estado de hombre perfecto" (Ef 4,13), es posible en la medida en
que se realicen estructuras recíprocas y paritarias y se supere
definitivamente la manipulación de la encomienda y del dualismo.
También en el ámbito ritual. Más aún, sobre todo en
éste ".
V.
Conclusión
La
relación entre cultura y liturgia es variada y compleja, y puede
afrontarse desde múltiples puntos de vista. Una reflexión sobre
estos dos términos, recíprocos e interdependientes, es
necesaria y fecunda, no por una curiosidad académica incluso laudable,
sino por obligatoria fidelidad a la palabra liberadora de Dios y a la
salvación del hombre. Reflexionar sobre la relación entre
cultura y liturgia debe servir no para ampliar el propio bagaje de nociones,
sino para estar más cercano al hombre (cultura), que el creyente,
por su fe, sabe habitado por el misterio acogedor que es Dios (liturgia). Los
momentos irrenunciables en la profundización de
Cultura y
liturgia
esta
relación son muchos y pueden
resumirse
así:
Primero: la
liturgia forma parte de la cultura: la liturgia no está fuera ni por
encima del mundo cultural, sino dentro de él, del que toma su lenguaje,
sus signos, gestos, ritos, movimientos, etc. Como la revelación se
ha expresado, y no podía hacerlo de otro modo, en determinadas lenguas
(hebreo y griego), así la liturgia, momento expresivo-realizativo de la
gracia envolvente de Dios, no puede menos de expresarse en un lenguaje
cultural.
Segundo: la
liturgia proporciona a la cultura un elemento específico: ampliando
su espacio, creando nuevos sentidos y haciéndose portavoz de nuevas
instancias. Como el poeta se sirve de la palabra que le viene dada y no ha sido
creada por él, pero al usarla amplía su densidad
añadiéndole nuevos significados, así la liturgia, si
por un lado se sirve del lenguaje ritual circunstante y profano, por otro hace
estallar sus límites y lo lanza más allá de sus fronteras
hacia posibilidades inéditas *>. Lo específico de la liturgia
no es contraponerse a la cultura u obstaculizarla, sino dejar entrever en
el fondo de toda cultura la presencia de una luz que viene de lo alto y que
ilumina hasta los rincones más oscuros.
Tercero: existe y
debe existir una dialéctica constante e inteligente entre cultura y
liturgia: la liturgia debe expresarse con el lenguaje cultural de la propia
época, pero al mismo tiempo debe dejar entrever en él un
más allá, algo distinto, un plus. Ahora bien, el lenguaje cultural
al que la liturgia hace referencia es, a pesar de la traducción
vernácula, todavía el de épocas pasadas.
Además, el modo usual de celebrar
528
ayuda poco a ir
más allá de sí mismo, en dirección a ese distinto o
plus que es la gracia de Dios y la disponibilidad benigna del misterio. Esto
sólo será posible mediante una sabia utilización del
registro poético, al que estamos tan poco habituados 2I.
Cuarto: la
liturgia, fenómeno cultural que está junto a otros
fenómenos culturales, aunque con su especificidad, está expuesta,
como éstos, a los mismos riesgos de manipulación activa. El
peligro de hacerse mixtificadora, al que la liturgia está expuesta, hay
que tenerlo siempre presente, sin dejarse descarriar ilusoriamente por las
buenas referencias (en ningún campo tan abundantes como en
éste) a la gracia y al Espíritu de Dios, que no se
dejarían maniatar por la malicia del hombre. Es preciso tener conciencia
clara (y fuera de esta conciencia, la reflexión sobre el valor
ideológico de la liturgia será incomprensible) de que el
fenómeno cultual, en cuanto simultánea e inseparablemente
cultural, no tiene ningún privilegio que lo preserve de la
tentación de la ideología y, por tanto, de la manipulación
de las conciencias. Y de la tentación ideológica, sea
litúrgica o cultural, sólo puede uno liberarse mediante una
comunicación
circular, abierta a la confrontación y dispuesta a ser criticada
científicamente22.
Quinto: una
liturgia es culturalmente adecuada no cuando se adapta a las exigencias de
la cultura en que vive, sino cuando, respetando su estructura
comunicativa, es capaz de entrar en diálogo con ella y de poner en
crisis sus lógicas antifraternas y enemigas de la convivencia,
contrarias al evangelio y al proyecto de Dios.
Sexto: toda
liturgia necesita una
529
"teoría"
que la pueda explicar e interpretar; esta teoría se coloca a un nivel
lógicamente distinto (metanivel) respecto de la liturgia; y su
estatuto (presupuestos, hipótesis y demostraciones) no es el de ser
verdadero o falso, sino simplemente heurístico; es decir, ayudar a
captar mejor el proyecto encarnado de Dios, salvaguardándolo de las mixtificaciones
que siempre amenazan con reducirlo o traicionarlo.
Séptimo:
el estudio de la relación entre liturgia y cultura puede resultar
útil no sólo desde el punto de vista teórico, sino
también desde el pastoral; y puede ayudar a esa renovación
litúrgica que, iniciada por el Vat. II con la fuerza del Espíritu,
espera todavía, como todas las grandes semillas depositadas en la
historia, dar frutos abundantes de "vida eterna" (cf Jn 15,15).
NOTAS: ' El
término "cultura" es uno de los más dificiles de
definir; los estudiosos dan al menos un centenar de definiciones: cf G.
Costanzo, La costruzione dell'uomo. Elementi di antropología
cultúrale, Roma 1970, 2532 — 2 "En la sociedad, los
sentimientos no son innatos, sino que se desarrollan en el individuo a
través del influjo que la sociedad ejerce sobre él" (J.
Campbell, Le maschere di Dio. Introduzione alie mitologie primitive,
Milán 1962, 42) — ' C. Geertz, Impací of the concept of
culture on the concepi of man, en New views of the nature of man, por John R.
Platt, Chicago 1965, 116 — 4 Cf ib, 112 — ! Cf L. Boff, Crisi di fede,
en Dizionario teológico, Asís 1974, 156-157 — 6 Sobre la
valencia manipuladora de una comunicación monodireccional con referencia
al contexto homiíético se puede leer un estudio interdisciplinar
en Servizio della Parola 56 (marzo 1974): S. Díaz-L de Sandre-L. de
Paoli, Anatisi dell'omelia II, Predicazione, comunicazione, strutture 1-17
— 7 Cf L. Sartori, Chiesa in Italia ¡975-1978, Brescia 1978, 253
— » Cf
E. Morin, La
mutation occidentale, en Espril 38 <1970) 515-548 — * Cf M.-D. Chenu,
Anthropologie de la liturgie, en VV.AA., La lilurgie apres Vat. II. Bilans.
eludes, perspectives, por J.-P. Jossua e Y. Congar, París 1967,
159-177; MD 119 (1974), en Anthropologie sacramentelle; siempre de M.-D. Chenu,
cf
Cultura y
liturgia
Anthropologie et
lilurgie, en MD 12 (1947) 5365; igualmente muy importante es MD 114
(1973), en Sacraments et sciences humaines; cf también C. Di Sante,
Antropología e liturgia, en RPL 13 (1976) n. 75, 55-59; n. 76, 76-79; n.
77, 52-57; VV.AA., Antrhopologie des Kultus. Die Bedeutung des Kultus für
das überleben des Menschen, Friburgo de B. 1977 — l0 Baste esta
valiente afirmación de M.-D. Chenu: "Aussi bien dans son
étre radical que dans toutes ses fonctions, ses sensibilités, la
sacramentalité se refere a l'étre humaine. La régulation
du sacrament, de la vie sacramentelle, dans sa distribution, dans Fexercice, le
fonctionnement, les ritualisations, n'est pas á chercher en Dieu mais
dans lTiomme" (MD, 119 [1974] 87 — " Cf K. Lówith,
Weltgeschichte und Heilsgeschehen, Stuttgart 19755, 109-128; cf también
J. Ratzinger, Einführung in das Chrisientum, Munich 1968, 35 —
" Cf B. Bartmann, Teología dogmática, Edizioni Paoline,
19626, 11451146 — " I Sacramenti oggi, Brescia 1974, 68; cf
también O. da Spinetoli, La conversione della chiesa. Asís 1975,
101-105 — M Cf P. Watzlawick-J.-H. Beavin-D. Jackson, Pragmática
della comunicazione umana, Roma 1971, 32-36; 193-308; P. Watzlawick-J.
Weakland-R. Fisch, Change. Sulla formazione e soluzione dei problemi, Roma
1974, 19-42; 101-117; P. Watzlawick, La realta della realtá.
Comunicazione, disinformazione, confusione,
Roma 1976 —
IS Para que la argumentación no sea puramente teórica
piénsese, a modo de ejemplo, en la trágica reificación del
llamado enfermo mental o criminal, cuya ideología se basa precisamente
en la ilógica identificación (efectuada por las fuerzas de poder
y de control) entre lo que es desviante (I.er nivel) y su interpretación
(2.° nivel): cf R. Sasso,
Considerazioni
critiche sut processo psicodiagnostico, en VV.AA., Le tecniche
psicodiagnostiche, Roma 1976, 113-128 — " Véase: La
visita del papa y la fe de nuestro pueblo, en Documentos de
n. 102 (Asamblea
plenaria 38, del 25 junio 1983), nn. 13, 20, 24, 39 -'7 El autor ha
desarrollado ampliamente esta perspectiva y la ha probado con muchos textos
conciliares en su // rinnovamento litúrgico: problema cultúrale.
Bolonia 1978, 4146 — ,8 Cf C. di Sante, L'omelia come catalizzatore. en
Servizio della Parola. 121 (1980) 45-51 — " "Estoy firmemente
convencido de que la enfermedad que padece la liturgia es la unidireccionalidad
de su canal" (S. Díaz en Servizio della Parola 56 [1974], 5);
"La crisis es profunda, y afecta a la estructura misma de la
homilía y de la comunidad litúrgica, recíprocamente
interdependientes y actualmente dominadas por una actitud de tipo
esquizoide" (L. de Paoli, ib. 17) — M Sobre el particular puede ser
muy
Cultura y
liturgia
estimulante la
concepción que tiene Van Burén del lenguaje:
"plataforma" con centro y periferia. El centro es ese lenguaje en que
las reglas son claras: el lenguaje de la vida cotidiana y de las ciencias.
Fuera del centro se halla la periferia, donde las reglas de uso de las palabras
que hacen buen juego al centro son amplias: aquí tenemos las
metáforas, las analogías y los símiles; aquí se
juega en el límite, en la frontera, entre el sentido y el sinsentido.
La liturgia puede ser presentada como el borde extremo de la plataforma, que
para los tranquilos habitantes del centro podrá ser la patria del
sin-sentido, mientras para los osados que se atreven a aproximarse es el lugar
del encuentro con el misterio. Sobre la concepción de Van Burén
del lenguaje, cf D. Antiseri, Dal non-senso all'invocazione. L'itinerario
speculativo di P.M. van Burén, Brescia 1976, 49-51 — 2I Cf E.
Costa, Esigenze poetiche del celebrare, en Servizio della Parola 121
(1980) 31-37 — 22 Cf S. Díaz en Servizio della Parola 56 (1974)
5-6.
C. di Sante
BIBLIOGRAFÍA:
Carrouges M., La liturgia en la coyuntura de Ionesco, en VV.AA.,
530
Gallagher M.-P.,
¿Qué puede decir la literatura a la liturgia?, en
"Concilium" 152 (1980) 259-264; Jane Coca J.M., Buscando caminos
africanos, en "Phase" 124 (1981) 305-313; Leclercq J., Cultura y vida
cristiana. Sigúeme, Salamanca 1965; Maitre H.B., La cuestión de
los ritos chinos y malabares, en "Concilium" 27 (1967) 76-85;
Maldonado L., Fenómenos socio-culturales y religioso-teológicos
más influyentes en la vida litúrgica postconciliar,
en
"Phase" 137 (1983) 359-375; Martín Velasco J.D., La liturgia
cristiana en ¡a situación espiritual contemporánea, ib, 99-100
(1977) 219-249; 251-263 (Mesa redonda); Mpongo L.,
Bendición
de las aguas bautismales en el África de hoy, en "Concilium"
198 (1985) 227234; Mulago V., Simbolismo religioso africano. Estudio
comparativo con el sacramentalismo cristiano, BAC 407, Madrid 1979; Ramos
M., Liturgia y culturas, en "Phase" 34 (1966) 299-307; Scheer A.,
Función de la cultura en la evolución litúrgica.
Reflexiones basadas en la historia de la liturgia de iniciación, en
"Concilium" 142 (1979) 188-202; Scherer R., Cultura, en SM 2,
Herder, Barcelona 1976, 97-106; Valenziano C , Imagen, cultura y liturgia, en
"Concilium" 152 (1980) 265-272; VV.AA., Liturgia y tiempos nuevos, en
"Colligite" 92 (1977) 308-339; VV.AA., Encuentro de culturas y
expresión religiosa, en "Concilium" 122 (1977) 133-258;
VV.AA., La liturgia: una tradición creativa, ib, 182 (1983) 157-294.
Véase también la bibliografía de las voces
Adaptación, Antropología y Sociología.
D
SUMARIO: I. La
fiesta del pueblo de Dios: 1. Los testigos de la fiesta; 2. Las prolongaciones
de la fiesta; 3. La raigambre humana y bíblica - II.
Elaboración de los ritos de la dedicación: 1. La
aportación de las diversas tradiciones: a) La celebración de
la eucaristía, b) La colocación de las reliquias de los
mártires, c) Las unciones crismales, d) La ablución con agua, e)
La inscripción del alfabeto; 2. Los tres rituales fundamentales del s.
VIII: a) El ritual romano, b) El ritual bizantino, c) El ritual franco; 3. La
amalgama romano-franca (ss. vm-x) - III. El Ordo romano de la dedicación
desde el s. XI al XX: 1. La dedicación según el pontifical
romano: a) La dedicación de una iglesia (lustraciones, traslado y
colocación de las reliquias, consagración, eucaristía), bj
La dedicación de un altar; 2. La simplificación de 1961 - IV. El
nuevo rito de la dedicación:
Los principios que han presidido la
revisión;
El desarrollo de la celebración:
a) Dedicación de una iglesia, b) Dedicación de una iglesia
donde ya se celebraba el culto, c) Dedicación de un altar - V. El
misterio de la iglesia celebrado en la dedicación: 1. La
enseñanza de la palabra de Dios: a) Lecturas para la dedicación
de una iglesia, b) Lecturas para la dedicación de un altar; 2. La
enseñanza de los padres.
Cuando, al poco
tiempo de la paz constantiniana (a. 313), se vio por todas partes cómo
surgían las basílicas cristianas [/ Lugares de
celebración, I, 3], su dedicación constituyó ante todo una
ñesta del pueblo de Dios, una manifestación espléndida y
gozosa de la iglesia recién salida de la persecución.
"Fiestas de dedicación en todas las
ciudades,
consagraciones de iglesias recién construidas, asambleas de obispos
reunidos con ese fin, concurrencia de fieles venidos de lejos y de todas
partes, sentimientos de amistad entre poblaciones diversas, unión de los
miembros del cuerpo de Cristo en una sola armonía de hombres
reunidos", anota el historiador Eusebio; y añade: "Juntos
hombres y mujeres de todas las edades, con todas las energías de la
mente, sonrientes en su espíritu y en su alma, glorificaban a Dios,
autor de todo bien, con plegarias y acciones de gracias". Al final del
discurso pronunciado por él con motivo de la dedicación de la
basílica de Tiro (a. 318 apte.), Eusebio da gracias "a Cristo,
autor y cabeza de la presente asamblea,
por esta jornada
espléndida y solemnísima" '. La dedicación de
una iglesia o altar ha conservado siempre, a partir de entonces, ese
carácter festivo. Pueden reunirse muchos testimonios de ello,
esparcidos a lo largo de los siglos.
I. La fiesta del
pueblo de Dios
1. LOS TESTIGOS
DE
2. LAS
PROLONGACIONES DE
532
año 335.
Según la peregrina Egeria, la solemnidad igualaba en importancia a
la pascua y la epifanía por la concurrencia de obispos (se calcula que
al menos cuarenta o cincuenta), de monjes y de fieles, atraídos por la
celebración. Cada día estaba prevista una procesión a los
diversos lugares santos«.
La liturgia
romana ha conservado el recuerdo de las dedicaciones de iglesias
celebradas en el s. v, entre ellas la de Santa María
Este es, pues, el
marco festivo en que se insertan los ritos de la dedicación. Estos no
afectan sólo al clero, sino que influyen en la vida de toda la ciudad.
3.
a)
Enraizamienío humano. Los verbos dedicar, consagrar, bendecir no son
específicamente cristianos, como tampoco lo es la palabra encenias.
Encontramos todos estos términos en el vocabulario de la vida social y
religiosa. Dedicar quiere decir destinar, atribuir, ofrecer, inaugurar. La
palabra griega encenia, que significa inauguración, designa en los LXX y
en el cuarto evangelio (Jn 10,22) la fiesta de la dedicación del templo;
pero, según Agustín, pasó también al latín
popular: se la emplea, por ejemplo, para decir que uno se pone un vestido
nuevo (PL 35,1741). El paganismo conocía la dedicación de un
templo, de un altar, de un
533
teatro, de una
ciudad. El 11 de mayo del 330 se celebró con fastuosidad la
dedicación de Constantínopla. El rito comportaba siempre
procesiones con aspersiones de agua lustral, oraciones y ofrecimiento de
sacrificios. Todavía hoy la palabra dedicación no está
limitada al campo religioso: se dedica un libro, un disco, etc.
b)
Enraizamienío bíblico. También el AT conoce la
dedicación de estelas (Gen 28,18), de altares (Núm
7,10-11.84.88), de casas (Dt 20,5); pero sobre todo deja constancia de las
diversas dedicaciones sucesivas del templo del Señor: la del primer
templo, celebrada por Salomón a lo largo de siete días en
presencia de todo el pueblo (1 Re 8,1-66), y la del segundo templo en la
época de Esdras (Esd 6,15-18), en el año 515
a.C. En cuanto a
la purificación del templo y a la dedicación del nuevo altar de
los holocaustos realizada por Judas Macabeo (1 Mac 4,3659), cada
año el pueblo judío renovaba su recuerdo en la fiesta de
En la edad media,
cuando la liturgia cristiana de la dedicación pretenderá
enriquecer su simbolismo, no dejará de tomar en consideración
este fértil sustrato bíblico.
II.
Elaboración de los ritos de la dedicación
Evocando las primeras
dedicaciones de basílicas, Eusebio afirma: ,
Dedicación
de iglesias
"Eran
verdaderamente adoraciones perfectas por parte de los prelados, ritos
sacros de presbíteros y, en la iglesia, instrucciones dignas de Dios,
manifestadas con el canto de los salmos, con la escucha de las palabras que
Dios nos ha transmitido y con la realización de liturgias divinas y
místicas: eran símbolos inefables de la pasión del Salvador...
Y cada uno de los prelados presentes pronunciaba panegíricos,
según el grado del propio talento, para celebrar la fiesta"!.
Al leer este
texto, se tiene claramente la impresión de que, en la primera mitad
del s. IV, la dedicación de una iglesia consistía
únicamente en la celebración de la eucaristía
bajo la presidencia de los obispos de la zona. Una amplia liturgia de la
palabra, que comprendía varios discursos, precedía al
ofrecimiento del sacrificio eucarístico. San Ambrosio
subrayará, cincuenta años más tarde, la colocación
de las reliquias de los mártires bajo el altar, mientras san Juan
Crisóstomo afirmará: "Lo maravilloso del altar es que,
a pesar de ser una simple piedra, está santificado por el hecho de que
recibe el cuerpo de Cristo"4. Mientras tanto, los ritos iban asumiendo una
complejidad cada vez mayor. La amalgama realizada en Occidente, sustancialmente
hacia el s. x, se nutrió de las fuentes más variadas: para captar
la aportación de cada tradición conviene realizar un
verdadero viaje de Roma a Constantinopla, y de Italia a las Galias y hasta los
países celtas 7.
1.
ción, y
durante largo tiempo será su único rito. En el s. Vi, en Roma, se
continuaba defendiendo que tal rito era suficiente. En una respuesta del 538 al
obispo Profuturo de Braga, el papa Vigilio afirmaba que "la consagración
de una iglesia en la que no se hayan colocado reliquias se realiza solamente
con la celebración de la misa" (PL 69,18).
b) La
colocación de las reliquias de los mártires. Ya antes de la
paz constantiniana los cristianos habían comenzado a celebrar la
eucaristía junto a las tumbas de los mártires. En la segunda
mitad del s. IV vemos desarrollarse un poco por todas partes fuera de Roma los
traslados de las reliquias de los mártires al interior de las ciudades y
su colocación en las basílicas. San Ambrosio es el primero que establece
un vínculo entre estos traslados y la dedicación de una
iglesia recientemente construida. En Milán, el pueblo invita al
obispo a dedicar la basílica que él había mandado
construir con vistas a la propia sepultura con los mismos ritos con que había
dedicado la basílica llamada romana; y en seguida Ambrosio
comenzó a buscar reliquias santas. Descubre entonces los
restos de los santos Gervasio y Protasio (a. 386). Al colocarlos bajo el altar,
el prelado explica el significado de su gesto: "Es oportuno que las
víctimas triunfantes tengan un lugar allí donde Cristo se ofrece
a sí mismo como hostia: sobre el altar, aquel que se ofreció por
todos; bajo el altar, aquellos que fueron rescatados por él con su
pasión". La colocación había sido precedida por una
vigilia en la iglesia de donde debía partir la procesión hacia la
basílica ambrosiana. "Allí —escribe Ambrosio— se
celebraron vigilias durante toda la noche".
534
No todos los
obispos tenían, como él, la suerte de descubrir tumbas de
mártires en el momento oportuno para la dedicación de una
basílica o un altar. Aunque no ignoraban que para tal dedicación
bastaba con la celebración de la eucaristía, sin embargo, la
mayor parte de ellos deseaba colocar en el nuevo edificio para el culto alguna
reliquia de mártires. Su deseo se satisfacía de dos maneras: ante
todo, con la colocación de reliquias figuradas, objetos o vestidos que
habían tocado las sagradas tumbas; posteriormente, con el reparto de los
huesos de los mártires. Pero la iglesia romana durante largo tiempo
fue reacia a esta última práctica, ya ampliamente difundida
en Oriente y en África a comienzos del
s. v.
Todavía Gregorio Magno se opondrá a ella. En un sacramentarlo
romano poco posterior puede leerse aún: "Donde se venere una reliquia
se supone que reposa la totalidad del cuerpo".
Desde el "s.
vm al xu no hay reparo en unir a las reliquias de los mártires
algún fragmento de pan eucarístico consagrado durante la misa. A
veces la eucaristía suplía la ausencia de reliquias. Esta costumbre,
iniciada en Roma, perduró en algunas regiones hasta el s. xv.
c) Las unciones
crismales. Las unciones del sepulcro destinado a las reliquias y de la mesa del
altar, practicadas en España y en Galia como en Bizancio en el s. vi y
usuales en Roma en el s. vm, están atestiguadas en Siria desde mediados
del s. iv, según el testimonio de san Efrén. Evidentemente, el
simbolismo de la unción bautismal había influido en la
instauración de este rito: como el cristiano, también el altar
tenía que ser consagrado con efusión de aceite, vehículo
del Espíritu.
535
d) La
ablución con agua. La aspersión de agua parece que estaba
reservada, en
s. vi; se la
encuentra en
e) La
inscripción del alfabeto. En el rito de la dedicación, el obispo
inscribe el alfabeto latino y el griego en una doble franja de ceniza extendida
sobre el pavimento en forma de cruz, trazando las letras con su
báculo pastoral. Algunos han querido ver el origen de este rito en
el uso de los agrimensores romanos que delimitaban un terreno. Pero, en
contra de esta opinión, se sabe que este rito se practicaba en
países francos antes de ser aceptado en Roma. Los francos lo recibieron
de países celtas, probablemente de Irlanda. De allí procede también
la costumbre de introducir un poco de ceniza en el agua lustral; a esta
mezcla se la llamará impropiamente agua
gregoriana.
Estos son los
gestos más ricos de simbolismo que el obispo y sus
Dedicación
de iglesias
ministros
realizan en el curso de la dedicación de una iglesia. Ahora vamos a
fijarnos en el modo como entran en los antiguos rituales de Roma,
Constantinopla y los países francos, rituales que se remontan todos
ellos al s. vm.
2. LOS TRES
RITUALES FUNDAMENTALES DEL s. vm. a) El ritual romano. El formulario
romano de la misa de la dedicación quedó fijado hacia el
año 610, para la transformación del panteón en la iglesia
de Santa María ad Martyres. Es el que se ha perpetuado hasta nuestros
días: "Terribilis est locus iste". El Ordo de la
consagración de una iglesia describe los ritos que preceden a la misa,
en particular la traslación y la colocación de las reliquias de
los mártires en el altar. Aunque este Ordo, el XLII de Andrieu8, no sea
anterior al s. vm en la redacción que ha llegado a nosotros, las
oraciones a que se refiere se encuentran, incluidas las de la misa, en el
sacramentario gregoriano del s. vn.
El obispo se
dirige a una iglesia cercana, donde anteriormente se custodiaban las reliquias,
y allí se canta una primera letanía, que termina con una
oración del oficiante. A continuación, el obispo recibe las
reliquias en una patena (indicio de sus reducidas dimensiones) y las
entrega a un presbítero. Seguidamente se inicia la procesión
hacia la nueva iglesia, con el canto de la antífona "Cum
jucunditate exbibitis". Solamente el obispo, con dos o tres
ministros, entra en la iglesia y, cerradas las puertas, bendice el agua,
derrama en ella el crisma y prepara el cemento que servirá para sellar
el sepulcro. Después "bautiza el altar" con el agua bendita. A
continuación sale de la iglesia, y la schola canta una segunda
letanía.
Dedicación
de iglesias
Después de
la oración final, el obispo recibe las reliquias de manos del
presbítero al que las había entregado y entran todos en la
iglesia con el canto de una tercera letanía. El obispo coloca las
reliquias sobre el altar, unge los ángulos del sepulcro con el
crisma, coloca en él las reliquias junto con tres partículas del
cuerpo de Cristo y tres granos de incienso, mientras se canta la
antífona Sub altare Domini sedes accepistis. Se cierra a
continuación el sepulcro, sellándole la losa con el cemento y
ungiéndolo con el crisma; seguidamente el obispo unge de igual
manera los cuatro ángulos del altar, y a continuación lo cubre
desplegando sobre él un mantel; recorre, finalmente, toda la iglesia,
asperjándola con agua bendita con un ramito de hisopo.
Concluidos estos
ritos, la schola entona el introito y se inicia la misa. Esta debe celebrarse
durante ocho días consecutivos en la iglesia recién dedicada.
b) El ritual
bizantino. La descripción más antigua de la dedicación
en rito bizantino se encuentra en el célebre Eucologio Barberini, del s.
vm (biblioteca Vaticana). La acción litúrgica consta de dos celebraciones
distintas, distribuidas en dos días: la primera consiste en la
consagración del altar en presencia solamente del clero; la segunda
constituye la dedicación propiamente dicha, y en ella participa
todo el pueblo'.
El altar es
consagrado por el patriarca, rodeado de sus ministros, en la iglesia a puertas
cerradas. Después de una oración litánica y una larga
súplica diaconal, el presidente hace la lustración del
altar: lo lava con agua bautismal vertida sobre la mesa y sobre las columnas,
mientras se canta el salmo 83. Terminadas las abluciones, el pa536
triarca consagra
el altar derramando myron (crisma) sobre la mesa y ungiendo sus columnas.
Se canta entonces el salmo 132 y se extiende un mantel sobre el altar. A continuación
se procede a una larga incensación del altar mismo y del presbiterio,
mientras uno de los obispos asistentes traza con el myron cruces sobre todas
las columnas de la iglesia. El patriarca concluye el rito diciendo la
oración de dedicación.
Las encenias
tienen lugar al día siguiente. Comienzan con una vigilia de
oración ante las reliquias de los mártires en una iglesia cercana
a la que se va a inaugurar. El patriarca interviene hacia el final del oficio
matutino y lo concluye con la aclamación "Gloria a ti, Cristo Dios,
orgullo de todos, alegría de los mártires". Se inicia la
procesión de traslado de las reliquias. Estas son llevadas por un obispo
acompañado de sus ministros. Al llegar al pórtico, ante la
puerta principal, los cantores entonan el tropario: "Alzad, puertas,
vuestros dinteles". Las puertas se abren de par en par, y el patriarca
entra con todo el pueblo. El obispo coloca las reliquias en el lugar
destinado y pronuncia una oración. Luego se canta el trisagio y se
celebra la eucaristía, la "divina liturgia". Las dos lecturas
bíblicas proclamadas son Heb 3,1-4 yMt 16,13-18.
c) El ritual
franco. Los ritos heredados de la tradición galicana han sido recogidos
en el Ordo XLI de Andrieu, que es prácticamente contemporáneo de
los dos precedentes '". En él se advierte fácilmente
la doble influencia romana y bizantina.
Ante todo se
prescribe encender doce candelas a lo largo del perímetro interior
de la iglesia que hay que dedicar. Cuando el obispo llega
537
en
procesión a la entrada, golpea tres veces el umbral con el báculo
diciendo: "Tollite portas principes vestras", a lo que sigue el canto
del salmo 23 completo. Se abre a continuación la puerta y se entra
en la iglesia, mientras un clérigo entona la letanía, que el
obispo concluye con una oración. Seguidamente traza sobre el pavimento
el alfabeto con la punta del báculo, procediendo de sudeste a
noroeste y de sudoeste a nordeste.
A
continuación, el obispo pasa a las lustraciones. Prepara en primer lugar
el agua del exorcismo, echando en ella sal, ceniza y vino. Con ella traza
cuatro cruces en los ángulos de la mesa y asperja el altar, dando siete
vueltas alrededor de él mientras se canta el salmo 50 (Asperges me). A
continuación recorre la iglesia, asperjando las paredes y el
pavimento (salmos 67 y 90). Entre tanto envía a algunos ministros a
asperjar las paredes por fuera. Continuando la aspersión, el obispo
recorre la nave central, y llega al altar al canto del salmo 42
(Introibo ad
altare Dei).
El celebrante
inicia los ritos de consagración con la ofrenda del incienso. A
continuación unge por dos veces los cuatro ángulos de la mesa, y
luego toda la superficie de la misma, con el óleo de los catecúmenos
(salmos 83 y 45); y repite la unción con el crisma, mientras se canta el
salmo 86 (antífona Ecce odor filii mei). Simultáneamente, un
acólito da una vuelta al altar incensándolo. Seguidamente el
obispo se dirige hacia las paredes de la iglesia para ungirlas con el crisma.
Vuelto al altar, dispone sobre la mesa unos granos de incienso en forma de
cruz y recita la oración de bendición. Finalmente se canta la
antífona Confirma hoc y se llevan a bendecir los manteles y todos los
paños litúrgicos.
Dedicación
de iglesias
Terminada la
consagración de la
iglesia, se va en
procesión al lugar
donde se guardan
las reliquias y se
hace su traslado
en cortejo triunfal,
con aclamaciones,
cruces, turifera
rios y numerosos
cirios. El pueblo
entra en la
iglesia, mientras el obis
po, oculto tras
un telón que lo es
conde a la vista
del público, colo
ca las reliquias
en el sepulcro del
altar. Entre
tanto se canta el salmo
149 (Exsultabunt
sancti in gloria).
Terminado el
rito, el obispo va a la sacristía, donde se pone los ornamentos
festivos, mientras se extiende el mantel sobre el altar y se encienden las
luces. La schola entona, finalmente, la antífona de entrada, el obispo
sale de la sacristía detrás de los ministros y se celebra la
misa. El Ordo no determina qué lecturas deban proclamarse. El
leccionario de Luxeuil, medio siglo más viejo, propone dos series de
textos, una para el día de la dedicación y otra para su aniversario.
La primera indica Gen 28,1022; 1 Cor 3,9-17 y, según un uso
galicano, Jn 10,22-28, seguido de Le 19,1-20; la segunda propone Is 54,1-56,7;
Ef 2,8-22, y Mt 21,10-17.
3.
El Ordo XVIII, de
finales del s. vm, es el primer testigo de esta amalgama entre el Ordo XLI y el
Ordo XLH". Poco después, según el sacramentario de Drogo de
Metz (hacia el 825), se darán tres vueltas en torno a la iglesia con las
reliquias, y se realizarán otras tantas lustraciones externas e
internas del edificio. Pero es el pontifical de san Albano de Maguncia (mitad
del s. x), es decir, el pontifical romanogermánico (= PRG), el que
mejor permite seguir la elaboración del ritual destinado a difundirse en
todo el Occidente I2.
El pontifical de
Maguncia contiene tres descripciones de la dedicación. Una de
ellas no es un directorio litúrgico, sino un comentario
alegórico, que sigue paso a paso el Ordo XLI (PRG 90) y se remonta al s.
ix. Las otras dos son ceremoniales. El Ordo romano para la
dedicación de una iglesia (PRG 82) realiza una fusión entre el
Ordo XLI y el Ordo XLII, del que toma literalmente el texto
añadiéndole solamente cuatro oraciones, una de las cuales va
precedida del diálogo introductorio al prefacio. El Ordo de la bendición
de una iglesia (PRG
124) desarrolla
el ritual precedente y lo completa añadiéndole numerosos
textos. En él se encuentran los alfabetos latino y griego, una doble
letanía, las oraciones de los antiguos sacraméntanos, dos
prefacios consagratorios desarrollados, uno para la consagración de la
iglesia y otro para la del altar. Las oraciones de bendición de los
paños sagrados, en la sección final, ocupan un espacio
desproporcionado (más de cuarenta oraciones). Siguen seis formularios de
misas para la dedicación de una iglesia y otro para la
dedicación de un altar.
III. El
"Ordo" romano de la dedicación desde el s. XI al XX
En el s. xi los
libros litúrgicos en uso en las riberas del Rin comenza538
ron a conquistar
Italia y Roma por obra de los obispos y papas alemanes, encargados por el
emperador de restaurar allí la disciplina eclesiástica. Y el
trasplante tuvo tal éxito que, cincuenta años más tarde,
había desaparecido el recuerdo de la antigua liturgia papal. Y
así las copias del pontifical de Maguncia, con algún retoque, se
convirtieron en guía de la celebración tanto para la
dedicación de la iglesia como para las ordenaciones.
1.
a) La
dedicación de una iglesia, según el pontifical romano, constituye
un verdadero juego litúrgico, fruto de la simbología medieval y
revelador de una teología del misterio de la iglesia que nunca
encontró modo de manifestarse de manera más expresiva. La
descripción de los ritos puede evocarlos sólo imperfectamente:
sería preciso mencionar también los textos de las
antífonas, los salmos y los responsorios que los acompañan.
Pero los
539
mismos textos no
pueden prescindir de las respectivas melodías, que revelan su pleno
significado. La dedicación constituía la celebración
más larga y suntuosa de la liturgia romana: no podía realizarse
en menos de cinco horas.
Lustraciones. La
asamblea de los fieles se reúne fuera de la iglesia que va a ser
consagrada, en un lugar en que han estado colocadas las reliquias de los
mártires y en que se ha celebrado la vigilia. Tras la llegada del obispo
se recitan los siete salmos penitenciales. A continuación, dejadas
las reliquias bajo su velo, se emprende la marcha hacia la entrada de la nueva
iglesia, donde se canta la primera parte de las letanías de los santos.
El obispo bendice el agua destinada a las lustraciones externas. Da dos vueltas
en torno al edificio asperjando sus paredes, primero hacia arriba y luego hacia
abajo. Seguidamente golpea tres veces con el báculo la puerta de la
iglesia y dialoga con un diácono que se ha quedado dentro: Attollite
portas —Quis est iste rex gloriae? —Dominus fortis. Pero la puerta
no se abre. Entonces el obispo da una tercera vuelta a la iglesia bendiciendo
la zona del medio de los muros. A la vuelta reemprende el diálogo con el
diácono, y todos gritan: Aperite, aperite, aperite. Finalmente se
abre la puerta y entra el obispo con sus ministros, permaneciendo
fuera el pueblo hasta el traslado de las reliquias.
Se canta luego el
Veni, Creator, seguido de las letanías completas; y el obispo comienza a
trazar con el báculo las letras de los alfabetos latino y griego,
mientras se canta el Benedictus. A continuación procede a la
bendición del agua gregoriana (agua, sal, ceniza y vino) para la
lustración del altar y de todo el edificio. El obispo traza con su
Dedicación
de iglesias
mano cinco cruces
sobre la mesa del altar y lo asperja siete veces, con otras tantas vueltas
alrededor. Igualmente se asperjan las paredes internas de la iglesia durante
tres vueltas consecutivas; luego se asperja el pavimento. Los ritos de
purificación se concluyen con una larga oración en forma de
prefacio.
Traslado y
colocación de las reliquias. El obispo y sus ministros salen de la
iglesia y, acompañados por el pueblo, van hacia las reliquias de
los santos. El obispo las levanta (Movete, sancti Dei), y todo el pueblo inicia
una procesión festiva. Algunos presbíteros llevan las reliquias,
los cantores elevan invocaciones a los santos (Surgite, sancti Dei; ambulate,
sancti Dei; ingredimini, sancti Dei), y el pueblo aclama: Kyrie, eleison. Una
vez colocadas las reliquias junto al altar, el obispo prepara el sepulcro
abierto en la mesa o bajo el altar: realiza en él cuatro unciones con
óleo, pone las reliquias en la cavidad, las inciensa y, habiendo
ungido la losa en su parte interior, la sella con cemento. El rito se
concluye con una unción de santo crisma sobre el sepulcro sellado y
con la incensación del altar.
Consagración.
La incensación, que ha concluido la colocación de las reliquias,
abre a continuación la consagración del altar. El obispo inciensa
primero la mesa, en el centro y en los cuatro ángulos, y luego da tres
vueltas en torno al altar; entrega después el incensario a un
presbítero, el cual continuará la incensación hasta
el final de la unción.
El obispo traza
dos veces sobre la mesa cinco señales de la cruz con el óleo de
los catecúmenos, y otras cinco con el crisma, y a continuación
extiende el óleo de los catecúmenos y el crisma a toda la
superficié del altar. Cada serie de unciones es completada con una
incensación y una oración hecha por el obispo.
Seguidamente pasa
el obispo a la crismación de los muros: sobre doce cruces, pintadas o
grabadas en los muros, realiza una unción y una incensación y
enciende una vela delante. Vuelto al altar, el obispo inciensa de nuevo la
mesa, sobre la que se colocan en el centro y en los cuatro ángulos
montoncitos de incienso en forma de cruz sobre base de cera. Algunos
acólitos los encienden y, mientras el altar se ilumina, se canta de
rodillas el versículo aleluyático de pentecostés: Veni,
sánete Spiritus. El obispo pronuncia entonces la oración en forma
de prefacio para la consagración de la iglesia. A
continuación se procede a la crismación de la base del altar y de
las junturas de la mesa. Los clérigos llevan entonces los manteles para
la vestición del altar y, una vez que éste está adornado,
se acerca el obispo para incensarlo.
Eucaristía.
Finalmente puede comenzar la misa. Esta es la que corona todos los ritos.
Desgraciadamente, las rúbricas prevén que el obispo pueda
dispensarse de celebrarla personalmente. Lo sustituye en ese caso un
presbítero, mientras el prelado se contenta con asistir, después
de haberse quitado los ornamentos sagrados. Puede celebrarse
también una misa no cantada. En tales condiciones, con demasiada
frecuencia, la celebración eucarística no aparecía ya como
el vértice de la dedicación de una iglesia, sino como un mero
apéndice. Aunque el pontifical prescribía el canto de una
misa solemne, los rubricistas autorizaban una simple misa rezada. Este es el
mayor defecto de la liturgia de la dedicación en la época
moderna.
540
b) La
dedicación de un altar. Ya en la dedicación de una iglesia los
ritos correspondientes al altar ocupan la mayor parte de la celebración.
Estos se emplean íntegramente cuando se trata de consagrar
sólo el altar, sin dedicación del edificio. Pero la
procesión de las reliquias reviste una mayor amplitud. La
oración en forma de prefacio que sigue a las unciones es propia: evoca
toda la tipología de los altares erigidos por los justos del AT
—Abel, Abrahán, Melquisedec, Isaac, Jacob, Moisés—;
pero por desgracia no alude al altar viviente de la nueva alianza, que es
Cristo.
2.
El Ordo de 1961
es esencialmente el antiguo, sólo que mucho más agilizado. En el
intento de simplificar cada uno de los ritos sin omitir ninguno, no
siempre se ha evitado un empobrecimiento del simbolismo. Este
empobrecimiento se nota particularmente en la unción del altar, donde ya
no figura la efusión del óleo crismal sobre toda la mesa.
La
celebración se inicia con una sola aspersión del exterior de la
541
iglesia.
Después del Attollite portas, el obispo entra en el edificio,
seguido de todo el pueblo. Se cantan las letanías de los santos en
forma abreviada, y a continuación el obispo asperja una sola vez las
paredes interiores y el pavimento. La lustración del altar consiste
simplemente en su aspersión tras las cinco signaciones de la mesa con el
agua bendita. El obispo escribe a continuación las letras de los dos
alfabetos sobre una capa de ceniza de dimensiones reducidas. El rito se asemeja
a la toma de posesión de la iglesia, y se concluye con el prefacio de
dedicación.
El traslado de
las reliquias conserva su carácter festivo. El obispo las coloca en
el sepulcro sin ungirlo previamente, y lo cierra con la losa. Siguen luego las
doce unciones crismales de las paredes de la iglesia, antes de consagrar el
altar con las unciones del santo crisma, reducidas a cinco. Después
inciensa el altar y hace fuego sobre el incienso con la cera, mientras se
canta el versículo Veni, sánete Spiritus. La segunda
oración en forma de prefacio concluye los ritos de la
consagración.
Por lo que se
refiere a la misa, se insiste en que constituye una parte integrante de la
dedicación y se recomienda al obispo que la celebre personalmente, pero
no se le llega a prohibir que pueda sustituirlo un presbítero.
Además, aun recomendando que esta misa se celebre con canto, se
permite "por justo motivo" la celebración de una simple
misa leída.
IV. El nuevo rito
de la dedicación (1977)
Al poco tiempo de
concluirse el Vat. II, la comisión encargada de llevar a cabo la
renovación de la
Dedicación
de iglesias
liturgia tuvo sus
dudas para emprender una nueva revisión de los ritos de la
dedicación. Pero tras larga reflexión pareció conveniente
hacer también esos ritos más conformes con los principios de
la constitución sobre la liturgia. El nuevo Ordo Dedicationis Ecclesiae
et Altaris estaba ya concluido en 1971. En 1973 se imprimió y se
sometió a una amplia experimentación, al término de
la cual el papa Pablo VI lo aprobó con fecha 29 de mayo de 1977. La
traducción oficial para España fue aprobada en 1978, y se
encuentra en el mismo volumen que contiene el Ritual de la
bendición de un abad o una abadesa. El volumen se titula Rituales
de la dedicación de iglesias y de altares (= RDI) y de la
bendición de un abad o una abadesa. Citamos la versión
castellana, indicando las páginas, y cuando exista numeración,
después de la página indicaremos el número.
1. LOS PRINCIPIOS
QUE HAN PRESIDIDO
a) Ante todo era
preciso restituir de hecho a la eucaristía su papel primordial en
la dedicación de una iglesia o de un altar. Todos deben comprender que
ella es "el rito máximo y el único necesario" (RDI 28,
n. 15). Por ese motivo los ritos de la unción, de la incensación
y de la iluminación han sido insertos en la liturgia de la palabra
y en la de la eucaristía, cada una de las cuales es considerada parte
integrante de la dedicación. No se trata solamente de destacar el
simbolismo de las acciones sagradas proyectando sobre ellas la luz de
la palabra de Dios, como se hace en la celebración de los
sacramentos y de las bendiciones mayores, sino de Dedicación de iglesias
manifestar que la
proclamación de la palabra y la participación en el cuerpo y
sangre del Señor son constitutivas de la iglesia viviente. La primera
proclamación de la palabra de Dios en el nuevo edificio constituye
por sí misma un rito de dedicación: el obispo hace la ostensión
solemne del leccionario al pueblo, antes de entregarlo al lector (RDI 43). Por
lo que se refiere a la liturgia eucarística, el esquema de 1973
había propuesto su prefacio como oración de dedicación de
la iglesia o del altar según el uso romano del s. vn'". La
edición típica no acogió esta propuesta; ofrece en cambio
una oración de dedicación, que precede a la unción del
altar (RDI 47-48). Pero lo que queda firme es que en adelante ya no se
podrá disociar la celebración de la dedicación de la
celebración de la misa. Además "conviene que el obispo
concelebre con los presbíteros que con él cooperan en los
ritos de la dedicación y con los responsables de la parroquia o de la
comunidad para la cual se ha construido la iglesia" (RDI 26, n. 9).
b) Subrayando el
puesto de la eucaristía en la celebración, se ha querido
además restituir la debida dignidad al traslado de las reliquias de los
santos, dejándola facultativa.
De hecho, este
traslado sólo tiene pleno significado cuando es posible disponer de
reliquias bien conocidas y auténticas de un mártir y
colocarlas bajo el altar de Cristo "para significar que el sacrificio de
los miembros tuvo principio en el sacrificio de la cabeza" (RDI 28,
n. 14). Por el
contrario, resultaría un rito vacío de significado si no se
tuviesen más que reliquias insignificantes o inauténticas. A
la piedad actual hacia los / santos repugna el fraccionamiento de sus cuerpos y
el reparto de sus huesos, como repug
542
naba a los
romanos contemporáneos de san Gregorio. El Vat. II ha insistido
sobre el carácter de autenticidad que deben presentar las reliquias
de los santos propuestas a la veneración de los fieles (SC 111), y
c) De
autenticidad deben estar dotados también los ritos simbólicos
de la dedicación. En el nuevo rito se ha querido renunciar a la
acumulación de signos y a la repetición de los mismos gestos
que caracterizaban el Ordo medieval; pero al mismo tiempo ha habido una
preocupación por evitar una cierta aridez, de la que el Ordo desde 1961
presentaba algunos indicios. El camino lo había dejado abierto la
constitución conciliar: "Los ritos deben resplandecer con una noble
sencillez; deben ser breves, claros, evitando las repeticiones
inútiles, adaptados a la capacidad de los fieles, y, en general, no
deben tener necesidad de muchas explicaciones" (SC 34). El lenguaje del
agua, del aceite perfumado, del incienso y de la luz es un lenguaje universal.
Las palabras que acompañan la aspersión, la
crismación, la incensación y la iluminación del edificio
ilustran la relación de esos gestos con el misterio de la iglesia en su
entidad y en su misión.
2. EL DESARROLLO
DE
o en una entrada
sencilla, según las posibilidades locales, como el domingo de
ramos. Aquí vamos a describir solamente la procesión (RDI 34ss).
543
Las puertas de la
iglesia que va a ser consagrada están cerradas. El pueblo se
reúne en torno al obispo en un lugar apropiado. Si está
previsto el traslado de las reliquias de los santos, éstas se preparan
en el mismo lugar. Después del saludo del obispo y una monición,
se pone en marcha la procesión con el canto del salmo 121, mientras los
presbíteros eventualmente llevan las reliquias de los santos.
Todos se detienen en el umbral de la iglesia. Los representantes de
quienes han colaborado a la construcción entregan el edificio al
obispo, y éste encarga al pastor de la nueva iglesia que abra sus
puertas. El mismo invita a continuación al pueblo a entrar. Mientras van
entrando se canta el salmo 23. El obispo va directamente a su sede y los
concelebrantes se colocan en torno a él.
La
aspersión. Una vez que todos se han acomodado, el obispo bendice el
agua para asperjar a la asamblea en señal de penitencia y como
recuerdo del bautismo. Acompañado de los diáconos, recorre
la iglesia, asperjando sucesivamente al pueblo, las paredes y el altar. Entre
tanto se canta la antífona Vidi aquam. Siguen el Gloria y la colecta
(RDI 41ss).
Liturgia de la
palabra. Los lectores y el salmista se presentan ante el obispo, el cual,
recibido el leccionario, lo muestra al pueblo diciendo: "Resuene
siempre en esta casa la palabra de Dios, para que conozcáis el
misterio de Cristo y se realice vuestra salvación dentro de la
iglesia" (RDI 43). La primera lectura debe consistir siempre en la
narración de la proclamación de la ley, ante el pueblo reunido en
Jerusalén, por el sacerdote Esdras (Neh 8,2-4.5-6.8-10). Para las otras
lecturas se puede elegir entre los textos propuestos por el leccionario.
Después del evangelio sigue
homilía y
el credo, pero no se hace la oración universal.
Oración de
dedicación y unciones. Los ritos específicos de la
dedicación comienzan con el canto de las letanías de los santos
(RDI 44ss), al que sigue la colocación de las reliquias si las hay (RDI
46-47). El obispo las coloca en el sepulcro preparado, que es cerrado por un
albañil, mientras se canta el salmo 14 (antífona "santos de
Dios que habéis recibido un lugar bajo el altar") u otro canto
apropiado.
A
continuación, el obispo, en pie junto a la sede o en el altar, canta o
recita la oración de dedicación de "esta casa de
oración", donde el pueblo de Dios "te honra con amor, se
instruye con tu palabra y se alimenta con tus sacramentos" (RDI 47). La
oración desarrolla ampliamente la teología de la iglesia, de
la que el edificio es signo:
"Este
edificio hace vislumbrar el misterio de la iglesia, / a la que Cristo
santificó con su sangre, / para presentarla ante sí como esposa
llena de gloria, / como virgen excelsa por la integridad de la fe / y madre
fecunda por el poder del Espíritu.
Es la iglesia
santa, la viña elegida de Dios, / cuyos sarmientos llenan el mundo
entero, / cuyos renuevos, adheridos al tronco, / son atraídos hacia
lo alto, al reino de los cielos.
Es la iglesia
feliz, la morada de Dios con los hombres, / el templo santo, construido con
piedras vivas, / sobre el cimiento de los apóstoles, / con Cristo
Jesús como suprema piedra angular.
Es la iglesia
excelsa, / la ciudad colocada sobre la cima de la montaña, /
accesible a todos y a todos patente, / en la cual brilla perenne la antorcha
del Cordero / y resuena agradecido el cántico de los
bienaventurados".
La oración
prosigue mencionando los beneficios que los hombres vendrán a
buscar a la casa de Dios y de su pueblo:
"Que tus
fieles, reunidos junto a este altar, / celebren el memorial de la pascua / y se
fortalezcan con la palabra y el cuerpo de Cristo.
Que resuene
aquí la alabanza jubilosa / que armoniza las voces de los ángeles
y de los hombres, / y que suba hasta ti la plegaria por la salvación
del mundo.
Que los pobres
encuentren aquí misericordia, / los oprimidos alcancen la verdadera
libertad, / y todos los hombres sientan la dignidad de ser hijos tuyos, /
hasta que lleguen, gozosos, a
Terminada la
oración de dedicación, el obispo procede a los ritos
simbólicos, como hace en la ordenación. Comienza con la
unción del altar y de las paredes de la iglesia (RDI 48ss). En pie ante
el altar, dice: "El Señor santifique con su poder este altar y esta
casa, que vamos a ungir, para que expresen con una señal visible el
misterio de Cristo y de la iglesia".
El obispo derrama
a continuación el crisma sobre el centro y los cuatro
ángulos del altar. Incluso se aconseja que lo vierta sobre toda la mesa
para dar al rito la amplitud que merece: el óleo debe sobreabundar.
Luego realiza
sobre las paredes de la iglesia doce o cuatro unciones crismales con la
señal de la cruz. Para estas unciones el obispo puede ser ayudado por
presbíteros, a quienes previamente ha entregado las ampollas del crisma.
Entre tanto, se canta el salmo 83.
Al rito de la
unción sigue el de la incensación (RDI 50-51). Se coloca sobre el
altar un pequeño brasero para encender el incienso o los aromas, o un
montoncito de incien
544
so y vela. El obispo
pone incienso en el brasero, o con una vela enciende el montón de
incienso, diciendo: "Suba, Señor, nuestra oración como
incienso en tu presencia y, así como esta casa se llena de suave
olor, que en tu iglesia se aspire el aroma de Cristo".
El obispo pone
incienso seguidamente en los incensarios e inciensa el altar; a
continuación es incensado él mismo, mientras los ministros
recorren la nave incensando al pueblo y los muros; entre tanto, se canta el
salmo 137.
Antes de la
iluminación del altar se procede a la vestición del mismo.
Después de haber secado el óleo de la mesa, se la cubre con un
mantel y, según la oportunidad, se la adorna con flores. Sobre el
altar o a su lado se disponen los candelabros con sus cirios y la cruz.
Previamente habrán sido colocadas numerosas velas en toda la
iglesia, especialmente en correspondencia con las unciones realizadas en las
paredes. El obispo, con una vela encendida en la mano, proclama: "Brille
en la iglesia la luz de Cristo para que todos los hombres lleguen a la plenitud
de la verdad".
La iglesia
entonces es iluminada festivamente. Como signo de gozo se encienden todas las
lámparas, mientras se entona el cántico de Tobías (Tob
13,10.13-
Liturgia
eucarística. Todos los ritos anteriores han tenido como objetivo
preparar el altar para que se convierta en mesa del Señor. Ahora la
concelebración de la eucaristía bajo la presidencia del obispo sustituye
los signos por la realidad del sacramento.
La misa se
desarrolla de modo normal. El prefacio de la plegaria
545
eucarística,
aun tomando ciertas expresiones de la oración de dedicación,
les aporta acertados complementos, como la mención del "templo
verdadero", que es el cuerpo de Cristo "nacido de
Al final de la
misa se puede inaugurar la capilla donde se guardará la
eucaristía, llevando a ella solemnemente la santa reserva (RDI 54-55)
con una procesión idéntica a la que concluye la misa del jueves
santo en recuerdo de la cena del Señor. Una vez que el copón ha
sido colocado en el tabernáculo, el obispo bendice al pueblo y el
diácono proclama la despedida.
b)
Dedicación de una iglesia donde ya se celebraba el culto. El simbolismo
de los ritos que hemos descrito adquiere su pleno significado sólo
en el caso de una iglesia nueva, en que todavía no se haya celebrado la
eucaristía. El rito experimental de 1973 no preveía la
posibilidad de la dedicación de una iglesia ya abierta al culto, y
quizá desde mucho tiempo atrás.
Aun recomendando
que la dedicación de una iglesia coincida con su efectiva
inauguración, el ritual de 1977 reserva su capítulo tercero a la
"Dedicación de una iglesia en la cual ya se celebran los sagrados
misterios". Habría algo que objetar a esta concesión a la
facilidad. Se exige, sin embargo, que el altar no haya sido consagrado
todavía y que la iglesia haya sufrido alguna reforma importante
(RDI 57).
En tal caso se
omite el rito de la apertura de las puertas y se realiza la entrada en forma
simple. Se
Dedicación
de iglesias
omite, o se
adapta a las circunstancias, la entrega de la iglesia al obispo. Se omiten
asimismo la aspersión de las paredes, e igualmente los ritos
particulares que introducen la liturgia de la palabra
(RDI 57ss).
c) Dedicación
de un altar. Los ritos de la consagración del altar ocupan un lugar
importante en la dedicación de una iglesia. Cuando se trata de dedicar
sólo el altar, se sigue prácticamente el orden descrito
arriba, omitiendo cuanto se refiere a la iglesia. Las lecturas son
propias; propios son también la oración de dedicación y el
prefacio de la plegaria eucarística, que desarrollan con nuevos
detalles el simbolismo del altar cristiano.
Después de
haber mencionado los altares erigidos en la antigüedad por Noé,
Abrahán, Isaac y Moisés, la oración evoca el sacrificio de
Cristo en su misterio pascual; seguidamente presenta el altar del nuevo
culto, que es simultáneamente símbolo de Cristo y mesa a la
que él convoca a su pueblo (RDI 92-93). El prefacio insiste en los temas
de Cristo sacerdote, víctima y altar de su sacrificio, añadiendo
una alusión al altar, "roca espiritual" de la que mana para
los fieles el agua viva del Espíritu, que los convertirá
también a ellos en "ofrenda santa" y "altar vivo"
grato a Dios (RDI 124-125).
V. El misterio de
la iglesia celebrado en la dedicación
Los ritos y las
oraciones de la dedicación constituyen una teología en acto del
misterio de la iglesia, cuyo nombre se aplica al pueblo reunido por la
convocación del Señor antes que al edificio destinado a
acoger esta asamblea. "Señor, Dios nuestro —dice una colecta
para el aniversario de la dedicación—, que has querido que tu
pueblo se llamara iglesia..." Por este motivo la liturgia de la dedicación
constituye un continuo ir y venir entre la iglesia viviente y la formada por
piedras, que acaba de ser edificada. Los textos bíblicos propuestos para
la celebración ayudan a entrar en este movimiento, y las
homilías de los padres se hacen eco de ellos.
1.
134. El volumen V
del leccionario en lengua castellana trae su texto por extenso en la
sección "común de la dedicación de la iglesia".
a) Lecturas para
la dedicación de una iglesia. Para el día de la dedicación
se fija una sola lectura del AT (Neh 8,2-4.5-6.8-10), y su proclamación
es obligatoria. (En cambio, para el aniversario de la dedicación se
proponen cuatro, a elección.)
Al descartar en
este día los textos referentes a la dedicación del primer templo
por Salomón para hacer revivir a la asamblea de los fieles la
reunión del pueblo de Jerusalén en torno a la tribuna desde
la cual el escriba Esdras leyó la palabra de la ley, la liturgia subraya
una discontinuidad: el edificio destinado a la asamblea cristiana no es el
sucesor del templo donde habitaba la "gloria" de Dios. Esta
gloria de Dios aletea ahora sobre el pueblo mismo, que escucha a su
Señor en el día que le está consagrado, 546
y que es
consciente de que el gozo en el Señor es su fortaleza (Neh 8,2-10).
Las lecturas
apostólicas desarrollan la parábola de la iglesia-edificio.
Fundada sobre los apóstoles y profetas, con Cristo como piedra angular
(Ef 2,19-22), hecha de piedras vivas (1 Pe 2,4-9), es el templo construido por
Dios (1 Cor 3,9b-l 1.16-17). Al final de su construcción, la
iglesia aparece como la nueva Jerusalén, la morada de Dios entre los
hombres (Ap 21,l
La primera de las
perícopas evangélicas es el texto de Mateo: "Tú eres
Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia" (16,13-19). Es
todavía la imagen del edificio la que se aplica a la iglesia; ella es la
casa edificada sobre la roca, sobre la fe de Pedro en el Hijo de Dios vivo. La
segunda, de menor envergadura, es la narración de la estancia de
Jesús en casa de Zaqueo: "Hoy entró la salvación en
esta casa" (Le 19,1-10). Vienen luego dos textos joaneos. En el primero,
Jesús presenta el propio cuerpo como el único templo del
Altísimo, que sustituye a todo templo construido por mano de hombre
(Jn 2,13-22). El segundo texto (Jn 4, 19-24) refiere el diálogo entre Jesús
y la samaritana sobre la adora
547
ción del
Padre en espíritu y en verdad; este texto se propone también
para la dedicación de un altar [/ infra, b\
b) Lecturas para
la dedicación de un altar. Para este rito se han conservado ante todo
siete pasajes de
Junto a estos
textos han sido elegidos otros dos, en los que se recuerda que el culto
cristiano es un culto "en espíritu y verdad" (Jn 4,19-24), un
culto que se expresa en la vida cotidiana de la comunidad de los creyentes (He
2,42-47). Por muy sagrado que llegue a ser el altar que acaba de erigirse,
nunca lo será tanto como el corazón de aquellos que lo han
construido.
2. L A
ENSEÑANZA DE LOS PADRES. Desde las primeras dedicaciones de
iglesias en el s. iv, éstas se entendieron siempre como fiestas del
"templo vivo del Dios vivo", según la expresión de
Eusebio en su discurso a los cristianos de Tiro. En efecto, éste dice:
"La actividad de cuantos han trabajado para construir este edificio
es ciertamente apreciada por aquel que es celebrado como Dios, pero no
tanto como el templo animado que sois todos
Dedicación
de iglesias
vosotros, desde
el momento en que él admira con preferencia la casa hecha de piedras
vivas y bien compactas, fuertes y sólidamente establecida
sobre el fundamento de los apóstoles y de los profetas, de la que
Jesucristo mismo es la piedra angular". El fruto de la celebración
debe ser, según el orador, la "renovación del edificio
divino y racional de las almas" ".
Los padres
repetirán a cual mejor esta enseñanza. Baste citar, para el
Occidente, a san Agustín y san Cesáreo de Arles. Dos discursos de
éstos, recogidos en la liturgia de las Horas (común de la
dedicación y dedicación de la basílica lateranense),
pueden ser considerados como una condensación de la tradición:
"El motivo que hoy nos congrega es la consagración de una casa de
oración. Esta es la casa de nuestras oraciones, pero la casa de Dios
somos nosotros mismos. Por eso nosotros, que somos la casa de Dios, nos vamos
edificando durante esta vida, para ser consagrados al final de los
tiempos". Agustín desarrolla a continuación el paralelo
entre los trabajos que se requieren para la construcción de la
basílica y la iniciación cristiana: "Lo que aquí se
hacía, cuando se iba construyendo esta casa, sucede también
cuando los creyentes se congregan en Cristo... y, cuando reciben la catequesis
y el bautismo, es como si fueran tallándose, alineándose y
nivelándose por las manos de los artífices y carpinteros".
Del mismo modo, añade, que los diversos elementos tienen que estar
sólidamente soldados entre sí, así los cristianos "no
llegan a ser casa de Dios sino cuando se aglutinan en la caridad"16.
San
Cesáreo de Arles adopta el mismo lenguaje de su maestro Agustín.
"¿Deseas encontrar limpia la basílica? Pues no ensucies tu
Derecho
litúrgico
alma con el
pecado. Si deseas que la basílica esté bien iluminada, Dios desea
también que tu alma no esté en tinieblas, sino que sea verdad lo
que dice el Señor: que brille en nosotros la luz de las buenas obras...
Del mismo modo que tú entras en esta iglesia, así quiere Dios
entrar en tu alma" ".
Insistiendo sobre
el tema de las encenias, de la novedad, la liturgia bizantina resume la
enseñanza de los padres en este canto: "Hombre, entra en ti mismo,
conviértete en el hombre nuevo dejando el viejo, y celebra la
dedicación del alma"l8.
Un texto de
Sugero, abad de San Denis, en Francia, subraya extraordinariamente bien la
gracia de renovación ofrecida al pueblo cristiano a
través de los ritos de la liturgia de la dedicación.
Después de haber descrito la dedicación de la iglesia construida
por interés suyo sobre la tumba del primer obispo de París
(a. 1144),
concluye con esta oración: "Señor Jesucristo, mediante
la unción del santo crisma y la recepción de la
eucaristía tú has unido lo material a lo inmaterial, lo corporal
a lo espiritual, lo humano a lo divino. Con estas bendiciones visibles
tú restauras invisiblemente y al mismo tiempo transformas maravillosamente
el reino presente en reino celeste" ".
La
dedicación de la iglesia de piedra constituye de esta forma una gracia
de elección en el camino por el que avanza la iglesia de los hombres.
NOTAS: ' Eusebio
de Cesárea, Historia eclesiástica X, III, 1, 4; IV, 71 — 2
Ambrosio, Epístola 22: PL 16,1019-1026 — 3 Gregorio de Tours, De
gloria confessorum 20: PL 11, 842 —
s
Eusebio de Cesárea, o.c. — 6
Juan Crisóstomo, Hom. XX in II Cor 3: PG 61,540 — 7 Para la
mayor parte de las fuentes citadas en
548
este
artículo puede consultarse M. Andrieu,
Les Ordines
Romani du haul moyen-áge, SSL
IV (1956);
Ordines XLI el XLII, 309-402 —
8 /*, 395-402
— » Del antiguo rito bizantino
de la
dedicación se puede encontrar una
versión
francesa en MD, 70 (1962) 135-140 —
10 Les Ordines
Romani, l.c. 337-349 — " Ib,
403-413 — '
Romano-Germanique
du dixieme siecle, en ST
226 (1963), vol.
I — '
fical romain au
moyen-áge 3; Le Pontifical de
Guillaume Durand,
en ST 88 (1940): dedica
ción de
una iglesia, 455-478; dedic. de un al
tar, 478-498
— l4 J. Deshusses, Le sacramen
tare
Grégorien, en SF 16 (1971) n. 821 —
15 Eusebio de
Cesárea, o.c, IV, 21, 22, 55 —
16
Agustín, Serm. 336, in dedicatione ecclesiae,
1: PL 38,1471
— " Cesáreo de Arles, Serm. 229 3: CCL 104,908 — "
S. Salaville, Ceremonial de la consécration d'une église
selon le rite byzanlin. Ciudad del Vaticano 1937, 19 — " Sugero, De
consecratione: PL 186, 1254.
P. Jounel
BIBLIOGRAFÍA:
Martimort A.G., La dedicación de una iglesia, en
SUMARIO: I.
Naturaleza del derecho litúrgico: I. Noción; 2. Necesidad y
obligatoriedad
II. Autoridad
competente para regular la liturgia: 1. Autoridad eclesiástica; 2.
Concilio ecuménico y sede apostólica; 3. Obispos y conferencias
episcopales - III. Documentos jurídico-litúrgicos: 1. Las
rúbricas de los libros litúrgicos: a) Noción, b)
División; 2. El código de derecho canónico: a) El
código de 1917, b) El nuevo código de 1983; 3. Documentos de la
autoridad competente: a) Documentos de los papas, b) Documentos de los
dicasterios de la curia romana; NB. La costumbre litúrgica
IV. Principios
inspiradores del nuevo derecho litúrgico: 1. Orientación general
del nuevo derecho canónico: a) Derecho canónico y
teología, b) Derecho canónico y ciencias del hombre; 2.
Principios específicos referentes al derecho litúrgico: a)
Unidad, no uniformidad, b) Pluralismo y descentralización, c) Progreso
dentro del respeto a la tradición, d) Facilidad de los fieles en
participar, e) Simplicidad y flexibilidad - V. Conclusión.
549
¿Derecho
litúrgico o legislación litúrgica? Creemos que no existe
una diferencia real entre las dos expresiones, según la
interpretación común de los autores'. Derecho litúrgico:
una realidad a la que hoy en muchos ambientes se mira con poca simpatía
o con indiferencia. Realidad, sin embargo, a la que toda mente libre de
prejuicios u opiniones preconcebidas no puede menos de reconocer una indiscutible
consistencia y validez de principios, contenidos y planteamientos. Es lo
que, en una esfera más amplia, puede decirse de todo el derecho
canónico y del derecho en general. Al tratar en el presente estudio del
derecho litúrgico nos referimos solamente a la iglesia latina.
I. Naturaleza del
derecho litúrgico
1. NOCIÓN.
El derecho litúrgico es el complejo de normas que regulan la / liturgia,
es decir, el ejercicio del sacerdocio de Cristo en la iglesia2. En su
desarrollo ha ejercido un influjo muy notable la costumbre [/ infra, III, NB].
Son litúrgicas en sentido amplio las normas que se refieren directamente
al desenvolvimiento de las acciones litúrgicas, es decir, los
ritos, como dice el can. 2 del nuevo CDC de 1983' (normas más bien rituales
que disciplinares); son litúrgicas en sentido amplio todas las otras
normas; por ejemplo, las que se refieren a la precedencia de las personas, y
varios requisitos para la dedicación o la bendición de las
iglesias (normas más bien disciplinares que rituales). El derecho
litúrgico forma parte del derecho canónico o eclesiástico.
Esto se aplica en menor medida a las normas litúrgicas tomadas en
sentido
Derecho
litúrgico
estricto; en
mayor medida a las normas litúrgicas tomadas en sentido amplio. En
efecto, las primeras tienen menor carácter de juridicidad que las
segundas \
2. NECESIDAD Y
OBLIGATORIEDAD. Siendo el derecho litúrgico el ordenamiento
concreto de la liturgia, en él se tienen en cuenta los dos
objetivos esenciales de la misma: la santificación de los hombres y el
culto de Dios, cuya plena realización contribuye a garantizar. De
aquí la necesidad del derecho litúrgico; necesidad de
contornos bien definidos, que determinan el respeto a los dos mencionados
objetivos de la liturgia; necesidad que se reconoce cuando se presta
atención al contexto más amplio de toda la vida social de la
iglesia y del derecho canónico que la regula. De aquí
también la obligatoriedad del derecho litúrgico, incluso cuando
se presente revestido de un grado menor de juridicidad. El derecho
litúrgico es obligatorio como el derecho canónico, del que forma
parte, tanto cuando se refiere a exigencias de derecho divino como cuando
éstas son de derecho puramente eclesiástico. "... su
observancia se impone por la naturaleza misma de su objeto, que es la
oración de la iglesia: para que la oración sea verdaderamente de
la iglesia es preciso que la iglesia la reconozca como suya... El derecho
litúrgico... es la condición de existencia y de autenticidad
de la liturgia. La inobservancia de sus leyes compromete en modo más o
menos grave esta autenticidad y causa al pueblo cristiano, que tiene el derecho
de recibir las riquezas de la oración de la iglesia..., un grave
daño"5. Pero también conviene dejar claro que las normas
litúrgicas que no se refieren a puntos esenciales, a causa de su
naturaleza
Derecho
litúrgico
particular, no
deben ser interpretadas con aquellos criterios de estricta legalidad
que se aplican a las leyes eclesiásticas en general. Para todas ellas,
por lo demás, hay que evitar el peligro de que su juridicidad se
convierta en juridicismo.
II. Autoridad
competente para regular la liturgia
Pretendemos
hablar aquí de aquellos que tienen el derechodeSer de regular la
liturgia (fuentes constitutivas del derecho litúrgico). Nos ceferimos a
la actual situación del derecho litúrgico, que se ha creado
después del Vat. II.
1. AUTORIDAD
ECLESIÁSTICA. El Vat. II ha sentado ante todo el siguiente principio
fundamental: "La reglamentación de la sagrada liturgia es de la
competencia exclusiva de la autoridad eclesiástica" (SC 22,
§ 1). Es un principio que forma parte del perenne patrimonio
teológico-jurídico-litúrgico de la iglesia. Siendo la
liturgia una expresión específica de la iglesia, se sigue
necesariamente que sólo la autoridad eclesiástica es competente
para establecer normas referentes a ella. La autoridad civil está, por
tanto, totalmente excluida de este sector. Sus decisiones sobre la materia, que
a veces se han dado en la historia, deben considerarse como verdaderos abusos,
con excepción de aquellas cuyo valor "provenía
sólo de la conveniencia o del consenso expreso de la jerarquía
en el marco de una sociedad en la que iglesia y estado estaban estrechamente
unidos"6. Hay que exceptuar también aquellas intervenciones
con las cuales la autoridad civil ha entendido apoyar, confirmar o
proteger decisiones de la autoridad eclesiástica, o regular
550
materias
puramente civiles, aunque indirectamente relacionadas con la liturgia.
2. CONCILIO
ECUMÉNICO Y SEDE APOSTÓLICA. A nivel universal, el poder de
regular la liturgia, en línea con la precedente tradición divina,
apostólica y eclesiástica, compete: a) al concilio
ecuménico o general. El último concilio ecuménico, el Vat.
II (1962-65), usó del poder de regular la liturgia dando sobre todo las
normas para la / reforma general de la misma, con particular referencia al
rito romano (cf SC 3);
b) a la sede
apostólica. A esa facultad de la sede apostólica se alude en SC
22, § 1. De ella se vuelve a hablar, especificándola en sus grandes
líneas, en el n. 21 de la instrucción ínter oecumenici
(26-91964): "A la sede apostólica pertenece reformar y
aprobar los libros litúrgicos generales; ordenar la sagrada liturgia en
lo que hace referencia a toda la iglesia; aceptar, es decir, confirmar las
actas y las decisiones de la autoridad territorial y acoger las
sugerencias y propuestas de la misma autoridad territorial"7. El poder que
compete a la sede apostólica en el ámbito litúrgico lo
ejerce el papa por sí mismo o por medio de los dicasterios de la
curia romana, sobre todo por medio de la s. congregación
para los
sacramentos y el culto divino. Esta congregación es el resultado de la
fusión de dos anteriores: s. congregación para los
sacramentos y s. congregación para el culto divino8. La nueva congregación
está formada por dos secciones distintas: la primera para la
disciplina de los sacramentos, la segunda para el culto divino. A esta
última está reservado todo lo que se refiere directamente al
culto divino. La anterior congregación para el culto divino había
sido sustituida 551
en 1969 por la s.
congregación de ritos'', que absorbía además el
provisional consejo para la aplicación de la constitución
sobre la sagrada liturgia, instituida por Pablo VI en 1964'».
3. OBISPOS Y
CONFERENCIAS EPISCOPALES. A nivel particular, el poder de regular la liturgia
compete, según las indicaciones del Vat.
II: a) al obispo,
"según el derecho" (SC 22, § 1); b) a las conferencias
episcopales (asambleas episcopales territoriales "), "en virtud del
poder concedido por el derecho" y "dentro de límites
establecidos" (SC 22, § 2). Estas normas referentes a los obispos y a
las conferencias episcopales constituyen una novedad del Vat. II, que se
sitúa en el marco de una más amplia descentralización de
poderes deseada por el concilio l2. En efecto, antes "estaba reservado
casi exclusivamente a
Derecho
litúrgico
histórica,
el Vat. II se pronunció por una cierta descentralización en
materia litúrgica. En la práctica han sido restituidos a los
obispos algunos poderes que poseían antes del concilio de Trento, y
algunas cuestiones de mayor importancia se han remitido a las asambleas episcopales
territoriales" ü.
A las
indicaciones generales dadas por el Vat. II en SC 22 sobre el poder de los
obispos y las conferencias episcopales hay que añadir otras
indicaciones particulares contenidas en diversos lugares de
El Vat. II,
después de haber dicho que el poder de regular la liturgia compete a la
sede apostólica, al obispo y a las asambleas episcopales
territoriales, precisaba: "Por lo mismo, que nadie, aunque sea sacerdote,
añada, quite o cambie cosa alguna por iniciativa propia en la
liturgia" (SC 22, § 3). Esta precisión se repite
frecuentemente en los documentos pontificios aplicativos de la reforma
litúrgica, y constituye un claro eco del principio constitucional
de la iglesia, que reserva el ejercicio del poder de gobierno a la competente
autoridad eclesiástica. La legitimidad de esta reserva en el campo del
derecho litúrgico se demuestra también "por el hecho de que
la sagrada liturgia está en estrecha relación con aquellos
principios doctrinales que la iglesia propone como parte integrante de
verdades certísimas, y por lo mismo debe conformarse a los
dictámenes de la fe católica proclamada por la autoridad del
supremo magisterio para tutelar la integridad de la religión
revelada por Dios"'«. El Vat. II, además de hacer suyas estas
razones, intenta también salvaguardar la unidad de
orientación del derecho litúrgico, garantizar la autenticidad de
la celebración de las acciones litúrgicas y prevenir abusos
que redundarían en perjuicio de la armonía eclesial.
Un común
denominador del nuevo complejo normativo es el reconocimiento de la
necesidad de unidad y coordinación que debe existir entre las diversas
autoridades competentes en materia litúrgica. Esto
quedó bien subrayado ya al comienzo de la reforma litúrgica, en
la instrucción ínter oecumenici. Se decía del obispo que
es competencia suya "regular la liturgia en su diócesis
según las normas y el espíritu de la constitución
conciliar sobre la sagrada liturgia y las disposiciones de la sede
apostólica y de la autoridad territorial competente" (n. 22).
Luego, en relación con las asambleas episcopales territoriales, se
establecía el ya recordado [/supra, II, 2] principio de la
aceptación o confirmación de sus "actos" y decisiones y
de la acogida de sus propuestas y peticiones por parte de la sede
apostólica (nn. 21; 29-31). A tales indicaciones programáticas,
conformes con los criterios fijados por el Vat. II, han prestado seria
atención en su actividad jurídico-litúrgica la sede
apostólica, a la que corresponde una tarea primordial, las
conferencias episcopales y los obispos.
III. Documentos
jurídico-litúrgicos
Con esta
expresión designamos los instrumentos o actos a través de los
cuales se conoce lo que ha decidido en concreto la autoridad
552
competente en el
campo del derecho litúrgico (fuentes cognoscitivas del derecho
litúrgico). Vamos a reseñarlos brevemente.
1. LAS
RÚBRICAS DE LOS LIBROS LITÚRGICOS. "Los libros
litúrgicos constituyen la fuente básica del derecho
litúrgico"l
a) Noción.
Con el término rúbricas se designan las normas contenidas
en los / libros litúrgicos que regulan la realización de las
acciones litúrgicas. También estas normas pueden ser
litúrgicas en sentido estricto o en sentido amplio [/ supra, I, 1].
b)
División. 1. Las rúbricas se dividen, ante todo, en generales y especiales.
Las rúbricas generales son las que se encuentran al comienzo de
cada libro litúrgico o de sus secciones especiales. En los nuevos libros
han adquirido una fisonomía completamente nueva, a la que corresponden
las denominaciones nuevas y más apropiadas de
Orientaciones
previas (praenotanda) u Ordenación general del Misal Romano (institutio
generalis). Presentan con frecuencia el carácter particular de
introducciones teológico-pastorales a las acciones litúrgicas.
En tal caso, son normas litúrgicas en sentido amplio. Las
rúbricas especiales son las que se encuentran diseminadas a lo largo de
la descripción de cada acción litúrgica. Contienen, por lo
general, indicaciones precisas y detalladas sobre el modo de celebrar las diversas
acciones litúrgicas. En tal caso son normas litúrgicas en sentido
estricto. 2. Las rúbricas se dividen también en esenciales y
accidentales. Las rúbricas esenciales se refieren a lo que es
exigido para la validez de la acción litúrgica. Son, por tanto,
preceptivas y obligan
553
gravemente. Las
rúbricas accidentales (son la mayor parte) se refieren a
modalidades concretas de la celebración de las acciones litúrgicas.
Pueden ser preceptivas o directivas, según que contengan un
verdadero mandato o sólo un consejo. No siempre es fácil
saber cuáles son las preceptivas y cuáles las directivas, y
cuál es el grado de obligatoriedad de las primeras. En caso de
dificultad se debe atender a la modalidad de su formulación, a
eventuales interpretaciones auténticas del legislador (dadas por
medio de los organismos competentes), a la interpretación concorde
(privada) de los autores, a las costumbres establecidas [/ infra, III, NB]
". 3. Consideración aparte se presta a las rúbricas
facultativas, es decir, aquellas cuya observancia o modo de observancia se
dejan al juicio de los participantes en las acciones litúrgicas,
para que se tengan en cuenta las situaciones y condiciones concretas de
personas y lugares.
Ahora es el
momento de aplicar expresamente a las rúbricas lo que decíamos en
general de las normas litúrgicas. Las rúbricas incluidas entre
las normas litúrgicas en sentido estricto tienen una menor juridicidad
que las rúbricas incluidas entre las normas litúrgicas en sentido
amplio [/ supra, I, 1]. Y conviene poner en guardia, a propósito de
las rúbricas, contra esa especie de juridicismo (la más
decadente) que recibe el nombre de rubricismo.
2. EL
CÓDIGO DE DERECHO CANÓNICO. Al tratar aquí del
código de derecho canónico como de una fuente cognoscitiva del
derecho litúrgico, nos referimos antes al código de 1917, y a
continuación al nuevo código de 1983.
a) El
código de 1917. La relación entre ese código y el
derecho
Derecho
litúrgico
litúrgico
estaba determinada por el can. 2. Allí se decía ante todo que el
código generalmente (plerumque) no establece nada respecto de los ritos
y de las ceremonias prescritas en los libros litúrgicos de la iglesia
latina para la celebración de las funciones sagradas. A
continuación se precisaba que, en consecuencia, todas las leyes
litúrgicas vigentes en el tiempo de la promulgación del
código mantendrían su vigor, excepto en el caso de que
algunas de ellas fuesen expresamente corregidas por el código mismo
". Según los autores, el can. 2 se refería a las leyes
litúrgicas tomadas en sentido estricto, es decir, a las que se refieren
directamente a la realización de los ritos y ceremonias. Para
excluir tales leyes del código de derecho canónico se daban los
siguientes motivos: al referirse éstas, por su especial carácter,
a temas bastante particularizados, diferían de las demás leyes
disciplinares; al ser, además, mucho más numerosas, su
introducción en el código lo habría hecho mucho más
pesado l8. Hay que notar cómo, a pesar de la mencionada exclusión
por principio, a veces el código traía algunas leyes
litúrgicas en sentido estricto. Además, en algún caso
corregía expresamente algunas leyes precedentes. Estas "excepciones
se encontraban especialmente en el libro tercero del código". Estas
fueron tenidas en cuenta en la edición típica del Ritual Romano
de 1925 ">.
La
relación que acabamos de examinar entre el anterior código y el
derecho litúrgico ha sufrido una profunda transformación tras la
publicación de los nuevos libros litúrgicos. Con esa
publicación se ha realizado y promulgado una reformulación
casi total del derecho litúrgico. De ahí se ha seguido que, en
caso de desacuerdo entre las normas litúrgicas contenidas en los nuevos
libros litúrgicos y las contenidas en el anterior código,
las primeras prevalecieran sobre las segundas. Esto resulta de las especiales
fórmulas de derogación o abrogatorias que se encuentran en los
documentos de la sede apostólica que han promulgado los nuevos
libros litúrgicos21. En particular por lo que se refiere a la
relación entre el nuevo ritual romano y el anterior
código, es útil conocer cuanto ha comunicado oficiosamente
la
s.
congregación para el culto divino: "Las normas contenidas en
el ritual reformado y aprobado por el sumo pontífice Pablo VI derogan,
si es el caso, las prescripciones del código de derecho canónico
y las demás leyes hasta ahora vigentes, y las abrogan; permanecen, en
cambio, en vigor las otras prescripciones y leyes que en el nuevo
ritual no son abrogadas ni cambiadas"22.
b) El nuevo
código de 1983. El can. 2 del nuevo código mantiene el
régimen de separación entre CDC y derecho litúrgico,
sancionado en el can. 2 del precedente código. Están, pues,
excluidas del nuevo código —por principio— las normas estrietamente
litúrgicas (normas más bien rituales que disciplinares), mientras
continúan formando parte de él las normas litúrgicas en
sentido amplio (normas más bien disciplinares que rituales).
El nuevo código, además, contiene un menor número de
normas litúrgicas que el anterior. Y esto porque la legislación
litúrgica ha tenido un planteamiento del todo nuevo y
orgánico en los nuevos libros litúrgicos; no se ha querido que se
repitiera en el nuevo código. Por otra parte, no ha parecido conveniente
que éste contuviese normas litúrgicas demasiado minuciosas.
Se ha creado, además, una nueva situación de hecho
554
en la
relación entre el CDC y el nuevo derecho litúrgico. Mientras el
anterior derecho litúrgico tuvo que adaptarse al CDC promulgado en 1917,
la situación ha cambiado por completo con la publicación del
nuevo código. El hecho ha sido que este último ha tenido en
cuenta las nuevas normas litúrgicas fijadas en los libros
litúrgicos legítimamente promulgados en los últimos
años y en vigor en el momento de la elaboración y
promulgación del código. La nueva situación es ventajosa
para el nuevo CDC: éste es ahora expresión más plena de la
realidad litúrgica en el contexto más amplio de ese acuerdo que
el derecho, según su propia modalidad, debe realizar en
relación a la teología. En particular, el nuevo código
refleja algunos principios litúrgicos de orden tanto teológico
como disciplinar firmemente establecidos por el Vat. II. Entre los
primeros mencionaremos el referente a la naturaleza no sólo
santificadora, sino también cultual de los sacramentos (cf SC 59);
entre los segundos, el referente a la nueva normativa sobre la autoridad competente
para regular la liturgia (cf SC 22)«.
3. DOCUMENTOS DE
a) Documentos de
los papas. "Los papas, sobre todo desde Benedicto XV, han intervenido
a veces en la legislación litúrgica con actos personales: constituciones,
encíclicas y motu proprio. Pero en estos casos se limitan
generalmente a establecer principios, cuya aplicación precisan
luego las congregacio
555
nes competentes
con la publicación de instrucciones anejas"24. Han sido frecuentes
los documentos papales con ocasión de la puesta en marcha de la reforma
litúrgica del Vat. II, sobre todo en lo referente al sector de la
aprobación de los nuevos libros litúrgicos.
b) Documentos de
dicasterios de la curia romana2'. Además de los documentos promulgados
personalmente por los papas, tienen una cierta relevancia en el campo
litúrgico los documentos emanados por ellos a través de los
dicasterios de la curia romana. Interesan particularmente, del pasado, los
documentos de la s. congregación de ritos y de la sucesiva
congregación para el culto divino; en la actualidad, los de la s.
congregación para los sacramentos y el culto divino [/supra, II, 2, b].
Entre estos documentos deben mencionarse ante todo los decretos. Estos se
dividen en generales y particulares. Los primeros se refieren a toda la
iglesia, los segundos sólo a determinadas porciones de la iglesia.
Mención especial merecen también las instrucciones, es
decir, aquellos documentos que explican las leyes e indican el modo de
cumplirlas. Carecen ya de valor aquellos documentos de la anterior
legislación litúrgica (la mayor parte) que han quedado superados
por la nueva. Los demás, interpretados según su particular
naturaleza, según la norma del derecho, deben seguir observándose
y ejecutándose fielmente.
NB. La costumbre
litúrgica m. La costumbre pertenece al grupo de las fuentes
constitutivas del derecho. Pero, por tener una relación especial
con las fuentes cognoscitivas del mismo, tratamos de ella aquí, como
conclusión al tratado de tales fuentes. Por costumbre litúrgica
se
Derecho
litúrgico
entiende un
derecho introducido por un constante comportamiento en el ámbito
litúrgico de determinadas comunidades eclesiales con consentimiento
del legislador. La costumbre litúrgica se divide, como las demás
costumbres, en según derecho, más allá del derecho y
contra el derecho. La primera (según derecho) interpreta el derecho
(óptima legis interpres). La segunda (más allá del
derecho) sale al paso de las lagunas o silencio del derecho. La tercera
(contra el derecho) deroga o abroga el derecho existente. No cabe ninguna
duda de que también a las costumbres litúrgicas según el
derecho y más allá del derecho se deben aplicar los principios
generales del derecho. Alguna incertidumbre, en cambio, ha surgido en el
pasado en relación con la costumbre litúrgica contra el derecho.
Varios autores dudaban de su posibilidad, o incluso la excluían. Los
autores recientes están a favor de su legitimidad, con tal de que exista
la aprobación del legislador. En concreto se requiere que se den las
condiciones exigidas por el derecho común. Estas se refieren a la
comunidad capaz de introducir la costumbre, al objeto de ésta y a su
duración27.
IV. Principios
inspiradores del nuevo derecho litúrgico
Ya se ha realizado
casi completamente la / reforma litúrgica prometida por el
Vat. II. El material jurídico-litúrgico que tenemos ahora a
disposición permite hacer un buen balance y presentar una síntesis
de los principios inspiradores del nuevo derecho litúrgico.
1.
ORIENTACIÓN GENERAL DEL NUEVO DERECHO CANÓNICO. ES evidente
que algunos principios inspiradores del nuevo derecho litúrgico no
son otra cosa que el reflejo de la orientación general que en los
últimos años, del Vat. II en adelante y bajo su impulso, se
ha dado al derecho canónico considerado en su globalidad.
Convendrá destacar primero algunos puntos de esa nueva
orientación más relacionados con nuestro tema, para pasar luego
al campo específico del derecho litúrgico.
a) Derecho
canónico y teología. Varias consideraciones giran en torno a la
reiterada necesidad de una relación más estrecha entre derecho
canónico y teología. Hay que subrayar el influjo ejercido sobre
el nuevo código por la eclesiología [/ Iglesia] y por la
cristología [/ Jesucristo].
Siendo el derecho
canónico una especial expresión de la iglesia, el nuevo
código se inspira en los principios de la eclesiología y tiene en
cuenta la nueva conciencia de sí misma experimentada por la iglesia en
el período posconciliar. Superada la contraposición entre
institución y carisma, ambos componentes esenciales de la
única realidad que es la iglesia querida por Cristo, se presta
atención a los aspectos de comunión y de participación propios
de la iglesia, con todo lo que de ahí se deriva en el campo de la
colegíalidad, de la corresponsabilidad, de la
descentralización, de la naturaleza del servicio de la autoridad,
etc.
La renovada
importancia que la teología atribuye a la relación vital
existente entre la iglesia y Cristo, ha supuesto un toque de atención a
una visión cristocéntrica del derecho mismo de la iglesia,
en el sentido de que éste debe estar profundamente empapado de
espíritu evangélico para contribuir eficazmente a la
plena realización del / misterio pascual de Cristo.
556
En particular, es
el carácter pastoral de la teología el que se refleja en el
derecho canónico, con lo cual se establece el obligado equilibrio entre
las exigencias de carácter teológico-pastoral y las de
carácter jurídico. Aunque no se puede desconocer la índole
jurídica del derecho canónico, éste es considerado
como instrumento al servicio de la pastoral eclesial y no como fin en sí
mismo. La acertada valoración de la naturaleza y finalidad pastoral del
derecho canónico, a la luz del clásico principio salus animarum
suprema lex, llevará a su observancia, siempre atenta y sensible a
esa circulación de la caridad que constituye una de las
experiencias más profundas y vitales de la iglesia. La misma
enseñanza del derecho canónico deberá conducir a la
asimilación de sus principios y normas en orden a la vida
pastoraln.
Esta
acentuación de la dimensión pastoral del derecho canónico
responde a la necesidad, tan sentida hoy, de la encarnación del
espíritu pastoral del Vat. II y de la misma realidad carismática
en las estructuras jurídicas de la iglesia29. El reconocimiento de
la justa relación entre iglesia y derecho canónico y de la
naturaleza pastoral del mismo 30, aun sin suprimir nada de su
legítima juridicidad, preserva del peligro de juridicismo y facilita una
clara síntesis de los principios teológicos y jurídicos y
la superación de perjudiciales tensiones en la vida eclesial.
b) Derecho
canónico y ciencias del hombre. Otras consideraciones de utilidad las
sugiere el papel asumido por las ciencias del hombre, en particular por la
psicología y la sociología. Estando el derecho al servicio del
hombre, la dimensión jurídica de las relaciones intereclesiales
no puede ni debe sofocar 557
su fundamental
dimensión antropológica. Por este motivo el nuevo
código está particularmente atento a toda la problemática
referente al respeto y a la tutela de la persona humana a la luz del nuevo humanismo,
en el que se profundizan y enriquecen de dinamismo los valores perennes
del hombre, como la libertad de conciencia, la personalidad de la
adhesión, la capacidad de diálogo y la corresponsabilidad.
En el campo
más estrictamente social, además, el derecho canónico debe
tener en cuenta las condiciones, situaciones y necesidades siempre
nuevas en que se encuentra la sociedad, recibiendo todo lo verdaderamente
auténtico, válido y creíble que ella adquiere en los
diversos sectores. Hay que reservar una atención especial, en el ordenamiento
de las relaciones intereclesiales, a su necesaria e inderogable
dimensión comunitaria. Respetando estos principios, el nuevo
código podrá dar una respuesta adecuada a la profunda y compleja
crisis que atraviesan hoy la sociedad y la misma iglesia y contribuir a su
solución verdaderamente humana, y por tanto a una más rica afirmación
de los valores humanos.
2. PRINCIPIOS
ESPECÍFICOS REFERENTES AL DERECHO LITÚRGICO. Hemos
considerado necesario detenernos en la exposición de algunos puntos
de la nueva orientación del derecho canónico en general porque
éstos, como ya insinuábamos, encuentran su particular
aplicación en el campo del derecho litúrgico. Este adquiere una
coloración particular desde las consideraciones anteriores sobre el
aspecto eclesiológico-cristológico del derecho
canónico, sobre su dimensión pastoral y sobre su fundamento
antropológico. Ahora nuestro examen se vuelve hacia el tema
particular del
Derecho
litúrgico
derecho
litúrgico, para individualizar los principios más
importantes que lo inspiran.
a) Unidad, no
uniformidad. Este principio ha sido expuesto claramente por el Vat. II:
"Salvada la unidad sustancial del rito romano, se
admitirán variaciones y adaptaciones legítimas a los diversos
grupos, regiones, pueblos, especialmente en las misiones" (SC 38). Se
ha dicho también expresamente: "La iglesia no pretende imponer una
rígida uniformidad en aquello que no afecte a la fe o al bien de toda la
comunidad ni siquiera en la liturgia; por el contrario, respeta y promueve el
genio y las cualidades peculiares de las distintas razas y pueblos" y
admite en la liturgia todo lo que de bueno hay en ellos "con tal que se
pueda armonizar con el verdadero y auténtico espíritu
litúrgico" (SC 37).
Se trata de
observar cada vez mejor esa ley del derecho litúrgico mediante la cual
éste "debe asegurar, según una síntesis viable
en conformidad con las exigencias de cada época, simultáneamente
la manifestación de la universalidad de la oración de la iglesia
y el arraigo de esta oración en la vida, en las costumbres y ei. la
cultura de los diversos pueblos"". Esto quiere decir que el derecho
litúrgico debe respetar los postulados de la inculturación
[/ Adaptación, IV], teniendo en cuenta, no obstante, la tendencia a
una cultura de dimensiones universales, que es fruto de la
aceleración de la historia, de la que es protagonista la humanidad de
hoy.
b) Pluralismo y
descentralización. Como desarrollo inmediato del principio que
acabamos de exponer (unidad, no uniformidad) se impone que el derecho
litúrgico debe estar abierto a un sano plura
Derecho
litúrgico
lismo de formas
litúrgicas, expresión particular del pluralismo de las
iglesias locales. Esto debe entenderse, naturalmente, dentro de los
límites exigidos por la relación entre iglesia local e
iglesia universal y por el "grave deber que incumbe a toda iglesia local
de cooperar al bien de la iglesia entera, particularmente en esta época,
en la cual cuanto de bueno o malo se realiza en las comunidades particulares
tiene un reflejo inmediato sobre toda la ensambladura de la familia de
Dios"32.
Desde esta
óptica hay que considerar el tema de la descentralización,
al que hemos hecho alusión al hablar de la autoridad competente en la
regulación de la liturgia. En el mismo contexto hemos tratado
también de la necesidad de unidad y coordinación que, a pesar de
la descentralización, deben existir entre las autoridades interesadas en
la regulación de la liturgia [/ supra, II, 3].
c) Progreso
dentro del respeto a la tradición. También para este punto
fundamental del nuevo derecho litúrgico encontramos una clara y autorizada
indicación en el Vat. II: "conservar la sana tradición y
abrir, con todo, el camino a un progreso legítimo" (SC 23). Es un
principio de carácter general, en el que siempre se ha inspirado la
iglesia para el necesario aggiomamento de sus instituciones. Ella sabe que
no puede renunciar a la sana tradición. Por otra parte, la verdadera
actualización se concreta en una profundización de la tradición.
Ya en 1956 había dicho Pío XII: "En materia de liturgia,
como en muchos otros campos, hay que evitar dos actitudes extremistas en
relación con el pasado: una adhesión ciega y un desprecio total...
La liturgia actual debe prestar
558
atención
al progreso, pero también
a su
conservación y defensa... Se
preocupa
también de numerosos
problemas
particulares referentes,
por ejemplo, a
las relaciones de la
liturgia con las
ideas religiosas del
mundo presente, a
la cultura con
temporánea,
a las cuestiones socia
les, a la
psicología profunda" ".
La
actualización del derecho litúrgico es una aplicación concreta
del binomio tradición-progreso. Para la normativa de carácter
más estrictamente ritual se ha prestado atención a otras
orientaciones particulares del Vat. II, entre las cuales hay que
señalar las siguientes: que la reforma litúrgica vaya precedida
de una cuidadosa investigación teológica, histórica y
pastoral; que se tomen en consideración las experiencias derivadas
de las precedentes reformas litúrgicas y de los indultos
anteriormente concedidos; que las nuevas formas surjan orgánicamente,
de alguna manera, de las ya existentes (cf SC 23)M.
d) Facilidad de
los fieles en participar. El nuevo derecho litúrgico ha prestado la
debida atención a lo que ha sido una meta constante de la
renovación litúrgica, la / participación activa de los
fieles en las celebraciones litúrgicas. Sobre su importancia
insiste mucho el Vat. II (recuérdese el carácter eminentemente
pastoral de este concilio), convencido de que la liturgia es la fuente
primera e indispensable en que los fieles descubren el verdadero
espíritu cristiano ", subrayando que la participación
es exigida por la naturaleza de la liturgia misma, a la cual el pueblo cristiano
tiene derecho y obligación, en virtud del bautismo (SC 14). Se ha
afirmado que "le corresponde de un modo particular proveer a la reforma
y al fomento de la liturgia" (SC 1), y al efecto se han dado numero
559
sas indicaciones.
Entre otras cosas, se ha precisado que en las rúbricas de los nuevos
libros litúrgicos se debería tener muy en cuenta también
la participación de los fieles
(cíSC
En realidad, las
nuevas normas litúrgicas que han hecho suya esta orientación dan
el justo relieve al mencionado derecho-deber que tienen los fieles de
participar en la liturgia en virtud de su sacerdocio común.
Recuérdese en particular el rico carácter pastoral ya mencionado
de las introducciones de los nuevos libros litúrgicos. Todo esto tiende
a hacer verdaderamente auténtica, consciente, interior y personal la
participación de los fieles.
e) Simplicidad y
flexibilidad. Son estas dos notas las que imprimen al nuevo derecho
litúrgico una fisonomía especial. Y responden a las exigencias de
sobriedad y de adaptabilidad de las normas litúrgicas,
particularmente sentida hoy y aceptable siempre que no tengan que sufrir la
expresividad, el decoro, el valor simbólico de las celebraciones,
y se eliminen los riesgos de la desacralización, de la arbitrariedad
y del individualismo M.
Son sobre todo
las rúbricas de los nuevos libros litúrgicos las que presentan la
nota de simplicidad y flexibilidad. Su simplicidad es fruto de la
supresión de muchas prescripciones demasiado minuciosas o
superfluas, supresión que ha favorecido una mayor linealidad de las
celebraciones. Su flexibilidad se debe a la presencia de muchas normas
directivas, orientativas o puramente facultativas. Así es posible
llevar a la práctica aquella / creatividad que permite elegir entre dos
o más ritos propuestos, o adaptar [/ Adaptación] los mismos
ritos37 con la finalidad de prestar
Derecho
litúrgico
atención a
las situaciones concretas de los participantes. "Esto no significa
que cualquier sacerdote pueda actuar libremente y reestructurar a capricho los
ritos sagrados de la iglesia. Hay que considerar ante todo a quién ha
dado la iglesia la facultad de realizar tales adaptaciones; y, en segundo
lugar, es preciso atenerse a las disposiciones y ver hasta qué punto
está prevista la adaptación"38.
De cuanto hemos
dicho se deduce que el derecho litúrgico ha sufrido un cambio
radical, sobre todo por motivos de orden pastoral. Aun respetando el
carácter jerárquico de la liturgia, expresión del
carácter jerárquico de la iglesia misma, se ha tenido en cuenta
el espíritu propio de la liturgia, coordinando con él
debidamente el derecho litúrgico. Aun salvando la autenticidad y el
carácter tradicional de la liturgia, se ha querido evitar cuanto
pudiera saber a legalismo, formalismo, rubricismo o ritualidad entendida
como fin en sí misma. Aunque intentando insertar profundamente al
cristiano en la realidad litúrgica objetiva y realizar una plena
comunión eclesial, se ha apelado al sentido de una evidente
corresponsabilidad y de una auténtica personalidad.
V.
Conclusión
El Vat. II ha
insistido en que la actualización de las instituciones
eclesiásticas se inspirase en el misterio de Cristo, humilde y
amorosamente contemplado. Tal misterio ha sido designado como el
núcleo central de la enseñanza teológica, especialmente de
la disciplina litúrgica (cf SC 16; OT 16). Incluso se ha dicho
expresamente: "En la exposición del derecho canónico...
téngase en cuenta el misterio de la
Derecho
litúrgico
iglesia" (OT
16). Se ha puesto de
relieve,
además, la necesaria dimen
sión
pastoral de la actualización, a
la que se
venía mirando con parti
cular
interés desde el anterior
/•
movimiento litúrgico.
Nos parece que
éstas son las líneas programáticas sobre las cuales
se han desarrollado las orientaciones fundamentales de la revisión
del derecho litúrgico. Dicha revisión, en vez de limitarse a
la consideración del elemento puramente institucional y abstracto
de la liturgia, se ha preocupado de lo más profundo, vital y
existencial que se significa eficazmente en la realidad litúrgica, para
hacer de ella punto seguro de referencia de la vida interior de los cristianos
y de su plena comunión eclesial. Ha sido igualmente admirable el soplo
de dinamismo con que se ha intentado animar la de por sí necesaria
estaticidad de las normas. Es, finalmente, satisfactoria la
confrontación entre derecho litúrgico y problemática
actual, aunque siga estando siempre necesitada de ese ulterior
perfeccionamiento que debe brotar continuamente de un lúcido
diálogo entre norma y realidad vivida. Y, a este respecto, es
determinante la voluntad de un acercamiento a las culturas cada vez más
profundo.
Habrá que
tener siempre cuidado de evitar el peligro de identificar liturgia con derecho
litúrgico y, en el campo específico de este último, el
peligro de perder de vista lo que tiene de característico en el
ámbito más general del derecho canónico. Se saldrá
al paso de tales peligros prestando constante atención a la necesidad de
llegar, a través de las normas litúrgicas, a esa admirable
síntesis a la que se ordenan, en la liturgia, la santificación de
los hombres y el culto de Dios, es decir, al inefable y constante encuentro
de la comunidad eclesial 560
con el Padre, por
Cristo, en el Espíritu Santo. [/ Liturgia en el nuevo Código de
Derecho Canónico],
NOTAS: ' Cf p.
ej. Ph. Oppenheim, Institutiones systematico-historicae in sacram titurgiam
II, Tractatus de iure litúrgico, Marietti, Turín 1939; B.
Rousseau, Legge litúrgica, en Dizionario pratico di liturgia romana
(dirigido por R. Lesage), Studium, Roma 1956, 220-22;
F. Cimitier, La
liturgia e il diritto canónico, en Enciclopedia litúrgica (por R.
Aigrain), Edizioni Paoline, 1957, 28-47; M. Noirot, Liturgique
(Droit), en Dictionnaire de droit canonique VI, Letouzey et Ané,
París 1957, 535-594;
1. Palazzini, lus
lilurgicum, en Dictionarium morale el canonicum II (por P. Palazzini), Officium
libri catholici, Roma 1965, 891. Se aparta de la interpretación
común O. de Simone, De notione ac officio liturgia iuris, en
Monitor ecclesiasticus 85 (1960) 151-159 —
2 Cf M. Noirot,
Liturgique (Droit), 535 — 3 En el can. 2 del anterior código se
hablaba de ritos y de ceremonias — 4 Cf H.J. Cicognani-D. Staffa,
Commentarium ad librum primum codicis iuris canonici I, Buona Stampa, Roma
1939, 39-40; I. Palazzini, lus lilurgicum..., 891; D. Composta, Diritto e
liturgia, en Div. 16 (1972) 244, 288-290; Ija chiesa visibile. Lezioni di
teología del diritto,
Cittá
nuova, Roma 1976, 63 —
Desclée,
Roma 19662, 75 — " A.G. Martimort, o.c, 76 — 7 Texto latino
en AAS 56 (1964) 882 — » Cf Pablo VI, Const. apost. Constans nobis
studium (
P.M. Gy, La
responsabilité des évéques par rapport au droit
liturgique. en MD 112 (1972) 9-24; J. Manzanares Marijuán, Liturgia y
descentralización en el Concilio Vaticano II. Las conferencias
episcopales, eje de la reforma litúrgica conciliar, Universitá
Gregoriana, Roma 1970 — IS A. Cuva, Principi general! per la riforma e
¡'incremento' della sacra liturgia, en VV.AA., La costituzione sulla
sacra liturgia, LDC, Turín 1968, 393. Para otras informaciones
detalladas sobre el argu
561
mentó y
sobre la historia general del derecho litúrgico, cf Ph. Oppenheim, o.c.
(nota 1), 11/1, 59-143; J. Gordon, Liturgia et potestas in re litúrgica,
Universitá Gregoriana, Roma 1966, 109-126; M. Noirot, Liturgique
(Droit), 536557 — u Pío XII, Ene. Mediator Del (20-111947),
texto latino en AAS 39 (1947) 540 — " A.-G. Martimort, o.c, 89
— l6 Cf F. Cimitier, o.c. (nota 1), 41-42; M. Noirot, Liturgique
(Droit), 561-562; Liturgia, en Dictionarium morale et canonicum (por P.
Palazzini) (nota 1) III (1966) 117; A.-G. Martimort, o.c, 9596 —
" "Este obligado respeto del derecho canónico para con la
liturgia... puede haber inducido en el pasado a algunos Hturgistas a aplicar
criterios legalistas a las rúbricas, incluso mínimas, de los
libros litúrgicos": G. Lajolo, índole litúrgica del
diritto canónico, en ScC99 (1971) 266; R. Civil (La liturgia e le sue
leggi, en Anamnesis, por S. Marsili, I,
Marietti,
Turín 1974, 193-194) estima que el can. 2, con el peculiar planteamiendo
dado al derecho litúrgico, "de hecho prácticamente atribuye
valor jurídico, convirtiéndolo (sid)tti ley canónica, a
toda norma o legislación litúrgica" — l8 Cf H.J.
Cicognani-D. Staffa, o.c (nota 4), l.c; E.F. Regatillo, Institutiones iuris
canonici I, Sal Terrae, Santander 19514, 32; M. Noirot, Liturgique (Droit),
559-560 — " Cf partes I, II, 111 — 2° Cf U. Beste,
Introductio in codicem, St. John's Presse, Collegeville, Minn., 19463, 53; E.F.
Regatillo, o.c, l.c; F. Cimitier, o.c, 38-39; M. Noirot, Liturgique (Droil)
560; A.-G. Martimort, o.c. (nota 5), 79, nota 1; R. Civil, o.c. (nota 17), 192
— 2I Por ejemplo: "Queremos... que cuanto hemos establecido y
prescrito tenga fuerza y eficacia ahora y en el futuro, sin que obsten, si
fuere el caso, las constituciones y ordenaciones apostólicas emanadas de
nuestros predecesores, o cualquier otra prescripción, incluso
digna de especial mención y derogación": Pablo VI, Const.
apost. Missale Romanum (
F. Cimitier, o.c,
42-46; A.-G. Martimort, o.c, 80-82 - 2Í Cf V. Beste, o.c. (nota 20) 100;
F. Cimitier, o.c, 46-47; M. Noirot, Liturgique (Droit). 563-591; Liturgia (nota
16), 117-118;
Derecho
litúrgico
A.-G. Martimort,
o.c, 83-84 — 21 El nuevo código trata de la costumbre en los cans.
2328 — 28 Cf S. congregación para la educación
católica, Circular sobre la enseñanza del derecho canónico
para los aspirantes al sacerdocio (
s. Pió X,
motu proprio Tra le sollecitudini, sulla música sacra (
A. Cuva
BIBLIOGRAFÍA:
Borobio D., Para una valoración de los estipendios, en
"Phase" 110 (1979) 137-154; Documentación Concilium,
Legislación litúrgica postconciliar, en "Concilium"
72 (1972) 273-291; Fransen M.G.,
Normas
eclesiásticas de la santificación del domingo, en "Asambleas
del Señor" 1, Marova, Madrid I9652, 15-27; Hortet J., El
precepto dominical, en "Phase" 61 (1971) 63-74; Maldonado L.,
Nuevas actitudes del sacerdote ante el problema de las rúbricas, ib, 38
(1967) 154161; Manzanares J., Liturgia y descentralización en
el concilio Vaticano II. Las Conferencias Episcopales, eje de la reforma
conciliar,
Universitá
Gregoriana, Roma 1970; Martimort A.G., La legislación litúrgica,
en
bios y
obligatoriedad de las formas litúrgicas, ib, 42 (1969) 208-218; Power
D„ Retened las tradiciones que os han transmitido, ib, 172 (1982)
273-280; Tena P„ ¿Liturgia nueva o rúbricas nuevas?, en
"Phase" 25-26 (1965) 1
10. Véase
también la bibliografía de Liturgia en el nuevo Código.
SUMARIO: I.
Introducción - II. Liturgia, devoción y devociones - III.
Liturgia y devociones en la historia: 1. En los cuatro
o cinco primeros
siglos; 2. A partir del s. V;
3. Hasta el s.
XIV; 4. En las postrimerías del s. XIV; 5. Después de la crisis
protestante y de la reforma católica; 6. En el s. xx - IV. Los
documentos del magisterio: 1. La encíclica "Mediator Dei"; 2.
La instrucción de
I.
Introducción
El tema de las
relaciones entre la liturgia y las devociones ya no apasiona hoy como a
comienzos de este siglo y en los años de la aparición de la
encíclica Mediator Dei, de Pío XII. Se trata de una
cuestión ampliamente debatida, sin que haya faltado muchas veces la
polémica y sobre la que se ha pronunciado también el magisterio
de la iglesia.
¿Qué
alcance puede tener, por tanto, volver a examinar hoy este
562
tema, veinte
años después de clausurado el concilio Vat. II, cuando la /
reforma litúrgica ha hecho posible la / participación consciente,
activa y fructuosa en la liturgia? ¿No resulta un anacronismo plantear
otra vez la legitimidad de las formas devocionales en relación con esta
participación, calificada ya por san Pío X en 1903 como la fuente
primera e indispensable del espíritu cristiano?'. Ha sido la vida misma
de la iglesia la que ha reclamado la recuperación de las formas
religiosas tradicionales, precisamente en los años en que la ola de la /
secularización avanzó con más fuerza. El retorno de la
religiosidad, observado ya en la década de los setenta y denominado
por algunos autores como fenómeno de la persistencia de la
religión2, se ha producido en primer lugar en el interior de ias
celebraciones litúrgicas, las cuales, como consecuencia en muchos
casos de una aplicación insuficiente de la reforma conciliar; no
nutrían como era de esperar la vida espiritual. Eran muchos los fieles y
los pastores que
junto al descubrimiento
de las realidades centrales del /culto cristiano ansiaban también
interioridad, clima afectivo y oración personal.
En segundo lugar,
la recuperación de las formas religiosas se ha producido
también en el llamado catolicismo popular, especialmente en los
países latinos y en Hispanoamérica. La piedad popular [/
Religiosidad popular], como la denominó Pablo VI en
Un tercer factor
de esta recupera
563
ción ha
sido también el trabajo de muchos sacerdotes y religiosos
empeñados en mantener y en actualizar, entre ellos mismos y en sus
institutos, los principales recursos para fomentar la vida espiritual
recomendados siempre por la iglesia y por el concilio Vat. II (cf PO 18;
PC 6; etc.).
Y por
último, como testimonio de la actualidad de este tema de las relaciones entre
liturgia y devociones, se puede citar el Congreso de Presidentes y
Secretarios de las Comisiones litúrgicas nacionales, celebrado en Roma
en octubre de 1984. En él se habló de la situación de la
pastoral litúrgica en todo el mundo, entre otros grandes temas, y se
dijo lo siguiente: "Mientras en ciertos países o, al menos en algunas
regiones, los ejercicios de piedad han padecido una crisis, a veces
radical, un buen número de respuestas (de las comisiones episcopales)
señalan, por el contrario, el vigor todavía actual de estas
prácticas y su revitalización"\
El tema de las
devociones en relación con la liturgia debe ser tratado en una
perspectiva esencialmente constructiva y pastoral, más allá
de la discusión de lo que es litúrgico o no litúrgico,
objetivo o subjetivo en la piedad. Importa, ante todo, profundizar en las relaciones
positivas entre liturgia y devociones, en las posibilidades de enriquecimiento
mutuo, con vistas a una incidencia eficaz en la vida espiritual de las
comunidades y de los fieles.
II. Liturgia,
devoción y devociones
Para afrontar con
claridad el tema de las devociones, en el que se barajan nociones muy
próximas entre sí, es preciso definir los
Devociones y
liturgia
principales
conceptos que vamos a emplear.
En la iglesia
coexisten, de hecho y de derecho, la / liturgia y las devociones como dos
formas de / culto, cuya diversidad específica suele explicarse en virtud
de la naturaleza de cada una de ellas: la liturgia es el culto
público-oficial, y las devociones constituyen el culto privado. En
consecuencia, la liturgia, fundada en la institución positiva
de Cristo o de la iglesia, entra en el terreno de lo obligatorio, objeto de un
ordenamiento ritual; mientras que las devociones, nacidas en el
área de la libertad de los individuos y de los grupos, han gozado
siempre de mayor autonomía y espontaneidad.
A la primera
forma de culto se la ha llamado también piedad litúrgica, y
a la segunda, piedad privada
o particular,
reconociéndose que en
una y otra han de
estar presentes tanto el elemento objetivo, es decir, el misterio o la
acción de Dios, como el elemento subjetivo, que consiste en la actitud
del hombre o recta disposición del alma. En la primera, el elemento
objetivo convierte a esta forma de piedad en la piedad de la iglesia. En
la segunda, el acento está puesto en la cooperación humana a
la acción de Dios o en la disposición del hombre para la
contemplación. Por tanto, ambas formas de piedad están
íntimamente relacionadas entre sí, aunque se distinguen
realmente, y en la práctica están separadas. Más
aún, ambas formas se influyen mutuamente y se enriquecen entre
sí.
Liturgia y
devociones, o piedad litúrgica y piedad particular, tienen en
común el estar animadas por una sincera y profunda devoción
interior que, según la enseñanza de santo Tomás, recogida
expresamente por la encíclica Mediator Dei, consiste en el acto
principal de la virtud de la religión, por la que los hombres se
orientan debidamente a Dios y se dedican al culto divino: "La devotio es
un acto de la voluntad del que se ofrece a sí mismo a Dios para
servirlo"5. Liturgia y devociones vienen a ser expresión y
manifestación externa de esta única e idéntica devotio.
La liturgia, tal
como la definió el concilio Vat. II, es "el ejercicio del / sacerdocio
de Jesucristo; en ella los / signos sensibles significan y, cada uno a su
manera, realizan la santificación del hombre; y así el cuerpo
místico de Jesucristo, es decir, la cabeza y sus miembros, ejerce el
culto público íntegro" (SC 7). Lo que caracteriza a la
liturgia es la presencia del Señor en ella, en diversos grados o modos,
para llevar a cabo la santificación del hombre y la
glorificación del Padre. En consecuencia, "toda celebración
litúrgica, por ser obra de Cristo sacerdote y de su cuerpo que es la
iglesia, es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia, con el
mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra
acción de la iglesia" (ib).
Las devociones,
llamadas también prácticas de piedad o ejercicios piadosos
(pía exercitia), son actos de oración o prácticas
religiosas que surgieron por iniciativa privada y han adquirido carta de
ciudadanía entre los fieles, mereciendo en muchos casos el
reconocimiento y hasta la recomendación por parte de la autoridad
eclesiástica. "Devociones es, por tanto, una denominación
colectiva de todos los ejercicios de oración y prácticas
religiosas que, si bien no han sido incorporadas a la liturgia, han alcanzado
cierta expresión social y organizativa"6.
Esta
definición limita la noción de devociones a los ejercicios de
piedad propiamente dichos. Por
564
consiguiente, no
se refiere directamente a lo que con frecuencia se llama devoción o
devociones en sentido psicológico o espiritual, y que consiste en las
preferencias personales entre aspectos diversos y concretos de la
espiritualidad. Evidentemente, estas devociones concretas, junto con
la correspondiente concentración psicológica y afectiva en el
objeto o término de la devoción, se nutren y se sustentan en
las prácticas piadosas o ejercicios de piedad7.
III. Liturgia y
devociones en la / historia
Si nos atenemos a
los principios, no hay, no debe haber oposición entre la liturgia y las
devociones. A lo sumo, puede y es bueno que exista una saludable tensión
creadora, que se traduzca en una aproximación mutua y en la
docilidad a la acción del Espíritu, verdadero autor del don de
piedad —la devotio de santo Tomás—, que ha de ser el
alma de toda manifestación cultural, bien sea litúrgica o
piadosa.
La / historia de
la liturgia confirma esta tesis fundamental: al lado de las acciones
litúrgicas han existido siempre devociones privadas y ejercicios
piadosos. Durante los trece primeros siglos se produjo una situación tal
de armonía y coexistencia que no sólo no había problemas
entre liturgia y devociones, sino que éstas se servían de
las plegarias litúrgicas oficiales y la liturgia incorporaba formas populares
de piedad. A partir del s. xiv y hasta nuestros días, este dualismo de
formas cultuales se hace conflictivo y en ocasiones polémico. Por
eso, repasar brevemente y a grandes rasgos la historia de las relaciones entre
la liturgia y las devociones puede ayudarnos a buscar un en565
tendimiento
práctico entre ambas expresiones de la piedad de la iglesia.
1. EN LOS CUATRO
O CINCO PRIMEROS SIGLOS la existencia de los cristianos aparece marcada
por una perfecta síntesis entre la oración personal y la
participación en las asambleas litúrgicas. Siguiendo el ejemplo
de Jesús y de los apóstoles, los primeros cristianos santificaban
el día con los tres momentos de / plegaria personal que habían
heredado del judaismo, si bien la fórmula del Shemá había
sido sustituida por el padrenuestro8. Más tarde, cuando se organiza la
celebración de las horas llamadas legitimae por Tertuliano, la oración
común matutina y la oración común vespertina,
verdaderas acciones litúrgicas, los cristianos dedicaban otros
tres momentos del día a la oración personal, en horas intermedias
—tercia, sexta y nona—, en memoria de
Estas
manifestaciones de piedad cotidiana tenían su culminación,
naturalmente, en la celebración eucarística dominical, es decir,
semanal, ya que en los primeros siglos la eucaristía era celebrada
solamente los / domingos. Las vigilias nocturnas, practicadas por muchos
cristianos privadamente para imitar al Señor (cf Le 6,12), venían
a ser prolongación de la gran noche de pascua, en la que se celebraban
los sacramentos de la / iniciación cristiana. El itinerario penitencial
de la iglesia de los primeros tiempos, aunque muy poco conocido en cuanto
a la celebración litúrgica, estaba también jalonado de
ayunos y otras obras de / penitencia personal.
La liturgia
encontraba continui
Devociones y liturgia
dad en la
plegaria individual y familiar. Esta oración, nutrida por la lectura de
"las memorias de los apóstoles y los escritos de los profetas"
(cf Justino, Apol. I, 67) y por los mismos salmos y otras fórmulas de
plegaria, impregnaba la existencia de los cristianos convirtiéndola
en ofrenda viva, santa y agradable a Dios, culto espiritual (cf Rom 12,1)
insertado en el / sacrificio de Cristo, celebrado cada domingo.
2. CUANDO A
PARTIR DEL S. V se inicia la gran etapa de creatividad eucológica y se
organiza el / año litúrgico, multiplicándose las celebraciones
y respondiendo éstas no sólo a un esquema fijo, sino también
a unos planteamientos teológico-dogmáticos y pastorales,
puede decirse que se mantiene fundamentalmente la misma situación
de los siglos anteriores en cuanto a la continuidad entre la oración
privada y la oración litúrgica. Más aún, hay
indicios suficientes para observar un curiosísimo proceso de
incorporación a la liturgia de elementos de clara procedencia religiosa
y popular. El culto a los mártires, la dedicación de templos a la
madre de Dios, la liturgia de la mayor parte de las fiestas, especialmente
de la semana santa, tienen mucho que ver con la atmósfera espiritual en
la que vivían aquellos cristianos, e incluso con las circunstancias
de los mismos lugares donde debían celebrar. Piénsese, por
ejemplo, en el testimonio del diario de Egeria (año 381-384) sobre la
liturgia de Jerusalén, donde lo que hoy llamamos piedad popular
está tan fuertemente unido a lo litúrgico.
Un
fenómeno análogo puede observarse, pero ya con más pruebas
y datos, cuando, desde el s. yin, los /libros litúrgicos romanos inician
su penetración en Europa. Los pueblos franco-germánicos, acostumbrados
a la exuberancia de la liturgia galicana, debieron considerar demasiado
austera y extraña para su mentalidad la liturgia romana, que hasta
entonces se había mantenido dentro de unos límites de rigurosa
sencillez y objetividad. Se produce entonces una curiosa mezcla de elementos
simbólicos, dramáticos y populares con los sobrios ritos llegados
de Roma. Las plegarias se cargan de emotividad, y se componen, para ser
introducidas en la liturgia de la misa, oraciones privadas de
petición de perdón, que debían recitar en voz baja el
sacerdote y los ministros. Se trata de las famosas apologías.
3. HASTA EL S.
XIV. Hasta ese momento no se ha producido aún el dualismo en la piedad:
liturgia por un lado, devociones por otro. En realidad, esta hibridación
de ritos hizo que el pueblo sintiera como suya la liturgia. Sin embargo, el
factor que más había contribuido a mantener la unidad entre
lo litúrgico y lo popular había sido la lengua latina. Por eso,
cuando empiezan a aparecer las lenguas romances o germánicas, y el
latín, como lengua culta, es conocido solamente por el clero, se inicia
una peligrosa ruptura entre la liturgia y el pueblo. El latín pasa a
convertirse en la / lengua sagrada que envuelve el misterio.
El clero y
quienes debían instruir al pueblo pasan muchas horas del día en
el coro, ya que la legislación carolingia había impuesto la celebración
completa y solemne del oficio divino en todas las iglesias. La liturgia aparece
como una tarea reservada exclusivamente a clérigos y monjes, cada
día más alejada e incomprensible para el pueblo.
La situación
se salvó gracias a las
566
órdenes
mendicantes, especialmente franciscanos y dominicos, que intentaron y en
gran medida lograron una cristianización del mundo popular. El
pueblo llano encontró en la espiritualidad de los hijos de san Francisco
una forma de piedad nueva, sumamente concreta y atrayente, polarizada en
la humanidad de Jesús y en los sentimientos humanos que podía
suscitar. Surgen la devoción al niño Jesús, la
contemplación de la pasión, la mística de los estigmas.
Por su parte, los dominicos promovieron también unas formas populares de
piedad, como el rosario; pero su influjo en la espiritualidad se caracterizó
por su elevado intelectualismo.
Las
características de este nuevo estilo de piedad son lo concreto, la
intensidad del sentimiento y la inmediatez de la expresión, la reducción
y separación de los misterios, los acentos puestos en la
compasión y en la expiación. Se ha quebrado la dimensión
sacramental de la piedad cristiana antigua. Incluso la
participación eucarística se hizo cada vez menos frecuente,
siendo sustituida por el afán de contemplar y adorar las sagradas
especies durante la misma celebración de la misa. La / Virgen
María es vista dentro de esta misma relación con lo
concreto, es decir, ante todo como abogada y autora de favores, justamente
porque sus sufrimientos en la infancia de Jesús y en su pasión la
han hecho más sensible a las miserias humanas. Los santos son venerados
como patronos e intercesores de bienes de todo tipo.
A pesar de los
esfuerzos de los monjes de Cluny y del Císter, fieles al tipo de piedad
bíblica y litúrgica de la época antigua, por purificar la
liturgia de toda adherencia dudosa y por hacerla más sobria, su obra 567
estaba demasiado
ligada a la estructura social del feudalismo agonizante para poder
ejercer una influencia con garantías de continuidad y
pervivencia. Por otra parte, la renovación de la liturgia servía
de muy poco a causa del arraigo que tenían en el pueblo aquellas
devociones que nacieron y se desarrollaron como consecuencia de la
pérdida de valor y de eficacia de la liturgia en la vida espiritual.
Sin embargo es
preciso reconocer, ante la decadencia litúrgica de la baja edad
media, que si a los hombres de esta época no se les hubiesen ofrecido
aquellas devociones, difícilmente se habrían mantenido
fieles, y lo más seguro es que hubieran dejado de ser cristianos.
4. EN LAS
POSTRIMERÍAS DEL S. XIV aparece la devotio moderna, movimiento de gran
importancia espiritual, a pesar de su incidencia negativa en el campo litúrgico
">. La devotio moderna significa una reacción frente a un
culto en el que sólo parece contar el aspecto formal y externo y a unas
prácticas devocionales que empezaban a caer en el mismo defecto de
la liturgia, es decir, en la reiteración casi mecánica de
unos actos y plegarias cuya eficacia parecía basarse en la fidelidad
material con que se ejecutaban.
La devotio
moderna buscó un ideal de vida interior fundada en la piedad individual
y con independencia de los medios externos de santificación. La
devotio es un obsequio interior a Dios, de amor hacia él, que se
traduce hacia fuera en la austeridad y sencillez de vida, y hacia dentro en la
llamada plegaria del corazón. En la práctica, no se
rechazaron los actos litúrgicos ni los ejercicios de piedad, pero se
procuraba cumplir con la materialidad de los ritos y de las
fórmulas atendiendo, ante todo, a la^ realizaDevociones y liturgia
ción de la
plegaria interior. Así, por ejemplo, se recomendaba la asistencia
diaria a la santa misa, pero en silencio, concentrada la mente no en lo que iba
diciendo el sacerdote, sino en la meditación. Durante el oficio divino
la mente debía estar siempre ocupada en Dios, no siguiendo la
salmodia, sino meditando atentamente durante ella ".
La devotio moderna
no tuvo como meta la renovación de la liturgia ni de los ejercicios
piadosos, sino llenar el terrible vacío producido por la falta de
una verdadera plegaria. De cara a la liturgia, la devotio moderna,
lejos de devolverle su alma, lo que hizo fue sobrecargarla de elementos extraños
a su naturaleza y significado. Se valoró la oficialidad del culto
litúrgico, pero el esfuerzo pastoral se dirigió hacia la
oración devota o meditación. El resultado fue una
fosilización mayor de la liturgia, atrapada desde ese momento y en los
siglos sucesivos por la rigidez y minuciosidad de un ceremonial que
parecía serlo todo en el culto. Al lado de la liturgia, las devociones,
más cercanas a la lengua y a la sensibilidad del pueblo, adolecen de
idéntico formalismo externo. En la práctica, ha quedado
consagrado el dualismo cultual de la liturgia y de las devociones sin
posibilidad de una verdadera renovación de una y otras.
5. DESPUÉS
DE
Corpus Christi.
A mediados del s.
XVII y durante todo el xviii, primero en Francia y más tarde en otros
países, surgen las primeras polémicas antidevocionales, protagonizadas
por los seguidores del jansenismo y por los ilustrados. Los intentos de
eminentes liturgistas, como Ludovico A. Muratori, por depurar el devocionalismo
de la época y acercar el pueblo a la misa mediante traducciones del
misal, se ven reducidos a la nada12. También el sínodo de
Pistoia, condenado en 1794, había pretendido efectuar una serie de
reformas en la liturgia, tendentes a dar al pueblo una mayor participación
en la santa misa y en la plegaria pública de la iglesia'-'.
6. EN EL S. xx.
Cuando el / movimiento litúrgico sale a la luz pública, comenzado
el s. xx, con el ambicioso proyecto de implicar a todo el pueblo en una
renovación espiritual que tuviese su fuente y su centro en la liturgia,
surge de nuevo la polémica sobre las devociones. Esta vez se
pretendía establecer las relaciones existentes entre éstas y la
liturgia. La polémica demostró hasta qué punto se
temía que el espíritu litúrgico sacrifícase la oración
privada en aras de la oración comunitaria y desapareciesen los ejercicios
de piedad, principal y casi único alimento espiritual del pueblo devoto.
A pesar del apoyo explícito que los papas prestaron al movimiento
litúrgico, comenzando por san Pío X, que recomienda la 568
comunión
frecuente y abre para los niños la posibilidad de participar desde el
uso de razón en la penitencia y en la eucaristía, eran
muchos los que no comprendían la importancia de la liturgia en la
vida cristiana.
La desconfianza y
el recelo entre liturgistas y defensores de la piedad privada aparecen
reflejados en la encíclica Mediator Dei, de Pío XII. El
documento, como se verá en seguida, se ocupó de restablecer el
equilibrio y la paz entre ambas posiciones, mostrando la unidad esencial entre
la liturgia y las restantes formas de piedad cristiana.
Hasta aquí
este repaso, a grandes rasgos, de la historia de las relaciones entre
liturgia y devociones. No es fácil hacer un balance de estas relaciones,
dado que el fenómeno es muy complejo. Lo que parece claro es que, cuando
la vida litúrgica era vigorosa, no sólo no había conflicto
entre ésta y las formas privadas de piedad, sino que existía
incluso una apertura mayor por parte de la liturgia para integrar elementos
populares más acordes con la sensibilidad religiosa del pueblo. Por
el contrario, cuando la vida litúrgica se encontraba en decadencia o
reducida a un ritualismo inerte y descarnado, los fieles y el mismo
clero tenían que buscar en las devociones o en la meditación
devota lo que no encontraban en los actos litúrgicos.
El problema
radica en la liturgia, en primer lugar: desde la baja edad media se echaba en
falta una renovación de la liturgia que se asentase sobre bases
teológicas [/ Teología litúrgica], y no sólo
jurídicas, de lo que es el / culto cristiano'". Pero también
las devociones constituían en sí un problema: muchas de ellas
habían surgido como un. sucedáneo de la liturgia; y si alcanzaron
tanta influencia en el pueblo cristiano, se debió en gran parte al
vacío dejado 569
por la fuente
primera de la espiritualidad de la iglesia. Las devociones
tenían la ventaja de estar más cerca del pueblo: por eso su
influjo era positivo o negativo en la medida en que fuesen
auténticas desde el punto de vista de la verdad del culto cristiano, que
es ante todo interior y espiritual (cf Jn 14,23). Cuando estas devociones se
convertían en actos meramente externos o, peor aún, cuando
se situaban al margen de las realidades salvíficas centrales,
corrían el peligro de degenerar en verdaderos fenómenos que
muy poco o nada tenían de religiosidad.
Las devociones no
pueden ser condenadas o rechazadas en bloque; tampoco canonizadas a priori
ni puestas por encima o en el lugar de la liturgia. El dualismo cultual es un
hecho de la vida de la iglesia, y su legitimidad viene avalada por el curso
mismo de la historia del culto cristiano. Se impone, pues, un trabajo de
discernimiento y de ahondamiento en las causas que generan cada
fenómeno histórico. Es preciso, sobre todo, estar atentos a
la acción del Espíritu, que sopla donde quiere (cf Jn 3,8),
y juzgar los diferentes hechos de la historia de la liturgia o de la
espiritualidad no según nuestras ideas o actitudes actuales, sino por
los frutos que produjeron (cf Mt 7,16-18).
El problema de la
liturgia y las devociones nunca ha podido ser resuelto desde planteamientos de
antagonismo o de oposición entre ambas formas legítimas de
piedad, sino desde el encuentro de una y otra forma cultual en la verdadera y
única devotio cristiana.
IV. Los
documentos del magisterio
Dejando a un lado
los documentos de san Pío X —el motu proprio Devociones y
liturgia
Tra le
sollecitudini, de 3-XI-1903— y de Pío XI —la
constitución apostólica Divini cultus, de 20-XII1928—,
para ocuparnos de los más cercanos a nosotros, vamos a comenzar por
la encíclica Mediator Dei hasta llegar a algunos documentos del
posconcilio. Nos centramos únicamente en el magisterio pontificio y
del Vat. II por razones de espacio. Sin embargo, existen también
importantes aportaciones del magisterio episcopal que conviene conocer
también ".
1.
En este contexto
deben entenderse las enseñanzas de
En efecto, en la
primera parte de la encíclica el papa trata expresamente de la
liturgia como culto interno y externo, analizando las nuevas teorías
sobre la piedad objetiva y subjetiva. Pío XII reconoce la
distinción entre una y otra y valora positivamente los principios en que
se asientan, pero rechaza la conclusión de que toda piedad cristiana
deba consistir tan sólo en la primera (cf MD 43). Por tanto, la piedad
objetiva no puede valorarse exclusivamente ni practicarse hasta el extremo
de eliminar los otros actos religiosos no estrictamente litúrgicos.
Una y otra forma de piedad se completan mutuamente, de tal manera que esta
armonía resulta beneficiosa para todos los miembros de la iglesia.
De hecho,
"la acción privada y el esfuerzo ascético dirigido a la purificación
del alma estimulan las energías de los fieles y les disponen a
participar más aptamente en el sacrificio augusto del altar, a recibir
los sacramentos con más fruto y a celebrar los ritos sagrados de modo
que salgan de ellos más animados y formados en la oración y en la
abnegación cristiana" (MD 49).
"Sin duda
—concluye el papa—, la plegaria litúrgica, siendo como es
oración pública de la esposa santa de Jesucristo, tiene mayor
dignidad que las oraciones privadas; pero esta superioridad no quiere decir que
entre los dos géneros de oración haya ningún
contraste u oposición. Pues estando animadas de un mismo
espíritu, las dos se funden y se armonizan, según aquello: 'porque
Cristo lo es todo en todos' (Col 3,11), y tienden al mismo fin: a formar a
Cristo en nosotros (cf Gal
4,19)" (MD
52).
En la cuarta
parte de la encíclica, al exponer las consecuencias prácticas
de la doctrina desarrollada antes, Pío XII dedica un apartado a las
formas no litúrgicas de piedad. Estas formas no solamente son dignas de
ser alabadas, sino del
570
todo necesarias
(cf MD 45; 222). De ahí que sea preciso fomentar los ejercicios de
piedad tanto entre el clero y los religiosos como entre los seglares,
especialmente entre los que pertenecen a asociaciones apostólicas
(cf MD 220-222). Estas afirmaciones de la encíclica fueron objeto de una
interpretación autorizada en una carta del santo Oficio, de
noviembre de 1948, dirigida al obispo de Salzburgo, en el sentido de que era
reprochable la opinión acerca de la no obligatoriedad de los actos de
piedad no litúrgica. Dichos actos, recordaba la carta, son no
sólo loables, sino necesarios ".
La
encíclica menciona dos grupos de ejercicios de piedad en
relación con la liturgia: unos, cuyo objeto está tomado de la
misma liturgia, como las devociones eucaristías, los actos
penitenciales, las devociones a los misterios de Cristo, las devociones
marianas y las devociones a los santos; otros, que miran más
directamente a la ejercitación individual en la vida espiritual,
como los ejercicios espirituales, la meditación y el retiro espiritual.
Los primeros,
"si bien en rigor no pertenecen a la sagrada liturgia, revisten particular
dignidad e importancia, de forma que pueden ser considerados como
incluidos de alguna manera en el ordenamiento litúrgico y gozan de
repetidas aprobaciones y alabanzas de la sede apostólica y de los
obispos" (MD 225). Estos ejercicios de piedad "contribuyen con frutos
saludables a nuestra participación en el culto litúrgico"
(MD 226), y aunque no son reducibles a puros esquemas litúrgicos,
"es necesario, sin embargo, que el espíritu de la sagrada
liturgia y sus normas influyan benéficamente sobre ellos, para
evitar
571
que en ellos se
introduzca algo inútil o indigno del decoro de la casa de Dios o en
detrimento de las sagradas funciones, o sea contrario a la sana piedad"
(MD 227).
En cuanto a los
segundos, "infunden intensamente en los fieles la vida espiritual,
los disponen a participar en las sagradas funciones con mayor fruto y evitan el
peligro de que las oraciones litúrgicas se reduzcan a un vano
ritualismo" (MD 219; cf 222 y 224).
Pío XII
quiso poner de manifiesto no sólo el derecho a que coexistieran
en la iglesia liturgia y devociones, sino también la coincidencia
de una y otra forma cultual en la verdadera y única piedad, la devotio,
como acto principal de la religión según el Doctor
Angélico (cf MD 46). Más aún, utilizando el lenguaje
bíblico, ambas formas son obra del Espíritu Santo, que enriquece
a la iglesia con diversidad de dones y carismas:
"En la
iglesia terrena, como en la celestial, hay muchas moradas (Jn 14,2), de modo
que la ascética no puede ser monopolio de nadie. Uno solo es el
Espíritu, que, sin embargo, sopla donde quiere (Jn 3,8), y con
diversos dones y por diversos caminos dirige a las almas iluminadas por
él a la consecución de la santidad" (MD 223).
Devociones y
liturgia
2.
"Las
acciones litúrgicas son aquellos actos sagrados que, por
institución de Jesucristo o de la iglesia y en su nombre, son realizados
por personas legítimamente designadas para este fin, en conformidad
con los libros litúrgicos aprobados por
ja, se llaman
ejercicios piadosos" (Instr. n. 1).
Por tanto, la
norma próxima que distingue a los actos litúrgicos de los
ejercicios piadosos es su inserción o no en los libros
litúrgicos oficiales. Es decir, el criterio es únicamente
jurídico, aun cuando se alude también a la institución por
Cristo o por la iglesia de los actos litúrgicos. Ahora bien, todos estos
criterios dependen de una visión de la liturgia que es a todas luces
incompleta, sobre todo si tomamos en consideración la noción del
/ culto cristiano que nos ha ofrecido el Vat. II20. Esta noción se
refleja en el actual Código de derecho canónico, el cual ya no
habla de libros litúrgicos, sino de actos aprobados por la autoridad de
la iglesia, cuando se ocupa de la función de santificar de la iglesia
(cí can. 834). Asimismo, apoyándose en SC 105, el nuevo
código menciona otros medios de santifica
Devociones y
liturgia
ción que
son los actos no litúrgicos (cf can. 839).
Resulta, no
obstante, muy valiosa la indicación de la instrucción de
1958 de que no se mezclen o superpongan actos litúrgicos y
ejercicios piadosos (n. 12).
3.
De cara al tema
que nos ocupa, el concilio no se limita a reconocer la existencia de las dos
formas cultuales de la piedad cristiana, sino que introduce elementos nuevos
de enfoque y comprensión de las relaciones entre liturgia y devociones.
Ya no se parte, como sucede en
572
En este contexto,
los ejercicios de piedad, aunque distintos de las acciones litúrgicas,
tienen idéntica finalidad santificadora y consagratoria de toda la
existencia de los creyentes. Por tanto, los vínculos entre la liturgia y
las devociones han de ser muy fuertes, hasta el punto de poderse hablar de
verdadera continuidad, de influjo mutuo y de armonía profunda. Los
ejercicios piadosos aparecen como prolongación de las
celebraciones, si no en el aspecto sacramental y objetivo de la acción
litúrgica, al menos en cuanto a las actitudes de fe, de alabanza, de
súplica, etc., vividas durante la celebración.
Ahora bien, la
enseñanza en concreto del concilio sobre liturgia y devociones se
condensa en los siguientes puntos:
a) Reconocimiento
de la variedad y legitimidad de las formas religiosas de acuerdo con las
peculiaridades de cada pueblo:
"La iglesia
no pretende imponer una rígida uniformidad en aquello que no afecta a la
fe o al bien de toda la comunidad, ni siquiera en la liturgia; por el contrario,
respeta y promueve el genio y las cualidades peculiares de las distintas razas
y pueblos. Estudia con simpatía y, si puede, conserva íntegro lo
que en las costumbres de los pueblos encuentra que no esté
indisolublemente vinculado a supersticiones y errores, y aun a veces lo
acepta en la misma liturgia, con tal que se pueda armonizar con su verdadero y
auténtico espíritu" (SC 37).
Aunque el texto
se refiere directamente a la adaptación de la liturgia a la
mentalidad de los pueblos, especialmente a los que son evangelizados por
primera vez (cf SC 38), sin embargo se sienta un principio de extraordinaria
importancia incluso para las formas no
573
litúrgicas
de piedad. La iglesia, que se hace en el concilio solidaria y respetuosa de las
tradiciones culturales y religiosas de todos los pueblos (cf GS 53; 58; AG
10), ha de estar abierta para acoger y potenciar toda forma cultual
popular
o privada que
pueda contribuir a elevar al hombre a Dios. Análogo proceso tuvo lugar
en los mejores tiempos de la creatividad litúrgica, como hemos visto
antes.
b) Reconocimiento
del valor de las formas devocionales. El Vat. II es consciente de que la
liturgia, aunque es culminación y fuente (cf SC 10), "no agota toda
la actividad de la iglesia" (SC 9); y de que la participación
activa, consciente y plena "no abarca toda la vida espiritual"
(SC 12). Por eso "se recomiendan encarecidamente los ejercicios piadosos
del pueblo cristiano, con tal que sean conformes a las leyes y a las
normas de la iglesia, en particular si se hacen por mandato de la sede
apostólica" (SC 13).
El concilio alaba
también aquellas prácticas religiosas propias de las
iglesias particulares que han sido sancionadas por la costumbre
o se encuentran
en libros legítimamente aprobados y han sido mandadas por los
obispos (cf SC 13). Todas estas indicaciones confieren a este tipo de
prácticas piadosas un valor muy especial que las aproxima a la
liturgia y casi las convierte en manifestaciones de liturgia particular o
local.
Por otra parte, los
ejercicios de piedad reconocidos por SC 13 tienen la función de
contribuir a la formación cristiana de los fieles en unión con
otros medios, como el litúrgico o las fiestas:
"En diversos
tiempos del año, de acuerdo con las instituciones tradicionales, la
iglesia completa la
Devociones y
liturgia
formación
de los fieles por medio de ejercicios de piedad espirituales y corporales, de
la instrucción, de la plegaria y las obras de penitencia y
misericordia" (SC 105).
c) Centralidad
del misterio de Cristo en la espiritualidad cristiana.
Cuando el
concilio habla de la santidad de la iglesia y de la santificación
de los hombres, sitúa a Cristo en el centro de la vocación y de
la aspiración de todos los discípulos (cf LG 40). En
consecuencia, la liturgia, en la que Cristo está presente para realizar
la obra de la salvación, tiene que ocupar también un puesto
central en el camino espiritual de todo cristiano. Esto no significa
excluir los restantes medios, sino, todo lo contrario, supone
integrarlos en una escala en la que el misterio de Cristo y de la iglesia, que
no son otra cosa que un misterio de encuentro y de comunión entre
Dios y el hombre, sea la referencia fundamental. La liturgia tiene como
núcleo el misterio de Cristo, y su función de santificación
y de culto pone de manifiesto la naturaleza misma de la iglesia, humana y
divina, visible e invisible, dada a la acción y entregada a la
contemplación (cf SC 2). En consecuencia:
"La liturgia
es la cumbre a la cual tiende la actividad de la iglesia y, al mismo tiempo, la
fuente de donde mana toda su fuerza... Por tanto, de la liturgia, sobre todo de
la eucaristía, mana hacia nosotros la gracia como de su fuente, y se
obtiene con la máxima eficacia aquella santificación de los hombres
en Cristo y aquella glorificación de Dios, a la cual las
demás obras de la iglesia tienden como a su fin" (SC 10).
d) Los ejercicios
de piedad deben guardar estrecha relación con la liturgia. Lo pide,
en primer lu
Devociones y
liturgia
gar, el valor que
los ejercicios de piedad tienen en la vida cristiana, a la que contribuye a
santificar y a convertir en ofrenda espiritual en unión con el
sacrificio de Cristo (cf
SC 12).
También lo exige la eficacia de estos ejercicios en orden a preparar
a los fieles para la participación plena y fructuosa en las celebraciones,
ya que es necesario acercarse a la liturgia con recta disposición de
ánimo para no recibir en vano la gracia de Dios (cf SC 11). En la
práctica, la relación entre la liturgia y los ejercicios piadosos
requiere que éstos "se organicen teniendo en cuenta los tiempos
litúrgicos, de modo que vayan de acuerdo con la sagrada liturgia, en
cierto modo deriven de ella, y a ella conduzcan al pueblo, ya que la liturgia,
por su naturaleza, está muy por encima de ellos" (SC 13).
Los ejercicios de
piedad, por consiguiente, son presentados en su verdadero valor, no como un
sucedáneo de la liturgia ni como un añadido o un recurso
pastoral más fácil, sino como un potencial prelitúrgico
y paralitúrgico, sobre todo si se realizan de acuerdo con las
disposiciones de la iglesia. A partir de la unidad del culto cristiano, los
ejercicios piadosos, que tienen también al pueblo de Dios como
sujeto y actor (cf LG 10-11), nunca son una concesión a los fieles, como
si se les considerase menores de edad, sino un complemento exigido por la
liturgia misma.
Por otra parte,
no se puede olvidar que, por muy perfecta y adaptada que sea la
liturgia a la mentalidad y al genio / cultural y espiritual de cada pueblo
—en esto siempre tiene que haber límites exigidos por la
universalidad y por la misma unidad ritual (cf SC 22; 23; 40)—, aun
así siempre quedará un margen para otras manifestaciones de la
vida espiritual no litúrgicas, más
574
espontáneas
y personales, que mantengan con la liturgia una sana tensión y una
justa armonía como preparación, resonancia y complemento de
la participación litúrgica.
En todos estos
textos el concilio ha querido insistir en la unidad y coherencia de todas las
formas y medios de piedad. Si el misterio de Cristo y de la iglesia ha de ser
vivido, celebrado, actualizado y asimilado en la existencia de todo cristiano,
es evidente que no puede haber ruptura, y menos oposición, entre las dos
principales formas, la liturgia y las devociones, de ordenar toda la vida
hacia Dios.
Ahora bien,
unidad y coherencia no quieren decir confusión; porque ni todo eS ni ha
de ser liturgia, ni todo puede ni debe ser plegaria comunitaria. Junto a la oración
en común está la oración en el secreto de lo escondido,
según el mandato del Señor (cf Mt 6,6; SC 12). Se impone, por
tanto, la distinción y el equilibrio entre los actos sacramentales
y litúrgicos y los ejercicios de piedad. El concilio, en la línea
de
4.
575
minosos en este
tema de la liturgia y las devociones. Uno es la instrucción
Eucharisticum mysterium, y otro es
En concreto, las
normas de
g). Tal es la
razón de que la instrucción ofrezca al principio un
guión de los principales puntos de la doctrina eucarística
(cf EM 3).
Teniendo en
cuenta este enfoque general, las recomendaciones de
Devociones y
liturgia
a) En primer
lugar, la / catequesis del pueblo cristiano "debe tender a inculcar
en los fieles que la celebración de la eucaristía es verdaderamente
el centro de toda la vida cristiana, tanto para la iglesia universal como para
las comunidades locales de la misma iglesia" (EM 6). La
espiritualidad eucarística postridentina se centró en el
tabernáculo y en las procesiones eucarísticas. Después de
san Pío X se puso el acento en la comunión frecuente. El /
movimiento litúrgico contribuyó a que se recuperase la /
participación activa en la celebración de la misa.
Finalmente, el Vat. II hace la síntesis de todos estos aspectos, y
b) El culto
eucarístico fuera de la misa es contemplado por EM 3, e, f, g, como
derivado de la celebración y, a la vez, conducente a ella. La
legitimidad, utilidad y deber del culto a la eucaristía fuera de la misa
se afirman con estas palabras:
"La iglesia
recomienda con empeño la devoción privada y pública
al sacramento del altar, aun fuera de la misa, de acuerdo con las normas
establecidas por la autoridad competente y en la presente
instrucción, pues el sacrificio eucarístico es la fuente y
el punto culminante de toda la vida cristiana. En la organización
de tales piadosos y santos ejercicios ténganse en cuenta las normas
establecidas por el concilio Vat. II sobre la relación que hay que
guardar entre la liturgia y las otras acciones sagradas que no pertenecen
a ella" (EM 58).
Por tanto, se
recomienda explícitamente la puesta en práctica de las
orientaciones de SC 13 que ya conocemos.
c) Al mencionar
en concreto las diversas formas de piedad eucarística, la
instrucción quiere conservar intacta la contribución medieval y
postridentina al culto de la eucaristía, si bien redimensionando
esta contribución en el cuadro general de la primacía de la
celebración eucarística:
La oración ante el
santísimo: EM 49-51.
La situación del lugar de la
reserva eucarística: EM 52-57.
Las procesiones eucarísticas:
EM59.
La exposición del
santísimo: EM 60-66.
Los congresos eucarísticos:
EM 67.
Las normas de la
instrucción han sido recogidas en el Ritual de la sagrada
comunión y del culto a
La
instrucción, por tanto, se ocupa conjuntamente de los actos
litúrgicos y de los ejercicios piadosos relacionados con el culto
eucarístico. Más aún, cuando habla expresamente
de ejercicios de piedad, procura también dejar muy clara la dependencia
y la orientación de éstos hacia la celebración de la misa.
Por ejemplo, al tratar de la oración privada ante el santísimo
sacramento (EM 50) y al mencionar los congresos eucarísticos (EM 67).
Incluso en un lugar, aludiendo a los ejercicios espirituales y a otras formas
de convivencia religiosa, invita a que se organicen de tal manera que
culminen en la celebración eucarística (EM 30).
En todos estos
casos es evidente la distinción entre ejercicios piadosos y
acción litúrgica. Sin embargo,
576
esta distinción
no está tan clara cuando se trata de la exposición del
santísimo o de las procesiones eucarísticas. Probablemente,
aquí no existe ya la frontera que separa una y otra forma de culto.
Del espíritu y hasta de la letra de la instrucción parece
deducirse que la exposición y las procesiones del santísimo son
consideradas como actos litúrgicos. Esto explicaría, por ejemplo,
la insistencia en que durante la exposición las preces se dirijan a
Cristo (EM 62), o que la exposición y la procesión
eucarísticas sigan a la misa, omitiéndose el rito de
despedida (Ritual cit., nn. 94 y 103), ya que la bendición con el
santísimo cumple perfectamente con la finalidad de clausurar la
celebración.
5.
577
la piedad
mariana, o sea, el culto no litúrgico. Y la tercera parte
contiene indicaciones sobre dos grandes ejercicios de piedad: el ángelus
y el santo rosario.
Más
concretamente, Pablo VI señala cuatro características
teológicas, que son inherentes a todo acto cultual, sea o no
litúrgico; pues, como dice
o como se dice en
la liturgia, culto al Padre, por Cristo, en el Espíritu" (MC 25).
Estas características o notas son las siguientes:
a) Nota
trinitaria, que consiste en que toda forma de culto o de devoción
confluya en Cristo, se centre en su persona y, por medio de él, termine
en el Padre bajo la acción del / Espíritu Santo.
19
Devociones y
liturgia
reconocimiento de
la dignidad sobreeminente de Cristo, cabeza y mediador (cf Col 1,15-20).
b) En esto
último consiste la nota cristológica de la piedad mariana.
Para demostrar la íntima y especial conexión de
c) Nota
pneumatológica, es decir, que el culto a
d) La
última característica es la nota eclesiológica, la cual
apunta al puesto y al papel que María tiene respecto de la
comunidad'cristiana, "el más alto y a la vez el más
próximo después de Cristo" (cf LG 54). De aquí se
derivan unas relaciones de amor, intercesión y de comunión
entre la iglesia y la que es su imagen escatológica (cf LG 59; 63).
Después de
haber descrito estas características que deben tener todos los
actos de culto en honor de
o crear
ejercicios y prácticas de piedad" (MC 29). Son las orienta
ciones
bíblica, litúrgica, ecuménica y antropológica.
Conviene recordarlas brevemente:
e)
Orientación bíblica. Toda forma de culto ha de llevar el sello de
la inspiración en la biblia como libro base de la espiritualidad cristiana
(cf DV 25; SC 24; 35). De la biblia han de tomarse textos, fórmulas,
cantos, imágenes, símbolos, etcétera. Pero lo que importa,
sobre todo, es que el culto a
f)
Orientación litúrgica. Significa llevar a la práctica
lo señalado por SC 13 (cf MC 31). Sin embargo, el papa reconoce que
es una tarea no fácil de llevar a la práctica. Por eso alude a
dos situaciones extremas que deben evitarse: la primera es despreciar y
suprimir las prácticas piadosas recomendadas por la iglesia; la segunda,
unir al mismo tiempo actos litúrgicos y ejercicios de piedad.
Si lo primero
tiene como consecuencia crear un vacío difícil de llenar, lo
segundo contribuye aún más a confundir al pueblo. El concilio
Vat. II, en SC 13, hablaba de armonizar liturgia y ejercicios de piedad,
no de suprimir éstos en nombre de aquélla. "Una clara
acción pastoral debe, por una parte, distinguir y subrayar la
naturaleza propia de los actos litúrgicos y, por otra, valorar los
ejercicios piadosos para adaptarlos a las ne578
cesidades de cada
comunidad ecle
sial y hacerlos
auxiliares válidos de
la liturgia"
(MC 31).
En este sentido
deben entenderse
las alusiones del
papa Pablo VI a
"toda falsa
exageración de conte
nidos o de
formas" en la piedad
mariana, y a
"la vana credulidad
que sustituye al
empeño serio con
la fácil
aplicación a prácticas exter
nas y el pasajero
y estéril movi
miento del
sentimiento" (MC 38),
situaciones y
actitudes que han de
evitarse en toda
forma devocional
mariana. Para
ello
prestar
atención a la revelación y al
magisterio de la
iglesia, al adecua
do encuadramiento
histórico y a la
eliminación
de todo lo manifiesta
mente legendario
o falso.
g)
Orientación ecuménica: Supone contemplar la
contribución que la piedad mariana puede prestar al camino del /
ecumenismo. No se trata solamente de "evitar con cuidado toda clase de
exageraciones que puedan inducir a error a los demás cristianos
acerca de la verdadera doctrina de la iglesia católica" (MC 32),
sino de reproducir ésta en la práctica de tal manera que
favorezca verdaderamente a la causa de la unidad.
h)
Orientación / antropológica. Invita a prestar la debida
atención a "las adquisiciones seguras y comprobadas de las
ciencias humanas", para que no se produzcan divergencias entre
éstas y el culto a
579
realidad de la
persona de la madre del Señor, venerada por la iglesia
no tanto por el
entorno en el que vivió, sino por su exquisita fidelidad a Dios y
por la singularidad y grandeza de su existencia. Por tanto, la piedad mariana
no puede identificarse con esquemas culturales representativos de otras
épocas, ni con las concepciones particulares adyacentes en ellas. La
historia del culto a María demuestra cómo la iglesia ha dejado
que cada época configure sus propias preferencias y gustos, pero sin
vincularse a ninguna manifestación o expresión determinada.
La última
parte de
Respecto del
ángelus, Pablo VI subraya su carácter bíblico e
histórico (evangélico) y su -ritmo casi litúrgico,
que santifica los tres momentos centrales de la jornada: la mañana,
el mediodía y la tarde. En cuanto al rosario, alguno de estos aspectos
es aún más evidente. En primer lugar, la memoria y contemplación
de los misterios de Cristo de forma gradual y progresiva —como en el
año litúrgico—, siguiendo el primitivo anuncio de la
fe. En segundo lugar, por la perfecta conjunción de la mente con la
voz, ideal de toda oración litúrgica (cf SC 90). Y, por
último, a causa del ritmo sosegado y tranquilo, que permite integrar la
contemplación en la plegaria comunitaria.
Devociones y
liturgia
Pablo VI llama al
rosario "vastago germinado sobre el tronco secular de la
liturgia cristiana", "salterio de
"Toda
expresión de oración resulta tanto más fecunda cuanto
más conserva su verdadera naturaleza y fisonomía. Confirmado,
pues, el valor preeminente de las acciones litúrgicas, no será
difícil reconocer que el rosario es un piadoso ejercicio que se
armoniza fácilmente con la sagrada liturgia. En efecto, como la
liturgia, tiene una índole comunitaria, se nutre de
La diferencia
esencial entre la acción litúrgica y el ejercicio piadoso,
en este ejemplo típico del rosario, radica, según
V. Consecuencias
prácticas y sugerencias pastorales
La vida espiritual ha de ser unitaria e
integradora, porque una sola es también la devotio christiana o la
piedad de la iglesia, aunque se exprese y se realice en el dualismo
cultual representado por la liturgia y las devociones. Es la vida entera de los
creyentes, e incluso de las comunidades, la que está llamada a ser
culto al Padre en espíritu y en verdad (cf Jn 4,23).
La liturgia, aun cuando en ella predomina
el elemento objetivo —el / misterio de Cristo y de la iglesia—, no
pretende ser la única forma de piedad eclesial. Más aún,
para realizar su misión de santificación del hombre y de
culto a Dios (cf SC 7), ha de cuidar también los elementos subjetivos de
la participación personal e interior. En este sentido ha de haber
continuidad entre la oración privada y la plegaria común y
eclesial. El mismo Espíritu anima una y otra e infunde la única
devotio, alma de toda acción cultual o piadosa.
La distinción entre liturgia y
devociones, o entre actos litúrgicos y ejercicios de piedad, se basa no
solamente en razones jurídicas, sino también en principios
teológicos, de
580
acuerdo con la
naturaleza de cada forma cultual. De ahí que acciones litúrgicas
y ejercicios piadosos tengan su propio modo y circunstancias de
realización, no debiendo mezclarse entre sí. Tampoco es bueno ni
oportuno pastoralmente modificar la estructura y las leyes propias de cada uno
de estos actos y ejercicios, de modo particular en el caso de los ejercicios
piadosos que cuentan ya con una larga tradición popular e incluso son
recomendados y regulados por la autoridad competente.
Es necesario poner de manifiesto la
complementariedad entre liturgia y devociones, dado el influjo
benéfico que se produce en una y otra dirección cuando se respeta
la debida jerarquía entre actos litúrgicos y ejercicios de
piedad y se cultivan ambas formas de religiosidad con inteligencia
pastoral. Aun cuando muchas devociones nacieron en épocas de
decadencia litúrgica, la liturgia no puede agotar toda la
acción pastoral ni toda la espiritualidad de los cristianos. Es
preciso ofrecer al pueblo oportunos ejercicios de piedad para completar su
formación cristiana e introducirlos en la vivencia del / misterio
de Cristo (cf SC 105). Los ejercicios piadosos siguen siendo válidos y
necesarios, no porque el pueblo no vive la liturgia, sino precisamente porque
ahora puede participar mejor en ella, y dichos ejercicios sirven de
preparación y prolongan las actitudes con las que se ha participado en
la celebración.
La piedad popular merece que se le
dedique una mayor atención pastoral a causa de los valores
específicos que contiene y porque es un poderoso medio de eyangelización.
Por otra parte, la liturgia debe acoger en las celebraciones sacramentales las
instancias legíti
581
mas de la piedad
popular, como son el sentido de lo santo, la capacidad de
contemplación, la sencillez de espíritu, el clima afectivo y
espiritual. La piedad popular y, en general, todas las devociones deben
recibir de la liturgia lo que Pablo VI llamó orientaciones bíblica,
litúrgica, ecuménica y antropológica. Los ejercicios
de piedad han de incluir una permanente llamada a la conversión y a
la fe, a la caridad fraterna y al compromiso apostólico y misionero.
NOTAS: ' Motu
proprio Tra le sollecitudini. de 22-X1-1903: A. Bugnini, Documenta pontificia
ad instaurationem liturgicam spectantia (1903-1953), Roma 1953, 34 — 2 Cf
A.M. Greeley, El hombre no secular. Persistencia de la religión, Madrid
1974 — 3 Pablo VI, La evangelización del mundo
contemporáneo,
Madrid 1976, n.
48. Sobre esta línea se sitúan los documentos de Juan Pablo II en
los que toca la religiosidad popular: cf VV.AA., El culto a los santos, Madrid
1983, 119-120: apéndice documental — * Relazione del P. Gastón
Fontaine: "Notitiae" 220 (1985) 842 — 5 Summa Theologica.
II-II, q. 82, a. 1; cf A. Daniels, Devotio, en "Jahrbuch f. Liturgiewissenschaft"
1 (1921) 40-60; J. Chatillon, Devotio, en Dict. de Spiritualité 3,
París 1957, 702716 —
Devociones y
liturgia
Provincias
eclesiásticas de Granada y Sevilla,
El Catolicismo
popular. Nuevas consideraciones, Boletines Oficiales 1985; ///
Reunión del Concilio Pastoral de Galicia, Santiago de Compostela 1976;
Comisión Permanente de
J. López
Martín
BIBLIOGRAFÍA:
La reseña bibliográfica más completa hasta 1960 es de
H.A.P. Schmidt, Introduclio in liturgiam occidentalem, Romae 1960, 87-130.
Después de esta fecha: VV.AA., Liturgie et vie spirituelle, en "
Diaconado
Litúrgica"
63 (1976) 174-198; D. Sartore, II rinnovamenio delle forme devozionali, ib, 199210;
J. Castellano, Liturgia e pieta popolare oggi, en VV.AA., Religiositá
popolare valore spirituale permanente, Roma 1978, 121-149; E. Pacho,
Religiositá popolare e devozionale nell'epoca moderna, ib, 55-78; C.
Braga, La liturgia, fonie e modello delle forme di pieta, en VV.AA., Liturgia e
forme di pieta. Milano 1979, 31-56; E. Ruffini, Ejercicios de piedad, en Nuevo
Diccionario de Espiritualidad, Madrid 1979, 406-415; E. Ancilli, Devociones, en
Diccionario de Espiritualidad 1, Barcelona 1983, 572-574; J. López
Martin, Renovación de la piedad popular en el culto a los santos, en
VV.AA., El culto a los santos, Madrid 1983,65-95.
SUMARIO: I.
Introducción - II. Significado y función del diaconado en la
historia - III. Del olvido a la renovación - IV. El ministerio del
diaconado y su expresión ritual - V. EL nuevo ritual para la
consagración del diácono y su teología: 1. El escrutinio;
2. La oración de la asamblea; 3. El núcleo sacramental; 4. La
explicitación ritual conclusiva - VI. Identidad y funciones del
diácono: 1. Respecto a los sacerdotes; 2. Respecto a los laicos; 3.
Dimensiones y características de su misión - VII. Aspectos
positivos e interrogantes abiertos por el diaconado: 1. Falta de
coordinación con los sacerdotes; 2. Falta de articulación con los
ministerios laicales.
I.
Introducción
El diaconado es
uno de los ministerios eclesiales más antiguos y más nuevos.
Más antiguos, porque aparece ya indicado en la iglesia del Nuevo
Testamento. Más nuevos, porque es con la renovación del Vat. II
como hemos venido a redescubrirlo cual ministerio permanente. La
configuración histórica, la celebración ritual y la
comprensión teológica de este ministerio ordenado comportan
diversos aspectos de referencia y de enriquecimiento
582
litúrgico.
En ellos, principalmente, queremos detenernos. El diaconado, siendo
también un ministerio litúrgico, no sólo manifiesta su
cualidad "servicial significante" en la liturgia, sino que por dicha
cualidad enriquece y redimensiona socialmente la misma liturgia. Esta quiere
ser la perspectiva de nuestro estudio'.
II. Significado y
función del diaconado en la historia
La figura del
diácono, que aparece en el Nuevo Testamento (sobre todo Flp 11,1; 1
Tim 3,1-13) en cuanto personaje que desempeña una función al
servicio del obispo y en el orden preferente de la caridad 2, parece tener
algún antecedente en el ámbito judío de la sinagoga,
en el esenio del Qumrán, en el helénico griego y en el
semíticooriental, en medio de los cuales se desarrolló-el
cristianismo primitivo3. Sobre todo es en la organización
cultual de Palmira donde destaca el desempeño de una función
de servicio y caridad por parte de algunos y en los banquetes rituales,
que pudo servir de precedente de los diáconos cristianos4.
Sin embargo, hay
que destacar la originalidad del diácono en el Nuevo Testamento por
varios conceptos: porque viene a ser la figura resultante de una actitud
fundamental realizada en Cristo (siervoservidor primero) y exigida a
todos los cristianos (cf Mt 20,24-28; Le 22,26; Ef 5,1.21...); porque no
sólo está al servicio de las "mesas" (He 6,1-6) para la
atención de las "viudas", sino que también es
portador de una función en relación con el "episcopos"
(Flp 1,1; 1 Tim 6,lss). El hecho de que en estos lugares se nombren juntos al
episcopos y al diáconos es significativo, y permite
583
decir que al
principio se entendía al diácono más en relación al
obispo o egoumenos de la comunidad que como ministro autónomo dentro de
la estructura ministerial triple: obispo, presbítero, diácono (cf
Heb 13,
En los ss. H-iii
aparece el diaconado claramente perteneciendo a la estructura ministerial
o tríada: obispo, presbítero, diácono. Ignacio de
Antioquía (ca. 110) * e Hipólito de Roma (s. m) ' son
testigos privilegiados al respecto. No obstante, también se percibe
que, así como el obispo aparece asociado al diácono, a
éste parecen asociarse algunos ministerios no especificados (en su
función) como son el subdiaconado y los acólitos'. Más
aún, en la iglesia de Roma del s. iv, según atestiguan el
Ambrosiaster y Jerónimo, se origina un conflicto entre diáconos y
presbíteros al crecer la influencia de aquéllos en el mismo
obispo, así como sus funciones directivas, y al pretender ocupar
puestos y utilizar signos impropios de su rango'. El diaconado se
consideraba como de un rango inferior al presbiterado, pero no a su
servicio, sino al servicio directo del obispo. Por eso, mientras era
fácil que un subdiácono viniera a ser presbítero, lo
más común era que un diácono viniera a ser obispo (entre
los ss. vi-vm), sin tener que pasar por el presbiterado ,0.
En Occidente, a
pesar de la importancia que tuvieron el servicio de las viudas y las
vírgenes desde el principio, no aparece que las mujeres
desempeñaran el ministerio del diaconado ".En cambio, en Oriente
hay testimonios que parecen atestiguarlo, si bien con algunas limitaciones
y ambigüedades l!. La didascalía siríaca, por ejemplo
(c. s. m) señala que sólo las mujeres pueden ejercer el servicio
diaconal visitando algunas casas y ayudando a tas Diaconado
mujeres en el
bautismo l3. Las constituciones apostólicas (s. iv) hablan incluso
de una ordenación diaconal de mujeres, si son viudas o vírgenes,
para cumplir los mismos servicios '*. A partir del s. vi no existe
ningún indicio de la persistencia de este ministerio 15.
Durante la edad
media se perciben tres fenómenos de evolución del diaconado:
la evolución hacia funciones de cargo en relación con la
administración de bienes y la dirección, como aparece sobre todo
en la figura del archidiácono ,6; la consideración de este
ministerio como ordo o escaño para llegar al sacerdocio, perdiendo poco
a poco su carácter de ministerio permanente "; la reducción
paulatina a funciones litúrgicas o de servicio al altar, al asumir
sus funciones administrativas y caritativas otras personas ™.
La figura de diácono que de todo esto resulta perdurará hasta
nuestros días.
III. Del olvido a
la renovación
La
concepción clásica de la iglesia sobre el diaconado se
resume en estos términos: el diaconado pertenece a la estructura
jerárquica ministerial de la iglesia, forma parte del sacramento
del orden y es un grado inferior al episcopado y al presbiterado, pero superior
al laicado, en cuanto que éste no forma parte de la
jerarquía. Esta concepción supone de hecho el olvido de
aquella máxima ya enunciada por
Dos son las
causas históricas de este fenómeno: la concentración de la
variedad de ministerios de la comunidad en los ministerios sacerDiaconado
dótales
jerárquicos (ministerios estables consagrados sacramentalmente,
continuando el ministerio apostólico), y la reducción
fáctica de los ministerios instituidos al ministerio sacerdotal, que, al
ser definido por su referencia a la eucaristía, sólo cuenta con
el diaconado como un grado de acceso al ministerio presbiteral20.
Pero estos
fenómenos y las correspondientes concepciones que los sustentaban
no sólo han sido sometidos a la crítica teológica moderna,
sino que, al menos en parte, han sido superados por la concepción
eclesiológica ministerial del Vat. II - y por la praxis subsiguiente.
El Vat. II, además de atender a las llamadas e instancias existentes2',
reconoció la sacramentalidad del diaconado y lo estableció
para la iglesia latina como grado permanente de la jerarquía, con la
promulgación de la constitución dogmática sobre la
iglesia (LG 28-29). Posteriormente se publicarán diversos
documentos sobre el diaconado: en 1967 Pablo VI publica el motu proprio
Sacrum diaconatus ordinem; en 1968, con la constitución
apostólica Pontificalis romani se establecen los nuevos ritos para la
ordenación de los diáconos; en 1972 se publica el motu proprio Ad
pascendum. En estos documentos se profundiza en la identidad y funciones del
diaconado, se determinan las normas litúrgicas y disciplinares que
regulan el status diaconal, se orienta sobre cuestiones pastorales para su
renovación. Entre tanto, van apareciendo documentos sobre el tema,
publicados por las diversas conferencias episcopales de los países
en los que se instaura el diaconado 22. El 29 de abril de 1978,
584
Pero, por encima
de estos hechos y de la extensión paulatina del diaconado (se calcula
que hay unos ocho mil diáconos esparcidos por todo el mundo, de entre
ellos casi cinco mil en América del Norte), hay que valorar la nueva concepción
que da origen y sustenta esta praxis diaconal. Creemos que la causa de
renovación se centra en los puntos siguientes: la afirmación del
pueblo de Dios como la realidad eclesial fundamental; la primacía
de la categoría servicio (diakonía) como centro de sentido
del ministerio; la superación de una definición de sacerdocio por
la función cultual-ritual exclusivamente; la valoración de
los diversos servicios y ministerios eclesiales, en cuyo contexto hay que
entender el diaconado; la definición del diaconado como un
ministerio al que se accede por la participación en el sacramento del
orden; la conciencia, en fin, de una obligación de responder con el
servicio diaconal a las urgentes necesidades de la iglesia... El diaconado
es, en definitiva, un ministerio concentrante y relevante de la nueva
imagen, los nuevos problemas y las nuevas esperanzas de la iglesia.
"La renovación del diaconado debe ser la ocasión de una
renovación de toda la jerarquía en su significación
para la iglesia, y de una renovación de todo el pueblo de Dios en su
significación para el mundo"24.
IV. El ministerio
del diaconado y su expresión ritual
Hemos visto
cuál ha sido la evolución del ministerio del diácono,
según la comprensión y funciones que a lo largo de la historia
ha venido a desempeñar. Queremos fijarnos ahora en cómo esta
evolución se ha expresado en el rito de 585
consagración,
y cómo este rito, ya
renovado por el
Vat. II, expresa
una
concepción teológica de dicho
ministerio
".
En todos los
pasajes del Nuevo Testamento en los que podemos decir que se habla de una
cierta ordenación (He 6,6; I Tim 4,14; 1 Tim 5,22; 2 Tim 5,22), aparece
el término xtíporovtiv o imposición de manos, que
originalmente significa "elegir a alguien levantando la mano" o
"colocar a alguien en un puesto determinado"2*. En la primera
literatura cristiana comienza muy pronto a utilizarse xti-porovtiv para indicar
la totalidad de los actos de ordenación: elección y
destinación al ministerio significada por la oración y la
imposición de manos.
tlPOTO"(L''
Por
traduce x
ordinare, explicitando su sentido con otros términos como consecrare o
benedicere 2\
A partir de
entonces, este ya término técnico se utilizará
comúnmente en la mayoría de los testimonios. La
imposición de manos, unida a la oración, es el elemento esencial
de la ordinatio 28, tanto en el caso del obispo cuanto en el del
presbítero y el diácono, del que dice: "Diaconus vero cum
ordinatur, eligitur... In diácono ordinando solus episcopus imponat
manus, propterea quia non in sacerdotio ordinatur, sed in ministerio episcopi,
ut faciat ea quae ab ipso iubentur"2'. El texto indica claramente,
junto con el rito, la intención y la función significadas al
servicio del obispo, y no para integrarse en el consejo presbiteral ni como
escaño necesariamente conducente al sacerdocio '". En cuanto a
la oración que acompaña, explicita aún más el
sentido de esta consagración y misión: así como Dios
creador
Diaconado
envió a
Cristo para servir su voluntad (ministrare) y la cumplió fielmente,
de igual modo se pide el don del Espíritu para que conceda a su siervo
(servum tuum) la gracia de la entrega y la solicitud al servicio de la iglesia".
La liturgia
romana posterior hasta el s. x, en los diversos sacramentarlos 32 y
ordines " desarrollará algunos elementos eucológicos y
rituales en la ordenación del diácono: la ordenación
tendrá lugar en domingo, habiendo precedido un informe del
archidiácono sobre las cualidades del candidato; normalmente se
celebra dentro de la eucaristía con oraciones y lecturas propias;
el archidiácono les impone las vestiduras; el obispo que consagra
les da el beso de la paz, y en la misma celebración comienzan ya a
ejercer su oficio: "ministrat unusquisque secundum officium
suum", y el diácono proclama el evangelio (Ordo 36,22). Al rito
central precede la oración de la comunidad, que consta de una
introducción, del "Kyrie eleison cum laetania" (GeV 142) y de
la oración conclusiva. Como se comprende, el rito fundamental
está compuesto de la imposición de manos y de la
oración de consagración, aunque a veces sólo se dice:
"consecrat illum" o "dat ei orationem consecrationis" (Ordo
34,9-12; 35,24ss). La oración consecratoria se centra sobre todo en
tres puntos: la historia salutis con los personajes que han cumplido un
servicio en nombre de Dios (principalmente Cristo); el don del
Espíritu Santo sobre los elegidos para continuar dicho servicio;
las funciones específicas que se les encomiendan y que, en el
caso del diácono, cada vez vienen a reducirse más a lo
litúrgico ".
Durante la edad
media, en el encuentro de los libros litúrgicos romanos con los pueblos
franco
Diaconado
germánicos,
se producirán algunas evoluciones rituales ", entre las que cabe
destacar: la incorporación de lo que en la liturgia romana eran los
ritos preparatorios (como el "examen de candidatos") al mismo rito de
celebración (GeV 141); la asignación al obispo de la imposición
de la vestimenta (cosa que antes hacía el archidiácono), y que en
el caso del diácono es la estola y la dalmática, a lo que ahora
se le da gran importancia"'; el que se signifique la misión
del diácono con la entrega del evangeliario, acompañada de
las palabras "Accipe potestatem legendi Evangelium in Ecclesia
Dei" ".
El
Pontificóle Romanum de 15963! introduce también algunas leves
modificaciones en la ordenación del diácono: una monición
a los candidatos; mayor solemnidad de la letanía que rezan con
la comunidad; explicitación de la finalidad del don del Espíritu
Santo ("Accipe... ad robur, et ad resistendum diabolo, et tentationibus
eius"); inserción de la imposición de manos y de las palabras
señaladas en medio de la gran oración de bendición, rompiendo
su dinamismo propio; cambio de la imposición de las dos manos por la de
una sola mano ». Al imponerse desde la gran escolástica la concepción
de que la materia del sacramento era la "traditio instrumentorum"
junto con la imposición de manos, y la forma las palabras que
acompañaban, era lógico que se produjeran estas
variaciones". Lo más importante, sin embargo, creemos que no
son estos cambios, sino el cambio profundo de concepción y
función de este ministerio. El rito del diaconado permanecía, pero
sus funciones originarias habían desaparecido, reduciéndose
a grado hacia el sacerdocio con una única función
litúrgica.
586
V. El nuevo
ritual para la consagración del diácono y su teología
Antes del Vat.
II, Pío XII, en su constitución apostólica del 30 de
noviembre de 1947, determinó que la única materia de la
ordenación es la imposición de manos, y la forma las palabras que
le acompañan, no siendo la "traditio instrumentorum" necesaria
para la validez41. Pero la verdadera renovación vendrá con el
mismo Vat. II, los documentos posteriores y, sobre todo, el "De
ordinatione Diaconi, Presbyteri, Episcopi", del 18 de junio de 1968".
El nuevo rito es expresión de una concepción renovada del
ministerio en general, y en particular del ministerio del diaconado4J. Con esta
reforma se ha buscado, por una parte, aplicar los principios de
Un núcleo sacramental, que
consiste en la imposición de manos y la oración consagratoria (RO
20-21)".
La oración de la asamblea, signo
de la comunión y participación eclesial, que precede al rito
central y aparece enriquecida con nuevos elementos (RO 18-19).
El escrutinio introductorio, que expresa
a la vez la solicitud de la iglesia, la disposición y el compromiso
del ministro a cumplir sus funciones (RO 15-17).
587
•
Finalmente, hay que señalar los ritos explicitativos que siguen al rito
central: imposición de estola y dalmática, entrega del libro de
los evangelios y beso de la paz (RO 22-25).
Pero más
que detenernos en los cambios rituales en sí mismos, nos interesa
fijarnos en la nueva teología que significan y expresan.
EL ESCRUTINIO tiene estas partes: 1.
Presentación del candidato al obispo que ordena; 2. Proclamación
de la elección; 3. Homilía sobre el significado y funciones; 4.
Interrogatorio y promesas del ordenando. Por estos ritos se expresan los
siguientes sentidos: la participación y procedencia e
inserción del diácono en la comunidad (en 1.°); la
elección por parte de Dios y de la iglesia, indicando el origen del
ministerio (en 2.°); la participación privilegiada y específica
en la misión de Cristo y de la iglesia por la fuerza del Espíritu
(en 3.°); la respuesta personal por la aceptación y compromiso con
dicha misión (en 4.°). El carácter de don y contra-don, de
gracia y respuesta, en un diálogo eclesial de fe, aparecen perfectamente
expresados. La dimensión teológica, eclesial y personal
se armonizan de forma adecuada en los diversos elementos rituales*.
Diaconado
que realizamos;
santifica... a estos que juzgamos aptos" (RO 19)".
EL NÚCLEO SACRAMENTAL, sin
pretender encontrar una expresión donde se vean las palabras
esenciales que constituyen la forma del sacramento, muestra con nitidez su
estructura de palabra-signo, y expresa con claridad el sentido y contenido del
mismo, resaltando todos los elementos de una verdadera oración
consagratoria-bendicional: iniciativa y origen del ministerio en Dios
(RO 21, a); que se manifiesta en pluralidad de dones y servicios para la
edificación de la iglesia (21, b); que realiza, según la
estructura de los tres ministerios ordenados, los planes de Dios y las
funciones que en otro tiempo realizaron los "hijos de
Leví" y los "siete varones" (21, c y d); que hoy se
continúa por estos "siervos", para quienes se invoca el
Espíritu y la gracia de los siete dones (21, c y f); en orden a que
cumplan su función ejemplarmente, con todo género de virtudes
(21, g)<*.
En esta
estructura celebrativa, y por los diversos ritos y textos, es claro qué
se manifiestan algunas insistencias. En primer lugar, la pertenencia del
diaconado a la estructura jerárquica del ministerio, como se ve en
la unidad de estructura ritual para los tres casos (diácono,
presbítero, obispo), en el empleo de la misma fórmula de
bendición (RO 21) y en la afirmación explícita
"estableciste, Señor, que hubiera
Diaconado
tres
órdenes de ministerios" (ib). En segundo lugar, se resalta la
unidad y diversidad del sacramento del orden no sólo porque se
propone un núcleo sacramental semejante (RO 20-21 = diácono;
20-22 = presbítero; 24-26 = obispo), sino también porque se
refiere a la diversidad de grados en dicho sacramento (RO 14...). En tercer
lugar, se expresa con evidencia que el diácono no es ordenado "in
sacerdotium", sino "in servitium", "im ministerium" y,
en concreto, al servicio del obispo y su presbiterio (RO 14:
"ayudarán al obispo y a su presbiterio"), repitiendo una
y otra vez esta actitud de servicio radicali0. Finalmente, se pone de relieve
la participación de los diáconos en la tripe dimensión de
la misión de Cristo: palabra, culto, caridad (RO 14,15). Pero esta
participación se expresa diversamente en cada momento: en la
homilía se cargan las tintas sobre la función litúrgica51;
en la oración consagratoria, en la función caritativa
", y en los ritos posteriores en la palabra con la entrega de los evangelios
".
Esto no quiere decir,
sin embargo, que todo sea positivo en la nueva ordenación ritual.
Si, por una parte, puede decirse que no se considera con todo su valor al
"diaconado permanente", por otra cabe indicar una cierta
polarización en las diversas funciones litúrgicas a
desempeñar *. Incluso en el nuevo Código de derecho
canónico parece ponerse más el acento en el culto que en la
dimensión social y caritativa del diácono ". Tampoco
parece que se dé mucha importancia a la participación del
diácono en las instituciones pastorales: consejo del presbiterio,
sínodo diocesano... En cambio, al diácono permanente, aun
perteneciendo al clero, se le autoriza a vivir como un laico verdadero: casado,
ejerciendo su
588
profesión
civil, comprometiéndose incluso en funciones públicas *.
VI. Identidad y
funciones del diácono
Teniendo en
cuenta lo dicho hasta aquí, podemos explicar y profundizar la identidad
del diácono y sus funciones ". La diaconía es un
elemento constitutivo y esencial del ser de la iglesia y del ser cristiano,
como forma de ser remitente a un sobre sí (la razón de ser de la
iglesia no está en ella misma) y a un para los demás (la iglesia
es para los otros), sin los cuales ni la iglesia ni el cristiano existen como
tales. En el marco de esta diaconía eclesial existencial es donde
se sitúa todo ministerio, y más en concreto el ministerio del
diácono. El diácono viene a ser una personificación
oficial pública y jerarquizada de la diaconía eclesial y de la
diaconía cristiana; el símbolo sacramental personalizado, y
así públicamente reconocido por la investidura litúrgica,
de un servicio que a todos compete; la anamnesis individualizada de una
diaconía fontal divina, y la interpelación visible de una
responsabilidad diacónica eclesial y existencial cristiana. El diácono
no se define por estar por encima o por debajo de nadie, sino por haber sido
constituido persona significante privilegiada (por el sacramento del
orden) de una realidad eclesial y existencial, que, aun competiendo a todos,
sólo se reconoce con toda su fuerza de misión desde la especial
encomienda en "algunos"58.
Sentado
así el centro de su identidad, veamos cuál es su originalidad
concreta respecto a los obispos, sacerdotes y laicos. Respecto al obispo,
sucesor de los apóstoles, que preside la iglesia particular,
representando de modo principal a 589
Cristo cabeza, el
diácono es ordenado "no para el sacerdocio, sino para el
servicio al obispo". Una característica fundamental del diácono
es la de "estar al servicio del obispo en todo cuanto éste precise
para responder a las necesidades de una iglesia activa, tanto para atender
a la interna realización estructural de la iglesia como para dar
una respuesta inmediata a las nuevas necesidades eclesiales, fruto de
campos inéditos de la labor pastoral"59.
RESPECTO A LOS SACERDOTES, mientras
éstos participan de la responsabilidad episcopal en todos los niveles,
sobre todo presidiendo la asamblea y significando a Cristo cabeza ante la
comunidad concreta a la vez que siendo ministros de la unidad y la
catolicidad, el diácono está al servicio del obispo y del
presbítero, responsabilizándose de las tareas que éstos le
encomiendan. El diácono, aunque sea también colaborador del
presbítero, no es ni un simple ayudante ni menos un competidor del
sacerdote, sino alguien puesto al servicio de la iglesia desde la peculiar
y concreta encomienda del obispo. Desde esta diferencia pueden aceptarse también
otras: el sacerdote significa más bien una iglesia como realidad
"siempre dada por Cristo" y "congregada de lo alto",
mientras que el diácono significaría una iglesia "que se
está haciendo", "en trance de ser"60. Los sacerdotes
significan más bien a un Cristo cabeza, mientras que los
diáconos significan más bien a un Cristo servidor6'.
RESPECTO A LOS LAICOS, finalmente,
el diácono se caracteriza por haber sido aceptado y consagrado
(sacramento del orden) para significar la diaconía de modo especial, por
una asociación directa
Diaconado
de parte del
obispo a una misión concreta, mientras el laico, aunque haya recibido
una encomienda especial o un ministerio instituido con la
intervención del obispo, no ha sido consagrado para tal misión
por el sacramento del orden a.
3. DIMENSIONES Y
CARACTERÍSTICAS DE su MISIÓN. De los contornos que
muestra la identidad diaconal, podemos ya deducir las dimensiones y
características de su misión. En el motu proprio Sacrum
diaconatus ordinem" Pablo VI señaló once tareas
específicas del diácono, la mayor parte de ellas
litúrgicas, siguiendo lo que ya había sido indicado en
sidir los ritos
de funerales y sepelios. Dedicados a los oficios de caridad y
administración..."
Aunque se
señalan más funciones litúrgicas que de otro tipo, creemos
que los diversos documentos quieren decir que al diácono le corresponden
por igual las tres funciones,
Diaconado
y que aun
atendiendo de modo especial a la tarea que le encomienda el obispo, debe
procurar desempeñarlas todas de modo equilibrado y complementario,
mostrando con su testimonio la mutua integración, remitencia y
enriquecimiento que cada una de estas áreas comporta66. Si alguna
función debería considerarse como prioritaria, ésta
tendría que ser la del "servicio en la caridad",
entendiendo por tal la acogida y animación, la unidad y la
acción social-caritativa. Pero entendiendo siempre que tal
función implica la integración de las otras dimensiones por las
que se realiza la misión.
VII. Aspectos
positivos e interrogantes abiertos por el diaconado
La
renovación del diaconado permanente indica unos aspectos
teórico-prácticos positivos, pero también suscita algunos
interrogantes y problemas. Conviene tener ambas cosas en cuenta para encontrar
el nivel y modo de una justa valoración. Entre los valores positivos
cabe recordar: el que cobre de nuevo importancia un ministerio histórico
y permanente en la vida de la iglesia; el impulso que tal renovación
supone para la estructura ministerial en su conjunto; la apertura que
conlleva en las relaciones de la jerarquía con los fieles, del
mensaje cristiano con las diversas situaciones de la vida, de la caridad
afirmada con la caridad vivida, y, sobre todo, la memoria permanente que supone
de una misión y una forma de ser en el servicio de amor y justicia a
todos los hombres..." Sin duda, estos valores son la posibilidad de una
realización ideal del diaconado. Pero para que esto se dé es
preciso 590
crear unas
condiciones adecuadas de desarrollo de la función diaconal. Tales
son, por ejemplo: la renovación del sentido diaconal de toda la iglesia;
la promoción y el reconocimiento por parte de las mismas comunidades de
aquellas personas capaces de desempeñar el ministerio del diaconado; la
aceptación, respeto y ayuda a los diáconos por parte de
obispos y sacerdotes, de forma que puedan cumplir eficazmente su
función; la capacidad, en fin, de los propios diáconos para
ser verdaderos animadores de la comunidad, acogiendo y respetando
carismas, suscitando y promocionando servicios y ministerios laicales,
siendo verdaderos diáconos para la diaconía de los diversos
ministerios de la comunidad M.
Porque estas
condiciones no siempre se dan, surgen algunos interrogantes y problemas
respecto al diaconado, entre los que destacamos los dos siguientes:
1. FALTA DE
COORDINACIÓN CON LOS SACERDOTES. El diácono viene a ser en la
práctica el "espacio libre" que queda entre las funciones
presbiterales y las funciones laicales. Es una especie de
"entre-dos", al que no siempre se le reconoce su identidad. En relación
con los sacerdotes, a veces sufre de una excesiva
"clericalización" (reducción a un semicura) o
"sacerdotalización" (desempeño casi exclusivo de
tareas litúrgicas), y otras veces de un unilateral
"funcionarismo" (simple ejecutivo de la institución eclesial)
o "burocratismo" (dedicación a tareas administrativas).
Todo esto tiende a convertir al diácono en una especie de ayudante
auxiliar del sacerdote (cuando éste existe) o en una forma frustrada de
sustitución del sacerdote (cuando éste no existe, y él no
puede celebrar la eucaristía ni la penitencia).
591
Cierto que el
diácono puede liberar al sacerdote de una sobrecarga de funciones, pero
no se le puede reducir a simple ayudante de sacristía ni a
"sacerdote de segundo orden". No hay que olvidar que la
principal razón de ser de los diáconos no es la ayuda a los
sacerdotes, sino la significatividad personalizada de la misión
diacónica de la iglesia. "Si la iglesia tiene necesidad de
diáconos, no es porque le faltan sacerdotes, sino porque es
iglesia" ".
2. FALTA DE
ARTICULACIÓN CON LOS MINISTERIOS LAICALES. Hay quienes consideran que
sería preferible "promover el laicado a ordenar
diáconos". Más aún, los diáconos
serían una especie de obstáculo
o de excusa para
seguir marginando a los laicos en la vida eclesial; pues si por una parte
supone la clericalización de los mejores laicos, por otra implica una
cierta acaparación de funciones70. Aun aceptando que, en
principio, deben caber en la iglesia tanto la promoción laical cuanto la
diaconal, sin oponerse ni contrarrestarse, hay que reconocer que
aquí se plantea un serio problema pastoral,, como se reconocía en
el coloquio de Asia sobre los "ministerios en la iglesia"":
Si los laicos pueden hacer todo lo que hacen los diáconos, ¿por qué
no promocionar a los laicos desde su laicidad en vez de querer hacerlo desde el
jerarquismo? ¿Qué tiene más ventajas en este momento
eclesial: ordenar diáconos
o promocionar
"ministerios laicales"? Es evidente que no puede tratarse de una
alternativa. También es claro que al diácono no se le debe
valorar tanto por la originalidad de su acción cuanto por la
significatividad de su ser72. Sin embargo, falta por encontrar una verdadera
armonía en la práctica.
Diaconado
Es de esperar que
las mismas necesidades concretas y planteamientos pastorales
irán decantando una solución equilibrada y sin exclusivismos.
NOTAS: ' En otro
lugar hemos seguido una
perspectiva
más pastoral: D. Borobio, Ministe
rio sacerdotal.
Ministerios laicales, Bilbao
1983, 310-322.
Una bibliografía fundamental: W.AA., Diaconía in Christo.
Freiburg in Br.
1962; W.AA., Le
Diacre dans l'Église d'au
jourd'hui, Paris
1966; H. Bourgeois-R. Schal
ler. Mundo nuevo.
Nuevos diáconos, Barcelo
na 1969; W.AA.,
El diaconado permanente.
Estudios y
documentos, en Seminarios 65/66
(1977): J.
Urdeix, Diáconos para la comuni
dad (Dossiers
CPL, n. 7) Barcelona 1979; G.
Plóger-HJ.
Weber, Der Diakon. Wieder
Entdeckung und
Erneuerung seines Dienstes,
Freiburg 1980...
—2 Cf H.W. BeyerAawcoxícu, KIK: ThWNTl (1935-1950) 81-93,
aquí 88; A. Weiser, art. AOKOMÍU, KÍK: EWNT 1 (1980)
726-732; H. Conzelmann, Die Aposlelgeschichte (HNT 7) Tübingen 1972
-1 H.J.
Fabry, Der
altorientalische Hintergrund des Urchristichen Diakonats, en J.C. Ploger-H.J.
Weber, Der Diakon
15-26 — ' Ib. 20-21 — s Parece que los indicios existentes de que
Tito y Timoteo pudieran ser una misma persona, verdadero colaborador de Pablo,
apoyarían esta misma afirmación. Cf. U. Borse, Timo
theus und Titus.
Abgesandte Pauli im Dienst
des Evahgeliums,
en J.C. Ploger-H.J. Weber,
Der Diakon,
26-43, esp. 40 — 6 Cf Ad Magnesios VI, I; Ad Trallianos II, 3; Ad
Philipenses V, 2 — 7 Cf Traditio Apostólica 2-4, 7-8, 34 y
39. Ed. B. Botte,
Münster
1963, 4-7.20-23.81.87. En adelante = TrAp — 8 Cf Testimonio de Cornelio
de Roma (a. 251-253), en Eusebio, Historia Eclesiástica 6,43,11 —
' Véase un estudio al respecto en B. Domagalski, Rómische Diako
ne im 4.
Jahrhunder-Zum Verháltnis von Bischof, Diakon und Presbyler, en J.C.
Ploger-H.J.
Weber, Der Diakon 44-56; J.
Bliqh, Deacons in
ihe Latín West since the fourth century: Theology 58 (1955) 424ss
— 10 Cf M. Andrieu, Les ordres mineurs dans l'ancien rite romain, en
RevSR 5 (1925) 232^ 274; B. Fischer, Der niedere Klerus bei Gregor dem Grossen.
Ein Beitrag zur Geschichie der Ordines minores, en ZKTh 62 (1938) 37-75 —
11 TrAP 10.12, en
B. Botte, 30-32. Prohibe expresamente que se les imponga las manos
(X«tpoTop€ií/). Cf R. Grysson, Le ministére des
femmes dans
l'Église ancienne. Gemblous
1972; M.B.
Stritzky, Der Dienst der Frau in
Diaconado
der alten Kirche,
en LJ 28 (1978) 136-154;
A.G. Martimort,
Les diaconesses. Essai historique, Roma 1982; M. Alcalá, La mujer y
los ministerios en
14 15
Constitutiones
Ap. VIH, 19-20 — Cf C. Vagaggini, L'ordinazione delle diaconesse nella
tradizione greca e bizantina, en OrChrP 40 (1974) 146-189 — '* Hasta tal
punto llega Ja "secularización" de este ministerio que los
concilios lateranenses tienen que mandar que al menos se le "ordene"
de diácono: G. Alberigo (ed.), Conciliorum oecumenicorum decreta,
Bologna 1973, 190,21-22; 199,11-14; 212,23-26 —"l7 Tal
concepción comienza a extenderse desde que aparecen ordenados estos
"grados" y se establecen las "órdenes menores".
Así los Statuta Ecclesiae Antigua
(c. 476-485): ed.
C. Munier, París 1960. También el Pseudo-Jerónimo, De
septem ordinibus Ecclesiae: PL 30,153. Y posteriormente todos los
sacraméntanos: L.C. Mohlberg, Sacramentarium Veronense, Roma 1956,
nn. 942-954, pp. 118-122; Liber Sacramento-rum Romanae Ecclesiae ordinis anni
circuli, Roma 1968, nn. 150-156, pp. 27-28 =-GeV;
D.H. Lietzmann,
Das Sacramentarium Gregorianum nach dem aachener Urexemplar (LQF 3),
Münster-Aschendorf 1958, ce. 2-4, pp. 5-9
— GrH.
Igualmente se percibe este cambio en los Ordines, sobre todo 34-35. Cf M.
Andrieu, Les Ordines Romani du Haut Moyen Age III, Louvain 1961, 533-614. Sin
embargo, en los documentos se evita calificar al diaconado de
"sacerdotalis gradus", lo que se reserva para el episcopado y el
presbiterado ("Secundi meriti munus"). Al diaconado se le llama
"officia levitarum". Cf B. Botte, Secundi meriti munus, en QLP 21
(1936) 84-88 — l8 Aunque en las oraciones de bendición y
consagración siguen aludiendo los Rituales a la función
específica del diácono, de hecho la praxis se reduce a una
función litúrgica durante algún tiempo. Cf Pontifical
Romano-Germánico (a. 955) y Pontifical Romano (a. 1596), donde el centro
del rito parece ser la "entrega de instrumentos" — ,9 TrAp
8: B. Botte, 22: "In diácono ordinando solus episcopus imponat
manus, propterea quia non in sacerdotio ordinatur, sed in ministerio
episcopi" — 20 Cf Y.M. Congar, Le diaconal dans la théologie
des ministéres, en Le diacre dans l'Eglise 126127 — 2I Antes
del concilio se dieron diversos pasos en orden a la renovación del
diaconado. En 1951 se constituye el "Círculo diaconal" de
Friburgo. En 1953 se crea en Friburgo el "Centro del Diaconado". A
partir de esta fecha se extienden los "Centros diaconales" en
Austria, Francia, Suiza, Bélgica... y en África y Asia. Entre
1961-62 aparece la "Agrupación
592
internacional de
círculos diaconales" — 22 Así el episcopado
alemán, el norteamericano, el francés, el sudamericano... —
23 Véase el documento en J. Urdeix, Diáconos para la comunidad
47-55. Sobre el tema, en España, la carta del card. N. Jubany, Los
ministerios en la acción pastoral de la iglesia, PPC, Madrid 1978
— 24 VV.AA., Le Diacre dans l'Eglise 153 — 25 Para el estudio de la
evolución del rito del diaconado en la historia, pueden verse:
B. Botte, Eludes
sur le sacrement de l'ordre, París 1957; P.M. Gy, L'Ordination diaconale
dans le rite romain, en BCES 36 (1962) 38-45:
B. Kleinheyer,
Die Priesterweihe in rómischen Ritus. Ein Liturgiehistorische Studie,
Trier 1962; Der Diakonat im Lichte der rómischen Weiheliturgie, en H.
Vorgrimler-K. Rahner, Diakonia in Christo, op.cit., 76-91; L. Brandolini,
L'evoiuzione storica dei riti delle Ordinazioni, en EL 83 (1969) 67-87; G.
Ferraro, Le
preghiere di
ordinazione al diaconato, al presbiterato, all'episcopato, Napoli 1977; O.
Nussbaum, Théologie und Ritus der Diakonenweihe, en J.G. Ploger-HJ.
Weber, Der Diakon 122-146; M. Ramos, El Ritual de Ordenes. Una etapa de la
historia litúrgica del sacramento, en Phase 139 (1984) 11-21 — 26
E. Lohse, Die Ordination im Spdtjudentum und im Neuen Testament,
Góttingen 1951; O. Knoch, Die Funkt'ton der Handauflegung im Neuen
Testament, en LJ 33 (1983) 222-235 — 27 Cf C. Vogel, Chirotonie et
chirothésie. Importante et relativité du geste de Timposition
des mains dans la collation des ordres, en Iren 45 (1972) 7-21.207-238; G.
Kretschmar, Die Ordination in frühen Christentum, en FzPhTh 22 (1975)
35-69 — n TrAp 2, en B. Botte, 4-5: "Ordinabitur (xeipoToveiv)
episcopus secundum quod dictum est... Rogabitur \od;iovv) unus ex
episcopis stantibus ab ómnibus, ut imponat manus suas super eum qui fiet
episcopus et oret super eum" — 29 TrAp 8, en B. Botte, 22. Cf J.M.
Bernal, La identidad del ministerio sacerdotal desde los Rituales de
ordenación, en Phase 123 (1981) 203-226 — 30 Más adelante
lo aclara todavía más: ib, 8, en B. Botte, 24 — 3I TrAp 8,
en B. Botte, 26: "Da spiritum sanctum gratiae et sollicitudinis et industriae
in hunc servum tuum" — 32 Estos son los lugares donde aparecen las
fórmulas más importantes:
Diácono:
Presbítero: Obispo:
Ve 951 Ve 954 Ve
947 GeV 152-154 GeV 145-146 GeV 769-771 GrH 32 GrH 29 GrH 23
33 Los Ordines
más importantes: Ordo 34 al Ordo 40 — 34 El GeV 156 dice:
"... hos quo-que fámulos tuos nostri peculiari dignare (inlustrare)
aspecto, ut tuis obsequiis expediti sanctis altaribus ministri puri
aderescant" —
593
11 Véase
en conjunto: C. Vogel-R. Elze, Le Pontifical Romano-Germanique du dixieme
siecle, Vaticano 1963-1972; C. Vogel, Introduction aux sources de
Thistoire du cuite chrétien au moyen age, Spoleto 1966 — 36 El
texto que acompaña a la imposición de la estola dice así:
"...per quam (stollam) scias sarcinam Domini Dei tui cervicibus tuis impositam,
et... per quam te cognoscunt fratres tui ministrum Dei esse ordinatum". Lo
que la unción con óleo era para el presbítero, eso
venía a ser la estola para el diácono. Esta variante bien pudo
tener su origen en la liturgia hispánica, como dice B. Kleinheyer,
Ordinationen und Beauftragen, en VV.AA., Gottesdienst der Kirche. Handbuch der
Liturgiewissenschaft. Teil 8. Sakramentliche Feiern II, Regensburg 1984,
41-42 — 37 Pont. Rom Germ. 1,35 — 38 Pontificóle Romanum Summorum
Pontificum cura editum, Vaticano 1596. Posteriormente reeditado por sucesivos
pontífices — 39 B. Kleinheyer, Ordinationen 45-46 — * Cf Los
planteamientos al respecto, por ejemplo, en H. Lennerz, De sacramento ordinis,
Roma 1947, 130-143 - 4! Pío XII, Constitutio Apostólica "Sacramentum
Ordinis'', art. 4.5, en AAS 40 (1943) 6ss - 42 La edición de
M. Cnudde,
L'ordination des Diacres, en LMD 98 (1969) 73-94... — M Cf O. Nussbaum,
Théologie und Ritus der Diakonenweihe I28ss -- 45 De esta
oración ha desaparecido la fórmula: "Accipe Spiritum
Sanctum", introducida en el pontifical de Durando en el
s. XIII. Se
entiende, por otra parte, que toda la fórmula consagratoria constituya
la "forma" del sacramento. El nuevo Ritual no concreta, como
hacía Pío XII, las "verba essentiaíia" en una
determinada expresión — Ab Adviértase que los elementos
nuevos introducidos son: la alocución del obispo, que no existía
en los pontificales anteriores; la promesa del diácono así
formulada y su ubicación después de la homilía. Cf M.
Ramos, El Ritual de Ordenes I4ss — 47 La estructura resulta ahora
más clara que antes, que no había oración conclusiva
y la ordenación de elementos no era, clara — 4K Como se ve, ha
desaparecido la
Diaconado
interrupción
del rito antiguo en medio de la bendición, cantando el "Veni
creator Spiritus". Ahora la oración se proclama sin
interrupción, resaltando su carácter epiclético y su
dinámica de contenido — 49 Es de notar la belleza de la
fórmula que acompaña a la entrega de los evangelios: RO 24
— 50 Algunos lugares, por ejemplo: "El que quiera servirme, que me
siga" (RO 5); "enseñaste a los ministros de tu iglesia a
servir a los hermanos y no ser servidos" (ib); "ayudar en el
servicio..., mostrándose servidores de todos..., servid con amor y
alegría tanto a Dios cuanto a los hombres" (ib, 14) — 51 RO
14: "Como ministros del altar proclaman el evangelio, preparan el
sacrificio y reparten a los fieles el cuerpo y la sangre del Señor. Además,
enviados por el obispo, exhortan tanto a los fieles como a los infieles,
enseñándoles la doctrina santa; presiden las oraciones,
administran el bautismo, asisten y bendicen el matrimonio, llevan el
viático a los moribundos y presiden los ritos exequiales..."
— 52 RO 21: "... en los comienzos de la iglesia, los
apóstoles... eligieron... a siete varones..., a quienes... dedicaron al
servicio de los pobres... Resplandezcan en su vida el amor sincero, la
solicitud por los enfermos y los pobres" 53 RO 24: "Recibe el
evangelio de Cristo, del cual has sido constituido mensajero" —
54 Cf E.J. Lengeling, Der Diakon in den neuen liturgischen Büchern.
Verwirkliches und Versáumtes, en J.G. Plóger-HJ. Weber, Das
Diakon, 164-193 -" CIC 495-502
5h 57
CIC 281,3; 288 — H. Bourgeois-R.
Scha-Uer, Mundo nuevo. Nuevos diáconos 156ss — 58 Cf N. Jubany,
Los ministerios en la acción pastoral de
62 63
Cf H. Denis, ib, 145 -Motu Proprio
"Sacrum Diaconatus Ordinem", n. 22 —
64 65
LG 29 — RO 18-24 — <* Los
obipos de USA han insistido con toda razón en esta
compiementañedad. Cf J. Urdeix, Diáconos para la comunidad 40-41
—
D. Borobio
Domingo
BIBLIOGRAFÍA:
VV.AA., El diaconado en la
Iglesia y en el
mundo de hoy, Madrid 1970
(trad. Diaconia
in Christo, Freiburg in Br.
1962); VV.AA., Le
diacre dans l'Église d'au
jourd'hui,
París 1966; H. Bourgeois-R. Schal
ler, Mundo nuevo.
Nuevos diáconos, Barcelo
na 1969; VV.AA.,
El diaconado permanente
en
Los
diáconos. Presente y porvenir del diacona
do, Madrid 1968;
Urdeix J., Diáconos para la
comunidad
(Dossiers CPL n. 7), Barcelona
1979; G.
Plóger-H.J. Weberg, Der Diakon.
Wieder Entdeckung
und Erneuerung seines
Dienstes,
Freiburg 1980; Martimort A.G., Les
diaconesses.
Essai historique, Roma 1982;
Alcalá M.,
La mujer y los ministerios en la
Iglesia,
Salamanca 1982; Botte B., Études sur
le sacrement de
l'ordre, París 1957; Gy P.M.,
L'Ordination
diaconale dans le rite romain, en
BCES 36 (1962)
38-45; Kleinheyer B., Der
Diakonat im
Lichte der rómischen Weihelitur
gie, en Diakonia
in Christo, 76-91; Ferraro G.,
Le preghiere di
ordinazione al diaconalo. al presbiterato, all'episcopato,
Ñapóles 1977.
SUMARIO: 1.
Aproximación existencial y cultural al problema del domingo: 1. El paso
de una sociedad rural a una sociedad industrializada; 2. El
fenómeno de la secularización;
Problemas y contradicciones resultantes:
a) índices de tendencia que resultan de la investigación
sociológica y estadística, b) El panorama actual de la asamblea
dominical;
Indicaciones de objetivos pastorales en
orden a una superación de la situación - II. El domingo:
fundamento bíblico y tradición eclesial:
I. Los datos del
NT; 2. El domingo, día del Señor y fiesta primordial según
algunos testimonios de los padres; 3. Relación entre sábado
hebreo y domingo cristiano - III. Significado teológico-litúrgico
del domingo:
El domingo, sacramento de la pascua;
Dimensiones del acontecimiento: a)
Actualización en el presente, b) Memoria del pasado, c)
Profecía del futuro; 3. Modalidades de la celebración: a) Valor
pascual del "convenire in unum", b) de la proclamación-escucha
de la palabra de Dios, c) del memorial eucarístico;
4. La
celebración, en domingo, de los demás sacramentos - IV. Problemas
y perspectivas pastorales: 1. La cuestión del "precepto"; 2.
Esfuerzo para que en la celebración eucarística dominical se
revele el verdadero rostro de la iglesia; 3. Domingo y celebraciones de los
santos; 4. El problema de las "jornadas".
594
I. Aproximación
existencial y cultural al problema del domingo
En la pastoral de
estos últimos años, el domingo se ha convertido en un grave
problema, uno de esos nudos en los que confluyen todas las contradicciones del
momento presente, no sólo en el plano religioso y pastoral, sino
también en el cultural, social, político y económico
'. Cuando se intenta realizar una aproximación a este tema, no entran
en causa solamente la vivencia de la fe y el compromiso propiamente
pastoral, sino toda la complejidad del tejido social, con particular
referencia al significado del trabajo y, por tanto, del tiempo libre, a las
exigencias naturales fundamentales de la vida de relación e
interdependencia entre las personas, etc. Así afloran a la
superficie todos los interrogantes y perplejidades que han aparecido en la
iglesia y, de un modo más general, en el mundo en que vivimos como consecuencia
de las radicales transformaciones que se han realizado en los
últimos cincuenta años y que tienen raíces mucho
más lejanas y profundas.
Desde la
perspectiva estrictamente religiosa, y en particular por lo que se refiere
a la celebración del domingo —que es el aspecto que ahora nos
interesa directamente—, dos son los aspectos que han tenido y siguen
teniendo incidencia sobre él, hasta hacerlo cambiar de imagen y suscitar
graves problemas pastorales. Uno de orden más bien sociológico,
otro de carácter cultural; los dos dejan una considerable huella
negativa en la fe y la práctica religiosa.
1. EL PASO DE UNA
SOCIEDAD RURAL A UNA SOCIEDAD INDUSTRIALIZADA, de una sociedad
estática y 595
cerrada a una
sociedad caracterizada por la movilidad y el pluralismo. La primera se
centraba en las realidades sacrales del tiempo y del espacio; en ella el
domingo rompía la monotonía de las pequeñas cosas para
evocar valores espirituales e ideales más altos, y fomentaba el sentido
de pertenencia al grupo étnico y religioso en que las personas
estaban profundamente arraigadas. La segunda, en cambio, ha perdido estas
dimensiones naturales, comunitarias y cósmicas: en ella domina la ley de
la productividad, con los ritmos frenéticos que ésta lleva
consigo; en ella se manifiesta claramente la tendencia al individualismo,
que conduce a encerrarse en lo privado con actitud de desconfianza y de
recelo hacia el otro o a abrirse al máximo con los grupos de los afines;
se experimenta todavía la necesidad de la / fiesta, pero como necesidad
de evasión y de ruptura, que de hecho se convierte frecuentemente
en cansancio, aburrimiento y frustración.
2. EL
FENÓMENO DE
Domingo
más en el
ámbito de la vida privada, si es que no se la considera
insignificante o incluso alienante. El hombre que vive en la ciudad secular,
no pudiendo ya captar el designio de Dios sobre la historia, como se
realiza hoy en el tiempo de la iglesia, y sobre todo en la liturgia, ya no cae
en la cuenta de la referencia que tiene su vida, y especialmente
algunos de sus momentos, a las celebraciones litúrgicas; por ello las
conoce cada vez menos, si es que no las considera meras formas de una
práctica socio-cultural o expresión de una vaga religiosidad de
tipo sacral, terminando, en consecuencia, por abandonarlas o por darles un
relieve muy escaso dentro de la propia vida!.
La
polarización en torno al domingo de tantas y tan complejas
problemáticas explica los numerosos simposios y congresos, investigaciones
y estudios que se han desarrollado en estos últimos veintetreinta
años en torno a este tema, con el intento de profundizarlo en todos sus
aspectos e implicaciones y con el objeto de iluminar su original y
originario significado bíblicoteológico, el valor que tiene
en la genuina tradición eclesial, los contenidos y las modalidades
celebrativas, los problemas que plantea a la pastoral actual y las
orientaciones para su revalorización.
Considerada la
amplitud y complejidad de los puntos en cuestión y los
límites que se nos han asignado, resaltaremos solamente los elementos
más interesantes desde el punto de vista litúrgico-pastoral,
sin dejarnos arrastrar por la pretensión de llegar a conseguir un cuadro
completo y exhaustivo.
3. PROBLEMAS Y
CONTRADICCIONES RESULTANTES. El día que la tradición
cristiana nos ha transmitido como el primero, el señor de los
Domingo
díasJ, es
decir, aquel en el que se sintetizaba y se celebraba toda la historia de la
salvación centrada en la pascua de Cristo, se ha desviado gradualmente
hacia la posición diversa que describiremos en seguida (/
infra, a-b), hasta el punto de que su identidad propiamente cristiana no
sólo está seriamente amenazada, sino que parece sin
más hallarse encaminada a desaparecer por completo.
Se verifica, con
acentuación particular, a propósito del domingo, el
fenómeno que tiene una amplia resonancia en otros muchos campos de
la vida de la iglesia: por un lado, se ha afirmado en estos últimos
tiempos una teología bíblica bastante elaborada —se
diría cuasi completa— sobre el domingo, mientras que, por otro, la
acción pastoral encuentra cada vez más dificultad en traducir en
clave operativa el dato teológico. En otros términos, se tiene la
impresión de un desnivel cada vez más acentuado entre lo que
el domingo es en la tradición bíblica y está llamado a
ser, desde la genuina experiencia eclesial, y lo que de hecho es en la
situación actual, tanto en la conciencia como en la praxis de la llamada
cristiandad. La razón está en el hecho de que las nuevas
adquisiciones o el redescubrimiento de las instancias que han surgido en
el campo bíblico-teológico quedan de hecho sepultadas por
los factores negativos vinculados con las profundas y radicales transformaciones
históricas, culturales y sociales de nuestro tiempo. La identidad
cristiana del domingo resulta así comprometida no sólo por las
presiones masivas y violentas de un mundo descristianizado, sino
también por un persistente modo de vivir la experiencia cristiana
dentro de la misma iglesia que se ha ido afirmando a partir del me
596
dievo y que no
promete cambiar a pesar del impulso de renovación en los últimos
años, y sobre todo a partir del Vat. II.
a) índices
de tendencia que resultan de la investigación sociológica
y estadística.
Han emergido
así dos aspectos de diferente impacto, si bien estrechamente
relacionados: uno de tipo formal y estadísticamente importante,
otro más preocupante y más profundo, y que, como tal, es un
índice de tendencia no reducible a números. El primero ha hecho
constatar que, en una sociedad radicalmente cambiada, también para los
bautizados el domingo no aparece ya como día de descanso físico,
y mucho menos como día de descanso espiritual, sino más bien como
momento de evasión, que desemboca en formas de diversión que
terminan en el aburrimiento y la frustración; los ritmos de un trabajo
rígidamente programado con vistas a la producción, además,
tienden a no dejar ya coincidir, para muchos, el tiempo libre con el domingo;
finalmente, la semana corta y el mejorado tenor de vida, con el correspondiente
bienestar, llevan a un número cada vez más alto no sólo de
familias, sino especialmente de jóvenes a pasar el fin de semana
fuera del propio ambiente natural y de la comunidad en el que
habitualmente viven, erradicán
597
dolos de
costumbres que, es preciso recordarlo, habían sido adquiridas sin serio
convencimiento ni motivaciones profundas.
El segundo
aspecto se incluye en el fenómeno más amplio de la disociación
entre fe y culto y entre liturgia y vida. La evolución parece darse en
una triple dirección. Ante todo, hacia una concepción del culto
de tipo naturalista: el domingo no es considerado como el día nacido de
la pascua y para celebrar la pascua, sino que se alinea entre los tiempos
sagrados que toda religión natural conoce, para satisfacer la
obligación que tiene la creación de tributar el propio culto
a la divinidad. Tratados de moral y catecismos de los tiempos pasados explicaban
el "acuérdate de santificar las fiestas" en esta
óptica. En segundo lugar, en la dirección del legalismo,
que desvía la atención del gran acontecimiento pascual,
raíz y quicio del domingo, al precepto obligatorio sub gravi
para los cristianos de santificarlo, absteniéndose de obras serviles y
oyendo misa; precepto que se ha presentado progresivamente como
extrínseco e inmotivado y que, particularmente entre los más
jóvenes, se tiende a descuidar en nombre de una espontaneidad en la fe y
en los actos que la expresan. La tercera línea de tendencia ve en la
santificación de la fiesta y en los gestos relacionados con ella un
compromiso
puramente individual.
Cada vez se
afianza más el convencimiento de que la obligación del descanso
y de la misa afecta al cristiano particular o, todo lo más, considerado
en su relación con la autoridad jerárquica, la única
competente para regular toda esta materia y, eventualmente, para
dispensar. La referencia a la comunidad de los hermanos, el hacer
iglesia y sentirse iglesia para celebrar la fe pascual y realizar
Domingo
la
comunión con el Resucitado desaparece gradualmente del horizonte.
Estamos en una época en la que el individualismo en todas sus formas y
la escasa conciencia de iglesia, o incluso una visión errónea de
la misma, determinan estas actitudes.
b) El panorama
actual de la asamblea dominical. En los años siguientes más cercanos
a nosotros la atención se ha trasladado de los datos estadísticos
referentes a la práctica religiosa y de su interpretación al
significado, a la fisonomía y a la estructura de la asamblea dominical,
a las exigencias que ella manifiesta, a los cometidos que se exigen no
sólo en relación con la celebración, sino también
con la misión de los creyentes en el mundo s. También en
esta perspectiva aparecen problemas y dificultades que no es fácil
sintetizar y que están en relación con las tres tendencias arriba
mencionadas.
Hay que notar
ante todo el fenómeno preocupante del cambio de los ritmos de la
asamblea eucarística: no son ya los del plazo semanal dominical,
sino que tienden a distanciarse cada vez más hasta coincidir
solamente con algunas grandes solemnidades del año litúrgico (navidad,
pascua, etc.), quizá más vinculadas con la devoción y
la tradición religiosa popular (todos los santos,
conmemoración de los difuntos, Inmaculada, etc.).
El ir a misa no
forma parte del nuevo estilo de vida, sino que se considera ahora como una
exigencia relacionada con la costumbre ambiental cuando el emigrado vuelve
al lugar de origen con motivo de alguna fiesta o en el período de vacaciones.
Si luego la
atención se dirige a los participantes en la asamblea dominical,
todo pastor de almas observa
Domingo
una notable
pluralidad de situaciones en las personas que la componen: se va
desde los participantes ocasionales, presentes a veces por motivos
contingentes, hasta los asistentes sólo por costumbre o por un
sentimiento religioso vago, hasta quienes están buscando sinceramente
una fe auténtica o desean profundizar su sentimiento de pertenencia
a Cristo y a la iglesia, o —finalmente— hasta quienes se hallan
sinceramente comprometidos en la vida cristiana, en el servicio y en el
testimonio. En relación con esto cambia naturalmente el tipo de
participación en la acción litúrgica: hay quien asiste
casi sólo pasivamente y en actitud de despacharla, quien intenta
insertarse también sacramentalmente en el misterio y quien se pone al
servicio de los hermanos en los diversos ministerios previstos por la
celebración. Para la mayoría, la misa del domingo es el
único acto religioso; para pocos, el momento fuerte de un más
amplio y global compromiso de fe y misionero.
Una última
serie de factores tiende a oscurecer el cuadro de la asamblea dominical:
la excesiva multiplicación de misas, sin que sea posible constituir
verdaderas comunidades de oración; la división de los
creyentes —sobre todo los más comprometidos— en grupos que
tienden a reivindicar una propia autonomía en celebraciones sectoriales;
la escasa / animación y vitalidad que se nota en la acción
litúrgica...
4. INDICACIONES
DE OBJETIVOS PASTORALES EN ORDEN A UNA SUPERACIÓN DE
ralizable, es
necesaria una acción pedagógica y pastoral a diversos niveles y
con objetivos precisos. En particular, es urgente un compromiso educativo
global y al mismo tiempo personalizado, orientado a restituir al domingo su
pleno significado tal como se encuentra en la tradición
bíblica y patrística, en la reflexión teológica y
en el magisterio conciliar reciente; se impone una atención a las
contradicciones y dificultades que se han creado con la nueva situación
socio-cultural, a fin de encontrar una pastoral que las tenga en
cuenta y procure superarlas, sin traicionar las instancias más
genuinas, y por lo mismo imprescindibles, del dato teológico; es,
finalmente, de urgencia inaplazable un esfuerzo por llevar a la
práctica en la asamblea litúrgica dominical las instancias de la
renovación litúrgica reciente, de modo que dicha asamblea vuelva
a ser el momento fuerte, no exclusivo, pero totalizante, en que la comunidad
de los creyentes celebra la pascua de Cristo y la propia fe con autenticidad de
signos y de modos expresivos, con seriedad de propósitos, con plena
y consciente participación personal y eclesial.
II. El domingo:
fundamento bíblico y tradición eclesial
"La iglesia,
por una tradición apostólica que trae su origen del mismo
día de la resurrección de Cristo, celebra el misterio pascual
cada ocho días, en el día que es llamado con razón
día del Señor o domingo" (SC 106). Este texto fundamental
del magisterio conciliar constituye el punto de referencia más
autorizado para una reflexión sobre el significado original del domingo
y sobre las características 599
que adquiere su
celebración en la tradición y en la experiencia actual de la
comunidad cristiana.
1. Los DATOS DEL
NT. En el año 112, Plinio el Joven, gobernador de Bitinia, escribe
al emperador Trajano para hablarle de lo que él llama una
"perniciosa y extravagante superstición"6: es el primer
documento profano que poseemos sobre los comienzos de la iglesia, calificada
ya por el contemporáneo Tácito como "una multitud
inmensa". La investigación promovida por el gobernador ha dado como
resultado que los miembros de esta secta —es decir, los cristianos—
tienen la costumbre de reunirse antes del alba en un día establecido
para cantar himnos a Cristo como si fuera un Dios7. La policía de Plinio
había visto la realidad, a pesar de que la descripción es
superficial y sumaria.
Esta
reunión es considerada por los mismos cristianos como un hecho original
y típico de su fe. San Justino, en su conocida Apología I,
escrita para el emperador Antonino Pío hacia mediados del s. II, nos
ofrece un precioso testimonio al respecto. Afirma que "en el día
llamado del sol"! los cristianos "que habitan en la ciudad y en los
campos se reúnen en un mismo lugar"; y pasa luego a describir
el desarrollo de la celebración, que es el más antiguo que
poseemos.
La misma
constitución conciliar sobre la liturgia, en los primeros
números, después de haber descrito la obra de la redención
humana y de la perfecta glorificación de Dios, que tiene su preludio en
las "maravillas que Dios obró en el pueblo de la antigua
alianza" (SC 5) y tuvo su cumplimiento con la muerteglorificación
de Cristo, recuerda que, desde pentecostés, "en que la iglesia se
manifestó al mundo", la comunidad de los creyentes "nunca
Domingo
ha dejado de
reunirse para celebrar el misterio pascual" (SC 6).
Desde el
principio hasta nosotros hay una ininterrumpida continuidad, que tiene
origen y fundamento en los escritos del NT. Los Hechos de los Apóstoles
presentan la reunión dominical como un hecho habitual en
Tróade (He 20,7); pensando en ella, el autor del Apocalipsis
escribe el primer capítulo de su libro como
"revelación" que le fue concedida "en el día del
Señor" (Ap 1,10); esto explica, finalmente, la insistencia y la
precisión con que Juan data las apariciones del Resucitado a los
discípulos reunidos, con intervalos de una semana (Jn 20,19.26),
precisamente el primer día después del sábado. La
reunión dominical queda así vinculada a un hecho primordial y
original: el encuentro de los primeros creyentes con el Resucitado,
encuentro en que se realiza plenamente la palabra de Jesús: "donde
dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de
ellos" (Mt 18,24).
Esta
tradición ininterrumpida constituye para la iglesia una especie de
pulsación que la hace vivir, hasta el punto que cuando algunos
cristianos de África, en el s. iv, acusados de reuniones
ilícitas, comparecen ante el tribunal de Cartago, afirman con
fuerza: "Hemos celebrado la asamblea dominical porque no
está permitido suspenderla"'. Y por esto mueren
mártires.
2. EL DOMINGO,
DÍA DEL SEÑOR Y FIESTA PRIMORDIAL SEGÚN ALGUNOS
TESTIMONIOS DE LOS PADRES. La originalidad del domingo y el sentido profundo
que adquiere en la experiencia de fe de la primitiva comunidad cristiana
están encerrados en el término griego que lo designa:
kyriaché eméra, o simplemente kyriaché, de donde se
deriva el latín dies dominicus, y de ahí
Domingo
nuestro domingo.
El término califica al domingo como el día del Kyrios,
día del Señor victorioso o, mejor, día memorial de la
resurrección.
No sería
difícil recoger una rica mies de textos y testimonios antiguos que
pongan en estrecha relación el domingo cristiano con el gran
acontecimiento pascual. Una preciosa y cuidada colección se puede
encontrar en las dos obras fundamentales de W. Rordorf " y de
C. Mosnal2. Baste
recordar aquí que el nexo pascua de Cristo-domingo cristiano es un
dato de fondo y constante en toda la tradición: para Tertuliano se trata
del "día de la resurrección del Señor" l3, y
para Eusebio de Cesárea "el domingo es el día de la
resurrección salvífica de Cristo"; por eso, sigue él
afirmando: "cada semana, en el domingo del Salvador, nosotros celebramos
la fiesta de nuestra pascua"M. San Basilio habla de "el santo
domingo, honrado con la resurrección del Señor, primicia de todos
los otros días",5. San Jerónimo se deja llevar del
entusiasmo cuando afirma: "El domingo es el día de la
resurrección, el día de los cristianos; es nuestro
día" ".
Fundándose
precisamente en estos testimonios, la constitución litúrgica
del Vat. II afirma que "el domingo es la fiesta primordial, que debe
presentarse e inculcarse a la piedad de los fieles" (SC 106), y por tanto
ha de considerarse como fundamento y núcleo de todo el año
litúrgico. La celebración anual de la pascua en el gran domingo
de la resurrección, de hecho, vino posteriormente. En torno a este
doble quicio se fue organizando gradualmente todo el / año
litúrgico, con el que la iglesia intenta celebrar,
600
con sagrado
recuerdo, en días determinados, la obra de la salvación
realizada por su divino esposo (ib).
De los textos de
la tradición que nos han llegado y que atestiguan el nexo domingo-pascua
surge la nota de la alegría, de la festividad, como dominante de la
celebración. Incluso autores austeros, como Tertuliano,
exhortan a dar espacio a la alegría en este día, no por una
debilidad, sino por una exigencia del espíritun. Esto explica, entre
otras cosas, la conocidísima doble prohibición, constantemente
repetida tanto en Oriente como en Occidente, de orar de rodillas y de
ayunar.
3.
RELACIÓN ENTRE SÁBADO HEBREO Y DOMINGO CRISTIANO. Todos
estos datos demuestran con claridad que la iglesia, desde el primer
momento, quiso dar un significado y un valor preciso al domingo. Este no es un
día cualquiera, ni siquiera la trasposición al día
siguiente de lo que los hebreos celebraban el sábado. Aquí
aparece el complejo problema de la relación entre el sábado
hebreo y el domingo cristiano, del que se ocupó ampliamente la literatura
antigua y reciente, y que no ha encontrado todavía soluciones concordes
y del todo satisfactorias. Se puede decir, sin embargo, al menos en general,
que tal relación es de continuidad y de ruptura al mismo tiempo; y que
sobre este punto, como sobre muchos otros, surge la cuestión de la
relación entre la economía cultual-salvífica del AT y la
del NT, preanunciada por los profetas e inaugurada por Cristo. Vale la pena
hacer alguna indicación más precisa.
La semana de los
hebreos comienza con el sábado y conduce 601
hacia el
siguiente. La teología del sábado hebreo tiene su fundamento (o,
mejor, su punto de referencia) en el libro del Génesis, donde Dios
descansa después de la obra de la creación. El sábado, sin
embargo, es una de esas instituciones cuyo origen hoy parece con certeza que
debe buscarse en el ambiente mesopotámico y que posteriormente
recibió de la cultura hebrea una nueva interpretación y
contenidos originales ". Lo que más llama la atención a
quien recorre la tradición bíblica, y por lo mismo lo que
más caracteriza al sábado, es el descanso absoluto (cf Ex
16,29-30; 23,12; 34,21). Lo indica la misma etimología del
término shabbat, que quiere decir cesar, reposar. La tradición
sacerdotal (cf Ex 31, 17.20) lo ve como una imitación del descanso
divino después de la creación (cf Gen 2,2). En \a actuandad
parece incluso cierto que la narración ha sido concebida y escrita
precisamente para inculcar y motivar entre los hebreos la necesidad del
descanso semanal. Como el hombre imitaba con su trabajo la obra creadora de
Dios, así debía imitar su descanso; tanto más Israel,
que por elección divina había llegado a ser hijo de Dios. Esta
ley se hará bastante pesada, sobre todo en la época del exilio
babilónico, por las prescripciones y las detalladas y asfixiantes
determinaciones inculcadas por el legalismo imperante. Pero el sábado
no es solamente imitación del descanso de Yavé: es
también día de culto, de acción de gracias y de
oración. Con su descanso Dios santificó el sábado, lo
hizo sagrado, estableciendo que fuese consagrado a él. De aquí la
expresión santificar el sábado, tan frecuente en la biblia (Ex
20,8; Dt 5,12; Is 56,24; Neh 13,17) para infundir en el pueblo de Dios veterotestamentario
la conciencia del
Domingo
deber de
reconocer con gestos cultuales su consagración.
El sábado
es, pues, una institución central del judaismo, hasta el punto de
que, mientras en el mundo helenístico vige la semana planetaria
y los diversos días toman nombre de los planetas, en el judaismo
sólo el sábado tiene nombre; los demás días
simplemente se numeran: primer día, segundo día, etcétera.
Uso que la liturgia romana ha conservado para designar precisamente los
días feriales.
Los
apóstoles y los primeros discípulos de Jesús, provenientes
del judaismo, conocían y practicaban la semana judía y antes
de separarse de esta matriz conservaron sus antiguas costumbres. No hay,
pues, que extrañarse de que en cualquier comunidad cristiana, por
ejemplo en aquella para la que escribe Maleo, pudiera coexistir
pacíficamente la celebración del domingo con la observancia del sábado
(cf Mt 24,20). La polémica antisabática comienza con san Pablo
y en sus comunidades, de proveniencia helenística (cf Gal 4,8-11;
Rom 14,5-6; Col 2,16-17): no se siente ya la obligación legal del
sábado, y se apunta hacia lo que es propio y específico de los
cristianos; con la intensificación de la polémica contra los
judaizantes se afirmará la tendencia a vaciar de sentido la vieja ley
sabática, como también asimismo la de la circuncisión
y la referente a las impurezas legales.
Así se
evidencian algunos hechos que vale la pena subrayar: — Los cristianos
comenzaron a celebrar, por cuenta propia y con modalidades propias, el
domingo o "el primer día después del
sábado"2". El domingo fue organizado para asumir el elemento
más importante y característico del sábado judío,
el reposo, y así permanecieron las
Domingo
cosas hasta la
paz de Constantino. — Sin embargo, no fue fácil desembarazarse
de la observancia sabática, insertando ésta entre los otros
preceptos del decálogo, considerados norma moral y válida
también para los cristianos. El camino de salida, aun apelando al
ejemplo de Jesús, que con frecuencia entró en conflicto con la
observancia material del sábado, se encontró elaborando
una teología espiritualizante, que entendía el reposo en clave a
veces escatológica, otras veces alegórica y otras moral.
Temas, todos éstos, desarrollados por la gran patrística, y de
los que nos ofrece una síntesis san Agustín en sus Confesiones
cuando, al hablar de la paz, que consiste en alcanzar a Dios sumo bien, usa la
expresión "la paz del descanso, la paz del sábado, la paz
sin anochecer"21.
— A pesar
de todo esto, por causas no fáciles de explicar, precisamente a partir
del s. iv se asiste a una vuelta a las viejas costumbres sabáticas.
Dos hechos atestiguan este fenómeno: en marzo del año 321 la ley
de Constantino, en el marco de cristianización de la sociedad, impone
la obligación del descanso dominical también en el ámbito
de la sociedad civil, mientras que hasta ese momento el domingo era día
laborable para todos; el otro hecho, todavía más curioso, es la
vuelta, en diversos sectores de la cristiandad, a la observancia pura y
simple del antiguo sábado al lado de la del domingo, como de "dos
días que son hermanos", según dirá san Gregorio de
Nisa ".
Si
pudiésemos seguir las diferentes vicisitudes de la historia del
domingo hasta la clásica distinción entre trabajos serviles y
trabajos liberales, atribuida corrientemente a Martín de Braga (? 580),
bajando hasta el medievo, en que varios concilios y capitulares de los reyes
602
francos llegan a
precisar cada vez más y con mayor rigor el doble precepto dominical, el
del descanso festivo obligatorio (visto, de hecho, en paralelo con el precepto
del decálogo sobre el sábado judío) y el de oír la misa
(aunque una primera alusión a esta obligación se encuentra
ya en el concilio de Elvira, de 305-306, contra quien se ausenta por tres veces
seguidas); si se considera luego cómo en esta dirección se
ha desarrollado poco a poco toda una casuística posescolástica y
postridentina que se ha agudizado hasta nuestros días, se llega a una
conclusión muy simple que resume un poco toda la cuestión: tras
el nacimiento original del domingo cristiano y su progresiva afirmación
frente al sábado judío, a partir del
s. iv se asiste a
un movimiento inverso, que se puede cafacterizar como una gradual
sabatización del domingo". Las consecuencias de este hecho, que ha
determinado una concepción y una praxis del domingo inspiradas en
una visión naturalista del culto y del domingo mismo (día que
hay que dedicar a Dios), en el legalismo y en el individualismo, se pueden
experimentar todavía hoy y hacen difícil una renovación
que se funde sobre la tradición bíblico-patrística y sobre
el profundo significado sacramental y eclesial del día del
Señor.
III. Significado
teológicolitúrgico del domingo
Toda la
teología del domingo debe reconducirse a este núcleo fundamental,
es decir, al concepto y a la realidad del domingo como pascua semanal. Los
demás aspectos adquieren significado y valor a partir de
éste. El domingo está marcado por el acontecimiento central que
resume toda la historia
603
de la
salvación; su celebración permite a los creyentes entrar en
contacto con la resurrección de Cristo y realizar en sí mismos su
alcance salvífico. Esto es lo que le convierte en día sagrado por
excelencia, y por tanto intocable; quien lo toca, atenta contra el
fundamento mismo de la iglesia: el misterio pascual del que ella
nació (SC 5), del que continuamente vive y por el que se manifiesta y
crece como comunión, hasta que llegue a la medida de la plenitud de
Cristo (cfEf4,13).
1. EL DOMINGO,
SACRAMENTO DE
Domingo
posconciliar; es
un ideal dominante en la tradición eclesial, sobre todo
patrística. San Agustín, por ejemplo, habla con frecuencia
del domingo como "sacramentum paschae"M, es decir, de un
signomisterio que actúa, una presencia viva y operante del
Señor; signo que, acogido con fe, permite a los creyentes entrar en
comunión con Cristo resucitado, e inserta a la iglesia, peregrina en el
tiempo, en el nuevo orden de cosas que con su resurrección quedó
inaugurado.
El domingo no es
más que una fracción de tiempo: ¿cómo es posible
vincular su eficacia al fluir de éste? La dificultad es sólo
aparente. El / tiempo, en efecto, encierra en sí toda la actividad
humana y la mide: desde él adquiere valor. El domingo es una
porción de tiempo elevada a la dignidad de sacramento. Su
celebración implica algunas acciones humanas realizadas por la iglesia,
esposa del Señor y su prolongación en el tiempo, a las
cuales va vinculada una presencia operante del resucitado, y que por lo
mismo son santos misterios, fuentes genuinas de salvación para quienes
creen en el Señor. Tales acciones sacramentales —esencialmente
tres: reunión en el nombre del Señor, escucha-proclamación
de la palabra, acción de gracias memorial— tienen su
síntesis en la sinaxis eucarística, que es el centro de la
celebración dominical; a ellas, como afirma
(n. 7); tres
acciones que los fieles están invitados a realizar para celebrar la
pascua del Señor (n. 106). Precisamente por medio de estos misterios es
el domingo sacramento, signo elocuente y eficaz de culto al Padre por
Cristo en el Espíritu y de santificación para el hombre.
2. DIMENSIONES
DEL ACONTECÍ
Domingo
MIENTO. La
pascua, de la que el domingo es signo-memorial, no es, sin embargo, un
acontecimiento cerrado en sí mismo, sino un acontecimiento en el
que desemboca y se resume toda la economía salvífica pasada,
presente y futura.
a)
Actualización en el presente. El domingo se presenta ante todo como una
"anamnesis del Kyrios" ": el día en que se hace memoria
del paso de Jesús de este mundo al Padre; paso que comporta la pasión
y muerte en la cruz y culmina en su exaltación a la derecha de Dios y en
el don del Espíritu. Se trata de un único gran acontecimiento
(el / misterio pascual) que tiene una profunda y orgánica unidad:
gracias a él, Cristo ha pasado del estado de debilidad y
limitación en la carne al estado de gloria, en el que el Padre lo ha
constituido Señor de la historia y del cosmos y espíritu
vivificante para toda criatura. A continuación de Cristo, todo
hombre, por la mediación sacramental, puede pasar de la muerte a la
vida y vivir una existencia pascual; todo el universo se siente impelido
a renovarse, hasta alcanzar los cielos nuevos y la tierra nueva de que habla el
Apocalipsis (21,1).
b) Memoria del
pasado. Puesto que este acontecimiento es el punto de llegada de toda la
economía veterotestamentaria, es claro que recordarlo significa
también reevocar y actualizar las "mirabilia" realizadas
por Dios en la antigua alianza, que son anuncio y profecía de la pascua
cristiana. Así también en nuestros tiempos vemos resplandecer
los antiguos prodigios: lo que Dios hizo con su mano poderosa para liberar a
los israelitas de la opresión del faraón lo realiza hoy; la
humanidad entera es acogida entre los hijos de Abrahán y se hace
partícipe de la dignidad del pueblo
604
elegido (cf
oración después de la tercera lectura de la vigilia pascual).
Desde esta
perspectiva se explica también aquella corriente de la tradición
que considera el domingo como el día memorial de la primera y de la
nueva creación, y por tanto como el primer día o bien día
del sol o día de la luz. El primer día es el día en que
Dios hizo la luz; es el mismo en que Jesús resucitado inauguró la
nueva creación. La expresión está tomada —como es
fácil intuir— de la denominación de la semana planetaria de
los paganos. El uso que de ella hace a veces el NT (1 Cor 16,1-2; He 20,7)
demuestra que nos encontramos ante una tentativa de cristianización
de una institución pagana. En efecto, Cristo resucitado es el sol de la
justicia que, elevándose, reviste con su luz todo el mundo y se
convierte en lux mundi y lumen gentium. En su rostro resplandece en plenitud la
luz del primer día cósmico. Este acercamiento, que se encuentra
ya —como hemos visto más arriba [/ II, 1]— en
605
Cristo, sol de
justicia, resucitando lo iluminó"29. Ecos de esta misma
tradición encontramos en la liturgial, como, por ejemplo, en los
himnos que introducen las primeras vísperas y laudes del domingo. Por su
parte, santo Tomás, con un lenguaje bastante conciso y eficaz, afirma:
"El sábado, que recordaba la primera creación, se ha cambiado
por el domingo, en el que se conmemora la nueva creación iniciada
con la resurrección"'0. Esta constante afirmación fundamenta
la primera componente de la espiritualidad cristiana, que es la de vivir
la experiencia cristiana como una fiesta de total novedad. El domingo,
todo cristiano es llamado a tomar conciencia de su participación en
la vida del Resucitado; a sentir la urgencia de construir en sí mismo el
hombre nuevo; a experimentar el gozo de pertenecer a un mundo nuevo y a
comprometerse a edificarlo en justicia y santidad.
c)
Profecía del futuro. El domingo, por fin, justamente por ser sacramento,
presenta una tercera dimensión, la de futuro o escatológica:
anuncia y en cierto modo anticipa la vuelta gloriosa del Resucitado cuando
venga a celebrar con los elegidos la pascua eterna. Es una esperanza fundada
firmemente sobre el don que los signos litúrgicos sacramentales
manifiestan y comunican. "En la liturgia terrena pregustamos y tomamos
parte en aquella liturgia celestial que se celebra en la santa ciudad de Jerusalén,
hacia la cual nos dirigimos como peregrinos y donde Cristo está sentado
a la diestra de Dios como ministro del santua'rio y del tabernáculo
verdadero; cantamos al Señor el himno de gloria con todo el
ejército celestial; venerando la memoria de los santos, esperamos tener
parte con ellos y gozar de su
Domingo
compañía;
aguardamos al Salvador, nuestro Señor Jesucristo, hasta que se
manifieste él, nuestra vida, y nosotros nos manifestemos también
gloriosos con él" (SC 8). En la medida, pues, en que la comunidad
cristiana participa en la celebración litúrgica dominical tiene ya
la vida eterna, aunque en misterio; vive la vida filial y bienaventurada, aunque
escondida, y espera su plena epifanía (cf Jn 3,2).
Los padres
profundizaron con inagotable fecundidad esta dimensión del
día del Señor, que por eso es no sólo el día del
Resucitado, sino también el día de su venida última al
final de los tiempos, para cumplir el juicio divino (cf 1 Tim 5,2; 2 Tim 2,2; 1
Pe 2,12; 2 Pe 2,9; Rom 2,5). Sus reflexiones se desarrollan en torno al
tema del octavo día". Como el primer día de la semana
sirve para indicar el inicio de la creación, el octavo alude al
cumplimiento del mundo futuro y se convierte en signo de la plena
participación en el misterio pascual. Baste citar aquí la
última página del De civitate Dei de san Agustín, en la
que el genio del gran doctor y obispo ha condensado el meollo de esta doctrina.
"Este séptimo día será nuestro sábado, cuyo
fin no será una tarde, sino un domingo como octavo día, que
está consagrado por \a resurrección de Cristo; que prefigura
el descanso no sólo del espíritu, sino también del cuerpo.
Allí nosotros seremos libres y veremos; veremos y amaremos; amaremos y
alabaremos. He aquí lo que habrá al final sin final"32.
El domingo recibe
así esa tensión que es esencial a toda existencia redimida, y que
da a la espiritualidad, fundada en la liturgia, otra connotación
propia. La vida cristiana está llamada a convertirse en un nuevo
éxodo, un camino pascual, un itinerario que de domingo en
Domingo
domingo va hacia
el descanso de Dios, es decir, hacia la plena y definitiva comunión con
él. Esta espera le da su equilibrio: mientras le arranca de una
cómoda organización y coloca bajo el signo de la precariedad
todas las acciones humanas, empuja a los creyentes a comprometerse con
todas sus fuerzas para realizar ese reino perfecto de justicia y de paz
que se ha manifestado en la persona y en la obra pascual de Cristo y que se
realizará plenamente en su última venida, al final de los tiempos
(LG 5). Precisamente sobre este fundamento teológico-sacramental se
funda el aspecto del domingo como "día de alegría y de
liberación del trabajo" (SC 106), que es lo mismo que decir
día de fiesta, como ya se ha indicado [/ supra, II, 2].
3. MODALIDADES DE
El gran signo que
permite hoy a la comunidad de los creyentes
606
realizar la
pascua con Cristo es indudablemente la eucaristía, "memorial
de su muerte y resurrección, sacramento de piedad, signo de unidad,
vínculo de caridad, convite pascual" (SC 47). Es en la celebración
eucarística donde el domingo encuentra su sentido pleno y toda su
eficacia; por eso se le llama justamente "día de la
eucaristía".
La
eucaristía es la celebración de la nueva y eterna alianza
sancionada por Cristo con su muerte-resurrección. Es un acto
ritual complejo, significativo y eficaz por los signos que lo constituyen
y estructuran dinámicamente su desarrollo; en él se cumple
lo que sucede en la celebración de la antigua alianza, que selló
el acontecimiento pascual (cf Ex 24,3ss). Como se ha afirmado ya [/ supra,
1], tales signos son fundamentalmente tres: la convocación del
pueblo, el diálogo entre Dios y los suyos, el rito sacrificial y
convivial. Aunque estrechamente unidos y ordenados uno a otro como a su natural
complemento, cada uno de ellos tiene un valor pascual que alcanza su plenitud y
su vértice y se consuma en el último de ellos, que es el gesto
ritual del convite en el que se actualiza el sacrificio pascual de Cristo. La
constitución litúrgica, en un texto ya citado, recuerda que los
fieles que celebran el domingo deben realizar los tres actos:
"reunirse a fin de que, escuchando la palabra de Dios y participando en la
eucaristía, recuerden la pasión, resurrección y
gloria del Señor Jesús y den gracias a Dios, que los hizo renacer
a la viva esperanza por la resurrección de Jesucristo de entre los
muertos (1 Pe 1,3)" (SC 106).
Hoy, sin embargo,
teniendo en cuenta el pluralismo de fe de los participantes en la asamblea dominical,
y por tanto la diversidad de situaciones y de exigencias en rela
607
ción al
crecimiento en la fe y a la profesión de la misma, ¿es programable
una celebración que en casos particulares acentúe uno u otro de
estos tres signos, hasta prever que uno pueda excepcionalmente estar sin el
otro? Es una pregunta que se plantea en la vida pastoral, y que no puede ser
ignorada ni minimizada. Ciertamente no es de fácil solución,
sobre todo si se tiene en cuenta que la teología sobre el domingo, y
especialmente la legislación canónica, que incluye en el
precepto la asistencia a la misa, han sido elaboradas en una situación
de cristiandad y en el marco de una sociedad monolítica también
en relación con la creencia, que ya son solamente un recuerdo.
No tenemos
aquí la pretensión de resolver la (quizá) más grave
cuestión que hoy se plantea en el plano pastoral. La hemos
mencionado sólo por señalar un problema que merece ser
profundizado. Una modesta contribución puede venir de una
reflexión acerca del valor pascual de cada uno de los tres signos
de la celebración eucarística dominical que, naturalmente en
grado bastante diverso, pueden consentir a quien los practica realizar el
propio paso pascual.
a) Valor pascual
del "convenire in unum ". El domingo no es concebible sin la reunión
cultual de la comunidad. Por este motivo se le llama también día
de la iglesia, día de la asamblea. La iglesia, pueblo de la nueva
alianza, nació de la pascua de Cristo; por eso su celebración
exige la ecclesía, la convocación "de quienes creyendo
ven en Jesús al autor de la salvación y principio de la unidad y
de la paz" (LG 9). "Es absurdo celebrar la fiesta de la
redención solos, aislándose de la comunidad... La pascua es
esencialmente un acontecimiento
Domingo
mundial que exige
una proclamación pública, solemne... Por eso el dies
dominicus es también el día de la asamblea litúrgica
cristiana en que los fieles se reúnen para recordar y celebrar el
gran acontecimiento de la redención... Si el domingo fuese
solamente un recuerdo psicológico, se podría también
concebir su celebración en el plano individual; pero puesto que
lleva consigo una renovación sacramental, debe ser una
celebración solemne y comunitaria: es esencialmente un hacer
fiesta juntos" ".
Está claro
que, al ser la asamblea una epifanía de la iglesia, la celebración
debería destacar todas sus características: la unidad, incluso en
la diversidad de los que la componen; la estructura jerárquica y
ministerial, con una adecuada distribución de cometidos y oficios; la
unanimidad en la participación; una actitud de acogida y de apertura
hacia todos; una atención a las posibilidades y exigencias de cada uno;
cosas bastante difíciles de conseguir si no se procura una adecuada
/ animación de la asamblea.
Comúnmente
se pone de relieve el hecho de que la asamblea litúrgica
está ordenada a la celebración eucarística y constituye su
primer signo. Esto es cierto, pero hay que subrayar también que la
reunión del pueblo de Dios para el culto y la oración y para
expresar y realizar la comunión con los hermanos en la fe, es ya
significativa en sí misma y tiene un valor pascual. En efecto,
ésta es ante todo un paso de la dispersión-división
causada por el pecado a la comunión con Dios y con los hermanos. Y
éste es el resultado de la acción misericordiosa de Dios, y
exige de los convocados docilidad a la acción del Espíritu,
y por lo mismo una actitud de conversión continua. Por este motivo
toda asamblea dominical debe
Domingo
ría
comportar gestos concretos de perdón y reconciliación. Tal paso
está destinado a consumarse en una auténtica caridad hacia los
hermanos. "Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida
porque amamos a los hermanos" (U n 3,14).
Este amor
está llamado, en domingo, a sacramentalizarse, a hacerse visible
y operante en palabrasgestos de amistad y de fraternidad, de testiraonio y
de servicio, de participación y condivisión, sobre todo en
relación con los que no tienen o son menos, dentro o fuera de la
asamblea. Sólo con estas condiciones la convocación se convierte
en momento pascual.
b) Valor pascual
de la proclamación-escucha de la palabra de Dios. La palabra de
Dios, en la antigua economía, anunció y realizó la
liberación de Israel y lo convirtió en pueblo de Yavé. Con
más razón sucede esto en el caso de la iglesia, que es obra de la
palabra viva, Cristo. La palabra de Dios es siempre, directa o indirectamente,
un anuncio de la muerte y resurrección de Cristo; anuncio que no es
solamente un recuerdo, sino un evento que se realiza aquí y ahora en virtud
de la presencia de Cristo, que en la palabra de Dios y a través de ella
habla y actúa para hacer realizar a los creyentes el nuevo éxodo
pascual. "Esto hay que decirlo señaladamente de la liturgia de
la palabra en la celebración de la
misa, en que se
unen inseparablemente el anuncio de la muerte y resurrección del
Señor, la respuesta del pueblo que oye y la oblación misma por la
que Cristo confirmó con su sangre la nueva alianza, oblación en
la que los fieles comulgan de deseo y por la percepción del
sacramento" (PO 4).
A pesar de ello,
hay que atribuir 608
un valor pascual
a la celebración de la palabra de Dios independientemente del rito
eucarístico, por el alcance sacramental que adquiere cuando es
proclamada "in ecclesia" (SC 7,33). Acoger y obedecer a la palabra
anunciada y celebrada en una asamblea cultual se convierte siempre en un paso
de las tinieblas a la luz, de la esclavitud a la libertad, de la muerte a la
vida. "En verdad, en verdad os digo que el que escucha mis palabras y cree
en el que me ha enviado tiene vida eterna y no es condenado, sino que ha pasado
de la muerte a la vida" (Jn 5,24). Este paso realiza la comunión
con Dios y con los hermanos que se adhieren con fe a tal palabra. En
efecto, a través de su palabra "Dios invisible, movido de amor,
habla a los hombres como amigos, trata con ellos para invitarlos y
recibirlos en su compañía" (DV 2). Esta comunión es
comparada frecuentemente por los padres con una manducación
análoga a la del cuerpo de Cristo en la eucaristía.
En una
situación en que la fe disminuye, y simultáneamente crece el
hambre de esta palabra y la exigencia de evangelización, la pastoral
litúrgica, especialmente la referente al domingo, además de
valorar su celebración en el marco de la eucaristía, ¿no
debería prever también formas nuevas y más amplias de
anuncio, de catequesis, de oración en torno a ella, incluso
independientemente del memorial eucarístico?
c) Valor pascual
del memorial eucarístico. En la asamblea del Sinaí, el
acontecimiento pascual, que comienza con el paso de Dios en medio de los suyos
para arrancarlos de la opresión y de la esclavitud, se
concluye con el rito sacrificial de la sangre, que luego se
609
convierte en
banquete de comunión de los salvados. La comunidad de Israel lo conmemora
en la cena pascual, sacrificio en honor de Yavé (Ex 12,27), que es al
mismo tiempo acción de gracias y signo de fraternidad. El rito era
figura y profecía de la nueva pascua, que históricamente se
cumplió con la muerte-glorificación de Cristo y que la iglesia
recuerda y celebra en la liturgia eucarística, repitiendo, según
el mandato de Cristo, lo que él mismo hizo en la última cena. El,
"en efecto, tomó el pan y el cáliz, partió el pan y
dio el uno y el otro a sus discípulos, diciendo: Tomad, comed, bebed,
esto es mi cuerpo, éste es el cáliz de mi sangre. Haced esto en
memoria mía"K.
La
actualización del sacrificio pascual de Cristo tiene su expresión
ritual en dos gestos fundamentales: la oración eucarística y la
comunión sacramental. En la primera, que es oración de
acción de gracias y de santificación, "se dan gracias a Dios
por toda la obra de la salvación, y las ofrendas se convierten en
cuerpo y sangre de Cristo", alcanzando su presencia real la culminación
de eficacia; "por medio de la comunión los mismos fieles reciben el
cuerpo y la sangre del Señor, del mismo modo que los apóstoles lo
recibieron de las manos de Cristo mismo"".
Así la
pascua de Jesús se convierte en pascua de la iglesia. "Cuando
nosotros reunidos comemos la carne del Señor y bebemos su sangre,
celebramos la pascua"", pasamos de la muerte a la vida (cf Jn 6,3233),
nos convertimos en lo que estamos llamados a ser: el cuerpo místico de
Cristo, pueblo pascual del NT. A esto es a lo que tiende la celebración
dominical; he ahí por qué el domingo sin la eucaristía no
puede decirse plenamente día del Señor y de su iglesia.
Domingo
La
cuestión que se plantea es qué significado para la fe y
qué alcance salvífico puedan tener estos gestos para quien no
participa en ellos consciente y plenamente. Esto especialmente en
relación con la comunión sacramental. Es bien conocido el
hecho de que, a pesar de haber crecido notablemente el número de los que
se acercan a la comunión, todavía no es realizada por todos los
que asisten a la asamblea dominical; a veces, además, no resulta
comprendida en su sentido verdadero y en todas las exigencias que
comporta. ¿No sería conveniente tomar en seria
consideración la posibilidad de celebraciones diversificadas,
según las características y las exigencias de los participantes?
Es claro que la eucaristía plenamente participada debería
ser siempre la meta hacia la que hay que caminar y la desembocadura natural
y necesaria de la acción pastoral dominical.
4.
Domingo
asamblea
eucarística; con el rito nupcial se manifiesta en la consagración
de la bipolaridad sexual el misterio de amor que debe constituir el efecto
específico de la misma comunión eucarística; en el rito
fúnebre se proclama la esperanza cristiana en la resurrección de
los muertos, ya anticipada sacramentalmente en la presencia del
Señor en medio de sus comensales pascuales"38.
Algún
problema pastoral de hecho surge, especialmente para algunas de estas
celebraciones, en particular para el matrimonio y para los funerales,
sobre todo si están incluidos en la eucaristía; no tanto por
las inevitables molestias que puedan traer a la vida de la comunidad
parroquial cuanto porque con mucha frecuencia, más bien que enriquecer y
explicitar algunas potencialidades de la eucaristía, acaban
depauperándola en algunos de sus elementos. Esto es lo que sucede,
por ejemplo, en el caso del ciclo de lecturas, que queda cuestionado por la
elección de perícopas propias.
Consideración
aparte merece la celebración de la reconciliación.
Convendría tener presentes dos indicaciones que pueden facilitar la
solución de las cuestiones que se plantean a este respecto. Ante todo la
insistente recomendación del magisterio reciente de que no se superponga
la celebración de la misa con la reconciliación individual,
determinando para ésta horarios y momentos diversosw. En segundo
lugar, una oportuna redistribución de las misas dominicales
facilitaría, especialmente en algunas iglesias, la celebración de
la reconciliación no sólo individual, sino también en
la segunda forma prevista por el nuevo Ritual de
610
IV. Problemas y
perspectivas pastorales
Lo que hemos
estado diciendo, especialmente en la última parte, ha puesto ya en evidencia
algunos problemas pastorales y ha sugerido propuestas concretas de trabajo en
orden a una renovación del domingo. Ahora intentaremos completar el
cuadro, conscientes, sin embargo, de que hay cuestiones de difícil
solución, que deben ser resueltas gradualmente por quien tiene la
autoridad competente en la iglesia, mientras que para otras la solución
está frecuentemente en la responsabilidad, sensibilidad y buen
sentido de los agentes parroquiales.
1.
Como el anterior
CDC (cáns. 1247-1249), también el nuevo dedica tres
cánones (1246-1248) a los días de fiesta. Se notará que
aho611
ra la observancia
del domingo se funda en una motivación histérico-teológica.
Además se habla de participar (y no de oír) la misa. "El
domingo, en que se celebra el
•misterio
pascual, por tradición apostólica, ha de observarse en toda la
iglesia como fiesta primordial de precepto..." (can. 1246, § 1).
"El domingo y las demás fiestas de precepto los fieles tienen
obligación de participar en la misa, y se abstendrán
además de aquellos trabajos y actividades que impidan dar culto a
Dios, gozar de la alegría propia del día del Señor o
disfrutar del debido descanso de la mente y del cuerpo" (can. 1247).
La catequesis
deberá seguir luchando para que el precepto dominical no quede
sumergido, por una parte, en una difusa concepción naturalista del culto
y, por otra, en la aridez de la rutina y el formalismo. Esta ley debe
aparecer no como un imperativo exterior, sino como una exigencia y un compromiso
responsable en el camino de la fe. Ya en la época de la carta a los
Hebreos la asiduidad de los fieles a la asamblea dominical debió ser
objeto de insistencia, recordándoles su carácter
escatológico (10,25).
En el s. ni
2.
CARÁCTER ECLESIAL DE
Domingo
consigo, entre
otras cosas, un esfuerzo múltiple por restituir a la
celebración eucarística una dimensión verdadera y
plenamente eclesial, de modo que —como desea la constitución
litúrgica— "florezca el sentido comunitario parroquial sobre
todo en la celebración común de la misa dominical" (SC 42).
Para alcanzar
este objetivo es preciso ante todo evitar la dispersión y el
fraccionamiento de las asambleas42 con la correspondiente y frecuentemente
inmotivada multiplicación de las misas. La verdadera (o
presunta) utilidad de los fieles, especialmente si son pocos, no es motivo
suficiente para esto. Hace falta, además, promover una celebración
verdaderamente eclesial con la participación de una verdadera
asamblea, en la que se valoren plenamente los elementos de la acción
litúrgica (lecturas, cantos, oraciones) y se pongan en acción los
diversos ministerios y servicios requeridos. Objeto de muy particular atención
tiene que ser, naturalmente, la / homilía, valorando las enormes
riquezas del leccionario y teniendo presente que la celebración
dominical es la única ocasión que la mayor parte de los fieles
tienen de oír la palabra de Dios y penetrar en su mensaje.
Conviene que los
mismos grupos eclesiales y las comunidades (incluso religiosas) se sientan
llamados a participar en la más grande y significativa asamblea
dominical, para contribuir así a manifestar el misterio de la
iglesia, pueblo santo, variado, articulado y orgánicamente
estructurado. No tiene sentido aquí la petición de algunos grupos
de tener una celebración particular el sábado por la tarde para
anticipar la fiesta. Esto puede hacerse, y más acertadamente, en
otros días de la semana.
Continuando con
el tema de una
Domingo
celebración
dominical que sea reflejo del auténtico rostro de la iglesia, se
plantea un problema a propósito de las misas en lugares
turísticos o de veraneo. Frente a la movilidad creciente y a la
pérdida de sentido en muchos cristianos de la nota de catolicidad propia
de la iglesia, los agentes pastorales deberán procurar que
también la eucaristía en estas zonas o ambientes resulte una
verdadera experiencia de iglesia. La acogida familiar para con los turistas
y los transeúntes; la preocupación por hacer sentir a los
fieles que en la asamblea local, reunida aquí y ahora, se realiza el
misterio de la iglesia como convocación universal y abierta a todos; el
realce de las palabras y gestos rituales que destaquen estos aspectos, son
llamadas de atención que ayudan a superar la tentación del
individualismo y del anonimato, determinados también por una cierta
concepción del precepto.
3. DOMINGO Y
CELEBRACIONES DE LOS SANTOS. El domingo es la fiesta primordial por excelencia.
Por eso la constitución litúrgica recomienda que "no se le
antepongan otras solemnidades, a no ser que sean de veras de suma importancia"
(SC 106). Desde aquí se explican las incongruencias, y por ello las
prohibiciones, de trasladar al domingo las fiestas de la bienaventurada
Virgen María y de los santos, exceptuando los casos particulares
previstos por la legislación litúrgica actual45. En la actualidad
se constata una revalorización de la / religiosidad popular y de sus
formas incluso cultuales. Sin embargo, esto no se realiza siempre
según las orientaciones del magisterio reciente *•, por lo
que la tendencia a fijar en domingo las celebraciones de los santos
vuelve, a pesar de todas las buenas intenciones,
612
verdaderas o
presuntas, a surgir con soluciones a veces aberrantes o al menos discutibles no
sólo en el plano de las manifestaciones sociales, sino
también en el religioso, y más específicamente
litúrgico. Lo cual es claramente deformante, incluso desde el punto
de vista de la fe, ya que atenta contra la centralidad del misterio
pascual de Cristo que se celebra cada domingo.
4. EL PROBLEMA DE
LAS "JORNADAS". En la comunidad eclesial nacional o diocesana se
celebran con frecuencia, por mandato de
NOTAS: ' Cf I. de
Sandre, // giorno del Signore come falto sociale di contraddizione, en RL 64
(1977) 7-17 — 2 Cf CEI, Evangelizzazione e sacramenti, doc. past.
del
613
gumento, cf RPL
12 (1975) n. 5, 3-64; MD 130 (1977) 7-128; NPL 104 (1977) 4-28 — 6
Epist., ib, X: ed. M. Durry, París 19592, 74 — 7 Cf C. Mohlberg,
Carmen Christo quasi deo. en RAC 14 (1937) 130-131 — ! Apol. I 67; PG
6,429-430 — « Cf V. de Rosa, Marliri della domenica, en Lit. 11
(1977) n. 239-240, 49-50 — l0 Didaché 14,1: ed. T. Klauser, Bonn
1940, 28 — " Sabbat el dimanche dans l'église ancienne
(Traditio christiana, 2), Neuchátel 1972 — '2 Storia delta
domenica dalle origini fino agli inizi del VI secólo (Analecta gregoriana,
170), Roma 1969 — " De oratione 23,2: ed. G.F. Diercks, CCL I (1954)
271 — " De solemnitate paschali 7: PG 24,702 — "
Hom. in Hexameron II, 8: PG 29,51 — " In die dominica paschae;
ed. G. Morin, CCL 78 (1958) 550 — 17 Apologeticon 16,11: ed. E. Dekkers,
CCL I (1954) 116 — " Didascalia apostolorum V, 20,11; ed. F.X. Funk
I, Paderborn 1905, 298 — " Cf P. Dacquino, Dal sábalo ebraico
alia domenica cristiana, en La domenica (nota 4) 43-45 — 20 Esta es la
denominación más antigua del día del Señor; en
efecto, la encontramos en los evangelios (cf Me 16,1; Mt 28,1; Le 24; Jn 20,1);
en 1 Cor 16,2, y en He 20,7 — 2I Conf, lib. XIII, XXXV-XXXVII. ed. P.
Knoll, CSEL 33 (1896) 386-387 — 22 De castigatione: PG 43,310 —
" P. Visentin, Domenica: dalla celebrazione pasquale a osservanza
légale, en RL 64 (1977) 22 — 24 Conf, lib. L, XI: ed. cit., 476 -
2S Cf Sto. Tomás, S. Th. III, q. 60, a. 3 — 2Í In Joann.
XX, 20: PL 35,1556; Epist., 55: PL 33,204 — 27 Serm. cit. en la nota 3
—2* Serm. cit. en la nota 3 — 2' Hom. in Peni. I: PL 57,371
30 Jl
S. Th. MI, q. 103, a. 3, ad 4 — Cf
J. Daniélou, Le dimanche comme huitiéme jour, en Le dimanche (Lex
orandi, 39), París 1965 — 32 De civ. Dei 1. 22, c. 30: PL 41,803804
— " Hom. in Ezech. II, 4,2: PL 76,974 — 34 P. Visentin, Dies
dominicus, Abbazia di Praglia I9642, 84 — 3S Cf Ordenación general
del Misal Romano (= OGMR) n. 48 — 36 Ib — 37 S. Atanasio, Lili. 4:
PG 26,1376 — n E. Lodi, La celebrazione domenicale degli allri
sacramenti, en La domenica (nota 4) 133 — 39 Cf Instr. s. congreg. de
ritos, Eucharisticum mysterium, del
Domingo
43 Normas
universales sobre el año litúrgico y sobre el calendario, nn.
56-59. El texto español de estas Normas se encuentra en la
edición oficial española del Misal Romano, Coeditores
Litúrgicos, 1978 — *• Cf Pablo VI, exhort. apost. Evangelii
nunüandi 48, en A AS 68 (1976) 37-38 — 45 Cf A. Bergamini, Le
"giornate" per i problemi della vita ecctesiale nel contesto
litúrgico della domenica, en RL 64 (1977)66-70.
L. Brandolini
BIBLIOGRAFÍA:
Aldazábal J., Invitación al domingo, en "Phase" 127
(1982) 71-74; Azpitarte J., Sentido pastoral del domingo, Desclée,
Bilbao 1966; Barbaglio G., Día del Señor, en DETM, Paulinas,
Madrid 19742, 220-226; Basurko F.J., Valor antropológico del domingo,
en "Liturgia" 24 (1969) 337-350; Castellano J., Domingo, en DE 1,
Herder, Barcelona 1983, 638-639; Crmisión Episcopal de Liturgia, El
domingo, fiesta primordial de los cristianos, en "Pastoral
Litúrgica" 121-122 (1982) 5-13; Daniélou J., Sacramentos y
culto según los SS. Padres, Guadarrama, Madrid 1962, 259-329; Hild J.,
Domingo y vida pascual. Sigúeme, Salamanca 1966; González Galindo
A., Día del Señor y celebración del Misterio
eucarístico, Eset, Vitoria 1974; Guardini R., El domingo ayer, hoy y
siempre, Guadarrama, Madrid 1960; Jounel P., El domingo y la semana, en A.G.
Martimort,
fiesta?, en
"Communio" 3 (1982) 107-202.
E
SUMARIO: I.
Aspectos litúrgicos del ecumenismo: 1. Cristo, centro de unidad; 2.
Un solo misterio celebrado; 3. En las iglesias divididas;
4. Confesiones de
la fe; 5. "Lugar .teológico"
II. Problemas en
discusión: 1. Concepto de iglesia; 2. Ministerios ordenados; 3. Sacramentos
- III. Desarrollos recientes: 1. Palabra y sacramento; 2. Memorial; 3.
Eucaristía; 4. Para el crecimiento cristiano - IV. Disposiciones
actuales: 1. El bautismo; 2. La eucaristía: a) Comunión cerrada,
b) Comunión abierta, c) Plena intercomunión, d) Posición
católica actual; 3. Los matrimonios mixtos: a) Aspectos
enerales,
b) Promesas, c) Forma canónica, d) wma litúrgica, e) Los
testigos,/) Indicaciones pastorales; 4. Enfermedad y muerte: a) Enfermedad,
b) Unción de los enfermos, c) Exequias; 5. Oraciones comunes: a) Forma
de la celebración, b) Lugar de la celebración - V. Conclusión.
Se llama
ecumenismo el complejo de los esfuerzos que los cristianos realizan, por
impulso de la gracia del Espíritu Santo, con la oración y con las
obras, por acercarse a aquella plenitud de unidad que Jesucristo quiso para su
iglesia. "Por movimiento ecuménico se entienden las actividades e
iniciativas que, según las variadas necesidades de la iglesia
y las características de la época, se suscitan y se ordenan a
favorecer la unidad de los cristianos" (UR 4).
La convergencia
en la doctrina y en la comunión de vida se realiza a través del
diálogo. En el intercambio recíproco los cristianos aprenden
"a progresar juntos en la participación de la realidad del
misterio de Cristo y de su iglesia; a partir de aquí podrán
descubrir convergencias entre sus diversos modos de afrontar el misterio
revelado y de traducirlo en el pensamiento, en la vida, en el
testimonio"'.
I. Aspectos
litúrgicos del ecumenismo
Aquí nos
ocuparemos del ecumenismo solamente en el sector particular de la'
vida litúrgica de la iglesia. En la / liturgia, la iglesia prolonga en
el tiempo y actualiza la redención realizada por Cristo: en ella los
hombres se insertan, mediante el / bautismo, en el / misterio pascual
de Cristo, reciben el espíritu de hijos adoptivos, se convierten en
adoradores del Padre en espíritu y en verdad; en la lectura de
Estos elementos
de la vida litúrgica, en toda su plenitud, constituyen un bien de
la iglesia católica, en la cual subsiste la iglesia de Cristo 615
(LG 8). Sin
embargo, en diversa medida, se encuentran también fuera de los
confínes visibles de la iglesia católica. "Los hermanos
separados de nosotros practican también no pocas acciones sagradas de la
religión cristiana, las cuales, de distintos modos, según la
diversa condición de cada iglesia o comunidad, pueden, sin duda,
producir realmente la vida de gracia, y hay que considerarlas aptas para abrir
el acceso a la comunión de la salvación" (UR 3).
1. CRISTO, CENTRO
DE UNIDAD. El ecumenismo se funda en la unidad que existe entre los cristianos
y Cristo. El es la fuente y el centro de toda unidad y comunión de los
hombres y de las cosas. A todos los bautizados, Cristo les comunica su
filiación divina; es para ellos la cabeza y el mediador de la nueva
alianza establecida en su sangre; es el que reúne a los creyentes
en su cuerpo, que es la iglesia. Todos los que creen en el nombre de
Jesús, sea cual sea la iglesia o comunidad a que pertenezcan, "justificados
en el bautismo por la fe, están incorporados a Cristo y, por tanto, con
todo derecho se honran con el nombre de cristianos, y los hijos de la iglesia
católica los reconocen con razón como hermanos en el
Señor" (UR 3).
Por la fuerza del
bautismo todos los cristianos, animados por el Espíritu Santo,
están capacitados para presentar al Padre el nuevo culto. De hecho, toda
comunidad cristiana, cuando se reúne en el nombre del Señor,
experimenta su presencia (Mt 18,20) y su gracia que salva. Cristo, sacramento
primordial de salvación, es accesible a todos. El culto y la
adoración de los bautizados están insertos en la oración
del único mediador. "El Espíritu Santo, que habita en los
Ecumenismo
creyentes y llena
y gobierna a toda la iglesia, realiza esa admirable unión de los fieles
y tan estrechamente une a todos en Cristo, que es el principio de la
unidad de la iglesia. El es el que obra las distribuciones de gracias y
ministerios, enriqueciendo a la iglesia de Jesucristo con variedad de
dones para la perfección consumada de los santos en orden a la obra del
ministerio, a la edificación del cuerpo de Cristo
(EÍ4,\2)n(UR2).
2. UN SOLO
MISTERIO CELEBRADO. En la liturgia de las iglesias se celebra el mismo e
idéntico acontecimiento de salvación: Cristo Jesús.
Para toda comunidad de la gran familia cristiana Cristo es la gran figura
histórica, en la que el acontecimiento de la comunicación absoluta
de Dios está presente para los hombres en modo definitivo y
universalmente eficaz. Cristo es el corazón del mundo, el centro de la
adoración filial, la fuente de toda gracia, el sacramento del encuentro
con Dios. El designio salvífico del Padre adquiere en Cristo una forma
sensible, visible, pública. Toda celebración de los cristianos se
refiere objetivamente al misterio único de la salvación realizada
por Cristo, representado en el memorial que ellos celebran. Es una sola
historia de salvación de hecho, un solo designio de gracia perseguido
con sabiduría y paciencia por el Señor de los siglos.
En el culto los
bautizados proclaman las obras maravillosas de Dios, que los ha rescatado
y los ha constituido estirpe elegida, sacerdocio real, nación
santa, pueblo de su propiedad (1 Pe 2,9). "El culto cristiano celebra la
poderosa acción de Dios en Jesucristo y nos lleva a la comunión
con él. Cualquier forma que éste asuma, su realidad depende de la
presencia de Cristo en él, en
palabra
leída y recitada y en los sacramentos. Jesucristo es el centro y, a
través del Espíritu Santo, es él quien nos capacita para
el verdadero culto"2.
Liturgia y
ecumenismo convergen en un único centro. La división en que se
encuentran las iglesias no se refiere a su relación con Cristo, sino a
la relación horizontal de los cristianos entre sí: son hermanos
"entre sí preparados" (UR 1). Cristo sigue .siendo
siempre la fuente de salvación y el principio de unidad.
En el culto la
unidad existente es afirmada por el puesto importante que las iglesias
atribuyen a la palabra de Dios.
616
3. EN LAS
IGLESIAS DIVIDIDAS. La iglesia, insertada en su cabeza, llena del Espíritu
Santo y dotada de medios aptos para la unión visible y social, ha sido
constituida "sacramento visible de la unidad saivífica"
(LG 9). A ella se le ha encomendado la tarea de regenerar al género
humano y de reunirlo todo él en Cristo.
La iglesia católica
refleja de modo concreto y fiel la estructura sacramental querida por
Cristo para su iglesia: "Únicamente por medio de la iglesia
católica de Cristo, que es el instrumento general de salvación,
puede alcanzarse la total plenitud de los medios de salvación" (UR
3). Las otras iglesias históricas, en cuanto fundadas en Cristo y en
cuanto que viven en comunión con él, proporcionalmente a su
capacidad expresiva de la sacramentalidad eclesial, "de ninguna
manera están desprovistas de sentido y valor en el misterio de la
salvación. Porque el Espíritu de Cristo no rehusa servirse de
ellas como medios de salvación, cuya virtud deriva de la misma plenitud
de gracia y de verdad que fue confiada a la iglesia católica" (UR
3).
El cabeza
única y mediador salva por medio de las diversas comunidades de
culto y los medios salvíficos que toda iglesia pone a disposición
del Salvador. Por esta razón, reconocida la sacramentalidad general
de las comunidades cristianas, las afirmaciones sobre los diversos elementos que
la expresan se enuncian teniendo presente la condición particular
de cada iglesia. También desde el punto de vista litúrgico es
válida la distinción del capítulo 3 del decreto UR, que
agrupa a las iglesias y comunidades eclesiales separadas en tres tipologías:
las iglesias orientales, la comunión anglicana y las iglesias
nacidas de la reforma.
617
4. CONFESIONES DE
La liturgia,
según la afirmación de Pío XI, es el órgano
más importante del magisterio ordinario y didascalía de la
iglesia (DPILS I, p. 70s). Pero la liturgia no se agota en una doctrina: la
liturgia es dogma hecho oración, experiencia espiritual vivida de
la fe proclamada.
formulación
conceptual que reviste la fe es superada por la realidad mistérica y por
el acontecimiento a los que la liturgia se refiere y que intenta expresar, ya
que el misterio que en ella se celebra trasciende los ritos y fórmulas
que lo enuncian. "Donde se anuncia la majestad del Señor,
allí está el Señor"5.
5. "LUGAR
TEOLÓGICO". La teología dogmática no cubre todo
el arco de la expresión de la fe. Tiene necesidad del suplemento de la
experiencia cristiana que se realiza en el culto. Este aspecto existencial
caracteriza a la liturgia considerada como lugar teológico, fuente en la
que se vive y de la que se extrae la genuina fe de la iglesia, sobre todo en la
dimensión activo-subjetiva (fides qua creditur). La relación
entre liturgia y dogma está descrita también en la fórmula
de Próspero de Aquitania: Legem credendi lex statuat supplicandi,
entendida en su verdadero sentido, es decir, en el de que la liturgia es el
lugar hermenéutico de la fe: la liturgia expresa la fe divina ya
explicitada, hace que los creyentes la vivan y la fortalece en ellos. En
algunos casos, además, la liturgia precede a la explicitación de
la fe divina expresada en los enunciados dogmáticos. El dogma tiene
que estar siempre abierto a la aportación dinámica de la
liturgia, y debe ser incesantemente iluminado por la creciente
autocomprensión que la iglesia tiene de sí misma en la
celebración del misterio de Cristo.
Pero el axioma
lex orandi-lex credendi puede ser insuficiente y ambiguo si la liturgia no
está siempre regulada por la palabra de Dios, alimentada por la fe
apostólica y sostenida por la comunión de fe con la
tradición de las generaciones pasadas. Sin este contacto vivo con las
fuentes puras de la fe, la liturgia puede convertirse en vehículo de
Ecumenismo
fermentos que
contaminen la autenticidad del dogma. La renovación
litúrgica de las iglesias tiende a llevar hacia una mayor pureza la
expresión de la fe de que es depositaría la liturgia.
II. Problemas en
discusión
El acuerdo
existente entre las iglesias acerca del papel de la liturgia en la vida
cristiana se fragmenta cuando se consideran sus aspectos particulares, tales
como las estructuras celebrativas del culto, el cometido de los ministros
ordenados, la extensión del concepto de sacramento. En vez de
detenernos en los problemas particulares, que son objeto de la actual
discusión teológica entre las iglesias, dedicaremos nuestra
atención a los puntos más importantes que motivan el contencioso
en el sector litúrgico.
CONCEPTO DE IGLESIA. Las divergencias
más profundas en la vida litúrgica surgen, de manera más o
menos directa, de una diversa comprensión de la iglesia y sus estructuras.
Los problemas eclesiológicos que se reflejan en la vida
litúrgica derivan principalmente de la diversa acentuación que se
dé a la palabra, a la comunidad y al sacramento. Todas las
confesiones reconocen como signos específicos de la iglesia y fundamentos
de su unidad la pura doctrina y la correcta administración de los
sacramentos. Sigue habiendo graves divergencias doctrinales acerca del concepto
de sacramentalidad de la iglesia y de su extensión, acerca del concepto
de gracia y de la institución de los sacramentos por Cristo.
MINISTERIOS ORDENADOS. La vida
litúrgica de la iglesia está íntimamente vinculada al
ejercicio
618
de los
ministerios ordenados. En las iglesias nacidas de la reforma, los ministerios y
los sacramentos surgen esencialmente de la palabra y están ordenados a
su servicio. La tradición católica y oriental pone el acento
en el poder sagrado de los ministros ordenados jerárquicamente en
sucesión directa de los apóstoles y de sus sucesores: el
poder de administrar los sacramentos y de anunciar la palabra compete propiamente
a quienes participan en el sacerdocio ministerial o jerárquico, que
difiere del sacerdocio común de los fieles no sólo en grado, sino
en naturaleza (LG 10). En las iglesias católicas y orientales
sólo el obispo y los sacerdotes consagrados tienen el poder de celebrar
la eucaristía. Esta acentuación del poder ministerial
proviene de la idea de que el ministerio, ordenado en la iglesia y para ella,
se funda no en la iniciativa humana, sino en la acción salvífica
de Dios. La conexión de los ministerios con su origen se realiza
mediante la cadena de los ministros y de las comunidades a lo largo de los
siglos, y no directamente en la palabra fijada en
3. SACRAMENTOS.
La discusión versa también sobre el aspecto exterior y sobre el
número de los sacramentos. La iglesia católica y las iglesias
orientales reconocen siete. Las iglesias nacidas de la reforma no reconocen
más que dos —y según su acepción— el bautismo
y la santa cena. Aplicando el principio general de la autoridad doctrinal
absoluta de
mados reconocen
como sacramentos los actos de la iglesia que comunican la gracia de
Cristo, que hayan sido instituidos expresamente por Jesús mismo y que
estén fundados clara e indiscutiblemente en
Las iglesias
orientales y católica, a pesar de la estrecha semejanza de los
sacramentos, defienden que la vida sacramental tiene una variedad de formas y
una diferenciación que no permiten la fusión y la
reducción numérica de los actos sacramentales. Pero no todos
los sacramentos obligan en la misma medida.
Incluso para los
dos sacramentos aceptados como tales por todas las iglesias (bautismo y
eucaristía) no se ha alcanzado todavía un consenso doctrinal
completo sobre todos los aspectos y una praxis celebrativa única.
El bautismo es
reconocido por los cristianos como el sacramento que inserta en el misterio
pascual de Cristo y agrega a la iglesia. La doctrina católica considera
a la iglesia como una comunidad que Cristo ha dotado de una constitución
jurídica precisa. El bautismo
Ecumenismo
incorpora al
bautizado de manera irrevocable a esta comunidad jurídica. De este
principio se derivan consecuencias canónicas, que se reflejan en el
matrimonio y en los demás sacramentos dependientes del concepto de
jurisdicción.
Tampoco la praxis
ritual del bautismo es siempre compartida. El baño bautismal se practica
mediante la inmersión, la infusión y la aspersión.
Las iglesias orientales (como también, en Occidente, la liturgia /
ambrosiana) y baptistas se atienen a la costumbre antigua de la inmersión,
que es la que mejor expresa la curva simbólica de la salvación de
muerte y sepultura (bajada a la pila bautismal) y de resurrección y vida
nueva en Cristo (emersión). En las iglesias occidentales se practican
preferentemente la aspersión y la infusión, si bien no
sólo no es desconocido, sino en cierto modo está más
aconsejado y valorado el rito de inmersión6. El debate sobre el bautismo
de los niños ha puesto de relieve la importancia del camino de fe, que
sólo la comunidad cristiana y la / familia pueden asegurar al
niño. Para algunos, por ejemplo los baptistas, el bautismo debe ir precedido
por la confesión de la fe cristiana y acompañado por una
aceptación de responsabilidades estrictamente personal. .
Las iglesias
orientales han conservado la praxis de administrar, con el bautismo, la
crismación y la eucaristía, aun tratándose de
niños, y están en desacuerdo con la costumbre de diferir estos
dos sacramentos hasta la adolescencia o juventud, porque se rompería el
estrecho nexo que debe existir entre los tres sacramentos de la
iniciación. A los orientales les resulta también incomprensible
la praxis occidental de retrasar la / confirmación, situándola
más tarde que la eucaristía.
La
celebración de la eucaristía es
Ecumenismo
uno de los nudos
del diálogo ecuménico. Además del Consejo mundial de
las iglesias7, se han ocupado de ellas las comisiones mixtas anglicano-católica8,
católico-luterana', católico-medotistal0 y
católico-reformada ". Los puntos controvertidos siguen siendo
la presencia real de Cristo en las especies eucarísticas y el
carácter sacrificial de la eucaristía. Sobre estos problemas
se va delineando un cierto consenso, como diremos en seguida. Entre los
puntos cruciales está el problema del ministro de la eucaristía.
Algunas iglesias reformadas no consideran indispensable que la santa
cena deba ser presidida por un ministro ordenado. Incluso en relación
con las iglesias en que la eucaristía es presidida por un ministro
ordenado, por parte de la iglesia católica continúa habiendo
reservas acerca de la validez sacramental de la ordenación de los
pastores a causa de la interrupción de la sucesión que tuvo lugar
en los primeros ministros protestantes, de los que derivan las demás
ordenaciones. A esta dificultad se añade la praxis innovadora de
algunas denominaciones protestantes y de la comunión anglicana de
ordenar / mujeres para el ministerio. Católicos y ortodoxos
rechazan tal innovación por discordar con la tradición eclesial
que deriva de la tradición apostólica. Un cambio de esta
envergadura no debería realizarse separadamente en las confesiones
particulares, sino que debería ser el resultado de una común
reinterpretación del ministerio ordenado a la luz de los datos
bíblicos y de la evolución posterior.
En el
diálogo actual se insiste en que la práctica eucarística
ponga de relieve los elementos fundamentales afirmados por todos. A los
católicos se les pide que eviten la celebración sin
participación de pueblo, que aseguren la predicación de la pala620
bra en toda
celebración eucarística, que den la comunión bajo las dos
especies. Se desearía que los reformados tendiesen a una
celebración más frecuente de la santa cena, normalmente el
domingo o una vez por semana; que implicasen a toda la comunidad, incluidos los
niños, en una mayor participación; que evidenciasen el nexo
existente entre el servicio de la palabra y el sacramento l2.
Para el mundo
ortodoxo los problemas de la celebración se refieren sobre todo a una
mayor correspondencia entre las formas del culto bizantino y el hombre
contemporáneo. Esto exigiría una revisión de los actuales
libros litúrgicos, un mayor espíritu de simplicidad,
una más intensa actividad homilética y catequética y la
adopción de la lengua hablada por el pueblo i3.
La iglesia
ortodoxa y las denominaciones protestantes encuentran discutible la piedad
de los católicos que se expresa en la adoración de la
eucaristía fuera de la misa y centran la atención en el
carácter convivial de la eucaristía. La finalidad principal
de la sagrada reserva es la distribución a los enfermos y a los ausentes
,4.
Las iglesias de
Oriente han conservado el estrecho lazo de unión entre los
sacramentos de la iniciación (bautismo, confirmación, eucaristía)
y los administran siempre juntos, incluso tratándose de niños.
III. Desarrollos
recientes
El diálogo
interconfesional versa con mucha frecuencia sobre problemas de
carácter litúrgico, aunque insertos en un contexto
teológico más amplio. El esfuerzo del ecumenismo consiste
precisamente en eliminar la fragmentación de los
621
temas que
separan, para resituarlos en el marco de conjunto de los principios
doctrínales y de la vida cristiana concreta. El método específico
del ecumenismo tiende a eliminar las posiciones contradictorias recurriendo
a proposiciones bíblicamente fundadas, en las que la fe común
converge con la fidelidad confesional. Señalemos algunas
perspectivas de interés para el tema litúrgico.
1. PALABRA Y
/SACRAMENTO. En el pasado se quiso distinguir el cristianismo católico
del protestante definiéndolo como iglesia del sacramento,
contrapuesto a la iglesia de la palabra. Hoy ninguna confesión cristiana
admite una contraposición entre estas dos realidades. Palabra y
sacramento no se consideran ya como elementos yuxtapuestos y como dos
maneras diferentes e independientes con que la gracia de Dios se comunica.
Se compenetran recíprocamente. Ningún sacramento puede ser
concebido como medio eficaz de gracia sin la palabra, que anuncia de modo
personal la salvación. Sin embargo, los sacramentos extienden la
eficacia de la palabra a la dimensión corporal del hombre.
También la
doctrina sobre la eficacia de los sacramentos ha adquirido algunas
clarificaciones importantes en el diálogo teológico
reciente. La doctrina protestante parte del principio fundamental de que la
salvación y la gracia pueden llegar al hombre sólo mediante la
fe: los actos sacramentales de la iglesia no son eficaces más que por la
fe. Esto no significa que la realidad de los sacramentos dependa de la fe. La
iglesia católica enseña que los sacramentos son eficaces por
sí mismos (ex opere opéralo), por el mero hecho de su
administración. Esto no significa que los sacramentos sean acciones
independientes de Ecumenismo
Dios, con valor
en sí mismos. El ex opere opéralo del sacramento subraya la
acción soberana de Dios omnipotente; la presencia de Cristo no depende
de nosotros y no es fruto de nuestro esfuerzo, ni siquiera de nuestra fe,
sino simplemente un don gratuito. La doctrina católica no implica
ninguna magia inmanentista, ni tampoco un automatismo de la materia.
El sacramento actúa por el solo poder de Dios. También en la
concepción católica la fe tiene una importancia vital: los
sacramentos "no sólo suponen la fe, sino que a la vez la alimentan,
la robustecen y la expresan por medio de palabras y cosas; por eso se llaman
sacramentos de la fe" (SC 59). La actual teología sacramentaría
está más atenta a subrayar la íntima concatenación
entre palabra, fe y sacramento.
2. / MEMORIAL.
Cristo, con todo lo que ha realizado por los hombres y por la creación
mediante la encarnación, el ministerio, la enseñanza, el
sufrimiento, el sacrificio de la muerte en cruz, la resurrección,
la ascensión y Pentecostés, está presente en el
memorial-anamnesis de la iglesia. Este es además anticipo de la
parusía y de la realización del reino. En la liturgia no se
trata, pues, sólo de recordar espiritualmente los acontecimientos
del pasado y su significado. Se hace una proclamación efectiva de
la gran obra de salvación acontecida en Cristo. Mediante la
comunión con él la iglesia participa en esta realidad que se
representa en el culto. La anamnesis, como representación y
anticipación, se realiza en la acción de gracias y en la
intercesión. Proclamando ante Dios la gran obra de la redención,
la iglesia está unida a Cristo sumo sacerdote e intercesor, y le pide
que aplique a todo hombre el beneficio de la
Ecumenismo
salvación.
Por eso la anamnesis de Cristo es el fundamento y la fuente de toda
oración cristiana.
Este concepto
general de memorial se particulariza en los diversos sacramentos de la
iglesia y en el ciclo de las fiestas litúrgicas distribuidas a lo
largo del año.
3. /
EUCARISTÍA. La eucaristía, instituida por Jesucristo como memorial
de toda su vida, pero sobre todo de su cruz y resurrección, hace eficaz
en la iglesia la obra redentora del misterio pascual. "El concepto de
memorial, tal como se entendía en la celebración pascual en
tiempos de Cristo (hacer eficazmente presente un acontecimiento del pasado),
ha abierto el camino a una mejor comprensión de la relación entre
el sacrificio de Cristo y la eucaristía. La muerte de Cristo en la cruz,
culminación de toda su vida de obediencia, constituye el sacrificio
único, perfecto y suficiente por los pecados del mundo. No puede haber
repetición de este sacrificio, ni complemento a lo que Cristo
realizó de una vez por todas. El lazo de unión entre sacrificio
de Cristo y eucaristía y la eficacia de la obra redentora de Cristo en
la cruz son expresión en modo condensado del concepto de memorial
celebrado por la iglesia"15. Esta afirmación proyecta nueva luz
sobre las tradicionales divergencias acerca de la presencia real de Cristo
y el carácter sacrificial de la eucaristía. Los cristianos,
en la actualidad, están de acuerdo en afirmar que en el sacramento
eucarístico está Cristo presente de modo único, y no
reducible a otras formas de presencia. Los cristianos de tradición
protestante querrían que no se fuera más lejos en los enunciados
y que se afirme simplemente el misterio de la presencia sin pretender
comprenderla y definirla con categorías filosóficas.
622
La
teología católica ha intentado explicar este modo particular de
presencia con el concepto de transustanciación.
El
carácter sacrificial de la celebración eucarística
está mencionado explícitamente en todos los acuerdos
confesionales más recientes. El sacrificio de Cristo "no puede ser
ni continuado ni repetido, ni sustituido ni completado; pero puede y debe ser
eficaz de modo siempre nuevo en su comunidad"l6. La iglesia
católica es particularmente sensible al carácter
verdaderamente sacrificial de la misa. Por su unidad con el sacrificio de la
cruz (cruento, satisfactorio y meritorio de modo pleno y definitivo), la
misa es plenamente sacrificio propiciatorio por el hecho de que en la
eucaristía Cristo se ofrece a Dios no sólo en su
disposición de espíritu, sino de modo ritual y sacramental por
las manos del sacerdote. "Por eso la oblación es legítimamente
ofrecida, según la tradición de los apóstoles, no
sólo por los pecados, las penas, las satisfacciones y las demás
necesidades de los fieles vivos, sino también por los que han muerto en
Cristo y que todavía no han sido plenamente purificados" ".
Los cristianos de la reforma temen que esta concepción ofusque el
carácter único y plenamente suficiente del sacrificio de la
cruz y la mediación única de Cristo. Para ellos la cena del
Señor tiene el sentido de un sacrificio de acción de gracias y de
alabanza por el sacrificio de la cruz presente en el sacramento. Las
posiciones se acercan cuando se aplica el concepto de memorial.
4. PARA EL
CRECIMIENTO CRISTIANO. El desarrollo de la vida bautismal en las iglesias
se significa mediante algunas celebraciones (confirmación,
matrimonio, unción de los enfermos) que para las igle
623
sias
católica, ortodoxa y viejocatólica constituyen sacramentos.
Las iglesias de la reforma los conservan casi siempre como ritos
eclesiásticos, sin atribuirles la dignidad de sacramentos.
Las
investigaciones recientes de teología sacramental están atentas a
la evolución histórica de los ritos y a los diversos itinerarios
recorridos por las iglesias en la formación de estas celebraciones. Se
procura evitar proyectar la praxis litúrgica actual sobre la
situación en que vivía la iglesia de los primeros siglos. El
principio de la fundamentación neotestamentaria de la praxis
sacramental es exacto, con tal de que no se le tome con tal rigidez que se
reconozca como esencial para la iglesia sólo lo que pueda reducirse a
afirmaciones de Cristo fijadas literalmente en el NT o a una praxis
plenamente desarrollada en la iglesia apostólica. También en
el ámbito de los sacramentos se debe reconocer la validez de
una evolución vital en la historia de la iglesia, que ha dado mayor
claridad a celebraciones que en su origen estaban sólo esbozadas y
condensadas en ciertos ritos (por ejemplo, la imposición de las manos,
la unción, la bendición).
Pero en la actual
concepción de los ritos que acompañan al cristiano en el curso de
su vida después de los sacramentos de la iniciación, las
diferencias entre las iglesias no son solamente de naturaleza morfológica:
las posiciones se basan en enunciados teológicos diferentes. Los
diversos modos de entender la penitencia, la confirmación, el matrimonio
y la unción de los enfermos se refieren al problema de los signos y
medios sacramentales mediante los cuales se actualiza la salvación.
Desde el punto de vista católico y ortodoxo, está claró
que el protestantismo ha producido una atrofia de los gestos
sacramentales; por lo
Ecumenismo
cual, a
excepción del bautismo y la eucaristía, los ritos que
acompañan a la vida cristiana no presentan una forma plenamente
sacramental. Pero esto no significa que estén privados de valor
salvífico o que no sean signo eficaz de la fe de la iglesia. Desde el
punto de vista católico se reconoce la presencia de la única
iglesia de Cristo incluso fuera de la iglesia católica y, por tanto, la
manifestación del sacramento global o radical de la iglesia en los
ritos de las otras comunidades cristianas.
IV. Disposiciones
actuales
El progreso del
movimiento ecuménico, los frecuentes encuentros de estudio, la
colaboración pastoral y, en muchas ocasiones, la convivencia en el mismo
territorio ha llevado a las iglesias a reflexionar sobre la posibilidad de una
cierta comunicación en la actividad y en la vida espiritual. En la
iglesia católica, hasta la promulgación de la primera parte del
Directorio Ecuménico (145-67), la communicatio in sacris estaba
regulada por el CDC del año 1917 (cáns. 731,2; 1099; 1102; 1258;
1325; etc.), que reflejaba el planteamiento de una eclesiología
superada por el Vat. II. Reconociendo que entre los cristianos hay bastantes e
importantes bienes espirituales que son comunes, provienen todos de Cristo y
conducen a él (UR 3), el concilio establece el principio de que la
communicatio es posible en la medida en que manifieste la unidad de la iglesia
y haga participar en los medios de gracia (UR 8). La manifestación
de la unidad presupone un mismo fundamento eclesiológico y sacramental.
Desde este punto de vista, la communicatio queda limitada a las iglesias
con las que existe una comunión de fe, de vida sacra
Ecumenismo
mental y un
verdadero fundamento eclesiológico común. Pero el decreto conciliar
tiene también presente el hecho de que la communicatio a veces es
exigida por la necesidad de participar en los medios de gracia. El decreto OE
(24-29) prevé una aplicación particular de la communicatio
entre los orientales católicos y las iglesias orientales no en comunión
con la sede romana: "Pueden administrarse los sacramentos de la
penitencia, eucaristía y unción de enfermos a los orientales que
de buena fe viven separados de la iglesia católica, con tal que los
pidan espontáneamente y tengan buena disposición. Más
aún: pueden también los católicos pedir esos mismos
sacramentos a ministros acatólicos de iglesias que tienen sacramentos
válidos, siempre que lo aconseje la necesidad o un verdadero provecho
espiritual y sea física o moralmente imposible acudir a un sacerdote
católico" (OE 27). Está también permitida "la
comunicación en las funciones, cosas y lugares sagrados entre los
católicos y los hermanos separados orientales cuando exista alguna causa
justa" (OE 28). El decreto UR advertía que no se debe
"considerar la comunicación en las funciones sagradas como un medio
que pueda usarse indiscriminadamente para restablecer la unidad de los
cristianos" (UR 8). El Directorio Ecuménico adopta una actitud
más amplia: la comunicación en los bienes espirituales comunes se
considera oportuna para impetrar la gracia de la unidad, manifestar y
reforzar los vínculos con que los católicos están
todavía en comunión con los otros hermanos (n. 25). La
communicatio in spiritualibus comprende "todas las oraciones comunitarias,
la utilización conjunta de cosas o lugares sagrados y la propia y
verdadera llamada comunicación en las funciones sagradas. Hay
624
comunicación
en las funciones sagradas cuando uno participa en el culto
litúrgico o en los sacramentos de otra iglesia o comunidad
eclesial" (nn. 29-30). E igualmente el Directorio Ecuménico,
en el n. 38, cita UR
8: la
comunicación en cosas sagradas "depende sobre todo de dos
principios: de la significación obligatoria de la unidad de la
iglesia y de la participación en los medios de la gracia. La
significación de la unidad prohibe la mayoría de las veces esta
comunicación. La necesidad de procurar la gracia la recomienda
a veces". El Directorio determina con precisión los casos de
esa posible comunicación, teniendo en cuenta las finalidades pastorales
de la vida sacramental. Toda esta normativa ha quedado recogida en el nuevo CDC
de 1983, can. 844.
Las posibilidades
de comunicación entre las iglesias están en dependencia del
grado de comunión que exista en materia de fe, de eclesiología y
de doctrina sacramental. La diversa medida en que las iglesias
estén en posesión de los bienes de Cristo determina el diverso
grado de comunión posible.
1. EL BAUTISMO.
El elemento primordial y el fundamento de la comunión entre todos los
cristianos está constituido por el sacramento del bautismo: éste
es necesario para la salvación y no puede administrarse más
que una sola vez. Por estas razones la dignidad y el modo de administrarlo son
de máxima importancia para todos los discípulos de Cristo
".
No se puede dudar
de la validez del bautismo administrado por los cristianos orientales. Con
él es administrada también, legítimamente por el
sacerdote, la confirmación (crisma).
Por lo que se
refiere a las otras iglesias y comunidades eclesiales, el
625
bautismo se
valora desde sus rituales y su praxis: debe considerarse válido si
se ha administrado con agua y con invocación de
bautismo";
en cuanto a la intención, "con tal que no exista un serio motivo de
duda sobre la intención del ministro en hacer lo que hacen los
cristianos, ha de presumirse intención suficiente en el que administra
el bautismo" ". Se desaprueba el uso adoptado por algunas iglesias de
rebautizar bajo condición indiscriminadamente a todos los que pasan
de una iglesia a otra. Para la iglesia católica vale el criterio
según el cual el bautismo administrado en las otras iglesias es
válido mientras no conste lo contrario. La reiteración del
bautismo bajo condición tiene que venir exigida por la duda persistente
y fundada acerca de la validez, después de haber realizado una seria
investigación. En ese caso, el ministro dará las oportunas
explicaciones sobre las razones y sobre el significado del bautismo bajo
condición y lo administrará de forma privada2». Cf CDC de
1983, can. 869 §§ 2-3. Los que han nacido y han sido bautizados fuera
de la comunión visible de la iglesia católica, y luego piden
espontáneamente entrar en ella, son admitidos en su plena
comunión simplemente tras hacer la profesión de fe según
las normas establecidas por el ordinario del lugar2I.
La liturgia
bautismal puede adquirir un aspecto ecuménico si es llamado a
desempeñar el papel de padrino o madrina un cristiano de diversa
confesión de la del bautizado. De por sí, el padrino
debería ser tomado de la misma comunidad en que se realiza el bautismo,
ya que su oficio es representar "a la iglesia madre...". "Este
padrino le habrá ayudado al menos en la última fase .
Ecumenismo
de
preparación al sacramento...". "Interviene en la
celebración del bautismo para profesar, juntamente con los padres, la fe
de la iglesia en la cual es bautizado el niño"".
También para este caso las normas de la iglesia católica
distinguen entre orientales y protestantes.
A causa de la
estrecha comunión de fe entre la iglesia católica y las iglesias
orientales separadas de ella, en el bautismo de un niño o de un adulto
católico se puede admitir, por una justa causa, junto con el padrino
católico, también a un fiel de las iglesias orientales que sea
apto. Igualmente, a un fiel católico no le está prohibido hacer
de padrino en el bautismo administrado en una iglesia oriental. En estos
casos la obligación de proveer a la educación cristiana es
ante todo del padrino o madrina miembro de la iglesia en que se administra el
bautismo 2J. La iglesia viejocatólica, aunque no está
expresamente mencionada en el Directorio Ecuménico, es
asimilada a las iglesias orientales.
Las diferencias
en la profesión de fe entre católicos y protestantes son
más profundas; por eso mismo las normas son más restrictivas.
"A un cristiano de una comunión separada no le está
permitido, salvo lo prescrito en el n. 48, ejercer el oficio de padrino, entendido
en su sentido litúrgico y canónico: ni del bautismo ni de la
confirmación. En efecto, el padrino no provee a la educación
cristiana del bautizado únicamente como pariente o amigo, sino que se
hace responsable de la fe del neófito en calidad de representante de la
comunidad de fe"M. Sin embargo, "por razón de parentesco o
amistad", un protestante creyente en Cristo puede ser admitido al
oficio de padrino "como testigo cristiano de aquel bautismo" junto
con un padrino católico. Igualmente el Ecumenismo
católico
puede desempeñar la misma función para con un protestante.
En tales casos la educación cristiana incumbe al padrino fiel de la
iglesia en la que el niño ha sido bautizado. Cf CDC de 1983,
cáns. 874, § 2, y 893, §1.
2.
En las relaciones
entre cristianos miembros de confesiones separadas entre sí se plantea
el problema teológico y pastoral de la intercomunión. Las
soluciones actualmente adoptadas por las iglesias son diferentes y se
pueden agrupar en cuatro posiciones.
a)
Comunión cerrada. Se da cuando una iglesia permite participar en la
eucaristía solamente a sus propios miembros. Esta praxis se basa en el
principio de que la comunión eucarística es posible
626
donde hay una
comunión total de vida, que incluye unidad de doctrina, de
ministerio y de amor; la comunión eucarística es en ese caso la
expresión culminante de la comunión total que ya existe.
Cuando se produce una ruptura en la doctrina, en el ministerio y en la
comunión eclesial, las comunidades se separan y la comunión
eucarística se hace imposible entre ellas. Esta concepción
es compartida por la iglesia ortodoxa, las iglesias orientales antiguas, la
iglesia católica y algunas iglesias baptistas.
b)
Comunión abierta. Los reformados, los congregacionalistas, los
metodistas y algunas iglesias baptistas son partidarios de la mesa abierta
para todo cristiano. Justifican esta praxis con la afirmación de
que la eucaristía, antes que ser cena de la iglesia, es la cena del
Señor. Para participar en ella lo único necesario es la
comunión de amor con Dios y los hermanos, comunión garantizada
por Dios, que nos amó primero. El acuerdo doctrinal entre las iglesias y
las cuestiones de orden ministerial son considerados secundarios en
importancia. Si la intercomunión sucede sólo en casos de
necesidad o por acuerdos extraordinarios, como con ocasión de encuentros
ecuménicos, se habla de comunión abierta circunscrita. Si una
iglesia, por propia circunscripción y sin acuerdo con otras
iglesias, decide permitir que los propios fieles comulguen en otras iglesias o
admite a los huéspedes, se tiene comunión abierta unilateral. Si,
por el contrario, mediante un acuerdo unilateral entre dos o más
iglesias, se acoge a los miembros de las otras iglesias y se autoriza a los
propios miembros a comulgar en ellas, se realiza la comunión abierta
recíproca, que es la intercomunión propiamente dicha.
627
c) Plena
intercomunión. Se realiza cuando se permite el libre acceso a la
eucaristía, incluyendo también la comunión celebrativa de
los ministros. En el mundo protestante, en iglesias afines por doctrina y
estructura eclesiástica, la plena intercomunión se da sin
especiales acuerdos. En otros casos se ha llegado a ella mediante acuerdos,
como entre las iglesias reformadas y la iglesia luterana de Francia y Holanda,
entre las iglesias anglicanas y la iglesia viejocatólica, la
iglesia protestante del Palatinado y la iglesia congregacionalista de
Inglaterra, la iglesia luterana de Dinamarca y la iglesia anglicana de
Inglaterra.
d)
Posición católica actual. Por su naturaleza, la
celebración de la eucaristía requiere en sus participantes
la plenitud de la profesión de fe y de la comunión eclesial. Este
principio no queda oscurecido por la admisión a la comunión
eucarística, en casos particulares, de "cristianos que
manifiestan una fe conforme a la de la iglesia (católica) acerca de
este sacramento y sienten una verdadera necesidad espiritual del alimento
eucarístico, pero no pueden recurrir al ministro de la propia
comunión eclesial por un' período prolongado de tiempo y por ello
espontáneamente piden este sacramento" 2i.
Para las iglesias
orientales separadas "hay fundamento eclesiológico y
sacramental para no sólo permitir, sino incluso aconsejar, 'dadas las
oportunas circunstancias y con la aprobación de la autoridad eclesiástica',
cierta participación en las funciones sagradas con esas iglesias, sin
excluir el sacramento de la eucaristía"2'. "Para aconsejar la
comunicación en los sacramentos, puede considerarse causa justa,
además de los casos de necesidad,
posibilidad
material o moral de recibirlos en la propia iglesia, por especiales
circunstancias, durante un período demasiado largo de tiempo, a fin de
no privar sin justo motivo a los fieles del fruto espiritual de los
sacramentos"28. El que
participa en los
sacramentos en iglesia oriental debe atenerse a su disciplina acerca del ayuno
eucarístico y a la costumbre de la confesión antes de la
comunión.
El
católico que asiste en domingo a la liturgia eucarística de
orientales separados cumple con el precepto dominical. "Si los
católicos se vieren impedidos con justa causa de asistir a misa en una
iglesia católica, es igualmente conveniente que en esos días
asistan a ella, si les resulta posible, con los hermanos orientales
separados"M.
Para que la comunicación
en las cosas sagradas con los orientales alcance el objetivo de hacer estable
la unidad realizada, se requiere una legítima reciprocidad. Esta
sólo es posible con las iglesias que han conservado la sustancia de la
eucaristía, el sacramento del orden y la sucesión
apostólica M. Generalmente las iglesias ortodoxas no aceptan la
intercomunión, ni siquiera con la iglesia católica. El
sínodo de la iglesia de Grecia, en la carta encíclica n.
1423, de abril de 1967, dirigida a la jerarquía, insiste con firmeza en
"que no se proceda a contactos con las otras iglesias heterodoxas
más allá de aquellos exigidos por las obligaciones sociales y las
costumbres, descartando toda especie de comunión en el culto".
La convicción prevalente entre los ortodoxos es que la iglesia
ortodoxa no se reconoce en la fe, en la predicación y en las acciones de
las otras iglesias. El acuerdo dogmático y eclesiológico
debe preceder a la celebración común de la eucaristía,
porque el misterio eucarístico es el fin de la
Ecumenismo
unidad y no el
medio para alcanzarla. Pero el sínodo de la iglesia ortodoxa rusa,
en sesión de 16 de diciembre de 1969, decidió que "en los
casos en que viejos creyentes y católicos se presenten en las iglesias
ortodoxas para recibir los sacramentos, éstos no deben serles
negados".
Para las iglesias
que no comparten la misma fe acerca de los sacramentos y carecen de
la sucesión apostólica en los ministerios ordenados, la
participación en la eucaristía, en la penitencia y en la
unción de los enfermos está prohibida. Sin embargo, ya que los
sacramentos son, al mismo tiempo, signos de unidad y fuentes de la gracia (UR
8), la iglesia católica, por motivos suficientes, puede permitir que se
admita a ellos cualquier hermano separado en peligro de muerte o por necesidad
urgente (en caso de reclusión en cárcel, de
persecución), si el fiel no tiene acceso a un ministro de su iglesia y
si espontáneamente pide los sacramentos a un sacerdote católico,
con tal que manifieste una fe conforme a la de la iglesia católica
acerca de estos sacramentos y esté bien dispuesto. En otros casos
semejantes de urgente necesidad decide el ordinario del lugar o las
conferencias episcopales31. Los casos de urgente necesidad no son
solamente las situaciones de opresión o de peligro. Los amplios
movimientos de las poblaciones por motivos de trabajo, de estudio, de seguridad
política, ponen a muchos cristianos no católicos en situaciones
de diáspora en regiones católicas. Con frecuencia se
encuentran privados de asistencia por parte de las propias comunidades y no pueden
recurrir a ellas sin grandes esfuerzos y gastos cuantiosos. Si cumplen las
demás condiciones previstas en el Directorio Ecuménico,
pueden ser admitidos a la comu
628
nión
eucarística. Corresponde al obispo del lugar examinar cada
,2
caso.
El fiel
católico, en semejantes circunstancias, no puede pedir los sacramentos
sino a un ministro que haya recibido válidamente el sacramento del
orden ".
Para todo el
punto d), cf CDC de
1983, can. 844.
Durante la
celebración de la misa no se permite a los hermanos protestantes
hacer de lector o de predicador, y tampoco a los católicos durante
la santa cena o el principal culto litúrgico. Una cierta participación
activa está permitida, con el consentimiento del ordinario católico
y de la autoridad protestante, en otras acciones litúrgicas ".
3. LOS
MATRIMONIOS MIXTOS. Las normas para los fieles católicos que contraen
matrimonio con un miembro de otra iglesia o comunidad eclesial
están contenidas en el motu proprio de Pablo VI Matrimonia mixta,
del 31 de marzo de 1970: este documento establece la ley-marco para toda la
iglesia católica. A las conferencias episcopales queda confiado el
determinar algunos aspectos, teniendo en cuenta las situaciones locales y
en orden a crear la uniformidad en cada territorio nacional.
a) Aspectos
generales. Las iglesias no ignoran que los matrimonios interconfesionales
presentan particulares dificultades, que se oponen a la perfecta
unión de los esposos precisamente en la esfera más profunda
de la persona. A éstas se añaden las opiniones contrastantes de
las iglesias acerca de la naturale629
za sacramental
del matrimonio y del significado peculiar de las nupcias celebradas por la
iglesia, acerca de la interpretación de algunos principios morales
referentes al matrimonio y a la familia y acerca de la exacta
extensión de la obediencia debida a la autoridad eclesiástica en
materia matrimonial. Por eso la iglesia católica "desaconseja los
matrimonios mixtos". "Pero puesto que es un derecho natural del
hombre contraer matrimonio y engendrar descendencia, la iglesia con sus leyes
(...) procura regular las cosas de modo que por un lado quede garantizado el
absoluto respeto de los preceptos de derecho divino y por otro sea
tutelado el mencionado derecho a contraer matrimonio". En los planos
doctrinal y canónico se distingue el matrimonio entre bautizados y
el que se realiza entre un católico y un no bautizado. "Esto
significa que, en el caso de nupcias entre bautizados —que son un
verdadero sacramento—, se establece una cierta comunión
de bienes espirituales, que en cambio falta en el matrimonio contraído
por cónyuges de los cuales uno está bautizado y otro sin
bautizar". En el primer caso no se contrae lícitamente matrimonio
sin previa dispensa del ordinario del lugar; en el segundo, dicha dispensa se
requiere para la validez3S. Cf CDC de 1983, cáns. 1124, 1086, 1078.
b) Promesas. Las
normas católicas ponen de relieve la responsabilidad de la
parte católica de profesar la propia fe y transmitirla a los hijos como
exigencia inherente a la fe misma. La declaración de la parte
católica de que está "dispuesta a alejar de sí el
peligro de perder la fe" y la promesa sincera de hacer "todo cuanto
esté a su alcance para que toda la prole sea bautizada y educa
Ecumenismo
da en la iglesia
católica" deben hacerse normalmente por escrito en presencia del
ordinario o de su delegado, que puede ser el párroco, quien las
pondrá en conocimiento de la parte no católica36. Cf CDC de 1983,
cáns. 1125-1126. Las obligaciones de conciencia del cónyuge
católico deben compaginarse con el respeto por las convicciones religiosas
del otro cónyuge, de manera que ninguno sea inducido a obrar en contra
de su conciencia.
c) Forma
canónica. Los matrimonios mixtos, para ser válidos, deben
contraerse en la debida forma pública, según la forma
canónica, es decir, deben celebrarse en presencia de un sacerdote o
diácono católico que tenga competencia para ello, y en presencia
.de dos testigos. El ordinario puede dispensar de la forma canónica
"sólo cuando existan graves motivos de impedimento de la celebración
ante el ministro católico, evitando todo peligro de escándalo de
los fieles. Son considerados motivos graves para la dispensa el
vínculo de parentesco o especial deber de relaciones sociales y de
amistad de una de las partes con el ministro acatólico, o la resistencia
válidamente fundada de la parte no católica en relación
con la celebración del matrimonio en la forma
canónica"37. La parte católica está obligada a
transmitir el atestado del matrimonio celebrado al propio párroco, que
se responsabilizará de su anotación en los registros prescritos
por el derecho canónico3>. Cf CDC de 1983, cáns. 1108; 1127,
§§ 1-2; 1121, §3.
d) Forma
litúrgica. El Ritual del Matrimonio (— RM, edición
castellana 1971. Para los Praenotanda del OCM [= Ordo Celebrandi
Matrimonium], véase A. Pardo, Liturgia de los nuevos Rituales y del
Oficio divino, col. Libros de
Ecumenismo
Está
prohibida la celebración del matrimonio ante el ministro católico
y el ministro acatólico que celebren simultáneamente el rito
respectivo. Está también excluida, sea antes o después de
la celebración católica, otra celebración religiosa
del matrimonio en que se formule o se renueve el consentimiento
matrimonial3'. Sólo el ministro de la iglesia en que se celebre el
matrimonio debe ser autorizado para recibir el consentimiento de los esposos.
Nada prohibe, sin embargo, que esté también presente el
ministro de la otra iglesia "como signo de un servicio que se quiere
prestar a la realización de un proyecto unitario de vida
cristiana"40. Según las normas generales41, la participación
del ministro de diversa confesión, especialmente en el rito del
matrimonio sin celebración eucarística, puede extenderse a las
oraciones, a las lecturas, al sermón y a las intercesiones42. Cf CDC de
1983, can. 1127,
§3.
e) Los testigos.
En la celebración del matrimonio en la iglesia católica se
puede admitir como padrinos o testigos oficiales a los fieles de las iglesias
orientales y de
630
las iglesias
evangélicas. Igualmente les está permitido a los católicos
desempeñar el mismo oficio en el matrimonio debidamente celebrado en las
otras iglesias4J.
f) Indicaciones
pastorales. El aspecto litúrgico-canónico de los matrimonios
mixtos debe ser integrado en una visión pastoral de conjunto, que
busca en la situación particular de los cónyuges el verdadero
bien espiritual de la familia. Ante todo hay que excluir toda forma de
proselitismo y de coacción moral. La acción concorde de los
pastores de las dos confesiones debe tender a suscitar parejas interconfesionales
sólidamente fundadas en la fe y en el testimonio cristiano, las cuales,
en un leal intercambio de puntos de vista y en el respeto de las razones y de
las convicciones religiosas de la otra parte, tomen decisiones que ambos
cónyuges puedan aprobar. La solución de los problemas inherentes
al matrimonio mixto depende en gran parte de la madurez espiritual de la
pareja, que hará de los elementos comunes de fe la estructura
sustentadora del matrimonio.
La pastoral de
preparación al matrimonio deberá ser compartida por los pastores
y por las comunidades desde el principio, estableciendo oportunas
relaciones, informándolas de sincera lealtad y sabia confianza. La
asistencia pastoral de los matrimonios mixtos continuará a lo largo de
toda la duración del matrimonio y, en particular, estará
orientada a asegurar la educación cristiana de los hijos. "La educación
pondrá de relieve sobre todo los valores cristianos comunes (biblia,
fe en Jesucristo, bautismo, espíritu de oración, etc.). Los orientará
luego a la participación en la vida de la iglesia en la que están
insertos, abriéndolos al mismo
631
tiempo al
conocimiento y al respeto de los valores particulares propios de la
otra confesión religiosa y favoreciendo en ellos la maduración
de convicciones personales de fe"44.
4. ENFERMEDAD Y
MUERTE, a) Enfermedad. Los enfermos son los protagonistas de la vida de fe en
la condición de dolor: son los miembros sufrientes del cuerpo de
Cristo. Todos los bautizados están llamados a participar en el
ministerio de Cristo que conforta a los enfermos (LG 28) y al mutuo servicio
de caridad tanto en la lucha contra la enfermedad y en el amor solícito
hacia los enfermos como en la celebración de los sacramentos de los
enfermos (Ritual de
edición
castellana 1974, nn. 32-33). Los ministros de la iglesia tienen el deber de
visitar personalmente y de acompañar a los enfermos en el proceso de la
enfermedad. Por eso "en los hospitales y demás instituciones
similares dirigidas por católicos, procuren sus directores avisar
con tiempo a los ministros de las comunidades separadas de la presencia de
fieles suyos y permitirles visitar a los enfermos y ayudarles espiritual y
sacramentalmenSe"45.
b) Unción
de los enfermos. Las iglesias protestantes no atribuyen a la unción de
enfermos el carácter de sacramento propiamente tal, pero tanto los jefes
ministeriales como los laicos de dichas iglesias practican la visita a los
enfermos, y con esta práctica atestiguan una presencia oficial de
la iglesia. Oran con el enfermo y por el enfermo; imploran de Dios la fuerza
para superar de modo cristiano la situación en que vive; suplican al
Señor que perdone los pecados, y prometen al enfermo, en el nombre
del Señor, la
Ecumenismo
ayuda para la
salvación. Aunque tal promesa sea garantizada sólo a
través de la palabra, ello no quiere decir que en las oraciones y en los
gestos litúrgicos de las iglesias protestantes esté excluida una
participación del sacramento global y radical de la iglesia misma
".
La iglesia
católica, fundándose en Sant 5,14 y otros pasajes bíblicos,
considera que la unción de los enfermos está suficientemente
justificada como don saludable especial del Señor a la iglesia, y
por tanto como sacramento 4\ La virtud salvífica particular de este
sacramento está en el hecho de que el enfermo, en cierto modo, es
consagrado a Cristo; la enfermedad es como absorbida en la victoria del Señor
Jesús sobre el dolor y sobre la muerte; el enfermo recibe la fuerza
necesaria para asumir la enfermedad y, en su caso, la muerte, como
elementos de su camino hacia la resurrección con Cristo y la plena
realización de su fe.
c) Exequias. La
participación en las exequias de los cristianos miembros de otras
iglesias está permitida implícitamente en el Directorio
Ecuménico48. A los ministros invitados a la celebración se
concede el puesto adecuado a su dignidad •".
En la iglesia
católica está permitida la celebración pública
de la misa en sufragio de hermanos de otras iglesias. El decreto Accidit in
diversis (11 de junio de 1976), de
Ecumenismo
está
prohibido "mencionar el nombre del difunto en la plegaria eucarística,
porque esto presupone la plena comunión con la iglesia católica".
Cf CDC de 1983, can. 901 (junto con los cáns. 1183, § 3, y 1185).
5. ORACIONES
COMUNES. Las oraciones privadas y públicas por la unidad de los
cristianos, junto con la conversión del corazón y la santidad de
vida, se deben considerar como e*l alma de todo el movimiento
ecuménico (UR 8). Modelo de todas las oraciones es la contenida en
Jn 17, que Jesús pronunció la víspera de su muerte para
implorar del Padre la unidad de cuantos habían de creer en su nombre. A
ésta se añade el padrenuestro, en que se reconoce la paternidad
universal de Dios, se implora la venida de su reino, se expresa la
adhesión de la voluntad del hombre a la divina y el compromiso del
perdón recíproco.
El Directorio
Ecuménico 5I aconseja intensificar la oración por la unidad
en períodos particulares, como la semana del 18 al 25 de enero, los
días entre la ascensión y Pentecostés, los días en
torno a la epifanía, el triduo sacro, las ocasiones de encuentros o
de acontecimientos que afectan al camino ecuménico de las iglesias.
Se llama la atención de los católicos para que las oraciones por
la unidad se introduzcan en la celebración eucarística,
particularmente en la oración de los fieles; para que se celebre la
misa votiva "por la unidad de los cristianos" y se empleen
aquellos "ritos que contienen especiales oficios litúrgicos de
súplica, como las oraciones llamadas 'Litia' y 'Moleben' o similares"
".
Se dan
además otras ocasiones en las que es deseable que los ca
632
tólicos se
unan en oración con los hermanos separados: "por las necesidades
comunes, en las que pueden y deben cooperar; por ejemplo, promoción de
la paz, la justicia social, la mutua caridad entre los hombres, la dignidad de
la familia y otras semejantes. A estos casos se equiparan aquellas ocasiones en
que una nación o comunidad determinada dan colectivamente gracias a
Dios o impetran su ayuda, como, por ejemplo, en las fiestas nacionales,
tiempos de calamidad o luto nacional o día destinado a honrar el
recuerdo de los muertos por la patria. Esta oración común se recomienda
asimismo, en la medida de lo posible, para cuando entre cristianos se organizan
asambleas de estudio o acción" ".
a) Forma de la
celebración. Hay que distinguir dos tipos de oración por la
unidad: la practicada por una comunidad, a la que se unen como invitados
cristianos de otras confesiones, y las organizadas conjuntamente por miembros
de diversas iglesias. Las primeras se desarrollan según el culto
prescrito por los libros litúrgicos y otras costumbres de una
determinada iglesia. Las otras se preparan con la aprobación y la
colaboración de todos los participantes. Estas últimas, para
que sean "un medio extraordinariamente eficaz para impetrar la gracia de
la unidad y expresión genuina de los lazos" con que los cristianos
están unidos entre sí (UR 8), deben prepararse y celebrarse
verdaderamente en común, con un solo corazón y una sola
alma. Para evitar encontrarse con sorpresas, se deben determinar previamente
las tareas de los participantes, los textos bíblicos, los cantos,
las oraciones y las intervenciones homiléticas. Los contenidos de
la celebración deben ser tales
633
que puedan ser
compartidos serenamente por todos.
b) Lugar de la
celebración. La iglesia o el templo de una u otra comunidad, con el
consentimiento del ordinario, pueden elegirse como lugar de la
celebración. Pero nada impide que el encuentro pueda tenerse en otro
lugar, con tal que "en él todo sea digno y apto para el fomento del
espíritu religioso"54. Téngase presente que los hermanos
orientales consideran la iglesia como el lugar más apto para la oración
pública.
También
tratándose de la oración en común hay que tener en
cuenta el criterio de la gradualidad. Los hermanos protestantes aceptarán
con dificultad iniciar y encontrarse en esporádicos momentos de
oración. La comunión que se realiza practicando con
constancia la escucha común de la palabra de Dios abre los corazones a
la confianza recíproca y, con el correr del tiempo, a espacios de
oración cada vez más amplios.
V.
Conclusión
La liturgia
está adquiriendo un papel cada vez más importante en el camino de
reconciliación entre las iglesias, en primer lugar por lo que en ella se
realiza: el acontecimiento de salvación en Cristo se celebra y se
hace presente en el culto de las comunidades cristianas. Aun siendo diferentes
las expresiones sacramentales de las diversas iglesias, en ellas "el
culto cristiano celebra la poderosa acción de Dios en Jesucristo y nos
lleva a la comunión con él. Cualquier forma que éste
revista, su realidad depende de la presencia de Jesucristo en él, en la
palabra leída y recitada y en los sacramentos. Jesucristo es el centro
Ecumenismo
y, a
través del Espíritu Santo, es quien capacita para el verdadero
culto"5S. En la acción cultual de las iglesias se confiesa la fe,
se actualiza la palabra salvífica y se edifica la asamblea en
iglesia de Dios. Sin embargo, las estructuras del culto de las diversas
confesiones y las fórmulas eucológicas se han resentido, con
el correr del tiempo, de preocupaciones dogmáticas y apologéticas.
El diálogo teológico interconfesional puede tocar, desde la
liturgia, nuevos aspectos, hasta llegar a reformular el juicio
teológico sobre puntos doctrinales controvertidos, y al mismo
tiempo ayuda a la liturgia a reformarse desde el contacto con la
exégesis bíblica, las fuentes de la iglesia antigua y los
problemas pastorales del mundo contemporáneo.
Las declaraciones
doctrinales de consenso, elaboradas en los últimos años por las
comisiones mixtas oficiales y no oficiales, prestan una valiosa
contribución a la superación de las viejas controversias. En
dichos documentos la atención a las tradiciones propias de cada iglesia
se une al deseo de convergencia hacia una comunión doctrinal cada vez
más plena.
La praxis
litúrgica de las iglesias no refleja siempre el grado de consenso
teológico alcanzado. Para el futuro es deseable que el reconocimiento
de la eclesialidad de las otras comunidades cristianas se traduzca en una
más amplia colaboración en la evangelización, en la
catequesis y en la promoción humana como auténtica
cooperación ministerial, fundada en la recíproca
aceptación de los carismas y de las formas ministeriales.
NOTAS: '
Secrétariat pour l'unité des chrétiens,
Réflexions et suggestions concernant le dialogue oecuménique (15
agosto 1970): EV
Ecumenismo
III, 1617 —
2 Consejo mundial de las iglesias, Rapporto finqle della sezione quinta 6, en
Per un nuovo ecumenismo. Tesíi del'assemblea di Uppsala (por G.
Bruñí), Morcelliana, Brescia 1970, 144 — 3 Cf SC 24:
"En la celebración litúrgica, la importancia de
15
Déclaration commune sur la
doctrine eucharistique 5 — " Le repas du Seigneur 56; cf LG 28
— " Concilium Tridentinum, sessio XXII, DS 1743 — '8
Direttorio Ecuménico, I parte (=DE I), 11 — " DE I, 13b
— » DE I,
2I 22
14s — DE I,
19-20 — RBN, Introducción: Los padrinos, 16-17 — "
DE I, 48 —
24 2!
DE I, 57 —
OGMR 1 — 26 Secretariado para la unidad de los cristianos, In quibus
rerum circumstantiis (Instrucción del 1 junio 1972), 4b: EV IV, 1032
— 27 DE I, 40 — 28 DE I, 44 — » DE I, 47 —
» Nota sobre algunas interpretaciones de la "Instrucción
sobre los casos particulares de admisión de otros cristianos a la
comunión eucaristica en la iglesia católica" 9: EV IV, 1040
— " DE I, 55 —
634
IV, 1036 —
33 DE I, 55 — » DE I, 56 35 Matrimonia mixta 1-2: EV III, 14461448
— 3« Norme CEI 1, en // Regno-Documentazione 15 (1970) 459 —
37 Norme CEI 2. Únicamente para la diócesis de Pinerolo el
ordinario puede disponer de la forma canónica también para el
matrimonio celebrado ante el oficial de estado civil (Rescripto de
fessionali:
indicazioni pastorali, s.l., s.d.j 18 —
41 42
DE I, 50; 51; 59;
60 — Directrices del episcopado suizo II, 5, en // Regno-Documentazione
15 (1970) 453 —43 DE l, 49; 58 — ** Diócesis de Pinerolo,
Matrimoni interconfessionali 13; cf 14 y 6 — 4S DE I, 63 — "I.
Feiner, La malattia e il sacramento della preghiera dell'unzione, en Mysterium
salutis V, 1 (por J. Feiner y M. Lohrer), Queriniana, Brescia 1978, 661-662
— 47 Concilium Tridentinum, sessio XIV, DS 1716-1719 — * DE I, 50,
59 — "' DE I, 51,
60. Los ministros
católicos que asisten a ceremonias en otras comunidades pueden usar las
vestiduras corales — 50 Cf CDC del 1917, cáns. 809; 1241; 1240,
par. 1, n. 1, 2262; par. 2,
!l s2
n. 2 — DE
I, 22 — DE I, 24 — " DE I, 33 — M DE I, 36 —
" Consejo mundial de las iglesias, Rapporto finale della sezione quinta 6,
en Per un nuovo ecumenismo 144.
P. Tamburrino
BIBLIOGRAFÍA:
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ecuménica, Desclée, Bilbao 1973; Spisanti S., Ecumenismo
espiritual, en NDE, Paulinas, Madrid 1979; Vischer L., Textos y documentos
de
Madrid 1972. En
España se publican varias revistas de ecumenismo: Diálogo
Ecuménico (Centro de Estudios Orientales y Ecuménicos "Juan
XXIII"), Salamanca 1966ss; Pastoral Ecuménica (Centro
Ecuménico "Misioneras de
2. Liturgia y
ecumenismo
Barón R.,
La vida litúrgica de los anglicanos, en "Diálogo
Ecuménico" 4 (1969) 315322; Buchanan C , Reforma
litúrgica en el Anglicanismo, en "Concilium" 42 (1969) 274
635
285;
Garijo-Guembe M.M., Aspectos de la teología sacramental en la moderna
teología ortodoxa, en "Diálogo Ecuménico" 11
(1976) 519-554; Goenaga J.A., Lectura del nuevo acuerdo del Grupo de Dombes
sobre "Iglesia, Espíritu Santo y sacramentos", en
"Phase" 119 (1980) 333-342; Gracia J. A., Testimonios sobre la
intercomunión, ib, 47 (1968) 429-432; Lera J.M., El ministerio ordenado
en el diálogo evangélico-lulerano, en EE 59 (1984) 179-209,
359-374; Lescrauwaet J., El Consejo Mundial de las Iglesias y la reforma
litúrgica, en "Concilium" 42 (1969) 263-273; López
Martín J., Israel y los judíos en el misal romano, en "El
Olivo" 16 (1982) 73-93; Matabosch A., Intercomunión y
comunión abierta, en "Phase" 47 (1968) 415-418; El
ministerio episcopal según los acuerdos ecuménicos recientes, en
"Phase" 125 (1981) 397-407; McDonnell K.,
Pensamiento de
Calvino sobre la liturgia y futuro de la liturgia católico-romana, en
"Concilium" 42 (1969) 251-262; Ramos M.,
Reflexiones
"ecuménicas" de teología sacramental, en "Phase"
132 (1982) 505-509; Tena P., La ordenación y el sentido del ministerio
en el diálogo ecuménico, ib, 123 (1981) 223239; Thoma C ,
Cristianos y judíos. Semejanzas y diferencias en la liturgia.
Estructura y contenido de la liturgia cristiana, en "Concilium"
98 (1974) 500-505; Thurian M„ Una liturgia eucaristica ecuménica,
en "Phase" 139 (1984) 163-172; VV.AA., Ministerio y ecumenismo,
en "Phase" 81 (1974) 147-172; VV.AA., El ministerio en el
diálogo interconfesional.
Sigúeme,
Salamanca 1974; Von Allmen J.-J.,
Ministerio
sagrado. Estudios de teología ecuménica, Sigúeme,
Salamanca 1968.
3. Acuerdos
ecuménicos
Acuerdo
anglicano-católico sobre la eucaristía, en "Phase"
70 (1972) 309-315 (introducción de A. Matabosch, ib. 309-310);
Acuerdo anglicano-católico sobre "Ministerio y ordenación",
ib, 81 (1974) 164-172 (introducción de
A. Matabosch, ib,
161-162); Acuerdo del Grupo de Dombes sobre la eucaristía, ib, 70 (1972)
315-325 (comentario de A. Matabosch, ib. 325-333); Acuerdo del Grupo de Dombes
sobre "Reconciliación de los ministerios", ib, 81 (1974)
148-160 (introducción de P. Tena, ib, 147-148); Acuerdo del Grupo de
Dombes sobre "Iglesia, Espíritu Santo y sacramentos".
ib, 119 (1980)
343-358 (comentario de J.A. Goenaga, ib, 333-342); Asamblea de Vancouver,
Texto de la liturgia eucaristica. ib, 139 (1984) 173-178 (comentario de M.
Thurian, ib, 163-172); Comisión conjunta Romano-católica y
Evangélico-luterana, £7 ministerio espiritual en
Elementos
naturales
(introducción
de P. Tena, ib, 87-92); Comité mixto católico-protestante de
Francia, Declaración común sobre el bautismo y acuerdo
doctrinal sobre el matrimonio, ib, 78 (1973) 548-554; Fe y Constitución
(Consejo M. de las Iglesias), Bautismo, eucaristía, ministerio, separata
de "Diálogo Ecuménico", Salamanca 1975
(introducción y comentario de M.M. Garijo-Guembe).
SUMARIO: I.
Introducción: La naturaleza en la liturgia: 1. El cosmos y la historia
de la salvación: a) El hombre inmerso en el universo, b) La
creación, implicada en la historia del hombre, c) El acontecimiento de
la encarnación, d) La sacramentalidad de las cosas, e) La espera
escatológica; 2. Antropología, biblia, liturgia: a) La actividad
simbólica, b) El recorrido metodológico, c) La atención a
la antropología - II. Elementos cósmicos: I. El agua. El poder
evocador del agua; 2. La tipología del agua en la biblia; 3. El agua en
la liturgia; 4. La luz y el fuego; 5. El simbolismo de la luz; 6. El tema
bíblico de la luz; 7. El simbolismo del fuego; 8. El tema bíblico
del fuego; 9. La luz y el fuego en la liturgia; el incienso y la ceniza - III.
Elementos vegetales
o
agrícolas: 1. El aceite. EE simbolismo del olivo y del aceite; 2. Uso y
significado del aceite en el mundo bíblico; 3. Las unciones en la
liturgia; 4. El pan y el vino. Los alimentos y las bebidas para el banquete
sagrado: a) Hambre, alimento, vida, b) El pan y el vino para el nombre, c) La
comida; 5. Pan y vino en la biblia: a) En el AT, b) Las comidas de Cristo en el
evangelio; 6. Indicaciones históricas acerca del uso del pan y del
vino en Occidente para la celebración eucaristica; el
"antidoron" - IV. Conclusión: Problemática actual: I.
La verdad de los signos; 2. La adaptación de los signos; 3. Para una
pedagogía del signo; 4. Crear nuevos signos; 5. La naturaleza,
lugar de referencia para el diálogo salvífico.
I.
Introducción: La naturaleza en la liturgia
1. EL COSMOS Y
Elementos
naturales
des del hombre.
En la biblia, creación y salvación aparecen como los
momentos y los actos del único proyecto (la oikonomía) de Dios:
la creación es ya el comienzo de la historia y, como primer acontecimiento,
es manifestación de la iniciativa preventiva de Dios en relación
con el hombre.
Adán,
amasado de barro y vivificado con el soplo divino (Gen 2,7), es el punto
culminante de la gran página del Génesis, en que la narración
sube gradualmente desde las cosas que existen a las que viven; hasta el hombre
que, por haber recibido el espíritu de Dios, está proyectado
hacia la eternidad y abierto al infinito. Por esta continuidad en la escala de
los seres, el hombre —hijo de Dios— es rey y sacerdote de la
creación, está constituido vicario de Dios en el universo,
está llamado a ser colaborador del creador (cf Gen 1,28; Gregorio
de Nisa, De creatione hominis 1-2: SC 6 [1943] 88-91).
b) La
creación, implicada en la historia del hombre. Lo malo es que, por la
libertad del hombre, existe el peligro real —y la biblia da testimonio de
esta experiencia desde el principio— de que las cosas queden
implicadas también en las desviaciones- del hombre. Solidarias con
él en el bien y en el mal, también ellas han quedado contagiadas
del pecado, a pesar de que, por naturaleza, son "cosas buenas, muy
buenas" (cf Gen 1,
636
contra él,
e incluso a veces terminan por esclavizarlo. Es claramente una
situación de desgarramiento y de muerte.
c) El
acontecimiento de la encarnación. En este contexto hay que situar
la encarnación. Dios, al crear a Adán, miraba hacia el primer
hombre y, al mismo tiempo, al hombre futuro —Cristo—, vértice
de la creación y coronamiento del universo (cf Tertuliano, De
resurrectione carnis 6: PL 2,802; Ireneo, Adversus haereses III, 22,3: Harvey
II, 123; cf también Col l,16b-Í7). El Hijo de Dios, haciéndose
hombre, se convirtió en instrumento (o sacramento) de
salvación: en su cuerpo no solamente la humanidad, sino
también la naturaleza quedó asumida como vehículo de
santificación.
La
consagración del hombre por medio de los sacramentos se extiende
también a la materia de que él está formado, de la misma
manera que el cuerpo físico de Cristo es el punto de contacto entre Dios
y el mundo y él canal con que Dios comunica su bendición a los
seres. El cuerpo de Cristo, en efecto, ya por la encarnación, pero sobre
todo desde el momento de la resurrección, está totalmente
empapado del poder divino: Jesús, a partir del inicio de la nueva
creación en su carne glorificada, se ha hecho Dios incluso en su
humanidad'. El cosmos entero ha sido asumido por el señorío
de Jesús. A través de "el cuerpo de su gloria" es como
Cristo, "constituido Hijo de Dios en poder según el
Espíritu de santidad desde la resurrección de entre los
muertos" (Rom 1,4), se ha convertido en "Espíritu
vivificador", por lo que llega a todos los hombres para comunicarles su
vida. También en él cuerpo y espíritu resultan inseparables.
637
d) La
sacramentalidad de las cosas. La salvación llega al hombre a
través de su corporeidad. "El cuerpo es el quicio de la
salvación", dice Tertuliano. "Cuando el alma se une a Dios, es
el cuerpo el que hace posible la unión. El cuerpo se lava para que el
alma sea purificada; el cuerpo es ungido para que el alma sea consagrada; el
cuerpo es signado (con el signo de la cruz) para que el alma sea
fortificada; se hace sombra sobre el cuerpo (por la imposición de las
manos) para que el alma sea iluminada por el Espíritu Santo; se
alimenta el cuerpo con el cuerpo y la sangre de Cristo para que el alma sea
alimentada de Dios" (o.c, 8: PL 2,806). El hombre puede de nuevo
dirigir su mirada al mundo como a un universo sacramental, es decir, como
a realidades transidas de Dios por haber brotado de él y estar
habitadas por su presencia. El señorío de Cristo, establecido en
el tiempo presente, hace descubrir al hombre la necesaria conexión
de la salvación con el destino de las cosas. Finalmente, la
creación puede desvelarse como epifanía de Dios, que con su soplo
continuamente renueva la vida como una gracia; y el hombre se pone en la
línea de la naturaleza para entrar en comunión con lo divino,
sirviéndose también de la mediación de las cosas. El
Espíritu interviene para que la realidad profana sea cristificada y abra
sus potencialidades al misterio que se realiza2.
e) La espera
escatológica. Este dinamismo, por el que el amor de Dios interviene y
actúa, se comprende si se presta atención a la naturaleza
histórica de la iglesia: ésta, bajo el impulso del Espíritu,
(iene la misión de conducir la obra pascual de Cristo a su
culminación escatológica. También la naturaleza
Elementos
naturales
participa en
dicha culminación: el Apocalipsis habla de "cielos nuevos y tierra
nueva" (21,1-4). La materia sacramental, sobre la que se ha recitado la
bendición, ha sido introducida ya en este estado y lo anticipa.
De una manera especial, pan y vino eucaristizados quedan substraídos
a la existencia terrena para participar del estado del cuerpo resucitado de
Cristo. A través de un misterio de muerte, la creación llega,
siempre junto con el hombre, a los tiempos escatológicos: al hombre
corresponde ser el protagonista en esta transformación. La materia,
fermentada por el Espíritu de Cristo glorificado, es capaz de proyectar
sobre el plano de la vida nueva la eficacia de que está dotada; por
medio de ella se desarrolla el germen activo de la transfiguración.
La materia sacramental es, por tanto, la presencia anticipada de la
creación glorificada'.
2.
ANTROPOLOGÍA, BIBLIA, LITURGIA, a) La actividad simbólica.
Por la estructura psicocorpórea del hombre, también la liturgia
tiene una doble dimensión, que va de lo visible a lo invisible, de la
materia al espíritu. La materia tiene la función de dar
fuerza expresiva a la liturgia. De ahí el mundo simbólico en que
la liturgia se sitúa. Como en la vida cotidiana el hombre se expresa
simbólicamente y usa un lenguaje que está hecho también de
cosas, así en el culto la iglesia tiene necesidad de servirse de
elementos naturales para que el diálogo con lo trascendente adquiera
consistencia y eficacia. La exigencia de realismo se convierte así en
una necesidad de verdad y de concreción, nunca en una
materialización o cosificación de la experiencia religiosa. La actividad
simbólica sirve al hombre para formular la imagen del mundo y proyectar
su conducta'.
Existe un nexo
indestructible entre los valores salvíficos y su visibilización,
que forma parte de la estructura íntima de la realidad cristiana. El
símbolo tiene esta función de nexo, y nos muestra y comunica la
realidad salvífica en su plenitud; en nuestro caso es una
representación de la historia y de la situación del hombre en el
marco global de la construcción del reino. En el símbolo tomado
de la naturaleza el hombre se remonta y redescubre su matriz y vuelve
a las fuentes: el contacto con los arquetipos —por tanto, con lo que
en ellos hay de más antiguo y genuino— ayuda también a su
regeneración, a reconducir la experiencia religiosa a su pureza
originaria. Fe y rito se confrontan y se confirman recíprocamente;
por este medio la liturgia queda garantizada en su autenticidad y es
emotivamente aceptable, porque el símbolo es una mediación
adecuada. El hombre, animal simbolizante, buscador de significados,
expresa y experimenta su fe religiosa sobre bases seguras. "Una religión
será eficaz —y podríamos añadir: verdadera—
precisamente según la eficacia de sus símbolos" \
b) El recorrido
metodológico. El tema requiere que se preste atención sobre todo
a la antropología, ya que ésta hunde sus raíces
directamente en el simbolismo. Este está dotado de una gran capacidad
y es una conditio sine qua non para la comprensión del mundo sacramental:
la criatura, referida al hombre, se convierte en lugar de experiencia de lo
divino y de diálogo salvífico. Durante los milenios de la
historia las cosas han sido humanizadas (casi dotadas de un suplemento del
alma) y enriquecidas de significado; se han hecho parte integrante de la
vida del hombre. Forman parte de su len638
guaje y son
instrumento para la comunicación, influyen en su comportamiento
hasta plasmar su espíritu.
El ámbito
de nuestra investigación se limita sólo a los elementos
naturales actualmente en uso en la liturgia occidental. El horizonte no es muy
amplio, a pesar de que en el pasado ha conocido desarrollos más
consistentes y las diversas culturas podrían —y
deberían— abrirse a una mayor valoración de dichos
elementos. Los pocos que aquí estudiaremos, sin embargo, pueden
constituir modelos ejemplificados y emblemáticos. El recorrido
metodológico será: antropología, biblia, liturgia.
Acerca de la antropología: no nos
interesan los elementos en sí mismos (agua, pan, aceite), sino en
relación al hombre, desde el uso que de ellos hace (baño, comida,
unción); pero deberemos partir siempre del signo originario para llegar
a comprender el sentido del uso existencia!, es decir, al elemento en
situación.
La biblia nos dirá cómo
Dios, en su condescendencia, ha dialogado con el hombre sirviéndose
de las cosas sencillas, al alcance de todos: con su soberana condescendencia
elige los elementos con los que el hombre tiene que vérselas a diario,
elementos que están abiertos para que sus esperanzas reciban una
respuesta.
El discurso litúrgico será
el que lógicamente concluya el camino, para mostrar cómo la
iglesia, en su fidelidad al hombre y a la revelación, actualiza la
alianza a través de los signos que realizan la salvación: a lo
largo de la historia cristiana, oriental y occidental, prestaremos
atención a las formas más expresivas, para una
comprensión del signo y para su revisión en clave celebrativo-pastoral.
639
c) La
atención a la antropología. "Si la liturgia ha perdido
terreno y se ha alejado de la vida humana, encerrándose en un esoterismo
arqueológico, se debe a que con demasiada frecuencia los signos han sido
tratados como soportes materiales y arbitrarios de la gracia. La fe está
viva y es realista sólo cuando asume la realidad humana. Y lo hace [...]
también en la expresión y en la práctica de los sacramentos"6.
El don de la gracia está vinculado a la eficacia simbólica de los
sacramentos; el aspecto antropológico no es un accesorio en
relación con su realidad teologal; los símbolos sacramentales son
tan auténticos como la humanidad de Cristo, sacramento de
salvación. Una teología antropológicamente pobre durante
mucho tiempo ha buscado en el gesto sacramental sólo la validez y la
licitud, con peligro de formalismo; la cultura urbana occidental, separada de
la naturaleza, exige y provoca interrogantes acerca del simbolismo de los
elementos. Descuidándolos, tanto la teología como la liturgia
pierden realismo y eficacia, el poder evangelizador se evapora, y el
pagano, que
duerme en cada hombre, se siente tentado a alejarse del cristianismo para
sustituirlo por prácticas rituales supersticiosas'.
II. Elementos
cósmicos
1. EL AGUA. EL
PODER EVOCADOR DEL AGUA. "Las aguas simbolizan la totalidad de
las virtualidades; son fons et origo, la matriz de todas las posibilidades
de existencia... Principio de lo indiferenciado y de lo virtual,
fundamento de toda manifestación cósmica, receptáculo de
todos los gérmenes, las aguas simbolizan la sustancia primordial de
donde nacen todas las formas y
Elementos
naturales
adonde vuelven
por regresión o cataclismo"8. Soporte de la creación
cuya potencialidad concentra en sí, matriz universal, símbolo de
la vida y de la fecundidad, elemento arquetipo, materia prima, el agua tiene
por todos estos motivos un vastísimo poder de simbolización, ya
que contiene todo el espectro de significados que van desde la vida hasta la
muerte. Al representar la infinidad de todas las posibilidades, tiene en
sí todas las promesas de desarrollo, pero también todas las
amenazas de reabsorción. Sumergirse en ella para volver a salir es
la regresión a lo preformal, es una vuelta a las fuentes por medio de la
muerte simbólica: a través de un proceso de disolución y
de desintegración, se provoca luego una fase progresiva de
reintegración y nuevo nacimiento*. En último análisis, el
contacto con el agua implica siempre regeneración, ya porque la disolución
va seguida de un nuevo nacimiento, ya también porque la inmersión
fertiliza y aumenta el poder de vida de la creación,0.
Su poder
destructor, pues, resulta ser un poder regenerador. La vida es llevada
ineludiblemente a un retroceso, a degeneración y a envejecimiento hasta
la muerte; hace falta una reabsorción de lo que es malo y negativo. Pues
bien, las aguas, que ya precedieron a toda la creación, periódicamente
refunden y reintegran la creación, purificándola para dar origen
a una era nueva. Es posible incluso que la fase destructiva tome forma de
catástrofe (diluvio): es una necesidad aneja a la visión de
la creación y de la vida como cosa frágil, que tiende a la anemia
y a la esterilidad, vaciándose de fuerza y de vigor; la vida,
en vez de ir inexorable hacia el fin apagándose para siempre,
vuelve a su molde y se carga de su fuerza y pureza originarias ".
Elementos
naturales
2.
Para Gen 1, las
aguas ab origine no fueron creadas: simplemente las aguas altas o superiores
fueron separadas de las terrestres o inferiores (el océano
primordial precede a la creación ya durante la noche cósmica y la
sostiene cuando, desde el caos acuático y del abismo, emerja la
tierra; sin embargo, el Salm 103,3.6 afirma que Dios es creador de las aguas
superiores e
640
inferiores). Por
esta trascendencia,
las aguas no
sólo están reunidas en
el infinito y en la
altura del cie
lo, sino que son
acercadas a Dios
mismo y a su
eternidad.
Es normal que una
civilización agraria como Israel viese en el agua la
manifestación de la acción divina. Yavé muestra su
poder también en el huracán; Débora, por limitarnos a
una sola cita, dice que, al paso del Señor, "los cielos se agitaron
y las nubes se desataron en agua" (Jue 5,4). El AT ve en el agua que cae
sobre la tierra árida no sólo el signo de la fertilidad (hasta
imaginar el paraíso como el desierto regado y convertido en
jardín: cf Is 35,6s), sino sobre todo la benevolencia y la
bendición de Dios. Obligado a recoger el agua de la lluvia en cisternas,
el hombre del AT reconoce en las aguas corrientes la imagen del agua viva que
evoca a la divina Sabiduría y al Espíritu: la trasposición
simbólica es evidente. "Os rociaré con agua pura y os
purificaré de todas vuestras inmundicias y de todos Vuestros
ídolos..., os infundiré un nuevo espíritu...
Infundiré mi espíritu en vosotros..., os liberaré de todas
vuestras inmundicias" (Ez 36,25-29).
El NT vuelve a
usar, profundizándolo, este mismo simbolismo: Jesús
dirá a la samaritana: "el agua que yo le daré será en
él un manantial que salte hasta la vida eterna" (Jn 4,14); y
el mismo Juan, en el Apocalipsis, haciendo eco a Ezequiel, describe al
Cordero que guía a los salvados "a las fuentes de las aguas de la
vida" (7,17). El simbolismo de la inmersión, que en el
contexto veterotestamentario se había desarrollado a partir de las
purificaciones rituales hasta llegar al bautismo de Juan "como bautismo
de penitencia para la remisión de los pecados" (Le 3,3), es vinculado
al fuego del Espíritu: "El que no 641
nace de agua y de
espíritu no puede entrar en el reino de Dios" (Jn 3,5; según
el dicho del Bautista, Jesús "bautizará con Espíritu
Santo y fuego": Le 3,16). Es evidente que en el NT interesa no tanto el
elemento agua cuanto el baño. Este se desarrollará sobre
todo en Pablo (en cumplimiento del mandato de Jesús: Mt 28,19 y Me
16,16), que presenta el bautismo estrechamente unido a la muerte y
resurrección de Cristo, reproducida y representada por él: la
inmersión corresponde a la colocación en el sepulcro, la
emersión a
la resurrección. "Fuimos, pues, sepultados juntamente con
él por el bautismo en la muerte, para que como Cristo fue resucitado
de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros
caminemos en nueva vida" (Rom 6,4s).
Desde las
abluciones rituales de los esenios o desde el mismo bautismo de Juan hasta
el bautismo cristiano, el camino es enorme: el bautismo es único, el
gesto se ha enriquecido de tal manera que la atención se ha concentrado
más en los contenidos y significados que en el gesto materialIJ. Pero
los padres, para explicar el bautismo, partirán siempre de la primera
página del Génesis, repasando toda la tipología de
las aguas, para no perder nada de su riqueza simbólica y que el
gesto no resulte incomprensible ". La prehistoria del bautismo, a
partir de las religiones y recorrien
do el AT,
persigue el mismo fin, aunque a diverso nivel.
La
institución del bautismo por Cristo no tiene, pues, nada de arbitrario
—y, por tanto, el signo no es artificial—, sino que se inserta en
un contexto amplísimo y en su culminación. El agua que precede a
la creación es necesaria para la recreación; coloca en un
estado nuevo y causa un nuevo nacimiento,
Elementos
naturales
pero que ahora es
definitivo, escatológico (cf Jn 19,30: el agua que mana del costado
de Cristo da origen a los sacramentos).
3. EL AGUA EN
(aunque quien le
proporcionó la sustancia fue la tierra) a fin de llevar su obra a la
culminación, para que nosotros no nos extrañásemos
cuando un día ella produjese la vida en el bautismo. "Toda agua
natural adquiere, pues, gracias a la antigua prerrogativa de que fue adornada
en su origen, la virtud santificante del sacramento, con tal que Dios sea
invocado con este fin" (De baptismo III-V: PL 1,120s). Cirilo de
Jerusalén mira hacia la fuente bautismal como hacia la tumba y el seno
materno (Catcque
sis PPC [1985]
II, 4: PG 33,1080; cf Juan Crisóstomo, In lohannem 25,2: .PG 59,151).
La bajada del
catecúmeno a la fuente bautismal es comparada también con la
bajada de Cristo a los infiernos y su lucha con el demonio: el gesto se
dramatiza por referencia a la lucha con el elemento diabólico
". El pez proporciona un fácil simbolismo del neófito (=
nueva planta), mientras que Cristo es el Iktús (= pez; las letras
significan Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador)l6. El espíritu de Dios
que aleteaba sobre las aguas primordiales para fecundarlas, se traduce en
-eos naturales
el poder divino
apropiado al Espíritu Santo.
Históricamente,
la oración previa al bautismo se convierte poco a poco en una
epíclesis para la bendición de las aguas, a pesar de que
toda agua natural es considerada materia apta para el bautismo: los orientales
han atribuido siempre una gran importancia a esta consagración
(recuérdese la gran plegaria bizantina para la bendición de las
aguas en la fiesta de la epifanía); los occidentales, siguiendo sobre
todo a san Agustín y a santo Tomás, insisten más en el
signo. La oración de bendición de las aguas bautismales, a
pesar de lo reducida que se encuentra actualmente en el MR en la vigilia
pascual, sigue siendo un memorial-epiclesis: memorial, en cuanto que resume
brevemente la tipología bíblica del agua; epíclesis,
porque invoca, por medio de la bajada del Espíritu, la gracia
salvífica de Cristo para los candidatos al bautismo ".
Además del
uso del agua en el bautismo, la liturgia conoce también otras
formas de usarla, con significados variados, pero derivados siempre del
bautismo: entre ellos, el agua lustral para las aspersiones (recordemos el
"Rito para la bendición del agua y aspersión con el agua
bendita", en el apéndice del MR)'"; igualmente, también
en el MR, en la vigilia pascual, la oración de "bendición
del agua lustral"; el agua, usada como bebida que se mezcla en el
cáliz con el vino, en la celebración eucarística (MR, Ordo
Missae, preparación de los dones); el agua con la que, en el rito de las
exequias, se asperja el cadáver y el lugar de su colocación en el
cementerio (OE, nn. 10; 32s; 47; 53; 71; RE, nn. 44; 51; 52; 57; 89; 91; 97);
el rito de la bendición y de la aspersión del agua en la dedicación
de la iglesia o del altar (ODEA, 642
c. II, nn. 48-50;
c. V, 10-13; RDI, n. 11 b, p. 27; pp. 41-42; 59-61; 86-88; 102-104; 112). Del
estudio de los formularios de los ritos citados —a los que
remitimos— emerge una riqueza teológica que no puede olvidarse en
la catequesis litúrgica.
EL SIMBOLISMO DE
De todos modos,
la luz aparece como lo que "hace ser" a las cosas, y sin la cual las
cosas son "como si no existieran". En relación con el hombre,
esto tiene un significado importante: a nosotros no nos interesa la
presencia física de los objetos si éstos no están de
algún 643
modo relacionados
con nosotros. La ausencia de la luz hace que las cosas desaparezcan y la
relación deje de darse. La aparición gradual y progresiva de la
luz al amanecer, en cambio, primero hace que las formas emerjan; a medida que
la luz va creciendo, éstas se perfilan en dimensiones y profundidad; a
continuación adquieren color y esplendor y, finalmente, movimiento
y vida. Sólo entonces está todo dispuesto para la
aparición del hombre. La primera página del Génesis tiene
para nosotros un significado antropológico indiscutible; se trata
de una experiencia que estamos llamados a repetir cada mañana ayudados
por la oración de laudes.
La
irradiación de la luz se convierte así en ordenamiento del
cosmos; es la fuerza fecundante uránica que, además de
ser condición para la existencia, lo es también para la vida
misma. Y como la luz no tiene existencia en sí misma, el proceso de
solarización será directo y espontáneo; por eso la luz aparecerá
con frecuencia como una hierofanía (manifestación de lo
sagrado) o una cratofanía (manifestación de la fuerza
divina)". En sentido analógico, mientras las tinieblas son
corolariamente símbolo del mal, de la infelicidad, de la perdición
y de la muerte, la luz exalta lo que es bello y bueno, lo que es
iluminación, conocimiento y sabiduría. "Venir a la
luz" significa nacer; "ver claro" equivale a comprender;
"iluminarse" es abrirse,
expandirse,
destaparse; "recibir la luz" quiere decir iniciación y transfiguración.
6. EL TEMA
BfBLICO DE
Elementos
naturales
clusión el
hecho de que la primera página de
Dios es luz (cf
Sal 27,1; Is 9,1) en la iconografía, el oro representa a la divinidad,
que se difunde como gloria. La ley y la palabra que vienen de Dios son luz para
el hombre (cf Sal 118,105; Is 2,3-5). Jesús es la luz del mundo (Jn
8,12; 9,5); el que cree, se convierte él mismo en luz (Mt 5,14), como
reflejo de la luz de Cristo (2 Cor 4,6). Una vida inspirada por la fe es un
"caminar en la luz" (1 Jn 2,811); en conexión con los dos
caminos, los hombres se dividen en hijos de la luz e hijos de las
tinieblas. El símbolo niceno-constantinopolitano dirá que
Cristo es lumen de lumine. La transfiguración de Jesús,
manifestación de su filiación divina, es una anticipación
de la gloria pascual que ilumina a los
creyentes.
No es éste
el lugar de desarrollar un tema tan amplio, que tiene más que ver con la
teología bíblica que con el simbolismo litúrgico; la
patrística, recogiendo estas riquezas, las comunicará a la
cultura cristiana, cuya expresión es la liturgia. En esta
línea podemos hacer ya algunas anticipaciones. El bautismo es
llamado iluminación (illuminandi son los bautizandos); de esta manera se
subraya que la fe es la luz con la que el creyente se abre al misterio de Dios,
superando y
Elementos
naturales
venciendo las
tinieblas del error y del pecado. En Oriente la epifanía in sancta lumina
es día bautismal, en el que se conmemora el bautismo de Cristo
evocando la teofanía del Jordán2'. En la antigüedad el rito
bautismal se dramatizaba con la renuncia a Satanás pronunciada mirando
hacia occidente (morada de las tinieblas) y con las promesascompromiso
enunciadas de cara al oriente (de donde nace el sol). A este tema son muy
sensibles las liturgias / orientales y, por su influjo, la mística
de la luz y la teoría de la divinización (recuérdese a
Evagrio Póntico y Gregorio Palamas); también el Occidente
medieval, aunque con sensibilidad diversa, recorrería estos
senderos (santa Mechitilde, santa Hildegarda, Ruysbroec, etc.)22.
7. EL SIMBOLISMO
DEL FUEGO. Unido al tema de la luz, del que es una prolongación
material, reconocido por los antiguos como uno de los cuatro elementos del
mundo, el fuego aparece como principio activo. A veces se opone al agua,
si bien —como veremos— tiene algunos valores en común
con ella. Sus propiedades son sobre todo una cierta inmaterialidad o
espiritualidad, por lo cual parece que se acerca a Dios. Por su
ambivalencia, el fuego tendrá también dos orígenes:
uno celeste y positivo (expresado por la elevación de la llama
hacia lo alto) y otro subterráneo e infernal, como instrumento de
muerte. Otros mitos apuntan, por el contrario, hacia un origen celeste y un
destino terrestre; los mitos de Prometeo (que roba el fuego a los dioses) y el
de Lucifer (precipitado de los cielos a las entrañas de la tierra)
estarían en esta línea. Sus virtualidades son la purificación
y la regeneración; en este sentido es complementario del agua, como su
644
principio
antagonista (yin y yang en la sabiduría china). Los ritos de
purificación con el fuego son conocidos: baste recordar los
incendios de los campos, que preparan un mantillo verde de naturaleza viva; el
crisol donde se purifican los metales en estado de fusión; el calor
del sol, que transforma el agua terrestre impura en agua celeste, pura y
fecundante; las ordalías con fuego, etc. La combustión lleva las
cosas al estado sutil, liberándolas de sus implicaciones groseras; en la
ofrenda sacrificial, quemar la víctima no significa destruirla,
sino transformarla y reducirla a la inmaterialidad, para que así
pueda subir al cielo y ser agradable a Dios; la cremación, en su aspecto
positivo, es un rito de espiritualización y sublimación. Por eso
el fuego, que quema y consume, tiene virtualidades generadoras más
poderosas que el agua (mejor si estos elementos se usan juntos: per aquam et
ignem) ".
En sentido
traslaticio, el fuego representa el amor, el fervor interior, las pasiones
localizadas en el corazón; éstas pueden ser sublimadas o
pervertidas, según la dirección que tomen, es decir,
según que sean dominadas por el espíritu o no. Como el fuego
material puede destruir y devorar, así el fuego de las pasiones puede
llevar al odio, a la guerra, a la destrucción; puede tener toda la gama
de características divinas y demoníacas24.
8. EL TEMA
BÍBLICO DEL FUEGO. La biblia no diviniza al fuego; éste tiene
solamente valor de signo. Dios elige manifestarse en forma de fuego —como
elemento inmaterial y no circunscribible—, pero siempre durante un
diálogo personal. El fuego, por otra parte, no es el único
símbolo de la presencia y de la acción de Dios en el mundo
(cf 1 Re 19,12). Es expresión de la santi
645
dad y de la
trascendencia, y por lo mismo de su gloria, que atrae, pero provoca temor
(mysterium fascinosum et timendum). Las teofanías ígneas
indican los momentos más importantes de la revelación de
Yavé: entre las más expresivas se encuentran la de la zarza
ardiente del Horeb (Ex 3,2ss)» y la del Sinaí (Ex 19,18ss).
Son significativas las de las vocaciones proféticas: de Isaías,
con la aparición de los serafines (6,16ss), y de Ezequiel, con los
animales ígneos (l,lss); Elias es arrebatado al cielo en un carro de
fuego (2 Re 2,11). Las temáticas subyacentes a estas teofanías
aparecen como "revelación del Dios vivo y exigencia de pureza
del Dios santo"26. El tema del juicio escatológico, en que el
fuego viene a ser castigo sin remedio (en el NT se recurrirá a la imagen
de
juicio, el fuego
producirá una conflagración irreversible11.
En el Apocalipsis
los dos aspectos —teofanía y juicio— coexisten: el Hijo
del hombre aparece con ojos llameantes (1,4; 19,12); el mar de cristal
está mezclado con fuego (15,2); el lago de fuego y de azufre es para el
diablo (20,10). "La iglesia vive de este fuego, que inflama el mundo
gracias al sacrificio de Cristo"2". Este fuego, que en Pentecostés
bajó sobre los discípulos, simboliza al Espíritu, en que
son bautizados y por el que son transformados.
9.
Elementos
naturales
las liturgias
descritas en el Apocalipsis ».
Se llevan cirios
para solemnizar la proclamación del evangelio y para enriquecer el
simbolismo del altar; preceden al ministro, que preside en nombre de Cristo; se
encienden delante de los iconos y son signos de gozo y de fiesta durante la
celebración. Prácticamente se suelen encender cirios siempre
que la comunidad se reúne para una celebración, más
allá de toda exigencia funcional. Se entrega el cirio encendido al
neófito (o a sus padres) en el rito bautismal, después de haberlo
encendido en el cirio pascual (ver más adelante). La lámpara que
arde y se consume ante la reserva eucarística es signo de
adoración y oración. Los cirios encendidos durante las
vigilias fúnebres o en el cementerio, además de relacionarse
con los temas del cirio pascual, son signo de veneración por el
cadáver del difunto. Las procesiones aux flambeaux añaden al
simbolismo de la peregrinación el de la vigilancia (cf Mt 25,1-13).
En la fiesta de la presentación del Señor en el templo las
candelas recuerdan a Cristo, "luz para iluminar a las gentes" (Le
2,32; véanse en el MR los formularios de esta fiesta). Pero los
significados son múltiples y se entrecruzan entre ellos.
Entre todos los
simbolismos derivados de la luz y del fuego, el cirio pascual es la
expresión más fuerte por la riqueza de significados. En su origen
se fundan dos hechos:
1) la luz del
plenilunio de Nisán, símbolo originario de la salvación
pascual M; 2) el rito del lucernario (antigua costumbre de la bendición
vespertina en el momento en que se encienden las lámparas), que es una
eucaristía por el don de la luz. El cirio pascual representa a Cristo
resucitado, vencedor de las tinieblas
Elementos
naturales
y de la muerte,
sol que no tiene ocaso. Se enciende con fuego nuevo, producido en completa
oscuridad, porque en pascua todo se renueva; a continuación se toma
la llama del cirio para encender todas las demás luces.
La
tipología de la luz está descrita en el Exsultet (o
praeconium paschale o laus cerei)": forma una unidad indisoluble con el
anuncio de la liberación pascual, anticipada por los acontecimientos
prefigurativos y realizada en la resurrección de Cristo. El
encender el lumen Christi es, pues, un memorial de la pascua. La
trasposición del cirio que ilumina a Cristo —lux in tenebris
y lucifer matutinus—, que resucitando iluminó a los hombres, es
resaltada en la vigilia nocturna, la celebración más importante
que conoce la iglesia. Durante todo el tiempo pascual (y siempre durante los
bautismos y las exequias) el cirio estará encendido para indicar la
presencia del Resucitado entre los suyos. Toda otra luz que arda con luz
natural tendrá un simbolismo derivado, al menos en parte, del cirio
pascual, al igual que toda vigilia adquirirá su significado a partir de
la vigilia pascual, "madre de todas las vigilias" (san
Agustín, Sermo 219: PL 38,1088), de la que constituye una
prolongación y una imitación.
Sin embargo, hay
que admitir que el simbolismo de la luz natural está un poco en crisis a
partir de su suplantación por la luz artificial, permitiendo obtener
efectos más vistosos y resultados más funcionales. En la
actualidad ciertas expresiones del Exsultet nos resultan retóricas
y enfáticas (sin dar aquí un juicio sobre el género
literario, extraño a la mentalidad actual). Es un simbolismo que
necesita ser repensado. Pero hay que notar que el signo de la luz sigue siendo
646
válido,
aunque no vaya unido a determinadas formas, destinadas a cambiar con el tiempo.
El incienso. De
por sí este elemento debería entrar en el párrafo
III, que trata de los elementos vegetales (en efecto, se prepara con resinas, a
las que se añaden esencias perfumadas); lo colocamos aquí porque,
en el uso, se quema, haciendo más perceptible el humo que sube del
fuego. El incienso, pues, añade al simbolismo del fuego el de la
fumigación y del perfume32. El humo que sube, semejante a la niebla, es
un gesto imitativo: significa el elevarse de la oración hacia el
cielo, semejante al gesto de levantar las manos (cf Sal 140,2;
también Sal 24,1). Quemar el incienso es un acto de
adoración, y equivale al ofrecimiento de un sacrificio. El perfume le
añade un elemento gozoso, de agrado y de belleza. Oraciones y
sacrificios aceptables para Dios se elevan como perfume suave y agradable, como
que él los huela con sus narices: cf Gen 8,21 (y podrían
multiplicarse las citas del AT, particularmente del Ex y del Lev; cf
también en el Ordo Missae la apología que sigue a la presentación
de los dones, que es un eco de la oración de Azarías: Dan 3,39).
Si en el culto de
Israel y en las liturgias orientales encontramos frecuentemente el uso del
incienso perfumado (thymíama) o también perfumes sin
fumigación, el Occidente es menos sensible a este lenguaje. A
excepción del bálsamo en el crisma, el uso de perfumes en el rito
latino es casi desconocido; nuestro incienso es molesto por el humo.
Actualmente ha quedado como rito facultativo, para que las ceremonias se
adapten a las culturas; en el ambiente europeo actual es un símbolo
en retroceso que ya 647
apenas se
entiende. Puede usarse para solemnizar algunos momentos de la
celebración eucarística (incensación del altar, del
evangelio, de los dones, del presidente y de la asamblea: evidentes alusiones
al honor debido a la presencia de Cristo), en el rito de las exequias, en la
adoración eucarística, en las procesiones, para honrar una imagen
sagrada o un elemento sobre el que se recita una bendición ".
Mencionemos
todavía el uso del incienso en el rito de la dedicación del
altar. Encendiendo sobre la mesa cirios e incienso, se quiere evocar el
simbolismo del fuego bíblico que descendió espontáneamente
del cielo para consumir las ofrendas, signo de la aceptación divina (cf
2 Crón 7,1; 1 Re 18,38). Las palabras del obispo explican su sentido:
recuerda la oración que sube hacia Dios y el perfume de Cristo; el canto
que lo acompaña recuerda la liturgia del Apocalipsis en la que el
ángel está junto al altar con un incensario de oro (8,3s) (RDI,
pp. 50-52; 68-70; 96-97)».
La ceniza. La
ceniza es el residuo de la combustión, es decir, lo que queda
después de la extinción del fuego. Es también el resto
último del cuerpo humano. Por eso significa la muerte y la
conciencia de la nulidad de la criatura. Dado que por sus propiedades evoca el
polvo del suelo, lleva a pensar que el cuerpo ha salido de la tierra. En
efecto, Dios formó a Adán amasando fango ("formó
al hombre del polvo de la tierra": Gen 2,7): "adán"
—según la etimología popular— significa suelo, y
es un nombre colectivo que equivale a terrestre.
La
expresión usada en el rito de la ceniza en el primer miércoles de
cuaresma: "Acuérdate de que eres polvo y al polvo
volverás"35, ad
Elementos
naturales
quiere un
significado de dolor, sufrimiento, llanto, muerte, como consecuencia del pecado
y de la fragilidad del hombre. Es un aspecto negativo de la vida humana:
alude al retorno casi cíclico a los orígenes. A estos
significados se han unido, por cercanía, los de arrepentimiento y
penitencia: éstos eran los sentimientos que, particularmente en la
edad media, iban vinculados a las diversas prácticas ascéticas
penitenciales (dormir sobre ceniza, echarse ceniza en la cabeza, etc.).
Cubrirse de ceniza se convierte en una confesión pública de la
miseria espiritual a que el pecado ha reducido al hombre, a fin de obtener el
perdón 36.
III. Elementos
vegetales
o
agrícolas
Se trata de
productos de la tierra en los que el hombre ha intervenido ya, de manera
más o menos activa, y que tienen un papel importante tanto en la vida
cotidiana como en la sacramental: ésta acoge el simbolismo natural
y lo carga de significados y valores análogos espirituales
hasta convertirlos en instrumento y vehículo de
santificación, es decir, en verdadera materia sacramental.
1. EL ACEITE. EL
SIMBOLISMO DEL OLIVO Y DEL ACEITE. El olivo, árbol típico del
paisaje mediterráneo, se adapta a la tierra árida y
sedienta; su tronco retorcido y nudoso lo muestra resistente y longevo.
En la biblia aparece como símbolo de paz y alianza (cf Gen 8,11; Jue
9,8ss). Su valor religioso, en correspondencia con su importancia
alimenticia en el área mediterránea, se manifiesta en varias
formas. Atenas alcanzó la función de polis de Grecia dando el
olivo; la corona de olivo era el premio de los juegos olímpicos; los
romanos lo usaban en las ceremonias lústrales; en el uso cristiano los
ramos de olivo consiguieron sustituir a los de palma ".
El domingo de
pasión o de las palmas la procesión conmemora la entrada triunfal
de Jesús en Jerusalén (simbolismo derivado de la fiesta
hebrea de las tiendas, como preanuncio de la resurrección). Llevar en
procesión los ramos, aclamar festivamente al Señor, salir a su
encuentro, cantar el hosanna al mesías que viene como rey humilde y
manso (cf Zac 9,9; Sal 117,19ss.25-27), significa participar en su misterio de
pasión y de gloria. Los ramos bendecidos se llevan a las casas como
signo de bendición y de protección divina.
El aceite es el
jugo vital del olivo, cuyas virtualidades contiene en plenitud. Constituye uno
de los productos más necesarios para el hombre, tanto en su vida doméstica
como en los diversos sectores de su vida laboral. Su utilización ha
sufrido varios cambios a lo largo del tiempo, pero no ha perdido importancia:
en la actualidad conocemos, además de los numerosos tipos de
aceites vegetales, también los minerales (el uso de éstos en la
industria crece constantemente). En cambio, ya casi no se usa para
iluminación ni con fines medicinales (al menos directamente). Sus
múltiples propiedades le confieren un simbolismo polivalente: por su
viscosidad penetra e impregna en profundidad, sin evaporarse después;
lubrifica, tiene consistencia oleosa; mejora la calidad de las comidas;
extendido sobre la piel, por su color solar, le confiere belleza,
esplendor y agilidad; mezclado con esencias, se convierte en perfume.
648
USO Y SIGNIFICADO DEL ACEITE EN EL
MUNDO BÍBLICO. Juntamente con el trigo y el vino, es uno de los
elementos esenciales con que Dios sacia a su pueblo: de hecho, la tierra
prometida es rica en olivos. Es presentado como una bendición divina,
que habla de prosperidad y abundancia. Derramar aceite perfumado sobre la
cabeza es signo de honor y de fiesta; incluso los cadáveres son
ungidos con aromas para preservarlos lo más posible de la
corrupción. Las principales unciones de que habla el AT son las consagraciones:
además de la consagración del altar (Ex 29,36s; 30,2229),
encontramos la de los reyes (1 Sam 10,1; 16,12s; 1 Re 1,39), de los sumos
sacerdotes (Ex 29,7.30-33) y del profeta Eliseo (1 Re 19,16: unción que
probablemente nunca se realizó). Con la unción una persona queda
"puesta aparte" e introducida en la esfera de lo divino para un
servicio extraordinario y sagrado. El ungido por antonomasia en hebreo es el
Mesías, que se traduce al griego por Cristo: en él se concentraron
los poderes reales, sacerdotales y proféticos. Por eso la
unción asumirá un significado espiritual; en efecto, la
unción profética proviene directamente de Dios (Is 16,1, citado
por Le 4,18). El bautismo de Cristo en el Jordán es el equivalente
de esta unción (Me 1,911 y par). En el bautismo el cristiano
recibe el sello (= unción del Espíritu) mediante la
incorporación a Cristo •'". Al igual que Cristo se
ofreció a Dios "en sacrificio de agradable olor" (Ef 5,2),
así el cristiano debe difundir "el perfume de Cristo" (2 Cor
2,14-17), viviendo su vida como una liturgia.
LAS UNCIONES EN
649
nórmente
por el NT, no tuvo mucha aceptación ulterior; muy pronto, por
parte de todas las iglesias, se pasó del simple gesto epiclético
de la imposición de las manos al rito mixto (imposición y
unción), hasta hacer prevalecer este último como gesto
esencial". Todavía el actual RE resuelve el problema con el arreglo
de colocar unción e imposición de manos al mismo
nivel4".
"La misa
crismal —dice el RBO {— Ritual de la bendición del
óleo de los catecúmenos y enfermos y de la consagración
del crisma [la edición castellana se encuentra en el Ritual de
Ordenes, pp. 205-220])— que el obispo concelebra con los
presbíteros provenientes de las distintas regiones de la
diócesis y en la que consagra el santo crisma y bendice los restantes
óleos, ha de ser tenida como una de las principales manifestaciones
de la plenitud sacerdotal del obispo y como un signo de la unión
estrecha de los presbíteros con él. Con el crisma consagrado por
el obispo son ungidos los nuevos bautizados y son signados los que reciben
la confirmación. Con el óleo de los catecúmenos
se preparan y disponen para el bautismo los mismos catecúmenos. Con
el óleo de los enfermos, éstos son aliviados en sus enfermedades".
En esta
síntesis tenemos las principales indicaciones sobre el uso del
aceite en la liturgia: 1) la importancia de la bendición episcopal,
con la que el obispo, en la iglesia local, aparece como punto de referencia
—además de por la celebración de la
eucaristía— también del término de la
iniciación cristiana'"; 2) la preeminencia del crisma consagrado
sobre los demás óleos de bendición; 3) la referencia
del óleo de los enfermos al sacramento de la unción de
enfermos ".
En la
descripción del RBO y en
Elementos
naturales
los respectivos
formularios de bendición y consagración los significados
de las unciones están distribuidos en tres categorías de
ritos: "con el óleo de los catecúmenos se extiende el
efecto de los exorcismos" (ib, n. 2), se habla de fortaleza en la lucha de
la vida cristiana, a la que los catecúmenos se preparan al recibir el
bautismo (ib, p. 215)"'; la unción con el óleo de los
enfermos, cuyo uso está atestiguado en la carta de Santiago (5,14-16),
confiere a los enfermos el remedio de la enfermedad (ib, n. 2) para que
sean aliviados físicamente y les sea restituida la salud (ib, p.
214) **; la unción con el crisma la encontramos en varias
celebraciones; en efecto, el crisma es el óleo consagrado que tiene
mayor riqueza de significados: además de ser materia esencial en la
confirmación45, la unción crismal es rito complementario-explicativo
en el bautismo«, en las ordenaciones de los obispos (en la cabeza: RO, n.
28) y de los presbíteros (las palmas de las manos: RO, n. 24)47, en
la dedicación de la iglesia y del altar, etc. (RDI, pp. 48-50; 67-68)
<\
4. EL PAN Y EL
VINO. LOS ALIMENTOS Y LAS BEBIDAS PARA EL BANQUETE SAGRADO. Los alimentos
y las bebidas sagradas de los cristianos han sido siempre poco numerosos
y poco variados; a diferencia de la cena hebrea, nunca han formado parte de
ellos las hortalizas. Pero la historia conoce una mayor riqueza que la sumamente
reducida hoy en uso (pan, vino, agua). Limitándonos sólo a
los alimentos más extendidos, en las cenas sagradas se usaba leche
y miel, lacticinios y pescado; la sal nunca se usó en los banquetes,
sino solamente en el rito bautismal49. Los sacramentos presentan, en los
formularios de algunas misas, bendiciones antes de la
conclusión
del canon (al Per quem haec omnia): aceitunas y aceite, leche y miel (en la
antigüedad eran la bebida para los neófitos), las primicias de las
habas y de la uva, queso, pan y otras bendiciones más para personas y
circunstancias diversas; el nuevo RBO permite, en homenaje a esta
tradición, bendecir en este momento el óleo de los enfermos. El
olvido progresivo de estos elementos se ha debido a la desaparición de
la cena sagrada (eucaristía menor). La cena sagrada no es una simple
ofrenda de elementos a Dios, en cuyo honor se consumen: en la
manducación los comensales entran en comunión con Dios. Es
considerado como una teofagia —porque el alimento pertenece a Dios—
en orden a una
participación
más profunda en la vida divina. Era un banquete realizado en un
marco de oración, no organizado para quitar el hambre, reservado a los
iniciados50.
Esta
regresión del banquete sagrado no favoreció en nada la
comprensión de la eucaristía en su dimensión convivial: al
no tener ya un simbolismo humano al que hacer referencia, la eucaristía
llegó a perfilarse exclusivamente como sacrificio. Y al faltar esta
ambientación, se sintió la necesidad de crear otra, pero de
un tipo muy distinto: el culto eucarístico fuera de la misa.
Al revés
que en el caso de los otros elementos estudiados hasta ahora, el pan y el vino
los vamos a estudiar conjuntamente, examinándolos sobre todo desde
el punto de vista del alimento y en relación más directa con la
eucaristía. Nuestro modo de tratarlos tendrá aquí un matiz
particular, de tipo preferentemente simbólico; seguiremos el
estudio de Rouillard, que se presta bien a nuestro género de
análisis, remitiendo a él para su ulterior desarrollo ".
650
a) Hambre,
alimento, vida. Hambre y sed son necesidades primordiales del hombre, son signo
de que las energías disminuyen y necesitan ser reconstruidas. El alimento
da al hombre la fuerza para luchar contra la muerte: tiene el poder de
transformar las sustancias contenidas en los alimentos en energía
humana. Sin alimento, el hombre está condenado a morir: la
alimentación es el precio de la vida. Estas exigencias las siente en la
actualidad una gran parte de la humanidad de manera dramática. En la
alimentación necesitamos que algo o alguien dé la vida por nosotros;
nuestra nutrición se realiza a costa de otros seres vivos sacrifica
dos por nosotros.
En sentido figurado, hambre y sed expresan los deseos del hombre: se suele
decir hambre de poder, sed de riquezas, de felicidad, de conocimiento; en el
ámbito religioso sirven para expresar los anhelos más
profundos del corazón del hombre ("tiene mi alma sed de ti",
Sal 62,1). En todo acto de nutrición, pues, se da presencia de vida y de
muerte, lucha de la vida contra la muerte, sacrificio de una vida en beneficio
de otra.
b) El pan y el
vino para el hombre. Pan y vino, elementos extendidos en todo el
ambiente mediterráneo, no se encuentran directamente en la
naturaleza, sino que son el fruto de un trabajo realizado por el hombre y en
favor del hombre. Para hacer el pan tiene que pasar al menos el tiempo de
una gestación; por eso está tan cargado del simbolismo de la vida
humana e implica en sí mismo la imagen de la muerte y de la
resurrección (cf Jn 12,24). "Fruto de la tierra y del trabajo del
hombre", el pan exige, además, que los muchos granos de que
está compuesto (cf Didajé 9,4: imagen de la unidad de la iglesia
")
651
sean molidos,
amasados, cocidos. Finalmente, tras la intervención de tantas manos, se
convierte en el símbolo del trabajo y de la alimentación
esencial (ganarse el pan; "con el sudor de tu frente comerás el
pan", Gen 3,19) ».
El simbolismo del
vino no es menos rico. El cultivo de la vid requiere un tiempo más largo
y sacrificios todavía mayores. A diferencia del pan, el vino se
hace exclusivamente para el hombre; le da vigor y vitalidad; por el alcohol
evoca (incluso lingüísticamente) al espíritu; bebido con una
cierta abundancia, provoca la embriaguez, símbolo del conocimiento
de la verdad y de la iniciación en el misterio; crea un clima de
alegría y de fiesta, y se convierte en medio de coparticipación y
de comunión (beber de la misma copa). Gracias al vino el espíritu
del hombre se libera de lo cotidiano y del sufrimiento, y experimenta lo
maravilloso, el éxtasis, lo inaccesible y la inmortalidad. Por su
color y por su carácter de jugo evoca la sangre y se asocia a la idea de
sacrificio de la vida (derramar el vino para una libación es una
derivación sustitutiva del derramamiento de la sangre: cf Gen 49,11
y Dt 32,14). Pero el simbolismo es ambivalente: bebido sin medida envilece y
degrada al hombre, de modo que el borracho puede realizar los gestos más
incontrolados 54.
Pan y vino juntos
son complementarios: el pan responde al hambre, el vino a la sed
(aunque la bebida básica del hombre es el agua). El pan es más
bien el fruto de la madre tierra; el vino es fruto del sol, sin el cual nada
crece; el pan asegura la existencia, el vino traspasa sus límites; el pan
es asimilado y transformado, el vino tiene el poder de transformar al hombre,
de convertirlo en otro.
Elementos
naturales
Pan y vino juntos
expresan, mediante lo sólido y lo líquido, lo cotidiano y la
fiesta, y su antítesis es signo de la totalidad. En un simbolismo conjunto
concretan el maná (la fuerza vital) de la vegetación y la
suma de las fatigas humanas, de las que están impregnados. Su
oblación expresa el ofertorio de la vegetación y sintetiza la
vida del hombre!5.
c) La comida. La
eucaristía no consiste sólo en el ofrecimiento del pan y del vino
acompañado de una alabanza de reconocimiento para con el Creador, sino
que es también una comida. Existe una diferencia de grado y de
significado entre alimentarse (necesidad biológica) y hacer una comida
(acto humano)56. En ésta se come y se bebe con un cierto orden una serie
de alimentos complementarios (según países y culturas).
Normalmente, la comida se toma en grupo, como signo de compartir y de amistad;
constituye uno de los aspectos celebrativos de la fiesta, en la que intervienen
elementos variados, como el placer de comer y beber, la conversación, la
alegría. A veces el simbolismo se vuelve tan importante que, en el caso
de que no se pueda hacer la comida completa, se reducirá a una bebida;
en este caso desaparece la finalidad nutritiva en favor del valor de
comunión (en el caso de la eucaristía, ésta se presenta
como una comida en la que la riqueza espiritual sobrepasa por completo a la
nutritiva).
5. PAN Y VINO EN
La comida
memorial, el maná, el agua viva y el banquete de la alianza —por
limitarnos a las formas más expresivas desde el punto de vista
simbólico— ponen en camino hacia esta comprensión. La
cena pascual del Ex 12 es el rito fundante de un memorial que cada año
reactualiza su eficacia: narración, gestos y elementos se
adueñan de una intervención histórica de Dios insertando
en ella a todas las generaciones (cf v. 14) en espera de la liberación
final. El maná (Ex 16,1-36) no es sólo alimento, sino signo de la
presencia eficaz del Señor en medio de su pueblo, al que sostiene y
acompaña a lo largo del camino. Con el agua de la roca (Ex 17,1-7) Dios
se manifiesta condescendiente y lleno de benevolencia para con las
peticiones de su pueblo sediento. Con el maná y con
el agua, figuras
incompletas de la eucaristía, Dios pone a prueba la fe de Israel, que
siempre busca seguridades físicas, para unirlo así en
estrecha alianza. El banquete de la antigua alianza (Ex 24,1-11) es una
celebración de esponsales, que se ratifican con un doble rito: el de la
sangre y el de la comida. La sangre de las víctimas hace al pueblo
consanguíneo de Dios, porque una misma sangre significa una misma vida
(vv. 4-8). En el banquete, los ancianos entran en comunión de vida con
Dios, alimentándose de inmortalidad (vv. 9-11). Estos significados
se recogerán en la institución de la eucaristía, que,
desde esta preparación, comienza a tener una fisonomía bien
definida ".
b) Las comidas de
Cristo en el evangelios". En el evangelio, las comidas en que Jesús
toma parte adquieren un relieve importante, real y simbólico al mismo
tiempo. Jesús aprovecha esas ocasiones para manifestar su persona y su
652
misterio; por
sí mismas ricas de significados humanos, en ellas aparecen
alusiones a la eucaristía, de la que constituyen una preparación
y un esbozo. Los evangelistas, que escriben cuando ya hace décadas que
la iglesia celebra la eucaristía, proponen una lectura eucari'stica de
las comidas del Señor.
Las comidas
prepascuales. Cuando Jesús es invitado a la mesa, nunca va con las
manos vacías: lo que los convidados esperan de la comida, es él
mismo quien lo da, pero a nivel más profundo. Narradas
intencionalmente por los evangelistas, esas comidas se convierten en una
catequesis introductoria a la eucaristía y, al mismo tiempo, son ya
momentos sacramentales, a través de los cuales Cristo comunica la
salvación. En la comida en casa de Mateo, en vez de ser recibido, es
él mismo quien recibe a los publica-nos —los excluidos— y
los introduce en la comunidad de los discípulos (Mt 9,9-13);
el banquete en casa de Simón el fariseo se convierte en el tiempo del
perdón de los pecados y el lugar en que los convidados revelan su
identidad (Le 7,36-50); invitado en casa de Marta y María, da a entender
que él no viene a recibir, sino a dar, y que, para acogerlo, hay que
liberarse de preocupaciones y ponerse a la
escucha (Le
10,38-42); la comida del sábado en casa del fariseo, además de
incluir una relación con la curación, es una enseñanza
parabólica para mostrar que Cristo sacia toda hambre (Le 14,1-6);
autoinvitándose a comer en casa de Zaqueo, Jesús viene como
portador de la salvación (Le 19,1-10); la unción en Betania
resulta una celebración simbólica ante litteram de su muerte
y resurrección (Mt 26,613; Me 14,3-9; Jn 12,1-11); en las bodas de
Cana, Jesús deja entrever 653
el misterio de su
pasión y de su gloria (Jn 2,1-14). Estas anticipaciones
eucarísticas son el complemento de lo que la narración de la
institución y de la multipliciación de la panes supondrán
ya adquirido.
Las narraciones
de las multiplicaciones de panes (Mt 14,13-21; Me 6,30-44; Le 9,10-17; Jn
6,1-15; Mt 15,32-39; Me 8,1-10) hacen referencia al Éxodo, del que
reciben su significado, pero se colocan en la perspectiva de la
institución eucarística y de la abundancia del festín
escatológico. Describen los gestos de Jesús en términos
rubrícales, acentuando el paralelismo entre
bendición-distribución de los panes y la última cena
(tomar, bendecir, partir, distribuir). Juan, en el capítulo 6, hará
seguir inmediatamente después de la narración una catequesis
sobre el pan de vida.
Las comidas del
Resucitado. Es sorprendente cómo en las rápidas páginas
que los evangelistas dedican al breve lapso de tiempo entre la
resurrección y la última aparición de Cristo a los
discípulos, las narraciones de comidas del Resucitado ocupan un
espacio excepcionalmente llamativo. Tienen sólo la función
de confirmar la fe vacilante de los discípulos, convenciéndolos
de la realidad de la resurrección; pero quiere mostrar también
que el Señor glorioso se hace presente entre los discípulos,
principalmente bajo los signos de la comida, que es el sacramento de su
presencia5'. Pedro afirmará que los apóstoles son testigos de la
resurrección de Jesús porque han "comido y bebido con
él después de su resurrección de entre los muertos"
(He 10,4s). Al reunirse para la fracción del pan, la iglesia primitiva
tenía conciencia de reunirse en torno al Resucitado, de tomar en
alimento sus dones, en la
Elementos
naturales
gozosa espera del
banquete escatológico.
Hagamos solamente
una alusión a la institución eucaristica [/ Eucaristía].
En el curso de la última cena Jesús da su cuerpo y su sangre bajo
los signos de pan y de vino; usando el elemento común, remite a la cena
pascual de los hebreos, dándole una nueva versión. Igual que en
Ex 12,14, renueva el mandato de hacer una comida memorial como rito perenne;
quiere vincular el recuerdo de su muerte-resurrección y comunicar
la salvación a los signos de una comida <*.
6. INDICACIONES
HISTÓRICAS ACERCA DEL USO DEL PAN Y DEL VINO EN OCCIDENTE PARA
No sólo el
lugar, sino también el paso de la celebración vespertina a la
matutina trajo consigo consecuencias en el modo de vivir la
eucaristía. El ideal de celebrar la cena eucarística durante la
vigilia cayó muy pronto. Reunirse para un convite al comienzo del
día, o también a lo largo de la mañana, no da idea de una
cena y no ayuda a comprender la dimensión festiva del banquete. Por la
mañana se celebra la resurrección; la iglesia continuó
celebrando la eucaristía por la mañana, debido al condicionamiento
de una rígida ley del ayuno eucarístico, incluso cuando la
eucaristía era considerada in
primis como el
memorial de la pasión y la referencia a la resurrección
había desaparecido.
Probablemente
Jesús instituyó la eucaristía usando pan ácimo,
como era la costumbre en la cena pascual; pero esto no se consideró como
hecho relevante, porque en los primeros siglos los cristianos llevaban a
la misa —y en Oriente todavía lo hacen— el pan
ordinario. Más tarde se comenzó a confeccionar expresamente
el pan para la liturgia (en forma de corona, con el monograma de Cristo
grabado): un gesto que expresaba la piedad, pero que cargaba el pan
eucarístico de simbolismos secundarios, en perjui
cio de su
significado fundamental. A partir del s. IX, en Occidente la devoción al
Santísimo Sacramento extendió progresivamente el uso del pan
ácimo, totalmente distinto del pan usual en la vida cotidiana; estos
panes, que se llamaban hostias (del latín hostia), intentan
significar la víctima del sacrificio. Modificando las apariencias y el
uso del signo, se modifica también su significado, ya muy empobrecido.
Al mismo tiempo, pierde su valor el rito de la fracción (se confeccionan
las partículas), y la
654
comunión
—si es que se sigue practicando— se da sólo como pan. El
lenguaje de los signos —ya casi mutilado— será cada vez
menos expresivo: causa y efecto de una teología eucarística
incapaz de expresar la riqueza de la tipología bíblica.
El
"antidoron". En la antigua liturgia latina se llamaba eulogia al pan
ofrecido por los fieles para la celebración eucarística, que no
se consagraba porque sobraba de la cantidad necesaria para la comunión:
sobre él se hacía una -bendición y se
distribuía al final del rito. Esta costumbre, que sobrevivió en
Occidente de diversas maneras a lo largo de la edad media (y en algunos
lugares, en determinadas circunstancias folclóricas, hasta nuestros
días), se ha conservado entre los bizantinos, que le llaman antidoron
(— compensación) y lo distribuyen a los participantes que no
han recibido la comunión eucarís
tica.
IV.
Conclusión: Problemática actual
1.
jurídica.
Todo el razonamiento que hemos venido haciendo resulta un vaniloquio y corre el
riesgo de parecer pura exageración si el uso que se hace de los
elementos naturales es mortecino. Con frecuencia los signos corren el
riesgo de no ser
655
percibidos.
¿Cómo responde a la teología de la inmersión en
Cristo el bautismo realizado con un poco de agua derramada sobre la cabeza?
¿O cómo se puede llamar banqueteconvite-comida a una
eucaristía en la que los laicos comulgan solamente con una sutil
hostia blanca, o cuando se celebra en un altar que no tiene casi nada de mesa y
con un tipo de celebración de la que ha desaparecido casi por completo
la dimensión convivial?" Hace falta una gran perspicacia para captar
el simbolismo de que se sirven los sacramentos; y la situación es además
agravada por un formalismo ritual que actúa de modo material, con
frecuencia más preocupado de administrar que de celebrar los
sacramentos. En el ámbito sacramental no basta con atenerse a la
ortodoxia; hace falta también ortopraxis: a las palabras y a los
gestos deben responder también las cosas para que se salve el equilibrio
de la celebración '2. El paso del latín a la lengua hablada en la
liturgia corre el riesgo de ponerla en crisis si el lenguaje no es
significativo en toda su complejidad hasta el punto de suscitar y expresar
adecuadamente la fe ". Este esfuerzo no será pequeño y
exigirá búsqueda y experimentación.
2.
o
agrícolas: los primeros son válidos para todos los hombres
de cualquier lugar y tiempo (aunque pueden variar parcialmente de significado
según costumbres); los segundos van vinculados a las re
Elementos
naturales
giones donde se
cultivan y usan. Además, un símbolo agrario en una civilización
urbana resulta debilitado y corre el riesgo de convertirse en algo
artificial; en un ambiente en que no es conocido, por ser exótico
o espúreo,
no tiene ningún significado, no puede ser entendido, y hay que
preguntarse necesariamente en qué medida podrá ser
vehículo o expresión de la fe.
En estos
años se han realizado estudios y experimentaciones, particularmente
en relación con los elementos eucarísticos, para ver hasta
qué punto pan y vino son vinculantes para la eucaristía64. El
problema es si Cristo, al instituir la eucaristía, quiso vincularla a
dichos elementos o si el acento debe ponerse solamente en el signo de
comida. Pero en este segundo caso hay que tener presente que, una vez admitidos
otros alimentos, caería una parte notable del simbolismo, que en la
biblia ha tenido un desarrollo tan amplio, hasta hacer del pan y el vino (y
también del trigo y de la vid) theologoumena. No vamos a afrontar este
tema. Pero queremos indicar que un paso notable y significativo ya se ha dado
en los nuevos Ordo allí donde se admite el uso de otros aceites
vegetales distintos del tradicional de oliva (RBO n. 3; OUI[RUE] n. 20). La
biblia habla siempre del olivo y de su fruto porque no conoce otras costumbres
y países: de este árbol y de su fruto ha desarrollado una amplia
temática, que en parte desaparece cuando se usan otros aceites. Es
evidente que la decisión que hemos mencionado es atrevida e innovadora y
abre el camino a nuevas iniciativas de resolver el difícil problema de los
elementos eucarísticos, y de una inculturación del evangelio en
los territorios de misión.
lentos naturales
, PARA UNA
PEDAGOGÍA DEL
>IO. En una
civilización urbana es necesaria una pedagogía del signo: la
gente de ciudad está casi desgajada de la naturaleza y se relaciona
pobremente con los elementos naturales. Es diversa la sensibilidad del
campesino, que está inmerso en la naturaleza, de la del ciudadano, que
vive en un mundo artificial y sofisticado. Sin embargo, el cosmos sigue
siendo el fundamento para la vida de todo hombre y de toda
civilización, aunque sea con valor distinto. La catequesis y la
expresión litúrgica deben repensar la materia sacramental y
su uso, de manera que el simbolismo esté más en consonancia con
la mentalidad de la gente. La liturgia se convierte así en un eco y
una revalorización de los arquetipos, en una promoción de
los valores humanizantes, y por ello liberadores de la alienación
casi impuesta por un progreso que frecuentemente obliga a sacrificar los
valores más genuinos. El redescubrimiento del lenguaje simbólico
oxigena una cultura que está hecha de funcionalismo pragmatista, en
el que la gratuidad, la estética, la poesía y la fantasía
tienen dificultad para encontrar un lugar.
Como los signos,
a pesar de ser valores notables, requieren una integración
cultural, así también su comprensión —ya a nivel
humano— exige una pedagogía; particularmente los
símbolos, a los que va anejo un acontecimiento revelado, requieren
catequesis y formación para que se los pueda percibir como salvíficos.
Para que la catequesis de los sacramentos no se embarque en un lenguaje
abstracto, es necesario que se preste atención al signo y al rito y,
como punto de partida, al elemento natural —cuando lo hay— por su
visibilidad.
656
CREAR NUEVOS SIGNOS. Parece que en
el esfuerzo por la recuperación de signos la nueva cultura, que
para nosotros, los occidentales, está fuertemente condicionada por la
vida urbana, debe buscar nuevos signos que estén de acuerdo con la nueva
mentalidad: algunos signos están desvirtuados hace tiempo; otros
están en crisis. Pero el hombre, animal simbólico,
adecúa constantemente su lenguaje a las nuevas situaciones:
surgen ritos laicos, símbolos adecuados a las nuevas condiciones de vida
(piénsese en el ritual de los cortejos que desfilan por las calles de
nuestras ciudades). Es natural que la liturgia tenga la exigencia de realzar
los elementos de nuestra vida ordinaria que están abiertos a una
consideración cristiana. Ejemplificar es difícil; para no
salimos del ámbito de los elementos vegetales, se pueden recordar
las flores y los otros objetos que se suelen llevar como regalos, o cuanto se
usa para adornar y decorar el altar y la iglesia. Su uso podría ser
menos accesorio y más vinculado con la celebración de los sacramentos.
Los diversos Ordo animan a las conferencias episcopales a que adopten las
costumbres ya existentes en las diversas naciones y que puedan servir a una
expresión cultual en que los participantes queden más implicados.
657
palabra dirigida
en lenguaje humano a hombres en situación existencial. Basta
recorrer los temas de un diccionario bíblico para tocar con la mano el
realismo del lenguaje de
Dios: se habla de
la familia y del trabajo, de los problemas de todos, de la ciudad y del campo,
de la vida y de las cosechas, cosas en las que los hombres están siempre
implicados. Aquí se injerta la historia de la salvación. La
naturaleza sigue siendo, pues, a pesar de la evolución de la
historia, el elemento base en que los hombres coinciden para entenderse:
en nuestro caso, para entrar en el mundo sacramental necesitamos
remitirnos al cosmos y a su relación con el hombre, como a un
ámbito o a un marco de referencia. Los temas naturales deben formar
parte ya de la precatequesis; y hemos de volver a la teología simbólica
para la comprensión de los sacramentos (que se encuentran en el centro
del mundo litúrgico). Es necesario que el hombre vuelva a pacificarse
con el universo para que el cristiano se reconcilie con los sacramentos de la
iglesia.
NOTAS: ' Cf C.
Vagaggini, "Caro salutis esl cardo". Corporeitá,
eucaristía e liturgia, en Miscellanea litúrgica in onore di S.E.
il Card.
G. Lercaro... 1,
Desclée, Roma 1966, 92-107;
E. Schillebeeckx,
Cristo, sacramento dell'incontro con Dio, Edizioni Paoline, I9747, 43-62
(vers. cast., Cristo, sacramento del encuentro con Dios, Dinor, San
Sebastián) — 2 J.-M. R. Tillard, // sottosuolo teológico
della Cosliluzione: la chiesa e i valori terrestri, en G. Baraúna
(por), La chiesa nel mondo d'oggi. Sludi e commenti intorno
Elementos
naturales
Hossiau,
L'eucaristia símbolo e realta, Dehoniane, Bolonia 1972, 16;
también B. Bro,
L'uomo e i
sacramenti. La sottostruttura antropológica dei sacramenti cristiani, en
Con 4/1 (1968) 48-66 —
* M. Eliade,
Traltato di storia delle religioni, Einaudi, Turín 19572, 193 (ver.
cast., Tratado de historia de las religiones, 2 vols., Cristiandad, Madrid
1973) — ' Cf P. Grison et alii, Eau, en J. Chevalier (por), Dictionnaire
des symboles..., Laffont, París 1969, 303 — '° M. Eliade, o.c,
194. Esta multivalencia simbólica se extiende también al campo
terapéutico: por sus virtudes maravillosas, según la medicina
popular, resanan y curan. De suerte que el paso al "agua viva" o
"que da vida" se realiza por continuidad lógica — "
Cf Eau, en J. Chevalier, o.c. (nota 9), 303-308; A. di Ñola, Acqua, en
Enciclopedia delle religioni, Vallecchi, Florencia (1970) I, 22-31 —
,2 Véase sobre todo M.-E. Boismard, Acqua, en X. Léon-Dufour,
Dizionario di teología bíblica, Marietti, Turín
1971", 7-12; E. Diserens, Acqua, en J.-J. von Allmenn, Vocabolario
bíblico, AVE, Roma 1969, 11-13 — " Cf J. Gaillard, Eau, en
DSAM IV/I (1960) 8-29 -14 Cf, por ejemplo, san Ambrosio, De sacramenlis
I, 4, 12-24; De mysteriis 111, 8-VI, 33; SC (1961) 62-73; 158-175 — l5
Para el agua vista como sede de las fuerzas diabólicas, cf O. Bocher,
Acqua, fiume, mare, en DCB 47-55 — 16 E. Urech, Poisson, en Dictionnaire
des symboles chrétiens primitifs, Delachaux e Niestlé,
Neuchátel 1972, 151-153 — " Cf también VOBP, nn. 53s y
222-224 (RBB, nn. 59-63), y VOICA, nn. 215, 258, 349, 389 (RICA, nn. 215, 258,
349-350, 382): J. Gilbert Tarruel, Los formularios de la bendición del
agua en el OBP y en el OICA, en EL 88 (1974) 275-309 — 18 Al usar las
expresiones corrientes "agua bendita", "santos
óleos" y otras parecidas se debe evitar el peligro de la
"cosificación", como si estos elementos "contuvieran"
la gracia. Se trata de la materia sobre la que se ha recitado la acción
de gracias, de anamnesis (memorial de sus obras salvíficas) y de
epíclesis (invocación del Espíritu Santo). Para mayores
aclaraciones, / Bendición — " Véase VV.AA., Lumiere,
en J. Chevalier, o.c, 470-474; A. di Ñola, Luce e tenebre, en
Enciclopedia..., cit. (nota 11), 111 (1971) 17071710; H.Ch. Hann, // culto
della luce, en DCB 954-957 2" A. Feuillet, P. Grelot, Luce e tenebre, en
X. Léon-Dufour, o.c. (nota 12), 617-624; J.L. McKenzie, Luce, en
Dizionario bíblico, Cittadella, Asís 1973, 561s — 2I Cf J
Lemarié, La manifestation du Seigneur. La liturgia de Noel et de
VEpiphanie, Cerf, París 1957, 37-45; 321-378 — u VV.AA., Lumiere,
en DSAM IX (1976) 1142-1183; M. Saebo,
Elementos
naturales
Luce, en E.
Jenni, Q. Westermann, Dizionario teológico dell'ATl, Marietti,
Turín 1978, 7479 — 23 Es difícil definir los
límites de la ambivalencia del fuego: el simbolismo de su poder
destructor puede invertirse, hasta aparecer como regenerador en las
situaciones de regresión — 24 Véase P. Prigent et alii,
Feu, en J. Chevalier, o.c, 350ss; A. di Ñola, Fuoco e focolare, en
Enciclopedia..., cit. II (1970) 1659-1668 — 25 La nube del desierto no es
ígnea (Ex 13,21s; 40,36-38, etc.) — 26 R. Rénaud, X.
Léon-Dufour, Fuoco, en X. Léon-Dufour, o.c, 435; cf. J. Gaillard,
Feu, en DSAM V (1964) 247-273; J.L. McKenzie, Fuoco, en o.c. (nota 20), 36Is
— 27 Cf, por ejemplo, F. Baudraz, Geenna, en J.-J. von Allmenn, o.c (nota
12), I74ss — 28 R. Rénaud, X. Léon-Dufour, a.c, 439;
cf también P. Evdokimov, Le mystere de la lumiere dans la bible, en BVC
(1953-54) 40-42 — 29 E. Urech, Cierge, en o.c (nota 16), 37. El uso de la
cera producida por las abejas —junto con el aceite de oliva para
arder— es conservado en la devoción popular incluso fuera de las
celebraciones-, se ofrecen, cirios, se encienden velas y lamparillas ante
las imágenes y en los cementerios como gesto de piedad (aunque esto
a veces encierra cierta ambigüedad) —
passover (Studia
Anselmiana, 72; Analecta Litúrgica, 3), Anselmiana, Roma 1977, 87; cf
también 54 — 3I Véanse en el MR, en la vigilia pascual, los
formularios referentes a la liturgia de la luz: para el comentario al
Exsulteí, cf J.M. Pinell, La benediccio del ciri pasqual i els seus
textos, en Litúrgica (Scripta et documenta, 10), Montserrat 1958, 1-119;
para las cuestiones históricas, M. Ríghetti, Historia de la
liturgia I, BAC, Madrid 1956, 817-824 — " A. Gheerbant, Encens, en
J. Chevalier, o.c. (nota 9), 325 —
658
bizantinos es
signo de reconocimiento de los mártires —
Symboles cultuels
chretiens. Les aliments sacres: Poisson e refrigerio (= Settimana di Studio del
Centro Ital. di Studi sull'Alto M.E., 23, Simboli e simbologia nell'Alto M.E.),
Spoleto 1976, 197-265; Le repas sacre au poisson chez les chretiens, en VV.AA.,
Eucharisties d'Orient et d'Occident I, Semaine lit. de l'Inst. St.-Serge,
Cerf. París 1970, I, 83-166 — 51 Ph. Rouillard, Du répas
des hommes á l'eucharistie chrétienne, en Not 131-132 (1977) 282-298;
136 (1977) 487-506 — 52 J.-P. Audet,
659
Escatología
Une eucharistie
sans pain et sans vin?, en Spiritus 48 (1972) 3-11.
S. Rosso
BIBLIOGRAFÍA:
Agrelo S., Algunos precedentes culturales de la simbologia cristiana de la
iuz, en "Antonianum" 47 (1972) 96-121; Simbologia de la luz en el
Sacramentarlo Veronense, ib, 50 (1975) 5-123; Aldazábal J., Gestos y
símbolos, 2 vols., "Dossiers del CPL" 24-25, Barcelona 1984;
Bouyer L., El rito y el hombre. Sacralidad natural y liturgia, Estela,
Barcelona 1967; Castro Cubells O, El sentido religioso de la liturgia,
Guadarrama, Madrid 1964; Dussel E., El pan de la celebración, signo
comunitario de justicia, en "Concilium" 172 (1982) 236-249; Eliade
M., Tratado de historia de las religiones, 2 vols., Cristiandad, Madrid 1973;
Forcadell A.M., El incienso en la liturgia cristiana, en "Liturgia"
10 (1955) 219-225; Guardini R., Los signos sagrados, Editorial Litúrgica
Española, Barcelona 1957; Martimort A.G., Los signos de
EPIFANÍA /
Navidad y Epifanía
SUMARIO: I. La
escatología en la teología contemporánea: 1. Dimensiones y
fundamento de la escatología cristiana; 2. Para una visión
escatológica renovada; 3. Puntualizaciones del magisterio de la iglesia;
4. Liturgia y pensamiento escatológico moderno - II.
Dimensión escatológica de la liturgia: 1. Tensión
escatológica de la eucaristía en el NT: a) Memorial y
espera, b) "Ven, Señor Jesús", c) Eucaristía y
resurrección; 2. Escatología y liturgia en el Vat. II: a)
Referencias de
Escatología
I. La
escatología en la teología contemporánea
Con el nombre
escatología viene designándose, al menos desde finales del
s. XVII, el tratado teológico sobre las realidades últimas o postrimerías
del hombre, de la iglesia y del cosmos. El tema, importante en la
revelación cristiana hasta el punto de ocupar un destacado puesto en los
símbolos de la fe, ha centrado siempre la máxima atención
tanto en su perspectiva teológica como litúrgica y pastoral.
El primer tratado sistemático sobre el tema se remonta al s. vn, con una
obra del obispo español Julián de Toledo '; la reflexión
teológica medieval y la autorizada postura del magisterio de la
iglesia, sobre todo con Benedicto XII y con el concilio de Florencia:, fijaron
las grandes líneas de la escatología católica, tal como
ésta aparece en los manuales sistemáticos más recientes.
Después de unas décadas de atenta reflexión bíblica
por parte de los protestantes, hoy el problema escatológico es
objeto de un amplio examen, constituyendo un punto nuclear de la
teología contemporánea 3. Aunque a nosotros no nos interesa
sino recoger las implicaciones litúrgicas de la escatología,
no podemos prescindir de una presentación al menos brevísima
de las dimensiones de la escatología y la problemática
más reciente a este respecto, así como de la relación
metodológica y existencial que tiene la liturgia con la teología
escatológica de hoy.
1. DIMENSIONES Y
FUNDAMENTO DE
cio,
instauración del reino, etc.); eclesial, que se refiere a la condición
de la iglesia como peregrina hacia
o
condenación eternas); cosmológica o relativa a la suerte
definitiva del universo, que habrá de verse envuelto en la
restauración final con la segunda venida de Cristo y con la
resurrección de los muertos. No se trata, sin embargo, de postrimerías
que hubieran de entenderse independientemente del contexto presente, sino de
aquellas realidades definitivas que llevarán a su plenitud lo que
ahora poseemos inicialmente en espera de su realización final.
Así es como la escatología implica el presente y constituye
una dimensión esencial de la experiencia humana y cristiana.
El centro de la
escatología cristiana es el mismo Cristo, quien con su gloriosa
resurrección inauguró el éschaton, es decir, la realidad
nueva y definitiva de la historia. Recapitulación de todo,
él es "ayer, hoy y siempre" (He 13,8), "el alpha y omega,
el que es, el que era y el que viene" (Ap 1,8). Vencedor de la muerte, ha
desvelado el enigma relativo a la suerte final del hombre,
abriéndole una senda hacia la inmortalidad futura. En Cristo se encierra
ya inicialmente la promesa de la escatología de la iglesia y del cosmos;
su resurrección garantiza las promesas sobre las realidades que en su
momento habrán de cumplirse: su venida gloriosa, la resurrección
final, la instauración del reino. La liturgia de la iglesia,
según testimonio de las fuentes más remotas, ha mantenido siempre
y ejemplarmente tal visión escatológica, centrada en la
resurrección de 661
Cristo y en la
espera de su retorno, orientándolo todo a la celebración del
misterio pascual, síntesis de la historia de la salvación.
2. PARA UNA
VISIÓN ESCATOLÓGICA RENOVADA. El renovado interés
en torno a los estudios bíblicos y teológicos sobre la
escatología cristiana obedece al influjo de distintos factores culturales.
En primer lugar, al creciente interés de los exegetas protestantes en
torno al pensamiento escatológico de Jesús y de la iglesia
primitiva, como clave de bóveda para interpretar todo el evangelio y la
experiencia subsiguiente de la iglesia. En efecto, Jesús y, con
él, la primera comunidad habrían considerado inminente el
fin del mundo; posteriormente, la experiencia histórica vendría a
desmentir tal perspectiva, haciendo volver a la iglesia a las posturas actuales
de espera escatológica de un final como futuro cierto en cuanto
realidad, pero desconocido en cuanto al tiempo. El influjo esencial de este
análisis bíblico en el campo protestante es el haber centrado
la atención más en el presente que en el futuro, más en la
escatología ya realizada o en proceso de actual realización
que en la escatología venidera, a la que no pocos autores
protestantes contemporáneos no parecen otorgar demasiada
importancia4. Un segundo estímulo en el interés por la
escatología cristiana arranca ya de las culturas modernas: del
evolucionismo, con su interpretación de la existencia
del mundo y de la
historia; del materialismo dialéctico, con su ideal de un futuro mejor
para la humanidad; de la previsión y programación del futuro
promovidas por la tecnología contemporánea: teorías que
han urgido dentro del pensamiento teológico una mayor atención al
sentido de la historia, a
Escatología
la esperanza
cristiana como activa construcción del futuro, al compromiso en lo
temporal como preparación indirecta de la llegada del reino de
Cristo. Finalmente, y dentro de un campo más estrictamente
católico, la teología moderna ha intentado reaccionar contra el
clásico estilo de presentación de los novísimos,
analizando atentamente los fundamentos de la revelación, purificando ciertas
visiones individualistas de la escatología, adoptando un tono
más sobrio en la exposición de ciertos detalles en los que la
imaginación había prevalecido sobre la teología y
buscando una relación más adecuada entre los datos de la fe y la
visión moderna del hombre. Pero habrá que subrayar
cómo la doctrina de los teólogos católicos sobre la
escatología, aun aceptando todos los estímulos de los
análisis protestantes y de las instancias culturales modernas
—desde el marxismo hasta la antropología—, jamás se
ha distanciado de los puntos firmes establecidos por el magisterio de
la iglesia y prácticamente recalcados, si bien desde un ángulo
más amplio, por el Vat. II en el c. VII de
He aquí
las grandes líneas dentro de las cuales, y al filo del Vat. II, se mueve
la teología escatológica: a) cambio en la perspectiva de las
realidades últimas: se da mayor importancia a los aspectos colectivos
(parusía, resurrección de los muertos) que a los individuales, a
la escatología definitiva que a la inmediata (juicio particular, purgatorio,
etc.); b) recuperación del hecho escatológico esencial: la resurrección
de Cristo y su retorno al final de los tiempos, con las
Escatología
consecuencias que
implica; c) estudio más atento de la relación entre el
presente y el futuro, y visión escatológica de la historia humana
y de la experiencia de la iglesia como futuro ya presente (el "ya
sí y todavía no" de Cullmann); d) visión más
optimista del mundo y de la historia actuales con relación a su
último destino, y valoración de las realidades temporales con
miras a "los nuevos cielos y nueva tierra"; e) mayor reserva o
cautela y sobriedad en cuanto a la entidad de los estados
escatológicos intermedios, insistiendo más en la
afirmación de su realidad que en su forma de explicarla. Más
problemáticas siguen siendo las hipótesis que, por una u
otra parte, se vienen formulando en orden a conciliar de una manera
más adecuada los novísimos (en especial la
escatología intermedia) con la nueva visión antropológica:
posibilidad (?) de una opción fundamental por Dios inmediatamente
después de la muerte y antes del juicio; sentido del purgatorio y de la
purificación; problemática múltiple sobre el infierno:
incertidumbres de facto sobre los condenados; ensayos de justificación
de una no eternidad de las penas del infierno; discusiones sobre el sentido de
la existencia humana después de la muerte y sin el cuerpo como parte
integrante del yo, con la consiguiente crítica del concepto de anima
separata, de la inmortalidad del alma (concepto que parece más
helénico que bíblico-cristiano). Muchas de tales hipótesis
de renovación merecen tenerse en cuenta, ya que suponen una seria
aportación al campo de la teología, que durante tanto tiempo ha
permanecido cerrado por vacaciones, pero sin olvidar que deben tamizarse y
confrontarse con el más reciente magistero de la iglesia sobre el
tema.
662
3.
PlJNTUAUZACIONES DEL MAGISTERIO DE
texto no deja de
ser legítimo el uso que ha hecho la iglesia del término alma; se
afirma igualmente la espe
663
ra de la
manifestación del Señor al final de los tiempos "como
distinta y aplazada con respecto a la condición de los hombres
inmediatamente después de la muerte"; se recalca brevemente la
felicidad de los justos en el paraíso, así como la pena eterna
para los pecadores, privados de la visión de Dios, con su consiguiente
repercusión en todo el ser humano; se afirma, finalmente, que los justos
pueden pasar por una eventual purificación, preliminar a la
visión beatífica y distinta de la pena de los condenados8.
En cuanto a la
relación entre escatología y liturgia, existen en este
último documento dos interesantes puntualizaciones. La primera
es la referencia implícita a las liturgias como locus theologicus donde
fundamentar algunas verdades: "La iglesia —se dice
allí— excluye toda forma de pensamiento
o de
expresión que haga absurda e ininteligible su oración, sus ritos
fúnebres, su culto a los muertos; realidades que constituyen sustancialmente
verdaderos lugares teológicos". Sobre la representación
del más allá se afirma: "El cristiano debe mantener
firmemente estos dos puntos esenciales: debe creer, por una parte, en la
continuidad fundamental existente, en virtud del Espíritu Santo, entre
la vida presente en Cristo y la vida futura...; pero, por otra parte, el
cristiano debe ser consciente de la ruptura radical que hay entre la vida presente
y la futura, ya que la economía de la fe es sustituida por la de la
plena luz". La primera cita alude a la confesión de fe de la
iglesia que se hace en la liturgia; la segunda quiere apoyar la verdad del
lenguaje teológico al hablar de las postrimerías en una
dialéctica de continuidad y de ruptura: tal vez fuese mejor decir
de superación. Creemos que es éste el lenguaje utilizado por
Escatología
la iglesia en su
liturgia; en efecto, partiendo de la experiencia de los bienes ya presentes, la
liturgia se proyecta hacia el futuro escatológico dejando espacio a
la superación en la continuidad y al misterio que, dentro de la
esperanza, envuelve todo lo concerniente a la escatología. A la
experiencia litúrgica se refieren estas palabras del documento:
"Si la imaginación no puede llegar allí, el corazón
llega instintiva y profundamente". Observaciones como
éstas plantean inmediatamente el problema de la relación
metodológica entre liturgia y teología escatológica.
4. LITURGIA Y
PENSAMIENTO ESCATOLÓGICO MODERNO. La liturgia de la iglesia sigue
siendo punto de referencia en la doctrina sobre la escatología, un lugar
teológico. Cierto que la liturgia no es sólo ni principalmente
eso, y menos cuando su función de lugar teológico viene a
reducirse a una prueba más que aisla aspectos doctrinales del rico
contexto de la celebración*. Los textos litúrgicos solamente
fundamentan un pensamiento teológico sobre la escatología en
la medida en que reflejan los datos de la revelación y la doctrina del
magisterio. Fundamentalmente, el pensamiento teológico explícito
de los textos litúrgicos occidentales es el de la tradición
contenida en los sacramentarlos romanos, es decir, dependientes de la doctrina
de algunos padres como Agustín, León Magno, Gregorio, con
todos los valores de dicha teología y con algún que otro defecto
de pensamiento o de lenguajel0. Fórmulas un tanto difíciles
y hasta discutibles
o discutidas,
como algunos textos de la misa de difuntos, se filtraron en momentos de
creatividad dentro de la liturgia, llegando a ejercer una notoria influencia en
la teología,
Escatología
espiritualidad y
pastoral de los novísimos". Pero también la reciente
reforma litúrgica ha introducido en este campo sus retoques y
nuevas aportaciones, a la vez que realizaba alguna exclusión de textos.
En general, se ha mantenido el pensamiento tradicional tal como aparece en los
sacramentarios romanos, retocando aquí o allá "algunas
de las maneras relativas al uso de los bienes terrenos"l2; prevalecerá
así la línea escatológica de
y de la
comunión orante con la iglesia celeste. Tomada globalmente, la
liturgia puede ayudarnos a hacer una relectura del problema escatológico
contemporáneo.
II.
Dimensión escatológica de la liturgia
La liturgia
cristiana es el lugar esencial de la confesión de fe y de la
celebración de la experiencia de fe, que ilumina el sentido de la vida y
de la muerte, del presente y del futuro. Es la presencia y acción de
Cristo, el Resucitado, quien me
664
diante el don del
Espíritu Santo une consigo a la iglesia en el dinamismo cultual y
santificante de la pascua: con la presencia eficaz de su misterio pascual, el
Kyrios glorioso inserta nuestro tiempo en su eternidad; y con el don de su
Espíritu, inyecta dinamismos de vida imperecedera en la caduca
existencia de los hombres. La experiencia litúrgica ilumina el
destino de la iglesia en su camino hacia
1. TENSIÓN
ESCATOLÓGICA DE
a) Memorial y
espera. La comunidad apostólica entendió la
eucaristía, a la luz de las palabras y los gestos de Jesús, como
un memorial que representa y sintetiza todo el misterio de Cristo, como
recapitulación de la historia de la salvación y como prenda de
los bienes futuros que esperamos y que se nos darán con su segunda venida.
Un exegeta contemporáneo resume así el sentido de las palabras
de la institución de la eucaristía: "Las palabras explicativas
del Señor sintetizan todas las grandes ideas del AT (alianza,
señorío de Dios, expiación y martirio, culto y
665
anuncio
escatológico); el centro de todo es Cristo, por quien se realizará
hasta su consumada perfección la obra salvífica de Dios. En la
eucaristía se unifica todo cuanto en la historia de la salvación
Dios ha hecho y hará en favor de los hombres"13. Pasado,
presente y futuro salvíficos vienen a concentrarse en el memorial de
Jesús. El anuncio del futuro próximo de su muerte se abre a la
historia posterior de los apóstoles, quienes deberán reiterar su
gesto como / memorial; pero igualmente a un futuro glorioso del mismo
Jesús, al que están invitados los apóstoles. Según
el evangelio de Mateo (26,29), Jesús añade a las palabras institucionales
de la eucaristía una frase (denominada por algunos plegaria
escatológica) que abre una lumbrera a la gloria futura dentro del
sombrío clima que lleva consigo la inminencia de su pasión:
"Os digo que ya no beberé más de este fruto de la vid hasta el
día en que lo beba con vosotros, nuevo, en el reino de mi Padre".
Sea cual fuere la interpretación de dicha frase (que Benoit
considera como una cita del paraíso), es evidente el sentido
escatológico de la cena, así como el de cada
eucaristía: la eucaristía remite al banquete escatológico,
lo anticipa en la fe y lo hace deseable en la esperanza. Las comidas con el
Resusucitado no amortiguaron tal sentido de espera; dieron, sí, un
ambiente de gozo pascual a la fracción del pan (He 2,46), pero acuciando
al mismo tiempo el deseo del retorno del Señor l4.
La
orientación escatológica de la eucaristía ha sido
fuertemente subrayada también por el relato paulino de su
institución, que se cierra con estas palabras del mismo Pablo:
"Cuantas veces comáis este pan y bebáis este cáliz,
anunciáis la muerte del Señor hasta que venga"
Escatología
(1 Cor 11,26).
Tales palabras aluden especialmente al retorno de Cristo, de quien hacen
memoria los discípulos cada vez que celebran la eucaristía.
Pudiera entenderse la frase paulina como explicación complementaria del
significado del memorial, dirigida a una comunidad helénica no
iniciada en el sentido semítico de la celebración pascual como
memorial actualizan^ te de las grandes obras realizadas por el Señor en
favor de su pueblo. El giro es evidente: se alude ahora a Cristo, cuya gloriosa
muerte viene "proclamada y realizada en el misterio" (Max
Thurian); pero existe igualmente un paralelismo entre la espera pascual del
Mesías por parte del pueblo hebreo y la espera parusíaca de
Cristo por parte de la iglesia cuando se celebra su memorial. No faltan
modernos exegetas (Descamps) que consideran verosímil en tales
palabras una fórmula utilizada por el Señor mismo. Y la liturgia
occidental, en la recopilación ambrosiana y en el misal de Stowe,
no ha dudado en poner incluso en labios del Señor estas palabras
alusivas a su retorno: "Passionem meam praedicabitis, resurrectionem meam
adnuntiabitis, adventum meum sperabitis doñee iterum veniam ad vos
de coelis"l5. Eucaristía como punto de apoyo de la liturgia
cristiana, y escatología como espera de la venida de Cristo: una y
otra indisolublemente vinculadas entre sí.
b) "Ven,
Señor Jesús". Corno confirmación del sentido
escatológico de la eucaristía, a tenor del testimonio vivo
de la comunidad apostólica, he aquí la célebre fórmula
litúrgica que encierra el deseo de la parusía:
"Maraña tha" (1 Cor 16,22). El sentido de tal expresión
aramaica es polivalente, pero que hoy preferencialmente se interpreta
Escatología
a la luz de la
frase de Ap 22,20: "Ven, Señor Jesús". Idéntica
fórmula litúrgica aparece en la sección
eucarística del libro de
"Venga el
Señor y pase este mundo..." Se ha escrito que tal frase, con
su ardiente invocación de la venida del Señor, expresa el clima
escatológico de las primitivas celebraciones eucarísticas;
pero es a la vez una confesión y rúbrica de fe que unifica la
referencia al Señor resucitado con la referencia a su retorno glorioso.
Entre los dos polos de la escatología —resurrección
del Señor y su segunda venida— aparece la eucaristía
como memorial y anticipación, como presencia que garantiza y hace desear
al mismo tiempo la venida
definitiva del
Señor. En esta experiencia litúrgica aprendió la
iglesia primitiva a sentir que el Señor, cuya venida tan ardientemente
se desea, se hace presente en una serie de anticipaciones sacramentales, como
lo demuestra el texto del Apocalipsis: "He aquí que estoy a la
puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y me abre, entraré en su casa,
cenaré con él y él conmigo" (Ap 3,20), palabras que
encierran un claro sabor eucarístico. Tales referencias vienen
así a confirmar el sentido escatológico de toda celebración
litúrgica de la iglesia; allí
donde se
experimenta la presencia del Resucitado, se desea y se espera su retorno
definitivo ".
c)
Eucaristía y resurrección. Un tercer punto bíblico que
vincula entre sí eucaristía y escatología es la promesa de
la resurrección final que hace Jesús a quienes comen su carne y
beben su sangre (Jn 6,54).
666
Toda la
tradición antigua ha interpretado este texto como promesa de la
resurrección corporal, en la lógica de una identificación
total de los creyentes con el destino del Señor en su gloria. La
liturgia eucarística aplica de esta manera la esperanza de la
resurrección final también a los cuerpos, como participación
en la carne gloriosa del Resucitado. Valga por todos el hermoso texto de
Ireneo: "Nuestros cuerpos, merced a la participación en la
eucaristía, ya no son corruptibles, pues poseen la esperanza de la
resurrección para la eternidad"". Atestiguada por la
tradición y vi
vida en la
época martirial de la iglesia con una fe intensa, esta doctrina
evangélica ha marcado profundamente el sentido de la muerte cristiana,
así como el respeto y hasta la veneración debida a los
cuerpos de los difuntos.
2.
ESCATOLOGÍA Y LITURGIA EN EL VAT. II. Para elaborar una síntesis
teológica sobre la relación entre liturgia y escatología,
podríamos acudir a la doctrina del Vat. II. Los puntos aparecen
diseminados aquí y allí en distintos documentos con sus contextos
teológicos igualmente distintos. Parece, pues, más
lógico recoger tales referencias sumarias sin sacarlas de su
contexto doctrinal.
a) Referencias de
667
ordenado y
subordinado a lo divino, lo visible a lo invisible, la acción a la
contemplación y lo presente a la ciudad futura que buscamos" (SC
2). Se nos da aquí en síntesis la escatología tal y como
se la vive en la experiencia litúrgica; presencia de lo divino en lo
humano, de lo invisible en lo visible, de lo eterno en lo temporal; es
decir, una escatología anticipada y, por tanto, en tensión hacia
el futuro para alcanzar "la medida de la edad de la plenitud de
Cristo" (Ef 4,13) en la ciudad celeste hacia la que nos encaminamos (He
13,14).
Como
término de la breve exposición teológica sobre la
naturaleza de la liturgia (SC 5-8) se viene a afirmar: "En la liturgia
terrena pregustamos y tomamos parte en aquella liturgia celestial que se
celebra en la santa ciudad de Jerusalén, hacia la cual nos
dirigimos como peregrinos y donde Cristo está sentado a la diestra de
Dios...; y aguardamos al Salvador, nuestro señor Jesucristo, hasta que
se manifieste él, nuestra vida, y nosotros nos manifestemos
también gloriosos con él" (SC 8). Destaca aquí
la idea de la contemporaneidad de lo eterno en el presente —tempiternidad
de la liturgia— y de la comunión entre la iglesia peregrina y
la celeste, pero siempre en la dimensión de espera; la
relación se basa en la presencia del Señor: él está
presente en la liturgia (SC 7), pero deberá volver en su gloria.
Otros puntos
doctrinales, que no pretenden ser exhaustivos, los encontramos donde se
habla de la dimensión escatológica de algunas acciones
litúrgicas. La eucaristía habrá de celebrarse hasta el
retorno del Señor, siendo una prenda de la gloria futura (SC 47). El
Oficio divino es la oración e himno que se canta en las moradas
celestiales, y al que el mismo Cristo asocia la
Escatología
alabanza de su
iglesia (SC 83). ^ reforma del rito exequial debe expresar más
claramente la ín^1^, pascual de la muerte cristiana (SC 81). El
año litúrgico traduce la orientación escatológica
de la iglesia al celebrar en el ciclo anual el misterio de Cristo,
comprendida en él "la expectativa de la dichosa esperanza y venida
del Señor" (SC 102); en el ciclo de las festividades marianas, la
iglesia contempla a María "como una purísima imagen de lo
que ella misma, toda entera, ansia y espera ser" (SC 103); en la
conmemoración de los santos y los mártires confesamos que ellos,
"habiendo ya alcanzado la salvación eterna, cantan la perfecta
alabanza de Dios en el cielo e interceden por nosotros" (SC 104).
b) Perspectiva de
Escatología
para hacerlos
partícipes de su vida gloriosa alimentándolos con su cuerpo y
sangre. Así que la restauración prometida que esperamos ya
comenzó en Cristo, es impulsada con la misión del Espíritu
Santo y por él continúa en la iglesia..." (LG 48). La
liturgia acentúa, por otra parte, el vértice de la experiencia de
comunión con la iglesia celeste, que se realiza "de la más
excelente manera cuando, especialmente en la sagrada liturgia, en la cual la
virtud del Espíritu Santo actúa sobre nosotros por medio de
los signos
sacramentales,
celebramos juntos con gozo común las alabanzas de la divina majestad...
Así pues, al celebrar el sacrificio eucarístico es cuando mejor
nos unimos al culto de la iglesia celestial, entrando en comunión y
venerando la memoria, primeramente, de la gloriosa siempre Virgen María..."
(LG 50). Parecidos o idénticos conceptos se repiten en el n. 51,
donde se añade: "Participamos, pregustándola, en la liturgia
de la gloria consumada". Ya en otro contexto había expresa
do
c) Visión
de
668
tendrían
su fundamento en el mismo Cristo, el hombre nuevo, y en el misterio
pascual como realidad que ilumina y dignifica la actividad humana. Citaremos
solamente dos textos en referencia a la liturgia. El primero es la respuesta
que la iglesia da al enigma del dolor y de la muerte; es tal vez la
página más kerigmática de toda la doctrina conciliar, ya
que anuncia al Cristo resucitado ante la sociedad de hoy:
"Por Cristo
y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte, que, fuera del
evangelio, nos envuelve en absoluta oscuridad. Cristo
resucitó; con su muerte destruyó la muerte y nos dio la vida, para
que, hijos en el Hijo, clamemos en el Espíritu: Abba!,
¡Padre!" (GS 22). En esta proclamación de fe en la
resurrección puede insertarse un texto de la liturgia pascual bizantina,
cántico exultante de la victoria
de Cristo sobre
la muerte. Porque es efectivamente Cristo resucitado quien, presente en la
liturgia de la iglesia, ilumina el destino del hombre y del cosmos y quien
rompe las barreras de la muerte y ofrece a todo hombre la esperanza de una vida
eterna. El segundo texto se abre a la escatología universal con una
implícita referencia a la renovación del cosmos. La
eucaristía se nos presenta en el contexto del futuro de la historia y en
el del valor de la actividad humana a la
luz del misterio
pascual: "El Señor dejó a los suyos prenda de tal esperanza
y alimento para el camino en aquel sacramento de la fe en el que los
elementos de la naturaleza, cultivados por el hombre, se convierten en el
cuerpo y sangre gloriosos con la cena de la comunión fraterna y la
degustación del banquete celestial" (SC 38). Estas palabras vienen
a continuación de las del n. 39, que hablan de la tierra nueva y del
nuevo cielo, ya que la
669
eucaristía
aparece como el sacramento de la "pascua de la humanidad y del
universo".
3.
DIMENSIÓN ESCATOLÓGICA DE LAS CELEBRACIONES LITÚRGICAS. La
síntesis teológica del Vat. II ha puesto de relieve la
dimensión escatológica de la liturgia. Queremos ofrecer
ahora una ejemplificación a través de algunas celebraciones,
en las que subrayaremos ya su sentido escatológico global, ya sus
expresiones eucológicas como emblemáticas del tema. La cita
no es aquí completa, sino sólo indicativa: se completará
después [/ infra, III].
a)
Bautismo-confirmación. La iniciación cristiana (mediante el
bautismo y la confirmación) es un sacramento escatológico; con su
inserción en el misterio pascual y mediante el don del Espíritu,
el cristiano entra en el pueblo escatológico, es decir, en la
iglesia, y participa ya de los bienes futuros; en la unidad fundamental de la
iniciación, bautismo y confirmación se presentan como germen de
gloria y como primicias del Espíritu, qué tienden a su plenitud a
través de un crecimiento incesante. Mediante tales sacramentos entra el
cristiano en la dinámica escatológica como posesión y
esperanza, se hace realidad para él toda la revelación,
así como el don inicial del que hablan los textos del NT. Aun dentro de
la plenitud con que lo contempla la tradición antigua, el bautizado
sigue siendo un "hombre que espera" y que tiende hacia la
realización consumada de cuanto se le ha concedido inicialmente: una
rica antología de textos bíblicos, litúrgicos y
patrísticos lo demuestra clara y eficazmente '». Incluso hoy, el
rito bautismal está expresando el sentido escatológico del
sacramento mediante dos significativos símbo
Escatología
los: la vestidura
blanca y el cirio encendido. Al hacer entrega de la vestidura, alude la iglesia
al compromiso por la vida eterna: "Sois ya nueva creatura y
habéis sido revestidos de Cristo. Esta vestidura blanca sea signo
de vuestra dignidad de cristianos...; conservadla sin mancha, hasta la
vida eterna" (RBN 130). Y la luz impone la obligación de la
vigilancia para salir al encuentro del Señor (RBN 131).
Hay antiguos
formularios litúrgicos que explicitan el sentido escatológico
de la confirmación. He aquí la fórmula del gelasiano:
"Signo de Cristo para la vida eterna". Un texto copto afirma:
"Unción de la prenda del reino de los cielos", con
alusión al texto de Ef 1,13-14: "...habéis sido sellados con
el Espíritu..., el cual es prenda de nuestra herencia"". El
actual rito de la confirmación parece más preocupado por el
aspecto del testimonio, pero sin olvidar por eso que todo el dinamismo del
Espíritu que se actúa en los cristianos se realiza con miras al
reino de Cristo (LG 4 y 48).
b)
Eucaristía. Hemos ya insinuado [/ supra, II, 1] el sentido
escatológico de la eucaristía. Como conjunto, la
eucaristía es prenda de la gloria (SC 47; UR 15): presencia del
Resucitado y de su misterio pascual; espera de su retorno, constitutivo de
la comunidad escatológica; germen de resurrección; preludio
de la renovación de la creación mediante la transformación
del pan y del vino. La confesión de la fe a lo largo de toda la
celebración eucarística mantiene viva tal dimensión
escatológica. La evoca la aclamación que sigue a la
consagración: "... hasta que vuelvas", y la recuerda
igualmente el memorial de
Escatología
mientras
esperamos su venida gloriosa, te ofrecemos, Padre..."; más
explícito es el embolismo del padrenuestro: "... mientras
esperamos la gloriosa venida de nuestro salvador Jesucristo". Todas las
plegarias eucarísticas se concluyen con la evocación de la
gloria, hacia la que se orienta toda celebración del misterio pascual;
amplías son, en este sentido, las perspectivas de
al contemplarte
como tú eres, Dios nuestro, seremos para siempre semejantes a ti y
cantaremos eternamente tus alabanzas"; "... y allí, junto
con toda la creación, libre ya de pecado y de muerte, te glorificaremos..."
Dentro de este contexto no deja de ser elocuente el recuerdo de los difuntos
como afirmación de la fe de la iglesia en la existencia de una
situación intermedia de purificación entre la muerte y la
vida eterna; del recuerdo de cada uno de los cristianos se pasa a una perspectiva
universal, especialmente en
ciste". La
configuración con Cristo, que se iniciara en el bautismo y que se
perfecciona con la eucaristía, se atisba en su fase final y
lógica como resurrección corporal: "... cuando Cristo haga
surgir de la tierra a los muertos, y transforme nuestro cuerpo
frágil en cuerpo glorioso como el suyo" (III plegaria
eucarística).
No es posible
exponer aquí toda la temática escatológica que se contiene
en la eucología menor [/ Eucología, I, 2], relativa a la
celebración eucarística. En el rito romano se expresa
lógicamente tal temática en la oración de después
de la comunión, en la que se viene a subrayar la continuidad entre el
670
don recibido y la
plenitud a la que se aspira; en el actual misal romano existe un cierto
equilibrio entre las oraciones que expresan el deseo de los bienes celestiales
y las que traducen el ineludible compromiso de caridad y de justicia en el
mundo.
c) El año
litúrgico. Relieve especial se otorga al tema escatológico
en algunas celebraciones del / año litúrgico, particularmente en
/ adviento. Pero no debemos olvidar que la raíz de la espera de la
segunda venida del Señor sigue siendo la pascua, y que en un principio
fue la vigilia pascual el momento de la espera del Salvador. Una antigua
tradición cristiana basada en el Evangelio de los hebreos dice:
"Los doctos creen que
el día del
juicio tendrá lugar en el tiempo pascual, ya que es entonces cuando
resucitó Cristo y cuando igualmente resucitarán los santos".
La espera del Señor durante la vigilia pascual estaba todavía
viva en el s. iv, como lo prueban algunos textos pascuales de
Jerónimo, Agustín y otros escritores2". La tradición
romana, que sitúa en el adviento la celebración de la espera del
Señor como juez, es más reciente y está atestiguada
especialmen
te por el
sacramentario gelasiano. Aun manteniéndose hoy en el rito romano tal
dimensión del adviento, es evidente su relación no solamente
con la natividad, sino también y sobre todo con la pascua, ya que de
otra suerte desaparecería el sentido auténtico de la espera y
esperanza cristianas. Dentro de este contexto tampoco se debe olvidar que el
verdadero tiempo celebrativo de la escatología cristiana sigue siendo el
tiempo pascual, como se subraya en tantísimos textos eucológicos
que, desde la realidad de la pascua y el
don del
Espíritu como punto de
671
partida, orientan
a la iglesia hacia su consumada plenitud.
Además de
estos dos polos celebrativos —adviento y pascua—, el
año litúrgico alcanza momentos fuertes de experiencia y
pedagogía escatológicas en la liturgia de algunas fiestas
del Señor (ascensión, Cristo rey), en la solemnidad de todos los
santos y en la conmemoración de todos los difuntos. Relieve
particular merece la gloriosa asunción de María, imagen escatológica
y primicia de la realidad futura que la iglesia aguarda esperanzada, como
canta el prefacio de dicha festividad: "Ella es figura y primicia de la
iglesia que un día será glorificada; ella es consuelo y esperanza
de tu pueblo, todavía peregrino en la tierra".
d) Liturgia de
las Horas. La iglesia orante confiesa su dimensión comunional con
Escatología
medio de la
noche, así como las completas, confiándonos al Señor
durante el reposo nocturno, y después de haber proclamado con
Simeón el deseo de encontrarnos con él2'. Algunos elementos eucológicos
subrayan fuertemente esta confesión de la esperanza cristiana,
particularmente en las colectas y en las preces de vísperas en el ordinario.
III. Las
realidades últimas a la luz de la liturgia
La liturgia
explícita en sus fórmulas la fe de la iglesia en las
realidades últimas que esperan los hombres, ya en lo concerniente a la
escatología intermedia, ya en lo relativo a los últimos
acontecimientos de la historia y del mundo. Nos proponemos ilustrar
brevemente este aspecto complementario de nuestro tema partiendo de las expresiones
emblemáticas de la liturgia, pero sin dejar de observar al mismo
tiempo que la doctrina allí contenida sólo adquiere todo su
sentido en ese mismo clima de fe y de esperanza con que la iglesia celebra
el misterio de Cristo y de la vida cristiana.
1. MUERTE,
JUICIO, PURIFICACIÓN. El misterio de la muerte en la liturgia se
esclarece con la resurrección de Cristo, quien "muriendo
destruyó la muerte y resucitando restauró la vida". La
muerte tiene, pues, un carácter pascual; es un paso: "porque la
vida... no termina, se transforma", dice el primer prefacio de
difuntos. Para la iglesia, los difuntos no son muertos, sino durmientes,
según el lenguaje litúrgico. Ya la preparación para
la muerte, con el viático y con la recomendación del alma,
adquiere un carácter de paso, de un salir al
Escatología
encuentro con la
eucaristía como alimento para el camino. Toda la liturgia exequial, aun
sin ocultar la realidad del dolor que lleva consigo toda separación y
que estimula el consuelo de los afligidos, es un cántico de esperanza y
de resurrección. Se habla de vida, y se nos despide con la espera
de un reencuentro en la gloria, como se dice en el rito denominado de
despedida. El lenguaje litúrgico expresa claramente las
separaciones del alma y el cuerpo. Y éste es venerado y puesto en
el sepulcro con la espera de su resurrección final. Y se
confía el
alma a la misericordia de Dios. Algunas oraciones hablan explícitamente
de un juicio inmediato, pero insistiendo sobre todo en la
invocación de un juez misericordioso. Al alma del difunto le quedan
abiertas las puertas de la salvación eterna o de la condenación.
Las oraciones de la iglesia insisten mucho más en la salvación
eterna que suplican, y sólo indirectamente se pide la
liberación de la eterna condenación.
Son numerosas e insistentes
las referencias a un posible estadio de purificación por el que
deberán pasar los difuntos antes de ser admitidos a la visión de
Dios. Tal es la fe de la iglesia, según se refleja en la liturgia, sobre
la que se funda la necesidad de sufragios por los difuntos y la oblación
del sacrificio eucarístico en favor suyo. Nuestros hermanos difuntos
pueden encontrarse en un estado intermedio que no es todavía el de
la gloria, pudiendo disfrutar de la ayuda espiritual que les
proporciona nuestra oración. El lenguaje litúrgico, aun
dentro de su
sobriedad, es realista. Se pide que "sean perdonados sus pecados",
"lavadas sus culpas", "condonadas sus deudas", "liberados
mediante el sacrificio de Cristo", con miras a la bienaventuranza
672
y la paz de los
santos. Se afirma, pues, sin entrar en detalles, un posible estado de
purificación entre la muerte y la gloria.
Una de las
novedades de la liturgia renovada es la relativa a los niños
muertos sin bautismo. En los respectivos formularios litúrgicos, aun
afirmándose la necesidad del bautismo, queda abierto un horizonte
de esperanza (que no podrá ser solamente una vacía consolación
de circunstancias) con las oraciones en las que se confían a la
misericordia de Dios los niños muertos sin el bautismoll.
El panorama de la
celebración de la muerte cristiana queda abierto a la bienaventuranza,
que se presagia segura y pronta para los difuntos en la espera de la
resurrección y de la gloria futura, como se expresa el RE, 1: "En
las exequias de sus hijos, la iglesia celebra con fe el misterio pascual de
Cristo, a fin de que todos los que mediante el bautismo pasaron a formar un
solo cuerpo con Cristo, muerto y resucitado, pasen también con
él, por la muerte, a la vida eterna: primero con el alma, que
habrá de purificarse para entrar en el cielo, con los santos y
elegidos; después con el
cuerpo, que
deberá aguardar la venida de Cristo y la resurrección de los
muertos" (véase A. Pardo,
Liturgia de los
nuevos Rituales y del Oficio divino, col. Libros de la comunidad, ed. Paulinas,
etc., Madrid 1980, 263).
2.
BIENAVENTURANZA Y PENA ETERNA. La confesión de la bienaventuranza
eterna es la consoladora verdad que inspira y alienta la oración de
la iglesia. En torno al altar del cielo se agrupa una multitud de
ángeles y santos, a cuyas voces unimos nosotros las nuestras en la
alabanza. Se cree, pues, en una inmediata visión de Dios des
673
pues de la muerte
o de una eventual purificación, sin la más mínima sospecha
de dilación de la bienaventuranza de los. santos para
después del juicio final, como parece sugerir la escatología
ortodoxa. El sentido de la comunión con la iglesia celeste y de la
intercesión de los santos en favor nuestro, explícito en
plegarias e invocaciones, se apoya en esta verdad, que no admite sombras
de duda. También para los difuntos se pide "el lugar del consuelo,
de la luz y de la paz", es decir, la visión inmediata de Dios en la
gloria. En lo más nuclear de la plegaria eucarística pedimps:
"admítenos en la asamblea de los santos apóstoles y
mártires", "cuéntanos entre tus elegidos",
"merezcamos compartir la vida eterna y cantar tus alabanzas". En
la descripción de esta gloria eterna utiliza la liturgia los mismos
términos y figuras de la revelación; con sobriedad,
sí, y con exactitud y sin concesiones a la imaginación, pero
apoyando en la fe la intuición de dicha felicidad y partiendo de la
experiencia de la misma liturgia, que es, según fórmula muy familiar
a los orientales,- "el cielo en la tierra".
Y sobriedad,
igualmente, en io relativo a la condenación eterna. Se habrá de
reconocer cómo, en realidad, los textos alusivos a este misterio no
son muchos. El más explícito es el del canon romano:
"líbranos de la condenación eterna"; así
como el inciso: "... y no permitas que jamás me aparte de ti",
que aparece en una de las oraciones anteriores a la comunión, y que es
generalmente interpretado en ese mismo sentido. Hay otros textos de la antigua
liturgia más o menos dispersos. En todo caso, parece que la iglesia desea
más bien subrayar lo positivo, aunque sin olvidar, dentro del conjunto,
la
Escatología
inevitable pena
eterna para quienes mueren en pecado. Recordemos, a título de
curiosidad, cómo algunas oraciones bizantinas de la vigilia de
Pentecostés parecen pedir la salvación de los condenados, lo
cual ha inducido a algunos teólogos ortodoxos contemporáneos
a dudar de la eternidad del infierno ". De igual
o parecida manera
existían en la edad media oraciones por las almas de cuya
salvación se desconfiaba, o textos que hablaban de una mitigación
de las penas del infierno durante la celebración de la pascua24.
Tales oraciones, sin embargo, no expresan sino la- extremada audacia de la
iglesia orante, que no se resigna al fatal destino de la pena eterna y que pide
a la misericordia de Dios —de quien es la última palabra, en su
infinita justicia, sobre la suerte de los hombres— la salvación de
todos.
3. PARUSÍA
Y RESURRECCIÓN FINAL DE LOS MUERTOS. Hemos visto ya no pocos textos
litúrgicos que expresan la fe y la esperanza de la iglesia en la segunda
venida de Cristo. Aluden también a ella eficazmente, relacionando
la parusía con el juicio universal, los textos de las primeras dominicas
de adviento —colectas y prefacios—, y hasta la misma misa de la
vigilia de navidad, en las que la iglesia pide poder esperar sin temor a
Cristo "cuando vuelva como juez". Dentro de esta perspectiva y en
este tono es como resuena ardiente a lo largo de todo el adviento la
súplica de la iglesia del Apocalipsis y de la comunidad primitiva:
"¡Ven, Señor Jesús!"
De la fe en la
resurrección de Cristo es de donde brota la certeza de la
resurrección de los hombres con sus cuerpos al final de los tiempos. Lo
insinúan algunos textos del tiempo pascual, como esta colecta del
tercer domingo de pas
Escatología
cua: "...
afiance su esperanza de resucitar gloriosamente"; o la oración
de después de la comunión: "... guía (a tu pueblo) a
la gloria incorruptible de la resurrección". Es la temática
más peculiar del rito exequial, fundamento del respeto al cuerpo y de
las honras litúrgicas que se le tributan, según las palabras
del rito de "despedida": "concede a tu siervo reposar en la
paz de este sepulcro hasta que tú... le resucites" (RE 97). No se
trata de una visión individualista de la salvación, sino de una
lógica consecuencia de la participación de todo el cuerpo en
la gloria actual de su cabeza (como bien dice la eucología del
día de la ascensión), que prefigura ya la asunción
gloriosa de María.
En
junto con toda la
creación, libre ya de pecado y de muerte, te glorifiquemos".
Es evidente que la única interpretación válida de estas
palabras es la de renovación del cosmos, según las
alusiones bíblicas y el trasfondo teológico que parece estar
presente en GS 39 sobre los cielos nuevos y la nueva tierra.
El fundamento y
preludio de la esperanza en la resurrección final y en la
renovación del cosmos sigue siendo siempre el misterio de la
eucaristía, "medicina de inmortalidad" y "semilla de
incorrupción" para el cristiano, pero también inicial
"pascua del universo" por la transformación del pan y el vino
en el cuerpo y sangre del Señor. Una audaz intuición
teológico-espiritual ha vinculado la eucaristía y la escatología
final con estas palabras: "Si la eucaristía es causa de la
resurrección del hombre, ¿por qué
674
no ha de poder el
cuerpo del hombre divinizado por la misma eucaristía estar
destinado a corromperse bajo la tierra para cooperar así a la
renovación del cosmos...? La tierra nos come como comemos nosotros la
eucaristía: no ciertamente para transformarnos en tierra, sino para
transformar la tierra en cielos nuevos y en nueva tierra. Es fascinante
pensar que los cuerpos de nuestros muertos cristianos tienen la misión
de colaborar con Dios a la transformación del cosmos"25.
IV.
Conclusión
La liturgia de la
iglesia, entendida como mistagogia y pedagogía de la fe y de la
vida cristiana26, es el lugar privilegiado de la celebraciónexperiencia
y de la anticipaciónespera de la escatología, a la vez
presencia y esperanza del futuro salvífico. En Cristo resucitado y en el
don del Espíritu, la iglesia, comunidad escatológica,
está ya viviendo inicialmente el reino. "Se puede afirmar
—escribe un teólogo ortodoxo— que la originalidad, la
novedad total de la leitourgia cristiana consiste en esto: la entrada en
el reino, que para este mundo debe
llegar
todavía, pero del que la iglesia es ya en realidad un sacramento,
un comienzo, un anticipo y una parusía"27. Precisamente por ser
comienzo, toda celebración nos orienta ya irresistiblemente hacia la
consumación, despertando la más auténtica esperanza cristiana.
Anclada en la pascua y en pentecostés, la liturgia tiende hacia la
parusía como momento definitivo de su ser, mientras ya en este mundo se
siente en comunión con la gloria de los bienaventurados.
Lo que sin duda
es un valor de la liturgia y una de sus irrenunciables dimensiones lo han
considerado 675
algunos un
defecto. Se ha dicho que es excesivo el escatologismo litúrgico, con sus
fórmulas siempre alusivas al más allá como destino final o
intermedio del hombre. Se debe honestamente afirmar que la liturgia, tanto en
su esencia como en sus actuales expresiones, no olvida el presente
histórico ni el futuro de la humanidad. Cabalmente por saber que el
tiempo aun dentro de su fugacidad está inserto en la eternidad, la
liturgia es capaz de dar un nuevo sentido al compromiso del cristiano en
el mundo con la praxis de la justicia y de la caridad al servicio de los
hermanos, contribuyendo así a la preparación del reino
futuro. Al señalar la caridad como lógica consecuencia de la
comunión con el sacrificio pascual de Cristo, nos descubre cuál
es la verdadera ley de la transformación del mundo y la dimensión
que confiere valor de eternidad a las actividades humanas (GS 38). Todo intento
de encerrar la vida cristiana en el presente histórico o en el futuro
inmediato queda descalificado y excluido por la liturgia, que con su
esperanza escatológica señala cuál es el sentido
último del hombre y de la iglesia.
La liturgia parte
de la experiencia del presente salvífico para orientarnos
hacia la plena consumación futura. Permanece fiel a la invocación
del padrenuestro: "Venga a nosotros tu reino", y experimenta que el
reino está ya presente. Clama con la esposa del Apocalipsis:
"¡Ven, Señor Jesús!" (Ap 22,20), pero sabiendo
que lo posee ya, y con él posee la garantía de todos los bienes
prometidos para la eternidad. En la problemática actual sobre la
escatología sigue siendo la liturgia un punto esencial de referencia.
No rehuye afrontar el presente ni el futuro inmediato de la humanidad
sabiéndose, como se
Escatología
sabe, inserta en
el "tiempo nuevo" y comprometida a proporcionar al presente la
novedad del misterio de Cristo; pero no hace vanas las más
íntimas esperanzas del hombre ni las promesas más trascendentes
de Dios, puesto que orienta a los hombres hacia la escatología: la
intermedia y la final. Compromete mucho la fe en el misterio presente y la
esperanza de los bienes futuros; celebra lo que ya posee y se proyecta
hacia lo que espera aguardando al Señor que llega.
NOTAS: '
Prognosticum futuri saeculi: PL 96,454-524 — J DS 1000-1002 y 1304-1306
— 3 H.U. von Balthasar, / novissimi nella teología
contemporánea, Queriniana, Brescia 1967;
T. Rast,
L'escatologia, en W.AA., Bilancio della teología del XX sec. 3,
Cittá Nuova, Roma 1972, 314-335 — * A. Giudici, Escatología,
en NDE, Paulinas, Madrid 1979, 433446 — 5 Cf, por ejemplo, dos
manuales recientes: C. Pozo, Teología del más allá,
BAC, Madrid 1968, y A. Rudoni, Escatología, Marietti, Turín 1972;
en una perspectiva más vasta, W.AA., La storia della salvezza nel suo
compimento, en Mysíerium salutis V/II, Queriniana, Brescia 1978 —
Madrid 1976
— " Nos referimos en particular a la secuencia Dies irae y a la
antífona del ofertorio de la antigua misa de difuntos Domine Jesu
Christe; sobre la evolución litúrgica de estos textos, cf Th.
Maertens-L. Heuschen, La liturgia della morte. Dottrina e pastor ale, Edizioni
Paoline, 1962, 122-137 — 12 OGMR, Proemio n. 15; cf el análisis de
una breve fórmula sin temática: P. Bruylants, "Terrena
despicere el amare celestia", en W.AA., Miscel/anea litúrgica in
onore di S. E. il Card. Giacomo Lercaro II, Desclée, Roma 1967, 195-206
— " A. Stoger, Eucaristía, en Dizionario di teología bíblica,
Morcelliana, Brescia 1965, 495 — u Sobre la dimensión
escatológica de la eucaristía, cf Y. de Montcheuil,
Significalion eschatologique du repas eucharislique, en RevSR 33 (1946) 10-43;
P. Spagnolini, Eucaristía ed escatología, en W.AA., L'Eucaristia.
Treviso 1963, 61-89 — 15 Cit. C. Vagaggini, El sentido teológico
de la
Espiritualidad
litúrgica
liturgia, BAC,
19652, 173 — " M. Magrassi, Vivere la liturgia.
2)
Teresianum, Roma
1972, 58-72 — O. Clément, Riflessioni sull'uomo, Jaca Book,
Milán 19752, 152 —
foi.
Conférences Saint-Serge, XXV Semaine deludes lilurgiques, Ed.
Liturgiche, Roma 1979, 265-310 — " A. Schmemann, Priére,
liturgie et renouveau en La théologie du renouveau, II, Cerf,
París 1968, 109.
J. Castellano
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676
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allá, BAC 282, Madrid 1968; Rast T., La escatología, en
VV.AA., La teología del siglo XX 3, BAC maior, Madrid 1974, 245-263;
Ratzinger J., Relación entre el concepto de historia de la
salvación y .la cuestión escatologica, en VV.AA., Actas del
Congreso I de Teología del Vaticano ¡I, Flors, Barcelona 1972, 507513;
Escatología, Herder, Barcelona 1980;
Ruiz de
•SUMARIO:
A) Síntesis histórica. I. Una convicción fundamental
presente en toda la historia de la iglesia: 1. En la época de los padres
y en el medievo; 2. En el período sucesivo al concilio de Trento y
hasta el s. XIX
II. Un tema que
se hace explícito en el s. xx: 1. Los comienzos: Pío X y L.
Beauduin-Malinas;
2. Una presencia
cada vez más explícita; 3. Un tema programático - B)
Tratado sistemático. I. Subordinación a la norma objetiva: 1.
Piedad "objetiva"; 2. Compromiso personal en el encuentro con Cristo;
3. Actuación del misterio de Cristo; 4. Cumbre y fuente - II.
Realidad central: 1. Celebración viva; 2. Actualización del
misterio de Cristo - III. Realización concreta: 1. Elementos constitutivos
concretos; 2. Las acciones sagradas particulares: a) La liturgia de las Horas,
b) La celebración de la eucaristía, c) La celebración de
las fiestas; 3. La actualización de todo el misterio de Cristo; 4. En el
nuevo misal romano - IV. Cumbre y fuente: la realidad litúrgica como
"fuente" de espiritualidad auténtica: 1. Celebración
genuina de la acción
sagrada misma; 2.
Desarrollo: a) Actualización de la iniciación cristiana, b)
Acentuación eucaristía, c) Liturgia de las Horas, oración
incesante, d) Actitud penitencial y su actualización, e) Ministerio
sacramental, f) Misterio del matrimonio; 3. Toda la vida en Cristo
Jesús.
Espiritualidad
litúrgica es la actitud del cristiano que funda su vida —toda
su vida humana vivida conscientemente— sobre el ejercicio
677
auténtico
de la liturgia, de manera que ésta llega a ser culmen et fons de toda su
actuación (cf SC 10), para que, en definitiva, mysterium paschale
vivendo exprimatur'. Podemos describirla aproximadamente así:
"La espiritualidad litúrgica es el ejercicio (en lo posible)
perfecto de la vida cristiana, con el que el hombre, regenerado en el bautismo,
lleno del Espíritu Santo recibido en la confirmación,
participando en la celebración eucarística, marca toda su vida
con estos tres sacramentos, para crecer, en el cuadro de las celebraciones
repetidas del año litúrgico, de una oración continua
—concretamente: la oración o liturgia de las Horas— y
de las actividades de la vida cotidiana, en la santificación
mediante la conformación con Cristo crucificado y resucitado,
en la esperanza de la última consumación escatologica, para
alabanza de la gloria de Dios"2.
A)
SÍNTESIS HISTÓRICA
I. Una
convicción fundamental presente en toda la historia de la iglesia
Que toda la vida
cristiana deba fundarse sobre la liturgia, o sea, sobre la celebración
de los sacramentos, sobre todo sobre los sacramentos de la
iniciación cristiana y de la eucaristía, así como
también (en principio) sobre la celebración de la liturgia de las
Horas, en el marco del año litúrgico, es un patrimonio originario
de la tradición e incluso una evidencia: baste recordar Rom 6,1-11;
Col 2,6-3,17, y Flp 2,5-11; 3,8-14.
1. EN LA
ÉPOCA DE LOS PADRES Y EN EL MEDIEVO. Bajo este aspecto, son
típicas las catequesis mistagógicas de los padres, mediante
las que ellos, partiendo de los sacramentos
Espiritualidad
litúrgica
de la
iniciación recién celebrados, introducen a los neocristianos en
la riqueza de la vida cristiana, que deben custodiar y desarrollar. Baste
recordar a Ambrosio, De mysteriis; las Catequesis mistagógicas, de
Cirilo de Jerusalén; los sermones pronunciados por Agustín en la
vigilia y durante el tiempo pascual; las catequesis bautismales de Juan
Crisóstomo y de Teodoro de Mopsuestia; las homilías y los
sermones de León Magno y de Gregorio Magno para las grandes solemnidades
del año. La actividad pastoral de la iglesia medieval siguió moviéndose
en la misma dirección, aunque con menos vigor.
2. EN EL
PERÍODO SUCESIVO AL CONCILIO DE TRENTO Y HASTA EL
S. XIX. En el
período de nuevo vigor que siguió al impulso reformador
imprimido por el concilio de Trento, pero también en el curso del
esfuerzo católico por superar el iluminismo y durante el renacimiento
restaurador del s. xix, no han faltado maestros de vida espiritual que han
buscado y encontrado precisamente en la liturgia, esto es, en los
sacramentos y en el año litúrgico, estímulos para la
formación de la espiritualidad. Aquí también nos deberemos
limitar a los grandes nombres: el card. Juan Bona (1609-1674); L. Thomassin
(1619-1695), el beato card. José Tomasi (1649-1713), Luis Antonio
Muratori (1672-1750), J.M. Sailer (1751-1832), Antonio Rosmini
(1797-1855)3. Con Próspero Guéranger, primer abad de Solesmes
(1805-1875), y con su famosa obra L'année liturgique (1841ss), y con la
abadesa C. Bruyére de S. Cécile de Solesmes (1845-1909)',
influenciada por él, nos encontramos ya a las puertas de una comprensión
más honda y explícita de la espiritualidad litúrgica.
Espiritualidad
litúrgica
II. Un tema que
se hace explícito en el s. XX
1. LOS COMIENZOS:
PÍO X Y
L.
BEAUDUIN-MALINAS. La espiritualidad litúrgica sólo llega a
ser un tema explícito en el marco del reciente / movimiento
litúrgico. Justo al comienzo de su pontificado, san Pío X
había afirmado programáticamente en su motu proprio Tra le
sollecitudini: "Efectivamente, siendo nuestro vivísimo deseo
que el verdadero espíritu cristiano reflorezca de todos modos...,
es necesario atender antes que nada a la santidad y dignidad del templo, donde
precisamente se reúnen los fieles para beber ese espíritu en su
fuente primera e
indispensable,
que es la participación activa en los sacrosantos misterios y
en la oración pública y solemne de la iglesia"5. La extraordinaria
importancia de estas palabras no se tomó en consideración en
los primeros momentos. Sin embargo, siguieron siendo la norma autoritativa para
la obra comenzada en Bélgica por dom L. Beauduin y sus
colaboradores a partir de 1909, o sea, después del llamado acontecimiento
de Malinas (así se denomina el discurso programático, pronunciado
por Beauduin el 23 de septiembre de 1909 en Malinas —durante el
"Congrés national des oeuvres catholiques"—, con sus
consecuencias).
De este trabajo nació el estudio de dom M. Festugiére La
liturgie catholique (1913), que iluminó con gran fuerza la importancia
de la liturgia, fundamental para la edificación de la vida
espiritual. Los representantes de una piedad orientada de manera diferente se
pusieron a la defensiva. De este modo.se
desencadenó una violenta controversia, al final de la cual L. Beauduin
publicó un peque
^
ño libro:
La piété de l'église6. En ^ el autor ilustraba con unas
poc^' afirmaciones incisivas la grandeza la importancia de la piedad ecles^f
"El cristiano, viviendo fielmente i' liturgia, reproduce en sí
mismo j vida de la iglesia". La guerra q ^ estalló algunas semanas
más tarde cortó de raíz cualquier posibilidad de que
continuara la controversia Pero una vez que hubo terminad^ el conflicto, las
afirmaciones y du rectrices fundamentales, libres ario, ra de todo clima
polémico, volvió ron a imponerse en un contexto más amplio
y pacífico. R. Guardi0j dio una valoración positiva de ]a problemática
en el ensayo Das Ob^
jektive im Gebetsleben'.
2. UNA PRESENCIA
CADA VE^ MÁS EXPLÍCITA. Mientras tanto, en el ámbito del
movimiento litúrgico en fase expansiva, se valoró cada vez
más el conjunto de la liturgia como algo capaz de contribuir a la
renovación de la vida espiritual. Nombramos a los principales representantes
de esa interpretación. El abad C. Marmion de Maredsous no entra
directamente en el ámbito del mismo movimiento litúrgico, pero
sus libros —nacidos del mismo ambiente espiritual que aquellas
abadías belgas de donde provenía
L.
Beauduin— contribuyeron mucho a la promoción de la espiritualidad
litúrgica de estos años. También el abad, y
después arzobispo y cardenal, I. A. Schuster, con su producción
literaria, así como con el ejemplo de su vida y de su actividad pastoral
en Milán, se coloca en los orígenes de esta sensibilidad hacia
una vida espiritual alimentada en la riqueza de la liturgia. R. Guardini,
con su libro Vom Geist der Liturgia, fue el heraldo de la
renovación litúrgica, primero en Alemania y después en
Europa; también después siguió
679
siendo uno de los
mayores guías en la profundización y penetración
espiritual de la liturgia. Con el abad
I. Herwegen, de
Maria Laach, y P. Parsch, de Klosterneuburg (Austria), nos hallamos frente
a los representantes principales de una reflexión radical sobre los
fundamentos sustentadores de la espiritualidad litúrgica *.
3. UN TEMA
PROGRAMÁTICO.
I. Herwegen
sintetizó el motivo decisivo de la espiritualidad litúrgica
en la expresión: "Fundamento objetivo para la construcción
individual de nuestra vida religiosa"'.
O. Casel
ilustró exhaustivamente la riqueza teológica de este fundamento
objetivo en su Christliches Kultmysteriuml0. Pero también fuera del
ámbito teológico de Maria Laach se habla ahora cada vez
más explícitamente, de una u otra forma, de espiritualidad
litúrgica ". Junto a los estudios teóricos se sitúa
el hecho puro y simple de la apreciación del misterio de Cristo en los
comentarios del Missale Romanum según el año litúrgico. Y
así, nombres como Ae. Lóhr, J. Claude-Nesmy y A. Nocent son un
ejemplo de ello l2. Una cierta crisis del movimiento litúrgico sobre
todo en Alemania (años 1939ss), provocada por la sospecha de que la
renovación litúrgica fuera "un camino equivocado y una
desviación en la vida espiritual contemporánea" ",
pudo superarse. Se llegó por fin a la encíclica Mediator Dei (20
de noviembre de 1947), de Pío XII, que trajo una clarificación
magisterial oficial: la / liturgia, en su auténtica naturaleza
teológica, no es el lado puramente exterior y ceremonial del culto, sino
el ejercicio del sacerdocio neotestamentario del Cristo total, cabeza y
miembros '". De esta manera se abría el camino a las
afirmaciones que hará
Espiritualidad
litúrgica
el Vat. II en la
constitución sobre la liturgia, sobre todo en la primera parte, donde se
habla de la naturaleza de la liturgia como cumbre y fuente de toda la
acción de la iglesia (SC 2; 5-13), afirmaciones que posteriormente se
traducirán en la práctica y se ilustrarán detalladamente
en la / reforma litúrgica
posconciliar ,s.
B) TRATADO
SISTEMÁTICO
I.
Subordinación a la norma objetiva
1. PIEDAD
"OBJETIVA". Punto de partida y fundamento permanente de la
ilustración teológica y de la realización espiritual
litúrgica es la voluntad decidida de basarse, a la hora de construir una
vida auténticamente espiritual, bajo la guía del
Espíritu Santo, en la norma objetiva de la liturgia. En los
comienzos del movimiento litúrgico, sobre todo para el abad
Guéranger, esto significaba pura y llanamente basarse en la
liturgia romana. Para Pía X era necesario tender a una
"participación activa en los misterios y en la oración
solemne y comunitaria de la iglesia".. Para el card. Schuster, tomamos
toda la teología de las "antiguas y venerables fórmulas
y oraciones del sacrificio divino", herencia preciosa que el Salvador
le ha dejado a su
'iglesia. De
manera semejante, el abad Herwegen formula explícitamente el
principio base del fundamento objetivo para la construcción de
la vida religiosa, que luego se lleva adelante de manera particular e
individual ". Por tanto, ésta es una piedad objetiva, o sea, una
espiritualidad que se orienta conscientemente según los datos
objetivos de las celebraciones litúrgicas, de los sacramentos y de
la oración de la iglesia.
2. COMPROMISO
PERSONAL EN EL ENCUENTRO CON CRISTO. ES necesario entender correctamente
el término objetivo: no indica un actuar impersonal y frío, sino
que es' necesario apropiarse de esa realidad objetiva con un empeño
absolutamente personal, y a continuación actuarla de manera viva.
R. Guardini ha
descrito ese proceso como un "despertar de la iglesia en las
almas"". Y esta iglesia, en las acciones litúrgicas, nos lleva
a Cristo y a su acción salvífica. Jesucristo sigue siendo, por
tanto, la norma última de la edificación de nuestra vida
espiritual. El mismo Guardini lo explica de la siguiente manera: "Ahora
este estar-directamente delante de Cristo, este suprahistórico
estar presente del Redentor y de su vida llena todo el acontecimiento
litúrgico... Se trata simplemente de una forma particular de
aquella relación directa con el Redentor que existió
históricamente, pero que está presente de manera
suprahistórica..., que se enraiza no en el individuo, sino en la
comunidad; se realiza no en acontecimientos, experiencias y tareas de la
vida cotidiana, sino en los contenidos, en los procesos y en las formas de la
vida contemplativa, en el servicio de Dios y en el
culto. En la
liturgia la comunidad creyente, y el particular dentro de ella, está en
esa relación directa con el Redentor; más aún, en un acto
esencialmente contemplativo de meditación, oración,
participación y unión con el sacrificio y el sacramento...
Nos encontramos frente a la realidad más íntima de la liturgia,
frente a la realidad del misterio"'». A continuación, Guardini
formuló este pensamiento en términos todavía más
radicales: la
680
categoría
decisiva y esencial del cristianismo es la persona histórica de
Jesucristo "en su unicidad histórica y en su gloria
eterna", en cuanto que, creyendo', nosotros estamos en contacto con
él "en una conexión y relación real, en un serrenovados
mediante la fe y en un ser-marcados mediante el bautismo, en un proceso por el
que el hombre entra en una reciprocidad de inexistencia pneumática
con el Redentor eternamente real; figura, obra, pasión, muerte y
resurrección del Redentor se hacen para él forma y contenido de
una nueva existencia". Y como queriendo completar y condensar su pensamiento,
añade: todo esto es "cristiano en cuanto sucede por medio de
Cristo en la iglesia" ".
3.
ACTUACIÓN DEL MISTERIO DE CRISTO. Lo que Guardini decía desde el
punto de vista de la filosofía de la religión, ha penetrado
de manera decisiva en la conciencia de la teología contemporánea
a través de O. Casel (f 1948). Aunque se puede discutir uno u otro
particular de su concepción, ha resultado válido un juicio que
sobre él se emitió en 1947: "El mérito de la
enseñanza de Casel no está sólo en el hecho de haber
suministrado nuevos puntos de vista e inducido a verificar el precedente
patrimonio teológico-especulativo. Su importancia decisiva
está más bien aquí: Casel ha expuesto con sorprendente
seguridad toda la realidad de Cristo en una única visión
unitaria, en un concepto que acentúa lo esencial y abarca al mismo
tiempo todos los particulares"20. Ese concepto central es el de
mystérion-sacramentum, lo que significa que el misterio anterior al
tiempo de la eterna voluntad salvífica de Dios, cumpli
do
provisionalmente en el misterio de la historia salvífica de Israel, 681
realizado de
verdad en el misterio pascual de Jesucristo, ahora representado en el
misterio de la iglesia y en los misterios de su culto, en la esperanza de su
cumplimiento escatológico..., ese misterio en su totalidad es la
norma objetiva de la construcción individual, enteramente personal,
de nuestra vida espiritual, de modo y manera que
mysterium
paschale vivendo exprimatur.
4. CUMBRE Y
FUENTE. La espiritualidad litúrgica es, por tanto, la
actuación del misterio de Cristo en la liturgia de la iglesia. Ciertamente,
la liturgia no agota toda la acción de la iglesia (SC 9); pero, en
cambio, "es la cumbre a la que tiende toda la actividad de la iglesia y,
al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza" (SC 10). En el fondo,
ésta era ya la doctrina expresada por Pío XII en
Espiritualidad
litúrgica
bros"21. La
constitución litúrgica del Vat. II ha hecho suyo este pensamiento
y lo ha insertado en el marco más amplio de toda la historia de
salvación (SC 5-13). Jesucristo, el Hijo encarnado de Dios, ha
cumplido la voluntad salvífica del Padre —después de la
preparación mediante las proezas históricosalvíficas
del AT— por el misterio pascual de su pasión y glorificación.
Ha enviado a los apóstoles a proclamar y a actuar ("ut... exercerent":
SC 6) esa obra salvífica con la celebración del sacrificio y de
los sacramentos, y así introducir a los hombres en el misterio pascual a
través del bautismo, la confirmación y la celebración
de la eucaristía para alabanza de la gloria de Dios, con la fuerza
del Espíritu Santo. Para actuar este amplísimo proyecto el
Señor está siempre presente en su iglesia, de modo que las
acciones litúrgicas son el ejercicio concreto del sacerdocio de
Cristo, son acciones sagradas en tan gran medida (SC 7), que son simplemente
cumbre y fuente de toda la actividad de la iglesia (SC 10), aunque no la agoten
(SC 9). Estos dos conceptos iluminan bien la naturaleza específica de la
espiritualidad litúrgica: la liturgia es fuente y norma; quiere y
debe desarrollarse en la totalidad de una vida espiritual, que a su vez reconduce
a la acción litúrgica como a su vértice. Y la iglesia debe
introducir en la liturgia ya preparando para su celebración, o sea,
predicando el mensaje de Cristo, para que cada uno entre con fe recta y celebre
las acciones sagradas no como si fueran algo extrínseco, de
ceremonial, simples prescripciones cultuales que se deben observar
legalistamente, sino que "participen en ella consciente, activa y
fructuosamente" (SC 11). Después, una vez terminada la
celebración, la acción sagrada
Espiritualidad
litúrgica
impulsa "a
los fieles a que, saciados con los sacramentos pascuales, sean concordes en la
piedad..., conserven en su vida lo que recibieron en la fe...", los
"enciende y arrastra... a la apremiante caridad de Cristo" (SC 10).
La comunión con el Señor, instaurada en la liturgia, invita además
a la oración personal y a estar dispuestos a asumir en la propia vida
los sufrimientos de Cristo, que muere para la transformación de
todo el hombre, para que, "recibida [por el Padre] la ofrenda de la
víctima espiritual", el hombre se convierta en "ofrenda
eterna" (SC 12). Todos los demás ejercicios piadosos se subordinan
a las normas objetivas de estas leyes de la iglesia y de estas formas de su
liturgia (SC 13).
II. Realidad
central
La espiritualidad
litúrgica, por tanto, es aquella actitud cristiana conjunta con la que
se reconoce la realidad eminente de la liturgia y se ve en ella la fuente y la
cumbre de la vida cristiana en la peregrinación hacia la
consumación en el reino eterno de Dios.
1.
CELEBRACIÓN VIVA. Por muy numerosas que sean las acciones que preceden o
siguen a la celebración litúrgica propia y verdadera,
ésta sigue siendo el núcleo central, la acción sagrada en
sentido pleno, en la que se da la realidad suprema, la actualización de
la acción salvífica de Cristo. Por eso, la primera tarea de
la espiritualidad litúrgica es la de realizar de la manera debida
esa acción sagrada, y respectivamente tomar parte en ella'
"consciente, activa y fructuosamente" (SC 11), con una
"participación plena, consciente y activa" (SC 14).
682
Aquí
está la primera y más importante fuente, "en la que han
de beber los fieles el espíritu verdaderamente cristiano" (SC
14). Esto vale para el sacerdote y para los que sirven al altar tanto como para
los fieles (SC 14-18). Nadie debe quedarse inactivo, ser un espectador
mudo; más bien todos "participen conscientemente, piadosa y
activamente en la acción sagrada, sean instruidos con la palabra de
Dios, se fortalezcan en la mesa del Señor, den gracias a Dios, aprendan
a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada...; se
perfeccionen día a día... en la unión con Dios y entre
sí..." (SC 48). Por
eso es necesario
alcanzar una comprensión cada vez mejor de las acciones sagradas,
para poder "vivir la vida litúrgica" (SC 18). La
exhortación que el obispo dirige al candidato al sacerdocio en el rito
de ordenación sirve en la medida correspondiente para todos los miembros
del pueblo de Dios: "In lege Domini meditantes, videte, ut quod legeritis
credatis, quod credideritis doceatis, quod docueritis imitemini...
Agnoscite quod agitis, imitamini quod tractatis, quatenus mortis et
resurrectionis Domini mysterium celebrantes, membra vestra a vitiis
ómnibus mortificare et in novitate vitae ambulare studeatis"22.
Esta, pues, es la actitud que se exige para una justa celebración
de la liturgia de las Horas (y, respectivamente, de toda la acción
litúrgica): "El oficio divino, en cuanto oración
pública de la iglesia, es además fuente de piedad y alimento
de la oración personal. Por eso se exhorta en el Señor a los
sacerdotes y a cuantos participan en dicho oficio a que, al rezarlo, la mente
concuerde con la voz, y para conseguirlo mejor adquieran una instrucción
litúrgica y bíblica más rica, principalmente acerca de los
683
salmos" (SC
90). Realización supre
ma e
importantísima de la vida
espiritual es,
por tanto, la celebra
ción viva
y genuina de las mismas
acciones
litúrgicas. Aquí, ni antes
ni
después, está la cumbre, el con
tacto
auténtico con el Señor y con
su obra
salvífica, la cumbre de la
realidad;
aquí sobre todo el Señor
está
presente en medio de la iglesia
que celebra las
acciones litúrgicas
(SC 7);
¡aquí está la cumbre y la
fuente!
Precisamente por eso es natural que a continuación yo me deba esforzar
por conservar ese contacto, esa realidad, incluso después de que la
verdadera y propia acción litúrgica haya terminado: en la
oración personal, en la actividad y en el cumplimiento de los deberes de
la vida cristiana, en el descanso y en el trabajo, al comer con alegría,
de manera que todo, toda mi vida, sea verdaderamente "en Cristo
Jesús". Y también es natural que una vida vivida de esta
manera yo la haga desembocar de nuevo, a ciertas horas del día, en una
renovada celebración litúrgica como vértice de toda
la existencia y de toda la vida cristiana eclesial.
2.
ACTUALIZACIÓN DEL MISTERIO DE CRISTO. Fuente última y
realización suprema de todo esto es el misterio de Cristo en toda su
amplitud. El fundamento objetivo de toda mi vida espiritual, que se
plasmará después de una manera absolutamente personal,
está en la /celebración, en el /memorial real, en la
actualización, en la representación del / misterio, o sea,
de Jesucristo en su muerte y resurrección, para edificación
de la iglesia, para santificación de los creyentes y de todo el pueblo
de Dios en la conformación con el Crucificado y Resucitado, para gloria
de Dios y para su adoración en espíritu y verdad. Esta es la
Espiritualidad
litúrgica
misión, y
no (en primerísimo lugar) la solidaridad con el prójimo (por
más que ésta sea necesaria y se la persiga en la
edificación de la iglesia local); ésta, y no la solución
de problemas sociales y políticos (aunque se los afronte, extendiendo
también a ellos la eficacia de la acción salvífica).
Este misterio se
celebra con la mirada vuelta a su núcleo específico y esencial,
pero también observando los ritos, los textos y la ordenación
de las fiestas establecidas por la iglesia, tal y como son en concreto,
como herencia de una tradición secular y de su revisión querida
por el Vat. II, y así como los ha aprobado la autoridad del papa y
de los obispos, respectivamente; la autoridad de una iglesia patriarcal o
la sede apostólica, respectivamente. Tal observación libera al
particular de los condicionamientos y de los límites de la propia subjetividad
y lo introduce en las dimensiones de todo el misterio de Cristo, en "toda
la plenitud de Dios" (Ef 3,19; cf el párrafo completo: 3,16-19),
"...por ganar a Cristo y encontrarme en él... a fin de conocerle a él
y la virtud de su resurrección y la participación en sus
padecimientos, configurándome a su muerte, para alcanzar la
resurrección..." (Flp 3,8
11). En una
celebración realizada
de esta manera,
con el ánimo abier
to a las
intenciones ilimitadas de la
obra
salvífica de Cristo ilustrada
por la palabra y
por los signos, con
una
participación íntima y real, con
una fe viva, en
la fuerza viva del
Espíritu
Santo, "convivificati, con
resuscitati,
consedentes in coelesti
bus in
Christo" (cf Ef 2,5s). Es
tamos
"crucificados con Cristo"
(Christó
synestáuromai, Gal 2,19),
de manera que
precisamente en esa
celebración
se verifican las pala
bras: "Ya no
vivo yo, pues es Cristo
el que vive en
mí. Y si al presente
vivo en carne,
vivo en la fe del Hijo
de Dios"
(Gal 2,20). En semejante
celebración
se realiza máximamente
en el orden
sacramental aquella
"reciprocidad
de in-existencia pneu
mática con
el Redentor eternamen
te real", de
la que había hablado
Guardini, de
manera que "figura,
obra,
pasión, muerte y resurrección
del
Redentor" pueden hacerse "for
ma y contenido de
una nueva exis
tencia"".
Esto quiere decir que
estamos inmersos
en toda la ampli
tud del misterio
de Cristo, en sus
dimensiones
cósmicas y supracós
micas; que se
superan los límites
mezquinos de la
propia subjetivi
dad y de una
piedad privada indivi
dualista.
"Cristo es el Uno y el
Todo cristiano,
aunque procedente
del Padre y
orientado hacia él. El
abarca en
sí todo lo existente, pero
como el Logos del
Padre; como
aquel en quien el
Padre ha creado
el mundo y a
quien el Padre ha
enviado para la
redención del mun
do; como aquel
que restaura el
reino del Padre.
En este sentido...
Cristo no es el
centro, sino el me
diador; aquel que
es enviado conuna misión y vuelve a la patria;camino, verdad y
vida..." Todoesto, en cualquier caso, como noslo presenta la acción
litúrgica en sufigura objetiva y en su amplitud, osea en la plenitud del
único y totalmisterio de Cristo y en su desenvolvimiento a lo largo
del ciclo anualde las celebraciones festivas.
III.
Realización concreta
La
realización concreta de las espiritualidades litúrgicas tiene lugar
de diferentes maneras y a diversos niveles conectados entre sí, e
incluso interpenetrantes. Celebramos el misterio de Cristo en la
acción sagrada de la liturgia de las Horas, de la eucaristía y de
los
684
otros sacramentos, en la predica
ción de la palabra de Dios y en la
lectura meditativa de la sagrada
Escritura y en la oración que brota de todo ello, o sea en la oratio, y
en la reflexión en la
presencia de Dios en Cristo.
Esas acciones sagradas se des
arrollan según un ritmo cronólogo co: ante todo, según la
sucesión de las horas
(vigilia nocturna, oración
de la mañana y de la tarde, oración al final del día o antes del
descanso nocturno); luego en la celebración
del misterio pascual, que tiene
lugar en su repetición
regular el día del
Señor (domingo), y en su solemni dad anual, que va de la
cuaresma a Pentecostés y
tiene su cumbre en la vigilia
pascual; de otra manera también
en la celebración de la
manifestación del Señor —en navi
dad y epifanía—, preparada
por el adviento y continuada en el
breve tiempo de navidad;
finalmente, en la
celebración del "dies natalis" de los santos, en las solemnidades de la madre de Dios, de los apóstoles, de los mártires, de las
vírgenes y de todos los
santos y santas. En esas acciones
directamente litúrgicas se
actualiza todo el misterio de la
historia salvífica: Jesucristo-Anti guo Testamento-plan
salvífico de Dios anterior
al tiempo. Todo esto como fuente primera,
como cum bre, como fundamento objetivo
normativo de toda la vida cristiana, para que mysterium paschale vivendo
exprimatur.
1. ELEMENTOS
CONSTITUTIVOS CONCRETOS. Dos son sobre todo las realidades fundamentales: la
palabra de Dios y la sacramentalidad del signo. La palabra de Dios es la
palabra pronunciada por el Padre "muchas veces... por medio de los
profetas, [y] en estos días... por el Hijo" (Heb 1,1-2). Es la
palabra, el Logos, "que era desde el princi
685
pió...,
que hemos oído..., que hemos visto..., el Verbo de la vida" (1
Jn 1,1-3); es la palabra que se ha hecho carne y ha acampado entre nosotros
para revelarnos su gloria (Jn 1,14). Es el evangelio de Dios (Rom 1,1), el
evangelio del anuncio referido a Jesucristo, evangelio que ha estado oculto
desde la eternidad, pero ahora ha sido manifestado mediante los escritos de los
profetas (Rom 16,25s) y cuyas riquezas inagotables quiere proclamar el
Apóstol para manifestar a todos claramente "quae sit dispensatio
sacramenti absconditi a saeculis a Deo" (Ef 3,9), para que al fin todos
sean "llenos de toda plenitud de Dios" (Ef 3,19), Es aquella palabra
que es "viva y eficaz y más aguda que espada de dos filos; [que]
penetra hasta la división del alma y del espíritu" (Heb
4,12). Escuchando esta palabra llegamos a la fe (cf Rom 10,17); quien
cree, tiene la vida eterna (cf Jn 6,40). La gran importancia de la palabra de
Dios se ha reafirmado nuevamente con gran fuerza en la constitución
sobre la divina revelación24: "La iglesia siempre ha venerado la
sagrada escritura, como lo ha hecho con el cuerpo de Cristo, pues sobre todo en
la sagrada liturgia nunca ha cesado de tomar y repartir a sus fieles el pan de
vida que ofrece la mesa de la palabra de Dios y del cuerpo de Cristo... En los
libros sagrados, el Padre, que está en los cielos, sale amorosamente al
encuentro de sus hijos para conversar con ellos. Y es tan grande el poder
y la fuerza de la palabra de Dios, que constituye sustento y vigor de la
iglesia, firmeza de fe para Sus hijos, alimento del alma, fuente límpida
y perenne de vida espiritual" (DV 21). Así, a propósito
de la proclamación de la palabra de Dios, se afirma la particular presencia
de Cristo: "Está presente en su
Espiritualidad
litúrgica
palabra, pues
cuando se lee en la iglesia la sagrada Escritura, es él quien
habla" (SC 7). En la encíclica Mysterium fidei Pablo VI ha subrayado
expresamente la realidad de esa presencia ".
Por tanto,
podemos decir: la palabra de Dios —anunciada, proclamada, escuchada,
creída, guardada en el corazón— nos da la presencia
(dinámica) de Cristo; no la única, pero desde luego una presencia
real, verdadera, eficaz. Esto sucede prácticamente en la
proclamación viva de la palabra de Dios, tomada de la sagrada Escritura,
que tiene lugar durante la celebración litúrgica:
aquí hablan el Señor y los apóstoles, que nos cuentan la
historia del Señor. Esto sucede también en la
interpretación viva —por la que el mensaje de Dios penetra en
nuestra vida de cada día—, que tiene lugar sobre todo en la /
homilía. Finalmente, la eficacia de esta palabra se manifiesta en
el eco que suscita en nosotros, en la respuesta que damos con las oraciones y
los cánticos, en los que se convierte en confesión, alabanza,
súplica, intercesión.
La realidad y
eficacia de la palabra de Dios se llevan ulteriormente a cumplimiento
mediante la actuación de esa misma palabra de Dios en los signos
sagrados, en los símbolos, en los sacramentos de las acciones
litúrgicas. La constitución SC lo acentúa. Los
apóstoles no sólo anuncian la obra salvífica de Cristo
(con todo lo que de aquí se deriva), sino que también la
actúan: "No sólo... a anunciar que el Hijo de Dios... nos
libró..., sino también a realizar la obra de salvación que
proclamaban mediante el sacrificio y los sacramentos, en torno a los cuales
gira toda la vida litúrgica" (SC 6). El signo santo indica la
acción salvífica divina sobre todo, como es obvio, de la manera
puramente natural en que una imagen (una copia) puede representar la
realidad original que ha de reproducirse: señala esta acción
salvífica trayéndola a la memoria, indicándola,
prefigurándola (es signo commemorativum, demonstrativum,
prognosticum). El signo santo señala la única acción
salvífica en su unidad, en cuanto pasada-presente
futura. A
continuación accedit verbum ad elementum, es decir: la palabra de Dios,
ilustrativa y precisamente re-presentativa, se añade al simple
signo, y se constituye el sacramentum en el sentido verdadero y propio del
término, al que el Señor ha prometido su presencia, la fuerza
eficaz de su santo Espíritu. Así tenemos la figura plena de un
sacramento, donde se juntan sacramentum tantum, o sea, el signo
simplemente natural, que de todas formas ya habla e indica claramente;
sacramentum et res, o sea, la realidad interna donada por Dios, por su santo
Espíritu; ésta, a su vez, señala hacia la res
última, el don de la gracia, que la pasada-presente acción
salvífica de Cristo nos concede como prenda de la gloria futura. La
eficacia-de-gracia de estos sacramentos es muy diversa, análogamente
diversa, de diverso espesor. Pero de todos ellos se puede decir lo que afirma
SC 7: "En esta obra tan grande... Cristo asocia siempre consigo... la
iglesia... En consecuencia, toda celebración litúrgica, por ser
obra de Cristo sacerdote y de su cuerpo, que es la iglesia, es acción
sagrada por excelencia".
2. LAS ACCIONES
SAGRADAS PARTICULARES, a) La liturgia de las Horas. Es una acción
sagrada (actio sacra praecellenter) constituida: por la fuerza de la palabra de
Dios, como se muestra de manera múltiple en la lectura
bíblica, en la ex
686
plicación
homilética, en el canto responsorial (responsorium), en la salmodia
meditativa, en la oración formal; y por la función indicativofigurativa
del signo que señala la acción salvífica, el misterio de
Cristo presente en la estructura conjunta de las horas, o sea, en el complejo
del tiempo, en la rítmica sucesión del día y de la noche,
del domingo y de los días feriales, de la pascua y la navidad, del
recuerdo de las acciones de Cristo y el recuerdo de los santos que lo anuncian
y dan testimonio de él; pero también presente, según su
promesa, en la oración de "dos o tres reunidos en el nombre
del Señor", mediante la cual se realiza la iglesia local en Cristo,
en la escucha y acogida de la palabra, en el anuncio de sus acciones
salvíficas, en la acción de gracias, en la alabanza, en la
confesión del nombre de Dios. La iglesia continúa la
oración de Cristo: "La unidad de la iglesia orante es realizada por
el Espíritu Santo, que es el mismo en Cristo, en la totalidad de la
iglesia y en cada uno de los bautizados. El mismo 'Espíritu viene en
ayuda de nuestra debilidad' e 'intercede por nosotros con gemidos
inefables'" (OGLH 8).
b) La
celebración de la eucaristía. La liturgia de las Horas
extiende lo que se contiene en medida suprema e intensísima en
la eucaristía, y prepara para la eucaristía: OGLH 12.
En la
celebración eucarística encontramos realizada en grado
máximo la presencia del Señor y de su obra salvífica:
"Cristo está presente... en el sacrificio de la misa, sea en
la persona del ministro..., sea sobre todo bajo las especies eucarísticas"
(SC 7).
La importancia
fundamental de la celebración eucarística se ilustra 687
bien en los OGMR
1: "La celebración de la misa, como acción de Cristo y
del pueblo de Dios ordenado jerárquicamente, es el centro de toda
la vida cristiana para la iglesia, universal y local, y para todos los
fieles individualmente". Aquí está el vértice de
nuestro hacernos partícipes de la acción salvífica
redentora de Cristo y de su adoración al Padre. Aquí el
pueblo de Dios se reúne bajo la guía del sacerdote como
representante de Cristo "para celebrar el memorial del Señor o
sacrificio eucarístico" (OGMR 7). Memoria = anamnesis —
zikar = memorial: éste es el término tan rico que indica aquella
conmemoración
del sacrificio de Cristo (núcleo de su misterio pascual, que abarca
toda la obra de la salvación), efectuada en palabras y en acciones
simbólicas, en la que ese sacrificio se hace presente, pero sin
repetirse, como si no fuese suficiente en sí mismo y necesitase
completarse o renovarse con una nueva acción, o sea, precisamente
repetirse. Pero, aun no habiendo ningún tipo de repetición, nos
hallamos frente a la auténtica presencia de aquel único
sacrificio, que ha sido tan realmente donado a la iglesia que se hace
aquí y hoy su sacrificio. En este acto de culto los dos elementos
fundamentales, más arriba nombrados (palabra y sacramento)
desarrollan un papel de primerísimo plano: la liturgia de la palabra es
un conjunto formado de canto, acto penitencial, oración, lectura, salmo
responsorial, evangelio, homilía, oraciones de los fieles; en la
liturgia sacramental vemos a los fieles que llevan sus ofrendas; después
al sacerdote que pronuncia sobre ellas la plegaria eucarística, o sea,
invoca a Dios en la forma solemnísima de la alabanza y de la
epíklesis y exalta sus grandes acciones, para que los dones
convivíales,
Espiritualidad
litúrgica
en virtud de las
palabras de Cristo y de la intervención del Espíritu Santo, se
transformen en el cuerpo y la sangre del Cordero de Dios, de manera que todos,
mediante el banquete sacrificial de la comunión, se unan con el
Señor y entre ellos como iglesia.
c) La
celebración de las fiestas. Las dos acciones sagradas mencionadas
se ven y se comprenden en su concreta colocación dentro de la
celebración de una jornada completa. Se complementan mutuamente: la
liturgia de las Horas "extiende a los distintos momentos del dia la
alabanza y la acción de gracias, así como el recuerdo de los
misterios de la salvación, las súplicas y el gusto anticipado de
la gloria celeste, que se nos ofrecen en el misterio
eucarístico, centro y cumbre de toda la vida de la comunidad cristiana.
La celebración eucarística halla una preparación
magnífica en la liturgia de las Horas..." (OGLH 12).
La acción
de conjunto, así celebrada, subdividida a lo largo de las horas del
día, irradia su realidad íntima a toda la jornada, transformándola
en un día festivo en el que todos participan. "Esta totalidad de
las celebraciones sagradas, que se hace completa en el dia festivo y en el
tiempo festivo en cuanto realidad
Espiritualidad
litúrgica 688
sacramental que
deja sentir su incelebra como revelación luminosa fluencia sobre la
gozosa actividad aquí y ahora en el tiempo de / navihumana
comunitaria, es el vértice dad, en el memorial de la encarnaque se
alza por encima del día ción y de la primera epifanía,
ferial, el cumplimiento de la exismediante la cual el Salvador se nos
tencia humana aquí abajo, en la da también hoy a nosotros como
esperanza del último cumplimiento luz de luz para iluminarnos y libeescatológico
de la eternidad. La rarnos de las tinieblas del pecado,
celebración
sagrada es una activien la esperanza de la revelación dad generosa,
gratuita (zwecklos), definitiva, que tendrá lugar en la que por tanto no
persigue ningún parusía de aquel que ha resucitado fin
directamente utilitarista, y, de de entre los muertos mediante la todos modos,
es, precisamente por victoria pascual". ello, una actividad en sumo grado
Todavía
encontramos al Señor llena de sentido (sinnvoll) y verdade otra
manera en la celebración deramente humana"26.
de los / santos.
El recuerdo de su
La primera fiesta
de ese estilo es muerte, ya sea un martirio o una el día del
Señor o / domingo, la muerte que corona toda una vida "fiesta
primordial", el "día de alededicada al seguimiento de
Cristo, gría y de liberación del trabajo", el se celebra
como formando parte del día en que "los fieles deben reunirse morir
y resucitar de Cristo, dando a fin de que, escuchando la palabra gracias a Dios
en la eucaristía y en de Dios y participando en la eucala liturgia
de las Horas por esas ristía, recuerden la pasión, la resuposibilidades
que se nos han dado rrección y la gloria del Señor
Jesús" en Cristo !*. (SC 106), la pascua semanal del
cristiano; el
memorial semanal del
3.
misterio pascual,
en el que este
EL MISTERIO DE
CRISTO. En todas
misterio se
comunica como presenlas acciones sagradas mencionadas te a los
participantes y deja sentir el (liturgia de las Horas, celebración
propio efecto en toda la jornada, de la eucaristía y su extensión
en para que el hombre y su comunidad los días festivos y en los tiempos
puedan verdaderamente vivir en la festivos del año) se trata siempre de
alegría festiva en Cristo Jesús.
la
celebración del mismo y único
Una vez al
año esa memoria del misterio de Cristo, que en el fondo Señor se
celebra de una manera culmina y se resume en el misterio singular en la
liturgia nocturna de pascual de la bienaventurada pala vigilia pascual [/
Triduo pascual], sión y resurrección de entre los preparada por
los cuarenta días de muertos. Pero en esa celebración ayuno [/
Cuaresma], durante los del misterio de Cristo y en su cuales los cristianos, animados
con multiforme articulación se actualiza el gozo de la nostalgia
espiritual, toda la historia de la salvación, esperan la fiesta y' se
preparan a historia que fue preparada en orden morir y resucitar con Cristo.
Todo a Cristo, lo ha representado proféti
esto se prolonga
después, como camente en imágenes o tipos prefinueva
comunión de vida con el gurativos y ahora, en la plenitud de Resucitado,
en la apertura al don los tiempos, ha llegado a su cumplidel
Espíritu del Señor glorificado miento en él. durante los
cincuenta días de Pente
Son los hechos de
la historia del costés.
pueblo elegido
del AT, pero vividos El mismo misterio de Cristo se e interpretados ya por los
patriar689
cas y profetas
como hechos de una historia de Dios con los hombres y luego nuevamente vividos
por Cristo como etapas de aquella historia que debía preparar su
obra: "Y empezando por Moisés y todos los profetas, les
interpretó lo que sobre él hay en todas las Escrituras" (Le
24,27; cf 24,44-47). Estos hechos, en sí mismos históricos,
accesibles como tales al incrédulo, pero llevados a su cumplimiento
y reinterpretados como hechos de nuestra salvación en primer lugar
por el mismo Cristo y luego por los apóstoles, ahora se ven, se
interpretan, se proclaman, se celebran como hechos de nuestra historia de salva
ción, se
actualizan en la iglesia. Se trata de la proclamación del "misterio
de Dios, que es Cristo" (Col 2,2); de la manifestación de la
riqueza de gloria, que es este "misterio entre los gentiles, el cual
es Cristo entre vosotros, la esperanza de la gloria" futura (Col 1,27).
Este misterio es sobre todo el "misterio de su voluntad..., que se propuso
en él..., al recapitular todas las cosas en Cristo [cabeza]" (Ef
1,9-10). Las actualizaciones sucesivas, tras la creación del mundo y el
hombre, tras el primer pecado y el proto
evangelio, son la
elección de Abrahán y de sus descendientes, y después
el acontecimiento glorioso del éxodo como cristalización de toda
la precedente historia de Israel, el acontecimiento central del cordero
pascual, el paso a través del mar Rojo, la alianza del Sinaí, los
milagros en el desierto, la entrada en la tierra prometida, la historia del
reino de David y la historia de los profetas, la cautividad babilónica
y la nueva salida, nuevo éxodo, de Babilonia. Todo esto se
realizó al final de manera definitiva y con dimensiones más
amplias en Cristo, y fue anunciado, proclamado, celebrado, actualizado por
la iglesia, el
Espiritualidad
litúrgica
verdadero pueblo
de Dios, en su paso a través de este mundo en un éxodo sin fin
hacia el reino eterno de Dios. El hecho salvífico Jesucristo nos lo
propuso la predicación apostólica en función y en dependencia
de los hechos del AT, a saber: como liberación, alianza, testamento
sellado en la sangre del Cordero, que es nuestra pascua. En cierto sentido,
solamente así adquiere toda su grandeza la obra de Cristo: aunque
sea un acontecimiento de sólo treinta y tres años,
transcurridos en su mayor parte en el ocultamiento de Nazaret, más
aún, de solamente dos-tres años de vida pública, en
realidad es un acontecimiento que comprende en
sí todos
los siglos de la historia precedente, los realiza de la manera más
auténtica y será posteriormente actualizado por la iglesia en los
siglos futuros, y precisamente en el anuncio mediante la palabra y el signo
sacramental, en las acciones litúrgicas y en la celebraciones de las
fiestas hasta la consumación última en el reino eterno del Padre.
"Aquéllos según la letra, nosotros en el Espíritu;
aquéllos una vez históricamente, nosotros espiritualmente en
Cristo, cotidianamente, hoy"2', en el hoy del NT (cf Heb 12,18-24.29).
Esta
visión nos la sugiere la misma liturgia, fuente y cumbre de toda nuestra
vida espiritual, sobre todo por la importancia que la liturgia atribuye a
la sagrada Escritura explicada e interpretada según la
exégesis de los padres: "De ella, de la sagrada Escritura, se toman
las lecturas que luego se explican en la homilía, y los salmos que se
cantan, las preces, oraciones e himnos litúrgicos están penetrados
de su espíritu, y de ella reciben su significado las acciones y los
signos. Por tanto, para procurar la reforma, el progreso y la
adaptación de
Espiritualidad
litúrgica
la sagrada
liturgia hay que fomentar aquel amor suave y vivo hacia la sagrada Escritura
que atestigua la venerable tradición de los ritos tanto orientales como
occidentales" (SC 24).
4. EN EL NUEVO
MISAL ROMANO. Con el mismo espíritu se emprendió la reforma del
misal romano, como se puede apreciar perfectamente, por ejemplo, en la liturgia
de la vigilia pascual. Es típica la monición que el
celebrante dirige a la asamblea al comenzar la liturgia de la palabra:
"Con el pregón solemne de la pascua, hemos entrado ya en la noche
santa de la resurrección del Señor. Escuchemos, en silencio
meditativo, la palabra de Dios. Recordemos las maravillas que Dios ha realizado
para salvar al primer Israel, y cómo en el avance continuo de la
historia de la salvación, al llegar los últimos tiempos,
envió al mundo a su Hijo para que, con su muerte y resurrección,
salvara a todos los hombres. Mientras contemplamos la gran trayectoria de
esta historia santa, oremos intensamente, para que el designio de
salvación universal, que Dios inició con Israel, llegue a su
plenitud y alcance a toda la humanidad por el misterio de la
resurrección de Jesucristo". Siguen las lecturas tomadas
del AT, con sus respectivos salmos responsoriales. En ellas se nos
presentan los tipos prefigurativos de la acción salvífica de
Cristo: la buena creación inicial; el sacrificio de Abrahán; el
paso del mar Rojo; la misericordia de Dios, prometida a través del
profeta Isaías; el esplendor de las proezas divinas según el
profeta Baruc; la nueva redención según las imágenes del
profeta Ezequiel. Toda esta tipología se ilustra con la lengua
magistral de las antiguas oraciones romanas: "...non fuisse
excellentius,
690
quod initio
factus est mundus, quam quod in fine saeculorum Pascha nostrum immolatus est
Christus" ("... la creación del mundo, en el comienzo de
los siglos, no fue obra de mayor grandeza que el sacrificio pascual de Cristo
en la plenitud de los tiempos..."); "... per paschale sacramentum
Abraham... universum, sicut iurasti, gentium effecisti patrem..."
("... por el misterio pascual, hiciste de tu siervo Abrahán el
padre de todas las naciones, como lo habías prometido...");
"Deus cuius antiqua miracula etiam nostris temporibus coruscare
sentimus, dum, quod uni populo a persecutione Pharaonis liberando dexterae tuae
potentia contulisti, id in salutem gentium per aquam regenerationis operaos.."
("también ahora, Señor, vemos brillar tus antiguas
maravillas, y lo mismo que en otro tiempo manifestabas tu poder al librar a un
solo pueblo de la persecución del Faraón, hoy aseguras la
salvación de todas las naciones, haciéndolas renacer por las
aguas del bautismo..."); "... ut, quod priores sancti non
dubitaverunt futurum, ecclesia tam magna ex parte iam cognoscat impletum"
("... para que tu iglesia vea en qué medida se ha cumplido ya
cuanto los patriarcas creyeron y esperaron"); "... Deus, spes
única mundi, qui prophetarum tuorum praeconio praesentium temporum
declarasti mysteria..." ("Dios todopoderoso y eterno, esperanza
única del mundo, que anunciaste por la voz de tus profetas los misterios
de los tiempos presentes..."); "Deus..., réspice propitius ad
totius ecclesiae sacramentum, et opus salutis humanae perpetuae
dispositionis effectu tranquillius operare; totusque mundus experiatur et
videat deiecta erigí, inveterata renovad et per ipsum Christum
rediré omnia in integrum, a quo sumpsere principium" ("Oh 691
Dios..., mira con
bondad a tu iglesia, sacramento de la nueva alianza, y, según tus
eternos designios, lleva a término la obra de la salvación
humana; que todo el mundo experimente y vea cómo lo abatido se
levanta, lo viejo se renueva y vuelve a su integridad primera, por medio de
nuestro Señor Jesucristo, de quien todo procede"); "Deus, qui
nos ad celebrandum paschale sacramentum utriusque Testamenti paginis
instruís, da nobis intellegere misericordiam tuam, ut ex perceptione
praesentium munerum firma sit exspectatio futurorum" ("Oh Dios, que
para celebrar el misterio pascual nos instruyes con las enseñanzas
de los dos testamentos, concédenos penetrar en los designios de tu
amor, para que, en los dones que hemos recibido, percibamos la esperanza
de los bienes futuros").
A
continuación, las sucesivas lecturas neotestamentarias, tomadas de
la carta a los Romanos y de los evangelios de la resurrección, y la
eventual solemne administración del bautismo, o bien la
renovación de las promesas bautismales, subrayan que toda la
tipología veterotestamentaria se cumple en el misterio pascual de
Cristo y en su actualización en los fieles, los cuales, mediante
el bautismo y la celebración de la eucaristía, se insertan en ese
misterio. El sacerdote lo explica con esta exhortación: "Hermanos:
por el misterio pascual hemos sido sepultados con Cristo en el bautismo,
para que vivamos una vida nueva". Las oraciones de la celebración
eucarística repiten este mismo tema con lenguaje lacónico:
"... para que, renovados en cuerpo y alma, nos entreguemos plenamente a tu
servicio" (colecta); "Escucha... la oración de tu pueblo...,
para que la nueva vida que nace de estos sacra
mentos pascuales
sea, por tu gracia,
Espiritualidad
litúrgica
prenda de vida
eterna" (sobre las ofrendas); "... que vivamos siempre unidos en tu
amor los que hemos participado en un mismo sacramento pascual"
(después de la comunión). La antífona de la
comunión recuerda una vez más, con las palabras de 1 Cor
5,7, que la celebración tipológica del cordero pascual halla
su cumplimiento en Cristo, verdadera pascua: "Ha sido inmolada nuestra
víctima pascual: Cristo. Así pues, celebremos la pascua con los
panes ázimos de la sinceridad y la verdad".
En el mismo
sentido se expresan las oraciones de los días siguientes a la pascua:
"... concede a cuantos han renacido en la fuente bautismal vivir siempre
de acuerdo con la fe que profesaron" (lunes de la octava, colecta);
"... concédenos, a través de la celebración de estas
fiestas, llegar un día a la alegría eterna" (miércoles,
colecta); "... concédenos realizar en la vida cuanto celebramos en
la fe" (viernes, colecta); "Concédenos, Señor, que
la celebración de estos misterios pascuales nos llene siempre de
alegría, y que la actualización repetida de nuestra reden^ción
sea para nosotros fuente de gozo incesante" (sábado, sobre las
ofrendas); "Dios..., que reanimas la fe de tu pueblo con el retorno anual
de las fiestas pascuales, acrecienta en nosotros los dones de tu gracia, para
que comprendamos mejor la inestimable riqueza del bautismo que nos ha
purificado, del espíritu que nos ha hecho renacer y de la sangre que nos
ha redimido" (segundo domingo de pascua, colecta).
IV. Cumbre y
fuente: la realidad litúrgica como "fuente" de espiritualidad
auténtica
Con cuanto hemos
dicho queríamos señalar el alto grado de realidad
espiritual que se nos ofrece en la celebración genuina de la liturgia.
La liturgia actualiza el acontecimiento salvífico de Cristo: precir
sámente "para realizar una obra tan grande, Cristo está...
presente a su iglesia" (SC 7). "En consecuencia, toda
celebración litúrgica, por ser obra de Cristo sacerdote y de su
cuerpo, que es la iglesia, es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia,
con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra
acción de la iglesia" (SC 7). Aquí, por tanto, está
la cumbre y la
fuente (SC 10),
la realidad suprema para todos los que buscan verdaderamente a Dios, el
anticipo de la futura gloria celeste (SC 8). Ciertamente, la liturgia no
lo es todo, "no agota toda la actividad de la iglesia" (SC 9),
pero es la cumbre de toda acción eclesial y la fuente de toda su fuerza:
"Pues los trabajos apostólicos se ordenan a que, una vez hechos
hijos de Dios por la fe y el bautismo, todos se reúnan, alaben a
Dios en medio de la iglesia, participen en el sacrificio y coman la cena del
Señor" (SC 10). De semejante celebración genuina precede
todo lo demás: "De la liturgia, sobre todo de la eucaristía,
mana hacia nosotros la gracia como de su fuente y se obtiene con la
máxima eficacia aquella santificación de los hombres en Cristo y
aquella glorificación de Dios a la cual las demás obras de
la iglesia tienden como a su fin" (SC 10).
1.
CELEBRACIÓN GENUINA DE
692
mo, el pueblo
cristiano, linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo
adquirido (1 Pe 2,9; cf 2,4-5)" (SC 14; cf 48). De aquí debe brotar
a continuación toda una vida, ordenada según el ritmo de las
celebraciones litúrgicas anuales, para que el misterio pascual se
realice y se exprese de forma viva en nuestra vida (ut mysterium paschale
vivendo exprimatur), o sea, en la celebración viva de todas las acciones
litúrgicas que han de ejecutarse progresivamente y en una vida cristiana
coherente; todo ello en una genuina correspondencia entre acción
simbólica exterior y actitud espiritual interior (ut mens nostra
concordet voci nostrae)30. En este sentido podemos describir aproximadamente
así la esencia de la espiritualidad litúrgica: es aquella
actitud de conjunto del hombre espiritual con la que construye, en la fe, toda
su propia vida, humana y espiritual, sobre la celebración de los
misterios de Cristo, en la participación activa en la liturgia de la
iglesia. De este
modo participa en
la acción salvífica de Cristo, se modela, en virtud de la
gracia divina, sobre la propia imagen primordial, para, a continuación,
tomar de aquí los criterios informadores de toda su existencia. Ha
renacido del agua y del Espíritu Santo, ha sido «vigorizado y confirmado
por el Espíritu y llamado a concelebrar la eucaristía. Y aunque
hubiese recibido estos sacramentos en la infancia o en la primera juventud,
ahora se declara cristiano adulto y maduro, que acepta la realidad de estos
sacramentos de la iniciación, dispuesto a participar continua y
activamente en la eucaristía, a la espera del cumplimiento
escatológico último, para alabanza de la gloria de Dios (cf SC
9-13).
2. DESARROLLO. La
espirituali
693
dad
litúrgica, por tanto, pone acentuadamente en primera
posición la celebración de la liturgia misma; aquí, y no
normalmente en otro lugar —por ejemplo, en la meditación
piadosa y callada hecha después de la liturgia (por más que
esa meditación, colocada en su justo lugar, sea sin duda
importante)—, nos insertamos en el misterio de Cristo, en su
acción salvífica en toda su extensión y profundidad;
aquí encontramos al Señor en la realidad suprema de su presencia,
aunque ésta permanezca oculta bajo el velo de los signos, en la fe. La
acción sagrada celebrada de manera auténtica, naturalmente, debe
prolongarse en toda una vida cristiana, que toma su propia orientación
decisiva precisamente de la acción litúrgica. Sea cual sea la
forma concreta de esa orientación —en la forma de la
espiritualidad del sacerdote o del laico, del monje
o del cristiano
en el mundo, de Francisco de Asís, de Francisco de Sales o de los
Hermanitos de Charles de Foucauld—, para que se trate de una
espiritualidad cristiana auténtica debe haber siempre, como común
denominador, una adecuación a las líneas clásicas de
las acciones litúrgicas (cf, por ejemplo, LG 39-42).
Se trata de esa
actitud que tiene su fundamento en la obra salvífica llevada a cabo por
Cristo, la cual se nos comunica en la fe activa y en los sacramentos de la fe,
que a su vez dejan sentir su influjo sobre toda la vida, la centran en torno a
la liturgia como su cumbre y su fuente y la llevan a expresar concretamente
el misterio pascual.
Esto significa,
en concreto, insertarse en la obra salvífica de Cristo
mediante una celebración viva, consciente, transida de fe y plena de sus
misterios salvíficos (en particular del misterio pascual como
vérti
Espiritualidad
litúrgica
ce de toda la
vida del Señor, que es
a su vez la
realización de toda la
historia
salvífica veterotestamenta
ria); hacer
presente esa obra salvífi
ca para
prolongarla en la vida coti
diana; vivirla
precisamente aquí,
en la esperanza
de llegar un día,
con el auxilio de
la gracia de Dios,
a la
consumación y realización
escatológica
definitiva de esos mis
terios en el
reino de Dios plena
mente
manifestado.
Paralelamente, la
genuina espiri
tualidad
litúrgica es siempre la
unión de
una celebración santa y de
su continuación
en la vida.
En la
práctica, aquí es necesario distinguir tres estadios sucesivos y
complementarios entre sí: la celebración sacramental misma
(como cumbre y fuente); la extensión de esta realidad litúrgica
en el espacio de la jornada y del tiempo festivo a través de la
celebración y ejecución de las correspondientes acciones
litúrgicas y de piedad; finalmente, la realización y la
irradiación de todo esto en la vida cotidiana del individuo y de la
comunidad, para que todo —el individuo en cuanto persona y la comunidad
en cuanto compuesta de personas vivas— sea "en Cristo
Jesús", "en el Espíritu"; esté en marcha
hacia el Padre (cf Ef 2,18 y 3,16-4,16).
a)
Actualización de la iniciación cristiana. En el marco de
esta totalidad es necesario vivir en primer lugar la iniciación
cristiana. El Ritual de
tración de
los tres sacramentos, que se desenvuelve lentamente, pasando por los grados y
tiempos del catecumenado hasta tocar el vértice de las acciones
sacramentales con el "baño en el agua acompañado de la
palabra", con la confirmación mediante el Espíritu
Santo y con la primera participación en la eucaristía, para
introducir a continuación cada vez más íntimamente en las
profundidades del misterio de Cristo no sólo durante los escasos
días de esta mistagogia oficial en el tiempo pascual, sino con la
participación activa en la liturgia de los domingos y del
año litúrgico, para traducirlo todo a la vida.
Esta
última tarea es vinculante también para aquellos que hoy,
según una praxis que se ha desarrollado legítimamente desde
los primeros siglos cristianos, son bautizados de pequeños y
reciben ya en la primera juventud los otros dos sacramentos de la
iniciación.
El Ritual del
Bautismo de Niños en sus Observaciones Generales, que son una
exposición programática de los fundamentos de una vida
genuinamente cristiana, y por tanto de una espiritualidad verdaderamente
fundada sobre la liturgia, dice lo siguiente de estos tres sacramentos:
"Por los sacramentos de la iniciación cristiana, los hombres,
libres del poder
de las tinieblas, muertos, sepultados y resucitados con Cristo, reciben el
Espíritu de los hijos de adopción y celebran con todo el pueblo
de Dios el memorial de la muerte y resurrección del
Señor" (n. 1). "En efecto, incorporados a Cristo por el bautismo,
constituyen el pueblo de Dios, reciben el perdón de todos sus pecados y
pasan de la condición humana en que nacen como hijos del primer
Adán al estado de los hijos adoptivos, convertidos en nueva criatura por
el agua y el 694
Espíritu
Santo. Por esto se llaman
y son hijos de
Dios. Marcados
luego en la
confirmación por el don
del
Espíritu, son más perfectamente
configurados con
el Señor y llenos
del
Espíritu Santo, a fin de que,
dando testimonio
de él ante el
mundo, cooperen a
la expansión y
dilatación
del cuerpo de Cristo para
llevarlo cuanto
antes a su plenitud.
Finalmente,
participando en la asamblea eucarística, comen la carne del Hijo del
hombre y beben su sangre, a fin de recibir la vida eterna y expresar la unidad
del pueblo de Dios; y, ofreciéndose a sí mismos con Cristo,
contribuyen al sacrificio universal, en el cual se ofrece a Dios, a través
del Sumo Sacerdote, toda la ciudad redimida; y piden que, por una
efusión más plena del Espíritu Santo, llegue todo el
género humano a la unidad de la familia de Dios. Por tanto, los tres
sacramentos de la iniciación cristiana se ordenan entre sí para
llevar a su pleno desarrollo a los fieles, que ejercen la misión de todo
el pueblo cristiano en la iglesia y en el mundo" (n. 2).
Para la mayor
parte de nosotros, cristianos de hoy, la espiritualidad litúrgica
consiste, por tanto, en tomar en serio esta realidad fundamental, en
permanecer enraizados en ella con una vida apartada de las tinieblas del
pecado: muertos con Cristo, vivos con él, buscando las cosas de arriba
con la fuerza del Espíritu Santo en el seno de la comunidad de los hijos
de Dios, como pueblo de Dios, como iglesia, dispuestos a celebrar comunitariamente
la eucaristía, dando gracias unidos a Cristo en el paso-sacrificio al
Padre, partícipes de su vida divina, animados por la firme esperanza
en la última realización escatológjca de todos estos
bienes y gracias.
"Vivir
siempre de acuerdo con la 695
fe que
profesaron" (lunes de la octava de pascua, colecta); "... que el
Espíritu Santo sea siempre nuestra fuerza y la eucaristía
que acabamos de recibir acreciente en nosotros la
salvación" (domingo de Pentecostés, después de la
comunión); "... la fuerza del sacramento pascual, que hemos
recibido, persevere siempre en nosotros" (segundo domingo de pascua,
después de la comunión); "... que comprendamos mejor la
inestimable riqueza del bautismo que nos ha purificado, del Espíritu que
nos ha hecho renacer y de la sangre que nos ha redimido" (segundo domingo
de pascua, colecta). Estas oraciones nos dicen con qué
disposición deben vivir todos los bautizados para poder llevar a la
práctica lo que se les ha comunicado en los sacramentos de la
iniciación. La espiritualidad litúrgica es decididamente la
espiritualidad de la realidad (de la realización) del bautismo
y de la confirmación, con la exigencia de realizar concretamente
todo esto en la participación renovada constantemente en la
celebración de la eucaristía.
b)
Acentuación eucarística. Por tanto, la espiritualidad
litúrgica es también en gran medida y de manera
particularísima una espiritualidad eucarística, en el
sentido de una auténtica piedad eucarística eclesial, como se
presenta en la instrucción Eucharisticum mysterium, de 1967, sobre
el culto del misterio eucarístico". La instrucción
comienza con estas palabras: "El misterio eucarístico es sin duda
el centro de la liturgia sagrada, y, más aún, de toda la vida
cristiana"
(n. 1). La
adecuada ordenación de esa piedad eucarística se nos explica
en el párrafo sobre los Puntos doctrinales más importantes:
"La misa o cena del Señor es a la vez
Espiritualidad
litúrgica
inseparablemente:
sacrificio en el que se perpetúa el sacrificio de la cruz; memorial de
la muerte y resurrección del Señor...; banquete sagrado..."
(n. 3, a); "Por consiguiente, en la misa el sacrificio y el banquete
sagrado pertenecen a un mismo misterio, de tal manera que están
íntimamente unidos" (n. 3, b); "La celebración
eucarística... es una acción no sólo de Cristo, sino
también de la iglesia... De donde ninguna misa... es acción
meramente privada..." (n. 3, c, d); "La celebración de la
eucaristía en el sacrificio de la misa es realmente el origen y el fin
del culto que se le tributa fuera de la misa" (n. 3, e); "Hay, pues,
que considerar el misterio eucarístico en toda su amplitud,
tanto en la celebración misma de la misa como en el culto de las
sagradas especies..." (n. 3, g). De aquí brota la ordenación
de la vida cristiana: los fieles deben saber que "la celebración de
la eucaristía es verdaderamente el centro de toda la vida
cristiana" (n. 6). Mediante esa celebración "vive
continuamente y crece la iglesia. Esta iglesia de Cristo está
verdaderamente presente en todas las legítimas comunidades
locales de los fieles... En cualquier altar bajo el ministerio del obispo
o del sacerdote que hace las veces del obispo se manifiesta el símbolo
de aquella caridad y unidad del cuerpo místico, sin la cual no
puede haber salvación" (n. 7).
Esto significa
que cada uno de los cristianos tiene el derecho y el deber (cf SC 14 y 47s) de
participar activa, consciente y plenamente con fe en la celebración
comunitaria de la eucaristía por lo menos todos los domingos y fiestas.
Aquí el individuo se inserta en la comunidad de la iglesia, que, en
la celebración memorial llena-de-realidad de la muerte y
resurrección de su Señor, se ofrece con él al Padre, con
él
Espiritualidad
litúrgica
realiza el paso
del hombre viejo al nuevo, que, unido a Cristo, camina hacia el Padre. Todo
esto en la multiplicidad de los elementos particulares que constituyen
concretamente la eucaristía, es decir: en la comunión con
todos los creyentes, en el acto penitencial, en el canto de alabanza (Gloria in
excelsis), en la escucha y acogida de la palabra de Dios tomada del AT y del
NT, de los escritos apostólicos y del evangelio, en la confesión
de la fe (credo), en la oración de intercesión, en la
inserción en el sacrificio de Cristo mediante el acto de llevar los
dones sacrificiales al altar, en la intervención en la plegaria eucarística
—pronunciada por el sacerdote— mediante el Sanctus, las
aclamaciones y el Amén, en la participación adorante en la
mesa sacrificial por la comunión. En toda misa se anuncia la muerte y la
resurrección del Señor: "Esto lo manifiesta especialmente la
reunión del domingo; es decir, aquel día de la semana en que el
Señor resucitó de entre los muertos... Se les propondrá
(por tanto, a los fieles) ya desde el comienzo de la formación cristiana
que el domingo es la fiesta principal (suya) (SC 106), en la que reunidos
escuchen la palabra de Dios y participen en el misterio pascual. Más
aún, favorézcanse las iniciativas que procuren que el domingo sea
también día de alegría y de liberación del trabajo
(SC 106)" (Eucharisticum mysterium 25).
Pero si la
celebración de la eucaristía es en sí misma una gran
realidad festiva, presencia, síntesis del encuentro y de la
participación, además tiende a irradiarse a todo el día
festivo, y luego a la vida: "Los fieles deben mantener en sus costumbres
y en su vida lo que han recibido en la celebración eucarística
por la fe y el sacramento. Procurarán, pues, que su vida discurra
696
con alegría
en la fortaleza de este alimento del cielo, participando en la muerte y
resurrección del Señor. Así, después de haber
participado en la misa, cada uno sea solícito en hacer buenas obras, en
agradar a Dios, en vivir rectamente, entregado a la iglesia, practicando
lo que ha aprendido y progresando en el servicio de Dios, trabajando por
impregnar al mundo del espíritu cristiano y también
constituyéndose en testigo de Cristo en toda circunstancia y en el
corazón mismo de la convivencia humana" (ib, n. 13).
c) Liturgia de
las Horas, oración incesante. La espiritualidad litúrgica
exporta, por así decirlo, los beneficios de la celebración de la
eucaristía también a la continua celebración comunitaria
de las alabanzas de Dios, esto es, a la celebración de la liturgia de
las Horas, por lo menos en la celebración comunitaria de sus
partes: en la práctica, a la celebración de las vísperas,
aquella oración de la tarde que, con la oración matinal de los
laudes, constituye el doble quicio de la liturgia eclesial de las Horas (SC 89,
a). Y éste es el punto en que la actual praxis cristiana se aparta
más del ideal de la tradición eclesiástica. Que nosotros
"vivimos nuestro bautismo" y en alguna medida participamos
activamente en la misa dominical, todavía hoy es una cosa obvia para los
verdaderos cristianos, practicantes. En cambio, el culto de la tarde, las
vísperas, por diversos motivos ha desaparecido casi del horizonte de la
mayor parte de los cristianos. Por otro lado, para los cristianos practicantes
sigue en pie la antiquísima costumbre de la oración de la
mañana y de la tarde, aunque en muchos casos reducida a la recitación
de unas pocas fórmulas breves (casi siempre se trata, además, de
697
una
oración del todo privada y silenciosa). Aquí se coloca la exhortación
y la invitación de la espiritualidad litúrgica. Es necesario
recordar nuevamente, y en lo posible reactivar, aquella que fue la
antiquísima tradición eclesial. "La oración
pública y comunitaria del pueblo de Dios figura con razón entre
los primeros cometidos de la iglesia" (OGLH 1). En ella la iglesia enlaza
con la oración de Cristo y la prolonga, de acuerdo con su exhortación
a orar incesantemente, con la fuerza del Espíritu Santo, comunitariamente,
reunidos dos o tres en su nombre, de manera que él pueda estar presente
para la santificación de la sucesión temporal del día y de
la noche (cf OGLH 2-11). Esa "liturgia de las Horas extiende a los
distintos momentos del día" las prerrogativas del misterio
eucarístico: "la alabanza y la acción de gracias,
así como el recuerdo de los misterios de la salvación, las
súplicas y el gusto anticipado de la gloria celeste" (OGLH
12). Ciertamente, la liturgia de las Horas en su conjunto se había
desarrollado de tal manera que se había hecho casi exclusivamente cosa
de grupos de sacerdotes y monjes dedicados y entregados a ello. Pero la
liturgia reformada posconciliar, con las abreviaciones y cambios que ha
introducido y con la autorización de rezar el oficio en lengua
vernácula, tiende expresamente a que no sólo los grupos
dedicados oficialmente a ello, sino también todos los sacerdotes y
los religiosos, los grupos de laicos cristianos que por cualquier motivo
estén reunidos, e incluso el particular aislado (aunque éste
sea un caso límite, pues el ideal sigue siendo la oración comunitaria),
recen la liturgia de las Horas, o por lo menos parte de ella. Y cuando lo hagan
en la forma
deseada y
promovida por la iglesia,
Espiritualidad
litúrgica
se unen al canto
de alabanza de la iglesia, de Cristo y de los coros celestes (OGLH 20-27).
Precisamente en el último número citado de los OGLH leemos:
"Se recomienda asimismo a los laicos, dondequiera que se
reúnan en asambleas de oración, de apostolado o por
cualquier otro motivo, que reciten el oficio de la iglesia, celebrando
alguna parte de la liturgia de las Horas. Es conveniente que aprendan, en
primer lugar, que en la acción litúrgica adoran al Padre en
espíritu y verdad, y que se den cuenta de que el culto público y
la oración que celebran atañen a todos los hombres y pueden
contribuir en considerable medida a la salvación del mundo entero.
Conviene, finalmente, que la familia, que es como un santuario
doméstico dentro de la iglesia, no sólo ore en común, sino
que además lo haga recitando algunas partes de la liturgia de las Horas,
cuando resulte oportuno, con lo que se sentirá más insertada en
la iglesia" (cf también n. 32).
Llamado por el
bautismo y la confirmación a participar y a concelebrar activamente
la eucaristía, el cristiano crece con ese robustecimiento del
hombre interior, gracias al cual Cristo habita en él en virtud del
Espíritu Santo, y él, unido en la comunión de todos los
creyentes, comprende "la anchura, la longitud, la altura y
además la profundidad" (o sea, las dimensiones de la obra
salvífica de Cristo) y conoce "el amor de Cristo que sobrepuja todo
conocimiento", para ser así colmado "de toda plenitud de
Dios" (Ef 3,16-19). Esto sucede precisamente en las acciones
litúrgicas, al estar comunitariamente unidos en la escucha de la palabra,
en la oración y en la alabanza, o sea, en la acción propiamente
sacramental. No en la uniformidad de una misma celebración
constantemente repetida, sino en una cambiante multiplicidad de
domingos, con sus oraciones y lecturas muy variadas y, sobre todo, en la sucesión
de las fiestas del año litúrgico, esto es, en la
celebración litúrgica memorial de la acción
salvífica de Cristo "en días determinados a través
del año... Cada semana, en el día que llamó del
Señor" la iglesia "conmemora su resurrección, que
una vez al año celebra también, junto con su santa
pasión, en la máxima solemnidad de la pascua.
Además, en
el círculo del año desarrolla todo el misterio de Cristo,
desde la encarnación y la navidad hasta la ascensión,
pentecostés y la expectativa de la dichosa esperanza y venida del
Señor. Conmemorando así los misterios de la
redención, abre las riquezas del poder santificador y de los
méritos de su Señor, de tal manera que, en cierto modo, se hacen
presentes en todo tiempo para que puedan los fieles ponerse en contacto con
ellos y llenarse de la gracia de la salvación'YSC 102).
Celebrar todo
esto solemnemente, ensimismarse en ello, meditarlo, llevarlo consigo a lo
largo del día festivo y en las actividades laborales de la semana:
ésta es la tarea. Todo ello procediendo hacia la consumación
escatológica, en obediencia a los mandamientos de Dios, en el
intento de "conservar la unidad con el vínculo de la paz" (Ef
4,3); para edificación de la iglesia, dentro de la comunidad humana,
unidos a Cristo, conformados a su morir y resucitar, en una vida verdaderamente
nueva, abiertos a las dimensiones amplísimas de toda la historia de la
salvación, que, llevada a su cumplimiento en Cristo, debe ser
actualizada por nosotros en la iglesia para alabanza de la gloria de Dios.
698
d) Actitud
penitencial y su actualización. En tal empresa, el cristiano
tendrá continuamente fallos. Por eso está llamado a la paenitentia,
a la metánoia, a la conversión continua, a tener conciencia
de la propia miseria y de los propios pecados, a renovarse y a conformarse
continuamente con Cristo. Realiza esto con una penitencia cotidiana, a la que
lo invita el acto penitencial de la misa y el confíteor de completas,
sobre todo la gran predicación penitencial que es la cuaresma, la
predicación del profeta y precursor Juan Bautista en el tiempo de /
adviento y, finalmente, el sentido de las vigilias de las solemnidades. A esa
invitación responden las celebraciones penitenciales comunitarias y
la acción litúrgica del sacramento de la penitencia, que se
debe celebrar con una frecuencia razonable. Actuando así, el fiel
cristiano actúa en la comunidad de la iglesia, "que es al
mismo tiempo santa y está siempre necesitada de
purificación" (Ritual de
Ritual de
e) Ministerio
sacramental. Para que la vida cristiana pueda vivirse así en conformidad
con el orden sacramental, es necesario que se elijan y consagren obispos,
sacerdotes y diáconos mediante el sacra699
mentó del
orden, y es necesario el sacramento del matrimonio. Con el sacramento del
orden, ciertos cristianos, "al configurarse con Cristo, sumo y eterno
sacerdote, y unirse al sacerdocio de los obispos, la ordenación los
convertirá en verdaderos sacerdotes del Nuevo Testamento para anunciar
el evangelio, apacentar al pueblo de Dios y celebrar el culto divino,
principalmente en el sacrificio del Señor" (Ritual de ' Ordenes,
ordenación de presbíteros,
n. 14, p. 66).
Pero también aquí sirve la regla: la tarea ministerial se
confiere mediante una acción sagrada eficaz (= sacramento) para que
lo que se ha conferido se efectúe posteriormente de manera genuina. Por
eso el obispo exhorta a los candidatos: "... Transmitid a todos las
palabras de Dios que habéis recibido con alegría. Y al meditar en
la ley del Señor procurad creer lo que leéis, enseñar lo
que creéis y practicar lo que enseñáis" (ib, p. 67).
Y en relación a la celebración de la eucaristía, el obispo
pronuncia palabras que pueden considerarse programáticas y de
importancia decisiva para toda espiritualidad litúrgica: "...
Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida
con el misterio de la cruz del Señor" (ib, n. 26, p. 76).
f) Misterio del
matrimonio. De manera diversa, y sin embargo semejante, en el sacramento del
matrimonio el esposo y la esposa se unen con una unidad indisoluble de vida
conyugal, "signo de la alianza nupcial [de Cristo] con su iglesia"
(Ritual del Matrimonio, Observaciones generales, n. 2). Los dos, unidos
así en el matrimonio cristiano, "permanezcan en la fe y amen
tus preceptos; unidos en matrimonio, sean ejemplo por la integridad de sus
costumbres; y, fortalecidos con el poder del evangelio, mani
Espiritualidad
litúrgica
fiesten a todos
el testimonio de Cristo; que su unión sea fecunda, sean padres de
probada virtud... y, después de una feliz ancianidad, lleguen a la vida
de los bienavenlii rados en el reino celestial" (ib, 104). Aquí
también de la realidad sobrenatural de la celebración
sacramental debe brotar una vida en la que se actúe la unidad
Cristo-iglesia, y precisamente en el amor y en la unidad de los
cónyuges, en la oración y en la asistencia común a la
iglesia, en la edificación de una iglesia doméstica, o sea, en la
realización de la iglesia de Cristo en el seno de la comunidad
conyugalfamiliar-doméstica.
3. TODA
Todo esto en una
celebración sacramental que mira con decidido empeño a
testimoniar la gracia de Cristo en medio de los órdenes mundanos, a socorrer
con amor, a construir la comunidad y a hacer progresar el reino de Cristo en el
Espiritualidad
litúrgica
mundo, en la
esperanza de que el Dios omnipotente completará todo en su reino eterno
en una medida inmensamente superior de lo que nosotros podemos desear, imaginar
y pedir.
Naturalmente,
toda esta actitud debe estar sostenida por la voluntad sincera de celebrar
las acciones sacramentales con una participación consciente y
personal, "de manera que el pensamiento esté de acuerdo con la
voz". Las acciones sagradas deben prolongarse en la oración
personal, no sólo en la celebración de la liturgia de las Horas,
sino también en los momentos y tiempos de la meditación y de
la interiorización personal y de la reflexión en la presencia de
Dios, dispuestos a volver continuamente a la celebración de las acciones
sagradas de la liturgia para dar gracias a Dios o para hacer penitencia
después de cada caída o pecado, invocando su misericordia por
Cristo nuestro Señor.
Esa constante
actitud personal y la conciencia de estar unidos a Cristo en la comunión
con la iglesia se deben desarrollar en una vida cristiana activa con el
cumplimiento de los deberes, la paciencia, el amor y la continua
disposición a ayudar; en una vida activa en el desenvolvimiento de las
tareas humanas, sociales y políticas que se nos han confiado en
este mundo, sobre todo y muy concretamente con el cumplimiento de los deberes
que nos competen en el lugar en que vivimos como hombres. Vivir, trabajar y
gozar en la presencia de Dios, celebrar el culto festivo como vértice de
mi ser-hombre "de manera gratuita, pero no sin sentido"
(zwecklos, aber sinnvoll) para alabanza de la gloria de Dios, contribuye
también a la realización genuina de mi ser-hombre. Y
aquí viene a cuento lo que el Vat. II
700
afirma en
Todo esto de
manera que nuestra vida entera sea, finalmente, de verdad una vida in Christo
Iesu, una vida in Spiritu, en comunicación permanente con Dios en
Cristo, como experiencia que anticipa la comunión incomparablemente
mayor con Dios que será la vida eterna, la vida "cara a cara"
(cf 1 Cor 10,31; Col 3,17; 1 Tes 5,810; Gal 3,26-28).
Una
expresión muy bella y densa de esta actitud espiritual nos la ofrece una
oración del sacramentado de Verona (n. 1329): "Laudent te,
Domine, ora nostra, laudet anima, laudet et vita; et quia tui muneris est quod
sumus, tuum sit omne quod vivemus".
NOTAS: ' Cf
instrucción ínter oecumenici (26 sep. 1964), 5-6, en EDIL
203-204; cf nota 15 — 2 Así he intentado delinear el concepto de
"espiritualidad litúrgica" en las lecciones dadas sobre el
tema en el Pontificio instituto litúrgico de San Anselmo, en el intitutd
de espiritualidad de
L. Thomassin (del
círculo del card. de Bérulle) es mencionado por su Traite de
l'Office divin dans ses rapports avec I'oraison mentale, 1686. El obispo J.M.
Sailer influyó muchísimo en la espiritualidad del s. xix y en la
actual en el área de lengua alemana: cf W. Trapp, Vorgeschichte und
Ursprung der liturgischen Bewegung... in Hinsicht auf das deutsche
Sprachgebiet, Ratisbona 1940 — 4 En la obra en varios
volúmenes L'année Hturgique, de particular importancia es el
"Prefacio general" del vol. I (1841). C. Johnson ha escrito una
701
tesis de
doctorado sobre Guéranger (Pontificio instituto litúrgico San
Anselmo, moderador
Triacca). C. Bruyére se recuerda
por su libro La vie spirituelle et I'oraison d'aprés la ste. Ecriture et
íá tradition monastique, Solesmes 1899, Tours 1932 — 5
En La liturgia (Insegnamenti pontifici, 8), Edizioni Paoline, 19622, n. 220
— 6 Festugiére publicó su estudio en forma de libro:
Maredsous 1913. El opúsculo de L. Beauduin, La piété de
l'église. Principes et faits, fue publicado en Lovaina y en Maredsous en
1914; de él (p. 29) tomamos la cita siguiente — ' JLW I (1921)
117-125. De particular importancia, bajo el aspecto crítico e
integrativo, es la observación final de
Casel, director de JLW, ib, 125. Sobre el
conjunto, cf también B. Neunheuser, Storia della liturgia secondo le
epoche culturali, Ed. Liturgiche, Roma 1977, 134-135, con ulterior bibl.
— ' C. Marmion, Le Christ, vie de lame (1913); Le Christ dans ses
mystéres (1919); 1. Schuster, Liber Sacramentorum (1919-1928);
R. Guardini, Vom
Geist der Lilurgie (Ecclesia Orans, 1, 1918); Lilurgische Bildung (1923);
Liturgie und lilurgische Bildung (1966); I. Herwegen, Alte Quellen neuer Kraft
(1920); Lumen Christi (1924); Vom christlichen Sein und Leben (1931); P.
Parsch, Das Jahr des Heiles (anualmente desde 1923); Messerklarung im
Geiste der liturgischen Erneuerung (desde 1930); Volksliturgie (1940) — '
Objektiven Grundlage für den individuell zu gestaltenden Aufbau
unseres religiósen Lebens:
título de
un ensayo de 1921, continuamente reeditado y modificado en los años
sucesivos; cf en particular Alte Quellen neuer Kraft (1920); Kirche und Seele.
Die Seelenhaltung des Mysterienkultes und ihr Wandel im Mitlelalter (1926); Die
Formung des Geisles durch den Geist Christi (1931) — ,0 1932', 19604
(vers. it. // mistero del culto cristiano. Turín 1966); cf la amplia
bibl. sobre Casel por O.D. Santagada, en ALW 10/1 (1967) 7-7. De la vasta
producción caseliana nos limitamos a mencionar: Le memorial du Seigneur
dans la lilurgie de l'anliquité chrétienne (Lex orandi, 2),
París 1945 (alemán: I9I81; Vom wahren Menschenbild. 1953 (= La
véritable image de l'homme, 1954). Para una orientación general:
A. Gozier, Dom Casel, Fleurus 1968 — " Recordamos ante todo: D. von
Hildebrand, Liturgie und Personlichkeil (1933); Id (inicialmente bajo el
pseudónimo de P. Ott), Die Umgestaltung in Christus. Über die
chrisl/iche Grundhaltung (19501); L. Bouyer, Lilurgical Piety (1955); G. Brasó,
Liturgia y espiritualidad (1956); C. Vagaggini, // senso teológico
della liturgia (1957); (por), Orientamenti... di spiritualitá...
litúrgica (1961): VV.AA., Lilurgy and Contemplaron (Wor 34, 1959); Th.
Bogler (por), Frommigkeil (Liturgie und Mónchtum 27, 1960); B.
Neunheuser, Preghiera persónate,
Espiritualidad
litúrgica
vita
litúrgica e sacraméntale, en Per una presenza viva (1970,
617-654); Geistliche Theologie und eigentliche Wirklichkeil der Lilurgie, en
Sem 26 (1974) 79-93; Lo sviluppo della pietá eucaristica dal 1868 al
1968, en Annali dei Sacerdoti Adoratori 73 (1968) 605622; A.M. Triacca,
Contributiper la spiritualitá liturgico-sacramentaria (1979); J.
Ordóñez Márquez, Teología y espiritualidad del
Año Litúrgico (1978) — l2 Ae. Lohr, Das Herrénjahr.
Das Mysterium Christi im Jahreskreis der Kirche (19556); J. Claude-Nesmy,
Spiritualité de l'année Hturgique (3 vols., 1956-1960);
A. Nocent,
Conlempler sa gloire... (1960); Célébrer Jésus-Christ
(1976-77) — " Irrwege und Umwege in Frommigkeitsleben der Gegenwart:
es el título de un opúsculo de M. Kassiepe, Kevelaer 1939 —
l4 Texto de la encíclica en La liturgia (Insegnamenti pontifici,
8), Ed. Paulinas, 19622, nn. 508-653 — 15 Sobre todo en las instrucciones
ínter oecumenici, de 1964; Tres abhinc annos, de 1967;
Eucharisticum Mysterium de 1967; Liturgicae instaurationes, de 1970, así
como en las grandes introducciones a los libros litúrgicos principales,
es decir, al Missale Romanum (Institutio Generalis Missalis Romani = IGMR), de
1970, y a
Die Kontroverse
über die Mysterienlehre, Warendorf 1947, 100 (= La theologie des
Mystéres. Exposé de la controverse, París 1954, 103)
— 2I La liturgia (cit. en la nota 14), nn. 520s — 22 En el Nuevo
Pontificóle Romanum (1968), De ordinatione presbyteri, n. 14
— 2i Das Wesen... (cit. en la nota 19), también para las citas ss.
— 24 Especialmente en el c. 1, sobre "La revelación", y
en el c. VI sobre "
25 2t
iglesia", n.
21ss -EDIL, 434-436 - B. Neunheuser, Vom Sinn der Feier, en J.G. Ploger (por),
Gol feiern. Theologische Anregung und geistliche Vertiefung zur Feier von
Messe und Stundengebeí, Herber, Friburgo 1980, 26 — 27 Cf en el
Misal romano, Norme generaliper l'ordinamenlo dell'anno litúrgico e
Espíritu
Santo
del calendario,
nn. 22-26; 32-43 — a Cf al respecto O. Casel, Mysterium und Manyrium in
den rómischen Sakramentarien, en JLW 2 (1922) 18-38 — 2' La cita,
tomada de una de mis lecciones, sintetiza lo que H. de Lubac ha escrito
magistralmente en Exégese médiévale. Les quatre sens de
l'Écriture, París 1959-1964, passim, y sobre "todo, en 1/2,
549-557, 558-571; II/2, 60ss, 106ss (vers. it. Esegesi medievale, Edizioni
Paoline, 1972) — K Regula Benedicti, c. 19, cit. en SC 90 — 3I
Cf también la carta de Juan Pablo II Dominkae Cenae, del 24 feb. 1980,
sobre el misterio y sobre el culto de la eucaristía, y la
instrucción explicativa de
B. Neunheuser
BIBLIOGRAFÍA:
Alessio L., Una liturgia para vivir. Escritos sobre espiritualidad
litúrgica,
Ed. Claretiana,
Buenos Aires 1978; Brasso G.M., Liturgia y espiritualidad, Montserrat 1956;
Flicoteaux E., Espiritualidad del año litúrgico, Sigúeme,
Salamanca 1966; Bouyer L., Piedad litúrgica, Ed. Benedictinas, Cuernavaca
(México) 1957; Introducción a la vida espiritual, Herder,
Barcelona 1964; Garrido M., Piedad objetiva y subjetiva en la vida espiritual,
en "Liturgia" 17 (1962) 170-180; Gomis J., Espiritualidad
litúrgica, en VV.AA., Historia de
702
dad pascual,
Cocuisa, Madrid 1967. Véase también la bibliografía de
Devociones y Liturgia.
SUMARIO: I.
Problemática actual de tipo íitúrgico-sacramental: 1.
Problemática litúrgico-existencial; 2. Problemática
más teórica
II. El
Espíritu Santo en la "historia de la salvación"
celebrada: 1. Principio de correlación; 2. Principio de unitariedad
de tres niveles litúrgico-sacramentales; 3. Principio del existencial
litúrgico - III. Culto en espíritu y en verdad - IV. La
dimensión pneumatológica del lenguaje litúrgico: 1. Mirada
general sobre la temática pneumatológica; 2. Expresiones verbales
pneumatológicas; 3. Gestos; 4. Uso de realidades típicas; 5. El
silencio - V. Observaciones teológico-litúrgicas: 1. De tipo
metodológico; 2. Relativas al contenido - VI. Perspectivas de
la espiritualidad litúrgica y de la pastoral sacramental: 1. La
espiritualidad litúrgica; 2. La pastoral sacramental.
Con la liturgia
se celebra en el tiempo y en el espacio el opus redemptionis', esto es, el
plan histórico-salvífico actuado por el Padre, en Cristo,
por obra del Espíritu Santo a favor de los fieles incorporados en
la iglesia y a beneficio de la iglesia, que celebra el misterio en sus fieles
2. Como tal, la liturgia es esencialmente una manifestación del
Espíritu del Cristo glorificado.
Además,
por obra del Espíritu Santo toda acción litúrgica manifiesta
y actúa la presencia de Cristo, y la memoria del misterio
salvífico no es simplemente un piadoso recuerdo, sino anamnesis /
memorial histórico-salvífico. Se impone, pues, la
necesidad del estudio de la presencia y de la acción del Espíritu
Santo en la liturgia. Tal estudio ofrece, por una parte, la ocasión de
ahondar en la comprensión de la naturaleza de la liturgia' y, por
otra, la oportunidad, al menos para nosotros los occidenta
703
les", de
esclarecer el ámbito y las modalidades de la presencia-acción del
Espíritu Santo en la liturgia.
La
contribución de recientes investigaciones 5 y de estudios de alta
divulgación en este campo es notable \ Sin repetir cuanto
está presente en otros tratados7, presentaremos algunos datos
más salientes y útiles para una acción pastorallitúrgica.
I.
Problemática actual de tipo Íitúrgico-sacramental
Quien se acercase
al pensamiento de los padres sobre el Espíritu Santo * y sobre su presencia
y acción en los acontecimientos litúrgicos
sacramentales \ y luego recorriese la problemática de nuestros
días sobre este argumento, se daría cuenta en seguida de que
cuanto han intuido aquellos que "nos han precedido en el signo de la
fe" podría servir para la solución de los dos núcleos
de problemas en torno a los cuales se agrupa la problemática
presente en el tejido eclesial de nuestros días: el núcleo
litúrgicoexistencial y el núcleo teorético, que
ciertamente no es menos importante.
1.
PROBLEMÁTICA LITÜRGICOEXISTENCIAL. En su dimensión descendente,
la liturgia es comunicación del Espíritu Santo, que
actúa la presencia de Cristo glorificado [/ Jesucristo, II, 2], el cual
a su vez otorga el Espíritu a sus hermanos. En su dimensión ascendente,
la liturgia es "voz del Espíritu Santo en Cristo-iglesia" para
gloria del Padre. Por más que sea evidente cuanto hemos afirmado, al
crecer la separación ideológica entre el Occidente y el
Oriente cristianos se olvidó que la invocación del
Espíritu Santo (epíclesis) para la san
Espíritu
Santo
tificación
de las ofrendas eucarísticas y para la presencia de Cristo en ellas
(transustanciación), y la consiguiente acción del
Espíritu son realidades connaturales a la liturgia.
Se
trataría, por tanto, de descubrir en las fórmulas
litúrgicas un estrato pneumatológico que constituye la
fuerza de la / eucología. Entonces se desvanecerían ciertos
lugares comunes, según los cuales las liturgias occidentales, y especialmente
la liturgia romana, serían cristocéntricas y
cristonómicas, mientras que en las liturgias orientales el
cristocentrismo (connatural a la realidad de la liturgia) resultaría
más reducido a favor de la acentuación pneumatológica.
Entre las
fórmulas litúrgicas destacan algunas fórmulas sacramentales
que ahora también en la liturgia romana se refieren más
directamente al Espíritu Santo, como las fórmulas de los sacramentos
de la confirmación y de la unción de los enfermos.
El retorno a la
mención querida y repetida de la presencia y de la acción del
Espíritu Santo en la liturgia está motivado, en el campo
pastoral, por la voluntad de recurrir a tipos de celebración en los
que se pueda "hacer experiencia del Espíritu". De ahí
los lamentos de algunos, que confunden lo que es fruto del Espíritu con
sus sucedáneos y querrían desplazar las celebraciones
hacia el ámbito en el que lo emocional, lo sensacional y lo
carismático deberían jugar un papel relevantel0. Se comprenden
también así las vivaces tomas de conciencia de los
ritmos y de los / estilos celebrativos nuevos, que intentan subrayar con
espacios de / silencio, con momentos de reflexión, con un
desarrollo tranquilo celebrativo, la importancia de la presencia y de la
acción del Espíritu Santo.
2.
PROBLEMÁTICA MÁS TEÓRICA. En concomitancia con la problemática
de tipo litúrgico-existencial se ha desarrollado recientemente
una problemática que se mueve en el ámbito del estudio
académico, pero que incide en la solución de los problemas de
tipo práctico. Se discute, por ejemplo, sí los problemas que
provienen del pasado (la cuestión de la epíclesis, del Filioque,
etc.) son problemas de método más que de contenido, problemas de
lenguaje más que problemas reales, dado que en la praxis y si se
estudian bien las cuestiones, la problemática parece desvanecerse. Por
otra parte, no existiendo acción litúrgico-sacramental que
no sea al mismo tiempo acción de Cristo-iglesia y del Espíritu
Santo, alma y vitalidad de la iglesia, cabe preguntarse si el lenguaje
litúrgico (palabras, gestos, ritos, etc.) no puede ser considerado
como mediación de la acción del Espíritu Santo
presente en la
liturgia. Añádase que el estudio de la patrología (griega,
oriental, siríaca, copta) y de las liturgias / orientales, así
como el movimiento ecuménico-litúrgico, han ido creando un
terreno de osmosis entre las aportaciones derivadas del estudio de la
acción litúrgica y las derivadas del estudio de la presencia
del Espíritu Santo. Se ha llegado así a aceptar que no hay
acción litúrgica que no sea acción del Espírtu. No
hay liturgia sin el Espíritu Santo. Para comprender esta realidad
afrontamos algunos puntos clave de nuestro tema: Espíritu Santo y
liturgia.
II. El
Espíritu Santo en la "historia de la salvación"
celebrada
En la
"escuela de la liturgia"" nos damos cuenta de que son mu
704
chas las cosas
que hay que aprender para vivirlas. Pero son mucho más numerosas
aquellas que la iglesia de Cristo ya vive porque las reza, sin que los fieles
hasta el presente hayan tomado conciencia refleja de ello. Realmente, como se
expresaba el teólogo ortodoxo P. Cipriano Kern, "el coro de la
iglesia es una cátedra de teología"l2, y acercarse en el
Espíritu y con el Espíritu a la iglesia que ora significa
aprender cada vez más. En efecto, la santa liturgia contiene una parte
bastante señalada, tal vez la más importante y sin duda la
más viva, que penetra en el depositum fidei. Siempre es necesario leer
la liturgia" con la dynamis, es decir, con el Espíritu Santo (que
es el alma, la vitalidad, el principio de la liturgia sin el cual no subsiste
la liturgia). En ella el Espíritu se vela precisamente mientras
cumple su epifanía. La liturgia es, efectivamente, historia de la
salvación celebrada y perennizada. En ella se hace presente lo que Dios
ha hecho y lleva a término para la salvación de los hombres. La
litur
gia es la
celebración-actuación del misterio de la salvación que se
hace historia, que viene recordada y vivida en plenitud l4. Si la celebración
litúrgica no es signo del Espíritu, no es nada. Porque la
verdadera esencia de la acción litúrgica es ser epifanía
del Espíritu. Ahora bien, el Espíritu por medio de
705
se) en lo que
recibe y en lo que se anuncia y se celebra; en efecto, el mysterium proclamado
y profesado (exomologhía) por la vida del cristiano
(euloghía) se convierte en acción de gracias
(eucharistía). Así se pueden poner de relieve algunos
principios que se realizan en la celebración litúrgica en cuanto
historia de la salvación hecha presente virtute Spiritus Sancti.
1. PRINCIPIO DE
CORRELACIÓN. Se puede denominar principio de correlación la
recíproca relación que existe en la historia de la
salvación entre acción y presencia de Jesucristo y acción
y presencia del Espíritu Santo, por la que Cristo reclama necesariamente
al Espíritu. En otras palabras: donde se actúa la presencia de
Cristo, esto sucede por obra del Espíritu Santo; como, por otra
parte, desde el momento en que el mysterium —que culmina y coincide con
el Verbo encarnado y obediente hasta la muerte de cruz, por lo que el Padre lo
exaltó (cf Flp 2,8-9)— comienza a manifestarse en la historia
salvífica, es también el Espíritu Santo el que
actúa para manifestarlo l5. Más aún, desde el
día de la encarnación, toda presencia de Cristo está en
relación tan inseparable con la acción del Espíritu,
que, una vez probada la presencia de Cristo, también queda probada la
presencia del Espíritu. De aquí la necesidad de profundizar este
principio básico, que exige de parte de los liturgistas una doble
actitud.
La primera es la
de abstenerse de las fáciles afirmaciones sobre la (gratuitamente)
presunta a-pneumaticidad de la liturgia. No existe ninguna liturgia
occidental ni oriental, si no es por la presencia y las acciones de Cristo
y del Espíritu Santo. En realidad la liturgia, en la celebración
de los sacramentos, es
Espíritu
Santo
simultáneamente
una perenne pascua-pentecostés ". La segunda es la de
investigar con qué medios lingüísticos (palabra-signos)
toda formulación concreta de la liturgia ha expresado al
Espíritu Santo presente en la acción litúrgica.
Será así más fácil modular una acción pastoral
y catequético-litúrgica sobre nuestro tema.
2. PRINCIPIO DE
UNITARIEDAD DE TRES NIVELES LITÚRGICO-SACRAMENTALES. Del
análisis atento de SC 7 emergen tres elementos importantes para una
definición descriptiva de liturgia: mysteriumactio-vita ". En
efecto, la liturgia es el misterio (total, sintetizado en el misterio pascual)
celebrado (justamente en la acción por excelencia: la
celebración litúrgica) para la vida (del pueblo de Dios, del fiel
en el cuerpo de Cristo, que es la iglesia). Al mismo tiempo, la liturgia es la
vida del fiel, que culmina en la acción litúrgica, para que el
misterio se actualice en la iglesia. De suyo, la acción sagrada por
excelencia, esto es, la celebración litúrgica, no agota
la realidad de la liturgia, que es más amplia que su momento
celebrativo; y esto precisamente porque cuanto precede (el antes
celebrativo) culmina en la acción celebrativa, y cuanto sigue (el
después celebrativo) proviene de la acción celebrada. Ahora bien,
aun cuando el misterio considerado en sí mismo y la vida del fiel
existan antes y después de la celebración, no obstante se
hallan en una relación inseparable con la acción
litúrgica'". Esta es un acontecimiento ordenado no sólo
a la santificación de los hombres, sino también a la
edificación de la iglesia y a la plenitud del culto a Dios en
Cristo". Ello exige de parte de los fieles una íntima y activa /
participación. Esto se pue
Espíritu
Santo
de actuar porque
es en la, con la, por medio de la celebración cómo el misterio se
realiza, se actualiza, se perpetúa, se hace presente en el espacio.
Nótese cómo los tres niveles litúrgico-sacramentales
misterioacción-vida comportan mutuas relaciones y
compenetraciones recíprocas. El misterio está presente en la
acción litúrgica mediante la modalidad
litúrgico-celebrativa del memorial (anamnesis). La acción hace el
memorial del misterio. La vida se hace igualmente presente en la acción
litúrgica de la participación (méthexis), es decir,
la vida está presente en la acción (y viceversa) mediante la
participación.
Llegados a este
punto se puede comprender, por nuevo título, cómo es verdad que
ninguna liturgia es posible sin el Espíritu Santo. En su
dimensión descendente la liturgia es el misterio celebrado para la vida
del hombre, que por obra del Espíritu llega a ser nueva
creación, hijo adoptivo en el Unigénito del Padre, alguien que
tiene en sí el principio de la santificación, las arras de la
vida eterna: el Espíritu (cf 2 Cor 1,21-22; 5,5; Ef 1,14). En su dimensión
ascendente, la liturgia es la vida que culmina en la celebración para
que el misterio alcance su finalidad última, que es la de tributar
culto en espíritu y verdad, de lo que el Espíritu Santo es su
primer principio. Ahora bien, la liturgia, en la realización del
misterio de adoración, de culto, de oración de Cristo con,
en y para la iglesia, en la que el fiel se entrega a sí mismo a
Cristo-iglesia, halla al Espíritu, que es alma de la iglesia y se hace
también su voz (cf Rom 8,15). El culto que los fíeles tributan al
Padre en la iglesia y la iglesia en los fieles se cumple en, con y por Cristo,
único mediador, pero virtute Spiritus Sancti. En otros términos:
la finalidad de la liturgia (es
706
decir, la
santificación de los hom
bres y el culto
en espíritu y en
verdad) no son
concebibles, com
prensibles,
realizables, sino por
obra del
Espíritu Santo.
Añádase
que es siempre el Espíri
tu el que obra la
cohesión entre
misterio y vida,
entre misterio y
acción
litúrgica. En efecto, la mo
dalidad del
memorial no se puede
equiparar a la
del recuerdo mnemó
nico, a la de la
proyección de imá
genes
fotográficas o a la de una
secuencia
fílmica, justamente por
que es la
presencia y la acción del
Espíritu
Santo la que hace que el
memorial sea lo
que es litúrgica
mente hablando.
De modo seme
jante, la
participación litúrgica no puede reducirse a un denominador
común con ningún otro tipo de participación, porque supera
la categoría entendida generalmente con esta palabra y se convierte en méthesis
litúrgica, precisamente porque halla en el Espíritu su principio
constitutivo. El esfuerzo humano del fiel para participar es, en último
análisis, colaboración con la acción del Espíritu
Santo. Más aún: la acción litúrgica no puede ser
mera suma o mera aproximación de signos, de palabras, de gestos, de
ritos, precisamente porque en ella actúa el Espíritu Santo,
que hace presente a Cristo. Se opera así en cada fiel la historia de la
salvación, la cual, revelada en los escritos sagrados, se ha manifestado
y realizado en su plenitud en el Cristo, camino, verdad y vida. La
historia sagrada
debe ser vivida por las personas, congregadas en unidad en la "una
mystíca persona", para ser celebrada, y se la celebra para vivirla.
3. PRINCIPIO DEL
EXISTENCIAL LITÚRGICO. Por la expresión existencial
litúrgico entendemos el "hecho-acontecimiento de la cele
707
bración"
que, puesto en determinadas coordenadas de espacio y de tiempo, se realiza
en el hodie2" litúrgico, en el aquí y ahora celebrativo,
y actualiza y hace presente la obra llevada a cabo por Cristo [/ Tiempo y
liturgia, II, 3] de una vez para siempre (cf Heb 7,27; 9,12; 9,28; 10,10); es
decir, el misterio pascual en su plenitud. Ahora bien, la presencia y la
acción del Espíritu Santo es inseparable del hecho de la
humanidad-víctima que el verbo asume en el seno de
14,16).
Ahora bien, como
el Espíritu Santo está presente y actúa en la vida de
Cristo, liturgo por excelencia (cf Heb 9,15; 12,24), así la
presencia y la acción del Espíritu Santo es postulada por la vida
de los miembros del cuerpo de Cristo, particularmente donde esta vida se
constituye y se potencia, crece y se desarrolla, es decir, en la acción
litúrgica sacramental. En ella se postulan la presencia y la
acción del Espíritu Santo, a fin de que puedan verificar el
pasado y anticipar el futuro salvíficos. La historia de la
salvación no es mito ni utopía; no es opio de los pueblos, sino
realidad, presencia, actualidad en virtud del Espíritu Santo. Con
su acción el Espíritu reúne a los hijos de Dios, que
estaban dispersos, para formar una unidad en el Cristo (cf Jn 11,52) resucitado
(cf Jn 12,32)Jl.
Es siempre el
Espíritu el que en la acción litúrgica mueve desde dentro
a los fieles con su.dinamismo interior, que conduce a la fe y a
Espíritu
Santo
la
conversión, para que acojan la palabra de Dios.
Es el
Espíritu el que vivifica la acción celebrativa hasta hacerla
fructuosa para la vida del fiel.
Presente en el
ministro para que pueda actuar "in persona Christi"22, el
Espíritu está presente también en los fieles, de modo que
el celebrante que preside y los que participan en la acción sagrada sean
llevados por el mismo Espíritu a la comuniónunión con
Cristo.
Finalmente, es
siempre el Espíritu Santo el que hace que cada celebración
sea unívocamente nueva, irrepetible, grávida en frutos.
Unívocamente nueva: también en el sentido de que la
operación única e ininterrumpida del Espíritu renueva
e impulsa la renovación en un crecimiento progresivo". Irrepetible:
en el sentido de que la celebración no podrá jamás
volver a realizarse tal cual, en el tiempo y en el espacio, no sólo
con las mismas coordenadas eclesiales, pero ni siquiera con la misma
virtualidad, aun cuando fundamentalmente se trata siempre del único
misterio pascual repetido sacramentalmente. Grávida en frutos: en el
sentido de que toda celebración es don de la plenitud del
Espíritu. El crea en todos los participantes una continua ruptura
con cualquier forma de esclerosis espiritual y ensancha su capacidad para
hacerlos comprehensores de él mismo, que se les dona. En
última instancia, es el Espíritu Santo el que impide que la
acción litúrgica se reduzca a un ceremonialismo vacío, a
un simbolismo mágico, a un juego alienante, a un gesticular
insulso, a un hablar babélico. Es el Espíritu Santo el que
vivifica en el hodie litúrgico el ayer salvífico,
anticipándonos el el in saecula (cf Heb 13,8, admirablemente
interpretado y celebrado en la vigilia pascual)24. Y mientras la
Espíritu
Santo
asamblea
litúrgica ruega al Padre (cf Rom 8,15.26-27; Gal 4,6), grita
también en el Espíritu Marán-atha ("Ven, Señor
Jesús"), suplicando Kyrie, eléison ("Señor, ten
piedad") (cf 1 Cor 12,3), a fin de que la doxa theó (la gloria
rendida a Dios) en Cristo, con Cristo y por Cristo sea verdadera,
íntima, profunda, exhaustiva.
III. Culto en
espíritu y en verdad
Para comprender
la relación Espíritu Santo-liturgia es preciso captar en toda su
plenitud el dicho de Jesús en Jn 4,24: "Dios es espíritu, y
sus adoradores han de adorarlo en espíritu y en verdad". Pues bien,
prescindiendo de las eventuales sutilezas exegéticas de este
versículo, se debe subrayar que, según la tradición
perenne de la iglesia, aquí se encierra la clave de lo específico
de la liturgia cristiana. La liturgia recurre a signos, ya sea para no
traicionar la voluntad de Cristo, ya sea para adaptarse a la naturaleza del
hombre; pero nosotros vemos la verdadera luz que esclarece al hombre en la
iluminación del Espíritu Santo, y en Cristo verdad hemos sido
hechos verdaderos adoradores en virtud del Espíritu ". Los temas
que aquí se deben al menos recordar son los de sacrificio de alabanza2t,
de oblación espiritual21, de tiempo espiritual1*. Las
soluciones cristianas a estos temas se buscan siempre en el Espíritu
Santo. El Espíritu Santo, que con la colaboración de María
ha dado vida a la víctima viva e inmaculada, da también vida a
los cristianos como víctimas vivientes, espirituales. Por el mismo
Espíritu los cristianos son congregados en un nuevo pueblo, el cual
rinde al Padre el culto espiritual por medio
708
de Cristo. Este,
que es el nuevo
templo, del cual
brota el río de
agua viva (cf Jn
7,37-39, en parale
lo con Ez
47,1.12) que es el Espíritu
Santo, es
justamente nuevo templo
en cuanto en
él y por él se ha
celebrado de una
vez para siempre
el culto
auténtico al Padre, la nueva
y eterna alianza,
la del Espíritu. El
hace de nosotros
un sacrificio pe
renne agradable
al Padre M. El culto
cristiano es
continuación de aquél.
Todo esto a lo
que hemos aludido es más comprensible aún si se tiene
presente la específica acción del Espíritu Santo en la
liturgia, contenida en la expresión litúrgica
in unitate
Spiritus Sanctix.
En el culto nuevo
y eterno, la iniciativa es divina por razón del Espíritu Santo.
El obra la sacramentalidad salvífica, impulsa la criatura al
Creador, da eficacia al obrar cristiano y anima la oración, viene dado a
fin de que la palabra de Dios sea comprendida y, celebrada en los
sacramentos, se haga eficaz: en cada sacramento se efectúa siempre
la misión del Espíritu por medio de la invocación
(epíclesis) de su presencia y acción; cada uno de los
sacramentos es un momento diverso y específico funcional y
finalistamente unido con la humanidad gloriosa del Señor Jesús:
todo esto es factible por razón del Espíritu Santo.
Se suele recordar
la acción del Espíritu en la eucaristía, donde se
manifiesta su presencia para que sean consagrados los dones sacrificiales
(epíclesis de consagración) y para que los fieles comulguen con
fruto en el cuerpo y sangre de Cristo (epíclesis de comunión).
Pero conviene recordar que en todo sacramento o acción litúrgica,
en cuanto acontecimientos de culto de la nueva economía en
espíritu y verdad, siempre está presente el Espíritu Santo
y actúa en su pleni709
tud: por parte
suya siempre se dona ex toto; quien limita la efusión son los sujetos
que celebran las acciones litúrgicas. El está presente en el
bautismo de agua y del Espíritu Santo (cf Mt 3,12; Me 1,8; Le 3,16; Jn
1,33; 3,1-10) como principio de la novedad de vida en Cristo, unigénito
del Padre. Actúa en la confirmación, donde se comunica nuevamente
(cf He 8,14-17; 19,6) para que el confirmado pueda oponer el menor obstáculo
posible a sus ulteriores venidas y presencias; por tanto, es don de la
dilatabilidad y disponibilidad incondicionada a la acción del
Espíritu, que en toda eucaristía realiza la plenitud del
don31.
Es siempre el
Espíritu el que, otorgado para la remisión de los pecados (cf Jn
20,22-23) se da en la celebración del sacramento de la penitencia como
principio de reconciliación y de renovación". Es
él quien en la unción de los enfermos une a Cristo en la cruz con
quien se halla en estado de precariedad física (enfermo, anciano,
moribundo) para que puedan alcanzarse los fines del sacramento". Mientras
que es de todos sobradamente conocida la presencia y la acción del
Espíritu Santo en las ordenaciones sagradas, es necesario prestar
atención a cuanto resulta de las investigaciones concernientes al
sacramento del matrimonio ". Este sacramento es celebración de la
obra del Espíritu Santo y del permanente amor que los esposos se
dan recíprocamente como eco del Amor Persona divina.
De modo
semejante, los otros acontecimientos sagrados que, aun no siendo sacramentos,
son no obstante acciones litúrgicas", son vivificados por el
Espíritu Santo. El realiza la unidad de la iglesia orante. No se
puede hacer oración cristiana sin la acción del Espíritu
Espíritu
Santo
Santo. Su función
es inseparable de la función mediadora del Hijo en la liturgia, unida a
la de los fieles, que están unidos a Cristo porque han recibido el
Espíritu Santo.
El
análisis de cada uno de los acontecimientos litúrgicos
podría poner de relieve ulteriores aspectos de la acción y de la
presencia del Espíritu. Para no extendernos más, creemos oportuno
presentar aquí una especie de enrejado metodológico, como
ayuda para profundizar personalmente el tema.
IV. La
dimensión pneumatológica del lenguaje litúrgico
El lenguaje
litúrgico (gestos, actitudes, expresiones verbales, uso de
ceremonias típicas, etc.) es fundamentalmente un lenguaje pneumatológico.
En realidad,
sólo en el Espíritu Santo podemos decir "Señor
Jesús" (cf 1 Cor 12,3); sólo el Espíritu suscita en
nosotros y logra desencadenar el "Abba, Padre" (cf Rom
8,15.26-27; Gal 4,6). En otros términos: el lenguaje
litúrgico, globalmente considerado, viene asumido como
mediación de la acción del Espíritu, que nos ayuda a
celebrar a Cristo en sus misterios para pronunciar con él el dulce
nombre del Padre y para entrar en relación de hijos adoptivos con el
Padre. Por tanto, cuanto queremos recordar aquí debería ayudar a
todo fiel a proyectarse más allá del ropaje literario y del
lenguaje de gestos
o ritual de la
liturgia para vivir provechosamente lo que se celebra y tiene valor por
razón de la sintonía vital con el Espíritu Santo.
1. MIRADA GENERAL
SOBRE I.A TEMÁTICA PNEUMATOLÓGICA. Mientras la /
eucología en la celebración pide el don del Espíritu, la /
cele
Espíritu
Santo
bración
misma es el locus por excelencia donde viene dado el Espíritu
Santo. Valdría la pena citar aquí un conjunto de oraciones o las
mismas fórmulas esenciales para la administración de los
sacramentos según los nuevos Ordines o Rituales posconciliares (cf
la fórmula de la confirmación, de la unción de los
enfermos, del sacramento de la penitencia) para ver en ellas las acentuaciones
pneumatológicas. Tanto es así, que
De todos modos,
los que estudian la presencia y la acción del Espíritu Santo
en la liturgia suelen poner de relieve la acción del Espíritu
en las epíclesis sacramentales, y mencionan la epíclesis
consagratoria de la ordenación del obispo, de los
presbíteros y de los diáconos y las de los ritos de la
iniciación cristiana (bautismo, con la cuestión de las unciones
prebautismales y posbautismales; confirmación, con las discusiones sobre
la diversidad del don del Espíritu respecto al bautismo;
eucaristía, con la epíclesis —una o doble,
según las diversas tradiciones litúrgicas orientales y de su
influjo en Occidente, para la
transubstanciación—
y la invocación del Espíritu Santo sobre la asamblea). Los
especialistas de la historia de la liturgia reclaman además la
atención sobre las referencias al Espíritu Santo contenidas en
las oraciones litúrgicas, especialmente en las profesiones de fe,
en las doxologías y, en general, en las conclusiones de las oraciones
(in unitate Spiritus Sancti; qui cum Patre et Spiritu Sancto vivis, etc.), para
detenerse, finalmente, en las
710
oraciones
dirigidas directamente al Espíritu Santo: éstas son más
frecuentes en el Oriente litúrgico y menos en Occidente, aunque también
aquí tengamos ejemplos preclaros, especialmente en la liturgia
hispano-visigótica y en la misma himnodia romana (Nunc Sánete,
nobis, Spiritus).
Se puede, pues,
afirmar en general: de un estudio atento resulta que se debe pasar de la
eucologio pneumatófora (es decir, portadora del Espíritu
Santo, porque invoca su presencia y acción) a la comprensión
de la celebración como pneumatocéntrica, e incluso de toda
la liturgia como teniendo su quicio y su vitalidad en la presencia y en la
acción del Espíritu Santo. Por eso creemos útil ahora
pasar al análisis del lenguaje litúrgico, que es pneumatológico
en sus expresiones verbales, en ciertos gestos típicos y en el uso
de ciertas realidades mediante el silencio.
2. EXPRESIONES
VERBALES PNEUMATOLÓGICAS. Se pueden distinguir en dos grupos:
las genéricamente pneumatológicas, y las más
propiamente epicléticas (epíkaleó = invoco sobre).
Este segundo grupo comprende las expresiones modeladas sobre la
epíclesis propiamente dicha, que es la eucarística, en su
doble forma de epíclesis sobre la oblata (sobre las ofrendas) y de
epíclesis sobre la asamblea "Spiritu Sancto congregata"36. La
doble epíclesis eucarística sirve también como paradigma
para comprender las otras formas de epíclesis. Se pueden citar, no
obstante, términos pneumatológicos (verbos, con sus derivados
sustantivos y adjetivos) como: infundir, enviar, santificar,
consagrar,
recibir, asumir, llenar, cumplir, completar, perseverar, regir, confirmar,
encender, brillar, etc. Obviamente, una parte de los 711
verbos (y
derivados) indica la acción del Espíritu y otra su presencia.
Esta se encuentra ligada particularmente a los sustantivos. Sólo a
modo de ejemplo recordamos algunos: don, amor, devoción,
efusión, llama, fuego, calor, fulgor, consejo, candad, consuelo,
fortaleza, alegría, gozo, iluminación, luz, dedo de Dios,
entendimiento, ciencia, sabiduría, potencia, virtud, plenitud,
rocío, espiración, corona, unción, sal de la
sabiduría, etc. Un atento análisis de las expresiones verbales
nos llevaría a comprender la realidad litúrgica como
acción del Paráclito dirigida a hacer de la acción
litúrgica, en la vida de la iglesia, el signo privilegiado de la
presencia del Cristo pascual y el fundamento del obrar apostólico de los
miembros del pueblo de Dios ".
3. GESTOS. En las
diversas tradiciones litúrgicas existen tantos gestos
pneumatológicos en general como gestos típicamente
epicléticos. Recordamos sólo los más significativos,
apelando a un principio derivado del comparativismo ^ litúrgico
'". Un gesto litúrgico es legible y comprensible no tanto si
lo consideramos en sí mismo y aisladamente, sino más bien
confrontándolo e ilustrándolo con cuanto proviene de la
hermenéutica litúrgica. Con este principio sería
más fácil hallar e intuir gestos-ritos, que forman parte del
lenguaje pneumatológico, referentes a:
• la mano:
imposición de las manos; elevación de las manos, que es una
variante de la imposición3'; con la respectiva figura metafórica
de la mano de Dios (la derecha) *° y del dedo de Dios"; hasta la transposición
conceptual de la mano de Dios introducida en las manos del ministro,
testimoniada en la eucología4Z;
Espíritu
Santo
spirare: la insufflatio sobre personas o
cosas; la halitatio sobre personas o cosas (para estos gestos —así
como para los otros— la inspiración es eminentemente bíblica:
cf Jn 3,8: "Spiritus ubi vult spirat"; Jn 20,21: "Haec cum dixisset,
insufflavit et dixit eis: Accipite Spiritum Sanctum")43; como también
las indicaciones colaterales eucológicas al viento de pentecostés
(cf He 2,1-3);
la actitud del
cuerpo (en general): la postración completa (en las ordenaciones;
consagraciones de las vírgenes; el viernes santo, etc.) correspondiente
a la proskynesis bizantina •"; la genuflexión45; estar
en pie con los brazos en cruz y las manos elevadas, etc. Nótese que
también otros gestos-ritos, que se podrían estudiar en sus
detalles y en sus variantes de diverso género, remiten (en mayor o menor
medida) a alguna cosa del Antiguo y Nuevo Testamento; están llenos
de semantemas pertenecientes a la historia de la salvación.
El lenguaje
litúrgico, aunque forjado sobre el hombre, imita no obstante el lenguaje
bíblico. Esto significa que el lenguaje litúrgico debe ser
leído y es legible sólo después de una previa
iniciación a
4. Uso DE
REALIDADES TÍPICAS. Además de la lengua y de los gestos de
naturaleza pneumatológico-epiclética, existe también
la gama del uso de realidades típicas que en el lenguaje bíblico-litúrgico
y litúrgico-comparativo indican infusión del
Espíritu, presencia del Espíritu, acción del
Espíritu. Recordamos sólo el uso de las siguientes:
Espíritu
Santo
•
óleo (de oliva o en todo casis
vegetal)
de los catecúmenos; parir
los
enfermos; sacro crisma46; ólee
usado
sólo o mezclado con aromas,
is,
c:todos son
pneumatolóo bien derramado en el agua47, etc.:
referenciasógicas;
aj
• perfume:
balsámico unido al
^n
óleo; el
uso del perfume (aspersión con perfume) entre los bizantinos,
'
por ejemplo
durante la "santa y
^
gran
semana"; el incienso, etc. Son
•>,
referencias al
"bonus odor Christi"
J
(cf 2 Cor 2,15)
que debe ser cada cristiano ungido por el Espíritu;
• sal:
usada sola (cf Mt 5,13; Me
lc
9,49; Col 4,6
vulgata) o unida
![]()
![]()
u
agua, etc.: es
referencia al Espíritu,.
a
el cual, como
sabiduría, da gusto a las realidades, conserva y preserv'
de
la corrupción;
[a
anillo: para la virgen, para la esposa,
para el obispo;
corona: para los esposos, para las
vírgenes48; • velo: para las vírgenes (no s
olvide
la obumbratio del Espírit
sobre
María, prototipo de la virgiinidad consagrada: cf Le 1,35.
Véas
en
clave pneumatológica tambié
Me
9,7 y Mt 17,5);
agua caliente: derramada a(= zeon) en la
especie eucarística adel vino transubstanciado entre los
sbizantinos"'.
j
Para el hombre de
hoy y para
j
la / pastoral
litúrgica, que buscan / signos y símbolos con que leer
rrealidades más profundas e imprimirlas en la existencia de los
fieles,
'
no será
tal vez inútil el presentar
.
en los justos
modos también estos signos-símbolos que, aunque antiguos, se
demuestran aún como los más apropiados para indicar la presencia-acción
del Pneuma sagrado.
5. EL/SILENCIO.
El silencio en la liturgia no es una ceremonia; es
712
más bien
suspensión de todo gesto, palabra o rito. No es una pausa en el curso de
la celebración, sino un entrar en el corazón de la misma, Es un
momento cumbre, que indica al Espíritu Santo: su presencia y su
acción, que lleva a la contemplación.
El silencio
litúrgico es una invitación a estar disponibles a la
acción del Espíritu. El Espíritu habla en el silencio;
para oírlo, sentirlo, gustarlo, es preciso hacer silencio.
Llenarse de
silencio es llenarse de Espíritu. El silencio de adoración y de
contemplación es la mejor apertura para acoger la palabra del
Maestro, es la primera grada para llegar a vivir de Dios: después del
anuncio de la palabra de Dios, el silencio es el camino a la interiorización
y a la adaptación de ella a nosotros y de nosotros a ella. El silencio
ayuda a percibir el soplo del Espíritu: en el silencio él nos
hace intuir tantas cosas y puede satisfacer las necesidades de cada fiel
alimentando la búsqueda y la
reflexión
sobre lo que nos conviene para configurarnos con Cristo. El silencio, después
de haber recibido el cuerpo y la sangre de Cristo, es un espacio de tiempo
reservado a la presencia y acción del Pneuma sagrado, que nos
asocia a Cristo y a la iglesia y nos hace partícipes del modo más
pleno del misterio pas
cual. El silencio
litúrgico pretende fomentar la unión del fiel con Cristo liturgo:
acción ésta propia del Espíritu. Donde más profundo
es el misterio, más grande el silenció y obra mayormente el
Espíritu Santo5».
V. Observaciones
teológico-litúrgicas
La santa iglesia
tiene conciencia de que el Espíritu Santo no sólo es 713
el alma de la
reforma litúrgica y de todo el movimiento litúrgico ", sino
especialmente de la renovación litúrgica. La iglesia va
profundizando cada vez más la verdad de que el Espíritu
Santo, que es el alma de ella misma, cuerpo de Cristo ", es también
alma de la acción litúrgica y de toda la liturgia. Desde este
punto de vista y después de cuanto hemos indicado más arriba,
presentamos algunas conclusiones teológico-litúrgicas,
distinguiéndolas en dos grupos:
1. OBSERVACIONES
DE TIPO METODOLÓGICO, a) Ante todo se debe aceptar que, si se
aplican líneas metodológicas apropiadas al depósito
de las tradiciones litúrgicas, emerge de éstas una vasta gama,
una notable multiplicidad poliédrica expresiva, que muestra cuan
acentuada es la presencia pneumatológica en las fuentes
litúrgicas. Esto vale tanto para el Oriente como para el Occidente
litúrgicos, de ayer y de hoy.
b) Es cierto que
en el despertar
o
renovación carismática de hoy ", el estudio del dato
pneumatológico, presente desde siempre en la liturgia y repuesto en
el honor debido, podrá constituir una plataforma de prueba de la
ortodoxia y una mesa de rectificación y de confrontación para
cada movimiento, además de ser fuente y cumbre a que todo fermento de
carismaticismo, presente desde siempre y hoy más acentuado en la
catolicidad, debería tender y del cual debería promanar.
c) En el campo de
la investigación y del estudio personal, así como en el de
la meditación, el ámbito Espíritu Santo y liturgia debe
ser potenciado para bien de la espiritualidad cristiana, que es una /
espiritualidad litúrgico-sacramental. El cuerpo de Cristo, la
iglesia,
Espíritu
Santo
es un cuerpo
organizado, vivo, sacrificial, eucarístico, eucológico, en virtud
de las epíclesis del Espíritu. En la celebración
litúrgica, la asamblea llega a ser lo que recibe y lo que anuncia; en
otros términos: el misterio proclamado y profesado (exomologhía)
para la vida del cristiano, que es vida de alabanza (euloghía), se hace acción
de gracias (eucharistía) y es celebrado por la acción del
Espíritu. Metodológicamente esto debe ser aceptado por los
agentes de la pastoral litúrgica.
2. OBSERVACIONES
RELATIVAS AL CONTENIDO. El recurrir a metodologías apropiadas para
estudiar el dato pneumatológico de la y en la liturgia no debe
convertirse en una simple demostración de erudición, sino que
debe traducirse, a nivel operativo, en el esfuerzo de crear espacio y
disponibilidad en las personas de los fieles a la acción del
Espíritu Santo. Se puede, pues, comprender cuanto sigue:
a) Si es verdad
que "Spiritus ubi vult spirat" (cf Jn 3,8), no cabe duda de que el
Espíritu "quiere soplar" donde se celebra una acción
litúrgica. En la historia de la salvación la presencia del
Espíritu se realiza por la actuación del misterio que es
Cristo-iglesia. Ahora bien, en la acción litúrgica, en la que se
realiza la re-actualización sacramental del misterio, que es Cristo
con sus misterios, está el Espíritu. En efecto, toda
auténtica acción litúrgica es epíclesis del
Espíritu, epifanía del Espíritu, sacramento del
Espíritu.
b) Por otra
parte, la presencia y la acción del Espíritu Santo en la historia
de la salvación tienen la finalidad de asimilar toda la humanidad a
la unidad Cristo-iglesia. Ahora bien, si es cierto que, in via, la
máxima actuación y asimilación
Espíritu
Santo
al misterio se
celebra y se realiza en la eucaristía, se debe concluir que toda
presencia del Espíritu está orientada a la eucaristía.
Para la teología, para el ecumenismo, para la espiritualidad
litúrgica, la importancia de esta conclusión es evidente.
c)
Añádase que la presencia y la acción del Espíritu
no la hallamos en la acción litúrgico-sacramental: existen soplos
del Espíritu que se pueden decir extra-sacramentales. Pero, puesto que
la presencia y la acción del Espíritu en la historia de la
salvación están destinadas a la asimilación a
Cristo-iglesia, y puesto que toda asimilación y configuración
a Cristo-iglesia, in vía, suce
de por medio de
las acciones litúrgico-sacramentales y en relación con
ellas, se puede afirmar que toda epíclesis del Espíritu, incluso
la epíclesis extra-sacramental, posee, al menos implícitamente,
un dinamismo litúrgico-sacramental. En síntesis: toda
acción y presencia del Espíritu, incluida la extra-sacramental,
estando destinada a la asimilación y configuración con Cristo-iglesia,
está orientada, al menos
de una forma
implícita, a la eucaristía 54.
VI. Perspectivas
de la espiritualidad litúrgica de la pastoral sacramental
Liturgia y
Espíritu Santo: este binomio indivisible abarca toda la vida del fiel;
es realmente la base de la espiritualidad litúrgica, y en torno a
él se mueve la pastoral sacramental.
J - L A
ESPIRITUALIDAD LITÚRGICA, tsta se basa en la acción y
presencia del Espíritu Santo en la acción litúrgica, y por
consiguiente
714
en la realidad
litúrgica: misterioacción-vida.
a) Para todo fiel
la presencia del Espíritu comporta el triple efecto de
santificación, de consagración y de culto, justamente por
razón de su finalidad íntima a asimilar en la unidad a Cristoiglesia.
No hay quien no vea cómo toda acción litúrgica goza de
esta triple eficacia. Esto equivale a afirmar que las repetidas
epíclesis del Espíritu celebradas en la liturgia hacen de ella un
perpetuo Pentecostés a través del tiempo y del espacio
con todos sus
efectos. Y como el acontecimiento de pentecostés fue el comienzo de la
historia de la salvación actuada en la iglesia, la inauguración
de la parusía y el anticipo del reino definitivo, así la liturgia
como signum efficax Spiritus teje la vida de la iglesia (de cada fiel en
la iglesia y de cada hombre orientado implícitamente a ella), a
fin de que la
iglesia misma pueda desarrollar una historia, fomenta e incrementa la
parusía para que Cristo esté con nosotros y anticipa el reino en
cuanto que lo edifica con la fuerza del Espíritu vivificante.
b) Se comprende,
por tanto, la importancia del Espíritu Santo para la espiritualidad del
fiel: en la acción litúrgica, el Espíritu Santo es el que
hace la palabra de Dios viva y eficaz en cada participante (cf Heb 4,12). La
palabra proclamada en ella no sería acogida por los fieles sin la
acción del Pneuma sagrado: él es la acogida de la
palabra en los
fieles. Es el Espíritu Santo el que, comunicado en la comunidad al
individuo, lo acompaña en unidad y comunidad con toda la iglesia.
El es la creación del pueblo de Dios como nueva creación en
Cristo, como pueblo del culto perpetuo
715
tributado al
Padre en espíritu y en
verdad, como
templo vivo, real, lu
gar por
excelencia del único culto,
del culto que
recapitula cualquier
expresión
de gloria, de gracias
y de alabanza a
Es el
Espíritu presente y operante
el que constituye
el principio vivifi
cante de la
acción litúrgica, de
modo que la
liturgia celebrada en la
tierra pertenezca
ya al orden de las
realidades
celestes.
c) Se puede
entonces recordar que la espiritualidad litúrgica está
caracterizada por la objetividad a causa del Espíritu Santo. Ella debe
hacer ver e inculcar a los fieles que la liturgia es simultáneamente pro
fesión de
fe en la epíclesis del Espíritu y epíclesis vivida en la
existencia del fiel y celebrada en la acción litúrgica; donde se
renueva la memoria de los acontecimientos salvíficos y la iglesia se
ofrece con Cristo al Padre por el Espíritu Santo, la presencia del
Espíritu es incesante, para que el memorial sea vital y se haga
realidad, y para que la participación sea fructuosa y rica.
2.
a) Se
podría así, con una definición descriptiva, afirmar
que la pastoral litúrgico-sacramental es el arte de crear en los fieles
(el catecúmeno es también un fiel in fieri) los presupuestos
para recibir las mociones del Espíritu y para conservar la
tendencia hacia el Espíritu, que realiza progresivamente el encuentro
del fiel en Cristo-iglesia, y por tanto el encuentro del pueblo de
Kspíritu
Santo
Dios con las
personas divinas. Objeto de la pastoral no es un grupo de hombres que
reacciona sólo o sobre todo obedeciendo a leyes de psicología y
de sociología religiosas
o de
interacción de grupo, sino personas que primariamente son movidas,
animadas y vivificadas por la ley del Espíritu. El pastor debe, por
tanto, ser instrumento dócil del Pneuma sagrado. Por eso debe ser
experto en las cosas divinas, además de las humanas; más
aún, su experiencia en estas últimas debe ser óptima para
poder ser más experto en las cosas divinas.
b) El
ámbito de la pastoral litúrgico-sacramental,
extendiéndose desde el antes celebrativo al durante celebrativo
para continuar luego en el después celebrativo, se entreteje con la
catequesis litúrgicosacramental " y con la dirección
espiritual modulada especialmente sobre las líneas de la espiritualidad
litúrgica56. La pastoral deberá hacerse abierta para
suscitar el sentido de pertenencia al cuerpo místico de la iglesia,
cuya alma es el Espíritu Santo; deberá asimismo educar
para obrar y
sentir "cum ecclesia",
que equivale a
entrar en sim-patía (en el sentido etimológico del término)
con el Espíritu Sai to. La pastoral litúrgico-sacramental-
deberá estar, por consiguiente, impregnada de espíritu de
iniciativa, espíritu orientado a llevar al encuentro personal in
ecclesia con las divinas Personas.
c) Se debe decir
que la pastoral litúrgica, siendo un arte en sintonía y en
sinergia con la presencia y la acción del Espíritu Santo para
llegar a suscitar, fomentar y perpetuar en las personas la
sim-patía con el Espíritu Santo, goza de la prerrogativa de la
objetividad. Educará para superar toda emoción sensacional, todo
pietismo espiri
Espíritu
Santo
tual, todo
sentimentalismo, todo tipo de desviación de la vida del espíritu
en vistas de la meta que se puede sintetizar así: formar "personalidades
litúrgicas" ".
De este modo la
pastoral litúrgica enseñará a comprender que en la
liturgia todo gesto es una proclamación; toda palabra, un anuncio;
toda celebración, un acontecimiento salvífico; toda persona,
una custodia visible de la invisible presencia y acción del
Espíritu Santo.
NOTAS: ' Es lo
que afirma para la eucaristía en el Missaie Romanum de san Pió V
la secreta de
especialmente
564-576 para lo que concierne a la centralización de las explicaciones
teológico-litúrgicas de los padres en el concepto-realidad
mysterion-mysterium-sacramenlum, es decir, en el plano
histórico-salvifico realizado en la liturgia — 3 Es de sobra
sabido que a los elementos para una definición de liturgia presentados
por la constitución Sacrosanctum Concilium hay que añadir los
pneumatológicos, a los que hace referencia el mismo Vat. II, por
ejemplo en AA 3; LG 11, 50; PO 5 — 4 En general, se contrapone el
Occidente litúrgico al Oriente litúrgico, sosteniendo
comúnmente a este último (¿siempre con fundamento?),
más sensible al tema del Espíritu Santo. En cualquier caso,
desde un punto de vista objetivo se debe admitir que comúnmente los
orientales encontrarán la fuente del gran defecto pneumatológico
de los occidentales en el hecho de que la liturgia occidental ha
concentrado su interés en la persona de Cristo (— cristomonismo),
por lo cual en las fuentes
716
occidentales
faltaría una equilibrada compenetración entre
cristología y dinamismo trinitario. La otra cuestión
acentuada en Occidente, la pelagiana, habría causado un desequilibrio en
la antropología teológica, en perjuicio —un nuevo
título— de la pneumatologización del pensamiento
occidental. Véase Y.M.-U. Congar,
La pneumatologie
dans la théologie catholique, en Revue des sciences philosophiques
et théologiques 51 (1967) 250-258; Pneumatologie ou
"christomonisme" dans la tradition latine, en ETL 45 (1969) 394-416
— 5 Ver las recensiones bibl. de Bertetto, Francisco, Rinaudo, citadas en
bibl. — 6 El mejor y más completo es el de S. Rinaudo, La liturgia
epifanía dello Spirito. Iniziazione all'esperianza dello Spirito
santo nella celebrazione del mislero cristiano, LDC, Turín 1980 —
7 Nos referimos especialmente a los artículos de diccionarios; E.
Kásemann-M.A. Schmidt-R. Prenter-W. Wieland-H. Ringgrenn-A. Schimmel,
Hl. Geist, en RGG IIJ, 1272-1301; H. Kleinknecht-F. Baumgártel-W.
Bieder-E. Sjóberg-E. Schweizer, Pneuma, en GLNT X, 767-1107; J.
Guillet-J. Gribomont-P. Smulders-F. Vanderbroucke-S. Tromp-J.L. Witte, Esprit
Saint, en DSAM IV, 1246-1333;
K. Koch-W.
Marxen, Hl. Geist, en Evangelisches Kirchenlexifcon II2, 64-69; V. Kamp-J.
Schmid-F. Mussner, Pneuma, en LTK VIII, 568-576; T. Federici, Spirito santo, en
Dizionario del Concilio Ecuménico Vat. II, UNEDI, Roma 1969, coll.
1867-1886; A. Milano, Spirito santo, en NDT, 1533-1558 — 8 Para esto ver
M.J. Le Guillou, Esprit-Saint, en Catholicisme IV, coll. 494-497; A. Pedrini,
Lo Spirito santo nei padri della chiesa. Rassegna di testi e commento, OR, Milano
1975; VV.AA., Lo Spirito santo, en La teología dei padri II,
Cittá Nuova, Roma 1974, 306-329, y también F. Cabrol,
Epiclése, en DACL V, I, coll. 148-156 — 9 Muchos datos al respecto
los refiere S. Rinaudo, o.c, passim, y A. Pedrini, o.c, 46-103 — l0 Ver,
para un juicio positivo y negativo a propósito de experiencias
"carismáticas" en la iglesia católica, A. Favale, I
gruppí del rinnovamento nello Spirito, en Id (por), Movimenti ecclesiali
contemporanei. Dimensioni storiche teologico-spirituali ed apostoliche. Las,
Roma 19822, 268-326 — " La liturgia no es primariamente catcquesis,
pero educa y enseña. Cf A.M. Tríacca,
La liturgia educa
alia liturgia? Riflessioni fenomenico-psicologiche sul dato litúrgico
globalmente considéralo, en RL 58 (1971) 261275; "Fides
magistra omnium credentium". Pédagogie liturgique: pédagogie
"de la foi" ou "par la foi"?, en A.M. Triacca-A. Pistoia
(por), La ¡iturgie expression de foi, Ed. Liturgiche, Roma 1979, 265-310
— l2 Cit. de C. Andronikof, // senso delle feste, AVE, Roma 1973, 9
— "Y a el conocido benedictino A. Vonier
717
(The Spirit and
the Bride, Londres 1935) usaba expresiones similares aplicándolas a la
iglesia (If She is not a sign of the Paraclete, She is nothing!: 33) y al
estudio de los sacramentos (The Theology of the Sacraments and the Theology of
the Holy Ghost are inseparable: 215) — l4 Cf Casel, Art und Sinne der
altesten christlichen Osterfeier, en JLW 14 (1934) [i.e. 1938] 1-78 —
" Cf san Ireneo, La dotlrina apostólica 5 (Patrología
orienlalis 22,663); "El Espíritu manifiesta, pues, al Verbo...;
pero el Verbo comunica el Espíritu"; san Bernardo, Episl. 107,9 (PL
Espíritu
Santo
et saecula. Ipsi
gloria et imperium per universa aeternitatis saecula. Amen" — 2S Ver
san Basilio, Sullo Spirito santo (PG 32.153B; SC 17,197) — 26 Consultar
las aportaciones en J. Juglar, Le sacrifice de louange, Cerf, París
19582, y en Bryan D. Spinks (por), The Sacrifice of Praise. Studies... in
Honour of Arthur Hubert Couralin, Ed. Liturgiche, Roma 1981; O. Casel, //
mistero del culto cristiano, trad. it.. Borla, Turín 1966 — 2? Son
clásicos los tratados de O. Casel, Oblatio rationalis, .en Tübinger
theologische Quartalschrift 99 (1917-19) 429-439; Die logiké
ihysía der antiken Mysíik in christlich¡iturgischer
Umdeutung, en JLW i (1924) 3747; Ch. Mohrmann,
Rationabilis-logikós, en Revue Inlern. des droits de l'antiquité
5 (1950) 225-234; C. Bourgin, Le sang du Christ et le cuite spirituel, en AS 34
(1963) 26-53 — 21 Síntesis óptima la de S. Marsili, Dal
tempio lócale al tempio spirituale, en VV.AA., // tempio. Atti della
XVIII settimana litúrgica nazionale a Monreale, CAL, Roma 1968, 5163;
Y.M.J. Congar, // mistero del tempio, trad. it., Borla, Turín 1963
— 2* Cf Messale Romano, Preghiera eucaristica III — 30 Cf J.A.
Jungmann, Beitráge zur Geschichle der Gebetsliturgie, en ZKT 72
(1950)
A. Pedrini,
L'epiclesi nell'eucologia minore del Missaie Romanum, en EL 90 (1976) 329-351;
L'epiclesi nelle anafore e nell'eucologia minore del Missaie Romano, en Rivista
del Clero Italiano 57 (1976) 657-666 — 32 Recuérdese el principio
anunciado en la oración sobre la s ofrendas de la misa del sábado
antes de Pentecostés (mañana): "Que la venida del
Espíritu Santo nos prepare, Señor..., porque él es el
perdón de todos los pecados", expresión que proviene del
Ordo Romanus XVII y del Missaie Romaricense (Marténe, I, 328).
Véase
A. Pedrini, Lo
Spirito santo e il "Rito della Penitenza". en Amb 51 (1975) 335-345
" Cf
A.M. Triacca, Gli
"effetti" dell'Unzione degh infermi. 11 contributo del nuovo
"Ordo Unctionis Infirmorum" ad un problema di teología
sacramentaría, en Sal 38 (1976) 3-41; A. Pedrini, // dato
pneumatológico e la dimensio
Espíritu
Santo
ne epicletica del
nuovo rito dell'unzione degli infermi, en EL 89 (1975) 345-368; E.J. Lengeling,
"Per istam sanctam unctionem... adiuvel te Dominus gratia Spiritus
sancti". Der heilige Geist und die Krankensalbung, en Lex orandi Lex
credendi. Miscellanea in onore di P. Cipriano Vagaggini, Anselmiana, Roma 1980,
235-294 — 34 Cf A.M. Triacca, "Celebrare" il matrimonio
cristiano. Suo significato teo¡ogico-liturgico
(Anamnesis-Méthexis-Epiclesis), en EL 93 (1979), 407-456, especialmente
442-454 — " Piénsese, por ejemplo, en la liturgia de las
horas, para lo cual puede verse con provecho A. Cuva, La liturgia delle ore.
Note teologiche e spirituali, Ed. Liturgiche, Roma 1975, 44-49 (Liturgia
delle ore e Spirito santo), o en la consagración de las vírgenes,
para lo cual ver A.M. Triacca, Significato teologico-liturgico della
"consacrazione cristiana" della verginitá
(AnámnesisEpiclesis-Méthexis), en EL 96 (1982) 154-183,
especialmente 164-173 — " La expresión viene de la collecta
de la feria quarta post
dominicam VII
paschae (en el nuevo Missale Romanum) — " Cf A.M. Denis, La fonction
apostolique et la liturgie nouvelle en Espril, en ftevue de Sciences
philosophiques et théotogiques 41 (1958) 401-436 — »8
Cf A. Baumstark, Liturgie comparée. Principes et méthodes pour l
elude hisiorique des liturgies chrétiennes, Ed. de Chevetogne, 19533
— 3» Cf V,E. Fiala,
Limposition des
mains comme signe de la communication de l'Esprit dans la liturgie, en
A.M. Triacca-A.
Pistoia (por), Le Saint-Espril <*ans la liturgie, Ed. Liturgiche, Roma 1977,
87-103 — *> Cf, por ejemplo, en el Missale Romanum la collecta,
sábado post ciñeres:
— atque ad
protegendum nos dexteram tuae maiestatis extende" -" Cf, por ejemplo,
el mmno Veni, creator: "dexterae Dei tu digitus", que se inspira en
Le 11,20 -« Ya aludida en
' fcucologio o
Sacramentario de Serapión de
•nmuis en
misencordia™m.
et ía
extende manum tuam
Ut curent r
Did
"?'u omnes aegroti..."
(cf aascalta et Constituliones Apostolomm, por
Paderb°nae
ción '
1905, 167), la trasposi
^ onceP ,ua
enco' de la mano
de Dios la
en los
eien,^1.
sacraméntanos (por n I33,°\?n f dónense, por L.C. Mohlberg, t
ua m ' -.'deoque petimus sanctam gloriam
\ Sl t absconsa
aquarn rnanus tua
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Pontifical
véase G M
'° es medievales;
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Ausc¡rucksformen der lateinis
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Ve°eS de
momentos d
y a veces dre
silencio,
entJomulas
alta v nr epicléticas pronunciadas
"z por el que preside, y/o de imposi
718
ción de
las manos — ,s Cf A. Renoux, L'office de la genuflexión dans
la tradition aerménienne, en Le Saint-Espril dans la liturgie, o.c.
(nota 39) 149-163; B. Neunheuser, Les gestes de la priere a genoux et de la
genuflexión dans les églises de rite romain, en A.M. Triacca
(por), Gestes et paroles dans les diverses familles liturgiques, Ed.
Liturgiche, Roma 1978, 153-165 — « Cf P. Jounel, La consécration
du chréme et la bénédiction des saintes huiles, en MD 112
(1972) 70:83; B. Kleinheyer, Die Weihe der heiligens Ole. Zur Feier der
Sakramente, en HD 27 (1973) 114-120 — 47 Cf E. Stommel, Studien zur
Epiklese der romischen Taufwasserweihe, Bonn 1950; Ph. Hofmeister, Die heiligen
Ole der morgen-und aberndlándischen Kirche. Eine
Kirchenrechtliche-liturgische Abhandlung,
Würzburg
1948 — 48 Para las pruebas acerca del uso del anillo y de la corona, ver
las referidas en nuestro a.c, nota 23, especialmente 156-157 — * Cf
J. Brinktrine, Über die Beziehung des eucharistischen Kelches zum Glauben
und zum Heiligen Geist, en EL 80 (1966) 21-23; A. Raes, Zeon, en LTK 10 (1965)
1352 — 50 Para las pruebas litúrgicas sobre el silencio ver
nuestro a.c, nota 23, 157-159; notas 91-96 — 51 Cf SC 43: "El celo
por promover y reformar la sagrada liturgia se considera con razón...
como el paso del Espíritu Santo por su iglesia". Esta
afirmación se inspira en el pensamiento de Pió XII,
alocución Vous Nous avez demandé, a los participantes del I
Congreso Internacional de liturgia pastoral (Asís, 18-22 sep. 1956), en
AAS 48 (1956) 711-725, y también en La liturgia (Insegnamenti pontifici,
8), Edizioni Paoline 19622, nn. 793-822: "El movimiento litúrgico
ha aparecido como un paso del Espíritu Santo por su iglesia" (n.
793) — 52 Cf
el magistral
tratado de S. Tromp, Corporis Christi anima, 3 vols., Roma 1946-1960 — 53
Cf A. Favale, o.c, nota 10 -s* Colateralmente a nuestras afirmaciones
véase J.-M.R. Tillard, Le "volum eucharistiae". L'eucharislie
dans le rencontre des chrétiens, en Miscellanea litúrgica in
onore di Sua Eminenza il Cardinale Giacomo Lercaro II, Desclée,
Roma 1967, 143-194 — 5S Para las catequesis remitimos a nuestros
estudios: Contributo per una cateche
si
liturgico-sacramentaria. In margine al nuovo "Ordo Confirmationis",
en RL 60 (1973) 611632; Elementos do novo Ritual da Uncao dos enfermos
para una accao catequético-litúrgica, en Ora et Labora 19 (1973)
374-386; Strutture e linee forza dall'analisi alia sintesi. A proposito
del "Rito dell'Iniziazione cristiana degli adulti", en RL 66 (1979)
425-436; L'«itinerario catecumenale», catechesi oriéntala
all'eucaristia, en La nuova alleanza 84 (1979) 387-396; Evangelizzazione e
catechesi per la liturgia, en
G. Concetti
(por), Evangelizzazione e catechesi
719
per la liturgia,
en G. Concetti (por), Evangelizzazione e catechesi, Massimo, Milán
1980, 339-360; Pedagogía e catechesi litúrgica nei riti del
baítesimo e della confermazione, en VV.AA., Rinnovati in Cristo e nello
Spirito. L'iniziazione cristiana, Ecuménica, Bari 1981, 133-164 —
56 Cf A.M. Triacca, Contributi per la spiritualilá
liturgico-sacramentaria, Fac. Teol. Univ. Pont. Sales., Roma 1979 — 57
Para esta terminología y la realidad que implica, ver los estudios cit.
en la nota 11.
A. M. Triacca
BIBLIOGRAFÍA:
La principal fuente de bibliografía y de estudios sobre el
Espíritu Santo (y sobre toda
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Barrett C.K., El
Espíritu Santo en la tradición sinóptica, Secret. Trinit.
Salamanca 1978; Congar Y.M.-J., El misterio del templo, Estela, Barcelona 1964;
De
2. En la liturgia
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Espíritu Santo en los textos del tiempo pascual del Misal Romano, en
VV.AA, Eulogía, Miscellanea litúrgica in onore B. Neunheuser,
Roma 1979, 31-43; Colunga A.,
Espíritu
Santo
La
epíclesis en la liturgia mozárabe, en "La
Ciencia
Tomista" 47 (1933) 145-161, 289-306;
55 (1936) 57-62,
145-168; Garrido M., El
Espíritu
Santo en las liturgias occidentales, en
"Burgense"
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don de
la cincuentena
pascual del Misal Romano,
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1977; La experiencia de la
Trinidad en la
liturgia romana restaurada, en
"Est.
Trinit." 13/2 (1979) 151-206; Trinidad y
misión en
el Misal Romano, en "Est. Trinit."
15/2 (1981)
211-288;
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permanente del Espíritu que da la vida, en
"Est.
Trinit." 17/3 (1983) 327-366; Oñatibia I.,
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y Trinidad en
Vaticano II,
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liturgia del bautismo y de la confirmación antes del concilio de Nicea,
en "Est. Trinit." 7 (1973) 3-24; Vélez de
Mendízábal A., Fiesta de
3. En la
teología y espiritualidad
Antón A.,
El Espíritu Santo y la iglesia, en "Gregorianum" 47 (1966)
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XX, BAC maior 7, Madrid 1973; Congar Y.M.-J., El Espíritu Santo, Herder,
Barcelona 1983; Leen E., El Espíritu Santo, Rialp, Madrid 1966; Martin
J.P..-H Espíritu Santo en los orígenes del Cristianismo, Pas-Verlag
(Zürich) 1971; Moltmann J.,
fuerza del
Espíritu, Sigúeme, Salamanca 1978; Mühlen H., El
Espíritu Santo en
Estilos
celebrativos 720
Iglesia de
hecho global de
la / celebración: su
"Est.
Trinit." 17/3 (1983) 367-382; Thurian
genuino
significado, sus componen
M.,
Renovación en el Espíritu, Narcea, Madrid 1979; Timiadis E., La
pneumalologia tes, su ritmo, el sujeto y las funcioortodoxa,
Desclée, Bilbao 1979; Verges S., nes que se realizan en ella, sus Imagen
del Espíritu de Jesús, Secret. Trinit.,
finalidades
específicas'. En este
Salamanca 1977;
VV.AA.,
contexto se
inserta el problema de
Tradición
prenicena, Secret. Trinit., Salaman
ca 1973; VV.AA.,
El Espíritu Santo ayer y
una diversidad (o
multiplicidad) de hoy, Secret. Trinit., Salamanca 1975; VV.AA., estilos
celebrativos.
1. EL PROBLEMA
DEL ESTILO CE-
Constantinopla y
el Espíritu Santo, Secret.
Trinit.,
Salamanca 1983.
LEBRATIVO TAL Y
COMO APARECE EN LOS LIBROS LITÚRGICOS NACIDOS DEL CONCILIO DE TRENTO. De
un examen, aunque sólo sea superficial, del rico y minucioso aparato
normativo de los libros litúrgicos publicados a continuación del
con
cilio de Trento,
contenido en el comienzo o en el cuerpo de los SUMARIO: I. Por qué y
cómo se plantea el mismos, se desprenden con claridad
problema: 1. El
problema del estilo ceiebrativo
algunos elementos
importantes con
'al y como
aparece en los libros litúrgicos nacidos del concilio de Trento; 2.
Cambios cernientes a nuestro tema. radicales producidos con la reforma del Vat.
II; 3. Qué se entiende por la expresión "estilos •
Celebrar significa ejecutar una
celebrativos"
- II. Doble fundamento teológi-prescripción, o sea, leer unos
textos co-pastoral de la diversidad de estilo ceiebrati
prescritos y
cumplir unos ritos rígi
vo: 1. La
liturgia, acción simbólica, pasa a través de formas
significativas diversas; 2. La da y detalladamente pre-constitui
liturgia,
celebración de una determinada dos que, en general, se consideran
asamblea; 3. Ámbitos concretos para un estilo
válidos
por sí mismos, independien
ceiebrativo
diversificado en las formas: a)Áreas culturales diversas, b) Dimensiones
temente de lo que les haya podido numéricas de la asamblea y
circunstancias
confiar la
genuina tradición para
adversas de
tiempo y espacio, cj Diversidad de
que lo transmitieran
y de las condi
mí 0
" " y elementos en el acto ceiebrativo ill. Otras indicaciones
de carácter general: 1. ciones que en determinada asamConocimiento
necesario de la asamblea y de su
blea permiten la
comunicación no
cultura; 2.
Respeto del espíritu, de la estructura y de las leyes de la
celebración; 3. Un estilo
sólo a
nivel intelectual (nociones), que parte del corazón sino también
a nivel interpretativo y expresivo.
• La
gestión del acto ritual se confía exclusivamente a miembros
!• Por
qué y cómo
del clero, que
deben actuar no sólo se plantea el problema con plena fidelidad a lo que
está fijado, sino también digne, atiente Uno de los datos
más significatiac elevóte. Al hacer sus rituales se vos de
la reciente reforma litúrgica, ignora o se niega del todo cualquier Por
desgracia todavía poco asimilaintervención innovadora no
previsdo y llevado a la práctica, y que por ta en el patrón
oficial; éste debe « o es uno de los objetivos fundaser
siempre idéntico a sí mismo mentales de la renovación
puesta en y realizado en todas partes de la marcha en la iglesia con la publicamisma
manera. De aquí se sigue,
721
naturalmente, un
estilo ceiebrativo uniforme y despersonalizado, que desgasta a los celebrantes,
determinando inevitablemente un modo de actuar rápido y
habitudinario, preocupado más por lo que se exige para su validez
que por la significatividad y la expresión de los diversos
ritos que se ejecutan.
• Como
consecuencia de ello, la asamblea que interviene en el rito es en general
solamente destinataria de la acción, y además casi siempre
en una actitud muda y pasiva. Efectivamente, se llama a los fieles —si
todo va bien— para que escuchen, sin comprender en la mayor parte de
los casos el significado de las palabras y los gestos. La masa asiste casi
siempre de rodillas, en una actitud de oración devota y personal;
generalmente, las respuestas y aclamaciones, aunque estén previstas
en el rito, las hace uno en nombre de todos. Las rúbricas no toman
absolutamente en consideración la presencia y la actuación
de la asamblea, y excluyen totalmente cualquier diversificación de las
modalidades celebrativas en relación con la diversidad de situaciones
locales ambientales, culturales o de fe.
Así la
celebración toma un aspecto ceremonial, áulico, pomposo y
formalista, que, como mucho, suscita una actitud de estupor, de
complacencia, de gusto estético.
2. CAMBIOS
RADICALES PRODUCIDOS CON
II. Desde este
punto de vista, la reforma inaugurada con el Vat. II ha determinado un cambio
radical, por lo menos en los principios y a nivel objetivo de pronunciamientos
oficiales, y sobre todo de indicaciones teológico-pastorales y
normativas, como aparecen sobre todo en las ricas Observaciones generales
de los nuevos libros litúrgicos.
Estilos
celebrativos
El término celebrar, en el lenguaje
y en la praxis litúrgica, indica "la acción concreta que
consiste en ejecutar un determinado rito, entendido como acto de culto de
una asamblea concreta de creyentes. El término condensa todos los componentes
del acto ritual: los que lo ejecutan, el objeto o los valores que persiguen,
las modalidades características de este actuar"2. Acto complejo,
pues, que suscita una amplia gama de problemas, exige una nueva mentalidad,
abre posibilidades nuevas y diversificadas en la actuación ritual,
precisa múltiples atenciones psicológicas y pastorales, pone
en movimiento una diversidad de agentes y, por tanto, de modalidades
celebrativas.
Con la reforma y la utilización de
los nuevos libros litúrgicos está manifestándose un
gradual cambio de régimen respecto a la situación precedente: de
uno ritualista, del que hablábamos más arriba, a otro más
abierto y sensible a la experiencia religiosa y a la comunicación
3. O sea, se están modificando los puntos de referencia para una
celebración auténtica, para su justa valoración, sobre
todo en orden a las finalidades que tiene y a los frutos que debe dar. Se pide,
especialmente a quien tiene la misión de animador, que esté
más atento a dejarse arrastrar personalmente y a arrastrar a los
miembros de la asamblea, así como al valor efectivo de los signos
más que a su puro y simple verificarse oficialmente.
Otro dato
significativo de novedad consiste en una identificación más
exacta de cada una de las funciones rituales previstas en el acto completo de
la celebración. La
Ordenación
General del Misal Romano, por ejemplo, aclara en diferentes puntos el
significado y el valor de los gestos litúrgicos: la
Estilos
celebrativos
acogida, la presidencia,
la proclamación de la palabra de Dios y el simple pronunciar las
moniciones, moverse, actuar, etc. (cf OGMR 1115; 18-19; 20; 22-23). Todas
esas funciones exigen después que se las manifieste y se las haga
sensibles de diferentes formas rituales. Así sucede que, mientras
que la función es tendencialmente fija, las formas en cambio pueden, y a
veces deben, ser diversas y diferenciadas. Así, puede haber modos y
estilos diversos para actualizar un texto; maneras diversas de cantar;
modalidades diferentes para expresar alegría, consentimiento,
compunción, etc.
• Un
ulterior aspecto novedoso lo constituye el modo de considerar las estructuras
rituales, en primer lugar el libro que se usa para la celebración. No
deben ponerse al mismo nivel las diferentes partes que lo componen, ni tampoco
tienen todas el mismo valor.
Algunos elementos
son más fijos, otros más flexibles: una rúbrica no tiene
el mismo valor que una monición, y a ésta no se la debe
situar en el mismo plano que una oración presidencial o una
fórmula sacramental. Las didascalías, por ejemplo, son
indicativas: con frecuencia será necesario repensarlas y reformularlas;
los textos eucológicos, en cambio, son más determinantes y, en
general, intocables, aunque haya la posibilidad de elegir uno u otro entre
ellos. Más aún, las fórmulas sacramentales. De aquí
se sigue que, en ciertos aspectos y dentro de determinados límites, el
libro litúrgico no es una estructura rígida y
monolítica, sino un material rico y orgánico, que hay que ordenar
y utilizar con competencia, fantasía y buen sentido, respetando de todas
formas el espíritu, las leyes intrínsecas de la
celebración, su dinamismo interno, etc.; en una palabra: de
722
maneras
diversificadas, según las situaciones.
•
Finalmente, y es quizá uno de los elementos más importantes, la
reforma litúrgica ha dejado bien claro quién es el verdadero
sujeto de la acción cultual, ensanchando el horizonte del clero y de los
ministros sagrados a toda la / asamblea en cuanto pueblo de Dios
orgánicamente estructurado, pero viviente aquí y llamado hoy
a ofrecer al Padre, por Cristo, en el Espíritu su culto en
espíritu y verdad \
La
atención a la asamblea, en cuanto sujeto del acto ritual, ha llevado
inevitablemente, como era natural y lógico, a dejar en un segundo plano
las cosas y a hacer aparecer a las personas co-agentes, con su diversidad de
carismas y funciones, en relación a la diversa cultura, al diverso grado
de pertenencia a la iglesia, al diverso modo de sentir y expresar la fe en
el único Señor. La liturgia es, efectivamente, además de
un acto de Cristo resucitado, una acción cultual y santificante
para esta y de esta comunidad, como dice la misma etimología
del término en cuestión.
3. QUÉ SE
ENTIENDE POR
723
del hombre, que
es un ser simbólico.
Dios, que es
trascendente, totalmente otro, con su revelación ha hecho
irrupción en la historia humana para realizar la alianza, o sea,
"para invitarlos y recibirlos en su compañía" y
constituir una comunidad, un pueblo que le pertenezca como especial
propiedad suya (DV 2; LG 9), lo reconozca en la verdad y le sirva
fielmente (ib). Y todo esto lo ha realizado adaptándose al hombre,
espíritu encarnado, con palabras y gestos íntimamente relacionados
(DV 2). Por eso se puede hablar de un estilo en el actuar de Dios en la
historia y de una acertada pedagogía adoptada por él en el
cumplimiento de su proyecto de salvación (cf DV A; 13) \
Frente a la
provocación y al don de Dios, el hombre está llamado a dar su
respuesta de adhesión y de acogida en la fe, para entrar en la comunidad
de su pueblo y realizar el encuentro-diálogo-comunión con
él. Y lo hace —y no podría ser de otra forma—
mediante palabras y gestos. Es la ley de las mediaciones sensibles, que
preside toda la / historia de la salvación, de la cual la liturgia es
una actuación concreta en el tiempo que va de la ascensión
hasta la vuelta del Señor6.
El misterio de la
alianza se realiza, por tanto, en una obra, en un conjunto ordenado y
orgánico de palabras, de / silencios, de / gestos,
o sea, de / ritos
y / símbolos, en los que la iglesia toma cuerpo y se hace, en el
Espíritu, una nueva humanidad; y, en ella, cada uno de los creyentes
está llamado a ser una criatura nueva, a ofrecer al Padre por medio de
Cristo en el Espíritu su culto espiritual. En esta perspectiva, la
liturgia es de alguna manera la encarnación de la alianza; ciertamente
no de manera exclusiva, pero
Estilos
celebrativos
sí de manera
insustituible y según formas propias \
De todo lo dicho
se sigue que en la liturgia el estilo no es un elemento accesorio y
secundario, sino un componente esencial e intrínseco de ella. Los
problemas que se refieren a él no son, por tanto, nuevos; siempre se han
planteado, aunque hoy adquieran aspectos nuevos por diversos motivos: ante
todo, porque se descubre nuevamente la importancia fundamental de la
dimensión interior y personal de la actuación ritual, respecto a
una afincada y constante tentación formalista de cosificar palabras y
gestos, atribuyéndoles un valor absoluto; en segundo lugar, porque
la renovación litúrgica, al abrir el camino de la /
adaptación de las formas rituales y, por tanto, de un
legítimo pluralismo, plantea problemáticas nuevas también
en orden a la diversidad de estilos celebrativos dentro de un mismo acto
cultual8.
II. Doble
fundamento teológico-pastoral de la diversidad de estilo celebrativo
La diversidad del
estilo celebrativo se asienta sobre un doble dato teológico-pastoral,
inherente a la naturaleza misma de la liturgia; o sea, en el hecho de que es
una acción simbólica, y es celebración aquí y ahora
de la pascua de Cristo por parte de una determinada asamblea de iglesia.
Es necesario
profundizar el tema para captar toda su riqueza y profundidad, y para
medir adecuadamente sus implicaciones y consecuencias pastorales.
1.
Estilos
celebrativos
gia, en cuanto
acción simbólica, es un complejo orgánico estructurado
de signos, que llevan un mensaje de salvación y están destinados
a realizarlo, obrando una transfor
mación en
el hombre, concretamente la comunión con Dios y con los hermanos;
sin embargo, esto no sucede de manera automática y casi
mágica, sino en relación con la fe, que los reconoce como
revelación del don divino y los utiliza como forma concreta y visible de
la respuesta religiosa personal y comunitaria a Dios. Ciertamente la
liturgia se refiere al / misterio, o sea, a las realidades de la fe que
están más allá de la experiencia visible; igualmente, la
actuación ritual no busca resultados puramente humanos y mundanos,
sino la llegada del reino. Las realidades de la fe, de todas formas, así
como la llegada del reino, se desvelan y se hacen presentes mediante palabras,
gestos, realidades humanas, que, sin embargo, están destinadas a remitir
más alia de lo que es visible, histórico, humano en ellos y, por
tanto, a manifestar y realizar la alianza. Son signos de Dios para el hombre.
En este sentido no son solamente signos, sino símbolos, y como tales
adquieren significado y valor último no sólo de las experiencias
humanas de las que se toman o de lo que les da el hombre que los realiza, sino
de la voluntad misma de Dios, que conocemos por la revelación, y en
última instancia por el Espíritu Santo, que habla y actúa
a través de ellos'.
De todas formas,
hay un aspecto particular, que afecta a nuestro tema, y que aquí es
necesario subrayar. La liturgia no es únicamente una
información o una enseñanza, en la que cuentan solamente los
contenidos que hay que transmitir. Es una acción simbólica, que
pasa a través de formas significativas. Si
724
las formas
cambian, el rito se modifica y el resultado de participapación-comunión
puede ser notablemente diverso. También la forma es un
mensaje. Por tanto, lo que hace a una celebración viva y llena de
significado, y por ende más eficaz, no son tanto las estructuras y los
elementos que la componen, sino el estilo, el modo de comportarse, y por
tanto las modalidades concretas con que se dicen las palabras y se ejecutan los
gestos. Efectivamente, con el mismo programa ritual se puede llegar a
celebraciones bastante diferentes. Baste un ejemplo para aclarar esta afirmación.
En la celebración eucarística, tanto occidental como
oriental, la estructura —que tiene su fundamento en la revelación
y en la genuina tradición eclesial— es única,
idéntica, y por ello intangible: se encuentran unos ritos iniciales,
una liturgia de la palabra con lecturas y cantos, la plegaria eucarística
y los gestos de la cena del Señor. Pero puede darse —y de hecho se
da— un cierto modo de adorar, de cantar, de hacer los gestos, de llevar
la acción y de hacerla visible; en definitiva, de significar el
misterio, que puede hacer una celebración diferente de la otra. Todo
esto tiene como finalidad no comprometer el sentido de la unidad, sino
enriquecerlo y valorarlo según la diversidad de las situaciones en que
se realiza el acto celebrativo.
2.
725
fisonomía
concreta, de su cultura,
de su
sensibilidad religiosa.
Esto deriva de
una afirmación
teológica,
universalmente aceptada
en principio y
que la constitución
litúrgica
y las introducciones de los
nuevos libros
litúrgicos no se can
san de repetir:
la liturgia es acción
de la iglesia (SC
26ss).
Cuando se dice
iglesia no se entiende una realidad abstracta, sino la asamblea
litúrgica celebrante, naturalmente en cuanto que es signo y
concentración de la iglesia universal. Es esta comunidad, con sus
peculiaridades humanas, culturales y religiosas, el sujeto no sólo
ejecutivo, sino también interpretativo de la acción
litúrgica. En efecto, el rito, aunque esté bien definido en su
significado y valor universal y sea sustancialmente idéntico tanto en su
estructura externa como en la lógica interna de sus componentes, debe
ser personalizado por el sujeto que lo pone en obra, o sea, por la comunidad
cultual concreta, de manera que se reconozca en él y se exprese y viva
de éll0.
Es verdad que la
liturgia está en función de la experiencia objetiva del misterio
salvífico que están llamados a hacer los creyentes en ella y con
ella; pero también está fuera de dudas que el rito, una vez
interpretado —o inculturado, si se prefiere—, se hace fuente y
elemento portador de esa experiencia por la que el misterio de Cristo,
más que afectar como desde fuera a la comunidad celebrante, se manifiesta
y se inserta desde dentro, como asumiendo la fisonomía de esa
determinada asamblea. De esta manera, esa asamblea, en vez de separarse de la
iglesia católica, adquiere la conciencia de su original
colocación en ella y de su papel específico dentro de la iglesia.
Alguien podría considerar todo esto como una temible novedad, en
Estilos
celebrativos
cuanto que
abriría el camino a una autonomía exagerada y contribuiría
a crear más confusión y división que unidad y
comunión. En cambio, de hecho, considerando las cosas con
tranquilidad, se descubre que este fenómeno, concebido y realizado
correctamente, puede ser causa de un gran enriquecimiento y una preciosa
valoración tanto de la iglesia universal como de cada una de las
iglesias locales.
En
conclusión, si los ritos se insertan vital y respetuosamente en culturas
diversas, es de esperar y de desear que la expresión litúrgica de
ese mismo misterio salga ganando y que el rostro de la iglesia resulte
más vivo, variado y auténtico.
3. ÁMBITOS
CONCRETOS PARA UN ESTILO CELEBRATIVO DIVERSIFICADO EN LAS FORMAS. Desde
esta perspectiva aparecen con más claridad los aspectos concretos y
los ámbitos en los que se puede manifestar y actuar la diversidad
de estilo.
a) Ante todo, en
relación con áreas culturales diversas. Es un corolario
lógico de todo lo que hemos dicho, y una aplicación concreta
del principio de la inculturación del mensaje cristiano [/ Adaptación,
IV], sancionado por el Vat. II y repetido constantemente por el magisterio
reciente (cf SC 37-39; GS 19; 22). Significa reconocer en los valores
socio-culturales y religiosos de las diferentes naciones, y también
de las diferentes asambleas, un signo de la palabra de Dios, y las semina
Verbi que están presentes en el mundo a causa de la creación y
encarnación pascuales. Naturalmente, deberá tratarse de valores
auténticos, no unidos a supersticiones y errores, y que puedan
armonizarse con el espíritu de la liturgia, con su estructura funda
Estilos
celebrativos
mental y sus
leyes extrínsecas; por eso exigirán una cuidadosa atención
y discernimiento.
Los sectores
más importantes en
que se puede
hacer sitio a una
legítima
diversidad pueden ser va
ríos: las
posturas del cuerpo, los
movimientos
procesionales, la for
ma y amplitud del
gesto, los mo
mentos y la
intensidad del silencio,
las dimensiones y
características del
lugar y de los
objetos destinados
a la
celebración. Así, por ejemplo,
no tiene en todas
partes el mismo
significado el
estar de pie, ni tam
poco el mismo
valor pedagógico; en
algunas culturas,
los movimientos
del cuerpo
necesitan ampliarse en
su forma
expresiva (por ejemplo,
mediante la
danza) para alcanzar
una
significatividad plena; puede
ser diverso el
modo de cantar un
texto o de
proclamarlo en ciertos
ambientes o en
determinadas situa
ciones; puede ser
diferente la mane
ra de presentar
los elementos euca
rísticos,
de ofrecer un objeto, de
intercambiarse la
paz, de adorar, de guardar silencio, etc. "
Podrían
multiplicarse los objetos. Aquí nos basta con haber llamado la
atención sobre el principio y haber abierto el campo a algunas
aplicaciones concretas.
b) La
particularidad de una asamblea celebrante —y por tanto del estilo—
está determinada no sólo por su cultura, sino también por
sus dimensiones numéricas y por otras circunstancias de tiempo y espacio.
Efectivamente, la
liturgia es siempre una acción situada: tiene un hoy y un
aquí, que se caracterizan no solamente por el acontecimiento
salvífico que se celebra en ella (por ejemplo, una solemnidad o fiesta
particular que es memorial de un acontecimiento de la historia de la
726
salvación),
sino también por condi
ciones peculiares
de orden pastoral
y
psicológico de las personas con
vocadas.
La asamblea
litúrgica no es nun
ca una
reunión casual; siempre
tiene un
porqué y un cómo que de
terminan un
cuándo y un dónde '2.
Esto es
particularmente evidente en nuestro tiempo y en la actual civilización,
marcados como están por los ritmos frenéticos impuestos por la
producción y el consumismo, así como por la usura del automatismo.
En semejante situación se hace más fuerte en el hombre la
necesidad de momentos y gestos diversos de los momentos y gestos del vivir
cotidiano. Nace así la necesidad de la / fiesta como ocasión
buscada para ganar tiempo, para vivir algo importante junto a otros en gratuidad
y con signos simbólicos ricos de valor, y también diversos en las
diversas situaciones (por ejemplo, en un matrimonio o en otro acontecimiento
significativo para el grupo social). La necesidad de una ruptura con
lo cotidiano se puede expresar también con el simple pasar de la calle
al lugar propio de la celebración, que por eso debe tener su
estructuración y su valor simbólico, y exige, en consecuencia,
modos diversos de estar juntos, de dialogar, de comportarse, etc.,
según el ambiente y el clima que se desea crear.
La historia de la
evolución de las formas cultuales demuestra, por lo demás, que en
el s. IV, cuando la pequeña comunidad doméstica de los
discípulos del Señor se hace una gran asamblea y la
celebración se traslada de la domus familiar a la más amplia
basílica romana, comienza el proceso de ritualización en la
liturgia, con inevitables consecuencias tanto en el desarrollo de la
acción como en el estilo celebrativo ".
727
c) Una tercera
serie de factores puede llevar a dar expresión y características
variadas a la celebración: ante todo, la diversidad de
funciones que se
desempeñan dentro de la asamblea; y, luego, la índole
diversa de los diferentes elementos que intervienen en el acto ritual.
La liturgia, como
se sabe, es acción de una comunidad toda ella ministerial; por tanto,
implica carismas y tareas diferentes, destinados en cualquier caso a
integrarse recíprocamente y a ser unidos y armonizados por
quien tiene el deber de la dirección o, mejor, de la presidencia.
[/ Formación litúrgica de los futuros presbíteros, IV]. Es
como una gran sinfonía de partes y de personas, que tiene su ritmo y sus
características propias, y en la que cada uno está llamado a desempeñar
la propia misión según las modalidades exigidas por el acto que
cumple y dentro de los límites de su papel (SC 28).
Algunos ejemplos,
tomados de los OGMR, nos ayudarán a aclararlo. Tómense, por
ejemplo, los ritos de introducción de la misa: forman un complejo
indudablemente un poco pesado, y aparentemente diferenciado y articulado;
el signo de la cruz es un gesto personal de valor testimonial; el saludo y la
eventual monición son una toma de contacto fundamental y decisiva con la
asamblea, que puede ser un buen punto de arranque; el acto penitencial es un
rito serio de cara a una conversión que hay que suscitar o mantener
despierta, etc. No se los puede ejecutar mecánicamente, uno tras
otro, como si tuvieran el mismo registro. En algunas circunstancias se
podrá acentuar uno u otro (por ejemplo, la monición de acogida,
el acto penitencial...); en las misas en que participan / niños
será oportuno omitir alguno, para
Estilos
celebrativos
dar una mayor
unidad y linearidad a todo el conjunto '".
Todavía
más: "La naturaleza de las intervenciones presidenciales exige que
se pronuncien claramente y en voz alta, y que todos las escuchen
atentamente" (OGMR 12); como también "en los textos que han de
pronunciar en voz alta y clara el sacerdote o sus ayudantes,
o todos, la voz
ha de responder a la índole del respectivo texto, según se trate
de lectura, oración, advertencia, aclamación'YOGW/? 18).
Tales atenciones
deben tenerse presentes también por lo que se refiere a los movimientos
y gestos rituales. Así, las características de los gestos propias
de quien preside no pueden ser las mismas que las de quien tiene un papel
subordinado y secundario en la acción; y esto vale también en
caso de que éste desempeñe accidentalmente una
función que de por sí es tarea del presidente (por ejemplo,
acoger, saludar e introducir la celebración con una didascalía a
propósito). Por eso, es necesario estar atentos para no provocar
desfases en el ritmo de la acción y malestar en los participantes.
III. Otras
indicaciones de carácter general
Para completar el
cuadro y concluir el tratamiento del tema, conviene llamar brevemente
la atención sobre algunas constantes-variantes que ayudan a hacer de la
celebración, aunque diversificada en las formas y en el estilo, una
acción siempre armoniosamente unitaria y pastoralmente eficaz.
1. CONOCIMIENTO
NECESARIO DE
Estilos
celebrativos
dades y
posibilidades de la asamblea, un conocimiento profundo de su cultura, de
sus esperanzas humanas y religiosas, de los factores ambientales,
así como también de las eventuales interferencias de tipo
psicológico que pueden facilitar, comprometer e incluso obstaculizar la
comunicación simbólica y el funcionamiento efectivo de los
signos. Esto ayudará no sólo a encontrar el estilo más
justo y apropiado, sino también a respetar el juego de las libertades
personales y evitar palabras-gestos que se pierdan entre las
nubes, que
ejerzan una forma de presión de tipo emotivo (por ejemplo,
acudiendo a la experiencia afectiva o de unión cordial) o lleven a unas
posturas demagógicas y populistas.
En este aspecto
pueden dar una notable aportación a la investigación, de
cara a una praxis litúrgica más persuasiva, las ciencias humanas
[/ Antropología; / Psicología; / Sociología]. Su
función es señalar tanto el sistema antropológico que se
vive en el rito como el sistema ritual y el proyecto cristiano que de hecho el
rito presupone y utiliza ". No es una empresa fácil para tantos
celebrantes educados y habituados a una actuación predominantemente
ritualista.
2. RESPETO DEL
ESPÍRITU, DE
el acto
celebrativo, lo apartan de la genuina tradición de la iglesia, en la
728
que están
sus raíces, y lo reducen a la categoría de un acto más o
menos individualista.
Los libros
litúrgicos renovados presentan diversas formas celebrativas y abren
amplios espacios y numerosas posibilidades de elección y de
adaptación en la expresión concreta de esas opcionesl6. Es
necesario valorar con sabiduría lo que se nos ofrece, permaneciendo
siempre dentro de los límites consentidos, evitando, por una parte,
la pereza y, por otra, toda tentación de manipulación
subjetiva, fruto sólo de una manía por las novedades.
3. UN ESTILO QUE
PARTE DEL CORAZÓN. Para lograr un estilo auténticamente
comunicativo no es suficiente una competencia técnica, tomada de las
leyes de la dinámica de grupos o de metodologías de tipo
psico-pedagógico. Se pide algo más profundo y comprometido, a
saber: encarnar en los propios gestos las dos dimensiones del misterio
litúrgico, o sea, la comunión con Dios y con los hermanos.
No es fácil encontrar el tono justo, porque es necesario evitar un
modo de celebrar despersonalizado
y
mecánicamente repetitivo, y un modo exageradamente cordial y
exhibicionista. La gestualidad más auténtica es la que viene del
corazón "; y el estilo más acertado es el de encarnar
una presencia, la del Resucitado que vive entre los suyos. Misión
nada fácil, ya que exige, por una parte, una profunda conversión
evangélica y un sincero espíritu de fe y de servicio, y, por
otra, una familiaridad con los
signos de la
liturgia adquirida en el estudio, la meditación y sobre todo en la
oración, actitudes todas ellas que no se improvisan y que nunca se
pueden sustituir con la simple competencia técnica.
729
Se pueden aplicar
a todo actor de la celebración que quiera ser auténtico
testigo del misterio los consejos que Bonhoeffer da a los lectores: "Si se
pudiera explicar, con un ejemplo profano, la situación de quien lee a
otros
Son indicaciones,
quizá todavía genéricas y sumarias, pero que, si se las
tiene presentes y se las pone en acto con espíritu de fe y con caridad
pastoral, pueden ayudar a hacer de la liturgia una acción viva para
hombres vivos.
[/
Comunicación en la eucaristía].
NOTAS: ' Cf E.
Costa jr., Celebrare oggi, en RasT 17 (1975) 448-459 — 2 Ib, 450 —
' Cf J. Gelineau, La comunicazione nell'assemblea: il segno, en W.AA., Nelle
vostre assemblee 11, Queriniana, Brescia 1975, lOlss — 4 Cf B.
Neunheuser, La liturgia della chiesa come culto del corpo di Cristo, en
Mysterion (Miscell. en los setenta años de S. Marsili), LDC,
Turín 1981, 25-48 — 5 Además: Rinnovamento della
calechesi, Ed. Pastorali Italiane, Roma 1970, nn. 15ss — 6 Cf W.AA., Anamnesis
I, Marietti 1974, 85-105 — ' J.-Y. Quellec, La lilurgie incarnation de
l'alliance, en CL 1981, nn. 1, 3-5 * Cf C. Braga, Un problema
fundaméntale di pastorale litúrgica: adattamento e incarnazione
nelle varié culture, en EL 79 (1975) 5-39 — ' Cf Rinnovamento
della calechesi, nn. 115; 175; cf también J. Gelineau, La liturgia
domani, Queriniana, Brescia 1976, 91-99 — l0 Cf A. Pistoia, Dal rapporto
"rito-assemblea" al rapporto "liturgia-chiesa", en
Mysterion 233-260 — " C. Braga, a.c, 34-39 — " Cf Batir
une célebration, en NPL cah. 151: Célébrer, 1981, 10
Eucaristía
15 — '3 Cf
E. Cattaneo, // culto cristiano in
Occidente. Note
storiche, Ed. Liturgiche,
Roma 19783, 83ss;
también B. Neunheuser,
Storia della
liturgia attraverso le epoche
culturali, Ed.
Liturgiche, Roma 1977, 41ss —
14 S. Congreg.
para el culto divino, Direttorio
per le messe
deifanciulli del 1 nov. 1973, n. 40,
en La messa dei
fanciulli. Librería Editrice
Vaticana, 1976
— " Cf A. Kirchgássner,
Liturgie et
valeurs humaines, Mame 1968 —
16 Cf, por
ejemplo, c. IV de los PNMR, así como los párrafos sobre las
"adaptaciones" contenidos en los Prefacios de los nuevos libros
litúrgicos — l7 Cf P.F. de Bethune, Une gestuelle qui vient du
coeur, en CL 1981, n. 2, 115-130 — l8 La vita comune, Queriniana, Brescia
1969, 93.
L. Brandolini
BIBLIOGRAFÍA:
Maldonado L., Estructura de
la
celebración eucarística. Tipos y variantes, en
"Phase"
92 (1976) 87-97; ¿Qué es tener sentido
litúrgico?
¿Hay una tipología de la sensibilidad
litúrgica?,
en "Phase" 127 (1982) 9-20; Martín
Pindado V.,
Liturgia y talante celebrativo, en
"Phase"
107 (1978) 443-459; Seasolt K.,
Motivos y matices
de las celebraciones litúrgicas actuales, en "Concilium"
172 (1982) 197210; Secretariado N. de.Liturgia, La liturgia papal en
España, EDICE, Madrid 1983; W.AA., Las celebraciones eucaristicas de
Juan Pablo II en España, en "Phase' 133 (1983) 49-82; Vergote A.,
Gestos y acciones simbólicas en la liturgia, en "Concilium" 62
(1971) 198-211. Véase también la bibliografía de Gestos y
La misa como comunicación.
SUMARIO: I.
Origen y evolución de la celebración eucarística: I.,
Centralidad del tema; 2. Punto de partida: el gesto de la última cena;
3. Cristo, "de siervo a Kyrios"; 4. De la liturgia de la cena
judía a la cristiana; 5. Nombres de la eucaristía; 6.
Formación de las oraciones eucaristicas en las diferentes liturgias;
7. La celebración eucarística: las grandes etapas de su
evolución histórica - II. La celebración de la misa:
dinámica y significados: 1. La comunidad que se reúne
(asamblea y rito de entrada); 2. Comunidad que escucha (liturgia de la
palabra); 3. Comunidad convival (ofertorio); 4. Comunidad que da gracias
(oración eucarística): a) ... proclamando ias
Eucaristía
obras de Dios, b)
...celebrando el memorial de la pascua del Señor, c) ...invocando al
Espíritu Santo, d) ... ofreciendo el sacrificio de la nueva alianza, e)
... ofreciéndonos a nosotros mismos en sacrificio espiritual, f)
...formando todos un solo cuerpo, g) ... invocando al Espíritu Santo
sobre los comunicantes, h) ...comunicando con la iglesia de la tierra y la del
cielo, i) ... intercediendo por todos, j) La doxología final; 5. Comunidad
de comunión y participación (el rito de comunión y de
despedida); 6. Comunidad enviada a la misión; 7. A la espera
del banquete
final.
I. Origen y
evolución de la celebración eucarística
1. CENTRALIDAD
DEL TEMA. "La celebración de la misa, como acción de Cristo
y del pueblo de Dios ordenado jerárquicamente, es el centro de toda la
vida cristiana para la iglesia universal y local, y para todos los fieles
individualmente". La afirmación clara y solemne con que se
inicia el primer capítulo del nuevo misal (= OGMR 1), haciéndose
eco de tantas tomas de posición del Vat. II, no es difícil de
justificar, si en
la celebración de la misa se toma la presencia dinámica e
irradiante del misterio de Cristo en singular, esto es, en la globalidad
del acto de su redención, o en plural, como presencia de los misterios
de Cristo, o sea, de los aspectos
o momentos del
único acontecimiento salvífico. De hecho, la
repetición de las celebraciones no hace sino poner en contacto o
canalizar en el tiempo la "inagotable riqueza" de Cristo, por lo
que es verdad que aquí se halla el centro, la cima y la fuente de la que
deriva cualquier otra gracia en la iglesia (cfSClO).
La
eucaristía es totalizante y finalizante, bien respecto al conjunto
de los sacramentos (vistos como un todo orgánico), bien respecto a toda
la celebración litúrgica de la iglesia en su dimensión
más amplia, que abarca el ciclo del año litúrgico
730
y el cursus
semanal y cotidiano al ritmo de la liturgia de las Horas, como constelaciones
de momentos orantes y adorantes que giran en torno al sol. De hecho, es sabido
que el officium laudis brota, en el fondo, del sacrificium laudis del altar,
como su dilatación y prolongación (cf PO 6). Analizando los
ricos contenidos del misterio eucarístico, veremos cómo
realmente no hay ningún aspecto de la vida y de la misión de la
iglesia que no esté en estrecha relación con la misa, y esto sin
caer en la ingenuidad del
panliturgismo (cf
SC 12). Los temas bíblico, teológico, espiritual, pastoral,
misional y ecuménico se entrelazan fácilmente en torno a nuestra
celebración, por no hablar del amplio campo de las artes (música,
arquitectura...) y de las ciencias humanas (leyes de la / comunicación,
/ lenguaje cultural...), problemas a los que no nos es posible dar
aquí todo el desarrollo necesario.
2. PUNTO DE
PARTIDA: EL GESTO DE LA ÚLTIMA CENA. ES un dato umversalmente conocido y
aceptado que nuestra eucaristía tiene su origen y deriva sus
líneas esenciales del gesto que Jesús cumplió en la
última cena con sus discípulos, y del que nos han llegado cuatro
narraciones diferentes ordenadas en dos líneas paralelas:
Marcos-Mateo y Pablo-Lucas. Estas narraciones de la institución, tal y
como justamente nos advierten los exegetas, no deben tomarse como puras re
laciones
históricas de los hechos: en las diversas redacciones, aunque sean
también sustancialmente concordes, se siente la influencia del uso
litúrgico un tanto diferenciado según las exigencias de las
primitivas comunidades cristianas. Así se nos muestra
rápidamente la complejidad de los problemas que sub
731
yacen, si se
quiere determinar con
absoluto rigor
cuál fue el núcleo
primitivo del que
todo ha tomado
origen (por
ejemplo, las ipsissima
verba et gesta de
Cristo); la cuidadosa génesis con que se han organizado las
primeras celebraciones eucarísticas; las líneas de desarrollo
sobre las que con el paso del tiempo se han configurado las diversas
tradiciones litúrgicas, especialmente por lo que se refiere al
sentido preciso y a la estructura fundamental de las anáforas u
oraciones eucarísticas. No podemos seguir aquí los sutiles
análisis y Jas discusiones que aún mantienen los especialistas.
Remitiéndonos a la bibliografía, para quien sienta
interés histórico-científico, aquí deseamos tocar
solamente algunos puntos que iluminan el sentido de la eucaristía y
sobre los cuales hay algunas conclusiones bastante pacíficas.
3. CRISTO,
"DE SIERVO A KYRIOS". ¿Qué quiso significar
Jesús con los gestos y las palabras del cenáculo la tarde del
jueves santo? ¿Qué pretendió dejar a la iglesia
instituyendo la eucaristía?; o, vistas las cosas desde la otra parte:
¿cómo entendieron las primeras comunidades cristianas el
gesto de la cena?
Parece una
conclusión seriamente fundada en la exégesis moderna,
incluida la no católica, que el Jesús prepascual se vio a
sí mismo y leyó su destino de profeta-mesías en la
misteriosa figura del siervo de Yavé, que sufre y da su vida por la
salvación de los hermanos (cf especialmente Is 53). Si es
ésta la más antigua cristología discernible en el fondo
del NT y que ha dejado muchas huellas en los evangelios (por ejemplo, en Me
10,45 y paralelos: "El Hijo del hombre no ha venido a ser servido
sino a servir y a dar su vida para la redención de muchos"), no es
imposible tampo
Eucaristía
co captar el
significado de las palabras pronunciadas sobre el pan, sobre todo en
la forma usada por Pablo ("... cuerpo que se da por vosotros",
1 Cor 11,24) o por Lucas ("...cuerpo que por vosotros es entregado",
22,19), quienes no habrían hecho otra cosa que explicitar de manera
más comprensible para las comunidades helenísticas algo ya
contenido, visto el contexto, en la fórmula aramaico-petrina
("Esto es mi cuerpo", Me 14,22; Mt 26,26), si se la considera
más primitiva. En las palabras relativas al cáliz de la
"sangre derramada por vosotros" (Le 22,20; cf 1 Cor 11,25)
o "por
muchos" (según Me 14,24, a quien Mt 26,28 añade: "para
remisión de los pecados"), el sentido se hace aún
más claro en la línea del
siervo sufriente.
En otras
palabras: Jesús, pocas horas antes del sacrificio cruento del Calvario
hacia el que tendía y en el que ahora ya estaba precipitándose,
cumple una acción profética, o sea, anticipa y se compromete
con gestos-palabras en la realidad que está a punto de aferrarlo, o se
entrega voluntariamente en la cena de la que arranca todo el drama de la
pasión: "Lo que estás haciendo, hazlo pronto" (Jn
13,28), dice al discípulo traidor, que sale de noche para concertar su
entrega a los enemigos. Si todo esto después se incluye, como es
opinión común, en el marco celebrativo de la cena pascual hebrea,
cuando se consumía el cordero inmolado para la fiesta; o por lo
menos, de modo más general (ya que la cuestión cronológica
permanece abierta y sigue discutiéndose entre los especialistas),
se hace coincidir la cena y la muerte de Jesús con las solemnidades
pascuales —todos saben que éstas giraban en torno a la inmolación
y comida del cordero, identificado por Pablo con Cristo mismo
Eucaristía
(1 Cor 5,7) y
quizá también por Juan Bautista ("He aquí el Cordero
de Dios...", Jn 1,36)—, entonces el significado global de la primera
eucaristía celebrada por Jesús y continuada después por
mandato suyo ("Haced esto en recuerdo mío", Le 22,19) en las
primeras comunidades cristianas no ofrece dudas.
Hablando en
términos más modernos: la muerte real de Cristo en la cruz
no tenía en sí misma nada de litúrgico-ritual; pero en la
última cena eligió él personalmente los signos y los
ritos (llamados después sacramentales) bajo los que quería que se
perpetuase lo que había hecho en su gran hora, capacitando a los
apóstoles para hacer otro tanto. Esto es lo que se quiere decir cuando
se afirma que Jesús ha instituido el sacramento del cuerpo entregado y
la sangre derramada,
con el que ha
establecido la nueva alianza en el amor, en lugar de la antigua, ya superada.
Si ésta es
la verdadera interpretación de las cosas, tal y como la comunidad
cristiana las ha comprendido desde el principio, parece más bien
pobre la presentación de una teología manualística propia
de un tiempo ya pasado, reflejada también en las fórmulas del
viejo catecismo, que tras las controversias sobre la presencia real
tendía toda ella a demostrar, a través del estudio
analítico de las palabras de Jesús, ante todo la realidad del
"verdadero cuerpo, sangre, alma y divinidad". En cambio, es esencial
a la eucaristía, ya desde la primera intención de
Jesús, no sólo la presencia física (por así
decirlo) de su verdadero cuerpo, sino la dinámica de un cuerpo que se
da y se sacrifica hasta derramar su sangre por nosotros. La eucaristía,
en
cuanto es
sacramento (presencia real), no se puede tener sino dentro
732
del acto que
celebra o ritualiza el sacrificio de Cristo, o sea, hace presente el gesto del
siervo de Yavé, que se ofrece libremente como víctima por
sus hermanos.
Falta
todavía un elemento para tener la fisonomía completa y
auténtica de la eucaristía transmitida por las generaciones
apostólicas. Parece un dato pacífico que el mandamiento de
Jesús de hacer lo que él había hecho no fue cumplido por
los apóstoles sino después de la pascua y la ascensión;
mejor aún, después del envío del Espíritu Santo
en pentecostés. Sin embargo, en aquel período los
apóstoles habían tenido otros encuentros convivales con
Jesús convertido en el Señor resucitado, y esto, señalan
los historiadores, dejó huella en la eucaristía primitiva, que
posteriormente influyó en toda la sucesiva evolución
litúrgica.
Así, la
eucaristía cristiana, permaneciendo fiel a su primera forma originaria,
no ha sido sentida y vivida solamente como repetición de la cena de
despedida, toda ella envuelta en la atmósfera triste y trágica de
aquella "noche en que Jesús fue traicionado" y que iniciaba
su pasión, sino que también ha asumido los rasgos de la otra experiencia,
inolvidable, convival, toda ella transida de gozo, cuando "los
discípulos se llenaron de gozo viendo al Señor" (Jn 20,20).
Por tanto, la presencia de Jesús, que se encuentra de nuevo entre los
suyos en la celebración eucarística, no es solamente la del que
se ofrece en sacrificio, por amor, sino también la del que ha sido
exaltado y ha recibido el "nombre que está sobre
cualquier otro
nombre" (Flp 2,9). En otras palabras: el Cristo de la eucaristía es
el siervo sufriente que se ha convertido en el Kyrios.
Es muy diferente
celebrar el gesto de amor de Jesús en la última cena
733
desde el lado de
acá de la pascua (presencia del sacrificio-pasión en la misa,
como en muchas exposiciones teológicas y espirituales del pasado),
o celebrar el mismo acontecimiento desde el lado de allá de la
pascua, esto es, cuando la muerte sacrificial se ha hecho victoriosa, ha
desembocado en la gloria y, por tanto, ha ya resuelto de una vez por todas el
problema de la salvación para todos. Esta es la eucaristía
celebrada por los primeros cristianos y transmitida a todas las generaciones
sucesivas como acontecimiento pascual completo. La síntesis
más breve y eficaz la tenemos en el binomio siervo-Kyrios, que expresa
las dos caras del único acontecimiento salvífico.
4. D E
Prescindiendo
siempre de la cuestión histórica sobre si se trató
propiamente de la cena judía y cuándo la celebró
Jesús con sus discípulos, el interés hacia el que apunta
la investigación de los estudiosos de hoy es la individualización
precisa del rito y de las oraciones de la mesa que se usaban en el judaismo
contemporáneo, de las que Jesús debió servirse y que
inspiraron después el género literario y la estructura
fundamental de las anáforas u oraciones eucarísticas sucesivas.
Esto no quiere decir que las composiciones cristianas siguieron a pie juntillas
los formularios judíos: Jesús mismo aportó novedades
y cambios, siendo imitado después por las comunidades cristianas
primitivas; pero ciertas líneas Eucaristía
características
de la liturgia judía, originaria se pueden todavía hoy reconocer
y ofrecen útiles claves de lectura también para nuestros textos
actuales.
Los intensos
estudios sobre un terreno tan delicado (entre otras cosas por la escasez de
documentos contemporáneos) están muy lejos de haber alcanzado
conclusiones seguras y unánimemente compartídas; de todas
formas, se pueden indicar dos posiciones que en los últimos tiempos se
reparten el terreno. En torno a los años 195875 dominó
la tesis de Audet', que creía descubrir el género literario de
\<i.Berakah tanto bajo las oraciones judaicas en cuestión cuanto bajo
las cristianas eucarísticas de las que tratamos. Considerando
prácticamente —y también indebidamente, según
los estudiosos más modernos— sinónimos los
términos bendecir (hebreo, berek; griego, euloghein) y dar
gracias (hebreo, hódah; griego, eucharistein), había llegado a
intuir esta estructura de base tripartita: una bendición (Berakah); la
anamnesis o memorial de los mirabilia Dei; una bendición final en forma
de inclusión o doxología.
Estudios
posteriores (de Ligier, Taller, Rouwhorst) consideran artificioso y mal
documentado este hipotético género literario que formaría
la base de nuestra eucaristía, y acuden de manera más general a
las formas de oración de la mesa que con toda verosimilitud se usaban en
tiempos de Jesús, y que en su conjunto comportan el siguiente
desenvolvimiento ritual: I) bendición inicial (breve) con
fracción y distribución del pan; II) comida; III) todo se
concluía con una fórmula más amplia llamada en hebreo
Birkat-ha-Mazon, que sería verdaderamente la base de nuestras oraciones
eucarísticas.
Esta
fórmula eucológica se artiEucaristía
culaba en tres
partes: I) una breve bendición ("Bendito seas tú,
Señor, que das alimento al mundo entero..."); II) una solemne
acción de gracias (por el don de la tierra prometida, de la alianza, de
la ley, de la vida y del alimento); III) una oración de súplica
en forma de bendición, que expresa confianza en el Dios grande y bueno,
que hoy, mañana y hasta la eternidad colmará de sus dones a
Israel.
Cómo y por
qué etapas intermedias a partir de esta base (usada, según
la hipótesis, por Jesús mismo) se ha formado nuestra
anáfora eucarística (que se acerca bastante a a ella), es
imposible determinarlo con toda precisión, dado el actual estado de los
documentos. Parece que entre la segunda y tercera estrofa se han
intercalado los elementos nuevos que corresponden a nuestro Sanctus
(introducido más tarde, a cuanto parece) y a la trilogía central
(en estrecha conexión recíproca): narración de la
institución eucarística, anamnesis, epíclesis. Más
allá, sin embargo, de las referencias fragmentarias o alusiones
eucarísticas que se pueden recoger de los más antiguos escritos
cristianos (Didajé, Epístola de Clemente Romano, Justino,
Tertuliano, Constituciones Apostólicas VII
y VIII.
Didascalia Apostolorum) o que deducimos de las primeras anáforas
conocidas (la primera, la de
734
es reconocible
sólo como palimpsesto, y no podemos construir un verdadero
árbol genealógico de las fórmulas cristianas catalogadas
después como oraciones eucarísticas2.
5. NOMBRES DE
El nombre
más antiguo que aparece en el NT es el que usa Pablo: cena del
Señor (1 Cor 11,20 y contexto), o bien fracción del pan
(paralelamente al verbo partir el pan), que se halla en Lucas (24,35) y en
Hechos (2,42.46; 20,7.11; 27,35). Antiquísimo, pues se encuentra ya
en
Muy común
y antiguo es también el término ofrecer-ofrenda: oblatio en
latín, prosphorá en griego, que entre los sirios pasará a
ser kurbons, don. Anáfora, en cambio, designa directamente la parte
central de la misa, aludiendo al formulario de la oración
eucarística. El dominicum (usado en África y Roma) podía
indicar el rito eucarístico, el lugar de la reunión o el
día del Señor (domingo). Más genérico
735
es el
término sacrum o sacrum
faceré,
análogo al actio-agere (san Ambrosio) o agenda (más
tardío), que expresa el cumplimiento de la acción sacra por
excelencia, y que ha dejado huella en la liturgia romana hasta nuestros
días en el canon actionis ("norma de actuación") o
infra actionem, como se puede leer en el misal.
Algo semejante
sucede en el griego con el vocablo leitourgia, que designa inicialmente el
conjunto de las ceremonias públicas o la celebración del
oficio divino; después, a partir del s. ix, indica simplemente la
misa. Con Cipriano y Agustín, especialmente, se afirma la
terminología de sacrificium, que, reasumida por el medievo, adquirirá
tanta importancia dogmática para subrayar uno de los aspectos más
esenciales de la misa.
Los demás
términos se refieren no a la acción de los ministros, sino a la
del pueblo, especialmente a sus reuniones, como el latino collecta (usado en
África con este sentido más general), aunque sea más famoso
su equivalente griego synáxis (pasado también a Occidente) para
indicar la sagrada asamblea que se reúne a celebrar la
eucaristía, y después la celebración misma. El acto de
reunirse todos juntos para celebrar la eucaristía puede expresar
muy bien la totalidad. En cambio parece extraño que en Occidente
con el nombre missa (normalmente entendido como missio o dimissio) haya
prevalecido el acto contrario, el despedir, aunque se le quiera considerar como
un acto sacro acompañado de una bendición final. En pie
queda el hecho de que el nombre misa entre nosotros se ha impuesto sobre todo,
mientras que eucaristía, para los fieles de hoy, más que una
actio sacra que ha de hacerse comunitariamente, evoca la presencia real
del Eucaristía
cuerpo ue Cristo
fuera de la misa: significativo empobrecimiento, reflejado también
en la historia de los nombres.
6.
FORMACIÓN DE LAS ORACIONES EUCARÍSTICAS EN LAS DIFERENTES
LITURGIAS. A través de los documentos más antiguos y de las
primeras anáforas se intuyen cada vez más los elementos que formarán
el esqueleto de la oración eucarística clásica:
bendición o acción de gracias, que cada vez tendrá
más por objeto no sólo (o ya no) al Dios creador y salvador de
Israel, sino la perfecta y definitiva redención llevada a cabo por
Cristo.
Esta solemne
acción de gracias, en principio, desemboca rápida y umversalmente
(pero todavía falta en la anáfora de Hipólito) en el canto
del Sanctus. Sigue (tras alguna fórmula de unión) la
narración de la institución (excepcionalmente ausente en
algún caso, como en el texto de Addai y Mari); o bien, al menos en
alguna tradición —como en el tipo alejandrino—, antes de
ella aparece una invocación al Espíritu Santo
(epíclesis) para implorar de modo más general la santificación
de las ofrendas (como en el caso citado de Addai y Mari), o, cada vez
más directa y explícitamente, para que el Espíritu actúe
sobre el pan y el vino transformándolos en el cuerpo y sangre de
Cristo.
Tras la
narración de la cena, obedeciendo al mandamiento de Jesús, se
hace memoria explícita o se celebra el memorial (anamnesis) no
sólo de él o del jueves santo, sino de todo su / misterio pascual
de muerte y resurrección hasta su parusía, y entonces la iglesia
está en condiciones de ofrecer el gran sacrificio de la nueva alianza,
que puede recibir diversas denominacioEucaristía
nes: desde la
oblatio munda preanunciada por Malaquías (1,11) y ahora realizada
en Cristo, a la oblación (o sacrificio) espiritual (oblatio rationabilis
según el canon romano), que alude a la logiké thysía de
san Pablo (Rom 12,1), o bien se puede llamar, con la terminología
de Heb 12,15, hostiam laudis (también con la variante de sacrificium
laudis), siempre para expresar el sacrificio pascual del Señor, que
implica no sólo ritos o víctimas externas, sino, como ha sucedido
en él, la donación-inmolación de sí mismo y de
la propia vida concreta.
En este momento
coloca la mayoría de las liturgias orientales la clásica
epíclesis (invocación al Espíritu Santo para la
transformación de las especies sacramentales), atribuyéndole,
sobre todo más tarde, en polémica con los latinos, valor
propiamente consagratorio. El mismo Espíritu es invocado inmediatamente
después, para que actúe sobre la comunidad eclesial celebrante,
a fin de que en la participación de los santos misterios realice
cada vez más su unidad con Cristo y entre los hermanos por el
vínculo recíproco, obteniendo el mayor fruto de gracia y
santificación. El efecto objetivo sobre los dones, por tanto, y el fruto
subjetivo en los participantes se pone en estrecha dependencia de la
acción del Espíritu que se debe implorar. El canon romano,
como se sabe, no hace una mención explícita del Espíritu
Santo ni antes ni después de la consagración (laguna
colmada en las nuevas oraciones eucarísticas posconciliares); pero
tiene oraciones análogas, insistiendo especialmente en la idea de
ofrenda del sacrificio, por lo que evoca como modelos los sacrificios de Abel,
de Abrahán y de Melquisedec.
A
continuación, en gran parte de 736
las liturgias
orientales imitadas por nuestras nuevas anáforas, vienen las
intercesiones, mientras que el canon romano sitúa su memento un poco
antes y un poco después de la narración de la institución.
En cualquier caso, se ora por todas las intenciones de la iglesia y del mundo,
especialmente por las intenciones de los oferentes, abarcando vivos y
difundos, uniéndose también a la iglesia de los santos y
bienaventurados que ya han alcanzado la meta celeste. La gran oración
sacerdotal termina con una doxología solemne (que vuelve a tomar el tono
inicial de alabanza), y todo se sella con el Amén de la asamblea.
El estudio
comparado de las / plegarias eucarísticas en Oriente y en Occidente
muestra la existencia de una gran riqueza y variedad (con alguna singularidad),
que testifica el esfuerzo por traducir un mismo contenido a las diversas
lenguas y culturas; pero a la vez presenta una admirable armonía de
elementos esenciales en la estructura, los cuales, evidentemente, se remontan a
un punto de partida preciso: la última cena, los banquetes pascuales
con el Señor victorioso y, en el estrato más profundo, ciertos
rasgos de la liturgia judía de la mesa.
7.
737
gares
públicos de culto propios de los cristianos, especialmente en
época de persecución.
Esta simplicidad-
originaria, a medida que el cristianismo se difunde y aumenta el
número de sus adeptos en los centros más importantes del
mundo grecorromano (piénsese en Jerusalén, Antioquía,
Alejandría, Roma, Cartago, Milán, Lyon), experimenta nuevos desarrollos,
entre otras cosas debido a la organización del clero en sus diferentes
grados, y crea también, según las particulares situaciones
culturales y locales, diversas tradiciones litúrgicas, que con el
tiempo formarán las llamadas familias litúrgicas, con un
patrimonio más o menos rico de ritos y formularios bien caracterizados.
Es interesante
notar cómo en la primera descripción de la misa que poseemos
fuera del NT, la de Justino (I Apol. 67), hacia la mitad del
s. H, vemos ya el
esqueleto de nuestra misa con estos elementos: lectura de las memorias de los
apóstoles; homilía del presidente de la celebración,
seguida de una oraoración de los fieles, concluida con el beso de
la paz; ofrenda y gran oración eucarística; comunión de
los presentes (enviada también a los ausentes); recogida de limosnas
para los pobres. Sobre una base tradicional común conocida por todos,
cada iglesia local y cada presidente (entonces era normalmente el obispo)
era libre de improvisar las fórmulas de oración "según
su capacidad"; aunque, como es natural, los grandes centros y las grandes
personalidades acabaron por imponerse y ser seguidos o imitados por las
iglesias menores, las cuales adoptaron los formularios que parecían
más adecuados para expresar tanto el dato recibido como la fe vivida en
las comunidades particulares.
24
Eucaristía
Limitándonos
a la liturgia romana, carecemos de informaciones sobre su fisonomía
primitiva: sabemos que se usó la lengua griega hasta el s. ni; es
totalmente oscuro el origen del canon romano (que hallamos citado a partir del
s. iv con Ambrosio, por ejemplo), y que entre nosotros ha quedado como la
única oración eucarística hasta nuestros días. El
comienzo de la misa hasta el s. v lo constituían simplemente las
lecturas: faltaba todavía nuestro rito de entrada, que se hizo solemne
cuando el clero, numeroso ya, organizó un desfile procesional con cantos
hacia el altar. Algo parecido sucedió con la presentación de las
ofrendas u ofertorio, con el rito de la paz y de la comunión, y
también, podría decirse, con todo el conjunto de ritos y
cánticos. Más aún, se considera que en el área
occidental dominada por Roma fue precisamente la misa papal la que
sirvió de modelo para todas las demás formas más reducidas
de la celebración.
La época
patrística, así como llevó al florecimiento conocido de la
teología (ss. ivv), así también creó
prácticamente el clásico fondo eucológico romano de las
oraciones, concretado especialmente en las tres grandes colecciones de los
sacraméntanos llamados Veronense (o Leoniano), Gelasiano y Gregoriano.
Análogamente se desarrolló el repertorio de cánticos
(llamado antifonario), confiado a la schola cantorum.
Junto al /
domingo, el núcleo más primitivo, y al ciclo pascual (que
empezó a organizarse desde el
s. II: / Triduo
pascual), a partir del
s. iv se perfila
y crece el ciclo natalicio [/ Navidad/Epifanía], más el santoral
[/ Santos, Culto de los], que se irá enriqueciendo progresivamente,
y de este modo se
Eucaristía
forma el conjunto
de fiestas y tiempos que llamamos / año litúrgico.
Naturalmente, también el ambiente y espacio de la celebración
[/ Lugares de celebración] se irán ampliando en la
basílica, con la gran aula para el pueblo y el presbiterio reservado al
clero, sin olvidar el altar y la cátedra para el obispo, el ambón
y las vestiduras litúrgicas [/ Objetos litúrgicos! Vestiduras],
cada vez más características e incluso suntuosas.
Con un lenguaje
diferente del nuestro era pacíficamente aceptada la fe en el
verdadero cuerpo y sangre de Cristo recibidos en la eucaristía, y
también en la realidad de su sacrificio actualizado mediante la
celebración memorial de la iglesia, aunque hay escuelas y corrientes
de pensamiento que acentúan más el realismo, como en la
línea antioquena o en san Ambrosio, mientras que en otros lugares
se tiende más hacia el simbolismo (como en la escuela alejandrina y,
bajo ciertos aspectos, también en san Agustín), hasta llegar a
crear algunas dificultades de interpreta
ción,
especialmente más tarde, cuando se tenderá a contraponer
erróneamente símbolo y realidad.
En resumen, la
celebración eucarística se fue asemejando cada vez
más a un drama sacro, distribuido entre diversos actores con papeles
bien precisos e incluso con libros distintos: el sacramentario del celebrante,
el leccionario (posteriormente subdividido en evangeliario y epistolario)
para el diácono y subdiácono, el antifonario para los
cantores, mientras que el pueblo no necesitaba ningún libro especial
para las respuestas y ciertos cánticos del ordinario: Kyrie,
Sanctus, etcétera.
El medievo no
osó tocar esta estructura esencial de la misa; pero, como no
lograba ya entender el ca
738
rácter
unitario de la oración eucarística, por ejemplo,
fragmentó el texto en múltiples partes u oraciones
sucesivas, que concluían con el
Per Christum
Dominum nostrum. Amen (añadiéndoles además numerosas
señales de la cruz y genuflexiones en diversos puntos). Así
pues, el medievo no tuvo la fuerza creadora de la época antigua, por lo
cual se limitó a utilizar el rico tesoro de oraciones heredado del
pasado, salvo alguna que otra creación; en cambio se desfogó de
otros modos, introduciendo, por ejemplo, varias oraciones privadas del
sacerdote o de los ministros, componiendo otros tipos de textos
litúrgicos (o paralitúrgicos) como himnos, secuencias y tropos,
añadidos o intercalados dentro de otros cantos tradicionales.
Más grave
es el hecho de que el pueblo se fue encontrando marginado de la
celebración activa por varias razones: porque no podía ya
entender el latín; porque el clero, muy numeroso y con una nueva
mentalidad eclesiológica, comenzó a monopolizar casi todas las
partes y los cánticos de la asamblea, e incluso las respuestas
más simples acabaron poco a poco por reservarse sólo al
ministro, ante la inercia y mutismo casi total del pueblo: éste, como
mucho, se dedicó a sus oraciones y devociones privadas, que a veces
no tenían nada que ver con el sentido y desenvolvimiento de la misa.
Cuando
posteriormente en las órdenes monásticas, y a continuación
con el crecimiento de las nuevas filas de los mendicantes, se
multiplicó el número de los sacerdotes, éstos en sus
conventos comenzaron a celebrar la misa por devoción personal
(incluso varias veces en el mismo día, sacando así mayor
beneficio de las limosnas); de este modo la misa ya no podía 739
ser —como
lo había sido hasta entonces— un acto comunitario, pues faltaba el
pueblo y los ministros adecuados. En la práctica, el sacerdote vino
a absorber y desempeñar, él solo, las partes de todos los
otros actores, confeccionándose también el libro que lo
contenía todo junto, y que se llamó Misal plenario. Lo
peor fue que esta forma de celebración, comprensible para la
devoción privada, sin daise cuenta fue considerada casi la
misa-tipo, llevándola tal cual ante la comunidad cristiana reunida en
asamblea. Se llegará así a la plena clericalización de la
liturgia, con una misa celebrada para el pueblo y ante el pueblo, presente
ahora como espectador solamente, sin ninguna participación activa en el
rito mismo. Si los laicos ejercían alguna función en la celebración
(como los cantores en la schola), era sólo por delegación del
clero, considerado como el único capaz de cumplir a fondo los ritos y
actos litúrgicos (y esto hasta el Vat. II).
Por otra parte,
las conocidas controversias medievales sobre la presencia real (en el s. IX) y
las sucesivas profundizaciones de la escolástica —con resultados
apreciables por lo que respecta a la clarificación y refuerzo de la
fe— desviaron la atención hacia otros aspectos que en cierta
medida influyeron como fuerza centrífuga sobre el núcleo
esencial del sacrificiomemorial y favorecieron una concepción
demasiado fixista, estática y cosificada del cuerpo y la sangre del
Señor.
Mientras tanto,
la comunión se había hecho cada vez más rara (incluso en
los ambientes piadosos), y ya no era el acto normal de toda la familia
cristiana de los bautizados reunida alrededor de la mesa común para
participar en el sacrificio de la nueva alianza y construir
Eucaristía
así su
unidad en Cristo. La comunión se transformó también
en un acto de devoción privada, y con frecuencia tenía lugar
fuera de la celebración de la misa, con el acento puesto en la
adoración de la presencia real. Por eso se la recibe de rodillas y
directamente en la boca, en general bajo una sola especie.
El concilio de
Trento no aportó novedades de relieve en este sector, sino que,
frente a la oleada de los reformadores protestantes que amenazaba con
desbaratar todo el edificio tradicional (aunque también
ponía en evidencia alguno de sus lados débiles, hoy abandonados),
se limitó a defender, repetir y reforzar los datos adquiridos de la
doctrina y praxis católica. Así, contra el excesivo subjetivismo
y simbolismo de una determinada interpretación protestante, el
Tridentino reafirmó el aspecto ontológicometafísico
de la auténtica presencia real, que se prolonga más allá
de la celebración del santo sacrificio, el cual, por otra parte, bajo
otros signos, es considerado idéntico al de la cruz. Contra el intento
de reapropiación de la eucaristía por la comunidad cristiana, por
el que se había llegado a negar incluso el sacerdocio jerárquico,
el concilio se preocupó por salvar este elemento irrenunciable, pero
acabó por perpetuar y acentuar las distancias entre clero y pueblo.
Con la sucesiva reforma de san Pío V (el misal que lleva su nombre
tiene la fecha de 1570) se llegó, por primera vez en Occidente, a una
casi total y rígida uniformidad ritual, que sin duda recogió y
conservó muchas riquezas del pasado, pero bajo la cubierta de hierro de
un rubricismo minucioso y excesivo, dependiendo absolutamente y también
exclusivamente (incluso para los alejados países de misión)
de la autoridad central romana.
Eucaristía
En la
época postridentina se levantó de vez en cuando alguna voz
(Muratori, sínodo de Pistoia, Rosmini) para modificar o intentar una
reforma que saliese al encuentro de las exigencias pastorales del pueblo
(en la lengua litúrgica, es una participación más activa);
pero sólo el trabajo paciente y de amplias miras del / Movimiento
litúr
gico
preparó inmediatamente el terreno a la renovación del Vat. II.
Así, primero se redescubrieron los tesoros de la liturgia antigua
(Guéranger), después se establecieron las bases
teológicas y se empezó a impulsar concretamente una participación
más activa de la comunidad cristiana (Beauduin, Guardini, Parsch);
finalmente, con el retorno general a las fuentes bíblico-patrístico-litúrgicas,
se clarificaron cada vez más algunos conceptos clave, que renovaron la
teoría y la praxis más allá de la síntesis
escolástico-tridentina y de las controversias
interconfesionales sucesivas.
Así
resurgió la amplia noción de mysterium [/ Misterio], por el que
el acontecimiento histórico-salvífico de Cristo se puede
reactualizar bajo la envoltura de los signos sacramentales (Casel);
análogamente se redescubrió la importante categoría
bíblica de./ memorial (o de celebración memorial), que ha
contribuido recientemente a aproximar las posiciones protestante y
católica acerca de la realidad sacrificial de la misa; es también
importante la recupera
ción de la
expresión pueblo de Dios todo él sacerdotal, profético y
real, aunque esté (para los católicos) estructurado
jerárquicamente bajo la guía de los pastores, pero en sí
mismo única comunidad capaz de efectuar actos litúrgicos
—cada uno a su nivel— ya en virtud de su bautismo, y no por
delegación jurídica o por benigna concesión de nadie
(SC 14), como reconoce la
740
primera
línea de
Falsamente en
nuestros días, quizá por ignorancia histórica o pobreza de
espíritu, este misal ha sido contrapuesto al de san Pío V. En el
nuevo rito no se contradice ninguna verdad fundamental; sólo que el
conjunto ahora se mueve dentro de una visión más amplia
—sacramental y eclesiológica—, que forma parte con todo
derecho de la tradición católica que se remonta al NT y al
pensamiento teológico de la
época
patrística y de la praxis litúrgica anterior a la sistematización
medieval escolástica; la cual, si fue benemérita en algunos
aspectos, se puede considerar deficiente y reductiva en otros (como sucede
frecuentemente en toda síntesis). Por eso ha hecho bien el nuevo Misal
Romano, a impulsos del Vat. II, no encerrándose en el horizonte limitado
de algunos siglos de historia, sino abriéndose en los
límites de lo posible a todas las riquezas de una tradición
bimilenaria y a los
preciosos tesoros
custodiados también por otras iglesias hermanas, especialmente en
Oriente.
II. La
celebración de la misa: dinámica y significados
1.
741
para siempre,
sino también como un
acontecimiento
que se realiza cons
tantemente.
Para llevar a
cabo la eucaristía se necesita la iglesia (a la que Jesús ha
confiado su don) y es necesario hacer iglesia junto con los hermanos, bajo
la presidencia de un sacerdote-pastor que representa a Cristo en medio de nosotros.
Esta es la razón del convenire in unum, del que ya habla san Pablo (1
Cor ll,18ss), y de la descripción de Justino cuando se conduce al neobautizado
a la asamblea de los fieles, o bien cuando el domingo los fieles se
reúnen desde los diferentes lugares de la ciudad y del campo en un mismo
lugar (I Apol. 65-67) para celebrar la eucaristía. En realidad,
todavía hoy, en el día del Señor resucitado, los
cristianos se reconocen iglesia y quieren hacer iglesia, saliendo del
círculo estrecho de las personas y de las actividades habituales para
reunirse con la gran familia de Dios.
La misa
dominical, por tanto, no es solamente un precepto jurídico que hay que
satisfacer o una tradición respetable del propio ambiente;
nunca es un acto autónomo; si se la entiende bien, es siempre una
adhesión nueva y libre (en fe) a la convocación (expresada a
veces incluso por un signo como las campanas) que es al mismo tiempo eclesial y
eucarística. Incluso más allá de la obligación
jurídica y de la rutina, el cristiano iluminado sabe que es fiesta en
esa pascua semanal, y desea hacer fiesta con los hermanos. El encuentro
con el Señor resucitado se goza no aislándose
o poniendo entre
paréntesis a los hermanos, sino ante todo haciendo con ellos
iglesia-comunidad.
El cristiano que
ha entrado en este orden de ideas teme incluso que la propia ausencia
(injustificada) pueda "empequeñecer el cuerpo
Eucaristía
de Cristo [= la
iglesia]" (Didascalia Apostolorum II, 59,1-2), o sea, disminuir la
fiesta y la comunión fraterna, y por tanto debilitar también
la fuerza testimonial de la celebración de la pascua del Señor.
Así pues, el reunirse para la eucaristía no es algo marginal
o una simple promesa de lo que se hará después, sino que afecta
ya a la naturaleza intrínseca de la iglesia y del misterio
eucarístico, aunque de momento nos encontremos en la primera vertiente
del itinerario. Por algo ya desde los orígenes fueron intercambiables
las expresiones cuerpo de Cristo y koinonia-comunión con el doble
sentido eclesial y eucarístico. Se trata de realidades inseparables, en
perfecta continuidad entre sí: se puede hacer eucaristía
sólo allí donde hay una iglesia legítimamente reunida; y,
viceversa, es imposible no construir el cuerpo de la iglesia allí donde
se celebra y se recibe el verdadero cuerpo de Cristo.
Por este camino
se llega a superar una cierta concepción de la iglesia en
perspectiva solamente universalista, como era frecuente en nuestra
teología occidental, en perjuicio de las iglesias locales que realizan y
actualizan la iglesia universal en un determinado lugar y tiempo, dando
así corporeidad y concreción a lo que, de otro modo,
podría quedar en una idea vaga y abstracta. Naturalmente, las iglesias
locales eucarísticas son auténticas y legítimas
sólo si están abiertas a las demás, hasta formar juntas la
única iglesia de Cristo, también bajo la guía (para quien
es católico) del sucesor de Pedro. Así la comunidad
eucarística particular sigue siendo algo concreto, pero al mismo tiempo
se abre a todas las demás dimensiones, incluida la misionera, como
veremos.
De aquí se
siguen dos consecuen
Eucaristía
cias
prácticas. Por una parte, la asamblea eucarística debería
convertirse en algo así como una epifanía-evidenciación
de lo que es la iglesia cuando sabe poner en movimiento y revalorizar para
el bien común todos los carismas y ministerios presentes en la
comunidad, sin excluir los talentos naturales (necesarios, por ejemplo, para un
buen lector, cantor u organista). Desempeñando cada uno el propio papel
y haciendo "todo y sólo aquello que le corresponde" (cf OGMR
58) —empezando por el
celebrante, que
preside y dirige la acción común, pero no impone sus gestos ni
sus opciones, sino que se deja ayudar y aconsejar por sus colaboradores y por
el mismo pueblo en lo que a él respecta (OGMR 73; 313)— no
será difícil conseguir la fisonomía específica y la
perfecta armonía entre sacerdocio jerárquico y sacerdocio
bautismal, así como también desarrollar, entre los datos
propuestos por el rito y acogidos con sincero respeto, las capacidades
creativas que surjan en la comunidad o en los diferentes actores de la
celebración.
La otra
consecuencia está en saber traducir la rica teología de la
comunidad que se reúne en asamblea eucarística en signos y
gestos,
o sea, en
expresiones y experiencia concreta para todos los presentes. En la raíz
de esto se halla ciertamente la fe con que se acepta la convocación
y se va al encuentro de los hermanos, con el corazón y el traje de
fiesta. Por eso es muy apropiado un gesto de acogida fraterna en el umbral
mismo del edificio sacro, completado por la mejor distribución de la
asamblea
dentro del aula y
en relación al altar, que es el eje de toda la celebración (lo
cual recuerda la importancia de los signos arquitectónicos y
litúrgicos en toda su
742
belleza y
relativa funcionalidad: / Arquitectura; / Arte).
Para comenzar
bien, cuando ya está todo preparado (también las personas que
desempeñarán una parte activa), tenemos el consiguiente rito
de entrada, que, aun no siendo una de las estructuras más importantes de
la misa ni remontándose a sus orígenes, ofrece de todas
formas buenas posibilidades a una inteligente utilización.
"Cuando se
ha reunido el pueblo", como dice el nuevo rito de la misa, se
efectúa la primera procesión de entrada del sacerdote y de
los ministros, acompañada del canto, que aquí reviste una
importancia del todo particular, tanto para animar a la asamblea presente
(que por primera vez se expresa en común), cuanto para ofrecer la
clave —cuando texto y música son verdaderamente
adecuados— que introduce en el sentido de la fiesta o del tiempo
litúrgico correspondien
te. Al llegar a
la sede, el celebrante saluda al pueblo (incluso prescindiendo de las
fórmulas que se sugieren) para crear el clima adecuado al momento y
a la situación concreta que se están viviendo.
Sigue una breve
pausa de silencio para una toma interior de conciencia ante Dios de
nuestros pecados y de la solidaridad que nos une a los pecados de nuestros
hermanos y de todo el mundo. De aquí se deriva la comunitaria y
recíproca confesión de culpas con la petición de la misericordia
divina, expresada eventualmente con un canto litánico (Kyrie o algo
semejante), que en los domingos ordinarios y en las fiestas se completa con un
himno de alabanza (Gloría), como anuncio casi
de la gran
alabanza-eucaristía que poco después resonará en el centro
de la misa. La comunidad reunida está compuesta de pecadores, pero
perdonados, reconciliados en Cris
743
to, que sienten
ya la alegría de la salvación tras el humilde reconocimiento
de su verdad existencial.
El rito de
entrada se cierra con la oración presidencial o colecta, en la que el
sacerdote se hace intérprete de todos, presentando a Dios deseos y
sentimientos comunes, casi siempre relacionados con la fiesta o misterio que se
celebra. Es una de las tres grandes oraciones sacerdotales que, como
firmes columnas de apoyo (al principio, a mitad y al final), sostienen, con la
oración eucarística, el edificio o el dinamismo de la
celebración. Formuladas frecuentemente en el estilo clásico,
conciso y eficaz de la / eucología romana (especialmente la colecta), a
veces son verdaderas joyas, que con pocos trazos sintetizan el sentido de
la fiesta o el mensaje central que se encierra en las lecturas, casi abriendo
los ánimos a acoger la palabra que va a resonar.
2. COMUNIDAD QUE
ESCUCHA (LITURGIA DE
Cuando toda la
asamblea se sienta y entre el / silencio religioso de todos se proclama la
palabra del Señor, se produce algo así como la
visibilización de la iglesia en cuanto comunidad a la escucha, que es
una de sus notas fundamentales. Sabemos que la misa antigua empezaba
precisamente por este momento característico, que expresa lo esen
Eucaristía
cial de la
religión bíblico-cristiana en cuanto no inventada o construida
a partir del esfuerzo y de la investigación del hombre —que desde
abajo intentaría entrar en comunión con Dios—, sino todo lo
contrario: Dios ha tomado la iniciativa, Dios ha abierto el diálogo
dirigiéndose a su pueblo; en fin, Dios "nos ha amado a
nosotros" (cf 1 Jn 4,10) y se nos adelanta siempre.
Ciertamente,
Dios, al revelarse, pretende establecer una relación con todos los
hombres de ayer, de hoy y de siempre; pero muchos no han conocido
todavía este don, de modo que la iglesia es la porción de
humanidad que, por la misericordia y benevolencia divinas, ha sido alcanzada y
convocada por esta palabra; y por eso, con fe, se pone a la escucha, se abre al
diálogo, se deja interpelar y cuestionar cuando es necesario. Se trata
de un momento sumamente importante no sólo en el desenvolvimiento
del rito, sino en todo el arco de la historia de salvación, siempre en
acto también para nosotros: aquella palabra revelada de hecho
hace tantos siglos por boca del profeta, de Jesús o de san Pablo,
en la intención del Espíritu Santo, autor principal, se
dirigía desde el principio también a esta comunidad de oyentes;
pero solamente ahora, al entrar en contacto con estos fieles, esa palabra
espera una respuesta de ellos, está en condición de encarnarse en
cada uno de ellos, en sus vidas. En cierto sentido, se puede decir que el
designio de Dios no está completo, no alcanza la finalidad que se
había propuesto desde el principio hasta que la comunidad de hoy y los
fieles particulares no han dado la respuesta, única e irrepetible, que
corresponde a cada uno según la llamada y la medida de los dones
recibidos.
Eucaristía
Es muy
importante, pues, que en la celebración concreta este momento se
cuide con mucha atención en todos los aspectos: desde la
proclamación, que (incluso técnicamente) ha de ser
perceptible para todos, a la dicción clara y reposada, al modo o arte de
leer, que puede ayudar en buena medida a la comprensión del texto
(y esto supone no una improvisación, sino una
preparación
próxima y remota del lector que tenga ciertas dotes naturales),
hasta, por fin, el recogimiento profundo de toda la asamblea, en la
convicción de que Cristo en persona está hablando a su pueblo (cf
SC 33). También merece atención el salmo responsorial, que
normalmente debería ser cantado (entre solista y comunidad), como el eco
lírico a la interpelación divina, y la aclamación del
aleluya antes del evangelio, que hace resaltar este momento como la
culminación de la liturgia Verbi, tras la tradicional lectio
prophetica (del
AT) y la lectio
apostólica (generalmente de san Pablo).
Es como vivir
constantemente en síntesis la historia de la salvación, en la que
todos estamos comprometidos hasta su ápice (Cristo), cuando el
mismo Dios se hace palabra para nosotros. La bella costumbre litúrgica
de acompañar la lectura del evangelio con velas e incienso sigue siendo
oportuna, como signo que educa al pueblo de Dios a percibir la solemnidad y
eficacia de
ese momento en
que todos estamos a punto de entrar en contacto con Cristo, luz y palabra
definitiva del Padre dirigida a nosotros.
Es difícil
exagerar la importancia del momento en que, precisamente en la
eucaristía, se acoge la palabra de Dios, por la estrecha conexión
entre los dos dones tantas veces subrayada por los padres: Cesáreo de
Arles, haciéndose eco de san
744
Agustín,
no teme afirmar que la "palabra de Cristo no es menos que el cuerpo de
Cristo" (Sermo 78,2); y san Ambrosio ya había dicho que se bebe el
Cristo del cáliz de
escuchadas,
así como al recibir en la mano (según la costumbre de entonces)
el cuerpo de Cristo se debe poner atención en no dejar caer al suelo
ninguna partícula del pan consagrado. Semejante es el clásico
discurso del doble banquete preparado (mensa Verbi et mensa sacramenti), que ha
pasado de la predicación patrística a
Se atribuye
particular eficacia a la palabra de Dios ante todo por el hecho de que es
proclamada dentro de la celebración misma del misterio de Cristo;
más aún, es una parte integrante del mismo, hasta formar "un
solo acto de culto" con el otro polo de la liturgia sacrificial propiamente
dicha (SC 56). Estamos bien lejos, como se ve, de un clima
escolástico
donde se aprenden nociones, o también de una lección
catequística más laudable: per Verbum et sacramentum se hace
presente (y ejerce su influjo) el mismo acontecimiento salvífico de
Cristo. Por eso los padres no temían comparar de alguna manera las
dos componentes de la celebración.
Otro aspecto de
la liturgia de la . palabra en la misa merece subrayarse, y es el hecho de
que aquí la escucha no tiene lugar aisladamente, sino en el momento
preciso en que se hace iglesia con los demás hermanos. Un hombre como
san Gregorio Magno, apasionado lector y comentador de
745
a confesar de
sí mismo que con frecuencia, leyendo y releyendo un texto cuyo
«sentido no había logrado descubrir, "situado ante los
hermanos, lo he comprendido" (In Ez. 1. II, Hom. II, 1). No extraña
que el tesoro de la palabra de Dios, entregado a la iglesia comunidad, tenga
aquí su locus proprius para su auténtica lectura y
comprensión, tanto si nos referimos a • la gran iglesia como a la
legítima comunidad reunida, especialmente para revivir la totalidad
del misterio de Cristo.
Desde este punto
de vista aparece claro que la liturgia de la palabra no se debe considerar
sólo como un preludio o preámbulo de la celebración
propiamente sacramental, sino que es ya comunión con el Verbo (en la fe
y en la adhesión amorosa), tan eficaz y necesaria como la otra
comunión, según la mente de los padres. Orígenes no se
equivocaba cuando insistía en la necesidad de comer el Verbo bajo la
especie de la palabra, y llegar por este camino a la manducación
perfecta, también sacramental, del cuerpo y sangre de Cristo: es como
decir que una comunión introduce en la otra \
E introduce
también, se podría añadir, en el sentido y contenido
propiamente sacrificial de la misa; porque si tenemos en nosotros el auditus
fidei (cf Gal 3,2-5), se engendra también la oboedientia
fidei (cf Rom
1,5); o sea, la comunión con la palabra nos pone en la actitud de
aquel que se ofreció en sacrificio haciéndose obediente hasta la
muerte de cruz (cf Flp 2,8), o, con otras palabras, nos hace entrar "en
los mismos sentimientos que tuvo Cristo" (ib, 2,5), el siervo que se
entrega totalmente en don por los hermanos.
Sobre este
trasfondo se puede comprender también la función de la
homilía, acto propiamente litúrEucaristía
gico, puesto que
no se limita a ilustrar el mensaje objetivo de las lecturas como en una
lección exegética o catequística, sino que debe
provocar a la comunidad que escucha a llegar hasta el fondo en las
exigencias de la fe, de la conversión, del seguimiento de Cristo
cueste lo que cueste, incluso llevando tras él la cruz, o
entregándose como él en una donación de amor. La comunidad
en el Credo expresa como en un gran amén su adhesión de fe a
todas las grandes obras de Dios y al mensaje de su palabra. Como
conclusión, antes de pasar a la segunda parte de la misa, la comunidad
de la escucha y de la fe única, confesada juntos, se hace comunidad orante
con la "oración de los fieles" por todas las necesidades
propias, de los hermanos y del mundo entero.
3. COMUNIDAD
CONVIVAL (OFERTORIO). Con el ofertorio se entra en la parte estrictamente
sacramental de la misa, donde cambia completamente el escenario (aunque anteriormente
hemos subrayado su profunda continuidad): el sacerdote con los ministros y todo
el centro de interés se trasladan ahora de la sede de la liturgia de la
palabra y del ambón a la mesa del altar (traslado de un polo al otro de
la celebración que se debería poner realmente en evidencia).
Los nuevos
elementos que entran en juego exigen claramente una comunidad convival: se ve
una mesa-altar, que es preparada (ahora, y no antes) con pan, vino y los
respectivos vasos sagrados y manteles. Por sí mismo el significado
original de esta primera etapa, que se llama ofertorio, se reduce a bien poco:
a llevar y colocar sobre la mesa la materia que sirve para el sacrificio y el
banquete. Bastaría con pronunciar sobre las ofrendas
Eucaristía
la consiguiente
"oración sobre las ofrendas" (la segunda de las tres grandes
oraciones presidenciales) para que el ofertorio fuese perfecto; más
aún, estaría dentro de sus justos límites, expresando lo
que es esencial a su función, sin añadiduras que pueden
crear malentendidos a los fieles y, especialmente, ir en perjuicio del gran
offerimus central, que no se encuentra en este punto de la celebración,
sino después de la consagración, cuando la iglesia tiene en sus
manos, para confiarla al Padre,
pueblo la
percepción de la verdadera ofrenda esencial de la misa. La reforma
litúrgica que ha seguido el Vat. II ha intentado simplificar y reducir
esta parte para concentrar la atención en las cosas más importantes,
pero no lo ha logrado plenamente por la oposición que ha encontrado
a ello.
De todas formas,
la simple preparación y disposición en el altar de la
materia del sacrificio ha llevado, con el paso del tiempo, a varios
desarrollos interesantes: de la solemne procesión del ofertorio
(acompañada del canto correspondiente), en la que los fieles mismos
o algunos
representantes suyos llevaban el pan y el vino al celebrante,
uniéndose con frecuencia otras ofrendas para los pobres o para la
iglesia (de esto ha quedado una huella en la limosna que tradicionalmente
se recoge en este momento), a la atención dirigida hacia la materia
del pan y del vino, que ha conducido a notables profundizaciones (desde
san Ireneo, defensor de la bondad de la materia frente a los
gnósticos). Evidentemente, la elección del pan y del
746
vino proviene de
la cena misma de Jesús; pero no se trata de / elementos puramente
naturales, porque están cargados de una larga historia religiosa,
tanto universal (especialmente si se recuerdan los banquetes sagrados o los
convites para expresar o sellar relaciones humanas de amistad o pactos de
alianza) cuanto en relación con la historia de Israel: baste mencionar
aquí la ofrenda de pan y vino de Melquisedec.
Si originalmente
quizá el binomio pan-vino en el área mediterránea
indicaba la totalidad de una comunión convival y, en el caso de Cristo,
la totalidad de una vida (cuerpo y sangre) consumada y ofrecida por amor4, la
tradición cristiana desde
ca: cada trozo de
pan (como cada trago de vino) no es fruto solamente de la tierra y de la
naturaleza, sino del trabajo e inteligencia del hombre, que supone la colaboración
de muchos desde el trabajo del campo al pan ya preparado sobre la mesa.
Este aspecto
encuentra hoy un eco en la oración sobre el pan y sobre el vino
("Bendito seas, Señor..."), inspirada claramente en la
antigua bendición judía, que también Jesús
debió usar. Además, el colocarnos a nosotros mismos en la oferta
del cáliz puede ponerse en relación con el breve rito de echar en
el vino algunas gotas de agua, gesto en el que ya san Cipriano veía la
ofrenda de la comunidad, inseparable de la ofrenda de la sangre de Cristo
(Ep. 63,13). Los otros signos del actual ofertorio, o son secunda
747
rios (como el
lavarse las manos para expresar todavía la necesidad de
purificación), o bien, insistiendo excesivamente en la idea de ofrenda,
corren el riesgo de quitar importancia a la clásica oratio super
oblata, o más aún a la verdadera ofrenda central expresada en la
anáfora. La base cósmica y humana del ofertorio es positiva y
queda como punto de partida que insinúa levemente un gesto de oferta a
la espera de desarrollos muy diversos.
4. COMUNIDAD QUE
DA GRACIAS (ORACIÓN EUCARÍSTICA). a) ...proclamando las
obras de Dios. Si antes se hizo alguna alusión, ahora la dinámica
celebrativa entra en el corazón de la eucaristía cuando, en un
tono lírico y solemne, invita, mediante un diálogo vibrante (y
antiquísimo) a la asamblea a subir a las cumbres (por así
decirlo) de la participación interior y exterior
—"verdaderamente es justo y necesario, es nuestro deber y salvación"—
para cantar un himno de alabanza a Dios reconociendo todas las maravillas
que ha hecho con nosotros. La primera parte de este solo del celebrante se
llama praefatio (originalmente, parece, no tanto un decir antes cuanto un
decir ante, como dirigiendo una llamada a alguien); pero la
invitación paulatinamente se ensancha, afectando a ángeles y
santos, al universo entero, formando como un inmenso coro, que canta la gloria
de Dios con el triple Sanctus.
En la liturgia
latina la proclamación de las magnolia Dei a veces toma una forma
bastante sintética (como en la anáfora II), y en los prefacios de
las diversas fiestas se concentra con frecuencia en el misterio que se celebra
ese día; pero en otros casos (como en la anáfora IV), entre
el prefacio y el Veré Sanctus (fórmula de unión que va
Eucaristía
del trisagio a la
narración de la institución eucarística), el tema se abre
a todo el horizonte de la historia salvífica, que culmina en la pascua
de Cristo y en el don de su Espíritu. Pero el centro, la nota dominante
es siempre una sola: la necesidad incontenible de dar gracias a Dios por
todo lo que ha hecho en Cristo por nuestra salvación. Está
claro que incluso a nivel pastoral y litúrgico resulta pobre y desfasada
una celebración que no eduque ni sepa hacer participar a la asamblea en
esta alegre gratitud propia de los que han sido salvados (por lo menos con el
canto del
Sanctus).
b) ... celebrando
el memorial de la pascua del Señor. La clave que explica por qué
la oración eucarística se ha convertido en una proclamación
de alabanza-agradecimiento está en la relación intrínseca,
ya indicada más arriba, que une la eucaristía con la pascua del
Señor. Sin embargo, aquí, en el centro de la celebración,
no se trata solamente de expresar un sentimiento de gozo por las
maravillas realizadas por Jesús en el pasado. Por orden suya, narrando y
repitiendo palabras y gestos suyos en la última cena, nosotros
hacemos memoria (no sólo psicológica o mental) o (en lenguaje
bíblico-litúrgico) celebramos el memorial, que quiere decir:
representamos/reactualizamos lo que en la cena él quiso realizar y
expresar en íntima conexión con la ofrenda sacrificial cruenta
que iba a consumar dentro de pocas horas sobre el Calvario.
De todas formas,
ya sabemos que nuestra misa contiene el sacrificio de Cristo en el sentido
juanista de la exaltación en cruz, cuando el Hijo del hombre
"atraerá a todos hacia sí" (cf Jn 12,32), allí
donde su muerte no se ve separada de sus
Eucaristía
frutos y la
humillación del Hijo obediente hasta la muerte ha sido infinitamente
agradable al Padre mereciendo la glorificación pascual. Se trata, por
tanto, de una muerte vista ya como victoriosa, o de una "beata
pasión", como se expresa el canon romano, que la liturgia ha
cantado de varias maneras, tendentes todas ellas a expresar con fuerza
la misma
síntesis (cf Regnavit a ligno Deus! o los dos himnos triunfales de
la pasión: Vexilla Regís prodeunt o Pange, lingua, gloriosi
proelium ceríaminis). De aquí el tono eucarístico (no
doloroso) con que se celebra en la iglesia el sacrificio sacramental, que bajo
los signos de la cena reactualiza siempre el único sacrificio de la
cruz.
El cuerpo
representado por el pan es verdaderamente para nosotros "el cuerpo
entregado y roto",
que ha sido
ofrecido de una vez por todas en el Calvario, y la sangre es verdaderamente la
que fue derramada entonces para la redención del mundo; pero ahora
consummatum est (Jn 19,30), todo se ha
cumplido; el acto
definitivo de toda la historia de la salvación en su antes y su después,
ya ha tenido lugar y se ha asegurado el final positivo, vayan como vayan (en la
apariencia que nosotros vemos) los avatares humanos. Por la celebración
memorial y real tenemos en nuestras manos "el pan de vida y el
cáliz de salvación" (canon romano), que son más
fuertes que cual
quier otro
acontecimiento histórico. Por la inseparabilidad del binomio
muerte-resurrección no puede celebrarse sacramentalmente la una sin
la otra. Será como mucho, a lo largo del año litúrgico,
una cuestión de acentos, según se trate del tiempo de la
pasión o del tiempo pascual; pero cada eucaristía es pascua. Y si
la iglesia concentra en
dos días
(únicos en todo el año)
748
toda su
atención únicamente en Cristo crucificado (viernes santo) o
sepultado (sábado santo), en esos dos días prefiere no renovar el
sacrificio sacramental antes de bajar el tono pascual de la
eucaristía.
c) ... invocando
al Espíritu Santo. En la actual economía pospascual,
que implica también Pentecostés, esto es, el don del
Espíritu como primicias de la pascua del Señor
—"primicia para los creyentes", como dice la
anáfora IV—, no es posible celebrar un sacramento, y menos
aún el que se llama santísimo sacramento por excelencia, sin
la presencia y la
acción misteriosa del Espíritu Santo. Sin referirnos a la
clásica tradición litúrgico-patrística
oriental, tan rica en pneumatología también en lo que se
refiere al mundo sacramental, podemos citar aquí a san
Agustín: el elemento que ponemos sobre el altar "no es consagrado
por ser un sacramento tan grande, sino mediante la invisible acción
del Espíritu" (De Trin. 1. IV, 4,10); todavía en la
edad media resonaba esta misma doctrina, por ejemplo en Pascasio Radberto:
"el verdadero
cuerpo de Cristo
con fuerza divina es consagrado en el altar por el sacerdote in verbo Christi
per Spiritum Sanctum" (De Corp. et Sang. Domini, IV, 3).
Por tanto, la
eficacia de las palabras de Cristo, pronunciadas en la última cena,
no excluye, sino que implica la acción misteriosa de la virtus Spiritus
Sancti, que en las nuevas oraciones eucarísticas es invocado de manera
solemne con la imposición de manos sobre los dones inmediatamente antes
de la tradicional consagración con las
palabras de
Cristo. No carece de significado ecuménico el hecho de haber explicitado
esta epíclesis (que en el canon romano estaba como 749
latente),
especialmente para nues
tros hermanos
orientales (quienes,
sin embargo,
normalmente colocan
su
epíclesis, a la que atribuyen ver
dadera fuerza
consagratoria, des
pués y no
antes de nuestra consa
gración).
En cualquier
caso, la presencia y la secreta acción del Espíritu, que envuelve
y da eficacia a toda la celebración memorial, y toca también
a toda la comunidad presente (como inmediatamente veremos), es una componente
actualmente ineliminable de la verdadera fisonomía
eucarística, sobre la que es oportuno volver a llamar la
atención de los fieles, subrayando la unidad pascuapentecostés
y mostrando cómo la acción salvifica y santificadora de Cristo,
que se prolonga hoy en la iglesia y en los sacramentos, es inseparable de
la virtus activa de su Espíritu.
d) ... ofreciendo
el sacrificio de la nueva alianza. Si la celebración memorial con la
invocación del Espíritu Santo tiene la fuerza de hacer presente
aquí y ahora todo lo que Jesús realizó y expresó
con el gesto de la última cena en conexión con la
inmolación de la cruz y la pascua (unido en un todo), es porque
él quería incluirnos y hacernos partícipes del sacrificio
de la "nueva y eterna alianza", perteneciésemos a la generación
que fuese, a lo largo del tiempo. A través de nuestro sacrificio
sacramental, él nos hace continuamente contemporáneos de la cruz,
y hace de aquel acontecimiento algo contemporáneo a nosotros.
Participando con fe en aquel acontecimiento, estamos unidos en la única
y definitiva alianza, sellada con la sangre de Cristo, "víctima de
reconciliación" (anáfora III) que trae la paz a todo el
mundo.
Así pues,
la razón de ser de la economía sacramental está en la
Eucaristía
voluntad de
Cristo de ponerse en manos de la iglesia y de cada uno de nosotros para que
podamos finalmente ofrecer, por nuestra salvación y la de todo
el mundo, la víctima de valor infinito, o sea, no ya a medida del
hombre, y por tanto con la misma amplitud y eficacia que aquella ofrenda tuvo
la primera vez sobre el altar de la cruz. Entonces se ofreció en una
espléndida y tremenda soledad —aunque lo hacía por
nosotros—, cargado con todos nuestros pecados y "atrayéndonos
a todos hacia sí"; ahora somos nosotros los oferentes, con
él y por él, prendidos en el mismo movimiento de
donación, de obediencia al Padre, de verdadero culto (el de su
relación filial), de reconciliación completa con Dios y entre
nosotros. En él, nos ha dicho el Vat. II (SC 5, citando una antigua
oración litúrgica), "nostrae reconciliationis processit
perfecta
placatio, et
divini cultus nobis est indita plenitudo ".
Por eso,
después de haber cumplido el mandato de Jesús ("Haced
esto en conmemoración mía"), por el que se hace presente no
sólo el cuerpo y la sangre de Cristo, sino también ¿l
sacrificio de la nueva alianza para que se h'iga nuestro, la iglesia se
apresura a declarar, en la riquísima fórmula del canon romano
(pero con sus equivalentes en todas las demás anáforas): Unde et
memores... offerimus. Parafraseando un poco, se podría traducir:
"En el memorial sacramental que por tu mandato estamos celebrando, somos
conscientes de tener en nuestras manos el único sacrificio de
nuestra salvación: por esto lo ofrecemos..." Lo importante es
precisamente lo que aquí ocupa el centro: integrar nuestras
comunidades en este gran offerimus, que en la incisiva fórmula del canon
romano lleva como único sujeto "nosotros,
Eucaristía
tus siervos, y
todo tu pueblo santo" (la coordinada et plebs tua sancta quiere subrayar
la unicidad del sujeto oferente en este momento, sin negar para nada la
distinción entre sacerdocio jerárquico, que habla en nombre de
todos, y sacerdocio común, propio de todos los bautizados).
e) ...
ofreciéndonos a nosotros mismos en sacrificio espiritual. No se puede
ser verdaderamente cooferentes sin ser co-ofrecidos, como nos recordaba ya
la encíclica Mediator Dei, de Pío XII (1947). "La
iglesia cada día, ofreciendo a Cristo, aprende a ofrecerse a
sí misma", dice un texto clásico de san Agustín (De
Civitate Dei X, 20); más aún, es ésta la única
forma verdadera de hacer memoria en él, no tan sólo repitiendo
ritualmente sus gestos y palabras, sino entrando en sus sentimientos. Para
poder recibir con sinceridad ese cuerpo entregado, debemos vivir nuestra
vida cristianamente haciéndonos a nosotros mismos don, sea cual sea
nuestra
vocación específica. Para poder hacer nuestro y ofrecer ese
sacrificio en el que Jesús se ha hecho obediente hasta la muerte,
debemos consumir nuestra existencia en una total obediencia a la voluntad
del Padre, llevando a término plenamente su proyecto de amor sobre
nosotros. "Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus
amigos" (Jn 15,13). Estamos celebrando precisamente su gesto de amor,
que exige de nosotros otro tanto.
No podemos
añadir objetivamente nada al sacrificio único y perfecto
de Cristo, que ya ha merecido todo, como sabemos, y es sobreabundante para
todas las necesidades de salvación y santificación del mundo
entero. Si hoy lo hacemos presente en la celebración memorial
750
de esta
comunidad, es precisamente para que produzca ahora el sacrificio
espiritual de nosotros mismos, del que nos habla todo el NT (cf, por ejemplo,
Rom 12,lss). El sacrificio sacramental en que participamos se orienta
al sacrificio real de nosotros mismos; y el primero es inútil para
nosotros si no asume nuestra vida concreta con los sufrimientos y fatigas
de cada día, pero también con las alegrías, con las
intenciones y oraciones que llevamos en el corazón por nosotros y
por todo el mundo, con el deseo o la necesidad de alabar y dar gracias a Dios,
de interceder o expiar. La celebración alcanza su verdadera
finalidad cuando
hacemos de toda nuestra vida una sola ofrenda, un solo sacrificio con la
ofrenda y el sacrificio de Cristo, o una sola alabanza, acción de
gracias, intercesión, expiación, que por nuestra parte no
tienen ningún valor sino en cuanto están insertados en el culto
perfecto que sólo Cristo puede expresar por nosotros y con
nosotros; para esto precisamente él se hace presente con su ofrenda y
su sacrificio
sobre el altar.
De este modo, las
plegarias eucarísticas no expresan sólo el offerimus
que tiene por objeto a Cristo y su sacrificio, sino que piden que el mismo
Señor "nos transforme en ofrenda permanente" (anáfora
III)
o que todos
seamos por su Espíritu "víctima viva para tu alabanza"
(anáfora IV). El canon romano, al pedir que nuestra ofrenda sea agradable
a Dios como la de Abel, Abrahán o Melquisedec, supone en nosotros una
actitud de disponibilidad interior y de donación igual de generosa
que la suya, si fuera necesario.
f) ...formando
todos un solo cuerpo. La unidad de sacrificio y de vida conlleva también
la unidad 751
de la persona en
Cristo. No podemos incorporarnos a él por la eucaristía sin
con-corporarnos también entre nosotros. La expresión
típica proviene de san Pablo, que nos ve a todos (judíos y
gentiles) como "miembros de un mismo cuerpo" (cf Ef 3,6).
Estamos
aquí tocando un efecto característico de la eucaristía, en
el centro mismo de la tradición cristiana patrística y
medieval: si hasta ahora en gran medida se nos ha presentado a "la iglesia
que hace la eucaristía", ahora las relaciones se invierten:
"es la eucaristía la que hace a la iglesia", según el
conocido axioma. Cristo nos da su cuerpo para hacernos cada vez más su
cuerpo, y así día a día construye la iglesia. "Porque
no hay más que un pan, todos formamos un solo cuerpo, pues todos
participamos del mismo pan"(l Cor 10,17).
Después la
escolástica denominará a este efecto, ya puesto fuertemente
en evidencia por san Agustín (y sirviéndose también de su
terminología), la res (realidad) por excelencia o el fruto
último al que se orienta toda la estructura sacramental de la
eucaristía. Baste con una cita: "la res (o efecto último)
—escribe santo Tomás— de este sacramento es la unidad del
cuerpo místico" (S. Th. 111, q. 73, a. 3). Si hay, pues', una
unidad que precede y debe preceder a la celebración de la eucaristía
—porque si estamos separados tan sólo de un único hermano
no podemos acercarnos a ofrecer nuestra ofrenda en el altar, según la
advertencia de Mt 5,23—, hay también una unidad que sigue,
o sea, que crece
y se desarrolla por obra de la gracia sacramental propia de este
sacramento.
También
aquí las anáforas lo ponen de manifiesto, pidiendo para
"cuantos compartimos este pan y este cáliz (ser) congregados en un
Eucaristía
solo cuerpo por
el Espíritu Santo" (anáfora IV y textos paralelos de
las otras a este respecto). Los signos de unidad y de ofrenda de nosotros
mismos ya insinuados en el rito del ofertorio con la materia del pan y vino
encuentran aquí su cumplimiento más alto y son presentados
en conexión con el don del cuerpo de Cristo y con la acción
inseparable de su Espíritu, aunque sea con la mirada puesta ya en la
cercana comunión. En sustancia, la idea es que no se puede crecer en la
unión con Cristo sin crecer simultáneamente en la
unión fraterna (que es, por otra parte, su condición previa por
la compenetración recíproca).
g) ... invocando
al Espíritu Santo sobre los comunicantes. Merece mención
aparte ¡a segunda epiclesis, así llamada, o sea, una segunda
invocación del Espíritu Santo, ya no sobre los dones, sino sobre
la comunidad de los celebrantes y comunicantes, para que puedan obtener el
mayor fruto posible de un don tan grande. Las nuevas anáforas ponen en
relación con la acción interior del Espíritu sobre todo
los dos últimos frutos de la eucaristía más arriba
recordados: formar verdaderamente con nuestra vida un solo sacrificio-oferta, y
un solo cuerpo con Cristo en unión con nuestros hermanos. Porque estamos
"congregados en un solo cuerpo por el Espíritu Santo", podemos
convertirnos en "víctima viva para tu alabanza"
(anáfora IV; cf también, para la primera parte, el paralelo en la
anáfora II). E incluso la anáfora III pide que seamos
"llenos de su Espíritu Santo" para que se produzcan en
nosotros los verdaderos frutos de la eucaristía.
En esta ardiente
petición de la venida del Espíritu Santo sobre los
Eucaristía
que participan en
el rito hay una profunda lección de teología y espiritualidad
sacramental: no debemos esperar ningún efecto mágico.
¿De qué sirve, en efecto, la grandeza del don que se nos ofrece
en el signo sobre el altar objetivamente, si no sabemos insertarnos y
apropiarnos personalmente de esa riqueza? Por eso es indispensable la
acción del Espíritu Santo, que personaliza e interioriza el don,
crea las disposiciones necesarias dentro de nosotros y, sobre todo, crea la
unidad con la ofrendasacrificio de Cristo y entre nosotros. Es como
Jesús, que hablaba y explicaba a los discípulos "los
misterios del reino"; pero, consciente de su poca capacidad de comprender,
añadía también (cf, por ejemplo, Jn 13,6-7; Le 9,44-46):
"El Espíritu Santo os lo enseñará todo,
y os
recordará cuanto os he dicho" (cf Jn 14,26: ib, 16,12-14).
Así pues,
como en la primera epíclesis se invoca al Espíritu sobre el pan y
el vino para que los transforme en el cuerpo y la sangre del Señor, del
mismo modo aquí se lo invoca sobre la comunidad para que la disponga a
entrar profundamente en el misterio que está celebrando y
obtenga del mismo el mayor fruto, lo cual de otro modo seria imposible, ya que
todo es don y procede del gran Don que es la persona misma del Espíritu
Santo.
h) ... comunicando
con la iglesia de la tierra y la del cielo. Con diversas colocaciones en
el desenvolvimiento de la oración eucarística y sin
seguir un orden constante, la comunidad cristiana que celebra la
eucaristía sintió desde los primeros siglos la necesidad de
expresar su profunda unidad con la iglesia peregrinante en la tierra, pero
también con la que ha llegado ya a la gloria del cielo.
752
A este respecto
es típico el communicantes' del canon romano, que tiene la
particularidad de dividir tanto la memoria de los santos cuanto las
intercesiones antes y después de la consagración, mientras
que las nuevas anáforas se conforman al uso común de las liturgias
orientales, que prefieren la colocación en la segunda parte. El
núcleo esencial consiste, de todas formas, en sentirse en plena
sintonía con la hermosa realidad eclesial que se llama comunión
de los santos, y que se refiere sobre todo a esa parte bienaventurada que
desde / María (aquí precisamente tuvo lugar la primera
mención litúrgica de la madre del Señor) a los
apóstoles, los mártires y todos los demás / santos
goza ya con Cristo e intercede por nosotros.
Se muestra
así otra dimensión de la celebración eucarística
—y de la liturgia en general—: en este momento fuerte se
siente que nuestra celebración, mientras se desenvuelve sobre la
tierra, está en contacto, más aún, forma parte de una
liturgia considerablemente más amplia, que abarca también el
cielo, donde se canta y se reza con nosotros y por nosotros, tal y como nos
hacen intuir ciertas escenas inolvidables del Apocalipsis.
i) ...
intercediendo por todos. Ya en el modelo judío que subyace a nuestras
oraciones eucarísticas, como hemos visto [/ supra, I, 4], la alabanza y
acción de gracias por los beneficios de Dios se complementaba con
la intercesión y súplica a Dios para que renovase ahora sus
maravillas y nunca falte su indefectible asistencia al pueblo elegido.
Exaltando la benevolencia de Dios en el pasado (oración memorial y
eucarística), se alimentaba la confianza en su ayuda para el
presente y para el futuro. En nuestro caso,
753
hallándonos
tan cerca de la fuente de toda gracia, identificada con el sacrificio redentor
de Cristo actualizado ante nosotros y para nosotros, era más
que natural que la iglesia expresara las intenciones que afectan a sus propias
necesidades y, más en general, a las del mundo.
Este es el motivo
del clásico memento de vivos y difuntos, antiguamente
acompañado de la lectura de los dípticos, o sea, de las
intenciones más particulares, con los nombres de las personas que se
deseaba recordar y los nombres que había que leer cada vez, desde el
papa, los obispos y las diversas clases del clero hasta la comunidad concreta
de los simples fieles, en relación con las circunstancias y las necesidades
que se estaban viviendo en el momento histórico. Aquí,
naturalmente, encontraba su lugar también la antiquísima
oración por los difuntos, que eran recordados cuando se creaba un
vacío en la comunidad o cuando venían recomendados por
algún fiel en particular.
Así, la
eucaristía, sobre todo en la anáfora, se hace síntesis y
modelo de toda la oración cristiana, bajo todos sus aspectos, para
todas las necesidades, empezando siempre, eso sí, por la alabanza y
acción de gracias a Dios por sus innumerables beneficios en favor
nuestro, cuando todavía no merecíamos nada o ni siquiera lo
buscábamos, mientras que él nos ha amado primero.
j) La
doxología final. De todo lo que hemos dicho hasta ahora se desprende con
naturalidad que la anáfora desemboque, con una especie de
inclusión final que se remite decididamente al tema dominante desde los
primeros acentos, en una grandiosa glorificación conclusiva, donde se
recoloca vigorosamente en Eucaristía
el centro de todo
al único Mediador y Salvador ("Por Cristo, con él y en
él..."), que "en la unidad del Espíritu Santo"
hace retornar todo al Padre ("todo honor y toda gloria..."),
según el clásico esquema trinitario, que es el soporte de toda
auténtica oración cristiana, sobre todo de la litúrgica, y
en un momento solemne como el nuestro.
A la grandiosidad
de este final in crescendo corresponde la ratificación por parte de
la asamblea celebrante con el Amén más importante de
todo el rito de la misa; ese Amén que, según el testimonio de san
Jerónimo (In Gal. comment. I, 2), resonaba como un trueno en las
antiguas basílicas romanas, como adhesión interior y comunitaria
de fe, de participación plena y gozosa en la salvación llevada a
cabo por Cristo.
5. COMUNIDAD DE
COMUNIÓN Y PARTICIPACIÓN (EL RITO DE COMUNIÓN Y DE
DESPEDIDA). Después del rito introductorio del ofertorio y de la gran
oración eucarística, ahora el desarrollo de la misa se encamina
hacia la consumación del sacrificio y la parte conclusiva de la celebración.
Desde el ofertorio, todos los elementos más o menos se eligen y miran
hacia la participación del banquete sacramental, habiendo indicado el
mismo Jesús el modo de encuentro con él. La ordenación
puede ser diversa según las épocas y los diferentes ritos, que
modifican algún elemento; pero el fondo es común, y nuestra
liturgia sigue esta línea.
En primer lugar,
por lo menos desde san Gregorio Magno en adelante, encontramos el
padrenuestro, que por su dignidad sirve como puente entre la solemne
oración eucarística y el rito de la comunión. Algunas de
sus peticiones, especialmente, parecen ponerlo en estrecha
Eucaristía
conexión
con la eucaristía, como la petición del "pan nuestro de cada
día" (o "supersustancial") —que una cierta
interpretación bastante difundida en la época patrística
entendía como referido al pan eucarístico— y
sobre todo la petición del perdón a Dios y a los hermanos
("Perdónanos, como..."), como disposición necesaria
para poder comulgar (especialmente en la predicación agustiniana).
El padrenuestro se completa con el simbolismo final
("Líbranos, Señor..."), que desarrolla las
últimas peticiones de la oración del Señor, y hoy
también en la liturgia romana se añade todavía una antigua
doxología-aclamación del pueblo: "Tuyo es el
reino...".
Sigue a
continuación la oración del sacerdote por la paz ad intra y ad
extra de la iglesia, a la que se añade la fórmula de
tradición judía del augurio de paz (Pax vobis), y entonces toda
la asamblea de los presentes es invitada a darse un abrazo fraterno (u otro signo
equivalente). En los textos y en los ritos, tal como hoy están, se
insiste demasiado en esta parte en el tema de la paz, sin duda porque se
quiere acentuar la gran advertencia de Jesús, que antepone la reconciliación
fraterna a cualquier otra ofrenda sobre el altar (cf Mt 5,24).
Tiene lugar,
finalmente, l&fractio pañis, gesto de gran importancia ya en la
última cena de jesús, como sabemos, y que en la comunidad
primitiva llegó a dar nombre a toda la celebración
eucarística (cf Le 24,35; He 2,46). El gesto familiar de quien presidía
la mesa, que partía el único pan para distribuir los trozos entre
todos los presentes, era bastante simple, pero también significativo
para expresar la comunicación entre todos; y, de hecho, Pablo se
servirá de él (1 Cor 10,17) para inculcar nuestra unidad en
Cristo,
754
dado que
participamos todos del
mismo pan
repartido y del mismo
cáliz.
Naturalmente,
esto supone la verdad del signo también en la materia que utilizamos,
pues la manera de confeccionar las hostias en los tiempos modernos —cada
vez más candidas y sutiles para construir sobre ello toda una pseudomística
muy de moda en cierta literatura de devoción eucarística y
todavía hoy, por ejemplo, en ciertos cánticos populares—
parece bastante alejada del signo humilde, pero vivo, concreto y familiar
elegido por Jesús. Aunque para esto se podría aducir como excusa
la practicidad de las hostias individuales, por lo menos se debería
ser fieles a las muchas recomendaciones de documentos oficiales (sin excluir
los OGMR 56, h), que invitan a comulgar regularmente con hostias consagradas en
la misma misa a la que se asiste, según la lógica de las cosas.
El canto del
Agnus Dei acompaña, según la duración, la
fracción del pan y también el breve rito de la immixtio, o sea,
introducir en el cáliz un pequeño fragmento de la hostia
consagrada, probablemente para significar la unidad del mismo sacrificio y de
la misma víctima presente en el cuerpo y en la sangre. En Roma
antiguamente se enviaban fragmentos como ése a los que celebraban
en otras iglesias para expresar la comunión en el mismo sacrificio.
Después de
una oración del sacerdote (dicha en voz baja, por su cuenta) se
entra directamente en el rito de la comunión: el celebrante muestra el
pan santo a los fieles e invita a todos al banquete, mientras sugiere
sentimientos de humildad con las conmovedoras palabras del centurión del
evangelio: "Señor, no soy digno..." A continuación co
755
mulga con el pan
y el cáliz, mientras los fieles a su vez se dirigen hacia el altar,
si es posible cantando (según la antiquísima y universal
costumbre recomendada todavía hoy por la iglesia), para expresar (si el
cántico es adecuado al momento) alegría y unión
íntima tanto con el Señor cuanto con los hermanos que se sientan
a la misma mesa preparada por el amor divino. Cabe subrayar este
estilo de comunión para superar cierta piedad más bien
individualista e intimista, mientras que la eucaristía, en su naturaleza
intrínseca y en la forma en que fue instituida (banquete fraterno), si
bien implica una profunda participación personal, es un acto en
sí mismo comunitario. Aquí es donde la iglesia se construye cada
día y cierra cada vez más sus filas. Un texto autorizado del Vat.
II llega a decir: "Ninguna comunidad cristiana se edifica si no tiene
su raíz y quicio en la celebración de la santísima
eucaristía, por la que debe, consiguientemente, comenzarse
toda
educación en el espíritu de comunidad" (PO 6).
El texto citado
continúa diciendo que de aquí toman impulso también
las diversas obras de caridad y de mutua ayuda. Es clásico el
pensamiento insinuado en
Eucaristía
sí mismo,
sin abrirse, en la vida concreta, a un serio compromiso de
reconciliación y caridad fraterna. Así pues, corremos el riesgo
de caer en la falsedad "cada vez que comemos este cuerpo entregado y
esta sangre derramada" si no nos ponemos respectivamente en la misma
disponibilidad hacia el don.
Naturalmente, la
convivalidad tiene aquí su punto culminante, por lo que sería
obvia la comunión de toda la comunidad presente. Sabemos que en la
antigüedad, terminada la liturgia de la palabra, se despedía
expresamente a los catecúmenos, los excomulgados y a cuantos
se hallaban por algún motivo impedidos para acercarse a la mesa del
altar. También hoy, naturalmente, hacen falta las debidas disposiciones
("examínese el hombre", advierte san Pablo, para no "comer
y beber su propia condenación" en lo que es un don de amor y
exige amistad con Dios y con los hermanos: cf 1 Cor 11,28-30); pero sigue siendo
una extraña anomalía el hecho de que una gran parte de
nuestros adultos presentes (con escándalo especialmente de los
niños, quizá de los propios hijos) acepten como bautizados la
invitación al banquete dominical, considerándose, por
tanto, todos como hijos de familia igualmente invitados, y cuando se trata
de participar hasta el fondo con la comunión se mantengan aparte, como
si fueran extraños o tan sólo espectadores.
Este es un
comportamiento en el fondo ilógico, si se piensa que, si uno quiere
hacer propios los frutos específicos del sacrificio eucarístico,
no tiene otra vía que la divinamente indicada: consumar personalmente el
sacrificio con la comunión sacramental. Todas las devociones eucarísticas
y las comuniones espirituales pueden ser algo bello y precioso, pero
solamente las palabras del
Eucaristía
Señor
tienen una garantía divina; pues él, además de la
invitación categórica repetida constantemente: "tomad y
comed y bebed todos de él", declaró explícitamente:
"Si alguien come de este pan, vivirá eternamente... Si no comiereis
la carne del Hijo del hombre y no bebiereis su sangre, no tendréis vida
en vosotros" (Jn 6,51-53). La praxis de los cristianos que no acogen la
invitación hasta el fondo y se retraen o se abstienen de realizar
la unión completa ofrecida por el Señor, hace a veces a los
cristianos unos subalimentados (espiritualmente), que no gozan ni manifiestan
una relación vital con el Señor.
Es natural que un
acto tan importante como la comunión tenga un antes y un después
en el rito mismo: el gran reconocimiento agradecido oficial lo expresa el
sacerdote con la "oración después de la
comunión", una de las tres oraciones presidenciales, en la que,
junto a la manifestación del más vivo y gozoso reconocimiento,
con frecuencia se pide al Señor que los frutos de la comunión
sean eficaces y duraderos para todos. Sin embargo, antes de esta
importante oración dicha en nombre de la comunidad, puede
intercalarse oportunamente un cántico de acción de gracias
(salmo o himno adecuado), pero sobre todo no debería faltar una breve
pausa de silencio para la oración personal de cada uno, fundiendo
así las legítimas exigencias de los particulares con las de
la comunidad.
Después de
los eventuales avisos a la asamblea, el saludo final y la bendición del
sacerdote (a veces solemnizada o enriquecida con una "oración sobre
el pueblo") cierran breve y eficazmente el gran rito antes de la despedida
oficial.
6. COMUNIDAD
ENVIADA A LA
756
MISIÓN. Si
la despedida ritual (líe, missa est) históricamente no se debe
interpretar como un envío explícito a la misión, es cierto
que la asamblea eucarística está formada por un pueblo que,
ya por su mismo bautismo, es todo él misionero y no puede cerrarse
en sí mismo. Cada vez que es convocado en torno al banquete
eucarístico revive y acepta de nuevo libremente su llamada; sabe, sin
embargo, que ésta es universal y ha de alcanzar a todos los hombres por
medio de la obra de todos.
Con otras
palabras: el banquete eucarístico no está nunca, como en los cultos
mistéricos, reservado a una élite de iniciados, sino que, aun
suponiendo la adhesión inicial de la fe (completada por el bautismo), es
esencialmente abierto y dinámico, orientado hacia la invitación y
convocación de todos para la salvación del mundo entero.
Recordamos la profecía de Isaías (25,6-7), que tantas veces
aparece en la liturgia: "Yavé de los ejércitos
brindará a todos los pueblos en esta montaña un festín de
pingües man
jares, un
festín de buenos vinos, de pingües manjares jugosos, de buenos
vinos, purificados. Y quitará en esta montaña el velo de luto que
velaba a todos los pueblos..."
Por eso cada
eucaristía, especialmente en la reunión dominical, es
preludio y signo de este gran festín de todos los pueblos sobre el monte
Sión. Las parábolas evangélicas del banquete muestran esta
irresistible tensión hacia la universalidad, que el rechazo de Israel no
podrá frenar, sino que será más bien ocasión
para una dilatación mayor, cuando los pueblos "vendrán de
oriente y de occidente, del norte y del mediodía, y estarán
a la mesa en el reino de Dios" (Le 13,29). También los excluidos
(en el contexto socioreligioso de entonces) serán admiti757
dos: ciegos,
cojos, sordos, y especialmente los pecadores, serán rehabilitados
y puestos en condiciones de participar en el festín (cf Mt 9,913;
Le 7,36-50; ib 19,1-10).
La comunidad de
mesa con Jesús
o convivalidad,
tan fuertemente acentuada en el evangelio y revivida por nosotros en cada
banquete eucarístico, es inseparable de este impulso dinámico
misionero abierto hacia la dilatación del reino sin confines,
haciendo caer todas las barreras de raza y de condición social,
superando todas las divisiones, las discriminaciones y las alienaciones
producidas por el pecado del hombre. Jesús en su sacrificio
murió precisamente "para reunir en uno a los hijos de Dios
dispersos" (Jn 11,52) y para "atraer todos hacia sí"
desde lo alto de la cruz (ib 12,32). La misa tiene la misma dimensión y
la misma eficacia misionera que la cruz; y esto intrínsecamente, no
sólo en la intención que nosotros podamos darle.
He aquí,
pues, la colocación justa de la eucaristía: es siempre realidad
intermedia o convocación parcial entre el banquete pascual de
Jesús y el festín universal de las naciones, al que se refiere necesariamente
y que prepara cada vez, si somos conscientes y nos educamos como comunidad para
entrar en este impulso misionero, que, naturalmente, debe prolongarse
más allá de la celebración ritual. Es aquí donde la
iglesia, convocada incesantemente por la misericordia de Dios, se hace por
su parte convocante para llamar y hacer partícipes de todos los
bienes recibidos a todos los hombres (a diferencia de Israel, que se
encerró en sí mismo).
7. A
Eucaristía
descubre
inmediatamente también su dimensión escatológica. Ya aludía
a ello Jesús en la última cena (cf Le 22,18), y san Pablo
presenta la celebración eucarística como una solemne
proclamación de la muerte victoriosa del Señor "hasta que
venga" (1 Cor 11,26). No extraña, por tanto, la tensión
escatológica de la primera comunidad cristiana con el
característico grito de invocación Maraña tha
("Ven, Señor Jesús"), repetido especialmente en las
reuniones eucarísticas (desde
La
eucaristía, memorial de la pascua del Señor, no solamente nos
remite al pasado, a un acontecimiento que se ha cumplido en la historia
anterior, recordando la pasión-muerte-resurrección-ascensión,
sino que también se abre a la perspectiva futura: "hasta que
vuelvas", cantamos después de la consagración. En
realidad, la resurrección de Cristo inaugura ya el nuevo mundo del
futuro, y en su humanidad glorificada ha comenzado ya la
transfiguración "del cielo nuevo y de la tierra nueva" (Ap
21,1). Por eso, desde la primera generación cristiana, participar en la
eucaristía quería decir recibir "una semilla de
inmortalidad", un "antídoto contra la muerte", un ius ad
-gloriam también para nuestro cuerpo, una prenda de la resurrección-transfiguración
final.
Con esta triple
dimensión del tiempo (pasado-presente-futuro), típica de la
economía sacramental, la eucaristía no es solamente un
banquete conmemorativo, sino también anticipativo, porque la pascua del
Señor ya es victoria segura sobre la muerte y sobre todas las potencias
enemigas, ya es liberación-reconciliación-unificación
de todo en Cristo. Partiendo del humilde pan y vino de la creación,
llegando al Cristo resucitado
eucaristía
y a la gracia
vivificante del Espíritu Santo, en la misa vivimos todo el poema de la
salvación, que abarca cielo y tierra. El momento de la eucaristía
es la punta más avanzada, en la que la iglesia toca ya el futuro al
que atiende, mientras sus energías se ponen en movimiento para que el reino
llegue ya desde ahora a la historia. Así cada celebración es
viático, etapa en el camino de la esperanza hacia la tierra prometida,
pero a la vez fuerza nueva para llenar de la gloria celeste todo la realidad
presente.
NOTAS: ' Cf J.-P.
Audet, Esquisse historique du genre litíéraire de la
"bénédiction" juive el de
i"eucharistie"chrétienne, en Revue Biblique 65 (1958) 371-399
— 2 Véase especialmente; L. Ligier,
Célébraíion divine el anamnése dans la
premiére partie de Tanaphore ou canon de la messe oriéntale,
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en QL 4 (1980) 211-240; H. Wegman, Généalogie
hypothétique de la priére eucharistique, ib, 263-278 — 3
Para las referencias y desarrollo de esta doctrina, cf H.U. von Balthasar,
Parole et mystére chez Origene, París 1957, espec. 48-Í9,
79ss, 89-98 — " Cf para estas ¡deas y documentación L.
Dussault, Veucharistie paques de toute la vie, París 1972, espec.
13-21,79-82.
P. Visentin
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López Martín J., De
EUCARISTICA
/
Concelebración; / Plegaria eucaristica; / Nuevas plegarias
eucarísticas
SUMARIO: 1.
Qué es y su función: 1. Definición; 2.
División; 3. Naturaleza; 4. Eucología y biblia; 5.
Expresión literaria; 6. Historia - II. Estructura: 1. Elementos
objetivos; 2. Elementos estructurales; 3. Estilo - III. Funcionalidad
litúrgico-pastoral: I. Dimensión didascálica de la
eucología; 2. La eucología, escuela de oración; 3.
Función litúrgica de las fórmulas eucológicas: a)
Oración colecta, b) Oración sobre las ofrendas, c) Oración
después de la comunión; d) Oración de bendición
sobre el pueblo.
Eucología
I. Qué es
y su función
DEFINICIÓN. Eucología (neologismo
proveniente del griego: euché — oración, y lógos =
discurso) significa propiamente la ciencia que estudia las oraciones y las
leyes que rigen su formulación'. En un sentido menos propio, pero ya de
uso corriente, la eucología es el conjunto de oraciones contenidas en un
formulario litúrgico, en un libro o, en general, en los libros de una
tradición litúrgica. El conjunto de estos textos se llama
también depósito eucológico. Aquí nos referimos
a las fórmulas de oración litúrgica en sentido estricto,
no a las fórmulas litúrgicas en general (himnos,
antífonas, responsorios, etc.). En la liturgia se encuentra un conjunto
de textos muy diversificados por origen, género literario y
también por el tipo de uso que de ellos hace la liturgia. Por lo mismo,
en los textos litúrgicos hay que distinguir ante todo sus diversos
géneros literarios2: podemos hacer una primera división en dos
grandes grupos, según se trate de textos que la iglesia toma
directamente de la biblia o de fórmulas que ella crea expresamente para
su culto. Al primer grupo pertenecen las lecturas escriturísticas y
los cantos bíblicos; al segundo, todas las demás fórmulas
compuestas por la iglesia, sea que se trate de textos eucológicos o bien
de textos poéticos.
DIVISIÓN. La eucología se
suele dividir en menor y mayor. A la eucología menor pertenece el
conjunto de las simples oraciones: por ejemplo, la colecta, la oración
sobre las ofrendas, la oración después de la
comunión, la oración de bendición sobre el pueblo, las colectas
de salmos... A la eucología mayor pertenecen oraciones más
Eucología
complejas como los
prefacios, las plegarias eucarísticas, las bendiciones solemnes...
En general, en cada formulario litúrgico, y respectivamente en cada
libro litúrgico, se puede siempre distinguir la eucología
mayor y la menor, aplicando al correspondiente depósito eucológico
oportunos criterios metodológicos, según los casos.
3. NATURALEZA.
Las fórmulas eucológicas se distinguen de todos los textos
bíblicos ante todo por el origen diverso. Las primeras son
creación eclesial en orden a expresar el misterio del culto con un
lenguaje de oración, lenguaje que, por lo mismo, está en estrecha
relación con el ambiente socio-cultural de la asamblea. La
eucología de las diversas tradiciones litúrgicas se convierte en
tal modo en la manifestación más característica de la
concepción que una determinada iglesia local tiene de la liturgia y de
su misterio. Se puede afirmar, con dom P. Alfonso, que "el estudio de la
liturgia [...] es principalmente un estudio eucológico"3.
Sin pretender
desvalorizar los aspectos rituales y simbólicos de la liturgia ni
reducirla a un estéril juego de palabras, hay que tener presente que la
palabra ejerce un papel primario en la celebración. Cuando los actos
materiales del culto se sustraen al espíritu que los anima y a la
oración que los vivifica, quedan reducidos a un ritualismo
vacío, muy cercano a la magia. Si es verdad que las fórmulas
eucológicas no se pueden estudiar desgajadas del rito, la biblia (palabra
de Dios) y la eucología (palabra de la iglesia) son la parte sustancial
y, sobre todo en la liturgia antigua, también la parte materialmente
preponderante. Con todo, es verdad que la misma fórmula
eucológica puede degenerar y convertirse
760
en algo
mágico si no logra expresar ninguna dimensión de diálogo,
de reciprocidad y de intercambio, dimensiones todas que son esenciales
a la auténtica experiencia religiosa. De ahí el problema de
la / creatividad eucológica.
4.
EUCOLOGÍA Y BIBLIA. Los textos eucológicos se presentan, por
una parte, como inspirados y abundantemente influenciados por
El contexto y las
expresiones bíblicas presentes en los textos eucológicos,
además de ser testimonios de la tradición, son el fruto natural
de la comprensión que la iglesia tiene del misterio de Cristo en su
fuente auténtica:
5.
EXPRESIÓN LITERARIA. La iglesia contempla el misterio de Cristo en la
meditación de la palabra de Dios, y lo celebra y describe en su
culto con expresiones bíblicas, sirviéndose al mismo tiempo
de 761
formas literarias
acomodadas a la inteligencia y a la capacidad de comprensión de los
fieles de un determinado lugar y tiempo.
En el uso de las
formas literarias del propio tiempo, la iglesia no persigue propiamente un fin
literario, es decir, una perfección estilística; busca
más bien una forma noble, además de inteligible y expresiva,
para comunicar su pensamiento. De ello nace un estilo literario
litúrgico verdadero y propio, que podemos estudiar sobre todo en la
eucología latina de los antiguos sacramentarios romanos. En los ss.
iv-vi existe una tradición literaria común y una relativa homogeneidad
de vocabulario. En este período, el lenguaje de las oraciones, aunque de
origen diverso, tiene una fisonomía característica, y
justamente ha sido llamado latín cristiano-litúrgico. A. Chavasse
ve en esta lengua litúrgica común una especie de lenguaje
hierático, algo más solemne que el lenguaje de los documentos
oficiales, dotado de un vocabulario tradicional y de temas y frases
típicas6. Todo esto nos interesa, dado que los textos eucológicos
de los antiguos sacramentarios romanos son todavía el sustrato
principal de la eucología de los libros litúrgicos recientemente
promulgados por disposición del Vat. II.
6. HISTORIA. La
historia de la eucología puede delinearse recorriendo la de los /
libros litúrgicos. A un período inicial de improvisación
carismática (ss. i-iv) sucede otro de progresiva creación de
fórmulas (mitad del s. iv-fines del
s. vil). En el
primer medievo, a pesar de la supervivencia de la cultura romana, la
falta de unidad de la civilización europea favorece la formación
de diversas tradiciones litúrgicas, que se aglutinan alrede
Eucología
dor de las
principales iglesias de Europa (ritos galicano, hispanovisigótico,
ambrosiano y otros menores [/ Ambrosiana, Liturgia, I; /
Hispano-visigótica, Liturgia]). De este modo toman cuerpo y se desarrollan,
también en Occidente, diversas tradiciones eucológicas, que se
influencian recíprocamente a
10 largo del
medievo. Llegados a la época tridentina, se fijan definitivamente
las fórmulas y los ritos de toda la liturgia latina, con algunas
excepciones muy limitadas geográficamente. En nuestros días,
el Vat.
Aquí nos
ocupamos casi exclusivamente de la tradición eucológica de
la liturgia romana, y sobre todo de la eucología en uso hoy día.
II. Estructura
En otro lugar7
hemos lanzado una hipótesis de estructura de los textos
eucológicos de la liturgia romana; es decir, hemos intentado teorizar
una determinada disposición orgánica de los elementos de las
oraciones en un conjunto unitario y coherente. La empresa ha sido
intentada, en modos diversos, también por otros autores*. Como
observa A. Triacca, "sus afirmaciones resultan frecuentemente apriorísticas
y deducidas de un muestrario de oraciones muy restringido"'. Es
ciertamente arriesgado, y quizá imposible, encuadrar los
múltiples elementos de todos los textos eucológicos, menores
y mayores, en un solo esquema. Sin embargo, cree
Eucología
mos que es posible
establecer algunos principios válidos para todo el depósito
eucológico e indicar, por tanto, un esquema estructural típico
e ideal.
De los estudios
que hasta el presente se han enfrentado con este argumento resulta ante
todo que un texto eucológico consta de elementos objetivos o de un
contenido, que luego es vaciado en los elementos estructurales o formales,
que son la forma concreta en la que se expresa el contenido.
1. ELEMENTOS
OBJETIVOS. El contenido de los textos lo captamos a través de un análisis
de los mismos. Ahora bien, del análisis de los textos
eucológicos emerge una multiplicidad de contenidos, los cuales, con
todo, pueden reducirse a algunos grandes elementos, que constituyen
el sustrato de la oración cristiana.
La
oración, juntamente con el sacrificio, es el acto más expresivo
de la ritualidad religiosa. La naturaleza fundamental de la oración
consiste en su función de ser vehículo de una
comunicación prescindiendo de los contenidos específicos
de la misma, que pueden ser la petición, la alabanza, la propiciación,
el abandono, etc. En este sentido, la oración es la forma de lenguaje
por excelencia que el hombre adopta en sus relaciones con el plano divino,
así como la palabra de la revelación puede considerarse la forma
de lenguaje que el plano divino adopta para
comunicarse con
el hombre. Los textos eucológicos son, en sustancia, fórmulas de
oración de la liturgia cristiana. El culto cristiano tiene una
estructura dialogal; es un dialogo que se desarrolla entre Dios Jf el hombre,
en Cristo y por la uerza del Espíritu Santo. En el AT la oración
es ante todo respuesta
762
del hombre,
personal y comunitaria, a Dios, que se manifiesta en la historia. En
efecto, el objeto de la oración veterotestamentaria es la
manifestación y el desarrollo del plano divino de salvación en la
historia del pueblo elegido, y sus momentos y temas principales son
precisamente los momentos y temas más importantes de la historia de
Israel: elección, liberación, tierra prometida, victoria sobre
los enemigos, etc. La oración del NT se apoya sobre las mismas
bases históricas y sobre los mismos postulados
teológicos.
Se trata siempre de la misma y única economía de salvación,
en la cual Dios pronuncia su última y definitiva palabra salvadora
en su Hijo. Jesucristo es la palabra definitiva de salvación, la
última llamada del Padre a los hombres. El mismo Jesús es el
primero en acoger esta palabra del Padre, y así la oración
adquiere un nuevo, insuperable y definitivo fundamento. La oración
cristiana, pues, brota de la revelación de Dios, que nos invita a la
comunión consigo por medio de Cristo en la unidad del Espíritu
Santo.
A la luz de estos
principios podemos afirmar que las fórmulas eucológicas
expresan, en general, el misterio de la salvación cumplida en Jesucristo
para nosotros. Este seria el contenido esencial o anamnético, que
está en la base y que después suscita, por obra del Espíritu
Santo, la alabanza, la acción de gracias, la súplica, etc.
La anamnesis o
memoria explícita de la obra divina es el elemento esencial sin el
cual no puede haber oración propiamente cristiana. En casos extremos,
tal anamnesis se podría considerar sustancialmente presente, aunque
reducida al mínimo, en el simple per Christum Dominum nostrum que
concluye las oraciones de la liturgia romana.
763
Con esta
conclusión la oración, dirigida habitualmente al Padre, hace
referencia a la mediación de Cristo Señor, colocando su contenido
en el marco de la historia salvífica. Esta fórmula
cristológica es al mismo tiempo anamnesis y confesión de fe.
Todo texto
eucológico tiene, pues, un núcleo o contenido sustancialmente
común. Lo encontramos expresado ante todo y plenamente en los textos de
la tradición anafórica de la iglesia [/ Plegaria
eucarística]: memorial de los mirabilia Dei con alabanza y
acción de gracias, epíclesis o súplica por la iglesia y
por el mundo. Estos elementos constituyen el contenido esencial de la
eucología cristiana, incluso de la menor, en la cual, con todo, puede
ser que uno u otro elemento se exprese con un lenguaje muy sucinto.
Algunos autores
añaden aún otros elementos de contenido, como, por ejemplo,
la explicitación de la situación humana en la que se encuentra la
asamblea orante. No hay duda de que la oración cristiana es una
oración encarnada. La salvación no consiste en algo desencarnado
o puramente sobrenatural: la salvación específicamente cristiana
está estrechamente relacionada con la historia y con las vicisitudes
humanas que forman su trama. Por lo mismo, la oración no es solamente
diálogo con Dios: es también diálogo en y con el mundo, en
el que el orante, como antaño el salmista y el profeta, descubre la
presencia de Dios que salva. La situación del hombre en el mundo, sus
angustias y sus tristezas, sus esperanzas y sus alegrías son el humus en
el que germina la oración del creyente. La oración no puede menos
de expresar de algún modo una visión del quehacer humano, en la
medida en que éste forma
Eucología
parte del drama
de la salvación.
El
depósito eucológico conservado en los libros
litúrgicos de la iglesia demuestra la justeza de cuanto acabamos de
afirmar. Es resabido, por ejemplo, que los textos del sacramentario Veronense
fueron compuestos en un período de inseguridad, de precariedad
política (piénsese en la caída del imperio romano de
Occidente en 476), de continuas amenazas, asedios y saqueos (años
452-552). En los textos de las fórmulas eucológicas del
Veronense afloran continuamente las referencias explícitas a tales
situaciones. Por otra parte, los textos litúrgicos clásicos,
aunque están en contacto con la realidad que los circunda, aparecen
revestidos de una cierta intemporalidad que los hace válidos, en
cierto modo, para todos los tiempos '". La liturgia se acerca a la vida de
los creyentes para conferirle la dimensión "espiritual",
es decir, la fuerza del Espíritu de la que ella es portadora, pero
al mismo tiempo respeta el contorno social y cultural en el que la vida de los
hombres se expresa y se desarrolla.
2. ELEMENTOS
ESTRUCTURALES. Si los elementos objetivos constituyen el contenido de los
textos eucológicos, los elementos estructurales son las formas de
composición en las que este contenido se expresa, de tal modo que a
cada elemento de contenido corresponden una
o varias formas
estructurales de composición. Los elementos objetivos constituyen,
pues, el material temático o contenido del que proceden las formas
estructurales de composición; por otra parte, este contenido está
subordinado en cierto modo a las formas estructurales en las que toma
cuerpo.
El fin principal
de las formas estructurales es dar al texto eucoló
Eucología
gico una mayor
eficacia expresiva.
La riqueza y la
variedad de las
formas
estructurales están al servi
cio de la
diversidad de funciones
que los textos eucológicos
ejercen.
En general, a
diversas especies de
fórmulas
eucológicas corresponden
modos diversos y
característicos de
usar y ordenar
las formas estructu
rales. A
continuación damos algu
nos ejemplos de
estructuras típicas.
Los elementos de
contenido doxológico, es decir, todo lo que expresa alabanza,
glorificación y exaltación de la grandeza y bondad de Dios,
ocupan en la eucología mayor (prefacios, plegarias eucarísticas,
etc.) un lugar relevante, mientras que en la eucología menor quedan
reducidos, en general, a una simple invocación.
La
invocación conserva el contenido de alabanza y de acción de
gracias en el texto de algunas oraciones matutinas y vespertinas del
sacramentario Gelasiano antiguo. El libro III de este sacramentario contiene
dos series distintas de oraciones para la mañana y para la 'tarde:
orationes ad matutinas", orationes ad vesperwnl2. En este conjunto de 19
oraciones, tres conservan la invocación en forma de acción de
gracias: "Gratias tibi agimus, Domine, sánete Pater, omnipotens
aeterne Deus, qui..."; "Gratias agimus inenarrabili pietati tuae,
omnipotens Deus, qui..."; "Gratias tibi agimus, Domine, custodisti
per diem, gratias tibi exsol
vimur custodiendi
per noctem..."
La oración
super populum da escasa importancia a la invocación. De 164 oraciones
super populum del sacramentario Veronense, solamente 10 tienen la
invocación en el incipit; las demás colocan la invocación
dentro de la petición, reducida casi siempre a Domine o Deus:
"Tuere, Domine, populum tuum..." La misma estructura presentan 24
764
de las 26
oraciones de bendición sobre el pueblo repropuestas por el actual
Missale Romanum. Con todo, la versión castellana no ha tenido siempre en
cuenta esta estructura particular. La oración super populum es una
oración de bendición pronunciada sobre la asamblea, y por ello
tiende a subrayar ante todo el contenido de tal bendición,
condensado en la petición, y también el destinatario de la
bendición, que es la misma asamblea. Así el verbo de
petición, colocado generalmente en el incipit, da a toda la
fórmula eucológica una fuerza expresiva particular. Pero es
tal vez el mismo destinatario de la bendición el que ocupa el incipit
de la fórmula, y por lo mismo el centro de la atención. Una disposición
semejante de los elementos estructurales sirve evidentemente para poner de
relieve la función litúrgica de la pieza eucológica.
La colecta
contiene frecuentemente en su incipit una invocación, a la que
sigue inmediatamente una proposición relativa: "Deus, qui...",
o una o
más aposiciones: "Deus, omnium misericordiarum ac totius bonitatis
auctor...", o también ambas modalidades estructurales. En esta
ampliación de la invocación están casi siempre presentes
elementos de contenido anamnético (es decir, que subrayan
algún momento o aspecto de la acción salvífica
de Dios en la historia de los hombres) o conmemorativo en general (que
hacen referencia a la celebración del día) o también
simplemente doxológico. También aquí la estructura de la
oración está al servicio de la función específica
que ella ejerce en el ámbito de la celebración; en efecto, la
colecta es la fórmula de la eucología menor que expresa mejor el
pensamiento central de la festividad del día o del tiempo
litúrgico.
765
Las oraciones
sobre las ofrendas y las oraciones después de la comunión
tienen frecuentemente un elemento estructural que podríamos llamar
premisa, el cual se encuentra raras veces en otras fórmulas eucológicas.
Se trata de un incipit que subraya generalmente el momento espiritual de
la celebración, la específica circunstancia litúrgicocelebrativa.
En general, en esta premisa se injertan la invocación y la
petición. Podemos decir que este elemento estructural expresa una
circunstancia o un concepto que es punto de partida y punto de apoyo del
contenido y del ritmo de toda la oración. Así, por ejemplo, la
oración después de la comunión del domingo VIII per
annum del MR: "Satiati muñere salutari, tuam, Domine, misericordiam
deprecamus, ut..."
Algunas
fórmulas eucológicas contienen dos o más peticiones. Se
trata generalmente de peticiones de valor desigual y en recíproca conexión.
Incluso en las oraciones más simples y menos elaboradas se encuentra la
que podemos llamar petición introductoria. Se trata de una
auténtica petición, que está, con todo, en estrecha
relación con la petición subsiguiente; es, pues, una
petición simplemente preparatoria: toda la fuerza de la
súplica se apoya en la petición sucesiva, que es también
de contenido más definido. La petición introductoria no es
más que un modo, por decirlo así, de captar la benevolencia
divina en favor de la comunidad orante. Véase, por ejemplo, la octava
oración de bendición sobre el pueblo de MR: "Adesto,
Domine, famulis tuis, et opem tuam largire poscentibus, ut..." El
carácter introductorio de la primera petición resalta aún
más sí consideramos que está en primera posición,
precediendo a veces a la misma invocación. La
Eucología
petición
introductoria se expresa generalmente en términos característicos,
según la función que ejerce la oración en cuestión:
si se trata de oraciones colectas, de oraciones que cierran una letanía,
de oraciones después de la comunión o de oraciones de
bendición sobre el pueblo, se usan los verbos audire, aspicere, adesse y
semejantes; si se trata, en cambio, de oraciones sobre las ofrendas, se
recurre a los verbos respicere, accipere... La distinción entre
petición principal y petición introductoria puede ser útil
para individualizar y distinguir las ideas centrales y las ideas secundarias
o accidentales de una determinada fórmula eucológica.
Estos ejemplos
bastan para comprender el papel que ejercen las formas estructurales, al
servicio siempre de la diversidad de funciones de los textos
eucológicos, y de una mayor eficacia expresiva de los mismos.
3. ESTILOS. Para
completar cuanto hemos dicho sobre la estructura de las fórmulas
eucológicas, añadimos una rápida referencia acerca de las
características estilísticas y rítmicas de la
eucología l3. Nos referimos al estilo de la antigua eucología
latina. En efecto, sabemos que el MR ha tomado abundante material de
las antiguas fuentes de la liturgia romana y, como dice dom A. Dumas, ha sido
preocupación constante de los revisores de los libros
litúrgicos la conservación de la unidad de estilo del misal
respetando los mejores textos antiguos, e incluso recuperándolos
l4.
El estilo de los
textos de la eucología romana latina no es el del latín
clásico, sino el propio de la lengua corriente de la época, que
presenta contemporáneamente estructuras y reminiscencias
clásicas y
Eucología
tendencias
derivadas del nuevo estilo creado por el cristianismo.
La
eucología cristiana toma sus primeros adornos estilísticos directamente
de los textos poéticos del AT (por ejemplo, el paralelismo simple y
antitético), o también del estilo cultual precristiano, como en
el caso de la redundancia verbal, tan característica de la plegaria
eucarística I o canon romano ".
Nos parece
particularmente interesante ilustrar aquí la sucesión
binaria, adorno estilístico que consiste en la sucesión
ordenada de dos miembros del período en correspondencia
recíproca. Es un recurso estilístico frecuente en la composición
del embolismo del prefacio romano y se encuentra también en las
oraciones de bendición sobre el pueblo. El prefacio consta de tres
partes principales: fórmula de exordio o protocolo inicial, parte
central o embolismo y fórmula o protocolo finall6. El embolismo es
una proposición explicativa, que indica el motivo por el cual se alaba y
se da gracias a Dios. Esta parte del prefacio se compone frecuentemente de
sucesiones binarias, construcción característica sobre todo
de los prefacios del papa Vigilio (537-555). Los elementos binarios del
embolismo están dispuestos de modo tal que el primero y el último
expresan una tesis bien definida; en cambio, los intermedios, aunque proponen
un contenido propio, están en estrecha relación con las tesis
precedente y sucesiva. Si el embolismo consta solamente de dos elementos binarios,
entonces uno depende sintéticamente del otro. La concatenación de
las diversas tesis se hace por medio de un proceso lógico. La tesis
última ofrece la motivación definitiva e insuperable que conduce
al orante a la admiración y a la acción de gracias ".
Las
características estilísticas no 766
son solamente
cuestiones formales, sino que revelan problemas humanos, religiosos,
psicológicos, históricos y tipológicos '•.
Los antiguos
textos eucológicos latinos tienen también características
rítmicas peculiares, como el cursus y la concinnitas", que no
carecen de interés para quien quiera profundizar toda la riqueza de
estas fórmulas.
Cuanto hemos
dicho acerca de la estructura de los textos eucológicos demuestra que el
estudio de los medios expresivos o de las técnicas de composición
es muy útil e incluso indispensable para comprender y juzgar las
fórmulas eucológicas.
III.
Funcionalidad Htúrgico-pastoral
La
salvación realizada en la humanidad del Verbo de una vez para siempre
está presente y se transmite en la obra de santificación que
Dios realiza en nosotros por medio de los sacramentos de la iglesia. Cristo
actúa como revelador y mediador de la salvación, y la iglesia
experimenta la propia salvación sobre todo en los signos sacramentales.
Toda acción litúrgica es por lo mismo una tradición o
transmisión de la santidad de Cristo a la iglesia, y por medio de
ella a todos los hombres que se abren a la acción salvífica del
misterio de Cristo. A la luz de estos principios, decimos que los textos
eucológicos de la liturgia contienen y testimonian la constante e
inviolable tradición del misterio salvífico de Cristo a su
iglesia. En efecto, la palabra ejerce su poder comunicativo en la
transmisión de algo a alguien. En la liturgia el contenido de esta transmisión
es la fuerza salvífica del misterio de Jesucristo presente en la
iglesia.
767
1.
DIMENSIÓN DIDASCÁLICA DE
La liturgia
ejerce su función didascálica ante todo por medio de los
textos eucológicos, sin que ello suponga desvalorizar los aspectos
rituales y simbólicos en general de la celebración. En los textos
eucológicos, la liturgia expresa de un modo sintético,
universal y vital —pero no sistemático ni necesariamente
completo— la naturaleza y las características de los dones de la
salvación de los que es portadora.
Pero no hay que
olvidar que la teología de los textos eucológicos tradicionales
de la liturgia romana, la mayor parte de los cuales se remonta a los ss. v-vn,
es muy diferente de la actual. L. Maldona-
Eucología
do2I ha examinado
estos textos tal y como han llegado hasta nosotros recogidos en el Missale
Romanum en vigor hasta 1970; en concreto, ha analizado la petición, cuyo
objeto refleja el modo de comprender y de vivir la fe de la iglesia local,
autora de los textos. Se advierte que estas oraciones subrayan sobre todo las
dimensiones verticales de la vida cristiana. Podemos dividir la temática
total de estos textos en dos grandes bloques: el primero se centra en el pecado
y en la liberación del mismo, y refleja una conciencia
penitencial y ascética de carácter ciertamente individual; el
segundo gran tema es el cielo, el deseo y la súplica de alcanzarlo, tema
que se reitera dentro de una amplia gama de matices: a veces en rompimiento
claro con la vida presente, siguiendo tendencias dualistas o
semimaniqueas, a veces en un concordismo más o menos feliz, más o
menos dialéctico. Aunque al analizar detenidamente este material se
pueden descubrir muchas cosas positivas (como el fuerte sentido
escatológico y el intento de un tenso equilibrio entre el presente y el
porvenir), el predominio del tema del cielo es tan enorme que al fin se
desequilibra el conjunto y acaba sobrenadando un deje trascendentalista,
que al creyente de hoy le resulta parcial y unilateral. La escatología
de estos textos es teísta, discontinua, casi gnóstica, mientras
que la escatología cristiana es profundamente encarnacionista.
Por otra parte,
la eucología producida por la / reforma del Vat. II (pero
también la más antigua y tradicional) manifiesta en su conjunto
una búsqueda de mayor equilibrio y actualidad, dando, por ejemplo,
un espacio conveniente incluso a las dimensiones horizontales de la vida
cristiana y enrique
Eucología
ciéndose
con nuevos temas. Como atestiguan numerosos estudios que se han ocupado de los
libros actuales de la liturgia romana, la doctrina del Vat. II ha
influido positivamente en la corrección de los textos antiguos y en
la elaboración de los nuevos. También es constante la
preocupación de subrayar los aspectos positivos y doctrinales eliminando
o corrigiendo los textos demasiado negativos, moralizantes
o
polémicos. Los criterios seguidos en la elección de nuevos textos
y en la introducción de eventuales correcciones a los antiguos
demuestran la constante fidelidad al principio conciliar del progreso
en la fidelidad a la tradición (SC 23).
2.
768
ha hecho
resplandecer para nosotros, peregrinos en la tierra, un signo de consuelo
y de esperanza segura. En su plenitud, María es modelo de santidad para
la iglesia. Concretamente, María es presentada como modelo de las
virtudes teologales: sierva humilde, escucha y acoge la palabra de Dios; ella
es signo de esperanza para todos nosotros; llena de amor, lleva a Cristo en sus
entrañas y ofrece sus servicios a los demás. María
está libre de toda mancha de pecado y llena de Espíritu Santo, y
Dios escucha su oración de intercesión por nosotros. María
es madre de la iglesia, madre que Cristo desde la cruz nos ofrece a todos
nosotros. Hoy se suele reconocer que la acción pastoral puede purificar
y enriquecer la piedad mariana avecinándola al surco
litúrgico, en donde es posible una contemplación
equilibrada, completa y profunda de la personalidad de María y de su
función en el misterio de la salvación.
Los textos
eucológicos que nos ha deparado la reforma conciliar han de ser
considerados expresión auténtica de la iglesia, aun siendo
diversas las extracciones culturales de los autores que han intervenido en la
redacción de los mismos. Se trata de textos oficiales, que son en
concreto la lex orandi de la iglesia romana, y por ello también su lex
credendi. En la oración, el creyente toma conciencia de su vida teologal.
En efecto, el creyente se realiza en la medida en que toma conciencia y
actúa históricamente el sentido de su propia existencia en
el marco de la salvación llevada a cabo por Dios en Jesucristo. En este
contexto resulta evidente el papel educador que ejerce la liturgia, sobre
todo gracias a sus textos. Función indeclinable de la eucología
es expresar la fe de la iglesia y
769
acompañar
el don de la fe (sin el cual ni la comunidad eclesial puede orar ni el
individuo hacer una lectura existencial de la eucología). En
último análisis, la eucología es siempre una respuesta de
fe.
3. FUNCIÓN
LITÚRGICA DE LAS FÓRMULAS EUCOLÓGICAS. Al hablar de la
estructura de los textos eucológicos, notábamos cómo
cada fórmula tiene su modo peculiar de ordenar los elementos
estructurales. Esta personalidad estructural de cada texto depende
también de la función específica que la fórmula
eucológica ejerce en el ámbito de la celebración: en
efecto, cada texto eucológico tiene una función litúrgica
específica. A continuación damos algunas indicaciones al respecto,
ciñéndonos a las principales fórmulas de la
eucología menor.
a) Oración
colecta. El paralelismo que se solía establecer entre las tres
clásicas oraciones presidenciales —colecta, oración
sobre las ofrendas y oración después de la comunión—,
en el actual ordenamiento litúrgico es menos rígido que
antes. La colecta de la misa, además de ser la única que tiene la
conclusión larga, es una fórmula que cambia allí donde
tanto la oración sobre las ofrendas como la oración
después de la comunión permanecen invariadas por semanas
enteras (véase Missale Rotnanum [editio typica altera 1975], In
feriis adventus,
133-142; In feriis post dom. II, IV et VI paschae y post dom. III et V paschae,
315332). Algunas festividades nos ofrecen incluso dos colectas a
discreción. En efecto, la colecta, en su contenido, no está
muy condicionada por el momento ritual. Se la puede considerar como
conclusión del conjunto de los ritos de introducción, o
simplemente como ora
Eucología
ción de
apertura de la celebración. Por lo mismo, la función
específica de la colecta de la misa es crear el ambiente espiritual en
el quería asamblea reunida se apresta a escuchar la palabra de Dios
y a celebrar la eucaristía; por ello la colecta suele expresar muchas
veces sintéticamente un pensamiento central de la festividad del
día o de un determinado tiempo litúrgico. Gracias a su
carácter genérico, esta oración puede ser considerada como
fórmula tipo, a la cual las demás se pueden referir para una
mejor comprensión.
b) Oración
sobre las ofrendas. La función litúrgica de esta pieza no es
fácil de determinar. Por una parte, está en relación con
el rito de la preparación de los dones (antiguo ofertorio), que
concluye; por otra, está en relación también con la
plegaria eucarística, que introduce. La ambigüedad de esta
oración queda confirmada por el contenido de sus textos, tanto en las
fuentes antiguas como en el mismo misal actual: anticipa los temas
epicléticos que la plegaria eucarística coloca antes de la
consagración y de la comunión, y propone de nuevo la
temática de las fórmulas de presentación del pan y
del vino. En el Misal de Pablo VI esta oración ha sufrido algunos retoques,
que indican probablemente la intención de quitarle contenido
eucarístico, evitando así las anticipaciones inoportunas de
temas que son propios de la plegaria eucarística. Se trata, con
todo, de casos contados. Contrariamente a cuanto sucede en la colecta, en la
oración sobre las ofrendas no se suelen encontrar referencias al tiempo
litúrgico o al misterio celebrado; su contenido se ciñe al
tema de la ofrenda, con la ambigüedad antes indicada. En las festividades
de los
Eucología
santos
encontramos frecuentemente una alusión a la intercesión de los
mismos para que los dones presentados por la iglesia sean acogidos
favorablemente.
c) Oración
después de la comunión. La oración después de
la comunión es propiamente la oración con la cual se da
gracias, pero también y sobre todo se piden a Dios los frutos de la
celebración eucarística, en la que los fíeles participan
en modo más perfecto mediante la comunión sacramental. Aunque el
sacramentario Gregoriano llama a esta oración ad complendum o
ad completa, el rito romano más antiguo tiene como plegaria conclusiva
la oración super
populum: por
ejemplo, el sacramentario Veronense y también, en parte, el
Gelasiano antiguo. Con todo, la oración después de la
comunión tendría que expresarse como síntesis global de la
celebración eucarística, refiriéndose no sólo
al rito de comunión, sino también a la liturgia de la palabra
actualizada en el sacramento. Esta referencia la encontramos en algunos
textos nuevos del Misal de Pablo VI: por ejemplo, la nueva oración
después de la comunión en el bautismo del Señor se hace
eco de la perícopa evangélica: "Hic est Filius meus
dilectus", añadiendo el "ipsum audite", como en los
textos evangélicos de la transfiguración (Mt 17,5).
d) Oración
de bendición sobre el pueblo. En el actual MR, la oración super
populum ha encontrado de nuevo, al menos en parte, su lugar y su
función original de plegaria conclusiva de la celebración.
En efecto, el MR ofrece, al final del ordinario de la misa, 26 oraciones de
bendición sobre el pueblo, que se pueden usar ad libitum para concluir
la misa, la
770
liturgia de la palabra,
la oración de
las horas o la
celebración de los
sacramentos. El
contenido de estas
fórmulas
sintoniza con el momento
ritual de la
bendición final; es decir,
presenta a la
asamblea la dimensión
vital y perenne
de la celebración
cultual, y consiguientemente
orien
ta a la comunidad
eucarística hacia
los quehaceres de
la vida cotidiana
al mismo tiempo
que la robustece
con la
protección y las promesas
divinas. Los
textos de las oraciones
de
bendición sobre el pueblo enri
quecen la
fórmula trinitaria de
bendición
estilizada, estereotipada
y fija de la
liturgia romana a.
NOTAS: 'Aunque la
palabra eucología no se
encuentra en los
diccionarios de lengua
castellana, es un
neologismo usado ordinaria
mente en campo
litúrgico — 2 P.A. Roguet, /
generi ktterari
dei tesli liturgia, loro tradizio
ne e uso
litúrgico, en Le traduzioni dei libri
liturgia (Actas
del Congreso celebrado en
Roma el 9-13
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471.
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celebración en
Evangelización
y liturgia
Pas-Verlag,
Zurich 1971; Triacca A.M.-Farina R., Studio e lettura dell'eucologia. Note
metodologiche, en Teología, liturgia, storia. Miscellanea in onore di
Cario Manziana,
SUMARIO: I. La
liturgia, ¿debe evangelizar?:
1.
Observación preliminar; 2. Una afirmación capital; 3.
Afirmación central; 4. Afirmación complementaria - II. La
liturgia, ¿evangeliza de hecho? - III. ¿Cómo lograr que
evangelice la liturgia?: 1. Punto de partida realista; 2. Cuestión, ante
todo, de autenticidad; 3. Algunos medios para conseguirlo.
I. La liturgia
¿debe evangelizar?
1. OBSERVACIÓN
PRELIMINAR. La liturgia no la inventamos nosotros. Está ahí.
Pertenece a la vida de la iglesia. Es, ante todo, acción de Cristo y,
simultáneamente, acción del pueblo de Dios. Es como es.
Sirve para lo que sirve. A nosotros, a todos, nos toca respetar su
naturaleza. "Las acciones litúrgicas no son acciones privadas, sino
celebraciones de la iglesia, que es 'sacramento de unidad', es decir, pueblo
santo congregado y ordenado bajo la dirección de los obispos. Por
eso pertenecen a todo el cuerpo de la iglesia, lo manifiestan y lo
implican"
(SC 26).
2. UNA
AFIRMACIÓN CAPITAL. Manteniéndonos dentro del respeto debido a la
naturaleza de la liturgia, lo primero que hay que afirmar respecto a si
debe evangelizar o no, es que su finalidad principal no es ésa.
772
La liturgia, como
recuerda el concilio, es "principalmente culto de la divina Majestad"
(SC 33). "Se ha pretendido a veces reducir la liturgia a la
categoría de instrumento pedagógico —comenta a este
propósito Pedro Tena—; esta pretensión es falsa y
procede de un concepto utilitario —por otra parte ya superado—
del culto de la iglesia"2.
Nada serio
conseguiremos, ni a nivel de los hechos ni a nivel de conocimiento, en lo que
se refiere a la liturgia, si no superamos radicalmente la concepción
utilitaria y no abrazamos con gozo la de la gratuidad. "Gratuidad es,
tal vez, la palabra menos inadecuada para expresar el misterio del hombre y el
misterio de Dios. Dice a la vez pureza del amor, libertad, ausencia de
cálculo... Habría que crear una pedagogía de la gratuidad
en este mundo de la utilidad y de la necesi
dad...", ha
dicho de un modo muy acertado Francois Varillon en un hermoso libro sobre La
humildad de Dios'.
Si entendemos,
pues, la pregunta formulada de esta forma: "La liturgia, ¿debe
evangelizar como finalidad principal?", la respuesta habrá de
ser negativa. La evangelización no es la finalidad principal de la
liturgia. Por el contrario, debe precederla, en parte al menos,
cronológicamente, "pues para que los hombres puedan llegar a la
liturgia es necesario que antes sean llamados a la fe y a la
conversión" (SC 9).
Por consiguiente,
todo esfuerzo que tienda a manipular o instrumentalizar las celebraciones
litúrgicas a costa de su finalidad principal, el culto
gratuito de Dios, subordinando éste a otra finalidad cualquiera, aunque
sea la de evangelizar, debe considerarse una infidelidad y un
fracaso. Toda cele
773
bración
litúrgica, y en primer lugar la eucaristía, es y debe ser el momento
cumbre de nuestra adoración gratuita, en respuesta a la suprema
gratuidad de la vocación cristiana, de la redención, del amor de
Dios.
3.
AFIRMACIÓN CENTRAL. Sin embargo, y manteniendo todo lo dicho, la
liturgia debe contribuir sin duda, por su propia naturaleza, a la tarea
evangelizadora. "Aunque la sagrada liturgia sea principalmente culto de la
divina Majestad, contiene también una gran instrucción para
el pueblo fiel. En efecto, en la liturgia Dios habla a su pueblo; Cristo sigue
anunciando el evangelio. Y el pueblo responde a Dios con el canto y la
oración..." (SC 33). En el diálogo entre Dios y el hombre en
la liturgia, no sólo cuando resuena, de una u otra forma, la palabra de
Dios, "sino también cuando la iglesia ora, canta o actúa, la
fe de los asistentes se alimenta..." (ib).
Por lo pronto, en
la liturgia resuena de mil formas la palabra de Dios. Piénsese sobre
todo en las lecturas bíblicas proclamadas, en la homilía, en las
moniciones. La fuerza evangelizadora de estas partes en la acción
litúrgica es evidente y no necesita que se insista en ella. En sí
mismas, por su propia naturaleza, son anuncio del misterio de la
salvación. Y precisamente la máxima fidelidad con que sean
celebradas implica la máxima preocupación
evangelizadora. Pero, por otra parte, también en la respuesta del pueblo
redimido la liturgia reproduce, convertida en oración, la plenitud
del kerigma en todas sus dimensiones, histórico-salvífica,
cristocéntrica, pascual y escatológica, reproducción
que es particularmente expresiva en la plegaria eucarística.
Evangelización
y liturgia
Se dice con
razón que la evangelización no ha de concebirse como la
propaganda de una determinada ideología, sino como la presentación
de una persona, el anuncio de unos hechos salvíficos, la
invitación a aceptar esa Persona y esos hechos como la salvación
ofrecida por Dios, aceptación que lleva consigo el compromiso de poner
en práctica las exigencias de vida que tal salvación
implica. Pues bien, la liturgia es, por sí misma, todo eso: presentación,
más aún, presencialización del Cristo Salvador; no
sólo anuncio, sino a la vez anuncio y realización (cf
SC 6) de esos hechos salvíficos que llegan a tocarnos hoy; no
sólo invitación, sino a la vez invitación y acción
divina transformante, que nos empuja y consigue, si no ponemos
óbice, la aceptación plena.
Y no sólo
para los que ya tienen fe y participan en la celebración ejercitando su
fe. También para los extraños, para los no creyentes que miran
las celebraciones desde fuera como un espectáculo curioso, y para tantos
cristianos de fe débil o demasiado implícita, que asisten,
más que participan, a las funciones litúrgicas por razones
más o menos sociológicas, posee la liturgia por sí misma
una fuerza evangelizadora. Unos y otros, ante una celebración
auténtica, no pueden menos de sentirse interpelados y de preguntarse
en su interior qué significa todo esto. En este sentido, el impacto
que una celebración auténtica produce puede ser más fuerte
que el de cualquier predicación inmediata y directamente evangelizadora.
Ahí está un grupo de hombres que toman en serio el contacto
con un Dios trascendente al que llaman Padre, salvador, misterioso y cercano
a la vez, por medio de un hombre que es su Hijo y nuestro hermano, que
murió por nuestros
Evangelización
y liturgia
crímenes y
vive para darnos la vida. Esos hombres lo creen y lo testifican por el
hecho mismo de reunirse (dimensión eclesiológica) alrededor de
unos elementos,-signos de la presencia, guiados por hombres a quienes
consideran señalados misteriosamente para lograr ese encuentro.
Y, sobre todo, de ahí, de esas reuniones tomadas en serio, sacan fuerza
(contraseña de autenticidad) para llevar una vida fraternal, de amor y
servicio mutuos, de perdón de las ofensas, incluso de amor a los
enemigos. ¿Cómo no haría impacto una liturgia así?
No hay duda, la liturgia, sin dejar de ser lo que es, evangeliza y debe evangelizar.
4.
AFIRMACIÓN COMPLEMENTARIA. Puesto en claro lo que precede,
debemos añadir, siempre en el plano de los principios, que la liturgia
debe, por supuesto, evangelizar; pero debe hacerlo a su modo, sin ser
infiel a su naturaleza, lo que equivale a decir sin perder de vista su
finalidad principal.
¿Cuál
es este modo en concreto? Tal vez pudiera resumirse en una sola palabra, muy
frecuentemente usada y no siempre bien comprendida, la palabra
celebración. La liturgia anuncia la buena nueva
celebrándola.
Decir /
celebración es decir /fiesta. Es el fenómeno festivo,
redescubierto en nuestros días, el que ha de orientarnos en este punto.
La fiesta es un gozo en común o una comunicación gozosa: es un
estallido vital, por más que, como todo juego, tenga sus propias reglas.
Los elementos de contenido pedagógico que pueda incluir no se someten a
una estructuración metódico-didáctica, de tipo utilitario.
De nuevo nos encontramos con la gratuidad. En la fiesta, cuando aprendemos es
porque lo vivimos y
774
lo vivimos al
celebrarlo. Así en la liturgia.
Pero hay una
dimensión en la fiesta que no podemos olvidar. Toda fiesta es una
ruptura con el tiempo ordinario, pretende ser otra cosa distinta de la
monotonía de lo cotidiano, lo ensaya, lo realiza en parte, pero
sólo en parte. También la liturgia es consciente de ello; sabe
que es un pregusto de "aquella liturgia celestial que se celebra en la
ciudad santa de Jerusalén, hacia la cual nos dirigimos como peregrinos"
(SC 8); pero sabe que es sólo eso, un pregusto.
De ahí que
cuanto hemos dicho en el apartado anterior acerca de la autenticidad de la
celebración debemos ahora matizarlo, con la conciencia de que
sólo en parte, y en espera y en pregusto, podemos llamarnos el pueblo
santo, redimido, liberado de toda esclavitud. La evangelización que
va implicada en la celebración litúrgica no es el anuncio de una
ilusión, la de creernos distintos de los demás hombres. Es
el anuncio de una salvación que Dios ofrece a unos hombres
débiles y pecadores como los demás. La celebración viene a
ser como un ensayo" de la salvación anunciada; un ensayo en el que
una y otra vez somos enseñados a ejercitar, sin lograrlo nunca del todo,
el verdadero amor, el amor desinteresado, humilde. Y la iglesia,
madre y maestra, que así nos enseña y evangeliza en la
liturgia, sabe que, acabada la fiesta, volvemos a enzarzarnos en mil
tensiones unos con otros, que volveremos a angustiarnos por lo que hemos
de comer y con qué nos hemos de vestir, que volveremos a intentar
devolver mal por mal y maldición por maldición. Pero ella
seguirá confiando, obstinadamente, en la gracia de su Es
poso, y
volverá a reunir pacientemente a sus hijos para hacerles 775
ensayar la
vivencia de la salvación, mientras les hace repetir humilde y
confiadamente: Padre nuestro...
De este modo
evangeliza la liturgia: desplegando festivamente la salvación
anunciada, haciéndola presente en la comunicación y en el
gozo, dándonos un pregusto de su realización total, al mismo
tiempo que nos libra de toda ilusión y orgullo.
II. La liturgia,
¿evangeliza de hecho?
En esta segunda
parte no se pueden dar respuestas universalmente válidas.
Habría que hacer un estudio objetivo y diferenciado de las celebraciones
litúrgicas que tienen lugar en cada medio, y valorarlas de acuerdo con
los principios apuntados.
Por lo
demás, este análisis y esta valoración habría que
hacerlos preferentemente de las celebraciones concretas; v.gr.: de los
bautismos, de los matrimonios, de la misa dominical, etc. De lo contrario,
el peligro de quedarse en unas consideraciones demasiado generales y
abstractas es de sobra evidente. Cada una de las celebraciones, además,
deberá ser analizada y valorada en cuanto a si ejerce o no de hecho
su fuerza evangelizadora de acuerdo con su peculiar dinámica y
estructura.
Podrían
señalarse, sin duda, algunos defectos que más frecuentemente
ocurren, como sería, por un lado, la despreocupación casi total
por la función evangelizadora que debe tener la liturgia en cualquier
caso, y por otro, la excesiva subordinación del conjunto de la
celebración a un fin pedagógico de instrucción o
de interpelación directa. Igualmente podrían señalarse ejemplos
de auténticas celebraciones
Evangelización
y liturgia
que, sin la menor
infidelidad a la naturaleza de la liturgia, consiguen no sólo alimentar
la fe, sino avivarla o despertarla. Pero preferimos quedarnos en estas
consideraciones generales.
III.
¿Cómo lograr que evangelice la liturgia?
1. PUNTO DE
PARTIDA REALISTA. Nos encontramos con frecuencia en nuestras
celebraciones litúrgicas con cristianos no suficientemente
convertidos, sin adhesión personal, consciente y libre, al mensaje de la
salvación cristiana. No pocos, además, de estos cristianos
acuden a las celebraciones sin la regularidad semanal de la misa dominical,
sino sólo con ocasión de bautizos, bodas, entierros, fiestas
patronales, etc.
Su actitud, a
pesar de todo, es, generalmente hablando, de respeto religioso y de cierta
receptividad ante la evangelización. Se da el caso también de
determinados individuos más alejados del contacto con la iglesia,
incluso con ribetes de agnosticismo, a quienes nuestros tinglados
litúrgicos no les dicen nada, pero que asisten alguna vez a ellos
acompañando a sus familiares
o amigos sin
actitud propiamente hostil y con un cierto respeto.
Ante todos ellos,
pues, se va a poner en marcha la celebración litúrgica con su
intrínseca fuerza evangelizadora. ¿Qué hacer para
conseguir su máxima eficacia?
2.
CUESTIÓN, ANTE TODO, DE AUTENTICIDAD. Por más que la liturgia no
sea propiamente un espectáculo, sino una acción en común,
es cierto que algunas personas tienen en ella un papel preponderante.
Esto vale sobre todo para el que preside la asamblea en nombre de
Jesucristo; pero además "los acólitos, lectores,
comentadores y cuantos pertenecen a la schola cantorum desempeñan
un auténtico ministerio litúrgico. Ejerzan, por tanto, su oficio
con la sincera piedad y el orden que convienen a tan gran misterio y les exige
con razón el pueblo de Dios. Con este fin, es preciso que cada uno a su
manera esté profundamente penetrado del espíritu de la
liturgia y que sea instruido para cumplir su función debida y ordenadamente
(SC 29).
Esto supuesto, es
imprescindible que cada una de las acciones de que consta la celebración
se lleve a cabo con la máxima autenticidad: en lo que la liturgia tiene
de representación y en lo que tiene de signo manifestativo y
expresión de una vida. Así, la lectura bíblica
deberá ser una verdadera proclamación, que haga resonar
aquí y ahora, ante un pueblo que la escucha en silencio y
recogimiento, la palabra inspirada. Para lo cual no son en modo alguno
indiferentes las cualidades naturales y la preparación del lector.
No sólo hace falta que domine la difícil técnica de leer
en público y ante un determinado auditorio, sino además se
requiere que esté iniciado en los diversos géneros literarios
bíblicos, a fin de que sepa acomodar su expresión oral al texto
que tiene ante los ojos. Así también la homilía
deberá tener en cuenta la doble fidelidad, a saber: a la palabra de
Dios en el marco de la celebración, y a la situación concreta
cultural, espiritual y problemática de la asamblea. Así, por
último, las intervenciones del pueblo deberán estar aseguradas
en toda su fuerza expresiva de participación consciente al menos
por un núcleo de cristianos más comprometidos, que den así
testimonio de su fe y contribuyan
776
a que prenda o se
despierte en los
demás.
Y, por encima de
todo, es imprescindible que el presidente de la asamblea sea signo
viviente y personal de Cristo, Buen Pastor, que cuide de sus ovejas
dóciles y que vaya detrás de las rebeldes y extraviadas con
un auténtico amor que no dude ante el sacrificio por ellas. El es, sobre
todo, el que ha de ejercitar la doble fidelidad, por un lado, a la naturaleza
de la liturgia, a sus reglas de juego, tal y como han sido concretadas por la
iglesia jerárquica y, por otro, a la comunidad que preside,
más o menos heterogénea, haciendo uso inteligente de las mil
maneras de flexibilidad y acomodación que hoy están
a su alcance, y
que no pocas veces desconoce, o de las que prescinde por mayor comodidad. Quien
sepa asegurar, a través de sus palabras y gestos, la presencia de
Cristo, Buen Pastor, en medio de los suyos, habrá asegurado a la
celebración litúrgica que preside su impacto evangelizador lo
mismo para los cercanos que para los alejados.
3. ALGUNOS MEDIOS
PARA CONSEGUIRLO. Nada serio se logra por medio de la
improvisación. La preparación de las celebraciones se impone en
un doble nivel: en el de la oración y el estudio, personal y
comunitario, por un lado, y por otro, en el de la realización inmediata;
verdaderos ensayos de los ministros e incluso del pueblo, no sólo en lo
que se refiere a los cantos, sino también en cuanto tiene que ver con
los gestos, con el modo de intervenir en las aclamaciones, etc. Las
celebraciones extraordinarias según el ciclo litúrgico,
principalmente las de semana santa, así como de algunos sacramentos
celebrados con especial solemnidad, pueden ser magníficas
777
ocasiones para
tales formas de preparación interior y exterior.
Pero,
además, una vez que la celebración ha tenido lugar, es sumamente
conveniente que se someta a una cierta revisión crítica. Los
mismos fieles más iniciados pueden aportar valiosísimas
sugerencias a este respecto. Y, desde luego, la revisión no habrá
de contentarse con el nivel de representación de la acción
litúrgica, sino que se deberá extender su eficacia santificadora
al nivel de la vida cristiana. De esta forma evitaremos el escollo de complacernos,
quizá, en unas celebraciones esteticistas pero estériles, e
insistiremos humildemente no ya en la "utilidad" de la liturgia, sino
en su autenticidad y verdad, que es como ella contribuye a la evangelización.
[/
Formación litúrgica; / Pastoral litúrgica].
NOTAS: ' Ponencia
leída en el Congreso de Evangelización celebrado en Madrid del 9
al 14 de septiembre de 1985: Evangelización y hombre de hoy, EDICE,
Madrid 1986, 277284 — ! Véase "Phase" 4 (1964) 28
— 3 Fr. Varillon, L'humilité de Dieu, Ed. du Centurión,
París 1974, 18 — 4 La palabra "ensayo" no debe
entenderse aquí como si sólo se tratara de una
representación que todavía no va en serio. La celebración
litúrgica es ya una realización verdadera de la salvación,
en la que se nos comunica realmente la misma vida divina que esperamos gozar en
plenitud "cuando el Señor vuelva". Sin embargo, las
limitaciones con que el "homo viator" participa de esa vida
divina no satisfacen la dinámica interna de la liturgia, que aspira a la
plenitud escatológica y como que juega a que ya la posee. En este
sentido podría decirse que la "ensaya", porque incluso la
más perfecta realización de la salvación en este mundo es
sólo un anticipo de la plenitud de la realización futura.
M. Ramos
BIBLIOGRAFÍA:
CELAM, Liturgia y evangelización, en "Notitiae" 10 (1974)
328-330; en "Phase" 84 (1974) 491-493; Dávila R., Fe y
sacramentos, en "Liturgia" 246 (1969) 152-166;
Exequias
López
Martín J., Evangelización y sacramento,
¿cuestión resuelta?, en "Nova et Velera" 3 (1977)
43-63; Maldonado L., Liturgia eucaristica y evangelización, en
"Pastoral Misionera" 2 (1965) 26-46; Comprensión
teológicopastoral del sacramento en una perspectiva evolutiva y en
relación con la evangelización, en VV.AA., Teología y
mundo contemporáneo. Homenaje a K. Rahner, Madrid 1975, 419-448;
Marranzini A., Evangelización y sacramentos, Marova, Madrid 1974; Rovira
J.M., Los sacramentos, signos de fe, en "Phase" 28 (1965) 187-199; La
justificación por la fe y el sacramento, ib, 95 (1976) 379-402;
Sebastián F., Sacramentos y fe. Un problema de la pastoral
española, en "Iglesia Viva" 2 (1966) 75-85; Tena P., Del buen
uso de las palabras: "sacramenlaltzar", en "Phase" 68
(1972) 141-145; Urbina F., Evangelización y liturgia en
SUMARIO: I. El
tema de la muerte hoy: 1. La sociedad censura la muerte; 2. Las dimensiones
del debate actual; 3. La necesidad de una praxis pastoral renovada - II. El
nuevo "Ordo Exsequiarum": 1. Escuchando a la tradición: a) La
praxis litúrgica, b) El significado de la intervención pastoral
de la iglesia; 2. Presentación del nuevo ritual: a) La
elección del Vat. II, b) Las exequias de adultos, c) Las exequias de
niños - III. Puntos relevantes y'orientaciones pastorales: 1. Por
una celebración auténtica; 2. Expresión de la fe en
la pascua de Cristo; 3. La celebración de la muerte del cristiano en el
actual contexto cultural.
I. El tema de la
muerte hoy
Una simple mirada
a la literatura de estos años en el campo literario, filosófico y
teológico obliga a reconocer en la atención prestada al tema
de la muerte un hecho de proporciones bastante apreciables '. El esfuerzo por
individualizar las razones de este fenómeno y comprender los
contenidos con los que Exequias
poco a poco se va
configurando ayuda a delinear el contexto dentro del cual hoy, de hecho,
se sitúa la problemática propiamente pastoral relativa a la
celebración de la muerte. Un análisis, aunque sólo sea
inicial, de algunas intervenciones significativas nos pone frente a una
multiplicidad de datos tal, que hace sin duda completamente nuevo el modo
mismo de acceder al actual debate en torno a la muerte.
1.
conciencia de la
muerte en términos personales: sólo a través de la
muerte-espectáculo, ofrecida cotidianamente por los mass-media,
será posible una eventual toma de conciencia de la realidad de la
muerte, aunque sea siempre la muerte de los otros, extraños, alejados de
nosotros tanto geográfica como afectivamente. Es natural que
nos preguntemos por las razones de esta censura. La investigación
al respecto sería larga y compleja; pero en torno a ciertos
porqués la literatura parece manifestar una cierta con
vergencia.
Sería sobre todo la concepción hedonista propia de la
civilización actual la que impondría el silencio sobre la muerte;
reconocerla y asumirla como tal realidad significaría poner en
cuestión la capacidad de la sociedad para satisfacer plenamente esa
"necesi
778
dad de
felicidad" declarada como absolutamente imprescindible. Todavía
más penetrante parecería una segunda hipótesis, que
relaciona la actitud moderna respecto a la muerte con el fenómeno de la
secularización y con el surgimiento y la extensión de la
sociedad burguesa. El silencio sobre la muerte se impone porque hoy en
día está desacralizada, ha pasado de ser un rito a ser un
espectáculo; ya no ocupa una función social, y se celebra
decididamente en la esfera
privada. Una
tercera línea interpretativa tiende, en cambio, a unir el
fenómeno de la negación de la muerte con la actitud
técnico-eufórica de la sociedad actual. El acontecimiento
muerte se asume esencialmente como un acontecimiento
técnico-biológico: es un incidente; es una cosa que, como todas
las cosas de la vida, es modificable y manipulable por el hombre, que prepara y
utiliza instrumentos técnicos adecuados para enfrentarse a las
diversas realidades de la existencia5. Sin embargo, es necesario reconocer
que este intento de cen
sura de la
realidad de la muerte no ha tenido éxito: para el hombre particular la
muerte permanece como una amenaza, aunque sea inconfesable, no estándole
permitido al individuo confesar la propia finitud en un contexto social
que se cree ilimitado. La crisis de identidad de la sociedad técnico-industrial
podría también servir para hacer comprender que la finitud,
colectiva y personal, no es una desagradable incongruencia, sino una realidad
confesable, que se ha
de reconocer
abiertamente.
2. LAS
DIMENSIONES DEL DEBATE ACTUAL. Casi como contraposición al
silencio (favorecido o impuesto) del uso social sobre la realidad de la
muerte asistimos a un
779
imponente
renacimiento del interés por el tema del morir en la literatura de
estos últimos años. Una cuidadosa exploración de todo lo
que ésta va proponiendo confirma, por una parte, la tendencia arriba
recordada a la censura, convalidando por tanto la presencia de una
tensión dramática de la sociedad contemporánea,
todavía no resuelta; por otra parte, hace surgir también
perspectivas insospechadas de pensamiento y de praxis'. En particular, la apertura
a las culturas religiosas medio-orientales y sobre todo asiáticas
está manifestando una influencia evidente sobre el mundo occidental: la
persistencia de la idea de una vida que pueda ir más allá de la
muerte singular, incluso en su imponderabilidad, y la aparición en el
drama-muerte de una componente de serenidad que es confianza en la vida, son
probablemente las manifestaciones más características.
Si a esto
añadimos la profunda renovación que connota la más
reciente reflexión teológica sobre el tema de la muerte5, nos
podemos hacer una idea todavía más adecuada de las amplias
dimensiones que va asumiendo el debate actual. La perspectiva
escatológica que hace de telón de fondo a la reflexión
teológica sobre el tema de los novísimos subraya claramente las
dimensiones cristológicas y antropológicas. La realidad de
la muerteresurrección de Cristo constituye la referencia central,
que permite iluminar la comprensión del morir del hombre, morir que
está llamado a configurarse con un morir en Cristo para resucitar con
él, morir que está abierto a un futuro de comunión
definitiva con Dios y de encuentro entre vivos y vivientes.
Análogamente, la superación del dualismo entre alma y cuerpo permite
precisar la naturaleza de la
Kxequias
muerte en
términos de paso hacia una vida sin fin, en términos de un estado
situado entre un ya y un todavía no dentro del cual se coloca la
realidad de la resurrección.
3.
Exequias
cristianas tiene
con mucha frecuencia como interlocutores o presentes a personas que viven
las actitudes más heterogéneas en el modo de enfrentarse y juzgar
la realidad de la muerte. Quizá como nunca antes, hoy la novedad
cristiana de la esperanza, que constituye el sentido mismo de la
intervención pastoral de la iglesia, necesita declinarse y expresarse a
través de una amplia variedad de lenguajes, como servicio de la fe
que respeta las diversidades del morir, y sobre todo las diversidades de
quien ha muerto o está viviendo el dolor de la muerte de otro. Bajo este
aspecto, el estudio del Ordo Exsequiarum y el examen de cómo deba
celebrarse hoy se llenan de preguntas y de estímulos nuevos.
II. El nuevo
"Ordo Exsequiarum"
La
comprensión de las opciones llevadas a cabo con vistas a la
redacción del nuevo OE es posible sólo a partir de un
análisis del desarrollo histórico relativo a la praxis funeraria
cristiana; la descripción, aunque sólo sea sintéticamente,
de las etapas esenciales nos permitirá después abrirnos a los
interrogantes de naturaleza más estrictamente pastoral.
1. ESCUCHANDO A
a) La praxis
litúrgica. Si la praxis funeraria cristiana más antigua
revela una relación evidente con prácticas comunes a no creyentes,
no menos manifiesta también la puesta en marcha de un proceso
780
de
diferenciación: la certeza de la salvación operada por Cristo y
la fe en la resurrección alimentan expresiones de esperanza y de
fraternidad más que de triste dolor o desesperación. Incluso
los textos de oración (eucologías o composiciones
salmódicas) transparentan una tonalidad pascual, donde tienen una amplia
resonancia la alegría y la esperanza. El examen más específico
de la literatura patrística y litúrgica, que se extiende desde el
s. iv hasta las
puertas mismas de la época carolingia, nos lleva a encontrar un
desarrollo de interpretación no siempre fácil7. Desde un primer estadio
todavía estrechamente ligado al contexto judaico, en que se
privilegia la oración de acción de gracias o de bendición,
se pasa muy pronto a una progresiva difusión de la oración de
intercesión (época prenicena). Con el inicio de la época
constantiniana, la oración cristiana evoca sobre todo el tema de la
felicidad en el seno de Abrahán o en el paraíso: a medida
que nos alejamos de los orígenes cristianos y va disminuyendo la
espera de la parusía, crece en importancia la escatología
individual; la antropología del mundo helenista, además,
incita a leer tal escatología individual en términos de
"alma separada del cuerpo". Con el progresivo cambio de la
sensibilidad religiosa y cultural tienden a prevalecer —a partir de la
misma época patrística clásica— los temas del
perdón del pecado y de la salvación del alma en el otro mundo: la
idea de la muerte como lucha dramática contra el demonio tiene un
amplio eco en la literatura de los padres y en los mismos textos
litúrgicos. Una mirada de conjunto a los siglos de
la era
patrística muestra la singularidad de la visión cristiana de
la muerte: la idea de Dios que subyace a la oración de la iglesia es la
de un 781
Dios bueno y
acogedor, que está a la espera del hombre que vuelve a él;
análogamente, la oración de intercesión supone una
eclesiología de comunión, que ve en el lazo común de la fe
y en la participación de la misma eucaristía el fundamento
de una relación fraterna que ni siquiera la muerte puede romper. Junto a
esto resultan del todo evidentes las influencias de la cultura y de las
particulares situaciones históricas: "[Se señalan] la
influencia de la demonología para el tema de la protección del
alma; la de la antropología y cosmografía antiguas para la
localización del alma en el seno de Abrahán o en el
paraíso; la del clima para el tema del refrigerio; la del
platonismo o del neoplatonismo para el tema de la luz y de la beatitud
celeste. Análogamente, específicas situaciones pastorales en la
iglesia, como el cambio en la disciplina penitencial, han ejercido influencia
sobre la temática funeraria"8.
La
evolución constatada en la praxis funeraria de los textos galicanos
y gelasianos en torno a los ss. VII-VIII no se puede limitar sólo al
cambio de numerosas oraciones; detrás de los sólidos desarrollos
de los temas de la misericordia divina y del juicio final se puede hallar una
diversa concepción y acentuación de la imagen misma de Dios
y del significado de la oración de la iglesia por un hermano que ha
muerto, así como las referencias al mundo entendido como tierra de
exilio y lugar de tentaciones a las que sustraerse, a las cuales corresponde
una visión de la muerte como liberación de las ataduras y de las
cadenas del mundo y del pecado, remiten a una visión antropológica
y cosmológica bastante cambiada en relación a los orígenes
y a un cuadro teológico de temas escatológicos de trazos
todavía
Exequias
inciertos y
provisionales. Por su parte, la tradición funeraria de los ambientes
monásticos sigue siendo testigo de una praxis inspirada en la
visión pascual, y de una mentalidad que considera a la muerte como
familiar al hombre.
Con la entrada en
Roma de la liturgia gálico-germánica se verifica una posterior
evolución, caracterizada sobre todo por la importancia cada vez
mayor que se atribuye al papel propiciatorio de la oración eclesial por
los muertos; la conciencia de que el juicio de Dios seguirá a la
muerte induce en los textos a conceder un gran espacio a la oración de
intercesión. Desde esta perspectiva se tiende cada vez más a
interpretar el papel del sacerdote celebrante como expresión del poder
que le ha sido conferido no sólo para absolver a los vivos de sus
pecados, sino también para interceder eficazmente por la
remisión de la pena a los difuntos. El tardo medievo y la época
renacentista atribuyen una relevante importancia a elementos celebrativos
(oraciones, textos para el canto, las melodías mismas, el color de
los paramentos, los signos utilizados, etcétera), determinando
así una clara preponderancia del tema propiciatorio respecto a la
inspiración originaria, que individualizaba en el mensaje de esperanza
derivante de la pascua la referencia temática prioritaria de los
funerales cristianos.
Una
valoración de síntesis, en perspectiva histórica, de los
criterios que han inspirado la redacción del Ordo Exsequiarum del
Ritual tridentino (= Rituale romanum del 1614) lleva a poner de relieve dos
hechos: a) En el aspecto estructural, la decisión de optar por una celebración
muy sobria ha permitido poner orden en una serie de elementos celebrativos
que se habían
ido multiplicando
a lo largo de los siglos de manera frecuentemente desorganizada, pero
también ha inducido a dejar a un lado algunos elementos particulares que
habían caracterizado —sobre todo en los orígenes— la
intervención pastoral de la iglesia (piénsese, por ejemplo, en
las abundantes oraciones hechas por la comunidad como signo de comunión
y de sufragio, o en la atención prestada a los primeros momentos tras la
muerte)'; en este nuevo planteamiento se ha producido la consiguiente
acentuación de la Índole clerical de toda la celebración:
"Se ve a los fieles como personas que asisten del principio al fin con
recogimiento y piedad a una acción litúrgica, a oraciones
y cantos
ejecutados en lugar suyo por el clero"10, b) Bajo el aspecto
histórico-teológico, el análisis de los textos y de las
fuentes utilizadas por el Ritual tridentino pone de relieve una confluencia de
oraciones que tienen su origen en épocas bastante diversas y que,
desde el punto de vista doctrinal, no aparecen organizadas en torno a
líneas de pensamiento unitarias; como consecuencia, la índole
pascual de la celebración cristiana de la muerte no aparece en
primer plano; y algunas de las expresiones que habían marcado
característicamente la praxis de los orígenes ya no
están
presentes en el Ritual de Trento.
La decidida
reforma del Vat. II había sido preparada, significativamente, por
algunos signos que la hacían considerar de gran actualidad: por un
lado, el imponerse, a nivel de mentalidad y de praxis, de una costumbre que
tendía a aislar de la sociedad cualquier reclamo de la muerte; por otro
lado, algunas innovaciones parciales celebrativas, que manifestaban la
exigencia de un retorno más explícito a las dimensiones pascuales
del funeral
782
cristiano. Por lo
demás, a todo esto se refería directamente el debate conciliar
que precedió a la promulgación del texto definitivo; en tal
debate se puso de relieve también la importancia pastoral de un momento
como el de las exequias, en el que se proponen contenidos y expresiones
simbólicas a unas asambleas con frecuencia formadas por personas
alejadas o no creyentes ".
b) El significado
de la intervención pastoral de la iglesia. Si tras la praxis
litúrgica pasamos a considerar, incluso sintéticamente, la
actitud pastoral global de la iglesia en las diversas épocas,
lograremos interpretar mejor el desarrollo histórico en su
conjunto l2.
La primera
época patrística (ss. II-III) se caracteriza por una situación
socio-cultural que no conoce ninguna esperanza tras la muerte, o al menos no
supone esta esperanza como algo obvio. Por consiguiente, el mensaje cristiano
(del cual la praxis litúrgica constituye quizá el aspecto
más vistoso y oficial) tiende a privilegiar el esfuerzo por valorar
positivamente la muerte y por hacer evidente su valor de misterio
salvífico por encima del aspecto experiencial más
inmediato, que es de escándalo y de perdición. A esta luz se
comprende el amplio recurso a un lenguaje simbólico tomado pre
ferentemente de
la biblia y de signos sacramentales, considerado el único capaz de
ayudar a entendercrear-esperar un aspecto de la muerte que no es en
absoluto evidente a la experiencia humana.
La época
de la cristiandad establecida (que se extiende del s. iv hasta la
época moderna) se caracteriza sobre todo por la adquisición
de la esperanza-tras-la-muerte por causa de los presupuestos obvios de la
cultura común. En la acción pastoral se aprecia cómo a
veces 783
tales
presupuestos se olvidan en la práctica; justo por esto, la preocupación
fundamental de la intervención de la iglesia pasa a ser la de
representar existencialmente la muerte, contra la tendencia de la existencia
humana (también entre los cristianos) a constituirse como tiempo
indefinido. Bajo este aspecto se comprende que el abundante empleo de un
lenguaje místico-experiencial o sapiencial (piénsese
particularmente en los difusos comentarios a los "vanitas
vanitatum"
o el "cupio
dissolvi et esse cum Christo") tenga motivaciones no sólo culturales
—la sensibilidad de las nuevas poblaciones europeas— sino,
más fundamentalmente, pastorales.
La época
moderna poscristiana ve de nuevo desaparecer de los presupuestos culturales
comunes de la sociedad la esperanza-tras-lamuerte. Pero esta desaparición
tiene lugar por obra de una progresiva secularización de la
vida civil; se comprende, entonces, por qué en la predicación
cristiana se continúa poniendo preferentemente el acento sobre la
actitud sapiencial, que tiende a configurar la muerte como la suprema
objeción levantada por la iglesia frente al hombre burgués.
Si resulta
prematuro el intento de caracterizar sintéticamente la tendencia
hacia la cual se orienta la praxis pastoral en la época contemporánea,
es ya posible, sin embargo, entrever en ella un significativo cambio de
perspectiva. La exigencia advertida prioritariamente parece la de
restituir significación a los símbolos esenciales
(históricosalvíficos y existenciales) de la esperanza-cristiana-tras-la-muerte,
desde el momento que las ilusiones mundanas (mesianismos terrestres,
ideologías historicistas) parecen reconocer ya por sí mismas la
propia inconsistencia. El mal más
Exequias
radical contra el
que choca hoy el anuncio cristiano parece ser, por tanto, como antiguamente, el
de la desesperación, no la ilusión del hombre que se cree
autosuficiente.
2.
PRESENTACIÓN DEL NUEVO RITUAL. La promulgación de un nuevo Ordo
Exsequiarum (15 de agosto de 1969) constituye una etapa de gran importancia
desde el punto de vista teológico-pastoral ". Aunque sea de modo
muy sintético, presentaremos sus características esenciales
'•. Para las citas usaremos la edición en castellano: Ritual de
exequias (= RE). Para los Praenotanda del OE (= Ordo Exsequiarum),
véase A. Pardo, Liturgia de los nuevos Rituales y del Oficio divino,
col. Libros de
1975, 263-270.
a) Las opciones
del Vat. II. En la raíz de la decisión de reformar la liturgia
funeraria en el cuadro de la más amplia renovación
litúrgica promovida por el concilio, está la conciencia de que el
ritual funerario heredado de Trento no expresa adecuadamente la riqueza
doctrinal de la visión cristiana de la muerte, y de que las cambiadas
circunstancias culturales hacen urgente una consideración más
profunda de la problemática pastoral: el debate en el aula
conciliar constituye una evidente prueba de ello". El texto
promulgado en
exequias 784
jos de la
comisión posconciliar la voluntad de no hacer prevalecer encargada de la
preparación del demasiado los temas del pecado, de nuevo texto pasan, en
cambio, a ser la intercesión, del perdón, a través prioritarias
las preocupaciones de de una más equilibrada distribución
carácter doctrinal y pastoral, y se de textos, y de subrayar ulteriorabre
camino la exigencia de revisar mente los elementos de esperanza, más
profunda y críticamente todo resurrección, encuentro con Dios. el
capítulo del desarrollo histórico, A esto se debe añadir
el frecuente
en un intento de
presentar en el intento de marcar el clima comuninuevo ritual funerario
una síntesis tario que ha de caracterizar toda más amplia y fiel
de todos los datos la celebración; la liturgia exequial de la
tradición, en particular los de debe ser por entero una profesión
la tradición más antigua '«. de fe en la pascua del
Señor y un
momento de
comunión intensa con
b) Las exequias
de adultos. La
quien ya no
está entre nosotros ysucesión de las diversas partes a
con los hermanos
que lloran su través de las que normalmente se pérdida. En el n.
1 de los Praeno
desarrolla el
rito funerario (en la tanda del OE se lee: "En las execasa del
difunto, en la iglesia, en el
quias de sus
hijos, la iglesia celebra sepulcro) ofrece una rica antología con fe el
misterio pascual de Cristo,
de material
celebrativo (salmos, a fin de que todos los que, medianeucología,
leccionario), que debería te el bautismo, pasaron a formar un
ser objeto de un
atento análisis; si, solo cuerpo con Cristo, muerto ydespués, se
piensa en la significativa
resucitado, pasen
también con él, recuperación de algunos elementos por la
muerte, a la vida eterna: de praxis pastoral (cf en particular primero con el
alma, que habrá de la "vigilia de oración", la
"oración purificarse para entrar en el cielo, para la
deposición del cuerpo del con los santos y elegidos; después,
difunto en el féretro", el rito de la con el cuerpo, que
deberá aguardar última recomendación y despedila
venida de Cristo y la resurrección da), se alcanza una idea adecuada de
los muertos. Por tanto, la iglesia de cuánto interés
podría ofrecer el ofrece por los difuntos el sacrificio conocimiento
detallado del nuevo
eucarístico
de la pascua de Cristo, y RE". Puesto que nos debemos reza y celebra
sufragios por ellos,
limitar a una
consideración de de modo que, comunicándose entre
síntesis, podemos recoger los punsí todos los miembros de
Cristo, tos relevantes más significativos en éstos impetran para
los difuntos el torno a algunas referencias centraauxilio espiritual y,
para los deules y de conjunto.
dos, el consuelo
de la esperanza"
(A. Pardo, o.c,
263; cf además RE
• En una
comparación de carác39; 15-16). ter global con el precedente
Ritual de 1614 aparece claro que lo que hace nuevo al RE actual es la •
También a otro nivel la comrecuperación masiva de la perspecparación
con el Ritual tridentino
tiva pascual y
eclesial. Todo esto se permite iluminar una característica
desprende
particularmente del enridel nuevo RE. De hecho, si consi
quecimiento
temático de muchos deramos la estructura de la celebra
textos
eucológicos, en los que se ción exequial, vemos que en la
recuperan las oraciones más válidas reforma del Vat. II se da un
interede la tradición y confluyen lenguaje sante proceso de
recuperación de y perspectivas bíblicas; lo confirma elementos de
la tradición más an785
tigua. En
particular: la tendencia a reasumir, también bajo el aspecto
ritual, un arco más amplio de etapas-momentos de la celebración
de la muerte, y por consiguiente la tendencia a poner de relieve su valor
religioso y humano (piénsese en la vigilia de oración en la casa
del difunto, en la oración mientras se le ve el rostro por última
vez, en el rito de despedida), parece indicar que se camina hacia una comprensión
más coherente y profunda del singular clima de comunión y de
fraternidad que
debe distinguir la celebración de la muerte por los cristianos. Por lo
demás, las instancias que han dado origen a estas modificaciones de
estructura en el RE son claramente de orden teológico y pastoral;
por ejemplo, al comentar el momento de despedida, el n. 10 de los
Praenotanda recuerda: "... Pues si bien en la muerte hay siempre una
separación, a los cristianos, que como miem
bros de Cristo
son una sola cosa en Cristo, ni siquiera la misma muerte puede separarlos"
(A. Pardo, o.c, 265; cf RE 43).
• La
redacción de un riquísimo leccionario da considerable categoría
al RE del Vat. II bajo un doble aspecto. Con él, por una parte se marca
la importancia de la palabra de Dios en la celebración litúrgica
cristiana de la muerte: "... se considera parte muy importante del
rito la lectura de la palabra de Dios. En efecto, ésta proclama el
misterio pascual, afianza la esperanza de una nueva vida en el reino de
Dios, exhorta a la piedad hacia los difuntos y a dar un testimonio
de vida
cristiana" (OE, Praenotanda,
n. 11 en A.
Pardo, o.c, 266; cf RE 37). Además, la concreta selección de los
textos bíblicos ofrece a la escucha del creyente una gran riqueza
de contenidos: los párrafos
F.xequias
veterotestamentarios
aportan enseñanzas para valorar la vida con la mentalidad de Dios e
introducen a la acogida del anuncio propiamente cristiano sobre la muerte y el
más allá; los salmos responsoriales se hacen voz del imborrable
anhelo de Dios del corazón humano y celebran la certeza de que la
verdadera salvación proviene del Señor; los textos de las cartas
de Pablo y de Juan se configuran como medita
ción profunda
del misterio de luz y de vida, de rescate y de redención, de futuro y de
esperanza, que está en el corazón de quien profesa que
"Jesucristo es Señor"; las lecturas evangélicas, en
fin, anuncian la palabra de aquel que se denomina "la resurrección y
la vida", promete el reino a quien vive en la lógica de las
bienaventuranzas e invita a todos a hacerse comensales del gran banquete
querido por la bondad de un Padre.
•
También el uso abundante de los salmos, en continuidad con una
tradición antiquísima, señala el clima original de la
celebración cristiana de la muerte: "En los oficios por los
difuntos, la iglesia recurre especialmente a los salmos para expresar el dolor
y reafirmar la confianza" (OE, Praenotanda n. 12, en A. Pardo, o.c, 266;
cf RE 48). La efectiva selección de los salmos hecha por el RE se
sitúa lógicamente en esta línea: hallamos
salmos de
contenido pascual; otros que alimentan una oración de esperanza, de
espera y de búsqueda; algunos que dan lugar a la petición siempre
necesaria del perdón divino y que comentan la bondad de una vida
íntegra, estimada grande a los ojos de Dios.
• En
conjunto, es rico y válido también el capítulo de la
eucología funeraria. Las oraciones y los prefacios del misal
constituyen un Exequias
bloque bastante
homogéneo y muy rico temáticamente: encuentran lugar los temas de
la certeza de la resurrección futura fundada en la pascua de Cristo; del
perdón y de la misericordia divina, capaces de borrar "toda huella
de fragilidad humana"; del valor escatológico de la
eucaristía, denominada "viático en la peregrinación
por la tierra" y "prenda de la pascua eterna del cielo". En los
prefacios, particularmente, las fórmulas de profesión de fe
en la victoria pascual de Cristo confieren a la oración tonos y
perspectivas de luz y esperanza. Igualmente rico es el material eucológico
propio del ritual en cuanto tal: se han retomado y repropuesto numerosos textos
antiguos, añadiéndolos a otros de nueva composición
,s; es digno de consideración el abundante recurso a textos litúrgicos
de las iglesias reformadas, no sólo por razones de orden ecuménico,
sino también porque en ellos se acentúa particularmente la
consideración hacia quienes han quedado sumidos en el dolor y piden
a la fe certezas que les hagan capaces de comprender y aceptar el misterio de
la muerte. En conjunto, el enriquecimiento ha sido notable: aunque se
componga de materiales provenientes de lugares y épocas diversos,
el RE ofrece una imagen bastante más rica y adecuada de la
celebración cristiana de la muerte.
c) Las exequias
de niños. Una consideración más abierta y profunda de
los problemas teológicos implicados y la prioridad concedida a los
cambios pastorales actúan como telón de fondo de las principales
opciones que dirigen el RE en el capítulo de las exequias de
niños: se presta bastante más atención a la
situación de los padres y familiares en su dolor y desorientación
humana (en el precedente Ritual este 786
aspecto se
ignoraba prácticamente); a juicio del obispo del lugar, se prevé
la posibilidad de un funeral eclesiástico también para los
niños que, en la intención de sus padres, deberían haber
sido bautizados, pero que de hecho no han podido recibir el sacramento. Cf CDC
de 1983, can. 1183, §2.
En esta línea se mueven algunos
textos específicos para las exequias de niños bautizados: para
ellos se invoca el amor de Dios, que acoge "en el paraíso, donde ya
no hay luto ni dolor ni llanto, sino paz y gozo" (RE 162). En los formularios
de la misa se encuentran oraciones centradas totalmente en el tema de la
esperanza ("Dios de amor y de clemencia, que en los planes de tu
sabiduría has querido llamar a ti, desde el mismo umbral de la vida, a
este niño, a quien hiciste hijo tuyo de adopción por el bautismo,
escucha con bondad nuestra plegaria y reúnenos un día con
él en tu gloria, donde creemos que vive ya contigo" [MRC, Misas de
difuntos V, A, colecta, p. 950]), y en el tema del abandono confiado en el
Padre ("Señor, tú que conoces nuestra profunda tristeza por
la muerte de este niño, concede a quienes acatamos con dolor tu voluntad
de llevártelo el consuelo de creer que vive eternamente contigo en la
gloria" [MRC, ib, obras oraciones, p. 951]).
En el caso de
exequias de niños todavía no bautizados, el RE reitera la
preocupación pastoral que debe subyacer en la intervención de la
iglesia, y precisa su significado. En algunos nuevos textos eucológicos
del misal se nos invita a la confianza en el amor divino mediante una
continua referencia a la fe de los padres ("Oh Dios, conocedor de los
corazones y consuelo del espíritu, tú conoces la fe de
787
estos padres;
dales el consuelo de creer que el hijo cuya muerte lloran está en
manos de tu misericordia" [MRC, ib, B, colecta segunda,
p. 952]).
III. Puntos
relevantes y orientaciones pastorales
El
análisis de las opciones fundamentales del RE ayuda a comprender
la amplitud y complejidad de los interrogantes pastorales unidos a la
celebración cristiana de la muerte; en efecto, se cae en la cuenta de
que el problema reside no en la transposición mecánica de todo lo
que el RE codifica y propone, sino en el esfuerzo de hacer vivir en la
celebración concreta el clima, los valores y las perspectivas con los
que la iglesia de hoy pretende afrontar el testimonio de la fe y de la
comunión con la realidad de la muerte. Las líneas de apertura
señaladas en la panorámica propuesta [/ supra, II] han
llevado a definir el significado de la intervención pastoral en
términos de servicio prestado desde la fe al hombre de hoy para
ayudarle a pasar a un reencuentro y reconstrucción de certezas
verdaderas y a resistir a la radical tentación de vivir "sin esperanza";
la praxis litúrgica que se expresa en la celebración de la muerte
de un hermano se halla implicada en este proyecto fundamental, y en
él encuentra su dinamismo más auténtico y su punto de
referencia normativo ".
Para delinear las
orientaciones de carácter operativo y puntualizar los elementos
relevantes centrales surgidos de una lectura propiamente pastoral del RE,
nos parece necesario partir de diversos ángulos: desde el
celebrativo, que quiere iluminar las condiciones para que el rito sea situado e
interpretado con
Exequias
la debida
sensibilidad; desde el doctrinal, que aproxima los contenidos concretos
del RE a la misión más general —implicada en el momento
de las exequias— de anunciar la fe pascual de la iglesia; desde
el cultural, que se preocupa de poner en constante relación lo que
significa (o debería significar) el rito cristiano con la moderna mentalidad
relativa al problema de la muerte M.
1. POR UNA
CELEBRACIÓN AUTÉNTICA. Del mismo RE y de la literatura que
lo comenta21, así como de la experiencia de estos años, surgen
numerosas indicaciones de notable interés desde el punto de
vista pastoral.
La estructura de
la celebración contenida en el RE es clara y lineal; pero en lo que
respecta a los textos que la componen, se ha preferido conferirles una
fisonomía antológica; o sea, se ha querido ofrecer una gran
riqueza de oraciones para cada una de las partes de la celebración.
La liturgia, por tanto, se organiza cada vez de acuerdo y en sintonía
con la situación pastoral concreta. Esto supone también una
invitación a considerar el RE como un modelo celebrativo que puede tener
una multiplicidad de interpretaciones y de actuaciones, y no como un libro
rígidamente codificado en todos sus particulares. También
el conocimiento detallado de las fuentes y de los temas de las diversas
oraciones podría llevar a una inteligente utilización de los
márgenes de adaptabilidad previstos y a la realización de
una liturgia más "pastoral".
El Ritual procura
también valorar algunos signos22. Piénsese sobre todo en el
rito de despedida descrito en el n. 10 de los Praenotanda (cf RE 43-45):
el desenvolvimiento de la celebración gira enteramente
en torno al canto
de saludo hecho por toda la comunidad, mientras los ritos de la
aspersión y de la incensación manifiestan el respeto y la
veneración hacia el cuerpo del difunto. Es indicativa al efecto una
rúbrica: "Si parece oportuno, guárdese la costumbre de
colocar al difunto según la orientación que normalmente adoptaba
en la asamblea litúrgica. Es decir: los laicos, mirando hacia el
altar; los ministros sagrados, mirando al pueblo. Sobre el féretro
se puede colocar el libro de los evangelios, o la biblia, u otro signo
cristiano... Alrededor del féretro se pueden colocar cirios encendidos,
o bien únicamente el cirio pascual a la cabecera del difunto" (RE
78). Se trata más de indicaciones que de soluciones ya confeccionadas;
querrían sugerir que al momento solemne y religioso de la despedida de
un hermano se le debe prestar la mayor atención y expresar una gran
sensibilidad humana; en este sentido, el canto —participado coralmente
por toda la asamblea y rico en válidos contenidos—
podría configurarse como el signo más vistoso y elocuente de una
comunión de fe y de oración.
Con frecuencia
aparece en el RE también la invitación a celebrar en
sintonía con la situación humana de los presentes, que la
realidad de la muerte configura de una manera absolutamente singular y
delicada: los textos de la vigilia en casa del difunto, el uso de oraciones
ricas y sugerentes en las que se presta suma atención al dolor de los familiares,
el clima que brota de los nuevos textos para las exequias de niños constituyen
los ejemplos más significativos de ello. En el n. 18 de los Praenotanda
se puede leer: "Al preparar la celebración de las exequias,
los sacerdotes considerarán con la debida solicitud no sólo la
persona del difunto y las circuns
788
tancias de su
muerte, sino también el dolor de sus familiares y las necesidades de su
vida cristiana"
(A. Pardo, o.c,
267; cf RE 23). Será la homilía, en particular, la que se haga
eco de estas instancias (RE 46); además, una exquisita sensibilidad
pastoral sugerirá otras muchas formas de significar la cercanía
a los hermanos sumidos en el dolor.
También a
propósito de los ministerios, el RE supera claramente las
perspectivas rigurosamente clericales del precedente Ritual tridentino.
En los Praenotanda abundan significativas llamadas de atención: "En
la celebración de las exequias, recuerden todos los que pertenecen al
pueblo de Dios que a cada uno se le ha confiado un ministerio particular; a los
padres y familiares, a los responsables de las pompas fúnebres, a la
comunidad cristiana y, principalmente, al sacerdote, que, como maestro de
la fe y ministro del consuelo, preside la acción litúrgica y
celebra la eucaristía" (OE, Praenotanda n. 16, en A. Pardo,
o.c, 267; cf RE 21; 26-28). El servicio que ha de ofrecer no es simplemente el
de recomendar a Dios los difuntos, sino también el de "avivar la
esperanza de los presentes y afianzar su fe en el misterio pascual y en la
resurrección de los muertos" (Praenotanda n. 17, en A.
Pardo, o.c, 267; cf RE 17). En esta lógica, resulta importante la
misión de preparar numerosas personas en cada comunidad para que
desempeñen este específico misterio, y hacer comprender a
todos cuan necesario es el servicio de la fe en una situación humana tan
difícil (cf RE 21).
La forma normal
de celebración prevista por el RE contempla la celebración de la
eucaristía; además de ser profundamente tradicional, una
opción como ésta resulta de 789
gran valor
teológico y pastoral, porque nada revela mejor el auténtico
sentido de la muerte que la pascua. Se califica, pues, como fiel la praxis que
tiende a crear las condiciones necesarias para que en las exequias sea la
eucaristía el signo normal y más completo desde el punto de vista
de la fe. Es ciertamente verdad, por otra parte, que la asamblea reunida
para los funerales hoy en día se configura con demasiada frecuencia
como totalmente heterogénea en el modo de
situarse frente
al anuncio cristiano: con frecuencia se juntan creyentes, indiferentes, ateos,
etc. Por este motivo está justificada la pregunta típicamente
pastoral acerca de si es siempre oportuno celebrar la eucaristía:
si la celebración de la eucaristía constituye
indiscutiblemente el punto de referencia normativo y la praxis más
auténtica y fiel, el esfuerzo por tomar en consideración
modos más articulados de usar el RE mantiene todo su valor, precisamente
porque tiende a presentar los signos de la fe en un contexto de mayor
autenticidad.
2.
EXPRESIÓN DE
Quien busca en los
textos del RE los términos con los que se hace el anuncio propiamente
cristológico
Exequias
puede compartir
el juicio concluyente de un autor: "La instancia cristológica
ha recibido una notable valoración". La referencia a la pascua
es central, y el acontecimiento Cristo es el criterio constante que
mide y rescata la muerte del hombre. No se podría decir lo mismo de la
instancia antropológica: "la relevancia que se le ha
concedido... es mínima"23. Sin embargo, es interesante notar
cómo los textos del RE, sobre todo los nuevos, registran una
significativa convergencia con algunas orientaciones, en absoluto
secundarias, provenientes del debate actual. Como conclusión a una
moderna investigación se ha escrito: "La deslocalización de
las grandes realidades escatológicas es hoy un dato adquirido (son
estados, no lugares); igualmente, la destemporalización de los grandes
acontecimientos tras la muerte (liberados de la dialéctica
cronológica del antes y el después) es una resultante ya
común de la actual teología escatológica. Además,
no se puede negar que la concepción antropológica actual es una
reacción contra los residuos de tipo platónico que todavía
afloran en la teología de los novísimos, por ejemplo [...] el
estado de separación entre el alma y el cuerpo en un modo casi dualista.
La muerte del hombre, ¿se ve casi como un epílogo de la
existencia humana, fatal ocaso de la vida, ruptura de su equilibrio
biopsíquico; o quizá como el supremo cumplimiento de su destino,
el acontecimiento definitivo, que compromete no sólo al hombre en
cuanto a su cuerpo, sino en todo su ser? Se trata, en definitiva, de una
nueva perspectiva, que afecta a la teología actual, orientada a
hacer de la muerte-ruptura un acontecimiento de muerte-resurrección"1'.
En conexión
con estos aspectos
que muestran los
puntos positivos del aparato doctrinal del RE, se subraya la exigencia de una
reformulación de los contenidos de la fe en el más
allá; en el Ritual, en efecto, confluyen, como se ha visto, textos
tradicionales unidos a estadios fatigosos, y a la par inciertos, de la
reflexión sobre los temas escatológicos. Se tocan aspectos
verdaderos del problema cuando se afirma: "El nuevo Ritual ha podado
al viejo de las acentuaciones dolorosas o de temor [...], pero ha conservado su
lenguaje arcaico y una visión del estado de los difuntos que revela
una escatología primitiva, anterior a la reflexión
teológica"". Por muy encaminados que estemos en la nueva
dirección, que intenta hacer de la celebración litúrgica
de las exequias un momento de anuncio al hombre de hoy del verdadero
significado de su muerte tras el acontecimiento de la pascua de Cristo, sin
embargo, todavía se pueden desear otros desarrollos significativos.
3.
Con frecuencia se
ha hablado en tiempos recientes de la fuerte incidencia ejercida por el actual
contexto urbano sobre el mismo desarrollo del rito funerario. El
hecho es innegable. Por eso resulta todavía más digna de
aprecio la elastici
790
dad de estructura
que presenta el RE, posibilitando una celebración más lineal y
simple cuando las condiciones externas hacen imposible o incluso
dificultan o comprometen el desarrollo de las tres "estaciones"
del rito; máxime cuando, en estos casos, el Ritual no deja de
ofrecer interesantes estímulos para acentuar los contactos personales
con los parientes, la oración en familia, etc. Por otra parte,
también es verdad que y ante la tendencia tan generalizada a marginar
cualquier signo público de la muerte, la iglesia tiene un testimonio
alternativo que proponer: ciertamente, no en la recuperación de la
exterioridad, sino en la recuperación de la conciencia de que la
realidad de la muerte —y, por tanto, su celebración— debe
tener espacio y dignidad en un mundo como el nuestro.
Ha asumido y va
asumiendo una relevancia cada vez más notable el problema del lenguaje
con el que el anuncio cristiano en general, y el litúrgico en
particular, formula la propia esperanza y las propias certezas frente a la
realidad de la muerte. Aunque rápidas, las alusiones hechas en
estas páginas muestran ya qué antiguo es el problema; la
evolución de oraciones o de cantos, de símbolos y de estructuras
en la praxis funeraria cristiana es un índice también de la
búsqueda de un lenguaje que exprese más adecuadamente los
contenidos de la fe. Es innegable, por otra parte, que el actual contexto
cultural pide con particular urgencia y con una evidente singularidad de
sugerencias y de relieves a la comunidad cristiana 26 que haga esfuerzos
creativos para testimoniar con acentos profundos y al mismo tiempo familiares
las'certezas que alimenta continuamente su fe en el Dios vivo.
Cobra relieve, a
esta luz, el espacio
791
de libertad que
prevé el RE y que anima a usar con vistas a un trabajo de /
adaptación de vastas proporciones que deben llevar a cabo las
conferencias episcopales de los diversos países; el problema de la
adaptación supera al del lenguaje, y comporta una multiplicidad de
aspectos; de todas formas, supone un serio compromiso en la búsqueda
de los modos con los cuales se puede ayudar al hombre de hoy a orar y a
reconocer en la pascua de Cristo la realidad que da sentido nuevo
también a la muerte ".
La más
radical evolución de la actitud de la sociedad frente a la realidad de
la muerte28 exige también un testimonio crítico y
profético por parte de la iglesia; la comunidad de los
creyentes no puede unirse pasivamente a los que censuran el
capítulo del morir, máxime cuando el anuncio pascual la convierte
en portadora de una visión realmente nueva y creadora de esperanza.
Queda siempre por descubrir qué comporta todo esto de hecho; por
otra parte —y la experiencia de los funerales cristianos parece
reafirmarlo continuamente—, la realidad de la fe capacita para dar
un testimonio diverso s.
Siempre dentro de
este marco de consideraciones, no son secundarias para la acción
pastoral algunas aportaciones de corte estrictamente sociológico. En un
contexto como el nuestro, el acontecimiento de la muerte da origen a
comportamientos (ya generalizados) que crean, dentro del grupo humano de
los que por diversos motivos están implicados, nuevos lazos y maneras
diversas de relación, sea hacia el pasado o hacia el futuro. La misma
acción pastoral viene a situarse inevitablemente dentro de un entramado
de momentos y de actitudes, en gran medida ya codificados. Debe saber captar el
significado
Exequias
profundo de todo
esto, e intentar expresarlo con la originalidad de quien mira a la muerte de
modo diverso. Corresponde a la sensibilidad pastoral de la comunidad de
los creyentes diferenciar claramente la propia intervención de la imagen
más general y difusa que entra en juego cuando las honras
fúnebres comienzan a manejar todo el hecho de la muerte; aunque
sólo sea para testimoniar sin equívocos que, precisamente al
apagarse su vida, nosotros confiamos nuestro hermano en manos de un Dios
que es nuestro Padre y que nos ama a cada uno de nosotros con un amor sin
fronteras y sin diferencias K.
[/
Escatología].
NOTAS: ' S.
Maggianí. Elemenli del dibatlito odierno sul tema detla morte. en
RL 66 (1979) 270-317 — 2 Ph. Aries, Essais sur l'histoire de la
morí en Occident du moyen-áge á nos jours, Seuil,
París 1975; L'homme devant la mort, ib, 1977 — 5 Cf, por ejemplo,
entre la amplia bibl. al respecto, J. Potel, Morí a voir, morí a
vendré, Desclée, París 1970;
L.V. Thomas,
Anthropologie de la mort, Payot, París 1976; W. Fuchs, Le immagini della
morte nella socielá moderna, Einaudi, Turín 1973; R. Mehahem, La
mort apprivoisé, Univers, París 1973; E. Kubler-Ross La morte e
il moriré, Cittadella, Asís 1976 — * Por la riqueza de las
referencias bibl., y sobre todo por su característica de visión
sintética de los elementos esenciales del debate actual, nos limitamos a
remitir al estudio de S. Maggiani (nota 1) — 5 De gran valor nos ha
parecido el estudio de G. Moioli, Dal "De novissimis"
all'escatologia, en ScC 101 (1973) 553-576; Id, Introduzione alia riflessione
teológica catlolica contemporánea sulla morte dell'uomo, en ScC
105 (1977) 543-566 — ' He reconstruido los aspectos más relevantes
de este capítulo en el estudio // nuovo rito delle esequie. Appunti
metodologici, en ScC 103 (1975) 527-561 (en par. 527-539). Sin repetir la bibl.
usada allí, me limito a integrarla con referencias a ulteriores estudios
de los que me he servido en este trabajo: H.R. Philippeau, Pour un ressourcement
du rituel de l'agonie el des funérailles. en EL 71 (1957) 369-407; Texle
el rubrique des "Agenda Mortuorum", en ALWi,¡ I (1955) 5271;
C. Vogel, Le banquet funéraire paléochrétien: une
féte du defunt el des survivants, en
Exequias
VV.AA., Le christianisme
populaire. Les dossiers de l'histoire, Centurión, París 1976,
61-68; Archives de sciences sociales des religions 39 (1975) dedicado a
L'evolution de l'image de la morí dans la société contemporaine
et les discours religieux des Églises (Actes du 4' Colloque du Centre de
sociologie du protestantisme de l'Université des sciences humaines de
Strasbourg, 3-5 octubre 1974); D. Sicard, La liturgie de la mor! dans
l'Église latine des origines a la reforme carolingienne, LQF 63, 1978 —
7 En este aspecto, cf la diversidad de acentuaciones —debida sobre todo a
la complejidad del tema— entre el estudio cit. de D. Sicard (nota ant.) y
el de J. Ntedika, L'evocation de l'audelá dans lapriére pour les
morts. Elude de patristique et de liturgie latines (ss. IV-VIl),
Lovaina-París 1971 — 8 J. Ntedika, o.c, 263 — ' R. Falsini,
La nuova liturgia dei defunti, en VV.AA., Liturgia cristiana messaggio di
speranza,
Messaggero, Padua
1973, 131 — 10 P.M. Gy, Le nouveau rituel romain des funérailles,
en MD, 101 (1970) 18-19 — "Lo s elementos más significativos
del debate conciliar pueden hallarse en ASSCOVS I, periodus prima, pars II,
161-168; 292-326; 341-385 — " Para esta parte he utilizado
ampliamente el material elaborado por una investigación interdisciplinar
—en la que participé directamente en lo referente al aspecto
litúrgico— efectuada en Milán en
792
(nota 6),
539-549. Dos estudios monográficos pueden servir para hacer una valiosa
profundización: A. Ashworth, Le nuove messe per i defunti nel
Messale Romano di Paolo VI, en RL 58 (1971) 356-371; A.M. Triacca, Per una
letlura litúrgica dei Prefazi "pro defunctis" del nuovo
Messale Romano, ib, 382-407 — 18 Esto ha creado y crea también
algún problema propiamente hermenéutico, en el sentido de que el
uso sustancialmente fiel de textos antiguos pone al orante de hoy en contacto
con fases de pensamiento y de lenguaje distintos y no todos homogéneos
en el aspecto de la formulación de la temática
escatológica: cf mi estudio sobre
OR, Milán
1977, 66-82 — " El litúrgico es sólo un momento
—aunque esencial— de la intervención pastoral de la iglesia.
Piénsese únicamente en lo útil que podría resultar
el estudio de otros aspectos de la acción pastoral, como, por ejemplo,
la predicación sobre la muerte desempeñada hoy por la iglesia (cf
la panorámica diseñada por una declaración de
793
opciones hechas
por la editio typica misma; los análisis efectuados (sobre todo en el
área lingüística francesa) muestran lo interesantes y no
faltos de valor que son algunos pasos nuevos, incluso en relación al
problema del lenguaje — 28 Ph. Aries, La mort inversée. Le
changement des altitudes devant la morí dans les sociales occidentales,
en MD 101 (1970) 57-89; J.Y. Hameline, Quelques incidences psychologiques de la
scéne rituelle des funérailles. ib, 90-96 — N Todo el
fascículo n. 23-24 (1975) de Communio está dedicado al tema de la
muerte (cf en part. las aportaciones de Melchiorre, Brague, Moioli); asimismo
Con 1974/4: // moriré come tema diprassi ecclesiale (véanse
especialmente los estudios de Hofméier y Lepargneur) — 30 En este
aspecto es interesante el estudio de J. Potel, Les
funérailles,
uneféte?, Cerf, París 1973.
F. Brovelli
BIBLIOGRAFÍA:
Aldazábal J., Celebrar la muerte con otro lenguaje, ib, 110 (1979) 155165;
Düring W., Difuntos (liturgia de), en SM 2, Herder, Barcelona 1976,
277-280; González Cougil R., Vivencia y celebración de la muerte
en Galicia. Reflexiones en orden a una celebración más
auténtica de la muerte cristiana, en "Nova et Vetera" 12
(1981) 209-237; Gy P.M., La muerte del cristiano, en A.G. Martimort,
1972; Maertens
Th.-Heuschen L., Doctrina y pastoral de la liturgia de la muerte, Marova,
Madrid 1964; Ramos M., "Nos quitan los entierros" (Ensayos de
reflexión teológicopastoral a propósito de una
experiencia), en "Phase" 76 (1973) 345-352; Ruiz de
Existencia
cristiana y liturgia
VV.AA., Las
exequias, en "Phase" 35 (1966) 352-390; VV.AA., Liturgia de difuntos,
en "Asambleas del Señor" 96 (1968); VV.AA., Ritos funerarios
cristianos, en "Concilium" 32 (1968) 173-339; VV.AA., La muerte
cristiana, en "Liturgia" 251 (1970) 385-444; VV.AA., La muerte y el
cristiano, ib, 94 (1974) 5-147; VV.AA., Celebración cristiana de la
muerte, Marova, Madrid 1974; VV.AA., Acompañar al cristiano en su
muerte, en "Phase" 109 (1979) 4-79.
SUMARIO. I.
Liturgia como participación del misterio salvífico de Cristo: 1.
Celebración de la fe; 2. Fe confiada; 3. Fe amante; 4. Existencia
cristiana como alabanza a Dios
II. Progresiva
inserción de nuestra existencia en la historia de la salvación:
I. El pasado hecho fecundo por una memoria llena de gratitud; 2. Vivir en el
"hic et nunc"; 3. En marcha hacia el cumplimiento; 4. Discernimiento
de los espíritus y signos del tiempo; 5. Irradiar serenidad,
alegría y paz.
El que la
religión se haga vida robusta y la vida verdadera adoración
de Dios lo decide la relación que se instaura entre liturgia y
existencia cristiana. Estos dos sectores no pueden permanecer separados
o unirse sólo artificialmente. El modo con que la liturgia se relaciona
con la vida cotidiana y la conducta cotidiana con la liturgia es decisivo tanto
para la liturgia cuanto para una concepción específicamente
cristiana de la existencia, y también para la fundamental relación
entre lo sacro y el bien.
Celebramos la
liturgia de manera justa y fecunda si toda nuestra vida se hace cada vez
más una eucaristía y una alabanza a Dios llena de agradecimiento;
y cada vez somos más capaces de celebrar la liturgia si ordenamos
nuestra vida a la luz de la estructura y de las leyes fundamentales de la
liturgia.
La
celebración de los sacramentos, su recepción y la
acción de gracias que hacemos por ellos resultan verdaderas si
permitimos que ellos plasmen nuestro estilo de vida y nuestras relaciones
interpersonales. Según la mentalidad y el lenguaje cristiano
primitivo podemos llegar a decir: la celebración de los sacramentos, y
en particular de la eucaristía, alcanza su meta sólo si nosotros
nos hacemos, por así decir, sacramento. Lo ilustra una expresión
de san Agustín: al tener que explicar cómo el bautismo y la
eucaristía pueden ayudar también a la salvación de los no
cristianos, que según la disciplina del arcano no podían tomar
parte en ellos, dice: "El sacramento del bautismo y el sacramento de la eucaristía
se encuentran ocultos en la iglesia. Los paganos ven vuestras buenas obras,
pero no ven los sacramentos. De aquellas cosas que ven brotan las que no se
ven, así como de la profundidad de la cruz que se clava en la
tierra se levanta todo lo restante de la cruz que aparece y se
contempla"'. Agustín explica así el Amén con que los
fieles responden al presbítero que les ofrece la eucaristía:
"Se te dice: 'El cuerpo de Cristo', y respondes 'Amén'. Sé
miembro del cuerpo de Cristo, para que sea auténtico el 'Amén'...
Siendo muchos, somos un solo pan, un único cuerpo (1 Cor 10,17).
Comprendedlo y llenaos de gozo: unidad, verdad, piedad, caridad...
Sed lo que veis y recibid lo que sois"2.
Podemos hablar
sensatamente del carácter indeleble que el bautismo, la
confirmación y el orden nos imprimen sólo si en todo nuestro
estilo de vida nos dejamos modelar por la gracia y por la misión de
tales sacramentos.
No basta con que
fuera y dentro
794
de la liturgia
hablemos de ellos con fe: nuestra misma vida debe reflejar tales realidades.
Los sacramentos son palabra y signo, palabras dispensadoras de vida y
signos llenos de vida, y por tanto remiten a Cristo, que es la palabra
encarnada del Padre y la imagen perfecta del Dios invisible (cf 2 Cor 4,4; Col
1,15). La auténtica existencia cristiana es un signo visible y una
palabra elocuente
I. Liturgia como
participación del misterio salvífico de Cristo
Al celebrar la
eucaristía y, a su luz, los demás sacramentos, entramos
misteriosamente en el misterio salvífico de Cristo, participamos
del (entramos en comunión con el) misterio pascual de la muerte y
resurrección de Cristo, en el que alcanza su vértice el misterio
de la encarnación y se anticipa la parusía. En la liturgia,
la iglesia se experimenta con gratitud como la esposa que ha recibido de Cristo
dones riquísimos, como el cuerpo de Cristo: vive totalmente en virtud de
la gracia de Cristo; pertenece a Cristo en plenitud; en la fe, ella se entrega
continuamente a él, y en él al Padre hasta que llegue a la consumación
final. Pero la gracia significa también tarea: en los sacramentos, la
iglesia experimenta la ley de la propia vida, el sentido de la propia
existencia, que es el de conformarse radicalmente con Cristo. Esa ley de la
existencia es experimentada y afirmada también por cada fiel particular
que celebra la liturgia en la manera debida.
1.
CELEBRACIÓN DE
En la fe nos
abrimos firmemente a la recepción del don grande 795
e inaudito de la
participación del misterio salvífico de Cristo. En el misterio
pascual de su muerte, Cristo se confía completamente al Padre y sabe que
es aceptado por él. Se entrega a aquel de quien ha recibido todo. Con
nuestra fe llena de gratitud nosotros entramos en este misterio: nos abrimos
humilde y receptivamente a la gracia, en la que Cristo se nos dona y nos hace
participar de su apertura total a la voluntad del Padre y al don total de
sí mismo a él. Por tanto, para nosotros, fe significa siempre e
inseparablemente dos cosas: recepción festiva y exultante de la
nueva vida, apertura a su enraizamiento cada vez más profundo y, a la
vez, decisión fundamental absoluta en favor de ella y de su
enraizamiento cada vez más profundo en toda nuestra vida y existencia.
Esto, por su íntima dinámica, implica también la
renuncia a todo lo que contradice la verdad de esa decisión fundamental
y ese precioso don.
El cristiano que
vive la liturgia sabe existencialmente que la fe no consiste sólo en
retener como verdaderas una serie de verdades particulares y
doctrinas concretas, sino en la vida de aquel que es la verdad, la vida
verdadera y nuestro camino.
Fe significa
entregarse a la presencia de Cristo con rendida gratitud. El quiere
introducirnos plenamente en el misterio salvífico de su muerte y
glorificación, en el que él se hace presente al Padre y a nosotros
los hombres con el don total de sí mismo. Cuando celebramos
con fe la liturgia, sabemos con toda nuestra existencia que nuestro
ser-creyentes significa y pide una verdadera participación en esta doble
dimensión de la presencia de Cristo.
Por eso una vida
litúrgica intensa nos da un ojo cada vez más agu
Existencia
cristiana y liturgia
do para mirar con
fe toda nuestra existencia. Y, viceversa, una vida según la fe nos
permite participar de manera cada vez más viva y gozosa en la liturgia.
2. FE CONFIADA.
La participación sacramental —o sea, sumamente vital y
verdadera— en el misterio de Cristo es un entrar intensamente en la
autodonación confiada de Cristo en la cruz: "Padre, en tus manos
encomiendo mi espíritu" (Le 23,46). La fe es al tiempo
aceptación agradecida de todos los dones de Dios y de uno mismo, y
donación confiada de sí y de todas las capacidades y dones
propios a Dios en unión con Cristo. La vida y la muerte, por tanto,
pasan a ser una co-actuación de la confianza que expresa Jesús
cuando pronuncia el nombre Padre. También, y precisamente en la
muerte, Jesús sabe que está seguro junto al Padre. Esto no quita
que su dolor y sus sufrimientos sean grandísimos; pero sí quita a
su pasión y a su mismo morir aquel aguijón al que está
sometido el hombre pecador sin Cristo.
La liturgia
celebrada con autenticidad hace sentir su fuerza en la hora de la prueba,
del dolor y, sobre todo, cuando llega el momento de mirar cara a cara a la
muerte. Si desde la gratitud, la fe y la confianza concebimos nuestra vida
como una participación sumamente vital en el misterio de Cristo, entonces
la alegría pascual se convierte en nuestra fuerza. En efecto, como vivir
de la fe significa vivir en Cristo, así también morir en
unión con Cristo es la última ganancia, la entrada definitiva y
completa en su misterio salvífico.
Bajo esta misma
luz vemos la oración específicamente cristiana. Con la
oración nosotros no pensamos en absoluto en hacer cambiar
existencia cristiana y liturgia
a Dios su
voluntad. Acogidos en el misterio salvífico de Cristo, esto es,
aceptados por Dios Padre en el Espíritu Santo, hacemos sitio al
Espíritu de Cristo en nosotros, Espíritu que es don y
comunión entre el Padre y el Hijo. Por su gracia nos abrimos, adorando,
implorando y dando gracias, a esa plenitud de gracia que nos ha sido ya
garantizada (naturalmente, el hombre puede rechazar esta plenitud de
gracia si se empeña en no quererla reconocer como un don inmerecido en
la oración de petición y de agradecimiento). Para el
cristiano formado en la escuela de la liturgia, la oración continua es
una cosa obvia, ya que la eucaristía y todos los sacramentos nos proclaman
con insistencia que, en cuanto nos abrimos a la bondad de Dios y a la eficacia
del misterio salvífico de Cristo, experimentamos la potencia de la
gracia.
La oración
y todas las aspiraciones del cristiano formado en la escuela de los
sacramentos son totalmente personales y, al mismo tiempo, totalmente
solidarias. Cada uno sabe que lo llaman por su nombre. Pero sólo somos
fieles a ese nombre que Dios nos ha asignado si respondemos a su llamada a
la reunión. Como Cristo en su encarnación, en su vida, en su
muerte y en su oración intercede por todos nosotros, así
también nuestra oración en nombre de Cristo es
intercesión por los vivos y los difuntos. Con Cristo querríamos
exhortar a todos a abrirse a la gracia de Dios en la oración confiada,
que es verdadera cuando nos preocupamos unos por otros y utilizamos la
capacidad y los dones que Dios nos ha concedido para el servicio del
prójimo y del bien común.
3. FE AMANTE. El
misterio salví
796
fico de Cristo es
revelación eficaz del amor de Dios, del amor del Padre hacia el Hijo y
del Hijo hacia el Padre en la comunión del Espíritu Santo:
Dios nos manifiesta insuperablemente que intenta atraernos a todos hacia
él e introducirnos en el misterio de su amor. La comunión
eucarística, en la que Cristo se nos da para vivir en nosotros, y en
nosotros y a través de nosotros continuar su obra salvífica, es
comunión y participación en el gran misterio del amor de Dios. La
comunión eucarística y, a su luz, todos los sacramentos nos muestran
con claridad que la perfección de nuestra existencia consiste en actuar
en unión con Cristo su mismo amor. Unidos a él y totalmente
entregados a su persona, estamos en condiciones de amar al Padre con su mismo
amor en la fuerza del Espíritu Santo e, inmersos así en el
misterio divino y humano-divino del amor, podemos no sólo concelebrar la
fiesta del amor divino, sino también actuar junto con Cristo el amor de
Dios por todos los hombres. En esto está la esencia de la existencia y
de la santidad cristianas.
En la liturgia
celebramos solemnemente la alianza salvífica de Dios en Cristo con
la humanidad. Entonces nuestra salvación personal y nuestra
personal fidelidad a la alianza con Cristo van indisolublemente unidas a
nuestra solidaridad con todos los hombres. Tal solidaridad se refiere, en
Cristo, sobre todo a la iglesia. No podemos participar del misterio
salvífico del Crucificado y Resucitado si no queremos vivir con la
iglesia y para la iglesia. Sin embargo, esto no significa en absoluto que
nos podamos apartar del resto de la humanidad, puesto que la iglesia
ha sido elegida en orden a la salvación y a la solidaridad de todos los
hombres.
797
4. EXISTENCIA
CRISTIANA COMO ALABANZA A Dios. Cristo se manifiesta como el perfecto
adorador de Dios en toda su vida, y sobre todo en el misterio salvífico
de su muerte, que nosotros celebramos en cada sacramento. Con él ha
llegado el tiempo salvífico en que el Padre encuentra adoradores en
espíritu y en verdad. Sólo en la unión intimísima
con Cristo, tal y como se nos ofrece y posibilita en los sacramentos,
podemos verdaderamente adorar a Dios con toda nuestra existencia, con
nuestro corazón y con nuestras obras. Cristo, en efecto, nos
envía desde el Padre el Espíritu Santo. Y el Espíritu nos
capacita para llevar a cumplimiento el don total de nosotros mismos y esa
alabanza de los labios que quiere ser alabanza de todas nuestras aspiraciones
y de toda nuestra conducta.
La alabanza
continua de la misericordia y fidelidad divinas nos ayuda a permanecer en
la verdad del misterio salvífico, porque todo es don inmerecido.
En la alabanza y
adoración de Dios que aprendemos en la liturgia encontramos luz
suficiente para examinar nuestras aspiraciones e iniciativas y verificar si
podemos adecuarlas con la adoración total del Padre en unión con
Jesucristo.
En efecto, la fe,
la esperanza y la caridad que ejercitamos cuando realizamos junto con
Cristo su misterio salvífico solamente se pueden concebir como fe,
esperanza y amor adorantes: el que la gracia nos eleve tanto debe constituir
un motivo más para no olvidar nuestra condición de criaturas y de
redimidos.
Si todos los
cristianos estuvieran llenos del espíritu de adoración
típico de la liturgia, no serían tan presuntuosos,
despóticos y ambiciosos. La liturgia es el mejor maExistencia
cristiana y liturgia
nual de vida
cristiana, que no se contenta con enseñar a nuestra inteligencia, sino
que se dirige sobre todo a modelar nuestro carácter. El hombre que
está profundamente configurado por la alabanza y adoración de
Dios, ve las cosas de manera diferente de aquel que conoce la moral
quizá sólo como un imperativo.
II. Progresiva
inserción de nuestra existencia en la historia de la salvación
La
eucaristía —y, a su luz, todos los sacramentos— nos hace
concretamente tomar conciencia de que Jesús en su misterio
salvífico es el "pan de Dios" y quien "da vida" (Jn
6,33). Pero si Jesús se nos da como pan de vida y así nos acoge
en su misterio salvífico, no debemos olvidar nunca lo que nos dice
en la eucaristía: "El pan que yo daré es mi carne por la
vida del mundo" (Jn 6,51). Una orientación litúrgica de la
vida es inconciliable con una privatización de la religión y de
la moral. El hombre formado sacramentalmente es apóstol, es luz para el
mundo. Bajo el influjo del Espíritu de Cristo y unido a él,
trabaja por la transformación de la historia del mundo.
1. EL PASADO
HECHO FECUNDO POR UNA MEMORIA LLENA DE GRATITUD. No sólo la
eucaristía, sino, a su luz y resplandor, todos los demás
sacramentos y la liturgia toda son celebraciones memoriales. Jesús mismo
situó la eucaristía bajo esta luz en el momento de la institución:
"Haced esto en recuerdo mío" (Le 22,19; 1 Cor ll,24s). Ya la
liturgia veterotestamentaria era una alabanza continua de las acciones
salvíficas de Dios, constituyendo así un memorial agradecido. El
Kxistencia
cristiana y liturgia
pasado se hace
fecundo para nosotros y a través de nosotros, cuando hacemos
memoria de él. La celebración litúrgica memorial, llevada
a cabo en y por la comunidad, es creadora de historia. Nosotros
rememoramos con gratitud todo lo que el Señor ha hecho por nosotros,
sobre todo los misterios salvíficos de la encarnación,
pasión, muerte y resurrección de Cristo y el envío del
Espíritu. Pero este pasado no es simplemente recordado y narrado.
Jesús, el glorificado, lo hace hoy para nosotros fuente de vida. El, que
está para siempre ante el trono de Dios, glorificado pero al mismo
tiempo con las señales de su pasión, asegura a la comunidad que
con gratitud le recuerda que él mismo y el Padre no la olvidan, sino que
llevarán todo a su consumación. Naturalmente, esto exige por
nuestra parte una reflexión llena de gratitud sobre las acciones
salvíficas del pasado, una respuesta agradecida de nuestra fidelidad a
la fidelidad de Dios.
El hombre que
vive la liturgia tiene una patria, unas raíces. Piensa
históricamente. No es víctima del momento efímero. Ve las
conexiones. Tiene confianza en el sentido de la historia. A través
de él, que está unido a Cristo, el pasado da fruto para el
presente y para el futuro: se convierte en una santa obligación. Como
gente que vive la liturgia, nosotros introducimos nuestro pasado y el de
nuestro prójimo en esa historia de salvación, cuyo centro es
Cristo. Con la mirada vuelta al misterio de la redención tenemos
además el coraje de confesar nuestros pecados pasados, de
confesarlos y expiarlos para alabanza del Redentor. El hombre plasmado por los
sacramentos no tiene ningún motivo para remover el propio pasado, el de
su pueblo o el de su familia. En primer lugar,
798
piensa siempre en
lo que es positivo
y beneficioso
para, a continuación,
afrontar a la luz
de eso también las
sombras
más oscuras.
En el misterio
salvífico encon
tramos al Cristo
que era, que ha
venido, que viene
y que vendrá. En
el encuentro con
él revive todo el
pasado, porque
todo lo que está
vivo y es fecundo
tiene en Cristo su
presente.
2. VIVIR EN EL
"Hic ET NUNC. Cristo vivió cada instante de su vida con la mirada
vuelta hacia la gran hora, hacia su kairós. Tal perspectiva hace
grandioso su camino, y al mismo tiempo confiere a cada paso suyo el
espesor y la inexorabilidad del momento presente. La liturgia es la
experiencia de la presencia de Cristo, que nos introduce también a
nosotros en su acción histórico-salvífica. La presencia
de aquel que viene nos da el coraje de decir sí a las posibilidades y
sufrimientos presentes.
En la liturgia
celebramos la presencia poderosa de aquel que es la vida. El sale a
nuestro encuentro como Señor de la historia del mundo y de la
historia de la salvación para asumirnos como sus colaboradores. Si
nuestra celebración es expresión agradecida de nuestra fe en
este tipo de presencia de aquel que viniendo se dona, entonces el hic et nunc
aparece inserto en una dinámica completamente nueva. Se hace
participación en el kairós al que aspiró toda la vida de
Cristo y que dio cumplimiento a todo. Y como Cristo en la gran hora de su
muerte y glorificación anticipa la parusía, el cumplimiento
definitivo, así para el cristiano modelado por la liturgia cada
hora decisiva es iluminada y colmada por la energía que procede de
toda la historia de la salvación, cuyo Señor es para nosotros
cami
799
no, verdad,
plenitud de luz y de vida. Así, el nunc no es un momento
efímero, sino un punto de empalme de la historia en su totalidad.
El cristiano que
vive la liturgia no sólo se experimenta como condicionado por la
historia; retoma con gratitud la historia pasada precisamente en cuanto es
historia de libertad, y experimenta el hic et nunc como regalo y tarea para su
libertad, como lo que puede hacer que la historia dé un paso adelante en
el camino hacia una mayor libertad y fidelidad. Esto no es solamente un modo
nuevo de ver las cosas; el cristiano, cuando celebra la presencia y la
venida del Señor de la historia de la salvación, se abre a su
presencia liberadora.
3. EN MARCHA
HACIA EL CUMPLIMIENTO. El Señor, que en la liturgia nos sale al
encuentro en su misterio salvífico y nos introduce en él, vive ya
al nivel de la parusía. En él ya se da el cumplimiento. Al hacernos
participar de su misterio salvífico, él es nuestro garante,
nuestro guía por el camino y de alguna manera ya nuestra misma patria.
El hombre que
vive la liturgia está totalmente orientado hacia el cumplimiento. La
plenitud que todavía falta, ya la tiene presente en Cristo, como un
potente imán. Por eso su vida tiende en un sentido profundo hacia
el fin. No se detiene en las angosturas de las prohibiciones, que llevan
continuamente a los indolentes a la catástrofe. Deja
atrás la ética de las simples prohibiciones y vive con la mirada
fija principalmente en los mandamientos-meta (= Zielgebote), que para el
cristiano modelado por la liturgia toman toda su urgencia y riqueza de
contenido del misterio salvífico. Quien vive en Cristo y con él
camina hacia el fin se siente
Existencia
cristiana y liturgia
lleno de vigor y
de alegría anuido el Señor invita: "Seguid unidim a
mí y yo a vosotros... Os he dicho estas cosas para que mi alegría
cale dentro de vosotros y vuestra alegriu sea completa. Este es mi mandamiento:
amaos unos a otros como yo os amé" (Jn 15,4-12).
La
teología moral del cristiano formado en la escuela de la liturgia no es
una simple doctrina normativa, sobre todo no en el sentido de normas
limitativas. Y por lo que se refiere a las virtudes, no piensa principalmente
según el esquema de las virtudes cardinales que nos ha sido transmitido
por la cultura griega, aun cuando no le sea indiferente y sepa conferirle
un significado cristocéntrico. Para él son mucho
más fundamentales las virtudes bíblicas, escatológicas,
que se corresponden con las tres dimensiones de la historia (pasada,
presente, futura) y con la plenitud de la historia de la salvación.
Entre ellas cuenta también el discernimiento de los espíritus y
la capacidad de irradiar alegría y paz.
4. DISCERNIMIENTO
DE LOS ESPÍRITUS Y SIGNOS DEL TIEMPO. La liturgia nos enseña
eficazmente que nuestra participación receptiva y activa en el misterio
salvífico y en la misión histórico-salvífica de
Cristo es obra del Espíritu Santo. El Espíritu nos introduce en
nuestro ser en Cristo, en la comprensión de las palabras de Cristo
y en el sentido de los signos del tiempo.
Es misión
de la teología y de la predicación mostrar cómo en una
iglesia que se sabe elegida para llevar la vida al mundo van unidos la liturgia
renovada y la atención a los signos del tiempo. La adecuada
celebración de la liturgia lo muestra a su manera.
Sin el
espíritu de discernimiento no podemos cumplir nuestra misión
Existencia
cristiana y liturgia
histórico-salvífica.
Es misión de toda la iglesia —y en particular de cuantos
están enriquecidos con carismas, o sea, los profetas y los sacerdotes
proféticos, pero también los laicos llenos del Espíritu,
capaces de oír el pulso de la vida— explicarnos las
señales del tiempo. Y cada cristiano tiene el deber de descifrar el
sentido del momento que está viviendo y que le solicita.
Sólo si toda nuestra existencia invoca: Ven, Señor Jesús y
Ven, Espíritu Santo, podemos esperar estar atentos, preparados, capaces
de discernir que verdaderamente todo puede referirse a la historia de la
salvación.
Cuanto más
nos orienta nuestra memoria hacia las acciones salvíficas de Cristo
y hacia su presencia con gratitud; cuanto más conscientes somos de
que a través de la vida y la muerte estamos en camino hacia el
cumplimiento final (parusía); cuanto más atentos y disponibles
estamos para la llamada de la gracia y de las chances que constantemente
se nos van presentando, tanto más lograremos ordenar los dones y las
capacidades que Dios nos da para las necesidades más urgentes del
prójimo y de la comunidad. Y en esto consiste principalmente
la tarea, que pertenece a todos, del discernimiento de los espíritus.
5. IRRADIAR
SERENIDAD, ALEGRÍA Y PAZ. En la liturgia, el Espíritu
Santo nos lleva consigo al monte de las bienaventuranzas y nos infunde el
coraje y la fuerza para subir al Gólgota. De este modo experimentamos la
cercanía de Cristo en todo su misterio salvífico. De la
alabanza litúrgica dimana, en virtud del Espíritu Santo, una tranquilidad
serena, que nosotros existencialmente sabemos que es 800
pura gracia, una
gracia de la que
no se nos
privará mientras nuestra
vida sea una
continuación de la
alabanza
litúrgica.
Una joven monja
enfermera pre
guntó a un
sacerdote que entraba
en la sala
operatoria para someterse
a una
intervención quirúrgica en la
laringe:
"¿De dónde le viene tanta
tranquilidad y
paz frente a lo que le
pueda
esperar?" El sacerdote escri
bió en su
pizarrilla: "Es una gracia
pura e
inmerecida, por la cual
nunca
estaré lo suficientemente
agradecido".
La liturgia nos
enseña a realizar
con Cristo su
éxodo y el de su
pueblo para poder
ser plenamente
libres para su
reino. Pero esto en sí
mismo no es un
imperativo descar
nado. La llamada
va acompañada
de la gracia y
dirige nuestra mirada
hacia el
Glorificado, que por nos
otros ha asumido
el éxodo y lleva
do la cruz.
La sonrisa serena
de la persona
enferma y anciana
es un reflejo de
la
celebración litúrgica festiva, de la
alabanza
agradecida y de la espera
gozosa del
Señor que viene, que ya
está cerca
de nosotros como nues
tra vida y
nuestra patria.
El cristiano
modelado por los sacramentos es un constructor de paz. Dentro de la comunidad
litúrgica, Cristo nos habla con frecuencia de su paz y nos
envía a colaborar en la gran obra de la reconciliación
y la paz3. Verdaderamente no es una tarea fácil. Exige un profundo
enraizamiento en el misterio salvífico y una total dedicación a
nuestra misión histórico-salvífica, enraizamiento y
dedicación que se obtienen mediante una intensa vida litúrgica y
su correspondiente pie
dad personal. Por
aquí es por donde llegaremos a poner toda nuestra confianza en el poder
del Espíritu de Cristo.
801
NOTAS, '
Agustín, Enarr. in Ps. 103: PL 37, 1348 — 2 Agustín, Sermo
272: PL 38, 1247 ' Cf B. Háring, Libertad y fidelidad en Cristo.
Teología moral para sacerdotes y seglares III, Herder 1983, c. IX:
"Paz en la tierra". La obra, en su conjunto (3 vols.), presenta una
"estructura sacramental" de la existencia cristiana. Cf
también F.-X. Durrwell, La eucaristía, sacramento pascual.
Sigúeme, Salamanca 1982.
B. Háring
BIBLIOGRAFÍA:
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íntima de Dios, en "Phase" 114 (1979) 473-493; CELAM (II
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paradojas cristianas, Mensajero, Bilbao 1966; Martín J.. La liturgia
cristiana en la situación espiritual contemporánea, en
"Phase" 100 (1977) 219-249 (Mesa redonda, 251-262); Onandía
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mundo, en "Phase" 43 (1968) 49-61; Tena P., El lugar de la liturgia
en nuestra situación eclesial, ib, 100 (1977) 277-306 (Mesa redonda: ib,
307-316); Thevenot X., Liturgia y moral, en "Selecciones de
Teología" 23 (1984) 209-213; Vagaggini C , El sentido
teológico de la liturgia, BAC 181, Madrid 1959, 606-887; Vilanova E.,
Constitución sobre liturgia y constitución sobre la iglesia en el
mundo actual, en "Phase" 34 (1966) 280-298; VV.AA., Liturgia y mundo
actual, Marova, Madrid 1966; VV.AA., El culto y el cristiano de hoy,
en"Concilium"62(1971) 165-306.
SUMARIO: I.
Introducción - II. Definiciones - III. Sacramentales - IV.
Principios exegéticos bíblicos - V. Nuevo punto de vista
VI. Significado
de la palabra demonio - VIL Enfermedades externas - VIII. Enfermedades internas
- IX. Confirmaciones - X. ¿Exorcismos en los evangelios? - XI.
Resumen y clarificaciones - XII. Casos históricos: I. Las Ursulinas de
Loudun; 2. El poseso de Mt. Rainier-Saint Louis (1949) - XIII. Primeras
conclusiones - XIV. Enseñanza ordinaria de la iglesia - XV. Exorcismos
litúrgicos - XVI. ¿Desviaciones? - XVII. ¿Existe el
diablo?: 1. Concilios y pontífices; 2. Nuevo Testamento
XVIII. Otros
puntos de vista - XIX. Conclusión.
Exorcismos y
liturgia
I.
Introducción
La historia de
los exorcismos es larguísima y no siempre ha sido laudable. Aquí
sólo puede tratarse con la máxima brevedad. Parece ser que los
exorcismos, de una u otra manera, se remontan hasta la más alta
antigüedad. Los había, hace miles de años, en Egipto y
Mesopotamia; de allí probablemente pasaron a los judíos. Pero
fueron sobre todo los que encontramos en el Nuevo Testamento, como practicados
por Jesucristo y los apóstoles, los que les han dado vigencia,
algunas veces extraordinaria, hasta el presente. De estos exorcismos tal como
se han practicado, e incluso se practican en nuestros días, trataremos
preferentemente.
II. Definiciones
En la
concepción cristiana del mundo existen potencias benéficas y
maléficas. La iglesia lucha contra estas potencias maléficas o
malignas en todos los que las padecen de varios modos, y en particular por
medio de los exorcismos. En sentido estricto, exorcismos son mandatos
imperativos mediante la invocación del nombre de Dios o de
Jesucristo, hechos por un-ministro legítimo, para ahuyentar al demonio
de aquel que está bajo su influjo directo. Los que así
padecen se han llamado posesos o endemoniados, es decir, los que sufren de
una acción hostil producida por un
mal
espíritu que acosa desde dentro a una persona. Las posesiones se han
denominado también infestaciones. Se piensa que la persona
poseída tiene dentro del cuerpo al demonio, o espíritu malo, el
cual dirige muchos de sus actos y parte
o gran parte de
su conducta. Muchos autores también denominan obsesiones a las
posesiones. Así el nuevo derecho canónico usa la palabra
obsessos (can. 1172) cuando parece que hace referencia a los posesos'.
Aquí entenderemos la palabra obsesiones en su sentido más
restringido y preciso: actos hostiles del demonio o malos espíritus,
que acosan a los seres humanos desde fuera, es decir, desde el exterior de su
cuerpo físico. Las tentaciones, entendidas como incitaciones del
mal espíritu a actos considerados pecaminosos, pueden ser una de las
categorías de las obsesiones. Este tópico cae fuera de' nuestro
tema.
Los exorcismos
propiamente dichos, es decir, aquellos que se practican a los posesos para
expulsar al demonio o demonios, son los solemnes. Exorcismos meramente
simples, son más bien preventivos, se usan para que el demonio no
haga daño a personas o cosas (ocurren, por ejemplo, en la bendición
del agua y de la sal del bautismo). El nuevo derecho canónico (can.
1172) hace referencia a los exorcismos públicos, es decir, los que se
hacen en nombre y autoridad de la iglesia (los privados los
hace un
particular, por autoridad propia). Para aquéllos hace falta hoy
día ser sacerdote (en los primeros siglos tal condición no
era necesaria) y tener expresa licencia del obispo u ordinario del lugar, que
sólo la concederá al presbítero que sea piadoso, docto,
prudente y con integridad de vida. La palabra docto no estaba en el anterior
código (can. 1151), pero parece contener la advertencia que se
daba allí (can. 1151, § 2) de que antes de proceder a los
exorcismos el sacerdote debe haberse cerciorado por medio de una
investigación cuidadosa y prudente de que se trata realmente de un
caso de verdadera posesión. Con esto se pretende
802
prevenir posibles
abusos y nimia credulidad, que después desacredita a los ministros de la
iglesia, cuando se atribuye al demonio lo que puede explicarse por causas
naturales. En el Ritual romano (1952), título XII, se leen las
señales de la posesión, el modo de proceder y las fórmulas
que se deben emplear (XII, 1-3).
III.
Sacramentales
Los exorcismos,
al igual que muchas bendiciones, pertenecen a los llamados sacramentales. La
constitución De sacra liturgia, del Vat. II, ofrece una
definición de éstos. Los padres, en la primera etapa conciliar,
pidieron que se los definiera con precisión, para no confundirlos y distinguirlos
bien de los sacramentos. Dice así (n. 60): "La santa madre iglesia
instituyó, además, los sacramentales. Éstos son signos
sagrados, creados según el modelo de los sacramentos, por medio de los
cuales se expresan efectos, sobre todo espirituales, que se obtienen por la
intercesión de la iglesia. Por ellos los hombres se disponen a recibir
el efecto principal de los sacramentos y se santifican las diversas
circunstancias de la vida"2. Tal definición se encuentra
también en el nuevo derecho canónico (can. 1166). Son signos
porque sugieren a la mente algún efecto que producen; y son signos sagrados
porque los efectos que deben manifestar y producir son principalmente
espirituales. Han sido creados en cierta imitación o según el
modelo de los sacramentos, es decir, se parecen a los sacramentos, y por eso se
llamaron sacramentos minora; pero, a diferencia de aquéllos, no
fueron instituidos por Cristo. Es la iglesia la que instituye los
sacramentales; y los frutos se
803
obtienen por la
impetración de la iglesia a través de sus ministros. Consecuencia
de esto, como dice el nuevo Código (can. 1167), "sólo
Exorcismos y
liturgia
exorcizar) fue
abolida el 1 de enero de 1973. Otras dos órdenes menores,
lector y acólito, son ahora denominadas ministerios, y pueden ser
realizadas por cristianos seglares. Y la orden mayor de subdiácono
ya no existe3. Pero perdura un interés obsesivo con respecto a las
posesiones, endemoniados y exorcismos. El origen de todo ello puede que se
deba a una mala interpretación del Nuevo Testamento, y parece
conveniente comenzar dedicando a estos aspectos nuestra detenida
atención.
IV. Principios
exegéticos bíblicos
También la
historia de la interpretación (o exégesis) de
"Por otra
parte, cuál sea el sentido literal no es muchas veces tan claro en
las palabras y escritos de los antiguos orientales como en los escritores de
nuestra edad. Porque no es con solas las leyes de la gramática o
filología ni con solo el contexto del discurso con lo que se determina
qué es lo que ellos quisieron significar con las palabras; es
absolutamente necesario que el intérprete se traslade mentalmente a
aquellos remotos siglos del Oriente, para que ayudado convenientemente
con los recursos de la historia, arqueología, etnología y
otras disciplinas, discierna y vea con
Exorcismos y
liturgia
distinción
qué géneros literarios, como dicen, quisieron emplear y de hecho
emplearon los escritores de aquella edad vetusta. Porque los antiguos
orientales no empleaban siempre las mismas formas y las mismas maneras de decir
que nosotros hoy, sino más bien aquellas que estaban recibidas en
el uso corriente de los hombres de sus tiempos y países... Por esta
razón, el exegeta católico, a fin de satisfacer las
necesidades actuales de la
ciencia
bíblica, al exponer
das las maneras y
artes de hablar y escribir de los antiguos, podrán resolverse muchas
dificultades que se objetan contra la verdad y fidelidad histórica
de las divinas letras; ni será menos a propósito este estudio
para conocer más plenamente y con mayor luz la mente del sagrado
autor."4
No hace falta
insistir en que no es una empresa fácil determinar lo que los autores
sagrados quisieron realmente expresar.
"Dios habla
en
804
que Dios quiso
comunicarnos, debe estudiar con atención lo que los autores
querían decir y lo que Dios quería dar a conocer con dichas
palabras. Para descubrir la intención del autor, hay que tener en
cuenta, entre otras cosas, los géneros literarios. Pues la verdad
se presenta y se enuncia de modo diverso en obras de diversa índole
histórica, en libros proféticos o poéticos o en otros
géneros literarios. El intérprete indagará lo que
el autor sagrado
dice e intenta decir, según su tiempo y cultura, por medio de los
géneros literarios propios de su época. Para comprender
exactamente lo que el autor propone en sus escritos, hay que tener muy en
cuenta el modo de pensar, de expresarse, de narrar que se usaba en tiempo del
escritor, y también las expresiones que entonces se usaban en la
conversación ordinaria."5
Para nuestro fin
se deben tomar en consideración y estudiar con mucho cuidado los modos
de expresión característicos de los autores a quienes
se atribuyen los evangelios. Tales modos de expresión están
obviamente relacionados con la mentalidad y creencias de la época en que
se escribieron, y también del Oriente antiguo en general. Gracias al
análisis cuidadoso de esas creencias y mentalidad se podrá
llegar a un entendimiento más adecuado de las diversas ex
presiones y
formas peculiares de narrar que usaron los evangelistas. Es menester, como
afirmó Pío XII, trasladarnos mentalmente a aquellos remotos
tiempos. Al hacerlo así podremos determinar los hechos y realidades que
ellos expresaron y estaremos en una mejor posición para saber
cómo tales hechos y realidades pueden ser presentados de una manera
diferente pero más precisa en nuestros días. El conte
805
nido, la esencia
del hecho será la misma; pero la forma de expresarlo será
cambiada y resultará más adecuada e inteligible para nuestros
días y tiempos.
V. Nuevo punto de
vista
Siguiendo las
normas del pontífice y del concilio Vat. II, se empieza a notar un
nuevo enfoque de los datos de los evangelios y del resto del Nuevo Testamento.
No hay duda de que la costumbre y práctica de los exorcismos tienen
su origen principalmente en los datos evangélicos. Una nueva interpretación
de esos datos, creemos que más adecuada, nos va a dar unos resultados
muy diferentes a aquellos a los que estamos acostumbrados.
Según tales resultados, es muy probable que los demonios, tal como se
entienden comúnmente, no hayan existido nunca; que posesiones
auténticas jamás hayan tenido lugar, y, en consecuencia, que los
exorcismos no hayan estado y, por consiguiente, nunca estén justificados.
Tales afirmaciones podrán sorprender a algunos, quizá a muchos,
y es menester intentar aclararlas con el mayor cuidado y diligencia.
Lo haremos brevemente sin entrar en demasiadas cuestiones muy técnicas,
que no serían apropiadas a este Diccionario6.
VI. Significado
de la palabra demonio
Todo el Nuevo
Testamento fue escrito originariamente en griego. En las lenguas modernas no se
hace distinción entre las palabras diablo y demonio. Vienen a ser
sinónimas. Este hecho ha dado lugar a muchas confusiones. No fue
así en la lengua original que usaron los evangelistas. Las palabras
griegas más co
Exorcismos y
liturgia
munes (y se
emplean sinónimamente) para referirse al diablo son la palabra
Satanás (tomada del hebreo o arameo), que aparece diecisiete
veces en los evangelios y treinta y cuatro en todo el Nuevo Testamento, y la
griega diabolos, que se encuentra quince veces en los evangelios y treinta y
tres en el Nuevo Testamento. Corresponden a nuestro Satanás y diablo.
Aparecen siempre usadas como substantivo o nombre propio y, generalmente,
con el artículo definido. Parecen referirse, al menos en el Nuevo
Testamento, a un ser personal y maligno. Satanás significa el
adversario, el enemigo de Dios y de aquellos que pertenecen a Dios. El
significado de la palabra griega diabolos, diablo, es: el difamador, el
acusador, el calumniador. Un aspecto distintivo del NT es la síntesis
absoluta entre Dios y Satanás. Los evangelios subrayan la guerra
o batalla entre
un reino de Dios de iure (por derecho) y un reino de Satanás de facto
(de hecho). Tal batalla será ganada por Jesucristo, que es "el
más fuerte" (Me 3,27). Lo más importante, con todo, es que
mientras el NT relaciona el pecado, las enfermedades y la muerte con el diablo,
no hay un solo caso en que las posesiones se atribuyan directamente a
él. La esfera de influencia del diablo es siempre moral y
psicológica, no física. Su influjo es siempre desde fuera,
por ejemplo a través de tentaciones; nunca desde dentro de la persona,
como ocurriría en los casos de verdadera posesión. El diablo no
tiene nada que ver directamente con las así llamadas posesiones
diabólicas. No se presentan casos de posesión directa por Satanás
o por el diablo. Las posesiones se atribuyen siempre a demonios o su
equivalente, espíritus malos o inmundos.
Exorcismos y
liturgia
Es, pues, muy
importante tratar de aclarar el significado de la palabra demonio en aquel
tiempo, ya que es la clave para negar su existencia tal como se entiende
comúnmente. Los evangelios llaman posesos a aquellos que
tenían dentro un daimonion (diminutivo de la palabra daimon, que
sólo aparece una vez en Mt 8,31). Tal vocablo aparece con mucha frecuencia
en los evangelios (once veces en Mateo, catorce en Marcos, veintitrés en
Lucas y seis en Juan). También describen a los posesos como atormentados
por un demonio, daimonizomenoi (trece veces en los evangelios), o como
poseídos por un espíritu malo o inmundo (veinticuatro veces en
los evangelios). Es completamente cierto que las palabras griegas
daimonion, daimon, no tienen ninguna relación etimológica con
Satanás o diabolos. Este aspecto es muy importante
para tratar de
acabar de una vez para siempre con la conexión directa que se ha
venido haciendo a través de los siglos entre demonios y diablo. Aunque
en las lenguas modernas tales palabras son frecuentemente
sinónimas, esto no es así, conviene repetirlo, en el original
griego. De dónde derivan etimológicamente las palabras daimo
nion, daimon, no
se sabe con certeza; pero parece ser que provienen del verbo griego
daiomai, que significa "repartir", "dividir",
"distribuir", pues era creencia popular que tales entes
distribuían cosas buenas y malas a los hombres.
El significado
más antiguo de daimonion (y aún perdura en He 17,18) fue el de
una divinidad menor o extranjera. De aquí pasó a significar
"seres intermediarios", "poderes mágicos e impersonales
en el hombre", "genio tutelar", es decir, el espíritu
guardián que se concedía a cada persona en el
806
momento de nacer.
También significó los espíritus de los muertos y la voz
interior que habla al hombre guiándole y aconsejándole.
Platón, por ejemplo, dice que Sócrates estaba inspirado por
un daimonion. Era como la musa de los poetas o la inspiración de los
grandes pensadores. En general, la palabra se usaba para indicar poderes
invisibles o desconocidos, y se aplicaba a todo aquello que sobrecoge al
hombre, es decir, para indicar el destino, el hado, la buena o mala fortuna. En
la creencia general de aquel tiempo, los demonios podían causar
enfermedades a los hombres, mala fortuna; pero como el famoso
exegeta
alemán W. Foerster hace notar, la palabra "se usaba para referirse
a lo que llamaríamos enfermedades interiores; es decir, aquellas cuyas
causas naturales no eran perceptibles al mundo antiguo, en oposición a
heridas externas, etcétera"'.
Es de notar que
en el mundo helenístico la palabra daimonion tenía un significado
mucho más limitado que daimon, tanto por el tiempo en que se usó
como en su contenido. Aquel vocablo aparece siempre en neutro en los evangelios,
como algo impersonal, como un poder o una fuerza misteriosa. Denota todo
aquello que yace más allá de la capacidad humana; algo que
sobreviene al hombre, sobre lo cual no tiene poder directo, y que puede ser
para el bien o para el mal. En los evangelios y el NT, sin embargo, los
demonios o fuerzas misteriosas son cosas dañinas, perniciosas,
por lo común carentes de personalidad. En el Apocalipsis leemos: "Y
vi salir de la boca del
dragón...
tres espíritus inmundos a modo de ranas" (16,13).
"Clamó una voz poderosa: ¡Cayó, cayó la gran
Babilonia! Se ha convertido en morada de demonios, en guarida
807
de todo
espíritu inmundo, en guarida de todo pájaro inmundo y detestable"
(18,2). Muchos otros ejemplos podrían aducirse; pero ya es hora de
que saquemos una primera conclusión de todo lo que ha precedido. Lo
que dice el NT con respecto a demonios y malos espíritus refleja
simplemente la opinión popular de aquella época. Lo considera
algo horrible, siniestro, misterioso. Como hemos dicho que demonio no
es un substantivo en los evangelios, sino una entidad que produce males, una
traducción mucho más exacta que la corriente,
"poseídos por demonios", sería "afligidos por
fuerzas misteriosas dañinas", o "afligidos por poderes
perniciosos y malignos". Si así se hubiera hecho o se hiciera en
adelante, nos hubiéramos ahorrado o nos ahorraríamos ese
énfasis en demonología y en posesión diabólica,
que tanto daño ha causado a la iglesia y al cristianismo en general,
sobre todo, en el pasado, pero también en los tiempos presentes.
VIL Enfermedades
externas
Una lectura
atenta de los relatos evangélicos revela un hecho que parece muy
significativo. Hay una importante diferencia entre las enfermedades que en
ellos se atribuyen a demonios o posesión diabólica y aquellas
en que los demonios no parecen ejercer influencia alguna. Cuando la causa
natural de la enfermedad es perceptible por los sentidos físicos, es
decir, cuando la causa es visible, sensible o palpable, la enfermedad nunca se
atribuye a los demonios o espíritus inmundos. En estos casos la causa de
la enfermedad era clara para las personas del mundo antiguo. Se trataba de
una enfermedad, una herida externa, un impedimento visible en uno
Exorcismos y
liturgia
o más
miembros del cuerpo humano. Todos lo podían ver; no había
necesidad de recurrir a fuerzas misteriosas. A falta de una terminología
mejor, tales aflicciones podrían denominarse enfermedades externas.
He aquí los ejemplos más importantes.
No se hace
ninguna mención de demonios en los siguientes relatos de milagros:
1)
Curación de leprosos (Mt 8,1-4; Me 1,40-45; Le 5,12-16; 17,11-19). En
aquel tiempo, la lepra no tenía el sentido exclusivo de la enfermedad de
Hansen; incluía también infecciones variadas y otras enfermedades
de la piel. Con todo, de acuerdo con aquella mentalidad, la causa de la
enfermedad se hallaba a la vista de todos, la piel; y en algunos casos los miembros
estaban afectados, deformados, tenían una apariencia anormal.
2)
Curación de ciegos (Mt 9,2731; Me 8,22-26; Mt 20,29-34; Me
10,46-52; Le 18,35-43; Jn 9,1-7). La ceguera podía ser congénita,
como en el relato de Juan; o algún caso de oftalmía, enfermedad
muy infecciosa, que se agravaba con el sol, el polvo, la arena del aire y,
sobre todo, por falta de limpieza. En cualquier caso era obvio para aquellos
pueblos que algo raro pasaba con los ojos de aquellas personas. Podría
decirse que "se veía" que no podían ver.
3) Curaciones de
paralíticos, deformados e inválidos. En los casos de
parálisis (Mt 9,1-8; Me 2,1-12; Le 5,17-26; Jn 5,1-9) estas personas
sufrían de inhabilidad, total o parcial, para andar o moverse. Los
textos presentan a estos enfermos postrados o llevados en camillas. Podemos
presumir que sus extremidades estaban atrofiadas
o inmovilizadas.
En el caso del Exorcismos y liturgia
hombre que
tenía la mano seca (Mt 12,9-14; Me 3,1-6; Le 6,6-11), todos
podían ver la deformidad de su mano o brazo, que aparecía como
seco, sin carne, semejante a una rama de árbol muerta. Otros casos de
deformidad física son el hombre que sufría de hidropesía
(Le 14,16), enfermedad debida a una acumulación excesiva de
fluido seroso en tejidos o cavidades del cuerpo, y perceptible por la forma
hinchada de las partes afectadas; o el caso de la mujer deformada (Le
13,10-17), que "se hallaba encorvada y no podía absolutamente
levantar la cabeza".
4)
Resurrección de muertos. La hija de Jairo (Mt 9,18-19.23-26; Me
5,22-24.35-43; Le 8,41-42.49-56), el hijo de la viuda de Naín (Le 7,1117)
y Lázaro (Jn 11,1-44). En todos estos casos también
había algo perceptible y palpable: rigidez, frialdad, falta de pulso y
respiración, e incluso putrefacción.
5) Casos de
fiebre (Mt 8,14-15; Me 1,29-32; Le 4,38-39; Jn 4,43-54). De nuevo tenemos
aquí casos en que la enfermedad o excesiva calentura del cuerpo
podía sentirse y tocarse. Es curioso que en estos casos, el del muchacho
y la suegra de Pedro, como también en algunos de leprosos, la calentura,
o la lepra, "se marchó", la fiebre "la dejó".
En aquella mentalidad, primitiva y animística, las enfermedades parece
como que se personificaban. Los enfermos son curados porque "se
marcha" la causa perceptible. Más adelante veremos que sucede lo
mismo con los posesos: los demonios se salen, los dejan, los abandonan.
6) Finalmente, el
caso de la mujer con copiosa hemorragia o flujo de sangre (Mt 9,20-22; Me
5,25-34; Le 8,43-48). La cura es 808
descrita por
Marcos con esta curio
sa
expresión: "Al instante la fuente
de su sangre se
secó, y notó en su
cuerpo que estaba
curada de aquel
achaque o
enfermedad".
Parece claro que
el lector esta
rá de
acuerdo en que todas estas
enfermedades
pueden ser denomi
nadas externas
(en oposición a las
enfermedades
internas, que serán
descritas
seguidamente). En todas
ellas, la causa
natural o física de la
enfermedad era
perceptible a los
sentidos,
podía verse, tocarse o ser
localizada y
señalada.
VIII.
Enfermedades internas
En contraste con
los anteriores, se pueden llamar así todos los desórdenes
internos, es decir, aquellos que hoy sabemos están causados
por trastornos generales del cerebro (no perceptibles directamente por la
vista u otros sentidos)
o por
deficiencias cerebrales localizadas no asequibles a la observación
directa. Tales enfermedades son las que los psiquiatras y psicólogos
clínicos llaman hoy día "desórdenes cerebrales
orgánicos". Todas las aficciones concretas que en los relatos
evangélicos se atribuyen a posesión diabólica pertenecen
siempre a esta segunda categoría. Entre los ejemplos más
importantes encontramos:
1) Caso de mudez
o afasia (Mt 12,22-23; Mt 9,32-34; Le 11,14) y casos de sordera o sordez (Me
9,25). En este tipo de deficiencias, la gente del mundo antiguo no podía
percibir la causa natural del desorden. La lengua y la oreja de la
víctima eran normales, como las de todos los demás; sin embargo,
no podían oír ni hablar. Puesto que no podían ver o
indicar la causa, el desorden se atribuía a espíritus
809
inmundos o
demonios; en frase de Marcos, a un espíritu "mudo y sordo" (Me
9,25), es decir, un espíritu o demonio que producía mudez y
sordera.
2) Casos de
epilepsia (Mt 17,1420; Me 9,14-29; Le 9,37-43). Este ejemplo es
todavía más evidente. Mateo (17,15) diagnostica la enfermedad
del muchacho como epilepsia (lo llama lunático, del latín
luna, ya que se creía que tal enfermedad se debía a influjo
de las fases de la luna). Pero el mismo evangelista, al igual que los otros,
atribuye la enfermedad claramente a un demonio (17,18). En los pasajes
paralelos, Marcos y Lucas hablan sólo de demonios y malos
espíritus. Sin embargo, los relatos evangélicos presentan
claramente todos los síntomas de epilepsia, y hay unanimidad entre los
exegetas y psiquiatras en que el muchacho era epiléptico. Tenemos
aquí un caso de un desorden cerebral atribuido a demonios. Los
contemporáneos de Jesucristo no podían indicar la causa
perceptible y natural de aquellos cambios súbitos y extraños
que manifestaban los que hoy llamamos epilépticos cuando, de repente,
sufrían el ataque, las convulsiones y el coma.
3) Esto mismo es
claro en los casos de demencia o locura. El hombre, o los hombres, de la región
de los gerasenos (Mt 8,28-34; Me 5,1-20; Le 8,33-37) mostraban una conducta muy
extraña, completamente anormal; y, por tanto, la gente pensaba que
estaban poseídos por fuerzas misteriosas y malignas, es decir,
por demonios. Éste y casos parecidos pertenecen a nuestra
categoría de enfermedades mentales (que sean orgánicas o
puramente funcionales es debatido y no nos interesa ahora); son
desórdenes de la mente o del cerebro y, consi
Exorcismos y
liturgia
guientemente, no
perceptibles directamente por los sentidos. Otro ejemplo es el del
endemoniado de la sinagoga de Cafarnaún (Me 1,2128; Le 4,31-37). Es
posible que se trate también de un caso de epilepsia, pues el
espíritu inmundo salió después de sacudirle violentamente
(o producirle convulsiones) y dando alaridos. En todo caso, la causa de la
enfermedad era interna. Heridas
o deformidades
externas ni existían ni eran visibles.
IX.
Confirmaciones
Muchos documentos
contemporáneos nos muestran que creencias similares a las
reflejadas en los evangelios eran comunes en aquel tiempo. Pueden encontrarse
en los muchos ejemplos citados por C.K. Barret, N. Perrin, R. Bultmann, J.
Bonsirven, Strack-Billerbeck, J. Jeremías y muchos otros*. Para citar un
caso, Filóstrato, en su Vida de Apolonio, cuenta que en una
ocasión Apolonio (en el primer siglo de la era cristiana y, por tanto,
contemporáneo de Jesucristo y los apóstoles), mientras trataba en
público de una cuestión, fue interrumpido por la risa tan fuerte
y fuera de tiempo de un joven allí presente, que la voz de Apolonio
dejó de oírse. Miró entoncess al joven y le dijo: "No
eres tú el que comete tal insulto, sino el demonio que te impele a ello
sin que te des cuenta. Y, en efecto, el joven estaba, sin que él se
diera cuenta, poseído por demonios, porque se reía de cosas de
las que nadie se reía, y luego empezaba a llorar sin motivo alguno, y
hablaba y cantaba para sí mismo. La mayoría de las personas
pensaron que era el vigor de la juventud el que lo llevaba a tales excesos;
pero, en realidad, el joven era sólo el portavoz de un
Exorcismos y
liturgia
demonio, aunque
solamente pareciera que el muchacho estaba dejándose llevar
por tontería de borracho". Continúa Filóstrato
diciendo que Apolonio se dirigió a él con severidad, y que
mandó al demonio que saliera del joven y lo mostrara con un signo
visible, como así sucedió'. Tenemos aquí un caso claro de
que una conducta extraña, como la de un exaltado, se atribuía al
demonio. La razón subrayada más arriba, que se da para la
posesión, parece que no puede dejar lugar a dudas.
Es, pues, claro,
que en aquel tiempo una conducta anormal e incomprensible, como de loco, se
atribuía a los demonios. Hay varios pasajes en los evangelios que
también nos fuerzan a sacar la misma conclusión.
Manifestaciones de conducta nada común o afirmaciones
insólitas, que sonaban en los oídos palestinenses como muy extrañas
y totalmente increíbles, eran igualmente atribuidas a los demonios,
esas fuerzas misteriosas que pretendían explicar lo inexplicable. Juan
Bautista se presentó predicando cosas nuevas e inauditas, ayunando
y absteniéndose de beber vino; y los contemporáneos de
Jesús le acusaron de tener "un demonio dentro", de estar
poseído (Mt 11,18; Le 7,34). Jesús aseguró a los
judíos que quien guardara su palabra no vería la muerte por toda
la eternidad. Aquello les pareció absurdo, totalmente increíble,
y concluyeron: "Ahora sí que sabemos que tienes un
demonio" (Jn 8,51). Expresiones parecidas se encuentran en otros
muchos pasajes. Otros dijeron de Jesús que tenía un
espíritu inmundo (Me 3,30) o que estaba endemoniado (Jn 10,20). Que los
judíos del tiempo de Cristo creían que estar loco o demente
era lo mismo que
estar poseído, se ve aún con mayor claridad en Jn 810
10,20. Ante otra
expresión inaudita de Jesús, muchos de ellos decían:
"Está poseído, es decir, es un demente". El texto
griego dice literalmente: "Tiene un demonio y disparata".
Schokel y Mateos, en
Parece, pues,
evidente que la expresión "estar poseído por demonios"
se aplicaba en aquel tiempo no a personas posesas tal como las entendemos
nosotros, sino a los que padecían enfermedades internas, cuya causa
natural la gente no podía percibir, y a todo el que parecía
demente por su conducta
o por las
afirmaciones inauditas, totalmente increíbles, que pronunciaba. Hay
que añadir, sin embargo, que la expresión "estás
endemoniado, loco" podía también ser usada como un insulto.
Esto mismo es también cierto entre nosotros. La frase "estás
loco, fuera de ti mismo" la usamos algunas veces como un insulto, y otras
como una indicación de que la persona está demente
o padece una
psicosis.
¿Exorcismos en los evangelios?
Ya se ha indicado
que exorcizar es el acto de expulsar malos espíritus por medio de
amonestaciones, de conjuros, mediante el uso de ceremonias religiosas
más o menos solemnes. Denota la realización de ciertos ritos, y
también la invocación de un nombre santo o alguna divinidad.
La práctica de los exorcismos estaba extendida entre los pueblos y
naciones de la antigüedad. Hay ejemplos de tal práctica en
Josefa (historiador que vivió en el primer siglo de la era cristiana),
en los papiros de aquella época y también en el Talmud. En
general, el procedimiento consistía en el uso 811
de amuletos,
fórmulas mágicas y en la invocación del nombre (o series
de nombres) de una divinidad o un ser superior. Se creía que al mencionar
tal nombre el demonio reconocería la presencia de un poder superior
y admitiría la derrota.
Nada parecido se
encuentra en los evangelios. No contienen ni un solo caso de exorcismo
propiamente dicho practicado por Jesucristo (a pesar de la larga
tradición que asegura lo contrario), ni que él confiriese a sus
apóstoles y discípulos el poder de exorcizar. Los evangelios
relatan claramente que Jesús realizó toda clase de milagros
y que confirió tal poder a los apóstoles. Algunos de estos milagros
se relatan como expulsión de demonios; pero esto es solamente un modo de
expresión usado por los evangelistas para describir los milagros que se
refieren a enfermedades internas, no al contenido real y sentido
básico de los relatos. Éstas son las razones en que se basa tal
afirmación:
1) El
método que usó Jesús para curar los "poseídos
por demonios" es exactamente el mismo que empleó para todas
las otras enfermedades: su palabra, su mandato, su autoridad. En Mt 18,16
leemos: "Al anochecer le llevaron muchos endemoniados, y expulsó a
los espíritus con su palabra, y curó a todos los enfermos".
Fue también con su palabra como curó a los afligidos con otras
enfermedades (por ejemplo, al paralítico de Me 2,11-12), o poniendo las
manos sobre ellos (Le 4,40), o meramente con su presencia (Le 6,19). En muchos
de estos casos se incluyen también posesos (Le 4,41; 6,18). En otras
ocasiones hizo curas a distancia, como en el caso de la hija de la mujer
cananea, que estaba poseída (Mt 15,21-28; Me 7,24-30), y el hijo
Exorcismos y
liturgia
de un funcionario
del rey (Jn 4,4354), y del criado del oficial (Mt 8,513; Le 7,1-10),
que no estaban poseídos.
2) En sólo
unas pocas curas de los relatos evangélicos (Me 7,31-37; 8,22-26; Jn
9,6) se encuentra algo que podría tener cierto parecido con actos
rituales, pero sorprendentemente en todos estos casos los evangelistas no
afirman que tales personas fueran posesas. Jesús tocó los
oídos, la lengua y los ojos de tales enfermos; pero cuando los relatos
se leen en su contexto, es claro que Jesús actuó así para
comunicarse con tales personas y excitar su fe. Sólo en un sentido
muy amplio e impropio pueden tales curas considerarse como exorcismos.
Además, como queda dicho, no se trataba en modo alguno de posesos.
Pedro sumariza toda la actividad de Jesús con las siguientes palabras
(He 10,38): "Pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos
por el diablo..." El griego usa la palabra diabolos, no daimonion; y, como
se ha indicado, todas las enfermedades, también el pecado y la muerte,
se consideraban relacionadas con el diablo. Y nadie considera todas
esas curas como exorcismos en su sentido propio.
3) Los
evangelistas hacen la distinción, ocasionalmente, entre las curaciones
de ciertos enfermos y la expulsión de demonios en otros. Tal hecho es
congruente con la diferencia ya mencionada entre enfermedades debidas
a causas externas y las debidas a causas internas. Por otra parte, hay muchos
casos en que la palabra curar se aplica indistintamente a las dos clases de
enfermos. En Mt 4,14 leemos: "Se hablaba de él en toda Siria: le
traían enfermos con toda clase de enfermedades y achaques, endemoniados,
epilépticos y paralíticos, y
Exorcismos y
liturgia
él los
curaba". El mismo verbo curar se aplica a demonios en Mt 12,22; Me 3,10;
Le 6,19; 7,21; 8,2. Hay un pasaje que parece significativo:
"Jesús recorría toda
4) Se ha puesto
mucho énfasis en que los evangelistas presentan a Jesús
dirigiéndose a los demonios o espíritus inmundos con determinadas
palabras: "Y le ordenó Jesús resueltamente: Enmudece y sal
de él" (Me 1,25). Los vocablos subrayados tienen en griego un
fuerte significado de orden tajante, de mandato severo, de cállate o
tápate la boca. Sin embargo, la misma palabra de orden tajante la usa
Jesús cuando se dirige a los vientos (Mt 8,26), al mar (Mt 8,26) o a las
olas (Le 8,24), a Pedro (Me 8,32) e incluso a la fiebre que sufría su
suegra (Le 4,39). En cuanto a la palabra enmudece o cállate
también la usa Jesús al dirigirse a los vientos y al mar o lago
de Galilea (Me 4,34). La expresión, frecuente en los evangelios, de que
los demonios salían de muchos posesos tiene cierto paralelismo con otras
expresiones que no tienen nada que ver con posesos: "Y la dejó
la fiebre" (Me 1,31), "se le marchó la calentura"
(Jn 4,52), "al instante se le fue la lepra" (Me 1,42; Le 5,13) o
"inmediatamente
le dejó la lepra". Ya se ha dicho que en aquella mentalidad,
influenciada todavía por conceptos animísticos, las en
812
fermedades eran
con frecuencia personificadas.
5) Lo mismo
parece cierto por lo que se refiere a los apóstoles y a los
discípulos. Jesús les dio poder para curar toda clase de
enfermedades (incluidas aquellas que entonces se atribuían a
demonios), pero no para exorcizar. Un ejemplo bastará: "Habiendo
convocado a los doce apóstoles, les dio poder y autoridad sobre todos
los demonios y para curar enfermedades" (Le 9,1). De los versículos
paralelos de Mateo y Marcos se puede inferir que el poder y autoridad sobre
todos los demonios es equivalente al poder sobre todas las enfermedades. Marcos
habla sólo de espíritus inmundos (6,7), pero Mateo y Lucas
lo extienden al poder sobre todas las enfermedades (Mt 10,1). Es también
muy probable que los evangelistas se refieran a lo mismo, ya que la
partícula "y" (kai) puede muy bien ser explicativa:
"Poder sobre todos los demonios, es decir, para curar todas las
enfermedades".
6) Es muy cierto
que los apóstoles curaron enfermos en el nombre de
Jesús; pero si esto se entiende como exorcismo tendremos que
concluir que todas las curaciones que hicieron fueron exorcismos, incluso
aquellas que no se atribuían a demonios. No se hace distinción
alguna en los casos de Pedro (He 5,16) y de Felipe (He 8,4-8) con
relación a sus curaciones, que incluyeron muchas personas con demonios
o malos espíritus y otras sin ellos. Pedro dijo al que pedía limosna
y había sido cojo toda su vida: "Plata y oro no tengo; mas lo que
tengo, esto te doy: en nombre de Jesucristo el Nazareno, ponte a andar"
(He 3,6). El apóstol usó la misma expresión que Pablo al
dirigirse a la muchacha que estaba poseída: "En el nombre de
Jesucris
813
to te mando que
salgas de ella" (He 16,18). Parece cierto que Jesucristo dio a los
apóstoles un poder único: el de curar todas las enfermedades en
su nombre. Pero debido a que algunas enfermedades se atribuían entonces
a demonios, muchos han entendido este poder único como si fuese un poder
doble: potestad para curar y potestad para exorcizar.
7) Una
última y poderosa razón para negar exorcismos en el NT es el
hecho de que el vocablo nunca fue usado por Jesús o los
apóstoles. Exorcizar viene del griego exorkizo, horkizo, que
significa conjurar. El verbo aparece dos veces en los evangelios y en ambas se
usa contra Jesús. El demoníaco de Gerasa le dijo: "Te
conjuro (horkizo se) por Dios, no me atormentes". Tenemos aquí a un
demonio exorcizando a Jesús y ¡en nombre de Dios! La segunda vez
que aparece el verbo fue en boca del sumo sacerdote, el cual dijo a
Jesús: "Te conjuro (exorkizo se) por el Dios vivo que nos digas si
tú eres el mesías, el hijo de Dios" (Mt 26,63). Sólo
hay un caso de exorcismo propiamente dicho en el NT. Se refiere a los hijos de
un tal Esceva, como sacerdote judío. He 19,13 dice explícitamente
que eran exorcistas (exorkiston). Trataron de imitar las curas de Pablo
diciendo a los malos espíritus: "Os conjuro por Jesús, a
quien Pablo predica". El resultado fue un completo fracaso. El poseso se
lanzó sobre ellos, los dominó y obligó a escapar de
aquella casa desnudos y heridos. Lejos de defender exorcismos y artes
mágicas, el NT está muy claramente contra todo ello (He 8,9-13;
13,6-12). Las curas realizadas por Jesús y sus discípulos no
pueden y no deben llamarse exorcismos. No tienen parecido alguno con los
exorcismos practicados en aquel tiempo ni con
Exorcismos y
liturgia
muchos de los
exorcismos practicados después por la iglesia.
XI. Resumen y
clarificaciones
Es de esperar que
de todo lo precedente hayan quedado claros varios aspectos. No puede concluirse
de los evangelios y del resto del NT que hubiera verdaderos posesos en tiempos
de Jesucristo. Los así llamados padecían de enfermedades no
perceptibles a los sentidos físicos (enfermedades que hemos denominado
interiores), y el vocablo demonio (o espíritu inmundo, malo) en la
lengua griega, que es la que usaron los evangelistas, no tiene nada que ver con
el diablo, y significaba entonces una fuerza misteriosa y dañina. En
aquel tiempo, de una mentalidad protológica
o
prelógica, más primitiva que la nuestra, se atribuía
posesión a aquellas enfermedades que hoy día pertenecen al grupo
de los desórdenes orgánicos cerebrales, cuya causa no
era detectable al simple ojo. Algo parecido ocurre ahora con el término
histeria. En aquel tiempo se consideraba enfermedad de mujeres, y la cuusa
se debía a que el útero (hystera en griegí) se
había movido del lugar que le correspondía. Hoy día
retenemos el-vocablo, pero la teoría del útero se ha desechado
completamente, y el contenido del grupo de enfermedades histéricas
es bastante diferente. Se la llama también neurosis de
conversión, afecta tanto a hombres como mujeres, pertenece a la
psiquiatría clínica, presenta una variedad inagotable de
síntomas y no parece derivarse de una clara lesión
orgánica. El nombre ha variado, pero la realidad de la enfermedad
psíquica no.
Asimismo parece
que también ha quedado claro que ni Jesucristo ni
Exorcismos y
liturgia
los
apóstoles practicaron exorcismos, ni como se concebían en
aquel tiempo ni como se conciben en nuestros días. Pero debe notarse,
sin embargo, y es sumamente importante, que al negar la existencia de los
así llamados demonios, no se niega en absoluto la realidad de las curas
milagrosas. Jamás un epiléptico ha sido curado con
sólo psicoterapia verbal, y mucho menos instantáneamente. Lo
mismo se puede decir de un sordomudo o un ciego de nacimiento. Aquellos que
creen firmemente en los milagros de los evangelios no deben sentirse perturbados
por la afirmación de que lo que nos han narrado los evangelistas no fue
la curación de un muchacho poseído por un demonio, sino de
un muchacho que sufría epilepsia (como en otros casos de mudez o
sordera). La diagnosis de la enfermedad, o enfermedades, es diferente,
más exacta y más en correspondencia con los avances de la
ciencia actual; pero esto no tiene nada que ver
con la realidad
de la milagrosa curación.
Hay que
añadir otra aclaración, que puede ser muy importante. Se ha
negado que los demonios fueran seres naturales o sobrenaturales; pero esto no
debe aplicarse al diablo, que siempre aparece en los evangelios y en el resto
del NT como un ser personal y sobrenatural, enemigo por antonomasia de
Dios, de Jesucristo y de los hombres. Puede negarse la existencia de los
demonios y, al mismo tiempo, retener la existencia del diablo; son dos
conceptos enteramente diferentes. Los demonios eran sólo fuerzas
misteriosas, dañinas, y se usaban para explicar de algún modo la
naturaleza de ciertas enfermedades que en aquellos tiempos, más primitivos
que los nuestros, parecían inexplicables. Por otro lado, lo que
814
hoy muchos
cristianos entienden por demonios se expresa en el NT como "los
ángeles de Satanás" (Ap 12,7; 2 Cor 12,7),
"ángeles del diablo" (Mt 25,41), "los ángeles que
pecaron" (2 Pe 2,4; Ap 12,7.9) o "los ángeles que no
mantuvieron su rango y abandonaron su propia morada" (Jds 7), etc. Pero
nunca se afirma nada en los evangelios de estos ángeles malos con
relación a posesiones y enfermedades. Son ángeles que simplemente
pecaron desobedeciendo a Dios.
XII. Casos
históricos
Para un lector
que lea hoy, con un espíritu objetivo y crítico, todos los casos
de alguna importancia de posesión y exorcismo que han tenido lugar
a través de la historia, desde los primeros siglos hasta el presente, la
conclusión será la misma: no ha habido en la historia
ningún caso del que pueda asegurarse con certeza que haya sido
verdadera posesión. La falta de espacio no permite que se les haga
justicia y que puedan explicarse aquí con alguna detención. El
lector interesado en ellos puede consultar los libros que indicamos en la
nota " y algunos de los que se añadirán al final de este
breve estudio. Allí también podrán encontrarse autores que
defienden ideas muy diferentes de las que se han presentado hasta ahora con
respecto a los demonios y al diablo. Es imposible tratar aquí ni
siquiera todas las ideas más importantes que se han defendido en
publicaciones
serias durante estos últimos años, y mucho menos desarrollarlas
en estas páginas.
Un aspecto parece
claro: después de leer toda esta literatura (una de las mejores fuentes
es
[Británica],
con una bibliografía selecta de más de mil ciento cuarenta
títulos, pero desgraciadamente no traducida al inglés), una
conclusión es ineludible, a saber: que la historia de la
demonología, brujería y de los exorcismos es un capítulo
negro de la iglesia. Nuestra civilización se halla hoy mucho
más retardada debido a tantas creencias sin fundamento, a las
horrorosas persecuciones de brujas y muchas otras personas que se
consideraban posesas y a la práctica ininterrumpida de los
exorcismos. De toda esta literatura elegimos dos casos solamente, que por
desgracia se han hecho más famosos todavía debido a los millones
de lectores que han leído en todo el mundo los libros basados en ellos y
sobre todo las grandes masas que han asistido a los muy poderosos filmes que se
han aprovechado del morboso interés que todos estos tópicos
despiertan. Han sido innumerables las personas que se han creído
poseídas después de asistir a tales películas. En uno de
los más recientes sondeos, catorce millones de adultos en Estados
Unidos afirmaban o que estaban poseídos o conocían a alguna
persona que ciertamente lo estaba.
1. LAS URSULINAS
DE LOUDUN. El caso ha sido objeto de una enorme bibliografía, pero uno
de los mejores relatos se halla en el libro de A. Huxley Los demonios de Loudun
". En él se ha basado la película Los endemoniados. El padre
Urbain Grandier fue asignado a una parroquia de Loudun, al suroeste de
París, en 1617. Llevaba una vida muy licenciosa, tuvo amoríos
con algunas de sus penitentes y cometió la imprudencia de ofender al
poderoso card. Richelieu. Por esa época corrían rumores de que
varias de las monjas del convento
Exorcismos y
liturgia
de las ursulinas
de Loudun estaban poseídas. El director de las monjas pidió ayuda
a los Padres carmelitas para que le asistieran en los exorcismos. El
resultado fue contraproducente, y las monjas acusaron una y otra vez
al padre Grandier como causante de la posesión. Se le
arrestó, torturó, sentenció y fue quemado el mismo
día de la sentencia. La posesión de las monjas
debería haber cesado con la muerte del padre Grandier, pero todo
continuó como antes. El pueblo y el convento se convirtieron en una
atracción turística por la conducta, los destapes y frases
muy lascivas de algunas de las monjas. El jesuíta Jean J. Surin fue
enviado al convento para continuar los exorcismos. Perseveró en su tarea
durante tres años y, al final, las monjas fueron "liberadas".
Como dice Robbins, por entonces Richelieu ya había perdido
interés en todo aquel asunto y dejó de pasar la pensión
que había mandado a las monjas para que acusaran al padre Grandier.
Cuando se lee el
caso, uno se da cuenta del pernicioso efecto de unos exorcismos, repetidos
durante años constantemente, en una atmósfera de
sorprendente y absoluta credulidad. El mismo padre Surin perdió su equilibrio
mental, acabó creyéndose poseído y nunca se recobró
totalmente. Como concluye
A. Huxley:
"La larga orgía había llegado a su término. Si no
hubiera habido exorcistas, nunca habría comenzado".
2. EL POSESO DE
MT. RAINIERSAINT LOUIS (1949). Se dice que la famosa novela El exorcista y
la película del mismo título están basadas en este
caso. No es exactamente así. El autor, W. Blatty, fue alumno de
Georgetown University (el que esto escribe ha sido profesor
Exorcismos y
liturgia
durante muchos
años de esa Universidad y ha tenido muchas conversaciones con
el señor Blatty). Dicho novelista tomó muchos aspectos del
caso que se va a narrar, pero, como es derecho de todo autor que escribe
novelas, se inspiró también en muchos otros casos de
exorcismos, entre ellos el que acaba de describirse muy brevemente sobre
las ursulinas de Lou-dun. Cambió también el muchacho por
muchacha, y Mt. Rainier (que es casi un suburbio de Washington)
por Georgetown,
un sector prestigioso dentro de la ciudad. Poseo los mejores documentos
que se refieren a esta posesión, entre ellos el diario del
jesuíta padre Bowdern, que practicó los exorcismos. De nuevo debo
remitir al lector al libro ya citado, donde se narran los hechos con alguna
mayor extensión y se citan todas las principales fuentes que se han
utilizado l2.
El muchacho
nació el 1 de junio de 1935, y las primeras manifestaciones de
algunos hechos poco corrientes comenzaron el 15 de enero de 1949. Se
oían ruidos extraños en la casa (sobre todo en el piso' superior)
durante los sábados, cuando el niño no tenía clases.
Creyeron que eran ratas; llamaron a un exterminador, pero los ruidos no se
acabaron. La familia era protestante, y se le llevó al pastor
luterano. Pasó la noche con él; notó cosas extrañas
que, dice, aun hoy día no
puede explicar, y
lo devolvió a su casa al día siguiente. La madre tenía un
pariente católico; le consultó, y él aconsejó
que lo llevaran a un sacerdote. No se aclaró nada, y el arzobispo
autorizó que se emplearan los exorcismos. Este sacerdote tenía
miedo, por la creencia de que el demonio manifiesta los pecados no
confesados de los exorcistas, y se fue a otra ciudad para hacer una buena
confesión. Al
816
volver, la
familia se había ido a Saint Louis (había aparecido en el pecho
del chico, escrito en líneas rojas: "Vamonos a S. Louis"), donde
el joven tenía a su tía favorita. Fue allí donde
consultaron a otro jesuíta, el padre Bowdern, y donde comenzaron los
exorcismos, el día 16 de marzo. Cuando éstos empezaron, la
conducta del muchacho cambió radicalmente, y comenzó a
experimentar convulsiones
como de
epiléptico y a proferir palabras muy obscenas. Se decidió
bautizarle, con permiso de sus padres; pero nada cambió sustancialmente.
Volvieron, el exorcista y la familia, a Washington; se le dio la
comunión, con grandes dificultades, pero todo seguía igual.
Todos confiaban en que la liberación podría tener lugar
durante la semana santa, pero nada cambió. Confiaban luego en
que sería el día de pascua, pero todo siguió igual. El
día
siguiente, lunes, cuando todos estaban más desanimados, la palabra
mágica Dominus fue pronunciada, y el muchacho dijo (nadie lo vio)
que se le apareció una figura brillante, san Miguel arcángel; el
mal espíritu se rebeló contra él hasta que el
arcángel pronunció la palabra Dominus, y todos los malos
espíritus se fueron con resentimiento, hacia una cueva donde se
metieron todos, y apareció en la
entrada la
palabra rabia. La posesión había terminado.
Es sorprendente
la credulidad de aquellas personas. Además del diario, tengo
también los resúmenes hechos por dos jesuítas, de unas
charlas dadas el año 1949, al final del caso. Todos creen lo que dijo el
chico, lo cual, en su conjunto, da la impresión de una verdadera farsa.
El uso de palabras obscenas, si ocurrió de verdad, puede explicarse por
lo que hoy se llama coprolalia,
uso incesante de
palabras sucias,
817
uno de los
síntomas de la enfermedad llamada de
Exorcismos y
liturgia
cias. Todo
podría acabarse inmediatamente, siguiendo la tendencia ya iniciada
por la iglesia, si los obispos no solamente fueran extremadamente parcos
en conceder licencia para exorcizar personas a presbíteros doctos y
muy prudentes (como permite el can. 1172, 2.°, del nuevo derecho
canónico) sino, simplemente, si nunca en el futuro concedieran ya
esa licencia.
Oigamos los
pareceres de algunas personas doctas y sensatas que pueden hablarnos con
autoridad en lo que se refiere a estas materias. El padre De Guibert, conocido
por su prudencia y solidez de doctrina, tiene esto que decir
refiriéndose a posesiones en nuestros tiempos: "Una
explicación sobrenatural de los hechos puede ser aceptada
únicamente cuando toda explicación natural es imposible y se
ha probado claramente que así lo es"14. Son palabras acertadas y
severas que deberían tenerse siempre en cuenta. Y no parece que se
haya hecho así en todos los casos de exorcismos que registra la historia.
El padre J. de Tonquédec, S.J., exorcista oficial de la diócesis
de París durante más de veinte años, afirma que no
encontró ningún caso que fuera plenamente convincente, y
añade unas palabras dignas de toda consideración:
"Un
sacerdote dedicado al peligroso ministerio de los exorcismos me dijo en
una ocasión: 'No hay nunca peligro en tal práctica, incluso
si todo resulta que no hay tal posesión, sino enfermedad; porque si el
exorcismo no hace ningún bien, tampoco puede hacer ningún
daño'. Perdóneme, le respondí. El exorcismo es una
ceremonia muy impresionante, capaz de actuar de un modo muy eficaz y peligroso
en una persona enferma. Los conjuros dirigidos al demonio, los repetidos
rociamientos con agua bendita, la
Exorcismos y
liturgia
estola puesta
alrededor del cuello del paciente, las muchas señales de la cruz en su
frente, etc., son muy capaces de crear una verdadera manía
diabólica, en palabras y acciones, sobre un alma ya enferma. Llama
al diablo y lo verás, o, mejor, no a él, sino a un retrato creado
por las ideas de la persona enferma con respecto a él. Es por esta
razón que ciertos sacerdotes, debido a la práctica inconsiderada
e imprudente de practicar los exorcismos, crean, confirman y corroboran
los mismísimos desórdenes que ellos desearían
suprimir."'5
La
práctica de los exorcismos, por tanto, no solamente es inútil,
sino que puede ser también muy perjudicial.
XIII. Primeras
conclusiones
Se ha expuesto
hasta ahora un punto de vista que puede parecer más bien negativo. Son
respuestas a lo que parece ser el origen de la creencia de los demonios y la demonología
en general. De todo lo dicho se concluye que es muy probable que posesos y
demonios no hayan existido nunca. La frase evangélica
"poseídos por demonios" estaría traducida
más exactamente por "afligidos por fuerzas misteriosas
dañinas". El diablo no tiene nada que ver con lo que los relatos
evangélicos denominan demonios. Tal vocablo se usaba en aquel
tiempo, más primitivo que el nuestro, como un modo de expresión
para explicar lo que para ellos era inexplicable, es decir, todas las
enfermedades que hoy día podrían llamarse internas o cerebrales.
Consecuentemente, si demonios y posesos no han existido nunca (aunque
no puede negarse la pura posibilidad de posesión, pues todo lo que
no es contradictorio es posible), los
818
exorcismos ni
deberían haberse practicado ni deberían practicarse en el futuro.
No solamente son inútiles, sino también, como ya se ha insinuado,
son potencialmente muy nocivos y perjudiciales.
Todo lo que
precede, sin embargo, es un punto de vista. Parece válido y va
adquiriendo cada día mayor aceptación. Pero no es el
único. La materia es extremadamente compleja, y en estas materias
existe una gran variedad de interpretaciones. Antes de mencionar
brevemente las más tradicionales, conviene advertir que nada se ha dicho
con respecto a los exorcismos privados (de un modo casi exclusivo se ha
tratado de los exorcismos públicos y solemnes). La presencia del mal en
el mundo es muy clara, y toda clase de oraciones y plegarias para ser
protegidos de males no solamente se permiten, sino que pueden ser incluso muy
aconsejables. Asimismo, exorcismos privados para proteger animales e
inclu
so cosas, como
casas y campos o cosechas, están permitidos y se pueden considerar
laudables. Bastantes de estos últimos entran en el capítulo
de las devociones. C. Vagaggini afirma que "los exorcismos sobre cosas infrahumanas,
incluso inorgánicas, son plenamente justificados... Y esto porque el
influjo diabólico sobre ellos... puede ser realísimo..."
Añade que el exorcismo en este caso tiene el significado de una
oración a Dios ". Como se dirá más adelante, el
cristiano tiene que pedir siempre ayuda para que nuestro Padre nos proteja de
todo mal, y más concretamente del malvado.
XIV.
Enseñanza ordinaria de la iglesia
Lo que ha sido
expuesto hasta ahora, que demonios y posesos tal 819
vez no hayan
existido nunca, no es por ahora la enseñanza común de la iglesia.
Aun hoy son muchos los teólogos católicos que creen en esos seres
malignos y en la posibilidad de que puedan invadir^ a algunas personas desde
dentro. Ésta ha sido también la tradición de la iglesia
desde los primeros siglos. En la segunda mitad del s. u después de
Cristo, san Justino mártir habla de innumerables endemoniados, en muchas
partes del mundo, que fueron exorcizados por hombres cristianos en nombre de
Jesucristo, aun cuando no podían ser exorcizados por aquellos que
usaban encantamientos y otros medios (2 Apol. 6). Tertuliano, a principios
del s. ni, se lamenta de la ingratitud de los paganos, que llamaban a los
cristianos enemigos de la raza humana sin tener en cuenta el hecho de que
los cristianos exorcizaban a los paganos sin recompensa o salario (Apol37).
Orígenes (1857-254) indica que en el nombre de Jesús se expulsaban
incontables malos espíritus de las almas y cuerpos de los hombres
(Contra Celsum 1,25). Y así muchos otros de los padres
apostólicos y primitivos. Tal fue la actitud en los primeros siglos de
la iglesia, para la cual un exorcismo era la invocación a Dios frente al
hostigamiento de los demonios. Con frecuencia esta súplica iba
acompañada de algún acto simbólico, tal como soplar
sobre el sujeto, poner las manos sobre él o persignarle con la cruz.
Sólo más adelante y a través de los siglos, los excesos y
desviaciones que hemos mencionado se fueron poco a poco introduciendo.
Hoy día
existe la tendencia a disminuir la práctica de los exorcismos. Por
un lado, como queda dicho, se ha suprimido (a partir del 1 de enero de
1973) la orden menor de exorcista (aunque no el poder
Exorcismos y
liturgia
para exorcizar);
se ha reconocido que muchas de las que antes se creían posesiones son
simplemente enfermedades de tipo psicológico o psiquiátrico, y la
práctica de los exorcismos solemnes ha disminuido de modo muy
notable. No nos extrañaría si disminuyera todavía mucho
más, e incluso si desapareciera totalmente. Conviene repetir, sin
embargo, que son bastantes los teólogos que todavía creen en posesiones
y en la eficacia de los exorcismos. Hay que respetar, aunque no
necesariamente compartir, estas creencias, que van avaladas por una larga e
ininterrumpida tradición. Añadimos también que no tenemos
noticia de que se haya traducido a lenguas vernáculas la parte del
Ritual romano que corresponde a los exorcismos. Él único ritual
que conocemos que contenga todo lo referente a estas materias data del
año 1952, y todo lo tiene en latín.
XV. Exorcismos
litúrgicos
Podrían
denominarse así ciertas plegarias que forman parte de la liturgia de
algunos sacramentos. Nos referimos principalmente a las renuncias a
Satanás y a todas sus obras y seducciones, que se encuentran en el
rito del bautismo y de la confirmación. Evidentemente, no son exorcismos
en sentido propio, sino más bien en sentido amplio e indirecto. Tal
práctica, así como la renovación de ella que muchos hacen
por devoción, es ciertamente muy laudable y en conformidad, como veremos
después, con la enseñanza de Jesucristo. A este apartado
pertenecía también la oración a san Miguel arcángel
que se rezaba de rodillas al final de la misa antes del concilio Vat. II.
Quizá sea conveniente recordarla aquí. Fue prescrita primero por
León XIII, y
Exorcismos y
liturgia
después
por Pío XI, para la conver
sión de Rusia.
Decía así:
"San Miguel
arcángel, defiénde
nos en la
batalla, y sé nuestro
amparo contra la
perversidad y
asechanzas del
demonio. Sujétalo,
Dios, pedimos
suplicantes; y tú,
príncipe
de la celestial milicia,
sepulta en el
infierno, con el divino
poder, a
Satanás y a los demás
espíritus
malignos, que merodean
por el mundo para
la perdición de
las almas.
Amén."
J. A. Jungmann,
en su comentario sobre El sacrificio de la misa, la juzga así:
"No se trata de una nueva oración, sino de una invocación
aislada, con carácter de exorcismo, rarísima en la liturgia
romana"". Pero, aunque rara, no puede negarse que tal
oración es muy conforme al espíritu de la iglesia y a la
enseñanza de Jesucristo. El lector debe recordar que la última
petición del padrenuestro, "y no nos dejes caer en la
tentación, mas líbranos del mal", en griego, como casi todas
las traducciones modernas del original reconocen, debe ser "mas
líbranos del malvado". Pedimos que el Señor nos proteja
de todas las asechanzas de Satanás, o directamente por las tentaciones y
concupiscencias de la carne o indirectamente por el mal ejemplo de tantos
cristianos que cometen pecados o nos incitan a ellos. El pedir ayuda a Dios y a
Jesucristo para que nos libre del enemigo no solamente es práctica muy
laudable y recomendada por la iglesia, sino mandada por nuestro Salvador. Todo
cuanto se diga en favor de esta costumbre y recomendación será
siempre poco.
XVI.
¿Desviaciones?
Debe hacerse
mención aquí que al mismo tiempo que muchos du
820
dan de la
existencia de espíritus malignos, otros parecen creer en ellos
más que nunca. La manía del ocultismo, los progresos de la parapsicología,
el interés por la brujería, el espiritismo y los así
llamados platillos volantes, la reviviscencia de la astrología, los
horóscopos, la fascinación por las religiones y el misticismo
oriental, la creencia en las predicciones por la lectura de las cartas o de las
líneas de la mano, la magia en todas sus variedades, y sobre todo
las experiencias psíquicas por lo que se ha llamado la cultura de la
droga, etc., parecen haber revitalizado la creencia en los espíritus,
diablos y seres misteriosos. Muchos de estos tópicos pueden
tener algo o mucho de superstición y, concretamente, algunos de
ellos están condenados en la biblia. Cuando el fracaso de aquellos siete
hijos de Esceva (tratado al exponer si Jesucristo era exorcista propiamente
dicho) san Lucas en los Hechos (19,17-19) continúa: "El suceso se
divulgó entre los habitantes de Éfeso, lo mismo
judíos que griegos; todos quedaban espantados y se proclamaba la
grandeza del Señor Jesús. Muchos de los que ya creían (en
Cristo) iban a confesar públicamente sus malas prácticas,
y buen número de los que habían practicado la magia hicieron
un montón con los libros y los quemaron a la vista de todos. Calculado
el precio, resultó ser cincuenta mil monedas de plata". Resulta,
pues, que todas esas prácticas son consideradas como malas, la
magia en muchas de sus variedades ya se practicaba extensamente en el
s. i de nuestra era, y asimismo no menos en la más remota
antigüedad, y el número de libros quemados debió ser enorme,
pues la moneda de plata equivalía al salario de un día (el griego
dice cincuenta mil drachmas, equivalen
821
te a la moneda
romana de ün denario, Mt 20,2). Algo parecido se refiere en He 8,9-23
con respecto a Simón el mago. No puede negarse que muchas de estas
prácticas se parecen mucho a supersticiones, que seguirán
existiendo mientras haya personas excesivamente crédulas.
XVII.
¿Existe el diablo?
Algunos de los
que han leído la primera parte de este trabajo sobre la probabilidad de
que los demonios no hayan existido nunca, podrían concluir que
también el diablo puede no haber existido nunca. Nada más
ajeno a nuestro parecer. Allí se dijo que los demonios (ta daimonia)
aparecen en griego con el pronombre neutro, son cosas y no tienen nada que ver
con el diablo o Satanás, el cual ordinariamente aparece en
singular, en masculino y con el artículo determinado ho diabolos,
ho satanás, aludiendo a un ser personal y sobrehumano. Conviene dar ante
todo la doctrina de la iglesia y de
1. CONCILIOS Y
PONTÍFICES. El primer concilio (de carácter local) que
adoptó postura decidida y solemne respecto al diablo fue el celebrado en
Braga (Portugal) en el año 561. Es una declaración contra los
priscilianos y maniqueos, los cuales creían, entre otras cosas, que el
diablo no había sido creado por Dios. El concilio condenó la
creencia de "que el diablo no fue primero un ángel bueno hecho
por Dios y que su naturaleza no fue obra de Dios..." (Denz. 237),8. En el
mismo contexto tenemos la declaración impuesta por Inocencio III (1208)
repitiendo: "Creemos que el diablo no fue hecho malo por creación,
Exorcismos y
liturgia
sino por su
propia decisión" (Denz. 427). Las declaraciones más importantes,
sin embargo, son las del concilio Lateranense (1215), que afirma, entre otras
cosas:J'E1 hombre pecó también por sugestión del
diablo" (Denz. 428), y del Vat. I (1870) y II (1963-1965). Este
último recuerda la existencia del diablo y su acción perniciosa
en el mundo en perjuicio de los hombres y de su salvación. Afirma que el
hombre por sí mismo es incapaz de vencer el "espíritu del
mal"; que el Señor vino a librarlo del "príncipe de
este mundo"; que a menudo los hombres, "seducidos por el
diablo", han servido a la criatura en lugar de servir al Creador; que la
iglesia "derriba el imperio del diablo", y que Cristo bajó a
la tierra "para arrancar a los hombres del poder de Satanás"
".
En un discurso
pronunciado en la audiencia general del 15 de noviembre de 1972, Pablo VI
insistió en la antigua fe cristiana de un diablo o espíritu
del mal personal. Añadió: "El mal no es solamente una
deficiencia, sino una eficiencia, un ser vivo, espiritual, pervertido y
pervertidor. Terrible realidad, misteriosa y pavorosa (...). Es el enemigo
número uno, es el tentador por excelencia. Sabemos, pues (por
2. NUEVO
TESTAMENTO. Los papas y los concilios no hacen más que reflejar las
enseñanzas de
personal y
sobrehumano. Es el adversario del reino y de los hijos de este reino. Su
influencia, sin embargo, como ya se ha indicado, es moral y psicológica,
no directamente física. Satanás arrebata el mensaje de Dios
a los hombres (Me 4,15), instigó a Judas a su acto de traición
(Le 22,3; Jn 13,27), dificulta la obra del Apóstol (1 Tes 2,18),
provoca la aparición de falsas creencias (1 Tim 5,15), se disfraza como
ángel de la luz (2 Cor 11,14), tienta con malos actos (Ap 2,10) y con
engaños (He 5,3). Sin embargo, Dios aplastará a Satanás
(Rom 16,20), y Jesús vio cómo Satanás era arrojado del
cielo (Le 10,18).
No hay ninguna
diferencia apreciable entre este concepto de Satanás en
relación con el otro, ya mencionado, de ho diabolos, el diablo. Ha
pecado desde el principio mismo (1 Jn 3,8), los hombres perversos son
hijos del diablo (He 13,10; 1 Jn 3,10), proceden de él (Jn 6,70), el
diablo es su padre (Jn 8,48) e hizo que Judas traicionase a Jesús (Jn 13,2).
La misma influencia moral o psicológica se atribuye a los
términos sinónimos de "el ma
822
ligno" (Mt
13,19), "el enemigo" (Mt 13,39), "el soberano de este
mundo" (Jn 12,31), "el soberano de este tiempo" (1 Cor 2,6-8),
"el tentador" (Mt 4,3), "el adversario" (1 Pe 5,8),
"el seductor" (Ap 12,9) y otras expresiones similares.
El notable
investigador alemán
J.
Jeremías, en su libro Teología del Nuevo Testamento, no solamente
acepta que Satanás, el poder personal del mal, es parte constante e
integral del pensamiento en el NT, sino que avanza muchas razones, que no
podemos desarrollar aquí, insistiendo en que la tradición acerca
de Satanás pertenece también a la tradición anterior
a la pascua y que, por tanto, muy probablemente procede no de los evangelistas
sólo, sino del mismo Jesús. Satanás, por tanto, es
concebido como el enemigo de Dios, y su subyugación es la esencia de la
misión del Salvador. Interpretar las expresiones mencionadas, y otras
muchas que se podrían añadir,
como se ha
interpretado el concepto de demonios, o como creaciones de la iglesia
primitiva, o como puras metáforas que representan solamente
abstracciones de los poderes del mal en el mundo, parece que no hace justicia a
los evangelios ni a la esencia del mensaje del NT22.
XVIII. Otros
puntos de vista
Esto no quiere
decir, sin embargo, que la evidencia presentada sea absolutamente
convincente para todos. Nos encontramos en un reino misterioso, invisible y
espiritual, que presenta oscuridades para muchas mentes modernas, y existe
falta de consenso entre los teólogos. Dos de los libros de uno de ellos,
H. Haag, que
llevan por título El diablo, un fantasma y El diablo: su existencia como
problema, son un
823
desafío a
las creencias tradicionales en la existencia del diablo y de los demonios.
Aunque Haag concede que su postura difiere de la del magisterio, estima que
será umversalmente aceptada en el futuro. Llega a defender que las
referencias evangélicas concernientes a la actividad de
Satanás no poseen en ningún lugar una consistencia tal que
fuercen a una aceptación incondicionada. Más maduras parecen
ser las reflexiones que ofrece el profesor alemán Peter Knauer. Pueden
sintetizarse como perspectivas que la teología actual ofrece a los
perplejos cristianos de nuestros días:
"Pienso que
un católico ni tiene que creer en el diablo, ni necesita creer en
él, ni puede creer en él. Sencillamente, porque la fe de los
cristianos se refiere sólo a Dios. En la fe se trata de nuestra
unión con Dios, y nada más; se trata de nuestra
participación en la relación divina de Jesús, y por eso la
existencia de seres creados nunca puede ser objeto de fe.
Si se me
preguntara sobre la existencia del demonio, yo respondería
lapidariamente con Pablo: Los ídolos no son nada. Y puesto que se habla
tanto del diablo, se podría decir en todo caso: con ese nombre se alude
a toda forma de divinización del mundo, en contraposición a
la fe como unión con Dios: cuando uno se hace un Dios a su medida,
cuando se adhiere absolutamente a cualquier cosa de este mundo, uno tiene
una mentalidad mundana. Es una manera simbólica de referirse al deseo de
tener a Dios de otra manera, a querer alcanzarlo de forma distinta que en la
fe.
Con frecuencia se
habla del diablo como si fuera una naturaleza personal, y no meramente un
símbolo. Pero si es que tiene una personalidad, es, en todo caso,
una
Exorcismos y
liturgia
personalidad que
recibe prestada de Dios, en cuanto que uno pervierte en cierto sentido la
relación personal que mantenemos con Dios en la fe,
orientándola hacia algo de este mundo."23
XIX.
Conclusión
De todo cuanto
hemos tratado en estas páginas, tal vez pueda sacarse una
conclusión que creemos razonable, aunque también puede ser que
algunos no la consideren de este modo. La religión es una realidad muy
compleja, que con demasiada frecuencia se ha ocupado fundamentalmente del
mal, sin duda para vencerlo, pero sólo después de haberlo
mirado fijamente a los ojos y de haber apreciado toda su dimensión. Tal
actitud religiosa se denomina a sí misma por su relación negativa
con el mal, aunque su principal objetivo es la salvación. Pero
tiene el peligro de llegar a fascinarse por su adversario hasta el punto de
olvidar su propio destino, la unión con Dios y la vida bienaventurada.
Obsesionada por la destrucción del mal, puede convertirse en su
víctima. Ya es hora de cambiar esta actitud y evitar perniciosos
errores.
Como dice muy
bien Juan Pablo II: "La fe de la iglesia nos enseña que la
potencia de Satanás no es infinita. El sólo es una creatura,
potente en cuanto espíritu puro, pero siempre una creatura, con los
límites de la creatura, subordinada al querer y el dominio de
Dios"24. Lo mismo, pero con mucha mayor razón, pues ni siquiera son
espíritus puros, sino meras expresiones para explicar lo que en aquel
tiempo parecía inexplicable, se puede y debe decir de los demonios. Lo
que sí queda claro, para citar de nuevo a Juan Pablo II, es que:
"Ésta es la
exorcismos y
liturgia
gran certeza de
la fe cristiana: 'El
príncipe
de este mundo está ya juzgado' (Jn 16,11); 'Y para esto apareció
el Hijo de Dios, para destruir las obras del diablo', como nos atestigua san
Juan (1 Jn 3,8). Siendo esto así, ni el pecado, la muerte, los demonios,
las enfermedades o Satanás pueden tener la última palabra sobre
el destino definitivo del hombre. Para el cristiano, la convicción de
que ellos no pueden decir la última palabra es en sí misma una
prueba del hecho de que ya desde ahora participa de la vida de Cristo
resucitado, de que ha pasado de la muerte a la
vida (1 Jn 3,14).
Tal cristiano ha superado el poder del pecado, de la muerte, de Satanás
y de cualquier otro poder maligno ahora y para siempre. Ningún mal de
ninguna clase —moral, físico o personal— puede forzar ya o
coaccionar nuestra libertad personal para seguir a Cristo, que ha superado
todo lo que
en este mundo se
relaciona de algún modo con el diablo: pecado, enfermedad o muerte.
La fe en Dios y en su Hijo lo supera todo, absolutamente todo. Y puede
decir con san Pablo: "Estoy convencido de que ni muerte ni vida, ni
ángeles ni soberanías, ni lo presente ni lo futuro, ni
poderes, ni alturas, ni abismos, ni ninguna otra criatura podrá
privarnos de ese
amor de Dios, presente en el Mesías Jesús, Señor
nuestro" (Rom 8,38-39).
NOTAS: ' Para
todas las citas hemos usado el Código de Derecho Canónico, BAC
(442), Madrid 1983 — 2 Citamos de la obra Concilio Vaticano II.
Constituciones. Decretos. Declaraciones, BAC (252), Madrid 1966 — 3
El texto castellano de este motu proprio puede encontrarse en "Ecclesia"
(7 octubre 1972) 1315 — 4 Traducción tomada del libro de S.
Muñoz Iglesias, Los géneros literarios y la
interpretación
de
824
tratados
más ampliamente en J.B. Cortés-
Gatti, Proceso a
las posesiones y exorcismos, Paulinas, Madrid 1978. Acepta este punto de
vista, entre otros, J.A. Fitzmyer, El Evangelio según Lucas II,
Cristiandad, Madrid 1987 — ' Cf Theological Dictionary of the New
Testament, Eerdmans, Grand Rapids, (Mich.), II, 7, nota 53 — 8 Cf K.
Barrett, The New Testament Background: Selected Documents, Harper
Torchbooks, New York 1961, 77-78; N. Perrin, Rediscovermg the Teaching of
Jesús, Harper, New York 1967, 132-137; R. Bultmann, The History of the
Synoptic Tradition, Blackwell, Oxford 19682, 218-244;
Bonsirven, Judaísme Palestinien
II, 189-193; Strack-Billerbeck, IV, 501-535; J. Jeremías,
Teología del Nuevo Testamento I, Sigúeme, Salamanca 1974, 107-119
— ' F. Filóstrato, The Life of Apollonius of Tyana IV, 20. La
traducción del griego y la cursiva son nuestras. Otro ejemplo de
posesión en ib, III, 38 — 10 Cf R.H. Robbins, The Encyclopedia of
Witchcraft and Demonology, Crown, New York 1972'; L. Cristiani, Presencia de
Satán en
el mundo moderno,
Penser, Buenos Aires 1962; C. Balducci, Gli Indemoniati, Coletti, Roma 1959;
Proceso a las posesiones, o.c, 60107 — " A. Huxley, Los
demonios de Lou-dun. Planeta, Barcelona 1972; I. Bertrand, Les
Possédées de Louchun et Urbain Grandier, París 1908
— l2 Véase en Proceso..., o.c. Una narración más
extensa del caso, 82-98, y las
catorce fuentes
utilizadas, 82, nota 29 — " Ib, 78-81; Rituale Romanum, Mame,
Turonibus 19529 — l4 J. de Guibert, Lecciones de teología
espiritual I, Razón y Fe, Madrid 1953, 312 — l5 J. de
Tonquédec, Les Maladies Nerveuses ou Mentales et les Manifestations
Diaboliques, Beauchesne, París 1938, 82-83 —
ger, El
magisterio de la iglesia (traducción por
D. Ruiz Bueno),
Herder, Barcelona 1959. Los números se refieren al pasaje, no a la
página — " Cf Concilio Vaticano II, BAC (252), Madrid 1966
— 20 Papa Pablo VI, Líbranos del mal, en "L'Osservatore
Romano" 3.12 (23 noviembre 1972) — 2I Juan Pablo II, La
victoria de Cristo sobre el espíritu del mal, en "L'Osservatore
Romano" (24 agosto 1986) 3 — 22
J. Jeremías,
Teología del Nuevo Testamento I, Sigúeme, Salamanca 1974, 88-119
— a J.J. Alemany, ¿Fe en el diablo? Teología actual y
satanismo, en "Razón y Fe" 191 (1975) 249
250. Hace
referencia a la entrevista de P. Knauer en "Orientierung" 39 (1974)
182, que no he podido consultar — 24 Juan Pablo II, "L'Osservatore
Romano" 3 (24 agosto 1986).
/. B.
Cortés
825
BIBLIOGRAFÍA:
Alemany J.J., ¿Fe en el diablo? Teología actual y satanismo, en
"Razón y Fe" 191 (1975) 239-250; Balducci C, Los endemoniados,
hoy, Marfil, Alcoy 1965; Bourre J.P., Hijos de Lucifer (sectas luciferianas
actuales), Latina, Madrid 1980; Corte N., Satán el adversario, Casal i
Wall, Andorra, 1958; Cristiani L., Presencia de Satán en el mundo
moderno, Penser, Buenos Aires 1962; García Font J., Magia-brujería-demonología,
Glosa, Barcelona 1976; Haag H., El diablo, un
fantasma, Herder,
Barcelona 1975; El diablo: su existencia como problema, Herder, Barcelona
1978; Huxley A., Los demonios de Loudun, Planeta, Barcelona 1972; Koning F.,
Historia
Exorcismos y
liturgia
del satanismo,
Bruguera, Barcelona 1976; Navone J., Diablo I Exorcismo, en VV.AA., Nuevo
Diccionario de Espiritualidad, Fdiciones Paulinas, Madrid 1979; Robbins
R.H ,
The Encyclopedia
of WitchcrafL and Demonology, Crown, New York I9729; Starobinski J., La
posesión demoníaca. Tres estudios, Taurus Ediciones, Madrid 1975;
Tonquédec J. de, Les maladies nerveuses ou mentales et les manifestations
diaboliques, Beauchesne, París 1938; Urrutia U., El diablo. Su
naturaleza, su poder y su intervención en el mundo, Buena Prensa,
México 19502; Varios Autores, Satán (Études
carmelitaines), Desclée de Brouwer, París 1948.
F
SUMARIO:
Introducción - I. Aspectos de la tradición: I. Influencias
judías; 2. La primitiva tradición cristiana; 3. La edad
patrística (ss. ivv) - II. Nuevas perspectivas teológicas y
litúrgicas: 1. Perspectivas teológicas; 2. La reforma
litúrgica y la familia - III. Propuestas pastorales. Conclusión.
Introducción
La familia, en
estos últimos años, ocupa el centro de la reflexión, del
compromiso pastoral y de la misma experiencia de la iglesia. El Sínodo
de los Obispos de 1980 trató de las "tareas de la familia cristiana
en el mundo de hoy": de él brotó la exhortación
apostólica Familiaris consortio (= FC), de Juan Pablo II (1981), que
corona toda una serie de intervenciones significativas del más reciente
magisterio de los papas y la investigación pastoral de
las iglesias
locales '. Pero más allá del magisterio oficial y de los
programas pastorales de las iglesias, o quizá como primer fruto de
ellos, en el contexto de perplejidad y de esperanzas que rodean a la familia en
nuestra sociedad, se está delineando un hecho nuevo, que asume proporciones
notables: los cristianos de hoy redescubren cada vez más la familia,
no sólo para comprometerse concretamente en la solución de sus
muchos problemas, sino para vivir
su vida familiar
como una experiencia de iglesia.
A partir de esta
renovada conciencia eclesial y del compromiso de muchas familias
cristianas de vivir como iglesias domésticas se plantea en
términos nuevos y más existenciales el problema de la relación
entre familia y liturgia, bien en el sentido de una participación de la
familia como tal en las celebraciones litúrgicas de la iglesia (tal
vez celebradas en su misma casa), bien en el sentido de una prepara
ción y de
una prolongación en el ambiente doméstico del culto de la
iglesia.
El tema de esta
contribución nuestra se abre a varias perspectivas, en parte
nuevas: comenzaremos preguntando a la más antigua tradición
de la iglesia, a la luz de la tradición judía, para
después afrontar la posibilidad pastoral que se abre hoy a la vida
religiosa de las familias cristianas, llamadas, también en este
aspecto, a interpretar y presentar nuevos modelos de experiencia
cristiana, adaptados y creíbles para el mundo de hoy.
I. Aspectos de la
tradición
El
redescubrimiento de muchos aspectos de la tradición más antigua
ha estado en la base de la reciente / reforma litúrgica, pero
todavía son insuficientes y parciales 827
las
investigaciones sobre la liturgia y la oración familiar en el pasado:
poco se sabe de la antigüedad cristiana, casi nada del medievo y de la
experiencia de la reforma protestante, mientras que se ha prestado escasa
atención a la tradición oriental. Estamos muy lejos de poder
componer en una sola imagen los datos parciales recogidos. No se trata de
volver la mirada al pasado para traspasar nuestras preocupaciones a las
generaciones más antiguas, ni de interpretar fragmentos destacados
de la experiencia cristiana con nuestra mentalidad actual. Nuestro
interés por los primeros siglos está determinado por la
convicción de que son .decisivos para asistir al nacimiento de una
oración y de una liturgia en el seno de la comunidad y de la familia
cristiana y, por tanto, para captar en su sentido originario algunos modelos
dignos de ser recuperados y conservados2.
En los
orígenes del cristianismo es con frecuencia un hogar doméstico
el origen y punto de partida de la evangelización y de la
formación de una comunidad eclesial, por lo que la iglesia nace como una
gran familia. Por tanto, no resulta extraño que pueda haber
"simetría y mimetismo entre la vida espiritual de la comunidad
familiar y de la comunidad eclesial, entre la liturgia de una y otra
asamblea"3. Pero para comprender los aspectos familiares del culto
cristiano de los orígenes, nos parece indispensable detenernos, al menos
brevemente, sobre el ambiente religioso en que se desarrolló
inicialmente el cristianismo.
1. INFLUENCIAS
JUDÍAS. Aludimos solamente a la existencia de un culto familiar en
la antigua civilización religiosa grecorromana, sobre todo en su
forma originaria, cuan
Familia
do cada familia
tenía sus dioses, su culto de los muertos, sus ritos, sus fiestas, sus
fórmulas de oración, con el pater familias como sacerdote
único y arbitro de la vida religiosa de la familia'. Esta
tradición, en absoluto unívoca en el área mediterránea
antigua, ha tenido dos tipos de influjos, que representan solamente un
aspecto de la relación más general entre las formas religiosas
paganas y la liturgia cristiana: una cierta continuidad religiosa, aunque
profundamente repensada; y la formación de una praxis cristiana
alternativa.
Mayor importancia
ha tenido para la liturgia cristiana la tradición judía, en
la que el culto familiar ha conservado siempre una importancia fundamental, a
través de lo que se llama las sucesivas formas de aparición del
pueblo de
Dios 5.
El ámbito
familiar es, en el período del nomadismo, el único lugar de
culto: estrechamente unidos a la familia están el sacrificio, la alianza,
la circuncisión, las bendiciones divinas, la misma concepción del
"Dios de Abrahán, de Isaac, de Jacob". En el sucesivo
desarrollo religioso de este pueblo se imponen otros dos lugares de culto (el
templo y, después, la sinagoga), pero la familia y el clan siguen
siendo el centro de la vida religiosa. "Estas células
sociológicas primitivas... —escribe N. Füglister— en
todos los estadios de la historia de Israel han sido las unidades primarias
más o menos claramente visibles, según las ocasiones. Esto puede
apreciarse, entre otras, en la fiesta de la pascua. Aunque ella celebre el
recuerdo de la liberación, que constituye el ser y el devenir del
pueblo de Dios, también su ambiente vital propio y originario es la
familia. Análogamente, en el NT, la iglesia se concreta en las diversas
comuniFamilia
dades familiares,
y no es el último motivo de esto el hecho de que se celebre en las casas
particulares el rito de la eucaristía, concebida en analogía con
la pascua"6.
En el judaismo
del tiempo de Jesús este carácter familiar es típico de
las principales manifestaciones del culto judío7: la celebración
de la pascua está unida al templo de Jerusalén, pero tiene lugar
en el ámbito familiar y según modalidades familiares (cf
funciones del cabeza de familia; preguntas del niño y haggadáh;
versículos alternados, etc.); las comidas (sobre todo la del
sábado), cuyo constante carácter religioso se explícita
del mejor modo en las bendiciones, que reconocen los alimentos y las bebidas
como un don de Dios, creador de todas las cosas; las bendiciones: ocupan un
lugar importante no sólo en las comidas, sino en toda la vida del
judío piadoso, que reconoce y agradece a Dios origen de todo, actuando
como sacerdote de la creación; la oración, elemento constante del
culto familiar judío, sobre todo el shemá por la mañana y
por la tarde, la profesión de fe del pueblo de Dios: Dan 6,11 y Sal
55,18 nos dan testimonio de la oración tres veces al día; Tob
8,5-7 nos presenta el ejemplo de la ora
ción de
dos esposos la noche del día de su matrimonio; es significativa, a
partir del exilio, la costumbre de orar vueltos hacia el templo de
Jerusalén y la unión de la oración de Israel con el triple
sacrificio del templo, que encubre una concepción de la
oración como sacrificio espiritual; los ritos domésticos: desde
el gesto materno de encender la lámpara de la tarde al mezuzá
(estuche del shemá sobre los dinteles), a las costumbres familiares
unidas a las fiestas de Israel (tabernáculos, expiación,
año nuevo, dedicación, purim, semanas).
828
Igualmente en el
judaismo contemporáneo llama la atención la importancia que
conservan la familia y la casa como lugares de culto, pero también
el continuo entrelazarse del culto oficial con la vida familiar en sus
varios momentos8.
2.
Jesús
acoge y reconoce la familia humana, pero la supera y perfecciona en una
comunidad donde los hombres son hijos de Dios y donde los lazos del
Espíritu Santo cuentan más que los de la sangre (cf Le 2,49;
8,21; 11,28). La comunidad de los discípulos gravita al principio en
torno al cenáculo (He l,13s; 2,1; 12,12); la fracción del pan se
celebra en las casas (He 2,46), y "todos los días no cesaban
de enseñar y anunciar la buena nueva de Cristo Jesús en el templo
y en las casas" (He 5,42).
La
expresión "iglesia doméstica" se remonta a san Pablo,
unida a un método apostólico centrado en la familia: "las
comunidades del primer cristianismo se organizaron en familias, en grupos
familiares emparentados y en casas: la casa era a la vez núcleo
comunitario y lugar de encuentro"l0.
Por otra parte,
como ha señalado
A. Hamman, de las
cartas de Pablo y de los Hechos de los Apóstoles brota la
"estructura eucarística del hogar cristiano": Pablo pone los
fundamentos para comprender la relación entre eucaristía y
matrimonio (cf EF 5,25); los Hechos enlazan las comidas de los
cristianos con la alabanza a Dios (He 2,47); la actitud eucarística,
así como el compromiso de la comunión y la esperanza cristiana,
en el recuerdo 829
y la espera del
Señor, impregnaban toda la vida de la familia y se expresaban con mayor
fuerza en la fracción del pan y, en general, en toda experiencia
convival cristiana: "Aun separada del banquete, la eucaristía
conserva la cualidad del banquete, y el banquete cristiano, cualidad eucarística...,
éste es el fundamento de la vida espiritual del hogar, y se expresa a
través de diferentes gestos litúrgicos" ".
Cuando las
comunidades crecen y se encuentran lugares estables de culto, la
celebración doméstica de la eucaristía subsiste en
circunstancias particulares, quizá unidas a una comida (cf
Cipriano, Ep. 57,3; 63,15), mientras se desarrolla la praxis de llevar a casa
el pan consagrado (cf, por ejemplo, Tertuliano, De or. 19). El
ágape, pronto separado de la eucaristía mayor, es experiencia de
caridad y de comunión: el uso de textos de bendición subraya
su unión con la eucaristía, a veces con el lucernario (cf Trad.
ap. 25).
Ya entre los
judíos el banquete tenía siempre un cierto carácter
sagrado; pero para los primeros cristianos todo banquete familiar estaba
transido del recuerdo de los banquetes de Jesús con los suyos; casi como
una prolongación de la eucaristía, asumía valor de signo
de comunión eclesial y de esperanza cristiana.
No faltan textos
de oración cristiana antes, durante y después de las comidas,
donde se perciben los ecos de las oraciones de
Fuera de la
sinaxis eucarística y de su resonancia convival, algunos testimonios
esporádicos dejan transparentar una experiencia de oración
familiar, en casas frecuentemente señaladas con inscripciones que
pedían la presencia del Señor e invocaban su bendición, y
marcadas en el muro oriental con una Familia
cruz, signo
bautismal y escatológico, que determinaba también un lugar y
una orientación para los orantes. Los cristianos de los orígenes
concebían la oración como una condición, un estado
ininterrumpido; pero expresaron también muy pronto la
convicción, continuando con la tradición judía, de
que determinados tiempos fuertes podían representar una
realización cualificada del mandato del Señor de orar
siempre". En la oración cristiana, además de la
orientación ternaria de la tradición judía (tercia,
sexta, nona), aparece pronto la revalorización e interpretación
cristiana de la mañana y de la tarde (las legitimae orationes de Tertuliano),
en relación con Cristo, "sol y día" (Cipriano),
mientras la oración nocturna, atestiguada por
La oración
de la tarde se debió unir muy pronto al rito de encender la
lámpara (cf el antiquísimo himno Fós hilaron, atestiguado
por Basilio), mientras
Podemos sacar
algunas indicaciones significativas de los tres primeros siglos: la
centralidad de la eucaristía y su irradiación en la convivalidad
y en toda la vida familiar; la tendencia a situar el día cristiano, no
santificado todavía normalmente por la eucaristía, bajo el mismo
signo de la eucaristía
Familia
dominical, como
todo el año bajo el signo de la pascua; entre el culto público de
la iglesia y la oración familiar y privada los confines se difuminan y
las influencias son recíprocas: "No existe todavía la
dolorosa ruptura que caracteriza la oración familiar del medievo,
obligada, ante una liturgia clericalizada e incomprendida, a construirse
otro mundo de oración, más comprensible, más simple y
significativo" '".
3.
Es sobre todo
precioso el testimonio de san Juan Crisóstomo sobre la experiencia
religiosa de la familia cristiana como "pequeña iglesia".
Citamos los textos más significativos:
a) Será
obligación constante de los padres crear en su casa un clima
profundamente religioso: "El marido... no busque otra cosa, en las
acciones y palabras, que el modo de llevar su propia familia a una mayor
piedad; también la madre custodiará la casa, pero tendrá
una preocupación mayor que ésta: que toda su familia haga lo que
se refiere al reino de los cielos" ".
b)
Particularmente exhorta san Juan Crisóstomo a hacer de la propia casa
una iglesia mediante la lectura y meditación de la palabra y la
transmisión a los familiares de lo 830
que se escuche en
la iglesia: "Vuelto a casa, prepara una doble mesa, una de alimentos,
otra de la sagrada lectura. Que el marido repita lo que se ha dicho, y la mujer
acoja la enseñanza. Haz de este modo de tu casa una iglesia..."'1.
Esta transmisión de la palabra de Dios se ilustra con
imágenes delicadas y eficaces: el hombre, que lleva a casa las flores
más bellas de su paseo; la golondrina, que alimenta a sus
pequeños... Todos, hasta los más pequeños, deben
sentirse activamente comprometidos a recibir la palabra de Dios para
vivirla juntos.
c) La casa es
iglesia cuando se hace lugar de encuentro para la oración: "Haz de
tu pequeña casa una iglesia. En efecto, donde están el salmo, la
oración, los cánticos de los profetas, no fallará quien
quiera llamar iglesia a tal reunión". "Cristo mismo se
hará presente en una mesa familiar que sea momento de oración...
Así también este lugar se transformará en una
iglesia"'8. El santo vuelve con frecuencia a la oración de las
comidas, exhortando a dar gracias al Señor: "Una mesa donde nos
sentamos y de donde nos levantamos rezando nunca carecerá de nada y
será para nosotros fuente inagotable de todo tipo de bienes...
Así pues, es necesario dar gracias a Dios al principio y al final"
".
d) Menores, pero
significativos, son los testimonios de san Juan Crisóstomo sobre la
oración de la mañana y de la tarde: "Antes de dormir y al
despertaros, dad gracias a Dios"20. "Los iniciados saben que cada
día se recitan oraciones, por la mañana y por la tarde, por el
mundo entero..."21. Incluso habla él de la oración nocturna,
hecha en casa por el hombre y la mujer, y en la que son también
invitados a participar los hijos: "He aquí lo que 831
tengo que decir a
los hombres y a las mujeres: doblad las rodillas, gemid, pedid al Señor
que os sea propicio. Él se deja convencer con más facilidad por
estas oraciones nocturnas, cuando transformáis el tiempo dedicado al
reposo en tiempo de lágrimas... Hacedlo también vosotros,
los hombres, y no sólo las mujeres... Si tenéis hijos, despenadlos
y que vuestra casa se haga realmente una iglesia durante la noche"22.
Si
hubiésemos de resumir los datos más significativos,
deberíamos hacer resaltar la unión de la oración familiar
con la eucaristía; el año litúrgico y la liturgia de las
Horas; una interacción profunda entre oración/liturgia y vida.
Esta
relación vital y este equilibrio, que siguieron siendo
típicos de la tradición oriental, no se han conservado en
Occidente.
Los desarrollos
de la tradición en el medievo y en las épocas recientes han sido
poco estudiados. Pensamos que sería interesante investigar estos
sectores: la oración por la mañana y por la tarde; la
oración en las comidas; los ejercicios piadosos y, en particular, el
rosario y el ángelus; las resonancias familiares del año
litúrgico; los aspectos domésticos de la celebración
de los sacramentos y de las exequias; las diversas formas de bendición
familiar; las experiencias de lectura y oración bíblica en
familia, especialmente en los ambientes de la reforma protestante.
La /
secularización y los cambios sociológicos que han atacado a la familia
en los países occidentales han puesto en peligro numerosas formas de
oración tradicional, pero otras se están difundiendo por efecto
de una nueva concepción eclesial de la familia cristiana y de una
pastoral renovada.
Familia
II. Nuevas
perspectivas teológicas y litúrgicas
En la
renovación general de ideas y posturas pastorales, que han sido causa y
efecto del Vat. II, en las últimas décadas han podido madurar
nuevas perspectivas teológicas y litúrgicas sobre los principales
valores en torno a la oración y a la liturgia familiar.
1. PERSPECTIVAS
TEOLÓGICAS. El primer aspecto indicado es una de las señales
más notables que se puede captar en el pueblo de Dios: un número
cada vez mayor de familias cristianas tienden a comprenderse y
experimentarse como iglesias domésticas. Ya lo subrayaba Pablo VI:
"Nos alegramos de que este sentimiento eclesial de la familia
cristiana se vaya despertando y difundiendo en la comunidad cristiana
doméstica, frecuentemente de manera ejemplar y edificante"23. Es un
gran descubrimiento, que ha ido hallando cada vez nuevas expresiones
significativas en el magisterio de los más recientes pontífices.
La primera
raíz de una comprensión eclesial de la familia nace del
descubrimiento de los grandes valores bíblicos del pueblo de Dios
(elección, alianza, consagración, promesa, etc.) en la
específica actuación familiar, y se desarrolla en la
consideración de la familia como imagen de
El segundo
aspecto es el concepto de liturgia del Vat. II como "ejercicio del
sacerdocio de Jesucristo", en el que "asocia siempre consigo a su
amadísima esposa la iglesia, que invoca a su Señor y por
él tributa culto al Padre eterno" (SC 7).
Familia
Un tercer aspecto
es la profundización del sacerdocio universal de
ios fieles,
ejercitado por todo el pueblo cristiano en la vida cotidiana y en la
participación en la liturgia, que encuentra una actuación
específica en el sacramento del matrimonio, del que nace la familia
cristiana. "Éste es —subraya Juan Pablo II— el cometido
sacerdotal que la familia cristiana puede y debe ejercer en íntima
comunión con toda la iglesia, a través de las realidades
cotidianas de la vida conyugal y familiar. De esta manera la familia cristiana
es llamada a santificarse y a santificar a la comunidad eclesial y al
mundo" (FC 55).
Aun teniendo
presente que la familia es una realización incompleta de la iglesia
y que no posee ministerios ordenados, la comprensión de la familia
como iglesia doméstica y de la liturgia como culto de la iglesia (y por
tanto ejercicio del sacerdocio cristiano) ya ha contribuido a poner nuevas
bases para el discurso acerca de una liturgia familiar, que puede abrirse
todavía a perspectivas más amplias.
2.
progresiva
participación de todos los miembros de la familia cristiana en la
eucaristía, sobre todo los domingos y días festivos, y en los
otros sacramentos, de modo particular en los de la iniciación
cristiana de los hijos. Las directrices conciliares han abierto una nueva
posibilidad a la familia cristiana, que ha sido colocada entre los grupos
a los que se recomienda la celebración comunitaria del oficio divino.
Pondrán asimismo cuidado las familias cristianas en celebrar,
incluso en casa y de manera adecuada a sus miembros, los tiempos y festividades
del año litúrgico" (FC 61).
Vamos a pasar
revista a los rituales renovados, para señalar los aspectos
familiares de la celebración y de la participación
litúrgica.
En el Ritual de
la iniciación cristiana de adultos se atribuye una importancia
particular a los familiares en la introducción de los
catecúmenos (Observaciones generales 7), y en particular al
padrino, que es como una "extensión espiritual de la misma
familia" y "ayudará a los padres para que el niño
llegue a profesar la fe y a expresarla en su vida" (ib, 8).
En el Ritual del
bautismo de niños, mientras se excluye, salvo en peligro de muerte,
la celebración del sacramento en casas privadas, se ponen de manifiesto
continuamente las responsabilidades de los padres al pedir el bautismo y
prepararse para él, la necesidad de una participación
consciente, las tareas que se les confían, el compromiso de guiar a los
niños a la maduración de la fe y a la futura participación
de la confirmación y la eucaristía.
También el
Ritual de la confirmación repite que "...a los padres
cristianos corresponde ordinariamente mostrarse solícitos por la
iniciación de los niños a la vida 833
sacramental"
y que ellos manifiesten también esta conciencia "por medio de
su activa participación en la celebración de los
sacramentos"
(n. 3). Es sobre
todo la familia la que representa al pueblo de Dios (cf n. 4).
La
constitución SC ha llamado la atención sobre la especial
relación existente entre la eucaristía y el matrimonio, pidiendo
que éste se celebre "habitualmente... dentro de la misa" (n.
78). "La eucaristía —reafirma Juan Pablo II— es la
fuente misma del matrimonio cristiano... Y en el don eucarístico de
la caridad, la familia cristiana halla el fundamento..." (FC 57).
El Directorio
para las misas con
niños
reafirma que la formación litúrgica de los niños "a
la familia cristiana corresponde principalmente" (n. 10). "Si
después los mismos niños, al participar en la misa, tienen junto
a ellos a sus padres y otros miembros de la familia, quedará
fuertemente consolidada la espiritualidad familiar" (n. 16).
"El
espíritu cristiano de las familias se desarrolla poderosamente si
los niños participan en estas misas en compañía de sus
padres y de otros miembros de la familia" (n. 16) (A. Pardo, Liturgia de
la eucaristía, col. Libros de la comunidad, Ed. Paulinas,
etc., Madrid 1979, 229).
En el Misal de
Pablo VI halla
Famili»
mos referencias
explícitas a la familia en la fiesta de la sagrada Familia y en un
formulario por .la familia en las misas por diversas circunstancias. De la
fiesta de la sagrada Familia, ahora más significativamente
relacionada con el misterio de navidad (domingo en la octava de navidad), y del
conjunto de las lecturas y oraciones surgen tres ideas fundamentales: Dios,
autor y fundamento de la vida familiar, y, por tanto, la familia en la
historia de la salvación; la asunción, en el misterio de la
encarnación, de la misma experiencia familiar, a la que se
propone como modelo la familia de Nazaret; la constante orientación de
la liturgia a no considerar la familia cristiana en sí misma, sino
siempre en el más amplio contexto de lafamilia Dei".
El ritual del
Sacramento del matrimonio, sacramento que fundamenta y expresa el
pacto nupcial entre los esposos haciéndolo "símbolo de
la unión de Cristo con la iglesia", invoca sobre la pareja la
bendición dada por Dios a la "primera comunidad humana, la
familia" (n. 35), y se refiere repetidamente en la
oración, en perspectiva de futuro, a la familia que nace, a su
comunión de vida, a su misión en la iglesia y en el mundo.
En el ritual para
La
dimensión comunitaria del pecado y de la reconciliación, resaltada
en el nuevo Ritual de la penitencia (n. 5), tiene una gran relevancia familiar,
como aparece en los mismos esquemas de examen de conciencia propuestos en el
apéndice. Esta importante perspectiva vuelve a recobrarla Juan Pablo
II: "La celebración de este sacramento adquiere un significaFamilia
do particular
para la vida familiar. En efecto, mientras mediante la fe descubren cómo
el pecado contradice no sólo la alianza con Dios, sino
también la alianza de los cónyuges y la comunión de la
familia, los esposos y todos los miembros de la familia son alentados al
encuentro con Dios, 'rico en misericordia', el cual, infundiendo su amor
más fuerte que el pecado, reconstruye y perfecciona la alianza conyugal
y la comunión familiar" (FC 58).
Por su parte, el
Ritual de la unción y de la pastoral de los enfermos subraya
que en el servicio de caridad prestado a los enfermos, "...tanto en la
lucha contra la enfermedad y en el amor a los que sufren como en la
celebración de los sacramentos de los enfermos... la familia de los
enfermos tiene una parte primordial" (nn. 33-34). Por otra parte, tanto el
rito de la unción como el de la comunión de los enfermos y del
viático se celebran normalmente en casa, con la participación
amorosa y consciente de los familiares.
El Ritual de
exequias prevé una "vigilia en casa de los difuntos", en la
que se ora varias veces por los familiares que sufren, mientras que el inicio
del verdadero y propio rito fúnebre puede comenzar en la casa del
difunto, con una atención afectuosa a los familiares. En los Praenotanda,
en efecto, se establece que, "al preparar la celebración de las
exequias, los sacerdotes considerarán... también el dolor de
los familiares y las necesidades de su vida cristiana" (n. 18) (A.
Pardo, o. c, 267).
Es significativa
la afirmación de
que además
lo haga recitando algunas partes de la liturgia de las Horas cuando
resulte oportuno, con lo que se sentirá más insertada en la
iglesia" (n. 27) (A. Pardo, o.c, 309). Y Pablo VI, en la
exhortación apostólica Marialis cultus (= MC), de 1974, tras citar
este texto, añade: "No debe quedar sin intentar nada para que esta
clara indicación halle en las familias cristianas una creciente y
gozosa aplicación" (n. 53). Por otra parte, en las preces de laudes
y vísperas, en las que se capta de forma tan inmediata el pulso de
nuestro tiempo, la temática familiar aflora con bastante
frecuencia2*.
No podemos
olvidar el tema de las / bendiciones, acciones de la iglesia en las que se
alaba a Dios por sus beneficios y se invoca su salvación sobre los
hombres. Algunas están reservadas a los ministros ordenados, pero
otras son confiadas también a los laicos, y muchas de éstas
—en forma tradicional o nueva— son de carácter familiar:
piénsese en las bendiciones de la mesa, en las bendiciones dadas a los
hijos antes de irse a descansar
o en la de
año nuevo. La iglesia romana ha introducido en su praxis
litúrgica renovada el libro titulado De Benedictionibus (= El Bendicional),
que dedica su primera parte, capítulo primero, a las bendiciones en la
vida de familia. Al introducir este tipo de bendiciones en un libro
litúrgico oficial, "entra en la liturgia de la iglesia un fragmento
de las costumbres familiares"27.
En la
celebración anual de los misterios de Cristo siempre ha tenido una
gran función pedagógica y espiritual la preparación y la
resonancia que los diversos momentos del / año litúrgico
tienen en la vida familiar. Es necesario admitir que la reforma
litúrgica se preocupó poco de este sector; por eso nos 835
parece
también de gran actualidad la ya citada orientación de Juan Pablo
II: "Pondrán asimismo cuidado las familias cristianas en
celebrar, incluso en casa, de manera adecuada a sus miembros, los tiempos
y festividades del año litúrgico"
(FC 61).
La reforma
litúrgica ha dado también principios generales para un
replanteamiento de los ejercicios piadosos en armonía con la sagrada
liturgia (cf SC 13). Algunos de ellos forman tradicionalmente parte de la vida
religiosa de la familia. Pablo VI, por ejemplo, ha recomendado a las
familias particularmente el rosario, "vastago germinado sobre el
tronco secular de la liturgia cristiana", notando que "no es
difícil comprender cómo el rosario es un piadoso ejercicio
inspirado en la liturgia y que, si es practicado según la
inspiración originaria, conduce naturalmente a ella sin traspasar
su umbral" (MC 48).
Más en
general, la profundización de la concepción de la iglesia y
de la oración misma han puesto en claro la exigencia de que se difunda,
renovando la praxis tradicional, una auténtica experiencia de oración
familiar, "zona intermedia entre la oración comunitaria del culto
público y la oración privada"28. Ya el Vat. II
había presentado la oración común como un momento
irrenunciable de la vida de una familia que se autoconsidera iglesia: "La
familia ha recibido directamente de Dios la misión de ser la
célula primera y vital de la sociedad. Cumplirá esta
misión si, por la mutua piedad de sus miembros y la oración
en común dirigida a Dios, se ofrece como santuario doméstico de
la iglesia" (AA 11). Y Pablo VI insiste: "... porque si fallase
este elemento, faltaría el carácter mismo de la familia como
iglesia doméstica. Por eso, debe esforzarse
Familia
para instaurar en
la vida liuníhar la oración en común" (MC 52).
Este
análisis de los nuevos rituales y de las más recientes
directivas del magisterio, a la luz de la recuperación de los
valores fundamentales de los que hemos tratado, permite articular el tema
familia/ liturgia a diferentes niveles.
a) La familia
como sujeto de la liturgia, en un triple sentido: cuando celebra sola una
acción litúrgica (como en el caso de la liturgia de las Horas o
de ciertas bendiciones); cuando participa como tal en una acción
litúrgica, celebrada quizá en su misma casa (eucaristía,
penitencia, unción de los enfermos, ritos fúnebres, etc.);
cuando la familia prepara, prolonga o revive en su propio ámbito la
liturgia de la iglesia (año litúrgico, sacramentos,
etcétera).
b) La familia
como objeto de la liturgia: en el sentido de que a ella se refiera algún
rito litúrgico o se efectúe para ella, se ore por ella o se trate
de ella, sobre todo en la / eucología, proponiendo una interpretación,
una imagen o un modelo de familia cristiana.
c) Finalmente, el
discurso se refiere también a algunas formas de / religiosidad popular
de carácter familiar, animadas por el espíritu de la liturgia,
especialmente en relación con el año litúrgico; y, en
general, a las diversas expresiones de la oración familiar, inspirada
por la lectura de la palabra de Dios.
III. Propuestas
pastorales
El desarrollo de
una relación más profunda entre familia y liturgia puede madurar
solamente a partir de una auténtica espiritualidad familiar que
sepa ser cada vez más consciente y creativa29. Nace de la palabra de
Dios y tiene su expresión más fuerte en la
participación litúrgica y en la oración común, y
pretende realizar en la vida concreta el espíritu de las
bienaventuranzas. Está animada por la convicción de los
padres y los hijos de ser llamados, con una única vocación, a
vivir juntos la alianza, el pacto de amor de Dios con su pueblo y a ser
testigos del evangelio en la propia situación concreta, comprendida como
un momento de la historia de salvación. Sintiéndose iglesia doméstica,
se comprometen a ser "un solo corazón y una sola alma",
creciendo juntos en la fe, en la esperanza y en la caridad, ayudándose
y edificándose unos a otros.
Pero si la
familia cristiana tiende con intensidad particular a hacer suyo el ideal de la
comunión eclesial, no se sentirá menos llamada a participar
de la misión de la iglesia, haciéndose cada vez más
protagonista de la pastoral y de la vida de comunidad cristiana parroquial
con su palabra, su acción y su mismo testimonio.
La
profundización y difusión de una experiencia familiar cristiana
más marcadamente eclesial podrá hacer surgir con mayor intensidad
la familia en el movimiento litúrgico, dando vida a una fase
más típicamente familiar en la renovación
litúrgica. Dentro de ciertos límites, compartimos lo que escribe
P. Dufresne:
"Las familias en particular, una vez convencidas de la necesidad de
tener una expresión propia, deben dar vida a una liturgia asimismo
propia. Les toca a ellas tomar la iniciativa, intentar experiencias,
redescubrir símbolos que sean realmente significativos para ellas en el
mundo de hoy. En este trabajo de creación de una liturgia familiar toca
a los pastores 836
la misión
de abrir pistas, indicar posibilidades, dar orientaciones, establecer los
puntos de partida, suscitar iniciativas y coordinar las experiencias,
confrontándolas con las de los demás y con la herencia del
pasado"M.
Pero esta
postura, a nuestro parecer, no carece de ambigüedad: no nos parece
que tenga en cuenta lo incompleto de la familia como realización de la
iglesia, con los consiguientes límites intrínsecos de cara a la
concepción de una liturgia familiar. Más aún, precisamente
en la participación en la liturgia es donde la familia se realiza en la
más amplia dimensión eclesial. Esto, sin embargo, no es
óbice para que se reconozcan espacios más amplios para toda la
dimensión familiar de la vida litúrgica, que se expresa en los
diferentes niveles mostrados por el análisis de los rituales, y que
puede ciertamente hallar expresión más espontánea y rica.
En este sentido,
los datos más significativos de la tradición pueden representar
la base para futuros desarrollos. Trataremos de poner en claro algunas
perspectivas:
a) Un
redescubrimiento de la relación originaria entre eucaristía y
comensalidad cristiana podría llevar en algunas circunstancias a la
recuperación del ágape (carácter memorial, social,
eclesial, escatológico); pero sobre todo podría inspirar
más profundamente la oración de las comidas, con una
atención particular a su dimensión eucarística. Esta
oración de la mesa puede asumir diversas modalidades, experimentadas
por muchas familias: fórmulas fijas o variadas, recitadas por el cabeza
de familia o por otros miembros, como, por ejemplo, el hijo más
pequeño; breves versículos dialogados, un momento de silencio 837
cerrado por una
oración; oraciones espontáneas por turno, un canto, etc.
b) La
participación en la eucaristía, en que la familia se realiza
más plenamente como iglesia doméstica, puede abrir
posibilidades diversas a una liturgia familiar: ante todo, la eucaristía
dominical en la parroquia, en la que toman parte juntos todos los componentes
de la familia; en circunstancias particulares, como en las más hermosas
fiestas familiares, también la eucaristía ferial; la misa
doméstica, celebrada en casa de una familia que invita y acoge a otras
familias, en circunstancias particulares o como momento fuerte en el camino de
fe de un grupo de familias que se reúne en torno a la palabra de Dios.
Tales celebraciones podrán asumir algunas modalidades familiares
típicas: preparación del altar, participación de grandes y
pequeños en la oración universal, colecta de ofrendas para
alguna finalidad particular, presentación de motivos de agradecimiento y
compromiso, canciones y oraciones de carácter familiar, etc."
c) La liturgia de
las Horas ha sido presentada por Pablo VI como "cumbre a la que puede
llegar la oración doméstica" (MC 54). Esta indicación
merece ser comprendida y acogida mejor a la luz de ciertas consideraciones. La
primera es ésta: la familia que se reúne para la
celebración de la liturgia de las Horas se hace ella misma y por
sí misma sujeto de una acción litúrgica de la
iglesia; a pesar de las apariencias y prejuicios contrarios, esta forma de
oración eclesial, además de ser muy significativa por su
riqueza de inspiración y de contenido, se presta bien a una
interpretación familiar, por su carácter dialógico
y coral, por la posibilidad de participar con intervenciones dife
Familia
rentes, por su
misma estructura abierta a la oración espontánea y a la
meditación silenciosa. Pero, pese a estas constataciones verificadas por
la experiencia, estamos de acuerdo con los que piden y buscan, para una
valoración familiar de la liturgia de las Horas, un mayor espacio de
adaptación recordando lo que prevé
col. Libros de la
comunidad, Ed. Paulinas, etc., Madrid 1980, 354).
d) También
la participación en algunos sacramentos y sacramentales puede tener
un carácter doméstico y familiar: pensemos ante todo en los
ritos que se celebran en casa, como la unción de enfermos, la
comunión de enfermos, la vigilia en casa del difunto o el primer momento
del rito fúnebre; el. aspecto familiar del sacramento de la penitencia,
que se puede expresar también en familia por una preparación
y acción de gracias comunitarios; la resonancia familiar de los sacramentos
de la iniciación cristiana, de la misa de primera comunión: momentos
de la historia de una familia que ofrecen a todos sus componentes la
posibilidad de asociarse a un camino de fe y vivir un sacramento como un
acontecimiento de gracia para toda la familia, esforzándose por superar
los problemas, condicionamientos y dificultades diversas que con
frecuencia comprometen el
Familia
significado
más profundo de estas experiencias cristianas ".
e) La iglesia
doméstica vive el año litúrgico en comunión con la
gran iglesia, no sólo como un factor sumamente eficaz de
formación permanente, sino como un itinerario de vida cristiana, en
el que Cristo nos hace participar de sus misterios para asemejarnos cada vez
más a él y para unirnos cada vez más a su iglesia. Todo
esto se realiza por la participación en las celebraciones de la iglesia,
pero con una irradiación en la vida familiar que inspira no solamente
costumbres tradicionales y muchos aspectos del folclore, sino también
encuentros de oración, ritos domésticos, celebraciones
familiares centradas en la palabra de Dios: piénsese, por
ejemplo, en el tiempo de navidad, en la "corona de adviento", en
la novena de navidad en familia, encuentros de oración para la
inauguración del belén o del árbol de navidad, etc. En
cambio, no nos parece oportuno, en las situaciones eclesiales normales,
favorecer celebraciones alternativas a las de la iglesia, como cuando se habla
de "vigilia pascual en familia". Otra cosa muy diferente es una
integración e interpretación familiar de la liturgia de la
iglesia. Aquí se pueden valorar elementos tradicionales o dar
espacio a una nueva / creatividad que exprese la vitalidad religiosa y las
particulares exigencias de la familia.
f) También
pueden ser un desarrollo de la liturgia familiar las bendiciones, a
través de las cuales, en particulares circunstancias de la vida
doméstica, se alaba al Señor y se le da gracias por sus
beneficios, implorando también para el futuro su protección
paterna. La bendición no se agota necesariamente en una
oración, sino que ésta podrá
838
ser precedida por
la palabra de Dios y acompañada por un pequeño rito
(imposición de manos, signo de la cruz, aspersión con agua
bendita): será un ejercicio del sacerdocio universal y del
ministerio conyugal de los padres, que da significado a determinadas circunstancias
de la vida familiar, las cuales se convierten en ocasión para volverse
hacia Dios, dándole gracias y pidiendo su ayuda.
g) Más en
general se puede aludir al problema de la oración familiar entendida
como experiencia cotidiana de una familia cristiana. Es un problema,
ante todo, de fe y de sentido eclesial; pero es también un problema
práctico: de organización, de formas concretas, de ritmos justos,
adecuados a las condiciones de vida de personas diferentes que viven juntas. Ya
hemos aludido a la liturgia de las Horas, a la oración de la mesa y a la
tradición del rosario en casa. Todavía podemos hacer
referencia, entre las formas más comunes, a la oración de la
mañana y de la tarde, y quizá más fácilmente a esta
última: hay pocas fórmulas breves que sirvan de marco a un
momento de oración más personal y espontánea, inspirada en
la jornada transcurrida, introducida por una breve lectura
bíblica. Pero algunas familias prefieren dar a su oración
común un ritmo menos frecuente; por ejemplo, una frecuencia semanal, a
través de un encuentro en torno a la palabra de Dios que se hace
reflexión, revisión de vida, intercambio de experiencias y
de dones espirituales, y programación común de un compromiso
cristiano, vivido en la multiplicidad de las experiencias cotidianas, pero
con "un solo corazón y un alma sola". "Sabemos muy bien
—anota Pablo VI— que las nuevas condiciones de vida de
839
los hombres no
favorecen hoy momentos de reunión familiar y que, incluso cuando esto
tiene lugar, no pocas circunstancias hacen difícil convertir el
encuentro de familia en ocasión para orar. Difícil, sin
duda. Pero es también una característica del obrar cristiano no
rendirse a los condicionamientos ambientales, sino superarlos; no sucumbir ante
ellos, sino hacerles frente. Por eso, las familias que quieren vivir plenamente
la vocación y la espiritualidad propia de la familia cristiana,
deben desplegar toda clase de energías para marginar las fuerzas
que obstaculizan el encuentro familiar y la oración en
común" (MC 54).
Conclusión
Hemos presentado
muchas posibilidades, sin proponer opciones y determinaciones concretas.
En efecto, pensamos que se trata de recuperar e indicar modelos y
fragmentos de experiencia que puedan entrar en una búsqueda
que sólo las familias particulares pueden hacer, construyendo día
a día su camino de fe y de vida eclesial.
Como es verdad
que "la sagrada liturgia no agota toda la actividad de la iglesia"
(SC 9), así es también evidente que la familia es iglesia
doméstica sólo cuando celebra, ora y escucha la palabra; pero
estos momentos cualificados de realización eclesial, buscados con
amor y frecuentemente con verdadera imaginación creadora, cuentan
entre las expresiones más significativas y prometedoras de un nuevo
sensus ecclesiae, que ya muchas familias cristianas viven con una intensidad y
conciencia que quizá las generaciones precedentes no han conocido.
[/ Grupos
particulares; / Niños; / Jóvenes].
Familia
NOTAS-. ' Juan
Pablo II, exhortación apostólica Familiaris consortio.
Librería editrice vaticana, 1981. La citaremos con la sigla FC —
preghiera della
chiesa all'inizio e al termine del giorno, Ave, Roma 1971 — " B.
Fischer, l.c. (nota 2), 53 — " Ib, 51-58 — l6 Hom. in Mt.
17,6: PG 58, 709s — l7 Hom. in Gn. 6,2; PG 54, 607 — l8 Exp. in Ps.
41,2: PG 55, 158; Hom. in Ep. ad Rom. 24,3: PG 60, 626 — " Sermo de
Ánna 2,5: PG 54, 650 — M Hom. in Ep. ad Coloss. 1: PG 62, 364 —
2I Hom. in Ep. ad Tim. 6,1: PG 62, 530 — 22 Hom. in Mi. 26,3-4: PG 60,
202-203 — 23 Inst. de Pablo VI XIV (1976) 640 — " Cf D.
Sartore, La famíglia, chiesa domestica, en Lateranum n. s. XLV
(1979) 282-303 — 25 Cf R. Falsini, La famiglia nella liturgia, en RPL n.
102 (1980) 38 — 7b El tema no aparece en adviento; aflora en el
tiempo de navidad, una vez en las laudes y seis veces en las vísperas;
en cuaresma, tres veces en las laudes; en el tiempo de pascua, nunca; en el
tiempo ordinario, siete veces en las vísperas; luego, en el común
de la bienaventurada V. María y de las santas; después hay
varias temáticas afines: mujer, hijos, etc. — 27 Cf D. Sartore, //
nuovo Benedizionale ledesco, en RPL 113 (1982) 31-39 — 2» B.
Fischer, l.c. (nota 2), 51 — N Cf D. Scarpazza, Comunitá
familiare e spiritualitá cristiana, Roma 1974; G. Moioli,
Spiritualitá coniugale, en VV.AA., Nuova enciclopedia del matrimonio
(por T. Goffi), Brescia 1975, 333-345; P. Scabini, La spiritualitá
coniugale, en VV.AA., Realtá e valori del sacramento del matrimonio,
por A.M. Triacca y G. Pianazzi, Roma 1976, 331-348; G. y G. Campanini,
Famiglia, en NDS, 623-638 — 30 P. Dufresne, l.c. (nota
Fe y liturgia
7), 227 —
3I VV.AA., La messa in casa, Cittadella, Asís 1969 — M Cf J.
Potel, Vita familiare e cetebrazioni liturgiche: nascita, morle e matrimonio,
en Con XVII (1981/2)
137-147.
D. Sartore
BIBLIOGRAFÍA:
Iceta M., Hogares en oración, Ed. SM, Madrid 1979; Galdeano J.G.,
Calendario y liturgia familiar, Perpetuo Socorro, Madrid 1976; Ledogar R.,
Bendición de la mesa y eucaristía. Cuestiones planteadas desde
las ciencias sociales, en "Concílium" 52 (1970) 272-285;
Llabres P., La oración familiar. Orientación y
valoración litúrgica, en "Phase" 48, 536-542; Pratt I.,
Oración en el hogar. Testimonio de una madre de familia, en "Concilium"
52 (1970) 253-258. VV.AA.,
Oraciones y
cánticos en familia del hombre de
nuestros
días, en "Concilium" 52 (1970) 286
302.
FE,
PROFESIÓN DE
/
Profesión de fe
SUMARIO: 1. La
relación fe-liturgia en el debate actual: líneas de evolución
y desarrollo - II. Relectura de capítulos y momentos diversos de la
tradición litúrgica - III. Reflexiones conclusivas y
orientaciones teológicopastorales.
Reflexionar sobre
la relación existente entre fe y liturgia significa encontrarse en uno de
los temas más interesantes que ayudan a comprender la naturaleza de la
liturgia cristiana y a interpretar el papel que tiene dentro de toda la
actividad eclesial. La conciencia de este carácter fundamental de nuestro
tema invita a prestar atención en primer lugar a las líneas de
estudio con que, en el debate reciente, se ha explicado y se sigue 840
explicando
todavía hoy (I); esa escucha crítica permite pasar revista,
desde nuevos puntos de vista, a algunos capítulos de la praxis
litúrgica, en los que se muestra particularmente la
relación fe-liturgia (II). El análisis de la tradición,
además de la documentación que siempre ofrece, constituye
también una contribución crítica al replanteamiento
de todo el problema (III) desde enfoques diversos y más ricos que los
prevalentemente apologéticos o intelectuales, que han podido gozar
de tanto espacio en la consideración teológica reservada por
los manuales a la relación entre fe y liturgia.
I. La
relación fe-liturgia en el debate actual: líneas de evolución
y desarrollo
La relectura de
algunos de los más importantes estudios que se han enfrentado
críticamente con el problema teológico de la relación
entre fe y liturgia —expresado generalmente como búsqueda de
las razones y condiciones para que la liturgia se pueda entender como locus
theologicus, o bien como análisis del binomio lex credendi-lex
orandi— permite poner de relieve algunos desarrollos que son significativos.
1. La necesidad,
con frecuencia declarada públicamente y puesta en evidencia por los
autores, de una
•correcta
hermenéutica a la hora de estudiar las relaciones entre feliturgia-teología,
ya es de por sí un síntoma de que aquí existe un problema;
en efecto, en los tratamientos manualísticos, la referencia a la
autoridad de una fuente litúrgica se hacía frecuentemente
con una óptica estrictamente demostrativoapologética, o bien
en una perspec841
tiva tendente a
justificar el recurso a ella sólo con la finalidad de tener un
"elemento de confirmación autoritativo de una determinada manera de
ver conceptualmente el dato de fe"1. Es evidente que la objeción
levantada por la crítica a este modo de proceder no pretende negar la
legitimidad del recurso a fuentes litúrgicas en el trabajo de elaboración
de la reflexión teológica; por lo demás, el uso del
binomio lex credendi-lex orandi es bastante frecuente en los mismos
documentos del magisterio2. La objeción pretende, más bien, suscitar
el problema del modo como, de hecho, tiene lugar tal recurso; en particular, se
pide que se respete el peculiar testimonio del dato litúrgico y se
use una hermenéutica adecuada a la naturaleza de un texto usado por
la liturgia. Bajo este aspecto, los análisis, hoy en día
conclusivos, sobre el verdadero sentido del célebre adagio atribuido a
Próspero de Aquitania (Legem credendi lex statuat supplicandi)
constituyen una
primera aportación clarificadora': reconducido a su sentido y contexto
verdadero, expresaría la necesidad de que la praxis
litúrgica se enraice siempre y profundamente en la tradición
bíblico-patrística; pero de ninguna manera pretendía
apoyar un modo rígido y unilateral de entender el testimonio
litúrgico en términos de prueba de la fe ortodoxa de la iglesia \
2. El compromiso
de elaborar una correcta hermenéutica del dato litúrgico para
llegar a una mejor comprensión de la relación feliturgia ya
está presente en algunos de los más notables y autorizados
teólogos liturgistas. En una presentación, aunque sea
sólo inicial, de las características que debe tener una ciencia
litúrgica, hallamos pre
Fe y liturgia
cisiones que
ayudan al estudioso a llevar a cabo las debidas distinciones al afrontar e
interpretar el dato litúrgico: es diferente, por ejemplo, la autoridad
de uno u otro libro, de una u otra tradición, de uno u otro texto eucológico;
la exégesis teológica nunca podrá prescindir de estas
leyes interpretativas elementales5. En la célebre síntesis
de teología de la liturgia elaborada por Cipriano Vagaggini el tema se
va enriqueciendo todavía más; si, por una parte, se recuerdan
y precisan las reglas hermenéuticas, por otra, aparece cada vez
más claramente la conciencia de la connotación totalmente
singular del lenguaje litúrgico y de la peculiaridad de la
situación celebrativa, que es por su misma naturaleza experiencial,
y hace continuamente referencia a la realidad simbólica en su
concreto devenir6. Por tanto, no sorprende que un autorizado manual de
liturgia, editado en vísperas del Vat. II, contenga una
aclaración ya definitiva al respecto: el empleo del testimonio de la
liturgia como locus theologicus se debe coordinar siempre con el respeto
hacia aquello que es específico de la misma liturgia, en particular de
su ser acción y de su intrínseca naturaleza simbólica
\
3. En continuidad
con estas precisiones señalamos algunas orientaciones de la
reflexión teológica reciente, que iluminarán posteriormente
el problema de las relaciones entre fe y liturgia. Tras precisar que el
tema se coloca dentro de la investigación de los "modos por los que
se realiza la revelación", Stenzel" pone en marcha un
digno intento de profundizar la peculiaridad del hecho litúrgico
partiendo de algunas connotaciones: subraya particularmente la virtualidad
operativa de la palabra
Fe y liturgia
celebrada, el
carácter experiencial —hecho aún más evidente e
incisivo, puesto que los protagonistas de la liturgia se reencuentran
periódica y cíclicamente en asamblea cultual— del
momento celebrativo, la referencia estructural a la categoría de memoria
para definir la naturaleza de la realidad litúrgica'. Bajo este
aspecto, el sentido que se debe dar al binomio lex credendi-lex orandi,
más que en la línea de los contenidos expresados en los textos,
debería buscarse sobre todo en el hecho de que dentro de la asamblea
celebrante se realiza el encuentro personal con Dios: "En esta
realización (y, propiamente hablando, sólo en ella), la
liturgia es, por entero, fuente. De este modo, el crecer auténtico en el
conocimiento de fe es un conocerse cada vez más a sí mismo.
Aquí, la iglesia, el gran misterio de fe, se conoce a sí misma.
En el acontecimiento de fe de los que celebran una fiesta aquí y ahora,
casi sin advertirlo, están irresistiblemente en la posesión nueva
de la misma y única fe"l0.
De no menor
importancia es la investigación teológica que cualifica la praxis
litúrgica como una función de la iglesia, o sea, en la
óptica típica de la reflexión teológicopastoral
".La opción de considerar la liturgia como una de las maneras
fundamentales "de comunicar la revelación en el tiempo de la iglesia"
debe necesariamente introducir en una consideración más amplia y
articulada acerca del modo de entender la relación fe-liturgiai;:
algunos desarrollos que apreciaremos tanto en la investigación
histórica (II) como en las reflexiones conclusivas (III) lo
mostrarán claramente.
4. Ante tales
perspectivas, nuestro estudio del tema se ve obligado a continuas
verificaciones y pro
842
fundizaciones.
Los resultados que surgen de los diversos ámbitos de búsqueda en
torno al dato litúrgico sugieren que de hecho están madurando
elementos para una consideración bastante renovada de la
relación fe-liturgia.
En la
investigación acerca del lenguaje litúrgico, por ejemplo, el
progresivo centrar la atención sobre la categoría de memoria
ayuda a establecer en términos nuevos la relación entre la
función/testimonio de la liturgia y el anuncio/proclamación
de la fe, y a manifestar todos los componentes implicados en ella: "En
realidad [la liturgia] es un comunicar con el Viviente (confesión-acción
de gracias-súplica) y un comunicarnos lo que el Viviente realiza
para nuestra transfiguración. Pero es un comunicar actuando en la
fe, o lo que se nos ha dicho que repitamos, o lo que la contemplación
viva de la iglesia ha sugerido y/o sugiere que hagamos. Esta acción-comunión
se funda, se debería fundar... sobre dos planos comunicativos
absolutamente armónicos: la palabra y el cuerpo; la primera
comprende la palabra de Dios propiamente dicha y la palabra de los
hombres; el segundo, todo lo que no entra en el lengua
je verbal: los
símbolos, los signos, el canto, el silencio, el grito, las actitudes y
gestos corporales" ". En esta misma dirección es muy interesante
el análisis que descubre dos dimensiones estructurales en la
función de la liturgia: la dimensión
kerígmático-profética, con la consiguiente
acentuación del valor de la palabra, y la
doxológico-simbólica, en que se hace resaltar el valor
simbólico del rito y su repetitividad ". Comprendidas y
recibidas en una lógica de complementariedad y no de alternativa, estas
acentuaciones orientan y ayudan a comprender mejor cuál debe
ser el punto de
843
mira
específico con el que leer y valorar la función de la liturgia;
por lo demás, el progresivo imponerse en la literatura reciente de la
categoría de confesión de la fe, atribuida a la
liturgia como elemento especificador, es un índice bastante
significativo al respecto l!.
También en
la literatura que estudia las relaciones entre liturgia y catequesis aparecen
anotaciones interesantes para nuestro tema: bien porque al subrayar la peculiaridad
de los dos lenguajes/funciones de la catequesis y de la liturgia es cada
vez más necesario hacer referencia (para especificar mejor la segunda) a
la totalidad de la celebración entendida como global
situación de lenguajel6, bien porque, en el esfuerzo de fundamentación
teorética de la naturaleza de la catequesis dentro de la totalidad
de la praxis eclesial se abren perspectivas que cualifican mejor la
peculiaridad del celebrar la salvación en el interior de la vida de la
iglesia entendida como "realidad que profesa la fe en la palabra de Dios,
y por tanto en el acontecimiento Jesucristo, único camino de
salvación también para el hombre y la sociedad de hoy"
".
5. Si revisamos
sintéticamente las características fundamentales de las
posiciones que examinan o intentan comprender el problema de la relación
fe-liturgia, vemos claramente que están unidas a dos diferentes
orientaciones de fondo.
Una —la que
comenta lo específico de la función litúrgica dentro de la
praxis eclesial conjunta— va claramente en el sentido de la
valoración y profundización de todas las potencialidades de
la celebración; la otra —marcada por una preocupación
más que nada apologética, y que considera sobre todo el contenido
de un texto litúrgico escrito—
Fe y liturgia
coloca en primer
plano el aspecto de ortodoxia y/ o de profesión de la fe de la iglesia
contenido en la praxis ritual. Más allá de la pura y simple
constatación de esta doble orientación, es posible notar una
diversidad de situaciones históricas, dentro de las cuales se
sitúa la investigación teológica en general y la
reflexión sobre la praxis eclesial en particular: la segunda nos remite
a épocas en que la teología era entendida sobre todo como
teología del magisterio; entonces se consideraba como misión
fundamental de la iglesia la salvaguarda del patrimonio doctrinal heredado
de épocas precedentes; la primera depende de una concepción
más amplia y articulada de teología y se abre
dinámicamente a considerar todas las dimensiones con las que la iglesia
está llamada a vivir y testimoniar su misión propia en el
mundo.
Bajo este aspecto
no extraña que las distintas condiciones eclesiales actuales sirvan de
estímulo y de punto de referencia continuo también en la
consideración de nuestro tema. En particular, algunas de las
encrucijadas pastorales modernas inducen a examinar ulteriores
aspectos de la relación fe-liturgia. Insinuamos los más
importantes.
La
valoración realista de las condiciones en que se sitúa hoy la praxis
sacramental impulsa a leer la relación fe-liturgia también en el
sentido de que la fe se configura —y se deberá siempre configurar,
en una correcta visión pastoral— como imprescindible
condición de celebrabilidad del rito cristiano; los criterios redaccionales
de los nuevos / libros litúrgicos y la problemática que
un poco por doquier en esta década ha puesto en primer plano la
perspectiva de la / evangelización como opción prioritaria
Fe y liturgia
de la
acción pastoral están clara
mente en esta
dirección 18.
Después,
cuando se sitúa el capítulo de la praxis litúrgica
frente a la vistosa heterogeneidad de las situaciones de fe que con gran
frecuencia conlleva hoy cualquiera de nuestras asambleas de creyentes, es
inevitable el intento de hacer resaltar uno u otro de los valores de la
liturgia cristiana —iníciatoria, contemplativa,
catequética, doxológica, kerigmática, etc.—
según el criterio de la estrecha conexión entre el desarrollo de
la acción ritual y la asamblea concreta; esta tarea debe desembocar
también en un desarrollo/profundización del modo de entender la
relación feliturgia ".
La
constatación de que todavía hoy la iglesia —en continuidad
con una antiquísima memoria pastoral que dio origen a la singular estructura
del / catecumenado cristiano— proponga un modelo autorizado
para comprender y conducir el camino de iniciación a la fe/ iglesia
(camino en cuyo interior es normal que se fundan momentos didascálicos,
kerigmáticos y celebrativos), constituye de hecho el
estímulo para reflexionar sobre el mundo vario y articulado con que se
manifiesta la dialéctica fe/liturgia, entendida como
condición normal del actual camino de apropiación
personal de la fe20.
Un último
aspecto se refiere a la lógica global que inspiró casi todo el
trabajo de revisión de los libros litúrgicos después del
concilio; en efecto, tal trabajo al parecer se inspira en algunos criterios de
fondo que no nos parecen irrelevantes para nuestro problema. Recordamos
en particular la opción por manifestar en el rito la conciencia de
fe propia de la iglesia de hoy; la decisión de estructurar la celebración
de tal modo que sea posible 844
una
participación activa y consciente en el misterio del cual el rito
es memoria; la atención a situar la celebración en una correcta
lógica de fe-sacramento; el compromiso de valorar la dimensión
didáctica y catequética de los ritos litúrgicos para
configurarlos como momentos de alimento real de la fe del creyente2'.
Desde el punto de vista de nuestra investigación, esta criteriologia
obedece también a una manera articulada de entender y desarrollar
el entramado concreto que une la fe y la celebración litúrgica.
II. Relectura de
capítulos y momentos diversos de la tradición litúrgica
La
panorámica surgida de la recensión crítica del debate
acerca de la relación fe-liturgia justifica, y por otro lado hace
completamente deseable, un retorno a la escucha prolongada y atenta de la
tradición; por lo demás, ya se ha dicho que la
problematización en el modo de entender el binomio lex credendilex
orandi nació también por causa de una verificación
más rigurosa de cuanto la praxis antigua testimoniaba al respecto.
Sin la
pretensión de ser exhaustivos, y más bien en forma de indicaciones
de alguna manera sintetizantes, interrogaremos algunos capítulos
y momentos de la tradición22. En la elección nos hemos dejado
guiar por diversos criterios: en particular, hemos intentado abordar
capítulos de praxis diversa entre ellos, o bien homogéneos-pero
leídos en épocas diferenciadas, de manera que podamos verificar
si existen constantes en el modo de entender el problema; también hemos
intentado esbozar un muestrario suficientemente representativo de un
capítulo de dimensiones
845
bastante mayores,
tratando de ver en qué lugares esa relación fe-liturgia
históricamente se ha tratado de manera explícita o está
presente de hecho de manera directa.
1. Si la escucha
de los textos bíblicos tiene siempre gran importancia, en nuestro
caso adquiere un interés aún mayor por la singular presencia de
dos condiciones en el contexto que origina
Limitándonos
a sugerir algunas pistas específicas de búsqueda2', recordamos
ante todo el significado de la estructura que domina en la liturgia de las
grandes convocaciones del pueblo para celebrar o renovar la alianza con Yavé:
los temas del anuncio de la palabra, de la profesión de fe coral y de la
adhesión incondicional a las exigencias que brotan de la contemplación
de la historia del amor de
Dios parecen las
categorías que
mejor expresan la
lógica interna de
la celebración
cultual en Israel 2\
También el
análisis de las oraciones más frecuentes y populares de la
tradición judía permite hacer anotaciones interesantes sobre el
modo de entender la relación feliturgia; pensemos, por ejemplo, en
el salterio mismo, en la oración cotidiana del Shema Israel, en el
servicio sinagogal de cada sábado, etcétera25. Los temas de la
oración
Fe y liturgia
celebrada por la
asamblea o por el particular, su inspiración de fondo y la
articulación por la que se expresa muestran hasta qué punto es
central la categoría de la confessio fidei entendida como
referencia prioritaria interpretativa de la oración
litúrgica del judaismo; bajo este aspecto, el análisis de los
textos del NT utilizados para el culto cristiano de los orígenes constituye
una ulterior confirmación M.
Pero el
capítulo más interesante para nuestro tema es el de la liturgia
de la fiesta judía. El entramado de elementos celebrativos (palabracanto-oración,
etc.) configura cada una de las fiestas como un lugar verdadero y propio de la
proclamación/confesión de la fe. Desde este preciso punto de
vista no parece exagerado afirmar que la liturgia de las diversas solemnidades
distribuidas a lo largo del año es como un solemne
"credo" coral del judaismo 2'.
En la celebración
cultual, por tanto, tenemos la presencia simultánea de estos
elementos: anuncio de fe (o sea, proclamación de la historia del
amor de Dios hacia su pueblo); adhesión a esa fe bajo la modalidad
litúrgica de la doxología, de la acción de gracias,
de la "confessio"; recuerdo del acontecimiento de
salvación, del que nace y se alimenta la fe.
2. La praxis de
configurar la solemne profesión de fe trinitaria como elemento
estructural de la liturgia bautismal —y, más en general, de la
liturgia de la iniciación cristiana entendida en su globalidad—
es un dato de tradición antiguo y universal. Para iluminar mejor una y
otra componente de la relación fe-liturgia nos puede ser útil
poner de relieve algunos elementos al respecto.
Ante todo hay que
decir que la
lógica que
subyace a esta praxis es
una de las
constantes de toda la
tradición
bíblica: el dinamismo que
acompaña
al concreto devenir del
binomio
kerigma-profesión de fe se
pone de
manifiesto en el momento
fundamental del
acceso a la regene
ración
bautismal por parte de quien
ha vivido el
camino iniciatorio de
conversión
a.
El
análisis más detallado de los datos de tradición descubre
también la conciencia de la intrínseca conexión entre
bautismo trinitario y profesión de fe trinitaria. El sentido de la
traditioIredditio symboli y de la professio fidei manifiesta todo su valor
eclesiológico en el progresivo crecimiento hacia esa solemne
proclamación de la fe prevista por los ritos bautismales de la noche de
pascua. Para quien está entrando en esa realidad trinitaria que es la
iglesia, no hay praxis más significativa que la gradual explicitación
de la fe en el Padre, y en el Hijo, y en el Espíritu Santo M.
Además, el
estudio particularizado de las fórmulas con las que antiguamente se
expresó la profesión de la fe bautismal ilumina algunas
constantes de interés; piénsese, por ejemplo, en la
referencia normal a la fe apostólica como garantía de
tradición y ortodoxia; en la misma estructura trinitaria, tanto de la fe
profesada cuanto del acontecimiento bautismal celebrado; en la
colocación de tal acontecimiento dentro de un itinerario de
iniciación que expresa el profundo dinamismo subyacente al camino de la
fe M.
Podemos afirmar
que, desde una consideración de carácter general, este
capítulo de la praxis litúrgica expresa una particular
singularidad en el modo de entender y utilizar el binomio lex credendi-lex
orandi. En particular merece destacarse cómo la preocupación
prioritaria testimo
846
niada por los
rituales bautismales no es tanto la de garantizar una profesión ortodoxa
de la fe cuanto la de indicar la naturaleza propia del sacramento de la fe
poniendo en el centro de todo la solemne professio, y dejar
suficientemente claro el sentido y los contenidos del acontecimiento
bautismal. Análogamente, la constante presencia de una relación
fe-liturgia a través de todo el itinerario catecumenal manifiesta una
peculiaridad del camino de iniciación a la fe (más aún, de
la misma pertenencia a la iglesia) y connota una condición perenne de la
vida del discípulo, llamado continuamente a asimilar la fe y a celebrarla
en la asamblea de los hermanos. Bajo este aspecto, los ritos de la
iniciación cristiana constituyen un ejemplo particularmente expresivo
de la naturaleza de la fe cristiana y de la naturaleza del acontecimiento
litúrgico, dentro del cual se sitúa y celebra la professio fidei.
3. No puede
dudarse de que la oración eucarística se concibió en toda
la antigüedad cristiana como un lugar absolutamente singular y
privilegiado de la proclamación de la fe de la iglesia: todos los
análisis histórico-teológicos al respecto
—desde el estudio de las conexiones entre la anáfora cristiana y
la tradición litúrgica judía hasta el examen de las
ricas tradiciones de Oriente y Occidente— indican esta dirección.
Ahora se trata de señalar algunas implicaciones que este dato tan
tradicional comporta para la comprensión de nuestro problema; la
consideración global de los datos que brotan del estudio de la tradición
anafórica tanto oriental como occidental permite indicar algún
punto interesante.
Un primer aspecto
se refiere al proceso de diferenciación de los textos de oración
eucarística; tal
847
proceso
está en estrecha conexión con el nacimiento de diversas familias
litúrgicas dentro de áreas eclesiales homogéneas, y
revela bastante bien la común convicción de que, sobre todo en la
liturgia eucarística, la iglesia manifiesta y expresa su propia fe. Sin
embargo, todo esto no comporta de ningún modo la unicidad o la rigidez
de los formularios: el hecho de que la oración eucarística
sea lugar de la confesión de la fe auténtica coexiste con la
praxis de la diferenciación de los textos en los que es formulada
concretamente.
Un ulterior punto
de vista es la consideración que se da a la función y estructura
de la anáfora. Es interesante notar cómo, en el caso
típico de la plegaria eucarística, la relación fe-liturgia
se lee y se comenta en estrecha conexión con la función
específica que se atribuye al canon en el curso de la celebración
de la cena del Señor; se subraya en particular que en él se
expresa y debe concretamente manifestarse la comunión eclesial; que
su desenvolvimiento debe ser el lugar de una experiencia del misterio
celebrado; se recuerda también que precisamente de estas experiencias
debe nacer la doxología3I.
Parece por tanto
evidente que, aun antes que en los contenidos, la lex credendi se expresa en la
función/estructura del texto/rito. La observación adquiere
una importancia todavía mayor cuando comparamos este modo de interpretar
la anáfora, típico de la tradición más antigua, con
las características enteramente diversas de los comentarios al
canon en las Expositio Missae medievales. En estos singulares instrumentos
catequéticos de la época carolingia, en efecto, la aproximación
y comprensión del texto eucarístico son prioritariamente
didácticas, y el comentario obedece
Fe y liturgia
sobre todo al
intento de instruir y de defender del error. No hay duda de que en una praxis
semejante, en la que está casi por completo ausente la
concepción de la anáfora como acción celebrativa de la que
participa toda la asamblea, el modo de situar la relación
fe-liturgia resulta profundamente cambiado"; en algunos aspectos,
incluso se trastoca por entero la perspectiva de los orígenes.
Todavía se puede notar, en continuidad con estos puntos, que la
interpretación global de la anáfora y de su significado no
varía en el curso de la polémica protestante; para los
teólogos de una y otra parte, que parten de sus respectivas
posturas doctrinales, el texto del canon eucarístico es prioritariamente
un lugar en que se expresa una doctrina (la sacrificial, la de la
transubstanciación, etc.); en general, no se toma en
consideración la dinámica de la acción celebrativa
(piénsese, por ejemplo, en el valor cada vez mayor que se atribuye a las
palabras consagratorias; en la centralidad que asume el gesto de la
elevación de la hostia o del cáliz, etc.), porque, de hecho, la
hermenéutica del texto del canon se mueve casi totalmente fuera de
la hermenéutica del rito en el que se coloca toda la situación
".
A la luz de estos
puntos deducidos de las diversas etapas de la historia, adquieren un
notable interés las líneas programáticas que
inspiraron la reforma litúrgica del Vat. II en el tema de la
oración eucarística. Releídas desde una perspectiva de
síntesis, manifiestan el inicio de una orientación nueva, porque
codifican simultáneamente la importancia de tres criterios generales:
ante todo se recuerda que es necesario pensar en las anáforas como
lugares para una autorizada catequesis sobre la eucaristía; en segundo
lugar se invita a recuperar
Fe y liturgia
y a dar prioridad
al tema de la estructura interna de la anáfora y su función
en el dinamismo de la celebración eucarística; finalmente se
garantiza el retorno a la pluralidad de los textos para consentir una
declinación más amplia y articulada de la fe de la iglesia
".
4. También
el capítulo relativo al año litúrgico, leído en
clave histórica, es uno de los contextos de los que brota alguna nota
importante para nuestro tema; si después esta investigación
se insertara en el problema más general de la pluralidad de
liturgias en conexión directa con las características de las
iglesias locales, hallaría un amplio cuadro interpretativo que nos
aclararía considerablemente cómo entiende la antigüedad
cristiana el binomio lex credendi-lex orandi3S.
Según los
datos de la tradición más antigua, los elementos que determinan
el modo de estructurarse un ciclo verdadero y propio de fiestas distribuidas
a lo largo del año parece que se pueden reducir a los siguientes: la
existencia de tradiciones teológicas y catequéticas
específicas en las diversas áreas geográficas eclesiales;
la conexión normal que se establece entre las asambleas
periódicas y regulares de
los cristianos y
el camino más específico de los que piden formar parte de la
iglesia (la estructura catecumenal); la exigencia de confiar a la liturgia
de las fiestas (oraciones, textos eucológicos, comentarios
homiléticos con motivo de las reuniones dominicales de los cristianos)
la tarea de ser contexto que eduque en la fe verdadera y ortodoxa (sobre todo
en el campo cristológico), en clara contraposición con la
tan peligrosa difusión de corrientes heréticasJ6. Se intuye
rápidamente que estas tres componentes muestran la inmediata e
848
intrínseca
relación que existe entre la estructura del arlo litúrgico y el
problema teológico-pastoral de la educación/profesión de,
la fe eclesial; de modo que el análisis particularizado de
este capítulo nos podría ofrecer no pocos datos referentes a
cómo la iglesia de la época patrística
entendía el binomio fe-liturgia.
En los siglos
sucesivos, el investigador constata la presencia de un doble movimiento.
Por una parte, se da el proceso general de atrofiamiento de los
instrumentos celebrativos (lengua empleada, simbología, modos de
participación, etc.), con la consiguiente crisis de las constantes
señaladas para los siglos de los orígenes y la tendencia a la
anulación de las potencialidades del len
guaje propio de
las celebraciones cristianas: desde este punto de vista, el año
litúrgico no se configura ya como el lugar natural de la catcquesis
popular de la iglesia; por otra, se constata paralelamente el progresivo
agigantamiento del elemento coreográfico y espectacular en torno a la
fiesta cristiana, tendente a legitimar de hecho una interpretación
bastante diferente de la función del año litúrgico en la
praxis eclesial: el año litúrgico se
coloca más
bien en la línea de los instrumentos que favorecen y divulgan una
representación escénica de los acontecimientos históricos
de la vida de Cristo para la edificación del pueblo cristiano, en vez de
ser el lugar de la celebración memorial de los diversos misterios de
Cristo ".
La
orientación de conjunto de la reforma actual —textos conciliares,
revisión del calendario por la comisión competente encargada
de la reforma, nuevos libros para la celebración 3"— se
mueve claramente en el sentido ya indicado como criterio inspirador de la
historia de los primeros siglos. Aquí no podemos hacer un estudio
analítico 849
de ello; nos
limitaremos a anotar cómo, en su conjunto, la intervención
conciliar manifiesta bastante bien la intención de la iglesia actual de
proponer nuevamente el año litúrgico primariamente como una gran
estructura pastoral a la que se le ha encomendado la misión de ser
ámbito para una educación en la fe permanente, casi un itinerario
pedagógico hacia la fe, lugar de la profesión de fe coral
del pueblo de Dios.
5. El
análisis de la evolución que los ritos de ordenación han
registrado a lo largo de los siglos contiene nuevos elementos de confirmación
en torno a algunos aspectos del problema ya considerados. No es, pues, por
este motivo por lo que traemos ahora a colación la aportación de
este capítulo a la praxis litúrgica, sino más bien porque
en él se pone de manifiesto con una singular claridad que para un
correcto funcionamiento de la relación lex credendi-lex orandi en el
desenvolvimiento de la liturgia cristiana es necesario considerar la totalidad
del lenguaje de la celebración. El ejemplo de los ministros muestra
cómo un cierto modo de celebrar la ordenación de un obispo,
de un presbítero o de un diácono —piénsese
sobre todo en la redundancia de elementos rituales absolutamente
externos o tomados de una visión preferentemente sociopolítica
de la autoridad en la iglesia— de hecho ha transmitido una
concepción de episcopado, presbiterado o diaconado que no siempre
estaba en armonía con lo que los textos más tradicionales e importantes
de la correspondiente liturgia expresaban. El lenguaje del ceremonial
tomó la primacía, hasta el punto —y se trata de un aspecto
bastante significativo para la perspectiva que aquí nos
interesa— de
Fe y liturgia
poner en duda si
la liturgia de la ordenación episcopal tenía o no un valor
sacramental, y de preguntarse cuál era eventualmente su rito esencial39.
Por tanto, se impone cada vez más la necesidad de prestar
atención rigurosa a la totalidad del lenguaje celebrativo, entendido globalmente
como ámbito que de hecho sirve de vehículo a la fe que la iglesia
quiere expresar. Una insuficiente sensibilidad ante estos aspectos del problema
podría llevarnos a constatar que lo que la liturgia querría
expresar es algo bien diverso de lo que realmente expresa; es necesario, por
tanto, verificar cómo, en concreto, el binomio fe-liturgia se
sitúa sobre el telón de fondo de una más adecuada
concepción del hecho celebrativo.
III. Reflexiones
conclusivas y orientaciones teológico-pastorales
Los puntos
relevantes aparecidos en los dos primeros párrafos nos ayudan a
comprender que una reconsideración renovada y global de las relaciones
fe-liturgia es posible en la medida en que, con un serio trabajo
hermenéutico, se camina a lo largo de dos orientaciones
complementarias entre sí: la que precisa las connotaciones específicas
de la praxis litúrgica, entendida como lugar en que la fe de la
iglesia se expresa y celebra; la que considera la función de la liturgia
dentro del ámbito de las funciones en que se expresa la actividad
eclesial en conjunto. Ahora podemos delinear un cuadro más unitario
de consideraciones sobre esta doble dirección por la que la investigación
teológica ha caminado para llegar a la comprensión del problema;
una visión de síntesis
Fe y liturgia
ayuda a
comprender las dimensiones que hoy en día va asumiendo el problema,
teniendo presente que la reflexión del liturgista se ve urgida por una
investigación teológica que va precisando cada vez con mayor
rigor sus métodos de trabajo y las conexiones entre las diversas disciplinas
teológicas.
1. El esfuerzo
por puntualizar lo específico de esa singular "confessio
fidei" que es la liturgia en cuanto tal ofrece una serie de as
pectos de no poca
importancia.
En cuanto a la consideración
tradicional de la liturgia como locus theologicus, se va imponiendo una
orientación de trabajo que ya es una adquisición definitiva.
Conscientes de la
importancia que tiene el testimonio de fe y la teología transmitida por
la praxis litúrgica, se está comenzando un trabajo de
hermenéutica correcta y equilibrada que sepa interpretar tal praxis. En
particular, se refrenda que no es lícito hacer un recurso instrumental a
los textos litúrgicos únicamente en la lógica, por ejemplo,
de la perspectiva apologética, orientada a probar la legitimidad de una
tesis doctrinal; por otra parte, se invita a no insistir demasiado en las
aportaciones provenientes de las fuentes litúrgicas, como si
éstas fuesen las expresiones —como mucho únicas, o por lo
menos primeras— de la fe de la iglesia". Por tanto, se impone la
exigencia —tanto a nivel de investigación positiva sobre los
datos de tradición cuanto en el campo del estudio monográfico
sobre la actual praxis litúrgica que analiza los modos en que se
desarrolla la celebración— de un trabajo interpretativo
riguroso y coherente.
Por el lado de la
revelación de la singularidad del lenguaje litúrgico aparecen
diversas indicaciones, que
850
precisan
ulteriormente el modo en que la relación fe-liturgia se sitúa en
el complejo del hecho ritual. Se recuerda, sobre todo, dentro de la
celebración, que el dinamismo de todo lo que es lenguaje (palabra,
gestos, canto, música, etc.) se ordena a la realización de
esa específica experiencia religiosa de conocimiento, de
comunión y de participación que es propia del lenguaje
simbólico41.
Análogamente,
el anuncio de los contenidos de la fe y de la historia de la salvación
no está en primer lugar en función del conocimiento de la fe
misma, sino de la posibilidad de celebrarla adecuadamente en la
peculiaridad de la concreta situación litúrgica, para
después vivir su lógica en la cotidianidad de la vida "2.
Desde este punto de vista, por tanto, el análisis y la consiguiente
valoración de todas las posibilidades del lenguaje litúrgico
(piénsese particularmente en el valor poético, en el
preformativo y en el religioso) deben simplemente ayudar a realizar la
experiencia del diálogo entre el pueblo de los creyentes y el Dios de la
alianza cuando se celebra en la historia el rito memorial de la
salvación ya plenamente acaecida en Cristo Jesús". La
decisión de la actual pastoral litúrgica de prestar bastante
más atención a toda la realidad celebrativa, entendida
globalmente como situación de lenguaje, se está resolviendo efectivamente
en una notable contribución a la comprensión de cómo
la fe es expresada y confesada en el hecho ritual. Basta
evocar algunos
puntos conclusivos de la actual hermenéutica litúrgica para darse
cuenta de ello. Recordamos en particular: la acentuación de la
función que un elemento celebrativo tiene o debe tener dentro de un
proyecto ritual más general, que permite suDerar clara851
mente el riesgo
de limitarse a la valoración de los contenidos de un texto,
prescindiendo del hecho de que después sea celebrado; finalmente,
la importancia concedida a la consideración de la estructura de un rito,
con la conciencia de que de esa manera se valora una realidad que tiene un
lenguaje todavía más importante y decisivo que los elementos
particulares que componen ese rito. De todo esto se sigue inevitablemente que
el peso del testimonio de fe contenido en el dato litúrgico no debe
medirse únicamente con el análisis de los contenidos de los
textos que constituyen un ritual, sino que ha de confrontarse también
con lo que es efectivamente transmitido por el rito celebrado en el interior de
una asamblea concreta.
También la
opción (ya constatada en las columnas precedentes) de poner en
evidencia las múltiples potencialidades presentes en el rito
litúrgico —piénsese en la dialéctica entre una
acentuación preferentemente kerigmático-profética y
una acentuación preferentemente doxológico-simbólica—
ayuda a comprender cómo de hecho el modo de conjugar la
relación fe-liturgia puede realizarse con una gran variedad de
connotaciones en el desarrollo del rito litúrgico. Por su naturaleza
misma, este último está llamado a expresar la fe y a favorecer
su profesión dentro de un cuadro bastante articulado de tonos y
modalidades; en este aspecto no es secundario poner de relieve cómo el
constante entramado con el polo de la fe permite al rito cristiano plantearse
ora como situación de anuncio, ora como ámbito de
pedagogía y de expresión de la fe, pero siempre con formas singulares
y nuevas.
2. Las diversas
observaciones
Fe y liturgia
hechas se
entremezclan con un discurso más global sobre la función
propia de la liturgia, pero aún quedan por formular ulteriores
aspectos de
carácter más general,
que contribuyen a
enriquecer el cuadro de síntesis acerca del modo de plantearse la
relación fe-liturgia.
Uno subraya
positivamente una componente de método que debe acompañar al
estudio teológico en general y al litúrgico en particular. Un
documento autorizado la ha expresado recientemente en estos términos:
"Para la recta formación litúrgica [de los futuros
sacerdotes] tiene especial importancia la estrecha unión entre la
liturgia y la doctrina de la fe; unión que, por consiguiente, debe ser
puesta en claro en la enseñanza. La iglesia, en efecto, expresa la
propia fe sobre todo orando, de modo que legem credendi Jex statuat supplicandi
(Próspero
de Aquitania). Por tanto, no sólo debe ser fielmente observada la
lex orandi para que no se vea afectada la lex credendi, sino que a su vez los
estudiosos de teología deben llevar a cabo una cuidadosa
investigación sobre la tradición del culto divino, especialmente
cuando tratan de la naturaleza de la iglesia, de la doctrina y de la disciplina
de los sacramentos44. Las precisiones de las columnas precedentes han iluminado
más a fondo el sentido de este gran principio, y sobre todo han
suministrado elementos para su correcta utilización; de todas formas,
sigue siendo una llamada de atención de importancia fundamental,
sobre todo desde que los nuevos libros de la reforma litúrgica
posconciliar se han revelado como ámbitos muy ricos al ser examinados
desde la perspectiva arriba recordada 45.
Independientemente
de este principio tradicional y siempre valido bajo el aspecto del
estudio, he aquí
Fe y liturgia
algunas
reflexiones que vuelven a tomar más puntualmente algunas de las
acentuaciones ya hechas. La simultánea consideración de la
naturaleza de la acción litúrgica que se celebra (en particular
el sentido/valor del sacramento) y del significado de la estructura celebrativa
con que tiene lugar en la iglesia (el estudio sobre los nuevos Ordines)
contribuye a situar la praxis cultual cristiana en la lógica del
correcto realizarse de la relación entre fe y rito; la liturgia supone
la fe, la alimenta, la celebra, la exige, siempre para dar plena verdad a lo
que se celebra. Se trata, en último término, de considerar desde
un punto de vista típico de la teología pastoral el problema de
la relación fe-sacramentos, sabiendo que, de una consideración de
este tipo, la comprensión de la relación fe-liturgia sale
considerablemente enriquecida.
También
hemos hecho resaltar, en las columnas precedentes, las perspectivas que se
abren en el campo teológico-pastoral cuando la reflexión sobre la
liturgia se efectúa con una metodología que conduce a una
investigación crítica sobre el modo como la iglesia vive hoy las
funciones esenciales de su misión. Ahora desearíamos recordar
cómo todo eso implica la continua verificación de la praxis
litúrgica en torno al doble polo de la fidelidad al sentido del
acontecimiento celebrado y a la historia dentro de la que se celebra.
Referido al tema feliturgia, esto significa una pluralidad de
atenciones pastorales. Queriendo sólo aludir a las más importantes,
podemos decir: es necesario ante todo el compromiso de traducir en el
signo de la celebración la riqueza y el sentido del acontecí-'
miento salvífico del que el rito mismo es memoria; además, la heterogeneidad
de la situación de fe
852
de las personas
reunidas en asamblea exige declinar, con toda la amplitud posible y la
mayor adherencia a las situaciones, la polivalencia del lenguaje y de
las funciones propias del rito; finalmente, es evidente que hace falta
prestar atención a los momentos rituales en coherente conexión
con la lógica y los ritmos de un camino de fe en acto, o sea, en la
línea del capítulo, bajo tantos aspectos ejemplar, de la
iniciación cristiana. Se trata, en definitiva, de interpretar y de celebrar
la liturgia en armonía con el estilo general de las expresiones cualificantes
de la praxis pastoral de la iglesia en un momento particular de su camino
en la historia; por lo demás, es lógico que el análisis de
la actual situación eclesial —marcada por el diálogo
con una situación socio-cultural tan cambiada y en continua evolución
por la confrontación con un innegable proceso de
descristianización y por una conciencia cada vez más
lúcida de la necesidad de una recuperación del sentido de la
misión— toque de cerca también el capítulo de la
liturgia y le sugiera nuevos parámetros de juicio. En este aspecto,
la convergencia cada vez más evidente en la opción de orientar
toda la acción pastoral hacia una efectiva prioridad de la / evangelizarían
como criterio decisivo en cualquier campo de la actividad eclesial no puede
sino abrir nuevas perspectivas también al modo de entender y de realizar
la relación feliturgia.
NOTAS: ' S.
Marsili, Liturgia e teología. Proposta teorética, en RL 59 (1972)
455-473 (en pan. 455-458) — 2 H. Schmidt, Lex orandi lex credendi in
recentioribus documentis pontificas, en Periódica 40 (1951) 5-28; Introductio
in liturgiam occidentalem, Herder, Roma 1960, 13K139 — ' P. Declerck,
"Lex orandi, lex credendi". Sens origine! el avalars historiques d'un
adage equivoque, en QL 59
853
(1978) 193-212
— * En el estudio cit., Declerck demuestra que el uso del todo
apologético que ha hecho del adagio Guéranger y a veces el
mismo magisterio (en la encíclica Mediator Dei. de 1947, Pío XII
lo invierte; Lex credendi legem statuat supplicandi) no corresponde exactamente
a la mentalidad de los orígenes — ' F. Cabrol, Liturgie, en DTC 9
(1926) 787-845 — « C. Vagaggini, El sentido teológico de la
liturgia, Madrid 1959, 465605 — ' J.H. Dalmais, La liturgia e il
deposito della fede, en A.-G. Martimort (por), La chiesa in preghiera.
Introduzione alia liturgia,
Desclée,
Roma 1963, 237-245 — ! A. Stenzel, La liturgia como lugar
teológico, en MS 1, Cristiandad, Madrid 19742, 670-671 (cf 670685)
— ' O.c, 679-683 — ,0 O.c, 684 — " M. Ló'hrer, La
celebrazione del mistero della chiesa: teología del culto e liturgia
della chiesa, en VV.AA., Funzioni della chiesa. ¡I programma di una
comunita cristiana, Herder-Morcelliana, Brescia 1971, 115-178 — '2 Ib,
115-128 — " S. Maggiani, Liturgia spazio della memoria, en Servitium
13 (1979) n. 5,
3.a serie, 82-91;
la cita está tomada del estudio del mismo autor, La liturgia, linguaggio
per tutto l'uomo, ib, n. 2, 3." serie, 186 — l
Fe y liturgia
part. 90) —
M Véanse en esta perspectiva las celebraciones de la alianza de Ex 19 y
24; Jos 24; Neh 8-9 — 25 K. Hruby, La proclamation de l'unicité de
Dieu comme actualisation du Royaume, en La liturgie expression de la foi,
147-158; A. Verheul, Le service de
Fiesta/ Fiestas
La poética
dellafede netla liturgia, en Con 2/9
(1973) 69-81; J.
Ladriére, La performativitá
del linguaggio
litúrgico, ib, 82-98; L. Gilkey, Rivolgersi a Dio nella fede, ib, 99-115
—
** Sagrada
congregación para la educación
católica,
Istruzione sulla formazione litúrgica
nei seminan, en
RL 67 (1980) 93 (texto latino en Not 15 [1979] n. 159, 526-565) — «
P.
Tena, Los libros
litúrgicos en la docencia de teología sacramentaría, en Ph
20 (1980) n. 116,
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F. Brovelli
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expresión cultual, en VV.AA., La liturgia después del Vaticano
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y en particular de la liturgia como transmisora de la fe, en
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litúrgico y unidad de la fe, en "Phase"97 (1977) 65-70; Ramis
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Rovira J.M., La
fe entre la unidad y la
pluralidad, ib,
75 (1973) 291-296; Stenzel A.,
La liturgia como
lugar teológico, en MS 1,
Cristiandad,
Madrid 19742, 670-685; Vagaggini
C, El sentido
teológico de la liturgia, BAC
181, Madrid 1959,
465-605; VV.AA., Expresión y experiencia de la fe en el culto, en
"Concilium" 82 (1973) 165-296; Véase también
la
bibliografía de Evangelización y liturgia ; Profesión de
fe.
SUMARIO:
Introducción: La crisis de
854
Introducción:
La crisis de la
fiesta
Las
prácticas tradicionales o contemporáneas ligadas a ritos
determinados, a ceremonias o también a manifestaciones polifacéticas
en el ámbito de lo privado o de lo público, en un mundo
cultural docto o sencillo, laico o religioso, se denominan con el
término fiesta, y parecen asumir en el mundo moderno el
carácter de mitologías, si no de figuras. Mitologías en el
sentido barthesiano ', en cuanto que las fiestas parecen galvanizar finalidades
y mentalidades divergentes, renovando una especie de fascinación
obsesiva que impulsa, por lo menos en Occidente, a redescubrir, crear,
construir, celebrar prácticas festivas con una efervescencia singular2.
Figuras, en el sentido de articulación sucesiva en relación a la
imagen del pensamiento: un articularse, acercarse y estructurarse juntas
varias imágenes hasta formular, con la aportación de la
literatura de diversas disciplinas, una o más figuras de la fiesta,
que en su fuerza teórica emergen o de hecho se usan para orientar o
incrementar las mitologías o para intentar conocer lo que se
está haciendo, incluso a la luz de lo que ya se ha hecho en las
prácticas festivas del pasado3. No se puede callar, dada su incidencia
e importancia, la contribución de la experiencia teatral, o alguno
de sus aspectos, a la hora de favorecer las prácticas festivas tanto en
lo mitológico cuanto en lo
figurativo'. El
movimiento ha sido tan intenso en sus derivaciones, que se ha hablado y
discutido, en el área europea, de una espectacularización de
la cultura'. De ello ha derivado, por una parte, la protección del
fenómeno, porque permite frecuentar y liberar los aspectos seductores,
aunque equívocos, de
855
la
imaginación colectiva; por otra parte, el contraste, porque favorece
una amplia complacencia en la confusión y la retórica de lo inexpresable,
una especie de orgía generalizada de lo indiferenciado y lo
irracional6.
Así, en la
fascinación de las mitologías y en la recomposición de las
figuras, sean las que sean, se pueden detectar los síntomas de un estado
de la crisis: "la fiesta entra en el discurso cultural en el momento
en que desaparece del horizonte cotidiano"'.
El debut no es
posible sin dolor. La obsesión por las prácticas festivas
mina frecuentemente o hace explotar un aspecto de su bipolaridad
constitutiva, que nos es señalada y transmitida por los historiadores,
y que sólo si está armonizada parece crear fiesta: ceremonia/diversión;
sacro/profano; muerte/vida; espontáneo/oficial; privado/público;
integración/contestación; trágico/cómico... Se
sigue que "nuestras fiestas se han reducido a una sombra de lo que
fueron: cocktails, recibimientos —cerrados, como enfermedades
peligrosas, dentro de los estrechos límites de un tiempo y un espacio
medidos avariciosamente— nos dan una imagen empobrecida,
transpirando el aburrimiento de la excitación bien controlada, a la que
sigue el cálculo angustioso de los éxitos y de los pasos en
falso"8. Sin embargo, es probable que, pese a los límites de esta
efervescencia festiva, no se pueda excluir el signo positivo que la alimenta.
Si leemos el fenómeno dentro de las necesidades y de los conflictos, no
sólo de la sociedad contemporánea española, aparece como
un aspecto de la posibilidad individual y colectiva de reapropiación,
de actuación del sentido de la acción. Pasa a ser un aspecto de
esa búsqueda de identidad que se está
Fiesta/Fiestas
articulando en la
modernidad'. La positividad aparece más claramente si se la confronta
con la inquietante presencia del fenómeno opuesto: la
pérdida del deseo de la fiesta, síntoma extremo en la
cultura moderna de la obscenidad de la muerte y de la prevaricación del
valor de cambio en perjuicio del valor de uso '°. Esta pérdida, a la
par que deja ver raíces lejanas, reconducibles tanto a la victoria del
trabajo sobre el tiempo libre dentro de la organización general de la
vida (s. xvii) como al abandono de la cultura rural y al racionalismo
utilitarista, parece implicar una disminución, difícil de definir
y ciertamente proteiforme, del sentido de lo sagrado ". Como
reacción, y precisamente desde esta situación, podemos
remontarnos nuevamente a la efervescencia festiva. En efecto, "si se considera
la fiesta como una dimensión del hombre total, si su muerte está
unida al progreso científico y técnico, no debemos extrañarnos
de que la necesidad de la fiesta se manifieste en el momento en que nos
empezamos a preguntar por el sentido de este progreso" l2.
Es necesario
recordar que esta lectura diacrónica de la crisis en la experiencia
festiva se hace típica en las áreas metropolitanas, aunque no se
puedan excluir amplias interferencias y contaminaciones en otras
áreas. Sincrónicamente, podemos hallar experiencias radicales y
significativas de fiesta en las que la lectura que hasta aquí hemos
venido haciendo encuentra su necesario ajuste ".
Con las debidas
proporciones, tanto en lo diacrónico como en lo sincrónico,
podemos hacer una lectura similar también de la fiesta litúrgica
dentro de la liturgia occidental. Ella misma ha padecido las consecuencias
de la crisis más arriba
Fiesta/Fiestas
señaladas,
que se han cruzado en el complejo evolucionar del movimiento
litúrgico, antes y después de la reforma litúrgica
promovida por el Vat. II ". Probablemente nunca se ha hablado tanto de
fiesta o de la necesidad de hacer fiesta en la liturgia como en este
último período histórico ls.
Como para la
cultura en general, así también para la litúrgica, la
fiesta aparece como un punto clave de su modo de ser y de su existir
cualitativo. Por eso la crisis de las prácticas festivas ha vuelto a
plantear las preguntas acerca de lo que es la fiesta, del porqué de
las prácticas festivas y de cómo hacer fiesta.
En el marco de la
voz presente, la síntesis panorámica ofrecida pretende
señalar posibles pistas para formular respuestas adecuadas. En la
primera parte, de carácter histórico-antropológico,
la atención está puesta en la presencia de la fiesta y su
interpretación; en la segunda se examinarán las estructuras y
características de la fiesta bíblica, para introducirnos, en
la tercera parte, en la fiesta cristiana y su celebración.
I. La presencia
de la fiesta en la vida del hombre
1. TIEMPO Y CALENDARIOS.
La fiesta forma parte indiscutiblemente de una actividad ritual más
amplia del hombre, y sólo en ésta es posible comprenderla,6. En
este sentido la fiesta participa de la división del tiempo cualitativo y
"corresponde a un período de intensificación de la vida
colectiva y de la experiencia sacral, en el curso del cual el grupo
renuncia a su actividad normal, productiva y útil" ". La
periodicidad
o no
ocasionalidad de la fiesta remite al fluir del tiempo, tal como
856
es percibido
pluralistamente en las diversas culturasl!. Como subraya Bachtin, "las
festividades tienen siempre una relación esencial con el tiempo. En su
punto de arranque hay siempre una concepción determinada y concreta
del tiempo natural (cósmico), biológico e histórico.
Además, en todas las fases de su evolución histórica han
estado unidas a períodos de crisis, de cambio, en la vida de la
naturaleza, de la sociedad y del hombre. El morir, el renacer, el renovarse han
sido siempre elementos dominantes en la percepción festiva del mundo. Y
son precisamente estos elementos los que —bajo la forma concreta de
fiestas determinadas— han creado también el clima
específico de la fiesta" ">.
El tiempo al que
se refieren las prácticas festivas difiere del tiempo
cronológico, representable como igual y homogéneo para todos los
que lo disfrutan; se diferencia también del tiempo
histórico, lineal y progresivo; se califica, en cambio, como tiempo
sacro o cíclico, en el que confluyen modalidades de un tiempo cultual
unido a la acción y otras de un tiempo mítico referidas a las
representaciones20. Así delineado, el tiempo sacro o cíclico
se distingue de un tiempo profano, en el que las actividades económicas,
productivas, normales tienen la primacía 2I. En los ciclos del
tiempo sacro apreciamos, por una parte, la permanencia de una conciencia
angustiada por el consumirse del tiempo; por otra, el sentimiento optimista de
un tiempo que se regenera y se reconstruye. De todas formas, según
las diversas situaciones ambientales e históricas, el tiempo
cíclico se ha vivido de formas diferentes en las culturas conocidas.
Según las condiciones económico-productivas y políticoreligiosas,
ellas han elaborado una
857
representación
propia de este tiempo, subrayando cada vez también algún
otro aspecto referido a ese tiempo, como, por ejemplo, la suspensión de
la actividad profana, el caos ritual, la comunión con el otro mundo.
Así, con el sucederse de las civilizaciones y de los cambios
fundamentales y sustanciales dentro de ellas, se ha producido una multiplicidad
de calendarios21.
Como ha puesto de
relieve en su discusión A. Brelich, pese a que teóricamente pueda
haber calendarios nacidos de intereses profanos, los sistemas
calendariales que conocemos son de origen religioso23. En el contexto de
nuestro estudio interesa subrayar la importancia cultural y religiosa
del calendario, pues, llevándonos a su fase constitutiva, nos permite
ampliar nuestros conocimientos del tiempo cíclico y configurar
directamente las fiestas que lo van dividiendo. A la luz de las investigaciones
de la "escuela histórico-religiosa de Roma" podemos decir
concretamente que "el calendario añade, sin duda, a la
ideología abstracta de la fiesta (su reconducirse al tiempo
mítico y a un comienzo siempre igual, o sea, la repetición) lo
cíclico, esto es, el anclaje de la repetición en los ciclos de la
naturaleza: pero este anclaje —nota Brelich— tiene un profundo
significado religioso, en cuanto que el ciclo natural constituye un modelo
de estabilidad y de orden perenne y cósmico; ofrece un modelo visible
de nuevo inicio, con la superación dramática y nunca
frustrada de las crisis que tienen lugar. Y esta observación se completa
probablemente con otra: en conexión con las crisis cíclicas
de la naturaleza se verifican también crisis del grupo humano (cosecha,
reaparición de la caza, etc.), de modo que en el calendario no
sólo se expresa la perenne necesidad de anclar de
Fiesta/Fiestas
cuando en cuando
lo profano en lo sagrado, sino de hacerlo en precisos momentos, que tienen
lugar con un fuerte valor profano"24. Un calendario, delineado
así dentro de una cultura por este registro de las dinámicas
entre sacro y profano, entre tiempo festivo y laborable, en sus fases
evolutivas, vive un proceso interactivo entre la posible intervención
autoritaria y eficaz sobre las fiestas (impulsándolas, acogiéndolas,
modificándolas, transformándolas) y su presencia de hecho;
presencia que luego, en el tiempo, puede ser registrada o codificada. En este
sentido podemos hablar de un calendario oficial y un calendario popular, dentro
de los cuales vemos señalados tiempos festivos no siempre
idénticos, a veces alternativos, con frecuencia diferentes25.
En las
civilizaciones occidentales coexiste también otra subdivisión
calendarial: la presencia del llamado calendario civil, nacido como alternativa
o contraposición de un calendario religioso. El primero tiene como
principal finalidad señalar los tiempos del trabajo: días
laborables, días no laborables; la presencia de días festivos en
este sistema calendarial no depende directamente de una
preocupación religiosa, puesto que la religión se considera una
realidad privada, sino del interés y "significado que tienen
para la nación entendida globalmente. "Las solemnidades
del calendario civil, de todas formas, en la medida en que carecen de contenido
religioso, ritual o de algún modo celebrativo, tienden a degenerar (por
lo menos según una óptica histórico-religiosa) de fiestas
en vacaciones, es decir, en días de simple suspensión del trabajo"21,
en las que tienen lugar preeminente las actividades o iniciativas unidas al
fenómeno más amplio del llamado tiempo libre, claramente no
identificable del todo con la experiencia Fiesta/Fiestas
festiva27. El
calendario religioso, en cambio, aun teniendo una reducida función
reguladora dentro de una sociedad, señala el tiempo cualitativo,
con valor mítico-cultual de una determinada experiencia religiosa, en
consecuencia. Basta pensar en el calendario litúrgico para la iglesia de
rito romano. Resulta evidente, al menos para algunas áreas occidentales,
que el entramado del calendario religioso influye en el civil y, por otra
parte, se ve influido por éste. También a causa de esta
situación se ha perdido, progresiva y conscientemente, el sentido
de la dimensión de un tiempo sacro, con la relativa entrada en crisis de
la componente festiva!".
2. EL
CARÁCTER COLECTIVO DE
858
de referencia,
directo o indirecto, también en las múltiples posibilidades
intermedias existentes en la interacción entre el objeto y el sujeto
3I. Para decirlo con Isambert, "la colectividad a través de la cual
el acto de la fiesta se difunde y adquiere significado debe considerarse
el sujeto de la fiesta misma". Y oportunamente añade: "Algunos
grupos más restringidos o algunos individuos pueden estar
particularmente interesados en la fiesta y jugar un papel preponderante. Pueden
ser considerados como sujetos medulares. Puesto que falta esta
definición, es imposible hacer ver las dos dimensiones de la
extensión de una fiesta. Por una parte, hay fiestas que son vividas,
efectivamente, por toda un área cultural, nacional o todavía
más amplia; por otra parte, hay fiestas propias de grupos particulares,
como la fiesta patronal de un pueblo o los aniversarios de las familias. Pero
las primeras no están obligadas al monolitismo. Pueden
llevarse a cabo mediante grupos
o individuos que
desempeñan un papel de sustitución en la celebración:
por ejemplo, la familia o el grupo de amigos en navidad o año nuevo.
Porque no se ha comprendido esa distinción, a menudo se ha
atribuido a todas las fiestas que se referían al conjunto de la sociedad
un carácter necesariamente masivo, con el peligro de traicionar su
esencia"J!.
3.
deriva del
latín festa, plural neutro que corresponde a festus (dies),
expresión clásica. A su vez, esta expresión nos remite a
la raíz de la palabra <dhe, que sirvió para formar el
tema <dhes. "Este tema está en la base del nombre latino fanum
(con el grado reducido de radical), y de las palabras fesiae —que lleva a
feriae— y
festus (dies) (con el grado lleno del radical). Sin duda es difícil
definir el tema dhas —dhes— que, según
Bénvéniste, designa algún objeto o rito religioso, cuyo
sentido ya no podemos determinar; en cualquier caso, depende de la esfera
de lo sagrado"". Esta imprecisión de la noción misma de
fiesta hace difícil cualquier clasificación rigurosa, y deja
abierta la posibilidad de aplicar el término a las más diversas
situaciones. De todas formas el reclamo, implícito en la
etimología, de un aspecto perteneciente a la esfera de lo sacro,
sintetizado por los sistemas calendariales en la alternancia de un tiempo
sacro y un tiempo profano vividos de manera diversa por la colectividad, ha
favorecido interpretaciones contrapuestas. Según Isambert,
éstas intentan dar con la esencia de la fiesta para poder formular
una noción de fiesta ideal, a la que siempre sean reducibles las fiestas
mismas, siendo, pues, una especie de metro para medir sobre el modelo si
una determinada fiesta o casi fiesta puede ser considera como talM.
Como es natural,
la pluralidad de las interpretaciones llevará a conclusiones
diferentes de las implícitas en la investigación interpretativa
señalada; de todos modos, permitirá indicar unas constantes
o señales para precisar mejor el objeto de la fiesta. El elenco esencial
de las interpretaciones se referirá únicamente a las
escuelas y corrientes que se han ocupado de la fiesta en nuestro siglo, porque
en ellas enconFiesta/Fiestas
tramos una
posible sistematización del problema, y por el hecho de que han sido
capaces de influir en el pensamiento y la praxis contemporáneos 3S.
a) Ante todo, la
escuela sociológica. En la obra de E. Durkheim, uno de los
iniciadores, que ha investigado las formas elementales, paradigmáticas,
de la vida religiosa, se advierte una oposición entre lo profano y lo
sacro, oposición que no excluye una cierta dialéctica36. De todas
formas, ni el hombre ni la naturaleza son sagrados en sí mismos. El
actuar social, comunitario, e igualmente el culto, hacen brotar, mediante los
miembros de la comunidad, una fuerza social que se puede calificar de trascendente
(no en el sentido metafísico), infinita. La sociedad crea, en este
sentido, lo sacro. Y es la misma sociedad la que engendra el tiempo, en el
sentido de que éste nace no de las percepciones de los individuos, sino
de la cultura de una determinada sociedad. A la luz de las investigaciones
de
H. Hubert y M.
Mauss37 sobre el tiempo, y de B. Spencer y F.J. Guien 38 sobre poblaciones
australianas, Durkheim distingue un tiempo mítico y un tiempo
cultual en relación y separado de un tiempo profano ocupado por
actividades de trabajo. "La vida religiosa y la vida profana no pueden
coexistir en la misma unidad de tiempo. Es necesario, por tanto, asignar a la
vida religiosa días y períodos de tiempo determinados, en los que
estén excluidas todas las actividades profanas. Así es como nacen
las fiestas. No hay religión, y por tanto no hay sociedad, que no haya
conocido y practicado esta división del tiempo en dos partes, que se van
alternando según una ley que varía con los pueblos y las
civilizaciones"3'. De aquí se sigue que en algunos períodos
del año la
sociedad vive
independientemente de la vida cotidiana, superándola. La colectividad se
reúne recurriendo a cánticos, gritos, danzas, movimientos
violentos: es la fiesta, en la que Durkheim destaca la función recreativa
y liberadora. Y esto no solamente en las fiestas populares, sino
también en las religiosas, incluso si la "simple alegría no
tiene como objeto nada serio; en cambio, en su conjunto, una ceremonia ritual
siempre . tiene una finalidad seria. Aunque también es preciso observar
que probablemente no existe alegría en que no tenga algún eco la
vida seria. La diferencia está más bien en la desigual
proporción en que estos dos elementos se combinan"40. La
función liberadora de la fiesta permite también que el grupo
se revele a sí mismo. Durkheim está de acuerdo con Mauss41,
aunque su interpretación adolezca de una circularidad
lógica, ya que esta autorrevelación del grupo sólo
será posible si el grupo preexiste. Mauss, además, en su estudio
sobre el don ve en las manifestaciones colectivas basadas en los regalos entre
comunidades diferentes el potlatch, fenómeno social total en el que en
esta fiesta del intercambio el potlatch mismo es el centro de posibilidades
liberadoras y regeneradoras de los grupos 42.
Con R. Caillois,
discípulo de Mauss, la óptica interpretativa se desplaza hacia el
módulo mítico y cultual de la fiesta, hacia las creencias y
las representaciones"3. Caillois destaca, en la distinción
universal entre lo sagrado y lo profano, un factor sagrado de respeto y de
honor a las leyes y un factor sagrado^ de trasgresión propio de la
fiesta. Ésta interrumpe la vida cotidiana violentamente, lleva al
grupo al exceso, abre el camino a la irrupción de lo numinoso, crea el
caos primordial. La fiesta, entonces, aparece "como
860
una
actualización de los primeros tiempos del universo, del Urzeit, de la
era original eminentemente creadora, que ha visto fijarse en su forma
tradicional y definitiva todas las cosas, todos los seres, todas las
situaciones ". Pe aquí se sigue que la fiesta puede definirse como
el paroxismo de la sociedad, que purifica y al mismo tiempo renueva a
la sociedad misma45. Según Caillois, siguiendo a Durkheim, esta regeneración
del orden social es efecto de una reproducción real y no simbólica.
Por tanto, al llevar hasta su extremo esta dicotomía y olvidando la
eficacia del símbolo, que no es necesario que se confunda con lo real
para que pueda actuar, Caillois está en contradicción con las
premisas mismas de la teoría durkheimiana de la sociedad
«.
Finalmente,
también J. Duvignaud, tras haber descrito múltiples fiestas
en diversas sociedades"', con resonancias de muchos de los aspectos
festivos ya señalados, se esfuerza por encontrar el sentido de las
manifestaciones festivas48. Califica la fiesta como manifestación de una
subversión que opone a la cohesión de los conjuntos la
destrucción de las formas instituidas por la sociedad, de modo que,
como con otros excesos de dinamismo o de vitalidad típicos del hombre,
el hombre mismo se viene a distinguir del animal. Entre otros excesos, el
autor señala el simbolismo, el juego, el trance, la risa y sobre todo el
regalo, liberado de connotaciones comerciales y calificado como gratuidad
absoluta, el regalo a cambio de ninguna cosa, de nada49. Establece
también algunas comparaciones entre estos excesos y la fiesta, para
concluir: "Un movimiento semejante (a la risa: virtualidad
inútil, juego, utopía) hace de la fiesta incluso una
explosión social, que puede consi
861
derarse, si se
desea, patológica o reducible a una supuesta espontaneidad. El
exceso de energía, de que dispone la especie, hace explotar el cuadro
social y cultural, como la risa hace explotar el cuerpo. La sobreabundancia de
energía súbitamente despertada (la efervescencia de que
habla Durkheim) sitúa los aglomerados humanos en situación de
espera o de preparación a una explosión común, un
éxtasis, término tomado en un sentido liberado de toda
teología"50.
Esta
disponibilidad para la nada
o para lo
inaccesible que implica la fiesta sitúa en definitiva al sujeto
celebrante como objeto de la misma celebración. Por otra parte,
ésta es la conclusión constante a la que parecen llegar las
investigaciones del pensamiento sociológico. El límite de la interpretación
parece evidente. Más aún: además de constatar que existen
fiestas en que resulta claro el objeto, diferente del sujeto, cabe resaltar que
las fiestas son más variadas y se presentan con formas diversas de las
que los autores de la escuela sociológica se empeñan en usar para
clasificarlas.
b) Irracionalismo
y fenomenología. Las corrientes llamadas irracionalistas y
fenomenológicas desplazan el eje de interpretación de la
fiesta. Ya no hay una cualificación social del fenómeno, sino el
tipo de experiencia personal (Erlebnis) que advierte y vive el homo religiosus
de la fiesta en el plano mítico y ritual. Los datos que emergen de esta
interpretación se asumen como valor absoluto para explicar el hecho
festivo. G. van der Leeuw, en su óptica fenomenológica, establece
una estrecha relación entre el tiempo y las fiestas, tiempo que
él califica de tiempo sacro cultual, eterno, en el sentido de que no
fluye51. "El hombre que encuentra Fiesta/ Fiestas
la potencia debe
necesariamente pararse; desde entonces un corte señala un tempus, y
él celebra un tiempo sacro, una fiesta. Así muestra que
renuncia a la-duración como tal y busca la posibilidad"52. Los
tempus que dividen la duración, como punto crítico del tiempo,
forman el calendario de las fiestas, "no espejo del año civil,
sino del año eclesiástico; no instrumento para medir el tiempo,
sino la interpretación de la salvación que aparece en el
tiempo" ". Tanto en el calendario como en la vivencia, "la
fiesta es el tempus por excelencia, el tiempo distinto de lo durable en cuanto
particularmente potente"54. En la fiesta, tiempo sacro cultual, los
celebrantes viven la eternidad como tiempo original y tiempo final (Urzeit y
Endzeit), en que se anula el tiempo de la duración, el tiempo histórico.
Biota entonces la potencia, objeto absoluto de la fiesta. El sucederse de
las fiestas permite remitirse cíclicamente a la realidad absoluta, que
eleva lo profano a la dimensión de sagrado. En este sentido, "las
fiestas no son simples diversiones recreativas; es más, los pueblos
primitivos las toman como un deber y como un trabajo útil, porque sin
ellas la potencialidad de la vida se paralizaría, se aniquilaría.
Efectivamente,
las cosas, abandonadas a sí mismas, quedan incompletas...; las
fiestas son el cumplimiento de una creación, el caos recobrado y
remodelado en su totalidad"5S.
Utilizando y
sistematizando las investigaciones de L. Lévy-Bruhl * y de Van der
Leeuw, además de los datos de la psicología profunda propia de G.
Jung ", M. Eliade lleva a sus últimas consecuencias la
dialéctica entre sacro y profano, destacando la total irrelevancia de
este último respecto al primero58. El tiempo participa de esta
dialéctica.
Fiesta/ Fiestas
El tiempo
profano, la duración, está destinado a ser aniquilado en el
tiempo sagrado, tiempo al que el hombre aspira como a un retorno absoluto.
Éliade sintetiza: "Encontramos, pues, en el hombre, en todos
los niveles, el mismo deseo de abolir el tiempo profano y de vivir en el tiempo
sagrado. Más aún, nos encontramos ante el deseo y la esperanza
de regenerar el tiempo en su totalidad, es decir, de lograr vivir
—vivir humanamente, históricamente— en la eternidad,
gracias a la transfiguración de la duración en un instante
eterno. Esta nostalgia de la eternidad es en cierto modo simétrica
a la nostalgia del paraíso... Al deseo de estar perpetua y
espontáneamente en un espacio sagrado responde el deseo de vivir
perpetuamente, gracias a la repetición de los gestos
arquetípicos, en la eternidad" M. La transformación del
tiempo profano en tiempo sagrado se efectúa en la repetición
ritual, en la que, repitiendo un gesto arquetípico sucedido in illo
tempore, el homo religiosus se introduce en un Tiempo an-histórico,
haciéndolo presente. En esta interpretación, el sistema calendarial
se ve como un medio para anclar el tiempo profano en el tiempo sagrado; y es
precisamente en este tiempo, en la eternidad, donde tienen lugar las fiestas.
"Toda fiesta religiosa, todo Tiempo litúrgico, consiste en la
reactualización de un acontecimiento sagrado que tuvo lugar en un pasado
mítico, al comienzo. Participar religiosamente en una fiesta
implica el salir de la duración temporal ordinaria para reintegrar el
Tiempo mítico reactualizado por la fiesta misma... En cada fiesta
periódica se reencuentra el mismo Tiempo sagrado, el mismo que se
había manifestado en la fiesta del año precedente o en la fiesta
de hace un siglo: es el Tiempo creado y santificado por los dioses a
raíz de
862
sus grandes
gestas, que se reactualizan precisamente por la fiesta. En otros
términos: se reencuentra en la fiesta la primera aparición del
Tiempo sagrado tal como se efectuó ab origine; in illo
tempore"™. Eliade subraya oportunamente que este tiempo es el que
vive el hombre religioso; para el hombre noreligioso, pese a la
dificultad de precisar el tiempo que vive, no existe una cualidad
suprahistórica del tiempo: tiene un principio y un final unido a la
muerte, aunque este hombre puede vivir tiempos festivos diferenciados del
trabajo.
De todas formas,
la fiesta religiosa no es solamente la reactualización de un
acontecimiento primordial en que los protagonistas son dioses o seres
semidivinos. "Ciertas fiestas periódicas —seguramente las
más importantes— que hacen entrever algo más: el deseo
de abolir el tiempo profano ya transcurrido e instaurar un tiempo nuevo. Dicho
en otros términos: las fiestas periódicas, que cierran un
ciclo temporal y abren otro nuevo, acometen una regeneración total del
tiempo"". En este sentido, el año nuevo es la gran fiesta por
excelencia, en cuanto que se regenera el tiempo recreando un mundo nuevo. El
pensamiento de Eliade también señala la diferencia que existe
entre esta concepción del tiempo y la del judaismo y cristianismo.
"Con relación a las religiones arcaicas y paleoorientales,
así como en relación con las concepciones míticas o
filosóficas del eterno retorno, tal como fueron elaboradas en
del tiempo
cíclico se ha superado. Yavé ya no se manifiesta en el Tiempo
cósmico (como los dioses de otras religiones), sino en un Tiempo 863
histórico,
que es irreversible... El acontecimiento histórico gana aquí una
nueva dimensión: se convierte en una teofanía... El cristianismo
va aún más lejos en la valoración del Tiempo
histórico. Por haberse encarnado Dios, por haber asumido una
existencia humana históricamente condicionada,
En la
interpretación de Eliade está claro que el objeto de la fiesta es
la realidad primordial o última, lo sacro, que de hecho se especifica en
los mitos. Los celebrantes se orientan hacia ello, conscientes, al hacerlo,
de incurrir en una necesaria deshistorificación. En sintonía con
esta estructura interpretativa debemos señalar el pensamiento de K.
Kerényi" y de A.E. Jensen, aunque los dos pertenecen a la escuela
morfológico-cultural". En sus interpretaciones, la fiesta es
considerada como momento sublime (hohe Zeiten) en que se reconstruye la
experiencia (Erlebnis) de los celebrantes, de manera que se confirma
la unidad ideológica y la naturaleza de las culturas específicas.
En cada uno de estos autores, sin embargo, encontramos particularidades
útiles para la profundización del fenómeno festivo.
Kerényi, partiendo de la constatación de que la
comprensión de la religión antigua (pero no sólo de la
antigua) es el estudio de la esencia de la fiesta, de lo que hace festiva a la
fiesta misma, amplía la interpretación que se refiere a los
componentes de la misma. No se contenta con buscar una relación entre la
fiesta y el tiempo sacro, sino que busca también lo que distingue,
dentro del tiempo, los momentos
Fiesta/Fiestas
decisivos que
forman la fiesta, y
concluye:
"Llamaremos a este ele
mento sentido de
festividad... La
festividad que caracteriza
ciertos momentos o períodos del tiempo es inherente a todas las cosas
dentro de la esfera de la fiesta, y pertenece, para los hombres comprendidos en
esta esfera —los hombres en fiesta—, a las realidades
psíquicas plenamente válidas" ". La festividad es
necesaria para la fiesta. Kerényi dirá: "Quien no oye la
música no danza: sin sentido de festividad no hay fiesta"66. Y la
festividad conlleva alegría, aunque no se pueda excluir una
festividad melancólica: está cercana a la seriedad y al juego,
entendido como necesidad máxima y constricción y libertad
máxima. En la interacción entre el objeto de la fiesta —en
el que se inspira la festividad y a la vez es inspirado por ella— y los
sujetos que en la festividad se refieren al objeto, consiste la
experiencia festiva, que se hace creadora, motivo de distensión y de
paz.
Jensen subraya el
aspecto lúdico de la fiesta, tomando algunos datos de
Kerényi, y en particular de
J. Huizinga67.
"Huizinga observa con razón los numerosos puntos comunes entre su
interpretación del juego y la que Kerényi da de la fiesta. Como
el juego, la fiesta es ante todo una realidad independiente, una cualidad
que no se puede reducir a ninguna otra. 'La suspensión de la vida
acostumbrada, el tono alegre, dominante —pero no indispensable— de
la acción (también la fiesta puede ser seria), la
limitación en el tiempo y en el espacio, la unión de severa determinación
y auténtica libertad son los principales rasgos comunes del juego y de
la fiesta. Parece que en la danza alcanzan su unión más
íntima. Los indios cora, en la costa
Fiesta/Fiestas
occidental de
Méjico, llaman a sus fiestas sagradas, por las mazorcas que están
madurando y por el tostado del maíz, un juego del sumo Numen'. Es
evidente que las fiestas son juegos, y el mismo Kerényi lo ha afirmado
claramente"61. Jensen precisa con fuerza la diferencia entre las
fiestas sagradas y el juego. En las primeras se encuentran dos elementos
necesarios, que permiten los procesos vitales y creadores: la realidad es
alcanzada más profundamente y en su esencia; existe un estado de
ánimo particular, el sentimiento de solemnidad. "Los hombres en la
fiesta se creen unidos a los dioses de manera particularmente
íntima. Reviven la época primordial, y, sobre todo, los acontecimientos
creadores de esta época, por medio de los cuales unos seres divinos, o
unos hombres semejantes a dioses, crearon el mundo en su aspecto actual. El
juego del culto no representa un orden cualquiera, sino el verdadero orden del
mundo, el orden en el que viven los hombres mismos, y que domina su imagen de
la realidad. Su fiesta, es verdad, no es sino una de las innumerables repeticiones
que siempre se juegan, según su creencia, a intervalos fijos
después del tiempo primordial. Pero está animada por el espíritu
creador de este tiempo; si no, no sería una fiesta"6*. En el juego
cultual los hombres celebran el mito, encontrando en este juego festivo y
solemne sus raíces divinas; renovando la conciencia de estos
orígenes y participando plenamente en ellos. De este modo los hombres
maduran su toma de conciencia en lo tocante a las cuestiones fundamentales de
la existencia dentro de una cultura determinada.
c) En otro plano
interpretativo se sitúan las corrientes funcionalistas e
historicistas10. Reconsideran
864
do la fiesta en
la relación entre lo sagrado y lo profano, esto último parece el
polo fundamental y esencial para la vida social, a la que se refiere en
último término la misma fiesta. En lo profano hay crisis y
conflictos, y para superarlos es preciso hacer saltar unos mecanismos
unidos a la ritualidad y a un momento sacro, de aparente inutilidad. Nace
un mundo verdadero y propio de relación dialéctica entre sacro y
profano, en el que lo sacro pasa a ser negación de lo profano, pero, al
mismo tiempo, momento que refuerza y da ánimos al hombre para vivir en
la profanidad, afirmando lo profano. Son pertinentes al respecto las
investigaciones realizadas por B. Malinovski en torno a las civilizaciones
australianas, en las que está claro que, a través de la
celebración de determinados ritos, los trobriandeses o los arunta
participan en un tiempo primordial, pero para volver con mayor eficacia y
fuerza al tiempo profano, tiempo de trabajo y de intercambio, y para hacer
frente a la misma muerte"71.
También
las corrientes historicistas ofrecen una interpretación de la
fiesta parecida en muchos aspectos a la de la escuela funcionalista. E. De
Martino considera que la presencia (estar en la historia) es puesta en crisis
por múltiples factores que pueden contribuir a una real deshistorificación
n. Estos factores pueden reducirse al tiempo profano. En el tiempo sagrado,
reducible también a la fiesta, se efectúa un proceso que a
través de un mecanismo mitopoiético y ritual, aun operando
una deshistorificación del hombre, le permite superar la crisis de la
presencia. "Lo sagrado (la fiesta, podríamos decir), en cuanto nexo
mítico-ritual, camufla el devenir histórico en la
repetición ritual de modelos míticos, en los que sobre un plano
metahistórico el cambio es
865
aceptado y al
mismo tiempo reintegrado; nace de ello un régimen particular de
existencia protegida, en cuyo ámbito por un lado se entra en
relación con las alienaciones de la crisis, mientras que por el otro se
inaugura una dinámica que impulsa a la reconquista de las formas de
coherencia cultural a distintos niveles —históricamente
determinados— de autonomía y de conciencia. Esta
dialéctica de recuperación y reintegración de los riesgos
de alienación se caracteriza por la coherencia técnica de la
deshistorificación mítico-ritual, que se hace mediadora del
redescubrimiento de las demás formas de coherencia cultural, desde la
economía a la ordenación social, jurídica y política,
al vestido, al arte y a la ciencia"73.
Con V.
Lanternari, la instancias críticas del funcionalismo y del historicismo
se aplican a la gran fiesta de "año nuevo", considerada dentro
de las experiencias históricoesenciales que forman la base de las
instituciones profanas y religiosas74. La fiesta, interpretada en el ambiente
cultural y en su relación funcional con lo profano y no ya en sí
misma, como por ejemplo en las corrientes irracionalistas, es algo
emblemático, dada su importancia en las culturas, para iluminar y
comprender la institución festiva. Lanternari puede concluir que la
fiesta de año nuevo, "en sus diferentes configuraciones y en sus
pluriformes desarrollos, no representa otra cosa que uno de los momentos de lo
sagrado, y sus modos y formas son los mismos modos y formas de la vida religiosa
en general. Dentro de la dialéctica propia de lo sacro y lo
profano, la fiesta de año nuevo representa fenomenológicamente
una evasión provisional, orgiástica, de la historia y del mundo,
expresión culturalizada de una condición de crisis.
Fiesta/Fiestas
Funcionalmente
sirve para salvar los valores inmanentes, profanos, de la vida. Por fin,
históricamente se adecúa del todo a las respectivas
civilizaciones portadoras, vistas en su estructura económico-social. La
fiesta repite la variable fenomenología de esa estructura, y a tal
estructura adecúa su respectiva función"75. En
este contexto la fiesta puede aparecer también como rito
autónomo, o sea, sin tener por objeto ningún ser sobrehumano, o,
como de hecho suele suceder, tenerlos como objeto, pero con otras finalidades
que el reconocerlos (se podría decir quizá: para considerarlos
como pretextos).
Dentro de la
orientación demartiniana hay que señalar además las
investigaciones y las interpretaciones de la fiesta en las regiones
meridionales italianas, dirigidas por
A. Rossi76, C.
Gallini77, L.M. Lombardi Satriani78, en las que la fiesta se
considera y se estudia como expresión espontánea y
autónoma de las clases subalternas, contestación de la
cultura dominante, y en particular al catolicismo oficial; como tiempo que
asegura y protege al pobre, tiempo de liberación en que quedan anuladas
las normas de lo cotidiano; como realización que implica a todas las
clases abriendo un espacio interclasista, y al mismo tiempo realizando el
control social de los pobres. Pese a los límites de estas
interpretaciones, que se siguen basando en la superada y ciertamente
revisable dicotomía gramsciana dominante/subalterno, es positivo que se
pongan de relieve algunas constantes detectables también en otras
hermenéuticas ciertamente más preocupadas por encontrar la fiesta
ideal.
Al final de esta
panorámica resulta que es relativamente fácil señalar
algunas notas o características inherentes a la fiesta; pero está
Fiesta/ Fiestas
ciertamente claro
que la pluralidad de las interpretaciones hace ardua cualquier
conclusión que desee hallar un paradigma de la fiesta, la fiesta
ideal. No sólo porque la pluralidad de hermenéuticas comporta
contradicciones al respecto, o porque las mismas interpretaciones puedan
mostrarse limitadas, no adecuadas en los ejemplos y contenidos ™,
sino porque, como subraya Jesi, los estudios sobre la fiesta en el
ámbito de las ciencias humanas con los respectivos métodos e
instrumentos de investigación llegan a explicitar una
incognoscibilidad de la fiesta misma80. El problema es de naturaleza
gnoseológica. El conocimiento que los investigadores pretenden
obtener acerca del objeto de la fiesta, de hecho no se logra. "La fiesta
como ocasión de visión —como ocasión de ver, no de
ser vistos— es un concepto para el que los historiadores de las
religiones, los etnógrafos y los folcloristas han acumulado una enorme
cantidad de materiales. En términos paradigmáticos, los
historiadores de las religiones han encontrado en un gran número de
fiestas la exhibición y desvelamiento de un éidolon". De
todas formas, Jesi constata que el ver no se ha considerado suficientemente
por el hecho de que "el concepto de fiesta se ha afrontado sobre todo
en el ámbito de la
etnografía,
y los protagonistas de la etnografía han tenido con las fiestas de los
salvajes relaciones esencialmente visivas: vieron las fiestas de los
otros, pero no vieron lo que los otros veían. Los vieron ver, no vieron
el objeto de la visión o, al menos, no lo vieron con los ojos de los
videntes, sino sólo con los ojos de los voyeurs"".
Si la consciencia
de estos límites, bastante profundos por cierto, impide totalmente
la continuación de una búsqueda de paradigmas,
866
exige en cambio
que nos demos cuenta de que de las notas y características de las
fiestas consideradas e interpretadas hasta ahora parece nacer una pluralidad de
contenidos y de intenciones. El mismo objeto de la fiesta, del que
frecuentemente es difícil tener una visión directa partiendo de
las características de la misma, puede generalmente calificarse
como ser, hombre o dios, acontecimiento, fenómeno cósmico,
potencia..., que implica y absorbe la atención y las tensiones de los
celebrantes, tensiones que se desbordan en un clima festivo de diversa
naturaleza. Pero es todavía posible descubrir, más que el objeto
mismo, la relación con el objeto, posibilidad de naturaleza
estrictamente sociológica, que tiene la ventaja de ampliar la
consideración al objeto de las fiestas actuales. Ya se ha aludido al
hecho de que la colectividad, el grupo, de rechazo, puede ser objeto de la
fiesta en ocasión de fiestas nacionales en honor del patrono de un
pueblo. En este caso, el objeto se multiplica: el pueblo que se celebra a
sí mismo, al patrono san Juan y el
solsticio de
verano; o bien en el moderno contexto, en algunos grupos, tenemos el
año nuevo civil y
867
respecto al
objeto, invita a considerar la fiesta como una realidad, fenómeno,
institución, polisémicamente compleja. Además, las
dinámicas que se instauran en el tiempo festivo entre el sujeto y
el objeto ponen en evidencia el carácter mixto de la institución
festiva, sea que implique el hecho religioso, sea que se refiera
únicamente a hechos por así decir profanos.
4.
un aspecto de la
fiesta que nunca puede ser del todo dominante. Una
Fiesta/ Fiestas
fiesta totalmente
transgresora, en que la única ley fuese la suspensión de toda
ley, no estaría de hecho asociada al placer, sino a la angustia...
La concepción transgresiva de la fiesta coincide en sus límites
con la idea absurda de una fiesta puramente individual o privada. Por el
contrario, la fiesta se caracteriza por la fuerte previsibilidad del comportamiento
del prójimo; por una solidaridad social más intensa, que se
manifiesta en actividades reguladas, de las que no puede dar razón
un simple estado emotivo""4. El hecho de que en el tiempo festivo se
den experiencias de transgresión, dada la singularidad de éstas,
urge y suscita en el acto la componente lúdica, de placer. En el
conjunto de lo cotidiano, el orden es aparente y carece de los aspectos de la
diversidad, experiencia fragmentaria. En el aparente y regulado desorden
festivo, desorden respecto al tiempo profano, se hace, en cambio, la experiencia
de una totalidad, porque experimentamos la posibilidad de todo eso que es
imposible durante lo cotidiano. La percepción de un todo en
dialéctica con la experiencia cotidiana, constituida por separaciones
y oposiciones, hace al placer festivo semejante al placer estético
(Valeri). Por otra parte, tal placer se puede encontrar también en la
misma ritualidad festiva, entendida en un sentido restringido, y no sólo
por el clima festivo general, sino porque las ceremonias particulares de la
fiesta en su ritualidad ofrecen posibilidades de placer y también de
diversión.
No se puede
olvidar el carácter de espectacularidad propio de los rituales, o de
algunos rituales festivos, tal y como ha sido subrayado por G. Piccaluga,
que ha extendido el examen no sólo al ambiente de la
religión romana, sino también a otros ambientes culturales".
EsFiesta/Fiestas
pectacularidad
que, oportunamente diferenciada de la teatralidad*6, favorece emociones y
experiencias placenteras, de las que no ha estado ni está ausente ni
siquiera la liturgia en sus formas occidental y oriental !7. Baste
recordar la danza en los rituales festivos »8; los testimonios de Egeria
Con esto no se
excluyen cierto tipo de fiestas en las que la componente de efervescencia
está limitada al máximo o es nula, y la fiesta asume el
carácter de fiesta íntima
o triste, como,
por ejemplo, el día dedicado a los difuntos en muchas culturas, o el
tiempo de los funerales, como ha sido eficazmente puesto de relieve por J.
Potel: "Los funerales comportan algunos aspectos festivos, porque son
un tiempo separado y contribuyen a dar ritmo al desenvolverse del tiempo
de las familias
o de los grupos
sociales sirviendo como puntos de referencia al calendario. Como una
verdadera fiesta, ofrecen también la ocasión de establecer
nuevas relaciones con el tiempo y la historia mediante un retorno al pasado, o
a los mismos orígenes, y una proyección hacia el futuro, o hacia
el último fin de la existencia" '4. Los funerales, además,
son ocasión de una mayor comunicación entre amigos,
conocidos y parientes, momento de grandes intercambios de naturaleza
económi
868
ca (por ejemplo,
flores, regalos); están señalados por ritos particulares, ya
sean religiosos o civiles95. Y precisamente en alguno de estos aspectos
señalados podemos indicar también algunas componentes que
producen placer y diversión.
La complejidad de
la fiesta comporta también ambivalencia, si no paradoja: mientras
el objeto de la fiesta normalmente es sacro o sacralizado, para festejarlo
los sujetos usan medios profanos; es posible la alteridad de la fiesta respecto
a la cotidianidad, pero en lo festivo se utilizan medios propios de la vida
cotidiana (como, por ejemplo, comer); la fiesta no es nunca improvisada:
se prepara bien, con atención, aunque de todas formas se abre a momentos
creativos de espontaneidad individual. Es necesario subrayar la
importancia de la preparación de una fiesta, en el sentido de tener que
preparar el espacio y todos los elementos del ceremonial festivo, pero
también de prepararse interiormente para entrar en el tiempo de la
fiesta96. Solamente una sólida preparación puede permitir a la
efervescencia sugerir espontaneidad e invención. Pero la necesidad de la
preparación recuerda también el carácter expresivo de la
fiesta. Para que el objeto pueda desvelarse y sea patente su valor, se pone en
acto una pluralidad de medios expresivos de naturaleza simbólica que, mientras
pueden significar el objeto, al mismo
tiempo lo
celebran. Estos medios no se refieren solamente al momento ritual
específico, sino que forman parte de todo el tiempo de la fiesta.
La complejidad
delineada hasta ahora invita a considerar la fiesta no ya desde la perspectiva
de la idealidad, sino, al contrario, de pluralidad de fiestas. Pluralidad
que hace al fenómeno fiesta multiforme y parcial, en el sentido de
que no siempre y en todas partes pueden estar 869
presentes todas
las componentes que constituyen la fiesta, aun permaneciendo siempre el
tiempo, el objeto y el sujeto. Así, "se podría definir la
fiesta como la celebración simbólica de un objeto
(acontecimiento, hombre o dios, fenómeno cósmico, etc.) en
un tiempo consagrado a una pluralidad de actividades colectivas con
función expresiva" (Isambert).
II. La fiesta en
la tradición bíblica
1. TIEMPO Y
CALENDARIOS. Las conclusiones a que nos han llevado las interpretaciones de la
fiesta y el examen pormenorizado de su complejidad son de naturaleza
abierta: es posible, con los datos que poseemos, abrirnos a una o
más tipologías de la fiesta, o bien, con estos elementos,
comprender la articulación de la práctica festiva particular
o de un complejo de prácticas en una determinada cultura. Además,
a la luz de las observaciones hechas, resulta más fácil
considerar la fiesta en la tradición bíblica con todas las
particularidades que a lo largo de los siglos ha aportado tanto al tiempo
festivo como al sujeto y a la concepción del objeto de la fiesta, base y
substrato específico para comprender la fiesta cristiana.
Ante todo, el
tiempo festivo. Como ha ilustrado con eficacia A.-J. Heschel97, la biblia
está particularmente interesada en el tiempo, hasta el punto de
leer el mundo desde esta perspectiva. "El hebraísmo es una
religión del tiempo que tiende a la santificación del tiempo...
El ritual hebraico se puede caracterizar como el arte de las formas
significativas en el tiempo, como arquitectura del tiempo"™. De
todas formas, en el AT no encontramos un modo único de concebir el
tiempo, sino una diversidad de
Fiesta/ Fiestas
concepciones con
relativos desarrollos, que implican concepciones relativas de la fiesta.
Más allá de las interpretaciones de las diversas corrientes de
exegetas y de teólogos que se han dedicado a la comprensión
de cómo ha sido concebido el tiempo ", a la luz de una confrontación
con las otras experiencias religiosas, se puede subrayar que Israel caracteriza
el tiempo en sentido innovador y lo vive en cuanto tal. La lectura eliadiana ya
ha señalado que se ha superado la concepción cíclica, en
el sentido de un eterno retorno, en favor de un tiempo histórico lineal,
en el que se manifiesta el Eterno l0°. Israel ha tenido siempre conciencia
de esta manifestación, incluso cuando, en su conciencia arcaica,
percibía el tiempo muy simplemente, meteorológicamente,
unido a los ritmos estacionales y al movimiento de los astros (Libros
históricos - Pentateuco). Efectivamente, nunca sacralizó
estos ritmos, sino que los historizó y situó en una perspectiva
de fe en el Dios de los padres. Las fiestas de naturaleza agrícola que
surgieron, aunque nacidas de cultos cananeos locales, fueron historizadas
inculturando las manifestaciones llevadas a cabo por Dios en favor del
pueblo (por ejemplo, Dt 26,1-11). Von Rad observa que en esta fase las fiestas
son hechos absolutos, sacralmente absolutos"". Sucesivamente, las
acciones salvíficas cumplidas por Dios se consideran
según una concatenación que explícita una historia, la
historia de la salvación. Y si en un primer momento es el pasado lo que
se revive en el tiempo festivo, revivido y actualizado de manera
realísima hasta colocar a Israel "en la situación
histórica que era determinada de vez en vez por la respectiva
fiesta" (von Rad), con el proceso de concatenación histórica
de los acón
Fiesta/Fiestas
tecimientos
queridos por Dios, progresivamente, sobre todo por obra de los profetas y de la
apocalíptica de los últimos siglos antes de Cristo, se hace
viva la esperanza y la espera de una nueva intervención de alianza por
parte de Dios. Israel se abre al futuro, que, fortalecido por la fidelidad del
Dios de los padres en el pasado, confiere al presente la posibilidad de llegar
a ser historia pese a los fracasos ">2.
En los
calendarios religiosos de Israel, particularmente en las fiestas que lo
jalonan, de alguna manera estos procesos sobre el modo de sentir el tiempo
encuentran un eco"". Las tres grandes fiestas anuales que nos han
sido transmitidas en las cuatro listas clásicas calendariales: Ex
23,14-17 (elohísta), Ex 34,18-23 (yavista), Dt 16,116
(deuteronomista), Lev 23 (sacerdotal): ácimos-pascua;
recolección de las mieses-pentecostés; recolección de
otoño-tiendas, son significativas a este propósito l04. Han
sido vividas con acentuaciones diversas en las diferentes épocas.
Podemos decir lo mismo del sábado, día "santificado por su
relación con el Dios de la alianza, más aún, un elemento
de esta alianza" (De Vaux) de origen tan antiguo (Ex 23,12; 34,21; Dt
5,12-14; Ex 20,8-10; 31,1217; Neh 13,15-22; 1 Mac 2,32-41)"»;
de las neomenias, la celebración de la luna nueva (Núm 28,11-15;
Esd 3,5; Neh 10,34; 1 Crón 23,31), en particular la del séptimo
mes (Lev 23,24-25; Núm 29,1-6) •«; y de cualquier modo
también las fiestas que enriquecieron el calendario religioso en el
período postexílico y continuaron y continúan en el
judaismo contemporáneo: el día de la expiación (Lev
23,27-32; Núm 29,7-11; en particular Lev 16), tan importante que se
llama el "día" de los díasl07; la hanukka o fiesta de
la dedicación (1 Mac 4,36-59) y la fiesta de los
870
purim,
típicamente profana, sin elementos propiamente cultuales (2 Mac 15,36;
Est 9)"».
Junto a estas
fiestas del calendario, como todos los demás pueblos, Israel
conoció otras fiestas unidas a acontecimientos particulares, y por tanto
no estrictamente calendariales. "La biblia señala un cierto
número de ellas, sin explicar, sin embargo, en general la forma de su
celebración. Fiestas de familia o de clan señalaban las etapas de
la vida del individuo: el destete (Gen 21,18), el matrimonio (Gen 29,22s; Jue
14,10s), la muerte (Gen 23,2; 2 Sam 1,11-12.17s; 3,31s), etc. La vida rural
ofrecía ocasión a ciertas alegrías: así el esquileo
de las ovejas (1 Sam 25,2-38; 2 Sam 13,23-29; cf Gen 38,12...). Los
acontecimientos públicos se señalaban con fiestas:
coronación del rey, victorias glorificadas con cantos y danzas (Ex
13,121; 1 Sam 18,6-7), las calamidades nacionales daban lugar a ayunos
(Zac 7,ls; 8,19), y a lamentaciones (Jl 1-2 y el libro de las Lamentaciones).
Muchas fiestas que ignoramos deben haberse celebrado en los diversos
santuarios de Israel (cf Os 4,15; 12,12; Am 4,4-5, etc.); pero es muy raro que
una narración antigua aluda a ellas: la peregrinación de
Siquén a Betel (Gen 35,1-4), la fiesta de Yavé en Silo (Jue
21,19-21; cf 1 Sam l,3s)",M.
Todas las fiestas
señaladas, tanto las sacadas de calendarios religiosos como las que no
están en los calendarios, de alguna manera tenían un
carácter religioso, o por lo menos lo podían tener. No faltaba un
clima fuertemente festivo, de alegría manifiesta; más
aún, el término hág, reservado para las tres grandes
fiestas de peregrinación (cf, por ejemplo, Ex 23,14: "Tres veces al
año celebrarás fiesta solemne en mi honor"), tiene en su
raíz el significado de danzar, girar en redondo.
871
En la
legislación deuteronomista encontramos con insistencia: "En
presencia de Yavé... te regocijarás tú, tu hijo..."
(Dt 16,11.14), con ocasión de fiestas. Se hace clásica a este
respecto la invitación de Nehemías al iniciar la
recuperación de la fiesta del séptimo mes: "Id y comed
viandas grasas, bebed bebidas dulces y mandad su porción a quien no
ha preparado nada, pues este día está consagrado a Yavé.
¡No os pongáis tristes; el gozo de Yavé es vuestra
fuerza!" (Neh 8,10)'"».
Pero el tiempo
festivo está señalado sobre todo por el reposo sacro y
cultual, en particular el día del sábado. "Este aspecto
está mucho más acentuado que en otras religiones; la palabra
sábado, que designa el día sagrado de la semana, pasa a ser
sinónimo de día de fiesta acompañado de un reposo
cultual, sabático (Lev 23,32) Reposo que
adquiere una
dimensión de libertad del peso de lo cotidiano (cf Ex 23,12) en relación
con la liberación más amplia llevada a cabo por el Señor,
que ha liberado a su pueblo de la esclavitud de Egipto (Dt 5,15). Reposo
cultual que, como un eco del reposo de Dios al final de la creación (Ex
31,17), es tiempo en que el hombre reconoce y festeja la alianza perenne de
Dios con Israel (Ex 31,16).
2.
pueblo, como Dios
mismo "2. Como hemos observado acerca de la concepción del
tiempo, el proceso de desacralización del mismo hacia una
historización influye profundamente también en los tiempos
festivos. De aquí se sigue que la fiesta "se hace memorial
(zikkárón) de la continua irrupción de Dios en la
historia, se hace anamnesis de la acción libre del Dios salvador, se
hace sorpresa y ya no ritmo obligado, existencia y ya no exterioridad
cósmica. Más aún, en ciertos casos el acontecimiento
histórico se describe e interpreta como si fuera una
celebración litúrgica"'".
La fiesta celebra
como zikkárón los acontecimientos de la historia de la
salvación en el presente, pero para seguir celebrándolos de
generación en generación; cf, por ejemplo, Ex 12,42:
"Noche de vela fue aquélla para Yavé para sacarlos de la
tierra de Egipto. Y esa misma noche es noche de velar en honor de Yavé
para los hijos de Israel en sus generaciones". La profundización
profética permitirá connotar, en la repetición
generacional de las fiestas, una dimensión escatológica: el
acontecimiento memorial se celebra en una espera de cumplimiento
escatológico "4. El sujeto que vive y media esta realidad para
transmitir su eficacia hasta el cumplimiento final es el pueblo mismo. El mandamiento
de acoger la actuación salvífica de Dios en la celebración
del sábado y de las fiestas se dirige al pueblo de Israel, que se
cualificará en las asambleas cultuales. De cualquier forma,
también para Israel el sujeto de la fiesta se precisa en la
colectividad. Típica a este respecto es la celebración de la
pascua (Ex 12,1-13.16), con sus relativas particularidades. En efecto,
"la asamblea que celebra la pascua es el Israel que, histórica o
cultualmente, participa en los acónFiesta/Fiestas
tecimientos
relativos a la salida de Egipto y a su constitución como pueblo de
Dios". De todas formas, "la ejecución del mandamiento divino
de celebrar la ley de la pascua, y más ampliamente de conservar toda
disposición que provenga de él, no se limita a la asamblea como
organismo, sino que, como la salvación efectuada en el pasado, implica a
cada persona particular que forma parte de ella", invitando al
asentimiento (Ex 12,27; 19,8; 24,3.7) y participación "s.
La participación
se abre a la vida y desemboca o debe desembocar en lo cotidiano (cf Dt
10,12-13). En definitiva, la celebración festiva se hace experiencia de
salvación que compromete al pueblo y al particular para responder
concretamente a la salvación ofrecida por el Dios de los padres "6.
Cuando esto no suce-' de, los profetas usan acentos muy fuertes: "Dejad de
hollar mis atrios para traerme ofrendas vanas; me causa horror su incienso.
Novilunios, sábados, asambleas..., ¡ya no soporto más
sacrificios ni fiestas! Odio con toda el alma vuestros novilunios, vuestras
solemnidades... Dejad de hacer el mal, aprended a hacer el bien..." (Is
l,13ss; además, Am 5,21ss; Os 6,6; Jer 6,20; Miq 6,6-8...). Solamente de
este modo, abriéndose al presente concreto, la celebración
festiva ilumina acogiendo al pasado, que permanece en el memorial y se
carga de esperanza abriéndose al futuro de Dios y a su Mesías,
que debe venir.
3. TIEMPO Y
FIESTA EN
872
Señor
Jesús, acaecida en la plenitud
de los tiempos
(cf Gal 4,4; Ef 1,10),
atraviesa la
línea temporal de la
espera
apocalíptica de los últimos
siglos antes de
la venida de Cristo
dentro del mundo
judío. "Para la
comunidad
primitiva, tras la muerte
de Jesús,
la coronación de esta obra
es el hecho
grandioso de la resurrec
ción de
Cristo. Ningún otro momen
to de la
historia, del pasado o del porvenir, puede revestir una importancia tan
central para los hombres convencidos de que Jesucristo, el Primogénito,
ha resucitado con su cuerpo de entre los muertos" "'. El punto focal
del tiempo en el NT viene a ser la dinámica que se da en Jesús
entre lo ya acaecido y lo todavía no sucedido del todo. "La
esperanza en el porvenir ya puede apoyarse en la/e del pasado, en la fe en que
la batalla decisiva ya se ha vencido. Lo que ya ha sucedido constituye la
garantía segura de lo que sucederá. La esperanza de la victoria
final es tanto más intensa en cuanto que se funda sobre la convicción
indestructible de que ya ha llegado la victoria definitiva" (Cullmann).
La misión
de vivir y anunciar esta realidad la ha confiado el Señor al tiempo de
la iglesia, tiempo en absoluta dependencia del acontecimiento Cristo,
acontecimiento fundamental y fontal, que vuelve a proponer en el
Espíritu del Resucitado la posibilidad de vivir de él
"8. Y es en este tiempo cuando la comunidad cristrarfa, como
sucedía con la antigua pascua, celebra el acontecimiento que se ha
cumplido de una vez por todas (Rom 6,10; 1 Pe 3,18; Heb 7,27; 9,12.28; 10,10);
y no sólo para ser fiel a su Señor (l Cor 11,24), sino para
revivir en su memorial/ zikkarón la nueva alianza (1 Cor 11,26) y vivir
de la plenitud salvífica que ha aportado, en la espera de su venida (cf
1 Cor 16,22;
873
Ap
22,17.20)'". "Con el mandamiento: Haced esto en memoria
mía, Cristo ha puesto en la línea del tiempo su pascua,
introduciendo así en la historia humana la realidad de la
salvación. Y como la pascua de Israel era el polo magnético que
influía y dirigía todas las fiestas litúrgicas semanales y
diarias, así la pascua cristiana, suma y realidad primera de la
salvación, será, desde el principio, el centro polarizador de
toda la liturgia cristiana"l2°. En realidad, como subraya Casel, la
pascua, siendo la oikonomia del plan salvífico de Dios con los hombres,
se hace la fiesta por excelencia de la iglesia y será el prototipo
específico de toda fiesta cristianal21.
III. La fiesta
cristiana y su celebración
1. DE
Fiesta/Fiestas
y sujeto,
comprendemos el enriquecimiento del calendario festivo. En este proceso
han intervenido numerosos factores de orden teológico,
ascético, psicológico y políticom, sin deber excluir la
situación existencial de la comunidad cristiana en el ritmo de las
estaciones y en los fenómenos cósmicos ,25.
Actualmente en
las iglesias, tanto de Oriente cuanto de Occidente, la comunidad cristiana,
cada semana, el domingo o primer día de la semana hace memoria de la
resurrección del Señor l26; memoria que anualmente celebra
por pascua, la fiesta por antonomasia, la más grande de las
solemnidades, unida a la pasión de Cristo. La pascua se abre y comprende
en la fiesta de su clima festivo la ascensión del Señor
Jesús al cielo y pentecostés, la fiesta del don del
Espíritu a los creyentes. El nacimiento del Señor y la epifanía,
su manifestación, pese a haber entrado posteriormente en el ciclo
festivo anual, ya son elementos firmes de él. Además, como leemos
en
n. 104: "La
iglesia introdujo en el círculo anual el recuerdo de los mártires
y de los demás santos". No se puede dejar de recordar la fiesta
propia inherente a la celebración de los sacramentos: estos acontecimientos
tan importantes para la persona y para la comunidad, transfigurando
tiempos y experiencias particulares de la vida del hombre, entran con pleno
derecho dentro de una clasificación festiva y la enriquecen.
Tenemos que
preguntarnos, sin embargo, analizando detalladamente esta
enumeración de referencias Fiesta/ Fiestas
festivas, si y
cuándo podemos hablar de fiesta cristiana en sentido pleno, incluso
a la luz de los datos derivados de la primera parte de la presente voz. La
respuesta nos viene de los padres de la iglesia, pero en particular de los
textos litúrgicos, ciertamente la expresión más alta de la
vivencia festiva'". Se debe considerar fiesta "la reunión
del pueblo para celebrar gozosamente la memoria de un acontecimiento pasado,
en el día del año que corresponde a aquel en que
acaeció el acontecimiento mismo, por medio de la celebración
de la eucaristía"
(A.
Pernigotto-Cego). Así reencontramos las notas específicas
del objeto cristiano de la ñesta en la eucaristía, en referencia
directa a la pascua de Cristo, objeto que en la recurrencia anual se celebra
bajo una perspectiva particular; reencontramos el sujeto, en la
colectividad reunida para celebrar, y finalmente reencontramos el
carácter de alegría. Con la presencia conjunta de estos
componentes podemos hablar de fiesta cristiana en sentido propio y preciso.
Además, como la fiesta en general, como la fiesta en el AT, la fiesta
cristiana "trasciende el cuadro de la asamblea litúrgica. Se prolonga
gustosamente en la oración y en las asambleas extralitúrgicas,
los pia exercitia, que a veces pueden alcanzar una expresión
elevadísima y
constituir el
patrimonio espiritual de un pueblo. La fiesta frecuentemente ha inspirado
representaciones
o dramas
sagrados; suscita también festejos en la ciudad o en familia. Lleva
consigo, espontáneamente, la vacación, el cese del trabajo, la
feriación
m.
2.
874
cepto mismo del
verbo celebrar en el
latín
clásico, en la patrística y en la
liturgia, pese a
connotar la modali
dad festiva de
hacer algo juntos,
exige la
modalidad religiosa,K. Es
en este sentido
en el que se usa, y
es a este aspecto
de la fiesta cristiana
al que me
refiero. El tiempo de la
celebración
litúrgica, por el hecho
de estar en la
base del hacer fiesta,
reviste una
importancia del todo
particular; y
él mismo se resiente, de
todas formas, de
la crisis que ha
entrado en la
fiesta en general. La
comprensión
del fenómeno festivo
impulsa a buscar
caminos para vivir
siempre en
plenitud la celebración.
A este respecto,
las indicaciones
deberán
referirse al sujeto y al ob
jeto de la fiesta
l3°.
Por lo que se
refiere al objeto, se
ha
señalado oportunamente la nece
sidad de
conocerlo referiéndolo a
una
teología de la fiesta cristiana,
que, aun habiendo
tenido en las
últimas
décadas válidas contribucio
nes por parte de
H. Rahner, H. Cox,
J.
Moltmann"', está todavía por hacer'". Teología
que, al hacerse, debe poner toda su atención tanto en la evanescencia
cuanto en la falta de rigor crítico, corriendo, si no, el riesgo de caer
en una pura acción superficial'". En segundo lugar, pero de importancia
primaria, está el respeto absoluto del objeto. "La
reivindicación actual que exige celebrar la vida (véanse,
por ejemplo, los cultos políticos), y la actitud formalista, que se
preocupa del cumplimiento impecable del texto ritual, son, tomadas
separadamente, erróneas, porque rompen la globalidad de la
celebración cristiana. La celebración, sea en su proyecto, sea en
su realización, debe precisamente asumir el pasado, el presente y las
tensiones hacia
el porvenir bajo la fuerza discerniente y transformante de la pascua del
Señor",34. De aquí se sigue, como una ulterior indica
875
ción, la
necesidad de considerar el objeto con una tensión mistagógica
libre de todo moralismo, tensión que sea capaz de hacer gozar y
facilitar la visión de lo que la fiesta celebra. Finalmente, se muestra
la urgencia de un redescubrimiento y revalorización de lo ferial con sus
ritmos, que deberán ser distintos de los que en lo festivo se refieren
al objeto de la celebración, de modo que lo ferial pueda preparar los
espíritus para vivir plenamente la fiesta'".
Por lo que se
refiere al sujeto, ante todo es oportuno que madure la convicción de
prepararse a entrar en la celebración festiva y de preparar la
celebración misma; como la fiesta en general, la celebración debe
cuidarse atentamente en su preparación, para favorecer entre otras
cosas también una experiencia festiva no sólo interior. El
acontecimiento que se celebra puede hallar en la riqueza del simbolismo
cristiano, en el repertorio de la música, de los cánticos...,
elementos que, adecuada y apropiadamente utilizados, favorezcan la entrada
de los individuos y de la comunidad en el juego festivo "6. Pero esto
no se da una vez por todas. Mientras la fiesta cristiana sostiene en su
celebración repetitiva la espera en el mundo de lo todavía no
cumplido: el nuevo cielo y la nueva tierra (cf Ap 21,1; 2 Pe 3,13), el ya
actuado que se celebra deberá cada vez poder desplegar la riqueza
siempre idéntica y siempre nueva de su totalidad.
NOTAS: ' Me
refiero a los ensayos de R. Barthes, Mylhologies, París I9702, en part.
las pp. 191-247 — 2 Señalo algunos puntos de referencia de valor
desigual en cuanto a su contenido. Sigo un orden cronológico: de notable
interés son las diversas aportaciones reunidas con el tema: La jete, cetíe
hantise..., en la revista trimestral Autrement 7 (1976), 240 pp.; E. Di Nallo
(dirigida por), Indiani in cittá, Cappelli, Bolonia 1977; es
sintomático el Congreso "Forme e pratiche della festa": cf el
Fiesta/Fiestas
resumen de V.
Padiglione, <ili antropologi di fronte alia festa, en
Politics and
ritual: the Communist festa in Italy, en Anthropological Quarterly 47 [1974]
374-389) — 3 Uso el concepto de figuras en el sentido de F. Relia, Miti e
figure del moderno, Pratiche, Parma 1981 — ' "La
identificación del teatro popular con la fiesta popular —que no
sólo los estudios, sino también la práctica del teatro
posartaudiano estaban prestos a asumir— favorecía y en
algún modo comportaba esta centralidad del hecho teatral, pues la
fiesta, ya en los acentos proféticos de Durkheim, y luego con mayor
precisión cada vez en Caillois, Bataille y Mircea Eliade y, por fin, en
el estudio de Agnés Villadary, que afrontaba también su
problemática en el mundo contemporáneo, era sentida como
momento privilegiado y emergente de un tipo de convivencia que las
perspectivas ideológicas posteriores a)
s. XVIII
tendían a revalorizar y quizá a sobrevalorar, como la
reafirmación solidaria de valores y creencias considerados alternativas
todavía reales a los de la sociedad capitalista": C. Molinari,
Pupi e Fresedde: festa, rilo, commedia dell'arte, en Quaderni di teatro 2/6
(1979) 84. Sobre la relación entre teatro popular y fiesta popular cf
las aportaciones del Centro di Studi sul Teatro Medioevale e Rinascimentale,
Rappresentazioni arcaiche della tradizione popolare. Atti del VI Convegno
di Studio, Viterbo 1981. Sobre los teatros que han influido en la efervescencia
festiva es útil confrontar las referencias en A. Attisani (por),
Enciclopedia del teatro del W0, Feltrinelli, Milán 1980. Dada la
influencia que han tenido, y no sólo en el área italiana, cabe
señalar las aportaciones de uno de los maestros del nuevo teatro;
G. Scabia, Teatro nello spazio degli scontri, Bulzoni, Roma 1973 — 5
Véanse los elementos esenciales indicados en el art. de A. Coronia, C.
Formenti, Dalla parte delpubblico, en Alfabeto 32 (1982) 22 — « El
fenómeno forma sin duda parte de ese proceso teórico y
práctico que afecta a la modernidad
y. que ha sido
calificado impropiamente de crisis de la razón. La fiesta misma parece
subyacer, en sus mismos síntomas de reacción, al
laberíntico proceso señalado. Probablemente la efervescencia
festiva ha de leerse también como pretensión de la totalidad que
rechaza cualquier límite, mientras surgen cada vez más razonables
los límites de la razón. En este
Fiesta/Fiestas
sentido me parece
útil señalar las aportaciones de A. Gargani (por), Crisi della
ragione, Einaudi, Turín 1979 —
una de las
intuiciones problemáticas fundamentales: "La iglesia no puede
reconstruirse sino litúrgicamente, y en la fiesta"), y
L'Année Liturgique..., A. Mame, Tours 1929-193022; O. Casel, por su
tenaz profundización teológica de la fiesta; para su
bibliografía, cf D. Bienias, Bibliographie von Dr. P. Odo Casel osb, en
VV.AA., Vom chrislichen Mysterium, Gesammelte Arbeiten züm Gedachtnis
von Odo Casel osb, Patmos Verlag, Dusseldorf 1951, 563-575; sobre la esencia de
la fiesta litúrgica, cf B. Neunheuser, L'année liturgique selon
dom Casel, en QL 38 (1957) 286-298. Más recientemente, por su
singular influencia en la reflexión y praxis litúrgica
occidental, cf H. Cox, Las
fiestas de locos.
Ensayo teológico sobre el talante festivo y la fantasía, Taurus,
Madrid 1972, y J. Moltmann, Sul gioco. Saggi sulla
876
gioia della
liberta e sul piacere del gioco, Queriniana, Brescia 1971; J. Mateos,
Cristianos enfiesta. Más allá del cristianismo convencional,
Cristiandad, Madrid 1972. En el inmediato clima pre y posconciliar del Vat. II
nace un renovado interés, ligado sobre todo a la necesidad de hacer
fiesta al celebrar. Véase por todos J. Hild, Fétes, en DSAM V
(1964); E. Costa, Celebración-Fiesta, en DTI2, Sigúeme, Salamanca
1982, 25-38 — l6 Sobre la relación entre ritos festivos y fiesta
me parece útil reproducir la lúcida síntesis de A.
Brelich, Introduzione alia storia delle religioni, Ed. Dell'Ateneo e Bizzarri,
Roma 1966, 50: "Aunque a menudo esté caracterizada por la
celebración de ritos, la fiesta no ha de identificarse con los ritos a
los que sirve de marco; ritos pueden celebrarse en cualquier tiempo, mientras
que ciertas fiestas no exceden los ritos de otros días que no se
consideran festivos. Por ello se podría decir que la fiesta misma es un
rito, independientemente incluso de los ritos que se efectúan durante su
celebración. La diferencia más manifiesta entre los ritos
festivos y la fiesta misma es que la duración de los primeros no
coincide con la duración de la segunda: los ritos que se celebran en una
fiesta pueden ocupar sólo una parte de la jornada, mientras que se
considera festiva toda la jornada. Esta independencia de la duración de
la fiesta del tiempo necesario para celebrar los ritos demuestra que la
peculiaridad de la fiesta ha de buscarse en su posición en el
tiempo" — " A. Di Ñola, Festa, en Enciclopedia delle
Religioni II (Vallecchi, Florencia 1970) 1585 — '* Además de las
referencias existentes en la nota 19, cf en part. los ensayos en VV.AA., Les
cultures et le temps, Payot/Unesco, París 1975 — í
877
Religión
in Geschichte und Gegenwart, hrsg. K. Galling, III (Tubinga 19603) 162-163;
Tempo, en Enciclopedia delle Religioni V (1973) 16891702; Time, en
Encyclopedia of Religión and Ethics Xll (Edimburgo 1925) 334-345. Cf
también los ensayos Mensch und Zeit, en Eranos-Jahrbuch XX (Rhein
Verlag, Zurich 1952), dirigidos en la ed. inglesa por J. Campbell, Man and
time. Papers from the Éranos- Yearbooks, Princeton University Press and
Routledge y Kegan Paul, Londres 1957; Éranos 47 (1978): In time and out
oftime - Zeit und Zeitlosigkeit - Le temps et ses frontieres,
Insel Verlag,
Francfort 1979. Entre las aportaciones más específicas, de
distintas escuelas, cf
G. Bachelard,
L'intuizione dell'istante..., Dédalo, Bari 1973, 37-122; S.G.F. Brandon,
History, time and
Deity. A historical and comparative study of the conception of time in religious
thought and practice, Manchester y New York 1965; W. Bogoras, Ideas of Space
and Time in the conception of primitive religión, en American
Anthropologist n.s., 27 (1925) 205-266; M. Eliade, Mito y realidad, Guadarrama,
Barcelona 1981; El mito del eterno retorno, Alianza/Emecé, Madrid-Buenos
Aires 1979; H. Hubert, Étude sommaire de la représenla!ion
du temps dans la religión et la magie, Ecole pratique des Hautes
Études, Section des Sciences Religieuses, París 1905 139 (cf
una síntesis en M. Mauss, Oeuvres 1, Ed. de Minuit, París 1970,
48-52); H. Hubert-M. Mauss, La représentation du temps dans la
religión et
l-iesln/ Fiestas
han sido objeto
los calendarios, tu lus vitales hay a menudo preciosas indicaciones sobre el
modo de considerar la fiesta, cf Astronomía e astrologia, en
Enciclopedia Universalv dcll'arte II, Sansoni, Florencia 1958, 101-148. Para
una comprensión del calendario, cf la voz C/V7ÍJ en Enciclopedia
II, Einaudi, Turín 1977, 11411199; y las obras generales: E.I.
Bickerman, La cronología del mondo antico, Sansoni, Florencia 1963;
P. Couderc, Le calendrier, PUF, París 1946; A.E. Samuel, Greeck and
román chronology. Calendars andyears in classical antiquity,
Munich 1972.
Señalo también por el método adoptado la
investigación de A. Dentoni, Feste e stagioni in Giappone..., Borla,
Roma 1980 • 33 Cf A. Brelich, Introduzione ai calendan festivi, 2
vols., Roma 1954-1955, en part. I, 4349 — 24 p Dentoni, Feste e
stagioni... (nota 22), 16-17 — 25 "La historia de las religiones
está llena de cultos y de fiestas cuya importancia no es
proporcionada al papel que desempeñan en el sistema religioso
oficialmente reconocido: celebraciones que caen en el olvido aun
permaneciendo todavía codificadas, nuevas festividades que emergen
y sólo más tarde encuentran una colocación orgánica
en el calendario, rituales impuestos desde el exterior
o desde lo alto y
que sólo lentamente penetran en la vida del pueblo, fiestas abolidas por
autoridades que sobreviven en la praxis popular, etc.; en una palabra, un
continuo trasvase entre calendario popular y calendario oficial, y
viceversa": F. Dentoni, ib, 26. Para ejemplificar baste pensar en el
carnaval, solamente contemplado en el calendario
26 27
popular —
Ib, 28 — El problema del tiempo libre o loisir es extremadamente
complejo, dadas sus implicaciones en cuanto fenómeno social con
valoraciones de orden ético, psicológico y filosófico.
Señalo algunas aportaciones que pueden ayudar a interpretar mejor esta
realidad social, y a comprender por tanto su caracterización respecto a
la fiesta. Desde el punto de vista histórico es útil B.
Cacérés, Loisirs et travail du Mayen Age a nos jours, Seuil,
París 1973, aunque no siempre resulte clara la distinción entre
fiesta y loisir, y
P. Veyne, Le pain
et lesjeux, Seuil, París 1976;
A. Villadary,
Féte et vie quotidienne, Ed. Ouvriéres, París 1968, en
part. sobre fiesta y loisir las pp. 48-55 — n Es indudable, empero, que
el tiempo festivo ha asumido también valor diverso según las
sociedades vivían o viven diversos sistemas productivos que llegan a
condicionar la concepción general del tiempo. Sobre este argumento cf,
por ejemplo, G. Agamben, Tempo e storia. Critica dell'istante e del continuo,
en Infamia e storia..., Einaudi, Turín 1978, 89-107; J. Le Goff, Tempo
della chiesa e tempo del mercante, Einaudi, Turín !977; E.T. Thompson,
Societá patrizia e cultura p/ebea, Einaudi, Turín 1981 — 29
Me
Fiesta/Fiestas
refiero, en
particular, a Les formes élémentaires
x
de la vie
religieuse..., PUF, París 19685 — Cf F.-A. Isambert, Note sur la
féte comme célébralion, en MD 106 (1971) 101-103 —
" Así ejemplifica Isambert: "Entre les deux p61es, de
múltiples intermédiaires sont possibles selon le
degré d'altérité attribué á í'objet
qui peut á son tour devenir participant et membre du sujet collectif (la
féte de méres comme féte de famille et, á ce titre,
la mere devenant cosujet de la féte), selon aussi le degré
de réalité attribué á Í'objet qui peut
étre un étre disparu, une idee abstraite, une fiction percue
comme telle, selon enfin la relation symbolique qui peut s'instituer entre le
sujet et Í'objet et qui permet au sujet de se féter
lui-méme á travers Í'objet (relation classique qui, pour
n'avoir pas l'exclusivité, n'en conserve pas moins une grande importance
explicative)": ib, 103 — 32 Ib, 104. El autor se refiere
evidentemente a la concepción de Durkheim, que ve en el agiómeramiento
masivo, generador de la exaltación, el aspecto característico de
la fiesta, por ejemplo, el corrobborri australiano — " R. Schilling,
Féte..., en Y. Bonnefoy (por), Dictionnaire des mythologies et des
religions des sociétés traditionelle et du monde antique (A-J),
Flammarion, París 1981, 407; para la cita de É.
ffénvéniste, Le vocabulaire des instítutíons
indoeuropéennes 2, Gallimard, París 1969, 133ss — 34
Féte, en EU VI (1970) 1046 — 55 Para los siglos anteriores
será suficiente referirse a algunos autores que, si bien no están
preocupados por explicitar la esencia festiva, son representativos por su modo
de entender la fiesta, no sólo en relación al período en
que escribían. Cf, por ejemplo, P. Alaleone, Diarium Cerimoniarum
(1582-1638), Roma, Biblioteca Apostólica Vaticana, y T. Ameyden,
Diario della
cittá e Corte di Roma notato da Deone hora Temí Dio (1640-1649),
ms, Roma, Biblioteca Casanatense (breves noticias sobre el autor en EncC [1948]
1060) y la investigación de la fiesta en la edad barroca: J.-F. Lafitau,
Moeurs des
sauvages amériquains, comparées aux moeurs des premiers temps,
Chez Saugrain l'ainé et Charles Estienne Hochereau, París
1724, y sus datos sobre las tribus iroquesas comparadas con las instituciones
de los antiguos pueblos europeos; Rousseau, J.
J. Rousseau a M.
d'Alembert, sur son article "Gene ve", dans le VIIe volume del'
"Encyclopedie", et particuliérement sur le projet d'etablir un
théatre de comedie en cette ville (20 marzo 1758), Rey, Amsterdam 1759
— 36 Para Durkheim, cf la nota 29 y J.-Y. Hameline, Sélection de
textes sociologiques sur la célébralion, en MD 106 (1971) 111-125
—
37 38
Cf la nota 20 — Cf E. Durkheim,
o.c, 128-129 — 3' Ib, 440 — 40 Ib, 547 — "' Me refiero a
su estudio sobre los esquimales: Essai sur les variations saisonniéres
des sociétés
878
Esleimos. Etude
de morphologie sociale, en Sociologie et anlhropologie, PUF, París
1968", 389-477 — 42 Cf Essai sur le don, forme archaique de
l'échange, en L'Année Sociologique n.s., I (1923-1924),
reproducido también en Sociologie et anlhropologie, cf nota anterior
—
45 J. Cazeneuve,
con su obra Les Dieux dansent á Cíbola. Le Shalako des Indiens
Zuñis,
Gallimard,
París 1957, relativiza la interpretación de la fiesta como
transgresión, de Caillois. Para los zuñis, celebrar fiesta en el
Shalako es sobre todo participar en un drama religioso en el que se excluye
absolutamente la transgresión. Directamente, Cazeneuve relativiza
también a
S. Freud,
Tótem y tabú..., Alianza Editorial, Madrid 1983'2, según
el cual la "fiesta es un exceso permitido, mejor aún, ofrecido, la
infracción solemne de una prohibición" —
46 47
Cf V. Valeri, Festa (nota 8), 90 —
Me refiero en part. a Fétes et civilisations, Weber, Ginebra 1973
— 48 Le don du ríen. Essai d'anthropologie de la féte,
Stock, París 1977 — 49 También en el pensamiento no
sistemático de
G. Bataille, que
ve en la fiesta de las sociedades tradicionales la necesidad de la
pérdida, del derroche de las energías acumuladas durante el
tiempo del trabajo, de la cordura, está presente la confrontación
con el arroz, en particular, y con otras técnicas que conducen a lo
imposible. De la vasta producción de Bataille (Oeuvres Completes,
Gallimard, París 1973) destaco algunos textos, sobre todo:
L'expérience intérieure, Gallimard, París 1943; La part
maudite, precede de
50 Le don du
ríen (nota 48), 281 — * Cf en part. Fenomenología della
Religione (present. de A. Di Ñola), Boringhieri, Turín 1975,
§§ 55
56. Sobre el
autor y su pensamiento, cf la voz Fenomenología della Religione, en
Enciclopedia delle Religioni II (1970) 1578-1582 — 52 Fenomenología,
cit. 303 — " Ib, 304 —
54 !6
Ib, 305 —
" Ib, 307 — Sobre el autor y su pensamiento, cf las voces L.
Lévy-Bruhl, en EU IX (1971) 941-942, y Prelogismo, en Enciclopedia delle
Religioni IV (1972) 18421850. Para la lectura que hace Eliade de Lévy-Bruhl,
cf M. Eliade, La nostalgia delle origini, Morcelliana, Brescia 1972, 29 —
•" Para las obras del autor cf The collected works of C. G. Jung, H.
Read..., edit., 17 vols., Routledge y Kegan Paul, Londres (primer vol., 1950),
reeditados varias veces. Para una exposición canónica de la
teoríajunghiana, cf J. Jacobi, La
psicología
di C.G. Jung, Einaudi, Turín 1949. Para la lectura que Eliade hace de
Jung, cf M.
879
Eliade, La
nostalgia delle origini, cit. 32-36 — 58 Entre las obras del autor cabe
señalar, en orden de ed. orig., especialmente: Tratado de historia de
las religiones. Cristiandad, Madrid 19812; El mito del eterno retorno. Alianza/
Emecé, Madrid 1979; Lo sagrado y lo profano, Ediciones Guadarrama,
Madrid 1967; Aspeas du mythe, Gallimard, París 1963. Sobre el autor y su
obra, cf VV.AA., Mircea Eliade, Ed. de l'Herne, París 1978, bibl.
detallada hasta 1977 — " Tratado de historia de las religiones,
407-408 —m Lo sagrado y lo profano, 63-64 — 6I Tratado..., 399. Cf
también El mito del eterno retomo, 53-88 —a Lo sagrado...,
98. Cf también El mito..., 96ss —
63 Sobre el autor
y su pensamiento, cf F. Jesi, La festa... (nota 35), 48-49. Para la fiesta, cf
en part. La religione antica, Astrolabio, Roma 19512, 43-63: c. II de la obra
aparecida en ed. or. en 1940. Este capítulo es una reelaboración
con pocas adaptaciones de la conferencia dada a
64 Pueden
encontrarse referencias, también sobre Jensen, en ía voz
Morfologico-cuhurate, Scuola, en Enciclopedia delle Religioni IV (1972) 829-837
Del autor cf Spiel und Ergriffenheit, en Paideuma 2 (1941-1942) 124-139;
Mythes et cuites chez les peuples primitifs..., Payot, París 1954
— « Texto en F. Jesi, La festa..., cit., 35 — " Ib, 46
— "' De Huizinga, cf en part. Homo Ludens (ensayo introductivo de U.
Eco), Einaudi, Turín 1973 (1.» ed. orig., 1938); nota
bio-bibliográfica XXIX-XXX. Para una lectura del ensayo de Huizinga, cf
V. Melchiorre, // método di Mounier ed altri saggi, Feltrinelli,
Milán 1960, 179-189. Sobre el tema del juego en relación a la
fiesta y a la ritualidad festiva me limito a señalar aportaciones
de carácter general, remitiendo a la tercera parte de esta voz:
"Juego y liturgia". En estas aportaciones se puede encontrar una
bibliografía suficiente: Games, en Encyclopaedia of Religión
and Ethics VI (Edimburgo 1913) 167171; Gioco, en Enciclopedia
Filosófica III (Florencia 1968) 170-174; Gioco e Religione, en
Enciclopedia delle Religioni III (1971); Gioco, en Diz. Encicl. di
Pedagogía II (Turín 1972); Jeu, en DSAM VIH, 1150-1164; Jeu, en EU
IX (1976) 436-457; Play y afines, en Encyclopaedia Britannica-Macropaedia VII
(1975) 38; Spiel, en LTK IX (1964) 966-968. Además son útiles
algunos estudios fundamentales con temas similares: E.
Bénvéniste, Le jeu comme structure, en Deucalion 2 (1947) 161-167;
G. Bataille, Sommes-nous la pour jouer? ou pour étre serieux, en
Critique 49 (1951) 512-522; 51-52 (1951); 734-748; H. Marcuse, Eros y civiliza
Fiesta/Fiestas
ción,
Ariel, Barcelona 198H; R. Caillois, / giochi e gli uomini. La maschera e la
vergine,
Bompiani,
Milán 1981 (1.a ed. orig. 1958, rev. 1967); E. Fink, // gioco come
símbolo del mondo, Lerici, Roma 1969 (1.a ed. orig. 1960);
K. Axelos, Le jeu
du monde, Ed. de Minuit, París 1969; J. Henriot, Le jeu, PUF,
París 1969; el número monográfico de Vita e Pensiero 55/5
(1973): Homo ludens, festivitá e lavoro; H.P. Jeudy, Le jeu contre
lafonction, en Traverses 4 (1976) 50-58; G. Agamben, // paese dei balocchi.
Riflessioni sulla storia e sul gioco, en Infamia e storia (nota 28), 63-88; J.S.
Bruner-A. Jolly-K. Sylva (por), // Gioco. Ruólo e sviluppo del
comportamento ludico negli animali e nell'uomo, 4 vols., Armando, Roma 1981; el
volumen de Éranos 51 (1982): The Play of Gods and Men -Das Spiel der
Gotter und der Menschen - Le jeu des hommes et des dieux, Insel Verlag,
Francfort 1983 — 68 Mythes et cuites... (nota 64), 65; para la larga cita
de Huizinga, cf Homo ludens (nota 67), 28 — M Ib, 66 — ™ Cf
la voz Funzionalista. Scuola, en Enciclopedia delle Religioni II (1970) 1650-1659,
y la aportación de B. Malinowski, Una teoría científica de
la cultura, Edhasa, Barcelona 1981. Para las corrientes historicistas:
Religione 6, en Enciclopedia delle Religioni V (1973) 241-249; E. De Martirio,
Naturalismo e storicismo nell'etnologia, Laterza, Bari 1941; Storicismo e
irrazionalismo nella storia delle religioni, en SMSR 28 (1957) 87107;
Furore Símbolo Valore (Introducción de L.-M. Lombardi Satriani),
Feltrinelli, Milán 1980, en part. 79-169 — " Del autor, cf en
part. Argonauti del Pacifico... (nota 20); The Foundations of Faith and Moral,
Oxford University Press, Londres 1936. La lectura funcionalista está en
la base de numerosos estudios sobre la fiesta. Cf, por ejemplo: E.W. Bock, The
transformation ofreligious symbols: a case study ofst. Nicholas, en Social
Compass
19/4 (1972)
537-548; D. Bhavgat, Dances and churches of the tribes of Central India, en
Asían Studies Professional 31/1 (1972) 41-70; J.P. de Kowski, Les
spectacles lies a la féte de Noel dans la región de Wielun, en
Prace i Materialy Muzum Archeolojizngo i Etnografiznego u Lodri Gera
Etnografiezna 16 (1972) 6585; B. Johannes, Religiose Traditionen und
Koloniale Struktur in Marokko, en Das Argument 15/4-6 (1973) 308-331; J.F.
Riegeqhant, Festes and Padres: The organisation of Religious Action in a
Portugal Parish, en American Anthropologist 16/3 (1973) 835-852; M. Suzuki,
Féte de l'Esprit du milieu de l'été en Asie de l'Est:
comparaison entre le bon japonais, le poto de Taiwan, le manghon-il de Coree,
en 77ie Japonese Jornal of Ethnology 37/3 (1972) 167-185 — '2 Sobre el
autor y su pensamiento cf M. Gandini, Ernesto De Martino: Nota
bio-bibliografica, en Uomo e
Fiesta/Fiestas
Cultura 5 (1972)
223-268. Entre sus obras, cf en part., // mondo mágico: prolegomeni a
una storia del magismo, Boringhieri, Turín 19673 (1.a ed. 1941), en el
cual puntualiza el hecho de la crisis de la presencia como riesgo de no estar
en el mundo; precisado en Morte e pianto rituale. Dal lamento fúnebre
antico al pianto di María, Boringhieri, Turín 1975 (1.» ed.
1958); Sud e Magia, Feltrinelli, Milán 1976 (1.a ed. 1959); La
térra del rimorso, contributo a una storia religiosa del Sud, II
Saggiatore, Milán 1961 — n Morte e pianto rituale..., cit., 40
— 74 Me refiero en particular a La grande festa (nota 20). El autor
interpreta la fiesta de primeros de año en las más diversas
sociedades tradicionales de cazadores, pescadores, cuidadores,
cultivadores y pastores nómadas en distintos continentes — "
Ib, 542-543 — 76 Del autor destaco La festa dei poveri, Laterza, Bari
1969; R. De Simone, A. Rossi,
Carnevale si
chiama Vincenzo. Rituali di Carnevale in Campania, De Luca, Roma 1977; cf
también el ensayo de A. Nesti Feste popolari e classi subalterne..., en
Servitium 14 (1976) 199-226 — " Del autor destaco / rituali
deliargia, Milán, Padua 1967; II consumo del sacro. Feste lunghe di
Sardegna, Laterza, Bari 1971 — '* Del autor destaco Antropología
cultúrale e analisi della cultura subalterna,
Guaraldi,
Florencia 19774; L. Mazzacane, L
M. Lombardi
Satriani, Perché le feste, Savelli, Roma 1974;
84 V. Valeri,
Festa (nota 8), 94-95 — 85 Elementi spettacolari nei rituali festivi
romaní, Ed. delFAteneo, Roma 1965 — 86 Acerca de la
distinción entre liturgia y teatro, cf B.-D. Berger, Le drame liturgique
de Paques. Du X' ou Xllf siécle. Liturgie et théalre,
Beauchesne,
París 1976, 215-243 — "7 Para algunas ilustraciones de la
ritualidad oriental, cf l.-H. Dalmais, Les liturgies d'Orient, Cerf,
París 1980 — 8« Cf E. Theodorou, La danse dans le cuite
chrétien et plus spécialment dans la famille liturgique
byzantine, en Gestes et Paroles dans les diverses familles liturgiques
(Conférences
Saint-Serge, XXIV' Semaine...). Centro Litúrgico Vicenziano, Roma 1978,
283300, bibl. 299-300. Para la danza en otros contextos culturales y
religiosos, cf Les danses sacrées. Egypte ancienne -Israel -Islam -Asie
Céntrale -índie -Cambodge -Boli -Java Chine -Japan (Sources
Orientales VI), Seuil, París 1963; M.-G. Wosien, Sacred Dance. Encounter
with the Gods, Avon Books, New
880
York 1974 (tr.
franc, Seuil, París 1974). Sobre el significado religioso y sobre la
función social de la danza, cf VV.AA., La funzione sociale della danza,
Savelli, Roma 1981, y A. Forte, Esoterismo e socialitá della danza,
Atanor, Roma 1977 — 88' Cf P. Marval, Egérie. Journal de Voyage
(Itinéraire), Cerf, París 1982, en part. 234-319 — 89 Cf
las Actas del Congreso promovido por el Centro di Studi sul Teatro Medioevale e
Rinascimentale, Dimensioni drammatiche della liturgia medioevale,
Bulzoni, Roma
1977 — '° En relación a Ualia únicamente destaco para
el Sur: C. Isgró, Feste barocche a Palermo, Flaccovio, Palermo 1981;
para el Centro; M. Fagiolo Dell'Arco-S. Caradini, L'effimero barocco. Strutture
della festa nella Roma del '600, 2 vols., Bulzoni, Roma 1977-1978, muy
documentado; para el Norte: VV.AA., // magnifico apparato. Pubbliche
funzioni, feste e giochi bolognesi nel Settecento, CLUEB, Bolonia 1982 —
91 Podemos lograr algún tipo de conocimiento en G. Baldeschi, Sacre
Cerimonie, Ed. Liturgiche-Desclée y C , Roma 1959", 358514
— '2 Cf Missale Romanum, ed. typ. altera 1975: "Sacrum Triduum
Paschale" — " F.-A. Isambert, Féte (nota 79), 1047
— '" Les funérailles une féte?... Cerf., París
1973, 120 — 95 Cf, por ejemplo, A. de Gubernatis, Storia comparata degli
Usi Funebri in Italia e presso gli altri popoli Indo-Europei, Forni, Bolonia
1971 (reimp. anast. 1890); E. De Martino, Morte e pianto rituale... (nota 72)
— 96 Cf S. Maggiani, Spazio e figure per preparare la festa..., en RL
70/2 (1983) — 97 // sabato. II suo signifícalo per l'uomo moderno,
Rusconi, Milán 1972 (1.a ed. orig. 1951) — 98 Ib, 1415
— 99 Señalo las amplias reseñas y las relativas citas de M.
Perani, La concezione del lempo nelVAntico Testamento, en Sacra Doctrina 23
(1978) 193-242; La concezione ebraica del lempo: appunti per una storia del
problema, en RBilt 26 (1978) 401-420; B.G. Boschi, Tempo, storia e festa nella
bibbia, en Sacra Doctrina 23 (1978) 165-192 — m Cf la nota 62 de esta voz
— "" Teología dell'Antico Testamento II, Paideia,
Brescia 1974, 125-152, en part. 128 — l02 Cf G. von Rad,
Time and event.
An exegélical study of the use of "eth" in the O. T. in
comparison to olher temporal expressions in clarification of the concept of
time, Brill, Leida 1969; S. Zedda, L'escatologia bíblica l, Paideia,
Brescia 1972;
S. De Vries,
Yesterday, today and tomorrow; time andhistory in the O. T., Eerdmans, Grand
Rapids-Londres 1975; // tempo nella Bibbia, en Con 17/2 (1981) 199-219 —
">3 Para los
881
calendarios, cf
J. Van Goudoever, Biblical Calendars, Brill, Leida 1959; R. de Vaux, Le
istituzioni dell'Antico Testamento, Marietti, Turín 1964, 185-201,
455-457; bibl., 517-519, 539 (ed. esp.: Las instituciones del Antiguo
Testamento, Herder, Barcelona 1964); A. Pelletier, La nomenclature du
calendrier juif a I'époque hellénistique, en RB 82 (1975) 218233;
L. Wachter, Der jüdische Festkalender: Geschichte und Gegenwart, en Die
Zeichen der Zeit 34 (1980) 259-267 — m Algunas indicaciones
generales en E.O. James, Seasonal feast and festivals, New York 1965; R. De
Vaux, Le istituzioni (nota 103), 466-482. Para la fiesta de los ácimos,
pascua, cf H. Haag, Páque, en DBS VI (1960) 1120-1149; part. P.J.
Henninger, Les fétes de Printemps chez les Sémites et
The meaning and
evolution of the feast of Tabernacles, en The Catholic Biblical Quarterly
22 (1960) 251-276; H. Cazelles, La féte des Temes en Israel, en BVC 65
(1965) 32-44 — 105 Además de R. De Vaux, Le istituzioni... (nota
103), 458-465, cf N. Negretti, // settimo giorno..., Biblical Institute Press,
Roma 1973, con bibl. especial sobre el sábado, 20-24; E. Lohse,
Sabbaton, en Grande Lessico del N. T., Paideia, Brescia XI (1977) 1019-1106; A.
Safran, Le sabbat dans la tradilion juive, en Revue de Théologie et de
Philosophie 27/2 (1977) 136-149; G. Bettenzoli, Lessemi ebraici di radice SBT
en Henoch 4/2 (1982) 129-162; La tradizione del Sabbat, ib, 4/3 (1982) 265293
— '»* Cf además de R. De Vaux, La istituzioni.., 454, A.
Caquot, Remarques sur la féte de la "néoménie"
dans l'ancien Israel, en Revue de 1'Histoire des Religions 153/2 (1960) 1-28
— l07 Además de R. De Vaux, Le istituzioni..., 486-489, cf K.
Hruby, Le Yom Ha-Kippurim ou Jour de l'Expiation, en Orient Syrien 10 (1965)
41-74 — l08 Además de R. De Vaux, Le istituzioni 489-495, cf F.M.
Abel,
La
célébration du sabbat d'apres les sources juives, en Orient
Syrien 7 (1962) 435-462; A.M. Dubarle, La signification religieuse du Sabbat
dans
Fiesta/Fiestas
París
1965, 43-60— "2 Cf B.-S. Childs, Memory and Tradilion in
Israel, Londres 1962, 46 — ll
H. Schlier, //
tempo della chiesa, II Mulino, Bolonia 19682 — "' Sobre el memorial
del NT, cf N.-A. Dahl, Anamnesis, mémorie et commémoralion
dans le christianísme primilif, en Studia Theologica I (1947) 69-95; J.
Douglas, Anamnesis in the LXX and the Inlerpretation of l Cor 11,25, en JTh 6
(1955) 183-191; M. Thurian, L'eucharistie memorial du Seigneur, sacrifice de
grace et d'intercession, Delachaux et Niestlé, Neuchátel 19632;
B. Faivre, Eucharistie et Mémorie, en NRT 100 (1968) 278-290; J.
Jeremías, Le parole dell'ultima Cena, Paideia, Brescia 1973 (trad. de la
4.a ed. orig. 1967); L. Bouyer, Eucaristía..., LDC, Turín 19832
— l2° S. Marsili, // "tempo litúrgico" atluazione
della storia della salvezza, en RL 57/2 (1970) 225 — l21 La féte
de Paques dans l'Eglise des Peres, Cerf, París 1963. Cf también
R. Cantalamessa,
Fiesta/Fiestas
Passover,
Anselmiana, Roma 1977, y Peste liturgiche e stagioni dell'anno, en Con 17/2
(1981) 249-260 — '26 Para las fiestas señaladas aquí remito
a cada una de las voces de este Diccionario — ,2' Cf el notable trabajo
de A. Pernigotto-Cego, Cose la festa cristiana? Alie sorgenti liturgiche: il
concetto e il valore teológico della solennitá nel sacramentario
Veronese, Ed. Liturgiche, Roma 1973 —
"Celebrare"in
Der Rómischen Liturgiesprache. Eine Liturgie-Theologische Untersuchung,
Max Hüber
Verlag, Munich 1963 — 13° C. Duchesneau, La celebrazione nella vita
cristiana, Dehoniane, Bolonia 1977 — l31 Para estos autores cf la
nota 15 de H. Rahner, Homo ludens, Paideia, Brescia 1969; cf además D.L.
Miller, Gods and Games. Toward a Theology of Play, Harper colophon Books, New
York-Londres 1973; M.-G. Masciarelli, Un cristianesimo festivo...,
Grafiche Ballerini, Pescara 1977 — °2 Cf A. Caprioli, Ancora sulla
festa, una teología da fare (nota 3) — l33 Remito a los
análisis y observaciones de mi estudio Per una defmizione del concetto
di liturgia: le calegorie di "gratuita" e di "gioco". La
proposta di Romano Guardini, en VV.AA., Mysterion..., LDC, Turín 1981
— l34 E. Costa jr., Celebrazione-Festa (nota 15), 519 — IJ! Cf las
estimulantes indicaciones sobre el particular de E. Costa jr., Les fétes
et les jours, en Christus 110 (1981) 193-202 — m Se pueden aplicar a este
contexto las observaciones de G. Sovernigo, Personalitá ed esperienza di
Dio nella liturgia. Aspetti psicologici, en VV.AA., Liturgia soglia
deliesperienza di Dio?, Messaggero, Padua 1982, 167-192, en part. 188-189.
S. Maggiani
BIBLIOGRAFÍA:
1. En general
Arbeloa V.M.,
Cantos de fiesta cristiana. Sigúeme, Salamanca 1979; Aubry A., Liturgia,
fiesta e imaginación, en "Concilium" 49 (1969) 376-389;
Comisión Permanente de
882
Garrido M., Las
fiestas cristianas, en "Liturgia" 19 (1964) 205-217; Gibert Tarruell
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"Pascha"en
fiesta, en
"Phase" 63 (1971) 233-282; VV.AA., Los tiempos de la
celebración, en "Concilium" 162(1981) 165-298.
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precepto
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Sobre las solemnidades del Señor en el tiempo "per annum ". en
"Phase" 70 (1972) 347-354; Farnes P., ¿Traslado de las
fiestas de
precepto a domingo?, ib, 104 (1978) 173-177; Goenaga J.A., Supresión de
fiestas religiosas, en "Razón y Fe" 949 (1977) 176-187;
Grandez R., Fiesta de
FIESTAS
RELIGIOSAS EN LAS RELIGIONES NO CRISTIANAS
/ Religiones
no-cristianas y fiestas (religiosas)
883
SUMARIO: I.
Principios generales: 1. Concepto de formación: a) Objetivo global
de la formación, b) Formación intencional y funcional; 2.
Formación unitaria: a) El sujeto personal, b) El misterio de Cristo; 3.
Formación litúrgica: a) Formación para la liturgia y
para la celebración litúrgica, b) Formación a
través de la liturgia y de la celebración litúrgica;
4. La comunidad,
lugar de formación: a) Una imagen "nueva" de iglesia, b)
Formación de la comunidad mediante el actuar litúrgico - II.
Indicaciones de método: 1. La lección de la antigüedad: a)
Un ejemplo, b) Algunas consideraciones; 2. Problemáticas actuales:
a) Disociación entre vida y culto, b) Dualismo entre religiosidad
popular y liturgia; 3. Algunas líneas operativas: a) Reconstruir un
tejido eclesial, b) Dar espacio a una catequesis litúrgica, c) Crear
interacción en el momento experiencial-celebrativo, d) Formación
progresiva y cíclica, e) Formación permanente - III.
Formación como síntesis para la vida: 1. Un modelo (el R/CA); 2.
Los principios de síntesis - IV. Corolario: indicios de
formación litúrgica por etapas diferenciadas de edad: 1.
Formación litúrgica en la primera infancia (cero-seis
años); 2. Formación litúrgica en la niñez
(seis-once/doce años); 3. Formación litúrgica en la
preadolescencia (once/docecatorce/ quince años); 4.
Formación litúrgica en la adolescencia-juventud (catorce/quincedieciocho/veinte
años).
I. Principios
generales
La reforma
litúrgica promovida por el Vat. II ha puesto en primer plano la
necesidad de una acción formativa específica para renovar
concretamente y en profundidad la vida litúrgica de los fieles y de las
comunidades cristianas. Ha surgido así una corriente de estudios, de
investigaciones y de experiencias en esta dirección, que ha obtenido
resultados en absoluto despreciables, aunque a niveles y con extensiones
diversos, según las diversas áreas eclesiales y las diferentes
circunstancias y situaciones socioculturales. No es éste el lugar
para hacer un análisis de la / reforma litúrgica en general y del
carácter y resultados de la labor formativa
Formación
litúrgica
llevada a cabo.
El intento de este tratado será más bien proponer algunos
criterios y aspectos fundamentales de formación litúrgica,
suponiéndola dirigida al mundo de los cristianos adultos normales, que
no necesariamente han de considerarse adultos también en la fe.
Más aún, sabemos que en la mayor parte de los casos se trata de
personas y de comunidades que deben redescubrir el sentido de la fe, de su
vocación bautismal, de las consecuencias que de ella se derivan para la
práctica de la vida. Tal situación exige que se vuelva a comenzar
una seria formación de base, en la que la dimensión
litúrgica tiene que ser una de las líneas de apoyo, pero, obviamente,
en conexión con un contexto más amplio.
1. CONCEPTO DE
FORMACIÓN. En el uso común, el término formación
se refiere sea a la acción
formativa
dirigida a una determinada finalidad, sea al estado de formación
alcanzado a determinados niveles o bajo determinados aspectos. Por eso, el
término se aplica a los más variados sectores (formación
intelectual, moral, profesional; formación superior; formación humana,
cristiana...). En todo caso, según una concepción bastante
difundida, la formación se entiende más que nada como
cuestión de doctrina, de conocimientos adquiridos mediante un
proceso de enseñanza-aprendizaje. Es necesario librar al
término de tal concepción sectorial e intelectualista para entrar
en una visión que responda más, tanto al ser del hombre como
realidad personal integral, cuanto a la realidad que está llamado a
vivir como experiencia unitaria.
a) Objetivo
global de la formación. Por tanto, la formación debe
entenderse como una acción orien
Formación
litúrgica
tada a conferir
al hombre una forma vital unitaria, ayudando a la persona a desarrollar
todas sus cualidades y capacidades de manera armónica y equilibrada, y
haciéndole adquirir las capacidades teóricas y prácticas
para actuar y asumir determinados comportamientos en relación con un
proyecto unitario de vida. Refiriéndonos a la formación
litúrgica, debemos, pues, considerarla no como un sector autosuficiente,
externamente yuxtapuesto a otros sectores, sino como un aspecto y un
componente de la formación integral del hombre-cristiano.
b)
Formación intencional y funcional. En el tema de la
formación es necesario tener presente la distinción,
familiar en la moderna pedagogía, entre formación
intencional y formación funcional. La primera consiste en una
acción formativa desarrollada de manera consciente, sistemática y
ordenada a determinadas finalidades y objetivos. La segunda se debe a la
influencia preterintencional y ocasional ejercida por el ambiente, por la
atmósfera en que las personas viven. Una y otra categoría pueden
aplicarse a la formación litúrgica; y, de hecho, ambas
interactúan también en este campo, aunque no siempre en sentido
convergente, cuando faltan principios y un proyecto de base orgánicos
y coherentes.
2.
FORMACIÓN UNITARIA. Cuando se habla de formación unitaria se
debe entender tal unitariedad sea en referencia al sujeto personal: el
hombre-cristiano, sea en referencia a la realidad con la que entra en contacto
en la celebración litúrgica: el misterio de Cristo.
a) El sujeto
personal. Visto en su realidad total humano-cristiana, el destinatario de la
formación li
884
túrgica
está en el centro del itinerario formativo y desempeña en
él un papel activo. Papel que, sin embargo, no se desarrolla
solamente a nivel intelectual o espiritual. La persona vive a través de
muchas dimensiones (corporeidad, actividad, afectividad, socialidad...);
actúa no sólo en base a las ideas que tiene o que le son
transmitidas, sino en base a estímulos, necesidades, impulsos,
sentimientos, motivaciones... Cuando una persona —hombre o
mujer, niño, anciano, adolescente— participa en una
celebración litúrgica, lleva consigo todo su rico y complejo
mundo. Es necesario, por ello, liberarse de una visión dualista,
tendente a disociar —si no a contraponer— alma y cuerpo, naturaleza
y sobrenaturaleza, hombre y cristiano, iglesia y mundo, liturgia y vida:
ser cristianos no es una cosa diferente de ser hombres, sino que es un modo de
ser hombres. Es un dato de hecho que vale para todos los aspectos,
situaciones y momentos de la vida, incluido el momento litúrgico o
formativolitúrgico. Ser conscientes de esto y tenerlo en cuenta es
ya de por sí una actitud formativa, capaz de considerar en concreto
a cada persona particular que, en cuanto tal, está llamada a encontrar a
Cristo; y, por lo que a nosotros nos interesa, a realizar tai encuentro en la
liturgia. En este encuentro, la experiencia humana del cristiano, su propio
modo de ser y actuar, encuentra un punto de referencia y de confrontación
en la persona y en el misterio de Cristo, de quien se hace memoria en la
liturgia; y, por otra parte, la presencia real y actual del Señor
resucitado en las acciones litúrgicas posee una eficacia
intrínseca, por lo que puede actuar como forma y modelo operativo que
impregna de sí la vida comunitaria y personal de los creyentes. Aparece
y se define así
885
el yo del
creyente no como separado
o yuxtapuesto a
su realidad de hombre, sino de tal modo que esta realidad implica hasta el
núcleo más profundo de su ser, llamado a abrirse libremente al
encuentro siempre nuevo y más consciente cada vez con la persona y con
el misterio de Cristo y de la comunidad.
b) El misterio de
Cristo. Cristo que revela el misterio de Dios, del hombre y del mundo; que
actúa el plan de Dios como obra de salvación del mal y de
comunión de amor; que al fin de los tiempos pondrá en las manos
del Padre una humanidad totalmente renovada en el Espíritu; una nueva
creación reconducida a la bondad esencial de los orígenes:
esto es, globalmente, el misterio de Cristo, que culmina en el acontecimiento
pascual en torno al cual gravitan, como su propio centro de cohesión,
todos los demás aspectos del misterio mismo. En orden a la
formación litúrgica y a una participación "consciente,
activa y fructuosa" (SC 12) por parte de aquellos que participan en
las acciones litúrgicas, se exige que el misterio de Cristo,
en su totalidad y en sus aspectos particulares, no sólo tenga sentido en
sí mismo, sino que este sentido sea percibido, hecho propio y vivido
desde dentro, como realidad actualizada por la liturgia, como salvación
de Dios y de Cristo presente y operante en la persona y en la vida de cada uno
y de la comunidad. La afirmación de que la liturgia es cumbre y fuente
de toda la vida cristiana y de la acción de la iglesia (cf SC 10) debe
bajar de un nivel teórico y abstracto, encarnar
se, por
así decirlo, en el tejido concreto de la vida de los cristianos y de su
reunirse, aquí y ahora, para celebrar el misterio que se hace actual
para ellos. De aquí nacerá un
Formación
litúrgica
interés
más consciente por la liturgia
celebrada, una
participación más
personalizada, un
deseo de autenti
cidad y
coherencia cristiana más
serio y
operativo.
Naturalmente, en
la acción formativa deberán estar siempre presentes los
dos polos más arriba indicados: el polo antropológico (la persona
humana en su concreta situación de vida) y el polo cristológico
(la persona y el misterio de Cristo presentes en la acción
litúrgica como momento actualizante de la historia de
salvación). Entre estos dos polos se articula y se desarrolla el proceso
formativo al que corresponde en el cristiano un dinamismo de crecimiento
que —en cada preciso momento de la vida, en cada edad y
situación— le invita a ser cada vez más hombre y cada vez
más cristiano, a través de una síntesis y una
integración armónica de los diversos factores y componentes que
constituyen y comprometen su existencia.
3.
FORMACIÓN LITÚRGICA. Esta expresión puede y debe
entenderse según dos significados distintos y complementarios, que
corresponden a dos momentos de la acción formativa:
formación para la liturgia y para la celebración
litúrgica; formación a través de la liturgia y de la
celebración litúrgica.
a)
Formación para la liturgia y para la celebración
litúrgica. El misterio de Cristo (más arriba esbozado, como
llamada de atención, de manera sumaria y global) debe ser el punto de
partida o, si se prefiere, el contenido de este momento formativo, que
tiene como objetivo hacer comprender que "la liturgia celebra y expresa el
misterio de Cristo, como misterio de salvación que se realiza hoy
en la iglesia" y cómo "todo el pasado y todo el
Formación litúrgica
futuro de la
historia de la salvación se concentran en el presente de las
celebraciones litúrgicas". Se trata, en sustancia, de dar el
sentido de la presencia y de la acción de Cristo en la liturgia. Esto
exige, por una parte, la propuesta-anuncio del misterio; por otra parte, supone
que los fieles sean tales no sólo de nombre, sino también de
hecho, y que la acción formativa pueda contar con un contexto de fe ya
actual (si bien no uniformemente distribuido, sino vivido por cada uno a
diverso nivel). En efecto, es la iluminación de la fe la que permite
apreciar la esfera del misterio y su especificidad cristiana e históricosalvifica
en sentido general. Después hay, en particular, los diversos aspectos,
momentos y elementos celebrativos: los textos, los ritos, los gestos, las
acciones visibles..., que forman parte en concreto de una celebración.
No basta con que los participantes los conozcan o los cumplan en su forma
externa; deben de alguna manera tomar conciencia de su contenido y de su
valor simbólico-sacramental en relación con la presencia y la
acción de Cristo (por ejemplo, el rito humano de comer juntos no se identifica
sic et simpliciter con la eucaristía; pero se hace eucaristía
cuando es comprendido y vivido en referencia a la cena del Señor,
al significado que él mismo ha querido atribuirle y del que la comunidad
celebrante hace memoria, en un contexto de fe, bajo la presidencia del
sacerdote y observando los ritos de la iglesia).
Para llevar hasta
esta conciencia, la formación litúrgica puede recurrir a varias
modalidades de información, instrucción, iluminación;
pero no se agota en la transmisión de un puro conocimiento de las cosas.
La acción formativa es tal cuando el saber intelectual se hace
motivación profunda que mueve a la acción886
vida. En nuestro
caso, la formación litúrgica implica una dimensión de
interiorización o de conversión al misterio conocido y acogido en
la fe.
Para realizar
este objetivo es importante hacer cooperar también el momento sucesivo.
b)
Formación a través de la liturgia y de la celebración
litúrgica.
"Aunque la
sagrada liturgia sea principalmente culto de la divina majestad, contiene
también una gran instrucción para el pueblo fiel... No
sólo cuando se lee lo que fue escrito para nuestra enseñanza
(Rom 15,4), sino
también cuando la iglesia ora, canta o actúa, la fe de los
asistentes se alimenta y sus almas se elevan hacia Dios a fin de tributarle un
culto racional y recibir su gracia con mayor abundancia..." (SC 33).
En este texto se
reconoce, en principio, ia eficacia pedagógica y formativa que las
acciones litúrgicas tienen en sí mismas. Es necesario, sin
embargo, precisar que tal eficacia se entiende según las modalidades
y las connotaciones propias de la celebración. Ésta no se
estructura únicamente sobre la base de textos verbales (la palabra, en
sentido amplio), sino también sobre un conjunto de elementos: gestos,
ritos, lugares, tiempos, acciones..., que pertenecen al lenguaje
simbólico. Más aún, es necesario hacer ulteriores
precisiones: los mismos elementos verbales (palabra de Dios, cantos,
oraciones, moniciones...) en el más amplio contexto celebrativo no
desempeñan únicamente ni —diríamos—
primariamente una función didáctica (informaciónenseñanza),
sino que asumen también un valor simbólico, evocativo del
misterio, que actúa implicando global y profundamente a toda la
persona, la cual se siente comprometida con una acción que la
afecta.
887
El lenguaje
simbólico, de todas formas, no tiene por su naturaleza un sentido
unívoco, sino polivalente; por tanto, la palabra conserva una
misión de clarificación y explicitación de los
significados en referencia al misterio de Cristo y a los datos
interpretativos de la fe cristiana. De cualquier modo, conviene recordar
que esa palabra resuena y actúa en un contexto simbólico por
naturaleza y que, confrontado con la palabra, es el lenguaje simbólico
el que tiene la chance de ejercer un influjo más incisivo, aunque no
siempre se le perciba a nivel reflejo.
Es importante,
pues, que todo lo que se enuncia y declara con palabras no contradiga el
lenguaje de los signos y de los símbolos. Por poner un ejemplo: un discurso
de iglesia ministerial, de iglesia comunidadcomunión o de iglesia
sacramentode-salvación para todos los hombres no será
convincente si resuena en una asamblea estructurada de manera
rígidamente piramidal o dirigida con absolutismo clerical; o si en
la asamblea misma faltan actitudes de apertura, de acogida, de aceptación
y de confianza hacia todos, y en cambio tienen lugar selecciones y
marginaciones... Lo que en estos casos prevalece no son las enunciaciones
verbales, sino la realidad expresada por el signo-asamblea.
Para no diluir la
eficacia formativa que las acciones litúrgicas pueden tener en
sí mismas, se necesita una atención particular al crear el justo
equilibrio, la recíproca conexión y coherencia entre los
elementos verbales y los elementos simbólicos que intervienen y cooperan
en la celebración. Es un compromiso que afecta a cuantos tienen la
responsabilidad de programar y preparar, presidir y animar las celebraciones
litúrgicas. Si, por su parte, se respetan las condiciones para un
Formación
litúrgica
correcto
desarrollo de la celebración, ésta podrá
verdaderamente actuar en sentido formativo, favoreciendo una
maduración de la fe, una percepción del misterio cristiano y de
sus valores más profundos tal, que —más allá del momento
celebrativo— tienda a convertirse en acontecimiento vital por el que
toda la existencia quede marcada y afectada.
4.
a) Una imagen
"nueva " de igle-. sia. De hecho ha sido el mismo concilio el que ha
sacado a la luz una imagen de iglesia cuerpo de Cristo y pueblo de Dios que, en
la unidad y multiplicidad de sus miembros, celebra la liturgia como comunidad
estructurada según los diversos ministerios y carismas. Es una
imagen que se puede decir nueva en sentido relativo (respecto a una
visión de iglesia rígidamente jerárquica y clerical,
que ha predominado durante largo tiempo). En realidad, la perspectiva
conciliar remite a los datos neotestamentarios, y más en particular a
los escritos apostólicos. En ellos se aprecia una visión,
una imagen de iglesia (ekklesía) que es en concreto la comunidad de los
creyentes, convocados en el nombre del Señor, en torno a los
apóstoles, para la reunión litúrgica. Las líneas
características de una comunidad reunida así se definen desde la
comunión en la fe en Cristo, la esperanza del reino, el amor que procede
del Espíritu Santo; y, sustancialmente, se identifican con las
Formación
litúrgica
de la iglesia. O,
mejor, las asambleas reunidas para celebrar la liturgia son el lugar donde la
iglesia se manifiesta en su realidad visible y comunitaria.
b)
Formación de la comunidad mediante el actuar litúrgico. El actuar
litúrgico es verdad que no agota toda la actividad de la iglesia, la
cual se despliega en otros servicios para bien común; de todas
formas, el actuar litúrgico es de alguna manera primordial. Los nuevos
miembros de la comunidad son introducidos en ella mediante una reunión y
una acción litúrgica, el bautismo: de aquí nace y se
incrementa el pueblo de la nueva alianza; aquí se funda el sacerdocio
real de los fieles (cf 1 Pe 2,9), que los capacita para participar de la mesa
eucarística de Cristo resucitado. Así, la eucaristía pasa
a ser el punto culminante de toda reunión eclesial de los creyentes y el
momento privilegiado de formación comunitaria, en el sentido de que
la comunidad misma toma forma en el acto de celebrar la eucaristía,
y conciencia del propio ser y actuar; mientras tanto, en los miembros
particulares se clarifica y madura el sentido de pertenencia a tal comunidad y
la conciencia de los compromisos que de ello se derivan: "Ninguna comunidad
cristiana se edifica si no tiene su raíz y quicio en la
celebración de la santísima eucaristía, por lo que debe,
consiguientemente, comenzarse toda educación en el espíritu
de comunidad. Esta celebración, para ser sincera y plena, debe conducir
tanto a las varias obras de caridad y a la mutua ayuda como a la acción
misional y a las varias formas de testimonio cristiano" (PO 6).
Dirá san
Agustín con su riqueza expresiva: "Vosotros sois el cuerpo de
Cristo y sus miembros. En consecuencia, si vosotros sois el
888
cuerpo y los
miembros de Cristo, sobre la mesa del Señor está el misterio que
sois vosotros mismos y recibís el misterio que sois vosotros. A lo que
sois respondéis con el 'Amén'... Se te dice: 'El cuerpo de
Cristo', y respondes: 'Amén'. Sé miembro del cuerpo de Cristo
para que sea auténtico el 'Amén'" (Sermón 272:
PL 38,1246-1248). La correlación entre actuar litúrgico y
comunidad eclesial, en la secuencia anuncio-sacramento-vida, se ve con la
máxima intensidad y eficacia formativa. La eucaristía aparece
verdaderamente como la forma que plasma la vida de la iglesia y de los
creyentes particulares. Pero esta acción nunca es un punto de llegada
definitivo; es también siempre un nuevo punto de partida. La iglesia
continúa celebrando la eucaristía, nutriéndose con el
cuerpo y la sangre de Cristo, porque la plenitud de su realidad y de su
manifestación visible todavía no está completamente
formada; porque sus miembros todavía tienen siempre necesidad
de ser iniciados y formados en el misterio de lo que son, para sentirse
iglesia, actuar como iglesia y dar un testimonio de iglesia. En la
celebración eucarística y en toda celebración o
acción litúrgica, lo que se dice, se hace o se recibe
actúa y comunica la totalidad del misterio. Es éste el modo
propio con que la liturgia lleva al progresivo descubrimiento de Cristo, a
una comprensión de su misterio, que es al mismo tiempo
participación de él como experiencia interior y significativa. De
aquí se sigue la continuidad de la acción formativa de la
liturgia, dentro de la comunidad y a través de un proceso que parte de
la iniciativa de Cristo (que se da, y, dándose, actúa), alcanza
personalmente el yo del creyente, transforma su existencia, la hace ser lo
que en la asamblea litúrgica se cumple y se
889
celebra:
acción de gracias al Padre, ofrecimiento de sí para que el mundo
viva.
Bajo el aspecto
de la formación litúrgica, la comunidad celebrante se hace lugar
de formación a nivel de compromiso vital en el misterio. Esto no excluye
—más aún, exige por parte de la comunidad, siempre
responsable de la formación de sus miembros— otros momentos y
polos formativos; según los criterios de una equilibrada / pastoral
litúrgica, que no quiera acabar en un panliturgismo, sino responder
a las instancias más articuladas de una pedagogía de la fe y de
sus destinatarios.
II. Indicaciones
de método
1.
a) Un ejemplo. Se
podrían, a este respecto, multiplicar los ejemplos. Aquí nos
bastará con recordar un conocido texto del apologista san Justino (ca.
150 d.C.) cuando describe cómo se celebraba la eucaristía en
su tiempo: "El día que se llama del sol se celebra una
reunión de todos los que moran en las ciudades y en los campos, y
allí se leen, en cuanto el tiempo lo permite, los recuerdos de los
apóstoles o los escritos de los profetas. Luego, cuando el lector
termina, el presidente, de palabra, hace una exhortación e
invitación a que imitemos estos bellos ejemplos. Seguidamente, nos
levantamos todos a una y elevamos nuestras preces, y terminadas
éstas, como ya dijimos, se ofrece pan y vino y agua, y el presidente,
según sus fuerzas, hace
Formación
litúrgica
igualmente subir
a Dios sus preces y acciones de gracias, y todo el pueblo exclama diciendo
'Amén'. Ahora bien, la distribución y participación, que
se hace a cada uno, de los alimentos consagrados por la acción de
gracias y su envío por medio de los diáconos a los
ausentes..." (Apología I, 67). Mediante una descripción
simple y esencial se ponen de relieve la estructura de base de la
celebración (liturgia de la palabra, liturgia eucarística); el
carácter de acción común, en la que todos toman parte, y
la percepción inmediata e intuitiva del significado de la acción
litúrgica por parte de los participantes.
b) Algunas
consideraciones. Originalmente, las acciones, los símbolos y gestos de
la liturgia eran para la asamblea celebrante algo vivo y elocuente, porque, de
alguna manera, estaban en relación con la experiencia de vida. Al
participar en una celebración litúrgica, los cristianos
comprendían su significado simplemente mirando, escuchando, actuando, en
un determinado clima y ambiente (según lo que ha sido definido [/ supra
I, 1, b,] formación funcional). Cierto; también ellos necesitaban
una enseñanza y una formación intencional; no tanto, empero,
acerca de las acciones sensibles cuanto en torno a la acción invisible
de Dios, que actúa en y mediante el acontecimiento celebrativo.
Ésta era la finalidad de las catequesis mistagógicas, que
tenían lugar generalmente en conexión con la celebración
de los sacramentos de la / iniciación cristiana. Fuertemente
insertas en el desarrollo litúrgico, pretendían dar a los fieles
un conocimiento más pleno del misterio celebrado y, al mismo
tiempo, suscitar en ellos un compromiso consciente y sincero que los llevase a
asumir actitudes de vida corresponFormación litúrgica
dientes a su
carácter de bautizados. Se derivaba de ello, de manera absolutamente
natural, una unión y una integración entre celebración y
vida.
2.
PROBLEMÁTICAS ACTUALES. El problema de la formación
litúrgica, por tanto, ha existido siempre; no se trata tanto
—como podría parecer— de un hecho de reforma consecuencia
del Vat. II cuanto de una dimensión permanente de la formación
integral del cristiano y del pueblo de Dios, de una necesidad de retomar
constantemente el itinerario formativo. La problemática actual,
inherente al contexto tanto eclesial como socio-cultural, es, de todas formas,
particularmente vasta y compleja. No es posible, en este lugar, dar un cuadro
exhaustivo. Sin pretensiones de originalidad, se señalarán
simplemente algunos aspectos y factores que parecen tener una incidencia
más directa en el ámbito de la formación litúrgica.
a)
Disociación entre vida y culto. Si hoy el problema ofrece aspectos
de mayor dificultad y urgencia, esto se debe, al menos en parte, a ciertas
connotaciones particulares del actual contexto histéricocultural.
A causa de la fragmentación de la realidad en los diversos
ámbitos y sectores de la especialización le resulta en general
difícil al hombre moderno occidental redescubrir su unidad profunda
y situar su existencia en el mundo. La mentalidad del hombre técnico,
marcada por el eficientismo y el productivismo, tiene dificultades para
comprender los valores propios del universo simbólico. Y las
consecuencias de tal situación se reflejan también en el
ámbito litúrgico. Hoy, además, no se vive ya en un
régimen de cristiandad, sino de / secularización y de pluralismo;
de 890
este hecho (en
conexión con el eficientismo técnico al que acabamos de
aludir) se deriva la consecuencia de que el hombre ha perdido la
conciencia de ser un salvadopor-Dios, mientras que la liturgia es, por su
propia naturaleza, un momento actualizador de la historia de la
salvación. Así se explica la disociación producida entre
culto y vida.
b) Dualismo entre
religiosidad popular y liturgia. Todavía está en marcha un
proceso (cuyos orígenes se encuentran históricamente bastante
atrás en los siglos) que ha determinado una escisión —si no
una contraposición— entre / religiosidad popular y acciones
litúrgicas. Estas, presentadas de manera demasiado objetiva,
acabaron por no ser ya comprendidas por el pueblo, el cual, poco a poco, se
adecuó a ellas solamente por precepto; y hoy, podríamos
añadir, en muchísimos casos por conveniencia
o hábito
social, cuando no por impulsos confusamente emotivos. Esto determinó el
nacimiento de otras formas y modalidades expresivas del sentido religioso,
que el pueblo siente sobre todo como suyas, pero que no siempre están
exentas de límites y deformaciones (cf Evangelii nuntiandi 48). No
obstante algunas indicaciones del concilio y la reciente multiplicación
de estudios e investigaciones sobre el argumento, el problema permanece
abierto y no parece fácil encontrar soluciones satisfactorias a
nivel pastoral, de cara a la formación del pueblo cristiano en su
conjunto, y más particularmente de cara a su formación
litúrgica (cf SC 13-14).
3. ALGUNAS
LÍNEAS OPERATIVAS. Aquí se vuelven a considerar, bajo el
punto de vista metodológico, algunos aspectos ya tratados en el cuadro
de los principios generales 891
[/ supra, I]. Se
trata de propuestas hechas con pura intención indicativa y de
carácter todavía general. Para traducirlas en hechos será
siempre necesario ponerlas en relación y adaptarlas al contexto concreto
en que se trabaja. Además, no se podrá considerarlas como leyes
que actúen de manera casi automática e infalible: cualquier
acción dirigida al hombre deja siempre un espacio de libertad a su
respuesta; y por otra parte, en el contexto de lo vital humano entran
frecuentemente en juego factores imponderables e imprevisibles que pueden
condicionar los efectos y los resultados que nos habíamos propuesto
obtener.
a) Reconstruir un
tejido eclesial. Si la liturgia es obra de la iglesia, para dar
concreción a esta afirmación de principio es necesario que
le corresponda una experiencia vivida y que existan las condiciones para hacer
tal experiencia no sólo posible, sino convincente y creíble.
De todas formas, en la actual estructuración social que se
configura como civilización de masas, la iglesia se encuentra viviendo
históricamente situaciones que parecen contradictorias: por una
parte, se constata una situación de diáspora (con el consiguiente
sentido de aislamiento y de marginación para los cristianos); por
otra, se asiste en determinadas ocasiones a fenómenos de iglesia de
masas (que fácilmente inducen al anonimato, a la despersonalización
y, por tanto, al no compromiso). Así pues, se impone la necesidad de
recrear un tejido eclesial vivo y activo; de manera que el "pueblo de la
nueva alianza", la "comunidad de los creyentes" se haga una
realidad bien visible, punto de referencia concreto y vital respecto al
ambiente circunstante, elemento de reclamo para cuantos están
todavía en situación de bús
Formación
litúrgica
queda o van
redescubriendo su vocación de bautizados y su identidad cristiana.
Teniendo en cuenta lo que ya está sucediendo en la vida de la iglesia y
en particulares áreas de ella, parece que hoy se puede hacer una
verdadera experiencia de iglesia a partir no tanto de una propuesta de iglesia
universal —real, pero difícilmente perceptible—, sino
desde la inserción en comunidades más restringidas y
concretas. Puede ser diversa la fisonomía de éstas
pequeñas unidades, sus motivaciones de origen y de
agregación (grupos propiamente litúrgicos, grupos de pastoral
familiar, asociaciones caritativas, grupos bíblicos, grupos de
enfermos con sus familiares y amigos...). De todas formas, si son verdaderos
grupos de iglesia, nacerá espontáneamente el deseo y la necesidad
de hacer espacio, en su vida, a un momento litúrgico. Podrá
configurarse alternativamente como momento de reflexión y de estudio,
o como momento
celebrativo. En su ámbito se darán, de todas formas, ocasiones
diversas para hacer experiencia de la naturaleza comunitaria de la
liturgia, de compromiso en la participación activa, de
integración entre liturgia y vida. La liturgia comprendida y vivida
dentro del grupo como experiencia de iglesia (estar juntos, acogerse y
reconocerse recíprocamente como personas y como hermanos en la fe,
actuar juntos a nivel humano, a nivel celebrativo y sacramental...) contribuirá
a hacer crecer y madurar la conciencia y la consistencia eclesial del grupo
mismo; y al par le ayudará a sentirse parte y signo del cuerpo total de
Cristo, en el momento en que se celebra y se actualiza el misterio. El grupo
tendrá así una función de reíais, de elemento de
apertura a una iglesia local más amplia (parroquia, diócesis...)
y a la iglesia universal. Además, si son
Formación
litúrgica
fieles a su
función y vocación, esos grupos pueden favorecer el crecimiento
de la iglesia en comunidades cada vez más amplias, sea con una
acción directa de animación de la liturgia, sea con una
participación viva y significativa en las celebraciones de
asambleas más vastas y heterogéneas [/ Grupos particulares].
b) Dar espacio a
una catcquesis litúrgica. Para que las acciones litúrgicas puedan
desarrollar efectivamente su eficacia y valores formativos
inherentes, es necesario dar espacio a momentos distintos y específicos
de / catequesis litúrgica que lleven a una profundización
sistemática del hecho litúrgico en sus diversos aspectos y
elementos; en algunos casos podría suceder también que la
situación concreta de determinados grupos o comunidades exija dar
espacio e importancia mayor a la catequesis sistemática respecto a la
celebración. Dependerá de la sensibilidad pastoral de los
responsables el hallar la justa línea de equilibrio. En todo caso, una
formación catequético-sistemática debería
contemplar —al parecer— por lo menos dos tipos de temas: uno de
contenido antropológico, orientado a introducir en el conocimiento
y comprensión del lenguaje y del mundo simbólico, a la toma de
conciencia de una dimensión fundamentalmente simbólica de la
existencia humana; de cara a una educación en el actuar
simbólico-ritual, mediante la valoración de actitudes y
experiencias humanas fundamentales que remiten a algo diverso, a un
más allá que trasciende el puro dato contingente; otro de
contenido teológico, orientado a hacer comprender globalmente el sentido
de la historia de la salvación y del misterio de Cristo, del que se hace
anamnesis en la liturgia. Surge entonces, como hilo importante del
892
tema, una
dimensión bíblica con doble finalidad: dar las nociones
indispensables para una correcta comprensión de
c) Crear
interacción en el momento experiencial-celebrativo. La transmisión
a nivel cognoscitivo de contenidos doctrinales oportunamente escogidos,
coordinados y propuestos es ciertamente importante para la
formación litúrgica, especialmente de cara a la concien
893
ciación.
Sin embargo, si se pretende llevar las comunidades, los grupos y cada uno de
sus miembros particulares a una participación verdadera y activa de
la celebración litúrgica, el momento experiencial se hace
inseparable del teórico-sistemático. Más que la
teoría es, en efecto, la acción litúrgica la que hace
entrar en la lógica de la celebración, y ayuda a asimilar de
manera cada vez más personal y profunda todo lo que se ha recibido a
nivel de catequesis litúrgica. Quien tiene la tarea de programar y
realizar un iter formativo deberá, por tanto, prever una secuencia
articulada y coordinada de celebraciones para integrarlas e
intercalarlas oportunamente en el tema catequético. Estas celebraciones
—que se podrían llamar de iniciación o
no-sacramentales— tienen la finalidad de ayudar a los participantes a
interiorizar aspectos y elementos particulares del hecho
litúrgico, así como de suscitar las actitudes litúrgicas
fundamentales.
Sin querer agotar
o limitar el ámbito de opciones posibles, pueden ser útiles
algunas indicaciones a título de ejemplos:
Experiencia
comunitaria (celebraciones que expresen el significado del estar-juntos,
acogerse y reconocerse recíprocamente, estar implicados
comunitariamente en el actuar ante Dios...); experiencia simbólica
(acciones comunitarias donde se subraya un particular elemento simbólico
o un actuar mediante símbolos con una carga de determinados
significados...); expresión gestual y corpórea (secuencias
mímicas, dramatizaciones que ayuden a comprender e interiorizar el
significado profundo de los gestos, actitudes y movimientos
corpóreos habituales en las acciones litúrgicas...);
actitudes de silencio-escucharespuesta (celebraciones de la pa
Formación
litúrgica
labra con
oportunos ejercicios y pausas de silencio que ayuden a percibir la
relación dinámica entre palabra, silencio y oración...);
actitudes de oración: alabanza, acción de gracias, ofrenda,
petición, perdón... (celebraciones de oración
centradas cada vez en una de las actitudes fundamentales; celebraciones
penitenciales...).
Estos y otros
tipos de celebración pueden servirle a una función formativa
como puntos de partida o fases de paso para enriquecer a los particulares y a
la comunidad con una mayor conciencia y capacidad participativa con
ocasión de las verdaderas y propias celebraciones sacramentales
(bautismos, confirmaciones, matrimonios, ordenaciones...), en las que
el aspecto participativo exigirá siempre estar adecuadamente
preparado, y que hallarán su culminación en la celebración
eucarística. En cuanto celebraciones no sacramentales, pueden ser también
formas de experiencia litúrgica más adecuada a grupos o comunidades
que se encuentran a niveles de fe preferentemente catecumenales, y exigen
por tanto una maduración y un crecimiento antes de ser habilitados
para participar en los
sacramentos de la
fe.
Para una mayor
implicación de aquellos a quienes se dirige la acción formativa
puede ser oportuno que su participación en la liturgia no se limite al
momento de su puesta en obra, sino que empiece ya en la fase de la programación
y preparación. Tal experiencia será una ayuda para comprender
mejor los elementos según los cuales se estructura una
celebración y el tipo de lógica interna que los une
armónica y significativamente; de aquí se derivará
una comprensión más plena, más profundamente cristiana, de
la realidad que la celebración está llamada a expresar.
Formación
litúrgica
d)
Formación progresiva y cíclica. La existencia humana es un
continuo devenir bajo el impulso de un dinamismo que la recorre por entero, con
sus ritmos vitales, con pasos sucesivos a través de estadios diversos de
madurez; por lo cual también el continuo reproponerse de determinadas
experiencias de fondo es vivido cada vez a niveles diversos de
comprensión y en contextos referenciales diversos. Otro tanto se
puede decir de la vida de fe y de la experiencia litúrgica, no
separadas, sino integradas en el conjunto de la vida humana. Esto justifica el
criterio pedagógico de la progresividad, que tampoco la formación
litúrgica puede omitir.
Por lo que se
refiere a los DESTINATARIOS, llamamos la atención sobre algunos
aspectos de una formación progresiva: el punto de partida, o
sea, lo que ya conocen y están en condiciones de comprender y vivir
aquellos que comienzan un iter de iniciación o formación
litúrgica;
las leyes que
regulan el crecimiento humano del individuo y del grupo, los ritmos de
crecimiento que hay que respetar, con la ductilidad y capacidad de
adaptación que exige cada caso concreto; los diversos niveles de fe y de
madurez espiritual de los individuos y de las comunidades, sin olvidar que
cada uno vive la propia vida en Cristo según una progresiva
adhesión y conformación a su persona y mensaje, guiado por la
acción del Espíritu Santo (esfera personal; cf Rom 8,12-15; Gal
5,2225); y que, por otra parte, el mismo Espíritu anima y hace
crecer las comunidades gracias a una distribución de dones,
funciones y servicios diversos en beneficio común (esfera comunitaria;
cf Rom 12,4-13; 1 Cor 12,4-11.27-28; Ef 4,11-12).
A este dinamismo
de crecimiento en la fe y en la vida cristiana corresponde, EN
894
la
repetición del misterio en el / tiempo. El retorno cíclico de los
mismos temas y de las mismas llamadas a actitudes espirituales y a compromisos
concretos de vida, en conexión con los grandes tiempos del año
litúrgico o con momentos celebrativos de significado más intenso,
posee verdaderamente el carácter de una repetida y progresiva
pedagogía de la fe, repropuesta cada año por la iglesia a
los cristianos: celebrando el misterio que retorna, y que sin embargo se
presenta bajo una luz siempre nueva y diversa, y poniéndose a la escucha
atenta de la palabra de Dios que revela paulatinamente riquezas y profundidades
insospechadas, la comunidad cristiana se acrecienta, se une más
firmemente al Señor presente y operante en la celebración,
se refuerzan los vínculos de la comunión y de la concordia; al
mismo tiempo, cada creyente particular enriquece su propia experiencia
de vida y de fe al hacer propio el misterio que se repropone. No es
extraño a esta apropiación el proceder del tiempo y el
natural proceso de maduración humana, que introduce también
en una capacidad cada vez mayor de comprensión cristiana de la realidad.
Así la repetición litúrgica se adapta a los ritmos de la
vida humana y no es nunca una vuelta al punto de partida; sino que, como
una espiral, alcanza la experiencia del hombre que progresa en el tiempo y se
presenta como una realidad que nunca se acaba de alcanzar hasta el fondo ni de
actuar completamente; mientras, en correspondencia, la respuesta del hombre en
su vida cristiana se construye y se perfecciona a través de la vida
de cada día.
e)
Formación permanente. Vista desde la perspectiva de la progresividad,
la formación litúrgica pue895
de extenderse a
toda la vida del cristiano: ninguna edad humana es capaz de agotar las riquezas
insondables del misterio de Cristo. Por otra parte, es verdad que es un
compromiso permanente de la comunidad y de cada bautizado continuar
en el propio camino de crecimiento hasta alcanzar la plenitud de la
estatura de Cristo (cf Ef 4,
En primer lugar,
el año litúrgico, con su sucesión de tiempos fuertes y
tiempos ordinarios, de misterios del Señor y memorias de los santos, con
la celebración de acontecimientos significativos para la vida de la
comunidad. Aquí encontramos un cuadro completo que permite acercarse,
profundizar y vivir el misterio de Cristo en sus diversos significados:
ver cómo la obra de la salvación se ha efectuado en Cristo a
través de los diversos momentos y aspectos de su misterio, todos
orientados y culminando en el acontecimiento pascual; ver cómo, bebiendo
en las fuentes del Salvador, los santos han participado de esta misma obra
reproduciendo cada uno en sí mismo y en su propia vida algún
aspecto del misterio total
FontiHi
lllúrKica
de Cristo; tomar
conciciu in de que la salvación se celebra > IHIIIIIIIII mente y se
actúa en las usiinil>lrnt litúrgicas: iglesia en acto OIMHI
comunión de los santos y comuiii dad de los creyentes, reunida en torno
de Cristo, autor de la salvación, para anunciarla y llevarla a
todos los hombres (cf SC 102).
Un segundo cuadro
de referencia puede ser el de los sacramentos de la vida cristiana vistos no
como momentos aislados e independientes unos de otros, sino como acontecimientos
de salvación periódicamente repetidos que se encarnan
—por así decir— en la vida del hombre y, desde su nacimiento
hasta la muerte, lo introducen progresivamente y de manera cada vez
más plena en el misterio de la vida en Dios y en Cristo (cf SC 59).
Es también
importante el ciclo de las misas dominicales y feriales:
articulado
actualmente en tres años para las misas dominicales y en dos para las
feriales, se presenta un cuadro de formación permanente particularmente
rico, de cuyo conjunto se pueden destacar algunos elementos: el
significado del domingo en general, visto como celebración del
misterio pascual, que se desarrolla sin interrupción de domingo en
domingo (cf SC 106); el progresivo crecimiento y asimilación de un
determinado libro bíblico, favorecido por la lectura continua
o semicontinua, adoptada por el leccionario festivo y ferial; la función
misma de la palabra, mediante la cual el Señor convoca y
reúne a sus fieles y suscita en ellos las disposiciones necesarias para
ofrecer con él el sacrificio espiritual de sus vidas (cf SC 24; DV 15;
21; 25); los formularios de las oraciones, que van desde la serie de los
prefacios a la de las plegarias eucarísticas y de las preces presidenciales
(teniendo presentes no sólo
Formación
litúrgica
las de las misas
dominicales, sino también las de las misas votivas, las misas por
diversas necesidades de la iglesia, de la sociedad civil, etc.). Una atenta
sensibilidad pedagógica y pastoral sugerirá los criterios para
alternar convenientemente los textos, de manera que los temas de las oraciones
sean variados y se adapten a situaciones y necesidades concretas. La
oración litúrgica conservará así una nota de
frescura y de novedad, y se percibirá como más cercana a la
realidad eclesial y humana que viven los fieles a lo largo del año.
Donde haya
surgido la iniciativa de que una comunidad celebre unida por lo menos una parte
de la liturgia de las Horas —por ejemplo, la oración de laudes o
de vísperas—, ésta puede llegar a ser también buena
escuela de formación permanente; en tal caso, uno de los elementos
a los que hay que dar la preferencia y que puede ocupar un cursus formativo
completo será el estudio y la oración de los salmos.
La liturgia
considerada como escuela de formación permanente para las comunidades
cristianas necesita además otros elementos complementarios y
concomitantes que contribuyan a crear modalidades y condiciones
favorables, adecuadas a la finalidad propuesta. Desde la elección
de horarios (que tenga en cuenta las actuales y más comunes costumbres
de vida de la gente) hasta la preparación de un espacio-ambiente (que
favorezca el intercambio, el contacto, el reconocerse como hermanos y
hermanas que recorren juntos el mismo camino). Durante las celebraciones,
un uso oportuno del canto (que caracterice las diferentes etapas del iter
de formación permanente); fuera de las celebraciones, ocasiones de
estudio y reflexión común (como fases precedentes o subsiguientes
de la 896
celebración,
para profundizar y clarificar los elementos que ha ido proponiendo poco a poco
el camino formativo).
III.
Formación como síntesis para la vida
Ya se ha dicho [/
supra, I, 2] que la acción formativa en general, y la litúrgica
en particular, debe tener un carácter unitario de cara a promover
un crecimiento en la fe y en la vida cristiana armónico y unitario.
UN MODELO. A este respecto nos puede
ofrecer un modelo eficaz el Ritual de
LOS PRINCIPIOS DE SÍNTESIS. El
carácter unitario y sintético no corresponde, en este caso, al de
un tratado lógico, que procede por concatenaciones rigurosas y progresivas
de conceptos, y que parte de determinadas premisas y llega a determinadas
conclusiones mediante argumentación. En el RICA no se propone nada
que haya que aprender, sino una realidad que se debe vivir según un
itinerario que procede por grados, por iluminaciones progresivas de
aspectos complemen
897
tarios de la
realidad misma, vistos en su integración recíproca y unitaria.
Dentro de un itinerario así concebido, un mismo tema o aspecto de
él, retomado a una cierta distancia de tiempo mediante las etapas
sucesivas, puede profundizarse cada vez bajo aspectos nuevos y
enriquecidos con nuevos elementos. Según esta lógica, se
pueden especificar algunos criterios de síntesis.
La primera
síntesis la ofrece el
itinerario tomado
en su conjunto:
está
guiado por un dinamismo que va desde la iniciación a la mistagogia,
proponiendo los principales aspectos de los datos de la fe, de la vida moral y
sacramental del cristiano (o de quien se prepara a serlo) en su unidad al
mismo tiempo cristocéntrica, antropocéntrica y eclesial.
En segundo lugar,
se debe considerar la estrecha y orgánica conexión
entre las principales componentes de fondo del itinerario formativo
(siempre presentes simultáneamente, aunque en medida y con
modalidades diversas según el diverso carácter de las etapas
y de los momentos formativos): una exigencia de relaciones verdaderas y
concretas con la comunidad, donde la comunidad misma está llamada a
responder para que —siendo el lugar natural de formación de sus
miembros— asuma conscientemente esa responsabilidad en un clima de
acogida y comunicación fraterna, abriéndose también a
itinerarios de fe diferenciados, atentos a la situación espiritual
y humana de aquellos que quieren descubrir o redescubrir el misterio de Cristo
(RICA, Observaciones generales, n. 2; Observaciones previas, nn. 1;
4; 5; 41); la presencia constante de un tema catequético de
inspiración preferentemente bíblica, que se desarrolla
según la lógica del itinerario de
iniciación-formación, para conducir
Formación
litúrgica
a la toma de
conciencia pioitirsiva y personal de la propia le, y n un íntimo
conocimiento de la historia de la salvación (ib, Observaciones previas,
n. 19,3). Puede ser aquí oportuno mencionar la correspondencia
entre estos componentes y los que más arriba se han indicado como
los momentos indispensables para una formación litúrgica lo
más válida e integral posible [/ supra, II, 3].
La función
unificante de algunos centros en torno a los que se polariza y se
construye, por maduraciones progresivas, la experiencia de los que se preparan
para ser cristianos o para serlo más conscientemente: la continua
referencia a Cristo y a su pascua, como elemento que define y da sentido a la
experiencia de una vida de fe; el sentido de pertenencia a la iglesia de manera
cada vez más responsable, que es como el punto de llegada hacia el que
se siente llamado el catecúmeno en cada momento, en cada etapa de su
camino (RICA, Observaciones previas, nn. 19,4; 39); la atención
constante a la palabra de Dios como criterio de iluminación, de lectura,
de profundización de la experiencia del misterio de Cristo y de la
iglesia, que están viviendo los que se hallan en camino (ib, c. VI,
Textos diversos para la celebración de la iniciación cristiana de
los adultos); la experiencia litúrgica como gozne de la catequesis
permanente y momento fundamental de la experiencia de fe, sea de la comunidad
cristiana, sea de aquellos a los que ella acompaña en el camino de
crecimiento y maduración en la misma fe; la atención al hombre
concreto (el adulto) considerado en su unidad y originalidad personal, con sus
límites, sus problemas, sus experiencias humanas, aun cuando camina
con otros en la comunidad (cf Observaciones previas nn. 20; 50,1; 67).
Formación
litúrgica
Con esta
presentación rápida y esquemática no se pretende identificar
la propuesta del RICA con la formación litúrgica simplemente o
como el único modelo válido y posible. De todas formas, por la
riqueza de elementos que contiene, ofrece amplias posibilidades de
cambiar, adaptar o sustituir determinados textos y gestos donde sea
oportuno; esto se encuentra un poco por todas partes en el documento (cf, por
ejemplo, los nn. 20; 64-67). En realidad, este ritual, orientado a guiar las
opciones precisas de la iniciación, puede inspirar otros caminos de
fe en la experiencia cristiana, que la iglesia de hoy debe hacer brotar de
su propio interior. Se podría precisar que en el RICA tenemos la
formulación litúrgica de un itinerario de formación en la
fe y en la vida cristiana. El hecho no carece de interés para un tema de
formación litúrgica. Tanto más si se tiene en cuenta que
el itinerario mismo no se concluye con un punto final, sino que desemboca en
una toma de conciencia según la cual, acogidos los neófitos en la
asamblea eucarística, "la comunidad juntamente con ellos
progresa, ya con la meditación del evangelio, ya con la
participación de la eucaristía, ya con el ejercicio de la
caridad, en percepción más profunda del misterio
pascual y en la manifestación cada vez más perfecta del mismo en
su vida" (RICA 37). Nos encontramos frente a una comunidad que
progresa junta; que, ayudando a crecer a los neófitos, crece ella misma
con ellos. El itinerario catecumenal se hace así una
síntesis para la vida. Una síntesis que debe ser continuamente
reconquistada mediante un dinamismo que pone a la misma comunidad y
—dentro de ella— a cada persona particular en estado de
formación permanente, en el constante y siempre renova898
do descubrimiento
del misterio. He aquí que ahora la formación litúrgica
se sitúa como una componente constitutiva de ese camino: junto con
él debe ser constantemente retomada, adaptada, renovada según
la realidad de la vida comunitaria, para que en ella se celebre, se
exprese y se viva progresivamente, cada vez con mayor plenitud, el misterio de
Cristo y de la iglesia.
IV. Corolario:
indicios de formación litúrgica por etapas diferenciadas de edad
En la
declaración conciliar sobre la educación cristiana se presenta la
liturgia como el elemento central y polarizador de toda la obra educativa
(cf GE 2), mientras que en la constitución sobre la liturgia se
recomienda a los pastores de las comunidades cristianas que "fomenten
con diligencia y paciencia la educación litúrgica y la participación
activa de los fieles, interna y externa, conforme a su edad, condición,
género de vida y grado de cultura religiosa" (SC 19). Se hallan
aquí las premisas para una reflexión sobre la formación
litúrgica en las diversas fases de la edad evolutiva; y de hecho las
comunidades reales y concretas comprenden personas de toda edad. Mientras que
los comentarios precedentes se referían a las comunidades
cristianas en general y a sus miembros adultos, en la perspectiva recientemente
aludida todo el tema —pese a ser válido en sus datos
esenciales— deberá ser repensado por los educadores en
función de las diferentes edades, teniendo presentes los datos que
pueden ofrecer las diversas ciencias humanas, particularmente la psicología
de la edad evolutiva y la 899
metodología
catequética (con un
interés
particular por la dimensión
litúrgica).
Aquí nos
limitaremos a señalar
las diferentes
etapas a las que se
debe dirigir la
atención de los
educadores
(recordando que las
subdivisiones
cronológicas no tie
nen nunca un
valor absoluto, sino
que pueden variar
y difuminarse
según los
sujetos, sus ambientes
sociales,
culturales, geográficos...).
Para cada etapa
se darán breves
indicaciones
orientativas, mientras
que para un
desarrollo más amplio
de los diferentes
aspectos inherentes
al argumento nos
remitimos a la
bibliografía.
1.
FORMACIÓN LITÚRGICA EN
junto a los
padres u otros miembros de la familia (hermanos-hermanas mayores, tíos,
etc.) que guíen la atención de los más pequeños,
Formación
litúrgica
intentando
fijarla en momentos y aspectos determinados de la celebración.
2.
FORMACIÓN LITÚRGICA EN
Formación
litúrgica
papel propio y de
compromisos precisos en la comunidad cristiana, con el sacramento de la
confirmación (sin embargo, hay actualmente razones
pedagógico-pastorales que aconsejan retrasar cronológicamente
este sacramento).
Es importante que
esta iniciación sacramental se desarrolle en la perspectiva unitaria de
la historia de la salvación, valorando la pedagogía de los signos
litúrgicos. Además, el grupo catequético mismo —si
funciona correctamente— puede ser el lugar adecuado para promover
tiempos y ocasiones de una experiencia más específica y una
participación litúrgica.
Pensemos en una
serie programada de breves celebraciones de iniciación o de
encuentros formativos diversamente configurados: sea para introducir a la
experienciaconocimiento de signos, gestos, oraciones, acciones
litúrgicas; sea para suscitar en el niño sentimientos y actitudes
religiosas que tienen su expresión más plena en las celebraciones
sacramentales, y particularmente en la eucaristía (sentido de la
fiesta, alegría de encontrarse juntos, sentido de la escucha, del
silencio, de la alabanza, de la ofrenda, de la acción de gracias;
sentido del banquete fraterno, de la presencia del Señor entre los
suyos...). Pensemos además en las indicaciones y posibilidades
formativas que ofrecen los libros litúrgicos, preparados para favorecer
una mejor iniciación litúrgica de los niños a la misa
y una participación activa en la celebración
eucarística, adecuada a su edad [/ Niños]. Tampoco se puede olvidar
el c. V del RICA sobre el Ritual de la iniciación de los niños en
la edad catequética, importante tanto por las observaciones previas (nn.
306-313) cuanto por las propuestas rituales-celebrativas ofrecidas
como pista del itinerario de 900
iniciación
(nn. 314-369). Naturalmente, todos los instrumentos de que disponemos para
una válida y eficaz utilización necesitan personas preparadas
convenientemente y dotadas de viva sensibilidad pedagógica y
litúrgica.
3.
FORMACIÓN LITÚRGICA EN
En esta
situación vivida por el preadolescente se pueden encontrar algunos
puntos importantes de aplicación para la formación litúrgica:
a través de los misterios del año litúrgico (con
atención particular al leccionario) hacer descubrir el rostro de Cristo
como el rostro del 901
amigo, como el
modelo del hombre verdadero, del hombre nuevo, en quien encuentra una respuesta
positiva la tensión del muchacho hacia la renovación de
sí mismo en el esfuerzo de crecer hacia la edad sucesiva; proponer
algunos de los santos más significativos de los que hace memoria la
liturgia como modelos en los que inspirarse en la búsqueda y en la
construcción del propio ser hombre y cristiano; valorar la
participación en celebraciones litúrgicas o
paralitúrgicas como ocasión y momento de amistad, que debe
madurar en actitudes y disposiciones de fraternidad cristiana, de
comunión en la fe y en el compromiso concreto; éste puede ser un
momento adecuado para el sacramento de la confirmación; y será
necesario prepararlo, acompañarlo y continuarlo con una catcquesis
atenta a la necesidad que tiene el muchacho de clarificarse a sí mismo
el sentido de la propia identidad cristiana, de ser confirmado en ella y
de ser orientado hacia precisos compromisos operativos al servicio de la
comunidad; en ellos verá definirse la propia fisonomía y
responsabilidad personal, entre otras cosas como sentido de pertenencia a
una comunidad concreta.
Globalmente, la
concreción del hacer, del comprometerse, debe marcar particularmente la
acción formativa del preadolescente.
4.
FORMACIÓN LITÚRGICA EN
Formación
litúrgica
adolescentes, aun
teniendo en cuen
ta la
progresión dentro de la edad
que va de los
catorce/quince a los
dieciocho/ veinte
años.
La
formación litúrgica de esta edad no puede olvidar que hoy el
mundo juvenil constituye una cultura en sí mismo; y también
frente a él se debe realizar esa / adaptación a las diversas
culturas que ya la constitución conciliar sobre la liturgia
consideraba normal para otras situaciones (cf SC 37-40) [/ Jóvenes].
Los fermentos
juveniles que han caracterizado estos últimos decenios han sido el signo
de un deseo, por parte de los jóvenes, de mayor justicia, fraternidad,
paz, en una perspectiva que podríamos definir universalista; deseo
más o menos consciente, no falto de contradicciones, pero
ciertamente intenso. El mundo juvenil, además, ha reivindicado una
fisonomía y función propias, una corresponsabilidad y
participación en los proyectos y en las realizaciones de la sociedad
adulta. Son fenómenos que han tenido eco y repercusiones también
dentro de la iglesia. Es misión de educadores y catequistas saber
descubrir —dentro de estas instancias juveniles— los elementos
a los que se debe apuntar para conducir a las generaciones jóvenes
á un encuentro serio, estable, profundo con el misterio de Cristo y
de la iglesia, como viene actuado y celebrado en la liturgia.
El grupo juvenil
puede ser el lugar de estudio, investigación, reflexión,
revisión de vida (programados en tiempos y situaciones adecuados),
partiendo de estímulos y propuestas que provienen de la liturgia (tiempos
fuertes, lecturas bíblicas, oraciones...) para llegar a una
confrontación con los problemas humanos y eclesiales por los que se
interesan los jóvenes más profundamente; o bien se puede invertir
el itinerario metodológico: partir de esos problemas para llegar a
una confrontación con la liturgia en busca de las respuesta que
ésta ofrece para la vida. El elemento central para este tipo de
actividades formativas será la palabra de Dios como guía
para descubrir o purificar los valores de la fe, de la oración, de
la caridad, del servicio; a través de una pedagogía de la fe que
amplíe progresivamente los horizontes y lleve a explorar las
múltiples dimensiones del misterio cristiano (evitando criterios selectivos
para soluciones cómodas o fáciles).
Las misas de
grupo serán el momento fuerte no sólo para llevar a cabo, incluso
a nivel celebrativo, la formación litúrgica del mismo grupo, sino
también para dar a los jóvenes la posibilidad de vivir una
experiencia cristiana actual y significativa, expresar con sinceridad y
compartir comunitariamente, sea lo que en ellos ha madurado a nivel de
reflexión antecedente, sea los ecos que levanta en ellos la
participación actual en el momento celebrativo. En la
predicación, en las moniciones, en las oraciones, en los gestos, en
los cánticos, en el mismo ambiente donde tiene lugar la
celebración habrá que prestar particular atención a
las adaptaciones adecuadas (lo cual no significa arbitrarias), que respeten la
mentalidad, la sensibilidad y las esperanzas de los jóvenes, les
permitan reencontrarse en las celebraciones y expresarse en ellas mediante una
participación activa, articulada y coordinada según los diversos
momentos de la celebración misma y según una oportuna
distribución de papeles, servicios y funciones dentro de la asamblea
celebrante.
Las indicaciones
precedentes deben entenderse como dirigidas al grupo juvenil no en cuanto
realidad 902
cerrada en
sí misma, sino en función de una verdadera maduración de
cada joven hacia una propia autonomía espiritual y, al mismo tiempo,
de cara a la expansión del grupo en la iglesia. Entonces, dentro de
comunidades más amplias (por ejemplo, parroquiales), el grupo de
jóvenes puede llegar a ser un elemento de estímulo para un
replanteamiento de las celebraciones litúrgicas destinadas a
todos los fieles —particularmente las de la eucaristía
dominical—; puede ser ese fragmento de levadura que poco a poco hace
fermentar en la comunidad cristiana la capacidad de expresar de manera siempre
nueva el hoy de
la
celebración concreta.
Puede ser
útil una última llamada de atención sobre el hecho de que
el mundo juvenil se presenta como una realidad extremadamente variada y
cambiante; en su ámbito se pueden registrar situaciones muy diversas,
que pedirán, por consiguiente, soluciones prácticas diversas
a nivel formativo. Esto implica, por parte de los responsables de la obra
formativa, sensibilidad pedagógica, experiencia y competencia por lo que
se refiere al conocimiento del mundo juvenil; pero existe una exigencia igual
de fuerte de competencia, sensibilidad, apertura y equilibrio en el campo
del saber y del actuar litúrgicos. Es la condición para actuar
seriamente, con intervenciones formativas, en una línea de
fidelidad a las exigencias de la actualidad histórica, por una parte, y,
por otra, a la mejor y más genuina tradición de la iglesia.
M. L. Petrazzini
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"Phase" 103 (1978) 101-103;
"Notitiae"
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"Pastoral Litúrgica" 101-104 (1979) 69-71; /// Encuentro:
"Phase" 116 (1980) 161-163; IV Encuentro: "Pastoral
Litúrgica" 112-113 (1980) 21-26; V Encuentro: ib, 121-122 (1982)
30-36; VII Encuentro: "Phase" 139 (1984) 63-69; VIII Encuentro:
"Phase" 143 (1984) 455-457. Véase también la
bibliografía de Catequesis y liturgia. Formación litúrgica
de los futuros presbíteros. Iniciación cristiana, Jóvenes,
Liturgia, Niños y Teología litúrgica.
SUMARIO: 1.
Introducción - II. La nueva "Instrucción" - III.
Problemas abiertos: 1. El seminario, comunidad litúrgica; 2. La
liturgia, "culmen et fons"; 3. Un problema de fondo
IV.
Formación para la presidencia litúrgica.
I.
Introducción
Toda
educación cristiana debe considerar la / formación
litúrgica como uno de sus componentes fundamentales (cf GE 2; SC 19): no
por una moda pasajera o por una opción facultativa, sino porque la liturgia,
especialmente la eucaristía, es "culmen... et fons" de la vida
de la iglesia y en la iglesia (SC 10). Este principio, que poco a poco
está readquiriendo entre los educadores cristianos el sentido obvio y
profundo que tenía en la más antigua pedagogía de la
iglesia, sirve a
fortiori para las
comunidades de formación sacerdotal. No nos parece fuera de lugar
reconsiderar y profundizar el discurso sobre la formación
litúrgica separadamente para los futuros sacerdotes, si bien las
acciones litúrgicas "pertenecen a todo el cuerpo de la iglesia, lo
manifiestan y lo implican" (SC 26).
Formación
lit. de los futuros presbíteros 904
Hoy estamos muy
lejos de aquel muchos ambientes eclesiásticos, tiempo en que las
cuestiones litúrgiincluida España, no han faltado cas se
consideraban "reservadas al retrasos, faltas de cumplimiento, clero y a
los religiosos", con la incertidumbres, quizá incluso invopreocupación
"de evitar toda injeluciones, mientras que en varias rencia
indiscreta de los laicos en las naciones se proyectaba toda una cosas del
culto, de mantener una serie de desarrollos y de nuevos separación muy
clara entre santuaproblemas de la situación litúrgica rio y
nave"'. sobre la formación de los futuros
Por mucho que
puedan diferensacerdotes. ciarse los planteamientos de los seminarios y
como quiera que se organice en el campo de la iglesia II. La nueva
"Instrucción" local la preparación de los futuros
presbíteros, pensamos que se debe En este contexto adquiere gran hablar
de una especial formación significado
No han faltado en
el pasado de los fieles en la vida litúrgica si no orientaciones
oficiales sobre la están "impregnados totalmente del
formación litúrgica en los seminaespíritu y de la
fuerza de la liturgia" rios4; pero la de 1979 es ciertamente (SC 14).
el documento
más completo y de
Por eso el
concilio recomienda más amplias miras que nunca haya que se imparta a
los alumnos de los emanado la iglesia al respecto. Son seminarios y de los
estudios religiodos los motivos indicados por la sos "una
formación litúrgica de la nueva instrucción, que exigen en
la vida espiritual por medio de una iglesia de hoy "un mayor compromiadecuada
iniciación que les permita so por la formación litúrgica
en los comprender los sagrados ritos y seminarios": la actuación de
la participar en ellos con toda el alma, reforma litúrgica exige que los
fusea celebrando los sagrados misteturos sacerdotes sepan
"comprenrios, sea con otros ejercicios de der la índole y la
fuerza de la liturgia piedad penetrados del espíritu de la renovada para
insertarla en la prosagrada liturgia..." (SC 17). pia vida y para
transmitirla ade
Sería
exagerado afirmar que estas cuadamente a los fieles" (n. 3);
"los nuevos
problemas pedagógicos normas han sido desatendidas en derivados de la
creciente secularizaestas dos décadas después del Vat.
ción de la
sociedad", que "ofuscan II; por todas partes se han estudiado, en las
mentes la genuina naturaleza discutido y en gran medida llevado a de la
liturgia, haciendo al hombre la práctica2, gracias también al
menos capaz de vivirla con intensa hecho consolador de que ha ido
participación" (n. 4).
creciendo el
número de profesores de liturgia formados según las Tras una
introducción sobre la prescripciones de SC 15. Pero en
"preeminencia de la liturgia en la
905
Formación lit. de los futuros presbíteros
formación
sacerdotal" y sobre la el tono espiritual y pastoral, sea por finalidad
del documento, la instrucla observancia debida tanto a las ción se
divide en dos partes, dedica-prescripciones y textos de los libros das,
respectivamente, a la vida litúrgicos cuanto a las normas dadas
litúrgica y a la enseñanza de la por
La primera
orientación que nace "una profunda e íntima
asimilación del documento, desde la introducde aquellos elementos
de la sagrada ción, es "la importancia de la liliturgia que
pertenecen a su parte turgia en la formación sacerdotal" inmutable,
en cuanto que son de
(n. 1), con la
exigencia de una institución divina" (n. 18).
formación
tanto teórica como prácEsta formación
litúrgica, prolontica: una formación mislagógica gada
durante años, deberá tender a
que "se
alcanza principalmente por preparar a los futuros sacerdotes medio de la vida
litúrgica de los "para su oficio de pastores y presialumnos, hacia
la que son conducidentes de la asamblea litúrgica", no dos con
profundidad creciente por con experiencias puramente exteriomedio de las
celebraciones litúrgires, sino con una experiencia litúrgicas
comunitarias" (n. 2). ca bien dirigida y con un gradual La
formación litúrgica, se dice en ejercicio de los ministerios (nn.
20la primera parte, deberá comenzar 21). Para los actos
litúrgicos concon una "breve y adecuada iniciacretos se
da después una serie de ción" de carácter preliminar
y global normas concretas, que ciertamente
desde el primer
año (n. 8), y desarroestán hechas a medida de las situallarse
en todo el arco de la formaciones particulares y de las exigención
sacerdotal, profundizando las cias pedagógicas de los alumnos, bases
bíblico-teológicas de la vida pero que constituyen una buena
litúrgica, valorando plenamente la base orientativa para la vida
litúrgimisma celebración litúrgica que se ca de un
seminario (nn. 22-42). realiza en los seminarios y armoniLa parte segunda
de la instruc
zando
oportunamente la vida espición está dedicada a la
enseñanza de ritual de los particulares y de la la liturgia, de la que
subraya sobre comunidad con la participación litodo los aspectos
teológicos, pastotúrgica (nn. 9-10). rales y
ecuménicos (nn. 43-44). Se
La asamblea
litúrgica, que reúne delinea a continuación el
ámbito de lo más frecuentemente posible en la ciencia
litúrgica, su método, su torno al mismo altar a superiores y
particular función en el diálogo alumnos, animada por el ejercicio
interdisciplinar, su apertura a las de los ministerios y abierta constanaplicaciones
y a los problemas de la temente a la iglesia local, contribuipastoral (nn.
45-61). rá considerablemente a "fundir en
Formación
lit. de los futuros presbíteros 906
pues ellos
"son invitados a imitar lo como fundamental un principio que
que
conmemoran": "el estudio asirefleja la más antigua
tradición
duo y el
ejercicio de la sagrada eclesial y responde a la naturaleza
liturgia
recuerdan continuamente a particular de la comunidad semina
los futuros
sacerdotes la finalidad a rística: la formación litúrgica
"se
que tienden todas
las actividades alcanza principalmente por medio
pastorales y, al
mismo tiempo, hace de la vida litúrgica de los alumnos, a
que todos sus
esfuerzos en los la que son conducidos con creciente
estudios, en las
prácticas pastorales profundidad por medio de las cele
y en la vida
interior sean cada vez braciones litúrgicas comunitarias"
más
conscientes y consigan una (Instr,, cit., n. 2). Hoy, con el
profunda
unidad" (n. 62). desarrollo de la reforma, mientras
por una parte se
constata la eficacia También se refiere a la liturgia el formativa de
una enseñanza litúrgireciente documento de
La pastoral
litúrgica en España. ca más seria y de una visión
más
unitaria y
más económica de toda
peries espiritual
que caracteriza y
Ha de procurarse
una formación integral y vital, teológica y pastoral, anima, casi
sin darse cuenta, un
ambiente
educativo, sino porque lano meramente nocional. El mayor misma liturgia es una
realidad viva esfuerzo deberá hacerse en las y mistérica, y no se
la comprende facultades de teología, en los semiverdaderamente sino
participando narios, noviciados y comunidades en ella: ninguna lección
de teología de religiosos/as, sin descuidar a los o de pastoral
litúrgica puede sustiseglares, llamados a desempeñar los
tuir a la experiencia habitual de ladiversos ministerios que les compecelebración
eucarística sentida yten en la asamblea litúrgica"'.
vivida como
centro de la vida cotidiana, en un clima de fe y de gozoso compromiso
comunitario,
III. Problemas
abiertos bajo la guía de celebrantes que sepan ser modelos en la no
fácil tarea de presidir la eucaristía
Más que
analizar los distintos
[/ infra, IV].
aspectos de la
instrucción, que está al alcance de todos, preferimos Desde un
punto de vista litúrgico,
volver sobre
algunos temas, situánel seminario es indudablemente una dolos en la
realidad concreta de comunidad especializada, dotada de muchas comunidades de
formación particulares finalidades formativas, sacerdotal. y esto puede
también significar que
allí se
adopten formas de celebra
1. EL SEMINARIO,
COMUNIDAD ción y de participación diversas de LITÚRGICA.
La instrucción asume las apropiadas para la pastoral
907
Formación lit. de los futuros presbíteros
común. De
todas formas, a nosotros espiritual, que ya no está totalmente nos
parece que hoy es cada vez en sintonía con la vida y las orientamenos
oportuno diferenciar demaciones de la iglesia actual. Esto se siado la
liturgia del seminario de la descubre fácilmente en ciertos amque
los alumnos celebran en las bientes en el planteamiento general parroquias, y
de la que deberán, el de la vida de piedad y en el modo de día de
mañana, hacerse animadores promover y de celebrar las acciones y
responsables. Nos parece más litúrgicas, donde se preocupan
más fructífero que se realice comúnmende reconstruir
un nuevo rubricismo te una buena liturgia que sea decique de realizar una
liturgia viva. didamente pastoral, estrictamente También la falta de
armonía y de unida a la vida y a la oración entendimiento en el
seminario se cotidiana, preparada con una habihace sentir
indefectiblemente en la tual seriedad y con la aportación de liturgia,
que es un momento particutodos, escogiendo y experimentanlarmente
sintomático de la vida de do formas diversas de celebración y la
comunidad. No sólo aparecen con de participación. frecuencia
divergencias de ideas y de concepciones teológicas y espiritua
A quien tiene el
cuidado de la
les entre los
diferentes profesores,
vida del
seminario le incumbe por
que el plano se
tanto una notable
responsabilidad sino en concreto
verifican, por
ejemplo, diferencias
formativa y
pastoral, puesto que a
no despreciables
entre el plantea
partir de la
experiencia cotidiana del
miento
litúrgico y el musical, y
seminario es como
madurará en los
surgen delicados
conflictos de visión
futuros sacerdotes
un profundo sen
y de competencias
entre el rector,
tido pastoral y
teológico de la litur
responsable de la
formación de los
gia, gracias al
cual sabrán después
seminaristas, el
padre espiritual y el
armonizar una
sincera y consciente
mismo profesor de
liturgia. Con
fidelidad a la
tradición de la iglesia y
frecuencia es
este último el que, en
a sus
disposiciones concretas con un
la compleja
situación actual, tendría
valiente
espíritu de adaptación y
la
preparación, la sensibilidad y la
renovación
(que exige sólidos cri
disponibilidad
necesarias para asu
terios
pastorales, capacidad de in
mir la
corrprometida tarea de ani
tuición y
de elección y no poca fan
mar o inspirar la
vida litúrgica de la
tasía).
comunidad
seminarística, de pleno
Es normal que
también en los
acuerdo con todo
el equipe educati
seminarios se
reflejen los aspectos
vo y con la
colaboración responsa
más
prometedores, y a la vez las ble de un grupo
litúrgico.
dificultades y
las tensiones de la actual situación litúrgica de
908
Formación
lit. de los futuros presbíteros
Los
jóvenes de nuestros semitos de la vida cotidiana, pero que
narios, abiertos
y sensibles a las tiene sus momentos fuertes en la
instancias
más profundas que broparticipación en la liturgia.
tan en la iglesia
de hoy, pero que
con frecuencia
también simpatizan 2.
fácilmente
con aspectos más discutiFONS". La instrucción, al
repetir que
bles y
superficiales de la situación "es sumamente necesario que la
actual,
necesitan, en el estudio y en celebración eucarística
cotidiana...
la
práctica de la liturgia, guías sea el centro de toda la vida del
iluminados, pero
también firmes, seminario y que los alumnos partici
capaces de
comprender y de favorepen en ella conscientemente" (n. 23),
cer soluciones y
experimentos nececita
sarios y
fructíferos, y a la vez de dar tionis sacerdotalis, n. 52, que conti
orientaciones
concretas y decididas, núa así: "El sacrificio
eucarístico,
fundadas en
sólidos principios teomás aún, toda la sagrada
liturgia,
lógicos y
pastorales, más allá de las debe ocupar un puesto tal en el
recetas
fáciles y las modas pasajeras. seminario, que aparezca verdadera
Una verdadera
formación litúrgimente como 'la cumbre a la cual
ca no puede
referirse solamente a las tiende la actividad de la iglesia y, al
acciones
litúrgicas, sino que debe mismo tiempo, la fuente de donde
inspirar y
orientar toda la vida mana toda su fuerza' (SC 10)"<•.
espiritual de los
futuros presbíteros. Es necesario profundizar a esta
En la
línea de la enseñanza de SC 13 luz la concepción, que
evidentemen
se está
efectuando en la piedad te subyace al texto citado, del se
cristiana un
lento y profundo proceminario como comunidad eclesial:
so de
renovación, del cual ya se no sólo como "grupo de personas
en
sienten en
nuestros seminarios los comunión permanente de vida" en
primeros frutos,
y a la vez las la iglesia, sino también como com
incertidumbres y
las dificultades. ponente importante de la vida de la
Algunas formas de
piedad, felizdiócesis, en estrecha relación con el
mente
replanteadas desde el espíritu obispo y con su presbiterio7.
de la liturgia,
han vuelto a cobrar En los seminarios mayores pensa
vigor y eficacia
espiritual, mientras mos que no se puede renunciar a
que otras, pese a
los esfuerzos de los una realidad tan constitutiva de la
educadores, no
tienen ya ninguna vida sacerdotal como la eucaristía,
incidencia sobre
las nuevas generaincluso cotidiana, y que se debe ciones, formadas en la
familiaridad llevar a cabo un serio compromiso con la biblia y la liturgia, en
una personal y comunitario por una temperies eclesíal muy diferente de
consciente y total participación,
aquella en que
han nacido ciertas superando valientemente las innega
devociones. Es en
los años del bles dificultades de la rutina. Esa
seminario cuando
los futuros sacer
celebración
cotidiana nunca deberá dotes deben saber madurar una ser apresurada y
minimalista. Si de profunda unidad entre liturgia y hecho pueden realizarse
celebracio
oración
personal y entre liturgia y nes más excepcionales y raras con vida
cotidiana, creciendo cada vez un mayor contenido festivo, otras más en
la verdadera devotio, o sea, celebraciones más frecuentes y oren
aquella actitud profunda y total dinarias pueden asumir un carácde
adhesión a Dios Padre por medio ter más íntimo y
contemplativo, de Cristo en el Espíritu Santo, que como expresión
de un compromiso debe expresarse en todos los aspecconstante y fiel, de
acuerdo con
909
Formación lit. de los futuros presbíteros
modalidades
celebrativas más soEsta particular celebración semanal,
brias y ritualizadas. colocada en las horas más oportu
La reciente
instrucción (n. 17) nas, preparada con cuidado, por recomienda una sana
varietas, que ejemplo por un curso cada vez, debe significar, ante todo, una mapodrá
constituir en el arco de la yor valoración de las celebraciosemana
no sólo una notable variatio nes dominicales y de las solemnidaen
absoluto inútil para favorecer la des. Sólo que la
inserción de los participación, sino un medio eficaz estudiantes
en las parroquias, los de formación litúrgica y pastoral (y,
domingos y en los momentos fuertes por otra parte, no desbanca a la del
año litúrgico, en muchos ammisa dominical). bientes crea el
problema de
demasiado simple
y pedagógicadeseable que estas unidades menomente inoportuna
la de una doble res puedan hallar, por lo menos una participación. Es
más oportuno que, vez a la semana, su expresión saen tales
casos, la celebración en el cramental en la celebración eucaseminario
del domingo y de otros rística presidida por el animador del días
litúrgicos festivos o solemnes grupo o por el mismo rector, según
pueda tener sus momentos fuertes las perspectivas teológicas y las en
laudes y vísperas, mientras que directrices de
para la
eucaristía con frecuencia se las misas para grupos particulares".
preferirá la inserción en una comuEsta praxis
suscitará ciertamente nidad eclesial más amplia. menos problemas
si se apoya en los grupos en los que de hecho se
Se han
experimentado varias articula la comunidad, más que en formas de
preparación comunitaria el origen geográfico o en la pertede
la liturgia dominical, generalnencia a diversos movimientos eclemente
el sábado por la tarde: celesiales.
braciones de la
palabra con breves presentaciones de los temas prinLa celebración
comunitaria de cipales; meditaciones comunitarias laudes y vísperas es
otro elemento
o revisiones de
vida para cursos de la vida litúrgica de la comunidad particulares o
grupos; encuentros de seminarística, sobre todo en los días
profundización o de reflexión, frefestivos. La
formación para la licuentemente con los laicos; preparaturgia
laudis de cada día, misión ción de la homilía con
alguno de los fundamental del sacerdote como superiores, etc. cabeza de una
comunidad cristiana
En algunos
seminarios se elige un y representante suyo, exige ciertadía de la
semana, menos cargado de mente notable "instrucción li
unacompromisos pastorales, para realitúrgica
y bíblica" (SC 90): también zar una verdadera missa
communi-aquí la experiencia espiritual y tatis celebrada por todos los
supepastoral hecha en el seminario tiene
riores con la
participación de toda la una función determinante para la
comunidad del
seminario, quecomprensión de esta oración públi
encuentra así la posibilidad
de expreca de la iglesia, con la que se
sarse de la
manera más completa prolongan a las principales horas como comunidad
eclesial, sobre del día la alabanza y la acción de todo cuando es
el mismo obispo gracias que tributamos a Dios en la quien preside la asamblea
litúrgica. eucaristía (cf PO 5), y que es fuente
Formación
lit. de los futuros presbíteros 910
y alimento de la
piedad personal del formación litúrgica debe llevar al sacerdote
(cf SC 90). fiel particular a un constante esfuerzo de inserción en
la comunidad
3. UN PROBLEMA DE
FONDO. La eclesial, que se realiza plenamente reciente reforma promovida por el
en la participación en el misterio Vat. II ciertamente ha favorecido,
pascual de Cristo, y a un consciente sobre todo en ambientes preparados
compromiso de apropiación de los como los seminarios, una participadiversos
elementos —lecturas, oración consciente, piadosa y activa en
ciones, cantos, ritos— que compoel misterio de Cristo celebrado en
nen la celebración litúrgica. Todo las acciones litúrgicas
(SC 14; 48), esto exige un nivel espiritual no realizado ahora a través
de los común y un uso continuo de los signos mismos de la liturgia. Sin
"medios comunes o específicos, embargo, en la situación
actual tradicionales o nuevos, que el Espíaparece, creo,
también en los semiritu Santo no deja nunca de suscitar narios una
dificultad nueva, que en el pueblo de Dios, y la iglesia deben tener muy en
cuenta los recomienda, y hasta manda también responsables de la
formación litúrgialgunas veces para la santificación
ca. La forma de participación de de sus miembros" (PO 18). Entre
otros tiempos —nos referimos sobre ellos sigue siendo fundamental para
todo a la misa—, aun siendo impernosotros la meditación
cotidiana fecta desde el punto de vista de la sobre todo de la palabra de Dios,
comunidad y del signo, llevaba al que un documento posconciliar individuo a una
implicación muy recomienda a los religiosos precisapersonal con la
ayuda de pequeños mente para que puedan participar misales y de otras
ayudas muy "más íntimamente y con mayor útiles. En la
actual forma de partifruto en el sacrosanto misterio de la
cipación, que hace prácticamente eucaristía y en la
oración pública de superfluo el recurso a una ayuda la
iglesia" (Ecclesiae Sanctae [1966] individual, la escucha ha ocupado II,
21). el lugar de la lectura silenciosa, el canto y la oración
comunitaria llenan los largos silencios y dejan
IV.
Formación
poco espacio para
la oración...
para la
presidencia litúrgica
personal, la
participación activa y diferenciada sustituye a las prácti
La nueva
concepción de la litur
cas individuales
que se sobreponían
gia, el
desarrollo de la reforma, la
a la
acción litúrgica.
nueva
maduración eclesial y la
Todo esto lleva a
una piedad más aportación de las mismas ciencias objetiva y
eclesial, alimentada con humanas han dado mayor imporlos grandes
pensamientos de la tancia y dimensiones más significatibiblia y de
la liturgia, pero puede vas al ministerio, propio del presbícomportar
también el peligro de una tero, de ser animador y presidente
participación puramente exterior, de la celebración
litúrgica, acenen la que el individuo se deja afectar tuando por
tanto la necesidad de sólo superficialmente, sin aportar una
formación específica para esta verdaderamente a la acción
litúrgica importante tarea eclesiall0. El futuro su contribución
de fe y de profundo sacerdote debe habituarse a prepacompromiso personal.
El problema rar la celebración litúrgica: conociha sido
estudiado por Joseph Pa-miento de las normas litúrgicas, de scher con
fina sensibilidad": la los textos y de los ritos; valoración
911
Formación lit. de los futuros presbíteros
de las /
adaptaciones previstas; junto de la celebración y en relación
elección de un hilo conductor, de un a la asamblea concreta; tema en que
converjan los diversos
•
también debe realizar una meelementos litúrgicos. Debe saber
diación entre los textos y ritos
programar y poner
en acto la cele
propuestos por el
libro litúrgico y la bración: respeto de la estructura y asamblea
celebrante.
de las leyes
propias de la celebraSe puede hablar de una verdaderación;
proporción entre los diversos
y propia
técnica de la presidencia,
elementos y
partes; atención a la porque el ejercicio de este ministerio
celebración en cuanto a la duración, está unido a una
multitud de factosucesión y equilibrio de los diferenres
humanos y técnicos que no se tes momentos; promoción de la deben
minimizar y tampoco se pueasamblea como sujeto de la celebraden
improvisar:
ción con
una adecuada formación y ejecución de todos los servicios que
• ante todo, el conocimiento de la exige la naturaleza de la
celebración asamblea y el impacto con su reali
y de la misma
realidad eclesial. dad humana, social y sobre todo de Sobre todo el sacerdote
debe presife, con un profundo sentido de dir la celebración (sacerdotem
opor-compartimiento y participación;
tet praeesse):
estas palabras del viejo • en segundo lugar, el estilo: Pontifical
indican claramente el
sobriedad,
cercanía, conciencia del ministerio propio del sacerdote, que propio
papel y de la propia misión; participa del poder de Cristo, cabe•
la disposición y funcionalidad za y pastor de la iglesia, su cuerpo y
del ambiente, sobre todo en la zona su pueblo.
presbiterial,
facilita mucho las En otro tiempo el papel del celecosas; brante
absorbía prácticamente todos • un problema importante es el
los aspectos de la celebración, pero del peso calibrado que el que
preside comprometía menos; era una tarea debe dar a sus actitudes y
sobre todo más ejecutora e individual, casi a las intervenciones
habladas, empedesligada de la comunidad. Hoy, zando por la oración
que el presiquedando intacto el compromiso de dente nombre todos,
fe y de
participación, el presidente
eleva en de
cuya marcha y
tono deben estar bien debe ser continuamente consciente construidos y sostenidos
(evidentedel misterio celebrado y del sentido mente son otra cosa las
didascalías, de la asamblea que preside: está que se distinguen
por un tono más llamado a ser guía, intérprete, simple,
discursivo y familiar);
animador,
director y speaker. Por eso: • finalmente, en el ejercicio de su
función deberá estar atento al di
• no es el
patrón de la celebraverso funcionamiento de una asamción:
está al servicio de la iglesia y blea pequeña y homogénea
y de una de la comunidad; asamblea grande y heterogénea: ésta
expresa y
refuerza con su modo exige una mayor formalización en de celebrar un
lazo de unión con la los papeles, un estilo celebrativo asamblea que se
extiende a toda su menos creativo, una presidencia vida y a todo su ministerio;
más activa, etc.
como principal animador de
celebración,
tiene la misión de velar —concluimos con L. Brandolini
"— por el buen funcionamiento de los se ha hecho una tarea
difícil, exige ritos, por su dinamismo en el conatención a
las ciencias humanas y de
Formación
lit. de los futuros presbíteros 912
la
comunicación, además de sentido publicada en A AS — s
Documentos de la pastoral. Para crear la mentalidad
CEE, BAC 459,
Madrid 1984, 789 — 6 S. Congr. pro inst. cath., Ratio fundamentalis
nueva que exige
la misión de presi
institutionis
sacerdotalis, Typis Polyglottis
dir, no bastan
las indicaciones de las
Vaticanis, 1970,
n. 52 — 7 Cf M. Maziers, Le rúbricas: hace falta reflexión,
espíripresbyterium et le séminaire, en Sem 21(1969) tu de
oración, aplicación constan88-96 — ! Cf A. Pardo,
Liturgia de la eucaris
te. Es una tarea
—un ministerio—
tía.
Libros de la comunidad, Madrid 1979, 193-203 — ' Cf J. Pascher, Die
Beziehung
difícil,
pero necesaria para hacer de
zwischen der hl.
Liturgie und der persónlichen
la liturgia una
acción viva para un
Frómmigkeit
des einzelnen Gla'ubigen, en Sem
l0
pueblo vivo. 20
(1968) 615-638 — Sobre este aspecto tan
[/
Animación]. importante y novedoso de la formación de los
futuros sacerdotes,
cf card. G. Lercardo,
Sacerdotem
oportet praeesse: lo stile della
celebrazione, en
RPL 13 (1965) 511-536; R.
NOTAS: ' Cf QL 1
(1910) 1, presentación del Gantoy, Présider l'assemblée
liturgique, en
primer
número de la revista — 2 Cf el magnífiParoisse et
liturgie 1969, 513-527; NPL 103
co comentario de
P.-M. Gy, en MD 11 (1964) (1973) (Commenl célébrons nous?); F.
33-39; F. Tollu,
La formalion liturgique des Rainoldi-G. Sobrero, Costruire una celebra
futurs pretres,
en MD 78 (1964) 82-96; varias zione, en MA 24 (1978) 22-29; E. Costa-L.
aportaciones en RL 52 (1965) n. 3, en particular Della Torre-F. Rainoldi,
Interpretare il rito la de C. Vagaggini, Spiritualita sacerdolale e della
messa. Progetto-Programma-Regia, spiriíualitá litúrgica,
285-312; D. Sartore, Queriniana, Brescia 1980; CNPL, Celebrare Aspetti e
problemi della vita litúrgica nei con il Messale del Vat. II.
Orientamenti seminari, en RL 58 (1971) 163-172 — 3 S.
pastorali
-Indicazioni pratiche, LDC, Turín Congr. pro inst. cath., Instructio pro
institutio
1980. De gran
utilidad resultaron también las
ne
litúrgica in seminaras, Typis Polyglottis
orientaciones de
L. Brandolini en Guida
Vaticanis 1979;
también en Not 159 (1979) 526litúrgica de la diócesis
del Lazio 1978-79 — 565. Sobre el documento cf la presentación del
" Cf la última referencia de la nota anterior.
card. Garrone en
Oss. Rom.,
aportaciones en
Sem 1979/4 (De formatione litúrgica): A.M. Triacca, A proposito della D.
Sartore recente istruzione sulla formazione litúrgica nei seminari, en
Not 160 (1979) 621-639; R.
González,
La "Instructio de institutione
BIBLIOGRAFÍA:
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litúrgica
in seminaras", en Ph 116 (1980) 135formación litúrgica
en el Seminario de Jaén, en 141; A. Cuva, Genesi, istanze di fondo e
"Phase"
112 (1979) 321-326; González Cougil
articolazione
dell'Istruzione sulla formazione R., La liturgia en el Seminario de Orense, ib,
litúrgica nei seminari, en Sal 42 (1980) 807
327-336;
Martín Patino J.M., Liturgia y
833 —
" A. Cuva, La formazione litúrgica dei
formación
sacerdotal, ib, 21 (1964) 211-233;
chierici nei
documenti ecclesiastici da S. Pió X Martín Pindado V., Los
futuros presidentes de
a oggi, en RL 55
(1968) 702-729. En 1965 la s.
la
celebración y su sentido actual de la liturgia,
Congr. de
seminarios había emanado una ib, 112 (1979) 313-320. Véase
también la
Instructio de
sacrorum alumnorum litúrgica bibliografía de Estilos
celebrativos, Formación
institutione (cf
texto en Sem 1966/1), nunca
litúrgica.
Ministerios y Sacerdocio.
G
SUMARIO: I.
Introducción - II. Hacia una metodología de aproximación
al gesto litúrgico; 1. Las "constantes" bíblicas
de la gestualidad: a) La elección de una mujer para Isaac, hijo de
Abrahán, b) David transporta el arca a Jerusalén, c) La
oración de Salomón para la consagración del templo, d)
Conclusiones previas; 2. Fundamento cristológico de la gestualidad
litúrgica - III. Los gestos en la liturgia: 1. Necesidad de formación
para la expresión gestual; 2. Los gestos en los nuevos
"Rituales": a) Ordenación general del Misal Romano, b) Ritual
del Bautismo de Niños, c) Ritual de
I.
Introducción
Bajo la
presión de las superestructuras, el hombre de hoy ha dejado de
vivir lo cotidiano, y más bien lo sufre. Y lo cotidiano está
hecho de modas, de necesidades creadas, de informaciones, de nociones, de
lugares comunes, que constituyen también la cultura del hombre. Es
verdad que el sistema social inventa una serie de defensas para que parezcan
atenuadas las constricciones a las que está sometido el individuo,
pero en realidad se trata de pseudodefensas. El tiempo libre, que antes se
reservaba al reposo con el fin de recuperar las fuerzas físicas para el
trabajo, hoy está instrumentalizado al servicio de la industria del
loisir. Y como hoy el trabajo es frecuentemente sedentario, la industria
del tiempo libre se interesa más que nada por el cuerpo del hombre, pero
siempre con las mismas intenciones. Se lava el cuerpo, se lo viste, se lo
perfuma, se lo alimenta racionalmente, se lo entrena, se lo rejuvenece:
obviamente, cada verbo está apuntalado por el consiguiente equipo
organizado, que vive a costa del individuo asistido.
Ahora bien, todo
esto no facilita ciertamente el desarrollo global de la persona.
Entonces es
indispensable intentar recomponer al hombre en su unidad global, unidad
que debe conservarse en el trabajo y en el tiempo libre, pero también en
otros campos que ciertos análisis sociológicos han olvidado
o excluido desde una previa toma de posición. Presupuesto de esta
recomposición es el redescubrimiento de la persona como organismo vivo
en su globalidad, y la consiguiente acentuación del valor del
cuerpo para la expresión y la interacción humanas. Se presentan
así, también en el ámbito de la antropología
religiosa, no pocos interrogantes sobre el sentido de la persona y del hombre
'.
Bajo el impulso
de las ciencias humanas2 y a la luz de la cuestión hermenéutica,
se pone en tela de juicio ese modelo cultural que, en términos bastante
más sofisticados Gestos
que lo hiciera el
sistema capitalista nacido de la revolución industrial, reduce la
persona a un objeto que se puede descomponer en múltiples partes y
explotar en cada una de ellas. A partir de este juicio, el mismo concepto de
cuerpo se profundiza en el más rico de corporeidad. "A
diferencia del cuerpo —escribe Metz—, la corporeidad pretende
superar la discusión clásica de la relación cuerpo-alma,
para mostrar el carácter del cuerpo en su integridad humana, que determina
también la subjetividad humana y sus comportamientos. Mientras cuerpo
indica sobre todo el estado del hombre hecho (a posteriori), corporeidad indica
un estado originario —sobre el que sólo se puede reflexionar
trascendentalmente— del hombre uno y completo"3. En esta
línea de profundización y de dialéctica frente a las otras
posiciones, por ejemplo del estructuralismo francés4, se
sitúa también el Vat. II cuando afirma en la constitución
pastoral Gaudium et spes: "En la unidad de cuerpo y alma, el hombre, por
su misma condición corporal, es una síntesis del universo
material, el cual alcanza por medio del hombre su más alta cima y alza
la voz para la libre alabanza al Creador" (n. 14). La libre alabanza al Creador
de que habla GS halla su plena actuación en la liturgia, y se manifiesta
visiblemente a través de la gestualidad litúrgica.
Si, desde el
punto de vista de los principios, la propuesta de esta antropología
teológica5 es aceptable también en el campo litúrgico,
queda sólo por dar el paso, bajo ningún concepto fácil, de
la teoría a la praxis. Dos factores hacen este paso hoy particularmente
dificultoso. El primero es de tipo metodológico. Tras haber
descubierto los condicionamientos del hombre, existe la tentación de
usar los mis914
mos mecanismos
para un fin bueno; el problema radica en que no siempre caemos en la
cuenta de que somos tentados. El segundo hecho es de tipo temático.
Mientras se ha puesto en marcha un notable esfuerzo de búsqueda por
lo que se refiere a la parte hablada de la liturgia, poco o nada se ha hecho
por la parte ejecutada, olvidando que la liturgia es palabra y gesto*.
Ciertamente es más fácil analizar un documento escrito; el
desarrollo mismo de la semiología lo demuestra, cuando prefiere moverse
en el campo de la expresión icónico-gráfica a hacerlo en
el de la cinética o de la agógica; pero así, mientras que
la palabra es objeto de estudio y de profundización continua, falta
para el gesto litúrgico un estudio paralelo y se le abandona en manos
del rubricismo
o de la
improvisación '.
II. Hacia una
metodología de aproximación al gesto litúrgico
Una vez indicadas
las anteriores dificultades, no queda sino proponer un método que
nos permita vivir el gesto litúrgico con mayor intensidad y verdad.
1. LAS
"CONSTANTES" BÍBLICAS DE
915
telón de
fondo de otras voces de este Diccionario referidas a las ciencias humanas [/
Antropología cultural; / Fiesta/Fiestas; / Psicología; especialmente
/ Rito/ Ritos y /Signo/Símbolo; también Canto y música;
/ Celebración; / Creatividad; / Culto; / Participación; / Procesión],
en esta voz intentamos subrayar de manera especial que el gesto
litúrgico, de por sí, encuentra un contexto cultural bastante
preciso en la fe cristiana y en la historia de la salvación según
el testimonio ofrecido por la biblia y por la tradición
litúrgica. Hacer un elenco más o menos completo de las expresiones
gestuales contenidas en la biblia,0 tendría solamente el sentido de una
pura documentación. Nuestro intento es captar el sentido del gesto
litúrgico y descubrir las motivaciones profundas por las que se le
cumple, teniendo como punto de referencia la experiencia viva de
a) La
elección de una mujer para Isaac, hijo de Abrahán (Gen
24,1-28.40.52). En este pasaje redaccional complejo " encontramos una
primera descripción de la actitud de un orante. Nos testifica el proceso
de apropiación ritual llevado a cabo por Israel frente a las tradiciones
más antiguas l2. Abrahán, ya viejo, es aquel a quien Yavé
ha bendecido
(v. 1). La
bendición es importante, porque define claramente el marco del pasaje
que estamos examinando. El patriarca llama al siervo más anciano, el
hombre de confianza, y le hace jurar (vv. 2-4.9) con el gesto de contacto con
el órgano de la generación: gesto tan significativo como
sustancial, unido a la bendición del v. 1 (cf Gen 12,2-3). El
Gestos
juramento tiene
como fondo la promesa de Yavé. El hombre debe poner las condiciones para
que esta promesa se cumpla (v. 7). Cumplido el juramento y llegado el siervo a
la tierra natal de Abrahán (vv. 9-11), la fuente yavista trae la
oración del siervo mismo (vv. 12-14). Cuando la petición
contenida en la oración es realizada por Yavé bajo la atenta
mirada del siervo (v. 21),3, éste, "postrándose en tierra,
adoró a Yavé diciendo: Bendito sea Yavé..." (vv.
26-27)l4. Esta segunda oración del siervo es intencionadamente una
bendición que, intensificada por el gesto de la postración que la
acompaña, halla su motivación no sólo en la gracia
obtenida, sino en la enésima experiencia de la bendición
activa y constante de Yavé y de su hesed (v. 27), a la que se une
—contrariamente al v. 12— también la 'emet, para formar el
binomio clásico: benevolencia y fidelidad. El mismo rito
(postración, adoración, bendición) se cumple en el v. 52,
cuando el siervo está finalmente seguro de poder respetar enteramente
el juramento hecho. El v. 40 —paralelo del v. 7— subraya la
constante relación que une a Abrahán con su Dios: si
Abrahán camina continuamente '5 en la presencia de Yavé,
Yavé por su parte hace prosperar el viaje del siervo; el Dios que
acompaña a Abrahán sigue al siervo de éste, que puede orar
a Dios en todo tiempo y lugar.
El gesto ritual
del siervo no se debe, por tanto, entender ni analizar como módulo
gestual en su paradigmaticidad formal, sino como fenómeno de
la fe de Abrahán en el siervo y de la bendición experimentada
por Abrahán a través del siervo.
b) David
transporta el arca a Jerusalén (2 Sam 6,12-23). Conquistada
Jerusalén, una de sus empresas Gestos
principales,
David quiso transportar allí el arca de Dios. Fracasado un primer
intento, que podríamos llamar político (cf 2 Sam 6,1-10),6,
el hijo de Jesé vuelve a intentar la empresa, esta vez en un contexto
religioso. La alegría que había caracterizado el primer
intento (v. 5) se traduce en el verbo shq ", que tiene un significado
bastante material. Muy diferente es la manifestación de
júbilo que acompaña al segundo intento, en el que toman parte
también los levitas (cf 1 Crón 15,
(v. 20), David
responde con simplicidad, como le dicta su ánimo religioso:
"Yo he danzado (he hecho rqd = el saltimbanqui) " ante
Yavé... y me humillaré todavía más que esto y
seré vil..." (vv. 21-22). La respuesta de David y su comportamiento
están motivados por un acontecimientos que afecta a toda la historia de
la salvación: "Yavé... me eligió (ha hecho bhr de
mí) —dice David— con preferencia a tu padre"
(v. 21).
Cada gesto
realizado por David adquiere un sentido particular por el hecho de haber sido
realizado "ante Yavé", por el hecho de que él lo cumple
como animador de la asamblea festiva. Ningún pudor detiene al
elegido de Yavé.
c) La
oración de Salomón para
916
la
consagración del templo (1 Re 8,22-66). El deseo de David de construir
una casa para el arca de Dios (cf 2 Sam 7,1-3) halla una digna
realización con Salomón. A la religiosidad impulsiva de David se
contrapone el moderado ritualismo de esta página bíblica.
Bastante elaborado redaccionalmente, este texto se remonta a la época
posexílica. Alrededor de un antiguo núcleo histórico
se han coagulado unas añadiduras provenientes de las fuentes sacerdotal
y deuteronomista. El v. 22 contiene un complejo gestual claramente
definido: "Salomón se puso delante del altar de Yavé en
presencia de toda la asamblea de Israel, y, tendiendo las manos al
cielo...". Además de la posición (de pie: 'md), hay que
señalar las dos preposiciones técnicas: lipne (delante,
usado normalmente en contexto cultual y referido a Dios) y neged (en
presencia de, no usado nunca en referencia a Dios); la acción de tender
las manos (prs kappajim) al cielo; finalmente, la presencia de la asamblea
cúltica convocada, comprendiendo a todo Israel (kol qehal). Esta
detallada descripción puede parecer pesada, pero tiene como presupuesto
la sed de ritualidad motivada por la abstinencia cultual que caracteriza
el período exílico y posexílico. Israel sueña con
un sacerdote majestuoso y solemne, un nuevo Moisés (héroe de la
alianza), un nuevo David (héroe de la promesa). Tras esta fachada un
tanto fastuosa está la voluntad de conversión expresada en la
larga letanía penitencial de los vv. 30-53 20, voluntad hecha eficaz por
la bendición que Salomón en voz alta (qol gadol) impetra sobre el
pueblo de Yavé: "Que Yavé, nuestro Dios, sea con
nosotros..., incline nuestro corazón hacia sí..." (vv. 5758).
En el fondo, es éste el gesto más importante y comprometido.
917
d) Conclusiones
previas. En los tres pasos veterotestamentarios analizados, la
expresión gestual es la exteriorización-expresión de un estado
interior adquirido. El alma habla en el cuerpo, y en este coloquio se
manifiesta la persona total. Sin embargo, es imposible hablar de
exteriorización si antes no se tiene una interiorización, un
estado interior adquirido. Esta interiorización es la primera de
las constantes bíblicas del gesto religioso. Se funda sobre una
experiencia vital de Dios. Si en Abrahán se da el encuentro directo con
Dios que se manifiesta (cf Gen 12,1-3.7), y si en David este encuentro tiene
lugar a través de la consagración regia (cf 1 Sam 16,12b-13), hoy
para los cristianos esta experiencia vital se hace dentro de la comunidad
eclesial en la celebración de los sacramentos. Más aún: en
esta experiencia de Dios, los protagonistas realizan cambios fundamentales.
Abrahán cambia de nombre y deja su tierra de origen; el cristiano en el
bautismo recibe un nombre y entra en la realidad de Cristo salvador.
Otra constante,
menos importante, pero no despreciable a priori, es la adaptación
cultural. El complejo gestual presente en la oración salomónica
está influido ciertamente por la experiencia del exilio vivido en contacto
con formas rituales bastante evolucionadas. Mucho más simples e
inmediatos son en cambio los gestos que acompañan al traslado del
arca. Por su parte, el gesto realizado por el siervo de Abrahán durante
el juramento es derivación de costumbres tribales. Cada uno de estos
gestos se ha tomado de una cultura particular y se ha adaptado a la propia con
un enriquecimiento
o
sustitución del significado originario. Algunos gestos se han
fijado en el curso de su evolución cultural, especializándose y
asumiendo un Gestos
significado
particular; piénsese en la oración con las manos tendidas al
cielo. Otros gestos se han perdido. Esta segunda constante de la adaptación
cultural es hoy particularmente problemática por la aceleración
progresiva del cambio de las modas culturales.
Una tercera
constante, que se desprende del análisis diacrónico de los tres
ejemplos citados, es la del
desarrollo de lo
simple a lo complejo. Basta una confrontación del gesto
único de adoración del siervo de Abrahán, repetido en Gen
24,26 y 52, con el ceremonial salomónico. Todo gesto litúrgico
tiene inicialmente una estructura simple y un significado preciso.
Después, con la ritualización del gesto, a la simplicidad
inicial se sobreponen nuevas aportaciones no siempre coherentes con el
núcleo originario. En la reciente reforma litúrgica ha sido
recuperada la
"noble sencillez" de los ritos (SC 34), evidenciando el núcleo
originario oscurecido por las complicaciones posteriores. Estas tres
constantes, en su importancia decreciente, no se ignoran en la
utilización (y posterior análisis) de los gestos
litúrgicos.
Junto a ellas se
debe tener presente otro principio, que nos obliga a distinguir gesto y /
rito. En cuanto manifestación de un estado anterior, "el gesto no
se adecúa al lenguaje [en nuestro caso al rito], porque el gesto
está en el origen del lenguaje como la palabra está en el origen
de la lengua. El gesto es la expresión originaria y todavía
en parte espontánea, es el lenguaje en estado
naciente"21. También el aparato gestual salomónico, que es
el más elaborado de los tres que hemos examinado, se hace
expresión creadora de una realidad nueva, sacramento de la fe
del pueblo de Dios, signo de la b'rit (promesa-alianza). Los gestos realizados
por Salomón Gestos
son, en este
caso, la expresión de la mens religiosa de la asamblea. Su
espectacularidad no es componente sólo exterior, pues subyace al fuerte
deseo de la bendición divina. La simplicidad estructural del primer y
segundo ejemplo, aun denunciando los calcos culturales efectuados por Israel,
ya contiene y evidencia la transignificación efectuada sobre sus modelos
y posibilitada por las nuevas categorías teológicas que el siervo
de Abrahán y David han interiorizado también mediante la
aportación del hagiógrafo. Su gesto se hace respuesta humana al
acontecimiento teofánico en el hic et nunc histórico a
través de la corporeidad.
2. FUNDAMENTO
CRISTOLÓGICO DE
Tertuliano invita
así a modelar la dominica oratio según la dominica passio. En
efecto, es de la experiencia pascual, iniciada en el bautismo (cf Rom
6,3-5; Col 2,12), de donde 918
se origina y
fundamenta la gestualidad litúrgica™. Pero ésta se
dilata hasta implicar todos los momentos de la vida del cristiano. Si en el
momento litúrgico el gesto tiene función sacramental y se hace
acontecimiento en tensión entre el polo anamnético y el polo
escatológico, no se debe olvidar la intrínseca componente
finalizante, sin la cual el gesto tendría sentido solamente en el
momento litúrgico, quedando separado del resto de la existencia de quien
lo realiza".
La componente
"simbólica" de la gestualidad litúrgica. El hecho de que
también la liturgia, como la iglesia, sea "a la vez, humana y
divina" nos invita a considerar las valencias simbólicas de los
gestos que acompañan a toda celebración litúrgica. Sin
embargo, no lo haremos utilizando las categorías de la
filosofía del lenguaje, de la psicosociolingüística o
de la semiología, porque estas metodologías de análisis
están actualmente todavía en proceso de búsqueda por lo
que a este tema se refiere. Acostumbradas a analizar protocolos, se encuentran
919
desarmadas ante
el gesto, sobre
todo si se trata
del gesto en contexto
litúrgico
religioso. En cambio, nos
remitiremos a las
categorías bíblico
litúrgicas
de la historia de la sal
vación.
/ Símbolo,
nos lo recuerda la etimología griega syn-balló, equivale por
definición a poner junto. Por esta unión se renovaba una
realidad, se hacía posible un reconocimiento 0 una
identificación. En la historia de la salvación, el máximo
acontecimiento de simbolización se inauguró con la
encarnación del Hijo, y se prolonga mediante el soplo vivificante
del Espíritu de Dios (cf 2 Tes 2,13; 2 Cor 13,17; Gal 4,4-6) en espera
de su completa actuación en Dios (cf 1 Tes 4,17-18; 5,23-25;
1 Cor 5,28). El
Hijo, en su encarnación, no está separado del Padre que lo
ha enviado, sino que, en el gesto supremo de su humanidad ofrecida e inmolada,
la muerte de cruz, obtiene del Padre la salvación para la humanidad
redimida en su resurrección. En este acto divinohumano
realizado "de una vez para siempre" (Heb 9,12) el hombre no queda
fuera como algo extraño, sino que es llamado a participar por el
Espíritu Santo, en María, en la iglesia y por el Hijo, que le
invita a hacer todo lo que él ha hecho (Le 22,19). El "de una vez
para siempre" (ephápax: Heb 9,12) de Cristo se hace así para
el hombre el "cuantas veces" (hosákis: 1 Cor 11,25-26) en lo
cotidiano, a través de la experiencia sacramental. Referido constantemente
a la economía trinitaria, el símbolo sacramental adquiere su
verdadera fuerza (esta referencia no se identifica simplemente con el ex opere
opéralo en perjuicio de quien actúa y de lo que se actúa).
Así, el sacramento pasa a ser lugar y tiempo privilegiado del encuentro
eficaz entre la corporeidad del hombre y Dios, en el culto que se le
Gestos
ofrece en-con-por
Cristo en el Espíritu Santo. Es fácil comprender la precariedad,
pero al mismo tiempo la profundidad, de este encuentro si se examina
dónde recae el peso de nuestra atención y de nuestro
compromiso sacramental. Todos los gestos que realizamos durante la
celebración litúrgica entran en esta dinámica
simbólica, por la cual el intercambiarse un signo de paz, por ejemplo,
se lee, más allá de su componente cultural (el normal
apretón de manos o el beso entre parientes), como sacramento de la reconciliación
efectuada en Cristo.
El gesto
litúrgico en sus dos niveles, cultural y simbólico-sacramental,
testimonia fenoménicamente la actividad sinérgica
(teándrica); pero, por su componente simbólica, supera el simple
nivel sígnico, en cuanto que actúa lo que significa. Todo gesto
litúrgico puede, por tanto, ser aceptado sólo si puede superar el
doble examen de la adaptación cultural y del simbolismo
sacramental; este último, como se ha visto, efectuado mediante una
confrontación con las categorías de la historia de la
salvación2S.
III. Los gestos
en la liturgia
El doble nivel
que hemos indicado encuentra su inmediata correspondencia en la
conciencia que
cosas santas que
significan y, en lo posible, el pueblo cristiano pueda comprenderlas
fácilmente y participar en ellas por medio de una
celebración plena, activa y comunitaria" (SC 21).
1. NECESIDAD DE
FORMACIÓN PARA
nes o gestos y
posturas corporales" (SC 30).
2. LOS GESTOS EN
LOS NUEVOS "RITUALES". Para ayudar a esta obra formativa, creemos que
puede ser útil ante todo darse cuenta de lo amplia que es la componente
gestual de los nuevos Rituales reformados.
a)
Ordenación general del Misal Romano.
920
celebración
es un signo de comunidad y unidad de la asamblea, ya que expresa y fomenta
al mismo tiempo la unanimidad (mens et animi sensus) de todos los
participantes" (n. 20). Inmediatamente se dice cuáles son estas
posturas corporales: el estar de pie (al empezar el canto de entrada, o
mientras el sacerdote se acerca al altar, hasta la colecta, incluida; durante
la proclamación del evangelio; durante la profesión de fe y la
oración universal; de la oración sobre las ofrendas en adelante);
el estar sentados (durante la proclamación de las lecturas que preceden
al evangelio y durante el salmo responsorial; en la homilía y durante la
preparación de las ofrendas; si se considera oportuno, después
de la comunión, durante el silencio sagrado); el estar de rodillas (en
la consagración, si no existen motivos válidos para no hacerlo)
(n. 21). Estas
son las tres posturas principales que adopta la asamblea durante toda
celebración litúrgica.
Se sabe que el
estar de pie —signo por excelencia del Resucitado (cf Gal 5,1; Ef
6,14; Ap 5,6; 7,9; 15,2)— es por una parte expresión de
atención y de respeto hacia la palabra de Dios (Ez 2,1): Jesús
mismo de hecho se incorpora para leer a Isaías en la sinagoga de Nazaret
(Le 4,16); y es al mismo tiempo la posición de quien ora a Dios (Me
11,25; Le 18,11-13), indicada también por Tertuliano (De oratione
16,3), por Orígenes (La oración 31,2) y por
921
de las
bienaventuranzas (Mt 5,1), según la costumbre oriental; así lo
presenta Lucas en Nazaret (Le 4,20), y Juan en el pozo de Sicar (Jn 4,6; cf
también 8,2.7). Pero es también la postura de quien escucha
atentamente al que enseña (como en Me 3,3135; Le 10,39; 1 Cor
14,30; He 20,9).
A estas tres
actitudes principales se añaden algunos gestos o acciones. Si las
examinamos según la marcha de la celebración eucarística,
encontramos en primer lugar la procesión de entrada (OGMR 25-26;
82-84) —se remonta al s. vn-vm, según los testimonios del Ordo
Romanus
128
—
acompañada del canto. Los fieles toman conciencia de la acción
que está comenzando y son introducidos en el misterio del tiempo
litúrgico, invitados a reconocerse asamblea itinerante hacia
Cristo simbolizado por el altar M, que el sacerdote y el diácono
saludan y después veneran con el beso (OGMR 27). Se presta demasiado
poca atención —probablemente por culpa de quien preside— al
signo de la cruz inicial acompañado de las palabras de la fórmula
trinitaria bautismal, a las que la asamblea responde con el amén, reconociéndose
así cristiana30. Luego el sacerdote, vuelto hacia el pueblo y
extendiendo los brazos, lo saluda, anunciando a la comunidad reunida la
presencia del Señor. En este primer diálogo se manifiesta
"el misterio de la iglesia consagrada" (OGMR 28 y 86). Se trata de
signos, miradas, gestos bastante sencillos, pero importantísimos,
si se piensa que de la atmósfera que ellos crean nace la disponibilidad
para el acto penitencial. El ordinario de la misa recuerda que durante el Yo
confieso ante Dios todopoderoso..., cuando se llega a las palabras por mi
culpa... el sacerdote y los fieles se golpean el pecho en señal de
humilde arrepentimiento31.
Gestos
Terminada la
oración colecta, la asamblea se sienta; es el tiempo de la escucha:
"Dios habla a su pueblo, le descubre el misterio de la redención y
salvación y le ofrece alimento espiritual" (OGMR 33). Así
alimentado, a continuación, el pueblo orará en la
oración universal32. El evangelio se escucha de pie, en señal de
particular respeto33: los fieles reconocen a Cristo presente y lo escuchan (OGMR
35). En la profesión de fe (el credo), mientras se pronuncian las
palabras "... y por obra del Espíritu Santo... y se hizo
hombre", todos se inclinan (el 25 de marzo y el 25 de diciembre hacen una
genuflexión) (OGMR 98; 234b)».
Después de
la oración universal viene la segunda procesión, la del
ofertorio35. Durante esta procesión comienza el canto (OGMR 17b; 50;
100), que, por tanto, se elegirá de acuerdo con la acción a la
que acompaña (cf SC 112). Antes de la oración eucarística,
el sacerdote lleva a cabo una purificación, lavándose las
manos: significando el deseo de pureza interior (OGMR 52), este gesto se
introduce con la oración de Azarías (Dan 3,39): in spiritu
humilitatis et in animo contrito..., pronunciada inclinado (véase el
ordinario de la misa).
Desde este
momento la atención se dirige exclusivamente a la mesa, donde Cristo,
representado por el sacerdote, sigue haciendo presente en la iglesia el
sacrificio de la cruz (OGMR 48). Tras el canto del Santo, la asamblea, con los
corazones ya totalmente vueltos hacia el Señor, se asocia a la
solemne oración que el sacerdote, en nombre de todos, dirige al
Padre por medio de Jesucristo (OGMR 54). La postura que caracteriza al
sacerdote durante la oración eucarística es la de los brazos
extendidos, típica de la oración presidencial; los fieles, en
Gestos
cambio,
están de rodillas, como exige la intensa participación *. Con las
manos extendidas sobre las ofrendas, el sacerdote invoca el Espíritu
Santo (véase la rúbrica en las oraciones eucarísticas)".
Después de haber pronunciado las palabras de Jesús sobre el
pan y el vino, el sacerdote los presenta al pueblo: en otros tiempos esto era
algo así como una comunión ocular * (en la
concelebración, las palabras del Señor se acompañan,
"si parece conveniente", del gesto de cada uno de los celebrantes de
extender la mano derecha)9 hacia el pan y el cáliz OGMR
Otro gesto
significativo, por desgracia víctima de la rutina, es el rito de la
paz (OGMR 56b; 112): con él los fieles imploran la paz y la unidad (Rom
16,16; 1 Cor 16,20; 2 Cor 13,12; 1 Pe 5,14) para la iglesia y para toda la
familia humana, y se expresan un amor recíproco antes de tomar el
único pan4I. En algunos grupos (los neocatecumenales, por ejemplo) se ha
recuperado el uso de insertar el signo de la paz inmediatamente
después de la oración de
los fieles (como
hace la liturgia / ambrosiana). De todas formas, nos parece todavía
válida la respuesta del papa Inocencio I en la carta del año
416 al obispo Decencio de Gubbio, que le había preguntado también
sobre esto: "La paz debe proclamarse después [de la celebración
de los misterios]... De hecho, está claro que, por medio de ella, el
pueblo da su consentimiento a lo que se ha realizado en los misterios 922
y celebrado en la
iglesia: el cumplimiento de todo esto se pone de manifiesto por medio de
la paz, que viene a sellar la conclusión"42. Tanto más que
en el Misal Romano de Pablo VI el rito de la paz tiene una estructura precisa:
1. Oración por la paz: "Señor Jesucristo, que dijiste...";
2. Anuncio de la paz: "La paz del Señor sea siempre con vosotros";
3. Invitación: "Daos fraternalmente la paz"4J.
Uno de los
nombres de la celebración eucarística deriva del gesto de
lafracción del pan. Realizado por el mismo Cristo, significa que nosotros,
pese a ser muchos, nos hacemos un solo cuerpo en la comunión de un
solo pan de vida, Cristo (1 Cor 10,17) (OGMR
En días o
circunstancias particulares, antes de la despedida, el sacerdote
saluda y bendice al pueblo con una oración particular (OGMR
b) Ritual del
Bautismo de Niños. Para comprender los gestos que se realizan en el
rito del / bautismo es importante captar el dinamismo sacramental. El bautismo
señala el ingreso en la vida y en el reino, es incorporación a
Cristo y, por su pascua, baño de regeneración, adopción
como hijos de Dios, consagración por
923
signado en la
frente (RBN 114) por el sacerdote, por los padres y los padrinos. La liturgia
de la palabra termina con la unción del pecho, signo de salvación
adquirida con la lucha en la fuerza de Cristo (RBN 120). La liturgia del
sacramento se abre con la bendición del agua, que es tocada por el
sacerdote (RBN 123)45. Después, tras la renuncia y la profesión
de fe, sigue el bautismo con las tres inmersiones o infusiones (RBN 128)",
y, a continuación, la unción con el sagrado crisma en la cabeza
del bautizado (RBN 129), signo de consagración. La vestidura blanca y el
cirio encendido sirven para indicar la continuidad de la nueva realidad en la
que han sido introducidos los bautizados47. A discreción de la
conferencia episcopal, sigue el rito del Effetá, mediante el
cual se recuerda el compromiso de la escucha y del anuncio de la palabra de
Dios (RBN 132).
c) Ritual de
(n. 9) que la
unción con el crisma "se hace con la imposición de la
mano", precisando que la precedente "imposición de las
manos, que se hace sobre los confirmandos... no pertenece a la validez del
sacramento"; o sea, no forma parte de la esencia del rito
sacramental"'. En espera de una
Gestos
ulterior
clarificación, siguen siendo válidas las palabras de Tertuliano,
que explican el sentido de los gestos que acompañan a los sacramentos
llamados de la / iniciación cristiana: "Se lava la carne, para que
el alma quede libre de toda mancha; se unge la carne, para que el alma sea
consagrada; se signa la carne, para que también el alma sea fortalecida;
se da sombra a la carne por la imposición de las manos, para que
también el alma sea iluminada por el Espíritu; la carne se
alimenta del cuerpo y la sangre de Cristo, para que también el alma se
nutra abundantemente de Dios"».
d) Ritual de
Gestos
Espíritu
Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio
de la iglesia..."(RP 102).
e) Ritual de
f) Ritual del
Matrimonio. En el decurso de la historia, el / matrimonio, con no pocas
dificultades, ha pasado del ámbito de la sociedad civil al
eclesial-sacramental. También su fin primario ha sido reformulado
en el nuevo CIC de 1983 *. Como la vida es para el bautizado el lugar de
expresión del propio bautismo, así el estado matrimonial es
para los cónyuges el lugar en que expresan su matrimonio, pacto de
fidelidad que se renueva continuamente. En el rito, el gesto de darse la
mano (RAÍ 94) expresa delante de Dios y de la iglesia el mutuo consentimiento
a la unión matrimonial. El intercambio del anillo (RM 97) es signo del
amor fiel hasta la eternidad. El gesto más importante sigue siendo,
en cambio, el matrimonio mismo, en el que los dos esposos, con el don e
intercambio de sí
924
mismos, son
imagen de la unidad y del amor fecundo entre Cristo y la iglesia (Ef 5,32).
g) Ritual de
Órdenes. La const.
apost.
Pontificalis Romani define
como materia para
la concesión del
/ orden la imposición
de manos
hecha en silencio
(RO 20; 20; 17; 24;
24). El ordenando
está de rodillas
delante del
obispo. Junto a este
gesto (sobre el
que nos detendremos
[/ infra, 3]) hay
una serie de otros
gestos
característicos de los tres
grados del
sacerdocio.
Para la
ordenación episcopal se mencionan la imposición del libro de los
evangelios abierto sobre la cabeza del candidato durante la oración de
ordenación (RO 25-27): indica la estrecha conexión entre el
ministerio episcopal y la palabra de Dios anunciada con el poder del
Espíritu Santo"; la unción de ¡a cabeza del ordenado
(RO 28), signo del sumo sacerdocio de Cristo, del que se participa; la entrega
de los evangelios (RO 19), signo del ministerio del anuncio de la palabra
de Dios; la entrega del anillo (RO 30), signo de fidelidad y de integridad de
la fe y pureza de vida con que el obispo custodia a la iglesia, esposa de
Cristo; la entrega del báculo (RO 32), signo del ministerio de pastor.
También forma parte de estos ritos explicativos la entrega de la mitra
(RO 31) y la ocupación de la cátedra (RO 33).
Para la
ordenación presbiteral se recuerdan: el gesto funcional de la
vestición (RO 23); la unción de las palmas de las manos (RO 24),
que Amalario, hacia el año 825, refiere a la costumbre levítica
de Núm 3,3: es signo del ministerio sacerdotal vivido en relación
con Cristo, que el Padre ha consagrado en el Espíritu Santo (RO 24); la
entrega del pan y del vino (RO 26), signo del ministerio-misterio
eucarístico.
925
Para la
ordenación diaconal se recuerdan, finalmente, la vestición (RO
22) y la entrega de los evangelios (RO 24).
Comunes a los
tres grados son las postraciones durante las letanías (RO 18; 18; 21),
signo de intensa oración.
La
imposición de manos es hecha por todos los obispos en la ordenación
episcopal (RO 24), por el obispo y los sacerdotes para la ordenación
sacerdotal (RO 20-21); pero sólo por el obispo, y no por los sacerdotes,
en la ordenación diaconal (RO 20), signo de la estrecha
relación existente entre obispo y diácono.
Un último
gesto, que pertenece sólo a la ordenación presbiteral y diaconal
—y es fácil comprender el motivo de ello—, acompaña a
la promesa de obediencia: el elegido, de rodillas, pone las propias manos
juntas entre las del obispo, signo evidente de dependencia58 (RO 16; 16).
h)
Ordenación general de
Gestos
to añadido
a la oración, sino que brota de lo más profundo de la persona que
ora a Dios, y manifiesta de manera total y perfecta el carácter
comunitario del culto cristiano (OGLH 270).
3.
obispo, hecha en
silencio a cada uno de los ordenandos (del elegido) antes de la oración
consagratoria" (cf LG 21). Acerca de la imposición Gestos
de' las manos
para la absolución sacramental, ya se ha citado (nota 53) 1 Tim 5,22.
Pero no se debe olvidar de ninguna manera la función del
"Espíritu Santo, que vuelve a santificar (iterum) su templo"
(RP 6,d). En la unción de los enfermos, finalmente, el gesto señala
la presencia del Espíritu sanante de Cristo resucitado, y tiene las
características de la bendición
(RUÉ 144).
IV. Unidad en la
diversidad
La iglesia,
cuando no está en peligro la fe o el bien común, no pretende
imponer, ni siquiera en la liturgia, una rígida uniformidad (SC 37).
Teniendo presente este principio, encontramos ritos diversos para los
mismos sacramentos. En la celebración eucarística, por ejemplo,
se reconocen por lo menos tres diversas formas de celebración (cf OGMR
74-76). El principio es importante, porque con él se reconoce una
legítima diversidad en la unidad del misterio celebrado. Es fácil
de comprender que el complejo gestual en una celebración
eucarística presidida por el obispo en la catedral, por seguir con
el tema, puede y debe ser diverso del de una eucaristía
doméstica. Conocido el principio, sería conveniente entonces
que los sacerdotes, los catequistas y los demás ministros hicieran
un buen esfuerzo por profundizar en los términos de la gestualidad
litúrgica, estimulados por sus obispos, para que, en vez de
bloquear desde los orígenes las propuestas que surgieran al respecto,
ellos mismos se hicieran instrumentos de profundización y de
crítica constructiva cuando fuese necesario*". Efectivamente,
es mejor que aparezca la unidad en Cristo que no el gregarismo de los cristianos.
926
V. Hacia una
teología del gesto litúrgico
La
repetición del gesto litúrgico en un ritualismo rutinario puede
interpretarse de dos formas. Alguien podrá decir: "Es inútil
esforzarse; a fin de cuentas, los gestos son siempre los mismos; lo
importante es ser cada vez mejores". Desde esta posición, todo el
mundo litúrgico asume una connotación moralista, intimista.
Está, en cambio, la postura bíblica de los que interpretan
la propia precaria corporeidad, con todas las pobrezas que comporta (rutina,
enfermedad, incomunicabilidad, soledad, muerte), como el lugar
histórico del triunfo de Cristo que viene, como el templo vivo (cf
Ireneo, Adv. haer., IV, 20,7) consagrado por el Espíritu del Hijo,
enviado por el Padre, por el cual alzan la voz gritando: "¿Hasta
cuándo, tú, el Maestro, el Santo, el Veraz, vas a esperar a hacer
justicia?" (Ap 6,10), y, sintiéndose esposa, con la voz del
Espíritu dicen: "Ven, ven, Señor Jesús" (Ap
22,17.20). Volviendo a Tertuliano, no deberíamos olvidar su invitación
a tomar conciencia de que "caro salutis est cardo".
NOTAS: ' Cf A.
Acerbi, Persona, en DETM, 832-837; G. Bol, Hombre, en NDT, 1, 665-691;
E.T. Hall, La
dimensione nascota, Bompiani, Milán I9802; II linguaggio silenzioso,
Bompiani, Milán 1969; O.M. Watson, Comportamento prossemico,
Bompiani, Milán 1972; E. Goffman, La mise en scéne de la vie
quotidienne. Les Editions de Minuit, París 1973, 2 vols.; //
comportamento in pubblico, Einaudi, Turín 1971; M. Mizzau, Prospettive
della comunicazione interpersonale, II Mulino, Bolonia 1974 — 2 Cf
M. Argyle, // comportamento sacíale, 11 Mulino, Bolonia 1974; G.
Cocchiara, II linguaggio del gesto, Sellerio, Palermo 1977; Macdonald
Critchley, II linguaggio del gesto, 11 Pensiero Scientifico, Roma 1979; R.A.
Hinde (por), La comunicazione non verbale, Laterza, Barí 1974; P. Magli,
Corpo e linguaggio, Espresso Strumenti, Milán 1980; D. Morris,
927
L'uomo e i suoi
gesti, Mondadori, Milán 1977;
R. Stevens, La
comunicazione interpersonale, Mondadori/The Open University, Milán 1979;
P.E. Ricci
Bitti-S. Cortesi, Comportamento non verbale e comunicazione, II Mulino, Bolonia
1977; J. Sorano, Significato del corpo, Edizioni Paoline, 1975; A.E. Scheffen,
// linguaggio del comportamento, Astrolabio, Roma 1977. Véanse
además los nn. monográficos de la revista italiana Communio
54 (1980) y de las revistas francesas Langage 10 (1968) y Esprit 2 (1982)
— ' J.B. Metz, Corporeitá, en Dizionario Teológico I,
Queriniana, Brescia 1966, 331 — " Cf G. Sommavilla, // corpo come
linguaggio, en Communio 54 (1980) 5369 —
Gestos
Crisóstomo
sobre la danza: "Donde se danza se encuentra el diablo": In Math,
hom. 48,3 (= PG 58,491); cf O. Pasquato, Gli spettacoli in
s. Giovanni
Crisóstomo, Pontificium Institutum Orientalium Studiorum, Roma
1976, 258265 — " Para la versión que adoptamos
aquí véase el aparato crítico al v. 21 en R. Kittel (ed.),
Biblia hebraica, y D.G. Bressan, o.c, 530 — M Téngase el cuenta el
abundante uso del verbo slh (el único que tiene en el AT el significado
de perdonar, cuyo sujeto es sólo Dios), unido a menudo a la
invitación escucha fím'), en los w. 30.32.34.36.39.43.45.49-50
— 21 Cf G. Stefani, L'espressione vocale musicale nella liturgia, gesti-riti-repertori,
LDC, Turín 1967, 9. Para el significado de los términos langue y
parole, cf F. De Saussure, Corso di lingüistica genérale, Laterza,
Bari 19682, 23
24 — 22
Tertuliano, De oratione 14 (= CCL 1,265); Ambrosio, De sacramentisW, 18 (= SC
25 bis, 146) — 2J Para una interesante profundización
léase V. Saxer, "// étendit ¡es mains a l'heure de sa
Passion"; le theme de l'orant/-te dans la littérature
chrétienne des IP et IIP siécles, en Augustinianum 20 (1980)
335-365;
W. Rordorf, Les
gestes accompagnant la priére d'aprés Tertullien. De oratione
11-30, et Origéne. Peri euchés, en Gestes et paroles..., 191-203
— u Con el término sacramental comprendemos la doble esencia
sígnica y simbólica que caracteriza al gesto litúrgico. Cf
A.M. Triacca,
"Strutturazione di simboli" o "Simboli finalizzati", en
W.AA., Symbolisme et ihéologie, Anselmiana, Roma 1974, 257281
— 25 Además de las panorámicas histórico-salvíficas,
léase J. Corbon, Liturgia alia sorgeme, Edizioni Paoline, 1982, 25-97;
V. Warnach, // Mistero di Cristo. Una sinlesi alia luce della teología
dei misteri, Edizioni Paoline, 1983 — 26 Tertuliano, De oratione
17,3 (= CCL 1,266); Cipriano, De oratione dominica 4 (= CCL
Gestos
questo in memoria
di me. Vivere
Edizioni Paoline,
1980, 36-37; B. Fischer, //
segno della croce
come ricordo e commemorazione del battesimo, en Lit 8 (1974) 665-685
—
A.G. Martimort,
o.c, 312-313 y 388-403 — 36 Cf B. Neunheuser, Les gestes de la
priére a genoux et de la genuflexión dans les églises de
rite romain, en Gestes et paroles... (nota 6), 153-165 (especialmente 155); cf
también Ef 3,14 y el contexto — 37 Gesto antiquísimo (cf el
hebreo smk en ámbito sacrificial: Lev 1,4; 3,2; 4,4, y consagratorio; Ex
29,
928
441; J.A.
Jungmann, o.c, II, 205-209 — 4I Cf
F. Cabrol,
Baiser, en DACL 2,117-130; J.A. Jungmann, o.c, II, 243-251. El antiguo Missale
Romanum ponía aquí el beso al altar, y, en la misa solemne,
preveía el intercambio de paz entre celebrante y diácono,
subdiácono, coro y acólitos (Ritus servandus in celebratione
missae X, 8, LXIII); de lo contrario, se podía recurrir al
"instrumentum pacis" (cf Ritus servandus... X, 3, LXII), en uso desde
1573 en lugar de la patena —42 Sobre los posibles motivos de esta
opción, cf A.G. Martimort, o.c, 451 — 4J Cf además Jn 14,1-
46 47
Cf Rom 6,3-11; 1 Pe 1,3; Col 2,12 —
Cf RBN 131: "Caminad siempre como hijos de la luz": cf Col 1,11-14
— 48 Es muy expresiva al respecto la fórmula de la
crismación reproducida por el Gelasiano antiguo (Ge 452):
"Signum Christi in vitam aeternam", mientras que la fórmula
del actual Rito de
fronte, quae fit
manus impositione". Una curiosa affermazione dell'«Ordo Confxrmatiort«»
del 1971 sulla materia prossima essenziale della confermazione, en VV.AA.,
Mysterion. Nella celebrazione del mistero di Cristo la vita della chiesa, LDC,
Turín 1981, 363-439 — 50 Tertuliano, De resurrectione mortuorum 8,3
(=CCL 2,931); cf RC p. 13 — !l Cf F. Brovelli, llnuovo "Ordo
Paenitentiae"alia luce della storia della liturgia, en VV.AA., La
penitenza, LDC, Turín 1976, 154-157 — " /*, 138-143; Ge
83.352-363 — " Cf 1 Tim 5,22; Cipriano, Ep. XV, 1; C. Mauer,
epitíthémi, en
929
GLNT
13,1248-1249: "La quirotonia es sólo una de las muchas maneras en
que se transmiten virtudes o fuerzas particulares mediante el movimiento
de la mano"; P. Daquino, //
contesto
bíblico del sacramento della penitenza, en VV.AA., La penitenza,
o.c, 91-108; F. Cabrol, Imposition des mains, en DACL 7/1, 395-396, 405e
— M A.M. Triacca, "Impositio manuum super infirmum". L'unzione
degli ammalali nell'antica liturgia ambrosiana [/973], en Eulogio, Anselmiana,
Roma 1979, 509-590 (especialmente 575-586) — !i Cf
B. Maggioni,
Gesü e la chiesa primitiva di
fronte alia
malaltia, en VV.AA., // sacramento dei malati, LDC, Turín 1975,
39-57 — i6 Confróntese el can. 1055 del CDC de 1983 con el can.
1013 del CDC de 1917 — " Cf J. Lecuyer, Note sur la liturgie du
sacre des evéques, en EL 66 (1952) 369-372 — 58 Las manos juntas
son signo de confianza en Dios y de abandono de él. Cf R. Guardini, /
santi segni, Morcelliana, Brescia 1980, 125-127; H.L. de Lenval, La liturgia
del gesto, Edizioni Paoline 1958, 53-56; P. Oppenheim, Notiones liturgicae
fondamentales, Marietti, Turín 1941, 449-450 —59 Para la
documentación bíblica de este gesto se puede recordar que en el
AT designa una transmisión: de culpas (Lev 24,14; cf el rito del Kippur
en Lev 16,20-22); de poderes o cargos (Núm 8,10; 27,18-23; Dt 34,9);
designa asimismo una bendición (Gen 48,14; Lev 9,22). En el NT,
además de la bendición (Mt 19,15; Me 10,16), designa la
curación (Mt 9,18-19; Me 6,5; 7,32; 8,23-25; 16,18; Le 4,40; 13,13; He
9,12-17; 28,8), la presencia invocada del Espíritu Santo (He 8,17;
19,5-6; Heb 6,2) para la consagración (He 6,6; 13,3; 14,23) y con vistas
al ministerio (I Tim 4,14; 5,22; 2 Tim 1,6) — M Cf R. Falsíni,
Diversitá di assemblee e forme di celebrazione, en RL 57 (1970)
115— 126; S. Marsili, Una comunitá - una liturgia, en RL 69 (1982)
593-603: "a una comunidad debe corresponderle una liturgia propia"
(p. 601).
C. Cibien
BIBLIOGRAFÍA:
Aldazábal J., Gestos y símbolos, 2 vols., "Dossiers del
CPL" 24-25, Barcelona 1984; Las posturas del cuerpo, en
"Oración de las Horas" 4 (1985) 109-116; Di Mpasi Londi,
Liberación de la expresión corporal en la liturgia africana, en
"Concilium" 152 (1980) 232-244; Filthaut Th., La formación litúrgica,
Herder, Barcelona 1963, 119-133; Laurentin A.,
Liturgia en
construcción. Los gestos del celebrante, Marova, Madrid 1967; Martimort
A.G., La iglesia en oración, Herder, Barcelona 19672, 188-196; Orensanz
A., Recuperación secular de las ceremonias, en "Phase" 90
(1975) 453-468; Picasso G., Genuflexión, en DE 2, '
Grupos
particulares
Herder, Barcelona
1983, 164; Ramos M.,
Palabra y signos
en la constitución de liturgia,
en
"Notitiae" 212 (1984) 202-211; Righetti M., Historia de
SUMARIO:
Introducción - I. Aspecto histórico: 1. De un
"grupo", una nueva liturgia; 2. La liturgia primitiva es
"doméstica"; 3. Persistencia de liturgias de
"grupo" - II. Aspecto teológico: 1. Iniciativa divina; 2.
Unidad y universalidad; 3. Sacramentalidad - III. Aspecto sociológico:
1. Perspectiva psicosociológica;
2. Perspectiva
sociocultural; 3. Perspectiva social - IV. Aspecto celebrativo: 1. Lecturas
bíblicas; 2. Eucología; 3. Ritualidad y simbolismo - V.
Aspecto pastoral: 1. Validez de las celebraciones litúrgicas en los
grupos; 2. Atención a toda la liturgia de los grupos; 3. Atención
eclesiológica; 4. Atención celebrativa; 5. Atención
catequística y educativa. Conclusión.
Introducción
La
celebración litúrgica en los grupos tiene cierto relieve como
debate y práctica en el período del Vat. II y al comienzo de
"los años setenta. En el centro del debate y de la práctica
está sobre todo la celebración de la eucaristía en el
grupo y en la / familia'. Algunos datos pueden resultar indicativos al respecto.
A petición del presidente de "Pro civitate christiana",
toda la
diócesis y para cada una de las parroquias". Las familias que
cumplan ciertos requisitos tienen derecho a beneficiarse de este permiso
J. Los problemas que surgen van cobrando configuraciones y acentuaciones
diversas, provocando acogida o rechazo con diversos motivos.
"Para el futuro —expone Hortelano— parece que nos
orientamos hacia una celebración doméstica de la liturgia"4.
"El ideal, con el tiempo, sería —prosigue—,
comenzando por los diáconos casados [...], llegar a un sacerdocio
pluralista, que permita el acceso al sacerdocio de personas casadas de
diversa educación, con el fin de poderse ocupar de la liturgia
doméstica en el mundo, dejando a los sacerdotes célibes, hoy
más necesarios que nunca, la tarea de animar estas iglesias
domésticas dentro de una pastoral de conjunto dinámica y
flexible. Este movimiento parece irreversible, y son muchos los que creen que
responde a una exigencia perentoria de nuestro tiempo"5. Posiciones de
este género, y sobre todo cierta práctica ritual desenvuelta,
determinan reacciones negativas 6. Actualmente los problemas van cobrando
sus justas proporciones y relieve, las posiciones se hacen más
matizadas y críticas y las motivaciones se vuelven más
precisas y menos emotivas.
Para delinear el
tema y los problemas, especifiquemos el sentido de la terminología
usada. El término liturgia (implícitamente presente en el
lema de esta voz: Grupos particulares [y liturgia]) no se limita
sólo a la eucaristía, sino que se refiere a todo lo que en la
iglesia se denomina como litúrgico. Cuando se habla de grupo, nos
referimos no sólo a esa realidad descrita por la psicosociología,
sino también a cada conjunto de personas, más o menos
homogé
930
neo,
relativamente poco numeroso, distinto de la masa1. Según esta
acepción, forman parte de las liturgias para grupos también
las celebraciones para categorías, como las de los / niños o
de los /jóvenes, de las comunidades de base y neocatecumenales y,
para ciertos aspectos, también de las comunidades religiosas, de
los capítulos de la catedral, etcétera!.
Delinear el
significado de las celebraciones de los grupos no es fácil. Para algunos
tendrían una función propedéutica o instrumental; es
decir, serían algo así como un momento de paso, que lleva a la
participación plena de la liturgia en la comunidad eclesial más
amplia de la parroquia o de la diócesis. Para otros tendrían un
valor autónomo; serían el lugar de la celebración
más auténtica y viva, del que debería nacer la esperada
renovación litúrgica para toda la iglesia. Para lograr
captar todos los aspectos de los problemas es preciso colocarse sucesivamente
en varios ángulos de mira: histórico, teológico, psicosociológico,
celebrativo y pastoral, con referencia a algunos documentos sobre este
asunto'.
I. Aspecto
histórico
Quien habla de
las celebraciones litúrgicas para grupos, a menudo se refiere a la
historia, a la práctica judía o apostólica, a las
liturgias domésticas de la iglesia primitiva, a las celebraciones en las
"domus ecclesiae"'». La lectura de la historia puede aportar,
desde luego, útiles esclarecimientos. Resulta, en efecto, que: 1) de un
grupo nace la nueva liturgia Cristiana; 2) la liturgia cristiana primitiva
es doméstica; 3) la celebración para grupos es un hecho constante
en la iglesia.
931
1. DE UN
"GRUPO", UNA NUEVA LITURGIA. De un grupo, el de Jesús con sus
discípulos, nace una nueva liturgia. La afirmación debe ser
precisada, para que aparezca todo su significado y se evite toda amplificación
indebida. En el mundo judío, incluso en la época de la
centralización del culto, se forman grupos o movimientos como el de los
esenios, que celebran las fiestas según un calendario diferenciado y
tienen ritos y oraciones propios. Los mismos discípulos de Juan Bautista
tienen sus fórmulas de oración (Le 11,1). También el grupo
que se forma en torno a Jesús siente la necesidad de expresar de modo
propio la nueva fe (Le 11,1-13). Precisamente en el interior de este grupo se
producen los siguientes hechos:
a) En un primer
momento, Jesús y sus discípulos siguen frecuentando el
templo y celebrando según la tradición (He 2,46; 3,1). Gradualmente,
y a medida que crecía la comprensión de la originalidad de que
eran portadores, se diferencian en muchos aspectos. Aun celebrando los
mismos ritos, les dan nuevos contenidos. La pascua, por ejemplo, no es ya el
signo del éxodo de Egipto, sino del paso de Cristo de este mundo al
Padre.
b) Esta
progresiva diferenciación ritual y dogmática sitúa al
grupo en contraste con la comunidad judía oficial. En los procesos
de Jesús y de Esteban, por ejemplo (He 7,44-51), como en el de Pablo (He
21,26-30), la acusación se refiere a una nueva concepción del
templo. Cuando la caracterización y la distinción se haga
cada vez más neta, entonces los miembros del grupo
Grupos
particulares
recibirán
el nombre de "cristianos" (He 11,26).
c) La
aparición y diferenciación del nuevo grupo provocan tensiones en
el interior del judaismo oficial. Lo mismo sucede entre los apóstoles,
que sienten el deber de interrogarse sobre la relación con sus
antiguas tradiciones, y en el concilio de Jerusalén deberán poner
las bases de la diferenciación y de la continuidad con el judaismo (He
15,1-19).
d) Una de las
características más originales respecto al judaismo es la
apertura de aquel grupo; apertura al mundo entero, a la universalidad, a la
catolicidad. Precisamente esta característica hace que el término
grupo deba usarse aquí con mucha cautela: todo grupo pequeño
cristiano está abierto para ser siempre iglesia católica,
superando las características propias del grupo psicosociológico.
e) El conjunto de
estos datos configura al grupo de Jesús y de sus discípulos como
iniciador de una nueva liturgia, sobre todo por la presencia del fundador.
Posteriormente los apóstoles se sentirán vinculados a
aquellas experiencias iniciales, a aquella tradición litúrgica,
por lo que celebrarán conforme a cuanto "han recibido" (1 Cor
11,23).
2.
Grupos
particulares
la
celebración en la casa (He 2,4647; 20,7-11). Por eso la iglesia
romana preferiría las domus ecclesiae a los templos. La lectura de
estos datos puede hacerse no poniendo énfasis en ellos, sino tratando
de situarlos e interpretarlos. Es verdad que la liturgia primitiva tiene estas
características: a) se desarrolla en una casa; b) participa en ella un
número relativamente restringido de personas. De estos datos no se puede
concluir que la liturgia cristiana debe ser doméstica o de grupo.
El cristianismo primitivo no lleva a cabo nunca una obra de cierre o clausura,
de tendencia algueto, sino de apertura: el lugar del culto es todo el mundo;
los destinatarios (los llamados o elegidos) son todos los hombres. Incluso si
los reunidos son pocos, no se sienten grupo cerrado, sino ecclesia santa y
católica, en tensión continua hacia todos los lugares y todos los
tiempos. Cuando se comprueba que las celebraciones primitivas eran liturgias
domésticas, hay que poner cuidado en no atribuir al término
domésticas las precomprensiones y los exclusivismos de hoy. Las
liturgias domésticas son eclesiales, de toda la iglesia, que viene
a encontrarse en una domus. El número eventual relativamente
pequeño de los participantes entra en la lógica de la
celebración no como factor cualificante, sino como elemento contingente,
carente
de significado
especial.
3. PERSISTENCIA
DE LITURGIAS DE "GRUPO". Cuando el cristianismo cobra proporciones
numéricamente más llamativas y se convierte en fenómeno de
masas, la celebración litúrgica se realiza con naturalidad en
lugares más capaces, como las basílicas y las catedrales. Junto a
estas celebraciones se desarrollan otras que podríamos catalogar como
de grupo: las celebraciones en 932
los oratorios y
en las comunidades religiosas o semejantes. Los oratorios n son edificios
destinados al uso no de todos los fieles, sino de un colegio, de una comunidad,
de una familia o de un privado. Desde el
s. vi se afirman
en particular las capillas privadas de los papas, de los obispos y de los
príncipes. De toda esta materia se ocupa el concilio de Trento, y
más tarde el CDC de 1917 (cáns. 1188-1196), así como el
CDC de 1983 (cáns. 1223-1229). También las comunidades religiosas
o el capítulo de una catedral tienen la posibilidad de celebrar aparte
la liturgia. Este fenómeno, descrito sólo de forma alusiva,
permite formular algunas observaciones:
a) La existencia
de los oratorios y de las celebraciones en las comunidades, especialmente
religiosas, son datos que testimonian la existencia de una liturgia para
grupos, aunque todo esto tiene a menudo el sentido de un privilegio
reservado a algunos.
b) En los
oratorios y en las comunidades la liturgia es adaptada, especialmente por
lo que se refiere al calendario particular. En general, no obstante, el aspecto
más destacable es el trasplante de la liturgia de la gran catedral
incluso al más pequeño oratorio, para significar que la
liturgia es única.
c) Aunque hay
excepciones, especialmente en las capillas privadas y familiares, la
tendencia general no es nunca hacia el particularismo y el
exclusivismo. También el lugar de la celebración en los conventos
de clausura tiene una parte destinada al público. Cuando los monjes o un
capítulo de canónigos celebran la liturgia de las Horas, tienen
la conciencia de hacer una acción "in nomine Ecclesiae",
"in persona Christi": aun apareciendo 933
como una liturgia
de grupo, siempre se la ve como acción eclesial, expresión
de la liturgia única de la iglesia.
II. Aspecto
teológico
La liturgia que
se celebra en los grupos presenta una problemática teológica
preferentemente eclesiológica ". Tiene, en efecto, un significado
propio en la medida en que revela el misterio de la asamblea cristiana,
"principal manifestación de la iglesia" (SC 41). En
particular, se pueden poner de manifiesto algunas características
de la iglesia en relación con los grupos.
1. INICIATIVA
DIVINA. El hecho de reunirse para la liturgia no es nunca fruto de una
iniciativa humana; no nace principalmente de factores afectivos, de las
afinidades culturales y sociales, de una común visión de las
cosas y de una idéntica praxis de acción: no hay una autoconvocación
espontánea. La convocación, que podríamos definir
como llamada a estar con, parte de Dios, que interpela sin hacer distinciones
(Ef 2,11-22; Col 3,1-15). Algunos elementos ponen de manifiesto este aspecto en
la celebración:
a) La palabra que
se escucha y que nos convoca procede de Dios, es "palabra de Dios",
"palabra del Señor";
b) El acontecimiento
que se celebra es el misterio pascual, don del Padre a la humanidad;
c) Lo que
manifiesta esta iniciativa divina se compendia en el signo del presidente
como ministro del Padre, que hace presente a Cristo en su acto
salvífico.
Por tanto, el
grupo, reunido por el misterio pascual (SC 10), no celebra nunca ni sus ideas
ni sus
Grupos
particulares
acontecimientos;
si éstos entran en la celebración, es para referirse al
acontecimiento Cristo y ser asumidos por él. Como el primer grupo
cristiano, también éste es presidido por el apóstol (He
2,42) y se presenta como algo orgánico, estructurado, como un
cuerpo.
2. UNIDAD Y
UNIVERSALIDAD. Los cristianos son reunidos en asamblea por la enseñanza
de los apóstoles (He 2,42), viven del misterio de Cristo (He 2,33;
3,15), en él vienen a tener un único origen y destino eterno, que
les hace vivir "unánimes y concordes" (He 4,32), en la paz,
don de Cristo resucitado (Jn 20,19-26). Esta unidad de la asamblea cristiana (SC
10) y esta participación de cada uno en la fe de los demás no son
algo cerrado en los estrechos límites de la asamblea misma, sino una
realidad dinámica que se abre hacia la universalidad en el tiempo y para
todos los hombres; es decir, la asamblea es siempre católica, en
tensión y comunión hacia la totalidad de los hombres. Hasta el
más pequeño grupo que se encuentra celebrando, si realmente
actúa el misterio de la iglesiaasamblea, es siempre
católico. La catolicidad no es tanto un factor numérico cuanto
una tensión que informa a toda manifestación. El grupo no puede
ser ni siquiera una parte de la iglesia; cuando la celebración es
auténtica, hace presente en un espacio y en un tiempo el misterio de la
única iglesia de Cristo. El grupo que es verdadera asamblea no puede
oponerse a la iglesia, ni tampoco quedar voluntariamente restringido a
alguna categoría. Si así fuese, la liturgia que se celebra
en él sería contradictoria, en cuanto que negaría aquello
para lo que se lleva a cabo: reunir a todos los hombres en Cristo para gloria de
Dios Padre. Cada grupo, para
Grupos
particulares
celebrar el
misterio de Cristo, debe ser y al mismo tiempo hacerse iglesia, todo lo
pequeña y pobre que se quiera, pero siempre una, apostólica
y católica. Estas características de la unidad y universalidad,
entendidas en sentido dinámico como propias de toda asamblea
más pequeña, fundan la comunión: el grupo que es
católico celebra "en comunión".
3.
SACRAMENTALIDAD. La asamblea, incluso la más pequeña, como
la de un grupo, se instala siempre en la realidad de los signos, es un
sacramento. A través de varios factores visibles manifiesta la realidad
de la unidad, de la universalidad y de la comunión, que tienen su
origen en el Espíritu por medio de Cristo. Los cristianos reunidos
hacen perceptible
¡a realidad de lo
que se ha operado
en ellos y los vínculos que los unen entre sí en Cristo (He
2,47). El grupo puede convertirse fácilmente en un signo perceptible de
la realidad comunional, porque en su interior las relaciones
interpersonales pueden poner de manifiesto la unidad y la comunión.
Por otra parte, el hecho de presentarse como grupo pequeño y separarse
del resto o de toda la comunidad puede acabar significando una
división, ser un signo de que no se comparte. Sobre todo cuando se
reduce a un mero hecho de categoría, difícilmente puede significar
la unidad y la universalidad de la iglesia. El grupo, desde el punto de vista
del signo, resulta ambivalente: favorece o impide la capacidad de significar la
verdadera iglesia. Piénsese también que en el interior del
grupo se busca a menudo un cierto aire democrático, que se traduce en
algunos signos relativos a la presidencia de la celebración l4. En
estos casos entra en juego la significación del ministro. También
aquí se plan934
tean problemas
desde el punto de vista de los signos sacramentales, facilitando o complicando
la solución.
III. Aspecto
sociológico
Para una
interpretación de la liturgia en los grupos es necesario tener presentes
algunos datos sociológicos que entran en juego; son complejos y no
fácilmente clasificables; a menudo se prestan a lecturas opuestas
ls. Para tener una comprensión lo más objetiva posible y
para captar sus múltiples significados, examinemos el fenómeno
colocándonos en perspectivas diversas.
1. PERSPECTIVA
PSICOSOCIOLÓGICA. a) A nivel psicológico se subraya el
aislamiento en que hoy vive el hombre moderno, aislamiento que lo
llevaría a buscar el grupo. En el orden del grupo estaría, por
tanto, el sentido de soledad. El grupo saldría al encuentro de las necesidades
del hombre de poder comunicarse, de entrar en relación, de establecer un
diálogo, de ser tenido en cuenta. En esta óptica, la
elección hecha de la celebración en el grupo pequeño puede
significar la voluntad de salir del anonimato y de la insignificancia, para
encontrarse reconocidos en la propia originalidad, capaces de aportar al
grupo todos los dones propios y recibir de él lo que otros traen de
propio.
b) A nivel
psicosociológico se destaca que en el mundo moderno se ha producido
una mutación significativa de contextos. Simplificando y
esquematizando, podríamos decir que se ha pasado de un contexto
familiar, de pueblo pequeño y rural, a un contexto urbano, de la
gran ciudad, industrial. El primero es sencillo, y se caracteriza por las
935
relaciones
frecuentes y personalizadas entre los miembros del grupo; los contactos
con el exterior son raros y no buscados. El segundo es complejo, y se configura
a través de la multiplicación de las relaciones funcionales y
utilitaristas, que cada vez tienen más valor, a menudo a expensas de las
relaciones personales y afectivas. En este contexto el grupo asume
significados diversos. Puede ser el medio para una mejor y más
rápida inserción en ese tejido complejo, o bien el índice
de un repliegue y de una marginación; constituye un medio para capacitar
y entablar relaciones personales en el interior del gran tejido urbano, o bien
se convierte en un ambiente cerrado y replegado sobre sí mismo. Esta
ambivalencia hace que el grupo se presente como escuela en la que se aprende a
correr riesgos y a liberarse de toda protección afectiva; o bien
como el lugar de aquellos que, soportando mal el anonimato y las relaciones
funcionales, buscan una seguridad afectiva y la encuentran limitando sus
contactos a los que revisten un carácter personal y evitando toda
confrontación. El grupo que celebra la liturgia puede llegar a tener uno
u otro de estos significados. Es decir, constituye un momento de crecimiento y
de inserción en el tejido eclesial; un punto de partida para una
participación más consciente y viva en la liturgia dominical y
parroquial (grupo hecho instrumental); el lugar en que se produce una
renovación litúrgica, capaz de convertirse en paradigmático
para las grandes asambleas; una fuerza que apremia y provoca al cambio teniendo
en cuenta la situación real del hombre (grupo que origina una nueva
liturgia). O bien el grupo se configura como una huida y un repliegue
narcisista, que llega a excluir y rechazar toda forma de celebración
litúrgica que no sea
Grupos
particulares
la del grupo, la
única considerada auténtica (grupo como factor alternativo).
2. PERSPECTIVA
SOCIOCULTURAL. La atención prestada a los grupos en el mundo
moderno está relacionada, especialmente en el ámbito religioso,
con algunos cambios íntimamente conexionados entre sí:
diversa relación entre día laborable y día festivo,
laicismo y secularización, urbanización, movilidad. En su
conjunto, estos datos sitúan ciertamente el fenómeno de la
celebración litúrgica de los grupos en una matriz cultural
más precisa y compleja.
En el pasado, los
días laborables eran el tiempo de la huida de la vida colectiva y de la
dispersión en los campos; la fiesta y el domingo, por el contrario, eran
el momento de las manifestaciones sociales, que se producían en el
centro del pueblo o de la ciudad. En nuestra sociedad, los días
laborables se han convertido en el tiempo importante, el tiempo que vale,
que reúne a los hombres en los centros urbanos, sede de la
más intensa vida social. El domingo ha pasado a ser el tiempo de lo
privado, de la huida de los centros urbanos, de la diversión, de las
dispersiones. Esta evolución repercute en el hecho religioso,
precisamente por su conexión con el domingo, del que era parte central.
Se está produciendo un cambio de significado. Como antes el hecho
religioso era expresión de la vida social, así ahora tiende a ser
el lugar privilegiado de la vida individual. Lo encontramos también en
otro dato, que enlaza con el precedente: el de la oposición entre
privado (es decir, el ámbito en cuyo interior una persona o el grupo
tiene la posibilidad y la capacidad de dominar lo que acontece, sin estar
sometido a intervenciones exteriores) y público
(ámbito en
que la persona o el grupo está sometido a la vista y a las
intervenciones externas). Estos dos elementos opuestos entre sí, que
estructuran la vida social, tienden de algún modo a ser el equivalente
de otra oposición: la que se establece entre sagrado y profano. Cada vez
más a menudo se relaciona o reduce lo sagrado al ámbito de lo
privado, y lo profano al de lo público. En estas tendencias se inserta
el fenómeno de la / secularización, y en España del
laicismo, contribuyendo a acentuar la oposición. El laicismo, en
particular, se presenta como una actitud del espíritu que coloca la
religión entre los hechos estrictamente personales y sitúa
sus manifestaciones en la conciencia individual y en el margen de la
vida social. La actitud laicista es un fenómeno tan sutil que, si se
observa con agudeza, impregna inadvertidamente toda la sociedad y la
iglesia misma.
La
celebración litúrgica en grupo ha de examinarse a la luz de todos
estos elementos socioculturales. Todos los impulsos que llevan a situar la
religión en el ámbito de lo privado, de lo individual y de la
espontaneidad, suscitan inadvertidamente una actitud espiritual por la que
se rehuyen las manifestaciones religiosas de masa, como una liturgia
parroquial, y se prefiere el grupo y el círculo restringido de los
íntimos. Aquí, en efecto, es posible y lógico expresarse,
manifestarse; en contextos más amplios, en público, nos sentimos
bloqueados, incapaces de obrar religiosamente. Este sentimiento es fruto
de todos los factores señalados; en su conjunto, logran crear una fuerza
imponderable que arrastra a lo privado. En esta situación, la
liturgia de los grupos viene a asumir un significado que no tenía en el
pasado; es decir, viene a
936
indicar que la
liturgia es un hecho privado y se realiza al margen de la vida cotidiana y
pública, en el tiempo de la distracción, de la dispersión
y de la inutilidad. Esto sería contradecir la naturaleza misma de
la liturgia cristiana, la cual tiende a ser "cima y fuente" de toda
la vida, incluida la social.
3. PERSPECTIVA
SOCIAL. Para delinear y valorar el significado de la liturgia de los grupos hay
que prestar atención a los diferentes contextos en que han nacido y
operan los grupos mismos. Tomando como punto de referencia las clases
sociales, se observan grupos únicamente de obreros o de estudiantes,
de muchachos o de jóvenes, de personas exclusivamente de clase media o
de religiosos. Si miramos, por el contrario, a la relación que tienen
con la iglesia, se nota la presencia de grupos que operan dentro de su
comunidad eclesial (parroquia o diócesis), otros que viven al margen o
en dialéctica y en oposición con ella. La liturgia viene a tener
en estos grupos significados diversos. Puede representar el momento cimero
de la búsqueda y de la vida del grupo, elemento para la toma de
conciencia de la propia identidad con vistas a una aportación
original a las otras clases sociales y a toda la comunidad eclesial. Puede
también resultar un factor de ruptura y de aislamiento de los otros
componentes sociales y eclesiales, dato éste de particular importancia,
porque nos servimos
de la
expresión más alta y eficaz, propia del obrar simbólico y
ritual. En fin, también el origen y la historia de los grupos y su
evolución concurren a delinearlos y situarlos en relación con la
iglesia, a la vez que ayudan al pastor en la elaboración de sus
proyectos y en su tarea de animación.
937
IV. Aspecto
celebrativo
La liturgia que
se celebra en los grupos presenta a menudo particularidades respecto a los
textos comunes; nacen éstas de la exigencia de una profunda
ligazón entre la liturgia y la vida. La atención a los
participantes (jóvenes, niños, su nivel de vida cristiana), a lo
que se quiere celebrar y a la finalidad propuesta llevan a modificar más
o menos ampliamente la estructura celebrativa de por sí universal, a
adaptar el conjunto de la celebración y sus diferentes elementos
(oraciones, lecturas, ritos), de modo que la vida del hombre emerja más
claramente en el misterio de Cristo. Algunas de estas adaptaciones de la
celebración están previstas de modo ocasional por las normas
generales que acompañan a los diferentes ritos. Otras están
delineadas de modo más sistemático en documentos especiales,
como, por ejemplo,
Grupos
particulares
de la /
creatividad litúrgica, que a menudo encuentra en los grupos su terreno
más a propósito.
1. LECTURAS
BÍBLICAS. La celebración litúrgica de los grupos
requiere una elección diversa de lecturas, y a menudo se presenta como
un modo particular de leer la biblia l6. El leccionario constituye la base para
llevar a cabo esta elección (InsAP 6, e). En particular, los
leccionarios para las misas rituales, votivas y para diversas circunstancias
son ricos en sugerencias para algunas celebraciones específicas. No son
pocos los problemas que se plantean: criterio de elección de lecturas,
posibilidad de lecturas no bíblicas, misas con tema, rito de la
proclamación de la palabra y homilía participada o
dialogada.
La escucha de la
palabra en la celebración de los grupos es un momento importante y a
menudo cualificante; si se entiende rectamente, se ordenará a
iluminar la vida partiendo del misterio que se celebra. La elección
de las lecturas no viene dictada, por tanto, por un tema que haya que desarrollar
o meditar con vistas a una eventual acción o compromiso que tomar, sino
por el misterio que se quiere celebrar, es decir, por el acontecimiento
del que se hace memoria y en el que se participa. Cristo como acontecimiento se
hace luz, fuente de reflexión, estímulo para la acción.
Si se quiere hablar de temas, será necesario referirse a
categorías operativas y no ideológicas, porque la liturgia es
acción, no una idea.
En el grupo, la
liturgia de la palabra se desarrolla de forma que facilite la comunicación,
dándole un sentido familiar y personal, con desarrollos en la escucha y
en la respuesta. El ritmo de la celebración (proclamación, /
silencio, canto, oración) viene a tener la fisonomía Grupos particulares
que el grupo
siente como propia. La utilización de lecturas no bíblicas
está actualmente prevista sólo para las celebraciones
penitenciales (RP 36), con la función de introducir o comentar la
palabra de Dios, sin ser nunca el centro de la liturgia de la palabra. La /
homilía, que nunca puede abdicar de su naturaleza y función,
cobra en el grupo el tono de la comunicación personal, de la
espontaneidad, de la conversación. Está reservada al sacerdote,
por lo que "si se exceptúan las intervenciones del eventual
comentarista, no les está permitido a los fieles intervenir durante la
celebración con consideraciones, exhortaciones y cosas por el
estilo" (InsAP 6, d). Una indicación de la diócesis de
Údine propone que, "habida cuenta de la naturaleza propia de los
grupos pequeños, el que preside podrá eventualmente dar a cada
uno, durante la homilía, la posibilidad de intervenir. El
intercambio en el momento de la homilía permite a menudo una mejor
asimilación de la palabra de Dios. Con tal que dicho intercambio se
mantenga en el plano de la reflexión sobre la palabra, y no se
transforme en debate o en disertación polémica y esté
siempre guiado por el celebrante" ". La editio typica altera (1981)
del Ordo Lectionum Missae reafirma que la homilía está reservada
al sacerdote celebrante
(nn. 24; 38; 41).
La elección de las lecturas y el correspondiente momento homilético
constituyen una parte muy importante para la actualización de la
palabra, para encarnarla en las diferentes situaciones y para hacer que el
grupo madure en el conocimiento vital y en la fidelidad al mensaje de
Dios. A menudo la elección de las lecturas y el comentario
homilético revelan un modo particular de utilizar e interpretar
938
acentuaciones de
algunos sentidos (espiritual, político...). Esto hace apetecible el
tiempo de la liturgia de la palabra, aunque no se puede pasar en silencio que,
no obstante la declaración de apertura para dejarse juzgar
incondicionalmente por la palabra, se lleva quizá a efecto una
instrumentalización de la palabra misma, privilegiando y exaltando
algunos aspectos a expensas de otros.
2.
EUCOLOGÍA. El grupo, que tiende a hacer el año litúrgico
perceptiblemente encarnado en las situaciones del hombre, siente la necesidad
de una reformulación lingüística de las oraciones y busca en
el interior de la liturgia misma espacios para una libre formulación
orante. La legítima existencia ha encontrado múltiples
actuaciones, incluso derogando toda norma y no dejando intacta ninguna parte
eucológica. Probablemente a esta exigencia no se puede dar
respuesta sino de modo articulado. Ante todo hay que preguntarse si, para un
determinado grupo y para la finalidad que se propone (educación en
la fe o en la oración, comunicación espontánea y viva de
experiencias...), es acertada la elección de una celebración
litúrgica, sobre todo cuando se trata de la eucaristía, o si
no es mejor recurrir a otros tipos de celebración. Después, los
diferentes ritos prevén la participación de los presentes en
la liturgia; habrá que valorar estos momentos, sobre todo donde,
como en la oración de los fieles, se tiene delante una
formulación actualizada de la oración. Desde un punto de vista
normativo, no todas las celebraciones presentan las mismas posibilidades.
En el rito de la penitencia, por ejemplo, muchas fórmulas son presentadas
a menudo como ejemplos en que inspirarse. Ante esta situa
939
ción,
será el atento conocimiento de los rituales el que indique los momentos
en que la oración de quien preside, o de todas formas participa en la
celebración, puede expresarse introduciendo modificaciones
más o menos amplias respecto a los textos eucológicos
oficiales. En esto es legítimo preguntarse con qué criterios
obrar: no pueden ser otros que los que presiden ¡a formulación
de una oración litúrgica verdadera y auténtica, de forma
que la nueva oración eventual esté modelada, en contenido y
estilo, en conformidad con la oración litúrgica. Para la
eucaristía las oraciones han de elegirse normalmente entre las del
misal. "Presentan a veces —escribe
3. RITUALIDAD Y
SIMBOLISMO. Algunos grupos conceden una atención particular a los
elementos rituales y simbólicos que construyen la
celebración. Otros, por el contrario, rehuyen la ritualidad, como si
fuese una forma peor de expresión, y privilegian el elemento verbal.
"Los gestos rituales, las ceremonias y las actitudes de los participantes
deben ser los prescritos para la celebración eucarística
habitual" (InsAP II, c). En este ámbito se pueden encontrar los
siguientes fenómenos o variaciones:
Grupos
particulares
a) El espacio
para la celebración no está siempre dado (lugar sagrado),
por lo que se crea en función del acto litúrgico que se realiza y
de los participantes. Cada cosa (lugar, personas, objetos) queda dispuesta de
forma que facilite la celebración y su comprensión.
b) Se producen
fenómenos de redundancia o amplificación ritual
(paz dada a todos
los participantes, largos momentos de silencio) y verbal (gran número de
intenciones en la oración de los fieles, mucho tiempo dedicado a la
liturgia de la palabra). El ritmo de la celebración experimenta una
sensible alteración también con vistas a finalidades
particulares.
c) Caen algunos
ritos (por ejemplo, entrada del celebrante), mientras que se
introducen otros para subrayar algunos momentos o significados (forma del
pan para la celebración, padrenuestro, dicho por todos con las manos
alzadas...). Se ensayan también desplazamientos (rito de la paz
antes del ofertorio, acto penitencial después de la liturgia de la
palabra), a veces sin la conciencia de que un cambio de secuencia ritual lleva
siempre consigo una variación semántica. En general, la
preocupación está ordenada a hacer que ganen en expresividad
los diferentes elementos rituales.
d) Aunque no
siempre, el canto cumple una función particular. Algunos grupos suelen
utilizar un repertorio propio con el fin de traducir mejor una determinada
espiritualidad.
No es
fácil dar un juicio sobre todos estos hechos: habría que analizarlos
uno por uno. La preocupación consistirá en atenerse a la
norma y a la situación concreta en que se celebra.
Grupos
particulares
V. Aspecto
pastoral
VALIDEZ DE LAS CELEBRACIONE S
LITÚRGICAS EN LOS GRUPOS. Refiriéndose a la eucaristía,
ATENCIÓN A TODA
940
mos, de los
matrimonios o de la unción de los enfermos se presentan como liturgias
de grupo. Si las cosas están así, la acción pastoral
deberá adecuarse a ellos, llevando a cabo el tipo de celebración
más adecuado.
ATENCIÓN ECLESIOLÓGICA. La
relación del grupo con la iglesia y la capacidad que tiene de ser y
manifestarse como iglesia en la acción litúrgica requieren del
pastor una atención particular. La acción pastoral en este campo,
teniendo presentes las reflexiones hechas arriba, debe llevar a hacer evidente
la eclesialidad del grupo. "Pero la solicitud pastoral se ordena y orienta
también a los grupos particulares, y no para fomentar separación
alguna ni para constituir pequeñas iglesias o situaciones de privilegio,
sino para proveer a peculiares necesidades de los fieles o para lograr una
visión más profunda de la vida cristiana que responda a las
necesidades en dichos grupos, con todas las ventajas que ya suponen los
especiales vínculos espirituales y apostólicos que las unen y el
común afán de estimularse mutuamente a la virtud"
(¡nsAP, intr.: o.c, 199). En particular, la eclesialidad se
revelará por las relaciones que se establecen con la celebración
prevista por los / libros litúrgicos, por la capacidad para expresar el
genuino misterio cristiano y para situarse concretamente en los problemas
del hombre con la mente de la iglesia, por la unidad y por la universalidad que
se logra llevar de hecho a cabo.
ATENCIÓN CELEBRATIVA. La
realización de una celebración de grupo requiere que se preste
atención a exigencias diversas, a veces no muy claras. Hay una
tensión constante entre dos polos: por una parte, el misterio que se ha
de celebrar, único e irrepetible, traduci
941
do en forma
ritual y codificado en normas universales; por la otra, las situaciones en que
el misterio debe encarnarse y las personas que participan en él.
Nunca pueden negarse los dos polos; el problema pastoral es
metodológico, es decir, pretende llegar a la síntesis, teniendo
en cuenta todos los valores que entran en juego, obrando con prudencia y
paciencia pastorales, no dejándose llevar por el simple gusto por la
novedad.
5.
ATENCIÓN CATEQUÍSTICA Y EDUCATIVA. La misa celebrada con los
niños tiene un gran valor educativo, así como todas las
demás celebraciones litúrgicas de grupo. La construcción
de la celebración deberá tener presente esta posibilidad, si
bien la acción litúrgica nunca deberá enderezarse
principalmente hacia la / catequesís. El valor catequístico
y educativo debe brotar de la celebración misma por una cierta
connaturalidad, por su fuerza íntima, sin hacer manifiestamente de
la celebración un medio o instrumento de catequesís. Tampoco
en los grupos se puede prescindir de una catequesís previa, que sepa
introducir en la celebración tanto del grupo como de las asambleas
ordinarias.
Conclusión
Las liturgias de
los grupos tienen su importancia, y hoy se presentan con tipología y
problemas nuevos respecto al pasado. Su interpretación exige un
acercamiento múltiple, capaz de poner de manifiesto sus diferentes
aspectos y sus ambigüedades, pero también sus valores, que
luego sabrá utilizar una sabia guía pastoral. Esta guía
estará en condiciones de valorizar adecuadamente las
potencialidades vinculadas a las liturgias de grupo y de
Grupos particulares
evitar todo lo
que de algún modo puede oscurecer el misterio celebrado.
[/ Familia; /
Niños; / Jóvenes; / Existencia cristiana y liturgia;' /
Promoción humana y liturgia].
NOTAS: ' Para la
celebración de la eucaristía en grupos o en las casas, cf VV.AA-,
La messa irt casa, Cittadella, Asís 1969; Eucaristía e comunita
ecclesiale, en RPL 8 (1970) n. 40; Messe digruppo e messe domestiche, en
Sussidi Pastorali a Schede (1973) n. 10; E. Amory, Réflexions sur les
messes de petits groupes, en LV 26 (1971) 80-88. F. Barbero, Verso la
riscoperta e la riappropriazione deU'eucaristia, en VV.AA., Massa e Meriba.
iíinerari difede nella storia delle comunita di base, Turín 1980,
306-328; M. Fasano, La messa in casa: incontro tra fratelli, en Id, Cosí
é piú /esta. Vivere ¡a liturgia in famiglia, Roma 1972,
199-204; F. Krósbacher, L'eucharistie a la maison, en Christus 15 (1968)
58, 258-266; B.D. Marliangeas, Réflexions sur les messes de petits
groupes, en MD 100 (1968) 130-138; F. Nikolasch, Die Feier der Messe im kleinen
Kreis, en U 20 (1970) 40-52; D. Trabalzini, La liturgia eucaristica in casa, en
Presenza Pastorale 40 (1970) 51-55 — 2 VV.AA., La casa luogo
dell'incontro col Cristo, Cittadella, Asís 1968, 90 -' Cf Lit 21 (1967)
274 — " H. Hortelano, La chiesa del futuro, Cittadella, Asís
1969, 67 — 5 Id, o.c, 86 — ' Cf
D. Léger, La
lilurgie dans les "communaulés de base", en MD 109 (1972)
60-71; J. De
particularibus",
en Not 6 (1970) 49-55 — l0 Cf
R. Dreyfus,
Liturgie domestique juive, en LV TI (1972) 473-486; M. McNamara, Assemblee
liturgiche e culto deiprimi cristiani, en Con 4/ 2 (1969) 38-54; A. Hortelano,
Verso una celebrazione domestica deü'Eucaristia, en J. Berna!, La
celebrazione dell'Eucaristia. Problerni e prospettive, LER, Nápoles-Roma
1968, 201239; A. Hortelano, La liturgia nella chiesa del futuro, en Id, La
chiesa del futuro, cit., 6786 — " A. Hortelano, La chiesa del
futuro, cit., 79-80 — l2 Cf G. Spinelli, Oratorio, en EncC 9 (1952), col.
194-198 — » Cf VV.AA., Piccoli gruppi e Liturgia, en RPL 9 (1971)
n. 48; J.F. Lescrauwaet, La liturgie en petits groupes. Point de vue
ecclésiologique, en QL 54 (1973) 157-167 — » E. Balducci, II
prete e il piccolo gruppo, en VV.AA., / piccoli gruppi nella chiesa,
Cittadella, Asís 1970, 59-73; E. Chiavacci, // prete nel piccolo gruppo,
en VV.AA., I piccoli gruppi nella chiesa, cit., 4758; L. Della Torre, II
prete nei piccoli gruppi e nelle comunitá, en RPL 9 (1971) 480-486; J.
Klink, Famiglia e liturgia, en Con 8/2 (1972) 112-123 — l5 Cf R. Coffy,
La signiflcation du phenoméne "groupes", en MD 100 (1969) 123129;
F. Houtart, Aspects sociologiques du role de la lilurgie dans la vie
ecclésiale: communication, socialisation, appartenance, en MD 91
(1967) 105-128; L. Maldonado, Dimensiones psico-sociológicas de la
eucaristía, en Ph 45 (1968) 263-276; J. Remy, Communauté et
assemblee liturgique dans une vie sociale en voie d'urbanisation, en MD 91
(1967) 76-104; Groupes informéis dans iéglise d'aujourd'hui.
Analyse sociologique, en QL 54 (1973) 146156 — " Cf F.
Appí, Riappropriazione della Parola, dei ministeri e dei sacramenti, en
Id, Le comunitá di base. Esperienze pastorali in Emilia-Romagna,
Dehoniane, Ñapóles 1980, 43-62; D. Dufresne, Le partage de la parole
dans les eucharisties de petits groupes, en ParL 54 (1972) 212-215; F.
Perrenchio, Bibbia e comunitá di base in Italia. Analisi valutativa di
un'esperienza ecclésiale, Las, Roma 1980 — 17 Commissione
Litúrgica Diocesana, Indicazioni liturgico-pastorali per le
"messe di
942
gruppo",
cit. (nota 9) 15 — '" Id, o.c, 14. Pueden verse también las
normas de
G. Venturi
BIBLIOGRAFÍA:
Alcalá M., Eucaristía de incógnito, en "Razón
y Fe" 180 (1969) 340-356; Basurco J., En torno a las eucaristías
domésticas, en "Liturgia" 252 (1971) 76-88; Celara
(Medellin), Liturgia y comunidades cristianas de base, en "Phase" 78
(1973) 536-546; Contreras F., Anotaciones sociológicas sobre
pequeñas comunidades, ib, 52 (1969) 351-354; Cordobés J.M.,
Comunidades eclesiales de base, en NDE, Paulinas, Madrid 1979, 222-234;
Farnés P., ¿Un rito propio para la celebración
eucarística en grupos reducidos?, en "Phase" 45 (1968)
245-262; Fernández P., Las comunidades de base y su culto
litúrgico, en "
SUMARIO;
Premisas: 1. La liturgia hispana en el concilio ecuménico Vat. II; 2.
Nombre; 3. Concepto -1 . Raíces histórico-salvíficas: El
cambio de Iberia en Hispania: 1. Religiones precristianas: a) Los
cultos ibéricos; b) El culto del imperio romano; c) El culto judaico.
Hispania en el AT; 2. La primera evangelización: a) Hispania en el
NT; b) Las primeras comunidades cristianas; 3. Los primeros testimonios del
culto cristiano: a) Documentos escritos; b) Documentos
arqueológicos; c) Legislación conciliar hispana (a. 306-589)
-1! . El antiguo rito hispano y su liturgia: I. Formación; 2. Los padres
de los concilios visigodos: a) San Isidoro y el IV concilio de Toledo (a.
633); b) Otros padres; 3. Influencias externas; 4. Los libros
litúrgicos: a) Plenarios; b) Simples; 5. Sacramentos de la iniciación
cristiana: a) Bautismo; b) Confirmación; c) Eucaristía; 6. Los
otros sacramentos: aj Reconciliación; b) Unción de los
enfermos; c) Orden; d) Matrimonio; 7. El año litúrgico: a)
Ciclo temporal; b) Santoral; 8. La liturgia de las horas: a)
Vísperas; b) Laudes matutinas; 9. Otros sacramentales: a) Exequias; h)
Dedicación de iglesias; 10. Contribución a otras liturgias -111.
Ocaso del rito y pervivencia de su liturgia: I. La dominación
árabe y la reconquista cristiana: a) Los mozárabes; b)
Supresión del rito; 2. La celebración en la capilla
mozárabe de la catedral de Toledo: a) Desde el humanismo renacentista
hasta la reforma litúrgica del Vat. 11; b) La revisión
actual de la liturgia hispana - IV. Conclusiones: I.
Teológico-culturales; 2. Perspectivas pastorales - V. Canto
mozárabe.
Premisas
1.
La
eucaristía que abrió la 48 CQ gregación general, el
día 15 de ocA bre, festividad de santa Teresa de 4 \ sus, del año
1963, correspondió a ^s liturgia hispana y fue celebrada c A el
formulario llamado mozárabe A la misa Pro episcopis'. Los pad^ siguieron
con expectación su desart^ lio. Especial interés revistió,
por * \ zones histórico-litúrgicas, para el g A po germano e inglés;
pero sobre toA para la parte más numerosa del au| \ los obispos
hispánicos, por tradici«\ eclesial y de evangelización, por
UK J\ dad de lengua y de cultura. Una s^A sibilidad particular mostraron A
actuales obispos "mozárabes" pi ^ venientes de las probadas
iglesias cj\ norte de África, Oriente Medio ^i Este europeo. \,
La presencia viva
de la liturk, hispana en el contexto de la elabotA ción de la const.
Sacrosanctum co\ cilium tenía una gran trascendente para el presente y
el porvenir de k antigua liturgia de España. ^ Ya anteriormente, en la
36 ca gregación general, el concilio hat^N declarado que "la santa
madre igA sia atribuye igual derecho y hono^x todos los ritos
legítimamente rec> ^
Hispana, Liturgia
nocidos y quiere
que en el futuro se conserven y fomenten por todos los medios. Desea,
además, que, si fuere necesario, sean íntegramente revisados
con prudencia, de acuerdo con la sana tradición, y reciban nuevo vigor,
teniendo en cuenta las circunstancias y necesidades de hoy"
CSC 4).
Por
último, la const. dogmática del concilio, al tratar del
ministerio sacerdotal de los obispos, cita explícitamente una
oración de nuestra liturgia: "En las iglesias se congregan los
fíeles por la predicación del evangelio de Cristo y se
celebra el misterio de la cena del Señor a fin de que por el cuerpo
y la sangre del Señor quede unida toda la fraternidad"1.
2. NOMBRE. LOS
sustantivos / liturgia y / rito, restringidos a una de sus posibles
acepciones, se vienen utilizando tanto para designar con un adjetivo
apropiado el conjunto de textos litúrgicos y formas externas de celebrar
el culto como para nombrar las disposiciones canónico-litúrgicas
de una determinada iglesia.
En documentos
directamente relacionados con la fase de plenitud del conjunto cultual que
tratamos
(s. vn), hallamos
referencias a él con expresiones como in Spaniarum ecclesiis, que
vienen a decirnos que se trata de un rito perteneciente no a una iglesia local,
sino al conjunto de iglesias formado por la iglesia metropolitana y las
sufragáneas de cada provincia que la administración civil del
imperio de Roma había creado en
Ya en el s. x,
cuando el rito estaba formado y llevaba más de dos siglos en vigor, un
documento hispano, compuesto a raíz del reconocimiento de la ortodoxia y
legitimidad de su liturgia por parte del papa, utiliza el término
técnico Officium Hispanae Ecclesiae. Más adelante, un cronista
español del s. XIII se refiere a él lla944
mándolo
Officium hidori et Lean
dri. A partir del
s. xvi, reducida la
celebración
de esta liturgia a la capi
lla
mozárabe de la catedral de Tole
do e impresos los
textos del Misal y
del Oficio,
comienzan a aplicársele
una serie de
adjetivos inadecuados:
isidoriana,
mozárabe, gótica, visigó
tica, toledana,
etc., que sólo expre
san una
relación parcial con el con
junto.
El adjetivo
hispana es el que cali
fica
correctamente su personalidad,
y fue el primero
que se le dio cuando
estaba ya formada
y en pleno vigor
para
contradistinguirla, de un modo
concreto, de la
liturgia de la iglesia
romana \
3. CONCEPTO.
Asignado el adjetivo apropiado a este conjunto cultual, vamos a
distinguir ahora los términos rito hispano y liturgia hispana.
• Por rito
hispano entendemos el conjunto jurídico-eclesial propio y, en cierto
modo, autónomo de la iglesia hispana. Fue el último que se
formó en la iglesia latina (ss. vi-vn). Alcanzó su
máxima expansión territorial cuando el reino visigodo comprendía
toda
El rito hispano
fue entre los ritos latinos el único que siguió al romano en
conocer las fases de formación histórica propias de todo
rito [cf J. Pinell, / Liturgias locales antiguas].
• Por
liturgia hispana entendemos el depósito eucológico y el modo
de celebrar las acciones litúrgicas que formaron parte de aquel rito.
A partir del s. xi, su marco canónico se lo fue prestando de modo
945
progresivo el
rito romano, sustentándose de esta forma su legitimidad.
Esta liturgia es
la única de las latinas que pervive en su estado original
perfecto, debido a la situación de aislamiento que conoció en el
largo período mozárabe, poco después de que se
concluyera la formación del rito y, por tanto, el conjunto de su
producción eucológica.
Su oficio y misa
se celebran a diario en la mencionada capilla de Toledo y su forma y
parte de sus textos fueron adoptados por
I. Raíces
histórico-salvíficas. El cambio de Iberia en Hispania
Consideramos esta
breve exposición de la liturgia hispana en el marco de la
prehistoria-historia de la iglesia en España como historia de la
salvación actuada en sus gentes. Tenemos por ello en cuenta el
devenir histórico de esta liturgia a través de las épocas
culturales en las que se ha encarnado e influido, y a las que a veces ha
transformado. Toda liturgia cristiana nace con esta misión. La
conversión al evangelio y al culto cristiano fue precedido por el cambio
religioso-cultural que transformó a los iberos s en hispanos, integrándolos
en la corriente universal de la civilización. Este proceso, la
romanización, es el primer hecho importante que posibilitará el
origen de una liturgia hispana.
Terminadas las
guerras cántabras, queda pacificada Hispania y se produce su
reorganización administrativa (
Hispana, Liturgia
1. RELIGIONES
PRECRISTIANAS. En la consideración de esta preparación
histórica al cristianismo recordamos las respuestas que las religiones
precristianas, y más concretamente sus cultos, daban a los
interrogantes más profundos del hombre, como el dolor, la muerte, el
más allá.
a) Los cultos
ibéricos. Por la epigrafía y los colonizadores griegos y latinos
conocemos algunos rasgos de la religiosidad de los indígenas. Ellos, que
en las fuentes literarias vienen descritos como inquietos, belicosos,
tribales, dedicados a la agricultura, a la caza, al pastoreo, capaces
de despeñar a sus ancianos y suicidarse por fidelidad a sus
héroes (fides, devotio ibérica), adoran a deidades de la
fecundidad y de la fertilidad de la tierra, las diosas madres, a dioses
infernales, a la luna, al sol, al caballo, al toro, al ciervo, a los
árboles, a las fuentes, a los montes... Crean santuarios; fabrican
ídolos, amuletos y exvotos; practican la adivinación y ritos
mágicos, las danzas funerarias, las ofrendas de productos
agrícolas; sacan los enfermos a los caminos para que algún
viajero con poderes divinos los cure. Todo el panteón indígena
recibirá por los colonizadores fenicios, griegos y romanos
sucesivamente la interpretatio oportuna. Por último, reciben el influjo
cultual de las religiones mistéricas \
b) El culto del
imperio romano. Todos los dioses del panteón romano reciben culto
en Hispania. Sus medios de difusión son el ejército y el
comercio. El culto al emperador comienza aquí tempranamente. Se pasa en
seguida a dar culto también a las virtudes imperiales, como la
eternitas,
pietas, salus, providentia,
tanto a nivel
local como doméstico. El culto imperial unificó religiosamente
de modo progresivo a los pobladores de Hispania. Unidad religiosa que
alcanzó su plenitud en el cristianismo\
c) El culto
judaico: Hispania en el AT. Además de señalar las raíces
histórico-salvífícas extrabíblicas, queremos
fijarnos en algunos datos que relacionan a Hispania con la historia del
pueblo de Israel; en ella hunde principalmente sus raíces todo el
culto cristiano. Apodícticamente, no consta que existieran comunidades
judías en Hispania antes del cristianismo. Sin embargo, es muy
revelador que en el libro primero de los Macabeos se cite el nombre de Hispania,
trate de sus minas y se haga eco del hecho reciente (
s. i afirma que
tapiceros del templo de Jerusalén, después de su destrucción
por Tito (a. 70), emigraron a Hispania.
2.
946
En el a. 63, el
Apóstol fue liberado de su cautividad en Roma; pero hasta la fecha
no hay pruebas concluyentes de que llevara a cabo su propósito
de visitar Hispania.
b) Las primeras
comunidades
cristianas.
Además de las afirmacio
nes
genéricas de san Ireneo (a. 180)
y de Tertuliano
(204-212) sobre la
existencia de
cristianos en
sula, la carta 67
de san Cipriano,
obispo de Cartago
(a. 254), nos con
firma la madurez
de las comunida
des cristianas de
Astorga, Mérida y
Zaragoza.
Cinco años
más tarde conocemos la comunidad de Tarragona por el martirio de su
obispo san Fructuoso. Por el concilio de Elvira (Granada,
a. 300) tenemos
noticia de una floración de comunidades radicadas especialmente
en el sureste. Las actas de otros mártires nos revelan comunidades
cristianas en otras ciudades de Hispania.
La figura de
trascendencia eclesial universal es, sin duda, Osio —nombre
netamente hispano—, obispo de Córdoba (hacia 256-357). Osio participó
en el concilio de Elvira, fue víctima de las últimas
persecuciones, asesoró al emperador Constantino, presidió el
concilio de Nicea, I ecuménico (a. 325), y el de Sárdica (a.
343), en los que se condenó el arrianismo, y tuvo parte primordial
en la redacción del símbolo niceno. El calendario de la
iglesia griega celebra su fiesta el 27 de agosto.
3. LOS PRIMEROS
TESTIMONIOS DEL CULTO CRISTIANO, a) Documentos escritos. En las actas del
martirio de san Fructuoso (t 258) encontramos la práctica de la
statio (una de las primeras palabras de la latinidad cristiana), que se refiere
al ayuno de carácter litúrgico, probable resonancia de los
dípticos de la misa y el testimonio más antiguo de la vene
947
ración de
las reliquias de los mártires
en
El papa san
Dámaso (305-384), originario de Hispania, introdujo el latín en
la liturgia romana, hasta entonces en griego, mientras que en Hispania
como en África se celebraba ya en latín'.
La carta del papa
Siricio (10-ix385) en respuesta a las consultas que le había dirigido
Himerio, obispo de Tarragona (carta que le pide dé a conocer a los
obispos de las provincias hispanas), trata sobre el catecumenado, el
bautismo, la disciplina penitencial, las ordenaciones, el monacato y los
arríanos.
San Paciano de
Barcelona (347391) escribió sobre la penitencia y el bautismo.
El obispo de la
comunidad de Elvira (Granada), san Gregorio (t 393), destacó por su
producción literaria. De él se conservan, entre otras obras,
homilías y comentarios exegéticos sobre libros de
Un seglar, poeta
cristiano, Prudencio (t 405), que sirvió a la administración
romana con el primer emperador cristiano, Teodosio, igualmente
hispano, contribuyó con su obra a popularizar las gestas de los
mártires hispanos con la intención catequética de que
el culto a ellos reemplazara al de dioses y héroes locales paganos.
Algunos de sus himnos serían incorporados más tarde a los libros
de las liturgias latinas.
b) Documentos arqueológicos.
De entre los muchos catalogados: sarcófagos, epigrafías,
necrópolis..., destacamos el mejor conservado de los edificios, el
Mausoleo de Centcelles (Tarragona), de factura tradicional romana,
así como el Martyrium de
Hispana, Liturgia
para la
región. Ambos testimonian un floreciente culto cristiano en el
s. ív.
Los restos de
iglesias y baptisterios de los ss. iv-vi que se encuentran en
c)
Legislación conciliar hispana del 300 al 589. El sínodo de
Ilíberis
(a. 300?) tiene
un carácter eminentemente disciplinar, tendente a evitar los
peligros de la idolatría y del judaismo. Participó en
él Osio, obispo de Córdoba.
El canon 42
prescribe dos años de catecumenado como mínimo, tres para los
flámines (c. 4), sacerdotes del culto provincial de Roma y del
emperador. Cinco para la mujer casada con un hombre que haya abandonado
a su primera mujer (c. 11), y lo mismo para el delator (c. 73). El bautismo se
demora hasta el fin de la vida a la catecúmena que hubiere cometido
adulterio y aborto (c. 68). Reprueba la costumbre de algunos recién
bautizados de echar monedas en la piscina bautismal, para evitar el peligro de
simonía (c. 48). Para atajar posibles peligros de idolatría, se
prohiben las representaciones pictóricas en las iglesias (c. 36).
Prohibe a los hortelanos que reciban la bendición de sus frutos por
judíos
(c. 49), las
nupcias con éstos, y a todos comer con ellos (c. 50). Reserva al
obispo la reconciliación del penitente que ha cometido pecado grave
(c. 32).
• El
concilio antipriscilianista de Zaragoza (a. 380) prohibe ayunar los domingos,
prescribe la observancia de la cuaresma (c. 2) y del tiempo que precede a la
epifanía (c. 4), con lo cual se apunta ya la práctica del tiempo
de adviento.
El concilio I de Toledo (a. 400),
motivado también por el priscilianismo, establece para los
clérigos la obligación de participar todos los días en la
misa (c. 5), declara competencia exclusiva del obispo la consagración
del crisma, que puede hacer en cualquier momento, pero señalando
como fecha más adecuada una inmediatamente anterior a la pascua. En
ausencia del obispo y por mandato suyo puede administrar el crisma el
presbítero (c. 20). El sínodo denuncia el hecho de aquellos
fieles que van a misa y no comulgan, determinando para ellos que si comulgan
reciban la penitencia (c. 13).
Concilio de Tarragona (a. 516, sexto del
reinado de Teodorico II). Es el primero que establece en Hispania un turno
semanal para presbíteros y diáconos de modo alternativo,
pero con la condición de que los sábados se reúna todo el
clero para las vísperas, a fin de asegurar su presencia en las
celebraciones del domingo y de garantizar que todos los días
celebren las vísperas y los laudes matutinos (c. 7).
Concilio de
Gerona (a. 517). Establece para toda la provincia tarraconense que en
la celebración de la misa y del oficio se siga el ritual de la iglesia
metropolitana (c. 1) y que concluyan los laudes y vísperas con la
oración dominical (c. 10 bis). Excluye la práctica
penitencial de la abstinencia durante el tiempo pascual
(c. 3). Indica el
día de pascua y de navidad como días idóneos para la
administración del bautismo. Sólo a los enfermos se les
podía bautizar otros días (ce. 4-5).
• Concilio
de Barcelona (a. 540). Manda respecto al oficio que el salmo 50 se recite
al principio de los laudes matutinos (c. 1), y que al fi948
nal, como en
vísperas, se dé la bendición a los fieles (c. 2). Que
los presbíteros reciten por orden las oraciones en presencia
del obispo, oraciones que pueden referirse tanto a las colectas de los
salmos como a las de las antífonas (c. 5).
Como vemos, estos
tres concilios
anteriores fueron
de gran importan
cia para la
configuración del oficio
hispano y
completan la legislación
del anterior
concilio narbonense de
Agde (a. 506)
sobre la liturgia de las
Horas.
Por
último, el concilio legisla so
bre los que hacen
la penitencia pú
blica (ce. 6-7).
• Concilio
de Lérida (a. 546). Participa Justo, obispo de Urgel, compositor
de textos litúrgicos.
En los
planteamientos de este sínodo se aprecia el interés por
evitar la infiltración arriana. Repetirán el catecumenado los
rebautizados en el arrianismo (c. 9).
• Concilio
de Valencia (a. 546). Regula los funerales del obispo (ce. 2-4) y reafirma la
estructura fundamental de la liturgia de la palabra de la misa, destacando
la importancia pastoral y misionera de la predicación del
obispo (c. 1). Fue presidido por Celsino, metropolitano de Cartagena, que
ya era base militar del área de dominio bizantino (católico)
en Hispania.
Los siguientes
concilios del reino suevo, recién convertido al catolicismo
(Bracarense I [a. 561] y II [a. 572]), tienen como denominador común
su preocupación por los restos del priscilianismo, del arrianismo y aun
del paganismo, y manifiesta su propósito de unificar y ordenar el culto
según la liturgia romana, siguiendo el deseo del papa Vigilio expresado
en su carta a Profuturo de Braga (a. 538).
949
II. El antiguo
rito hispano y su liturgia
La vida cristiana
que se ha iniciado y desarrollado en Hispania, tanto antes como
después de la victoria espiritual del cristianismo sobre el imperio
pagano de Roma, manifestará su madurez ahora al contribuir a la
creación de una nueva unidad sociocultural, integradora de
hispanorromanos y visigodos. Con ella nace el rito hispano.
1.
FORMACIÓN. Como la mayoría de los otros ritos locales
antiguos, nuestro rito conoció las tres etapas de formación, cada
una de ellas con las características siguientes:
Fase de gestación (s. IIIprincipios
del vi). A partir de las primeras influencias eclesiales con Roma, norte
de África..., y de los intercambios cada vez mayores con otras iglesias,
las iglesias de Hispania van disponiendo de una estructura litúrgica
básica y común bastante afín a la de las otras liturgias,
especialmente las occidentales. De los hechos históricos que hemos
repasado anteriormente, primeros testimonios escritos,
arqueológicos y conciliares, se deduce que no existe en Hispania
desde el principio una ciudad cristiana básica para toda
Fase de creatividad (527-623). La nueva
situación política, creada por la presencia especialmente de los
visigodos, posibilita, sobre todo a partir del III concilio de Toledo, el
desarrollo de la creatividad litúrgica y de las grandes escuelas
eucológicas
Hispana, Liturgia
(Tarragona,
Sevilla y Toledo), en las que sucesivamente destacan Justo de Urgel, Leandro e
Isidoro de Sevilla, Eugenio e Ildefonso de Toledo. Durante este
período se observa ya una tendencia a la unificación
litúrgica.
• Fase de
codificación (hacia finales del s. vil). Durante ella se organizan
los libros litúrgicos, quedando establecidos los principales: Oracional,
Antifonario y Manual. Esta labor de codificación es realizada por san
Julián, obispo de Toledo (t 690). Casi un siglo antes se había
concluido esta fase en el rito romano con san Gregorio Magno (t 604).
2. LOS PADRES DE
LOS CONCILIOS VISIGODOS, a) San Isidoro y el IV concilio de Toledo (a.
633). La figura de san Leandro (540-600), hermano mayor y maestro de san
Isidoro, abre la época de mayor esplendor de la cultura hispanovisigoda.
Obispo de Sevilla, alterna su acción misionera y pastoral con la
producción litúrgica; compone colectas sálmicas y
cantos para la liturgia de la palabra de la misa, interviene en la
conversión al catolicismo de Hermenegildo y Recaredo, visita
Constantinopla, mantiene estrechas relaciones con el papa san Gregorio Magno e
inspira el concilio III de Toledo (a. 589), el de mayor trascendencia
histórica para la iglesia hispana y el reino visigodo. En este
concilio se dan los primeros pasos hacia la unidad litúrgica de las iglesias
hispanas:
Proclamación del Credo, a imitación
de las liturgias orientales, por parte de la asamblea en la misa antes de la
comunión (c. 2).
Reafirmación de las etapas del
sacramento de la penitencia (ce. 1112).
Importancia del uso de los salmos en
las exequias y sentido pascual de estas celebraciones (c. 22).
•
Recuperación del sentido cristiano de las fiestas populares de los
santos (c. 23).
Por
último, con una excelente homilía, en la que Leandro da
gloria a Dios por la nueva etapa que a partir de aquí comienza para la
iglesia hispana, se clausura el concilio.
San Isidoro
sucedió a su hermano en la sede hispalense. A él se atribuyen
melodías litúrgicas, himnos y textos eucológicos,
expresamente la bendición de la lámpara y el cirio de la
vigilia pascual, pieza llena de lirismo y técnicas retóricas muy
depuradas. Por otra parte, en su célebre síntesis del saber
antiguo, Las Etimologías, trata del ciclo pascual y de las otras
festividades. Con mucha amplitud expone los temas litúrgicos a partir de
todos los vocablos usados en el culto (VI, 17-19). Escribió, además,
el libro De eccíesiasticis officiis, el primer tratado de liturgia
conocido, en el que proporciona datos sobre la liturgia local y otras liturgias
occidentales, como de la de Milán y de las iglesias del norte de
Áfrical0. Pero es sobre todo en la legislación del concilio IV de
Toledo donde se completa su obra litúrgica.
La
producción disciplinar de este concilio se dedicó en primer
término a la regulación de la vida litúrgica. Con la
afirmación previa de que la unidad litúrgica es al mismo tiempo
expresión de la unidad de fe y de la unidad del reino (c. 2), los padres
comienzan por legislar a partir de la cuestión primordial de la vida de
la iglesia, la pascua:
Que todas las
iglesias celebren la pascua en la misma fecha, anunciada ya desde
epifanía (c. 5).
Sobre la celebración del primer
sacramento pascual, el bautismo, se reivindica la práctica tradicional
hispana de una única inmersión, no tres, como se
había introducido en
950
la provincia
bracarense siguiendo el rito romano (c. 6).
Se introduce en
todas las diócesis la acción litúrgica del viernes
santo, en la que se proclama la pasión del Señor y se
celebra el rito penitencial de reconciliación de toda la asamblea,
Indulgentia (c. 7). Se reafirma el ayuno pascual de todo ese día
(c. 8).
En la vigilia pascual, bendición
de la lámpara y el cirio, yuxtaposición de dos tradiciones
por el bien de la unidad litúrgica (c. 9).
Ausencia del canto del Aleluya en toda la
cuaresma y en otros días penitenciales del año, que son, por
ello, de abstinencia (c. 11).
•
Admisión en todas las iglesias del libro del Apocalipsis. Se asigna su
lectura al tiempo pascual (c. 17). Sobre la celebración
eucarística:
Se manda incorporar a la liturgia de
la palabra de la misa en los domingos y fiestas de los mártires el
cántico de Daniel (c. 14).
Aclamación del Aleluya después
del evangelio (c. 12).
•
Bendición a la asamblea antes de la comunión, no al final de la
misa como en el rito romano (c. 18). Sobre el oficio divino:
Que las horas
principales concluyan siempre con la oración dominical (c.
10).
Conclusión de cada salmo con el
Gloria al Padre en la fórmula propia hispana, también
después de ciertos responsorios (c. 16).
Que se admitan
los himnos de composición eclesiástica (c. 15).
Finalmente, otras
disposiciones tratan de los ritos de ordenación de los diversos
ministerios (16, 26, 28).
951
En todos estos
cánones se contienen oportunas motivaciones pastorales,
ilustradas a veces con argumentos teológicos y espirituales.
Con este concilio
queda autoafirmado el rito y se consagra el tradicional intercambio
de textos litúrgicos entre las iglesias hispanas, intercambio
que a partir de ahora se realizará teniendo en cuenta una estructura
ritual común.
Origen de la
creciente producción litúrgica de los obispos será la celebración
misma, una celebración viva, cada vez más rica y encarnada en la
historia. Ellos, a su vez, así la mantendrán al ampliar el
repertorio de formularios, renovándolos incluso, especialmente en
el tiempo clave de pascua. Desde su experiencia personal del culto dan a
la vida litúrgica del pueblo una importancia pastoral de primer orden.
b) Otros padres.
Poco antes del concilio III de Toledo había destacado por su obra
litúrgica san Justo, obispo de Urgel (principios del s. vi). Compuso
colectas de salmos y publicó homilías In cántica
canticorum. Participó en el concilio II de Toledo (a. 527) y en el
de Lérida
(a. 546).
• San
Conancio, obispo de Patencia (633-638), compuso cantos y oraciones para el
salterio. Participó en los concilios toledanos IV y V
(a. 636), que
reafirmaron la observancia de los días penitenciales (letanías)
y otros aspectos de la disciplina penitencial (ce. 2,7-8), y en el VI (a.
638).
• San
Braulio, obispo de Zaragoza (a. 585-651), participó en esos tres
concilios y destacó por sus respuestas epistolares a consultas
sobre cuestiones litúrgicas. Compositor de melodías y
de un himno a san Emiliano.
Los tres
siguientes obispos metro
Hispana, Liturgia
politanos de
Toledo serán, por último, los principales padres de la actividad
litúrgica posterior al concilio IV de Toledo y los más representativos
de la escuela eucológica toledana.
Sau Eugenio (| 657) compuso la misa del
día de jueves santo, de acentos dramáticos; otra para el tiempo
de pascua, las oraciones del oficio de la fiesta de san Hipólito y
oraciones completuria para el oficio dominical. Compositor musical, escribió
poemas y dejó muestras de su inspiración poética en la
producción litúrgica. Participó en el VIII concilio
de Toledo (a. 653), que exigió a los clérigos aprender de memoria
el salterio, los cánticos, los himnos y el ritual del bautismo (c. 8), y
presidió el X (a. 656), que estableció para todo el reino la
fiesta mariana del adviento el 18 de diciembre (c. 1).
San Ildefonso (f 667) compuso las misas
de
San Julián (t 690), de familia judía
conversa, codificó los libros litúrgicos. A él se le
atribuyen una misa de difuntos y otra para un domingo del tiempo De
cotidiano (tiem
Hispana, Liturgia
po ordinario).
Presidió el XII concilio de Toledo (a. 681), que legisló
contra los residuos del culto pagano
(c. 11).
Las disposiciones
litúrgicas de los concilios posteriores al IV de Toledo estarán
destinadas a conseguir la aplicación del mismo, y aun de los anteriores,
en todas las iglesias hispanas ".
3. INFLUENCIAS
EXTERNAS. El intercambio litúrgico existente entre las iglesias de la
antigüedad y el hecho de que nuestra liturgia fuera una de las
últimas occidentales en formarse, explican las múltiples influencias
externas que en ella se detectan. Con la liturgia galicana, la liturgia
geográficamente más próxima y además
contemporánea, se dieron influencias mutuas. Sin embargo, por
el intercambio que existió ya desde el principio entre las iglesias
hispanas y las del norte de África (culto a mártires comunes,
revisión latina del salterio y del resto de
plegaria
eucarística. En los ritos occidentales, como el de Milán, en
952
cuentra
inspiración para la ordenación del oficio divino, por poner
un ejemplo, y asimila otros muchos elementos de la liturgia romana a lo largo
de su formación. La liturgia hispana, una de las últimas en formarse,
supo enriquecerse con las experiencias de otras liturgias anteriores sin
perder por ello su personalidad.
4. Los LIBROS
LITÚRGICOS. Aparte del Evangeliario, libro litúrgico común
a todos los ritos, los demás del rito hispano se distinguen por su nomenclatura,
funciones y cantidad, respecto a todos ellos.
a) Plenarios. Se
compilaron, por razones prácticas, a partir de fascículos
que contenían los textos necesarios para la celebración
completa de una fiesta.
El Líber
misticus (officia et missae). De mixtus, mixto. En cuatro volúmenes
distribuidos según el año litúrgico. Contiene casi todos
los elementos necesarios (tomados de otros libros litúrgicos) para
la celebración del oficio catedral festivo y de la misa. La
yuxtaposición de estos dos tipos de celebraciones revela la importancia
que se le atribuye a la unidad litúrgica del día.
El Líber horarum. Contiene los
formularios para las horas del oficio monástico: ad completas, ad nocturnos,
ad tertiam, ad sextam, ad nonam y otros once oficios menores. Estos
oficios, a diferencia de los del oficio catedral, no son muy variados.
Este dato se explica por el hecho de que los monasterios hispánicos,
por el canon 3 del XI concilio de Toledo (a. 665), tuvieran que adoptar para
los laudes y vísperas el ritual del oficio catedral.
El Líber ordinum. Dos versiones:
maior (precedente histórico del pontifical romano-germánico,
entre los que se incluyen los del triduo
953
pascual completo)
y minor para uso de los presbíteros: contiene los cantos, himnos,
oraciones y preces para la administración de los sacramentos, de
los sacramentales y bendiciones.
b) Simples.
Proceden de la compilación de fascículos homogéneos.
El Líber sermonum. Homilías
de los santos padres para ser leídas después del evangelio.
El Passionarium. Narraciones de la
pasión de los mártires, que se leían en el oficio matutino
y en la liturgia de la palabra de la misa, ordenadas según el
calendario de las fiestas litúrgicas.
El Liber precum. Por las noticias
que nos han llegado de él, se puede deducir que se trata de un fascículo
con las preces de la misa en días penitenciales y con las misserationes
del oficio monástico.
El Liber commicus (de comma, referente a
los versículos). Leccionario de la misa, con textos bíblicos
para las lecturas: profecía, la primera; apóstoles, la
segunda; y evangelio. Unas ediciones con la distribución de
lecturas según la tradición A, y otras según la
tradición B.
El Liber Manuale o Liber missarum.
Análogo al Liber Sacramentorum de la liturgia romana, contiene
las oraciones propias del presidente de la celebración
eucarística. Estas oraciones son muy cuantiosas, dada la gran variedad
de plegarias eucarísticas de que dispone esta liturgia.
El Antiphonarium. Contiene,
musicalizados, los textos que requieren canto, sobre todo las
antífonas del oficio catedral festivo y de la misa. Todo el material
musical queda ordenado por días y ciclos litúrgicos. Un
apéndice ofrece repertorios muy variados de cantos alter
Hispana, Liturgia
nativos para los
domingos de cotidiano, los sacramentos, el común de los santos y
celebraciones sacramentales y votivas.
El Liber orationum festivus. Textos
eucológicos para el oficio catedral festivo: oraciones conclusivas
(completuria) del oficio matutino y de las horas menores de las ferias
penitenciales y las bendiciones finales para las dos horas principales del
día.
Un grupo de tres libros forma el conjunto
de textos necesarios para el oficio: El Psalterium, que reproduce el libro
bíblico de los / salmos [supra, 2,b]. El Liber canticorum, con los
cánticos del AT para los laudes matutinos del oficio catedral, para
el ordo ad nocturnos y para la peculiaris vigilia del oficio monástico.
El Liber hymnorum, con los himnos festivos distribuidos según el
calendario, los himnos De quotidiano y los del oficio monástico.
El Liber orationum Psalmographus.
Sin ser propiamente un libro litúrgico, influyó de modo determinante,
tanto literaria como doctrinalmente, en todos los repertorios
eucológicos del oficio. Contiene, a modo de subsidio oficial
facultativo, las colectas y oraciones del oficio ferial catedral que se
recitaban después de cada salmo. Estas oraciones compendian la
doctrina sálmica, aplicándola a la vida de la comunidad
local.
5. SACRAMENTOS DE
a) Bautismo. El
Ordo baptismi contiene los ritos del catecumenado unidos a la
celebración del sacramento; éste se realiza con la peculiar
inmersión única, añadiendo en las palabras sacramentales:
"para que tengas vida eterna". Los bautizados, tanto en la vigilia de
pascua como en cualquier día del año, reciben una
bendición el tercer día de su bautismo.
b)
Confirmación. Se administra después del bautismo y de la crismación
mediante la imposición de manos sobre el bautizado por parte del
presbítero o del obispo celebrante. En la fórmula sacramental se
intercalan varios Amén. El ritual prescribe, aunque el
confirmando sea niño, que se le dé a continuación la comunión.
c) Eucaristía.
Prescindiendo de los elementos añadidos tardíamente, ofrecemos en
esquema la descripción de su celebración:
Ritos iniciales: Prelegendum (introito);
himno Gloria (y en las solemnidades Trisagio); oración Post
gloriam. Estos ritos se omiten en las ferias y en los domingos de cuaresma.
Liturgia de la palabra: Saludo del
sacerdote; todos los días tres lecturas: prophetia, apostolus y
evangelio. Los días de cuaresma en vez de la prophetia se leen dos
lecturas: lectio sapientialis y lectio histórica;
954
los
miércoles y viernes después de la lectio sapientialis se cantan,
en lugar del salmo responsorial, los Threni, tomados de las lamentaciones de Jeremías.
Después del apostolus se canta el psallendum (salmo responsorial);
después del evangelio, el cántico aleluyático Laudes.
Al final de cada lectura, la asamblea responde
Amén.
Transición a la acción
eucarística: canto ofertorial Sacrificium mientras se preparan
el pan y el vino sobre el altar; intercesiones solemnes de comunión
con toda la iglesia; Oratio admonitionis, exhortación sacerdotal
Oremus, aclamación Hagios, díptico por la iglesia, oración
Alia, dípticos por la jerarquía, recuerdo de los santos y de los
difuntos, oración Post nomina; rito de la paz: oración Adpacem,
bendición Gratia Deipatris, monición diaconal, canto Ad pacem
mientras se dan todos la paz.
Plegaria eucarística (varía
diariamente): Illatio (prefacio), Sanctus, oración Post
sanctus, relato de la institución con la fórmula fija, tomada
de 1 Cor 11,23-26; oración Post pridie (epíclesis),
doxología, aclamación Amén.
Rito de la comunión:
profesión de fe católica Credimus, fracción del pan
eucarístico en partículas que se colocan en forma de cruz sobre
la patena, evocando en cada una los misterios de Cristo; canto Ad con
fractionen
mientras se realiza la fracción, introducción variable al
Padrenuestro (a cada petición la asamblea responde Amén),
embolismo (comunión con la oración de los cristianos de
todos los tiempos), Sancta sanctis (fórmula para la mostración de
las especies eucarísticas), bendición a la asamblea (variable),
canto Ad accedentes durante la distribución de la comunión,
antífona Post communionem, oración Completuria.
955
•
Conclusión: saludo del sacerdote, y a continuación el
diácono despide la asamblea.
6. LOS OTROS
SACRAMENTOS, a) Reconciliación. El Ordo poenitentiae supone vigente
la práctica de la penitencia pública. A ella se podía
acceder, sin merecerla, por pura devoción, para obtener
públicamente la reconciliación eclesial. El mismo san Isidoro la
pidió días antes de su muerte. Sin embargo, la existencia de
catálogos penitenciales indica que se practicó también la
penitencia privada. El Ordo poenitentiae contiene formularios para la
reconciliación de quienes abandonan determinadas herejías: el
arrianismo, el donatismo, etcétera. Para estos casos los formularios
ofrecen una serie de interrogatorios, a imitación de los
escrutinios del catecumenado, que culminan con las preguntas sobre los
artículos del credo. La fórmula de la absolución es
deprecatoria.
b) Unción
de los enfermos. Los textos de la unción de los enfermos reflejan una
concepción unitaria de la persona humana, dado que la acción
sacramental va dirigida tanto al cuerpo como al espíritu del doliente.
En la fórmula de la unción se nombra al Espíritu
Santo, "que reina por los siglos de los siglos". La bendición
del óleo de los enfermos tenía lugar preferentemente en la fiesta
de los santos médicos orientales Cosme y Damián, muy populares en
las iglesias hispanas.
Cuando el
agravamiento de la enfermedad hacía suponer inminente la muerte, el
enfermo recibía con toda solemnidad la reconciliación penitencial,
sellada con la comunión eucarística, que era recibida como
viático.
c) Orden. El rito
de la ordenación de diáconos y de presbíteros comienza
con una monición introduc
Hispana, Liturgia
toria de la
fórmula sacramental; a ésta la sigue una oración
conclusiva, en la que se pide a Dios que realice en los ordenados cuanto se le
ha pedido para ellos.
Falta en el Liber
ordinum el ritual de la ordenación episcopal, laguna que se explica por
el hecho de la supresión posterior del rito hispano y por el
interés de los "romanizadores" a ultranza de hacer desaparecer
cuanto pudiera facilitar su supervivencia. No obstante, algunos elementos
de esta ordenación se han encontrado en las transcripciones de los
pontificales romanos más antiguos, hechas en España y en el
rito de ordenación episcopal de la liturgia anglicana.
d) Matrimonio. El
ritual hispano del matrimonio conserva, debido a las repercusiones
sociales y a las tradiciones familiares que el sacramento comporta, una
gran variedad de elementos, muy ricos e interesantes también desde
el punto de vista etnológico: oficio votivo desde la tarde anterior a la
boda, bendición de la casa esparciendo sal por ella; en el rito
sacramental propiamente dicho: entrega de la novia al sacerdote,
bendición y entrega de las arras y los anillos, imposición sobre
los novios del velo de color rojo y blanco (los mismos colores tradicionales
del ritual judío para el matrimonio), bendición especial
para la esposa, etc.
La solemne
bendición de los esposos es rica en contenidos teológicos y
pastorales. En un canto del oficio votivo se nombra expresamente a Adán
y Eva, a quienes Dios unió "para que se bendijera su nombre por los
siglos de los siglos".
7. EL AÑO
LITÚRGICO. Una de sus características principales consiste
en la sabia combinación que realiza, en el caso de concurrencia, de
las fiestas, aun las más solemnes, con el
Hispana, Liturgia
mantenimiento del
carácter pascual del domingo.
a) Ciclo
temporal:
Cuaresma: se inauguraba el primer
domingo con el oficio festivo de despedida del aleluya; las primeras semanas
centraban la atención en las grandes etapas de la historia de la
salvación; a partir del tercer domingo, De mediante (por el
comienzo del evangelio de ese día, Jn 7,14), comienza el tiempo De
traditione, centrado en la pasión; el domingo de ramos preveía en
los laudes matutinos bendición del óleo de catecúmenos
y rito de
Tiempo pascual:
vigilia: rito lucernario con la bendición de la lámpara
y el cirio, doce lecturas bíblicas, bendición del agua y
administración del bautismo; misa: plegaria eucarística con
sustratos muy antiguos; octava pascual, ascensión y Pentecostés.
Tiempo de
navidad: precedía a la fiesta de navidad-Apparitio Domini =5
epifanía, un tiempo de preparación adventual: Juan el Bautista,
Isaías, la fiesta mariana por excelencia del 18 de diciembre; en
los textos, vestigios de la administración del bautismo en la fiesta
Apparitio Domini.
Domingos De cotidiano (tiempo
ordinario): estos domingos están concebidos como celebraciones independientes.
b) Santoral. En
el calendario litúrgico hispano figuran, además de 956
las fiestas de
los doce apóstoles, las conmemoraciones de mártires, confesores
y vírgenes, diecinueve de Hispania y cuarenta y ocho de la iglesia
universal: Roma, África, Galia y Oriente. Están, pues, representados
con equilibrio encomiable carismas, iglesias y épocas. Muy antigua en el
calendario es la fiesta de la cátedra de san Pedro. En los textos se
testimonia la comunión con el ministerio de Pedro con acentos no
sólo teológicos, sino también afectivos.
Los santos
hispanos más destacados en el calendario representan las diversas
provincias: Fructuoso y compañeros y Félix, la tarraconense;
Acisclo, Justa y Rufina, la bética; Justo y Pastor y Leocadia, la cartaginense;
Eulalia, la lusitana.
San Vicente es el
mártir hispano celebrado desde la antigüedad por todas las iglesias
orientales y occidentales.
Los textos
litúrgicos propios de las fiestas de los santos extraen con total
originalidad de los hechos de la vida y del martirio del santo, e incluso
del nombre, argumentos teológicos y espirituales.
El'santoral
está ausente del tiempo de cuaresma.
8.
a)
Vísperas. Esta hora del oficio inaugura, con la santificación de
la luz y de la noche, el día del Señor. Consta de tres partes:
oblación de la luz, canto y oración con resonancia de salmos
vespertinos, incensación; pequeña salmodia: salmos, himno;
conclusión: kiries, oración completuria, padrenuestro y
bendición; procesión al baptisterio con canto.
957
La
celebración de este oficio tiende hacia la celebración
litúrgica matinal de alabanza.
b) Laudes
matutinos. Consta de tres partes: pequeña vigilia, que se inicia con el
himno Aelerne y está centrada en los salmos 3, 50 y 56; oficio matutino,
centrado en el cántico de Daniel y en los salmos Laúdate
(salmos 148-150), seguidos de una lectura bíblica; conclusión con
la oración completuria y el padrenuestro.
Este oficio
mediante !a alabanza conduce a la contemplación gozosa del misterio
pascual y, por ello, al centro del domingo, la celebración de la
eucaristía.
9. OTROS
SACRAMENTALES. Además de los sacramentales presentados, del
año litúrgico y de la liturgia de las Horas, los más importantes
en todas las liturgias, los libros del rito hispano contienen una gran
riqueza de bendiciones, algunas tan características como la
bendición del bibliotecario y los ritos relacionados con el rey,
con su unción, con su recibimiento y partida de la ciudad, etc.
Bendiciones y ritos como la bendición del abad, de vírgenes y viudas,
la profesión religiosa, el trascendental ritual para la
celebración de los concilios, son todos ellos de justificado
interés; sin embargo, por su valor pastoral general nos centramos
en los rituales siguientes:
a) Exequias. Los
textos y ritos exequiales que conocemos de la liturgia hispana nos revelan
ante todo una actitud profundamente cristiana ante la muerte.
Los textos
litúrgicos se hacen intérpretes del difunto, prolongando
así ante la comunidad cristiana su profesión de fe; a ella se
dirige solicitando intercesión: "Hermanos y hermanas, rogad
por mí", e inmediatamente la asamblea responde:
Hispana, Liturgia
"Cristo
redentor, concédele el perdón", súplica
ésta que repetirá multitud de veces. Con el féretro
ante la puerta de la iglesia dirá: "Oh Jesús bueno,
perdónale tú..., borra los pecados que cometió, dale vida
eterna".
Un rito singular
se realizaba sobre la boca del obispo difunto antes de la sepultura: la
infusión del crisma mientras se canta el salmo 39: "En mi boca un
canto nuevo..., ¡cuántas maravillas has hecho, Señor!...;
quiero proclamarlas, pero me es imposible enumerarlas todas".
En el ritual de
exequias hispano posiblemente queden restos de prácticas paganas
peninsulares muy primitivas; pero, desde luego, en todo caso profundamente
cristianizadas.
b)
Dedicación de iglesias. De este rito tan importante para la vida
litúrgica de las comunidades locales sólo quedan algunos textos;
probablemente el resto se ha perdido por la misma causa que el rito de la
ordenación de obispos. Se sabe el rito que hacía el obispo
de derramar sal por el edificio, la procesión con reliquias de los
mártires y que la acción litúrgica culminante era la eucaristía.
En el ritual se
preveían también bendiciones tanto para iglesias restauradas
materialmente como para dedicarlas de nuevo al culto católico. Para
todos estos casos y para los aniversarios de la consagración se
disponía de un oficio votivo.
Los textos
eucológicos se inspiran abundantemente en los libros del AT, hecho que
se da en toda la liturgia hispana en proporción mayor que en los
otros ritos occidentales.
Por las
antífonas de la consagración de iglesias podemos deducir el
sentido teológico atribuido a este sacramental: así, a veces
se encuentran interesantes motivaciones temporales, como: "El
Señor le ha dicho al
Hispana, Liturgia
rey: si caminas
en mi voluntad haré próspero tu reino y santificaré este
lugar para que resida aquí mi nombre por siempre";
también: "Entremos en el Sancta Sanctorum para aplacar a
nuestro Dios, que nos oiga y conceda la paz a nuestros días"; por
último, expresiones puramente eclesiales y neotestamentarias, como el
responsorio: "Tú eres Pedro y sobre esta piedra
edificaré mi iglesia".
10.
CONTRIBUCIÓN A OTRAS LITURGIAS. Aportaciones de la liturgia y rito
hispanos a la liturgia y rito romanos, a las liturgias galicana y celta
(Irlanda) están documentadas. El material tomado de nuestra liturgia
por los carolingios, para aquellas refundiciones de las que resultó la
liturgia romano-franca o romanogermana, fue considerable. El mismo
Ordo ad synodum del Pontifical romano lo prueba claramente. Apreciables
son también las influencias en la liturgia anglicana.
El hecho de que
nuestra liturgia se conserve en su estado original conteniendo una
cantidad extraordinaria de ritos y textos, ricos por su teología y
su pastoralidad, la ha convertido en una cantera casi inagotable,
aprovechada hasta nuestros días ".
III. Ocaso del
rito y pervivencia de su liturgia
Con la
disolución del reino visigodo, el rito hispano pasa a conocer un
nuevo contexto histórico. El Occidente europeo se encamina hacia la
feudalización. En
1.
958
vo de la
invasión árabe se registran dos hechos documentados que nos
revelan la nueva situación creada en
(a. 730), pasa de
depender de Toledo a depender de Damasco, como único medio de mantener
su gobierno y de que los derechos religiosos de su población fueran
más respetados en adelante. En el tratado se estipula específicamente:
"No se quemarán sus iglesias, tampoco se les prohibirá el
culto de su religión". Pero poco después de la muerte de
Teodomiro el territorio pasaría a ser provincia islámica dependiente
de Córdoba, perdiendo su estatuto especial.
Por otro lado, un
resto del reino visigodo se reduce a Asturias, donde el rey Alfonso restaura, y
con cierto esplendor, la liturgia hispana
(a. 790). La
liberación de
a) Los
mozárabes. A pesar de las dificultades: impuestos especiales, no
acceso a cargos públicos y las numerosas defecciones..., no se extingue
la vitalidad del resto del pueblo cristiano. Muchos fieles confiesan
su fe con el martirio, destacando especialmente san Eulogio, presbítero
de Córdoba, arzobispo electo de Toledo (t 859), compositor de textos
litúrgicos, como el himno al mártir hispanorromano de
Córdoba san Aciselo.
Los escritorios
de los monasterios que subsistían en la zona árabe y en las zonas
que iban siendo liberadas trabajaron activamente en la copia de libros
litúrgicos; tenemos noticia del abad de Albelda, Salvo (| 962), que
compuso algunos textos eucológicos.
Los musulmanes
llamaban a los 959
cristianos de sus
ciudades nasramés = nazarenos, rumies — romanos,
dimmíes — tributarios; sin embargo, los otros cristianos de
las /onas recuperadas acuñaron para llamarlos la palabra, entre despectiva
y acusatoria, musta'arab = el que se hace el árabel4.
b)
Supresión del rito. Con el avance de la reconquista, desde los Pirineos
entraban en España los movimientos religiosos y políticos
europeos: la reforma cluniacense y la influencia unificadora de Roma.
El papa Gregorio VII (a. 1073-85), en carta dirigida a los reyes Alfonso de
León y Castilla y Sancho de Aragón, les hacía saber:
"No de la toledana ni de cualquier otra, sino de la iglesia romana es de
donde debéis recibir la liturgia y el rito...; haciéndolo
así, no seréis una nota discordante en el concierto de los reinos
de occidente y septentrión..."I! Sucesivas legaciones
pontificias, tendentes a lograr estos propósitos, culminan con el
decreto de abolición por un concilio de Burgos (a. 1080) del rito
gótico y su sustitución por el rito romano, en su versión
franco-germánica. Con este hecho se produce en España el caso
más radical de reforma litúrgica que registra la historia de la
iglesia latina antes de Lutero.
2.
(a. 1085) y
concede a los mozárabes de la ciudad una serie de privilegios perpetuos:
civiles, económicos, jurídicos y religiosos, como reconocimiento
a su resistencia secular y a su colaboración en la lucha contra los
árabes. Entre los privilegios religiosos, les concedió
seguir celebrando su antigua liturgia en las seis parroquias entonces
existentes. En las nuevas que se crearan se celebraría,
Hispana, Liturgia
sin embargo, la
liturgia romana. Estos privilegios no fueron después respetados
del todo, hasta el punto de que cada vez se hacían más
difíciles a la comunidad mozárabe las condiciones para
celebrar en su liturgia.
a) Desde el
humanismo renacentista hasta la reforma litúrgica del Vat. II. En
el año 1499 es nombrado arzobispo de Toledo el card. Cisneros,
consejero de la reina Isabel e iniciador de la reforma eclesiástica en
España. Según él mismo confesó, había
quedado impresionado en una visita que realizó a la catedral toledana,
antes de su inesperado nombramiento, al ver el estado lamentable en
que se encontraban en el archivo los antiguos códices
litúrgicos. Una de las primeras obras que realiza como arzobispo es
la fundación, en la catedral, de la capilla mozárabe con el fin
de que la liturgia de los mozárabes no se extinguiese. Encarga al
canónigo Ortiz la edición del Misal y'del Breviario, y para ello
se cuenta con la ayuda de un grupo de párrocos mozárabes. En 1500
se imprime el Misal, y dos años más tarde el Breviario. En
1508, mediante bula del papa Julio II, concede constituciones a los
capellanes mozárabes de la catedral, que desde entonces mantendrán
viva la celebración de la liturgia hispana.
A finales del s.
xvm, el card. Lorenzana, arzobispo de Toledo, figura destacada de la
ilustración en España, reedita (a. 1722-1804) los libros
impresos por Cisneros, y, debido a la difusión que obtienen, se inicia
fuera de España el interés científico, cultural y
propiamente litúrgico por nuestro rito, que perdura hasta el presente.
La capilla mozárabe de la catedral de Toledo ha sido objeto de
protección por parte de sucesivos concordatos y acuerdos entre
En 1936 los ocho
capellanes mo
Hispana, Liturgia
zárabes de
la catedral toledana fueron víctimas de la persecución religiosa,
y el 17 de diciembre de 1940, con nuevos capellanes, se reanudó
solemnemente el culto en la capilla ante el nuncio apostólico en
España.
Con la
constitución conciliar Sacrosanctum concilium del Vat. II y la
subsiguiente reforma litúrgica, se abre una nueva etapa a la pervivencia
de nuestra antigua liturgia.
b) La
revisión actual de la liturgia hispana. La aplicación de la
reforma litúrgica en España no podía dejar de afectar
también a la celebración de la liturgia hispana en nuestros
días en cuanto a su revisión y revitalización.
Por encargo de
La
constitución conciliar de liturgia da principios y normas generales
de reforma para todos los ritos y propone normas prácticas sólo
para los temas importantes. Por otra parte, desea también que las
revisiones íntegras que necesariamente haya que hacer se realicen con
prudencia, en continuidad con la mejor tradición y con sentido
pastoral de la realidad histórica actual (cf SC 3-4).
De la
aplicación de este programa, realizado con la metodología propia
que la presente situación de la litur960
gia hispana
requiere, se obtendrá sin
duda el deseable
nuevo esplendor de
nuestra venerable
liturgia y el forta
lecimiento de la
misión sacramental
en España.
El punto de
partida de los trabajos de la comisión es necesariamente de tipo
técnico, ya que se ha marcado como objetivo inmediato la indispensable
edición del Misal y de los Rituales. Toda esta actividad requiere
paciencia y ambición al mismo tiempo, ya que sólo así
podrá lograr con coherencia y garantías bien fundadas una
revisión durable y fructífera.
Las experiencias
de la revisión oficial de la liturgia romana, prácticamente
concluida, y de la liturgia / ambrosiana, en revisión muy avanzada,
servirán sin duda de mucho para acertar en la recuperación de los
elementos objetivamente más importantes de la liturgia hispana.
Ello representará, por último, la consecución de una
reforma litúrgica local que sea ejemplar desde el punto de vista no
sólo de lasTormas litúrgicas externas, sino también de la
teología, de la espiritualidad y de la práctica
pastoral.
IV. Conclusiones
1.
TEOLÓGICO-PASTORALES. Como ya es sabido, no se puede entender la
cultura europea sin tener en cuenta el fenómeno del cristianismo.
Ciñéndonos a España, el culto cristiano y su
manifestación autóctona están en la base de una serie
de hechos culturales, como la música antigua y medieval
(mozárabe), la literatura latina tardoantigua y medieval, la
arquitectura y las artes plásticas
visigótico-mozárabes; artes que sólo se entienden en torno
al culto y que constituyen una auténtica joya original de nuestra
cultura. A través de este testimonio cultural podemos 961
comprender mejor
ciertos hechos históricos, políticos, sociales y, en cierto
sentido, hasta la misma idiosincrasia española.
Es indudable que
la unidad de culto ha influido en la unidad espiritual, e incluso
geográfica, imprimiéndole un sentido universalista.
Esta liturgia ha
producido gérmenes y ha dado vida a formas y estilos de
encarnación del evangelio en nuestro tejido cultural y social y en
nuestro espíritu; gérmenes que se revelaron como
comienzos y fundamentos de una síntesis nueva y duradera de vida cristiana.
Ella constituye una etapa miliar y un punto de referencia esencial en el
proceso histórico de cristianización en nuestro tiempo, y
está llamada a proponer una nueva síntesis creativa entre
evangelio y vida, entre mensaje evangélico y liturgia.
Esta liturgia,
por tanto, merece un conocimiento científico más profundo,
continuando lo que hace ya tiempo se empezó a hacer desde el extranjero.
Merece una protección nacional, incluso a nivel europeo.
Sus textos
más representativos están cuidadosamente elaborados. Su
vocabulario es rico y variado, con tendencia en ocasiones a formas retóricas
y artificiosas, con gran cúmulo de sinónimos y
adjetivación ampulosa y recargada. Algún texto aventura
alegorías míticas. Encontramos también resonancias de
poetas latinos clásicos. Los temas los tratan con dramatismo y
viveza. Cuidan la forma de expresión, que en ocasiones llega a la
artificiosidad. Sus recursos estilísticos son variados y expresivos:
retruécanos, ritmo interno en el verso, antítesis, paralelismos
ingeniosos... Su vis poética la consiguen gracias a una exquisita
delicadeza y calor poético. Sin embargo, en ocasiones los textos
describen el detalle con realismo y presentan cierta dureza de
expresión.
31
Hispana, Liturgia
Entre sus características
teológicas destaca su marcado cristocentrismo y su densidad
dogmática de corte antiarriano, e incluyen profundas meditaciones
de la obra de la redención, con expresiones a veces de tierna
veneración a la humanidad de Cristo.
Todo este conjunto
cultual es testimonio de que la iglesia hispana asimiló
plenamente la tradición sacramental apostólica: lo recibido
por tradición se ha convertido en algo propio.
Su
celebración es muestra viva de fe experimentada en toda suerte de
situaciones de la vida de la iglesia en España.
Hasta llegar a
una fase de plenitud, el rito hispano va incorporando valores de otros
ritos. Una vez asimilados, nuestra antigua liturgia adquiere una
misión de catolicidad al influir en el resto de las liturgias occidentales.
Es éste
nuestro patrimonio eclesial más venerable, que se abre como un tesoro
teológico-cultural.
2. PERSPECTIVAS
PASTORALES. En la visita pastoral que realizó Juan Pablo II a
España, con motivo del IV centenario de la muerte de santa Teresa, se
refirió en Toledo (4-XI82) a la ¡lustre comunidad
mozárabe, "heredera de los heroicos cristianos de hace
siglos", "cuyos feligreses mantienen vivo el patrimonio espiritual
de su venerable liturgia, de gran riqueza teológica y pastoral".
Esta riqueza
pastoral reconocida por el santo padre abre perspectivas para establecer una
más estrecha relación entre liturgia y religiosidad popular,
pues algunas celebraciones del antiguo rito pueden enmarcar efemérides
y acontecimientos religiosohistórico-culturales. El interés
que tales celebraciones suscitan en muchos cabe ser aprovechado para
evangelizar y catequizar.
Hispana, Liturgia
Por otra parte,
algunos textos y rúbricas de la liturgia hispana podrían
incorporarse como elementos facultativos a la liturgia actual para algunas
celebraciones especiales. Textos y rúbricas que destacarían otros
aspectos teológicos y espirituales. Servirse de esta variedad de
ritos y textos está de acuerdo con el sentido pastoral de la
reforma litúrgica del Vat. II, así como con la necesidad de
inculturación reconocida en el mismo concilio.
Un pueblo sin
memoria es un pueblo sin identidad, sin conciencia de sí mismo, sin
libertad. Esta liturgia constituye, en definitiva, un testimonio del
designio salvífico de Dios sobre nuestra historia, ya que ha sido
el soporte y expresión de la fe cristiana de tantas generaciones.
"Su tradición viva —afirmaba el papa en la referida
ocasión— alimenta vuestra fe e impulsa vuestra responsabilidad
de cristianos". El mayor conocimiento de esta liturgia
permitirá a la iglesia española ofrecer una eficaz catequesis
desde la historia a la cultura de la increencia, tan interesada en
interpretar la historia desde su perspectiva.
La riqueza
celebrativa de nuestra venerable liturgia está llamada a beneficiar
la presente y futura vida cultual de la iglesia en España. Es su
colegio episcopal el primer convencido de que "las viejas
raíces, bien cultivadas con esfuerzo pastoral, son capaces de dar hoy
una cosecha tan espléndida como la que dieron en un pasado
glorioso" "•.
[/ Liturgias
locales antiguas; / Ambrosiana, Liturgia.']
J. Bohajar
V. Canto
mozárabe
El adjetivo
mozárabe aplicado al canto no lo califica, antes bien señala
el espacio, medio y hombres que
962
lo practican: los
mozárabes. Los hispano-árabes llamaban así a los cristianos
que vivían dentro de su propia sociedad musulmana practicando
abiertamente su propia religión. Eran los mozárabes, esto es, los
no árabes por excelencia, comunidad cuya existencia era tolerada, como
la de los judíos, por estar basada en un libro, según el propio
Corán.
El canto que hoy
llamamos mozárabe no está, empero, circunscrito al
ámbito de esta comunidad cristiana que vive en tierra de moros, sino que
designa mucho más, por sinécdoque, el canto litúrgico de
los cristianos anterior a la implantación en España del canto
gregoriano, propio de la liturgia galorromana, a finales del
s. xi Y
también designa este mismo canto practicado en algunas iglesias de
Toledo llamadas por tradición mozárabes, aun después de la
entrada del rey Alfonso VI en la capital imperial (1085). Como quiera que
los mozárabes de Toledo vieron reformada su liturgia por el card.
Jiménez de Cisneros a fines del s. xv, y el canto, quizá
porque ya estaba corrompido en la tradición oral, no tiene
relación formal con el que aparece en los códices más
primitivos, hoy día llamamos canto mozárabe no sólo al
canto practicado en la liturgia paleocristiana, visigótica y mozárabe
propiamente dicha, esto es, al practicado con anterioridad a la
implantación del gregoriano, sino también al canto mandado
reformar por el card. Cisneros. Son, pues, dos repertorios, dos cantos
distintos. Claro está, el que más nos interesa es el
primero, por su originalidad, por su antigüedad y por el misterio que todavía
en gran parte lo rodea. El segundo aparece escrito en estupendos
libros de la época y su estudio no ofrece dificultad para el investigador.
La historia de la
música debe resignarse a ser, lamentablemente, la 963
historia de la
música escrita. Lo mejor de la creación musical, a lo largo
y ancho de la vida de la humanidad, ha podido no llegar hasta nosotros,
pereciendo con el propio creador, por ser la música un arte fugaz, que
no queda plasmado en una realización plástica perdurable.
(La invención del gramófono ha hecho, evidentemente,
cambiar las cosas en nuestros días.) La música comienza a
escribirse sistemáticamente, en línea de continuidad hasta
hoy, cuando va a declinar el primer milenio de nuestra era. Ahí se
inicia la verdadera historia de la tradición musical escrita en
Occidente. Todo lo anterior, y posterior no escrito, pertenece a la
prehistoria documental, por más que tengamos noticias sobre la
técnica y la filosofía de la música.
El canto
mozárabe se halla extraordinariamente vivo en la encrucijada
que supone la transición de una tradición oral muy rígida,
mediante la cual se transmite de generación en
generación el canto litúrgico, a la tradición
escrita, representada en códices de gran valor documental. Lo que
se escribe en estos códices es la práctica litúrgica
y musical de las iglesias hispánicas de los ss. ix, x y xi. Esta
práctica musical era de hecho universal y muy homogénea
en
Hispana, Liturgia
sobre la
música, inserto en su obra monumental de las Etimologías, tratado
que tendría honda repercusión en todos los tratadistas medievales
europeos [/ supra, II, 2, a].
Los visigodos
fueron sin duda quienes dieron a la liturgia y al canto hispánicos su
fisonomía propia, la que aparece en los códices escritos en el
umbral del segundo milenio de nuestra era. San Ildefonso de Toledo (f 667), en
su interesante libro De viris illustribus, nos relata la labor musical de
algunos eclesiásticos antecesores suyos. Así, por ejemplo,
de Conancio (f 639), obispo de Palencia, dice expresamente: "melodias
soni multas noviter edidit". Otro obispo ilustre, Juan de Zaragoza (t
631), en opinión del mismo san Ildefonso, compuso melodías con
elegancia, aptas por su sonido y convenientes para la oración:
"In ecclesiasticis officiis quaedam eleganter et sonó et
oratione composuit". Pero el gran reformador del canto litúrgico
fue san Eugenio de Toledo (t 657), de quien dice el mismo autor, sucesor suyo
en la sede toledana, que corrigió del canto todo lo que le
parecía aberrante y de mal gusto: "Cantus pessimis usibus vitiatos
melodiae cognitione correxit" [/ supra, II, 2, b]. Como se ve, a los
padres visigodos del s. vn les parecía ya viejo y corrompido por el uso
el
canto
litúrgico de las iglesias hispánicas. El prestigio
conseguido por este canto, gracias a su venerable antigüedad y a los
santos padres que intervinieron en su creación y reforma,
fortaleció el apego que los hispánicos tuvieron hacia
él en los duros momentos en que peligraba su existencia, debido al
expansionismo galorromano o carolingio. Durante los ss. x y XI, los scriptoria
de los reinos cristianos desarrollan una actividad febril para copiar en
valiosísimos códices, "ne pereat", la
música propia de la liturgia hispánica. Así,
Hispana, Liturgia
por ejemplo, en
vano buscaríamos en los archivos europeos un manuscrito tan
extraordinario por su perfección gráfica y por su densidad
semiológica como el antifonario de León o algunos
códices salidos del scriptorium del monasterio de Silos.
El arraigo del
canto autóctono en las iglesias hispánicas no impidió su
brutal supresión y su sustitución por el canto galorromano o
gregoriano en un momento en que en toda Europa se estaban haciendo esfuerzos
para conseguir que la notación neumática pudiera comunicar no
sólo el ritmo y la articulación de los sonidos, sino
también su posición en una escala o su altura melódica. El
concilio de Burgos de 1081 culminó un proceso de sustitución del
canto hispánico por el gregoriano al ordenar el cambio radical de
liturgia. De esta manera, mientras la nueva práctica
litúrgica y musical empieza a escribirse en notación
aquitana, gracias a la cual podemos conocer la posición
melódica de los sonidos, la vieja música hispánica queda
apresada en los bellísimos neumas mozárabes, que
sólo reflejaban la altura relativa de los sonidos.
El
amplísimo repertorio musical mozárabe, más extenso que el
repertorio gregoriano, por cuanto la liturgia mozárabe es
mucho más prolija que la romana, está contenido hoy en algo
más de cuarenta manuscritos, entre códices completos y fragmentos.
Pero sólo una veintena de piezas han podido ser transcritas, gracias a
que la vieja notación hispánica fue en ellas sustituida por
la aquitana. Habría que ver lo que en la nueva tradición musical
impuesta quedó de la tradición sustituida; sin duda muy poco.
De todos modos,
el canto mozárabe es uno de los ejemplos más significativos
y más amplios de la tradición ritual occidental anterior al
gregoriano o galorromano. Nada sa964
bemos de lo que
pudo ser el canto pregregoriano en las Galias, o en Inglaterra, o en
Italia, salvo el canto milanés o ambrosiano y unas pequeñas
muestras del canto viejorromano y beneventano. Pero es mucho, aunque
todavía insuficiente, lo que sabemos del canto hispánico y
lo que podemos aún descubrir en la importante tradición
manuscrita conservada.
/.
Fernández de
NOTAS: ' Para
facilitar la participación en la misma a la asamblea conciliar, se
había distribuido un fascículo editado por la imprenta políglota
vaticana con el título Ordo Missae ritu mozarabico in Concilio
Oecumenico peragendae. Sobre el adjetivo mozárabe tratamos
más adelante, III, 1, a, y en la nota 14 — 2 Este texto ofrece la
base teológica de la revitalización de las asambleas
litúrgicas presentando indisolublemente unidas misión y
eucaristía en orden a la formación de una misma comunidad de fe.
El decreto Presbyterorum ordinis 4, al tratar de los presbíteros como
cooperadores de los obispos en la evangelización, cita en nota,
entre otros textos litúrgicos y de la tradición, un párrafo
del prefacio de la ordenación de presbíteros de la liturgia
hispana; igualmente en el n. 7, sobre la comunión eucarística de
éstos con los obispos, cita un texto del De ecclesiastkis officiis
de san Isidoro. La declaración De libértate religiosa 10, cita
también en nota el canon 57 del IV concilio de Toledo a propósito
de la libertad del acto de fe — 3 Los adjetivos compuestos
(visigótico-mozárabe, hispano-mozárabe, etc.), aunque
pueden servir para identificar esta liturgia, dada la forma anterior de
llamarla, induce a error al hacer pensar que se celebra en dos lenguas, como en
el caso de la liturgia bizantina, bizantina-eslava y bizantina-griega,
siendo así que la única lengua típica de nuestra liturgia
fue siempre el latín, y precisamente en su variante hispana. Por otra
parte, la forma "hispana" en vez de "hispánica"
parece más de acuerdo con la distinción que ya los romanos
establecían entre ambas formas del adjetivo; por ejemplo, Legio hispana
se refería a una legión compuesta por nativos de Hispania,
mientras que Legio hispaniensis a una legión compuesta no por hispanos,
pero que estaba en Hispania (cf R. Grosse, Fontes Hispaniae Antiquae III,
Barcelona 1959, 80) —
%5
la colaboración
y simpatía de obispos de la comunión anglicana, que es a la
que pertenece dicha comunidad religiosa española, trabajó en esta
revitalización parcial de nuestra liturgia (cf S. Martín Molina,
Bosquejo histórico de
Hispana, Liturgia
en Hispania de la
secta luciferiana se refiere a la primera evangelización y a los inicios
del culto cristiano en la provincia como victoria de Cristo sobre la serpiente
ibera, representación zoomórfica del demonio peninsular, que
para el santo doctor personifica la insociabilidad ancestral que
reemerge en los que se adhieren a la secta. En otro escrito alude de nuevo a la
misma figura (cf Fontes Hispaniae... VIH, 393-4) — 10 Prueba la repercusión
que tuvo esta obra el hecho de que a san Bonifacio, monje anglosajón
evangelizador de Alemania, le sorprendiera el martirio cuando leía un
ejemplar (t 5-VI-754). Este manuscrito, manchado con su sangre todavía,
se conserva como reliquia en Eulda — " El de Mérida (a. 666):
que en toda la provincia lusitana se observe, como en las otras provincias,
el ritual de vísperas (c. 2), se regula la crismación
administrada por presbíteros (c. 9); el XI de Toledo (a. 675): unidad
litúrgica provincial (c. 3). En este concilio participan ya las
iglesias de la zona de Cartagena, una vez liberada de los bizantinos;
Zaragoza (a. 691): que la consagración de iglesias se celebre en domingo
(c. I) y se
acuerde fecha única en la provincia para la celebración de la
pascua (c. 2); toledano XVI (a. 693): contra los cultos paganos (c. 2) y sobre
el pan para la eucaristía (c. 6); toledano XVIII (a. 694): que no se
celebre el bautismo en cuaresma (c. 2); toledano XVI (a. 693): el lavatorio
de pies el jueves santo (c. 3), protección sobre los objetos de culto
(c. 4), aumento de los días de penitencia (c. 6). En los últimos
concilios se reflejan ya algunos síntomas de la descomposición
moral y social que acabará con el reino
• n
visigodo —
Cf homilía de san Leandro en la clausura del concilio III de Toledo,
Concilios visigóticos e hispano-rórnanos, ed. J. Vives,
Barcelona-Madrid 1963, 139-144 — " La reforma litúrgica
del concilio Vat. II ha tomado de ella textos para enriquecer la
eucología del misal, de los rituales y del oficio divino; para la
ampliación del leccionario en el tiempo pascual se ha tenido en cuenta
la lectura del Apocalipsis; se ha imitado la forma en las bendiciones solemnes,
etc. Elementos suyos se han tenido en cuenta para la formación, en el
marco del rito bizantino, de la liturgia de las nuevas iglesias locales, como
la del Zaire, recientemente aprobada ----- l4 Es decir, que se ha
arabizado, que se hace pasar por árabe, cí voz en Diccionario de
Historia de la
liturgia
Períodos
de intolerancia se alternaron con otros de relativa libertad. No faltaron
brotes de rebelión nacionalista fanática ni, por otra parte,
manifestaciones de sensibilidad hacia las nuevas corrientes orientales,
que ofrecían un atractivo cultural. Adoptada la lengua árabe, el
latín pasó a ser lengua sagrada. Todo un símbolo de la
situación histórica bien diversa que vivían los cristianos
a uno y otro lado de la frontera fue el traslado del cuerpo de san Isidoro,
considerado patrono de la reconquista cristiana, desde
(a. 794) y
más tarde al de Roma (a. 799). El examen de los libros litúrgicos
realizado en Roma, a petición de los obispos españoles, dio como
resultado el reconocimiento de la ortodoxia contenida en los mismos; no
obstante, para quienes no habían intervenido directamente en la
revisión, el honor de esta liturgia quedaba de alguna forma
empañado — l6 Cf Juan Pablo II a las iglesias de España,
Madrid, 1987, 14.
BIBLIOGRAFÍA:
Aldazábal J., La liturgia hispano-mozárabe se pone de nuevo
en marcha, en "Phase", 139, 1983; La liturgia hispánica, en
A. Flichte-V.
Martín, Historia de
966
Orlandis J.,
Historia de los concilios de
ed. F. de
Lorenzana, Madrid 1776, en PL 86; The Mozarabic Psalter, ed. J.P. Gilson, Londres
1905; Le Liber Ordinum en usage dans l'Eglise wisigothique et mozárabe
dEspagne du V au X s., ed. M. Férotin, París 1904; Le Liber
Mozarabicus Sacramentorum, ed. M. Férotin, París 1912; Libellus
Orationum Ecclesiasticorum Officiorum Gothko-Hispanus, ed. J. Bianchini,
Roma 1741; Oracional Visigótico, ed. J. Vives-J. Claveras, Barcelona
1946; Liber Canonicus, sive lectionum missae, ed. G. Morin, Maredsous
1893; Liber Comicus, ed. J. Pérez de Urbel, Madrid 1950-1955;
Antifonario Visigótico Mozárabe de
SUMARIO: I.
Desarrollo histórico: I. En la liturgia, parte inmutable y parte sujeta
a cambio; 2. Las diversas fases de la obra de salvación realizada
por Cristo y actuada en la liturgia- II. Los comienzos: I. En la vida de
Jesús; 2. Las primeras realizaciones apostólicas; .1. El contexto:
a) El culto judio del s. i. b) Las formas cultuales del helenismo
contemporáneo - III. Las concreciones en el periodo subapostólico
967
IV. Las grandes
familias litúrgicas - V. La liturgia romana clásica - VI.
Las transformaciones de la liturgia romana al encontrarse con el genio franco-germánico
- VIL Transformaciones, desarrollos, reformas: 1. La liturgia de la curia;
2. El breviario de Quiñones; 3. La reforma de Trento y de
Pío V; 4. La reforma inspirada en el movimiento litúrgico: a)
Pío X, b) Malinas/L. Beauduin, c) Pío XII: "Mediator
Dei" y vigilia pascual, d) El Vat. II: SC y reforma posconciliar.
I. Desarrollo
histórico
EN
LAS DIVERSAS FASES DE
Historia de la
liturgia
Dios y los
hombres (1 Tim 2,5). Toda la predicación apostólica tiende a
introducir en la "plenitud de la inteligencia" y a hacer "llegar
al conocimiento del misterio de Dios, que es Cristo" (Col 2,2). Hacia
él tiende toda la historia de la salvación. "Dios, que
quiere que todos los hombres se salven..., habiendo hablado antiguamente
en muchas ocasiones de diferentes maneras a nuestros padres por medio
de los profetas, cuando llegó la plenitud de los tiempos
envió a su Hijo, el Verbo hecho carne... En Cristo nos trae reconciliationis
processit perfecta placado, et divini cultus nobis est indita
plenitudo" (SC 5). Esta es la obra salvífica realizada en la
historia de la salvación, que ocupa el centro de todo nuestro culto:
"Esta obra..., preparada por las maravillas que Dios obró en
el pueblo de la antigua alianza, Cristo el Señor la realizó principalmente
por el misterio pascual de su bienaventurada pasión,
resurrección de entre los muertos y gloriosa ascensión... Del
costado de Cristo dormido en la cruz nació el sacramento admirable de la
iglesia entera" (SC 5). Es misión de la iglesia actuar esa
obra salvífica, porque Cristo "envió a los
apóstoles... no sólo a predicar" el contenido de esa
acción redentora mediante el anuncio del evangelio, "sino
también a realizar la obra de salvación que proclamaban mediante
el sacrificio y los sacramentos, en torno a los cuales gira toda la vida
litúrgica" (SC 6).
II. Los comienzos
La verdadera
tarea de la liturgia, en adoración y glorificación del Dios vivo
y para salvación de los hombres, es la realización
(representación) del misterio salvífico de la pascua de
Cristo. A fin de que esto fuese
posible, los
apóstoles predicaron y
reunieron a los
fieles para realizar
acciones
cultuales.
1. EN
Juan (3,21; Mt
3,13ss; Me l,9ss); enseña en las sinagogas (Me 1,21; Mt 4,23; Le
4,14ss) y participa activamente en el culto sinagogal (Le 4,1721). Es
el gran orante, que pasa las noches en oración (Le 6,12) y enseña
a los discípulos a orar (11,1-4). Con frecuencia se acerca al templo,
aunque nunca se nos dice que participe en los sacrificios que allí
se realizaban. Pero celebra las fiestas de Israel, y sobre todo, se
señala, celebra con sus discípulos la cena pascual, en la que
introduce la nueva acción memorial de la ofrenda de su cuerpo y de su
sangre bajo las especies del pan y del vino. Seguramente habrá
pronunciado, quizá en el seno de su propia familia, muchas de las oraciones
cotidianas de los judíos piadosos de su tiempo: efectivamente,
conoce y recuerda el Schemá Israel
968
("Escucha,
Israel") de la oración de la mañana (Me 12,29), utiliza las
alabanzas (berakoth) (Me 6,41; 8,7; 14,22-23) y las transforma en su propia
oración (alegría mesiánica: Mt 11,25-27). Por otra parte,
hace sentir su crítica y propugna la pureza y la sencillez del culto:
cuando expulsa a los vendedores del templo (Me 11,15); cuando explica la recta
observancia del sábado, del que es señor el Hijo del
hombre (Me 2,1828); cuando exige una actitud interior recta en el
sacrificio, y sobre todo en la oración (Mt 5,23; 6,5ss; Le 18,13).
Finalmente, el evangelio de Juan pone en sus labios palabras relativas al
verdadero culto de Dios: "Llega la hora, y ésta es, en que los
verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en
verdad" (Jn
4,23). Los
evangelistas hablan de la explícita institución de acciones cultuales:
el mandato de bautizar (Mt 28,19s) y el encargo de celebrar la cena:
"Haced esto en recuerdo mío" (Le 22,19)'.
2. LAS PRIMERAS
REALIZACIONES APOSTÓLICAS. Enviados por el Señor y
fortalecidos por el descenso de la fuerza de lo alto, los apóstoles
predicaron la buena noticia de la resurrección, del perdón
de los pecados y del don del Espíritu Santo (He 2,38-40).
Administraron el bautismo, y los nuevos discípulos se agruparon
alrededor de ellos: "Perseveraban en la enseñanza de los
apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y
en las oraciones" (He 2,4142). Seguían participando cotidianamente
en el culto del templo, mientras que en las casas hacían una comida
en común, "partían el pan... con alegría y sencillez
de corazón, alabando a Dios" (2,46s). Entre los actos cultuales del
templo se menciona, por ejemplo, la oración "a la hora de
nona" (3,1). En este cuadro general de una comunidad estrecha
969
mente unida
podemos insertar los datos particulares mencionados en los escritos
neotestamentarios, es decir, los Hechos de los Apóstoles, las cartas
y el Apocalipsis de Juan: el baño (la inmersión) bautismal,
administrado "en el nombre del Señor Jesús"
(He 19,5); a éste sigue la imposición de las manos para
comunicar el Espíritu Santo (He 8,15-17; 19,56); la reunión
de la comunidad para hacer una comida de una naturaleza especial, el deipnon
kyriakón, consistente en una "fracción del pan"
acompañada de una "eucharistía" y en la ofrenda del
cáliz de vino, sobre el que se pronuncia una
"euloguía"; "cuantas veces coméis este pan y bebéis
este cáliz anunciáis la muerte del Señor hasta que
venga" (1 Cor
11,20-26 y 10,16-17).
En estos alimentos sobre los que —en evidente conexión con
las palabras del Señor— se pronuncian una "eucharistía"
y una "euloguía", se recibe el cuerpo y la sangre del
Señor, como explica ampliamente Jn 6. Esa comida se incluye
todavía dentro de una comida normal completamente. Por He 20,7-11 vemos
ya que tiene lugar al final de una enseñanza doctrinal bastante
larga por obra del Apóstol (20,7), y precisamente en el "primer
día de la semana"; es decir, en el día en que el
Señor se apareció a los suyos después de la resurrección;
en el que descendió el Espíritu Santo sobre los apóstoles;
en el que, según 1 Cor 16,2, se hacía la colecta dentro de la
asamblea de la comunidad, día que en Ap 1,10 ya se llama
"día del Señor". Se practica mucho la oración en
común, y se hace con constancia, participando en las horas de
oración en el templo o en la sinagoga, o bien dentro de la comunidad
ya separada de los judíos, y se ora también de noche (He 16,25:
hacia medianoche).
La índole
y el contenido de esas oraciones nos los indica, por ejem
Historia de la
liturgia
plo, Ef 5,18-20:
"... llenos del Espíritu, hablando unos a los otros con
salmos, himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al
Señor en vuestros corazones, dando siempre gracias por todo al que
es Dios y Padre en nombre de nuestro Señor Jesucristo" (cf Col
3,16-17). En caso de enfermedad los presbíteros oran sobre el enfermo y
lo ungen con aceite en nombre del Señor para que sane y obtenga la
remisión de los pecados (Sant 5,14-15). Todo se centra siempre en
el Señor Jesús; en él se han cumplido las promesas; hacia
él ha conducido la ley como pedagogo (Gal 3,24). Ahora ésta
ha sido abolida por la realidad definitiva, presente en Cristo. Todo lo que se
ha verificado antes era sólo una imagen, ha sucedido typikós
(1 Cor 10,11) "para nosotros, que hemos llegado a la plenitud de los
tiempos" (10,11). Esto se ve claramente sobre todo por el modo diferente
de celebrar las fiestas: ya no son una observancia literal de los
tiempos festivos (Gal 3,8-11; Col 2,16s); Cristo mismo es el verdadero
Cordero pascual (1 Cor 5,7s); participando de él celebramos la
verdadera fiesta (heortázomen). En esa libertad del Espíritu
Santo, en el abandono progresivo de las costumbres sinagogales, en la interpretación
que refiere la imagen del tiempo pasado (del AT) a la nueva realidad
presente en Cristo, se va delineando en unas pocas formas la liturgia del nuevo
pueblo de Dios.
3. EL CONTEXTO.
Sin embargo, esto no significa que los apóstoles y sus comunidades, para
poder entrar en contacto y hacerse entender, no se hayan servido en muchos
casos de formas preexistentes, las hayan modificado y después hayan
pasado a proponer de manera creativa algo nuevo. Esto era simplemente necesario.
a) El culto judío
del s. i. Así
como Jesús
de Nazaret se había movido dentro de las formas de la sociedad
de su tiempo y de su tierra, así también los apóstoles y
las primeras comunidades judeocristianas asumieron con gran
naturalidad unas formas de oración y de culto que les eran familiares.
Los baños, las inmersiones y emersiones, los bautismos no eran
realidades desconocidas. Eran frecuentes, de una u otra manera, en el AT y
en la comunidad de Qumrán. Juan Bautista los había
administrado. Jesús mismo se había hecho "bautizar"; y,
ya durante su vida, también los discípulos habían
bautizado (cf Jn 4,1-3). El bautismo cristiano, la manera de administrar
el bautismo, ha asumido diversas cosas de las formas ya habituales,
aunque todo recibe una interpretación y una orientación completamente
nuevas: se bautiza en el nombre del Señor Jesús (crucificado
y resucitado),
para participar en su muerte y resurrección (Rom 6,1-11; Col 2,6-15;
3,l-5ss).
La costumbre de
los primeros cristianos de "orar sin cesar" (1 Tes 5,17), o sea,
continuamente, varias vecbs a lo largo del día y de la noche, se remite
a ejemplos del AT y de la oración del templo y de la sinagoga de la
época de Jesús: oración de la mañana y de la tarde;
tres veces al día (cf Dan 6,11; He 3,1; 10,9). Las fórmulas de
estas oraciones son libres (cf He 4,24s) o bien se utilizan los salmos. De
considerable importancia para la oración de los cristianos, de
un contenido indudablemente nuevo, fue el género literario de las
alabanzas (berakoth), quizá la herencia más preciosa de la
oración veterotestamentaria judía. Este es su esquema:
invocación en alabanza del nombre de Dios; mención del motivo
de la alabanza: recuerdo de las obras maravillosas de Dios; doxología
final: "Bendito seas tú, Dios omnipotente, Señor
nuestro; has reali
970
zado esta gran
acción a nuestro favor; a ti, Señor, la alabanza eternamente.
Amén". Encontramos fórmulas de oración semejantes en
los escritos del NT; de manera más breve, por ejemplo, en el gozo de Mt
11,25; de manera más larga, en Rom 16,25-27; Ef 1,3-14. Semejante a esto
debe haber sido el contenido de las alabanzas que, en la narración de la
multiplicación de los panes y de la última cena, se denominan
eucharistíai y euloguíai. Tenemos ejemplos de esas oraciones
judías de acción de gracias dichas en la mesa y que se remontan
casi hasta la época de Jesús 2. Todo esto se asume y se
utiliza con soberana libertad, en un progresivo y lento alejamiento de la
antigua costumbre y, sobre todo, con un
espíritu
completamente nuevo: Jesús, el Cristo, el Señor, y su
acción salvífica pascual son la gran obra de Dios, que se celebra
con alabanzas. En la composición de las nuevas fórmulas de
oración se evitan todas las expresiones que indiquen directamente
una costumbre cultual veterotestamentaria. El culto antiguo está
abolido en Cristo. Para celebrar el culto memorial de Cristo y dar gracias a
Dios por él se reúnen lejos del templo y de la sinagoga, o sea,
en las casas de la comunidad, donde, con unas pocas acciones, aquellos que han
sido instruidos y creen son introducidos en el acontecimiento salvífico
de Cristo, para que estén siempre "en Cristo Jesús"
(Gal 3,28; Ef 2, passim)'.
b) Las formas
cultuales del helenismo contemporáneo. Se trata de los templos y de
los múltiples sacrificios ofrecidos a los llamados dioses en el
culto del sol, del Sol invictus, y en el culto del emperador. Frente a todo
esto se asume una actitud de total oposición: ni actos cultuales ante el
emperador o ante los dioses, ni sacrificio material ni templo; por
971
el contrario, se
practica la adoración espiritual e interior del verdadero Dios invisible
en la celebración de la memoria de Jesucristo y en la unión con
él y con su obra a través del bautismo en su nombre o de la comida
memorial que proclama su muerte. A este respecto algunas tendencias de la
filosofía popular del tiempo, orientadas hacia un culto espiritual
de Dios, hacia una loguiké thysía, aportaron algunas cosas, bien
desde el aspecto terminológico, bien de cara a una elaboración conceptual
y a una explicitación del patrimonio tradicional del ambiente helenístico
'.
III. Las
concreciones en el período subapostólico
A partir de la
compenetración recíproca y de la unión de los diferentes
elementos que hemos detectado en los escritos del NT y en su ambiente, se
desembocó, durante el
s. II, en las
primeras formas de liturgia cristiana. La reunión de la comunidad
en el día del Señor para celebrar la memoria del Señor, la
eucaristía, es elemento central. El día es ya una costumbre bien
fija. En
Historia de la
liturgia
en la carne y
sangre del Jesús encarnado (c. 66). Se trata ya de la estructura
de la misa, que ha permanecido igual hasta hoy a lo largo de los siglos.
Punto central, decisivo, después de la liturgia de la palabra, es
la plegaria eucarística, pronunciada sobre los alimentos llevados por
los fieles para que se transformen; después, todos se unen en la
comida. Esto, sencillamente, desarrolla el núcleo central puesto
por el NT: la comunidad se realiza al acoger la recomendación
apostólica de hacer memoria de la muerte y resurrección de
Jesucristo; es un convite santo, que continuamente une a todos, según 1
Cor 10,17: "Porque no hay más que un pan, todos formamos un solo
cuerpo, pues todos participamos del mismo pan". Todavía no existen
textos precisos para ello; el presidente habla libremente,
"según sus fuerzas", dice Justino. De todas formas,
podemos, en cierta medida, descubrir el género literario de la
oración de la eucharistía; se trata de la formulación
cristiana de la oración de la berakah proveniente del AT, de la
oración de "alabanza" de los mirabilia Dei. En los
capítulos 9 y 10 de
El primer texto
preciso lo encontramos solamente en la oración de acción de
gracias que nos transmite Hipólito Romano, a comienzos del
s. III, en su
Tradición Apostólica. Se trata de un texto no prescrito, sino
ejemplificativo, que el presidente puede seguir con toda libertad, sin
estar obligado a ello. Después de la introducción (el
diálogo como el de hoy), leemos: "Te damos gracias, oh Dios, por
medio de tu amado Hijo Jesucristo, que en estos últimos tiempos nos
has enviado como salvador y redentor..." (c. 4). El texto corresponde
sustancialmente, con excepción del Sanctus y algunos pequeños
cambios, a la actual segunda plegaria eucarística. La
celebración del domingo mediante la liturgia de la palabra y del
memorial del Señor (eucaristía) es la primera y más importante
acción litúrgica de la iglesia antigua testimoniada con toda claridad.
A la vez va
formándose —aunque esté menos testimoniada— la celebración
de la pascua anual. Un escrito de los años 130-140,
de Cristo, entre la
muerte al pecado y la nueva vida con Cristo. Después, poco a poco, toda
la vigilia y la eucaristía festiva que la cierra se llamarán
pascua; por eso la pascua comprende también el ayuno a partir de la
tarde del viernes santo, desde la
972
hora de la muerte
del Señor. En el s. iv se coloca delante de la pascua el "tiempo de
cuarenta días de ayuno y penitencia", y después de ella el
"tiempo de cincuenta días" o pentecostés, en el
que, según una afirmación de Tertuliano (De corona 3), es
nefas, no está permitido ayunar ni rezar de rodillas, exactamente como
en los días del Señor. Esta celebración anual es, en
aquella época y en el fondo hasta hoy, "la fiesta" de la
iglesia pura y simplemente, he heorté, "en su conjunto la
fiesta de la redención a través de la muerte y la
glorificación del Señor6"". En esta santa noche pascual
se administra también el bautismo y la sucesiva imposición de las
manos y unción para la comunicación del Espíritu Santo. Se
trata de los dos sacramentos de la iniciación a la vida cristiana,
que llevan a la cumbre de la primera participación activa en la
celebración eucarística.
Estamos bien
informados sobre la celebración de la liturgia de esos sacramentos
de la iniciación a través de
973
visten sus ropas
—símbolo del hombre nuevo— y son conducidos ante el
obispo, que les impone las manos y los unge con óleo santo mientras
pronuncia estas palabras: "Señor Dios, que los has hecho dignos de
merecer la remisión de los pecados mediante el baño de
regeneración del Espíritu Santo, infunde en ellos tu gracia, para
que te sirvan según tu voluntad..." Él obispo les da el beso
de paz y luego les admite a la oración y a la participación comunitaria
en la eucaristía con todo el pueblo (Tradición apostólica
17-21). Este es el núcleo del rito de la iniciación, que es
como el ideal' indicado para nuestros sacramentos actuales de la
iniciación por la constitución
litúrgica
del Vat. II: "Por el bautismo los hombres son injertados en el
misterio pascual de Jesucristo: mueren con él, son sepultados con
él y resucitan con él; reciben el espíritu de
adopción de hijos, por el que clamamos: Abba! ¡Padre! (Rom
8,15), y se convierten así en los verdaderos adoradores que busca el
Padre. Asimismo, cuantas veces comen la cena del Señor proclaman su
muerte hasta que vuelva. Por eso, el día mismo de
pentecostés, en que la iglesia se manifestó al mundo, los que
recibieron la palabra de Pedro fueron bautizados... (He 2,41-42. 47).
Desde entonces, la iglesia nunca ha dejado de reunirse para celebrar el
misterio pascual: leyendo cuanto a él se refiere en toda la
escritura (Le 24,27), celebrando la eucaristía, en la cual se hacen
de nuevo presentes la victoria y el triunfo de su muerte, y dando gracias
al mismo tiempo a Dios por el don inefable (2 Cor 9,15)..." (SC 6).
En el mismo
tiempo en que se hace esta elocuente descripción de la liturgia
central de la iglesia, encontramos también las primeras alusiones
claras a la que será posteriormente la liturgia de las Horas.
Historia de la
liturgia
dición
apostólica de Hipólito, junto a la cena común, conoce una
especie de lucernarium o culto vespertino. Al caer de la tarde, el
diácono lleva la lámpara a la asamblea y se pronuncia una
oración de acción de gracias sobre ella: "Te damos
gracias, Señor, por tu Hijo Jesucristo, nuestro Señor, por
el que nos has iluminado revelándonos la luz incorruptible.
Hemos vivido todo este día y hemos llegado al comienzo de la noche...
Que no nos falte ahora la luz de la tarde, por tu gracia; por eso te alabamos y
te glorificamos por medio de tu Hijo..." (c. 25). Otros capítulos
invitan a orar por la mañana, antes de comenzar el trabajo; si es
posible, incluso en la "asamblea, donde el Espíritu produce
fruto" (c. 35). Pero también cada uno debe orar a la hora de
tercia, sexta y nona, "alabando continuamente a Dios", y antes
del reposo nocturno; e incluso los que viven en comunidad conyugal deben
levantarse a media noche para orar (c. 41). Unos años antes Tertuliano
trazaba el cuadro de estos tiempos de oración de una ma
nera algo
más realista, y distinguía las horae legitimae, o sea, los tiempos
de oración obligatorios "al comienzo del día y de la
noche", de las "orationes communes", acerca de las cuales no
existe ninguna prescripción (De oratione 25). De cualquier forma,
no se trata de un deber en sentido estricto, porque "respecto a los
tiempos de oración no hay ninguna prescripción; solamente se
debe orar en todo tiempo y en todo lugar" (ib, 24).
Para hacer
posible esta vida cristiana, que celebra la acción salvífica
realizada por Dios en Cristo, los apóstoles habían establecido
ancianos, o sea, presbíteros (cf He 14,23). Al comienzo del s. II,
ya en Ignacio de Antioquía encontramos plenamente desarrollado el
ministerio de los obispos, de los sacerdotes y de
los
diáconos. Al principio del s. m es otra vez Hipólito de Roma el
primer testigo de las acciones cultuales por las que se transmite solemnemente
este poder ministerial (Tradición apostólica 2s; 7-13). En el
día del Señor los obispos presentes imponen las manos sobre el
obispo neoelecto por el pueblo en presencia del presbiterio y recitan
sobre él la oración de consagración: "Dios y Padre de
nuestro Señor Jesucristo..., envía ahora el poder —que
sólo puede venir de ti— del Espíritu soberano (he
ghemonikoü)
que tú has dado a tu amado Hijo Jesucristo... Concede, Padre que conoces
los corazones, a este siervo que has elegido para el episcopado, el don de
pastorear tu santo rebaño..." (c. 3, ed. Botte, 6 y 8). De la misma
manera el obispo y los sacerdotes imponen las manos sobre el candidato al
presbiterado y oran sobre él (c. 7, ed. Botte, 20). Al diácono lo
consagra solamente el obispo (c. 8, Botte, 22s; 26); los demás ministerios
se transmiten sin imposición de manos (ce. 11; 13).
Finalmente,
debemos recordar que, ya a partir de la segunda mitad del s. II y
después a lo largo del s. ni, se celebran las memorias de los
mártires en sus dies natalis, y precisamente con una
celebración de la eucaristía sobre sus tumbas, seguida de
una comida en común.
Estos son los
rasgos esenciales del culto divino de la iglesia postapostólica en
los ss. n y ni. Con gran libertad y apertura a la inspiración del
momento y del tiempo, las líneas fundamentales de los evangelios y
de las cartas apostólicas se tradujeron en unas pocas acciones cultuales
sencillas, pero características, en las que, utilizando materiales
de la tradición veterotestamentaria y adoptando formas que le
resultaban comprensibles también al hombre helenístico contemporáneo,
se proclama, se celebra
974
y se comunica el
misterio pascual de Cristo; o sea, el hombre se inserta en el misterio de
Cristo a través del bautismo, la confirmación y la participación
en la eucaristía, a través de la celebración regular de la
eucaristía en el día del Señor de cada semana y en la
celebración anual de la pascua, de aquella gran vigilia nocturna
que se prepara con un tiempo más bien largo de ayuno y se corona con el
tiempo festivo y gozoso de Pentecostés. La oración incesante,
concretada en la alabanza matutina y de la tarde y en la oración libre
en cualquier momento, inserta la confesión de Cristo en la vida
cotidiana.
Aunque se trate
solamente de líneas fundamentales y esenciales y de primeras
redacciones de textos escritos, la vida cultual posee ya una
estructuración fijada a grandes trazos, como deja intuir
El cuadro que
hemos trazado, remitiéndonos para los ss. n y ni sobre todo a
Hipólito y a Tertuliano, se refiere principalmente a la liturgia de la
iglesia de Roma y del África latina. Pero las indicaciones ocasionales
que encontramos en otros escritos testimonian en medida suficiente
que las estructuras fundamentales son iguales por todas partes. Pese a la
libertad en la composición de los textos de que goza el obispo que
preside el culto, encontramos en todas las iglesias las mismas celebraciones
cultuales que explicitan el pa
trimonio
originario heredado de los apóstoles.
IV. Las grandes
familias litúrgicas
La herencia
apostólica, materializada y estructurada concretamente con gran
libertad, es sinónimo de plu
475
ralismo.
Originalmente, si hacemos abstracción de las pocas líneas fundamentales,
encontramos una variedad de formas, y no una forma única y
obligatoria para todos. Esto vale ya para lo que se refiere a la lengua. La
primitiva comunidad apostólica de Jerusalén constituye el punto
de partida. Pero ya aquí, junto a los judeocristianos que hablan arameo,
encontramos a los "helenistas" (cf He 3,9-11; 6,1:
"murmuración de los helenistas contra los hebreos" con motivo
del trato injusto a sus viudas y pobres). Se forman nuevas comunidades
en Samaría (He 8,5-25), en Cesárea (8,40), Damasco (9,1),
Antioquía (13,1), Chipre (13,4ss), y luego en toda Asia Menor y en Grecia
y, finalmente, en Roma y España. La diversidad de lenguas es un
hecho evidente: aquí el arameo, allá el griego
¡coiné, la lengua común en la cuenca del
Mediterráneo, la oikouméne de entonces. Para el culto esto
significa inmediatamente la distinción entre el hebreo-arameo de la
biblia y su traducción griega llamada de los Setenta. Una
importancia todavía mayor adquieren las comunidades cristianas
procedentes del paganismo, o sea, los cristianos helenistas, que
durante los ss. n y ni fueron constituyendo cada vez más el
núcleo de las iglesias cristianas. Las primeras iglesias se concentraron
sobre todo en las grandes metrópolis del mundo de entonces, en
Jerusalén y en Antioquía (donde los discípulos fueron
llamados por primera vez cristianos: He 11,26), en Corinto y Roma, en
Alejandría y Efeso, etc. Naturalmente, de todo esto no sabemos
todavía nada preciso o concreto. Debemos, por así decir,
deducirlo de los datos seguros de
Historia de la
liturgia
época
posterior, referido a las liturgias típicas formadas efectivamente
en las grandes metrópolis, a saber: en Jerusalén,
Antioquía, Alejandría, Roma y el norte de África latina
(Cartago). En esas ciudades habían puesto las bases los
apóstoles; sus sucesores, frecuentemente grandes figuras de obispos
santos, edificaron sobre ellas. Lo que ellos propusieron y ordenaron, lo que
ellos, guiados por el Espíritu Santo y en virtud de su gran
personalidad, formularon en un momento de feliz inspiración durante
la celebración de los días festivos, todo eso se puso por
escrito, se coleccionó y fue de nuevo utilizado. Comunidades más
pequeñas de los alrededores lo acogieron con admiración; y
así, a partir de la metrópoli, sede del obispo principal, se
fue desarrollando una liturgia que tenía una impronta típica.
Podemos reconocer
clarísimamente ese proceso en la irradiación ejercida
por metrópolis occidentales como Roma, Milán y Cartago (en el
norte de África proconsular). Aquí la formación de
familias litúrgicas concretas va de la mano con el surgimiento de
una específica latinidad cristiana. El latín cristiano se ha desarrollado
sobre todo en el África septentrional. Al crecer el número de
cristianos, hacia el final del período de las persecuciones y
después del edicto de Milán del 313, la lengua griega
koiné, adoptada originalmente en todas partes, cede el paso poco a
poco al latín. Tertuliano puede considerarse como uno de sus
grandes creadores; Minucio Félix, sobre todo san Cipriano y luego
Lactancio son sus representantes principales.
En un primer
momento, con una decisión conservadora perfectamente comprensible,
se había mantenido el griego en la celebración del culto. Pero
para bien de los fieles era necesario cambiar. En la iglesia romana, el
paso del griego al latín en la litur
Historia de la
liturgia
gia tuvo lugar
bajo el papa Dámaso. La importancia de este acontecimiento puede
caracterizarse así, según los estudios de Chr. Mohrmann y Th.
Klauser: "... Los cristianos se crearon una lengua propia con dudas,
con miedo (a perder la belleza del latín clásico), aprovechando
las posibilidades que ofrecía el estilo moderno de Gorgias (s.
i a.C.) o de la escuela asiática con su estilo paratáctico y
antitético. Creando neologismos directos e indirectos, siguen una
tendencia de vulgarización y renuevan el vocabulario... La evolución
se aprecia fácilmente en las obras de Cipriano, de Hilario y luego
de Agustín. Nace así una lengua propia, literariamente digna; el
estilo paratáctico y antitético corresponde mejor a la dignidad
de la oración cristiana por razones psicológicas,
históricas y teológicas (es más popular; es el estilo
del AT y del NT; ilumina mejor la dialéctica de la existencia
cristiana: Dios-hombre, cielotierra, bien-mal)"8. Agustín
puede decir: los cristianos "habent enim linguam suam qua utantur...
Melius ergo de ore christiano ritus loquendi ecclesiasticus procedit"
(Enarr. in Ps. 93,3).
En este clima de
libertad para una creación espontánea, de apertura lingüística,
de consideración hacia las necesidades de los fieles, dominado por
obispos excelentes por su genio y santidad, que gobiernan las principales sedes
de la cristiandad, se producen abundantes textos nuevos: ya no hay
solamente una sola gran plegaria eucarística (como sucedía y
sucede todavía en las iglesias orientales), sino una multiplicidad de
plegarias: una oratio (collecta) que abre la celebración; una
oración introductoria sobre las ofrendas (su
per oblata);
numerosos incipit intercambiables de la plegaria eucarística, que a
continuación se llamarán prefacios; el núcleo de la
plegaria euca
976
rística
(sobre todo en la forma, testimoniada por Ambrosio, pero elaborada
típicamente en Roma, del canon romanus); breves oraciones conclusivas (post
communionem, superpopulum). Todo esto en una forma literaria,
podríamos decir, unitaria: en la lengua sintética, precisa,
magistral de la latinidad tardía; en un latín cristiano que se
conjuga de formas siempre nuevas, con las que se intenta expresar de alguna
manera la grandeza de las acciones sagradas. Y con tal libertad,
espontaneidad y multiformidad, que un concilio de Hipona del 393
—por tanto, contemporáneo de Agustín— se ve obligado
a dar algunas advertencias: se pueden usar esas plegarias solamente
después que hayan sido aprobadas y eventualmente corregidas por hermanos
competentes bajo la vigilancia de los obispos (can. 21). Tanta riqueza y
espontaneidad nos permiten decir: "Se trata aquí de una expresión
típica de la mayor movilidad del genio occidental latino frente al genio
más contemplativo, más tranquilo, de los orientales, que
usaban una sola plegaria eucarística"8''".
Ante todo en
Roma, pero también de manera parecida en otras partes, estas oraciones,
creaciones de los grandes obispos, fueron coleccionadas, conservadas en el
archivo, repetidas; luego las adoptaron las iglesias más cercanas,
después de copiarlas en pequeños libelli sacramentorum,
fascículos que contenían los textos necesarios para una digna
celebración de los sacramentos eucarísticos, que
posteriormente se unieron en el libro denominado sacramentarium. Un primer
ejemplo de una colección de este estilo, hecha todavía por una
mano privada, será el Sacramentarium Veronense (llamado
también Leonianum, porque alguna que otra oración había
sido compuesta por el gran obispo de Roma san León Magno) \
977
De la misma
manera debemos imaginarnos el desarrollo de la liturgia en las
demás grandes ciudades. Con el apoyo de la iglesia episcopal de la
metrópoli de la grandes provincias (con frecuencia sede antigua de un
apóstol o de un discípulo de los apóstoles, y en todo caso
de grandes obispos santos) se forman a lo largo del s. IV y siguientes, en
Oriente, la liturgia siro-antioquena del s. iv, que se remite a
jandrina, que se
nos ha conservado aproximadamente en el Euchologion de Serapión (s.
iv)l0. En Occidente se formaron la liturgia (latinoafricana) romana;
la milanesa (o / ambrosiana); la / hispana antigua (visigótica), que es
la que más se diferencia de las formas romanas, y la galicana, de
la que podemos hacernos una idea —aunque solamente aproximada—
por los Sermones de san Cesáreo de Arles y los escritos de Gregorio de
Tours (s. vi). La gran riqueza de estas familias litúrgicas pudo
desarrollarse en la atmósfera de libertad instaurada bajo Constantino
y sus sucesores. Junto a los textos para la celebración de los
santos misterios redactados en las grandes lenguas de la época
—siriaco, griego y latín— y en la correspondiente cultura
espiritual, se desarrolló también el complejo del culto divino,
empezando por la construcción de los edificios necesarios y de
su decoración hasta la rica articulación de las fiestas en
su repetición cíclica.
Mientras que al
principio las comunidades se reunían en los locales de alguna casa
espaciosa, ahora surgen nuevas construcciones destinadas expresamente
al culto divino. De los lugares de reunión de los primeros
cristianos hablan, por ejemplo, las escasas noticias de los Hechos de. los
Apóstoles: el yperóon de la co
Historia de la
liturgia
munidad
apostólica primitiva, 1,13; la casa de Maria, madre de Juan Marcos,
12,12; la sala de las fiestas de Tróade, 20,8; finalmente, en general,
en todos los lugares: la ekklesía [comunidad de los fieles] kat 'oikon,
la comunidad que se reunía para el culto en la casa de un creyente,
la iglesia doméstica. El ejemplo clásico de semejante domus ecclesiae
primitiva, que de ser de propiedad privada pasa a ser de la comunidad
y se reestructura con esta finalidad, es la de Doura Europos (poco
después del 200), enterrada durante casi dos milenios en la arena del desierto
y recientemente sacada a la luz. Al final del s. m se podían encontrar
ya por todas partes muchos edificios por el estilo. A partir de ellos se
desarrolla el local adecuado para las grandes celebraciones de la comunidad,
estructurado de acuerdo con la nueva masa de participantes y con la nueva
autoconciencia: la basílica, nacida de la unión de elementos
de la domus ecclesiae cristiana y de la basílica romana profana. Se
trata de una obra tan lograda, plasmada con un total espíritu
cristiano en la simplicidad de su aspecto exterior y en la intimidad
serena y festiva de su interior, que determinará en los siglos
siguientes la mayoría de los edificios sagrados cristianos. Los ejemplos
históricos más famosos y que conocemos suficientemente, al menos
en su planta o en imágenes, son: las basílicas romanas de los
apóstoles Pedro y Pablo, así como la iglesia catedral del obispo
de Roma, o sea, la iglesia del Santísimo Salvador, de
Letrán, además de las iglesias de Belén, Jerusalén,
Constantinopla,
Nicomedia, Tréveris, Aquilea, Milán, etc. "
Junto a la
basílica se coloca el otro tipo creativamente modelado e igualmente
surgido de la transformación de edificios profanos de la
época: la iglesia de planta circular,
Historia de la
liturgia
cuyo ejemplo
más grandioso —la "Hagia Sophia", de Constantinopla—
existe todavía, mientras que el espacio cultual en cuanto tal se nos
muestra mejor en San Stefano Rotondo y en el mausoleo de Constanza,
en Roma, así como en el más tardío de San Vital, de
Rávena.
Asimismo deben
recordarse las construcciones destinadas a acciones cultuales particulares: el
edificio de planta circular del baptisterio, como el de Letrán, en Roma;
las memorias más modestas sobre las tumbas de los mártires (a
partir de las cuales, a continuación, se desarrollaron las imponentes
iglesias sepulcrales) y en los lugares de la historia sagrada; finalmente,
las instalaciones sepulcrales, como las de los cementerios romanos
subterráneos, con sus capillas, iglesias sepulcrales y, no en
último lugar, una serie de imágenes.
En estos lugares
de culto —cuya decoración artística interna conocemos
de manera suficiente a través de los mosaicos (naturalmente posteriores)
de Santa María
Sin embargo, el
culto en su conjunto siguió siendo la liturgia comunitaria del
pueblo de Dios en memoria del Señor y de su acción
salvífica, con motivo de la celebración regular de la
eucaristía el domingo (favorecida ahora incluso por la
legislación civil, que prescribe el necesario descanso y la
abstención de la actividad judiciaria y mercantil) y con motivo 978
de la
celebración del myslerium paschale la noche de pascua, preparada e
introducida por la rica liturgia de la cuaresma, que culmina en el domingo
de ramos y el triduo pascual, y encuentra su propio coronamiento en la noche
pascual (con la administración de los sacramentos de la iniciación)
y en el domingo de pascua. La fiesta continúa después en el
"tiempo de los cincuenta días" de Pentecostés con el
carácter gozoso de su alleluia victorioso y con la espera del
envío del Espíritu Santo.
Al mismo tiempo,
ahora se abre camino —a lo largo del s. iv— una nueva forma de
celebración del misterio de Cristo, es decir, la celebración
de su encarnación, de su epifanía, de su revelación
luminosa como salvador del mundo, como luz de luz, como señor poderoso,
que manifiesta su propia gloria divina y redentora en su bautismo y
en sus grandes milagros como inicio de la revelación, que
alcanzará su cumbre en la "beata passio" y en la gloriosa resurrección.
A lo largo del s.
iv se desarrolla también la veneración de los mártires.
Sobre sus tumbas se levantan pequeñas memorias, los llamados martyria.
La multiplicidad de las oraciones, que ahora las iglesias del Occidente
introducen en la celebración de la misa, facilita la veneración
de los santos, mientras la plegaria eucarística propiamente dicha,
el canon, sigue reservado a la memoria central de la muerte y
resurrección del Señor; en ese memorial encuentra su centro
decisivo todo martyrium, toda veneración de los mártires.
De manera que,
durante el s. iv, el culto cristiano experimentó un desarrollo
rico, multiforme y al mismo tiempo dominado siempre por algunas
líneas fundamentales comunes: día del Señor,
celebración pascual, nacimiento y epifanía del Señor, sacramentos
de la iniciación, ordena979
ción de
los ministros, memorias de los santos (de los mártires), oración
comunitaria por la mañana y por la lurde y también en las
vigilias nocturnas; el centro de todo lo ocupa la celebración
eucarística como núcleo y vértice de todo el culto
cristiano, que realiza el memorial real de la muerte y resurrección del
Señor. La iglesia local y su obispo están facullados para
regular en sus particulares estas celebraciones, sobre todo por lo que se
refiere a la elección de ius lecturas bíblicas y la
formulación de las oraciones. Precisamente aquí es donde se
manifiesta la diversidad entre las formas orientales y occidentales.
Mientras las iglesias orientales usan una sola gran plegaria
eucarística, que se dice sobre los dones del pan y del vino y
exalta en una síntesis grandiosa la obra salvífica de Cristo
—plegaria diferente
de una a otra
iglesia, por lo cual poseemos un considerable número de
ellas—, las iglesias occidentales introducen en cada misa diversas
oraciones, que expresan con acentos siempre nuevos determinadas peticiones,
acompañan la marcha de la acción sagrada y nombran y exaltan en
los prefacios elementos particulares de la obra salvífica; por el
contrario, siempre en Occidente, el núcleo de la
celebración eucarística está formado de manera más
bien sobria y breve, y precisamente —en Roma, en el África
septentrional (?) y en Milán, y algo menos en España— por
un solo texto esencial, el llamado canon.
V. La liturgia
romana clásica
Todo lo que hemos
dicho sobre la formación de las grandes familias litúrgicas vale
de manera especial para la iglesia romana. También sus comienzos hay que
colocarlos en la situación general de libertad que se
Historia de la
liturgia
instauró
después del edicto de Milán del 313. El favor imperial ofrece a
la iglesia romana la posibilidad de desarrollarse grandemente, sobre todo
a nivel de construcciones: surgen los grandes edificios de la iglesia catedral
de Letrán y las basílicas sobre las tumbas de los
apóstoles. Las exhortaciones preocupadas de diversos sínodos
africanos dejan adivinar un desarrollo tumultuoso de textos litúrgicos:
"... preces quae probatae fuerint in concilio, sive praefationes, sive
commendationes seu manus impositiones, ab ómnibus celebrentur, nec
aliae omnino contra fidem praeferantur; sed quaecumque a prudentibus fuerint
collectae dicantur"12. También san Ambrosio, pese a su celo por la
autonomía de su iglesia de Milán, reconoce la importancia
extraordinaria e irradiante de la liturgia romana.
Si todas las
liturgias occidentales se distinguen claramente de las formas del Oriente,
es necesario añadir que el rito romano se distancia también de
las formas todavía más ricamente desarrolladas del rito
hispánico y visigótico [/ Hispana, Liturgia]. Distintivo
particular de la liturgia romana es la plegaria eucarística, el
canon romanus único, inmutable para todos los días del año
y con pocos textos intercambiables (Communicantes, Ha'nc igitur). A
continuación estudiaremos de manera particular la naturaleza, las
estructuras y el contenido de esta liturgia, porque ella no solamente ha
ejercido un influjo fortísimo sobre todas las liturgias occidentales,
sino que en el transcurso de los siglos ha llegado a ser la liturgia casi
exclusiva del Occidente (latino) y, por fin, de la iglesia universal (en
América, Asia y África).
Se trata del
período que va del s. IV hasta aproximadamente el s. vm,
o sea, del tiempo
en que la iglesia romana desarrolló y formó de la mañera
espléndida que le es característica su propio culto, hasta
darle una forma madura y extraordinariamente rica y preciosa bajo el
aspecto teológico; después, esas formas litúrgicas
entrarán en contacto con los nuevos pueblos del medievo francogermánico
y sufrirán numerosas modificaciones. El conocimiento de este tiempo
se ve dificultado por el hecho de que casi todos los documentos que nos dan
noticias sobre él son manuscritos del periodo sucesivo, influidos ya con
frecuencia por la nueva situación. Las formas típicamente
romanas en sentido estricto comienzan cuando la iglesia local romana vive
el paso del griego al latín, acontecimiento que tuvo lugar, con gran
probabilidad, bajo el papa Dámaso (366-384)».
Aunque hayan sido
puestos por escrito en un momento posterior, hay toda una serie de documentos
que testifican en sustancia cómo se celebraba en aquel tiempo el culto
central; se trata de los libros que servían al pueblo de Dios de
esta iglesia para celebrar, bajo la presidencia de su obispo rodeado de su
presbyterium y de los ministros, los missarum solemnia, la misa
solemne, como hoy diríamos nosotros. Son: el Sacramentarium, que
contiene todas las oraciones del sacerdote que celebra la misa (y
también los otros grandes sacramentos); el Lectionarium, con los
textos del AT y del NT que proclaman los ministros; el Líber
antiphonarius, con los textos y melodías de la schola cantorum (y, por
lo menos en teoría, del pueblo), subdividido (aunque solamente en un
período posterior) en un Anti
phonarius Missae
y en un Antiphonarius Officii (este último para la liturgia de
las Horas); el Ordo (roma-nus), el libro que describe la manera de ejecutar las
acciones sagradas. Finalmente, debemos tener presentes los edificios y las
obras de arte, que
980
constituyen el
espacio y el ambiente de las acciones cultuales y reflejan de alguna manera su
espíritu.
El Sacramentario
recoge las oraciones del sacerdote. Inicialmente éstas se
dejaban a la libre inspiración del celebrante; e incluso cuando
éste recurría a modelos, en el fondo quedaba libre.
Sólo poco a poco se comenzó a poner por escrito, a copiar y
a conservar ciertas oraciones particularmente logradas, creadas en un
momento feliz, para ponerlas a disposición de otros sacerdotes en
un libellus sacramentorum, un pequeño libro que contenía las
oraciones necesarias para la celebración de los sacramenta (es
decir, la misa y los otros sacramentos). En un segundo momento, esos libelli se
recogieron y se ordenaron primero de manera privada, y siguiendo criterios
más bien externos (el orden de los meses); luego
sistemáticamente, en una sucesión regida por criterios
teológicos, disponiéndose dentro del anni circulus, o sea,
se recogieron en el Liber Sacramentorum. Este es, simplificando un tanto
las cosas, el proceso que se verificó, poco a poco, a lo largo de
dos o tres siglos. Testigos de ello son los sacramentarios, que obviamente
están ordenados de formas diversas —empezando por el Veronense
(llamado también Leonianum), colección privada de oraciones,
cuyo núcleo podría remontarse a León Magno y a otros papas
de los ss. v y vi. Todos estos libros siguen suministrando hasta hoy la mayor
parte de las oraciones de la iglesia romana ".
Tras las
oraciones de petición y de alabanza del sacerdote celebrante,
atestiguadas por los sacramentarios, durante la acción cultual se hace
la proclamación de la palabra de Dios, de la obra salvífica de
Cristo. Para esa proclamación sirve el Lectionarium, que contiene
los pasajes escriturísticos que se deben leer en voz 981
alta. Al
principio esas lecturas se elegían libremente de la biblia.
Después se comenzó a indicar con signos en el texto
bíblico los trozos que se debían leer y se redactaron listas
con esas indicaciones, los llamados Capitulares. Finalmente, se copiaron
nuevamente los trozos así indicados y se los reunió en libros
especiales: en el Evangeliarium, para el diácono, y en el
Epistolarium, para el lector; independientes al principio, uno y otro
acabaron por confluir en el leccionario de la misa, que se distingue del
leccionario para la liturgia de las Horas. Los manuscritos más antiguos
que nos ofrecen ese tipo de textos se remontan a los ss. vi y vill5.
También a
los ss. vi y vn se remontan los antifonarios, colecciones de textos y de
melodías para la celebración de la misa y posteriormente del
oficio divino, aunque las melodías más antiguas que se nos
han conservado son con frecuencia posteriores al tiempo del papa Gregorio
Magno ".
De particular
importancia son los Ordines (romani), que indican el modo de celebrar las
acciones sagradas. Los Ordines que se nos han conservado son con frecuencia
memorias de peregrinos franco-germánicos, que anotaron la
costumbre romana que admiraban y la dieron a conocer en su patria para que
fuera imitada, a veces adaptando o uniendo la praxis romana a las
tradiciones locales. De todas formas, algunos de los 50 Ordines Romani [= OR]
(según la numeración y la clasificación de M.
Andrieu) nos ofrecen un cuadro relativamente fiel de la liturgia romana
del período clásico, o sea, del pleno desarrollo, anterior a la
fusión con elementos franco-germánicos. Esto vale sobre
todo para el OR 1, que nos presenta un cuadro claro de la misa solemne romana
hacia el
s. vn; lo mismo
hace el OR XI para
Historia de la
liturgia
la
celebración del catecumenado y
de la initiatio
christiana (bautismo y
confirmación)".
El cuadro puede
completarse de manera excelente remitiéndose a los monumentos del arte
contemporáneo que han llegado hasta nosotros, es decir, los
edificios eclesiásticos y su decoración artística. Las
basílicas, exteriormente grandiosas y sencillas, presentan en su
interior una atmósfera cálida y festiva, en la que el pueblo
de Dios se reúne bajo la presidencia del obispo con su presbiterio
para la celebración comunitaria de la eucaristía, o sea, de la
liturgia de la palabra y de la liturgia sacramental propiamente dicha del
memorial del Señor y del sagrado convite. Hermosos ejemplos de
semejantes construcciones son, en la misma Roma, sobre todo Santa Sabina y
— aunque un
poco posterior Santa María
supo concretar la
victoria del misterio de Cristo, la síntesis del mysterium
paschale, utilizando los elementos mejores de la grandeza (romana) antigua
y de la majestad oriental, y superando el estilo demasiado superficial,
juguetón e impresionista del naturalismo helenista tardío
,!.
En este marco se
debe ver la celebración festiva de los Missarum Sollemnia,
ilustrada y presupuesta en el OR I. Se trata del culto practicado por el obispo
de Roma en su catedral, en comunión con todo el pueblo de Dios
y con la utilización de todos los libros mencionados. Se subraya
que se trata de un culto comunitario del obispo y del pueblo. El orden y
la sucesión del conjunto corresponden todavía a la mejor
forma bíblica ". No existen oraciones privadas (ni, por tanto,
tampoco las oraciones silenciosas del sacerdote en los escalones del
altar, durante la ofrenda de los dones, antes y después de la
comunión, añadidas solamente en el medievo).
Únicamente se encuentra al comienzo un breve acto de adoración de
la eucaristía (conservada desde la anterior celebración de
la misa). Por lo demás, toda la piedad personal se manifiesta en la
celebración simple y genuina de la gran acción: después
del introitus vienen la oración, las lecturas, la homilía
(por lo menos todavía en la época de Gregorio Magno), la ofrenda
de los dones, la plegaria solemne y la acción de gracias (esto es, la eucharistia
propiamente dicha) sobre esos dones y el sagrado convite bajo las dos especies
para todos. Todo ello con gran sencillez y solemnidad: herencia
apostólica; desarrollo de la plegaria eucarística originalmente
griega (prefacio y canon); su adaptación de acuerdo con el genio
latino en la lengua clásica de la latinidad tardía cristiana;
realización de la tradición universal en la forma exterior
982
de la cultura de
entonces; transmisión de elevados valores espirituales en una forma
externa elocuente. Naturalmente, la celebración que acabamos
de describir de los Missarum Sollemnia es el culto festivo del papa, pero sirve
de modelo a todas las demás acciones eucarísticas. Con gran
libertad se orientan hacia este alto modelo en las celebraciones que los
presbyteri realizan en los tituli (o sea, en las iglesias parroquiales) de la
ciudad y en reuniones menos numerosas. Para completar el cuadro de la
liturgia de aquel tiempo es necesario por lo menos aludir a la celebración
de las solemnidades: después de la celebración de la navidad
y epifanía, de las memoriae de los mártires, y particularmente de
los grandes apóstoles, así como de las solemnidades de
María, Madre de Dios, está la gran celebración del
misterio pascual, o sea, la celebración de la vigilia pascual,
preparada por la quadragesima y prolongada en el tiempo festivo de la quinquagesima
pascual (pentecostés), que concluye el día cincuenta con el
domingo de pentecostés.
En este espacio
de tiempo festivo se inserta de manera elocuente la celebración de
la iniciación cristiana: la preparación de los catecúmenos
en los cuarenta días anteriores a la pascua; la administración de
los sacramentos del bautismo, la confirmación y la primera
plena y real participación en la eucaristía la noche de
pascua, así como la atención prestada a los nuevos
bautizados en la semana de pascua y en el sucesivo tiempo pascual20. A esto se
añade la celebración de las consagraciones (concesión de
los órdenes) sobre todo durante las cuatro témporas,
celebración consistente en una simple imposición de las
manos y una oración. Acerca del officium divinum, la liturgia de
las Horas de aque983
líos
siglos, es poco lo que sabemos. Propiamente se trata sólo de las horas
principales, de los laudes matutinos y ad vésperos, y por lo menos
de las vigilias que precedían a las grandes solemnidades
principales. Obviamente, para garantizar la celebración, los
papas debieron recurrir siempre a pequeños grupos más celosos, en
la práctica, a monjes. Sus monasterios se construyeron en gran
número alrededor de las grandes basílicas, como ha
demostrado
G. Ferrari21.
Esos monasterios anticipan los posteriores capítulos de
canónigos de las grandes basílicas.
Aunque solamente
con trabajo se puede sacar este cuadro de las fuentes, que describen, no
siempre de manera detallada y sobre todo no siempre de manera clara, la situación
originaria, de todas formas los datos bastan para iluminar —especialmente
confrontándolos con las liturgias de Oriente y de las iglesias
hispánicas— lo que se ha llamado justamente "the genius of
the Román Rite"22. La peculiaridad formal de la liturgia
romana puede caracterizarse más o menos así: "Una sencillez
precisa, sobria, breve, sin palabrerías, poco sentimental; una disposición
clara y lúcida; grandeza sagrada y humana a la vez, espiritual y de gran
valor literario". Pero es más importante la peculiaridad teológica
presente en esa liturgia. Se trata en primer lugar de la clásica postura
fundamental de la oración en las grandes plegarias, observada
rigurosamente en aquellos primerísimos siglos (posteriormente abandonada
y coherentemente reafirmada después del Vat. II): "Dum ad
altare assistitur, semper ad Patrem dirigitur oratio", por medio de Cristo
nuestro Señor, en el Espíritu Santo, según la
formulación de los sínodos africanos de Hipona del 393 y de
Cartago del 397. Además, es de
Historia de la
liturgia
gran valor la
piedad eucarística, que se expresa así en las plegarias romanas:
la ecuaristía es la acción sagrada que celebra el memorial de la
muerte y resurrección de Cristo, culmina en la prex eucharistica (en el
canon romano), está introducida por la oratio super oblata y
por el prefacio, y se concluye con el Amén de los fieles. Estos
últimos toman parte en la acción en dos momentos fundamentales
de carácter procesional: la presentación de los dones del
pan y del vino, y la aproximación a la mesa santa para comulgar bajo las
dos especies. El final es la oratio post communionem. En esta
acción solemne se cumple el memorial, que es la presencia del
sacrificio de Cristo, "hostia pura, sancta, inmaculata, pañis
vitae aeternae et calix salutis perpetuae". El cuerpo y la sangre de
Cristo se reciben "ex hac altaris participatione". Todo
ello se expresa de una manera sobria, y manifiesta claramente la realidad:
"sacramenta caelestia, mysteria, sancta, remedium, alimonia,
pañis, potus, libamen, mu-nus, pignus". La celebración se
orienta a la adoración de Dios Padre, pero mediante Jesucristo, en
la representación de su único sacrificio. Sólo con
mucha discreción se habla de la adoración del sagrado manjar, del
cuerpo y la sangre de Cristo, y concretamente —a excepción del
respeto con que todo se realiza— sólo en la rúbrica del OR
I (n. 49): "Pontifex, inclinato capite, salutat sancta", al comienzo
de la celebración. Se trata siempre de la celebración
de toda la ecclesia, que se reúne para la statio en un determinado
día litúrgico, y para la celebración habitual (del
domingo) en los tituli. Y este culto es el culto divino de la iglesia
romana, "in qua semper apostolicae cathedrae viguit principatus"
(Agustín, Ep. 43,7), "in qua immaculata est semper catholica
servata religio" (papa Hormisdas, 514-523).
Historia de la
liturgia
VI. Las transformaciones
de la liturgia romana al encontrarse con el genio franco-germánico
Es un dato
histórico que la liturgia romana emigró hacia el norte, primero
en un proceso casi imperceptible y más bien casual, y
después de manera consciente. En esa emigración se
adaptó, bajo múltiples aspectos, a las nuevas situaciones y
se modificó para, a continuación, cambiada y
enriquecida, volver a Roma como fundamento de la liturgia romana de la
edad media. Inicialmente fueron peregrinos de países franco(galo)-germánicos,
llenos de admiración por el ceremonial, los edificios y los textos
de la liturgia romana, papal, los que la dieron a conocer en el norte con sus
narraciones, con sus esbozos y finalmente con sus textos. Así, en la
práctica, se acogían los elementos de una liturgia grandiosa,
monumental, y pese a todo sencilla, al par que su peculiaridad
teológica, sin renunciar en todo caso al propio patrimonio, tal y como
todavía se nos ha conservado en los documentos de la liturgia
galicana antigua (en el Missale Gothicum, Francorum, Gallicanum Vetus),
caracterizada por una predilección por el lenguaje sentimental,
cálido, conmovedor, y por la acción dramática. Un primer
resultado de la fusión de las dos formas son los
Sacramentaría Gelasiana deis. VIII, cuya forma original se
elaboró probablemente en Flavigny hacia la mitad del siglo bajo Pipino
".
Pero la
admiración por Roma y la veneración hacia la iglesia de San Pedro
empujaron todavía más a los nuevos pueblos. Repetidamente
Carlomagno pide al papa textos romanos puros. Quizá le
movían también razones políticas: quería reforzar
los lazos entre las diversas regiones de su reino occidental mediante
984
una
unificación de la liturgia, precisamente sobre la base del modelo
romano. Naturalmente, el sacramentarlo puro que le envió el
papa Adriano I "ex bibliotheca cubiculi", un gregorianum, no
bastaba: ante todo estaba incompleto, y además no respondía
plenamente a las nuevas situaciones. Así los ministros del rey,
sobre todo, según parece, Benito de Aniane, lo completaron, y explicaron
detalladamente su trabajo en un prólogo ("Hucusque") 2\ El
hecho es bastante sintomático.
Un patrimonio
originalmente romano, en sí mismo herencia de los comienzos del s.
v, elaborado en
985
más se
aprecia una fuerte conciencia del pecado, una angustia frente al juicio
inminente. El carácter comunitario queda marcadamente en segundo
plano; el pueblo creyente toma parte menos activa en el culto, con frecuencia
es sólo un espectador mudo de una liturgia clerical. El sacerdote,
que ahora está casi siempre de pie en el altar de espaldas al pueblo,
celebra el culto con un aislamiento mayor y va asumiendo cada vez
más todos los papeles que hasta ahora se habían distribuido entre
varios ministros. Por eso le basta con un solo libro, que contenga todo lo
necesario para la celebración; de aquí nace el Missale plenarium,
en el que se recogen a la vez antífonas, oraciones, lecturas, prefacios,
canon y toda la ordenación de la misa. De manera semejante se recogen
juntas las rúbricas y los textos necesarios para el culto celebrado por
el obispo, primero ampliando más o menos los Ordines, y finalmente,
hacia el 950, en el monasterio de St. Alban, de Maguncia, todo se sintetiza en
un libro único que recibe el significativo nombre de
Pontificóle Romano-Germanicum !5. El monasterio renano no es el
único centro de semejantes trabajos de compilación, de
adaptación y de desarrollo de documentos. Algo parecido sucede en
San Gall (Suiza), en Metz (Lorena), en Séez (Normandía), en
Minden (Alemania septentrional), etc. Un elemento importante de la
liturgia modificada es la multiplicidad de las misas, prácticamente
de carácter privado con mucha frecuencia, a pesar de que en un
primer momento se celebren con la intención clara de imitar en el
ambiente germánico indígena el ciertamente rico culto estacional
romano !\
También en
este caso conocemos en cierta medida, mediante los monumentos conservados,
el ambiente
Historia de la
liturgia
en que se
celebraba la liturgia. Sobre el modelo romano o ravenés se construyeron
en los ss. vm y ix las iglesias de planta circular de la capilla palatina
de Carlomagno en Aquisgrán, de San Miguel en Fulda, de
S. Riquier y de
Germigny-des-Prés. También la construcción alargada de
forma basilical se desarrolla en las maravillosas iglesias de Korvey (Corbeia
nova, Weser), de San Ciríaco en Gernrode, de San Rémy en
Reims; formas más sencillas encontramos en las iglesias
románicas de Cataluña y, por ejemplo, en San Miguel de
Pavía, hasta que en el estilo románico antiguo surjan
edificios imponentes como el de S. Benoit (Fleury)-sur-Loire, que pretenden
presentar en la poderosa y torreada fachada exterior el misterio de Cristo,
hasta ahora completamente escondido en el interior de la iglesia (ejemplos
clásicos posteriores serán la iglesia abacial de Cluny y las catedrales
renanas, así como, aunque de manera diversa, las iglesias románicas
de Colonia o el arte románicobizantino de Sicilia). Esas iglesias
de arte románico unen de manera feliz "lo estático con lo
dinámico, la línea horizontal y la vertical, la perfección
de la armonía, simple y monumental, con el vitalismo voluntarista y
ético de los pueblos franco-germánicos..., en un conflictivo
creativo..., con una belleza específica, llena de tensiones, a veces
trágicas... Encontramos el mismo fenómeno en las formas de
la liturgia de esa época: el genio (el éthos) nuevo, un componente
de individualismo voluntarista, exige y encuentra la manera de entrar en
las formas transmitidas por Roma. Reconoce... el primado de estas formas y
mediante esta sumisión crea la liturgia nueva, la piedad
nueva, la cultura cristiana nueva de estos siglos, que así se acercan a
la meta suprema de la síntesis propia de los ss. xii y xin..."2'
VII.
Transformaciones, desarrollos, reformas
1.
joven orden
franciscana. La liturgia del período romano clásico y la franco-germánica
de los monasterios y catedrales era demasiado rica para poder llegar a ser
patrimonio común.
Es un
mérito del clero de la curia romana de los ss. xn y xm el haberla
adaptado y hecho prácticamente accesible incluso a comunidades
más pequeñas, sobre todo parroquiales. Este necesitaba esa
simplificación para su propio culto, todavía comunitario
siempre, durante las numerosas peregrinaciones de la corte romana. El
resultado fue la liturgia de la curia romana, consistente en un Misal, un
Breviario y un Pontifical2! (para el Breviarium, cf
P. Salmón,
L'Office divin au moyenáge, París 1967, 143-170; para el Pontificóle,
cf la ed. de M. Andrieu, Ciudad del Vaticano 1940).
La joven
comunidad de hermanos de san Francisco de Asís, deseosa de celebrar la
misa y el oficio divino "secundum ordinem sanctae romanae
ecclesiae" (Regula II), adoptó esa liturgia. Aimón de
Faversham, ministro general de la orden (124044), reelaboró
posteriormente todo ello y lo hizo más practicable. Así, una vez
reestructurada, esa liturgia, usada por sus hermanos, se difundió por
todo el Occidente 2'. Frente a la gran multiformidad de las liturgias, que
habían conocido una auténtica
986
uniformidad
solamente en el ámbito de las grandes comunidades religiosas
(Cluny, Prémontré, Citeaux y luego sobre todo entre los
dominicos) y en asociaciones metropolitanas menores, esto significó
un paso importante hacia la uniformidad centralizada de la liturgia
occidental, que tiene su fuente en un patrimonio romano, arrastrado por la
fuerza revolucionaria de ¡a orden franciscana. Naturalmente, la
difusión manuscrita —la única que existía antes
de la invención de la imprenta— siguió ofreciendo la
posibilidad de continuos cambios y enriquecimientos nuevos. Pero el
núcleo fundamental y la actitud espiritual siguieron siendo
comunes.
Solamente el
Pontifical fue modificado por el trabajo de Guillermo Durando, obispo de
Mende (Francia), en 1285 10, y modificado de una manera típica de
todo el proceso: un libro romano (que a su vez era la reelaboración
romana del Pontificale Romano-Germanicum de Maguncia) se
adaptó a las exigencias de un obispo que vivía fuera de Roma, con
la utilización de costumbres propias no romanas. Andrieu lo ha caracterizado
de manera excelente: el trabajo de Durando, "católico por su
extensión, lo será también por su composición
íntima". La liturgia descrita en este libro muestra con claridad
cuáles son las ideas directivas y la mentalidad de fondo, sobre las que
se formó la sociedad cristiana medieval: comunidad de fieles ordenada
jerárquicamente, capaz de asegurar la salvación de todos sus
miembros ordenados en torno al obispo, que tiene el poder de instituir al
clero y de santificar a los laicos, e incluso de consagrar al mismo emperador,
los reyes y los caballeros: todo esto en tiempos y lugares sagrados. Se trata,
en definitiva, de la liturgia pública celebrada por toda la cristiandad
en las catedrales, en los monas
987
terios y en las
iglesias parroquiales
de los ss. xm y
xiv.
Todo esto
encierra muchos aspectos positivos. La celebración litúrgica
es el elemento central de un período vitalísimo, el s. xn
con Bernardo de Claraval, Abelardo, el "Duecento" verdaderamente
grande con Francisco de Asís, Domingo y maestros como Giotto. Pese a
todas las variaciones en los detalles, el Ordo Missae toma una firme estructura,
testimoniada, v.gr., por el
Ordo officiorum
ecclesiae lateranensis (mitad del s. xn)3I. De todas formas,
todavía afloran aspectos nuevos, como el que subraya la presencia
eucarística del cuerpo del Señor (tras la controversia con
Berengario y la clarificación del concepto de
transubstanciación). Al comienzo del
s. xm
oímos hablar por primera vez de la elevación de la hostia después
de la consagración; a los fíeles les gusta cada vez más
este espectáculo; participan en el culto, pero con frecuencia
centran su interés en elementos secundarios; la comunión se hace
cada vez más rara; aumenta la distancia entre el sacerdote y los fieles.
Se multiplican las celebraciones de misas, sobre todo en privado. En el
calendario se asumen nuevas fiestas: la de
Está claro
que la ordenación de las
nuevas formas de
piedad implica que éstas se inserten en el gran complejo del culto
eclesial. Sin embargo, esto no excluye que en el desarrollo haya lados
negativos: asistencia más pasiva de los fieles en las acciones centrales;
orientación hacia formas más periféricas de piedad;
individualismo y privatización de la oración, que se muestra en
el formato pequeño de los libros del oficio: la oración de las
Horas se hace cada vez más un asunto particular del orante aislado,
donde el peso de la oración larga se hace
Historia de la
liturgia
cada vez mayor,
pero también se aligera con la introducción de lecturas
discutibles, de carácter quizá legendario, y de acuerdo
generalmente con los oficios de los santos, más breves, en perjuicio de
los oficios largos de la liturgia del auténtico año
eclesiástico (de tempore). Por otra parte, todo esto se desarrolla lentamente,
asumiendo proporciones notables sólo hacia el final del medievo,
en el llamado "otoño de la edad media"32. Expresión de
ello, en sus aspectos positivos y negativos, es el arte contemporáneo,
que por un lado nos muestra catedrales, monasterios, pinturas y esculturas
grandiosas, y por otro una articulación cada vez mayor de las
iglesias en capillas con muchos altares y una tendencia historizante en las
representaciones de la historia sagrada, con sus acentuaciones del lado
humano en la representación de Cristo y de los acontecimientos
de la historia de la salvación.
2. EL BREVIARIO
DE QUIÑONES. El card. Fr. Quiñones, OFM, es quizá el
representante más típico de la situación litúrgica
en la primera mitad del s. xvi. La evolución ha llevado a
tomar cada vez mayor conciencia de las debilidades y defectos de la liturgia
y a la petición.de reformas, que, sin embargo, se realizan
con un
espíritu de individualismo y
de
privatización cada vez mayores. En este sentido debe valorarse la importante
labor del card. Quiñones, el Breviarium S. Crucis (llamado así
por la iglesia titular de su autor)". Reduce la extensión de la
recitación a proporciones razonables y practicables, insiste
repetidamente en la recitación regular de todo el salterio y
presenta en una buena subdivisión toda
Junto al cardenal
aparecen otras figuras que, hacia finales del s. XV y comienzos del xvi,
emprenden a su manera una reforma de la liturgia en el sentido de las
aspiraciones generales de una reforma "in capite et membris",
tal y como se expresan a partir del concilio de Constanza (año 1415). En
sínodos de 1453 y 1455, Nicolás Cusano pide que se sometan a
comprobación los misales según un ejemplar normativo. Obispos
particulares como G. M. Giberti de Verona y otros de Francia y de Renania
emprenden una reforma en sus respectivas jurisdicciones. El maestro de
ceremonias de la corte de un papa como Alejandro VI nos da incluso una amplia
descripción del modo de celebrar la misa, naturalmente la misa
privada y rezada en voz baja34. En qué medida deseaban los mejores
humanistas de la época una reforma del culto y de los libros cultuales
lo advertimos a partir del Libellus supplex, que los nobles venecianos
(después monjes camaldulenses) V. Quirini y T. Giustiniani
dedicaron a León X en 151335. Sin embargo, todo esto quedó como
episodios fragmentarios, hasta que la acción revolucionaria
emprendida por el monje agustino de Wittenberg Martín Lutero, con sus
reformas radicales, obligó también a la gran iglesia a poner
mano a una reforma real.
3.
988
en la
recepción de la comunión durante la misa y sobre todo
eliminación de abusos. Pero, pese a su voluntad frecuentemente
recta y sincera, no se alcanzó el fin pretendido. Los reformadores
eliminaron demasiadas cosas del genuino patrimonio de la tradición
y, al par que la unión con la gran iglesia, perdieron también
el camino de acceso al tesoro hereditario de los orígenes
apostólicos (cf el juicio de equilibrados historiadores de la
liturgia de confesión protestante)36. La verdadera reforma decisiva fue
misión del concilio de Trento: superación de las doctrinas
erróneas e inauguración de una auténtica reforma. Esta
afectó también y precisamente al ámbito litúrgico.
Tomó nota de la situación, decidió cambiarla, redactó
un "catalogus abusuum" y dio también algunos pasos
efectivos, por ejemplo prohibiendo el Breviarium S. Crucis de
Quiñones (porque correspondía poco al carácter tradicional
de la oración comunitaria) y promulgando el decreto "de
observandis et vitandis in celebratione Missarum"37. Sin embargo, el
concilio no podía cargar sobre sí la tarea de poner en
práctica las reformas concretas, y se lo encargó
solemnemente al papa, "ut eius iudicio atque auctoritate terminetur
et
vulgetur".
Con una mirada retrospectiva
podemos ahora caracterizar así su programa de reforma:
"El concilio ha querido llevar a cabo una reforma litúrgica
—para superar el estado caótico de la liturgia— en continuidad
con la tradición, en sentido crítico-histórico; a
saber: eliminando las añadiduras posteriores, devolviendo la
precedencia a las partes de tempore, disminuyendo las fiestas de santos y las
misas votivas, buscando una mayor uniformidad, abreviando razonablemente,
componiendo un Ordo Missae con rúbricas obligatorias para
todos"38. Es un título de
'"•X9
gloria de los
papas postridentinos haber puesto mano con energía a la reforma
querida por el concilio también en el campo litúrgico y
haberla llevado a la práctica en un tiempo relativamente breve: el
Breviarium Romanum en 1568, el Missale Romanum en 1570, por obra de san
Pío V; el Pontificóle Romanum en 1596, el Caeremoniale
Episcoporum en 1600, por obra de Clemente VIII; el Rituale Romanum en 1614, por
obra de Paulo V;
s. xni y en la
forma de su tradición romano-italiana, tal y como aparecía
en la primera edición impresa de 1474. Sin embargo, en el conjunto no se
llegó más allá de Gregorio VII,
Historia de la
liturgia
y, por tanto, no
se restableció el antiguo rito romano, sino solamente su forma
mixta, el rito romano-franco-germánico del medievo. Se le
podó de múltiples añadiduras, por ejemplo de las
secuencias dominicales, y se le mejoró con una mayor rigidez en el
calendario. Pero como base de la liturgia de la iglesia universal se
estableció para los sucesivos cuatrocientos años una de sus
múltiples variedades (ciertamente una de las mejores), o sea, la
liturgia de la curia.
Es difícil
exagerar en la valoración de los méritos de esta reforma.
Libró a la iglesia de la crisis del s. xvi y le dio nuevamente unas
bases válidas, ya aceptadas en siglos anteriores, para un culto genuino.
Aunque se tratara de una forma mixta medieval, en su núcleo
encerraba el patrimonio esencial de la antigua liturgia romana y se
convirtió en una fuente de vida espiritual, y a la postre en punto de
partida del movimiento litúrgico de la época moderna, que se
había de basar precisamente en esta liturgia romana de san Pío V
y de sus sucesores. Por otra parte, junto a los méritos, debemos ver
también sus límites, inevitables en la difícil
situación de entonces. A causa de las exigencias impuestas por la lucha
con los reformadores protestantes, no se hizo caso de las instancias positivas
de la reforma cismático-herética y, en virtud de la
tendencia entonces absolutamente necesaria a la unidad y al control, se
creó aquella férrea liturgia unitaria que permaneció bajo
muchos aspectos al margen de la vida religiosa efectivamente viva. Esta vida
buscó nuevas formas de piedad popular también en la cultura,
a su manera grandiosa, del barroco cristiano M. Tales límites llevaron,
por fin, a hacer nuevos cambios y retoques, sea por parte de los mismos
papas, sea con las nuevas creaciones de la liturgia neogalicana y,
Historia de la
liturgia
por
último, con las proposiciones e intentos de reforma radicales, y que
incluso rebasan a veces de manera cismático-herética la medida
debida, producidos en el período de la ilustración, por
ejemplo con las proposiciones del sínodo de Pistoia4'. Todo ello se
redujo, sin embargo, a episodios fragmentarios.
4.
a) Pío X.
En el arranque de esta imponente línea de desarrollo está
seguramente el trabajo de varios centros del s. XIX: Solesmes, con Guéranger;
Beuron, con M. y Pl. Wolter; el Vat. I, con sus estímulos a la renovación
y profundización de la vida eclesial bajo la guía del papado; el
florecimiento de una renovada teología (de la escuela romana y de
la escuela de Tubinga); los intentos de renovación de la música
sagrada, so
990
bre todo en el
marco del movimiento ceciliano con el congreso de Arezzo (1882), y los
esfuerzos del card. José Sarto. Pero como arranque del verdadero
movimiento litúrgico moderno se debe considerar el primer decenio
del s. xx. Su fundamento —aunque no se le diera de inmediato tal
importancia— fueron sin duda Jas palabras programáticas de
Pío X (por tanto, precisamente del card. Sarto) en su motu proprio del
22 de noviembre de 1903 sobre la restauración de la música
sagrada, Tra le sollecitudini: "Siendo... un vivísimo deseo nuestro
que florezca nuevamente de todas las maneras posibles el verdadero
espíritu cristiano..., es necesario antes que nada atender a la santidad
y dignidad del templo, donde se reúnen precisamente los fieles para
beber ese espíritu de su primera e indispensable fuente, que es la
participación activa en los sacrosantos misterios y en la
oración pública y solemne de la iglesia"44. Esta importante
declaración no tuvo consecuencias inmediatas. Los decretos sobre la
comunión promulgados por el papa inmediatamente después
aumentaron la frecuencia de la comunión eucarística, pero sin una
conexión directa con la liturgia de la misa, pese a haber
desempeñado la necesaria función de abrir caminos.
b) Malinas IL.
Beauduin. El auténtico comienzo de aquel movimiento que en 1956
Pío XII definirá "como un paso del Espíritu Santo por
su iglesia"45 se ve en el impulso que da el congreso de Malinas de 1909,
con el inflamado discurso de dom Lamberto Beauduin y con la actividad
litúrgico-pastoraí de las abadías belgas puestas en
movimiento por este acontecimiento "6. Debemos limitarnos a
indicar brevemente los datos que revelan la amplitud del movimiento:
Lovaina/Mont César;
M.
Festugiére, con su ensayo sobre
991
IM liturgie
catholique de 1913, en el que ilustra de manera incluso revolucionaria
cuan gran fuente de energía espiritual es la liturgia correctamente
celebrada; Maria Laach, en los años 1913-14 y 1918 y siguientes, con su
actividad en el mundo de los estudiantes y con sus colecciones en parte
divulgativas, en parte rigurosamente científicas: Ecclesia Orans,
Liturgiegeschichtliche Quellen und Forschungen y Jahrbuch für Lit. Wiss,
de O. Casel a partir de 1921; Pius Parsch en Austria, con su actividad
litúrgica popular; la "Rivista litúrgica" de Finalpia,
a partir de 1914; I. Schuster y su Liber sacramentorum; los salesianos
E.M. Vismara y don Grosso, así como muchos otros47. Todos
estos intentos tendían a valorar y a aprovechar las fuentes de la piedad
auténtica descubiertas en la liturgia romana, precisamente en
una atmósfera de rigurosa centralización y sumisión a
la norma de la iglesia de Roma. Bastaba con abrir los libros romanos y
celebrar la liturgia de acuerdo con ellos para descubrir "el
fundamento objetivo de la construcción individual de la propia vida
religiosa"4». Se centraban sobre todo en la recta celebración
del sacrificio de la misa, pero también en la celebración de los
demás sacramentos, de la liturgia de las Horas y del año
litúrgico. Se fijaron como meta concelebrar la liturgia no
sólo como individuos aislados, sino como comunidad, y participar
en la acción salvífica de Cristo por la
concelebración de las acciones sagradas.
Se forma
así una nueva conciencia de la iglesia; la iglesia se hace viva en el
alma de los fieles4', sobre todo cuando éstos se encuentran reunidos en
torno al altar como iglesia local. Se dan cuenta de que todos los bautizados
están llamados, como sujetos de un sacerdocio universal y bajo la
guía del sacerdote ordenado cele
Historia de ia
liturgia
brante, a
"celebrar" el culto en una acción sagrada que tiene un
sentido, es simbólica, sacramental. Esto tiene lugar cuando nos
conformamos a Cristo y a su acción salvífica, por medio de Cristo
nuestro Señor, no sólo en el recogimiento mudo y adorante de
la oración ante el sagrario, sino sobre todo en la participación
activa en la acción sagrada, cuando el acontecimiento salvífico
se nos hace presente y engloba en sí mismo a nosotros y nuestro camino
en Cristo hacia el Padre, para alabanza de su gloria y para
salvación nuestra. Punto central de todos los esfuerzos es la
celebración de la misa, sobre todo en la forma de misa recitada,
dialogada, de la misa comunitaria. El ideal es y sigue siendo la
adhesión fiel a las normas oficiales de la liturgia romana. En un
primer momento, pues, no se necesitan formas nuevas, y se limitan a dejar de
lado, con una actitud cada vez más crítica, las menos
válidas, como la misa ante el Santísimo expuesto o la exuberante
abundancia de misas de negro o de difuntos. Las iniciativas positivas son
más numerosas: predilección por la liturgia de ea, sobre todo durante
la cuaresma; recitación comunitaria de completas y de otras horas,
a ser posible en el momento debido; en los límites de lo posible,
la comunión en cada misa, pero con hostias "ex hac altaris
participatione", etc. De semejante actitud crítica brota, con
el paso de los años, también el deseo de ver cambiadas algunas
cosas no tan perfectas.
c) Pío
XII: "Mediator Dei"y vigilia pascual. Las reacciones que
desencadena esta nueva actitud conducen, hacia 1938-39, a una crisis, que
provocará la intervención de Pío XII con la
encíclica Mediator Dei, de 1947, en la que el papa pone en guardia
contra desviaciones y exageraciones, pero a la vez reconoce expresámente
las instancias auténticas del movimiento litúrgico. Sin duda el
punto culminante de su intervención es el encargo confiado en
[Mayor desarrollo
sobre lo que hasta ahora hemos dicho en este párrafo, en la voz /
Movimiento litúrgico].
d) El Vat. II: SC
y reforma posconciliar. El concilio y todo su programa de reforma son
mérito de la valiente iniciativa, verdaderamente bajo la guía del
Espíritu Santo, de Juan XXIII. Fue providencial que el primer documento
conciliar fuera la constitución litúrgica Sacrosanctum Concilium.
En ella encontramos frecuentemente de manera programática la
finalidad última de la reforma conciliar e indicado el camino hacia
ella: el concilio se interesa especialmente por la reforma e incremento de
la liturgia porque se propone "acrecentar de día en día
entre los fieles la vida cristiana, adaptar mejor a las necesidades de nuestro
tiempo las instituciones que están sujetas a cambio..." (SC 1). El
hecho de que comenzara por la constitución sobre la liturgia fue
sintomático: sobre todo porque la glorificación de Dios y la
comunicación de la salvación en Cristo a los hombres deben constituir
siempre el fin primordial de la iglesia; luego —last, not least—
por
992
que el programa
expresado en la constitución litúrgica era el fruto precioso
del trabajo de todo un siglo del movimiento litúrgico, correspondía
al deseo de los mejores miembros de la iglesia y estaba apoyado por el trabajo
conjunto de los liturgistas de toda la iglesia51.
El concilio
votó la constitución el 4 de diciembre de 1963, con 2.147 placet
y cuatro non placet, y Pablo VI la aprobó. Esta finalmente hacía
lo que se debería haber hecho hacia el final de la edad media, pero que
el concilio de Trento no pudo realizar por falta de tiempo y por el precipitarse
de los acontecimientos: clarificaciones de fondo sobre lo que es la
liturgia como culto de la iglesia, como adoración del Padre en
espíritu y verdad, como celebración memorial de la obra
salvífica de Cristo; indicación de las normas directivas de una
reforma real, para perseguir finalmente —pidiendo otra vez para ello la
intervención del papa, pero con medios mejores que entonces— la
meta valiente que Pío V se había propuesto, es decir, la
renovación de la liturgia "ad pristinam normam Patrum" (bula
Quo primum, de 1570), llevando a cabo al mismo tiempo una genuina
actualización según las necesidades de nuestros días.
La
constitución sobre la liturgia expone en un primer capítulo los
"principios generales para la reforma y fomento de la sagrada
liturgia". En primer lugar ilustra la naturaleza y la importancia de la
liturgia misma. Esta se halla dentro de la realización del
proyecto salvífico de Dios para nuestra redención y para la
adoración del Padre, que el Hijo encarnado de Dios, Jesucristo, ha
actuado sobre todo mediante el misterio pascual de su pasión y
glorificación. La iglesia debe proclamar y actualizar esta obra
salvífica precisamente en la liturgia, en la que
993
"opus
nostrae redemptionis exercetur" (SC 2). Para ello Cristo está
siempre presente en su iglesia, por lo cual toda celebración
litúrgica "es ucción sagrada por excelencia, cuya
eficacia... no la iguala ninguna otra acción de la iglesia" (SC 7).
La acción de la iglesia no se agota obviamente en la liturgia,
aunque ésta, de todas formas, sigue siendo cumbre y
fuente (SC 10).
Fin de toda la actividad litúrgica es "aquella participación
plena, consciente y activa en las celebraciones litúrgicas" a la
que los fieles están llamados y capacitados por el bautismo (SC 14).
Para alcanzar esta finalidad, es necesario efectuar una reforma con
fidelidad a la "sana tradición", pero con espíritu
abierto a un "progreso legítimo" (SC 23); una reforma que
siempre debe estar preparada y acompañada por estudios profundos, por la
atención al verdadero espíritu de la liturgia y por prudencia
pastoral (ib). En este trabajo, evidentemente, es necesario tener en cuenta el
carácter comunitario del culto cristiano (SC 26; 41s). Desde luego
son posibles eventuales cambios y adaptaciones a las iglesias locales; la
iglesia ya no impone "una rígida uniformidad", aunque todas
las decisiones deben llevar el sello de la autoridad episcopal y de la autoridad
papal (SC 37; 32; 43ss).
A estas
explicaciones de carácter general, aunque extraordinariamente
importantes, siguen las directrices que se refieren a las diferentes partes de
la liturgia. Por lo que concierne al sacrificio de la misa, son de suma importancia
la insistencia sobre la proclamación de la palabra de Dios
también en lengua vernácula en la misa, la concesión de la
comunión bajo las dos especies y el restablecimiento de una genuina
/ "concelebración" (SC 47-58); en cuanto a los
demás sacramentos, merecen mención especial la
renovación de la liturgia bautismal y sobre todo la res
Historia de la
liturgia
tauración
de un "catecumenado... dividido en distintas etapas" (SC 64);
acerca de la liturgia de las horas hay que destacar la acentuación de
las horae cardinales (SC 89), del carácter comunitario y de la
"ventas temporis" (SC 99 y 88; 94); la recitación del
salterio, distribuida durante un ciclo más largo que el de una semana
(SC 91); la posibilidad de recitarlo en lengua vulgar (SC 101); el reordenamiento
del sistema de lecturas (SC 92).
El
capítulo relativo al año litúrgico subraya la
posición central de la fiesta de pascua y del domingo, y sobre todo la
preeminencia de la liturgia "de tempore" sobre las fiestas de
santos, que han de ser reorganizadas (SC 102-111). Finalmente, siguen
algunas disposiciones sobre "la música sagrada" (112-121) y
sobre "el arte y los objetos sagrados" (122
130), así
como (en apéndice) una declaración de disponibilidad por
parte de la iglesia para establecer, en diálogo con los
"hermanos separados", "la fijación de la fiesta de pascua
en un domingo determinado... del calendario gregoriano".
Todo lo que se ha
dicho en la constitución SC es sumamente valioso ". Pero en
ella se han querido limitar expresamente a las directrices generales y a las
primeras realizaciones más importantes. La auténtica /
reforma debía ser nuevamente tarea del papa. Pablo VI puso
rápidamente manos a la obra, instituyendo con el motu proprio
Sacram liturgiam, de enero de 1964, el "Consilium ad exsequendam
Constitutionem de s. Liturgia" ", compuesto por 30-40 cardenales
y obispos de toda la iglesia, la mitad nombrados por el papa y la otra mitad
designados por las conferencias episcopales. Se puso a su disposición
casi doscientos colaboradores (consultores y consejeros). Con un
trabajo cuidadoso, reuniones de comisiones celebradas en
Historia de la
liturgia
diferentes
lugares de Europa, más de una sesión anual de obispos y cardenales,
consultas y experimentos prácticos, el ingente trabajo de la reforma
posconciliar se llevó a cabo en un período de quince años.
Se trata de una reforma de proporciones desconocidas antes de ahora: reestructuración
de casi todos los ritos y composición de los textos correspondientes
en lengua latina. Fue luego tarea de las conferencias episcopales de
las diferentes áreas lingüísticas traducir esos libros
a la propia lengua y, eventualmente, adaptar los ritos a situaciones diversas,
naturalmente sometiendo el resultado final a la aprobación
definitiva de
[/ Reforma
litúrgica].
De esta manera
ciertamente ha terminado la época de aquella liturgia romana que
era una adaptación franco-germánica a las condiciones medievales,
sin que por ello se deba renunciar a los valores permanentes que habían
introducido esas formas 994
medievales. Tan
ambiciosa meta se ha alcanzado sustancialmente, aunque la obra, fruto
siempre del trabajo humano, no es perfecta al ciento por ciento. Las
intenciones del consilium encargado de la reforma se expresaron
claramente, sobre todo en las diversas instrucciones públicas de los
competentes dicasterios romanos: ínter oecumenici, de 1964, con las
primeras disposiciones concretas;
Tres abhinc
annos, de 1967, con más indicaciones concretas; Eucharisticum
mysterium, de 1967, que hace importantes afirmaciones sobre la naturaleza
teológica de la celebración eucarística y de la piedad
eucarística en general; Liturgicae instauraciones, de 1970,
que fija sobre todo algunos límites necesarios frente a excesos y
posibles desarrollos equivocados ". Es importante la afirmación
contenida ya en la primera instrucción, ínter oecumenici:
"...Ante todo es conveniente que todos se convenzan de que la
constitución del concilio Vat. II sobre sagrada liturgia no tiene
como finalidad cambiar sólo los ritos y los textos litúrgicos,
sino más bien suscitar en los fieles una formación y promover una
acción pastoral que tenga como punto culminante y fuente
inspiradora la sagrada liturgia" [5]. "El esfuerzo de esta
acción pastoral centrada en la liturgia ha de tender a hacer vivir el
misterio pascual... (ut mysterium paschale vivendo exprimatur)" [6].
La actualización del misterio pascual de Cristo: he aquí la
finalidad última a la que se orientan los nuevos libros
litúrgicos y las correspondientes acciones sagradas.
Para esto sirve
la reordenación del año litúrgico, tal y como nos la ilustra
el pequeño documento Calendarium Romanum, de 1969; el nuevo Missale
Romanum, de 1969-70, y la nueva Liturgia Horarum, de 19707154. El punto
más central es la celebración del triduo pascual con su 995
respectiva
vigilia, seguido del "tiempo de cincuenta días", que se
cierra con el domingo de pentecostés, cuya octava se suprime; esa
celebración se prepara con el "tiempo de cuarenta
días" de ayuno, de penitencia y de preparación a los
sacramentos pascuales, con la supresión de los domingos de
septuagésima. La celebración pascual se prolonga a lo largo
del año (per annum) en 34 domingos. El comienzo del año
está marcado, con el adviento, la navidad y la epifanía, por
el tiempo de la "manifestado Domini", o sea, por la celebración
de su venida: de la encarnación del Hijo de Dios en la tierra y de
su vuelta gloriosa. Las fiestas de los santos deben subordinarse a las
celebraciones "de tempore". Una gradación inteligente y
práctica de las fiestas (solemnidad, fiesta, memorias de diversos
tipos) permite celebrar a los santos sin grandes dificultades,
máxime cuando solamente son obligatorias las fiestas de aquellos
santos que son importantes para toda la iglesia, mientras que se deja a las
iglesias locales la celebración de aquellos santos a los que ellas están
unidas de manera especial. En el marco de este calendario anual, todos
están invitados a participar activamente en la celebración
comunitaria del sacrificio eucarístico y, dentro de lo
posible, y desde luego al menos como principio, también en la
celebración de la liturgia de las Horas, que ha sido reestructurada de
manera que sea viable también para los laicos, para grupos de laicos y
sobre todo para la comunidad familiar. Estas acciones cultuales principales
contienen la mayor parte del patrimonio tradicional de oración de la
iglesia romana, de manera que todos los fieles pueden oír, en los
domingos de los tres años (A, B y C) en que se subdividen las
lecturas, todo el NT y las partes esenciales del AT. Un gran número de
oraciones toma
Historia de la
liturgia
das de los
antiguos sacraméntanos romanos, numerosos prefacios y, junto al
canon romano, otras plegarias eucarísticas compuestas según el espíritu
de la antigua liturgia romana y de las plegarias eucarísticas de las
iglesias orientales, ofrecen ulteriores riquezas de la antigua
tradición clásica. La liturgia de las Horas —reducida a
proporciones practicables, sobre todo con la subdivisión del
salterio en cuatro semanas y una repartición de las horas más
razonable, de manera que, rezadas efectivamente en el tiempo debido,
puedan santificar las horas del día— está enriquecida
con numerosas lecturas breves de
De manera
semejante se ha ordenado y enriquecido la celebración de los
sacramentos: de la "initiatio" (el conjunto unitario formado por el
bautismo, la confirmación y la primera participación activa
en la eucaristía), de la penitencia, de la unción de los
enfermos, del matrimonio y del orden jerárquico (con acentuación
de los grados clásicos del diaconado, presbiterado y episcopado).
Finalmente, se han reordenado las celebraciones que pertenecen al
campo de los / sacramentales; pero que no son menos importantes para la vida
eclesial y cristiana en general la consagración de la iglesia, los ritos
de la vida religiosa (que alcanzan su vérti
Historia de la
liturgia
ce en la /
profesión religiosa solemne y en la / consagración de las
vírgenes), así como la consagración del abad y de la
abadesa.
Con una reforma
tan amplia se ha ofrecido la posibilidad de celebrar comunitariamente la
acción salvífica pascual de Cristo (muerte y resurrección
del Señor), y así hacer de ella realmente la cumbre y la fuente
de la vida cristiana en el seguimiento del Señor y en la
conformación a él. Es misión de las iglesias locales
—con la tarea en verdad difícil de la / traducción de los
textos latinos oficiales a cada una de las diferentes lenguas
particulares— celebrar y realizar todo esto de manera que
mysterium
paschale vivendo exprimatur, para alabanza de la gloria de Dios, paja
salvación de todos los que creen, como testimonio de la esperanza
en la venida del Señor. Así la vida cristiana se plasmará
a partir de la liturgia, "por cuyo medio, opus nostrae salutis exercetur,
sobre todo en el divino sacrificio de la eucaristía", de
manera que "los fieles expresen en su vida y manifiesten a los
demás el misterio de Cristo" (SC 2).
NOTAS. ' J.
Nielen, Gebet und Gottesdienst im NT. Eine Studie zur biblischen Liturgie und
Ethik, Friburgo 19622, con amplia bibl. —
6bi! 7
Le, 46 — Cf
B. Neunheuser, Baptéme et confirmation, París 1966, passim
—8 B. Neunheuser, Storia della liturgia attraverso le epoche
996
culturali, Ed.
Liturgiche, Roma 1977, 33s. —
8bis9
Ib, 46 —
Sacramentarium Veronense, ed.
L.C. Mohllberg,
Roma 1978 3 — l0 Cf B. Neunheuser, Storia..., 29, 52s; para
Doura-Europos: ib, 34s — " Cf ib, 42-46 — u Mansi 3,807,
así como ya antes y después en muchos otros sínodos;
cf B. Neunheuser, Storia..., 56-57, 64 — 13 Th. Klauser, Der Obergang der
rómischen Kirche von der griechischen zur lateinischen Liturgiesprache,
en Mise. Mercali, ST 121, 467482; cf. B. Neunheuser, Storia..., 32-34
— l4 Cf A. Nocent, Storia dei libri liturgici romani, en S. Marsili
(por), Anamnesis 2, La liturgia, panorama storico genérale,
Marietti, Turín 1978, 147-223; aquí ante todo 148-156 — ls
Ib, 157161 — " Ib, 161-163 — " M. Andrieu, Les
Ordines Romani du haut moyen-áge 1-5, Lovaina 1931-1961; C. Vogel,
lntroduction aux sources de l'histoire du cuite chrétien au moyenáge,
Spoleto 1966, 101-181; A. Nocent, l.c, 163165 — l8 B. Neunheuser,
Storia..., 35-38; además, F. van der Meer, Altchristliche Kunst, Colonia
1960; Petit Atlas de la civilisation accidéntale,
París-Bruselas 1964 — l9 Este orden se describe así en el Sacramentarium
Gregorianum (ed. Deshusses, p. 85s, n. 2): "Qualiter Missa
Romana caelebratur. Hoc est inprimis introitum..., deinde kyrie eleison.
Ítem dicitur gloria in excelsis deo, si episcopus fuerit... Quando
vero laetania agitur ñeque gloria in excelsis deo ñeque alleluia
canitur. Postmodum dicitur oratio, deinde sequitur apostolum. ítem gradalem
seu alleluia. Postmodum legitur evangelium, deinde offerturium et
oblationem super oblatam. Qua completa dicit sacerdos excelsa voce: Per omnia
saecula saeculorum..." Luego siguen el prefacio y el canon: "Te
igitur", el "Pater noster" con el embolismo, el "Pax Domini"
y el "Agnus Dei" (n. 3-20 = p. 86-92) —
20 2I
Cf O. Casel, Laféte... (nota 5)
— Cf G. Ferrari, Early Román Monasteries... from the 5th trough
the Wth century, Roma 1957 — 22 Este es el título del estudio de
E. Bishop (del 1899), publicado en Litúrgica histórica. Papers
ofthe Liturgy and Religious Life ofthe Western Church, Oxford 1918; vers.
franc: Le génie du Rite Romain, París 1920. Cf B. Neunheuser,
Storia..., 64-66. El texto siguiente está tomado de esta obra
mía, p. 64 — 23 Cf B. Neunheuser, Storia..., 1\
frankisch-deutschen
Kirche vom 8. bis zum 11. Jahrhundert, en Hist. Jahr. 53 (1933) 169-189; cf
también la obra del mismo autor La liturgia della chiesa occidentale,
LDC, Turín 1971, 67126 — 24 En la edición del
"Gregorianum" de Deshusses, n. 1019, pp. 351-353 —
R. Elze, Le
Pontifical Romano-Germanique du dixiéme siécle, ST 226s, 269
(1963-1972); B. Neunheuser, l.c, 74-79 — 2* Cf A. Háussling,
Mónchskonvent und Eucharistiefeier. Eine Stu
997
die über die
Messe in der abendlandischen Klosterliturgie des frühen Mittelalters
und zur Geschichte der Messháufigkeit (LQF 58), Munich
i.W. 1973 —
27 B. Neunheuser, l.c, 81; cf todo el capítulo: 79-84 — 28 Cf B.
Neunheuser, l.c, 99-103 — 29 Cf S.J.P. van Dijk-J.H. Walker,
The Origins of
the Modern Román Liturgy, Londres 1960; Sources of the Modern
Román Liturgy. The Ordinal of Haymo of Faversham, Leida 1963 -
B. Neunheuser,
l.c, 121-125 — 42 Cf B. Neunheuser, l.c, 128. Sobre
Guéranguer se ha hecho una tesis de doctorado (C. Johnson, dir. n.M.
Triacca) en el Pont. Ist. Lit. S. Anselmo, Roma — 43 Cf B. Neunheuser,
l.c, 127-142; además, Anamnesis 1 (1974) 11-30; (19782) 227253
— *" En
O. Rousseau,
Storia del movimento litúrgico, Edizioni Paoline, 1961, con
apéndice sobre el
Historia de la
liturgia
movimiento
litúrgico en Italia, de S. Marsili — 48 I. Herwegen, Alte Quellen
neuer Kraft, Dusseldorf 19201, 3-21 — 49 Frase célebre
escrita por Guardini en la revista Hochland 19/2 (1922) 257; luego Vom Sinn der
Kirche, Maguncia 1955, 19 — w Cf B. Neunheuser, l.c. 137s; Anamnesis 1,
22-29; 2, 248-249 — 5I Cf B. Neunheuser, l.c, 139s; Anamnesis 1, 29s; 2,
249251 — 52 Cf los comentarios a la constitución cit. en B.
Neunheuser, l.c, 139, y en Anamnesis 2, 249, nota 138 — 53 Sobre este
"Consilium" cf el boletín publicado por el mismo
("Notitiae") desde 1965 en adelante. El motu proprio: AAS 56(1964)
139-144 —M Informaciones abundantes en F. dell'Oro, / documenti
della riforma litúrgica del Vat. II (1963-73). Elenco cronológico
con bibl, en RL 61 (1974) 102-163; A. Cuva, Documentazione litúrgica di
un decennio: 4-XII-1063/2-XII-1973. en Sal 26 (1974) 117-130; R.
Kaczynski, Enchiridion documentorum instaurationis liturgicae I (1963-73)
(= EDIL), Marietti, Turín 1976; B. Neunheuser, Die nachkonziliare
Liturgiereform. Ein Rückblick nach dem ersten Jahrzehnt, en ALW 19
(1978) 59-88 — " ínter oecumenici, en EDIL 199-297; Tres
abhinc annos. en EDIL 808-837; Eucharisticum Mysterium, en EDIL 899-965;
Liturgicae instaurationes, en EDIL 21712186 — 56 "Calendarium
Romanum", en EDIL 1268-1332; "Missale Romanum"; cost. apost, en
EDIL 1362-1372; Instit. gen. Miss. Rom., en EDIL 1374-1736; "Liturgia Horarum":
const. apost., en EDIL 2196-2214; Instit. gen. Lit. Hor., en EDIL 2253-2538.
B. Neunheuser
BIBLIOGRAFÍA:
Basurko X.-Goenaga JA., La vida litúrgico-sacramental de la iglesia en
su evolución histórica, en VV.AA., La celebración en la
iglesia 1, Sigúeme, Salamanca 1985, 49203; Bernal J.M., Una
liturgia viva para una iglesia renovada, PPC, Madrid 1971, 11-64; Cattaneo
E., Introducción a la historia de la liturgia occidental, Studium,
Madrid 1969; Fernández Alonso J., La cura pastoral en
Historia de la
salvación
VV.AA., Esbozo de
una historia de la liturgia, en A.G. Martimort, La iglesia en oración,
Herder, Barcelona 19672, 61-85; VV.AA., Historia de la espiritualidad, 4
vols., Flors, Barcelona 1969; VV.AA., Historia de la iglesia en España,
7 vols., BAC maior 16-22, Madrid 1979ss.
SUMARIO: I.
Introducción: 1. La categoría "historia de la
salvación": orígenes, desarrollo, repercusión; 2. Las
principales teorías: a) En el ámbito protestante, b) En el
ámbito católico
II. La
recuperación litúrgica de la categoría "historia de
la salvación": 1. Dom Odo Casel (1886-1948); 2. La
constitución "Sacrosanctum concilium" del Vat. 11 (1963) -
111. La historia de la salvación en la liturgia: elementos
teológicos y modos de realización: 1. La liturgia,
celebración de la salvación histórica: a) Salvación
como acontecimiento histórico y como acontecimiento cultual, bj
Salvación como acontecimiento personal en Cristo, c) La iglesia,
"pléroma" de la salvación histórica de Cristo;
2. Celebración de la historia de la salvación en acciones
simbólicas: a) Acción constituida por gestos simbólicos,
b) Acción memorial (o anamnética) - IV. Expresiones
litúrgicas concretas: 1. En la plegaria eucarística; 2. En
las oraciones de "bendición" de tipo eucarístico; 3. En
el año litúrgico; 4. En la relación entre
proclamación de la palabra y gesto sacramental dentro de la
acción litúrgica - V. Conclusión.
I.
Introducción
La
relación entre liturgia e historia de la salvación se
enmarca en la relación entre revelación divina e historia humana.
Según el tipo de nexo que se plantee entre estas últimas, se
podrá establecer con mayor precisión el tipo de relación
que une a aquéllas entre sí y a ambas con la historia. Pero el
análisis de la relación entre revelación e historia
(o sea, entre historia de la salvación e historia en general o
empírica) constituye un problema cuyo planteamiento
sistemático es relativamente reciente y todavía no ha producido
resultados definitivos. Sin embargo,
998
esto no perjudica
la fundamentacion de un estudio que analice la relación entre la
revelación salvífica y la liturgia, en cuanto que ambas
constituyen dos realidades concretas insertas en la historia.
Será necesario, entonces, a modo de prólogo, recorrer
rápidamente el camino que ha llevado a la determinación de
la categoría historia de la salvación; a continuación
nos ocuparemos de las relaciones existentes entre esta última y la
liturgia.
1.
La primera
—que, en líneas generales, está presente a lo largo de
toda la edad media y llega hasta el comienzo del siglo xvni— tiende
a considerar la historia humana como una sucesión de hechos que demuestran
la existencia y la verdad de un proyecto providencial dirigido a la
realización del reino de Dios. La historia del hombre y del mundo
(sociedad, política, cultura, religiones...) no tiene, en cuanto
tal, valor y consistencia autónoma respecto al plan divino conocido a
través de la revelación: todo prueba el señorío
exclusivo y absoluto de Dios sobre los acontecimientos humanos. El último
y más famoso representante de esta concepción es J.-B. Bossuet
con su Discours sur l'histoire universelle, de 1681.
La segunda
concepción comienza a aparecer cuando, en los ss. xvn
999
xvni, hace su
aparición la conciencia del cambio, fruto de factores diversos y
complejos —a menudo interdependientes e interagentes—, que van
de la transformación de elementos sociales, políticos o
culturales a la afirmación del saber experimental. El mundo y la
historia comienzan a perder el aspecto de un hecho cósmico fijo e
inmutable, sobre el que el hombre no sólo no puede influir, sino
que incluso debe sufrirlo ateniéndose a sus leyes y a su ritmo. En
conexión con todo esto, "nace en Europa una conciencia histórica,
o sea, nace la conciencia de cómo el futuro colectivo no será una
repetición tautológica del presente, lo mismo que tampoco el
presente es repetición del pasado. Nace la conciencia de la
contingencia de la sociedad y de la cultura en que se vive, y con ella el
interés por precisar su génesis, sus rasgos específicos y
sus defectos. Nace, en consecuencia, el interrogante sobre el futuro
histórico-social que cabe desear, junto con el problema
práctico de predisponerlo responsablemente. Nace —ulteriormente—
el interrogante sobre el sentido de la historia universal"1. Como consecuencia,
y no de las últimas, se puede añadir que la misma historia
se convierte en objeto de una nueva disciplina: la ciencia histórica.
El comienzo de
esta nueva filosofía de la historia pone las bases para un proceso
de repensamiento, por parte de la teología, de la propia posición
tradicional: una visión de la historia según una perspectiva dirigida
únicamente al dato religioso ya no se manifiesta como adecuada para dar
razón de las nuevas perspectivas; por ejemplo, en cuanto a la
universalidad, se descubrían nuevos continentes, nuevos pueblos,
nuevas culturas, nuevas religiones; y en cuanto a la
autocomprensión, se estaban ofreciendo al hombre y a la
Historia de la
salvación
sociedad
occidental las nociones de cambio y de progreso. Eran decididamente
necesarios nuevos criterios y nuevos parámetros de juicio dentro de
la misma perspectiva religiosa.
Un hecho nuevo,
la reforma protestante, viene a poner de un modo traumático las
bases para una nueva orientación del pensamiento, entre otras cosas
merced al tema de la relación entre fe e historia. Partiendo del
principio de la sola scriptura como fuente y criterio de juicio en lo referente
a la fe, el protestantismo abría camino a una concepción de la
teología fundada sobre el eje histórico-salvífico en
oposición a la escolástica medieval, construida desde una
perspectiva metafísica (o sea, según el esquema de la
conexión lógica de las verdades de fe, sin atención a los
hechos en sí). El núcleo fundamental del nuevo planteamiento
consiste en considerar la revelación divina no como un sistema organizado
de doctrina (revelación como discurso), sino como una serie de
acontecimientos a través de los cuales Dios realiza la
salvación del hombre (revelación como historia). Pero surge
inmediatamente la pregunta:
¿En
qué sentido se puede llamar historia a la revelación y,
junto con ella, a la salvación? Pregunta que da origen a otra:
¿Se puede deducir de la historia, globalmente comprendida, el sentido de
la revelación?
2. LAS
PRINCIPALES TEORÍAS. A las anteriores cuestiones, distintas, pero
interdependientes, se han ofrecido en nuestro siglo diversas respuestas,
tanto en el ámbito protestante (sobre todo alemán), en donde
nació la problemática, como en el ámbito católico.
Aquí nos atenemos a las líneas esenciales.
a) En el
ámbito protestante. La formulación orgánica y
sistemática
Historia de la
salvación
del concepto de
salvación como historia se debe a O. Cullmann (cf Cristo y el
tiempo, 1965; El misterio de la redención en la historia [tít.
orig.: Heilals Geschichte], 1965). Ya el AT muestra cómo en la
sucesión lineal de los acontecimientos, algunos de éstos emergen
con la característica de ser escogidos por Dios como portadores de
sentido en orden a un plan divino de salvación. Por obra de la palabra
de los profetas, un determinado acontecimiento sale del anonimato de la
historia y adquiere la calificación de acontecimiento sagrado: la
palabra profética revela su sentido oculto y, relacionando entre
sí los diversos acontecimientos sagrados, pone de manifiesto poco a
poco el proyecto divino. La sucesión lineal de hechos unidos globalmente
por un sentido unitario permite hablar de un modo legítimo de historia,
pero la intervención vertical consistente en la selección de
algunos de ellos en orden a un plan divino de redención hace que esa
misma historia se convierta en historia de salvación. Con el
NT aparece el acontecimiento decisivo y, por eso mismo, normativo de toda
la historia de la salvación: Jesucristo. En cuanto
portador personal
de la salvación, da cumplimiento a la historia veterotestamentaria
y se propone como dato central y determinante de la historia que viene a
continuación de él. En su caso, la intervención interpretativa
de la palabra profética se encuentra en su misma palabra y la de sus
discípulos, iluminada después de la pascua por el
Espíritu.
Con esta
concepción de la historia de la salvación, Cullmann responde al
problema (que había sido su punto de partida) de la
interpretación de la escatología neotestamentaria: si
A. Schweitzer
encontraba en Jesús una contradicción entre el anuncio del reino
como algo inminente y el sucesivo aplazamiento de su realiza
1000
ción en el
momento de su muerte, para Cullmann se trata, por el contrario, de una
perspectiva abierta sobre dos planos diversos aunque simultáneos:
Cristo es personalmente el ya de la salvación y del reino, mientras
que el tiempo de la iglesia se caracteriza por la tensión entre el ya y
el todavía no; o sea, por la realización progresiva del
cumplimiento último.
La principal
crítica que se puede hacer a la concepción fundamentalmente
positiva de Cullmann es que, al poner el acontecimiento constituido por
Cristo en la serie horizontal de los acontecimientos históricos, difícilmente
se consigue que llegue a ponerse de manifiesto la especificidad (o
verticalidad) salvífica en relación con la historia
empírica: el acontecimiento-Cristo, de hecho, tiene el peligro de
perder la novedad que le hace único y decisivo.
b) En el
ámbito católico. El acercamiento católico al tema de la
historia de la salvación se caracteriza diversamente del
protestante, en cuanto que parte de la preocupación apologética
de salvaguardar tanto la dimensión histórica de la
revelación como el fundamento metafísico de la teología
(discutido por el pensamiento protestante). El primer representante
católico significativo es J. Daniélou (Tratado sobre el misterio
de la historia, 1962), el cual, al afirmar que la revelación no es
una explicación teórica del mundo, sino "el testimonio
que se da de los aconteci
mientos",
recupera el espesor histórico de la salvación y la
legitimidad de su traducción conceptual (teología). Desde la
perspectiva de Daniélou, toda la historia humana y cósmica
acaba por adquirir un sentido desde la revelación, consistente en la
realización de un proyecto divino por la obediencia a los signos puestos
por Dios. De este sentido se ex
1001
cluye toda idea
de autorrealización por parte del hombre, lo que permite no confundir el
progreso social con la realización del reino de Dios ni, en
consecuencia, la historia de la salvación con la historia pura y
simple. Posteriormente, otros autores (E. Schillebeeckx, K. Rahner, A. Darlap,
J. Ratzinger, etc.) han contribuido —a menudo con elementos críticos
recíprocos— a clarificar y a profundizar el tema.
En
conclusión, parece que por parte católica no se ha llegado todavía
a un resultado plenamente convincente; en efecto, resulta difícil,
a pesar de todo, establecer y salvaguardar la especificidad peculiar de la
historia de la salvación en relación con la historia profana
cuando esta última es vista en conjunto como orientada y dirigida totalmente
a la realización escatológica del reino.
II. La
recuperación litúrgica de la categoría "historia de
la salvación"
Al mismo tiempo
que, bajo el impulso de la renovación de la exégesis
bíblica, la categoría de la historia de la salvación ocupa
de nuevo su lugar central en la reflexión teológica,
también el mundo litúrgico estaba haciendo el mismo descubrimiento,
si bien a partir de otros presupuestos y por otros caminos, pero llegando al
final, sustancialmente, al mismo resultado. De este proceso merecen subrayarse
especialmente las dos etapas siguientes.
1. DOM ODO CASEL
(18861948). Para la verdad histórica, el primer autor que
afirmó claramente como objeto de la liturgia la obra (éste es el
término usado por él) de la salvación a través de
la presencia activa de Cristo, fue el benedictino
Historia de la
salvación
L. Beauduin
(1873-1953) (cf Ixipiété de l'église, en Mélanges
liturgiques, Mont-César, Lovaina 1954, 76); pero esta
afirmación tan capital no fue acogida por sus contemporáneos,
entre otras cosas porque él mismo no aportó una posterior profundización.
Fue precisa la llegada de otro monje benedictino, O. Casel precisamente, para
que esta perspectiva adquiriese un relieve totalmente original y adecuado
á su gran importancia.
El núcleo
esencial del pensamiento caseliano es que la liturgia de la iglesia es la
celebración sintética de toda la historia de la salvación:
el proyecto concebido ab aeterno por Dios se realiza históricamente en
el AT y en el NT y se re-actualiza sacramentalmente en las acciones litúrgicas
de la iglesia hasta su definitivo cumplimiento escatológico en la
segunda venida del Señor. Elemento determinante de esta
concepción es la recuperación del binomio mysterium-sacramentum
[/ Misterio], indicador de una acción ritual centrada en la
anamnesis (acción anamnética): hacer memoria ritual [/ Memorial]
de todo un acontecimiento salvífico cumplido históricamente en el
pasado comporta una re-presentación y re-actualización del
mismo en el presente con el objetivo de hacer posible una /
participación real en él por parte de todos los hombres de todos
los tiempos. Objeto primario y directo del memorial litúrgico
cristiano es el / misterio pascual (muerte-resurrección) de Cristo,
acontecimiento que concentra y recapitula la vida del Verbo encarnado y,
por ello mismo, toda la historia de la salvación.
Metodológicamente,
Casel llega a esta visión por vía
histórico-filosófica, analizando las analogías presentes
en los cultos no revelados (religiones de misterios; sin embargo, en la
práctica se limitó a los cultos he
lenísticos),
la enseñanza de los padres (en los que creyó reconocer influjos,
al menos terminológicos, de las religiones mistéricas) y,
finalmente, el lenguaje propio del culto cristiano de los primeros
siglos. Su teoría —elaborada en numerosos escritos, de
los que nos limitamos a citar el fundamental: El misterio del culto cristiano,
1932 (1953, en castellano)— fue objeto en su tiempo de ásperas
controversias ;; debe ser valorada distinguiendo el nivel de la fundamentación
histórico-filosófica, es decir, la parte científicamente
más débil con respecto a los avances actuales •', y el
nivel de la consistencia teológica: lo esencial de esta última
—no en cuanto teoría de Casel, sino en cuanto patrimonio
recuperado de la más auténtica tradición— es ahora
enseñanza común tanto de la teología como del
magisterio eclesial.
2.
1002
se hace
después de afirmar el hecho: "La primera característica
—escribe Marsili— del modo como el Vat. II presenta el tema sobre
la liturgia en
como
actualización última de la historia de la salvación.
Síntesis, porque toda la serie de los acontecimientos
salvíficos que parten de la creación y llegan a la segunda venida
de Cristo constituye el contenido propio de la liturgia;
actualización última, porque la salvación, dada definitivamente
por Dios a los hombres en Cristo y por Cristo, pasa ahora efectivamente por la
mediación sacramental de la liturgia, en la que está
precontenida y ordenada su encarnación en la vida.
Con lo dicho
basta aquí —en la espera de retomar y desarrollar posteriormente
estos temas fundamentales— para tomar conocimiento de cómo
con
hasta entonces
más avanzadas del magisterio, cual eran las expresadas en la
encíclica Mediator Dei, de Pío XII (1947), donde, aun
admitiéndose una presencia en la liturgia de los misterios
salvíficos de Cristo, parece, sin embargo, que esa presencia no
debería comprenderse en sentido sacramental-real, sino moral-ejemplar,
como mucho, en el sentido de que estos misterios transmitirían a
través de la liturgia solamente su efecto, o sea, la gracia o
salvación 5.
III. La historia
de la salvación en la liturgia: elementos teológicos y modos de
realización
Después de
haber recorrido el camino histórico que condujo a la recuperación,
en la comprensión occidental de la liturgia, de la categoría
relativa a la historia de la salvación, es preciso ahora proceder a un
análisis más detallado del tipo de relación que
existe precisamente entre liturgia e historia de la salvación. Seguiremos
dos líneas: ante todo se precisará lo que se quiere decir
exactamente al afirmar que la liturgia celebra la historia de la
salvación; en un segundo momento se pondrán de manifiesto
las diversas modalidades en que la liturgia realiza esa celebración.
1.
Historia de la
salvación
turaleza
simbólica y de su fijeza sustancial, parece substraerse al dinamismo
concreto del tiempo y de la historia —es necesario precisar en la liturgia
algún elemento que, aun teniendo en cuenta que la acción
ritual mantiene su diversidad específica con respecto a los
acontecimientos históricos que son objeto de la celebración,
permita a pesar de todo situarse en continuidad con los mismos. Ahora
bien, desde esta perspectiva, el único punto adecuado de referencia
es el contexto de la revelación bíblica.
a)
Salvación como acontecimiento histórico y como
acontecimiento cultual.
tecimiento y
palabra es tan estrecha que el hecho mismo se convierte en palabra y la palabra
se hace acontecimiento.
De todo esto se
sigue una transformación radical en el modo religioso de
relacionarse Israel con Dios: ya no se trata de una creencia de tipo teistico,
sino de una fe en sentido pleno; y una fe que ahora se basa en datos, es decir,
en hechos que llevan en sí las actuaciones divinas en el camino histórico
del pueblo de Dios y en las celebraciones cultuales que las conmemoran y
actualizan. Este nuevo modo de ver, nacido de la experiencia
histórica de la cercanía de Dios, ordena ahora la
interpretación del pasado y la espera del futuro.
En efecto, Israel
relee su propia historia descubriendo en sus diversas etapas la puntual
manifestación de una actuación divina y discerniendo en todo ello
las líneas maestras de un proyecto ordenado y coherente. Llega
así a enmarcar sus orígenes en el cuadro grandioso de la
génesis de todo lo que existe: la creación de la nada por obra de
Dios. Ello es de capital importancia no sólo porque introduce en el
patrimonio religiosocultural de la humanidad el concepto de
creación, sino también porque el mismo acto divino del creador es
comprendido —a partir de la experiencia del éxodo de Egipto,
o sea, del acontecimiento por el que Dios crea su pueblo— como
acontecimiento de salvación: el fiat divino que hace que las cosas
existan es ya un acto de salvación en cuanto liberación del
caos-prisión de la nada, siendo aquí la nada no tanto la simple
negación del existir cuanto de una relación vital con Dios. En
efecto, las creaturas —y en primer lugar el hombre, con el que nace
la posibilidad de una historia— vienen a la existencia no por
capricho de un hado impersonal, que las dejaría
1004
después
abandonadas a sí mismas, sino por decisión soberanamente libre
de un Dios personal, que las une a sí y las hace partícipes de su
propia vida y de su propia bondad. En consecuencia, en el acto mismo por
el que Dios se revela como creador se manifiesta ya como salvador. El núcleo
esencial de la experiencia del éxodo, la liberación con vistas a
una alianza-comunión, se lee ya anticipadamente en el
acontecimiento de la creación, y se caracteriza, por tanto, como el
esquema interpretativo básico de toda la historia de la salvación.
La revelación de Dios y de su relación con los hombres tiene lugar
en el hacerse mismo de las cosas y de su devenir: es un acontecimiento que
toma cuerpo en %\x fadicidad, en su obediencia creatural al impulso
creador originario'.
Pero es en la
historia concreta del pueblo que desciende de Abrahán donde se
manifiesta de modo paradigmático el actuar divino tendente a salvar
—por esta vez en sentido formal— al hombre (y a la creación
implicada en su caída) y a hacer que toda la historia humana se libre de
la perdición abriéndose a acoger los gestos de salvación
de Dios. Los temas recurrentes de la promesa, de la elección, de la
alianza, de la palabra como ley-vida-profecía, del pueblosigno,
etc., no surgen de un sistema conceptual, sino de la relación viva de
Dios con su pueblo, así como los temas universales del origen y del fin
de todo, del bien y del mal —en una palabra, los supremos
porqués—, adquieren la fisonomía y la consistencia
de una historia concreta.
Sin embargo,
Israel, además de la capacidad de releer hacia atrás su propia
historia, posee también la capacidad de proyectarla hacia delante.
La salvación de Dios está realizándose con vistas a
un cumplimiento que delinea ya el futuro: pueden contarsefechas
(acontecimientos pa1005
sados) que dan
razón del presente; al mismo tiempo pueden garantizarse posteriores
encuentros con un futuro en el que se ha prometido una alianza definitiva
y eterna, un salvador y un reino mesiánico, una universalización
del don de la salvación. Y todo esto no como proyecciones ideales por
encima de una realidad contradictoria y desilusionante, sino como certezas
indefectibles, como acontecimientos que brotarán de las premisas
constituidas por los acontecimientos ya realizados, como respuestas
de la historia a la palabra creadora de Dios.
Si esta
visión de fe, típica de Israel, permite a este pueblo
relacionar el pasado y el futuro de la propia historia, es porque la
percepción de la salvación como acontecimiento que se está
realizando le es garantizada por el presente de su vida cultual. Cada
uno de los hechos históricos en los que se ha manifestado de modo
singular y decisivo la intervención salvadora de Dios, lejos de quedar
prisionero de la finitud que el correr del tiempo le impone necesariamente,
encuentra el modo de conservar actualidad y eficacia en la acción
ritual conmemorativa, cuya institución es presidida por la misma
iniciativa divina. De este modo, por ejemplo, el acontecimiento
histórico fundamental de la existencia de Israel como pueblo de
Dios, la liberación-alianza del éxodo, se convierte en
acontecimiento actual en la celebración anual de la pascua. La consigna
es: "Este día (= conmemoración litúrgica de la
pascua del éxodo) será memorable para vosotros y lo
celebraréis como fiesta de Yavé, como institución perpetua
de gene
ración en
generación" (Ex 12,14); la
ejecución
de la consigna, es decir, la
celebración
litúrgica, asume este sig
nificado:
"Nosotros éramos esclavos
del faraón
en Egipto, y Yavé nos li
beró con
su mano potente..." (Dt
Historia de la
salvación
6,21); donde el
nosotros en cuestión no son los que vivieron el hecho ya lejano en el
tiempo, sino los que actualmente participan en la comida pascual
conmemorativa. El memorial ritual, por tanto, sin ser (ni poder ser)
repetición del acontecimiento histórico en su materialidad,
es sin embargo ese mismo acontecimiento actual de liberación y de
alianza. Por la vía litúrgica la salvación es siempre
actualidad en cuanto que el acto memorial indica permanencia de la
acción divina.
En el mismo
momento en que Israel actualiza en su liturgia la propia experiencia de la
salvación, obtiene también la realización del verdadero
culto, digno del verdadero Dios. Salvación y culto están
íntimamente unidos no sólo porque la primera alcanza a
las diversas generaciones a través de las expresiones concretas del
segundo, sino también porque su verdadero fin es hacer que el pueblo
liberado sea capaz de adorar a Dios, tal y como se ha manifestado en su obrar.
Efectivamente, la liberación del éxodo se plantea desde el principio
como orientada a un acontecimiento de naturaleza cultual: "Deja,
pues, que vayamos a tres días de camino por el desierto para
sacrificar a Yavé, nuestro Dios" (Ex 3,18b; cf también 5,3;
10,25); "Esta será la señal de que yo te he enviado]
Cuando hayas sacado al pueblo de Egipto, adoraréis a Dios sobre este
monte" (Ex 3,12). La tierra prometida no sólo constituye la
realización de una aspiración a la libertad según el juramento
hecho por Dios a los padres, sino también y sobre todo el lugar del
servicio debido a Dios en los signos de culto y en la obediencia
a la ley.
b)
Salvación como acontecimiento personal en Cristo. En su articulación
histórica, el proyecto de Dios tiene una cita con un acontecimiento
frente al cual
todo cuanto ha acontecido antes se reduce al papel de sombra y de figura
(cf Col 2,16-17): la encarnación del Verbo en la plenitud de los
tiempos. Si los acontecimientos veterotestamentarios pueden
considerarse como una preparación, lo es más en el sentido
de la creación de una actitud de espera que en el de una
realización progresiva. La realidad de la salvación está
única y totalmente en el acontecimiento Cristo (cf ib); es
verdaderamente historia desde el momento en que se identifica con los
acontecimientos de su existencia terrena ("mysteria carnis
Christi"): encarnación, predicación de la venida del
reino (evangelio), pasión-muerte,
resurrección-glorificación. Si no fuese así, lo
realizado por Cristo en relación con la salvación
consistiría solamente en una aportación que
completaría
y perfeccionaría, y no, por el contrario, en una aportación
constitutiva, única y exclusiva, como realmente es. Ahora bien, la
relación entre la economía de la ley (= AT) y la nueva
economía centrada en Cristo está claramente definida en la
carta a los Hebreos (ce. 5-10): las antiguas instituciones
religiosas, especialmente las cultuales, incapaces de dar la
justificación, eran sombra y figura con respecto a la realidad hecha presente
con Cristo.
En el conjunto de
la economía salvífica se encuentra así,
dialécticamente, un aspecto de continuidad y otro de total novedad.
El primer aspecto es identificable en la existencia de un denominador
común en ambas fases de la economía en cuestión, la
categoría de acontecimiento, que ilumina la dimensión
históricoencarnacional del proyecto divino. Del hecho de que en una
primera fase la intervención divina se manifieste en
acontecimientos-figura (anuncio o profecía) y que, en una segunda, se
manifieste definitivamen
1006
te en
acontecimientos-realidad, resulta siempre el dato objetivo de una
salvación ordenada a alcanzar al hombre dentro de la historia o, inversamente,
de la historia como lugar concreto donde la salvación toma cuerpo. Pero
esto solamente con el acontecimiento Cristo se hace verdad plenamente, hasta el
punto de que san Pablo puede decididamente afirmar la novedad de las manifestaciones
del misterio de Cristo con respecto a las "generaciones precedentes",
que quedaron a oscuras (cf Ef 3,5). No hay paralelo entre lo que los antiguos
acontecimientossombra hacían presentir y lo que la entrada personal
de Dios en Cristo en la histora representa en cuanto acontecimiento-verdad: si
la persona y la obra de Cristo desvelan el sentido y el fin de los
acontecimientos que, partiendo de la creación y pasando por las
vicisitudes del antiguo
pueblo elegido,
llegan hasta él, es porque constituyen su cumplimiento en un sentido
nunca sospechado ni imaginable: en Cristo "habita corporalmente toda
la plenitud de la divinidad" (Col 2,9); "generado antes de toda
creatura", es aquel por medio del cual y en orden al cual han sido
creadas todas las cosas y éstas subsisten en él (cf ib, 1,15-17);
en él, manifestación personal en la plenitud de los tiempos
del misterio de la voluntad de Dios, se recapitulan el universo y la historia:
en él fuimos elegidos antes de la creación del mundo, y
mediante su sangre hemos obtenido la redención; él es
personalmente la garantía de nuestra herencia en la espera del
cumplimiento definitivo de la redención en nosotros, predestinados
por él a ser alabanza de la gloria de Dios (cf Ef 1,414); es
él quien, resucitado de entre los muertos y sentado a la diestra del
Padre en el cielo por encima de todo poder y autoridad, ha sido constituido
cabeza de la iglesia, que es su
1007
cuerpo, plenitud
de aquel que se realiza totalmente en todas las cosas (cf ib, 20-23; cf
también Col 1,1820), hasta que, cuando se le haya sometido
todo, también él se someterá a aquel que le ha sometido
todas las cosas, para que Dios sea todo en todos (cf 1 Cor 15,28).
En el adverbio
corporalmente de Col 2,9 está la clave de lectura de toda la historia de
la salvación desde una perspectiva cristológica y sacramental:
la humanidad de Cristo habitada por la plenitud de la divinidad (cf
el juanista "el Verbo se hizo carne") significa presencia de Dios en
la historia y en el tiempo concretos ("y habitó entre
nosotros"), además de asunción-redención de cuanto
había sido "encerrado bajo el pecado" (cf Gal 3,22);
significa sobre todo la raíz del acontecimiento fundamental y
recapitulador de la existencia y de la actuación, es decir, del
misterio de Cristo: su muerte y su resurrección pascual.
"Padeció bajo Poncio Pilato" no es una precisión
superflua en el contexto de una profesión de fe que debería
atenerse solamente a lo esencial, sino que constituye un subrayado
intencional de la densidad histórica del misterio de Cristo, que no
sería precisamente misterio —o sea, acontecimiento de
salvación— si no tuviese fechas, es decir, si no tuviese una
consistencia histórica.
Todo esto tiene
consecuencias para el plano cultual. Si la economía del AT consiste
en acontecimientos cuyo significado salvífico se justifica
sólo por su relación con el acontecimiento futuro
representado por Cristo, esto es válido también para la
dimensión cultual: los antiguos ritos, frente a la aparición
de la realidad, pierden su razón de ser y se sustituyen por nuevos
gestos rituales que, conteniendo esa realidad, tienen la posibilidad efectiva
de comunicar la salvación y de constituir el fun
Historia de la
salvación
damento de un
culto practicado en la verdad porque participa en el culto que Cristo da al
Padre en el Espíritu.
c) La iglesia,
"pléroma" de la salvación histórica de Cristo.
El acontecimiento Cristo también aporta novedades en referencia al
sujeto al que se destina la salvación. Ahora ésta se
unlversaliza de hecho: el "misterio oculto desde los siglos y desde las
generaciones" fue hecho "conocer... entre los gentiles" (Col
l,26s); los que
en un tiempo estaban "sin Cristo, alejados de la ciudadanía de
Israel y ajenos a las alianzas, sin esperanza de la promesa y sin Dios en el
mundo" (Ef 2,12), son unidos al pueblo de la promesa de modo que,
derribado por la sangre de Cristo el muro de la separación, se haga
de los dos un solo pueblo (cf ib, 14
18), en el cual
"no hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay
varón ni mujer", ya que todos son "uno en Cristo
Jesús" (Gal 3,28). El Cristo pascual es el centro de convocación
de toda la humanidad (cf Jn 12,32), el alfa y la omega, el principio y el
fin (cf Ap 1,8; 21,6) del tiempo y de la historia.
La iglesia es
totalmente relativa al misterio de Cristo en cuanto que no es otra cosa sino la
misma salvación, nacida de Cristo, que poco a poco toma cuerpo en el
seno de la humanidad hasta su cumplimiento escatológico. El hecho
de que la terminología neotestamentaria referida a la iglesia la
califique insistentemente como cuerpo y pléroma (plenitud) de Cristo,
subraya el aspecto de continuidad de la visibilidad histórica de la
salvación tal y como se ha manifestado en Cristo y por Cristo.
Modelada sobre el mismo misterio de Cristo, la iglesia es teándrica, es
decir, al mismo tiempo humana y divina, visible, pero dotada de realidades
invisibles (cf SC 2); esto cons
tituye el
contenido conceptual de cuerpo y pléroma y lleva de nuevo a la
comprensión de la iglesia desde la categoría de misterio
(misterio de Cristo-misterio de la iglesia). Calificar a la iglesia como
misterio implica dos aspectos distintos, pero complementarios: 1) todos
los que forman parte de ella son llamados a dejarse poseer por el don de la
salvación bajo la forma de un proceso de progresiva cristificacion:
llegar a ser hijos de Dios, acogiendo a Cristo (cf Jn 1,12), a cuya imagen
estamos llamados a conformarnos (cf Rom 8,29); más
específicamente, viviendo el dinamismo pascual de la muerteresurrección
puesto en marcha por el bautismo (cf Col 2,12; Rom 6,4; etc.) para llevar una
vida según el Espíritu (cf Rom ,8,1-17); 2) la iglesia,
llena de la vida de Cristo, se convierte en signo e instrumento de la
predicación-actuación entre los hombres del evangelio de la salva
ción para
hacer de todos ellos el cuerpo de Cristo.
La fuente de la
cristificacion de la iglesia, como también de su misión en el
mundo, está en la presencia real y continua del Cristo pascual en la
iglesia misma (Mt 28,20), presencia que alcanza su máxima actualización
en la liturgia (cf SC 7). Y con esto se está siempre en la línea
del acontecimiento, que caracteriza toda la historia de la salvación. En
efecto, uniéndose al misterio de Cristo, que es acontecimiento-realidad
en relación al acontecimiento-sombra del AT, la liturgia llega a
participar de
la misma
dimensión de realidad: los signos de que está constituida no
sólo significan, sino que contienen realmente el acontecimiento de salvación
al que se refieren y lo contienen de un modo pleno, total y cumplido,
porque plena, total y cumplida —sin posibilidad de añadiduras—
es la realidad salvífica que nos trajo Cristo 7.
1008
2.
CELEBRACIÓN DE
sacramento-pléroma
de Cristo que es la iglesia y, de modo específico, en los signos
sacramentales de la liturgia. Esto significa dos cosas: ante todo, las dos
formas —histórica y mistérica—, aunque distinguibles
conceptualmente, no son separables, al estar el hecho histórico de la
salvación ordenado a perpetuarse en el acto
sacramental-litúrgico, y este último ordenado a permitir, en
el tiempo y en el espacio, el acceso al don de la salvación que ha
brotado de aquél; en segundo lugar, el acto li
túrgico
constituye a su vez un acontecimiento de salvación porque, perteneciendo
al tiempo de la iglesia, pone el hoy histórico en contacto con el tiempo
de Cristo, es decir, con la realidad ya históricamente cumplida de
la salvación en Cristo y por Cristo, y constituye su
continuación. Y es un acontecimiento sacramental porque sus modos de
actualizar la salvación son diversos, como veremos, de los que son
propios del he
cho
histórico en sí.
Así pues,
en la acción sacramental de la liturgia la historia de la salvación
alcanza su momento último de actuación": cuantos, a
través de la celebración litúrgica, se ponen en contacto
con la realidad del misterio de Cristo, permitiéndole, con las oportunas
disposiciones interiores (entre ellas, en primer lugar, la fe), obrar
libremente en ellos, son conformados gradualmente con ese misterio y
entran así en la historia de la
1009
salvación
cristológicamente defini
da. No se trata
de una nueva historia
de la
salvación ni de una especie de
apéndice a
la misma, sino de la in
serción en
la actualización única,
idéntica y
completa que se ha dado
en Cristo.
Es necesario
ahora examinar el
modo como la
liturgia realiza esta
específica
actualización de la historia
de la
salvación.
a) Acción
constituida por gestos simbólicos. El modo de actuar de la liturgia
excluye tanto la reproducción del acontecimiento salvífico
en su circunstancialidad histórica, al estar éste cerrado en
sus coordenadas espacio-temporales y, por esto, ser como tal irrepetible
(por ejemplo, al celebrar la eucaristía no se está en el
cenáculo ni en el Calvario), como la reproducción por
vía mimética, al presentarse ésta como un puro y simple
hacer como si, o, lo que es lo mismo, repetir a distancia de tiempo y de
lugar la apariencia exterior del hecho para sacar únicamente
impresiones psicológicas o emotivas (por ejemplo, celebrar la
eucaristía como una reconstrucción del cenáculo o del
Calvario). La liturgia, por el contrario, actúa por vía
simbólica, donde el símbolo indica la expresión de la
unidad y totalidad de una cosa después de la reunificación
de cada una de sus partes y, al mismo tiempo, la presencia objetiva de la
cosa representada. Su elemento característico es la capacidad de
realizar una reunificación [/ Signo I Símbolo].
Considerando
ahora el modo de actuar de Dios en la revelación salvífica,
o sea, a través de acontecimientos históricos, que son
contemporáneamente misterios, se comprende cómo la
liturgia sea precisamente el símbolo que reúne juntas las dos
formas de actuación de la única acción
salvífica de Dios, permitiendo
Historia de la
salvación
que esta
última se haga presente a cuantos, en cualquier tiempo y lugar,
ponen en acto el símbolo mismo. En concreto: el hecho
salvífico —en este caso, la obra de Cristo, que culmina en su
muerte y resurrección— se hace presente y eficaz en la
acción simbólica realizada por la iglesia. El hecho
salvífico original se hace presente no en su realidad física
original (por ejemplo, en el sacrificio eucarístico no tiene lugar el
acto físico de morir Jesús, ni mucho menos una nueva
muerte), sino en su realidad intrínseca y objetiva de misterio
o acto divino,
que no sólo es en cuanto tal omnipresente y coexistente con cada
momento de la historia, sino que también está marcado por el
hecho de haber tenido su concreción histórica. De
aquí se sigue que ese acontecimiento salvífico, permaneciendo
en sí mismo único e irrepetible, adquiere un nuevo modo de
existir y de actuar en el gestosímbolo ritual. Por tanto, a partir
de esto último —y de su repetibilidad— es como la liturgia
constituye, según se ha dicho, el momento último de la historia
de la salvación, o sea, el momento en que el misterio de Cristo se
hace efectivamente presente a todos los hombres.
b) Acción
memorial (o anamnética). El fundamento inmediato de la
eficacia operativa de la acción simbólica ritual está
en ser acción memorial, o sea, acción relativa al
acontecimiento histórico pasado mirando a su reactualización
en el presente y a su orientación hacia una realización
plena en el futuro escatológico. Una vez más la liturgia realiza
su naturaleza de símbolo en cuanto reúne en una misma
acción el hecho de salvación ya realizado, el presente
histórico y el futuro escatológico. Sin embargo, el
imprescindible punto de partida es el hacer memoria del acontecimiento
salvífi
Historia de la
salvación
co en cuanto
hecho históricamente sucedido, sin que llegue a faltar a la
acción litúrgica un contenido real (la salvación), y al
acontecimiento salvífico el modo de llegar a los hombres en su
situación histórica. El papel decisivo del aspecto de
memorial aparece extremadamente claro en el gesto con que Jesús, al
instituir la cena eucarística, da inicio a una nueva liturgia:
exactamente aquella que toma de él su nombre (= cristiana).
Retomando la
tradición bíblica del / memorial litúrgico, Jesús
la lleva a cumplimiento: el memorial
figura de la
economía antigua se convierte en el memorial-realidad de la nueva. En la
consigna dada a los discípulos —"Haced esto en conmemoración
mía"— se encuentran dos datos fundamentales: la
disposición para realizar un acto, el mismo acto creado por Jesús
("Haced esto"), y la anexión de un significado nuevo y
definitivo ("en conmemoración mía"). Y este segundo
dato es el más decisivo y específico. Puesto que, como ya se ha
dicho, la obra de Cristo constituye la realidad cumplida de la historia de
la salvación, la nueva liturgia no puede hacer conmemoración
de otra cosa sino de él ("mía") y de su obra ("la
nueva y eterna alianza"): toda la historia de la salvación es una
realidad actual en medio de los hombres de todos los tiempos en su recapitulación
cristica a través del memorial de la acción
litúrgica.
Con esto se llega
a la raíz misma de la justificación de una liturgia cristiana
que quiere ser celebración de la historia de la salvación. En
efecto, ni la anterior tradición ritual veterotestamentaria ni la
presencia universal de un culto ritual de las religiones no reveladas
justificaría el restablecimiento y continuación en contexto
cristiano de una actividad litúrgicoritual si no hubiese acontecido
un hecho nuevo —el misterio de Cris
1010
to—, donde
la cuestión de la salvación del hombre encuentra
solución, la única verdadera y posible y, por ello mismo,
absoluta. Si Cristo, por una parte, lleva a cumplimiento en sí mismo
todo cuanto la economía del AT profetizaba y cuanto las religiones
no reveladas buscaban a tientas (cf He 17,27), por otra ha superado
ambas etapas poniéndose a sí mismo, Hijo de Dios hecho hombre,
como único realizador y mediador de la salvación y como
único lugar de culto a Dios. En consecuencia, al instituir los gestos
rituales (la cena eucarística, el baño bautismal), Cristo no
podía evitar el referirlos a sí, haciéndolos por eso mismo
nuevos, aunque en su estructura material continuaran estando presentes
elementos de los ya abolidos. La iglesia, obedeciendo a su mandato
("Haced esto..."; "Bautizad..."), obedece en profundidad a
su intención: cada vez que realiza un gesto litúrgico es a
él a quien hace referencia, es de él de quien se acuerda, es el
gesto de su venida-muerte-glorificación lo que ella realiza "hasta
que vuelva" (1 Cor
11,26).
Teniendo, pues,
como ejes centrales de su propio ser y obrar la
anamnesis'actualización del misterio de Cristo, la liturgia de la
iglesia puede legítimamente, con plena autoridad, presentarse como
la actualización sacramental de toda la historia de la
salvación. Si SC 6 puede afirmar que desde el día de Pentecostés
la iglesia nunca dejó de reunirse en asamblea para celebrar el
misterio pascual de Cristo, lo hace en razón de la presencia especial
del mismo Cristo en las acciones litúrgicas (cf SC 7), presencia
garantizada por el acto anamnético ordenado por el Señor mismo.
Decir, por esto, de la acción litúrgica que está fundada
sobre el dato anamnético significa afirmar al mismo tiempo la presencia
real, en ella y a través de ella,
1011
de Cristo y de su
misterio pascual; la continuación de la acción salvífica
de Dios en el mundo y en la historia a partir del cumplimiento que le ha dado
el mismo Cristo y del modo como éste lo ha realizado (es decir, el modo
pascual: muerte y resurrección); la posibilidad para todo hombre
de dejarse asimilar por el Espíritu Santo, primer fruto de la redención,
con Cristo muerto y resucitado (cristificación o cristoconformación);
la posibilidad también de dar sentido y orientación a la propia
existencia en cuanto transformados en memorias vivientes (éste es
el núcleo del testimonio cristiano) de Cristo en la historia
cotidiana de los hombres.
IV. Expresiones
litúrgicas concretas
Ahora es el
momento de presentar algunos ejemplos concretos de cómo la liturgia
recibe y expresa como contenido suyo específico la realidad de la
historia de la salvación. Un reconocimiento, aunque rápido,
del tejido vivo de la liturgia permite apreciar un espíritu y
una mentalidad útiles para un conocimiento más atento y
consciente de lo que significa insertarse en la historia de la salvación
a través de la liturgia. Obviamente, para tener un conocimiento
más detallado y exhaustivo será preciso consultar, en este
Diccionario, cada una de las voces relativas a cada sacramento y a cada
sacramental, donde el tema de la historia de la salvación
aparecerá planteado desde perspectivas particulares. Aquí nos
limitaremos a subrayar, en algunos elementos típicos de la liturgia, la
presencia constante y determinante del tema en cuestión.
1. EN
Historia de la
salvación
la plegaria
eucarística realiza de manera explícita y completa el memorial
del sacrificio pascual de Cristo. Pero en el mismo momento en que relata y da
gracias por lo que el Padre ha hecho por el hombre en Jesucristo no
puede dejar de relatar y dar gracias por el pasado, que precisamente en el
Señor Jesús ha adquirido sentido y verdad. Por esto la
tradición común a todas las iglesias de Oriente y Occidente ha
definido la plegaria eucarística —aunque de diversos modos y
estilos— como una recapitulación de la historia de la
salvación'; y no en el sentido de una mera evocación literaria,
sino en el sentido de la presencia actual de un verdadero acontecimiento
salvífico, con la plena conciencia de que proclamar las
intervenciones salvíficas divinas —los "mirabilia
Dei"— significa realizarlas. El desarrollo de la plegaria,
desde el pvefacio (cf a este respecto los de la tradición latina) al
relato de la institución, es el de una narración histórica
teológicamente leída, donde el criterio de interpretación
del sentido y de la orientación del obrar divino en la historia viene de
aquel acontecimiento que, último en el orden histórico, es el
primero en el plan eterno de la salvación: el misterio de Cristo. De
este modo es como —tomando aquí el ejemplo típico de
la actual plegaria eucarística IV— el hacer memoria comienza por
la contemplación de Dios en sí mismo ("existes desde
siempre y vives para siempre; luz sobre toda luz"), comprendido
inmediatamente en su ser "fuente de vida" tanto a nivel de la
creación, visible e invisible, como a nivel de la redención; esta
última, preparada por repetidos ofrecimientos de alianza, se cumple
en la plenitud de los tiempos en Cristo, el Verbo encarnado,
anunciador del evangelio de la salvación, muerto y resucitado,
origen del Espíritu enviado para revestir al mundo de la re
dención
pascual: todo esto es una realidad presente en el mismo momento en que en
la plegaria —ya realizada la epíclesis— se convierte en
relato del gesto eucarístico de la cena del Señor. También
aquí, por tanto, donde toda la historia de la salvación se
recapitula en el volver a hacer la cena eucarística, se reencuentra
la forma narrativa: "El mismo, llegada la hora..., tomó
pan..." Pero se trata de un relato actualizador: el gesto pasado
("tomó..., dio..., dijo...") lleva al presente ("Esto es
mi cuerpo..."), abriéndose al mismo tiempo al futuro ("Haced
—literalmente 'Haréis'— esto..."). Pero este
futuro es precisamente el presente de la iglesia que hace memoria-anamnesis:
"Al celebrar ahora el memorial..., proclamamos..., ofrecemos..."
Todo, pues, con el objetivo de que cuantos coman y beban de los dones hechos
eucaristía se conviertan en cuerpo de Cristo. Esto, en síntesis,
significa que la historia de la salvación es actualidad, en cuanto
que hacer el memorial del Señor y consumir el banquete
eucarístico significa entrar de modo efectivo en el acontecimiento
salvífico pascual; y es, a la vez, profecía, en cuanto que hace
referencia a un progresivo cumplimiento en el hombre hasta el éschaton
de la parusía.
2. EN LAS
ORACIONES DE "BENDICIÓN" DE TIPO EUCARÍSTICO.
Desde la antigüedad cristiana, cualquier forma de oración que
acompañase al momento central de una acción litúrgica
—lo que siempre conlleva una bendición o
consagración— se modela sobre la oración eucarística
por excelencia, la de la cena del Señor. Y esto precisamente porque
en todas las expresiones de la liturgia subyace una misma convicción y
sensibilidad; se trata siempre, en efecto, de la historia de la
salvación, que toma cuerpo en el gesto litúrgico con1012
creto que se
está celebrando l0. Ejemplos clásicos son: la oración
de bendición de la fuente bautismal (o también del agua
lustral) en el curso de la vigilia pascual, donde los "mirabilia
Dei" son leídos a la luz del signo salvífico representado
por el agua (véase también en el rito de la iniciación
cristiana); la oración de consagración del crisma el jueves
santo, donde el elemento-guía está constituido por el signo
del aceite; la oración para otorgar las órdenes sagradas,
cuyo hilo conductor está representado por la iniciativa de Dios
para la edificación y el cuidado pastoral de su pueblo; la
oración de la bendición solemne de los esposos en el rito del
matrimonio, fundada sobre los dos polos del misterio de la creación
y del misterio nupcial entre Cristo y la iglesia; las oraciones para el rito de
consagración de vírgenes y para el de la profesión
religiosa, en donde se hace surgir de la historia de la salvación la
exigencia de una consagración total a Dios a través de una
sequela Christi radicalmente buscada propter regnum.
3. EN EL
AÑO LITÚRGICO. Es aquí suficiente recordar que el
año litúrgico no es sino el memorial de la historia de la
salvación, que tiene como centro el misterio pascual de Cristo
desplegado a través de los ciclos del tiempo cósmico
(año terrestre) y basado en el concepto de fiesta. Con una
particularidad: que el repetirse de los ciclos no cierra la historia de la
salvación, sino que replantea continuamente los acontecimientos
básicos para su progresiva apropiación en el momento
litúrgico-celebrativo (que tiene siempre a la eucaristía
como centro), de modo que la acción salvífica de Dios atraviesa
el tiempo cósmico y hace de él tiempo oportuno (kairós)
para la salvación. En este sentido, el año litúrgico
pertenece a la categoría de
1013
los
signos-símbolos litúrgico-sacramentales; en efecto,
reúne juntos el modo eucarístico y el sacramental en que Dios
realiza la salvación.
4. EN
Tal perspectiva
permite establecer objetivamente y recuperar subjetivamente el sentido de
la unidad orgá
Historia de la
salvación
nica entre el
momento de la proclamación de la palabra bíblica y el
momento estrictamente sacramental dentro de una misma celebración: al
igual que, en la realización histórica del plan divino de la
salvación, el anuncio se convierte en hecho, y este último es reconocible
como acontecimiento salvífico a causa de la palabra que, al
anunciarlo, determina su identidad.
V.
Conclusión
La
relación entre historia de la salvación y liturgia puede
definirse a distintos niveles, que tienen diversas características, pero
que constituyen una unidad orgánica: — a nivel histórico:
el culto litúrgico cristiano nació plenamente consciente de
constituir la actualización mistérica, sacramental del
plan eterno de salvación en el hoy de la iglesia; tal conocimiento
ha tenido ciertamente diversos grados de intensidad, incluso hasta
alcanzar en algunas épocas un oscurecimiento casi total
(piénsese en la concepción de la liturgia como simple medio de
apropiación de los méritos de Cristo, o cuando fue relegada
a un segundo lugar con respecto a la experiencia contemplativa por parte
de algunas corrientes de espiritualidad); pero, independientemente de la
comprensión que de ella se pudiese tener en un determinado momento, la
liturgia ha continuado siendo objetivamente actualización sacramental
del misterio de Cristo y de la historia de la salvación, y como tal ha
llegado hoy hasta nosotros, que de manera providencial tenemos la posibilidad
de recuperar y desarrollar su concepción original; — a nivel
teológico: ahora ya se admite que la historia de la salvación,
una vez que alcanza su verdad en el misterio de Cristo, continúa
realizándose en la dimensión sacramental de la
liturgia, que
precisamente contiene y comunica ese misterio; esto se ha hecho posible de un
modo decisivo por la recuperación de categorías fundamentales
como misterio, sacramento, signo, símbolo; categorías interpretadas
tanto desde sus fundamentos bíblicos como desde su interpretación
patrística, o, por fin, desde su aplicación concreta, atestiguada
por las mismas fuentes litúrgicas; queda para la reflexión
filosófico-teológica el deber de justificar racionalmente
cómo un acontecimiento histórico (el hecho salvífico)
puede ser representado y reactualizado en modos, tiempos y lugares
diferentes con respecto a su acontecer original; así también queda
por precisar en qué sentido puede decirse que la revelación es
historia, y cuál es el tipo de relación que existe entre la
revelación comprendida como historia y la historia en general [/ supra,
I, 1]; — a nivel culturalantropológico: las actuales investigaciones
realizadas en diversos ámbitos culturales sobre el lenguaje, la
comunicación, el simbolismo, los ritos, etc., permiten más
amplias perspectivas para una comprensión más profunda y
adecuada del substrato antropológico propio de la liturgia, entendida
precisamente en su dimensión de experiencia que actualiza el
encuentro entre el obrar divino y el presente histórico humano.
Si la
reflexión que la liturgia hace sobre sí misma (teología
litúrgica) está llamada a contribuir en la definición
científica de la naturaleza de la relación entre salvación
en el rito y salvación en la historia, está fuera de duda que en
cualquier momento puede ciertamente suministrar una comprensión
sapiencial, es decir, en la línea de aquella "sabiduría, no
la de este mundo..., una sabiduría divina, misteriosa, oculta, que
Dios predestinó para nuestra gloria antes de los siglos [...]. Lo
que el ojo no vio
1014
ni el oído
oyó... a nosotros nos lo reveló Dios mediante su
Espíritu... para que conozcamos lo que gratuitamente Dios nos ha
dado" (1 Cor 2,6-12).
NOTAS: ' C.
Angelini, voz Historia-historicidad, en DTI III, 64 — 2 Cf Th. Filthaut,
La théologie des mysteres, París 1954 (del original: Die
Kontroverse über die Mysterienlehre, Warendorf i.W. 1947) — 3
Sin embargo, hay que tener presente que la preocupación fundamental
de Case! era volver a proponer directamente la enseñanza de los
padres y el testimonio de la liturgia antigua. Mas los paralelismos
establecidos por él con la historia de las religiones no reveladas
podrían incluso releerse hoy a la luz del pensamiento expresado por el
Vat. II en relación con las mismas (cf B. Neunheuser,
La
théologie des mysteres de Dom Casel dans la tradition catholique, en A.
Pistoia-A.M. Triacca [por], L'economie du salut dans ¡a liturgie,
C.L.V.-Ed. Liturgiche, Roma 1982, 146 — 4 S. Marsili, La teología
della liturgia nel Vat. II, en Anamnesis I, La liturgia momento nella
storia deüa salvezza, Marietti, Turín 1974, 88-89 (los cursivos del
texto) — 5 Interpretación confirmada por una respuesta el S.
Oficio a quien quería entender las afirmaciones de la
encíclica en sentido sacramental-real: cf DPILS 1, p. I68s —6
Entre los muchos que podrían citarse, considérese el siguiente y
sugestivo ejemplo bíblico de "doxología creatural":
"El (Dios)... que envía la luz, y ella va, la llama y temblorosa le
obedece. Brillan los astros en su sitio llenos de alegría; los llama
él, y responden: 'Aquí estamos', y brillan jubilosos para su
Hacedor" (Bar 3,33-35) — 7 Cf S. Marsili, o.c, 94-96 — 8 Ib,
9Is — 9 Cf ejemplos en A. Hanggi-I. Pahl, Prex eucharistica, Editions
Universitaires, Friburgo/Sv. 1968; E. Lodi,
Euchiridion
euchologicum fontium liturgicorum,
C.L.V.-Ed.
Liturgiche, Roma 1979 — l0 Cf ejemplos históricos en E. Lodi, o.c.
— " S. Marsili, o.c, lOls.
A. Pistoia
BIBLIOGRAFÍA:
Bláser P., Historia de la salvación, en CFT 1, Cristiandad,
Madrid 1979, 651ss; Cullmann O., La historia de la salvación,
Península, Barcelona 1967; Cristo y el tiempo, Estela, Barcelona 1968;
Daniélou J., Los sacramentos y la historia de la salvación,
en "Orbis Catholicus" 2 (1958) 27-41; El misterio de la historia,
Dinor, San Sebastián 19633; Historia de la salvación y liturgia,
Sigúeme, Salamanca 1965; Darlap A., Teología fundamental de la
1015
historia de la
salvación, en MS 1, Cristiandad, Madrid 1974, 47-204; Diez Macho A.,
Historia tic la salvación, Madrid 1968; Frisque J., Osear Cullmann, Una
teología de la historia de ¡a salvación, Estela,
Barcelona 1966; Grelot P., Sentido cristiano del A. Testamento,
Desclée, Bilbao 1967; Lyonnet S., La historia de ¡a salvación
en la carta a los Romanos, Sigúeme, Salamanca 1967; Oñatibia I.,
La presencia de la abra redentora en el misterio del culto, Eset, Vitoria 1954;
Rubio Moran L., El misterio de Cristo en la historia de la salvación,
Sigúeme, Salamanca 1968; Swaeles R., Hodie... El acontecimiento de
Cristo, término de los designios de Dios, en "Asambleas del
Señor" 8 (1965) 5585; Vagaggini C , Historia de la
salvación, en NDT 1, Cristiandad, Madrid 1982, 642-665; Von Balthasar
H., Teología de la historia, Guadarrama, Madrid 1959; VV.AA., El
concepto de historia de la salvación, en Actas del Congreso de
Teología del Vaticano II, Flors, Barcelona 1972, 463-527.
Véase también la bibliografía de Liturgia y Tiempo y
liturgia.
SUMARIO: I. La
homilía en la vida del pueblo de Dios: I. La tradición
bíblica: a) Antiguo Testamento, b) Judaismo intertestamentario, cj
Nuevo Testamento; 2. La tradición eclesiástica: a) Los tres
primeros siglos, bj Época patrística, ij Época medieval,
d) Época moderna, e) Época contemporánea - II. La
homilía en los documentos conciliares y en la experiencia posconciliar:
1. En el Vat. II: a) En la constitución SC,
b) En los
demás documentos; 2. La homilía en los libros litúrgicos:
a) Misal romano, b) El Ritual y el Pontifical romano, cj Liturgia de las
Horas; 3. La experiencia posconciliar: a) Exégesis bíblica e
iniciativas de base, b) El análisis de las ciencias humanas, cj La
homilía en los últimos documentos eclesiásticos -
III. La homilía en el proyecto litúrgico-pastoral: 1. La mesa de
la palabra y la homilía: a) La "lectio divina" y la escucha
creyente, b) La homilía como mediación interpretativa, c)
Las funciones de la palabra y la homilía; 2. La homilía,
parte de la celebración: a) Las intervenciones
"espontáneas" y el discurso homilético, b) Los modelos
de gestión de la celebración y la homilía; 3. Sujeto
y forma del discurso homilético: a) El presidente homileta; b) Los
fieles en el discurso homilético,
c) Las formas de
la comunicación homilética.
En su
condición de acto por el que toma la palabra el presidente durante
una celebración, y ordinariamente
Homilía
después de
las lecturas bíblicas, la homilía ha tenido un realce particular
en el Vat. II, en la legislación posterior y en los nuevos / libros litúrgicos.
Como "parte
de la acción litúrgica" (SC 35), tiene una
multiplicidad de funciones en la vida de fe del pueblo de Dios, que a
menudo han sido aumentadas, entre otras cosas, por la carencia de las otras
formas del ministerio de la palabra, indispensable para la comunidad
creyente. Ante el creciente interés por la naturaleza y las
modalidades de la evangelización y de la catequesis se va
precisando el papel de la homilía en el contexto celebrativo y en
relación con la vida concreta de los creyentes y de la comunidad
eclesial. De la historia, recorrida aquí rápidamente en los
momentos sobresalientes y que más interesan, provienen estímulos
e indicaciones que permiten comprender algunas exigencias que surgen
en la práctica pastoral y que todavía no se han hecho notar
en la legislación eclesiástica. Por ello, tras el excursus
histórico, las afirmaciones conciliares y la experiencia posconciliar,
se tratará de colocar la homilía en el proyecto litúrgicopastoral
con la atención vuelta hacia el futuro.
I. La
homilía en la vida del pueblo de Dios
"El pueblo
de Dios se congrega primeramente por la palabra del Dios vivo, que con toda
razón es buscada en la boca de los sacerdotes" (PO 4). Este
principio es válido a lo largo de toda la historia de este pueblo,
aunque varían los sujetos de cuyos labios sale la palabra, por cuyo
medio Dios se revela y se da a su pueblo. Si consideramos la homilía
como la comunicación no ritualizada de la palabra divina en un con
Homilía
texto
celebrativo, es útil buscar en la rica y vanada tradición de este
pueblo las formas y las características que ha tomado. La amplitud
de la materia obliga a una exposición seleccionada por
épocas y temas, capaz de recoger algunos datos útiles para
la comprensión de lo que puede y deber ser hoy la homilía.
1.
a) Antiguo
Testamento. En el rito de alianza del Sinaí, la aspersión con la
sangre y el banquete cultual sellan el pacto establecido por Dios
"mediante todas estas palabras" (Ex 24,8), dichas precedentemente por
Moisés al pueblo y luego escritas y leídas. El contenido de esta
comunicación verbal ha de buscarse en los ce. 20-23 del
Éxodo, donde las prescripciones morales y rituales van precedidas
de un anuncio del Dios que ha liberado y revelado '. En el c. 18, en el
ámbito de una celebración menos ritualizada, "contó
Moisés a su suegro todo lo que había hecho Yavé". Al
celebrar la alianza en la asamblea de Siquén, Josué narra la
historia de Israel como iniciativa salvífica del Señor (Jos
24). En todas estas situaciones, el pueblo responde en forma dialogada. En el
Deuteronomio tenemos una colección de dis
cursos
homiléticos; las conversaciones toman en consideración sentimientos
y pensamientos del pueblo ("Si se te ocurriera pensar... Guárdate
de decir en tu corazón...": 7,17;
1016
8,17)2, y las
exhortaciones se basan
en la
evocación de la historia salvífi
ca (6,20-24;
8,2-6), comprendida y
anunciada como
actual (5,3). Estos
discursos son
interpretación y actua
lización
de los acontecimientos sal
víficos y
de las palabras de !a alianza
para la nueva
situación del pueblo.
La asamblea
convocada a la vuel
ta del exilio de
Babilonia ve a los
levitas ocupados
en actividades ho
miléticas:
"Y Esdras leyó el libro de
la ley de Dios,
traduciendo y expli
cando el sentido.
Así se pudo enten
der lo que se
leía" (Neh 8,8).
Los profetas
predican en asambleas cultuales, a menudo en contraste con los
sacerdotes oficiales. Amos (7,12-17) toma la palabra en el "santuario del
rey y templo del reino"; Jeremías responde a Amasias, profeta
cortesano que "inducía al pueblo a confiar en la mentira",
"bajo los ojos de los sacerdotes y de todo el pueblo que estaban en el
templo del Señor" (c. 28). Otra vez, al verse impedido de dirigirse
al templo, ordena a su secretario que escriba las palabras del
Señor, y lo manda al templo para que "las lea en alta voz al
pueblo en el templo de Yavé un día de ayuno" (c. 36). Las
liturgias eran, por tanto, ocasión para tomar la palabra, como se desprende
también de los Salmos. En las asambleas los salmistas dan testimonio
de lo que Dios ha obrado en ellos (39 [hebr. 40], 10-11; 117 [hebr. 118],
10-14) o dirigen al pueblo instrucciones narrativas o sapienciales
y exhortaciones
de tono homilético (134 [hebr. 135], 4-12; 89 [hebr. 90], 2-6.9-2; 94
[hebr. 95], 8-11). En esta múltiple actividad oral, los jefes, los
sacerdotes, los profetas, los escribas, los sabios o los mismos fieles tienen
la conciencia de referir la palabra de Dios, madurada en ellos en el recuerdo
meditado de los acontecimientos salvíficos transmitidos y en la
confrontación con las nuevas si
1017
luaciones, a
menudo dolorosamente vividas, y comunicada al pueblo para que se dé
cuenta de lo que el Señor obra y dice actualmente, se convierta y viva
según la ley, admire, alabe y bendiga al Señor.
b) Judaismo
intertestamentario.
En la asamblea
descrita en Nehemías
(c. 8) se pone
convencionalmente el comienzo del judaismo, caracterizado por un intenso
trabajo de los sacerdotes-escribas para dar a conocer la ley al pueblo a
fin de que la viva. El culto sinagogal sabático es el lugar privilegiado
para la lectura de los escritos sagrados y para el comentario
homilético. Escribe Filón: "Moisés prescribió
que el pueblo se reúna en asamblea en el mismo lugar en este
séptimo día y, sentándose juntos con respeto y orden,
escuchen la lectura de las leyes de modo que nadie pueda ignorarlas. Y, en
verdad, siempre se reúnen y se encuentran juntos, por lo común en
silencio, excepto cuando deben decir algo para manifestar su
aprobación a lo que se ha leído. Pero algún sacerdote presente
o uno de los ancianos les lee las santas leyes y las explica punto por punto
hasta bien avanzada la tarde; luego se van, después de haber
adquirido un seguro conocimiento de las santas leyes y un notable progreso
en la piedad"3. En otro lugar llama a las sinagogas "escuelas de
sabiduría práctica y de continencia", y a la homilía
"discurso de consolación" tenido por "uno de los
mejor cualificados" que, "estando de pie, los instruye en la ley
moral y en lo que es bueno y más se ajusta al bien, cosas que pueden
mejorar toda su vida"4.
El Targum,
paráfrasis en lengua aramea del texto bíblico que se leía
en el original hebreo, "se propone interpretar
Homilía
de comentario,
incluso después de no haberse usado ya como traducción"
'. Del Targum palestinense se dice que "muy probablemente fue en el origen
una especie de midrás homilético, o simplemente un bosquejo
apenas esbozado de una serie de homilías, que se tenían en
la sinagoga después de la lectura pública de
tuaciones
actuales"".
c) Nuevo
Testamento. Lucas describe los comienzos de la predicación de
Jesús en las sinagogas (4,15) y muestra al Resucitado explicando las
Escrituras a los dos que están en camino hacia Emaús y a los
once: "Era necesario que se cumpliera todo lo que está escrito
acerca de mí en la ley de Moisés y en los profetas y en los
salmos" (24,44). Lo"s apóstoles, que a menudo se sirven
de la homilía sinagogal para anunciar la buena nueva (He 13,15) y
construyen sus discursos sobre la interpretación de las
Escrituras a la luz del acontecimiento pascual de Jesús, seguirán
este método. Se admite que la cena del Señor era lugar y momento
de amplias conversaciones (cf He 20,7.11)' que recordaban hechos y palabras del
Señor, interpretándolos y aplicándolos a las
situaciones particulares de la comunidad '". Antes de la redacción
de los textos evangélicos y neotestamentarios, muchas
Homilía
tradiciones
orales tomaron cuerpo y forma en estas situaciones cultuales, pero no es
fácil aislar las partes homiléticas indiscutiblemente
contenidas en el NT. Se reconocen verdaderas homilías en 1 Pe
y en Heb.
La
comunicación oral en estas asambleas debía de tener un tono discursivo
y también un carácter dialogal; Pablo, al dar disposiciones
sobre la disciplina de las asambleas, reconoce que tanto el hombre como la
mujer "ora o profetiza" (1 Cor ll,4s); y, al intervenir para que se
haga "todo con decoro y orden" (14,40), testimonia una pluralidad de
carismas y, por tanto, de formas de palabra. "Cuando os reunís,
cada cual podrá tener un salmo, una instrucción, una
revelación, un discurso en lenguas, una interpretación: que
todo se haga para edificación" (14,26). Si bien esta abundante toma
de la palabra debía de plantear problemas a los responsables de las
comunidades, el Apóstol invita a no apagar el Espíritu (1
Tes 5,19s), pero
exhorta a usar
sus dones para la edificación de la comunidad" (1 Cor 14,12).
Entre los carismas enumerados por Pablo, los de palabra son, con gran
diferencia, los más numerosos (1 Cor 12,8ss; Rom 12,6s), así
como las figuras ministeriales para la palabra (Ef 4,11: apóstoles,
profetas, evangelistas, maestros) ". La palabra
apostólica, que realiza la presencia del Señor que habla a
sus discípulos, es también profética en cuanto que la
memoria de Jesús no sólo es anunciada, sino también interpretada
y actualizada.
Cuando surgen
preocupaciones por la difusión de las herejías y por el hablar
vacío, Pablo invita a Timoteo y a Tito a transmitir con fidelidad
el depósito de la fe recibido y a enseñar la sana doctrina (2 Tim
4,15; Tit 2,1). La tarea de la lectura, exhortación,
enseñanza corresponde al cabeza de la comunidad en virtud
1018
del don recibido,
pero su designación se ha producido por indicación de los
profetas (1 Tim 4,13s). Ante los mismos problemas, las comunidades
juanistas reaccionan apelando a la "unción que viene del
Santo", por la que los fieles permanecen en la verdad transmitida sin
"necesidad que os enseñe nadie" (1 Jn 2,20.27), y formulando
homilías que, por una parte, remiten a la promesa profética
("y serán todos enseñados por Dios": Jn 6,43-47) y, por
otra, se desarrollan en forma dialogal según el esquema de la
haggadah pascual.
El NT conserva la
memoria eclesial, también de la praxis litúrgicopastoral,
en todas sus virtualidades; si en ciertas épocas prevalece un modelo,
esto no quiere decir que los otros se excluyan para siempre. De todas maneras,
el modelo de homilía eclesial es el de Jesús en la sinagoga de
Nazaret: leído el fragmento de Isaías, comenzó a decir:
"Hoy se está cumpliendo ante vosotros esta Escritura que
habéis escuchado con vuestros oídos" (Le 4,16-21). La palabra
dicha en la asamblea cultual, como interpretación de lo que está
escrito, es acontecimiento actual que salva y edifica a la comunidad.
2.
a) Los tres
primeros siglos. La homilía más antigua que nos ha llegado
es la // carta de Clemente, de contenido sencillo y, en general, parenético
("No parezcamos creyentes y atentos sólo cuando nos amones
1019
lan los
presbíteros, sino también, una vez de regreso en nuestras casas,
recordemos los preceptos del Señor": 18,3), en correspondencia
con la descripción de Justino: "Cuando el lector termina, el
presidente, de palabra, hace una exhortación e invita a que
imitemos estos bellos ejemplos" (I Apología 67). Ignacio de
Antioquía invita a Policarpo de Esmirna a "hacer una
homilía contra los oficios deshonestos" (Ep. ad Pol. 5,1). Aunque
eran moralizantes, estas intervenciones orales se producían
después de lecturas bíblicas y basándose en ellas. Del
presidente dependía la elección y la longitud de las lecturas.
Tertuliano alude a la elección de textos bíblicos adecuados
"cuando las vicisitudes de los tiempos presentes nos obligan a recordar
o a aprender a conocer una cosa" (Apologeticum 39), y al estilo
parenético de las homilías ("en ellas se hacen
también exhortaciones, correcciones, reproches divinos": ib).
En las fiestas, la homilía cobraba un carácter particular, como
demuestran las homilías pascuales del s. n, cuyas fuentes "se
pueden encontrar en tres fuentes principales: la haggadah pascual
judía, algunas partes del NT nacidas como catequesis pascuales, los
misterios paganos para la terminología y algunos escritos
gnósticos utilizados en función polé
mica" l!.
La pluralidad de
ministros de la palabra persiste.
Homilía
hablar de los doctores
que tienen el don de la ciencia para conducir a los fieles a una
penetración más profunda del significado de las Escrituras y
a la comprensión de la voluntad divina para vivirlas M. Cuando la
organización litúrgico-pastoral de las comunidades requiere
ministerios más estables y reconocidos, los obispos, los
presbíteros y los diáconos llevarán a cabo el
servicio de la palabra en las asambleas, porque "ellos os administran el
ministerio de los profetas y maestros; por tanto, no los despreciéis, porque
ellos son los honrados entre vosotros, juntamente con los profetas"
(Didajé 15,1-2). Evidentemente, las funciones carismáticas
de la palabra gozaban de mayor consideración en la asamblea. A pesar
de abusos y dificultades, propios de toda comunidad viva, "no hay
traza de una oposición por principio entre las manifestaciones del
Espíritu y la enseñanza ordinaria de la iglesia, ni entre lo que
se ha convenido en llamar pneuma y la fun
ción
eclesiástica"'4'.
Didáscalo-doctor
en Alejandría, Orígenes es el iniciador del género de la
homilía como explicación de las Escrituras para captar su sentido
espiritual y sacar orientaciones prácticas. En las doscientas
homilías que nos han llegado muestra la preocupación por
edificar a los oyentes: "No es éste el tiempo para un comentario
minucioso; debemos edificar a la iglesia y provocar, con explicaciones
místicas (mysteria) y con el ejemplo de los santos, a los oyentes
perezosos e inertes" (Hornillas sobre el Génesis 10,5). Su
método hará escuela ("partiendo de la misma historia,
sólo después de haber enunciado el misterio y en relación
con él, se llega a las explicaciones espirituales...
Orígenes expone una ascesis y una mística de impronta
cristológica, eclesiástica y sacramental, una verdadera historia
de la vida espiri
Homilía
tual fundada en
el dogma" "), y sus homilías, traducidas al latín por
Rufino, serán leídas y saqueadas, incluso sin
referencias explícitas, sobre todo en el medievo latino ". Mientras
que, en Alejandría, Orígenes instruía a los
catecúmenos, en Palestina le invitan los obispos a explicar las
Escrituras en la asamblea eucarística. Al obispo de
Alejandría, que se lamenta de ello, le comunica Alejandro, el
obispo de Jerusalén: "Escribiendo sobre Demetrio...,
añade en su carta que esto jamás se oyó, ni ahora se hace,
el que prediquen laicos estando presentes los obispos. Yo no sé
cómo dice lo que evidentemente no es verdad, porque dondequiera
que se encuentran hombres con capacidad para aprovechar a los hermanos, los santos
obispos les invitan a predicar al pueblo. Como invitaron nuestros
bienaventurados hermanos Neón a Evelpis en Laranda, Celso a Paulino
en Iconio y Ático a Teodoro en Sínade. Es probable que
también en otros lugares ocurra
igual, sin que
nosotros lo sepamos" " (Eusebio de Cesárea, Historia Eclesiástica
6,19; 17-18, BAC 350, Madrid 1973, 384). De todos modos, para
Orígenes, que no puede ordenarse de sacerdote, "el
presbítero es el doctor" y "cometido del doctor es explicar
Aunque la lengua
litúrgica sigue siendo el griego, muy pronto en las regiones de lengua
latina pasa a ser ésta la de las lecturas bíblicas y la
predicación ". En el África septentrional nace la
lengua latina cristiana, que influirá también en la homilía;
Tertuliano purifica las expresiones judeo-cristianas de lo que tienen de
fantasioso; Cipriano conjuga la fe en la mentalidad romana: "Exhortamos
fuerte y constantemente a nuestros hermanos y a nuestras hermanas.
Vigilamos con todos los
1020
medios que pueden
ayudar a sostener la observancia eclesiástica. Nosotros, que
tememos a Dios, debemos mantener los preceptos divinos de la disciplina en la
plena observancia" (Ep. 4,1-2). Praecepta, disciplina, observatio: estos
términos dan a entender el tenor de la predicación reservada
al obispo.
b) Época
patrística. Del s. iv al vi grandes figuras de obispos dan forma
oratoria y contenido doctrinal a la predicación homilética,
llegando a constituir modelos imitados hasta la época moderna. Para
Oriente baste recordar a Juan Crisóstomo por sus innumerables
discursos sobre textos bíblicos leídos en la asamblea, a
menudo en lectura continuada, especialmente los libros del NT. El si
gue el
método antioqueno, ateniéndose al sentido literal de las
Escrituras y con la continua preocupación de actualizar la palabra
de Dios en las diversas situaciones de la comunidad cristiana. Pero a
menudo, en las partes parenéticas de sus homilías, las
referencias al texto bíblico no respetan el sentido literal.
Para Occidente es
obligado recordar a Agustín por sus numerosos sermones, pero
también por el primer tratado exegético-homilético,
en cuatro libros: De doctrina christiana. En el libro primero estudia la
res, es decir, la verdad que hay que descubrir en
ha sido
intermediario del Espíritu, verdadero autor de
porque toda la
biblia está llena de un vasto misterio, presente y escondido por
doquier, y por eso de un texto bíblico se pueden extraer significados
diferentes20. Acercar entre sí las lecturas del AT y del NT, dada
la unidad fundamental de los dos testamentos, hace comprender el mensaje
divino. En cada homilía extiende la mirada por toda
Pese a haber sido
maestro de retórica y orador elocuente, Agustín no pretende
que los predicadores usen los artificios del arte oratoria; es mejor
hablar sapienter que eloquenter "para ayudar a los oyentes" (Doct.
chr., 1. 4, 5,7). Si pide que se estudie a los oradores profanos, y él
mismo examina el De oratore, de Cicerón, invita a encontrar ejemplos de
elocuencia en
Gregorio Magno (\
604) concibe el ministerio pastoral como praedi-
Homilía
catio; él
mismo es praedicator excelente e incansable (se conservan más de
seiscientas homilías) y da sabias directrices pastorales a los praedicatores22.
El método interpretativo de
En esta
época la predicación homilética se reserva casi
exclusivamente a los obispos. Aunque Agustín y Gregorio no exijan
el conocimiento del arte oratoria, de hecho lá palabra pública
debía ser declamada con arte y propuesta con elegancia, según la
forma comunicativa de la paideia n. Esto resultaba discriminatorio en relación
con quien, aun estando en condiciones de edificar a los fieles con la
palabra de fe, no poseía las cualidades oratorias. Sin embargo, en
Jerusalén, en el s. iv, la peregrina Egeria constata que
"aquí hay la costumbre de que todos los presbíteros que se
hallan presentes prediquen los que quieran, y después de todos ellos
predica el obispo, predicaciones que siempre se hacen los días de domin
Homilía
go para que el
pueblo sea instruido siempre en las Escrituras y en el amor a Dios" (Per
Eg., 25)24. Se puede pensar que eran predicaciones diferenciadas
según carismas y competencias. Mas por el mismo tiempo
Jerónimo observa en una carta que "en algunas iglesias vige una
costumbre feísima, según la cual cuando están
presentes los obispos los sacerdotes están callados, no predican,
como si aquéllos estuvieran celosos de éstos y no se dignaran
escucharlos" (Ep. 52,7). A León Magno, hacia la mitad del
s. v, se remonta la prohibición hecha a los monjes y a los laicos,
cualquiera que sea el grado de su ciencia, de enseñar y predicar:
"...Nadie, sea monje o laico, se atreva a arrogarse el derecho de enseñar
y predicar... No se debe permi
tir que alguien
fuera del orden sacerdotal se atribuya la prerrogativa de predicar, siendo
conveniente que en la iglesia de Dios todos las cosas estén
ordenadas" (Ep. 119,6). Conviene notar que la amonestación
dirigida a Máximo, obispo de Antioquía, en el 453, estaba
motivada por la predicación de algún monje, fautor del
monofisismo"25. La represión de algunos abusos lleva a una afirmación
de valor general, que entrará en la legislación canónica,
olvidando que el mismo criterio del orden lleva a san Pablo a dar disposiciones
más articuladas. Por lo demás, todavía en el s. iv afirman
las Constitutiones Apostolícete: "El que enseña, aunque sea
laico, enseña por ser experto en la palabra y probo en la costumbre.
Muchos, en
efecto, serán enseñados por Dios(Jn 6,45)" (8, 32,17).
Un cambio
análogo se produce en el mundo monástico, donde se había
conservado la tradición primitiva de la lectio divina a menudo en forma
de collado, "collocutio plurium de rebus ad salutem ac perfectionem
pertinentibus" (Nigronio, Tract. ascet.)26; los abades doctos,
únicos ca
1022
paces de tener un
discurso en buena forma oratoria, quitan la palabra a los plures, la collatio
se convierte en "conferencia" y la lectio divina se reduce a
"lectura espiritual"27.
En los siglos
siguientes las homilías de los padres, especialmente Agustín
y Gregorio, se recogen en libros, homiliarios, donde se disponen
según el año litúrgico, tanto para uso de los predicadores
como para ser leídas directamente a los fieles.
Cesáreo de
Arles, en el s. vi, compone sus homilías y las recoge "para
suplir la incapacidad de los sacerdotes y de los obispos de su tiempo...
Pone a su disposición una catequesis elemental, pero sólida,
sobre los aspectos principales de la vida cristiana... El más largo de
estos sermones (admonitiones) puede pronunciarse en veinte minutos;
para la mayor parte bastan diez o quince minutos"28. En caso de
que el obispo o el sacerdote no esté en condiciones de predicar,
Cesáreo les pide "que manden leer por el ministerio de los santos
sacerdotes las homilías de los antiguos padres en las asambleas, para la
salvación de las almas" (Sermo 1,15).
c) Época
medieval. La novedad traída por la escolástica es la predicación
temática.
1023
del pueblo,
utilizando ejemplos, narraciones, leyendas.
Los numerosos
movimientos religiosos populares que surgen en los siglos medievales
plantean con insistencia la cuestión de la predicación de
los laicos, que corría pareja con la lectura de la biblia, en lengua vulgar,
por parte del pueblo. Durante el concilio Lateranense III (1179), el papa
Alejandro III concede a los valdenses, tras un examen sobre su fe, permiso para
predicar sólo a petición de los sacerdotes de las zonas en
que ellos vivían. Lo mismo se concedió a los humillados "con
tal que predicasen de poenilentia: de articulis fidei et sacramentis
ecclesiae non loquantur". Esta predicación se hacía
también en las iglesias, con el consentimiento de los prelados. Para
justificar tal concesión, contra los obispos que se oponían, el
papa cita el texto de 1 Tes 5,19. Lo mismo hará Inocencio III con los
seguidores de Francisco de Asís (1210). El concilio Lateranense IV
(1215) desconfía y excomulga al que pretenda ejercer el oficio de
la predicación sin autoridad recibida de la sede apostólica
o del obispo; y diez años después (1228) Gregorio IX escribe al
arzobispo de Milán para que "prohiba a todos los laicos, cualquiera
que sea el grupo a que pertenezcan, usurpar el oficio de la predicación"
e inserta esta carta en las Decretales ">.
d) Época
moderna. Caracterizada por la reforma protestante, que propugnaba una
liturgia en lengua vulgar, un acceso de los fieles a la biblia y una
predicación más fiel a la palabra de Dios, y que desarrollaba
propuestas y expectativas presentadas ya desde hacía aproximadamente
un siglo por los reformadores católicos, de hecho para la
catolicidad esta época estuvo dominada por una interpretación
restrictiva del concilio
Homilía
de Trento. Este
había afrontado la cuestión en
Con la
constitución de los seminarios prevalece el planteamiento escolástico,
que continúa la predicación
temático-catequística, eludiendo también las
indicaciones de la sesión XXIV, can. 4, que prescriben predicar
"las Sagradas Escrituras y la ley divina". Fuera de loables excepciones,
no es de extrañar que la predicación de la época moderna,
especialmente la barroca, trate de hacerse acepta por la reforma
oratoria retórica y redundante y por el contenido inspirado en la
mitología, en la literatura y en la filosofía. La biblia se ve
reducida a lugar en que surtirse de citas que produzcan efecto, sin valor
alguno de mensaje salvífico.
El concilio de
Trento reafirmó la prohibición a los laicos de predicar
"contra la prohibición del obispo" (ses. XXIV, can. 5); que no
se trata de un principio general contra la predicación de los laicos,
incluso durante la misa, lo demuestran hechos elocuentes. Al reanudarse
los trabajos conciliares en Trento, a finales de 1561, en los pontificales
de inauguración "se unió una predicación,
Homilía
efectuada en la
fiesta de los Inocentes por un laico al servicio del cardenal
Madruzzo, el médico Pablo Guidello, hecho paralelo a la predicación
que el 26 de diciembre de 1545 había tenido el conde Ludovico Nogarola
en la catedral de Trento ante el concilio, poco antes"32.
e) Época
contemporánea. Las intervenciones de los pontífices romanos
se ordenan a condenar los abusos en la predicación y a establecer
reglas rígidas para la concesión de la facultad de predicar,
reservada a los obispos. León XIII, en el motu proprio Sacrorum
antistitum (31-71894), sobre la sagrada predicación, deplora los
"abusos en la elección de los temas y en la forma de
tratarlos"; Benedicto XV, en la encíclica Humanigeneris
redemptionem, sobre la predicación de la palabra divina (156-1917),
presenta al apóstol Pablo como modelo de predicador, tanto por la
preparación interior como por el objeto y el modo de la predicación.
"¡Vemos a no pocos oradores sagrados que predican prescindiendo de
El CDC promulgado
en 1917, en los cáns. 1344-1345 prescribe que los domingos y las fiestas
todo párroco anuncie al pueblo la palabra de Dios, consueta
homilía, en la misa más frecuentada, y se desea que esto suceda
en cada iglesia cuando el pueblo asiste a misa: "Hágase una breve
explicación del evangelio o de algu1024
na parte de la
doctrina cristiana". Nótese la diferencia respecto al precepto
tridentino, que exigía la explicación "de algunas cosas
que se leen en la misa" (ses. XXII, c. VIII), a saber: las lecturas
bíblicas o los textos del "ordinario". La alusión
del CDC a argumentos o temas de vida cristiana conducirá en los
años que preceden al Vat. II a llevar a la misa dominical la catechetica
institutio, que es deber gravísimo de los pastores (can. 1329) y
que no parecía poder asegurarse en otras circunstancias, dado
que la misa se había convertido en el único momento de
encuentro con el pueblo cristiano.
Entre tanto, el
movimiento litúrgico iba descubriendo el verdadero sentido de la
homilía en el ámbito de la celebración en relación
con las lecturas bíblicas y con el misterio celebrado ".
La instrucción De música sacra, del 3 de septiembre de 1958, se
limita todavía a remitir (n. 22d) al célebre texto del
Tridentino.
II. La
homilía en los documentos conciliares y en la experiencia posconciliar
También
respecto a la homilía el Vat. II representa un viraje por los
términos en que hablan de ella tanto los documentos conciliares como los
nuevos libros litúrgicos, pero también por la experiencia de
renovación eclesial puesta en marcha y que tiene repercusiones
notables en esta forma de predicación.
1. EN EL VAT. II.
Aun dedicando a la homilía una atención específica, el
Vat. II ofrece una doctrina sobre la palabra de Dios y sobre la predicación
que se debe tener presente para comprender la colocación de la
homilía en la misión de la iglesia y en la celebración.
a) En la
constitución SC. Al
1025
proponer la
homilía como "parte de ¡a misma liturgia" y
haciéndola obligatoria "los domingos y fiestas de precepto con
asistencia del pueblo", la constitución litúrgica la
describe así: en ella "se exponen durante el ciclo del año
litúrgico, a partir de los textos sagrados, los misterios de la fe y las
normas de la vida cristiana" (SC 52). En el n. 35,2 se había prescrito
que las rúbricas indicasen el momento de la homilía en las
celebraciones que la requieren, que la homilía se alimentase
en la fuente de "
b) En los
demás documentos. La misión de la iglesia de anunciar la palabra
de Dios es deber primario de los obispos (LG 25), de los presbíteros
(PO 4) y de los diáconos (LG 29), en continuidad con el mandato de
Cristo a los apóstoles (DV 7), y no se excluye de ella al pueblo de
Dios, al que Cristo confiere dignidad y funciones proféticas (LG 12), en
cuanto que constituye a los laicos "en testigos y les dota del sentido de
la fe y de la gracia de la palabra" (LG 35).
Se pone la
predicación en relación con la palabra revelada (DV 2-6);
Homilía
con su
tradición en la iglesia, sobre todo en las Sagradas Escrituras (D V
7-10); con su interpretación eclesial y magisterial (LG 25); con la
tarea misionera (AG 13), y con la celebración litúrgica (SC
33 y 35). Ya en su forma de manifestarse tiene la revelación una
estructura sacramental ("obras y palabras intrínsecamente
ligadas": DV2); su comprensión implica a toda la iglesia
("crece la comprensión de las palabras e instituciones
transmitidas cuando los fieles las contemplan y estudian..., cuando comprenden
internamente los misterios que viven, cuando las proclaman los
obispos, sucesores de los apóstoles en el carisma de la verdad: DV 8);
tiende al encuentro dialogal de Dios con su pueblo ("habla a los hombres
como amigos, trata con ellos"; DV2). Tal objetivo se alcanza siempre que
en la iglesia se lee y se explica la biblia: "En los libros sagrados
el Padre, que está en el cielo, sale amorosamente al encuentro de sus
hijos para conversar con ellos" (DV 21). Aunque la predicación de
la iglesia es aquí y ahora palabra de Dios para quien la acoge con fe
(PO 4; AG 13), dado que la iglesia considera la biblia como "suprema
norma de su fe", "toda la predicación de la iglesia, como toda
la religión cristiana, se ha de alimentar y regir con
Para cumplir
adecuadamente su misión, "es deber permanente de la iglesia
escrutar a fondo los signos de la época e interpretarlos a la luz del
evangelio, de forma que, acomodándose a cada generación,
pueda la iglesia responder a los perennes interrogantes de la
humanidad sobre el sentido de la vida presente y de la vida futura y sobre
la mutua relación de ambas. Es necesario por ello conocer y comprender
el mundo en que vivimos..." (GS 4). Las características
más destacadas del mundo contemporáneo, delineadas a
continuación,
Homilía
son, más
que una descripción siempre válida, un método que hay
que seguir. La predicación debe tener en cuenta el esfuerzo hecho por
los padres conciliares para escuchar la palabra de Dios "con
devoción" (DV 1) y para interpretar, compartiéndolos,
"los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres
de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren" (GS 1).
2.
a) Misal romano.
En
n. 9 se subraya
su necesidad, para que la palabra de Dios leída y escuchada en las
lecturas bíblicas se vuelva más inteligible y eficaz. La
homilía le corresponde al sacerdote "en cuanto que ejercita el
cargo de presidente de la asamblea reunida" y se conjuga con las
otras intervenciones colocadas al comienzo, antes de las lecturas, en la
plegaria eucarística y antes de la despedida (n. 11). En la
instrucción Liturgicae instaurationes (
La editio typica
altera (1981) del Ordo Lectionum Missae (= OLM) tiene nuevos praenotanda, que
recogen la enseñanza habitual sobre la 1026
homilía
(nn. 24-27), y añaden que
ésta
"debe llevar a la comunidad de
los fieles a una
activa participación
en la
eucaristía" y que debe ser "fru
to de
meditación, debidamente pre
parada, ni
demasiado larga ni dema
siado corta"
(n. 24). Más interesante
es lo que se dice
del presidente, que
con la
homilía "guía a sus hermanos
hacia una sabrosa
comprensión de
zón de los
fieles a la acción de gra
cias por las
maravillas de Dios; ali
menta la fe de
los presentes en la
palabra que, en
la celebración, por
obra del
Espíritu Santo, se convierte
en sacramento,
los prepara para una
provechosa
comunión y los invita a
asumir las
exigencias de la vida cris
tiana" (n.
41). Hay una alusión a las
moniciones que
preceden a las lectu
ras
bíblicas: "Hay que atender con
mucho cuidado a
[su] género litera
rio" (n. 15)
y hacerlo de modo que
ayuden "a la
asamblea reunida a es
cuchar mejor la
palabra de Dios..., promuevan el hábito de la fe y de la buena
voluntad" (n. 42). La parte más nueva del documento se encuentra
en los nn. 44-48, donde se habla de la tarea de los fieles en la celebración
de la liturgia de la palabra intra missam: frente a las lecturas
bíblicas y la homilía no son receptores pasivos, sino
oyentes que desarrollan una actividad interior bajo la acción del
Espíritu Santo.
Tenemos un caso
particular en la misa con / niños, en la que se permite que "un
fiel adulto, después del evangelio, dirija la palabra a los niños,
especialmente si al sacerdote le resulta difícil adaptarse a la mentalidad
de los pequeños oyentes" (Directorio para las misas con
niños, n. 24).
El Ritual de la
sagrada comunión y del culto a la eucaristía fuera de la misa
considera oportuna la homilía en el rito de la exposición y de la
bendición eucarísticas (n. 95).
1027
b) El Ritual y el
Pontifical romano. El RICA aconseja los contenidos de la
homilía en el "Rito de entrada en el catecumenado" (n. 92), en
el "Rito de la elección o de la inscripción del nombre"
(n. 142), para cada uno de los "escrutinios" (nn. 161; 168; 175),
para la "Entrega del Símbolo" (n. 185) y la "Entrega de
la oración dominical" (n. 191), así como para sus
"nuevas entregas"
(n. 196). En el
RBNh&y indicaciones genéricas (n. 116), mientras que en el RC se
aconseja al obispo una homilía mistagógica: explica
"las lecturas proclamadas a fin de preparar a los confirmandos, a sus
padres y padrinos y a toda la asamblea de los fieles a una inteligencia
más profunda del significado del sacramento de la
confirmación" (n. 26). En el RO se propone un texto-guía al
obispo, que debe dirigir la palabra a los ordenandos y al pueblo (obispos,
c. VII, n. 18; presbíteros, c. V, n. 14; diáconos, c. IV, n. 14).
El RM prescribe que se tenga la homilía sobre el texto sagrado,
ilustrando el misterio del matrimonio cristiano (n. 90). En las celebraciones
penitenciales, con
o sin
absolución sacramental, tiene un papel decisivo la proclamación
de la palabra de Dios (RP 17 y 36), que comprende, además de las lecturas
bíblicas (n. 24), también una homilía, para la que se
indican los temas que hay que exponer (n. 25). Para la unción de
los enfermos se requiere una breve explicación después de la
lectura bíblica (RUÉ 103), y para las exequias se aconseja tener
en cuenta a los presentes según su nivel de fe o su no-creencia para una
homilía que "al ofrecerles el consuelo de la fe... alivie,
sí, a los presentes, pero no hiera su justo dolor" (RE 69),
quedando "excluido el género literario llamado elogio
fúnebre" (RE 47). En el RPR la homilía explicará,
bien las lecturas bíblicas, bien el don y la misión de la profe
Homilía
sión
religiosa (nn. 29; 61), mientras que en el RCV se propone también un
texto ejemplar sobre el don de la virginidad (n. 16).
c) Liturgia de
las Horas. Aunque la liturgia de las Horas tenga un acentuado aspecto
eucológico, y la escucha de la palabra de Dios tenga un fin
especialmente meditativo, hasta el punto de que después de las lecturas
bíblicas, breves o largas, se aconseja un tiempo de silencio, a propósito
de los laudes de la mañana y de las vísperas se dice: "En la
celebración con el pueblo puede tenerse una homilía
ilustrativa de la lectura precedente, si se juzga oportuno"
(Ordenación General de
3.
a)
Exégesis bíblica e iniciativas de base. El primer esfuerzo,
siguiendo las pautas del concilio en atención al
reconocimiento que éste había dado a la exégesis
histórico
Homilía
crítica
aplicada a la biblia y en particular a los evangelios (DV 12; 19),
consistió en ofrecer a los presbíteros una exégesis de las
lecturas bíblicas que respondiese a las exigencias críticas
y pusiese de relieve los temas revelados. Para quien quería y
podía usarlas, resultaron útiles las perspectivas abiertas
por la teología bíblica M. La homilía comenzó
a renovarse sobre todo en el contenido doctrinal, tomado más
directamente de la biblia.
Muy pronto
resultó evidente que esta línea, aun siendo necesaria, era
insuficiente, tanto por el ámbito en que se ofrecía la
explicación de los textos bíblicos como por las exigencias
de fe de los presentes. La celebración y las expectativas de los
fieles iban en la dirección de una actualización de la
palabra, que ha de celebrarse ritualmente y ha de vivirse en la existencia
cotidiana. En el clima candente de los años posconciliares, se
comenzó a hablar de reapropiación de la biblia por parte del
pueblo cristiano y de derecho de los bautizados a la toma de la palabra en
las asambleas litúrgicas, llegando a discutir la capacidad del clero
para traducir adecuadamente la palabra de Dios en el contexto cultural y
político de nuestro tiempo35. Por estos motivos, pero también por
otros de naturaleza pedagógica y pastoral, se dio comienzo a las
homilías
participadas,
sobre todo en comunidades reducidas y en grupos particulares. La pluralidad
de palabra en las celebraciones, sin atentar contra la función
presidencial del presbítero, se convirtió en una
característica de la praxis eclesial de las comunidades de base,
pero también de iniciativas pastorales tendentes a implicar a
las asambleas ".
b) El
análisis de las ciencias humanas. Fenomenológicamente, la homilía
es ün hecho de / comunicación
1028
[infra III, 3]
oral dentro del sistema
eclesial
concretamente manifestado
por las asambleas
litúrgicas. También
él ha sido
sometido a examen con los
métodos
propios de las ciencias an
tropológicas,
a menudo con finalida
des pastorales,
para calibrar la efica
cia de esta
comunicación y determi
nar sus
límites y posibilidades.
Prescindiendo de
las realizaciones concretas, el modo mismo de la comunicación
homilética convencional a la luz de la ciencia de las comunicaciones
aparece incompleto porque falta t\feed-back, el efecto retroactivo, a
través del cual el emisor puede comprobar si los destinatarios han
recibido, descodificado e interpretado el mensaje, y cómo lo han
hecho. La homilía en la forma difundida en la iglesia es unidireccional
y no suscita esa circulación de la palabra que hace a una asamblea
verdaderamente participante. La dinámica de esta
comunicación es de tipo monológico-jerárquico, y la
imagen de iglesia que induce en los oyentes es de tipo
monopolista-autoritario37. De tal sistema de comunicación, hecho sacral
por el contexto litúrgico, no podrá nacer esa iglesia del
pueblo de Dios, toda ella participante y ministerial, que los documentos
eclesiásticos van augurando y describiendo.
La
verificación de esta tesis está en el resultado de las encuestas
sobre la predicación homilética, por muy limitadas que sean K.
Normalmente se advierte una falta de conexión con la historia y la
situación concreta de los oyentes; pero a menudo las homilías
resultan deficientes también en cuanto a calidad doctrinal y expositiva,
por una inadecuada preparación remota y próxima de los predicadores.
La predicación durante la misa en el mejor de los casos desarrolla
una función de entretenimiento del auditorio, confirmándolo
en las propias convicciones religiosas, y sólo raramente llega a ser
evangeli
1029
/adora y
profética, y por tanto dotada de virtud para promover. De hecho,
los ámbitos de renovación donde la palabra de Dios se hace
viva y edifica a la comunidad son normalmente distintos respecto a las
asambleas litúrgicas habituales.
De una encuesta
sobre la situación litúrgica en Italia (1982) se desprende
que la casi totalidad de los practicantes tiene dificultades en la liturgia
de la palabra, y en abrumadora mayoría se expresan a favor de una
homilía que sea aplicación del evangelio a la vida diaria y
a la actualidad, o por lo menos una explicación de las lecturas
bíblicas de la misa. Un buen porcentaje (22 por 100 siempre, 23,1
por
c) La
homilía en los últimos documentos eclesiásticos. Los
años setenta demostraron gran interés por los temas y las
iniciativas de evangelización y de catequesis, pero la homilía
no tuvo un relieve específico, si bien cada documento
eclesiástico hace una alusión a ella reconociendo su importancia.
El Sínodo
de los obispos de 1974 sobre
Homilía
gún
temáticas catequísticas "; además de las
respuestas dadas en el aula, la determinación más significativa
se lee en el Mensaje al pueblo de Dios. "La catequesis es una
auténtica introducción a la lectio divina, es decir, a la
lectura de
Entre 1973 y
1977, los diferentes documentos dedicados a Evangelización y
sacramentos reafirman la naturaleza, la importancia y la obligatoriedad de
la homilía. El surgimiento de iniciativas litúrgicocomunitarias
de base que favorecen intervenciones de fieles en torno a las lecturas
bíblicas ha proporcionado ocasión de intervenir a algunos
episcopados: "La homilía forma parte del carisma del
sacerdocio ministerial... Habida cuenta de la naturaleza de los
grupos pequeños, el presidente podrá eventualmente dar a
cada uno en este momento la posibilidad de intervenir. El intercambio en
el momento de la homilía permite a menudo una mejor asimilación
de la palabra de Dios" (Francia) *; "el sacerdote, como presidente de
la asamblea, repartirá la palabra de Dios, dirigiendo eventualmente una
homilía participada" (Suiza)41; a propósito de las misas
populares: "Cuando es oportuno, conviene que
Homilía
la homilía
cobre una forma dialoga
da en la que se
invita a los fieles a
aportar
testimonio, referir hechos de
la vida, expresar
reflexiones, sugerir
aplicaciones
concretas de la palabra
de Dios"
(Brasil)í2.
El Código
de Derecho Canónico
de 1983 dedica a
la homilía el can.
767: "Entre
las formas de predicación destaca la homilía, que es parte
de la misma liturgia y está reservada al sacerdote o al
diácono; a lo largo del año litúrgico,
expónganse en ella, comentando el texto sagrado, los misterios de la fe
y las normas de vida cristiana (§ 1). En todas las misas de los
domingos y fiestas de precepto que se celebran con concurso del pueblo
debe haber homilía, y no se puede omitir sin causa grave (§ 2). Es
muy aconsejable que, si hay suficiente concurso del pueblo, haya homilía
también en las misas que se celebren entre semana, sobre todo en el
tiempo de adviento y cuaresma,
o con
ocasión de una fiesta o de un acontecimiento luctuoso (§ 3). Corresponde
al párroco o rector de la iglesia cuidar de que estas prescripciones
se cumplan fielmente (religiose serventur) (§ 4)".
III. La
homilía en el proyecto litúrgico-pastoral
Experiencias y
reflexiones que se están llevando a cabo sobre la base 1030
de los documentos
eclesiásticos, de las tentativas recientes y de datos tradicionales no
tenidos en cuenta en el último milenio, configuran tareas y
modalidades de la homilía en el contexto celebrativo y en
relación con las diversas formas del ministerio de la palabra.
1.
a) La
"lectio divina"y la escucha creyente. La homilía no es una forma
cualquiera de predicación, que podría dirigirse también a
no creyentes; siempre está relacionada con lecturas bíblicas
y se dirige a una asamblea de creyentes. El Sínodo episcopal de 1977 [/
supra, II, 3, c] afirma que la catequesis es una introducción a la
lectio divina, y define a ésta como "lectura de
1031
que infunde a
cada bautizado el "sentido sobrenatural de la fe", que le
"permite recibir no ya una palabra humana, sino verdaderamente la palabra
de Dios" y penetrar "más profundamente en ella con juicio
certero y darle más plena aplicación en la vida" (LG 12).
Por tanto, la capacidad de percibir en las diversas palabras humanas,
tanto bíblicas como eclesiásticas, la palabra que Dios dirige
ahora a su pueblo la da el Espíritu Santo, que permite una comprensión
interpretativa y actualizadora. Este don no es mecánico, sino que
requiere iniciación y ejercicio, los cuales sólo son posibles
cuando en la catequesis se introduce a los creyentes en el lenguaje de
b) La
homilía como mediación interpretativa. Es Dios mismo quien en la
liturgia quiere hablar con sus fieles: esta reiterada afirmación de los
documentos sobre la liturgia está en consonancia con la misma finalidad
de la celebración (D V 2). La comunicación Dios-creyente es directa,
pero no inmediata; la mediatizan múltiples autoridades: la biblia, la
tradición, el magisterio, la predicación ministerial, el
testimonio eclesial, los signos de los tiempos... " En el juego de
estas diversas autoridades el creyente percibe la palabra que Dios le
dirige; para ello se le
Homilía
debe ayudar a
ejercitar su sentido de la fe, en sintonía con la comunidad eclesial,
interpretando y actualizando. En el contexto litúrgico, la autoridad
que sobresale es la biblia, leída en la asamblea; pero también la
tradición litúrgica, que funciona ya como criterio
interpretativo: la aplicación de la lectura veterotestamentaria-salmo-evangelio,
la referencia al signo sacramental que sigue, la fiesta celebrada o el tiempo
litúrgico. La situación socio-cultural y la misma coyuntura
histórico-política de la asamblea constituyen un ulterior
criterio interpretativo y el ambiente vital en que actualizar la palabra de
Dios. Entre todos estos elementos no ofrece la homilía como ayuda a los
fieles para que entren personalmente en el diálogo que Dios quiere
mantener con su pueblo reunido aquí y ahora para celebrar la salvación
experimentada e invocada. La homilía tiene, por tanto, una
función eminentemente hermenéutica, requerida tanto por la
lejanía, que a menudo es desconocimiento cultural de los textos
bíblicos, como por la heterogeneidad de los miembros de la
asamblea. Si se limitase a una simple explicación exegética de
las lecturas bíblicas, ilustraría el objeto dejando a los sujetos
fuera; debe tender a la comprensión, conduciendo a los sujetos a
sentirse implicados en las palabras que les atañen personalmente y
les afectan como comunidad. Esta actividad hermenéutica informa,
solicita y hace pensar, exhortando para que cada uno tome decisiones ante el
mensaje de Dios. Aunque cada fiel presente fuera cultural y espiritualmente
capaz de interpretar y actualizar las lecturas bíblicas, la homilía
es necesaria porque explicita el sentido que la palabra de Dios tiene para la
asamblea reunida y pone de manifiesto la llamada que el Señor dirige a
su iglesia, y no sólo a los individuos. La homilía se propone,
Homilía
por tanto, llevar
a la asamblea a ese acuerdo que es condición para que el Padre oiga su
oración (Mt 18,19).
c) Las funciones
de la palabra y la homilía. La reforma litúrgica ha proporcionado
"lecturas de
Un
análisis atento de la biblia muestra que la palabra, bien que en la
diversidad de formas literarias, tiende a desarrollar las siguientes funciones:
anuncio, testimonio, profecía, doctrina, exhortación, invocación,
acción de gracias45. Estas dos últimas funciones encuentran expresión
especialmente en la parte eucológica de la celebración, pero
puede suceder que la misma homilía contenga una invocación o
concluya con
1032
una acción
de gracias. Aunque la homilía se dirige a creyentes, a menudo se
convierte en anuncio que proclama o evoca, con formulación breve e
incisiva, la iniciativa divina para nuestra salvación. Esta
salvación, siempre históricamente determinada, aunque
sólo de modo parcial por ser realidad escatológica, se narra
y se reconoce en el testimonio. La narración se refiere a la
salvación experimentada por el homileta, o a la percibida en la comunidad,
o a la que se ha verificado en la vida de personas santas (el clásico
ejemplo) y da lugar a la confesión de la misericordia divina, que
revela nuestro pecado y lo perdona. Para que pueda acogerse la
salvación divina, se necesita la profecía, que lee la situación
histórica, personal o social, sobre la que cae la palabra de Dios,
denuncia lo que se opone a la realización histórica de la
salvación e indica las opciones que el pueblo cristiano
está llamado a hacer para ser fiel al Señor, que obra en la
historia. Dada la complejidad de las situaciones humanas y de las
condiciones culturales, agravadas hoy por el pluralismo existente en
la misma asamblea, la palabra homilética debe medirse o ponerse a
prueba con la doctrina (la didajé del NT), que no es simple
exposición de la "doctrina cristiana" consolidada, sino reflexión
sobre las relaciones entre palabra de Dios y cultura, entre fe y vida. A
veces la homilía debe proporcionar informaciones exegéticas
sobre los textos leídos, para luego aculturar en el hoy el mensaje
entendido en su significado originario. Este proceso, que es
exquisitamente teológico, no puede desarrollarse habitualmente
en la homilía; pero el homileta debe saber responder a las
exigencias, incluso a las intelectuales, de los oyentes. Aunque el contexto
litúrgico no es favorable a la catequesis, la homilía
deberá tener a
1033
veces referencias
catequéticas, especialmente de tipo mistagógico, para
introducir en la inteligencia creyente de los signos litúrgicos que tienen
lugar en la celebración. En fin, es tarea del homileta la
exhortación, palabra fraterna y autorizada, motivada por el
acontecimiento pascual y por el tiempo (kairós) de salvación que
se nos da, para amonestar, reprender, alentar o consolar. Funciones
múltiples y complejas, que en las comunidades neotestamentarias eran
llevadas a efecto por varias figuras ministeriales (evangelista, profeta,
doctores) sobre la base de carismas de la palabra, y que no pueden
faltar en una comunidad eclesial, que debe estar bien alimentada de la palabra
de Dios.
2.
a) Las
intervenciones "espontáneas" y el discurso
homilético. En la misa se reconoce al presidente la oportunidad de
intervenir "para preparar a los fieles, al comenzar la celebración,
para la misa del día; antes de las lecturas, para la liturgia de la
palabra; antes del prefacio, para la plegaria eucarística; igualmente,
dar por concluida la entera acción sacra, antes de la fórmula de
despedida" (Ordenación General del MR, n. 11). Todas estas tomas de
la palabra no ritualizada deben corresponder al momento celebrativo, pero
también han de estar en sintonía con la ho
Homilía
milía; el
presidente, como homileta, distribuye así su toma de la palabra a lo
largo de la celebración, con el intento de prestar un servicio a la
asamblea para que pueda participar con mayor atención y consonancia
más comunitaria.
Por eso,
más que de homilía deberá hablarse de discurso
homilético, que ha de desplegarse a lo largo de la celebración,
si bien el desarrollo mayor y específico del mismo se tiene
después de las lecturas bíblicas. Si esta distribución es
monótona (por ejemplo, siempre didascálica o exhortativa), puede
correr el riesgo de sofocar la liturgia y de aburrir a los presentes. Nada es
más nocivo para una celebración que un presidente que quiere
explicar todo o que exhorta repetidamente a participar. La variación de
los géneros verbales es una obligación, adaptándolos según
el momento ritual introducido y subrayado. Si la palabra explicativa es
adecuada al comienzo o antes de las lecturas bíblicas, para la introducción
de la plegaria eucarística, del padrenuestro o de un signo litúrgico
es más idónea la palabra evocadora, de tipo poético.
El régimen ritual-simbólico propio de la liturgia debe respetarse
también en las intervenciones orales no rituales ".
b) Los modelos de
gestión de la celebración y la homilía. Dado que la
homilía no es una predicación inserta en la
celebración, sino un elemento de ésta al servicio de la asamblea,
debe estar en consonancia con el programa ritual de la liturgia de la palabra
que se considere pastoralmente más idóneo para una asamblea
concreta. La posibilidad de "ser seleccionadas y ordenadas aquellas formas
y elementos propuestos" (Ordenación General del MR, n. 5) permite
elaborar la hipótesis de varios modelos de gestión, que
aquí ejemplificamos por lo que se refiere a la
Homilía
liturgia de la
palabra47. En el tipo en que predomina la catequética es obvio que
la homilía tenga la parte mayor, y que las didascalías
introductorias a las lecturas tengan la función de despertar
atención e interés. Pero a veces precisamente estas introducciones
pueden proporcionar aquellos datos exegétícos que favorecen
una escucha más fructuosa, permitiendo luego a la homilía limitarse
a la función hermenéutica. En el tipo meditativo, en una asamblea
espiritualmente educada, !a función de la homilía puede casi
agotarse en
la
introducción a la liturgia de la palabra, ilustrando las lecturas
bíblicas, sugiriendo pistas de reflexión y oración o,
antes incluso, haciendo obra de discernimiento de las situaciones personales
y comunitarias en las que la palabra de Dios es acogida. En el tipo
más celebrativo-festivo se puede proceder así: unas palabras
iniciales que introduzcan en el sentido de la fiesta, ofreciendo aquellas
informaciones que se consideran útiles; una breve homilía que,
partiendo de las lecturas bíblicas, mues
tre en el hoy
litúrgico de la iglesia el acontecimiento celebrado para que el don de
Dios se haga vida en el hoy histórico; algunas didascalías mistagógicas
que precedan a los ritos más significativos (por ejemplo, la plegaria
eucarística).
3. SUJETO Y
FORMAS DEL DISCURSO HOMILÉTICO. "La homilía la
hará ordinariamente el mismo sacerdote celebrante"
(Ordenación General del MR, n. 42) y no otro sacerdote que no celebra,
dado que la homilía es una función presidencial. La preparación
y el desarrollo deben tener en • cuenta la ley propia de toda celebración,
que es la participación.
a) El presidente
homileta. La inserción de un discurso en una celebración
estructurada con textos bí
1034
blicos y
eucológicos y en una asamblea determinada requiere que el
presidente, por una parte, respete y explicite los mensajes celebrativos, y,
por la otra, que se ajuste a la situación cultural y a las
exigencias de fe de los creyentes. Deberá ser consciente de los
propios condicionamientos culturales y espirituales: la pertenencia a
una categoría social (tal es todavía el clero) y su historia
personal influyen fuertemente en la interpretación y en el
lenguaje. Además, su temperamento, su preparación, los carismas
de la palabra (cf PO 4), la competencia normalmente ejerci
da lo llevan a
privilegiar una función de palabra (así se tiene un homileta
catequista hasta convertirse en doctrinario; un homileta testigo que corre
el riesgo del exhibicionismo; un homileta profético que roza la histeria;
un homileta exhortador que se reduce a moralista...), mientras que la comunidad
tiene necesidad de una equilibrada variedad no sólo de contenidos,
sino también de funciones de la palabra.
b) Los fieles en
el discurso homilético. Para que la homilía satisfaga
exigencias tan complejas, es oportuno que el presidente la prepare con un
grupo de fieles. Las experiencias en este sentido son ya numerosas,
extendidas y consolidadas. Se trata de una aplicación del n. 73 de
de ser fatigosa y
requerir paciencia; sólo después de cierto tiempo comienzan
los fieles a apreciar las explicaciones exegéticas que permiten un
conocimiento más exacto de los textos bíblicos. Lo que estos
grupos dan al sacerdote es la percepción más directa de
cómo se entienden los mensajes bíblicos y cuáles de ellos
responden a las necesidades de la gente. Además, de estos intercambios
vienen iluminaciones fecundas,
1035
ya que el grupo
está reunido en el nombre del Señor, para un servicio a la
asamblea, y es por tanto lugar privilegiado para el ejercicio de los carismas
de la palabra para la edificación común. El homileta aprenderá
asimismo el lenguaje más adecuado para ayudar a los fieles a
traducir los mensajes bíblicos y a comprender la palabra de Dios en la
vida cotidiana.
En el trabajo de
grupo algunos fieles muestran particular aptitud para la toma de la
palabra y manifiestan carismas que deben ponerse al servicio de la
asamblea. A éstos podría encomendar el presidente algunas de las
intervenciones que configuran el discurso homilético a lo largo de la
celebración, y que las mismas rúbricas permiten que sean
tenidas por colaboradores. La consonancia de estas intervenciones con la
homilía está asegurada por haber reflexionado y orado
juntos.
En algunas
circunstancias o sobre algunos pasajes bíblicos se pueden producir
aportaciones interesantes: un testimonio significativo de cómo se ha
cumplido la palabra, las descripciones de una situación concreta
sobre la que versa la palabra, la denuncia profética de actitudes y
hechos que se oponen a la venida del reino, una exhortación
vigorosa y vivida... Estos dones que hace el Espíritu a la
comunidad, es bueno que se hagan manifiestos en la asamblea. Por tanto, el
presidente podrá invitar a ese hermano o hermana a intervenir
en el momento homilético cuando él considera humildemente que no
puede desarrollar la función que la palabra requiere en esos momentos.
El Directorio para las misas con niños admite una posibilidad en este
sentido: "Nada impide que alguno de estos adultos..., con permiso del
párroco o del rector de la iglesia, les [a los niños] dirija la
palabra des
Homilía
pués del
evangelio, sobre todo si el sacerdote se adapta con dificultad a la mentalidad
de los niños" (n. 24)<!.
c) Las formas de
la comunicación homilético. El término
homilía, del griego homilein (conversar, departir familiarmente),
connota el estilo conversacional, propio de quien se dirige convivalmente
a familiares y amigos, de esta forma de predicación.
Las formas
retóricas de la elocuencia clásica se han tomado una y otra
vez como modelos para la homilía, pero actualmente no parece que
prevalezcan esquemas o modos específicos para esta actividad eclesial
de la palabra •". La amplificación electrónica ha
hecho posible el tono conversacional incluso en locales espaciosos y para
amplias asambleas, y los modos de comunicación radiotelevisiva han
terminado con las modalidades oratorias solemnes y peraltadas. Esto
no significa que la conversación homilética deba desenvolverse
sin un orden incluso conceptual, una elección circunspecta del
lenguaje e incluso una propiedad estilística.
El homileta en
adelante debe tener en cuenta la cultura audiovisual en la que está
inmersa gran parte de la gente; debido a ello se está engendrando
un nuevo lenguaje, el contornual (de contorno), que como proceso
comunicativo es el opuesto al conceptual, preferentemente usado por los
eclesiásticos. Los / mass-media están acostumbrando a la gente a
percibir el discurso verbal de forma que las palabras no evoquen conceptos,
sino situaciones visual y emocionalmente participadas. La comunidad de
lenguaje, como la de conocimientos previos y de mentalidad, es
indispensable para que pueda establecerse una verdadera comunicación
5".
Homilía
Pero la
comunicación no está influida sólo por el lenguaje
hablado, sino también por las modalidades en que se produce. Hoy el
monólogo y la forma expositiva están en grave crisis, y despierta
y mantiene la atención una pluralidad de sujetos comunicantes,
a menudo entrevistados dialogalmente por un speaker. Esto invita a repensar los
modelos convencionales de comunicación eclesial también en
las asambleas litúrgicas, preguntándonos si los vigentes derivan
de un planteamiento teológico o son deudores de culturas autoritarias y
unidireccionales. Los experimentos se deberán llevar a cabo con cautela
y nunca como expedientes didácticos, sin haber valorado su alcance
teológico y eclesial: si la homilía en las misas con niños
puede cobrar forma de diálogo (preguntarespuesta), esto no debe
hacerse sólo para mantener la atención, sino para educar en
aquella profundización de la palabra de Dios y en aquella aplicación
concreta que cada creyente debe estar en condiciones de hacer. Las modalidades
pueden ser muchas, entre una homilía presidencial, en una asamblea
amplia, y una homilía participada, pero siempre presidida
ministerialmente, de una comunidad pequeña5'.
[/ Biblia y
liturgia, IV-V].
NOTAS: ' Cf A.
Deissler, L'annuncio dell'AT, Paideia, Brescia 1980, 97-102 — 2 Cf F.
García López, Analyse littéraire de Deuteronome, en RB 84
(1977) 481-522; 85 (1978) 5-49 — 3 Fragmento de Filón hallado en
Eusebio, Praeparatio evangélica 8, 7,12-13, cit. en M. McNamara,
/ targum e il NT, Dehoniane, Bolonia 1978, 61 — 4 De specialibus legibus
II, 15; allí cit. — 5 R. le Deaut, Targum du Peníateuque,
1.1 (SC 245),
Cerf, París 1978, 49 — ' R. Bloch, Midrash, en DBS V, 1278 —
' M. McNamara, l.c, 62 en que remite a P. Borgen, Bread from Heaven. Brill,
Leída 1965, 28-29 -! M. McNamara, l.c, 62. Cf. Sele del Dio
vívente, Omelie rabbiniche su Isaia, Cíttá Nuova, Roma
1981, especialmente la introducción, de M. Gallo, que en Neh 8
encuentra "el origen de la
1036
homilía y
la indicación de algunas de sus características
permanentes" (p. 19) — ' El verbo que se usa en
dialégomaí: "Se trata de la conferencia que
podía dar en la sinagoga cualquier miembro de la comunidad idóneo
para ello"
(G. Schrenk, en
GLNTW (1966) 986). El v. 11 emplea homiléin — l0 Cf J.-P. Audet,
Matrimonio e celibato nel servizio pastorale delta chiesa, Queriniana,
Brescia 1966, 79-84 — " Acerca de los profetas y doctores y de sus
intervenciones en las asambleas, cf. J. Delorme, Diversitá dei ministeri
secondo il NT, en VV.AA., // ministero e i ministeri secondo il NT, Edizioni
Paoline, 1977,429-432 — ,
piú
antichi testi pasquali delta chiesa. Le omelie di Melitone di Sardi e
dell'Anónimo Quartodecimano e attri testi del ¡I sec, Ed.
Liturgiche, Roma 1972, 13 — '" El mismo Bernabé es
doctor-didáscalo, si bien se dirige a los lectores no en calidad de
maestro, sino como uno de ellos, empujado por amor; cf D. van Den Eynde,
Normes de l'enseignement chrétien dans la littérature patristique
des trois premiers siécles, Gabalda, París 1933, 96-97 —
"* Ib, 86-87 — 15 H. de Lubac, Esegesi medievale. I quattro sensi
detla scrittura I, Edizioni Paoline, 1962, 359 — " Cf ib, 367-547
-" Cf P. Siniscalco, Attivitá e ministeri delta parola nella chiesa
antica, en VV.AA., IMpredicazionedeilaici, Queriniana, Brescia 1978,
101-102 — l8 J. Daniélou, Origine, La table ronde,
París 1948, 59 — 19 Cf J. Daniélou, Les origines du
christianisme latin, Cerf, París 1978, 21-23 — 20 Cf M. Poncent,
L'exégése de st. Augusiin prédicaleur, Aubier, Marsella
1944, 146ss —2I M. Pellegrino, Appunti sull'uso delta bibbia nei
sermoni di
s. Agostino, en
RBilt 1-2 (1979) 30 — 22 Cf V. Recchia, 11
"praedicator"nelpensiero e nell'azione di Gregorio Magno.
Immagini e moduli espressivi, en Vatori attuali delta catechesi patrística,
LAS, Roma 1979, 127-168 — 2Í Cf A. Quacquarelli, Retorica e
liturgia antenicena, Desclée, Roma 1960, ce. 2 y 4 — 24 Cf C. García
del Valle, Jerusalem, un siglo de oro de vida litúrgica, BAC 416, p. 265
— 25 P. Siniscalco, Attivitá e ministeri delta parola nella chiesa
antica (nota 17), 103 — 26 Cit. por A. Bonfatti, Oratoria sacra,
Morcelliana, Brescia 1964, 114 — 27 Cf J. Rousse, Lectio divina et
lecture spirituelle, en DSAMIX, 470ss —
Turín
1920, 75; cf C. Delcorno, La predicazione nell'etá comunale, Sansoni,
Florencia 1974 — 30 Sobre dicha cuestión, cf E. Cattaneo, Lapre
1037
dicazione dei
laici nel medioevo, en VV.AA., La predicazione dei laici (nota 17), 112-119
— 31 H. Jedin, // Concilio di Tremo, Morcelliana, Brescia 1962, II, 145-146
— 32 Ib, IV, t. 1, 1979, 143 — 33 Es notable el esfuerzo que
representa la colección "Assemblée du Seigneur,
Bíblica", Brujas 1967-68; a cada domingo o fiesta se le dedica un
volumen con exégesis de los textos bíblicos, el tratamiento de
teología bíblica y patrística del tema eventual, la
presentación de los formularios litúrgicos, notas doctrinales y
pastorales — 3" Una ayuda ejemplar es la que aporta la
colaboración internacional de los exegetas: La parola di Dio
nell'assemblea festiva, Queriniana, Brescia 1969-76 — " Un estudio
minucioso de estas experiencias; F. Perrenchio, Bibbia e comunitá di
base in Italia, LAS, Roma 1980; testimonios directos: Massa e Meriba. hiñeran
difede nella storia delle comunitá di base,
Claudiana,
Turín 1980 - » Cf L. Della Torre, Presenza deifedeli nell'omelia,
en VV.AA., La predicazione dei laici (nota 17), 47-57. Una experiencia
parroquial interesante, si bien interrumpida: B. Maurí, Liberare
Homilía
milética
haciéndose sustituir por un fiel. Pero las posibilidades arriba
indicadas tienen un sentido totalmente opuesto, pues se respeta el rol
presidencial y hasta se exalta como tarea de reconocimiento de los carismas y
competencias, y como tarea de llamada a colaborar dirigida a fieles
idóneos. La documentación histórica prueba que la
dirección pastoral tiene el poder de regular, y a veces de prohibir, la
toma de la palabra eclesial por parte de los fieles por motivos de
oportunidad; sin embargo, debe quedar claro que los fieles tienen esta facultad
de palabra por "el sentido de la fe y la gracia de la palabra"
— 49 Tras la publicación de C. Perelman-L. Olbrechts-Tyteca,
Trattato dell'argomentazíone, la nuova retorica. 2 vols., Einaudi,
Turín 1966 (ed. or. 1958), se han multiplicado los estudios acerca
de la "teoría de la argumentación", cuyo objeto es
"el estudio de las técnicas discursivas adecuadas para provocar o
aumentar la adhesión de las mentes a las tesis que se presentan a su
asentimiento" (p. 6). Para una aplicación de los métodos de
la "nueva retórica" al discurso político,
véase P. Desideri-
A. Marcarino,
Testualüa e tipología del discorso político.
Bibliografía, Bulzoni, Roma 1980. No consta que haya intentos
análogos para el discurso homilético o, más en general,
para el discurso religioso de producción eclesiástica — 50
Estos conceptos han sido tomados de una conferencia de N. Taddei — "
Véanse varias posibilidades en L. Della Torre, La predicazione nella
liturgia, en Nelle vostre assemblée I, Queriniana, Brescia 19752,
265-274. Sobre los contenidos de la predicación homilética
en relación con los "condicionamientos" culturales y sociales,
véase la sección "Omelia e vita quotidiana" comenzada
en Servizio della Parola 125 (1981) y continuada hasta el 1982.
L. Della Torre
BIBLIOGRAFÍA:
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Paulinas
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1038
predicación,
Sigúeme, Salamanca 1972; Rahner K.-Háring B., Palabra en el
mundo. Estudios sobre teología de la predicación, Sigúeme,
Salamanca 1972; Rebok J., La homilía eucarística; su
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"Phase" 71 (1971) 27-41; VV.AA., La predicación
cristiana, en "Concilium" 33 (1968) 357-516
I
VV.AA., La
homilía hoy, en "Phase" 91 (1976) 2-68.
IGLESIA
(edificio)
/ Arquitectura; /
Arte; / Dedica
ción de
iglesias y de altares; / Luga
res de
celebración
SUMARIO: 1. Introducción
- 11. Correlación
entre
eclesiología y liturgia - III. Iglesia y litur
gia en el Vat. II
- IV. La iglesia en la eucología:
I. La iglesia en
el plan de Dios; 2. "Ecclesiae mirabile sacramentum"; 3. Una iglesia
necesitada de purificación; 4. Liturgia e iglesia local - V. La
iglesia en las celebraciones litúrgicas: 1. La iglesia reunida en
asamblea; 2. La iglesia en oración; 3. La iglesia que celebra la
eucaristía y los sacramentos - VI. Conclusión.
I.
Introducción
Con sus ritos y
sus palabras, con la unidad y multiplicidad de sus formas, la liturgia es
una especial epifanía de la iglesia: expresión y realización
de su misterio de comunión y salvación. Es sobre todo en las celebraciones
litúrgicas donde más clara y eficazmente aparece la iglesia
"como un sacramento, o sea, signo e instrumento de la unión
íntima con Dios y de la unidad de todo el género
humano" (LG 1), "que manifiesta y a veces realiza el misterio del
amor de Dios al hombre" (GS 45).
La
constitución SC, en la introducción, incluso antes de llegar
a definir la liturgia en el ámbito de la / historia de la
salvación, subraya una de sus propiedades esenciales: el manifestar la
genuina naturaleza de la verdadera iglesia, el ser epifanía de la
iglesia con sus características, aparentemente contradictorias, pero
vitalmente unificadas en el plano del misterio, presentadas según una
ley de subordinación que señala una jerarquía de
valores. Al edificar día a día a los que están dentro de
la iglesia para ser templo santo y al robustecer sus fuerzas para
predicar a Cristo, la liturgia presenta a los que están fuera
a la iglesia "como signo levantado en medio de las naciones, para que bajo
él se congreguen en la unidad los hijos de Dios que están
dispersos hasta que haya un solo
rebaño y
un solo pastor" (SC 2).
II.
Correlación entre eclesiología y liturgia
El tema es
complejo y hasta sugestivo: aquí sólo podemos ahondar en
alguno de sus aspectos para no entrar en el ámbito de otras voces [/
infra, VI]. Una mirada retrospectiva a la tradición nos va a servir
para valorar un primer tratamiento sobre la correlación, constatable a
lo largo de toda la historia del cristianismo, entre la
eclesiología y la liturgia, entre el modo de comprenderse a
sí misma y de realizarse la iglesia y el modo de comprender y
iglesia y
liturgia
realizar su
liturgia, en especial la celebración eucarística.
A.L.
Mayer-Pfannholz, que ha dedicado varios estudios a las relaciones entre el
cambio de imagen de la iglesia y la historia de la liturgia, escribe
acertadamente:"... existe siempre un destino común entre la iglesia
y la liturgia; en ambos procesos históricos uno solo es el problema:
cómo interpretan y viven los hombres de un determinado tiempo el
misterio de Cristo y de su iglesia"1. Más recientemente, H.
Fries ha intentado efectuar una síntesis sobre el desarrollo de la
idea acerca de
la iglesia en las
diversas épocas hasta nuestros días. Este Kirchenbild es ante
todo una representación vital, una idea expresiva de lo que la iglesia
ha pensado ser o deber ser, pero también la figura concreta que en las
distintas épocas ha presentado ella misma al observador, y presenta por
tanto hoy al estudioso. Se da aquí una constante relación interactiva
y confluencial entre los dos aspectos: la iglesia concreta se organiza
conforme a la imagen que tiene
de sí
misma, se expresa exactamente en la concreción histórica de su actuarse
y su formarse; mas, por otra parte, esta imagen que la iglesia tiene de
sí misma depende de su figura histórica efectiva y de su
realidad concreta2. Tal reflexión implica igualmente a la liturgia
tanto en sus textos como en sus ritos.
No son pocas las
fuentes de la tradición que pudieran documentar esa
correlación entre eclesiología y liturgia: bastaría
citar la relación iglesia local-celebración eucarística en
a iglesia como
asamblea litúrgica en los escritos de san Cipriano de Cartago; la
concepción de la iglesia subyacente en el Ordo Romanus primus;
los presupuestos eclesiológicos
1040
de la
formación y difusión del misal plenario en el medievo; la
relación entre los aspectos eclesiológicos y litúrgicos
en las posiciones de la reforma; el desarrollo paralelo de la
reflexión eclesiológica y litúrgica en el / movimiento
litúrgico (Beauduin, Casel, Guardini); los méritos y las medidas
comunes de las encíclicas Mystici corporis y Mediator Dei (Pío
XII); los fundamentos eclesiológicos de
Para comprender
en toda su riqueza de significado estas correlaciones, es preciso
tener muy en cuenta algunas orientaciones metodológicas: 1)
Desde el momento en que, durante el último siglo, madura la
reflexión sistemática y explícita sobre el concepto
de / liturgia, puede constatarse una verdadera correlación entre la
profundización del concepto de iglesia y el de la liturgia. Durante
los siglos anteriores se trata más bien de comprobar cómo viene a
comprenderse y realizarse la celebración litúrgica, dentro
de la pers
pectiva
señalada por H. Fries. 2) Como observa J. A. Jungmann, la
celebración litúrgica se nos presenta como autorrevelación
de la iglesia, no tanto ni sólo en los textos y en las rúbricas
contenidas en sus libros litúrgicos oficiales: en la
celebración de una comunidad concreta es donde la iglesia se define
localmente al concentrarse en un lugar determinado; donde se realiza en el
pleno sentido de la palabra; donde se hace un acontecimiento, un hecho. Es
la acción litúrgica concreta la que nos ofrece una imagen
viva de la iglesia como sacramento de la salvación de Cristo •'.
3) La iglesia misma, parábola y sacramento del reino, por el simple
hecho de su existencia y según las modalidades de tal existencia,
está ya expresando en el misterio
1041
las realidades
últimas de dicho reino. Pero son demasiado ricas estas realidades
para hallar su expresión adecuada en un rito particular y con el
sello de una cultura determinada; de ahí la necesidad de apelar a todas
las creaciones litúrgicas de Oriente y Occidente y de realizar un
estudio comparativo a fin de lograr una visión sinóptica de
lo que la iglesia, con la conciencia que ella se ha formado de sí
misma e intenta expresar en su liturgia4. 4) La observación anterior
de Jungmann no significa que se haya de subestimar la gran aportación
que puede hacer a la eclesiología un estudio profundo y sistemático
de la eucología cuando se estudian los textos litúrgicos con
método apropiado, en su contexto originario y en conexión con la
celebración a que pertenecen, buscando en tales textos no unos dicta
probantia mediante esquemas preconcebidos, sino las grandes perspectivas
teológicas por las que se siente animada la oración de la
iglesia. Como en seguida mostraremos [/ infra, IV], queda uno sorprendido al
comprobar que las oraciones de los antiguos sacramentarlos romanos
aparecían continuamente inspiradas en las dimensiones
eclesiológicas más vitales que hoy hemos redescubierto y que siguieron
teniendo eco en las comunidades cristianas aun dentro de contextos
eclesiales muy distintos.
III. Iglesia y
liturgia en el Vat. II
"Entre los
factores, al menos los principales, que han cooperado a despertar la nueva
conciencia eclesiológica, habría que otorgar el primer
puesto al / movimiento litúrgico. Desde comienzos del nuevo siglo se
manifestaba cada vez más la necesidad de una liturgia viva en la
que la comunidad entera de creyentes pudiese tener parte activa.
Quizá al
Iglesia y
liturgia
principio la
vinculación de tal movimiento litúrgico con la
eclesiología no resultase muy clara... ni consciente. Pero pronto
se manifestaría su gran importancia: significaba activar todo el cuerpo
de la iglesia..., despertar en los fieles el sentido de cómo
son ellos la iglesia reunida que adora a su Señor."5
Aun siendo el
primer documento del Vat. II, y como tal el único en los comienzos de
una reflexión y de un intercambio de ideas que caracterizó todo
el desenvolvimiento del concilio, la constitución SC estaba ya inspirada
en una eclesiología de comunión y participación que
iba mucho más allá de los documentos anteriores del
magisterio eclesiástico. Pueden ante todo recordarse sus afirmaciones
fundamentales sobre la iglesia: la liturgia muestra a la iglesia en su
naturaleza divina y humana, la edifica día tras día para ser
signo de la unidad querida por Cristo (n. 2); en el ámbito de la
historia de la salvación, del misterio pascual de Cristo
nació "el sacramento admirable de la iglesia entera" (n. 5);
para realizar la obra de nuestra redención "Cristo está
siempre presente a su iglesia... Asocia siempre consigo a su amadísima
esposa la iglesia"; en la liturgia es donde "el cuerpo místico
de Jesucristo, es decir, la cabeza y sus miembros, ejerce el culto
público íntegro. En consecuencia, toda celebración
litúrgica es obra de Cristo y de su cuerpo, que es la iglesia" (n.
7); las acciones litúrgicas son "celebraciones de la iglesia,
que es sacramento de unidad, es decir, pueblo santo congregado y ordenado
bajo la dirección de los obispos... Tales acciones pertenecen
a todo el cuerpo de la iglesia, lo manifiestan y lo implican"
(n. 26); incluso
la "principal manifestación de la iglesia" tiene lugar
cuando todo el pueblo de Dios participa en la liturgia, especialmente en
la eucaristía, bajo la presidencia del
Iglesia y
liturgia
obispo, rodeado
de su presbiterio y ministros (n. 41).
Pero si aparecen
subrayadas algunas afirmaciones explícitas, no son menos notables
las perspectivas eclesiológicas de fondo, confirmadas después
y desarrolladas en los siguientes documentos: la idea de la unidad
continuamente destacada; la iglesia como comunidad de salvados (dignidad
eclesial de los laicos, sentido espiritual de la institución, significado
eclesial de las asambleas cristianas); la iglesia asociada a la obra divina
de la salvación (finalidad salvífica de la acción de
la iglesia; espíritu misionero, exigencia eclesial de una
participación activa); la iglesia como estructura de salvación:
estructura colegial, estructura de las funciones, estructura/tiempo: ritmo
ternario (conversión, celebración, compromiso),
correspondiente a la triple misión de la iglesia. La
eclesiología litúrgica de
48; GS 45: AG 5);
la iglesia local (cf LG 23; 26; 28); la catolicidad de la iglesia, con una
mayor atención a las múltiples tradiciones y a las diversas
culturas en el seno de la
1042
misma iglesia:
reconocimiento, va
loración,
asimilación, adaptación
(cf igualmente GS
44; 58).
En el posconcilio
la correlación entre eclesiología y liturgia, documentaba
en todo el arco de la historia de la iglesia, ha tenido nuevas expresiones
y muy significativas. Ante todo se puede observar cómo todas las
temáticas eclesiológicas más vivas del concilio han
inspirado la reflexión litúrgica más reciente, así
como no pocos textos litúrgicos creados por la reforma: cf, por ejemplo,
el influjo del tema iglesia-sacramento sobre la eucología del Misal
de Pablo VI y de la liturgia de las Horas. Pero más interesante es todavía
constatar cómo los rasgos más señalados de la nueva imagen
de la iglesia son los que marcan más vigorosamente la
problemática litúrgica de nuestros días: la
iglesia-sacramento; la iglesia local; la iglesia-comunión, la
relación iglesia-mundo, etc.
La
reflexión sobre la iglesia, extraordinariamente rica y a la vez respetuosa
ante el misterio, que el Vat. II nos ha proporcionado con la visión
múltiple y complementaria de las diversas imágenes
bíblicas, abre nuevos horizontes a nuestra comprensión de la
liturgia de la iglesia. La recuperación teológica de
a) la
dimensión bíblica, que subraya la continuidad de la iglesia
1043
con Israel,
contemplándola en una historia concreta y dominada por un designio
divino de alianza y salvación en proyección hacia su
plenitud escatológica. Ello no sólo ha llevado a una
valoración litúrgica del AT nueva y fructífera, sino que
ha propiciado además una mejor comprensión de las
diversas realidades litúrgicas a la luz de la tradición
bíblica: piénsese en la eucaristía, particularmente
en la plegaria eucarística;
b) la
dimensión histórica, que nos hace más sensibles a la
evolución de la iglesia a lo largo de los siglos, evolución
mediante la cual llegan a madurar más plenamente no pocos aspectos de su
fe y de su vida, pero sobre la cual se han dejado sentir igualmente
condicionamientos espacio-temporales y humanas limitaciones. De
ahí la necesidad —particularmente notoria en la
liturgia— de una audaz reforma de ciertas fórmulas
históricas de la institución, así como de un continuo
esfuerzo de adaptación y de nueva creatividad;
c) la
dimensión antropológica, que presenta la realidad concreta de una
iglesia constituida por hombres, de una comunidad de fieles que caminan
por las vías de la salvación. De ahí, en el terreno
litúrgico, una atención más acentuada a los aspectos
celebrativos, a los problemas de los signos y del lenguaje, así como un
mayor interés por la contribución, por parte de las ciencias
humanas, a la relación liturgia-vida.
Pero la
categoría pueblo de Dios nos ha proporcionado además un subsuelo
muy fecundo para llevar adelante el discurso sobre la función
presidencial y la ministerialidad, así como sobre los carismas; ha
favorecido nuevas valoraciones catequéticas y hecho posibles
nuevas confrontaciones y convergencias ecuménicas, incluso en el
terreno litúrgico.
Iglesia y
liturgia
IV. La iglesia en
la eucología
La liturgia
manifiesta a la iglesia ante todo, como veremos [/ infra, V], en sus
celebraciones, que son culmen etfons de su vida y, por tanto,
también su expresión más significativa. Y asimismo se
abren incesantemente a sorprendentes horizontes doctrinales sobre el
ministerio de la iglesia los textos de las oraciones, tanto los de las diversas
tradiciones litúrgicas del pasado como los de los actuales libros
litúrgicos. "La liturgia —se ha escrito— es
fundamentalmente celebración del misterio de Cristo. Es el misterio
mismo, en el que un esfuerzo teológico ahondará
desarrollando sus coincidencias e implicaciones en una determinada cultura.
Pero la liturgia lo expresa a su manera: evocativa, poética, simbólicamente
y de forma directamente existencial. Verdad es que los textos
litúrgicos aparecen formulados siempre dentro de una / cultura y reflejan
necesariamente una teología; pero su finalidad primaria es expresar
la fe y celebrarla..."6.
En su
oración es donde la iglesia se autocomprende, se expresa con particular
eficacia, dibuja de sí misma una imagen particularmente viva:
"Cuando la liturgia —escribe
A. Stenzel
— proclama con grandiosa monotonía la unidad del plan de
salvación en los dos Testamentos...; cuando de la misma manera hace
comprender la historia de la salvación con su tensión
orientada entre una promesa inicial y su cumplimiento definitivo; cuando
realiza a la iglesia como pueblo de Dios y cuerpo de su cabeza, como un reino
de reyes y sacerdotes, como comunidad de santos, nadie puede negar que su
función en lo relativo a esta y demás verdades es la de un
magisterio de carácter especial y muy precioso"'.
Iglesia y
liturgia
Para valorar los
textos litúrgicos como locus theologicus en el sentido más pleno,
sería menester aplicar un método comparativo a través de
una verificación teológica con las demás expresiones de la
fe y de la vida de la iglesia, tanto en el pasado como en el presente8.
Nosotros nos vamos a limitar a algunas sugerencias en torno a la riqueza
doctrinal eclesiológica contenida en los sacraméntanos
Veronense y Gelasiano.
1.
Analizaremos
brevemente la oración n. 921 del sacramentario Veronense: "Dirige,
Domine, quaesumus, ecclesiam tuam dispensatione caelesti; ut quae ante
mundi principium in tua semper est praesentia praeparata, usque ad
plenitudinem gloriamque promissam te moderante perveniat". Se
invoca a Dios como pastor (dirige, moderante) de su iglesia (ecclesia
Patris). El término dispensado no podría traducirse simplemente
por gracia, como si se invocase una intervención ocasional: es un
término en el que se sobrentiende la concepción
histórico-salvífica de san Pablo y la reflexión
teológica de León Magno y de Agustín. A la luz de la carta
a los Efesios se contempla a la iglesia en relación íntima con el
"mysterium" paulino, desde su presencia en el plan de Dios antes
de la creación del mundo —ante mundi principium / in tua semper est
praesentia praeparata— hasta su panificación
escatológica: usque ad pleni
1044
tudinem
gloriamque promissan / te moderante perveniat.
Esta
visión mistérica y dinámica de la iglesia, que se evoca en
tantos textos agustinianos', representa hoy una de las adquisiciones más
fecundas de la eclesiología del Vat. II: "La idea de pueblo de
Dios introduce algo dinámico en la doctrina de la iglesia. Este pueblo
posee una vida y un camino hacia un término establecido por Dios...
(un pueblo) elegido, instituido y consagrado por Dios para ser su siervo y
su testimonio..." I0
2.
"ECCLESIAE MIRABILE SACRAMENTUM". La segunda oración que
vamos ahora a analizar proviene del sacramentario Gelasiano (GeV432), pero es
muy parecida a la anterior y está igualmente muy próxima al
pensamiento leoniano. Es una oración de la vigilia pascual
—donde la ha resituado la reciente reforma como oración
después de la séptima lectura—, que tiene su origen en una
tradición litúrgica muy compleja, y que revela una clara dependencia
de la carta a los Efesios, en especial de Ef 1,9-12.22 y 3,3-10":
"Deus, incommutabilis virtus, lumen aeternum, réspice
propitius ad totius ecclesiae tuae mirabile sacramentum et opus salutis
humanae, perpetuae dispositionis effectu, tranquillus operare,
totusque mundus experiatur et videat deiecta erigi, inveterata novari, et
per ipsum [Christum] rediré omnia in integrum, a quo sumpseret
principium". En la primera frase (réspice ad totius ecclesiae
tuae mirabile sacramentum) el término sacramentum no posee
ciertamente la riqueza que hoy se le atribuye, pero se refiere claramente a la
iglesia, está calificado con el adjetivo mirabile (frecuentemente
referido a las obras de Dios en la historia de la salvación) y preparado
con dos apelativos referidos a Dios (Deus, incommutabilis virtus,
1045
lumen aeternum).
La segunda frase: et opus salutis humanae, / perpetuae dispositionis effectu, /
tranquillus operare, muestra el enlace del sacramentum ecclesiae con la
obra salvífica de Dios y con la perpetua dispositio que en
ella y por medio de ella se actúa. En la frase final, la idea
explícita, cargada de resonancias bíblicas, es que el mundo
entero llegue a restaurarse según la situación originaria
anterior al pecado, por medio de Cristo, en quien tienen su origen
todas las cosas.
El texto es de
una relevancia extraordinaria en relación con la moderna
concepción de la iglesia como sacramento de la salvación de Cristo.
Llevando adelante la reflexión patrística y dejándose
guiar por la evolución del pensamiento paulino, el autor de Ge V
3. UNA IGLESIA
NECESITADA DE PURIFICACIÓN. Con el fermento de ideas que han hecho
madurar la eclesiología en el Vat. II, adquiere un destacado
relieve la renovada atención a la dimensión
antropológica de la iglesia, tan bien expresada con la categoría
bíblica de pueblo de Dios. Como han observado algunos estudiosos l2, es
la liturgia, con sus textos y sus signos, la que ha venido a mantener vivo este
sentido concreto de la iglesia como una comunidad de pecadores animada por
un incesante anhelo de purificación y de crecimiento en el amor y
en la fidelidad. Nos limitamos aquí a analizar dos colectas, afines
por su contenido y origen (GeV 1213 y 1218), que en el Misal de Pablo VI vienen
asignadas, respectivamente, al martes de la segunda semana y al lunes de
la tercera semana de cuaresma.
Iglesia y
liturgia
Los dos textos
resultan muy semejantes en estructura y contenido, pero con preciosas
variantes para la interpretación global de ambas oraciones.
"Custodi, Domine, quaesumus, ecclesiam tuam propitiatione perpetua,
et quia sine te labitur humana mortalitas, tuis semper auxiliis et
abstrahatur a noxiis et ad salutaria dirigatur". "Ecclesiam
tuam, Domine, miseratio continuata mundet et muniat, et quia sine te non
potest salva consistere, tuo semper muñere gubernetur". La iglesia
entera (ecclesiam tuam) se confiesa continuamente necesitada del
perdón y de la misericordia de Dios (propitiatione
perpetua;
miseratio continuata); de que la guarde (custodi), purifique (mundet) y
fortalezca (muniat). Si en el primer texto se dice que sin la
intervención de Dios (sine te) nuestra mortal condición
(mortalitas) no puede sostenerse (labitur), en el segundo tal debilidad se
atribuye directamente a la iglesia (non potest salva consistere). Por eso
se confía a la ayuda (auxilio) y protección (muñere)
del Señor, a fin de verse libre de cuanto puede perjudicarla (abstrahatur
a noxiis) y saberse guiada con firmeza hacia la salvación (ad salutaria
dirigatur).
La imagen de la
iglesia que se percibe en estas dos oraciones es fuertemente
antropológica: acosada por la tentación y el pecado, la iglesia
se pone en estado de penitencia y confía enteramente en la bondad de
Dios, a fin de participar, "con una renovada juventud espiritual", en
el misterio pascual del Señor.
4. LITURGIA E
IGLESIA LOCAL. El Sacramentarium Veronense por su particular origen, como
colección de "libelli missarum", transcritos en los archivos
lateranenses, nos ofrece el extraordinario ejemplo de una eucología
que respira la vida y los problemas de una iglesia local, cuya cul
Iglesia y
liturgia
tura, por otra
parte, refleja en su misma expresión literaria. Los textos del
Veronense se abren frecuentemente a horizontes eclesiológicos muy
ricos, que en parte se han recogido en el nuevo Misal: cf, por ejemplo,
los nn. 921, 1130, 951, 478, 657, etc. Aquí queremos más bien
atraer la atención sobre una serie de textos que son de
inspiración típicamente ligada al espacio y al tiempo, expresión
de la iglesia local de Roma en los ss. v-vi: no deja de ser sintomático
que tal modelo de textos se encuentre sólo en esta fuente, como se
puede comprobar por el instrumental que al pie de página recoge
Mohlberg.
Citemos al menos
tres aspectos de la iglesia de Roma que destacan en tales textos: a) una
iglesia con fuerte conciencia de su misión y de sus prerrogativas
en la iglesia universal: cf
n. 307,
comparándolo con los "sermones" de León Magno; b)
una iglesia afligida con problemas disciplinares y pastorales muy
agudos: cf los nn. 530 y 620, entre los que se alude probablemente a los
lupercales en tiempo del papa Gelasio I "; c) una iglesia preocupada por
las vicisitudes y circunstancias de Índole político-militar,
con una clara tendencia a identificar su propio destino con el del
imperio: cf los nn. 553, 660, 590 y 872, y establézcase un cotejo
con Eusebio, Agustín, cartas de los papas, etc. '" Tras el
análisis de textos como los citados, se llega a dos conclusiones que
iluminan nuestra actual problemática: por una parte, se admira la
frescura de una liturgia que interpreta una situación eclesial, que
expresa una iglesia local; por otra parte, en dichos textos, tan
desbordantes de actualidad, aparecen propiamente documentados los peligros
de una improvisación litúrgica que carece de esa universalidad,
de esa reserva escatológica, de ese espíritu que debiera res1046
pirar siempre
profundamente la liturgia de la iglesia.
Nos hemos
limitado a algunos textos de la más antigua tradición; pero
sería fácil comprobar la riqueza eclesiológica de la
eucología del nuevo Misal de Pablo VI, tanto en los textos
recobrados o adaptados de las fuentes antiguas (por ejemplo, el prefacio
dominical I), como en las nuevas composiciones inspiradas en textos
bíblicos, patrísticos y conciliares, entre las cuales
merecen mencionarse las relativas a la sacramentalidad de la iglesia
(cf en particular el formulario Pro sancta ecclesia).
V. La iglesia en
las celebraciones litúrgicas
Si la
eucología puede ofrecernos testimonios eucológicos de gran interés,
más preciosos son aún los resultados que pueden obtenerse
estudiando "la concreta actitud litúrgicovital propia de
una comunidad cristiana, la cual, al constituirse en asamblea (=
ecclesia), visibiliza y concreta, en determinadas coordenadas de tiempo y
espacio, a la iglesia" ". Un estudio orgánico del actuar
litúrgico en la iglesia podría proporcionarnos una
eclesiología dinámica con fuerte impulso y aliento. Nos
limitaremos a alguna anotación sobre ciertos aspectos de la
vida litúrgica de la iglesia.
1.
constatamos
cómo lo primero y fundamental en toda celebración cristiana
es la reunión de los fieles en asamblea. La celebración constituye
el acto que revela la primacía de la acción de Dios, que hace
operante la salvación de Cristo, que representa el paso de la
vocación a la realización: de la iglesia convocada a la
iglesia reunida. La / asamblea litúrgica es convocación del
pueblo de Dios —en medio del cual se hace Cristo presente (Mt
10,10)—, que realiza en sí el "Qahal Jahweh" del AT y,
como tal, es máxima expresión de la comunidad local, hecho
concreto de la iglesia universal, preanuncio y anticipación de
En orden a la
convocación de la asamblea cristiana y a su crecimiento en la fe,
no deja de desempeñar un papel fundamental la proclamación
de la palabra de Dios, ya que Cristo "está presente en su palabra,
pues cuando se lee en la iglesia
En la asamblea
litúrgica es sobre todo donde se expresa la iglesia como communitas
sacerdotalis. En efecto, si es verdad que el sacerdocio del pueblo cristiano se
ejerce primariamente en la vida (1 Pe 2,9), en la asamblea cristiana en
acto de celebración es donde se manifiesta y se realiza este
carácter sacerdotal de todo el pueblo de Dios, que se ofrece y da
gracias al Padre por medio de Cristo en el Espíritu Santo. La celebración
constituye, efectivamente, la puesta en práctica más
específica del sacerdocio de todos los fieles, ya que es entonces cuando
se ejercen plenamente las funciones sacerdotales de los distintos miembros
del pueblo de Dios: laicos y ministros consagrados.
Es igualmente en
la asamblea cristiana donde sobre todo "florece el
Espíritu", como subrayaba Hipólito ": él
unifica a todos los fieles en
Iglesia y
liturgia
un solo cuerpo,
suscita diversos carismas al servicio de todos, hace eficaz la
palabra proclamada y presente y operante a Cristo en la comunidad y
en los sacramentos de la iglesia.
Se puede
igualmente afirmar que toda celebración litúrgica expresa algo de
la iglesia: sería fácil ilustrarlo mediante los diversos tipos de
celebración. Nos limitamos aquí a subrayarlo en
relación con los diferentes modos de realizar la celebración
misma. Una comunidad revela sintomáticamente la concepción
que tiene de la iglesia y de su pertenencia a la misma en la manera misma de
celebrar su liturgia.
El renovado
sentido de la asamblea que resurge en las comunidades cristianas no
es sólo efecto de una recuperada visión teológica, sino
también de una distinta situación socio-religiosa, en la que se
profesa y se celebra la fe, y donde congregarse en asamblea es ya una
opción y un testimonio. Hoy, en una iglesia misionera que vive en medio
de un mundo secularizado, la asamblea encuentra un nuevo significado, ya
que prácticamente sólo en la asamblea cristiana es donde los
fieles se encuentran como cristianos en nombre de su fe. De ahí la
creciente importancia de la asamblea litúrgica como signo
actual de pertenencia a la iglesia'".
2.
Iglesia y
liturgia
comunitaria
también cuando ora"
(OGLH 9).
Es sobre todo la
/ liturgia de las
Horas, celebrada
en la comunidad lo
cal, el tipo y la
plena realización de
la oración
cristiana, entendida como
respuesta a la
escucha de la palabra
de Dios, como
ejercicio del sacerdo
cio de Cristo y
como actuación y
manifestación
de la iglesia. Las co
munidades
cristianas es ahí donde se
han reconocido
desde los primeros
siglos,
enriqueciéndola además pro
gresivamente con
tesoros de refle
xión y de
vida y dándole una signi
ficativa
estructura y un aliento ver
daderamente
universal, para que
pudiese ser
así "sacrificio espiritual"
de todo el pueblo
de Dios, "fruto de
los labios que
confiesan su nombre"
(Heb 13,15). En
esta oración llega a
comprender la
iglesia que su voca
ción a ser
cuerpo de Cristo y esposa
suya define su
característica funda
mental de orante
y portavoz de la
humanidad llamada
a la redención
de Cristo ".
La comunidad
cristiana congregada en oración se realiza y manifiesta como
iglesia en su estructura unitaria y orgánica, en unión
espiritual con el pueblo de Dios de los tiempos pasados y del que ahora
peregrina en todas las naciones, pero también en comunión con
toda la iglesia celeste de los ángeles y los santos, concreta
realidad de toda la iglesia católica y universal.
En un profundo e
incitante tratado sobre la oración común, el teólogo
protestante J.-J. von Allmen, respondiendo a la pregunta
¿qué hace la iglesia cuando ora?, da la siguiente triple
contestación: a) expresa su identidad más profunda, mostrando
visiblemente lo que ella es misteriosamente: pueblo de Dios congregado en
su presencia; se hace iglesia local, revelándose, sin embargo, en una dimensión
mucho más amplia, en el espacio y en el tiempo; b) obedece a
1048
su Señor,
y llega por tanto a ser más plenamente iglesia de Cristo. Obedeciendo,
contribuye a hacer llegar el reino; viene a ser más eficazmente agente
de realización del designio de Dios sobre el mundo; c) se presenta ante
Dios en nombre del mundo, ejerce su sacerdocio real, sustituyendo al mundo
a fin de que pueda éste perdurar en la paciencia divina, y mostrando de
este modo que sitúa en la oración el / compromiso mayor de
su responsabilidad política y su más fuerte preocupación
por la llegada del reino *>.
3.
La iglesia,
manifestación histórica de la salvación realizada por
Cristo, es iglesia en su sentido más eficaz cuando actúa y se
autorrealiza como sacramento de Cristo en el mundo, sobre todo a través
de las siete modalidades de gracia con que los hombres entran en contacto con
el / misterio pascual del Señor en el espacio y en el tiempo 2I. Pero
todos los sacramentos están orientados a la eucaristía como a su
consumación y su fin: "La celebración de la misa, como
acción de Cristo y del pueblo de Dios ordenado jerárquicamente,
es el centro de toda la vida cristiana para la iglesia, universal y local, y
para todos los fieles individualmente" (OGMR 1), ya que "la
unidad
del pueblo de
Dios... está significada con propiedad y maravillosamente realizada por
este augustísimo sacramento" (LG 11). La eucaristía es
por excelencia el sacramento "quo in hoc tempore consociatur
ecclesia" (san
1049
Agustín,
Contra Faustum 11, 20: PL 42, 265).
Ningún
otro sacramento estructura con más eficacia a la iglesia; ningún
acto de la iglesia la manifiesta con mayor plenitud en su misión
evangelizadora y santificadora, en su vocación de pueblo peregrino hacia
la consumación escatológica, en la plural presencia de Cristo que
se le ha dado, en su realidad ya actual de cuerpo de Cristo y templo del
Espíritu n. Por lo que el Vat. II nos amonesta y recuerda
cómo "ninguna comunidad cristiana se edifica si no tiene
su raíz y quicio en la celebración de la santísima
eucaristía" (PO 6). En la eucaristía, como cima y fuente de
toda la vida de la iglesia, convergen todos los demás sacramentos;
y todos, de alguna manera, vienen significativamente celebrados en el cuadro
de la misa.
En los
sacramentos de la / iniciación cristiana, la iglesia se realiza
como misterio y sacramento de la salvación de Cristo para los hombres:
injerta a éstos en el cuerpo de Cristo transmitiéndoles el don
del Espíritu, los edifica como morada de Dios en el mundo, los hace
reino sacerdotal y pueblo de Dios, los mantiene y guía con su
misma fe. Por eso, como subrayan los nuevos rituales, toda la comunidad
cristiana, con sus distintos ministerios y carismas, está llamada a
representar "a la iglesia madre" (RICA, Praenotanda,
n. 8, con
referencia al padrino del bautismo). En el sacramento del / orden, la
estructura ministerial y orgánica del pueblo de Dios se expresa y
realiza en línea de continuidad con el bautismo y la confirmación.
En el sacramento de la reconciliación [/ Penitencia], la iglesia
"santa y necesitada de purificación", que "avanza
continuamente por la senda de la penitencia y de la renovación"
(LG 8), se revela como sacramento de nuestra reconciliación
Iglesia y liturgia
con Dios en
Cristo, como manifestación terrena de la misericordia de Dios para
con los hombres, y "colabora a su conversión con la caridad,
con el ejemplo y las oraciones" (LG 11). En el sacramento de la /
unción de los enfermos, la iglesia revela su solicitud ante los
sufrimientos de los enfermos; ruega por ellos; los ayuda a tomar parte en la
pasión de Cristo por su cuerpo; es el signo de la victoria del
Señor sobre la muerte y sobre la enfermedad, que continúa en la
iglesia como comienzo y promesa del reino futuro. El sacramento del /
matrimonio inserta en la alianza la unión conyugal entre el hombre y la
mujer, y la convierte en signo y participación de la
relación esponsal de la iglesia con Cristo, por lo que la familia
cristiana bien puede denominarse iglesia doméstica, iglesia que se
congrega en la casa (LG 11).
El septenario
sacramental aparece así como la actuación de la plural
misión del pueblo de Dios en el mundo: cada sacramento nos introduce
en una propiedad esencial de la iglesia, como presencia terrena de la
salvación; cada sacramento nos revela un aspecto del misterio de la
iglesia.
VI.
Conclusión
Nos hemos
detenido un poco en los sacramentos, si bien nuestra reflexión
hubiera podido extenderse a todos los aspectos de la liturgia de la iglesia; en
particular al / año litúrgico, en el que la iglesia celebra
"con un sagrado recuerdo" los misterios de la redención de tal
suerte que "en cierto modo se hacen >presentes en todo tiempo" (SC
102) y "venera con amor especial" a la virgen / María,
contemplando en ella "lo que ella misma, toda entera, ansia y espera
ver" (SC 103); o también en otros ritos menores, como las /
exequias,
Iglesia y
liturgia
la /
dedicación de iglesias o la / profesión religiosa.
La liturgia no
agota ciertamente toda la actividad de la iglesia: reclama la /
evangelización y la conversión y compromete en todas las
obras de caridad, piedad y apostolado (SC 9); pero es "la cumbre a la
cual tiende la actividad de la iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de
donde mana toda su fuerza" (SC 10).
"La iglesia
concentra su vida en la liturgia y por medio de la liturgia. La obra de la
salvación proseguida y actualizada por la iglesia se realiza en la
liturgia. La iglesia se edifica y se consolida a través de su participación
en la liturgia, es decir, a través de la participación plena y
activa del pueblo santo de Dios en las celebraciones litúrgicas,
sobre todo en la eucaristía."23
NOTAS: ' A.L.
Mayer-Pfannholz, Das Kirchenbild des spiiten Mittelalters und seine Beziehungen
zur Liturgiegesehichte, en Vom christlichen Mysterium. Gesammelte Arbeiten
zum Geddchtnis von Odo Casel OSB, Dusseldorf 1951, 294. Cf también los
numerosos estudios recogidos en Die Lilurgie in der europáischen
Geislesgeschichte. Darmstadt 1971 — 2 H. Fries, Afutamenti dell'immagine
deüa chiesa ed evoluzione storico-dogmatica, en Mysterium salulis
IV/I, tr. it., VII, Queriniana, Brescia 1972, 267-339 —3 Cf J.A.
Jungmann, La chiesa nella liturgia latina, en J. Daniélou-E. Vorgrimler,
Sentiré ecclesiam — ' Cf I.H. Dalmais, La liturgia come alto
della chiesa, en VV.AA., La chiesa in preghiera, Roma 19662, 229-232 — 5
P. Rousseau, La costituzione LG nel quadro del movimenti rinnovatori della
teología e della pastorale degli ultimi decenni, en VV.AA., La chiesa
del Val. II, Vallecchi, Florencia 1965, 111-130 — * P. Declerck,
"Lexorandi. lex credendi". Sens originalet avatars historiques
d'un adage equivoque, en QL 58 (1978) 21 Is
1050
patristico-lilurgiche
in riferimento alia conce
zione
sacraméntale della chiesa, en Eulogio. Mis
cellanea
litúrgica in onore di P. Burkhard Neun
heuser OSB, Roma
1979, 393-411 — l2 Entre
los estudios
más significativos, cf H.U. von
Balthasar, Casta
meretrix, en VV.AA., Sponsa
Verbi,
Morcelliana, Brescia 1969, 173-283 —
13 Cf G. Pomares,
Célase I. Lettre contre les
Lupercales et
dix-huit messes du sacramentaire
Léonien:
SC 65 (1959) — '" Cf A. Chavasse,
Messes du Pape
Vigile (537-555) dans le sacra
mentaire
Léonien, en EL 64 (1950) 161-213 —
tium",
contributo metodológico ad una eccle
siologia
litúrgica, dalnuovo Messale ambrosia-
no, en VV.AA., In
ecclesia, LAS, Roma 1977,
355 — l6 Cf
Cl. Duchesneau, La celebrazione
nella vita
cristiana, Dehoniane, Bolonia 1977,
especialmente la
tercera parte — l7 B. Botte,
La tradition
apostolique de si. Hippolyte, LQF
39 (1963) c. 41
("... unusquisque sollicitus sit iré ad ecclesiam, locum ubi
Spiritus Sanctus floret") — '" Cf J. Gélineau, //
mistero dell'assemblea cristiana, en VV.AA., Nelle vostre assemblee
I, Queriniana, Brescia 1975, especialmente 72-75 — " Cf S.
Marsili, La liturgia, rnistagogia e culmine della preghiera cristiana, en RL 65
(1978) 184-191. Cf también todo el fascículo de MD 135 (1978),
dedicado al tema "Prier en Église" —20 J.-J. von Allmen,
Le sens théologique de la priére commune. en MD 116 (1973) 74-88
— 2' Cf E. Schillebeeckx, Cristo sacramento dell'incontro con Dio,
Edizioni Paoline, 1981s, 175-177 (Ragioni ecclesiologiche del settenario
sacraméntale) (trad. cas.: Cristo, sacramento del encuentro con
Dios, Dinor, San Sebastián) — -'2 Cf H. De Lubac,
Meditación sobre la iglesia. Encuentro, 1984, 189-219 — 23 E.
Theodorou, La phénoménologie des relations entre
l'église et la lilurgie, en VV.AA., L'église dans la lilurgie
(Conférences st. Serge 1979), Edizioni liturgiche, Roma 1980, 292.
D. Sartore
BIBLIOGRAFÍA:
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la liturgia
Alcalá A.,
1051
eucaristía
en la vida de la religiosa, PPC, Madrid 1971, 55-77; Jossua J.-P., La
constitución "SC" en el conjunto de la obra conciliar, en
VV.AA.,
2.
Eclesiología litúrgica
Aldazábal
J., La doctrina eclesiológica del "Líber Orationum
Psalmographus". Las colectas de salmos del antiguo Rito
Hispánico, Librería Ateneo Salesiano, Roma 1974;
Antolínez A.,
1971; Tena P.,
Ecclesia en el sacramentarlo Leoniano, en IM palabra "ekklesia ",
o.c, 295-315.
SUMARIO. 1.
Introducción; 1. El término "iniciación";
2. Teología bíblica y litúrgica del nexo entre estos tres
sacramentos - 11. El desarrollo histórico de la iniciación
cristiana: 1. Del s. i al
v: a) La
época apostólica, b) Del s. II al v; 2. Del s. vi al x; 3. Del s.
x al Vat. II - 111. La iniciación en Oriente - IV. El ritual del Vat.
II:
1. La
iniciación cristiana de los adultos (OICA);
Iniciación
cristiana
2. La
iniciación cristiana de los niños (OBP)
V. La
eucaristía como sacramento de la iniciación - VI. Catequesis
y pastoral litúrgica.
I.
Introducción
1. EL
TÉRMINO "INICIACIÓN". Hoy el término
iniciación no nos resulta ya habitual. Nos remite instintivamente
a las religiones mistéricas de la época helenística, por
ejemplo al culto de Mitra, casi contemporáneo de la entrada del
cristianismo en Roma. Esto no significa que la iglesia de Roma haya
copiado los ritos paganos para construir su iniciación. Ciertas
semejanzas y ciertos simbolismos —piénsese en el bautismo con
agua— son connaturales a toda cultura para expresar la
purificación.
En realidad, la
iniciación cristiana se refiere a las etapas indispensables para entrar
en la comunidad eclesial y en su culto en espíritu y verdad. Sin querer
exagerar el sentido de la disciplina llamada del arcano, no se puede olvidar
que, en la iglesia primitiva, los ritos de iniciación eran
secretos. Las catequesis de los padres nos demuestran que la explicación
particularizada de los ritos tenía lugar cuando los catecúmenos
habían hecho ya la experiencia vital de los sacramentos de la
iniciación. Esta catequesis era especialmente
mistagógica.
Iniciación significa también comienzo, entrada en una vida
nueva, justamente la del hombre nuevo en el seno de la iglesia. Como en toda
vida, también aquí se tiene un progreso con etapas, que en
este caso están representadas por los sacramentos de la
iniciación. Ninguno de ellos permanece cerrado en sí mismo,
sino que está abierto a la secuencia de un crecimiento
dinámico hacia una perfección más profunda. Se
equivocaría aquella catequesis que los presentase a cada uno aislado,
como una cosa que, una vez re
Iniciación
cristiana
. cibida,
está definitivamente cerrada y pasada. Si el bautismo y la confirmación
se reciben una sola vez, la eucaristía, que fue instituida para ser
continuamente repetida, renueva cada vez lo que se dio con los dos primeros
sacramentos.
La antigua
tradición de la iglesia vivió esta iniciación a los tres
sacramentos precisamente como iniciación a los tres juntos: se
conferían en una única celebración, incluso a los
niños. La sucesión de los tres ritos se nos describe desde el s.
n en un texto ya clásico de Tertuliano: "Se lava el cuerpo para que
sea purificada el alma; se unge el cuerpo para que sea consagrada el alma; se
signa el cuerpo [con el signo de la cruz] para que sea fortalecida el alma; se
cubre con la sombra el cuerpo [por la imposición de las manos] para que
sea iluminada el alma por el Espíritu Santo; se nutre el cuerpo con el
cuerpo y la sangre de Cristo para que se nutra de Dios el alma"1.
El n. 2 de
2.
TEOLOGÍA BÍBLICA Y LITÚRGICA DEL NEXO ENTRE ESTOS
TRES SACRAMENTOS. Para estudiar el vínculo
1052
que enlaza estos
tres sacramentos de la iniciación, el modo mejor no es, aunque se use
frecuentemente, el que parte del análisis de los efectos, sino
más bien el que tiene presente la acción del Espíritu
en la historia de la salvación y el designio de Dios para la
restauración de la alianza.
El
Espíritu está tipológicamente presente desde la
creación del mundo en unidad 2. La creación se presenta
ya como el signo del amor de Dios y de la alianza, como signo de unidad: unidad
entre las criaturas infrahumanas; unidad entre el hombre y estas
criaturas, que obedecen a la voluntad de Dios y le tributan alabanza a
través de la mediación del hombre; unidad del hombre consigo
mismo, siendo su cuerpo como la traducción del alma; unidad del hombre
con Dios, hasta el punto de ser su imagen'. La intervención del pecado
destruye esta unidad y es el origen de la división, de forma que
Orígenes concluye: "Ubi peccatum, ibi multitudo". Pero el
AT no se cansa de mostrarnos a Dios comprometido en restablecer la alianza y la
unidad del mundo. Como estaba presente en la creación del mundo en
unidad, el Espíritu Santo prosigue su activi
dad en la re-creación
del mundo a través de los patriarcas y los líderes del pueblo de
Dios: jueces, reyes y profetas 4. Tras el fracaso de estos innumerables
intentos de alianza y de reconstrucción, el Espíritu no interrumpe
su acción, antes bien es él quien provoca en María la
encarnación del Verbo eterno (Le 1,26-38). La encarnación
del Verbo eterno en una existencia según la carne, tal como ven las
cosas los padres y en particular san León Magno 5 encuentra
especial correspondencia en los sacramentos, y sobre todo en el bautismo,
en el que se constata la acción del Espíritu en la fuente
bautismal, sepulcro y útero que nos engendra a la vida según
Dios.
1053
El verbo de Dios
desciende a la existencia según la carne, y nosotros somos elevados a la
vida divina como hijos de adopción. Como Cristo desde su
nacimiento en la carne, también nosotros, desde nuestro nacimiento
según Dios, poseemos la cualidad de profeta, rey y sacerdote, como bien
expresa la oración que acompaña a la unción posbautismal
(OBP 62 [RBN 129])6. Pero el Espíritu sigue obrando en la vida
terrena de Cristo: en el bautismo en el Jordán y en la
transfiguración. La voz del Padre, en presencia del Espíritu,
designa oficialmente a Jesús como "aquel en quien se
complace", como profeta, rey y sacerdote (Mt 3,13ss; Me 1,9-11; Le
3,21-22). Después de haber recibido el propio ser-hombre, Jesús
recibe el propio obrar. Efectivamente, Cristo comienza anunciando la
salvación con la palabra y con los milagros, y la realizará en el
misterio pascual. En sintonía con la tradición
testimoniada por muchísimos padres, podemos afirmar que en la
confirmación también nosotros recibimos, después del
ser según Dios (bautismo), el obrar según su voluntad; es
decir, somos designados para anunciar con nuestro testimonio, y sobre todo con
la celebración de la eucaristía —que es la
actualización del misterio pascual—, la muerte y la
resurrección de Cristo, la reconstrucción del mundo
inaugurada por el Espíritu el día de pentecostés con la
constitución de la iglesia. Estas consideraciones permiten comprender
fácilmente cuan íntimamente vinculados entre sí
están los tres sacramentos de la iniciación.
II. El desarrollo
histórico de la iniciación cristiana
1. DEL S. I AL V.
a) La época apostólica. Esta época nos ofrece pocos datos
precisos sobre la inicia-,
Iniciación
cristiana
ción; no
hay ninguna descripción de una organización que se refiera a la
preparación para los tres sacramentos; sabemos, sin embargo, que
toda la predicación de los apóstoles tiene como fin la fe y el
bautismo (Mt 28,19-20; Me 16,15-16; He 2,14-36; 8,12-36; 10,34-43; 16,13-14;
18,5; 19,4-5). El bautismo entra obviamente en la enseñanza de los
apóstoles, que lo distinguen del de Juan (Mt 3,11; Me 1,8; Le 3,16;
Jn 1,33; He 19,1-5). El bautismo de Juan es un rito de conversión (Mt
3,13-17; Me 1,9-11; Le 3,21-22; Jn 1,32-34); pero Cristo, al recibirlo, lo
transformó de rito de purificación en don de la vida nueva
(Jn 3,5-6). En cuanto a los ritos, el evangelio de Mateo, aun sin darnos la que
será la fórmula, dice que el objeto del bautismo es la fe y la
inserción en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu (Mt 28,19-20);
los Hechos, por el contrario, nos describen mejor el rito bautismal (2,38-41)
[/Bautismo, II, 5]. En cuanto a la confirmación, al leer el NT debemos
olvidar nuestra mentalidad contemporánea. Se tiene, en efecto, la
impresión de que el Espíritu viene dado, sea directamente,
como en el caso de Cornelio (He
10,44), sea a
través de la imposición de las manos acompañada de
una oración (He 8,5-25; 19,1-6). En los Hechos también se
menciona un caso (el de los samaritanos) de una imposición de las manos
netamente distinta del bautismo (8,15). La carta a los Hebreos tiene tendencia
a distinguir el bautismo de la confirmación (6,1-2). Sin
embargo, Pablo no habla nunca de una imposición de las manos
después del bautismo, poniendo el don del Espíritu dentro
del mismo bautismo'.
b) Del s. u al v.
En los escritos de Justino —estamos en el año 150—
constatamos que para administrar el bautismo son necesarios
Iniciación
cristiana
dos elementos: la
catequesis y, cuando el bautismo está ya cercano, la oración
y el ayuno!. Este ayuno estaba probablemente prescrito para el
miércoles y el viernes, como atestigua
Ireneo de Lyon,
en sus libros Contra los herejes, sólo tiene algunas referencias
alusivas al bautismo; pero se hace más explícito en
Adversus
haereses, Ireneo usa a menudo el término perfección. Mientras
que para Ireneo no se puede afirmar una explícita referencia del
término a la confirmación, Ambrosio de Milán lo usa
justamente en referencia a ésta ".
En el s. ni el
tiempo de preparación al bautismo tiene una organización
propia; en efecto, los catecúmenos se preparan al mismo generalmente
en el espacio de tres años: nos lo atestigua Hipólito de Roma en
su Tradición apostólica ". Tertuliano exhorta a los
catecúmenos a prepararse al bautismo "con oraciones asiduas,
ayunos, postraciones y vigilias"". Distingue netamente el bautismo
con el agua del don del Espíritu que se recibe con la imposición
de la mano; de suerte que en el bautismo parece ver sólo el efecto
negativo, la remisión de los pecados,
1054
ya que el
Espíritu viene dado con la imposición de la mano '6. Cipriano
explícita ulteriormente la separación entre bautismo y don del
Espíritu en la confirmación ", y se remite a los Hechos,
definiendo los efectos de la confirmación con el término consummatio
l8. Orígenes concibe el catecumenado como una entrada en la fe a
través de una catequesis que presente un breve compendio de la fe:
en ella se expone el misterio cristiano en sus elementos esenciales; conservamos
muchas homilías en las que Orígenes exhorta a los
catecúmenos a la penitencia ". Describe los ritos bautismales, que
conoce bastante bien 2°.
Pero si hasta
aquí estamos en condiciones de conocer la iniciación cristiana
sólo a través de alusiones más o menos explícitas,
con
del
catecúmeno a la preparación inmediata a los tres sacramentos
de la iniciación 24. Se tienen así dos clases de
catecúmenos, la segunda de las cuales comprende aquellos que, ya
cercanos a los sacramentos, son ad
1055
mitidos a
escuchar el evangelio2!.
Más tarde
se llamará a éstos electi, mientras que en África, Galia y
España se les llamará competentes (= cum petere, correr juntos).
A partir de este momento, los electi reciben cada día un
exorcismo, antes de la noche de pascua, y ayunan el viernes santo. El
sábado santo los reúne el obispo, ordenándoles que ayunen
y oren de rodillas; luego les impone la mano para el exorcismo y, después
de haberles soplado en la cara y haber trazado la señal de la cruz en su
frente, oídos y narices, les mandará levantarse 2'. Durante toda
la noche los catecúmenos velan en oración, escuchando las
lecturas y las catequesis 21. Al canto del gallo se ora sobre el agua, y a
continuación tiene lugar el bautismo, luego la confirmación
y por último la celebración eucarística, en la que
participan por primera vez los neoiniciados 2K. La sustancia de este rito 29
durará hasta hoy y recibirá un importante desarrollo.
2. DEL S. VI AL
X. En este período poseemos dos importantes fuentes sobre la
iniciación cristiana en Roma. La primera es una carta que el
diácono Juan —quizá el futuro papa Juan I (523-526)—
escribe a Senario, funcionario de Rávena, respondiendo a la
petición de una exposición sobre el tema. La otra es el
sacramentarlo Gelasiano, que contiene, además de los textos para la
iniciación, también algunas indicaciones rituales. Va unido
al Gelasiano un texto que es una adaptación suya y
contemporáneo del mismo: el
Ordo romanas XI.
a) La carta del
diácono Juan a Senario "' no sólo enumera los ritos, sino
que intenta dar una interpretación de los mismos: de ahí su
gran importancia. En esta carta se describen con particular
atención los ritos
Iniciación
cristiana
del catecumenado.
Encontramos la triple repetición de los escrutinios antes de
pascua. Es importante subrayar la formulación del diácono
Juan: "quare tertio ante pascha scrutentur infantes". Se trata, pues,
de una iniciación que se hará en pascua; hay tres reuniones,
que toman el nombre de escrutinios. Sin embargo, el diácono da a
este término una interpretación errónea: ve en el
escrutinio una especie de examen en torno a la fe de los catecúmenos,
mientras que según los textos se trata más bien de profundizar a
través de los exorcismos la apertura del catecúmeno a
recibir la fe y la gracia bautismal. Juan habla de "infantes": por
tanto, nos encontramos ya ante una praxis de iniciación que se dirige
habitualmente a niños; y puesto que Juan alude a una catequesis que
se ha de impartir, ésta va dirigida ciertamente a los padres o a los
padrinos y madrinas de los futuros iniciados: en ella se
enseñarán los rudimento fidei. La entrada en el catecumenado
está marcada por la imposición de la mano, una especie de
exorcismo que muestra cómo el candidato no pertenece ya al demonio,
sino a Dios. Con el rito posterior del soplo sobre el candidato se
querrá significar que el demonio es rechazado y el candidato es
preparado como una morada para Cristo. Luego se le confiere la sal bendita para
que se conserve en la sabiduría y en la palabra que se le ha
enseñado. Las imposiciones de la mano se hacen frecuentes; y,
después de un largo período catecumenal de tres años, se
entrega al que es ya electus o competens el símbolo apostólico.
Esta "traditio" (entrega) es la más antigua que conocemos.
Luego les llega el turno a los escrutinios; y aquí es donde Juan se
equivoca considerándolos un examen sobre la fe y el conocimiento de
la religión cristiana, mientras que se trata de exorcismos. En
el último exorcismo se
Iniciación
cristiana
tocan los
oídos (para la adquisición de la inteligencia), la nariz (para
estar en condiciones de percibir el buen olor de Cristo); por último se
toca el pecho, que es la morada del corazón.
En su De sacramentis
san Ambrosio nos había presentado ya algunos ritos del
catecumenado. Partiendo de la última reunión de la mañana
del sábado santo, Ambrosio describe estos ritos pero con cierto
embarazo. Aquel día probablemente se leía la curación del
sordomudo en la narración de Marcos (7,34). Jesús en aquella
ocasión tocó los oídos y la boca del sordomudo, no la
nariz. Evidentemente, san Ambrosio no tiene ya presente el significado de
este último rito (= seguir el buen olor de Cristo) —que era
ya practicado con anterioridad a la elección del fragmento
evangélico del sordomudo—, por lo que da una interpretación
fantasiosa del mismo, tanto en el De sacramentis como en el De mysteriis
", en su intento de explicar la divergencia entre rito y evangelio.
b) La segunda
fuente, representada por el sacramentario Gelasiano n, aun no siendo
unitaria (las sesiones catecumenales no son todas de una misma
época, ni son presentadas en el orden lógico), nos ofrece
sin embargo los textos de las misas de escrutinio, las diversas
íraditiones (entregas), los ritos del bautismo y de la
confirmación ". En el Gelasiano, los domingos de cuaresma, del
tercero al quinto, están organizados con vistas a los escrutinios. Cada
misa tiene un Memento para los padrinos y las madrinas y un Hanc igitur
para los catecúmenos 34. De las oraciones, sobre todo la colecta contiene
referencias a los catecúmenos y a su situación •". El
primer domingo de cuaresma, los catecúmenos se reúnen para
la inscripción; del tercero al quinto domingo, para los exor1056
cismos 3'. A lo
largo de la semana se les convoca para la traditio del símbolo de
la fe ", del Paterli y de los cuatro evangelios ". Sólo se
pueden hacer conjeturas sobre las lecturas escogidas para las misas de los escrutinios
": parece que corresponden aproximadamente a las del actual ciclo
A41.
Quedan ahora tres
interrogantes. ¿Por qué no se utiliza el segundo domingo de
la cuaresma? ¿En qué sentido hay que tomar la rúbrica
que establece que los escrutinios deben celebrarse en un día de la
semana ", si las misas de escrutinio se fijan en domingo?
¿Cómo explicar las frecuentes rúbricas que parecen
probar que todo el rito se celebra para niños que todavía no
tienen uso de razón? "
A la primera
pregunta se puede responder fácilmente: la inserción de las
cuatro témporas en cuaresma ha exigido la celebración de las
mismas el segundo sábado; y puesto que a las seis lecturas de la vigilia
se añadía la misa de la noche, la misa dominical quedaba
suprimida. Los copistas de los manuscritos de esta época escriben a
este respecto: Dominica vacat44.
Más
compleja es la segunda respuesta. El Ordo XI —como veremos—,
tras haber desdoblado los escrutinios, los ha trasladado a los días
laborables. La rúbrica del Gelasiano tiene las mismas intenciones, que
sin embargo contradicen el ordenamiento de los domingos de cuaresma45. Es
difícil decir si el Gelasiano ha influido en el Ordo XI*, o si es
verdad lo contrario47. La argumentación de Chavasse parece más
convincente que la de Andrieu, induciéndonos a optar por el primado del
Gelasiano sobre el Ordo XI.
Tercera pregunta:
más que dar una respuesta, se puede proponer una hipótesis.
Aunque las numerosas rúbricas parecen destinar a los 1057
niños un
rito hecho para los adultos, el ritual del catecumenado (ésta es la
hipótesis) se conserva con vistas a la instrucción de los padres,
de los padrinos y de las madrinas. La catcquesis se encuadra en una
liturgia en la que éstos contraen un compromiso con los
niños, sobre los que se practican exorcismos progresivos. Los
responsables de la iniciación del niño realizan junto a él
una progresión hacia la luz de la fe.
c) Al ritual
contenido en el Gelasiano hay que añadir el del Ordo XI". El
ritual aquí está claramente organizado para los niños, y no
se trata de ocultarlo 45. Se desdoblan los escrutinios, y por tanto pasan a los
días laborables, llevando consigo las lecturas previstas para los
domingos de los escrutinios; para los nuevos escrutinios se escogerán
lecturas más adaptadas a los niños50. Sobre los motivos del
desdoblamiento de los escrutinios difieren las interpretaciones. Chavasse
y Beraudy se inclinan a ver en esto una especie de compensación; es
decir, se aumentan las intervenciones de Dios porque el sujeto de la
iniciación es totalmente pasivo ". Pero se puede repetir
también con respecto al Ordo XI la hipótesis hecha para el
Gelasiano: se ha hecho tal reorganización a fin de encuadrar en el rito
una catequesis dirigida a los padres, padrinos y madrinas; para conseguir
este objetivo no se ha dudado en trastrocar el itinerario pascual presentado en
las lecturas de los domingos de cuaresma (que la reciente reforma nos ha
restituido íntegramente).
Pero, tanto en el
Gelasiano como en el Ordo XI, la iniciación se realiza con la administración
de los tres sacramentos en una única celebración, en la que
se suceden bautismo, confirmación y eucaristía. El bautismo
se lleva a cabo con la triple inmersión y el interrogatorio sobre
la fe en
Iniciación
cristiana
las tres personas
de
d) Si el
sacramentario Gregoriano conserva sólo el primer escrutinio
suprimiendo los demás y mantiene la celebración de la
mañana del sábado santo, que comprende la redditio del
símbolo de fe (que los candidatos recitan tras haberlo recibido),
el Effetá y la renuncia, los Gelasianos del s. vm siguen transcribiendo
con pocas variantes de escasa importancia la celebración del Ordo
XI». Cuando Marténe (1654-1739) visite Lieja, ciudad
cercanísima a Aix-la-Chapelle, donde había vivido Carlomagno,
gran difusor de la estructura gregoriana y del sacramentario que le había
enviado el papa Adriano, en los libros litúrgicos de la catedral
encontrará todavía el
Ordo XI».
En Roma los
escrutinios caen en desuso. El Suplemento de Alcuino —atribuido hoy
preferentemente a Benito de Aniane— reagrupa en una sola
celebración la entrada en el catecumenado, los exorcismos, la celebración
de la mañana del sábado santo y el bautismo ".
El Pontifical
romano-germánico del s. x prevé dos rituales: el uno recoge a la
letra el del Ordo XI s«; el otro se presenta como ritual continuo,
en el que se encuentran reagrupadas las diversas celebraciones, como en el
Gregoriano!*.
En el
período que se extiende entre los ss. vi y x se producen algunas
modificaciones y añadiduras. Entre los ss. v y vil se modifica profundamente
la fórmula bautismal. Hasta ahora el bautismo se realizaba con las
tres inmersiones, cada una de las cuales comprendía una interrogación
sobre la fe, a la que seguía la
Iniciación
cristiana
respuesta Credo
por parte del candidato o, tratándose de un niño, por parte
de los padres, o padrino y madrina. Ahora, por el contrario, al
multiplicarse el bautismo de los niños, se piensa que es mejor
interrogar a los padres, a los padrinos y las madrinas antes del bautismo,
y para el bautismo como tal introducir la fórmula: Ego te baptizo...
Este uso está atestiguado en Roma desde el s.
VIII. Desde el s.
ix, en Galia el bautismo no está ya vinculado ni a la pascua ni a
pentecostés.
3. DEL S. X AL
VAT. II. Aun habiendo abandonado las diferentes "traditiones"
(entregas), el Pontifical de la curia romana del s. xm conserva
todavía el rezo del pater y del credo"". Se constata, sin
embargo, una serie de añadiduras de señales de la cruz y
multiplicaciones de exorcismos y otros elementos dispares tomados de
diferentes Ordines. De este modo algunos ritos se repiten al menos dos
veces 6I. En el s. xi, la entrega del vestido blanco al bautizado, que es
un rito antiquísimo, va acompañada por una oración de
origen franco; y en el Ordo de Jumiége, del mismo siglo, se entrega
al bautizado un cirio a, rito que el Pontifical romano del s. xn
pondrá de manifiesto w. En el s. xiv, el bautismo por
inmersión es raro, y se ha generalizado el bautismo por infusión.
La confirmación está separada la mayoría de las veces del
bautismo, y hay una rúbrica que prescribe: Si está presente el
obispo, confírmese al niño; en caso contrario, désele
sólo la eucaristía. Este uso se encuentra también en
Roma, como nos testimonia un manuscrito de fines del s. xui M; el uso se
mantiene en Francia más tiempo, y se encuentra en muchos libros
litúrgicos de los ss. xiv y xv5.
Como hemos podido
constatar, el ritual de la iniciación ha tomado de 1058
otros Ordines
muchos usos, y no faltan duplicados, que encontramos puntualmente en el ritual
de Alberto Castellani. También el card. Santori, ayudado por Belarmino,
había redactado un ritual. Recogía, en él un doble
ritual, del que formaba parte también el del Ordo XI con los siete
escrutinios. En el ritual de Santori se dedicaba una parte a la catequesis
(elemento bastante importante para la época), e indicaba los pasajes
bíblicos y patrísticos que se deberían leer a los
catecúmenos, para los que el cardenal había establecido una
disciplina bastante severa. Sin embargo, Pablo V, aun recogiendo (tal vez
ad litteram) en la propia introducción al ritual de 1614 pasajes enteros
del ritual de Santori, no quiso oír hablar de este último, e
incluso mandó destruir sus ejemplares. Por fortuna se salvaron algunos,
multiplicados posteriormente por la familia de Santori <*.
Así pues,
hasta el Vat. II se han usado rituales adulterados: el de adultos era el
resultado de un retoque de los escrutinios con las respectivas
fórmulas; el de niños, que utilizaba las fórmulas
destinadas para los adultos, comprendía los tres exorcismos del
Gelasiano, puestos uno tras otro en una sola celebración, y no adaptados
a los niños. Así las cosas, había que pensar en una
restauración de la iniciación cristiana, tanto para el
bautismo de adultos y de niños como para la confirmación, la
cual, aislada del bautismo, se había convertido en un rito hinchado: hinchado
en el intento de restituirle una importancia que la separación respecto
del bautismo le había hecho perder. Además: estos rituales separados
del bautismo y de la confirmación no contenían ya
ningún lazo visible con la eucaristía. Así la iniciación
cristiana había perdido su carácter unitario, hasta el punto
de que para cada sacramento, tratado apar
1059
te, se
hacía una catequesis consistente en un acto autónomo y cerrado,
sin apertura a la iniciación, término que ya había
caído en desuso.
III. La
iniciación en Oriente
La
evolución histórica del ritual del catecumenado refleja la experiencia
occidental. Cuando se bautizaba exclusivamente a los niños,
desaparecieron los ritos del catecumenado, que fueron integrados en el
ritual bautismal. A algunos ritos se reservaba una particular atención;
entre ellos, el de la renuncia fue comentado por muchísimos padres
de la iglesia oriental. La renuncia comprendía dos momentos: el
primero, negativo, consistía en rechazar al demonio, y estaba
simbolizado por el acto de escupir hacia occidente (apotaxis); el segundo,
positivo, consistía en la adhesión a Cristo, dirigiendo la mirada
a oriente (syntáxis)61.
No faltan, sin
embargo, diferencias importantes. El óleo para la unción
prebautismal se bendice en cada bautismo, así como el agua bautismal.
Hasta hoy ha permanecido el uso casi exclusivo del bautismo por
inmersión con la fórmula: N... es bautizado en el nombre del
Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Oriente siempre ha
poseído una liturgia de la palabra unida a la celebración de la
iniciación, y la elección de los fragmentos bíblicos se
hacía de tal modo que facilitara la explicación de los ritos que
se celebraban. Salmos e himnos favorecían la participación
activa de los fieles.
El rito comprende
una unción prebautismal: se unge la cabeza y todo el cuerpo. Para
los orientales, este rito significa que el candidato adquiere la cualidad
de rey y sacerdote. En el rito romano, por el contrario, se atribuye este
significado a la unción posbautismal, casi desconocida
Iniciación
cristiana
en Oriente. En el
rito bizantino, a la unción posbautismal, realizada habitualmente
por el mismo sacerdote, se la considera el sacramento de la
confirmación.'También se da la eucaristía al
bautizado, aun tratándose de un recién nacido. Hay que subrayar,
por tanto, que Oriente ha sabido conservar la fisonomía de la iniciación
como sacramento conferido en tres etapas sacramentales íntimamente
unidas M.
IV. El ritual del
Vat. II
El Vat. II, al
querer llevar a cabo su reforma litúrgica en el campo de la
iniciación, se ha encontrado ante la necesidad de una revisión
profunda; pero esta revisión, si bien por una parte podía
ser facilitada por las ediciones existentes de muchísimas fuentes
litúrgicas, por la otra resultaba trabajosa debido a las discusiones
teológicas —sobre todo a propósito de la
confirmación— y a ciertas tomas de posición
pastorales.
Hasta el Vat. II
el bautismo de adultos, y en particular la preparación al mismo, no
estaban insertos en un contexto litúrgico vivo: la catequesis
prebautismal se producía fuera de la liturgia; el sacramento estaba
envuelto en una especie de falsa discreción, como si se tratase de una
práctica que no había que manifestar. La falta de un nexo, siquiera
mínimo, entre los tres sacramentos, conferidos separadamente,
ocultaba su íntima vinculación. El desarrollo de la actividad
misionera y la multiplicación, en nuestros mismos países, de
las conversiones de adultos han provocado indudablemente un notable
despertar y la necesidad de una profunda revisión del ritual de la
iniciación de adultos.
En cuanto al
bautismo de niños, no bastaba ciertamente con ajustar lo que se
había realizado anterior
Iniciación
cristiana
mente en rituales
como el de Pablo V (1614). Más bien había que hacer frente a una
situación real que no permite ya bautizar juntos a adultos y a
niños, según el uso de otros tiempos 69, con los mismos
ritos y las mismas fórmulas. Por lo demás, estas
fórmulas con sus respectivos ritos resultaban inadecuadas desde que
se comenzó a bautizar a los niños solos, a pesar de que los
escrutinios se reunieran en una sola vez. La iglesia latina se encontraba
además en estado de inferioridad respecto a Oriente, ya que
confería el sacramento sin una liturgia de la palabra de Dios. Otro
problema: había que restaurar el sentido de la iniciación
cristiana en su globalidad, es decir, redescubrir el sentido de un
sacramento realizado en tres etapas sacramentales, problema
particularmente difícil a causa de algunas situaciones pastorales
70. Por lo menos había que provocar una toma de conciencia acerca de la
unidad entre los tres sacramentos.
Para responder a
estas exigencias, la reforma litúrgica posconciliar ha preparado el
nuevo Ritual de
RICA.)
1.
posición
se ha inspirado globalmente en
La estructura general
del RICA presenta tres grados. El primer grado consiste en la
admisión del candidato al catecumenado y en el catecumenado
mismo. Este grado presupone una evangelización preliminar, que se
puede definir como precatecumenado (RICA, Obs. previas 920). El
segundo grado abarca la preparación inmediata del candidato a los
sacramentos de la iniciación, preparación que normalmente se
desarrolla en tiempo de cuaresma, en domingos fijos, haciendo uso de lecturas
apropiadas (RICA, ib, 21-26). El tercer grado comprende los tres sacramentos de
la iniciación, conferidos en la misma celebración (RICA, ib,
27-36). Veámoslos en sus detalles.
a) El primer
grado va normalmente precedido por un precatecumenado. Esta
institución corresponde a la voluntad de la iglesia de obtener
para los sacramentos de la iniciación la máxima autenticidad y,
por tanto, de sustraerlos, en especial en las tierras de misión, a toda
forma 1061
de folclore
sacramental y de superstición familiar y a toda tendencia a
considerarlos como un medio para adquirir un status social. Del precatecumenado
se ocupan largamente las Observaciones previas (RICA 913). Se trata de
instruir, de dar a conocer el evangelio, esforzándose en construir un
ámbito religioso y humano en torno a quien se siente atraído a la
fe cristiana.
La entrada en el
catecumenado (RICA 68-97) es un rito importante, y es bueno que se lleve a cabo
sólo después de haber comprobado en el candidato algún
resultado, fruto de la preevangelización. Al entrar en el catecumenado
con un rito oficial, el candidato se ve desde ese momento comprometido en
primera persona a una actitud de lealtad. Recuérdense a este
propósito las instrucciones dadas por Hipólito y la severa
investigación que precede a la admisión de los candidatos "-.
A partir de ahora el candidato forma parte de la iglesia, hasta el punto
de que, si se casan entre sí dos catecúmenos o un catecúmeno
y un no bautizado, existe para esto un rito particular". El
catecúmeno tiene derecho a funerales cristianos. Hay que
considerar, por tanto, la entrada en el catecumenado como un momento serio
en la vida de un hombre (RICA, Obs. previas 18).
El rito de la
admisión al catecumenado comprende ante todo un rito introductorio,
que se desarrolla eventualmente fuera de la iglesia (RICA 73), compuesto por
varios elementos: una monición inicial, un diálogo con los
candidatos, una primera adhesión; en caso de que fuera necesario,
se lleva a cabo el exorcismo y la renuncia a los cultos paganos, que
se harán según las formas previstas por las conferencias episcopales
locales. El celebrante hace luego la señal de la cruz sobre la frente y
sobre los sentidos de los can
Iniciación
cristiana
didatos diciendo
una fórmula de reciente composición (RICA 83)".
Concluye luego con la oración: "Escucha, Señor, con
clemencia nuestras preces..." (RICA 87), tomada del Gelasiano ",
o con la otra ad libitum, teológicamente más pobre. La
primera (texto latino: "Preces nostras, quaesumus, Domine, clementer
exaudí, et hos catechumenos..., quos crucis dominicae impressione signavimus,
eiusdem virtute custodi, ut, gloriae tuae rudimenta servantes, per custodiam
mandatorum tuorum ad regenerationis gloriam pervenire mereantur")
habla de los elementos de gloria que el catecúmeno, con su elección,
ha recibido ya ".
Introducido el
catecúmeno en la iglesia, tiene lugar la celebración de
¡apalabra de Dios, seguida de la homilía y de la
oración universal. Tras la lectura del evangelio, anticipando la entrega
de los evangelios prevista por el Gelasiano 77, el celebrante puede
entregar al candidato un ejemplar del evangelio (RICA 93). La primera
oración conclusiva (RICA 95) proviene del Gelasiano78; la otra, de
libre elección, más reciente y más accesible, es
sin embargo menos rica. Despedidos los catecúmenos, puede seguir la
celebración eucarística.
No hay que
olvidar en este momento una regla que vale para todas las celebraciones
catecumenales que se llevan a cabo durante la eucaristía: cuando,
después de la liturgia de la palabra y los exorcismos, se despide a
los catecúmenos, no deben ser abandonados a sí mismos, sino que
se puede organizar para ellos una reunión fraterna, en la que tengan
ocasión de intercambiar recíprocamente la alegría de
su entrada en el catecumenado o del adelanto que se les ha concedido con vistas
a su iniciación sacramental (RICA 96).
Durante el tiempo
del catecumenado se prevén y recomiendan celebraciones de la
palabra (RICA 106
Iniciación
cristiana
108), en las que
se pueda instruir a los catecúmenos sobre el dogma y la moral cristiana,
sobre la oración, sobre los tiempos litúrgicos y sobre los signos
sagrados. La novedad del rito, a propósito de este momento, consiste en
haber insertado los "exorcismos menores" (RICA 109-118; 373) y
las "bendiciones" (RICA 119124; 374), recogiendo lo que
Hipólito preveía para el tiempo del catecumenado en
También a
lo largo del catecumenado se prevén otros ritos; por ejemplo,
las diversas tradiíiones o entregas, ya previstas por el Gelasiano
™ y que, aunque el nuevo rito las inserta en el segundo grado (RICA 181192),
pueden adelantarse en caso de que el catecúmeno resulte maduro, por
razón de la brevedad del segundo grado, que corresponde sólo
al tiempo de cuaresma (RICA 125). Si se considera oportuno, se puede hacer
también, al término de una celebración de la palabra,
una unción con óleo bendecido por el obispo, ungiendo al
catecúmeno en el pecho, en las manos o en otra parte del cuerpo. Antes
de la unción, el celebrante puede llevar a cabo uno de los
exorcismos menores previstos, y acompañará la unción con
las palabras: "Que os proteja"... Se prevé el caso (y la
fórmula correspondiente) de que el sacerdote mismo bendiga el
óleo (RICA 127-132).
b) El segundo
grado comienza con los ritos de la elección o de la inscripción
del nombre (RICA 133151). La disciplina de la elección refleja
la de Hipólito de Roma8". En 1062
presencia de los
responsables del catecumenado se examina el catecúmeno que
debe pasar a la segunda etapa, la de su preparación inmediata a los
sacramentos de la iniciación. A esta elección va unida la
inscripción del nombre. La antigua praxis catecumenal ponía
este último rito al principio del catecumenado, antes del comienzo de la
prueba trienal, y se celebraba el primer domingo de cuaresma, como se aconseja
hacer también hoy. Para el Gelasiano parece, por el contrario, que
la inscripción del nombre del niño se hacía
sólo en el momento de la preparación inmediata a la
iniciación sacramental. Ésta es la praxis conservada por el
RICA. Los candidatos, una vez presentados e interrogados, son admitidos
solemnemente. Sigue una oración del tipo de la universal, y se cierra la
celebración con la oración:
"Oh Dios,
creador y restaurador del género humano...", que se remonta al
Gelasiano "', o con la más reciente:
"Padre
amantísimo y todopoderoso... ". Luego se despide a los
elegidos y comienza la liturgia eucarística.
Es preciso
detenerse en la elección de las lecturas para este primer domingo
de cuaresma, siempre que haya inscripciones: es mejor usar las del ciclo A,
independientemente del año en que nos encontremos, por tratarse de una
tradición antigua y ser tales lecturas particularmente adecuadas. El
evangelio (Mt 4,1-11) propone el fragmento del ayuno de cuarenta días de
Jesús en el desierto y de la tentación por parte del diablo.
Asistimos a la victoria de Cristo, que se contrapone a la caída de
Adán, narrada en la primera lectura (Gen 2,7-9; 3,1-7), a la que sigue
el salmo responsorial tomado del Sal 50, bastante significativo. El inscrito
encuentra en la segunda lectura (Rom 5,12-19) una visión optimista,
después de la situación realista que le ha presentado la primera
lectura: 1063
donde
abundó el pecado, ha sobrea
bundado la gracia
(RICA 139-141).
Cumplidos los
ritos de la inscrip
ción del
nombre el primer domingo
de cuaresma, del
tercer domingo en
adelante se
celebran los escrutinios.
El primer
escrutinio (RICA 160166) se celebra el tercer domingo de cuaresma, dejando
así de lado el segundo domingo, como en la antigua
tradición, a causa de la celebración de las cuatro
témporas la noche del sábado [/ supra II, 2, b]. Los formularios
son propios, y las lecturas son las del domingo (ciclo A), escogidas de modo
que preparen al catecúmeno a su iniciación sacramental. El
evangelio es el fragmento de Jn 4,542, y presenta el agua como
vehículo de gracia y de renovación. Ya el fragmento de las bodas
de Cana anticipaba esta renovación: el agua es transformada en
vino, y este vino nuevo es mejor que el viejo (Jn 2,110). También
Nicodemo deberá nacer de nuevo si quiere participar en la vida
eterna (Jn 3,1-6). En el evangelio proclamado en este domingo son nuevos
el templo y el culto (cf Jn 4,20-21). La primera lectura (Ex 17,3-7) insiste en
el tema del agua: el agua que brota de la roca del Horeb, y el salmo
responsorial (Sal 94) canta a
Después de
la homilía se ora en silencio antes de la oración por los
elegidos en la forma de la oración universal. Sigue el exorcismo, con
una evocación del fragmento de la samaritana. El celebrante,
después de imponer las manos sobre cada elegido, las extiende sobre
todos, diciendo la oración: "Señor Jesús, fuente
a la que acuden estos sedientos... " (RICA 164), o una de las otras dos ad
libitum (RICA 379). Despedidos los elegidos, reanuda la eucaristía.
Iniciación
cristiana
El cuarto domingo
de cuaresma se celebra el segundo escrutinio (RICA 167-172), con la misma estructura
celebrativa (lecturas del ciclo A). El evangelio, también de Juan
(9,1-41), presenta la figura del ciego de nacimiento y recuerda a los elegidos
que también ellos van a ser iluminados por la gracia bautismal. La
primera lectura, tomada del primer libro de Samuel (16,
gidos. La segunda
lectura (Ef 5,814) anuncia de qué modo despertará Cristo de
entre los muertos a los que están todavía en la muerte y en las
tinieblas del pecado para iluminarlos. Después de la homilía
viene la oración por los catecúmenos; luego el exorcismo, en que
se hace alusión al ciego de nacimiento, y por último la despedida
de los elegidos.
El tercer
escrutinio (RICA 174179) se celebra el quinto domingo de cuaresma.
También en este caso las lecturas (ciclo A) están escogidas de
modo admirable. El evangelio (Jn 11,1-45) narra la resurrección de
Lázaro, tipo de la resurrección de Cristo y de la nueva
vida de los catecúmenos; también esta resurrección,
como la de Lázaro, depende de la fe. La primera lectura recuerda la
acción del Espíritu que devuelve la vida (Ez 37,12-14); mientras
que la segunda (Rom 8,8-11) enseña que el Espíritu de aquel que
ha resucitado a Jesús de entre los muertos habita
también en nosotros. El exor
Iniciación
cristiana
cismo hace
alusión a esta resurrección. A los escrutinios les siguen
las entregas. Escójanse los días más idóneos
para la celebración (RICA 182). Ya hemos recordado [/ supra, a] que la
entrega del evangelio puede hacerse después del primer grado. La
entrega del símbolo comprende una liturgia de la palabra, con
lecturas bastante sugestivas (RICA 183-185). Después de la
homilía, el celebrante recita, solo o junto con la comunidad, el
símbolo. Sigue la oración sobre los elegidos: "Te
suplica
mos,
Señor, fuente de luz y de verdad, que tu eterna y justísima
piedad...", tomada del Gelasiano82. El
RICA prevé
también la "entrega de la oración dominical".
Después de la liturgia de la palabra, en que se proclama Mt 6,9-13:
"Cuando recéis, hacedlo así: Padre nuestro...", y
después de la homilía, el celebrante recita una oración
sobre los elegidos (RICA 188-192).
Aquí
concluye el tiempo de la prueba. El RICA introduce para la mañana del
sábado algunos ritos antiguos que se remontan a
Para la
recitación del símbolo se proponen tres perícopas
evangélicas (Me 7,31-37; Mt 16,13-17 y Jn 6,35.63-71). La primera es
indicada cuando se celebra juntamente también el rito del
Effetá. Después de una oración los elegidos recitan el
símbolo. El rito del Effetá se realiza después de la
lectura de Me 7,31-37 (en que se narra la curación del sordomudo);
el sacerdote toca con el pulgar los oídos y (no la nariz, sino) la boca
cerrada.
En el RICA
encontramos también la "imposición del nombre cristia1064
no", en caso
de que no se hubiera hecho antes (RICA 203-205), y la "unción con
el óleo de los catecúmenos", si la conferencia
episcopal conserva este rito y si, por falta de tiempo, no puede
celebrarse durante la vigilia pascual (RICA 206-207).
c) El tercer
grado corresponde a la iniciación sacramental. Los tres sacramentos en
este caso pueden ser conferidos seguidamente, subrayando su íntima
unidad. Después de las letanías (RICA 213-214), el celebrante
bendice el agua usando una de las tres fórmulas, a libre elección
(RICA 215; 389)». Sigue la renuncia, con una de las tres
fórmulas (RICA 217)8". Si no se ha hecho antes, se introduce en
este momento la unción con el óleo de los catecúmenos
(RICA 218). Después de la profesión de fe (RICA 219) los
candidatos reciben el bautismo por inmersión o por
infusión (RICA 220221)87. Si al bautismo le sigue inmediatamente
la confirmación, se omite la unción posbautismal (RICA 224)88. Se
entregan entonces a los candidatos el vestido blanco y el cirio encendido
(RICA 225-226). Por último se celebra la confirmación (RICA
227-231) y la eucaristía (RICA 232-234).
El RICA contiene
también algunas instrucciones para lo que justamente titula
Tiempo de la mistagogia. Durante el tiempo pascual, en las misas
dominicales, resérvense a los neófitos puestos particulares entre
los fieles; y, al final del mismo, para cerrar el tiempo de la mistagogia,
se organiza alguna celebración. Es de desear que se celebre
también el aniversario del bautismo (235-239).
El RICA ha
procurado prever un rito más sencillo de la iniciación de un
adulto (240-277), y un rito más breve para los casos de peligro de
muerte (278-294). Contiene además
1065
una
preparación para la confirmación y para la eucaristía
de los adultos bautizados en la primera infancia y que no han recibido
catequesis (295-305). Prevé, por último, la
iniciación para los niños que han alcanzado ya una edad
idónea para la catequesis; este ritual, bastante cercano al de los
adultos, lleva, sin embargo, algunas adaptaciones (306-309).
2.
El RBN
(Observaciones generales 7 y 13: o.c, 33-34; RBN 15; 16-20) se preocupa
también de la catequesis para los padres, padrinos y madrinas, pero
no da indicaciones para insertar estas catequesis en un ámbito
litúrgico y comunitario. Sin embargo, esto no impide elaborar celebraciones
que se inspiren en las de los escrutinios, al objeto de ofrecer una catequesis
inserta en un contexto litúrgico [/ infra, VI, 1]'°.
El rito del
bautismo de niños no difiere del de adultos. Para los detalles
concernientes al primero, remitimos a la voz / Bautismo.
Por lo que se
refiere a los niños, es difícil hablar de iniciación
cristiana propiamente dicha en el rito latino,
Iniciación
cristiana
porque
aquí los tres sacramentos de la iniciación no aparecen juntos en
la celebración. Fueron separados a lo largo de la historia, como hemos
visto [/ supra, II, 3], y la pastoral contemporánea parece tener motivos
bastante serios para no volver a la tradición antigua. A pesar de esto,
la catequesis deberá preocuparse por insertar el bautismo en el contexto
de los otros sacramentos de la iniciación, como sugiere el nuevo
rito con las referencias (mencionadas aquí arriba) a los otros
sacramentos.
Para la
problemática relativa al carácter unitario de la
iniciación cristiana de los no-adultos, cayafractura depende
también de la opción de conferir la confirmación
después de la primera eucaristía (cf nota 70), aconsejamos la
lectura de toda la voz / Confirmación.
V. La eucaristía
como sacramento de la iniciación
Como
antiguamente, también hoy en el ritual para la iniciación de
adultos se prevé y considera normal la participación de los
neófitos en la eucaristía. En su camino hacia el altar,
conclusión obligatoria de su iniciación, antiguamente los
.neófitos eran acompañados por el canto de los Sal 22 y 44. San
Ambrosio, comentando el Sal 22, ve en la eucaristía el
sacramento que nos hace entrar definitivamente en el cuerpo de
Cristo". El bautismo y la confirmación nos dan la posibilidad
de incorporarnos definitivamente al cuerpo del Señor: son la
preparación indispensable para lo que en la eucaristía
encuentra su pleno cumplimiento.
En Oriente, la
costumbre antigua ha permanecido intacta, y también el niño
pequeño, nada más ser bautizado y confirmado, recibe la eucaristía
bajo la especie del vino. En Occidente, la comunión bajo la especie
del vino desaparece poco a poco para todos los fieles, y el concilio
Lateranense IV (1215), al hacer obligatoria la comunión sólo
a la edad del uso de la razón (DS 812), hizo que la eucaristía no
se diera ya a los niños pequeños.
Con el decreto
Quam singulari del
Atenta a la
exigencia de la responsabilidad, la pastoral actual ha optado porque
también la confirmación sea recibida con plena conciencia.
En tal sentido hay que leer la opción por desplazar la confirmación
a una edad más madura. Se considera que, si bien el niño pequeño
puede comprender qué es la eucaristía, le resulta más
difícil comprender qué es la confirmación. Así
pues, se ha introducido el uso de administrar la eucaristía hacia
los seis-siete años, y la confirmación más tarde, en torno
a los doce-catorce, trastrocando así el orden de los sacramentos
de la iniciación por motivos pastorales, sobre lo cual es juez la
iglesia.
Pero debemos
recordar que en la iniciación cristiana dos sacramentos confieren
carácter: el bautismo, que nos coloca en la condición de serhijos-de-Dios
[/ supra, I, 2], y la confirmación, que nos sitúa en el
obrar-como-hijos-de-Dios [/ supra, I, 2]. La eucaristía, instituida para
ser repetida, consolida y ahonda el carácter recibido en el bautismo y
en la confirmación. Cuando un bautizado recibe la eucaristía
sin haber 1066
recibido antes la
confirmación, se podría decir que para él la
eucaristía es más bien un alimento, un sustento que sostiene su
ser-cristiano, su ser hijo-adoptivo-de Dios. Cuando, por el contrario, ha recibido
la confirmación, su participación en la eucaristía
se hace positiva y activa: ofrece con Cristo el sacrificio de la alianza para
la reconstrucción del mundo [/ infra, VI, 2].
VI. Catcquesis y
pastoral litúrgica
1. Como hemos
recordado [/supra, IV, 2], el RBN ha insistido justamente en la necesidad
de impartir una catequesis preparatoria a los padres y a los padrinos de
los candidatos al bautismo; pero, por desgracia, no ha dado ninguna
indicación de contenido y de forma sobre el tema. Estas indicaciones
pueden obtenerse mediante un uso inteligente del RICA. Demos algún
ejemplo esclarecedor para los precedentes históricos [/ supra, II, 2, i
y c].
Se puede pensar
en una serie de cinco reuniones, para las que se utilizarán las
liturgias de la palabra de los cinco domingos de cuaresma del ciclo A,
también fuera del tiempo cuaresmal. Cada domingo ofrece un cuadro
notable al que referirse para la catequesis. La primera reunión,
basándose en las lecturas del primer domingo, se centrará en el
tema del pecado original, estado en que nacen todos los hombres; pero la
victoria de Cristo sobre el mal ha hecho que, donde abundó el
pecado, sobreabundara la gracia. Se puede recuperar el uso de la
inscripción del nombre, que en otro tiempo se practicó este
día. Un registro depositado en el altar recordará a los padres su
voluntad de sustraer su hijo al poder del mal, y el sacerdote confirmará
este deseo escribiendo el nombre del
1067
niño con
solemnidad y haciendo que refrenden la firma los padres, padrinos y
madrinas. El contenido de la catequesis es claro. La segunda reunión
explicará, por medio de la lectura de la vocación de
Abrahán y su respuesta, cómo Dios escoge a los que destina a la
salvación. El evangelio de la transfiguración
indicará que con Cristo también el cristiano es transformado en
la gloria. El tema puede ser ilustrado asimismo con la bendición de los
vestidos blancos que pueden llevarse a esta reunión con vistas al futuro
bautismo. La tercera reunión, por la referencia a las lecturas del
tercer domingo, que presentan el tema del agua, permite una catequesis sobre el
bautismo y sobre sus efectos, recordando también el tema de la
transfiguración, que caracterizó a la reunión precedente.
Es importante referirse también a ia primera fórmuia de
bendición del agua y a la tipología que se contiene en ella.
Se puede concluir la celebración con la bendición del agua
lustral y la aspersión de los presentes, mientras se canta el
Asperges
o el Vidi aquam.
La cuarta reunión, por referirse al evangelio del ciego de nacimiento,
permite el tratamiento del tema de la luz, de la posibilidad de
discernir a la luz de Cristo lo que es duradero y lo que es pasajero, y de leer
con fruto la palabra de Dios, que abre los ojos y hace caminar expeditamente
hacia la fe. Se podría tomar del RICA el rito de la entrega del
evangelio y distribuir a los padres el libro de los evangelios. Se
podría asimismo celebrar la entrega del pater, en caso de que no se
la destine para la última celebración. La quinta reunión
tiene por tema la plenitud de vida adquirida en la resurrección,
guiándose por el evangelio de la resurrección de
Lázaro. Esta celebración encuentra una justa
conclusión con el rito de la entrega del credo y del pater [referen
Iniciación
cristiana
cias más
explícitas a las lecturas de los domingos de cuaresma, ciclo A, / supra,
IV, 1 b\
Las cinco
celebraciones sugeridas pueden enriquecerse con oraciones tomadas del
RICA, procurando adaptarlo todo a la situación concreta de los
padres. Algunas oraciones que el RICA indica para que se recen sobre el
catecúmeno pueden adaptarse para la bendición de los padres y de
los niños cuando se visita a la familia, cuidando que no se
confundan con la celebración del bautismo.
2. Como
sacramento de la iniciación, la eucaristía se administra a
los adultos en estrecha conexión con el bautismo y la
confirmación [/ supra, IV, 1, c\. Para los niños, por el
contrario, el uso latino actual prevé la primera comunión a la
edad de la razón, y sóío más tarde la confirmación.
Pero se plantea el problema de la confesión y de la comunión.
La iglesia ha
manifestado el deseo de que antes de la primera comunión celebren los
niños la confesión. No hay ninguna dificultad para la catequesis
sobre esta penitencia, entendida como segunda penitencia vinculada a
la primera penitencia que es el bautismo.
La dificultad
atañe a la catequesis sobre la eucaristía, cuando se trate de
explicar la relación que une a la primera comunión con el
bautismo y con la confirmación. Es evidente que la eucaristía
recibida por quien está sólo bautizado y por quien está
también confirmado es siempre la misma. Sin embargo, el mismo santo
Tomás enseña que cada uno tiene con la eucaristía una
relación conforme a la situación en que se encuentra.
El sacerdote tiene con la eucaristía una relación particular,
aunque comulgue sin haber celebrado. Lo mismo vale para el diácono
y para los casados: cada uno tiene con la eucaristía una relación
que está determinada por su posición sacramental.
Según esto, la catequesis preparatoria para la primera comunión
anterior a la recepción de la confirmación podrá insistir
en la eucaristía como alimento del carácter recibido en el
bautismo; mientras que la catequesis con vistas a la primera
eucaristía recibida después de la confirmación verá
la eucaristía como actividad del sacerdocio de cada bautizado,
explicitado en el confirmado a través de la unción del
Espíritu.
[/ Catecumenado;
/ Confirmación].
NOTAS: '
Tertuliano, De resurrectione 8: CCL 2, 931 — 2 Es necesario releer en
esta perspectiva los dos relatos del Génesis, teniendo presente
que el capítulo segundo es anterior al primero — 3 El hombre
es icono de Dios, pero no es idéntico a él; así se conjura
cualquier tipo de panteísmo —4 Para los Jueces véase, por
ejemplo, Jue 3,10; 11,29; 14,6; 1 Sam 11,6. Para el libro de los Reyes: 1
Sam 10,1; 16,13. Para los Profetas: Is 8,11; Jer 1,9; 15,17; 20,7ss; Ez 3,14;
Am 3,8; 7,14ss. Recordemos en Isaías el poema de la edad de oro, donde
el profeta imagina al león como amigo del cordero, y al niño
jugando con la serpiente: signo de la reconstrucción del mundo en su
primitiva unidad (Is 11,6-9) — 5 San León Magno, Sermones sobre la
natividad: CCL 138 — ' "Vi, eius aggregatipopulo, Christi
sacerdotis, prophetae et regís membra
permaneatis in
vitam aeternam. " — 7 Sería peligroso querer ver una
sucesión precisa en el discurso de Pedro, reproducido en los Hechos,
donde dice: "Arrepentios, y que cada uno de vosotros se bautice en el
nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y
recibiréis entonces el don del Espíritu Santo" (2,38): este
entonces no quiere decir necesariamente después; indica más
bien una contemporaneidad — 8 Justino, Apología / 61,2: por
L. Pautigny, Picard, París 1904, 1, 126 — ' Didaché
8,2: por J.P. Audet,
233. Odas de
Salomón, 4, 25, 26. Hermas, El pastor, visión 3, símil 6 y
9. En sus catequesis estos textos hacen alusión a algunos ritos de
iniciación de los que se estudian sobre todo los simbolismos
teológicos — l2 Ireneo de Lyón,
1068
Dimostrazione
apostólica 3: por L.H. Froidevaux, SC 92,32 — " Id,
Adversus haereses 5, 6, 1: SC 153, 72-81. Ambrosio de Milán, De sacramentis
3, 7, 10: B. Botte, SC 25-Ai's, 96-97: "Post fontem superes! ut perfectio
fíat" — 14 Hipólito de Roma, Traditio
apostólica 17: por B. Botte,
2, 775 y 784; se
alude a los Hechos para subrayar la diferencia entre bautismo y
confirmación — "Cipriano, Carta 73,9: PL 3, 1160, CSEL 3, 2,
785. B. Botte, Consummare, en Archivium Latinitalis Medii Aevi (1937)
43-45 — " Orígenes, In Jud., hom. 5, 6: PG 12, 973. In Lev.,
hom. 6, 2: PG 12, 468 — 20 Por ejemplo, la consagración del agua:
In Joan, Comentario 6, 33: PG 14, 292; la renuncia y la profesión de fe:
Exortatio martyrum 17: PG 11, 584-585 — 21 Hipólito de Roma,
23 24
el segundo el
párrafo -Id, 40, 19 — Id,
2S 26
42, 20 —
Id, 42, 20 — Id, 42-43, 20 —
27282
Id, 44, 20
— Id, 44-59,21 —' Se trata de
cinco etapas:
entrada, trienio catecumenal, pre
paración
inmediata para la iniciación, iniciación
sacramental,
mistagogia — 30 latiré de Jean a
Senarius, por A.
Wilmart, Analecta Reginensia,
ST 59, 171
— •" Ambrosio de Milán, De sacra-
mentis 1, 1, 3:
SC25-bis, 60-61; Demysteriis 14:
SC2S-bis, 156-157
-, 2 Líber Sacramentorum
Romanae Aeclesiae
Ordinis Anni Circuli (Sa
cramentarium
Gelasianum), por L.C. Mohl
berg, Herder,
Roma 1968 (= GeV). Para los
estudios sobre
este sacramentado, cf A. Nocent,
Storia dei libri
liturgíci romani, en Anamnesis
2, La liturgia,
panorama genérale, Marietti, Tu
rín 1978,
150-152 — " GeV 283-328; 419
452 — M GeV
193-282 — B GeV 193, 225,
254 —
"• GeV 285-298 — " GeV 310-318 —
18 3 40
GeV319-328
—' GeV299-309 — Se las puede encontrar utilizando el Ordo XI, contemporáneo
al GeV — 4i Las lecturas del ciclo A son obligatorias también hoy
para las comunidades en que hay catecúmenos (ver más ade
4243
lante) — Ge
F 283 -Ge V 284, 289, 311, 419, 449 — ** Sacramentare Grégorien,
por J. Deshusses, S/7 1971, 141,202 —45 GeK283;sin . embargo, 193 —
1069
47 Ordines
romani, por M. Andrieu, Les Ordines romani du haut moyen-áge 2: Les
textes, SSL 1960, Ordo XI396-399 —48 Ordo XI (ver nota ant.) 417-447
— "' Ordo XI 418, 2419, 6, 7; 425, 30, etc. — 50 Ordo XI
425, 31, etc. — 5I A. Chavasse, Le caréme romain et les scrutins
préhaptismaux, avant le IXe siecle, en RSR 35 (1948) 361-375; R.
Beraudy, Viniziazione cristiana, en La chiesa in preghiera, Desclée,
Roma 1963, 565 — 52 GeV449 —" GeV 451 — 54 Gev 452
— " Sacramentare Grégorien (nota 44) 357, 358, 359, 360
—
ed. C. Vogel-R.
Else, Ciudad del Vaticano 1963, 2, 85-158, 336-341, 370-388 — 5' Ib, 2,
363396 — ^ Le Pontifical Romain du moyen-áge 2: Pontifical de
Un fragment de
sacramentaire de Sens au X* siecle, en Miscellanea litúrgica in onore di
G. Lercaro,
Desclée, Roma 1967, II, 768 — h
Iniciación
cristiana
catecúmeno.
Los copistas han introducido "tuae" después de
"gloriae", modificando su sentido. La edición actual del Ordo,
tal ve/ por distracción, no ha reproducido la lección del GeV,
que es más rica — " GeV 209-309
78 7 8°
GeV 290 —'
GeV 299-328 — Hipólito de Roma, Traditio apostólica 20;
cit. en la nota 14, 42-43 — *' GeV 287 — "GeV 289 -83
Hipólito de Roma, Traditio apostólica 20: cit. en la nota 14,
42-43 — 84 Ge V 419-424 — 85 Las dos nuevas fórmulas,
creadas para introducir aclamaciones que favorezcan la participación
de los fieles, han abandonado la tipología del agua bautismal, que
constituye la riqueza de la primera fórmula — 86 Es fácil
constatar la riqueza de la tercera fórmula — 87 En algunas
parroquias ha vuelto a imponerse el bautismo por inmersión. Con
él se expresa mejor la muerte y la resurrección para la vida
eterna — 88 El rito se aparta de la clara tradición propuesta en
A. Nocent
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bautismales, en "Phase" 33 (1966) 253-256; Floristán C ,
El Ritual de
¿Por
institución de Cristo? Doble forma de crecer
J
SUMARIO: Nota
previa: Cristo interroga al hombre - I. El misterio de Cristo: 1. El misterio
divino de la salvación: a) Visión trinitario-cristológica
del misterio de Dios, bj La economía de la salvación; 2.
Jesucristo: la persona y la obra: a) Carácter unitario del misterio de
Cristo, b) Títulos salvíficos de Cristo: Mediador,
Sacerdote, Profeta, Rey, c) Encarnación-pasión gloriosa; 3.
Cristocentrismo: a) Cristo centro de todo, b) Por qué ocupa el puesto
central, c) Cristocentrismo y objetividad cristiana, d) Cristocentrismo y
espiritualidad; 4. Cristología, cristologías: a)
Teología - cristología, b) Cristología de! NT, c) De la
cristología del NT a las cristologias contemporáneas, d)
Cristologías contemporáneas, e) Cristología
"desde abajo" o "desde arriba" - II. Liturgia y misterio de
Cristo: 1. La liturgia, realización especial del misterio de Cristo: a)
La realidad del misterio de Cristo en la liturgia, b) La liturgia memorial, c)
La liturgia sacramento, d) Modalidades de la re-presentación del
misterio; 2. La liturgia, presencia especial de Cristo: a) La presencia de
Cristo en las
acciones
litúrgicas: Noción genérica, sujeto, tí
tulo, variedad y
multiplicidad de los modos,
características,
b) La reactualización de las ac
ciones
históricas salvíficas de Cristo: Vat. II,
padres, libros
litúrgicos, santo Tomás de Aqui
no, Odo Casel,
autores recientes; 3. Liturgia
cristocentrismo:
a) Cristo, sujeto del culto, b)
Cristo,
término del culto, c) Cristo y el año
litúrgico;
4. Liturgia - cristología o cristologías:
a) Reseña
histórica, b) El hoy de la situación.
Conclusión:
El hombre responde a Cristo en la
liturgia.
Nota previa:
Cristo interroga al hombre
"¿Quién
dice la gente que es el hijo del hombre?" Ésta es la pregunta que
un día dirigió Jesús a sus discípulos. Ellos
respondieron: "Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elias; otros,
que
Jeremías o uno de los profetas". Jesús prosiguió:
"Vosotros, ¿quién decís que soy yo?" Respondió
por todos Simón Pedro diciendo: "Tú eres el Cristo, el Hijo
del Dios vivo" (cf Mt 16,13-16; Me 8,27-29; Le 9,18-20). También
hoy Jesús, queriendo comprometer a sus discípulos a que
asuman las propias responsabilidades en el plan divino de la salvación,
cuyo centro es él, les dirige las mismas preguntas: ¿Quién
dice la gente que soy yo? Y vosotros, ¿quién decís que soy
yo? Estos interrogantes tienen una resonancia especial en la comunidad eclesial
gracias a la experiencia viva y vital de Cristo de que ella goza en la
liturgia. Y es precisamente esta experiencia litúrgica de Cristo la
que permite a la comunidad eclesial una valoración cada vez
más profunda de todo lo que se
refiere a la
identidad de Cristo. Tal
valoración
facilita el conocimiento
de la identidad
del hombre. La co
munidad realiza
esta obra de discer
nimiento
prestando atención a los
diversos
contextos culturales en que
se encuentra
inserta y teniendo en
cuenta la
compleja problemática del
hombre de hoy a
la que intenta dar
una
solución adecuada.
En este nuestro
estudio nos proponemos facilitar los datos esenciales para el
conocimiento de la identidad de Cristo dando un relieve particular a
la experiencia litúrgica de la iglesia, en conformidad con las líneas
directrices de este Diccionario.
Jesucristo
Un estudio, por
tanto, de / teología litúrgica, atento a los requerimientos de la
/ pastoral litúrgica de hoy, anclada en la tradición, pero
al mismo tiempo abierta a las exigencias siempre nuevas de la comunidad
eclesial. En la primera parte presentaremos en síntesis los elementos
del misterio de Cristo cuyo conocimiento nos parece necesario antes de
afrontar el verdadero tema de nuestro estudio'. Jesucristo y la liturgia. A la
profundización en este tema particular reservaremos la segunda
parte.
I. El misterio de
Cristo
"¡Jesucristo
es el mismo ayer y hoy, y lo será por siempre!" (Heb 13,8).
¡Él es el camino, la verdad, la vida; nadie puede ir al Padre sino
por medio de él! (cf Jn 14,6). Jesucristo: en él se refleja
plenamente el misterio divino de la salvación (1); su persona y su obra
son garantía fundamental para la realización integral de la
humanidad (2); él constituye el centro del misterio de Dios y de la
historia (3); él es objeto de intenso y amoroso estudio hasta su
completa y definitiva revelación (4).
1. EL MISTERIO
DIVINO DE
1072
procede del
Padre, fuente de todo bien, por medio del Verbo encarnado, Jesucristo, con
la fuerza del Espíritu Santo; de forma semejante, con la fuerza del
Espíritu Santo, por medio del Verbo encarnado, Jesucristo, retorna
todo al Padre'.
b) La
economía de la salvación [/ Historia de la salvación]. Las
relaciones ad extra de las tres personas divinas encuentran su
ápice en la obra de la salvación humana. Así es como a
toda la economía divina en relación con lo creado se la considera
economía de salvación. Es la gran realidad a la que san Pablo da
a menudo el nombre de / misterio, "misterio escondido desde todos los
siglos en Dios" (Ef 3,9), revelado de modo particular por Dios en la plenitud
de los tiempos para que se les anunciara a todas las gentes y se realizara (cf
Rom 16,26; Col 1,26; Ef 1,9-10; 3,3-12). En este misterio eterno de Dios ocupa
Jesucristo un puesto tan central que se puede sencillamente decir que el
misterio de Dios es el misterio de Cristo. San Pablo afirma expresamente tal
identidad; llega a identificar el misterio con Cristo (cf Col 1,27; 2,2; 1
Tim 3,16). Lo confirmará san Agustín diciendo: "No hay
otro misterio de Dios sino Cristo" (Epist. 187, 34: PL 33, 846). En
realidad, en la economía de la salvación todo se orienta a
Cristo. Antes de Cristo todo tiende a él, después de Cristo todo
depende de él.
2. JESUCRISTO:
nocimiento los
encontramos recogidos sobre todo en tres fuentes, distintas pero
relacionadas, de la teología cristiana: los escritos del NT
(oportunamente conectados con los del AT), los escritos de los padres, los
documentos del magisterio eclesiástico. Dos son los temas centrales
hacia los que convergen tales datos: la persona de Jesucristo y su obra. El
primero se refiere a la encarnación (cristología en sentido
estricto), el segundo a la redención (soteriología). En los
manuales teológicos del pasado se estudiaban los dos temas en distintos
tratados: "el Verbo encarnado", "Cristo redentor". La
teología de hoy se ha decidido por la superación de esta
dicotomía y por la fusión entre la dimensión de encarnación
y la dimensión soteriológica del misterio de Jesucristo, por
considerar necesaria la visión unitaria de tal misterio. Entran en
esta visión todas las verdades relativas al misterio de Cristo.
Para
organizarías se propone —entre otros— el siguiente esquema
ternario: la preexistencia del Verbo, su anonadamiento (kénosis), su glorificación
2. Dentro de este esquema encuentra legítima cabida todo lo que se
refiere a la constitución ontológica de Cristo, y —en
estrecha conexión con esto— todo lo que se refiere al
valor salvífico de su encarnación, de su pasión y
muerte, de su resurrección. La constitución ontológica
de Cristo resulta de la dualidad de las naturalezas —divina y humana—
en la unidad de la persona del Verbo, unidad vinculada a su encarnación.
Existe, pues, una relación íntima entre la constitución
ontológica de Cristo y su obra salvífica. En efecto, la
misma encarnación del Verbo tiene un valor salvífico fundamental.
Es una manifestación peculiar de la economía divina de la
salvación; más aún: es el admirable compendio de tal
economía.
Jesucristo
b) Títulos
salvíficos de Cristo. El valor salvífico de la encarnación
queda explicitado por los títulos salvíficos que competen a
Cristo desde su encarnación. Pueden reducirse a cuatro principales.
Mediador. Este
título "expresa de modo pleno y completo la obra salvífica
realizada por el Verbo encarnado durante toda su misión terrena,
desde la encarnación hasta la ascensión, sobre todo a
través de su pasión y muerte. Continúa ejerciendo
esta mediación salvífica desde el trono celeste (cf Heb 7,25) y
desde la eucaristía para la aplicación de la salvación a
cada uno de los redimidos, con la mediación visible de la
iglesia"'.
Sacerdote.
Cristo, desde el primer instante de su encarnación, es también
sacerdote, además de mediador. Su sacerdocio es calificado como
único, verdadero, sumo, perfecto, eterno. Cristo es
también la víctima de su sacerdocio, víctima ofrecida para
la redención de los hombres. El sacrificio de Cristo alcanza su
ápice sobre el altar de la cruz.
Profeta. Cristo
es el Verbo de Dios, la palabra eterna del Padre que se manifiesta al mundo,
mediante la encarnación, para que se conozca plenamente el
plan salvífico divino. Queda constituido así en el gran profeta
del Padre. Da cumplimiento a la revelación divina, y da a la
humanidad la verdad que salva.
Rey. La realeza
de Cristo se funda primariamente en el misterio de la admirable unión
que vincula la naturaleza humana de Jesús, desde el primer instante
de su existencia, con la persona divina del Verbo (unión
hipostática). A este motivo fundamental de la realeza de Cristo se
le añaden otros. Cristo es rey por dereJesucristo
cho adquirido, a
causa de la redención del género humano obrada por
él. Cristo es rey por la glorificación que recibe del Padre, en
respuesta a su total oblación, en la resurrección y
ascensión. Jesús ejercita esta realeza actualmente, por la
eternidad, en el cielo, donde está sentado con gloria a la derecha
del Padre. Tendrá una particular manifestación en el juicio
final.
Los cuatro
títulos salvíficos de Cristo que acabamos de examinar se funden
en admirable síntesis en el título de cabeza de la iglesia, tan
importante para explicar la presencia de Cristo en la iglesia. Cristo
"es la cabeza del cuerpo de la iglesia" (Col 1,18), a la que llena
con su riqueza (cf LG 7), y en la que, "por medio de la humanidad, infunde
sin cesar la vida divina" (PO 5). Por Cristo cabeza "todo el
cuerpo (coordenado y unido...) obra el crecimiento para su edificación
en el amor" (Ef 4,16).
c)
Encarnación - pasión gloriosa. La economía de la
salvación, manifestada en el misterio de la encarnación, se
desarrolla ulteriormente en los sucesivos misterios de Cristo hasta
llegar a su cumplimiento en los misterios de su pasión y muerte y
de su resurrección. Con su pasión, que desemboca en el
sacrificio cruento de la cruz, Cristo da remate a la obra de la
redención objetiva y al ofrecimiento, infinitamente meritorio, de
su satisfacción vicaria por el pecado. La resurrección constituye
la conclusión gloriosa de la obra salvífica terrena de
Jesús. Se excluye de ella, en cuanto comienzo de la vida gloriosa de
Cristo, todo valor meritorio, sacrificial, redentor y satisfactorio. El
valor salvífico de la resurrección está vinculado sobre
todo al hecho de su eficacia en orden a nuestra justificación
sobrenatural (resurrección espiritual de la muerte del pecado a la vida
de la gracia) y a 1074
nuestra futura
glorificación total (resurrección corporal al final del mundo).
Cristo "fue resucitado por nuestra justificación" (Rom
4,25). "Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de
los que mueren" (1 Cor 15,20).
3.
CRISTOCENTRISMO. a) Cristo centro de todo. Jesucristo ocupa un puesto central
en el misterio de Dios, como ya hemos apuntado. Este hecho tiene una
notable resonancia en la vida y en la reflexión cristiana. Se trata de
una realidad que en el lenguaje teológico se expresa con el
término cristocentrismo'. Merece una consideración especial.
"Cristo, centro del plan divino de la creación y de la
salvación, es por ello mismo el centro de toda la realidad: cosmos e
historia, naturaleza y sobrenaturaleza"5. "Cristo, hombre-Dios,
aparece entonces como la clave de todo. En él podemos contemplar
juntamente el misterio de Dios, el misterio del hombre, la estructura
íntima de toda la obra divina"'. Esto explica la tendencia
actual a estructurar cristológicamente toda la teología
cristiana.
b) Por qué
ocupa el puesto central. Es importante conocer el verdadero motivo
del puesto central de Cristo y, en concreto, de la encarnación del
Verbo. "Para la escuela franciscana... el puesto central de Cristo en el
mundo es una realidad absoluta, por cuanto su presencia histórica no
está ocasionada por la caída de Adán, sino que es querida
por Dios como razón primaria de la misma encarnación: Cristo es
el primer predestinado por delante de todos..."'. "Para la
escuela tomista, que admite como motivo primario de la encarnación la
redención humana, el puesto central de Cristo en el mundo es
relativo al hecho redentor, por cuanto su venida está ocasionada
por la presencia de 1075
una humanidad
pecadora que ha de redimir: Cristo es el primero por dignidad, pero no por
predestinación"!. No hace al caso exponer las diversas tentativas
hechas para conciliar las sentencias opuestas de las dos escuelas '.
Bastará decir que hoy se tiende a aceptar la primera sentencia como la
que mejor cuadra con el plan eterno de Dios. En efecto, según esta
sentencia, el puesto central de Cristo, considerado independientemente de
la previsión del pecado, constituye un primado verdaderamente absoluto.
De ahí se sigue un motivo de mayor gloria para Cristo: también
como hombre, él es cabeza y fuente de gracia no sólo en
relación con los redimidos, sino también en relación
con los ángeles y con Adán inocente '».
c)
Cristocentrismo y objetividad cristiana. Existe una estrecha relación
entre este puesto central de Cristo, verdaderamente único, universal
y singular, y el rico conjunto de la objetividad cristiana. Esto induce a
calificar el cristocentrismo como objetivo. La fórmula cristocentrismo
objetivo indica en general la relación objetiva entre Cristo y la
realidad, relación central, que lleva a descubrir una convergencia de la
realidad en Cristo y permite considerar toda la realidad como una articulación
o un momento de Cristo, es decir, en dimensión crística ".
d) Cristocentrismo
y espiritualidad. Estas consideraciones sobre el cristocentrismo de la
objetividad cristiana encuentran una especial aplicación en el
campo de la espiritualidad. Ésta tiene una dimensión cristocéntrica
esencial. La exigencia cristocéntrica es criterio general de
autenticidad de la vida y de la experiencia cristiana, si bien está
sujeta a una legítima pluralidad de traducciones y tematizaciones
en las diversas espiritualidades cristianas n.
Jesucristo
En otras
palabras: el núcleo esencial y la característica permanente
de toda espiritualidad cristiana hay que colocarlos en el encuentro personal,
íntimo, perseverante, experiencial con Jesucristo. Ha de atribuirse una
particular importancia al carácter personal y experiencial del encuentro.
El cristiano deberá saber "acoger a Cristo en la propia
existencia, penetrar profundamente en su misterio, identificarse cada vez
más íntimamente con su persona" '\ Todo esto
implicará en el cristiano una experiencia viva y vivida de Cristo.
Cuanto más fundada esté en el verdadero conocimiento de
Cristo, tanto más será constante profesión de fe en
Cristo, decidida voluntad de vivir cada vez más plenamente de él.
Para facilitar
tal encuentro del hombre con Cristo, hoy es revalorizada la dimensión
humana de Jesucristo. No obstante, hay que evitar las desviaciones con que
nos topamos en el campo de la cultura laica, entre ciertos movimientos
juveniles, entre ciertas formas de / religiosidad popular. Volveremos sobre el
tema cuando hablemos de las cristologías contemporáneas. Hoy,
asimismo, se mira con especial atención al / misterio pascual de
Cristo. Nos remitimos con interés a la experiencia pascual de
la iglesia de los orígenes, para vivir en un verdadero clima pascual la
propia vida cristiana. Gracias a esta valoración existencial de la
pascua de Cristo, se capacita el cristiano para convertir todas las esperanzas
del hombre, a menudo vacías y utópicas, en la única
verdadera esperanza, la fundada en Dios, confiada e ilimitada. El cristocentrismo
viene así a constituir la verdadera clave de integración de
toda la realidad.
4.
CRISTOI.OGÍA, CRISTOl.OCiÍAS. a) Teología -
cristología. "La actual renovación teológica,
inspirándose
Jesucristo
en el
cristocentrismo de la revelación, querría transformar toda
la reflexión teológica en una cristología que ilustre
el misterio del Padre y del hombre contemplando el misterio de
Cristo" u. Son indudables las ventajas que presenta la teología considerada
como cristología, es decir, cuando se le asigna una estructura
cristológica. Pero esto no quita para que siga llamándose con el
término propio de cristología la parte de la teología que
estudia la persona de Jesucristo, su vida, sus acciones, su doctrina.
La
cristología tiene la característica de la gran unitariedad
que le proviene de estar centrada en Jesucristo, en su persona y en su
obra. Pero, al mismo tiempo, la cristología asume particulares
diversificaciones según los diferentes puntos de vista desde los que se
la considera. Éstos están vinculados a los diferentes contextos
culturales en que viene a encontrarse la cristología y, por tanto, a
diferentes mentalidades, a diferentes instrumentos de
interpretación de los datos teológicos, a diferentes
lenguajes. Esto autoriza a hablar de diversas cristologías dentro de una
única cristología. Para una aproximación sumaria
al tema damos alguna sobria indicación sobre el desarrollo de la
cristología.
b)
Cristología del NT. De particular importancia es el primer estadio
del desarrollo de la cristología, el registrado en los escritos neotestamentarios
l5. En la base de este primer estadio de desarrollo está la llamada
cristología del Jesús prepascual", es decir, la que
resulta de cuanto Cristo mismo dijo e hizo antes de su pascua, todo ello
releído a la luz de su resurrección. Sobre esta base se fundan:
— la cristología arcaica. Es la contenida en el kerigma
primitivo: discursos de los Hechos de los Apóstoles, diferentes textos
1076
kerigmáticos
de las epístolas, fórmulas exclamatorias
(homologías), confesiones de fe, himnos; — la cristología
palestinense, es decir, de las primeras comunidades cristianas de Palestina.
Elementos particulares de tal cristología son la resurrección de
Jesús y la parusía; — la cristología de la
diáspora helenística. En ella, además de a la
resurrección y a la parusía, se da relieve a la presente
función mediadora de Cristo en el cielo y se hace una primera
alusión a su preexistencia; — la cristología de las
comunidades pagano-helenísticas. Ésta da un mayor relieve a
la preexistencia de Jesús. A los títulos cristológicos
funcionales (que ilustran la misión salvífica y las correspondientes
funciones de Cristo) se añaden, prevaleciendo, títulos específicamente
ontológicos (que ilustran la persona misma de Jesús). Las cristologías
mencionadas encuentran su síntesis (o, con otras palabras, su coágulo
o sedimento) en los escritos del NT. Esta síntesis aparece indicada
con la expresión de cristología del NT o cristologías del
NT, según se quiera poner de relieve el carácter unitario de
tal síntesis o los diferentes puntos de vista que convergen en
ella, propios de cada uno de los autores sagrados (Mateo, Marcos...).
c) De la
cristología del NT a las cristologías contemporáneas.
Dirijamos ahora una mirada de conjunto al posterior desarrollo de la
cristología hasta las cristologías contemporáneas
". En los primeros siglos, sobre la base de la cristología del NT
se insiste en la misión salvífica de Cristo (cristología
soteriológica), aunque sin descuidar la visión ontológica
de su persona (cristología ontológica). Sucesivamente, en
concomitancia con las controversias trinitarias y
cristológicas, se afirma la línea ontológica de la
cristología. La 1077
encontramos bien
formulada en los padres de la iglesia y en los concilios. Piénsese en el
giro decisivo marcado en tal dirección por el concilio de Calcedonia
(451). A las aclaraciones de la doctrina sobre el Verbo encarnado les
sigue el debilitamiento de la visión
antropológico-histórico-salvífica del misterio de
Cristo. En el medievo, la teología presta una atención
especial a la humanidad de Cristo y, en consecuencia, a los misterios de
su vida terrena. Particular expresión de esta orientación es la
cristología tomista, que se caracteriza por el relieve dado a la
humanidad de Cristo como instrumento del Verbo. Hay que mencionar
también la llamada cristología menor, que se distingue por la
particular acentuación de determinados acontecimientos de la
vida terrena de Jesús (nacimiento, infancia, pasión), y que
dará origen a especiales devociones (al niño Jesús, al
Crucificado, a la corona de espinas, a la lanza y a los clavos, a las
cinco llagas, al corazón traspasado...)'". A continuación se
advierten una cierta disociación entre la humanidad de Cristo y su
divinidad y un debilitamiento en la consideración de la
función mediadora sacerdotal de Cristo. En tiempos más cercanos a
nosotros se registra la mencionada dicotomía entre la doctrina relativa
al Verbo encarnado y la relativa al Cristo redentor. Hay que subrayar
también la importancia del ya recordado concilio de Calcedonia.
Con él enlaza la que se llamará cristología
clásica, que, habiéndose impuesto sobre todo en el tiempo de
la escolástica y de la neoescolástica, hará escuela
hasta nuestros días.
d)
Cristologías contemporáneas. El último estadio del
desarrollo de la cristología está constituido por las
cristologías contemporáneas, elaboradas en las
últimas décadas como
Jesucristo
respuesta al
requerimiento "de dar de nuevo inteligibilidad a la figura y al mensaje de
Cristo, recurriendo a un lenguaje, a una mentalidad y a una filosofía
compartida por el hombre de nuestro siglo" ". No es tarea
nuestra hacer ni siquiera una breve presentación y clasificación
de tales cristologías 20. Nos limitamos a algunas indicaciones
generales. Las cristologías contemporáneas, insistimos, han
surgido como respuesta concreta a los requerimientos del hombre
contemporáneo. Responden en particular a su acentuada sensibilidad
por los valores históricos del individuo y de la sociedad. Se
caracterizan, por tanto, por el realce que se da al aspecto
antropológico-histórico del misterio de Cristo. A esta luz
se reinterpreta todo el misterio de Cristo. Es visto especialmente sobre
el fondo de toda la economía de la salvación. Destaca la
dimensión histórico-salvífica del misterio de Cristo,
centrado en la pascua. El retorno al Jesús histórico lleva
al redescubrimiento, desde varios puntos de vista, de Jesús como
hombre nuevo, cuyo mensaje se considera válido y auténtico
para el hombre de hoy. Es obligado observar que tal interpretación
de la historicidad del misterio de Cristo se ve a menudo expuesta al
peligro de exageraciones, deformaciones y errores. Hay que señalar en
particular el debilitamiento de la dimensión divina del misterio
de Cristo, el menoscabo de la fe en el Cristo glorificado; la consiguiente
contraposición entre el Jesús histórico y el Cristo de la
fe, la inexistente o deficiente dependencia respecto de la palabra de
Dios, la impugnación de la dimensión eclesial del misterio
de Cristo y, por tanto, de su presencia en la iglesia y en los
sacramentos.
e)
Cristología "desde abajo" o "desde arriba". Para una
compren
Jesucristo
sión
más profunda de esta reseña cristológica aludimos a las
dos particulares orientaciones cristológicas de carácter
metodológico indicadas hoy por las expresiones cristología desde
abajo y cristología desde arriba. En la cristología desde
abajo (o ascendente) se explica el misterio de Cristo partiendo del
Jesús terrestre. Sobre esta base histórica se desarrolla el
conocimiento de la situación gloriosa y metahistórica de Cristo y
de su preexistencia eterna como Verbo de Dios. Por el contrario, en la
cristología desde arriba se sigue el procedimiento inverso: el discurso
sobre el misterio de Cristo arranca y se desarrolla desde la
contemplación de Cristo glorificado. Estas dos orientaciones
metodológicas diversas se encuentran sobre todo a propósito de la
cristología de los escritos neotestamentarios. Pero aparecen constantemente,
aunque con diferentes acentuaciones y matices, en las fases ulteriores de
desarrollo de la cristología. Hoy se tiende a privilegiar la
cristología desde abajo, como más concordante con la sensibilidad
y los interrogantes del hombre moderno.
II. Liturgia y
misterio de Cristo
Es muy estrecha
la relación existente entre la / liturgia y el misterio de Cristo.
La liturgia es, en efecto, una realización especial del misterio de
Cristo (1); el fundamento de dicha realización está
constituido por la presencia real y eficaz de Cristo en la liturgia (2). Se
trata de elementos tan determinantes, que la liturgia misma se
califica como cristocéntrica (3), y se establece un especial
vínculo entre liturgia y cristología o cristologías
(4).
1.
1078
es eterno.
Concebido en el principio en la mente de Dios, manifestado de diferentes modos
en el AT, revelado perfectamente en la plenitud de los tiempos, que ha
coincidido con el comienzo de la era escatológica, perpetuado en la
iglesia hasta su definitivo cumplimiento escatológico, este
misterio recibe una eficaz expresión eclesial en la liturgia. La persona
y la acción redentora de Cristo continúan influyendo en la
iglesia, en la humanidad, en el cosmos, sobre todo por medio de la liturgia.
Ésta, por
expresa voluntad de Cristo, es irradiación especial de su presencia
y de su acción, realización especial, representación,
reactualización de su misterio de salvación para la
santificación de los hombres y la glorificación de Dios. En
efecto, "se considera la liturgia como el ejercicio del sacerdocio de
Jesucristo. En ella los signos sensibles significan y cada uno a su manera
realiza la santificación del hombre, y así el cuerpo
místico de Jesucristo, es decir, la cabeza y sus miembros, ejerce
el culto público íntegro" (SC 7). Es la doble
dimensión del misterio de Cristo —la descendente (la santificación
de los hombres) y la ascendente (la glorificación de Dios)—,
de la cual participa la liturgia; la cual, por tanto, viene a encontrarse
sólidamente inserta en el misterio de Cristo.
Por consiguiente,
la liturgia viene a formar parte de la misma historia sagrada, historia de
salvación, con la que se identifica el misterio de Cristo, misterio de
salvación. La liturgia tiene así una dimensión estrictamente
histórico-salvífica [/ Historia de la salvación],
colocándose exactamente en esa tercera fase de la historia sagrada que
sucede a la fase preparatoria (del AT) y a la fase cristica (la vida
histórica de Jesús) y precede a la estrictamente
escatológica.
1079
Esta tercera fase
se llama cristiana, eclesial o místico-sacramental. En efecto, es la
fase que se realiza en la sociedad de los cristianos, es decir, en la iglesia,
a través de ese conjunto de misterios o sacramentos (en sentido
amplio) que es cabalmente la liturgia. En esta tercera fase de la historia
sagrada, sobre todo en virtud de la liturgia, el misterio de Cristo
se identifica de modo especial con el misterio de la iglesia21.
b) La liturgia
memorial. La comprensión de la especial identificación del
misterio de Cristo con el misterio de la iglesia producida en la liturgia queda
facilitada por el recurso a la categoría de / memorial aplicada a
la liturgia. Ésta, considerada en su conjunto o en cada uno de sus
elementos, es memorial del misterio de Cristo. El término memorial
(en hebreo zikkaron) ha de tomarse en su rico significado bíblico
de recuerdo ritual de un acontecimiento del pasado, que hace presente
dicho acontecimiento, orientado hacia su plena realización en el futuro.
Esto vale también para la liturgia, en cuanto que recuerda ritualmente
(a través de los ritos) el misterio de Cristo, lo hace presente y
eficaz, a la espera de su completa actualización escatológica. Y
esto sucede en la iglesia, en beneficio de la misma iglesia, para su continuo
crecimiento y edificación, para su configuración e
identificación con Cristo cada vez más plenas. Éste es el
significado pleno del memorial del misterio de Cristo celebrado por la liturgia
en la iglesia y para la iglesia.
c) La liturgia
sacramento. De estas observaciones resulta que existe una admirable
conexión entre las tres grandes realidades del plan salvífico
divino: Jesucristo, la iglesia, la liturgia. Hay que subrayar, en particular,
uno de los fundamentos de tal conexión: la estructura sacra
Jesucristo
mental
común a las tres realidades. Jesucristo es el sacramento primordial
y fontal de la salvación; la iglesia es el "sacramento
universal de la salvación" (LG 48) que ha brotado del costado de
Cristo dormido en la cruz (cf SC 5); la liturgia es el sacramento global
de la salvación estrechamente vinculado con Cristo y con la
iglesia22. También aquí hay que precisar el significado del
término / sacramento. Dicho término, "(que corresponde
al vocablo de origen griego misterio), se entiende en el amplio y
tradicional significado patrístico-Iitúrgico de signo que contiene,
manifiesta y comunica realidades sobrenaturales. Éste es el significado
primitivo del término sacramento, usado luego por los
teólogos de la escolástica para indicar solamente los siete
mayores y principales signos eficaces de la santificación. La
teología contemporánea y el Vat. II han acreditado de nuevo el
rico significado primitivo del término, que permite presentar en
una maravillosa síntesis la obra de la salvación. Toda la
economía de la salvación es sacramental en Jesucristo, en la iglesia
y en la liturgia. Economía intrínsecamente sacramental en
sus diferentes fases de realización y que... implica una admirable
continuidad, o, mejor, una inescindible unidad de las realidades que la
componen"25: Jesucristo (el gran sacramento de Dios y del encuentro de la
humanidad con Dios), la iglesia (sacramento de Cristo), la liturgia
(sacramento de la iglesia y de Cristo). Así pues, la liturgia realiza el
misterio de Cristo al realizarse a sí misma como memorial y
sacramento de tal misterio.
d) Modalidades de
la re-presentación del misterio. Es legítimo plantearse
una pregunta: ¿Cómo se nos presenta el misterio de Cristo realizado
por la liturgia? Un examen a fondo de la compleja realidad litúrJesucristo
gica permite
responder claramente: en la liturgia el misterio de Cristo se nos presenta
tanto en su globalidad como en sus diversos elementos. La globalidad del
misterio de Cristo no la anula la consideración de sus elementos
particulares; ésta la tiene siempre en cuenta, recibiendo de ella luz y
solidez.
Hay que tener
presente este principio cuando del misterio de Cristo la liturgia
acentúa ora el aspecto personal (la persona de Cristo: cristología
en sentido estricto), ora el aspecto soteriológico (la obra de
salvación realizada por Cristo: soteriología). Esto es
válido también para los innumerables títulos
cristológicos y soteriológicos con los que la liturgia se
refiere a Jesucristo para arrojar luz sobre su persona y sobre su obra (Verbo
de Dios, Hijo de Dios, mediador, redentor, sacerdote...). Dígase
otro tanto cuando la liturgia se refiere directamente a uno de los tres grandes
elementos del misterio de Cristo, ora a la preexistencia del Verbo, ora a su
kenosis, ora a su
glorificación,
hablando de cada uno de ellos bien globalmente, bien teniendo en cuenta
sus diferentes partes. Piénsese, por ejemplo, en los episodios
de la vida histórica de Cristo que se presentan a lo largo del curso del
/ año litúrgico, otros tantos misterios del único
gran misterio de Cristo. Amplíese el razonamiento a las diferentes
cuestiones relativas al Jesús de la historia y al Cristo de la fe,
que repercuten en la liturgia y encuentran en ella su síntesis en
la afirmación de la identidad del Jesús de la historia y del
Cristo de la fe.
Hay que
señalar que, dentro de esta rica y orgánica representaciónrealización
del misterio de Cristo que nos ofrece la liturgia, goza de una posición
privilegiada el gran acontecimiento de la pascua de Cristo (muerte y
resurrección) [/ Misterio pascual]. ¡Y con toda razón!
En
1080
efecto, la pascua
de Cristo constituye el centro de todo su misterio. Con este elemento central
del misterio de
. Cristo enlaza,
a modo de justificación suya, la realidad del ejercicio del
sacerdocio de Cristo, del ejercicio global de tal sacerdocio: tanto el desempeñado
por él durante su vida terrestre, sobre todo en el momento
culminante de la muerte gloriosa, como el desempeñado después de
su entrada gloriosa en el cielo. En esta globalidad de ejercicio del sacerdocio
de Cristo encuentra su fundamento el ejercicio del sacerdocio de la
iglesia. Nótese también que la liturgia realiza el misterio
de Cristo poniendo de relieve la dialéctica trinitario-cristológica
que le es propia.
2.
dadero fundamento
de la realización del misterio de Cristo efectuada por la liturgia, en
particular de su eficacia.
El tema de la
presencia de Cristo en la liturgia se ha conocido en la iglesia desde sus
orígenes, por más que sólo en las últimas
décadas se haya tratado de darle una formulación
científica. Objeto de la fe viva y espontánea de las primeras
generaciones cristianas, ha estado sucesivamente expuesto a las
cambiantes vicisitudes de los otros grandes temas de la
cristología, viéndose también él 1081
sujeto a opacidad
y a reducciones. Así, por ejemplo, después de las controversias
eucarísticas medievales se puso de relieve un aspecto particular del
tema, el de la presencia real de Jesús en la eucaristía.
Sólo
después de consolidarse el / movimiento litúrgico
contemporáneo se ha reanudado el tema en toda su amplitud y
profundidad. Es mérito indiscutible de Odo Casel (t 1948) haberlo
propuesto de nuevo a la atención de los teólogos y haberlo
convertido en un tema decisivo del desarrollo del renacimiento litúrgico
de la iglesia. De esta forma, el tema ha sido acogido, aunque sin una verdadera
profundización doctrinal, en autorizados documentos del magisterio,
como la encíclica Mediator Dei, de Pío XII (
a) La presencia
de Cristo en las acciones litúrgicas. Para una primera presentación
de la temática nos remitimos al conocido texto, fundamental en
este asunto, que se contiene en la citada constitución SC. En ella,
después de la exposición de la obra de la salvación
comenzada por Cristo durante su vida terrestre y continuada por él en la
iglesia (cf SC 5-6), se dice: "Para realizar una obra tan grande, Cristo
está siempre presente a su iglesia sobre todo en la acción
litúrgica. Está presente en el sacrificio de la misa, sea en la
persona del ministro, ofreciéndose ahora por ministerio de los
sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en
cruz25, sea sobre
todo bajo las especies eucarísticas. Está presente con su
virtud en los sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien
bautiza26. Está presente en su palabra, pues cuando se lee en la
iglesia
Noción
genérica de presencia. Los autores reconocen la dificultad de dar una
definición exacta de presencia, válida para todos los casos,
sobre todo cuando del plano puramente humano se pasa al divino, como en nuestro
caso particular de la presencia de Cristo, Dios-hombre, a los hombres27.
Generalmente, por presencia se entiende la relación real existente
entre dos o más seres que están cercanos entre sí por
cualquier título
o fundamento
real. Se realiza de modo diferente según la naturaleza de los seres
entre los que se establece la relación (por ejemplo, entre un ser
espiritual y un ser corporal, entre dos
o más
espíritus encarnados o personas encarnadas). Adémaselas
presencias son tantas cuantos son los fundamentos reales de la
cercanía; las presencias son tanto más reales y perfectas
cuanto más perfecto es el fundamento de su relación de
contacto
o de
cercanía28.
El sujeto de la
presencia de que hablamos es Jesucristo, el Verbo de Dios encarnado,
Dios-hombre. El Verbo de Dios ha asumido, en la plenitud de los tiempos,
la naturaleza humana. Así ha podido, hecho mediador entre Dios y
los hombres, realizar la obra de la redención, sobre todo mediante
el misterio pascual de su pasión, resurrección y aseen
Jesucristo
sión. Dice
santo Tomás de Aquino: "Cristo ha realizado la obra de nuestra
salvación en cuanto que era Dios y hombre: a fin de que en cuanto hombre
padeciese para nuestra redención, y en cuanto Dios su pasión
fuera salvadora para nosotros" (Contra gent. 4,74). El mismo Verbo
encarnado sigue realizando la obra de la redención, después
de su ascensión, haciéndose presente en la iglesia, especialmente
en la liturgia. En el Verbo encarnado, presente en la iglesia y en la
liturgia, la humanidad asumida (alma y cuerpo) es considerada en su actual
estado glorioso de existencia, que tiene su fundamento en el misterio
pascual realizado durante su vida terrena. No se sigue de ahí ninguna
oposición entre el Cristo glorioso y el Cristo histórico, porque
en el Cristo glorioso, como veremos mejor a continuación,
está siempre presente todo su pasado histórico. Además, en
la presencia de Cristo en la liturgia hay que distinguir entre lo que es propio
de Cristo como Dios y lo que le es propio como hombre, dado que en la
única persona del Verbo encarnado, en el único sujeto agente
(principium quod), hay dos naturalezas, la divina y la humana, y por tanto
un doble principio de acción (princi
pium quo
operationis).
Título de
la presencia. Jesucristo está presente en la iglesia como cabeza
suya. Por el mismo título está presente en la liturgia. En
efecto, la presencia de Cristo en la liturgia es un aspecto particular de
su presencia en la iglesia. Se pueden reducir a tres las funciones que competen
a Cristo como cabeza de la iglesia: la sacerdotal, la real y la
profética. La presencia de Cristo en la liturgia se caracteriza por un
ejercicio especial de su función sacerdotal. Precisamente por eso
"se considera la liturgia como el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo"
(SC 7). Esto no quiere decir que
1082
el ejercicio de
la función sacerdotal llevado a cabo por Cristo en la liturgia debe
ser separado del ejercicio de la función real y de la función
profética. En efecto, la persona de Cristo y su misión han de
considerarse siempre en su integridad y globalidad, aunque sigue
siendo necesario distinguir los diferentes aspectos para una
más plena comprensión del misterio.
Variedad y
multiplicidad de los modos de presencia. La presencia de Cristo en la
liturgia es varia y múltiple. Pretendemos hablar de la variedad
y multiplicidad fundadas en la diversidad de los signos litúrgicos que
aparecen en cada una dejas acciones litúrgicas y en los que se
realiza la presencia de Cristo. Los principales son la / asamblea, el
ministro [/ Ministerio], la proclamación de la palabra [/ Celebraciones
de la palabra, / Biblia y liturgia], la / oración, los / elementos
constitutivos de los / sacramentos y de los / sacramentales. Todos estos
diferentes modos de la presencia de Cristo en la liturgia, vinculados a la
diversidad del signo litúrgico, han de referirse al modo
como Cristo
está presente, glorioso, en el cielo. Sólo éste es el modo
primario y propio de existencia de Jesucristo después de la
ascensión; respecto a este modo, los que se dan en la liturgia,
comprendido el eucarístico —el principal entre los modos litúrgicos—
son secundarios ".
Para la plena
comprensión del tema de la variedad y multiplicidad de los modos de la
presencia de Cristo en la liturgia se requiere alguna otra
explicación. El tema ha de desarrollarse teniendo en cuenta una doble
distinción: la ya recordada entre lo que en la presencia de Cristo en la
liturgia es propio de Cristo como Dios y lo que es propio de Cristo como
hombre; la distinción entre presencia sustancial y presencia ope1083
rativa30.
Consideramos suficiente la siguiente síntesis:
1. La presencia
de Cristo Dios en la liturgia es doble: sustancial (por esencia física,
ontológica) y operativa (por causalidad eficiente), aa) La presencia
sustancial se distingue en: sustancial natural, aquella por la que Dios
está presente en todas las criaturas por su infinidad e inmensidad
(cf S. Th. I, q. 6, a.
Jesucristo
la liturgia;
también ésta le compete a Cristo Dios en común con las
otras dos personas divinas, por estar en el campo de las operaciones divinas externas.
Hay que adscribirla al orden de la causalidad eficiente principal física
en cuanto que Dios obra por sí mismo (causalidad principal) con influjo
físico (causalidad física).
2. También
la presencia de Cristo hombre en la liturgia es doble: sustancial y
operativa (ambas en el orden sobrenatural), aa) La presencia sustancial se
realiza exclusivamente en la eucaristía, bb) La presencia operativa se
da en todos los elementos de la liturgia, incluida la eucaristía.
Esta presencia ha de adscribirse al orden de la causalidad eficiente, principal
o instrumental, física o moral, según los casos. A modo de
ejemplo, reproducimos el conocido texto de santo Tomás en que se
habla de la causalidad de los sacramentos: "Cristo produce el efecto
interior de los sacramentos en cuanto Dios y en cuanto hombre, pero de modo
diverso. En efecto, en cuanto Dios obra en los sacramentos como causa suprema.
Por el contrario, en cuanto hombre produce los efectos interiores de los
sacramentos como causa meritoria y eficiente, pero instrumentalmente.
En efecto..., la pasión de Cristo, sufrida por él
según la naturaleza humana, es causa meritoria y eficiente de
nuestra salvación: no como causa agente principal, o suprema, sino
como causa instrumental, en cuanto que su humanidad... es instrumento de la
divinidad. No obstante, al ser la
naturaleza de
Cristo un instrumento unido hipostáticamente a la divinidad,
tiene... cierta superioridad y causalidad sobre los instrumentos separados,
que son los ministros de la iglesia y los sacramentos. Por eso, como Cristo en
cuanto Dios tiene sobre los sacramentos poder de autoridad,
así en cuanto hombre tiene so
Jesucristo
bre ellos poder
de ministro principal,
o sea, poder de
excelencia" (S. Th. III, q. 64, a.
Características
de la presencia. 1) Es única, aunque se realiza de varios y
múltiples modos. En efecto, es única la persona del Verbo encarnado,
sujeto agente principal de la liturgia. Esta presencia única tiene
varios aspectos, asume diversas formas y grados de intensidad. Los diferentes
elementos en que se expresa son elementos reveladores o aspectos
prismáticos de una sola presencia 3I. Más aún,
precisamente porque son aspectos diferentes de una única
presencia y por
el hecho de que se dan a menudo en la misma acción litúrgica, se
cruzan, se atraviesan y se compenetran de tal modo que puede ser peligroso o
perjudicial tratar de aislarlos o separarlos 32. Se trata en realidad de modos
complementarios de la única presencia del Cristo glorificado. Se
completan mutuamente, sea porque cada modo más perfecto supone e incluye
los modos menos perfectos, sea porque cada modo de presencia da a los mo
dos precedentes
un significado y, en cierta medida, una eficacia más grande33. Sin
embargo, al distinguirse los diferentes modos de la única presencia
por notas totalmente propias, se suele hablar también de varias
presencias, correspondientes a los diferentes modos de presencia. 2) Es real.
Es decir, es verdadera y efectiva. Ello es válido de modo particular
para la presencia de Cristo en la eucaristía. Pero ésta, advierte
justamente Pablo VI, "se llama real no por exclusión, como si
las otras no fueran reales, sino por antonomasia, ya que es sustancial,
pues por ella ciertamente se hace presente Cristo, Dios y hombre, entero e
íntegro"34. 3) Es sacramental. En efecto, se ejerce a
través de los diferentes sacramentos (tomados en el sentido
1084
amplio de signos
de realidades sobrenaturales), que componen el sacramento total de la
liturgia. Obsérvese también aquí que la presencia de
Cristo en la eucaristía es sacramental por antonomasia, al ser la.
eucaristía el sacramento por excelencia. 4) Es personal. Cristo, en
efecto, está presente en la liturgia "no como una idea abstracta,
sino como una persona viva y como una fuerza viva que emana de una persona
viva"35. De ahí se sigue que es también per
sonal la
relación que se llega a establecer entre Cristo y los fieles en la
liturgia, al realizarse la misma en una comunicación entre personas, de
modo insuperablemente personal».
Completemos este
cuadro recordando que la presencia de Cristo en la liturgia puede ser
también permanente o transitoria. Es permanente la presencia de
Cristo en la eucaristía, pues perdura fuera de la celebración
de la misa mientras perduran las especies eucarísticas. En cambio, las
otras presencias de Cristo en la liturgia, prescindiendo de sus efectos, son
transitorias, es decir, dependen del desenvolvimiento de las diferentes
celebraciones durante las cuales se realizan, y cesan al cesar éstas.
b) La
reactualización de las acciones históricas salvíjicas
de Cristo.
Este segundo
punto está íntimamente conectado con el primero. Jesucristo
se hace presente en las acciones litúrgicas para que en ellas se
reactualice, en favor de los hombres, el misterio de la salvación que ya
realizó históricamente.
También
aquí podemos comenzar nuestro examen remitiéndonos a la
enseñanza del Vat. II. La constitución SC, si bien en el
preciso contexto del año litúrgico, dice que la iglesia,
al recordar los misterios de la redención, "abre las riquezas del
poder santificador y de los méritos de su Señor, de tal
manera que, en cier1085
to modo, se hacen
presentes en todo tiempo para que puedan los fieles ponerse en contacto con
ellos y llenarse de la gracia de la salvación"
(n. 102)37. Se
afirma claramente que se hacen presentes en todos los tiempos los
misterios de Cristo (los diferentes aspectos del único misterio de
Cristo) en beneficio de los fieles. ¿Cómo sucedió esto?
¿De qué modo se reactualizan en la liturgia las acciones
históricas salvíficas de Cristo, ya pasadas,
permitiéndoles que continúen ejerciendo todavía, en
el hoy de la iglesia, su influjo en el mundo? Este es el verdadero nudo de la
cuestión de la presencia de Cristo en la liturgia. No se trata de
una cuestión nueva en la iglesia.
Se hallan
alusiones a dicha cuestión ya en la antigüedad en varios
padres, a partir del s. iv, y en los / libros litúrgicos. La resuelven
con afirmaciones genéricas sobre la permanencia de la virtud de las
acciones históricas salvíficas de Cristo en las celebraciones
litúrgicas. Posteriormente los estudiosos ignoran casi por completo
la cuestión. Constituye una notable excepción santo Tomás
de Aquino con su doctrina fundamental sobre la perenne causalidad
instrumental salvífica de la humanidad de Cristo, es decir, de los
acontecimientos de su vida terrena.
Los estudios de
Odo Casel (t 1948) y su doctrina de los misterios (Mysterienlehre) [/
Misterio]
han despertado un
notable interés por el tema. El punto central de tal doctrina es que las
acciones litúrgicas (los misterios del culto) hacen presente de
nuevo, aunque sólo sea en su sustancia, los actos históricos
salvíficos ya pasados de Cristo. Según los estudiosos, Casel
no explica suficientemente cómo los actos históricos de
Cristo, vinculados a un determinado tiempo y espacio, y por tanto acabados y
pasados ya, pueden ser hechos presentes de nuevo
Jesucristo
fuera de su
tiempo y de su espacio. La intuición de Casel ha sido recogida
sucesivamente por otros teólogos, oportunamente corregida y enlazada con
la enseñanza de santo Tomás de Aquino 38.
Varios autores
recientes se fundan en general en el hecho de que Cristo es al mismo tiempo
Dios y hombre (teandrismo). De ahí deducen que los actos
históricos de Cristo son indivisiblemente actos del Hijo de Dios.
Por tanto, no están sujetos al límite del tiempo y del espacio, y
se los puede hacer de nuevo presentes siempre y por doquier. Más precisamente
se fundan en la doctrina tomista de la permanencia virtual de los actos
históricos salvíficos en Cristo glorificado. Estos actos
están informados por una virtud divina. Precisamente esta virtud divina,
de la que fue y sigue siendo instrumento la humanidad de Cristo, es la que se
hace presente en todos los tiempos y lugares3'.
En particular, se
afirma de la pasión del Señor: "El acto cruento que ha
reconciliado a Dios y al mundo estaba inmerso en el tiempo y en el espacio. Sin
embargo, obraba en virtud de la divinidad que le estaba unida. Por
medio de ella podía participar en la eternidad y en la ubicuidad
divina, como el instrumento participa en la dignidad de la causa principal.
La moción de la divinidad confería a este acto transitorio y
localizado un influjo instrumental capaz de alcanzar toda la
sucesión del tiempo y toda la amplitud del espacio"40. Se
afirma también que el misterio redentor de Cristo es como una
realidad eternamente actual. Se relaciona su actualización en los
sacramentos con el hecho de que "hay ya en los actos
históricos de redención de Cristo un elemento de perennidad
o de duración, un elemento transhistórico, que se sacramentaliza
en un hecho terrestre, con su Jesucristo
tiempo propio, en
un acto visible de la iglesia"41.
Recurriendo
además a la doctrina tomista de los efectos de la visión
beatífica, se va todavía más allá. Aun dando el
justo relieve a la virtud divina presente en los actos históricos
de Cristo, se admite que éstos, incluso sólo en cuanto humanos,
contienen un elemento permanente que es hecho de nuevo presente en la liturgia.
Se parte del principio tomista según el cual quien goza de la
visión beatífica está ya fijo en la eternidad, participa
de la eternidad, dominan
do así el
desenvolverse del tiempo. Éste fue el caso de la humanidad de Cristo ya
durante su vida terrena. Hubo en sus actos, "además del desenvolverse
en el tiempo del elemento exterior y del elemento interior en cuanto producto
del psiquismo humano, un contenido permanente, es decir, el acto de la
visión y el acto de caridad derivante de la visión. Este acto
inmóvil de caridad beatífica, por el que Cristo quiso y
mereció nuestra salvación, fue el alma del sacrificio
redentor y de todos los demás misterios realizados en la carne del
Salvador. Éste se expresó o se manifestó sin renovarse,
sino como acto permanente, en todos los actos de Cristo durante su vida
mortal... Éste es el elemento permanente que
explica la
actualidad del contenido de los misterios litúrgicos: este mismo
acto de ofrecimiento estable, que se manifestaba en los actos históricos
de nuestra salvación y se expresa todavía ahora, bajo otra forma,
en la liturgia celeste celebrada por Cristo glorioso, se manifiesta
también en los misterios de la liturgia de la iglesia terrestre. Es
el mysterion de los actos salvíficos... A través de los misterios
alcanzamos el acto salvífico histórico, sea en sí
mismo en cuanto a su elemento permanente, sea por virtud divina respecto a
lo que de él ha pasado con el tiempo"42.
1086
Hay que subrayar
la consoladora consecuencia, ya recordada, de la reactualización de
los misterios de Cristo realizada en la liturgia: los fieles entran en
contacto con ellos y participan en la salvación contenida en los
mismos. Cada misterio de Cristo ha sido un acto salvífico; es decir, ha
sido eficaz para nuestra salvación comunicándonos una gracia que
le es propia. Cada misterio de Cristo sigue siendo acontecimiento
salvífico y sigue comunicándonos la gracia que le es propia,
sobre todo en su celebración litúrgica. En particular, es la
eucaristía la que obtiene este efecto. De hecho, mediante la eucaristía
se establece una especial relación del fiel con la persona misma
del Verbo encarnado, en la que sub
sisten y perduran
todas las acciones, todas las disposiciones vitales, todos los estados de la
obra salvífica realizada por él durante su vida terrena. Es
en su plena reactualización litúrgica, la eucaristía,
donde cada uno de los misterios de Cristo adquiere una particular eficacia en
el contexto de la eficacia global de todo —el único—
misterio de Cristo.
El estudio de la
estrecha relación existente entre la liturgia y el misterio de
Cristo recibe un desarrollo ulterior a partir del examen de dos cuestiones
bien precisas: el cristocentrismo de la liturgia y las relaciones entre la
liturgia y la cristología o cristologías.
3.
LITURGIA-CRISTOCENTRISMO. El puesto central de Jesucristo en el misterio de
Dios (cristocentrismo) reverbera con reflejos totalmente propios en
la liturgia, de tal modo que con justicia se califica a ésta de cristocénírica.
La liturgia cristiana es tal no sólo porque tiene en Cristo su divino
fundador, sino también, y sobre todo, porque Cristo es su centro.
a) Cristo, sujeto
del culto. El cristocentrismo de la liturgia encuentra 1087
su fundamento
ante todo en el hecho de que Cristo es el sujeto principal del / culto que se
tributa a Dios en la liturgia. Como ya hemos visto, el misterio de Cristo
está particularmente presente y operante en la liturgia (cf SC
7; 35,2). Cristo es la primera gran realidad litúrgica. Su persona y su
acción constituyen el polo de irradiación de la sacramentalidad
de la liturgia. Con Cristo están relacionadas, en Cristo convergen,
de Cristo dependen y reciben eficacia todas las demás realidades
litúrgicas.
Todo en la
liturgia está centrado en Cristo, único, sumo y eterno
sacerdote. Cristo es, en efecto, el único mediador entre Dios y los
hombres (cf 1 Tim 2,5); Cristo está constituido sacerdote por la gracia
sustancial de la unción hipostática; Cristo es la fuente de todo
/ sacerdocio, al ser el sacerdocio de la antigua alianza una simple
prefiguración del sacerdocio de Cristo, y el de la nueva alianza la
prolongación, la derivación, la participación en el
mismo sacerdocio de Cristo (cf S. Th. III, 22, a.4); Cristo ejerce su
sacerdocio en la liturgia como perfecta continuación del ejercido
durante su vida mortal, como reflejo particular y pleno del ejercido en el
cielo.
De este modo Jesucristo
es el ministro principal, aunque invisible, de la liturgia; se hace
presente en los otros ministros secundarios y visibles, que, como
instrumentos en sus manos, obran en dependencia de él y dan visibilidad
a su obra invisible. Por eso la liturgia es sobre todo acto de Cristo,
cabeza de la iglesia. "... Es precisamente él [Cristo] quien
bautiza..., absuelve, une, ofrece, sacrifica, por medio de la
iglesia"43. "... cuando la iglesia administra con rito exterior los
sacramentos, es él [Cristo] quien produce el efecto interior (S. Th.
III, 64, a.3)"44. "Si bautiza Pedro, es él [Cristo] quien
Jesucristo
bautiza; si
bautiza Pablo, es él quien bautiza; si bautiza Judas, es él quien
bautiza" (san Agustín, Trad. VI sobre el evangelio de Juan
1,7: PL 35, 1428). Gracias precisamente al puesto central de Cristo en la
liturgia alcanza ésta el doble objetivo de santificar a los
hombres y de dar a Dios el culto debido.
La iglesia apela
a este puesto central cuando al final de cada oración interpone la
mediación de Cristo: "Por nuestro Señor Jesucristo...",
"Por Cristo nuestro Señor". Del mismo modo, al término
de la plegaria eucarística eleva su alabanza al Padre diciendo:
"Por Cristo, con él y en él...". La máxima
expresión de tal puesto central de Cristo en la liturgia se da en la
celebración litúrgica por excelencia, la eucarística,
en la que Cristo se hace presente de modo particular como sacerdote en la
persona del ministro visible para ofrecerse en sacrificio al Padre con la
fuerza del Espíritu Santo. El ofrecimiento sacrificial de
Jesús en la celebración eucarística se lo apropia la
iglesia, que une el ofrecimiento de sí misma al de Cristo. A este ofrecimiento
de Cristo y de la iglesia se orientan todas las demás celebraciones
litúrgicas y todas las actividades del pueblo de Dios, por lo que viene
a constituir verdaderamente la más expresiva y rica actualización
del
misterio de
Cristo.
b) Cristo,
término del culto. El puesto central de Cristo en la liturgia queda
particularmente subrayado cuando se considera que Jesucristo, además de
sujeto del culto elevado a Dios por la iglesia, su cuerpo místico,
en la liturgia, es también su término. En efecto, el culto
de la iglesia tiene como término propio las tres divinas personas,
aunque se atribuye por apropiación al Padre. También a
Jesucristo, Dios-hombre, le llega, en unidad con el Padre y con el EsJesucristo
píritu
Santo, el culto de la iglesia. Ella "invoca a su Señor y por
él tributa culto al Padre eterno" (SC 7). Jesucristo es, pues,
al mismo tiempo el término del culto de la iglesia y el camino por el
que dicho culto llega a Dios. "... Cuando nos dirigimos a Dios con
súplicas, no establecemos separación con el Hijo,, y cuando es el
cuerpo del Hijo quien ora, no se separa de su cabeza, y el mismo salvador
del cuerpo, nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, es el que ora
por nosotros, ora en nosotros y es invocado por nosotros. Ora por nosotros
como sacerdote nuestro, ora en nosotros por ser nuestra cabeza,
es invocado por
nosotros como Dios nuestro" (san Agustín, Comentario al salmo 85,1;
CCL 39,1176; OGLH 7). Desde la más remota antigüedad ha dirigido la
iglesia su oración a Cristo4i.
c) Cristo y el
año litúrgico. Otro aspecto particular del puesto central de
Cristo en la liturgia: es el centro del / año litúrgico. Baste
pensar en el relieve que tiene en este último la celebración de
la pascua semanal cada / domingo y de la pascua anual en el sacro / triduo
pascual (cf SC 102; 106). La gran realidad central de la cristología, la
pascua de Cristo, recibe así el máximo relieve en la
estructuración del año litúrgico, como, por otra parte, en
todas las celebraciones. Y la celebración de la pascua sigue estando en
el centro de la atención de la iglesia en el decurso del año
litúrgico, durante el cual distribuye ella la celebración de
los demás misterios de Cristo, íntimamente vinculados
con su pascua (SC 102). El mismo culto de
cristológica
del año litúrgico (cf SC 103; 104).
1088
Nótese
bien: cuando se dice que Cristo es el centro del año litúrgico no
se pretende presentar a Cristo como un elemento del que el año
litúrgico recibe solamente consistencia material y decoro exterior.
Se quiere más bien subrayar que el año litúrgico asume el
importante papel de memorial representativo del misterio de Cristo para la
salvación de los hombres. El año litúrgico "es Cristo
mismo que vive siempre en su iglesia" *.
Así pues,
desde cualquier puntp que se considere la liturgia, ésta se nos presenta
siempre centrada en Cristo. Al ser Cristo centro, compendio, coronamiento
de la economía salvífica, lo es también de la liturgia,
que es expresión privilegiada de la economía salvífica47.
Admirable expresión de tal puesto central de Cristo en la liturgia
es la mayestática imagen de Jesucristo, representado a menudo
como pantocrátor, colocada en el arco central o en el ábside
de tantas iglesias. Ésta es una de las formas del rico y variado
lenguaje con que la liturgia traduce el gran misterio del puesto central de
Cristo en el mundo y de la recapitulación de todas las cosas en
él (cf Ef 1,9-10; Col 1,20. Cf también Ef 1,20-23; Flp 2,9-11;
Col 1,15-19; Jn 1,1-18; Heb 1,3). Para la liturgia,
Cristo es en
verdad "el corazón del mundo"48, la clave de lectura de todos
los acontecimientos del vivir cotidiano.
En las
décadas que precedieron al Vat. II, el cristocentrismo fue la motivación
decisiva de la renovación eclesial y, sobre todo, del movimiento
litúrgico49. También hoy la exacta valoración del
cristocentrismo de la liturgia ayudará a identificar las líneas
directrices de la renovación litúrgica, para que se pueda
realizar por medio de él el salto cualitativo que, como consecuencia de
la reforma querida por el concilio, lleve a
1089
los fieles a
vivir la liturgia en espíritu y en verdad. Por otra parte, sólo
una liturgia verdadera y plenamente centrada en Cristo podrá
ofrecer la mejor respuesta a tantos interrogantes como plantea la
cristología al hombre de hoy. La adhesión plena al
único liturgo, Cristo, y a la única liturgia cuyo
centro es Cristo, creará el clima de optimismo y de esperanza necesarios
para que el hombre consolide, aunque entre esfuerzos y sufrimientos,
el reino de Dios inaugurado por Cristo con su pascua.
4. LITURGIA -
CRISTOLOGÍA O CRISTOLOGÍAS. a) Reseña histórica. La
liturgia realiza de modo enteramente especial el misterio de Cristo, que
es objeto de esa ciencia particular que es la cristología. Por
tanto, la liturgia viene a tener una especial relación con la
cristología o las cristologías. Esta relación ha
sido, generalmente, un elemento constante de la historia de la iglesia.
Las modalidades de su ejercicio han estado regidas, ordinariamente,
por el principio de la dependencia de la liturgia respecto de la
cristología. Bastará una breve reseña para proporcionarnos
los datos más característicos de la cuestión.
Las primeras
comunidades cristianas profesaron en las celebraciones litúrgicas
su fe en Jesucristo, considerado al mismo tiempo como Jesús de
Nazaret y Cristo Señor. Esta fe ha tenido su rica y genuina expresión
en distintos textos litúrgicos (confesiones de fe, himnos). Así
es como la liturgia vino a ser como la matriz de los textos
cristológicos de los escritos neotestamentarios y, por tanto, de la
cristología naciente™. Nótese, entre otras cosas,
cómo la frecuencia del título Señor en la literatura
del NT es un reflejo del uso
• de este
título en la liturgia5'. Merece subrayarse que la relación entre
liturgia y cristología vino a estableJesucristo
cerse en la
iglesia desde el comienzo, y que en este primer período fue la liturgia
la que influyó en la cristología.
Posteriormente,
por el contrario, fue la cristología la que influyó en la
liturgia. Vemos así cómo a la orientación
soteriológica de la cristología de los primeros siglos cristianos
le corresponde en la liturgia el uso de términos preferentemente
soteriológicos, con la acentuación de la mediación
sacerdotal de Jesús. Cuando, por el contrario, se consolide
más tarde una cristología de tendencia más bien
ontológica, se tendrá como reflejo en la liturgia la tendencia
a preferir términos ontológicos.
En el medievo se
registra una cierta independencia de la liturgia respecto de la
cristología. Así, por ejemplo, es débil el influjo
ejercido sobre la liturgia por la cristología menor, que tendrá
en cambio una profunda resonancia en la devoción popular. Sólo
del s. XVII en adelante aceptará la liturgia, sirviéndose
precisamente de la mediación de la devoción popular, las
adquisiciones más notables de la cristología menor
".
Por lo que se
refiere a la época moderna, fuera del mencionado influjo de la
cristología menor, no hay que registrar ningún otro influjo de la
cristología sobre la liturgia. Más aún, se puede hablar de
una separación cada vez más acentuada entre liturgia y
cristología, consecuencia de las nuevas orientaciones culturales
con que viene a encontrarse la fe cristiana ".
b) El hoy de la
situación. Queda por ver cuál es el estado actual de las
relaciones entre cristología y liturgia. Es necesario distinguir antes
entre la cristología clásica, todavía hoy actual, y
las llamadas chstologías contemporáneas.
Por lo que se refiere
a las relacio
Jesucristo
nes entre la
cristología clásica y la liturgia nos orientamos hacia una
valoración de ellas cada vez mayor. En particular se pone de relieve la
capacidad de la liturgia para superar los límites de la
cristología clasica. Esto se pone especialmente en relación
con la atención dirigida por la liturgia a la dimensión
salvífica del misterio de Cristo en el contexto de toda la historia de
la salvación, y con la gradual presentación-reactualización
de la gesta histórica de Cristo llevada a cabo por la liturgia en el
decurso del año litúrgico. De esta forma se considera a la
liturgia como ambiente adecuado para una reformulación de la fe,
especialmente de la fe en Cristo que salva M.
Respecto a las
relaciones entre cristologías contemporáneas y la liturgia
se nos plantea la cuestión de si las cristologías
contemporáneas pueden ejercer un influjo válido en la liturgia en
orden a una participación verdaderamente activa de los fieles. No
podemos tratar detalladamente el asunto. Parece que puede decirse que las
cristologías contemporáneas tienen en común, como
principales elementos positivos, una presentación del misterio de
Cristo que tiene en cuenta la sensibilidad del hombre de hoy, sobre todo de los
jóvenes, y que presta una atención especial al Cristo
histórico. Esto tiene su reflejo en el campo de la participación
en la liturgia, celebración del misterio de Cristo. No obstante, hay que
reconocer que no todas las cristologías son igualmente
idóneas para favorecer una comprensión verdadera y vital
de la liturgia. Se requiere, además, una especial cautela en la
lectura de esas cristologías que, por su estructuración,
suscitan graves reservas.
Al abordar, pues,
en su conjunto la cuestión de las relaciones entre cristología y
liturgia en orden a una mayor profundización de las mis
1090
mas, indicamos
algunas líneas directrices hoy mayormente subrayadas. Se juzga ante
todo necesario considerar la liturgia como la re-presentación-reactualización
de las acciones históricas salvíficas de Cristo. Estamos en
la dirección indicada por Casel, que ha constituido, en las últimas
décadas, una aportación decisiva a la cristología
litúrgica". En consecuencia, se atribuye una gran importancia al
puesto central del misterio pascual en la cristología y en la
liturgia. El misterio de Cristo es misterio eminentemente pascual. La liturgia
es una especial re-presentación-reactualización del mismo.
Este puesto central es fuente de unitariedad en el misterio total de
Cristo y en la misma liturgia. Esto lleva a considerar el misterio de
Cristo y la liturgia en su globalidad, evitando la fragmentariedad que
deriva de un énfasis excesivo de los aspectos particulares del
misterio y de las devociones correspondientes. Se pone también de
relieve la humanidad de Cristo, ininterrumpidamente presente y activa en
la iglesia y en la liturgia, pero no disociándola de su divinidad
".
En fin, se
muestra un gran interés por el reciente desarrollo de los estudios
patrísticos relativos a la cristología. Se subraya el gran
relieve dado por los padres [/ Padres y liturgia] a la dimensión
históricosoteriológica del misterio de Cristo. Y se
considera que la liturgia tiene mucho que ganar con la valoración de tal
planteamiento. Se juzga además importante la aportación de
la cristología patrística para un conocimiento mayor de la
liturgia. Se recuerda, en particular, cómo están estrechamente
vinculadas con la cristología patrística la antigua / eucología
litúrgica y la formación del año litúrgico ".
Se habla también de intercambio entre catequesis patrística
cristológica y liturgia. El misterio de
1091
Cristo fue
explicado por los padres durante las celebraciones litúrgicas en el
marco de una amplia catequesis centrada en Cristo presente y operante en
la liturgia; las celebraciones litúrgicas fueron y son el lugar privilegiado
de una viva experiencia de la cristología patrísticaS8.
Conclusión:
el hombre
responde a Cristo
en la liturgia
Jesús nos
pregunta sobre su identidad: ¿Quién soy yo? La liturgia, perenne
reactualización del misterio de Cristo, nos permite dar una respuesta
segura: Tú eres el Hijo de Dios, el Ungido por el Padre (Cristo), enviado
a salvar a la humanidad (Jesús) en la fuerza del Espíritu Santo.
Es necesario, sin
embargo, participar consciente y activamente en la liturgia. Sólo
si se cumple esta condición se puede conocer a Cristo en su real
identidad y se puede establecer una verdadera relación personal
entre nosotros y él que nos permite una viva y vital experiencia de Cristo,
de su misterio, de la salvación de la que éste es portador.
Gracias a esta rica experiencia litúrgica de Cristo puede decir
cada fiel con plena verdad: "Oh Cristo..., yo te encuentro en tus
sacramentos" (san Ambrosio, Apología del profeta David 12, 58:
PL 14, 916). Cuanto más viva y vital es la experiencia litúrgica
de Cristo, tanto más se ahonda su conocimiento. Y esto no puede no
influir cada vez más profundamente en la vida de la iglesia y de
cada uno de los fieles, suscitando en ellos las más variadas actitudes
existenciales en relación con Cristo. Se confiesa a Cristo Señor
presente y activo en la liturgia; se proclama la singularidad de la persona y
de la obra de Cristo; se celebra a Cristo, reactualizando su misterio de
salvación. La vida de
Jesucristo
la iglesia y del
individuo recibe así orientaciones muy determinadas y múltiples,
sobre todo una inserción cada vez más consciente y vital en el
misterio de Cristo y una voluntad cada vez más decisiva de anuncio y
actuación del misterio pascual de Cristo, a fin de que Dios, por medio
de Cristo mediador, sea finalmente todo en todos (cf 1 Cor 15,28).
NOTAS:' Cf C.
Vagaggini, El sentido teológico de la liturgia, BAC, Madrid 19652,
189203 — 2 Cf G. Moioli, Cristología. en DTI 2, Sigúeme,
Salamanca 1982, 192-207 — ! D. Bertetto, Gesú Cristo autore delta
salvezza, Pro Sanctitate, Roma 1975, 311 — ' Cf G. Moioli,
Crisíocentrismo, en NDE, Ed. Paulinas, Madrid 1979, 301-310 —
182-193 —
" Cf G. Moioli, "'Cristologismo". L'acquisizione del lema alia
riflessione leologica recente e il suo significato, en La teología
italiana oggi. Ricerca dedícala a Cario Colombo...,
Jesucristo
sentido
teológico de la liturgia, 18-25 — 22 Cf A. Cuva, en VV.AA., La
costituzione sulla sacra liturgia, LDC, Turín 1967, 302-327 —
sacramento del
encuentro con Dios, Pinor, San
1092
Sebastián),
Edizioni Paoline, 1962, 86 — "2 J. Gaillard, La théologie des
mysteres, en Revue thomiste 57 (1957) 540-541 — " Pío XII, Encícl.
Mystici Corporis (
O.
González de de Cardedal, a.c, 226-241 — 54 Cf C. Molarí,
Cristologia attuale e liturgia, en VV.AA., Cristologia e liturgia (nota 18), 65133
— 5S Cf B. Neunheuser, El misterio de Cristo en la visión de Odo
Casel (nota 49), 259273 — 56 Cf F. Ruiz, Gesú Cristo, en
Dizionario enciclopédico di spiritualitá (nota 7), I, 831
—" Cf M. Serenthá, La centralita deH'inlera vicenda
síorica di Cristo: prospettive emergenli dal dibattito piú
recente sulla cristologia patrística, en VV.AA., Cristologia e
liturgia (nota 18), 135-190 — 58 Cf B. Riccitelli, Gesú Cristo centro
della celebrazione litúrgica, en Sussidiper la catechesis 41 (1976) n.
3, 30-38; A.M. Triacca, Liturgia e catechesi neipadri: note metodologiche,
en Valori attuali della catechesi patrística (por S. Felici), LAS, Roma
1979, 51-66; Cristologia nel sacramentarlo Veronese. Saggio metodológico
sulV'interscambio" fra catechesi
patrística
e liturgia, en Cristologia e catechesi patrística I (por S. Felici),
LAS, Roma 1980, 165-195.
A. Cuva
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1982, 225-266; Jesucristo, ib, 802-845; Borobio D., Cristologia y sacramentología,
en "Salmanticensis"31 (1984)6-48; Casel O., El misterio del culto,
Dinor, San Sebastián 1953; Caviglia G., Jesucristo, en DTI 3,
Sigúeme, Salamanca 1982, 159-174; Martimort A.G., El valor de la
fórmula teológica "In persona Christi", en
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en NDE, Paulinas, Madrid 1979, 301-Í10; Cristocentrismo, en NDT 1,
Cristiandad, Madrid 1982, 213224; Cristologia, en DTI 2, Sigúeme,
Salamanca 1982, 192-207; Pou R., La presencia de Cristo en los sacramentos, en
"Phase" 33 (1966) 177200; Rahner K., Presencia de Cristo en el
sacramento de la cena del Señor, en Escritos de Teología
4, Taurus, Madrid 1962, 357-358; Rivera Recio J.F., San León Magno y la
herejía de Eutiques desde el Sínodo de Constantinopla hasta
la muerte de Teodosío II, en "RET" 9 (1949) 31-58; Schillebeeckx
E., La presencia de Cristo en la eucaristía. Fax, Madrid 1968; Solano
J., El concilio de Calcedonia y la controversia adopcionista en
España, en VV.AA., Das Konzil von Chalkedon 2, Würzburg 1953,
866-871; Traets C, Dios próximo y activo en los sacramentos, en
"Selecciones de Teología" 75 (1980) 204-219; Vagaggini C , El
sentido teológico de la liturgia, BAC 181, Madrid 1959, 184-247; VV.AA.,
La presencia del Señor en la comunidad cultual, en Actas del Congreso I.
de Teología del Vaticano II, Flors, Barcelona 1972, 281-351; VV.AA., Interrogantes
a
terio pascual.
SUMARIO: I.
Análisis socio-cultural de la religiosidad juvenil - II.
¿Qué liturgia ofrecer a los jóvenes? Una pregunta
planteada en términos nuevos: 1. Principios generales tomados del Vat.
II; 2. Primeras tentativas para una respuesta pastoral - 111. Un diálogo
difícil: términos para un contraste: 1. Creatividad; 2. Fiesta;
3. Compromiso en la vida - IV. Hipótesis para una educación
litúrgica: líneas metodológicas y pastorales: 1. Papel de
la comunidad eclesial como sujeto y lugar de una liturgia "joven"; 2.
Manifestación de la iglesia como "asamblea" y
recuperación de todos sus valores litúrgicos; 3. La presidencia
litúrgica.
I.
Análisis socio-cultural de la religiosidad juvenil
En los
años siguientes al Vat. II, es decir, de 1965 en adelante, la iglesia
católica ha realizado la mayor / reforma litúrgica de su
historia. Al
Jóvenes
observar esta
obra de renovación, encaminada también a la
recuperación de ciertos valores esenciales, es preciso evidenciar
algunos que son sumamente importantes, como: a) el puesto central de
Cristo y el primado del / misterio pascual en todas las modalidades de
oración y de celebraciones litúrgicas: / domingo; /
año litúrgico; / sacramentos; / liturgia de las Horas, como
santificación del tiempo y de la vida de cada día; b) la
estructura dialogal de la nueva liturgia, que revela el carácter
típico de la oración cristiana basada en la palabra de Dios. El
Señor abre el diálogo dirigiéndonos su palabra; nosotros
respondemos a su invitación con la escucha, la alabanza, la
acción de gracias, el ofrecimiento. Al mismo tiempo que se
procedía a esta obra de reforma litúrgica, los creyentes se
han visto invadidos por una profunda crisis acerca del significado de la
oración. Las señales más significativas de esta crisis han
aflorado en la asamblea del Consejo ecuménico de las iglesias,
tenida en Uppsala en 1968, con los interrogantes sobre el problema de la /
oración y del / culto en nuestro tiempo. ¿Por qué orar?
¿Para qué sirve el culto? ¿Qué importancia tiene la
oración? ¿No pertenecen quizá la oración y el culto
a la infancia del hombre?
Entre este
proceso de renovación litúrgica impulsado por el Vat. II y la
crisis del significado del culto que se ha manifestado en estas últimas
décadas, se coloca singularmente el problema juvenil y el nuevo acercamiento
de los jóvenes a la liturgia y a la oración. En los
jóvenes encontramos la expresión más llamativa de los
problemas más cruciales vividos por una época: ellos son los
portadores de las nuevas demandas y de la necesidad de redescubrir desde
el comienzo los motivos profundos que están en la base de la experiencia
cristiana; además, en estos últimos
Jóvenes
veinte
años, con sus comportamientos, han puesto al descubierto las graves
contradicciones de nuestra época, haciéndolas estallar de
forma tan improvisa como inesperada. El mismo análisis de la crisis
religiosa de los jóvenes (dada por descontada y no siempre adecuadamente
analizada) presenta elementos de novedad y de contradictoriedad: es un
fenómeno tan complejo y mudable, que se quedan en gran parte anticuadas
muchas categorías sociológicas que se usaron y se siguen usando
para comprenderla.
De la crisis
religiosa de los jóvenes parecen aflorar síntomas de un cierto
cambio de rumbo, en cuanto que manifiesta una rica fenomenología de
comportamientos individuales y colectivos que de varias maneras se remiten a un
significado religioso '. Más allá de un análisis
—que es más bien difícil— de la fenomenología
que expresa la demanda religiosa de los jóvenes, es necesario tomar nota
de algunos datos que son indicadores para la elaboración de un proyecto
educativo-pastoral en el que pueda encontrar positiva y constructivamente
espacio también el tema
jóvenes y
liturgia. Con otras palabras: la experiencia juvenil, leída con una
mirada de conjunto, deja entrever los signos de los tiempos o algunas semillas
de vida que caracterizan la sensibilidad de las nuevas generaciones que
van creciendo en nuestro tiempo.
He aquí
sintéticamente un cuadro de valores o sensibilidades en que se mueve el
proyecto de los jóvenes para el futuro: a) el redescubrimiento del
individuo como persona, el valor de las potencialidades de cada hombre y el
respeto a las mismas, así como la importancia dada a la riqueza de las
experiencias de los individuos; b) la comprensión de la
política, no como fruto de una ideología, sino como
respuesta a las
1094
necesidades
concretas del hombre; c) la consiguiente prosecución de los grandes
valores de la justicia y de la libertad, no de un modo abstracto, sino como
traducibles en las necesidades reales del territorio y capaces de anclar
en una historia viva de una comunidad; d) la concepción del trabajo
como expresión del desarrollo del hombre, y no sólo como medio de
sustento; e) la responsabilidad y el compromiso personal como valores
constantes, con cuyo cultivo se realizan los individuos al participar en la
construcción de la historia y del futuro de la humanidad; f) la
aceptación, por parte de los jóvenes, de las instituciones
creativas, es decir, que no sean fin a sí mismas ni tampoco fixistas
y repetitivas, aunque procuren garantizar la continuidad; por tanto,
estructuras e instituciones sociales y eclesiales que sepan liberar y no
burocraticen la vida del hombrea.
Junto a estas
semillas de vida, la condición juvenil presenta en su insistente
demanda religiosa otros signos, que es preciso analizar: a) el desarrollo
de una creciente área de religiosidad extraeclesial y de comportamientos
no-religiosos altamente ritualizados; b) la tentativa de enlazar
directamente la experiencia religiosa con la militancia política,
cultural y social o, más generalmente, con los procesos
históricos; c) el renovado interés por la dimensión
eclesial y la superación de una apriorista disensión
estéril y fraccionadora; d) el abandono de una concepción
cultural del compromiso religioso por una más precisa definición
teorética del mismo en términos
de fe \
Son,
éstos, datos de un desarrollo todavía por producirse, pero ya cargado
de implicaciones para el presente. Se nota en ellos una nueva sensibilidad
por la temática religiosa: requieren, por tanto, una nueva re1095
flexión
general sobre las líneas pastorales para una educación de
los jóvenes en la fe y en la vida cristiana; en consecuencia,
interpelan también sobre la educación en la liturgia y sobre el
significado que adquiere a los ojos de las nuevas generaciones.
II.
¿Qué liturgia ofrecer a los jóvenes? Una pregunta
planteada en términos nuevos
1. PRINCIPIOS
GENERALES TOMADOS DEL VAT. II. La pregunta acerca de si es pensable una
liturgia adecuada para los jóvenes forma parte de una interrogante
más vasta, que no encontró eco particular en el Vat. II, cuya
concepción de reforma litúrgica planteaba la
problemática de esta última todavía sobre la lengua latina
(SC 36, 1.2). Junto al problema del texto, el posconcilio ha suscitado
progresivamente el de la inteligibilidad de los textos y el de las
fórmulas litúrgicas en lengua hablada; ha aflorado la
exigencia de crear nuevos signos expresivos y de participación
en la vida litúrgica de la comunidad que respondan mejor al dato
cultural y estén más cerca de los signos con que se expresa
la vida cotidiana.
Pero no obstante
el escasísimo relieve que nuestro tema tuvo en el concilio,
gracias a la sensibilidad pastoral que caracterizó a la
redacción de los documentos, podemos encontrar en estos últimos
algunos gérmenes positivos de solución. El primer principio
orientador es el de la participación. La atención pastoral
no debe mostrarse solícita solamente por una perfecta observancia de las
normas relativas a una celebración válida y lícita, sino
que de modo particular debe preocuparse de que los fieles participen en
ella conscientemente, de modo activo y fructuoso
Jóvenes
(SC 11). Esta
participación debe ser proporcionada a la edad, a la condición,
al género de vida y de cultura religiosa de los fieles (SC 19). Un
segundo principio es el de la adaptabilidad de la liturgia. Palabra y rito
están íntimamente relacionados en la liturgia; pero hay que
adaptarlos a la capacidad de comprensión de los fieles, que,
generalmente, no deben tener necesidad de excesivas explicaciones a
lo largo del desarrollo de la celebración (SC 34). Esto significa,
para la reforma litúrgica, bien la simplificación de los ritos,
de modo que resulten más esenciales, más claros; bien una
reescritura de los textos litúrgicos que tenga en cuenta las costumbres
y la índole de los diversos pueblos (SC 37 y 38); bien la concreta
referencia a la comunidad reunida, de forma que, habida cuenta de la
naturaleza y de las demás características de cada / asamblea, se
ordene toda la celebración de modo que conduzca a los fieles a una
participación consciente, activa y plena, externa e interna, ardiente
de fe, esperanza y caridad (OGMR, c. I, n. 3)' [/ Adaptación].
2. PRIMERAS
TENTATIVAS PARA UNA RESPUESTA PASTORAL. No podemos ignorar que, por
desgracia, en la pastoral juvenil el capítulo de la educación
litúrgica nunca ha sido suficientemente desarrollado. Todo lo más
se ha dejado a alguna afortunada improvisación. No se encuentra
una seria reflexión teológicopedagógica encaminada a
elaborar un proyecto coherente de educación litúrgica de los
jóvenes. Hoy el silencio parece haber envuelto este tema pastoral.
Hay una difusa impresión de cansancio y una necesidad de refugiarse
en esquemas aprobados y de discreta aplicabilidad.
A partir de los
años del concilio hubo una primera orientación tendente a
presentar la liturgia al hom
Jóvenes
bre de hoy, y en
particular a los jóvenes, que podemos describir del modo siguiente.
Gracias a la renovación de la teología bíblica y
patrística se redescubrió la liturgia como lugar
privilegiado de la actualización de la historia de la salvación,
como misterio de la presencia de Cristo y anticipación de la plenitud
salvífica del reino. La liturgia es presencia ob
jetiva del
misterio, participable por nosotros como don, como experiencia de
salvación. Nacía de aquí el redescubrimiento
pedagógico de la categoría de iniciación como educación
del hombre para hacerlo entrar conscientemente en el misterio de la
salvación. Era un primer significado de iniciación, que
encontrará ulteriores desarrollos en el redescubrimiento de la
tarea eclesial de educación en la fe y en la vida cristiana.
En los
años sucesivos, marcados pot una visión más subjetiva
sobre el hombre, todo lo real fue visto a partir de su significado funcional en
favor del crecimiento de la persona, es decir, como instrumento de autorrealización.
En esta perspectiva la liturgia no era ya don —objeto de acogida—
del misterio, no era ya espacio en que se experimenta el encuentro
con Dios. Así la visión antropocéntrica conduce a
presentar la liturgia a los jóvenes como una inmersión en la
vida del hombre a la búsqueda de un sentido último. La liturgia
como celebración de lo cotidiano pasa a ser experiencia de grupo,
fiesta y alegría del estar juntos. Aquí hay que recordar que el
delicado equilibrio entre objetivo y subjetivo en la liturgia debe
salvaguardarse siempre5.
En estos
años han sido significativas las problemáticas pastorales
suscitadas por las misas de jóvenes, en las que quizá
cobraba la liturgia un sesgo unilateral en el sentido que acabamos de
indicar, provocando intervenciones y directrices pastorales 1096
por parte de
algunos episcopados
nacionales o
regionales6.
Más tarde
la crisis litúrgica de los jóvenes fue interpretada más
profundamente desde el trasfondo de la crisis religiosa del hombre de nuestro
tiempo, según revelan ciertos momentos de la experiencia
litúrgica del creyente, como la celebración del sacramento de la
penitencia o la celebración del sacramento del matrimonio.
III. Un
diálogo difícil: términos para un contraste
¿Qué
liturgia buscan los jóvenes? Es particularmente difícil dar una
respuesta; quizá es imposible: la sensibilidad juvenil, al expresar
un rechazo hacia una determinada realidad, no llega a una
formulación de algo preciso como alternativa, limitándose a
subrayar una exigencia de algo diverso. Sólo la globalidad de la
acción de toda una comunidad será capaz de descodificar el
mensaje que llega de las nuevas generaciones, a modo de un continente desconocido.
No obstante, se pueden reseñar algunas señales', que no hay que
absolutizar, sino más bien someter a un contraste serio y
crítico con la tradición viva de la iglesia. De un diálogo
desapasionado podrán nacer perspectivas fecundas de renovación
para toda la comunidad e itinerarios positivos para la educación
litúrgica de los jóvenes.
El dato
más positivo para este contraste está en la actual superación
de un rechazo estéril de las formas institucionales de una comunidad.
Los jóvenes viven ahora una actitud más constructiva en
relación con las estructuras sociales y eclesiales; por
consiguiente, son capaces de acoger cuanto forma parte de una historia ya
vivida, cuya riqueza de experiencia no debe perderse. Pero 1097
en estas
instituciones buscan realidades a medida del hombre: instituciones
creativas con vistas al crecimiento del hombre, no de la propia
autoconservación; personas creativas, capaces de afrontar con
prontitud las necesidades que afloran, y que se hacen juzgar por lo que
saben crear, no por sus principios abstractos; los jóvenes quieren
vivir acontecimientos nuevos, preñados de novedad para la vida
y para el futuro, aunque tales acontecimientos hayan pasado ya y deba
hacerse memoria de ellos, pero para sacar proyectos de cara al
futuro.
En esta
relación de los jóvenes con la comunidad es donde se deben interpretar
las sensibilidades que han aflorado [/ supra, I] y dar razón de las
líneas constructivas presentes en la vida de la iglesia y en la liturgia
[/ supra, 11}.
1. CREATIVIDAD.
Es quizá la nota más significativa, la cual, si bien es propia de
la juventud de todo tiempo, hoy es sentida con exasperación
quizá porque las experiencias de masificación y de repetitividad
mecánica en una sociedad tecnificada han reducido los espacios
reales de manifestación de la originalidad positiva y constructiva del
espíritu humano. También la liturgia es rechazada como
componente de un ritual pensado y decidido por otros, en el que
sólo hay sitio para la repetición mecánica de gestos
y fórmulas impuestos por un pasado al que ya no se siente uno ligado.
Acompaña a esto la exigencia de libertad como ideal supremo; no
sólo como libertad para, como proyecto positivo que construir, sino
como libertad de, como rechazo instintivo de la ley o del precepto. La iglesia,
en muchas de sus manifestaciones, forma parte de este mundo rechazado porque se
la ve como el baluarte de lo legal, sea moral, canónico o ritual.
Jóvenes
No será
ciertamente el valor de la / creatividad el que interponga un foso imposible de
salvar entre los jóvenes y la liturgia de la iglesia. ¡Al
contrario! La liturgia tiene detrás de sí toda una historia de
creatividad en el Espíritu, historia que ha producido expresiones
siempre nuevas de alabanza y de acción de gracias por las maravillosas
obras salvíficas del Señor y que ha asimilado nuevas
sensibilidades presentes en las culturas de los diferentes pueblos. La liturgia
de la iglesia no teme dejar espacios a la creatividad que se traduzca en sabias
propuestas maduradas en lafe; desconfía más bien de la
improvisación total, que a menudo es fruto de superficialidad y de
personalismos. La iglesia no teme el principio de la libertad litúrgica,
exigencia de una fundada diversidad cultural de los pueblos; lo que teme
es una liturgia libre, fruto del gusto del momento o de las decisiones particularistas
de un grupo. La iglesia vive su liturgia y la presenta a los jóvenes
como la más pura celebración de \&fe; pero no fe
individualista o de un grupo, sino de la iglesia, en la que siempre
está presente el Resucitado. Frente a un posible riesgo de
anarquía destructiva, la iglesia profesa su fidelidad al misterio.
2. FIESTA. El
interés por la / fiesta, que en los adultos parece coincidir con un
revival de celebraciones populares bajo diferentes formas, no es
sólo un síntoma de la vitalidad redescubierta de algunos valores
humanos y religiosos indispensables para la existencia, sino que es
también la expresión de un sí dicho a la vida, de un
juicio positivo sobre nuestra existencia y sobre el mundo. La fiesta se reviste
de la nota de la alegría, y quizá también de las notas de
la exuberancia, del exceso, de la espontaneidad, que rescatan del convencionalismo
social para introducir
Jóvenes
en el mundo la
esperanza de una vida vivida en plenitud, en libertad. En formas originales, la
exigencia de la fiesta caracteriza la sensibilidad juvenil también en
relación con la liturgia. La fiesta se sirve del movimiento, del
canto, de la fantasía, de la imaginación y de la poesía
para expresar cosas nuevas con la plena participación del cuerpo.
Así pues, la fiesta, como signo de libertad y de encuentro, contiene la
exigencia de expresar visiblemente, corporalmente, lo que uno lleva dentro
y de vencer las frustraciones que derivan de la represión de los
sentimientos y de lo que hay en lo íntimo del hombre.
¿Es capaz
la liturgia, con sus viejos rituales, de crear un clima de fiesta en
el que se rompa la rutina diaria? ¿Son capaces los ritos transmitidos
de expresar las situaciones nuevas vividas en nuestro hoy? La
acentuación del clima festivo no va contra la liturgia, antes bien
constituye una recuperación del sentido auténtico de la
celebración de las fiestas litúrgicas. Estas últimas
tal vez no parecen verdaderas porque están sobrecargadas de hieratismo,
de ritos complejos y de cantos cuidados hasta la perfección, pero
extraños a la sensibilidad de la gente. La fiesta cristiana se alimenta
en las fuentes de la fiesta bíblica; memoria viva de los acontecimientos
maravillosos de Dios realizados para la liberación del hombre. Pero
¿qué fiesta cristiana prolonga la fiesta bíblica? La
que es alegría en el presente, y no fuga evanescente de la realidad; la
que es
encuentro de
comunión abierto a la universalidad de la experiencia humana, no la
que es fiebre ansiosa o autoclausura de pequeños grupos que se nutren de
emociones intimistas y evaden las demandas concretas. Fiesta cristiana es
también reflexión y celebración de los más fundamentales
valores de la existencia diaria para encontrar sus aspectos positi
1098
vos y rescatarlos
de la banalidad de la rutina; es estar juntos en aceptación
recíproca, en apertura entre individuos y grupos; es poner signos
que proféticamente rompan la monotonía e indiquen el sentido
profundo de la vida. La iglesia repropone la fiesta —la
solemnidad litúrgica— como compromiso de vida, no como fuga.
La fiesta litúrgica se expresa con signos que son dados, se reciben
como don del Resucitado y, por tanto, renuevan la eficacia salvífica
del misterio del amor de Dios por el hombre. No puede la iglesia suprimir
ciertos signos —instrumentos de la presencia del Resucitado—;
aunque algunas incrustaciones celebrativas, a veces más bien
vinculadas al dato cultural, hay que distinguirlas y purificarlas como es
debido.
3. COMPROMISO EN
y
políticos de la comunidad. La' suma de todas estas demandas plantea
concretamente el problema de dónde, con quién y de qué
modo realizarlas. De ahí deriva como consecuencia un hecho, de
signo a veces pesimista: el de refugiarse en pequeñas asambleas
donde la identidad de 1099
puntos de vista y
de sentimientos parece ofrecer mayores garantías; por parte de
algunos grupos juveniles nace el rechazo de las grandes asambleas porque
casi necesariamente . son masificantes.
La iglesia es
bien consciente de que uno de los peligros más graves que llevan a la
falsificación del culto es la separación entre liturgia y vida
(GS 43). Reconoce la validez de una integración entre liturgia y problemas
humanos para sacar de ahí la luz y la fuerza que brota del misterio de
Cristo. Pero pretende defender la liturgia de cualquier riesgo de supeditarse
a los intereses de ideologías, de partidos, de clases: la liturgia es la
celebración del misterio de Cristo muerto y resucitado para la salvación
de todos los hombres. Por consiguiente, respetando y valorizando
itinerarios particulares de educación en la fe, realizables en
comunidades pequeñas y bien caracterizadas, la iglesia siente la
liturgia como celebración de toda la iglesia: no como experiencia
de gueto, sino como comunión en una comunidad abierta a todos. La
liturgia en los / grupos particulares es una realidad que debe ser
atentamente valorada en el plano pastoral; pero es negativa si se convierte
en refugio de grupos intimistas
o separatismo de
grupos elitistas que, contagiados por un antropocentrismo exasperado,
transforman la celebración del misterio de Cristo en
celebración de la vida simplemente.
Entre estos
extremos, que determinan una alternativa entre la liturgia oficial y
la liturgia propuesta por las sensibilidades juveniles, ¿es posible
un punto de encuentro? Nos parece que, más allá de
endurecimientos preconcebidos, es posible y fructuoso un punto de
encuentro para ambas realidades, en la perspectiva unitaria de un camino que
recorren juntas como comunidad cristiana.
Jóvenes
IV.
Hipótesis para una educación litúrgica: líneas
metodológicas y pastorales
¿Es
posible hoy una nueva fase de renovación de la liturgia y una educación
de los jóvenes en la liturgia? En base a las experiencias de estos
años han madurado elementos nuevos, que han modificado profundamente
análisis y valoraciones sobre la juventud y sobre su mundo de valores.
Pero hay que tratar de elaborar de modo más sistemático la
riqueza de las intuiciones y las exigencias educativas realizadas a
diversos niveles: grupos, comunidades, movimientos. Es necesario hacer una
primera síntesis de las directrices pastorales contenidas en
los documentos de la iglesia, a fin de llegar a una propuesta
orgánica de pedagogía litúrgica para los
jóvenes. Para una hipótesis de tal pedagogía se pueden
recordar algunas líneas de carácter metodológico y otras
indicaciones pastorales.
1. PAPEL DE
Jóvenes
este protagonismo
de la comunidad debe ser válido también en relación con la
liturgia. Pero una comunidad debe renovar su vida litúrgica y responder
a la necesidad de educar a los jóvenes en la liturgia sin llevar a cabo
adaptaciones superficiales o crear formas con marchamo juvenil (las cuales
generalmente son más improvisadas que interiormente sentidas).
Una comunidad protagonista de educación de los jóvenes en la liturgia
se planteará algunos problemas de particular valor pedagógico.
a) La /
catequesis. La ausencia de participación en la liturgia, la actitud
pasiva, es fruto de cierto tipo de catequesis: abstracta, conceptualista,
repetitiva. Para vivir plenamente la celebración litúrgica
se precisa una catequesis idónea que prepare y acompañe
la celebración. La catequesis litúrgica y la valorización
de la celebración como catequesis en acto son una primera opción
de una comunidad que educa en la liturgia. No se puede sentir la participación
en la eucaristía si no se conoce su valor profundo; y este valor se adquiere
en un proceso educativo unitario, que lleva a conocer, celebrar y vivir el
misterio eucarístico.
b) Los / signos.
Si el hombre secularizado ha perdido la clave para cierta
comunicación simbólica, ésta vuelve a aflorar en la
sensibilidad juvenil como un lenguaje de lo pro
fundo, como
palabra comunicativa que busca nuevas expresiones. El hombre necesita
símbolos para expresar su interioridad, para entrar en
comunicación con Dios y con los demás. Los símbolos, los
signos, son connaturales al hombre. Además, el simbolismo es lenguaje de
la fe, que encuentra en él un modo expresivo que evita la caída
tanto en la ideología como en el intelectualismo, como
también la reducción a experiencia de pura interioridad. Sin
embargo,
1100
la comunidad
cristiana debe encontrar la forma de introducir a los fieles en un
sistema de significatividad que sea comprensible para el tiempo presente.
Algunos signos son fundamentales y fundan la continuidad de la
tradición de la fe: son los signos histórico-salvíficos;
otros son fruto de una cultura viva, que busca las formas más expresivas
para poner en relación a las personas y vincularlas a la comunidad:
son signos vitales y experienciales. La comunidad introduce en los signos
y hace que se vuelvan de nuevo comunicantes cuando los vive y los celebra de
verdad, cuando sabe captar el íntimo significado que deriva del
contacto de la fe con la historia de la salvación.
2.
MANIFESTACIÓN DE
cramental de la
salvación. La reunión de los discípulos de Cristo
para la celebración de la alianza no es simplemente una condición
material del culto litúrgico: ella misma es ya manifestación
visible y realización histórica de la reunión de los salvados
en Cristo. La asamblea es signo misterioso, hecho no de cosas o de acciones y
palabras en cuanto tales, sino ante todo de personas humanas, que tienen entre
sí distintos tipos de relaciones y están en contacto tam
1101
bien con otras
personas que no forman parte de la asamblea. Ella es ya de por sí
acción y situación litúrgica, es realidad sacramental por
razón de la presencia operante del Señor. Esta
manifestación de la iglesia como asamblea requiere, sin embargo, la
revalorización y la potenciación de todas las dimensiones que la
convierten en signo verdadero, comunicativo, capaz de crear
comunión. Éstas son las más significativas:
a) La
índole comunitaria. La asamblea es un pueblo reunido en la
oración para recibir la salvación no individual, sino
comunitariamente. El redescubrimiento de la índole comunitaria de
la fe como dimensión que no sólo precede a la misma celebración
o la prepara, sino que marca el camino común de crecimiento de la
comunidad, es indispensable para vivir en los horizontes de la universalidad
de la iglesia.
b) La
índole ministerial. La asamblea no es una masa amorfa, siempre
indiferenciada: es comunidad compaginada de personas que tienen dones y
carismas diversos y viven una variedad de / ministerios jerárquicamente
ordenados entre sí. Esta índole ministerial, vivida en la /
celebración, forma la asamblea y manifiesta a la iglesia como cuerpo
bien compaginado y vivo, con corresponsabilidades compartidas.
Jóvenes
confusiones o
reduccionismos sociológicos.
d) La
diversificación. Dios habla por medio de signos, respetando la
gradualidad pedagógica. La asamblea ve niveles diversos de
participación, adecuados a la edad y al camino de fe de cada
uno. Éste es un aspecto pastoral que requiere, bajo la guía de
los pastores, una seria profundización con vistas a una adaptación
concreta a las personas y a las diversas situaciones espirituales.
e) La
índole misionera. Cada gesto litúrgico es anuncio de
evangelio y envío para un testimonio en el mundo. En efecto, no hay
dos iglesias: la de la celebración litúrgica y la de la
misión; una para crear unidad en torno a Cristo, la otra para dispersarse
por el mundo anunciando el evangelio. Hay una sola iglesia, llamada a
participar en la vida y en la misión del Señor, en su muerte y resurrección,
en su lucha y en su victoria sobre el mal en el mundo. Cristo nos comunica
su vida, la vida nueva, para hacer de nosotros, misteriosa pero realmente, un
pueblo de testigos y colaboradores en la construcción del
reino. Pues bien, esta índole misionera debe echar sus raíces en
la misma asamblea litúrgica.
3.
Jóvenes
veniles, el que
tiene el cansma de presidir en la iglesia debe poseer una cualidad fundamental,
el discernimiento, que sabe distinguir lo que es fundamental e inmutable
de lo que es accidental, histórico y variable. De tal discernimiento
nace en el interior de la comunidad un pluralismo respetuoso y
comprensivo.
El tema
jóvenes y liturgia es un capítulo vivo: hay que afrontarlo con una
renovada pasión pastoral, que sepa proceder en abierta comunión
con toda la iglesia, pero con animosa disponibilidad para todo lo que de bueno,
bello, honesto y válido proviene de las nuevas generaciones.
Debemos ser conscientes, como iglesia, de que tenemos que permanecer
continuamente inmersos en una vida en tensión: ésta es signo de
un camino, de un crecimiento en que las respuestas verdaderas pueden
también aflorar sólo después de largas
búsquedas, en que a veces un canto imperecedero brota sólo después
de muchas sonatas pasajeras.
[/
Formación litúrgica (en particular IV, 3-4); / Grupos
particulares; / Compromiso].
NOTAS: ' Cf G.C.
Milanesi, Per una lettura sociológica della religiositá dei
giovani, en W.AA., Condizione giovanile e annuncio della fede.
1102
109-137 — 4
Cf E. Valentini, Liturgia per la gioventú, en Fons Vivus. Miscellanea
litúrgica in memoria di don EM. Vismara (por A. Cuva), Pas Verlag,
Zurich 1971, 413-428 — 5 Cf F. Floris, Riscoprire il templo, la
"memoria"e la festa per fare liturgia con i giovani, en Note di
Pastorale giovanile XIV/10 (1980) 316 — 6 Cf W. Ruspi, Liturgia e
catechismo dei giovani. Educazione litúrgica dei giovani e ap
porto pastorale
del catechismo, en Catechesi 1979/12, 9-12 — 7 Cf D. Borobbio,
¿Posreforma litúrgica en los jóvenes frente a la
reforma litúrgica de
W. Ruspi
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"Phase" 75 (1973) 247284; Eucaristía con jóvenes.
Pistas para la catcquesis y la pastoral. Centro N. Salesiano de Pastoral
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jóvenes,
"Dossiers del CPL"6, Barcelona 1979; La liturgia debe aprender de los
jóvenes, en "Concilium" 182 (1983) 283-294; Alessio L., Liturgia
joven. Instituto N. de Pastoral, Caracas 1975; Ayala V., Eucaristía para
jóvenes, Perpetuo Socorro, Madrid 1976; Borobio D.,¿Posreforma
litúrgica en los jóvenes frente a reforma litúrgica de
jóvenes,
en "Pastoral Litúrgica" 123 (1982) 322; Urdeix J., Los
jóvenes frente a la reforma litúrgica, en "Phase"
38 (1967) 168-171; VV.AA., Cuaresma con Jóvenes, en "Misión
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L
SUMARIO: I. El
libro-signo de la palabra de Dios - II. Historia del Leccionario de la misa: 1.
El número de lecturas originario; 2. De los "comes" y
"capitularía" al "Missale Romanum"
III. El
"Ordo Lectionum Missae" de 1969; 1. Criterios generales del OLM; 2.
Estructuras del Leccionario; a) Principios observados en la elección
de los textos, b) El Leccionario dominical y festivo, c) El Leccionario ferial,
d) El Leccionario de los santos, e) Las restantes secciones del
Leccionario; 3. La segunda edición típica del OLM.
I. El libro-signo
de la palabra de Dios
El libro-signo de
la presencia de la palabra de Dios en la liturgia es el Leccionario, recuperado
como libro litúrgico propio por la / reforma litúrgica
ordenada por el Vat. II. La / Biblia no es todavía el Leccionario,
que supone ya una selección y ordenación de los pasajes
bíblicos de cara a la / celebración. El concilio Vat. II ha hecho
posible el que hoy podamos contar con el más grande y rico Leccionario
de la palabra de Dios de toda la historia de la liturgia. Todo el NT y
gran parte del AT se encuentran dispuestos para nutrir la fe de las comunidades
en todo el conjunto de leccionarios que están actualmente en vigor:
Leccionarios de la misa, Leccionarios de los diferentes rituales de
sacramentos y sacramentales, Leccionarios del oficio divino.
No en vano
desembocaron en e) Vat. II dos grandes movimientoss que han resultado extraordinaria\
mente beneficiosos para la iglesia: e) movimiento bíblico y el
movimiento litúrgico. El concilio, en efecto, re\ saltó la
importancia objetiva de la^ presencia de la palabra de Dios en la liturgia en
las constituciones De$
Verbum y Sacrosanctum
conciliun\ (cf DV 21; 23; 24; 25; SC 7; 24; 33; 35; etc.). En este
último documente^ afirmó lo siguiente: "A fin de que 1^ mesa
de la palabra de Dios se prepax re con más abundancia para los fie\ les,
ábranse con mayor amplitud lo^ tesoros de
Los tesoros
bíblicos no son otra cosa que la palabra de Dios fijada por escrito en
las Escrituras bajo la inspiración del / Espíritu Santo Esta
palabra, que es comunicaciórj de Dios, revelación, promesa,
profex cía y sabiduría divinas, se ha hecht^ libro dispuesto para
ser abierto y leíx do en medio de la asamblea. Dio^ mismo presentó
su palabra como /i\ bro al profeta Ezequiel (cf Ez 3,lx 11) y al autor del
Apocalipsis (cf Aft 5). Jesús, en la sinagoga de Nazaret tomó el
libro del profeta Isaías y* abriéndolo, leyó un pasaje en
la cex lebración del sábado (cf Le 4,16-21) En el libro, bien sea
Leccionario de la
misa
pleta o el
Leccionario, se contiene todo cuanto Dios ha tenido a bien manifestar al hombre
en orden a la salvación.
Del libro-signo
de la palabra de Dios dice el Vat. II: "La iglesia ha venerado siempre las
Sagradas Escrituras al igual que el mismo cuerpo del Señor, no
dejando de tomar de la mesa y de distribuir a los fieles el pan de vida, tanto
de la palabra de Dios como del cuerpo de Cristo, sobre todo en la
liturgia" (DV 21). El respeto y el amor que la iglesia siente por
En efecto, el
Evangeliario es llevado entre luces, incensado, besado, colocado
sobre el altar, mostrado al pueblo; con él se bendice a los fieles
(liturgia bizantina), y para él se reservan las mejores
encuademaciones y las guardas o cubiertas más preciosas y
artísticas.
Ahora bien, la
existencia del librosigno que es el Leccionario no es un hecho casual, y
ni siquiera un recurso práctico para disponer cómodamente
de las lecturas ordenadas de modo sistemático según el calendario
de las celebraciones. El Leccionario es, ciertamente, el resultado de una
labor de selección y sistematización de los textos
bíblicos. Sin embargo, es mucho más que todo esto. El
Leccionario existe desde el momento en que la iglesia se dispone a
celebrar a su Señor no mediante ideas abstractas, sino en los acontecimientos
históricos de su vida terrena, en los que llevó a cabo la
salvación.
Injustificación
del Leccionario en la liturgia está insinuada en la escena de la
aparición del Resucitado a los
1104
discípulos
de Emaús, en el curso de la cual el Señor, "comenzando por
Moisés y siguiendo por todos los profetas, les iba interpretando en
todas las Escrituras cuanto a él se refería" (Le 24,27; cf
24,44). Esta introducción en el misterio de los acontecimientos
finales de la vida de Jesús a la luz de las Escrituras (el AT), realizada
por el propio Señor, es tarea confiada a la iglesia, y que ésta
realizó desde el principio escrutando los libros santos (cf Jn
5,39).
La / iglesia,
bajo la iluminación del / Espíritu Santo, recibido para
comprender las Escrituras (cf Le 2445), debe poner a sus hijos, bautizados
y confirmados por el Espíritu, en contacto vivo y eficaz con los hechos
y las palabras de salvación que Jesucristo realizó en su vida
terrena, singularmente en la pascua redentora de su muerte y
resurrección. Esto lo hace la iglesia mediante la selección
de los textos bíblicos de la liturgia de la palabra (el orden de
lecturas de cada celebración) y mediante la homilía
mistagógica, o sea, que merezca verdaderamente este nombre (cf SC
52).
No existe otro
modo de recordar, celebrar y actualizar la presencia del / misterio de la
salvación en la iglesia que recordar, celebrar y actualizar
—lo que supone también vivir— los hechos y las palabras
realizados por Cristo para salvarnos. Ahora bien, estos hechos y palabras
constituyen el centro de toda la / historia de la salvación, el
cumplimiento y la meta de una larga espera y preparación, que
conocemos como el AT. Se comprende entonces que el pro
grama celebrativo
contenido en la liturgia de la palabra, y cuyo conjunto forma el
Leccionario, se base fundamental y esencialmente en el pasaje
evangélico en torno al cual se estructura el resto de los textos
bíblicos.
Cristo es el
centro de toda
tanto a lo que
llamamos AT como a lo que llamamos NT o escritos apostólicos. De
ahí la necesidad de proclamar por orden y de manera gradual,
en el curso de un año (cf SC 102), todos los hechos y todas las palabras
del evangelio, y de reorganizar, en torno a estos hechos y palabras,
las lecturas restantes y los cantos que las acompañan. En esto consiste
la razón de ser y la esencia del Leccionario de la palabra de Dios en la
liturgia.
Por consiguiente,
el Leccionario es el modo normal, habitual y propio que tiene la iglesia
de leer en las Escrituras la palabra viva de Dios siguiendo los hechos y las
palabras de salvación cumplidos por Cristo y narrados en los evangelios.
El Leccionario es el resultado de la profundización e
interpretación litúrgica que la iglesia —entiéndase
cada iglesia particular o local— ha ido haciendo y hace en cada
tiempo y lugar, guiada por la luz del / Espíritu Santo. Esto
explica que cada iglesia
o / rito
litúrgico haya tenido no uno, sino muchos leccionarios a lo largo de su
historia y, en ocasiones, varios simultáneamente.
II. Historia del
Leccionario de la misa
Nos centramos, a
partir de este momento, en el Leccionario destinado a la
celebración eucarística, que es el principal y el más
constante a lo largo de la / historia de la liturgia.
Al principio, en
los orígenes, las comunidades cristianas no tenían más
libro litúrgico que las Sagradas Escrituras del AT. Se supone que su
lectura en las celebraciones seguía el mismo ritual y, probablemente, el
mismo orden que en la sinagoga judía. Cuando empezaron a circular .
los evangelios y las cartas de los após
Leccionario de la
misa
toles, los
escritos que Justino llama
memorias de los
apóstoles (I Apol.
67), cabe pensar
también que fueron incorporados a la lectura litúrgica.
Más tarde,
aunque no se sepa cuándo ni dónde se hizo por vez primera,
se empezaron a escribir unas anotaciones en el margen de los libros
sagrados para indicar el comienzo y el final de cada lectura, así
como el día en que debía leerse. El paso siguiente fue copiar la
lista de estas anotaciones marginales, no por el orden del libro
bíblico, sino siguiendo el calendario, añadiéndose
además, para facilitar su localización, las primeras y las
últimas palabras del texto bíblico correspondiente.
Estamos ya ante
una sistematización de las lecturas bíblicas en función
de un / calendario litúrgico. La selección del texto y la
asignación a un determinado día, con el fin de que el texto se
repitiese todos los años al llegar la fecha, formaba parte de lo
que hoy se denomina lectura temática, y que empezó a hacerse, con
seguridad, desde el s. iv en adelante, al mismo tiempo que se producían
los primeros desarrollos del año litúrgico.
Los primeros
indicios de un ordenamiento fijo de lecturas nos han llegado a
través de san Ambrosio de Milán (340-397) de san Agustín
(354-430), testigos del norte de Italia y del norte de África,
respectivamente. Estudiando las homilías del santo obispo de Hipona
se ha llegado a reconstruir el Leccionario de esta iglesia, al menos en la
época de su autor. Otro tanto se ha hecho a partir de las
homilías de san Cesáreo de Arles, pronunciadas en esta ciudad
entre el 502 y el 503.
Las listas de
perícopas bíblicas con el comienzo y el final de las lecturas,
siguiendo el calendario litúrgico, se llamaban capitularía:
capitularía lectionum, las que contenían
Leccionario de la
misa
la referencia a
las lecturas no evan
gélicas;
capitularía evangeliorum, las
que
contenían los evangelios, y cota
tiones
epistolarum el evangeliorum,
las que
reunían los dos tipos de lecturas. Hasta nosotros han llegado
manuscritos conteniendo listas de las tres clases, que se remontan al s. vi.
Naturalmente,
para hacer la lectura no bastaba el capitulare; había que acudir al
libro de las Escrituras. Por eso llegó un momento también en que,
para facilitar la tarea del lector, se confeccionaron unos libros que
contenían no solamente las indicaciones del calendario y de la
perícopa bíblica, sino también el texto completo de
las lecturas. Estos libros aparecen a partir del s. vm y han recibido los
más diversos nombres: Comes, Apostolus, Epistolare, etc., para el de las
lecturas no evangélicas;
Evangelium
excerptum, Evangeliare, Liber evangelii, etc., para el de los evangelios, y
Comes, Epistolae cum evangeliis, Lectionarium, etc., para los que
reunían unas y otras lecturas. Estos últimos libros son los que
más se parecen a nuestros actuales Leccionarios de la misa.
1. EL
NÚMERO DE LECTURAS ORIGINARIO. Antes de mencionar los leccionarios
romanos de la misa, es preciso aludir al problema del número, y
naturalmente del orden, de lecturas que tenía la celebración
eucarística en la liturgia romana antigua.
El Leccionario de
la misa que ha llegado hasta nuestros días en el Misal de san
Pío V, y que ha sido sustituido por el actual Orden de lecturas
de
cuando se
rebasaba el número de dos lecturas, era la existencia de una
oración asociada a cada lectura, oración que debía
cantarse o recitarse después del canto interleccional correspondiente.
Esta oración iba precedida de la invitación del
diácono a orar de rodillas (Pongámonos de rodillas;
Levantaos).
Los historiadores
de la misa siempre se han preguntado cuál sería el
número exacto de lecturas que tenía la misa romana
ordinariamente, es decir, fuera de los días que acabamos de
señalar. El tema tiene su interés, porque la
introducción de tres lecturas en el Orden actual del Leccionario de
la misa, en los domingos y fiestas, debería considerarse como una
restauración, y no como una innovación, en el caso de
demostrarse, como se sospecha, que hasta el s. Vil la liturgia romana
tenía tres lecturas en la misa, y no dos como ha sido hasta ahora.
Los trabajos se
han dirigido hacia los antiguos sacraméntanos, sobre todo de la familia
gelasiana, en los cuales es frecuente que haya dos o tres oraciones en cada
formulario de misas, además de la de ofrendas y la poscomunión.
Los antiguos capitularía de las epístolas no aportan nada en
esta cuestión, porque los manuscritos son todos posteriores al s.
vil y no tienen más que una lectura, salvo el Epistolario de
Würzburgo, que unas veces recoge una epístola y otras veces una
epístola y una lectura del AT, o una lectura del AT y una
epístola.
La
cuestión no está resuelta, porque las últimas
investigaciones sobre los sacraméntanos de la familia gelasiana han
sugerido la explicación de que, fuera de los días especiales de
las témporas y las vigilias de pascua y pentecostés, la
existencia de más de una oración antes de la oración
sobre las ofrendas obedece a que en los ambientes galicanizantes 1107
(imperio
franco-germánico) adonde han llegado los libelli missarum compuestos en
Roma parecían demasiado sobrias e insuficientes las colectas
romanas; y, por eso, al copiarlas en nuevos formularios para ellos, no se
contentaban con una, sino que añadían otra más u otras
dos.
2. DE LOS
"COMES" Y "CAPITULARÍA" AL "MlSSALE
ROMANUM". Dentro, como estamos, del ámbito de la liturgia romana,
los manuscritos conocidos de los más antiguos leccionarios de
la misa no llegan más allá del s. vi. Desconocemos, por tanto, la
organización del Leccionario durante los primeros siglos. No obstante,
las series de epístolas y de evangelios que han llegado hasta nosotros
en los antiguos manuscritos ponen de manifiesto una rara continuidad
y estabilidad en el ordenamiento de los textos bíblicos. Puede decirse
que el orden de lecturas del propio del tiempo del Missale Romanum de 1570 es
prácticamente el mismo que se advierte en los más antiguos comes
y capitularía romanos. Esto quiere decir que, al menos durante casi
trece siglos (hasta el actual Orden de lecturas de la misa), la parte
más sustanciosa e importante del Leccionario de la misa permaneció
invariable.
Los manuscritos
correspondientes a las lecturas anteriores al evangelio (las epístolas)
han sido clasificados en tres grandes grupos, correspondientes a otras
tantas tradiciones de los sacramentarlos romanos:
Tipo l.°:
Corresponde a la liturgia de Roma de los ss. vi-VH, representada por el
Sacramentario gelasiano antiguo. El único testimonio de este tipo es el
Comes de Würzburgo.
Tipo 2. °:
Corresponde a la liturgia del Sacramentario gregoriano y tiene como
único testimonio al Comes
Leccionario de la
misa
de Alcuino,
compuesto hacia el 626, bajo el pontificado del papa Honorio. Este
manuscrito usó el Comes de Würzburgo.
Tipo 3. °:
Representado por varios manuscritos agrupados en dos familias: una,
llamada A, de origen romano, y situada hacia el año 900; la otra,
llamada familia B, es una adaptación romano-franca de los sacramentarlos
gelasianos del s. vm. En esta segunda familia se encuentran los manuscritos
Comes de Murbach, datado hacia el 790, y el Comes de Corbie, datado entre el
772 y el 780. El Comes de Murbach, derivado del Comes de Würzburgo y, en
algunos puntos, del Comes de Alcuino, contiene la serie de
epístolas que aparece después en los misales plenarios para
desembocar en el / Misal Romano de 1570.
Las colecciones
de los textos evangélicos son aún más numerosas que
las de las epístolas. También han sido clasificadas en grupos,
tipos y familias, que solamente en líneas generales coinciden con
la clasificación de los manuscritos del epistolario:
Tipo 1.a:
Hipotéticamente representaría la liturgia del Gelasiano antiguo,
pero no hay manuscritos, como en el caso del tipo I." de las
epístolas.
Tipo 2.°: Es
el tipo romano puro, gregoriano, llamado tipo II por Th. Klauser (cf
bibliografía), y datado hacia el año 645. El manuscrito fundamental
es el Capitulare Evangeliorum de Würzburgo, que no hay que confundir
con el Comes de las epístolas del mismo nombre. Dentro de este mismo
tipo se sitúan las familias A y 2 de Klauser, también
romanas, pero formadas en el s. vm.
Tipo 3.°:
Romano-franco, subdividido también en dos familias: familia A,
formada en Roma hacia el 700, y familia B, formada en los países
francos en el 746 para adaptarse a los sacramentarlos gelasianos del
s. viii. Dentro
de la familia B, en la que se encuentra el tipo A de Klauser, dependiente
del tipo II, han llegado hasta nosotros la lista de evangelios del
Comes de Würzburgo (a continuación de la serie de las epístolas)
y la lista de evangelios del Comes de Murbach, que, al igual que las epístolas
de este manuscrito, pasaron a los misales plenarios y al Misal Romano
de 1570.
Entre los
estudiosos de los manuscritos del epistolario y del evangeliario no
han faltado intentos de comparar las series entre sí y de establecer,
a grandes rasgos, las líneas maestras del sistema romano de las lecturas
de la misa. Incluso se ha intentado reconstruir, sobre la base de los
manuscritos del tipo 1.° y 2° del epistolario y del 2.° del
evangeliario, la ordenación de lecturas de la época de san
Gregorio Magno, al cual se atribuye precisamente una reforma en este punto. Lo
más claro, después de los estudios de Godu, Klauser, Chavasse y
Vogel (cf bibliografía), es que el desarrollo genético del sistema
romano de lecturas de la misa, que, como se ha dicho, permanece
prácticamente invariable durante más de doce siglos, no se
produjo de una sola vez ni en todos los lugares al mismo tiempo.
En este sentido,
la parte más estable y antigua del sistema romano de lecturas que
llegó hasta nosotros en el Misal de 1570 lo constituían las
series de epístolas y de evangelios del tiempo entre septuagésima
y pascua, período organizado probablemente antes de san Gregorio
Magno (t 604). Otro de los estratos en los que se aprecia una coincidencia mayor
en todos los testimonios es la octava pascual, la semana de Pentecostés
y los domingos intermedios. Las~ divergencias aparecen en el tiempo anterior a
navidad, posterior a epifanía y después de pentecostés.
1108
No obstante, la
estabilización se pro
duce a finales
del s. vm, y de ella es
testigo el Comes
de Murbach.
En cuanto a los
criterios de elección y ordenación de las perícopas,
el sistema romano puro de lecturas de la misa aparece esencialmente temático,
es decir, eligiendo los textos en función de las celebraciones y en
función de los tiempos litúrgicos. Esto se aprecia en las grandes
solemnidades, para las que se toman aquellos pasajes bíblicos que
se refieren a los acontecimientos celebrados; y en la cuaresma, en la
que se advierte una intención catequética y mistagógica.
Sin embargo, en la serie de domingos después de la epifanía
(antes de septuagésima) y después de pentecostés,
incluyendo los que más tarde constituirían el tiempo de
adviento, hay huellas de una lectura semicontinua en las epístolas.
El sistema
romano-franco, que se produjo por mixtificación, es fiel a las
líneas anteriormente descritas en cuanto al propio del tiempo, apartándose
del modelo romano puro en el santoral y en las celebraciones de las cuatro
témporas. Las lecturas de las misas de los santos siguen el criterio
de leer los pasajes donde aquéllos aparecen —en el caso de
los santos del NT— o donde se habla de sus virtudes más
características.
III. El
"Ordo Lectionum Missae" de 1969
El 25 de mayo de
1969 se publicaba en Roma el Orden de lecturas de
completo de todos
los textos que comprende el Leccionario de la misa, es decir, las lecturas con
sus citas completas, los subtítulos y el íncipit de las misas,
más las referencias a los salmos responsoriales (cita y
verso-respuesta completos) y a los versículos del aleluya. El Leccionario
completo apareció en tres volúmenes en edición
típica latina, entre los años 1970-1971. La finalidad del OLM era
facilitar las ediciones del leccionario en las lenguas modernas. El OLM es, de
hecho, una versión moderna de los antiguos comes y ca
pitularía.
La estructura de
este libro, la presentación de los formularios de lecturas y
cantos interleccionales, los índices y los cuadros que comprende,
permiten y facilitan el estudio de conjunto del Leccionario de la misa,
así como de cada una de sus partes.
1. CRITERIOS
GENERALES DEL OLM. El concilio Vat. II había dispuesto:
"Organícese una lectura de
El mandato
conciliar presuponía de alguna manera la necesidad de mejorar el antiguo
sistema romano de lecturas de la misa no sólo en cantidad, sino
también en la calidad de la selección y ordenación de los
textos. De hecho, el OLM significa, como se dijo al principio del
artículo, el más rico y completo orden de lecturas de toda
la historia de la liturgia romana.
En un tiempo
récord, desde 1964, en que comenzó sus trabajos el Consilium
instituido para llevar a cabo
Leccionario de la
misa
la reforma litúrgica,
el grupo de expertos que se encargó del Leccionario de la misa
—el coetus 11— llevó a cabo un trabajo inmenso de estudio
de todos los sistemas de lecturas de las diversas liturgias, de coordinación
de las propuestas de 31 escrituristas y 14 liturgistas que prepararon
los primeros proyectos, y de experimentos y de consultas, como la que se
hizo en
Interesa conocer
los grandes principios según los cuales transcurrió el
trabajo de elaboración del Orden de lecturas de
El criterio
fundamental fue el / misterio de Cristo y la / historia de la salvación.
Por tanto, en el nuevo orden de lecturas deberían tener cabida los
grandes enunciados de la predicación apostólica sobre / Jesucristo,
que llenó las Escrituras con su vida, predicación y, sobre todo,
con el misterio pascual, y que vivifica incesantemente a su iglesia hasta
su retorno glorioso.
Por consiguiente,
el OLM debería poner de manifiesto:
Que la iglesia
vive hoy todo el / misterio de la salvación, completo en Cristo, pero
que debe completarse en nosotros.
Que todo el AT es
presupuesto de la predicación del Señor, de sus acciones y de su
pasión.
Que junto al tema unificador de la pascua
hay otros que no pueden olvidarse, como el de reino de Dios, por ejemplo.
Que la /
homilía debe exponer también los misterios de la fe y las normas
de la vida cristiana.
•
Finalmente, que el / año litúrgico es el marco necesario e
ideal para presentar a los fieles, orgánicamente, el anuncio de la
salvación.
Junto a estas
grandes líneas de fondo, el Consilium tomó estas importantes
determinaciones:
1. Introducir
tres lecturas: profética, apostólica y evangelio, en los
domingos y fiestas.
2. Confeccionar
un sistema de lecturas en tres o cuatro años —después
se optaría por el ciclo de tres años—.
3. Conservar el
uso tradicional de algunos libros de
4. Dar
preferencia a las lecturas bíblicas del Misal, de forma que las lecturas
principales fuesen éstas, y las de la liturgia de las Horas con
carácter complementario.
El trabajo de
preparación del OLM se guió también por los siguientes
criterios operativos:
a)
Corrección: El sistema romano de lecturas de la misa presentaba
importantes lagunas y fallos respecto a otros sistemas; por ejemplo, apenas
se leían el libro de los Hechos y el Apocalipsis. El AT estaba muy poco
representado.
b)
Recuperación de algunas series de lecturas que tuvieron gran
importancia en el pasado y que estaban relegadas; por ejemplo, los
evangelios de los escrutinios catecumenales de los domingos III, IV y V de
cuaresma (los famosos pasajes de la samaritana, del ciego de nacimiento y de
Lázaro).
c)
Consolidación de los usos tradicionales de ciertos libros o
perícopas; por ejemplo, el evangelio de san Juan, que se
leía desde la mitad de la cuaresma hasta pentecostés; determinados
pasajes bíblicos, que siem1110
pre se han
leído en determinadas fiestas y solemnidades.
d)
Creación: el actual Orden de lecturas de
Bíblico, atendiendo al estado de
los estudios exegéticos, a la hora de seleccionar y "cortar"
los pasajes bíblicos.
Litúrgico, teniendo en cuenta los
tiempos y los días, es decir, el año litúrgico y las
fiestas.
Pastoral, buscando la claridad y la
coherencia del texto.
Catequético,
a fin de facilitar la inserción del año litúrgico en la
catequesis, en la predicación y otras actividades de tipo formativo o docente.
Homilético, para que el ministro
de la palabra pueda presentar los contenidos de las lecturas de manera ordenada
y sintética.
2. ESTRUCTURAS
DEL LECCIONARIO. No se trata de describir el contenido del OLM, sino
de presentar las estructuras fundamentales de todo el Leccionario de la misa
aludiendo brevemente a los principios observados en cada una de las partes
que lo integran. Estos principios se encuentran en los praenotanda del OLM con
más amplitud.
La edición
completa y típica del Leccionario del Misal Romano, en latín,
comprende tres volúmenes:
I. De tempore: ab
Adventu ad Pentecostem (ed. 1970).
II. Tempus per
annum post Pentecostem (ed. 1971).
III. Pro missis
de Sanctis, Ritualibus, Ad diversa, Votiva et Defunctorum (ed. 1972).
1111
Se prepara la
segunda edición típica, que contiene el texto latino de
La edición
oficial española comenzó a publicarse en 1969, año en
que correspondía el ciclo B del Leccionario dominical, apareciendo
en el mismo volumen el Leccionario ferial de adviento, cuaresma y pascua.
En la actualidad se ha corregido aquella anomalía, y la serie de
volúmenes ha quedado como sigue:

clo C).
Tiempo ordinario
"per annum ".
Propio y
común de santos (y difuntos).
VI. Misas
diversas y votivas.
VIL Tiempo ferial
(adviento, cuaresma y pascua).
VIII. Leccionario
de las misas rituales.
a) Principios
observados en la elección de los textos
En los domingos y
fiestas se proponen los textos más importantes, a fin de que se
cumpla el mandato de SC 51, de que en un determinado espacio de tiempo
—tres años— se lean a los fieles las partes más relevantes
de
El resto de
Leccionario de la
misa
prende tres
años (los ciclos A, B y C), la serie ferial se desarrolla en dos en el
tiempo ordinario y en uno, en los tiempos de adviento, cuaresma y pascua.
Las lecturas para
las celebraciones de los santos, para las misas rituales,
o por diversas
necesidades, votivas y de difuntos han sido seleccionadas con criterios
específicos.
b) El Leccionario
dominical y festivo
El conjunto de
lecturas para los domingos y fiestas del Señor se caracteriza por
dos cosas fundamentalmente:
Toda misa
comprende tres lecturas, que son obligatorias en principio: la
primera, del AT, excepto en pascua, que es de Hechos de los Apóstoles;
la segunda, del apóstol, o sea, de las cartas y del Apocalipsis, y la
tercera, del evangelio. Ya conocemos el significado de esta estructuración:
historia/ profecía, iluminación, Cristo.
Ciclo de tres años: A, B y C,
estructurados, en cierto modo, teniendo en cuenta el evangelio
sinóptico, que se lee en lectura semicontinua durante el /
tiempo ordinario, y que está presente también en algunas de las
principales solemnidades. Cada año tiene asignado un sinóptico,
habiéndose reservado san Juan para parte de la cuaresma y pascua
—en los tres años— y para completar a san Marcos en el
año B.
La
ordenación de las lecturas entre sí se ha hecho siguiendo
los principios llamados de la composición armónica —o
lectura temática— y de la lectura semicontinua.
El primer
principio se emplea siempre entre la lectura del AT y el evangelio,
entre la segunda lectura y las otras dos en los tiempos de adviento, cuaresma y
pascua y en las solemni
Leccionario de la
misa
dades y fiestas.
El segundo principio, independiente del primero, se emplea cuando se usa
un determinado libro bíblico dentro de una parte o de todo un tiempo
litúrgico.
c) El Leccionario
ferial
La gran novedad de esta parte del
Leccionario de la misa consiste en haber dotado de lecturas a las ferias
de todas las semanas del año. Cada misa tiene dos lecturas, tomadas
la primera del AT o del NT —en el tiempo pascual, de los Hechos— y
la segunda del evangelio.
En adviento, cuaresma y pascua, las
lecturas son siempre las mismas todos los años, habiendo sido
elegidas de acuerdo con las características propias de cada uno de
estos tiempos litúrgicos.
En el tiempo ordinario, en las ferias de
las treinta y cuatro semanas, las lecturas evangélicas se distribuyen
en un solo ciclo, que se repite cada año. En cambio, la primera
lectura se reparte en dos ciclos, que se leen en años alternos: el ciclo
I en años impares, y el ciclo II en los pares.
El principio de la composición
armónica se usa solamente en adviento, cuaresma, pascua; no
así en el tiempo ordinario, en el cual prevalece el principio de la
lectura semicontinua.
d) El Leccionario
de los santos
• Hay que
distinguir en él una doble serie de lecturas: la que se encuentra
en el propio de los santos, siguiendo las solemnidades, fiestas y memorias
contenidas en el calendario; y la que comprende los llamados comunes de
los santos. En el primer caso se trata de textos propios o más adecuados
para la celebración de cada santo, y en el segundo de repertorios
de lecturas distribuidas de acuerdo con las diferentes categorías 1112
de santos
(mártires, pastores, vírgenes, etc.).
• Los
textos de la segunda serie están agrupados por lecturas del AT, del NT y
del evangelio, para que el celebrante elija a voluntad teniendo en cuenta
las necesidades de la asamblea.
e) Las restantes
secciones del Leccionario
Las lecturas para
las misas rituales, por diversas necesidades, votivas y de difuntos se
hallan agrupadas de modo análogo y con la misma finalidad del
común de los santos.
Las lecturas para
las misas rituales se encuentran también en los respectivos ordines
o rituales de sacramentos. Hay que notar que las lecturas del Ritual de
Los praenotanda
del OLM explican también otros criterios menores en la
selección y extensión de las lecturas, omisión de
algunos versículos, etcétera, y ofrecen los principios que deben
aplicarse en el uso del Leccionario: facultad de elegir texto, número
de lecturas, forma larga o breve de la lectura, qué lecturas se deben
tomar en las celebraciones de los santos, rituales, votivas, etc. Dedican
también un capítulo a describir el orden de lecturas de cada
tiempo litúrgico —aspecto fundamental para la catequesis
litúrgica y para la homilía— y, por último, dan
normas y sugerencias para las adaptaciones
y traducciones a
las lenguas modernas.
3.
1113
sas lenguas. En
1981
Las principales
novedades de la segunda edición típica del OLM son las
siguientes: 1) El texto de \os praenotanda incluye una reflexión
teológica sobre el significado y la función de
J. López
Martín
BIBLIOGRAFÍA:
I. Fuentes del
Leccionario de la misa (liturgia romana)
Missale Romanum
ex Decreto...: Ordo Lectionum Missae. Ed. Typica, Typis Polyglottis
Vaticanis, 1969; Ed. Typica Altera 1981; Lectionarium, 1-3, Ed. Typica,
Typis Polyglottis Vaticanis, 1970-1971; Godu G., Epitres, en DACL 5,
París 1922, 245-344; Evangiles, ib, 825-923; Klauser Th., Das romtsche
Capitulare Evangeliorum 1, Typen, LQF 28, Münster i.W. 1935; Morin G., Le
plus anclen Comes ou Lecllonnalre de l'Égllse Romalne, en
"Rev. Bénédictine"27 (1910)41-74; Wilmart A., Le
Comes de Murbach, ib, 30 (1913) 124-132; Le Lectlonnalre d'Alculn, en
"Ephem. Lit." 51 (1937) 136
197.
Lengua/Lenguaje
litúrgico
2. Estudios sobre
el Leccionario antiguo
Capelle B., Note
sur le lectlonnaire romaln de la messe avant Saint Grégoire. en
"Rev. d'Histoire Eccles." 34 (1938) 556-559; Chavasse A.,
Le calendrier
dominical romain au VI siécle: VEptstoller el l'homélier
prégrégoriens, en "Rech. de Science Reí." 38
(1951) 234-240; 41 (1953) 96-122; Les plus anciens lypes du lectlonnaire
el de lantlphonaire romains de la messe. en "Rev.
Bénédictine" 62 (1952) 1-91; Righetti M., Historia de
la liturgia 1, BAC 132, Madrid 1955, 274-280; 2, BAC 144, Madrid 1956, 198-227;
Vogel C , Introduction aux sources de l'hlstolre du cuite
chréílen au moyen age,
Espoleto 1966,
239-328.
3. Estudios sobre
el Leccionario actual
Bernal J.M., La
lectura litúrgica de
SUMARIO: I.
Interpretación de la lengua litúrgica; I. En la perspectiva
de la lingüística moderna: a) La lengua como sistema, b) La
dialéctica "lengua"-"habla", c) Valores
semánticos objetivos y subjetivos, d) La interlengua
litúrgica, e) La "deriva" de la lengua; 2. En la perspectiva
de la historia de las religiones; a) Diferenciación de la lengua cultual
respecto de la lengua común, b) Fijeza de las lenguas cultuales, c)
Poder mágico de la lengua cultual; 3. En la perspectiva de la
teología litúrgica - II. Praxis de la lengua litúrgica; 1.
En la historia de la liturgia: a) El desarrollo de las interlenguas
litúrgicas en la iglesia, b) La interlengua litúrgica de
Occidente: el latín; 2. En las disposiciones del Vat. II; 3. En la
actual evolución posconciliar: la interlengua litúrgica
castellana.
El término
lenguaje se usa hoy para designar los muchos sistemas de signos y de
significaciones a través de los cuales se produce la comunicación;
por eso "las definiciones de lenguaje se consideran a menudo con
escepticismo"1. F. De Saussure postula la existencia de una ciencia
general de los signos: la semiología, que estudia los diferentes
sistemas, los diversos lenguajes o códigos de comunicación. En
nuestro caso, si por lenguaje entendemos un determinado sistema de signos
que sirve para realizar una comunicación, podemos decir que la semiología
litúrgica se ocupa de los diversos sistemas o códigos de comunicación,
cada uno diversamente estructurado, de que se sirve la liturgia misma;
entre ellos podemos catalogar el sistema de los / ritos, de los / gestos,
de los / símbolos en sus diferentes especificaciones, de las vestiduras,
de los instrumentos [/ Objetos litúrgicos /vestiduras], del / canto
y de la música. Cada uno de estos sistemas o lenguajes tiene ciertamente
elementos comunes con los otros y está sometido a leyes similares, especialmente
por lo que se refiere al aspecto de la comunicación de un determinado
mensaje; sin embargo, tiene también muchas características
propias, sea por el modo como se construyen y estructuran, sea por el modo como
realizan la comunicación misma; por consiguiente, se examinan
específicamente en las respectivas voces2. Aquí nos ocupamos
principalmente de la forma de lenguaje más típica, llamada
precisamente lengua, que se construye orgánicamente con lo que
comúnmente se llaman las palabras; la ciencia correspondiente se
llama lingüística.
1114
Muchos aspectos
que resultan del análisis de una lengua pueden ser referidos a los
otros sistemas de lenguaje, es decir, a todos aquellos elementos que
concurren a realizar la comunicación en la liturgia'. Analizando la
lengua, y en particular la lengua litúrgica, es posible entrever
qué consideraciones comunes se pueden hacer para los otros sistemas de
signos o lenguajes litúrgicos; por ejemplo, entre música y
música litúrgica pueden volver a proponerse de modo similar
algunos fenómenos que se descubren en el análisis de la lengua y
de la lengua litúrgica.
I.
Interpretación de la lengua litúrgica
La vasta
problemática relativa a la lengua litúrgica ha apasionado a
muchos en el período precedente al Vat. II y se ha desarrollado por obra
de diferentes instancias culturales, a veces con planteamientos no correctos.
Para llegar a conclusiones suficientemente fundadas es necesario intentar
un acercamiento a esta problemática que tenga presentes las
diferentes ciencias interesadas y trabaje según el método
que es propio de cada una; también es necesario no saltar continuamente
de una ciencia a otra, para no comprometer las conclusiones; hay que
cuidarse de no dar por obvio y evidente lo que puede razonablemente
ponerse en discusión. En particular, la lengua puede ser
analizada a la luz de la lingüística moderna [/I, 1] (que no
hay que confundir con la filosofía del lenguaje), de la historia de las
religiones [/ 2] y de la teología [/ 3]. Limitando el estudio a
estos tres aspectos, tendremos una imagen de lengua litúrgica
que puede ayudar a leer la historia y orientar la praxis [/ II]. Habría
sido más correcto partir de la praxis, es decir, del dato existente;
1115
pero por las
diferentes implicaciones intervinientes, los equívocos a través
de los cuales se ha procedido a veces y el carácter sistemático
que debe tener la presente contribución, es oportuno delinear antes una
base general tomada especialmente de la lingüística moderna,
para luego ir a la praxis. Trataremos de evitar la terminología
técnica, sobre todo porque a menudo cada autor de lingüística
ha creado una terminología característica suya. Desarrollaremos
ante todo el aspecto lingüístico, porque es el más
propio para la interpretación del fenómeno de la lengua
litúrgica; las demás ciencias intervendrán para
integrar los datos.
1. EN
a) La lengua como
sistema. La moderna lingüística concibe la lengua como algo
orgánico y bien es
Lengua/Lenguaje
litúrgico
tructurado, cuyas
partes son interdependientes entre sí. Tanto el aspecto
fonético como el semántico son subdivididos de manera multiforme
y plasmados en otras tantas partes contiguas entre sí, de modo que donde
acaba una comience la otra, en una sutura armónica. Se puede
parangonar el universo fonético, así como el semántico,
con la estructura de una red; cada lengua recorta y anuda la totalidad de
una forma que le es propia. Si se comparan dos lenguas, se notará que
las mallas hipotéticamente correspondientes son diversas y no
recubren la misma área: sonidos y significados no son iguales y no se
superponen, las lenguas no son imagen especular la una de la otra.
Deteniéndonos
en el aspecto semántico, se nota que en cada lengua el
léxico está estructurado de modo muy diversificado, arbitrario,
según una expresión de Saussure. El léxico sacrificial del
latín clásico, del latín litúrgico testimoniado por
el Sacramentarlo veronense, del castellano del nuevo Misal Romano tiene
una diversa estructuración en las diferentes lenguas, por lo que no
hay correspondencia entre los términos, o bien es aproximativa. Lo
que se advierte a nivel lexical, se comprueba también en el
gramatical. Junto a lenguas que distinguen el plural y el singular, hay otras
que tienen el paucal, el trial, el cuadral, o bien no distinguen en
absoluto. La flexión verbal distingue de forma diferente el tiempo
y las modalidades de la acción; sigue siendo característica
la lengua hopi, en la que no se recurre a la categoría temporal. Estos
apuntes sirven para indicar cómo cada lengua es algo vivo y
original, que puede encontrar en otras lenguas semejanzas estructurales,
pero no igualdades totales.
Dentro de cada
lengua, la más pequeña unidad lingüística
portadora
Lengua/Lenguaje
litúrgico
de significado
(denominada y definida de forma diferente por los distintos autores)
es parte de un todo, y en cada momento y a cada nivel está en
relación con todas las demás unidades. Su valor
semántico total lo dan también el conjunto de las relaciones que
viene a establecer con las demás unidades de la lengua, el puesto que
ocupa en la lengua considerada en su organicidad, el juego concreto de la frase
y la situación en que se produce la comunicación. Cada
unidad tiene su identidad semántica, pero su capacidad de significado va
más allá de ella; a delinearla y configurarla concurre
también todo un juego de relaciones, de oposiciones y de
diferencias con las demás. "El mecanismo
lingüístico —escribe De Saussure—, gira todo
él sobre identidades y diferencias, siendo éstas la contraparte
de aquéllas...; los elementos se mantienen recíprocamente en equilibrio
según las reglas determinadas, la noción de identidad se confunde
con la de valor y recíprocamente"5.
Todas las
diferentes unidades que concurren en una misma área semántica
se limitan recíprocamente, se amplían o restringen por la falta o
la presencia de otras concurrentes. "Ya no tenemos ideas —ha escrito
recientemente V. Bertalot, quizá acentuando excesivamente el problema—,
sino valores semánticos definidos negativamente: son lo que los
otros no son"6.
Esta
visión de la lengua nos lleva a decir que también la lengua
litúrgica se presenta como algo orgánico, diversamente
estructurado de lengua a lengua, aunque por la semejanza con las lenguas
técnicas tiende a estructurarse de modo uniforme. Dicha
visión debe poder guiar en el análisis que se hace de los
textos litúrgicos, sobre todo cuando se trata de construir una
teología litúrgica partiendo del análisis de las
fuentes litúrgicas. También el problema de la
1116
traducción
puede ser planteado de modo correcto si se respeta la naturaleza del hecho
lingüístico.
b) La
dialéctica "lengua"-"habla". Con De Saussure
cobra una importancia central en la lingüística la
distinción entre lengua y habla, términos que en este
párrafo usaré en sentido técnico, y que en los diferentes
autores reciben denominaciones diversas 7. Cada lengua, en sus unidades
individuales y en su organización y sistematicidad, es fruto de un
contrato colectivo, es una institución, por lo que escapa al poder del
individuo; éste por sí solo no puede crearla o modificarla
mínimamente, sino sólo someterse a ella, si quiere
comunicarse; puede disfrutar de ella sólo después de un proceso
de aprendizaje. La lengua aparece como el repertorio potencial de instrumentos
lingüísticos; comprende todos los elementos de que nos podemos
servir en el hablar y las reglas según las cuales hay que servirse de
ellos; es un tesoro depositado por la práctica, una norma superior a los
individuos, un conjunto de tipos esenciales a que hacer referencia. Habla son
todas las posibles combinaciones que el hablante puede ha
cer para
comunicar su pensamiento, pero utilizando aquel repertorio potencial,
aquellas estructuras y aquellas normas superiores que son propias de la lengua.
Habla es el proceso de producción del acto lingüístico; es
entrar concretamente en el juego, pero observando correctamente sus
reglas; el recurso a repertorios no previstos por la institución
y la ignorancia o el repudio de todas o de parte de las reglas del juego hacen
más o menos incomprensible el acto lingüístico. Sin
embargo, el acto lingüístico individual, que no es producido
según el sistema de la lengua y, por tanto, no tendría derecho de
ciudadanía en la lengua
1117
misma, puede, a
la larga y con el uso por parte de cada vez más numerosos
individuos, convertirse en un verdadero hecho de lengua y entrar a formar parte
del sistema merced a la nueva convención ratificada por el uso.
Históricamente, muchos hechos de habla preceden a los hechos de lengua;
la lengua viene a crearse sólo a través de infinitos actos de
habla.
Entre lengua y
habla existe una relación dialéctica. Se puede utilizar un
término sólo si se toma de la lengua; la lengua es posible
sólo a partir del habla. La lengua es juntamente el producto y el
instrumento del habla. Esta distinción dialéctica de lengua
y habla coloca en la justa perspectiva el problema de la existencia y
significación de la lengua religiosa y litúrgica.
Con facilidad se
ha hablado a menudo de este problema, poniendo de manifiesto la carencia
de significado del lenguaje religioso y litúrgico o bien afirmando su
perfecta inteligibilidad. La distinción mencionada, que tiene
"importancia central"" en la lingüística, nos dice
que es necesario matizar y articular las afirmaciones. La llamada
lengua litúrgica, que en cuanto expresión de un grupo podría
ser sólo un acto de habla, puede ser un verdadero hecho
lingüístico sólo si entra a formar parte del juego de la
lengua común, respetando todas sus reglas. Si, por el contrario, es
un hecho individual (es individual aun siendo propio de un grupo) y contrario
al sistema de la lengua, acaba no siendo significante. Sin embargo,
hechos individuales de habla en el ámbito de la comunicación litúrgica
pueden acabar afectando al sistema general de la lengua y entrar a formar parte
del mismo, ocupando un espacio propio y recibiendo con ello una plena
legitimación. Es en esta perspectiva dialéctica de lenguahabla
donde hay que ver la proble
Lengua/Lenguaje
litúrgico
mática de
la lengua litúrgica para interpretarla correctamente; bajo este
perfil ha de afrontarse el problema de la / traducción litúrgica,
especialmente cuando nos encontramos ante lenguas que no disponen de
elementos lingüísticos necesarios o bien el léxico
litúrgico no está todavía estabilizado.
c) Valores
semánticos objetivos y subjetivos. Las diferentes unidades que
constituyen una lengua, los diversos signos o palabras, no son nunca algo
definido semánticamente de forma rígida. Los vocabularios y los
diccionarios nos dan sólo una parte del significado de una determinada
palabra; éste variará en el juego de los factores
lingüísticos que construyen la frase (variables objetivas) y
en el acto de la comunicación misma por los modos en que se efectúa,
por las situaciones en que se realiza y por las potencialidades del sujeto
receptor (variables subjetivas). El ejemplo del ajedrez puede ser
iluminador. Tómese un elemento del ajedrez como el caballo. A lo largo
del juego, en las diferentes combinaciones que vienen a producirse, viene
a asumir un valor suplementario, por el que ora está en condiciones
de vencer, ora de perder. Así sucede con cada palabra. Si se la considera
en su área o campo semántico junto con todas las demás
palabras afines, o bien se la observa en una frase determinada,
aparecerá cómo su significado viene a asumir continuamente
ampliaciones o restricciones semánticas incluso de notable valor.
Cada palabra o
frase puede recibir un ulterior suplemento de significado de un conjunto
de factores que no dependen de la estructura de la lengua y de su modo de
proceder y de organizarse, sino de elementos externos muy variables. Son los valores
subjetivos, emotivos y afecti
Lengua/Lenguaje
litúrgico
vos, llamados por
Bloomfield connotaciones. Piénsese en el diverso valor afectivo con
que puede pronunciarse un término como izquierda, rojo, negro:
según los sujetos que reciben o producen el mensaje, los términos
mencionados experimentan connotaciones de signo opuesto, positivas o
negativas. El mismo término liturgia, usado en ciertas crónicas
periodísticas, acaba por designar una manifestación hecha de
gestos repetitivos y consabidos, vacíos de sentido, falsos o
ambiguos. Un caso notable en que el fenómeno de las connotaciones llega
a ser imponderable y vasto es el del texto poético. Con los
juegos de palabras, los sonidos, los ritmos, la composición desusada de
términos y la secuencia de imágenes se evocan y construyen
significados que van más allá de la identidad de las palabras
usadas.
Las observaciones
que se han apuntado encuentran en la liturgia una gran aplicación.
Explican la variación del significado de una lectura bíblica
cuando es leída en relación con otra, o bien en un día
litúrgico particular o en una determinada situación humana.
Un texto eucológico asume connotaciones diversas por el hecho de
que varíen las asambleas, y en una misma asamblea por razón
de la diversidad de los sujetos participantes. También el modo de
realizarse el mensaje (presencia o ausencia de ritos y gestos, o bien de otros
elementos visuales: el lugar, la dicción, el canto y la
música...) contribuye a crear valores significativos
suplementarios.
d) La interlengua
litúrgica. Hombres que ejercen una determinada profesión u
oficio acaban recurriendo a un conjunto de términos propios
suyos, a crear una lengua en la lengua, una interlengua. Las diferentes
ciencias tienen necesidad de este medio lingüístico para hacer la
co1118
municación
más veloz y apropiada, inmediatamente perceptible, con posibilidades
mínimas de error. Entra en este fenómeno
interlingüístico la jerga, un modo de expresarse propio de grupos
particulares, más o menos diferenciado de la lengua común. Hablan
una jerga los soldados de los cuarteles, los miembros de un grupo juvenil o
religioso, el hampa. La jerga está determinada por una comunidad
de vida y de intereses, por un fuerte deseo de cohesión y de distinción
de los demás, por culturas y modas de sabor particular. La interlengua
cumple varias funciones: hace precisa y fácil la comunicación en
el interior del grupo; se convierte en un signo de identificación y de
pertenencia al grupo mismo; a veces es el medio para hacer incomprensible
a los extraños el propio decir o para significar la propia diversidad.
Cuando se habla
de lengua sagrada, o religiosa, o cultual nos referimos al conjunto
de particularidades lingüísticas usadas por un determinado
grupo que, en el interior de una comunidad lingüística, tiene una
cultura religiosa específica y determinados comportamientos y
costumbres de vida. Incluso cuando toda la comunidad
lingüística tiene una misma religión, existe una lengua
religiosa y cultual. En ámbito cristiano existe la lengua religiosa
llamada eclesiástica o de la iglesia, o sagrada, en cuanto que es propia
del grupo religioso llamado iglesia o atañe a lo sagrado. Parte de esta
interlengua eclesiástica es la cultual o litúrgica.
Hasta un pasado
reciente todas estas especificaciones acababan por referirse
globalmente al latín cristiano y litúrgico, es decir, a la lengua
usada en los documentos oficiales de la iglesia y en la liturgia.
Actualmente, sin embargo, la difusión del cristianismo en
comunidades lingüísticas muy diversas y la introducción de
las lenguas vivas en la liturgia han 1119
determinado el
hecho de que existan muchas lenguas litúrgicas, que tendrán
características propias y comunes; por tanto, habrá que
analizarlas singularmente. Más abajo [/ II, 3] se analizará la
interlengua litúrgica castellana; aquí se pone de manifiesto
lo que puede ser común.
En general, una
interlengua se diferencia de la lengua hablada de toda la comunidad por el
léxico y por leves particularidades estructurales. Todas estas
diferenciaciones respecto de la lengua común no crean algo sagrado; son
simplemente elementos lingüísticos útiles a la comunicación;
son fenómenos reconocidos por la lingüística y que
están bajo sus leyes. La introducción de categorías
sacralizantes a nivel de lingüística complica la
interpretación de los hechos. La lingüística registra y ve
el funcionamiento de las palabras sagradas como análogo al de las
palabras que usa el médico o el botánico; se sale de su
competencia determinar la relación de cada palabra con la realidad
(asunto propio de la filosofía, que estudia la relación entre
pensamiento y realidad) o bien analizar la eficacia de las fórmulas
sacramentales (asunto propio de la teología). La verdadera eficacia lingüística
es la de la correcta comunicación. Las demás ciencias
podrán integrar los datos de la lingüística, pero no
contradecirlos; si sucediera esto, no tendríamos ya un acto lingüístico,
sino algo que tiene las apariencias de tal, como sucede con las palabras o
fórmulas mágicas.
En cuanto a los
registros lingüísticos (lengua hablada o escrita, popular
o docta o literaria...), para las lenguas litúrgicas tiende a repetirse
el fenómeno producido en el latín litúrgico. Éste
surgió después de formarse el latín cristiano, el
cual a su vez representa una evolución del latín popular o
plebeyo, y no del latín clásico'. El latín
litúrgico, aun dife
Lengua/Lenguaje
litúrgico
renciándose
del clásico, se distinguió también del popular por cierto
carácter noble, que no era, sin embargo, un vacío juego
retórico. Actualmente, en las diferentes comunidades
lingüísticas la interlengua litúrgica no se coloca en un
registro bien definido, sino que tiende a colocarse entre la lengua
hablada y la escrita, entre la popular y la docta o literaria.
Lo que impide a
la lengua litúrgica ser sólo popular parece ser el hecho
de su relación con lo divino y la glorificación de Dios. Ya
algunos autores antiguos habían motivado en esta línea la
búsqueda de una lengua digna y el rechazo de toda banalidad
l0. Además, la lengua litúrgica no puede ser simplemente la hablada,
porque de hecho se lleva a cabo a través del libro escrito. Sólo
si se lleva a cabo de forma diversa (piénsese en las creaciones
eucológicas libres, en las preces espontáneas de los
fieles), la lengua litúrgica asume más profundamente el registro
del lenguaje hablado, determinando problemas que no son, sin embargo, de
carácter lingüístico.
Las dificultades
que se encuentran en la producción de una comunicación
correcta, evitando lo más posible toda forma de error, ha hecho
surgir la idea de recurrir también para la liturgia a modelos
lingüísticos artificiales, como sucede con la
matemática o la física "; los lenguajes artificiales
proceden con suma precisión, sin admitir factores semánticos
subjetivos, emotivos o en todo caso variables. En estas formas de lenguajes,
según Brekle, "es posible prescindir de determinaciones, connotaciones
[...] inesenciales al contexto en cuestión, y presentar los contextos
de que en cada caso se trata limpios, en el sentido de la teoría de la
información, de redundancias y distorsiones. Normalmente, semejantes
lenguajes artificiales están construidos de forma que, en lugar de
complicadas expresiones del lenguaje natural de uso corriente, se introducen
otras construidas de manera relativamente sencilla, bien claras,
controlables. Un simple procedimiento aligera mucho el trabajo intelectual
y reduce decisivamente las fuentes de error en la representación de
los datos de hecho y en la efectuación de los procedimientos
lógicos de prueba" '2. La tentación consiste en construir
según este modelo de lenguaje el texto litúrgico, de modo que las
diferentes fórmulas puedan tener la misma precisión significativa
de las ciencias positivas.
Será
útil aceptar la referencia y la comparación con los lenguajes
artificiales, pero procurando no querer reducir la lengua
litúrgica, que se desarrolla en una lengua natural, a lengua
artificial. Justamente ha observado Barthes: "Lo que en un lenguaje
construido artificialmente se gana en precisión representativa para una
esfera de objetos circunscrita en medida relativamente estrecha,
está en correlación con la falta de general utilizabilidad de
semejantes lenguajes; dicho brevemente: las múltiples finalidades
comunicativas que podemos alcanzar sin más con los lenguajes
naturales, de hecho no se pueden alcanzar sino en menor medida usando los
lenguajes artificiales"".
e) La
"deriva"de la lengua. Si se la considera diacrónicamente, cada
lengua tiene un movimiento de deriva. "Si las lenguas no se fragmentaran
en dialectos, si cada una de ellas se mantuviera como una unidad estable y
completa —escribe Sapir—, no por eso dejaría de ir
apartándose constantemente de las normas, ni dejaría de
desarrollar en todo tiempo nuevos rasgos ni de transformarse poco a poco en una
lengua tan diferente de lo que fue en sus principios, que en realidad
puede considerarse 1120
como una lengua
nueva"l4. El hombre que pretendiese construir una lengua
inmutable "se parecería —dice De Saussure— a la gallina
que empolla un huevo de pato: la lengua construida por él
sería arrastrada, quieras que no, por la corriente que abarca a todas
las lenguas"15. Actualmente la misma lengua latina, que no es ya de
uso común y a la que se querría fija en sus estructuras y en su
léxico, apenas se la usa experimenta necesariamente una evolución,
y no puede no recurrir a nuevos términos y a modificaciones estructurales.
Querer conservar
una lengua inmutable es obrar contra las leyes del hecho
lingüístico. Ha sucedido en Occidente respecto a la liturgia, por
causas muy complejas que la historia de las religiones registra a menudo, pero
no puede ser justificado lingüísticamente. Más
aún, precisamente por haberse sustraído a la lengua [/ supra, b\
la interlengua litúrgica latina ha acabado por no ser ya un verdadero
hecho lingüístico, sino un simple hecho de palabra. En el momento
actual, las lenguas vivas han entrado en la liturgia, se repite la
tentación de fijar y hacer inmutable la lengua ". Intervienen las
mismas causas que han determinado la fijeza del latín litúrgico.
Será necesario tomar en serio el fenómeno de la deriva
de las lenguas e insertarse en la dirección que ella toma. Donde no
existe una lengua litúrgica o está en formación,
será posible crear situaciones lingüísticas favorables,
obrando en la dirección de la lengua, teniendo presente que
"sólo las variaciones individuales que siguen determinada
dirección" realizan y transportan esta deriva ".
2. EN
1121
religiosas y
cultuales, lo describe y trata de interpretarlo. Sin tomar en
consideración todos los aspectos, será útil poner de
manifiesto algunos que afectan a la lengua litúrgica: la
diferenciación de la lengua cultual respecto de la lengua común,
la fijeza de las lenguas cultuales, el poder mágico de algunas
lenguas cultuales. Estos aspectos pueden encontrarse también en
lingüística; pero no se les somete a examen, en cuanto que
constituyen fenómenos que se sustraen al estatuto
lingüístico. Están determinados no por las leyes
propias de la lengua, sino por factores externos a la lengua misma.
Representan casi anomalías lingüísticas, que encuentran
su motivación fuera de la lingüística.
a) Diferenciación
de la lengua cultual respecto de la lengua común.
Las diferentes
religiones usan a menudo en su culto una lengua más o menos
distante de la común; se llega incluso a tener una lengua totalmente
diversa hasta bajo el perfil de las estructuras más profundas. Lo que
determina esta situación es la percepción de la
inadecuación del lenguaje normal para la comunicación de lo
divino y con lo divino, la necesidad de utilizar medios
lingüísticos apropiados, la exigencia de sustraerse al error y
a toda forma de contaminación del mensaje primitivo, el
presentimiento de que sólo aquella lengua tiene valor en orden a la producción
de determinados efectos.
El recurso a
semejante lenguaje particular suscita el problema de su carácter
lógico y de su valor de verdad; ante formas relevantes y desacostumbradas
piensa uno encontrarse con comportamientos lingüísticos
que tienen su origen no en motivaciones racionales, sino en algunos
estados patológicos; la analogía entre los lenguajes
místicos, posesorios, proféticos y los lenguajes
Lengua/Lenguaje
litúrgico
de estados
confusionales de delirio religioso o de fijación maníaca lleva a
proponer la hipótesis de una misma matriz patológica.
Según esta interpretación, formas particulares de lenguaje
en algunas asambleas litúrgicas (piénsese, por ejemplo, en
el canto y en el hablar en lenguas de algunos grupos) serían
expresión de alguna forma de enfermedad. Hay que observar, sin embargo,
que "mientras que el lenguaje religioso, incluso cuando es formalmente
análogo a las expresiones del lenguaje patológico, llega a
ser siempre comunicación y corresponde a una realidad
histórica y cultural solicitándola y modificándola,
el lenguaje patológico está desarraigado del contexto social,
corresponde a mundos personales aislados, carece de componentes de
comunicabilidad"'».
En particular,
por lo que se refiere a la lengua de la liturgia cristiana, hay que tener
presentes las observaciones que hacía Guardini". La
oración litúrgica tiende a ser suprapersonal y objetiva y a
referirse fuertemente a los contenidos. Precisamente esta
característica se refleja en la lengua misma, sustrayéndola a
toda posible interpretación que la reduzca a hechos individuales y
patológicos. Sin embargo, sigue siendo verdad que en algunas
formas -marginales de expresiones y en el apego a lo diverso en cuanto tal
se pueden ocultar motivaciones y realidades no perfectamente
reducibles a hechos normales. Actualmente, no la lengua litúrgica,
testimoniada por los / libros litúrgicos, sino más bien ciertas
formas de espontaneismo en que se expresan sujetos no equilibrados,
levantan la sospecha de que la expresión
lingüística litúrgica es un índice de estados
patológicos.
b) Fijeza de las
lenguas cultuales. Las lenguas cultuales se originan al principio como
todas las demás
Lengua/ Lenguaje
litúrgico
interlenguas, y
deberían estar sometidas a una deriva, cuyo ritmo varía con
el desarrollo de la religión y las necesidades del grupo que se sirve de
ellas, en estrecha relación con el movimiento cultural de la comunidad
lingüística a que pertenece. Por un proceso de ritualización
al que concurren varios factores, tales interlenguas tienen la tendencia a
fijarse y a hacerse inmutables. A determinar este fenómeno
concurren la preocupación por conservar en la transmisión el
mensaje originario, una veneración por aquella lengua que se cree propia
de Dios, la concepción de que sólo esa lengua está en
condiciones de transmitir adecuadamente un mensaje religioso típico
o de producir el
efecto requerido, el fenómeno de la tabuización. Algunas
corrientes místicas del hebraísmo consideran que la lengua
hebrea es la lengua misma con que Dios se expresa, crea el mundo y se revela;
por tanto, cambiar la lengua equivaldría a cambiar el contenido
vehiculado por dicha lengua. A semejante concepción se acerca
el fundamentalismo protestante; se determina así la aversión
a la traducción, o se quiere una traducción a equivalencias
formales.
La
conservación de la lengua en el estado originario preserva de la
corrosión al mensaje primitivo; da origen a una lengua de referencia o
universal; reserva a una élite la comprensibilidad de los valores
vehiculados por una lengua arcaica; determina la concepción
mágica de los mensajes. La fijación del latín como lengua
de la iglesia y de su liturgia entra en este fenómeno, con todos los
valores y los límites. La constitución litúrgica SC, al
conservar el latín e introducir al mismo tiempo las lenguas vivas
en la liturgia, ha eliminado toda tentación de una
concepción mágica de lengua latina; en campo
lingüístico-religioso 1122
ha indicado el
camino para un verdadero y correcto proceso de secularización
y desacralización; ha hecho que la liturgia no estuviera reservada a una
élite.
c) Poder
mágico de ¡a lengua cultual. La historia de las religiones conoce
el fenómeno de la magia y de las palabras o fórmulas
mágicas. Se trata de palabras o fórmulas cuyo sentido es con
frecuencia nulo, o sólo lo conoce el celebrante; producen un efecto
determinado únicamente por su valor fonético y la concomitancia
de otros elementos. Podrían dar paso a interpretaciones
mágicas las consideraciones sobre la eficacia de la palabra en los sacramentos.
En el ámbito teológico [/ infra, 3] se aclarará el
problema. Aquí interesa sólo apuntar que el uso de la lengua
latina por parte de quien no la conocía podía engendrar
automatismos semejantes a los que se encuentran en el mundo mágico.
3. EN
Esta
enseña que en la más pequeña unidad lingüística,
la palabra, se deben distinguir dos elementos: significante (o sonido, o
valor fonético) y significado. Estos dos componentes no tienen
una relación necesaria, sino arbitraria, por lo que un determinado
significado puede ser 1123
combinado con
sonidos diversos, según las diferentes lenguas. La lingüística
no dice nada sobre la relación que el significado tiene con la
realidad, tarea ésta de otras ciencias, como la filosofía y la
teología. Al afirmar ésta la distinción y la libertad
con que el binomio significantesignificado se unen entre sí, se
puede llegar a superar toda interpretación mágica de la palabra
litúrgica. En las palabras y fórmulas mágicas es
inconcebible esta distinción entre significante-significado-realidad. Sucede
así que ni Dios ni el hombre dominan la palabra o la fórmula. Son
dadas como valor fonético, y se encuentran en relación
necesitante con la realidad: pronunciado un determinado sonido, no puede
no seguirse el efecto preciso fijado, independientemente de que se conozca
el significado de dicho sonido. La palabra y la fórmula
mágica están en condiciones de forzar el efecto. Se puede decir
que en la magia nos movemos en el ámbito de la necesidad
(Dios mismo se ve
necesitado; nadie puede cambiar a su arbitrio el sonido), de la
materialidad (lo que tiene valor es el sonido y el modo como se ha producido y
articulado) y del nosignificado (no es necesario que aquellos sonidos
sean significativos; más aún, a menudo carecen de sentido). En la
liturgia cristiana, la presencia de Cristo y la eficacia de las fórmulas
sacramentales no vienen dadas por el sonido de las palabras. Precisamente
por eso la iglesia desde el comienzo no ha vacilado lo más mínimo
en celebrar la liturgia en las diferentes lenguas, bien consciente de que no
perdía nada de la realidad de los propios ritos. La fórmula sacramental
encuentra su eficacia no en el sonido, sino a nivel del significado, en la
amplitud del significado, en la intención que Cristo y el ministro
le anexionan: nos hallamos así en una perspectiva de libertad y de
Lengua/Lenguaje
litúrgico
espiritualidad.
Esta intencionalidad,
conocida por la
teología sacramen
tal, sustrae la
palabra litúrgica a la
concepción
mágica. Se puede decir
que en la
liturgia la palabra se reali
za en el
ámbito de la libertad, de la
espiritualidad y
del significado. Si la
presencia de
Cristo en la palabra y
la eficacia de la
fórmula sacramental
están en
relación con el significado y
no con el sonido,
queda por consi
derar de
qué naturaleza es esta rela
ción. Se
trata de un ámbito de inves
tigación
abierto, que, sin embargo,
no puede
desembocar en la subjeti
vidad.
II. Praxis de la
lengua litúrgica
1. EN
gua. El cambio
lingüístico, además de ser expresión de la
encarnación de la iglesia en las diferentes culturas y pueblos,
está determinado por exigencias pastorales y por precisas intenciones
evangelizadoras; en efecto, la obra evangelizadora se lleva a cabo plenamente
en la liturgia. Hasta el s. XII, mientras en Occidente se habla
latín, en Oriente son de uso litúrgico principalmente el
siríaco, el copto, el armenio, el georgiano, el gue'ez, el paleoslavo y
el árabe. Hay testimonios de otras lenguas, especialmente en las
iglesias no católicas. Por varios factores, entre ellos la
creación de libros litúrgicos y la necesidad de preservar la
liturgia de las herejías, aquellas lenguas originariamente vivas
acaban no siguiendo la evolución, se desgajan progresivamente
del hablar común y pasan a ser lenguas muertas 20.
La iglesia no se
sustrae a la tendencia, conocida por la historia de las religiones, de
hacer inmutable la lengua del culto. Sin embargo, a lo largo de toda la
historia, especialmente en Occidente, se registran signos de una
voluntad de sustraerse a esta tendencia. Por ejemplo, en Áfri
ca, cuando los
cristianos no comprendieron ya el griego, se pasó inmediatamente
del griego al latín. Los pueblos eslavos de la gran Moravia y de
Panonia solicitaban en el
s. IX pasar del
latín a su lengua corriente eslava. Una tradición canonista
bizantina muy autorizada, apoyándose en Rom 3,29 ("¿O
es que Dios es solamente Dios de los judíos? ¿No es
también de los gentiles? Sí, también de los gentiles"),
se ve llevada a concluir que "los que son ortodoxos en todo, pero completamente
ignorantes de la lengua griega, celebrarán en la propia lengua, con
tal que tengan ejemplares sin variantes de las oraciones habituales"21.
El intento de reforma de la 1124
iglesia querido
por el protestantismo apunta también a pasar del latín a las
diferentes lenguas vulgares22. La verdadera reforma en este sector viene a
concluirse con el Vat. II, durante el cual se afronta el problema en un
amplio debate y se decreta la posibilidad del uso de la lengua vulgar en
la liturgia.
Considerando
globalmente la historia, podemos percibir dos direcciones siempre
presentes una junto a otra: una tiende a hacer fija e inmutable la lengua
litúrgica; la otra tiende a insertarse en el devenir y a asumir las
diferentes lenguas. Ha habido acentuaciones, incluso considerables, pero
las dos direcciones siempre han estado presentes una junto a otra y han obrado
dialécticamente, determinando un desarrollo concreto, en beneficio
de la evangelización de los pueblos, de la profundización
doctrinal, de la conservación de la ortodoxia y de la unidad
de la fe. Habitualmente la traducción de
b) La interlengua
litúrgica de Occidente: el latín. Parece que la introducción
del latín en la comunidad cristiana fue obra de los africanos
Tertuliano, Cipriano, Arnobio, Lactancio y, después,
Agustín; ellos habrían forjado el primer léxico
jurídico y cultual de la iglesia de Occidente 2!. Sin embargo,
no se puede excluir que al mismo tiempo también en Roma se haya
producido el mismo fenómeno. Los primeros escritos oficiales en
latín son del 250: las cartas de Novaciano, del papa Cornelio a
Cipriano. Después de esta fecha, la correspondencia de los obispos de
Roma tiene lugar en latín, también porque se va reduciendo
el influjo de Oriente. Los cristia
1125
nos de los ss. m
y IV conocen cada vez menos el griego, hasta que éste desaparece casi
por completo. Durante aquel período se registran las diferentes
tentativas de traducción de la biblia. La latinización de la lengua
litúrgica es progresiva y lenta; lleva consigo primeramente un
régimen de coexistencia con el griego (bilingüismo). En el
360, Mario Victorino cita todavía en griego la anáfora,
dando a continuación la traducción latina (PL 8,1094B); sin
embargo, ya en el 382 un escritor anónimo, el Ambrosiaster, cita ya
el canon en latín (CSEL 50,268)». En el s. vil tropezamos con el
retorno al bilingüismo, debido al hecho del origen oriental de
algunos papas del tiempo. El proceso de formación del latín ha
entrañado una neta diferenciación del latín
clásico y un acercamiento al latín popular o plebeyo. Las
antiguas traducciones bíblicas reflejan esta tradición de
lengua popular. El latín entra en la liturgia cuando la lengua
latina cristiana se ha estabilizado relativamente. Por los documentos que nos
han llegado se puede advertir que el latín litúrgico se distancia
del latín clásico, pero difiere también del
latín cristiano corriente; es una lengua literaria, a menudo
de notable valor, con cierta pátina de arcaicidad que la abstrae
del tiempo2i. No es posible hacer una consideración unitaria, si
descendemos a detalles; algunos documentos se acercan más que otros
al lenguaje común y expresan mayormente la genialidad del pueblo; las
diferencias estilísticas entre los libros hispánicos,
galicanos y romanos son considerables. El recurso a la retórica es
constante, sobrio, equilibrado, más acentuado que en los autores latinos
cristianos 26.
2. EN LAS
DISPOSICIONES DEL VAT. II. En el Occidente cristiano la lengua latina ha
evolucionado hasta
Lengua/Lenguaje
litúrgico
dar origen a las
diferentes lenguas neolatinas; en la liturgia, sin embargo,
continuó usándose el latín que se había
estabilizado en los cuatro primeros siglos. La diversidad cada vez
más acentuada entre la lengua hablada del pueblo y la de la
liturgia ha planteado el problema de un cambio de praxis. Los misioneros de la
iglesia latina acusaban profundamente este problema; la historia nos habla
de las concesiones hechas por
muestran cada vez
más el gran valor pastoral de aquellas decisiones; representan un
viraje (no teológico, sino práctico) destinado a influir profundamente
en la iglesia y en su capacidad evangelizadora.
3. EN
jorado su
calidad. Sin embargo, perduran todavía hoy en día muchos
problemas de lenguaje. El hombre en su comunicación oral emplea diversos
niveles de lenguaje: el lenguaje común, el literario, el familiar,
el popular, regional, etc., y cambia, con frecuencia, los niveles según
la comunicación socio-ambiental. El cristiano que habla con Dios en cas
tellano,
¿a qué nivel lingüístico se debe expresar? El uso de
la lengua latina en las celebraciones litúrgicas ha contribuido a frenar
la organización de una lengua litúrgica castellana
propia. Al traducir los textos litúrgicos del latín al
castellano han aparecido los problemas de vocabulario, de estilo, etc.,
pero la dificul
1126
tad mayor se ha
manifestado en la estructura del lenguaje. Se ha procurado, al traducir,
que existiera un mínimo margen entre la palabra del texto y la palabra
traducida; pero ¿cómo formular una frase síntesis de la
oración romana a la lengua castellana, que posee un modo de pensar
muy distinto al ambiente latino? La solución no es fácil, y el
problema queda abierto para que la interlengua litúrgica castellana
se vaya estructurando lingüísticamente hasta presentar un
lenguaje litúrgico comprensible para todo el pueblo cristiano.
[/ Gestos; /
Comunicación en la eucaristía; / Traducción
litúrgica].
NOTAS: ' La
lingüistica (por A. Martinet, J. Martinet y H. Walter, Rizzoli),
Milán 1972, 189 — 2 Para una panorámica de los problemas,
cf A. Pistoia, Linguaggio e liturgia: rassegna bibl, en EL 92 (1978)
214-237; Introduzione critica al dibattito recente sul linguaggio litúrgico,
en EL 94 (1980) 3-26 — ' Para una panorámica bibl. general, ver G.
Venturi, Elementi di bibliografía linguistico-liturgica con
particolare riferimento ai problemi della traduzione litúrgica,
Libr. Ed. Salesiana, Verona 1977; además, Gli scopi della teoría
lingüistica (por Stanley Peters), Turín 1976; C. Pelizzi, Rilo e
linguaggio, Roma 1965. Podría ser útil la lectura de las actas
del Simposio de Varsovia,
Recherches sur
les systémes signifiants. Symposium de Varsovie 1968,
1127
Sapir, //
linguaggio. Introduzione alia lingüistica, Einaudi, Turín
1969, 151 — ,
Bottega di
Erasmo, Espoleto 1966, 241-247 — 24 T. Klauser, La liturgia nella chiesa
occidenlale. Sintesi slorica e riflessione, LDC, Turín 1971, 31-38
— " Cf los estudios de
G. Venturi
BiBLioGRAFfA:
Aldazábal J., ¿Es válido el lenguaje de los nuevos
prefacios?, en "Phase" 63 (1971) 283-288; Alonso Schoekel L.,
PPC, Madrid 1980;
Manigne J.P.-Ladriére J-Gilkey L., Lenguaje y culto, en
"Concilium" 82 (1973) 204-245; Mínguez D., Pentecostés.
Ensayo de semiótica narrativa en Hch 2, Institución San
Jerónimo-P. Instituto Bíblico, Roma 1976; Molari C , Lenguaje, en
DTI 1, Cristiandad,
Libros
litúrgicos
Madrid 1982,
857-893; Mounin G., Introducción a la semiología, Anagrama,
Barcelona 1972; Mondin B., ¿Cómo hablar de Dios hoy?, Paulinas,
Madrid 1979; Murray P., El lenguaje en el culto cristiano, en
"Concilium" 52 (1970) 303-305; Palacios M., El género
lírico y su lenguaje en la celebración litúrgica, en
"Liturgia" 254 (1971) 224-241; Paterna P., El miércoles de
ceniza. Análisis lingüístico de la bendición e imposición
de la ceniza, en "Phase" 144 (1984) 541-547; Sastre A.R., Lenguaje y
comunicación en la liturgia, en "Phase" 138 (1983) 457-472;
VV.AA., Problemas de lenguaje, en "Phase" 59
(1970)421-516.
SUMARIO: 1. Nota
previa - II. El tiempo de la improvisación - III. El tiempo de la
creatividad - IV. Los libros litúrgicos puros: 1. El Sacramentarlo;
2. El Leccionario; 3. El Antifonario; 4. Los Ordines - V. Los libros
mixtos o plenarios: 1. El Pontifical; 2. El Misal; 3. El Ritual; 4. El
Breviario - VI. Los libros tridentinos - VIL Los libros del Vat. 11: I. El
Misal Romano; 2. El Leccionario; 3.
I. Nota previa
Por libro
litúrgico, en sentido estricto, entendemos un libro que sirve para
una celebración litúrgica y está escrito con vistas a
ella. En sentido más amplio, es tal también el libro que, aun no
habiendo sido escrito con vistas a la celebración, contiene, sin
embargo, textos y ritos de una celebración, tanto si han sido usados
como si no.
En el primer
sentido, el libro es un elemento de la celebración, y a él también
se le respeta e incluso se le venera; en el segundo sentido, el libro se
convierte en fuente para la historia de la liturgia, y en particular del rito o
de los elementos que contiene.
Además de
estas fuentes directas,
existen
también aquellos escritos que
Libros
litúrgicos
nos informan
sobre el hecho litúrgico sin ser por ello libros litúrgicos,
como textos de historia, escritos de los padres, documentos del magisterio,
etc.
Por tanto, los
libros litúrgicos contienen los ritos y los textos escritos para la
celebración. Son un vehículo de la tradición, en
cuanto que expresan la fe de la iglesia, y generalmente son fruto del
pensamiento no de un solo autor, sino de una iglesia particular en
comunión con las demás iglesias. Pero son también fruto de
una cultura, determinada en cuanto al tiempo y al espacio geográfico.
En efecto, si bien la liturgia cristiana es sobre todo acción divina que
se realiza en el signo sacramental, los libros litúrgicos
contienen, sin embargo, las palabras y los gestos con que una cultura ve y
expresa esta acción divina.
Pero esto se
verá más claramente haciendo la historia de los libros litúrgicos.
Podemos dividirla en cinco períodos.
II. El tiempo de
la improvisación
Se trata de los
tres primeros siglos cristianos. En este tiempo no hay libros
litúrgicos propiamente tales, excepto, si así podemos llamarlo,
el texto de la biblia. Para el resto, todo se deja a la libre creatividad,
salvo en los elementos esenciales.
Hallamos rastro
de estos esquemas y de esta libertad en textos no propiamente
litúrgicos, como
que contiene
sólo descripciones de
1128
ritos
litúrgicos con algunas fórmulas más importantes:
consagración de los obispos, de los presbíteros, de los
diáconos y de los demás ministros; esquema de plegaria
eucarística, catecumenado y bautismo; oraciones y normas para las
vírgenes, las viudas; la oración de las horas, los ayunos,
bendición del óleo.
La importancia de
este documento es múltiple: nos da por primera vez fórmulas
de plegaria eucarística, de ordenaciones, del bautismo...; testimonia
claramente que no es necesario que el obispo "pronuncie literalmente
las palabras citadas, como esforzándose por recordarlas de memoria,
sino que cada uno ore según su capacidad. Si alguno es capaz de orar
largamente y con solemnidad, está bien. Pero si pronuncia una oración
con mesura, no se le impida, con tal que diga una oración de una sana
ortodoxia" (c. 9).
El texto de
Hipólito ha tenido una influencia muy considerable en varios ambientes,
como testimonian la traducción copta, árabe, etiópica y
latina.
III. El tiempo de
la creatividad
Desde el s. iv se
precisan los contornos de los diversos ritos litúrgicos, tanto
orientales como occidentales. Y esto se debe a la creación de
textos que cada iglesia compone y comienza a fijar por escrito, aunque no
en forma oficial. Deteniéndonos en la iglesia de Roma, se
había producido un fenómeno importante: el paso del griego al
latín como / lengua litúrgica.
Se forma en este
siglo el canon romano (la actual primera plegaria eucarística), y se
empiezan a componer textos eucológicos en latín. Se
continúa así hasta el s. vi, componiendo cada vez los textos
que sirven para las diferentes celebraciones. És1129
tos se conservan,
pero no para ser utilizados de nuevo.
Cierta cantidad
de tales libelli se encontró en Letrán, y se reunieron en un
códice que actualmente se encuentra en la biblioteca capitular de
Verona, cod. 85. Descubierto en 1713 por Escipión Maffei y publicado
en 1735 por J. Bianchini, recibió de éste el título de
Sacrarnentarium Leonianwn, por considerarlo una composición de
León Magno (440461). A continuación se descubrió que
era obra de diversas manos; entre ellas, además de la del papa
León, la intervención de los papas Gelasio I (492-496) y Vigilio
(537555). La edición más reciente y mejor es la de L.
C. Mohlberg (RED 1, Roma 1956), con el nombre de Sacrarnentarium
Veronense.
El texto presenta
unos 300 formularios, más o menos completos, divididos en 43
secciones. El redactor los ordenó por meses. Pero faltan los primeros
folios, y comienza con el mes de abril. Normalmente cada formulario comprende
colecta, secreta, prefacio, poscomunión y super-populum. Falta
todo el texto del canon y toda la cuaresma y la pascua. De las demás
fiestas a veces tenemos muchos formularios, mientras que algunas
celebraciones están ausentes. Por todos estos motivos, no es exacto ni
siquiera el término
sacramentario.
De todos modos, el
códice reviste una importancia fundamental para la eucología
romana, porque se trata de las primeras composiciones seguramente romanas.
En efecto, se encuentra varias veces romana civitas, devotio, nomen,
principes, urbs, securitas. Muchas oraciones tienen en cuenta situaciones
contingentes de la ciudad de Roma, hasta el punto de que se puede reconstruir
su tiempo, a veces también el año, de su composición.
Signo éste de una liturgia viva.
Libros
litúrgicos
IV. Los libros
litúrgicos puros
A partir del s.
vn aumenta la documentación litúrgica. Tenemos libros
litúrgicos propiamente tales en uso. Se trata de libros puros, en el
sentido de que contienen cada uno un elemento de la celebración, y que
por tanto sirven para cada ministro. Así distinguimos:
1. EL
SACRAMENTARIO. Es el libro del celebrante, obispo o presbítero,
y contiene las fórmulas eucológicas para la
eucaristía y los sacramentos.
El primero es el
así llamado Sacramentario gelasiano antiguo. Se conserva
únicamente en el cod. Vat. reg. lat. 316. Transcrito hacia el 750 en
Chelles, cerca de París, fue publicado en 1680 por G. Tomasi. La
última edición de Mohlberg tiene como título Liber
sacramentorum romanae ecclesiae ordinis anni circuli (RED 4, Roma 1960).
El título gelasiano es impropio. Se debe al hecho de que se ha
querido identificar este libro con las "Sacramentorum prae
fanones et
orationes" que, según el Liber Pontificales (ed. Duchesne, París
1925, I, 225), Gelasio compuso "cauto sermone".
El sacramentario
está dividido en tres libros: I. Propio del tiempo (de la vigilia de
navidad a pentecostés), más los textos para algunos ritos, como
las ordenaciones, el catecumenado y el bautismo, la penitencia, la
dedicación de la iglesia, la consagración de
vírgenes; II. Propio de los santos y el tiempo de adviento; III.
Domingos ordinarios, con el canon, y celebraciones varias.
Característica
del gelasiano es la
presencia de dos
o incluso tres ora
ciones antes de
la oración sobre las
ofrendas. Se
discute si la segunda
hay que
asimilarla a la super sindo
nem del rito /
ambrosiano. Pero la
Libros
litúrgicos
discusión
más amplia versa sobre el origen del gelasiano. Es claro que hay en el
códice influjos galicanos. Pero si el núcleo es romano,
¿cómo explicar la presencia al mismo tiempo en Roma de dos
sacraméntanos: gelasiano y gregoriano? [/ infra]. La tesis más
defendida, salvo detalles, es la de A. Chavasse2, según el cual el
gregoriano era de uso exclusivo del papa, mientras que el gelasiano era de uso
de los títulos (iglesias) presbiterales.
El reg. 316 es de
importancia fundamental para los ritos del, catecumenado y del
bautismo, distribuidos en el ámbito de la cuaresma, con los tres
escrutinios y las entregas de los evangelios, del símbolo y del padrenuestro,
como también para la celebración del triduo sacro. Encontramos
además en él los ritos de la reconciliación de los
penitentes y de la misa crismal, etc.
Aludíamos
al sacramentario gregoriano. Deberíamos hablar más bien de
familia gregoriana, porque hay muchos manuscritos. En general,
derivarían de una fuente atribuida al papa Gregorio Magno (590604),
pero redactada bajo Honorio (625-638). En general, la estructura gregoriana
difiere de la gelasiana por tres aspectos: el gregoriano no está
dividido en libros, sino que el santoral está mezclado con el del
tiempo, e incluso a veces los domingos toman la denominación de un
santo celebrado precedentemente (los apóstoles Pedro y Pablo,
Lorenzo...); tiene sólo una oración antes de la oración
sobre las ofrendas; indica la estación, o sea, el lugar en que el
papa celebraba en un determinado día. Es, en general, un libro
más sencillo y menos rico que el gelasiano (muy reducido el
número de prefacios, no existen ya las bendiciones sobre el pueblo más
que en cuaresma).
1130
Los dos tipos
principales del gregoriano son el Adriano y el Paduense. El primero
se llama así porque deriva de una copia del auténtico gregoriano,
que el papa Adriano I (772795) mando a Carlomagno, que se la había
pedido, y que éste conservó en Aquisgrán. De estas copias
más o menos directas quedan muchos manuscritos. El mejor es el cod.
164 de Cambrai. Pero al ser incompleto el gregoriano recibido de Roma (faltaban,
entre otras cosas, los formularios de los domingos después de
Pentecostés), fue necesario proveer a un suplemento. Éste, que
antes se atribuía a Alcuino, parece ser, por el contrario, obra de
Benito de Aniane J.
Un manuscrito
adrianeo sin suplemento es el de Trento.
Otro tipo de
gregoriano es el de Padua (bibl. capitular D 47), redactado en Lieja hacia
la mitad del s. ix y luego llevado a Verona, con adiciones de los ss. x y
xi. No es del todo clara, entre los estudiosos, la sucesión y la
dependencia de los dos tipos: si viene antes la línea de Padua,
como pensaba Mohlberg, o al contrario, como piensa Chavasse.
Una tercera serie
de sacraméntanos está constituida por los que se llamaban
Missalia regis Pipini, y que hoy llamamos "gelasianos del s. vin".
Parece tratarse de una fusión de estructura gregoriana con textos gelasianos.
Dichos sacramentarios son muchos. Por probable orden de importancia: Gellone,
Angulema, san Galo, el llamado Triplex, Rheinau, Monza.
2. EL
LECCIONARIO. Al principio se leían directamente de la biblia las
lecturas para la celebración litúrgica, de modo más o
menos continuo. Cuando se comenzó a escoger fragmentos para
determinados días, és1131
tos fueron
marcados en el margen del texto sagrado. En un segundo momento se hizo, primero
como apéndice del libro y luego como códice aparte, un elenco
de perícopas distribuidas para varios días. De ahí el
término capitularía, porque hacían la lista de los
capitula con la indicación del comienzo y del fin de cada fragmento
(faltaba la actual división en capítulos y
versículos).
Encontramos
así leccionarios que contienen sólo los evangelios (llamados
capitularía evangeliorum), o sólo las lecturas no
evangélicas (llamados Comes, o Liber Comitis, o Liber commicus) o
también ambos.
De los primeros
se ha ocupado Th. Klauser4, que ha cotejado un millar de manuscritos,
clasificándolos en cuatro tipos, designados con las letras griegas,
ü., A, X (romanos) y A (franco-romano). En cuanto al tiempo, van del 645
al 750. Hay que emparentar el primero con el sacramentario gregoriano, los
demás con los gelasianos del s. vm.
Los Comes
más antiguos son el de Würzburgo 5, que corresponde al gelasiano
antiguo, y el de Alcuino6, que hay que relacionar con el gregoriano.
Siguen, para los gelasianos del s. vm, los de Murbach ' (que luego
pasó al Misal) y de Corbie, como principales.
3. EL
ANTIFONARIO. ES el libro que contiene los cantos de la misa, y está
destinado al cantor o al coro.
Los más
antiguos antifonarios, que hay que emparentar con los gelasianos del s.
vm, no tienen todavía notación musical. Se trata de seis
códices, publicados en sinopsis por Hesbert!, el primero de los
cuales es sólo un cantatorium o gradúale, porque contiene
sólo los cantos interleccionales. Es el Cantatorio de Monza.
Los demás no son italianos: Rheinau, Mont-Blandin, Compié-
Libros
litúrgicos
gne, Corbie,
Senlis. Son todos del
s. ix.
4. Los ORDINES.
Para una celebración litúrgica no bastan los diferentes
libros que contienen los textos, sino que se necesita conocer el modo de
estructurar el desarrollo de la celebración misma. Los libros
mencionados sólo rara vez llevan rúbricas (así
llamadas por estar escritas en rojo = ruber). De éstas se encargan
libros especiales, que se llamarán Ordo (plural, Ordines) u Ordinarium.
El origen de
tales libros se debe sobre todo a la necesidad del clero franco, que quiere
saber cómo se desarrollan en Roma las diversas celebraciones.
Después de
las ediciones parciales de G. Cassander (1558-1561) y M. Hittorp(1568), J.
Mabillon-M. Germain (1687-1689), E. Marlene (17001702), L. Duchesne
(1889), finalmente M. Andrieu publica la edición crítica de
todos los Ordines romani hasta ahora conocidos '. Contra los quince ordices de
Mabillon, él distingue cincuenta, divididos en diez secciones, y
reducibles a dos familias: A (romana pura) y B (romanofranca). Entre
ellos los más importantes son el I, que trata de la misa papal en
el s. vil; el XI, que describe los ritos del catecumenado (aquí los
escrutinios se convierten sin más en siete y se trasladan a los
días laborables), y el L, llamado también Ordo romanus
antiquus, que será el núcleo del Pontifical
romano-germánico del s. x.
Para la historia
de la liturgia medieval no se subrayará nunca bastante la
importancia de tales ordines, junto con las Consuetudines monasticae y los
Capitularía (aquí en el sentido de decisiones administrativojurídicas,
disciplinares de sínodos, concilios particulares, etc.).
Libros
litúrgicos
V. Los libros
mixtos o plenarios
En los umbrales
del año 1000 asistimos a un fenómeno de fusión de los
diferentes libros por motivos funcionales. Se comienzan a recoger en un
solo libro todos los elementos que sirven para una celebración. Un
primer paso se dará insertando por extenso en los Ordines los textos
eucológicos que antes sólo se mencionaban. Nacen así los
libros mixtos o plenarios.
1. EL PONTIFICAL.
Con este nombre se designa el libro que contiene fórmulas y ritos
de las celebraciones reservadas al obispo (pontífice), como la
confirmación, las ordenaciones, las consagraciones de iglesias,
de vírgenes, la bendición de abades, pero también la
coronación de reyes y de emperadores...
El primer libro
de este género es el Pontifical Romano-Germánico del
s. x (= PRG).
Compuesto hacia el 950 en Maguncia, es un interesante ejemplo de la obra
de adaptación de la liturgia romana a los países
franco-germánicos. Se presenta como una mina de ritos y de fórmulas,
pero también de partes didácticas, como sermones,
moniciones, exposiciones de misa, con doscientos cincuenta y ocho
títulos de celebraciones diferentes ,0. El PRG, llevado a Roma por
los Otones, luego fue simplificado y reducido, especialmente a partir de
Gregorio VII (10731085). Encontramos así algunos pontificales
reducibles a un tipo, llamado por el editor Andrieu "el pon
tifical romano
del s. xn"".
En el siglo
siguiente, bajo Inocencio III (1198-1216), se creó un pontifical
adaptado a las exigencias de la curia papal de Letrán.
A finales del
siglo, durante el tiempo de cautividad en Avignon, el obispo de Mende,
Guillermo Duran1132
do, preparó
para su diócesis un pontifical basándose en los precedentes,
pero con mayor claridad. Se divide en tres libros: ritos sobre las personas;
sobre las cosas; celebraciones varias (acciones).
Con éste
tenemos el primer pontifical, que será sustancialmente el que luego
se apropiará toda la iglesia.
2. EL MISAL. Por
la misma exigencia de orden práctico y en el mismo
período (finales del s. x) comienzan a aparecer libros que
contienen todos los elementos para la celebración de la
eucaristía (oraciones, lecturas, cantos, ordo missae).
Se llama a ese
libro Missale, o Líber missalis, o Missale plenarium.
La rapidez de
difusión del Misal (con la consiguiente extinción gradual de
los sacraméntanos) se debe al hecho de la multiplicación de las
misas privadas, en que el celebrante decía todo, incluso lo que
correspondía a los otros ministros. Esto continuará
siendo normal incluso en las celebraciones comunitarias, en las que tales
ministros estaban presentes. El Misal es así el libro en que
confluyen el Sacramentario, el Leccionario (de Murbach), el antifonario
y los primeros Ordines.
El más
importante es el llamado
Missale secundum
consuetudinem curiae l2, que tuvo una gran difusión por haberlo aceptado
la orden de los Frailes menores, que prácticamente lo llevaron en todas
sus peregrinaciones misioneras. Será el primer Misal impreso, como
editio princeps, en Milán el año 1474.
3. EL RITUAL.
Como los obispos tenían en el Pontifical su libro, así
también era necesario un libro que contuviese los ritos realizados por
los presbíteros (además, claro está, del Misal para la
eucaristía). Desde el s. XII, y especialmente en el xiv, surgen muchos
libros del género, 1133
con nombres
diversos: Agenda, Ordinarium, Manuale. Se trata comúnmente de
libros privados, redactados por los mismos sacerdotes con cura de almas.
El que tuvo mayor
importancia fue el Sacerdotale, de Alberto Castellani de
4. EL BREVIARIO.
El mismo proceso que hemos visto para el Misal se produjo con el libro de
las horas.
Antes
había libros distintos: 1) El Salterio, que en el uso litúrgico
ha tenido dos redacciones: la romana (por haberse usado en Roma hasta el s.
vin), que corresponde a la primera revisión de san Jerónimo
sobre el texto griego de los LXX, y la galicana (llamada así
porque, usada primero en Galia, luego se difundió en todo el
Occidente, excepto en la basílica vaticana), que reproduce el texto
de la segunda revisión jeronimiana sobre
Libros
litúrgicos
medievo fue
reanudada en 1892 por
U. Chevalier IS y
por Dreves-Blume, que iniciaron la serie de Analecta Hymnica. 4) El Antifonal
del oficio, que R.J. Hesbert ha publicado recientemente '«. 5) El
Oracional, del que encontramos huellas en el sacramentario de Verona y en
el Gelasiano, que comprende las oraciones para las diversas horas
canónicas.
Todos estos
libros, después del año 1000, confluyen en uno solo, llamado
Breviarium, porque era de hecho una reducción de los diferentes
elementos, especialmente de las lecturas. El más conocido es el
Breviarium secundum consuetudinem romanae curiae, difundido
también por obra de los Frailes menores, que lo adoptaron oficialmente
en 1223 ".
De este Breviario
se hizo en 1525 una reforma desde el punto de vista de la latinidad. Más
importante es la reforma del card. Quiñones (llamado de
1556 Pablo IV lo
suprimió por el motivo mencionado arriba, volviendo al Breviario de
la curia romana.
VI. Los libros
tridentinos
El concilio de
Trento tenía en proyecto una reforma de la liturgia, pero no se
consiguió llevarla a cabo durante su desarrollo, y en la sesión
25.a (Corpus
Tridentinum IX, 1106) se pidió al papa la tarea de realizarla. Los
criterios a que se atendrán los papas son éstos: reformar,
según la tradición de la iglesia romana (es decir, en continuidad
con el período
Libros
litúrgicos
medieval);
imponer los nuevos libros a toda la iglesia occidental, excepto aquellas
iglesias que pudieran honrarse de tener ritos con más de doscientos
años de antigüedad. Esto, debido a que la única autoridad en
campo litúrgico de ahora en adelante habría de ser la sede
apostólica.
En concreto, la
reforma fue más bien superficial, ya que se promulgaron en
edición típica libros ya conocidos y usados antes del
concilio, con ligeros retoques y simplificaciones, especialmente en las
partes menos sustanciales.
Sin embargo,
todos estos libros se llamarán romanos en un sentido diverso del
que tenían precedentemente, es decir, válidos no sólo
para la ciudad de Roma, sino para todo el Occidente latino. De hecho,
además del rito romano así ensanchado, permanecieron en
Occidente sólo el rito ambrosiano y alguna diferencia en el rito
dominicano.
Inmediatamente
después del concilio se promulgan el Breviario (en 1568), el Misal
(en 1570), el Martirologio (en 1584), el Pontifical (en 1595), el
Caeremoniale episcoporum (en 1600) y el Ritual (en 1614).
Respecto al
Breviario, / Liturgia de las horas, III, 5, c-d.
El Misal,
después de la bula Quo primum tempore, de Pío V, contiene dos
instrucciones: un Ritus servandus in celebratione missae y un De
defectibus in celebratione missae occurrentibus. Se trata de normas rubrícales
para uso de los ministros. No se hace ninguna alusión a la parte de
los fieles.
El Martirologio
es un libro que encontramos ahora por primera vez. Pero tiene una larga
historia. Encuentra su antecesor en el calendario, es decir, en la
lista de las fiestas y de los santos que tienen una celebración en
un determinado lugar. El más antiguo calendario litúrgico romano
está constituido por
1134
sitio martyrum y
Depositio episcoporum, insertas en Cronógrafo del
354.
Posteriormente los calendarios se insertan en los libros litúrgicos a
modo de índice. Redactados aparte, con la indicación del
día y del lugar, tomarán el nombre de martirologios. El
más antiguo es el llamado Martyrologium hieronymianum, de la segunda
mitad del s. vl8. Siguen los martirologios históricos, que a las
indicaciones precedentes añaden noticias esenciales de la figura y de la
obra de los santos, especialmente respecto a su muerte. Entre éstos, el
de Beda, de Floro, de Usuardo ".
Estos
últimos, sin embargo, daban cabida a muchas noticias legendarias,
por lo que era necesaria una revisión. El papa Gregorio XIII se
interesará por ella, ya que a partir del s. ix el martirologio se
leía cada día en el officium capituli de los monasterios y
después de las catedrales. Se le encarga al célebre historiador
card. César Baronio; el libro fue publicado en 1584 como Martyrolo
gium romanumx. La
reforma del Vat. II no lo considera ya libro litúrgico, aunque no
es improbable una nueva revisión.
El Ritual
tridentino nace tarde por un motivo muy preciso. Gregorio XIII se lo
había encargado al card. Julio Santori. Éste se puso a la obra,
insertando en su Ritual también indicaciones de textos
bíblicos adaptados al catecumenado y a la mistagogia. Sin embargo, antes
de que se hubiera acabado de imprimir morían el papa y Santori (1602), y
el pontífice siguiente, Pablo V, mandó destruir los ejemplares.
El Ritual de Santori fue impreso de nuevo por los herederos con la fecha que
habría debido llevar (1583) [/Iniciación
cristiana, II,
3]. Pablo V publicó luego su Rituale romanum (1614), mucho
más reducido que el de Santori. Hay que señalar que este libro no
fue impreso en edición típica sino en 1135
1952, y nunca ha
sido propiamente obligatorio, dejando sobrevivir los Rituales de las iglesias
locales que lo quisieren.
El Caeremoniale
episcoporum es también un libro nuevo. Había nacido ya en
1455 de la necesidad de describir más detalladamente las ceremonias
del papa, de los obispos y de los presbíteros en la celebración
litúrgica. Textos semejantes se habían visto en 1516 y 1564,
pero el Caeremoniale pasó a ser libro oficial con la bula de Clemente
VIII en
1600. Revisado y
corregido varias veces en los siglos siguientes, ha llegado hasta los
umbrales del Vat. II. Hoy no se ve la oportunidad de un libro semejante, dada
la elasticidad de las nuevas normas litúrgicas.
Desde el tiempo
de su promulgación, los libros tridentinos habían
permanecido casi inalterados, salvo pequeños retoques en las sucesivas
ediciones. Nunca se les ha sometido a una verdadera reforma. Tentativas de este
género, hechas por iniciativa de algún obispo, serán condenadas
por Roma. Sólo en nuestro siglo, más aún, de 1950 en
adelante, tenemos cambios de relieve, como el restablecimiento de la
vigilia pascual en
1951, la
restauración de la semana santa en 1955, el nuevo código de
rúbricas en 1960, cuando ya estaba anunciado el concilio Vat. II.
VIL Los libros
del Vat. II
El concilio Vat.
II quiso una reforma general de los libros litúrgicos, con
lá posibilidad de la traducción en las lenguas
vernáculas. Por eso el papa Pablo VI, ya el 21-1
1964, creaba un
Consilium para la recta ejecución de la constitución litúrgica
[/ Reforma litúrgica].
El Consilium
elaboró diversos documentos, entre los que figuran: ínter
oecumenici, de 1964; Musicam
Libros
litúrgicos
sacram, de 1967;
Tres abhinc annos, de 1967 (segunda instrucción); Eucharisticum mysterium,
de 1967, y Liturgicae instaurationes, de 1970 (tercera instrucción). Con
tales instrucciones se daba la posibilidad de introducir la lengua vulgar
en las diferentes partes de la celebración, por lo que cada una de
las conferencias episcopales toma disposiciones para traducir el viejo Misal,
prepara leccionarios ad experimentum, se traduce parte del Ritual,
etc. Entretanto, el Consilium trabajaba, con grupos especiales de
expertos, en la composición de los nuevos libros.
Así, de
1968 hasta hoy se han publicado en la edición típica latina:
CALENDARIUM ROMANUM (1969) (= CR).
MISSALE ROMANUM. Bajo este encabezamiento
tenemos, en volúmenes:
Missale Romanum
(1970; 19752) (= MR); Ordo Lectionum Missae (1970' 19810 (= OLM); Lectionarium
(3 vols., 1970-1972); Ordo Cantus Missae (1973).
• OFFICIUM
DIVINUM. Bajo este encabezamiento tenemos, en volúmenes:
Liturgia Horarum
(por ahora en 4 vols., 1971-1972; 1980") (= LH).
•
PONTIFICALE ROMANUM. Bajo este encabezamiento tenemos, en fascículos:
De Ordinatione
Diaconi, Presbyteri et Episcopí (1968) (= ODPE); Ordo
Consecrationis Virginum (1970) (=OCV); Ordo Benedicendi Oleum catechumenorum
et infirmorum et conficiendi chusma (1971) (= OBO);Ordo Benedictionis
Ábbatis et Abbatissae (197 \)(=OBAA); Ordo Confirmationis (1972)
(= ocy,
Libros
litúrgicos
De Institutione
Lectorum et Acolytorum... (1973) (= ILÁ); Ordo Dedicationis
Ecclesiae et Altaris (1978) (= O DEA); Caeremoniale Episcoporum (1984).
• RITUALE
ROMANUM. Bajo este título tenemos, en fascículos: Ordo Baptismi
Parvulorum (1969) (= OBP); Ordo Celebrandi Matrimonium (1969) (=OCM); Ordo
Exsequiarum (1969) (= OE) Ordo Professionis Religiosae (1970; 19752, pero ya no
bajo el encabezamiento Rituale Romanum) (= OPR); Ordo Unctionis Infirmorum
eorumque pastoralis curae (1972) (=OUI); Ordo Initiationis Christianae
Adultorum (1972) (= OICA); De Sacra Communione et de Cultu Mysterii
Eucharistici extra Mis
sam (1973); Ordo
Paenitentiae (1974) (= OP); De Benedictionibus (1984) (= B).
• A
éstos hay que añadir: Gradúale simplex (19752);
Ordo Coronandi
Imaginem Beatae Mariae Virginis (1981).
Presentamos
brevemente los correspondientes textos oficiales en versión
española (el año entre paréntesis indica la primera
edición).
1. EL MISAL ROMANO
(1971) comprende también
texto del Misal,
dividido en propio del tiempo, propio de los santos, comunes, misas
rituales, misas y oraciones ad diversa, misas votivas, misas de
difuntos. El rito de la misa está colocado entre el propio del tiempo y
el propio de los santos, y a su vez se distingue en rito para la
celebración con el pueblo (— misa normativa) y rito para la
celebración sin el pueblo.
El MR ya no es un
misal plenario,
porque ya no
comprende las lectu
ras; pero no se
le puede llamar sim
plemente un
sacramentario, porque
incluye
también las antífonas de en
trada y de
comunión; en efecto, éstas
debe decirlas el
mismo celebrante,
en el caso en que
no se haga un can
to o no las
recite ningún otro.
Respecto al Misal
de Pío V, la
parte
eucológica está muy incremen
tada,
comprendiendo alrededor de
ochenta prefacios
(contra los quince
del precedente),
cuatro plegarias
eucarísticas
(otras se autorizarán a
continuación).
Ha sido repensado ex
novo en su
totalidad.
[/ Misal romano],
EL LECCIONARIO [/ Leccionario de la
misa).
II. Tiempo de
cuaresma y de pascua;
III. Tiempo
ordinario (semanas 1-17);
IV. Tiempo ordinario
(semanas 1834). En el primer volumen se encuentra
turgia de las
Horas (OGLH) que, a semejanza de
Se espera
todavía un quinto volumen (himnos; cánticos de libre elección;
oraciones sálmicas; textos para las celebraciones de vigilia, etc.).
4. EL PONTIFICAL.
Podemos ordenarlo así:
Ritual de
Ritual de ordenación del
diácono, del presbítero y del obispo (1977) (= RO).
Éstos son los ministerios ordenados. El conjunto de los ritos,
aunque conserva los textos esenciales de la tradición, resulta
más ordenado, dando mayor relieve a la imposición de
manos y a la oración consagratoria, y menos a los ritos suplementarios.
La restauración de la concelebración hace más sencillos
los ritos de la ordenación del obispo y de los presbíteros.
• Ritual
para instituir acólitos y admitir candidatos al diaconado y al
presbiterado, y para la promesa de
Libros
litúrgicos
observar el
celibato (= RLA). Ritual de la consagración de vírgenes (—
RCV). Ritual de la bendición de un abad o una abadesa (= RBnA). Se trata
de tres ritos diversos. Los ministerios instituidos son los del lector y del acólito
(se han abolido los del ostiario y del exorcista, como también el
subdiaconado). Son dos las novedades a este respecto: a) el ministro no es ya
el obispo, sino el ordinario (esto significa que en las órdenes y
congregaciones religiosas puede serlo el superior mayor); b) los candidatos son
laicos (que permanecen tales), los cuales pueden aspirar o no a las
órdenes. La consagración de vírgenes es un rito antiquísimo
y venerable, por el que una virgen (religiosa o no) consagra públicamente
su virginidad como signo de la iglesia virgen que sólo tiene a Cristo
por esposo. La bendición de un abad o de una abadesa se ha creado
ex novo, porque en el viejo Pontifical tenía más el aspecto
de una ordenación episcopal. Los nuevos textos expresan mejor la
función del padre y maestro de una comunidad
monástica.
• Ritual de
la bendición del óleo de los catecúmenos y enfermos y de
la consagración del crisma (— RBO). Ritual de la dedicación
de iglesias y de altares (= DCA) (1980). El primer rito, que se ha de
celebrar durante la misa crismal de jueves santo (mañana) en las
catedrales, donde el obispo concelebra con su presbiterio, trae los textos
tradicionales (con ligeras adaptaciones) de la bendición de los
óleos santos. Los otros dos ritos se han renovado y simplificado
sustancialmente, de suerte que forman con la celebración de la eucaristía,
que es cumbre del rito, una sola acción ritual.
/. Scicolone
•
Ceremonial de los Obispos (= CO). Éste es uno de los últimos
Libros
litúrgicos
libros
promulgados por la reforma general que decretó el Vat. II (1984). Se
trata de un volumen en parte muy tradicional y en parte también bastante
novedoso. Hay que reconocer que el CO tiene unas características que lo
distancian bastante de los otros libros litúrgicos emanados de la
reforma litúrgica del s. xx. Su principal característica
frente a los demás libros litúrgicos actuales es que no
ofrece textos eucológicos; aparentemente, por lo menos, se presenta
sólo como un volumen de simple normativa litúrgica, como su mismo
título —Ceremonial— parece ya sugerir. No obstante,
leído a la luz de la historia y de la teología litúrgica,
el CO debe situarse en el ámbito sacramental con tanta razón
como puedan colocarse en este ámbito los demás libros
litúrgicos, pues si los demás libros ofrecen los textos
bíblicos y eucológicos de la liturgia, es decir, las palabras
sacramentales, éste presenta los gestos simbólicos de los
misterios cristianos. El CO es, pues, un libro que, en la misma
línea que
tal-comunitarias
de la iglesia, no simplemente del ministro ni de la comunidad concreta que
celebra la liturgia común de la iglesia.
El CO es un
volumen tradicional en un doble sentido: a) porque con la descripción de
los gestos celebrativos mayores conserva y transmite la tradición
litúrgica de la iglesia, y b) porque se sitúa en línea de
continuidad con los Ordines romani de la edad media [/ supra, IV]. Pero a
la 1138
vez que
tradicional es también un libro nuevo, porque en su mismo estilo
lleva innegablemente la impronta de los libros del Vat. II: las referencias
doctrinales que justifican las normas son continuas y explícitas; con
este estilo el CO —a pesar del título de ceremonial que lo encabeza—
se aleja de lo que podría ser una simple descripción de ceremonias,
enlazando así, por lo menos en cierta manera, con la visión que
de la liturgia tenían los padres (cf, por ejemplo, las explicaciones de
Al ser uno de los
últimos libros publicados por la reforma litúrgica, al CO le ha
sido fácil apoyar su normativa en los libros litúrgicos
publicados anteriormente. No obstante, hay que decir también que en
algunas pocas ocasiones presenta interesantes variantes, introducidas
o bien para unificar algunas rúbricas que variaban de un Ordo o Ritual a
otro
o bien con vistas
a mejorar algunos ritos o incluso algunos usos introducidos y que no
siempre resultaban correctos 2I.
El CO está
dividido en ocho partes, precedidas de un proemio y seguidas de un
apéndice. El proemio presenta una breve síntesis histórica
de lo que han sido las diversas descripciones de los ritos
litúrgicos que se elaboraron a través de los siglos hasta llegar
al actual CO. Después de una breve alusión a los Ordines romani
—verdadera raíz primitiva del CO—, el texto se refiere a los
distintos Ceremoniales papales, que fueron como el puente que ha enlazado
los antiguos Ordines con el nuevo CO. En el cuerpo del volumen la primera
parte describe algunos princi
1139
pios
teológicos de la liturgia episcopal, presentada no a la manera de
ceremonias fastuosas, sino a la luz de la constitución conciliar Lumen
gentium. Un aspecto particularmente importante y delicado de esta primera
parte ha sido el de aunar aquella "noble sencillez" de los ritos
decretada por el Vat. II (SC 34) con los necesarios signos de respeto inspirados
por la fe que ve en el obispo la imagen o sacramento de Jesús, el
Señor. La segunda parte trata de la participación y presidencia
del obispo y de sus ministros en la misa. En esta parte es importante el cambio
de perspectiva con que se presenta la celebración de la misa presidida
por el obispo, acción culminante de la liturgia cristiana (SCA\); de
acuerdo con los otros libros litúrgicos renovados que ya no dan
nunca a los obispos el título de pontífices", tampoco el CO
habla nunca de misa pontifical, sino de missa stationalis (término de
versión ciertamente difícil, pues si en latín
cristiano statio significaba reunión plena de la iglesia local, en
las lenguas modernas es difícil encontrar un término que exprese
esta misma realidad). La tercera parte describe la celebración solemne
del oficio divino y de la palabra cuando preside el obispo; la cuarta
parte describe las diversas celebraciones del año litúrgico:
en esta parte merecen destacarse tanto las breves catequesis que introducen el
sentido de cada una de las fiestas principales como la insistencia con que se
subraya la importancia del domingo, para el que se pide que su
celebración no quede recubierta con la celebración de diversos
días consagrados a distintas necesidades de la comunidad cristiana
(cf n. 223). La quinta parte habla de la celebración de los
sacramentos, presidida por el obispo; en esta parte se separan claramente
los sacramentos de la celebración de los sacramentales,
Libros
litúrgicos
a los que se
consagra la sexta parte (así, la institución de acólitos y
lectores, por ejemplo, viene debidamente separada de las ordenaciones
de ministros). La séptima parte contempla las celebraciones extraordinarias
del obispo desde su nombramiento y ordenación hasta su muerte,
exequias y tiempo de sede vacante. También se trata de los ritos
del concilio plenario y provincial y del sínodo diocesano. Finalmente,
en el apéndice se sintetizan las varias disposiciones posconciliares ya
vigentes antes del CO sobre las vestiduras de los prelados y se ofrece una
tabla, esquematizando las normas propias de las misas rituales, votivas y de
difuntos. El libro concluye con un extenso y pormenorizado índice de un
centenar de páginas que facilita encontrar cualquiera de los ritos
contenidos en el volumen.
P. Farnés
5. EL RITUAL,
publicado también en fascículos, comprende:
Ritual del bautismo de niños
(1970) (= RB). Es un rito sustancialmente nuevo, porque nunca habíamos
tenido un rito propio para el bautismo de niños que tuviese en cuenta su
situación real. Antes era un rito de bautismo para adultos adaptado a
los niños. Ahora se tiene en cuenta que se los bautiza en la fe de la
iglesia, y principalmente de los padres y de los padrinos. La celebración,
prevista para el domingo, se hace de forma comunitaria, inserta en una
celebración de la palabra (o también, aunque sólo
excepcionalmente, durante la misa).
Ritual de la iniciación cristiana
de adultos (1976) (-RICA). Es un rito que, descuidado en los siglos más
recientes, recobra toda la praxis catecumenal de la iglesia de los siete/ocho
primeros siglos. Después de la introducción general sobre la ini
Libros
litúrgicos
ciación
cristiana, y la particular para la iniciación de adultos, siguen cinco
capítulos dispuestos así: 1. Rito del catecumenado, dispuesto por
grados, que son: a) el tiempo del catecumenado y su comienzo; b)
tiempo de la elección y su comienzo; c) celebración de los
sacramentos de la iniciación (bautismo, confirmación y primera
eucaristía) y tiempo de la mistagogia; 2. Rito más sencillo para
la imitación de un adulto; 3. Rito más breve para un adulto en
peligro próximo de muerte; 4. Indicaciones para la preparación
de adultos ya bautizados cuando niños a la confirmación y a la
primera comunión; 5. Indicaciones para la iniciación de los
niños en edad catequística. Tras un sexto capítulo en
que se prevén textos alternativos, se tiene un apéndice para la
admisión en la iglesia católica de cristianos válidamente
bautizados en otras confesiones. Este rito de iniciación de adultos,
previsto principalmente para las tierras de misión, tiene indicaciones
útilísimas también para nuestras regiones, con vistas a
una revalorización y una mejor práctica de los sacramentos de la
iniciación.
• Ritual de
la penitencia (1975) (= RP). El rito parte de una nueva concepción de
este sacramento. Ya no se le llama confesión, que era la parte por el
todo, sino penitencia o reconciliación. Por tanto, no se pone ya el
acento en el momento de la acusación, sino en la conversión. Se
prevén tres formas de celebración: a) individual: es el modo que
ha sido tradicional en los últimos siglos, pero se ha modificado en el
planteamiento (prevé también una lectura bíblica,
aunque breve) y en la fórmula; b) comunitaria, con confesión
y absolución individual (es la forma preferible); c) comunitaria, con
confesión y absolución general (para usarse en casos
determinados, y con el consentimiento del obispo).
1140
Rito de la sagrada comunión y del
culto de la eucaristía fuera de la misa (1974). El rito tiene en cuenta
diversas situaciones cambiadas: a) la comunión fuera de la misa debe
hacer siempre referencia a la celebración de la misma; b) debe insertarse
en una celebración de la palabra; c) la eucaristía puede ser
distribuida también por ministros extraordinarios; d) se regulan
las exposiciones y la adoración de la eucaristía, las procesiones
y los congresos eucarísticos.
Ritual del matrimonio (1970) (= RM). El
rito, si bien conserva la estructura precedente, presenta algunas
perspectivas renovadas: se celebra normalmente durante la misa (o, al
menos, durante una celebración de la palabra), da mayor relieve a la
bendición solemne de los esposos, prevé diversos formularios de
textos eucológicos, una riqueza de textos bíblicos y destaca
más la teología y la espiritualidad del sacramento.
Ritual de la unción y de la pastoral
de enfermos (1974) (= RUÉ). Se ve el sacramento de la unción en
el contexto de la solicitud que la iglesia tiene por el estado de
debilidad de los enfermos. Ya no se llama extrema unción, y se
puede conferir en todas las enfermedades de cierta gravedad,
también a los ancianos. Ha cambiado la fórmula (más
ceñida al texto de la carta de Santiago); la materia es el aceite
(ya no necesariamente de oliva, sino de cualquier tipo vegetal), el cual,
a falta del bendecido por el obispo, puede bendecirse cada vez. Se
prevé la concelebración por varios sacerdotes, y la celebración
comunitaria para varios enfermos, también en la iglesia.
Ritual de la profesión religiosa
(1979) (= RPR). Es un texto que sirve de base y de modelo para los rituales
de cada una de las familias religiosas. Prevé un rito para el co
1141
mienzo del
noviciado, visto como tiempo de preparación y de opción, el rito
de la profesión temporal y el de la profesión perpetua, como también
un rito para la promesa que sustituye a los votos religiosos. Los ritos
de profesión o de promesa se hacen durante la misa.
• Ritual de
exequias (1971) (= RE). El rito se presenta como una mina de indicaciones,
textos eucológicos, bíblicos y cantos para utilizar,
según los diferentes usos de las iglesias locales, en la casa del
difunto, en la procesión a la iglesia, en la misa exequial y en el
acompañamiento al cementerio. La perspectiva es claramente pascual:
el cristiano que muere realiza su éxodo de este mundo con la esperanza
de la resurrección.
/. Scicolone
•
Bendicional (— B). El B constituye de hecho una de las partes del
Ritual romano reformado según los decretos del Vat. II (SC 79); su edición
típica latina fue promulgada en 1984 y la castellana, común a
todos los países de habla hispana, aparece en 1986. En el conjunto de
las partes del actual Ritual, el B es el capítulo más extenso,
como lo era ya también en la última edición del Ritual de
Paulo V, aumentada y reordenada por mandato de Pío XII ". Hay que
decir que, sin duda alguna, en su extensión influye sobremanera el
hecho de que el B es el libro litúrgico en el que la piedad popular
más se avecina a la celebración litúrgica2".
Conforme a los
votos del Vat. II, frente a la anterior edición del Ritual romano, el
nuevo B ha sido profundamente reformado "teniendo en cuenta la norma
fundamental de la participación consciente, activa y fácil de los
fieles y atendiendo a las necesidades de nuestro tiempo" (SC 79).
Libros
litúrgicos
El B consta de
cuarenta y un Ordines o ritos de bendición; muchos de estos ritos
de bendición aparecen además desdoblados en rito habitual y rito
breve o bien presentan diversas posibilidades para ocasiones parcialmente
distintas (por ejemplo, la bendición de niños ofrece un formulario
para los niños bautizados y otro para los niños que se preparan
al bautismo). La edición castellana del B añade aún a
estas cuarenta y un bendiciones algunas otras o bien nuevas o en otros casos
tradicionales en algún país de América o en España;
con ellas el número de bendiciones en esta edición alcanza a
cuarenta y ocho formularios.
El conjunto de
estas bendiciones esiá precedido de una extensa introducción
y va seguida de tres índices alfabéticos —de bendiciones,
de lecturas bíblicas y de salmos responsoriales—, de los
cuales, en vistas al uso del volumen, es particularmente útil el primero
(un índice de este tipo aparecía ya en las ediciones del antiguo
Ritual romano).
En el cuerpo
mismo del libro, su primera parte presenta las diversas bendiciones que se
refieren a las personas (bendiciones relativas a la vida familiar,
bendiciones de los enfermos, de los misioneros enviados a
Libros
litúrgicos
anunciar el
evangelio, de las personas destinadas a impartir la catcquesis, de
los peregrinos, de los que van a emprender un viaje, etc.). En esta parte la
edición castellana añade las bendiciones de acólitos y
lectores no instituidos.
La segunda parte
trata de las bendiciones que atañen a los edificios no sagrados25 y
a las diversas actividades de los cristianos (bendiciones de un nuevo
edificio —que no sea una iglesia— de una escuela, de una
universidad, de un hospital); bendiciones de los medios de transporte
(automóviles, ferrocarriles, naves, aviones, etc.); bendiciones de
instrumentos técnicos (central eléctrica, acueducto, etc.);
bendiciones de los animales, de los campos, de los nuevos frutos, de la
mesa. En esta parte la edición castellana añade la tradicional
bendición de los términos de una población.
La tercera parte
agrupa las bendiciones de las cosas que se destinan, en la iglesia, al uso
litúrgico o a las prácticas de devoción (fuente bautismal,
sede, ambón, sagrario, cruz, imágenes del Señor, de
En la cuarta
parte se presentan las bendiciones que o bien sirven para fomentar la piedad
(bebidas y comestibles) o bien son objetos de devoción privada
(objetos de devoción, rosarios, escapularios, etc.). La edición
española añade en esta parte la bendición de los
hábitos, tradicional sobre todo en Perú.
Finalmente, en la
quinta parte se contienen dos bendiciones de carácter más
bien genérico: la bendición de acción de gracias, que
viene a suplir los antiguos y poco apropiados Te Deum (poco apropiados
porque el antiguo texto de este precioso canto no tiene demasiado que ver
con el
1142
uso al que
£i veces se destinaba), y la bendición para diversas circunstancias,
que ofrece unos formularios en vistas a las bendiciones no previstas
explícitamente en el B (en cierta manera es la réplica de la
antigua bendición ad otnnia).
P. Farnés
VIII. Criterios
para el uso de los libros litúrgicos
Contrariamente al
modo de concebirse los libros litúrgicos desde el concilio de
Trento hasta el Vat. II, es decir, como textos intocables cuyo dictado
había de ejecutarse escrupulosamente, ahora los nuevos libros
se entienden como proyectos que se han de realizar luego en la celebración,
teniendo en cuenta la particular situación de la asamblea concreta. De
aquí deriva la necesidad de estudiar bien las introducciones,
las posibilidades de adaptación que se dejan a las conferencias episcopales
y también al presidente individual de la asamblea. Estas posibilidades
se han de explotar luego en el momento celebrativo. Los mismos textos y las
rúbricas han de observarse prestando mayor atención a lo que
quieren decir, a la nueva mentalidad con que se han redactado y con el
diverso valor que revisten los diferentes elementos de la
celebración. Así, la palabra de Dios hay que proclamarla y
respetarla como tal: no se permite modificar el texto de las lecturas,
sino que se dan amplias posibilidades de opción en las misas rituales,
en celebraciones particulares, en los días festivos. Se ha de prestar
mucha atención a los textos eucológicos, especialmente a las
fórmulas consecratorias, tanto de la eucaristía como de los
demás sacramentos: son textos cuidadosamente formulados, que hay que respetar
y valorizar debidamente, con oportuna catequesis
1143
previa y con
eventuales moniciones breves. Se prevé cierta libertad para la
elección de los textos eucológicos variables (las oraciones
presidenciales), especialmente en los días de labor. En
cambio, sólo tienen valor de ejemplos o modelos los textos de las
moniciones previstas en los libros litúrgicos. Respetando su
función, es bueno que se expresen con palabras vivas, no atadas al texto
del libro litúrgico. Esto vale sobre todo para las celebraciones de los
sacramentos. En suma, el libro litúrgico, en lugar de ofrecer una serie
de celebraciones ya preordenadas, y por tanto invariables, ofrece
abundante material para construir celebraciones diferenciadas y responder
así a exigencias diversas. Es arbitro de las diversas opciones el
presidente de la asamblea, el cual, sin embargo, mirará al bien
espiritual de su comutúdad, sa
brá usar
convenientemente el sentido eclesial y el respeto a las situaciones, no
impondrá una idea personal y, sobre todo, sabrá entender y
realizar el espíritu que anima a cada parte de la celebración 2'.
Una última
palabra se refiere al respeto hacia el libro, considerado en su materialidad.
Hay que considerarlo como el sigho exterior y visible de lo que
contiene; hay que tributar al libro litúrgico el mismo respeto
y la misma veneración que la iglesia profesa a la palabra de Dios y la
oración de la iglesia. El Leccionario, especialmente, ha de
venerarse como la palabra de Dios: la liturgia misma nos lo enseña
cuando rodea al libro de los evangelios con tantas señales de
veneración (incensación, beso, entronización sobre el
altar y sobre el ambón). Sin embargo, esta veneración no debe
limitarse al momento del uso litúrgico, sino que hay que cultivarla
siempre, tanto durante la celebración como fuera. El respeto al
Misal exige igualmente que se le honre, y no se le sustituya con
Libros
litúrgicos
ediciones de
bolsillo o con hojas volantes. El respeto al libro se manifiesta en
la misma composición tipográfica; en la
encuademación; en el modo de tener, llevar, usar el libro y conservarlo.
/. Scicolone
NOTAS: ' B.
Botte, La tradition aposloüque de st. Hippolyte. Essai de reconstitution
(LQF 39), MUnster 1963; Hipólito de Roma, La tradición
apostólica, Sigúeme, Salamanca 1986 —
Le Pontifical
romano-germanique du Xe siécle, 3 vols. (ST226-227 y 269), Ciudad del
Vaticano 1963 y 1972 — " M. Andrieu, Le Pontifical romain au
moyen-áge I, Le Pontifical romain du XIV siécle; II, Le
Pontifical de
Liturgia
Sanctorum
Decembris, Propylaeutn, Bruselas
1940 — 21
El CO corrige, por ejemplo, la nor
ma introducida
por el Misal (Institutio, n. 337)
según la
cual la celebración del aniversario de la
muerte del obispo
se limita a sólo el primer año
y restaura la
significativa práctica antigua de
celebrarlo todos
los años (n. 1168); el CO pres
cribe que cuando
un celebrante, a falta de diá
cono, proclama el
evangelio, debe pedir la ben
dición al
que preside (n. 86); con ello corrige la
práctica
contraria, introducida al publicarse el
primer Ritus
concelebrationis (1965); a pesar de
que el Misal de
Pablo VI ya nunca aludió a esta
práctica,
la costumbre la ha ido introduciendo;
el CO corrige
esta costumbre y establece que el
concelebrante
pida también la bendición al que
preside; esta
práctica no es exclusiva de la misa
presidida por el
obispo, sino una corrección a la
práctica
indebidamente introducida (
tio del Misal
dice que el concelebrante que suple
al diácono
lo hace todo igual que él, con la
única
excepción de que no usa vestiduras diaco
nales) — n
Los comunes de santos obispos ya
no se titulan,
como en los libros anteriores, de
santos
pontífices, sino de pastores, para obispos; tampoco a los santos
que ejercieron el ministerio episcopal se les llama nunca
pontífices, sino obispos — 21 En la edición publicada por
Marietti en 1952 el título de Bendiciones tiene unas trescientas
páginas, mientras que el que le sigue en extensión —el de
Bautismo— alcanza sólo unas ochenta — 24 Cf Evanou, Bendiciones
y religión popular, en A.G. Martimort, La iglesia en oración,
Herder, Barcelona 19672, 855-860 — 25 Estas bendiciones se hallan en el
Ritual de la dedicación de iglesias y altares — 26 Cf C. Braga, /
libri ¡iturgici nel rilo romano, en VV.AA., Nelle vostre assemblee,
Queriniana, Brescia 19752,1, 397-410.
BIBLIOGRAFÍA:
Aldazábal J., El libro litúrgico como pedagogía de la
celebración, en "Phase" 116 (1980) 111-124; Álvarez A.,
Sobre la edición de libros litúrgicos en castellano, ib, 41
(1967) 446-458; "Concilium" 198 (marzo 1985): todo el número
está consagrado a las bendiciones; Farnés P., Significado
del nuevo Ceremonial de los Obispos, en "Phase" XXV (1985) 199-218;
Gracia J.A., Formación del Ritual Romano, ib,33 (1966) 218-234;
Libros litúrgicos publicados por
1144
Madrid 1955,
249-328; Sancho Andreu J., Pedagogía de la presentación de
los rituales de los sacramentos, en "Phase" 116 (1980) 125-133; Tena
P., Las ediciones típicas de
SUMARIO: I. El
término "liturgia" - II. Definiciones de
"liturgia" anteriores al Vat. 11:1. Definiciones que han de
rechazarse; 2. Definiciones que han florecido en el ámbito del
movimiento litúrgico: a) Por obra de L. Beauduin, b) Por obra de O.
Casel; 3. La definición de la "Mediator Dei": a) En la
liturgia se ejerce el culto personal de Cristo, que por
participación se convierte en el culto de la iglesia, b) En el
concepto de liturgia entra necesariamente la santidad del hombre, c) En el
concepto de liturgia entra necesariamente el rito - III. La liturgia en el
Vat.
II: 1. De la
"Mediator Dei" a la "Sacrosanctum concilium"; 2. Las
aportaciones de
Para ahondar en
el concepto de liturgia se podrían escoger diversos puntos de partida:
se podría arrancar, por ejemplo, de la / historia de la
salvación y de su estructura sacramental; de la sacramentalidad de
la iglesia en su explicitación concreta; de la problemática
fe-sacramento; de 1145
nuestra
experiencia cristiana; de una perspectiva antropológica, etc. Preferimos
seguir la progresiva toma de conciencia por parte de la iglesia en los
últimos decenios en relación con la realidad misteriosa y
compleja que indicamos con el término liturgia, realidad que va
mucho más allá de lo que el término pueda significar desde
un punto de vista etimológico e histórico.
I. El
término "liturgia"
Proveniente del
griego clásico leitourgía, originalmente el término
indicaba la obra, la acción o la iniciativa tomada libre y
personalmente por una persona privada (individuo
o familia) en
favor del pueblo, del barrio, de la ciudad o del estado. Con el paso del tiempo
la misma obra, acción o iniciativa perdió, por
institucionalización o por imposición, su carácter
libre, y así se llamó liturgia a cualquier trabajo de servicio
más o menos obligatorio hecho al estado o a la divinidad (servicio
religioso) o a un privado.
En la
traducción griega del AT llamada de los LXX, liturgia indica
siempre, sin excepción, el servicio religioso hecho por los levitas
a Yavé, primero en la tienda y luego en el templo de Jerusalén.
Era, por tanto, un término técnico que designaba el culto
público y oficial conforme a las leyes cultuales levíticas, distinto
del culto privado, al que en la misma traducción de los LXX nos referimos
principalmente con los términos latría o dulía.
En el NT
(evangelios y escritos apostólicos) liturgia no aparece nunca como
sinónimo de culto del NT (si se exceptúa He 13,2), evidentemente
porque en aquellos primeros tiempos el término estaba demasiado
vinculado al culto del sacerdocio levítico, que no encontraba ya sitio
Liturgia
en el NT. Sin
embargo, pronto reaparece el término en los escritos extrabíblicos
de oriden judeo-cristiano, como por ejemplo en Didajé 15,1, donde
claramente se refiere a un servicio ministerial; en la primera carta del
papa Clemente (passim), que toma por modelo para el culto cristiano el
culto hebreo. Y es probablemente por esta vía de la referencia a modelos
exteriores como el término liturgia, despojado ya de su específico
sentido cultual levítico, toma carta de ciudadanía en la
iglesia primitiva, cuyo culto designa, culto que será totalmente
nuevo en el contenido, porque se produce en la realidad nueva del
sacerdocio de Cristo, aunque en la forma permanecerá en muchos
aspectos vinculado a su origen hebreo, origen por el que la iglesia
apostólica se vio notablemente influida.
Pero aun
purificado así, el término no ha tenido igual fortuna en las
diversas partes de la iglesia. Mientras que en la iglesia oriental de lengua
griega liturgia sirve para indicar, sea el culto cristiano en general sea, en
especial, la celebración de la eucaristía, en la iglesia
latina la palabra es prácticamente desconocida. Sucedió, en
efecto, que mientras que otros muchos términos bíblicos neotestamentarios
—como ángel, profeta, apóstol, epíscopo
(obispo), presbítero, diácono, etc.— pasaron como
llevados en vilo a su traducción latina por simple transliteración,
esto no sucede nunca con liturgia (leitourgia se tradujo desde el
principio por officium, ministerium, munus...), y así seguirá
siendo un término extraño al lenguaje litúrgico latino.
En el mundo
occidental, liturgia no hará su aparición en el uso litúrgico;
al principio (a partir del s. xvi) aparece sólo en el plano
científico, donde entra para indicar o los libros rituales antiguos
("Litúrgica": Cas
Liturgia
sander, 1558;
Pamelius, 1571) o, en general, todo lo que se refiere al culto de la
iglesia, también al presente (cf card. Bona, Rerum liturgicarum libri
dúo, 1671). En este sentido, con Mabillon se comienza a hablar de
liturgia como de un conjunto ritual determinado (De liturgia gallicana libri
tres, 1685), del que se hará eco
L.A. Muratori con
su Liturgia romana vetus (1748), en la que publicaba coleccionados
los antiguos sacraméntanos romanos descubiertos hasta entonces. Por
desgracia, este legítimo uso del término, que permitía
hablar de liturgia oriental, occidental, latina, galicana, hispánica,
ambrosiana, etc., y quería indicar los diversos modos en que se
había expresado el culto cristiano a lo largo de los siglos en las
diversas iglesias, fue mal entendido por algunos, y se acuñó la
equivalencia "liturgia — ritualidad ceremonial y de
rúbricas" (cf De Giorgi, Liturgia romani pontijicis in
celebratione missarum sollemni, 1731-44). Esta equivalencia
permaneció estable prácticamente hasta el Vat. II, no sólo
en el uso común, sino en la misma organización de los
estudios eclesiásticos, en cuyo ámbito el estudio de la liturgia,
como es notorio, no iba más allá del conocimiento de las
rúbricas que regulan el ejercicio exterior del culto; sólo
en tiempos más cercanos a nosotros se le añadió el
conocimiento de algunas noticias históricas, en la medida que
servían para explicar y eventualmente justificar, en el plano de la
tradición, el uso de ciertos ritos.
Todo esto hay que
tenerlo presente si se quiere dar antes una primera explicación de
la fuerte oposición que desde siempre ha encontrado el movimiento
litúrgico, comenzando por su aparición en los primeros decenios
del s. XX. En efecto, se aceptaba con entusiasmo su empeño por
restituir a la liturgia todo el decoro y
1146
la exactitud en
las rúbricas; pero con no menos decidida hostilidad había
oposición a todo esfuerzo tendente a dar a la liturgia un fundamento teológico
verdadero y un valor plenamente formativo para la vida espiritual del
cristiano.
II. Definiciones
de "liturgia" anteriores al Vat. II
DEFINICIONES QUE HAN DE RECHAZARSE.
Estando así las cosas, una definición de liturgia podía
formularse sólo en el plano exterior de los ritos y de las
rúbricas, aun cuando fuera según ópticas diversas.
Para muchos, y en general para todos los que no se ocupaban
específicamente de liturgia, ésta aparecía
simplemente como la parte externa y sensible del culto cristiano, tendente
a revestir el culto mismo de formas exteriores que al mismo tiempo fueran
capaces de exaltar su contenido de fe para hacerlo más fácilmente
perceptible y estéticamente fruible. En cambio, para los que estaban
más atentos a la liturgia en sí misma, o sea, en cuanto
celebración (y entre éstos se deben señalar nombres
ciertamente merecedores de ser recordados por la aportación dada al
movimiento litúrgico y a la ciencia de la liturgia, como Callewaert,
Eisenhofer, Guardini), la liturgia era la suma de las normas con que la
autoridad de la iglesia regulaba la celebración del culto. Por tanto,
una definición veía toda la liturgia en el plano exterior y
estético; la otra la consideraba desde una óptica puramente
jurídica; en efecto, la liturgia era juzgada como parte del derecho
canónico.
DEFINICIONES QUE HAN FLORECIDO EN EL
ÁMBITO DEL MOVIMIENTO LITÚRGICO. El /movimiento litúrgico,
desde su primera aparición, ha
1147
bía
buscado una definición de liturgia que superara las precedentes,
aunque sin negarlas del todo, y que por tanto se moviese en un plano
teológico.
a) Por obra de L.
Beauduin. Una definición brevísima, pero a su modo completa, fue
la proporcionada y explicada por L. Beauduin (1873-1960): "La
liturgia es el culto de la iglesia". Toda la fuerza innovadora de
esta sencilla definición reside en la palabra iglesia, que especifica en
sentido formalmente cristiano el culto. Éste, en efecto, recibe de la
iglesia su propio carácter público y comunitario, pero no en un
sentido que asimilara el culto cristiano a un culto cualquiera que emana de una
sociedad cualquiera que lo establece por ley, sino en el sentido de que la iglesia,
por ser en el mundo la continuación de Cristo, ejerce ese culto
enteramente especial y perfecto que Cristo dio al Padre en su vida terrena.
El culto de la iglesia es, por tanto, ante todo culto cristiano en sentido
eminente, por ser continuación del de Cristo; es además culto
comunitario y público, porque en él se expresa la
naturaleza propia de la iglesia, que es comunidad visiblemente reunida en
torno a Cristo >. Esta definición, recogida en la "Rivista
litúrgica" de los monjes benedictinos de Finalpia por su
primer director,
E. Caronti
(1882-1966), el año mismo de su fundación (1914), hizo que
todo el movimiento litúrgico italiano se viera gradualmente transformado
por este primer esbozo de teología litúrgica, que de tal modo
veía la luz en Bélgica y en Italia ya en el tercer lustro de
nuestro siglo.
b) Por obra de O.
Casel. Sin desconocer el valor objetivamente teológico de la
definición de Beauduin, el benedictino alemán O. Casel,
de María Laach (1886-1948), estima que la liturgia puede y debe
Liturgia
conocerse no
sólo a través de un proceso lógico que se desarrolla desde
el género (culto) hasta la diferencia especifica (iglesia), sino
también en sí misma, es decir, estudiándola tal como es y
se manifiesta: como / celebración.
Partiendo del hecho
de que la celebración litúrgica es constantemente
llamada misterio tanto en el lenguaje litúrgico como en el
patrístico, y tomando esta palabra en el sentido con que aparece en el
ámbito cultual de la llamada "religión de misterios"2,
Casel descubre que los componentes esenciales de la celebración
o misterio, en
cuanto término técnico cultual, son: 1) la existencia de un
acontecimiento primordial de salvación; 2) la presencia del mismo
acontecimiento por medio de un rito; 3) gracias a su presencia ritual cada
hombre en cada tiempo actúa como propio el acontecimiento primordial de
salvación. Con estos datos en la mano, Casel considera que la liturgia,
por el hecho de presentarse como misterio, se autodefine como "el misterio
de Cristo y de la iglesia"', o más claramente: "La
liturgia es la acción ritual de la obra salvífica de Cristo, o
sea, es la presencia, bajo el velo de símbolos, de la obra salvífica
de la redención"4. Es claro que esta concepción de liturgia
derrumba la idea misma de culto. En efecto, éste, en la perspectiva
mistérica, no es ante todo la acción del hombre que busca un
contacto con Dios a través del ofrecimiento de su homenaje y de su
adoración, sino un momento de la acción salvífica de
Dios sobre el hombre, de modo que éste, una vez asumido en el misterio
de Cristo hecho presente en el rito, pueda alabar y adorar a Dios "en
espíritu y verdad". A nadie se le escapó la profundidad
y la riqueza teológica que esta visión mistérica aportaba
a la liturgia, aunque no todos se mostraron siempre persuadidos del valor
Liturgia
probativo de los
testimonios que Casel aducía del lenguaje de los padres y de los
textos litúrgicos antiguos, tanto orientales como occidentales. Sin
embargo, es indudable que la investigación teológica sobre
la liturgia ya no puede prescindir de Casel y de confrontarse con su
pensamiento, puesto que éste ha penetrado fuertemente en la
conciencia litúrgica de la iglesia.
Entretanto, el
movimiento litúrgico, al par que suscitaba nuevas ideas en el plano
de una profundización en el conocimiento de la liturgia, no había
dejado de impulsar a alguno, más voluntarioso e incluso más fantasioso
de cuanto la prudencia aconsejara, a introducir ciertas novedades en
el plano ritual, que además de revelarse como infracciones disciplinarias
podían tener aspectos doctrinales no siempre seguros. Al surgir
polémicas que estos puntos de vista teóricos y prácticos
contrastantes provocaban, implicando no sólo a personas particulares,
sino también a todo el cuerpo episcopal llamado a tomar parte a favor de
unos o de otross, intervino el papa Pío XII con su encíclica
Mediator Dei (20 de noviembre de 1947).
3.
1148
como inadecuadas
e insuficientes las concepciones de liturgia que hemos resumido [/ supra, 1],
la encíclica señala la posición precisa sobre el interrogante
más candente del momento: ¿qué es la liturgia? Para
la encíclica, la liturgia, vista en su contenido, es "la
continuación del oficio sacerdotal de Cristo"6; o, sin más,
"el ejercicio del sacerdocio de Cristo"7; vista luego en la
realidad completa de la celebración, se define como "el culto
público que nuestro Redentor, cabeza de la iglesia, tributa al
Padre y que la comunidad de los fieles tributa a su fundador y, por medio de
él, al Padre; o bien, más brevemente: la liturgia es el culto
público total del cuerpo místico de Cristo, cabeza y
miembros"8.
a) Cristo, como sacerdote
y mediador del NT, no ha querido que se interrumpiese el culto sagrado que
él había tributado al Padre durante su vida terrena. Por eso
fundó la iglesia, es decir, edificó sobre sí a los fieles,
los cuales, hechos templo santo en el Señor, "pudieran tener
en común con el Verbo encarnado el intento, la función y el
deber" del culto al Padre'. Por tanto, el primer elemento constitutivo y
especificativo de la liturgia es que en ella se ejerce el culto personal
del mismo Cristo, que por comunicación se convierte en culto de la
iglesia. Hay que tener bien presente este primer aspecto de la liturgia, ya que
sobre él se funda su nota absolutamente particular: la liturgia, por su
naturaleza íntima, es sacramental, al ser siempre signo de una
efectiva presencia de Cristo.
b) Cristo
tributó culto al Padre no sólo reconociendo y proclamando su
gloria, sino constituyendo su reino de gloria, que es la iglesia en cuanto
"universal ciudad redimida" (san Agustín). En efecto, el reino
fue constituido por Cristo no como un
1149
acontecimiento
exterior (cf Heb 9,11-12), sino como una "redención eterna"
(ib), que ha purificado nuestra conciencia de las obras de muerte de modo
que así podamos "servir [es decir, dar culto] al Dios
viviente" (v. 14). Así pues, Cristo ha dado culto al Padre de tal
modo que lo ha glorificado, y al mismo tiempo nos ha hecho dignos a
nosotros de tributar gloria a Dios: a través de la gloria que daba al
Padre, Cristo glorificó personalmente al Padre y santificó a los
hombres para transformarlos "en alabanza de su gloria" (Ef 1,5-12).
De suerte que el culto sacerdotal de Cristo comprende un segundo elemento:
la santidad del hombre, la cual entra así necesariamente en el concepto
de liturgia. Como Cristo dio culto al Padre no con el ofrecimiento
sacrificial de toros y becerros, sino con el sacrificio de la propia
voluntad en el cumplimiento perfecto de su beneplácito, así el
hombre ofrece a Dios "el sacrificio del espíritu contrito", es
decir, todo su ser, "como sacrificio santo, agradable a Dios en culto
espiritual" (Rom 12,1).
c) Pero puesto
que la santidad del hombre consiste en una transformación moral que
es consecuencia de la unión y participación del hombre mismo
en Cristo y en sus misterios salvíficos a través de los
sacramentos de la iglesia, esto es, a través de los ritos que
actúan la imagen o el símbolo del mismo Cristo santificador,
se sigue que el rito entra necesariamente como tercer elemento en el
concepto de liturgia.
De todo esto se
derivan dos consecuencias: 1) el culto litúrgico en tanto es
comunitario en cuanto es acción personal: en primer lugar de Cristo, y
luego de la iglesia con Cristo y en Cristo; 2) el valor principal de los
ritos en la liturgia no reside en su valencia psicológica (como si fue
Liturgia
ran un medio para
percibir una verdad oculta y un elemento requerido por la naturaleza
sensible del hombre), sino en su naturaleza sacramental: son
símbolos e imágenes reales de lo que representan, por lo que nos
ponen en contacto con Cristo, de forma que podemos dar al Padre un
culto numéricamente idéntico al que Cristo mismo le dio.
Por tanto, es de
grandísima importancia el hecho de que la liturgia, antes que
acción de la iglesia hacia Dios, es acción de Cristo en la iglesia,
de forma que la liturgia precede a la iglesia con prioridad de naturaleza
y con prioridad lógica, en cuanto que la iglesia primero es sujeto
pasivo de la liturgia y luego pasa a ser sujeto activo. Sería verdad lo
contrario si el aspecto "social" fuera principal en la liturgia,
en cuanto que esto implicaría la existencia de una iglesia como sociedad
antes de poder obrar como sociedad. Por el contrario, la iglesia existe
realmente sólo en virtud de la acción cultual de Cristo
(bautismo-eucaristía), que une a los hombres en iglesia. Consiguientemente:
si la iglesia es sujeto en primer lugar pasivo de la liturgia, la liturgia es
elemento constitutivo de la (= que constituye a la) iglesia. La iglesia no nace
en absoluto por una simple promulgación de la ley nueva, sino sólo
cuando los -apóstoles, yendo por el mundo, bautizan en el nombre
del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo (Mt 28,19), de suerte que
los hombres que creen se salven (Me 16,16; cf He 2,41).
III. La liturgia
en el Vat. II
Por lo que
precede se puede ver el camino recorrido para llegar a una comprensión
cada vez más profunda de la liturgia: iniciado hace unos cuatro siglos,
en los últimos veinte años anteriores al concilio aceleró
su Liturgia
ritmo. El Vat. II
es su punto de llegada, pero para convertirse inmediatamente en punto
de partida.
1. DE LA
"MEDIATOR DEP A LA "SACROSANCTUM CONCILIUM". El concepto de
liturgia que nos ha ofrecido
persona del
Verbo, sino más bien en su razón formal y teológica, esto
es, como un medio para un fin: unir al hombre con Dios y a Dios con los
hombres.
Sin embargo, esta
semejanza no debe inducir a pensar que
1150
luego en
sobrenatural, porque el hombre ha sido elevado precisamente del orden
natural al orden sobrenatural.
dos en el AT y
encontraron cumplimiento en la persona de Cristo, constituyen el /
misterio pascual, que es la obra de la redención de Cristo, de la que
nace la iglesia (SC 5).
Al introducir el
concepto y la realidad del misterio pascual,
condido en Dios,
que se convierte en misterio en la revelación que encuentra en
Cristo (misterio de la encarnación); en este sentido es un hecho
teológico; y, sin embargo, se encuentra bajo la modalidad
litúrgica, porque la pascua, que de suyo es el "paso para
proteger y liberar"10, consiste en un rito: es la misma redención
o salvación obtenida en y a través de un rito.
(SCI).
Con esta
definición se pone la liturgia en la misma línea del misterio
integral de la encarnación de Cristo en cuanto misterio de la
redención de los hombres y de la glorificación de Dios;
más aún, se la presenta
Liturgia
como
continuación (ejercicio) o actuación última y
permanente del mismo. Por tanto, la liturgia es el momento último, es
decir, escatológico, de la encarnación bajo su modalidad
de misterio pascual.
2. LAS
APORTACIONES DE
a) La liturgia es
culto a nivel de revelación.
b) Cristo con su
sacerdocio pro
Liturgia
píamente
no celebró una liturgia,
sino que
ofreció al Padre un culto en
verdad. A
diferencia del sacerdocio
comúnmente
entendido, que es una
función/encargo
por el que quien
está
investido del mismo tiene el po
der de
interpretar y expresar autori
tativamente en
formas rituales ex
ternas el
sentimiento religioso de ado
ración del
pueblo, el sacerdocio de
Cristo tiene un
valor totalmente dis
tinto. En Cristo,
el sacerdocio es el
momento en que
Jesús, llevando al
plano del obrar
la unión de la huma
nidad con la
divinidad realizada en
el plano del ser
por la encarnación,
da culto al Padre
uniendo perfecta
mente la voluntad
propia a la del
Padre. De este modo,
la mediación
que Cristo
realiza entre el hombre y
Dios por la
unión de las naturalezas
(mediación
objetiva) se convierte en
mediación
sacerdotal (mediación
subjetiva),
porque en el culto propio lleva a Dios el culto de toda la humanidad,
haciéndose así "camino nuevo y viviente" que permite a
todos el acceso al Padre (Heb 10,1920). Pero aunque este culto era,
en cuanto interior y espiritual, una "liturgia mejor" (Heb 8,6)
que el de cualquier otro sacerdocio, no revestía sin embargo formas
celebrativas externas de ninguna clase. En efecto, en él el sacerdocio
se realizaba en la plena identificación del oferente con la ofrenda:
Cristo era sacerdote viviendo el ofrecimiento de sí mismo al Padre.
c) La liturgia es
el ejercicio de la obra sacerdotal de Cristo a través de signos
significativos y eficaces. En todo culto la forma ritual es siempre
expresión simbólica de una realidad que está en un nivel
superior a la forma. Pero mientras que en el culto natural el rito es
símbolo de la realidad religiosa del hombre, el régimen
simbólico en que está constituida la liturgia tiene ante todo la
tarea de
1152
expresar,
haciéndolo presente y posible para la iglesia, el culto mismo que
Cristo tributó al Padre en su vida. En virtud del signo simbólico
es como la liturgia, que se ha convertido en "misterio del culto de
Cristo", reviste naturaleza y función sacramental. Sus
ritos simbólicos son, en efecto, lo que para Cristo era su humanidad, en
el sentido de que el culto dado por Cristo al Padre inmediatamente en su
humanidad, ahora con la mediación del rito se le comunica, para que
se asocie a él, a toda la humanidad redimida (iglesia). Y como el
culto de Cristo se expresa directamente en su santidad, el rito
litúrgico es ante todo signo de la santificación que Cristo obra
en nosotros, y en cuanto tal es, en su misma ritualidad, signo de nuestro culto
espiritual. En la liturgia se ejerce así la acción
sacerdotal de Cristo,
y de este modo la
celebración de la iglesia adquiere la característica propia
del culto de Cristo: ser glorificación de Dios mediante la
santificación del hombre.
d) La liturgia es
la perpetua actuación del misterio pascual de Cristo. El
misterio de Cristo se llama pascual porque en la muerte de Cristo
encontró su cumplimiento la promesa con la que Dios había
anunciado que quería establecer su "testamento"
(diatéké, testamentum, alianza) con su pueblo a fin de asumirlo
como pueblo "especial, real y sacerdotal". Pascua, en efecto, fue la
muerte de Cristo —es decir, su éxodo
(tránsito)—, en cuanto que no quedó prisionero de la
muerte, sino que fue resucitado por el Padre y, por tanto, al subir al Padre,
"llevó consigo una multitud de cautivos",
o sea,
liberó a los hombres prisioneros (del pecado y de la muerte) y les
"dio dones", es decir, "otorgó el don del Dios
altísimo", el Espíritu Santo, mediante el cual hemos
recibido no
1153
la ley "de
nuevo en el temor", sino aquel "amor que hace que nos llamemos
hijos de Dios y en efecto lo seamos" (1 Jn 3,1). Esta pascua de Cristo,
hacia la que tendía todo el AT y toda su vida, aunque ha tenido lugar en
la historia (es decir, en un momento dado de la historia del mundo), no
está condicionada históricamente (es decir, no está
confinada y cerrada en la historia); celebrada en la liturgia, es la
aplicación y la actuación en el tiempo, de modo diverso
según las épocas, de la acción salvífica de
Dios. En efecto, en el AT la pascua realizaba en todas las generaciones del
pueblo hebreo la promesa de la salvación que se había dado mediante
Moisés; en el NT la pascua realiza en todas las generaciones
cristianas la verdad de la salvación que se ha efectuado mediante
Cristo.
También
por este motivo toda la liturgia de la iglesia está en la línea y
en la perspectiva pascual y constituye el último momento de la
historia de la salvación. En efecto, la liturgia no es otra cosa que la
actuación de aquel "anuncio de la muerte del Señor
hasta que venga", de que habla san Pablo (1 Cor 11,26). Es decir, es la
anamnesis, memoria actual y real de las realidades que Cristo mismo
obró; es la anamnesis, memoria real y actual de su pascua, es decir, de
su éxodo "de este mundo al Padre" (Jn 13,
3.
la
santificación de los hombres y la glorificación de Dios".
a) Acción
sagrada: una acción de culto. Acción, por tanto, no en sentido
exterior, sino en el sentido contenido en las palabras de Cristo: "He
cumplido la obra que tú [Padre] me encomendaste". En efecto, en la
liturgia "se ejerce [exercetur] la obra de nuestra redención"
(SC 2). .
b) A
través de la cual: la expresión indica la naturaleza instrumental
de la liturgia, la cual es coextensivamente un médium quo y un
médium alicuius. No es una acción sagrada genérica
con la que se hace algo en orden a Dios; es, por el contrario, una
acción cuya virtud deriva del hecho de ser el medio a través del
cual Cristo mismo se hace presente como agente principal. En efecto, la
liturgia es una acción comunicada por Cristo a la iglesia, y a
través de la cual ésta realiza cuanto Cristo mismo
realizó.
c) Con un rito:
el rito es el signo sagrado que significa una realidad y la realiza. Esta
naturaleza ritual de la liturgia no ha de verse ante todo, como se hace
demasiado a menudo, en la línea antropológica, en cuanto que el
hombre tiene necesidad de signos externos. No se niega esto en absoluto;
pero el rito como signo indica relación con Cristo, porque sirve
para significar y actuar la memoria y la presencia de Cristo; y como
Cristo realizó una obra divina en la humanidad unida al Verbo de Dios,
así el rito litúrgico aporta en su materialidad el significado
y la potencia del Verbo de Dios; de este modo es como una longa manus de
Cristo, que nos hace tocar la misma divina potencia de su humanidad.
d) En la iglesia:
se entiende la iglesia como el cuerpo vivo y real de Cristo, en el que el mismo
Cristo cabeza está presente y es co-agente. Se
Liturgia
dice "en la
iglesia", porque ella es el primer sujeto pasivo de la liturgia. En
efecto, la obra sacerdotal de Cristo tiende a hacer de los hombres la
iglesia. Tomando la parte por el todo —es decir, la eucaristía por
la liturgia—, podemos decir con los antiguos: "La
eucaristía hace a la iglesia", porque a través de la
acción litúrgica es realizada la iglesia, "habiendo
sido elegidos y llamados (— "hechos iglesia") para ser alabanza
de Dios" (cf Ef 1).
e) Mediante la
iglesia: por tanto, Cristo no obra ya ahora su propio misterio directamente y
por sí solo, sino mediante la iglesia. En efecto, la obra sacerdotal de
Cristo pasa a ser por participación la obra sacerdotal de la
iglesia en cuanto cuerpo de Cristo, y por tanto la liturgia pertenece a la
iglesia como su realidad peculiar. La liturgia es la modalidad particular del
culto en la que, mediante la iglesia, acontece ahora en el mundo lo que en
otro tiempo realizó Cristo en su misterio (Cristo tiene como propio su
misterio; la iglesia tiene como propia la liturgia, que es ese modo
determinado de actuar tal misterio a través de los ritos). Puesto que la
iglesia está "asociada" a Cristo en la ejecución de
esta obra sacerdotal, se dice con acierto que ahora esta obra se cumple y se
actúa en el mundo "mediante la iglesia".
f) Se ejerce y
continúa: "se ejerce", es decir, es puesta en ejercicio,
se hace actual; "se continúa", es decir, se actúa
incesante y perennemente, sin interrupción. La obra sacerdotal de
Cristo, que es la salvación del mundo, no constituye en Cristo
sólo un gran mérito en virtud del cual se reputa a los
demás hombres santificados porque cuanto hizo Cristo se considera
como hemos para ellos; al contrario, todo lo que Cristo hizo se considera como
hecho por todos los hombres. Ahora bien, lo que de 1154
iure fue hecho en
Cristo por la natu
raleza humana de
todos, ahora de
fado se ejerce a
través de la liturgia
por cada una de
las personas agru
padas en la
unidad del cuerpo de la
iglesia.
g) La obra
sacerdotal de Cristo: es la obra total de la encarnación que Cristo
realizó de modo sacerdotal; es decir, como mediador que une a Dios
con los hombres y a los hombres con Dios: todo ello mediante su
sacrificio. Es la obra que realizó en su misterio pascual, a
través de la cual él mismo, al recibir verdaderamente las
promesas de Dios, liberó a todos los hombres y los constituyó
como "nación santa, pueblo peculiar, linaje escogido,
sacerdocio real" (1 Pe 2,9).
h)
Santificación y glorificación: la de Cristo fue obra de
glorificación de Dios a través de la santificación de los
hombres. Cristo, en efecto, dio culto a Dios en el sentido de que en sí
mismo recondujo hasta Dios a los hombres purificados, santificados y
reconciliados. Esta misma obra se actúa ahora en la liturgia: en ella es
santificado el hombre, y de este modo puede dar gloria al Padre. En realidad,
los adoradores en espíritu y verdad existen sólo cuando los
hombres, sometiéndose totalmente a Dios, lo reconocen como su creador y
redentor.
IV. La
"celebración litúrgica" en el Vat. II
Si nos atenemos a
la definición re
ferida, el ser
culto sacerdotal de Cristo comunicado a la iglesia y ejercido por la
iglesia constituye la doble formalidad por la que la liturgia, por un lado, se
diferencia esencialmente de cualquier culto natural —en cuanto que, como
culto a nivel de revelación y de historia de la salva
1155
ción se
realiza sólo en el hombre renovado en Cristo (sobrenaturaleza)—
y, por la otra, se presenta como culto de la iglesia.
Estudiar de forma
penetrante el sentido profundo de esta formalidad, que quiere poner de
manifiesto la indispensable naturaleza eclesial de la liturgia, siempre fue
difícil, por las implicaciones jurídicas que se han descubierto
en la fórmula culto de la iglesia.
Ya Beauduin,
mientras por una parte afirma que el sujeto de soporte de la liturgia es la
iglesia —cuerpo místico de Cristo— en su integridad, por la
otra afirma también que la liturgia no sólo en su ordenamiento,
sino también en su ejercicio depende únicamente de la iglesia
jerárquica, por la razón de que sólo en ésta se
ejerce en plenitud el sacerdocio de Cristo.
Análoga es
la posición de la encíclica Mediator Dei, de Pío XII,
la cual, aunque define la liturgia como "culto integral del cuerpo
místico de Cristo", en la práctica la considera
"principalmente cosa de los sacerdotes que la ejercen en nombre de la
iglesia", porque "sólo ellos están signados con el
carácter indeleble que los configura con el sacerdocio de Cristo".
Como se ve, la
liturgia, de culto de la iglesia pasa a ser culto en nombre de la iglesia,
fórmula por la que la liturgia se inscribe en el área directamente
jurídica de la oficialidad y se convierte así en una
acción pública. Era lo que el CDC de la época (can. 1256)
había especificado ya definiendo a la liturgia como "culto
público", porque es culto que se tributa a Dios "en
nombre de la iglesia" por personas legítimamente delegadas por la
misma iglesia y según ordenamientos dispuestos institucionalmente
por ella.
Al decir que la
liturgia es "culto público hecho en nombre de la igle
Liturgia
sia" se
entra en la lógica de la conocida
distinción/oposición entre culto privado y culto público,
distinción que se refiere no al modo de realizar la acción de
culto (en privado o en público), sino al sujeto diferente que realiza el
culto, el cual puede ser el individuo particular —que obra como tal, esto
es, en nombre propio— o bien la sociedad, la cual puede obrar
por medio de un encargado suyo, cuyas acciones, llevadas a cabo en nombre de la
sociedad, revisten valor oficial. De este modo, la liturgia sería
culto público y oficial porque estaría hecho en nombre de la
iglesia-sociedad por quien por oficio es diputado suyo. Poner, por tanto, la
liturgia en la categoría del culto público significa no tanto
insinuar su aspecto externamente visible cuanto más bien
señalar su posición de oficialidad, que la hace acción representativa
del culto que la comunidad (iglesia) da a Dios por medio de alguien que
obra en su nombre.
Una primera
consecuencia de ello sería ésta: si la liturgia es por definición
culto público-representativo, no puede darse sino en virtud de una
mediación, que en nuestro caso viene dada por aquel que por oficio
es delegado para el culto en la iglesia. Una segunda consecuencia sería
que toda acción de culto hecha por un privado nunca podrá tener
valor y sentido de liturgia, y toda acción de culto que normalmente se
considera litúrgica dejará de ser tal si la realiza un privado.
Ejemplo clásico: antes de la reforma querida por el Vat. II, si un
sacerdote, solo o en grupo, rezaba el rosario no hacía liturgia,
porque en este caso él era un privado, al no extenderse su
delegación hasta el rosario; si un privado, solo
o en grupo,
rezaba el breviario —oración litúrgica por excelencia no
hacía liturgia, porque no estaba delegado para esta oración.
Si consideramos
todo el c. I de la
Liturgia
SC, se
diría que se delinea otra situación, debido a que en la
constitución litúrgica nunca aparece explícita
ni la idea de oficialidad ni la de delegación para el culto, aun cuando
en SC 7 la definición de liturgia coincide hasta en el uso del
término público con la de
Es lo que se debe
deducir del hecho de que el documento de aplicación de dicho
c. IV de
Por consiguiente,
la celebración de la liturgia de las Horas revela como iglesia no
sólo —de manera particular— a la comunidad reunida con el
obispo, con quien le sustituye (ib, 20) o con el párroco (ib, 21), sino
también cualquier otra asamblea de fieles reunida para la celebración
comunitaria de la liturgia de las horas (cf ib, 21; 22), sean laicos (ib, 27) o
comunidades religiosas (ib, 24). Es evidente que la oración de las
comunidades aparece tanto más
1156
como un hecho
eclesial cuando se produce bajo la presidencia del obispo (ib, 20)
—definido en nuestro caso como aquel que "deberá sobresalir
por su oración entre todos los miembros de la iglesia" (ib,
28)— y del párroco, "pastor que hace las veces del
obispo" (ib, 21). De éstos se dice que, además de haber
recibido la "misión canónica" de convocar y dirigir la
oración (ib, 23), "se les confía" también
como "obligación personal" (ib, 28) y por "mandato
especial" (ib, 17; 29) la celebración de la misma
oración: obligación que ha de cumplirse asimismo con la celebración
en privado, en caso de que estuviera ausente la comunidad (ib, 28). Aunque
al respecto aparezca todavía el término delegación (ib,
28), su significado ya no es el de antes. En efecto, la
diputación de que hablaba el CDC de 1917 era aquella por la que una
acción de culto se convertía por vía oficial en liturgia,
o sea, culto de la iglesia, por ser hecha "en nombre de la iglesia".
Ahora, por el contrario, la "misión canónica" y el
"mandato" fundan el deber de "convocar y dirigir" y la
obligación de "celebrar" la liturgia de las Horas, a fin
de que "al menos ellos aseguren... el desempeño de lo que es
función de toda la comunidad, y se mantenga en la iglesia sin
interrupción la oración de Cristo" (ib, 28). Con otras palabras:
el mandato se refiere sólo a la obligación de ejecutar una
oración que es ya en sí misma liturgia de la iglesia.
En coherencia con
este conocimiento más profundizado de la realidad eclesial de
la liturgia, el nuevo CDC de 1983 (can. 1173) pone también la
liturgia de las Horas directamente como acción de la iglesia, que
ejerce el sacerdocio de Cristo; el nuevo código no alude, a
propósito de los ministros sagrados, a una delegación
litúrgica de los mismos (can. 276).
1157
De cuanto precede
se derivan algunas consecuencias que nos parece pueden ayudar a comprender
mejor la liturgia en su relación con la iglesia y con el culto
privado.
V. Liturgia e
iglesia
La liturgia, en
cuanto ejercicio del sacerdocio de Cristo actuado en la iglesia, es
acción conjunta de Cristo y de la iglesia, en el sentido de que
"Cristo asocia siempre consigo a su esposa la iglesia" en la
realización de "esta obra tan grande, por la que Dios es
perfectamente glorificado y los hombres santificados" (SC 7). Sin embargo,
aun siendo la liturgia acción común de Cristo y de la iglesia,
Cristo conserva siempre en ella la propia posición de cabeza, y la
iglesia se actúa como cuerpo suyo. De esta doble posición deriva
una distinción de papeles —papel de cabeza (Cristo) y papel
de cuerpo (iglesia)— que en la liturgia se concretan en los
ministros (cabezas-vicegerentes de Cristo cabeza) y en la comunidad
(real cuerpo de Cristo).
Cristo ejerce su
propio papel de cabeza en la liturgia: primero, cuando, comunicando
—por medio de los ministros sagrados— a los hombres su propia
gracia (Jn 1,16), con esta obra suya de santificación los hace pueblo
santo de Dios, o sea, iglesia; segundo, cuando comunica a la iglesia,
así constituida, aquella misma alabanza que él elevaba al Padre.
La iglesia cumple
su propio papel de cuerpo de Cristo en la liturgia cuando, aceptando la
acción santificadora de Cristo, continúa la oración
y la alabanza que él ofreció al Padre en los días de su
vida terrena (Heb 5,7) y que, ofrecida por la iglesia, sigue siendo la
oración que Cristo —pero hoy con su cuerpo, la iglesia—
presenta al Padre (cf SC 84).
Liturgia
En este sentido
la liturgia, acción sacerdotal de Cristo, se llama con razón
"culto de la iglesia".
La liturgia es,
pues, el culto de la iglesia no porque se ejerce "en nombre de la
iglesia" que manda u ordena el culto, sino porque se ejerce in
persona ecclesiae, es decir, por quien como comunidad (a) o como individuo
(b) personifica a la iglesia.
a) La comunidad
que personifica o encarna a la iglesia es ante todo la comunidad que
constituye la iglesia local. Por consiguiente, la liturgia de la iglesia
local es aquella en la que propiamente la liturgia se revela y se ejerce como
liturgia de la iglesia. La determinación local, así como no quita
a cada una de las comunidades su característica de ser verdaderamente
iglesias (LG 26), más aún, la aumenta, porque les confiere una
cierta visibilidad (A G 37) y carácter concreto (LG 11), tampoco disminuye,
antes al contrario pone de manifiesto la nota eclesial de su liturgia. En
efecto, ésta sólo existe como liturgia en acto cuando es
local, o sea, cuando hay una comunidad que la celebra en un determinado lugar
".
Pero una
celebración local de la liturgia es prevista como verdadera y
auténtica liturgia también cuando la hace cualquier comunidad
eclesial, es decir, situada en el interior, pero como parte —aunque
sea mínima— de la iglesia local. Es el caso de las
comunidades monásticas, masculinas o femeninas, cuya oración
es verdaderamente liturgia de las Horas, porque en ella representan "de
modo especial a la iglesia orante" (OGLH 24). Igualmente una comunidad,
aunque sea ocasional, formada sólo por laicos, si celebra, aunque
sólo sea parcialmente, la liturgia de las Horas, realiza "la
misión de la iglesia"; y es liturgia de la iglesia también
la deseada celebración de las horas que se da en el ámbito
Liturgia
restringido de la
familia, visto que por tal celebración la familia "se siente
más insertada en la iglesia"
(OGLH21).
b) El individuo
que personifica
o encarna a la
iglesia es propiamente el ministro sagrado, es decir, aquel que, constituido
"en el orden" por un sacramento especial, recibe el "Espíritu
de cabeza" (Spiritus principalis) que lo hace "obispo, pastor y
sumo sacerdote" en la iglesia, o al recibir "el segundo grado del
ministerio" se convierte en presbítero y
"colaborador" del obispo en su oficio pastoral y, por tanto,
también en el sacerdocio.
En ambos casos el
orden comunica la gracia sacramental por la que el obispo y el
presbítero adquieren la capacidad de obrar como vicegerentes de
Cristo, cabeza del cuerpo. En efecto ellos, que por el bautismo eran, como
todos, miembros del cuerpo de Cristo, por el sacramento del orden han sido
hechos cabezas en el cuerpo de Cristo (PO 2). Así como Cristo cabeza
"lleva a todos en sí mismo" (Cipriano, Ep. 63,13),
también el obispo y el presbítero en cuanto cabezas-vicegerentes
de Cristo llevan en sí toda la comunidad de la que, en dependencia
de Cristo, son cabezas. Por consiguiente, como Cristo en la celebración
litúrgica, que también es actuación de su propia
acción sacerdotal, no está nunca solo, sino que "asocia
siempre consigo a su esposa la iglesia" (SC 7), hasta el punto
de que la liturgia resulta ser conjuntamente "obra de Cristo sacerdote y de
su cuerpo que es la iglesia" (ib); así el obispo y el presbítero
al realizar la liturgia personifican siempre a la iglesia, tanto si ella
está presente como si está ausente. Naturalmente, si la comunidad
está presente, entonces el "sacramento de unidad" que es la
iglesia, "pueblo santo congregado y ordenado bajo la
1158
dirección
de los obispos" (SC 26), se hace más evidente, en cuanto que tal
comunidad representa "a la iglesia visible establecida por todo el
orbe" (SC 42). Si la comunidad está ausente, en el obispo y en
el presbítero está de todos modos presente Cristo en su
específica función de cabeza de la iglesia, y por tanto en la
celebración litúrgica tienen ellos en Cristo asociada
consigo, personificándola, a la propia iglesia.
Como conclusión
de cuanto se ha dicho se ve claramente que el verdadero sujeto de la
liturgia es propiamente hablando sólo la iglesia, tanto sí
está personificada —a título diverso— en la
comunidad como si lo está en el ministro/cabeza de la comunidad. No
existe, por tanto, una liturgia en nombre de la iglesia, sino sólo una
liturgia de la iglesia.
Por consiguiente,
hay que reajustar el valor de mediador que a menudo se da al ministro
sagrado en la celebración litúrgica. Aparte el hecho de que
parece que debe excluirse de los ministros sagrados toda mediación
en sentido teológico —en cuanto reservada a Cristo—, tampoco
es exacto atribuirles la mediación que se encuentra en quien, revestido
de oficialidad, ocupa el puesto del que está ausente: en el ministro
—sea que personifique a Cristo cabeza, sea que, en cuanto cabeza,
personifique al cuerpo de Cristo, la iglesia— obran,
respectivamente, Cristo y la iglesia. Con otras palabras: en la liturgia,
cuando por ejemplo el ministro obra como presidente, no es mediador de la
propia iglesia, sino que en su oración ora la iglesia.
VI. Liturgia y
culto privado
La conocida
distinción entre culto público y culto privado opone desde
siempre la oración de la iglesia y la oración privada
reconociendo a la
1159
primera la
característica de liturgia, que se niega, por el contrario, a la segunda
(santo Tomás, S. Th. II-II, 83-12; cf los antiguos tratados de
teología moral, por ejemplo, Merkelbach, Summa theologiae moralis
II, París 1932, 692s; Noldin-Heinzel, Summa theologiae moralis II, Innsbruck
195731, 129). La distinción se basa en una consideración
teológica del hombre, según la cual la realidad cristiana de
éste, calificada como sobrenaturaleza, es vista sólo como
algo que se superpone al ser natural del hombre mismo.
El movimiento
litúrgico desde su nacimiento ha chocado contra esta
consideración, pero sin lograr superarla, habiéndose tenido
que contentar con afirmar el valor superior de la oración
litúrgica recurriendo ora a la constatación de hecho de que ésta
era la oración oficial de la iglesia (visión
jurídica), ora a la afirmación que reconocía en ella
la oración de la iglesia cuerpo de Cristo, ora al redescubrimiento de la
sentencia bíblica: "Donde hay dos o tres reunidos en mi
nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mt 18,20).
A estas dos
últimas consideraciones de orden teológico se les reconocía
ciertamente una importancia de primer plano en favor de la liturgia, como
sucedía por ejemplo en la encíclica Mediator Dei, de
Pío XII, y más recientemente, con fuerza, en SC 7, donde leemos
que "toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo
sacerdote y de su cuerpo, que es la iglesia, es acción sagrada por
excelencia, cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado,
no la iguala ninguna otra acción de la iglesia". Pero esto no
quitaba la distinción, y por tanto la existencia/valor de la
oración privada, como reconoce SC 12, que sin embargo, con extraña
exégesis, no sólo opone la oración en secreto
(recordada por Mt 6,6) a la oración en común (que tamLiturgia
bién es
reconocida como vocación propia del cristiano), sino que además
presenta la oración incesante (inculcada por 1 Tes 5,17) como
sinónimo de oración privada, mientras que para SC 86 (cf
OGLH 10; 15) precisamente la oración litúrgica será la que
realiza la oración incesante recomendada por Pablo. Pero hay
más: en SC 12, el ofrecimiento de sí mismos —que se realiza
en el sacrificio de la misa (liturgia máxima de la iglesia)—
es presentado como una de las cosas que demuestran que ¡la
"participación en la sagrada liturgia no abarca toda la vida
espiritual"! Sin querer negar la dificultad que deriva de verse
forzados a moverse en una situación de hecho y de mentalidad con siglos
de antigüedad, nos parece grave que
En la base de
todo el problema está la falta de comprobación del valor que
en el plano cristiano tienen las expresiones oración privada y
oración litúrgica.
I. ORACIÓN
PRIVADA. Yendo por delante que la expresión puede indicar el modo (en
privado) y el sujeto (como persona privada) de la oración, se debe
decir que la oración en privado tiene sus raíces en la misma
naturaleza humana; en efecto, entra en ese modo de obrar con que el hombre se
expresa tanto en relación con Dios como en relación consigo
mismo y con los demás en los momentos de profunda intimidad. Es una
actitud inextirpable del hombre.
La oración
como persona privada es aquella en que el hombre se pone delante de Dios
ignorando a los demás. Este tipo de oración, que bien puede
situarse en el natural egoísmo del hombre, no es admisible en el
cristiano. De hecho, en el cristiano que ora como cristiano no existe nun
Liturgia
ca, porque no
puede existir. Si se da tal oración, no es oración cristiana.
Hablando de
cómo debe ser la oración cristiana, san Cipriano (De orat. dom.
8) escribe: "Los cristianos tienen una oración pública
[= universal] y común, y así cuando oramos no oramos por uno
sólo, sino por todo el pueblo, porque nosotros somos todo el
pueblo, una sola cosa". Y añade que esto viene de Cristo mismo,
"maestro y doctor de la unidad, el cual no ha querido que los suyos orasen
como individuos y como personas privadas, cual si orasen sólo para
sí, sino que ha querido que cada uno orase por todos, del mismo modo que
él llevó a todos
congregados en
sí mismo".
La oración
del cristiano es, pues, de todos al tiempo que es suya, y no por presupuestos
sociológicos, sino por razones de antropología teológica.
El cristiano participa en la realidad de Cristo y, por tanto,
también en su acción: como Cristo "en su humanidad
llevaba a todos los hombres" para comunicarles a todos la
salvación, así el cristiano lleva a todos en la propia
oración, para cooperar en la salvación de todos.
La
formulación plural que el Señor da a la oración que
enseña a los apóstoles no se debe a razones de estilo, sino que
es revelación de la mentalidad del Señor. Todavía santo
Tomás (S. Th. II-II, 83-7 ad 1) se remite a la motivación
encarnacionista de Cipriano, cuyas palabras cita, al explicar el plural
del padrenuestro; y continúa diciendo (ib, 16 ad 3) que la
"oración del Señor se pronuncia en la persona común
de toda la iglesia", por lo que —¡y estamos ante la
naturaleza sacramental de la oración cristiana!— es siempre
verdad para la iglesia lo que en ella ora el orante, aun en el caso de que
él no lo entendiera personalmen
te así.
Por tanto, SC 12
habla con razón
1160
de una
vocación del cristiano a una
oración
común ("christianus enim ad
communiter
orandum vocatus..."),
por la que
incluso cuando ora en pri
vado no
será nunca la suya una ora
ción como
persona privada, porque
su oración
se producirá siempre den
tro del cuerpo de
Cristo, la iglesia,
como
oración en y por el cuerpo de
Cristo. Y esto
sin que tal oración
pierda el propio
carácter personal.
El cristiano
alaba y da gracias o bien
suplica por un
don personal que ha
recibido o que
desea recibir; pero de
hecho por medio
de él dan gracias y
suplican todos,
puesto que él en la
propia
oración —como Cristo en la
suya— se
hace voz de cada hombre.
Todo esto es la
consecuencia na
tural del hecho
de que cada cristiano
participa con
todos en el único y co
mún
sacerdocio de Cristo, que es ne
cesariamente
universal no sólo en la
extensión
(en todos), sino también
en la
acción (que es de todos).
2. ORACIÓN
LITÚRGICA. En el cristiano, la que se llama oración litúrgica
de hecho no añade nada, en cuanto al valor de universalidad, a la
común oración cristiana arriba descrita. Su particularidad es la
de ser el sacramento de ésta. Definida como oración de la
iglesia, explícita a través del signo sagrado de la comunidad
reunida la realidad de la oración cristiana, que consiste en ser siempre
oración de todo el cuerpo de Cristo. Esta explicitación eclesial
se da sobre todo por el hecho de que en la oración de todos el cuerpo se
hace evidente, por la presencia visible o presunta del sacerdote cabeza
de la comunidad y
la presencia de Cristo cabeza de todo el cuerpo de la iglesia. Con otras
palabras: la superioridad de la oración litúrgica sobre
la oración cristiana común procede de que, al ser la
proyección y la hermeneusis sacramental de la iglesia
—comunidad sacerdotal de Cris1161
to—, tiene
consigo la garantía de que siempre la acoge el Padre: 1.° porque a
la iglesia como tal se le han hecho las promesas y se le ha dado la alianza que
la hace esposa de Cristo para siempre; 2.° porque, como oración
de la iglesia, la suscitará siempre el Espíritu para que
esté en conformidad con el pensamiento del Padre; 3.° porque la
santidad indefectible de la ecclesia-sponsa purifica siempre la
oración de la ecclesiameretrix, es decir, de cada uno de los
pecadores que componen la comunidad.
VIL
Conclusión: ¿Hacia un nuevo concepto de liturgia?
En este sentido
no se puede aceptar la idea todavía subyacente al modo común
de pensar cuando, al hablar de liturgia, se la entiende siempre como una
forma de culto oficial de una iglesia igualmente oficial, un culto oficial que
se distingue por un ordenamiento particular del mismo que atribuye su ejercicio
a los ministros sagrados. Históricamente es éste el sentido
originario del término liturgia que aparece en el texto griego del
AT según los LXX [/ supra, I]l2; y en este sentido ha reaparecido en el
cristianismo, falseando así la primitiva concepción cultual
de este último, ya que de este modo se prolongaba un dualismo
cultual que el NT no conoce ni admite.
Hecha así
forma clerical del culto cristiano, la liturgia se ha encontrado encerrada
en una lengua cada vez más ignorada por el pueblo, vinculada a
formas rituales cada vez más ajenas al pensamiento y a la cultura, de
los que sin embargo en tantos aspectos formaba parte y vivía la iglesia.
Como consecuencia
de esto y con la añadidura de una fuerte falta de
Liturgia
catequesis y de
formación cultual en el pueblo, este último, aunque continuaba
observando la liturgia en su oficialidad, se entregó a nuevas formas
cultuales: las llamadas devociones, que, inspiradas asimismo en el
misterio cristiano, nacieron sin embargo fuera, y en parte en sustitución
de la liturgia, o bien como adaptación de ella a un nivel de comprensión
más popular. Así, las ciento cincuenta avemarias del rosario
son la reproducción de los ciento cincuenta salmos del salterio
litúrgico de los clérigos, y la triple oración diaria
del ángelus repite también en la forma (sólo que
sustituyendo los salmos por avemarias) a la oración de la mañana
(prima), de mediodía (sexta) y de la tarde (completas) que, al toque de
la campana, se hace en los monasterios.
De este modo las
devociones, de hecho y en la intención, se han encontrado formando
pareja con un cuerpo litúrgico ya formado, pero no tan cerrado en
sí mismo que no experimentara, desde la edad media hasta hoy, el influjo
de aquéllas. Vemos así surgir fiestas que hacían que
se convirtieran en liturgia las devociones, simplemente dando a
éstas la forma de aquélla; aceptando que pasara a ser
patrimonio de la iglesia lo que seguía siendo propiedad del pueblo,
como si iglesia y pueblo, por efecto de una extraña eclesiología
divisionista, fueran cosas diversas. Piénsese, por nombrar sólo
algunas entre las mayores, en las fiestas del Corpus Christi, de
La iglesia se
encuentra todavía hoy en su propio seno ante este dua
lismo cultual,
cuya verdadera matriz es sobre todo histórica, y como tal hay que
juzgarla y valorarla. Pero a la formación de tal dualismo ha contribuido
seguramente cierta concepción jurídica de la liturgia, por
la que ésta era reconocida como tal sólo si correspondía a
requisitos precisos: 1.° tener una determinada forma,
fundamentalmente tradicional, pero de hecho cerrada en una fijeza
esclerotizante, merced a la cual todo debía corresponder a
cánones predeterminados, tanto en la formula
ción de
una oración como en la composición y en la ejecución
de los ritos; 2.° liturgia era sólo la que nos venía, en
la forma mencionada, de la antigüedad; y este principio suponía
—hasta el Vat. II— que se realizase sólo en la antigua
lengua latina.
Estos dos
elementos, ya vistos como constitutivos de la liturgia y que ponían a la
liturgia misma en un plano netamente jurídico en cuanto a
comprensión y praxis celebrativa, eran cabalmente los que en el AT
habían dado origen al culto levíticosacerdotal, a diferencia
del culto del
pueblo.
La reforma
litúrgica promovida por el Vat. II ha pretendido superar esta
posición:
Primero:
reconociendo a la liturgia el carácter de celebración, que
pertenece indistintamente "a todo el cuerpo de la iglesia'" (SC 26),
si bien la constitución jerárquica de la iglesia misma
atribuye cometidos litúrgicos distintos a los diversos componentes
del cuerpo eclesial (ib).
Segundo: dando a
esta superación de la concepción veterotestamentaria, que
había reaparecido en la iglesia, su raíz y razón en el
hecho cristiano mismo; es decir, al ser el cuerpo de la iglesia
partícipe y depositario del único sacerdocio de Cristo, no
puede subsistir en él, en el plano teológico de
comprensión
1162
de la liturgia,
el antiguo dualismo
cultual.
Esto de suyo
quiere decir que en la iglesia todo lo que es culto cristiano es liturgia,
y por tanto el vínculo que todavía se establece entre liturgia
y forma determinada de culto no puede aducirse ya como elemento constitutivo
—aunque sólo sea en el plano práctico— de la
liturgia. Pero si se quiere establecer una distinción entre el culto
cristiano común y la liturgia, entonces esta distinción
sólo puede fundarse en el hecho de que la liturgia es el momento en el
que el
culto cristiano
común, cobrando valor "sacramental", se presenta como
culto de la iglesia en cuanto tal, es decir, culto del cuerpo de Cristo,
mientras que el común es culto en el cuerpo de Cristo.
Tercero: si
Informa determinada no es ya elemento constitutivo de la liturgia, se debe
estimar —no obstante la afirmación contraria de SC 13—
que cualquier otra forma de culto, como por ejemplo los "ejercicios
piadosos" de que habla precisamente
dad, porque
también ellos son, en este caso particular, sacramento de la iglesia.
NOTAS: ' L.
Beauduin, La piété de ¡'église, Lovaina 1914, rist.
en Melanges liturgiques, Lovaina 1954; Essai de manuel de liturgie. ib
— 2 N. Turchi, Fontes historiae religionis mysteriorum aevi
hellenistici, Roma 1930 —3 O. Casel, Umistero del culto cristiano,
Turín 1966, 73 (trad. cast.: El misterio del culto cristiano. Dinor,
San Sebastián, 1953) --" Cf O. Casel, Mysteriengegenwart. en JLW %
(1928) 145 — 5 Cf H.A. Schmidt, Introduclio in liturgiam occidentalem,
Herder, Roma 1960, 170s —* Ene. Mediator Dei. en A AS 39 (1947) 522
— ; Ib. 529 — 8 Ib. 528s — ' Ib. 527s — i0 El hebreo
pesah (griego
pascha) significa simplemente liberación y protección: cf N.
Füglister, Die Heilsbedeutung des Pascha (Studien zum A. und NT,
1163
8), Munich 1963,
157ss — " Cf S. Marsili, Anamnesis I, Marietti, Turín 1974,
120s; K. Rahner, en Rahner-Ratzinger, Episkopat und Primal, Friburgo de B.
1961, 27; Chiesa e sacramenti, Brescia 1966, 82ss —n Cf S. Marsili,
o.c. 33-45.
S. Marsili
BIBLIOGRAFÍA:
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la liturgia
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liturgia centro de la teología y de la pastoral, en G. Barauna, La
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Vaticano II, Taurus, Madrid 1969, 279-338; De Castro J., El sacerdocio
regio de los fieles, en G. Barauna, La sagrada liturgia renovada por el
concilio, Studium, Madrid 1965, 289-311; Fernández P.,
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Azcárate A., La flor de la liturgia renovada. Manual de cultura y
espiritualidad litúrgicas, Ed. Claretiana, Buenos Aires 1976; Bernal J.M.,
Una liturgia viva para
Liturgia
una Iglesia
renovada, PPC, Madrid 1971; Bouyer L., Piedad litúrgica, Ed.
Benedictinas, Cuernavaca 1957; Casel O., El misterio del culto cristiano,
Dinor, San Sebastián 1953; Della Torre L., Curso de liturgia, Studium,
Madrid 1966; De Pedro A., Misterio y fiesta. Introducción general a
la liturgia, EDICEP, Valencia 1975; Eisenhofer L., Compendio de liturgia católica,
Herder, Barcelona 19635; Garrido M., La liturgia en la vida cristiana,
Abadía de Santa Cruz del Valle de los Caídos s/f; Garrido M.Pascual
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mañana. Sal Terrae, Santander 1977; Guardini R., El espíritu
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Camino sacramental de la comunidad cristiana, PPC, Madrid 1979; Jean-Nesmy Cl.,
Práctica de la liturgia, Herder, Barcelona 1968; Jungmann J.A., El culto
divino de
B. Cr.,
Acción de Dios, fiesta del pueblo. Fiesta de Dios, acción del
pueblo. Apuntes para una teología de la celebración. Paulinas,
Santiago de Chile 1981; Vagaggini C , El sentido teológico de la
liturgia. BAC 181, Madrid 1959; Vandenbroucke F., Iniciación
litúrgica. Aldecoa Burgos 1965; VV.AA., La celebración en
1968.
LITURGIA,
HISTORIA DE LA
/ Historia de la
liturgia
LITURGIA/LITURGIAS
/ Ambrosiana,
Liturgia; / Hispana, Liturgia; / Liturgias locales antiguas; / Orientales
Liturgia de las
Horas
LITURGIA Y BELLAS
ARTES
/ Arte; /
Arquitectura; / Canto gre;"goriano; /Canto y música; /Mass S
media
LITURGIA Y
CIENCIAS
HUMANAS
/
Antropología cultural; / Comuni¡.cación; /
Psicología; / Sociología;
,.
'
/ Cultura; /
Fiesta; / Lengua/ Lenguaje litúrgico; /Religiosidad popular;
/Rito; /Sagrado; /Signo/Símbolo; / Traducción
litúrgica
SUMARIO: I.
Nomenclatura: 1. Liturgia de las Horas; 2. Oficio divino; 3. Breviario; 4.
Otros nombres - II.
2. Variedad de
planteamientos; 3. Tiempos de oración; 4. Estructuración; 5. Las
etapas más significativas: a) Ss. vn-x, b) Breviario de
II: a)
Oración de todo el pueblo de Dios, b) Nuevo salterio litúrgico,
c) Nuevo leccionario bíblico, patrístico y hagiográfico,
d) Adaptabilidad, e) Subsidios para la interiorización, f) Variedad
y riqueza; 7. El oficio en las iglesias orientales - IV. Naturaleza y
espíritu de cada una de las horas: 1. Laudes; 2. Vísperas; 3. Oficio
de lecturas; 4. Tercia, sexta, nona u hora intermedia; 5. Completas - V.
Estructura actual delaLH: 1. Invitatorio; 2. Laudes y vísperas; 3.
Oficio de lectura; 4. Tercia, sexta, nona u hora intermedia; 5. Completas - VI.
Los diversos componentes de
lización
del hombre; 7. Santificación cósmica
IX.
1164
ciamientos del
magisterio eclesiástico; 2. Actuación del prototipo de
santidad; 3. Prolongación sacramental; 4. Potenciación
ascético-mística y
apostólica.
En esta voz
emplearemos las siguientes siglas;
OGLH =
Ordenación general de
por su santidad
el papa Pablo VI para el rito romano.
LH —
Liturgia de las Horas.
El Offtcium
divinum renovado fue promulgado por Pablo VI con la const. apost. Laudis
canticum, del 1 de noviembre de 1970 (texto castellano, o.c, 15-25).
I. Nomenclatura
Las
denominaciones, al menos en el sector de la liturgia de que nos ocupamos,
manifiestan la óptica con que se vio
1. LITURGIA DE
LAS HORAS. ES el nombre del oficio divino editado por primera vez en 1959',
acogido sucesivamente en diferentes publicaciones, escogido como altamente
expresivo por las comisiones del Consilium para la puesta en
práctica de la constitución Sacrosanctum concilium [ /
Reforma litúrgica, II, 1] y consagrado finalmente por los documentos
y por la edición oficial. Liturgia, por ser parte del culto público
de la iglesia (SC 83-101), per
tenecer a todo el
cuerpo eclesial, manifestarlo e implicarlo (SC 26; 1165
OGLH 20); de las
Horas, por ser esencialmente oración destinada a santificar las horas
del día y de la noche, es decir, todo el tiempo (SC 84; OGLH 10).
OFICIO DIVINO. Adopta este nombre, junto
con el anterior, el ordenamiento posconciliar (cf OGLH 2, etc.).
Antiguamente designaba cada uno de los actos cultuales; luego se
limitó a la oración litúrgica de la iglesia. A veces se
quiso ver subrayada en él la obligación canónica (del
latín officium, deber).
BREVIARIO. Este nombre está
abandonado ahora, porque ponía de manifiesto un aspecto que sólo
es ocasional y totalmente exterior. Venía de breviarium,
equivalente de sumario, compendio, abreviación, síntesis,
codificación de libros, y había surgido principalmente por el
hecho de que en la baja edad media comenzaron a reunirse en uno solo los
diferentes libros manuscritos necesarios para el rezo coral, lo cual implicaba
reducciones notables de algunos componentes, o por lo menos la simple
indicación de su incipit.
OTROS NOMBRES. Entre los autores o en los
documentos circulaban expresiones como: cursus, preces horariae, opus
Dei, pensum servitutis, horae canonicae. En el rito bizantino se designa
con el término Horologion al libro del oficio divino: obvia
referencia al carácter horario de esta oración.
II.
Existe la
oración de los bautizados y la de los no bautizados. Una y otra
pueden ser estrictamente privadas e individuales o bien revestir un
carácter social, un desarrollo comu
Liturgia de las
Horas
nitario e incluso
un valor oficial reconocido por la autoridad. La oración
cristiana comunitaria puede limitarse a una forma devocional propia de
estratos más o menos amplios, es decir, a una expresión religiosa
vinculada únicamente a determinadas contingencias históricas
populares o a factores culturales. En este caso se llama ejercicio piadoso
o forma de piedad popular, más o menos acreditada por la autoridad. Los
documentos eclesiásticos, y en particular
La
oración, incluso la no cristiana, es un acto religioso de alto
valor, que tiene sus raíces en el fondo de todo ser humano en cuanto
criatura de Dios, independientemente de sus creencias. En efecto, "ya que
el hombre proviene todo él de Dios, debe reconocer y confesar este
dominio de su Creador, como en todos los tiempos hicieron, al orar, los hombres
piadosos" (OGLH 6). En esta oración hay o puede haber un
vínculo, consciente o no, del orante con Cristo salvador, y
entonces es ciertamente válida ante Dios, también en orden a
la salvación. "La oración, que se dirige a Dios, ha de
establecer conexión con Cristo, Señor de todos los hombres y
único Mediador, por quien tenemos acceso a Dios. Pues de tal manera
él une a sí a toda la comunidad humana, que se establece una
unión íntima entre la oración de Cristo y la de todo el
género humano. Pues en Cristo y sólo en Cristo la
religión del hombre alcanza su
Liturgia de las
Horas
valor
salvífíco y su fin" (OGLH 6).
Pero la
oración de los bautizados que viven su bautismo tiene sin duda una
relación más íntima y profunda con Cristo, que los ha
habilitado para conferir vitalidad divina a su actividad. Ésta es la
oración cristiana o de los cristianos. "Una especial y
estrechísima unión se da entre Cristo y aquellos hombres a los
que él ha hecho miembros de su cuerpo, la iglesia, mediante el
sacramento
del bautismo.
Todas las riquezas del Hijo se difunden así de la cabeza a todo el
cuerpo: la comunicación del Espíritu, la verdad, la vida, y la
participación de su filiación divina, que se hacía
patente en su oración mientras estaba en el mundo" (OGLH 7).
El bautismo es además una forma de compartir el sacerdocio de Cristo,
que habilita para compartir su ejercicio sacerdotal, y por tanto su misma
oración, que fue precisamente una función sacerdotal suya (OGLH
7; 15). Por
tanto, la dignidad de la oración cristiana es grande, porque
participa de modo especial en el amor del Hijo hacia el Padre (OGLH 7).
Sin embargo, la
iglesia, entre todas las formas de oración cristiana, privilegia la
litúrgica, reconociendo que, "por su naturaleza, está muy
Por encima" de las demás (SC 13). Efectivamente, la iglesia ha
elaborado su estructura, la ha compuesto con textos bíblicos y
patrísticos y, a menudo, a lo largo de los siglos, ha dedicado un
empeño especial para reformarla y adecuarla a las diferentes
exigencias históricas, ha contro
l o
diligentemente sus planteamientos teológicos y espirituales, ha
ouscado su decoro y dignidad litera
"a
y musical, ha redactado minucio
en
sem y SU
normativa. Si se tiene pre
nte el panorama
universal de la siesia> en sus variedades de pueblos DrP,,v?' y la
trad¡ción milenaria, impresiona el hecho de que ningún
1166
ejercicio piadoso
u otra forma de oración, por muy venerable que sea (prescindimos
obviamente de la eucaristía y de las demás acciones sacramentales),
ha merecido tanta atención por parte de la iglesia: la ha
experimentado como válida y nutritiva para la vida cristiana y la
ha comunidado, al menos en principio, como la que mejor congenia con ella,
aquella en que mejor se recono
ce a sí
misma (OGLH 18; 20). La recomendación u obligación con que la ha
inculcado a lo largo de los tiempos no hay que juzgarlas como el elemento
fundante de su carácter litúrgico, es decir, de oración
eminente de todo el cuerpo eclesial, sino más bien como la consecuencia.
La iglesia ha pretendido garantizarse el cumplimiento de lo que considera uno
de sus cometidos principales (OGLH 1) incluso vinculando jurídicamente
a los sacerdotes y a muchos religiosos. Fue probablemente la
comprensión errónea de este aspecto la que acabó
haciendo que se atribuyera a la institución de la delegación
canónica una fuerza constitutiva de valores que, por el contrario,
tienen su fuente sólo en el misterio de la iglesia en cuanto comunidad
esencialmente de culto y de salvación [/ Liturgia, IV, 2-3].
III.
Una ojeada
histórica es indispensable no sólo para captar las grandes
líneas evolutivas que han llevado a las formas con que estamos familia-,
rizados ahora, sino también para valorar la colocación de
1. ORIGEN Y
FUNDAMENTO. La historia de
que decisivo en
el ejemplo y el mandato de Cristo. De los evangelios se desprende que la
oración jalonaba toda la vida del Salvador, hasta el punto de formar el
alma de su ministerio mesiánico y de su éxodo pascual (OGLH
A). Además, está explícitamente documentado su pensamiento
sobre la iglesia, comunidad de oración (OGLH 5). Es lo que recibieron
plenamente los apóstoles y los primeros cristianos, que no sólo
se hicieron eco de los mandatos de orar siempre, dados por el divino Maestro,
sino que efectivamente perseveraron en la oración, así como en la
escucha de la palabra, juntamente con la celebración
eucarística y la comunión fraterna (cf OGLH 1). Es
convicción profundamente enraizada en la conciencia de la iglesia
que la función horaria del oficio divino se remonta
fundamentalmente a la oración continua recomendada y también
practicada por Jesús (OGLH 10 y const. apost. Laudis canticum, comienzo
y n. 82) y por la comunidad apostólica. Si, además, se recuerda
que Jesús, los apóstoles y la comunidad primitiva oraron
también con los salmos (cf Mt 27,46; Le 23,46; Col 3,16)3, como el
pueblo hebreo al que pertenecían, se deduce que el mismo carácter
salmódico de
2. VARIEDAD DE
PLANTEAMIENTOS. La historia de
Liturgia de las
Horas
y su contenido
salmódico, que se ampliaba a veces con el uso de los cantos
bíblicos y con las lecturas de
3. TIEMPOS DE
ORACIÓN. La comunidad apostólica observaba el uso nacional
de los hebreos de la triple oración: por la mañana, a mediodía
y por la tarde. Pero no se desconocía la oración nocturna
(Le 6,12; He 16,25).
A partir del s.
iv se difundió mucho la costumbre de los cinco tiempos,
recordada ya por Tertuliano' y por otros: laudes, tercia, sexta, nona,
vísperas. Sin embargo, algunos ambientes añadieron otros
dos: prima, señalada para Belén y otros lugares por Casiano!, y
completas, de las que habla el mismo Casiano«y antes todavía san
Basilio'. Es frecuente también un tiempo estrictamente nocturno,
colocado y configurado de forma diferente. En la multiplicidad de
esquemas, entre los que algunos alcanzaban extremos de doce tiempos de
oración e incluso más, y otros que se limitaban sólo a la
mañana y la tarde, se hizo común el de ocho tiempos,
correspondientes a los siguientes oficios: nocturnos, laudes, prima, tercia,
sexta, nona, vísperas, completas, aunque las fuentes siguen
Liturgia de las
Horas
hablando a veces
de siete horas, en atención al Sal 118,164: "Siete veces al
día te celebro". Por respeto a este número simbólico,
algunos no hacían entrar en la cuenta los nocturnos, como san
Benito (Reg. 16), o consideraban una las dos horas de nocturnos y laudes, por
ejemplo Casiano ».
Uno de los
vehículos más determinantes para la divulgación del
sistema octonario en Occidente fue
4.
ESTRUCTURACIÓN. El oficio catedralicio, que comprende por lo regular
sólo laudes y vísperas, se componía de pocos salmos y
algún cántico bíblico, por lo común fijos y
escogidos con criterios pastorales apropiados al momento celebrativo. Se
completaba con las intercesiones y eventualmente con algún fragmento
bíblico, la homilía correspondiente y algún himno. El
canto y la ejecución alternante, entre solista y asamblea, de los
salmos (forma res
ponsorial)
hacía fácil y agradable la celebración. El oficio
monástico, programado con arreglo a un horario más denso,
mostró pronto la tendencia a multiplicar el número de textos,
llegando al rezo semanal, o incluso más frecuente, del salterio y a
la lectura anual de toda
el correr del
tiempo encontramos el oficio monástico todavía más prolongado
con oficios adicionales como el de
1168
nero. Este tipo
de oficio, hacia el s. IX, se va convirtiendo también en deber del
clero, al menos del sujeto a la vida canónica, es decir, que vive según
una norma o estatuto y está vinculado a la iglesia local. Por esta
vía pasa poco a poco al horario de oración propuesto a cada
clérigo. Era inevitable que en esta situación el oficio, que
había llegado a ser tan imponente y prolongado, exigiera
dispensas o
abreviaciones y reformas diferentes. Las muchas intervenciones privadas o
de autoridades locales corrían el riesgo de introducir abusos de
todo género y la anarquía. Esto favoreció el
propósito de Trento de avocarlo todo a la autoridad central.
5. LAS ETAPAS
MÁS SIGNIFICATIVAS. Las principales fases históricas
(anteriores a la reforma del Vat. II) del oficio romano respecto a su estructura
son las siguientes:
a) Ss. vn-x. El
oficio de
cio romano
había ciertamente muchas cosas en común, como se deduce
en parte de
el rezo semanal
del salterio y la lectura anual de la biblia. La distribución
salmódica de este oficio, salvo algunas modificaciones para la hora de
prima, duró hasta san Pío X.
1169
b) Breviario de
c) Reforma
tridentina. La bula Quod a nobis, de san Pío V, del 9 de julio de 1568,
que llevaba a término la reforma preconizada por el concilio de
Trento, no cambiaba la estructura fundamental del oficio curial
romano, pero aportaba algunas simplificaciones y aligeraba al oficio de algunos
elementos parasitarios que lo hacían pesado. Además establecía
normas para garantizar mejor el principio del rezo semanal del salterio y
de la lectura más amplia de
Liturgia de las
Horas
gibilidad de su
Breviario se juzgan hoy más bien negativamente.
d) San Pío
X. La reforma, promulgada con la const. apost. Divino afflatu, de
Pío X, del 1 de noviembre de 1911, se propuso conciliar el rezo semanal
del salterio y la lectura de parte considerable de
6. LAS
PRINCIPALES LÍNEAS PROGRAMÁTICAS DEL VAT. II. Aquí indicamos
sólo algunos de los aspectos más característicos de la
obra posconciliar auspiciada por la gran asamblea ecuménica, porque
la presentación de la nueva estructura y
Liturgia de las
Horas
de sus
significados se hará en los párrafos siguientes.
a) Oración
de todo el pueblo de Dios. Se concibe el oficio divino no como oración
propia del clero y de los monjes, tal como había acabado siendo en una
época de decadencia litúrgica, sino conmemoración de todos
los bautizados. Por eso gira principalmente en torno a laudes y
vísperas, definidos como el doble quicio del oficio diario (SC
b) Nuevo salterio
litúrgico. Nos referimos a la nueva distribución de los salmos en
un ciclo de cuatro semanas, excepto para las completas, que sólo
tienen un cuadro semanal por tratarse de un oficio breve de preparación
al descanso nocturno, en el que se prefiere la repetición de los mismos
salmos. El esquema de cuatro semanas ha requerido una nueva serie de cantos
bíblicos, tanto del AT como del NT, y la repetición de algunos de
los salmos preferidos por la piedad. El Vat. II impuso el alargamiento del
período de la salmodia (SC 91) no sólo a causa de la
supresión de prima y la nueva reglamentación de tercia,
sexta y nona (SC 89e), sino también para que cada uno de los oficios con
un número menor de salmos pudiera per
1170
mitir una
organización más articulada, más variada, más
abierta a la lectura bíblica (cf SC
c) Nuevo
leccionario bíblico, patristico y hagiográfico. El concilio
solicitó que también en el oficio se abrieran con mucha
amplitud los tesoros de la palabra de Dios (SC 92). Es lo que ha querido
llevar a cabo la reforma. La nueva LH tiene una distribución muy
copiosa de pasajes bíblicos, tanto de los largos en el oficio de
lectura como de los más breves en las otras horas. No se ha cuidado
sólo la cantidad, sino la elección circunspecta, la
adecuación a los tiempos y días litúrgicos y la
línea lógica de desarrollo de la historia de la salvación
en el transcurso del año. Se nota siempre el esfuerzo de responder
a un conjunto de exigencias teniendo en cuenta nuestras generaciones.
Se estudió mucho la formación del nuevo dispositivo de lecturas
patrísticas, entre las cuales se encuentran no rara vez
auténticas joyas, no utilizadas antes. En el leccionario del santoral se
excluyó categóricamente todo lo que tuviera sabor a leyenda y se
adoptó el criterio de recurrir, siempre que fuera posible, a los escritos
de los santos celebrados.
d) Adaptabilidad.
El monolitismo rígido de antes cede el paso a una moderada
flexibilidad, de forma que permite diferentes soluciones, en base al
espíritu del Vat. II (SC 87; 90). Efectivamente, se ofrece la posibilidad
de adecuar el oficio a los diversos tipos de asamblea que lo celebran (cf const.
apost. Laudis 1171
canticum 1). Por
ejemplo, los responsables de la celebración pueden, dentro de
ciertos límites, escoger himnos, salmos, lecturas, cantos sustitutivos
de los responsorios y fórmulas adicionales o alternativas a las preces
intercesorias. Se ensancha la gama de ejecución de los salmos y de los
cánticos: por estrofas, por versículos, en forma propia de
solista (en forma seguida), alternada entre solista y coro (responsorial) o
entre coro y coro (antifonal), con repetición de antífonas
al final del salmo y del cántico o también entre las estrofas
o grupos de estrofas, con inserción de oraciones sálmicas,
con espacios de silencio, etc. Es libre, en las memorias, la opción
entre textos del común y textos de la feria. A veces se puede organizar
un oficio votivo (cf OGLH 244-252). Se prevén soluciones
alternativas para el rezo individual o sin canto (cf, por ejemplo, OGLH 171;
190; 203). Se dan facultades para la elección de las lecturas y
también para una lectura con el sistema de la lectio semi-continua
o continua de algún padre (cíOGLH 248-251).
e) Subsidios para
la interiorización. La elección de las antífonas estuvo
guiada por el propósito de ayudar a los orantes en la relectura litúrgica
de los salmos. Salmos y cánticos están ilustrados por un doble
título sobre el contenido bíblico y la interpretación
cristiana. Preceden también didascalías a las lecturas
largas. La normativa es más sencilla, menos rígida, y
atiende sobre todo a la celebración y a la participación
interior. Es inestimable la
Ordenación
general de
Liturgia de las
Horas
tinadas a
compendiar, en clave de oración, la perspectiva cristológica y
eclesiológica de los salmos. Todo esto promueve aquella
celebración consciente y personal que estaba en los deseos del concilio
(cf SC 11; 30; 33; 90, etc.; OGLH 19).
f) Variedad y
riqueza. La nueva LH ofrece generalmente estructuras con rotaciones a largo
plazo, de suerte que evita el retorno a poca distancia de textos iguales, con
la consiguiente monotonía, cansancio y decaimiento de la
atención. La variedad lleva consigo mayor fuerza de estímulo
para quien está animado por buenas intenciones. A tal fin se han creado,
o se han vuelto a utilizar (tomadas del patrimonio tradicional), largas
series de oraciones, invocaciones, intercesiones, lecturas, responsorios,
antífonas, versículos, etcétera.
7. EL OFICIO EN
LAS IGLESIAS ORIENTALES. Al ser imposible bosquejar en pocas líneas
la evolución histórica del oficio divino en los ocho ritos
orientales y en las numerosas iglesias que los siguen, baste aquí
una alusión al número de las horas y a algunos de sus componentes.
El Horologion, el
libro litúrgico del oficio bizantino, tiene estas horas: medianoche
(mesonyktikón), maitines (órthros), prima, tercia, sexta, nona,
vísperas (esperínon o lychnikon), completas (apódeipnon =
después de la cena). En los días alitúrgicos de cuaresma
se añade, después de sexta, el oficio de los lypica, que ocupa el
puesto de la misa. En las llamadas cuaresmas de navidad y de los santos
apóstoles, las horas diurnas tienen un oficio intermediario llamado
mesórion.
El rito armenio
tiene además la hora pacífica entre vísperas y completas.
En cambio, son siete las ho
Liturgia de las
Horas
ras en el oficio
antioqueno, maronita (sin la prima), copto y etiópico (sin completas), y
cuatro en el caldeo y malabar: hora vespertina, matutina, nocturna y completas.
Tercia y sexta se celebran los días feriales de cuaresma, y las
completas a menudo se trasladan o se unen a las vísperas. Falta por
completo nona en el rito genuino.
En los ritos
orientales, el oficio es la oración más importante de la iglesia,
y está organizada fundamentalmente, al menos según las
tradiciones antiguas, tomando como base los salmos. Sin embargo, con el
paso del tiempo, éstos han sufrido en algunos ritos
desvalorizaciones más o menos fuertes en la práctica celebrativa.
Por ejemplo, en el rito antioqueno los han sustituido casi por completo
los himnos. En el bizantino permanece el salterio semanal; y en cuaresma,
dos veces por semana, dividido en veinte káthismos (grupos de
cuatro a quince salmos, según la longitud) o en otros grupos, como el
hexasalmo de maitines. Sin embargo, fuera de los monasterios se advierten
reducciones a veces radicales
o se encomienda
su ejecución a un lector que los recita rápidamente. Por el
contrario, se privilegian mucho las composiciones poéticas eclesiásticas
más o menos largas y ritmadas según el acento tónico
y llamadas genéricamente troparios. Cuando los troparios están
reunidos en serie, se llaman cánones. Célebre en este
género hímnico es el akáthistos, que forma un oficio
particular y está también vivo en la devoción popular,
aproximadamente como nuestro rosario. Consta de un kontákion
(estrofa inicial) y veinticuatro estrofas (ikos).
El oficio
bizantino contiene diversas especies de fórmulas eucológicas
de origen eclesiástico: colectas, oraciones sacerdotales dichas en
voz baja tal vez mientras el solista recita 1172
los salmos,
letanías de formas diferentes (sinapté, ekténia,
áitésis). Añádase: el trisagio, el
símbolo nicenoconstantinopolitano, el padrenuestro, los
stichéros (especie de troparios insertos en los versículos
finales de los salmos de vísperas y de maitines), los
apósíichos (troparios y versículos salmodíeos)
y otras fórmulas. Se concede un espacio no muy amplio a las
lecturas bíblicas, y figuran también, en las fiestas de los
santos, lecturas hagiográficas contenidas en el synaxario.
Entre las
ceremonias señalamos la procesión (lité), las bendiciones
de personas y de cosas: pan, vino, aceite, trigo (artoklasma), las incensaciones,
las señales de la cruz y las metanías (inclinaciones y postraciones).
IV. Naturaleza y
espíritu de cada una de las horas
El
carácter horario de
1. LAUDES. Las
laudes son una oración estrechamente vinculada, por tradición,
ordenamiento explícito de la iglesia y contenido contextual,
con el tiempo que cierra la noche y abre el día. Es la voz de la
esposa, la iglesia, que se levanta para "cantar la alborada al
esposo".
La
tradición histórica más avisada, al acuñar el
nombre de laudes matutinas, oración de la mañana,
pero sobre todo
al colocarlas cronológicamente en el momento de la aurora, ha
querido caracterizar este oficio inequívocamente como oración
mañanera. La instrucción sobre
1173
están
dirigidas y ordenadas a san
tificar la
mañana, como salta a la
vista en muchos
de sus elementos"
(OGLH 38).
Efectivamente, muchas
fórmulas
de las laudes se refieren a
la mañana,
a la aurora, a la luz, a la
salida del sol,
al comienzo de la jor
nada. Se puede
comprobar en los
himnos
ordinarios, en muchos sal
mos,
antífonas, versículos, respon
sorios,
invocaciones, oraciones y en
el cántico
Benedictus.
Las laudes
matutinas evocan la re
surrección
de Cristo, que se produjo
al alba. Cantan a
Cristo, sol nacien
te, luz que
ilumina al mundo y que
viene a
"visitarnos de lo alto" y
a guiarnos en
todas las actividades
de la jornada y
en la peregrinación
diurna.
Las laudes
recuerdan también la
creación
(mañana del cosmos) y el
mandato que Dios
dio al hombre
de dominar el
mundo junto con la
orden de plasmar,
con su actividad
libre e
inteligente, la historia (maña
na o
génesis de la humanidad).
Las laudes son un
sacrijicium lau
dis
también porque son un ofreci
miento de
primicias, dedicación a
Dios Padre de la
jornada de trabajo,
propósito
de seguir una ruta precisa
(la
señalada por el evangelio), vo
luntad de
comerciar con el talento
precioso del
tiempo.
A la
oración de laudes hay que reconocerle una acción sacramental, en
el sentido de que constituye una súplica de toda la iglesia para pedir
aquellos auxilios divinos que están en estrecha relación con su
fin de santificación horaria y su función conmemorativa de los
misterios de salvación.
El
espíritu característico de las laudes hay que tenerlo siempre presente
para darse cuenta de que, si se cambia su colocación horaria precisarse
desfigura su fisonomía característica y se lesiona su
sacramenta-
Liturgia de las
Horas
lidad
específica. La observación natural vale también para
las vísperas, las demás horas diurnas y las completas.
2.
VÍSPERAS. Las vísperas están íntimamente unidas a
la tarde, que es al mismo tiempo conclusión del día y comienzo de
la noche. En la división antigua, en uso entre los romanos, la
vigilia vespertina (es decir, la tarde) era la primera de las cuatro partes de
la noche: tarde, medianoche, canto del gallo, mañana. Llamaban
Véspero también al astro luminoso de la tarde (Venus), que
empieza a hacerse visible cuando caen las sombras.
"Se celebran
las vísperas por la tar
de, cuando ya
declina el día, en ac
ción de
gracias por cuanto se nos ha
otorgado en la
jornada y por cuanto
hemos logrado
realizar con acierto"
(OGLH 39).
La iglesia, al
final de una jornada, pide también perdón a Dios por las manchas
que pueden haber quitado blancura a su vestido inmaculado a causa de los
pecados de sus hijos (cf oraciones vespertinas del lunes y jueves de la tercera
semana).
La oración
de las vísperas conmemora el misterio de la cena del Señor
(celebrado por la tarde) y recuerda la muerte de Cristo, con la que
cerró su jornada terrena (OGLH 39). Las vísperas expresan la
espera de la bienaventurada esperanza y de la llegada definitiva del reino
de Dios, que se producirá al final del día cósmico.
Tienen, por tanto, un sentido escatológico referido a la última
venida de Cristo, que nos traerá la gracia de la luz eterna
(OGLH 39).
Las
vísperas son el símbolo de los obreros de la viña
eclesial, los cuales al final de su jornada se encuentran con el Amo divino
para recibir el don liberal de su amor, más que la recompensa debida al
trabajo (Mt 20,1-16). La iglesia, que ha sido
Liturgia de las
Horas
acompañada
por Cristo en su camino de la jornada, llegada a la última hora, le
dice: "Quédate con nosotros porque es tarde" (Le 24,29; cf oración
de vísperas del lunes de la cuarta semana).
Estos y otros
significados se pueden documentar a partir de las oraciones y de
otras fórmulas, y deberían impedir que se hiciera de este
oficio un acto de culto de la primera parte de la tarde en el espacio de la
hora de nona.
3. OFICIO DE
LECTURAS. El mar-. gen muy amplio dado a las lecturas bíblicas y a
autores eclesiásticos caracteriza a este oficio como tiempo de
escucha de Dios que habla, momento de meditación sobre las realidades
reveladas por él, de contemplación de la historia
salvífica y, en particular, del misterio de Cristo. Crea el
ámbito espiritual favorable para la atención a la voz de la
iglesia, que se hace anunciadora, maestra y guía espiritual. Pero la
escucha que caracteriza a este oficio no debe hacer olvidar la nota
general de toda
El oficio de
lecturas es el heredero de los antiguos nocturnos, pero libre de su primitivo
condicionamiento horario. Sin embargo, siempre que se pueda y se quiera,
puede recobrar el aspecto tradicional. Entonces se deberá decir de
noche (a partir del oca
1174
so del día
precedente, después de vísperas, hasta la mañana
temprano antes de laudes), con una serie de himnos nocturnos. Si no, se puede colocar
en cualquier hora del día (OGLH 58-59).
4. TERCIA, SEXTA,
NONA U HORA INTERMEDIA. El Vat. II no ha suprimido las horas de tercia,
sexta y nona, antes bien las aconseja también a aquellos que no
están obligados a ellas por ley particular (OGLH 76). Ofrece, sin
embargo, la posibilidad de celebrar sólo una, adoptando la que
más cuadre con el momento escogido. Este oficio, gracias a la estructura
de que se hablará [/ infra, V, 4], puede asumir tres colocaciones y
tres funcionalidades diversas, manteniendo el mismo núcleo salmódico.
Se llama hora intermedia porque ocupa un lugar intermedio entre laudes y
vísperas (OGLH 76-78).
La
tradición ha puesto las tres horas en relación con las tres
personas divinas, con la triple oración de Daniel, de los hebreos,
de los apóstoles y de los primeros cristianos. Sin embargo, tienen
también un significado particular en relación con la historia de
la salvación (OGLH 75).
Tercia recuerda
principalmente la venida del Espíritu Santo y la crucifixión
de Cristo. Sexta evoca la oración de Pedro en casa del curtidor, la
agonía de Cristo y su ascensión al cielo. Nona trae a la memoria
la oración de Pedro y Juan en el templo, la curación del
tullido, la sacudida de la tierra recordada por los evangelios y la muerte
de Cristo.
5. COMPLETAS. Es
la oración que se dice antes del descanso nocturno, aunque
éste comience después de medianoche. Toda ella respira confianza
en Dios. Tiene también un sentido penitencial. En efecto, al co
1175
mienzo se pide
perdón por todas las faltas de la jornada.
Como
Simeón al final de su jornada terrena expresó la
alegría y la gratitud a Dios por haber encontrado a Cristo, luz de
salvación, así la iglesia es feliz por alabar a Dios a causa de
los encuentros con Cristo y su experiencia de redención tenidos a lo
largo del curso del día.
V. Estructura
actual de
El oficio divino,
fruto de la reforma del Vat. II, se presenta completamente
reelaborado, y une los distintos componentes en un cuadro repensado con
criterios más funcionales en orden a la celebración
comunitaria y a la participación interior.
1. INVITATORIO.
Por lo regular, el oficio viene introducido por el invitatorio.
Está constituido éste por una antífona, variable
según los tiempos y los días, y por el Sal 94 (intercambiable
con el 99; 66; 23); y se recita al comienzo, es decir, antes del oficio de
lectura o de las laudes, después del versículo:
"Señor, ábreme ios labios / y mi boca proclamará tu
alabanza". El solista enuncia la antífona y ejecuta las estrofas
del salmo con el Gloria final. El coro repite la antífona y la intercala
(OGLH 34; cf Ordinario de
Liturgia de las
Horas
para la escucha
de la palabra de Dios ("Ojalá escuchéis hoy su voz").
2. LAUDES Y
VÍSPERAS. Después del versículo introductorio, el himno
especifica y crea el clima de la celebración, realizando una
íntima fusión de los corazones si se trata de
celebración comunitaria, y en todo caso estimulando y orientando a los
orantes a la glorificación de Dios en el contexto del día litúrgico
(OGLH 42; 173; 268). En laudes, el primer salmo generalmente es matutino o
está en particular relación con la hora matutina. Sigue un
cántico del AT y un salmo de alabanza (OGLH 43). Los criterios de
elección de los dos salmos (o partes) de vísperas son: el
carácter lucernario, el tema de la esperanza en Dios, la acción
de gracias, la petición de perdón, reflexiones sapienciales,
el sentido escatológico u otros conceptos de este tipo, naturales a
la conciencia cristiana en este momento de cierre de la jornada. En
efecto, es entonces cuando vienen a la mente los beneficios divinos y las
infidelidades humanas, cuando aflora el sentido de la precariedad de las
cosas y el pensamiento corre al futuro ocaso de la propia vida terrestre y
de la historia.
La salmodia de
vísperas se concluye con el cántico del NT, que es
eminentemente de alabanza y una apoteosis de la obra de Dios Padre en Cristo.
"La lectura
breve... inculca con intensidad algún pensamiento sagrado y...
ayuda a poner de relieve determinadas palabras, a las que posiblemente
no se presta toda la atención en la lectura continua de
El responsorio
breve que sigue es una respuesta de la asamblea y de cada uno a la palabra de
Dios (OGLH 49).
El Benedictus en
laudes y el Magníficat en vísperas son cánticos evan
gélicos
que expresan la alabanza y la
acción de
gracias por la redención
(OGLH 50).
Las invocaciones
de laudes quie
ren encomendar al
Señor el día y el
trabajo (OGLH 51;
181); las preces
de
vísperas piden por las diversas in
tenciones de la
humanidad, de la igle
sia, de la
nación y de todas las demás
categorías
de personas (OGLH 51;
180; 182-183). La
última intención
de
vísperas es siempre por los difun-Aos (OGLH IU).
En el rezo en común,
el sacerdote
o el ministro u
otro encargado pronuncia la invitación que precede a las
invocaciones de laudes y a las preces de vísperas, sugiriendo
también la respuesta, que es repetida inmediatamente por la
asamblea. La enunciación por parte del ministro y la repetición
por parte de la asamblea de la frase escrita en cursiva evitan el
achatamiento de estas fórmulas y respetan el género
literario propio de la introducción. Las preces pueden recitarse de
varias maneras: el que dirige recita las dos partes, y el coro repite la
respuesta enunciada al principio; el que dirige propone la primera parte, y el
coro responde con la segunda; el que dirige ejecuta ambas partes, y el coro ora
un instante en silencio (OGLH 190-193). Se recomienda añadir intenciones
libres, con tal que estén bien preparadas y sean concisas
(OGLH 188). Es un modo de hacer más actual y más participada esta
oración.
El padrenuestro,
llamado "compendio de todo el evangelio" l0, es la
culminación de la celebración; y, precisamente para no disminuir
este carácter, la oración enlaza inmediatamente con
él como si se tratara de un embolismo, sin la invitación de
costumbre: "Oremos" (OGLH 5253; 194; 197). La fórmula de
despedida o, si preside un sacerdote o un diácono, la
bendición concluye la celebración (OGLH 54; 256; 258).
1176
3. OFICIO DE
LECTURAS. Después de la introducción, constituida por el
invitatorio, o después del versículo inicial ("Dios
mío, ven en mi auxilio..., Gloria"), sigue el himno y la
salmodia. Está compuesta casi siempre de tres fragmentos de salmos,
escogidos según el sistema del psalíerium currens, es
decir, en orden numérico. Sin embargo, se omiten algunos salmos usados
en otras horas; otros se colocan en el lugar requerido por
motivaciones diversas; por ejemplo, en atención al domingo, al
viernes, al sábado, o también para evitar que confluyan en el mismo
oficio salmos demasiado largos.
Después
del versículo, que constituye el paso entre la salmodia y la
lectura, se leen dos fragmentos: uno, bíblico; el otro, de un padre de
la iglesia o escritor eclesiástico o de carácter
hagiográfico. Los dos responsorios repiten el contenido de las dos
páginas, con el que están enlazados. Se concluye con la
oración del día y, al menos en el rezo en común^con la
aclamación: "Bendigamos al Señor / Demos gracias a
Dios" (OGLH 69).
4. TERCIA, SEXTA,
NONA U HORA INTERMEDIA, El que dice una sola de las tres horas diurnas usa la
salmodia de la hora intermedia, es decir, una de las veintiocho secciones
del salterio situadas en el ciclo salmódico de cuatro semanas. En
efecto, se prevé para las tres una sola e idéntica
sección diaria del salterioicorriente, que luego va
acompañada de himnos, antífonas, lecturas breves,
versículos, oraciones correspondientes a tercia, a sexta o a nona,
según el momento: mañana, mitad del día, después de
mediodía. Por tanto, estas partes son apropiadas a cada una de las
tres horas, y en consecuencia forman tres grupos diversos.
En tercia, sexta
y nona de las ferias, domingos y memorias ordinarias todos los salmos
o sus partes 1177
tienen
antífonas temáticamente relacionadas con ellos. Por el
contrario, en las fiestas, solemnidades y tiempos fuertes cada hora tiene
una sola antífona, antífona que suele estar relacionada con
la fiesta o el período litúrgico.
Las memorias no
tienen nada propio en las horas menores, salvo casos excepcionales (OGLH
236).
El primer salmo
de la hora intermedia (si se exceptúan los domingos, las
solemnidades y el viernes de la tercera semana) es siempre una de las
veintidós estrofas del Sal 118, distribuidas en otros tantos días
e integradas, para el primer lunes, con el Sal 18B. El Sal 118 y también
el 18B cantan la belleza de la ley de Dios y la sabiduría de quien la observa.
La reiteración frecuente de este motivo es bastante útil para que
el cristiano oriente su jornada: por eso la tradición utilizaba el largo
salmo de la ley en las horas diurnas (cf OGLH 132).
El domigno de las
semanas primera y tercera tenemos el Sal 117, que
El domingo de las
semanas segunda y cuarta tenemos el Sal 22, aplicado a Cristo buen
pastor, y el Sal 75, considerado como el canto de la victoria
escatológica de Cristo, conseguida por su muerte y resurrección.
Como se ve, la salmodia dominical de la hora intermedia tiene un claro
corte pascual. El viernes se encuentra el clásico salmo de
pasión, el 21. Los demás salmos siguen el criterio del orden
numérico cuando no lo impiden razones de equilibrio cuantitativo.
En las solemnidades
que no caen
Liturgia de las
Horas
en domingo, los
salmos son los graduales (119-121; 122-124; 125-127)0 bien especiales,
como en navidad, en epifanía y en la ascensión.
Quien debe o
quiere añadir a la hora intermedia también las otras dos, recurre
a la salmodia complementaria, formada por un esquema fijo de salmos
graduales, divididos en los tres grupos indicados arriba, con antífonas
propias (OGLH 81-83).
La hora menor
diurna se cierra, al menos en la celebración comunitaria, con la
aclamación: "Bendigamos al Señor / Demos gracias a
Dios" (OGLH 79).
5. COMPLETAS.
Después del versículo introductorio, común a otras
horas, viene el acto penitencial, es decir, el examen de conciencia, que puede
estar precedido o seguido por fórmulas apropiadas, tal vez según
el modelo de las de la misa. Antes de acabar la jornada de trabajo se pide
perdón a Dios por las faltas eventuales. Así han hecho
siempre los fieles dotados de cierta sensibilidad religiosa. En los
monasterios se convirtió en una costumbre institucionalizada y
acogida por las diversas reglas.
La edición
castellana de
Los salmos han
sido escogidos o por la alusión a la noche, o bien, y preferentemente,
porque expresan el abandono confiado en las manos de Dios y la
invocación de su bendición.
A los cuatro
salmos (4; 30,2-6; 90; 133) que rezó cada día la iglesia romana
durante más de doce siglos
Liturgia de las
Horas
(hasta san
Pío X, que interrumpió la
tradición),
se añaden otros cinco (85;
142; 129; 15;
87), necesarios para
completar el
ciclo semanal, teniendo
en cuenta que en
dos días se encuen
tra un par de
ellos.
Los siete pasajes
bíblicos que for
man la lectura
breve de cada día pro
longan la
línea de la esperanza, pero
estimulan
también el amor de Dios
y del
prójimo. El responsorio está
formado con las
palabras del Sal 30,6
dichas por
Jesús en la cruz: "En tus
manos encomiendo
mi espíritu".
Tienen
también una resonancia par
ticular en el
corazón del cristiano,
que se abandona
confiada y total
mente a Dios.
El cántico
de Simeón, pronuncia
do por él
en el atardecer de su vida,
se convierte en
el canto del cristiano
al final de su
jornada entregada a la
actividad.
Las oraciones de
compíetas son siete, una para cada oficio, más la fórmula
"Visita" para las solemnidades extradominicales. Ven el descanso
nocturno en función de un servicio a Dios más diligente y
comprometido. En este contexto también la fórmula final:
"El Señor todopoderoso nos conceda una noche tranquila y
una muerte santa", es profundamente cristiana, porque considera
la recuperación normal de las energías en orden al trabajo y al
buen combate por el reino de Dios. Es la perspectiva del Apóstol (1 Cor
10,31). El sueño y el despertar del cristiano son además
símbolos de la solidaridad mística con Cristo muerto,
sepultado y resucitado (oración del viernes).
1178
VI. Los diversos
componentes de
1. SALMOS Y
CÁNTICOS. Puesto que este Diccionario estudia en otro lugar el aspecto
bíblico-exegético de los / salmos, bastarán aquí
algunas indicaciones más estrechamente vinculadas con su
función en
realidades
más vitales de la salva
1179
ción. Esta
perspectiva confirma que la oración con los salmos es de actualidad
en todos los tiempos entre todos los fieles y en todas las situaciones.
Cada uno de los orantes o cada una de las asambleas son ministros de la
oración de la iglesia y de Cristo, llamados a manifestar no sólo
sus problemas existenciales del momento, sino sobre todo a hacerse eco del alma
de Cristo y de la iglesia en el encuentro con Dios Padre en el Espíritu.
El hombre no se salva exteriorizándose a sí mismo y su mundo,
sino entrando en comunicación con Cristo salvador a través de la
iglesia. En efecto, la vida del cristiano, por definición, consiste
en solidarizarse lo más posible con Cristo. Entonces es cuando el
hombre se personaliza en cuanto cristiano. Por consiguiente, la
oración de los salmos no será nunca despersonalizada y
separada, porque con eiía se asume y se hace propia la personalidad de
Cristo y de la iglesia. Por otra parte, Cristo se ha revestido de la existen
cia humana con
todas sus connotaciones, salvo el pecado; por eso el que reza con
verdadera participación interior los salmos, aun sintiéndose
llamado a identificarse completamente con Cristo y con la iglesia, al
mismo tiempo se sentirá valorado al máximo en la propia esfera
personal humana y religiosa.
No hay que
ignorar ciertamente las dificultades, a veces incluso grandes, para llegar
a esta perfecta armonía entre lo personal y lo objetivo en los
salmos; pero el hecho de que escuadrones de orantes de todas las generaciones y
también de las nuestras los hayan encontrado plenamente
satisfactorios es prueba de que con el ejercicio, las disposiciones interiores
y las meditaciones se puede llegar a ello (cf OGLH 100-109).
Liturgia de las
Horas
rios (57; 82;
108, y cierto número de versículos de unos cuantos más), y
esto en consideración a las dificultades psicológicas de
algunas categorías de personas (OGLH 131), no ciertamente por una
carencia intrínr seca de los salmos mismos.
En el salterio
litúrgico están también entrelazados con los salmos
treinta y cinco cánticos bíblicos, de los que veintiséis
son del AT y nueve del NT, a los que hay que añadir los tres
evangélicos. Otros cánticos del AT se utilizan en las vigilias
alargadas o celebraciones de vigilias, destinadas a prolongar el
oficio de lecturas para los contemplativos u otros que lo deseen (OGLH
73).
Los salmos y los
cánticos están acompañados de antífonas, que proporcionan
generalmente su clave interpretativa litúrgica. Se tienen también
los dos títulos, el primero de los cuales evoca más bien el
contexto bíblico, y el otro la perspectiva más propiamente
litúrgica. La reforma ha previsto también las oraciones
sálmicas.
Los salmos y los
cánticos, sin excepción alguna, son composiciones
líricas destinadas al canto, y sólo con éste pueden
desplegar plenamente
Liturgia de las
Horas
las
peculiaridades propias de su género literario (OGLH 103; 269; 277).
Para los cánticos, esta observación relativa al canto
podría ser menos evidente, en especial para los neotestamentarios;
pero no hay duda de que en el espíritu de la reforma su elección
estuvo determinada por su contenido lírico y, precisamente por eso, con
vistas al canto. Hay que tener presente que quien ha inspirado los
salmos como pieza de canto ha inspirado también su naturaleza cantable.
Más aún, san Juan Crisóstomo dice incluso que el
Espíritu Santo es autor de su melodía, y que Dios mismo es su
cantor ". Esto vale por analogía también para los cánticos.
2. LECTURAS.
Aparte de las
lecturas largas hay que considerar las breves de una o más semanas para
laudes, vísperas, tercia, sexta, nona y el grupo ya recordado de
completas. Así en
El oficio de
lecturas contiene unas seiscientas páginas escogidas de padres o de
escritores eclesiásticos.
1180
Una parte de
ellas son las destinadas para las celebraciones de los santos. La
elección se ha extendido a todos los períodos de la historia,
excluyendo sólo los autores vivos no papas, y ha acudido a muchas
culturas. Ofrece, por tanto, un panorama altamente representativo no
sólo en la calidad, sino también desde el punto de vista
cronológico y geográfico. Se prevé también un
leccionario facultativo según las diversas naciones (OGLH 162).
Los tres
géneros de lecturas contenidos en
Las lecturas
bíblicas están ordenadas de tal modo que forman un gran
cuadro de la historia salvífica, cuadro que la iglesia pretende poner
ante los ojos de los fieles en el año litúrgico. Con ello se
propone ayudarles a entrar cada vez más profundamente en el
misterio de Cristo para hacer que disfruten de sus beneficios. Para la
iglesia, la palabra de Dios, ahora tan abundante en
La literatura
eclesiástica contenida en
ligencia
espiritual y en el amor a
La literatura
hagiográfica inserta en
3. RESPONSORIOS.
El responsorio es como un apéndice de las lecturas, la
resonancia y la prolongación conceptual del mismo. Es un recurso
estético, pero se coloca más particularmente en la esfera
mística en cuanto expresa el eco suscitado en el alma por la palabra de
Dios o por otra realidad espiritual que la atañe. A veces aclara el
sentido de la lectura bíblica o la coloca en el contexto
general de la historia salvífica, releyendo sus hechos veterotestamentarios
en perspectiva cristiana (OGLH 169).
El responsorio de
la segunda lectura es sobre todo una ayuda para la reflexión, un
subrayado de algún concepto importante, una actualización o
una personalización de alguna temática, la expresión
de alguna emoción suscitada (cf OGLH 170).
Los responsorios
de laudes, vísperas y completas generalmente no tie
Liturgia de las
Horas
nen un
vínculo temático puntual con las líneas leídas.
Las lecturas
breves de tercera, sexta y nona van seguidas simplemente por un verso y
por una respuesta. Es como un versículo responsorial enlazado
temática o estructuralmente con el pequeño lema bíblico
que precede.
En el rezo sin
canto se pueden evitar las repeticiones del responsorio (= R) (OGLH
171). Los responsorios de laudes y vísperas pueden sustituirse por
cantos idóneos aprobados por las conferencias episcopales, o
por un instante de silencio (OGLH 49).
4. HIMNOS. En
relación con la composición de los salmos y de los
cánticos bíblicos, también el himno representa una
creación lírica destinada a la alabanza divina y al canto. Sin
embargo, a diferencia de los primeros, expresa con cierta libertad el
genio cultural y el gusto, entendido en sentido justo, de la generación
presente y de la asamblea celebrante. Es, por tanto, uno de los elementos
poéticos de
Liturgia de las
Horas
las verdaderas
miras del Vat. II (cf SC 93).
En la
edición castellana se han incluido doscientos cuarenta himnos. A
pesar de este elevado número, el himno se encuentra, en la actualidad,
todavía en las lenguas vernáculas en un estado embrionario.
Es muy difícil, por no decir imposible, improvisar en pocos años
una antología himnódica que sustituya decorosamente la
riquísima selección hímnica latina que han acumulado
los siglos. Los himnos en castellano se pueden catalogar en ocho grupos, que
responden a criterios y caminos que se han seguido para la selección: 1)
los traducidos literalmente del latín; 2) los que conservan buena
parte del texto original latino; 3) recreaciones libres de himnos latinos;
4) himnos originales en castellano expresamente compuestos para
5. INVOCACIONES,
INTERCESIONES Y ORACIONES. El conjunto de estas fórmulas de
laudes y vísperas se ha juzgado justamente como la parte verdadera y
totalmente nueva de
género del
que se usa en la misa, se ha escogido una forma literaria y un estilo diverso
en cuanto que, salvo en la introducción, son enteramente palabras
dirigidas a Dios, admiten una respuesta variable y se pueden ejecutar con
modalidades diferentes. Además, no tienen la conclusión
sacerdotal, porque se cierran con el padrenuestro y la oración (cf
OGLH\%Q).
La serie de las
oraciones para el oficio de la lectura (siempre), de laudes, de
vísperas (en los tiempos fuertes, en las solemnidades, fiestas y
memorias) y de las horas menores diurnas (sólo en las solemnidades y
fiestas, así como en los tiempos fuertes) están constituidas
por las colectas del Misal. Hay, sin embargo, otras setenta oraciones
aproximadamente, por lo general de nueva composición, que se
encuentran sólo en laudes, en vísperas (en las ferias ordinarias),
en tercia, sexta, nona (en las ferias ordinarias y en las memorias) y en
completas.
Este grupo de
oraciones, características del oficio divino, tiene la función
de destacar la idea específica de la hora litúrgica.
Hay que dar
también mucho peso al padrenuestro, la oración dictada por
Jesús. Representa la culminación de toda la estructura de
laudes y vísperas y, con el rezo que se tiene en la misa, cumple la
triple repetición diaria solemne (OGLH 195) de que hablaba
6. SILENCIO. En
toda asamblea, incluso la más numerosa y compacta, el orante
individual sigue siendo el soporte indispensable de toda la acción; el
actor concreto, vivo, consciente; el beneficiario más directo e
inmediato. Los valores de la celebración no se pueden realizar sin
la aportación del individuo. De ahí la necesidad de que
todo componente de la comunidad personalice al máximo 1183
todo lo que
realiza haciendo concor
dar, cuando ora,
la mente con la voz,
y cuando obra, el
corazón con lo que
realiza (OGLH
19).
El / silencio,
llamado "sagrado" por el concilio (SC 30), es un espacio sumamente
precioso para la interiorización contemplativa. Los momentos
de silencio quieren favorecer mayormente la resonancia del Espíritu
Santo en los corazones y promover una más estrecha unión interior
con la palabra de Dios y la voz pública de la iglesia (OGLH 202).
En la
celebración comunitaria, los espacios de silencio deben intercalarse
con prudencia, de modo que no creen inadmisibles fracturas en partes que deben
permanecer unidas. Se aconsejan después de cada salmo, nada
más repetirse la antífona; después de las lecturas,
tanto breves como largas; antes o después del responsorio
(OGLH 202). "Cuando la recitación haya de ser hecha por uno solo,
se concede una mayor libertad para hacer una pausa en la meditación de
alguna fórmula que suscite sentimientos espirituales, sin que por eso el
oficio pierda su carácter público" (OGLH 203); carácter
que, por el contrario, quedaría comprometido con intervenciones
subjetivas indebidas en la celebración comunitaria.
VII.
Celebración de
Celebración
del oficio divino es sobre todo la realizada por una asamblea
litúrgica, legítimamente convocada y que actúa bajo
la presidencia de un ministro ordenado, con la participación de
otros ministros y con una ejecución orgánica y articulada, de
forma que sea auténtica expresión sensible de la iglesia,
comunidad de culto (OGLH 20).
La
celebración más cualificada es la que se realiza con la
participación
Liturgia de las Horas
plena y activa
del pueblo bajo la presidencia del propio obispo, acompañado
por los presbíteros y por los ministros. En ella está
verdaderamente presente la iglesia de Cristo, una, santa, católica
y apostólica (SC 41; OGLH 20; 254). Si el que preside la
celebración fuese el papa, rodeado de muchos obispos, presbíteros
y otros ministros con la participación numerosa y activa del pueblo,
brillaría todavía con más claridad el signo de la
iglesia universal; pero, obviamente, esto no puede suceder más que
de tarde en tarde, mientras que en las iglesias locales podría ser diaria
o poco menos la asamblea presidida por el obispo o por un representante
suyo con la intervención activa del clero y del pueblo, aunque
limitado a grupos restringidos.
Un puesto
eminente tiene la celebración de la comunidad parroquial presidida
por el párroco, que hace las veces del obispo. También ella
representa en cierto modo a la iglesia visible establecida por toda la tierra
(OGLH 21). La iglesia orante que celebra
Las formas de
celebración deben estar en conexión y coherencia con el tipo de
asamblea que celebra, de modo que la manifestación de la iglesia entera
se produzca con verdad y autenticidad.
El principio
fundamental de la celebración es que cada uno permanezca en
perfecta armonía con el propio cometido según la naturaleza
del rito, del propio ministerio y de todas las normas litúrgicas, sin
usurpaciones, abdicaciones y autoseparaciones de la comunión
eclesiástica; es decir: que cada uno haga todo y sólo lo que le
corresponde, de acuerdo con Liturgia de las Horas
quien ha sido
puesto por Dios para
dirigir la
iglesia (SC28; OGLH 253).
Una
celebración arbitraria es una li
turgia falsa u.
El que preside es
siempre en cierto modo símbolo visible de Cristo, verdadero
presidente de cualquier asamblea litúrgica. Si es obispo, sacerdote o
diácono, es el más cualificado para representar a Cristo, en
cuanto que participa, mediante la ordenación (sacerdotal) y en un grado
superior, de su sacerdocio. Por eso, en principio, sería bueno que
fueran ministros ordenados los que presidieran
Al presidente le
corresponde entonar el versículo introductorio y el padrenuestro,
recitar la oración final y, si es sacerdote o diácono, dirigir el
saludo a la asamblea y dar la bendición (OGLH 256).
Las demás
partes han de distribuirse entre salmistas, cantores, lectores (OGLH
259-260), monitor, maestro de ceremonias y otros ministros, en
analogía con otras acciones litúrgicas (cf OGLH 254; 257;
261). Tomarán las posiciones y las posturas más adecuadas.
Las invocaciones
y las intercesiones, si no las enuncia el presidente, puede hacerlo otra
persona (OGLH 257).
El canto es la
manera que mejor cuadra a la celebración, especialmente por lo que
se refiere a los himnos, los salmos y los cánticos con las
respectivas antífonas y responsorios (OGLH 103; 260; 269; 277). El canto
no es sólo un elemento de solemnidad, sino un importante factor de
cohesión de los corazones y de las voces; además potencia el
carácter comunitario de la alabanza (OGLH 268-270). El canto, sabiamente
unido con otras formas, sirve también 1184
para poner de
relieve los géneros diversos de los componentes del oficio, y por
tanto hace entrar mejor en el espíritu de cada una de las partes
(OGLH 269; 273).
En la
celebración solemne, realizada en la iglesia, los ministros ocupan
su puesto en el presbiterio, llevando los ornamentos oportunos, a saber:
el sacerdote o el diácono pueden revestirse de estola sobre el
alba; quien lleva vestido talar, sobre la sobrepelliz; el primero,
también la capa pluvial (OGLH 255). Los demás ministros se
revestirán de la forma apropiada.
Si se usa el
incensario, mientras se ejecuta el cántico evangélico se inciensa
el altar, al sacerdote y al pueblo (OGLH 261).
Hay que cuidar
también la postura de la asamblea: de pie, en la introducción
del oficio, en el cántico evangélico con la antífona
correspondiente, en las invocaciones e intercesiones, en el
padrenuestro y en la oración conclusiva con la bendición y la
despedida (OGLH 263). En la salmodia en España (según una costumbre
difundida) se está sentados, salvo usos particulares (cf OGLH 265).
Entre los gestos
que hay que hacer se encuentran la señal de santiguarse en el
versículo inicial y al comienzo de los tres cánticos
evangélicos. En la fórmula "Señor, ábreme los
labios" se hace la señal de la cruz sobre los labios (OGLH
266).
Las posturas y
los / gestos son una prueba de la capacidad de la asamblea de expresar la
unidad, la compostura, el espíritu comunitario y la participación
interior en la acción litúrgica.
VIII. Valor
esencial de
Se quiere ahondar
aquí en las razones que hacen de
clásica de
los cristianos; es decir, se tratará de identificar mejor sus valores,
a fin de determinar la relación existente entre el oficio divino y la
misión de la iglesia.
1. MÁXIMA
REALIZACIÓN DE
Si la
eucaristía es el ejercicio más Liturgia de las Horas
eminente de la
dignidad sacerdotal de la iglesia, si los sacramentos son la actuación
principal del aspecto sacramental de la iglesia,
Ninguna
oración horaria es más tradicional en la iglesia que el oficio
divino. Ninguna oración horaria se practica en mayor medida, aunque sea
en estructuras diversas, por costumbre o por ley, entre el clero, entre
los religiosos y entre muchos laicos en todos los ritos de Occidente y de
Oriente y también entre las confesiones protestantes.
Además, en el panorama planetario, considerando los diversos husos
horarios, se realiza efectivamente una cierta rotación y
continuidad entre las asambleas y las personas que en los diferentes puntos de
la tierra celebran el oficio divino.
Estos hechos, de
suyo extrínsecos, dan mayor relieve a la naturaleza de la iglesia, que
es la de ser no sólo comunidad orante, sino establemenLiturgia de
las Horas
te orante y
orante por doquier (SC
83; OGLH 7; 10;
13; 15), que preci
samente en virtud
de
viva como tal en
cada asamblea o
persona que la
celebra.
La laus perennis
de la iglesia, establecida con
2. ACTO DE
CRISTO, SACERDOTE CELESTIAL. Cristo está siempre presente en toda
verdadera oración, pero lo está sobre todo en la oración
litúrgica de la iglesia, en la cual y con la cual también
él suplica y entona salmos (SC 7; OGLH 13). Entonces es cuando
se verifica por título supremo su función de orante sumo de
la comunidad universal.
Durante su vida
terrena, Cristo fue sacerdote también por su oración de
alabanza a Dios y de súplica por los hombres. El continúa ahora
su tarea en el cielo (Heb 7,25; OGLH 4). Pero esta su forma orante de sacerdocio
encuentra el ejecicio más cualificado en la oración
litúrgica de la iglesia (SC 7), la cual es prolongación y
actuación del sacerdocio único del fundador (SC 83; OGLH 13).
1186
hecha por
Jesús. También esta última forma parte de las
acciones de Cristo que la liturgia conmemora y representa para que los fieles,
poniéndose en comunión con ellas, obtengan su
salvación (OGLH 12).
3. ORACIÓN
VITALIZADA POR EL ESPIRITU SANTO. NO puede haber oración cristiana sin
la acción del Espíritu Santo (OGLH 8). En particular,
Los textos
principales de
4.
PARTICIPACIÓN EN
1187
origen trinitario
porque es el himno que resuena eternamente en el ámbito de las tres
personas divinas, traído por el Verbo a la tierra cuando se hizo hombre.
Entonces, de pura alabanza que era, pasó a ser también
adoración, propiciación, intercesión (SC 83; OGLH 3). Sin
embargo, en ninguna oración estamos asociados a Cristo cantor de este
himno trinitario como en
La salmodia de la
iglesia es llamada "hija de aquella himnodia que resuena
incesantemente ante el trono de Dios y del Cordero" ".
5. FUERZA DE
COHESIÓN EN EL CUERPO MÍSTICO.
Liturgia de las
Horas
ferentes comunidades
divididas. Las reúne a todas, incluso a las que no tienen la
eucaristía y la totalidad de los sacramentos, en una comunión de
oración y de beneficios espirituales (cf LG 15). Es sobre todo en
el oficio divino, después de la eucaristía, donde el Espíritu
Santo hace madurar en la súplica a Dios la consecución de la
fusión perfecta de todos en el único cuerpo de Cristo.
REALIZACIÓN DEL HOMBRE. La cultura
moderna hace del hombre el polo gravitacional del universo; pero
luego lo esclaviza de diversas formas cuando lo aparta de Dios, mientras
que en realidad sólo en comunión con él puede mantenerse
como centro y cima de todo.
SANTIFICACIÓN CÓSMICA.
Liturgia de las
Horas
Tomás, es
la medida de ese devenir cósmico según un antes y un
después que afecta a toda criatura, y al que sólo el eterno se
sustrae. Por eso
En
IX.
El valor de
1.
PRONUNCIAMIENTOS DEL MAGISTERIO ECLESIÁSTICO. El Vat. II afirma
explícitamente que la liturgia es la fuente primera e indispensable del
espíritu cristiano, y que posee la 1188
máxima eficacia
para la santificación de los hombres y la glorificación
de Dios (SC 7; 10; 14). Expresiones semejantes se leen en los documentos
del más alto magisterio relativas a
ACTUACIÓN DEL PROTOTIPO DE
SANTIDAD. Para el fiel, la realización perfecta del ideal
humano-divino tiene su concreción absoluta en Cristo. La santidad
cristiana consiste en conocerlo y en asimilarlo. También
PROLONGACIÓN SACRAMENTAL.
De la
eucaristía,
sencia de Cristo,
la creatividad del misterio pascual, el compromiso de la alianza que el orante
está invitado a renovar especialmente en varios salmos, la actitud
oblativa, el sacrificio de alabanza, la adoración, la intercesión,
etc. (cf PO 5; OGLH 12).
Del bautismo, que
ha dado origen a la nueva creatura,
De la
confirmación,
Los esposos viven
en
Liturgia de las
Horas
ción hecha
en común. La /.// les ayuda a hacer cada vez más claro el signo
sacramental entre Cristo y la iglesia con la vida conyugal de perfecta
entrega mutua y de fecundidud espiritual en los hijos.
Los religiosos en
Así, toda
la vida sacramental reverbera en el oficio divino y empapa todas las horas
a través de la alabanza y la contemplación, y de esta manera
santifica el tiempo precisamente porque santifica a las personas, que son
medida del tiempo y tiempo ellas mismas con su perdurar en el ser. El que se
hace dócil a la acción del Espíritu removiendo
animosamente todos los obstáculos y creando en sí las
disposiciones idóneas, recibe por medio de
4.
POTENCIACIÓN ASCÉTICO-MÍSTICA Y APOSTÓLICA.
En fin, no
podemos olvidar, al concluir, la aportación preciosa de
quiere que se le
solicite también en este sector con la oración (Mt 7,710).
Cristo animó su ministerio mesiánico con la oración
(OGLH 4), y los apóstoles siguieron el ejemplo del Maestro (He 6,4). La
iglesia lo sabe, y por eso no cesa de recomendar la oración; pero hace
una recomendación especial a propósito de
Sería,
pues, un error sentirse legitimados a restringir el espacio y el
empeño debidos a
1190
florecimiento y
la fructificación de la santidad en el campo de Dios.
[/
Oración; / Religiosidad popular, II; / Salmos; / Espiritualidad litúrgica].
NOTAS: '
Véase bibl., comienzo — 2 En Liturgia de las Horas I,
Coeditores Litúrgicos, Barcelona 1979 — ' De los libros del AT, el
salterio es el más citado en el NT. Es fácil entenderlo si
se piensa que el uso de los salmos en la oración los hacía muy
familiares a los autores, por lo que acudían espontáneamente
a sus labios y a su pluma ^ De oral. 23, 24: PL I, 1191 — 5 De inst.
coen. III, 4: por J.-C. Guy, SC 109; 102-106 - <• O.c. IV, 19, 2; SC
109; 146 — 7 Reg.fus. tract. 37,5: PG 31, 1015 — " De inst.
coen. III, 4, 3; cf I; IV, 19,2: SC 109; 102-106; 146 ' M. Andrieu, Les Ordines
Romani du haut moven-áge, SSL 3 (1951) 3941 -
'"Tertuliano, De oral.: PL 1, 1153 — 11 Exposii. in Ps. 8, 1: PG 55,
106 — l2 Instr. Inaestimabile donum de quibusdam normis cir
ca cultum
mysterii eucharistici (3 aprile 1980), Premessa. en AAS 72 (1980) 333 --"
Const. apost. Divino afflalu, de Pío X, en AAS) (1911) 633-638.
V. Raffa
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1982, 345-365; Barsotti D., Introducción al breviario. Sigúeme,
Salamanca 1967; Bellavista i., ¿Una nueva perspectiva de la
oración eclesial del oficio?, en "Phase" 54 (1969) 557-567;
Bernal J.M., Apuntes para una historia de
(1985) 65-68; El
éxito de
1191
1967;
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y su celebración en las comunidades religiosas, PPC, Madrid 1969;
VV.AA., Pastoral de
2. Elementos de
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bíblico bienal de
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"Oración de las Horas" 2 (1984) 6368; JMS preces
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Lecturas breves de vísperas en el Tiempo Ordinario, ib, 6 (1984)
191-196; Grández R.-Aizpurúa F., Himnos para el
Señor, Regina, Barcelona 1983; Insistiendo sobre el sentido de la
himnodia, en "Oración de las Horas" 12 (1984) 382-385; Olivar
A., El himno en la celebración del Oficio, en "Phase" 65
(1971) 447-454; Pinell J., Las oraciones del Salterio "per annum " en
el nuevo libro de
Liturgia en el
NCDC
SUMARIO: I. El
pueblo de Dios: 1. Los fieles: a) Los fieles en general, b) Los laicos, c) Los
clérigos; 2. La constitución jerárquica de la iglesia:
a) Los obispos, b) Los párrocos, c) Otras personas eclesiásticas;
3. Los institutos de vida consagrada y las sociedades de vida
apostólica: a) Los institutos religiosos, b) Los institutos seculares
y las sociedades de vida apostólica - II. El poder de la iglesia de
enseñar - III. El poder de la iglesia de santificar: 1. Los
cánones introductorios; 2. Los sacramentos: a) Bautismo, b)
Confirmación, c) Eucaristía (celebración: ministro,
participación, ritos y ceremonias, tiempo y lugar; custodia y
veneración), d) Penitencia, e) Unción de los enfermos, y) Orden,
g) Matrimonio; 3. Otros actos del culto divino: a) Sacramentales en
general, b) Liturgia de las Horas, c) Exequias; 4. Los lugares y tiempos
sagrados: a) Los lugares sagrados, b) Los tiempos sagrados.
El Código
de Derecho Canónico (CDC) de 1983 no establece por lo general nada sobre
los ritos que han de ejecutarse en la celebración de las acciones
litúrgicas; por ello siguen siendo válidas las leyes
litúrgicas vigentes en el momento de la promulgación
del código mismo, a menos que alguna de ellas sea contraria a sus
cánones: así lo leemos en el can. 2 del nuevo CDC, que recoge
sustancialmente el can. 2 del precedente CDC, de 1917.
A pesar de esto,
la / liturgia ocupa un puesto notable en el nuevo CDC: no tanto por lo que se
refiere a las normas estrictamente litúrgicas, es decir, directamente
relacionadas con la ejecución de los ritos de las diversas
celebraciones, cuanto más bien por lo que se refiere a otras disposiciones,
que sólo de forma indirecta se relacionan con dichos ritos [/
Derecho litúrgico].
Esto sucede
dentro del pleno respeto a los principios establecidos por el Vat. II,
sobre todo a los que se contienen en la constitución Sacrosanctum
concilium sobre la liturgia,
Liturgia en el
NCDC
en los diferentes
documentos aplicativos de la misma y en los nuevos / libros
litúrgicos. A menudo se recogen, a la letra o sustancialmente,
textos contenidos en tales fuentes. Merecen una particular atención los
textos que son expresión de la teología del Vat. II en su
multiforme dimensión dogmática, ascética y pastoral.
El examen
detallado de todos los puntos del CDC que tratan de liturgia en la forma
indicada requeriría un tratamiento muy amplio, sobre todo si se quisiera
indicar sus fuentes y esbozar un comentario, por sencillo que fuese. Nos
limitamos, por tanto, a una sencilla visión de conjunto que permita
un primer conocimiento del asunto. Nos interesa sobre todo el examen de los
libros II, III y IV del nuevo CDC. Los describiremos ateniéndonos al
orden que se sigue en ellos.
I. El pueblo de
Dios
El libro II del
CDC (cáns. 204746) trata de la iglesia considerada como pueblo de
Dios.
1. Los FIELES. Se
habla de ellos en la parte primera del libro II (cáns. 204-329).
a) Los fieles en
general. En el título I (cáns. 208-223), que trata en
general de los fieles, se destaca su derecho a dar culto a Dios según
las prescripciones de su propio rito aprobado por los legítimos
pastores de la iglesia (can. 214).
b) Los laicos. En
el título II (cáns. 224-231), que trata de las obligaciones
y de los derechos de los laicos, merecen particular atención los
cánones que tratan de los ministerios de lector y acólito, a los
que pueden ser promovidos establemente los laicos varones por medio del
rito litúr
1192
gico prescrito;
de los oficios de lector, comentarista, cantor y de otros oficios, para
los que puede delegarse temporalmente a los laicos; de la posibilidad que
tienen los laicos, cuando faltan los ministros y en caso de necesidad, de
ejercer el ministerio de la palabra, de presidir la oración litúrgica,
de conferir el bautismo y de distribuir la comunión (can. 230). Para el
recto cumplimiento de todos estos distintos oficios se requiere que los laicos
tengan una preparación conveniente (can. 231, § 1).
c) Los
clérigos. El título III (cáns. 232-293) trata de los
ministros sagrados, es decir, de los clérigos. Es interesante lo que se
dice de la formación clerical, subrayando las normas
contenidas en
por todo el
mundo; del culto maria-no; de la frecuencia en el sacramento de la penitencia
(can. 246). Por lo que se refiere a la enseñanza de la liturgia a los
seminaristas, se hace una alusión a las clases de liturgia en el plan de
estudios (can. 252, § 3). Éstas han de ser impartidas por profesores
titulados con el grado de doctor o licenciado, distintos de los profesores de
las demás disciplinas teológicas (can. 253). Como objeto
particular de la enseñanza se indica todo lo que se refiere al sagrado
ministerio, especialmente al ejercicio del culto divino y a la
celebración de los sacramentos (can. 256, § 1).
1193
Al tratarse luego
de las obligaciones de los clérigos, se dice que deben alimentar su
vida espiritual en la doble mesa de
2.
a) Los obispos.
Los puntos más importantes relativos a nuestra materia son aquellos
en que se habla de los obispos (cáns. 375-411). Es bella la
definición que se da de ellos. Entre otras cosas se dice que los
obispos, en virtud de la misma consagración episcopal, son maestros de
doctrina, sacerdotes del culto sagrado y ministros del gobierno de la
iglesia (can. 375). Se les recomienda que la toma de posesión de la
diócesis tenga lugar, con el acto litúrgico prescrito,
en la iglesia catedral, en presencia del clero y del pueblo (can. 382,
§ 4). Entre las obligaciones del obispo se señalan las siguientes:
como principal dispensador de los misterios divinos, debe procurar que los
fieles encomendados a sus cuidados crezcan en la gracia mediante la
celebración de los sacramentos, conozcan y vivan el misterio
pascual (can. 387); debe presidir frecuentemente la celebración
eucarística en la iglesia catedral y en otras iglesias de la
diócesis, especialmente en las fiestas de precepto y en otras solem
Liturgia en el
NCDC
nidades (can.
389); debe vigilar para que no se introduzcan abusos en la disciplina
eclesiástica, especialmente en lo que se refiere al ministerio de la
palabra, la celebración de los sacramentos y de los sacramentales,
el culto a Dios y a los santos (can. 392, §2).
b) Los
párrocos. Después de los obispos, se reserva a los
párrocos un puesto especial en el ejercicio de la liturgia (cáns.
515-552). Se insiste en los siguientes puntos: el párroco tiene la
obligación de proveer a que se anuncie en su integridad la palabra de
Dios, entre otras cosas mediante la homilía que debe tenerse los domingos
y las fiestas de precepto; debe procurar que la eucaristía sea el centro
de la comunidad parroquial; debe lograr que los fieles se alimenten
mediante la devota celebración de los sacramentos y se acerquen,
en particular, frecuentemente a los sacramentos de la eucaristía y de la
penitencia; debe procurar que los fieles cultiven la oración
también en sus familias y participen activamente en la liturgia;
debe regular el ejercicio de la liturgia en la parroquia y vigilar para
que no se introduzcan abusos; debe preocuparse de los enfermos, sobre todo
de los moribundos, confortándolos solícitamente con los
sacramentos y recomendando sus almas a Dios (can. 528; can. 529, §
1). Se da también la lista de las funciones que quedan encomendadas de
forma especial al párroco (can. 530) y se confirma la obligación
de la misa "por el pueblo" (can. 534).
c) Otras personas
eclesiásticas. Se habla también de las obligaciones y de los
derechos de otras personas eclesiásticas: de los capítulos de los
canónigos de las iglesias catedrales
o de las colegiatas:
les corresponde realizar las funciones litúrgicas más solemnes
(can. 503); de los vicarios foráneos o arciprestes: deben proveer a
que las funciones religiosas se celebren según las prescripciones
litúrgicas y se observe cuidadosamente todo lo que se refiere al
decoro y esplendor de las iglesias y de los ob
jetos y
ornamentos sagrados [/ Objetos litúrgicos/ Vestiduras], sobre todo
en la celebración eucarística y en la custodia del
santísimo sacramento (can. 555, § 1, 3.°); de los rectores
de las iglesias: ellos también deben proveer a la digna
celebración de las funciones sagradas y a la conservación y
el decoro de los objetos y ornamentos sagrados y de los lugares sagrados
(can. 562); de los capellanes: en atención a los fieles que tienen
encomendados les corresponde oír confesiones, predicar la palabra
de Dios, administrar a los que están en peligro de muerte el
viático y la unción de los enfermos, y también la
confirmación, en caso de que no la hubieran recibido todavía
(can. 566, § 1), así como celebrar y regular las funciones
litúrgicas (can. 567, §2).
3. LOS INSTITUTOS
DE VIDA CONSAGRADA Y LAS SOCIEDADES DE VIDA APOSTÓLICA. Se trata de
ellos en la parte tercera del libro II (cáns. 573746).
a) Los institutos
religiosos. Se refiere a ellos la mayor parte de las indicaciones
litúrgicas contenidas en la parte tercera. Donde se habla de la vida
religiosa en general, se dice que el religioso vive plenamente su
donación como un sacrificio ofrecido a Dios, lo cual le permite hacer de
toda la propia existencia un continuo acto de culto a Dios celebrado en el
amor (can. 607, § 1). En cuanto a las casas religiosas, se dice que deben
tener al menos el oratorio en
donde se celebre
y se conserve la eucaristía de modo que sea el centro
1194
de la comunidad
(can. 608). Otros puntos determinados: a los religiosos en general se les
reconoce el derecho a realizar los ministerios sagrados en sus iglesias y
oratorios (can. 611, 3.°); a los superiores se les recuerda el deber de
alimentar frecuentemente a los hermanos con el pan de la palabra de Dios y
de inducirlos a la celebración de la liturgia (can. 619); de los
novicios se dice que deben ser formados en la contemplación del misterio
de la salvación y en la lectura y meditación de
jurisdiccional de
los obispos, entre otras cosas, en todo lo que se refiere al ejercicio
bíblico del culto divino (can. 678, § 1).
b) Los institutos
seculares y las sociedades de vida apostólica. De los primeros se dice
que sus miembros deben participar, si es posible, cada día en la
celebración eucarística y que deben también acercarse frecuentemente
al sacramento de la penitencia (can. 719, § 2-3); de las segundas, en
cambio, se dice que sus miembros están sometidos al obispo diocesano en
todo lo que se refiere, entre otras cosas, al culto público (can. 738,
§ 2).
1195
II. El poder de
la iglesia de enseñar
Trata de este
poder de la iglesia el libro III del CDC (cáns. 747-833). También
en este sector se encuentran algunas indicaciones que interesan a la
liturgia. Se la llama una de las fuentes en que debe surtirse el ministerio de
la palabra (can. 760). Se da un relieve particular a la homilía:
ésta destaca entre las diferentes formas de predicación; es
parte de la liturgia; está reservada al sacerdote o al
diácono; en ella se deben presentar en el curso del año
litúrgico, partiendo del texto sagrado, los misterios de la fe y
las normas de la vida cristiana; se dan también normas particulares
sobre los días en que es obligatoria la homilía (domingos y
fiestas de precepto) y sobre los días en que se recomienda (can. 767,
§§ 1-3). Donde se habla de la enseñanza catequética se
insiste en que los párrocos aseguren una conveniente catequesis
sacramental (can. 777, 1.°, 3.°). Donde se habla de la acción
misionera de la iglesia se recomienda a los catequistas que organicen, entre otras
cosas, la actividad litúrgica (can. 785, § 1), y se dan normas
sobre el ordenamiento litúrgico del catecumenado (can. 788).
Prescripciones particulares se
refieren a la
publicación de los libros litúrgicos, de sus versiones y de los
libros de oración (can. 826).
III. El poder de
la iglesia de santificar
Se-trata de
él en el libro IV del CDC (cáns. 834-1253). Aquí es, naturalmente,
donde abundan las indicaciones de carácter litúrgico, estando
el poder de santificar de la iglesia en estrecha relación con.el
ejercicio de la liturgia. El libro IV, después de algunos cánones
introductorios
Liturgia en el
NCDC
(cáns.
834-839), trata en tres partes distintas de los sacramentos (cáns.
840-1165), de los demás actos del culto divino (cáns. 1166-1204),
de los lugares y tiempos sagrados (cáns. 1205-1253).
1. Los
CÁNONES INTRODUCTORIOS son particularmente importantes. En el
primero (can. 834) ante todo se lee que la iglesia ejerce su poder de
santificación de modo especial por medio de la liturgia; luego se
recoge la definición conciliar de liturgia (cf SC 7) como ejercicio de
la función sacerdotal de Jesucristo, mediante la cual se significa con
signos sensibles y se realiza, del modo que le es propio a cada uno de
ellos, la santificación de los hombres, y el cuerpo místico de
Cristo, es decir, la cabeza y los miembros, ejerce el culto público
íntegro; se precisa, en fin, que se debe considerar público el
culto ejercido en nombre de la iglesia por personas legítimamente delegadas
y con actos aprobados por la autoridad eclesiástica.
El can. 835 trata
de los sujetos del poder de santificación. Los obispos son los grandes
sacerdotes, principales dispensadores de los misterios de Dios,
moderadores, promotores y custodios de toda la vida litúrgica de las iglesias
que tienen encomendadas (§ 1). Los presbíteros son partícipes
del sacerdocio de Cristo y ministros suyos bajo la autoridad del obispo, y
son consagrados para celebrar el culto divino y para santificar al pueblo
(§ 2). Los diáconos actúan en la celebración del
culto según las disposiciones del derecho (§ 3). Los demás
fieles tienen una parte propia en el ejercicio del poder de santificación,
participando activamente, a su modo, en las celebraciones litúrgicas,
especialmente en la celebración eucarística (§ 4).
Los demás
cánones introductorios: el can. 836 examina la relación
entre el culto
cristiano, en el que se ejerce el sacerdocio común de los fieles, y
la fe: el culto procede de la fe y se funda en ella; el can. 837 da la
noción de acción litúrgica, insistiendo en la
dimensión comunitaria y en la participación activa de los fieles
en ella; el can. 838 habla de aquellos a quienes corresponde el ordenamiento
de la liturgia (sede apostólica, obispos diocesanos, conferencias
episcopales), determinando algunas de sus competencias; el can. 839 trata
de las oraciones y de las demás prácticas piadosas (de penitencia
y
de caridad): son
otros tantos medios para el ejercicio del poder de santificación.
2. Los
SACRAMENTOS. Se trata de ellos en la parte I del libro IV, la más larga
del libro. Antes del tratamiento de cada uno de los sacramentos, se
encuentran algunos cánones preliminares (cáns. 840-848). Es fundamental
el can. 840, que da la noción de los sacramentos. Interesa
también lo que se dice inmediatamente después: sobre la
autoridad competente en la disciplina sacramental (can. 841); sobre la
íntima unión existente entre los tres sacramentos de la /
iniciación cristiana (can. 842, § 2); sobre la necesidad de la
debida preparación de los fieles
para los
sacramentos (can. 843, § 2); sobre la posibilidad para los fieles
católicos de recibir, en ciertos casos y con ciertas condiciones, los
sacramentos de la penitencia, de la eucaristía y de la
unción de los enfermos de manos de ministros no católicos, y
sobre la análoga posibilidad para los fieles pertenecientes a iglesias
que no están en comunión con la iglesia católica de
recibir los sacramentos mencionados de manos de ministros católicos
(can. 844) [/ Ecumenismo]; sobre la observancia de los libros litúrgicos
en la celebración de los sa
cramentos (can.
846); sobre los sa
1196
grados
óleos requeridos [/ Elementos naturales] para la
administración de ciertos sacramentos (can. 847).
Luego se pasa
revista, en siete títulos distintos, a cada uno de los sacramentos.
Para cada sacramento se procede por lo general con el siguiente orden:
celebración del sacramento, ministro, los que reciben el sacramento
(y padrinos), normas de otra índole (inscripción en el registro,
etc.). De cada sacramento subrayamos las normas que nos parecen más
interesantes.
a) Bautismo. Debe
administrarse según el rito establecido en los libros
litúrgicos aprobados, salvo si se trata de necesidad urgente (can. 850);
su celebración debe ser oportunamente preparada: mediante las
diversas etapas del catecumenado, si se trata de adultos, o mediante la
conveniente instrucción de los padres y de los padrinos, si se
trata de niños (can. 851); lo que los cánones dicen del bautismo
de adultos vale también para todos los que, habiendo salido de la
infancia, han alcanzado el uso de razón (can. 852, § 1); fuera
del caso de necesidad, el agua que se use para el bautismo debe ben
decirse
según las prescripciones de los libros litúrgicos (can. 853); el
bautismo debe conferirse por inmersión
o por
infusión (can. 854); se puede celebrar cualquier día; se recomienda,
sin embargo, celebrarlo ordinariamente en domingo o, si es posible durante
la vigilia pascual (can. 856)' se dan normas particulares respecto al lugar de
la celebración y a la fuente bautismal (cáns. 857-860); también
es ministro ordinario, además del obispo y del presbítero, el
diácono (can. 861, § 1); a la celebración del bautismo
de adultos le sigue inmediatamente la celebración de la
confirmación y de la eucaristía (can 866); los niños,
fuera del peligro de muerte, deben bautizarse dentro de
1197
las primeras
semanas a partir del nacimiento (can. 867).
b)
Confirmación. Se confiere mediante la unción del crisma
sobre la frente, hecha con la imposición de la mano y con la
fórmula prescrita en los libros aprobados (can. 880, § 1); el
crisma debe ser consagrado por el obispo, aunque el sacramento sea administrado
por un presbítero (can. 880, § 2); conviene administrar la
confirmación durante la misa (can. 881); su ministro ordinario es el
obispo; puede administrarla válidamente también un
presbítero autorizado en virtud del derecho común o por una
concesión especial (cáns. 882-883); por causa grave y en casos
particulares al obispo y al presbítero autorizado pueden asociarse
otros sacerdotes en la administración del sacramento (can. 884, §
2); la confirmación se ha de administrar a los fieles en torno a la
edad de la discreción, a no ser que la conferencia episcopal
determine otra edad, o haya peligro de muerte, o a juicio del ministro, una
causa grave acon
seje obrar de
otra forma (can. 891).
c)
Eucaristía. Son particularmente interesantes los dos cánones
preliminares. El can. 897 es una síntesis teológica sobre la
eucaristía. Se presenta la eucaristía en primer lugar como
sacramento augustísimo, en el que se contiene, ofrece y recibe al mismo
Cristo Señor, y del que continuamente vive y crece la iglesia;
luego, como sacrificio eucarístico —memorial de la muerte y
resurrección del Señor, en el que se perpetúa a lo
largo de los siglos el sacrificio de la cruz—, que es cumbre y fuente de
todo el culto y de la vida cristiana: es signo eficaz de la unidad del
pueblo de Dios y medio con el que se realiza la edificación del cuerpo
de Cristo; los demás sacramentos y todas las obras apostólicas de
la iglesia están vinculados con la eucaristía
Liturgia en el
NCDC
y se ordenan a
ella. El can. 898 recomienda que los fieles tributen la máxima
veneración a la eucaristía, participen activamente en su celebración,
la reciban con la máxima devoción y frecuentemente, y la veneren
con suma adoración. Estos principios se desarrollan en los dos
capítulos siguientes, que tratan expresamente de la
celebración de la eucaristía y de su custodia y veneración.
Celebración
de la eucaristía. También el canon preliminar a este tema
(can. 899) es particularmente rico en doctrina: la celebración
eucarística es acción del mismo Cristo y de la iglesia; en esta
acción Cristo, presente sustancialmente bajo las especies del
pan y del vino, a través del ministerio del sacerdote se ofrece a
sí mismo al Padre y se da como alimento espiritual a los fieles que
asocia a la propia ofrenda; en la sinaxis eucarística se convoca al
pueblo de Dios [/ Asamblea] bajo la presidencia del obispo o del
presbítero dependiente de él, que personifican a Cristo;
todos los fieles que asisten, clérigos y laicos, participan en la celebración
cada uno a su modo según la diversidad de los órdenes y de los
oficios litúrgicos; la celebración debe disponerse de tal modo
que todos los participantes perciban frutos abundantes, para cuya
consecución instituyó Cristo el sacrificio eucarístico.
La
reflexión sobre la celebración se desarrolla en torno a cuatro temas:
ministro de la eucaristía, participación en ella, ritos y
ceremonias, tiempo y lugar.
Ministro. Los
sacerdotes pueden concelebrar [/ Concelebración eucarística],
a no ser que la utilidad de los fieles requiera o aconseje otra cosa, quedando
siempre a salvo la libertad de cada sacerdote de celebrar individualmente,
pero no al
Liturgia en el
NCDC
mismo tiempo en
que se está conceilebrando en la iglesia u oratori
(can.
902); se invita a los sacerdote;
a
celebrar frecuentemente; más aúni
cada
día, aunque no pueda tenersl
con
la asistencia de fieles, porque laacelebración eucarística es
siempr
acto
de Cristo y de la iglesia y, ai
realizarla,
los sacerdotes cumplen s
principal
ministerio (can. 904); s
puede
celebrar una sola vez al díai
exceptuados
los casos en que segú
las
disposiciones del derecho es lícit
celebrar
o concelebrar varias vece
el
mismo día (can. 905, § 1); el ordiinario del lugar puede
conceder, co
determinadas
condiciones, la faculItad de binar cada día y, por necesiidad
pastoral, de celebrar tres misa
los
domingos y fiestas de precepto
0
(can. 905, §
2); sin causa justa y razonable, no celebre el sacerdote el
:1
sacrificio sin la
participación de algún fiel (can. 906); los diáconos
y los laicos no pueden decir las oraciones, sespecialmente la / plegaria
eucarística, ni realizar las acciones que son
i
propias del
sacerdote celebrante
;
(can. 907); se
prohibe a los sacerdotes católicos concelebrar con los sacerdotes o
ministros de las iglesias sque no están en plena comunión con s
i
la iglesia católica
(can. 908); no dejen los sacerdotes de prepararse debidamente con la
oración para la celebración y de dar gracias a Dios al
terminar (can. 909); son ministros1ordinarios de la comunión el
obispo,>el presbítero y el diácono; ministro extraordinario es
el acólito u otroifiel legítimamente delegado (can.>910).
Participación.
Procúrese que los niños que han alcanzado el uso de razón
estén debidamente preparados para recibir la eucaristía y
recíbanla luego cuanto antes, si están suficientemente dispuestos,
previa confesión sacramental (can. 914); quien tenga conciencia de
hallarse en pecado
1198
grave debe acudir
a confesarse antes de comulgar, a no ser que haya una razón grave para
comulgar y no haya oportunidad de confesarse; en tal caso es preciso hacer
antes un acto de perfecta contrición, que incluye el
propósito de confesarse lo antes posible (can. 916); quien ya ha
recibido la comunión puede recibirla de nuevo el mismo día
durante la celebración eucarística en que participa (can.
917); se recomienda que los fieles reciban la comunión durante la
celebración eucarística; por justa causa pueden también
recibirla fuera de la misa (can. 918); la comunión ha de ir
precedida del ayuno eucarístico de una hora, es decir, hay que
abstenerse durante ese tiempo
de cualquier
alimento y bebida, a excepción del agua y de las medicinas (can.
919, § 1); el sacerdote que bina o celebra tres misas puede tomar algo
antes de la segunda o de la tercera misa, aunque no medie una hora antes
de la siguiente comunión (can. 919, § 2); las personas de edad
evanzada, los enfermos y los dedicados a atenderles pueden recibir la comunión
aunque hayan tomado algo durante la hora anterior (can. 919, § 3); los
fieles, una vez que han recibido la eucaristía, están obligados
a comulgar por lo menos una vez al año en el tiempo pascual, pero por
justa causa
pueden hacerlo en otro tiempo dentro del año (can. 920); los fieles
pueden participar en el sacrifició eucarístico celebrado
según cualquier rito católico; lo mismo vale para la
recepción de la comunión (can. 923).
Ritos y
ceremonias. Adminístrese la comunión bajo la especie del pan
solamente o, de acuerdo con las leyes litúrgicas, bajo las dos
especies; en caso de necesidad, también bajo la especie del vino
solamente (can. 925); durante la celebración de la eucaristía y
la distribución de la co1199
munión los
sacerdotes y los diáconos deben llevar los ornamentos sagrados [/
Objetos litúrgicos/ Vestiduras] prescritos (can. 929); los sacerdotes
enfermos o de edad avanzada, si no pueden estar de pie, pueden celebrar la
eucaristía sentados, observando para lo demás las leyes litúrgicas;
para poder hacerlo ante el pueblo deben tener la licencia del ordinario
del lugar (can. 930, § 1); los sacerdotes ciegos o enfermos pueden
celebrar la eucaristía usando un formulario cualquiera de misa
aprobado; les pueden asistir, si el caso lo requiere, un sacerdote, un
diácono
o un laico
debidamente instruido (can. 930, § 2).
Tiempo y lugar.
La eucaristía puede celebrarse y distribuirse en cualquier
día y hora, exceptuados los excluidos por las normas
litúrgicas (can. 931); debe celebrarse en un lugar sagrado, a no
ser que una necesidad particular exija otra cosa: en tal caso celébrese
en un lugar conveniente (can. 932, § 1); debe celebrarse en un altar
dedicado o bendecido; pero fuera de los lugares sagrados puede celebrarse en
una mesa apropiada, usando el mantel y el corporal (can. 932, § 2).
Reserva y
veneración de la eucaristía. Los cánones relativos a
la reserva vienen detrás de los que tratan de la
celebración, para poner de relieve el vínculo existente
entre la conservación y veneración de la eucaristía y
su celebración. En los lugares en que se reserva la eucaristía
debe haber siempre alguien a su cuidado y, en la medida de lo posible, en tales
lugares se celebrará la misa al menos dos veces al mes (can. 934, §
2); no está permitido conservar en la propia casa o llevar consigo
en los viajes la eucaristía, excepto en caso de una
urgente necesidad
pastoral: en tal caso, obsérvense las prescripciones
Liturgia en el
NCDC
del obispo
diocesano (can. 935); las iglesias en que se conserva la eucaristía
estén abiertas a los fieles todos los días al menos durante
algunas horas, para que aquéllos puedan dedicarse a la
oración ante el sacramento eucarístico (can. 937); habitualmente,
la eucaristía debe conservarse en un solo sagrario de las iglesias
u oratorios; por causa grave, sobre todo de noche, puede conservarse en un
lugar más seguro, con tal que sea decoroso; el sagrario de estar
colocado en una parte de la iglesia u oratorio destacada, visible,
decorosa, adornada y apropiada para la oración; debe ser inamovible,
hecho con material sólido no transparente y cerrado de manera que
se evite al máximo todo peligro de profanación; quien cuida
de la iglesia u
oratorio ha de
proveer a que se guarde con la máxima diligencia la llave del
sagrario; ante el sagrario ha de lucir siempre una lámpara especial para
indicar y honrar la presencia de Cristo (cáns. 938; 940); en las
iglesias y oratorios en que se conserva la eucaristía se puede hacer la
exposición eucarística, tanto con el copón como con
la custodia, pero no en el mismo local en que se esté celebrando en
esos momentos la eucaristía; se recomienda una exposición anual
solemne prolongada durante cierto tiempo, aunque no sea continuo (cáns.
941-942); ministro de la exposición y bendición
eucarística es el sacerdote o el diácono; en casos especiales
pueden exponer y luego hacer la reserva de la eucaristía, pero
sin impartir la
bendición, el acólito, el ministro extraordinario de la comunión
u otro fiel delegado por el ordinario del lugar (can. 943); ajuicio del
obispo diocesano y ateniéndose a sus órdenes, se pueden
hacer las procesiones eucarísticas por las calles públicas,
especialmente en la solemnidad del cuerpo y sangre del Señor (can. 944).
Liturgia en el
NCDC
d) Penitencia. La
confesión individual e íntegra, con la absolución,
constituye el único modo ordinario con que el fiel consciente de estar en
pecado grave se reconcilia con Dios y con la iglesia (can. 960); en ciertos
casos especiales se puede dar la absolución general a varios
penitentes sin que preceda la confesión individual (cáns.
961-963); el lugar propio para celebrar el sacramento es la iglesia o el
oratorio; las confesiones se oyen en el confesonario, a no ser que por justa
causa se deba obrar de otro modo; las normas prácticas relativas al
confesonario han de fijarlas las conferencias episcopales; provéase,
no obstante, a que haya siempre en lugar visible confesonarios provistos
de rejilla fija entre el penitente y el confesor, a los que puedan acceder
libremente los fieles que lo deseen (can. 964); los que tienen la facultad de
oír confesiones habitualmente, tanto por razón del oficio
como por razón de la concesión del ordinario del lugar en que
tienen el domicilio, pueden ejercer tal facultad en cualquier parte, a no
ser que el ordinario del lugar, en un caso particular, lo haya prohibido (can.
967, § 2);
los fieles, una vez llegados al .uso de razón, tienen la obligación
de confesar los pecados graves al menos una vez al año (can. 989); los
fieles pueden confesarse también con un confesor de otro rito,
legítimamente aprobado (can. 991).
e) Unción
de los enfermos. En caso de necesidad, cualquier presbítero puede
bendecir durante la celebración del sacramento el óleo que
se emplea para la unción (can. 999); se puede hacer la
celebración común del sacramento para varios enfermos,
ateniéndose a las prescripciones del obispo diocesano (can. 1002);
todo sacerdote puede llevar consigo el óleo bendito para poder administrar
el sacramento en caso de necesi
1200
dad (can. 1003,
§ 3); el sacramento se administra a aquellos fieles que, tras haber
alcanzado el uso de razón, comienzan a estar en peligro a causa de
enfermedad o de vejez (can. 1004, § 1); la celebración del
sacramento puede repetirse si el enfermo, una vez recobrada la salud, contrae
nuevamente una enfermedad grave o si, durante la misma enfermedad, el
peligro se hace más grave (can. 1004, §2).
f) Orden. Son
tres los grados del sacramento del orden: episcopado, presbiterado y diaconado
(can. 1009, § 1); las órdenes se confieren mediante la
imposición de manos y la oración consecratoria que los libros
litúrgicos prescriben para cada grado (can. 1009, § 2); la
ordenación se celebra durante la misa, en domingos o en fiestas de
precepto, pero por razones pastorales también otros días (can.
1010); generalmente se hace en las iglesias catedrales, pero por razones pastorales
también en otras iglesias u oratorios (can. 1011, § 1); fuera del
caso de dispensa por parte de la sede apostólica, en la
consagración episcopal el obispo consagrante principal asocia a
sí al menos a dos obispos consagrantes; pero es muy conveniente que
junto con ellos consagren al elegido todos los obispos presentes (can. 1014);
para los aspirantes al diaconado y al presbiterado se requiere el rito
litúr
gico previo de la
admisión entre los candidatos a tales órdenes; no están
obligados a esto los que, habiendo emitido los votos religiosos, forman parte
de un instituto clerical (can. 1034).
g) Matrimonio.
Entre los distintos medios con que la comunidad cristiana debe ofrecer una
conveniente asistencia a los fieles en orden al estado matrimonial se indica
también la fructuosa celebración litúrgica del
sacramento del matrimonio:
1201
ésta debe
poner de manifiesto que los esposos se constituyen, participando de
él, en signo del misterio de unidad y amor fecundo entre Cristo y la
iglesia (can. 1063, 3.°); los católicos que no han recibido
todavía la confirmación, deben recibirla antes de ser admitidos
al matrimonio, si esto es posible sin dificultad grave (can. 1065, § 1);
para que los esposos puedan recibir con fruto el sacramento, se les
recomienda encarecidamente que se acerquen a los sacramentos de la
penitencia y de la eucaristía (can. 1065, § 2); el matrimonio
se celebra en la parroquia de uno de los contrayentes; para que se pueda
celebrar en otra parte se requiere la licencia del ordinario del lugar o del
párroco (can. 1115); el matrimonio entre católicos o entre un
católico y un no católico bautizado debe celebrarse en la
iglesia parroquial; con la licencia del ordinario del lugar o del
párroco se puede celebrar en otra iglesia u oratorio; el ordinario del
lugar puede también permitir que se celebre en otro lugar conveniente
(can. 1118, §§ 1-2); el matrimonio entre católicos y no
bautizados se podrá celebrar en la iglesia o en otro lugar conveniente
(can. 1118, § 3); fuera del caso de necesidad, en la celebración
del matrimonio se deben observar los ritos prescritos en los libros
litúrgicos aprobados por la iglesia o introducidos por legítima
costumbre (can. 1119); las conferencias episcopales pueden elaborar ritos
propios del matrimonio que respondan a los usos de los lugares y de los
pueblos, adaptados al espíritu cristiano; estos ritos deben someterse a
la revisión de la sede apostólica (can. 1120).
3. OTROS ACTOS
DEL CULTO DI VINO. Terminado el tratamiento de los sacramentos, el CDC, en la
parte II del libro IV, se ocupa de los demás actos del culto divino.
Damos algu
Liturgia en el
NCDC
nas indicaciones
sobre los sacramentales en general, y luego sobre los sacramentales
especiales de la liturgia de las Horas y de las exequias.
a) Sacramentales
en general. En la administración de los sacramentales se deben
observar cuidadosamente los ritos y las fórmulas aprobados por
la autoridad de la iglesia (can. 1167, § 2); el ministro de los
sacramentales es el clérigo provisto de la debida potestad; algunos sacramentales,
sin embargo, según lo establecido en los libros litúrgicos y a
juicio del ordinario del lugar, pueden administrarlos también
laicos dotados de las debidas cualidades (can. 1168); las consagraciones y dedicaciones
pueden realizarlas los obispos o los presbíteros a quienes esté
permitido por el derecho o por concesión legítima; puede impartir
las bendiciones cualquier presbítero, a excepción de las
reservadas al romano pontífice o a los obispos; el diácono
puede impartir sólo las bendiciones que el derecho le permite
expresamente (can. 1169); las bendiciones se han de impartir sobre todo a
los católicos; se pueden impartir también a los
catecúmenos y, si la iglesia no lo prohibe, a los no católicos
(can. 1170); los exorcismos sobre los posesos sólo puede realizarlos
quien tenga licencia especial y expresa del ordinario del lugar (can.
1172).
b) Liturgia de
las Horas. Además de aludir a la obligación de celebrarla a
que están sujetas determinadas personas (can. 1174, § 1), se invita
encarecidamente a los demás fieles a que participen en la liturgia de
las Horas, por ser acción de la iglesia (can. 1174, § 2); en la
celebración de la liturgia de las Horas obsérvese, en la medida
de lo posible, el tiempo propio de cada hora (can. 1175).
c) Exequias. Se
han de celebrar
Liturgia en el
NCDC
según las
leyes litúrgicas (can. 1176, § 2), generalmente en la iglesia parroquial
del difunto (can. 1177, § 1).
4. LOS LUGARES Y
LOS TIEMPOS SAGRADOS. Se habla de ellos en la parte III del libro IV.
a) Los lugares
sagrados. Son lugares que se destinan al culto divino
o a la sepultura
de los fieles mediante la dedicación o bendición prescrita
por los libros litúrgicos (can. 1205); la dedicación de los
lugares sagrados le corresponde al obispo diocesano y a aquellos que se le equiparan
por el derecho; éstos pueden dar el encargo de realizar la dedicación
en el territorio propio a cualquier obispo y, en casos excepcionales,
a un presbítero (can. 1206); corresponde al ordinario la
bendición de los lugares sagrados; sin embargo, queda reservada al
obispo diocesano la bendición de las iglesias; ambos pueden
delegar a otro sacerdote (can. 1207); en los lugares sagrados profanados no es
lícito celebrar el culto antes de haberse reparado la injuria con un
rito penitencial a tenor de los libros litúrgicos (can. 1211); en
la edificación y restauración de las iglesias se deben
observar los principios y normas de la liturgia y del arte sacro (can. 1216);
las nuevas iglesias se deben dedicar o al menos bendecir según
las leyes litúrgicas (can. 1217, § 1); las iglesias catedrales
y parroquias se deben dedicar (can. 1217, § 2); en las iglesias
legítimamente dedicadas o bendecidas se pueden realizar todos los
actos del culto divino, quedando a salvo los derechos parroquiales (can. 1219);
en los oratorios legítimamente constituidos se pueden realizar
todas las celebraciones sagradas, a excepción de las exceptuadas por el
derecho o por el ordinario del lugar (can.
1225); conviene
que los oratorios y las capillas privadas se bendigan con
1202
el rito prescrito
en los libros litúrgicos (can. 1229); en los santuarios se debe
favorecer oportunamente la vida litúrgica, especialmente mediante
la celebración de la eucaristía y de la penitencia, y se deben
cuidar las formas de piedad popular aprobadas (can. 1234, § 1); los
altares fijos se deben dedicar, y los móviles, dedicar o bendecir,
según los ritos prescritos en los libros litúrgicos (can. 1237);
se deben bendecir los cementerios eclesiásticos o los sectores
destinados a los fieles difuntos en los cementerios civiles; a falta de tales
lugares se ha de bendecir individualmente cada sepultura (can. 1240).
b) Los tiempos
sagrados. El domingo, día en que se celebra el misterio pascual,
por tradición apostólica ha de observarse en toda la iglesia
como fiesta primordial de precepto (can. 1246); se cumple el precepto de
participar en la misa tomando parte en ella en cualquier parte donde se
celebre con rito católico, el mismo día festivo o bien el
día anterior por la tarde (can. 1248, § 1); si es imposible
participar en la celebración eucarística por falta del ministro
sagrado o por otra causa grave, se recomienda vivamente que los fieles
participen en la liturgia de la palabra celebrada en la iglesia parroquial
o en otro lugar sagrado según las prescripciones del obispo diocesano,
o que permanezcan en oración durante un tiempo conveniente
personalmente, en familia o, si es oportuno, en asambleas familiares (can.
1248, § 2).
La larga serie de
temas enumerados, considerada en su generalidad, puede dar la
impresión de que se trata de un conjunto de normas de carácter
puramente técnico-jurídico. Para superar esta impresión
hay que tener en cuenta el espíritu totalmente nuevo que impregna todas
las normas arriba expuestas. Es el espíritu
1203
que corresponde a
la sensibilidad eclesial de hoy, determinada por la reforma litúrgica, y
en primer lugar por la índole pastoral-espiritual del Vat. II, que la
quiso.
Para poder
comprender de verdad las normas litúrgico-jurídicas del nuevo
CDC, hay que leerlas prestando atención precisamente al espíritu
que las anima y las vivifica, así como parando mientes en su texto
y contexto. La frecuente alusión contenida en ellas a los libros litúrgicos
recuerda la necesidad de un conocimiento adecuado de los mismos,
sobre todo de sus preciosas introducciones teológico-litúrgicas,
pastorales y espirituales.
La liturgia
aparecerá entonces como la gran realidad que, profundamente anclada
en la fe y alimentada por la palabra de Dios (cf can. 836), encuentra su
más genuina expresión en la celebración de los sacramentos,
fuente principal de la vida y de la comunión de la iglesia (cf can.
840). Y alrededor de la estructura sacramental, fundamental para la
iglesia, se desarrollarán orgánicamente las demás
estructuras, las cultuales y las que no lo son, en las que se realiza la
iglesia misma.
Las mismas normas
litúrgicas, observadas y vividas según su espíritu,
serán fuente de fidelidad a aquella renovación a que se ve
continuamente llamada la iglesia, y de la que ha sido particular signo
providencial el Vat. II.
A. Cuva
BIBLIOGRAFÍA:
Manzanares J., Principios informadores del nuevo derecho sacramental, en
VV.AA., 18 Semana Española de Derecho Canónico, Universidad
P. de Salamanca, Salamanca 1984, 235-252; Universidad P. de Salamanca
(Facultad de Derecho Canónico), Código de Derecho
Canónico. Edición bilingüe comentada. BAC 442, Madrid 1983;
Universidad de Navarra (Instituto Martín Azplicueta),
Liturgias locales
antiguas
Código de
Derecho Canónico. Edición anotada, EUNSA, Pamplona 1983;
Variaciones que se han de introducir en las ediciones de los libros
litúrgicos para ajustarlos al nuevo Código de Derecho
Canónico, en "Phase" 138 (1983) 497510; Comentario: ib,
510-515; VV.AA., Nuevo Código: Comentarios a los cánones sobre
liturgia, en "Phase" 141 (1984) 181-282; 142 (1984) 285-359.
SUMARIO: I.
Liturgias locales, fenómeno histórico: 1. Para una justa
comprensión de la liturgia, incluido el rito romano actual, es necesario
conocer sus antecedentes; 2. Sentido de la "tradición"
litúrgica en la antigüedad; 3. Diverso grado de desarrollo,
diversa suerte de los antiguos ritos locales -11. Fases de la formación
de un rito local: I. Período de gestación; 2. Tiempo de
creatividad; 3. Codificación - III. Orígenes y primeros
desarrollos del rito romano: 1. De san Dámaso a san León Magno;
2. De san León Magno al papa Vigilio; 3. Codificación del sacramentado
romano - IV. Otros ritos latinos: 1. En la iglesia africana; 2. El rito
ambrosiano; 3. El rito galicano; 4. El rito céltico; 5. El rito
hispánico.
I. Liturgias
locales, fenómeno histórico
1. PARA UNA JUSTA
COMPRENSIÓ N DE
Liturgias locales
antiguas
trinal sobre el
misal-leccionario, sobre el ritual-pontifical o sobre el libro de las
horas no debería ignorar la trayectoria histórica que han seguido
los textos y los ritos hasta llegar a ser incorporados al patrimonio
litúrgico de la iglesia de nuestro tiempo.
SENTIDO DE LA
"TRADICIÓN" LITÚRGICA EN
DIVERSO GRADO DE DESARROLLO, DIVERSA
SUERTE DE LOS ANTIGUOS RITOS LOCALES. Cuando a partir del s. iv
algunas iglesias orientales, y desde el s. v las iglesias de Roma y de
Milán [/ Ambrosiana, Liturgia], dedicaron sus recursos culturales
a la formación de una liturgia peculiar, estalló en todo el mundo
cristiano el fenómeno de las liturgias locales. Algunas de estas
liturgias se extinguieron apenas nacidas, otras no alcanzaron el pleno
desarrollo que sus comienzos habrían hecho esperar, y muchas otras,
una vez desarrolladas, permanecieron en vigor sólo por poco tiempo.
No obstante, de aquel particular momento histó
1204
rico nos ha quedado
un precioso patrimonio de cultura cristiana. Todo este tesoro de doctrina,
que hay que adjuntar al corpus de la literatura patrística, aunque se
emplea sólo en parte mínima en la liturgia viva de hoy, nos sirve
para profundizar en el sentido de los signos sacramentales de la iglesia.
II. Fases de la
formación de un rito local
Usamos el
término rito restringiendo su significado a una de sus posibles
acepciones: el conjunto de textos y disposiciones que una determinada
iglesia produjo y organizó para sí misma al objeto de interpretar
y llevar a efecto del mejor modo posible, según las exigencias del
momento, las normas de la tradición apostólica
referentes a la vida sacramental de la iglesia. Así
podríamos hablar de divergencias entre el rito romano y el rito
ambrosiano, y de convergencias entre los ritos galicano e
hispánico.
Nos limitamos a
tratar de los ritos
latinos, y
más en particular del rito
romano, aunque
todo lo que dire
mos
genéricamente de la formación
y del desarrollo
de los ritos se podría
aplicar
igualmente a los ritos orien
tales [/
Orientales, Liturgias].
Los ritos que
alcanzaron en plenitud su desarrollo debieron pasar por tres fases
sucesivas: 1) un largo período de gestación; 2) el gran momento
de la creatividad; 3) la hora de la codificación litúrgica.
1. PERÍODO
DE GESTACIÓN. Sólo a posteriori se podrá establecer
cuánta ha sido la duración de este período y cuáles
los factores que lo han caracterizado. La creatividad, que inesperadamente
estallará en un determinado momento, no vendrá de la nada.
Peripecias humanas, cues1205
tiones
teológicas y logros culturales
se han ido
acumulando o estratifi
cando, y
condicionarán ciertamente
el estilo y las
ideas que emergerán en
los productos de
la futura escuela
eucológica.
Lo que dio el
impulso inicial, de
cisivo, al
período de gestación puede
haber sido el
paso de una lengua a
otra; por
ejemplo, del griego al latín,
en Roma. La
adopción de una nueva
lengua lleva
consigo un intento de
adaptación
al nuevo contexto cultu
ral,
adaptación no reducible a un
simple trabajo de
traducción.
2. TIEMPO DE
CREATIVIDAD. La aparición del nuevo rito demuestra que la comunidad
cristiana en la que se produce tal fenómeno ha alcanzado un grado
de madurez que le permite asimilar de modo peculiar la tradición
sacramental apostólica. La celebración de la liturgia
entraña ya, para tal comunidad, una revelación de sí misma
en cuanto iglesia de Cristo, aplicada a ejecutar fielmente el mandato del
Señor.
Aunque responde a
una necesidad —a saber: para que la comunidad cristiana pueda encontrarse
más perfectamente identificada con el modo de contemplar el
misterio de la salvación—, la empresa de realizar una
liturgia propia se concibe también implícitamente como una
misión en el interior de la iglesia católica. Cada iglesia local
que tenga posibilidades para hacerlo está llamada a enriquecer con
las propias búsquedas y experiencias el tesoro de la doctrina
litúrgica de la iglesia universal.
La verdadera
creatividad tiene lugar cuando esa determinada iglesia puede contar con
hombres particularmente dotados: escritores que sepan expresarse en
un lenguaje noble y eficaz, y que sean al mismo tiempo pensadores capaces de
redescubrir con ideas nuevas las verdades eternas. Su doctrina será
fruto de es
Liturgias locales
antiguas
tudio, de
reflexión personal y de
oración.
Sabedores de la
dimensión pasto
ral de la
liturgia, los grandes autores
componen los
textos litúrgicos pen
sando
concretamente en una deter
minada comunidad cristiana
y, al me
nos en una
primera fase del período
creativo,
destinándolos para una fe
cha
específica. No prevén que esos
textos se empleen
en otras partes y
en tiempos
sucesivos. Por eso la pro
ducción de
los formularios litúrgicos
es abundante y no
está necesariamen
te vinculada a
una programación glo
bal del
año litúrgico.
3.
CODIFICACIÓN. Totalmente diversa es la actitud de los compiladores
de los / libros litúrgicos. Estos últimos pretenden establecer
para la posteridad el ordenamiento de las celebraciones litúrgicas y
textos destinados a tales celebraciones. El que ordena un libro
litúrgico demuestra tener la idea de una programación global de
la distribución de los textos litúrgicos; de todos los
textos, y no sólo de los que entran en la composición del
libro que intenta compilar. Este plan de ordenamiento litúrgico
presupone un conocimiento más o menos completo de las diferentes
tentativas que se han hecho precedentemente para enriquecer las
celebraciones locales con textos nuevos.
Tratándose
de libros, por ejemplo, sacramentario, leccionario, antifonario...,
estructurados según el orden del año litúrgico, la
tarea esencial del compilador consiste en la distribución de los
textos eucológicos —respectivamente: de las perícopas
bíblicas o de los cantos— según un calendario
preestablecido. Para la configuración de los libros cuyo orden no
depende estrictamente del año litúrgico —por ejemplo,
ritual, pontifical—, el compilador sigue una sucesión
lógica de las par
Liturgias locales
antiguas
tes, que
obviamente será lógica según la mentalidad de su
época.
Durante el
período de creatividad, los autores componían varias misas para
una misma fiesta, mientras que omitían componer, o quizá no conservaban,
los textos para otras fiestas menores. El compilador debe colmar estas
lagunas del fondo de los libelli. Se producen así los textos
complementarios, derivados o adaptados de textos que estaban destinados
a otras celebraciones.
Habitualmente, el
compilador se atribuye el derecho-deber de corregir los textos que incluye en
su libro. La revisión, que puede referirse al estilo (pero a menudo
también a los contenidos), causa siempre graves daños
literarios o doctrinales a los textos originales.
III.
Orígenes y primeros desarrollos del rito romano
Para ilustrar
históricamente la formación y constitución del rito romano,
se hace referencia a los nombres de san Dámaso (366-384), el papa
Inocencio I (401-417), san León Magno (440-461), san Gelasio (492-496),
el papa Vigilio (537-555) y san Gregorio Magno (590-604). Tendremos que
distinguir los diversos modos según los cuales cada uno de estos
seis personajes contribuyó a la formación del rito romano y a su
caracterización en relación con los demás ritos.
1. DE SAN
DÁMASO ASAN LEÓN MAGNO. La noticia del Líber Ponti
ficalis
según la cual san Dámaso habría dispuesto que se
emplease el latín en la liturgia de Roma hay que colocarla en el
contexto de toda la obra de san Dámaso: sus inscripciones
poéticas destinadas a decorar las tumbas de los mártires y la
obra de
1206
revisión
de la versión latina de
Dámaso era
de origen hispano. Las iglesias de España estaban más vinculadas
a la iglesia de Cartago que a la de Roma. En tiempos de san Cipriano (249-258)
tenía ya una liturgia latina. No se ha de excluir, por tanto, que, en la
decisión de adoptar el latín para la liturgia de Roma,
Dámaso se haya visto impulsado por la experiencia vivida en España,
que le había revelado las ventajas de una liturgia latina en una
sociedad latinizada.
Nunca podremos
determinar hasta qué punto el impulso inicial que imprimió
san Dámaso prefiguró las características de la futura
escuela eucológica romana de los ss. vvi. Sin embargo, el hecho es que
las estructuras sumamente sintéticas de las oraciones romanas
responden perfectamente al estilo damasiano de los orígenes
—lenguaje noble, formas epigramáticas.
Entre la plegaria
eucarística que san Ambrosio (339-397) reproduce en su De sacramentis (IV,
5, 21-22; 6, 26-27) y el canon romano, de factura leoniana (que luego
encontraremos en los sacramentarios), hay una evolución que no es
meramente lingüística. Admitimos, sin embargo, con Ch.
Mohrmann que uno de los aspectos más interesantes de tal evolución
consiste precisamente en la progresiva adopción de un lenguaje sagrado
latino —terminología y expresiones provenientes del
latín de los ritos paganos— en la plegaria eucarística de
la iglesia de Roma.
La carta del papa
Inocencio I al obispo Decencio de Gubbio, escrita el 19 de marzo del 416,
afirma que los nombres deben enunciarse ínter sacra mysteria. Este
testimonio hay que ponerlo en relación con el hecho de que el canon
romano insertó, entre el prefacio y la narración de la
1207
institución,
los dípticos por la igle
sia, por la
jerarquía eclesiástica, por
los oferentes y
para la memoria de
los, santos.
Ésta es una peculiaridad
exclusiva del
rito romano.
Una frase de la
misma carta
("prius ergo
oblationes sunt commen
dandae, ac tune eorum
nomina quo
rum sunt
edicenda") puede referirse
a la
presentación de los dones, que
luego fue
integrada en el Te igitur
del canon
"... uti accepta habeas et
benedicas haec
dona, haec muñe
ra..."),
pero podría también repre
sentar un
precedente de lo que pasa
rá a ser
un texto variable típicamen
te romano: la
oración super oblata.
2. D E SAN
LEÓN AL PAPA VIGILIO. Una importante colección de la
producción eucológica romana de este período se ha
conservado providencialmente en el códice LXXXV de
No se puede
excluir que antes de san León Magno alguien haya compuesto textos
que luego, a su vez, sirvieron a León como un modelo inmediato. Pero lo
que es cierto es que la obra litúrgica de san León, por su
genialidad, originalidad y grandeza, fijó de una vez para siempre
las características esenciales del rito romano.
Nos encaminamos
hacia la com
Liturgias locales
antiguas
posición
de textos variables dis
tintos para cada
celebración^ , que
se
colocarán en diversos puntos del
esquema de la
celebración eucarísti
ca. Una misa
completa comprende
cinco oraciones
—primera y segunda
colecta, super
oblata, posteommunio
y super
populum— y el prefacio.
La máxima
novedad consiste en la variabilidad del prefacio. Representa una verdadera
revolución dentro de la historia de la plegaria eucarística.
También la adopción de oraciones variables, breves pero
densas de contenido, que insertan en el esquema de la celebración
eucarística la temática del año litúrgico, constituye
una novedad absoluta, que tendrá gran repercusión en la
formación y desarrollo de los ritos latinos.
Hay que recordar
que la obra literaria más importante de san León Magno es el
conjunto de sus sermones, destinados a exponer su doctrina sobre la
actuación del misterio de Cristo mediante las fiestas cristianas. San
León era sin duda consciente de la originalidad e importancia de su
contribución: una síntesis teológica de la obra de la
salvación, fruto de su búsqueda personal en la contemplación
de las diferentes fases del año litúrgico, síntesis que
iba elaborando progresivamente para responder a las exigencias de su
deber pastoral de predicar durante la celebración de la
eucaristía.
Si no hubiera
existido la tentativa de introducir con mayor claridad e insistencia la
teología del año litúrgico dentro de la
celebración eucarística, probablemente no se habría
llegado nunca al sistema romano de la variabilidad de las oraciones y del prefacio.
El año litúrgico, que hasta aquel momento había irradiado
la luz de la presencia del misterio de Cristo sólo a través de
las lecturas y el comentario de las lecturas, ejercitará su fuerza
sacramental también por medio de la eucología.
La rica capacidad
creativa que san León Magno desplegó en la exposición
de la teología del año litúrgico sirviéndose de los
textos eucológicos, lo conduce a otras novedades estructurales del
rito romano: el conjunto eucológico inserto entre las lecturas del
AT de la vigilia pascual (conservado en el Gelasiano, ed. Mohlberg, nn.
431-442), conjuntos eucológicos análogos para las vigilias
de la ascensión (Veronense, nn. 169-173), de pentecostés
(Veronense, nn. 187-190; 200-201) y del sábado de los grandes ayunos
estacionales (Veronense, nn. 192-195; 916-921).
San Gelasio y
Vigilio compondrán nuevos textos aceptando los modelos dejados por
san León. Mantendrán el principio de una distribución
de textos variables en torno a un canon fijo. Las normas estructurales para
la composición de las oraciones, consagradas con la obra genial
de san León, permanecerán en vigor.
Una novedad que
trata de introducir san Gelasio —quizá él compone
la parte central del prefacio en forma deprecativa (cf Veronense, nn. 376 y
623)— no será imitada ni seguida por Vigilio. Otra
invención de san Gelasio —referirse, dentro de los textos
eucológicos, a hechos contingentes que atañen a la iglesia o
a la población de Roma— la aceptará Vigilio, aunque con las
debidas restricciones. Gelasio polemizaba contra los abusos de las
lupercalia, abusos en que incurrían también ciertos
cristianos (cf Veronense, nn. 620625). En los textos del papa Vigilio se
refleja la angustia de la población durante un asedio sufrido por la ciudad,
y la sensación de respiro que experimentaron los romanos cuando se
alejaron los invasores.
San Gelasio y
Vigilio divergen profundamente en el modo de tratar los acontecimientos
contemporáneos: el tono de Gelasio es áspero, agresivo 1208
y a veces
inconveniente; por el contrario, las reflexiones de Vigilio son
moralizantes y espiritualistas. Sin embargo, debemos considerar como muy digno
de destacarse el hecho de que ambos expresaron en los textos eucológicos
inquietudes derivadas de situaciones muy concretas de su iglesia local. Es
simbólico el ejemplo del prefacio, que hace referencia al malestar
experimentado por los romanos al ver, desde lo alto de los muros,
cómo los asediantes recogían el trigo que los mismos romanos habían
sembrado y cultivado (Veronense n. 446). La cuestión resulta mucho
más importante si se considera que la temática fundamental del
prefacio es la historia de la salvación: se dan gracias a Dios
porque ha salvado a su pueblo. En este momento se ve cómo
también hechos contemporáneos que atañen a la
comunidad cristiana de un determinado tiempo pueden verse y considerarse como
páginas de la historia de la salvación.
3.
CODIFICACIÓN DEL SACRAMENTARIO ROMANO. Pocos años después
del pontificado de Vigilio debía producirse el primer intento de compilación
del sacramentario romano, llegando así al llamado Gelasiano.
San León,
san Gelasio y el papa Vigilio no se habían limitado a llenar unos
formularios preestablecidos. En todo caso, la composición de los nuevos
textos llevaba consigo la invención de estructuraciones celebrativas,
de géneros literarios y de argumentos todavía
inéditos. El carácter experimental, de verdadera búsqueda,
que ha quedado impreso en sus textos explica que los autores mismos hayan
considerado los propios textos como algo provisional. La evolución de
León a Gelasio y Vigilio, por la que la eucología se convertía
cada vez más en el espejo de los problemas contingentes de la iglesia
local romana, era una evolu1209
ción
natural basada en el carácter
contingente de
los textos.
El momento
histórico de la com
pilación
del Gelasiano es de capital
importancia.
Probablemente se trata
del primer caso
en la historia, en que
se ha llegado a
una compilación li
túrgica
plenamente codificada.
La idea de un
liber totius anni circuli revela la conciencia de que el año
litúrgico está ya sustancialmente constituido. El año
litúrgico que, todavía en fase de formación,
había impulsado a san León a la composición de los
textos, ahora, al convertirse en realidad lograda, conduce a la
creación del primer sacramentario. Los textos destinados a la celebración
eucarística y a la administración de los demás
sacramentos se ordenan sobre la base del calendario de las fiestas y de los
tiempos del año. Se pasa, pues, de los libelli a un libro bien
estructurado, que trata de recoger toda la eucología, comprendidas
las series de oraciones compuestas para la liturgia de las Horas.
En el contexto de
la codificación gelasiana hay que colocar algunos repertorios
eucológicos menos originales que los otros, que podríamos
llamar textos eucológicos de autor. Por ejemplo, alguien compone las
oraciones para la vigilia de pentecostés (Gelasiano, nn. 618-623)
imitando el conjunto leoniano compuesto para la pascua (ib, nn. 431442).
Remitiéndose a menudo a textos preexistentes, se llenan las casillas
correspondientes a la octava de pascua (ib, nn. 463-515).
Se establece
así un método de composición de textos
litúrgicos que puede haber tenido precedentes en las sucesivas
reelaboraciones de las anáforas antiguas, pero que ahora se fija un
objetivo nuevo: ampliar los repertorios para llenar todas las secciones
previstas en la estructuración global del libro litúrgico.
La
compilación gregoriana del sa
Liturgias locales
antiguas
cramentario
encontrará allanado el camino. El experimento de la codificación
gelasiana ha hecho posible la decisión de san Gregorio Magno de
emprender un trabajo de gran envergadura: una nueva codificación
del sacramentario tras una revisión de toda la eucología romana.
Naturalmente, los
principios de tal revisión los han dictado las tendencias
personales del mismo san Gregorio. Los textos —oraciones y
prefacios— de san León eran quizá muy breves (cf Veronense,
nn. 183 y 1250; Gelasiano, nn. 458 y 462); otras veces, por el contrario, eran
muy desarrollados (cf Veronense, nn. 416; 428; 530). El estilo de Vigilio
había sido más regular, con una clara propensión a la
concisión, tanto en los prefacios como en las oraciones (cf
Veronense, nn. 533-549; 553-568; 610-619; 626-670).
La primera
impresión puede ser que el estilo de san Gregorio es bastante
semejante al del papa Vigilio. Las oraciones gregorianas son casi siempre de la
misma longitud, breves, estructuralmente muy sencillas. Pero, por una
tendencia personal del autor, el tema de las oraciones gregorianas es
mucho más abstracto; ta además la profunda cohesión estructural
que exhibían las oraciones de los autores precedentes.
Algunos
repertorios más típicamente gregorianos contienen textos que
pueden considerarse joyas de la eucología romana, aunque no son parangonabas
a los textos de la tradición antigua (cf Gregoriano, ed. Deshusses,
Ha, nn. 42; 175; 435; 474). Pero Gregorio, quizá por querer
unificar demasiado el estilo de todo el sacramentario y rehacer personalmente
todo el cuerpo eucológico, cayó a menudo en el defecto del
formulismo: en el Sacramentario gregoriano, un mismo texto se repite,
idéntico o con poquísimas variantes, para celebraciones muy
diversas.
Liturgias locales
antiguas
En su obra de
reelaboración, Gregorio se sirvió en parte de los textos de
la tradición anterior; pero casi siempre alteró su sentido
original, empobreciendo notablemente su contenido y lesionando gravemente
su expresividad literaria. Con su revisión de la eucología y
con su sistematización del sacramentario, san Gregorio
pretendía actualizar la liturgia de la ciudad de Roma, pero de
hecho la redujo culturalmente al nivel de decadencia que era ya tan sensible en
su tiempo.
El Sacramentario
gregoriano, sobre cuya base se compondría luego el Missale Romanum
y que subsiste todavía como fuente principal del Misal de Pablo VI, no
refleja en absoluto el verdadero tesoro de la mejor escuela
eucológica romana.
IV. Otros ritos
latinos
No todos los
ritos latinos han podido recorrer plenamente las tres fases [/ supra,
II] necesarias para cerrar naturalmente el arco de su evolución
y constitución.
EN
EL RITO /AMBROSIANO. El rito que tuvo a
Milán como centro,
1210
a consecuencia
del exilio voluntario del alto clero y de parte de la ciudadanía
milanesa en Genova, vio alterada y perturbada su segunda fase (de
creatividad): por mucho que en él influyera también el Oriente
litúrgico, desde el principio el rito de Milán se
encontró condicionado por modelos romanos mucho más de cuanto lo
fueron los otros ritos latinos, en parte porque había sido el
primero en erigirse después del romano, en parte por la proximidad
geográfica de Roma, con su ascendiente moral sobre Milán,
ascendiente que no se sentía en igual medida en las demás
sedes mediterráneas.
Se discute sobre
la génesis de la primera codificación, la verdaderamente
autóctona, de los libros litúrgicos ambrosianos (tercera
fase). Los que han llegado hasta nosotros fueron sistematizados, sobre la
base de materiales preexistentes, durante el período carolingio, cuando
ya no le era posible al rito local sustraerse a la liturgia franco-romana
imperante.
EL RITO GALICANO. El rito galicano
comenzó espléndidamente la segunda fase, pero se vio ahogado de
repente por la penetración del rito romano, que acabó
sustituyéndolo. Los diferentes intentos de codificación, de
los que son testimonio sus libros litúrgicos, se vieron faltos de ese
mínimo indispensable de centralización que habría
hecho posible una constitución más fuerte del mismo rito,
dotándolo de una mayor resistencia frente a la invasión romana.
Por eso los resultados de la codificación fueron muy dispares.
EL RITO CÉLTICO. El rito irlandés,
en el que se pueden descubrir signos peculiares de una fase inicial,
debió cerrarse precipitadamente en una tercera fase, sin haber tenido un
período de creatividad autóctona. Los únicos textos
propios dignos de
1211
atención
son los himnos, cuyos autores se han beneficiado de una tradición
poética local.
5. EL RITO /
HISPÁNICO. El único rito que, después del romano, pudo
desarrollarse según el ritmo connatural de sus tiempos en las tres
fases de su constitución fue el rito hispánico. Cuando se
produjo la invasión de los árabes (711), el arco de su formación
estaba ya cerrado. La ocupación árabe y el consiguiente bloqueo
de la cultura eclesiástica en España contribuyeron más
bien a impedir que la liturgia de
J. Pinell
BIBLIOGRAFÍA:
Aldazábal J., Influencia de Gregorio de Elvira y de Justo de Urgel en el
"Líber Psalmographus" hispano, en VV.AA., Fons Vivus.
Miscellanea Vismara, PAS-Verlag, Zürich 1971, 143-161; Arce A.,
Itinerario de la virgen Egeria (38I-3S4), BAC 416, Madrid 1980; Blázquez
J.M., Imagen y mito. Estudios sobre religiones mediterráneas e
ibéricas. Cristiandad, Madrid 1977,467-494: Origen africano del
cristianismo español; Fernández Alonso J., La cura pastoral en
Iglesia Nacional
Española, Roma 1955; García del Valle C , Jerusatén, un
siglo de oro de vida litúrgica, Studium, Madrid 1968; Janini, J., Liturgia
Romana, en DHEE 2, Consejo S. de Investigaciones Científicas,
Madrid 1972, 1320
1324; Pinell J.,
Liturgia Hispánica, ib, 1303
1320; Van der
Meer F., San Agustín, pastor de almas, Herder, Barcelona 1965.
LITÚRGICO/LITÚRGICA/LITÚRGICOS
/Año;
/Derecho; /Formación; / Formación... de los futuros presbíteros;
/ Libros; / Lengua/Lenguaje; /Movimiento; /Objetos; /Organismos; /
Pastoral; / Espiritualidad; / Teología; / Traducción; / Vestiduras
Lugares de celebración
SUMARIO: I. El
marco de la celebración y su génesis: I. El templo del Dios
viviente; 2. Las casas de oración del s. III; 3. El florecimiento de las
basílicas cristianas: a) La basílica, b) Los anejos de la
basílica (baptisterio, "martyrium", torres y campanarios,
cementerio); 4. Teología de la basílica: a) La estructura
basilical, b) Los instrumentos de la celebración (cátedra episcopal,
ambón, altar) - II. Tiempos nuevos, formas nuevas: 1. La edad media: a)
Evolución de la celebración, b) Adaptación de los
edificios; 2. Los tiempos modernos: a) Las orientaciones del concilio de
Trento, b) Adaptación de las iglesias
- III. La
legislación del Vat. II: 1. Las prescripciones del concilio; 2. La
renovación de las iglesias: a) La instrucción ínter
oecumenici, b) El edificio-iglesia, epifanía de la "iglesia"
(el marco de una celebración comunitaria, el altar único, la sede
del que preside, el lugar donde se anuncia la palabra de Dios, las misas
para grupos particulares, el culto de la santísima reserva
eucarística, el baptisterio, el lugar de la reconciliación).
Los lugares de
celebración del culto cristiano son múltiples. Han cobrado,
a lo largo de los siglos y en las divergencias de las culturas, formas
diferenciadas entre sí, aun conservando los mismos elementos constitutivos.
Basílicas romanas; iglesias siríacas y bizantinas, abaciales
carolingias y otonianas; catedrales de España, de Francia, de Alemania y
de Inglaterra; chozas de ramas en la selva tropical..., todas cumplen la misma
función litúrgica: albergar a la / asamblea de los fieles para la
/ celebración de los / misterios. En el intento de captar sus
estructuras fundamentales en la diversidad de las respectivas formas es
oportuno considerar cómo el cristianismo ha suscitado el surgimiento de
lugares específicos para su culto, y cómo éstos se han
diversificado según las necesidades de cada lugar y cada tiempo.
I. El marco de la
celebración y su génesis
Cuando se
constituyeron las primeras comunidades cristianas, sus re
laciones con el
ambiente religioso del entorno no fueron las mismas en el mundo judío de
Palestina o de la diáspora y en el mundo pagano. La ruptura con el
judaismo se manifestó pronto en el plano de la fe, ya que el
universalismo cristiano y la libertad de Jesús frente a la ley se
mostraron pronto incompatibles con el particularismo y el legalismo
judío. Pero los modos de expresión del culto siguieron siendo
semejantes: los cristianos de Jerusalén continuaron frecuentando el
templo hasta su destrucción en el año 70. Esta
destrucción, al provocar la desaparición de la liturgia
sacrificial, quitó de en medio un elemento capital de ruptura entre
judaismo y cristianismo, lo cual explica la persistencia de comunidades
judeo-cristianas hasta la mitad del s. iv.
Así
también los cristianos continuaron frecuentando las sinagogas, que
entonces proliferaban (Roma contaba con trece en el s. i). Quizá
poseían sinagogas propias, como deja entender la carta de Santiago
(2,2-4: reunión = sinagoga). La vivienda de un hermano u otro se
abría a la comunidad de los creyentes para la oración en
común y para la fracción del pan, como sucedía entre
los judíos para la comida ritual de fraternidad. Con el mundo pagano,
por el contrario, la ruptura fue inmediata y total: "¿Qué
relación hay entre el templo de Dios y los ídolos? Porque
nosotros somos templos de Dios viviente" (2 Cor 6,16). Templos,
sacrificios y comidas sagradas estaban envueltos en la misma condena.
Los cristianos no tenían, pues, otro marco para su oración
común que la asamblea de los hermanos.
1. EL TEMPLO DEL
DIOS VIVIENTE. Los fieles de Cristo no erigieron templo contra templo.
Estaban convencidos de que el verdadero templo 1212
del Dios viviente
consistía en su misma asamblea. La comunidad de los creyentes,
local y universal, constituye el cuerpo de Cristo, del que Juan declara
que es el templo del Señor (Jn 2,21). Cuando Pablo afirma: "El
templo de Dios, que sois vosotros, es santo" (1 Cor 3,17), habla ante
todo de cada bautizado; pero se dirige a la iglesia de Éfeso cuando
escribe: "... también vosotros sois coedificados... para ser la
habitación de Dios" (Ef 2,22). Pedro empleará el
mismo lenguaje: "Disponeos de vuestra parte como piedras vivientes a
ser edificados en casa espiritual" (1 Pe 2,5). Es al mismo tiempo
en la asamblea de los bautizados y en el corazón de cada uno de sus
miembros donde se ofrece a Dios el culto en espíritu y verdad.
Así pues,
es comprensible que los cristianos de los dos primeros siglos no hayan pensado
en construirse lugares específicos para el culto. Una amplia sala
doméstica bastaba para acoger a la iglesia local, a la asamblea de
la pequeña grey de los llamados, cuando celebraban la cena
eucarística después de haber leído los escritos de los
apóstoles. A veces parece que se pasaba de una sala a otra, del lugar de
la palabra o del ágape al de la cena del Señor. Para el bautismo
era suficiente reunirse cerca de una corriente de agua o aprovechar las termas
privadas.
2. LAS CASAS DE
ORACIÓN DEL
S. ni. El s. ni
conoció largos períodos de paz con intervalos de brutales pero
breves persecuciones. Al amparo de la paz, los últimos cuarenta
años vieron una gran expansión de la fe cristiana, hasta el punto
que suscitó la sangrienta persecución de Diocleciano. Las casas
privadas no bastaron ya para contener a la multitud de los nuevos fieles.
Fue necesario construir. En el 268, el pagano Porfirio atestigua que los
cristianos 1213
han edificado
"amplísimas salas en que se reúnen para orar". Treinta
años más tarde, en vísperas de la gran persecución,
el historiador Eusebio testimonia que en todas las regiones "se
veía una notable afluencia de personas a las casas de
oración". A causa de esto, prosigue, "no nos
contentábamos ya con las construcciones del pasado, y en cada ciudad
se erigían amplias e imponentes iglesias". Por tanto, según
Eusebio, hacia el 300 estamos en la segunda generación de los
edificios cristianos.
El desierto de
Siria ha conservado en Dura Europos, a orillas del Eufrates, un testimonio de
la primera generación de los lugares de culto. Se trata de un
edificio construido hacia el 230 y que permaneció en uso durante veinte
años. De este complejo, de planta cuadrangular con patio interno, se han
sacado a la luz el baptisterio y verosímilmente la sala litúrgica.
La pila bautismal está cubierta por un techo de bóveda decorado
de estrellas, mientras que en las paredes se representan diversas escenas
bíblicas, entre las que campea la imagen del buen Pastor.
En Dura todo el
esfuerzo iconográfico se concentra en el baptisterio, mientras
que ningún elemento caracteriza la sala destinada para la
eucaristía. ¿Podemos conocer algo de la disposición
interna del lugar reservado para la asamblea?
Un directorio
siríaco,
Lugares de
celebración
para reaparecer
sólo en la época moderna.
Cartago ofrece el
primer testimonio sobre el ambón. Cipriano hace subir hasta
él al confesor de la fe al que ha nombrado lector: "Así, dominándonos
desde aquel podio elevado, visible para todo el pueblo, ... proclama la
ley y el evangelio del Señor" (Ep. 39,4).
En varias
ocasiones habla Cipriano también del altar. Debía de tratarse
de una mesa móvil, de madera, colocada en el momento de la celebración
eucarística, o de una mesa de mármol idéntica a las mesas
que se usaban en las casas privadas. En el siglo siguiente, Gregorio de Nisa
dirá que "nada distingue al altar de las losas de mármol con
que se revisten las paredes de las casas" (PG 46,581).
3. EL
FLORECIMIENTO DE LAS BASÍLICAS CRISTIANAS. Del S. IV al VI todas
las provincias del imperio romano hecho cristiano vieron un gran
florecimiento de iglesias, que por su modelo arquitectónico se llamaron
basílicas.
a) La
basílica. Ésta deriva sin duda de los palacios reales de Persia,
y es la sala de las audiencias del rey
o basileus.
Gracias a sus características de funcionalidad, estas inmensas
salas de varias naves, sostenidas por pilastras, habían sido adoptadas
por el mundo romano, que encontraba en su ábside, situado en una de las
extremidades, el marco ideal para los tribunales de justicia. La
basílica ofrecía en el foro un espacio resguardado, en el
que se podía perorar una causa, pero también anunciar las novedades,
cerrar negocios o conversar los días de lluvia. En los primeros siglos
de nuestra era, ciertos grupos religiosos, como los pitagóricos, habían
escogido el edificio basilical como el lugar más apto para sus reuniones
iniciáticas.
La
adaptación de la basílica al culto cristiano trajo pocas
modificaciones en la planta del edificio. El ábside encajaba
perfectamente como sede para la cátedra del obispo y para el banco
semicircular del presbiterio. El ambón se erigió al comienzo
de la nave principal. El lugar del altar era diverso según las regiones.
En Roma, el altar se colocaba preferentemente cerca del ábside,
entre el clero y el pueblo. En África a veces se fijaba más
adelante en la nave, de modo que permitiera a los fieles formar
círculo en torno a él. Las dos novedades de la basílica
cristiana consistieron en la puerta de entrada, que se abría en frente
del ábside en vez de en la pared lateral más larga, y en la
frecuente adopción del atrio, que ofrecía un espacio favorable
para las abluciones, al hallarse interpuesto entre el mundo exterior y el
lugar de oración. En Siria y en Mesopotamia se adoptó una
disposición totalmente diversa, que se inspiraba en la
sinagoga judía. El altar se colocó en el ábside, vuelto
hacia oriente; en el centro de la nave se erigió una amplia peana
destinada a los lectores, con el trono del evangelio, el sitial del obispo
y los escaños de los presbíteros. También en la basílica
bizantina, sometida más tarde a importantes innovaciones arquitectónicas,
el altar ocupa el ábside, mientras que la liturgia de la palabra se
celebra todavía en el que era el lugar de la peana siríaca,
desaparecida desde hacía mucho tiempo, si es que existió
alguna vez.
La calidad
estética de las basílicas no resultaba sólo de su
estructura, armoniosa en sus dimensiones, con la nave de anchura igual a la
altura. La belleza provenía sobre todo de su fastuosa decoración:
los mosaicos del ábside, del arco de triunfo y de las paredes; el ciborio
sobre el altar y las balaustradas alrededor; los cortinones bordados entre
las colum
1214
nas;
profusión de lámparas, sin olvidar el esplendor de los
pavimentos.
b) Los anejos de
la basílica. La asamblea dominical constituye el vértice del
culto cristiano en la celebración de la eucaristía, pero no
lo agota. Sólo los bautizados tienen acceso a la mesa del
Señor; por eso el lugar del bautismo recibe una importancia primordial.
Además, al día siguiente de la paz constantiniana, cuando por
todas partes se tributaron honores a los mártires, los martyria
atrajeron multitudes de peregrinos a sus reliquias. Cada uno de estos
lugares marcó duraderamente el ordenamiento de la liturgia.
Un conjunto
monumental único pone bien de manifiesto la relación entre los
diversos lugares de la celebración: es el edificado por Constantino
en Jerusalén, sobre el Gólgota, y solemnemente dedicado en
el 335 [/ Dedicación, I, 2]. La rotonda de la resurrección
(anástasis) englobaba el sepulcro de Cristo; una basílica
de cinco naves, llamada el martyrium, se erigió sobre el lugar en que se
había descubierto la cruz del Señor, mientras la roca del Calvario
se dejó al descubierto. En las proximidades de la anástasis se
construyó el baptisterio, indispensable para las celebraciones
pascuales, mientras un amplio porticado delimitaba el espacio sagrado en
torno al conjunto.
El baptisterio.
Al comienzo, los baptisterios tenían asiento en termas privadas, como en
el caso del baptisterio lateranense en Roma. Cuando cobraron formas
más elaboradas, encontraron una gran variedad de expresiones. Ciertos
baptisterios consistían en una serie de pequeñas habitaciones
cuadradas o rectangulares, integradas en un sistema de dependencias
adyacentes a la basílica. Otros eran autónomos. La estructura
más repetida era la de sala redon1215
da u octogonal.
La rotonda, de origen funerario, recuerda que el bautismo es la
muerte y la resurrección en Cristo; el octágono evoca el octavo
día, el de la eternidad, ya que el bautismo es también nacimiento
a la vida eterna. Pero encontramos asimismo la sala cuadrada, cuyas paredes
se amplían en cuatro ábsides. En todo caso, estaba excavada en el
pavimento la pila bautismal en función de la inmersión total
o parcial. Se descendía y subía a través de gradas. La
piscina podía medir de dos a cinco metros de diámetro y un
metro cuarenta centímetros de profundidad. Como se ve en
Rávena, el baptisterio estaba decorado con la misma
suntuosidad que la basílica, tanto en la cúpula como en las
paredes de la sala central. A veces ésta comunicaba con el
consignatorium, donde los neófitos recibían del obispo la
confirmación, antes de ser conducidos en procesión a la
basílica para participar en la eucaristía, coronamiento de
su iniciación cristiana.
El
"martyrium". En en el s. IV el culto a los mártires estaba
todavía unido a sus tumbas en los cementerios suburbanos. Estas
tumbas se decoraron con cuidado; posteriormente, sobre las más
importantes, se erigieron basílicas memoriales, los martyria, donde se
apiñaba la multitud de los peregrinos en los aniversarios de
los santos. En Roma, donde la basílica episcopal lateranense con su
baptisterio era el lugar habitual de las celebraciones pascuales, una
constelación de basílicas-marina —San Pedro, San Pablo
extramuros, San Lorenzo, Santa Inés, San Pedro y Marcelino..., por
no citar más que las principales— ceñía a la
urbe como una corona. Las dos basílicas del Vaticano y de la vía
Ostiense servían de cofre a las tumbas de los apóstoles; las
otras se habían
Lugares de
celebración
erigido al lado
de las tumbas de los mártires, pero no sobre las mismas.
Oriente y
África ofrecían numerosos martyria, que conmemoraban no
sólo el recuerdo de los mártires, sino también el de los
grandes ascetas del desierto y, en Palestina, sobre todo los lugares
teofánicos del AT y del NT. Los martyria orientales están
ordinariamente situados al lado de la basílica destinada para la asamblea
eucarística, mientras que Occidente optará pronto por su
inserción en el interior de la misma. Pero habrá excepciones
por una parte y por otra. Por eso encontramos en Siria la basílica vieja
de San Simeón Estilita, en Qalaat Semán, constituida por un
amplio edificio en forma de cruz, en cuyo centro se yergue la columna en
que el santo transcurrió su vida penitente.
A fines del s.
vi, san Gregorio quiso unir del modo más íntimo, en el
Vaticano, basílica y martyrium, decidiendo que el altar se erigiera
sobre la tumba del apóstol. Llevó así el pavimento del
ábside a la altura de la parte superior de la tumba. Al tiempo que una
ventanilla permitía seguir viendo el monumento funerario, dos
rampas de escaleras daban acceso al presbiterio. Esta opción, destinada
a ser imitada en todo el Occidente y especialmente en Italia, parece haber
acarreado como efecto, no tan deseado, el de separar ulteriormente al
pueblo de los miembros de la jerarquía, que se movían en un plano
más elevado respecto a la nave. Galia, sin embargo, prefirió a
menudo situar el presbiterio delante de la tumba del santo, a la que se
accedía por un deambulatorio.
Las torres y los
campanarios. La basílica cristiana no se vio exenta, en el curso de los
siglos, de reestructuraciones arquitectónicas. Así es como,
desde el s. iv, se ve aparecer el crucero. Más tarde, especialmente
Lugares de
celebración
en Galia, el
cruce del transepto y de la nave mayor sirvió a menudo de base para una
torre de planta poligonal o redonda, mientras que en Bizancio se adornaba
con una cúpula, y en Siria con torres cuadradas, que hacían
de marco para la fachada. Si bien estas torres no aportaban nada nuevo
desde el punto de vista de la celebración, no se puede decir otro tanto
de las que albergaban las campanas. Éstas son al mismo tiempo una
señal de convocación para la asamblea del pueblo y un instrumento
musical que canta la gloria de Dios y el reino de Cristo.
A partir del s.
v, las basílicas comienzan a estar dotadas de campanarios. Los
más antiguos, como el de San Apolinar Nuevo, en Rávena
(s. vi), son de
forma cilindrica. Hacia la mitad del s. vin, el papa Esteban II
construyó uno en San Pedro, pero en aquella época se encuentran
por todas partes. Las campanas, que sustituyen en Occidente el uso de la
matraca o de la carraca, por las que sienten predilección los monjes
orientales, añaden un suplemento de festividad a la liturgia.
Todavía hoy el sonido de las campanas —mañana,
mediodía y atardecer— para el avemaria marca con una nota
cristiana el ritmo diario de la vida en los pueblos.
El cementerio.
También el cementerio es un lugar de la celebración.
Aquí es donde la iglesia envuelve con su oración la sepultura de
un fiel llegado al término de su éxodo. No es posible tratar
aquí de la historia y de la iconografía de los cementerios
antiguos de Roma o de Ñapóles. Señalemos sólo
que los cristianos no tuvieron nunca deseo más acariciado que el de
descansar ad sanctos, es decir, junto a los santos. Así es como el
martyrium atrae al cementerio, como testimonia en Roma el Campo Verano, el
cemen1216
terio que se desarrolló
cerca de la basílica de San Lorenzo. En la edad media, cuando no estaba
en vigor la norma de sepultar a los muertos fuera de los recintos urbanos,
las iglesias mismas eran lugares de sepultura, y esto no dejó
de provocar abusos que la ley debió reglamentar. Pero tanto si
está situado cerca de una iglesia o en una zona totalmente distinta, el
cementerio sigue siendo un lugar santo. Es objeto de una bendición
solemne en el momento de su inauguración. Por mucho tiempo los no
bautizados fueron excluidos de él. Hoy la regla de la hospitalidad
vige también para los muertos, y los cristianos van a orar en
él al Señor por todos los que descansan a la sombra de la cruz.
4.
TEOLOGÍA DE
Pero el interior
de la basílica lanza el destello de sus mosaicos; está adornado
de mármoles preciosos y de cortinones suntuosos, de candelabros
colgados de cadenas de plata. En la 1217
bóveda del
ábside se admira la cruz en gloria o a Cristo pantocrátor en
medio de los santos. El Cordero inmolado y viviente del Apocalipsis
aparece rodeado de doce corderos, sus apóstoles; el río de la
vida, representado por el Jordán, discurre en medio de un
jardín lujuriante de flores y de pájaros. En el centro del arco
triunfal, el trono adornado espera el retorno de Cristo; a una y otra
parte velan los símbolos evangélicos con alas irisadas, y
los veinticuatro ancianos presentan sus coronas. En las paredes
laterales se despliega la representación de los acontecimientos
principales del AT y del NT, acercados a menudo en paralelo para significar la
profecía y su cumplimiento. El conjunto de la decoración subraya
el carácter escatológico de la liturgia. La liturgia de la tierra
anuncia y realiza anticipadamente la del cielo. El Cristo que
enseña al pueblo y lo congrega para la cena eucarística es el que
fue inmolado sobre la cruz; pero es también el Cristo de la
pascua y de la ascensión, el Señor de la historia, el principio y
el fin de todo.
b) Los
instrumentos de la celebración. Todos los objetos utilizados en la
celebración tienden a la misma evocación: los ornamentos del obispo,
de los presbíteros, de los diáconos y de los ministros; los
leccionarios y los evangeliarios; las lámparas; los cálices
y las patenas [/ Objetos litúrgicos/ Vestiduras]. Quizá conviene
resaltar el cuidado con que se han dispuesto en la basílica la
cátedra del obispo, el ambón de las lecturas y el
altar, de forma que se exprese su significado.
La cátedra
episcopal. En el centro del ábside, bajo la representación del
Cristo glorioso y del trono escatológico, se yergue la
cátedra del obispo, sitial del que preside y enseña. Se alza
sobre algunos escalones y está
Lugares de
celebración
adornada de
paños. Evocación del trono elevado en el cielo y sobre el que
había "Uno sentado" (Ap 4,2), la cátedra no es la
exaltación de un hombre, sino la expresión visible de la
función del obispo en la iglesia: el obispo, escribe Ignacio de Antioquía,
ocupa el puesto de Dios; los presbíteros representan el senado de los
apóstoles, y los diáconos el servicio de Jesucristo (Ad
Magn. 6,1). Por tanto, hay que mirar al obispo como al Señor mismo (Ad
Efes. 6,1). "Alrededor del trono había veinticuatro tronos,
sobre los que estaban sentados veinticuatro ancianos vestidos de blanco y
teniendo sobre sus cabezas coronas de oro" (Ap 4,4). A imagen de los
tronos de los ancianos y de los tronos prometidos por Jesús a sus
apóstoles, los escaños de los presbíteros están
dispuestos en semicírculo a los dos lados de la cátedra
episcopal.
El ambón.
Es el heredero de la "tribuna de madera levantada al efecto", en
que el escriba Esdras "en la plaza de
El altar. El de
la basílica es de dimensiones modestas y de forma cúbica,
como se puede observar sobre el mosaico de San Vital, en Rávena.
Lugares de
celebración
Las mesas
móviles del pasado han dado paso pronto a los altares de piedra. En
realidad, si el altar es ante todo la mesa del Señor, la mesa del
cenáculo y de la casa de Emaús, es también el
símbolo de Cristo, la roca viva, de que habla el Apóstol (1 Cor 10,4).
Para los cristianos no hay más que un altar, como no hay más que
un solo templo, Cristo, al mismo tiempo víctima, sacerdote y altar de su
sacrificio. Es el mismo Cristo que parece debemos reconocer en el "altar
de oro colocado delante del trono" evocado por el Apocalipsis (8,3).
Se comprende entonces por qué el altar es objeto de tantos signos de
homenaje. El sacerdote se acerca a él sólo después de
haberse inclinado ante el mismo y haberlo besado. Al decir de Juan Crisóstomo,
está a menudo revestido de un velo de oro. Un ciborio sostenido por
cuatro columnas de mármol pone de manifiesto su
carácter sagrado. Balaustres
o colañas
taraceadas lo separan del resto de la nave. Símbolo de Cristo, el altar
antiguo no tarda en albergar, en el momento de su / dedicación, las
reliquias de los mártires, asociando al sacrificio de Cristo el de
sus testigos. Por eso recibe también su significado del Apocalipsis,
donde el vidente evoca el altar bajo el que vio "las almas de los que
habían sido degollados a causa de la palabra de Dios y por el testimonio
que habían dado" (6,9). La teología de la basílica
cristiana sólo se comprende a la luz del Apocalipsis.
II. Tiempos
nuevos, formas nuevas
En la mayor parte
de las regiones italianas, la estructura basilical se conservó durante
todo el medievo, con algunas variantes, como la sustitución del
atrio por el nártex o el pronaos.
1218
rios (ss. xi-xin)
sigue siendo la de las basílicas. Hay que esperar al renacimiento
para ver el nacimiento de una concepción nueva: será
El renacimiento,
alimentado de antigüedades, y luego la reforma católica
preferirán los amplios edificios con nave única, capaz de acoger
a una asamblea de fieles ávidos de escuchar la palabra de Dios y de
fortalecer la propia fe en la asiduidad a las lecciones de catequesis. La
reacción contra la desnuda austeridad del protestantismo
estallará en el triunfo del barroco: las cúpulas se
1219
llenarán
internamente de representaciones pictóricas que expresan, en el
aspecto festivo de las imágenes y de los colores, la certeza de la salvación
en Jesucristo. Los ángeles y los santos llegarán a ser
palpablemente compañeros de los creyentes.
Pero no hace al
caso estudiar aquí una sucesión de estilos. Lo que importa
es ver cómo, de la edad media a la época moderna, el modelo de
las iglesias se fue adaptando a las exigencias de la liturgia y de la devoción
individual.
1.
s. IX se manifiesta
de muchas maneras.
a)
Evolución de la celebración. La primera novedad es la multiplicación
de las misas privadas. A la asamblea dominical y festiva viene a
añadirse la misa celebrada por un sacerdote por una intención
particular: por uno o varios difuntos; por la salud de un enfermo; en
honor de un santo protector. Una de las consecuencias de tal
innovación es la multiplicación de los altares. Hasta entonces
se había construido un solo altar en el mismo edificio, en razón
de su simbolismo: un solo Cristo, un solo altar. En adelante los altares van
poblando las iglesias: sólo en la basílica vaticana se cuentan
más de treinta en el s. xn, y casi setenta en el
xvi.
La
transición cultural en los ss. X-xi hace la liturgia latina
ininteligible para el pueblo, el cual ya no puede asociarse a la
celebración con un diálogo consciente, comprendiendo los textos
leídos o cantados. La liturgia se convierte casi en
espectáculo, juego sagrado, en que la gente cobrará gusto en
descubrir las diversas fases de la pasión del Señor.
El retroceso de
la participación popular tuvo como consecuencia el
Lugares de
celebración
acentuar la
clericalización de la liturgia. Mientras el pueblo permanece
en silencio, sólo el clero se hace oír. La celebración
eucarística y la salmodia de las horas pasan a ser cometido exclusivo de
los monjes, de los canónigos y de los beneficiarios. Las iglesias
tenderán, pues, a modelarse en función de las exigencias de
los clérigos y de su comodidad.
Notemos, en fin,
que mientras la liturgia queda reservada a los clérigos, los
edificios del culto, hasta entonces poseídos por las comunidades
parroquiales, pasan a ser un feudo en todas las regiones en que, en los ss.
x-xi, se impone la estructura feudal. La iglesia es propiedad de un
señor, por la misma razón que lo es el horno o el molino, y el
propietario se comporta en consecuencia, es decir, como amo.
b)
Adaptación de los edificios. Estas diversas líneas evolutivas no
podían no influir en la construcción y en la disposición
interna de las iglesias. Aunque en Roma se sigue prefiriendo la planta
basilical, esto no se hace sin inconvenientes. Difícilmente
habría reconocido san León Magno el noble ordenamiento de la
basílica de San Pedro en que solía dirigirse al pueblo, ahora que
la ocupan setenta altares erigidos a lo largo de las paredes del edificio, a
los pies de las columnas o en verdaderas capillitas insertas dentro de una
u otra de las naves. Imaginemos la actual basílica de San Pablo, llena
de altares votivos.
En otras partes,
los altares se colocaban en capillas laterales, en pequeños
ábsides sacados de las paredes o del crucero, o bien dispuestos en
semicírculo en el deambulatorio. Éste permitía
también acceder a las reliquias del santo venerado en la iglesia,
colocadas a menudo en el eje central del edificio, en el espacio
Lugares de
celebración
ocupado antes por
la cátedra del obispo.
El presbiterio
experimentó notables modificaciones. Se desarrolló ante todo
en profundidad, para recibir los asientos de los monjes o de los
canónigos que celebraban en él el oficio. Puesto que éstos
pasaban mucho tiempo allí, tanto de noche como de día,
salmodiando las horas, se procuró protegerlos del frío, sobre
todo en los países de inviernos rigurosos, alzando una pared alrededor
del coro. El altar mayor ya no quedaba visible más que a
través de la puerta central de la parte oeste. Todavía hoy
numerosas catedrales han conservado estas paredes divisorias, adornadas con
esculturas. Sólo la renovación litúrgica de los ss.
xvnxvni llevó a menudo a la supresión del muro de
separación entre la nave y el presbiterio.
En el coro, el
altar, privado de su ciborio, gana progresivamente el fondo, cerca del
repositorio de las reliquias, del que representa a menudo de lejos como el
pedestal. El altar adquiere además dimensiones más amplias en
comparación con el pasado, de modo que ofrece espacio
también a la cruz y a los candelabros, que en adelante constituyen
un duplicado con la cruz y las velas traídas en la procesión
de entrada. Se habían introducido cambios notables en la
celebración de la misa. En particular, se había difundido ampliamente
la costumbre, por parte del sacerdote, de orar vuelto a oriente en las
iglesias con el ábside orientado de esa forma; de suerte que, al hallarse
en el altar, el celebrante daba la espalda a la asamblea, y el espacio que
separaba el altar del ábside podía reducirse ulteriormente
sin inconvenientes.
Esta nueva
posición del celebrante había acarreado también el desplazamiento
de la cátedra episcopal y de los sitiales de los presbíteros. De1220
jado el
ábside, la cátedra pasó al lado del altar y no
tardaría mucho en transformarse en un verdadero trono del
obispo-señor feudal. En el renacimiento, el trono aparecerá provisto
de baldaquino y apañaduras, a imitación del trono regio en el
salón de gala de las residencias principescas. Al sacerdote que
celebra la eucaristía se le reservará un pequeño sitial al
otro lado del altar.
La
proclamación de la palabra de Dios en latín no constituía
ya una enseñanza accesible a todos, sino un rito. También el
ambón experimentó un doble cambio. En la casi totalidad de
las iglesias desapareció, sustituido por un simple atril, en que el
subdiácono cantaba la epístola vuelto a oriente, y el
diácono el evangelio en dirección al norte, la región de
las tinieblas, a la que era preciso dirigir la buena nueva. Pero el
ambón conoció al mismo tiempo una amplificación
exagerada: se colocó por encima del muro divisorio entre la nave y
el coro, amplia plataforma adornada de una cruz monumental. Se accedía a
ella por una doble rampa de escaleras. Como el lector de completas
comenzaba pidiendo la bendición del presidente con la fórmula
"Jube, domine, benedicere", se llamaba al ambón jube. A los
pies áeXjube, por la parte de la nave, había dos altares,
puestos a los dos lados de la puerta de acceso al presbiterio, de
forma que se permitiera a los fieles asistir a misas privadas.
A partir de los
ss. xn-xui adquieren importancia las custodias eucarísticas.
El cuerpo de Cristo, en lugar de conservarlo en la sacristía con vistas
a la comunión de los enfermos, se prefiere colocarlo en un nicho excavado
en el muro y cerrado por una portezuela. Ésta está a menudo decorada
con columnitas o mosaicos. La eucaristía se coloca también en un
recipiente suspendido sobre el altar y modelado en forma de torre, 1221
de cofrecillo o
de paloma. Donde sobrevive el ciborio, se cuelga la santa reserva en su
interior. Habrá que esperar al s. xvi para encontrar el sagrario
fijo sobre un altar, y a más tarde todavía para verlo colocado en
el centro del altar mayor.
Del s. ix en
adelante también el baptisterio experimenta notables modificaciones.
Éstas vienen inducidas por la praxis ya generalizada de bautizar a
los niños pequeños y por la preferencia dada al bautismo por infusión
en vez de por inmersión, total
o parcial. En
Italia permanecen generalmente fieles al uso antiguo del baptisterio
distinto de la iglesia, situándolo a la izquierda de la entrada
principal, de forma que signifique que el bautismo es la entrada en el pueblo
de Dios. Asimismo la antigua rotonda bautismal, caída en desuso,
se convierte en una iglesia aneja para adoptar su baptisterio. En todo caso, la
pila a que el catecúmeno descendía para la inmersión es
sustituida por un pequeño cuenco, en forma de copa, sacado
ordinariamente de un bloque de piedra y decorado con sumo cuidado:
columnas de soporte, escenas evangélicas esculpidas,
caulículos, inscripciones. Podemos concluir las consideraciones sobre
los cambios producidos durante la edad media en los lugares de la
celebración aludiendo a la amplitud adquirida en aquel período
por el fenómeno de las torres, de los campanarios y de las agujas.
Los campanarios con elegantes bíforas o tríforas son
para Italia lo que representan en los países transalpinos las
agujas que apuntan hacia el cielo.
2. Los TIEMPOS
MODERNOS. Pese a la diversidad de los estilos, las iglesias construidas
después del concilio de Trento presentan todas ellas algunas características
comunes. La nave es amplia; el presbiterio, más bien despejado; el altar
mayor está
Lugares de
celebración
bien de
manifiesto como elemento principal del edificio. Los altares secundarios
están situados a los dos extremos del crucero o en capillas
sobre las naves
laterales. Cada una de estas capillas, dedicada a un santo, constituye un
local bien distinto, propicio para la celebración de las misas privadas
y para la oración. A menudo es propiedad de un particular o de una
cofradía. En cada iglesia se encuentra la capilla del santísimo
sacramento, en la que se desarrolla el culto de la adoración
eucarística. Aparecen también muebles nuevos: el pulpito, a
cierta altura en la nave principal, y los confesonarios, discretamente
alineados en las naves laterales. La schola se distancia del pueblo, y se
sitúa en una tribuna elevada, mientras el órgano cobra una
importancia creciente. La casa del pueblo de Dios, que en la edad media
daba a menudo cabida a múltiples actividades profanas, se convierte
cada vez más en la casa de Dios, casa de la oración.
a) Las
orientaciones del concilio de Trento. En el campo de la liturgia ' el concilio
tridentino subrayó ante todo el carácter sacrificial de la misa y
recordó la dignidad con que hay que participar en él. A tal fin,
el papa Pío V insertó al comienzo del Missale Romanum un ritual
de la celebración, en el que el sacerdote encontraba una guía
particularizada de lo que debía realizar. Desafortunadamente, esta
guía se había concebido ante todo en función de la
misa privada; la cantada con ministros se consideraba sólo como un
suplemento de solemnidad, mientras que, por el contrario, representa la
verdadera asamblea del pueblo de Dios alrededor de la mesa del Señor. El
concilio invitaba a la comunión frecuente, pero las rúbricas no
preveían la distribución de la eucaristía durante la
misa. Los fieles que que
Lugares de
celebración
rían
comulgar debían dirigirse a la capilla del santísimo sacramento.
Con la
teología de la eucaristía, el concilio puso de manifiesto el
carácter propio de cada sacramento. Medio siglo más
tarde, el Rituale Romanum (1614) transvasará la enseñanza
conciliar al ordenamiento de la liturgia sacramental. Entre todos los
sacramentos, el de la penitencia reviste una importancia tanto mayor a los ojos
de los padres cuanto que ha sido el más discutido por los protestantes.
El concilio
recordó también el valor didáctico de la liturgia,
pero insistió todavía más en la necesidad de una
catequesis sistemática de los cristianos para fortalecerlos en la fe
católica. El Catecismo del Concilio de Trento fue un elemento cardinal
de la reforma postridentina.
Preocupados por
la evangelización de los países de vieja cristiandad
como de las tierras recientemente descubiertas en América y en
Extremo Oriente, los papas favorecieron el surgimiento de familias religiosas,
como
b)
Adaptación de las iglesias. Sin embargo, las connotaciones de la
enseñanza tridentina que acabamos de recordar se reflejan en la estructuración
de las iglesias construidas de aquel período en adelante. Una
amplia nave conduce al presbiterio, menos profundo que en el pasado.
Al fondo surge el altar, pero éste forma a menudo un solo conjunto
con el retablo y la pared. El retablo del altar tiene la función de
crear un marco de gloria para la celebración de la
eucaristía, como hacía el ciborio de las basílicas.
Su concepción es diversa según las regiones: columnas,
frontones, guirnaldas
1222
y estatuas
encuadran la pintura o el grupo de mármol que está sobre el
altar. Anticipado por las modestas peanas de fines del medievo, el retablo
cobra una amplitud cada vez mayor y llega a ocupar toda la pared de fondo. Es
verdad que a menudo constituye una obra de arte indiscutible, pero tiene
el inconveniente de disminuir ante la vista de los fieles la importancia del
altar. Éste se reduce a un simple elemento arquitectónico, y la
mesa del Señor ya no es recognoscible. Como en los siglos precedentes,
el sitial del celebrante se reduce a un modesto taburete lateral, y el
lugar de la palabra es un atril móvil. Al conservar el uso integral del
latín en la liturgia, el concilio de Trento no ha destacado el valor de
la escucha de la palabra de Dios.
Si la nave es
espaciosa, es para que se pueda reunir en ella un vasto auditorio alrededor del
pulpito. Distinto del antiguo ambón, el pulpito adquiere una importancia
primaria. Su uso no está necesariamente vinculado a la liturgia; el
diácono no se acerca a él para proclamar el evangelio. Se
utiliza sobre todo fuera de la misa, para la catequesis, y especialmente
para el sermón doctrinal; en el s. xvn, éste se convertirá
en un punto de cita para la sociedad. En Italia, a los pulpitos monumentales se
prefiere a menudo una amplia tribuna, en que el predicador tiene a
disposición una silla y una mesita sobre la que está entronizado
el crucifijo.
A ambos lados de
la única nave, o en las naves laterales, se abren las capillas, bien
aisladas una de otra para permitir la celebración simultánea
de las misas con recogimiento. Muchos altares de estas capillas están
dotados también de un retablo que glorifica al santo en cuyo honor se
han erigido. La capilla del santísimo sacramento, en la que se
distribuye la comunión a lo largo de toda 1223
la mañana,
está decorada con parti
cular esmero. La
capilla del Crucifi
cado y la de la
santísima Virgen Ma
ría atraen
también la devoción de
los fieles.
En las capillas o
en el fondo de la iglesia se divisa un mueble nuevo, el confesonario, que san
Carlos Borromeo contribuyó a difundir. De ser simple reclinatorio
provisto de una rejilla para la confesión de las mujeres, el
confesonario ha pasado a tomar el aspecto de una caseta provista de techo
y de puerta y equipada con cortinillas para favorecer el anonimato. El
arte barroco desplegó en él toda su imaginación creadora
para conferirle un decoro decididamente fastuoso.
Los ss. xvi-xvn
ven difundirse la devoción franciscana al Via crucis, y las paredes de
las iglesias se adornan de escenas de la pasión para las catorce
estaciones prescritas.
III. La
legislación del Vat. II
La normativa del
Vat. II marca una fecha capital en la historia de la estructuración de
los lugares de la celebración. Procede de las normas establecidas por la
constitución Sacrosanctum concilium para la participación
activa del pueblo cristiano en la liturgia: una liturgia jerárquica y
comunitaria (SC 26), didáctica y pastoral (SC 33), en la que "cada
uno, ministro o simple fiel" desempeñe la función
propia (SC 28) y en la que "la mesa de la palabra de Dios se prepare con
más abundancia para los fieles" (SC 51), leyéndola en la
lengua propia de cuantos escuchan la proclamación (SC 54).
Estas normas son
expresión de una eclesiología que en 1963, cuando se
promulgó
Lugares de
celebración
tenida en germen
en la misma constitución litúrgica. La razón es que
la liturgia edifica "día a día a los que están dentro
(de la iglesia) para ser templo santo en el Señor", mientras que
presenta "la iglesia, a los que están fuera, como signo levantado
en medio de las naciones" (SC 2). Las acciones litúrgicas no son,
pues, "acciones privadas, sino celebraciones de la iglesia"; y
"pertenecen a todo el cuerpo de la iglesia, lo manifiestan y lo
implican" (SC 26).
Los principios
destinados a regular toda la renovación de la liturgia no
podían no tener una repercusión profunda sobre la
disposición interna de las iglesias.
1. LAS
PRESCRIPCIONES DEL CONCILIO. La constitución conciliar sobre la liturgia
trata explícitamente de la adaptación de los lugares a las
exigencias nuevas de la celebración en el c. VII, que está
dedicado al arte sagrado y a los objetos sagrados. Habla de ello en dos
artículos. En el primero se lee: "Al edificar los templos,
procúrese con diligencia que sean aptos para la celebración de
las acciones litúrgicas y para conseguir la participación
activa de los fieles "(SC 124).
El segundo
establece: "Revísense cuanto antes, junto con los libros litúrgicos,
... los cánones y prescripciones eclesiásticas que se
refieren a la disposición de las cosas externas del culto sagrado, sobre
todo en lo referente a la apta y digna edificación de los templos,
a la forma y construcción de los altares, a la nobleza,
colocación y seguridad del sagrario, así como también
a la funcionalidad y dignidad del baptisterio, al orden conveniente
de las imágenes sagradas, de la decoración y del ornato.
Corríjase o suprímase lo que parezca ser menos conforme con la
liturgia reformada y consér
vese o
introdúzcase lo que la favo
rezca" (SC
128).
La
adaptación de las iglesias a las exigencias de la liturgia renovada
puede realizarse cualquiera que sea el estilo en que se construyeron, ya que,
como afirma también el concilio, "la iglesia nunca
consideró como propio estilo artístico alguno, sino que,
acomodándose al carácter y las condiciones de los pueblos y a las
necesidades de los diversos ritos, aceptó las formas de cada tiempo...
También el arte de nuestro tiempo y el de todos los pueblos y regiones
ha de ejercerse libremente en la iglesia, con tal que sirva a los edificios y
ritos sagrados con el debido honor y reverencia" (SC 123).
Era el lenguaje
usado ya por san Pío X y por Pío XII. Aquí se ofrece un
vasto programa a los arquitectos y a los decoradores del mundo entero.
Estamos lejos del s. xix francés, alemán o inglés,
según el cual el medievo había creado un estilo cristiano,
mejor adaptado que ningún otro para las celebraciones de los misterios;
lejos de la época en que se intentaba, en América, en Asia y
en Europa, construir con enorme dispendio iglesias de imitación,
góticas
o
románicas, en las que no faltase ni una agujita ni un arcaduz.
2.
1224
elaborar la
instrucción tenían ya ante sus ojos un precioso esbozo de este capítulo
en el esquema aportado por la comisión litúrgica preparatoria
del concilio, con fecha del 13 de enero de 1962. Este esquema contenía
juntamente los artículos de la futura constitución y algunas
declaraciones destinadas a explicitar su mens. Estas últimas se
omitieron en el texto sometido a los padres de la comisión central, pero
en el curso del debate los padres mismos recabaron su comunicación.
Ahora bien, una de estas declaraciones se refería a la revisión
de la disciplina canónica concerniente al arte sagrado. Se trataba
en ella del buen ordenamiento de las iglesias para la sinaxis eucarística,
de los sitiales para la presidencia, del altar mayor y de los altares
secundarios, de la conservación de la eucaristía, del
ambón, del lugar para la schola y del lugar para los fieles, del
baptisterio, de los confesonarios, de las imágenes sagradas y del
arte funerario. Era ya todo el programa de la ínter oecumenici.
Con la
aparición del documento surgieron por doquier iniciativas para adaptar las
iglesias a las nuevas exigencias de la celebración. Ordinariamente
se contentaron, al comienzo y muy justamente, con un moblaje provisional:
se colocó un altar móvil a la entrada del presbiterio para
que el sacerdote pudiera celebrar vuelto a la asamblea; el ambón de
la palabra sustituyó al pulpito para las lecturas y la homilía;
se buscó la mejor colocación para el sitial del celebrante
principal, a fin de que éste resultase bien visible, pero sin aparecer
demasiado distante de los fieles, dado que juntos constituyen el pueblo de
Dios.
No vamos a
recoger aquí las directrices de la instrucción. Basta
consultar su texto, que ahora se lee en
ornato de las
iglesias para la celebración eucarística" (nn.
253-280). Es preferible, en cambio, mostrar cómo la
transformación de las iglesias manifiesta de manera palpable el
espíritu del Vat. II, su eclesiología, su teología
eucarística y del sacerdocio, su concepción de los
ministerios. Si la nueva disposición del edificio recuerda la de las
basílicas antiguas, esto no deriva de una inclinación arqueológica,
sino del hecho de que, con el Vat. II, la iglesia del s. xx,
enraizándose más profundamente en la tradición de los
padres, ha redescubierto el tipo de celebración cuyos
artífices fueron ellos.
b) El
edificio-iglesia, epifanía de la "iglesia". El marco de una
celebración comunitaria. Mientras que la misa descrita en el
Missale tridentino era la misa celebrada por un sacerdote acompañado
de su ministro, sin referencia a la presencia de los fieles, la liturgia
de la misa del Misal del Vat. II comienza con estas palabras: "Reunido el
pueblo, mientras entra el sacerdote con sus ministros, se da comienzo
al canto de entrada" (Rito de la misa con el pueblo,
rúbrica inicial; cf OGMR 25).
Lugares de
celebración
Por eso "la
disposición general del edificio sagrado conviene que se haga de tal
manera que sea como una imagen de la asamblea reunida, que consienta un
proporcionado orden de todas sus partes y que favorezca la perfecta
ejecución de cada uno de los ministerios" (OGMR 257).
Unidad en la
diversidad, "pueblo congregado en unidad con su sacerdote",
según la expresión de san Cipriano (Ep. 66,8): ¿no es
quizá éste uno de los temas fundamentales de
El altar
único. La constitución litúrgica hace alusión
al "unum altare" (SC 41). Una celebración comunitaria
restituye al altar mayor su puesto principal. Por eso "los altares menores
sean pocos, y en las nuevas iglesias, coloqúense en capillas que
estén de algún modo separadas de la nave de la iglesia"
(OGMR 267). Se vuelve, pues, a la concepción de los primeros siglos, a
la que el Oriente ha permanecido siempre fiel. Ni siquiera la reserva
eucarística requiere un altar especial. Simplemente, "el
santísimo sacramento se pondrá... o
Lugares de
celebración
en algún
altar o fuera del altar, en una parte más noble de la iglesia, bien
ornamentada'YOGMT? 276). La unicidad devuelve al altar toda su fuerza
simbólica. Construido ordinariamente en piedra (OGMR 263), el altar
es el icono más santo, pues representa a Cristo, fuente que mana vida,
como la roca golpeada por Moisés en el desierto. "El altar, en el
que se hace presente el sacrificio de la cruz bajo los signos sacramentales,
es, además, la mesa del Señor...; es también el centro de
la acción de gracias que se realiza en la eucaristía"
(OGMR 259). El simbolismo del altar tumba de los mártires no desaparece,
pero ya no es esencial. Se conservará el uso de encerrar en él
las reliquias de los santos, si se juzga oportuno, pero a condición de
que "conste con certeza la autenticidad de tales reliquias" (OGMR
266).
Mesa del
Señor como es, el altar no requiere grandes dimensiones. Desde el
momento en que la cruz y los candelabros pueden colocarse también fuera
del mismo (OGMR 269-270), basta que su superficie pueda acoger, además
del misal, las formas necesarias para la comunión y los cálices
destinados a la concelebración.
En fin, el altar
deberá estar dispuesto de modo que "se le pueda rodear
fácilmente" (para la incensación), y sobre todo
"la celebración se pueda hacer de cara al pueblo" (OGMR 262).
Así es como sacerdote y fieles son verdaderamente "circumstantes",
de pie alrededor del altar (canon romano). Entonces es cuando se
manifiesta en plenitud la armonía entre el sacerdocio ministerial de los
presbíteros y el sacerdocio común de los fieles, puesta de
manifiesto por
10). Por tanto,
no debería asombrar
nos el hecho de
que la celebración
de la
eucaristía vueltos al pueblo
haya entrado en
pocos años en el
uso universal.
El Misal no trata
sobre el modo
de valorar el
carácter sagrado del al
tar. Conviene,
sin embargo, que, "se
gún las
diversas tradiciones y cos
tumbres de los
pueblos" (OGMR
264), se procure
crear un marco de
decoro en torno a
la celebración del
memorial de la
pascua de Cristo,
como
contribuían a crearla, en los
siglos pasados,
el ciborio, el retablo
fastuoso, los
balaustres, los cortino
nes preciosos y
las lámparas.
La sede del que
preside. En lugar del trono episcopal con baldaquino blasonado, y del taburete
en que el sacerdote se sentaba entre el diácono y el subdiácono,
tenemos el sitial del obispo o del sacerdote. Su colocación debe
expresar el cometido del celebrante, que es el "de presidente de la
asamblea y director de la oración" (OGMR 271). La
mención de la presidencia se encuentra ya en la descripción de la
liturgia dominical hecha por san Justino hacia la mitad del s. n
(Apología I, 67). "El que preside" es también el que
enseña y el que ofrece el sacrificio. Él habla y obra en nombre
de Cristo y con su autoridad. Cristo está presente en él, como
remacha la constitución litúrgica (SC 1).
La sede del
obispo o del sacerdote debe, por tanto, realzarse del modo que mejor
cuadre con la estructura del edificio. La solución antigua,
que situaba la cátedra al fondo del ábside, no es
necesariamente la mejor hoy, con una asamblea más bien estática.
En tiempos de Agustín, la gente se agolpaba alrededor del obispo y
de su sitial sobreelevado, para no perder una palabra suya; luego le
acompañaba cuando descendía al altar. En nuestros
días, en 1227
que cada uno
ocupa un puesto determinado, es necesario prestar atención a
que no resulte difícil "la comunicación entre el
sacerdote y la asamblea" (OGMR 271).
La /
concelebración plantea un problema particular. El celebrante principal
ocupa el primer puesto, pero no debería estar demasiado aislado de
los demás celebrantes. En efecto, la concelebración no comienza
en la plegaria eucarística; la participación de los
concelebrantes en la liturgia de la palabra es parte integrante del rito
en su conjunto. Es el conjunto el que manifiesta la unidad del sacerdocio.
El lugar donde se
anuncia la palabra de Dios. "En la liturgia Dios habla a su
pueblo; Cristo sigue anunciando el evangelio" (SC 33). Es, pues,
importante que la asamblea de los bautizados se ponga a la escucha de la
palabra, la comprenda y responda a ella con sus cantos. La facultad
de adoptar la lengua del pueblo ha hecho posible este retorno a las
fuentes de la liturgia cristiana.
La importancia de
la proclamación de la palabra de Dios por parte del ministro y de
su recepción por parte de la asamblea tiene como corolario la
valoración del lugar desde el que se anuncia la palabra. Se imponía
obviamente abandonar el atril móvil y volver a la antigua peana elevada
desde la que el lector es visto y oído por todos, o ai ambón de
las antiguas basílicas desaparecido en el medievo. Su necesidad
apremiaba tanto, que reapareció en las iglesias antes que se publicara
la instr. ínter oecumenici, es decir, cuando se comenzó a
proclamar la lectura en lengua hablada (cuaresma de 1964).
Teniendo presente
la estructura de cada iglesia, el ambón "debe estar colocado de tal
modo que permita al pueblo ver y oír bien a los ministros".
Deberá siempre poner de ma
Lugares de
celebración
nifiesto "la
dignidad de la palabra de Dios" y favorecer su anuncio. Será el
lugar "hacia el que, durante la liturgia de la palabra, se vuelva
espontáneamente la atención de los fieles" (OGMR 272).
Las misas para /
grupos particulares. Aun dedicando la máxima atención a la
disposición de las iglesias en función de la
participación activa de los fieles en la eucaristía, el Misal
Romano no ignora, sin embargo, la misa celebrada "sin el pueblo"
(cuyo rito describe), ni las misas celebradas para grupos particulares, de las
que se ocupa la instrucción Actiopastoralis (AAS61 [1969] 806811)
(A. Pardo, Liturgia de la eucaristía, col. Libros de la comunidad,
Paulinas, etc., Madrid 1979, 199203). Es evidente que el lugar de la
presidencia y el de la palabra deben adaptarse a las circunstancias.
Así, "fuera del lugar sagrado, sobre todo si se hace en forma
ocasional (la celebración eucarística) puede también
celebrarse sobre una mesa decente, usándose siempre el mantel y el corporal"
(OGMR 260). "No existe ninguna obligación de tener una piedra
consagrada... en la mesa sobre la que, en forma ocasional, se celebra la misa
fuera del lugar sagrado" (OGMR 265).
El culto de la
santísima reserva eucarística. Fuera de la celebración del
memorial del Señor, la santísima eucaristía es objeto
de culto como sacramento permanente. La instrucción
Eucharisticum mysterium (AAS 59 [1967] 539-573) (A. Pardo, o.c, 167-198) expone
los fines para los que se conserva la eucaristía y recomienda la
oración ante el santísimo sacramento. Luego describe el
lugar donde conservarla. Coherentemente, el Misal recomienda "que el
lugar destinado para la reserva de la santísima eucaristía sea
una capilla adecuada para la adoración y la oración privada
de los fieles" (OGMR 276). No conviene, en efecto, conservar el
santísimo sacramento sobre el altar mayor porque la presencia eucarística
de Cristo sobre el altar no debería preceder a la apertura de la
celebración, sino, al contrario, coronarla. La presencia del
Señor en la asamblea en oración, en el sacerdote celebrante, en
la proclamación de la palabra, prepara para acoger su presencia
sustancial en el signo del pan y del vino (SC 7).
El baptisterio.
Según la instrucción ínter oecumenici, "en la
construcción y ornamentación del baptisterio
procúrese diligentemente poner de relieve la dignidad del sacramento
del bautismo, y que el lugar sea idóneo para las celebraciones comunitarias"
(n. 99). Convendría diseñar una verdadera sala bautismal,
que pudiese servir también para los escrutinios del catecumenado de
adultos [/ Iniciación cristiana, IV, 1]. Se podría también
disponer la inserción del baptisterio en la iglesia misma, en
cabecera de una nave lateral o bien en la nave única, a la derecha
o a la izquierda, con tal que el área del baptisterio sea netamente
distinta del presbiterio y esté sobre un plano más bajo respecto a
éste. Esta elección conviene particularmente para la
celebración del bautismo durante la misa dominical.
La liturgia habla
de lafuente bautismal. En ciertas iglesias se ha visualizado esta
idea del baptisteriofuente haciendo que brote un verdadero chorro de
agua manantial. ¿No es acaso ésta el agua viva prometida por
Jesús a la samaritana? ¿Y no fue en el agua-manantial donde la
iglesia bautizó durante siglos? Nada se opone a tal opción,
desde el momento en que fuera del tiempo pascual el sacerdote bendice el agua
inmediatamente antes del uso.
1228
El lugar de la
reconciliación. Según el Ritual de
El Misal no se
detiene mucho sobre la decoración de las iglesias. Se limita a
recordar la legitimidad del culto a las imágenes del Señor, de la
b. / Virgen
María y de los / santos, si bien recomendando que el número de
tales imágenes no sea excesivo "y que su disposición... no
distraiga la atención de los fieles de la celebración"
(OGMR 278). Mosaicos y pinturas, vidrieras y esculturas han enriquecido
enormemente la belleza de las iglesias en el pasado. Hoy, como ha
enseñado el concilio, todas las culturas están invitadas a
expresarse en la creación de un sistema decorativo que sepa evocar la
liturgia del cielo.
Pero el mismo
edificio sagrado hay que situarlo en un conjunto más vasto, que va
más allá del campo de la liturgia, para invadir el antropológico:
"Una oportuna disposición de la iglesia y de todo su ambiente...
requiere que... se prevean además todas las circunstancias que
ayudan a 1229
la comodidad de
los fieles, lo mismo que se tienen en cuenta en los sitios normales de
reunión" (OGMR 280). Estas adaptaciones concretas manifiestan
el enraizamiento de la casa de Dios entre las viviendas de los hombres.
[/ Arquitectura;
/ Arte; / Celebración; / Iglesia y liturgia; / Dedicación
de iglesias y de altares; / Mass-media].
P. Jounel
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Lugares de
celebración
uso del altar, de
la sede y del ambón, en "Oración de las Horas" 2
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eucarística, ib, 2 (1984) 41-48; 7-8 (1984) 217-222; Farnés
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"Liturgia" 19 (1964) 269-292; Altar, sede, ambón, ib, 20
(1965) 5-20; Righetti M., Historia de la liturgia 1, BAC 132, Madrid 1955,
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"Concilium" 32 (1968) 223-236: VV.AA., Escenario de la
celebración eucarística, en "Phase" 32 (1966); VV.AA.,
Las casas de
MARÍA
/ Virgen
María
SUMARIO: I.
Importancia e influjo de los "mass media" hoy: 1. En el plano
psicológico;
2. En el plano
social; 3. En el magisterio de la iglesia - II. Relaciones de esta
problemática con la liturgia: 1. Imagen y palabra; 2. Iconografía
cinética: a) Simbolismo tecnológico, b) Velocidad y
silencio, c) Perspectiva móvil - III. Cómo han recibido los
"mass media" la reforma litúrgica: 1.
Reflejándola; 2. Comentándola - IV. Cómo valora o
podría valorar la reforma litúrgica la aportación de
los "mass media": experimentos y perspectivas: 1. Los
"group media"; 2. Para un ambiente festivo; 3. Homilías
audiovisuales - V. Los problemas de las transmisiones radiotelevisadas de
las acciones litúrgicas: 1. Mostrar honestamente; 2. Presencia y participación
- VI. Valoraciones conclusivas: 1. Una aventura apenas iniciada; 2.
Técnica, teología, arte.
I. Importancia e
influjo de los "mass media" hoy
En cualquier acto
de comunicación humana, o sea, en la jerga de sus teóricos,
en la transmisión de un mensaje, un factor determinante es siempre,
junto con el emisor, el receptor y el contexto físico-social, el
médium empleado. Cambiado el médium, se transforma la
relación humana. Es lo que sucedió cuando el
campo de la
comunicación humana
fue invadido por
los llamados mass
media (los
principales son la prensa,
el cine, la radio
y la televisión, aun
que otros muchos
medios pueden
considerarse
tales), los cuales trans
formaron la
comunicación humana
en
comunicación social. Durante de
cenios, la
atención y la preocupación
de las
autoridades-civiles y eclesiás
ticas se
centraron sobre todo en los contenidos vehiculados por los nuevos media, y
particularmente por sus repercusiones morales; pero con el tiempo cobraron un
relieve cada vez mayor las implicaciones —sea de índole
psicosociológica, sea en orden a la evangelización— de
laforma (o formas) de la comunicación llevada a cabo a través de
los medios mecánicos y electrónicos.
1. EN EL PLANO
PSICOLÓGICO. Al comienzo aparecieron constataciones
genéricas; por ejemplo, que una forma de comunicación que implicaba
un soio sentido —la vista o bien el oído— provoca una experiencia
de participación menos total que una forma que actúe sobre la
estructura psíquica del hombre casi en su integridad, como hace el cine.
Las observaciones se fueron haciendo poco a poco más
específicas: el cine, por exclusión de cualquier otro objeto que
no sea la gigantesca imagen proyectada sobre la pantalla, por el
aislamiento psicológico del espectador en la sala oscura, etc., per
1231
mite un menor
distanciamiento crítico durante el espectáculo que la televisión,
con su pantalla mucho más pequeña, sus imágenes mucho menos
definidas, etc. Resultó claro, en fin, que el uso frecuente de tales instrumentos
produce nuevos hábitos de percepción: en particular, en sentido
negativo, suscita una alergia por el discurso abstracto y de carácter
lógico; en sentido positivo, hace nacer una nueva sensibilidad y
apertura al lenguaje simbólico y al comportamiento
mítico-ritual'.
2. EN EL PLANO
SOCIAL. Los efectos socioculturales de los mass media van más
allá de la suma de las transformaciones psicológicas individuales.
Citamos tres, que ponen de manifiesto su ambivalencia: a) relación
ricos-pobres: la transmisión casi instantánea de noticias sobre
cuanto acontece en cualquier parte de la tierra podría promover el
desarrollo de una conciencia planetaria y de la solidaridad humana; pero
sólo las naciones tecnológicamente más avanzadas
han podido adueñarse de los llamados mega-media, como los sistemas
de comunicación vía satélite (que, por lo demás,
hacen posibles las transmisiones litúrgicas en mundovisión);
b) relación ciudad-campo: el desarrollo de la telemática hace
posibles las fábricas difusas típicas de las grandes empresas multinacionales,
los cursos universitarios a distancia, la rápida consulta de la opinión
pública en las determinaciones de ciertas decisiones políticas,
etc.; pero en el tercer mundo se agravan los problemas humanos causados por las
presiones que cada vez con más fuerza impulsan a la concentración
de las actividades productivas, educativas y políticas en los restringidos
espacios urbanos en que se han instalado modestos sistemas de comunicación
moderna (con gravísi
mas repercusiones
en las infraestruc
MMNK media
turas
comunitarias de las iismnblcas eclesiales); c) relación lainilin valores:
en Occidente la televisión luí transformado la diversión
comercial en objeto de consumo doméstico, trastornando la vida familiar
y ati opellando el diálogo que no eslé mediado por
instrumentos técnicos, mientras el uso difundidísimo del
transistor, incluso en la sociedad con bajísima renta per cápita,
afecta a las raíces de su cultura y pone en crisis las instituciones tradicionales
para la transmisión de las ideas (sin excluir las adoptadas por las
iglesias cristianas y por el islam)2.
3. EN EL
MAGISTERIO DE
Mass media
por IM 18), para
la que el papa propone un tema específico cada año3.
En una
perspectiva más general, una más precisa toma de conciencia del
modelo de comunicación que la iglesia está llamada a realizar no
puede prescindir de las repercusiones profundas que la llegada de los mass
media y de la era electrónica tiene para la liturgia.
II. Relaciones de
esta problemática con la liturgia
1. IMAGEN Y
PALABRA. Una primera consecuencia de evidente importancia
litúrgica del predominio actual de los mass media en la comunicación
social es el papel no auxiliar, sino primario que ha cobrado la imagen
visual respecto a la palabra; incluso en la prensa, hoy fotos de colores y
tebeos inundan espacios cada vez más amplios, en desventaja cuantitativa
de los contenidos verbales, pero a menudo en ventaja de la eficacia
comunicativa de las mismas palabras que han sobrevivido, pocas pero
esenciales *.
La iglesia,
oponiéndose a los diversos movimientos iconoclastas surgidos en
diferentes épocas, ha sostenido siempre el valor de la imagen
visual, con tal que sea complementaria y nunca sustitutiva de la palabra,
en el mismo ámbito litúrgico. Sin embargo, las
imágenes típicas de los mass media presentan aspectos
nuevos y problemáticos.
2.
ICONOGRAFÍA CINÉTICA, a) Simbolismo tecnológico. La nueva
, iconografía se funda en complejas tecnologías que, al tiempo
que per/ miten evocar más de cerca la vida, ' requieren para llegar
a ser elocuentes
una
"mentalidad abierta a las sugerencias de un lenguaje simbólico
di-Verso del tradicional inspirado en la naturaleza". Por ejemplo, el uso
de
1232
la misma luz
eléctrica en las iglesias era acogido con cautela por
b) Velocidad y
silencio. El carácter cinético de los mass media condiciona
la mente a obrar cada vez más a flashes, a preferir por tanto "un
pensamiento brevemente expresado pero no desarrollado" y dejado a propósito
incompleto —de forma que exija la "participación en el
esfuerzo de aquel que quiere comunicar una idea sin insistir" obtenida
mediante la alternancia de pausas silenciosas con la expresión
aforística de intuiciones seminales—, más bien que el
desarrollo pleno de un tupido razonamiento articulado en largos
períodos. Parece que los hábitos mentales engendrados por
los medios cinéticos no son ajenos a la renovada popularidad
de las oraciones jaculatorias u oraciones flash, como ciertamente no
lo son a la reaparición en pintura y escultura de aquellas estructuras
ya típicas de los iconos bizantinos, y hoy llamadas abiertas en la
jerga de la crítica contemporánea 5.
c) Perspectiva
móvil. La iconografía cinética requiere que el ojo
del
1233
espectador se
identifique con el objetivo de la máquina de toma: ésta se
acerca o se aleja de los objetos según el grado de implicación
deseado, de forma que los detalles se agrandan o se empequeñecen en función
de su importancia en determinados momentos (como, en la pintura medieval,
las dimensiones de las figuras a menudo reflejan más la importancia que
les corresponde que no las proporciones reales); o bien se ven los objetos
según su percepción y comprensión por parte de un
personaje más bien que de otro (como en la liturgia bizantina el punto
de vista a menudo da la vuelta a los diversos personajes de un episodio
bíblico). Por tanto, en el ámbito litúrgico el hombre
condicionado por los mass media, como ha mostrado con penetrantes
análisis William Kuhns, se encuentra a disgusto si debe mantenerse
siempre en una posición fija a lo largo de toda la duración de un
rito, forzado a participar en una perspectiva que no permite desplazamientos
*. Esto lleva aneja, entre otras cosas, la exigencia de revalorar las procesiones
y los cambios de lugar en los diversos momentos de una celebración
litúrgica. Además, para tener en cuenta el altísimo
índice de importancia que tienen las distancias —como demuestran
los estudios de Hall y de otros antropólogos1—, se ha propuesto el
uso de pantallas y de sistemas televisivos de circuito cerrado que
permitan el agrandamiento de gestos particularmente significativos y
su clara visión por parte de quien se encuentra distante del centro
de la acción en las grandes asambleas de los fieles'. Si se hace
así, ya no resultaría verdadero que los telespectadores hoy
tienen "una participación psicológica quizá
mejor que la normalmente posible en comunidades locales que superen
demasiado (grandes catedrales y santuarios, plaza de San Pedro...) la
intimidad
Mass media
de las
pequeñas comunidades parroquiales y familiares"'.
III. Cómo
han recibido los "mass media" la reforma litúrgica
REFLEJÁNDOLA. El mejor servicio
que han prestado los mass me-• dia a la reforma litúrgica ha sido
el de hacer ver y oír —desde la ceremonia de apertura del
concilio mismo en adelante— a millones de personas (que de lo
contrario no habrían tenido nunca la posibilidad de asistir personalmente),
por medio de imágenes a menudo de extraordinaria belleza, la
celebración de algunos momentos-clave de la vida eclesial que ponen por
obra la reforma litúrgica misma. Por ejemplo, es muy difícil
que se pueda conocer el rito de exequias renovado con la misma eficacia
que se logró en las transmisiones televisivas del funeral de Pablo
VI (agosto 1978) —con la añadidura del efecto
simbólico improgramable del viento que pasaba las hojas del
evangeliario abierto sobre el ataúd— y del de Aldo Moro, aunque en
ausencia del cadáver del difunto, durante el cual el Santo Padre dio un
ejemplo inolvidable de oración personal intensa y en relación con
la circunstancia, pero íntimamente vinculada con el rito
litúrgico. Así también la noche de navidad de 1974,
en la apertura de la puerta santa de la basílica de San Pedro, el rico
simbolismo bíblico-litúrgico de la puerta se comunicó
a mil millones de telespectadores conectados en mundovisión,
despertando una emoción que no habría sido posible alcanzar sin
las imágenes de los cascotes que, al caer, rozaban la persona del papa
'".
COMENTÁNDOLA. Mucho menos
eficaces en comunicar el verdadero sentido de la reforma litúrgica
Mass media
han sido en
general las crónicas y los comentarios de tipo periodístico; demasiadas
las concesiones a las tentaciones inherentes a la naturaleza de los mass
media, es decir, a la atracción de lo anecdótico, de lo
polémico y a veces de lo escandaloso. Sin embargo, mientras los
mass media siguen dando una importancia exagerada a las posiciones
extremistas, quizá la expresión (sobre todo a través
de la prensa) de toda la gama de las reacciones viscerales, cerebrales,
extraviadas —o, viceversa, que entonan hosannas— a la reforma
litúrgica era necesaria para que los responsables pudieran
adivinar el estado de ánimo del pueblo de Dios y
aportar las
aclaraciones útiles para evitar las incomprensiones acumuladas
durante siglos. La participación de la opinión pública, a
través de los mass media, ha contribuido no poco a la acogida de la
reforma con mayor consentimiento cada vez".
IV. Cómo
valora
o podría
valorar la reforma litúrgica la aportación de los "mass
media": experimentos y perspectivas
Ya en 1900, es
decir, inmediatamente después de la invención del cine, se
proyectaron algunas películas en iglesias católicas y
protestantes; pero en 1912
1234
drieras
historiadas o el rollo iluminado del Exsultet en otros siglos. Si en la
primera prohibición hubo también cierta prevención
contra el uso de instrumentos técnicos en cuanto no-naturales, tal
prevención hoy está ciertamente superada, con tal que no se trate
de sustituir, en el ámbito de la oración común, la
presencia personal con máquinas. En efecto, además del
uso de amplificadores, se admite ya el uso de la radio en la iglesia,
"con tal que sea fuera de las acciones litúrgicas y de los
ejercicios de piedad... para escuchar la voz del papa, del obispo local o de
otros oradores sagrados; y también para enseñar la doctrina
cristiana, el canto sagrado o bien cantos religiosos populares a los
fieles, así como para dirigir y apoyar el canto de los fieles en las
procesiones fuera de la iglesia" l2. Con ocasión de la visita
del
papa Juan Pablo
II a España (octubre de 1982) se sirvieron también de
grandes pantallas en la concentración de los jóvenes en el
estadio Santiago Bernabeu para que participaran mejor en la
celebración los jóvenes que no habían podido entrar
en el estadio ".
1. LOS
"GROUP MEDIA". El USO de los media llamados grandes o ricos
(películas de producción costosa o bien instalaciones televisivas
de circuito cerrado), también en forma claramente subsidiaria y no
sustitutiva de la presencia personal, plantea problemas diversos y de no
fácil solución. En cambio, en los años posteriores
al concilio, al tiempo que se difundía en el campo artístico el llamamiento
al arte llamado pobre o mínimo, muchos en la iglesia, y destacadamente
los mayores organismos católicos responsables de las comunicaciones
sociales (OCIC y UNDA), se comprometieron en la promoción del uso de los
llamados medios grupales o de animación au
1235
diovisual, o bien
mini-media, multimedia, media-ligeros o pobres —expresiones con
acepción aproximadamente sinónima—. Como
observó en el sínodo de obispos de 1977 mons. Deskur, presidente
de
colección,
a descubrir analogías estructurales con las imágenes-clave
bíblicas —cosa que puede permitir su ordenamiento (o montaje)
según el sentido descubierto—; 3) en fin, se produce su
traducción en oración audiovisual ". Tales ejercicios espirituales
encajan mayormente en el ámbito paralitúrgico: vigilias
bíblicas, celebraciones penitenciales, procesiones,
peregrinaciones, encuentros ecuménicos, etc. En efecto, los
experimentos realizados con medios eléctricos y electrónicos han
tenido resultados interesantes.
2. PARA UN
AMBIENTE; FESTIVO. En el pasado, en las iglesias, se usa
Mass media
ban diversos
medios —tapices, iconos portátiles, aparatos de diferente
color, etc.— para señalar el tono particular y el diverso clima
espiritual de los momentos sucesivos del ciclo litúrgico. Los
nuevos medios son capaces de crear efectos análogos, pero todavía
más flexibles. Su pleno disfrute en este sentido podría
quizá llegar a obtener resultados parangonabas a los obtenidos en
otras épocas por la invención de nuevas técnicas: un uso
particular del mosaico marca el momento del nacimiento del arte
bizantino; las vidrieras polícromas, el del arte gótico: dos
momentos históricos en que el valor simbólico de la luz,
reflejada por los mosaicos, refractada por las vidrieras, fue explotado al
máximo con el empleo de nuevas tecnologías. Quizá las
potencialidades fotoicónicas del s. xx son de mayor ri
queza, pero para
llevarlas a la práctica se necesitarían la intuición
tecnológico-pastoral de un abate Suger y la genialidad
estético-litúrgica de los artistas medievales, tanto occidentales
como orientales.
3.
HOMILÍAS AUDIOVISUALES. El uso de los audiovisuales es más conveniente
cuando se trata más bien de transmitir un mensaje que de realizar
una acción. En el Directorio para las misas con / niños,
Mass media
los medios
audiovisuales por miedo "a que no se sepa conservar la justa medida en
uso" ,6.
Se debe reconocer
que una homilía audiovisual requiere una forma de co-expresividad
verbal-visual diversa de la que se experimenta en contextos puramente
didácticos, ya que, además de poner en relación los textos
de la misa con la vida cotidiana, debe efectuar el paso de la liturgia
de la palabra a la eucarística; y la gramática de un lenguaje
mistagógico desarrollado con los media de nuestro tiempo
todavía no se ha elaborado lúcidamente ". En cualquier
caso, como no se debe ciertamente transformar el santuario en un bazar
electrónico, se debería pensar en una arquitectura con
posibilidades de retroproyecciones o que, de otros modos, explotase
estética y simbólicamente los aparatos necesarios —lo
que ya se puede y debe hacer con el micrófono, del que las
rúbricas litúrgicas hablan ya lo mismo que de los
candelabros o del incensario, pero que por desgracia todavía demasiado
a menudo parece olvidado por los que diseñan nuevos altares y ambones.
V. Los problemas
de las transmisiones radiotelevisadas de las acciones litúrgicas
La respuesta del
Santo Oficio a una primera petición para la transmisión
radiofónica de la misa, en 1926, fue negativa; pero en 1936 se concedió
la autorización con tal que no se diese la impresión de que la
escucha por la radio satisfacía el precepto festivo y no se
mezclase la transmisión de la misa con otras transmisiones "de
índole demasiado profana o ligera". En la encíclica Miranda
prorsus (1957) se recomendó la escucha a los enfermos y a otros
1236
impedidos de
estar físicamente presentes en la iglesia. Ya en 1948 acogió
Pío XII con aplauso la misa televisada ,8. Le ha hecho eco, antes
de
(n. 20) con la
recomendación de que tales transmisiones televisadas "se hagan
discreta y decorosamente, bajo la dirección y la responsabilidad de una
persona idónea a la que los obispos hayan destinado a este menester"
".
1. MOSTRAR
HONESTAMENTE. Esta recomendación responde a la primerísima
objeción planteada contra las transmisiones radiotelevisadas
de las acciones litúrgicas, es decir, el riesgo de exponerlas a la
incomprensión de muchos, y acaso al escarnio de algunos.
Radicalizando la objeción, se puede decir que llevar a cabo una
acción ritual bajo la mirada de no-participantes corre siempre
el riesgo de reducir el acto religioso a espectáculo teatral. Y,
sin embargo, responde dom Jean Leclercq, "si debemos servirnos de los
mass media, hay que saber también someterse a ellos. Debemos ser lo
bastante humildes como para pasar a través de ellos, aceptar ser vistos,
con tal que se nos vea como somos: sin hacer de comparsas en una película
de producción"20. La lección capital sobre cómo
superar las dificultades la ha proporcionado el cine etnológico.
Un maestro del arte, Jean Rouch, se dio cuenta de que podía filmar los
ritos paganos africanos sin falsear su autenticidad a pesar de su presencia y
del instrumental (reducido, sin embargo, al mínimo) con dos
condiciones: 1) abandonar la imposible pretensión de mantenerse
escondido; era preciso, por el contrario, incorporarse a la
celebración, participar en ella de algún modo como un actor
al que correspondía un papel particular y reconocido, lo cual implicaba
a veces moverse en sintonía
1237
con el ritmo de
la danza, vestirse no de forma carnavalesca, es cierto, pero sí como
conviene a quien tiene una función específica en una
acción de índole coreográfica, etc.; 2) disponer de
los espacios y las ocasiones por los que el acto del cineasta pudiera
formar parte del rito21. En efecto, una misa televisada no debe ser una misa
ordinaria espiada por la telecámara y en la que se ruega
cortésmente a los participantes que finjan no saberlo, sino una misa especial,
precisamente en cuanto que su desarrollo tiene en cuenta el hecho de que
participar en ella, junto con el presidente, los lectores, los monaguillos,
etc., también el equipo de televisión y los telespectadores, si
bien a su modo. Este principio vale también para los fotógrafos,
que se han convertido ya en actores inevitables en las celebraciones
litúrgicas de matrimonios, primeras comuniones, etc. (se debe
reconocer que el álbum de fotos-recuerdo no carece de potencialidades
catequéticas y religiosas en modo alguno desdeñables).
2. PRESENCIA Y
PARTICIPACIÓN. El problema teológico más espinoso que
plantean las transmisiones radiotelevisivas de las acciones litúrgicas
se centra en la definición del binomio
presencia-participación. Para los fines prácticos de los
moralistas, en el pasado bastaba a menudo un criterio de distancia para decidir
si en determinadas circunstancias una persona estaba o no presente; pero es
claro que el concepto de presencia es análogo; y se puede admitir una
presencia de modos y en grados diversos. La iglesia reconoce como suficiente,
al menos para ganar las indulgencias en los casos de la bendición
pontificia urbi et orbi (1939) y del rezo del rosario (1958), la compresencia
a través de la radio o la televisión, con tal que no se trate
Mass media
de grabaciones.
El uso del teléfono para la confesión sacramental se
considera, en teoría, de validez dudosa por la casi totalidad de
los moralistas, pero que no se debe omitir en la práctica en
casos de extrema necesidad con absolución sub conditione. La
cercanía local, sin embargo, parece necesaria para la realización
de ciertas formas de comunicación; por ejemplo, para la
participación en un banquete convival; por eso la autoridad de la
iglesia ha excluido hasta ahora que haya una verdadera asistencia a la misa a
distancia a través de la televisión. Los enfermos están
obviamente exentos de tal obligación. Algunos teólogos
(entre ellos, ya desde 1931, antes de la existencia de la televisión, H.
du Passage) consideran que la iglesia podría modificar el precepto eventualmente
transformando en obligación la actual recomendación de participar,
en la medida de lo posible, a través de los mass media en la celebración
de la misa dominical en caso de que fuera imposible la presencia local en la
iglesia22.
Pero no es
éste el nudo de la cuestión. Desde el punto de vista especulativo
se plantean interrogantes como el siguiente: En el caso (que en modo alguno
pertenece a la ciencia-ficción) de sistemas televisivos de circuito
cerrado que permiten la reciprocidad de comunicación, el instrumental,
aunque sea complejo, cumple funciones que no son esencialmente diversas de
las de espejos, lentes y objetos semejantes: sirve también para
regular el itinerario de las ondas luminosas (y sonoras), o sea, para preparar
el ambiente con vistas a la explotación más eficaz de las
normales operaciones de las leyes de causalidad natural; ahora bien, ¿se
puede decir que dos personas que se comunican a través de tal sistema no
se perciben precisamente la una a la otra, sino sólo algo diverso y
distinto
Mass media
de sus personas?
¿Cuál es exactamente la diferencia, en términos de
presencia, entre la transmisión directa, es decir, obtenida
sólo con la regulación (bien que por medio de máquinas)
de los medios naturales de la vista y del oído, y la transmisión
de
filmaciones, es
decir, de improntas o huellas dejadas por operaciones del tipo mencionado
arriba sobre materiales idóneos predispuestos para la
impresión de imágenes? La dificultad de responder a tales
problemas (y también de formularlos correctamente) justifica
ampliamente la máxima prudencia por parte del magisterio
eclesialu.
VI. Valoraciones
conclusivas
1. UNA AVENTURA
APENAS INICIADA. Quizá el hecho más merecedor de un
estudio a fondo es la extraordinaria fascinación ejercida por las
transmisiones televisadas de la liturgia, averiguada por sondeos científicos
y otros indicadores (cartas enviadas por telespectadores) en diversos
países; en Canadá, por ejemplo, la misa resulta la más
popular de todas las transmisiones (el deporte está en segundo lugar);
en España, aunque no goza de un interés parangonable, tiene
un índice de escucha elevado. Los analistas de Radio-Canadá, al
notar que la aceptación de la misa televisada es altísima también
entre aquellos que participan regularmente en la misa en la iglesia, lo
atribuyen a la mayor adecuación del lenguaje total televisivo a la psicología
del hombre de la edad electrónica respecto a los otros modos de
comunicación típicos de culturas más literarias !4. Si la
conclusión es válida, de ahí se desprende, además
del deber de prestar la máxima atención y cuidado a las
celebraciones litúrgicas transmitidas por los medios de
comunicación, el compromiso de 1238
explotar lo
más posible tal lenguaje también en las celebraciones que no
aparecen reverberadas en las ondas etéreas. Para encaminarse hacia esta
meta, se necesita una larga fase de experimentos hechos críticamente.
2.
TÉCNICA, TEOLOGÍA Y ARTE. Entre tanto, no se puede dudar de los
servicios que los mass media y los afines group media pueden prestar en la
catequesis litúrgica y en las fases preparatorias de las acciones
litúrgicas centrales. Diversos centros de producción audiovisual
proporcionan material apto (llamado software) en todo el mundo; en
ciertas diócesis es la misma comisión de pastoral
litúrgica la que proporciona cada año media-kit
(diapositivas, posters, discos, etc.) y organiza cursos para animadores
". Es claro, en efecto, que todo el que desee utilizar el nuevo lenguaje
eficazmente y en continuidad armoniosa con la tradición
litúrgica ha de poseer gran preparación. Además del
saber-hacer técnico, se necesitan la teología y el arte. No son
aceptables prestaciones de cualidad mediocre. Si no hay belleza, no
habrá ni oración auténtica ni ayuda válida para
ella!6.
NOTAS: ' A pesar
de la discutible opción hecha por Marshall McLuhan de expresarse en
eslóganes abiertamente hiperbólicos, sus provocaciones
suscitaron un vastísimo eco mundial (reseña crítica en E.
Baragli, II caso McLuhan,
ficazione non
esisle, Edizioni Paoline, 1978, y P. Babin-M. McLuhan, Uomo nuovo, cristiano
nuovo neü'era elettronica, Edizioni Paoline, 1979, en part. el c. 7,
"Liturgia e media"). El tratado más científico de la
psicología de los mass media es el de M.A. Croce, Gli cjfelti dei mezzi
di comunicazione di massa (Nuove QuestionidiPsicologiallI), Brescia 1971;
J.T. Klapper, Gii effetii dellu comunicazione di massa, ETAS, Milán
1974\ y en las obras indicadas en sus bibl. -2 Por ejemplo, la
radiodifusión de la misa en chino, iniciada el 26 de octubre de
1239
1980, es el
único modo en que los católicos de
G. Wedell, La
radiodiffusión dans le tiers monde, MacMillan, Londres 1978; G.
Concetti, La famiglia e la comunicazione sociale, en Studi Pastorali 4 (1974)
9-51, con bibl. — 3 Los documentos del magisterio de la iglesia
relativos a la comunicación social están recogidos en E. Baragli,
Comunicazione, comunione e chiesa, Studio romano della comunicazione sociale,
Roma 1973; en particular: para el motu proprio citado, cf ib, nn. 2435-2447;
para la instrucción pastoral, cf ¿6, nn. 3345-3531 —4 Una
persona de normal percepción hoy recibe el 83 por 100 de la
información por vía visual, el 11 por 100 por vía
auditiva, el 6 por 100 por vía de los demás sentidos, si sirve el
cálculo del Instituto para la comunicación e investigación
de
U.S.A. 2 (1970)
54, y V. Vigorelli en Arte cristiana 668 (1980) 137-146 — 9 E.
Baragli, L'uso dei "mass media"nelie azioni liturgiche, en CC 2990
(1975) 156 - ,0 Cf V. Fantuzzi, Telecamere per tre papi, CC 3082 (1978)
368-376; F. Berthet y P. Sollers, en Conversation a Notre Dame, en
Communications 30 (1979) 235249 " Cf E. Lodi, Saggio
panorámico delle reazioni della stampa italiana alia riforma
litúrgica, en RL 52 (1965), 386-394; E. Baragli, Un infortunio di
opinione al Vat. II, en Saggi e studi di pubblicistka 17-18 (1968) 55-78 12 Cf
E. Baragli, a.c. (nota 9) 145s — 11 Ilustración en L'Osservatore
Romano, 4 nov. 1982 — l4 Citado en G. Caprile, U Sínodo dei
vescovi,
Mass media
bambinr.tn RPLll
(1975)78 -• ,7 Cf N.Taddei, La predicazione nell'epoca
dcll'immagine, LDC, Turín 1964; P. Serracino Inglott, Nuove
prospettiveper l arte sacra, en Arte cristiana 578 (1970) 279-286 — ,8
Documentación histórica y amplia discusión en D.
Mosso, La messa teletrasmessa, Dehoniane, Bolonia 1974 — 19 Comentado por
A.M. Roguet, en MD n. 77 (1964) 41 -42. El Secretariado N. de Liturgia ha
publicado en Pastoral Litúrgica un Directorio litúrgico para la
retransmisión de la misa por radio y televisión — 20 Loe.
cit. en la nota 5 — 21 VV.AA., Principies of Visual Anthropology (por
Paul Hockings), Mouton,
juntos, signo
esencial de la misa, no parece concebible sin la proximidad local. En
algunos servicios religiosos televisivos de
P. Serracino
Inglott
BIBLIOGRAFÍA:
Baragli E., Medios de comunicación social, en NDT2, Cristiandad,
Madrid 1982, 1051-1065; Comisión Episcopal Suiza de Liturgia, Liturgia y
medios audiovisuales, en "Phase" 106 (1978) 335-347; Esposito R.F.,
Mass media, en NDE, Paulinas, Madrid 1979, 880-893; Fernández L,
Televisión y liturgia, en "Phase" 71 (1972) 465-467; Pardo A.,
La misa televisada en domingo, en "Communio" 3 (1982) 186-194;
Secretariado N. de Liturgia, Directorio litúrgico para la
retransmisión de la misa por radio y televisión, en
"Pastoral Litúrgica" Véase también la
bibliografía de Arte, Arquitectura, Cu/tura y liturgia. Lengua I lenguaje.
Comunicación en la eucaristía y Signo j Símbolo.
Matrimonio
SUMARIO: I. El
matrimonio en el contexto socio-cultural contemporáneo: 1. Sociedad industrial
y nuevas relaciones entre familia y sociedad; 2. La unión
frágil; 3. Interrogantes planteados a la iglesia - II. Datos
bíblicos: 1. Antiguo Testamento: a) La reflexión de Gen 2-3
(yavista), b) La reflexión de Gen 1 (sacerdotal), c) La reflexión
profética; 2. Nuevo Testamento: a) "j Este misterio es grande; mas
yo lo digo en orden a Cristo y a la iglesia!", b) El matrimonio: respuesta
a una vocación, c) Conclusión - III. Tradición
litúrgica: 1. Ss. l-III (¡V); 2. Ss. iv-xiv (XV): a) Matrimonio y
consentimiento, bj El velo y la bendición nupcial durante la
eucaristía;
3. El Ritual de
1614 - IV. El nuevo Ritual del Matrimonio: 1. Los límites de la
reflexión teológica precedente; 2. La reflexión
teológica reciente; 3. Análisis del RM: a) Desde el punto de
vista celebrativo, b) Desde el punto de vista teológico - V.
Orientaciones pastorales: 1. Evangeíización y sacramento del
matrimonio; 2. Tareas de la comunidad cristiana; 3. Los esposos
cristianos, llamados a anunciar el evangelio.
I. El matrimonio
en el contexto socio-cultural contemporáneo
En estos
últimos treinta años hemos asistido, si no a una verdadera y
propia impugnación radical de la institución matrimonial
(limitada, por el momento, a algunos ámbitos precisos, representados por
ejemplo por H. Marcuse y por alguna franja del movimiento feminista), al menos
a una crisis de la misma. Todo esto debe convertirse, en relación con la
comunidad cristiana, en una provocación y un estímulo a
interrogarse de nuevo (y a darse una respuesta positiva) sobre lo
específico del matrimonio cristiano: ¿existe un modo
específico de vivir la existencia cristiana en el matrimonio?
Éste es el motivo de fondo que guía la presente
contribución, la cual, aunque parte del hoy, no obstante se confronta
con el dato de la palabra de Dios, primero escrita y luego vivida en la
experiencia de la iglesia, en la que se hace tradición en busca de lo
que es constante e irrenunciable para la fe, que habrá que expresar de
nuevo en
1240
el hoy de la
comunidad cristiana. Por tanto, analicemos ante todo los factores que
están en el origen de la crisis antes mencionada de la institución
matrimonial.
1. SOCIEDAD
INDUSTRIAL Y NUEVAS RELACIONES ENTRE FAMILIA Y SOCIEDAD. El advenimiento
de la sociedad industrial ha favorecido ciertamente la instauración de
una nueva relación entre familia y sociedad. La familia ha visto
recortados no sólo el número de los propios componentes (se ha
pasado de la familia patriarcal a la familia nuclear), sino también
la diversa y múltiple articulación de las propias funciones (ha
perdido las funciones asistencia-Íes y educativas, asumidas ahora por
instituciones extrafamiliares); se ha visto además despojada de toda posibilidad
de influencia social, y se ha descubierto funcionalizada e instrumentalizada
al servicio del modelo y de la lógica de la sociedad de consumo. Es
decir, la familia ha ido cerrándose en el interior de su
pequeño mundo, privatizándose en la intimidad del
matrimonio, favorecida e impulsada en esta dirección por la
ideología burguesa, y en parte también por cierto intimismo
cristiano. A un desenlace fuertemente negativo en relación con los
llamados vínculos institucionales y, por tanto, con el matrimonio
llega también una parte del actual movimiento feminista, que ve en
el modelo de la familia reproductiva una causa de la actual condición de
no-liberación y de norealización de la mujer. En conclu
sión: nos
encontramos con señales que atestiguan el rechazo del matrimonio
como institución, considerado por algunos como la
institución que permite a la sociedad reproducirse y garantizar la
permanencia de los propios modelos. De ahí el progresivo difundirse
del rechazo deliberado de casarse (unión libre) o de 1241
casarse
recurriendo al llamado matrimonio de prueba (que está más
difundido en Francia, pero que comienza a aparecer también en España),
dado que la ley civil prevé el divorcio.
2.
Matrimonio
dad de la
relación interpersonal. En fin, las han vuelto particularmente
vulnerables nuevas conquistas, todavía no perfectamente integradas,
vinculadas al crecimiento y a la evolución de la mujer, a la nueva
valoración de la sexualidad, a una toma de conciencia más
aguda del valor de la persona y de la necesidad de tener éxito en la
propia vida. Evidentemente, a largo plazo, todas estas realidades
conducirán a una nueva calidad de las uniones matrimoniales;
hoy, sin embargo, desde el momento en que llevan a un mayor número de
fracasos, desafían a la iglesia a comprometerse urgentemente en la
evangelización del matrimonio.
3. INTERROGANTES
PLANTEADOS A
o lo
específico del matrimonio cristiano a nivel ético o
sociológico en vez de hacerlo a nivel teológico. En efecto, como
creyentes no poseemos una revelación sobre la familia, sino más
bien sobre el matrimonio como base de la familia. A lo largo de la historia se
ha asistido al paso de la familia patriarcal a la nuclear; ahora también
la familia nuclear parece atravesar una crisis o al menos se la somete a
discusión, mientras que aparecen nuevos modelos comunitarios en
parte recogidos del pasado, pero en amplia medida profunda
Matrimonio
mente nuevos.
Análogamente, el matrimonio, en cuanto estructura fundante de
la familia, es sometido continuamente a discusión en su modo de
constituirse y de ser. No se trata, por tanto, de sacralizar ciertos modelos
de matrimonio, y mucho menos de familia. Hoy, como en toda época,
la comunidad cristiana está llamada a reinventar y a proponer de nuevo
los valores permanentes del modo cristiano de ser del matrimonio y de
vivir el matrimonio. Es decir, debe responder de modo creativo y al mismo
tiempo fiel a la pregunta con la que hoy se la interroga:
¿Qué significa casarse "en el Señor"?
II. Datos
bíblicos
Incluso una
rápida aproximación a
1. ANTIGUO
TESTAMENTO, a) La reflexión de Gen 2-3 (yavista). El horizonte
temático del texto está dado por la complementariedad-comunión
del hombre y de la mujer, que tienen la misma dignidad; pero el proyecto de
vida ha fracasado a causa del pecado que acarrea a la pareja la
experiencia del desorden (Gen 2,25 y 3,7), de la soledad-división (Gen
3,12), de la pasionalidad (Gen 3,16b).
b) La
reflexión de Gen l (sacerdotal). La pareja humana es creada por
Dios como sexuada: la unión entre hombre y mujer es buena y
está destinada a la fecundidad (es cierta
1242
mente éste
el tema que destaca, aunque también aquí se señala la
dignidad igual de hombre y mujer, ambos imágenes de Dios), que
es un modo de expresar la imagen de Dios y condición para realizar el
dominio de Dios sobre el mundo (recuérdese, sin embargo, que la
actividad procreadora tiene un sentido religioso, no sólo en el
ámbito de la creación, sino también en el ámbito de
la esperanza mesiánica; se casan para aumentar la posteridad de
Abrahán, y por tanto para acrecentar la posteridad [esperanza] de
Israel). Así pues, el matrimonio es visto como don bueno de la
creación, encomendado a la responsabilidad del hombre; y,
conforme a las vigencias socioculturales del tiempo, aparece más
vinculado a la tarea de asegurar una posteridad y de salvaguardar un patrimonio
que hay que hacer fructificar ulteriormente que a la exigencia de una
realización en la reciprocidad del amor.
c) La
reflexión profética. Los profetas se sirven de la experiencia
matrimonial para conducirnos a la comprensión del amor de Dios. A este
respecto es ejemplar la experiencia de Oseas, que ejerce influjo también
en Jer 2,2; 3,4; 3,6-10; 31,3-4.31; Ez 16 y 23. Dios se presenta como un esposo
que con ternura y fidelidad sin medida sabrá ganar finalmente
a Israel, el cual al comienzo ha sido infiel al amor inmenso con que Dios lo
había amado. Son riquísimas, en efecto, las expresiones matrimoniales
con que se describe el misterio de la alianza: fidelidad, bondad, misericordia,
amor de predilección gratuita, amor constante, celoso, exclusivo y
total, amor profundo (en el sentido de la intimidad matrimonial). Y la
experiencia del límite, que se configura como ruptura, infidelidad,
traición, permite no sólo penetrar y profundizar en la 1243
realidad del amor
fiel a pesar de todo y sin arrepentimiento de Dios, sino también abrir
al pueblo a la esperanza escatológica, a la idea de las bodas
mesiánicas (Jer 31,21-
2. NUEVO
TESTAMENTO. El NT, proclamación del "evangelio de Jesucristo,
Hijo de Dios" (Me 1,1), es en último término el anuncio de
las bodas de Dios con la humanidad. En efecto, se designa a Jesús varias
veces como el esposo por excelencia: ante todo por boca de Juan Bautista (Jn
3,29); pero Jesús mismo se llama así (Mt 9,15); Pablo por dos
veces atribuye el término a Jesús (2 Cor 11,2 y Ef 5,21-23); lo
mismo hace el Apocalipsis (22,17-20); sin citar las referencias explícitas
que se encuentran en las parábolas escatológicas del reino
(Mt 22,1-10 y 25,1-12). Jesús es, pues, el esposo que invita a
todos a la fiesta nupcial, a las bodas del Cordero (Ap 19,7-9).
a)
"¡Este misterio es grande; mas yo lo digo en orden a Cristo y a la
iglesiaf'Con esta visión de las cosas, Pablo, después de haber
citado Gen 2,24 ("Por este motivo el hombre dejará a su padre
y a su madre y se adherirá a su mujer y los dos serán una sola
carne"), añade: "Este matrimonio es grande; mas yo lo
digo en orden a Cristo y a la iglesia" (Ef 5,32). La revelación del
misterio escondido de Dios encuentra en el misterio su figura
simbólica. Por eso el amor de Cristo por la iglesia se convierte en
punto de referencia obligado y sacramental de la sociedad conyugal;
en efecto, de ahora en adelante es la relación Cristo-iglesia la
que
Matrimonio
revive en el
matrimonio. Asi el matrimonio cristiano se sitúa en el corazón
del misterio de Cristo y vive de la gratuidad y de la fidelidad del amor de
Cristo; es decir, vive del riesgo de la alianza (especialmente a
propósito de la indisolubilidad), porque en adelante las actitudes
respectivas de Cristo y de la iglesia imponen las del esposo y de la
esposa.
El matrimonio,
por tanto, no está ya dominado, como en el AT, por el deber religioso de
asegurar una descendencia, sino por la constitución de una
comunidad de amor y de fidelidad, que tiene como fundamento y modelo la de
Cristo y de la iglesia.
b) El matrimonio:
respuesta a una vocación. En efecto, el matrimonio está al
servicio del reino y es un modo de vivir el reino. Es, por tanto, realidad
válida y salvífica, que sin embargo es sólo anticipo de la
plenitud del reino. En el pasaje de Mt 19,11-12 no se devalúa en absoluto
el matrimonio (más aún, su gran riqueza se derrama y rebosa sobre
la condición de cada creyente, que está "desposado" con
Cristo como "con esposo único": 2 Cor 11,2): simplemente
ahí se toca el tema del celibato por amor al reino. A lo largo de siglos
el celibato, en lugar de iluminar el matrimonio en su valor de
anticipación de la plenitud del reino, se presentará como alternativa,
leída, por desgracia, en términos de desprecio de la realidad
terrena, y por tanto también de la realidad matrimonial. Por el contrario,
el matrimonio, visto como respuesta a una vocación, aparece como lugar
de gracia y de salvación, precisamente por ser anticipación en el
reino. Inserto, por tanto, en la dinámica nueva del reino, se
convierte en el lugar en que la pareja está llamada a vivir el amor
según las exi
gencias del reino
mismo.
Matrimonio
c)
Conclusión. El matrimonio, que forma parte de los valores de la
creación, se encuentra, como toda otra realidad terrena, "en el
punto de encuentro de tres fuerzas: la tendencia de la creación
hacia el fin que le ha asignado el Creador, la fuerza del pecado que la aleja y
la trastorna, la fuerza de la gracia que la reordena
reconduciéndola hacia Dios e insertándola en el misterio de Cristo"1.
Por eso la experiencia matrimonial, en
pe, como en la
dimensión de amor fiel, de modo obstinado y a pesar de
todo.
III.
Tradición litúrgica
La historia de la
evolución de las formas celebrativas del matrimonio, bajo muchos
aspectos ya estudiada2, espera todavía una interpretación
completa y correcta, que tenga en cuenta sobre todo la innegable influencia de
los modelos de pensamiento y de cultura en que se ha expresado el
cristianismo, y las diversas acentuaciones que afloran en la
comprensión que la iglesia ha tenido de su misión y de su
relación con el mundo. La ausencia de síntesis
histórico-interpretativas capaces de poner de relieve las líneas
que han determinado tal evolución hace ciertamente más
difícil el trabajo. Aquí tenemos presentes con particular
atención los desarrollos litúrgicos del área romana.
1. Ss. i-n (IV).
No se tienen indicaciones claras y probatorias sobre la existencia de una
celebración litúrgica propiamente tal del matrimonio:
casi se podría definir el ma
1244
trimonio como un
acontecimiento profano con inspiración cristiana; en efecto, los
cristianos celebran su matrimonio "como los demás
hombres" (Ad Diognetum 5,6), ajustándose a los usos civiles: lo celebran
bajo la presidencia del padre de familia, realizando únicamente los
gestos y ritos domésticos, como por ejemplo el de unir las manos de los
futuros esposos. Sin embargo, los cristianos siempre han tenido presentes
"las leyes extraordinarias y verdaderamente paradójicas
de su sociedad espiritual" (Ad Diognetum 5,4), sintiendo con
profundidad la urgencia de la novedad que ellos traían a la historia;
por eso eliminaron de su liturgia doméstica todo aspecto de la religión
pagana (por ejemplo, el sacrificio a los dioses familiares y los excesos
licenciosos del cortejo nupcial). Dieron particular importancia a la
procreación y a la educación de los hijos (Ad Diognetum 5,6). La
importancia eclesial del matrimonio es subrayada por Ignacio de Antioquía,
que casi invita a los cristianos a casarse sólo con la aprobación
del obispo (Ad Polycarpum 5,2). También Tertuliano alude al hecho
de que los cristianos, con ocasión del matrimonio, a veces participan en
la celebración del sacrificio eucarístico y obtienen una
bendición particular (Ad uxorem 2,9: CSEL 70,123). El obispo estaba
también presente en el matrimonio de los esclavos, de los
catecúmenos, de los huérfanos y del clero. Ciertamente, todas
estas indicaciones habría que releerlas, para una mejor interpretación
puntual de las mismas, dentro de la lógica de una comunidad cristiana
que se esfuerza por ser signo dentro de un mundo que es y sigue siendo
pagano, tanto en sus estructuras como en su mentalidad.
2. Ss. iv-Xiv
(XV). En estos siglos se van delineando progresiva1245
mente los
elementos de la celebración litúrgica mediante una gradual
evolución desde el matrimonio como acontecimiento profano-civil con inspiración
cristiana al matrimonio como acontecimiento cristiano en la iglesia.
(Recuérdese y téngase presente la recíproca
pertenencia de iglesia y sociedad, que se va volviendo cada vez más
marcada desde los ss. vii-viu en adelante.) Dos son los polos en torno a los
cuales gira el desarrollo de la celebración:
a) Matrimonio y
consentimiento. En primer lugar, es posible constatar el profundo
influjo del derecho romano en relación con el pensamiento
cristiano, que acoge el valor del consentimiento como hecho constitutivo
del matrimonio; en efecto, según el derecho romano sólo el consentimiento
es estrictamente necesario para el matrimonio, cualquiera que fuese su
forma (es decir, se consideraban elementos secundarios las diversas
costumbres nupciales con que se celebraba el matrimonio y se expresaba el
consentimiento). La iglesia se preocupaba de que el consentimiento humano
libre se expresara y fuera una realidad, sobre todo en el caso del
matrimonio de los pobres. Entre tanto, sin embargo, los diferentes ritos
(relativos al anillo, la dote, la entrega de la esposa, el testimonio de
padres y amigos) se seguían realizando en el ámbito familiar,
si bien bajo la mirada vigilante del sacerdote: todavía no se
habían transformado en ritos litúrgicos, como sucederá
más tarde. Así, para Gelasio I, la velatio es la prueba evidente
del mutuo consentimiento •'; en esta línea se coloca
también la intervención del papa Nicolás I en relación
con los búlgaros (13 de noviembre de 866), cuando evoca el gran
principio de que sólo se necesita el consentimiento para el matrimonio,
mientras que se puede prescindir de
Matrimonio
todos los
demás usos, incluidos los eclesiásticos, sin que esto menoscabe
mínimamente la sustancia de las nupcias (DS 643). Es a partir de
los siglos sucesivos a la época carolingia" cuando la iglesia
reivindica competencia jurídica sobre el matrimonio y dispone que
el consentimiento y la consiguiente entrega de la prenda nupcial se declaren
expresamente en presencia del sacerdote (ss. IX-X [XI])s, en la iglesia o,
más a menudo, ante las puertas de la iglesia, como indican varios
Rituales de los ss. XI-xiv *; a este acto le seguirá luego la
celebración de la misa con la bendición de la esposa. (Esto
nos permite subrayar un hecho: aunque los actos jurídicos del matrimonio
han pasado a ser actos litúrgicos, se realizan sólo "ante
valvas ecclesiae"; esto viene a demostrar el primado litúrgico, por
largo tiempo conservado, de la bendición nupcial.) El intercambio
de los consentimientos tuvo sanción litúrgica por primera
vez en Normandía. Para conferirle la mayor publicidad posible,
se convino que el acto tendría lugar no ya en la casa de la novia, sino
a la puerta de la iglesia, ante la casa de Dios; por este motivo la
expresión "in facie ecclesiae" tuvo primero un sentido
puramente material. Los dos Ordines más antiguos del matrimonio
"in facie ecclesiae" están testimoniados por un-Misal de
Rennes y por un Pontifical usado en la abadía normanda de Lire'. En
Italia, en cambio, habrá que llegar al concilio de Trento, que exige
obligatoriamente la presencia del párroco para ver imponerse
tal praxis, mientras que hasta aquel momento el consentimiento era recibido por
el notario. En fin, la fórmula "Ego coniungo vos" (con la
invitación a estrecharse la mano derecha) está atestiguada
por primera vez en un Ordo de Rouen de finales del s. xiv ". Sin embargo,
no se puede interpretar la fórmula como la traducción ritual
Matrimonio
de las
preocupaciones de la escolástica relativas a la esencia y validez
del sacramento; responde más bien a la preocupación y voluntad de
traspasar de los padres al sacerdote la traditio puellae, de forma que pueda
garantizar la libertad a la esposa.
b) El velo y la
bendición nupcial durante la eucaristía. A partir de la mitad del
s. ív está atestiguada una bendición presbiteral que
acompaña a la entrega del velo durante la eucaristía ':
estamos frente a un rito que quiere simplemente expresar honor (en efecto, es
obligatorio para los clérigos, y se niega a las prostitutas y a los
fornicarios con ocasión de las segundas nupcias). No se trata del
flammeum de Roma,
que cubre la cabeza de la novia ya al comienzo de la ceremonia en la casa
paterna; es, por el contrario, un velamen sacerdotal, porque lo extiende
el obispo de modo que cubra completamente a la esposa y los hombros del esposo,
cuya cabeza queda descubierta. Son diversos los testimonios que nos documentan
el texto de la bendición de la esposa (junto con los textos de la misa
nupcial): el Sacramentarlo veronense, recogido luego y retocado por el
Sacramentarlo gelasiano y por el Sacramentarlo gregoriano'". El puesto
central de la esposa en la oración de bendición " parece
deberse, aparte de a la influencia de las costumbres
—legislación longobardo-franco-germánico-romana—,
también a la teología paulina expresada en 1 Cor 11,2-5
(sobre todo 78), según la cual el hombre, imagen de Cristo, es
cabeza de la mujer, imagen de la iglesia: para la mujer, por tanto, el marido
se convierte en figura Christi ("nubat in Christo": Sacramentarlo
gregoriano), por lo que la fidelidad y sujeción de la esposa al
marido es un servicio prestado a Cristo. Además, la velación
de
1246
la esposa se hace
comprensible si se pone en relación con la velación de las
vírgenes consagradas a Dios ("virgines Deo sacratae"),
consagración de la que las nupcias constituyen el sacramento o
realización simbólica en la vida en el mundo. En efecto, en este
período se va afirmando la velalio virginis, que es cabalmente la
solemne consagración de una virgen. Ahora bien, la esposa
cristiana, mediante la velación, era colocada junto a la
virgen consagrada en la misma perspectiva de la unión con Cristo;
unión que, mientras en la virginidad va directa a su fin, a
través del signo de las nupcias, en la vida conyugal llega mediatamente.
Es decir, el matrimonio visibiliza la realidad nupcial del misterio
de Cristo, la virginidad visibiliza el más allá de esta realidad.
3. EL RITUAL DE
1614. Este Ritual, que permaneció en vigor hasta 1969, contiene y
codifica el Ordo medieval acerca del intercambio de los consentimientos in facie
ecclesiae, la unión de las manos con la fórmula sacerdotal
"Ego coniungo vos", la bendición del anillo nupcial de la
esposa y la fórmula de conclusión. Sin embargo, no pretende
abolir formularios y "costumbres loables" en uso en aquel
tiempo. En efecto, recogiendo los términos mismos del decreto
tridentino Tametsi (DS 1814), el Ritual hace seguir a las palabras
"Ego coniungo vos..." la rúbrica "vel alus utatur
verbis iuxta receptum uniuscuiusque loci ritum", precisando asimismo
más adelante: "Ceterum sicubi aliae laudabiles consuetudines et
caerimoniae in celebrando matrimonii sacramento adhibentur, eas
convenit retineri" (Rit. Rom., tít. Vil, c. II, nn. 2 y 6). El
Misal, en cambio, contiene la antigua liturgia romana, en la
tradición gregoriana (las lecturas bíblicas son Ef 5,22-23 y Mt
19,3-6).
1247
IV. El nuevo
"Ritual del Matrimonio"12
Este nuevo libro
litúrgico, nacido en el surco fecundo de la reforma litúrgica del
Vat. II, se aprovecha de la reflexión teológica suscitada por el
fermento conciliar en torno al misterio del matrimonio cristiano.
LOS LÍMITES DE
Matrimonio
y en la
lógica de la alianza, y por tanto, como acontecimiento de la gracia y
del amor de Dios, que se da a los esposos en la comunidad de santidad que es la
iglesia, para que puedan vivir en plenitud su comunión de pareja.
3.
ANÁLISIS DEL RM. La constitución litúrgica SC (77-78)
no sólo había reconocido la necesidad de una reforma del rito del
matrimonio, sino que había indicado también algunos
criterios. El nuevo ritual, en sus líneas
teológico-litúrgicas, se presenta ahora como una fuerte
contribución a la comprensión de la índole
típica del casarse en el Señor.
a) Desde el punto
de vista celebrattvo. Ciertamente, el hecho más notable es que el
nuevo RM inserta la celebración del matrimonio durante la misa,
facilitando así la lectura-comprensión-anuncio de la realidad
celebrada como realidad estrechamente unida a la alianza, cuya
celebración vértice es la eucaristía: de jurídico,
el acento se ha hecho teológico. En segundo lugar, la eucologio del
nuevo RM —que en sus dos tercios aproximadamente consiste en nuevas
composiciones y, respecto al resto, en reelaboraciones de textos
antiguos— logra revelar la riqueza de la realidad matrimonial ". El
mismo leccionarlo, además de ofrecer una selección de lecturas
más bien abundantes en la cantidad (veintiocho perícopas, ocho
del AT, diez de los escritos de los apóstoles, diez de los evangelios) y
en la variedad de los temas tratados, ayuda a colocar el matrimonio en un
contexto más amplio de vida cristiana y de historia de la
salvación, en cuyo interior resalta más claramente su valor
de signo sacramental. Ciertamente, los fragmentos son diversos en la
inspiración y en el contenido. Es asimismo evidente que diversos
textos
Matrimonio
no son de
inmediata comprensión, no hablan de por sí, no entran por
sí solos en sintonía con el acontecimiento que se
está realizando: estas lecturas exigen una contextualización
y no pueden ser interpretadas de forma moralizante; indican todo el viaje
que el tema matrimonial ha recorrido en la biblia, hasta que, en Cristo,
el amor de Dios se ha hecho visible, se ha puesto al alcance de todos. La
persona de Cristo, el misterio del reino son el punto de observación
exacto de todo el leccionario. La liturgia del matrimonio se articula en
cuatro momentos: las preguntas, el consentimiento, la bendición y entrega
de los anillos, la oración de los fieles. Es ciertamente posible, a
través del fluir mismo del rito y de su expresión verbal, captar
la realidad de los esposos como protagonistas de la
celebración: el ministro (que recibe el consentimiento) se configura
como expresión de la iglesia, testigo de tal realidad, que se asocia
luego al rito con la oración común. La antigua oración de
bendición (en un tiempo sobre la esposa únicamente) se
presenta ahora como oración de bendición "de la esposa y del
esposo". (La primera es el antiguo texto "Deus, qui
potestate virtutis tuae...", que ahora ha experimentado sustanciales
retoques; la segunda y la tercera son nuevas.) La actual colocación
litúrgica de la oración de bendición manifiesta de modo
claro el vínculo entre matrimonio y eucaristía l4.
b) Desde el punto
de vista teológico. Cierta disonancia de acento y de perspectiva
entre los textos eucológicos (ciertamente más ricos) y los
praenotanda se ha puesto ya de relieve en diversos estudios l5. Sin embargo,
es posible descubrir la riqueza del casarse en el Señor si se
presta atención a la exuberante temática
eucológico-bíblica. En la eucologio 1248
la realidad del
matrimonio se lee a la luz de la relación Cristo-iglesia (primera
colecta), pascua-iglesia-matrimonio (segundo prefacio), eucaristía
y matrimonio (primera oración después de la
comunión), matrimonio y procreación (primer prefacio), matrimonio
y nacimiento en la fe y en el amor (segunda y tercera colecta, tercer
prefacio). En un estudio muy detallado, A.M. Triacca indica otras
temáticas teológicas, fruto de un examen de los textos del nuevo
rito: el matrimonio es anamnesis del misterio de la creación, del
misterio de la alianza, del misterio nupcial de Cristo y de la iglesia, del
misterio pascual en su globalidad; es oblación del don recíproco
y responsable de la propia persona, de la fidelidad conyugal; es
santificación (celebración de la obra del Espíritu
Santo y del permanente amor donado); es acto de culto por varios motivosteológico-litúrgicos;
es vida (celebración que aspira a la integración entre vida
y misterio, al entendimiento y a la maduración recíprocos en la
vida diaria) ". En el leccionario, los temas bíblicos se pueden
articular así: la relación Cristo-iglesia se reactualiza en el
matrimonio; el aspecto comunional del matrimonio (ayuda mutua, amor
indiviso, caridad); el matrimonio es respuesta a una vocación,
es por el reino, está al servicio del reino y es un modo de vivirlo;
matrimonio y misión; matrimonio y procreación. Estamos sin duda
ante una temática vastísima, que se ha inspirado en la
reflexión teológica contemporánea posconciliar y que
no sólo es susceptible de nuevas y positivas profundizaciones, sino
que puede entrar en diálogo positivo y constructivo con las instancias
personalistas de la cultura contemporánea para hacerles
redescubrir el misterio de lo sobrenatural, al que ciertos momentos
nodales de la vida del hombre (por ejemplo, el matrimo1249
nio) remiten con
fuerza: "En el amor, el hombre siente la experiencia de la plenitud,
de la generosa benevolencia, de la convivencia y del encuentro unificador.
Sin embargo, percibe también que el amor está siempre amenazado
por la infidelidad, por la separación y la muerte; siente que el
otro no es la respuesta plena y exhaustiva de los anhelos del corazón.
El hombre suspira por un amor eterno y profundo. Ciertamente que lo que
él ama no es solamente otra persona, sino el misterio de la persona,
misterio que se revela y se encarna en ella, pero que también se oculta
y se retrae... Las religiones llaman Dios a ese misterio supremo e inefable que
todo lo penetra y circunda, que en todo se revela y se oculta. El
tú al que el hombre está abierto radicalmente no es, por tanto,
el tú hermano, sino el tú divino. Por eso, en lo profundo, el
hombre está desposado por y con Dios. La otra persona es el sacramento
de Dios: el lugar personal de la comunicación epocal e
histórica del amor divino. Uno es sacramento para el otro, donde Dios se
manifiesta como próximo, porque es sentido en la excelencia del
amor, y al mismo tiempo como distante, porque se oculta bajo el
sacramento"17.
V. Orientaciones
pastorales
Es vasta y
diversa la problemática que se ha desatado en torno al tema del
matrimonio.
1.
EVANGELIZACIÓN Y SACRAMENTO DEL MATRIMONIO. El problema
fe-sacramentos encuentra concretamente en el capítulo del matrimonio
un momento agudo y fuerte del actual debate y camino de la iglesia
española'". En efecto, el matrimonio religioso es solicitado
hoy por parte de personas que se encuentran
Matrimonio
en situaciones
bastante diversas bajo el punto de vista de la fe. En el campo eclesial,
por ahora, la cosa se afronta de un modo que no parece resolver los problemas,
sino más bien complicarlos o al menos diferirlos: "La
tendencia a hacer confluir en el momento de la elección del matrimonio
religioso una larga serie... de problemas pastorales de fondo no puede
razonablemente constituir —por sí sola— una perspectiva de
trabajo verdaderamente idónea para aportar soluciones. Hasta ahora esta
orientación ha pretendido manifestar la voluntad de afrontar en
tonos serios y correctos un momento pastoral de innegable importancia, hecho
todavía más central por la situación cultural y
política de hoy; pero ella no puede bastar ya para dirigir la
acción pastoral en el campo sacramental en un momento
histórico como éste. Hay que decir más bien que la
tendencia a reconocer como
problemas
sólo con ocasión del matrimonio algunos nudos pastorales que
en realidad tienen en otro lugar sus comienzos, y deben por tanto tener en
otro lugar una primera solución, no puede ser una perspectiva a
largo plazo; el resultado consiguiente de cargar con peso pastoral enorme
el momento del matrimonio podría tener
—paradójicamente y por razones opuestas— efectos irrelevantes
o destructivos" ". Entre tanto, se han multiplicado las tomas de posición,
las voces que invocan la separación de las competencias civiles de
las religiosas (para poner más de relieve el significado de salvación
del matrimonio cristiano), una celebración efectuada de modo
gradual en el tiempo o bien diferenciada según la situación
espiritual y de fe de los esposos y de la asamblea. Ciertamente, una tarea
se hace cada vez más urgente: la de definir las condiciones de
eclesialidad que competen al matrimonio cristiano, de forma
Matrimonio
que se pueda
afrontar la actual situación de modo más correcto, precisamente
porque el problema pastoral no atañe sólo al ámbito
litúrgico celebrativo, sino que se plantea en un plano
teológico-pastoral que se puede referir, en último
término, al tema fe-sacramento del matrimonio.
A este
propósito,
1250
misterio del
matrimonio cristiano";
2. "Al
apreciar las diversas situaciones de fe, no se trata de valorar la
moralidad o la bondad de una persona, ni siquiera la práctica
externa de actos religiosos, sino de si sus convicciones cristianas se manifiestan
más o menos claramente en un comportamiento individual y social
consecuente"; 3. "Cuando surjan casos de contrayentes
descristianizados, será preciso discernir las causas con vistas a
un tratamiento pastoral adecuado. Si el motivo es la ignorancia de la fe o
la indiferencia, es imprescindible una catequesis básica
o catecumenado.
Solamente en casos extremos de rebeldía o alarde de falta de fe, se
procurará hacerles comprender que el sacramento del matrimonio supone la
fe, y que sin fe no es lícito celebrarlo. Sin embargo, antes de
tomar una decisión, recúrrase al parecer del obispo"21. Se
trata de indicaciones concretas orientadas a una pastoral prematrimonial y
a una renovación espiritual de los contrayentes con vistas al crecimiento
cualitativo de su testimonio en la comunidad cristiana.
2. TAREAS DE
Cristo— en
todos sus componentes (negándose así a realizar únicamente
iniciativas de defensa), privilegiando sin embargo la presencia de parejas de
esposos y de novios en la línea de aquella intuición, en gran
parte nueva en el plano tanto teológico como pastoral, del
ministerio conyugal27.
3. LOS ESPOSOS
CRISTIANOS, LLAMADOS A ANUNCIAR EL EVANGELIO. Una tarea inaplazable de la
comunidad cristiana hoy es la de inventar un modo nuevo de vivir la
vida matrimonial y familiar en el marco de la actual realidad histórica
y socio-cultural. Ante todo hay que subrayar que la novedad de la revelación
cristiana no se refiere tanto a la familia cuanto al matrimonio, es decir, a aquella
relación fundamental hombre-mujer sobre la que se construye la vida
familiar.
chazando toda
identificación entre valores que duran y estructuras que pasan,
mostrando suma disponibilidad para lo nuevo y manteniendo constante
atención a los signos de los tiempos. Esto implica, por parte de los
esposos cristianos, gran capacidad crítica frente a los nuevos modelos
propuestos, de suerte que sepan intuir en cada ocasión su compatibilidad
o su incompatibilidad, con vistas al anuncio del novum que exige la
sacramentalidad de la relación interpersonal y del encuentro
específico de dos seres humanos: "En el matrimonio sacramento, los
Matrimonio
esposos se
comprometen, en primer lugar, con Cristo, a quien prometen fidelidad para vivir
desde él y significarle en la nueva situación de su vida; se
comprometen en fidelidad el uno con el otro para vivir, desde la perspectiva de
la fe, un amor de entrega absoluta y sacrificada, capaz de perdonarse y
recrearse siempre; se comprometen con la iglesia, cuyo misterio revelan en su
entrega y fidelidad, y la cual acrecientan con su fecundidad y compromiso
apostólico... El sacramento del matrimonio hace así
presente, en el seno de la comunidad eclesial y entre los hombres, la
realidad de la unión solidaria de Jesús con la iglesia y con toda
la humanidad. Jesús, al hacer del matrimonio lugar de su presencia
salvadora y encuentro de los esposos con el Espíritu, con la
comunidad cristiana y con el mundo, lleva la experiencia humana del amor, de
suyo ya significante y abierta, a su más alto grado de eficacia y a su
perfección. El matrimonio, que ya
era santo por su
creación y desde su origen, se hace realidad nueva en toda su
dimensión espiritual y corporal: santificada, por su participación
del misterio de Cristo, y santificadora, por la acción sacramental
del Señor. La nueva realidad cristiana del matrimonio confiere
nueva profundidad, sentido y eficacia a las actitudes, gestos y palabras de la
vida cotidiana, al amor y al dolor compartidos. Cristo los hace suyos para
darles toda la eficacia liberadora, transformadora y santificadora que
tuvo su misma vida. El matrimonio cristiano aparece así ante los
hombres como signo y presencia del amor del Padre, revelado en Jesús.
Signo de la fuerza liberadora del amor. Signo de la apertura universal de un
amor que empuja a la construcción de un mundo nuevo. Signo de
fidelidad, vivida también como perdón y comienzo nuevo. Signo de
Matrimonio
la
donación total, en la que la entrega mutua expresa en profundidad y
autenticidad la realidad nueva de los que se han hecho una sola carne. Signo de
la fuerza creadora de Dios manifestada en la procreación de los
hijos"23. Dentro de esta perspectiva es como hay que releer las diversas
manifestaciones del amor interpersonal, en su significado más
profundo y en sus connotaciones fundamentales, incluida la misma
dimensión sexual. En esta perspectiva, la experiencia de la pareja
cristiana se convierte también en lugar de impugnación
de todas las formas alienantes con que se vive y se expresa la realidad de
la sexualidad en el matrimonio (sexo sin amor y privatización de la
experiencia matrimonial libre de "vínculos institucionales").
En conclusión: hay que redescubrir el matrimonio como lugar de salvación,
de gracia, de servicio, y todo esto en perspectiva esencialmente teológica,
en cuanto que no es el matrimonio el que se hace, con sus solas fuerzas,
realidad salvífica, sino que es Dios quien lo hace tal, a condición
de encontrar hombres y mujeres que sepan acoger y vivir su palabra en actitud
de obediencia. Vivir el matrimonio llega a ser entonces vivir la experiencia
del amor humano en el horizonte de la fe.
[/ Familia; /
Evangelización y liturgia].
NOTAS: ' P.
Grelol, La coppia umana nella sacra scrittura, Vita e Pensiero, Milán
1968, 14 — 2 Cíen bibl. el párrafo sobre los estudios histérico-litúrgicos
— 3 K. Ritzer, Le mariage dans les églises chrétiennes du
Ier au IIe siecle,
Cerf,
París 1970, 228, nota 450 — 4 Es conocida la desmesurada
intervención legislativa de los carolingios en relación con el
clero, el cual adquiere relevancia y función notables en un cuadro
eclesiológico distinto; en efecto, de la eclesiología de
comunión se va evolucionando hacia una eclesiología de tipo
societario, modelada en la socielas feudal — 5 Son los "sponsalia
de futuro" convertidos ya en "sponsalia de
1252
praesenti".
Ésta es la época del desmoronamiento del imperio carolingio,
cuya primera víctima fue la familia — 6 Véanse las diversas
fuentes publicadas por H. Schmidt, Rituel et sacramentante du mariage
chrétien, en QL 1 / 2 (1975) 20. Recuérdense además las
intervenciones del concilio Lateranense, de 1215, que declara
ilícitos los matrimonios clandestinos (DS 817), y el decreto
Tametsi, del concilio de Trento, que los declara inválidos (DS
1813-1816) — 1 P. Jounel, // matrimonio, en La chiesa in preghiera.
Imroduzione alia liturgia (por A.-G. Martimort), Desclée, Roma
1963, 649 (trad. cast.: La iglesia en oración. Herder, Barcelona 19672)
—• 8 J.B. Molin y P. Mutembe, Le rituel du mariage en France
du 12e au 16e siecle, Beauchesne, París 1974, 124 y 127 (303-305 en el
texto del Misal) — ' H. Schmidt, a.c. (en la nota 6), 2122, recoge
los testimonios del Ambrosiaster,
Commentarius in
XIII epistulas paulinas 7,40: PL 17, 238, y Quaestiones Veteris el Novi Testamenti:
CSEL 1, 400; del papa Siricio, Epistula ad Vigilium: PL 13, 1171; de Ambrosio,
Exameron 5, 8: CSEL 32, 1, 153; de Paulino de Ñola, Carmina 25,
199-232: CSEL 30, 244-245 — ,ü L.C. Mohlberg, Sacramentarium
Veronense, Herder, Roma 1966, nn. 1105-1110; J. Deshusses, te Sacramentare
Grégorien, Ediúons Universitaires, Friburgo 1971, nn.
833-839; L.C. Mohlberg, Líber Sacramentorum Romanae Aeclesiae ordinis
anni circuli (Sacramentarium Gelasianum), Herder, Roma 1968, nn. 14431445
— " Con mucha probabilidad la evolución de la forma
litúrgoica ha visto el paso de la bendición de las nupcias (es
decir, de la bendición de la forma litúrgica ha visto el
paso de la bendición de la esposa (cf E. Schillebeeckx, //
matrimonio.
Realta terrena e mistero di salvezza, Edizioni Paoline, 19712, 350ss; para
las reflexiones siguientes, 348-359 — u Ordo Celebrandi Malrimonium,
Typis polyglottis vaticanis 1969 {—Ritual del Matrimonio,
Conferencia Episcopal Española, Madrid 1970) — l3 Cf F. Brovelli,
La celebrazione del matrimonio. Analisi del nuovo rituale, en II matrimonio
cristiano. Studi biblici, teologici e pastorali. II nuovo rituale, LDC,
Turín 1978, 275278 — l4 Algunos habrían preferido,
como mejor solución, la colocación de la plegaria de bendición
tras la manifestación del consentimiento, para darle a esta
última una connotación menos jurídica — l5
Véase en particular A. Carideo,
Teología
della celebrazione litúrgica del matrimonio cristiano, en VV.AA.,
La celebrazione del matrimonio cristiano, Dehoniane, Bolonia 1977, 163-202
— " A.M. Triacca, La "celebrazione" del matrimonio:
aspetti teologici-liturgi
ci. Contributo
alia spiritualitá sacramentaría e alia pastorale
litúrgica, en Realtá e valori del sacramento del matrimonio (por
A.M. Triacca y G. Pianazzi), LAS, Roma 1976, 111-147
1253
Conc, t. III, n.
87, 1973, 23-24 — " Cf Espiritualidad del matrimonio, documento
de
Evangelizzazione
e sacramenti: analisi, criteri di valutazione, oriemamenti nei documenti della
conferenza episcopale italiana. Contributo per una pastorale dei sacramenti, en
RL 2 (1980) 197-198 y nota 88 — *> O.c, n. 28, p. 419
21 22
RM, nn. 10, 11,
12 — Cf RM, nn. 84-86; CEE, Matrimonio y familia, en Documentos de
533.
G. Colombo
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Teología" 32 (1969) 285-294; Duss-Von Werdt J., El matrimonio como
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Salamanca 1968; Tejero E., El matrimonio, misterio y signo. Siglos XIV al
XVI, EUNSA, Pamplona
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VV.AA., Cuestiones fundamentales sobre matrimonio y familia, EUNSA,
Pamplona 1980.
2. Pastoral y
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Aznar Gil F., El
nuevo derecho matrimonial canónico, UPS., Salamanca 1984; Farnés
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Memorial
Ritual del
Matrimonio, en "Phase" 86 (1975) 93-104; Floristán C , La
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Oriol J., El nuevo Ritual de matrimonio, en "Phase" 51 (1969)
293-295; Rodríguez del Cueto C , Liturgia del matrimonio, en
"Colligite" 93 (1978) 5362; Sastre A.-R., Aspectos del nuevo
derecho matrimonial, en "Phase" 142 (1984) 291-318; Sustaeta J.M., El
nuevo Ritual del Matrimonio, en "Phase" 57 (1970) 251-266; Useros M.,
Nuevo ritual y pastoral de la celebración del matrimonio, PPC,
Madrid 1969; VV.AA., El matrimonio: preparación y
celebración, en "Phase" 86(1975)83-143.
SUMARIO: I. La
problemática - II. Reseña de los estudios sobre el tema: I.
Primeros comienzos; 2. Investigación protestante: a) Rudolf Otto,
b) Joachim Jeremias y Wilhelm Stáhlin, c)Peter Brunner; 3.
Contribución católica: a) J.
A. Jungmann, b)
Viktor Warnach y Johannes Betz; 4. Tomas de posición ecuménicas:
a) Lund 1952; b) Montreal 1963 - III. Síntesis teológica:
1. Los
fundamentos bíblicos del concepto cultual de "memorial";
2. El mandato de celebrar el "memorial" en el NT; 3. El "memorial"
en la tradición eclesiástica: a) En los textos doctrinales,
b) En los textos litúrgicos; 4. La realidad del memorial
eucarístico: a) El "cómo", b) Su contenido - IV.
Recapitulación.
I. La
problemática
En la
eucaristía, el sacramento del altar, poseemos un memorial de la
pasión del Señor; tal es la convicción antiquísima
y obvia de la fe, como afirma en términos clásicos la colecta
de la solemnidad del santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo según el
Misal latino de Pablo VI: "Deus, qui nobis sub sacramento mirabili passionis
tuae memoriam reliquisti..."1 (el Misal español traduce: "Oh
Dios, que en este sacramento admirable nos dejaste el memorial de tu pasión...").
Es verdad que el concilio de Trento anatematizó la idea de que el
sacramento es una "nuda comme
Memorial
morado";
pero pretendía condenar una concepción falsa y restrictiva del
memorial, ya que en el mismo contexto declaraba que por medio del
sacrificio de la misa se debía "representar aquel sacrificio
cruento" realizado "una sola vez (semel) sobre la cruz", de
forma que "su memoria perdurase hasta el fin del tiempo"2. Todo
esto no extraña. Encontramos el memorial ya en los relatos de la
institución de la coena dominica: "Haced esto en memoria
mía: eis ten emén anámnesin" (1 Cor 11,24-25; cf
22,19). Por eso el Vat. II en
Sin embargo, el
significado pleno de este término no siempre se ha comprendido y
apreciado como merecía. En el contexto de la reflexión sobre
el alto grado de realidad que compete al sacramento de la eucaristía,
la teología medieval no tuvo en cuenta los términos conmemoratio,
memoriale, memoria, como menos apropiados. Los reformadores del s. xvi, en
su polémica contra el carácter sacrificial de la
eucaristía, interpretaron y valoraron en el sentido más
débil su carácter de memorial.
Por eso en la
teología católica de la contrarreforma, durante los siglos
sucesivos, el concepto de memorial pasó todavía más a
segundo plano \ La situación cambiará sólo en los
últimos decenios. El estudio renovado e intenso de las fuentes en
el campo de la exégesis y de la patrística, el ahondamiento
en la doctrina auténtica de la alta escolástica y los trabajos
de Odo Casel sobre el "memorial del Señor en la liturgia cristiana
antigua" (como reza el título de un libro suyo de 1918) y
la gran contro
1254
versia que se
suscitó en torno a la concepción caseliana4 nos han enseñado
a comprender y a valorar de nuevo el concepto de memorial en su sentido pleno:
la realidad de aquello a que se refiere el memorial no sufre menoscabo por
ello, sino que por el contrario se expresa claramente; el memorial es un
memorial-real, la re-praesentatio de lo que se conmemora, la presencia
real de lo que históricamente ha pasado y que aquí y ahora se nos
comunica de modo eficaz.
II. Reseña
de los estudios sobre el tema
Una ojeada a los
trabajos que explican el significado de memorial/ anamnesis, muestra que
hay un creciente interés por la interpretación
teológica del mandato del Señor "haced esto en memoria
mía" y de la celebración de la eucaristía, que en cuanto
ejecución de tal mandato es un memorial.
1. PRIMEROS
COMIENZOS. Entre los numerosos trabajos de este tipo encontramos un primer
estudio explícito del concepto de anamnesis en el artículo
homónimo de F. Cabrol en DACL 1/2 (1907). A decir verdad, el autor
estudia sólo la parte de la misa que sigue a la consagración,
"Unde et memores", y sus paralelos en las liturgias no romanas (cois.
18801896), pero en tal contexto hace algunas afirmaciones importantes para
nuestra cuestión: "Sólo recientemente en liturgia se ha
aplicado el término anamnesis a esta parte de la misa posterior a la
consagración... En todo caso, el término es cómodo y
merece ser conservado" (1880). Aunque el tema se mueve sólo en el
marco de las discusiones sobre la unidad de la plegaria eucarística
(del canon), sobre todo en contraposición
1255
a ciertas
teorías orientales sobre la epíclesis, la afirmación final
del interesante artículo merece toda nuestra atención:
"Desde el punto de vista teológico y litúrgico, la anamnesis
reviste una importancia de primer orden, y hay que estudiarla con el mayor
afán en las liturgias como una de las notas
características"; y concluye: "Este rito [el relato de la
cena del Señor y las palabras de la institución, seguidas
del mandato de renovar la cena], reducido así a sus elementos
esenciales, constituye probablemente el núcleo primitivo de la
misa" (1895).
Pero por
importantes que sean estas afirmaciones, no provocaron ninguna discusión
teológica sobre la naturaleza de la anamnesis. Por lo que sabemos, y sin
dejar de tener en cuenta la importancia de otros trabajos sucesivos,
debemos constatar que Odo Casel, el cual con sus trabajos publicados
más tarde sigue siendo el punto central de la discusión, fue
también cronológicamente el primero en formular en
términos explícitos la tesis decisiva. En él no
encontramos cita alguna de otras fuentes (recientes): cita sólo su estudio
sobre los textos antiguos. En su tesis de doctorado en Roma, de 1912 5, sobre
de san Justino
mártir dice: "La santa eucaristía es, por tanto, la celebración
memorial, mejor dicho, es la representación mística y por
tanto en cierto sentido la continuación de la obra de la
redención..., a fin de que sus frutos se apliquen a los hombres".
Esto sucedería concretamente a través de la
"confección de la eucaristía". "Ésta,
por tanto, es la celebración memorial, más aún, la representación
de la encarnación y de la pasión del Señor: en otras palabras,
de la obra de la redención". "Parece, por tanto, que,
según Justino, la confección de la eucaristía es un
sacrificio en cuanto representa y
Memorial
re-presenta el
sacrificio cruento del Señor en la cruz. Naturalmente, Justino no
lo dice nunca con palabras explícitas; sin embargo, tiene todas las
premisas de esta deducción". Ciertamente, a lo largo del
trabajo Casel cita también a otros autores6; pero sólo él
insiste en el motivo del memorial en el trabajo mencionado de 1912, vuelve
sobre él repetidamente y lo convierte en una de las columnas sobre
las que descansa su concepción. Primer testimonio explícito
de este dato de hecho es el volumen que sigue a pocos años de distancia
(1918): Das Gedachtnis des Herrn in der altchristlichen Liturgie'. En respuesta
a la primera crítica consistente dirigida contra su
concepción por
J. B. Umberg en
1926, hace él del memorial el punto central de sus explicaciones:
Das Mysteriengedáchtnis der Messliturgie im Lichte der Tradition
(1926)". Podríamos decir que la idea, entonces, se cernía en
el aire; sin embargo, fue Casel el primero en aferraría y
formularla con vigor. En los trabajos sucesivos la desarrolló con
coherencia, recogió en una primera síntesis unitaria cada uno de
los motivos esparcidos acá y allá en la tradición, y que
también otros habían detectado, y supo darnos una
interpretación de la eucaristía dogmáticamente
correcta. En relación con nuestro tema, debemos mencionar entre los
trabajos sucesivos sobre todo Liturgie ais Mysterienfeier (1922);
Mysterium, con tres importantes contribuciones suyas (1926); Mysteriengegenwart
(1928);
Art und Sinn der
christlichen Osterfeier (1938), y la gran obra editada postumamente, Das
christliche Opfermysterium (1968)'. V. Warnach, que se encargó de
la edición, dice en la introducción: "La idea de la
anamnesis siguió estando en el centro de sus tentativas, ordenadas
todas ellas a una teología profundizada de la
celebración eucarística".
Memorial
2.
INVESTIGACIÓN PROTESTANTE. Entre tanto, el mundo teológico había
empezado a fijarse en la fecundidad del motivo de la anamnesis.
Aquí no vamos a ir más allá de recordar los datos
más importantes, sirviéndonos de la excelente panorámica
trazada por W. Averbeck en su libro Der Opfercharakter des Abendmahls in der
neueren evangelischen Theologie,0.
a) Rudolf Otto.
Los primeros trabajos de Otto al respecto habían aparecido ya en 1917
(Averbeck, 119-126), pero ha seguido siendo un punto de referencia de la
máxima importancia para la investigación ulterior en el
ámbito de la teología protestante. Remitiéndose a P.
Brunner (Leiturgia I, 231, nota 172), Averbeck afirma: "Las nociones de
R. Otto sobre el
acontecimiento anamnesis, aunque están necesitadas de correcciones en
sus detalles, habría que considerarlas incluso como una
anticipación adivinatoria de los resultados de una investigación
que hoy está todavía en curso sobre puntos particulares,
pero cuya idea fundamental (re-presentación del acontecimiento
salvífico a través de la anamnesis cultual) ha de darse por
adquirida" (p. 126). Averbeck las resume así: "El
pensamiento sacralnuminoso ha de distinguirse de un simple acordarse
profano en el que, mirando hacia atrás, nos hacemos de nuevo presente
una cosa. En una celebración es más bien el objeto que celebramos
cultualmente el que está presente por sí mismo para nosotros. La
distancia y la distinción del tiempo quedan eliminadas de modo
místico: el una vez pasado y el futuro un día se hacen
presentes, acontecimiento, hic et nunc, están atemporalmente
aquí" (y. 123). Otto había expresado estos pensamientos
por primera vez en un breve ensayo de 1917, y los había propuesto
luego de nuevo
1256
en un volumen de
1932 ". Allí remite expresamente a Casel, cuyas explicaciones
corresponderían exactamente al sentido de su tesis, y concluye:
"Un crítico ha definido mi concepción como
católica. A mi me parece que es la propiamente evangélica. Y esas
palabras de un católico [es decir, de Casel] hacen esperar que, sobre
la base de esta concepción, puedan un día ponerse nuevamente
de acuerdo las confesiones separadas".
b) Joachim
Jeremías y Wilhelm Stáhlin. Entre los numerosos teólogos
que han recogido la invitación de Otto recordamos a J. Jeremías,
Die Abendmahlsworte Jesu 1935', 1967" (trad. esp.: La última cena.
Palabras de Jesús, Cristiandad, Madrid, 1980). Trata el tema
en el párrafo "... para que Dios se acuerde de mí"
(trad. esp., 261-281). Señala justamente que la fórmula deriva
del lenguaje cultual litúrgico del judaismo tardío (p. 271),
para luego proponer una interpretación personal no compartida por
muchos: "eis anámnesin se dice preferentemente con referencia a
Dios; designa siempre y sin excepción un hacer valer algo ante Dios
e implica una llamada a que Dios actúe" (p. 274). Más
importante todavía, aunque limitado al campo de la renovación
litúrgica en el interior del luteranismo, es
W. Stahlin. En su
intento por mostrar que "el sacrificio de Cristo es hecho
presente" en la cena, se basa sobre todo en el sentido bíblico de
anamnesis y de katanguéllein de 1 Cor 11,24-26. Este último no habría
que interpretarlo como un imperativo, como un mandato de predicar,
sino que significaría proclamar la muerte del Señor.
"Aquel memorial... no es sólo un acto de retrospección
histórica, una especie de jubileo o algo semejante, sino una genuina
repraesentatio, en la que un acontecimiento de la historia entra a
1257
la vez todo en el
presente y se convierte en sentido pleno y estricto en un acontecimiento
actual"12. Resumiendo, podemos decir con Averbeck: "La
investigación... dirigió en medida creciente su atención
al hinterland veterotestamentario-judío de la cena y
descubrió en el culto el Sitz im Leben de muchos textos del AT"
(p. 316). Ahora
se habla de representación, actualización mediante anamnesis
(entendida en el sentido veterotestamentario) en la palabra y en el culto
(Averbeck, 316-335).
c) Peter Brunner.
Punto culminante de todas estas investigaciones y estudios fue
"el gran tratado de P. Brunner en el manual Leiturgia I, una
síntesis y una valoración clarificadora e irénica de
investigaciones y discusiones de decenios, que arriba a una nueva perspectiva
general sistemática... Entre los autores católicos citados ocupan
un puesto especial los trabajos de O. Casel, quien habría tratado
infatigablemente de comprender qué creyó la iglesia antigua
sobre la esencia del culto eclesial"". En su ensayo "Zur Lehre
vom Gottesdienst der im Ñamen Jesu versammelten Gemeinde",
Brunner dice que la palabra dirigida a la comunidad, es decir,
intracomunitaria, es esencialmente "anamnesis de Cristo". Ésta
a su vez es "presencia del acontecimiento salvífico
irrepetible efectuada por el Espíritu". Se remite a las
"investigaciones de S. Mohwinckel, J. Pedersen,
A. Weiser, G. von
Rad, P. Biller-beck, W. Marxen, etc. Mediante el memorial, pasado y futuro
entran en el presente" (Averbeck, 648s). "Según su
opinión [de Brunner] la última cena de Jesús
revistió expresamente y desde el principio un carácter
de anamnesis, que se vinculaba no con las celebraciones conmemorativas
helenísticas, sino con el culto veterotestamentario, especialmente
con la cena pascual" (Leiturgia,
Memorial
lili—
Averbeck, 651). A propósito de esto, Brunner cita expresamente a R. Otto
y su reconocimiento pionero de la anamnesis cultual, "el
Gólgota, llega a ser en la cena acontecimiento aquí y
ahora" (Averbeck, 652). "La cena instituida por Jesús... se
coloca en el punto en que la acción salvífica
histórica de Jesús en la cruz pone fin al antiguo eón y se
hace ahora presente en la celebración de la acción memorial
de la iglesia" (Averbeck, 652).
3.
CONTRIBUCIÓN CATÓLICA. En este momento la situación era,
por tanto, la siguiente: partiendo de las fuentes de la tradición
eclesiástica, Casel había explicado insistentemente la
presencia de la acción salvífica de Cristo en la
eucaristía con la ayuda del concepto de memorial, subrayando
al mismo tiempo la realidad verdadera y objetiva de la presencia dada mediante
un memorial semejante. La misma concepción se había
sostenido ampliamente también en ambiente protestante, sobre todo bajo
el impulso de R. Otto, que por su parte recuerda expresamente a Casel.
Ahora también teólogos católicos se abren al punto de
vista de Casel.
a) J. A.
Jungmann. Ya en su gran obra Missarum Solérrima había dicho
Jungmann que, para explicar el sentido pleno de la celebración de la
misa, "no podemos desde un principio limitarnos a sólo el
concepto de sacrificio" (trad. esp.: Edica, col. BAC, Madrid 19532, 240).
"Hemos de tomar por base de nuestra investigación un concepto
más amplio... El mismo Señor nos lo indica al insinuarnos,
después de la primera consagración, el sentido de su institución:
Haced esto en recuerdo mió. La misa es una función religiosa dedicada
al recuerdo de Cristo" (240). La misa es "una función religiosa
en
Memorial
memoria de
Jesucristo, una acción sagrada, que reaviva, en medio de la comunidad,
los hechos de la historia de nuestra salvación" (243). En su
último libro, Messe in Gottesvolk. Ein nachkonziliarer Durchblick durch
Missarum Sollemnia, dice como conclusión: "La conciliación
clarificadora de los conceptos ha sido encauzada en nuestro tiempo por el
retorno a la idea de la repraesentatio, y precisamente en el sentido pleno
del repraesentare, del hacer de nuevo presente, del poner de nuevo de forma
presente... El impulso decisivo ha venido... sorprendentemente no de
la dogmática o de la historia de los dogmas o de la liturgia en sentido
estricto, sino —a través de Casel— de la historia de la
religión antigua. La tesis de los misterios de
O. Casel ha
pasado entre tanto a través del fuego de la critica, y en sus
rasgos esenciales ha sido acogida por parte católica y ha suscitado
interés y amplio consenso también por parte
protestante" '*.
b) Viktor Warnach
y Johannes Betz. Tomas de posición correspondientes encontramos
ahora también en otros autores católicos. Warnach, en un largo
artículo: "Das Messopfer ais ókumenisches
Anliegen", ha ilustrado las cuestiones candentes que dividen a las
confesiones, y dice, entre otras cosas: en cuanto a la determinación
de la relación entre el sacrificio de Cristo y el de la iglesia,
sólo el sacrificio de Cristo sería "en el sentido verdadero
del término sacrificio expiatorio y salvífico, mientras
que el sacrificio hecho de ofrendas y de oraciones de la iglesia, es
decir, la eucaristía, proporcionaría sólo el recipiente o
la forma en que se hace presente y aparece el sacrificio del Señor
sobre la cruz, que es irrepetible y el único propiciatorio... Sobre la
realidad, sobre el hecho (Dass) de la presencia del sacrificio
1258
de la cruz, los
protestantes parecen estar en amplia medida de acuerdo. En cambio, por lo que
se refiere a la cuestión de cómo (Wie), estarían todavía
demasiado lejos de haber alcanzado un consenso... Tanto más digno
de relieve es, por ello, el hecho de que no pocos teólogos protestantes...
se muestren favorables a la doctrina de los misterios, porque les parece la
más idónea para expresar la presencia genuina del acontecimiento
de Cristo, sin atacar a su unicidad tan insistentemente testimoniada
por el NT. A diferencia de las usuales teorías del sacrificio de la
misa, está incluso en condiciones de justificar el carácter
sacrificial de la eucaristía de un modo conforme con
juicio
está avalado por
1259
la
tradición y el magisterio de la iglesia"l6.
4. TOMAS DE
POSICIÓN ECUMÉNICAS. Entre tanto, la gran importancia
del concepto de memorial la sostienen no sólo teólogos
particulares católicos y protestantes; las Conferencias mundiales
de "Faith and Order" también se han expresado positivamente
al respecto.
a) Lund 1952. El
borrador preparatorio de
b) Montreal 1963.
En esta Conferencia mundial todo esto se expresa en términos
todavía más claros: "En la santa eucaristía...
proclamamos y celebramos el memorial de las acciones salvíficas de
Dios. Dios no repite lo que realizó en Cristo (en su muerte y
resurrección...) Sin embargo, en la celebración memorial de
la eucaristía no recordamos sólo acontecimientos pasados: Dios se
hace presente a través del Espíritu Santo '".
III.
Síntesis teológica
Sobre el fondo de
tan numerosos estudios debemos ahora considerar el intento de los
teólogos, los cuales en número creciente se preguntan
expresamente, en el contexto de la investigación científica
litúrgica y teológica general, sobre todo en el campo de la
exégesis y de la dogmá
Memorial
tica, qué
significa anamnesis (memoria, memorial, conmemoración). La bibl.
nos presenta muchísimos nombres ilustres, comenzando por el estudio
de N. A. Dahl, Anamnesis. Mémoire et commémoration dans le
christianisme primitif (1948), hasta la contribución de H. Patsch
sobre la anamnesis en el Exegetisches
Wóterbuch
zum NT\ (1980). Se reconoce la gran importancia del concepto. Se
está de acuerdo en amplia medida acerca de la cuestión de su
hinterland de origen y sobre el grado de realidad de la cosa entendida con el
concepto. En fin, se ha cobrado conciencia de que tales conocimientos son
de no poco valor para la solución de muchas cuestiones discutidas
entre las iglesias separadas.
1. LOS
FUNDAMENTOS BÍBLICOS DEL CONCEPTO CULTUAL DE "MEMORIAL"
Hoy existe un amplio acuerdo en considerar que el hinterland del mandato de
Cristo "haced esto eis ten emén anámnesin " hay que buscarlo
en el mundo bíblico-judaico del AT y no en fenómenos del mundo
helenístico, por ejemplo en los banquetes funerarios o en los "documentos
de fundación de antiguas asociaciones cultuales", como
sostenía por ejemplo Lietzmann (1907, y con mayor precisión en
1926) ". También Casel había insistido en estos últimos
paralelos. Sin embargo, él veía en ellos sólo paralelos y
no elementos causales, es decir, veía ejemplos de un eidos cultual
que, apuntado vagamente en las acciones cultuales helenísticas,
había encontrado en el campo cristiano plena y autónoma
realidad en virtud de la autoridad de Cristo. Sin embargo, el material
que el Señor ha utilizado y puesto al servicio de sus objetivos, el
humus de su nueva institución, según el parecer de casi
todos los estudiosos, es el mundo bíblico del AT. "Si se
quiere valorar el significado permanente de O. Casel para el movimiento
litúrgico, hay que buscar los fundamentos bíblicos del concepto
cultual de memorial... Esta investigación tiene la ventaja de
situar en su justa luz la verdadera voluntad de
O. Casel... y, al
mismo tiempo, de corregir sus exageraciones, debidas al influjo de la historia
de las religiones, en la exposición del misterio del culto
cristiano"20. "Haced esto en memoria mía, toüto
poieite eis ten emén anámnesin. El sentido profundo de la
santa cena no puede comprenderse fuera del marco de la tradición
litúrgica del AT"21. Punto de partida de todas nuestras reflexiones
es, por tanto, el AT. En el NT el término griego anamnesis figura
sólo en contextos litúrgicos cultuales y precisamente en Le
22,19; 1 Cor 11,24.25; Heb 10,3. "Al establecer su significado hay que
tener presente el contenido veterotestamentario-judaico del campo
semántico de la raíz zkr, en el sentido de una representación
o reactualización del pasado que no se queda simplemente en pasado,
sino que se hace eficazmente presente (cf el memorial pascual en Ex
12,14; 13,3.8 y passimj". Así resume la opinión convergente
de la investigación moderna H. Patsch 22.
Como demuestran
las concordancias, formas de la raíz zkr aparecen en la biblia
hebrea del AT unas doscientas treinta veces. "Un examen de los textos
en que Dios aparece como sujeto de zkr permite reconocer que este verbo
juega un papel esencial en la autorrevelación de Dios y dibuja un trazo
fundamental en la representación veterotestamentaria de Dios"
(H. Gross [vide bibl.], 227). Esta memoria de Dios no es un simple acordarse,
"sino más bien un comportamiento de Dios que conduce a Dios
mismo a intervenir de nuevo en la realidad histórica... y que por tanto
pasa a la acción" (ib,
1260
228). De forma
semejante, cuando el hombre es el sujeto de esta memoria no se trata de un
simple acordarse. La memoria tiende siempre "a sacar las consecuencias del
recuerdo, sea por lo que se refiere al cumplimiento de promesas hechas, sea por
lo que se refiere a la conversión y al retorno a Dios" (ib, 231).
Esto reviste particular importancia en aquellos pasajes en que zkr
"expresa la obligación que tiene Israel de dedicarse a la memoria
cultual, a la celebración cultual en general" (ib, 231).
"La institución cultual de Dios, que para el hombre es un
memorial, en el recuerdo de los hombres se convierte por así decir
en una perennización de la acción salvífica
histórica realizada antaño por Dios, perennización
que pone a disposición de los hombres la salvación siempre que
celebran el memorial de aquella acción salvífica" (ib,
233). H. Gross dice como conclusión: "El contenido y la profundidad
que el vocablo cultual zkr tiene en el AT, las disposiciones y la
actitud que requiere del israelita creyente revisten una importancia en
modo alguno despreciable para la comprensión del mandato dado por Cristo
en Le 22,19; 1 Cor ll,24s"(/¿, 237).
Estas ideas
están hoy difundidísimas. J. Jeremías las
había expresado ya en La última cena. Palabras de Jesús,
aun cuando su explicación particularmente matizada la rechazan casi
todos ". Concordes en remitirse a este fondo veterotestamentario
son en principio estudiosos como
P. A. H. de Boer,
H. Haag, J. Schildenberger, M. Thurian, H. Gross,
N.
Füglister, E. Haag, H. Patsch. Resumimos sus ideas siguiendo a
P. Neuenzeit24,
precisamente porque este autor se distancia expresamente de la
interpretación caseliana de este dato de hecho. Neuenzeit subraya ante
todo el sentido pleno del verbo katangéllein = predicar, anunciar,
1261
proclamar.
"Se trata siempre de una comunicación, de una transmisión de
datos y acontecimientos... De la importancia del mensaje y de la autoridad que
está detrás de él deriva su solemne carácter
dramático. En todo caso, la proclamación es comunicación
de un acontecimiento cronológica y objetivamente anterior a ella,
acontecimiento que no es puesto de nuevo, sino sólo dado a conocer.
Por otra parte, tal toma de conciencia es de gran importancia para todos
los destinatarios. A través de esta comunicación el hecho acontecido
se hace presente, es decir, su presencia se muestra (H. Schlier, Die Zeit der
Kirche, 249)". Ahora bien, todo esto es verdad de forma especial en
la celebración del memorial. "En toda religión de
revelación orientada a la historia el motivo del memorial
representa un gran papel, y así también en el AT". "Hay
que representarse con trazos muy fuertes este memorial". No es
preciso ciertamente difuminar "la irrepetibilidad pasada del
acontecimiento históricosalvífico... a favor de una confusa
identidad entre pasado y presente"; sin embargo, "el particular no
percibiría distinción alguna entre el favor de Dios
concedido en otro tiempo a sus antepasados y la celebración de tal
acontecimiento en el culto". Se trata de un "memorial eficaz y real
en la repetición cultual de \o que sucedió en otro
tiempo". El mismo Neuenzeit, desde esta perspectiva, concluye así a
propósito de la concepción paulina de la eucaristía:
"Este memorial no es un acordarse subjetivo, sino que lleva los rasgos del
acontecimiento objetivamente válido y vinculante. Como en el caso
de la proclamación solemne, así mediante el memorial
objetivo el acontecimiento salvífico... se hace real
mente eficaz y
presente".
Los autores no se
cansan de ilustrar en toda su amplitud el significa
Memorial
do del memorial
veterotestamentario. Tanto si es Dios como si es el hombre el sujeto de
tal recuerdo, se trata siempre de una memoria llena de realidad: en su
acordarse Dios entra en acción y concede salvación y gracia;
de forma semejante, acordarse significa para el hombre, en consecuencia,
el propio volverse a Dios
o bien el
cumplirse de las promesas. El AT está totalmente jalonado de semejantes
memoriales, en particular en los Salmos: Dios se acuerda, es decir, "hace
de modo que, en fuerza de su potencia creadora, tal memorial alcance la
eficacia necesaria"25; y si es el hombre el que se acuerda, éste
"puede tener confianza, porque acordándose se abre a la actualidad
de la acción salvífica de Yavé". La acción de
Yavé, que representa el fundamento ontológico de tal confianza,
se hace sentir de la manera más vigorosa "en el recuerdo actualizante
del culto". "El memorial judaico se concretaba de la manera
más intensa en la fiesta de los tabernáculos (Lev 23,33ss),
en la fiesta de los purim (Est 9,28) y sobre todo en la de la pascua"2*.
El significado
del memorial para la celebración de la pascua hebrea ha sido ilustrado a
fondo por N. Füglister 2\ La celebración anual de la pascua
israelita es, en cuanto día festivo, un memorial (zikafon).
"En este concepto de memorial, que se aplica de modo
particularísimo a la pascua, podemos ver sin más el núcleo
de la liturgia pascual, al que en cierto modo pueden referirse o reducirse
los ritos... Su objeto es el de impedir que las acciones salvíficas de
Yavé caigan en el olvido, el de traerlas continuamente a la memoria y,
de este modo, el de renovarlas y actualizarlas año tras año ante
todo en el pensamiento y en el sentimiento". Luego, Füglister
utiliza el motivo de J. Jeremías —"para que Dios se
acuerde..."—; pero las conclusio
Memorial
nes que saca son
válidas también sin tal soporte explícito: "Por
tanto, en la noche de pascua no sólo se acuerda Israel de
Yavé y de sus acciones salvíficas, sino que también
Yavé se acuerda de Israel y de sus devotos. Este recuerdo por parte de
Yavé significa, en correspondiencia con las concepciones
bíblicas y del judaismo tardío..., un cierto hacerse presente de
Dios y un cierto actualizarse de su salvación. Sólo así se
explica que en el judaismo la pascua no fue sólo una celebración
conmemorativa que evocaba el pasado, sino que ha podido incluso
convertirse en un signo indicador del futuro y garante de la salvación final...
Por tanto, la liturgia pascual encierra en sí como signo y memorial
el pasado, el presente y el futuro salvífico, mientras año tras
año obra de nuevo, actualiza y hace fecunda la salvación pascual
(Pascha-Heil)". Todo esto no es sólo una "representación
subjetiva", sino una "actualización objetiva". "Con
ocasión de la celebración de la pascua y mediante ella,
Yavé actualiza y hace presente de nuevo cada año la
salvación pascual; exactamente como en el hoy de la fiesta deuteronómica
de la renovación de la alianza no se trataba de un 'acontecimiento
puramente subjetivo —de un como si sin fundamento objetivo—' sino
de una 'actualización de la alianza del Sinaí que perdura por los
siglos', 'de forma semejante la acción salvífica divina de la
liberación de Israel de Egipto en cierto modo se renueva continuamente
en la celebración de su memoria'"2". Es evidente que
el concepto de memorial así entendido es de la máxima importancia
para la plena valoración del mandato de hacer memoria dejado por
Cristo. "Lo que... en cierto modo está ya en la base de la
temática de la fiesta veterotestamentaria de pascua, se hace
realidad plena en mayor medida en la celebración neo
1262
testamentaria de
la eucaristía: a través del memorial objetivo, Dios y su salvación
se hacen presentes aquí y ahora. Y en la medida en que Dios se hace
presente en Cristo, en cierto modo se va haciendo presente también
la acción salvífica realizada en otro tiempo".
Todas estas
explicaciones nos dicen que la acción salvífica se hace
presente en cieno modo. La interpretación del memorial neotestamentario
sobre la base de los paralelos veterotestamentarios no nos permite
todavía conocer a fondo y plenamente esta misteriosa acción
salvífica divina. Aquí abajo no la comprenderemos nunca en
plenitud. Sin embargo, junto con J. Schildenberger podemos y debemos
recordar que el NT posee una mayor realidad, que se alza muy por encima de la
realidad sólo umbrátil de la antigua alianza. La muerte
sacrificial de Cristo, sellada por el Padre en la resurrección,
"es el correlato infinitamente más grande del cordero pascual
de Egipto: es más grande por la eficacia ínsita en él y
por la salvación más grande que obra..."2'.
2. EL MANDATO DE
CELEBRAR EL "MEMORIAL" EN EL NT. El mandato del Señor
"haced esto en memoria mía: eis ten emén
anámnesin" (Le 22,19 = 1 Cor 11,24.25, con ampliación
en el v. 26: "Cuantas veces comáis este pan...
anunciáis la muerte del Señor") puede y debe interpretarse
en el sentido pleno que el término anamnesis (y sus
sinónimos como mnemósynon, mnéme) ha tenido en el
lenguaje y en el ambiente veterotestamentario-judío. Como testimonio
de este punto de vista, hoy ampliamente compartido por los exegetas
(aunque luego en la interpretación teológica persisten
diferencias más bien notables), citemos las profundas
investigaciones de H. Schürmann >°, el cual escribe: "Ya
la ana
1263
logia con
instituciones memoriales paganas y con la tradición festiva y
especialmente pascual judía induce a pensar que aquí se establece
una institución destinada a ser objetivamente en sí misma
una institución memorial. En el contexto de Le 22,718.19-20, el v.
19b podría ser desde luego explicado en este sentido: la
consumación del cordero pascual está abolida ahora (Le 16,18); en
su lugar entra una nueva acción (Le 1920)... En el contexto de
Pablo, la orden de Jesús cobra más marcadamente el
carácter de un mandato memorial: una acción ya conocida y
ritualmente establecida es ahora plasmada o reexaminada de tal modo que se
convierte en un memorial del Señor". En cuanto a 1 Cor
11,20-34, "todo el tenor de las consideraciones... tiende a recordar
que en la eucaristía se trata del Señor y de su memorial... [Para
Pablo] se trata del carácter memorial de la cena del
Señor". Las afirmaciones del v. 26 comentan luego el segundo
mandato de repetir el gesto, "es decir, indican el motivo
(gár) por el que la eucaristía en su actuación subjetiva
ha de considerarse un memorial: es objetivamente en verdad un anuncio de
la muerte del Señor", y precisamente una acción-anuncio
acompañada por la palabra. El memorial objetivo puede sin
más "consistir también en una palabra-anuncio
litúrgicamente establecida y perteneciente al rito ".
Espontáneamente concebimos tal memorial objetivo "como palabra-anuncio
y acciónanuncio, como una acción que tiene ínsita en
sí una palabra memorial". En nota añade Schürmann un
detalle importante: "Sería aconsejable distinguir más
netamente de cuanto en general se hace los conceptos de acción-anuncio y
anuncio real (Tatverkündigung y Realverkündigung).
Entendemos
aquí la acción-anuncio en contraposición a una palabra-
Memorial
anuncio y el
anuncio real, que hace realmente presente lo que se anuncia Con la
acción o la palabra, en contraposición a un anuncio mental
que establece sólo una relación intencional con la cosa
anunciada". Luego cita a numerosos autores que admiten una
acción-anuncio, mientras por su parte se muestra vacilante en admitir un
memorial real en el sentido de una "presencia cultual mística
de la cosa pensada", como habrían tratado de hacer De Boer,
Otto y especialmente Marxsen. Algunos años más tarde, sin
embargo, Schürmann modificó esta opinión, y en una
exposición recapituladora afirma: "Se trata de una acción memorial
(Tatgedáchtnis) que es al mismo tiempo un memorial real (Realgedáchtnis),
porque cuanto aquí se piensa está presente. El cuerpo sacrificial
y la sangre sacrificial presentes, como ve la iglesia con su mirada
profunda, representan de modo particular la muerte sacrificial del Señor.
En efecto, ya hemos visto que en los relatos de la institución la muerte
sacrificial se experimenta como presente. Verosímilmente en
1 Cor 11,26 Pablo
piensa en esta representación cultual cuando llama a la cena del
Señor en cuanto tal —probablemente la acción con las
palabras memoriales que la constituyen— anuncio de la muerte del Señor.
Esta presencia de la muerte sacrificial de Jesús es el presupuesto
para que en la eucaristía podamos ser alimentados con el cuerpo y sangre
sacrificial del Señor, como la iglesia ha entendido
siempre"31.
M. Thurian ve de
modo semejante el significado del mandato de la anamnesis, y por tanto de toda
la acción de la cena del Señor: "Hacer esto significa, por
tanto, realizar con palabras y gestos un acto eucarístico, una
acción de gracias, una celebración litúrgica. La
orden de realizar un acto eucarístico con las pa
Memorial
labras tan ricas
de sentido [en la primera parte de su libro Thurian ha examinado el significado
del memorial en el AT]: en vista de mi memorial, en memorial de
mí, como memorial de mi... Este memorial no se reduce a un mero
recuerdo subjetivo, es un acto litúrgico; no es solamente un
acto litúrgico que presenta al Señor, que lo hace presente; es un
acto litúrgico que evoca en memorial ante el Padre el sacrificio
único del Hijo, que lo hace presente en su memorial"32.
Aunque todas
estas afirmaciones en el fondo no digan nada claro sobre el cómo
específico de tal presencia, son sin embargo unánimes: si ya
en el AT el memorial contenía una realidad salvífica
misteriosamente grande, ¡cuánto más es verdad esto en
el NT! Sobre el fondo de la costumbre veterotestamentario-j udía
"se comprende que el memorial asume un carácter completamente
nuevo, en caso de que la acción salvífica de Dios que
está en la base del mismo se distinga cualitativamente de su
prototipo [en el AT]. Ahora bien, tal es precisamente el caso de la obra
redentora realizada por Dios en su Hijo Jesucristo, que forma el contenido
de la pascua neotestamentaria... El memorial cultual de esta acción
redentora de Dios tiene, por tanto, un contenido y una realidad diversos
de los de la pascua veterotestamentaria, en razón del acto de
insuperable autocomunicación divina que lo sostiene. Si allí
se trataba del alcance de un acto salvífico histórico
realizado por Dios en favor de su pueblo en el pasado, aquí se trata de
la presencia personal de Dios en el Hijo, que permanece siempre presente en su
iglesia como el Señor crucificado y resucitado"".
Este memorial
real es al mismo tiempo un memorial en acciones y en palabras. Schürmann
dice justamente que el memorial en palabras 1264
"hay que
pensarlo de- modo semejante a la haggadha pascual judía; pero con
más probabilidad hay que pensar sobre todo en un memorial de la muerte
del Señor realizado en el marco de la plegaria eucarística.
Ya las fórmulas hebreas de las oraciones recitadas alrededor de la mesa,
que en cuanto a la sustancia se remontan al tiempo de Jesús, son en su
núcleo anamnesis de las acciones salvíficas realizadas por
Dios en la creación y en la redención",4.
Estamos
así en el umbral de la realización litúrgica del mandato
del Señor en las plegarias eucarísticas de la iglesia. Aunque
libres en sus detalles, recalcan en su forma fundamental las
oraciones de la berakah judía: invocación del nombre de Dios
acompañada de gratitud y alabanza —indicación del motivo,
de la causa por la que se hace esto (¡cabalmente la anamnesis!)—,
alabanza renovada (doxología final). Quizá también del
hecho de que para la oración recitada en la mesa se introduce el
vocablo griego eucharistein, es lícito deducir que el contenido de la
plegaria eucarística en las comunidades apostólicas
estaba constituido por una acción de gracias que se basaba en una
memoria" •".
3. EL
"MEMORIAL" EN
da por
Cristo". Por muy diversas que sean tales tradiciones, "todas ven en
la eucaristía una anamnesis de la salvación traída por
Cristo". Naturalmente, queda todavía por establecer qué
significa en concreto esta anamnesis de Cristo; hay que preguntarse bajo el
punto de vista teológico, objetivo, "si y cómo la anamnesis
de Cristo realizada en la eucaristía de la iglesia, en su retroconexión
con
a) En los textos
doctrinales. Ya el documento más antiguo,
Memorial
convertido en
objeto de controversias teológicas, y por tanto también de
decisiones doctrinales dogmáticas" (Kretschmar).
Pero aunque del
dato de hecho de la anamnesis no se sacó ninguna conclusión
teológica, es digno de notarse el esfuerzo realizado por explicar
la acción eucarística a través de una
interpretación tipológica con referencias a tipos
veterotestamentarios, así como también a través de
comparaciones con los cultos mistéricos paganos, a los que se
define (cf Justino, Apología I, 66,4) como un remedo diabólico de
los ritos cristianos. Kretschmar delinea un "desarrollo de la
anamnesis de Cristo" notando cómo aparecen lentamente y de modo
creciente alusiones a la presencia de Cristo en los dones, al significado de su
"bendición" (consagración); cómo se tiende
a definir el conjunto como sacrificio (de Cristo), y cómo los dones
terrenos del pan y del vino se ven como sacrificio de la iglesia (a partir de
Ireneo). Sólo Cipriano ve con gran claridad y precisión el
nexo que enlaza la acción eucarística como memorial con la
acción salvífica del Señor: Cristo "est summus
sacerdos Dei Patris et sacrificium Patri se ipsum primus obtulit et hoc
fieri in sui commemorationem praecepit"; la celebración es
"dominicae passionis et nostrae redemptionis sacramentum" (Ep.
63, 14). "Passionis eius mentionem in sacrificiis ómnibus facimus -
passio est enim Domini sacrificium quod offerimus" (Ep. 63,16). Sin
embargo, sólo en el período posterior, después de
Constantino, se pone más fuertemente de relieve el rico significado
del motivo del memorial. Casel lo ha ilustrado con profusión
•", y es cosa suficientemente conocida. En nuestro contexto es
más importante documentar el modo vigoroso en que la idea de memorial se
ha expresado concretamente en los textos de
Memorial
las anamnesis de
la celebración eucarística de aquellos siglos.
b) En los textos
litúrgicos. Al comienzo de una reseña semejante hay que poner
naturalmente el antiguo e importante texto de la plegaria
eucarística contenido en
(meam
commemorationem facitis).
Así pues,
al recordar su muerte y resurrección, te ofrecemos el pan y el cáliz,
dándote gracias por habernos juzgado dignos de estar en tu
presencia y de servirte (tibí ministrare). Además te pedimos
que envíes tu Espíritu sobre la ofrenda de tu iglesia, que
congregues en la unidad a todos los que participan en ella..., para que te
alabemos y te glorifiquemos por Jesucristo tu siervo (puerum), por el
que tú... recibes el honor y la gloria ahora y por los siglos de
los siglos. Amén".
El texto es de la
máxima importancia, primero: por la clara afirmación de
que la acción sagrada al dar gracias hace memoria de toda la acción
salvífica de Cristo, sobre todo
1266
de su muerte y
resurrección, y así la iglesia ofrece al Padre el propio sacrificio;
en segundo lugar: por razón del influjo que ha ejercido, dado que
constituye el modelo de casi todas las anáforas de la iglesia oriental y
contiene también momentos esenciales del antiguo canon romano algo
posterior (además, en la reforma litúrgica llevada a cabo
después del Vat. II se ha reasumido, con leves modificaciones, como plegaria
eucarística II).
En forma
más ampliada encontramos de nuevo el texto en las Constituciones
apostólicas ". Las plegarias eucarísticas de Oriente y de
Occidente, aunque son diversas en los detalles, siguen esta forma
fundamental: "En todas partes, después del diálogo de
introducción, viene en primer lugar la oración con la que se hace
la acción de gracias y se tributa alabanza a Dios Padre por la
creación del universo y la redención del género
humano. Las oraciones siguientes, es decir, el relato de la institución
de la eucaristía, la anamnesis, la epíclesis y las intercesiones,
están dispuestas de modo triple, como se desprende ya claramente de las
anáforas del s. IV transmitidas por escrito..."
1267
teología
de los padres contra el aislamiento occidental-escolástico de la
presencia del cuerpo y sangre de Cristo respecto a la cruz y
resurrección del Señor... ha impulsado y contribuido
poderosamente a ver bajo una luz nueva la disputa del s. xvi"44. "La
cuestión del origen y del desarrollo de la anamnesis se revela al
respecto como un tema histórico-litúrgico y teológico
central (Ligier). Así, la herencia veterotestamentario-judía
se toma en consideración no sólo por lo que se refiere a la
situación originaria, sino también por la historia sucesiva
de la cena, cosa que la investigación anterior no había
visto con tanta claridad... También bajo el punto de vista
teológico es sencillamente justo encontrar la unidad de la cena en
la anamnesis de Cristo, que es referencia a la cruz y a la resurrección
de Jesús, alaba al Señor presente, espera su venida y comunica
así los dones de la eucaristía en la comunión"45.
Recapitulando,
podemos decir con J. Betz "6: la iglesia de los primeros siglos ha
puesto en claro los ricos momentos que contiene en sí el misterio:
acción de gracias, memorial, sacrificio, epíclesis, presencia
real, comunión. Al mismo tiempo, ha tratado de determinar el
nexo intrínseco de tales aspectos y de hacer, dentro de los
límites de lo posible, una síntesis de los mismos. Como
motivo que abraza a los otros se perfila la anamnesis de la obra salvífica
de Jesús, anamnesis que se hace con las palabras de acción
de gracias y consecratorias pronunciadas sobre el pan y el vino, y que
hace presente la acción salvífica de Jesús no sólo
en la conciencia de los participantes, sino objetivamente en los símbolos.
El memorial se extiende a toda la obra salvífica de Dios, comenzando por
la encarnación del Logos e incluso por la creación... Los
conocimientos de los padres no se queda
Memorial
ron en simple
teoría e ideología, sino que fueron traducidos por ellos a la
praxis, a la liturgia. Ésta se hace por primera vez tangible en su forma
concreta en Hipólito, y ahí posee ya una forma
clásica. Todos estos principios estructurales se desarrollan ulteriormente
y se llevan a pleno florecimiento y maduración en el tiempo posterior".
4.
a) El
"cómo ". Ante todo pretendemos decir: en la
celebración de la eucaristía, es decir, en aquella acción
sagrada en que la iglesia (el pueblo de Dios bajo la dirección del
obispo [o de su representante], el cual representa a Cristo) pronuncia
sobre el pan y el vino la plegaria eucarística para luego
distribuir como santo alimento a los fieles estos dones transformados en el
cuerpo y sangre del Señor, estamos cumpliendo lo que el Señor nos
mandó hacer: "Haced esto en memoria mía". Tal acción
es, por tanto, un memorial objetivo, y no sólo (aunque naturalmente
lo es) un recuerdo subjetivo de lo que el Señor hizo por nosotros. Con
otras palabras: es un memorial real, no sólo mental; no un recuerdo puramente
conceptual, no una "nuda commemoratio", como definió el
concilio de Trento contra Lutero4'. Por el contrario, el término y el
con
Memorial
cepto de memorial
tiene un contenido tan denso y pleno ya en su aplicación en el
AT y sobre todo en el NT, que, aplicado a la celebración eucarística,
expresa "en cierto modo" la presencia de la realidad conmemorada,
su "actualización objetiva", su presencia "hic et
nunc", de suerte que para él y para el sacrificio de Cristo
presente en él valen las afirmaciones hechas por el mismo concilio
de Trento para defender la doctrina católica: "In missa...
offerri Deo verum et proprium sacrificium"; "Christum...
ordinasse, ut ipsi [apostoli] aliique sacerdotes offerrent corpus et
sanguinem suum"; "Missae sacrificium... esse... propitiatorium";
con ello en absoluto "blasphemiam irrogari... sacrificio in cruce
peracto... aut illi... derogan" "".
Al que pregunte
por qué se ha recuperado precisamente este concepto (que en el
fondo fue malentendido a partir de la teología de los reformadores
del s. xvi, y en general puede ser malentendido también en el
lenguaje moderno), respondemos: se trata de una palabra usada por el
Señor; de una expresión importante empleada por los evangelistas
y por el apóstol Pablo para indicar la naturaleza de la cena.
Además, es así de densa ya en el uso lingüístico del
AT, de modo que expresa la realidad del acontecimiento y la "actualización
objetiva" y presencia de la cosa conmemorada, pero al mismo tiempo
—entendida en el sentido de la tradición antigua (contra Lutero y
los reformadores)— dice expresamente que la cosa conmemorada no se
repite, no se la saca de su habersido-puesta-históricamente
"de una vez por todas: ephápax", y, sin embargo, hace
sentir su efecto en el presente, está presente. Ésta es la
riqueza de nuestro concepto. Haberla en cierto modo redescubierto es el
gran mérito del trabajo teológico contem
1268
poráneo.
El núcleo providencial de esta nueva concepción es naturalmente
también el núcleo de la dificultad teológica:
¿cómo concebir de modo racional la actualización y
presencia objetiva de un acontecimiento que no se repite y sin embargo
es hecho accesible a quien vive hoy? Para explicar esta realidad y su plenitud
paradójica se han hecho los ensayos más variados y se ha tratado
ante todo de definirla desde el punto de vista terminológico y
conceptual. Se trataría de una re-praesentatio solemne, de la
proclamación de un fenómeno válido también hoy,
aquí y ahora; de una "intervención y de una acción
salvífica de Dios objetiva, eficaz, poderosa y creadora de
realidad"4'. Tal presencia de lo que históricamente es algo pasado
y no obstante permanece es posible por la intervención de Dios: por
medio de la fe y en virtud del Espíritu Santo se comunica al
creyente la acción salvífica de Cristo, del Hijo de Dios
encarnado, su acción sacrificial en la cruz, de modo que pueda tomar parte
en ella, insertarse en ella para ofrecer en Cristo, con Cristo y por medio de
Cristo al Padre el único sacrificio. Esto es algo más que una
presencia simplemente "efectual". Obviamente es también una
presencia de naturaleza dinámica: el acto de Cristo hace sentir su
efecto aquí y hoy, e implica o envuelve en sí al que hace memoria
de él. Pero Tomás de Aquino, a propósito de la
acción redentora de Cristo en la cruz, afirmó en
términos clásicos: "Virtute divina praesentialiter
attingit omnia loca et témpora" (S. Th. III, 56-1, ad 3; cf 48-6,
ad 2). La acción salvífica de Cristo está activamente
presente de tal modo que, por parte de Cristo, hay que hablar de
"identidad numérica", de un único acto
sacrificial, mientras que toda la novedad se registra por parte de la iglesia
que realiza el rito5".
1269
Como es natural,
también hay que profundizar en esta afirmación. Se ha tratado de
explicar la presencia de la acción salvífica partiendo de Dios,
de tal modo que "Dios se acordaría del Hijo" y
haría que su acción salvífica produzca efecto (J. Jeremías).
Según otros, el acto sacrificial de Cristo perduraría en el cielo
y entraría continuamente en nuestro presente a través
de la acción eucarística. Pero se trata de ensayos poco
felices, aunque contienen momentos de verdad. Más justa es la explicación
de V. Warnach: éste subraya el carácter de kairós de la
acción sacrificial de Cristo, que es ciertamente una acción
pasada desde el punto de vista histórico, pero que en cuanto
acción humano-divina está por encima del tiempo, y por tanto
en cuanto acción puede desarrollarse dinámicamente
también hoy, ahora, en nuestro tiempo. N. Füglister, remitiéndose
a datos exegéticos, pero también a ideas escolásticas
medievales, ha formulado esto de manera extraordinariamente feliz:
"En correspondencia con la voluntad instituyeme de Cristo, el
culto eucarístico es esencialmente una anamnesis... Tal memorial
está vuelto ante todo al pasado: recordando, uno mira hacia
atrás al Jesús histórico y a su acción
salvífica. Ya este acordarse subjetivo, pero sobre todo la ejecución
objetivo-cultual del rito instituido entonces, presencializan (vergegenwártigen)
la salvación. Esta presencialización, a su vez, se convierte
en una mirada vuelta a la salvación futura, de la que la acción
salvífica conmemorada es prenda y que en la presencialización de
esta última se encuentra ya anticipada en cierto modo. Al mismo tiempo
el memorial cultual determina y plasma toda la vida cristiana, en cuanto que
lleva a deducir y motivar de manera decisiva todas las acciones morales,
sobre todo basándose en la pasada acción
Memorial
salvífica
revivificada por la liturgia, y luego también basándose en el futuro
salvífico todavía por venir y en el estado actual de
salvación."51 ("Tridimensional es también la liturgia
cristiana, que se funda en la [celebración veterotestamentaria de
la pascua] y la prolonga: memorial de la acción salvífica
realizada de una vez por todas, re-presentación de la salvación
así obrada y visión anticipadora de la plena posesión
de ella todavía por venir."52)
b) Su contenido.
El contenido del memorial, lo que se hace presente en virtud del
Espíritu Santo, es la acción salvífica de Cristo, ante
todo y directamente su muerte sacrificial y la resurrección que la
corona, pero luego también toda la obra salvífica en cuanto
única gran unidad, que tiene su centro cabalmente en el "transitus
paschalis", en el paso del Señor de la muerte a la vida; es decir:
también su entrada en el mundo, su encarnación como
epifanía del Dios salvador; epifanía que, después del paso
pascual a la vida a la derecha del Padre, un día se
realizará también para nosotros en la parusía del
Glorificado; entre tanto, nosotros, mediante la presencia de su
acción sacrificial, participamos en su muerte y resurrección,
recibimos la luz y la vida de su epifanía y la prenda de la gloria
futura. En el memorial real de la eucaristía se lleva a cabo de
forma concentrada aquella obra de la redención de los hombres y de la
glorificación de Dios que la constitución litúrgica del
Vat. II describe así: "Esta obra... Cristo el Señor
la realizó principalmente por el misterio pascual de su bienaventurada
pasión, resurrección de entre los muertos y gloriosa
ascensión" (SC 5); los apóstoles fueron enviados por el
Señor "no sólo... a predicar el evangelio a toda criatura y
a anunciar [la obra de la salvación]..., sino
Memorial
también a
realizar la obra de salvación que proclamaban. Y así, por el
bautismo... Asimismo, cuantas veces comen la cena del Señor, proclaman
su muerte hasta que vuelva... La iglesia nunca ha dejado de reunirse para
celebrar el misterio pascual: leyendo cuanto a él se refiere en
toda
Esta
concepción de la eucaristía como memorial en el sentido pleno del
término —presencia del sacrificio de Cristo, sin que el sacrificio
de Cristo realizado históricamente una sola vez se repita, de tal
modo que la iglesia celebrante toma parte en él y así lo
(co)-ofrece a su vez— es de suma importancia también en el
diálogo ecuménico. La cosa ha quedado cla
1270
ra con el volumen
del hermano Max Thurian L'Eucharistie. Memorial du Seigneur (1959). Ya
1271
ca la anamnesis
de Flp 2,6-11 y como lo ha hecho propio el segundo artículo del
símbolo apostólico, es el acontecimiento salvífico que mediante
la celebración de la cena se hace presente en una presentación
real que obra salvación, para que la comunidad pueda entrar en contacto
con él y apropiárselo. El centro de tal camino de Cristo, en el
que se encierra el giro de todas las cosas, es el Gólgota. Por eso el
Gólgota está también en el centro de la cena, rodeado
y envuelto por todo el acontecimiento que se encierra en el nombre de
Jesucristo"".
Al concluir,
recordemos la importante toma de posición de la nueva enciclopedia
protestante Theologische Realenzyclopádie en el amplio ensayo Abendmahla.
El debate intracatólico "sobre el carácter sacrificial
de la cena... ha influido fuertemente en las reflexiones que se llevan
a cabo en campo evangélico, sea en ambiente luterano, sea en ambiente
calvinista y en el unido"6'. Común a todos los teólogos de
esta corriente seria la tesis siguiente: "Por medio de la oración,
del memorial explícito (ante Dios) y de la celebración de la
cena, el sacrificio de la cruz se hace presente por obra del mismo Cristo
celeste para nuestra salvación"; sin embargo, ellos señalan
expresamente que no comparten la concepción católica del
carácter expiatorio de la misa y de una "repetición"
incruenta del sacrificio de la cruz *2, lo mismo que no quieren oír
hablar de un ofrecimiento del sacrificio (de Cristo) por parte de la iglesia6'.
Pero en la valoración de la contribución católica
señalan correctamente la concepción de Casel, que ha
"iniciado una nueva época del diálogo sobre la
eucaristía"64. A diferencia de las teorías
sacrificiales postridentinas de la misa, "en la teoría
caseliana de la presencia mistérica (Mysteriengegenwart), el acento cae
Memorial
ría sobre
la unicidad y unidad de la acción salvífica del sacrificio de la
cruz, que excluye un ulterior acto sacrificial expiatorio verdadera y propiamente
tal"65. Y al término del ensayo leemos esta justa afirmación:
"Por lo que se refiere a las demás cuestiones, sin duda las teologías
católica y evangélica se encuentran ante (sólo) un
problema común"66.
IV.
Recapitulación
Constatamos un
consenso muy amplio, una sententia communis (por así decir): el memorial
es un concepto que expresa de modo excelente la doctrina de toda la
tradición eclesiástica sobre el sacrificio de la misa en su
relación con el sacrificio de la cruz. Nuestro culto es el memorial
del Señor hecho con palabras y con una acción sacramental. Esto
es verdad, en primer lugar, a propósito de la acción de la
eucaristía: ésta es memorial de la muerte y resurrección
del Señor. Tal memorial —en virtud del Espíritu Santo,
conforme a la promesa del Señor, por medio de la fe— es un
memorial real, que hace presente de manera eficaz y dinámica la
acción salvífica de Cristo (muerte y resurrección, es
decir, el ofrecimiento sacrificial de Cristo como núcleo de toda su
acción salvífica) no sólo en el recuerdo subjetivo,
sino en la realidad objetiva. Nosotros, al hacer este memorial, por medio
de él tomamos parte en la donación sacrificial de Cristo,
somos insertados en ella; más aún, en Cris
to, con Cristo y
por Cristo ofrecemos su sacrificio al Padre, ahora como sacrificio
nuestro. El sacrificio único de la cruz no se repite; sin embargo,
en el memorial está él presente, se nos da hic et nunc para
nuestra salvación y para gloria de Dios Padre.
Memorial
NOTAS: ' La
oración, compuesta expresamente para esta fiesta que surge en el
medievo, se encuentra ya en el Missale secundum usum Curiae: P. Bruylants, Les
oraisons du Missel Romain I (1952) n. 393 -2 Sessio XXII, c. I: DS 1740; cf
can. 3: DS 1753 — J Cf al respecto
E. Iserloh, Der Kampf
um die Messe in den ersten Jahren der Auseinandersetzung mil Luiher,
Münster i.W. 1952; B- Neunheuser, L'eucharistie II, Au
moyen-áge et a l'époque moderne. Cerf, Paris 1966; F.
Pratzner, Messe und Kreuzesopfer. Die Krise der sakramentalen idee bei Luther
und in der mittelalterlichen Scholastik, Herder, Viena 1970 — ' Cf
Th. Filthaut, La théologie des mystéres. Exposé de la
controverse, Desclée, Paris 1954 —5 Die Eucharistielehre
des hl. Justinus Martyr, publicada en la revista Der Katholik, 4.a serie, 12
(1914); cf la bibl. de Casel: O.D. Santagada, Dom Odo Case!. Contributo
monográfico per una bibl. generale delle sue opere..., en ALW 10/1
(1967) 10,
n. 2 — '
Algún estimulo podría venir de P. Battifol, Études
d'histoire et de théologie positive: l'eucharistie, 19052, l-52s, 19135.
Se citan además
F.S. Renz, F.
Wieland y su controversia con E. Dorsch, G. Rauschen. Pero ninguno de
éstos subraya de modo particular el motivo del memorial — '
Le memorial du Seigneur dans la liturgie de l'antiquité
chréúenne: cf Santagada 11, n. 7 — " Faites ceci en
mémoire de moi: cf Santagada 18, n. 88; sobre la crítica de
Umberg: Santagada 45s, n. 312 y n. 314 —' Cf Santagadal2, n. 23; 18,
n. 86; 21, n. 116; 33, n. 240 (La
féte de
Paques dans l'Église des Peres: Santagada 33, n. 241); 45, n.
o.c. 192s —
" Averbeck, o.c, 641; el importante ensayo de P. Brunner se encuentra
en K.F. Müller-W. Blankenburg (por), Leiturgia. Handbuch des
evangelischen Oottesdienstes I. Johannes Stauda, Kassel 1954, 83-364
— ,4 Cf al respecto B. Neunheuser, J. A. Jungmann und die Anliegen der
Mysterientheologie, en B. Fischer-H.B. Meyer(por), /• A. Jungmann. Ein
Lebenfür Liturgie und KerVgma. Tyrolia, Innsbruck 1975, 111-114
— '" En Liturgie und Monchlum 17 (1955) 65-90; cit. de p. 88 —
16 Mysterium salutis IV, 2: La iglesia: El acontecimiento salvifico en la
comunidad cristiana.
Cristiandad,
Madrid 1975, c. Vil: "La eucaristía, misterio central",
pp. 193, 273-274, respectivamente (Reflexión sistemática),
260. Cf ade
1272
más del
mismo Betz, Eucharistie in der Schrift und Patristik, Herder, Friburgo de B.
1979 — 17 Textos citados por V. Warnach, a.c, en la nota 15, 85s;
también por Averbeck, o.c. en la nota 10, 666s — l8 Citado en
Teologische Realenzyklopádie Vil (1981) 462 — " En su comentario
An die Korinther I, Tubinga 1907; Messe und Herrenmahl. Eine Studie zur Geschichte
der Liturgie, Marcus y Weber, Bonn 1926, 223s; cf al respecto también J.
Jeremías, Die Abendmahlsworte Jesu, 230-235 — 20 E. Haag, "Gedáchtnis"
im AT, besonders in den Psalmen und beim Pascha, en jahresgabe des
Abl-Herwegen-Instituts, Maria-Laach, 1979, 3 -2 I M. Thurian, La
eucaristía, Sigúeme, Salamanca 19672, 23 — 22 En
Exegestiche Wórterbuch zum ATI (1980) 203 — 23 Cf D. Jones,
Anamnesis in the LXX (cf bibl.) 191 — 24 P. Neuenzeit, Das Herrenmahl.
Studien zum paulinischen Eucharistieauffassung, Kosel, Munich 1960; las
cit. ss. están tomadas respectivamente delaspp. 129, 143, 144, 144, 146
—2S E. Haag, "Gedáchtnis" im AT... (nota 20), 8; las
cit. ss. están tomadas respectivamente de las pp. 9 y II — a P.
Neuenzeit, Das Herrenmahl... (nota 24) 144 — 27 N. FUglíster, Die
Heilsbedeutung des Pascha, Kosel, Munich 1963, 132-136, 226232, 285-289;
las cit. ss. están tomadas respectivamente de las pp. 133, 136,
227ss, 229-232, 231, 232 —
2' ,0
83 — Ib, 88
— H. Schürmann, Der Einsetzungsbericht II (1955) 30-34 —
" H. Schürmann, Der Abendsmahlsbericht Lukas 22,7-38,
Schóning, Paderborn 1957, 44s — ,
en la nota 20, 13 — '" H.
Schürmann, Einsetzungsbericht..., 33s — " Ib, 34 —
4 -" VIII, 12,4-51; Hanggi-Pahl,
Prex eucharistica, SF 12 (1968) 82-95 — 40 Hanggi-Pahl, 99 —
"' De la cene de Jésus a l'anaphore de l'église, en MD
87 (1966) 7-51 — 42 Eucharistie. Théologie et spiritualité
de la priére eucharistique, Tournai 1966 — 4J O.c. en la nota 36,
85 — ** Ib — 45 Ib, 86 —
46 Eucharistie in
der Schrift... (nota 16) 52 — 47 Sessio XXII, can. 3: DS 1753 — 4»
Cáns. I, 2, 3,4: DS 1751-1754 -« Flügister, Die Heilsbedeutung...
(nota 27) 230 — 50 Cf B. Neunheuser, Die numerische Identital von
Kreuzop
fer und
Messopfer, en Id (por), Opfer Christi und Opfer der Kirche, Schwann, Dusseldorf
1273
1960, 139-151
— M O.c, en la nota 27, 288 — 52 Ib, 232 — " En
Leiturgia (nota 13) 83
54 56
364 — Ib,
210 -" Ib, 288 — Ib —
57 58 59
Ib, 229-232
— Ib, 229 -Ib, 232 60 En Theologische Realenzyklopddie I (1977)
6I 62
43-229 —
Ib, 157 — Ib, 159 — " Ib,
Mh566
160 -Ib, 164
— ib, 165 — 76,17!.
B. Neunheuser
BIBLIOGRAFÍA:
Bernal J.M., Eucaristía, pascua y año de
tos de la misa
del Rito Hispánico. Estudio bí
blico y
teológico, Iglesia Nacional Española,
Roma 1980; La
anamnesis en la liturgia euca
rística
hispánica, en VV.AA., Liturgia y música
mozárabes
(I Congreso de Estudios Mozára
bes), Instituto
de Estudios Visigótico-Mozára
bes de San
Eugenio, Toledo 1978, 65-86; El me
morial
eucarística: concepto, contenido y for
mulación en
los textos de las anáforas, en
"Ephemerides
Liturgicae" 96 (1982) 189-208;
Thurian M., La
eucaristía. Memorial del Señor.
Sacrificio de
acción de gracias y de intercesión,
Sigúeme,
Salamanca 19672; Von Allmen J.J.,
El culto
cristiano. Su esencia y su celebración,
Sigúeme,
Salamanca 1968. Véase la bibliografía de Eucaristía,
Misterio, Misterio pascual y Plegaria eucarística.
Ministerio/
Ministerios
SUMARIO: I.
Aproximación eclesial-existencial: 1. Estado actual de la reflexión
teológica;
2. Una
perspectiva más global - II. Fundamentos bíblicos de los
ministerios: 1. Terminología: díaconía, ministerios,
ministros: a) Ministerio cristiano, b) La ministerialidad del Cristo
histórico y del Cristo místico-eclesial; 2. La designación
de los ministerios eclesiales; 3. Cuadro sinóptico de la variedad
de los ministerios - III. La tradición eclesial en su desarrollo
histórico:
1.
Patrística antenicena; 2. Patrística clásica; 3.
Época medieval; 4. La escolástica - IV. Las funciones
específicas de cada grado: 1. Distribución de las funciones: a)
Desde la iglesia de los mártires hasta la iglesia de los padres, b)
La praxis medieval; 2. Ordenes menores y praxis actual: a) Tradición
antigua, b) Del concilio de Trento al Vat. II - V. Problemática
teológico-litúrgica de los ministerios: 1. Una nueva
eclesiología ministerial; 2. Redescubrimiento de los carismas: a)
Cristarquía y apostolicidad, b) Ministerio pastoral y otros
ministerios, c) Objeto e investidura del ministerio pastoral - VI. Perspectivas
celebrativas y pastorales: I. Para el episcopado; 2. Para el presbiterado; 3.
Para el diaconado; 4. Para los ministerios instituidos.
I.
Aproximación eclesial-existencial
1. ESTADO ACTUAL
DE
Ministerio/Ministerios
económica
y moral es cada vez más aguda.
El cambio de las
estructuras tanto eclesiásticas como civiles después del
concilio, con las consiguientes nuevas praxis pastorales, ha influido
ciertamente en hacer más vivas las investigaciones sobre la identidad de
los ministerios; tanto más cuanto que la teología
ecuménica considera este nudo crucial de la eclesiología como uno
de los puntos de desacuerdo de las diferentes confesiones cristianas.
Aflora así una concepción secular del ministerio, que tiende
a distanciarse del modo monástico de comprender el tipo sacerdotal,
que hacía de él un género de vida separado del mundo
(una especie de clero regular como de segunda clase).
En fin, una nueva
conciencia del laicado en la iglesia, agudizada todavía más
por el descenso casi generalizado de las vocaciones sacerdotales,
encuentra en la const. GS el impulso que la promueve.
No han faltado
las intervenciones del magisterio eclesiástico sobre este asunto; y es
útil hacer un análisis previo del estado actual de la reflexión
teológica sobre el sacerdocio en general.
El primer dato es
el descubrimiento del punto de partida de esta teología de los
ministerios. Hay quien sigue partiendo del concepto de sacerdocio en una
concepción de historia de las religiones (sacerdocioculto-religión)
para aplicar el concepto al sacerdocio de Cristo. Aunque así
se parte de un dato general dentro de una cierta filosofía del lenguaje,
se corre sin embargo el riesgo de no captar el misterio cristiano específico.
Otro acercamiento es el de partir de la realidad sacerdotal universal, con
la ventaja de anclarse no tanto en conceptos cuanto en esta realidad
histórica que puede comprender también la historia
salvífica
1274
centrada en
Cristo. Pero este método puede dejar asimismo en la sombra
algunas facetas del sacerdocio reveladas por Cristo; tanto más cuanto
que está en crisis el concepto de lo sagrado (distinguido en
místico-religioso-secular) aplicado al sacerdocio. Se puede
partir también del dato bíblico veterotestamentario, considerándolo
como revelado y preparatorio o figurativo del del NT; pero esto contrasta
con el hecho de que el sacerdocio de Cristo supera en ángulo de
mira la perspectiva del AT, comprendiendo también la responsabilidad
de Cristo respecto a los intereses del Padre y de los hombres, como pastor y
cabeza del cuerpo místico; y también su prolongación
en el sacerdocio de la iglesia (sacerdocio ministerial). Parece lógico
partir de la realidad del sacerdocio ministerial del presbiterado-episcopado,
pero con el riesgo de poner en segundo plano el sacerdocio de los fieles, y por
tanto también de los ministerios subordinados (incluido el diaconado).
La perspectiva del sacerdocio del pueblo de Dios, por su globalidad comprensiva,
aparece como el punto de partida más bíblico; sólo que
esta noción de sacerdocio universal podría confundirse con
el modelo democrático-demagógico, poniendo así
en segundo plano el sacerdocio de Cristo, que es en cambio el que funda el
sacerdocio de los fieles. Se puede partir, en fin, también de la
problemática del hombre de hoy a través de una relectura de los
signos de los tiempos; pero también aquí existe el riesgo de no
discernir el significado salvífico de estos signos, tanto
más si se tiene en cuenta el hecho de que muchas virtualidades del
sacerdocio cristiano no se descubren ni siquiera a través de un cuidadoso
análisis sociológico, que de suyo necesitaría una
precomprensión teológica.
Un balance
sumario de estas pers
1275
pectivas nos
indica ya un punto de partida irrenunciable: la presencia de Cristo sacerdote
en la iglesia, comprendiendo en ella la realidad sacerdotal aplicada
a Cristo (concepto de sacerdocio, realidad sacerdotal universal,
sacerdocio del AT), o la participación directa en el sacerdocio de
Cristo (sacerdocio ministerial o laical), o el motivo estimulante de la
realidad humana actual (mentalidad y problemas del hombre de nuestro tiempo).
2. UNA
PERSPECTIVA MÁS GLOBAL nos parece que puede partir de la realidad
del kerigma esencial de Cristo muerto y resucitado por nuestra
salvación; también la realidad sacerdotal de Cristo presente
y operante en la iglesia bajo los signos sacramentales deriva en el
fondo de tal centro focal. El Cristo mediador-pontífice y sacerdote
está presente en la iglesia: de esta realidad personal directa (no
aplicada a Cristo con ideas categoriales), que alcanza en el / misterio pascual
su cumbre de servicio fiel a Dios y a los hombres, se puede deducir una
teología fundada de los ministerios, no sujeta al proceso
crítico de la secularización moderna, que ataca más a
una idea histórica del sacerdocio que a la realidad de la
persona de Cristo, fuente de todo sacerdocio que obra bajo los signos
sacramentales y eclesiales.
La solución
de la relación entre misterio sacerdotal y sacerdocio común
de los fieles se encuentra, pues, en esta fuente personal del Cristo sacerdote
sumo y único, que vive en la iglesia y por medio de su Espíritu
obra los carismas. La línea iglesiaministerio-sacramentos es la que
prevalece en la teología ecuménica de hoy, porque se inspira en
el aspecto carismático y viviente del Cristo que obra en la
iglesia, más que en el estrictamente jurídico de los mi
Ministerio/
Ministerios
nisterios como
poderes, recuperando así también la línea de la evangelización.
II. Fundamentos
bíblicos de los ministerios
Una
aproximación a la biblia puede realizarse con dos orientaciones
metodológicas diferentes: con una transposición del presente
eclesial a las primeras comunidades cristianas, para descubrir la estructura
constitucional de la iglesia; con la diferenciación de los
ministerios, para descubrir su identidad sustancial con la ministerialidad
en la iglesia a lo largo de sus fases históricas. Un examen de
los primeros documentos cristianos de la época apostólica, centrado
en las designaciones jerárquicas (sacerdocio ministerial y sus grados)
reagrupadas también bajo las categorías de los tria muñera
(regendi, sanctificandi, docendi), puede ser ambivalente porque supone una
precomprensión del problema y una concepción estática
de la realidad vital del cristianismo. Por el contrario, un
análisis cuidadoso de las primeras fuentes bíblicas, aunque
sea imparcial, presenta el peligro de considerarlas como un bloque
monolítico, sin discontinuidad. Una síntesis de los dos
métodos parece preferible para las designaciones de los ministerios
eclesiales en su rica variedad, con vistas a una percepción de la
realidad de estos signos prolongados de Cristo en el mundo sin esquematismos
rígidos y absolutos.
1.
TERMINOLOGÍA: DIACONÍA, MINISTERIOS, MINISTROS. La voz diakonía
(lat. ministerium) significa ministerio, no sólo en el sentido específico
de los diáconos, sino como realidad del servicio. Este concepto griego,
que se consideraba como siMinisterio/ Ministerios
nónimo de
esclavitud-servidumbre en sentido despectivo (Platón, Gorgias
429b), se convierte en el emblema de Cristo, que es el diácono por
excelencia del Padre y de los hombres (He 1,17.25; 6,4; 20,24; Rom 11,13;
2 Cor 4,1; 6,3; Tim 1,24, etc.). Se aplica también al apostolado, sea de
la palabra (He 6,4; 20,4), sea de la reconciliación (2 Cor 5,18), e
indica en general el ministerio apostólico (He 1,25; Col 1,7). Este uso
de la voz servicio, que cualifica al ministerio cristiano, lleva a evitar los
términos que en griego significan autoridad, poder, mandato, prefiriendo
más bien los términos de diakonía o de leitourgueia.
En el mundo
romano, las categorías de base no son servitiumministerium, sino
las de dignitashonor, es decir, propias de la carrera (cursus honorum) que
los funcionarios públicos debían hacer; por tanto,
cuando se habla de ministeria ecclesiastica, éstos se deben
entender en sentido parcial, es decir, del diaconado en ayuda de los
presbíterosobispos; y sólo un siglo después del
edicto de Milán el título de minister se aplica a los sacerdotes
cristianos. Esta transposición de las funciones sacerdotales de
ministeriales a honoríficas se debe, pues, a la concepción
romana de la autoridad del ordo directivo de los colegios y de las entidades
públicas fuera de Roma, así como de los ordines de la capital del
imperio.
a) Ministerio
cristiano. Esta voz, que se refiere a la misión de servir a los hombres
para los misterios de Dios (1 Cor 4,1) y de cooperar en la acción
salvífica de Dios (2 Cor 5,186,1), se especifica por las siguientes
condiciones: estar al servicio eclesial de Dios y de los hombres; de manera
permanente, es decir, no transitoria en sí; de competencia
específica de 1276
los que
están constituidos en autoridad eclesial (LG 10).
b) La
ministerialidad del Cristo histórico y del Cristo místico-eclesial.
El ministerio de Cristo en su vida histórica es el punto central de la
ministerialidad, y culmina en el misterio pascual: él vino para servir
(Mt 20,28; Me 10,45). Los otros títulos que se le dan son:
apóstol (Heb 3,1), pastor (Jn 10,14; 1 Pe 2,25; Heb 13,20), maestro (Jn
13,3), obispo (1 Pe 2,25), sacerdote (Heb 5,6; 7,17.21), sumo sacerdote (Heb
10,21; 4,14-15). Policarpo, a finales del s. i, llamará a Cristo el
"diácono siervo de todos" (Ad Phil. 5,2). Pero esta
ministerialidad de Cristo se extiende a todo su cuerpo místico; en
efecto, la iglesia tiene por fin intrínseco este servicio
escatológico fundamental, en tensión entre el mundo en que
está encarnada y el reino a que está destinada (Heb 13,10).
2.
A ningún
ministro se le llama sacerdote; el título de sacerdote (hiereus)
aplicado a los ministros cristianos deriva sólo del paralelismo con
el ministerio y el culto del AT. El motivo de tal ausencia consiste en el hecho
de que el pueblo de Dios se caracterizaba, respecto a las distintas naciones
paganas, como un pueblo sacerdotal, una nación santa (Ex 19,6). Esta
terminología sacerdotal, referida a todo el pueblo de Dios 1277
también en
el NT (1 Pe 2,5), no excluye, sin embargo, la existencia de sacerdotes
jerárquicos en la iglesia. Ante todo, en la primera generación
cristiana se trataba de diferenciar el sacerdocio cristiano del sacerdocio
levítico (la carta a los Hebreos considera el sacerdocio
levítico sólo como punto de partida, como elemento
analógico), porque ni Cristo ni los apóstoles pertenecían
a una tribu sacerdotal como la de Leví. En sustancia, el sacerdocio de
Cristo y de sus ministros no es ni étnico, ni nacional, ni hereditario,
sino un sacerdocio nuevo. Pero entonces hay que explicar por qué se
llama a Cristo sumo sacerdote: el culto nuevo inaugurado por el sacrificio
de Cristo, en el que hay unicidad e identidad tanto del sacerdote
como de la víctima, funda un contenido nuevo del sacerdocio, incluyendo
en él no sólo la relación con el sacrificio (Heb 5,1; 8,3;
Agustín, Confesiones 10,42: "sacerdos quia sacrificium"), sino
también la relación con la evangelización, la
predicación, el magisterio. Cristo, en efecto, no ha ofrecido víctimas
cruentas (Heb 9,1 lss); y por eso su sacerdocio es celeste, es decir, un
ofrecimiento permanente, eterno, de su mismo sacrificio histórico de la
cruz (Heb 9,7.14; 10,10, etc.), del que hacemos el memorial eucarístico
(1 Cor 11,24). En el NT se usa más bien la frase offerre muñera
en vez de emplear el término sacrificio (thusia), usado en los LXX
un total de ciento treinta veces para indicar el sacrificio cruento (a veces
también incruento). La especificidad del sacerdocio de Cristo y de
su sacrificio, llamado "fracción del pan" (He 2,4244),
memorial del Señor (Le 22,19), eucaristía (1 Cor 14,16-18),
explica, pues, esta reserva terminológica aplicada a los ministros
del culto cristiano designados según sus funciones. No faltan, sin
embargo, las designaciones cultuales (cf la fórmula de la
Ministerio/Ministerios
1 Cor 1,2:
"Los que invocan en todo puesto y cargo el nombre de nuestro
Señor": topos aquí no significa lugar) ni referencias
al culto específicamente litúrgico (He 13,1-2; cf /.a
Clementis ad Cor. 40,5); pero prevalecen los términos de episcopi
(inspectores), de presbiteri (ancianos), de diaconi (Flp 1,1) aplicados a
funciones más o menos identificadas. Esta terminología, que
luego se hará clásica, aparece también asociada a otras
voces: colaboradores (Flp 2,25), presidentes (1 Tes 5,12), guías (Heb
13,7; 17,24), pastores (Ef 4,11), diáconos (Pablo usa treinta veces el
término esclavo, más fuerte que el de diácono, usado
treinta y un veces).
3. CUADRO
SINÓPTICO DE
1,2). Dentro de
estas funciones se indica a las personas dotadas de carismas para la
edificación del cuerpo de Cristo, que, además de los após
Ministerio/
Ministerios
toles,
comprendé: los profetas, los pastores y los doctores (1 Cor 12,113.28;
Rom 12,3-8; Ef 4,11). La dirección de la iglesia apostólica
y subapostólica en esta primera época resulta, pues,
constituida por los apóstoles (los doce, más Pablo), por los
obispos, por los misioneros (apóstoles, es decir, enviados), por
los profetas (Didajé 10,7), por personas eminentes y por
obispos residenciales (Santiago en Jerusalén, Timoteo en Éfeso, Tito
en Creta, Clemente en Roma, Ignacio en Antioquía, Policarpo en
Esmirna, y los demás obispos destinatarios de las cartas de
Ignacio); junto a ellos están otras personas que ejercen una
dirección colegial de cada comunidad local. Entre los ministros auxiliares
se pueden indicar: los siete (He 6,3; 21,8), los diáconos (Flp 1,1,
1 Tim 3,8-13), los jóvenes (neoteroi: He 5,6; 1 Pe 5,5; neaniscoi: He
5,10); en fin, todos los fieles, a los que se llama santos (He 3,32-41, etc.)
nada menos que doscientas treinta y tres veces. Esta variedad nos permite
captar la línea constante que une la estructuración vertical de
la jerarquía eclesiástica de estas comunidades primitivas en su
desarrollo histórico hasta Ignacio ("un solo obispo junto con los
presbíteros y los diáconos": Filadelfios 4; Efesios 4;
Magnesios 2; Tralianos 2,3) con la realidad eclesial de base, aunque no nos es
posible determinar exactamente cada una de las funciones de la
categoría sacerdotal jerárquica de los miembros del colegio
directivo de cada comunidad. De todos modos, es cierto que las funciones
presidenciales de dirección y de gobierno de la comunidad no se pueden
separar, sea de las funciones doctrinales (kerigmáticas, didácticas,
evangelizadoras), sea de las sacramentales (1 Cor 1,2; 11,20; etc.), sea
de las caritativas, sea de las representativas (de representación
oficial de la comunidad: 1 Tim 3,2).
1278
Sin duda, con la
tradición bíblica enlaza la preeminencia de la
función pastoral (He 20,28; 1 Pe 5,2; Ef 4,11; 1."-Clem. 44,3;
etc.), mientras que en las cartas pastorales se encuentran también
categorías que evocan la concepción doméstica de la casa
de Dios (1 Tim 3,5: cabeza de familia) con las consiguientes funciones de
administración (Tit 1,7; 1 Tim 3,45). En definitiva, la potestad
jurisdiccional no aparece nunca como distinta de la autoridad
sacerdotal-pastoral; la misma actividad de evangelización tiene
valor fundamentalmente sacerdotal (Rom 15,16; Flp 2,17); las funciones
sacerdotales son las mismas funciones apostólicas (Mt 28,18; 1 Pe
2,5.9). Mientras que en Israel el sacerdocio y el profetismo eran instituciones
distintas, aunque no opuestas; mientras que también en las religiones
paganas (por ejemplo, en Roma, Cicerón, Leyes 2,8) había dos
géneros de sacerdotes, uno para presidir, el otro para interpretar
(augures), o bien los diáconos (servidores de \a polis) eran
perfectamente distintos de los sacerdotes del sacrificio (Platón,
Política 290), en la comunidad cristiana las funciones ministeriales
son intercambiables y están entreveradas inescindiblemente porque
derivan de una elección divina (Gal 1,1: "Apóstol, no
de parte de los hombres ni por mediación de los hombres, sino por
Jesucristo"). La trascendencia de la llamada al ministerio
habrá de prever al máximo que se presenten los posibles candidatos
(He 1,3), que mediante la suerte (He 1,24-26) o sin ella se consideran
directamente constituidos por Dios (por ejemplo, 1 Cor 9,1; 15,810). Por
tanto, no hay ninguna delegación de parte de la comunidad, como si
los ministerios fueran representantes de ella; están a su servicio
y la representan (cf /.a Clem. 44,2-4;
42,4) en nombre
de los apóstoles, y a la postre en nombre de Cristo.
1279
IVI. La
tradición eclesial en su desarrollo histórico
El estudio de la
tradición histórica tanto oriental como occidental permite
esclarecer mejor los términos de lo que se ha llamado el problema
ecuménico por excelencia. Ya desde el tiempo de
Ministerio/
Ministerios
cramental de las
personas y de las actividades de los ministros eclesiales.
1.
PATRÍSTICA ANTENICENA. Ante todo, no se encuentra un cuerpo
compacto y homogéneo de doctrina. Pero se pueden describir algunas
líneas de desarrollo. La expansión originaria del
cristianismo llamada misionera en las primeras comunidades cristianas
privilegió ciertamente la función profética y la
tarea de unidad que competía sobre todo al episcopado (cf Ignacio, 7.a
Clementis), dejando en segundo plano el aspecto cultual de los
ministerios. Con la aparición de las primeras herejías,
sobre todo de la gnóstica, se imponía la necesidad de una regla
de fe que permitiese discernir entre la tradición auténtica y las
novedades: así, el criterio de la sucesión apostólica
les pareció decisivo a Ireneo y a sus contemporáneos, porque
la figura del obispo se coloca en la línea de esta misión
recibida y transmitida por los apóstoles para asegurar la
continuidad de las funciones apostólicas en la iglesia. La crisis
montañista en África, con sus contraposiciones: entre la
iglesia muñere episcoporum y la ecclesia Spiritus; entre la disciplina y
la potestas; entre el ministerio y el carisma, sobrevalorando los
elementos carismáticos a expensas de los elementos institucionales,
llevó a los padres a insistir en la existencia de un poder exclusivo de
la jerarquía eclesial, pasando un poco por alto los elementos de la
gracia o carisma del Espíritu. Así se explica la frecuencia del
uso de una terminología de tipo casi profano aplicada a los ministerios
en Roma: honor, dignitas, auctoritas. Pero una vez alejado el peligro de
confusión entre el sacerdocio del AT y el cristiano, se
empezó a usar con mayor libertad la terminología cultual-sacerdotal,
como aparece ya en el rito
Ministerio/
Ministerios
y en las
oraciones de ordenación de Hipólito (Tradición
apostólica), donde la idea del sacerdocio es preeminente con
referencia al sacerdocio del AT. Las controversias sobre las tradiciones
contrastantes de las diferentes iglesias (por ejemplo, en la celebración
de la pascua, en el trato que debía darse a los apóstatas y
respecto a la validez del bautismo de los herejes) favorecieron frecuentes
intercambios entre las diversas iglesias y una intensa actividad conciliar,
en beneficio de la conciencia de la colegialidad episcopal (cf la doctrina
de Cipriano) y de la profundización de las relaciones entre las funciones
ministeriales y el misterio de la iglesia.
2.
PATRÍSTICA CLÁSICA. Los sermones y los tratados de los
padres sobre el tema del sacerdocio considerado ex professo (por ejemplo,
de san Juan Crisóstomo), así como las homilías para el
aniversario de la propia ordenación, contribuyeron a la
profundización de la doctrina en relación con cada una de las
tres funciones: profética, litúrgica, pastoral; pero sobre
todo hicieron emerger la unidad del ministerio cristiano en el sentido de la
economía de la salvación. Los puntos sobresalientes de esta
doctrina más evolucionada son: el simbolismo de los ritos consecratorios
para descubrir la gracia propia de cada ministerio; la función de
la jerarquía como órgano del Espíritu para la
edificación de la iglesia; el carácter de representantes de
Cristo atribuido a los ministros en sentido fuerte, en cuanto que éstos
tienen una responsabilidad pastoral frente al pueblo de Dios (la caridad pastoral
es uno de los temas preferidos de los padres). El cambio de condiciones
sociopolíticas que condujo a la alianza entre iglesia y estado modificó
este equilibrio doctrinal: los pri
vilegios, los
honores y los símbolos
1280
concedidos a la
jerarquía (en especial a los obispos, considerados como dignatarios
del estado) y el reconocimiento de la audientia episcopalis del
tribunal eclesiástico, llevaron a la irrupción en la
liturgia de elementos ceremoniales derivados de los usos de la corte imperial
(la cátedra del obispo se convierte en trono), con una
transformación de la terminología (dignitas, potestas) que se
ajusta bien a la nueva idea del cursus honorum, en el que los distintos
ministerios se conciben como promociones (gradus) necesarias para ascender
al grado supremo del episcopado (cf can. 10 del concilio de Sárdica del
393: "Nadie puede ser elevado a este grado supremo del episcopado, que es
un honor muy grande, y participar en el sacerdocio divino sin haber ejercido
durante algún tiempo el lectorado, el diaconado o el
presbiterado". El principio del organismo con pluralidad de funciones cede
así el paso al principio de la jerarquía: el clericalismo de
la carrera eclesiástica queda así ya sancionado; y el estatuto distinto,
y a menudo contrapuesto, de clero y laicado adquiere su valor jurídico.
La idea primitiva de ministro aparece en cierto modo oscurecida.
La ulterior
difusión del cristianismo desde las ciudades a los pagos (de donde
viene el término paganos), con la consiguiente multiplicación de
los ministerios en tantas comunidades dispersas, llamó la
atención sobre la necesidad de una consagración y de
una potestas exercitii (por ejemplo, Atanasio precisa que nadie puede ofrecer
válidamente la eucaristía sin la imposición de manos
de un obispo: se trataba de un cristiano que en un pueblo sin sacerdote pretendía
celebrar: Apología contra Arium 11: PG 26,269). Se favorece así
la concepción del sacerdocio en términos de poder cultual
eucarístico y sacramental, en especial de los
1281
sacerdotes y de
los diáconos en las parroquias distantes del centro urbano. El
abandono de la predicación en las mismas ciudades episcopales, en los
ss. VI-VH, acentuará la cultualización de los ministerios; y
esto se reflejará en los escritos de la última patrística
(por ejemplo, Isidoro de Sevilla, De ecclesiasticis officiis II, 5,2-6: PL 83,
780-782), donde el verdadero tipo del sacerdocio no es ya Cristo, ni
siquiera Moisés, profetasacerdote-legislador, sino Aarón con
los levitas del templo de Jerusalén. Los ritos que se introducen en el
Pontifical de la época carolingia convalidarán esta
tendencia al asemejamiento con las figuras del AT. La reacción
contra las pretensiones de los diáconos, que ya bajo el papa
Dámaso
habían intentado una insubordinación hasta pretender celebrar
los divinos misterios y considerarse iguales o incluso superiores a los
presbíteros, llevó a la tesis sostenida por un
anónimo (Ambrosiáster), y luego por Jerónimo (Ep.
146; 69,3), de la igualdad entre sacerdotes y obispos en el sacerdocio, precisamente
en el plano cultual, que ejerció gran influjo en la teología
medieval.
Esta controversia
sobre tal diferencia de los ministerios contribuyó a fijar cada vez
más la atención en los elementos (potestas) distintivos entre los
diversos grados jerárquicos, y no en los elementos comunes. La
reacción agustiniana contra los donatistas llevó a acentuar
el principio de que la eficacia de los sacramentos no depende de la santidad
personal de los ministros, sino delvalor objetivo del ministerio en
general: esto ha influido en la evolución de la doctrina de los
ministerios, porque su validez o invalidez se hacía depender de la
condición objetiva personal, es decir, del curriculum jerárquico
del ministro, y no del vínculo con la iglesia local (principio de
economía en
Ministerio/
Ministerios
Oriente). La
praxis de las ordenaciones universales encuentra aquí su principio:
el ministro válidamente ordenado puede ejercer en cualquier
iglesia.
En sustancia se
puede decir que la teología patrística de los ministerios,
-aunque no revela
un orden sistemático, contiene una profundidad y variedad de
perspectiva que, con la riqueza de los acentos sucesivos de escuela,
explican las tendencias y también las deficiencias de la ulterior
evolución de la teología de los ministerios.
ÉPOCA MEDIEVAL. A través de
Gregorio Magno, Isidoro de Sevilla y Beda, la corriente patrística
llegó a Occidente en un período en el que la iglesia estaba
empeñada en el esfuerzo de asimilación y de
adaptación a las culturas llamadas bárbaras. Sin embargo, se nota
que, incluso en la cumbre de la teología medieval de los ss. XII-XIV, la
teología del sacerdocio no se desarrolló como los demás
sectores; la carencia de una teología satisfactoria se debe a una
eclesiología reductiva y empobrecida por los condicionamientos
apologéticos. La prevalencia de los estudios y de la mentalidad
jurídica, por la que la iglesia se define coetus clericorum, y el
recurso a
Ministerio/
Ministerios
especial en
relación con la eucaristía, es idéntica en los dos grados
del obispo y del presbítero; tanto más cuanto que la potestas
regendi aparece devaluada a causa de los abusos
o prevaricaciones
de no pocos obispos. Santo Tomás, aun aceptando la tesis de Pedro
Lombardo acerca de la duplicidad de los poderes sobre el cuerpo real y sobre el
cuerpo místico de Cristo (de los que sólo este último es
propio del obispo, que sin embargo constituye un orden supremo en el
sacerdocio), no llega nunca a las conclusiones de algunos teólogos modernos,
que han considerado sólo al obispo como verdadero sacerdote, ya que
también el presbítero participa de los poderes de gobierno
del obispo (cf In IV Sent. d. 7, q. 3, a. 1, sol. 2, ad 3).
IV. Las funciones
específicas de cada grado
El ejercicio de
las funciones ministeriales ha registrado notables diferencias en la
evolución histórica arriba esbozada en relación con cada
uno de los grados del orden. Podemos distinguir dos grandes etapas: la
primera, que tiende a concentrar los ministerios de mayor trascendencia
social en el obispo; la segunda, que una vez consolidada la figura del obispo,
procede inversamente a una descentralización de forma gradual de
los ministerios en favor del presbítero y a veces del diácono. Basándose
en el principio de la teología clásica según el cual cada
grado incluye la potestas de los grados inferiores, podía
suceder que una disciplina contingente que impedía a los grados
inferiores ejercer sus funciones específicas se transformase en
doctrina, causando una limitación disciplinar en el ejercicio de tal poder,
que se confundió así luego con la simple carencia del mismo.
1282
1.
DISTRIBUCIÓN DE LAS FUNCIONES. Se puede afirmar que hay una
continuidad sustancial entre las funciones reconocidas por el Vat. II al
obispo (LG 21; 25; 27), al presbítero (LG 28; PO 4-6) y al
diácono (LG 29), y la praxis ya atestiguada en el
s. ni; pero
existen notables reservas de funciones por parte de los obispos a expensas del
ejercicio de los ministerios por los grados inferiores.
a) De la iglesia
de los mártires a la iglesia de los padres. El esquema dualista de
obispos-sacerdotes (dada la anfibología de los términos en la
primera literatura cristiana: cf Dida
jé 15,1),
por un lado, y diáconos, por el otro, lo supera Ignacio, que distingue
claramente las funciones episcopales de las presbiterales. La organización
tripartita de los ministerios mayores en el NT, en analogía con la
del AT (sumo pontífice-sacerdotes-levitas: cf /.a Clem. 40,5), responde
al esquema de las cartas paulinas y de las pastorales. A los obispos-presbíteros
les compete la liturgia (leiturgein: funciones cultualesrituales),
sobre todo el ofrecimiento del sacrificio (prosforein), y también
alimentar a la grey (poimainein). A los diáconos no les compete un servicio
sacerdotal (como sucedía con los levitas); la progresiva degradación
de los diáconos no se puede ciertamente atribuir al inñujo del
AT. Cuando el término diácono cobró un significado
específico, el episcopado aparece ya en su forma monárquica
con funciones plenarias consolidadas (cf Ireneo, Adversus Haereses 3, 3,1), si
bien perdurando la fluctuación de la terminología
obispo-presbítero en algunas iglesias. En
gracia y consejo
para gobernar al pueblo y celebrar el sacrificio (n. 7); al diácono, que
está ordenado no al sacerdocio, sino al ministerio del obispo para hacer
lo que se le mande, el espíritu de gracia, de solicitud y de
industria (n. 8) para el servicio de la iglesia y del altar. La clave de la
supremacía del obispo no parece residir tanto en sus funciones de presidencia
de las celebraciones cultuales y de cabeza de la comunidad, sino en el
hecho de que sólo él tiene el poder de ordenar. En los ss. iv-v,
a la doctrina del primado del obispo ("pastorale fastigium et gubernatio
ecclesiae": León Magno, Ad Ep. Mauritaniae Cesar. 44,6, c. 1: PL
54,646) se añaden las reservas de funciones con especial importancia
intraeclesial y social, como consagración de iglesias,
bendición del crisma, consagración de vírgenes, reconciliación
de los penitentes, y sobre todo la predicación homilética. Fuera
de la iglesia de Alejandría, donde predicaban también
presbíteros e incluso diáconos (cf Orígenes), los
presbíteros no predicaban ni en Roma ni en Constantinopla
(aquí sólo con la delegación del obispo), aunque ya en
tiempos de Agustín y de Gregorio Magno se abrieron brechas en esta
rígida praxis (cf la reacción de Jerónimo para
reivindicar en pro de los presbíteros tal oficio de predicadores:
Ep. 53,7: PL 22,534). Pero las circunstancias históricas, como la
defensa contra las herejías, la conciencia más viva de la
sucesión apostólica, la falta de preparación doctrinal
de muchos presbíteros, la única concelebración
presidida por el obispo, mantuvieron tal reserva de hecho hasta la
dispersión geográfica de los presbíteros por las iglesias
de los pagos o aldeas rurales, en las que la necesidad de evangelizar a los
pueblos invasores impuso la licentia de predicar, obtenida del obispo. Para las
funciones de gobierno, la
Ministerio/
Ministerios
colaboración
con el obispo, aunque reconocida en los ritos de ordenación a los
presbíteros, de hecho la ejerce el arcediano, que tiende a extender
sus funciones más allá de la asistencia caritativa, la
organización de las ceremonias, la presentación de los
ordenandos, el gobierno sustitutivo de la diócesis en ausencia del
obispo o en caso de sede vacante. La rebelión de los diáconos
romanos en el s. iv es un signo claro de ello (cf F. Prat, Les prétentions
des diacres romains au quatrieme siecle, en RSR 3 [1912] 463-475). La
misma limitación del número de los diáconos a siete y
la administración de los bienes eclesiásticos que
tenían encomendada contribuyen al eclipse de los
presbíteros: la mayor parte de los papas anteriores al s. vm, en Roma,
fue elegida de entre los diáconos. Las excepciones expresamente autorizadas
a los presbíteros para ordenar (DS 1145; 1146; 1290; 1435) se
fundan en el hecho de que el poder
papal supremo
puede hacerlos partícipes de este poder de gobernar, que de suyo no
pertenece a los sacerdotes secundi ordinis (fórmula de ordenación
romana del presbítero); así vale para la consagración del
crisma, de las iglesias, y para otros actos presbiterales, cuya validez
quedaba condicionada a la licencia del obispo, a quien pertenecían
auctoritate canonum. Pero las praxis son diversas; así, por
ejemplo, en España los presbíteros confirmaban con crisma
bendecido por ellos mismos.
b) La praxis
medieval. En el Pontifical romano-germánico del
s. x, la praxis
se funde con la disciplina antigua en la determinación de las
funciones: "Al diácono le compete servir al altar y bautizar;
al sacerdote, ofrecer, bendecir, presidir, predicar; al obispo,
juzgar, interpretar (discernir, etc.), consagrar, consummare, ordenar,
ofrecer, bautizar".
Ministerio/
Ministerios
Los
presbíteros, que hasta Carlomagno se llamaban sacerdotes de segundo
grado, son reconocidos como "próvidos cooperadores del orden
episcopal", con funciones que en el pasado no se ejercían de hecho;
los diáconos son reducidos sólo a funciones
litúrgicas, hasta el punto de correr el riesgo de extinción en
Occidente por carencia de ejercicio. La reserva de los actos al obispo no
sólo para la licitud, sino también para la validez, que crea
evidentes limitaciones del poder de los presbíteros y de los
diáconos, se justifica, sin embargo, con el argumento de la unidad
eclesial (con referencia a Ignacio), o con el recurso al ecclesiasticus ordo
et concentus (cf Constituciones apostólicas III, 9; VIII, 27-28), o bien
con la atención ad honorem potius sacerdotii quam ad legem necessitatis
(Jerónimo, Altercatio luciferiani 9: PL 23,164-165). Respecto a la
función diaconal, se puede afirmar sintéticamente que por su
forma abierta, según los datos del NT, a la mayor libertad, tiende a
evolucionar después del s. IV: en Oriente, como función clerical
local, centrada en la asistencia litúrgica al presbítero; en
Occidente, como una fase del cursus sacerdotal. En la tradición siríaca
existían las diaconisas (cf Constituciones apostólicas VIII,
28,6): "Sin embargo, la diaconisa no bendice, no hace algo que hagan el
presbítero y el diácono; sólo guarda las puertas, y sirve
a los presbíteros cuando se bautizan las mujeres, por motivos de
decencia". Pero hay que añadir que aunque estuvieran ordenadas con
la imposición de las manos (cheirotonia), como los diáconos,
no pertenecían al clero en el gobierno de la iglesia; en
Occidente, ciertos privilegios reservados a monjas, como lectura del evangelio
o distribución de la comunión, son quizá un residuo
de una costumbre que permanece como órgano rudimentario en el rito
ad dia
1284
conam faciendam
(sacramentarlo Gregoriano-Adrianeo, 214) (cf A.-G. Martimort, Les diaconesses,
Roma 1982).
2. ÓRDENES
MENORES Y PRAXIS ACTUAL. En la jerarquía de orden no se
comprendían los órdenes menores, aun teniendo el nombre de
tales; pero existían desde la antigüedad varias categorías
de personas que tenían funciones subalternas no siempre bien distintas
de las de los diáconos. Las listas antiguas nos presentan diversidades
no siempre reducibles a funciones homogéneas.
a)
Tradición antigua. Junto a los confesores, a las viudas, a los ascetas,
a los exorcistas y a los sanadores, encontramos en el s. iv el siguiente
orden de acceso a la comunión eucarística, dado por las Constituciones
apostólicas (VIII, 13, 14 y 23): "Obispo, presbíteros,
diáconos, subdiáconos, lectores, cantores, ascetas; y entre
las mujeres, las diaconisas, las vírgenes y las viudas; luego los
niños, y sólo después todo el pueblo". En otra
lista de la misma fuente (III, 11,3), pero más antigua (Didascalía
siríaca del s. ni), el orden es el siguiente: diaconisas, lectores,
subdiáconos y ostiarios. Eusebio (Historia eclesiástica I, 1-2)
no tiene escrúpulos en poner junto a la jerarquía a los
didáscalos, los mártires y los príncipes civiles
(¡es de sobra conocido el carisma divino que atribuía al
emperador!). Por eso no es fácil distinguir, especialmente en Oriente,
entre carismas y órdenes ministeriales, tanto más cuanto que en
los ritos siro-orientales el arcediano es miembro del orden presbiteral,
mientras que en los ritos sirooccidentales las diaconisas tienen funciones
de acólito: en las iglesias bizantinas el salmista es confundido de
hecho con el acólito (antes de invitarlo a su oficio de proclamar
la
1285
palabra de Dios,
se habla de la función de ceroferario), y ciertamente el
subdiácono se corresponde con nuestro acólito. En la iglesia
latina, por debajo del diaconado, hasta el Vat. II, los órdenes menores
eran cinco: el subdiácono (considerado orden mayor sólo
a partir del s. xm), el acólito, el exorcista, el lector y el ostiario.
Estos órdenes menores se consideraban obligatorios ya en el documento de
los Statuta Ecclesiae Antiqua, del s. v (476-485: galicano), al presentar el
cursus completo de la iglesia romana antigua.
b) Del concilio
de Tremo al Vat. II. El concilio Tridentinp (Sess. XXIII, c. 17), queriendo
hacer corresponder los órdenes menores con los ministerios efectivos, a
menudo ejercidos sin institución eclesial alguna, no salió
airoso en su objetivo reformador, sea porque no se redefinía
la atribución de cada ministerio, sea porque no llevaba a cabo su
propuesta de suprimir los ministerios de ostiario y de exorcista, que se
habían vuelto inútiles. En síntesis, se puede decir que
los únicos dos órdenes inferiores al diaconado, que se
encuentran por doquier desde la antigüedad, son: el subdiaconado, que
en Occidente corresponde al acolitado, y el lectorado; para estas dos
funciones se hablaba en los documentos litúrgicos de ordinari (ser
ordenados), pero nunca de imponere manus, reservado a los órdenes
mayores. La reforma vaticana (motu proprio Ministerio quaedam, del 158-1972)
ha superado los puntos de vista restringidos del primitivo proyecto de
reestructuración, que se limitaba a proponer la supresión
del exorcistado-ostiariado y subdiaconado, manteniendo, sin embargo, para
el lectorado-acolitado el significado de órdenes menores, reservados
por ello a los clérigos. En cambio, el hecho de que hoy los
diáco
Ministerio/
Ministerios
nos realicen
estas funciones ministeriales ha contribuido a reducir estos
órdenes a ministerios instituidos, es decir, no conferidos con
ordenación, indicando así el cambio de significado de sus
funciones. Se trata ahora de ministerios laicales propiamente tales, a
diferencia de los antiguos órdenes menores, porque los fieles que los
ejercen no asumen ya funciones de suplencia respecto a los
clérigos, sino que ejercen un derecho fundado en el sacerdocio
común de los cristianos. También en el caso de los candidatos al
presbiterado o al diaconado, la obligación impuesta a los
clérigos de recibirlos no rebasa el significado de preparación
pedagógica ("para mejor disponerse a las futuras tareas de la
palabra y del altar"). Pero el nuevo significado reconocido a
estos ministerios instituidos con vistas a un servicio más estable
en el seno de la comunidad eclesial tiene por corolario la creación
de nuevas funciones, que no tenían su correspondiente exacto en la
disciplina antigua. Así, a título de ejemplo, el documento
pontificio indica como nuevos ministerios posibles el de catequista u
otros servicios caritativos en la iglesia, ensanchando la esfera de estos
ministerios al servicio del mundo. Si bien el lectorado y el acolitado
permanecen como servicios comunes a todas las iglesias (en las iglesias
orientales será el subdiaconado correspondiente al acolitado),
el número de los ministerios y el campo de su ejercicio será
regulado por las conferencias episcopales, a las que también se
invita a hacer propuestas para otros ministerios necesarios para las exigencias
pastorales que van surgiendo. Con esta nueva disciplina, que distingue mejor
los ministerios ordenados de los instituidos, bien que teniendo en cuenta las
diversas realizaciones históricas en cada iglesia, también
los ministerios instituidos se caracteri
Ministerio/
Ministerios
zan mejor
respecto a los ministerios de hecho; en efecto, la institución tiene por
objeto significar cierta permanencia de tales servicios en razón de
las necesidades y las actividades habituales de la iglesia. [Precisiones
terminológicas sobre los ministerios y enumeración completa: /
Asamblea, III, 2, a-d.]
V.
Problemática teológico-Htúrgica de los ministerios
El problema de
los ministerios hoy, después de esta panorámica histórica,
se presenta sin duda con nuevas líneas y exigencias, porque el estado
histórico de la investigación ha modificado o relativizado la
simplicidad de ciertos esquemas fixistas de los manuales de tipo
apologético o escolástico. Ya hemos subrayado que el NT presenta
momentos sucesivos de organización de los ministerios, ligados
a veces a zonas geográficas diferentes (Corinto y las primeras
iglesias paulinas, el ambiente judío de Mateo, Hechos y las Pastorales)
y también un pluralismo de formas en función de las necesidades
pastorales (por ejemplo, los siete en He 6,1-6). Además, los numerosos
títulos de estas personas califican a funciones o acciones, en el
sentido de que son los servicios los que califican a los ministerios. Los
concilios no han resuelto de forma irrevocable todos los problemas, que siguen
todavía enmarañados; por ejemplo, sobre la naturaleza de
esta institución divina, considerada origen de los ministerios (cf
DS 1776 para el Tridentino y LG para el Vat. II): ¿se trata del simple
hecho de su existencia?, ¿se trata de una distinción esencial
de tipo ontológico, como la que se admite entre el sacerdocio ministerial
o jerárquico y el común de los fieles (LG 10), o de tipo
funcional? La diferencia entre sacerdotes y
1286
obispos,
¿está ya definida en su valor sacramental (diferencia sólo
de grado), hasta el punto de considerarla no susceptible de ulteriores
especificaciones históricas? ¿Sobre qué bases
podría reformularse, y sobre todo ejercerse, en la perspectiva de una
teología más ecuménica de la iglesia, la relación
entre pontificado supremo del obispo de Roma, que "preside en la
caridad" la iglesia universal, y el episcopado, sobre todo en su
organismo colegial de tipo sinodal o conciliar? Todos estos interrogantes
nacen del hecho de que el llamado derecho divino está sometido a
cierta historicidad, y por tanto goza de una relativa reformabilidad, que deja
siempre abierta la problemática dentro de límites evidentemente
determinados por la fidelidad esencial a la voluntad de Cristo, que ha
instituido en su iglesia ministerios en continuidad con la misión encomendada
en origen a los doce.
1. UNA NUEVA
ECLESIOLOGÍA MINISTERIAL. Esta revalorización de los
ministerios laicales, que afecta también a la / mujer, es fruto de
la eclesiología conciliar caracterizada por dos movimientos: el
recentramiento sobre Cristo de los ministerios; el descentramiento hacia
la iglesia como tal (según una feliz fórmula de Schillebeeckx)
en el sentido pastoral, es decir, desde el centro hacia estructuras
más colegiales. De la concepción dualista
jerarquía-fieles, dominante en la teología postridentina, se pasa
a una teología que comprende tres términos: el sacerdocio de
Cristo, único sumo sacerdote, en cuanto que comprende tanto el
sacerdocio ministerial como el sacerdocio común de los fieles. La
prioridad dada por el Vat. II al capítulo sobre el pueblo de Dios en la
constitución LG sobre la iglesia (c. 2), respecto al capítulo
sobre la jerarquía (c. 3), significa la prioridad de los valores de
existencia
1287
y de
ontología sobrenatural (fundada en los sacramentos básicos
de la vida cristiana) sobre los valores de estructuras institucionales:
así los ministerios que corresponden a estas estructuras
institucionales encuentran mejor sus cualidades funcionales, sobre
todo si se los considera a la luz de la categoría de misión, que
atraviesa toda la teología posconciliar.
2.
REDESCUBRIMIENTO DE LOS CARISMAS. Esta segunda aportación de la
teología posconciliar concierne al valor y a la importancia de los
carismas, y se debe a la eclesiología de comunión y de servicio
en el contexto del diálogo ecuménico, en orden a
superar los excesos de clericalismo y juridicismo que se acentuaron
en los siglos de cristiandad, en los que se consideraba al laicado en
posición subalterna y sin autonomía cultural. Las investigaciones
del diálogo ecuménico (Pour une réconciliation
des ministéres, Taizé 1972), que llevaron a los acuerdos de Dombes,
arribaron a estas perspectivas comunes a los católicos y protestantes,
que no se pueden ignorar (cf Bautismo, Eucaristía, Ministerio, FC,
Lima 1982, nn. 1-55). Los puntos esenciales se pueden reducir a tres: la
cristarquía y la apostolicidad; la relación entre ministerio
pastoral y otros ministerios; objeto e investidura del ministerio
pastoral.
a)
Cristarquía y apostolicidad. La afirmación de base de este
señorío de Cristo, siervo y ministro único de su
iglesia, es que su ministerio se convierte en norma de toda la doctrina y
de toda la práctica del ministerio cristiano. De este principio brota
el criterio de la apostolicidad de la iglesia, que es apostólica en su
mismo ser, porque Cristo, enviado por el Padre, la envía a su vez al
mundo con la potencia del Espíritu.
Ministerio/
Ministerios
Dentro de este
conjunto apostólico de la iglesia y para su servicio se especifica
la sucesión apostólica en el ministerio instituido por el
Señor. Remitiéndose a los tres criterios de san Ireneo respecto a
la plenitud de la sucesión apostólica (la continuidad de la
ordenación a través de personas a su vez ordenadas; la fidelidad
a la enseñanza apostólica; la conformidad de la vida con el evangelio),
se afirma la normal indisolubilidad de estos tres elementos, en cuanto que
esta sucesión es el signo ministerial que atestigua la apostolicidad
de la iglesia y abre la comunidad a la venida y a la acción del
Señor mismo. El presupuesto de esta doble sucesión
apostólica es el doble significado del grupo de los doce en los
evangelios: estos hombres son, por un lado, la personificación
de todo el pueblo de Israel en sentido escatológico, con las doce tribus
reconstruidas (Gal 6,16); por otro lado, son los jueces de las doce tribus (Mt
19,28). Frente al mundo representan a la iglesia en misión; pero frente
a los demás, es decir, a la grey, representan al único pastor.
b) Ministerio
pastoral y otros ministerios. A cada uno de los dos tipos de sucesión
apostólica debe corresponder un orden de ministerios de tipo global
y específico. Sólo la colocación exacta del ministerio propio
de los pastores en el conjunto de los ministerios cristianos permite esta
teología correcta del sacerdocio. No existe, por tanto, en el cuerpo
eclesial un miembro que no esté dotado de una función propia
en virtud del bautismo y de su participación en la eucaristía,
porque cada uno tiene asignada su parte en la misión global de la
iglesia: el servicio a la misión y el testimonio de Cristo son un
compromiso de responsabilidad de todos los cristianos. En el ámbito de
los ministerios que el Espíritu San
Ministerio/
Ministerios
to suscita en la
iglesia, el servicio propio de los pastores es el de congregar a la iglesia.
En la interdependencia afirmada entre la apostolicidad global de la
iglesia y la apostolicidad específica del ministerio existe una
reciprocidad de dependencia, es decir, de remisión a Cristo
Señor, de tipo disimétrico, ya que los cometidos no son intercambiables
(como tampoco lo son los del esposo y de la esposa, o los de los padres y los
hijos); pero cada uno de los dos polos remite a Cristo. En esta
relación, más que insistir en la diversidad de las funciones que
corresponden a los pastores, históricamente variables, se subraya la
relación particular que tiene con el resto de la comunidad, y esto
respecto a los diversos ministerios que ejercen. Lo propio del ministerio
pastoral es asegurar y significar la dependencia de la iglesia respecto
de Cristo, fuente de su misión y fundamento de su unidad. Pero los
ministros ordenados tienen también el cometido de significar el
vínculo de comunión establecido por el Espíritu entre
las diversas comunidades en la unidad de la iglesia. Este cometido implica
la unión de los ministros con los pastores de otros tiempos
(éste es el valor de la tradición) y de otros lugares (las
relaciones intereclesiales) en el ámbito de un mismo colegio
derivado de los apóstoles. Esta recuperación de la colegialidad
del ministerio pastoral nos parece muy importante para situar el problema del
primado del ministerio en la caridad, reservado al obispo sucesor de
Pedro en la iglesia romana, y el problema de la autoridad del obispo
monárquico en el análogo colegio presbiteral de la iglesia local.
c) Objeto e
investidura del ministerio pastoral. El problema más delicado es el
de la especificación de los elementos transmisibles del ministerio
apostólico, porque aparecen
1288
siempre
vinculados entre sí: anuncio de la palabra, celebración de los sacramentos
y reunión de la comunidad. Las tres funciones clásicas, que
se denominaban potestas docendi, sanctificandi et regendi, encuentran una
clarificación mayor en el contexto de esta eclesiología de
ministerialidad apostólica. En efecto, el ministerio de la
palabra no se limita a repetir lo que se ha dicho en el pasado, sino que
debe interpretar y actualizar, bajo la guía del Espíritu
Santo, el depósito de la fe apostólica y los signos de los
tiempos, en comunión con toda la iglesia. La función
profética del ministerio resulta así más armonizable con
los carismas proféticos de todos los tiempos y también de
los nuestros, sin rivalidades ni exclusivismos. También para el
ministerio cultual de los sacramentos comunica Cristo el don de su persona
y de su vida; y a través de la presidencia de sus ministros, hechos
signo sacramental de tal presencia de Cristo, da y garantiza la eficacia
prometida a la participación en sus misterios litúrgicos. Por
fin, el ministerio de gobierno se identifica mejor con el oficio o
servicio de congregar la comunidad, para reconstruirla sin
interrupción y reparar la unidad, siempre tan difícil y
comprometida por el pecado y por las divisiones del pueblo en camino hacia el
reino. Si se considera el gobierno de los responsables de la iglesia
desde este ángulo de mira del servicio a la unidad, se elimina todo
riesgo de autoritarismo en la jerarquía eclesiástica, que a
menudo ha llegado en el pasado a parangonar la potestas regiminis con el tipo
de poder temporal, que Cristo, en cambio, contrapuso en el evangelio al
servicio apostólico (Le 22,25-26). El ministerio de
dirección así entendido para la edificación del reino de
Dios se realiza dentro del respeto a la libertad del Espíritu y en
la corres
1289
ponsabilidad
efectiva de los cristianos. La aplicación del principio de la
reciprocidad disimétrica (ya expuesto) a las diversas formas de ministerio
induce a considerar que la acción de Cristo hacia los discípulos
es la de guiarlos al sacrificio espiritual, al testimonio y al servicio,
de forma diversa según la especificidad histórica de los
distintos servicios eclesiales, aunque con una convergencia final hacia la
eucaristía, que sigue siendo la cumbre y la fuente de la vida eclesial.
En este sentido, el ministerio es denominado en sentido fuerte, por así
decir, si bien no ya exclusivamente como en el pasado, con la categoría
cultual de ministerio sacerdotal. En este contexto, la ordenación
ministerial asume el valor de signo eficaz, que vincula a los pastores con la
sucesión apostólica, sea por el carácter de los ministros
que la celebran en cuanto que deben a su vez estar ordenados, sea por la
respuesta infalible del Cristo resucitado, que comunica su Espíritu
en respuesta a la epíclesis de su iglesia. La recuperación de la
epíclesis pneumatológica, que quita todo valor a la traditio
instrumentorum del pasado en la iglesia latina (elaboración
más de los teólogos juristas que de la tradición
litúrgica expresada en las fórmulas de la oración consecratoria
nunca cambiada), no debe ser infravalorada en una teología de los
ministerios, que logra así también fundar la irreversibilidad de
la ordenación, y por tanto su no-reiterabilidad. En
síntesis, este acuerdo (que así se ha explicitado) logra formular
una eclesiología muy bíblica y patrística, superando
cuestiones particulares que pueden estar todavía abiertas. No se
trata ciertamente de renunciar, en la teología católica y
ortodoxa, al título propio" de los ministerios para participar
en el sacerdocio de Cristo en nombre de la afirmación del
sacerdocio común de los
Ministerio/Ministerios
fieles (aceptando
la teoría antigua de los reformados, para la que la iglesia sería
sujeto del conjunto de los ministerios, que organiza según las inspiraciones
del Espíritu Santo sólo en cuanto se la considera global e indistintamente),
sino más bien de reconocer positivamente el carácter sacerdotal
de todos los fieles, el carácter funcional del sacerdocio ministerial
y la estrecha conexión entre ministerios instituidos y comunidad.
Se trata, en fin, de superar cualquier concepción del sacerdocio
según la categoría absoluta de la potestas personalmente recibida
y ejercida de modo absoluto; pero, al mismo tiempo, de no limitarse a vincular
los ministerios sólo al Espíritu Santo
o a la voluntad
general de Cristo sin hacer de ellos una participación en su autoridad
de enviado del Padre y de siervo del pueblo de Dios. La doble
relación dentro del cuerpo de Cristo, sea de interioridad, que va hasta
la identificación mística (1 Cor 12,12) de sus miembros, sea de
superioridad-autoridad, que se expresa con el término cabeza (1 Cor
13,3,7) para la guía y animación de este cuerpo, presupone
un diverso nivel ontológico de profundidad entre estos servicios en
la comunidad y para ella y la cualidad de miembros del cuerpo de Cristo,
que pertenece a todos los cristianos. El problema, que siempre reaparece,
de la relatividad histórica de las categorías de los ministerios
en relación con la estructuración de la iglesia, no puede
resolverse con el simple recurso al estadio primitivo de la iglesia, donde
los ministerios locales surgieron como servicios internos a la comunidad,
mientras que sólo el apóstol aparece como anterior a ella y constitutivo
de la misma (negando así la distinción entre ministerios
carismáticos y funciones locales institucionales); pero hace
falta superar la perspectiva jurídica y centrada en la
validez de los
ministerios como valores autónomos por encima y fuera de la
comunidad. ¿Cómo se puede de hecho valorar la existencia y la
originalidad de los carismas no institucionales sin fijarlos en los de la
jerarquía? ¿Cómo dar ala naturaleza fundamentalmente
diaconal de la existencia cristiana su auténtica valoración,
sin reducir los ministerios a categorías meramente institucionales?
¿Qué ministerios reconocer en la estructura esencial de la
iglesia, entendida como la que le atribuye su identidad (H. Küng
parece negar la identidad entre estructura e institución
jerárquica), para que las iglesias respondan al plan de Dios en un momento
histórico dado: utfiant, como decía Tertuliano (De Praescriptione
20: PL 2,32)?
VI. Perspectivas
celebrativas y pastorales
Los interrogantes
anteriores nos ofrecen ya la clave de esta reflexión ulterior. Si lo que
estructura a la iglesia es el conjunto de los servicios y ministerios que Dios
suscita en ella para cumplir su misión, nos podemos preguntar
qué es lo que impide que los ministerios típicamente eclesiales
estructurados a tiempo pleno se reconozcan a través de una ordenación
propiamente dicha (Rahner). De hecho, hemos encontrado en la tradición
eclesial una distinción neta entre los ritos ordenados transmitidos
por medio de la imposición de manos (cheirotonia) y los ritos instituidos
a través de una simple institución o investidura
autoritativa (cheirothesia). Pero ahora se trata de ver si la nueva
reestructuración de los ritos de ordenación y de
institución es adecuada a esta nueva significatividad eclesial y
ministerial. Algunas perspectivas sugeridas aquí tienen el objeto de
captar aspectos que no res
1290
ponden plenamente
a esta naturaleza de los signos sacramentales, no tanto a nivel de
esencialidad, sino al de plenitud expresiva.
1. PARA EL
EPISCOPADO. Se puede observar que la eliminación de todo aspecto
triunfalista de una teología de los poderes parece suficientemente
adecuada a la importancia dada a la figura del obispo como pastor,
significativamente descrita en la monición introductoria del rito de
ordenación, si bien se podía explicitar más la
temática de la colegialidad, en lugar de insistir en la
relación entre obispo y papa. Aquí se plantea el problema de la
relación entre el obispo y su iglesia local respecto a la
designación y presentación de los candidatos.
que también
su designación se haga a través de estos organismos ya canónicamente
reconocidos, quedando 1291
a salvo siempre
la confirmación del obispo de Roma, que preside en la caridad a todas
las iglesias. Las comunidades que reciben a un obispo como pastor y padre
no quedarían así marginadas de esta presentación, porque
al menos a través de sus pastores actuales se sentirían
responsabilizadas en una elección que no se les puede sustraer
totalmente (como sucede todavía a menudo). De este modo, en el rito de
presentación del candidato, también los representantes
del consejo presbiteral y del consejo pastoral (en tal caso, algún
laico) podrían ser llamados a expresar la triple ratificación,
junto con toda la asamblea, que hemos recordado arriba.
2. PARA EL PRESBITERADO.
El nuevo rito ha adecuado ciertamente las formas ceremoniales a la
visión más pastoral del ministerio especifico, que asocia al
presbítero a todas las funciones (excepto la de la transmisión
de la apostolicidad) del obispo en la edificación de la iglesia (cf
PO 6; LG 28). También aquí la responsabilidad del presbiterio
como tal está suficientemente expresada por el gesto de
imposición de las manos después de la del obispo, para
indicar que hay un Espíritu común y semejante de su ministerio (Tradición
apostólica 7). Pero para el pueblo parece que hay todavía
demasiado poco espacio. Si en las fuentes antiguas (Constituciones
apostólicas XXVI, 2-5) se habla de cooptación para el presbiterio
por la elección y por el juicio de todo el clero, hoy se podría
igualmente prever algún gesto sencillo de los fieles para expresar
esta corresponsabilidad en la iglesia; al menos el gesto de la entrega de la
patena con las ofrendas de los fieles y del cáliz debería
producirse después de la presentación de los dones por parte
de los fieles, y no, como ahora, antes de la misma, con un
Ministerio/
Ministerios
formulario que
hace, sin embargo, referencia expresa a ello.
PARA EL DIACONADO. También en
la elección del diácono, que en la antigüedad era presentado
por el pueblo (cf He 6,5), se podrían prever ulteriores
enriquecimientos rituales para los diáconos permanentes
respecto de los provisionales, con unas referencias más concretas a las
funciones del diácono, especialmente a las de ser el responsable ideal
de la pastoral de las familias y de las parejas en cuanto tales; evocar
con su estado normalmente de casado el sentido de la iglesia como familia;
ser el signo de una iglesia no tanto ya dada cuanto en proceso de hacerse y ser
el encargado eclesial (por misión específica) de comunidades
humanas a medida humana. La relación del diácono con la
comunidad local debería, pues, encontrar también una expresión
celebrativa.
PARA LOS MINISTERIOS INSTITUIDOS Las
indicaciones de los nuevos ritos son sobre todo indicativas, y por tanto
susceptibles de adaptaciones por parte de cada comunidad local. Las
experiencias que se están llevando a cabo sugieren que estas
celebraciones gozan de bastante participación de las respectivas
comunidades, a cuyo servicio están ya los laicos; será
preciso especificar cada vez mejor la relación entre ministerio de la
caridad y extralitúrgico y el oficio cultual de estos ministerios, para
que se evite el riesgo de su clericalización o
ritualización. Para los ministros extraordinarios de la eucaristía
(instrucción Immensae caritatis, del
Ministerio/
Ministerios
ponsabilización
ministerial. Si en Roma en el s. m, según Eusebio (Historia
eclesiástica 6, 43,11: Ep. de Cornelio papa), junto al único obispo,
con sus cuarenta y seis presbíteros, con los siete diáconos
y siete subdiáconos, había cuarenta y dos acólitos,
doce exorcistas, lectores y ostiarios, ¡cuánta mayor riqueza no
deberían expresar nuestras comunidades locales!
[/Asamblea;
/Sacerdocio; / Obispo; / Diaconado].
E. Lodi
BIBLIOGRAFÍA:
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1293
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129/130 (1983) 26-29; Rubio L.-Hernández V.,
Los ministerios
laicales en el magisterio actual de
MISA
/
Comunicación en la eucaristía; / Concelebración
eucarística; / Domingo; / Eucaristía; / Misterio pascual;
/ Nuevas plegarias eucarísticas; / Plegarias eucarísticas; /
Sacrificio
MISA CON
/ Familia; /
Grupos particulares; / Jóvenes; / Niños
SUMARIO: I.
Historia del Misal Romano: 1. Antecedentes del "Missale Romanum"; 2.
La preparación del "Missale Romanum" de 1970: aj El "Ordo
Missae", bj El misal u oracional
II.
Descripción del "Missale Romanum" de 1970: I. La
sección documental; 2. El cuerpo del misal: a) El "Proprium de
tempore", b) El "Ordo missae", c) El "Proprium de
sanctis", d) Los "Communia", e) Las "Missae
rituales",/) "Missae et oraciones ad diversa", g) "Missae-
Misal romano
votivae", h)
"Missae defunctorum"; 3. hl apéndice - III. La segunda
edición típica del Misal Romano: 1. Variaciones a
El día 3
de abril de 1969, feria V in Coena Domini, el papa Pablo VI firmaba la
constitución apostólica Missale Romanum, para promulgar el libro
litúrgico más esperado de cuantos han sido reformados
según los decretos del concilio Vat. II. La expectación estaba
justificada a causa de la importancia que para la unidad en el culto
y en la fe (lex orandilex credendi) tiene el libro, destinado a regular y
a nutrir la celebración de la eucaristía. Por otra parte, el
misal es, después del / Leccionario de la palabra de Dios, el más
importante instrumento pastoral para la participación activa,
consciente y fructuosa de los fieles en el sacramento de nuestra fe (cf SC
48-49).
Cuatro siglos
antes, exactamente el 13 de julio de 1570, otro papa, san Pío V,
había promulgado el Missale Romanum, que estuvo en vigor hasta la
aparición del actual. El misal de 1570, que algunos llaman de san
Pío V para distinguirlo del misal de Pablo VI, es el antecesor directo
de este último, pero existen entre ambos diferencias muy notables.
La primera afecta al carácter específico del libro: el Missale
Romanum de 1570 era un misal plenario; el actual ya no lo es, al estar compuesto
de varios volúmenes: el libro del altar u oracional, el Leccionario y el
Gradúale Simplex. No obstante el título Missale Romanum ex
decreto... que encabeza el Leccionario (desde el Ordo Lectionum Missae hasta
cada uno de los tomos de que consta) y el Gradúale, la expresión
misal romano se viene dando de hecho al libro de altar u oracional.
Otras diferencias
entre el misal de 1570 y el actual se refieren a la am
Misal romano
plitud del
contenido, a la utilización
del material
eucológico anterior y a
los criterios de
distribución y selec
ción de
textos, etc. Estas diferencias
tienen su origen
no sólo en los con
dicionamientos
históricos y doctri
nales de 1570,
sino sobre todo en el
gran avance
moderno de los estudios
litúrgicos
y sobre las fuentes de la
tradición
eucológica occidental.
El Missale
Romanum promulgado en 1969 por Pablo VI fue publicado un año
después (decreto Celebrationis Eucharisticae, de 26 de marzo de
1970). En 1969 tan sólo se había dado a la luz el Ordo Missae
juntamente con
Lamentablemente,
en el tiempo que media entre la promulgación del misal por Pablo VI y la
publicación de la edición típica se produjo una verdadera
tempestad contra el Ordo. Missae y
1294
sae, pronunciada
en la basílica vati
cana el 19 de
noviembre de 1969.
No es justo, por
tanto, contrapo
ner ambos
misales, y menos aún pre
tender
descalificar uno en nombre
del concilio, o
de la autoridad del
papa que
está detrás del otro. Del
mismo modo que
Trento tiene ver
dadera
continuidad en el Vat. II, el
misal promulgado
por san Pío V,
que
alimentó la piedad litúrgica de
cuatro siglos,
tiene también conti
nuidad en el
misal de Pablo VI. Las
circunstancias
históricas y la finali
dad inmediata de
las reformas litúr
gicas de Trento y
del Vat. II no son
las mismas, pero
la autoridad apos
tólica de
san Pío V y de Pablo VI es
idéntica;
y uno y otro papa la ejer
cieron
legítimamente al promulgar
el misal.
I. Historia del
Misal Romano
El término
missale y las expresiones líber missalis, missale plenarium
o plenum indican,
a partir del s. x, los / libros litúrgicos que contienen todos los
textos necesarios para la celebración de la misa: lecturas, can^ tos y
oraciones, con sus rúbricas correspondientes. Este tipo de libro
vino a sustituir a los sacramentarios propiamente dichos, en los cuales
únicamente se encontraban las plegarias destinadas a la
eucaristía y a la administración de los sacramentos. Los
restantes textos se encontraban en los respectivos libros litúrgicos.
Varias fueron las
causas que dieron origen a la fusión de todos los libros en uno, el
misal. En primer lugar, la multiplicación de las misas privadas no
sólo en las iglesias grandes y bien dotadas de clero, sino
también en las pequeñas iglesias rurales, en las que no
había más que un sacerdote. Esta multiplicación de misas
privadas se produjo también 1295
en los
monasterios en virtud de las obligaciones que contraían con los
fundadores o sostenedores, especialmente en sufragio de los difuntos. La
facilidad práctica, la celebración en silencio y la comodidad
influyeron en la aparición, primero, de libelli missae o
fascículos con una serie de misas completas, votivas o de difuntos,
y más tarde de todo el conjunto de formularios siguiendo el orden
del libro principal. Hacia el
s. XIII puede
decirse que el proceso del paso del sacramentario al misal plenario
alcanzó la culminación.
No es
difícil imaginar el éxito de este tipo de libro litúrgico
en una época en que se había perdido el sentido comunitario
y participativo de la celebración eucarística, apareciendo
ésta como una acción reservada al sacerdote, el cual, por si
fuera poco lo que tenía que hacer como presidente, asumía todos
los restantes papeles: lector, cantor, ministro, etcétera.
Por otra parte,
al faltar una autoridad que ordenase y unificase todo el proceso de
confluencia de los antiguos libros litúrgicos en el misal, los
abusos y los particularismos se multiplicaban a pesar de las disposiciones
de algunos concilios particulares. La necesidad de corrección y de
reforma de los misales se hizo sentir a lo largo de la baja edad media y
durante todo el s. xv. Esta necesidad se agudizó en extremo al aparecer
el protestantismo. El concilio de Trento (1545-1563) tenía conciencia
de este grave problema; pero no llegó a abordarlo, dejando en manos del
papa Pío IV la reforma proyectada. Como se verá en seguida,
el fruto de aquella decisión conciliar, por lo que a la misa se refiere,
fue el Missale Romanum de 1570.
1. ANTECEDENTES
DEL "MISSALE ROMANUM" El misal promulgado en 1570 por san
Pío V significa el
Misal romano
punto de llegada
de una ordenación del calendario y de los textos de la misa que se
remonta, en lo esencial, al papa san Gregorio Magno y al arquetipo del llamado
Sacramentario Gregoriano, cuyo manuscrito más completo y
representativo de esta tradición eucológica es el Sacramentario
Gregoriano Adrianeo (Cambrai, Bibl. municip., cod. 164), copiado el año
Este
sacramentario papal y estacional, es decir, adaptado a la / liturgia
local de la ciudad de Roma, fue provisto de un suplemento por san Benito de
Aniano, y no por Alcuino, como se sostenía hasta hace poco '. La
finalidad de este suplemento fue dotar de formularios aquellos días
litúrgicos en que la liturgia papal carecía de ellos. El
Sacramentario Gregoriano con Suplemento alcanzó gran
difusión, pero coexistió junto con otros sacramentarios mixtos,
que forman la familia de los Gelasianos del s. vm.
La
situación, cuando empiezan a aparecer los primeros misales plenarios,
es de total confusión. Sin embargo, por la fuerza de la sencillez y
del carácter práctico, a finales del
s. xiii se
empezó a adoptar por toda Europa un misal preparado por los frailes
franciscanos, que resultó ser el Missale secundum consuetudinem Curiae,
el misal usado en la capilla papal hacia la mitad del siglo. Este misal es
heredero directo del Gregoriano Adrianeo con el Suplemento, y tuvo el
honor de ser impreso por primera vez en 1474, constituyendo por tanto la
"edición príncipe" del misal romano.
La
comisión creada por Pío IV para la reforma del misal, de acuerdo
con los deseos del concilio de Trento, ampliada después por san
Pío V, trabajó fundamentalmente sobre los ejemplares impresos de
Misal romano
1474. El Missale
Romanum ex Decreto Sacrosancti Concilii Tridentini restitutum Pii V Pont.
Max. iussu editum, promulgado mediante la bula Quo primum, del 14 de julio de
1570, reproduce prácticamente la edición príncipe
impresa cien años antes. No obstante, la comisión redactora
había incluido también las Rubricae generales Missalis y el
Ritus servandus in celebratione Missae, sirviéndose para este
apartado del Ordo Missae del maestro de las ceremonias pontificias Juan
Burcardo, asegurando así la uniformidad del rito y la
desaparición de la mayor parte de los abusos, objetivos largamente
perseguidos desde mucho tiempo antes.
Es preciso
destacar también algunos ajustes realizados en el santoral, la
organización del Commune sanctorum, la eliminación de
secuencias y la restricción de misas votivas. No faltó tampoco la
consulta de manuscritos litúrgicos —dentro de las posibilidades
de la época—, como asegura san Pío V en la bula Quo
primum. Esta consulta proporcionaba una base científica a la
reforma del misal; pero, sobre todo, confería carta de
antigüedad y de entronque con la tradición litúrgica,
aspecto importantísimo, que permitía afirmar al papa que la
revisión del misal lo había restituido ad pristinam sanctorum
Patrum norman ac ritum.
Esta
expresión de la bula Quo primum fue recogida por el Vat. II como
criterio fundamental de la reforma del Ordo Missae (cf SC 50), y por Pablo
VI en la constitución apostólica de promulgación del
misal, invocando la necesidad de aprovechar todo el riquísimo
caudal que ofrecen hoy las fuentes litúrgicas, mucho mejor conocidas hoy
que hace cuatro siglos.
La bula Quo
primum imponía el Missale Romanum como obligatorio para todas las
iglesias locales y 1296
órdenes
religiosas de rito latino, con la única excepción de aquellas
zonas que pudiesen contar con peculiaridades litúrgicas propias con
una antigüedad no inferior a los doscientos años. De este modo
se logró, por primera vez en la / historia de la liturgia, la
existencia de un misal unificado y común a toda la iglesia latina.
Las circunstancias del momento y el mismo proceso que se observa en los
siglos precedentes así lo pedían.
Después de
1570 el Missale Romanum sufre algunas modificaciones bajo los
pontificados de Clemente VIII (1605), Urbano VIII (1634) y Benedicto XV
(1920). Estas modificaciones consistieron, generalmente, en cambios de
rúbricas, en la adición de las misas de los nuevos santos y en la
inclusión de algunos prefacios. Durante el s. xvm, bajo el influjo de la
ilustración, especialmente en Francia y en Italia, se hicieron
intentos de renovación de la celebración eucarística y de
reforma del misal. Se deseaba una mayor participación del pueblo, la
introducción de la lengua vernácula, un mayor uso de
San Pío X
quiso hacer una revisión general del misal, similar a la reforma
realizada en el breviario, pero su muerte en 1914 le impidió impulsar la
tarea. Hasta Pío XII no volverá a haber más cambios. En
efecto, este papa instituyó en 1948 una comisión para la reforma
litúrgica, en la que figuraba ya un hombre que sería
clave en los trabajos preparatorios del Vat. II en el campo litúrgico, y
después del concilio, en la reforma litúrgica: P. Aníbal
Bu1297
gnini2. La
comisión creada por Pío XII tuvo doce años de vida, realizando
su tarea en el más absoluto secreto. Fruto de sus trabajos fue la
restauración de la vigilia pascual en 1951, la reforma de toda la semana
santa en 1955 y la publicación del Código de Rúbricas en
1960, esto último por mandato del papa Juan XXIII.
La reforma de la
semana santa se incluyó en la última edición típica
del Missale Romanum de 1570, efectuada en 1962. Ésta es la
edición objeto del indulto dado el 3 de octubre de 1984 para usar
el misal de san Pío V a juicio del obispo diocesano (AAS 76/1984,
1088-1089).
2.
Por lo que se
refiere al misal, la historia de su elaboración comprende cuatro
grandes capítulos: las reformas parciales que se introdujeron antes
de la promulgación del Missale Romanum de 1970 (concelebración,
comunión bajo las dos especies, nuevas plegarias
eucarísticas), el Ordo Missae, el conjunto de la eucología y el
antifonario, y el orden de lecturas y cantos interleccionales. En este
Misal romano
artículo
vamos a centrarnos únicamente en dos de estos grandes capítulos:
los que se refieren al Ordo Missae y al oracional (eucología y antifonario).
a) El "Ordo
Missae ". Sin duda, el punto más delicado de toda la reforma
litúrgica. La constitución Sacrosanctum concilium
había determinado: "Revísese el ordinario de la misa,
de modo que se manifieste con mayor claridad el sentido propio de cada una de
las partes y su mutua conexión y se haga más fácil la piadosa
y activa / participación de los fieles. En consecuencia,
simplifíquense los / ritos, conservando con cuidado la
sustancia; suprímanse aquellas cosas menos útiles que con el
correr del tiempo se han duplicado o añadido; restablézcanse, en
cambio, de acuerdo con la primitiva norma de los santos padres, algunas cosas
que han desaparecido a causa del tiempo, según se estime conveniente
o necesario"
(SC 50).
Para dar
cumplimiento a este mandato fue constituido el coetus n. 10 del Consilium,
el primero de los grupos que habrían de trabajar en la reforma del
misal. El coetus, en el que se encontraban los mejores especialistas en la
historia de la misa, basta citar al P. Jungmann y a mons. Righetti, se puso en
seguida a trabajar en abril de 1964; de manera que en septiembre de 1965,
después de seis sesiones de estudio en diferentes lugares, se
presentó el primer esquema de lo que entonces se llamó la
missa normativa. Se denominaba así a la forma de celebración
eucarística que debía servir de base (de norma) para las
restantes formas de celebración. Más tarde se desechó
la citada denominación, prefiriéndose la que ha quedado en el
misal de misa con el pueblo.
El esquema de la
misa normativa era muy sencillo y transparente. De
Misal romano
hecho, el actual
Ordo Missae sigue fielmente aquel esquema, salvo algunos puntos que
entonces no estaban claros, como, por ejemplo, el puesto del Kyrie, o los
retoques del canon romano. En junio de 1966, Pablo VI dispuso que se buscase
una fórmula para integrar el Kyrie en el acto penitencial y que no se
tocase el canon romano. En cambio ordenó también que se buscasen
o elaborasen dos o tres nuevas plegarias eucarísticas. Pablo
VI tomó también por entonces otra gran decisión: la de que
se consultase a las conferencias episcopales sobre el proyecto de la misa
normativa. La consulta se canalizó a través de
A finales de 1967
se reemprendieron los trabajos, asumiendo los resultados de la
consulta al Sínodo y sometiendo a la decisión del papa una serie
de puntos. Durante 1968, el esquema del Ordo Missae fue también
examinado por las congregaciones romanas, hasta que, finalmente, en el
consistorio del 28 de abril de 1969, Pablo VI anunció la publicación
del Ordo Missae. Juntamente con él se publicaron la constitución
apostólica Missale romanum y la ¡ns1298
titutio generalis
Missalis Romani, documentos que habrían de figurar también
en la edición típica del misal en 1970.
Mientras se
preparaba el Ordo Missae, se realizaron reformas parciales en el ordinario
de la misa del Missale Romanum de 1570, en cumplimiento de algunas
disposiciones conciliares y de los primeros documentos de la reforma
litúrgica: la introducción de la / lengua vulgar, la
diversificación de / ministerios, la simplificación de / ritos,
la distinción entre la liturgia de la palabra y del sacrificio, las
formas de celebración, etc., motivaron la aparición de los
siguientes ordines, que estuvieron en vigor hasta la aparición del misal
en 1970: Ordo Missae. Ritus servandus in celebratione Missae et de de
fectibus in
celebratione Missae occurrentibus, Typis Polyglottis Vaticanis 1965;
Ritus servandus in concelebratione Missae et Ritus Communionis sub utraque
specie,
Typis Polyglottis
Vaticanis 1965;
Variationes in
Ordinem Hebdomadae Sanctae inducendae, Typis Polyglottis Vaticanis
1965; Variationes in Ordinem Missae inducendae ad norman Instructionis S.
R. C. diei 4 maii 1967, Typis Polyglottis Vaticanis 1967; Preces eucharisticae
et praefanones, Typis Polyglottis Vaticanis 1968.
La reforma del
Ordo Missae se guió por el principio conciliar general de
introducir "nuevas formas desarrollándolas orgánicamente a
partir de las ya existentes" (SC 23). Este principio, que indudablemente
alargó el proceso y produjo, no sólo aquí, sino en otros
campos, la impresión de que los cambios no acababan nunca,
permitió afianzar firmemente todos los pasos sobre bases seguras.
Prueba de ello es que ninguna reforma introducida hubo de ser retractada.
Sobre la base de
la distinción en1299
tre las dos
grandes partes de la misa,
liturgia Verbi y
liturgia eucharistica (cf SC 56), las cuales tienen como puntos de referencia
sendos lugares de celebración: el ambón y el altar, la misa
encontró una línea más dinámica y participativa.
Los ritos iniciales se simplificaron, el padrenuestro se convirtió
en plegaria de preparación de la comunión, se simplificó
la fórmula de la distribución de la comunión y la
misa se concluyó con la bendición del sacerdote.
Importantísima fue también la determinación de la
obligatoriedad de la / homilía y la introducción de la
oración de los fieles (cf SC 52-53).
Ahora bien, los
aspectos más espectaculares de la reforma del Ordo Missae, sobre
algunos de los cuales se centraron los ataques de los oponentes a la
reforma litúrgica, fueron éstos: a) los ritos del ofertorio,
jamás tocados hasta ese momento. Se trató de eliminar todo lo que
pareciese anticipación de los elementos sacrificiales y
ofertoriales propios de la plegaria eucarística; b) los ritos iniciales
se estructuraron para hacer más patente la intervención de la, /
asamblea y destacar también la función presidencial del
celebrante principal. El acto penitencial dejó de ser un acto
privado de los ministros, para convertirse en un rito de toda la asamblea; los
ritos preparatorios de la comunión se hicieron más participativos,
especialmente en la conclusión del embolismo del padrenuestro
y en el rito de la paz.
b) El misal u
oracional. Como ya se ha dicho, comprende no la totalidad del Missale
Romanum, sino los textos eucológicos y los cantos de entrada y
comunión, además del Ordo Missae y de los restantes documentos
a los que se aludirá más adelante en la descripción del
libro.
Fueron varios los
coetus o grupos de trabajo del Consilium que se ocu
Misal romano
paron de la
preparación del misal: el coetus 13, que trató de las misas votivas;
el 14, de los cantos; el 18, de los formularios comunes (de santos,
etcétera); el 18 bis, de las oraciones y prefacios, y el 19, de las
rúbricas del misal. Estos tres últimos grupos trabajaban
también para el oficio divino, dado que muchos textos
habrían de ser compartidos en la misa y en la / liturgia de las Horas.
Naturalmente, buena parte de los trabajos de estos coetus dependía
también de la revisión del / calendario litúrgico (coetus
1) y de la revisión de algunos ritos del año litúrgico,
como la semana santa (coetus 17). Tenía que ver también con
los trabajos del misal la tarea del coetus 12, que se ocupó de
la restauración de la oración de los fieles.
Para la historia
del misal, los aspectos más interesantes son los relacionados
con la / eucología, es decir, con las oraciones y prefacios. El misal
contiene mil seiscientas oraciones y ochenta y un prefacios, más del
doble que el Missale Romanum de 1570. De hecho, prácticamente todos
los textos eucológicos del misal anterior se encuentran en el actual,
aun cuando muchos han sufrido retoques.
El coetus 18 bis,
al que se le confió la eucología del misal, estaba presidido
por el P. Plácido Bruylants, autor de varias obras sobre esta materia.
El coetus comenzó sus trabajos en 1965 con las oraciones del propio del
tiempo, viniendo después las correspondientes a las misas votivas,
a los comunes, etc. Las grandes líneas de todo el trabajo fueron
expuestas por el P. Bruylants al pleno del Consilium en octubre de 1966.
Se pretendía aumentar el número de textos para evitar
repeticiones; revisarlos de acuerdo con las fuentes, restituyéndoles
su sentido original, cuando fuera necesario, y sustituir expresio
nes
difícilmente comprensibles hoy.
Misal romano
Se quería
también recuperar una buena parte del depósito
eucológico de los antiguos sacramentados y componer textos nuevos.
En cuanto a los prefacios, la intención era dotar de ellos a los
principales formularios del misal por tiempos litúrgicos, domingos
y solemnidades.
Estos criterios
para comenzar a trabajar fueron definidos mejor conforme se avanzaba en la
tarea. El Consilium examinó por última vez los trabajas del misal
en 1968, continuando éstos, hasta la víspera misma de
la publicación del misal, de la mano de otro gran experto, el P. C.
Braga —el P. Bruylants había fallecido en 1966, apenas
presentado el primer esbozo del misal—. Vale la pena conocer en detalle
los criterios de elaboración del Conjunto de la eucología del
misal.
El Vat. II
había ofrecido ya unos principios generales, que se aplicaron al
misal de modo particular: "Para conservar la sana tradición y abrir
el camino a un progreso legítimo, debe preceder siempre una
concienzuda investigación teológica, histórica y pastoral
acerca de cada una de las partes que se han de revisar" (SC 23). Esta
investigación se hizo en orden a garantizar la pureza doctrinal de los
textos (lex orandilex credendi); la recuperación del patrimonio
eucológico de la misa romana, sin olvidar la apertura a otras
tradiciones como la / hispánica y la / ambrosiana, y finalmente la revitalización
del libro del ministro principal de la eucaristía, es decir, del
presbítero presidente.
Concretando
aún más, y de forma esquemática, he aquí los
criterios que presidieron la elaboración del oracional de la misa:
A) Oraciones y
prefacios: En cuanto a los principios de la revisión: 1) Verdad y
autenticidad de los textos, tanto en sentido histórico1300
crítico
—fidelidad a las fuentes— como en sentido funcional —fidelidad
al tipo de plegaria o género eucológico—, sin olvidar los
aspectos teológico-doctrinales —fidelidad a la doctrina
eclesial— y los aspectos históricos —en el caso de las
oraciones de las misas de los santos—. 2) Sencillez y claridad, que
en la práctica consistían en cuidar el estilo y la
precisión de los textos eucológicos más modernos, evitando
la retórica y la artificiosidad. 3) Lenguaje adaptado a la
mentalidad de nuestro tiempo, lo cual exigía mantener la riqueza de
matices de las expresiones litúrgicas consagradas, introducir
expresiones que respondan a contenidos recuperados por la teología
de los sacramentos (por ejemplo, memoriale, signum, etc.), o modificar
todo lo que pudiese sonar a desprecio de las realidades humanas (por
ejemplo, terrena despicere). 4) Musicalidad del cursus para facilitar el
canto. 5) Sentido pastoral, es decir, facilidad para que al traducirse los
textos a las / lenguas modernas se pudiesen captar los grandes temas de la /
plegaria litúrgica no sólo tradicional, sino también
de nueva creación (por ejemplo, en las oraciones del santoral y en
las misas por diversas necesidades).
En cuanto a las
fuentes de donde se habían de tomar las oraciones y prefacios, se
produjo la siguiente gradación de criterios: 1) Reutilización
de los textos del Missale Romanum de 1570. 2) Recuperación de
textos antiguos que habían quedado relegados a la tradición
litúrgica; estos textos se han buscado en los primitivos
sacraméntanos romanos; pero no se han olvidado testimonios como los
misales de las órdenes religiosas y algunos misales locales, como
el famoso misal de París' de 1736. 3) Utilización de textos procedentes
de todas las tradiciones eucológicas occidentales no romanas: li1301
turgia /
hispánica, liturgia galicana, liturgia / ambrosiana. 4) Creación
de textos nuevos, empleando diversos procedimientos: 1. Centonización
de frases procedentes de varios textos (dos o tres) eucológicos, a veces
originarios de tradiciones diferentes; 2. Transposición de textos
bíblicos, patrísticos, conciliares (Vat. II) o de
algún papa; 3. Composiciones totalmente nuevas.
B) Las
antífonas: El misal sólo contiene una doble serie de
antífonas, las del introito y las de la comunión. Se
omitió la serie de antífonas del ofertorio, porque éstas
se justifican cuando hay procesión de ofrendas. Los criterios
empleados para seleccionarlas fueron los siguientes: 1) Elección de
textos funcionales, ricos en teología y en sentimientos humanos,
especialmente en las antífonas de entrada. Las antífonas de la comunión
han sido buscadas por sus referencias eucarísticas, respetándose
el criterio tradicional de tomarlas del evangelio del día. Cuando son
tres los ciclos de lecturas, a veces son también dos o tres las
antífonas de comunión. 2) Conservación de todos los textos
bíblicos del antifonario anterior. 3) Recuperación de textos
procedentes de los antiguos antifonarios de la misa e, incluso, del oficio.
4) Creación de textos nuevos tomados del salterio o del Antiguo
Testamento para la antífona de entrada, y del evangelio para la
antífona de comunión; también se han hecho
antífonas independientes, es de
cir, no
bíblicas. 5) Se ha procurado que los textos no sólo puedan ser
cantados, sino también ser recitados individual o comunitariamente, e incluso
ser incorporados a la monición de entrada por el celebrante. En el misal
no figuran los salmos que pueden cantarse con las antífonas;
éstos están indicados en el Ordo Cantus Missae y en el
Gradúale Simplex.
Misal romano
C) Las
bendiciones solemnes: El misal ha recogido en un apéndice al ordinario
de la misa un grupo de bendiciones que constituyen una novedad en la
liturgia romana. Junto a ellas se encuentran las tradicionales bendiciones u
oraciones super populum. Las bendiciones solemnes, de origen
hispánico y galicano, tenían lugar antes de la comunión
como preparación de los que iban a participar en ella y despedida
de los que no comulgaban. Él breve puñado de textos, apenas
uno por cada tiempo litúrgico o grupo de solemnidades, tiene una
presencia más bien testimonial, aunque consiguen enriquecer el
rito de despedida. Los textos han sido tomados de la edición del
Corpus
Benedictionum Pontificalium y del Suplemento del Sacramentarlo Gregoriano con
muy pocos retoques meramente estilísticos.
II.
Descripción del "Missale Romanum" de 1970
El libro del
altar, o libro del celebrante, o el oracional, en su primera
edición típica de 1970, comprende una sección
introductoria con los documentos de promulgación del libro y las
respectivas normas, el cuerpo del misal donde están los formularios
litúrgicos y un apéndice, al que siguen los índices.
El volumen se
abre con una página en blanco, a la que sigue otra en la que figura
solamente la frase Missale Romanum, como en el lomo del libro.
Después viene un bello grabado a toda página, de corte
moderno, que representa la última cena, del mismo autor que los otros
once grabados distribuidos por todo el misal, sin contar los de las
guardas interiores. A continuación del primer grabado
está la página del título completo del libro: Missale
Romanum
Misal romano
ex Decreto
Sacrosancti Oecumenici Concilii Vaticani II instauratum auctoritate Pauli PP VI
promulgatum. Editio Typica. Typis Polyglot-tis Vaticanis MCMLXX. El volumen
está encuadernado en material plástico, mide 25 X
1.
Después
aparece la constitución apostólica "Missale romanum",
de Pablo VI, por la que se promulga el conjunto del Missale, o sea, todos los
libros que se usan en la misa, y se especifican las palabras esenciales de la
plegaria eucarística que constituyen la consagración. En
este importante documento, el papa justifica la reforma del misal y hace
historia de ésta desde san Pío V hasta el concilio Vat. II.
Después explica las principales innovaciones: plegarias eucaristías,
simplificación del Ordo Missae, homilía, oración de
los fieles, acto penitencial, ampliación del leccionario y del
gradual. Termina ofreciendo el Missale Romanum a toda la iglesia como un
instrumento de unidad aun dentro de la diversidad de lenguas en las que
iba a ser traducido.
Sigue
hasta el actual
misal, al tiempo que se explican algunas realizaciones y cambios, recordando
cómo la acentuación del aspecto / memorial no significa
exclusión del / sacrificio o de la presencia real. Para no dar lugar
a dudas se introducen algunas modificaciones de lenguaje en los nn. 7, 48 y 55d
de
Como complemento
a las normas de la misa se publican también el motu proprio Mysterii
paschalis y las Normae Universales de Anno Litúrgico et de
Calendario, así como el Calendarium Romanum Genérale.
También se
incluye una página con las principales fiestas movibles desde
1970 hasta 1999.
2. EL CUERPO DEL
MISAL. Comprende ocho grandes bloques: el Proprium de tempore, el Ordo Missae,
el Proprium de sanctis, los Communia, las Missae rituales, las Missae et
orationes ad diversa, las
Missae votivae y
las Missae defunctorum. La distribución es idéntica a
la del Missale de 1570, si bien hay grupos de formularios que este misal no
tenía, como las misas rituales. Al repasar cada bloque, tan
sólo es posible señalar las características más
sobresalientes.
a)
El"Proprium de tempore". Es la parte fundamental del misal, el ciclo
que desarrolla el misterio salvador en su totalidad en torno al sagrado
recuerdo de la vida y de la obra de Cristo (cf SC 102). Todas las secciones han
sido enriquecidas al máximo, dotando de formulario completo, o al menos
de colecta, a todas las ferias de adviento, navidad y pascua, ya que el misal
anterior sólo hacía esto en la cuaresma. Al
1303
mismo tiempo se
hace descansar toda la fuerza de cada tiempo litúrgico en los /
domingos, revalorizados y elevados de categoría litúrgica,
especialmente en adviento y pascua (cf SC 106).
El adviento tiene
tres grupos de formularios: el formado por los cuatro domingos, el formado
por las ferias hasta el 16 de diciembre y el que comprende las ferias
desde el 17 hasta el 24 en la misa de la mañana. Este grupo y el
primero contienen formularios completos; el segundo ofrece una colecta propia
para cada día de la semana, siendo comunes los textos restantes. La
orientación de los textos está marcada por el predominio del tema
de la última venida de Cristo en la primera parte del adviento, y
por la preparación de la navidad a partir del 17 de diciembre.
Destaca el domingo IV de adviento por su colorido mariológico y, en
general, la temática cristológica de todos los textos.
El tiempo de
navidad-epifanía comprende una serie de formularios festivos y otra
serie para las ferias. La serie festiva reutiliza bastantes textos del misal
anterior, especialmente el día de navidad en las cuatro misas, pero
incorpora bellísimas piezas del Sacramentarlo Veronense atribuidas
a san León Magno. Las novedades mayores de este ciclo están
en las misas de los dos domingos de navidad, en la solemnidad del 1 de enero y
en la fiesta del bautismo del Señor, el domingo que cierra el ciclo. La
serie ferial contiene una doble serie de colectas, una para las ferias
antes de la epifanía y otra para los días siguientes. La
temática es la propia del ciclo.
La cuaresma
representa una recuperación de los elementos bautismales,
especialmente desde el domingo
III. Ha
desaparecido el tiempo de pasión y todo el conjunto ofrece una mayor
unidad centrada en los do
Misal romano
mingos. Es en
todos ellos, dotados de prefacio propio, donde se advierte mejor la
renovación de la cuaresma; si bien las ferias, comenzando por el
miércoles de ceniza, contienen también una gran riqueza
eucológica, aunque se han reutilizado en gran parte las oraciones
del misal de 1570. Los formularios son completos y siguen el orden normal
de su utilización, estando los formularios de las ferias a
continuación del domingo que abre la respectiva semana. El
domingo de ramos y la misa crismal aparecen dentro de la cuaresma.
Los formularios
del triduo pascual hacen de gozne entre la cuaresma y el tiempo de
pascua, que comienza, destacado tipográficamente, con la vigilia
pascual. Los formularios presentan una simplificación mayor incluso
que la del Ordo de la semana santa de 1955, habiendo bastantes textos
nuevos y estando modificados algunos, como las oraciones solemnes del
viernes santo. La vigilia pascual, estructurada más claramente que
en la reforma de 1951, separa cada parte, indicándolo expresamente
y conteniendo unas moniciones antes de la primera y de la segunda. Las
oraciones reutilizan textos procedentes de las vigilias de pascua y
de Pentecostés del misal de 1570, y ofrecen, siguiendo'el orden de
lecturas, la posibilidad de elegir entre dos o tres fórmulas. La plegaria
de bendición del agua es una refundición de la antigua
plegaria contenida en el Sacramentarlo Gelasiano.
El tiempo pascual
contiene dos series de misas: una dominical, en la que se incluye también
la solemnidad de la ascensión —trasladable a domingo—,
y otra ferial. Esta última serie comprende tres bloques de formularios:
para las ferias de las semanas II, IV y VI de pascua, para las semanas III
y V y para la semana
Misal romano
VIL De este modo
se incluyen colectas propias para cada día, siendo comunes las
otras dos oraciones (super oblata y poscomunión) dentro de cada
día de la semana. Hay que destacar la riqueza eucológica de
todo el tiempo, advirtiéndose una gran reutilización del material
de los antiguos sacramentafios, dado que el misal de 1570 no
ofrecía textos más que para los domingos de pascua, la octava de
pascua y la octava de Pentecostés. Por cierto, al desaparecer esta
última en la reforma del calendario y del año litúrgico,
buena parte de sus textos han pasado a las ferias de la semana VII de
pascua. Hay que notar también el reforzamiento de la
temática bautismal no sólo en la octava de pascua, y la insistencia
con que se alude al misterio pascual y a los sacramentos pascuales. Los
formularios de la ascensión y de pentecostés resultan extraordinariamente
ricos.
La última
sección del Proprium de tempore la comprenden los formularios de
los domingos del tiempo per annum y los de las solemnidades del Señor
que tienen lugar en este tiempo: Santísima Trinidad, Corpus Christi,
Corazón de Jesús y Cristo Rey. Los formularios de los treinta y
cuatro domingos —en realidad, treinta y dos, ya que el domingo I es la
fiesta del bautismo del Señor, y el treinta y cuatro la solemnidad de
Cristo Rey; en su lugar hay un formulario para la semana correspondiente—
forman un bloque sucesivo, de manera que se resuelve fácilmente la
interrupción de la serie al llegar la cuaresma. Los textos proceden del
antiguo misal en su mayor parte. En cuanto a los formularios de las solemnidades
del Señor, ofrecen pocas novedades, entre las que hay que destacar los
textos de la misa del Corazón de Jesús.
b) El "Ordo
Missae". Compren
1304
de el Ordo Missae
cum populo, con los cincuenta y un prefacios que no tienen un lugar propio en
el misal y las cuatro plegarias eucarísticas, el Ordo Missae sine
populo, el apéndice con fórmulas de saludo, de acto
penitencial, etc., y las bendiciones solemnes y oraciones super populum.
El conjunto del Ordo Missae se encuentra situado hacia la mitad del misal,
entre el Proprium de tempore y el Proprium de sanctis, salvando el
inconveniente del misal de 1570, que lo tenía entre la vigilia pascual y
el domingo de resurrección.
c) El
"Proprium de sanctis ". Ocupa un bloque compacto, distribuyendo
los formularios por meses, a partir de enero, y no desde el 29 de noviembre,
como en el viejo misal. En conjunto, es más reducido, dada la
revisión del calendario romano general, que ha remitido a los
calendarios particulares aquellas celebraciones de santos que no
tienen tanto relieve universal. Sin embargo los textos son de una riqueza
extraordinaria, siendo normalmente la colecta el texto clave. Algunos
santos cuentan con formulario completo (superoblata, poscomunión
y, en casos contados, prefacio), y otros con formulario para la
vigilia además del propio del día: san Juan Bautista, san Pedro y
san Pablo y
Para preparar el
Proprium de sanctis, que comprende, no hay que olvidarlo, las fiestas
fijas del Señor (2 de febrero, 25 de marzo, 6 de agosto, 14 de
septiembre y 9 de noviembre) más todas las solemnidades, fiestas y
memorias de la santísima / Virgen (excepto el 1 de enero), se
revisó todo el material del misal anterior para conservar todos los
textos que mereciesen ser conservados, aunque en no pocos hubo que realizar
retoques terminológicos referentes al calificativo del santo o
a la descripción 1305
de su carisma
teniendo en cuenta la mentalidad moderna. Son muchos también los textos
nuevos inspirados incluso a la letra en textos de los propios santos para
destacar mejor el mensaje que poseen. En las fiestas y memorias de
d) Los
"Communia". Esta parte del misal comprende siete conjuntos de
formularios, comunes a otras tantas categorías de santos. Ahora
bien, la serie se abre con el Común de la dedicación de la
iglesia, que aparentemente no parece encajar bien aquí, sino entre
las misas rituales. No obstante, se ha preferido respetar esta
colocación, que procede del misal anterior, porque la
utilización más frecuente de este común es sin duda
la fiesta aniversario de la dedicación de la catedral. Viene a ser de
hecho un común de una celebración del Señor.
Muy significativa
es, en cambio, la colocación a la cabeza de todos los comunes de los
santos del Común de
Missae de Sancta
María in sabato.
Los siete
formularios de que consta el actual común de la / Virgen están
distribuidos por tiempos litúrgicos, y su utilización no
está restringida a los sábados, sirviendo también para las
misas votivas. En cuanto al origen de los textos, los más
originales son los correspondientes al tiempo
Misal romano
pascual,
procediendo los restantes del misal anterior, e incluso de otros lugares del
misal actual, especialmente de adviento y navidad.
Los restantes
comunes responden a la nueva clasificación establecida en el curso de la
reforma litúrgica, clasificación seguida también por la
liturgia de las Horas: en primer lugar, los mártires (los
apóstoles no tienen común en este misal, ya que tienen
formularios propios); siguen los pastores, doctores, las vírgenes y
los santos y santas. En estos últimos aparecen, además de
los formularios verdaderamente comunes, unos formularios más
específicos para religiosos, educadores, etc. El común de
pastores recoge formularios para papas y obispos, pastores
(presbíteros y abades —esta categoría ha desaparecido
en el misal de 1970—), fundadores de iglesias y misioneros.
e) Las
"Missae rituales ". Es una sección nueva en el misal,
justificada desde el momento en que el Vat. II dispuso que los sacramentos de
la confirmación y el matrimonio se celebrasen dentro de la misa (cf
SC 71 y 77), así como la profesión religiosa (SC 80). Dentro de
la celebración eucarística'ya tenían lugar las ordenaciones,
la consagración de vírgenes, la dedicación de la
iglesia, la consagración del crisma, etc. Actualmente es todo el
organigrama sacramental —excepto el sacramento de la
penitencia— el que tiene cabida en la celebración de la eucaristía,
manifestando asi la íntima unidad y relación de todos los ritos
sacramentales con el misterio eucarístico (cf PO 5; Santo
Tomás, S. Th. III, 73
Siete grupos de
formularios bajo
Misal romano
las siguientes
denominaciones: En la
celebración
de los sacramentos de la
iniciación
cristiana (escrutinios y
bautismo; la 2.a
edición típica del
misal, en 1975,
añadió la misa para
la
inscripción del nombre); En la ce
lebración
de la confirmación; En la
administración
de las órdenes; En la
administración
del viático; Por los
esposos (en la
celebración del matri
monio y en los
aniversarios); En la
consagración
de vírgenes; En la pro
fesión
religiosa (varios formularios). La segunda edición típica del
misal añadió también las misas en la dedicación
de la iglesia o del altar.
Misas rituales
son también la misa crismal, que podría tener su lugar
aquí, y la misa exequial. La unción de los enfermos y la
comunión para un enfermo permiten la celebración de la misa en
casa de éstos o en la iglesia. Sin embargo, para estos casos es
preciso acudir a las misas votivas de la eucaristía o por los enfermos.
f) "Missae
et orationes ad diversa " (pro variis necessitatibus). Otra
importantísima novedad del misal de 1970, inmersa en el espíritu
de la presencia de la / iglesia en el mundo, según el Vat. II. El misal
anterior tenía algunas misas votivas por necesidades particulares,
de corte devocionalista, que ahora han desaparecido. Sin embargo,
subsisten los títulos más generales. Los textos, inspirados en su
mayoría en varios documentos del Vat. II, como LG, GS, AG, UR, etc., son
en gran parte nuevos, como ocurre también con los que integran los
formularios del bloque de las misas rituales.
Las misas y
oraciones ad diversa, tituladas en la segunda edición del misal
"por varias necesidades", se agrupan en cuarenta y seis
títulos, divididos en cuatro secciones: Sección 1 .a: Por
1306
cuatro
formularios; sección 2.a: Por las necesidades públicas, siete grupos,
alguno con varios formularios; sección 3.a: En diversas circunstancias
públicas, dieciséis grupos con otros tantos formularios;
sección 4.a:
Por algunas
necesidades particulares, siete grupos.
La segunda
edición del misal añadió antífonas a algunos
formularios y adjudicó diversos prefacios para algunas misas.
g) "Missae
votivae". Esta sección del misal recoge casi todos los
títulos de misas del Señor y de los santos que se hallaban en el
misal anterior. Las misas votivas "se eligen libremente, según la
piedad de los fieles, sobre los misterios del Señor o en honor de la
santísima Virgen o de los santos" (cf OGMR
esté en el
martirologio del día en los días de memoria libre o en las ferias
del tiempo ordinario (cf OGMR 334).
Las misas votivas
forman la siguiente serie: grupo 1.°, misterios del Señor:
Eucaristía, Nombre de Jesús, Preciosísima Sangre,
Corazón de Jesús, Espíritu Santo; grupo 2.°,
ángeles y santos: Santos Angeles, san José, Todos los
apóstoles, san Pedro, san Pablo, un solo apóstol, Todos
los santos. La segunda edición típica del misal
añadió dos misas de la santísima Virgen: Madre de
h) "Missae
defunctorum ". El mi
1307
sal anterior
sólo contaba con tres formularios: para el día del
fallecimiento, para el aniversario y para las misas cotidianas de
difuntos. El actual cuenta con once formularios completos y con catorce
series de oraciones por diversos tipos de difuntos. Una novedad importante
y significativa es la distinción de formularios para el tiempo
pascual y fuera del tiempo pascual, y la duplicidad de colectas en algunos
formularios, para elegir.
Gran parte de los
formularios contienen todos los textos totalmente nuevos, creados para el
misal, con un lenguaje más adaptado a la mentalidad de hoy. Las
misas de difuntos forman los siguientes grupos: 1.° En las exequias:
cuatro formularios y "otras oraciones"; 2.° En el aniversario:
cinco formularios; 3.° En diversas conmemoraciones: cinco formularios;
4.° Oraciones por los difuntos: catorce formularios completos.
Después hay dos formularios para las exequias de un niño bautizado
y uno para las exequias de un niño no bautizado. En total, treinta y
seis formularios completos o incompletos (cuando tienen sólo colecta)
con un total de ciento trece oraciones, a las que hay que añadir los
cinco prefacios de difuntos que están en el ordinario de la misa.
3. EL
APÉNDICE. El Missale Romanurñ de 1970 recoge al final algunos
elementos de interés: el rito de la bendición y aspersión
del agua bendita, once esquemas de oración de los fieles, las
oraciones de preparación y de acción de gracias de la misa
—que estaban al comienzo en el misal anterior— y los cantos
del ordinario de la misa.
Finalmente
aparecen los índices: alfabético de celebraciones (del Señor,
de
Misa) romano
III. La segunda
edición típica del Misal Romano
El Missale
Romanum de 1970 tuvo una primera reimpresión con algunas
"enmiendas" en 1971 (cf Notitiae 9 [1973] 41-43). Sin embargo,
con el fin de poner al día algunos puntos de
La edición
se presentó idéntica a la primera, con más páginas
(mil exactamente). A primera vista no se aprecian diferencias entre la primera
y la segunda edición. Sin embargo éstas son muy abundantes,
clasificadas en tres grupos:
VARIACIONES A
VARIACIONES EN LAS NORMAS DEL AÑO
LITÚRGICO. Afectaban a cuatro números y consistían en
cambios de títulos.
VARIACIONES EN LOS TEXTOS DEL MISAL. Son
las más importantes, sobre todo cuando comprenden la inclusión de
formularios nuevos. Un grupo de variaciones afectaba a las rúbricas de
algunas misas, otro a los títulos de los prefacios que carecían de
ellos en la primera edición y otro
Misal romano
a diversos
retoques en las misas del bloque 6 (Missae et orationes pro variis
necessitatibus). Los textos nuevos fueron siete formularios —algunos
múltiples— destinados a los bloques de las misas rituales (inscripción
del nombre; bendición de abad y abadesa; aniversario de la
profesión religiosa; dedicación de la iglesia y del altar), a las
misas por diversas necesidades (un formulario por la reconciliación y
antífonas de entrada y comunión para todos los formularios que
carecían de ellas), y a las misas votivas (con dos formularios de
IV. Ediciones
oficiales del misal en lenguas españolas
El Missale
Romanum, en su edición típica, es un libro abierto y universal.
El hecho de constituir la base que garantiza la unidad de la celebración
eucarística en el rito romano no impide el que a la vez reúna la
pluralidad de lenguas y de adaptaciones legítimas en las iglesias
particulares. Los libros litúrgicos promulgados después
del Vat. II han nacido para ser traducidos y adaptados dentro de unos
límites bien definidos. El paso de una lengua a otra, en toda la
historia de la liturgia, ha supuesto siempre un enriquecimiento de la expresividad
eucológica y, en definitiva, de las celebraciones. El misal o Libro
del altar está hoy traducido a las principales lenguas del mundo, como
la biblia y el Leccionario de la
palabra de Dios.
Por tanto, es el mismo e idéntico oracional de la iglesia adornado por
la pluralidad de matices y de enriquecimientos propios de cada lugar.
La
traducción y adaptación no sólo del misal, sino de los
restantes
1308
libros
litúrgicos es otro inmenso campo para el estudio y la
investigación, al margen de lo que suponen para la pastoral
litúrgica de cada país o área lingüística.
Hasta ahora
Dejando a un lado
la edición oficial española del misal de 1970, edición
que permitió celebrar toda la misa en lengua vernácula desde 1966
(el canon romano se tradujo en 1967), nos centramos en la que apareció
en 1978 sobre la base de la edición típica del Missale
Romanum de 1970, recogiendo también las modificaciones de la
segunda edición típica de 1975. Esta edición fue
preparada durante varios años de acuerdo con las siguientes etapas:
Publicación provisional de textos:
Se publican así los nuevos prefacios y las plegarias eucarísticas
en 1968, los textos de la vigilia pascual en 1969,
Revisión teológica y
literaria de la edición experimental: Una comisión especial
examinó las observaciones y enmiendas de obispos, sacerdotes y
fieles a los textos del misal, haciendo, además, una revi
1309
sión
detallada del mismo. Esta comisión trabajó entre 1975 y
1977.
3.a
Aprobación por
El Misal Romano
reformado por mandato del concilio Vat. II y promulgado por Su Santidad el
papa Pablo VI. Edición típica aprobada por
Las principales
aportaciones que contiene, respecto de la edición típica
latina, son las siguientes:
En el Propio del
tiempo sitúa los formularios de las ferias de adviento y pascua
intercalados por semanas entre los domingos respectivos, evitando el tener
que estar saltando páginas y volviendo para atrás.
En el Ordinario
de la misa, la inclusión de las fórmulas variables del acto
penitencial no en apéndice, sino en su lugar entre los ritos iniciales.
En el Propio de
los santos se encuentran los formularios de las celebraciones del
calendario particular de España: una solemnidad, la de Santiago
apóstol (tiene un prefacio propio), tres fiestas: san Isidoro, Nuestra
Señora del Pilar y santa Te
Misal romano
resa de
Jesús (tienen todos los textos propios los dos primeros), cuatro memorias
obligatorias y quince memorias libres (para todas se compuso la colecta).
La feria mayor de petición y de acción de gracias se encuentra el
día 5 de octubre.
Entre las Misas
votivas aparece la de Jesucristo sumo y eterno Sacerdote (con el
número 6 bis), que se celebra el jueves siguiente al domingo de
pentecostés con la categoría de fiesta.
En el
Apéndice II se encuentran los textos musicalizados en español. Y
por último figura el Appendix Missalis Romani para los sacerdotes
que no hablan español, y que reproduce el Ordo Missae, y una
selección de formularios completos. En este apéndice se
encuentran también, en latín, las oraciones de preparación
y de acción de gracias de la misa.
La
edición, por tanto, sigue fielmente a la típica latina.
Hubiera sido deseable una mayor adaptación y aportación
originales, en la línea de las efectuadas por los misales de otros
países. No obstante, han aparecido posteriormente otros libros con
una creatividad mayor en cuanto a moniciones, invocaciones del acto
penitencial, oración de los fieles y otras fórmulas, como el Libro
de
fieles (4.a
edición en 1984).' Por su parte, varios países latinoamericanos
de lengua española disponen también de ediciones propias del
Missale Romanum. Son las siguientes, por orden de antigüedad en la
confirmación de la edición por
Misal romano
Missal Roma
reformat d'acord
amb els Decrets
del Concili Vaticá
II aprovat pels
Bisbes de les Diócesis
de Parla
Catalana..., Ed. típica, Bar
celona 1975 !.
Erromako Meza
-Liburua Vaticanoko II Kontzilioaren aginduz eraberritua eta Paulo VI Aita
Santuak argitara emana, Euskalerriko elibarrutietako gotzaiek onartua...,
Aldareko Liburua, Iruñea eta Tutera, Baiona, Bilbo, Donostia, Gasteiz
1984.
El misal en
lengua gallega está en preparación.
NOTAS: ' La
atribución del Suplemento a san Benito de Antaño ha sido hecha
por el más reciente editor del Sacramentarlo Gregoriano:
J. Deshusses, Le
Sacramentaire Grégorien. Ses principales formes d'apres les plus anciens
manuscrits 1, "Spicilegium Friburgense" 16, Fribourg Suisse
1971, 66-70 — 2 Cf A. Bugnini, La riforma litúrgica (1948-1975),
"Bibliotheca Ephemerides Liturgicae Subsidia" 30, Roma 1983, 20-24.
Mons. Bugnini falleció inesperadamente en Roma el 3 de julio de
1982; véanse las siguientes semblanzas sobre su persona y contribución
a la reforma litúrgica: C. Braga, en "Notitiae" 193-4 (1982)
441 -452; G. Pasqualetti, en "Riv. Litúrgica" 69/4 (1982)
553-574; y las que aparecen en VV.AA., Liturgia, opera divina e umana. Studi...
offerti a S.E. Mons. A. Bugnini..., Roma 1982, y en "Ephemerides
Liturgicae" 97/1 (1983) 1-40 — ' La lista de todos estos
esquemas ha sido publicada en "Notitiae" 195-6 (1982) 453-772 por P.
Mariani — 4 Un estudio pormenorizado de esta edición en
F. Dell'Oro, La
seconda edizione típica del MR, en "Riv. Litúrgica" 64/
3 (1977) 378-444 -5 Cf
J. Gibert, Le
lingue nella liturgia dopo il Concilio Vaticano II. en
"Notitiae" 156-8 (1979) 385520 -6 Cf sobre el misal
alemán: J. Aldazábal, en "Phase"98 (1977) 159-168;
sobre la segunda edición típica del misal italiano: VV.AA., Celebrare
l'eucarislia con il nuovo messale italiano,
en "Riv.
Litúrgica" 71/3 (1984) 291-406. Véanse
también
los interesantes estudios comparativos
de los misales
italiano (de 1973), inglés, norte
americano,
francés y alemán, en "Riv. Litúrgica" 65/1
(1978) 1-126 — 7 Cf "Pastoral Litúrgica" 97/99
(1978) 6-13; 100 (1978) 77-102; "Phase" 106 (1978) 365-367
— » Cf J. Fábregas, en "Riv. Litúrgica"
65/1 (1978) 127-129.
J. López
Martín
1310
BIBLIOGRAFÍA:
Además de los títulos citados en las notas, pueden consultarse:
1. Historia del
Misal Romano
Brovelli F., Per
uno studio dei messali francés! del XVIII secólo, en
"Ephemerides Liturgi
. cae" 96
(1982) 279-406; 97 (1983) 482-549; Bruylants P., Les oraisons du
misselromain, 2 vols., Lovaina 1952; Cabrol F., Missel Romain, en Dict. Arch.
Chret. et Lit. 11/2(1934) 1468-1494; Ferreres I.B., Historia del misal romano,
Barcelona 1929; Fontaine G., Présentation des misseis
diocésains francais du I7e au 19' siecle, en "
2. El
"Missale Romanum "de 1970
Bugnini A., De
editioni Missalis Romani instaurati: "Paulus Episcopus Plebi Dei, en
"Notitiae" 54 (1970) 161-168; Dumas A., Les sources du nouveau
Missel Romain, en "Notitiae" 7 (1971) 37-42, 74-77, 94-95, 134-136,
276-280, 409-410; Farnés P., El nuevo "Missale Romanum".
en"Phase"61 (1971) 7-15; Jounel P., Le missel de Paul VI, en "
3. Sobre el
"Ordo Missae"de 1969
Cuva A., // nuovo
rilo della messa. PAS, ioma 1970; Galot J., Polemiche inlorno al nuo
1311
vo "Ordo
Missae", en "
VV.AA.,
Revisión del "Ordo Missae", en "Phase"92 (1976)
81-148; VV.AA., LWrdo Missae» nei missaíi in lingua nazionale, en
"Riv. Lit." 65/1 (1978)55-81.
SUMARIO: 1.
Misiones y liturgia en el NT: I. El mandato misionero; 2. La actividad misionera
como liturgia - II. La liturgia en la primitiva catequesis misionera - 111. La
reforma litúrgica en las misiones a partir del Vat. II: I. Los principios
relativos a la reforma; 2. La reforma litúrgica en África;
3. La reforma litúrgica en Asia - IV. La liturgia, fuente y cumbre de
las misiones - V. Problemas y perspectivas.
I. Misiones y
liturgia en el NT
La relación
entre misiones y liturgia ha de estudiarse a partir del contenido del
NT, que es teología e historia. Misiones y liturgia no son
conceptos abstractos, sino acontecimientos de la historia de la salvación.
El NT nos ofrece los elementos fundamentales para ahondar en el
significado de su relación recíproca.
1. EL MANDATO
MISIONERO. En el mandato misionero aparece con
Misiones y
liturgia
claridad la
unión entre misión o envío y liturgia. Los
apóstoles son enviados a todo el mundo no sólo para dar "el
primer anuncio" (Me 16,15; Lc 24,47) y para "enseñar" (Mt
28,20), sino también para bautizar (Mt 28,19; Me 16,16) y "hacer
discípulos" de Jesús (Mt 28,19) creando comunidades de
creyentes en él. El rito del bautismo y la formación de la
comunidad, que tendrá como centro la eucaristía, son
elementos esencialmente litúrgicos de la misión.
"Así como Cristo fue enviado por el Padre, él a su vez
envió a los apóstoles, llenos del Espíritu Santo. No
sólo los envió a predicar el evangelio a toda criatura y anunciar
que el Hijo de Dios, con su muerte y resurrección, nos libró
del poder de Satanás y de la muerte y nos condujo al reino del
Padre, sino también a realizar la obra de salvación que
proclamaban mediante el sacrificio y los sacramentos, en torno a los cuales
gira toda la vida litúrgica" (SC 6).
El día de
pentecostés, que marcó el comienzo de la misión de la iglesia,
"los que acogieron su [de Pedro] palabra se bautizaron, y se agregaron
aquel día unas tres mil almas. Perseveraban en la enseñanza de
los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en
las oraciones" (He 2,41-42). Desde el comienzo la misión de la
iglesia tiene esta dimensión kerigmática y litúrgica
juntamente: los misioneros anuncian el evangelio y bautizan, los
neófitos forman una comunidad en torno a la eucaristía y a
la enseñanza de los apóstoles. Al mismo tiempo, las nuevas
Comunidades reunidas y reforzadas por la vida litúrgica se abren al
universalismo de la misión. En la comunidad de Antioquía,
"mientras ellos [profetas y doctores] estaban celebrando el culto del
Señor y ayunando, el Espíritu Santo dijo: Sepa
Misiones y
liturgia
radme a
Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado (He 13,2), y los dos
nuevos misioneros "bajo la moción del Espíritu" comenzaron
a anunciar el evangelio en el Asia Menor. Cada vez que celebramos la
eucaristía, "anunciamos la rnuerte del Señor hasta que
venga" (1 Cor 11,26). Para explicar este anuncio, Pablo utiliza el mismo
verbo (katangéllo) que describe la actividad misionera de la
iglesia primitiva (Rom 1,8; He 13,5.38; 16,17;
17,3.23). En un
primer momento, la misión ha llevado a la liturgia; ahora,
partiendo de la liturgia, la comunidad se pone en actitud de servicio
al Espíritu y de partida para el anuncio.
2.
1312
ofrenda
santificada por «1 Espíritu y acepta a Dios.
El fundamento de
esta concepción de la misión como liturgia se encuentra en
el hecho de que el misionero no sólo es partícipe, como todo cristiano,
de la muerte y resurrección de Cristo (Rom 6,3), sino que además
lleva consigo y en sí, de una forma nueva, el misterio de la
redención que debe anunciar y comunicar a los demás. "Ahora
me complazco en mis padecimientos por vosotros y en compensación
completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo
que es la iglesia, de la que fui hecho ministro según la
misión que Dios me dio para bien vuestro con el fin de dar cumplimiento
a su mensaje divino" (Col 1,24-25). Una de las notas características
del trabajo del misionero es esta íntima participación en la cruz
de Cristo, "crucificado con Cristo" (Gal 2,19) en favor de los
hombres (cf 2 Cor 4,10.12). Cristo, el enviado y el sacerdote que se ofreció
por todos, permanece para siempre con los misioneros hasta el fin del
mundo. Y por otra parte el / Espíritu Santo, que ocupa un puesto tan
importante en la liturgia, está presente en el misionero y lo
impulsa a la misión entre los no-cristianos, donde el Espíritu
está también presente y prepara la futura ofrenda que se
hará cristiana. La misión se convierte así en una
verdadera celebración.
II. La liturgia
en la primitiva catcquesis misionera
Desde el
comienzo, en la praxis misionera de la iglesia se reservó un tiempo de
preparación para el bautismo, tiempo destinado a llevar a madurez
la fe que brotaba en el corazón de los neófitos con la
aceptación del primer anuncio. Más tarde 1313
este tiempo se
llamará catecumenado, y catequesis la instrucción impartida
en forma sistemática durante este tiempo. De la catequesis misionera
formaba parte también una serie de ritos litúrgicos,
ordenados a explicar el significado de este tiempo de maduración y a
preparar a los neófitos a la plena participación en las
celebraciones litúrgicas cristianas. Prescindiendo de su valor sacramental
—en la liturgia es el Señor el que obra—, estos mismos ritos
litúrgicos se convertían en una fuente de catequesis y de
enseñanza para los neoconversos, porque hablaban concretamente a la
mente y a los sentidos. Al mismo tiempo, la liturgia, nueva para ellos,
postulaba una catequesis, porque exigía una nueva y cada vez
más profunda participación que hiciese vivir las realidades celebradas.
La liturgia
catecumenal misionera tenía sus notas peculiares. Ante todo era la
liturgia de una iglesia que tenía intención de acoger en su
seno a nuevos miembros e hijos. Esta liturgia celebraba el itinerario de
una conversión a Dios e implicaba a toda la comunidad:
neófitos, padrinos, catequistas y fieles. Tenía una dimensión
de esperanza, porque manifestaba la aceptación del reino por parte
de los catecúmenos y orientaba hacia la celebración de los
sacramentos pascuales, de los que era un anticipo. Es propio de la
liturgia catecumenal abrir el espacio para el diálogo entre
Dios y el neoconverso, entre la iglesia madre y sus nuevos hijos. Gradualmente
enseñaba a aceptar los valores de los nuevos signos y ritos
litúrgicos, con los que Dios se comunica al hombre cristiano, insistiendo
no tanto en su simbolismo natural cuanto más bien en el valor
expresivo que había cobrado en la historia de la antigua y de la nueva
alianza. En concreto, en la li
Misiones y
liturgia
turgia
catecumenal se ilustraba el significado del agua, de la unción y de la
eucaristía, es decir, de los llamados sacramentos de la iniciación
cristiana'.
Históricamente,
el primer rito de esta liturgia era la entrada en el cateeumenado, que hoy
inculca el Vat. II a todos los misioneros: "Los que han recibido de Dios,
por medio de la iglesia, la fe en Cristo, sean admitidos con ceremonias
litúrgicas al catecumenado" (/I G 14). Sabemos que a partir
del s. III los neófitos entraban (accedentes) en el catecumenado
acompañados de un garante, que más tarde se llamará
padrino precisamente porque participa en la función materna de
la iglesia; luego se sometían a un examen consistente en una serie de
interrogaciones sobre su vida y su actividad social; todo ello se
concluía con la inscripción. Las ceremonias de este rito son signos
sensibles de la entrada en una comunidad que pretende cerciorarse de que el
neófito está en condiciones de recibir con fruto la catequesis.
Después de todo esto, la iglesia delegaba a su representante el
ministerio de la enseñanza (doctor audientium = catequista). En un
primer tiempo, el rito más reiterado durante el catecumenado eran los
/exorcismos: pretendían manifestar la acción de Dios, el
cual prepara al neófito para la nueva consagración, como en otro
tiempo había preparado a su pueblo con las pruebas del desierto. A
partir del s. iv tenemos noticias del rito de la insuflación (con
fórmulas de exorcismo), de la consignación (con el
signo de la cruz), de la imposición de la mano, de los ayunos, de
la degustación de la sal (en Occidente) y de la imposición del
nuevo nombre (en Siria): estos dos últimos ritos pasarán luego a
la liturgia bautismal. Todas estas ceremonias jalonaban el progreso
en el
Misiones y
liturgia
itinerario de la
fe y en la lucha por parte del catecúmeno, que había aceptado
vivir según el nuevo estilo de vida. Al final había un examen
último sobre el comportamiento moral del catecúmeno.
Más tarde
se hará coincidir el último período del catecumenado
con el tiempo de cuaresma, en la que los catecúmenos eran promovidos al
rango de competentes y elegidos. La cuaresma era un tiempo de
preparación sacramental: la catequesis misionera pasaba a ser
mistérica, en cuanto que daba a conocer los misterios y los sacramentos
de la iglesia. En este marco tenemos los nuevos ritos, como la entrega del
Símbolo y del Pater (en Roma y en España existe también la
entrega de los evangelios) y los escrutinios, que tienen por objeto probar
la consistencia de la fe del catecúmeno. En la vigilia pascual se
colocaba luego el rito del bautismo. El Vat. II recuerda a todos los
misioneros que "es de desear que la liturgia del tiempo cuaresmal y pascual
se restaure de forma que prepare las almas de los catecúmenos para
la celebración del misterio pascual, en cuyas solemnidades se regeneran
para Cristo por medio del bautismo" (AG 14). Después del don de la
nueva vida mediante el bautismo comenzaba para los iluminados un nuevo
tipo de enseñanza. La catequesis misionera ahora estaba abierta a la
dimensión mistagógica, que se proponía manifestar las
profundidades y las bellezas de los sacramentos recibidos. [Para una
descripción puntual histórico-genética de los ritos
del catecumenado, / Iniciación cristiana, II].
Cuando en la
iglesia de los primeros siglos se agotó el período propiamente
misionero, el catecumenado y su liturgia decayeron. Esto demuestra
"que la época áurea de la
1314
simbiosis
operativamente fructuosa y misionológicamente dinámica entre
catequesis y liturgia es la de los padres"2. En el tiempo de los grandes
descubrimientos, y cuando tuvieron de nuevo comienzo las misiones (s.
xvi), el catecumenado conoció un nuevo florecimiento, sobre todo en
el terreno de la enseñanza y de la adaptación. Por desgracia, en
el campo de la liturgia permaneció demasiado fijo y sin producir aportaciones
de relieve. Este fixismo litúrgico, que de hecho es pobreza, caracterizó
también a la catequesis misionera del s. xix3.
III. La reforma
litúrgica en la misiones a partir del Vat. II
1. LOS PRINCIPIOS
RELATIVOS A
1315
parar cuanto
antes los rituales particulares adaptados a las necesidades de cada una de
las regiones (SC 63); la facultad de instituir una comisión
litúrgica y un instituto de liturgia pastoral, de los que no se
excluyan, si es necesario, miembros laicos particularmente expertos (SC
44; ínter oecumenici 46). En particular, en los lugares de
misión se tiene la facultad de admitir, junto a los elementos propios
de la tradición cristiana, también elementos de la
iniciación en uso entre cada pueblo (SC 65); preparar un rito
propio para la celebración del matrimonio que responda a los usos
de los lugares y de los pueblos (SC 77); animar a la práctica
penitencial según las posibilidades de las diversas regiones, y
también según las condiciones de los fieles (SC 110); revisar el
año litúrgico, con tal que se mantenga su carácter
original, para alimentar debidamente la piedad de los fieles en la celebración
de los misterios de la redención (SC 107); revisar cuanto se
refiere a la construcción digna y apropiada de los edificios sagrados,
la forma y la erección de los altares, la funcionalidad del baptisterio,
la materia y la forma de las vestiduras sagradas (SC 128); admitir nuevos
instrumentos musicales (SC 120; Musicam sacram I, 12). Estas son las
tareas que el concilio encomendó a las conferencias episcopales de las
misiones.
1 Además,
el decreto A G sobre las misiones recuerda que las nuevas iglesias
particulares, conservando toda la riqueza de sus tradiciones junto con las
cualidades específicas de cada comunidad nacional, tendrán su
puesto propio en la comunión eclesial. Ante este hecho teológico
y pastoral, "es de desear, más todavía, es de todo punto
conveniente que las conferencias episcopales se unan entre sí dentro de
los límites de cada uno de los grandes territorios socio-
Misiones y
liturgia
culturales, de
suerte que puedan conseguir de común acuerdo este objetivo de la
adaptación" (AG 22).
2.
En el
ámbito de las realizaciones prácticas, los institutos de
liturgia, de pastoral y de catequesis han dado una contribución
excepcional. Por ejemplo, el Instituto de Butare (Rwanda) ha trabajado para
realizar la unión entre el catecumenado y la liturgia con óptimos
resultados. Los ritos de los exorcismos han tenido una amplia acogida porque
respon
Misiones y
liturgia
den mejor al
ambiente religioso del africano, que vive hasta cierto punto en la angustia
religiosa al sentirse rodeado de espíritus malos que quieren
atormentarlo física y moralmente.
En la
renovación de la liturgia de los sacramentos, las iglesias africanas
han encontrado un campo abierto, y los resultados obtenidos hasta ahora
son positivos. Todo el simbolismo africano, purificado de la mentalidad
mágica, puede servir eficazmente para la encarnación del misterio
de Cristo y su celebración en África. Como experimento, se han
elaborado algunos rituales para la celebración del matrimonio, que han
tenido en cuenta las características comunitarias, dinámicas y
rituales del matrimonio africano. Estos rituales comprenden diversas
etapas, como el noviazgo (que en la tradición africana tiene un
relieve muy importante), las nupcias y las celebraciones complementarias;
por ejemplo, los aniversarios6. También los demás sacramentos son
objeto de investigación, en constante apertura para acoger cuanto de
válido ofrecen el ritualismo africano y el sentido de solidaridad
comunitaria del hombre africano. Sin embargo, sigue siendo verdad que en los
sacramentos hay elementos instituidos por Cristo, sobrenaturales, y por
tanto supranacionales, que no pueden ser sacrificados.
Las celebraciones
funerarias son uno de los momentos más significativos de la vida
africana, donde afloran muchos elementos culturales que deben ser
cristianizados. En este campo, la liturgia cristiana está
todavía dando sus primeros pasos. Para muchos pueblos la verdadera
muerte, o liberación de los espíritus de la materia y del
cuerpo, se produce sólo progresivamente, y está casi siempre
íntimamente vinculada a los ritos. Una vez liberados, los
espíritus viven
1316
en la selva o en
otros lugares vecinos, de donde retornan a menudo para visitar a los
familiares. Pertenecen a la familia, pero en la categoría de
los antepasados.
En la liturgia
cristiana se ha integrado con gran éxito la música africana
con instrumentos y expresiones propias, como la danza. De todos modos, no pocos
sacerdotes africanos son del parecer que los cantos litúrgicos
deben madurar ulteriormente, porque los de hoy manifiestan una serie
de sentimientos a veces opuestos, y con frecuencia su contenido
teológico es pobre. En estos últimos años se ha
redescubierto el valor de la religiosidad popular, en especial de las
fiestas comunitarias; y ahora se trabaja intensamente para integrar esta
religiosidad en la liturgia.
3.
1317
Las grandes
dificultades que la liturgia cristiana ha encontrado en Asia,
especialmente si las comparamos con las de África, se deben principalmente
al carácter religioso del hombre asiático y a la naturaleza de
las grandes religiones existentes en aquel continente. Una de las dificultades
más sentidas es la de la traducción de los textos. Por una
parte, el vocabulario religioso asiático tiene una connotación
más que bimilenaria, y es difícil aceptar sus palabras sin
aceptar su contenido, conservado en una larga tradición escrita. Por
otra parte, en India, por ejemplo, hay muchos dialectos y diversas lenguas;
en Japón hay estilos diversos (literario y vulgar), y la
terminología es demasiado concreta, por lo cual resulta tarea muy
difícil traducir conceptos abstractos.
Actualmente se
está todavía en el tiempo de la búsqueda y de la siembra.
El tiempo de la cosecha y de los frutos vendrá más tarde. La
música indígena, con sus instrumentos, ha encontrado un buen
puesto en la liturgia de Java, por ejemplo, mientras que en algunas
regiones de
Misiones y
liturgia
IV. La liturgia,
fuente y cumbre de las misiones
La liturgia no es
la única actividad de la iglesia; sin embargo, está íntimamente
vinculada a todas las demás, y se la considera fuente y cumbre
de todo apostolado (SC 10), y por tanto también de las misiones. Cumbre,
porque todo en la actividad misionera está ordenado a que los hombres,
mediante el bautismo, se inserten en la iglesia, donde, reunidos en
comunidad, puedan alabar a Dios y participar en la mesa del Señor.
Todos los sacramentos se revelan como cumbre del trabajo misionero.
El fin de la misión es la formación de una comunidad o
iglesia particular, y sólo con la viva participación en los
sacramentos se puede conseguir este fin.
Además, la
liturgia es fuente de toda actividad misionera, y sobre todo de todo fruto misionero.
La glorificación de Dios en Cristo, la conversión de
los hombres y su santificación "se obtiene con la
máxima eficacia" por medio de la liturgia, y sobre todo por medio
de la eucaristía, porque aquí se encuentra la fuente de la
gracia (SC 10). No podemos olvidar que Cristo, el apóstol, el enviado
del Padre, está presente en las acciones litúrgicas para
continuar su obra salvífica universal: "Para realizar una obra
tan grande, Cristo está siempre presente a su iglesia sobre todo en la
acción litúrgica" (SC 7). Después de la
ascensión al cielo, Cristo no ha olvidado su obra ni la ha dejado
sólo en las manos de la iglesia. Él permanece siempre con
nosotros, y con nosotros realiza hoy la salvación. De esta
inserción en Cristo misionero y salvador, a través de la
liturgia y concretamente a través de los sacramentos, brota el derecho y
el deber de todo cristiano al traba
jo misionero:
"Todos los fieles, como miembros de Cristo vivo, incorpora
Misiones y
liturgia
dos y asemejados
a él por el bautismo, por la confirmación y por la
eucaristía, tienen el deber de cooperar a la expansión y
dilatación del cuerpo de Cristo para llevarlo cuanto antes a la
plenitud" (AG 36).
La liturgia es
anamnesis [/ Memorial], o sea, memoria de la alianza y del / misterio
pascual, no sólo en cuanto acontecimiento del pasado, sino para hacerlo
presente hoy y poder aplicar sus frutos al mundo. Para precisarlo mejor:
la gracia divina, que sostiene y hace fructificar el apostolado misionero,
encuentra su fuente en la liturgia. La caridad es el alma de toda obra
apostólica, repite el concilio (AA 3; LG 33), porque la caridad edifica
la iglesia; sin la caridad no hay verdadera misión y participación
en la misión del Hijo, que fue enviado por el amor sin principio del
Padre (AG 2), y que por amor salvó al mundo. En los sacramentos, y
particularmente en la eucaristía, encontramos el manantial de esta
caridad que "enciende y arrastra a los fieles a la apremiante caridad
de Cristo" (SC 10). También el Espíritu Santo, que
hoy es el agente principal de la misión y que fue enviado por Cristo
para que los misioneros pudieran colaborar eficazmente, siempre y por doquier,
en la realización de la salvación (AG 4), se nos da en los
sacramentos.
Todo lo que la
teología y el concilio han dicho sobre la liturgia como fuente y
cumbre de la misión, lo aplican no pocos textos conciliares
más concretamente a la eucaristía. "Los otros sacramentos,
así como todos los ministerios eclesiásticos y obras de
apostolado, están íntimamente trabados con la sagrada
eucaristía y a ella se ordenan. Y es que en la santísima
eucaristía se contiene todo el bien espiritual de la iglesia, a saber:
Cristo mismo, nuestra pascua y pan vivo... Por lo cual la eucaristía
aparece como la fuente y la culmina1318
ción de
toda la predicación evangélica" (PO 5). En el misterio
del sacrificio eucarístico se ejerce ininterrumpidamente la
obra de la redención del mundo. "Toda misa, aun la celebrada
privadamente por un sacerdote, no es privada, sino acción de Cristo
y de la iglesia, la cual, en el sacrificio que ofrece, sabe que se ofrece
a sí misma como sacrificio universal, y aplica a la
salvación del mundo entero la única e infinita virtud
redentora del sacrificio de la cruz. Pues cada misa que se celebra se ofrece no
sólo por la salvación de algunos, sino también por la
salvación de todo el mundo" (Mysterium
fidei 32). Este
texto demuestra la dimensión universal y misionera de la misa y su
gran capacidad salvífica. En fin, la meta de la misión, como
hemos indicado, es la formación de una iglesia, porque "plugo a
Dios llamar a los hombres a participar de su vida no sólo
individualmente, sin mutua conexión alguna entre ellos, sino
constituirlos en un pueblo en el que sus hijos, que estaban dispersos, se
congreguen en unidad" (AG 2; LG 9). Podrá existir una comunidadiglesia
sólo cuando haya eucaristía, porque "la unidad de los
fieles, que constituyen un solo cuerpo en Cristo, está representada
y se realiza por el sacramento del pan eucarístico" (LG 3). En las
misiones no será posible formar una nueva comunidad cristiana si no
se tiene como quicio y raíz la celebración eucarística, de
la que nace todo movimiento tendente a formar el espíritu verdaderamente
cristiano y católico.
La misión
aspira a realizar en el mundo y en la historia el designio de Dios, en virtud
del cual todo elemento de verdad y de gracia presente entre los
paganos, lejos de perderse, queda purificado y devuelto a su autor, es decir, a
Cristo (AG 9). Para obtener esta dimensión histórica y
escatológica, la iglesia misionera 1319
hace presente en
la eucaristía a Cristo, autor de toda salvación que
transforma el mundo. La eucaristía misma se presenta como la realidad en
que se ha obrado una auténtica transformación de los elementos naturales
cultivados por el hombre. La iglesia misionera contempla en la
eucaristía estas realidades de la naturaleza y de la cultura en
cuanto que han sido transfiguradas, y percibe en ellas la capacidad del
mundo para ser recapitulado en Cristo.
V. Problemas y
perspectivas
Uno de los
problemas más urgentes hoy es el redescubrimiento de la
dimensión misionera de la liturgia. Hasta ahora la liturgia se ha contemplado
y vivido más bien como un hecho cultual. No se ha advertido su
dimensión misionera. La celebración eucarística,
"para ser sincera y plena debe conducir tanto a las varias obras de
caridad y a la mutua ayuda como a la acción misional y a las varias
formas de testimonio cristiano" (PO 6). Quizá la actual reforma
litúrgica ha ignorado esta dimensión misionera. Gracias a
Dios, sin embargo, en las misiones se trabaja por descubrir y vivir todos los
aspectos misioneros de la liturgia.
En todas las
misiones se habla hoy de inculturación, es decir, de los modos de
asimilar y vivir en las propias categorías culturales el mensaje
de Cristo y la liturgia cristiana [/ Adaptación, IV, 2]. En su viaje a
África, Juan Pablo II explicó que la africanización abarca
contextos vastos y profundos que "todavía no han sido
suficientemente explorados", y entre éstos cita el de la
"expresión más congenial en la liturgia". En el mismo
discurso (a los obispos del Zaire) añadía: "En el campo de
los gestos sagrados y de la liturgia es
Misiones y
liturgia
posible un
enriquecimiento completo (SC 37-38), a condición de que el
significado del rito cristiano se mantenga siempre bien y que el aspecto
universal, católico de la iglesia aparezca claramente (unidad
sustancial del rito romano) en unión con las demás iglesias
locales y de acuerdo con
Más
concretamente, se deben examinar de nuevo las traducciones de los textos
litúrgicos. En muchas misiones el vocabulario actual no está
en consonancia con el lenguaje cultual (Evangelii nuntiandi 63). Junto al
tema del lenguaje está el problema de los signos, y hoy se estudia atentamente
el simbolismo y los problemas semióticos de los diversos
países. El redescubrimiento de la /fiesta ha abierto nuevos caminos para
una integración en la liturgia de las fiestas tradicionales, a menudo
vinculadas a los acontecimientos de la naturaleza. En las misiones se ha
subrayado un nuevo problema, el de la / psicología de la liturgia. La
teología considera la liturgia como el misterio de la presencia del Dios
trascendente. La psicología no mira a esta realidad, sino que observa la
actitud del hombre y sus experiencias en la liturgia, y, por ejemplo, las
del hombre africano y las del hombre asiático son diferentes. La
liturgia tiene sus motivaciones psicológicas; y, de nuevo, la
diversidad y variedad de estas motivaciones es muy grande, según
las culturas. Así,
Misiones y
liturgia
mientras el
silencio atrae al hombre asiático, el ruido pone al africano en contacto
con la divinidad. En consecuencia, ha surgido un nuevo interrogante:
¿está psicológicamente motivada la liturgia en las
misiones?, ¿responde a las estructuras del hombre de los nuevos
países? La liturgia catecumenal puede ser renovada a la luz de esta
psicología.
La liturgia en
las misiones debe cobrar un carácter creativo, fruto de su íntima
relación con el Espíritu Santo. La creatividad no se opone a la
uniformidad sustancial y a cierto orden, que debe ser determinado por la
jerarquía. Habrá siempre una puerta abierta para que la
estructura de la celebración responda mejor a la naturaleza profunda de
aquello que la celebración misma proclama y obra ".En fin, la
liturgia debe actualizar el misterio de Cristo no sólo en los
ritos, sino también en la vida, y así debe volver al centro de la
vida cristiana y de cada comunidad. La liturgia no puede quedar ausente de la
vida del neoconverso y de la nueva iglesia todavía en vías de desarrollo
y expansión.
[/
Adaptación; /Creatividad; / Iniciación cristiana; / Catecumenadó].
NOTAS: ' C.
Floristán, // catecumenato, Edizioni Paoline, 1974, 145-170 —
Liturgia e
catechesi nei padri: note metodologiche, en Sal 41 (1979) 261; J.
Daniélou,
1320
Ínter
oecumenici 23, teniendo presente la respuesta de la comisión para
la interpretación de los decretos, AAS 60 (1968) 362 — 6 V. Mulago,
Simbolismo religioso africano. Estudio comparativo con el sacramentalismo
cristiano,
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Las actas de una semana litúrgica celebrada en Kinshasa sobre nuestros
temas, en Revue du Clergé Africain 20 (1965) 547-564 — 7 D.S.
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8 (1968) 24-47, 121-129 — 8 Las actas en The Clergy Monthly 33 (1969)
219-223; Repon of the Third all-India Liturgical Meeling, en Word and Worship 5
(1972) 41-85 — ' P. Fernando, Towards the Development of Liturgical Music
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López-Gay, Un rito cristiano para los no-cristianos. Una experiencia de
J.
López-Gay
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misión del Japón del s. XVI, Roma 1970; Liturgia y misión.
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experiencia de
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"Concilium" 22 (1967) 343-348 (África); 348360 (Asia). Véase
también la bibliografía de
Adaptación,
Antropología cultural y Cultura y liturgia.
1321
SUMARIO: I.
Terminología bíblica; lenguaje helenístico - II. Los
padres y la liturgia antigua:
1. Afirmaciones
de los padres; 2. Testimonios de la liturgia antigua - III. Afirmaciones en la
edad media - IV. Retorno al significado originario: 1. Casel; 2.
"Mediator Dei"; 3. El Vat. II;
Reforma litúrgica posconciliar -
V. Contribución de la teología actual: 1. Vagaggini; Neunheuser;
2. Guardini; 3. Warnach; 4. Marsili;
"Mysterium salutis" - VI.
Valoración conclusiva.
Formando parte de
la expresión mysterium paschale, también el término
mysterium (originariamente en griego mystérion, en español misterio)
viene a ocupar una posición central en la constitución sobre
la liturgia Sacrosanctum concilium (nn. 5 y 6; 2) y en la reforma
litúrgica posconciliar. Justamente la instrucción
ínter oecumenici señala como meta de tal reforma el compromiso
pastoral que, a través de la debida celebración de la
liturgia, lleve a esto: "Ut mysterium paschale vivendo exprimatur"
'. Con la expresión mysterium paschale los padres del concilio,
sin meterse en una discusión teológica todavía abierta,
quisieron indicar algo muy central: acogían una formulación
"ya de uso común", hacían referencia a "una
sacratísima tradición doctrinal patrístico-litúrgica:
la liturgia, en el misterio, hace presente para cada creyente, de cualquier
época, la plena realidad del
opus
salutis"1.
Que las
realidades centrales que se nos han dado en Cristo se indiquen con el
término misterio es sin duda un dato tradicional, pero nosotros
hemos adquirido de nuevo clara conciencia de él sólo en el
curso del movimiento litúrgico de este siglo. Fue ocasión
concreta para ello la reflexión sobre la traducción precisa
de conceptos del Missale Romunum, en particular de los términos
sacramentum I sacramenta y
Misterio
mysterium I
mysteria. Fue sobre todo Odo Casel quien mostró en numerosos
trabajos que, para comprender bien el significado de sacramentum, había
que tener siempre presente que, con este término, el latín de los
ss. II-III y del período siguiente había querido reproducir el
griego mystérion; por tanto, había que recuperar el rico
contenido del término griego originario '. Esta hipótesis de
trabajo marcó el comienzo de una larga y a veces violenta controversia,
que al final condujo a la adquisición de nuevos y preciosos
conocimientos, si bien la crítica acabó modificando algunas
posiciones iniciales \ Querríamos exponer aquí los
resultados permanentes de tales trabajos y de la nueva concepción
que presentan.
I.
Terminología bíblica: lenguaje helenístico
El NT, en los
evangelios, emplea el término sólo en Me 4,11 y par.:
"misterio del reino de Dios"; en cambio, en las cartas del
Apóstol asume una posición centralísima para indicar
el acontecimiento salvífico en Cristo; cf, por ejemplo, 1 Cor 2,1
(¡en caso de que mystérion sea aquí la lección
justa!) y 2,7; sobre todo en las cartas tardías, como en Ef y Col,
mystérion llega a ser incluso un concepto básico, capaz de
expresar todo el contenido de la predicación de Cristo: el
Apóstol quiere proclamar el "misterio de Dios", "la
sabiduría de Dios en el misterio" (1 Cor 2,7); "descubrir cuál
es la riqueza de la creencia de este misterio entre los gentiles, el cual es
Cristo entre vosotros, la esperanza de la gloria" (Col 1,27); y poco
más adelante dice todavía más expresamente que quiere
introducir en el "conocimiento del misterio de Dios, que es Cristo"
(2,2). Al punto se ve que aquí se trata del contenido central de la
predi
cación
apostólica sobre Cristo; pero ¿por qué se emplea el
término mystérion?, ¿cuál es su sentido? En el
lenguaje profano del helenismo, ciertamente el término
significaba ante todo las celebraciones rituales de diferentes cultos que
prometían la salvación a través de la
iniciación en el destino de sus dioses (míticos). Los cristianos,
sin embargo, dada su decidida oposición a las costumbres paganas,
no lo tomaron de allí, sino de los LXX, del texto griego de
1322
El significado
originario del término resuena también en los LXX y en la
literatura apocalíptica y general.
II. Los padres y
la liturgia antigua
1. AFIRMACIONES
DE LOS PADRES. Este significado originario permite la sorprendente
utilización del término griego mystérion en el
período inmediatamente posapostólico y en toda la
época patrística. También aquí es Bornkamm, en su
calidad de observador neutral, el que nos proporciona un cuadro objetivo. El
término es usado todavía raramente por los padres
apostólicos; sin embargo, "a partir de los primeros
apologistas" se convierte en un concepto "de capital importancia
para la teología y la liturgia bajo el impulso de las controversias
con la
gnosis y la
religiosidad mistérica"'.
Recapitulando,
podemos decir que mystérion indica acciones salvíficas,
especialmente figuras (typoi), acontecimientos y personas veterotestamentarios
de carácter tipológico, que aluden al futuro cumplimiento
en Jesucristo; especialmente en los alejandrinos indica también las
verdades de la religión cristiana que se refieren a la actuación
de la salvación en Cristo; en fin, sirve habitualmente
también para indicar los sacramentos. Misterio es el concepto que abarca
tanto la acción salvífica (de Dios en Cristo) como su representación
cultual». Por tanto, ahora indica a Cristo, tal y como él y su
obra salvífica han sido preanunciados en el AT, su vida y su muerte
para salvación nuestra; luego, la actualización de todo esto
en la iglesia y en sus ritos salvíficos. Aun reconociendo la
distancia que media entre esta salvación (del AT y del NT) querida y
realizada por Dios y los cultos mistéricos helenísticos, hay
1323
que levantar
acta, sin embargo, del paralelismo (Justino lo llama un remedo
diabólico). Clemente es ya mucho más desenvuelto en la presentación
del misterio cristiano como cumplimiento supremo de los presagios paganos y en
su explicación estableciendo comparaciones. El carácter de
ocultamiento ocupa aquí una posición secundaria; la acción
salvífica arranca de Dios, él la manifiesta y revela, y luego de
nuevo la proclama y comunica de forma velada en la celebración cultual.
Para Orígenes, toda la historia de la salvación es misterio. Dios
obra la salvación en el símbolo profético, en el typos del
AT; la lleva a cabo en la vida, muerte y resurrección de Cristo, y
la comunica a través de la palabra y los ritos cultuales de la
iglesia hasta que todo esto encuentre cumplimiento escatológico en
la manifestación ciara de la realidad de Dios, que estaba y
está detrás de cada uno de los misterios. Los padres
posteriores se mueven todos en la misma dirección. Bajo el punto de
vista sistemático, Gregorio de Nisa representa en algún modo el
vértice. El mystérion es, en el sentido de la teología
paulina, la acción salvífica de Dios en Cristo, y precisamente en
su triple gradación: AT-Cristo-iglesia. Luego, en sentido
todavía más general, es la realidad salvífica escondida
bajo el signo, símbolo o typos externo, sea en las formas históricas
del AT y del NT, sea en su reproducción cultual, destinada a comunicar a
los fieles la participación en la misma acción
salvífica reproducida. Éste sigue siendo, si bien con
matices diversos, el sentido y el significado de mystérion en los padres
griegos: acción salvífica de Dios en Cristo y su
reproducción comunicadora de salvación al creyente a través
del rito.
Entre tanto, la
predicación ha invadido el área lingüística
latina. El
Misterio
término
latino mysterium, tomado del griego, se conoce ya desde los tiempos de
Cicerón; aquí, sin embargo, ha perdido forma más neta
su significado cultual, y en el campo cristiano indica más bien la
verdad revelada y la prefiguración (typos) veterotestamentaria. Sin
embargo, dado que en cierto modo sigue evocando el significado cultual, y
por tanto recordando los ritos paganos, sobre todo en el campo de la primera
formación de un latín cristiano (en África), se dio la
preferencia a una traducción latina del mismo: al término
sacramentum. Tertuliano, aunque no es el autor de tal traducción,
sintió por él una decidida preferencia. Partiendo del
significado bíblico, el término sacramentum cobra una rica
variedad de sentidos: en el plano litúrgico concreto significa sacrificio
y rito sagrado (en el sentido actual de sacramento y sacramental); de modo
especial indica el bautismo con sus obligaciones de fidelidad
(evocando el sentido profano de sacramentum, es decir, de juramento del recluta
mediante una consagración a la divinidad). Luego, en un plano
más abstracto, significa el typos del AT, la revelación del NT,
es decir, la economía de la salvación obrada en Cristo, la
religión cristia
na, una verdad
escondida. Así Tertuliano habla del "felix sacramentum aquae
nostrae" (De bapt. 1); del "eucharistiae sacramentum" (De corona
3); afirma que "caro abluitur..., ungitur..., signatur..., vescitur...,
quam Deus..., sacramentis suis disciplinisque vestivit" (De resurr.
9); "vocati sumus ad militiam Dei vivi iam tune, cum in sacramenti verba
respondemus" (Ad martyres 3).
Sin embargo, poco
a poco fueron desapareciendo completamente las sutiles distinciones entre
el latín mysterium y su traducción sacramentum.
En el tiempo
posterior reviste una
importancia
particular Agustín, que con el término sacramentum indica cada
vez más hechos, acciones, ritos cristianos y también ritos del
AT. Él desarrolla de manera autónoma y creativa cuanto
había afirmado la teología griega —y particularmente la
alejandrina— y orienta toda la teología latina posterior a
ver en el sacramentum un rito sagrado, un signo santo, un signo
visible (signum) de cosas divinas, en el que se nos muestran realidades
invisibles. Esto ha de entenderse ante todo en un sentido muy intelectualista:
"[El signo] da a conocer, algo diverso de sí" (Doctr.
christ. 2, 1.35). Estos signos son, sin embargo, de tal naturaleza
que poseen también una semejanza ontológica con la cosa
indicada: "En efecto, si los sacramentos no tuvieran cierta semejanza
con aquellas cosas de las que son sacramentos, no serían en
absoluto sacramentos" (Ep. 98,9). Pero la cosa indicada, la res,
la realidad, en el fondo es siempre la misma, es decir, Cristo y su
acción salvífica. Y aquí Agustín se coloca
plenamente en la línea de la antigua concepción del misterio: los
misterios/sacramentos son aquellos signos arcanos que aluden a la
última realidad salvífica de Cristo. Los typoi del AT son los
sacramentos de la futura acción salvífica de Cristo, de su
pasión, muerte y resurrección; a su vez, también los
ritos del NT son sacramenta que aluden a Cristo, a la economía
salvífica global de Cristo, en cuanto que ella espera todavía
verse realizada plenamente en el futuro. Por tanto, los sacramenta son,
por un lado, "signa praenuntiativa" (en el AT), y en consecuencia
"promissiva" (en el NT) de la salvación escatológica;
pero también, desde ahora, "signa contempla
tiva",
"dantia salutem" (Ctr. Faust. 19,14). Por ello, no son simplemente
signos intelectuales alusivos, sino que en cierto modo comunican lo
1324
que indican. Para
los griegos (por ejemplo, para Orígenes) tal aspecto realista del
símbolo era más intenso e importante; pero también
Agustín era todavía tan neoplatónico como para percibir,
en el sacramento y en su carácter de signo, de imagen, la
participación en la realidad originaria de Cristo. Esto tanto
más cuanto que para él el símbolo material se completa con
la palabra: "Accedit verbum ad elementum, et fit sacramentum"
(In Joh. 80,3). Esta palabra es la palabra de Cristo, transmitida por
medio de la iglesia y de su fe, de suerte que es Cristo quien, en el fondo,
obra en el signo y hace partícipes de su acción
salvífica. Agustín no dice todavía que el signo sea un
"signum efficax". Su concepto de sacramento es demasiado amplio como
para limitarse a este aspecto; el sacramento alude, indica la realidad
salvífica de Cristo en todo su alcance y hace partícipes en
ella'.
Este rico
concepto de sacramentum (mysterium) reaparece con particular
frecuencia en León Magno. Él es el predicador festivo que muestra
con insistencia cómo en la celebración cultual, en el
"hodie" del culto divino, el memorial de las acciones
salvíficas pasadas nos hace participar precisamente en ellas. "Salvator
noster, dilectissimi, hodie natus est, gaudeamus" (Sermo 21,1);
"Hodie... auctor mundi editus est útero virginali" (Sermo
26,1); "Cuius facti memorian mérito placuit honore annuo
celebrari" (35,1). La celebración memorial hace en cierto modo
revivir aquel acontecimiento: "Renovat tamen nobis hodierna festivitas
nati Jesu ex Maria virgine sacra primordia" (26,2); "Reparatur
enim nobis salutis nostrae annua revolutione sacramentum, ab initio
promissum, in fine redditum, sine
fine mansurum; in
quo dignum est nos... divinum adorare mysterium" (22,1). En una mezcla
característica,
1325
los
términos mysterium y sacramentum indican las acciones
salvíficas históricas y su celebración litúrgica,
el último sentido escondido de tales acciones y la doctrina cristiana
que nos habla de ellas y de la salvación que se nos ha conferido por su
medio. Con tales términos se entiende toda la obra de la
redención, el plan salvífico y su realización en la historia,
su celebración cultual, la fiesta, el rito, el signo sagrado.
"Excellens Passionis dominicae sacramentum celebramus" (Sermo 42,1);
"Celebrantes paschalis festi inaestimabilis sacramentum" (66,4);
"Baptismi sacramentum celebretis" (16,1); "Solemnitatum vicina
sacramenta" (31,1); "De salutis suae sacramentis gaudeat
ecclesia" (25,5); "Caelestis militiae sacramenta
servaveris" (22,5); "In dispensationibus sacramentorum
Christi" (37,1); "Sacramentorum non est neganda communio"
(Ep. 12,11). En fin, una singular combinación de los dos conceptos:
"Ut sacramentorum paschalium divina mysteria digno suscipiantur officio"
(Sermo 45,2). Estos pocos ejemplos bastan para mostrar cómo León,
con la ayuda de los conceptos fundamentales de mysterium (mysteria) y
sacramentum (sacramenta), está en condiciones de sintetizar la unidad
del acontecimiento salvífico que a lo largo del tiempo se ha desplegado
de muchos modos. El mysterium (sacramentum) del plan salvífico
de Dios se realiza en los acontecimientos de la historia del AT; tales
acontecimientos son los signos (sacramenta) de la acción
salvífica de Cristo y de todos sus misterios. Éstos a su vez nos
salen al encuentro en los sacramenta de la iglesia, en los que se celebra su
memoria, y así se comunican en el presente a los fieles; el evangelio
los anuncia; la doctrina de la fe los da a conocer. Misterio es todo esto: plan
salvífico, acción salvífica, acciones históricas
Misterio
salvíficas
de Cristo, celebración memorial de tales acciones, símbolo
(typos), ritos del AT y del NT, contenido de fe y doctrina que transmite
tal contenido, santa obligación '".
2. TESTIMONIOS DE
(n. 191);
"Adesto... populo tuo, et quem mysteriis caelestibus imbuisti...
defende" (n. 214); "... hoc die, quo ipsum salutis nostrae sacramentum
in lucem gentium revelasti..."
(n. 1247);
"... mysterium, quod extitit mundo salutare, principalis recordatione
muneris adsequamur"
(n. 1255);
"Deus, qui nos sacramenti tui participatione contingis, virtutis eius
effectus in cordibus nostris operare..." (n. 1256); "...conscientiam...,
quae salutaris mysterii veritatem toto etiam mundo testificante non
sequitur. Ut enim in principio difficile videretur, cum ad hoc sacramentum
genus humanum diceretur esse venturum..." (n. 1262); "Da nobis,
Domine, quaesumus, ipsius recensita nativitate vegetari, cuius caelesti
nativitate pascimur et potamur"
(n. 1267).
Añadamos
todavía algún ejemplo del Gelasiano antiguo: "...
réspice propitius ad totius ecclesiae tuae mirabile sacramentum et
opus salutis... operare, totusque mundus experiatur et videat deiecta erigi,
inveterata novari, et per ipsum rediré omnia in integrum, a quo
sumpseret principium" (n. 432); "Deus, qui nos ad celebrandum
paschale sacramentum utriusque Testamenti paginis imbuisti, da nobis
intelligere misericordias tuas, ut ex perceptione praesentium munerum
firma sit exspectatio futurorum" (n. 437)".
III. Afirmaciones
en la edad media
La antigua
herencia patrística, acogida así en el lenguaje de la
liturgia (romana), siguió siendo un patrimonio vivo de la gran
teología medieval l2, aunque no se haya expresado con
idéntica claridad terminológica. La identidad e
intercambiabilidad originaria y casi pendular de los conceptos de
mysterium y sacramentum se hizo cada vez más rara. El término
sacramentum empezó a indicar cada vez más, aunque no de modo
exclusivo, el aspecto ritual; más aún, en una progresiva
clarificación, se reservó para aquellos ritos que son los siete
sacramentos en el sentido verdadero y propio del término (como
estamos acostumbrados a llamarlos sobre todo de Trento en adelante)
". En cambio, mysterium comenzó a indicar cada vez más,
si bien tampoco de modo exclusivo, las acciones salvíficas
históricas de Jesús, así como los arcanos de la fe
que superan toda capacidad de comprensión l4.
Para la historia
ulterior del término mysterium fue determinante la
orientación de nuestra teología específicamente
católica hacia el conocimiento ontológico de la esencia de
Dios. Se trata indudablemente de una posibilidad legítima, pero podemos
decir con G. Sóhngen: "Isaías y Pablo no ven en el
ocultamiento de Dios —o, al menos, no en primer término— los
misterios de la esencia divina, sino el ocultamiento de los caminos de Dios, de
la actividad di
1326
vina en la
historia de la salvación"l5. En el contexto de sus afirmaciones sobre
la relación entre fe y razón, el concilio Vat. I (ses. XIII)
tiene un texto clásico: "La iglesia católica ha sostenido
siempre y sostiene (perpetuus consensus ecclesiae catholicae tenuit et
tenet) también esto: existe un doble orden de conocimiento, distinto no
sólo en cuanto al principio, sino también en cuanto al objeto:
en cuanto al principio, porque en uno conocemos mediante la razón
natural, en el otro mediante la fe divina; en cuanto al objeto, porque,
además de las cosas a que puede llegar la razón humana, se
proponen a nuestro asentimiento creyente los misterios escondidos en Dios, los
cuales no pueden conocerse a menos que sean divinamente revelados. A
propósito de esto afirma... el Apóstol: Predicamos una
sabiduría divina, misteriosa (in mysterio), oculta, que Dios
predestinó antes de los siglos... (1 Cor 2,7-8)... Pero la
razón, iluminada por la fe..., por gracia de Dios (Deo dante) alcanza
una cierta inteligencia fructuosísima de los misterios... En
efecto, los misterios divinos por su naturaleza rebasan de tal modo (sic
excedunt) el entendimiento creado..." (DS 3015s). Tales verdades
son fundamentales para la teología católica, pero en la
teología de la edad moderna se las ha visto a menudo de forma demasiado
aislada. La "sabiduría divina, misteriosa" (1 Cor 2,7,
que ha de leerse en el contexto más amplio de 1 Cor 1,182,16) es
mucho más vasta: "El objeto
o contenido del
misterio de la sabiduría de Dios no es (o al menos no en una
perspectiva primera y directa) la naturaleza del ser divino, sino la voluntad
salvífica de Dios, la estructuración y organización
temporal dentro de la historia de la salvación, del plan
salvífico eterno" '\ De todos modos, la edad moderna ha visto en el
misterio I misterios casi sólo el ar
1327
cano entendido en
sentido doctrinal y abstracto ".
IV. Retorno al
significado originario
La
recuperación de la concepción histórico-salvífica
de nuestra existencia es fruto de varios factores: por ejemplo, de
reflexiones exegéticas, de una más profundizada conciencia de la
interpretación escriturística medievalls, así como de un
renovado retorno a las fuentes por parte de una teología
dogmática que hace prospecciones más hondas. Pero el hecho de que
esta perspectiva histórico-salvífica se haya concebido especialmente
a través del concepto de misterio, hay que adscribirlo en medida
decisiva a la indagación teológica efectuada en el marco del
moderno / movimiento litúrgico, sobre todo al simple ahondamiento
en el sentido pleno de las expresiones correspondientes de las oraciones
romanas.
1. CASEL. O.
Casel ha llamado la atención insistentemente sobre la riqueza encerrada
en tales oraciones. El estudio de textos patrísticos, por ejemplo de las
afirmaciones contenidas en las Apologías de san Justino
mártir sobre la celebración de la eucaristía, las
analogías entre celebraciones cultuales helenísticas y cristianas,
así como el estudio de la traducción del término
griego mystérion con el latino sacramentum ", le habían
llevado a comprender más a fondo las celebraciones litúrgicas y
su expresión lingüística en el Missale Romanum y luego a
formular a grandes líneas su propia concepción en escritos
como Die Liturgie ais Mysterienfeier, Mysterium und Martyrium in den
rómischen Sakramentarien, Die Messe ais heilige Mysterienhandlung,
escritos que darían el impulso
Misterio
inicial a la
llamada "teología de los misterios"20, que aparecerá
posteriormente. Casel subraya que los antiguos, cuando hablaban de
misterios, no entendían sólo doctrinas teológicas, verdades
reveladas y nociones teológicas deducidas de éstas, sino
"también algo completamente diverso, algo que les afectaba y
cautivaba todavía más profundamente que aquellas verdades o,
mejor, algo en lo cual solamente tales verdades llegaban a ser vida,
acción y realidad eficaz; es decir, [entendían] la celebración
litúrgica de las realidades salvíficas cristianas, la
sagrada acción mistérica, por tanto una realidad muy concreta,
visible, tangible y audible, consistente no sólo en objetos
concretos, sino también en una acción que se desarrolla ante los
ojos de los espectadores y en la que ellos mismos toman parte activamente"
(Die Messe ais..., en Mysterium [/ nota 19], 32s). "El espectáculo
sagrado (heilige Schauspiel), en el que se representa la acción
salvífica divina, es un memorial (anamnesis, commemoratio). Sujeto
del culto es originariamente todo el pueblo... El memorial se convierte... en
el misterio. La acción mistérica, por tanto, es sólo
un tipo particular de acción sagrada y precisamente la que celebra
un círculo elegido, habilitado para ello por una iniciación
particular, y que permanece absolutamente inaccesible a los profanos.
Cuanto más sagrada es una acción, tanto más introduce en
la vida de la divinidad según la fe de los participantes,
tanto más se guarda el hombre de exponerla ante los ojos del mundo
profano... Así, tanto en la antigüedad como en el
cristianismo, las acciones sagradas más profundas y complejas toman el
nombre y el carácter de los misterios; a través de una santa
iniciación el hombre es habilitado para acercarse a los misterios
más altos, para entrar en una
unión
mística con la divinidad y hallar en ella la salvación para
la eternidad" (l.c, 38). Esto es verdad en grado sumo precisamente en
el caso de la celebración de la misa (ib). El acontecimiento que en ella
"se representa y se lleva a cabo..., es nada menos que la obra de la
redención realizada por Cristo, que tuvo su comienzo en la
encarnación, su cima en la muerte y resurrección del Señor
y su cumplimiento en la iglesia. Se trata, pues, de una acción
histórica única, que sin embargo, al haber sido realizada
por el más noble de todos los hombres, por el segundo Adán, por
el progenitor espiritual del nuevo género humano, reviste una
importancia para todo el género humano; y puesto que este hombre era al
mismo tiempo Dios, alcanza la esfera de la santidad divina, es una
acción divina..." (l.c, 38s). Casel se pregunta: "¿Se
autodefine la misma liturgia como misterio? Y en caso afirmativo, ¿en
qué sentido?" (l.c, 46). "Incluso el que utiliza sólo
el actual Missale Romanum puede responder afirmativamente" (l.c, 46).
Basándose
en sus estudios, afirma ante todo que el término sacramento no significa
otra cosa que misterio. "Sacramento tiene el mismo... significado de
misterio y en los textos litúrgicos posee el mismo amplio sentido".
"Originariamente no indicaba sólo los siete medios de gracia que
obran ex opere opéralo; más bien para los antiguos todos los
ritos litúrgicos, también los sacramentales, mejor dicho,
toda la liturgia, son sacramenta, misterios" (l.c, 48). Se puede ver
ante todo ya por algunos textos del sacramentario Veronense 2I:
"Veré dignum...: quamvis enim semper in tui gaudeamus actione
mysterii, copiosius tamen eius muñere gratulamur, cum pro martyrum
solemnitate... offertur" (Ve 806). "Siempre nos gozamos por la
acción de tu misterio". Luego, después de
1328
haber discutido
algunos otros ejemplos, continúa Casel: "Una oración
breve pero extraordinariamente preñada de sentido —que se
encuentra ya en el mismo Veronense, y por tanto pertenece a la más
antigua liturgia romana, figura dos veces en el Gelasianum y falta en el
Gregorianum; pero, tomada del Gelasianum, ha sido introducida en el actual
Missale Romanum como secreta del noveno domingo después de
pentecostés— dice: Concédenos, te rogamos, oh Señor,
celebrar con frecuencia estos misterios; ya que cada vez que se celebra la
memoria de este sacrificio agradable a ti se lleva a cabo la obra de nuestra
redención. Por tanto, el mysterium que se celebra continuamente
(frequentare) consiste en una celebración sacrificial, la cual es un
memorial; tal memorial es al mismo tiempo la ejecución actual de la obra
de la redención" (l.c, 49) 2I\ "El memorial no es un
simple recuerdo, sino un símbolo preñado de realidad en el
sentido antiguo del término. Por tanto, contenido y objeto de la
celebración cristiana de los misterios es la redención obrada por
Cristo" (l.c, 49). Puesto que la oración se pronunció
originariamente en la fiesta de pascua, de ello se deriva que "la
celebración de la pascua, la cual encuentra su vértice en la
misa, es un verdadero misterio redentor. Por eso ruega así la iglesia el
jueves de la semana de pascua2I b: Concédenos, Señor,
alegrarnos siempre por estos misterios pascuales (mysteria paschalia...). La
liturgia cristiana... es, pues, una acción sagrada mistérica,
en la que el sacrificio de Cristo y su obra redentora —que culmina en el
sacrificio de la cruz y en la resurrección, así como en la
consiguiente glorificación de la iglesia— se hace continuamente
presente; es un símbolo pleno de realidad divina. Una secreta del
Gelasianum en la octava de pentecostés expresa bien y con
1329
claridad este
pensamiento: Dejadas a la espalda las imágenes y sombras de los
sacrificios de carne [de animales], ofrecemos en humilde servicio a ti,
sumo Padre, una víctima espiritual, que por un misterio maravilloso
e inefable se inmola continuamente y continuamente se ofrece en su
identidad"(l.c, 50; Ge V679).
En las oraciones
del nuevo Missale Romanum de la reforma posconciliar encontramos el
mismo lenguaje. Lo demuestran estos pocos ejemplos (no siempre la
edición castellana corresponde a la edición típica
latina). "Mysteria tua, Domine, debitis servitiis exsequentes...,
rogamus ut quod... offerimus, nobis proficiat" (7.a dom. per annum, super
oblata). El sentido de las palabras es: "La realización de tus
misterios...", es decir, la acción sagrada en la que se
realiza el sacrificio como sacrificio de Cristo presente (cf 9.a dom., super
oblata; 13.a, super oblata; 15.a, post comm.).
"Altaribus...
muñera... inferimus, quae, placatus assumens, sacramentum nostrae
redemptionis efficias"
(4.a dom. per
annum, super oblata). Sentido: nuestro don, acogido por Dios, se convierte en
sacramento de nuestra redención, es decir, signo eficaz (signum
sacrum efficax) (cf 5.a dom., super oblata; 11.a, super oblata; 19.a,
super oblata; 23.a, super oblata).
"Mysteriis
caelestibus imbuisti"
(16.a dom. per
annum, post comm.). Sentido: nos has colmado, saciados con los misterios
celestes, es decir, con el alimento mistérico, con el pan
eucarístico (cf 19.a dom., post comm.; 23.a, post comm.; 25.a, post
comm.; 27.a, post comm.; 31.a, post comm.; 33.a, post comm.).
"Quod agit mysterio,
virtute perficiat" (22.a dom. per annum, super oblata): la
acción sagrada (= sacra semper oblatio) realice poderosamente en
nosotros cuanto lleva a cabo
Misterio
en el mysterium,
es decir, en la sagrada acción simbólica, en la
acción mistérica, en la que, bajo los signos exteriores, se hace
presente la acción salvífica.
La idea de que en
la acción mistérica se hace presente el misterio salvífico,
la acción salvífica de Cristo, no está ciertamente
expresada con toda claridad, pero está no'obstante aludida de modo que
hace que aparezca justificada la interpretación dada por Casel en
una amplia visión de conjunto. El miércoles de la semana
santa oramos (super oblata): "Suscipe... munus oblatum, et dignanter
operare, ut, quod gerimus Filii tui mysterio passionis, piis effectibus
consequamur": lo que celebramos en el mysterium de la pasión
de Cristo, en la acción mistérica, en la sagrada acción
simbólica, nos suceda a nosotros en realidad y plenamente. El
lunes santo oramos (super oblata): "Réspice... propitius sacra
mysteria quae gerimus": dirige tu mirada propicia a los sagrados misterios
que celebramos. El martes santo, en la colecta: "... da nobis ita
dominicae passionis sacramenta peragere, ut indulgentiam percipere mereamur":
concédenos celebrar la acción mistérica (los
sacramenta, los mysteria, la acción simbólica) de tal modo que
obtengamos la remisión de los pecados. Esta perspectiva destaca
todavía con más claridad en la liturgia pascual. Las oraciones de
la vigilia pascual hablan de "paschale sacramentum" (después
de la segunda lectura); "praesentium temporum declarasti
mysteria" (después de la quinta lectura); "réspice
propitius ad totius ecclesiae sacramentum" (después de la
séptima lectura); "nos ad celebrandum paschale sacramentum
utriusque Testamenti paginis instruís" (otra oración ad
libitum, ib); "adesto magnae pietatis tuae sacra-mentis"
(después de las letanías de los santos). En la liturgia
eucarística
Misterio
reza así
la oración super oblata:
"...
paschalibus initiata mysteriis...
proficiant";
y la oración post comm.:
"... quos
sacramentis paschalibus sa
tiasti...".
Sábado de la octava de pas
cua, super
oblata: "... semper nos per
haec mysteria
paschalia gratulad...".
En un lenguaje
algo fluctuante, pero con suficiente claridad, con los términos
clásicos de mysteria y sacramenta se indican aquí las
acciones sagradas de la liturgia pascual: la acción
salvífica pascual de la muerte y resurrección del Señor;
la participación en ella mediante los sacramentos de la
iniciación, bautismo, confirmación y sobre todo
eucaristía; y aquí el acento a veces cae más sobre las
acciones, singulares o en su conjunto, mientras que otras veces se
significa el sagrado alimento de la eucaristía. El nuevo Missale Romanum
hace suya esta concepción en las palabras introductorias de la celebración
de la vigilia pascual (antes de la bendición del fuego) cuando dice:
"Si ita memoriam egerimus Paschatis Domini, audientes verbum et
celebrantes mysteria eius, spem habebimus participandi triumphum eius de
morte...". En la introducción a la renovación de las
promesas bautismales se dice: "Per paschale mysterium... in baptismo
consepulti sumus cum Christo, ut cum eo in novitate vitae ambulemus".
Casel ha tratado
incesantemente de poner de manifiesto la realidad significada con estas
palabras. En un ensayo 2; resume así el resultado conseguido:
"En el mysterium... el sacrificio de Cristo, punto culminante de su
obra salvífica en el que se recapitulan todas sus acciones, se hace
presencia, y precisamente una presencia que siempre se renueva... Copia
mistérica e imagen originaria se funden de tal modo, que a la misa
se la llama redención originaria en una benedictio super
populum post comm. [GeV 1280]: "Familia tua, Deus, et
1330
ad celebranda
principia suae redemptionis desideranter occurrat et eius dona
perseveranter acquirat"23. Casel expresó estos pensamientos en
primer lugar para ilustrar el sentido profundo de los sacramentos de la
iniciación y sobre todo de la celebración de la misa. Pero
de ellos deriva también una interpretación profunda de la
liturgia en su conjunto: "Toda la liturgia no es otra cosa que un /
memorial, en sentido objetivo, de las acciones del Señor, y por tanto
un despliegue y un efecto de la anamnesis de la misa. Cristo y la iglesia, en
la liturgia, realizan juntos la obra de la redención,
santificación y glorificación de Dios"24. La importancia
decisiva de esta concepción, según Th. Filthaut, estriba en esto:
"Esta concepción ha expuesto con sorprendente seguridad toda la realidad
de Cristo en una única visión unitaria, en un concepto que subraya
lo esencial y abarca al mismo tiempo todos los detalles"25. Este concepto
es el de misterio cultual, misterio del culto. La exposición
más conocida del misterio cultual figura
en el volumen de
Casel, Das Christliche Kultmysterium, donde leemos, entre otras cosas:
"La religión del evangelio, la religiosidad del NT, el servicio
litúrgico de la iglesia no pueden subsistir sin el misterio del
culto. Si concebimos la liturgia en su significado antiguo y
auténtico, no en el sentido de un ritualismo amplificado y estetizante o
de una ostentación llena de magnificencia y calculada, sino en el
sentido de una actuación y realización del misterio neotestamentario
de Cristo en beneficio de toda la iglesia a través de los siglos, para
su santificación y transfiguración, entonces la liturgia
mistérica constituye la actividad central y esencial de la
religión cristiana".
En el mismo libro
de Casel, la siguiente breve definición del misterio defculto:
"El misterio es una acción 1331
sagrada de
carácter cultual, en la que un acto salvífico se hace presente
bajo forma de rito; por el hecho de llevar a cabo este rito, la comunidad
cultual toma parte en el acto salvífico y obtiene de este modo la
salvación"».
Partiendo del
estudio del lenguaje de la liturgia romana, Casel había ampliado su
perspectiva. Habla de "vía del retorno al misterio". Se busca
de nuevo "la antigua figura de Dios, que en majestad sublime y grandeza
infinita deja ampliamente tras de sí todo lo que es humano... El Dios
poderoso, como lo describieron los profetas, y el infinito amor de Dios,
como se manifestó en la cruz de Cristo, revelan de nuevo al
espíritu atónito del hombre su esplendor... El misterio
divino está de nuevo ante nuestros ojos provocando temblor y, al
mismo tiempo, lleno de atracción y de invitación". "Triple,
y sin embargo único, es el sentido del misterio divino".
"Misterio es ante todo Dios en sí, Dios como aquel que está
infinitamente lejos..." El anhelo de los hombres por acercarse a este
Dios fue satisfecho por el advenimiento de Dios en la carne. "En ese
momento, la palabra misterio cobra un significado nuevo, profundizado.
Para Pablo, el misterio por excelencia es la maravillosa revelación
de Dios en Cristo... Cristo es el misterio en su forma personal... Las acciones
de su existencia humillada, y sobre todo su muerte sacrificial sobre
la cruz, son misterios...
Pero sobre todo
son misterios su resurrección y su glorificación, porque en
el hombre Jesús se hace manifiesta la majestad de Dios... Este
misterio de Cristo fue anunciado por los apóstoles a la iglesia
primitiva, y la iglesia lo transmite a todas las generaciones... no
sólo a través de la palabra, sino a través de las
acciones sagradas... Así llegamos al tercer significado de la
palabra misterio, sig
Misterio
nificado que
está estrechamente unido a los dos primeros, los cuales, a su vez,
son una sola cosa... Encontramos en los misterios del culto su [de Cristo]
persona, su obra salvífica, su eficacia de gracia, como dice san
Ambrosio: Yo te encuentro en tus misterios (Apología prophetae David
58)".
Dios-Cristo/
iglesia-acciones sacramentales: ésta es la tríada que el
término mysterium (sacramentum) quiere comprender y compendiar.
Casel ha tratado
de ilustrar en muchos trabajos la riqueza de tal concepción27. Su punto
de vista ha provocado discusiones, pero precisamente esta controversia
larga y difícil le ha permitido madurar y demostrar su
validez. El punto que todavía hoy más se discute es el
intento de Casel de explicar el significado del misterio, del eidos cultual
misterio, remitiéndose a los misterios paganos
helenísticos. Casel partió ciertamente también de
aquí; para él el misterio pagano era sumamente importante
para comprender el sentido genuino de las acciones cultuales cristianas.
Comoquiera que sean las cosas, tal posición no es en absoluto
esencial para explicar la liturgia cristiana, incluso en el sentido dado
por Casel.
2.
"MEDIAIÜR DEI". También Pío XII, en la
encíclica Mediator Dei, se expresó de forma crítica cuando,
después de haber valorado positivamente el propósito
esencial de la teología de los misterios, dice: "El año
litúrgico... no es una fría e inerte representación de
hechos que pertenecen al pasado o una simple y desnuda
reevocación de realidades de otros tiempos. Es más bien Cristo
mismo que... prosigue el camino de inmensa misericordia por él iniciado...,
a fin de poner a las almas humanas en contacto con sus misterios y
hacerlas vivir por ellos, misterios Misterio
que están
perennemente presentes y operantes, no en la forma incierta y nebulosa de que
hablan algunos escritores recientes, sino... como nos enseña la
doctrina católica..."28. La discusión que se desató
en torno a este pasaje ha hecho ver que piensa en las oscuridades y
dificultades de la misma concepción caseliana. La crítica ha sido
y es un estímulo para ahondar en el modo de la presencia, que en cuanto
presencia es reconocida sin más, y para llegar a una mayor
certeza y claridad. Podemos afirmar esto tanto más cuanto que el
mismo papa, con palabras que recogerá el Vat. II (SC 7), subraya
con fuerza la idea de la presencia de Cristo: "En toda acción
litúrgica..., juntamente con la iglesia, está presente su
divino fundador. Cristo está presente en el augusto sacrificio del
altar, bien en la persona de su ministro, bien, en forma
máxima, bajo las especies eucarísticas; está presente en
los sacramentos con la virtud que en ellos transfunde..." (Mediator Dei,
l.c, en la nota 28).
No en
último término, por razón de esta exhortación
papal, las ideas sobre las que se apoyaba la teología de los misterios
se examinaron de nuevo críticamente, y en este trabajo adquirieron un
mérito particular diversos estudios franceses 2'.
Aquí se
reveló de particular importancia la conexión entre misterio
y pascua/celebración pascual, conexión que ya Casel
había advertido: "La antigua celebración pascual cristiana
en su conjunto es la fiesta de la redención mediante la muerte y la
glorificación del Señor, es decir, la fiesta de la oikonomia, del
plan salvífico de Dios con los hombres..., la fiesta de Cristo por
excelencia"'". La formulación que define esta fiesta como
mysíerium paschale (sacramentum paschale en su forma latina) aparece
por primera vez en León Magno, por ejemplo: "Non ignoramus
1332
paschale
sacramentum esse praecipuum" (Tract. 47; Chavasse, 274);
"passionis dominicae sacramentum celebremus. Debebatur quidem tan-tis
mysteriis ita incessabilis devotio" (Tract. 42,1; Chavasse, 238).
3. EL VAT. II. La
expresión mysíerium paschale se la apropió la
constitución conciliar sobre la liturgia, SC, en los
artículos fundamentales que tratan de la naturaleza de la liturgia,
en los que está bien expresado lo esencial de la teología de
los misterios. Dios quiere la salvación de todos los hombres y,
después de haber hablado por medio de los profetas, en la plenitud de
los tiempos envió a su Hijo como instrumento de nuestra
salvación para reconciliarnos plenamente y para instituir un culto
perfecto. "Esta obra de la redención humana y de la perfecta
glorificación de Dios, preparada por las maravillas que Dios obró
en el pueblo de la antigua alianza, Cristo el Señor la realizó
principalmente por el misterio pascual de su bienaventurada pasión,
resurrección de entre los muertos y gloriosa ascensión...
Pues del costado de Cristo dormido en la cruz nació el sacramento
admirable de la iglesia entera" (SC 5). La constitución afirma
luego que este "opus salutis" no sólo debían los
apóstoles, enviados por Cristo, anunciarlo con la palabra, sino
también realizarlo (exercerent) "mediante el sacrificio y los
sacramentos, en torno a los cuales gira toda la vida litúrgica... Y
así, por el bautismo los hombres son injertados en el misterio
pascual de Jesucristo: mueren con él, son sepultados con él
y resucitan con él...". Y tras haber mencionado los otros
sacramentos de la iniciación, prosigue: "Desde en
tonces, la
iglesia nunca ha dejado de reunirse para celebrar el misterio pascual:
leyendo..., celebrando la eucaristía, en la cual se hacen de nuevo
1333
presentes la
victoria y el triunfo de su muerte" (SC 6). Luego, reanudando estas
afirmaciones, la constitución habla de la presencia del
Señor y cita el pasaje de
Recientemente se
ha pensado que los padres conciliares, al preferir hablar de
mysíerium paschale (en vez de mysíerium), habrían escogido
una "locución innocua... que era ya de uso común", para
no entrar en conflicto con
Por tanto, aunque
persisten distinciones teológicas de matiz, por lo que se refiere
al núcleo están todos de acuerdo: la expresión mysíerium
paschale pretende abarcar, concentrándose expresamente en el
vértice de la acción salvífica de Cristo, el
mysíerium
bealae passionis eí glo-
Misterio
riosae
resurrectionis, toda la obra salvífica de Cristo: el misterio de la
voluntad salvífica divina (conforme a Ef 1,9), los misterios de los
magnolia Dei en el AT, el misterio de la encarnación, el misterio
del paso de la muerte a la vida en la pasión, resurrección y
elevación a la derecha del Padre, el misterio de la efusión del
Espíritu Santo y el misterio de la parusía del Señor
(que aguardamos esperanzadamente); todo ello hecho ahora presente a los
fieles en los misterios del culto, en los sacramentos de la
iniciación, en el misterio del memorial eucarístico, en los sacramenía
paschalia, en una palabra, en las actiones sacrae de todas las celebraciones
litúrgicas. "Toda la liturgia, globalmente, está al
servicio del cumplimiento del designio salvífico de Dios en la vida de
la iglesia, en la vida de cada hombre que, habiendo escuchado el mensaje
de Cristo, quiere aceptar la vocación divina que lo llama a una vida
eterna"".
4. REFORMA
LITÚRGICA POSCONCILIAR. Esta concepción de la vida
cristiana, que tiene por eje el término y el sentido de misíerio,
sigue siendo determinante para toda la reforma litúrgica posconciliar.
Así reza con toda claridad la intención del concilio:
éste "se propone acrecentar de día en día entre los
fieles la vida cristiana... Por eso cree que le corresponde...
proveer a la reforma... de la liturgia" (SC 1). "En efecto, la liturgia,
por cuyo medio se ejerce la obra de nuestra redención, sobre todo en el
divino sacrificio de la eucaristía, contribuye en sumo grado a que los
fieles expresen en su vida y manifiesten a los demás el misterio de
Cristo y la naturaleza auténtica de la verdadera iglesia" (SC
2). En esta perspectiva la iglesia desea que "se lleve a todos los
fieles a aquella participación plena, consciente y activa en las
celebraciones litúrgicas que exige la
Misterio
naturaleza de la
liturgia misma y a la cual tiene derecho y obligación, en virtud del
bautismo, el pueblo cristiano, linaje escogido, sacerdocio real,
nación santa, pueblo adquirido (1 Pe 2,9; cf 2,4-5)" (SC 14).
En perfecta
sintonía con tal intención conciliar se expresa, por tanto,
también la instrucción ínter oecumenici, citada al
comienzo de esta voz: "Ante todo es conveniente que todos se convenzan de
que la constitución del concilio Vat. II sobre la sagrada liturgia
no tiene como finalidad cambiar sólo los ritos y los textos
litúrgicos, sino más bien suscitar en los fieles una
formación y promover una acción pastoral que tenga como punto
culminante y fuente inspiradora la sagrada liturgia" (n. 5). "El
esfuerzo de esta acción pastoral centrada en la liturgia ha de
tender a hacer vivir el misterio pascual, en el que el Hijo de Dios, encarnado
y obediente hasta la muerte de cruz, es exaltado de tal manera en la resurrección
y en la ascensión que puede comunicar al mundo su vida divina, para que
los hombres, muertos al pecado y configurados con Cristo, ya no
vivían para sí, sino para aquel que murió y
resucitó (2 Cor 5,15). Esto se obtiene por medio de la fe y de los
sacramentos de la fe, principalmente por el bautismo y por el misterio de la
eucaristía, al que son ordenados los otros sacramentos y sacramentales,
y el ciclo de las celebraciones, mediante el cual la iglesia desarrolla,
durante el año, el misterio pascual de Cristo" (n. 6).
Recapitulando,
podemos decir que, más allá de ciertas opiniones de cada escuela
y más allá de las cuestiones teológicas
controvertidas, la palabra clave misterio —patrimonio común de la
tradición eclesiástica y de la liturgia romana tanto en sus
textos originarios como en los restaurados de la reforma posconciliar—
está en condiciones de sinte
1334
tizar el plan
histórico salvífico de Dios, su realización en la historia
del pueblo de Israel y, llegada la plenitud de los tiempos, en Jesucristo,
en particular en su muerte y resurrección, y luego la
actualización de tal realización en la iglesia y en las acciones
sagradas de su liturgia: el misterio de Dios en Cristo y en la iglesia
para salvación nuestra y gloria de Dios.
Sin necesidad de
adherirse a una determinada escuela y conservando plena libertad por lo que se
refiere a la formulación y solución última de cuestiones
particulares todavía controvertidas, podemos decir que este
concepto clave y el despliegue de su contenido ha dado un nuevo impulso a
la comprensión del mensaje de la fe y a su exposición
teológica, aparte de conferirle una extraordinaria unidad sin
menoscabo de su amplitud.
V.
Contribución de la teología actual
1. VAGAGGINI;
NEUNHEUSER. Entre las obras que, aunque conservan la propia libertad y
autonomía en puntos particulares, van sin embargo en la misma
dirección, recordemos en primer lugar la ya clásica obra de
C. Vagaggini // senso teológico della liturgia M. En un marco
más modesto, pero rico en indicaciones bibliográficas, traza
el camino que se puede recorrer en busca de la unidad de la teología a
la luz de la historia de la salvación, del misterio de Cristo, el ensayo
de B. Neunheuser Der Beitrag der Liturgie zur theologischen Erneuerung,s,
donde, entre otras cosas, el autor afirma: "La renovación
litúrgica ha perseguido desde el comienzo como su primer y
supremo objetivo la concelebración de la liturgia por parte de la
comunidad creyente. Esto significa
1335
y ha significado
desde el comienzo que la liturgia es acción sagrada de la iglesia, y
precisamente de la iglesia que está congregada aquí como pueblo
de Dios, como cuerpo de Cristo, bajo Cristo cabeza suya, en el Espíritu-Santo,
en el Espíritu de Cristo. En la celebración comunitaria y jerárquicamente
ordenada de tal acción sagrada la comunidad celebrante hace
propios los misterios salvíficos de Cristo, se hace
partícipe del misterio de Cristo. Aquí, misterio de Cristo es la
síntesis de todo lo que el Padre ha realizado en Cristo para nuestra
salvación". Una vez más, Casel ha explicado así el
significado de la expresión: "El cristianismo, en su significado
pleno y originario, es el evangelio de Dios o el evangelio de Cristo, y por
tanto no es una visión del mundo (Weltanschauung) con fondo
religioso, ni un sistema doctrinal religioso o teológico, ni meramente
una ley moral. Es, por el contrario, misterio en el sentido paulino de la
palabra, una revelación de Dios a la humanidad a través de
acciones humano-divinas llenas de vida y de fuerza; es el paso, hecho posible
por esta revelación y participación de gracia, de la
humanidad a Dios; es el encuentro de la iglesia redimida con el Padre eterno a
través del ofrecimiento de la entrega total y de la
glorificación que de ahí deriva...""
2. GUARDINI. De
otro modo nos guía en la misma dirección R. Guardini. Su
primer escrito, Vom Geist der Liturgie ", fue un verdadero fogonazo.
En 1922 había resumido el desarrollo teológico de aquellos
años en la conocida frase: "La iglesia se despierta en las
almas". Guardini afronta expresamente esta problemática en el
ensayo Vom liturgischen Mysterium, donde dice: en la celebración
eucarística, "aquella relación directa, aquella
coexistencia me-
Misterio
tahistórica
del Redentor que existió históricamente, con el presente entra en
la realidad de una manera particular. Y esta manera particular no se deduce
a priori, sino que se toma de la liturgia misma... Estamos ante el elemento
más íntimo de la liturgia, ante la realidad del misterio. Quiero
decir con esto que en una forma determinada, precisamente la cultuallitúrgica,
se lleva a cabo una re-presentación real —no una
duplicación histórica— del Redentor y de su vida, que en
otro tiempo existieron históricamente. Así afirmamos que,
además del modo de existencia histórico-concreto y del
representado psicológicamente, hay también otro modo de existencia".
Partiendo de aquí escribió aquellas obras que lo dieron a conocer
por toda Europa: El Señor (1937; Rialp, Madrid 1954'), La imagen de
Jesús, el Cristo, en el NT (1936; Guadarrama, Madrid 1960). La
introducción teológica a ellas es en cierto modo el libro La
esencia del cristianismo (1939; Guadarrama, Madrid 1959), como dice el autor
mismo. Sus reflexiones aspiraban a captar lo que es específico en
el cristianismo. "El análisis, sobre todo, de las palabras Jn 14,
Misterio
de nuevo en la
historia, siempre que los ministros realizan la ceremonia instituida por el
Señor, al que compete todo el poder, cuando dijo: Haced esto
en memoria mía. En la realización de la acción
litúrgica, Cristo, con su vida, muerte y resurrección, se
encuentra pneumática-realmente entre aquellos que se reúnen
en su nombre, es comido por ellos y se halla en ellos. Es el fenómeno
del culto cristiano. Ya en san Pablo se muestra la íntima
relación entre la fe y el misterio. Todavía más
claramente, sin embargo, en san Juan" (La esencia del cristianismo,
respectivamente 59 y 80-81).
Cuanto Guardini
ha ilustrado aquí desde el punto de vista del filósofo de la
religión (obviamente en cuanto creyente y teológicamente
preparado), es decir, la realidad intimísima del misterio, del
misterio como acción cultual, del misterio de Cristo, que en tales acciones
es hecho accesible en toda su amplitud, ahora lo considera también
la teología propiamente tal como el tema central y el punto de
partida de todo el sistema teológico.
3. WARNACH.
Partiendo del motivo del misterio, V. Warnach ha tratado de trazar
una vasta síntesis de la teología en su obra Christusmysterium
n. "Lo que nos interesa no es tanto una teoría sobre el sentido de
la vida y del mundo o sobre la relación entre Dios y el hombre
cuanto la persona viva de Jesucristo y la salvación obrada por
él. Del núcleo de la realidad cristiana no forman parte ni
demostraciones exteriores de poder ni una ciencia sublime, sino el mensaje
de la salvación de los pecadores mediante la cruz de Cristo... El
misterio de Cristo, más precisamente el misterio de la cruz y resurrección
del Señor, está en el centro
de la
predicación apostólica, ya que sin estos acontecimientos nuestra
fe
1336
se
reduciría a nada". Warnach sigue las indicaciones de Casel; define
el misterio, según el NT, como "la acción creadora y
salvífica de Dios en Cristo y en la iglesia hacia la humanidad
histórica, acción que constituye el contenido del consejo
eterno, de la revelación divina, de la promesa veterotestamentaria,
así como de la predicación apostólica, y que se hace accesible
a los creyentes a través del símbolo cultual, para conducirlos
al cumplimiento escatológico". "En síntesis [él]
distingue, desde el punto de vista objetivo, los siguientes significados
principales del término mystérion en el NT: 1) el misterio
como designio divino sobre el mundo y sobre la salvación, el misterio
originario; 2) el misterio de la
creación;
3) la obra salvífica de Cristo o el misterio de Cristo en sentido
estricto; 4) el misterio de la iglesia; 5) el misterio del culto en la palabra
y en el sacramento; 6) la realidad salvífica en los fieles; 7) la
consumación escatológica; 8) el misterio del mal como
antagonista del misterio divino".
En el sentido de
tal interpretación neotestamentaria ordena luego Warnach los
capítulos de su libro: el misterio originario; el misterio de la
creación; el hombre y el misterio del mal, la obra salvífica
de Cristo; el misterio de la iglesia; el misterio del culto; el misterio
de la salvación; el cumplimiento de la salvación. Y, como
conclusión, resume: en la consumación de la eternidad,
Cristo es, "a través del misterio de su iglesia, el pléroma
que lo llena todo en todos. En él el gran misterio del ágape
llega a la conclusión, que supera todas nuestras presuposiciones
más atrevi
das, aquel misterio
sublime que el Padre estableció al comienzo, el Hijo ha revelado en el
tiempo y el Espíritu Santo lleva a plenitud en la eternidad".
1337
4. MARSILI. S.
Marsili ha construido de otro modo una síntesis en el manual
Anamnesis, dirigido por él39. Destaquemos los motivos que nos interesan.
En el párrafo "La liturgia, misterio de la
salvación" parte del punto de vista teológico de Casel,
toma posición frente a él y lo valora. "En la
posición teológica que la liturgia había tomado con Beauduin,
si bien muchos habían interpretado de forma diferente el componente
eclesial, ninguno había ahondado en una idea que el mismo autor
había presentado y no solamente rozado, aunque luego no había
insistido en ella. Nos referimos a la obra de la salvación, vista como
realidad
sobrenatural siempre presente y activa en la liturgia. Aunque no se
refiera a esta afirmación de Beauduin, y procediendo por
vías totalmente propias, será precisamente éste el
aspecto de la liturgia que ocupará durante largos años la investigación
del benedictino alemán O. Casel (1886-1948)... Casel...
quedó impresionado por el hecho de que la acción
litúrgica recibe, en las fuentes litúrgicas, los nombres de mysterium-sacramentum"*>.
Marsili ilustra brevemente el punto de partida de Casel, sobre todo sus
análisis histérico-religiosos, y luego dice: "La
importancia de esta posición de Casel es enorme, si bien en un
primer momento no todos lo comprendieron. En efecto, haciendo que la liturgia
se remonte, como a punto de partida suyo, al acontecimiento salvífico
de Cristo, la liturgia no es sólo una institución que nos ha
venido de Cristo, sino que es la continuación ritual del misterio de
Cristo. En otras palabras, en la liturgia —es decir, en la forma
ritual (signo-realidad)— el acontecimiento mismo de la
salvación es hecho presente y activo para los hombres de todo
tiempo y lugar, y consiguientemente toda acción litúrgica
representa un suce-
Misterio
derse de momentos
en la historia de la salvación. Hemos llegado finalmente a la
teología de la liturgia. Insertando ésta como misterio
cultual en el mismo misterio de Cristo, que constituye el punto de llegada y la
realidad misma de toda la revelación, Casel hace de la liturgia un
momento que actualiza siempre la misma revelación, y por tanto
le confiere un puesto central en la teología. Más
aún, por esta vía relanza Casel poderosamente la visión
económica de la teología en general, es decir, lleva a
ésta a ser antes que nada reflexión, no sobre una determinada
cantidad de verdades abstractas, sino sobre la actuación progresiva del
designio divino de salvación"41. Estas ideas serán valoradas
y completadas en lo sucesivo. Marsili ilustra "la historia de la
salvación" ", "la liturgia, último momento en la
historia de la salvación"4', "la liturgia, presencia de
Cristo"44. Este último párrafo es particularmente importante.
En él se dice, entre otras cosas: "La liturgia está
totalmente orientada hacia la historia de la salvación, que no es
sino el misterio de Cristo, y sus ritos son siempre signos de este
misterio... Tenemos así: a) a Cristo, que es signo-realidad, o sea,
realización de la palabra profética de anuncio; b) el rito
profético del AT, signo-sombra del Cristo venidero; c) el
rito-imagen del NT, realidad en signo del Cristo que ha venido. En suma, el
rito litúrgico cristiano tiene como elemento diferenciador de toda otra
forma ritual el hacer siempre referencia a una realidad plena, o sea, a
nivel de acontecimiento que ya se ha realizado, y de esa misma realidad es
él propiamente la imagen... El rito-imagen del NT no es sólo
signo, sino que es presencia real del acontecimiento de salvación al que
se refiere"45. Esto se concreta luego en el párrafo "La
liturgia, actuación del misterio pascual". Partiendo
Misterio
de SC 5, Marsili
sostiene: "Introduciendo la idea de misterio pascual y
especificándolo con los genitivos de la pasión, de la
resurrección y de la ascensión, el concilio prácticamente
da a estos momentos de la obra de Cristo el común denominador de
misterio pascual. Con esta afirmación la pascua de Cristo, o sea,
la realidad de la redención obrada por Cristo, se pone: a) en el centro
de la historia de la salvación, y b) en el centro de la
liturgia"46. Por último, concluye: "La liturgia consiste fundamentalmente
en la actuación de la salvación realizada por Cristo. Pero como
esta salvación realizada en Cristo no es otra cosa que la pascua como
hecho real, es claro que la liturgia será la actuación de la
pascua por medio del misterio, o sea, por medio de signos reales, es decir, eficaces".
5.
"MYSTERIUM SALUTIS". LO que el estudioso de liturgia dice sobre
la importancia del término misterio para la valoración
teológica de la liturgia y para su colocación dentro de la
teología general se desarrolla ahora en amplia medida en la exposición
de toda la teología a la luz de la historia de la salvación. Este
trabajo se ha emprendido sobre todo en la obra en varios volúmenes
Mysterium
salutis. Grundriss heilsgeschichtlicher Dogmatik ". Ya en el
título manifiesta la obra su intención de hacer teología
explicando el misterio histórico-salvífico, que tiene en su
centro el acontecimiento Jesucristo. En la introducción al vol. I
se nos remite a una afirmación de los trabajos preparatorios del Vat.
II, que en la redacción definitiva del decreto conciliar
"sobre la formación sacerdotal" reza así:
"Dispóngase la enseñanza de la teología
dogmática de manera que en primer lugar se propongan los temas
bíblicos... Tras esto, para ilustrar de la forma más
1338
completa posible
los misterios de la salvación, aprendan los alumnos a profundizar en
ellos y a descubrir su conexión...; enséñeseles a
reconocer estos misterios siempre presentes y operantes en las acciones
litúrgicas y en toda la vida de la iglesia... Las restantes disciplinas
teológicas deben ser igualmente renovadas por medio de un contacto
más vivo con el misterio de Cristo y la historia de la
salvación" (OT 16). Toda la obra está construida
según estas directrices. Vol. I: Los fundamentos de la dogmática
como historia de la salvación. "El vol. II trata de Dios como
fundamento primero de la historia de la salvación, de los
orígenes de la historia de la salvación y de la historia de la
humanidad antes de Cristo. El vol. III estudia la realidad central, que es
Cristo. En el vol. IV se habla del acontecimiento salvífico en la
comunidad del Dios-hombre. El vol. V se ordena a la exposición del
camino que recorre el hombre salvado en el tiempo intermedio y
estudia los
problemas básicos de la moral cristiana. Se pone término a la
obra con una mirada a la consumación de la historia de la salvación"48.
Es obvio que los
motivos de la teología de los misterios en el sentido verdadero y
propio del término se expresan sobre todo en los volúmenes
III: Cristo, y IV: La iglesia: el acontecimiento salvífico en la comunidad
cristiana.
Naturalmente, los
especialistas, interesados preferentemente por la investigación,
encuentran a veces difícil reconocer el hilo que une todo. Al exponer la
"Cristología del NT"4', se pregunta R. Schnackenburg:
"¿Puede hablarse, a la vista de semejante profusión y
variedad, ante semejante riada evolutiva, de que hay una cristología
neotestamentaria homogénea, la cristología del NT?"X. Pero
al final da una respuesta posi1339
tiva:
"Estamos ahora en disposición de referirnos nuevamente al tema del
fundamento unitario de la cristología del NT, la
resurrección de Jesucristo, el crucificado y, partiendo de
aquí, a los hechos y palabras de Jesús de Nazaret, tal como
los guardó e interpretó la iglesia primitiva a la luz de su fe.
Tal es el principio originario sobre el que se levanta toda la
cristología más primitiva y sobre el que fueron creciendo y
estructurándose las varias ideas cristológicas que hemos
estudiado. En todas ellas se mantiene la confesión de Jesucristo,
es decir, la confesión de que el Jesús histórico es
también el Cristo de la fe pascual, sean cuales fueren los intentos de
formulación, desarrollo y comprensión concreta de dicha
fe"51. Para poder hacer esto, como bien dice A. Hamman ", hay que buscar
en el NT "enunciados" con los cuales se intenta "expresar en
palabras el misterio de Cristo"; al mismo tiempo hay que concretar y
desarrollar el acontecimiento de Cristo como obra del Hijo,
reflexionando sobre "los misterios de la vida de Jesús, ya que
el acontecimiento-Cristo en cuanto obra del Hijo no se reduce a su venida a la
historia, sino que abarca también su paso por la historia y su
vuelta al Padre en el misterio pascual". La tarea se desarrolla de manera
excelente en el capítulo "Los misterios de la vida de
Jesús"", con una primera sección dedicada a la
"Panorámica histórica de los misterios de Jesús
en general", de A. Grillmeier'4, con una segunda sección sobre
"Los misterios de la prehistoria de Jesús", de R. Schulte
", y con una tercera sección sobre "Los misterios de la
vida y actividad pública de Jesús", de Chr. Schütz 56,
y en el siguiente capítulo sobre el tema central del
"Mysterium Paschale", escrito por H.U. v. Balthasar". Aun
teniendo en cuenta la necesidad de una profundización de los temas
Misterio
cada vez
más diferenciados de la cristología y de la soteriología,
los autores de esta dogmática siguen siendo conscientes de que hace
falta "una visión retrospectiva constante, tal como se nos ofrece
en la predicación de la iglesia primitiva y en la teología
patrística más antigua"58 y se insiste conscientemente en
"la coherencia de los distintos temas"". Esto resalta en
particular en el vol. IV/2, que habla del culto y de los sacramentos como de
los modos concretos de la actualización de la acción de Cristo.
Aquí hay que hablar necesariamente "ante todo y por principio
del misterio cultual de Jesucristo, cabeza de su cuerpo"60. En la
segunda sección, R. Schulte trata de "Los sacramentos de la iglesia
como desmembración del sacramento radical"6' (del sacramento
radical, es decir, de la iglesia, había tratado ya O. Semmelroth en el
vol. IV/I)M. Aquí se ilustra ampliamente "la historia del
término y del concepto mystérion y sacramentum" " en
relación con la teología de los sacramentos. Aunque
algunos detalles podrían explicarse diversamente, el autor dice
justamente que en los sacramentos de la iniciación, "cada uno
en la forma que le es propia, sólo realizan cultualmente el único
mystérion. Y con él se refieren, en suma, al único
acontecimiento-Cristo, llamado enfáticamente mystérion en el
NT"64. Un punto culminante de tal perspectiva es el capítulo
"La eucaristía, misterio central", de
J. Betz65,
"ya que el misterio de la iglesia alcanza su mayor densidad en la
eucaristía" <*; la eucaristía es el misterio
central. "El término presencia es apropiado para desarrollar toda
la realidad del sacramento... La presencia de Cristo en la
eucaristía presenta tres aspectos: 1) presencia espiritual y
personal de Cristo glorificado como agente principal...; 2) presencia
memorial de su obra de
Misterio
salvación...;
3) presencia corporal sustancial de la persona de Cristo bajo las
especies"67. "Es convicción antiquísima de la iglesia
que en la eucaristía está presente y actúa como agente
principal el mismo Cristo glorificado. Esta convicción, que se había
debilitado en la época moderna y fue fortalecida de nuevo por la teología
de los misterios, tiene su más sólido fundamento en
VI.
Valoración conclusiva
Sea cual fuere el
modo como la etimología explique los últimos orígenes
del término mystérion (y del latín sacramentum), la
palabra griega sirvió ya a los apóstoles para explicar
la voluntad salvífica del Dios eterno y las acciones salvíficas
divinas en Cristo Jesús. En la teología de los padres
llegó a ser muy pronto un concepto central, que logró abarcar
todo el fenómeno de la realización de la salvación divina
en Cristo y en la iglesia, especialmente en las acciones cultuales de
ésta, y al mismo tiempo indicar la grandeza de tales acciones
salvíficas divinas y su inescrutabilidad (cf Ef 3,8). Por eso no es de
extrañar que los teólogos actuales y el mismo magisterio hayan
reasumido este concepto, siguiendo sobre todo las afirmaciones de la
liturgia romana, para ilustrar la acción salvífica de Cristo y su
proclamación y realización en el culto de la iglesia, en
toda la actividad eclesial y en la vida diaria de los cristianos,
como gran realidad central y
1340
unitaria de la fe
cristiana y de toda la existencia cristiana: "Esta obra de la
redención humana... Cristo el Señor la realizó
principalmente por el misterio pascual" (SC 5); "los hombres son
injertados en el misterio pascual de Cristo"; "la iglesia nunca
ha dejado de reunirse para celebrar el misterio pascual" (SC 6). Fin supremo
de toda la reforma litúrgica posconciliar es, en el fondo,
éste: "Ut mysterium paschale vivendo exprimatur"
(ínter oecumenici 6).
[/ Misterio
pascual; / Memorial].
NOTAS: '
Instructio I "ad exsecutionem Constitutionis de sacra Liturgia, recte
ordinandam", del
47. Sobre toda la
cuestión, cf infra — 4 Cf Th. Filthaut, Die Kontroverse...,
Warendorf 1947 (La théotogie des Mysléres. Exposé de la
conmoverse, París 1954) — 5 Bornkamm, Mystérion,
en GLNTVU, 645-716. A este artículo se refieren también las citas
ss. — 6 Esto puede considerarse como el resultado permanente de la
controversia Casel-Prümm. Sobre el significado del término en
el AT y en el NT, cf especialmente Bornkamm (nota ant.) — 7 Bornkamm,
a.c, 708 --8 Cf Ib, 706-707; para lo que sigue, cf también LTK Vil
(1962) 729s ' Cf P. Visentin, en Studia Patavina 4 (1957) 406-408. Cf
también B. Neunheuser, Baptéme et conflrmation (Hist. des
Dogmes), París 1956, 117-125 — l0 Cf sobre el particular B. de
Soos,
Le mystére
liturgique d'aprés st.-Léon le Grand, LQF 34 (1958);
además, Y.M. Duval, Sacramentum et mysterium chez st.-Léon
le Grand, Lille 1959, y mi recensión en ALW 7¡2 (1962) 559-564
— "El Gelasianum Vetus contiene un número importante de otros
textos pertinentes: por ejemplo, nn. 434, 441, 442, 444, 456, 462, 468, 469,
471, 472, 486, etc. — u Esto ha sido ilustrado de modo superior por H. de
Lubac en los poderosos volúmenes de su Exégése
medié
1341
val. Les quatre
sens de L'Écriture, París 19591964. El mundo medieval
desarrolló a su manera la semilla echada por Orígenes; cf H.
de Lubac, Histoire et esprit. L'intelligence de l'Ecriture
d'aprés Origéne, París 1950. Sobre esta idea de De Lubac,
cf la recensión de ALW9(l (1965) 322-324 — l3 Cf, por ejemplo,
B.G. Geyer, Die Siebenzahí der Soleramente in ihrer historischen
Entwicklung, en TG 10 (1918) 325-348 14 Sobre Tomás, cf A.
Hoffmann, Der Begriff des Mysteriums bei Thomas von Aquin in Divus Thomas
(Friburgo de B.) 17 (1939) 30-60 — 15 En Mysterium salutis I,
Cristiandad, Madrid 1969, 982 — l6 Ib, 984; cf toda la sección
(9801011): "El 'saber de Dios en el misterio' de que habla Pablo,
fundamento bíblico y origen espiritual de toda la teología
cristiana"; Sóhngen logra enmarcar magistralmente el aspecto abstracto
(ontológico) del saber de Dios en el contexto bíblicamente
garantizado del "misterio" — ,7 Un bello ejemplo y a su
manera clásico es M.J. Scheeben, Die Mysterien des Christentum{m5%
Friburgo de B. 19512 (trad. cast.: Los misterios del cristianismo, Barcelona
1950). Cf K. Rahner, Geheimnis, en LTK IV (1960) 593-597 y Mistero, en
Dizionario teológico II, Queriniana, Brescia 1967. 326-332 —
18 19
Císupra,
nota 12 — Estos estudios de Casel están publicados en Der
Kathoiik, 4.a serie, 12 (1914) 1, 153-176, 243-263, 331-355, 414-436; cf
además los estudios siguiente: De Philosophorum graecorum silentio
mystico, Giessen 1919; la recensión de la obra de J. de Ghellinck (Pour
¡'histoire du mot sacramentum, Lovaina 1924), en Theol. Revue 24 (1925)
41-47; Die Liturgie ais Mysterienfeier (Ecclesia orans 9), Friburgo de B. 1922;
Mysterium und martyrium..., en JLW 2 (1922) 18-38; Die Messe ais hl.
Mysterienhandiung, en BM 5 (1923) 20-28, 97-104, 155-161, reproducido en
Mysterium. Gesammelte Arbeiten Laacher Mónche, Münster de W.
1926, 29-52 - 2Ü Cf V. Warnach, Mvsterientheologie, en LTK Vil (1962)
724-727 21 Los textos que en el ensayo citado aduce Casel de ediciones
más antiguas, hoy pueden encontrarse con más facilidad en
las ediciones de Mohlberg, Veronense (~ Ve), Gelasianum Vetus (—
GeV) — 2
Misterio
(1926) 113-204;
aquí: 115 (Faites cea en mémoire de moi, París 1962,
lOs) — 2S Die Kontroverse über die Mysterienlehre, Warendorf
1947, 100 (La théologie des mysteres. Exposé de la controverse,
París 1954) — ^ O. Casel, Das Christliche Kultmysterium, 19321,
1960*. respectivamente 46 y 79, con nota 2 (trad. cast.: El misterio del culto
cristiano, Dinor, San Sebastián 1953). Las citas del párrafo
s. están tomadas respectivamente de las pp. 21, 22 y 23 de la ed.
orig. y de las pp. 30 y 31-33 de la vers. it. (II mistero del culto cristiano,
Borla, Turín 1966, 58 y §9-96, con nota 2) — 27 Para la bibl.
en general, cf la ya citada de Santagada (nota 23); introducción
excelente: V. Warnach, Einführung in die Théologie O.
Caséis, en O. Casel, Das Christliche Opfermysterium, Graz 1968, XIV-LV;
sobre la controversia, cf Th. Filthaut (nota 25) — n AAS 39 (1947)
521-600; aquí: 580 (cita sig.: 528). Para el comentario de este pasaje,
cf B. Neunheuser, Derpositive Sinn der papstlichen Grenzsetzung..., en Vom
christlichen Mysterium (Gedáchtnisschrift Casel), Dusseldorf
1951, 354-357; S. Marsili, Anamnesis (nota 2), 83s —29 Mencionemos ante
todo MD 67 (1961), sobre el "Mystére pascal", con aportaciones
de P.-M. Gy, Le mystérepaschal. Bilan historique (23-32); J. Gaillard,
Bilan doctrinal (33-87); asimismo los volúmenes de L. Bouyer, Liturgical
Piety, 1955; Le mystére pascal, 1945;
J. Hild, Dimanche
et vie pascal, 1949 — ,0 Art und Sinn der altesten christl. Osterfeier,
en JL W 14 (1938) 1-78; aquí: 46-47 (= Laféte de Paques dans
l'Église des Peres, París 1966) — 3i J. Pinell, a.c,
en la nota 2, 91 — 32 Cf al respecto el equilibrado juicio de S. Marsili,
Anamnesis (nota 2), 81 y 92-100 — 33 J. Pinell, a.c, en la nota 2, 90
—
Misterio pascual
citamos
respectivamente las pp. 15, 25, 23s, 256 — 39 Vol. I, La liturgia,
momento síorico della salvezza, Marietti, Turín 1974, sobre todo
en el II cap.: "Verso una teología della liturgia" (47-84); en
el III cap.: 'La teologia della liturgia del Vat. II" (85-105), y en
el cap. IV: "La liturgia, culto della chiesa" (107-136) —
40 42
Anamnesis I, 76s
— " Ib, 78 — Ib, 8891 — « Ib, 91-92 —
« Ib, 92-96 — 4! Ib, 95s — * Ib, 97 — 4' Benziger,
Einsiedeln 1965-76 (trad. cast.: Mysterium salutis. Manual de teologia como
historia de la salvación, Cristiandad, Madrid 1974). Cf las
recensiones en ALW 13 (1971) 172-195, y 19 (1978) 118-132. Citaremos la obra
según la versión castellana — " I, t. I, 45
— "' III, t. I, 245-409 —
50 5I 52
III, t. I, 401 — Ib, 409 —
Ib, 105 — " III, t. II, 21-141 — » Ib, 21-39 —
» Ib, 4071 -5" Ib, 72-141 — " Ib, 143-335 — 5S
Ib, 383 -s" Ib, 383, nota 4 — <" IV, t. II, 23 —
" IV, t. II, 53-159 -« IV, t. I, 321-370 63 IV, t. II, 70-159
— M Ib, 97 — « Ib. 185
67 6"
310 — * Ib,
185 — Ib, 264 — Ib. 264265 — " Ib, 308.
B. Neunheuser
BIBLIOGRAFÍA:
Álvarez A., Las religiones mistéricas, Revista de Occidente,
Madrid 1974; Barsotti D., Misterio cristiano y año litúrgico.
Sigúeme, Salamanca 1965; Misterio cristiano y Palabra de Dios.
Sigúeme, Salamanca 1965; Casel O., El misterio del culto cristiano,
Dinor, San Sebastián 1953; El misterio de la cruz, Guadarrama,
Madrid 1961; Cuesta R., Misterios redentores y sacramentos según Santo
Tomás de Aquino, en "Escritos del Vedad" (1973) 281298;
Daniélou J., Mitos paganos, misterio cristiano. Casal y Vals,
Andorra 1967; Díaz de Tuesta J., Los misterios litúrgicos,
en "Liturgia" 3 (1948) 237-241; 274-277; Filthaut Th.,
Teología de los misterios. Exposición de la controversia,
Desclée, Bilbao 1963; Neunheuser B., Misterios, Teología de los,
en SM 4, Herder, Barcelona 1973, 718-723; Misterio, en DE 2, Herder, Barcelona
1983, 614-619; Oñatibía I., La presencia de la obra redentora en
el misterio del culto, Eset, Vitoria 1954; Participar en el misterio salvador,
en "Phase" 144 (1984) 471-486; Prümm K., Misterio, en DTB,
Herder, Barcelona 1966, 664-679; Rahner K., Misterio, en SM 4, Herder,
Barcelona 1973, 710-718; Rubio Moran L., El misterio de Cristo en la historia
de la salvación. Sigúeme, Salamanca 1967; Schulte R., Los
términos "mystérion" y "sacramenlum". en
MS IV/2, Cristiandad, Madrid 1975, 76-97. Véase también la
bibliografía de Iglesia. Jesucristo. Memorial, Misterio pascual y
Sacramentos.
1342
SUMARIO: I. La
pascua, misterio nuevo y antiguo: 1. El misterio pascual en el Vat. II; 2.
El término "misterio pascual" - II. La pascua en el AT: 1. Las
fuentes de la pascua; 2. Origen y desarrollo de la pascua; 3. La
celebración de la pascua: a) El memorial, b) Anuncio de la historia
de la salvación, c) Alabanza, acción de gracias e
intercesión, d) La comunidad celebrante;
4. La pascua,
centro de toda la vida litúrgica de Israel - III. El acontecimiento
pascual en el NT:
1. Pablo; 2. Los
Sinópticos; 3. La carta a los Hebreos; 4. 1 Pedro; 5. Juan y el
Apocalipsis
IV. El misterio
pascual en la iglesia: 1. La celebración del misterio pascual; 2.
La comunidad celebrante; 3. El memorial de la pascua; 4. Misterio pascual
y existencia cristiana.
I. La pascua,
misterio nuevo y antiguo
1. EL MISTERIO
PASCUAL EN EL VAT. II. La categoría misterio pascual es una de las
recuperaciones más felices del movimiento litúrgico de nuestro
siglo. Aparece desde el comienzo y repetidamente en los documentos del
Vat. II.
1343
carnado como
cumplimiento antitípico de la liberación y de la alianza que
la pascua veterotestamentaria significaba y preparaba tipológicamente:
asigna a este acontecimiento el puesto central que en la historia
salvífica del AT ocupaba la pascua; declara que este acontecimiento constituye
el misterio pascual cristiano, del que pueden participar, en consecuencia,
por vía mistérica [/ Misterio], a través de ritos
memoriales [/ Memorial], todos los hombres y las mujeres de las generaciones
futuras, que de este modo tienen acceso, en la fe, a la
reconciliación perfecta y al culto verdadero y pleno que se realizaron
de una vez para siempre en la muerte-resurrección-ascensión de la
humanidad del Hijo de Dios '.
De este modo se
pone el misterio pascual como fundamento y clave interpretativa de todo el
culto cristiano. Que tal sea el pensamiento de
Misterio pascual
también
durante el año litúrgico, sea en el retorno anual de la pascua
(SC 102), sea cada ocho días en el día justamente llamado desde
la edad apostólica "del Señor" (SC 106), e incluso en
la memoria del día natalicio de los santos (SC 104).
La
expresión aparece también en el decreto sobre el oficio pastoral
de los obispos CD. En cuanto dispensadores de los misterios de Dios, deben
procurar que los fieles, por medio de la eucaristía y de los sacramentos,
conozcan cada vez más profundamente y vivan coherentemente el
misterio pascual de modo que crezcan cada día más como cuerpo de
Cristo (CD 15). Por eso el decreto sobre la formación sacerdotal OT
quiere que los candidatos al presbiterado vivan el misterio pascual de
Cristo de modo que sepan iniciar en él un día al pueblo que les
será encomendado (OT 8). En efecto, como explica la
constitución pastoral sobre la iglesia en el mundo de hoy, GS, es
vocación de todo cristiano, asociado por el bautismo al misterio
pascual, realizar en la propia existencia la conformidad con la muerte de
Cristo para participar en su resurrección (GS 22). Más
aún, se llama a todo hombre de buena voluntad a entrar en contacto
con él (ib), y toda actividad humana alcanza su perfección
en él (GS 38).
Con ello el
misterio pascual traspone los límites de la liturgia para
convertirse en el fundamento y el criterio inspirador de toda la vida moral
y de las opciones del creyente en cualquier nivel, así como de toda la
espiritualidad cristiana.
2. EL
TÉRMINO "MISTERIO PASCUAL". El término, aunque fue
redescubierto por el movimiento litúrgico que desembocó
en el Vat. 11, no es de todos modos creación reciente. Se encuentra por
primera vez, y con notable frecuencia, en la homilía so
Misterio pascual
bre la pascua de
Melitón de Sardes, descubierta por C. Bonner en 19362. Ya en el exordio
de su homilía, que puede fecharse entre el 165 y el 185, Melitón
afirma que "el misterio de la pascua es nuevo y antiguo, eterno y
temporal, perecedero e imperecedero, mortal e inmortal" (Homil. sobre
la pascua 2: Cantalamessa [nota 2], 25). Este misterio es identificado con
"el misterio del Señor", antiguo según la
prefiguración, nuevo según la gracia (ib, 58; l.c, 38),
prefigurado en Abel, Isaac, José, Moisés, los profetas
perseguidos y en el cordero sacrificado, anunciado en la predicación
de los profetas (ib, 59.61; l.c, 38.39) y realizado en los últimos
tiempos. Más aún, Melitón dice expresamente que
"el misterio de la pascua es Cristo" (ib, 65; l.c, 39).
Está
emparentada con la homilía de Melitón, si bien es independiente
de ella, la homilía sobre la santa pascua, del anónimo
Cuartodecimano, también del s. n y del Asia Menor3. También ella
habla del "misterio de la pascua" (Sobre la santa pascua 13; l.c,
59), el cual comprende toda la peripecia de Jesús, que se extiende por
toda la historia de la salvación, y al que se llama incluso
"misterio cósmico de la pascua" (ib, 40; l.c, 67),
"festividad común de todos los seres, envío al mundo de la
voluntad del Padre, aurora divina de Cristo sobre la tierra, solemnidad perenne
de los ángeles y de los arcángeles, vida inmortal del mundo
entero, alimento incorruptible para los hombres, alma celeste de
todas las cosas, iniciación sagrada (gr. télete) del cielo y de
la tierra, anunciadora de misterios antiguos y nuevos" (ib, 10; l.c, 57).
Con la
expresión misterio de la pascua, que representa una ulterior
profundización del tema paulino de "Cristo nuestra pascua" (1
Cor 5,7) hecha ya por Justino (Dial. 111,3: Padres apologistas griegos, BAC,
1344
Madrid 1954,
495), todo el contenido teológico que Pablo había resumido
en la categoría de "misterio de Cristo" (Col 4,3; Ef 3,4) se
encierra en la pascua. Pero por la frecuencia con que el término
misterio se emplea y por la terminología que le acompaña
(teletai = realizar, amyeion = no iniciado, asfragiston = no marcado,
etc.) revela una clara referencia a los cultos mistéricos, "a
los que se contrapone el misterio cristiano como el único
verdaderamente salvífico, en lugar de ser asimilado a ellos"".
Como se desprende
de estas primeras homilías pascuales, el concepto de misterio
de la pascua o pascual, a partir de su primera aparición,
recapitula toda la economía salvífica realizada en Cristo y comunicada
a la iglesia a través de los sacramentos. Por eso pasará a los
sacraméntanos romanos y de éstos a los libros litúrgicos
del Vat. II, particularmente al Missale Romanum, donde el término
aparece frecuentemente para indicar tanto la economía que se
ha realizado en la muerte y resurrección de Cristo como el retorno
anual de la pascua y los sacramentos del bautismo y de la eucaristía,
centro de toda la liturgia cristiana, mediante los cuales tal
economía se actualiza en la iglesia.
II. La pascua en
el AT
Si la
expresión misterio de la pascua o misterio pascual es una creación
cristiana que se remonta al s. II, mucho más antiguo es el
término pascua, transliteración griega del arameo paschá,
y del hebreo pesah (y no derivación del griego paschein, como pensaban
los escritores cristianos anteriores a Orígenes).
De las cuarenta y
nueve veces que figura en el AT, treinta y cuatro veces indica el rito del
primer plenilu
1345
nio de primavera
y quince veces el cordero inmolado en tal ocasión. El término
parece haber significado originariamente la danza (o el saltar) ritual que se
desarrollaba con ocasión de la fiesta. Este significado fue asumido
por la teología israelita, por cuanto en coincidencia con una memorable
fiesta primaveral, Yavé "saltó más allá
de" las casas de los israelitas marcadas por la sangre del cordero
sacrificado, perdonándolas (Ex 12,
En el NT el
término paschá aparece veintinueve veces, para indicar como
en el AT toda la fiesta, el rito y la víctima inmolada.
1. LAS FUENTES DE
El
carácter literario de la narración, más que referir
un acontecimiento histórico acaecido de una vez para siempre,
pretende grabar en la memoria y ofrecer el motivo histórico-salvífico
de la celebración memorial que debe repetirse cada año y del
ritual que se debe observar en ella. Los elementos del rito están relacionados
con un acontecimiento del pasado de la historia de Israel, de suerte que los
ritos reciban sentido y valor del relato etiológico-cultual de
la pascua, que está puesto en el centro de la celebración '.
Textos
extrabíblicos de funda
Misterio pascual
mental
importancia para el conocimiento de la praxis pascual en tiempos de
Jesús y de los primeros desarrollos de la liturgia cristiana se
contienen en el libro apócrifo de los Jubileos (ce. 18.49), empapado del
espíritu de las comunidades de Qumrán; en las obras de
Flavio Josefo Antigüedades judaicas y La guerra judaica; en numerosos
pasajes de los escritos de Filón, en el cual se encuentra la
tendencia a interpretar alegóricamente la pascua, como paso de la
bajeza de los sentidos a la altura del espíritu, y los diversos
ritos de la fiesta. Nos llegan también preciosas indicaciones de
los targumim palestinenses (paráfrasis amplificadas), de los
midrashim (comentarios rabínicos a las Escrituras) a Ex 12, y sobre
todo de
o
tradición), en la que el tratado Pesachim, quitados los
añadidos tardíos, ofrece el cuadro más seguro de la
celebración pascual en tiempos de Jesús".
2. ORIGEN Y
DESARROLLO DE
Ambas
celebraciones eran en su origen festividades de primavera, propias de ambientes
culturales diversos.
Los ritos que
están en el origen del pesah, como indican paralelos de otras religiones
del ambiente semítico ', se remontan a una antiquísima
celebración familiar, con la que los
Misterio pascual
pastores
solemnizaban el comienzo del nuevo año en el mes de abib (posteriormente
nisan), la noche inmediatamente precedente a la partida para los
pastizales de verano: al claro de la luna llena se inmolaban los primeros
nacidos del rebaño, cuya sangre se empleaba con fines apotropaicos y
propiciatorios para proteger a pastores y rebaños de influencias
demoníacas y asegurar la fecundidad, mientras que la carne se
consumía en una comida cultual que tenía por objeto fortalecer
los vínculos de parentesco de la familia y de la tribu.
Quizá era ésta la fiesta que los hebreos seminómadas en
Egipto tenían intención de celebrar en honor del Dios de sus
padres, Yavé, en Ex 3,18. Las circunstancias providenciales en que
el rito se desarrolló en vísperas del éxodo,
circunstancias descritas en forma épica por las fuentes más
antiguas (Ex 12,2123.27b.29-39), hicieron que se encomendara a este
rito el recuerdo de aquel acontecimiento salvífico fundamental"
">. La fiesta fue historizada, y con ella todos los elementos que
la constituían. Incluso el nombre pesah, que inicialmente se
refería a un saltar sagrado, quedó implicado en este proceso
de nueva fundación: vino a significar que Yavé "saltó
más allá de" las casas de los israelitas,
perdonándolas (Ex 12,13). La sangre con que se marcaban las jambas
y el dintel de las puertas o los palotes de las tiendas fue referida al hecho
de que Yavé perdonó a los israelitas cuando hirió a los
egipcios (Ex 12,
1346
celebra en
primavera porque al comienzo de esta estación Israel salió
de Egipto; y es fiesta nocturna porque el éxodo tuvo lugar una
noche clara de luna llena (Dt 16,1).
Massot, en
cambio, parece haber sido en su origen una fiesta, también de primavera,
pero propia de un ambiente agrícola, como podía ser el de
Canaán. Esto explica por qué su celebración
inicialmente no estaba fijada en un día determinado del mes, sino
que dependía de las condiciones de la cosecha (Dt 16,1). En cuanto
fiesta agraria, massot celebraba el comienzo solemne de la siega, considerada
sagrada. Característica suya era el ofrecimiento de la primera gavilla
en el santuario (por lo que era una fiesta de peregrinación, hebr. hag)
y comer durante toda una semana pan no fermentado de la nueva cosecha de
cebada.
También
este rito, que quizá en su origen preisraelita tenía un fin apotropaico
y de propiciación", inmediatamente después de la
ocupación de la tierra, y quizá precisamente en conexión
con ella, fue historizado y puesto en relación con el éxodo (cf
Jos 5,10-12). El hecho de que ya en la protohistoria de Israel tanto la
celebración de la pascua como la fiesta de los ácimos
tuvieran el mismo contenido y significado, y la circunstancia de caer
ambas en el primer
mes de primavera
llevaron a un progresivo crecimiento conjunto, por lo que con la
centralización deuteronomista del culto también la pascua,
atraída por los ácimos, pasó a ser fiesta de
peregrinación al templo de Jerusalén n. Es incierto el momento en
que se concluyó este proceso de fusión, cuyas huellas son
recognoscibles en las diversas estratificaciones literarias del AT.
Mientras las fuentes más antiguas distinguen todavía
netamente entre pascua y ácimos, en tiempos del exilio e inmediatamente
después atestiguan la fu
1347
sión ya
producida (Ez 4,21; 2 Crón 30,1-
Por lo que se
refiere a la forma de la celebración, se pueden distinguir tres
períodos, y por tanto tres tipos de celebración M. La
celebración familiar doméstica de los primeros siglos,
descrita en Ex 12-13, con posterioridad a la centralización deuteronomista
del culto se trasladó al templo de Jerusalén,
convirtiéndose en fiesta del pueblo con carácter nacional.
En el período posexílico, por último, se produjo la
síntesis entre las dos formas precedentes: el cordero seguía
siendo inmolado en el templo, mientras que la comida volvió a
consumirse en el restringido círculo doméstico, si bien ya dentro
de los muros de Jerusalén. Esta última forma, atestiguada
por
3.
Misterio pascual
les está
bastante bien resumido en las palabras institutivas de Ex 12,14: "Este
día será memorial (hebr. lexikkazon, gr. eis
mnemósynon) para vosotros y lo celebraréis como fiesta de
Yavé, como institución perpetua de generación en
generación". El paralelismo entre fiesta y memorial, que
equivale a una identificación, es característico de la
concepción litúrgica de Israel y se encuentra en la liturgia
convival judía, en la bendición sobre la primera copa que introduce
el día de sábado: "Bendito seas, Señor, Dios nuestro,
rey del mundo, que has dado a tu pueblo Israel días de fiesta para la
alegría y para el memorial". La tarde de pascua, la
bendición de apertura dice así: "Bendito seas,
Señor..., que nos has elegido entre todos los pueblos..., que nos
has dado en tu amor momentos de alegría, fiestas y tiempos
destinados al regocijo, así como esta fiesta de los ácimos,
fiesta de nuestra liberación, para que sea sagrada reunión
festiva como memorial de la salida de Egipto" (Haggadah di
pasqua: Toaff [ed.], Roma 1960, 7). Pero ya en el Sal 111,4 "la memoria de
sus maravillas" indica la celebración pascual, que debe mantener
despierta la gratitud por los grandes beneficios de Yavé. No sólo
la fiesta en su conjunto, sino todos sus elementos tienen función de
memorial: el pan ácimo, el cordero, las yerbas amargas, la hora nocturna
(según Ex 12,42, Israel vela por el Señor porque el Señor,
acordándose de Israel, en la primera noche pascual
veló, y según los rabinos, sigue velando por los suyos cada
noche pascual del presente y del futuro) e incluso el vestido y la postura del
viandante o de descanso que los comensales adoptan durante la cena son memorial
del éxodo y del don de la libertad. Su objeto es preservar del olvido
los beneficios
del Señor,
traerlos continuamente a
Misterio pascual
la memoria, y de
este modo renovarlos y actualizarlos en la conciencia de los israelitas.
Pero no sólo Israel, sino sobre todo es el Señor el que en
presencia del memorial se acuerda de su pueblo y acordándose se hace
presente y actualiza su salvación. Por eso en la liturgia pascual se concluye
así la bendición sobre la tercera copa, que sustancialmente,
quitadas las referencias a la reconstrucción de
Jerusalén, se puede hacer remontar a tiempos de Jesús: "Dios
nuestro y Dios de nuestros padres, ábrase paso, venga,,llegue, se presente,
sea grato, sentido, buscado, recordado ante ti el memorial del Mesías
hijo de David, tu siervo, el memorial de todo tu pueblo Israel, para
salvación, gracia, benignidad, piedad, vida y paz en este
día de fiesta" (Haggadah di pasqua [ed. cit.] 77).
b) Anuncio de la
historia de la salvación. El recuerdo que está en la base de la
liturgia pascual implica el anuncio de la acción salvífica pascual:
"Cuando hayáis entrado en la tierra que Yavé os va a dar,
como ha prometido, observaréis este rito. Y si vuestros hijos os
preguntaren: ¿Qué rito es éste?, responderéis: Es
el sacrificio de la pascua de Yavé, el cual pasó de largo por las
casas de los hijos de Israel en Egipto cuando hirió a los egipcios,
preservando nuestras casas" (Ex 12,25-27). Lo mismo para los
ácimos: "Ese día dirás a tus hijos: Esto es en
memoria de lo que por mí hizo Yavé cuando salí de
Egipto"'(Ex 13,8).
Encontramos
aquí el término hebreo higgid, que ha dado el nombre de
haggadah al anuncio pascual, y que corresponde al griego katangellein o
anangellein (anunciar), que encontraremos en el NT para indicar el anuncio de
salvación contenido en la celebración eucarística (cf 1
Cor 11,26). La introducción a la misma 1348
haggadah durante
la cena pascual afirma: "Aunque fuésemos todos doctos, todos
inteligentes, todos expertos en la torah, no dejaría de ser deber
nuestro detenernos en la salida de Egipto; más aún, cuanto
más se demora uno en tratar de la salida de Egipto, tanto más
digno de alabanza es" (Haggadah 13).
El anuncio
pascual se relaciona, como en una catequesis mistagógica, con los
elementos y los ritos pascuales insólitos que despiertan
atención y curiosidad. Por eso el núcleo de la catequesis
consiste en la interpretación histórico-salvífica de
estos elementos, como resulta de una prescripción de R.
Gamaliel referida en Pesachim 10,5 (citada por
La
celebración pascual en todos sus elementos se dirige en primer lugar
a aquella acción salvífica fundamental que el Señor
realizó en Egipto con ocasión de la primera pascua. Pero en
el curso del tiempo se añadieron a la pascua otros acontecimientos
de la historia de la salvación que pasaron a ser también objeto
del memorial y del anuncio pascual. Este proceso de asimilación se puede
constatar ya en el AT. La celebración pascual de Jos 5,10-12, por
ejemplo, además de la salida de Egipto, pretende recordar anualmente
la entrada en la tierra prometida y la toma de posesión de sus
bienes. Así también las demás celebraciones pascuales
a que hacen referencia los libros del AT marcan cada vez una etapa importante
en la
1349
historia de
Israel: la primera pascua conmemorativa en el desierto concluye la
institución del culto y la erección del santuario
(Núm 9,1-14); la de 2 Crón 30,1-27 corona la reforma de
Ezequías y su tentativa de reunificación tras el derrumbe
del reino del Norte; la de 2 Crón 35,1-19, la renovación de
la alianza a continuación del hallazgo de
La circunstancia
de que estas cinco celebraciones pascuales estén mencionadas
en
Encontramos un
ejemplo espléndido de esta teología pascual en el llamado
poema de las cuatro noches, que en los targumim palestinenses a Ex 12,42
concluye la descripción de la pascua egipcia ". Estas argumentaciones,
que contienen sin duda un patrimonio de tradiciones precristianas,
presentan al menos seis hechos salvíficos como acontecimientos pascuales:
la creación del mundo, el pacto de Abrahán, el nacimiento de
Isaac, su sacrificio, el éxodo de Egipto y el acontecimiento final
mesiánico. De este modo, la pascua israelita se convirtió en
compendio y recapitulación de toda la historia de la salvación,
esquema interpretativo de todas las intervenciones de Dios en favor de su
pueblo, anticipación, pro
fecía y
tipo del acontecimiento salvífico final. Y la celebración
pascual, al tiempo que cada año hace revivir actualizándolas en
el memorial las
Misterio pascual
grandes acciones
de Dios realizadas en el pasado y pregustar el acontecimiento
salvífico definitivo, refuerza la fe en la potencia y en la bondad del
Señor, en el propio valor y en la misión histórico-salvífica
de Israel; funda la esperanza en la inquebrantable fidelidad de Dios y en
su constante disponibilidad a la ayuda, enciende y alimenta el amor
por el Señor (el Cantar de los Cantares leído en la sinagoga
con ocasión de la pascua es interpretado por los rabinos como
alegoría de las relaciones entre Dios y su pueblo) y para los miembros
que el pueblo de Dios se ha escogido. Este amor encuentra su
expresión
concreta en la voluntad revigorizada de tomar sobre sí la ley de la
alianza y observarla fielmente. En efecto, los más diversos mandamientos
y prescripciones cultuales, morales, jurídicas y sociales encuentran
la propia raíz, motivo y justificación en la pascua, es
decir, en el hecho de que Dios ha liberado a Israel de la esclavitud con
brazo fuerte y lo ha unido a sí con lazos de amor. Al mismo tiempo, el
Señor, viendo el memorial, se acuerda de la noche de pascua, de las
promesas hechas a Abrahán y a su descendencia, de su alianza, de la
misericordia que tuvo
con los padres, y
vela para intervenir todavía y siempre a fin de salvar a su pueblo.
c) Alabanza,
acción de gracias e intercesión. Así el recuerdo y el anuncio
se convierten espontáneamente en glorificación que se manifiesta
en cantos de alabanza. Quizá ya en Ex 15 se conserva un antiquísimo
himno pascual. Cantos de alabanza para la cena pascual se atestiguan en 2
Crón 35,15. Sab 18,9, proyectando usos recientes en tiempos antiguos,
afirmará que "los devotos hijos de los justos sacrificaron en
secreto, sellaron unánimes la alianza con Dios... y al mismo tiempo
entonaron
Misterio pascual
los cantos de los
padres". El pasaje alude verosímilmente a los salmos del hallel
113-118.136, que fueron introducidos en la liturgia pascual en el s. H
a.C, y se cantaban primero en el templo durante la inmolación de los
corderos y luego en el curso de la liturgia convival, en parte antes (Sal
113-114), en parte como cierre de la cena propiamente dicha (Sal
115-118.136). A ellos se refiere Mt 26,30 y paralelos. Entre ellos, el Sal 114
es una verdadera cantata pascual.
Los rabinos
consideraban importante el canto del hallel porque en él se
contienen las cinco realidades siguientes: el éxodo de Egipto (Sal
114,1), la división de las aguas del mar de los Juncos (Sal 114,3), la
entrega de la torah (Sal 114,4), la resurrección de los
muertos (Sal 116,9) y los sufrimientos de la época mesiánica
(Sal 115,1). La haggadah introduce el canto del hallel en estos términos:
"En cada generación tiene cada cual el deber de considerarse como
si él mismo hubiera salido de Egipto..., porque el Santo —bendito
sea— no libró sólo a nuestros padres, sino que
también nos libró a nosotros con ellos... Por tanto, es nuestro
deber dar gracias, tributar homenaje, alabar, celebrar, glorificar,
exaltar, magnificar, encomiar al que nos hizo a nosotros y a nuestros padres
todos estos prodigios y nos sacó de la esclavitud a la libertad, de la
sujeción a la redención, del dolor a la alegría, del luto
a la fiesta, de las tinieblas a la luz esplendorosa. Digamos, pues, ante
él: Aleluya" (Haggadah 39-40).
Del recuerdo de
las acciones salvíficas del Señor nace luego la
súplica con que se le pide que recuerde, y con ello que renueve, sus
prodigios. En la cena, a la bendición de la segunda copa:
"Bendito seas, oh Señor, rey del mundo, el que redimió
a nuestros padres de Egipto y nos hizo 1350
llegar a esta
tarde para comer ácimos y yerbas amargas", le sigue inmediatamente
la intercesión: "Así, Señor Dios nuestro y Dios de
nuestros padres, haznos llegar con salud a otras fiestas futuras y
días solemnes, alegres por la restauración de tu ciudad y
felices en tu culto. Allí comeremos sacrificios y corderos pascuales,
cuya sangre, con tu beneplácito, será rociada sobre las
paredes de tu altar, y te ofreceremos en homenaje un canto nuevo para
nuestra redención y para nuestro rescate" (Haggadah 43).
Este texto, en la
forma citada, presupone la destrucción del templo y muestra que el
motivo escatológicomesiánico tenía una parte importante
también en la impetración pascual, así como ya la
tenía en el recuerdo y en la alabanza.
d) La comunidad
celebrante. Tanto la pascua veterotestamentaria como la judía son
esencialmente una celebración comunitaria. En las tres configuraciones
que tomó la celebración a través del tiempo se
constata que son dos las comunidades que participan en el convite, superpuestas,
pero estrechamente enlazadas: la comunidad familiar y la gran comunidad
del pueblo.
En la pascua
predeuteronomista, la comunidad familiar ocupa un papel
centralísimo: "Provéase todo cabeza de familia de un
cordero, un cordero por casa" (Ex 12,3). El cordero, tras haber sido
inmolado por la familia, lo comen los miembros de la misma,
convirtiéndose así en el centro y el medio de cohesión
para la pequeña comunidad cultual.
Esta
concepción sigue ejerciendo su influjo también en la pascua centralizada:
la comunidad, constituida ya por todo el pueblo que tiene el banquete en el
área del templo, permanece articulada en grupos familiares que
sacrifican y consumen el
1351
propio cordero
(cf 2 Crón 35,5-12).
En el judaismo
tardío, en lugar de la comunidad familiar, aparece una comunidad
convival, que se forma con vistas a la comida. Está constituida por
un grupo de al menos diez personas, que se han reunido voluntariamente
antes de la inmolación en torno a su cordero pascual (hebr. habura,
gr. fratría; cf Flavio Jos., Ant. Jud. 3,10,5). La comunidad pascual se
mantiene junta no tanto por el vínculo de la sangre, cuanto por el
cordero sacrificado por ella y consumido en común.
Pero junto a la
comunidad doméstica y por encima de ella está todo Israel,
en cuanto pueblo de los que Dios ha librado para hacer de ellos una
nación santa, que constituye la comunidad litúrgica de la pascua.
Esto es evidente
en la pascua centralizada celebrada en el templo por toda la comunidad
israelita (qahal = ekklesia; cf 2 Crón 30,13.24-25).
La idea ha
permanecido viva en la pascua del judaismo tardío: la enorme
concentración de peregrinos en Jerusalén y el acto sacrificial
común debían alimentar y despertar de nuevo cada vez en
Israel la conciencia de ser el pueblo elegido ". La misma idea está
presente también en los textos relativos a la pascua predeuteronomista.
La perícopa de Ex 12, que siempre ha permanecido como el texto pascual
central, considera su
jeto de la
celebración no sólo a la familia particular, sino al pueblo entero:
"Hablad a toda la comunidad" (12,3); "todo Israel lo
inmolará" (12,6); "toda la comunidad celebrará la
pascua"; y para los ácimos, celebrados al comienzo separadamente:
"El día primero tendréis asamblea santa, y también el
día séptimo" (12,16). Los términos qahal— ekklesia
y 'eda = synagogé, empleados aquí prolépticamente (dado
que serán prerrogativa de Israel a partir de la alianza y de la
erección de la tien
Misterio pascual
da), tienen un
gran peso teológico: indican que para el Código Sacerdotal,
al que pertenecen los versículos citados, Israel se ha convertido en
comunidad cultual del Señor, y por tanto en pueblo de la alianza, ya con
ocasión de la primera celebración pascual y a causa de ella.
Celebrar la
pascua y tomar parte en el convite es, por tanto, privilegio de quien pertenece
al pueblo elegido: ningún extranjero puede comer de él; el
extranjero que quiera celebrarla, si es varón, debe someterse antes
a la circuncisión (Ex 12,48-50). Pero todo circunciso tiene el deber de
celebrarla, si no quiere verse excluido de la comunidad. Quien se abstiene
de ella culpablemente, según Núm 9,13, se le consagra al
exterminio (el verbo usado por los LXX: exolotheuesthai, es el mismo que
se refiere al exterminador de Ex 12,23). Para dar a todos los miembros del
pueblo elegido la
posibilidad de tomar parte en la pascua se instituyó una pascua
suplementaria que debía celebrarse el segundo mes (cf Núm
9,5-12).
Filón,
refiriéndose a la inmolación de los corderos, afirma que con ocasión
de la pascua todos los miembros del pueblo elegido gozan de las
prerrogativas sacerdotales (De spec. leg. II, 145).
La
participación en el convite pascual exige, sin embargo, el estado
de pureza ritual. Junto al Código Sacerdotal (Núm 9,13), el
cronista subraya que los sacerdotes, los levitas y la gente del pueblo
deben ser santificados y puros (2 Crón 30,15.17-18, y para el
judaismo tardío, cf Jn 11.55). Esta purificación se obtiene
"con el agua santa de aspersión" (Filón, De spec. leg.
II, 148), o bien, según los casos, con los sacrificios por el pecado
o por la culpa o, finalmente, mediante la sangre misma de la pascua.
4.
Misterio pascual
Así, la
circuncisión, el rito que señala la entrada en el pueblo de
la alianza, está en estrecha relación con la pascua no
sólo por el hecho de que sólo quien está circuncidado puede
participar en el convite pascual, sino también porque la teología
rabínica la hará remontar a la primera pascua. En efecto,
según los rabinos, los israelitas en Egipto estaban sin circuncidar; por
ello, para celebrar la pascua debieron antes hacerse circuncidar.
Sucedió así que la tarde de pascua la sangre del cordero y la de
la circuncisión corrieron juntas y, mezcladas, formaron una sola sangre,
en la que Dios se complació l!. De suerte que cada vez que corre la
sangre de la circuncisión, por la que un nuevo hombre queda introducido
en el pueblo de Dios, no sólo Israel, sino también Dios se
acuerda de la pascua y de la alianza, que constituye con ella un solo
acontecimiento. Todavía más se verificará esto con el
baño bautismal prescrito por el judaismo tardío a los
prosélitos, además de la circuncisión, como condición
para entrar en el pueblo de Dios. Celebrado también en fechas cercanas a
la pascua, pretende hacer participar simbólicamente al prosélito
en la travesía pascual del mar de los Juncos.
También el
cordero, macho, de un año, sin defecto, que se debía ofrecer
mañana y tarde en el templo en sacrificio perenne (tamid, Ex
29,38-42; Núm 28,2-8), según los rabinos tenía 1352
la función
de recordar continuamen
te al
Señor la pascua, hasta el punto
que R. Hillel,
entre otros, podía lla
marlo
"pascua diaria" ".
Si se considera
además que en el judaismo la oración de la mañana y de la
tarde en las sinagogas y en las casas —que gira en su totalidad en torno
a la recitación del shemah y del Shemoneh esreh, y se la interpreta
como verdadero sacrificio de alabanza— se organizó en
coincidencia con la hora en que en el templo se desarrollaba el sacrificio
tamid incorporando varios elementos eucológicos suyos,
resultará todavía más evidente que el cursus cotidiano de
la vida litúrgica de Israel quería presentar a Dios el memorial
de la
20
pascua.
Lo mismo puede
decirse del ciclo semanal. El sábado, que en la interpretación
del Código Sacerdotal es memorial de la creación y de la alianza
establecida por Dios con el hombre al final de la semana de la creación,
en los textos deuteronomistas tiene el objeto de recordar a Israel que un
día fue esclavo en la tierra de Egipto y el Señor lo sacó
con mano fuerte y brazo alzado (Dt 5,15). Además, la cena festiva del
sábado, con las típicas bendiciones sobre la tercera
copa por el alimento, la tierra y el don de la torah, y con la súplica
por el pueblo liberado y convertido en propiedad suya por Dios,
volvía a proponer semanalmente la celebración pascual.
En fin, cuando
las fiestas de las semanas (shabuot) y de las tiendas (sukkot) —que junto
con el pesahmassot eran las tres fiestas de peregrinación y
constituían la estructura sobre la que descansaba el año
litúrgico hebreo— experimentaron el natural proceso de
historización propio de toda la liturgia hebrea, también a ellas
se las puso en relación con la pascua. La antigua fiesta de las tiendas
sirvió para recordar los años de 1353
la juventud y del
noviazgo entre Dios y su pueblo en el desierto, cuando el pueblo y Dios mismo
habitaron en tiendas. Y, por último, también la fiesta de
las semanas —pero esto, al menos por lo que se refiere a la liturgia
oficial, sólo en la era cristiana— fue referida a la alianza que
Dios estableció con su pueblo en el tercer mes después de la
salida de Egipto (Ex 19,1), es decir, según complicados cálculos
rabínicos, el quincuagésimo día después de
pascua, y se convirtió así en "la asamblea de
clausura" (aseret) de las celebraciones pascuales.
Así, la
pascua, centro de toda la historia de la salvación, pasó a ser,
además del fundamento de toda la legislación moral y social, el
centro de toda la vida litúrgica del pueblo de Dios. Tales
prerrogativas, a través de Cristo que da cumplimiento en sí
a la ley, a los profetas y a los salmos, pasarán a la pascua del nuevo
pueblo de Dios.
III. El
acontecimiento pascual en el NT
El puesto central
de la celebración pascual en la vida del pueblo de Dios, la importancia
teológica que había adquirido la pascua en la reflexión
veterotestamentaria y judía y sobre todo la circunstancia, ciertamente
no casual, de que la muerte y la resurrección de Jesús,
término al que tendía toda la revelación y la historia de
la salvación, se produjeran en coincidencia con una pascua,
hacían la categoría pascual sumamente adecuada para
convertirse en el esquema interpretativo de la intervención
salvífica de Dios, realizada en la plenitud de los tiempos en
Jesús de Nazaret, y encomendada por él a su iglesia para que la
perpetuase por los siglos.
Esto resulta
obvio si se considera que los autores y portadores del men
Misterio pascual
saje del NT,
Jesús y los apóstoles, insertos en el contexto cultural del AT y
totalmente empapados de su espiritualidad, no pueden comprenderse
más que a partir de ellos ".
1. PABLO. Ya para
Pablo la acción liberadora realizada por Dios en Jesús es un
acontecimiento pascual: con ocasión de la pascua, Cristo fue
inmolado como cordero pascual; más aún, en adelante es
él el cordero pascual de los cristianos (1 Cor 5,7), y, en coincidencia
con la fiesta de los ácimos, resucitando, se ofreció al Padre
como primicia (cf 1 Cor 15,20-23) en sustitución de las primicias que se
ofrecían en el templo de Jerusalén el mismo día n.
Así, lo
mismo que la redención de Cristo sustituye a la liberación pascual
del AT y el sacrificio de Cristo al sacrificio del cordero, la liturgia
eucarística sucede a la liturgia de la pascua. La celebración
eucarística descrita en 1 Cor 11,23-26, que Pablo recibió de
la comunidad de Antioquía y transmitió a los corintios
(verosímilmente entre el 50 y el 52) con su esquema de anuncio, anamnesis,
comida sacrificial que produce una comunión (cf 1 Cor 10,16-17) y espera
escatológica, asume y prolonga la estructura esencial de la
liturgia pascual veterotestamentaria y judía.
A la
temática pascual pertenece también la tipología del
Éxodo, en el que Moisés ocupa un puesto fundamental. Ahora bien,
en la misma carta (1 Cor 10,1-5) está presente una teología
explícita del éxodo, en cuanto que la liberación obrada
por Cristo es presentada en su aspecto sacramental y eclesiológico como
el paso del mar de los Juncos. Todavía más notable es el hecho de
que gran parte de los términos soteriológicos usados por Pablo
(salvar, liberar, etcétera) se deban o se puedan retrotraer a
la terminología de la pascuaéxodo 2\
2. Los
SINÓPTICOS. En los Sinópticos, si se prescinde del evangelio
de la infancia en Le, toda la actividad de Jesús, desde el punto de
vista literario y teológico, está orientada hacia la
única pascua referida por ellos, la de su muerte, meta y cumplimiento
de toda su actuación y de la historia salvífica entera.
En ellos la cena
de despedida, en cuyo marco se instituyó la eucaristía como culto
central de la nueva comunidad, aparece como una verdadera cena
pascual. Comoquiera que se hayan desarrollado los hechos en el aspecto
cronológico2t, desde el punto de vista teológico la última
cena, celebrada la noche anterior a la liberación en la sangre de
Cristo, está bajo el signo de la pascua y constituye el memorial de la
nueva pascua.
Es evidente,
sobre todo en el evangelio de Mateo, pero también en la primera
parte de los Hechos, la tipología del éxodo, en cuanto que
se presenta a Jesús como el nuevo Moisés (He 3,22), dador de
la ley nueva, jefe y liberador del nuevo pueblo de Dios (He 7,35).
3.
tiempos
últimos (12,22). Su sangre
1354
no es sólo
la de la expiación y la alianza, sino también la sangre de la
pascua: lleva a cabo la liberación, y se la compara con la sangre de
Abel, el justo, el primer mártir, que, según el libro de los
Jubileos (4,2) y los targumim palestinenses a Gen 4,3, fue derramada
precisamente con ocasión de una pascua.
4. 1 PEDRO. En la
primera carta de Pedro se señala a Jesús como el "cordero
sin tacha ni defecto", cuya sangre libera a los cristianos (1,1819).
Esta imagen pascual adquiere tanto más valor cuanto que forma y
contenido de la carta hacen pensar en una liturgia pascual, si no es bautismal,
con himnos bautismales, parénesis a los neófitos, elementos
de la profesión de fe25. Sea de ello lo que fuere, no se puede negar que
muchos motivos de la 1 Pe se volverán a encontrar en las catequesis
bautismales y en las homilías pas
cuales de los
padres en los siglos siguientes 2'.
Además, la
tipología de la pascua del éxodo está bastante
desarrollada: en cuanto extranjeros (1,1), los cristianos, como
antaño los israelitas, son librados de la esclavitud mediante la
sangre del cordero (1,18-19); ceñidos los lomos (1,13), y
después de haber depuesto toda impureza (2,1), también ellos
pasan de las tinieblas a la luz esplendorosa de Dios (2,9); también
ellos se han convertido de la idolatría para llegar a ser sacerdocio
real y pueblo elegido (2,9). Imágenes y conceptos todos ellos provenientes
del vocabulario de la salva
ción
pascual.
5. JUAN Y EL
APOCALIPSIS. Un paso ulterior en este proceso de pascualización de
la existencia de Jesús lo da Juan al poner bajo el signo de la pascua
todo el misterio de Cristo en su realización histórica, en
1355
su
prolongación sacramental, en su prefiguración tipológica.
En el relato de
Juan destacan tres pascuas de los judíos: la primera (2,13) se distingue
por la purificación del templo con el anuncio del santuario
definitivo que será el cuerpo resucitado de Cristo (2,14-22), y el
coloquio con Nicodemo sobre el bautismo como baño de renacimiento
en el Espíritu (3,1-21). En el marco de la segunda (6,4) tiene lugar la
multiplicación de los panes (6,1-15) y el discurso eucarístico
relacionado con ella (6,26-71). La tercera es la de la muerte (11,55; 12,1;
13,1; 19,14), la hora de Jesús. En efecto, como para los
Sinópticos, también para Juan Jesús quiso consciente y
deliberadamente morir con ocasión de la pascua, y por eso
aplazó repetidas veces su detención (cf sobre todo 11,54.57). El
cuarto evangelio atribuye valor teológico a esta coincidencia:
la muerte de Jesús no es sólo la pascua-paso de este mundo al Padre;
Jesús es el verdadero cordero que muere sobre la cruz a la misma hora en
que en el templo cercano se inmolan los corderos, a los que no se debía
quebrar ningún hueso (cf Ex 12,46; Núm 9,12, con Jn 19, 33-36).
En línea
con esta perspectiva tienen carácter pascual también las expresiones
cúltico-sacramentales del evangelio de Juan. Los discursos sobre el
bautismo y la eucaristía, como se ha visto, están relacionados
con una pascua judía; y en una pascua brotan, del cordero pascual de la
nueva alianza muerto en la cruz, sangre y agua (19,34), alusión al
bautismo y a la eucaristía; los sacramentos cristianos, cuyo eje
constituyen éstos, descienden por vía directa del costado
del cordero pascual, que lleva a cumplimiento todos los tipos y las
prefiguraciones antiguas.
Juan ilustra el
significado teológico del acontecimiento salvífico del
Misterio pascual
NT con la
tipología de la pascua del éxodo. Todas las funciones
salvíficas y todos los bienes de salvación contenidos en el
éxodo se recapitulan en la persona y en la obra de Jesús: cordero
pascual que da la salvación (19,34-36), signo salvífico alzado
sobre la cruz (3,14), más grande que Moisés (1,17), mediador
único (1,18), maná (6,35), agua vivificante (7,37), luz (8,12),
vida, camino y verdad (14,6), él es el bien omnicomprensivo
del nuevo éxodo.
Además, se
reconoce el influjo del libro del Éxodo sobre la estructura del cuarto
evangelio. Sorprendentes paralelos con la última parte de
En fin, toda la
escena del Apocalipsis está dominada por Cristo, el crucificado
resucitado en figura de Cordero. La imagen, aun admitiendo que por el uso
estereotipado haya perdido algo de su fuerza originaria, evoca inmediatamente
la pascua. Los efectos de su sangre corresponden a los de la sangre de la
pascua: precio del rescate, del que depende la liberación (1,5; 5,9);
medio de salvación, en cuanto que purifica (7,14) y garantiza la
victoria sobre el exterminador (12,11).
El mismo Cordero
constituye el centro de la liturgia celeste que refleja la liturgia
eucarística en las comunidades protocristianas del Asia Menor.
Así también tienen carácter destacadamente cultual
los numerosos himnos que celebran el sacrificio y la victoria del Cordero
(5,9-10.13; 7,10-11, etc.).
El
carácter pascual del Cordero y de la liturgia lo confirma la
tipología del éxodo, base del Apocalipsis: los males del fin de
los tiempos repiten las plagas de Egipto (8,7-8.12; 9,3; 16,3.10); la iglesia,
como nuevo pueblo de las doce tribus (7,4-8), atraviesa el mar
cantando el cántico de Moisés, siervo de Dios, y el
cántico del Cordero (15,3), y es conducida por Dios sobre alas de
águila al desierto (12,14) para llegar a
Se puede concluir,
pues, con N. Füglister que el NT considera la obra salvífica de
Jesús como un acontecimiento pascual; la liturgia que prolonga y
actualiza este acontecimiento realizado de una vez para siempre tiene
también carácter pascual; tanto el acontecimiento salvífico
como el culto cristiano que lo actualiza se explican teológicamente
recurriendo a la interpretación tipológica de los acontecimientos
vinculados a la pascua del éxodo 2!.
IV. El misterio
pascual en la iglesia
1.
1356
volverá
Con sus santos (Ep. Apost. [rec. copta] 15: TU 43 [Schmidt], Leipzig 1919,
53-57).
Sin embargo, como
sabemos por Eusebio de Cesárea, una controversia de no leve entidad
vino a turbar la celebración pascual desde sus comienzos: mientras
las comunidades asiáticas, que componían juntas la
cronología sinóptica y la teología de Juan, en el intento
quizá de subrayar la continuidad entre la pascua antigua y la del
NT, la celebraban la noche del 14 de nisán, las comunidades occidentales
aguardaban para romper el ayuno a la noche del sábado posterior al
plenilunio, acentuando así la novedad cristiana, que ve en la
resurrección el momento decisivo del acontecimiento pascual. Sólo
la in
tervención
conciliadora de Ireneo, que disuadió al fogoso Víctor de Roma de
excomulgar a las iglesias de Asia, las cuales no se decidían a ajustarse
a la praxis de las otras iglesias, impidió que la controversia
desembocase en el primer cisma de la iglesia (Eusebio, Historia eccles.
5,23-25: GCS, Eusebius 2, 1,488498). Tanto en un caso como en el otro, si
bien con diversa acentuación, la pascua celebraba la bienaventurada
pasión de Cristo como misterio que comprende toda la historia
salvífica, misterio en el que los
fieles participan
con el bautismo y sobre todo con la eucaristía.
Se produce una
evolución al comienzo del s. Mí en Alejandría, por
obra sobre todo de Clemente Alejandrino y de Orígenes. Éste
corrige la etimología, habitual en aquel tiempo, que pretendía
explicar pascua como pasión, más bien que como paso, y,
reanudando la concepción propia del judaismo helenístico
representado por Filón, interpreta tal paso en sentido moral y espiritual
,0. El influjo de Orígenes será dominante a lo largo de los ss.
iv y v, y determinará el desplazamiento
1357
del centro focal
de la liturgia pascual de Ex
La
concepción origeniana será divulgada, con alguna
rectificación, en Occidente por otro estudioso de los textos originales
de
Misterio pascual
sualmente el
recuerdo del acontecimiento" (ib).
Esta
aclaración de Agustín estaba facilitada por la decisión
del concilio de Nicea de distinguir netamente, incluso desde el punto de
vista cronológico, la celebración de la pascua cristiana
respecto de la judía. La liberación o independización
de aquélla y la polémica antijudía que de ahí
se siguió, llevaron a un desarrollo de la celebración semanal de
la pascua, es decir, de la eucaristía, por lo que celebrar la pascua
sólo una vez al año se convirtió en sinónimo de ser
judío: "La cuaresma se hace una sola vez al año; la pascua,
en cambio, tres veces por semana, alguna vez incluso cuatro veces o, más
bien, cada vez que se quiere. En efecto, la pascua no consiste en el ayuno,
sino en la oblación y en la inmolación que se hace en cada
sinaxis... La pascua consiste en anunciar la muerte del Señor. Por eso
el sacrificio que ofrecemos hoy, el realizado ayer y el que se hace cada
día es exactamente el mismo que aconteció aquel día de la
semana; en nada era aquél más santo que éste; en nada es
éste menos digno que aquél, sino único e idéntico,
igualmente tremendo y salvífico": así se expresa Juan
Crisóstomo contra los judíos (Adv. Iud. 3,4: PG 48, 867)«.
Entre tanto, sin
embargo, se había producido una notable expansión de la
celebración pascual. La vigilia pascual de los comienzos, que se tenía
el 14 de nisán (en Asia) o el domingo siguiente (en las iglesias
occidentales), precedida de uno o pocos días de ayuno, se dilata en
cincuenta días vividos como un único día de alegría
pascual (cf Tertuliano, De orat. 23,2: CCL 1,267). De la vigilia se va
hacia el triduo pascual (viernes, sábado, domingo), interpretado
como memoria de la muerte, sepultura y resurrección (cf
Orígenes, In exod. hom. 5,2: GCS, Orígenes
6,186) o como
recapitulación de la semana de la creación: creación del
hombre, descanso de Dios, inauguración del tiempo definitivo (cf
Ps.-Crisóstomo, Hom. in sanct. pascha 7,4: SC 48,115). El ayuno se
extiende hacia atrás por un tiempo de cuarenta días, y a la
pentekosté corresponde así la tessarakosté o cuaresma,
de la que se tienen los primeros testimonios seguros en Atanasio, en la
carta festiva del 334 (Ep. fest. 6, 13: PG 26,1389B), consagrada sobre
todo al retiro bautismal de los catecúmenos. Dentro de la cincuentena
se destacan durante el s. IV el día quincuagésimo y el
cuadragésimo, consagrados respectivamente a la venida del
Espíritu Santo y a la ascensión. Y en el siglo siguiente, junto
a la octava de semanas que constituyen pentecostés y dentro de
ellas, surge una octava simple de pascua, durante la cual los obispos completan
la mistagogía de los neófitos.
Las causas
principales de esta dilatación parecen haber sido la atención
creciente a la humanidad de Jesús, lugar de la revelación y
de la realización del designio salvífico, que llevó a la
creación de suntuosas basílicas en los lugares en que se habían
desarrollado los diferentes episodios de la vida de Jesús, a la
celebración historizada de tales episodios (cf Egeria,
Itinerarium 35-42: CCL 175,78-85) y a la multiplicación de las
peregrinaciones a tierra santa, que tuvo como consecuencia la difusión
de la exuberante liturgia jerosolimitana por las diferentes regiones de la
cristiandad; la polémica antiarriana, que llevaba a subrayar la
consustancialidad del Verbo (institutición de las fiestas de
navidad y de epifanía, cuyo objeto fue sustraído a la
celebración pascual, y atención a la resurrección
mientras que se difumina la pasión); y, quizá también,
el deseo de penetrar en los diversos aspectos del misterio de Cris
1358
to, cuya riqueza
era difícil captar en
una única
celebración ". El resultado
de este proceso
de historización y de
la consiguiente
expansión de la cele
bración
pascual fue la fragmenta
ción del
misterio de Cristo en mo
mentos y fiestas
diversas, considera
dos como episodios
y momentos
autónomos
del único misterio. De
todos modos, esto
sucederá fuera de
la época
patrística, que, en su con
junto, no pierde
casi nunca de vista
la unidad del
misterio y mantiene
el equilibrio
entre los distintos ele
mentos.
En todo caso,
todo esto repercutió en la pérdida de intensidad de la vigilia
y en la fragmentación del misterio pascual en menor medida que el
nacimiento de un segundo triduo que partía en dos vertientes la pascua
cristiana: la vertiente de la pasión (jueves, viernes y
sábado) y la vertiente de la resurrección (domingo, lunes y
martes in albis). Al triduo de la pasión se contrapone el triduo de la
resurrección.
El jueves, antes
considerado día conclusivo de la cuaresma y solemnizado en muchas
iglesias incluso con una triple celebración (reconciliación
de los penitentes, misa crismal y conmemoración de la institución
de la eucaristía como rito memorial de la pascua histórica),
se incluye en el triduo sacro, quitando de él el domingo. En el
Misal de Pío V la separación será tan neta que entre la
celebración de la vigilia anticipada a la mañana del
sábado (de la vigilia ha desaparecido hasta el nombre) y la misa in
dominica resurrectionis se inserta todo el ordo missae.
No quedaba sino
añadir una vigilia con ayuno y una octava a Pentecostés
(ss. vi-vil) y, en fin, los días penitenciales de las rogaciones
(s. vin) para
vaciar por completo el
misterio pascual.
Corresponderá al movimiento li1359
túrgico
que desembocará en el Vat. II recomponer la unidad del misterio pascual,
afirmando que "en cada circunstancia del ciclo anual es el misterio
de salvación en su integridad el que se encuentra ante los ojos de la
iglesia y de cada cristiano"36.
Pío XII
iniciará la restauración del triduo pascual trasladando a la
noche la vigilia, y a una hora que corresponde a la verdad histórica las
celebraciones del jueves y viernes santo, y tratando de poner orden entre
los diferentes elementos.
Pero será
la renovación litúrgica del Vat. II la que llevará a
término la reforma poniendo el triduo pascual, que culmina en la
vigilia nocturna, "madre de todas las vigilias", como
vértice de todo el año litúrgico
(Normas
universales sobre el año litúrgico y sobre el calendario
21), reconstituyendo la unidad de la sagrada cincuentena, considerada
como un gran domingo (ib, 22), poniendo orden en la estructura y entre los diferentes
elementos rituales y eucológicos de la celebración y de los
domingos del tiempo pascual, y sobre todo ofreciendo, aunque no siempre
con la necesaria coherencia, los motivos teológicos (cf la idea de
incluir en el triduo la misa vespertina del jueves santo; la
conservación de las especies eucarísticas y la consiguiente
adoración, si bien privada, durante el viernes, día en que
la iglesia se ha visto privada de su esposo; el mantenimiento de la
comunión en este día rigurosamente alitúrgico, contrariamente
a la antigua tradición romana y a la praxis universalmente
existente en Oriente; la supresión de la venerable lectura de Ex 12 de
la vigilia pascual). El triduo pascual, con la vigilia en la que la iglesia espera
velando el paso liberador del Señor resucitado que en el sacramento
anticipa su advenimiento, vuelve a obtener así en el año
litúrgico el puesto que ocupa el domingo
Misterio pascual
en la semana, y
el tiempo pascual vuelve a ser el laetissimum spatium del tiempo de Tertuliano
(De orat. 23,2: CCL 1,272; De bapt. 19,2: ib. 294).
La reforma
litúrgica del Vat. II irá todavía más lejos,
afirmando que no sólo en el domingo y en las diversas celebraciones
del misterio de Cristo, sino también en las memorias de los santos
e incluso en la liturgia de las Horas, en no menor medida que en los
sacramentos que tienen su centro en el bautismo y en la eucaristía,
se celebra en su unidad y globalidad el misterio pascual (OGLH 13). En
efecto, la liturgia de las Horas extiende a las diversas horas del día
las prerrogativas del misterio eucarístico, centro y cumbre de toda
la vida de la comunidad cristiana: la alabanza y la acción de gracias,
la memoria de los misterios de la salvación, las súplicas y
la pregustación de la gloria celeste (OGLH 12).
2.
Misterio pascua!
convertido en el
nuevo Israel, y por la celebración es continuamente rejuvenecida,
renovada y edificada en templo santo del Señor (cf SC 2). Como explica
la misma constitución litúrgica, las acciones litúrgicas
no son acciones privadas, sino celebraciones de toda la iglesia, que es sacramento
de unidad, es decir, pueblo santo reunido y ordenado bajo la guía de los
obispos. Por eso tales acciones pertenecen a todo el cuerpo de la iglesia, lo
manifiestan y lo implican (SC 26). Razón por la cual, permaneciendo
firme la naturaleza pública y social de cualquier celebración
litúrgica, siempre es de preferir la celebración
comunitaria, sobre todo por lo que se refiere a la eucaristía y a
los demás sacramentos (SC 27). Particularmente, la eucaristía,
en cuanto centro de toda la vida de la iglesia local y universal (OGMR 1),
congrega a todo el pueblo de Dios en torno al sacerdote que preside la
celebración del memorial de la pascua como representante de
Cristo (OGMR 7)".
Como en el AT la
celebración de la pascua era privilegio y deber de todo circunciso,
así la plena, consciente y activa participación en las
acciones litúrgicas es requerida por la naturaleza misma de la celebración
litúrgica, asamblea en cuyo centro, como muestra el Apocalipsis,
está el Cordero, Cristo crucificado y resucitado, objeto de la contemplación,
de la alabanza, de la acción de gracias y de la súplica al Padre;
y en virtud del bautismo es derecho y deber, con modalidades diferenciadas
(SC 26b-28), de todo miembro del pueblo cristiano, estirpe elegida, sacerdocio
regio, pueblo rescatado (SC 14).
Sin embargo,
también en el cristiano, para celebrar la pascua, se requiere,
como afirma el NT y la tradición eclesial (' Cor 11,28;
Didajé 14,1), una purificación previa de los
1360
pecados,
purificación y reconciliación que se obtiene en virtud de la
pascua misma celebrada en la eucaristía, que presenta a Dios el
memorial del único y perfecto sacrificio de Cristo38.
3. EL /MEMORIAL
DE
Esto sucede en la
celebración eucarística, en la que, a través de los
símbolos del pan y del vino convivales, el creyente entra en
comunión con el Cordero inmolado y glorificado, y mediante su
sangre es insertado cada vez de nuevo en la nueva y eterna alianza
concluida y sellada en el acontecimiento irrepetible de su muerte y
resurrección; pero también en el baño bautismal,
prefigurado, 1361
según
Misterio pascual
Al memorial, en
su doble aspecto subjetivo y objetivo, se ordena la liturgia de la palabra
(lecturas bíblicas y homilía en la celebración de la
eucaristía, de los sacramentos y de la liturgia de las Horas), cuya
función no es sólo recordar a los fieles lo que Dios realizó
por ellos en el pasado e instruirlos sobre las consecuencias que de la
intervención divina derivan para sus existencias, sino sobre todo
proclamar lo que Dios realiza en el hoy por los suyos que lo esperan. En la
liturgia de la palabra Dios, que ha hablado muchas veces a los padres por medio
de los profetas y en Cristo muerto y resucitado ha pronunciado su palabra
definitiva, habla a su pueblo y manifiesta el misterio de la redención
y de la salvación pascual, ofreciéndole el alimento espiritual, o
sea, la palabra que es espíritu y vida (OGMR 33); y Cristo, el
crucificado resucitado, presente en su palabra, anuncia el evangelio (OGMR 9),
es decir, proclama el alegre anuncio de lo que, sobre la base de la historia
salvífica pasada, realiza él aquí y ahora por el
sacramento en la iglesia reunida en su nombre 3'.
Y del memorial
brotan la alabanza y la acción de gracias rebosante de
alegría por las maravillas realizadas por él en el misterio
pascual (MR, pref. domin. I), y la súplica confiada en que Dios
querrá llevar a cumplimiento en favor de todo el cuerpo cuanto ha obrado
ya en la cabeza, para que el cuerpo se convierta en Cristo en un
sacrificio perenne grato al Padre (pleg. euc. III), a fin de que los hijos
de Dios dispersos por doquier obtengan con Cristo ascendido al cielo la
herencia eterna de su reino, donde con todas las criaturas, libres ya de
la corrupción del pecado y de la muerte, canten su gloria (pleg.
euc. IV), y los hombres de toda estirpe y de toda lengua se reunan en el
convite de la unidad perfecta en el mundo nuevo donde reina
Misterio pascual
la plenitud de la
paz (pleg. euc. de la reconc. II).
Por tanto, como
la pascua judía, también la liturgia cristiana, que se funda en
ella y la prolonga, es tridimensional: memorial de una acción
salvífica pasada que se realizó de una vez para siempre;
actualización de la salvación obrada por aquélla;
visión anticipadora de su posesión plena, que todavía debe
venir.
Como la
celebración pascual del AT, también la cristiana fue instituida
y celebrada por primera vez la noche anterior al acontecimiento pascual y
con vistas a él, para permanecer vinculada con él por
siempre. Pero como en el judaismo, al memorial de la pascua se han
superpuesto otros acontecimientos de la historia salvífica,
interpretados como momentos de la pascua que abarca toda la historia de la
salvación. Según los padres, la pascua -de Cristo, que
aconteció el 25 de marzo con ocasión del equinoccio y del
plenilunio de primavera, resume incluso cronológicamente la
creación del mundo y del hombre y la encarnación del Verbo
(cf Ps.-Cipriano, De paschae comput.: PL 4,964; Agustín, De Trin.
4,5: PL 42,894). Y ya en el NT la pascua se convierte en clave de lectura
de los acontecimientos de la historia de la iglesia, entendidos también
como acontecimientos pascuales. Así, la narración de la
liberación prodigiosa de Pedro en los días de los ácimos
(He 12,3-4) es rica en alusiones pascuales. Más aún,
según
1362
Cristo, que en el
bautismo y en la eucaristía se realizan para el cristiano; como
demuestran las diversas anáforas eucaristicas de las diferentes
iglesias y las grandes plegarias que recogen su estructura (consagración
del crisma y bendición de los óleos santos, bendición del
agua bautismal, ordenaciones, bendición nupcial y de las
vírgenes, dedicación de la iglesia y del altar, etc.)—, se
han acogido en el memorial litúrgico otros acontecimientos
salvíficos: los diferentes misterios de Cristo, las acciones
divinas en el AT e incluso el sacrificio de los mártires y el testimonio
de los santos.
Del mismo modo,
también la salvación futura en el cristianismo se concibe
como acontecimiento pascual. Según Lactancio, la pascua se celebra
velando por razón de la parusía de nuestro rey y Dios; en
efecto, en una noche pascual obtendrá él la soberanía
sobre el mundo (Div. inst.-l, 19,3: CSEL 19,645). También Jerónimo
relaciona el uso de las iglesias de no despedir a la multitud antes
de medianoche en la vigilia pascual con la creencia rabínica de que
Cristo vendrá a medianoche, como el Señor "pasó de
largo" en Egipto (Hom. in Malth. 25,6: PL 26,184); y en el Exsultet de la
vigilia la iglesia ruega que Cristo, estrella de la mañana, en su
venida gloriosa encuentre encendido el cirio que ilumina la noche pascual.
Por lo
demás, ya para el NT Jesús fue inmolado en una pascua como
cordero y quedó constituido Mesías; sin embargo, el cumplimiento
escatológico está en espera de la plenificación
final. También él se llevará a cabo en analogía con
el esquema de la pascua del éxodo: después de los dolores del
parto, descritos en conexión con los sufrimientos y las plagas
de Egipto (Ap 16,lss; Le 21,9ss), comparecerá el Mesías, sea como
Logos que juzga (cf Sab 18,15-16, en 1363
conexión
con Ap 19,13-16), sea en la
persona del
esposo (cf Mt 25,1-13;
Ap 22,17), para
juzgar a los impíos
al modo de los
egipcios y conducir a
la fiesta, en la
mitad de la noche (Mt
25,6,
leído a la luz de Ex 12,29), a
los suyos, que
esperan y velan con
las cinturas
ceñidas (Le 22,35, leído
a la luz de Ex
12,11; cf 1 Pe 1,13; Ef
6,14).
La esperanza del
futuro tiene su ámbito vital en la celebración litúrgica,
y sobre todo en el convite pascual, en que se anuncia la muerte del
Señor hasta que venga (1 Cor 11,26), se implora insistentemente esta
venida (1 Cor 16,26; Ap 22,17-20) y a la vez se anticipa y se pregusta.
4. MISTERIO
PASCUAL Y EXISTENCIA CRISTIANA. El NT funda la vocación cristiana,
que es llamada al culto sacrificial pneumático a Dios (Rom 12,1; 1 Pe
2,5), en el acontecimiento pascual en que participan los creyentes merced
a la liturgia. Ellos se han acercado "a la montaña de Sión,
a la ciudad del Dios viviente,
Misterio pascual
alizado en ellos
sacramentalmente en la inmersión y emersión bautismal, y de
la que ellos se alimentan en el convite pascual renunciando cada día al
pecado para vivir en novedad y libertad (Rom 6,3-11); haciendo morir
en sí mismos cuanto pertenece todavía al mundo cerrado e
inclinado sobre sí mismo y sobre el propio pasado (fornicación,
falsedad, apetito desordenado, idolatría, ira, malignidad) y
buscando las cosas de arriba (Col 3,1-9), los cielos nuevos y la tierra
nueva que Dios prepara para ellos, no sin ellos (2 Pe 3,13; Ap 21,1);
renovándose continuamente en la justicia y en la santidad;
revistiéndose de los sentimientos de misericordia, bondad, humildad,
mansedumbre, paciencia: los sentimientos del hombre nuevo, Cristo, a cuya
imagen deben configurarse cada vez más (Ef 4,24; Col 3,1012);
guardando celosamente la libertad con que él los ha hecho libres
(Gal 5,1).
La vida cristiana
aparece así marcada por el ya y todavía no, que caracteriza
el acontecimiento de la salvación pascual y su celebración
en la liturgia, por lo que se la puede definir como una liturgia pascual
celebrada en la existencia: mantener despierta la memoria de Cristo, que
padeció por ellos dejándoles un ejemplo para que caminen en pos
de él (1 Pe 2,21); y, por tanto, desembarazarse de la vieja
levadura de la malicia y de la perversidad (1 Cor 5,6), vivir como
forasteros y peregrinos (1 Pe 2,11), en vela para captar los signos del paso
liberador de Dios, con las lámparas encendidas y prontos a acoger a
Cristo, que viene como juez, esposo y salvador (Le 12,35 y par.) y a dar a
quien la pida razón de la esperanza que hay en ellos (1 Pe 3,15),
cantando las obras maravillosas de aquel que los ha llamado de las
tinieblas a su luz admirable (1 Pe 2,9).
Misterio pascual
Así se
puede decir que la existencia cristiana consiste en realizar en la vida el
misterio celebrado en los sacramentos (colecta del viernes de la octava de
pascua), en hacer pasar a la vida lo que se ha recibido por la fe (colecta del
lunes de la octava de pascua) a la espera de que se cumpla la bienaventurada
esperanza y venga el salvador Jesucristo.
[/ Misterio; /
Memorial].
NOTAS: ' Cf S.
Marsili, La liturgia, momento storico della salvezza, en VV.AA., Anamnesis I,
Marietti, Turín 1974, 96-100 — 2 Texto italiano con
introducción y comentario en R. Cantalamessa, Ipiú antichi
testi pasquali della chiesa, Ed. Liturgiche, Roma 1972 — 3 Ib
— * R. Cantalamessa, o.c, 89, n. 3 —5 N. Füglister, //
signifícalo salvifico della pasqua, Paideia, Brescia 1976, 23-47;
H. Haag, De la antigua a la nueva pascua. Historia y teología de la
fiesta pascual, Sigúeme, Salamanca 1980, 31-45 — 6 "La pascua
del éxodo y la alianza del Sinaí son los dos puntos focales en
torno a los cuales, como en una elipsis, se reagrupan las narraciones del
libro del Éxodo (y con éste, en alguna medida, todo el Pentateuco
y la historia completa de la salvación)". N. Füglister,
o.c, 2324 — 7 Por esta razón H. Haag, o.c., 34-36, clasifica
Ex 12 entre los textos legislativos — 8 Para indicaciones más
amplias sobre tales textos extracanónicos, cf H. Haag, o.c, 38-45;
N. Füglister, o.c, 34-41 — 9 H. Haag, o.c, 6580 — l0 N.
Füglister, o.c, 44 — " H. Haag, o.c, 92-93 — l2 Cf R. De
Vaux, instituciones del AT, Herder, Barcelona 1964, 441-442 — 13 Cf Le
22,1: "Se acercaba la fiesta de los ácimos, llamada
pascua"; Me 14,12: "El primer día de los ácimos, cuando
se sacrificaba la pascua". Sólo en Me 14,1 se distinguen con
claridad ambas fiestas: "Dos días después sería
la pascua y los ácimos" — l4 Indicaciones más amplias
en N. Füglister, o.c, 46-47 — l5 Ib, 47 — 16 El texto en R. Le
Deaut, La nuit paséale. Essai sur la signifteation de la páque
juive á partir du targum d'Exode XII, 42 (An. Bibl. 22), Roma 1963,
64-65 — n N. Füglister, o.c, 152 — l8 El targum Jerushalmi
/interpreta así Ex 12,13: "Debéis mezclar la sangre del
sacrificio con la de la circuncisión", en N. Füglister,
o.c, 100; y
1364
Herder, Barcelona
19768]) — l9 En Strack-Billerbeck, Kommentar zum N. T. aus Talmud und
Midrash, II, Beck, Munich 1928, 8I9s, n. 2 — 20 Cf K. Hruby, Les heures
de priere dans le Judaísme á l'époque de Jesús, en
Cassien-Botte, La priere des heures, Cerf, París 1963, 59-84 — 21
Para la relación entre liturgia del AT y del NT, cf S. Marsili, Dalle
origini della liturgia cristiana alia sua caratterizzacione ri~ tuale, en
VV.AA., Anamnesis II, Marietti, Turín 1978, 11-41 —22
Más difuminado sobre este punto es R. Cantalamessa, La pasqua nella
chiesa antica, SEI, Turín 1978, XVII, que opina que la asunción
de la resurrección en el misterio de la pascua se operará
lentamente, fuera del NT — 23 Cf S. Lyonnet, De peccato et redemptione
II, Pont. Inst. Bibl., Roma 1960, 42s.65s — 24 Véase, empero, la
impresionante mole de datos a favor de la cronología de los
sinópticos recogidos por J. Jeremías, Le parole delVultima cena,
Paideia, Brescia 1973,43-99 — 25 Cf F.L. Cross, / Peter, a Pascal
Liturgy, Mow-bray, Londres 1954; M.E., Boismard, Uneliturgie baptismale
dans
1365
700 — 35 S.
Czerwik, Homilía paschalis apud paires, cit., 22-23 — 36 O. Casel,
// mistero del culto cristiano, Borla, Turín 1966, 115 (trad. cast.: El
misterio del culto cristiano, Dinor, San Sebastián 1953) — "
Para la asamblea litúrgica como signo sacramental de la asamblea
eclesial, cf P. Sorci, Per una teología litúrgica dell'assemblea,
en "O Theologos". Cultura cristiana di Sicilia 21 (1979) 47-66
— 38 Para el valor catártico de la participación en la
eucaristía, cf
P. Sorci, L
'eucaristía per la remissione dei peccali. Ricerca nel
sacramentario Veronese, Cultura Cristiana di Sicilia, Palermo 1979, con la
correspondiente bibl. — 39 Para el significado actualizante de la
proclamación de la palabra en la celebración, cf M. Magrassi,
Interpretazione cristiana e litúrgica della bibbia y Bibbia
prégala, en VV.AA., L'oggi della parola di Dio nella liturgia, LDC,
Turín 1970, 13-54; 179291 — « S. Czerwick, o.c,
159-168.
P. Sorci
BIBLIOGRAFÍA:
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de la octava pascual hispánica. Iglesia N. Española, Roma 1973;
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Horas" 4 (1985) 136-140; Benedictinas de Herstelle, Núes-tra
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cual,
Sigúeme, Salamanca 1966; Ibáñez J.Mendoza F.,
Melitón de Sardes. Homilía sobre
Movimiento
litúrgico
1984, 106-110;
Nigro C , La cruz de Cristo resu
citado y su
significado para el hombre moderno,
a la luz del
Misterio Trinitario, en "Estudios
Trinitarios"
18 (1984) 365-392; Oñatibia I., Nue
vas
aproximaciones al misterio pascual, en "Pha
se" 145
(1985) 87-100; Oster E., El misterio pas
cual y la
pastoral. Verbo Divino, Estella (Nava
rra) 1966;
Pascual de Aguilar J.A., Misterio
pascual y
existencia cristiana, Ed. Montecasino, Zamora 1973; Sanna L, Misterio pascual,
en NDE, Paulinas, Madrid 1979, 921-931; Serrano V., La pascua de Jesús
en su tiempo y en el nuestro, Centro de Estudios Judeocristianos, Madrid 1978;
VV.AA.,
SUMARIO: I.
Prehistoria (primera fase) del movimiento litúrgico: 1. En la
época de la ilustración; 2. Sínodo de Pistoia;
Muratori; Sailer; 3. El despertar teológico del s. xix; 4. La renovación
monástica como punto de partida inmediato del movimiento
litúrgico: a) Dom Guéranger (Solesmes), b) Los hermanos
Wolter (Beuron); 5. La situación general a comienzos del s. xx - II. La
fase clásica del movimiento litúrgico (1909/1962-63): 1. Los
comienzos del movimiento litúrgico; 2. Una primera controversia; 3.
Los comienzos en Alemania: a) María Laach, b) La juventud. Romano
Guardini, c) Pío Parsch en Austria, d) El Oratorio de Leipzig; 4.
En Francia; 5. En Italia; 6. En España; 7. En las Américas; 8. La
gran crisis (1939-1944): a) Controversias preliminares, b) La crisis, c) La
intervención de Pío XII; 9. Nuevo impulso;
10. Los congresos
internacionales. Hacia el concilio Vat. II - III. El movimiento
litúrgico, coronado en el Vat. II - IV. El movimiento
litúrgico en las iglesias evangélicas.
El movimiento
litúrgico es un fenómeno de nuestro tiempo, un hecho
moderno no sólo desde el punto de vista lexical (la expresión, en
efecto, aparece por primera vez en Alemania en el Vesperale de A.
Schott, ed. 1894). Pero debe quedar claro
Movimiento
litúrgico
que en el curso
de la historia siempre ha habido movimientos que luego han desembocado en una
transformación de la liturgia. Nada es más falso que la
opinión según la cual la liturgia de los últimos cuatro
siglos sería idénticamente la del primer medievo, del tiempo
patrístico, de la primera comunidad apostólica. Baste
aquí recordar el paso del arameo de Jesús y de los
proto-apóstoles al griego de Pablo, del griego al latín en
(s. xm), las
reformas de Trento y san Pío V y, finalmente, los continuos
retoques de esta liturgia tridentina por parte de los papas mismos,
o en Francia, o
en el período de la ilustración, etc. [/ Historia de la liturgia,
1V-VII]'.
Prehistoria (primera fase) del movimiento
litúrgico
A la pregunta que
ha aflorado repetidas veces en las discusiones de los últimos
decenios: "¿Cuándo comenzó el movimiento
litúrgico?"2, hay que responder que, entendido como corriente que
une a vastos ambientes en la búsqueda de una renovación,
sea, ante todo, de la propia vida espiritual surtiéndose en la fuerza
de la liturgia, sea, en segunda instancia, de la liturgia misma partiendo
de una comprensión más profunda de su espíritu y de
las leyes íntimas que la rigen, es un fenómeno
histórico-cultual típico de nuestro tiempo. La expresión
de SC 43: "El celo por promover y reformar la sagrada liturgia se
considera con razón
1366
como un signo de
las disposiciones providenciales de Dios sobre nuestro tiempo, como el paso del
Espíritu Santo por su iglesia", recoge simplemente las
palabras que Pío XII dirigió el 22 de septiembre de
1. EN LA
ÉPOCA DE
chazó
precisamente toda reforma litúrgica y se polarizó en un
conservadurismo tradicionalista.
Damos aquí
como presupuesto que se conoce el fenómeno de la ilustración
en su universalidad, que comprende la ilustración
antimetafísica y anticristiana de Locke y Hume; el de la
filosofía alemana, que se relacionaba con el Leibniz de la madurez
y que se expresaba, por ejemplo,
1367
en J. Chr. Wolff
y en el Kant de los años juveniles; en fin, el de los enciclopedistas
franceses. Estos últimos influyen en la ilustración italiana,
que, sin embargo, se distingue por su oposición al racionalismo cartesiano,
al antihistoricismo y antiespiritualismo, declarándose a favor de
una concepción religiosa y teísta, con recuperación de
valores del pasado: por algo se tendrá sólo en Italia
una tentativa como la del Sínodo de Pistoia [/ infra, 2].
Pero junto a
ésta existía también una ilustración
católica, que en sí no puede "considerarse como destructiva
y hostil a la iglesia, y mucho menos superficial y necia, como sucedería
si no se tuviese en cuenta lo que la precedió y lo que de positivo,
constructivo y de impulso hacia adelante nació de aquellas
convulsiones, de aquel pensar y experimentar, en suma, de aquel estadio de
transición, históricamente quizá necesario, pero, en
todo caso, no menos históricamente condicionado"4.
En el
ámbito de la ilustración religiosa, y en especial de la
católica, se pueden distinguir cuatro grupos: 1) Los adherentes a un
escepticismo radical que llegaba a una hostilidad manifiesta. 2) Una clara
acentuación del contraste entre el cristianismo positivo y la
llamada religión natural, pero sin llegar a una ruptura. 3) Teólogos
de mediación, que pretenden mantener el edificio dogmático, pero
explicando los dogmas en un plano de religión moral. 4) Teólogos
y laicos "que, partiendo de un conocimiento profundo y honesto
de los males del tiempo, se esforzaban por cambiar la situación. Ellos
propugnaban una reforma, en el pensamiento teológico y en la
praxis, pero sin tocar el dogma; más aún, quizá con las
mejores intenciones de poner de manifiesto su pureza y claridad, y en todo caso
apoyados en un expreso propósito de revalorizar lo que es
Movimiento
litúrgico
lo esencial en la
doctrina y en la vida cristiana"5.
2. SÍNODO
DE PISTOIA; MURATORI; SAILER. En el ámbito de estas
categorías se deben enumerar los siguientes hechos o personalidades
o tendencias programáticas, que tienen para nosotros particular
importancia: el Sínodo de Pistoia y su programa de reforma (1786);
el emperador José II y las reformas apoyadas en el congreso de
Ems (1786);
L.A. Muratori
(1652-1750); los libros litúrgicos neo-galicanos de los ss. XVII y
xvín; J.M. Sailer (17411832). No podemos detenernos en cada uno6.
Todos éstos deberían entrar en el grupo 4 [/ supra, 1]; se
exceptúa el Sínodo de Pistoia, que quizá estuvo demasiado
dominado por tendencias heterodoxas, y debería por tanto entrar
más bien en el grupo 3. El obispo Sailer es una figura santa, la
única cuya influencia se extendió de modo bastante amplio
hasta el presente [/ infra, nota 8].
El Sínodo
de Pistoia representa, desde el punto de vista de la historia de la liturgia,
el hecho indudablemente más interesante en el seno de la
ilustración. Por desgracia, falta todavía un estudio serio, capaz
de poner en su justa luz las tendencias litúrgico-reformadoras del
Sínodo; de todos modos, es cierto que no se puede formular una
valoración exacta del mismo si nos limitamos a la lectura de la
constitución Auctorem fidei, de Pío VI (1794) (DS
2600-2700), sin recurrir directamente a las actas y decretos del Sínodo
mismo, fácilmente accesible en la colección de Mansi.
Los votos de
reforma expresados en aquellos documentos se han realizado casi todos hoy:
por ejemplo, la participación activa de los fieles en el sacrificio
eucarístico (Mansi 1040); la comunión con las hostias
consagradas en la
misma misa (ib); una menor estima de la misa privada (ib); unicidad del altar
(Mansi 1039); una limitación en la exposición de las reliquias
sobre el altar (ib); significado de la plegaria litúrgica (Mansi
1074s); la necesidad de reformas del breviario; la veracidad e historicidad de
las lecturas; la lectura anual de toda
La demanda o
instancia central en la reforma litúrgica de la ilustración
católica era sobre todo "la tendencia a la simplificación...,
al carácter comunitario..., a la comprensión y edificación"
'. Simplificación quería significar "la
eliminación de todo lo superfluo, de toda hojarasca
inútil". Entre algunos, pocos en verdad, esta tendencia llevaba a
una simplificación radical, que acababa siendo una
falsificación de la liturgia eucarística, la cual se
convertía en un simple recuerdo, "un ágape que, según
el espíritu de su fundador y también según las normas de
la razón, debía tender sobre todo a valores morales".
Pero la amplia mayoría, movida por el deseo perfectamente
legítimo de lo esencial, pedía sólo una
simplificación externa. En este sentido, se destaca en primer lugar
"la lucha contra las exageraciones a propósito de procesiones,
peregrinaciones y cofradías", "contra los abusos
relativos a bendiciones y exorcismos", sobre todo en la excesiva
frecuencia de las bendiciones euca
1368
rísticas.
Hay que subrayar de forma
particular
"la lucha contra el frac
cionamiento en la
piedad que tiene a
Cristo como objeto".
La tendencia a la
simplificación se extendió en un continuo esfuerzo pastoral de
realizar una comunidad litúrgica, sobre todo en la liturgia parroquial.
En particular se trataba de crear entre los participantes en la liturgia una
asamblea también espacialmente tal; de dar una unidad objetiva
a la celebración litúrgica (por ejemplo, evitando rezar el
rosario durante la misa); de llevar a los fieles a participar en la
liturgia de modo objetivo y subjetivo. El elemento positivo y justo
de estas aspiraciones se vio, sin embargo, infaustamente puesto en la sombra
por la preocupación, típicamente ilustrada, de
comprensión y de edificación. Concluyendo, podemos decir con
A.L. Mayen con su lucha contra la exuberancia del barroco, que se
había convertido con el tiempo en puro vacío, la
ilustración prestó grandes servicios también en el
campo de la liturgia. "Ante todo..., la ilustración
católica —por primera vez después de mucho tiempo— ha
hecho de la cuestión litúrgica un hecho que atañía
a la iglesia; la liturgia se convirtió... en un movimiento
litúrgico popular". No debería ya ser meramente un puro
acto oficial, con sólo que se reflexionase sobre su origen y sobre su
naturaleza. Pero, por desgracia, sólo se vio la forma de la liturgia, y
no se percibió su espíritu vivo.
"La
ilustración —por lo que de positivo había en su
acción— intuyó y captó el sentido íntimo de
la liturgia; abrió y allanó el camino hacia su santuario a
través de malezas y oscuridades; llegó incluso hasta los umbrales
del santuario mismo y se edificó en la contemplación de su belleza:
pero no tuvo ni encontró la llave para penetrar hasta la parte interior
del mismo..."
1369
Ciertamente, son
muchos los puntos del programa litúrgico de la ilustración
que se recobran y realizan hoy. Pero efectos positivos en el verdadero
sentido de la palabra los tuvo sólo aquel gran espíritu que con
una espiritualidad auténtica superó interiormente la
ilustración: J.M. Sailer, cuyo influjo sobre la liturgia pastoral de
nuestros días es grandísimo«.
3. EL DESPERTAR
TEOLÓGICO DEL s. xix. Llegamos ahora a los verdaderos precursores y a
los comienzos del movimiento litúrgico moderno.
La
reacción inmediata a la ilustración, a saber: el
romanticismo, "no dice nada sobre la liturgia"'. Pero junto a
él, y como consecuencia del mismo, se crean varias corrientes. Fuerzas
sanas de la ilustración, como las que están en el
espíritu de Sailer, ensanchan su influjo, por ejemplo en Alemania, sobre
todo con J.B. Hirscher (1788-1865) y
M.A. Nickel en Maguncia
(18001869). Pero independientemente de éstas, surgen otras fuerzas,
como las de la "Tubinga católica", con J.A. Móhler
(1796-1838) y F.A. Staudenmaier (1800-1856); el llamado "Movimiento
de Oxford" en Inglaterra, con Keable, Pusey y J.H. New-man l0. Un influjo
todavía más inmediato y efectivo se debe a todo aquel
conjunto que, también en el plano religioso-eclesiástico, se
suele indicar como restauración, la cual si bien por una parte es
—especialmente en Francia— reacción necesaria contra los errores
del tiempo y a menudo dinámicamente creativa, tiene sin embargo la
culpa de haber sofocado otras fuerzas más originarias.
A
propósito de los elementos estructurales de la época
restauracionista, A.L. Mayer afirma que "todavía no eran
tales que introdujeran en lo íntimo de la liturgia... En efecto, lo que
interesa no son estos mismos
Movimiento
litúrgico
valores
singularmente tomados, sino sobre todo la actitud religioso-cultual en su
conjunto, que precisamente en aquel tiempo (como por lo demás
sucedía respecto a la cultura) parece haber encontrado en la masa de los
fieles en medida cada vez mayor su fuerza sustentante y dinámicamente
orientada. Ahora bien, por lo que se refiere a la naturaleza y al contenido
más íntimo y profundo de la liturgia, su puesto central con finalidad
comunitaria y su universalidad espiritual, esta masa espiritual
está ante ella con una especie de solemne absentismo, hecho de
respeto
o de
íntimo deseo y quizá también de cierto interés,
pero como se está ante una acción oficial y burocrática
que se cree dotada de un poder y un significado propios, pero que no puede
verse y oírse más que de lejos. Y todo esto, no obstante la
ilustración, e incluso quizá precisamente a causa de la
ilustración y de sus tendencias aparentemente o incluso realmente
demasiado democráticas, que se veían llevados a rechazar en
bloque"".
Pero naturalmente
esta misma época, sobre todo en fuerza de la forma científica y
de la fecundidad del historicismo, llevaba en su seno gérmenes eficaces
para el próximo futuro ". "En este terreno cultural y en esta
esfera religiosa hunden sus raíces dom Guéranger y su obra. El
historicismo hace de él un investigador y un divulgador de antiguas
fuentes religiosas, que por su originariedad y su fuerza serán
un valor para el presente y para el futuro. En él aquella interioridad y
profundidad teológica que ya se encontraba en
J.A.
Móhler... se unían así con el entusiasmo
romántico-histórico y con el pensamiento racional-histórico;
y es aquí y a través de este canal como toma arranque aquella
corriente tenue pero ininterrumpida que llega hasta nuestros
días, hasta el des
Movimiento
litúrgico
pertar de la
iglesia y de su liturgia en las almas"l3.
4.
A primera vista
se trata de un simple dato de hecho, aunque éste tiene
naturalmente, para quien lo mira en profundidad, un sentido bien preciso.
Viene, en efecto, a indicar por sí mismo una orientación
determinada, la cual, aunque con sus límites, expresa, en medida
mucho mayor, riqueza y vitalidad. ¿Dónde sino en ambientes de
este tipo, es decir, en el cauce contemplativo del monacato, el delicado
retoño de una nueva mentalidad litúrgica habría podido
encontrar su abrigo primero y bien acondicionado?
El s. XIX
había sido calificado, con un término muy apropiado, como
"el siglo falto de gracia"'", en cuanto siglo del romanticismo
salvaje y naturalista, de la restauración historicista, de la
técnica y de la máquina, del liberalismo y del ateísmo. En
este tiempo en que extrañamente se entreveran todas las tendencias:
la de la reacción contra todo deseo de reforma, sobre todo si
provenía de la ilustración; la de la entusiasta admiración
por las tradiciones que nos venían de las dichosas edades del pasado,
como podían ser el medievo y también el barroco; la restauracionista,
que, con un cansancio desprovisto de toda creatividad, tiende sólo
a la imitación, se asiste a un hecho: en la celebración
litúrgica, al pueblo
1370
"una vez
más, y ahora más conscientemente que nunca, se le relega a
papel de espectador..."15, para ser abandonado a sí mismo en
una piedad de neto fondo individualista, mientras que el sacerdote, también
él solo consigo mismo, lee su misa o hace la solemne
función-espectáculo. Es verdaderamente para maravillarse
que, si bien en ambientes pequeños y restringidos, se llegase a
celebrar una liturgia que era viva no obstante sus limitaciones.
a) Dom Guéranger
(Solesmes). No es pensable una renovación del monacato benedictino en el
s. xix sin Próspero Guéranger (1805-1875), fundador y primer abad
de Solesmes. "Los méritos de dom Guéranger por lo
que se refiere al resurgir del antiguo espíritu monástico son
imperecederos. En efecto, en un tiempo en que los elementos fundamentales
del monacato benedictino casi habían desaparecido de la memoria,
él los vio y propuso con una claridad que se podría llamar desde
luego carismática" ". Ahora bien, uno de los elementos
que él redescubría como esenciales para una vida contemplativa
como es la monástica era cabalmente la liturgia, y precisamente la
liturgia en su forma romana.
Como
espíritu enardecido que era, Guéranger vio, predicó e
impulsó con vigor hacia adelante todo esto, naturalmente de la manera
connatural a su tiempo. Viniendo del ambiente de Lamennais, al que
estaba profundamente ligado, era un enemigo declarado de toda forma de galicanismo,
y, al ver en la unidad litúrgica con Roma la premisa indispensable
para toda verdadera vida eclesial, combatió, a menudo con una
unilateralidad ciega, no sólo las liturgias llamadas neo-galicanas, sino
también todo pequeño residuo proveniente de la antigua y venerable
tradición galicana. En una pala1371
bra: era
—como se decia entonces— un ultramontano, y tal, que no se
habría podido desear uno más declarado en los años
precedentes al concilio Vaticano de 1870, es decir, un ultramontano con todas
sus debilidades, pero también con todos sus lados positivos,
considerada la situación histórica del momento.
En este contexto
histórico-espiritual se hizo desde el primer momento altamente
benemérito de la liturgia, como se puede ver ya en 1830 en sus
Considérations sur la liturgie catholique, aparecidas en el Memorial
catholique Lamennais ", y en los volúmenes, publicados a partir de
1840, de sus Institutions liturgiques, que cobran una forma progresivamente
más polémica y dura '". Nadie podrá negar los
límites y los planteamientos unilaterales de esta obra; pero a
pesar de esto encontramos en ella bien delineado un auténtico programa
para una renovación y un retorno litúrgico. "Si este
nuestro libro, llamando la atención de los que tienen la
misión de velar sobre las iglesias, contribuyese, aunque fuera
poquísimo, a frenar abusos muy grandes y a preparar, de algún
modo, un retorno a los principios válidos, en todo siglo, en materia litúrgica,
¿sería el nuestro un crimen tan grande?" ". Por lo
demás, nada le es tan ajeno como el esoterismo; en efecto —escribe—,
"el objeto principal de su libro es el de iniciar a los más
jóvenes de nuestros hermanos en el estudio de los misterios del culto
divino y de la oración: dos cosas que deben constituir el principal alimento
de su vida", y por eso —continúa Guéranger—
"hemos pensado publicar, además de estas Institutions...,
también un Année liturgique, volumen destinado a poner a los
fieles en condiciones de aprovecharse de los inmensos beneficios que la
comprensión de la liturgia, en la secuencia de los tiempos del
año
Movimiento
litúrgico
eclesiástico,
ofrece a la piedad cristiana"2°.
De esta obra
justamente famosa de Guéranger, que lleva efectivamente el nombre
preanunciado de Año litúrgico, apareció el primer volumen
(Adviento) en 1841, y el prefacio general de la obra, aunque escrito
en el estilo romántico del tiempo, sigue siendo todavía hoy
una carta magna de auténtico espíritu litúrgico 2I.
b) Los hermanos
Wolter (Beuron). La obra del monasterio de Solesmes tuvo importancia
decisiva también para la fundación monástica alemana
de Beuron, por más que los iniciadores, los dos hermanos Mauro y
Plácido Wolter, hundan sus raíces en un terreno cultural diverso.
Sin embargo, es cierto que desde su fundación (1863) el monasterio
de Beuron estaba profundamente determinado por Solesmes; y así, devolver
también a la liturgia, además de a
También en
Beuron, no menos que en Solesmes, sigue siendo determinante una absoluta
admiración por el carácter clásico de la liturgia romana y
la voluntad —en aquel momento ciertamente no discutible— de
mantenerla encerrada en los límites del monasterio, pero con el intento
de que se la viva hasta que determine la vida del mismo. Sin embargo, a este
propósito, Mauro Wolter, alejándose en cierto modo de la dirección
tomada por Solesmes, sobre todo por lo que se referia a su posición
sobre la cuestión de la actividad pastoral de los monjes, no
quería que "la vida litúrgica se restringiese al coro,
sino que penetrase de santidad toda la vida en su conjunto"24.
La floreciente vida
de Beuron y de sus fundaciones —debidas en parte a la presión de
vidad.
Pero ello no
obstante, "todo esto —aunque sea como añadido a otras cosas
que se podrían decir— no debe desviarnos hasta el punto de divisar
aquel tiempo como la época de un movimiento litúrgico. En efecto,
todo esto no dejó su signo de reconocimiento sobre aquel tiempo; antes
quedó como un hecho esporádico, teórico y, al menos
de momento, ineficaz" 2Í, si bien comienzan a perfilarse
centros litúrgicos y salen publicaciones importantes (en 1882 el
Missel des fideles, de dom G. van Caloen, monje de Maredsous, y en 1884 la
primera edición del Mess
buch
alemán de A. Schott, monje de Beuron). Más aún, se ve
hacer acto de presencia la denominación de movimiento litúrgico
en la edición alemana (1894) del Vesperale hecha por el mencionado A.
Schott. Pero, repetimos, "esto no debe llamarnos a engaño. Todo
aquello (y era mucho) que entonces se hacía y se proyectaba,
se realizaba y se publicaba, era —y por doquier— simplemente
preparación del terreno y semilla; no era nada más que un
período de incubación y de prehistoria..., aunque sin esta
prehistoria, que después de
1372
todo no se
movió en una línea rígi
damente, no
sería pensable la reno
vación
litúrgica posterior"26.
5.
cio y en el
tiempo, a la iglesia y a la jerarquía, pudieron, al hacer este examen,
reconocer y diferenciar los motivos religiosos, esenciales, absolutos y
absolutamente vinculantes presentes en la idea de iglesia, de los motivos
culturales, temporalmente condicionados y relativos, que son sólo
expresiones de una época históricamente pasada". Y
también: "El movimiento litúrgico comenzó cuando
el catolicismo y los católicos del
s. xix, saliendo
de la actitud de defensa de la posición jurídico-organizadora
que tenían en el ámbito del mundo moderno, pudieron cobrar de
nuevo conciencia del organismo que, en sentido verdadero y propio, eran, y
juntamente de la interioridad del mismo"2". Mayer ve así en
este contexto la importancia del movimiento litúrgico: "Cuando
ya la idea de iglesia del s. xix, que venía a ser la de una iglesia
social, organizadora y pedagógica, había agotado su propia
vitalidad, fue precisamente el movimiento litúrgico el que
contribuyó
de manera
decisiva y profunda a crear una idea nueva de la iglesia. Y esto sucedió
en el sentido de que a 1373
los hombres
liberados de las estructuras ficticias de las concepciones pasadas, el
movimiento litúrgico les presentaba no un nuevo rostro de la iglesia,
sino un rostro que había permanecido durante mucho tiempo en la
sombra; trataba, en efecto, de acercarlos lo más posible a lo que
la iglesia era en su naturaleza más profunda, a saber: a su
ser sacramental y a sus celebraciones litúrgicas, mientras que les
enseñaba que la iglesia es el cuerpo místico de Cristo, o sea, el
misterio del Cristo que continúa su existencia humana. Y de esta nueva
comunidad eclesial redescubierta en los circumstantes, que son precisamente
los participantes en la celebración, el punto central es de nuevo
el altar"2'.
Esta nueva
actitud interior será en adelante el terreno acondicionado para
recibir todo aquello que —también como fruto del trabajo de
preparación hecho por Solesmes, por Beuron y por otras fuerzas—
vaya a suceder, comenzando por las reformas del papa san Pío X en materia
de vida eclesial y especialmente litúrgica30, hasta el progresivo extenderse
de estas ideas a ambientes cada vez más vastos [/ Espiritualidad litúrgica,
A, II, 1; / Historia de la liturgia, VII, 4, a-b].
II. La fase
clásica del movimiento litúrgico (1909/1962-63)
1. LOS COMIENZOS
DEL MOVIMIENTO LITÚRGICO. Los primeros pasos decisivos en esta
nueva línea se dieron sobre todo en Bélgica: eran pasos que, partiendo
del ambiente monástico de Maredsous y de Mont-César (Lovaina),
tuvieron la ventura de hacer que se encontrara un monje de marcada
personalidad, como era dom Lambert Beauduin3I, con un mundo católico
laico entusiastamen
Movimiento
litúrgico
te dispuesto,
como era el representado por la noble figura de Godefroid Kurth. Y de este
encuentro, feliz momento creativo, conocemos el día y la hora: fue
el 23 de septiembre de 1909, durante el Congres national des oeuvres
catholiques, en Malinas. Aquí es, en efecto —caso sumamente
raro— donde "se puede fijar, si no precisamente el comienzo,
sí el momento afortunado en que el movimiento litúrgico
cesa de ser una corriente, por así decir, subterránea, y de
repente se abre un camino en la superficie, mostrándose de golpe visible
y recognoscible a los ojos de todos"32.
Se puede decir
que todo lo que siguió (casi hasta el estallido de la primera guerra
mundial) no fue otra cosa que el ulterior desarrollo de aquel afortunado
comienzo, que se afirmaba con una fuerte actividad en Bélgica con la
instauración de las cada vez más famosas "Sémaines et
conférences liturgiques", promovidas por los monjes de
Mont-César, y con el surgimiento de las grandes revistas
litúrgicas.
El movimiento se
extiende a Alemania, donde se encontraban, en un momento feliz semejante,
la riqueza de la vida monástico-litúrgica del benedictinismo'de
Beuron con una actitud de abierta disponibilidad por parte de los laicos,
sobre "todo del ambiente universitario, que se encuentran, primero en
un pequeño grupo en Dusseldorf en 1912, y luego en 1913 y 1914, en
jornadas litúrgicas propiamente tales durante la semana santa en la
abadía de Maria Laach (Renania), y en ellas encontramos en 1913
nombres que luego se hicieron famosos, como Robert Schuman (Metz), que
será un día jefe del gobierno en Francia; Heinrich
Brüning, también él más adelante canciller de
Alemania; Paul Simón, futuro prepósito capitular de la
catedral de Paderborn, y Her
Movimiento
litúrgico
mann Platz, que
será más tarde profesor en la universidad de Bonn.
2. UNA PRIMERA
CONTROVERSIA. Precisamente en este tiempo se asiste a la primera gran crisis,
que se polarizó en torno a la discusión a que había
dado origen dom M. Festugiére con un interesante ensayo titulado
La liturgie catholique33', suscitando una violenta oposición por
parte de los que querían mantenerse en las antiguas posiciones M, y provocando
al mismo tiempo la magistral síntesis conclusiva de dom
L. Beauduin con
su escrito sobre La piété de l'église •". El
estallido de la primera gran guerra puso fin a la polémica; pero
ésta había mostrado con la rapidez de un relámpago
cómo en aquellas aspiraciones litúrgicas vivía un
nuevo espíritu y a qué consecuencias podía y debía
conducir con el transcurso del tiempo3*. Pero, en resumidas cuentas, ni
siquiera la guerra estuvo en condiciones de detener el movimiento.
3. LOS COMIENZOS
EN ALEMANIA, a) María Laach. Mientras sigue expandiéndose y
desarrollándose en Bélgica, en Alemania va cobrando proporciones cada
vez más vastas, haciendo converger, siempre en el momento justo, en
encuentros altamente significativos, a nuevas corrientes y nuevos
hombres.
En la
abadía de Maria Laach, en el intento de organizar y de iniciar una
triple obra, se encuentran unidos el abad I. Herwegen y sus monjes K.
Mohlberg y O. Casel, con el joven sacerdote ítalo-alemán R.
Guardini y los profesores Fr. J. Dólger y A. Baumstark; y
así ya en 1918 se da comienzo a tres colecciones:
Ecclesia orans,
Liturgiegeschichtliche Quellen y Liturgiegeschichtliche Forschungen. En
1921 se inaugurará, con su primer volumen, el Jahrbuchfür
Liturgiewissenschaft.
1374
Esta estrecha
colaboración de ciencia y de intenciones pastorales fue largamente
determinante para la actividad litúrgica en Alemania, y ciertamente
no fue un daño, si bien en un primer momento podía aparecer como
una limitación con vistas a una influencia de radio más amplio.
En efecto, habían optado intencionadamente por dirigirse ante todo
al clero y al ambiente culto, no ciertamente con el fin de mantener a los
demás alejados de la liturgia, sino sólo porque a aquéllos
se podía llegar inmediatEimante, no en último término
gracias a la obra clarividente de los monseñores F.X. Münch y
Landmesser y de su "Asociación de los universitarios
católicos" ("Katolischer Akademiker-Verband").
b) La juventud.
Romano Guardini. Sin embargo, pronto se abrieron otros ambientes,
sobre todo gracias al Movimiento juvenil, en particular el de
Quickborn, que se reunía con Guardini en Burg Rothenfels para organizar
prácticamente las celebraciones litúrgicas, sobre todo con
ocasión de grandes solemnidades, y a continuación el de la
"Asociación juvenil masculina" de monseñor
Wolker. Aquellos diez primeros años fueron indudablemente años
de riquísima experiencia, de animado desarrollo y de
grandísimas esperanzas. Junto a las formas solemnes de la liturgia
clásica, que se celebraba de manera tan cautivadora en las grandes
comunidades neomonásticas, asomaban la cabeza ya entonces nuevas
formas, y entre ellas especialmente la de la llamada Misa comunitaria
(Gemeinschaftmesse),
en la cual, con
pleno respeto al derecho litúrgico vigente, pero también
valorizando al máximo las posibilidades que daba, se podía
realizar una verdadera participación activa de los fieles, que eran,
naturalmente, ante todo los jóvenes mismos.
1375
Ciertamente esta
breve panorámica no agota en absoluto la gran cantidad de
trabajo que se hacía por todas partes con fervor y vivacidad por
eminentes teólogos, por pastores de almas abiertos a las nuevas perspectivas
y, finalmente, también por comunidades parroquiales más
activas. Pero alguna de aquellas figuras merece ser particularmente
recordada.
c) Pío
Parsch, en Austria. Recordemos, en primer lugar, a Pío Parsch, de
los canónigos regulares de san Agustín en Klosterneuburg, Austria
(1884-1954). Solicitado por las inspiraciones programáticas del
movimiento litúrgico anterior a la primera guerra mundial, pero feliz al
mismo tiempo de poder referirse de modo especial al pensamiento
teológico-litúrgico de Maria Laach y particularmente al de O.
Casel, se propuso hacer un apostolado declaradamente
litúrgico-popular. Y lo consiguió de modo felicísimo, llegando
a ejercer, a través de una riquísima obra literaria, una
influencia muy amplia y profunda no sólo en los países de
lengua alemana, sino también en otros países, tanto con su Das
Jahr des Heiles, un año litúrgico de comentario al misal y
al breviario, que a partir de 1923 se fue enriqueciendo cada año;
como también, desde 1926, con su revista Bibel und Liturgie
{— BL), por no citar otras obras suyas, muchas de las cuales siguen
siendo válidas hoy. En 1950 podía resumir así en el congreso
litúrgico de Francfort los grandes objetivos de su trabajo: "Acercar
de nuevo a los estratos más sencillos del pueblo al culto de la iglesia,
haciéndoles posible sobre todo a ellos una participación
activa en la liturgia" y —en segundo lugar— "poner de
nuevo la biblia en manos del pueblo"".
d) El Oratorio de
Leipzig. Una actividad muy laboriosa y, si bien
Movimiento
litúrgico
no-de-ancho-radio,
al menos al comienzo, muy intensa en el ámbito de las comunidades
parroquiales vivas —hasta extenderse luego fuera de éstas—,
fue emprendida por los sacerdotes del Oratorio, primero en Leipzig y
más tarde también en Munich, en Francfort y en otras partes. Muchos
de estos oratorianos, y entre ellos sobre todo Th. Gunkel, J. Gülden,
H. Kahlefeld, K. Tilmann, A. Kirchgássner, trabajaron mucho
también en el campo del canto litúrgico para darle una forma
digna y al mismo tiempo accesible a una comunidad parroquial. Ciertos
libros de pastoral litúrgica, como Volksliturgie und Seelsorge,
Parochia (ed. Alsatia, Colmar) y otros, de los que ellos fueron o los autores o
los inspiradores, en tiempos de la segunda guerra mundial sirvieron a
muchos de alimento y medio para sostener su resistencia intorioT.
4. EN FRANCIA.
Entre tanto, por aquellos mismos años el movimiento litúrgico
continuó su expansión, aunque de forma lenta. Aunque la cosa
era muy evidente respecto a Bélgica y Alemania, en los otros
países tampoco se dormía. Así, en Francia, a la que
correspondía la gloria de haber dado el primer impulso al movimiento,
por más que no había participado a primerísima hora
en plan amplio en las iniciativas de Bélgica, dio vida a trabajos
científicos de notable valor incluso para hoy, como los de los
monjes de Solesmes, las grandes publiaciones del tipo Dictionnaire
d'Archéologie Chrétienne et de Liturgie (= DACL, 1907-1953), los
catálogos de los manuscritos de los libros litúrgicos de
Leroquais, los estudios de Duchesne, de Batiffol, etc. Y no faltaba al
mismo tiempo el compromiso por la valorización en el plano
práctico de los mismos estudios litúrgicos, como dan fe de ello
las obras del abad F. Cabrol
y la enciclopedia
Liturgia, de
R. Aigrain.
5. EN ITALIA. De
mayor importancia, tanto en el plano teológico como en el pastoral,
fue el movimiento litúrgico de aquellos años en Italia".
Y aquí debe señalarse en primer lugar
1376
merosísimas
en Italia las publicacio
nes de propaganda
y las traduccio
nes de libros
litúrgicos.
EN ESPAÑA [/ Movimiento litúrgico
en España]. También España hará sentir su
presencia en el movimiento litúrgico, tanto con el trabajo
científico como con una intensa actividad de renovación,
promovida sobre todo por el monasterio catalán de Montserrat.
EN LAS AMÉRICAS. También en
los Estados Unidos de América el movimiento litúrgico, que tuvo
su primer centro en el monasterio benedictino de St. John (Collegeville),
Minnesota, no tardará en difundirse y en encontrar promotores4I.
En Brasil se
formó cierto movimiento litúrgico en el ambiente de la
abadía de Río de Janeiro por obra sobre todo de un monje de la
congregación de Beuron, Martín Michler (luego abad de
aquel monasterio), que se formó en Nevesheim, Beuron, Maria Laach y
San Anselmo (Roma). Trabajó con gran éxito entre la juventud
universitaria católica42.
8.
a) Controversias
preliminares. Al contrario: no faltaron, en el interior de la iglesia, ni
discusiones ni ataques; y así vemos obispos que no rara vez se muestran
más bien escépticos y reservados en relación con el
movimiento litúrgico en general, y más a menudo todavía
ante ciertas posturas suyas, como sucede, por ejemplo, a propósito de
las "misas dialogadas y comunitarias" o de la celebración sobre
"altares vueltos hacia el pueblo"; no daba señales de 1377
disminuir la
oposición, en nombre del método ignaciano, a los ejercicios
espirituales y a los retiros con fondo y con tema litúrgicos. Pero la
polémica de mayor importancia (cuyas consecuencias, sin embargo,
fueron, a veces muy positivas) fue la que se desarrolló, tanto en
el plano de la teología como en el de la espiritualidad, en torno a
la visión mistérica de la liturgia, tal como la había propuesto
y defendido el benedictino alemán O. Casel"'.
b) La crisis.
Este debate, naturalmente, se desarrollaba sobre todo en Alemania, donde
poco antes del estallido de la segunda guerra mundial algunos escritos
altamente polémicos condujeron a situaciones críticas
muy serias. Nos referimos aquí en primer lugar al pequeño volumen
de M. Kassiepe Irrwege und Umwege im Frómmigkeitsleben der Gegenwart
(Kevelaer 1939'; Würzburg 19402), que tuvo funciones de faro de
orientación; pero también al otro libro de A. Dórner
Sentiré cum Ecclesia (Munich-Gladbach 1941, pro manuscripto), de
menor apariencia, pero sustancialmente más crudo. Ambos escritos
suscitaron una alarma general, y poco faltó para que dividieran en
dos a todo el clero, sin distinción de jóvenes y ancianos. Sin
embargo, hay que decir que, en definitiva, el áspero contraste tuvo
su lado bueno, gracias a la reconocida autoridad de R. Guardini, que con su Ein
Wort zur liturgischen Frage ", escrito en forma de carta al obispo de
Maguncia de aquel tiempo, con tono sereno pero al mismo tiempo como gran
maestro, daba unas nuevas dimensiones a todo el problema.
Fue, en efecto,
precisamente entonces cuando, sobre todo en Alemania, los obispos
comenzaron a tomar en sus manos la dirección del movimiento
litúrgico, estableciendo un "grupo litúrgico" en el
seno de la
Movimiento
litúrgico
Conferencia
episcopal alemana y creando una "comisión litúrgica" de
expertos, representantes de los diversos centros litúrgicos que
operaban en Beuron, Maria Laach, Klosterneuburg y Leipzig. Pero que ni siquiera
así se había normalizado y calmado totalmente la situación
se percibe por el escrito acusador del arzobispo Gróber, de Friburgo
(Alemania), Beunruhigungen 45. Y en realidad era Roma misma, y
precisamente el papa en persona, quien quería que el movimiento
litúrgico tuviese una orientación bien determinada. En
efecto, en enero de 1943 los miembros de
jen peligros para
la fe o para la unidad de la iglesia..."*. Respondió al
documento el card. Bertram de Breslau, con una extensa pro memoria, que
contenía una decidida defensa del movimiento litúrgico ".
c) La
intervención de Pío XII. Una primera toma de posición del
papa, si bien genérica, fue la encíclica Mystici corporis,
de 1943; le siguió una carta del cardenal secretario de Estado
Maglione en respuesta
Movimiento
litúrgico
a la pro memoria
del card. Bertram (diciembre de 1943), en la que, si bien con reservas, se
certificaba la validez de las intenciones del movimiento litúrgico
"8. Se tuvo, finalmente, en 1947 la encíclica Mediator Dei, en
la que se mezclan de modo extraño reconocimientos y reproches, en
un esfuerzo muy evidente por remover todo peligro de extremismo. A este
solemne documento pontificio se debe reconocer el mérito —si
bien no respondía a todos los desiderata del movimiento litúrgico
y resulta hoy superado en muchos puntos por la constitución
litúrgica del Vat. II— de haber sido el primer reconocimiento
oficial de los valores del movimiento litúrgico a nivel de iglesia
universal, convirtiéndose así, de hecho, en la "carta
magna" de la renovación que éste intentaba promover.
9. NUEVO IMPULSO.
A la promulgación de
También en
Italia se reforzó el movimiento, reuniendo sus filas. Ya en 1947, un mes
antes de la aparición de la encíclica Mediator Dei,
1378
zar en la
problemática litúrgica a la luz de
Pero también
por otras vías distintas de las del supremo magisterio papal
—y no menos providenciales que éstas— mostraba el movimiento
litúrgico su capacidad de penetración. En efecto, las
dificultades y las necesidades de la segunda guerra mundial, con sus campos de
concentración y de trabajo y con la misma persecución
religiosa nazi, habían revelado ya la vitalidad que alojaba en
sí una liturgia vivida; pero se había descubierto también
qué poder de rebasar las fronteras nacionales le era propio51. En este
sentido, es de particular importancia el surgimiento en Francia, en 1943,
del Centre de Pastorale Liturgique (= CPL), en el que confluyen hombres de
destacada personalidad y experiencia, provenientes del clero secular y del
regular y animados por un fecundo dinamismo. En efecto, serán ellos
quienes den origen a iniciativas preciosísimas, como la revista
Dieu (= MD), que
alcanzó pronto fama mundial; la colección de estudios Lex
orandi; las Sesiones CPL, y las Semanas nacionales de Versalles. El
Congreso litúrgico de Lyon (1947) fue el primer encuentro, a nuevo
nivel y con nueva orientación, entre los mayores liturgistas de
Francia y de Europa.
10. Los CONGRESOS
INTERNACIONALES. HACIA EL CONCILIO VAT.
II. En nombre de
la liturgia se encontrarán unidas en adelante Francia y
Alemania, dos naciones demasiado a menudo enemigas entre sí; y de
su recíproca colaboración y común acción
nacerán aquellos encuentros litúrgicos internacionales que
cobrarán importancia cada vez mayor a partir de 1951: Maria
Laach, 1379
Lovaina, St.
Odilienberg, Lugano, Montserrat, hasta llegar en 1956 al / Congreso
internacional de liturgia pastoral en Asís.
Este congreso no
podía ciertamente ignorar el pasado lejano y reciente; pero
desde muchos puntos de vista fue verdaderamente algo muy nuevo. La nutrida
representación de la jerarquía, que demostraba así cuan
grande era su interés por la causa litúrgica; la gran
participación de personas interesadas provenientes de todas las partes
del mundo y, finalmente, el hecho de que el congreso estuviera
coronado por la audiencia del papa Pío XII en Roma", al tiempo
que mostraban el agradecimiento por las grandes innovaciones y reformas
litúrgicas de los últimos años (restablecimiento de la
vigilia pascual en 1952 y la consiguiente reforma de toda la liturgia de
la semana santa en 1955), ponían de manifiesto también
la ya imprescindible necesidad de ulteriores pasos en el mismo sentido. En
efecto, se preparaba realmente en Asís, abriéndole el
camino, la gran reforma litúrgica del Vat. II».
Una etapa sobre
este camino, aunque en sentido ciertamente menor, a pesar de la
importancia revolucionaria que parecía cobrar de momento, fue
el nuevo Codex rubricarum, publicado en 1960.
III. El
movimiento litúrgico, coronado en el Vat. II
En un lapso de
tiempo que abraza alrededor de cincuenta años se había realizado
un gran trabajo, tanto en el plano práctico de las realizaciones y de
las posibilidades como en el plano de la reflexión teológica
a propósito de la naturaleza y del significado de la liturgia.
Todos los que tenían interés en la liturgia habían
estrecha
Movimiento
litúrgico
do, en todas las
direcciones, vínculos entre sí a lo largo de una sucesión
de semanas, de encuentros y de congresos.
Este estado de cosas
hizo que el trabajo de la comisión litúrgica preparatoria,
reunida con vistas al concilio Vat. II, estuviera tan adelantado que
el esquema relativo a la reforma de la liturgia no sólo fue el
primero que se discutió en el concilio, sino que pudo encontrar, al
término de las discusiones conciliares, la forma de una
constitución litúrgica conocida por las palabras iniciales
como Sacrosanctum concilium (~ SC). Ésta, reflejando muy bien las ideas
fundamentales de una reforma en materia de liturgia tal como las
habían visto los padres conciliares según la perspectiva que
había encomendado al concilio el papa Juan XXIII, estaba en condiciones
de expresar de manera casi perfecta tanto la dimensión teológica
de la liturgia como las actuaciones prácticas encaminadas a conseguir su
reforma.
Aprobada y
promulgada por el papa Pablo VI el 4 de diciembre de 1963,
Así, los
que en otro tiempo eran planes audacísimos, se ven realizados bajo
la suprema autoridad de la iglesia; propósitos y metas que se había
prefijado ya la reforma protestante, que la ilustración
había proseguido y que el movimiento litúrgico había
preparado lentamente y con gran moderación, son hoy, por de
Movimiento
litúrgico
creto de la
iglesia, del papa y del concilio, realidad de valor decisivo para toda la
iglesia. Y no es cuestión, en primera línea, de detenerse a considerar
las que podríamos definir como reformas espectaculares, como la
comunión bajo las dos especies, la concelebración y la
admisión de la lengua nacional para el uso litúrgico. Sino que se
trata sobre todo de una visión más profunda y de una idea
más completa de lo que es la liturgia y de cómo debe, en
conformidad con este mejor conocimiento que se tiene de ella, encontrar la
forma que mejor le cuadra en nuestro mundo de hoy.
Y es precisamente
en estos dos aspectos donde se revela de forma concreta, en el
ámbito del problema litúrgico, el nuevo mundo en que se
mueve el concilio: la iglesia, con una vitalidad siempre nueva, debe adecuar
la propia naturaleza y misión inmutable a las que son exigencias del
presente.
Se encargó
la realización de este magnífico programa al Consilium ad
exsequendam constitutionem de
s. liturgia,
instituido ya durante el concilio en 1964, puesto bajo la sabia
dirección del card. G. Lercaro y del secretario A. Bugnini (t 1982), y
en cuyo seno se encontraban de treinta a cuarenta entre cardenales y obispos.
Pero llegados aquí, debemos dejar la palabra a la voz / Re
forma
litúrgica.
IV. El movimiento
litúrgico en las iglesias evangélicas
En la
época del / ecumenismo, promovido también por el Vat. II (cf UR,
sobre todo 23), es oportuno considerar al menos brevemente los esfuerzos de los
hermanos separados en el campo litúrgico ".
Después
del desarrollo, no siem
pre feliz, de las
reformas litúrgicas 1380
llevadas a cabo
en las iglesias evangélicas durante los ss. xvo y xvm, hallamos una
prehistoria de un movimiento litúrgico también en el protestantismo:
se trata ante todo de las reformas promovidas por el rey de Prusia, Federico
Guillermo III, para las iglesias luterano-reformadas de su reino, entre los
años 1816 y 1824. Pero, también aquí, un movimiento
litúrgico en sentido estricto se produjo sólo en el s. XX:
se trata de diversas corrientes que finalmente han obtenido una verdadera
reforma litúrgica por parte de las iglesias oficiales.
Existían
los grupos de una orientación semejante a la de
Los
teólogos de estos grupos luteranos han publicado una obra excelente
en 5 vols.: Leitourgia. Handbuch des Evangelischen Gottesdienstes, Kassel
1954-1969, con estupendas contribuciones de R. Stahlin, P. Brunner, G.
Kretschmar,
E. Schlink y de
muchos otros buenos autores.
El resultado
más feliz de estos trabajos ha sido la redacción de una
celebración eucarística que se asemeja muy de cerca a
nuestra misa: pero su uso es sólo facultativo.
Análogamente,
son dignos de fortísimo aplauso los trabajos en el campo
litúrgico, a nivel tanto de investigación teológica
como de actualización concreta de la celebración, que se
llevan a cabo en Taizé, gracias a la obra de R. Schutz y M. Thurian,
1381
como
también en el ámbito de las iglesias reformadas de Suiza (con
R. Paquier y W.
Rordorf) y de Francia.
El interés
y el amor por la liturgia congrega cada año a exponentes de la ciencia
litúrgica de todas las confesiones (romano-católica, ortodoxa,
reformada, luterana, anglicana) de Europa y de los USA en las Semaines
d'Études Liturgiques en el Instituto de teología ortodoxa en
París (= Semaines de st.-Serge). La vigesimonona semana (1982)
tenía como tema liturgie, spiritualité et culture. Las actas
de estos congresos se publican en Roma en las Edizioni Liturgiche.
[/ Movimiento
litúrgico en España].
NOTAS: ' Cf al
respecto B. Neunheuser, Storia delta liturgia aítraverso le epoche
cultural!, Ed. Liturgiche, Roma 1977; Le riforme liturgiche dal sec. IV al
Vat. II, en VV.AA., Anamnesis 2, Marietti, Turín 1978, 227-253; E.
Cattaneo, II culto cristiano in Occidente, Ed. Liturgiche, Roma 1978.
En la presente contribución nos servimos, con oportunas adaptaciones estructurales
(en los títulos), simplificaciones (en el aparato bibliográfico)
y adiciones, de nuestro trabajo precedente; B. Neunheuser, II movimento
litúrgico: panorama storico e lineamenti teologici, en VV.AA.,
Anamnesis 1, Marietti, Turín 1972, 9-30 —2 Cf O. Rousseau, Sloria
del movimento litúrgico, Edizioni Paoline 1961 (con un largo
apéndice de S. Marsili, Storia del movimento litúrgico
italiano dalle origini all'enciclica "Mediator Dei", 263-369)
— ' En La liturgia (Insegnamenti pontifici, 8), Edizioni Paoline,
I9622, n. 793 —
o declaraciones
del Sínodo en la interpretacióncondena dada en la
constitución Auctorem fidei, de Pío VI. Para Muratori, cf L.
Brandolini, La pastorale dell'eucaristia di L.A. Muratori, en EL 81 (1967)
333-375; 82 (1968) 81 -118. Para el congreso de H. Schotten, Zur Geschichte des
Emser Kongresses, en Historisches Jahrbuch der Gorresgesellschaft 35 (1914)
86-109. Para'
Movimiento
litúrgico
las liturgias
neogalicanas, cf H. Leclercq, en DACL 9 (1930) 1686-1729 -' A.L. Mayer, o.c,
215; para las cit. ss., cf ib, 215-244ss — 8 Cf F. Kolbe, Die liturgische
Bewegung, Aschaffenburg 1964, 16ss; R. Adamski, en LTK9 (19642) 214-215 -'
A.L. Mayer, o.c, 273 — 10 Cf O. Rousseau, o.c. (nota 2), 138-158 —
" Mayer, o.c, 306 — <2 Ib, 308 — " Ib, 309ss —
'4 Es el título de un breve escrito de Mayer (1948), cit. en Die
Liturgie... (nota 4), 311 — l5 J.A. Jungmann, Missarum sollemnia I,
Marietti, Turín 1953, 134 — " St. Hilpisch,
Geschichte des
benediktinischen Monchtums,
Friburgo/Br.
1929, 369-373, en part. 372 — 17 Cf [P. Delatte], Dom Prosper
Guéranger I, Le Mans 1909, 54ss — l8 Ib, 259ss — " P.
Guéranger, Instilutions liturgiques I, Le Mans 1840,
20 2I
XII — Ib.
XX-XXI — El juicio tan áspe
ro y negativo que
sobre Guéranger pronuncia
L. Bouyer, La vie
de la liturgie, París 1956, 2628, ha de considerarse injusto y
unilateral, porque no tiene en cuenta lo mucho válido y duradero
que contiene la obra de Guéranger, aunque el enfoque sea a veces
discutible. Cf los juicios más matizados de Jungmann, Missarum sollemnia
I, 135s; Mayer, Die liturgie.... 376ss; Rousseau, Storia... (nota 2),
23-69. Sobre Guéranger, además de Delatte, o.c. (nota 17), cf F.
Cabro!, en DACL 6, 1875-1879; el estudio crítico de E. Sevrin, Dom
Guéranger et
25 26
Mayer, Die Liturgie... (nota 4), 386
— Ib.
28 2'
43Iss —
" Ib, 432 — /*. — Ib. 432s — 30 Se trata sobre todo del
célebre 7'ra le sollecitudini (1903), del decreto sobre
Movimiento
litúrgico
}t
1914 —
Sobre la controversia una buena bíbl. en H. Schmidt, Introductio in
liturgiam occidentalem, Roma 1960, 88-90 — " Cf BL 17 (1950) 329ss
— 38 Cf L. Andrianopoli, La rinascita litúrgica
contemporánea, Milán 1934, 27-34; S. Marsili, Storia del
movimento litúrgico italiano, en O. Rousseau, Storia del movimento
litúrgico, Edizione Paoline 1961, 263369; L. Andrianopoli, en Th.
Bogler, Liturgische Erneuerung in aller Welt, Maria Laach 1950, 73-81; E.
Cattaneo, fntroduzione alia storia della liturgia occidentale, Roma 19692,
418431 — 39 Traducido al cast. en nueve tomos, Herder, Barcelona
1944-1948 — « BAC 132, 144, Madrid 1955, 1956 —4I Hay que
recordar aquí sobre todo la revista Orare Fratres, iniciada por el
benedictino Virgil Michel di Collegeville, que en 1951 cambia el
título en Worship (= Wor). Para Michel, cf P.B. Marx, Michel and the
Litúrgica! Movement, CollegevÜle 1957 —42 CfCl. lsnard,
Reminiscencias para a historia do movimento litúrgico no Brasil, en B.
Botte, O movimento litúrgico. Testemunho e recordares, Sao Paulo 1978,
207 — 43 Cf Th. Filthaut, Die Kontroverse über die Mysterienlehre,
Warendorf 1947 (ed. franc: La théologie des mystéres,
París 1954) — m Esta "palabra sobre el problema
litúrgico" se puede leer hoy en R. Guardini, Liturgie und
liturgische Bildung, Würzburg 1966, 193-213, y en versión
francesa, en MD 3 (1945) 7-24 —4S Traducción francesa en
47 48
(nota 8) 71ss
-Ib, 75-79 — Ib, 80-84; texto original de la respuesta romana en DPILS I,
80ss — 49 Cf Wagner, Le mouvement liturgique en Allemagne, en MD 25
(1951) 75-82 —
50 5I
S. Marsili, Storia... (nota 38) 339ss
— Esta "superación de las fronteras" ha de entenderse no
sólo respecto al ámbito directamente cultual (como, por ejemplo,
cuando los soldados alemanes, a pesar de las prohibiciones del
régimen nazi, celebraban la eucaristía con un sacerdote
polaco), sino como hecho general y de principio. Así sucedía, por
ejemplo, que las líneas de actuación litúrgica
establecidas unánimemente por los obispos de la "gran
Alemania", éstos se empeñaban en observarlas también
tanto en Alemania como en Austria, cualquiera que fuese el final de la
guerra. La misma superación de las "fronteras" se
encontraban, por ejemplo, cuando ocurría que sacerdotes franceses
que formaban parte de la resistencia no rehusaban tomar contacto, cuando
aún duraba la guerra, con los centros litúrgicos alemanes: un
ejemplo manifiesto al respecto fue el del director de Ediciones Alsatia de
Colmar, J. Rossé, y de otros alsacianos, que justamente por disfrutar de
las ventajas de vivir en un territorio bilingüe se convirtieron en
mediadores de la acción litúrgica de un país a otro
— " Para la alocución de Pío XII, abundante en
alabanzas, pero car
1382
gada
también de reservas muy críticas, cf AAS 48 (1956) 711-725; DPILS
II, 45-48;
E.J. Lengeling,
Die Konstitution des 2. Vat. Konzils über die hl. Liturgie, en la
colección Lebendiger Gottesdienst 5-6, Münster 1964; G.
Baraúna, La s. liturgia rinnovata dal concilio, Turín 1964; F.
Antonelli-R. Falsini, Costituzione conciliare sulla s. liturgia,
Milán 1964; M. Nicolau, Constitución litúrgica del Vat.
II. Texto y comentario teológico-pastoral, Madrid — 55 Para
este último párrafo, cf B. Neunheuser, // movimento
litúrgico protestante. Origini e as
petti
fondamentali, en Sai 36 (1974) 33-67.
B. Neunheuser
BIBLIOGRAFÍA:
Calzada P., El movimiento litúrgico, sus razones internas, en
"Liturgia" 5 (1950)95-101; Franquesa A., Movimiento litúrgico
contemporáneo, en DHEE 2, Consejo S. de Investigaciones
Científicas, Madrid 1972, 1330-1333; Jungmann J.A., Liturgia (Movimiento
litúrgico), en SM 4, Herder, Barcelona 1973, 357-360; Maertens Th.,
Crisis del movimiento litúrgico, en "Phase" 5 (1961) 1-7;
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(1891-1974), en "Ephemerides Liturgicae" 90 (1976) 212-218; Fray
Justo Pérez de Urbel liturgista (1895-1979), ib, 94 (1980) 195-199;
Dom Andrés Azcárate, pionero del Movimiento Litúrgico
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Adalbert Franquesa: breve ensayo bio-bibliográfico, en "Phase"
62 (197!) 119-125; Palacios M., Algunos puntos de vista sobre el movimiento
litúrgico,
en
"Liturgia" 8 (1953) 29-37, 95-100, 142-145; Pascual A., El movimiento
litúrgico hasta Pió X, en "Liturgia" 5 (1950) 225-229;
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litúrgico en Alemania y Austria, ib, 353360; El movimiento
litúrgico en España, ib, 6 (1951) 18-25, 102-106; Pasqualetti G.,
Recuerdo de Mons. Bugnini, en "Phase" 131 (1982) 423437; Prado
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206-211, 266-271, 298302, 330-335; Urdeix J., 1903: Un hito en la pastoral
litúrgica. A los setenta y cinco años del Motu Proprio "Tra
le sollecitudini", en "Phase" 108 (1978) 543-547; Velado B., El
movimiento litúrgico en el mundo, en España, en la
diócesis de Astorga, "Dossier del Instituto diocesano de
Formación y Acción Pastoral", Astorga 1964; VV.AA., El
movimiento litúrgico, en "Liturgia" 145-146 (1958) 1-55.
Véase la bibliografía de
Movimiento
litúrgico en España.
1383
SUMARIO: I.
Comienzos del movimiento litúrgico español: orígenes
monásticos y primeros desarrollos (1903-1936): 1. Antes del I Congreso
litúrgico de Montserrat; 2. I Congreso litúrgico de Montserrat;
3. Después del I Congreso litúrgico de Montserrat - II.
Nuevo despertar del movimiento litúrgico (1939-1952) - III. Etapa final
del movimiento litúrgico español (19591963).
I. Comienzos del
movimiento litúrgico español: orígenes monásticos y
primeros desarrollos (1903-1936)
El primer
período del movimiento litúrgico se sitúa entre dos fechas
históricas, pero de índoles diversas: 1903, publicación
del motu proprio Tra le sollecitudini, sobre música sagrada, del
papa Pío X; 1936, inicio de la guerra civil española, cuyo
término en 1939 significó la ruptura de todas las esperanzas
de renovación litúrgica.
El movimiento
litúrgico español recibió fuertes influencias de la abadía
benedictina de Solesmes; monjes de esta abadía restauraron la de Santo
Domingo de Silos, en Castilla ', y en ella recibió la formación
musical el padre Gregorí Suñol, futuro abad titular de Santa
Cecilia de Montserrat, de la abadía de
En el primer
período del movimiento litúrgico español encontramos
un acontecimiento central que define el período: / Congreso
litúrgico de Montserrat, y hace que este período se divida
entre antes y después del Congreso litúrgico, que es el
momento crucial del movimiento.
1. ANTES DEL 1
CONGRESO LITÚRGICO DE MONTSERRAT. La primera etapa está
dominada por la
Movimiento lit.
en España
música
sagrada. A partir del motu
proprio de
Pío X se inició el camino
de la
renovación. Ya en los últimos
años del
s. xix se habían dado al
gunos signos de
renovación al pe
netrar, en
algunos centros y perso
nas, las ideas de
la renovación. Pero
fue a partir de
1903 cuando se dio el
definitivo paso
adelante.
Estos primeros
pasos están guia
dos por las
abadías benedictinas de
Silos y
Montserrat3, los centros di
fusores de la
renovación, y que re
presentaron las
dos vertientes del mo
vimiento, la
castellana y la catalana.
A través
de la restauración del can
to gregoriano
tuvo lugar también la
renovación
de la vida litúrgica. Por
este hecho
podemos definir el movi
miento
litúrgico español como un
movimiento de
renovación litúrgico
musical. A la
restauración del canto
gregoriano
correspondía un nuevo
espíritu
litúrgico, que se fue introdu
ciendo en la
iglesia española.
En la labor
difusora del nuevo espíritu litúrgico influyó de un
modo decisivo la vida litúrgica de las abadías. A
través de la liturgia vivida se expandió el espíritu de
renovación al resto del Estado. Esta labor fue más fácil
en Montserrat, pues era el centro espiritual de Cataluña, y la vida
religiosa del país se movía al ritmo de la vida espiritual de la
abadía. La labor de Silos fue más difícil; tuvo que
empezar desde cero, llegó a ser un centro de vida litúrgica para
Castilla, pero sin llegar al nivel de Montserrat.
La labor de los
centros difusores puede ser dividida en diversos aspectos:
a) Labor docente:
cursos, conferencias, enseñanza de la liturgia y el canto
gregoriano en los seminarios y comunidades religiosas4.
b) Labor
investigadora: estudios sobre liturgia hispánica, especialmente en
Silos, y sobre el oficio divino;
Movimiento lit.
en España
recordemos la
importancia de la obra del abad Guepin.
c) Labor
divulgadora: las abadías dedicaron buena parte de sus esfuerzos a
la divulgación de la liturgia, a diversos niveles, a través
de obras dirigidas a la formación de los fieles.
d) Vida
litúrgica, a la que hemos hecho referencia anteriormente.
La labor de los
centros difusores no estuvo encerrada detrás de los muros de las
abadías; al contrario, los benedictinos de Silos y Montserrat estuvieron
abiertos a las necesidades de las diócesis y a la colaboración
con éstas. Ellas fueron las encargadas de difundir en las
diócesis el espíritu de renovación y hacer capaces a
los sacerdotes diocesanos de tomar las riendas del movimiento de renovación
litúrgico-musical.
El camino de
renovación de las diócesis, en esta primera etapa, estuvo
muy ligado a los centros difusores, pero manteniendo una vida propia,
con la proliferación de scholae cantorum, capillas y coros populares;
la constitución de las comisiones diocesanas de música sagrada;
la elevación del nivel de la liturgia y el canto gregoriano en los
seminarios, aunque no en todos; la proliferación de revistas, que fueron
eficaces órganos de difusión de la renovación, y la
celebración de los congresos nacionales de música sagrada.
La
celebración, en Vallad olid, Sevilla y Barcelona, de los congresos,
en 1907, 1908 y 1912 respectivamente, representaron la
explicitación en líneas y medidas concretas de actuación
de la renovación.
Estos congresos
tuvieron una evolución interesante, pues expresan la
evolución del movimiento en esta etapa. El camino desde el primer
congreso, prácticamente musical, al segundo y al tercero,
más preocupados 1384
por el apostolado
litúrgico, por la difusión del espíritu litúrgico y
por llevar a la plena participación a los fieles, sin dejar de lado el
plano musical.
Fueron congresos
de música sagrada, pero bien pudieron ser congresos de
renovación litúrgico-musical, pues la música era
estudiada desde la perspectiva litúrgica y desde las posibilidades
de aplicarla al apostolado.
Encontrándose
la vida litúrgica de la iglesia española en este aceptable nivel,
se celebró en la abadía de la
B.V.M. de
Montserrat el I Congreso litúrgico.
2. I CONGRESO
LITÚRGICO DE MONTSERRAT. Celebrado del 5 al 10 de julio de 1915 en la
abadía de la
B.V.M. de
Montserrat, fue preparado por un grupo de sacerdotes y religiosos
dirigidos por el doctor Lluis Carreras. La idea tuvo una maravillosa
aceptación, ya sea por la abadía, ya sea por el episcopado
de la provincia eclesiástica tarraconense, encabezado por el arzobispo
de Tarragona, doctor López Peláez, que aprobó la
celebración del congreso con una carta, dirigida al abad de Montserrat,
sobre las excelencias de la liturgia5. Fue creada, por sugerencias del grupo
de sacerdotes y religiosos anteriormente mencionados, la revista Vida
Cristiana, que sería el órgano de preparación del congreso
y, posteriormente, el órgano de expresión del movimiento en
tierras catalanas.
El congreso fue
preparado a través de un amplio cuestionario que recogía los
objetivos del movimiento litúrgico clásico \ Las sesiones del
mismo se desarrollaron entre conferencias de obispos y liturgistas, secciones
de estudios y celebraciones litúrgicas, a las que se les dio gran
importancia, pues el congreso quiso 1385
partir de la
experiencia profunda de la celebración litúrgica.
El episcopado de
la provincia eclesiástica tarraconense tuvo un papel importante, no
sólo por el apoyo e interés que ofreció al congreso, sino
por la participación activa en el mismo.
El tema central
de los estudios fue la santa misa, existiendo una especial
preocupación, que se manifiesta en las conclusiones, por el apostolado
litúrgico.
Las conclusiones,
divididas en generales y particulares, de cada sección de
estudios, a saber; estudios históricos, gregorianos y popularización
de la liturgia, ofrecieron un amplio e interesante programa de apostolado
litúrgico 7.
Se dedicó
una sección de estudios, no reflejada en las conclusiones, a los
ministerios sacerdotales. El objetivo de esta sección era la
comunicación de experiencias y comentarios sobre la vida
litúrgica, con el propósito de vigorizar el espíritu
sacerdotal.
El congreso
ofreció como concretización de las ideas expresadas en el
mismo, el Eucologio, eficaz instrumento para impulsar la participación
activa de los fieles en la celebración litúrgica".
El congreso tuvo
diversos significados ': ser la más alta respuesta de la iglesia
española al motu proprio de Pío X. Ser el aglutinamiento de todos
los deseos, esperanzas y anhelos existentes en la iglesia española,
y la delincación del futuro caminar del movimiento. Y es el momento
clave de la total incorporación de España al movimiento
litúrgico.
3. DESPUÉS
DEL I CONGRESO LITÚRGICO DE MONTSERRAT. Celebrado el I
Congreso litúrgico, dio inicio la segunda etapa del primer
período del movimiento litúrgico español. Después
de una etapa a la que podríamos definir de carismática, las
Movimiento lit.
en España
líneas
maestras quedaron definidas
en el congreso de
Montserrat, y el
movimiento
continuó el camino de
forma más
serena y organizada.
En esta etapa
encontramos el mis
mo defecto que en
la anterior: la
falta de un
organismo central que
guiara el
movimiento y animara su
caminar. Hasta
1954, fecha de la
constitución
de
Apostolado
litúrgico, no existirá este
organismo.
Es una etapa en
la que encontramos diversos acontecimientos de carácter
congresual, pero en diversos sentidos. Desde los acontecimientos de índole
diocesana, como las Semanas litúrgico-gregorianas de Besalú
(Gerona), en 1916 y 1917, y la litúrgica de Bañólas
(Gerona), en 1917, que fueron fruto del congreso litúrgico, y
Destacan el
certamen de ciencias de Salamanca y el certamen con motivo del VII
centenario en Toledo, como grandes triunfos del movimiento. Significaron
el reconocimiento de la entidad científica de la sagrada liturgia.
En el congreso de ciencias de Salamanca, la liturgia estuvo a la altura de
las restantes ciencias por primera vez.
En esta etapa
recibió España diversos reconocimientos a nivel internacional.
En 1936, Barcelona fue elegida como sede del III Congreso internacional de
musicología; en 1931, el padre Nemesio Otaño, sj., fue llamado a
dirigir el Pontificio Instituto de Música Sagrada de Roma; en el
mismo año, el padre Gregorí Suñol, osb., fue llamado a
Milán
para dirigir
El doctor
Carreras presentó una ponencia sobre el movimiento litúrgico
español, que suscitó la respuesta del padre Germán
Prado, osb., produciéndose una interesante polémica. Esta
discusión tuvo el interés de ser diálogo entre la
vertiente castellana y la vertiente catalana del movimiento.
En 1923, el padre
Irruarizaga fundó
Las publicaciones
de obras litúrgicas continuaron adelante; aparecieron nuevas
revistas litúrgicas y musicales, y otras desaparecieron. Una de ias
características de esta etapa fue la proliferación de
misales y devocionarios.
Y una de las
características más significativas de esta etapa estuvo en el
paso de la guía del movimiento al clero diocesano. Esto no supuso una
ruptura con los benedictinos, significó una apertura a otros campos
de acción.
La vida
litúrgica realizó el camino de la renovación a partir del
canto gregoriano y de la música sagrada, después de haber
aglutinado los deseos, esperanzas y anhelos de renovación en
el congreso de Montserrat, y de haber marcado las líneas maestras
de la renovación en el mismo congreso. Pero estos deseos y realidades
fueron destruidos en 1936 con la guerra civil.
II. Nuevo
despertar del movimiento litúrgico (1939-1952)
Terminada la
contienda, se inicia la reconstrucción de la vida en el Es1386
tado; al mismo
tiempo la iglesia co
mienza la
reconstrucción de la vida
litúrgica,
que es el despertar del mo
vimiento
litúrgico.
Los centros
difusores estaban en
circunstancias
diversas: Silos reinicia
la
publicación de obras divulgativas;
Montserrat estaba
vacía. Pero este
hecho
ayudó a las diócesis, pues los
monjes
benedictinos catalanes disper
sos por las
diócesis inyectaron las
ideas de
renovación en multitud de
seminaristas y
sacerdotes ".
El movimiento
encuentra otro
centro difusor,
la diócesis de Vitoria,
que junto a la de
Barcelona se sitúa a
la cabeza del
movimiento.
En 1940,
Montserrat vuelve a rea
lizar su gran
labor educativa: cursos
de gregoriano,
biblioteca litúrgica, bi
blioteca de vida
cristiana, revista
"Scripta et
Documenta" l2.
La influencia de
Silos y Montserrat continuó llevando el movimiento a los
seminarios españoles. También en esta etapa existieron acontecimientos
de importancia: 1940, exposición internacional de arte sacro en
Vitoria; 1944, nacimiento de las "Hojas de liturgia", publicadas por
Casimiro Sánchez Aliseda y Juan Francisco Rivera; 1946, Silos
lanzó el número 1 de "Liturgia", y Vitoria el de
"Apostolado litúrgico".
A pesar de estos
hemosos hechos, España no volvió a llegar al nivel de 1936. En
las iglesias españolas aparecía el rigorismo, la
rúbrica; las misas dialogadas desaparecieron. La flor fue
marchitada, pero volvía a sonreír tímidamente.
III. Etapa final
del movimiento litúrgico español (1952-1963)
La
celebración del XXV Congreso eucarístico internacional de Barcelona,
en 1952, constituyó el hecho 1387
decisivo, el
punto de arranque de la última etapa del movimiento litúrgico.
Este mismo año se abre
Si el punto de
arranque se sitúa en 1952, el hecho clave, que marca el florecimiento
del movimiento, debemos situarlo en 1954: se inician los Coloquios de
pastoral litúrgica, organizados por F. Miranda y los padres
Alameda, Toribios, Echevarría, Sánchez Aliseda, Roig. Este
magnífico grupo de liturgistas impulsaron la publicación de
la revista "Incunable"14.
La fecha central
fue: 15 de abril de 1956, fundación de
Señalemos
algunos momentos claves de esta etapa: 1956, I Congreso litúrgico
de la diócesis de Barcelona; 1957, I Semana nacional de estudios
litúrgicos en Montserrat; 1958, fundación del Centro de
Pastoral litúrgica de Barcelona, por Pedro Tena; I Asamblea
nacional de Comisiones diocesanas de Liturgia; 1960, Directorios
pastorales de
Un nutrido grupo
de liturgistas españoles participaron en el Congreso de
Asís-Roma, cuyas actas fueron publicadas en castellano.
Uno de los
últimos momentos del movimiento tuvo lugar en 1961: la asamblea de
metropolitanos creó
Esta
última etapa significó el resurgir del movimiento; la
iglesia encontró un gran tesoro: un maravilloso grupo de
liturgistas, que impulsaron la renovación, la cual inundó la
nación y llevó la renovación a todas las diócesis.
Se intentó abandonar el rubricismo y pasar a la verdadera liturgia. Esta
etapa realizó un trabajo nunca seriamente reconocido:
Movimiento lit.
en España
preparó la
iglesia española para asimilar la reforma litúrgica.
NOTAS: Cf M.
Álamo, Evocando cincuenta años de apostolado litúrgico, en
Liturgia 1 (1946) 271; C. Floristán, Espagne, en "
Cf C. Floristán, ib. 121 —
Cf C. Floristán, ib, 121-123.
J. M.
González Jiménez
BIBLIOGRAFÍA:
1. Estudios
generales
Álamo M.,
Evocando cincuenta años de apostolado litúrgico, en
"Liturgia" 1 (1946) 267-275, 306-313; Bustamante J.L., Cincuenta
años de Liturgia, en "Ilustración del clero" 51 (1957)
381-390; Carreras L., Le mouvement lilurgique en Espagne, en Cours et Conferences
de Semaines liturgiques, tomo II: / Cong. international de Anvers 1930
(Mont-César 1930) 125-140; Floristán C , Espagne. en "
Mujer
1332; La
constitución en su contexto histórico: coronación de un
proceso, historia del movimiento litúrgico en función de la
reforma conciliar, en Morcillo González C. (ed.), Concilio Vaticano
II, tomo I: Comentarios a
175.
2. Documentos
Guía del
congrés litúrgic de Montserrat,
Montserrat 1915.
3. Estudios
Baixauli M.,
Primer congreso nacional de música sagrada, "Razón y
Fe" 19 (1907) 266268; Franquesa A., El congrés de 1915 i la
seva significado histórica, en Abadal i de Vinyals,
R. d' (ed.), //
Congrés litúrgic de Montserrat, vol. 1, Montserrat 1958, 5-36; El
moviment litúrgic a Montserrat, en 75 anys de patronage de
SUMARIO: 1.
¿Por qué una voz "mujer"? - II. En la biblia y en la
tradición: I. La mujer en el AT; 2. La mujer en el NT: a) En tiempos de
Jesús, b) La actitud de Jesús, c) Las primeras comunidades
cristianas, d) María; 3. Viudas y vírgenes en la iglesia de los
primeros siglos; 4. Las diaconisas en la tradición oriental - III.
¿Ordenación presbiteral de las mujeres?: 1. Desde los
años del Vat. II; 2-"Ínter insigniores"; 3. Un problema
teológico todavía abierto - IV. Otras funciones y ministerios:
Legislación actual: 1. La exclusión del altar; 2. Las
"funciones varias": a) La función de lector, b) La
distribución de la comunión, c) Otros ministerios menores, d) El
canto litúrgico, ej Comunidades sin presbítero;
3. Con la praxis
debe cambiar también la mentalidad - V. Temas, signos, lenguaje: 1.
Santidad femenina; 2. Lenguaje y signos - VI. Doctrina y praxis de las otras
comunidades cristianas.
1388
I. ¿Por
qué una voz "mujer"?
No hace muchos años,
para un diccionario de liturgia habría bastado con señalar
la presencia —generalmente mayoritaria— de las mujeres en la
asamblea litúrgica, remitiendo a la voz ministerio para las funciones
que las mujeres no podían desarrollar o subrayando la importancia
que se da a la mujer en toda la oración de la iglesia en la persona
de María, acompañada por una corona de santas: vírgenes,
mártires y, excepcionalmente, "ni vírgenes ni
mártires". Pero el Vat. II, que se ha pronunciado
—más aún, ha juzgado indispensable— por que todos los
miembros de la familia de Dios "participen consciente, activa y
fructuosamente" en la liturgia (SC 11), ha advertido también
la realidad de una discriminación contra las mujeres en la sociedad (GS
29) y ha admitido, indirectamente, su existencia en la iglesia: "Como en
nuestros días las mujeres tienen una participación cada vez mayor
en toda la vida de la sociedad, es de gran importancia su participación,
igualmente creciente, en los diversos campos del apostolado de la iglesia"
(A A 9). ¿Qué implica esto en el campo litúrgico?
Antes del Vat.
II, a excepción de los servidores de la misa (generalmente los
monaguillos), las mujeres, religiosas o laicas, podían hacer todo lo que
podían hacer los hombres no ordenados, es decir, ¡muy poco!
Prácticamente: asistir a la celebración y proporcionar
algún servicio marginal (preparar el altar, recoger las ofrendas, etc.).
Es verdad que hacía ya tiempo el / movimiento litúrgico
había promovido en algunos ambientes una presencia más participada:
la misa dialogada en latín, el canto gregoriano. Pero tras el concilio
y la reforma litúrgica, en el nuevo clima de corresponsabilidad
eclesial, todo límite puesto a la participación 1389
plantea un
problema, o al menos suscita interrogantes. Los límites constatados,
¿tienen razones profundas?; ¿son inherentes a la naturaleza
de la liturgia o se deben solamente a una mentalidad cultural, a prejuicios
radicados en los ambientes eclesiásticos?; ¿vienen de la
gran tradición
o de las
pequeñas tradiciones cambiables?
La necesidad de
acoger también en la iglesia las justas reivindicaciones de
participación y de responsabilidad de las mujeres en la sociedad ha
sido además recalcada con fuerza en el sínodo de los obispos de
1971, donde se defendió, en el debate sobre el sacerdocio
ministerial, el principio de una "diversificación de los
ministerios" y se reivindicó su aplicación
también a las mujeres '. Dejando aparte por el momento la
atención prestada a estas deliberaciones, recordemos, finalmente,
la participación de la iglesia católica en el Año
internacional de la mujer (1975) y en
Mujer
mento se hace
más favorable para llevar adelante una investigación en este
sentido también en los diversos ámbitos de la vida de la iglesia,
incluido el litúrgico; una investigación (que todavía
está en el estadio inicial) para individualizar, con fidelidad
a la tradición, pero superando muchos prejuicios del pasado, posibles
desarrollos de un culto litúrgico cada vez más fuente y cumbre de
la vida de todo el pueblo de Dios, hombres y mujeres. Tal estudio, sin comprometer
la unidad esencial de la iglesia, deberá tener presente la diversidad
de culturas y los esfuerzos actuales por la incultur ación. Necesariamente
tiene que ocuparse de los autores de la liturgia: asamblea y ministros;
sus contenidos y lenguaje: temas, signos, símbolos; las orientaciones
pastorales de formación y animación.
II. En la biblia
y en la tradición
Los
límites establecidos para la participación de la mujer en el
culto público deben ser considerados en el contexto socio-cultural de
tiempos y lugares; pero desde las primeras páginas de la biblia y a
lo largo de toda ella aparecen aspectos que revelan la acción del
Espíritu también en este campo de la vida del pueblo de Dios.
1.
Mujer
sido creados
iguales. Según la más antigua narración (yavista) de la
creación, su relación recíproca de personas llamadas a
formar "una sola carne" (Gen 2,24) debe ser una relación de
donación mutua, de comunión de amor, mientras que en la
narración sacerdotal, más tardía, la dignidad del hombre y
de la mujer es comparada con la del mismo Dios: "Dios creó al
hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, macho y hembra los creó"
(Gen 1,27). Pero la relación interpersonal fue corrompida profundamente
por el pecado común de la pareja. El hombre se hizo dominador de la mujer;
el marido es el dueño, y la mujer es propiedad suya. En el resto del AT
encontramos que la mujer es apreciada sobre todo por su fecundidad, como
madre y portadora de vida. Se la excluye no sólo del sacerdocio (de
Leví, de Aarón, de Sadoc), sino también de todo tipo de
servicio litúrgico, a causa de su periódica impureza legal
(Lev 15,19ss) y del rechazo por parte de Israel de los cultos paganos
de fertilidad. Pero las mujeres forman parte del pueblo mesiánico;
deben ser instruidas en la ley (Dt 31,9-13); están sujetas a las
prohibiciones de
1390
todo marginal en
la acción cultual, el sentido profundo de la creación del ser
humano, macho y hembra, encuentra expresión de una belleza perenne en el
tema profético de la alianza de amor entre Dios y el hombre; en el
simbolismo nupcial, que se reanudará en el NT y especialmente en la
enseñanza paulina acerca de la unión conyugal, expresión
del misterio de la unión de Cristo con la iglesia.
2.
b) La actitud de
Jesús. Todo es novedad en el comportamiento de Jesús en relación
con la mujer. En los últimos años, las discusiones en torno al
tema de la ordenación de las mujeres han dado como fruto inesperado el
gozoso descubrimiento de la presencia de las mujeres en la vida pública
de Jesús; hasta se ha hablado de un Jesús feminista*. Mencionemos
solamente algunos aspectos que parecen tener una relevancia
particular para la participación de las mujeres en el culto cristiano.
Ante todo hay que mencionar
1391
el hecho de que
Jesús no se atiene a las prescripciones de pureza legal: alaba la fe de
la hemorroísa, que había tenido la osadía de tocarle
el manto (Me 5,25-34); perdona con dulzura los pecados de la pecadora que, en
casa de Simón el fariseo, había regado de lágrimas
sus pies (Le 7,37-50). En contraste con la poca fiabilidad concedida a los
testimonios de las mujeres en el derecho judío, hace de la
misma samaritana una mensajera de salvación; preanuncia a Marta su
propia resurrección y recibe su admirable profesión de fe (Jn
11,25-27); y, sobre todo, a las mujeres que lo habían seguido hasta la
cruz les confía el encargo del primer anuncio pascual a los Once,
que serán los testigos oficiales del Resucitado (Mt 28,8; Le
24,9-11; Jn 20,17-18). Finalmente, Jesús no sólo acepta a una
mujer, María de Betania, en la actitud de discípulo que
escucha su palabra (Le 10,39), y permite que le siga un grupo de mujeres
que le asisten con sus bienes (Le 8,13; Mt 27,55-56; Me 15,40-41), sino
que en su enseñanza, en las parábolas y en las
señales milagrosas los temas que se refieren a los hombres están
frecuentemente completados con otros que se refieren más a las mujeres
(cf Le 15,4-10: la parábola de la oveja perdida, seguida por la de la
dracma perdida). El mensaje de Jesús es para toda la humanidad. Su
palabra y sus acciones revelan los pensamientos profundos, las angustias y
las aspiraciones de los hombres y de las mujeres, enseñan a todos
el lenguaje de la fe y de la alabanza de Dios.
c) Las primeras
comunidades cristianas. El día de pentecostés también
las mujeres, entre ellas María, reciben el Espíritu Santo (He
1,14), y a continuación muchas mujeres colaboran a la
difusión de la fe. Ya no existe un rito de iniciación reservado
Mujer
a los hombres;
hombres y mujeres reciben un mismo bautismo y son llamados por igual a la
salvación y a la santidad. Pablo proclama su total igualdad en Cristo
(Gal 3,26-28). Pero ¿qué criterios se adoptan respecto a las
mujeres en la vida y el culto de las primeras comunidades? Aquí
encontramos las conocidas normas disciplinares para las asambleas
litúrgicas (1 Cor 14,34-35; 1 Tim 2,11-15); en la medida en que se inspiran
solamente en las concepciones judías del tiempo, no deben ser consideradas
como vinculantes fuera de aquel contexto. Pablo reconoce a las mujeres el
derecho a orar y a profetizar en las asambleas de culto, prescribiéndoles
solamente que tengan un velo en la cabeza (1 Cor 11,2-16); y la exégesis
reciente interpreta este velo como signo no de sumisión, sino de la
autonomía de que goza la mujer respecto del hombre cuando se dirige a
Dios \ La vida de la comunidad exige servicios, ministerios para las
diversas actividades de evangelización y de culto; y está claro
en los Hechos y en las Cartas que también las mujeres ejercen ministerios,
pero la situación es bastante fluida. A las mujeres no corresponde,
en todo caso, la presidencia de la asamblea ni el anuncio oficial del mensaje;
no deben ejercer autoridad sobre el hombre (1 Tim 2,12). Pablo VI, al
proclamar a Teresa de Ávila doctor de la iglesia, se defendió
de la acusación de querer cambiar la norma paulina —"las
mujeres callen en las reuniones" (1 Cor 14,34)—, que "quiere
decir, todavía hoy, que la mujer no está destinada a tener en la
iglesia funciones jerárquicas de magisterio y de ministerio"".
d) María.
Si algunas mujeres tuvieron un papel importante en el seguimiento y
al servicio de Jesús, y luego en las primeras comunidades Mujer
es claro que el
papel de María es sin parangón, desde el momento en que "da
su consentimiento activo y responsable... a aquella obra de los siglos,
como se ha llamado justamente a la encarnación del Verbo"
(Mañalis cultus 37) hasta Pentecostés y a la acción
con la que sostiene la fe de la comunidad apostólica. Con el Magníficat
de María la liturgia de todos los tiempos cantará la misericordia
del Dios omnipotente, y Pablo VI presentará a María como modelo
de "actitud espiritual" en el ejercicio del culto para toda la
iglesia: en la escucha de la palabra de Dios, en la oración,
en el ofrecimiento (Marialis cultus 16-20). Pero el papel de María
no fue ministerial, de gobierno, de enseñanza, de culto oficial, como a
los padres les gustaba recordar; y es precisamente el carácter
único de su función el que la incapacita para servir de
norma en la determinación de las funciones que deben confiarse a las
mujeres en la vida de la iglesia.
3. VIUDAS Y
VÍRGENES EN
fra, 4]. Las
viudas que ya no son jóvenes forman un orden (viduatus), pero la viudez
no es una función: es un estado de vida, elevado, en el orden, al ideal
ascético y organizado. Las viudas no están ordenadas, sino
inscritas o constituidas; no prestan un servicio litúrgico, sino que
están dedicadas a la oración y practican el ayuno; visitan a
los enfermos y les imponen las manos, pero no se trata de una función;
es una intervención de tipo carismático, privilegio de la
vida santa.
1392
Al principio las
viudas servían como criterio de imitación a las vírgenes
(en el s. II encontramos las "vírgenes llamadas viudas").
Posteriormente se las asoció a las vírgenes mismas. A partir del
final del s. IV, el orden de las viudas desaparece progresivamente con el
auge de la vida monástica. Desde el s. iv existe el rito de /
consagración de vírgenes, que confiere un estatuto oficial
en la iglesia y asocia a las vírgenes, desde cierto punto de vista, al
clero; pero no puede confundirse con un rito de ordenación.
Sabido es, finalmente, que ni siquiera las abadesas, que en el medievo
ejercieron poderes de jurisdicción, tuvieron jamás poderes
inherentes al sacramento del orden.
Solamente en
algunas sectas heréticas, especialmente entre los montañistas,
encontramos mujeres que enseñan, bautizan (fuera de los casos de
necesidad), administran la eucaristía, tienen funciones episcopales
y presbiterales. Pero la exclusión de las mujeres de la enseñanza
pública y de las funciones sacerdotales en la iglesia no se debía
a la preocupación por distinguirse de la herejía o del ambiente
greco-romano (que conocía diversos sacerdocios femeninos); se
trataba sencillamente de no poner en cuestión lo que se consideraba
que era una opción precisa del Señor.
4. LAS DIACONISAS
EN
y las
Constituciones apostólicas (finales del s. iv). En
nación
litúrgica de las diaconisas.
En las
Constituciones apostólicas la función de las diaconisas consiste
ante todo en ayudar al obispo o al presbítero en el bautismo de las mujeres;
pero, además, a las diaconisas se les asigna también un papel
activo en la asamblea litúrgica: el de acoger a las mujeres que entran
en la iglesia, prestando atención particularmente a las forasteras y las
pobres y asigMujer
nando a cada una
su puesto. Su tarea es compartida con los ostiarios, y también con
los subdiáconos y diáconos. Se insiste en la
prohibición para las mujeres de enseñar o de bautizar (ministro
del bautismo es solamente el obispo o, con el permiso del obispo, el
presbítero). El hombre es "cabeza de la mujer", es
"elegido para el sacerdocio". Va "contra la
naturaleza" permitir a las mujeres realizar "acciones
sacerdotales"; es "el horror de la impiedad pagana, y no ya la ley de
Cristo" (III, 9,2-3). El cometido pastoral de las diaconisas sigue siendo
principalmente la asistencia a las mujeres creyentes; pero se añade
otro ministerio extralitúrgico: el de hacer de mediadoras,
acompañando a las mujeres cuando tengan que hablar con el diácono
o con el obispo; en este servicio, la diaconisa es considerada como imagen
del Espíritu Santo: "Como no se puede creer a Cristo sin la
enseñanza del Espíritu Santo, así sin la diaco
nisa no se
acerque ninguna mujer al diácono o al obispo" (II, 26,6).
Las diaconisas
son ordenadas mediante imposición de manos (cheirotonía),
como el obispo, el presbítero, el diácono, el subdiácono y
el lector. La ordenación se hace en público y a los pies del
altar dentro del santuario, como la de los obispos, presbíteros,
diáconos (pero no la de subdiáconos y lectores). La
fórmula usada es la de la ordenación del obispo, del
presbítero o del diácono: "La divina gracia, que cura
siempre lo que es débil y suple lo que es defectuoso, promueve a N. a
diaconisa. Oremos, pues, por ella, a fin de que venga sobre ella la gracia del
Santísimo Espíritu". La diaconisa es asimilada al
diácono también por la estola diaconal (que no llevan los
subdiáconos y lectores), que le da el obispo al final del rito, puesta
en torno al cuello, bajo el velo. Finalmente, después de la
ordenación, a la diaconisa se le da
Mujer
la
comunión como a los diáconos, es decir, recibiendo el
cáliz de manos del obispo; con la diferencia de que, mientras el
diácono va seguidamente a llevar el cáliz a los comulgantes que
están fuera del santuario, la diaconisa, una vez recibido el
cáliz, lo deja encima del altar [/ Ministerio, IV, \,b\
A partir del s.
iv, en la zona griega, la posición de la diaconisa alcanza su
máximo desarrollo, antes de su decadencia en los ss. xi-xn. Al
desaparecer el bautismo de los adultos, comienza a venir a menos también
la institución de las diaconisas; y, donde todavía
continuó por algún tiempo, se convirtió en algo puramente
honorífico, conferido a damas de alto rango (con tal de que fuesen
vírgenes o viudas monógamas) o a monjas y abadesas de monasterios.
A pesar de la dificultad de interpretar hechos surgidos en contextos tan
diversos, parece, sin embargo, que se puede concluir que, en virtud del uso de
la iglesia, las mujeres pueden recibir un orden diaconal asimilado, por
naturaleza y dignidad, al de los diáconos. Y si es verdad que en la
tradición bizantina el cometido litúrgico de las diaconisas
fue bastante más restringido que el de los diáconos, la
situación está ampliamente superada en el uso actual de las iglesias.
Un diaconado femenino podría tener funciones mucho más amplias.
Evidentemente, hay que distinguir siempre entre la legitimidad de una propuesta
de praxis eclesial y su oportunidad pastoral en determinados contextos.
III.
¿Ordenación presbiteral de las mujeres?
El problema que
desde hace algunos años condiciona de diversas maneras la
participación ministerial activa de la mujer en la liturgia es el
de 1394
la
exclusión de la ordenación presbiteral. Quien es favorable a
la ordenación de las mujeres frecuentemente duda en aceptar
otras formas de participación para no prejuzgar esta meta; quien, por el
contrario, se opone a la ordenación, desconfía de otras
concesiones que podrían ser interpretadas como otros tantos pasos
hacia el presbiterado. Y, sin embargo, "ningún teólogo o
canonista hasta estos últimos decenios ha pensado que se tratase de
una simple ley de la iglesia"': así escribe
1. DESDE LOS
AÑOS DEL VAT. II. No obstante este hecho irrefutable, desde los
años sesenta y con una rápida escalada después del
sínodo de obispos de 1971, la cuestión se ha planteado dentro de
la iglesia católica, en particular —pero no exclusivamente—
en algunos ambientes teológicos y feministas de los Estados Unidos
de América y de Europa. Al mismo tiempo, la praxis cada vez más
generalizada a abrir todos los ministerios a las mujeres en las iglesias
de la reforma, y por fin en algunas iglesias anglicanas, hacía
indiferible una respuesta por parte del magisterio
católico"'.
El 23 de octubre
de 1974, monseñor E. Bartoletti, entonces secretario de
jurisdicción,
y sobre todo una respuesta motivada al problema del acceso de la
mujer al ministerio ordenado..., "una respuesta no sólo disciplinar,
sino eclesiológica, tal que haga inteligible la praxis de la iglesia,
partiendo de estudios bíblicos, históricos y de la
tradición viva de la iglesia tanto latina como oriental"l2.
Posteriormente, durante el Año internacional de la mujer, Pablo VI
reafirmó la norma tradicional de la iglesia en varios discursos y en su
carta del 30 de noviembre de 1975 al arzobispo de Canterbury. La respuesta
motivada llegó con la declaración ínter insigniores y el
comentario oficial, publicados el 28 de enero de 1977» [/ Sacerdocio,
V, 4, b].
2.
"ÍNTER INSIGNIORES". Declaración y comentario
reafirman fuertemente la norma de la exclusión, basándose en
la actitud de Jesús y de los apóstoles y de la tradición
de la iglesia: Jesús no eligió apóstoles entre las
mujeres, a pesar de que se mostró sumamente libre frente a los
prejuicios y a los tabúes de la cultura judía en relación
con la mujer. Ni siquiera confirió el ministerio apostólico
a su madre, "tan estrechamente asociada al misterio de su divino
Hijo". Por eso la iglesia, "por fidelidad al ejemplo de su
Señor, no se considera autorizada para admitir a las mujeres a la
ordenación sacerdotal". Pero se distingue claramente entre
esta parte normativa del documento y la reflexión teológica
con la que, "mediante la analogía de la fe", se intenta
iluminar la "profunda conveniencia... entre la naturaleza propia del
sacramento del orden, en su referencia específica al misterio de Cristo,
y el hecho de que solamente los hombres han sido llamados a recibir
la ordenación sacerdotal". En esta reflexión, "que
no compromete al magisterio" (comentario), no se trata de
"argumentación
Mujer
demostrativa";
antes bien, se manifiesta el deseo de ulteriores profundizaciones en
el tema.
La
declaración rechaza explícitamente toda argumentación
basada sobre "prejuicios desfavorables a la mujer", sobre
"presunta superioridad del hombre sobre la mujer", sobre
cualquier "superioridad personal en el orden de los valores". El comentario
es todavía más explícito en lo que se refiere a los
"argumentos presentados en el pasado", que hoy no son "muy
sostenibles"; y sobre "el influjo innegable de los prejuicios
desfavorables a la mujer" en los escritos de algunos padres de la
iglesia. Si la mujer está excluida de la ordenación
sacerdotal, no es, pues, porque sea "impura" o tentadora del
hombre, no es en cuanto "varón deficiente" (mas
occasionatus), según la teoría aristotélica, o porque sea
incapaz de toda función de preeminencia, nacida en un estado de subordinación
al hombre ("quia mulier statum subjectionis habet": S. Th., Suppl. q.
39, a. 1). Ni se apela tampoco a algunos argumentos más recientes,
a un psicologismo barato (la mujer naturalmente "dócil";
inepta para hablar en público; no sabría conservar los secretos
de la confesión...) o a una conveniencia puramente exterior
vinculada a situaciones culturales (la mujer que aburriría desde el
altar...). Se intenta, si no se puede dar todavía una inteligibilidad
plena a la praxis de la iglesia, al menos abrir pistas válidas de
reflexión para la teología.
El elemento
teológico más importante es el que proporciona el
análisis del sacramento del orden; está resumido en el
comentario en los términos siguientes: "1. El sacerdote, en la
administración de los sacramentos, que exigen el carácter de
la ordenación, actúa no en nombre pro
Mujer
pió, en
persona propia, sino in persona Christi; 2, Esta fórmula, tal como
la ha entendido la tradición, exige que el sacerdote sea un signo, en el
sentido que se da a este término en teología
sacramentaría; 3. Y porque precisamente es signo de Cristo
salvador, debe ser un hombre y no puede ser una mujer". Es verdad que el
presbítero actúa también in persona ecclesiae (y los
rasgos femeninos de la iglesia esposa de Cristo deberían poder ser representados
por una mujer); pero si el presbítero representa a la iglesia, es
"porque ante todo representa a Cristo mismo, que es cabeza y pastor de la
iglesia", como enseña el Vat. II (cf LG 28). Puesto que para el
signo sacramental se pide una "semejanza natural", según
el principio enunciado por santo Tomás: "signa sacramentalia
ex naturali similitudine repraesentent" (IV Sent. dist. 25, q. 2, a. 2,
q.« 1, ad 4), no basta con una simple semejanza física, que
también debe existir, sino que se pide también aquello de lo
que es símbolo el ser-hombre o el ser-mujer: ser imagen del Dios trinitario
en el don recíproco de dos personas diversas; la corporeidad se
convierte en símbolo que lleva más allá de uno mismo l4.
Se trata, dice la declaración, de "expresar y alcanzar al hombre y
la mujer en su profunda identidad". Pero admitir que ser cabeza
—es decir, en cierto sentido, el primero— pertenece al simbolismo
del hombre y no al de la mujer como tal, equivale, para muchos de nuestros
contemporáneos, a apoyar una antropología que niega la dignidad
de la mujer, consagrar su inferioridad y abrir la puerta a todas las formas
de dominación y de explotación que a través de los siglos
han viciado las relaciones hombre/mujer en perjuicio especialmente de la mujer.
No hay, pues, que maravillarse de que la declaración haya suscitado no
sólo decepción en algunos por la
1396
reafirmación
de la norma, sino también ásperas críticas desde el
plano teológico ".
3. UN PROBLEMA
TEOLÓGICO TODAVÍA ABIERTO. La discusión sigue
abierta; y las polémicas de los últimos años han
tenido el mérito de estimular la reflexión sobre la naturaleza
del sacramento del orden, de haber demostrado sobre todo la urgencia de
una profundización de la antropología teológica, de una antropología
que no ignore los desarrollos de las ciencias humanas, pero que refleje la
luz de la revelación y tenga en cuenta la tradición de la
iglesia; falta todavía una teología de la creación
que pueda ser, por una parte, interlocutora adecuada de las ciencias humanas y,
por otra, trampolín para la oración de alabanza que el
hombre (varón o mujer) debe elevar al Dios creador.
En la norma que
reserva a los hombres el sacerdocio ministerial quizá podríamos
ver no la última ciudadela de la misoginia eclesiástica, la
"punta del iceberg" del antifeminismo católico ",
sino más bien una expresión —en medio de tantos
cambios necesarios referentes al "puesto de la mujer"— de lo
que no cambia: la luz irradiada sobre la relación fundamental
hombre/mujer por la relación Cristo/iglesia, la relación
entre Dios y la humanidad, en toda la economía de la salvación. Y
nos parece que para ver (o entrever) la relación hombre/ mujer en
toda su profundidad de relación interpersonal, en la igualdad fundamental
de personas diversas —donde prioridad no es superioridad—,
debemos remontarnos hasta la analogía de
1397
IV. Otras
funciones o ministerios: legislación actual
El hecho mismo de
que el ministerio presbiteral esté reservado a los hombres hace
necesario un esfuerzo máximo para explotar y desarrollar todas las
posibilidades de participación femenina; y esto no sólo por
un deber de justicia para con la mujer, sino más bien para realizar una
plenitud, humana y divina en todos los sectores de la vida de la iglesia,
incluida la liturgia. Y las posibilidades son muchas, a pesar de que
todavía queda mucho por hacer en esta dirección.
1.
Mujer
las épocas
sucesivas. Se trata con frecuencia del concepto de impureza, relacionado con
todo lo referente al sexo, especialmente por lo que respecta al miedo
inspirado por la potencia del sexo femenino, y muy particularmente
por la sangre menstrual. Hemos visto que Jesús en sus
comportamientos rechaza estas concepciones; enseña que la
única impureza es la que procede del corazón del hombre (Mt
15,18). Pero el ejemplo de Jesús no ha sido capaz de abolir
prejuicios y tabúes profundamente arraigados en la cultura y la
mentalidad religiosa. El concilio de Nicea, en el año 325, decreta:
"Todas las mujeres fieles y cristianas deben abstenerse de entrar en la
casa de Dios... durante todo el período de su menstruación, e
igualmente de recibir la comunión"18. En el s. xvm encontramos
todavía en
Al menos a nivel
de motivación consciente, este concepto de impureza y los
consiguientes tabúes son ajenos a la mentalidad moderna. Las
"diversas funciones" a las que se refiere
Mujer
2. LAS
"FUNCIONES VARIAS". El cuadro completo de las "funciones que la
mujer puede desempeñar en la liturgia" —precisadas generalmente
en los primeros documentos posconciliares con la anotación
"cuando falte un hombre idóneo" o "fuera del
presbiterio"— comprende:
a) La
función de lector.
que se encuentra
al inicio de la edición oficial castellana del Misal Romano
publicada por
(n. 70). En nota
se cita la instrucción Liturgicae instaurationes (1970), que dice:
"Es lícito a las mujeres hacer las lecturas, menos el evangelio.
Sírvanse para ello de los medios modernos de la técnica
de forma que puedan oírlas todos con facilidad"
(n. 7, a; cf
Pastoral litúrgica 54-55,
p. 16; cf OLM
(1980) 54).
b) La
distribución de la comunión. La instrucción
Liturgicae instaurationes precisaba: "Distribuir la comunión
es oficio, en primer lugar, del sacerdocio celebrante, luego del diácono
y, en algunos casos, del acólito.
1398
pan
eucarístico, lo distribuyan a los demás fieles y lo lleven a los
enfermos en sus casas" (1, I). La instrucción
concedía así a todos los obispos, en forma general, una
facultad que ya podían pedir y obtener de
c) Otros
ministerios menores. Otros servicios o ministerios "inferiores a los
propios del diácono" y que deben realizarse "fuera del presbiterio"
están señalados como abiertos a las mujeres en
(n. 7b,d-e).
d) El canto
litúrgico. La instrucción sobre la música en la
sagrada liturgia Musicam sacram, del 5 de marzo de 1967, establece en el n. 22
que la schola cantorum puede estar compuesta tanto de hombres como de mujeres;
y donde el caso verdaderamente lo exija, de sólo mujeres; cuando
comprenda también mujeres, póngase fuera del presbiterio (
1399
e) Comunidades
sin presbítero. La instrucción ínter oecumenici, del 26 de
septiembre de 1964, había establecido ya (n. 37), sin
restricción de sexo: "En el lugar en que falte sacerdocio, si no
hay ninguna posibilidad de celebrar la misa, en los domingos y en las
fiestas de precepto favorézcase, ajuicio del ordinario del lugar,
la celebración de la palabra de Dios, bajo la presidencia de un
diácono o también de un laico delegado para eso". Es
conocido el desarrollo que ha tenido esta previsión, y el papel
importante desarrollado en este campo por muchas mu
jeres,
especialmente religiosas. Un documento del año 1975 de
Para todo este párrafo,
cf can. 230, §§ 1-3, del nuevo CDC de 1983.
3. CON
Mujer
TAMBIÉN
Los
obstáculos que se oponen a esta participación vienen ante todo de
mentalidades cerradas, que con demasiada frecuencia todavía desconfían
de los laicos en general y de las mujeres en particular; mentalidades de
hombres laicos que no han superado todavía el complejo de superioridad
machista; pero también mentalidades de mujeres, acostumbradas en
ambientes eclesiales a la subordinación y demasiado proclives a
escabullirse, incluso cuando en la sociedad civil llevan responsabilidades
importantes. En la misma legislación de la iglesia, como hemos
visto, los ministerios abiertos a las mujeres se presentan generalmente como de
suplencia o extraordinarios. La responsabilidad efectiva de la mujer con
frecuencia no es reconocida. Falta conciencia de la necesidad que
tiene la iglesia de la contribución específica de la mujer.
Queda mucho por profundizar en experiencias de hecho: se da a una mujer la
responsabilidad de una parroquia (haciéndola párroco casi en
todo), pero no se hace un esfuerzo por profundizar en aquello que po
dría ser
para los tiempos modernos
Mujer
un ministerio
diaconal ejercido por una mujer en virtud de una verdadera
ordenación; se admite un coro de religiosas porque faltan voces masculinas,
pero no se advierte el significado eclesial que puede tener en la liturgia
solemne esta participación coral y orante de mujeres que están
dedicadas a la oración y al servicio de la iglesia.
V. Temas, signos,
lenguaje
1. SANTIDAD
FEMENINA. La liturgia alaba a Dios en sí mismo, en la incomparable
Madre del Verbo encarnado, en sus ángeles y en sus santos.
Aquí nos referiremos sólo a sus santas.
Antes de la
reforma posconciliar, la santidad femenina se calificaba en la liturgia
principalmente en términos de virginidad (categoría reservada
a las mujeres) o de martirio —en este último caso el don de la
fortaleza se subrayaba siempre con la expresión un poco despectiva para
con el sexo femenino: "etiam in sexu fragili"—. Las
demás santas se encontraban agrupadas bajo la denominación
negativa de la celebración "pro nec virgine nec martyre", que
daba de la mujer virtuosa la imagen veterotestamentaria de Prov 31,10-31,
imagen bella y rica de una feminidad que no tiene nada defrágil, aun
cuando, para ciertos gustos modernos, puede parecer demasiado unilateralmente
vista bajo el aspecto de la comodidad del marido. La liturgia actual
usa una terminología más igua
litaria para
"los santos" y "las santas" (desaparece la categoría
exclusivamente masculina de los con
fesores) y ofrece
una mayor variedad de lecturas y de oraciones: para las vírgenes admite,
como primera lectura del tiempo pascual, el gran poema del amor
esponsal del Cantar de
1400
los Cantares o de
Oseas, como en la bella liturgia del rito renovado de la / consagración
de vírgenes, aplicable no sólo a las monjas, sino también
a mujeres que viven "en el mundo".
Otros retoques,
que respetan más la sensibilidad femenina o sirven para valorar la
aportación de las mujeres a la misión de Cristo y de la iglesia,
se refieren a la conmemoración de cada una de las santas. La nueva
misa de santa María Magdalena (22 de julio), por ejemplo, celebra
(como la antigua) el amor de la ex-prostituta por su Salvador y Señor,
pero (a diferencia de la antigua) recuerda, en la oración, que precisamente
a ella quiso confiar el Resucitado "la misión de anunciar a
los suyos la alegría pascual"; y la misa de santa Marta (29 de
julio) ofrece
para el evangelio
la posibilidad de elección entre el recuerdo del hospedaje ofrecido
a Jesús (Le 10,38-42) y la narración de la resurrección de
Lázaro, que comprende la profesión de fe de Marta, paralela a la
de Pedro (Jn 11,27). Otros detalles personalizan más la
memoria de las santas (y de los santos); por ejemplo, las misas para la fiesta
de santa Margarita de Escocia (16 de noviembre) y de santa Isabel de
Hungría (17 de noviembre) celebran una santidad no ya genérica,
sino de "los que han practicado la caridad". Otra innovación,
que valdría también para los hombres, puede estar preanunciada
en la
institución de la fiesta de los santos Joaquín y Ana (26 de
julio): la celebración conjunta de marido y mujer que se santificaron
juntos, en la santidad de su amor conyugal, sin esperar a una santa viudez. El
futuro Juan Pablo I escribía desde Roma en
1401
2. LENGUAJE Y
SIGNOS. El uso de la lengua vulgar en la liturgia ha sacado a la luz
varios problemas. Entre ellos no puede pasar inadvertido —si bien
tampoco debe ser exagerado— el que deriva de la contestación
actual de todo lenguaje machista. En el contexto litúrgico, y en general
en el religioso, el lenguaje contestado comprende, por ejemplo, el uso exclusivo
de términos masculinos para indicar, conjuntamente, a todos los miembros
del pueblo de Dios. En varios puntos de la nueva liturgia, como en la
celebración del matrimonio, se han suprimido referencias que
podrían chocar con la sensibilidad moderna por lo que atañe
a la igualdad entre hombre y mujer. Pero la protesta feminista llega hasta el
rechazo de elementos fundamentales del sistema simbólico cristiano, y en
particular de la imagen de Dios-Padre, considerada como la
expresión de una sociedad patriarcal opresiva para la mujer y ya
superada. La teóloga holandesa Catharina Halkes, después de
haber resumido las posiciones más radicales en la materia de
algunas colegas americanas, expresa su posición personal en estos
términos: "Nos alegra el hecho de que ya ha aparecido la
receptividad para con los rasgos femeninos y maternos de Dios en
Mujer
les se turben
hasta al rezar el padrenuestro.
Otra
acusación hecha a veces a la liturgia romana es la de tener un lenguaje
demasiado abstracto. Pero en este campo hay que tener en cuenta la diversidad
de culturas y de sensibilidades personales, también entre las
mismas mujeres. Por lo demás, los defectos de lenguaje no se pueden
corregir sobre la mesa. Las expresiones aptas deben desarrollarse en lo
concreto de la experiencia y en la búsqueda común, de hombres y
mujeres, en clima de oración auténtica. También desde
este punto de vista es importante la presencia creciente de las mujeres en los
diversos organismos de animación litúrgica.
Hay que tener
siempre presente la diversidad de culturas no sólo para favorecer la
inculturación en las culturas particulares, sino también
para abrir el camino a una colaboración intercultural. Quizá
hayan de ser las culturas no europeas —cuando hayan madurado sus
expresiones litúrgicas, al mismo tiempo tradicionales y
originales— las que nos ayuden a dar una visibilidad apropiada a la mujer
en la oración oficial de la iglesia. Esto no comportará
necesariamente innovaciones, y menos todavía innovaciones
extrañas, como la augurada por el teólogo laico americano
Michael Novak en nombre del "realismo simbólico": un
ministerio femenino de representación de la iglesia y una
celebración eucarística en la que "sacerdote masculino y
celebrante femenino reflejarían juntos, con más
precisión que en los siglos anteriores, la unión de Cristo y de
su iglesia" 2\ La liturgia actual en la reevocación del misterio
pascual ofrece ya posibilidades menos radicales. ¿No se
podría pensar, por ejemplo, en la liturgia del viernes santo, en una
representación de María y de las "piadosas mujeres" en
la adoración solemne de la cruz? (en cambio,
Mujer
actualmente, al
tener que reducir por
motivos
prácticos el número de los
participantes en
el gesto ritual, todo
se reduce
generalmente a hacer una
selección
entre el clero presente).
No se trata de
buscar una liturgia feminista; más bien se quiere desarrollar una
liturgia que, en sus temas, signos y lenguaje, sea más apta para que por
ella exprese la alabanza de Dios también "la mujer contemporánea";
la mujer que quiere ser, como María de Nazaret, "aunque
completamente abandonada a la voluntad del Señor, ... algo del todo
distinto de una mujer pasivamente remisiva o de una religiosidad alienante";
la mujer que intenta "secundar con espíritu evangélico
las energías liberadoras del hombre y de la sociedad"
(Marialis cultas 37).
VI. Doctrina y
praxis de las otras comunidades cristianas
Un último
aspecto que se debe tener presente es el impacto en el mundo
católico de la situación ecuménica y de la praxis de
las otras iglesias y comunidades cristianas ".
Por lo que se
refiere al problema de la ordenación, ya hemos visto que la
publicación de la ínter insigniores se debió a la
necesidad de responder oportunamente a la situación creada en el plano
ecuménico; hacíamos notar que, en los trabajos del Consejo
ecuménico de las iglesias, la cuestión de la admisión de
las mujeres a la ordenación sacerdotal se había planteado
"ante la conciencia de todas las confesiones cristianas, obligándolas
a examinar su posición de principio"; y la preocupación se
originaba sobre todo al ver que eran ordenadas mujeres "en algunas comunidades
que pretendían conservar la sucesión apostólica del
orden", y particularmente en las comunidades
1402
anglicanas, donde
se creaba un problema grave para el diálogo con la iglesia
católica. Hoy, de hecho, se puede decir que en la gran mayoría de
las iglesias protestantes todos los ministerios están, al menos en
teoría, abiertos a la mujer. Pero, dado que estas iglesias no tienen un
concepto sacramental del sacerdocio ministerial, la ordenación es
considerada como asunto más bien disciplinar que teológico; las
mismas mujeres que se preparan a la ordenación, o que la han recibido,
ponen el acento más en los aspectos pastorales del ministerio, en la
participación en las funciones de dirección de la iglesia, que en
los aspectos litúrgicos. La comunión anglicana está
profundamente dividida en este punto. Sólo las iglesias ortodoxas y
la iglesia viejocatólica ("Unión de Utrecht") permanecen
unánimes en rechazar la ordenación presbiteral o episcopal de
mujeres. Los ortodoxos tienen en la actualidad diaconisas —oficio que ha
sido reinstaurado después de haber desaparecido por un largo
período—, pero las diaconisas modernas tienen
responsabilidades pastorales
o misioneras, no
litúrgicas.
Los motivos
teológicos invocados por los ortodoxos para la exclusión de las
mujeres del presbiterado son esencialmente los mismos, escriturísticos
o de tradición, que encontramos en la ínter insigniores. Se
insiste mucho también en el carácter icónico del
sacerdocio ministerial: "El presbítero es icono de Cristo; y lo
mismo que el Cristo encarnado se hizo no sólo ser humano, sino
varón —y en el orden de la naturaleza los cometidos del
varón y de la mujer no son intercambiables—, es necesario que
el presbítero sea varón"2'. No parece que esta
posición oficial sea contestada por el pueblo fiel27. Hay que recordar
también la importancia que dan los ortodoxos a la relación
entre las mujeres —María 1403
antes que ninguna
otra— y el Espíritu Santo; pero, escribe Evdokimov, "si
la mujer está vinculada ónticamente al Espíritu
Santo, este vínculo tiene valor y significado universal
solamente si el varón, por su parte, está ónticamente
vinculado a Cristo"28.
El impacto de la
experiencia ecuménica y de los contactos que se van teniendo con
las diversas iglesias y comunidades eclesiales no se refiere, sin embargo,
exclusivamente al problema de la ordenación; en un plano más
general estos contactos han podido estimular en los ambientes católicos
la toma de conciencia y la reflexión teológica sobre la participación
de la mujer en toda la vida eclesial. El contacto con grupos ecuménicos
de oración, y con la misma vida cultual de las confesiones que admiten a
Jas mujeres a desempeñar cargos pastorales, puede contribuir al
crecimiento de una capacidad de expresión, de una creatividad no
sólo masculina, sino también femenina en este campo; de una
creatividad que, naturalmente, debe permanecer dentro de los
límites de la fe y de la disciplina de la iglesia católica.
NOTAS: ' Cf,
entre otras, la intervención del card. G.B. Flahiff (Canadá), en
G. Caprile, // Sínodo dei vescovi 1971, Edizioni "
P. J. Cordes, en
L'Oss. Rom. 1980, 23 julio, 5
Mujer
1974; J. Galot,
La donna e i ministeri nella chiesa, Cittadella, Asís 1973; Donna
nella chiesa, en NDT336-348 — 8 Cf C. Vagaggini, L'ordinazione delle
diaconesse nella tradizione greca e bizantina, en OCP 1974, 145-189 — '
La ley de la iglesia, ya expresada en el CDC de 1971 en el can. 968, es
reproducida literalmente en el can. 1024 del nuevo CDC de 1983: "Sacram ordinationem
valide recipit solus vir baptizatus" — 10 Cf el comentario a la
declaración; A. Rolla, Usacerdozio alie donne? I, en Asp, marzo 1977,
67-95; R. Goldie, Attualita della dichiarazione "ínter
insigniores", en Unitas, julio-septiembre 1977,164-187 — " Cf
G. Caprile, // Sínodo dei Vescovi 1974 (nota 1) 697-702 — l2 Ib.
702 — " AAS 69 (1977) 98-116 — l4 Cf la síntesis de una
intervención hecha por el prof. Melchiorre, de
La questione
femminile rivoluziona la chiesa, en II regno-attuatita 10/1981, 225-233 —
l5 La crítica más sistemática ha venido haciéndose
en los Estados Unidos; un volumen, Women Priests. A Catholic Commentary on the
Vatican Declaración (por Lconanf Swidler y Arkrte Swidler, Paulist
Press, New York 1977), recogió las aportaciones de cuarenta y cuatro
estudiosos, entre ellos veintiocho mujeres, que trataron de responder
punto por punto a la declaración; por otra parte, L'Oss. Rom.
acompañó la publicación de la ínter
insigniores con una serie de artículos de fondo sobre los distintos
aspectos, entre los cuales los más significativos para nuestro
argumento son los de A.-G. Martimort, //
valore di una
formula teológica: "in persona Christi" (9 febrero 1977), y de
G. Martelet, // mistero dell'alleanza nei suoi rapporti col sacerdozio
ministeriale (16 febrero 1977) — lt> Cf J.
M. Aubert, La
femme. anlijéminisme el chrislianisme, Cerf-Desclée,
París 1957, 157 — " Can. 44: MANSIH, 572 — '»
Cit. por M.C. Jacobelli en Sacerdozio-donna-celibato, Roma 1981, 57 —
" V. Noé, // Matrimonio nella liturgia, en Enciclopedia del
matrimonio, Queriniana, Brescia 1968, 803 — 2" Cf I. Magh, La
donna, un problema apeno. Cuida alia ricerca antropológica, Vallecchi,
Florencia 1974 — 21 Funzione della donna nell'evangelizzazione,
documento para el
Domingo de las Misiones, 19 octubre 1975, preparado por
La chiesa e
l'Anno internazionate della donna 1975, 56-67 22 La presenza femminile in
Concilio in uno serillo del 1964 di Papa Giovanni Paolo 1, en Avvenire, 29
agosto 1978
Mujer
teólogo
metodista Robert Hamerton-Kelly escribe (p. 167): "Toda la teología
ha de tener en cuenta dos hechos: por un lado, que Jesús expresó
la experiencia más profunda de Dios mediante el símbolo del
'padre', y por el otro, que algunas mujeres consideran este símbolo humillante
y deshumanizador. Aquí está el problema; y es un problema
real" — 24 Dual-Sex Eucharist, en Commonweal (New York), 17 diciembre
1976, 813-816 — 2! Para la historia de la admisión de las mujeres
a los ministerios en las iglesias protestantes desde 1832: O. d'Ursel,
L accession des
femmes au ministére pastoral dans les églises issues de
Woman, Priesthood
(por Peter Moore), SPCK, Londres 1978, 83 — " Cf el artículo
de una teóloga ortodoxa, E. Behr-Sigel, Femmes et hommes dans
l'église, en Unité chrétienne, mayo-agosto J977,
40-45 -2* P. Evdokimov, La donna e la salvezza del mondo, Jaca Book, Milán
1980, 22.
R. Goldie
BIBLIOGRAFÍA:
Alcalá M., La mujer y los ministerios en
1404
VI),
Sigúeme, Salamanca 1982; Carrillo A., El diaconado femenino, Mensajero,
Bilbao 1972; Cita-Macard S-, Mujeres en
fidelidad?, en
"Phase" 102 (1977) 515-534; Urdeix J., Ordenación de las
mujeres al diaconado, ib, 83 (1974) 412-414; Van Eyden R., La mujer en las
funciones litúrgicas, en "Concilium" 72 (1972) 213-231;
VV.AA., La mujer en
MÚSICA
/ Canto
gregoriano; / Canto y música; / Canto mozárabe en Hispana,
Liturgia
N
SUMARIO: 1.
Navidad: 1. La historia de la fiesta de navidad; 2. Los orígenes de la
fiesta de navidad; 3. La estructura del tiempo de navidad; 4. La
teología de la celebración de navidad: a) Navidad, misterio de
salvación, b) La encarnación del Verbo, c) El admirable
intercambio entre la divinidad y la humanidad, d) Navidad en la perspectiva de
la pascua; 5. La espiritualidad de navidad - II. Epifanía: 1.
Historia de la fiesta de epifanía; 2. El objeto de la actual celebración
de epifanía.
I. Navidad
Inicialmente las
dos fiestas, navidad y epifanía, constituían una sola fiesta
con un único objeto: la encarnación del Verbo, celebrada no
obstante con acentuaciones, bajo una denominación y en fechas
diferentes en Oriente y en Occidente: aquí, el 25 de diciembre, como
fiesta de navidad; allí, el 6 de enero, como fiesta de
epifanía. La distinción en dos fiestas de contenido diverso se
produce entre finales del s. iv y comienzos del v.
1.
2. LOS
ORÍGENES DE
Navidad/
Epifanía
3.
(Normas
universales sobre el año litúrgico y sobre el calendario
32-38).
4.
a) Navidad,
misterio de salvación. Aunque san Agustín no consideraba
que la celebración de la navidad fuera un sacramento [/ Misterio]
como la pascua, sino una simple memoria entendida como aniversario 2, el
papa san León Magno dio a esta solemnidad su verdadero fundamento
teológico. Él habla del "misterio de la natividad de
Cristo" (sa
1406
cramentum
nativitatis Christi) para indicar el valor salvífico del acontecimiento.
Las páginas del evangelio y de los profetas que anuncian este
misterio
—dice san León— "nos enfervorizan y nos
enseñan de tal manera que no sólo recordamos el nacimiento
del Señor, por el cual el Verbo se hizo carne (Jn 1,14), sino que
podría decirse que lo contemplamos presente"3, por lo que
"la fiesta de hoy, del nacimiento de Jesús de
b) La
encarnación del Verbo. Para comprender mejor el contenido de las
solemnidades natalicias, es preciso recordar el sentido originario de la
celebración expresado en la fórmula "manifestación
del Señor en la carne". Con san León Magno —el papa
del concilio de Calcedonia— navidad se convirtió en la celebración
del misterio de la encarnación según la fe de la iglesia contra
toda interpretación errónea, gnóstica, arriana, docetista,
maniquea o monofisita. Los textos de la liturgia actual están
todavía llenos de las expresiones dogmáticas que precisan la
fe en el misterio de la encarnación.
c) El admirable
intercambio entre la divinidad y la humanidad. El tema del intercambio
admirable de "Dios que se ha hecho hombre para que el hombre llegara a ser
Dios"5 está en el centro de toda la rica liturgia romana de
navidad. El primer acto de este intercambio se obra en la humanidad de Cristo:
el Verbo asumió lo que era nuestro para darnos lo que era suyo. El
segundo acto del intercambio consiste en nuestra
1407
real e
íntima participación en la naturaleza divina del Verbo: el
Salvador del mundo, que ha nacido hoy, nos ha reengendrado como hijos de
Dios.
d) Navidad en la
perspectiva de la pascua. La profundización bíblico-teológica
en el misterio de Cristo ha hecho descubrir la orientación pascual del
misterio de la encarnación. El Hijo de Dios toma un cuerpo
para ofrecerse al Padre con un sacrificio existencial y personal (cf Heb 10,5-10).
Detrás de los dos días festivos de pascua y de navidad hay una
sola perspectiva de fondo: la exaltación del Señor. No se trata
sólo y primariamente de una sucesión histórica de los
acontecimientos de Belén y de Jerusalén, sino de aquella
inteligencia de Cristo por parte de la iglesia que ha recibido su sello en la
enseñanza del Vat. II *.
En esta
visión teológica, navidad se ve también como el principio
de la iglesia y de la solidaridad de todos los hombres. La generación de
Cristo —afirma san León Magno— es el origen del pueblo
cristiano: el nacimiento de la cabeza es también el nacimiento del
cuerpo7. Además, con la encarnación el Hijo de Dios se ha unido
en cierto modo a todo hombre (cf GS 22). En fin, navidad es también
misterio de renovación del cosmos: el Verbo asume en sí toda la
creación para levantarla de su caída y para reintegrar el
universo en el designio del Padre (segundo prefacio de navidad).
5.
Navidad/
Epifanía
ritualidad de la
navidad es la espiritualidad de la adopción como hijos de Dios.
Esto debe acontecer no por una imitación de Cristo desde fuera, sino en
el vivir a Cristo que está en nosotros y en manifestarle a él,
virgen, pobre, humilde, obediente. San León Magno invita al
cristiano a reconocer la propia dignidad a fin de que, hecho
partícipe de la naturaleza divina, no quiera volver a la abyección
de otro tiempo con una conducta indigna8.
En fin, puesto
que Dios nos hace hijos suyos en Cristo, injertándonos como miembros en
el cuerpo de la iglesia, la gracia de navidad exige como respuesta una vida de
comunión fraterna.
La pastoral
deberá valorar la celebración navideña para formar a
los fieles en la auténtica fe en Cristo, que no puede, sin embargo,
separarse de la auténtica visión del hombre, porque "el
misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo
encarnado" (GS 22). Navidad, hoy, deberá celebrarse también
como la gran fiesta del hombre. En efecto, Cristo, "el nuevo Adán,
en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta
plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su
vocación" (GS 22).
II.
Epifanía
El término
griego epifanía o teofanía tiene el significado de autonotificación,
entrada poderosa en la notoriedad, y se refería a la llegada de un rey o
de un emperador. Sin embargo, el mismo término servía
también para indicar la aparición de una divinidad o una
intervención prodigiosa de ella. No es de extrañar que en Oriente
se haya dado el nombre de epifanía a la fiesta del naci
Navidad/Epifanía
miento del
Señor, a su aparición en la carne.
1. HISTORIA DE
La ocasión
del surgimiento de la fiesta de epifanía en Oriente no es muy diversa de
aquella por la que surgió navidad en Occidente. Los paganos celebraban
también en Oriente, y particularmente en Egipto, la fiesta del
solsticio invernal. Los cristianos, trece días después del 25 de
diciembre, cuando el aumento de la luz es más visible, el día 6
de enero celebraban la navidad para evidenciar que Jesús al nacer
aquel día demostraba ser la verdadera luz.
2. EL OBJETO DE
1408
venida de los
magos, vistos como primicias de los gentiles, con la consiguiente
manifestación de Jesús como Señor de todos los pueblos. De
este modo en Occidente se distinguió netamente el objeto de la celebración
de las dos fiestas: el nacimiento de Cristo, en navidad; el homenaje
de las naciones, en epifanía. El misterio, después de la reforma
litúrgica del Vat. II, está bien expresado y sintetizado por
el embolismo del prefacio: "Hoy has revelado en Cristo, para luz de los
pueblos, el verdadero misterio de nuestra salvación; pues al
manifestarse Cristo en nuestra carne mortal nos hiciste partícipes
de la gloria de su inmortalidad".
Todo el
formulario litúrgico, tanto del misal como de la liturgia de las
Horas, pone de manifiesto la universalidad de la salvación en
Cristo; el misterio esponsal de Cristo que se une a su iglesia para purificarla
y santificarla; el misterio de la iglesia misionera, signo elevado sobre los
pueblos para reunir a los hijos de Dios dispersos.
Entra en el
conjunto de las fiestas de epifanía tanto la celebración del bautismo
de Jesús (domingo después de epifanía) como la fiesta de
la presentación del Señor en el templo (2 de febrero) [/
Procesiones, II, 1].
[/Año
litúrgico; /Adviento; / Tiempo y liturgia].
NOTAS: ' Cf J.
Lemarié, La manifestazione del Signore, Edizioni Paoline, 1969, 36
— 2 Obras de San Agustín VIII, Carlas, BAC, Madrid 1951, 321
— J San León Magno, Homilías sobre el año
litúrgico, hom. 9 [29], 1, BAC, Madrid 1969, III — * Ib, hom. 6
[26], 2, 96 — 5 Obras de San Agustín XXIV, Sermones, BAC,
Madrid — * Cf R. Berger, cit. por B. Neunheuser, La vénula del
Signore: teología del tempo di natale e epifanía, en RL 5
(1972), 599-613 — ' O.c, hom. 6 [26], 2, 96 — 8 Ib, hom. I [21], 3,
72.
A. Bergamini
1409
BIBLIOGRAFÍA:
Ashworth H., Navidad y renovación, en "Phase" 48 (1968)
555-562; Botte B., Los orígenes de
S. de Pastoral,
Madrid 1972; Goenaga JA., Celebración de
plar su gloria:
Adviento, Navidad, Epifanía, Estela, Barcelona 1963; Celebrar a
Jesucristo, 2. Navidad y Epifanía. Sal Terrae, Santander 1979;
Onandía E., Navidad: la manifestación del Dios escondido, en
"Liturgia" 248 (1969) 397-413; VV.AA., Tiempo de Navidad, en
"Asambleas del Señor" 9, Marova, Madrid 1965; VV.AA., Fiesta
de Navidad, ib, 10, Marova, Madrid 1965; VV.AA., Octava de Navidad,
ib, 10, Marova, Madrid 1966; VV.AA., Fiesta de
SUMARIO: I. Los
niños en la situación actual - II. El "Directorio":
1. Significado y finalidad del documento; 2. Valor jurídico; 3. Contenido;
4. Participación y exteriorismo; 5. Participación y
expresión; 6. La familia - IIII. Las adaptaciones de la
celebración - IV. El "Leccionario"y las plegarias
eucarísticas: 1. El Leccionario; 2. Las plegarias
eucarísticas; aj Plegaria eucarística primera, b) Plegaria
eucarística segunda, cj Plegaria eucarística tercera - V.
Conclusión.
I. Los
niños en la situación actual
El mundo de hoy
se caracteriza por un evidente pluralismo cultual e ideológico; de
aquí se sigue una notable variedad de horizontes y de valores,
que se imponen a los niños en
Niños
la familia y en
la escuela, a través del cine y, sobre todo, a través de las
revistas infantiles y la televisión. Se trata de visiones del mundo sumamente
heterogéneas, con las que muy pronto se tiene que encontrar el
niño.
Precisamente por
tratarse de visiones del mundo heterogéneas, el niño aprende
pronto a no ser puramente receptivo y pasivo. Aprende a elegir; debe adoptar
una actitud personal, madurando a base de decisiones frecuentemente
implícitas y a veces inconscientes.
Para el
niño, precisamente por obra del pluralismo existente, ser cristiano no
puede consistir en adoptar simplemente la religión de todos dejándose
llevar de la costumbre. La formación del niño de hoy no va de
ningún modo por esos caminos; ni siquiera puede ser así en el
ámbito de la fe. Si consideramos seriamente lo que los niños, a
su nivel, muestran en sus actitudes, debemos admitir que son capaces de
compromiso y de opciones personales. Tienen la capacidad de responder a la
llamada del Señor con una fe viva y con una activa y consciente
participación en
los sacramentos.
Aunque vivan en diálogo con la familia y con el mundo de los
adultos en general, los niños forman un mundo del todo particular.
Hablan y reaccionan diversamente con concepciones propias de su edad y de
su generación; podemos decir que tienen su vida propia. El
niño, por tanto, debe ser considerado en sí mismo por lo que
ya es, y no sólo por lo que llegará a ser. En efecto, las
ciencias humanas ya no aceptan la definición de niño como un
adulto infieri', aunque la psicología científica tienda con
frecuencia a considerar al niño según los criterios del
adulto 2. Además, debemos decir que los niños viven y reciben los
cambios de la sociedad mucho más que los adultos. Su modo de ver
Niños
las cosas es
decididamente nuevo: participan de una cultura nueva. Por muy integrado que
esté en un contexto familiar bien definido y de gran importancia
para su formación, el niño de hoy no es reducible a la familia o
al ambiente del que forma parte.
Por lo que se
refiere a la celebración litúrgica, se debe tener presente
que los niños, miembros ya de la iglesia por el bautismo, forman parte
por derecho de la asamblea litúrgica; se trata, por tanto, de
buscar el modo de participación que les permita insertarse
plenamente. Con más exactitud, se trata de hallar el itinerario adecuado
a los niños y los caminos de acceso a una participación
activa y consciente en la liturgia. La iglesia es el sacramento universal
de salvación en que cada uno encuentra su propio papel: por eso reconoce
y respeta la realidad de la actual situación de los niños y atiende
a esta situación con un documento a propósito, el Directorio
para las misas con niños' (— DMN).
II. El
"Directorio"
Este documento se
dirige a los niños que no han entrado todavía en la
preadolescencia, o sea, de los siete a los doce años aproximadamente.
1. SIGNIFICADO Y
FINALIDAD DEL DOCUMENTO. Este acto de la reforma litúrgica se
refiere a la celebración eucarística en la que intervienen
también los niños. Debe sufrir todas las adaptaciones
necesarias para que se dé una celebración activa, consciente
y fructuosa por parte de los niños (DMN 1; 3; 12; 55). Por tanto, se
trata de un documento que quiere regular y guiar la creatividad al respecto,
para que la celebración pueda explicitar su propia eficacia formativa
(SC 33), y así permita par
1410
ticipar en el
misterio de la fe por los ritos y la oración (SC 48). La participación
de la celebración eucarística debe estar motivada por el valor
mismo que toma la celebración en la vida del niño; no puede
hallar su primera justificación en una norma externa, aunque
esté sancionada y determinada por la autoridad eclesiástica
y familiar. Si no es así, la crisis de las normas, que acompaña a
la llegada de la adolescencia, arrastrará también la
celebración eucarística, dando lugar al conocido abandono masivo.
Por el contrario, una buena iniciación al misterio cristiano permitirá
un desarrollo armónico de la fe del niño hacia una
dimensión plenamente adulta, dado que "la psicología
moderna demuestra con qué profundidad marca a los niños la experiencia
religiosa de la infancia y de la niñez en virtud de la especial
receptividad religiosa de que ellos gozan" (DMN 21). Se trata de
adaptar la celebración a la capacidad de participación de
los niños, pero esto no significa crear una liturgia infantil.
Adaptación significa, para salir de la ambigüedad del
término, individualizar y potenciar los elementos comunes a la
experiencia del adulto y del niño. Este principio vale tanto para la
liturgia eucarística cuanto para la liturgia de la palabra; de lo
contrario "es de temer algún daño espiritual si los
niños en la iglesia realizan una y otra vez cosas que apenas
entienden" (DMN 2).
2. VALOR
JURÍDICO. El DMN es un documento litúrgico particular, puesto que
no contiene rúbricas o textos litúrgicos. Quiere ser una suma de
principios e indicaciones que, guiando la creatividad, generen una verdadera
adaptación del MR. El documento no puede considerarse un mero subsidio
litúrgico pastoral, dado que se presenta "como suplemento"
a
1411
Misal Romano (DMN
4). Por lo tanto, tiene el mismo valor jurídico y teológico que
el MR.
3. CONTENIDO. El
DMN se divide en una introducción y tres capítulos. El
primero trata de los criterios generales para llevar a los niños a la
celebración eucarística; el segundo examina las misas, sobre todo
dominicales y festivas, en las que toman parte los niños junto con
los adultos, que son mayoría; el tercer capítulo, más
amplio y detallado, trata de las misas con niños cuando hay sólo
po
cos adultos. La
asamblea, antes que receptora, es la celebrante de la acción
litúrgica. Sobre este dato de eclesiología eucarística se
basa el Directorio para afirmar que "la eucaristía es
siempre acción de toda la comunidad eclesial; por eso es de desear la
participación al menos de algunos adultos", puesto que no es
pensable la autosuficiencia de los niños a nivel celebrativo; los
adultos intervendrán "no como vigilantes, sino como orantes y que
ayuden a los niños cuando sea necesario"
(n. 24). En
consecuencia, la asamblea no debe ser demasiado"numerosa:
"Cuando el número de los niños que celebran juntos la
eucaristía sea excesivo, resultará más difícil
conseguir una participación atenta y consciente" (DMN
28). Podemos concluir que no nos parece estar de acuerdo con estas normas
el esquema celebrativo de la llamada misa con niños, que consiste
en reunir a todos los niños de la parroquia en una única
celebración, dirigida por
algunos adultos
con funciones de asistentes.
4.
PARTICIPACIÓN Y EXTERIORÍSIMO. Con la preocupación de
formar a los niños para la celebración de la eucaristía
con soltura y alegría, el DMN sugiere hacer activos a los niños
dándoles diferentes tareas y pa
Niños
peles. >Pero
como es siempre posible que una participación exterior esté
disimulando la ausencia de adhesión interior, el DMN se preocupa de educar
para la interiorización a través de los medios expresivos. Aun a
su modo, los niños son verdaderamente capaces de meditar (DMN 31); y por
eso se insiste en el sagrado / silencio como parte constitutiva de la celebración
(DMN 22; 37), para no dar excesiva importancia a la acción exterior.
El exteriorismo es un peligro
siempre presente
y no hay un método pedagógico que pueda obviarlo. Las
acciones externas quedarán sin fruto, más aún,
serán nocivas, si no sirven para la participación interior (DMN
22; 29). Frente a toda acción que se les proponga a los niños
como participación activa, es necesario preguntarse qué
fruto de participación interior se pretende obtener. La fe, sobre todo
la del niño, es siempre un misterio personal que escapa a toda
valoración.
A priori no se puede pretender que a determinado gesto o acción
corresponda necesariamente una determinada actitud de fe. Los símbolos
no son unívocos ni siquiera para los niños.
5.
PARTICIPACIÓN Y EXPRESIÓN. El aburrimiento es otro peligro explícitamente
indicado (DMN 27). Éste lleva al niño a la incomodidad, que
después se proyecta sobre la celebración, frente a la que
nacen mecanismos de defensa que pueden llegar a la aversión. Y
de la aversión puede originarse el dejar-de-creer en la utilidad
personal, y por tanto en el valor, de la celebración eucarísti
ca. Este camino
parte del aburrimiento y desemboca en el juicio existencial de valor
negativo: no se trata de un itinerario puramente hipotético, si queremos
enfrentarnos al fenómeno de los creyentes no practicantes desde el
punto de vista de la liturgia. Para evitar que suceda esto, es nece
Niños
sario que los
adultos no abandonen a los niños a sus propias fuerzas, sino que
participen con ellos activamente en la liturgia. En esta comunión
y unidad de acción se comunica y transmite el valor del misterio que
celebramos juntos; buscar la verdad de la asamblea significa buscar la verdad
del signo fundamental de toda acción eclesial, y frente a la verdad del
signo no puede nacer ese desinterés que desemboca en el rechazo. Es
sobre todo válida para la iniciación la afirmación que
dice que la iglesia se construye con el testimonio recíproco.
Adaptar la
celebración significa crear un estilo de celebración que permita
a los niños sentirse miembros de la asamblea con pleno derecho,
y por tanto actores de la celebración. Considerada la naturaleza de
la liturgia, acción de todo el hombre, y considerada también la
psicología de los niños, el DMN manda favorecer al máximo
la participación a través de los gestos y actitudes
corporales (nn. 22; 33; 34). Esto vale también para los elementos
visuales (nn. 35-36) y musicales (nn. 31-32), puesto que el niño es
más sensible que el adulto a la expresión simbólica.
El niño piensa con todo su ser; todo su cuerpo está concentrado
en el pensamiento: los músculos, los miembros y la misma
posición
del cuerpo. Bajo la guía de una atenta presidencia, es necesario dejar
libre la expresión verbal y no verbal de los niños. Esto
significa hacerles posible un lenguaje que supera lo que ellos han
comprendido intelectualmente: el niño, expresándose, se
hace, y "regiones áridas de su ser empiezan a vivir"4.
El medio que hace
al niño capaz de entrar en el mundo de los símbolos es la
expresión. La expresión simbólica vivida en plenitud
libera las energías profundas, crea una nueva síntesis entre los
diferentes ni
1412
veles de la
personalidad 5 y abre eficazmente nuevos espacios al encuentro en el
otro. Así entendida, la expresión no es un fin en sí
misma o un simple medio de comunicación; se hace anamnesis, en cuanto
que está orientada a la celebración del misterio de
salvación. Por fin, el DMN señala el peligro de dar a la misa una
índole excesivamente didáctica (nn. 13; 23), puesto que el
modo más usual que tiene el adulto de acercarse al niño es el de
la enseñanza y la exhortación moral.
6.
oración.
El Directorio
establece que el significado de la misa está comprendido a
través de los principales ritos y oraciones, y se refiere en particular
a 1413
la oración
eucarística y a las aclamaciones con que los niños toman
parte en ella (n. 12). Podemos sugerir que las anáforas para
niños entren en las familias como instrumento privilegiado de
catequesis y formación para la oración, creando así un
nexo preciso entre celebración eucarística y formación
para la oración. Para subrayar este importante nexo, el DMN favorece
decididamente las misas en que participan los niños junto a sus
padres y otros miembros de la familia (n. 20).
III. Las
adaptaciones de la celebración
Se proponen las
adaptaciones para las misas en las que intervienen los niños reunidos en
grupos poco numerosos junto a algunos adultos (DMN 28). Ha de tenerse presente
que estas celebraciones deben llevar gradualmente a los niños hacia las
misas de adultos, sobre todo hacia aquella en la que la comunidad participa
los domingos (DMN 21); se trata, por tanto, de liturgias de iniciación,
hecho éste bastante nuevo, dado que en la tradición cristiana la
misa con la mistagogia representa no una etapa de acceso, sino el
término y la conclusión de la iniciación. De todas formas
se imponía un cambio por el estilo.
La primera
adaptación se refiere al rito inicial de la misa, del que se puede
omitir algún elemento para dar mayor relevancia a otros; esto se debe a
la excesiva abundancia de ritos prevista por el ordinario de la misa (DMN
40).
Nunca debe faltar
la lectura bíblica, aunque, si se puede, debe ser adaptada a las
capacidades de los niños tanto en lo referente al número cuanto a
la extensión de las perícopas. En caso de que hubiera una
sola lectura, ésta debe tomarse del evan
Niños
gelio (DMN
41-43). El Leccionario
Romano sigue
siendo normativo,
pero se permite
tomar las lecturas
directamente de
la biblia si los textos
del día se
consideran poco adecua
dos. Obedeciendo
a la norma del Di
rectorio,
Leccionario'
adecuado como subsi
dio
litúrgico-pastoral, que, sin em
bargo, no
dispensa al pastor de su
tarea de juicio y
elección de los tex
tos más
adecuados. Esta elección
obedece al
criterio de la cualidad
más que al
de la cantidad: no se sigue de ello que una lectura breve sea preferible a
una larga, o viceversa; es de gran utilidad pastoral el criterio de
juicio que se propone: "Todo depende de la utilidad espiritual que la
lectura pueda aportar a los niños" (DMN 44). Como servicio a la comprensión
de la palabra de Dios tienen gran importancia las moniciones y la
didascalía, de modo que los niños lleguen a asimilar cada vez
más el texto sagrado, fuente de conversión.
Antes de llegar a
las misas con los niños es oportuno tener verdaderas celebraciones de la
palabra de Dios, para respetar el principio de la gradualidad, que exige
la correspondencia entre la progresiva evolución espiritual de
los niños y las celebraciones litúrgicas en las que toman
parte (DMN 14).
El principio de
la eficacia espiritual vale también para la homilía, y por
tanto puede pedirse a un laico que la haga, si el ministro ordenado no logra
adaptarse a la mentalidad de los niños (DMN 24). Con los niños
la homilía podría a veces convertirse en diálogo para
implicar más a los participantes en la proclamación del
misterio; pero esto no significa que la homilía se pueda transformar en
una lección de catequesis o, peor todavía, cree un clima de
tipo escolar. La homilía es una parte de la celebración y recibe
de
Niños
ella su
especificidad. Durante la homilía es cuando pueden tener gran peso
los elementos visuales, especialmente las imágenes y los dibujos hechos
por los mismos niños durante la preparación de la misa (DMN 36).
También tiene su valor la llamada dramatización; pero no es
fácil de usar, y exige determinadas precauciones para que no quede
en segundo plano de hecho en la estimación de los niños la
lectura del texto bíblico.
IV. El
"Leccionario" y las plegarias eucarísticas
1. EL
"LECCIONARIO". Las comisiones episcopales españolas de Liturgia
y de Enseñanza y Catequesis han ofrecido a las comunidades cristianas
de España un Leccionario para las misas con niños que fuese un
instrumento útil y coherente con su proceso de educación en la
fe. La existencia de este Leccionario, adaptado a los niños,
está prevista en el DMN 43. Uno de los cuidados que la iglesia,
siguiendo a su Maestro, debe prestar a los niños, es la iniciación
en la celebración eucarística, en cuya doble mesa, de la palabra
de Dios y del cuerpo de Cristo, están llamados a participar.
El Leccionario
para las misas con niños ha sido elaborado con una finalidad
principalmente pastoral: favorecer la participación plena y adecuada
a su edad. Este objetivo general ha presidido los criterios seguidos al
seleccionar y ordenar los textos: a) Siguiendo el año litúrgico,
el Leccionario ofrece un formulario de lecturas para cada uno de los
domingos de adviento, cuaresma —doble ciclo— y pascua.
Completa este itinerario un elenco de lecturas para el tiempo ordinario y
otro para las fiestas de los santos. El Leccionario in
1414
cluye
también formularios para misas de tema penitencial o
eucarístico. Y además, el Leccionario contiene una
introducción general a todo el año litúrgico y breves
introducciones a los tiempos litúrgicos, que subrayan sus
dimensiones bíblica, litúrgica y catequética. b) El
Leccionario ha tenido presente el proceso catequético adoptado en
el plan de los
Catecismos para
la comunidad cristiana publicados por
2. LAS PLEGARIAS
EUCARÍSTICAS. Las anáforas son la parte más
significativa de esta reforma verdaderamente singular, dado que
1415
gregación
para el culto divino ha promulgado un texto que no debe traducirse
tal y como está, sino que debe servir para inspirar la libre composición
del texto anafórico directamente a la lengua viva; tan sólo
este último es considerado texto litúrgico en sentido estricto.
El texto latino determina la finalidad, la sustancia y la forma general de
estas oraciones: será misión de cada una de las
conferencias
episcopales la creatividad suficiente para tener textos verdaderamente
apropiados.
a) Plegaria
eucarística primera. Sin caer en el infantilismo, es la oración
más sencilla en cuanto a contenidos y lenguaje; muy lineal, comienza
con la constatación de que la asamblea se ha reunido para la acción
de gracias. La asamblea toma conciencia de sí misma. Viene a continuación
la acción de gracias por la creación entera, y se enumeran
"todas las cosas bellas y grandes" que son: la luz, la tierra y
todos los hombres que la habitan. No es difícil ver aquí un
influjo de la anáfora alejan
drina de san
Marcos. Esta enumeración concibe la creación como "signo
maravilloso" del amor de Dios, y cada cosa se pone en relación con
la realidad espiritual de la que es signo. Todo es referido a la alegría
que hay en el corazón del hombre.
Esta primera sección
de la anáfora se concluye con el Santo, que se divide a su vez en
tres partes: cada una cierra un sector del texto.
Después
viene la sección cristológica, que comienza con la alabanza
al Padre por sus atenciones hacia el hombre, enumeradas en crescendo. El Padre
es presentado como quien no olvida a nadie y, finalmente, manda a Jesús
como salvador. Es interesante sobre todo la conclusión: Jesús es
el que ha dado su vida por nosotros.
La tercera
sección es eclesiológica,
Niños
y se nombran las
diversas categorías de personas con las que la asamblea está en
comunión. La unión de toda la iglesia, celeste y terrestre,
actúa como telón de fondo del último de los tres
versículos del Santo.
La anáfora
sigue con la introducción a la primera epíclesis, y se define
así la acción que se efectúa: "Porque queremos
mostrarte nuestro agradecimiento". Esto permite al niño entender
toda la misa como eucaristía. Tras la narración de la
institución tenemos la anamnesis, que sigue el modelo de las liturgias
occidentales no romanas, las cuales frecuentemente se basan más en el
haced esto que en el en memoria
mía. Esta
elección es particularmente feliz, dada la importancia que el hacer
tiene para el niño.
La segunda
epíclesis, con su sentido eclesiológico, lleva a las intercesiones,
que se concluyen con el tema de la acción de gracias, que cierra la
anáfora con la doxología.
b) Plegaria
eucarística segunda. Se recomienda por su carácter dialogal.
El texto está intercalado con las diversas aclamaciones que mantienen
viva la participación de los niños, sobre todo si se cantan. Son
aclamaciones de respuesta a la anáfora, que no pierde su
carácter presidencial. Excepto,el Santo y las aclamaciones
después de la anamnesis, todas las demás aclamaciones son
facultativas. El
contenido teológico de esta anáfora coincide en gran medida
con el del texto precedente. Un dato característico de fácil
adquisición por parte de los niños es la mediación
de Cristo en la oración de la asamblea.
c) Plegaria
eucarística tercera. Es el texto más rico y variado, y por eso el
más indicado para los muchachos más crecidos. Tiene un buen
carácter dialogal por las aclamaciones en la segunda parte de la
anáfo
Niños
ra. Su
característica está en la posibilidad de adaptarse al tiempo
pascual. De hecho, nos hallamos frente a dos anáforas diversas,
aunque construidas sobre un fondo común. El contenido
teológico más relevante está en la teología del
memorial, que aparece con toda claridad en la anamnesis.
Estas tres
plegarias eucarísticas están todavía aprobadas ad
experimentum "hasta que
V.
Conclusión
Ciertamente, se
puede discutir sobre estas tres plegarias eucarísticas, sobre
algunas opciones hechas, sobre otras soluciones que se habrían
podido adoptar según modelos y experiencias conocidas de otras
naciones. De todas formas, todo esto resulta precioso por el lenguaje
fácil, por las aclamaciones introducidas, por la misma presencia de los
elementos fundamentales de la oración eucarística, que
facilita la inserción de los niños en la celebración normal.
También es apreciable ia pequeña variación de
estructura (en relación al mandamiento de Jesús: Haced
esto..., introducido por una frase de transición: "Y les dijo
también"), que subraya el carácter de anamnesis de la
celebración eucarística.
No podemos creer
que basten los nuevos textos bíblicos y eucológicos y las mismas
posibilidades de adaptación introducidas por el Directorio para
resolver el delicado problema de una participación activa y
fructífera de los niños en la eucaristía. Pero este
providencial y esperado
1416
desarrollo de la reforma
litúrgica ciertamente ha situado mejor y facilitado un discurso
más amplio de iniciación y formación litúrgica
de los niños, para que ellos "con alegría puedan en la
celebración de la eucaristía caminar juntos al encuentro de
Cristo y estar con él en la presencia del Padre" (DMN 55).
[/ Familia; /
Formación litúrgica, IV, 1-2].
NOTAS: ' J.-P.
Jung, L'expérience religieuse des enfants, en MD 140 (1979) 65-84
—
E. Mazza
BIBLIOGRAFÍA:
Aldazábal J., Un directorio sugerente y comprometedor, en
"Phase" 81 (1974) 195-208; Acoger a los niños en nuestra
eucaristía, ib, 114 (1979) 495-510; Celebrar la eucaristía
con niños, "Dossiers del C.P.L." 20, Barcelona 1983; El nuevo
Leccionario para las misas con niños, en "Oración de las
Horas" 11 (1984) 345349; Bellavísta S., A propósito de
¡as nuevas plegarias eucarísticas, en "Phase" 88 (1975)
309314; Comisión N. "Liturgia-Infancia" de Francia,
Los niños en la misa, Ed. Litúrgica Española,
Barcelona 1969; González Casado J.M., Las misas con niños, una
tarea urgente, en "Sal Terrae" 64 (1976) 147-154; Lalubre
F.-Laurentin A., Primera iniciación de los niños en la liturgia,
Marova, Madrid 1965; Oliver M., Misas para los niños, PPC, Madrid 1976;
Secretariado N. de Liturgia, Celebraciones con deficientes mentales,
"Subsidia Litúrgica" 41, EDICE, Madrid 1982; W.AA., La misa y
los niños, en "Phase" 67 (1972) 3-88; W.AA., Celebrar la misa
con los niños. Notas pastorales y sugerencias prácticas.
Marova, Madrid 1976; W.AA., Celebrar la reconciliación con los
niños, Marova, Madrid 1977; W.AA., Las misas con niños. Liturgia,
catequesis, música, PPC, Madrid 1985.
1417
SUMARIO:
Prólogo: El enriquecimiento anafórico del Misal Romano - I.
El motivo pastoral de la variedad de textos y la carta circular
"Eucharisticam participationem" - II. La composición y
autorización de nuevas anáforas: I. La plegaria
eucarística del "sínodo suizo": a) La
composición del texto y su difusión, b) Su lenguaje y
estructura, c) Eí tema y sus variantes: ía plegaria para un
"sínodo"; 2. Las tres plegarias eucarísticas "para
misas con niños": a) Las primeras adaptaciones de la
anáfora a los niños, b) El "Directorio para misas con
niños", c) Los tres modelos de plegaria para la misa con
niños: talante y contenido; 3. Las dos plegarias eucarísticas
"sobre la reconciliación": dos tematizaciones del
memorial. Conclusión: Plegarias para celebrar en nuestro caminar
creyente.
Prólogo:
El enriquecimiento
anafórico
del Misal Romano
El intenso
trabajo de renovación de la celebración litúrgica, acometido
por la reforma del Vat. II, tenía que desembocar en el problema del
Canon Romano '. Texto venerado y precioso por doctrina y espiritualidad,
pero deficiente en cuanto a una claridad de expresión y a un desarrollo
congruente que facilitase una participación activa y comprensible por
parte de la asamblea.
Ya el
sínodo de los obispos de 1967 se había hecho eco del deseo
manifestado por fieles, sacerdotes y íiturgistas de una reforma ai
respecto. Pero, no admitiendo el texto una corrección plena sin
deteriorarlo fundamentalmente, prevaleció la tesis de recuperar la
tradición y facilitar el significado del memorial eucarístico,
enriqueciendo el Misal con tres nuevas plegarias.
En la carta del
Nuevas plegarias
eucarísticas
grandezas divinas
y recordar mejor la historia de la salvación en la parte central de la
celebración eucarística". Y en el n. 4 afirma que
"si se considera la variedad de las anáforas de la tradición
de la iglesia universal y el valor de cada una, se da uno cuenta de que una
sola anáfora no puede contener toda la riqueza pastoral, espiritual
y teológica deseable. Es necesario suplir con múltiples textos
los límites de cada uno. Es lo que han hecho siempre las iglesias
cristianas, a excepción de la romana. La iglesia ha querido dar
así a la liturgia romana más riqueza pastoral, espiritual y
litúrgica"3.
No se trata,
pues, de un arqueologismo acrítico, sino de inspirarse en toda la
tradición, que ha sabido decir, con excepcional riqueza de voces y
acentos, el significado de la celebración eucarística, a fin
de consentir a la liturgia de la iglesia expresarse de una manera
más rica y articulada, más capaz de comentar el misterio.
Una liturgia que sepa también confesar la fe en diálogo con
la reflexión teológica de la iglesia actual. El propio
Bugnini interpretaba así la variedad de textos introducida en la
plegaria del Misal: "La reforma entra ahora en la fase de la creatividad,
una vía que ha sido abierta por el mismo santo padre —Pablo
VI— con estas palabras: Debemos tender a lo que es mejor, que no a lo que
es nuevo (...). Esto no quiere decir que los labios de la iglesia se hayan cerrado
hoy o que ella no pueda cantar un cántico nuevo suyo propio, siem
pre que el soplo
del Espíritu le inspire a hacerlo \ Y he aquí que en las
tres nuevas plegarias eucarísticas nosotros tenemos las tres
estrofas de este canto nuevo... El canto nuevo ha comenzado y no cesará
más. La vida genera vida y las primeras estrofas de este nuevo
canto reclamarán otras estrofas, otros himnos, otros innumerables e
incesantes cantos: los cantos de la liturgia perennemente
joven"5.
Estas tres nuevas
plegarias que se añadieron al Canon Romano tienen, sin embargo, una
característica que les es propia: son las primeras en toda la
tradición cristiana que han sido compuestas para ser utilizadas en la
iglesia universal. Las demás plegarias eucarísticas de la
tradición habían nacido en una iglesia particular. Su uso se
extendía después con el paso del tiempo.
De ahí que
también recupere Roma el uso antiguo al autorizar ahora a los
episcopados locales plegarias eucarísticas nuevas, previa petición
oportuna: son concedidas ad experimentum y para un uso determinado y
circunstancial. La unidad eclesial es así salvada por el reconocimiento
oficial de estas plegarias por parte de
I. El motivo
pastoral de la variedad de textos y la carta circular "Eucharisticam
participationem "
Ya la
constitución sobre la sagrada liturgia del Vat. II había
fundamentado y urgido el principio pastoral de la
participación consciente y activa de los fieles en la acción
litúrgica 7 [/ Participación]. Se tomaba conciencia de que
el celebrante no
1418
dice, sino que
celebra con su pueblo. Ello le exigía hacer comunidad con los fieles,
hablando un lenguaje inteligible para ellos y sintonizando con sus
situaciones y deseos8. La decisión, pues, de 1968 de retornar a la
pluralidad de anáforas obedece, de hecho, a unos criterios y preocupaciones
pastorales derivados de esta exigencia de participación por parte de la
comunidad concreta que celebra la eucaristía. Tales criterios se
irían clarificando y explicitando a lo largo del proceso posterior, en
torno a la adaptación de la anáfora.
Aun antes de la
publicación de las tres nuevas anáforas en el Misal de Pablo VI
había aparecido ya el fenómeno de la libre composición
de anáforas, que se extendían e intercambiaban de unos
países a otros afines'. Algunos episcopados (holandés,
belga-flamenco, etc.), intentando eliminar o atenuar al menos la
proliferación abusiva, analizan y escogen algunos de estos textos; los incluyen
en la publicación del Ordo Missae y permiten oficialmente su uso. El
fenómeno, sin embargo, continúa desordenadamente. Los obispos
son presionados, por un lado, para instaurar la observancia de la
legislación litúrgica; pero, por otro, sienten la exigencia de
quienes los usan, reivindicándolos como textos mejor entendidos por los
fieles, menos densos teológicamente, y que responden mejor a
la lengua y cultura de nuestro tiempo que los del Misal. Muchos piensan
que lo mejor sería disponer de más plegarias oficiales
'".
Ante lo
preocupante del fenómeno,
constituyó
un grupo de estudio, que examinó detenidamente el problema,
tratando de buscar posibles soluciones. Tras varias fases de indagación,
reflexión y estudios competentes, y siguiendo siempre las
directrices del santo padre, llegó a poder publicar el
a) Por un lado,
la necesidad de conservar el sentido de la unidad eclesial en la oración
litúrgica por excelencia y la preocupación por garantizar su
naturaleza de acción de gracias sobre todo, y de oración presidencial,
hace que
El mismo Bugnini
explicaba así el sentido de esta disposición: "La comunidad
cristiana como tal exige, y con razón, que se salvaguarden y de
Nuevas plegarias
eucarísticas
fiendan sus
derechos a la autentici
dad de lo que ha
sido instituido por
Jesús, y
al carácter sagrado de su
expresión
de fe (cf EP 11). Y esto es
hecho, en primer
lugar, por la auto
ridad de
Roma" ".
En concreto,
pues, las iglesias, locales aportarán la formulación adaptada a
sus circunstancias, bajo la orientación de
b) Por otra
parte, la variedad de textos ha de responder al deseo de adaptar todavía
más la celebración a la comunidad concreta que la participa;
de manera que la posibilidad de anunciar bajo muchas formas el misterio de
Cristo ayude a que todos lo experimenten mejor (cf EP 2).
Dada, pues, la
posibilidad de introducir ulteriores ángulos de visión para
releer la historia de la salvación, de la que la eucaristía
es memorial, dos criterios de fondo conducen la formulación de
nuevas plegarias:
1) La estrecha
relación que debe darse entre el texto de la anáfora y las
condiciones de la asamblea reunida para la eucaristía; de forma que
incluso el formulario quede sintonizado con el contexto cultural en que se
celebra.
2) La oportunidad
de conectar el texto de la anáfora con acontecimientos eclesiales
particularmente significativos. De forma que, tematizando la
eucaristía con contenidos, cuya percepción esté facilitada
y sensibilizada por las circunstancias en que se celebra, favorezca una
participación más intensa. Es decir, una acción de
gracias apropiada a la asamblea en aquel momento; de suerte que la
comunidad pueda sentir su propia vida íntimamente enmarcada
Nuevas plegarias
eucarísticas
en la historia de
la salvación, y pueda obtener mayores frutos de la celebración
eucarística (cf EP 8).
Desde estos
criterios, y teniendo en cuenta algo que es típico del rito romano, se
invita también explícitamente a la introducción de
oportunas variantes o fórmulas infra actionem en el texto de
las plegarias del Misal. Tales variantes "destacarían mejor el
recuerdo del misterio del Señor en las principales solemnidades del
tiempo litúrgico" y "serían útiles para suscitar
la atención y la piedad con un matiz particular que resaltaría el
contexto eclesial en que se celebra" (EP 10)'". Añadir estas
variantes —normalmente en el postsanctus y en las
intercesiones— sería facultad de las conferencias episcopales
o del propio obispo, con aprobación de
En definitiva, la
carta Eucharisticam participationem, al propio tiempo que prohibe la
utilización de textos no aprobados, invita explícitamente
a unos espacios de creatividad al servicio de la participación
más consciente y activa e intenta crear las condiciones para un paso
ulterior de la reforma IS.
II. La
composición y autorización de nuevas anáforas
La propia Santa
Sede no tardó en ejemplificar la aplicación de los criterios
expuestos con la publicación y ofrecimiento a toda la iglesia de tres
modelos de plegaria eucarística
1420
"para misas
con niños", donde se pretende una adaptación a las
condiciones de la asamblea; y de dos plegarias eucarísticas
"sobre la reconciliación", con motivo del año
santo, donde se pretende sintonizar la eucaristía con un
acontecimiento eclesial significativo.
Al mismo tiempo,
también ha ido aprobando nuevas anáforas a diversos
países y para determinadas circunstancias o grupos particulares de
fieles. En todas ellas late el deber de conectar litúrgicamente, de un
modo más adecuado, la riqueza mistérica del memorial
eucarístico con la vida de la iglesia ".
Veamos en
concreto el talante y contenido de aquellas que tienen autorización
oficial para ser utilizadas litúrgicamente en nuestro país.
1.
La nueva plegaria
atrajo pronto
1421
hacia sí
el interés de otras iglesias europeas como Luxemburgo, Austria,
Strasburgo, Francia e Italia, que solicitaron su utilización, que les
fue siempre concedida por
b) Su lenguaje y
estructura. Con un lenguaje de talante actual, poético y evocativo,
apropiado a la dimensión del misterio que se celebra, expresa el
memorial eucarístico con una nueva sensibilidad cristológica,
eclesiológica y antropológica. En él se funden
admirablemente un lenguaje bíblico-existencial y el de la doctrina
conciliar del Vat. II en su consideración de la relación de
la iglesia con el mundo —en especial LG y GS.
Siguiendo de
cerca el esquema de
c) El tema y sus
variantes: la plegaria para un "sínodo". No se puede
olvidar la circunstancia para la que se compuso esta plegaria: un
"sínodo" (ho synodos = caminar juntos, acompañar).
La imagen del camino, como categoría de interpretación de la
historia de la salvación, prevalece en las insinuaciones bíblicas
en las que es contemplada la obra y perso-. na de Cristo. Esta anáfora
pretende
Nuevas plegarias
eucarísticas
proclamar
cómo "el Señor camina con nosotros, iglesia peregrina, en
esta tierra". La celebración eucarística es presentada
así como momento especial del encuentro y compañía del
Señor en nuestro camino.
En la
formulación de los elementos fijos, ya el postsanctus presenta la
reunión eucarística como un encuentro provocado por Cristo.
El excelente recurso al pasaje de Emaús (Le 24,32) en la
introducción al relato ayuda a comprender la misa, por el modo
mismo de referirlo, en la línea de la doctrina conciliar sobre la
celebración eucarística, como acción centrada en
torno a dos mesas: ambón y altar. Es el Señor el que da sentido y
sostén a nuestro caminar con su palabra y con su pan. Se trata, por
otra parte, de una evocación interesante de la primera comida de los
discípulos con el Resucitado, tipo de la comida eucarística. La
epíclesis es invocación de la presencia del Espíritu,
para hacer presente a Cristo junto a nosotros y en nosotros. El memorial y la
oblación hacen patente la pascua de Cristo y los efectos de su
sacrificio con una expresión sugerente y nueva del tránsito
"a través del sufrimiento y la muerte" a la
glorificación. Precisamente con su sacrificio, "Jesús
nos abre (¡en presente! = actualización sacramental) el
camino hacia el Padre". Y, por fin, la plenitud de la vida en la resurrección,
en la conclusión escatológica, es considerada como acogida de
Dios en su reino, al final de nuestra peregrinación por este mundo.
Las variantes
desarrollan el tema central de la compañía de Dios en nuestro
camino en sus cuatro aspectos comprehensivos: la llamada y presencia
providente de Dios en nuestro caminar (variante A); Cristo como camino y
compañero (variante B); el amor desinteresado como ley del camino
en seguimiento de Cristo (variante C); la reunión de todos en la
Nuevas plegarias
eucarísticas
perfecta unidad
del reino de Dios, como término de nuestra peregrinación
(variante D).
En resumen, pues,
se trata de celebrar el memorial del Señor en el conr texto de esa
compañía poderosa (A), luminosa (B), amorosa (C) y acogedora
(D) con la que Dios conduce a su iglesia hacia síM.
Veamos ahora, en
concreto, cómo están formulados los matices peculiares de cada
una de estas variantes:
• Variante
A: "Dios guía a su iglesia ".
El prefacio canta
las manifestaciones de la presencia operante de Dios en el sendero de la
vida: reconociendo su origen en la acción creadora de Dios, que la
sostiene y enriquece con sus dones, contempla su término definitivo a la
luz de la pascua de Cristo. Ésta es proclamada, bajo la figura del
éxodo antiguo, como apertura del camino de la vida al gozo perfecto del
reino, adonde Dios conduce hoy a su iglesia a través de este mundo con
la fuerza de su Espíritu.
La
descripción histórico-salvífica de la actuación de
Dios ensambla muy bien la proclamación de la dimensión
trinitaria de su misterio con la condición histórico-existencial,
en la que se extiende y experimenta el hombre actual: el Espíritu y el
Hijo son explicitados como mediación divina en el
acompañamiento del Padre a la salvación. Queda
también excelentemente proclamada la continuidad de la presencia
especial de Dios en la economía de Israel y en la plenitud de la de la nueva
alianza en la peregrinación de su iglesia.
En la confianza
de esa presencia poderosa y cercana de Dios en la marcha de su pueblo, la
intercesión por la iglesia se concreta en la petición del
fortalecimiento de la unidad que provoca el compartir el pan de su mesa; es
decir, ser sus compañe
1422
ros ¡unto
con los que también participan de su mismo banquete. Así, en
el camino de la esperanza que éste anuncia y festeja con alegría,
y de la fe que afirma y fortalece, la iglesia irradiará en el mundo el
gozo del evangelio a que nos impulsa como quehacer.
• Variante
B: "Jesús, nuestro camino ".
Reconociendo a
Dios en su señorío creador sobre el cielo y la tierra, el
prefacio inicia la acción de gracias bendiciéndolo porque con su
sabiduría dirige el camino de la historia hacia su destino, y con
su amor cuida de cada hombre. Se proclama e invoca, pues, a Dios en la
insinuación del misterio trinitario que late en su actuación
histórico-salvífica.
Esa
sabiduría y ese amor de Dios se revelan plenamente en el misterio
salvador de Cristo. Éste es alabado como palabra sabia de Dios, cuya
escucha da sentido a la vida humana: por esa palabra, que es el mismo
Cristo, nos ha llamado a la reunión de la iglesia para que, afirmados en
la fe verdadera, le sigamos fielmente. Pues se trata del Hijo que nos revela y
conduce hacia él, el Padre (cf Jn 14,5: "Yo soy el camino, la
verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí"). De ahí
que Cristo sea celebrado como camino salvador de nuestra propia
existencia, porque precisamente en él descubrimos la verdad que da
sentido y posibilidad a nues
tra libertad (cf
Jn 8,32: "Si os mantenéis en mi palabra..., conoceréis
la verdad y la verdad os hará libres") y horizonte de esperanza
gozosa a nuestra vida (cf Jn 16,22: "Volveré a veros y se
alegrará vuestro corazón").
Todo esto es
cantado como maravilla del gran amor que nos tiene Dios y que se ha
manifestado en su Hijo amado: en él, palabra de vida, nos llama, nos
reúne, nos afirma y 1423
nos conduce hacia
sí, ofreciendo sentido y contenido a nuestra libertad con su verdad
y llenando nuestra vida de gozo con su amor.
Así, con
un lenguaje sensible al talante existencial, en el que el hombre de hoy
articula las preguntas trascendentes de su caminar personal e
histórico, se proclama el misterio de Cristo como respuesta a esas profundas
aspiraciones, abriendo el camino de la esperanza en la fe que se celebra.
Dicha respuesta consiste en afirmar, con un lenguaje aprendido del IV
evangelio, que Cristo es el camino que nos conduce al Padre por la verdad
y la vida realizadas en el amor, y que discurre a través del panorama
evocado por el plan salvador de Dios.
En
correspondencia con lo celebrado en el prefacio, las intercesiones
por la iglesia ruegan a Dios que fortalezca, por el cuerpo y la sangre de su
Hijo, la unidad en la fe y en el amor, para que con entrañas de misericordia,
sensibles a toda necesidad humana, y atentos a los gestos concretos,
seamos capaces de construir la iglesia como recinto de libertad en la verdad y
de paz en el amor, donde todos encuentren un hogar de esperanza.
• Variante
C: "Jesús, modelo de caridad".
El prefacio canta
el amor bondadoso y fiel del Padre, que se nos ha manifestado en la
palabra y obra de su Hijo: Jesús es reconocido como fruto y don del amor
del Padre al mundo, como espejo e imagen de la bondad y fidelidad de su amor y
como fuente del amor fraterno.
En cuanto
revelación del amor del Padre y modelo de fraternidad, Cristo es
celebrado, con imágenes recogidas del evangelio de Lucas, como el
buen samaritano del mundo, que acoge a pequeños y pecadores; que
Nuevas plegarias
eucarísticas
siente ternura
hacia los pobres y los enfermos.
En congruencia
con la calidad del amor de Dios celebrado en el prefacio, la
intercesión por la iglesia ruega al Padre que fortalezca la fidelidad de
su pueblo al evangelio con el cuerpo y sangre de su Hijo, renovando a
todos a su imagen. De tal forma que, movidos por su amor y por su ejemplo,
atinen a descubrir en los signos de los tiempos (cf Mt 16,3 y GSA) las
angustias y tristezas, las alegrías y esperanzas de los homares (cf
GS 1) y, compartiéndolas en la caridad, les muestren el camino de la
salvación.
De este modo, la
condición y misión de la iglesia se concreta, con un
lenguaje asumido del Vat. II, en ser para el mundo el espejo del amor de
Cristo, que es imagen del amor del Padre.
Esta variante,
pues, concreta el seguimiento tras Cristo del caminar cristiano en la
imitación de su amor compasivo.
• Variante
D: "La iglesia en camino hacia la unidad".
El prefacio da
gracias al Dios del universo por la bondad mostrada en la creación
constante de la iglesia, a cuya unidad conduce incesantemente a hombres de
toda raza y cultura.
Marcado por la
teología de
Conforme aun con
la doctrina del Vat. II sobre la iglesia, este prefacio la define y describe en
su condición sacramental como signo del amor y de la salvación de
Dios ofrecida al mundo en el testimonio de su unidad.
Así, la
iglesia aparece como sacramento de la fidelidad del "Padre de bondad"
a su alianza, en cuanto pueblo universal, convocado por el poder del
evangelio de su Hijo y reunido por la fuerza de su Espíritu; resplandece
como sacramento de la acción del Espíritu en cuanto signo de la
unidad de todos los hombres, testimoniando así su amor; y se manifiesta
como sacramento de Cristo resucitado, su esposo, en cuanto signo
profético de la unidad gozosa futura, ofreciendo la esperanza del
banquete nupcial de su reino.
La unidad de la
iglesia es, pues, celebrada como don original de Dios que la constituye; como
signo que la define; como testimonio que la compromete en su misión
reconciliadora, y como anticipo escatológico que la mantiene en la
esperanza y en el anuncio del término feliz de la historia.
En consonancia
con el agradecimiento a Dios por el don incesante de la unidad que canta
el prefacio, la intercesión por la iglesia se dirige al Padre con el
ruego de que la renueve constantemente a la luz del evangelio y con nuevos
impulsos vitales de su Espíritu, consolidando así los
vínculos de unidad entre el pueblo y sus pastores, y de éstos
entre sí. De esta forma, la iglesia, "sacramento de la unidad del
género humano y de los hombres entre sí" (LG 1), podrá
ser, en medio de nuestro mundo dividido por guerras y discordias, instrumento
de unidad, de concordia y de paz, cumpliendo de este modo su misión en
la historia.
Es significativa
la concreción inicial de esta intercesión a la iglesia
local, ampliando progresiva y acer
1424
tadamente su
comunión a los demás horizontes eclesiales en forma de
círculos concéntricos: siendo la unidad una nota donde la
iglesia se expresa y revela como sacramento de
salvación,
le conviene ser concretamente visible; es decir, palpable en la comunidad
concreta que sacramentaliza, de hecho y expresamente, todo el misterio de
la iglesia, como es la iglesia local. Por esta razón, la unidad se
concreta significativamente también en los mismos miembros que
en su ministerio pastoral representan la unidad de todos los miembros.
Esta variante D
contempla y describe, pues, el camino de la iglesia con una marcha
progresiva en la consolidación de la unidad entre sus distintos
miembros, a que conduce el impulso del Espíritu, y en la convocación
y acogida, a que la destina el mensaje de paz del evangelio de Jesucristo.
2. LAS TRES
PLEGARIAS EUCARÍSTICAS "PARA MISAS CON NIÑOS", a)
Las primeras
adaptaciones de la anáfora a los niños. Ya la constitución
Sacrosanctum concilium insistía en varias exigencias para que la
celebración litúrgica fuese activa y provechosamente participada
(cf n. 11): tener en consideración la edad, condición,
género de vida y grado de cultura religiosa (n. 19); ordenar los textos
y los ritos de modo que puedan ser fácilmente comprendidos y
participados (n. 21), adaptando incluso las plegarias que el sacerdote
dice en nombre de todos los fieles a la capacidad de éstos (nn. 33 y
34), y dejar así lugar a legítimas diversidades,
según las diferentes comunidades (nn. 37-40).
En el
sínodo de los obispos de 1967 se detectó el deseo de muchas
conferencias episcopales de unas adaptaciones especiales para la misa con
niños. Se dieron entonces unas 1425
directivas en
este sentido, sin tratar de formar un rito peculiar, sino más bien
determinar los elementos que se habían de retener, abreviar, omitir
o escoger para
mejor adaptación2I.
Por su parte,
La importancia de
la formación litúrgica de los niños, y en particular su
iniciación a la misa, como momento fundamental de toda la educación
cristiana (cf SC 19 y Grav. educ. 2) va creciendo en interés central
en las publicaciones22 y en la preocupación pastoralB. Se insiste cada
vez con más convicción en el principio de que la liturgia es la
mejor pedagogía para la participación de los fieles en la
liturgia misma; y que, por tanto y en el fondo, los niños no pueden
ser iniciados en la liturgia sin liturgias de iniciación24. Por ello se
reclama una mayor posibilidad de adaptación de la misa a los
niños2Í. Algunos episcopados, como el alemán, publican
orientaciones aprobadas "ad experimentum" para las misas
con niños 2\ con adaptaciones incluso de la plegaria eucarística.
Y, ante la petición de algunos episcopados, la propia Santa Sede
aprobó algunas plegarias eucarísticas para estas misas, aun
antes de publicar la carta Eucharisticam participationem: a Alemania,
"para misas con niños sordomudos", el 266-70; a Filipinas,
"para la misa de primera comunión", el
De los estudios y
documentos que abordaban el problema se podían deducir los siguientes
principios: en
Nuevas plegarias
eucarísticas
general, una
celebración más breve y con un ritmo adaptado a su psicología,
en un clima gozoso y fraternal, de ritos y lenguaje más simples y con
más intervenciones. En concreto, y con respecto a la plegaria
eucarística, se afirma que los textos actuales hacían
difícil la participación de los niños en la parte central
de la misma. Eran, pues, necesarios nuevos textos 2" que, conservando
la estructura fundamental y su forma presidencial, tuviesen estas
características: brevedad, sencillez de lenguaje, aunque
conservando los necesarios términos técnicos; flexibilidad y
adaptabilidad a las circunstancias ocasionales de la vida de los niños
(por ejemplo, motivos de acción de gracias en los prefacios), y
más facilidad para una participación activa por parte de los
niños 2'.
b) El
"Directorio para misas con niños"™. El 10 de marzo de 1971
En la respuesta,
las comisiones de liturgia pedían, en general, una estructura
más simple de los tres elementos fundamentales: liturgia de la
palabra, plegaria eucarística y comunión. En particular, y
con referencia a la plegaria eucarística, se insinuaba que pudiese
prepararse una especial
o un esquema
fundamental, y que el sacerdote presidente la desarrollase, adaptándola
a los niños concretos con los que celebre. Se insistía en que se
previesen más intervenciones de los niños en la plegaria.
De las propuestas
conclusivas de
Nuevas plegarias
eucarísticas
la encuesta,
Se
acometió en seguida la preparación del Directorio, cuyo
primer esbozo se envió en julio a todos los miembros y peritos. En
otoño se redactó el segundo esquema con todas las
observaciones presentadas, y de nuevo fue repartido a toda la comisión.
En noviembre se presentó el resultado en la sesión plenaria de
penitencial se
situase tras la homilía, y que se compusiesen plegarias eucarísticas
particulares.
niños, y
de poder proponerlas a toda la iglesia. Se acogerían así los
requerimientos de los episcopados y se resolvería una
problemática generalmente sentida.
El 23 de octubre,
el santo padre aprobaba el Directorio para misas con niños y daba
permiso para componer dos o tres anáforas para tales misas
•".
.Comienza el
Directorio con una introducción (nn. 1-7), donde presenta el propio
objetivo: dar unos principios fundamentales para adaptar la misa a esta
situación particular, y señalar los medios y modos para
educar a los niños en la comprensión del misterio
eucarístico, a fin de que puedan inserirse plena y conscientemente en
él. Con ello se pretende que, en su día, puedan llegar a la
meta a que aspiran estas misas: llegar a participar de un modo pleno en la
celebración eucarística de toda la comunidad cristiana.
Se describen, además, en esta introducción las
circunstancias y los principios que han llevado a la publicación
del Directorio.
El
capítulo I (nn. 8-15) trata de "la introducción de los
niños en la celebración eucarística". Para ello
desempeña función indispensable la familia, la comunidad
cristiana —en especial algunos de sus miembros: padrinos y
catequistas— y la propia catequesis especial sobre la eucaristía,
a fin de que alcancen a entender su significado a través de sus signos:
ritos y oraciones ". Se insinúan y recomiendan también
otras celebraciones apropiadas de introducción.
El
capítulo II (nn. 16-19) trata de cómo deben ser tomados en cuenta
los niños
en la misa de los adultos,
donde participan
también algunos de ellos.
El más
desarrollado es el capítulo III (nn. 20-54), donde trata más
específicamente de la misa con los niños en la que participan
algunos
1427
adultos. Se
aplican los principios de la pedagogía religiosa a la educación
en la comprensión de los signos y la celebración del misterio, de
forma que la participación exterior más adaptada esté
siempre en función de una participación interior más consciente.
Aconseja respetar lo más posible la estructura específica de
la misa, sin diferenciarla excesivamente de la de los adultos, pues prepara
para incorporar mejor en ella. Se aconseja, por ello, especialmente para
días feriales, más que domingos, donde la celebración
pide que sea de toda la comunidad. De la plegaria eucarística dice
en concreto: "En la eucaristía que se celebra con los niños
corresponde la mayor importancia a la plegaria eucarística, el
momento culminante de toda la celebración. Depende mucho del modo
como el sacerdote proclama esta plegaria y de cómo participan los niños
escuchando y aclaman" (n. 52).
En definitiva, el
Directorio, más que soluciones para casos concretos, lo que ofrece son
principios e indicaciones; exhortaciones y sugerencias. Muestra así
cómo la liturgia renovada puede ser sabia y útilmente adaptada
a las situaciones reales de los creyentes, para facilitar su participación
gozosa, consciente, activa y piadosa de los divinos misterios, para crecer
en la fe y anunciar a Cristo a los demás"".
Es interesante
resumir brevemente cómo concibe el Directorio la educación e
iniciación eucarística de los niños: considera la
educación a la eucaristía dentro del conjunto de la vida
cristiana, y por eso ayuda con sus adaptaciones a acercar la eucaristía
a los niños y anima a saberlos acercar a la eucaristía; concibe
esta educación eucarística como una iniciación a la
celebración, que debe hacerse precisamente en la experiencia
litúrgica vivida (mistagogia gradual); y tal iniciación
supone la in
Nuevas plegarias
eucarísticas
troducción
en las grandes actitudes que forman el contenido de la eucaristía:
nos reunimos (n. 12), escuchamos (nn. 14, 41 y 49), damos gracias (nn. 9,
13 y 52) —que es la actitud básica de la plegaria
eucarística—, recordamos y ofrecemos (n. 52), comemos y
bebemos (nn. 9, 53 y 54) y nos despedimos (nn. 15 y 55)M.
c) Los tres
modelos de plegaria para la misa con niños: talante y contenido ".
El grupo de estudio formado para el caso examinó treinta y ocho
textos de plegarias para niños, redactadas y aparecidas en diversas
lenguas. En la primera reunión de
taron
definitivamente en enero de 1974 y fueron traducidas al latín, para ser
enviadas a las diversas congregaciones implicadas. Tras diversas
observaciones, y no sin previas vacilaciones •", fueron al fin
publica-. dos estos textos
concedería
sólo ad experimentum por tres años y, por tanto, no podían
incluirse en el Misal. Ambas condiciones fueron desapareciendo posteriormente:
en enero de 1975 se concedió que pudiesen ser solicitados por cada
episcopado todos los textos; en 1977 se concedió otra prórroga
por tres años •"; y en 1980 se concedía sine die,
hasta ser de hecho incluidas ya en las nuevas ediciones del Misal (caso de
Italia).
Nuevas plegarias
eucarísticas
En los
Praenotanda que introducen estas plegarias '8 se describen las
características desde la finalidad que pretenden:
Son textos "adaptados a los niños",
pero "para ayudarles y predisponerlos a participar con mayor fruto
en la misa de los adultos" (n. 1). Por eso conservan con fidelidad la
estructura fundamental y los elementos tradicionales de toda plegaría
eucarística. "Desde pequeños se acostumbran así a una
plegaria, en la que no falta ni la bendición agradecida al Padre,
ni el memorial de Cristo, ni la invocación sobre las ofrendas, ni el
lazo de comunión con toda la iglesia: las cuatro partes principales de
toda plegaria"5'.
No se han de
considerar como textos típicos, sino como esquemas
o modelos
fundamentales, que deben servir de base para composiciones originales
en lengua viva. Por eso, reservándose Roma la confirmación
definitiva, la traducción quedaba a cargo de cada conferencia
episcopal, con la indicación expresa de que se hiciese con cierta
libertad, pensando en la índole propia y peculiar de su propia
lengua y cultura.
Intentan un lenguaje
concreto accesible al mundo del niño y a su experiencia religiosa, pero
conservando la dignidad de la plegaria y evitando, por tanto, un
lenguaje infantil en la parte reservada al presidente. Se evita así
también que exista demasiada diferencia entre estas plegarias
y las de los adultos, y se favorece, en cambio, una participación
activa que respete el carácter presidencial de esta oración.
Se ha preferido publicar tres para
impedir monotonía y repetición, y presentar así
composiciones en armonía diferente, adaptadas a diversas condiciones de
niños
1428
(n. 15). Sin
embargo, cada una ofrece el mérito de una gran unidad de
composición: los elementos no están yuxtapuestos, sino fundidos
en un mismo movimiento de acción de gracias, que expresa y provoca
una atmósfera familiar y gozosa —aun en la aspiración
escatológica—. Se procura, de este modo, que la parte central
de la misa sea "festiva, fraterna y acogedora", como requiere el n.
23 del Directorio.
Ofrecen un
aumento del número de aclamaciones, que favorecen la
participación intensa y activa de los niños e invitan al canto.
El verdadero problema al que intentan
responder es hacer capaz "la participación interna de los
niños en la celebración eucarística"; y para
reavivarla es necesario hacerla preceder y seguir de una competente catequesis.
Especialmente para textos como éstos, "puestos, como están,
en el corazón mismo de la celebración
eucarística" (n. 21).
Así pues,
esta renovación eucológica de la misa de los niños,
vista en el horizonte más amplio de la iniciación y
educación litúrgica, tiene, como se ve, el mismo objetivo por el
que fue preparado el Directorio (cfn. 55).
• La
plegaria eucarística 1 "para misas con niños "40. Es
una plegaria sencilla, positiva, que pone el acento sobre la acción de
gracias a partir de los sentimientos de admiración y reconocimiento,
en un clima de alegría y de fiesta, alabando a Dios por todo lo que ha
hecho por nosotros. Tal acción de gracias entrelaza las maravillas
de la naturaleza y las de la gracia, que culminan en la obra de la
salvación realizada por Jesucristo.
Su principal
característica es la división del prefacio de alabanza en
tres fases —creación, Cristo, iglesia—, concluidas,
respectivamente, 1429
por los tres
versos del Sanctus en orden inverso al normal, tratando así de armonizar
las tres aclamaciones con el respectivo contenidomotivación de
la acción de gracias: por eso, cuando el sacerdote da gracias a
Dios por las bellezas de la creación, los niños responden con el
verso "llenos están los cielos y la tierra de tu gloria,
hosanna..."; cuando declara a Dios la gratitud porque nos ha enviado a su
Hijo, los niños proclaman entonces: "Bendito el que viene en nombre
del Señor, hosanna...", y cuando la alabanza se reconoce
unida a la de toda la iglesia, la peregrina y la celeste, por la comunión
que hay entre los santos, los niños aclaman: "Santo, Santo, Santo
es el Señor...".
Es de notar
cómo la disposición de este último bloque del prefacio ha
anticipado aquí felizmente el recuerdo de los santos, y no hacia el
final de la plegaria, en la perspectiva escatológica, como en las otras
plegarias. Por eso mismo, la mención del papa y del obispo propio
que se hacen en este contexto no tienen la forma de una intercesión
"por ellos", sino de orar "con ellos" (sentido de
comunión de los santos), como decía el Canon Romano: "una
cum fámulo tuo...".
Sorprendentemente
no se nombra al Espíritu Santo en la epíclesis de
consagración de los dones; quizá por hacer un tránsito
más directo y sencillo al relato. Resulta, de todas formas,
más abstracta su expresión "impersonal". Algunas
traducciones (por ejemplo, italiana) han corregido, explicitando al
Espíritu.
El relato de la
institución asume un lenguaje descriptivo, sencillo y concreto.
Se introduce una
novedad en la aclamación del memorial, que afecta a las tres plegarias
de niños, y cuya razón se explica en los Praenotanda
(n. 3):
después del relato, y antes de
Nuevas plegarias
eucarísticas
las palabras del
mandato "haced esto...", se añade, en tono aún de
relato: "Y les dijo también". Y, además, el
sacerdote anticipa por su parte las palabras del memorial; y sólo
después de que él ha hecho la conmemoración del misterio
pascual de Cristo cantan los niños la aclamación. Se quiere
así hacer ver el nexo de "obediencia" que nuestra celebración
tiene con respecto al encargo de Jesús. Y también se quiere
motivar más de cerca la aclamaciónmemorial de los
niños, haciendo que el presidente haya explicitado ya el contenido de la
misma4'. Tal aclamación, por otro lado, es nueva, con un talante de
expresión de fe en el misterio pascual salvador de Jesucristo.
Es llamativo el
carácter afectuoso, humano y concreto de las intercesiones, que
permiten incluso nombrar a padres, amigos, etc., según parezca oportuno.
La plegaria
concluye, antes de la doxología final habitual, en correspondencia
con su inicio tras el diálogo introductorio del prefacio:
allí comenzó con el deseo, manifestado ante al Padre, de
"aclamarte y expresarte nuestra admiración "; y ahora
concluye: "Viendo todo lo que haces por medio de tu Hijo, nos quedamos
admirados y de nuevo te aclamamos". Este binomio de términos,
que como un paréntesis abre y cierra esta plegaria, expresa toda la
tónica y objetivo de ella: provocar un sentimiento de admiración,
favoreciendo así la participación interna de los
niños, e inducir la aclamación como expresión de tal
sentimiento, secundando y posibilitando su participación externa,
comunitaria y activa.
Por sus peculiares
características es ésta una plegaria apta para niños que
inician su experiencia en la vida eucarística.
Nuevas plegarias
eucarísticas
• La
plegaria eucarística II "para misas con niños ". La
idea central de esta plegaria es celebrar el amor que el Padre nos ha
manifestado a lo largo de la historia de la salvación (prefacio),
que Jesucristo nos ha enseñado con su vida y con su entrega (postsanctus,
relato y memorial), y que el Espíritu derrama en nuestros corazones,
construyendo la iglesia (epíclesis de comunión e
intercesiones).
El prefacio,
articulado por la triple repetición de la aclamación
"gloria a ti, Señor, porque nos amas"; proclama la
alabanza al amor de Dios desde la triple manifestación de su amor: la
creación del mundo, el don de su Hijo y la reunión en la iglesia.
El postsanctus
establece un acertadísimo puente de tránsito hacia la
epíclesis de consagración de los dones y el relato de la
cena. En concreto, es una alabanza proyectada hacia Jesucristo, intentando
glosar el último verso del Sanctus, "Bendito el que
viene...": por un lado, con un lenguaje concreto y sencillo, muestra a
Jesucristo como modelo y fuente del amor a Dios y a los hombres, preparando ya
así el tránsito al relato de la cena, como gesto supremo de
su amor; por otro lado, concluye con su promesa del Espíritu, cuya
misión y obra describe con sencillez el texto, preparando así con
fluidez su invocación sobre los dones. Y, para redondearla,
concluye esta ejemplar pieza de transición con la repetición
aclamada del verso del Sanctus glosado en ella.
Es típico
de esta plegaria que dentro del relato, tanto después de la
consagración del pan como después de la del vino, los
niños aclamen cantando la entrega de Cristo. Los mismos Praenotanda lo
interpretan como un toque meditativo comunitario del misterio
eucarístico (n. 24). Se trata de una auténtica profesión
de fe, derivada de las palabras de
1430
Jesús, que
expresan en este momento el sentido de la cena y de la cruz:
"Señor Jesús, tú te entregaste por nosotros".
Él
memorial recuerda el misterio pascual y su significado para nosotros hoy
("sacrificio que ahora te ofrecemos") en un lenguaje bíblico
llano y simple (cf Ef 5,2).
La segunda
epíclesis invoca al "Espíritu de amor", como fundamento
de la comunión eclesial. Tal comunión se desarrolla oracionalmente
en tres niveles: el pueblo que peregrina en la tierra con sus pastores; la
mantenida con los difuntos por los que rogamos, y la que nos vincula a los
santos del cielo, con quienes esperamos ser reunidos. La triple
aclamación que jalona estas intercesiones explícita y ratifica el
contenido eclesial de ellas: "Que todos seamos un solo cuerpo para
gloria tuya".
Es una plegaria
adecuada para niños de confirmación y niños que ya
tienen una cierta práctica de celebración "2.
• La
plegaria eucarística III "para misas con niños". En
cuanto al contenido característico de esta plegaria, se da ya una
progresión respecto a las anteriores: no se proclama sólo la
historia de la salvación o el amor dé Dios, sino que se incluyen
referencias continuas también a nuestra misión dentro de esa
historia y a nuestras actitudes concretas ante el amor de Dios: o sea, nuestras
respuestas de fe a la acción de Dios, que han de conformar nuestras
relaciones con el mundo y con los demás.
La
característica específica de esta plegaria es que, como aconsejan
los Praenotanda (n. 25), admite variantes, según los tiempos
litúrgicos: en el prefacio, dando gracias al Padre por el don que
especifica para nosotros hoy la fiesta; en la prolonga
1431
ción del
prefacio, ampliando lo que
Cristo
Jesús significa para nosotros
en el contexto
del misterio que de él
recordamos
ocasionalmente, y en la
segunda
invocación epiclética, espe
cificando lo que
el Espíritu quiere
obrar en nosotros
como fruto y en el
sentido de la
celebración del día.
Son variantes que
quieren dimensio
nar, pues, el
misterio que celebra
mos, según
la impronta del tiempo
litúrgico,
en su sentido trinitario:
En la
conclusión a todas las variantes cristológicas del
postsanctus atribuye la reunión eucarística a Cristo,
"porque quiere que hagamos lo mismo que él hizo con sus
apóstoles". Nos introduce así directamente en el
relato. Por eso, la primera epíclesis resulta una
interpolación que, de hecho, no existe en la traducción latina.
En las versiones actuales no se ha querido, sin embargo, prescindir de
esta epíclesis de consagración, que resulta sencilla, escueta y
sin mención del Espíritu para no romper demasiado la
dinámica expresiva y lineal de la anáfora.
El relato es muy
similar al de
El memorial
está más desarrollado y prolongado de lo habitual. En
él quedan primeramente globalizadas la ofrenda del sacrificio de
Cristo por parte de
Nuevas plegarias
eucarísticas
presar el
carácter de alabanza y
agradecimiento de
toda la plegaria,
como respuesta a
la salvación ope
rada por Dios en
la pascua de Jesús,
y de la que la
eucaristía es memoria
proclamada, presencia
celebrada y
anuncio gozoso,
como prenda anti
cipadamente
gustada: "Señor, tú
eres bueno, te
alabamos, te damos
gracias".
En la segunda
epíclesis, la comunión con el cuerpo de Cristo, a que nos ha
llamado el Padre y a la que nos lleva la reunión en el Espíritu,
es concebida como fuente del dinamismo para la vida cristiana.
El contenido y
talante de esta tercera plegaria supone ya unos niños acostumbrados
a la celebración y capaces de opciones responsables. Es, en
particular, recomendable su utilización en los tiempos fuertes del
año litúrgico, dada su posibilidad de variantes oportunas.
3. LAS DOS
PLEGARIAS EUCARÍSTICAS "SOBRE
Dentro, pues, de
la sustancial unidad temática y de estructura, ambos textos
sostienen tono y colorido diverso: el primero impacta los elementos
peculiares de la anáfora eucarística con oportunos reflejos
de la doctrina bíblica sobre la renconciliación. En ellos es
contemplado el proyecto de reconciliación que Dios ha desarrollado en la
historia salvífica; el segundo expresa el memorial
eucarístico en el lenguaje de las experiencias concretas de
división y reconciliación que se comprueban entre los
hombres de nuestro mundo. En ellas es reconocida y celebrada la actuación
reconciliadora de Dios.
Como notas
ejemplares de estas plegarias podemos resaltar:
a) Manteniendo
una estructura fiel a la sancionada por la reforma conciliar, el
tránsito de un elemento a otro sostiene un desarrollo lineal, y de tal
congruencia que no da nunca la impresión de un conjunto de
oraciones yuxtapuestas, sino de una sola prex, donde se van explicitando
paulatinamente los cuatro componentes esenciales de la plegaria: alabanza,
memorial, acción del Espíritu y súplica. Estas
sustanciales formas de oración corren a lo largo de toda la plegaria,
entrelazándose sin cesar, como las diferentes voces de una partitura:
cada una toma oportunamente la voz cantante, mientras las demás
siguen modulando el acompañamiento y permitiendo, a su tiempo,
la entrada dominante de otra
4S
voz.
b) Utilizando el
tema de la reconciliación-paz-unidad como motivo central de la
historia salvífica y como clave hermenéutica donde se contempla
la obra y persona de Cristo, configura la plegaria sin dañar el
contenido específico de ella en cada uno de sus elementos. Con ello presenta
la perspectiva de la reconciliación como capaz de dar vida a una
anáfora, iluminando así con singulares y nuevos acentos
algunos as
1432
pectos de la
insondable riqueza del misterio, del cual la eucaristía es memorial.
c) Teniendo
presente el drama humano de la división y la discordia, lo mantiene
sólo como telón de fondo, para poder resaltar mejor los
rasgos del amor de Dios por nosotros. Deja así espacio a una celebración
entusiasta y sugestiva de la obra divina, de tono ideal. La inspiración
eucarística y festiva constituye siempre el alma más
profunda de la anáfora, porque ello es lo que le permite penetrar en la
contemplación del plan del amor gratuito de Dios por nosotros"4*.
• La
plegaria eucarística I "sobre la reconciliación ". Con
un sabio lenguaje bíblico ", esta plegaria gira en torno al
tema de "la alianza nueva establecida definitivamente por Jesucristo,
como fuente de reconciliación con Dios y con los hermanos".
El prefacio abre
la alabanza, confesando la iniciativa divina del perdón y la
reconciliación, que Dios ofrece al pecador para que "se acoja con
confianza a su clemencia". Luego lo confirma, reconociéndolo
en la actuación de Dios en la historia de su alianza: establecida por
él, rota muchas veces por el hombre, la ha establecido de un modo nuevo
y definitivo por medio de Jesucristo, para unirse en él a la
humanidad y unir así más fuertemente a todos los hombres consigo;
y vuelve a ofrecerla "ahora" a. su pueblo, animándolo en
Cristo con la fuerza del Espíritu Santo.
Ante esta
propuesta de Dios, el hombre no aparece pasivo: la ha de acoger,
encaminándose hacia su experiencia singular en "la entrega al
servicio de todos los hombres".
De esta forma, el
prefacio introduce a los celebrantes en la invitación a la
alabanza coral del Sanctus, como respuesta gozosa a la invita1433
ción
actual (sacramental y ocasional: "Ahora mientras ofreces a tu pueblo un
tiempo de gracia y reconciliación") del amor de Dios.
Cabe hacer notar
también cómo
el misterio trino
de Dios es cantado
en esta clave
hístórico-salvífica de la
alianza
establecida por el Padre, rea
lizada por
Jesucristo y obedecida en
el
Espíritu.
El postsanctus
repite sintéticamente el reconocimiento de la iniciativa y
fidelidad perpetua de Dios en su oferta de salvación, proclamada en
el prefacio, y prolonga expresivamente la aclamación de la santidad
de Dios del Sanctus, poniéndola en relación directa con la
santidad del hombre: es decir, manifestada en su llamada y concurso permanente
a la santificación del hombre (cf Mt 5,48: "Sed santos, como
vuestro Padre celestial es santo"). Resulta así explicitado lo
que sólo es aludido en las plegarias II y III del Misal.
La
epíclesis consecratoria toma pie de ese interés gratuito de Dios
por la santificación del hombre para suplicarle la fuerza de su
Espíritu sobre los dones, manifestando así su amor paterno.
De ahí que no sólo los dones, sino también los oferentes,
son motivo para la invocación del Espíritu.
El relato de la
cena va precedido por un párrafo introductorio que sirve de
transición y tematización oportuna: tomando pie también
del reconocimiento de la persistencia con que Dios procura la santificación
del hombre, confesada en el postsanctus, lo glosa y concreta en el amor
mostrado en "la entrega de su Hijo en nuestras manos" para establecer
su alianza definitiva y hacernos así capaces "de volver a
él". De esta forma, el relato queda encajado en el contexto
temático de esta plegaria: la pascua de Cristo es celebrada como
lugar de la reconciliación del hombre con Dios y signo de
Nuevas plegarias
eucarísticas
alianza eterna.
Por otro lado, como elemento de unión estructural, queda ensamblado
con el prefacio y la epíclesis precedentes. Además, al evocar
la cruz como signo de la alianza (con una imagen similar a la recogida en
El memorial es
celebrado como "nuestra pascua y nuestra paz definitiva" (cf Ef
2,14), que es una forma de expresar la pascua como nuestra
"reconciliación" decisiva. Reconciliación que es
efectuada precisamente por la oblación eucarística: pues "al
celebrar la muerte y resurrección de Cristo" (memoria del pasado)
"en la esperanza del día feliz de su venida" (en
tensión hacia elfuturo), "te ofrecemos a ti, Dios
verdaderamente fiel (actitud en su alianza), la hostia que reconcilia a los
hombres en tu gracia" (oblación presente santificadora).
Y es precisamente esta actualización sacramental la que nos permite
"participar del único sacrificio de Cristo, que es fuente de la
reconciliación y comunión, para la que pedimos al Padre
la fuerza de su Espíritu en la epíclesis de comunión
que sigue: tal epíclesis, compuesta en paralelo con la primera
epíclesis sobre los dones y con el misterio cantado en el prefacio, se
apoya en la "llamada del Padre" a unirse a él (reconciliación
con Dios) por la "participación en el sacrificio de Cristo
" (celebración eucarística), a fin de que los
concelebrantes formen, "por la fuerza del Espíritu Santo, un
solo cuerpo, en el que no haya ninguna división"
(reconciliación con los hermanos en la iglesia).
Nuevas plegarias
eucarísticas
Esta
reconciliación, situada ya en clave eclesial, nos dispone para continuar
sin ruptura con la plegaria de intercesión por la iglesia: ésta
se centra en la idea de comunión invisible ("de mente y
corazón") y visible ("con el papa y nuestro obispo") en
la aspiración a consumarse junto a los santos del cielo y a nuestros hermanos
difuntos.
Y puesto que para
efectuar esta comunión se invocó la fuerza del Espíritu
Santo en la precedente epíclesis, se subraya ahora la efectiva colaboración
del hombre en la "preparación de la venida de su reino, hasta
que estemos junto a él, santos entre los santos del cielo".
Así, el camino de la vida cristiana que alimenta la eucaristía es
un crecimiento en la comunión con Dios y con los hermanos: es una
forma de dejar abierto el camino hacia la comunión
eucarística.
Concluye con la
visión gloriosa de la humanidad redimida, que "canta la
acción de gracias a Cristo, que vive eternamente": se
insinúa, pues, que nuestra eucaristía es anticipo y prenda de la
eucaristía ("acción de gracias") definitiva. La
plegaria termina así remitiéndonos a la tarea de la
reconciliación en nuestra vida, bajo el sentido y el impulso de su
consumación escatológica.
• La
plegaria eucarística II "sobre la reconciliación". Con
un lenguaje existencial y descriptivo de las situaciones que conforman
nuestra experiencia actual en el mundo, esta plegaria quiere celebrar
"el camino que Dios nos ha abierto en la entrega de Jesucristo para
alcanzar la paz auténtica".
"En el seno
de nuestra humanidad, aún desunida y desdichada", el prefacio
canta los deseos y esfuerzos por la paz y concordia, que se comprueban
entre los hombres, como "obra del amor de Dios", recono
1434
ciendo en ellos
"el trabajo de su Espíritu en el corazón de los
hombres": él estimula continuamente hacia el amor y la reconciliación.
El postsanctus
invoca al "Dios del universo", como eco de la primera
aclamación del Sanctus; y luego deriva del "bendito el que
viene en nombre del Señor", para explicitar a qué ha
venido, evocando la obra de la reconciliación: esta reconciliación
efectuada por Jesucristo es descrita asumiendo los esfuerzos de los hombres
por la paz descritos en el prefacio, pero superándolos radical y absolutamente.
Y pasa entonces a proclamar por qué Cristo ha venido a ser
"nuestra paz": el amor del Padre lo ha entregado en sacrificio, como
lugar de retorno a él y fuente de paz con él y entre los hombres.
Y así concluye lógicamente que también nosotros podemos
"ahora" (actualización eucarística)
"celebrar, como motivo de acción de gracias, el misterio de la
reconciliación que él nos ha obtenido" con su sacrificio. De
esta manera queda la vía explícita para introducir el
relato-memorial como cumplimiento del mandato de Cristo, que entraña en
su movimiento la epíclesis de consagración y permite
establecer la unidad entre el prefacio y su prolongación, por una
•parte, y
la narración de la institución, por otra.
El relato se
describe en un ambiente y de una forma original: en la ofrenda de Cristo,
vivida y celebrada en la acción de gracias al Padre, se actualiza la
verdadera liberación. La cena se pone así en estrecha
relación con el sacrificio de Cristo, entendido como causa de nuestra
liberación. El rasgo de la misericordia del Padre, como motivo de la
acción de gracias de Cristo al tomar "la copa de la
bendición entre sus manos", resalta elocuentemente la actitud
fontal de la reconciliación divina y de toda reconciliación.
1435
El memorial
está inspirado en la conciencia del inmenso don recibido de la
"bondad del Padre" ("esta ofrenda que viene de ti") y del
amor de su Hijo: la propia ofrenda eucarística como sacrificio de
reconciliación. Por eso, como respuesta agradecida a este don,
le pedimos que nos acepte "con su Hijo amado". Así, la
reconciliación con Dios en Jesucristo es expresada ligando la ofrenda de
Cristo y la de los cristianos en un mismo movimiento ascendente, que
quiere ser respuesta al don celeste recibido de Dios. Es el doble movimiento
por el que Dios se da al hombre y el hombre a Dios, en Cristo Jesús,
para consumar su sacrificio en la reconciliación y en la
comunión.
Restablecida,
pues, la reconciliación con Dios por el don sacrificial de Cristo,
se pide en la segunda epíclesis el don del Espíritu por la
comida eucarística, para que, "haciendo desaparecer todas
las causas que nos dividen" (eco de la función pacificadora
atribuida al Espíritu en el prefacio), podamos reconciliarnos con los
demás en la comunión de la iglesia, por la fuerza de su caridad.
Así podrá hacer de su iglesia "signo visible de unidad y
servidora de la paz": expresiones ambas tomadas del Vat. II (SC 47 y GS
77). En ello se centra y concreta la aspiración que da forma a la
intercesión por la iglesia de esta plegaria. La intención de la
epíclesis y la del ruego por la iglesia han quedado perfectamente fundidas,
identificadas y abiertas al sentido de la comunión del cuerpo y la
sangre del Señor. Esto se profundiza aún más en la
aspiración escatológica que concluye el texto de esta
plegaria para la eucaristía: ésta es presentada, como
prefiguración de la bienaventurada paz futura, en los términos de
una conciliación universal de hombres de toda lengua y
nación, de toda raza y cultura, com
Nuevas plegarias
eucarísticas
partiendo el
único "banquete del reino". Así, la
"reunión" y "comunión" en torno a la mesa de
Cristo, que aquí celebramos, son anuncio y pregustación de
la reconciliación definitiva adquirida por nuestro Señor, e
impulso y sentido de la tarea a que ella nos destina en nuestro peregrinar
creyente.
III.
Conclusión: Plegarias para celebrar en nuestro caminar creyente
Estas plegarias
subrayan el interés por centrar la acción de gracias en Cristo y
en el amor que lo ha conducido a la pascua. Inspirándose, por otra
parte, en la reforma conciliar, es relevante la presencia de referencias a
textos bíblicos y a la percepción de la historia
salvífica; pero una historia de salvación que continúa hoy
en sus efectos liberadores. En este sentido se intenta conectar con la
valoración del mundo actual y sus exigencias, según la visión
ofrecida por el concilio en
NOTAS: ' Cf B.
Neunheuser, Eucaristía perenne, en Preghiere Eucharisliche (testo e
commento), Leumann, Turín 1969, 33-59 — 2 Not. 4 (1968)
146-155 ' Comentario en A. Cuva,
Fate questo in
memoria di me. Vivere la messa, Paulinas, Roma 1980, 168s — " Aloe.
al"Consilium"el
1436
concretas a los
textos bíblicos que inspiran su Beguérie-J. Evenu,
Eucharisües de lous pays,
Prayers, Chapman,
Londres 1968 — " Ph.
formulación)
— 2I Ato. 3(1967)368 —M Para CNPL, París 1975, 5-6 -SC 11 -
Cf A.
7
8información completa sobre el tema, recomenNocent Nuove preghiere
eucaristiche? Panora
damos la nota de
D. Sartore, fl problema del ma e problemi, en RL 60 (1973) 151-167
adattamento della
liturgia per i fanciulli, en ' A. Bugnini,
RL 60 (1973)
221-227 (con abundante biblio1975), CLU, Roma 1983,457s. Para un estudio
grafía
sobre las publicaciones más significativas del problema son
interesantes: A. Nocent, a.c;
al respecto, en
las notas de las pp. 221-222);
Comission
nationale "Liturgie-Enfance", Lesenne eucaristica.
Liberalizzazione delle Preghiere
E. Ruffini,
Creativitá efedeltá nella celebrazio
fants a la messe,
París 1968 (trad. it.: [fanciulli Eucaristiche?, en RL 60 (1973)
167-203; J. Llo
alia Messa, LCD,
Turín-Leumann 1971); sobre pis, La plegaria eucaristica,
¿repetición o sor
la
situación en los países de habla alemana, presa?, en Ph 15 (1975)
217-279 - l0 Para ofrece una panorámica R. Sauer, Von der Kin-el
problema de la participación de la plegaria
derlilurgie zur
Jugendliturgie. Ein Siluation
bericht, en
Katechetische Blátter 97 (1972) 637Oñatibia Plegaria
eucaristica y participación ac
eucaristica
recomendamos leer el artículo de I.
640;
números monográficos de revistas dedicativa, en Ph 15 (1975)
257-270 — " Para un es
dos al tema:
"Liturgie et vie chrétienne" 66 tudio de todo el proceso que
llevó a la publica
(1968); Parroise
et liturgie 52 (1970) n. 3; "Cación de la carta EP,
véase A. Bugnini, o.c, 457-23
techesi" 40
(1971) n. 79, fase. D; Ph 67 (1972) 469 - A AS 65 (1973) 340-347; ed. esp.
en E
,2 Particularmente, por ejemplo, las
orientacio(1973, I) 813-816; Ph 13 (1973) 521-529, y A.
nes aprobadas
"ad experimentum" por el episPardo, Liturgia de
copado
alemán: Gottesdienst mil Kinder, Müntextos posconciliares),
Estella, 1979, 242-258; N
chen 1970
(primero del leccionario y luego, en 84 (1973) 193-201, acompañada de un
comenta
una segunda
parte, la liturgia eucaristica); en rio (pp. 202-213) y de otros estudios (pp.
214
Bélgica,
M.-Ph. Schuermans, Unepriére eucha246). Un comentario del propio
Bugnini en
ristiquepour
assemblées d'enfanls, en "Paroisse L'OR
et liturgie"
53 (1971) 345-354; en Suiza, Norme comentario, S. Marsili, Ancora una volta:
crea
e sussidi per la
celebrazione deU'Eucaristia per tivitá e adattamento, en RL 60 (1973)
577
categorie e
gruppiparticolari di persone. Centro 580 -" En LÓR, l.c. —
'" Cf Ph. Beguérie-di liturgia, Lugano 1972 (y las plegarias adapta
das de las que
hablamos en seguida) — 24 Tal el Misal alemán y en el italiano
— l5 Cf S. Marprincipio será recogido por el DMN (n. 13): cf
sili, a.c. — " Es el caso de la plegaria "Mach-
J. Evenu, o.c,
96-97: variantes introducidas en
M. Filippi, II
direttorio nella luce de la pedagotige God", aprobada el
gía
catechistica, en RL 61 (1974) 654. Sobre los del Congreso pastoral
holandés (y ya introduci
aspectos
sociológicos y psicológicos del probleda en su Misal
Romano). También a Brasil se le
ma es interesante
leer el artículo de D. Borobioautorizó una plegaria para el
Congreso eucarís-
V.M. Pedrosa
Celebración de
los niños,
en Ph 12 (1972) 12-27; como subsidios lengua flamenca le fue concedida a
Bélgica el 9
para este tipo de
iniciación podemos citar: lni4-76 la plegaria eucaristica
"God, onze Vater",
ziazione dei
fanciulli alia Messa, en Cat. 42 y extendida su autorización a Holanda
el 20-1
(1973) n. II,'
I-I4; M. Costa, // "Gioco della 79, donde ha sido inserida en su Misal
Romano.
Messa'. en Cat.
42 (1973) n. 6-7, 2-22; G.M. Canadá ha solicitado la aprobación
de una ple
Nissím,
Fanciulli verso VEucaristia, Paulinas, garia eucaristica "para la
celebración del matri
Roma 1969; F.
Destang y M. Fourmond, Le monio"; cf D. Sartore,
Seigneur est avec
nous, Sénevé, París 1969; un capitolo apeno della riforma
litúrgica, en
H.M. Schulz,
Katechese und Gottesdienst mit RL 69 (1982) 620-632 -" Sobre la
génesis del
Kinder,
Grünewald, Mainz 1973; H. Grossecanon suizo, véase W. von Arx,
Das Hochgebet
Já'ger,
Eucharistiefeier für Kinder, Patmosfür die Kirche in der
Schweiz. Ein luturgiege-
Verlag,
Dusseldorf 1969. Para una visión de schichtliches Ereignis. en
Zeitschrift für
conjunto de los
pasos dados por los diversos Schweizer Kirchengeschichte 1 \ (1977) 279-293.
episcopados (con
bibliografía citada), véase J. Para una discusión
crítica del texto véanse: S.
Aldazábal,
Acoger a los niños en nuestra EucaMarsili, Una nuova Preghiera
eucaristica per la
ristía, en
Ph 19 (1979) 496-498 — 2S G.M. Nis-Chiesa italiana, en RL 67 (1980)
465-478 (valo
sim se expresaba
así: "Por un lado, no está bien ración negativa); J.
Baumgartner, Ambigua per
hacer asistir a
la misa sin una preparación pe
dagógica
adecuada; por otro lado, tal prepa<••"• - Una
replica, en RL 68 (1981) 82-94 (réplica
¡a Lhiesa
italiana la nuova preghiera eucaristi
ración
pedagógica incluye y presupone una a la valoración de S. Marsili)
-'» Información
verdadera
experiencia de la misa. ¿Cómo comsobre el proceso hasta su
aprobación en A. Bu
paginar dos
exigencias aparentemente contragnini, o.c, 469-470 (v. nota 36) -" Cf
ib
dictorias? A esta
pregunta deberían responder Presentación y comentario de esta
plegaria
al punto las
celebraciones eucarísticas" (Fanen Ph. Beguérie-J.
Evenu, o.c. (con referencias
ciulli verso
VEucaristia, Paoline, Roma 1969,
1437
22-23) — 26
V. nota 23; de las del francés se publicó en España: Los
niños en
Nuevas plegarias
eucarísticas
la importancia de
la catequesis sobre la misa (cf Eucharisticum Mysterium 14 y Dircct. Cateq.
Gen. 25), y más específicamente sobre la plegaria eucaristica
(cf también n. 52) " R. Bugnini, o.c, 440 — 34 Cf DMN 9
y 13; recogido de J. Aldazábal, Las ideas básicas del Directorio,
en Doss. cit., 50-52 (donde lo explica más ampliado); cf E. Matthews,
o.c, en nota 31; y Cent. Nation. Ens. Relig., o.c, en nota 29; M. Costa, //
"gioco della Messa'. Iniziazione litúrgica per i fanciulli
alia Messa di prima comunione, en Cat. 6-7 (1973) 2-22; J. Llopis, Pedagogía
del juego e iniciación litúrgica, en Ph 75 (1973) 235-245; R.
Sauer, Das Kind im Vorfeld der Eucharistie. Überlegungen und Anregungen
zur voreucharistischen Erziehung, en Diakonia 4 (1975) 238-248 — "
Para su génesis véase R. Bugnini, o.c, 470ss; J.
Aldazábal, Doss. cit., 910 y 53-55; R. Kaczynski, a.c, en nota 30
— 36 Interesante el comentario que hace Bugnini de estas tensiones en la
nota 36 de su texto — 37 "Carta circular a los presidentes de las
Conferencias Episcopales sobre las plegarias eucarísticas para
las misas con niños y de la reconciliación" Roma,
M. Carmona
García
o
SUMARIO: I.
Introducción de carácter bíblicoteológica; 1.
Origen del ministerio episcopal: a) Datos bíblicos, b) Dé la
iglesia apostólica a la época patrística, c) De la
época patrística a la edad media, d) De la reforma protestante al
Vat. II; 2. La doctrina conciliar: a) Los desarrollos de la
teología posconciliar, b) El carisma permanente del episcopado - II. El
obispo en la historia de la liturgia: 1. De la iglesia apostólica a la
iglesia de los padres: a) Primer estadio, b) De la época carolingia a
los Pontificales, c) La reforma del Vat. II - III. El actual ministerio
episcopal en la
liturgia: I. Moderador de toda la vida litúrgica: a) Presidente de la
asamblea litúrgica, b) Regulación y distribución de los
sacramentos, sobre todo de los de la iniciación cristiana, c)
Promoción de la oración eclesial; 2. El carismático de la
síntesis.
I.
Introducción de carácter bíblico-teológico
El primer
ministerio sagrado constituye, sin duda, el punto de partida de la
teología de los órdenes, porque los obispos han sido considerados
por la tradición cristiana como los sucesores de los apóstoles (o
en los. apóstoles).
1. ORIGEN DEL
MINISTERIO EPISCOPAL. Ciertamente, no todas las funciones de los
apóstoles son transmisibles (por ejemplo, el hecho de haber
sido testigos oculares de Cristo); pero no puede negarse que la tradición
católica, en el sentido más amplio del término, ha
considerado el ministerio de los doce, a los que ya Pablo llama
apóstoles por excelen
cia (cf 1 Cor
12,28), como el fundamento de una cadena ininterrumpida destinada a
garantizar la perpetuidad de la misión y del servicio ministerial
de la iglesia, sobre todo a través de la sucesión episcopal.
La antigua
teología católica nos representaba la sucesión
apostólica de manera un poco mecánica, en la continuidad
histórica del gesto, ya en uso en el AT, de la imposición de
manos acompañado de una oración (He 1,24), que une a cada obispo
a uno de los doce apóstoles. Hoy, bajo la influencia del progreso
exegético, se tiene en cuenta también el punto de vista que
considera la sucesión colegial en el culto, en la doctrina y
en la disciplina,
ya que estos elementos están unidos entre sí, aunque se
considera que continuidad doctrinal y jurídica no son estrictamente constitutivas
de la sucesión apostólica.
Así, no se
excluye la existencia de la sucesión apostólica en el caso de
divergencias doctrinales notables; mientras, en el campo católico todavía
no nos hemos pronunciado oficialmente sobre la validez de la ordenación
de los obispos vagos, o sea, sin una esfera pastoral determinada y en
desacuerdo con las grandes confesiones cristianas.
Pero aparte del
problema de la naturaleza de la sucesión apostólica, existe
el problema de las relaciones entre episcopado y primado del pontífice
romano, que constituye uno de los puntos cruciales de la teología 1439
patrística
y escolástica, y hoy ecuménica.
En la
función del episcopado aparece de manera preeminente el lugar del
ministerio de la iglesia, porque en él se concentran las funciones comunes
del pueblo de Dios participadas del sacerdocio de Cristo: apóstol
(Heb 3,1), obispo (1 Pe 2,15), diácono (Me 10,45; Rom 15,8), pastor (Jn
10,11; Heb 13,20), sumo sacerdote (Heb 3,1), rey (Jn 16,17), maestro (Mt 23,8),
profeta (Jn 6,14; He 3,22). Si hay una igualdad básica entre los
fieles que se extiende a las funciones comunes del pueblo sacerdotal,
existe, sin embargo, una diferencia en los miembros del pueblo de Dios;
efectivamente,
Pero no por ello
los titulares de esta diaconía episcopal dejan de ser miembros del
pueblo de Dios, y por tanto mantienen relación de igualdad
entreellos y con los otros miembros de la iglesia; desde otro punto de
vista, están subordinados a la iglesia, porque el"apóstol
debe ha
Obispo
cerse "todo
para todos" (1 Cor 9,22).
Sin embargo, en
el NT y en el magisterio eclesialno aparece absolutamente claro que
el episcopado constituya solo y de por sí la iglesia, ni que
él solo comprenda todos los ministerios; efectivamente, las funciones
comunes de los ministerios no derivan del episcopado, sino del régimen
dispuesto por Cristo para su iglesia; como el episcopado no deriva del
papado, así las funciones comunes del pueblo de Dios no derivan
del episcopado; ni su afirmación disminuye el ministerio episcopal, sino
que más bien constituye su necesario complemento. La
cuestión de si el episcopado es necesario para el ser de la iglesia (ad
esse), para su plenitud (plenum esse) o solamente para el bienestar (bonum
esse), planteada por la teología anglicana, parece en el fondo
secundaria en el plano pastoral.
a) Datos
bíblicos. En el catolicismo de los comienzos, o sea, hacia el final
del s. I, como nos atestiguan sobre todo las cartas pastorales y otros escritos
de la época, se afirma la existencia de una episkopé dentro del
presbiterio (1 Tim 4,14): frecuentemente son discípulos de los
apóstoles que tienen como tarea conservar lo que han recibido
(1 Tim 1,12-17; 2 Tim 1,8-13; 2,3-10), vigilar sobre el patrimonio de la fe
heredado de los apóstoles (1 Tim 6,10; 2 Tim 1,12s; Tit l,ls) y
organizar los ministerios eclesiásticos (1 Tim 4,14; 2 Tim 1,6; 2,ls;
3,1-5). Según Tit l,5s parece que esta función episcopal
corresponde a los ancianos; de todas formas, ni éstos ni los
diáconos son llamados episkopoi, ya que el término se usa
solamente en singular (Tit 1,7; 1 Tim 3,2). Por tanto, el que el título
de obispo se reserve a un determinado miembro del colegio de ancianos
señala una etapa importan
Obispo
te de un proceso
que, después de la caída de Jerusalén y al final del episcopado
de Santiago, llevará a la afirmación, sobre todo en Oriente,
del episcopado monárquico.
b) De la iglesia
apostólica a la época patrística. Hacia finales del
s. i la
cristiandad presenta dos tipos de estructura jerárquica: el episcopado
monárquico en todo el Oriente (antioqueno), y el colegio de los
presbíteros-obispos en el Occidente (romano), que tiende cada vez
más a evolucionar hacia la monarquía episcopal. Roma
poseyó desde el principio esta sucesión de un obispo único
a la cabeza del presbiterio que lo elegía; en Oriente, el obispo cabeza
de la iglesia local es postulado casi por la necesidad de combatir las
herejías (sobre todo el gnosticismo). La eclesiología occidental
se concentró luego en señalar que la función
episcopal de Jerusalén, unida durante un tiempo a la de
Antioquía, se había transferido a la capital del imperio
romano.
El problema
común a estas diferentes concepciones de la eclesiología
de los ministerios, tanto de Occidente como de Oriente, es siempre el de
fundamentar, partiendo de la historia de la revelación y del dogma,
el derecho divino (en sentido estricto y primario) de la división del
orden ministerial en los tres grados de episcopado-presbiterado-diaconado.
Sin embargo, la estructura del ministerio eclesiástico, que coloca en el
primer puesto de la jerarquía al obispo respecto a los otros dos,
es el resultado de un cierto desarrollo dogmático; así como lo es
también la fijación del canon escriturístico y el
número septenario de los sacramentos.
El ministerio
episcopal, como ministerio de supervisión, podrá cambiar
sus connotaciones históricas con los tiempos; por ejemplo, en el
s. ni, en
África solamente se consi
1440
deraba al obispo
sacerdos y presidía solo la eucaristía; pero después del
concilio de Nicea, en el s. iv, la situación aparece invertida,
porque también a los presbíteros se les llama sacerdotes,
representan al obispo en la propia región y celebran la eucaristía,
mientras que al obispo se le reserva la función de jefe del presbiterio
y la responsabilidad del cuidado pastoral de la región (obispo regional).
c) De la
época patrística a la edad media. Tras la época
patrística se da una progresiva sacralización de los ministerios,
sobre todo el del obispo, en concomitancia con el debilitarse de la
conciencia del sacerdocio común de los fieles: la eclesiología
que hace de la iglesia como un reino de los cielos sobre la tierra
(época carolingia) pone cada vez más en claro en Occidente que el
obispo es el sujeto de una potestas, de la que el obispo de Roma aparece como
el emblema y prototipo, ya que posee las llaves supremas de este reino.
En la
preescolástica, la teología de los poderes (cf Pedro Lombardo,
Sent. IV, 24,13) llevará a unir casi exclusivamente el orden a la
eucaristía, considerada como sacrificio, reforzando así
la tesis de Jerónimo y del Ambrosiáster (pseudo-Ambrosio),
que a través de Rábano Mauro y Amalario de Metz llegó
hasta Pedro Lombardo: entre episcopado y presbiterado no hay diferencia sacramental
en este plano cultual. Efectivamente, el aspecto real del gobierno se
asigna no al poder de orden, sino al de jurisdicción. Los otros poderes
sobre el cuerpo místico (por ejemplo, predicar, perdonar los pecados,
guiar al rebaño) los considera la gran escolástica como
secundarios respecto al primario sobre el cuerpo eucarístico de Cristo
(cf santo Tomás, S. Th. III, q. 67, a. 2, ad 1), 1441
mientras que la
doctrina del carácter (presente ya en Agustín), considerado
como delegación desde una visión litúrgica (cf santo
Tomás, ib,
q. 63, a. 2),
servirá para justificar las llamadas ordenaciones absolutas (o sea,
hechas no en función de una comunidad) y la celebración de
las misas solitarias.
d) De la reforma
protestante al Vat. II La reforma protestante, reivindicando el sacerdocio
común de los fieles contrapuesto al ministerio
jerárquico,
identificado con un cierto estilo de vida y un cierto status en la
iglesia, acabó por vaciar lo proprium de la función
episcopal, reduciendo la ordenación a la simple capacitación
para el ministerio de la palabra y a la función organizativa de la
comunidad. El concilio de Trento (DS 1763-78), al tratar de la doctrina
del sacramento del orden, reafirma la sacramentalidad de los tres grados
ex ordinatione divina (preferida a la expresión ex iure divino de
los canonistas medievales); pero no superó la llamada teología de
los poderes. Después ésta, en la manualística
postridentina, llegó casi a identificar el poder de
jurisdicción con la misión pastoral, sobre todo del obis
po. Este aparece
así como un soberano religioso, que ejerce los tres poderes en
grado sumo en el vértice de una jerarquía que se contrapone
dualistamente al laicado, cuyo sacerdocio real, cultual y profético
queda casi ignorado. Antes del Vat. II, la const. ap. Sacramentum ordinis (30
de noviembre de 1974) tuvo el mérito no sólo de restablecer
la esencialidad del orden, expresada en la imposición de
manos, sino también de haber dejado adivinar la teoría de la
sacramentalidad del episcopado.
2.
46
Obispo
fundada sobre
bases cristológicas que el Vat. II desarrolló, ha vuelto a unir
con el Cristo siervo-pastorsacerdote-maestro la doctrina del episcopado,
devolviendo a la ordenación episcopal (LG 21) el valor de un don
específico derivado de la fuente pneumatológica (LG, c. II), no
ya respecto al momento eucarístico únicamente, sino abierto
a la misión: ordenados y consagrados para la misión (LG 22). El
esquema ternario de las funciones ya no es, por tanto, visto en sentido
separado, sino en relación con toda la misión de la iglesia, en
la que la consagración hace entrar al obispo en el "ordo
episcoporum" (LG 22), o sea, en un cuerpo dedicado colegialmente a la
misión universal. Solamente así se funda la presidencia de la
comunidad tanto
eucarística como pastoral, que corresponde por derecho y por
naturaleza al obispo (es una preeminencia de decisión y de
verificación), sin reservarle necesariamente el primado de competencia.
Así aparece el obispo en el vértice de la jerarquía
ministerial (LG 21), distinta en sus tres grados de intensidad del sacerdocio
único: la distinción entre estos grados y el sacerdocio de
los fieles viene denominada de esencia (LG 10). La teología
posconciliar no ha hecho sino desarrollar la perspectiva del ministerio,
sobre todo del obispo, como expresión del sacerdocio de Cristo, que
vive e intercede por nosotros en la gloria del Padre.
a) Los
desarrollos de la teología posconciliar. El obispo, en esta perspectiva
teológica integrada, se hace signo sacramental de Cristo-cabeza frente a
la comunidad, con relativos poderes mesiánicos (cf sínodo episcopal
sobre el sacerdocio de 1971). Pero las acentuaciones de este sacerdocio
del Cristo-por-nosotros adquieren matices diversos, que afec
Obispo
tan a la
teología del episcopado. Hay quien pone en primer plano la ministerialidad
de Cristo-siervo. Otros prefieren la figura del pastor (H. von Balthasar) para
evitar los peligros de nuevos verticismos, en función de la
temática del amor gratuito. También el Cristo-profeta o
anunciador de la palabra (K. Rahner) se asume como modelo primario del obispo,
para subrayar más una teología de tipo relacional-sacramental frente
a la institucional y para acreditar el mensaje autorizado de la palabra de
Dios en la iglesia, que luego alcanza su culminación de eficacia en
la eucaristía. En el tipo del Cristo-mandado o enviado por el Padre
al mundo se quiere acentuar la bipolaridad de llamados-enviados (J.
Ratzinger y Comisión Teológica internacional sobre el
ministerio sacerdotal, 1970). Se insiste en la imagen del Cristo-sacerdote
dei nuevo sacrificio y cuito, con vistas a reunir en el sacerdocio espiritual
del pueblo de Dios tanto el culto existencial cuanto el eucarístico-ritual.
Hay quien considera sobre todo a Cristo como fuente de gobierno, que
deviene signo eficaz de la unidad de la iglesia y hace la síntesis
armoniosa de los carismas
(W. Kasper). A
esta tesis se asocia quien (O. Semmelroth) ve en el obispo el guía
ordenador de la comunidad. Finalmente, no falta la corriente
pneumatológica, que ve en el carisma episcopal la
representación de la iglesia frente al mundo y del Señor
resucitado frente a la comunidad, mediante el gesto epiclético de la imposición
de manos en cadena histórica como signo de la conformidad de la fe
apostólica y como garantía de la acción del
Espíritu Santo en la iglesia (E. Schillebeeckx).
La
discusión sobre la naturaleza del carácter del orden, que en
tendencialmente
ahora en la declaración Mysterium ecclesiae (n. 6) de
b) El carisma
permanente del episcopado. En sustancia, el carisma permanente del episcopado
como primer grado de la jerarquía eclesial se ve hoy en una
tensión dialéctica entre la perspectiva universal de la misión
de la iglesia, que por su naturaleza se orienta a la salvación del
mundo (GS 40s), y el redescubrimiento de la teología de la
iglesia local
(J. Zizioulas), a
cuyo servicio está el obispo para que se mantenga unida en la
división. En la superación de una ontología
estática de los tres poderes (la precedente doctrina escolástica)
y en el rechazo de un empirismo funcional (tendencia protestante)
parece residir la síntesis de las diversas tendencias, en cuanto el carisma
de la autoridad, entendida en su sentido original de augere (hacer creer),
tiene la misión de promover todos los carismas eclesiales,
después de haberlos reconocido, con una pastoral de diaconía
global de toda la iglesia.
II. El obispo en
la historia de la liturgia
El rito de la
ordenación en su evolución histórica es un test
privilegiado para comprender las diferentes acentuaciones de la
concepción litúrgica de los ministerios.
1. DE
afirmar la
dependencia del Espíritu y para reclutar, mediante la comunidadj a
responsables, sobre todo del ministerio de la palabra y, en consecuencia,
de las demás actividades internas de la iglesia.
a) Primer
estadio. Los ritos de
rado a Clemente
Romano al comparar al obispo con Moisés (Ad Cor. 43,1-6; 51,1),
mientras se reconoce que son hombres eminentes que han sucedido a los
apóstoles y que nombran responsables con el consenso de todos en la
iglesia (44,2-3). También Ireneo defiende la autoridad de] obispo
ante la necesidad de luchar contra la herejía de Valentín, que la
negaba (Adv. Haer. 1, 13,6) en nombre de una autoridad espiritual de la
iglesia (recibida con el carisma de profecía) contrapuesta a la ministerial.
En los Actos de Pedro y Simón
Obispo
(apócrifos
gnósticos del s. n) se ha
bla del rito de
imposición de manos
como necesario para
la ordenación
de los obispos,
al igual que se creía
lo había
sido para los apóstoles mis
mos por parte de
Cristo (c. 10).
En el s. III,
Pero el problema
litúrgico afecta al rito de la imposición de manos, derivado del
AT (Núm 27,18-23); efectivamente, en la literatura latina del s. III se
le atribuye un sentido aparentemente diverso del de Pablo (1 Tim 4,14; 2 Tim
2,6): de signo del don de un cierto carisma se pasa al signo de una
delegación de la autoridad de la iglesia, análogo a la semikhah
(imposición de manos) rabínica. La oscilación de
significado del gesto de ordenación entre la naturaleza de mandato
jurídico con carácter funcional (Didascalía siriaca y
tradición latina) y de cualidad inherente y permanente, que le
atribuye la posterior teología latina, no disminuye
Obispo
el valor colegial
de la ordenación hecha al menos por tres obispos (conc. de Nicea,
325). La reinterpretación del gesto ritual se refleja en la concepción
del papel del obispo, concebido como un carisma especial en la iglesia,
del que el obispo es solamente el mediador: un poder que le permite
dar a otros un carisma semejante. Después, en los diversos ritos
de ordenación, se considerará al obispo como sucesor de los
apóstoles, de los profetas y de los patriarcas (Eucologio de
Serapión, s. iv); y también "mediator" (en los Sacraméntanos
romanos); "pastor et rector" de una iglesia local
("ordenado para...": solamente en el s. XII adquirirá
valor patrimonial), hasta llegar a ser una figura sacral, heredera del sumo
sacerdocio veterotestamenta
rio
(Aarón).
b) De la
época carolingia a los Pontificales. Pese a la introducción por
la iglesia siríaca (Constituciones apostólicas IV, 2-V, 12) del
rito de la imposición del evangelio sobre la cabeza del elegido,
como referencia a su misión profética además de cultual,
las modificaciones del ritual de la época carolingia hasta la codificación
de los Pontificales romanofrancos contribuirán a reforzar la imagen
digamos pontifical del obispo. El desplazamiento del rito de ordenación
del final de la liturgia de la palabra a después del gradual; la unción
de la cabeza (por analogía con las otras funciones sacramentales); la
entrega del anillo, primero, y del báculo, después, además
de las suntuosas vestiduras sagradas; la añadidura posterior
de la unción también de las manos; la entrega de la mitra
(reservada antes solamente al papa); la toma de posesión de la
cátedra episcopal convertida en trono, son el signo de esta
primacía de lo jurisdiccional, que asimila al obispo a un soberano
feudal, en un contexto de
1444
drama sacro que
garantiza su legitimación social. Su autoridad parece derivar no
del carisma del Espíritu, sino de la investidura canónica expresada
en el mandato papal exigido para la ordenación.
c) La reforma del
Vat. II. En la reforma del rito de ordenación reaparecen los puntos
clave de la doctrina conciliar, sobre todo en la homilía y en
las preguntas del obispo presidente (RO, c. VII, 18 y 19): predomina la
figura del obispo como pastor del pueblo de Dios más que como
guardián de la fe o como modelo irreprensible; prevalece la referencia
a la figura de Cristo pastormaestro-sacerdote (colecta [Misal Romano,
Misas rituales: para las órdenes sagradas] y oración de
consagración de Hipólito [RO, c. VII, 26]), considerado en
la unión con los apóstoles y los obispos; se han recortado
los ritos de la unción de la cabeza y de las entregas con fórmulas
menos triunfalistas (RO, c. VII, 28-32). Sin embargo, se puede observar
que el tema de la colegialidad no ha encontrado todavía una adecuada
expresión ritual, así como tampoco una
caracterización de las funciones prerrogativas del obispo a tenor
de la tradición (predicación litúrgica, presidencia de la
eucaristía, reconciliación de los penitentes, dirección
de la iniciación cristiana).
III. El actual
ministerio episcopal en la liturgia
Las notas
características de la tradición nos han revelado tres funciones
esenciales del ministerio episcopal: el carácter colegial del
episcopado ("ordo episcoporum"); la sucesión
apostólica (jerarquía de orden); la función pastoral en la
iglesia (centro constitutivo de la iglesia local y corresponsable, con el
obispo de
1445
Roma, de la
iglesia universal). Pero la actual reforma litúrgica ha hecho aparecer
otras funciones complementarias.
1. MODERADOR DE
TODA
a) Presidente de
la asamblea litúrgica. Toda legítima celebración
eucarística está presidida por el obispo, al que se le ha
confiado el encargo de prestar y regular el culto a la divina majestad; de
aquí se sigue que el obispo tiene la responsabilidad primaria de la
participación activa, consciente y plena de su pueblo en la liturgia (SC
14), organizando, mediante una eficiente comisión litúrgica
(SC 45) [/ Organismos litúrgicos] todas las iniciativas de catcquesis
y de / formación tanto del clero como de los laicos. Para ser
también el modelo de esa presidencia celebrante, el obispo
deberá hacer de la misa episcopal un tipo ejemplar de
participación promocional, más allá de la simple fidelidad
ejecutiva de los ritos y del decoro formal del ambiente.
b)
Regulación y distribución de los sacramentos, sobre todo de los
de la / iniciación cristiana. En un contexto de / secularización,
la función moderadora en el campo sacramental deberá
dar la primacía a la función evangelizadora (RO, c. VII,
Obispo
18.29); por eso
el grave problema de la predicación no puede quedar a la iniciativa
individual sin una programación de itinerarios catecumenales
o
cuasi-catecumenales, que se indican también en el RICA.
Según este ritual (RICA 44), corresponde efectivamente al obispo
asumir la responsabilidad de este proceso de educación en la
fe, sobre todo cuando hoy se aplica no sólo a adultos bautizados de
niños, pero sin instrucción catequética (RICA, c. IV,
295-305), sino también a muchachos en la edad del catecismo no
bautizados (RICA, c. V, 306-313). Además, los obispos no son sólo
ministros originarios de la confirmación y únicos del orden
sagrado, sino que tienen una responsabilidad en el sacramento de la
penitencia, sobre todo procurando que la imagen de este sacramento
adquiera una configuración menos individualista (cf SC 27).
c)
Promoción de la oración eclesial. Al obispo compete promover
la oración litúrgica de las Horas en todas las categorías
de fieles, pero también presidirla en la catedral (OGLH 20),
además de regular los ejercicios sagrados de su iglesia particular,
que de este modo gozan de particular dignidad (SC 13). Para hacerlo no
solamente debe ser maestro de oración, sino también modelo;
no sólo en sentido ejecutivo, sino también creativo en la
necesaria adaptación recomendada por el concilio (SC 40).
2. EL
CARISMÁTICO DE
Objetos
litúrgicos/ Vestiduras
en la iglesia
naciente (He 15,28: "el Espíritu Santo y nosotros hemos decidido"),
debe poderse expresar en una continua búsqueda, en prudente
discernimiento, en una valiente promoción de todos los carismas que
el Espíritu suscita en su iglesia: en este sentido, el obispo debe saber
hacer la síntesis de los carismas, además de poseer el carisma de
la síntesis. Esta síntesis carismática no es absorción,
sino capacidad de reducir a-lo esencial del evangelio tanto en la
predicación como en el gobierno; es la fuerza del Espíritu para
hacer resonar el kerygma de la fe en Cristo resucitado en todo su poder
(Rom 1,16); en la dedicación continua a ejercer una paternidad en el
consejo presbiteral, "no como dominadores que hacen pesar su autoridad
sobre la porción de los fieles que les ha correspondido en suerte,
sino sirviendo de ejemplo al rebaño" (1 Pe 5,3). El retrato
más hermoso del obispo y de su acción pastoral parece ser el que
traza Pablo en 2 Cor 3,2-3: hacer de su comunidad una carta escrita en el corazón
de sus fieles, "no con tinta, sino con el Espíritu de Dios viviente".
E. Lodi
BIBLIOGRAFÍA.
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episcopal, en "Liturgia" 23 (1968) 255314; Aroztegui F.,
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"Phase" 78 (1973) 505509; Auge M., El servicio episcopal en las
misas del Papa Vigilio (s. VI) y en el Val. II (s. XX). ib, 28 (1965) 239-243;
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en "Concilium" 87 (1973) 47-62; Hurley D., La oración del
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J.A., El obispo y los "sacra exercitia", ib, 2 (1965) 5159;
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sobre la sagrada liturgia, ib, 32-50; Oñatibia I., Renovación
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1446
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espiritualidad, en "Phase" 142 (1984) 375-384; Vagaggini C
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Cauwelaert J., La oración del obispo en su comunidad, ib, 52(1970)
213-218; Weakland R.G., El obispo y la música para el culto, en
"Phase" 142 (1984) 362-373; VV.AA., Teología del episcopado
(XXII Semana Española de Teología), Madrid 1963; VV.AA.,
Episcopado, en SM 2, Herder, Barcelona-I 976, 607-639. Véase
también la bibliografía de Insignias, Ministerio y Orden.
SUMARIO: I.
Objetos litúrgicos en general: 1. Valoración cultural-religiosa;
2. Síntesis histórica; 3. En el "hoy" de la
iglesia: a) Notas distintivas, b) Materia y forma, c) Objetos
litúrgicos y arte sacro, d) Autoridad competente - II. Principales
objetos litúrgicos: 1. Vasos eucarísticos: a) Materia y forma, b)
Bendición del cáliz y de la patena; 2. Vestiduras de los
ministros: a) Las distintas vestiduras, b) Materia y forma, c) Colores, d)
Insignias litúrgicas - III. Conclusión.
Se denominan
objetos litúrgicos todos aquellos que de alguna manera sirven para
el ejercicio de la / liturgia. Se relacionan particularmente con los
lugares litúrgicos (iglesias, altares, etc.), con los ministros de
la liturgia y con las celebraciones litúrgicas, sobre todo con la
celebración eucarística.
No deja de ser
abundante la literatura relativa a los objetos litúrgicos. La
índole del presente diccionario nos impone unos límites.
Creemos que será suficiente dar en primer lugar una visión
de conjunto sobre los objetos litúrgicos considerados en su
complejidad, para pasar después al análisis de los principales de
ellos. Nos vamos a referir de manera especial a los vasos
eucarísticos y a las vestiduras de los ministros.
1447
I. Objetos
litúrgicos en general
Después de
una aproximación valorativa de carácter cultural al tema,
presentaremos una breve síntesis histórica sobre los objetos
litúrgicos y expondremos la situación actual a este respecto.
1.
VALORACIÓN CULTURAL-RELIGIOSA. Más o menos, en casi todas
las culturas la historia de los objetos utilizados en las celebraciones
religiosas presenta dos estadios fundamentales. Se usan, primeramente,
objetos que no se diferencian de los utilizados en las circunstancias ordinarias
de la vida. La única exigencia a la que deben responder aquéllos
es la practicidad-funcionalidad. Se observa, sin embargo, la tendencia a
preferir objetos que se distingan por su belleza y su nobleza. Y así es
cómo a la exigencia de practicidadfuncionalidad se unen cada vez
más la de la ornamentación (y del arte) y la del respeto de que
se aspira a rodear el ejercicio del culto. Queda de esta manera allanado
el camino para un sucesivo desarrollo, que tendrá como objetivo la
diversidad de objetos utilizados en el culto y, por consiguiente, su
fijación. Simultáneamente viene a consolidarse una nueva
exigencia, de carácter psicosociológico, que se concreta en
el reconocimiento de la necesidad o utilidad de algunos signos
externos, fácilmente reconocibles, ligados al desempeño
de determinados servicios comunitarios.
En algunas
culturas más abiertas y desarrolladas se descubre todavía un
tercer estadio de evolución: los objetos, aun permaneciendo sustancialmente
los mismos, están sometidos a una continua adecuación a las
nuevas orientaciones del arte que vienen a enriquecer las distintas culturas.
Objetos
litúrgicos/Vestiduras
Todo lo cual nos
lleva a la conclusión de que el uso de objetos reservados para
el culto viene a constituir generalmente un hecho cultural de notoria
relevancia en todos los pueblos; un hecho que es en ocasiones objeto de
contestación, pero que irá sobreviviendo merced a su connatural
e innegable valor de / signo. Las contestaciones mismas a las que está expuesto
no servirán sino para purificarlo y para mantener su credibilidad.
Esta
valoración cultural-religiosa con que hemos iniciado nuestra exposición
será la base de todo nuestro tratado sobre los objetos
litúrgicos.
2.
SÍNTESIS HISTÓRICA. Nos interesa ahora de inmediato hablar
de la historia de los objetos litúrgicos cristianos '. Tratamos de los
objetos litúrgicos en general. Debemos, pues, contentarnos con
rápidas alusiones. Está, en efecto, fuera de toda
discusión que para una verdadera y completa historia de los objetos litúrgicos
sería necesaria una descripción muy concreta de cada uno de
ellos o de determinados grupos, con explícita referencia a las distintas
familias litúrgicas o, al menos, a las principales de Oriente y de
Occidente.
Al comienzo de su
misión, la iglesia no adoptó para el ejercicio de la
liturgia objetos distintos de los habitualmente usados para las
demás actividades. Se procuró evitar, en este campo, el
influjo de la religión hebraica, aun considerándola como
punto necesario de referencia para el cristianismo a causa de la doctrina
revelada en ella contenida. Se evita igualmente, por motivos obvios, todo
contacto con las religiones paganas. Añádase que la
exclusión .de objetos especiales para el culto se hizo necesaria para no
exponer mayormente a la iglesia a las persecuciones que
acompañaron su propagación en el mundo pagano. En los
primeros siglos fue suficiente para la iglesia que los objetos
litúrgicos respondiesen a las exigencias fundamentales de
practicidad-funcionalidad, de decoro y de respeto al ejercicio de la liturgia.
A esta
línea pertenecen las primeras noticias sobre los vasos para la
eucaristía (cálices y patenas) y sobre las vestiduras de los
ministros. Para los vasos eucarísticos se mantiene que en un principio
fueron de cristal decorado. Sólo sucesivamente (¿s. IV?) se
había de recurrir a materias preciosas, con frecuencia elaboradas
artísticamente. Sobre las vestiduras de los ministros nos consta
que todavía en el s. v se utilizaban para las celebraciones
litúrgicas los hábitos comunes. Se excluían, sin embargo,
los militares y los de trabajo; entre los comunes se escogían los
más elegantes. En ciertos casos se adoptaron hábitos e insignias
de algunos funcionarios imperiales. Tal es la situación básica de
donde parten los posteriores cambios de las vestiduras
litúrgicas. Estas últimas se distinguirán progresivamente
y cada vez más por la riqueza de su materia y de su confección.
Será también causa determinante de su distinción la
reacción contraria, en los ambientes eclesiásticos, a la
adopción en el campo civil de nuevas formas de hábitos,
más cortos y más ceñidos, después de las invasiones
bárbaras.
De este modo
también en la liturgia cristiana se llegó al uso de objetos
totalmente distintos para el culto, así como a su fijación.
Concluirá tal proceso en el s. vn. Se dio un posterior desarrollo, sobre
todo en el campo de las vestiduras litúrgicas, particularmente de las
pontificales, hasta el s. xn, que fue como el ápice de la verdadera fase
creativa de los objetos litúrgicos. Mediante las vestiduras se
evidencia su dimensión de signo en los papeles propios de cier1448
tas personas en
el ejercicio del culto. Es de notar aún cómo en tal
período se propaga la costumbre de bendecir los objetos
litúrgicos con fórmulas propias [/ Bendición, IV, 3; el
Bendicional], como prueba de su exclusivo destino al culto. Las
primitivas fórmulas se remontan al s. ix2.
Después
del s. xn se dio una simple evolución de las formas y de la
ornamentación, que, sin embargo, no siempre supo evitar las molestias,
el desentono y las deformaciones. Desde la segunda mitad del siglo en curso se
han hecho diversas tentativas de simplificación, que encontraron
su ratificación en varias disposiciones del Vat. II y en la /
reforma litúrgica posconciliar.
Se ha de subrayar
igualmente cómo en el campo de los objetos litúrgicos
cristianos ha sido notable el influjo del arte en sus sucesivas etapas y
con sus diferentes estilos. Lo atestigua la rica producción antigua y
moderna en el campo de la pintura, de la costura, del bordado (por lo que
respecta a las vestiduras litúrgicas) y de la orfebrería (en
lo que se refiere a los vasos sagrados).
Para completar
esta síntesis histórica creemos útil una
última alusión a la interpretación simbólica
[/ Signo I Símbolo] de las vestiduras (e insignias) litúrgicas y
de sus diversos colores, interpretación que se desarrolló
ya en el medievo y que ha llegado hasta nuestros días'. No ha habido
vestidura litúrgica que no haya sido objeto de las más variadas
aplicaciones del simbolismo. Sobre tal tema se ha escrito mucho, pero se trata
las más de las veces de composiciones decadentes o artificiales. El
simbolismo de las vestiduras litúrgicas ha insistido en tres
puntos: las virtudes que deben resplandecer en los ministros que las visten; la
persona de Cristo representada por los ministros, su pasión, objeto
del memorial litúrgico. Tal simbolismo ha 1449
encontrado
expresión en fórmulas litúrgicas de diversa
índole: las pronunciadas por el obispo con ocasión de la
entrega de las vestiduras a los neo-ordenados; las utilizadas para la
bendición de dichas vestiduras; las recitadas por los mismos ministros
al vestírselas.
3. EN EL
"HOY" DE
A modo de
premisa, subrayemos cómo, por todo el conjunto, resulta clara hoy como
ayer la voluntad de la iglesia de distinguir entre los objetos destinados
a un uso sagrado y los destinados a un uso profano' y de hacer obligatorio el
uso de los primeros. Aparece más particularmente manifiesta tal
voluntad con respecto a los objetos de la celebración
eucarística *.
a) Notas
distintivas. ¿Cuáles son las notas distintivas de los objetos
litúrgicos? Puede decirse que las de siempre, pero hay que añadir
que hoy se ponen más de relieve y son objeto de particular insistencia.
Objetos
litúrgicos/Vestiduras
grado", dice
que la iglesia ha procurado siempre que "fueran en verdad dignas,
decorosas y bellas, signos y símbolos de las realidades celestiales"
(SC 122)'. Se ha de subrayar cómo
En
Es precisamente
esta primera consideración sobre las notas distintivas de los
objetos litúrgicos la que explica las demás indicaciones
relativas a los mismos.
b) Materia y
forma. Las notas distintivas de los objetos litúrgicos se manifiestan a
través de su materia y su forma '".
Objetos
litúrgicos/Vestiduras
culto con
dignidad y belleza, aceptando los cambios de materia, forma y ornato que
el progreso de la técnica introdujo con el correr del tiempo"
(SC 122). El Vat. II ha proseguido tal obra de aggiornamento como una de
las metas de la reforma litúrgica por él mismo decretada. Ha
establecido, por tanto, la revisión de
"los
cán&nes y prescripciones eclesiásticas que se refieren a
la disposición de las cosas externas del culto sagrado",
aludiendo especialmente "a la materia y a la forma de los objetos y
vestiduras sagradas"
(scmy
En
La
justificación de tal amplitud de perspectivas nos la da la tercera instrucción
para la exacta aplicación de
1450
c) Objetos
litúrgicos y arte sacro. Precisemos la relación existente
entre objetos litúrgicos y / arte sacro. Tal relación ha de
contemplarse a la luz de los principios generales sobre el arte sacro
enunciados por el Vat. II. Basten unas simples alusiones. La iglesia nunca
consideró como propio estilo artístico alguno, sino que fia
admitido fas formas artísticas de cada tiempo. También hoy
se intenta dejar libertad de expresión artística
según tiempos y lugares, con tal que se respeten las exigencias
del culto (cf SC 123). A fin de "promover y favorecer un arte
auténticamente sacro" es menester buscar "más una noble
belleza que la mera suntuosidad". Lo cual se aplica expresamente a
las vestiduras y ornamentos sagrados (cf SC 124). Los artistas deben recordar
"que sus obras están destinadas al culto católico, a la
edificación de los fieles y a su instrucción religiosa" (SC
127). Tales principios vuelven a aparecer en varios puntos de
d) Autoridad
competente. También en el sector de los objetos litúrgicos
pertenece a las conferencias episcopales de cada nación realizar, a
tenor del derecho, las adaptaciones exigidas por la necesidad o por las usanzas
locales (cf SC 128). Lo cual se afirma explícitamente con respecto
a la selección, para los objetos sagrados, de otros materiales, además
de los tradicionalmente utilizados 2" [/ infra, II, l,a;2,by c]. Cada
uno de los ordinarios debe procurar que los" objetos litúrgicos se
ajusten a los cánones del auténtico arte sa1451
ero (cf SC 124).
Como debe igualmente vigilar "para que los objetos sagrados y obras
preciosas, dado que son ornato de la casa de Dios, no se vendan ni se
dispersen" (SC 126)2I. Todo lo cual deberá igualmente tenerse
en cuenta en lo referente a los objetos litúrgicos que han
caído en desuso. En esta materia habrá que atenerse a las
normas más
concretas
emanadas de
Sede22 y de las
respectivas conferencias episcopales.
II. Principales
objetos litúrgicos
Después de
haber tratado de los objetos litúrgicos en general, vamos a echar una
mirada a los principales objetos, teniendo en cuenta la situación
actual. Nos limitamos a los sectores de los vasos eucarísticos y de
las vestiduras de los ministros, y sólo reseñaremos los datos
más destacados.
1. VASOS
EUCARÍSTICOS. Se denominan así los vasos sagrados destinados
a contener el cuerpo y la sangre del Señor: el cáliz, la
patena, el copón, el ostensorio o custodia, los portaviáticos.
Entre ellos merecen respeto especial el cáliz y la patena, "en los
que se ofrecen, consagran y se toman el pan y el vino"".
a) Materia y
forma. "Los vasos sagrados háganse de materiales sólidos,
que se consideren nobles según la estima común en cada
región"24. "Los cálices y demás vasos destinados
a contener la sangre del Señor tengan la copa de tal material que no
absorba los líquidos"25. "Para el pan que se va a consagrar
puede convenientemente usarse una sola patena más grande, en la que
se colocan el pan para el sacerdote y el de los ministros y
fieles"2". "Los vasos sagrados de metal, generalmente, lle
Objetos
litúrgicos/Vestiduras
ven la parte
inferior dorada, en el caso de que el metal sea oxidable; pero si están
hechos de material inoxidable o de oro noble no requieren el baño
de oro"27. "Por lo que toca a la forma de los vasos sagrados, corresponde
al artista crearlos, según el modelo que mejor corresponda a las
costumbres de cada región, siempre que cada vaso sea adecuado para
el vso litúrgico a que se destina"2'. En lo relativo a la materia y
forma de los vasos eucarísticos, el juicio corresponde a las
conferencias episcopales respectivas M.
b)
Bendición del cáliz y de la patena. En la anterior
disciplina, el cáliz y la patena eran consagrados por el obispo o,
en casos previstos por el derecho o por indulto, por un sacerdote. Hoy
solamente son bendecidos, y la bendición puede impartirla un obispo
o sacerdote cualquiera. Para que el cáliz y la patena puedan bendecirse
se exige que estén confeccionados según las prescripciones
de
En el pontificial
romano se explica el valor de tal bendición con estas palabras:
"El cáliz y la patena..., por estar destinados de manera exclusiva
y estable a la. celebración de la eucaristía, llegan a ser
vasos sagrados"". "El propósito de reservar estos vasos
únicamente para la celebración de la eucaristía se
manifiesta ante la comunidad de los fieles mediante una bendición
especial"32. Por razón de su peculiar destinó, es de alabar
que el cáliz y la patena se bendigan durante la misa
•». La fórmula utilizada en tal caso atribuye la
santificación del cáliz y patena al contacto inmediato que
se establecerá entre ellos y el cuerpo y sangre del Señor durante
la celebración eucarística ,4. Cuando, por el contrario, dicha
bendición del cáliz y patena tenga lugar fuera de la
misa, se usa una
fórmula distinta, en la que su santificación se considera fruto de
una bendición del Señor35. El texto de los formularios de bendición
del cáliz y patena se encuentra en el libro litúrgico Ritual
de la dedicación de iglesias y de altares,
113-118.
2. VESTIDURAS DE
LOS MINISTROS. Los ministros de las celebraciones litúrgicas
usan, siguiendo una antigua tradición [/ supra, I, 2], determinadas
vestiduras distintas de las profanas. Dada su peculiaridad, dependiente de la
materia, de la forma, del ornato y del color, vienen de alguna manera a
ocultar en los ministros su individualidad para poner más de
relieve su función al servicio de la comunidad y su dignidad '6. Por
otra parte, la variedad de vestiduras litúrgicas manifiesta la
diversidad de ministerios que tienen lugar en el ejercicio de la liturgia
[/ Asamblea] 37. En los nuevos / libros litúrgicos sólo
quedan raras huellas de interpretación simbólica de las vestiduras
litúrgicas (e insignias) y de sus colores.
a) Las distintas
vestiduras. Vestiduras comunes: todos los ministros, del grado que
sean, visten el alba y, en ciertos casos, la sobrepelliz 38. Vestiduras
propias del sacerdote son la casulla y el pluvial. La casulla se usa en la
misa y en otras acciones con ella relacionadas, de no decirse lo contrario 3'.
Se ha de vestir encima del alba y de la estola *>. Recientemente, en
determinadas regiones, a requerimiento de las respectivas
conferencias episcopales, se ha introducido un nuevo modelo de casulla,
mucho más amplia, que envuelve todo el cuerpo, lleva encima la
estola y sustituye al alba. Su uso se permite en la concelebración, en
las misas para grupos particulares, en las celebraciones fuera del recinto
1452
sagrado y en
casos análogos, cuando por motivos de lugar o de personas sea
aconsejable tal solución41. El pluvial se usa en las / procesiones,
así como en otras funciones sagradas, a tenor de las
rúbricas. Se viste por encima del alba o de la sobrepelliz ".
La vestidura propia del diácono es la dalmática. Puede
usarse en la misa y en otras celebraciones; se la viste encima del alba y de la
estola43. Puede usarla también el obispo y el abad en algunas
ocasiones, pero bajo la casulla44.
b) Materia y
forma. La materia y forma de las vestiduras de los ministros deben ser
objeto de una especial atención por parte de los pastores y de
cuantos las confeccionan, a fin de que contribuyan en gran manera "a
una celebración litúrgica digna" de las funciones
litúrgicas45. "... Aparte de los materiales tradicionales,
pueden emplearse las fibras naturales propias de cada lugar o algunas
fibras artificiales que respondan a la dignidad de la acción sagrada y
de la persona. De esto juzgará la conferencia episcopal" *.
"Por lo que toca a la forma de las vestiduras sagradas, las
conferencias episcopales pueden indicar y proponer a la sede apostólica
las acomodaciones que respondan mejor a las necesidades y costumbres de las
diversas regiones"47. "Es más decoroso que la belleza
y nobleza de cada vestidura se busque no en la abundancia de los adornos
sobreañadidos, sino en el material que se emplea y en su corte. La
ornamentación lleve figuras, imágenes o símbolos que
indiquen el uso sagrado, suprimiendo todo lo que a ese uso sagrado no
corresponda"48.
c) Colores. La
diversidad de colores en las vestiduras tiene como fin expresar al
exterior las características particulares de los misterios que se
celebran cada día (por ejemplo, el blanco, usado en las celebraciones
1453
de los misterios
gozosos y gloriosos del Señor). Los diversos colores sirven,
además, para mostrar "el sentido progresivo de la vida
cristiana a lo largo del / año litúrgico" (por ejemplo, el
morado o violeta en los períodos de purificación, como preparación
para las celebraciones de la natividad y de la pascua del Señor; el
blanco, en los períodos de la gozosa celebración de dichos
misterios; el verde, en el tiempo ordinario, vivido en una confiada espera
de las realidades últimas)49. Las normas pormenorizadas sobre el uso de
los diversos colores, contenidas en
d) Insignias
litúrgicas. El tratado sobre las vestiduras de los ministros
se completa con una alusión a las insignias litúrgicas a ellos
reservadas.
La estola es
insignia común al obispo, al sacerdote y al diácono51. Se
usa en algunas ocasiones con casulla
o
dalmática " y en otras sin ellas. En el primer caso, se pone bajo
la casulla o dalmática "; debe ser, pues, lo suficientemente
ancha y larga para que resulte visible. Está prohibido el uso de la
estola sobre el hábito seglar54.
Insignias
pontificales son aquellas que distinguen el ministerio del obispo y de los
ministros que se les equiparan. El Vat.
Entre las
diversas insignias ponti
Objetos
litúrgicos/Vestiduras
ficales merecen
una especial mención las que se le entregan al obispo en el rito de su
ordenación: el anillo, el báculo y la mitra. La fórmula
propia utilizada en su bendición las llama "insignias del
ministerio pastoral del obispo" ". Y este mismo concepto se aplica
expresamente al báculo en la fórmula que acompaña su
entrega al obispo en el rito de la ordenación. Se lee allí:
"Recibe el báculo, signo del pastor, y cuida de toda tu grey porque
el Espíritu Santo te ha constituido obispo para que apacientes la
iglesia de Dios"". Y en fórmula análoga para el anillo,
se pone de relieve su peculiar significado con estas palabras:
"Recibe el anillo, signo de fidelidad, y permanece fiel a la iglesia,
esposa santa de Dios"58.
III.
Conclusión
¿Qué
compromiso pastoral puede derivar de cuanto hasta aquí llevamos
dicho sobre los objetos litúrgicos? Nos parece un deber plantearnos
esta pregunta y responderla con alguna indicación concreta.
La / pastoral
litúrgica debe tener en cuenta y valorar en lo que se merecen los
objetos litúrgicos, reconociendo su importancia y apreciando su
significación. Han de contemplarse como signos del ejercicio de la
liturgia, distinto del ejercicio de las demás actividades humanas.
Ha de subrayarse la apelación que implícitamente hacen a las
realidades sobrenaturales, en el doble orden del culto de Dios y de la
santificación de los hombres. Deben ponerse de relieve su
carácter festivo, así como la valiosa contribución que
ofrecen para que las celebraciones litúrgicas resplandezcan por su
dignidad y decoro. Se ha de tener igualmente en cuenta el influjo que los
objetos litúrgicos ejercen sobre el comportamiento de cuantos
participan en las celebraciones litúrgicas, comenzando por los
propios ministros. Se sentirán todos comprometidos en una
más atenta consideración de la santidad de los misterios que
se celebran, así como en el desempeño de los distintos
papeles que durante las celebraciones se les ha confiado. Redundará
grandemente en beneficio de su fe, piedad y devoción. Es necesario
vigilar para que los objetos litúrgicos mantengan en alto grado su
funcionalidad y su valor de signos, por lo que se ha de evitar cuidadosamente
todo cuanto pueda impedir la consecución de los fines para los que
están destinados; y, por el contrario, se ha de favorecer todo aquello
que pueda patentizar la verdad y la autenticidad de los mismos,
prefiriendo la noble simplicidad al fasto y a la suntuosidad.
Éstas son
las orientaciones establecidas por la reciente reforma litúrgica,
que, generalmente, han sido muy bien recibidas por los agentes de la pastoral
litúrgica y por los artistas. Es de esperar que unos y otros
continúen ejerciendo su benéfico influjo en orden a un uso
fiel de los objetos al servicio de la liturgia.
NOTAS: ' Para un
estudio en profundidad de la historia de los objetos litúrgicos, cf los
estudios de G. Braun, F. Eygun-R. Aigrain,
R. Lesage, A.
Molien, M. Righetti, E. Rabotin,
P. Salmón
citados en la bibl. — 2 Cf L. Eisenhofer-J. Lechner, Liturgia romana, Marietti,
Turín 19707, 127; A.-G. Martimort, Vesti e insegne liturgiche, en Id
(por), La chiesa in preghiera. Introduzione alia liturgia, Desclée, Roma
19662, 129 — ' Cf JA . Jungmann, Missarum sollemnia 1, Marietti,
Turín 1953, 96-97, 234; L. Eisenhofer-J. Lechner, o.c, 126-127; A.-G.
Martimort, o.c, 129; G. Oury, Faut-il un vétement liturgique? (LAmi du
Clergé) 82 (1972) 484 — 4 Para la situación anterior se
pueden leer con provecho los anteriores libros litúrgicos y el
Código de derecho canónico [1917] (cáns. 1296-1306)
— 5 El c. Vil (arts. 122-130) se titula "El arte sacro y los objetos
sagrados" —6 Texto latino: Institutio generalis missalis romani, en
Missale romanum.... Ordo missae, Editio typica, Typis Polyglottis Vatica
1454
nis, 1969, 13-76;
EDIL 465-546 — ' A esta distinción se refería Pablo VI
en el discurso pronunciado, el
c. 5) - lü
Misal Romano, Ordenación general (= MR, OG) 253 " MR, OG 257
— " Cf MR, OG 279 — " Cf MR. OG 311 " El can. 1296,
§ 3, del Código de derecho canónico [1917], acerca de la
materia y de la forma de los objetos sagrados dice que deben observarse las
prescripciones litúrgicas, la tradición de la iglesia y, del
mejor modo posible, las leyes del arte sacro — " MR. OG 287 —
«• MR. OG 288 — 17 S. Congr. para el culto divino, Inst.
"Liturgicae instaurationes" (nota 8), n. 8, al principio
-• '" Cf MR. OG 254, 279, 287, 312 19 S. Congr. de ritos, Inst.
"ínter oecumenici",
1455
26 27 28
MR, OG 293
— MR, OG 294 — MR, OG 295 — 2" Cf MR, OG 290; S. Congr.
para el culto divino, Inst. sobre algunas normas acerca del culto del
misterio eucarístico "Inaestimabile donum",
p. 113 — n
RDI, p. 113 — " Cf o.c, l.c. — 34 "Sobre tu altar,
Señor Dios, colocamos, alegres, este cáliz y esta patena
para celebrar el sacrificio de la nueva alianza: que el cuerpo y la sangre de
tu Hijo, que en ellos se ofrecen y reciben, santifiquen estos vasos...: o.c,
114 — 15 "Dirige, Padre, tu mirada bondadosa sobre estos hijos tuyos
que han colocado sobre tu altar, llenos de gozo, este cáliz y esta
patena; santifica con tu bendición estos recipientes": o.c,
117 — 36 Cf A.-G. Martimort, o.c, 128; G. Oury, a.c, 486 — 37 Cf
MR, OG 297 — 38 MR, OG 298. "La vestidura sagrada común para
todos los ministros de cualquier grado es el alba, que se ciñe con el
cíngulo a la cintura, a no ser que esté hecha de tal modo que se
adhiera al cuerpo sin cínculo. Antes de ponerse el alba, si no cubre
totalmente el vestido común alrededor del cuello, empléese el
amito" — 39 Por ejemplo, en las concelebraciones eucaristías,
"si no hay un justo motivo, por ejemplo un gran número de
concelebrantes o falta de ornamentos, los concelebrantes, a excepción
siempre del celebrante principal, pueden suprimir la casulla, llevando
solamente la estola sobre el alba" (MR, OG 161. Cf también S.
Congr. de ritos, Segunda inst. para la aplicación exacta de la
constitución sobre sagrada liturgia "Tres abhinc annos",
4-5-Í967, n. 27: texto latino en AAS 59 [1967] 442-448; EDIL
296-302). En cambio "se reprueba el abuso de celebrar o concelebrar la santa
misa usando sólo la estola sobre la cogulla monástica o sobre el
vestido clerical ordinario y especialmente encima del traje civil" (S.
Congr. para el culto divino, Inst. "Liturgicae instaurationes" (nota
8) n.
40 4I
Cf MR, OG, n. 299 — Cf S. Congr.
para el culto divino, Carta,
Objetos
litúrgicos/Vestiduras
al comienzo del
primer volumen de
304. Cf
también S. Congr. para el culto divino, Inst. "Liturgicae
instaurationes "(nota 8), n. id. Para la anterior disciplina véase
S. Congr. de ritos, Declaración acerca de una duda sobre la forma de los
ornamentos,
ficales
"Pontificaba insignia",
A. Cuva
BIBLIOGRAFÍA:
Aldazábal J., Pedagogía del vestido, en "Oración de
las Horas" 2 (1983) 3643; Busquets P., El arte y los objetos
sagrados, en "Phase" 82 (1974) 373-380; Castex J., El templo
después del concilio. Arte y liturgia de las iglesias, imágenes,
ornamentos y vasos sagra
Oración y
liturgia
dos, PPC, Madrid
1967; Jungmann J.A., El sacrificio de la misa, BAC 68, Madrid 1963",
315329; Martimort A.-G.,
OFICIO DIVINO /
Liturgia de las Horas
SUMARIO: 1. La
oración cristiana en el mundo actual - II. Fundamentos bíblicos
de la oración:
1. Israel,
"un pueblo que sabía orar"; 2. La oración en el
NT: a) La oración de Jesús, b) La oración de la iglesia,
c) De la oración bíblica a las fórmulas litúrgicas
- 111. Dimensiones de la oración cristiana: 1. Aspecto trinitario; 2. Carácter
eclesial; 3. Densidad antropológica - IV. Actitudes
características, formas típicas, momentos específicos
de la oración litúrgica: 1. Actitudes de la oración: a) La
escucha de la palabra, b) Agradecimiento y alabanza orante, c)
Invocación y súplica, d) Arrepentimiento y ofrecimiento
sacrificial, e) Intercesión; 2. Formas típicas de la
oración litúrgica; 3. Momentos de la iglesia en oración -
V. Orientaciones pastorales: 1. La liturgia, cumbre y norma de la
oración cristiana: a) Una liturgia auténticamente orada, b)
Norma de toda oración cristiana; 2. Oración litúrgica y
devociones; 3. Oración litúrgica y celebraciones modernas;
4. Hacia nuevos espacios de oración litúrgica.
La oración
es un fenómeno religioso universal de comunicación con la
divinidad. La encontramos, con fuertes acentos patéticos y
poéticos, en todas las religiones; por ella el hombre se eleva hasta
Dios con el deseo de unirse con él o invoca su nombre para que
intervenga en los acontecimientos de la historia y en los fenómenos de
la naturaleza; este diálogo con la divinidad surge de la presencia de lo
/ sagrado, que el hombre percibe en el ámbito de la naturaleza, o bien
en la revelación 1456
que Dios ha
querido hacer de sí mismo a través de las múltiples
tradiciones religiosas'.
En el ámbito
estrictamente cristiano, la oración hunde sus raíces en la
experiencia histórica del pueblo de Israel, "un pueblo que
sabía orar"
(J.
Jeremías) y que ha enseñado al mundo a orar. La peculiar revelación
hecha por Dios al pueblo elegido funda y llena de acentos particulares
el diálogo orante de Israel, diálogo que se enriquece progresivamente
en la medida en que el pueblo elegido avanza en su historia. Jesús,
nacido y educado en este pueblo amante de la oración, es el
vértice de la religiosidad, el maestro y el modelo de la
oración. Siguiendo su ejemplo y su mandato, la iglesia ora; es
más, desde el alborear de su historia, después de la
resurrección del Señor, se presenta como una comunidad orante.
Éstas son
las características de la oración en el cristianismo: responde
a una revelación del Dios de la historia de la salvación; se hace
según el ejemplo y el nombre de Jesús; no es un simple
sentimiento o impulso del corazón humano, sino obra del
Espíritu que clama en nosotros "Abbá!, ¡Padre!"
(Rom 8,15; Gal 4,6).
Cuando la
iglesia, reunida en nombre de Jesús para celebrar su misterio, responde
a la revelación de Dios con la fuerza del Espíritu y se expresa
con actitudes de oración y con fórmulas que derivan de la tradición
cristiana, nos encontramos frente a un particular tipo de oración
litúrgica. Es sobre todo de ésta de la que trataremos, intentando
ilustrar su fundamento en la revelación, sus dimensiones propias, las
fórmulas características de expresión, la
relación con otras formas de oración del cristiano.
1457
I. La
oración cristiana en el mundo actual
En los
últimos decenios hemos asistido a un fenómeno pendular de crisis
y de despertar de la oración en la iglesia. El fenómeno de la /
secularización ha sometido a una vasta operación de
crítica el fenómeno de la oración. Las
hermenéuticas de la sospecha suscitaron dudas sobre los fundamentos de
esta relación con Dios, por lo que tal relación debía
clarificarse a la luz de la nueva imagen de Dios y del hombre. La oración,
¿no es un inútil balbucir del hombre, una proyección
subjetiva de sentimientos? ¿No podría ser una forma
alienante de fuga de los propios deberes, un culto a la pasividad, un
refugiarse en un "Dios tapagujeros"? Más aún,
¿es siquiera posible hablar objetivamente con Dios en la intimidad?
¿No hace falta, más bien, buscar a Dios en los demás
y hacer de la oración, en todo caso, una propuesta discursiva en
función de una intervención operativa en el mundo político
y social?2 Estos y otros interrogantes surgidos sobre la oración en
los últimos decenios han provocado una desvalorización de la
plegaria misma como práctica, pero también una
búsqueda comprometida de una nueva teología del fenómeno
de la oración. Esta búsqueda no ha sido infructuosa.
La teología
ha recuperado plenamente las bases bíblicas de la oración
cristiana, en cuanto escucha de la revelación que Dios ha hecho en
Jesucristo y en su Espíritu, y consiguiente respuesta de un pueblo
a un Dios presente en medio de él. La oración no es, por tanto,
una proyección subjetiva, sino más bien una respuesta a un
Dios que se revela como Padre; tampoco es un refugio alienante, pues Dios
expresa su voluntad y remite al orante al cumplimiento de su voluntad
en la caridad
Oración y
liturgia
y en la justicia,
lo compromete con aquellas cosas que él pide. Liberada de estos dos
prejuicios —el subjetivismo individualista y la consolación
descomprometida—, la oración cristiana ha tenido en los
últimos tiempos un notable reforzamiento teológico, en
la medida en que se ha realizado una clarificación de la imagen de
Dios y de las verdaderas dimensiones del hombre, cuya suprema dignidad
consiste en la vocación a la comunión con Dios (GS 19).
Al mismo tiempo
también la práctica de la oración ha experimentado un
notable despertar, gracias a la renovación litúrgica y a la
revalorización de la religiosidad popular, al reflorecimiento de
las expresiones individuales de oración y de meditación (no
raramente inspiradas en técnicas meditativas no cristianas) y al
fenómeno de la oración comunitaria como búsqueda
orante de la voluntad de Dios o como libre y jubilosa
manifestación del Espíritu en los diversos "grupos
carismáticos"3.
Esta simple
alusión nos permite captar la amplitud del fenómeno de la
oración en el mundo actual, su unidad fundamental, la variada posibilidad
de formas que puede adoptar. En este contexto nos parece oportuno
puntualizar desde ahora la importancia que tiene la oración litúrgica;
a ella se le pueden aplicar por extensión los conceptos de fuente y
cumbre (SC 10) propios de la liturgia en relación con la vida de la
iglesia. Es obvio que la oración litúrgica, como forma
típica de la oración eclesial, no agota todas las posibilidades
de oración de la iglesia y del cristiano. Y, sin embargo, es a ella a la
que se aplica en el sentido más genuino la noción de
oración cristiana: conforme a ella han de modelarse, para ser
auténticas, todas las demás formas y fórmulas de
diálogo con Dios, por Cristo y en el Espíritu.
Oración y
liturgia
II. Fundamentos
bíblicos de la oración
Toda la biblia,
AT y NT, es por excelencia el libro de la oración. Desde el primer acto
creador de Dios en el Génesis hasta el último grito orante de la
esposa en el Apocalipsis se desarrolla en la biblia un diálogo
hecho de palabras y de obras de Dios y de respuestas del hombre, que, como la
misma revelación y la historia de la salvación, es ya
auténtica oración en sentido amplio. En este tejido
dialógico emergen los grandes orantes y amigos de Dios y las formas
originales de relación con él, individuales o colectivas, que son
las grandes oraciones. En todo el
AT, el libro de
los Salmos, síntesis de la oración de Israel, microcosmos de
sentimientos humanos y religiosos abiertos a Dios, ofrece un ejemplo
emblemático. En el NT emerge la figura de Jesús, modelo y
maestro, que enseña a sus discípulos a orar con la oración
del padrenuestro, que libera los sentimientos más nobles de un hombre en
su relación orante con Dios. La comunidad de los discípulos
sigue sus huellas y enriquece la experiencia de oración de Israel con
nuevos sentimientos y nuevas fórmulas. Nos parece oportuno trazar
con más detalle este arcó de la
oración
bíblica, que sigue siendo el fundamento y la inspiración de la
oración cristiana:
1. ISRAEL, -UN
PUEBLO QUE SABIA ORAR". Se ha observado que, respecto a las
religiones anteriores, Israel se caracteriza por un tipo de oración
narrativa más que descriptiva, porque el Dios al que se dirige es
el Dios que ha penetrado en su historia. De hecho, el Dios de los patriarcas
y del éxodo, de los jueces y de los profetas, es el que se ha revelado
con su propio nombre y se ha hecho presente en medio del pueblo,
1458
interviniendo
activamente en su historia. El Dios al que se dirige Israel es un Dios
cercano, más aún, presente en el lugar de su
revelación —la tienda y el templo—; ha realizado
maravillas que permanecen para siempre como memorial; ha estipulado una
alianza a la que permanece fiel; proyecta al pueblo hacia las futuras
promesas. Sobre la base de estos títulos hablan con él e
invocan su nombre los grandes orantes del AT: Abrahán, Moisés,
David y Salomón, Jeremías y Elias, Job o el autor del libro
de
blo aprende a
orar repitiendo las mismas fórmulas o inspirándose en los
mismos sentimientos. Israel vive inmerso en una historia cuyas etapas
pasadas están siempre en la memoria como motivo de alabanza por las maravillas
realizadas por Dios y como motivo de esperanza por las promesas que
todavía no se han cumplido; incluso cuando, como sucede con frecuencia,
los acontecimientos parecen contradecir las maravillas pasadas y las promesas,
Israel expresa en la oración el arrepentimiento, o en la audacia de la
súplica invoca a Dios reprochándole el olvido de su pueblo.
De esta forma la oración de los individuos y de todo el pueblo ritualiza
constantemente la historia den
tro de la que
Dios se ha revelado en la progresión de sus intervenciones. La
oración de Israel se dirige al Dios de la creación y de la
historia salvífica; y es ésta, incluso a nivel individual,
pero siempre en la perspectiva de la colectividad, la que forma el objeto mismo
de la oración.
Una
terminología bien nutrida desvela la riqueza de los sentimientos
con los que el pueblo de Israel habla con Yavé: ofrecer-sacrificar,
gesto espontáneo y primitivo de confesión de la soberanía;
inclinarse, actitud de adoración y de súplica; juzgar,
petición hecha a Dios para que diga 1459
la última
palabra sobre el hecho narrado; invocar, hacer presente al Señor
con su nombre para proclamar la fe en él y su alabanza; pedir, con toda
la variada gama de sentimientos que expresan la necesidad y la confianza
en el cumplimiento. Prevalece como característica de Israel la
terminología de la alabanza: narrar, recordar, confesar, cantar lo
que Yavé es y lo que ha hecho; es la bendición del nombre, con la
narración de sus maravillas, que explota en el canto y en la
alegría de una
celebración
popular. Dos movimientos pendulares de la oración bíblica indican
la alternancia entre la dirección teocéntrica y el repliegue
antropocéntrico. El impulso del corazón hacia Dios se
expresa en el reconocimiento y en la bendición del nombre de
Yavé y de la grandeza de sus obras, con acentos más
o menos
interesantes. En cambio, la experiencia de un hecho doloroso encierra al hombre
y al pueblo en sí mismo, aunque sin dejar de abrirse a Dios; aparece
entonces la súplica o la lamentación, la petición
confiada, la confesión de la propia inocencia o bien la ardorosa
intercesión por los otros; con frecuencia este tipo de oración
tiene como origen la disminución de los bienes temporales inmediatos
de la vida o de la felicidad que el israelita considera respuesta normal de un
Dios que ha prometi
do fidelidad.
Sólo una larga pedagogía de la historia llevará al
descubrimiento de una oración humilde, de esperanza y de espera,
que tiene como consecuencia la escucha y el cumplimiento de la voluntad
del Señor.
Todos los lugares
son aptos para orar y todas las horas son buenas para dirigirse a Dios. A
Israel le gusta orar en los lugares marcados por la presencia especial de
Yavé, particularmente en el templo, al que se dirige
simbólicamente la oración.
Oración y
liturgia
Así Daniel
ora tres veces al día (Dan 6,11), probablemente en concomitancia
con las horas de la oración en el templo; pero se ora también por
la noche (Sal 118,55); hasta siete veces al día se dirige a Dios el
salmista (Sal 118,164). Es sobre todo en la liturgia del templo de Jerusalén,
con ocasión de las fiestas memoriales, donde Israel alcanza el
vértice de su oración comunitaria, contempla el rostro de Dios y
recibe la bendición del Señor.
Aunque la
oración es un grito del corazón, encuentra el modo de exteriorizarse
en gestos que hacen del hombre entero un ser orante e implican a todo el
pueblo; la inclinación y la postración, las manos y los ojos
alzados hacia el cielo o hacia el santuario, el batir rítmico de
las palmas, la danza y la procesión hacia el altar, el sonido de los
instrumentos musicales dan a la oración del pueblo elegido un
sentido pleno de expresividad [/ Gestos].
La oración
sella los diversos acontecimientos de la historia de Israel, pero con la
constante capacidad de hacer presentes en el memorial las maravillas obradas
por Dios y sus promesas, que la lectura de la biblia y la oración
litúrgica ritualizan continuamente " [/ Memorial].
2.
intuición
establece, en efecto, una posible lectura cristológica del tema de
la oración en tres etapas sucesivas: a) las tradiciones
evangélicas que se refieren a la vida pública de Jesús lo
presentan como el orante por excelencia, como el que enseña a orar
con nuevas fórmulas y exhorta a orar con frecuencia en su nombre; b)
otro grupo de textos, que se refiere especialmente a la experiencia de la
iglesia primitiva desde la ascensión hasta la destrucción
del templo de Jerusalén, insiste en la oración, en el nombre de
Jesús, presentado como el mediador; c) finalmente, un tercer conjunto de
textos, que refleja la vida de la iglesia después de la
destrucción del templo, va más allá: invoca a Jesús
como al Señor y ve en él el lugar de la oración, el verdadero
templo en el que los cristianos
6
oran. Un
análisis redaccional de todo el NT en orden a una selección de
textos eucológicos nos revela la riqueza de fórmulas de
oración diseminadas en él y confirma la osmosis vital entre
la oración de la comunidad apostólica y las fórmulas
doctrinales contenidas en el NT. Encontramos en el NT la bendición
de Zacarías, de María y de Simeón, como eslabones de
unión con la anterior tradición; las oraciones de Jesús;
las grandes alabanzas trinitarias de Pablo; los cantos del
Apocalipsis. Pero se pueden descubrir también himnos o fragmentos
de himnos de la comunidad primitiva, aclamaciones e invocaciones,
fórmulas de profesión de fe y doxologías, bendiciones
y saludos augúrales de estilo orante, breves súplicas.
En todo el NT palpita la experiencia de la iglesia en oración7.
a) La
oración de Jesús. Los evangelistas, especialmente Lucas,
subrayan unánimemente la oración intensa y frecuente de
Jesús durante su vida pública; ella se inserta en el rit
1460
mo ordinario de
la jornada, como parece indicar Marcos (1,35), y se hace más intensa en
momentos particulares y significativos, como el bautismo (Le 3,21-22), la
elección de los apóstoles (Le 6,12), la transfiguración
(Le 9,28-29), antes de algún milagro, como la multiplicación de
los panes (Jn 6,11 y paralelos) y la resurrección de Lázaro (Jn
11,41). Su actitud de oración se hace aún más intensa en
las horas de la pasión (Jn 12,27s); en la última cena, cuando
pronuncia su gran oración de glorificación e
intercesión (Jn 17); en medio de la angustia del huerto de los Olivos,
cuando llama a Dios Abbá y se pone en sus manos (Me
14,36); en el
grito del abandono sobre la cruz, pronunciado con las palabras del
Sal 21: "Dios mío, Dios mío..." (Me 15,34), y en la
oración de confianza extrema con la que se pone en las manos del Padre
antes de expirar (Le 23,46). Los evangelistas no señalan
ningún gesto de oración en el Resucitado; pero él,
según la carta a los Hebreos, está vivo, a la derecha del Padre,
e intercede por nosotros (Heb 7,25)8.
Jesús
enseñó a los discípulos a orar (Mt 7,7) con perseverancia
y humildad (Le 11,5-13; 18,9-14), en lo oculto, donde el Padre escucha (Mt
6,5-6), empeñándose en cumplir la voluntad del Padre (Mt 7,21);
ha prometido su presencia entre quienes se reúnen en su nombre para
orar, comprometiéndose a conceder cuanto pidan con fe (Mt 18,20). A
los discípulos que le rogaron: "Señor,
enséñanos a orar" (Le 11,1), Jesús les
enseñó la oración del padrenuestro, incluida por
Lucas en el contexto de una instrucción global sobre la
oración (Le ll,2ss), y por Mateo en la sección del sermón
de la montaña, en el ámbito de la revelación de la
paternidad y la providencia de Dios (Mt 6,9-13.25-34). En esta oración
Jesús invita a dirigirse a Dios
1461
mandólo
Padre para cumplir, como él, su voluntad.
b) La
oración de la iglesia. Desde las primeras páginas de los Hechos
la comunidad de los discípulos, fiel a las enseñanzas de
Jesús, aparece como un grupo que ora (He 1,14; 2,42; 4,24s;
12,5.12), que se distingue por dos notas evangélicas derivadas de la
enseñanza del Maestro: la unidad de los corazones y la perseverancia
fiel. Las comunidades apostólicas que van naciendo se reúnen
en asamblea para la escucha de la palabra y la oración (Ef 5,18-20; Col
3,16-17). Pablo ofrece el ejemplo de su oración ardiente con las grandes
bendiciones que abren sus cartas (Ef 1,3-14; Col 1,3.13-20) y con la exhortación
a una intercesión universal (1 Tim 2,1-8). El cristiano tiene
conciencia de orar con el mismo espíritu de Jesús (Rom 8,15;
Gal 4,6) y en su nombre. Las fórmulas de la oración son generalmente
"salmos, himnos y cánticos inspirados" (Ef 5,18), pero tienen
ya la riqueza del misterio de Cristo y de la revelación hecha por su
palabra, como podemos ver por las oraciones de Pablo y por los fragmentos
de los antiguos himnos cristianos contenidos en las
cartas
apostólicas (Ef 5,14; Flp 2,5II; 1 Pe 2,21-25). También
Jesús es invocado como Señor; se espera su venida con la
fórmula Maraña tha, "Ven, Señor Jesús" (1
Cor 16,22; Ap 22,20). Todo el culto de la iglesia primitiva se desarrolla, por
tanto, en un ambiente de oración, con fórmulas apropiadas;
junto con la fracción del pan, la oración es el sacrificio
espiritual de los cristianos, ofrenda de alabanza a Dios, fruto de los labios
que confiesan su nombre (Heb 13,15)'.
Esta rica
experiencia, que va desde el AT hasta la praxis de la comunidad
apostólica, sigue siendo el punió de referencia para toda
oración
Oración y
liturgia
cristiana, que
debe conformarse a los mismos principios e inspirarse en los mismos
sentimientos.
c) De la
oración bíblica a las fórmulas litúrgicas.
Desde los primeros tiempos de la iglesia podemos detectar la progresiva
fijación de los cánones de la oración cristiana, de
sus formas típicas, de las mismas horas de la oración. En la
formación de estos cánones tuvieron un influjo determinante
las mismas fórmulas del AT y del NT, con la novedad que los cristianos
proyectaron sobre las oraciones del AT, interpretadas en sentido
pleno ya a la luz de Cristo. No podemos olvidar los posibles influjos de la
eucología judía extrabíblica, tal como la conocemos hoy,
especialmente con las oraciones que acompañaban los
sacrificios de la mañana y de la tarde, como
phillah
">.
Entre las fuentes
más antiguas de la oración de la iglesia podemos recordar
l3
no. En el
Martirio de Policarpo se nos transmite una hermosa oración de
acción de gracias y de ofrecimiento, inspirada probablemente en el
estilo de la oración eucarística l4, de la
que ofrece
algunas alusiones Justino
en la /
Apología15.
La teoría
y la práctica de la oración son muy pronto tratadas sistemáticamente,
como en los escritos de Cipriano y de Tertuliano, de Clemente Alejandrino
y de Orígenes 16. En estos escritos se fijan también las horas de
la oración cristiana, recurriendo al ejemplo de los grandes orantes
del AT y a la tradición de los apóstoles.
La oración
litúrgica de la iglesia en Occidente aparece ya bien estructurada y
clasificada en sus formas típicas en
Aunque no podamos
seguir la evolución de la oración eclesial a lo largo de la
historia, no dejaremos de referirnos, en el momento oportuno, a las formas
específicas de la oración litúrgica, especialmente en
Occidente, tal como fueron fijadas en el período áureo
de la liturgia romanal8.
III. Dimensiones
de la oración cristiana
A la luz de estas
premisas bíblicas, podemos trazar una síntesis teológica
de la oración cristiana, válida para la oración
litúrgica, pero indirectamente indicativa también para todas
las otras formas de oración. Sustancialmente puede describirse la
oración como el diálogo de la comunidad eclesial con el
Padre por Cristo en el Espíritu Santo; este diálogo
presupone la escucha y la acogida de 1462
la
revelación hecha en la palabra, la fe en el misterio celebrado, la participación
activa en la acción salvífica vivida en la liturgia. Poniendo de
relieve a los protagonistas de la oración —Dios y su
pueblo—, podemos captar esta triple dimensión de la misma: su
sentido trinitario, con el papel especial que corresponde al Padre, a
Cristo y al Espíritu; su carácter eclesial-comunitario; su
densidad
humana.
1. ASPECTO
TRINITARIO. Según las antiquísimas fórmulas
doxológicas cristianas, la oración se dirige al Padre, por
Cristo, en el Espíritu Santo "; ella completa el sentido dialógico
de la revelación, que es manifestación de Dios por Cristo en
el Espíritu a la iglesia (D V 2): la oración actualiza la
historia de la salvación en la dimensión de respuesta a la
revelación hecha por Dios con palabras y obras, y culminada en el
don de Cristo y del Espíritu (ib).
Según el
mandato y el ejemplo de Jesús, la oración se dirige al Padre,
incluso cuando se usan términos como Dios, Señor. Es el
Espíritu el que suscita en nosotros esta palabra y nos permite
pronunciarla con audacia: "Ños atrevemos a decir". El Padre
es el manantial de todas las gracias que se piden, el término de
toda alabanza. En esta dimensión, la oración se convierte en
la expresión de la condición filial del cristiano y debe estar
empapada de los sentimientos característicos de la filiación
divina: fe, ternura, confianza, abandono, empeño coherente en
cumplir la voluntad del Padre. La oración litúrgica educa en este
teocentrismo y pone al cristiano en la justa dimensión de
religiosidad filial.
El
cristocentrismo de la oración litúrgica es evidente.
Además de ser el maestro y modelo, Cristo es el mediador, el sujeto
y el objeto de la oración. Como mediador, ora por 1463
nosotros; como
sujeto, es el orante que une a sí a la iglesia haciéndose
presente en aquellos que se reúnen en su nombre; además lo
invocamos directamente como Dios y pedimos al Padre el don de su
Espíritu. Toda oración presupone a Cristo activamente
presente, implicando en su alabanza e intercesión a la iglesia de
la que es la cabeza y a la humanidad de la que es primogénito,
según la expresión de Tertuliano: "Cristo es el
sacerdote universal del Padre" (Adv. Marc. IV, 9,9: PL 2,405). Él
"une a sí de tal manera a toda la comunidad humana, que se establece
una unión íntima entre la oración de Cristo y la de todo
el género humano. Pues en Cristo y sólo en Cristo la
religión del hombre alcanza su valor salvífico y su fin"20.
Alcanza la eficacia de la oración hecha en su nombre y la universalidad
de su alabanza y su intercesión, que por medio de la iglesia asume a
toda la humanidad. El fundamento de la relación filial con Dios sigue
siendo la unión con Cristo por medio del bautismo y con motivo de su
presencia en medio de la asamblea.
La posibilidad y
la certeza de un diálogo con el Padre nos las ofrece Cristo en el don de
su Espíritu, que viene en ayuda de nuestra debilidad e intercede por
nosotros con gemidos inefables (Rom 8,26). El Espíritu es el
vínculo de la comunión entre los orantes y el artífice de
la oración unánime. En los individuos y en la comunidad, como en
un templo, el Espíritu suplica, alaba e intercede; nosotros, a nuestra
vez, pedimos el Espíritu como don escatológico supremo,
más allá del cual no se puede obtener nada mejor. Él
purifica e interpreta nuestra oración y nos hace capaces de esa
coherencia filial que es condición de la invocación de Dios; toda
auténtica manifestación orante, individual p comunitaria, es
fruto del Espíritu. Él, finalmente, lle
Oración y
liturgia
va a la iglesia a
la profundidad teologal más pura en la oración y a la
fidelidad en el cumplimiento de la voluntad del Padre.
2.
CARÁCTER ECLESIAL. La oración cristiana deviene
lógicamente eclesial por varios motivos: expresa el nosotros comunitario
del pueblo de Dios y del cuerpo de Cristo; se funda sobre la
participación en el único bautismo y sobre la confesión de
la misma fe; aun admitiendo una gran variedad en las fórmulas, confirma
el sentido de la comunión con la iglesia de todos los tiempos y de todas
partes porque usa fórmulas típicas de la tradición
bíblica y litúrgica antigua; tiene el tono de universalidad
y la amplitud de horizontes característicos del pueblo de Dios;
confiesa la comunión con la iglesia celeste y la solidaridad con los
anhelos de toda la humanidad. Toda oración eclesial es en
alguna medida oración de todo el cuerpo de Cristo, especialmente
cuando se expresa en las asambleas locales, encarnaciones de la iglesia
universal. Al ser la dimensión de la oración una nota
característica de la iglesia, los cristianos han dado desde los
primeros tiempos espacio autónomo a las reuniones de oración
como momentos para expresar la propia fe y confirmarla en medio del mundo.
La oración
cristiana ha tenido este carácter eclesial desde los orígenes
porque en ella tenía lugar la confesión auténtica de
la fe, la expresión de la comunión orante con todos los
bautizados, la universalidad de las intenciones. Siguiendo esta eclesialidad
es como se debe educar toda manifestación de oración en la iglesia.
3. DENSIDAD
ANTROPOLÓGICA. En el diálogo con Dios, la oración abre
ante él toda la riqueza humanitaria propia del cristiano y de la
iglesia. Los sentimientos humanos, por
Oración y
liturgia
sí solos,
no bastan para que haya oración; deben abrirse a Dios; viceversa,
una oración sin vibraciones auténticas de humanidad sería
fría fórmula sin contenidos. Sobre la huella de la
oración bíblica —microcosmos de la experiencia
religiosa humana— y sobre el ejemplo de Jesús, que hace
vibrar toda su humanidad en su relación orante con el Padre, la iglesia
ofrece al corazón del hombre el instrumento de sus fórmulas,
de modo que pueda interpretar los más ricos sentimientos propios y.
verter en ellas sus experiencias más auténticas que, abiertas a
Dios, se convierten en oración. En el ámbito de la
específica relación cristiana con Dios —fe, esperanza,
amor—, todos los sentimientos humanos encuentran el modo de
convertirse en comunión orante: la alegría y el dolor, la
historia y el fracaso, el temor y la confianza, el estupor y el peso del
pecado, todo puede devenir oración en la alabanza, en el ofrecimiento,
en la súplica, en la intercesión.
Obviamente, la
oración cristiana asume todas las modalidades que hacen completa y
totalizante la oración con Dios: espíritu, alma, cuerpo,
psicología y sensibilidad, gestos corporales de adoración o de
súplica, movimientos de procesión, canto, danza. Las
formas explícitas de la comunicación vehiculan la relación
orante y la hacen auténticamente participada y comunitaria: escucha,
meditación, proclamación, canto, diálogo.
En la medida en
que el hombre se realiza en y es condicionado por las dimensiones del cosmos y
de la historia, éstas entran a formar parte de la oración,
que asume así el tiempo, el espacio, las cosas, la naturaleza, las
estaciones, el trabajo y el descanso. Con frecuencia se invita a la naturaleza
a unirse en la oración a través del hombre: "Y por
nuestra voz las demás criaturas" (cf plegaria euca
1464
rística
IV). La historia pasada y la experiencia presente, el futuro lleno de esperanza
o amenazante entran en la relación con Dios como "tiempo
oportuno" (kairós) e historia de salvación y se convierten
en ocasión y motivo de la oración cristiana. Ninguna
dimensión humana permanece extraña a la orarión de la
iglesia que, al menos en principio, integra en sí todas las
legítimas expresiones culturales que pueden enriquecerla, en la
línea de la inspiración bíblica y de la
tradición litúrgica (SC 37-39).
IV. Actitudes
características, formas típicas, momentos específicos de
la oración litúrgica
La oración
específica de la iglesia no es un vago sentimiento ni una caótica
lluvia de palabras; menos todavía una operación de
vaciamiento interior que conduce, como en las técnicas orientales, a un
estado confuso de comunión con Dios. La revelación
divina ofrece a la oración cristiana, en la palabra de Dios, el
vehículo mismo de la respuesta: la manifestación de Dios traza
las vías de la relación con él y disciplina la
manifestación de los sentimientos humanos en relación con
él. La oración litúrgica es eminentemente positiva y
explícita, tiene una tipología característica
plasmada por la tradición bíblica y eclesial, se expresa en
momentos celebrativos propios.
1. ACTITUDES DE
a) La escucha de
la palabra. Entre Dios y su pueblo se desarrolla un diálogo que
tiene su arranque en el 1465
Dios que se revela
y habla. Sólo en este sentido primordial puede hablarse de la
oración como diálogo: no en cuanto Dios debe respondernos, sino
en cuanto nosotros debemos responder a Dios, que ha hablado y ha dicho
todo en su palabra (DV2). De modo muy significativo, la oración de la
iglesia asigna un puesto cualificado a la proclamación y a la escucha
de la palabra, a la meditación y a la contemplación de las
maravillas de Dios; es una equivocación pedir una respuesta a Dios
cuando no se ha escuchado antes su revelación. Vale en sentido universal
el principio enunciado por el Vat. II, ilustrado por una frase de san Ambrosio:
"Recuerden que la lectura de
referencia la
palabra de Dios.
b) Acción
de gracias y alabanza adorante. El sentido teocéntrico de la
oración cristiana pone a Dios en el primer lugar, su nombre, su naturaleza,
sus obras. Es característica del pueblo de Israel, de la oración
de Jesús y de las fórmulas de la comunidad apostólica
la oración de acción de gracias y de alabanza. A la luz de
la palabra de Dios, que revela lo que es y lo que ha hecho, surge
espontáneo, en la alegría y en la libertad, un sentimiento
que prorrumpe en la alabanza, en la bendición, en la
confesión o proclamación de las maravillas de Dios.
Psicológicamente, la alabanza es la actitud adul
Oración y
liturgia
ta y madura de
quien sabe mirar al otro para expresar el propio agradecimiento; es
actitud noble del corazón humano, tanto más pura cuanto
más desinteresada. Esta oración de alabanza,
característica del cristiano, está presente en toda
manifestación de la iglesia que ora, desde los salmos de
agradecimiento hasta la plegaria eucarística, desde los cantos del
NT hasta los himnos de la tradición eclesial.
c)
Invocación y súplica. Por parte del hombre y como
expresión más característica de su condición de
criatura, tenemos la oración de petición con sus formas
típicas de súplica, lamentación, petición y
epíclesis del don supremo del Espíritu. No se opone a la
alabanza, sino que es su complemento en la experiencia de la necesidad
y de la finitud del hombre; tiene de por sí un eminente sentido
teocéntrico, en cuanto que en la petición se confiesa la
omnipotencia y el amor de Dios, de quien todo se espera. El ejemplo de
Jesús, que suplica a Dios en la angustia, su exhortación a pedir
con confianza todo al Padre, como él mismo nos enseña en la
oración del reino, liberan de todo recelo a la oración de
petición, si es que hiciera falta; de hecho, la confianza en Dios Padre
en la petición tiene, según -la enseñanza de
Jesús, un complemento lógico en el abandono a su voluntad y
en el compromiso de cumplirla para la venida de su reino. Con frecuencia
la oración litúrgica asume este movimiento de petición;
pero siempre en la típica forma del padrenuestro: se invoca a Dios
y se confiesan sus obras para pedirle aquello que necesitamos. Toda
oración de súplica es siempre implícitamente
petición del don escatológico supremo: el Espíritu
Santo, como Jesús mismo enseña (Le 11,13).
d)
Arrepentimiento y ofrecimien
to sacrificial.
Con frecuencia la oración del cristiano y de la iglesia hace
alusión explícita a la condición de pecado para expresar
el arrepentimiento y pedir perdón; resulta así una
confesión de la santidad de Dios y de las culpas humanas. Desde los
salmos de arrepentimiento hasta la característica invocación
"Señor, ten piedad" ("Kyrie, eleison"), presente en
todas las tradiciones litúrgicas, la iglesia se coloca en una actitud de
pobreza y de sinceridad que la hace grata a los ojos de Dios.
En el mismo
ámbito teológico "y psicológico se sitúa la
oración de ofrecimiento, la actitud sacrificial, con la que nos volvemos
a poner en las manos de Dios para cumplir coherentemente su voluntad,
sobre todo cuando tal cumplimiento lleva consigo el don de sí en el
dolor y tal vez también en la muerte. El ofrecimiento como
oración-acción, avalada por la oblación sacrificial
de Jesús, se debe hacer siempre en unidad de intenciones y
coherencia de actitudes, y se convierte en un generoso y noble
empeño del cristiano. Sólo así se puede superar el
paganismo del oferente para aplacar a los dioses, o la vacía
exterioridad que los profetas y el mismo Jesús condenaron en el
culto judío. La oblación envuelve en la obediencia filial toda la
existencia, hace verdadera la alabanza, coherente la súplica,
auténtico el arrepentimiento. Cristo mismo elevó su
oración de ofrecimiento en la cumbre de la autenticidad religiosa
con su sacrificio. Cuando la iglesia ora, presupone siempre esta coherencia
de base por medio del Amén que sella las fórmulas, y remite
a esa personificación del Amén que es Cristo en su
oblación al Padre
(2 Cor 1,18-20).
En la plegaria eucarística, en las preces de la mañana y de
la tarde se explicita esta forma noble y comprometida del orar cristiano.
1466
e)
Intercesión. Orar por los otros, haciéndose garantes con la
propia vida de aquello que se pide, es otro modo noble de interpelar a Dios.
Tiene su manifestación suprema en la oración sacerdotal de
Cristo cuando intercede por la humanidad entera, ofreciendo como
garantía su propia vida. La súplica por los otros, desde los
horizontes sin fin de la iglesia, hace de la comunidad en oración
sacramento de la humanidad: "La oración, en la liturgia, expresa
los votos y los deseos de todos los cristianos; es más, suplica a Cristo
y, por medio de él, al Padre por la salvación de todo el mundo...
Y así, no sólo con la caridad, con el ejemplo y con las
obras de penitencia, sino también con la oración, la comunidad
eclesial ejercita su función materna de llevar las almas a Cristo"21.
Con esta oración actualizamos la oración del padrenuestro, que
pide el advenimiento del reino de Dios, entramos ert las intenciones sal
víficas de
Cristo y manifestamos nuestra solidaridad con toda la humanidad. Pero la
intercesión no debe reducirse a pura expresividad verbal o a un vago
sentimiento de caridad: requiere el compromiso. La pedagogía de la
iglesia en oración nos enseña que la intercesión debe ser
tan amplia y universal como la humanidad; pero también concreta en las
intenciones, en relación a las personas y a las situaciones. Así
ora la iglesia en el corazón de la eucaristía y, por
extensión, en las preces del oficio divino y en la oración
común
o de los fieles,
que tiene precedentes en la exhortación de Pablo (1 Tim 2,1-8) y en la
oración judía de la
Tephillah.
2. FORMAS
TÍPICAS-DE
presivo. Esta
relación con la tradición explica por qué en la liturgia,
a pesar de dejar espacio a la / creatividad para un constante enriqueci
miento, se
permanece ligados a los modelos y a las fórmulas de los mejores
momentos de la eucología.
Además
dé la lectura de
Es típica
de la eucología litúrgica la / plegaria eucarística y
otras oraciones compuestas sobre el mismo esquema (prefacios
consecratorios para las ordenaciones [/ Orden/Ordenación]; la
bendición del agua [/ Bautismo] y la consagración del crisma [/
Elementos naturales], la bendición de los religiosos profesos [/
Consagración de las vírgenes; / Profesión religiosa]). El
esquema fundamental sigue siendo el de la oración de anamnesis o
proclamación y alabanza de las maravillas de Dios, y de epíclesis
o invocación para obtener el don del Espíritu que renueve
los mirabilia Dei haciéndolos actuales en el sacramento o
sacramental. Este esquema se puede considerar típico para cualquier
oración de bendición y alcanza acentos líricos magníficos
en la liturgia de la luz de la vigilia pascual con la proclamación del
anuncio pascual (Exsultet).
Las formas
típicas de la eucología romana en la misa son, además de
los prefacios, las colectas, las oraciones sobre las ofrendas y
después de la comunión. El actual rito de la misa, después
de haber suprimido muchas de las antiguas apologías u oraciones secretas
del sacerdote, ha
Oración y
liturgia
introducido las
nuevas oraciones para la presentación de los dones, inspiradas en el
estilo de bendición judía de los alimentos, y ha recuperado
las oraciones sobre el pueblo y las fórmulas deprecatorias de la bendición
solemne al final de la misa. Es típica la forma de la oración común
o de los fieles, introducida en el rito de la misa, pero que forma parte del
esquema dialógico de toda liturgia de la palabra, que se convierte
así también en liturgia de la oración.
En la liturgia de
las Horas notamos la recuperación de las colectas sálmicas,
de las colectas para las diversas horas en el ciclo ordinario, la
introducción de las preces o intercesiones en las laudes y
vísperas, como formas típicas de bendición, invocación,
ofrecimiento e intercesión surgidas de la mejor tradición
eclesial, pese a ser un fruto maduro de la actual etapa litúrgica.
Aunque no posea
la riqueza y variedad que la himnografía tiene en otras familias
litúrgicas, la liturgia romana concede amplio espacio a cantos e himnos
de composición eclesiástica. Se trata de un campo poco menos
que ilimitado, por la facultad concedida para sustituir antífonas,
himnos y responsorios por otros cantos idóneos, aprobados por la
autoridad competente. Aquí la iglesia ha conocido una vasta y
constante creatividad, que ha explotado sin posibilidad de ser contenida o
canalizada con la renovación posconciliar. Sin embargo, una
auténtica eucología, para que pueda presumir de ser
litúrgica o eclesial, -debe observar algunos criterios fundamentales:
inspiración verbal y conceptual en los datos de la revelación;
auténtica confesión de la fe católica; noble dignidad
en la redacción literaria; viva expresión de la fe del pueblo y
de las riquezas culturales que pueden asumirse en la oración cristiana.
Aunque en la creatividad y en la
Oración y
liturgia
/
adaptación, las conferencias episcopales regionales y nacionales
tienen su propio papel, la elección cuidadosa entre el
abundante material con criterios de dignidad, de ortodoxia, de
correspondencia con el estilo de la celebración, dependerá de las
asambleas concretas y de los animadores [/ Animación] de las
celebraciones litúrgicas.
Sigue siendo
emblemático el criterio seguido por la liturgia romana en la actual
renovación; éste se expresa explícitamente a
propósito déla eucología del Misal Romano, en el
Proemio (nn. 8 y 15) en los OGMR: una recuperación amplia de la
"tradición de los santos padres", una adaptación al
lenguaje teológico de la iglesia de hoy, tal como se expresa en el
Vat. II. Una creatividad en la oración debe inspirarse en
3. MOMENTOS DE
Un momento
típico de oración y de culto es la / liturgia de las Horas, que
da amplio espacio a la meditación de la palabra, a la
oración de los salmos, a la acción de gracias y a la
intercesión; ella es por excelencia la liturgia de la oración en
la iglesia. También el esquema de la liturgia de la palabra durante la
eucaristía es de por sí dialógico y supone la presencia
de la oración, por lo que no debería olvidársele
nunca con el pretexto de la catequesis; de hecho, a la 1468
lectura sigue el
salmo, el evangelio está precedido y seguido de aclamaciones en
honor de Cristo; su cumplimiento normal es la oración común
o de los fieles. La liturgia de los sacramentos se realiza en un clima de
oración; son actos de culto y de confesión de fe; el ministro y
la asamblea se vuelven a Dios para implorar la gracia del sacramento, para
prepararse a él adecuadamente, para dar gracias. El corazón
de toda celebración sacramental es estructuralmente una
oración, un diálogo de la iglesia con Dios; se subraya así
la total dependencia de Dios en la concesión de la gracia
sacramental y la actitud totalmente teocéntrica con la que la iglesia
debe celebrar el sacramento, rechazando toda tentación de
horizontalismo en la pastoral de los sacramentos, comprendida la que se
reíieie a ia confesión.
La máxima
expresión de la iglesia en oración es la eucaristía, que
tiene como centro la plegaria eucarística, fuente y norma de toda
manifestación de la iglesia orante; ella no es sólo una
presentación de grandes temas teológicos insertados en la
acción sacramental que hace presente al Señor y su
sacrificio; expresa sobre todo los sentimientos más nobles de la
oración cristiana —acción de gracias,
epíclesis, oblación, intercesión— suscitados por el
Espíritu.
V. Orientaciones
pastorales
Las premisas
bíblicas y teológicas (/ supra, II y III) nos llevan a desbrozar
una serie de temas colaterales a la oración a modo de orientaciones
pastorales. Dentro del amplio abanico de cuestiones elegimos tres: carácter
emblemático de la oración litúrgica (1), su
relación con las otras formas de oración en la iglesia de hoy (2
y 3), la posibilidad de nuevas 1469
formas de
oración litúrgica según las exigencias de hoy (4).
1.
a) Una liturgia
auténticamente orada. Paradójicamente, hoy se toma mayor
conciencia de un hecho de por sí evidente: la liturgia debe ser
auténticamente orada. Se trata de recuperar plenamente el sentido
contemplativo y teologal de toda expresión litúrgica como
auténtico diálogo con Dios, creando el clima de fe adecuado.
Esto exige recuperar los ritmos de / silencio, la vibración con la que
nos identificamos con las fórmulas de oración (que no son textos
para leer o recitar, sino expresiones de la relación con el
tú inefable de Dios Padre o de Cristo Señor); comporta del mismo
modo la animación con el / canto, para hacer a la / asamblea
auténticamente orante, implicándola en los sentimientos
más profundos y en la expresividad de los / gestos más adecuados.
Una liturgia auténticamente festiva y popular, igual que una
celebración sobria, tienen como medida de autenticidad la
profundidad de los sentimientos que son capaces de suscitar y vehicular.
Una adecuada / animación puede despertar sentimientos religiosos
adormecidos, sugerir auténticos momentos de oración contemplativa,
educar en el diálogo con Dios, que después se prolongará
más allá del momento litúrgico.
b) Norma de toda
oración cristiana. La oración litúrgica, con su
inspiración bíblica, con sus dimensiones teológicas
(trinitaria, eclesial, antropológica), con sus actitudes características,
con sus fórmulas propias, sigue siendo modelo de
Oración y
liturgia
toda
oración cristiana personal y comunitaria. Tomando como último
punto de referencia la eucaristía, se puede afirmar con Von Allmen:
"En la medida en que las oraciones son connaturales con la
eucaristía son específicamente cristianas"22. Cualquier
manifestación de plegaria, no sólo debe brotar de la
oración litúrgica como de su fuente y tender a ella como a
su vértice, sino que debe además modelarse sobre la liturgia como
escuela de oración del pueblo de Dios. Ésta es la razón
por la que toda manifestación de plegaria —desde la mental a
la devocional—, si quiere ser auténtica, debe partir de la
proclamación y de la escucha de la palabra y expresarse como alabanza,
acción de gracias, invocación y petición del
Espíritu, oblación, intercesión, compromiso de comunión
con Cristo y MI misterio21.
2. ORACIÓN
LITÚRGICA Y DEVOCIONES. Entre las expresiones de oración
de la comunidad eclesial ocupan un puesto de relieve los ejercicios
piadosos con los que se celebran algunas devociones propias de la /
religiosidad popular. Históricamente nacieron fuera de la liturgia;
y, en ocasiones, en contraste con ella, casi como una alternativa de liturgia
popular contrapuesta a una liturgia clerical. El fixismo
litúrgico postridentino no consiguió reabsorberlos; antes
bien, fue justamente en el período de la contrarreforma católica
cuando experimentaron su máximo desarrollo y prendieron
fuertemente en el pueblo. El Vat. II ha admitido su legitimidad y validez
pastoral (SC 13). Desde el punto de vista teológico subrayan
ciertos aspectos fundamentales de la fe o de la vida cristiana
(pasión, eucaristía, María, los santos, los
difuntos), pero con algún riesgo de aislarlos del conjunto del misterio
cristiano y de las fuentes genuinas de la piedad (biblia y litur
Oración y
liturgia
gia). A nivel
celebrativo, las devociones apuntan a la repetición de
fórmulas de oración muy conocidas; el peligro de
deformación, no hipotético, sino real, puede venir por la
introducción incontrolada de fórmulas de dudosa consistencia
teológica
- alejadas del
genuino espíritu bíblico y de las fórmulas de la
oración eclesial. No es, pues, extraño que el Vat. II haya
auspiciado su renovación a partir de la liturgia: "Es preciso que
estos mismos ejercicios se organicen teniendo en cuenta los tiempos
litúrgicos, de modo que vayan de acuerdo con la sagrada
liturgia, en cierto modo deriven de ella y a ella conduzcan al pueblo, ya
que la liturgia, por su naturaleza, está muy por encima de ellos"
(SC 13)24.
En el
período posconciliar se han hecho laudables intentos de renovación,
aunque faltan todavía una teología más profunda de
los ejercicios de piedad y normas autorizadas de aplicación del texto
conciliar arriba citado. Me parecen oportunas en este campo las orientaciones
dadas por Pablo VI en la exhortación apostólica Marialis cultus (
1470
logía
cristiana iluminada por el magisterio para construir formas de
celebración adecuadas, que tengan en cuenta también las diversas
antropologías culturales.
Personalmente
considero que insertando estos ejercicios piadosos en una
celebración oracional que se inspire en los esquemas de la liturgia
y siga su espíritu, tenemos una auténtica expresión
oracional de la comunidad eclesiástica, susceptible de ser
reconocida como tal por la iglesia26.
3. ORACIÓN
LITÚRGICA Y CELEBRACIONES MODERNAS. Además de la
persistencia de los ejercicios de piedad, hoy debemos poner de relieve la
presencia de variadas formas de celebraciones comunitarias de la
oración. Los protagonistas son los jóvenes, especialmente los de
los diversos grupos del despertar espiritual conciliar. El
fenómeno es más bien reciente, y se refiere a los que
podríamos llamar "cristianos del Vat. II".
Teológicamente, las celebraciones de oración oscilan entre
el fundamentalismo bíblico, con una fuerte referencia a la palabra de
Dios (celebraciones neocatecumenales, asambleas de oración de la
renovación carismática), y el horizontalismo
político (una oración fuertemente inserta en la
situación política y social). Tampoco en estos nuevos
fenómenos faltan peligros y desviaciones: en algunos casos por
excesivo subjetivismo en la interpretación de
1471
Este
fenómeno, del que tal vez sólo hemos destacado los extremismos
opuestos, pone de manifiesto una fuerte necesidad de oración comunitaria,
una búsqueda de nuevos espacios para reflexionar juntos sobre los
acontecimientos y orar en torno a ellos, una tendencia a encarnar con
más fuerza la oración en la vida. Esta demanda evidencia que no
son suficientes o adecuados los momentos clásicos de la oración
litúrgica, y menos aún los tradicionales ejercicios de
piedad- ¿Es posible encontrar espacios nuevos de oración
para los grupos eclesiales? Obviamente esta pregunta no incide en la
centralidad de la liturgia, que, por el contrario, debe respetarse para no
perturbar sus esquemas celebrativos. Y no es tampoco una crítica contra
la liturgia de las Horas, que sigue siendo expresión privilegiada
de la iglesia en oración, aunque no se haya hecho (y, quizá,
no llegará nunca a ser) popular. No es una alternativa lo que se.busca,
sino más bien una nueva posibilidad, sobre la-base de dos presupuestos.
El primero es teológico: el reconocimiento (auspiciado) de la
oración comunitaria como auténtica oración eclesial y no
sólo como espacio devocional, aunque de estilo moderno; el segundo es la
presencia de un esquema válido que pueda garantizar la
autenticidad de estas celebraciones como genuinas oraciones cristianas,
sin peligro de subjetivismo o de instrumentalización
política.
4. HACIA NUEVOS
ESPACIOS DE ORACIÓN LITÚRGICA. Una atenta lectura de la
teología de la oración de la iglesia, tal como viene delineada en
los números iniciales de
Oración y
liturgia
análogamente,
el esqucnwi tic l:i liturgia de las Horas, aunque pueda ser Indicativo, no
puede ser propuesto rígidamente como única opción
para una asamblea eclesial orante. El recurso a la iglesia primitiva o a las
comunidades paulinas como modelos de oración sería
reductivo, si se quisiera fundar sobre ellas exclusivamente la
teología de la oración de las horas: los textos hablan sobre todo
de reuniones de oración, de iglesia en oración, con una
extensión muy amplia y con características que no pueden
reducirse al esquema celebrativo actual. Si la oración de las horas
puede ser emblemática, no puede sin embargo tener el monopolio de
la oración eclesial y excluir todas las posibilidades de una
oración comunitaria-eclesial a la que pueda aplicarse toda la
teología expuesta en el citado documento, exceptuada la especificidad de
la consagración del tiempo en determinadas horas de la jornada. Sobre la
base de la teología de la oración de la iglesia allí
expuesta, a los esquemas celebrativos y a los elementos
característicos con los que la iglesia ora se les abren muchas
posibilidades de asambleas de oración', que con derecho propio pueden
considerarse teológicamente eclesiales, incluso si no se refieren a la
santificación del tiempo.
Esta propuesta
teológica satisface una necesidad y una praxis ya en acto. Hoy existen
muchos grupos eclesiales que prefieren orar juntos sin tener que seguir el
esquema de la liturgia de las Horas, porque lo consideran inadecuado para
colmar todos sus deseos o no expresivo de la experiencia de oración
que pretenden realizar. Piénsese en los grupos de niños, en
los jóvenes comprometidos, en una comunidad rural o un grupo de
indígenas de África. Téngase en cuenta que
éstos quieren orar sobre un determinado tema catequético,
sobre un acontecimiento que hay que iluminar, sobre un camino de
evangelización hecho no sólo proclamando la palabra de Dios, sino
orándola; se trata de comunidades que quieren hacer una experiencia
de oración para discernir, a la luz de la palabra, la voluntad
de Dios. Añádase que hoy se siente una fuerte necesidad de
creatividad litúrgica, que, por un lado, no puede ser
indiscriminadamente vertida en las celebraciones eucarísticas y
sacramentales y, por otro, tiene muchas posibilidades de expresarse, en el
ámbito de las celebraciones de la palabra y de la oración.
Además, parece necesario que las comunidades eclesiales recuperen
esa dimensión de la iglesia naciente que era la oración
comunitaria, más allá y como complemento y preparación de
la liturgia eucarística, para expresar y reforzar la fe, para
crecer juntos en la experiencia de Dios.
La posibilidad de
reconocer el estatuto litúrgico a estas asambleas de oración
es hoy objeto de investigación por parte de algunos liturgistas.
Aquí, como en el caso de las celebraciones de la palabra (tan
difundidas en América Latina) nos encontramos frente a una
celebración litúrgica cuando: a) una comunidad eclesial (en
comunión de fe y de amor con la iglesia universal y con sus pastores),
b) celebra el misterio de Cristo, c) según los esquemas y
fórmulas de la liturgia de la iglesia28.
A nivel
celebrativo son dos los caminos abiertos ya por la iglesia para estos
nuevos espacios de oración. El primero son las celebraciones de la
palabra (¡liturgia de la palabra!) con fin catequético o como
suplencia pastoral de la celebración eucarística allí
donde, en ausencia del sacerdote, se distribuye sólo la comunión
en / asambleas (dominicales) sin presbítero. Aunque la liturgia de
la palabra es ya oración, como hemos di
1472
cho (/ supra, IV,
3), podría hacerse el momento orante más rico y explícito
asignando espacios a la acción de gracias, la alabanza o la intercesión
en conexión con el tema de la celebración, con la posibilidad de
insertar gestos significativos (ofrenda de dones, compromisos de vida,
abrazo de paz, etc.). El mismo esquema estructural de la liturgia de las
Horas (himno, salmodia, lectura de la biblia, oración)2* —segundo
camino— es susceptible de adaptaciones o modificaciones y de enriquecimientos,
con el fin de hacer más viva y participada la oración en
función de un tema o de un acontecimiento sobre el que se quiere
orar.
Es importante que
toda celebración acuda abundantemente a
Dentro de este
amplio esquema pueden revaluarse y, en su caso, purificarse, evangelizarse
y elevarse muchas expresiones de religiosidad popular, ejercicios
piadosos o nuevas manifestaciones religiosas de hoy que congenian con el hombre
moderno o con los jóvenes de nuestra sociedad. La
evangelización y la catcquesis pueden llevarse a una auténtica
celebración de oración, incluso
1473
con el uso de
subsidios audiovisuales
pertinentes [/
Mass media].
Se abre
así, junto a la oración litúrgica y en íntima
dependencia de ella, una nueva oportunidad de celebración y de
pedagogía en la oración cristiana. No podemos limitarnos a la
búsqueda de nuevas formas de celebración. Es preciso unir
vida y oración, a fin de que ésta se mantenga a la altura de
su genuina naturaleza de actualización del diálogo con Dios en
cuanto respuesta vital a la historia de salvación. Es, de hecho, característica
esencial de la oración eclesial —lo hemos mencionado repetidamente—
la actualización de esa misteriosa dimensión delpaschale
mysterium, que es el diálogo entre el Padre y el Hijo en el
Espíritu para el cumplimiento de la salvación del mundo.
[/ Religiosidad
popular, II, 2-4; / Devociones y liturgia].
NOTAS: ' Sobre ei
fenómeno universal de la oración: Lapreghiera dell'uomo.
Antología delta preghiera di tullí i tempi e di tutu ipopoli
(dir. por A.M. di Ñola), Guanda, Parma 19632; La preghiera (por R.
Bocassino), 3 vols. Ancora-Coletti, Milán-Roma 1966 — 2 Sobre la
oración en el mundo secularizado: F. D'Hoogh, La oración en
una sociedad secularizada, en Con 1969/49, 359-375; G. Gevaert, Pregare oggi.
La preghiera di domando nella cilla secolarizzata, en La preghiera cristiana
(dir. por E. Ancilli), Teresianum, Roma 1975, 172-220 — 3 Para una
primera documentación sobre el fenómeno del despertar espiritual:
Movimientos del "despertar religioso", en Con 1973/89
(número monográfico); una reseña de las distintas
técnicas de la meditación en Alia ricerca di Dio. Tecniche
della preghiera (dir. por E. Ancilli), Teresianum, Roma 1978 —
E. Lodi,
Enchiridion euchologicum fontium liturgicorum, Ed. Liturgiche, Roma 1979,
7886 — * Una breve y eficaz síntesis sobre la oración
de Jesús se encuentra en Principi e norme per la liturgia delle ore
(PNLO), nn. 3-4 — " PNLO 1; 5 — l
Oración y
liturgia
der, Barcelona
1969, 63ss — " A. Hamman, La preghiera, Herder, Barcelona 1967,442ss
— 12 Ib, 45-60 — " Ib, 101-109 — " Ib, 160ss
—
Ib, 128-133
— Ib, 319-338 — " Ib, 272294 — l8 Para una
información rica en torno a la eucología de la iglesia y su
evolución, cf E. Lodi, Enchiridion... (nota 7) — " C. Vagaggini,
El sentido teológico de la liturgia, BAC, Madrid 19652, 189ss
— 20 PNLO 6 — 2' PNLO 17 — 22 JJ. von Allmen, Saggio sulla
cena del Signore, Ave, Roma 1968, 180 — " Sobre la relación
entre oración litúrgica e individual, contemplación,
vida mística, remitimos a lo escrito precedentemente: J. Castellano,
Liturgia, en Diccionario de espiritualidad, t. II, Herder, Barcelona
1983, 494ss — 24 Dos óptimos trabajos: S. Marsili, Liturgia e
devozioni tra storia e teología, en RL 63 (1976) 174-198; D.
Sartore, // rinnovamento delle forme devozionali, en RL 63 (1976) 199-210; cf
nuestra contibución: Liturgia e pietá popolare oggi, en
VV.AA., La religiositá popolare. Valore spirituale permanente,
Teresianum, Roma 1978, 121-148 —
25 26
Marialis cultus,
29-37 — J. Castellano,
a.c. (nota 24),
141ss —27 Son expresivas al respecto las nuevas expresiones de
oración formal:
D. Sartore, Nuove
raccolte eucologiche, en VV.AA., La preghiera della chiesa, Dehoniane, Bolonia
1974, 251-260; cf también Id, Problemática della preghiera e
liturgia delle ore, en VV.AA., Esperienza cristiana della preghiera,
Milán 1978, 11-24 — 28 En esta línea se expresa S.
Marsili, Liturgia e non liturgia, en Anamnesis I, La liturgia momento
nella storia della salvezza, Marietti, Turín 1974, 137-156 —
" PNLO 33.
J. Castellano
BIBLIOGRAFÍA:
Aldazábal J., Claves para la oración, "Dossiers del
CPL" 12, BSrc"81ona 1981; Aldazábal J.-Colomer R., La
oración en los grupos juveniles, en "Misión Joven" 25
(1978) 9-24; Aroztegui F.X., La oración en
Orden/
Ordenación
dad" 17
(1976) 247-279; Gomis J., Oración y ministerio, en "Phase" 65
(1971) 435-446; González A., La oración en
Sudbrack J.,
Oración, en SM 5, Herder, Barcelona 1974, 1-18; W.AA., Problemas de
la oración, en "Phase" 60 (1970) 537-565; W.AA., La
oración de petición, ib, 117 (1980) 179-198. Véase
también la bibliografía de Liturgia de las Horas, Plegaria
eucarística y Salmos.
SUMARIO: 1. Perspectiva
eclesial - II. Los términos "orden",
"ordenación", "ordenar" - 111. Fundamentos
bíblicos del rito de la ordenación - IV. La
ordenación en la iglesia antigua y a lo largo de la historia - V. La
ordenación de diácono, de presbítero y de obispo en el
rito latino actual: 1. Descripción y significado de los ritos: a) Ritos
de introducción o preparación, b) El rito central, c) Ritos de
explicación; 2. Estructura y doctrina de las oraciones: a) Oración
de ordenación de diácono, b) Oración de ordenación
de presbítero, c) Oración de ordenación de obispo -
VI, Problemática teológica y celebración litúrgica:
1. La relación entre las funciones ministeriales; 2. La relación
entre el orden de los obispos y el orden de los presbíteros; 3. La
celebración litúrgica.
1474
I. Perspectiva
eclesial
El Vat. II, como
todos los grandes acontecimientos de la historia y de la vida de la iglesia,
fue un punto de llegada y, a la vez, un punto de partida en la toma de
conciencia que la iglesia realizó de sí misma y de sus propios
componentes. Uno de los elementos fundamentales en los cuales los
documentos del concilio señalaron un desarrollo de la autoconciencia
y una explicitación de la doctrina, junto con el tema del pueblo de
Dios y de su dignidad, fue el ministerio sacerdotal, sobre todo el de los
obispos, a cuya luz se expuso también el de los presbíteros
y diáconos.
Esta
reflexión doctrinal y vital trajo un gran despertar, una gran renovación,
que, como siempre sucede, encontró su verdadera y auténtica
savia en la vuelta a los orígenes, en la revalorización de
las fuentes. Piénsese en la enorme importancia de la / reforma
litúrgica, en gran parte ya realizada, aunque todavía en curso,
en la que ha tenido un gran influjo el estudio de la antigüedad, considerada
no desde una perspectiva arqueológica, sino con sensibilidad
existencial y actualizadora. En el fervor generado por el acontecimiento
conciliar nació también una amplia y profunda discusión
sobre el tema del sacerdocio ministerial respecto a la distinción de sus
grados: episcopado, presbiterado y diaconado, y a la especificidad y
variedad de sus funciones. Todas las especialidades teológicas
y todas las ciencias humanas se vieron envueltas en el debate, desde la
exégesis a la teología dogmática, la liturgia, la
psicología y socio
logía
religiosas.
Tratar el tema
orden ¡ ordenación significa, por tanto, entrar en lo más
vivo de la actualidad eclesial en lo referente al problema general del sacerdocio
ministerial, su derivación de Cristo, su situación en el interior
1475
de la iglesia, su
relación con los diversos grados y carismas en los que se articula
y vive, se manifiesta y expande. La exposición, insertándose
en el debate eclesial, intenta aportar una contribución
específica, es decir, exponer la doctrina del orden a partir de la
liturgia. Esto confiere al tema un valor privilegiado: la liturgia, de
hecho, en sus símbolos y en sus textos, parte sobre todo de
es sólo
proclamada y explicada, sino también realizada. La liturgia representa
el momento culminante de la eficacia de la palabra; todo el hombre y en
todas sus dimensiones queda implicado en ella. Por esto crea una
situación vital única, y representa una forma completa de
alimentar la fe incluso desde el punto de vista doctrinal y
catequético. Tratanto de la catequesis, el documento emanado de la
cuarta asamblea general del sínodo de los obispos de 1977 expone
este aspecto bajo la voz memorial: "Es otro aspecto clave de la
acción de la iglesia: ella recuerda, conmemora, celebra en memoria del
Señor Jesús, realiza la anamnesis. En efecto..., la catequesis
empalma de esta manera con toda la acción sacramental y
litúrgica" '. La presente exposición se inspira
precisamente en este criterio metodológico.
II. Los
términos "orden", "ordenación",
"ordenar"
El vocabulario
orden, ordenación, ordenar aparece muchas veces en el
Orden/Ordenación
Vat. II. Se habla
sobre todo del orden de los obispos: "El cuerpo episcopal, que
sucede al colegio de los apóstoles en el magisterio y en el régimen
pastoral, más aún, en el que perdura continuamente el cuerpo
apostólico, junto con su cabeza el romano pontífice y nunca sin
esta cabeza, es también sujeto de la suprema y plena potestad sobre
la iglesia universal" (LG 22). Se habla del orden de los
presbíteros: "Ya más de una vez ha recordado a todos este
sacrosanto concilio la excelencia del orden de los presbíteros en la
iglesia. Sin embargo, como a este orden se le asignan obligaciones de la
máxima importancia, y cada día por cier
to más
difíciles, ha parecido cosa muy útil tratar más despacio y
más a fondo de los presbíteros" (PO 1). Se habla del orden
del diaconado: "Restaúrese el orden del diaconado como estado
permanente de vida donde lo crean oportuno las conferencias
episcopales" (AG 16). Se habla de los tres órdenes a la vez:
"El ministerio eclesiástico, de institución divina, es
ejercido en diversos órdenes por aquellos que ya desde antiguo
vienen llamándose obispos, presbíteros y diáconos"
(LG 28). Se habla del sacramento del orden: "Enseña el santo
concilio que en la consagración episcopal se confiere la plenitud del
sacramento del orden... Pertenece a los obispos incorporar, por medio del
sacramento del orden, nuevos elegidos al cuerpo episcopal" (LG 21).
"El obispo, por estar revestido de la plenitud del sacramento del
orden, es el administrador de la gracia del supremo sacerdocio" (LG 26).
"Los presbíteros..., en virtud del sacramento del orden, a imagen
de Cristo, sumo y eterno sacerdote, han sido consagrados como verdaderos
sacerdotes del NT para predicar el evangelio, apacentar a los fieles y celebrar
el culto divino" (LG 28). "Los sacerdotes del NT... por razón
del
sacramento del
orden desempeñan un oficio excelentísimo y necesario de padres y
maestros en el pueblo de Dios y por el pueblo de Dios" (PO 9). "Por
el sacramento del orden los presbíteros se configuran con Cristo
sacerdote como ministros de la cabeza" (PO 12). Se habla de la ordenación:
"Los presbíteros, constituidos por la ordenación en el
orden del presbiterado, se unen entre sí por íntima fraternidad
sacramental" (PO 8). Se usa además el verbo ordenar: "Cuando
se invita a los presbíterosasistentes [a la ordenación] a
imponer las manos, junto con el obispo ordenante, sobre el nuevo
elegido" (PO 8).
Este vocabulario,
orden, ordenación, ordenar, ampliamente usado por el último
concilio, por los documentos del magisterio y por los libros
litúrgicos sucesivos, tiene su origen en la antigüedad. La palabra
orden era usada en las instituciones de la antigua Roma para indicar clases
sociales determinadas, es decir, los senadores y caballeros, en cuanto que se
distinguían del pueblo. Fuera de Roma, en las colonias, la palabra orden
indicaba el conjunto de aquellos a quienes estaba confiado el gobierno
de los asuntos públicos. Esta relación entre orden y pueblo
ofrece al lenguaje cristiano de los comienzos una analogía para
expresar la distinción del clero en el seno del pueblo de Dios.
Después la palabra orden designa también los diferentes grados de
la jerarquía: orden de los diáconos, orden de los presbíteros,
orden de los obispos. El término tiene un significado colegial; no
se trata de recibir un orden, sino más bien de entrar en un orden. En
los sucesivos desarrollos del tema, especialmente en la
escolástica medieval, se perdió este significado colegial, y en
la elaboración del tratado teológico de los sacramentos se
desarrolló la
1476
noción de
orden sacramental. Análogamente, los términos
ordenación y ordenar, que designaban en la antigua Roma el
nombramiento de los funcionarios, pasaron a indicar en la literatura cristiana
la elección y colocación de las personas en el ejercicio
de un cargo: el orden eclesiástico. El ingreso en un orden que comporta
funciones y tareas litúrgicas era él mismo una liturgia; por
tanto, el término ordenación se usó para significar
este momento ritual, litúrgico, sacramental durante el cual tiene lugar
una investidura sacra2. Esta terminología ha sido reasumida hoy en
el vocabulario de los documentos magisteriales y litúrgicos: en los tres
órdenes del diaconado, presbiterado y episcopado se ingresa mediante el
sacramento del orden que se confiere con la ordenación \ Teniendo presente
el significado de este vocabulario, actual y antiguo, nos remontamos
a los fundamentos bíblicos de la realidad designada con el
término orden-ordenación.
III. Fundamentos
bíblicos del rito de la ordenación
La constante
tradición de la iglesia muestra que el ingreso en un determinado
orden y su otorgamiento (tratamos aquí de los tres órdenes,
episcopal, presbiteral y diaconal, dejando los cargos inferiores que en el
pasado recibieron también el nombre de órdenes) se
efectúa mediante un rito consistente en el gesto de la imposición
de las manos del ministro sobre la cabeza de los candidatos,
acompañado de una oración que expresa y determina su significado.
Este rito no aparece como instituido y establecido por Jesucristo, pero tiene
sus orígenes en el mundo bíblico. La imposición de
las manos muestra una variedad de significados.
1477
En el AT era
sobre todo un gesto de bendición; los patriarcas imponían
las manos a sus hijos como un eficaz augurio para invocar sobre ellos todo bien
(cf Gen 48,14); los sacerdotes imponían las manos sobre el pueblo
para bendecirlo; después de su consagración sacerdotal,
"levantando las manos, Aarón bendijo al pueblo" (Lev
9,22). La imposición de las manos era un gesto de
identificación: los sacerdotes imponían las manos sobre el
animal destinado al sacrificio para expresar la identidad entre el
oferente y la víctima y así consagrarse a sí mismos a
Dios (cf Ex 29,10; Lev 3,2.8; 4,4). Era el gesto de la concesión de un
cargo; es célebre el texto: "El Señor respondió a
Moisés: 'Toma a Josué..., pon tu mano sobre él... y
le comunicarás parte de tu autoridad, para que le preste obediencia toda
la comunidad de los hijos de Israel'" (Núm 27,18-20).
"Josué estaba lleno del espíritu de sabiduría porque
Moisés le había impuesto las manos. A él obedecieron los
hijos de Israel" (Dt 34,9). Aquí el gesto significa la
transmisión de la propia tarea y, al
tiempo, la
habilitación para llevarla a cabo mediante el don del Espíritu de
Dios.
En el NT estos
valores de la imposición de las manos se mantienen. Jesús
imponía las manos sobre los enfermos como signo, junto con su palabra
llena de autoridad, de curación (cf Mt 9,18; Me 6,5; Le 13,13).
Según su mandato y por su autoridad, los suyos "pondrán
sus manos sobre los enfermos y éstos sanarán" (Me 16,18).
Jesús impuso las manos como signo de bendición a los niños
(cf Me 10,16) y a sus mismos discípulos en el momento de subir al
cielo; el tercer evangelio concluye presentando esta actitud
sacerdotal del Señor: "Y alzando las manos los bendijo. Y mientras
se alejaba de ellos e iba subiendo al cielo" (Le
Orden/Ordenación
24,50-51). En la
iglesia apostólica, además de a la curación de los enfermos,
la imposición de las manos de los apóstoles está ligada a
los ritos de iniciación cristiana como signo del don del Espíritu
Santo; a los nuevos creyentes los apóstoles "les impusieron
las manos y recibieron el Espíritu Santo" (He 8,17). Después
del bautismo de algunos, "cuando Pablo les impuso las manos, descendió
sobre ellos el Espíritu Santo" (He 19,6)'.
El gesto de
imponer las manos como comunicación de un cargo se encuentra
también en el judaismo contemporáneo de Jesús y de la iglesia
apostólica. Se trata de la investidura de los rabinos judaicos y de
los jefes de las diversas comunidades judaicas de Palestina y de la
diáspora, que se relacionaba precisamente con la transmisión de
la autoridad y de la función hecha por Moisés a Josué.
Después, en esta transmisión se sustituyó el rito de
la imposición de las manos por una simple proclamación de la
dignidad y del deber del rabino
o del jefe5.
También en la iglesia apostólica el gesto de imponer las manos
así heredado se utilizó para comunicar un ministerio. Para
el servicio de las mesas los miembros de la comunidad eligieron siete
hombres y "los presentaron a los apóstoles," los cuales,
después de orar, les impusieron las manos" (He 6,6). Conviene detenerse
en el caso de Timoteo, al que se alude en dos ocasiones en las cartas
pastorales. Escribe san Pablo a Timoteo: "No seas negligente respecto
de la gracia que hay en ti, que te fue conferida en virtud de la profecía
con la imposición de las manos de los presbíteros" (1 Tim
4,14). "Por esta causa te amonesto que revivas la gracia de Dios, que
te fue conferida por la imposición de las
manos. Pues no
nos ha dado el Señor espíritu de temor, sino de forta
leza, de caridad
y de prudencia" (2 Tim 1,6-7). Se alude en estos dos textos al acto solemnemente
realizado sobre Timoteo, cuyos componentes son la imposición
de las manos de Pablo y del colegio presbiteral y la palabra
profética, que tienen como efecto la comunicación de un carisma
estable, que se describe como espíritu de fortaleza, de amor y de
sabiduría. En el primer texto se habla de profecía; con este
término se entiende una palabra profética en el sentido amplio
del término, una liturgia de la palabra que acompaña al gesto de
imposición de las manos y explícita su significado; comprende
también una oración de consagración. Así
encontramos en estos textos la descripción de una liturgia de
ordenación6. El don del espíritu de fortaleza, amor y
sabiduría es santificante y habilita para el cumplimiento del
cargo; además es estable; de hecho, el texto lo compara con un fuego
siempre encendido, que puede y debe ser reavivado. Estos dos textos
bíblicos son citados por el concilio de Trento para considerar la
ordenación como uno de los sacramentos de la iglesia: "Como el
testimonio de
1478
con los valores
expresados por
IV. La
ordenación en la iglesia antigua y a lo largo de la historia
El primer
documento que hace una relación completa de la ordenación en
la iglesia, de los ritos y de los textos de las oraciones es
La primera es
más compleja: prevé una elección precedente por parte
del pueblo de la persona que va a ser promovida al episcopado. En día de
fiesta, en una solemne ceremonia con la presencia de obispos venidos de otras
iglesias, se procede a la ordenación. Los obispos imponen sus manos
sobre la cabeza del elegido, mientras todos oran en silencio para que el
Espíritu Santo descienda sobre él. Después el obispo
que preside la ceremonia pronuncia la oración, que tiene un alto
contenido doctrinal no sólo en lo referente al oficio del obispo, sino
también al de la iglesia y a la acción de los tres autores divinos
de la salvación en su relación entre sí y con el
candidato. Dado que el texto de esta oración, que es matriz de las otras
compuestas por las diversas tradiciones litúrgicas para la
ordenación episcopal, ha 1479
sido restablecido
íntegramente por Pablo VI para la liturgia latina, el comentario lo
haremos a continuación, cuando tratemos del rito latino actual7.
Después de la ordenación, el nuevo obispo recibe el beso de la
paz y preside la concelebración de la eucaristía.
Para la
ordenación del presbítero no se alude a la elección por
parte del pueblo. El rito consiste en la imposición de las manos
del obispo sobre la cabeza del candidato, al tiempo que los otros
presbíteros repiten también el mismo gesto. A este propósito,
Hipólito escribe: "Sobre el sacerdote deben imponer las manos
también los sacerdotes, porque también ellos gozan del
común e igual espíritu sacerdotal. En efecto, el sacerdote tiene
el poder de recibir, pero no de transmitir este espíritu; por eso no
ordena el clero, sino que en la ordenación del sacerdote lo único
que hace es expresar su aprobación (con el gesto de la imposi
ción),
mientras que es el obispo el que ordena"8. Después de la imposición
de las manos viene la oración: "Dios, Padre de nuestro Señor
Jesucristo, vuelve la mirada sobre este siervo aquí presente e
infúndele espíritu de gracia y de sabiduría sacerdotal
para que ayude y gobierne al pueblo con corazón puro, como volviste
la mirada sobre el pueblo elegido por ti y ordenaste a Moisés escoger
sacerdotes, a los que llenaste del mismo espíritu que habías dado
a tu siervo. Ahora haz, oh Señor, que no disminuya en nosotros el
espíritu de tu gracia y concédenos servirte con simplicidad de
espíritu alabándote por tu Hijo Jesucristo, por el cual tienes,
Padre e Hijo con el Espíritu Santo en la santa iglesia, gloria y poder
ahora y por los siglos de los siglos. Amén"'. Esta fórmula
concibe al presbítero como colaborador del obispo en calidad de
consejero y partícipe de su espíritu y misión en
Orden/
Ordenación
la iglesia.
Evocando el episodio bíblico de la institución de los
setenta ancianos, comprende al presbítero como miembro de un colegio que
asiste al obispo en el gobierno del pueblo cristiano. En los primeros tiempos,
en efecto, los presbíteros, como consejeros del obispo, vivían
con él; sólo después la difusión del cristianismo y
la fundación de pequeñas comunidades en zonas rurales
llevarán a confiar a cada uno de los presbíteros el cuidado de
una porción del pueblo cristiano y a ampliar sus deberes no
sólo en relación al gobierno, sino también al
servicio de la palabra y a la administración de los sacramentos.
La
ordenación del diácono se realiza sólo con la
imposición de las manos del obispo. El texto de la oración
pronunciada por él dice: "Dios, que has creado todas las cosas y
las has ordenado mediante el Verbo; Padre de nuestro Señor Jesucristo,
al que enviaste para que cumpliese tu voluntad y nos manifestase tu intención,
concede el santo espíritu de la gracia, del celo y de la diligencia a tu
siervo aquí presente, a quien has escogido para que esté al
servicio de tu iglesia y lleve a tu santuario lo que es ofrecido por aquel que
estableciste como tu sacerdote para gloria de tu nombre, para que,
cumpliendo su deber de modo irrepren
sible y con
pureza de vida, sea digno de conseguir un grado más elevado y te alabe y
glorifique por tu Hijo Jesucristo, nuestro Señor, por el cual tienes con
el Espíritu Santo gloria, poder y alabanza por los siglos de los siglos.
Amén"l0. El diácono es presentado, por tanto, como el que
tiene la función de ejecutar las órdenes del obispo y de
servir a la comunidad cristiana. Puede recibir encargos diversos y
muy importantes en la iglesia, pero siempre como ejecutor de la voluntad
del obispo y de su mente.
Orden/Ordenación
En
En los siglos
siguientes la liturgia de la ordenación, junto con las celebraciones
de los otros sacramentos y de la eucaristía, se desarrolla con la
inserción de nuevos gestos y de nuevas palabras. En la
ordenación del obispo aparece bastante pronto el rito de poner y
mantener abierto sobre la cabeza del candidato el libro de los evangelios.
En las oraciones de ordenación del diácono se introduce la
mención de san Esteban. En Occidente, el rito romano tiene sus
más antiguos documentos en los sacramentarlos Veronense (o Leoniano)
y Gelasiano, cuyo contenido, en lo referente al rito de la ordenación,
puede remontarse al tiempo de san León Magno; en efecto, en la formulación
de los pensamientos y de los textos litúrgicos parece sentirse de nuevo
el estilo y la doctrina de este papa. A la simplicidad del rito romano antiguo,
que consistía en la imposición de las manos y en la oración
consecratoria, se añade el rito de la entrega de los instrumentos (traditio
instrumentorum), símbolos de la potestad y funciones confiadas. Este
acto llega a ser tan importante en la ordenación del presbítero,
que 1480
en la doctrina
medieval, cuya máxima expresión se encuentra en el Decretum
pro Armenis del concilio Florentino, se llega a pensar que la entrega de la
patena con el pan y del cáliz con el vino para consagrar en la misa y
las palabras que acompañan este gesto forman el signo sacramental
esencial de la ordenación (DS 1326). Al diácono se le entrega el
evangelio; al obispo, el evangelio, el anillo, el báculo y la mitra.
Más tarde a los presbíteros se les hace una segunda
imposición de las manos por el obispo al fin de la misa con una
fórmula que significa la concesión del ministerio de perdonar los
pecados.
El camino de vuelta
a lo esencial del antiguo rito fue iniciado por Pío XII con la
constitución apostólica Sacramentum ordinis, que no
modificó los ritos existentes, pero estableció la
imposición de las manos y la oración de consagración como
el signo esencial del sacramento, y completado por Pablo VI con la
constitución apostólica Pontiflcalis romani, que, en
ejecución de las normas del Vat. II, devuelve el rito de las
ordenaciones a su simplicidad y sobriedad tan intensamente significativas.
No podemos seguir aquí la historia de los ritos y de las oraciones
de ordenación orientales y occidentales; por eso nos limitaremos a
exponer la ordenación de diaconado, de presbiterado y de episcopado
en la actual liturgia del rito latino l2.
V. La
ordenación de diácono, de presbítero y de obispo en el
rito latino actual
Damos
primeramente una breve descripción de los ritos, indicando los aspectos
teológicos que implican; después citamos el texto de las tres
oraciones de ordenación con un breve comentario que ponga de mani
1481
fiesto la
doctrina teológica general y la de los ministerios ordenados. Seguimos
el orden ascendente, diaconado, presbiterado y episcopado, que es el del
ODPE, aunque la doctrina de la constitución dogmática LG y
la misma constitución apostólica Pontificalis romani se
inclinan a una concepción que parte del episcopado para llegar al
presbiterado y al diaconado.
La edición
castellana del volumen del Pontifical De Ordinatione Diaconi, Presbyteri
et Episcopi (= ODPE) lleva el título Ritual de Órdenes (= RO)'K
1.
DESCRIPCIÓN Y SIGNIFICADO DE LOS RITOS. La estructura general de la
ordenación es la misma para los tres órdenes; tiene lugar en la
celebración de la eucaristía inmediatamente
después de la proclamación del evangelio, y consta de tres partes,
de las que la primera comprende los ritos de introducción y
preparación, la parte central contiene el sacramento y la tercera
parte está constituida por los ritos explicativos de lo que ha
ocurrido.
a) Ritos de
introducción o preparación. Los ritos introductorios para
los tres órdenes son los mismos, es decir, la llamada de los candidatos
y su presentación al obispo ordenante, al tiempo que se atestigua
su idoneidad; la elección por el obispo para el orden al que son
candidatos (en la ordenación episcopal se lee el documento por el que el
papa, cabeza del colegio episcopal, elige para el episcopado); la
homilía del obispo; el diálogo entre los candidatos y el obispo,
en el cual éste les pide y ellos prometen llevar a cabo los deberes del
orden que van a recibir, así como obediencia, poniendo sus manos entre
las del obispo (los candidatos al episcopado prometen obediencia al papa) y, al
final, las letanías de los
Orden/Ordenación
santos,
precedidas por un invitatorio y con una oración del obispo como
conclusión (durante las letanías los candidatos se postran en
tierra). Entre estos ritos de introducción, la presentación
de los candidatos con la petición de que sean ordenados y la
declaración de su idoneidad, a lo que sigue por parte del obispo la elección
que ratifica la vocación, expresan muy bien la implicación
de la comunidad eclesial local en la elección de los candidatos al
ministerio de la ordenación. En efecto, aquéllos son presentados
al obispo en nombre del pueblo y se atestigua su aptitud haciendo
referencia explícita al parecer expresado por el pueblo cristiano
en medio del cual han crecido los candidatos. Como respuesta al consenso de los
fieles, el obispo confirma la candidatura y lleva a cabo la
elección al grado propuesto del sacramento del orden. Existe así
relación entre la comunidad que pide y da su testimonio y el jefe
de la comunidad, el obispo, que en nombre de Dios y de Jesucristo, a quien
representa, es decir, desde lo alto, escoge para el ministerio. El ministerio
y el candidato al mismo ocupan el centro de la relación entre la comunidad
y el don de Dios. El diálogo que a continuación se
desarrolla entre el obispo y los candidatos, en el que éstos prometen
cumplir las funciones del orden que van a recibir, significa el compromiso
ante Dios y la comunidad. Este diálogo expresa en síntesis lo
mismo que se ha dicho antes, o sea, la participación de la
comunidad en la concesión del ministerio ordenado. Al terminar,
la invitación a la oración y la invocación de los santos
en favor de los candidatos expresa la participación en la
acción sacramental de la iglesia celeste, es decir, de los santos y de
los ángeles que celebran la liturgia escatológica de la
alabanza de Dios. Los ritos de introducción con
tienen y explicitan
la doctrina y la realidad de la presencia activa de toda la comunidad eclesial,
terrestre y celeste en el don del ministerio que Dios otorga a aquellos que
él ha llamado, que la comunidad presenta y que el obispo, en nombre
de Dios, acoge. Así el sacramento del orden, en sus diferentes grados,
don de nuevos ministros para la iglesia, es una acción comunitaria
en la que participan activamente todos sus componentes, todos sus
miembros, todos los órdenes eclesiales.
b) El rito
central. En el rito central se confiere el sacramento del orden en
sus diversos grados. Consiste en el gesto y en las palabras que lo
acompañan y lo especifican determinándolo. Para todos los
órdenes, diaconado, presbiterado y episcopado, el gesto es la
imposición de las manos del obispo ordenante sobre la cabeza del
candidato con las siguientes modalidades, que constituyen también
una graduación: en la ordenación del diácono,
solamente el obispo impone las manos; en la ordenación del
presbítero, después del obispo imponen las manos todos los
presbíteros presentes; en la ordena
ción del
obispo imponen las manos todos los obispos presentes, los cuales
concelebran en el acto de dar el sacramento del orden; inmediatamente
después de la imposición de las manos, al que recibe el orden
episcopal se le coloca sobre la cabeza el evangelio abierto, sostenido por
dos diáconos. Todo sucede en silencio. Terminado el gesto, el obispo
ordenante pronuncia la oración consecratoria propia de
cada-orden. En el diaconado y en el presbiterado solamente el obispo
pronuncia la oración; en el episcopado, todos los obispos que
han impuesto las manos pronuncian juntos la parte central de la oración
consagratoria, que invoca al Espíritu y es considerada
1482
como esencial
para la validez del acto sacramental. Este rito central, simple y solemne, debe
desarrollarse con la mayor atención y con el más profundo
recogimiento interior, en medio del silencio adorante de la asamblea, de los
ministros y de los elegidos. Es como el momento de la consagración en la
celebración de la eucaristía. Al acabar la oración, en la
doxología, todo el pueblo expresa su participación e interviene
proclamando el "amén" final, que tiene un significado de
aprobación, de corresponsabilidad y de solidaridad en la
elección de aquellos que han sido ordenados. Así el pueblo
da su consenso al beneplácito de Dios Padre y a su
actualización en la presente li
turgia de la
iglesia; el sacramento, que se realiza en este momento central, tiene en
el gesto y en las palabras del rito su más fuerte expresión.
Es necesario, por tanto, dar la máxima importancia a este acto, de
modo que la asamblea participe en él digna y conscientemente y saque el
fruto espiritual de la unión con la voluntad salvífica de
Dios y de la participación en el crecimiento eclesial que se lleva
a cabo. Es preciso, por esto, que los fieles sean instruidos con antelación
sobre el significado del gesto y de las palabras de la oración consecratoria.
Sobre el
múltiple valor de la imposición de las manos ya hemos tratado
(/ supra, III); en la concesión de un orden significa la comunicación
del don del Espíritu Santo para la santificación interior de los
candidatos y su habilitación para el cumplimiento de los
oficios propios del orden en el que entran; santificación y
habilitación asimilan a los ordenados a Cristo, sumo y único
sacerdote, de cuya mediación se hacen signo sacramental.
En la
ordenación del obispo es también central el gesto de la imposición
del evangelio, íntimamente 1483
asociado a la
imposición de las manos. El valor de este gesto queda reflejado
muy bien por un escrito de Severiano de Gábala, que por su antigüedad
constituye también un testimonio de la vetustez del rito: "Durante
la ordenación de los sacerdotes se pone el libro del evangelio sobre la
cabeza del ordenando, para que aprenda que recibe la verdadera tiara del
evangelio; para que aprenda que él, aunque sea jefe de todos, no
obstante está sujeto por la misma ley; manda a todos, pero está
él mismo sometido a la ley; legisla para todos, pero él
mismo es legislado por la palabra de Dios. Por esto, la imposición
del evangelio sobre el gran sacerdote significa que está sometido a una
autoridad (PG 56,404) u. Este acto significa, por tanto, que los obispos
están sometidos a la palabra de Dios, simbolizada por el libro de los
evangelios, que la contiene. Su fundamento se encuentra en el discurso de
Pablo a los ancianos de Éfeso. A éstos les dice: "Os
encomiendo a Dios y a la palabra de su gracia, al que puede edificar y daros la
herencia con todos los santificados" (He 20,32). La expresión
palabra de la gracia indica el poder eficaz de la palabra de Dios, que trae la
gracia. El Apóstol confía, por tanto, a los ancianos, "que
el Espíritu Santo... ha constituido como obispos para apacentar la
iglesia de Dios" (He 20,28), a la palabra de Dios. Da la impresión
de que Pablo debería decir lo contrario, esto es, que la palabra
es confiada a los obispos para que la custodien y la difundan, no que los
obispos sean confiados a la palabra. Por el contrario es esto lo que
paradójicamente se verifica. Los obispos, puestos por el Espíritu
para apacentar la iglesia de Dios, son entregados a la palabra de Dios a fin de
que ésta, mediante la omnipotencia divina que contiene, obre el
desarrollo y el incremento de la
Orden/
Ordenación
vida cristiana,
la construcción del edificio de la iglesia mediante la revelación.
Así, en la
ordenación de los obispos concurren a la vez el Espíritu
Santo, significado por la imposición de las manos, y la palabra de Dios,
significada por la imposición del evangelio. Los obispos son hechos
tales por el Espíritu y por la palabra; y como su conducta debe ser
movida por el Espíritu y a él sometida, también debe
ser guiada e iluminada por la palabra y sometida a ella. Esta doctrina,
expuesta por san Pablo, traducida en el gesto ritual de la imposición
del evangelio, es también proclamada por el Vat. II en la constitución
sobre la divina revelación, donde se explica la relación entre la
función eclesial del magisterio y la palabra de Dios: "El
magisterio no está por encima de la palabra de Dios, sino a su servicio
para enseñar puramente lo transmitido, pues por mandato divino y con la
asistencia del Espíritu Santo, lo escucha devotamente, lo custodia
celosamente y lo explica fielmente; y de este único depósito de
la fe saca todo lo que propone como revelado por Dios para ser
creído" (DV 10). Imposición de las manos e
imposición del evangelio sobre la cabeza de los elegidos al
episcopado en su ordenación son actos que de generación en
generación enseñan a todo el pueblo cristiano y a todos los
obispos esta gran verdad: los obispos están sometidos al
Espíritu Santo y a la palabra; de la fuerza del Espíritu y
de la omnipotencia de la palabra sacan la eficacia para el cumplimiento de sus
cargos y para la difusión del mensaje en orden al crecimiento de la
iglesia.
c) Ritos de
explicación. Realizado el rito central, los elegidos para cada uno
de los órdenes están ordenados, o sea, ya son
diáconos, presOrden/ Ordenación
bíteros u
obispos. Ahora la liturgia quiere significar con otros gestos esta nueva
realidad que se ha hecho presente y la dignidad que se ha conferido. Los
diáconos son revestidos con las vestiduras litúrgicas de su grado,
la estola y la dalmática; los presbíteros visten la estola y
la casulla, a los presbíteros el obispo les unge las manos con el
crisma, a los obispos se les unge la cabeza con el crisma; a los
diáconos y a los obispos se les entrega el libro de los evangelios con
diferentes fórmulas; a los presbíteros, se les da el pan en la
patena y el cáliz con el vino preparados para la celebración
de la eucaristía; a los obispos se les dan las insignias de su orden:
el anillo al dedo, la mitra sobre la cabeza, el báculo en la mano y
después se les instala en la cátedra episcopal. Finalmente, los
ordena
dos,
diáconos, presbíteros y obispos, reciben de los ministros de la
ordenación, y luego respectivamente de los otros diáconos,
presbíteros u obispos, el abrazo y el beso de la paz y los devuelven,
como signo de que son acogidos en el orden de los diáconos, de los
presbíteros o de los obispos. Estos gestos son una explicación
visible de lo que ha acontecido en el sacramento, del efecto producido
en las personas que lo han recibido. El revestirse de las insignias
litúrgicas propias de cada orden es un signo evidente por sí
mismo; cada uno de los que han sido constituidos en una dignidad llevan la
indumentaria característica.
Merecen especial
atención las unciones y la entrega del evangelio. A quien ha sido
ordenado obispo se le unge la cabeza, a quien ha sido ordenado
presbítero se le ungen las manos con el crisma. La simbología del
aceite en
1484
midad con Cristo;
como él ha sido ungido por Dios con el Espíritu Santo (cf He
10,38) y ha sido consagrado sumo sacerdote, así los obispos y los
presbíteros, que a través de la imposición de las manos
han recibido una participación en el sacerdocio del
Señor y han sido conformados con él en el don del
Espíritu Santo, reciben la unción externa ritual que
manifiesta la unción interna e invisible. Las palabras que acompañan
a la unción expresan esta doctrina. El otro gesto explicativo es la
entrega del libro de los evangelios a los diáconos y a los obispos; esto
indica claramente la función: los ministros ordenados, y en primer
lugar los obispos, son constituidos predicadores del evangelio.
Termina
así la liturgia de la ordenación; prosigue la
celebración de la eucaristía, en la que aquellos que han sido
ordenados diáconos ejercen su función de servicio al altar y distribuyen
la comunión a los fieles; los nuevos presbíteros concelebran la
eucaristía con el obispo y con los otros presbíteros; igualmente
los nuevos obispos concelebran la eucaristía con los otros obispos.
Si ha sido ordenado un solo obispo en la iglesia catedral a la que
está destinado como pastor, preside él mismo la celebración
de la eucaristía, teniendo a su derecha al obispo que ha presidido
la concelebración de la ordenación episcopal. La estructura
de los ritos de ordenación ofrece así una
gran abundancia y
profundidad de enseñanzas sobre el sacerdocio ministerial.
2. ESTRUCTURA Y
DOCTRINA DE LAS ORACIONES. Si todo el rito de ordenación es en sí
una enseñanza, un signo manifiesto del misterio que en él se
cumple eficazmente, entre sus elementos constitutivos las oraciones de
ordenación expresan una doctrina sobre el ministerio sacerdo1485
tal que por la
antigüedad de su composición y de su uso tiene un valor muy
privilegiado como fuente de la fe. La estructura común de las tres
oraciones de ordenación es trinitaria: dirigidas a Dios Padre, en
la primera parte contienen una anamnesis de la obra por él
realizada en la historia de salvación en relación con la
institución del ministerio; en la parte central está la
invocación del Espíritu Santo a Dios Padre sobre los candidatos;
la tercera parte es una intercesión en favor de ¡os ordenados
por la mediación de Jesucristo. Así se puede comprender
inmediatamente que la estructura trinitaria de las oraciones de
ordenación indica la estructura trinitaria de cada ministerio
ordenado. Los tres autores de la salvación, el Padre, el Hijo y el
Espíritu Santo, están en el origen o nacimiento de cada
ministerio. Del aspecto
trinitario deriva
el eclesial15.
a) Oración
de ordenación de diácono. Después del prólogo, que
invoca a Dios Padre en sus atributos salvíficos en relación con
el ministerio y desarrolla una doctrina sobre la iglesia, cuerpo de Cristo
y templo vivo de Dios, dotada de unidad y de pluralidad orgánica, siguen
dos anamnesis, una del AT y otra del NT, en las que se manifiestan las
funciones de los diáconos.
Primera
anamnesis: los levitas; función litúrgica: "Dios todopoderoso,
(...) del mismo modo que en la antigua alianza habías elegido a los
hijos de Leví para que sirvieran al templo, y, como herencia, poseyeran
una bendición eterna". Estas palabras aluden a la
institución y a las funciones de los levitas en el AT; la
evocación concierne a algunos textos bíblicos: uno indica
las funciones de ayuda a los sacerdotes en el templo para el culto (cf
Núm 3,6-9); otros textos hablan de la bendición recibida en
herencia por los levitas
Orden/
Ordenación
(cf Núm
18,21; Jos 13,14.33). En la jerarquía del templo estaba en el vértice
el sumo sacerdote; bajo él estaban los sacerdotes inferiores, que
ejercían sus funciones por turnos y desempeñaban el culto; los
levitas estaban en una posición subordinada como una ayuda a los
sacerdotes en la liturgia. Siendo los levitas la prefiguración de los
diáconos, por su evocación en esta oración, esta anamnesis
enseña que una de las funciones de los diáconos es la
litúrgica cultual para ayuda de los sacerdotes.
Segunda
anamnesis: los siete; función de servicio de la caridad: "En
los comienzos de tu iglesia los apóstoles de tu Hijo, movidos por
el Espíritu Santo, eligieron como auxiliares suyos en el
servicio cotidiano a siete varones, tenidos por fieles testigos del
Señor, a quienes, mediante la oración e imposición de
manos, dedicaron al servicio de los pobres, para poderse entregar ellos con mayor
empeño a la oración y al servicio de la palabra". En este
texto se alude a la institución de los siete, narrada en He 6,1-6, donde
no aparece el nombre de diáconos, sino que se usa varias veces el
término diaconía a propósito de ellos. Citando este episodio,
la oración de ordenación de diácono se conforma con una
larga tradición patrística y exegética, que ve en los
siete a los primeros diáconos ,6 y muestra en este ministerio el
ejercicio de la caridad; servicio de la mesa material y de todas las formas de
caridad hacia los necesitados de cualquier tipo; en este servicio está
prefigurado el servicio de la mesa eucarística, anticipación de
la mesa celeste escatológica (cf Le 22,26-27). Aparece así la
doble función del diácono, litúrgica y caritativa,
con toda la vasta gama de servicios que estos dos ámbitos contienen,
entre los
cuales
está comprendido el servicio de la palabra, el anuncio del evangelio.
Orden/
Ordenación
Epíclesis:
"Te pedimos... envía sobre ellos, Señor, el
Espíritu Santo para que, fortalecidos con tu gracia de los siete dones,
desempeñen con fidelidad su ministerio". La invocación
y la efusión del Espíritu Santo es muy clara en sus efectos;
santifica y habilita para llevar a cabo el ministerio diaconal; la
referencia a los "siete dones" alude al célebre paso de Is
11,1-2 no en el texto hebraico, sino en la versión griega de los LXX y
en
Intercesión:
"Resplandezcan en su vida todas las virtudes: el amor sincero, la
solicitud por los enfermos y los pobres, la autoridad moderada, la pureza sin
tacha y un vivir siempre según el Espíritu; que tus mandamientos,
Señor, se vean reflejados en su vida, y que el ejemplo de su castidad
suscite la imitación del pueblo santo; que sostenidos por el testimonio
de su buena conciencia, perseveren firmes y constantes en Cristo, de forma
que imitando en la tierra a tu Hijo, que no vino a ser servido, sino a servir,
merezcan reinar con él en el cielo. Por nuestro Señor Jesucristo,
tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es
Dios por los siglos de los siglos". Esta intercesión, de naturaleza
parenética, muestra las funciones diaconales, que consisten
esencialmente en el servicio de los pobres y de los enfermos, e indica las
virtudes necesarias para tales funciones. La conclusión doctrinal
expresa el fundamento cristológico del diaconado: como Cristo ha
sido diácono, es decir, servidor en la tierra de Dios Padre y
de los hombres y asunto a la
gloria del reino
escatológico en el
1486
cielo, así
los diáconos, conformados a Cristo en el servicio, serán
partícipes de su definitiva realeza celeste.
b) Oración
de ordenación de presbítero. Después del prólogo,
la oración evoca la institución del sacerdocio, cuyas
funciones se enuncian mediante la anamnesis de tres instituciones; dos son
del AT y una del NT.
Primera
anamnesis: Aarón y sus ancianos; función de gobierno pastoral:
"Así en el desierto multiplicaste el espíritu de
Moisés, comunicándolo a los setenta varones prudentes con
los cuales gobernó fácilmente un pueblo numeroso".
Aquí se recuerda la elección que Moisés hace por orden
de Dios de setenta ancianos como sus colaboradores en el gobierno del
pueblo; el episodio comprende el mandato de Dios a Moisés y su
ejecución (cf Núm 11,16-17.2425). Dios participa a los
ancianos el mismo espíritu que ha dado a Moisés; en
consecuencia, le ayudan en el gobierno del pueblo; la función que se
evoca aquí es, por tanto, el gobierno pastoral; Moisés es
figura de los obispos; los setenta ancianos, figura de los
presbíteros; obispos y presbíteros son pastores de la comunidad
cristiana.
Segunda
anamnesis: Aarón y sus hijos; función cultual: "Así
también transmitiste a los hijos de Aarón la abundante plenitud
otorgada a su padre, para que un número suficiente de sacerdotes
ofreciera sacrificios y mantuviese el culto divino". Se trata aquí
de la llamada y de la consagración sacerdotal de Aarón y sus
hijos, con el consiguiente ejercicio de sus funciones; el hecho está
extensamente narrado en Ex 29, que relata el mandato de Dios, y en Lev 8,
que refiere su ejecución, es decir, la consagración
sacerdotal de Aarón y sus hijos; Lev 9 describe después el ejercicio
sacerdotal de los consagrados.
1487
Aarón,
sumo sacerdote veterotestamentario, es figura de los obispos, sumos
sacerdotes ministeriales en la iglesia; los hijos de Aarón, sacerdotes
inferiores bajo su padre, son figura de los presbíteros, sacerdotes
verdaderos por participación de la plenitud sacerdotal de los obispos.
El oficio común a Aarón y a sus hijos es figura de la función
cultual y sacramental de los obispos y de los presbíteros en la iglesia,
de la celebración de la eucaristía y de los sacramentos.
Tercera
anamnesis: los apóstoles y los discípulos; función de
evangelización: "Así también, según tu
mismo plan, diste a los apóstoles de tu Hijo compañeros de
menor orden para predicar la fe, y con su ayuda anunciaron el evangelio por
todo el mundo". Esta evocación recuerda la misión de los
doce y de los setenta y dos por parte de Jesús, y luego la
elección de colaboradores de los apóstoles que estos mismos
llevan a cabo después de Pentecostés para mejor ejecutar su
mandato. Los apóstoles tienen en los obispos a sus sucesores;
los discípulos, colaboradores de los apóstoles, son
actualizados en los presbíteros, colaboradores de los obispos; el deber
común es la evangelización en todas sus formas, con
responsabilidad plena en los obispos, subordinada en los presbíteros.
Tres son, por lo tanto, las funciones del ministerio ordenado: el gobierno
pastoral, el culto y los sacramentos y la evangelización; estas
funciones son dadas por Dios Padre mediante el don del Espíritu Santo;
no son, pues, solamente institucionales, sino también
carismáticas; los obispos las ejercitan en plenitud, los
presbíteros las realizan en comunión y en dependencia con
respecto a los obispos.
Epíclesis:
"Te pedimos, Padre todopoderoso, que confieras a estos siervos tuyos
la dignidad del presbi
Orden/
Ordenación
terado; renueva
en sus corazones el Espíritu de santidad; reciban de ti el sacerdocio de
segundo grado y sean, con su conducta, ejemplo de vida"' Esta
fórmula se articula en cuatro peticiones, de las cuales queda como
fundamental el don del Espíritu de santidad, invocado en orden a la concesión
de las funciones sacerdotales más arriba enumeradas. Tal invocación
es formulada mediante la libre composición de dos versículos del
salmo Miserere: "Renueva en mi pecho un espíritu firme"
(12b) y "no retires de mí tu santo espíritu" (13b), de
lo que resulta: "Renueva en sus corazones el espíritu de
santidad". Junto con el don del Espíritu Santo, que confiere la
santificación interior y el sello indeleble, encontramos confirmada
también en la epíclesis, corazón de la consagración
presbiteral, la subordinación del presbiterado como ministerio
o sacerdocio de segundo grado (secundi meriti muñus), respecto a la
plenitud del sacerdocio ministerial que es el episcopado ". Los
presbíteros son verdaderos sacerdotes, colaboradores subordinados
del sacerdocio de los obispos.
Intercesión:
"Sean sinceros colaboradores del orden episcopal, para que la palabra
del evangelio llegue a toda la tierra y todos los pueblos, congregados en
Cristo, formen el pueblo santo de Dios. Por nuestro Señor Jesucristo, tu
Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es
Dios por los siglos de los siglos. Amén". Esta parte final renueva,
con estilo propio, los conceptos ya expuestos en la anamnesis, es decir,
las tres funciones ministeriales de los presbíteros y de los obispos,
la evangelización, el gobierno pastoral con su efecto de reunir a todos
en Cristo, y el culto que forma el único pueblo santo de Dios; confirma
además la comunión en estas funciones de los obispos y los pres
Orden/
Ordenación
bíteros, y
la subordinación de los presbíteros a los obispos en su cumplimiento.
c) Oración
de ordenación de obispo '*. Anamnesis: "Dios y Padre de nuestro
Señor Jesucristo, Padre de misericordia y Dios de todo consuelo,
que tienes tu trono sobre los cielos y desciendes para mirar a los humildes;
tú sabes todo antes de que suceda; en tu palabra, que contiene todo don,
has establecido las reglas de la iglesia: elegiste desde el principio un
pueblo santo, descendiente de Abrahán, y le diste reyes y sacerdotes
que cuidaran del servicio de tu santuario, porque desde el principio quisiste
ser glorificado en tus elegidos". Después del pequeño
prólogo, que enumera los atributos salvíficos de Dios Padre
mediante tres expresiones tomadas de 2 Cor 1,3; Sal 112,56, y Dan 13,42,
la anamnesis expone el plano de la salvación, contemplado en dos
etapas: la primera, del pueblo de la antigua alianza en el NT; la segunda, de
la iglesia en el NT. En el centro de la constitución del antiguo pueblo
está la institución por parte de Dios de jefes y sacerdotes,
los primeros en función del gobierno y los otros en función
del servicio del templo, es decir, del culto. Observemos la
prefiguración véterotestamentaria en orden a la realidad que
se está realizando, mediante el rezo de la oración, que es la
ordenación de los obispos. Dios ha establecido jefes y
sacerdotes; en el momento en que la oración se pronuncia, tiene
lugar el acontecimiento del que era figura la antigua institución; es
decir, se instituyen los jefes del nuevo pueblo de Dios que es la iglesia,
y los sacerdotes del nuevo santuario de Dios, que es también la iglesia.
Epíclesis:
"Infunde ahora sobre este siervo tuyo que has elegido la fuerza que de ti
procede: el Espíritu de soberanía que diste a tu amado
1488
Hijo Jesucristo,
y él, a su vez, comunicó a los santos apóstoles,
quienes establecieron la iglesia por diversos lugares como santuario tuyo para
gloria y alabanza incesante de tu nombre". El Espíritu Santo invocado
sobre los candidatos al episcopado tiene un atributo: Spiritum principalem,
expresado en la traducción oficial castellana como Espíritu de
soberanía. La expresión Spiritum principalem está tomada
del salmo Miserere, v. 14b, en el texto de
1489
mundo, templo
vivo de la gloria de Dios. De generación en generación, a
través de la ininterrumpida sucesión apostólica, el
Espíritu se transmite hasta el presente, hasta la actual
acción litúrgica, cuyo centro es la oración. Así
pues, los obispos se caracterizan como aquellos que reciben de Dios Padre,
por medio de la imposición de las manos de los ministros
ordenantes, el Espíritu de jefes de la iglesia, de la cual son constituidos
constructores y arquitectos para gloria de Dios; como Jesús dice de
sí mismo: "Yo edificaré mi iglesia" (Mt 16,18),
así san Pablo, y después de él los obispos:
"Según la gracia de Dios que me dio, puse los cimientos cual
sabio arquitecto" (1 Cor 3,10).
Intercesión:""[Oh
Dios, conocedor de los corazones!, concede a este hijo tuyo, elegido para el
episcopado, apacentar tu pueblo santo, ejercer ante ti, sin
reprehensión, el sumo sacerdocio, servirte día y noche e interceder
siempre por el pueblo, ofreciendo los dones de tu santa iglesia. Que en
virtud del sumo sacerdocio tenga el poder de perdonar los pecados,
según tu voluntad. Que distribuya los ministerios de la iglesia siguiendo
tus designios; ate y desate todo vínculo, conforme al poder que diste a
los apóstoles. Que te sea grato por la mansedumbre y dulzura de
corazón, ofreciendo su vida en sacrificio por medio de tu hijo
Jesucristo, por quien recibes la gloria, el poder y el honor, con el
Espíritu Santo, en la iglesia, ahora y por los siglos de los siglos.
Amén". Esta última parte, en forma de petición,
expone un pequeño tratado de las funciones eclesiales de los
obispos, que son fundamentalmente dos, las mismas ya anunciadas en la
anamnesis por las palabras reyes y sacerdotes, es decir, el gobierno y la
santificación. En síntesis, el conjunto de la oración
enseña que los obispos son aquellos que
Orden/Ordenación
han recibido el
Espíritu Santo, dado por Dios Padre a través de su Hijo
Jesucristo para ser los sumos responsables de la dirección y
santificación del pueblo y del culto de Dios; ejercitan su cargo
celebrando los sacramentos, ofreciendo el culto eucarístico,
otorgando los ministerios inferiores, perdonando los pecados, dirigiendo
la comunidad y edificando así la iglesia como arquitectos y
sucesores de los apóstoles. La oración concluye con la
doxología, que en su formulación une al Espíritu Santo a
la iglesia. De este modo reaparece también en la conclusión
la dimensión eclesial del ministerio de los obispos, que procede de la
dimensión trinitaria del episcopado. El orden de los obispos se
sitúa en el corazón de la iglesia, la construye en virtud del
Espíritu Santo, es signo de la mediación sacerdotal de Jesucristo
para la gloria de Dios Padre.
La liturgia de la
ordenación, además de la enseñanza sobre la naturaleza
trinitaria y sobre las funciones de los ministros ordenados, muestra
también, mediante las palabras de la oración y mediante la
acción, la naturaleza colegial de los mismos ministros. Los
obispos, en efecto, son ordenados por muchos obispos que llevan a cabo una
concelebración perfecta, imponiendo las manos a los candidatos y
pronunciando juntos la fórmula de la epíclesis de la
oración de consagración; esta concelebración pone de
relieve el aspecto sacramental de la colegialidad, y es especialmente
evidente cuando el presidente de la ordenación episcopal es el obispo
de Roma, cabeza del colegio de los obispos. Igualmente los presbíteros,
de los que son figura el colegio de los ancianos, los hijos de Aarón,
los setenta y dos discípulos enviados de dos en dos y los colaboradores
de los apóstoles, reciben la imposición de las manos no
sólo del obispo ordenante, sino de todos los présbite
Orden/
Ordenación
ros presentes que
les acogen en el orden presbiteral. Presbíteros y diáconos
son dos órdenes, dos ministerios subordinados al de los obispos, y
colaboradores de forma colegiada del colegio de los obispos.
Ésta es,
expresada brevemente, la doctrina de las oraciones de ordenación.
Las ideas que hemos propuesto podrían recibir un desarrollo más
amplio sobre todo a partir de un estudio comparativo entre los textos de
VI.
Problemática teológica y celebración litúrgica
De todo lo que se
viene diciendo nacen problemas de naturaleza teológica y
litúrgica. En lo que se refiere a la teología de los ministerios
ordenados, señalamos la doble cuestión de la relación
entre las diversas funciones del ministerio, y de la rela
1490
ción,
dentro del único sacramento del orden, entre el presbiterado y el
episcopado; en lo referente a la celebración litúrgica,
sigue vivo el problema de la inteligibilidad de los símbolos y
consiguientemente la necesidad de la catequesis.
1.
1491
funciones, es
decir, concebir el encargo pastoral como el más importante,
comprendiendo los oficios del culto y del magisterio; o bien concebir el
oficio cultual sacramental como el vértice, donde se aunan el deber de
evangelizar y gobernar al pueblo de Dios; o bien asumir el servicio de la
palabra como el deber principal, y ver en él la actualización
suma de los oficios pastoral y sacramental. En la oración de
ordenación presbiteral las tres anamnesis, aunque en un perfecto
paralelismo que unifica las tres funciones de gobier
no, de culto y de
evangelización, permiten intuir que la primera y segunda
función tienden a la tercera; de hecho, las dos primeras son mencionadas
con evocaciones del AT, mientras la tercera se toma del NT. Ahora bien, las
realidades del AT eran figura de las del NT, de modo que la función
evangelizadora aparece como la consumación y realización
perfecta de las funciones pastoral y cultual. Podemos encontrar un fundamento
bíblico en el hecho
de que san Pablo,
que ciertamente da la preeminencia al ministerio apostólico del anuncio
del evangelio, lo expresa sin embargo en términos sacerdotales
cultuales, cuando escribe: "Por la gracia que me ha sido dada por
Dios de ser liturgo (leitourgon) de Jesucristo entre los gentiles, de ser
sacerdote (hierourgounta) del evangelio de Dios para que la oblación
(prosphora) de los gentiles sea agradable a Dios, santificada (hégiasmené)
por el Espíritu Santo" (Rom 15,15-16). La última parte de la
misma oración de ordenación del presbítero,
enumerando las funciones con un orden diverso del de las anamnesis, parece
favorecer una síntesis diferente de la dignidad de las funciones,
poniendo como vértice al que tiende la función cultual. La
oración de ordenación episcopal enumera y desarrolla de modo
paralelo las dos
Orden/
Ordenación
funciones de
reyes y sacerdotes; en la epíclesis, invocando al Espíritu de
soberanía, ofrece la preeminencia a la dignidad y función
pastoral. Así, la liturgia en sus diversos textos deja totalmente libre
la síntesis teológica sobre la jerarquía reciproca entre
las tres funciones ministeriales.
2.
ción de
presbítero insiste en la subordinación del orden de los
presbíteros al de los obispos; en las tres anamnesis se indican
tres dobles tipos de personas, una en el grado superior de una
función, la otra en el grado inferior; Moisés y los setenta,
Aarón y sus hijos, los apóstoles y sus colaboradores. En la
epíclesis el presbiterado se define el sacerdocio de segundo grado; en
la intercesión se confirma a propósito de los presbíteros:
"Sean sinceros colaboradores del orden episcopal". La dependencia
de los presbíteros con respec
to a los obispos
es, pues, sobre todo de carácter sacramental antes que jurídico,
inscrita en el momento mismo de su nacimiento, que es el momento de
la ordenación. La oración de consagración episcopal
confirma esta doctrina atribuyendo a los obispos el deber de
"distribuir los ministerios", el primero de los cuales es el del
presbiterado. Los obispos y los presbíteros reciben, por tanto, el mismo
Espíritu santificante, en pie
Orden/
Ordenación
nitud los
primeros, como participación los segundos, para el cumplimiento
de las mismas funciones, cuyo ejercicio por parte de los presbíteros
debe ser realizado en comunión y subordinación con los obispos.
Esta comunión jerárquica es esencial, aunque sus realizaciones
concretas se rigen según las diversas formas positivas de las
disposiciones eclesiásticas. Lo que importa observar, en base a los
textos litúrgicos, es que la dependencia del orden presbiteral con
respecto al orden episcopal no es ante todo de naturaleza jurídica,
sino que tiene sus raíces en la misma realidad sacramental2I.
3.
1492
fe y de la vida
cristiana. En vista de ello, es necesario tener en cuenta también
las posibilidades de adaptación a situaciones particulares y concretas,
que los mismos libros litúrgicos ofrecen. Por ejemplo, la participación
del pueblo en la celebración se puede favorecer si la ordenación
diaconal o presbiteral tiene lugar en la iglesia de la parroquia donde el
candidato ha nacido y crecido y es conocido, aunque también la
ordenación en la iglesia catedral tenga su valor significativo. La
ordenación de un elegido al episcopado para el gobierno de una
diócesis adquiere un gran valor simbólico si se realiza en la
iglesia catedral a la que el elegido es destinado, y si, después de la
ordenación episcopal, asume la presidencia de la
eucaristía; de este modo el acto sacramental del nacimiento del pastor
se efectúa en el seno de la propia comunidad y coincide con el comienzo
del ejercicio de su función de sumo sacerdote ministerial. Éstos
son solamente algunos aspectos y problemas. Ciertamente, la importancia de
la celebración litúrgica de la ordenación debe acaparar
siempre la mayor atención de los pastores y de los fieles, y deben
usarse todas las formas posibles de iluminarla, para que el sacerdocio
ministerial sea debidamente conocido en su realidad y en su
relación con el sacerdocio común de toda la iglesia.
[/ Ministerio; /
Sacerdocio; / Obispo].
NOTAS: ' Mensaje
del Sínodo de los Obispos al Pueblo de Dios, n. 9, en Ecclesia, 12 nov.
1977, 10 —-2 Cf P.M. Gy, Vocabolario antico per il sacerdozio cristiano,
en Síudi sul sacramento dell'ordine, Mame, Roma 1959, 91-110; B. Botte,
Collegialitá del presbiterato e dell'episcopato, ib, 65-90 —
3 La recuperación de este vocabulario la comenzó Pío
XII en la constitución apostólica Sacramentum Ordinis (DS 38573861).
La palabra "orden" se usa también para los laicos en la
encíclica de Pío XII Evangeiii praecones, en AAS 43 (1951) 510
— 4 Cf R.
1493
Mayer-N. Adler,
Handauflegung, en LTK 4, 1343-1345; J.B. Brunon, Imposición de manos, en
Vocabulario de Teología bíblica (dir. por X. León-Dufour),
Herder, Barcelona 1976, 418419 — 5 Para el rito de
transmisión del cargo en el judaismo, cf K. Hruby, La notion d'ordination
dans la tradition juive, en MD 102 (1970) 30-56; L.A. Hoffman, L'ordination
juive á la veille du christianisme, en MD 138 (1979) 747 — 6
El término "profecía" se interpreta como si comprendiera
también la oración que acompañaba al gesto de
imposición de manos;
C. Spicq, Les
epitres pastorales II, Gabalda, París 1969, 727. Otros autores
interpretan dicho término como designación por vía
profética de los candidatos al ministerio; cf E. Kilmartin,
Ministere el
ordination dans t'église chrétienne. Uur arriére plan
juif, en MD 138 (1979) 62 — 7 La importancia del texto de esta
oración se comprende por su influjo en la formulación de la
doctrina del Vat. II sobre el episcopado, Es un caso típico de cómo
los textos litúrgicos determinan los textos magisteriales. El
paralelismo entre la oración de
J. Lecuyer, La
priére d'ordination de l'evéque. I* Pontifical Romain et la
"Tradition apostolique" d'Hippolyte, en NRT%9 (1967) 601-606
—
* Hipólito
de Roma, Tradición apostólica, n. 8, introducción,
traducción y notas, por R. Tateo, Edizioni Paoline, 1972, 94 — 9
Ib, 7,91-92 — 10 Ib, 8,95 — " Por lo que se refiere a las oraciones
de ordenación de las liturgias orientales en relación con
E. Lanne, Les
ordinations dans le rite copie. Leurs relations avec les Constitutions apostoliques
et
Orden/
Ordenación
die, Paulinus
Verlag, Tréveri 1962 — IJ La tra
ducción
francesa oficial del ODPE sigue el or
den descendente;
cf Le Pontifical Francais des
Ordinations, en
Not XV, 150 (1979) 46-58; y lo
mismo la
italiana: Pontifical Romano reforma
do por normas de
los decretos del Vat. II y
promulgado por
Pablo VI, Ordinazione del ves
covo, dei
presbiteri e dei diaconi, Librería Edi
trice Vaticana,
1979 — u Para un estudio de
este texto, cf J.
Lecuyer, Note sur la liturgie du
sacre des
évéques, en EL 66 (1952) 369-373 — 15 Acerca de la doctrina
de estas oraciones, cf el comentario analítico de G. Ferraro, La preghiere
di ordinazione al diaconato, al presbiterato e all'episcópalo,
Dehoniane, Ñapóles 1977 — 16 Las interpretaciones
exegéticas del texto de He 6,1-6 son diferentes; a nosotros nos interesa
la exégesis viviente que de él hace la liturgia en esta
oración interpretando la institución de los siete como
constitución de los primeros diáconos y su ordenación
— l7 Cf B. Botte, Secundi meriíi munus, en QLP 21 (1936) 84-88
— 18 Para el comentario de esta oración, cf A. Rose, La
priére de consécration episcopale, en A/D98 (1969) 127-142; H.D.
Simonin, Lapriére de la consécration episcopale dans la
"Tradition apostolique" d'Hippolyte de Rome, introduction,
traduction. commentaire, en VSS 60 (1939) 65-86 — l9 Cf J. Schneider,
Pneuma hégemonikon. Ein Beitrag zur Pneumalehre der LXX, en Zeitschr
für neutest. Wiss. 34 (1935) 62-69; B. Botte, Spiritus principalis
(formule de l'ordination episcopale), en Not 10 (1974) 410411 — 20
Cf G. Rambaldi, L'unitádellefunzioni dei presbiteri, en // Prete
per gli uomini d'oggi (obra colectiva dirigida por G. Concetti), Ave, Roma
1975, 485-505 — 2I Cf G. Ferraro, Annotazioni sul rapporto tra
l'ordine dei presbiteri e l'ordine dei vescovi in alcuni documenti della
liturgia, della tradizione e del Vat. II, en Pontificia Facoltá Teológica
del Sacro Cuore di Cagliari, Dottrina sacra. Saggi di teología e di
storia, Fossataro, Cagliari 1977, 259-288.
G. Ferraro
BIBLIOGRAFÍA:
Abad J.A., ¿La "missa pro solo episcopo dicenda" es la antigua
misa de ordenación episcopal hispana?, en VV.AA., Teología
del Sacerdocio 9, Burgos 1977, 389^28; La sacramentalidad del orden en la
literatura hispánica, en "Burgense" 18/1 (1977) 73-112;
Reconstrucción del "rito de ordenación episcopal"
hispánico, en Scripta Theologica 10/3 (1978) 849-890; Aguilar J.P.,
Repaso posconciliar del sacramento del Orden, en RET32 (1972) 139-167,
441-452; Arnau R., Lutero y el valor de la ordenación ministerial, en
"Escritos del Vedat" 11 (1981) 77-106; Esquerda J., Espiritualidad
sacerdotal según el nuevo rito de ordenación, en VV.AA.,
Teología del sacerdocio 4,
Organismos
litúrgicos
Burgos 1972,
329-350; Fransen P., Órdenes sagradas, en SM 5, Herder, Barcelona
1974, 2269; Hernando J., La ordenación y sus muñera en san
Ambrosio, en VV.AA., Teología del sacerdocio 9, Burgos 1977,
345-387; Janini J., La consagración episcopal en el rito
visigótico, en RET 25 (1965) 415^(27; Jounel R., Las ordenaciones,
en A.G. Martimort,
SUMARIO:
Introducción -1 . Comisiones litúrgicas: 1. Apuntes
históricos: a) Antes del Vat. II, b) Indicaciones del Vat, II; 2.
Distinciones y articulaciones: a) Comisiones litúrgicas nacionales,
estructura y tareas, b) Comisiones litúrgicas diocesanas,
estructura y tareas, c) Comisiones litúrgicas regionales; 3.
Perspectivas - 11. Centro de Pastoral Litúrgica de Barcelona: 1.
Naturaleza; 2. Origen y evolución; 3. Actividades: a) La revista
"Phase", b) Otras publicaciones: "Misa Dominical",
"Oración de las Horas", "Dossiers CPL",
colección "Celebrar", c) El Instituto de Liturgia - III.
Asociación Española de Profesores de Liturgia: 1. Origen; 2.
Naturaleza y estructura; 3. Jornadas anuales de estudio; 4. Publicaciones.
Conclusión.
Introducción
La iglesia se ha
preocupado constantemente por promover la / pastoral
litúrgica. Una decidida activi1494
dad en este campo
ha caracterizado al / movimiento litúrgico en los últimos
decenios anteriores al concilio Vat. II. En ese período se multiplicaron
por todas partes en la iglesia los organismos o centros litúrgicos, que,
sobre la base de una sólida doctrina
teológico-litúrgica, han cuidado la pastoral
litúrgica con una atención particular a la praxis. Junto a
esos organismos o centros estrictamente litúrgicos, se han
desarrollado, a partir de ellos, otros que, a causa de los especiales
intereses perseguidos, están en estrecha relación con la
liturgia, como la comisión de música sagrada y la de arte
sagrado. En varias ocasiones, incluso, la íntima conexión
existente entre liturgia, música sagrada y arte sagrado ha llevado
a una cierta unión de las respectivas comisiones'.
Era natural que
el Vat. II se interesara por ese argumento y diese algunas
indicaciones al respecto. Esto se hizo sobre todo en la parte de
Ante la
imposibilidad de hacer una presentación de todos los organismos
litúrgicos o afines, ofrecemos una muestra sintética de algunos
de entre ellos, los principales.
1495
De cada uno de
ellos se indicarán la naturaleza, la estructura, la misión.
Se hace alusión también a la problemática referente a su
actual posición y a las perspectivas de su evolución.
Se tratará
sucesivamente de las comisiones litúrgicas (I); del Centro de Pastoral
Litúrgica de Barcelona (II); de
I. Comisiones
litúrgicas
1. APUNTES
HISTÓRICOS. Nos limitamos a resumir los datos que aparecen en los
documentos de
a) Antes del Vat.
II. El primer documento pontificio que habla de una comisión diocesana
en materia litúrgica es el motu proprio Tra le sollecitudini, de 19033.
El papa pide a los obispos que instituyan en las propias diócesis una "comisión
especial de personas verdaderamente competentes en cosas de música
sagrada" para vigilar lo que se canta o se toca durante las
celebraciones y promover buenas ejecuciones por parte de los cantores, de
acuerdo con las indicaciones de reforma enunciadas en el mismo documento,
que se considera de "importancia capital" en la historia de la
renovación litúrgica4. Según el estilo y la obra del
papa Pío X, que pide su constitu
ción, las
"comisiones diocesanas de música sagrada", las primeras que
aparecieron en el campo litúrgico, nacen con intenciones pastorales y
desarrollan su actividad insertándose en el más amplio /
movimiento
Organismos
litúrgicos
litúrgico,
que entonces comenzaba.
En 1924, una
circular de
de fortuna o por
otras razones y cualidades personales con mayor utilidad ayudar a la
buena causa del arte religioso".
Finalmente, la encíclica
Mediator Dei, de 19476, en el contexto de algunas exhortaciones a los
obispos para que regulen "la manera más adecuada de que el
pueblo pueda participar en la acción litúrgica", en particular
en la misa, expresa el deseo de que "en cada una de las diócesis,
como sucede ya con la comisión para el arte y la música sagrados,
así se constituya también una comisión para promover el
apostolado litúrgico".
Una
instrucción del Santo Oficio sobre el arte sagrado7 toca marginalmente
la composición de las comisiones diocesanas para el arte sagrado,
pidiendo que los ordinarios hagan recaer la "elección de los
miembros de esas comisiones sobre personas que junten a la indiscutida
competencia en materia de arte aquellas dotes de fe, de verdadera piedad y de
plena adhesión a las directrices de
La
encíclica Musicae sacrae disciplina, de 1955 8, dedica una breve
alusión a estos organismos de consulta, como es natural en un
documento que se refiere a la música sagrada, dejando entender de todas
formas que ni siquiera el legislador ni el redactor del documento conocen
la distribución de las competencias entre las diversas comisiones
que se ocupan de la liturgia, y refiere todo a la que parecía
atraer mayormente la atención, al menos a nivel teórico
("para esta finalidad es una cosa excelente que en la comisión
diocesana de arte sagrado haya algún experto en música sagrada y
canto que pueda diligentemente vigilar ese campo en la diócesis e
informar al ordinario de cuanto se haya hecho y se debe hacer
todavía y acoger y hacer cumplir sus prescripciones y disposiciones").
La última
intervención de
Todas estas
comisiones nacen, pues, mediante un acto de la autoridad
eclesiástica, generalmente por deseo o voluntad del papa. Aun
teniendo una referencia común a la liturgia, se mueven con
autonomía recíproca, y a veces incluso con desconfianza:
sin una reflexión seria acerca de la naturaleza de la liturgia es
difícil, por ejemplo, conciliar las
1496
exigencias de la
conservación de un monumento o de la restauración del canto
gregoriano con las de la participación de la asamblea celebrante.
Las dos comisiones más técnicas surgen con gran
anticipación sobre la más teológico-pastoral, quizá
porque la autoridad eclesiástica reconoce más
inmediatamente los propios límites técnicos y siente la urgencia
de contar con el consejo de personas competentes por su preparación específica.
En las
diócesis particulares son creadas por el obispo estas comisiones y
quedan dependientes de él y al servicio de su misión. Como hasta
el Vat. II la autoridad del obispo en campo litúrgico se limita a la
tarea "de vigilar diligentemente para que las prescripciones de los
sagrados cánones relativas al culto litúrgico se observen
puntualmente", mientras que "solamente el sumo pontífice tiene
el derecho de reconocer y establecer cualquier praxis de culto, de introducir
y aprobar nuevos ritos y de cambiar los que él juzga que se deben
cambiar" ", también las comisiones encargadas de la
liturgia deben ayudarle sobre todo en esta tarea. De todas formas,
tal y como los mismos documentos pontificios habían dejado adivinar
desde los tiempos de Pío X, su actividad se ve cada vez más
implicada en la consulta, en la planificación, en la actuación de
iniciativas pastorales, encaminadas a promover el conocimiento de la liturgia
y la participación activa de los fieles.
b) Indicaciones
del Vat. II. La normativa diseminada por los documentos mencionados arriba
confluye en la constitución Sacrosanctum concilium (nn. 43-46), que
considera estos organismos instrumentos importantes para "fomentar
todavía más esta acción pastoral litúrgica en la
iglesia" (SC 43). El concilio com
1497
pleta el cuadro
institucional, pidiendo que se instituya a nivel nacional (SC 44) y
diocesano (SC 45) una comisión "litúrgica" o
"para la sagrada liturgia" ("de sacra liturgia") con
competencia, a nivel nacional, también para la música y el
arte sagrados. Sugiere la colaboración entre varias
diócesis, allí donde se hiciese necesaria, poniendo así en
marcha la formación de comisiones "regionales" (SC 45:
"A veces puede resultar conveniente que varias diócesis
formen una sola comisión, la cual, aunando esfuerzos, promueva el
apostolado litúrgico"). Establece que, "además de la
comisión de sagrada liturgia, se establecerán también
en cada diócesis, dentro de lo posible, comisiones de música y de
arte sacro", y afirma también claramente la necesidad de la
unidad de orientaciones entre las tres comisiones: "Es necesario que
estas tres comisiones trabajen en estrecha colaboración, y aun
muchas veces convendrá que se fundan en una sola" (SC 46). El
contexto deja entender que la relación entre la comisión
"para la liturgia" y las comisiones "para la música
sacra" y el "arte sacro" está jerarquizada: la
primera "debe" constituirse; las otras, "dentro de lo
posible"; además, la preferencia fundamental es para la liturgia,
más aún, para la acción pastoral litúrgica. En este
marco, las comisiones para la música y para el arte sagrados asumen
un papel auxiliar y técnico.
Los sucesivos
documentos aplicativos " y la lenta, a veces fatigosa, actuación
en las iglesias particulares van poco a poco confirmando este planteamiento
querido por el concilio, mientras que la naturaleza, la composición
y las finalidades de las comisiones litúrgicas van adoptando una
configuración cada vez más precisa dentro del cuerpo
eclesial.
Organismos
litúrgicos
2. DISTINCIONES Y
ARTICULACIONES. Las normativas de la constitución conciliar en
materia de comisiones litúrgicas, que recibieron una rápida
ejecución por parte de
Puede ser
interesante destacar que los organismos episcopales de nivel nacional se ponen
oficialmente en marcha precisamente con los documentos aplicativos citados
en la nota 11, relativos a los problemas de la reforma litúrgica, que
tiene por tanto el mérito de haber pedido formas limitadas, pero
concretas y consistentes (piénsese solamente en los problemas de
las traducciones y adaptaciones) de ejercicio de la colegialidad
episcopal. Sucesivamente, como ha acontecido con otros fecundos y
cualificadores aspectos de la constitución de liturgia, la doctrina de
la colegialidad del ministerio episcopal ha recibido un amplio desarrollo
en los documentos conciliares posteriores y en la conciencia eclesial junto a
la consideración más profunda y más atenta de la
realidad de la "iglesia particular". A esta eclesiología
del Vat. II es necesario referirse para captar la novedad de los
organismos consultivos en materia litúrgica, más allá de
motivaciones derivadas de criterios únicamente representativos o de
eficacia. Respecto a la doble polaridad iglesia diocesana/iglesia
nacional, han quedado un poco en sombra algunas formas de colaboración
interdiocesanas o regionales, más restringidas en cuanto a la
cantidad de posibilidades operativas, pero no menos significativas desde
el punto de vista eclesial. Esto ha
dependido
ciertamente de muchos factores, entre los que cabe destacar: la
subdivisión regional no parece oportuna si las diócesis de una
conferencia nacional no son numerosas
o donde se
presenta la necesidad de proceder a otras agrupaciones por áreas
culturales o lingüísticas; además, la fuerza de las
deliberaciones de las conferencias regionales " es menos vinculante y, por
tanto, se siente menos la necesidad de las comisiones permanentes a este
nivel. En cambio, sin duda, la apertura a organismos intermedios, que
había tenido autorizados apoyos antes del concilio u para el arte y la
música sagrados, se ha ido afirmando como una exigencia espontánea
después del concilio también para la pastoral litúrgica.
Pero es necesario tener en cuenta que, en un momento en el que florecen
numerosos organismos nuevos, conviene reflexionar sobre su verdadera
razón de ser para no multiplicarlos inútilmente y para no desbordar
con demasiada facilidad los problemas que plantean su inserción y
funcionamiento dentro de cada una de las iglesias diocesanas ".
Bajando a una
información más particularizada, aunque necesariamente
reducida, sobre las estructuras y las tareas de los tres niveles de comisiones
litúrgicas, se hará referencia preferentemente a la
situación española.
a) Comisiones
litúrgicas nacionales. Estructura. Las organizan y reglamentan
las conferencias episcopales nacionales l6. Cuando el número de miembros
de un episcopado nacional lo permite, son generalmente comisiones
episcopales, o sea formadas íntegramente por obispos. También
se prevé una comisión central de obispos y una más amplia
comisión nacional formada por sacerdotes, religiosos (y laicos),
expertos en liturgia, música y arte sagradosl7.
1498
Además de
estas variantes de denominación y de composición, existen
también maneras diversas de designar su competencia: en Francia,
por ejemplo, se titula "Comisión episcopal de liturgia y de
pastoral sacramental". En algún sitio, el estatutoreglamento
prevé que la misma comisión tenga un órgano ejecutivo
autónomo (secretaría u oficio o centro); con más
frecuencia, de acuerdo con su papel consultivo, actúa mediante una
oficina inserta en la secretaría general de la conferencia
episcopal y depende, por tanto, de la presidencia de la misma.
En España:
Por los años cincuenta, el episcopado español se hace responsable
de la necesidad de coordinar e impulsar la pastoral litúrgica. Con
este fin se creó
Tareas.
Según
1499
esta
comisión le corresponde: "a) promover estudios y experiencias,
a tenor del art. 40, 1 y 2, de la constitución; b) proponer
iniciativas prácticas para todo el territorio, que promuevan la
vida litúrgica y la aplicación de la constitución
sobre la sagrada liturgia; c) preparar los estudios y subsidios que
sean necesarios de acuerdo con las decisiones de la asamblea plenaría de
los obispos; d) dirigir la acción pastoral litúrgica en todo el
territorio, vigilar y notificar a la asamblea plenaria acerca de la
aplicación de los decretos de la misma; e) promover contactos
frecuentes e iniciativas comunes con las asociaciones que en el mismo
territorio se ocupan de biblia, catequesis, pastoral, música, arte
sagrado, y con las asociaciones religiosas de laicos de todo tipo".
El Secretariado
Nacional de Liturgia es el órgano ejecutivo de
Organismos
litúrgicos
con los delegados
diocesanos de liturgia de las distintas diócesis. Se celebran
reuniones periódicas con los mismos delegados con el fin de revisar
la situación litúrgica nacional y programar las campañas
correspondientes. El Secretariado mantiene también diálogo
constante con los Centros de pastoral litúrgica de las comunidades
autónomas. Publica el Boletín Pastoral Litúrgica, que es
el vehículo de documentación e información de
b) Comisiones
litúrgicas diocesanas. Estructura. A nivel diocesano, las formas
organizativas de las comisiones litúrgicas presentan diferencias
mucho más consistentes de unas diócesis a otras que cuanto sucedía
a nivel de estructura nacional. Diversidad de tradiciones, de disponibilidad
de personas y de medios, de dimensiones territoriales, de problemas
pastorales, de valoración de los organismos consultivos, etc., las
caracterizan en modelos profundamente diversos incluso dentro de una misma
región o entre diócesis vecinas. Por tanto, se intentará
marcar algunas líneas maestras de una organización
típica, tomándolas de los documentos generales mencionados
más arriba y de algunas experiencias particulares significativas,
sobre todo en España.
Una
"comisión litúrgica diocesana" (= CLD)
debería articularse en tres secciones o subcomisiones, respectivamente:
para la pastoral litúrgica, para la música sagrada, para el
arte sagrado. Es importante que las tres secciones persigan la unidad de
orientación, que debería crearse en torno a las exigencias
fundamentales de la vida litúrgica mediante un método de
trabajo serio y atento a todos los datos de cada problema y de cada
iniciativa. Por eso, cada vez que se muestren, incluso en los sectores
más técnicos, opciones cualificadoras de carácter
litúrgico, el concilio sugiere que las secciones interesadas
se encuentren para reflexionar juntas (SC 46). La circulación de ideas
de cara a esa convergencia puede venir favorecida también por un
único presidente y un único secretario general y por la
presencia de algún miembro en varias secciones.
demás
organismos diocesanos.
Para no diluir
excesivamente la operatividad de su trabajo, es necesario que
La
relación con los demás organismos diocesanos, sobre todo con
la delegación para la catequesis, se desarrolla sea a través de
las oficinas pastorales, sea por medio del "con1500
sejo pastoral
diocesano". Toca al obispo elegir y reglamentar las estructuras que
mejor favorezcan el intercambio recíproco de estímulos y
servicios entre todas estas realidades de la iglesia diocesana.
Tareas. La
indicación general de
Esta
descripción, que afecta sobre todo a la sección pastoral de
nos. A veces las
soluciones de compromiso ponen de manifiesto el predominio de
particularismo y no parecen poderse armonizar con las indicaciones de la
reforma conciliar. Dada la naturaleza consultiva de
Además de
los objetivos señalados en el número 47 de la instrucción
ínter oecumenici, las comisiones litúrgicas diocesanas
españolas prestan una gran atención a los siguientes
aspectos: a) promover campañas para introducir o secundar las reformas
litúrgicas imperadas por los organismos competentes o las necesidades
pastorales del momento; b) revisar periódicamente las expresiones
litúrgicas para que estén adaptadas u las normas objetivas de la
propia liturgia y a las exigencias del pueblo que por ellos ha de expresarse;
c) fomentar los esfuerzos de investigación y divulgación
necesarios para que tanto el clero como los laicos estén debidamente
informados. Esto se hace en conexión con el Secretariado Nacional
de Liturgia y otros departamentos de carácter diocesano o nacional;
d) recoger, ponderándolas, las experiencias que en los distintos
campos de la pastoral litúrgica se estén llevando a cabo en la
diócesis; e) informar a cuantos lo deseen sobre legislación,
iniciativas, experiencias, organismos, bibliografía,
etcétera en el campo de la pastoral litúrgica.
c) Comisiones
litúrgicas regionales. Mucho más fluida, por los
Organismos
litúrgicos
motivos que se
han señalado [/ supra, 2], es la situación de los organismos
intermedios, entre el nivel nacional y diocesano. El vacío normativo
a este respecto quizá esté condenado a continuar si, a
propósito de los "consejos pastorales u otros organismos
semejantes", no se desaconseja su institución a nivel regional
con una circular de
Actualmente, en
España,
3. PERSPECTIVAS.
El desarrollo, sustancialmente reciente, de las comisiones
litúrgicas a los diversos niveles y la variedad de su ordena
Organismos
litúrgicos
miento
jurídico operativo pone en evidencia su estrecha unión con la
eclesiología del Vat. II y su relación sea con la / pastoral
litúrgica que deben promover, sea con las contingencias
histórico-ambientales en las que se insertan, y que con gran frecuencia
condicionan su funcionalidad o su misma existencia.
ha
promoción de la pastoral litúrgica parece que hoy quiere
decir trabajo de investigación para captar la situación real
de las comunidades cristianas acerca de las diversas relaciones con las
liturgias que celebra (por ejemplo, desde el punto de vista de la fe, de la
comprensión de los simbolismos rituales, de la participación
activa, de la articulación ministerial, de la incidencia en la vida
personal y social, etc.), y acción de consejo, de orientación, de
animación, que pueda penetrar, según las posibilidades y las
circunstancias, en todos los centros vitales de la organización
eclesial.
Según las
experiencias que se desarrollan en muchos lugares, en este cuadro asume
una particular importancia la formación de animadores de la
liturgia [/ Animación], o sea, de fieles suficientemente preparados para
ofrecer a la propia comunidad el testimonio de una vida cristiana
sólidamente anclada en las celebraciones del misterio de Cristo, y
el servicio de una mistagogia inteligente e incisiva. Esto deriva
también del hecho de que la reforma litúrgica, rompiendo una
secular fijación ritual y un rígido clericalismo, aun conservando
los modelos celebrativos tradicionales y la necesaria disciplina,
exige y ofrece amplias y diferenciadas colaboraciones. Pero esas posibilidades
quedan estériles mientras los sacerdotes y los laicos no las conozcan y
no las asimilen, hasta que no lleven a. fructíferas celebraciones y
no amplíen efectivamente la responsabilidad al ministe1502
rio consciente de
numerosos colaboradores, sobre todo laicos. Estas iniciativas de
formación, además de las tareas consultivas ordinarias,
constituirán previsiblemente una pista que comprometerá a
las comisiones litúrgicas en los diferentes niveles.
Las
circunstancias ambientales (de tradiciones, de situaciones de fe, de personas,
etc.) piden, a propósito de estos organismos, gradualidad y adaptaciones
de cara a un trabajo eficaz. En cambio, no deberían —y las
autorizadas indicaciones arriba citadas no dejan dudas al respecto—
consentirse retrasos o ineficiencias en su creación o funcionamiento, en
la coordinación de su organización interna y en la relación
con los otros sectores de la actividad pastoral, especialmente el de la
catequesis. Más que a la acentuación de las estructuras, es
necesario mirar a su finalidad relativa a la eficacia de la acción espiritual
y eclesial, y tratar de verificar frecuentemente con humildad y constancia
esta correspondencia. Las comisiones tienen sentido solamente si
están verdaderamente al servicio del pueblo de Dios y de los varios
ministerios que le son esenciales.
Por esto se puede
ver que adquieren su papel y su verdadera fisonomía solamente
a la luz de una eclesiología de participación y de comunión.
También en la vida litúrgica la responsabilidad de quien preside
está sostenida por la responsabilidad de todos los miembros del pueblo
de Dios no sólo en las competencias seculares o técnicas,
sino en la disponibilidad de dones espirituales y de fe, de conocimiento y
de aptitudes, que pueden servir para la edificación común. En
esta perspectiva, las comisiones litúrgicas, desde las posibles
realizaciones en modelos elementales en los llamados grupos litúrgicos
parroquiales hasta los niveles
1503
nacionales,
pueden convertirse en centros propulsores de liturgias cada vez más
participadas y vividas por las comunidades eclesiales.
M. Ossi-J. M.a
Cañáis
II. Centro de
Pastoral Litúrgica de Barcelona
NATURALEZA. El Centro de Pastoral
Litúrgica de Barcelona (= CPL) es una asociación eclesial, sin
ser un organismo oficial, constituido por una agrupación o equipo
de trabajo, de personas, actividades y publicaciones al servicio de la acción
pastoral-litúrgica de la iglesia. Su tarea fundamental está
orientada a promover el culto en espíritu y en verdad para que la
"liturgia sea la cumbre a la cual tienda la actividad de la iglesia y al
mismo tiempo la fuente de donde mane toda su fuerza" (SC 10). Desde
su origen ha tenido presente las líneas de fuerza constituyentes,
que han orientado y promovido toda su acción pastorallitúrgica.
Podemos resumir en dos las características fundamentales que han
constituido el eje de toda su actividad, a saber: a) mejorar las celebraciones
litúrgicas y la pastoral sacramental por medio de adecuadas y
oportunas orientaciones y ofreciendo un material de calidad y
práctico, y b) promover la formación litúrgica por medio
de la enseñanza y publicaciones, presentando la liturgia tanto
bajo el aspecto teológico e histórico como bajo el aspecto
espiritual, pastoral y jurídico (cf SC 16) para ayudar con todos los
medios apropiados al pueblo de Dios a comprender el misterio de Cristo
que celebra y participa.
ORIGEN Y EVOLUCIÓN. Podemos
afirmar, sin miedo a equivocarnos, que existe una prehistoria, crea
Organismos
litúrgicos
dora del humus
necesario pura que naciera el Centro de Pastoral Litúrgica de
Barcelona. La prehisloria está enmarcada en el movimiento
litúrgico general de la iglesia, y en particular en Cataluña [/
Movimiento litúrgico en España]. Los acontecimientos
más relevantes, por orden cronológico, son los siguientes:
en el año 1915 se celebró en Montserrat el primer congreso
litúrgico, que influyó notablemente en la animación y
orientación del movimiento litúrgico en Cataluña;
Preparado
así el terreno, un grupo de sacerdotes catalanes sintonizado y
preocupado por la pastoral litúrgica en la iglesia, crea el Centro
de Pastoral Litúrgica en Barcelona. Nace en el momento oportuno para
animar, encauzar y proyectar el movimiento litúrgico en
Cataluña. Desde el origen hasta hoy el CPL ha desarrollado su
actividad como verdadero instrumento de concienciación
litúrgica en el pueblo de Dios, y ha ido potenciando y deslindando los
diversos campos de acción, que en el inicio estaban conjuntados, para
hacer más eficaz su misión en la iglesia.
Organismos
litúrgicos
3. ACTIVIDADES,
a) La revista "Phase". Desde el inicio de la fundación
del CPL se vio la conveniencia de tener un órgano de expresión periódica
como medio indispensable para la actividad pastoral litúrgica. En
octubre de 1959 se intentó la publicación de una revista. La
tentativa fracasó por las múltiples dificultades que surgieron al
margen de la voluntad de los promotores. La idea se fue abriendo camino
hasta que en enero de 1961 se inicia la publicación bimestral del
Boletín de pastoral litúrgica, publicación modesta
que tuvo en seguida una buena acogida, llegando en poco tiempo a las ochocientas
suscripciones. Ofrecía a sus lectores estudios serios de
formación litúrgica, orientaciones pastorales y materiales
celebrativos. El contenido hace pensar en las diversas publicaciones que
posteriormente han ido apareciendo en el CPL, como Misa Dominical,
Oración de las Horas, Dossiers, etc. [/ supra, 3, b\ A los dos
años de publicarse el Boletín se transforma en una revista con el
título Phase. El cambio de título y de contenido es debido a
unas circunstancias y a la maduración conseguida en este breve
tiempo de existencia. El Boletín, sencillo y modesto, necesitaba ya
expresarse como revista. Phase es una revista de pastoral
litúrgica; no es, por tanto, una revista de investigación
científica ni tampoco de aplicación inmediata, como puede
ser Misa Dominical. Una lectura atenta de todos los artículos publicados
desde el principio hasta hoy lleva a la siguiente conclusión: en la
revista se observan tres etapas muy caracterizadas por el ambiente eclesial
del momento. La primera etapa transcurre entre 1961 y 1974, y se caracteriza
por el dominio temático sobre la reforma litúrgica; es el tiempo
preconciliar y la década posterior a la promulgación de la
constitución conciliar Sacrosanctum concilium.
1504
En la segundo
período, de
b) Otras
publicaciones. Es difícil reseñar en pocas palabras todas las
publicaciones del CPL. Mencionaremos brevemente las cuatro más
importantes en el campo de la pastoral litúrgica.
• Misa Dominical:
En el adviento de 1968 aparece en el CPL una nueva publicación
destinada a ofrecer un material para las celebraciones eucarísticas
dominicales. Son los años siguientes al concilio Vat. II, y existe en la
iglesia una efervescencia litúrgica y un ansia de mejorar la calidad de
las celebraciones. Es el momento oportuno para ofrecer un material de calidad
que ayude al clero y a los agentes de la animación a preparar las
celebraciones eucarísticas del domingo.
•
Oración de las Horas: En el año
1505
1970 el CPL,
siempre atento y sensible a descubrir las necesidades y las exigencias de
la pastoral litúrgica del momento, inicia la publicación de una
nueva revista titulada Oración de las Horas, y dirigida por Pere
Farnés con un grupo de colaboradores. Al principio, por su
presencia y contenido, parecía
• Dossiers
CPL: Los Dossiers CPL es una colección de folletos que ofrecen
materiales, sugerencias y orientaciones para diferentes aspectos de la
celebración litúrgica. El primer Dossier que se
publicó, las Homilías exequiales, fue en el año 1978.
Desde entonces se han publicado treinta y dos; algunos de ellos se han
reeditado varias veces por la gran acogida que han tenido. El CPL, por medio de
los Dossiers, realiza un servicio formativo-catequético y pastoral
en la iglesia. Dirige la colección José Aldazábal. Los
folletos publicados tratan diferentes materias; por ejemplo: el año
litúrgico: tiempos, fiestas marianas, celebraciones del santoral;
sacramentos, principalmente la eucaristía, ministerios, sím
Organismos
litúrgicos
bolos y gestos
litúrgicos, canto, guiones de homilías para sacramentos y
rito de exequias, etc.
•
Colección "Celebrar". La colección de folletos
"Celebrar", que edita el CPL, son unos libritos para ayudar a
los fieles a participar en la liturgia y en la oración, en los
sacramentos y en circunstancias personales y familiares. Hasta el presente
se han editado diecinueve folletos, obteniendo una gran aceptación
por el pueblo cristiano. Dirige la colección Josep Lligadas.
c) El Instituto
de Liturgia. El tema de la formación litúrgica es uno de los
más tratados en la iglesia después de las decisiones conciliares.
La misma constitución Sacrosanctum concilium, en los nn. 14 al 18,
habla de la necesidad de promover la educación litúrgica para
comprender la renovación y llevarla a término de una
manera pedagógica. Cuando existe una situación de cambio se
exige un esfuerzo de adaptación y de comprensión. El CPL de
Barcelona, por medio de su Instituto de Liturgia, ha sido sensible a esta
necesidad desde el año 1964. En un principio organizó unos cursos
sistemáticos en dos años; luego colaboró con
Organismos
litúrgicos
teología
con especialización litúrgica. Se observó con el
tiempo que los cursos de especialización eran pocos para una adecuada
formación litúrgica. En el curso 1985-1986 se inicia una
nueva etapa universitaria, fruto de la vinculación y de la futura incorporación
del Instituto de Liturgia a
mons. Virgilio
Noé, secretario de
personal en este
campo, como para la docencia y para la dirección de la pastoral
sacramental y litúrgica en las diócesis, familias religiosas,
etc. Así el Instituto de Liturgia de Barcelona se une a los
demás centros académicos existentes en Europa que imparten
estudios litúrgicos a nivel superior, como los institutos de
París y de San Anselmo, en Roma.
1506
III.
Asociación Española de Profesores de Liturgia
1. ORIGEN. Hay
que considerar el Symposium de la revista Phase celebrado del 12 al 15 de
abril de 1977, con motivo de la publicación del número 100
de la misma, como la "cuna" de
minó el
lugar de la primera reunión, se designó al responsable de la organización
y se fijaron los objetivos.
El primer
encuentro de profesores de liturgia de facultades y seminarios de España
se celebró en la residencia de los padres dominicos, junto a la sede de
1507
las gestiones
necesarias. Se confió la gestión a José Manuel Bernal, en
conexión con el equipo de Valencia, residente en Torrente
(Valencia). El primer encuentro se reveló sumamente
fructífero y eficaz, sin grandes pretensiones y con realismo, y fue
el punto de partida de los sucesivos encuentros que ha tenido
2. NATURALEZA Y
ESTRUCTURA.
En el
artículo segundo de los estatutos se mencionan los fines de
Organismos
litúrgicos
boración
pertinente, y g) organizar sesiones de estudio a nivel nacional
o regional.
Pueden formar parte de
Tena; como
secretario, Juan María Cañáis, y vocal, a Dionisio
Borobio.
3. JORNADAS
ANUALES DE ESTUDIO.
En Torrent (Valencia), el 29 y 30 de
octubre de 1977, se trató La enseñanza de la liturgia en las
facultades eclesiásticas y en los seminarios. Y quedó
constituida
En el convento de los padres dominicos
de Alcobendas (Madrid) se celebró el segundo encuentro, los días
30 y 31 de octubre de 1978, y se expuso en cuatro ponencias el tema
La docencia de la
liturgia fundamental.
El tercer
encuentro se tuvo en el seminario diocesano de Madrid, los días 2 y 3 de
noviembre de 1979, y se estudió El uso de los libros litúrgicos
en la docencia de la liturgia.
• En la
casa de ejercicios "El Buen Pastor", de Toledo, se tuvo, del 1 al 3
de mayo de 1980, el cuarto encuentro, escogiendo como tema básico
de la convivencia
Los días 17 al 19 de octubre de
1980 se reunía otra vez
En el Centro Salesiano de estudios
eclesiásticos (Madrid) se tuvo la asamblea anual de
En el mismo lugar que el año
1508
anterior se
volvió a reunir
Con motivo de los primeros veinte
años de la promulgación de la constitución conciliar
Sacrosanctum concilium,
En la sede del Instituto de Vida
Religiosa de los padres claretianos de Madrid se han tenido las Jornadas
del año 1984, los días 4, 5 y 6 de septiembre, sobre el tema
Penitencia y eucaristía.
Por cumplirse las bodas de plata de
la revista Phase se celebró el encuentro anual en Barcelona para participar
en el coloquio organizado por la misma revista entre responsables de
revistas europeas de liturgia. Fueron los días 3, 4 y 5 de septiembre
de 1985 en el Centro Salesiano "Marti-Codolar". El tema de estudio
fue Pneumatología y liturgia.
Las últimas Jornadas han estudiado
el tema Inculturación y liturgia. Se han celebrado en Madrid, los
días 2 y 3 de septiembre de 1986, en la casa de ejercicios de las Damas
Apostólicas.
4. PUBLICACIONES.
En enero de 1985 vio la luz el primer fruto de una decisión y de un
trabajo conjunto nacidos de
mental. Mientras
escribo esto se está imprimiendo el segundo volumen sobre los
sacramentos, e inmediatamente seguirá el tercero, sobre el
año litúrgico y la liturgia de las horas.
Conclusión
Esta breve
reseña sobre los organismos litúrgicos no es otra cosa que
dar a conocer estos entes, que trabajan incansablemente para llevar en un
desarrollo permanente la acción pastoral litúrgica de la iglesia.
Este compromiso está fuertemente condicionado a la mutua
colaboración que debe establecerse entre todos los organismos para
conseguir la meta común. Es necesario que la acción pastoral
litúrgica conecte también con otras actividades pastorales de la
iglesia. Sólo así se llegará a conseguir aquella
plena formación litúrgica de los fieles que es el objetivo
principal de la renovación querida por el concilio Vat. II.
/. M.a
Cañáis
NOTAS: ' Cf
S.R.C., instr. De música sacra et sacra liturgia (
O. Rousseau,
Síoria del movimento litúrgico, Edizioni Paoline, 1961, 240
— 5 Para el desarrollo de este interesante organismo, con una
prehistoria por lo que se refiere a
Organismos
litúrgicos
Véase,
además, para la comisión de arte sacro:
S.C. pro C. Div.,
instr. Liturgicae instaurationes, en AAS 62 (1970) 702; Principi e Norme
per I'uso del Messale Romano, n. 256; S.C. pro Clero, carta circular Opera
artis A-l, en AAS 63 (1971) 316s - l2 Cf nota ll—' 3 Según la tradición
canónica romana codificada en el CIC de 1917, cáns. 281-292
(ahora CIC de 1983, cáns. 439-459) las asambleas de ios obispos no
podían tomar decisiones jurídicamente vinculantes más
que en reuniones de concilio plenario (con la presidencia de un legado
pontificio) o provincial y con la aprobación de
BIBLIOGRAFÍA:
Fernández Conde M., La comisión diocesana de liturgia, en
"Liturgia" 3 (1948) 69-77; Manzanares J., Liturgia y descentralización
en el concilio Vaticano II. Las conferencias episcopales, eje de la
reforma litúrgica conciliar, P. Universidad Gregoriana, Roma
1970; McManus
F.R., El poder jurídico del obispo en la constitución sobre
sagrada liturgia, en "Concilium" 2 (1965) 32-50; Mejía J.,
Organismos de la renovación litúrgica. Responsabilidades
y funciones de las comisiones episcopales y diocesanas de Liturgia, en
"Hodie" 18 (1965) 119-126; Velado B., Función y posibilidades
de las delegaciones diocesanas de liturgia ante la situación actual, en
"Pastoral Litúrgica" 107109 (1979) 17-46; Las
delegaciones diocesanas de liturgia: pasado, presente y futuro, en "Noti
Orientales,
Liturgias
tiae" 160
(1979) 655-657; VV.AA., Organismos intermedios y reforma litúrgica, en
"Phase" 49 (1969) 2-54. Véase también la
bibliografía de Derecho Litúrgico y de Formación
Litúrgica.
SUMARIO: I.
Génesis y desarrollos - II. Época arcaica (ss. m-v): 1. Rama
siro-antioquena; 2. Rama alejandrina - III. Fase de estructuración
definitiva (del s. v en adelante): I. Grupo sirooriental; 2. Grupo
anticalcedoniano; 3. Grupo calcedoniano - IV. Las familias de las anáforas
- V. Descripción de los grupos particulares:
1. La liturgia
siro-oriental (llamada caldea); 2. La liturgia siro-malabar; 3. La liturgia
siro-occidental; 4. La liturgia maronita; 5. La liturgia copta; 6. La
liturgia etíope; 7. La liturgia armenia; 8. La liturgia bizantina;
9. La liturgia bizantina en Italia.
I. Génesis
y desarrollos
Las liturgias de
las iglesias orientales son designadas con frecuencia con el
insatisfactorio término de rito, que comenzó a usarse en la
iglesia romana para situar la multiplicidad y la licitud de las tradiciones
litúrgicas orientales, en el sentido, frecuentemente
limitativo, de aspecto ceremonial o uso peculiar. En realidad, es
necesario acudir al primitivo conjunto de normas y tradiciones institucionales
y culturales que forman la base de la vida de cada iglesia oriental en
particular'.
La génesis
de estas liturgias debe buscarse en la ordenación patriarcal antigua.
Éste es un fenómeno de condensación administrativa
eclesiástica basada en las iglesias locales de los primeros siglos,
que se centraliza primero en torno a un gran número de metrópolis
y después en torno a un número más restringido de centros
patriarcales. La cabeza de éstos se llama, dentro del imperio romano,
patriarca (Alejandría, Antio1510
quía,
Constantinopla, Jerusalén), y fuera de él, katholikos
(Seleucia-Ctesifonte para los siro-orientales, Armenia, Georgia). El sistema patriarcal
es centralizador, y determina una unificación cada vez mayor en los
campos legislativo y disciplinar. La autonomía patriarcal concierne a la
creación de sedes episcopales, a la elección o traslado de los
obispos, a la fijación de la vida litúrgica (introducción
de formularios y de fiestas, determinación de fechas y costumbres,
reglas de ayuno, etc.), a la disciplina del clero, así como de los
laicos'.
La
autonomía de las provincias eclesiásticas es la matriz de particularismos
que explican el origen de las provincias litúrgicas. Sin embargo,
el sistema patriarcal de los ss. IV y v no cubre exactamente el número
de éstas, porque dentro de un mismo patriarcado ha habido regiones con
una vida litúrgica muy particular e influyente, como en Éfeso o
en Capadocia, absorbidas después por la preponderante liturgia de
Constantinopla. La iglesia de Jerusalén, convertida en
patriarcado sólo después del concilio de Calcedonia (451), influyó
en la liturgia de otras iglesias desde el s. iv, cuando era todavía una
iglesia local dependiente del metropolita de Cesárea
Marítima.
II. Época
arcaica (ss. ui-v)
Al principio
podemos distinguir dos ramas litúrgicas principales, correspondientes
a dos áreas geográficas bien distintas: rama siro-antioquena;
rama alejandrina.
1. RAMA SIRO-ANTIOQUENA.
Abraza todas las regiones influidas históricamente por Antioquía,
donde convergen elementos semíticos y helenísticos.
Aquí distinguimos: a) la liturgia de Antioquía-Jerusalén;
b) 1511
la liturgia
siro-oriental en Mesopotamia y Persia; c) la liturgia asiáticobizantina.
Los documentos que atestiguan el paso de la fase de transmisión
oral a la escrita son muy limitados. Los más antiguos son
Las lenguas
litúrgicas son el griego, dominante en los territorios occidentales, en
las ciudades, y el arameo, usado en Siria y Mesopotamia, bajo el influjo
de Edesa y Nísibe, Las anáforas que pueden remontarse al s. iv
son sobrias, tienen una estructura emparentada con la berakah hebrea,
la doctrina cristológica está todavía débilmente
desarrollada y pone de relieve sobre todo la misión del Logos, la
historia de la salvación, la gloria divina y el pensamiento
eclesiológico. Los códices más antiguos que las conservan
son muy posteriores a la fecha de composición. Todos estos
documentos arcaicos contienen de forma diversificada numerosas
informaciones sobre el año litúrgico, las fiestas, la jornada
litúrgica, los oficios, la disciplina de los sacramentos y del
ayuno, la catequesis y la jerarquía eclesiástica.
2. RAMA
ALEJANDRINA. LOS documentos sobre la liturgia egipcia arcaica son
mucho menos abundantes
Oriéntale»,
Liturgias
que los del
ambiente antioqueno. Los padres alejandrinos parecen no prestar excesiva atención
a los ritos litúrgicos, ocupándose principalmente de la
doctrina. De ellos, sintomáticamente, no nos ha llegado literatura
litúrgico-mistagógica. Aquí y allá se encuentran
detalles sueltos sobre la orientación del bautismo y de la
eucaristía, suficientes para mostrar su originalidad, y en los que se
reconoce la extrema popularidad de que gozaba en Egipto
s. vi, utiliza
fuentes más antiguas, como Clemente, Hermas, Serapión y
III. Fase de
estructuración definitiva (del s. v en adelante)
Las familias
litúrgicas orientales se fueron formando sobre la organización
territorial de la iglesia antigua, calcada en la civil y política,
y
Orientales,
Liturgias
enriquecida con
la aportación de las iglesias particulares (Jerusalén, Capadocia);
en el s. v comienzan a diversificarse y a fragmentarse bajo el impulso de
nuevos e inconciliables factores doctrinales, culturales y sociales. Los
siro-orientales (erróneamente llamados nestorianos) no aceptan el
concilio de Éfeso y se aislan en Mesopotamia y Persia, más
allá de los confines del imperio romano. Los siro-occidentales,
coptos y armenios no aceptan el concilio de Calcedonia, soportan mal la preponderancia
política e intelectual del helenismo bizantino, crean una tradición
propia con el uso progresivo de las lenguas nacionales y tienden a la
creación de una doble jerarquía, donde los fieles se dividen
entre quienes acatan la obediencia calcedoniana (ortodoxos) y anticalcedoniana
(llamados monofisitas). A pesar del fraccionamiento de las unidades
litúrgicas precedentes, estas familias siguen siendo en un cierto
sentido complementarias: conservan caracteres e instituciones
comunes, derivadas de una larga experiencia pastoral, de los concilios
más antiguos y de las fuentes teológicas de los cuatro primeros
siglos. A pesar del desdoblamiento jurisdiccional de los patriarcados
de Alejandría y Antioquía, en el plano litúrgico se nota
una continuación del influjo antioqueno sobre varias iglesias,
fenómeno que se prolonga también en el medievo, cuando
el grupo alejandrino-etíope es remodelado bajo el influjo antioqueno.
Jerusalén no cesa de contribuir al enriquecimiento o a la reforma de las
iglesias armenia, georgiana y constantinopolitana. Constantinopla,
prestigiosa capital del imperio romano y guardiana de los concilios, extiende
también su influjo más allá de los confines imperiales.
Tenemos así, después de los cismas de los ss. vvi, los siguientes
grupos litúrgicos principales:
1512
GRUPO SIRO-ORIENTAL. Desde el 362 se
encuentra políticamente bajo el influjo persa; canónicamente
autónomo desde el 410 (concilio de Seleucia-Ctesifonte), rechaza el concilio
de Éfeso (431). Desde el 484 decide conservar la doctrina de Teodoro
de Mopsuestia. Se cierra en un aislamiento eclesiástico respecto del
Occidente siro-helénico que dura casi ocho siglos, aunque gracias a su
intensa actividad misionera comienza a difundirse en muchos países
de Asia. La liturgia conserva rasgos arcaicos.
GRUPO ANTICALCEDONIANO. Está
más diversificado, porque está compuesto por siro-occidentales,
armenios, coptos y etíopes. Mientras las instituciones y la
doctrina reflejan siempre un cierto influjo antioqueno, la liturgia
continúa registrando un influjo bizantino, especialmente entre
los sirios y los armenios. Tiene rasgos muy originales, que se van
identificando progresivamente con la nación.
GRUPOCALCEDONlANO.Comprende el
patriarcado de Constantinopla, de Jerusalén (geográficamente
circundado por la órbita anticalcedoniana de Siria y Egipto, pero
que permanece siempre ortodoxo), y las partes de los patriarcados de Antioquía
y Alejandría que se adhieren a Calcedonia. La liturgia sufre
profundas transformaciones, las tradiciones locales se atenúan y va
tomando cada vez más cuerpo la liturgia bizantina, cuyos
orígenes se conocen claramente. Se persigue un calcedonismo muy fuerte,
expresado en himnos litúrgicos compuestos por una pléyade de
himnógrafos. En el tiempo de la iconoclastia, el ambiente
monástico palestinense influye definitivamente en la
organización litúrgica bizantina.
1513
IV. Las familias
de las anáforas
Las
anáforas usadas por las fami
lias
litúrgicas orientales merecen una
clasificación
aparte, porque el uso
práctico
no se corresponde con las
divisiones
territoriales, jurisdiccio
nales y
confesionales. Se da, por
ejemplo, el caso
de anáforas de es
tructura
antioquena usadas entre los
coptos o los
etíopes; la anáfora ale
jandrina de san
Marcos, que los cop
tos llaman
anáfora de san Cirilo, en
cambio casi ha
desaparecido del uso
egipcio
corriente.
Según los
tipos de estructura li
túrgica,
se aceptan comúnmente tres
grupos
fundamentales': 1) tipo an
tioqueno
(anáfora de los XII após
toles, de san
Juan Crisóstomo, etc.);
2) tipo
siro-oriental (Addai y Mari);
3) tipo
alejandrino (san Marcos).
Existen
también otras clasificaciones más discutidas, pero no
carentes de argumentos convincentes, como la propuesta por L. Ligier: 1)
anáfora de estructura indiferenciada (Traditio
apostólica, Epifanio), donde la celebración-glorificación
de Dios y la anamnesis no están todavía separadas; 2)
anáfora de estructura diferenciada, en la que la celebración
divina se ha convertido en una parte distinta que precede al sanctus (XII
apóstoles, Addai y Mari, san Juan Crisóstomo, san Marcos); 3)
anáfora con anamnesis universal de la economía de la salvación
entre el sanctus y la narración de la institución (Santiago,
san Basilio bizantina, Santiago de Sarug, etc.) *.
Otra
clasificación distingue: 1) autores no sirios, pseudoepígrafes de
los ss. VI-VII (XII apóstoles, san Gregorio Nacianceno, san Cirilo
de Jerusalén, etc.) y las originalmente siríacas, pero
de autores no sirios (san Juan Crisóstomo, san Marcos, etc.); 2) autores
sirios posteriores al año 1000 y varios pseudoepígrafes posteriores.
Orientales,
Liturgias
La primera
clasificación es más fácilmente aceptada por todos.
V.
Descripción de los grupos particulares
1. LITURGIA
SIRO-ORIENTAL (LLAMADA CALDEA). La iglesia siro-oriental
adquirió rasgos estables en la esfera de influencia de Edesa, foco
de la cultura semítica cristiana en lengua siríaca y centro
misionero para la propagación de la fe en el imperio persa. La
élite cristiana de Persia se formó en la escuela de Edesa, especialmente
en el período 363-489, cuando fue capaz de asimilar la doble
cultura siria y griega y de familiarizarse con costumbres antioquenas.
El influjo de Edesa se siente sobre todo en la himnografía, que es
una antigua tradición local, ya ilustrada por los 150 himnos de
Bardesano (s. n) y los de san Efrén, que retoma de ellos el ritmo y
la melodía, impregnándoles de una teología rica
y profunda. La
escasa penetración del helenismo y el alto número de comunidades
judías de Mesopotamia, que se cristianizaron parcialmente poco
después, integran el rasgo semítico de esta iglesia, que
sigue el método de la explicación literal de
La
codificación litúrgica tiene lugar en tres etapas
fundamentales, ligadas a los nombres de importantes katholikoi: 1)
'Isho'yab III (650658): el rito del bautismo se simplifica y se
adapta al bautismo de los niños, el catecumenado casi queda abolido.
'Isho'yab tiene predilección por el ritmo litúrgico septenario,
que lleva a una transformación en la anáfora y a una
organización del año litúrgico en series de siete semanas.
Bajo su nombre se
transmite el Hudrá, colección de oficios para los domingos
del año, las fiestas y los días del ayuno de Nínive. Su
reforma fija el orden de la salmodia y de los himnos para las
vísperas, la oración matutina y las vigilias festivas. Entre
los versos sálmicos se insertan estribillos (Qanona). El salterio
se divide en 70 secciones (marmitha) o 20 búllale. Los oficios se
extienden con la repetición de las respuestas Conitha).
2) Elia II Abu
Halim al Haditi (1176-1190) enriquece el ya abundante género de las
oraciones de origen eclesiástico, como la proclamación
(karozuíha, invocación diaconal que se remonta al s. v,
teológicamente rica) con una colección de oraciones
sacerdotales integradas, bien en cada salmo o bien en cada marmitha al final de
la vigilia o al principio del matutino. 3) Yahballaha (1190-1223),
compilador del tesoro (Gazza), colección de himnos y
antífonas para los nocturnos de las fiestas.
Los principales
libros litúrgicos son: 1) Hudra (ciclo), con las composiciones
más antiguas para todos los oficios festivos; 2) Gazza (tesoro),
colección de composiciones poéticas de Lelya (nocturno) para
las fiestas y las memorias de los santos;
3) Kashkull
(contiene todo): a diferencia del Hudrá, que da sólo el
principio de los textos festivos, éste contiene todo el texto ferial; 4)
Warda (rosa), antología poética de antífonas
('onitha), atribuida al poeta Jorge Warda (f 1300); 5) Abu Halim,
oraciones de la mañana (Sapra), composición del homónimo
katholikos; 6) Ktaba da-qdam wa-d-batar (libro de antes y después),
ciclo que inicia el domingo de pascua con el propio del oficio durante semanas
enteras, respetando la alternancia de domingos pares e impares; 7) Tres
leccionarios: Leccionario para el
1514
AT, Epistolario,
Evangeliario para la eucaristía; 8) Naqpayatha d-raze (suplemento de los
misterios), cantos del propio eucarístico'.
El año
litúrgico comprende nueve tiempos: 1) Anunciación (Subbara),
cuatro domingos comenzando por el cuarto antes de navidad; 2) Epifanía
(Denha), dura de cuatro a nueve semanas, desde el 6 de enero; y Rogación
de Nínive, precuaresma de veinte días; 3) Cuaresma (Sawma),
cuarenta y un días de ayuno; 4) Resurrección (Qyamta), siete
domingos, desde pascua a pentecostés; 5) Apóstoles (Shlihe),
ayuno de siete domingos, comenzando desde pentecostés; 6) Verano
(Qayta), período penitencial, desde el domingo séptimo
después de pentecostés; 7) Elias (Eliyya), período
variable de ayuno de seis-siete domingos, que empieza el séptimo domingo
después del séptimo de pentecostés; 8) Moisés
(Moshe), período penitencial variable de unas cuatro semanas, que
comienza el séptimo domingo después del primer domingo de
Elias; 9) Dedicación (Quddash), período de cuatro domingos,
desde el octavo antes de navidad hasta el cuarto, en que comienza el
tiempo de la anunciación.
Las
anáforas usadas son las de los apóstoles; después, desde
el s. vil en adelante, las llamadas de Teodoro de Mopsuestia y de Nestorio,
todas ellas remodeladas. Las lecturas bíblicas, originariamente
oficio independiente, se unen a la eucaristía y son cuatro (dos del
AT, san Pablo, evangelio).
La iglesia
siro-oriental se unió a la de Roma en diversos períodos (1445,
1553-70 bajo Abdisho, 1662, 1672, 1778). Actualmente su cabeza lleva el
título de patriarca, mientras que sólo una parte muy reducida y
dispersa ha permanecido autónoma.
1515
Después de
la unión con Roma, a los siro-orientales unidos a Roma se les llama
caldeos; han aceptado varias costumbres latinas, como el bautismo por
aspersión, la fórmula latina de la confirmación y reconciliación
y el rito romano de unción de los enfermos. Bajo el patriarca Ebedjesus
(1894-99) recuperaron las antiguas fórmulas para la bendición del
myron.
También en
la actual situación de latinización, la liturgia siro-oriental se
caracteriza por sus rasgos arcaicos, una notable sobriedad, el simbolismo
de los tres tiempos de oración (tarde, noche, mañana) y la
doctrina mariana preefesina. Al haber vivido desde tiempos inmemoriales
como una minoría perseguida, primero por los persas, después por
los árabes y los mongoles, muchas oraciones reflejan un sentido agudo
de humilde temor, de penitencia y de espera del día del Señor; se
recuerdan constantemente, mucho más que en otras liturgias, los numerosos
mártires de la propia historia en las Qale llamadas de los mártires,
cantados como los santos predilectos.
2.
Orientales,
Liturgias
niendo un ritual
portugués traducido al sirio. El Pontifical Romano
permaneció en uso hasta el 1962, cuando se introdujo el caldeo. La latinización
ha alcanzado un grado muy alto: paramentos y utensilios latinos, actitudes
en la oración, pan ácimo y comunión de los fieles bajo una
sola especie, inserciones latinas en la anáfora de los apóstoles,
Addai y Mari y obligación de recitar privadamente el oficio para
los clérigos. En la liturgia se usa la lengua local, el malayalam.
Actualmente hay en curso una interesante reforma litúrgica.
3.
Severo de
Antioquía, durante su breve patriarcado (512-518), codificó
varios usos litúrgicos. Dedicó mucha atención a la
poesía litúrgica; tanto sus 125 predicaciones catedralicias como
su biografía, escrita por Juan Bar Aphtonia, muestran su interés
por el pueblo de Antioquía, amante de la música, de las
procesiones y del canto, hasta el punto de convertirse él mismo en
compositor de himnos contenidos en el Octoechos sirio. Por lo
demás, la preeminencia de la himnodia es una característica
típica de la liturgia antioquena, que practicaba desde los tiempos
de san Efrén el género de las homilías (mamre) y de las
instrucciones (madrashe) en forma de catequesis rítmica. Las obras
atribuidas a Severo de Antioquía son recogidas y traducidas al
siríaco un siglo después por Pablo de Edesa (619-624). La
tradición le atribuye también himnos en forma dialogada
(sogyatha).
La iglesia de
Siria ha dado otros nombres célebres de la poesía teológica
y litúrgica, como Santiago de Sarug (451-521), del que no se sabe
exactamente si se adhirió a la corriente monofisita. Los sirios lo
veneran profundamente como "flauta del Espíritu Santo y arpa
de la iglesia ortodoxa", y sus himnos son reivindicados
también por los siroorientales (caldeos), los maronitas y los
melkitas. Son particularmente famosos sus himnos marianos, que han
acentuado la veneración por
Un
discípulo suyo, Simeón Qutaya (el alfarero),
enriqueció extraordinariamente el oficio siro-occidental con
himnos (que se reencuentran en parte también entre los siroorientales);
su estilo entusiasta y expresivo ensombreció un poco los himnos
más sobrios del Octoechos de Severo.
El año
litúrgico se divide en nueve períodos: 1) Periodo inicial, desde
el domingo de la dedicación u octavo antes de navidad; 2) Tiempo de la
anunciación (Suboro); 3) Tiempo de navidad a epifanía: 4) Tiempo
de epifanía (Denho), desde el 6 de enero a la precuaresma; 5) Tiempo
precuaresmal, con tres domingos. En la primera semana se hace el
ayuno de Nínive; 6) Cuaresma, con seis domingos; 7) Tiempo de
pascua a Pentecostés, con siete semanas; 8) Tiempo de
Pentecostés a la exaltación de la santa Cruz, dividido en dos
ciclos: a) domingos de los apóstoles, b) domingos del verano; 9) De
la exaltación de la santa Cruz a la dedicación.
1516
Los principales
libros litúrgicos son: 1) el libro de las anáforas (Ktobo
d'annafuras), que contiene sólo las oraciones recitadas por el sacerdote,
comprendido el sedro; 2) diaconal, con las órdenes, las amonestaciones,
letanías diaconales de la fracción del pan y respuestas del
pueblo; 3) 'Atiqto (el antiguo), para las lecturas tomadas del AT; 4) Shliho
(Apóstol), para las perícopas paulinas, dividido en tres ciclos:
a) domingos y fiestas móviles, b) fiestas fijas, c) para los días
sin memoria de los santos; 5) Evangeliario, dividido como el Apóstol; 6)
la riquísima colección de himnos litúrgicos, contenida
antiguamente en el Beth Gazo (tesoro), se conserva hoy principalmente en
el Fanqito, que contiene siete volúmenes con los oficios festivos,
y en el Sheliimo (simple, común), con los oficios semanales. A
éstos hay que añadir: 7) el salterio; 8) el hyssoye, con los
sedros sacerdotales; 9) el homiliario, del que se leen a veces largos
párrafos ".
La anáfora
más típica y más usada es la llamada de Santiago. La
lengua original de las anáforas es el griego; sólo después
de los ss. vi-Vil se tradujeron al siríaco. Los misales actuales
contienen entre 7 y 12 anáforas de estructura similar: doxología
del Trisaghion, anamnesis de la historia de la salvación con la narracción
de la institución, epíclesis y grandes intercesiones, divididas
en seis cánones: por los padres de la jerarquía, los hermanos,
los reyes, los santos, los padres y los maestros, los difuntos. Las
anáforas siríacas conocidas son más de 70, todas
diversas entre sí incluso en el texto de la narración de la
institución. Las lecturas bíblicas son seis (tres del AT,
una de los Hechos o epíst. cat., una epístola paulina,
evangelio).
La liturgia
siro-occidental se caracteriza también por el uso del sedro
(orden), un formulario sacerdo1517
tal de origen
sinagogal (de cierto parecido con las 18 bendiciones), compuesto, en prosa, de
un proemio y de un sedro propiamente dicho, es decir, amonestación de
naturaleza homilética llena de pensamientos bíblicos y
referencias a la fiesta celebrada, al domingo, etc. Se puede añadir
a esto un himno para el incienso (Qolo) y una petición por lo agradable
del perfume (etro); originariamente, el sedro era una fórmula para
la ofrenda vespertina y matutina del incienso l2. Cada domingo y fiesta
tienen siempre un sedro propio para cada hora del oficio y la liturgia
eucarística. La colección más antigua tiene 16,
y posteriormente se han compuesto a centenares.
El desarrollo, la
codificación y el complemento de los ritos se ha servido de una
profunda teología litúrgico-sacramental contenida en las
obras de los doctores sirios, autores de explicaciones mistagógicas y de
ensayos teológico-litúrgicos: Jorge, obispo de los árabes
(f 724), autor de una explicación de los misterios de la iglesia;
Moisés Bar Kefa (815903) comentó los misterios principales;
Dionisio Bar Salibi (f 1171), sumo representante del renacimiento literario
sirio en el s. XII, conocido como exegeta, pero autor de numerosos himnos
eclesiásticos y tratados de teología litúrgica, entre los
que destaca un comentario a la liturgia eucarística (CSCO, 2.a serie 93,
París 1903); Santiago Bar Shokko (t 1241), autor del libro de los
tesoros; Gregorio Bar Hebraeus (12261286), en su Candelabro del
Santuario, comenta la liturgia de los sacramentos.
La liturgia
siro-occidental es extraordinariamente rica en composiciones
poéticas y eucologías (anáforas, sedros). La
himnografía, la teología, la espiritualidad monástica
han enriquecido en distintos tiempos el extenso patrimonio literario siria
Orientales,
Liturgias
co. Los ritos se
conciben fundamentalmente como misterios, es decir, como simbolismos
misteriosos de un mundo superior, y son en esto diferentes del sobrio
minimalismo de los siro-orientales. El papel del Espíritu Santo se
subraya con fuerza, hasta el punto de que Severo de Antioquía considera
los sacramentos, las imposiciones de las manos y la consagración
monástica como comunicación del Espíritu. Las
ceremonias y la materia creada son portadoras de un significado
pneumático y de una eficacia misteriosa y, aunque bajo el velo del
misterio, conectan con la fe y la tradición apostólica; no raramente
los autores (Moisés Bar Kefa, Juan de Mardin, t 1165) se esfuerzan
por demostrar la institución divina o apostólica de ciertos
usos. Por medio de los misterios y del sacerdocio, dice Bar Hebraeus, los
hombres son conducidos de las costumbres animales a las de los ángeles.
Se subraya el valor objetivo de los misterios, independientemente de los
esfuerzos humanos.
La iglesia
siro-occidental está hoy dividida entre siro-ortodoxos (mayoría)
y siro-católicos. En
4.
s. xin comienza
una corriente de fuerte latinización, que aumenta con la
fundación del colegio maronita en
Orientales,
Liturgias
Roma (1584) y por
obra de los delegados papales, el más intolerante de los cuales fue
Eliano (quema de libros litúrgicos). La cumbre de la asimilación
de la liturgia maronita a la romana se alcanzó con el sínodo del
Monte Líbano (1736). Sólo el ritual de 1942 muestra un
retorno de los maronitas a su tradición antioquena.
A pesar de la
menor latinización de la misa y del oficio respecto al resto, la
arquitectura de la iglesia ha cambiado, hasta el punto de que los muros de
separación delante del altar han desaparecido; el pan
eucarístico es ázimo; los sacerdotes ya no llevan el phaino
(paenula), sino la casulla latina; el crisma se confecciona con una simple
mezcla de aceite y bálsamo, al modo latino; desde el s. xvm se ha
impuesto una extraña anáfora, que reelabora curiosamente
el canon romano, y se la llama anáfora de la iglesia romana, mientras
que en 1592 desapareció la llamada tercera anáfora de san
Pedro, emparentada con la de Addai y Mari, tan antigua y característica.
Las diversas
anáforas de los misales maronitas son comunes con las
siro-occidentales. El comienzo de la misa presenta variantes derivadas del
matutino. En la celebración de los sacramentos en general se han
multiplicado los signos de la cruz, las incensaciones y las unciones. El canto
popular ha enriquecido con varias piezas (Süghito) el repertorio litúrgico.
El oficio,
respecto al siro-occidental, está simplificado y ofrece menos
textos variables para los diversos tiempos litúrgicos; el ordinario del
breviario (Sh'himto) es hoy sólo un libro de lectura espiritual y ha
sido sustituido por un breviario ferial mucho más sobrio. Después
del Vat. II se ha introducido aquí y allá la celebración
de cara al pueblo y la misa dialogada.
1518
A pesar de la
mezcla de costumbres sirias y latinas, la liturgia maronita lleva una
simpática impronta de piedad y popularidad, expresión de una vida
comunitaria sufrida, plena de fe simple. La lengua litúrgica es el
árabe, aunque permanecen ciertas partes en siríaco. La reforma
litúrgica está en curso ".
5.
La lengua
litúrgica originaria era el griego; después de las controversias
calcedonianas, la lengua popular se hace literaria y se desarrolla sobre todo a
costa del griego. En el ámbito monástico, la liturgia se celebra
también en griego durante muchos siglos; sin embargo, es en
este ambiente donde se originan las traducciones del griego al copto y
esos numerosos himnos (psali), cantos a María (theotokia), odas,
antífonas y doxologías que acompañan la liturgia en
griego. El copto se mantiene como única lengua litúrgica hasta el
medievo (está en uso todavía hoy); pero al comienzo del segundo
milenio se impone como lengua hablada el árabe, que suplanta
gradualmente al copto.
Entre los ss.
X-XIII florece en Egipto una importante literatura árabocristiana
(los tres Asálidos). De los dos principales dialectos coptos, el 1519
sahídico
(en el Sur) y el bohárico (en el Delta), prevalece en la liturgia este
último gracias a la aportación de los monjes del desierto
occidental (san Macario, en Wadi n-Natrun). Por tanto, la antigua liturgia
ciudadana de una Alejandría megalópolis, culta y cosmopolita,
se convierte en esta coyuntura en una liturgia cada vez más copta, es
decir, expresión nacionalista de la vida religiosa del pueblo. El
influjo de los sirios ha sido notable, y ha acontecido al menos en tres
etapas: en el s. IV, en el momento de la conquista islámica, bajo el
patriarca Benjamín (626665), y en la reorganización
eclesiástica de los ss. xii-xm l4, sobre todo bajo el patriarca
Gabriel II Ibn Turaik (1131-1145), al que se atribuye el ordenamiento del
Libro pascual. La obra enciclopédica Lámpara de la oscuridad, de
Abul-Barakat (comienzos del s. Xiv), contiene preciosas descripciones
de las corrientes litúrgicas y de las costumbres locales,
ilustrándolas con preciosos, aunque poco seguros, datos
históricos. En el
s. xv, bajo el patriarca
Gabriel V, se redactan definitivamente los rituales de los sacramentos y de las
bendiciones. Las excelentes ediciones romanas de R. Tukit (s. xvm) y
las actuales reproducen textos de esta última reforma.
Libros
litúrgicos principales: 1) Eucologio, ordinario de la liturgia
eucarística, matutino, oficio vespertino del incienso, varios
oficios, cantos propios de ciertas fiestas; 2) Diaconal, partes
variables para el diácono y el pueblo; 3) Leccionario (Katameros),
dividido en tres partes:
a) Katameros
anual, en cuatro volúmenes, lecturas para las ferias, domingos,
fiestas y santos del año; b) Katameros de cuaresma, en dos
volúmenes; c) Katameros de Khamasin, para el tiempo de pascua a
Pentecostés; 4) Synaxario, un martirologio que se lee en la
liturgia euca
Orientales,
Liturgias
rística
después de los Hechos de los Apóstoles para indicar la continuación
de la historia de la salvación. Cuando no se celebra la
eucaristía, se lee en el oficio vespertino del incienso; 5)
Tasaftr, interpretación de las lecturas de la eucaristía, se usa
también en el oficio; 6) Al-Mawá'iz, antología de
homilías patrísticas; 7) Al-Hutáb, discursos en
árabe, para ser leídos antes del evangelio; 8) Al-Mayamir,
homilías en árabe, con los hechos de las fiestas en estilo popular,
usado en el oficio del incienso; 9) Sirah, biografías de santos
leídas después de las mayamir con ocasión de las
peregrinaciones y las fiestas patronales; 10) Al-Tamagid, doxologías
en honor de los santos y de los ángeles; 11) Cánticos para distintas
ocasiones y tiempos litúrgicos, que se cantan durante la
comunión;
12) Orden
procesional, para dos fiestas de la cruz y el domingo de ramos; 13)
Horologion^ para siete horas canónicas; 14) Salmodia anual, con las
cuatro alabanzas y siete theotokia cotidianos y doxologías para el
santoral; 15) Salmodia de Khoiak, oficios para el mes antes de navidad
consagrado a
El año
litúrgico es muy par i ular a causa del calendario, calculado a partir
del 29 de agosto de 284 d.C,
comienzo del
reinado de Diocleciano y, para los coptos, de la era de los
mártires. Los trescientos sesenta y cinco días se dividen en
trece meses: doce meses de treinta días y un mes final de cinco
días (seis en los años bisiestos). Los nombres de los trece meses
en copto (árabe entre paréntesis) son: 1) Thóut
(Tüt), 11 septiembre-10 octubre; 2) Paopi (Bábah), 11
octubre-9 noviembre; 3) Athór (Hátür), 10 noviembre-9
diciembre; 4) Khoiak (Klhak), 10 diciembre8 enero; 5) Tóbi (Tubah),
9 enero-8 febrero; 6) Mekhir (Amshir), 9 febrero-9 marzo; 7)
Phamenóth (Baramhát), 10 marzo-8 abril; 8) Pharmouthi
(Baramüdah), 9 abril-8 mayo; 9) Pakhón (Bashuns), 9 mayo7
junio; 10) Paóni (Ba'ünah) 8 junio7 julio; 11) Epép
(Abíb), 8 julio-6 agosto; 12) Mesori (Misrá), 7 agosto-5
septiembre; 13) Pikougi Enabot (Khamsat Ayám an-Nasi), 6 septiembre-10
septiembre.
Se distinguen
tres estaciones litúrgicas, en relación con la vida
agrícola y las inundaciones del Nilo, que incluyen oraciones
especiales para la crecida y la recolección: 1) la inundación
(nilí, Nilo) de ciento veinticuatro días, 19 junio-19
octubre; 2) la siembra (shetwii, invierno), de noventa y un días, 20
octubre-18 enero; 3) la recolección (séfi, verano), de
ciento cincuenta y un días, 19 enero-18 junio.
La semana
comienza el sábado por la tarde; los días están divididos
en dos grupos: 1) Adam, de domingo a martes; 2) Watos, de miércoles a
sábado. Los dos nombres Adam y Watos son la primera palabra de los
theotokia del lunes y del jueves.
Los ayunos son
importantes y observados realmente: 1) de Navidad, de cuarenta y tres
días (25 noviembre-enero); 2) de Jonás o de Nínive,
tres días antes de la septuagésima latina; 3) de Heraclio,
desde el lunes al sábado de la octava semana antes de
1520
pascua; 4)
Cuaresma, de siete semanas; 5) de los Apóstoles, varía de
quince a cuarenta y nueve días; 6) de
La
celebración eucarística es larga y sobria. El altar tiene forma
de arca; el santuario (Heikal) está rígidamente separado por
una pared divisoria (Higab), con pocos iconos, delante de la cual hay un
lugar bien separado para el coro. La confección del pan
eucarístico tiene lugar la tarde anterior, durante un meticuloso
oficio apropiado. Al comienzo de la liturgia se hace una procesión con
los dones en torno al altar. Muchas exclamaciones están en griego,
más que entre los siro-occidentales. Encontramos una doble
epíclesis; la primera de ellas implora el cambio de los dones y se
subraya por medio de repetidos signos de la cruz sobre las especies. Las
lecturas son cuatro. El evangelio se lee siempre en copto y en árabe.
Después de una larga letanía comienza la anáfora. En la
práctica se usan tres anáforas: la más frecuente es la
copta de san Basilio (sobria reducción del texto griego); la de san
Gregorio Nacianceno se usa en las grandes fiestas del Señor y,
contrariamente al uso paleocristiano, no se dirige a Dios Padre, sino a
Cristo; la anáfora de san Cirilo es sustancialmente la antigua
anáfora alejandrina de san Marcos (largas intercesiones antes del
sanctus, doble epíclesis antes y después de la narración
de la institución, sanctus sin hosanna; las invocaciones diaconales
son escasamente litánicas), pero a causa de su larga duración
casi ha caído en desuso. Otras doce anáforas han
desaparecido del uso. Des
1521
pues de la
absolución del Padre, las especies de la comunión se distribuyen
separadamente con la fórmula de tipo realista: "El cuerpo (la sangre)
del Emmanuel, nuestro Dios, es esto en verdad. ¡Amén!" Los
vasos sagrados se purifican escrupulosamente con agua. Al final el pueblo
exclama: "¡Amén! ¡Que suceda durante cien
años!".
En los
días de la celebración eucarística se hace el rito
del incienso, distinto del oficio. Las horas se practican en los
monasterios y contienen una rica salmodia. Cada hora tiene doce salmos, una
lectura y un evangelio. En vísperas, en el oficio nocturno y
en el matutino se añaden himnos de diversos géneros
(troparios, theotokia, doxologías, alabanzas de los santos) y
cánticos bíblicos. El ciclo de las horas y el de los salmos
corren recíprocamente paralelos, según una
subdivisión puramente monástica.
Los coptos
constituyen hoy en día la más numerosa comunidad cristiana
en un pasís islámico (al menos seis millones). La liturgia, larga
y rica, es cada vez más seguida, gracias a un impresionante movimiento
de renovación, que partió del ambiente monástico. En las
numerosísimas escuelas dominicales (Sunday Schools) se estudian los
ritos y se vuelve a aprender el copto litúrgico. La predicación
está ampliamente difundida, y se inspira con frecuencia en los
temas de la liturgia. La participación, tal como la entiende un
occidental, es un rasgo sobresaliente, tanto de la tradición
como de la renovación copta, gracias a la cantidad de cantos y
gestos comunes. El pueblo gusta mucho de las procesiones, especialmente
las de la santa Cruz (que se encuentra por todas partes: incluso en forma de
tatuaje en las muñecas y la frente); el ayuno extraordinario de
Heraclio recuerda el hallazgo de la santa Cruz, cuando
Orientales,
Liturgias
Heraclio
reconquistó Jerusalén a los persas (614). La veneración a
Desde 1895 existe
también un patriarcado copto católico, muy reducido
numéricamente, con la liturgia notablemente abreviada.
6.
La mayor parte de
los documentos litúrgicos antiguos fueron destruidos por el
rey Amda-Sion (13141344), y el resto se perdieron durante la
invasión islámica de Ahmad-Ibn-Ibráhimal Gázis
(1531-1543). La lengua litúrgica es el ge'ez de origen
sud-arábico, que en la época moderna se subdivide en dos
dialectos principales: amhara y tigrinia; en el ambiente de ciudad se comienza
a usar tímidamente el amhárico. La organización de la
liturgia actual se sitúa entre los ss. Xiv-xvi, cuando se introdujeron
numerosas costumbres inspiradas en el judaismo y en el AT (en Etiopía
existe una antigua y numerosa colonia de hebreos falashá). Era
también el tiempo de las grandes invasiones islámicas:
Los libros
litúrgicos principales, producto de la reforma litúrgica del
500-600, son: 1) Misal (Mets'hafe Qe'ddase), dividido en: a) 16-20
anáforas; b) eucaristía (Zemmare); 2) Manual de la penitencia
(Mets'hafe Nuzaze); 3) Manual del matrimonio (Mets'hafe Taklil); 4)
Manual para la unción de los enfermos (Mets-hafe Qandil); 5) Deggwa, conjunto
de cuatro antifonarios (salmodia, cuaresma, fiestas, común) con
textos bíblicos y cantos varios, compilado en el s. xv, revisado en
los ss. xvi y xvn y todavía hoy objeto de investigaciones; 6)
Antifonario cuaresmal (Tsomedeggwa); 7) Mawá
1522
seet, antifonario
para más de 50 fiestas, pero de uso más raro; 8) Oficio
común (Me'eraf); 9) Sínodos, elenco de las fiestas de los santos.
Hay otros libros para los sacramentos y libros paralitúrgicos usados en
los monasterios o para devociones especiales, como Argámone Weddase
(arpa de la alabanza), vasto oficio mariano de 1440, con siete lecturas para
los siete días de la semana, basado en la biblia y en apócrifos;
o como Gebra Hemamat (actos de la pasión), leccionario para el
tiempo de ramos a pascua, traducido del árabe al ge'ez.
El calendario
sigue el copto-juliano, con trece meses: 1) Maskaram (29 agosto-27
septiembre); 2) Tegamt (28 septiembre-27 octubre); 3) Hedar(2S octubre-26
noviembre); 4) fáhsásh (27 noviembre-26 diciembre); 5) Ter
(27 diciembre-25 enero); 6) Yuk atit (26 enero-24 febrero); 7) Maábit
(25 febrero-26 marzo); 8) Miyázya (21 marzo-25 abril); 9) Genbot (26
abril-25 mayo); 10) Sané (26 mayo-24 junio); 11) Hamié (25
junio-24 julio); 12) Naháse (25 julio23 agosto); 13)
Paguemén (24-28 agosto).
Fiestas del
Señor: nueve principales y seis secundarias (exaltación de
la santa Cruz, circuncisión, multiplicación de los panes,
fiesta de Simeón-presentación, invención de la santa Cruz,
venida de Jesús a Egipto).
Las fiestas
mañanas tienen cinco categorías: 1) vida de María (presentación,
dormición, natividad, concepción); 2) títulos de
María (María del Monte Sión, María madre de la misericordia);
3) milagros de María (milagro de la imagen de Saidnaya, en Siria;
aparición a san Ildefonso de Toledo, aparición en Egipto o fiesta
de las mujeres); 4) santuarios moríanos (Debra Quesguam,
dedicación de la fiesta de la cavidad o fuente milagrosa, brotada a la
vuelta de Jesús de Egipto, conmemoración de
1523
toda las iglesias
de María en Tierra
santa); 5)
conmemoración de todas
las iglesias
mañanas. Existen tam
bién
fiestas de santos y conmemora
ciones mensuales
(cuatro del Señor,
seis de
santos).
Los tiempos
lirúrgicos fijos son 19, algunos de breve duración y de nombres
sugestivos (por ejemplo, construcción del templo de Jerusalén,
descenso o llegada, luz, nube, rocío, ojo de todo, aurora). El ciclo
móvil comienza con el ayuno de Cristo (soma Krestos), de cincuenta
y cinco días, es decir, seis días de ayuno de Heraclio y
seis semanas de cuaresma. Los domingos de cuaresma se llaman: 1) del santo
(enseñanza sobre el reposo sabático); 2) del templo
(enseñanza de Jesús en el templo); 3) del paralítico
(milagros de la piscina probática y paralelos); 4) del monte de los
Olivos (discurso escatológico de Mt 24); 5) del siervo fiel
(parábola de Mt 25,14-30); 6) de Nicodemo(Jn 3,1-22).
Para la
celebración eucarística se conocen 20 anáforas; pero
sólo se usan 14, y han sido publicadas en inglés ". Algunas
son de origen sirio, introducidas probablemente por los monjes sirios de
Egipto; dos son una reelaboración de
Orientales,
Liturgias
diálogo de
los ministros entre sí en alabanza de
Es del todo
característico el uso de dos anáforas mañanas: una común,
llamada de Abba Giyorgis, y otra especial, llamada Qirqos o Ciríaco
de Bahnesá, que comienza con las palabras dulce perfume. Criterios
literarios internos (lengua, pasajes en versos poéticos) hacen pensar
que estas anáforas son una creación exclusivamente
etíope, fruto de una teología tardía, que intenta de
un modo audaz asociar a María al sacrificio de Cristo. Sus raíces
espirituales deben buscarse en el amor por la tipología
bíblica, en los apócrifos y en el influjo del monacato. La
literatura mariana litúrgica y paralitúrgica es
incomparablemente abundante y rica, aunque no muy conocida. La popularidad de
María entre los fieles viene sin duda de la liturgia. El pueblo se
saluda con expresiones litúrgicas como ¡María te ama!
En el oficio cotidiano hay una larga parte ocupada por los Salám
(paz), himnos de saludo a María.
La liturgia
etíope, nacida de un tronco mixto alejandrino-sirio-jerosolimitano,
es exquisitamente popular y africana (uso del sonido rítmico del
tambor, del sistro, de la danza sagrada). Tiene una urgente necesidad de
ser reformada. El emperador Hailé Selassié comenzó a
imponer una reforma, interrumpida de momento por la caída de la
monarquía.
Orientales,
Liturgias
Hay en curso una
reanudación, en medio de difíciles condiciones socioculturales.
Sin embargo, esta liturgia sigue siendo un ejemplo de cómo un rito
oriental, trasplantado al contexto cultural africano, puede desarrollarse
con rasgos de genio autóctono.
Una rama
etíope-católica, numéricamente débil, se
remonta a las misiones italianas del s. xix.
7.
Este pueblo,
dividido entre el imperio romano y el persa, entra con una liturgia ya
formada en el movimiento monofisita (sínodos de Dvin del 502-507,
552, 647); en el 600 se separa de la iglesia vecina de Georgia, que queda
en la órbita bizantina; después va siendo sometido poco a
poco por los turcos saléucidas, los árabes, los persas y,
finalmente, por los turcos otomanos. En el tiempo de las cruzadas, el reino
armenio de Cilicia (1080-1375) entra en contacto con la liturgia de los
francos, de la que tomó muchas costumbres (Do
1524
minicos y
Hermanos de
Libros
litúrgicos: 1) Typikon de las fiestas (Tonaz'oyz); 2) Libro del misterio
(Horhrdatetr), misal que conserva la única superviviente de las cinco
antiguas anáforas, bajo el nombre de san Atanasio; 3) Leccionario
(Giashoz), con introitos, salmos, epístolas, evangelios; 4) Himnario
(Tagaran) con los himnos variables de la eucaristía; 5) Libro de
las horas (Sgiamaghirk'), al que a veces va unido el salterio; 6) Antifonario
(Sharakan) para los himnos variables del oficio; 7) Ritual (Mashtoz"),
llamado así no por el nombre de Mashtoz', inventor del alfabeto, sino
por el katholikos Mashtoz' de Eghivard (899). El rito de la sepultura,
contenido en él, se edita en ocasiones aparte; 8) Libro de la
imposición de las manos (Ghirz' dzemadrutean) para las
ordenaciones y las consagraciones de iglesias.
El calendario,
original y complicado, privilegia las fechas móviles. Sólo
hay un gran principio de inamovilidad: el domingo está siempre
reservado para las fiestas del Señor y de María;
miércoles y viernes 1525
son siempre
días de ayuno, y excluyen toda fiesta.
Las fiestas
principales se llaman
Tabernáculo:
teofanía, pascua, trans
figuración,
dormición, exaltación de
la santa Cruz.
Todas las fiestas, ex
cepto
epifanía y cinco fiestas de Ma
ría, son
movibles, están precedidas
por una semana de
ayuno, traslada
das al domingo
más cercano, segui
das de un periodo
de posfiesta cuyo
primer día
está reservado a la me
moria de los
difuntos.
Tiempos
litúrgicos: 1) Teofanía (del 6 de enero al séptimo domingo
de pascua); 2) Cuaresma (hasta el sábado santo incluido); 3) Quincuagésima
de Pentecostés (de pascua a Pentecostés); 4) Advenimiento del Espíritu
(desde pentecostés hasta el barekendan o carnaval de la dormición);
5) Tiempo de las rosas (Varvardar), que comprende la transfiguración,
que es siempre la decimocuarta semana después de pascua; 6)
Dormición, dividido en tres tiempos: a) dormición
(cinco-seis semanas); b) exaltación de la santa Cruz (nueve-diez
semanas); c) adviento (seis-siete semanas). La dormición se celebra el
domingo más cercano al 15 de agosto; 7) Exaltación de la santa
Cruz; 8) Quincuagenario de adviento. Navidad y epifanía se celebran juntas
en una sola fiesta, al modo antiguo (sólo los armenios católicos
la dividen en dos fiestas, el 25 de diciembre y el 6 de enero).
Para conmemorar a
los santos quedan los pocos lunes, martes, jueves y sábados libres.
Los santos son poco numerosos, y su memoria cae sobre todo en el tiempo
pascual, con la consiguiente movilidad, dado que los tiempos de pascua y de la
dormición comienzan en fecha movible. Los santos no conmemorados en
un tiempo son transferidos al siguiente. En el caso de coincidencias, los oficios
se acumulan, como entre los bizantinos.
Orientales,
Liturgias
La liturgia
eucarística se celebra en iglesias de tipo particular (cuadrado con
una cúpula en forma de pirámide octogonal), en general sobrias,
con pocos iconos. El altar está muy elevado (pém, del gr.
béma), protegido por una gran cortina, que permanece cerrada en
cuaresma. La celebración presenta elementos dispares de origen
sirio y bizantino; algunas influencias latinas son de carácter
secundario. Varias exclamaciones en griego (proschómen, ¡estemos
atentos!; orthoí, ¡estemos en pie!) revelan ciertos
orígenes bizantinos. Se inicia con un solemne rito de
vestición, durante el cual el coro canta un himno de nueve estrofas;
sigue la procesión de la sacristía al altar; lavatorio con el
salmo 25, y confesión de los pecados calcada del misereatur latino, Sal
43 (imitación de las oraciones romanas al pie del altar). El rito de la
prótesis (preparación de las ofrendas) tiene lugar con
simplicidad en una hornacina cercana al altar; el pan es ácimo, cocido
el mismo día de la celebración según la antigua y
particular tradición armenia del s. v, que rechaza las dos
naturalezas; el vino no se mezcla nunca con agua, tal vez como
reacción contra los ebionitas acuarios, que consagraban sólo
agua. La liturgia de los catecúmenos comienza con el pequeño
ingreso del evangelio. El coro canta el Trisagion, con la añadidura
de Pedro Fulón, patriarca de Antioquía (471.475477.488):
"que fue crucificado por nosotros "(considerada monofisita y teopasquiana,
se refiere en cambio a Cristo, y no a
anáfora,
similar en la estructura a las anáforas usadas por los bizantinos
(oración teológica, institución, epíclesis, memoria
de los santos y de los difuntos, intercesiones, padrenuestro,
elevación, doxología). La eucaristía termina, según
el uso latino, con el prólogo de san Juan (desde pascua a
pentecostés, en cambio, con Jn 21,15-19).
Influjos latinos
principales, que datan de la época de las cruzadas: el
número de los sacramentos (los dominicos hicieron una
traducción armenia del tratado de los sacramentos de
La liturgia
armenia no nació con la crisis monofisita, porque cuando los armenios se
asociaron al grupo anticalcedoniano sus estructuras litúrgicas
estaban en gran parte formadas. La oposición a Bizancio ha tenido
como resultado que fórmulas
o costumbres
bizantinas se remonten a la época anterior a las reformas
1526
hechas en
Constantinopla después de la iconoclastia; la veneración de las
imágenes es muy moderada y escasamente litúrgica. Los repetidos
intentos de unión con Bizancio y Roma en el medievo, además de
los intensos contactos con Jerusalén, han dejado en el mundo
litúrgico armenio la impronta de un ecumenismo antiguo y
apreciable, ahora encerrado en el horizonte exclusivamente nacional;
se ve, por ejemplo, en el calendario, que celebra santos antiguos comunes a
todas las iglesias, y después santos más recientes,
exclusivamente armenios. La vida cultural de la iglesia armenia ha producido
históricamente varios movimientos de desarrollo y reforma litúrgica.
Todavía hoy la actividad publicista armenia es notable, especialmente
en Europa y en América l8.
La liturgia tiene
un desarrollo coral, en el que la popularidad llega a transformarse en
magnificencia de aparato y finura de ejecución. Los ornamentos son
particularmente espléndidos: los sacerdotes y el diácono
llevan mitra como la que usan los obispos bizantinos; todos los miembros
del coro, incluidas las mujeres, llevan un hábito litúrgico de
muy bellos colores. La música es una de las más fascinantes
de Oriente, llena de melodías dulces; también en las piezas
de mayor vigor se trasluce la noble melancolía de un pueblo que ha
sufrido increíblemente. Las comunidades de la diáspora han
abandonado los címbalos, que algunos usan todavía, y han
introducido el armónium o el órgano. Los flabelos metálicos,
agitados frecuentemente por diáconos, muestran cabezas de querubines
adornadas por campanillas; éstos reflejan toda la interpretación
mística de la liturgia como participación en la alabanza
angélica, igual que las iglesias orientales, el sentido del misterio en
la liturgia.
1527
8.
La historia de la
liturgia bizantina ofrece momentos de reformas fundamentales que se pueden
sintetizar en el Typikon, el libro que resume las tradiciones concernientes a
las reglas de todas las celebraciones20. El Typikon, antes de ser el
actual libro homónimo, es, desde el punto de vista
histórico, un término plurívoco. Desde los ss. vni-ix, la
liturgia bizantina griega tolera la aplicación paralela de
varios typika. Los más im
Orientales,
Liturgias
portantes son
tres: 1) Typikon de la gran iglesia de Cristo (Santa Sofía de Constantinopla),
expresión de un verdadero rito catedralicio; 2) Typikon de san
Sabas, la gran laura monástica junto a Jerusalén; 3) Typikon
studionense, es decir, del monasterio de Studion, en Constantinopla,
seguido por los monasterios afiliados a éste, como la gran laura de San
Atanasio en el Monte Atrios. Además de éstos existen otros typika
locales. Tales colecciones de las diversas reglas e interpretaciones
litúrgicas suponen la existencia de otros libros, en los que se
aplican las reglas, pero también de tradiciones no escritas, que
han de enumerarse en el capítulo de la liturgia viva (redacciones,
costumbres, prácticas). La tradición litúrgica del clero
secular y la del monástico 2I son las dos corrientes paralelas de
mayor importancia; pero los dos grupos de typika, de la gran iglesia
y el de Saba-Studion, no agotan la totalidad de la primera fase
histórica de la liturgia medio-bizantina.
En un typikon, de
la clase que sea, aparecen tres etapas fundamentales de oración oficial:
1) el ciclo diario, fijado en el Horologion y en el Eucologio; 2) el ciclo
pascual, contenido en el Octoechos (libro de los ocho tonos), en el Triodion
cuaresmal y en el Pentecostarion del tiempo pascual; 3) el ciclo de los
doce meses del año, en el que cada día tiene una fiesta o
memoria; está recogido en los 12 Meneos mensuales.
El esbozo
histórico de la liturgia bizantina se sitúa
geográficamente en el arco que va de Constantinopla a Jerusalén,
y se debe confrontar con las situaciones que han influido profundamente y
modificado la liturgia: 1) en Constantinopla: período
preiconoclasta, Crisis iconoclasta (ss. vin-ix), período posterior a la
toma de Constantinopla por parte de los francos (1204), caída de Constantinopla
(1453) y vigorosa reanudación de la tradición bizantina en
Rusia y Moldavia; 2) en Jerusalén: período anterior a la
conquista persa (614), período posterior a los persas e invasión
árabe (614-638), período posterior a la devastación del
califa egipcio Hakim (1009).
Las destrucciones
iconoclastas y de los francos en Constantinopla, y las de los persas y
árabes en Jerusalén, interrumpieron la vida litúrgica
normal; ésta se reanudó con una reforma que elimina,
añade y crea. En Constantinopla, la época posterior al comienzo
de la iconoclastia (726) es la de insignes liturgistas, como el patriarca
Germán de Constantinopla (autor probable de un comentario a
seguridad de
himnos y estiqueros); es la época de san Teodoro Estudita; de su hermano
José, metropolita de Tesalónica, autor de numerosas homilías
litúrgicas; de José de Siracusa, sublime y fecundo
himnógrafo, que enriquecen el ciclo pascual, adaptan
o componen himnos
y revolucionan la tradición monástica, que privilegiaba el
salterio. El autor de gran parte del Triodion de cuaresma es probablemente
Teodoro Estudita. Después de la toma de Constantinopla por parte de
los latinos, declina el solemne oficio estudita, y más tarde
desaparece; bajo el influjo de los monasterios del Monte Athos, la
tradición sabaíta es retomada y asimilada, hasta que el
Typikon de san
Sabas es
consagrado oficialmente por todos los ortodoxos, con su impresión
en Venecia en 1546. En Jerusalén, en el período en torno a
la invasión persa del 614, la liturgia vuelve a florecer gracias a las
reformas de los patriarcas Modesto y Sofronio; este último,
según dice Simeón de Tesalónica (s. xv),
habría reconstituido el Typikon de san Sabas, "desaparecido
después de las
devastaciones del
lugar por parte de
1528
los
bárbaros" (PG 155,556D). El Horologion se enriquece con una buena
himnografía, que a continuación alcanza su
culminación con las composiciones y arreglos de san Juan Damasceno, san
Cosme de Majuma y otros numerosos himnógrafos sabaítas
(Teóphanes Graptós, Juan Paleolabriota, Elias II, patriarca
de Jerusalén; Jorge Aguiopolita, etc.). Después de la
destrucción del
califa Hakim
(1009) se siente la necesidad de reconstruir los manuscritos
destruidos, y desde el s. XII en adelante se realiza la reglamentación
detallada de las vigilias (agrypnia) dominicales, los oficios predilectos del
monacato palestinense.
En Rusia, la
edición del Typikon de san Sabas (1610, 1633, 1634, 1682) provoca la
importante reforma del patriarca Nicon, deseoso de eliminar errores y
abusos y de reforzar la unidad litúrgica con el mundo
greco-bizantino. El cisma doloroso de los viejos creyentes (staroviery) fue
provocado por reformas de por sí justas. En medio de toda esta evolución
se puede decir que se refuerza un firme principio discrecional: el ce
lebrante o el
superior determina la medida de los oficios y el modo más
o menos solemne
de ejecución. Hoy día la himnografía litúrgica,
lejos de haber muerto, es todavía creativa. Tanto laicos como religiosos
rivalizan en la composición de los oficios para los nuevos santos, los
acatistos (himnos de alabanza para recitar de pie), tan queridos en el Monte
Athos, en Rumania y en Rusia. "El mito del inmovilismo litúrgico
bizantino es precisamente esto: un mito" (M. Arranz). Libros
litúrgicos: 1) Typikon, ordo-calendario con las rúbricas
detalladas de todos los oficios cotidianos, incluida la
celebración eucarística, con muchas introducciones y
reglas para el
ayuno, apéndices para las ceremonias especiales (liturgia 1529
patriarcal,
ordenaciones, akathistos, sepultura, tabla de circunstancias y concurrencias
festivas); 2) Liturgikon, con el ordinario de las celebraciones
eucaristicas y las partes sacerdotales del oficio; 3) Eucologio, ritual
con la administración de los sacramentos y los oficios de bendición;
4) Octoechos (libro de los ocho tonos), con el propio del oficio de cada
día según un ciclo de ocho semanas, con ocho tonos diversos
(texto y música); cada tono dura siete días: hay, por tanto,
56 propios que se repiten cinco-seis veces al año; 5) Triodion (libro de
los himnos triples), con propio del tiempo desde la precuaresma al
sábado santo; 6) Pentecostarion, con el propio del tiempo desde pascua
al domingo de todos los santos (primero después de Pentecostés);
7) Meneo (mensual), co
lección de
12 volúmenes, uno al mes, con las fiestas y memorias fijas de cada
día (santoral); 8) Apóstol, leccionario de lecturas del NT
para la liturgia eucarística (sigue el orden del NT, comenzando en
pascua con los Hechos, saltándose sólo la carta a
Filemón, que se lee el día de su fiesta, 22 de noviembre); 9)
Evangelio, con las perícopas para la eucaristía y el
matutino festivo; se lee en cuatro series con el orden Jn, Mt, Me, Le y
evangelios de carnaval al sábado santo; 10) Salterio, dividido en 20
kathismos para vísperas y laudes; 11) Horologion, libro de las horas
sintético y portátil, con el ordinario de vísperas y
laudes y las horas menores completas; tiene un calendario que contiene los
dos principales himnos de cada día (tropario y kondakio); como
apéndice tiene las tablas pascuales, el himno akathisto a
Orientales,
Liturgias
Los bizantinos
unidos a Roma
han condensado
varias partes de es
tos libros en
ediciones abreviadas,
que se inspiran
en el misal y en el
breviario.
El año
litúrgico tiene dos ciclos: fiestas fijas y móviles. 1) Ciclo
fijo: comienza el 1 de septiembre, inicio del año civil bizantino. Tiene
nueve grandes fiestas fijas: a) fiestas del Señor (despotikai
heortai): exaltación de la santa Cruz (14 septiembre), navidad (25
diciembre), teofanía (6 enero), encuentro del Señor (2 febrero),
transfiguración (6 agosto); b)
fiestas de
métorikai
heortai): natividad (8 sep
tiembre), entrada
en el templo (21
noviembre),
anunciación (25 marzo),
dormición
(15 agosto); 2) Ciclo mó
vil: tiempo
precuaresmal de veinti
dós
días, con cuatro domingos (do
mingo del
publicano y del fariseo,
domingo del hijo
pródigo, domingo
de carnaval,
domingo de los lactici
nios o del
perdón); cuaresma, de
cuarenta
días, con seis domingos (do
mingo de la
ortodoxia, domingo de
san Gregorio
Palamas, domingo de
la
adoración de la santa Cruz, do
mingo de san Juan
Clímaco, domin
go de santa
María Egipcíaca, domin
go de ramos);
semana santa; tiempo
delpentecostario,
de cincuenta días,
con nueve
domingos (pascua con se
mana luminosa,
domingo de santo
Tomás o
antipascua, domingo de las
miróforas
o de los justos José de
Arimatea y
Nicodemo, domingo del
paralítico,
domingo de la samarita
na, domingo del
ciego de nacimiento
seguido del
jueves de la ascensión,
domingo de los
santos padres del
primer concilio
de Nicea, domingo
de
pentecostés o de
mingo de todos
los santos, último de
Pentecostario y
primero del Octoe
chos). El ciclo
móvil contiene las res
tantes grandes
fiestas del Señor: ra
mos (de por
sí fuera también del ci
clo cuaresmal, en
cuanto fiesta de la
Orientales,
Liturgias
entrada del
Señor en Jerusalén), pascua, ascensión y
pentecostés. En el Triodion las semanas se cuentan del lunes al domingo;
en el Pentecostarion, del domingo al sábado. El Triodion contiene
un gran número de lecturas bíblicas también para las horas
menores.
Las fiestas
tienen cinco rangos, anotados en los libros por una señal especial:
a) Gran fiesta
(vigilia nocturna
o agrypnia, en la
que se juntan vísperas y laudes en un solo oficio solemne,
canon poético de la fiesta en el matutino, con canto especial o
megalinario a
El ciclo semanal
prevé las siguientes conmemoraciones, ya insertadas en el
Octoechos: resurrección (domingo), santos Ángeles (lunes),
san Juan el Precursor (martes), Madre de Dios, santa Cruz y penitencia 1530
(miércoles),
santos Apóstoles, san Nicolás el Taumaturgo (jueves), santa
Cruz, difuntos, penitencia (viernes), todos los santos y difuntos
(sábado).
Cuando se celebra
la eucaristía, se usa ordinariamente
El movimiento
litúrgico ortodoxo actual se está esforzando en propagar de
nuevo la celebración de la liturgia jerosolimitana de Santiago,
caída en
desuso durante siglos entre los bizantinos, salvo raras excepciones; la
tendencia es celebrarla al menos el día de la fiesta del apostolado
(23 octubre); existen buenas ediciones griegas y eslavas, provistas incluso
de las melodías necesarias; pero su celebración sigue siendo todavía
excepcional.
Las dos
anáforas que se usan tienen estructura antioquena. En el medievo,
la anáfora de san Basilio cayó en desuso, dando el relevo a la de
san Juan Crisóstomo.
la
prótesis o proscomidía (preparación de los ministros
y de las especies eucarísticas). Se distingue fácilmente
la parte catecumenal (comienzo, letanías intercaladas con
antífonas, entrada con el evangelio, himnos o troparios del día,
Trisagion, Apóstol con aleluya, evangelio y, entre algunos,
letanías de los catecúmenos). La parte del ofertorio comienza
con la solemne traslación de los dones santos desde la prótesis
al altar, pasando por la iglesia al canto del himno querúbico
interrumpido por conmemoraciones; siguen credo, anáfora, padrenuestro,
fracción, elevación, comunión, distribución
del Antidoron o eulogia del pan bendecido.
Rasgos
característicos de la liturgia bizantina:
a) Los
orígenes orientales antioqueno-palestinenses son evidentes, tanto
en las estructuras como en la fuerza imaginativa de los símbolos y en el
lirismo de los himnos. Una veta de optimismo recorre los textos, incluso
los de penitencia; finalmente, los sugestivos oficios del viernes santo
dejan traslucir ágilmente la resurrección. La liturgia se
concibe sobre todo como fiesta en el atrio del Señor; y la iglesia,
como edificio, se asemeja a un nuevo paraíso.
b) El aspecto
formal lleva la marca puramente bizantina, es decir, romano-imperial,
con su sentido de jerarquía, de orden, de ceremonia imperial;
después de la caída de Constantinopla, la iglesia rusa retomó
esta perspectiva de cesarismo, desarrollándola con exacta dignidad y
magnificencia.
c) El helenismo
se ha combinado con todas las incidencias orientales y asiáticas,
introduciendo en el lenguaje los contenidos especulativos de la
teología patrística griega. Las ideas
bíblico-litúrgicas no es raro
Orientales,
Liturgias
que se expresen
con la terminología de los filósofos neoplatónicos, de la
escuela teológica de Alejandría, de los padres capadocios, de san
Máximo el confesor. En algunos rasgos se nota que la experiencia
litúrgica se ve como una especie de iniciación
gnóstica al Dios trascendente de
d) El sentido
didascálico está muy difuso en la liturgia, aunque no parece fin
en sí mismo. Tal vez la voluntad de hacer conocer los dogmas de la
iglesia y la doctrina de los concilios a través de la experiencia
litúrgica ha creado una mentalidad de lícito conservadurismo. Se
puede decir que los himnos como eucología abundan en formulaciones teológicas
de los sínodos y del pensamiento de los padres.
e) El simbolismo
tiene como objetivo el teocentrismo y el cristocentrismo del culto.
La liturgia debe poder transmitir todo el contenido bíblico de
la suprema trascendencia divina. Dios aparece como el sujeto absoluto de las
palabras y de las acciones litúrgicas, según la
enseñanza antioqueno-edesina. La eucaristía se inspira con toda
claridad en la parábola del banquete y no tiene de hecho el
carácter de triste comida de adiós. Dios es más allá
de todas las teofanías litúrgicas, un misterio impenetrable,
tremendo y fascinante; pero la vida litúrgica de la iglesia permite
conquistar el sentido de la transfiguración de las cosas, la comunión
con Cristo como Kyrios. El Cristo de la liturgia bizantina no aparece
nunca velado por el varón de dolores, pues incluso los himnos de semana
santa dejan sentir que en él viven la fuerza, el poder y la gloria22.
Orientales,
Liturgias
f) El
carácter escatológico aflora particularmente en la
eucaristía. Tanto los textos como el marco exterior (simbolismo de
los gestos, del edificio, de las vestiduras, de las imágenes)
tienen la función de signo premonitorio de la unión
apocalíptica entre el cielo y la tierra. Con frecuencia los cantos
repiten que la liturgia es un servicio pneumático-extático,
aparición en imagen del reino de Dios, participación en la alabanza
angélica, según todo lo que enseñan, de modo diverso
pero complementario, las tradiciones catedralicia y monástica. El
tema de la gloria (doxa) final de Dios se expresa frecuentemente mediante
la terminología apofática (negativa), muy del gusto de
los capadocios, cuya anáfora, de san Basilio, sigue siendo una obra de
arte no superada. Ni
g) Esta liturgia,
tan ecuménica en sus orígenes históricos y en su
espíritu, es, al mismo tiempo, liturgia de una iglesia local, en
cuya asamblea está representada toda la iglesia de Dios. El obispo
está omnipresente espiritualmente, incluso cuando no es el presidente de
la liturgia hic et nunc; rúbricas y costumbres lo recuerdan con
frecuencia. Las numerosas letanías diaconales, con invocaciones
breves pero intensas, provocan con feliz repetición las continuas
respuestas de la asamblea
o del coro, y
expresan toda la tensión de una eclesiología de comunión,
en la que no se olvida a nadie, ni a los vivos ni a los difuntos.
h) El arte, en un
grado más elevado que en todas las otras liturgias orientales,
está profundamente liga1532
do al culto.
Iconografía y arquitectura de realización extremamente
convincentes y refinadas se encuentran en el arte armenio y medieval y,
más débilmente, en las otras familias litúrgicas. Respecto
a ellas, sin embargo, el mundo bizantino se enfrentó
teológicamente con la relación entre imagen y culto, y
conquistó de ello una comprensión de la que sólo él
posee el secreto. Los patriarcas Germán, Nicéforo y Metodio de
Constantinopla, Jorge de Chipre, san Juan Damasceno y Teodoro Estudita
escribieron, entre los ss. vm y ix, acerca del fundamento teológico de
la imagen, y lo sostuvieron: el icono es un documento teándrico que
anula la prohibición veterotestamentaria de hacer imágenes
de Dios; la imagen presupone la encarnación. El hecho
cristológico es básico para que Dios pueda ser representado
mediante Cristo en su naturaleza humana. Esquivando la tentación monofisita,
el II concilio de Nicea (787) elabora el pensamiento de san Juan Damasceno y
reconoce a los iconos una veneración (proskynésis, ¡no
adoración!) similar a la tributada a la santa Cruz o al libro de los
evangelios, y que no entra en conflicto con el primado de
1533
modo naturalista,
sino con la sem
blanza de una
eternidad creada, in
mersa en la luz
tabórica, simbolizada por el fondo dorado o blanco. La humanidad
que se ve en el icono es abstracta y estilizada, llena del Espíritu
Santo, no tanto naturaleza inmanente cuanto cuerpo espiritual; el
límite espacial que Dios ha asumido en Cristo es, a la luz de la
resurrección, una ventana abierta a la eternidad. El mundo
fenoménico, justamente como lo inculca la liturgia, se confronta
con el propio destino de transfiguración. Las figuras comunican un
sentido de inmutabilidad, como si la materia se hubiese substraído
a la corrupción. También los colores participan en esta liturgia
visual ante la imagen del Dios invisible hecho visible: la púrpura
de la túnica de Cristo significa su realeza divina, recubierta por el
manto azul de la humanidad asumida por nosotros. El papel del icono en la
liturgia es el de compañía, y mudo repetidor del dogma de
Calcedonia. Los ministros se preparan para las celebraciones rezando delante
del iconostasio las fórmulas previstas para este acto, inciensan
las imágenes, las llevan en procesión, las comentan. El pueblo
las venera también durante la celebración, sintiendo la
identidad profunda entre el mensaje de los textos y el de las
imágenes. La liturgia bizantina presenta las imágenes como
parte integrante de sí misma y medio libre, pero eficaz, para conocer a
Dios. El icono del Hijo de Dios testimonia y revela la gloria de
En la
situación actual, la liturgia bizantina se practica en los patriarcados
de Constantinopla y Jerusalén, en la parte greco-ortodoxa de los
patriarcados de Alejandría y Antioquía, entre los
católicos de Georgia, en los patriarcados de origen más
reciente de Moscú, Servia, Ru
Orientales,
Liturgias
mania, Bulgaria,
en una serie de iglesias autocéfalas o autónomas (las
más importantes: Grecia, Chipre, USA). A causa de una dilatada
diáspora ortodoxa, esta liturgia se practica en todos los
continentes, incluida Oceanía (Australia y Nueva Zelanda). El
movimiento misionero la difunde en África (Kenia, Uganda, Tanzania,
Zaire) y en Asia (Corea, Japón). El movimiento litúrgico opera de
un modo desigual, pero, en ocasiones, con eficacia, sea a nivel
académico (Instituí St. Serge, de París; Seminario de
Balamand, en el Líbano; St. Vladimir's Seminary, de Nueva York; facultad
de Holy Cross, en Boston), sea a nivel pastoral (varios movimientos laicos
en Medio Oriente, sobre todo el Mouvement de
J. Foundoulis
(Grecia), E. Braniste (Rumania), B. Bobrinskoy, A. Kniazeff, E.
Meliá, C. Andfonikoff, mons. G. Wagner (París), el metropolita
Georges Khodre (Líbano). Son también numerosos los estudiosos
no ortodoxos autores de estudios apreciables sobre la liturgia bizantina:
L. Ligier, J. Mateos, M. Arranz,
R. Taft (Roma),
E. Lanne (Bélgica), W. Nyssen, H.-J. Schulz,
G. Kretschmar y
K. Gamber (Alemania), S.V. Janeras (España), R. Bornert
(Luxemburgo), etc.
Las iglesias
greco-católicas son bastante numerosas, y surgieron del desmembramiento
de iglesias locales ortodoxas en las dos obediencias,
Orientales,
Liturgias
romana y
ortodoxa, provocado por movimientos de unión, algunos de los cuales
datan de muy antiguo: unión de Brest-Litovsk entre los ucranianos
(1595-96), de Uzhorod entre los rutenos (1646), de los croatas (1611), de
Alba Julia entre los rumanos (1698) y de los melkitas de Oriente Medio (1724).
Ha habido otras épocas más recientes, pero de menor importancia
(Macedonia, Grecia, Bulgaria). Los ítalo-albaneses, llegados al
reino de Ñapóles huyendo de la invasión turca, han
adoptado más bien la intercomunión práctica con
la iglesia de Roma, sin suscribir nunca un acto de unión. Los
greco-católicos de Ucrania y Rumania han sido reabsorbidos en la
respectiva iglesia ortodoxa después de coyunturas históricas
recientes.
Estas iglesias
han conservado fundamentalmente la liturgia de su iglesia madre;
pero, a causa de siglos de formación teológica occidental, bajo
la presión de circunstancias desfavorables, han realizado reformas
litúrgicas inspiradas en el concilio de Trento, en las devociones
de la época barroca, en la teología de la segunda
escolástica y en la devotio moderna. El grado de contaminación
es más o menos fuerte, de forma que los puntos de latinización no
valen para todos los lugares o, al menos, no con la misma intensidad.
Al haber perdido el contacto con las fuentes privilegiadas de
inspiración litúrgica (vida sinodal plenamente autónoma,
centros monásticos, teología patrística, estudio de
la propia tradición) y al vivir con frecuencia en un aislamiento social
y confesional, han retocado la liturgia a todos los niveles con criterios
extraños al genio originario; en la eucaristía: abandono o
simplificación del rito de la proscomidia, preparada frecuentemente
sin fórmulas por el sacristán la tarde anterior a la celebra
1534
ción; introducción
de las misas secretas y privadas; posibilidad para los sacerdotes de
celebrar varias liturgias al día; asimilación del ayuno
eucaristico oriental (desde la media noche) al de la iglesia romana; toque de
la campanilla después del sanctus (para subrayar la doctrina
católicoromana sobre la consagración) en el momento de la
institución, y no de la epíclesis; pronunciación de las palabras
de la institución por parte de todos los "concelebrantes por tuciorismo;
sustitución del evangeliario sobre el altar por el misal;
calendario: introducción de fiestas desconocidas en Oriente (Corpus
Domini, sagrado Corazón, Inmaculada Concepción); bautismo,
confirmación y comunión se confieren separadamente; decadencia,
que en ocasiones es casi total o extrema simplificación, del oficio
cantado y obligación del breviario privado; primacía de
devociones occidentales (rosario, culto del sagrado Corazón,
vía crucis, novenas) y reducción de las típicamente
orientales (akathisto, cánones); bendición
eucarística extralitúrgica; decadencia de los
Presantificados en favor de la misa cotidiana; sustitución de la
iconografía bizantina por imágenes posrafaélicas
italianizantes; culto de santos extraños al calendario oriental (santa
Rita, san Antonio de Padua, santa Teresa del Niño Jesús);
supresión o reducción del iconostasio; estatuas;
recitación del Filioque en el símbolo niceno-constantinopolitano,
pese a no ser obligatorio entre los greco-católicos; sacerdotes que
por motivos de solemnidad externa sirven en la misa como diáconos.
Se han realizado
muchas recuperaciones, pese a que las reformas más recientes se
inspiran en la reforma litúrgica occidental posterior al Vat. II.
9.
1535
ITALIA.
el derecho feudal
de investidura, substrajeron los potentes monasterios basilianos a la
jurisdicción de los obispos bizantinos. Más tarde se llegó
a la supresión de las diócesis bizantinas, transformadas en
ocasiones en diócesis latinas. El rito griego desaparece
definitivamente en Puglia y Basilicata en el s. xv; en Calabria resistió
ininterrumpidamente desde los orígenes hasta los ss. xvi-xvii.
El monacato
basiliano, que con
Orientales,
Liturgias
taba entre los
ss. vm y xn con centenares de monasterios, lauras, eremitorios y
grutas, era el punto de apoyo fundamental de la liturgia bizantina y ha
producido decenas de santos, venerados con frecuencia incluso en Oriente:
san León de Catania, san Filerato de Palermo, san Metodio de
Siracusa, san Elias de Enna, san Fantino de Mercurion, san Lucas de
Tauriana, san Teoctisto de Caccamo (conocido por los sicilianos como san
Calógero, por el título monástico griego
"kalogéros", el buen viejo), san Daniel de Taormina,
santos Nilo y Bartolomé de Rossano Calabro, san Lucas de Messina,
san Gregorio de Agrigento, santa Rosalía de Palermo, etc.24
Los monjes
seguían en parte el Typikon de san Sabas, pero sobre todo el de Studion,
según la federación monástica a la que pertenecieran
(las más importantes son los archimandritados de san Salvador de
Mesina, de 1059, que condividía con el obispo de Monreale la
jurisdicción eclesiástica sobre Sicilia; el Patirion de Rossano
Calabro y la heparquía de Latinianum en Basilicata). Las bibliotecas
poseen varios typika ítalogriegos: el más antiguo es el de
Mesina, de 1131. Éstos están, en general, inmunes de
manipulaciones e infiltraciones heterogéneas. La universidad de
Roma ha publicado en 12 volúmenes todo el cuerpo himnográfico
ítalo-griego, todavía poco conocido. Los basilianos dieron un
fuerte impulso al estudio del griego, influyendo directamente en el humanismo
italiano. Petrarca y Boccaccio estudiaron el griego con dos célebres
monjes greco-calabreses, Barlaam de Seminara y Leoncio Pilato. Los typika
italo-estudionenses se dividen en tres familias: 1) paleo-calabrés, 2)
calabro-siciliana, 3) pullés (del monasterio del Cásale). La
tradición estudionense, desaparecida en Constantinopla y en el
Athos, ha sobre
Orientales,
Liturgias
vivido en
En el momento en
el que el cristianismo bizantino desaparecía de las provincias meridionales,
comienza el fenómeno de las inmigraciones de los albaneses desde
Epiro y el Peloponeso, llevando consigo la liturgia bizantina. Se
dispersaron por el sur desde el 1461, acogidos por los aragoneses. El
límite septentrional de sus colonias está en los Abruzos. Muchas
comunidades perdieron acto seguido el rito griego, pese a continuar
todavía hoy hablando la lengua albanesa.
Actualmente la
liturgia bizantina la practican cerca de 70.000 fieles en las dos
heparquías (diócesis) de Lungo Altánese, junto a
Cosenza (26 parroquias en Calabria, Basilicata, Abruzzi), y de Piaña
degli Albanesi, junto a Palermo (14 parroquias), y en la abadía
"nullius" de Santa María de Grottaferrata, junto a Roma
(una parroquia y cuatro monasterios: en Grottaferrata, San Basilio, junto
a Cosenza; Piaña degli Albanesi y Mezzojuso, junto a Palermo).
El rito se
latinizó mucho entre el 500 y el 700. En este siglo, sin embargo,
se ha emprendido una obra de purificación de los excesivos latinismos
del pasado, codificada por el sínodo de Grottaferrata de 1940 y gracias
a la mejor formación del clero en el Colegio Griego de Roma,
dirigido por benedictinos belgas. La lengua litúrgica de base, al menos
en algunas ceremonias solemnes, es el griego. Recientemente se han introducido
el italiano y el albanés, tanto para toda
1536
reducción
del oficio, en
El movimiento
litúrgico registra ciertos progresos; una nueva corriente
iconográfica de pintores autóctonos, junto a otros provenientes
de Grecia, está proveyendo gradualmente los lugares de culto de
buen arte litúrgico de tradición neo-bizantina. No faltan
las publicaciones, tanto científicas (Bollettino de la
abadía griega de Grottaferrata) como de alta divulgación (revista
y cuadernos de Oriente Cristiano de Palermo). La iglesia concatedral griega del
almirante (Martorana) en Palermo se ha convertido en un interesante centro
de contacto ecuménico entre fieles greco-ortodoxos e
ítalo-albanos greco-católicos, que se unen en el canto de la
común Divina Liturgia.
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D. Gelsi
BIBLIOGRAFÍA:
Dalmais I.H., Las liturgias orientales. Casal y Valí, Andorra 1961; Evdokimov
P.,
p
SUMARIO: I.
Significado del tema-11. Piedad objetiva - III. Piedad comunitaria - IV. El sentido
del misterio - V. El valor de la palabra - VI. Sentido bíblico - VII.
Conclusión.
I. Significado
del tema
No se pretende
hablar aquí de los padres como fuente específica y documental
de la liturgia. Si quisiéramos repasar los textos
patrísticos que nos informan de la historia de la liturgia
—comenzando desde los ce. 61ss de la / Apología de san Justino
a los opúsculos de Tertuliano sobre el bautismo, la penitencia y la
oración; las catequesis de san Cirilo y de Juan de Jerusalén o de
Teodoro de Mopsuestia, las recientemente descubiertas de san Juan
Crisóstomo ',
pasado
después a los textos litúrgicos o, viceversa, de la
fraseología litúrgica familiar a ciertos padres. El trabajo
realizado por el padre Marcel Havard sobre la presencia dispersa de
la patrística en los textos mozárabes' se podría extender
en último término a otra literatura litúrgica, del
mismo modo que se podrían estudiar en otros padres las reminiscencias
litúrgicas que, como ha demostrado dom Morin, son familiares en
Arnobio el Joven *.
Para mantenernos
en los límites de esta voz y para proceder con un cierto orden, se
podría formular el tema de este modo: la aportación del estudio
de los padres al conocimiento y la apreciación de la liturgia,
incluso fuera de sus obras propiamente litúrgicas, teniendo en
cuenta ciertas características e instancias comunes a la literatura
patrística, instancias y características relativas a
diferentes sectores de la doctrina y de la espiritualidad.
No queremos
afirmar que tales características pertenezcan de modo exclusivo
al mundo de la patrística; algunas forman parte de toda la gran
tradición católica, que en los padres ha tenido su
expresión primitiva, una de las expresiones más auténticas
y vigorosas. Por otra parte, es necesario tener en cuenta en el campo de
la patrística las diferencias de ambiente y de personalidad5. Quisiéramos,
por tanto, destacar algunos trazos precisos y concretos que den una base
segura a nuestras consideraciones, con el estudio de lo que
se podría
llamar el clima religioso
cultural en el
que se ha ido forman
do la liturgia,
derivando de él algu
nas de sus
características. En una in
vestigación
de este tipo se parte de
una
constatación histórica demasia
do clara para que
sea necesario ilus1539
trarla: en su
núcleo esencial la liturgia se constituyó en la edad
patrística, pese a que continuó desarrollándose
y enriqueciéndose, al mismo tiempo que se purificaba unas veces y otras
se desnaturalizaba y volvía árida.
II. Piedad
objetiva
Comencemos por
subrayar el carácter de piedad objetiva que presenta la
patrística, y que marca de por sí, de modo evidente, la liturgia
y la espiritualidad litúrgica. Cuando se habla de piedad objetiva de los
padres, no se pretende de hecho excluir el coloquio íntimamente
personal. Se tendría que ignorar a san Ignacio de Antioquía,
a Orígenes, a san Ambrosio o a san Agustín. Recuérdese
la jaculatoria Domine Jesu de san Ambrosio, que adorna sus discursos y
tratados, y las breves oraciones en que con tanta espontaneidad
prorrumpe a veces el exegeta o el orador \ Respecto de san Agustín,
bastará mencionar los Soliloquios y las Confesiones'. Al hablar de pie
dad objetiva se
quiere subrayar, sin negar la intimidad del coloquio con Dios o con Cristo, una
cierta actitud espiritual que domina ampliamente en el culto litúrgico.
Es muy claro
mientras tanto que en la base de la espiritualidad de los padres está el
misterio revelado, no el puro dato ni el sentimiento. Es el misterio revelado
lo que constituye su meollo: trinidad, encarnación, iglesia.
Recuérdese, en este aspecto, el puesto que ocupa el tema soteriológico
en el sentido más amplio (referido no sólo a la
acción del Verbo encarnado, sino también a la del Espíritu
Santo, es decir, a toda la economía de la salvación) en la
dogmática de los padres. Está claro que tal actitud es una
base para el desarrollo y la caracterización de la espirituali
Padres y liturgia
dad objetiva.
Pensemos en la importancia que tiene en los padres el tema bíblico,
explicado mediante la predicación y los tratados teológicos,
para fundar la piedad. Todo esto da a su piedad un carácter eminentemente
objetivo. Quien no tiene cierta familiaridad con los padres no puede evitar un
cierto sentimiento de sorpresa al leer algunos de sus escritos,
especialmente ciertos discursos, ante lo que, según la concepción
hoy en boga, se considera una laguna. Tómense, por ejemplo, las
numerosas
predicaciones de
san Agustín y de san León Magno sobre la navidad" y sobre la
pasión. En vano buscaremos en ellas las efusiones de sentimiento
familiares a la piedad medieval y a la piedad (si de piedad se trata) de
nuestros días. Y esto se puede notar desde el principio, ya en la
homilía sobre la pasión de Melitón, en
Piedad objetiva.
Dios —así parece que suena la respuesta que dan los padres al don
divino—, Dios ha revelado un misterio que nosotros creemos,
adoramos y hacemos nuestro en la vida. No es que el sentimiento esté
fuera de lugar, pero no ocupa ciertamente el primer puesto. La actitud de
los padres frente al misterio se puede resumir tal vez en esta conclusión
del discurso De apostolis eí
fide, de Eusebio
de Emesa, predicador no demasiado conocido: "Consueta
celebremus, ad gratiarum actionem convertamur, Patrem adoremus,
Filium confiteamur per Spiritum, glorificemus unitatem, sequamur
pacem, et uni per unum in uno, ab una ecclesia, gloriam referamus:
Padres y liturgia
nongenito Patri,
per Unigenitum, in uno Spiritu Sancto, gloria, imperium, honor et nunc et
semper et per omnia saecula saeculorum. Amen" ("Celebremos los
misterios en los que solemos participar, recurramos a la acción de
gracias, adoremos al Padre, confesemos al Hijo por medio del
Espíritu, glorifiquemos la unidad, sigamos la paz; y convertidos en
una sola cosa por medio de quien es uno y en el uno, desde la única
iglesia hagamos resonar la gloria: al ingénito Padre por medio del
Unigénito, en el único Espíritu Santo, gloria,
poder y honor ahora y siempre y por todos los siglos de los siglos.
Amén") *.
Para darse cuenta
de la importancia que tiene esta visión del misterio, en cuanto
expresión de piedad objetiva, obsérvese la plenitud de
significado que asumen en san León Magno los términos
renovar y reparar, tan frecuentes en la contemplación del misterio
litúrgico y en la invocación de los frutos correspondientes
l0. De aquí el que los padres se explayen, cuando ilustran el misterio
litúrgico, en la consideración doctrinal y teológica,
a pesar de no estar dando lecciones de teología, sino hablando al
pueblo como pastores.
Esto vale
también para la catcquesis. "La catequesis de los padres, en
cuanto está en relación con los datos de hecho del
depósito común de la fe, y no con veleidades personales, es una
catequesis objetiva"".
La conciencia del
carácter objetivo de la liturgia, fundada en la fe y en los
misterios, es bien clara en los padres, como lo demuestra también
"la apelación" que ellos hacen, no raras veces en clave
polémica, "a los usos y a las fórmulas litúrgicas"
para sostener su tesis l2. Un ejemplo característico: "Desde
el momento en que los cristianos comienzan a reflexionar sobre el dogma
trinitario, sea para defenderlo, sea para tomar con
1540
ciencia
más clara de su contenido y defenderse contra las desviaciones heréticas,
las doxologías y las fórmulas litúrgicas han llamado su
atención y se han encontrado en la documentación de todas
las controversias, en razón de su particular autoridad" ".
Sin salimos de
este campo, es necesario tener presente lo que se puede llamar el
sentido vital de la liturgia en los padres. Piedad objetiva no quiere
decir en absoluto una piedad al margen de la vida, sino más bien una
piedad que orienta la vida no según el sentimiento que pasa, sino
según la realidad creída, meditada, vivida, del misterio que se
celebra '". De hecho, como se ha observado respecto de
1541
san Juan
Crisóstomo, de un san Máximo de Turín, de un san
Agustín, de un san León Magno, de un san Gregorio Magno; y esto
mismo puede aplicarse también a la oración, cuando tenemos
los elementos para datar ciertas composiciones litúrgicas.
El valor de la
liturgia, tal como es vista y vivida por los padres (y de toda su mentalidad
religiosa), está sobre todo en las ideas-forma que les inspiran y que
ellos eficazmente comunican ".
III. Piedad
comunitaria
El fundamento
teológico de esta segunda característica es evidente: es la
realidad de la iglesia, que tiene su centro en Cristo, representado por el
obispo (recuérdese a san Ignacio de Antioquía); es el sentido de
la iglesia como cuerpo, como Christus totus ". La expresión cultual
en los primeros siglos revela muy claramente esta actitud de piedad comunitaria:
el centro de la vida cultual es la eucaristía, celebrada por el obispo
en unión con el clero (sólo cuando las exigencias pastorales lo
hagan necesario se celebrará la eucaristía en diversas zonas de
la ciudad y el
clero no
podrá estar en su totalidad en torno a su obispo)'*. Pensemos en el
significado comunitario que asume la administración del bautismo
". La preparación y la administración de este
sacramento ocupan al obispo y a toda la comunidad de tal modo que sitúan
la iniciación cristiana en el centro de la vida de la asamblea.
Pensemos en la oración común, en las formas que nos son conocidas
en la edad patrística; pensemos en el canto. Pero lo que importa
hacer notar, más todavía que las formas, que no pueden no cambiar,
es la intención, el espíritu, que expresa algo esencial a la
visión ca
Padres y liturgia
tólica de
la realidad. Recordemos la oración universal de Clemente Romano, en
la que el sentido comunitario se revela de modo tan evidente (Primera
Carta a los Corintios 59,361,3). Es en este clima donde florece la
oración de intercesión con todos sus vigorosos desarrollos. Es
bien claro en los padres el esfuerzo por elevar a toda la comunidad a
la contemplación y a la vida del misterio cuando enseñan,
invitan a la oración
o proponen a
todos los fieles un programa integral de vida cristiana. Piénsese
en ciertas elevaciones, en ciertas confidencias contemplativas que, casi se
diría, se le escapan a san Agustín en las Enarrationes in Psalmos
(me estoy refiriendo a las dirigidas al pueblo en la predicación).
Piénsese también en un san León Magno, en su modo de
presentar el misterio de navidad o de la pascua como la expresión plena
de la vida cristiana.
IV. El sentido
del misterio
Ya el mismo
vocabulario es muy interesante en este campo. En los últimos
decenios se han multiplicado los estudios en torno a los términos
mysterium y, sobre todo, sacramentum 20, vocablos particularmente ricos
de significado. Sin pasar revista a las diversas acepciones que se contienen
en esos términos, bastará notar aquí que es
común a los padres el sentido de una realidad sagrada que viene de Dios
y que el hombre acepta sin entenderla totalmente, adorando, alabando,
dando gracias. Es la actitud concorde no sólo de algunos padres de
tendencia fuertemente tra
dicionalista, que
ignoran o rechazan la elaboración racional de la verdad revelada, sino
también de los especulativos más comprometidos y audaces, de
Orígenes, de san Gregorio Nacianceno, de san Gregorio Ni
Padres y liturgia
seo, de san
Agustín. Sin duda el sentido profundo del misterio ha sido para
ellos una salvaguarda de la ortodoxia y del espíritu de fe y de oración,
de igual modo que la actitud de humilde y profunda adoración inspira
la acción litúrgica.
Obviamente, el
sentido del misterio caracteriza también la catequesis de los
padres, en íntima conexión con la liturgia21.
Sin embargo, no
se comete una injusticia con los padres si se reconoce que la manera con
frecuencia insatisfactoria en que ellos se han servido del locus
theologicus de la liturgia "se debe tal vez también al hecho
de que la han tratado con frecuencia con un espíritu demasiado
místico, como algo que casi participa de la
revelación"; actitud que debe ser juzgada, como es obvio, teniendo
siempre muy presente el ambiente histórico en que ellos se movieron22.
V. El valor de la
palabra
Los antiguos
reconocieron y exaltaron el valor de la palabra, considerada en su
significado esencial de expresión, de estímulo, de alimento
del pensamiento y, en general, de la vida espiritual. Basta pensar en la
palabra logos (razón y pensamiento entre los griegos). Es conocida la
importancia de tal actitud en los aspectos culturales; la cultura antigua
es cultura de la palabra, cultura retórica, favorecida por la costumbre
de leer en voz alta. Tal actitud ha tenido una importancia decisiva en la formación
de los textos litúrgicos esenciales ". Es verdad que en la
patrística encontramos textos que parecen contradecir este culto de la
palabra, porque es frecuente entre los padres la condena de los artificios
retóricos, pero precisamente en cuanto con ellos se traiciona el
significado
1542
auténtico
de la palabra, del logos, sometiendo al artificio lo que debe ser
comunicación sincera de pensamiento y de vida. En realidad, los
padres muestran una gran confianza en la palabra. No hablo sólo de un
Orígenes filólogo y exegeta, que pide a la palabra precisa de la
biblia el secreto del misterio divino; de un san Agustín, controversista
que confía a la palabra del que contradice la suerte de la verdad a
la que quiere conducir a los errantes; hablo, en general, de la
confianza manifestada por el cuidado que los padres tienen de la palabra, tanto
en la enseñanza y en la exhortación como en el culto.
Léase despacio la oración [supra, / III] de Clemente Romano, para
captar el sentido musical que anima en ella a la palabra. Todo san Cipriano
ha de ser tenido en cuenta a este propósito, como el orador y el
escritor que pone al servicio del ministerio apostólico ese arte de
la palabra que la concepción de aquel tiempo situaba en el centro
de la cultura. Lo que en Cipriano es un uso constante, en otros, como por
ejemplo en san Gregorio Nacianceno y en el mismo san Agustín,
encontrará la justificación consabida. Seria fácil alargar
la lista de nombres a este res
pecto.
La liturgia
conserva esta característica, que ha asumido de la época de
los padres, del uso de una palabra cultivada, no siempre libre de artificios,
siempre sellada con esa impronta de nobleza que debe caracterizar
todo lo que hace referencia al culto divino.
VI. Sentido
bíblico
No se quiere
hablar aquí del uso de la biblia en la liturgia " [/ Biblia y
liturgia], sino del sentido bíblico de los padres, que opera en la
liturgia. Es en la biblia donde los padres en
1543
cuentran su
teología, la sustancia del discurso doctrinal en la predicación y
en el tratado, el alimento de la meditación, la materia moral y
ascética25.
El sentido de la
biblia se traduce de forma evidente también en el lenguaje de los
padres. "Es un hecho bien conocido para quien tenga alguna
familiaridad con los antiguos escritores cristianos griegos y latinos.
Nutridos por la asidua lectura de los libros santos, no sólo sacaban de
ella la médula de su pensamiento, sino que asumían
espontáneamente sus expresiones, imágenes y ademanes, de
modo que se debe hablar de un influjo de índole propiamente literaria.
De este modo su estilo adquiere un colorido nuevo, que a veces tiene
un aire de exotismo y traiciona la intrusión de elementos
heterogéneos, mientras que representa también, en ciertos
escritores mejor dotados, un enriquecimiento
del patrimonio
literario familiar a los clásicos. Es un ímpetu nuevo que irrumpe
en la corriente de la forma clásica, transformándose en un nuevo
mundo, no sólo de ideas religiosas y morales, sino también
de imágenes y de actitudes literarias" *.
Lo mismo hay que
decir de los textos litúrgicos tanto de la edad patrística
como del medievo.
Viniendo ahora al
uso exegético que los padres hacen de la biblia, se sabe que se
manifiestan en él tendencias diversas y opuestas. Sin ocuparnos
en particular de tales diferencias, que conviene también tener
presentes, aquí se anotarán de pasada algunas
características comunes a la exégesis patrística, que se
advierten también constantemente en la liturgia2'.
Antes de la
reforma de la / liturgia de las Horas, recomendada por el Vat. II, quien
no tenía un cierto conocimiento de la patrística encontraba
con frecuencia dificultades en nu
Padres y liturgia
merosas lecturas
de los padres, que parecían constituir un acertijo. Pero también
en la nueva situación, sin duda muy mejorada2", convendrá señalar
algunas características de la exégesis patrística que nos
ayuden a comprender el uso que la liturgia hace de la biblia.
¿Cuál es la finalidad de la exégesis según los
padres? Lo dijo Orígenes de forma particularmente feliz: "Las
Escrituras, en su conjunto, en cuanto comprendidas exactamente y a fondo, no
constituyen, pienso, sino los primerísimos
elementos y una
introducción, de hecho muy sumaria, respecto de la totalidad
del conocimiento"2'.
a) Como se ha
observado, a Orígenes "le importa no sólo interpretar
el sentido de las palabras, sino también captar la intención
de Dios, que habla en las expresiones de la biblia; más aún, a
Dios mismo" w. San Gregorio Niseno se expresa de modo similar:
"La voz de Dios no resonó en lengua hebrea ni en ningún tipo
de lengua en uso entre las gentes, sino que todos los discursos de Dios que se
leen en Moisés o en los profetas no son otra cosa que indicaciones de la
voluntad de Dios"3'. Es necesario saber qué es lo que Dios nos
quiere
decir, no tanto
la manera en que nos lo quiere decir. La interpretación espiritual
tiene sus raíces aquí, cualquiera que sea la legitimidad que
de ella haya hecho este o aquel padre. Ella pretende ir más allá
de la corteza del significado inmediato para captar la intención de
Dios.
b) Un concepto
básico en la exégesis patrística es la unidad de los
Testamentos. El fundamento de esta concepción, que los padres tomaban de
la misma biblia, es la unidad de su autor principal y el designio divino
que se expresa en la biblia: la intención de Dios. Las expresiones de
tal idea son múltiples y muy importantes. Ante todo, el profetismo
de
Padres y liturgia
la biblia,
entendido en sentido mucho más amplio que en la enseñanza
teológica común: la tipología bíblica se ha
convertido en una categoría constante (cualquiera que sea su fundamento
en los casos particulares)32. Sobre este principio todos los padres
están de acuerdo, incluso los más dedicados al estudio del
sentido literal y ajenos a la exégesis alegórica. Tal criterio es
dominante también en el uso litúrgico ".
c) En
conexión con el principio ahora mencionado está el concepto de la
centralidad de Cristo. La unidad de los dos testamentos tiene su piedra
angular en Cristo: en el Cristo histórico y en el Cristo místico.
Agustín no se cansa nunca de señalar este canon
interpretativo fundamental. Cristo habla en los / salmos, el Cristo que se
alegra o sufre en su carne mortal, Cristo perseguido o glorioso en su iglesia.
La centralidad de Cristo, punto esencial en el pensamiento de los padres,
es igualmente esencial para la comprensión de la liturgia.
d) La biblia y la
iglesia. Dios no ha dado la biblia al fiel particular, sino a la iglesia, y
como algo vivo, que la iglesia trata como depositaría y dispensadora,
asistida por el Espíritu Santo, asociando la absoluta fidelidad
de quien garantiza tal asistencia a la libertad propia del sensus
fidei y del
magisterio vivo, ejercido bajo el influjo del Espíritu. Es bien conocido
que en el uso litúrgico se deja a veces a un lado el sentido literal,
se usa la tipología en abundante medida y no se rehuye la consabida
acomodación.
Es la falta de
contacto con el mun
do de la
tradición, representado en
primer lugar por
la patrística, la que
explica ciertos
reproches dirigidos,
no sin ligereza,
a la exégesis litúr
gica.
No quiere decirse
que tal libertad (cuyo derecho no puede arrogarse el
1544
cristiano
particular) exima de un estudio crítico, filológico e
histórico de la biblia. Los mismos padres nos dan ejemplo de ello. El
Orígenes que propone las exégesis espirituales más audaces
es el mismo que con un criticismo de filólogo aguerrido e incansable
cuida la edición hexaplar; el Agustín que desconcierta con ciertas
complicadas aritmologías que pretenderían encontrar sentidos ocultos
en la palabra de Dios, es el mismo que discute el valor gramatical de un
de o de un in, que confronta los diversos códices latinos o griegos a su
alcance para llegar a una inteligencia más segura del texto
sagrado.
Por lo
demás, como se ha indicado, en la reciente reforma de la liturgia
de las Horas se han tenido presentes las dificultades de que se habla.
En la elección más amplia y variada de las lecturas
patrísticas se ha prescindido de las que resultaban menos accesibles a
la mentalidad de un cristiano de hoy, dando, en cambio, gran importancia a
los textos más fácilmente comprensibles y más susceptibles
de una congruente utilización espiritual y pastoral.
e) Queremos,
finalmente, subrayar ciertas actitudes espirituales que sugieren los
padres, con la exhortación y el ejemplo, en el uso de la biblia, y
que tienen continuos ecos en la liturgia.
"El
mérito inestimable de la palabra divina, las riquezas inagotables
que esconde, la necesidad que de ella tiene el hombre como luz de su camino
y alimento de la vida espiritual, la dificultad que su inteligencia
limitada encuentra frente a la sabiduría infinita que habla en esas
páginas, hacen necesario el esfuerzo sincero, el empeño
generoso en el estudio y en la meditación de las mismas".
,4
"Es
necesario acercarse al texto sagrado con buenas disposiciones 1545
morales",
entre las cuales es funda
mental el amor a
la verdad ".
"Pero el
hombre no puede por sí solo acercarse dignamente a la palabra de
Dios; tiene necesidad de la gracia divina, que debe impetrar con la
oración humilde y fervorosa."»6
Piénsese
en la oración que acompaña y sigue a la lectura del evangelio
en la misa para obtener que el Señor limpie el corazón y los
labios de quien debe anunciar la palabra divina. Téngase también
en cuenta el versículo que introduce las lecturas en la hora del
oficio destinada a las mismas.
Recuérdese
ese procedimiento de san Agustín, convertido casi en un topos: antes de
emprender la lectura del texto bíblico que va a explicar, ora e invita a
los fieles a orar; y cuando se encuentra ante una dificultad
exegética, exhorta de nuevo a los oyentes a la oración
•".
VII.
Conclusión
Es necesario
estudiar a los padres también con el fin de comprender mejor la
liturgia; del mismo modo que es necesario, para comprender a los padres, tener
bien presente la liturgia en su significado auténtico y en su
actuación concreta38. Es necesario también, respecto de las
relaciones entre patrística y liturgia, que tal estudio se cultive
según todas las exigencias de la crítica; y se ha hecho mucho en
este sentido. Lo importante es no permitir que se pierda este patrimonio
de doctrina y de espiritualidad, sin el que difícilmente se
podrá tener una comprensión adecuada de la liturgia, pues
ésta refleja todo un mundo de pensamiento y de vida que la
patrística ha expresado con una conciencia y un vigor que hacen de sus
páginas un monumento perenne y siempre actual del pensamiento y de
la vida cristianos.
Padres y liturgia
NOTAS: ' Jean
Chrysostome, Huil catéchéses baptismales medites.
Introducción, texto crítico, traducción y notas de A.
Wenger, en SC 50, 1958 —2 Cf C. Vagaggini, El sentido teológico de
la liturgia, BAC, Madrid 19652, 554; sobre las relaciones entre liturgia y
catcquesis, cf A.
M. Triacca,
Liturgia e catechesi neipadri. Note metodologiche, en Sal 47 (1979) 257-272,
con amplia bibl. actualizada; Ib, 264-266, una lista de obras de los padres de
particular interés para la liturgia y la catequesis — '
Centonisations patristiques dans les formules lilurgiques, en
F. Cabrol, Les
origines liturgiques, París 1906, 281-316 — d Eludes, textes, découvertes
1, Maredsous-París 1913, 363-369 — 5 Cf B. Capelle,
Autorité de la liturgie chez les peres, en RTAM 29 (1954) 5-22 — 6
Cf M. Pellegrino, Veni, Domine lesu. La preghiera al Signore Gesú in s.
Ambrogio, en Corona Gratiarum, Miscellanea Dekkers, Brujas-Gravenhage 1965,
151-161 —7 En este contexto se puede mencionar también la
llamada de Agustín al Sursum cor: M. Pellegrino, "Sursum
cor"'nelle opere di
s. Agostino, en
Recherches Augustiniennes III, París 1965, 179-206; Ib, 180s, he citado
otros estudios sobre la presencia de la liturgia en las obras de san
Agustín — 8 Cf M. Pellegrino,
L'influsso di s.
Agostino su s. Leone Magno nei sermoni sul natale e sull'epifania, en Annali
del Pont. Istituto Superiore di scienze e lettere "s. Chiara",
Ñapóles 1961, 101-132; Temí dominanti nei sermoni
natalizi di s. Leone Magno, en Miscellanea Cario Figini, Venegono Inferiore
1964,97-115 —9 E. M. Buytaert (dir.), Eusébe d'Emése.
Discours conserves en latín. Textes en partie inédits I, La
collection de Troyes (Discours I a XIII), en SSL 26 (1953) 351 (Disc.
XIII: De
apostolis etflde, 1.1, 40) — l0 Cf dom
M.B. de Soos, Le
mystére liturgique d'aprés sl.-Léon legrand, en
LQF34(1958), v. índice —
A. M. Triacca, a.c, 263s — B.
Capelle, a.c, 11-16 -" Ib. 16 — l4 Cf C. Vagaggini, o.c, 182
v. Balthasar,
Parole et mystere chez Origene, París 1958; C. Mohrmann, Sacramentum
dans les plus anciens textes chrétiens, en Études sur le latin
des chrétiens I, Roma 1958, 233-244; C. Vagaggini, o.c, 560-573. En los
estudios citados podrá hallarse la bibl. precedente — 2i Cf A.
M. Triacca, a.c,
267s — 22 B. Capelle, a.c,
Participación
21s — 23
Véanse, en el vol. de C. Mohrmann, cit., los lugares en el índice
en la voz Latín liturgique — 24 Cf C. Vagaggini, o.c, 424-455
— 25 Cf M. Pellegrino, Temí di spiritualitá (cit. en la
nota 16), 124s —
liturgia, por J.
Daniélou, de quien señalamos: Sacramentum futuri, París
1950; Bible et liturgie, nueva ed., París 195!; Origine comme
exégete de la bible, en Sludia Patrística I, Texte und
Untersuchungen 63, Berlín 1957, 280-290; Approches du Christ,
París 1960, sobre todo el
c. III, dedicado
a las "profecías y figuras". Para esta orientación
aplicada a la pastoral, cf M. Pellegrino, La tipología batiesimale in s.
Massimo di Torino: líncontro con
Liturgia e
catechesi nei padri. Note metodologiche. en Sal 47 (1979)) 260s, 271 s.
M. Pellegrino
BIBLIOGRAFÍA:
Daniélou J., Sacramentos y culto según los ss. Padres,
Guadarrama, Madrid 1962; La catcquesis en los primeros siglos, Studium,
Madrid 1975; Olivar A., La lectura de los ss. Padres, en "Phase" 3
(1961) 9-13; Oñatibia I., La catcquesis litúrgica de los Padres,
ib, 118 (1980)281-294; Oriol J., Las lecturas patrísticas y
hagiográftcas del nuevo Breviario, ib, 57 (1970) 303-304; Vagaggini C ,
El sentido teológico de la liturgia. BAC 181, Madrid 1959,549586;
Verd G.M., La predicación patrística española, en EE
47 (1972) 227-251.
1546
SUMARIO: I. Del
"léxico" a la "realidad": 1. El léxico; 2. El
léxico litúrgico; 3. El léxico litúrgico
conciliar - II. Datos relevantes y esclarecedores de la
participación: I. Datos del "ayer" litúrgico: a) La
enseñanza de la historia, b) La "participación en la
celebración", ideal del movimiento litúrgico; 2. Datos
provenientes del "hoy" litúrgico: a) Del "movimiento
litúrgico" a la "reforma litúrgica" con
vistas a la "renovación litúrgica", b) Un
"trasfondo paralitúrgico" que se basa en interpretaciones
inadecuadas o impropias de la participación en la acción
litúrgica - III. Participación, "clave" de la liturgia:
I. "Participación" en relación directa con
"celebración"; 2. Participación, ejercicio del
"sacerdocio" cristiano; 3. Participación, catalizador
entre "misterio" y "vida"; 4. Participación,
conformación diversificada y progresiva con Cristo, sumo y eterno
sacerdote - IV. Intercambios "entre" pastoral litúrgi
ca, catequesis
litúrgica, teología litúrgicosacramental.
espiritualidad litúrgica "y" participación en la
celebración: I. Pastoral litúrgica;
2. Catequesis
litúrgica; 3. Teología litúrgicosacramental; 4.
Espiritualidad litúrgica - V. Conclusión.
La liturgia
cristiana es ante todo celebración / memorial del / misterio
salvífico de Cristo. Es mediante la / celebración como se capta
interiormente, en la fe, la acción redentora de Cristo
resucitado, presente [/ Jesucristo, II, 2] en virtud del / Espíritu
Santo. Haciendo propia tal acción redentora, se construye en cada fiel
la santidad. Sólo ofreciendo a la santísima Trinidad la santidad
originaria desde la participación en la celebración
"memorial''de Cristo, cada fiel puede tributar el verdadero culto de
adoración, en espíritu y verdad (cf Jn 4,24), que Dios
espera desde siempre de los hombres.
Medio, por tanto,
para concretar y realizar las dos principales dimensiones de la liturgia,
la descendente o de santificación y la ascendente o de culto ', es la
realidad de la participación en la celebración.
Sin embargo, se
nos presenta en seguida un doble interrogante: ¿Qué significa
"participación en la celebra
1547
ción
"? Y puesto que la liturgia no se agota en el momento-acontecimiento
de la celebración, que tiene, de hecho, un antes y un después
existencial, es lícito preguntarse: ¿Cuál es el significado
más amplio de "participación y liturgia "?
I. Del
"léxico "a la "realidad"
Puesto que los
términos se han inventado para significar realidades2, es evidente
que se ha de considerar en primer lugar el término participación
con sus significados comunes, y después comparar estos últimos
con los significados que el vocablo asume en el ámbito
litúrgico.
1. EL
LÉXICO. Participación es un término que aparece
comúnmente en la liturgia de hoy. Derivado del latín
tardío (participatio = partem capere: tomar parte), es sinónimo
de adhesión y de intervención. Se usa, por ejemplo, en las
acepciones de participar en el teatro, en una competición
deportiva, etc. Deteriorado para colmo en el lenguaje económico y
político-económico (participación en los bienes,
participación mixta; participaciones estatales, etc.), en la vida
cotidiana indica no sólo el tomar parte en algo, sino
también la invitación (una tarjeta de participación)
dirigida a amigos, parientes, conocidos para que participen en acontecimientos
alegres (nacimientos, bautismos, matrimonios, aniversarios, etc.) o
tristes (lutos, funerales, etcétera): aquí participación
significa provocar a una adhesión solidaria.
No vendrá
mal recordar que el español ' y todas las lenguas modernas
reflejan el término latino (partem capere) y sus significados. Como
equivalentes del término español participación
tenemos: participation (francés), partecipazione (italiano),
participacáo (portugués), Teilnahme, Teilhabe
(alemán), etc.
Participación
En este sentido,
el término se usa también, como es obvio, en documentos
oficiales de la iglesia, y los mismos documentos conciliares" lo emplean
con riqueza de significados: participación en la vida cultural \ en la
vida social6, en el mundo del trabajo 7, en la vida pública8, en la
comunidad internacional'.
De modo
particular y con una tonalidad específica y especial, participación
aparece en el primer documento conciliar: la constitución sobre la
sagrada liturgia'0. Más adelante nos detendremos en las connotaciones
del término en
2. EL
LÉXICO LITÚRGICO. Con su concinnitas, el lenguaje
litúrgico nos ha transmitido desde la antigüedad el término
clave para la comprensión de la liturgia: precisamente el de participación.
Ya presente en la oración Supplices del canon romano l2, que se inspira
en 1 Cor 10,16-18 IJ, éste término guarda en tal texto
relación directa con la recepción del cuerpo y de la sangre del
Señor, como expresión de máxima participación
l4. Efectivamente, en la latinidad tardía el término
expresaba el condividir algo, el entrar en comunicación con una realidad
'3. Con estas connotaciones está presente en el latín cristiano.
En el latín litúrgico, a la luz de la lex orandi, las
connotaciones se refieren a la participación en
comunión
de los santos misterios, en particular en la eucaristía y en sus
múltiples efectos. La semántica del término se colorea de
tonalidades típicamente cultuales. En tal contexto se le encuentra
en oraciones de los antiguos Sacraméntanos " —especialmente
en las oraciones equivalentes a la actual de "después de la
comunión"— que pasaron al Misal Romano, tanto
postridentino " como al actualls.
El estudio del
vocablo participación en el ámbito de la liturgia ha sido
afrontado por Lupp ". Este filólogo demuestra que los
términos griegos méthesis, metoché y koinónía
pasan a la traducción latina participado, al principio
exclusivamente entre los filósofos, en un segundo momento en las
versiones de
Tanto más
si tenemos en cuenta que para las fuentes litúrgicas no interesa
sólo el término participación; de hecho, en el contexto
litúrgico nos encontramos siempre ante sintagmas como
"participado sacramenti"; "participado huius/sacri/ tui
mysterii"; "participado caelestis/ salutaris/divina/perpetua/sacra/sancta";
"participado misericordiae"; "participado muneris divini",
etc. Dado que la acción supone siempre la percepción del objeto
hacia el cual se dirige la acción, no debe sorprendernos que
también la
participación
en la celebración, en cuanto acción, se dirija hacia el sacramentum,
el mysterium, el munus, etcétera.
De esta forma, la
participación en
1548
el ámbito
litúrgico comporta un triple aspecto: la acción de
participar aquello en que se participa y los participantes.
a) La
acción de participar, en cuanto acción humana (de los fieles que
participan), implica y postula actitudes externas y actitudes internas.
Unas y otras son, a su vez, susceptibles de graduaciones y modalidades
diferentes, todas dirigidas a la
finalidad o meta
de la acción participativa: el mysterium-sacramentummunus,
etc. [/ Misterio; / Sacramentos; / Historia de la salvación]. Con
estos términos y con las realidades que implican se pueden sintetizar
con justicia todos los sintagmas y las adjetivaciones que acompañan, en
las fuentes litúrgicas de ayer y en los libros litúrgicos de hoy,
al término participado.
b) Aquello en que
se participa en el ámbito litúrgico es el misterio que se celebra
haciendo de él el / memorial. Así, si la acción del participar,
para no reducirse a pura formalidad, no puede dirigirse sólo a las
actitudes externas, sino que debe afectar y cambiar las actitudes internas
de los participantes, lo mismo y afortiori que el misterio que se celebra
demanda toda la atención del momento y una inteligencia y comprensión
de la / celebración más provechosa y profunda.
Efectivamente, se
puede afirmar que el participar en la celebración se realiza por medio
de la acción externa-ritual (gestos, ritualidad, lenguaje, lengua,
adaptación litúrgica), pero no se agota solo en el ámbito
de los signos litúrgicos planteados de modo adecuado y apropiado.
Participar en la celebración significa trascender y sobrepasar el
ámbito semántico-ritualista para penetrar en el corazón de
la acción litúrgica. En otras palabras: la participación
ex
1549
terna (hecha de
actitudes externas: responder, cantar, levantarse, estar de rodillas, etc. [/
Gestos]) es sólo el primer estadio de la participación en la
celebración, que es la identificación subjetiva y objetiva
con el mysterium-sacramentum. La fusión entre participación
externa y participación interna es un ideal que se ha prefijado el
/ movimiento litúrgico [/ infra, II, I, b], y también el
sostén y el alma de la / pastoral litúrgica [/ infra, IV, 1]
y de la / espiritualidad litúrgica [/ infra, IV, 4].
En el
ámbito litúrgico, y precisamente según las
categorías comunes de la liturgia (signo/palabra y realidad
significada/presente), se puede afirmar que la participación externa,
para no fallar o resultar vana, debe ser signo de la participación
interiorespiritual: ésta es el alma de la participación
externa, la cual, a su vez, si es auténtica, tiene que ser conforme
únicamente a la verdad misma de la santificación de los fieles y
de la glorificación de la santísima Trinidad.
c) Las personas
que participan son, sobre todo, los fieles, que deben llegar a ser, cada vez
más actores-facitores de la celebración. Ésta es una
realidad no individualista, sino eclesial: de hecho, el fiel participa (incluso
el catecúmeno es tal, al ser "iam de domo Christi"21) en una
acción en la que están implicadas otras personas (la
ecclesia Dei) que interactúan entre sí, como sucede con los
fieles asistentes a la celebración; pero, además, están
también presentes las personas divinas. Por este simple hecho, la
participación asume necesariamente modalidades diversas y
pluralidad de tonalidades. Es más, en virtud de la presencia y acción
de / Jesucristo [II, 2] y de la presencia y acción del / Espíritu
Santo, la participación en la celebración,
Participación
al par que es
siempre una realidad nueva y que hace nuevos a los fieles, necesita renovarse y
reaccionar a todo tipo de rutina o de estandarización.
En este aspecto
la participación en la celebración es mucho más que la
simple communio-communicatio. Se convierte en respuesta personal del fiel en la
"única mystica persona" (la iglesia) a la iniciativa del
Padre, encon-por Cristo, "virtute Spiritus Sancti", entregada a
la realización en camino de la economía divina, anticipadora de
las realidades futuras, realizadora del mysterium que es el progresivo
endiosarse de las criaturas con el Creador, de los fieles con Cristo autor y
consumador de la fe, de aquellos que están animados por el
Espíritu con el Espíritu mismo, que es el santificador, para
gloria de Dios.
Parece que
justamente en este sentido se mueve el léxico litúrgico conciliar,
sobre el que centramos ahora la atención.
3. EL
LÉXICO LITÚRGICO CONCILIAR. Todo lo que afirma la constitución
litúrgica nos ayuda a comprender el significado de participación
en la liturgia. Todo lo que se codifica en
Esta, a su vez
—con algunas de sus instancias, como la voluntad de introducir la /
lengua vulgar en la celebración, la recuperación de la /
concelebración, la preferencia por la sagrada comunión durante la
celebración eucarística, la afirmación del concepto
del sacerdocio común de los fieles [/ Sacerdocio, IV, 1],
Participación
una
relación de nuevo cuño en el campo teórico y
práctico entre píelas litúrgica y ejercicios piadosos devocionales
[/ Religiosidad popular, II], etcétera—, había provocado ya
la intervención del magisterio con la encíclica
Mediator Dei (22 nov. 1947) n. En la sección referida al culto
eucarístico ", que ocupa efectivamente la parte central del
documento, se afronta también la cuestión de la
participación de los fieles en el sacrificio eucarístico.
La
encíclica apunta hacia la parti
cipación,
que ante todo debe ser in
terna, o lo que
es lo mismo, con pia
dosa
atención del ánimo y con ínti
mo afecto del
corazón. De hecho,
con esta
participación los fieles "en
tran en
íntimo contacto con el sumo
sacerdote...,
ofreciendo con él y por
él (el
sacrificio), santificándose con
él"24.
Los fieles intervienen en la ac
ción
celebrativa de modo activo, en
cuanto ofrecen
con el sacerdote que
preside el
sacrificio y en cuanto de
ben ofrecerse a
sí mismos como víc
tima. Usando el
término participar2'', la encíclica subraya el oficio que
tiene la jerarquía de iluminar e instruir a los fieles sobre su derecho
y deber de participar en el sacrificio eucarístico de modo activo, para
que se pongan en contacto con Cristo sumo sacerdote. Sin embargo, no estará
fuera de lugar recordar que la encíclica hace consistir la participación
en la imitación de Cristo y en la apropiación de sus
sentimientos, poniendo la acción de los fieles en un plano
más psicológico que mistérico x.
La
encíclica dice además: "Son, pues, dignos de alabanza
aquellos que se afanan para que la liturgia, aun externamente, sea una
acción sagrada, en la cual realmente tomen parte todos los presentes.
Esto puede realizarse de varias formas, a saber: cuando todo el pueblo, según
las nor
1550
mas rituales, o
bien responde disciplinadamente a las palabras del sacerdote, o sigue los
cantos correspondientes a las distintas partes del sacrificio, o hace las
dos cosas, o, finalmente, cuando en las misas solemnes responde
alternativamente a las oraciones del ministro de Jesucristo y se asocia al
canto litúrgico"27. En otros términos: la
encíclica subraya la importancia de la participación
externa. Ésta, junto con la interna, co'nstituye la participación
activa K, que se hace perfecta cuando es concomitante a la participación
sacramental, por
la cual "los fieles presentes participen no sólo espiritualmente,
sino también recibiendo el sacramento de la eucaristía, a fin de
que reciban más abundantemente el fruto de este sacrificio"2'.
En
junto con el
sacerdote "en el modo que les está permitido" y "en
cierto modo"'0, se refiere al culto litúrgico ("qua quidem
participatione, populi quoque oblatio ad ipsum liturgicum refertur cultum
""); pero no es directamente culto litúrgico.
to de unidad, es
decir, pueblo santo congregado y ordenado bajo la dirección de los
obispos" y que "por eso pertenecen a todo el cuerpo de la iglesia, lo
manifiestan y lo implican" (SC 26), supera decididamente toda
discusión sobre la cuestión del sacerdocio común, y
declara que "cada uno de los miembros... recibe un influjo (en las
acciones litúrgicas) diverso según la diversidad de
órdenes, funciones y participación actual (cf lat. actualis:
¡en acto!)" (SC 26).
Sintetizando todo
lo que está presente en el léxico de
a) Ante todo,
Participación
(canonicato) o
por profesión religiosa estaba obligado a recitarlo. En cambio, SC
14 afirma: "La santa madre iglesia desea ardientemente que se lleve a
todos los fieles a aquella participación plena, consciente y activa
en las celebraciones litúrgicas que exige la naturaleza de la liturgia
misma, y a la cual tiene derecho y obligación, en virtud del bautismo,
el pueblo cristiano, linaje escogido, sacerdocio real, nación santa,
pueblo adquirido (1 Pe 2,9; cf 2,4-5)"
El principio enuncia
el ideal (plena, consciente y activa participación), la fuente
(el sacerdocio bautismal), la motivación íntima (la naturaleza
misma de la liturgia), las consecuencias prácticas (el derecho y el
deber que tienen los fieles). Por eso
b) La
participación en la liturgia es parte integrante y constitutiva de la
misma acción litúrgica. No es algo extrínseco que se
refiere accesoriamente a la santificación y al culto, sino que es
una realidad directamente santificadora y cultual. "Por esta
razón, los pastores de almas deben vigilar para que en la acción
litúrgica no sólo se observen las leyes relativas a la
celebración válida y lícita, sino también para que
los fieles participen en ella consciente, activa y fructuosamente"
(SC 11). Aquí se plantea la participación en la línea
clásica que es propia de la sacramentología, es decir, en la
línea de la
fructuosidad o,
lo que es lo mismo,
Participación
de la concreta
eficacia cultual y san
tificante de la
celebración.
Ahora bien, esta
doble eficacia co
necta con la
celebración, pero no se
explica
sólo en el espacio de la mis
ma. Con otras
palabras, como se ex
presa SC 12,
"la participación en la
sagrada liturgia
no abarca toda la
vida
espiritual", pero tiene su fuente
y su cumbre (cf
SC 10) en la celebra
ción, de
modo que toda la vida del
fiel se convierte
en una ofrenda eter
na (cf SC 12).
Consiguientemente,
para poder
obtener o garantizarse la
plena eficacia de
la gracia, "es nece
sario que los
fieles se acerquen a la
sagrada liturgia
con recta disposi
ción de
ánimo, pongan su alma en
consonancia con
su voz y colaboren
con la gracia
divina, para no recibir
la en vano"
(SC 11).
Por tanto, la
finalidad de la participación se alcanza no sólo en el
momento celebrativo, sino en toda la vida de los fieles, que han unido su
propia vida a Jesucristo, sumo y eterno sacerdote; ya que Cristo concede a
los fieles una parte de la propia función sacerdotal para que
realicen un culto espiritual, de modo que por medio de su testimonio y de su
servicio Dios sea glorificado y los hombres alcancen la salvación (cf LG
34; AA 3).
c) La
participación, al ser una exigencia de la naturaleza misma de la
liturgia (cf SC 14), permite estar presentes "activamente"en la
acción mistérica de Cristo actuada en la / celebración.
Esto surge del planteamiento general de la constitución, que
presenta la liturgia en clave de historia de la salvación. En efecto, es
mediante la liturgia como "se ejerce la obra de nuestra
redención" (SC 2). Con otras palabras: la liturgia es historia de
la salvación todavía en acto por medio del perenne sacerdocio
de Cristo, en el que participan los fieles. Cuando estos últimos to1552
man parte en la
celebración, no sólo están en situación de
presencia en el acontecimiento histórico de la salvación,
sino que lo ejercen en Cristo, por Cristo, con Cristo siempre presente y
siempre vivo para cumplir su sumo y único sacerdocio (cf Heb 7,25).
d) A partir de
este planteamiento teológico-litúrgico de la participación,
de aquellos que
deben prepararse para ser pastores (cf SC 15-17) [/ Formación
litúrgica de los futuros presbíteros];
de los pastores con cura de almas,
que deben ponerse al día continuamente, porque es imposible esperar
una plena y consciente participación de los fieles si ellos mismos
no se hacen maestros de la participación. Deben estar llenos de
celo y de paciencia para guiar a su grey no sólo con la palabra, sino
también con el ejemplo (cf SC 19). La constitución traza una
especie de índice de un gran libro todavía por escribir: el de la
deontología profesional del pastor en todo lo concerniente a la participación
(cf SC 18-19);
• de los
fieles, que deben ser seguidos y formados según su edad,
género de vida y grado de cultura religiosa (cf SC 19),
ayudándoles con todos los medios oportunos a comprender cada vez con
más plenitud aquello en lo que participan y a vivir la vida
litúrgica, esto es, a expresar en la vida lo que celebran con la fe (cf
SC 10) [/ Formación litúrgica].
e)
Laparticipación en la celebración, tal como aparece en el lenguaje
conciliar y posconciliar, induce a captar la riqueza de tal concepto en
clave de / pastoral litúrgica, de renovación del /
estilo celebrativo, de
1553
/
animación de la / asamblea, según los diversos ministerios y
roles de los fieles participantes en la acción litúrgica. El
conjunto se basa en dos ideas teológico-litúrgicas correlativas
entre sí: el sacerdocio común de los fieles y la eclesiologia.
Más adelante [/ infra, III, 2] dirigiremos la atención sobre
la primera de estas dos ideas base. Aquí reclamamos que la eclesiologia
litúrgica tiene su humus en la realidad de la participación
en la celebración.
Una cosa es
cierta: si al comienzo del siglo los traductores del motu proprio de san
Pío X Tra le sollecitudini (22 nov. 1903), cuyo texto original
estaba en italiano31*, recurrieron a la terminología latina actuosa
communicatio para traducir partecipazione attiva, porque no encontraron
el término participatio en el latín clásico, hoy incluso
un simple fiel, gracias a la formación que debe recibir de sus
pastores, recurriría con facilidad a una terminología que no
debería ser un simple flatus vocis, sino vita fidelium. En efecto,
así como el léxico se ha enriquecido de significados y de
contenidos, todavía debería ser más rica la teología,
la catequesis y la pastoral litúrgica, ya que el progreso que en este
campo se ha alcanzado en los últimos veinte años consiste, entre
otras cosas, en haber puesto en claro los fundamentos, las motivaciones,
las implicaciones práctico-pastorales de la participación
en la celebración.
Ahora bien, si es
verdad que el léxico nos ha capacitado para captar el ámbito de
la realidad de la participación en la celebración,
quizá es también lícito preguntar si este ámbito
de la participación en la celebración agota o no la realidad
de la participación en la liturgia. En efecto:
• la
liturgia no se agota sólo en la celebración. El estilo mismo de
los documentos conciliares habla de
Participación
"vida
litúrgica"; y también documentos litúrgicos posconciliares
repiten una verdad parecidaí2;
• la misma
celebración tiene un antes y un después celebrativo que no son de
ningún modo amorfos, sino que postulan, también ellos, una
participación activa y consciente. Tanto más cuanto que la
realidad de la participación destaca por importancia desde los
datos mismos de la historia, los cuales además nos hacen entender
cómo los pioneros del movimiento litúrgico tenían un concepto
de participación más extenso que el que se ciñe
únicamente a la celebración.
II. Datos
relevantes y esclarecedores de la participación
Puntualizada la
situación léxicográfica, creemos oportuno tomar ahora
en consideración dos series de datos relevantes dentro de la experiencia
eclesial de nuestros días, que pueden aclararnos las raíces de la
problemática relativa a la participación, y al mismo tiempo
darnos pistas para una ulterior profundización de la misma.
1. DATOS
PROVENIENTES DEL
•AYER"
LITÚRGICO. La intuición de los incalculables beneficios que se hubieran
derivado de un contacto, incluso limitado pero consciente y rectamente
entendido, con las grandes y valiosas riquezas de la liturgia
—considerada, entre otras cosas, como alimento de la fe "— ha
sido el alma del movimiento litúrgico en las diversas fases de su nacimiento
y desarrollo ". Pero no se trató de una intuición exclusiva
del / movimiento litúrgico propiamente dicho. En realidad, un
análisis y una lectura atentos de los datos
histórico-litúr
Participación
gico-pastorales
podrían demostrar que, en el cristianismo, cada época cultural,
unas más, otras menos, ha hecho esfuerzos relevantes para llevar a
las diversas generaciones de fieles a participar en la acción
litúrgica -".
Esto ha sucedido
según formas adaptadas a las diversas condiciones de los creyentes y a
las múltiples coyunturas eclesiales: ciertas épocas, por
ejemplo, no han teorizado el fenómeno de la participación,
como se ha hecho desde el siglo pasado hasta nuestros días; pero se
podría probar cómo la idea y el estímulo incesante de
la realidad han estado siempre presentes en la vivencia eclesial
•".
a) La
enseñanza de la historia. Las reformas en el campo litúrgicosacramental
proyectadas y realizadas en la época moderna y contemporánea
se han orientado siempre a llevar la liturgia a los fieles y los fieles a la
liturgia. Tales reformas —emprendidas sea por individuos, como la
proyectada por Giustiniani y por Quirini " o por Quiñones
í8, sea por concilios, como la del Lateranense IV" y del
Tridentino", sea por reformadores, como la de Lutero4I, la ya
típica del sínodo de Pistoia42 o la del congreso de Ems (Alemania)
•"— en sus instancias últimas e íntimas se
movían en torno al centro de interés de la
participación en la acción litúrgica, volviendo a las
fuentes antiguas y a la vida simple y fuertemente intensa de la iglesia antigua.
También es
verdad que algunos de los intentos ahora recordados, al haber afrontado de
forma imprudente
o exagerada el
problema de una adecuada participación en la acción
litúrgica por parte de los fieles, han retrasado la consecución
de la meta "4. Sin embargo, el primer fruto y la más ingenua
aportación de tales 1554
intentos,
incluidos los heterodoxos, aunque especialmente y más propiamente
de los ortodoxos, fue el haber trazado las coordenadas de lo que después
sería la pastoral litúrgica45, cuya intención sigue siendo
conducir y conservar al pueblo a/ en Cristo, sumo y eterno sacerdote, y Cristo
a su pueblo44.
En este
ámbito es donde encontramos las raíces del movimiento litúrgico
cJásico: en su delinearse en un primer momento con la renovación
monástica4' se asiste al redescubrimiento de la
participación en la celebración por parte de los mismos monjes.
La acentuada toma de conciencia de que el mejor modo de vivir el
cristianismo y de sentirse y ser iglesia4e es vivir la liturgia mediante las
modalidades de la participación a distintos niveles, llevará a
los liturgistas en primer lugar a insistir en la formación del
clero en esta dirección 4'; después, con un clero formado
para participar conscientemente en la celebración 50, se llegará
a la preocupación de conducir progresivamente y en manera siempre
nueva al pueblo a la participación. De aquí la explosión
de iniciativas de tipo pastoral-litúrgico, todas centradas en torno a la
cuestión de la participación en la celebración:
congresos, semanas de estudios " o publicaciones de diversas clases
", dirigidos a la recepción, por medio de una adecuada
catequesis, de la necesidad de una participación verdadera y
auténtica en la celebración.
En verdad todo lo
que emerge de los datos de la historia enseña que la
participación en la acción litúrgica ha sido el punto de
apoyo sobre el que han gravitado iniciativas tendentes a obtener del
pueblo resultados que, en un determinado momento histórico, se
consideraban necesarios para el mismo bien espiritual de los fieles
". Además la historia nos enseña que el concepto de partici
1555
pación en
la celebración es relativo
y se relaciona
con la comprensión
-propia de cada
época y de cada
generación
de cristianos— de la rea
lidad de la /
celebración y de cuanto
en ella se
realiza. La comprensión
crece
continuamente.
Sin duda
también el actual con
cepto de
participación en el ámbito
de la liturgia
necesita ponerse en
crisis (como se
suele decir) para
examinar a fondo
su alcance, su ex
tensión y
las correspondientes impli
caciones
práctico-operativas en co
nexión
tanto con la realidad de la
participación
como con la realidad
de la
celebración [/ infra, III, 1].
Todo lo que
proviene del movimien
to
litúrgico nos induce también a
realizar estas
afirmaciones.
b) La
"participación en la celebración", ideal del
movimiento litúrgico. Creemos oportuno resaltar los siguientes
avances, que ponen de relieve de qué forma la participación
en la celebración es el ideal al que ha tendido el movimiento
litúrgico.
Los antecedentes del movimiento
litúrgico, que hunde sus raíces en el s. xvn *4, ven la necesidad
de una mayor simplicidad de formas y de fórmulas, de modo que se alcance
una más profunda e inmediata inteligencia de la liturgia. Se
perfilan las líneas que, al desembocar en la pastoral
litúrgica, se concretarán en la terminología usada
inmediatamente después, y que se condensa en torno al sustantivo
participación.
La aparición del movimiento litúrgico
une a la instrucción y a la formación litúrgica la
invención de medios y de subsidios para llevar al pueblo a la liturgia y
la liturgia al pueblo de Dios. Es más, con el redescubrimiento del
aspecto comunitario, en sintonía con la eclesiología
renovada, se perfilan los horizontes luminosos de aquel despertar que,
Participación
hacia finales del
siglo pasado y en la primera mitad de éste, formula ya de modo
más claro una teoría sobre la participación en la
celebración.
• El
movimiento litúrgico clásico, en sus instancias más
genuinas, orienta sus esfuerzos hacia la obtención de una
participación verdadera y consciente de los fieles en la liturgia. Para
alcanzar esta meta, el movimiento litúrgico se une a la aportación
de los movimientos colaterales bíblico y catequético y aprovecha
sus adquisiciones. A su vez, el movimiento litúrgico, mientras
ayuda a aquéllos, anticipa también el movimiento
ecuménico.
Es claro que para
el movimiento litúrgico la participación en la celebración
tiene una doble validez: es meta y medio; meta: porque su intención
es conducir a los fieles a la conciencia de su cristianismo, vivido,
fomentado, incrementado con una vida de fe que se apoya toda ella en la
eucaristía. Frutos del movimiento litúrgico son: la sagrada
comunión anticipada a los niños, la comunión
frecuente, la posibilidad de celebrar la eucaristía por la tarde,
etcétera; todo ello para que la vida de los fieles estuviese estimulada
eucarísticamente; medio: para que con la participación en la
celebración los fieles, reunidos por el Espíritu Santo,
puedan dirigirse a Dios como pueblo suyo, como iglesia, de modo no sólo
abstracto, sino concreto: orando juntos, cantando con un solo
corazón y con un alma sola,
para vivir del
modo arriba indicado.
Todo lo que el
movimiento litúrgico perseguía, después de vicisitudes
de distinto tipo 55, fue recogido en los mismos documentos oficiales de la
iglesia, como el motu proprio Tra le sollecitudini", de san Pío X,
del 22 de noviembre de 1903, sobre la música sagrada; y bajo el mismo
pontificado el decreto de la entonces Participación
sagrada
Congregación "de disciplina
sacramentorum"
Quam singulari, de
8 de agosto de
1910, sobre la edad
de la primera
comunión ".
Para el
potenciamiento del canto y de la música sacros intervino también
Pío XI con la constitución apostólica Divini cultus, del
20 de diciembre de 1928 58. Son importantísimas las
encíclicas de Pío XII Mystici corporis, del 29 de junio de 1943
", y especialmente la ya citada Mediator Dei, del 20 de noviembre de
Entre tanto se
había comenzado un inmenso trabajo, preparatorio de una reforma general
de la liturgia <*, que vio con Juan XXIII una simplificación de
las rúbricas del Breviario y del Misal Romano (25 de junio de 1960)
" en nombre de la autenticidad de la celebración. El fermento y las
primeras realizaciones de la reforma litúrgica, como acercamiento
concreto de muchas instancias del movimiento litúrgico, serán
sancionadas programáticamente por el Vat. II. Oficialmente se han
promulgado mediante las disposiciones del mismo concilio y de los
documentos y / libros litúrgicos posconciliares68.
Efectivamente,
como han demostrado Baraúna " y otros70, la participación
en la celebración es el punto de apoyo sobre el que gravita la constitución
conciliar sobre la liturgia. Lo mismo podría demostrarse de los
mencionados documentos posconciliares de interés litúrgico,
así como de los libros litúrgicos promulgados oficialmente: la
participación en la celebración es su motivo de fondo.
1556
2. DATOS
PROVENIENTES DEL
•HOY"
LITÚRGICO. Los problemas prácticos que suscita la
participación de los fieles en la acción litúrgica no son
nuevos. Los estudios realizados, por ejemplo, sobre la lengua vulgar en la
liturgia " han puesto de relieve que si la oración, por una parte,
tiene un valor y una eficacia propios, independientemente de la comprensión
que de ella puedan tener tanto el celebrante como los fieles, por la otra es
preciso evitar el considerarla como algo mágico, desatendiendo la
aportación de los participantes "ex opere operantis, et operantis
ecclesiae". Es obvio, por tanto, que cada época, como ya hemos
dicho (especialmente en los últimos días, con el movimiento
litúrgico estrechamente ligado a las aperturas de la más sana
teología sacramental), trata de conseguir una comprensión lo
más profunda posible de los textos y de los ritos, para que la
participación en la celebración sea espiritualmente fructífera
y mistéricamente plena y completa. Trazando ahora un breve
diagnóstico del hoy litúrgico, podrán ponerse con
facilidad de relieve sombras y luces: las primeras, para hacerlas
desaparecer; las segundas, para potenciarlas.
a) Del "movimiento
litúrgico"a la "reforma litúrgica"con vistas a la
"renovación litúrgica". Alcanzadas algunas metas que
los pioneros n del movimiento litúrgico se habían prefijado
y que el Vat. II hizo propias, codificó y están en curso de
realización en la reforma litúrgica posconciliar, se ha
caído en la cuenta de que falta todavía mucho por hacer en orden
a la consecución de las verdaderas metas de la renovación litúrgica
". Esta última trataría de llevar a los fieles
participantes al corazón de la celebración, de modo que
vivan cuanto celebran para poder celebrar de modo auténtico cuanto
vi
1557
ven. El flujo y
reflujo entre la vida y la celebración debería reducir y, en
último término, eliminar el divorcio presente en muchos fieles
entre celebración y vida.
Pero mientras se
apunta a la renovación litúrgica, se cae en la cuenta de que
el impacto de la reforma litúrgica —y de algunas de sus metas
alcanzadas: lengua vulgar, mayor simplicidad y linealidad de las acciones
litúrgicas, etc.— con el genio de los diversos pueblos desemboca
en la vasta problemática de la / adaptación. A este
propósito es preciso recordar que, en la promoción de la
adaptación, hay que tener siempre presente todo lo que la verdadera
participación postula y exige74. Ahora, en el contexto actual la
participación efectiva tiene lugar con modalidades diversas,
no siempre adecuadas a la naturaleza de la realidad litúrgica.
Ello sucede
especialmente en donde se ha hecho y se hace consistir la
reforma
litúrgica en simples cambios de ritos y de modalidades externocelebrativas.
Es evidente que, en tales casos, se han desatendido tanto el concepto
cuanto la realidad de la participación en la celebración.
Aquí se entiende por participación una implicación
sólo periférica (y nos atreveríamos a decir
epidérmica) de los fieles en la acción litúrgica. Se trata
de una participación meramente externa, aunque de nuevo cuño
ritualista, formal. Una vez perdido el mordiente de la novedad, tal participación,
ligada a la rutina, acaba por volverse rancia. De aquí una
desafección a la acción litúrgica, que no se quiere porque
no se conoce o bien porque se conoce en formas que ya están muertas
antes de nacer. No extraña, en tal contexto, el abandono de la
frecuencia de la acción litúrgica; por ejemplo, la misa
festiva, la celebración de la penitencia, etc.
Otros,
recurriendo & formas cele-
Participación
brativas (de tipo
conservador o de tipo innovador) reconocidas oficialmente como posibles
(lo dicen las mismas rúbricas cuando, por ejemplo, sugieren:
"his vel similibus verbis"; "pro opportunitate";
etc.), piensan que alcanzan lo sustancial cambiando lo accidental. Es
verdad que para quien actúa de este modo sigue estando vivo, al menos en
un cierto sentido, todo el gran tema de la participación en la
celebración. Pero es igualmente verdadero que si éstos tienen
siempre presente la meta que hay que alcanzar, se equivocan no poco respecto de
los medios y los métodos. De hecho desatienden el gran capítulo
de la / formación litúrgica del pueblo que debe participar.
Se tiene así la pretensión de querer alcanzar la meta sin querer
recorrer el camino.
Pero no todo es
sombra. La luz proviene de aquellos que favorecen una participación que
colme cada vez más el gap y acorte la distancia entre el fiel y el
misterio celebrado, entre vida y celebración. Para éstos la
participación en la celebración es la fuente primera de la
espiritualidad cristiana y la cima a la que ella tiende naturalmente [/
Espiritualidad litúrgica]. Quien actúa así se mueve
por las más genuinas exigencias de la cura animarum, tal como la entiende
la sana tradición. Todos sus esfuerzos se orientan al paso de la reforma
litúrgica (primer fruto del movimiento litúrgico) a la renovación
litúrgica (verdadera finalidad de aquél). Precisamente esta justa
concepción de la finalidad de la participación en la
celebración ayuda a comprender la auténtica naturaleza de la
participación misma.
b) Un
"trasfondo paralitúrgico " que se basa en interpretaciones inadecuadas
o impropias de la participación en la acción
litúrgica. Este trasfondo salta a la vista inclu
Participación
so de aquel que
no haya realizado un diagnóstico en profundidad de la situación.
Nos encontramos ante interpretaciones inadecuadas o instrumentalizaciones
indebidas de participación en el ámbito de la liturgia.
Aducimos sólo algunos ejemplos con el fin de señalar los
límites dentro de los cuales debe mantenerse el concepto I realidad
de la participación.
Ésta no
puede convertirse en pretexto para sustituir con los propios criterios
personales el sensus ecclesiae en materia litúrgico-sacramental
y formular así una teoría que lleve a la subversión
de todos los parámetros litúrgicos. Sigue teniendo siempre
valor el / derecho litúrgicosacramental que trata de salvaguardar,
entre otras cosas, la perennidad de la tradición. Desatender el derecho
litúrgico y la tradición que éste conserva podría
crear una especie de divergencia desde otras experiencias e indicaciones
provenientes de las comunidades cristianas que nos han precedido. Se
formaría entonces una discontinuidad en la vitalidad de la
tradición o se incurriría en los mismos errores cometidos,
debatidos o combatidos por otros en otras épocas, en las mismas
longitudes de onda actuales ".
La participación
no puede tampoco ser instrumentalizada para conseguir una
adaptación litúrgica mal interpretada. Participación
y adaptación litúrgicas no son antitéticas:
ésta está al servicio de aquélla. De hecho, los mismos
libros litúrgicos actuales (así como los documentos
posconciliares) tienen un gran tema de fondo: la adaptación '*. Pero forzar
la adaptación, que es un medio para alcanzar la meta de la participación
en la celebración, casi como si aquélla fuera el fin y el objeto,
es cometer el error opuesto de quienes absolutizan la tradición hasta
llevar a identificarla con la conservación y el inmovilismo.
1558
La
participación no puede adoptarse para crear una confusión en
las relaciones pluripersonales que forman la base de la interacción
de los participantes. En la ecclesia los fieles, participando en la
celebración, interactúan entre sí y con las personas
divinas [/ supra, I, 2, c]. Él respeto hacia todo aquello que es
propio de los términos de la relación (por una parte, todo
lo que es propio de la naturaleza y de la acción de Dios, y, por la
otra, todo lo que es propio de la naturaleza y de la acción de
losfieles), es la base del verdadero concepto /realidad de la participación.
Seria, por tanto, absurdo que en nombre de la participación se
elevara de grado la veneración de las formas mudables (aunque indispensables)
de la acción litúrgica, en perjuicio del espíritu de la
liturgia perenne. Sería igualmente absurdo absolutizar este
espíritu, con la consecuencia de crear una especie de
desencarnación de la acción litúrgica, que
desatendería a los fieles participantes. Los dos extremos se convierten
fácilmente en espejismos. Es lo que les sucede, por ejemplo, a quienes,
partiendo de las exigencias y de las instancias del fiel (persona humana
que cree), no consiguen, o lo consiguen con dificultad o de modo inadecuado,
"reajustar al hombre para darle de nuevo su lugar en el orden de la
realidad, en la conciencia de sus límites y de su dependencia"
" de la realidad que se celebra. Ni ho
rizontalismo, ni
verticalismo, sino/í
delidad a Dios y
fidelidad al hombre (creyente).
En otros
términos: la participación en la celebración no puede
ser simplemente fruto de una experiencia o de medios humanos orientados a
hacer comprender y gustar las celebraciones. Procediendo así se
reinstaurarían esas formas de sentimentalismo paralitúrgico
que ya han sido superadas en el campo teórico 1559
desde las
diatribas de los primeros veinte años del siglo '8. Ciertas formas
de piedad popular, que algunos quisieran introducir en la acción litúrgica
en nombre de la adaptación
o de una
participación mal entendida, son formas camufladas de sentimentalismo.
De modo similar,
la participación en la celebración no puede agotarse en ser
sólo la meta a la que un sano y bien entendido activismo pedagógico
podría llegar. En este caso: dado que la liturgia recibe su naturaleza
y su fin de un campo que trasciende de por sí los valores humanos,
la participación no puede limitarse a ser una realidad puramente
extrínseca, accidental, externa; debe ser interna, verdadera,
consciente, activa y crear en la persona del fiel la sintonía con
la realidad litúrgica, que comporta la santificación de los
fieles en Cristo, en virtud del Espíritu, por un culto en espíritu
y en verdad.
Está claro
que si la liturgia trasciende los valores humanos, no por eso los niega:
en la medida en que son valores auténticos, pueden, deben y
están de hecho llamados a dar su contribución a la realidad integral
y fructífera de la participación. Ésta postula la
comprensión de la / historia de la salvación celebrada y, en
consecuencia, actuada, hecha presente por medio de la acción de las
personas divinas, en beneficio de las personas de los fieles, que constituyen
la asamblea litúrgica concreta. Esta última es simplemente signo
de la iglesia universal y católica™. Es "pro ecclesia, in
ecclesia, una cum ecclesia" como la celebración tiene su verdadero
valor, elevado al nivel de signo por la asamblea concreta de los fieles que
participan. De forma que la presencia activa, consciente y verdadera
de los fieles asume un carácter inderogable e insustituible en el hodie
y en el hic et nunc cele-
Participación
brativo. Ahora
bien, aunque la celebración podría alcanzar de por sí
sus propias finalidades incluso si nuestra participación fuera
mínima, sin embargo se postula y exige una participación
cada vez más personal y comunitaria, interna y exterior, plena y
profunda, para que no resulte desatendida, coartada, soportada e inutilizada
la iniciativa y la participación de las personas divinas.
III.
Participación, "clave" de la liturgia
Analizando el
léxico [/ supra, I] se ha podido llegar a una mejor comprensión
de la realidad de la participación en la celebración y se ha
captado una especie de desarrollo y de profundización que se ha
dado en los documentos oficiales de la iglesia [/ supra. I, 3]. Y el
pronóstico, aunque superficial, de algunos datos provenientes
de la vivencia eclesial de ayer y de hoy [/ supra, II] ha puesto de relieve,
por otro lado, tanto la importancia pastoral que ha tenido y tiene
todavía hoy la participación en la celebración en la
pastoral litúrgica como la necesidad de una profundización
posterior en la realidad de la participación, ya que no todo se ha
agotado en el estudio, y por consiguiente tampoco en la pastoral
litúrgica. Aquí quisiéramos puntualizar qué
significa participación en la celebración, exponiendo en
síntesis todo lo que al respecto es seguro.
1.
"PARTICIPACIÓN" EN RELACIÓN DIRECTA CON
"CELEBRACIÓN". La celebración a que nos referimos no es
sólo la que tiene lugar en la eucaristía, sino a toda
celebración: sacramental y no sacramental (piénsese en la
liturgia de las Horas). Más aún: en la celebración
están implicados no sólo el ministro o los ministros,
como en la concelebración eucarística (pero no sólo
en tal concele
Participación
bración:
de hecho se puede dar la concelebración justamente con varios
ministros, por ejemplo en la unción de los enfermos; en el matrimonio
son dos los ministros: los esposos que lo celebran [¿o
concelebran?; / infra, IV, 3]); en la celebración están
implicados no sólo los sujetos, por ejemplo el bautizando, el confirmando,
el penitente, los que comulgan, etc. La celebración implica a todos
los presentes de formas diversas. Piénsese en quien realiza un ministerio
particular en la celebración sin ser ni el que preside ni un simple
fiel
participante. Todos, en todo caso, intervienen con respuestas, cantos,
gestos, ritos, etc.
De esta primera
constatación surge que la máxima participación es la
de aquellos que están inmediatamente implicados como sujetos
directos de la acción litúrgica (sea o no sacramento). Es
preciso, por tanto, aceptar que dentro de la misma participación
activa hay una graduación basada en una prioridad de valores. Por
ejemplo, respecto de la eucaristía, la participación debe
ser activa también por parte de quien, presente en la asamblea, no
comulga; mientras que es plena y máxima en aque
llos que comulgan
dignamente y con las debidas disposiciones. Por lo que se refiere a la liturgia
de las Horas, la participación es máxima y plena por parte de
todos los presentes. Pero es claro que, por ejemplo, en la celebración
de la confirmación, la participación será plena y máxima
sólo por parte de los confirmandos, etc. ¿Qué significa
participar en la celebración para aquellos que están presentes
y toman parte en la misma sin
ser sujetos
directos de ella?
Éste y
análogos interrogantes encuentran respuesta múltiple en la profunda
y completa comprensión de lo que es participar [/ supra, I, 13] y
de qué es /celebración. Aquí recordamos, en
síntesis:
1560
la
celebración no es pura ceremonia, mero fruto de condicionamientos
sociológicos o de una determinada preparación religiosa de
una determinada comunidad. De esta forma, la participación, en el
ámbito litúrgico, se distancia del modo común de
decir cuando se habla de participar en acontecimientos profanos (por
ejemplo, en una competición deportiva o en una ceremonia civil);
la
celebración no puede reducirse a un momento
didáctico-catequético durante el cual la asamblea se
instruye sobre algunas verdades. También aquí la
participación se diferencia de expresiones/realidades como la
siguiente: participar en una clase, etc.;
la
celebración es hacer presente lo que las personas divinas han realizado
por la salvación de cada hombre/mujer dentro del pueblo que ellas
se han elegido; de tal forma que participar es hacerse presente del modo
más adecuado, en Cristo, "virtute Spiritus Sancti", en la
intervención de Dios en la historia. En efecto, celebrar es
actuar el misterio de la salvación que se ha hecho historia, que se
recuerda en sentido litúrgico
[/ Memorial] y se
revive en su plenitud en el aquí y ahora, en el hoy
celebrativo8". Puesto que la celebración litúrgica es
simultáneamente
presencia,
memoria y profecía de la historia de la salvación, que tiene en
el misterio de Cristo su centro y su síntesis "', la
participación debe asumir las características que provienen
de la celebración.
Y celebrar es
epifanía de lo divino a, es decir, una revelación que se
actúa por la gracia divina comunicada y dada a los que participan
en la acción litúrgica; de aquí que participación
signifique acogida activa a la intervención de Dios.
1561
Celebrar es un
acontecimiento ordenado a la santificación de los participantes
para que puedan tributar alabanza y dar culto a Dios.
En otros
términos: celebrar es presencia y acción de
2.
PARTICIPACIÓN, EJERCICIO DEL "SACERDOCIO" CRISTIANO. Todos los
fieles pueden dar una respuesta adecuada a la intervención de las
personas divinas tomando parte en la celebración, porque todos
gozan de un jus nativum o legado primigenio con el sacerdocio común
de los fieles.
En tiempos
cercanos a nosotros, especialmente desde el siglo pasado, por obra de Scheeben
" y Rosmini »\ el sacerdocio de los bautizados ha sido puesto de
relieve cuando, prescindiendo de las diatribas de la reforma
protestante, se han descubierto sus implicaciones litúrgicas. Por
más que la temática del sacerdocio de los fieles [/ Sacerdocio,
IV, 1] se debata todavía hoy8S, se ha superado decididamente la
concepción reductiva que se había ido creando después
de la polémica con la reforma protestante. En íntima
relación con el sacerdocio ministerial, aunque sin confundirse con
él, participa de la misma fuente y síntesis del único sumo
y eterno sacerdote, Jesucristo.
En general, hoy,
después de las acentuaciones hechas en las encíclicas
Mystici corporis (de forma indirecta) y Mediator Dei (más directamente),
y las aperturas de los documentos conciliares, el sacerdocio común
de los fieles se pone en estrecha relación no sólo con la
liturgia bautismal, en la que encuentra su ori
Participación
gen primero, sino
también con la liturgia de la confirmación, considerada
como la explicitación más completa de la concesión de tal
sacerdocio s\ Además se pone en relación con la
celebración eucarística, que es el locus por excelencia donde las
funciones propias del sacerdocio común se explicitan en un doble modo
máximo: ofreciendo Cristo al Padre, por virtud del Espíritu
Santo, a través del sacerdocio ministerial, y haciendo posible la
oblación directa de sí mismos por parte de los bautizados (y
confirmados) en-con-por Cristo.
Es, en efecto,
esencial para la iglesia no sólo que los fieles tengan calificación
sacerdotal (constituyen un pueblo de sacerdotes), sino también que
ejerzan los actos de este sacerdocio 87. Los actos del sacerdocio encuentran
su puesto en el campo de las acciones litúrgicas, que expresan a la
iglesia y la constituyen88. Con la participación, por tanto, los fieles
ejercen en la celebración su sacerdocio, desarrollando
ulteriormente la fundamental incorporación en Cris
to 89
: unidad en
Cristo"> que comporta para el fiel la posibilidad de participar
con y en Cristo en su ser sacerdotal. En consecuencia, la participación
en la celebración (especialmente en la eucaristía) es fuente
y cumbre de la vida cristiana, que se convierte así en una vida de culto
en espíritu y verdad, en el que se perpetúa el doble y
más profundo fruto de la participación en la acción
litúrgica: una vida de santificación y de culto.
3.
PARTICIPACIÓN, CATALIZADOR ENTRE "MISTERIO" Y
"VIDA" La celebración es integración del misterio
de salvación en una acción litúrgica (fuente) de
santificación y de culto para la vida del fiel. Y simultáneamente
es integración de la vida cristiana en una acción
litúrgica Participación
(cumbre) a
través de la cual el misterio se convierte en historia en el hic et
nunc celebrativo. En este flujo y reflujo entre
"misterio-celebraciónvida'y
"vida-celebración-misterio", la participación juega el
papel de catalizador de las actividades de los participantes. Se ha
demostrado, en efecto, que en la realidad y en el concepto de
celebración entran el reunirse con, el dirigirse a, el hacer, el actuar,
el ofrecer, el conformarse"", términos y realidades que
revelan las ca
racterísticas
de las acciones de los participantes tendentes a unir la vida al misterio y el
misterio a la vida. Las fuentes litúrgicas acentúan verdaderamente
la tonalidad de / fiesta propia de la participación ". En todo
caso, es cierto que, más allá de las acentuaciones que puede
asumir la celebración —estando ligada en parte, en la
ritualidad y en la gestuali
dad, con la
índole de los fieles implicados—, la participación, al
menos mínima, se exige (y se augura la participación total y
máxima) como constitutivo de la celebración. La acción
litúrgica-sacramental, en efecto, no es sólo una acción
externa, suficiente en sí misma; por el contrario, es una
acción que indica y realiza, en la espera de una plenitudo escatológica,
el cumplimiento del misterio que
realizando con la
cooperación del fiel en Cristo-iglesia por virtud del Espíritu
Santo.
La
participación hace precisamente de catalizador de las voluntades
(actitudes exteriores e internas) de los fieles, que en la iglesia (y la iglesia
con y en los fieles particulares) con-celebran con-por-en Cristo. Por ello, los
fieles no pueden quedarse en el rito exterior en el que toman
parte, sino que
deben participar en la realidad que trasciende al rito. Y en la liturgia
cristiana, el rito remite siempre más allá de sí mismo. Se
comprende, por tanto, que, mientras
1562
la
celebración actúa y realiza el opus redemptionis, el acto de
tomar parte filtra y concreta el opus salvificum para la vida de cada fiel.
4.
PARTICIPACIÓN, CONFORMACIÓN DIVERSIFICADA Y PROGRESIVA CON
CRISTO, SUMO Y ETERNO SACERDOTE. Los fieles pueden participar en la
celebración porque están en Cristo, sumo y eterno sacerdote, el
liturgo por excelencia, desde el día de su bautismo [/ supra, 2] y
ejercitan así su propio sacerdocio. Sin embargo, dado que la
participación
está en
relación directa con la celebración [/ supra, 1] y que
ésta es siempre un acontecimiento nuevo, se debe convenir que es
constitutivo de la participación al menos un doble dinamismo de
transformación conformadora con Cristo. En efecto, participar en la
celebración significa:
a)
transformación existencia!. Todo fiel, al participar en la acción
litúrgica, se hace cada vez más consciente de pertenecer al
pueblo de Dios, y cada celebración transforma cada vez más
radical y profundamente la asamblea en cuerpo místico del
Señor. El cuerpo de la iglesia se forma celebrando los mysteria. Y el
cuerpo místico de Cristo ya consti
tuido se
robustece y se va haciendo más compacto con la celebración repetida,
en la que los fieles toman parte activamente. Cada participación es
unívocamente nueva e irrepetible en sus efectos ontológicos.
Así, en la participación en la celebración bautismal
los fieles se descubren como familia de Dios, pueblo sacerdotal,
real, profético, un conjunto de hijos reunidos en el Unigénito
del Padre, en la fuerza del Espíritu, mientras otra persona (o
más), esto es, el bautizado, se está convirtiendo en hijo
adoptivo del Padre. En la celebración de la con
1563
firmación,
la ecclesia, ya animada por el Espíritu, en virtud de la participación
se vuelve a encontrar bajo la acción del mismo Espíritu, que la
impele a una disponibilidad y docilidad ilimitadas a su acción, con
vistas a las funciones y las tareas específicas de cada uno de sus
miembros. Participando en la celebración eucarística, la
ecclesia se encuentra como renovada oblación de comunión con
Cristo, sumo y eterno sacerdote para que, obedeciéndole a él
("haced esto en memoria mía"), pueda hacer perenne su misterio
en la máxima tonalidad. En la celebración de la penitencia o
reconciliación, la ecclesia, santa y siempre necesitada de
purificación, se encuentra junto a sus miembros, que cantan la misericordia
del Padre, desbordante en el Hijo, en virtud del Espíritu. Con la
participación en la celebración de la unción de los
enfermos, la ecclesia se redescubre asociada en sus miembros sufrientes,
sujetos directos de la celebración; a los sufrimientos de Cristo en la
cruz, a fin de que, al sufrir de modo existencial con el crucificado
siervo de Yavé, al redimir y rescatar al mundo de las consecuencias
del pecado, ella misma perpetúe el misterio de liberación del
hombre de todo cuanto lo lleva a la destrucción de la persona.
Quien participa en la celebración del orden se encuentra como
ecclesia amalgamada por un tejido articulado que la estructura y la ayuda
a perennizarse en el tiempo y en el espacio, transmitiendo de
generación en generación el "depositum mysteriorum et
ministeriorum Christi". Finalmente, en la celebración del
matrimonio la ecclesia se revela a sí misma como aquella que es amada
por Cristo y se asocia a él con amor esponsal, de tal forma que el
hombre y la mujer, que ya son uno en Cristo por ser fieles (al menos una de las
dos partes), asumen ahora el honor y la obliga
Participación
ción en
nombre de la iglesia ("in facie ecclesiae") de reproducir, de actuar,
de perpetuar en sí mismos el depositum vitalitatis que Dios ha derramado
en la humanidad y que en Cristo se ha convertido en depositum vitae, que
es él mismo ".
Por tanto,
mientras los sujetos de las diversas celebraciones están implicados
como participantes directos, a todo fiel participante que sea consciente
del acontecimiento celebrado le alcanza un conjunto de efectos
salvíficos que transforman su personalidad. La participación en
la celebración indicada además
b)
transformación vitalizadora de las capacidades de los participantes
(incluso en un niño muy pequeño, o en una persona en coma, o
en un disminuido psíquico, etc.). La celebración tiene la
capacidad de hacer coincidir el anuncio con el acontecimiento-evento. El
anuncio es para todos ("id..., anunciad... a todas las gentes"), ya
que para todos es el acontecimiento-evento. La transformación
vitalizadora, efectuada por la participación en la celebración,
hace de una persona un hijo de Dios por adopción (bautismo); de un fiel,
un ministro constituido en un sacerdocio ministerial (orden); de un pecador
(y todos lo somos) en camino hacia la conversión, un convertido que
canta gloria a Dios (penitencia); del pan y del vino ofrecido por personas
humanas, cuerpo y sangre del Señor, que vuelve a ofrecerse a sí
mismo al Padre con los oferentes (eucaristía); de un fiel que se encuentra
en estado de precariedad física, un alter Christus, que sufriendo redime
al mundo (unción de los enfermos); etc.
En último
término, la transformación vitalizadora y la existencial indican
que participación equivale a conformidad y solidaridad con Cristo:
esto, al menos, afirman las fuen
Participación
1564
tes
litúrgicas»4. Es más, conformiriores esfuerzos de
cristianización). dad y solidaridad con Cristo no Todo esto puede
conseguirse en la se encuentran nunca en el mismo medida en que cada fiel
participa en nivel. En efecto, el esse in Christo la celebración en
"sin-tonía" con el (— conformidad) es la raíz y
la fuenEspíritu Santo. Participación en la te^
ontológica de la participación acción litúrgica
expresa, en efecto, (-solidaridad). El esse in Christo punto de
intersección entre el mistepone de relieve la iniciativa del Pario
y la vida [/ supra, III, 3] en vir
dre, que nos
convoca en el Hijo; y la tud de la presencia y de la acción del /
Espíritu Santo.
participación
es repuesta a tal iniciativa (= dimensión apocrítica propia
Cuanto se realiza tomando parte de la participación en la celebraactiva
y consciente en la celebración ción). Puesto que la respuesta no
es podría considerarse como un dar algo pasivo o estático, sino
que indiforma humana a la acción divina y
ca más
bien unión con, comunión un dar forma divina a la acción
hucon, conformidad con, solidaridad mana. Se está, de hecho, en
modo
con Cristo,
postula una progresión analógico, frente al misterio (= hehacia
la plenitud de la maduración cho histórico salvífico) de
la encaren Cristo. La participación en la ce
nación, para
alcanzar, siempre mediante la acción litúrgica, los fines
lebración es diversificada en cada pretendidos por el Verbo al hacerse
fiel, porque es activa, consciente, opecarne, es decir, a la
asimilación, orativa. Y cada uno comercia con sus bien, comunión
y unión progresiva talentos de modo diverso también al de la
humanidad con la divinidad en tomar parte en la acción litúrgica.
Cristo-iglesia. Y
ésta es también laEn todo caso, para todos es progrefinalidad
de la liturgia cristiana, que
siva, porque el
esse in Christo está
se puede
justamente sobreponer a la en relación directa con el in Chrisparticipación
en la acción litúrgica.
tum. Progresiva
es la conformación con Cristo, porque progresiva debe ser la
"sin-ergia" con Cristo. En otros términos: la
participación en IV. Intercambios la celebración postula una
modifica"entre" pastoral litúrgica, ción continua
de la actitud y del catequesis litúrgica, modo de vivir, de pensar, de
juzgar, teología litúrgico-sacramental, etcétera, para
asumir los sentimienespiritualidad litúrgica tos y las actitudes de
Cristo [/ infra, "y" participación IV, 4; participación
como base de la en la celebración
espiritualidad].
Quien participa en la liturgia se Desde principios de siglo, las paasimila
existencialmente al Cristo li-labras augúrales de san Pío X pasan
turgo, de modo
que es llevado suave, de libro en libro, de boca en boca. El gradual y
progresivamente a plaspapa auguraba que de la restauramar en la vida
cuanto celebra (el mo
ción y de
la participación activa y consciente en la celebración brotase
vimiento progresivo lleva a renununa renovación de la fe, de la pieciar
voluntariamente a todo aquello dad, de toda la vida cristiana. Es que antes se
consideraba justo; a demás, con las palabras de un beneméjar
a un lado las máscaras, los revesrito liturgista, Vismara,s, se
debe timientos pseudocrístianos de forañadir que la reforma
y la renovamas de vida antes consideradas crisción
litúrgica deben realizarse, en pritianas, pero que resultan siempre
mer lugar, en la parroquia". Nosperfectibles o susceptibles de ulte
1565
otros
añadimos que es preciso recomenzar otra vez a formar a los
íuturos pastores" y animadores de lus parroquias para no invalidar
la i calidad de la participación en la celebración. Por lo
que nos parecen, con plena razón, implicadas diversas disciplinas (con
sus teorías y prácticas) en la comprensión y
actuación de la realidad participativo-litúrgica. Y mientras
que la participación en la celebración está en
conexión con problemas de tipo teológico-litúrgico y
pastoral-litúrgico, ella misma es, al tiempo, medio para la solución
de algunos problemas.
1. PASTORAL
LITÚRGICA. La pastoral litúrgica tiene su lugar de
recepción y su campo de prueba en la parroquia. La renovación de
la vida parroquial, hoy míseramente abandonada, descuidada o debilitada
con meros compromisos formales, está en relación directa con
la renovación litúrgica. Es en la parroquia donde se debe
formar la conciencia cristiana del pueblo; aquí es donde se le debe
comunicar el verdadero espíritu cristiano,8. Reconduciendo,
sea a los diversos / grupos y movimientos, que también realizan una
función propia y benéfica para los fieles ", sea a los
fieles particulares, a vivir con madura conciencia la pertenencia a la
comunidad localparroquial, se vivirán más fácilmente
los frutos de la participación en la celebración, que no es algo
privado, de grupo, de élite, sino que es realidad del pueblo; la
pertenencia a la parroquia: las parroquias en la diócesis son el
sustrato, fruto y alimento de la realidad de la participación en la
celebración. "Hoy, mientras nacen y prosperan tantas asociaciones,
¿cuántos laicos, incluso devotísimos, sienten la vida
parroquial y la vida diocesana?... Y ¿quién ve una catedral no
sólo como milagro del arte,
sino como iglesia
madre?" ™. Con
Participación
otras palabras:
es urgente una formación de los fieles en el sentido de pertenencia
al pueblo de Dios. Las vías para esta formación son múltiples,
muchos los medios que deben usarse para comunicar a los fieles el verdadero
espíritu cristiano. "A nadie debe descuidársele; pero
precisamente por esto no debe descuidarse lo que constituye la fuente
primera e indispensable del verdadero espíritu cristiano. Por lo
demás, ¿no es quizá ya por sí misma completamente
litúrgica o grabada e inspirada en la liturgia toda la
acción que se desarrolla en el reciento de la iglesia
(parroquial)?""" Son, por tanto, encomiables los esfuerzos
hechos por la pastoral litúrgica, que en estos últimos
años ha apuntado, con distintos subsidios, a realizar el tipo
más profundo posible de participación en la celebración.
Por desgracia, hay que deplorar que en algunas partes no se haya pasado de la
participación externa, casi como si fuese un fin en sí
misma. El impasse en el que, en efecto, se encuentra en parte la pastoral
litúrgica actual hay que atribuirlo al hecho de que se ha desatendido
la formación litúrgica de los fieles como pueblo de Dios. Se ha
pretendido recoger sin sembrar.
El parón
se superará si se apunta a la meta: la verdadera, íntima, activa
participación en la celebración, en la que confluye y de la que
fluye la vida del fiel.
Son útiles
los actos externos
(arrodillarse,
estar sentados, en pie,
con las manos
alzadas) sintonizados
con los momentos
de la celebración.
Particularmente
útil y necesaria es
la
recuperación del canto por par
te de la asamblea
y el responder al
unísono.
Todo esto es signo y me
dio para
comprender qué significa
participar en el
misterio que se cele
bra en la
acción litúrgica. Ésta, sin
embargo, necesita
una preparación
(= llevar la vida
a la celebración) y
Participación
comporta
consecuencias (= llevar la celebración a la vida). La pastoral
litúrgica vive y se renueva si apunta a la propia meta y se enraiza en
el propio fundamento, que es la participación en la
celebración, ya que todo tipo de pastoral litúrgica debe
orientarse a conducir a los fieles a vivir existencialmente aquello en lo que
participan y celebran l02.
2. CATEQUESIS
LITÚRGICA. Los mismos fines que la catequesis litúrgica
quiere alcanzar encuentran su meta en la participación en la
acción litúrgica. No se puede conseguir una participación
activa y consciente de los fieles sin una instrucción suficiente. A
su vez, esta instrucción está informada por el animus proveniente
de la participación.
Puesto que la /
catequesis litúrgica se articula en un cierto número de
elementos (primer anuncio del evangelio; búsqueda de los motivos
para llegar a \&fe celebrada; experiencia de vida cultual cristiana;
integración en una comunidad cultual; etc.), es obvio que si se quieren
presentar tales elementos al catequizando en una perspectiva
sintético-operativa, la participación en la celebración
será el medio privilegiado. De hecho, una auténtica catequesis
litúrgica se orienta dinámicamente a la celebración,
se enriquece constantemente de contenidos litúrgicos, se estructura
fundamental y primariamente sobre textos y acciones
litúrgicas"".
La
participación en la celebración evita en la catequesis
litúrgica el riesgo de agotarse en puras nociones. En efecto, a la
luz y el impulso de la celebración, la catequesis litúrgica
apunta a la persona ético-religioso-cristiana. La persona es valor
subsistente. La formación de la persona es necesariamente integral
y, por tanto, no puede referirse sólo a esos aspectos humanos que la
ciencia psicológica y pedagógica consi1566
gue analizar de
un modo asfixiante con sus experimentaciones más o menos
atendibles, sino que debe dirigirse a la persona del fiel con sus
instancias naturales y sobrenaturales. Una acción
catequético-litúrgica debe hacer cuentas con aquello que funda el
primado del orden religioso como espacio perfectible del ser humano y
desemboca en el primado de la persona. Es el tomar-parte / coparticipar-en.-el-misterio,
el alma de la
personalidad
cristiana. Hacer vivir, en efecto, todo lo que se celebra, objeto final de
toda participación en la acción litúrgica, significa
conseguir el fin de la catequesis litúrgica.
3.
TEOLOGÍA LITÚRGICO-SACRAMENTAL. No es inútil llamar
la atención sobre el hecho de que existe un intercambio fecundo
entre teología litúrgico-sacramental y participación en la
celebración. Son muchos los aspectos que interesan, pero prestaremos
atención sólo a dos:
• La
teología litúrgico-sacramental se beneficia de la recta
comprensión de la participación en la celebración.
Ésta, partiendo del sacerdocio común de los fieles, pone de
relieve —con la doctrina del carácter propia de los sacramentos
del bautismo y de la confirmación— el derecho y el deber
que tienen los fieles de participar en los sacramentos que ellos mismos
celebran. Con una terminología que todavía puede tener su
valor, cabe afirmar que los fieles tienen la "capacidad de recibir".
Pero no se debe pensar en nada pasivo. Recibir dignamente comporta una
participación verdadera y per
sonal.
Además, merced al carácter bautismal y de la confirmación,
los fieles participan, con tonalidades diversas, en razón de los
sacramentos ya recibidos (en clave ontológica, un simple bautizado de
modo diverso de un confirmado), en el sacerdocio
1567
de Cristo. Cada
vez que un fiel celebra un sacramento sucesivo al del bautismo (y/o la
confirmación), completa el propio sacerdocio común,
especialmente en el acto de participar en la acción litúrgica.
Sin embargo, así como el carácter puede existir sin la gracia (en
tal caso el sacramento no alcanza su pleno fruto), así el derecho
natural de todo bautizado a participar en la acción litúrgica
puede realizarse sin alcanzar la propia finalidad. Nos encontraríamos
de frente a un tipo de participación meramente externa, sin llegar
a su fecunda fuente.
Además el
concepto exacto de participación en la celebración contribuye
de modo eminente a hacer salir a la teología sacramental del
círculo cerrado al que la relega todavía una cierta
teología teórico-especulativa. En efecto, mientras la celebración
litúrgico-sacramental es algo puntual en el tiempo y en el espacio
(justamente en el donde y en el aquí y ahora de la celebración),
el participar conscientemente en ella exige una adecuada
preparación (el antes de la celebración), a la que siguen
consecuencias cristiano-existenciales (el después de la
celebración) de múltiples implicaciones. La teología
litúrgico-sacramental, por tanto, debe extender el objeto de su estudio,
incluso de modo más directo y vivaz, sea a la realidad de la preparación
(piénsese en el catecumenado propiamente dicho; o en el catecumenado
impropiamente dicho, para la confirmación, para el matrimonio...),
sea a la realidad de los efectos y de la eficacia de la celebración. De
modo similar debe tomar en consideración los dinamismos conectados
con la realidad celebrativaIM. La extensión del estudio al
ámbito de preparación, de los efectos, de los dinamismos
propios de la celebración tendrá como consecuencia
práctica la comprensión de que el ser cristiano
Participación
y el actuar
cristiano, siendo fruto de la acción litúrgica, postulan una superación
de perspectivas que tienden a dicotomizar el vivir como cristianos. El
principio de la unificación del ser-actuar-vivir como cristianos ha de
buscarse en laparticipación en la celebración. Esta se halla en
la base de toda acción y actividad del fiel y alimenta su constancia, su
fidelidad, su perseverancia final.
• Otra
cuestión de teología litúrgico-sacramental que se
beneficia de la exacta comprensión de la participación en la
celebración es la concerniente a la concelebración. En
efecto, la / concelebración eucarística puede considerarse
una participación particular y típica en la acción
litúrgica por parte de los presbíteros. A su vez, la
participación en la eucaristía por parte de los fieles, pese
a no ser ellos mismos ministros, puede en algún modo entenderse como una
concelebración a nivel de sacerdocio común de los fieles. Por lo
demás, en el matrimonio los fieles contrayentes parece que cumplen
una verdadera concelebración, al ser ellos mismos los ministros del
sacramen
to los
. En otros
términos: la participación en la acción
litúrgica revela un concepto de concelebración que tiene grados
distintos y diferentes, según que los celebrantes tengan sólo el
sacerdocio común de los fieles "* o bien también el
sacerdocio ministerial, según que haya simultáneamente
sujetos, ministros, coministros o participantes.
4. ESPIRITUALIDAD
LITÚRGICA. La misma / espiritualidad litúrgica se beneficia de la
realidad de la participación en la celebración. En efecto,
una vez convocada, la asamblea litúrgica evoca (mediante la proclamación
de la palabra de Dios) las "cosas maravillosas" que las personas
divinas realizan para ella, e invoca, alabando y suplicando, la bon
Participación
dad del Padre,
desbordante de amor
en el Hijo, con
acciones de gracias,
en virtud del
Espíritu.
Evocada en la
celebración la grandeza del plan salvífico, mediante la
participación cada fiel se redescubre como formando parte de una asamblea
que es la continuación y la perpetuación de las asambleas
litúrgicas de todos los tiempos. En concreto, esta asamblea se descubre
como visibilización del pueblo de Dios que Cristo ha constituido en
unidad, incorporándola a sí en el propio misterio
pascual, regenerándolo en vida nueva, para hacerlo partícipe de
la función sacerdotal, real y profética. Cristo habilita al
pueblo de Dios para el culto espiritual, que es la esencia de la
economía salvífica.
Es aquí
donde la espiritualidad litúrgica, a través de la
participación en la celebración, identifica a los participantes
como bautizados (y confirmados) en Cristo (virtuíe Spiritus Sancti)
que viven del sacerdocio común, que se desempeña en el mejor
de los modos en la celebración y de modo perenne en la vida "en
espíritu y verdad". Más aún: la espiritualidad
litúrgica hace comprender que la participación en la
acción litúrgica es la puntualización viva de un
continuo y progresivo proceso que abraza la existencia cristiana en sus
múltiples vocaciones, tareas, carismas. La existencia cristiana implica
una toma de conciencia continua y cada vez más plena de pertenecer
a Cristo, con el que se asimila de modo progresivo hasta la edad madura en
él (Ef 4,13).
V.
Conclusión
Nos hemos topado
con una múltiple adjetivación especificadora de la
participación en la celebración; con las connotaciones de
participación externa e interna, personal y comu
1568
nitaria,
consciente y activa, sacra
mental. Es
más; hemos visto que si
en la literatura
corriente y en el
modo común
de expresarse la parti
cipación
en la acción litúrgica en la
mayor parte de
los casos se refería
sólo a la
santa misa, en la cual la
forma más
completa es comulgar el
cuerpo y la
sangre del Señor, en rea
lidad se toma
parte en toda acción
en grados y
formas típicas "", en re
lación
tanto con el misterio-sacra
mento que se
celebra (el participar
en la
confirmación —como sujetos
directos o
no— es diverso de partici
par en el
sacramento de la peniten
cia, etc.) cuanto
con la acción litúr
gica (el
participar en la liturgia de
las Horas es
diverso de participar en
la
eucaristía), o en razón del sacer
docio del que se
está dotado (común
o ministerial).
También en razón de la cualificación que se atribuye a la
participación se pueden verificar graduaciones diversas. Es claro que la
participación externa en la celebración no puede realizarse
en base a criterios subjetivos y con formas arbitrarias. Y mucho menos puede
ser uniforme y reiteradamente siempre la misma, so pena del deterioro de
las mismas actitudes de los fieles; debe, en cambio, adecuarse a los momentos
de la celebración, que dependen de la naturaleza de cuanto se
celebra. De aquí la necesidad de un conocimiento (histórico,
bíblico-teológico, espiritual, etc.) de las acciones
particulares y una comprensión verdadera de su función en el con
junto de la
estructura de la celebración. Además no se pueden desatender
las diversas tareas que corresponden a los diferentes miembros de la /
asamblea, diversificada en ministerios específicos (presidente,
diácono, lectores, salmista, etc.). Tampoco la
participación externa puede reducirse a utilidad pastoral, para que cada
fiel reciba los frutos de cuanto se celebra. En efecto, la par
1569
ticipación
externa, expresión de la interna, tiende a la comprensión del
misterio, pero no debe reducirse a conceptualismo o limitarse a gustar cuanto
se celebra. Podrían faltar tanto el conocimiento noético, como el
sentimiento o gusto, dándose, en cambio, una participación
auténtica. Ésta se obtendrá fácilmente con la fe en
el misterio celebrado. Puesto que la presencia mistérica del evento es
lo que debe ser comprendido y en lo que se debe participar, es necesaria la fe.
Los / estilos celebrativos, la / animación de la asamblea, los diversos
modos de / canto, etc., son sólo medios útilísimos para
una sabia pastoral litúrgica. Esta debe saber "equilibrar
la fidelidad a la liturgia con una adaptación a las situaciones
reales de la comunidad, para educarla progresivamente hacia lo más
completo y perfecto" "*.
NOIAS: ' Cf C.
Vagaggini, El sentido teológico de la liturgia, BAC, Madrid I9652,
101-161; 182-317; A.-G. Martimort, II duplice movimento della liturgia:
culto di Dio e santiftcazione degli uomini, en Id. (dir.), La chiesa in preghiera.
Introduzione alia liturgia, Desclée, Roma 19662, 213-225 ' Cf El axioma
de Cicerón: "Verba reperta sunt non quae impedirent, sed quae
indicarent voluntatem" ' Véase cualquier diccionario
etimológico español 4 Cf
X. Ochoa, Index
verborum cutn documentis Concilii Vaticani Secundi. Roma (Institutum luridicum
Claretianum) 1967, 356-359 5 Cf GE 6; GS 31; 56; 57; ¡M 11 '• Cf
GE, introducción; AA 13; GS 57; 68 ' Cf AA 13; GS 13 " Cf A A
9; GS 31; 75 ' Cf GS 79; 84, etc. ," Cf SC II; 12; 14; 17; 19; 26; 27; 28;
33; 41; 50; 55; 56; 79; 90; 106; 113; 114 " Cf
A. Blaise-H:
Chirat, Oiclionnaire latin-francais des auteurs chrétiens, Estrasburgo
1954, 549 12 El contexto dice: "Supplices te rogamus, Omnipotens
Deus: ... ut, quotquot ex hac altaris participatione sacrosanctum Filii tui
Corpus et Sanguinem sumpserimus, omni benedictione caelesti et gratia
repleamur". n Cf B. Botte-
C. Mohrmann, L'ordinaire
de la messe. Texíe critique, traduction et eludes, Lovaina 1953, 8283,
nota
50
Participación
Dizionario della
lingua latina, Turín I957\ 1961. Según E. Forcellini-F.
Corradini-.l. Perrin, Lexicón totius latinilatis, Pavía
194(1*, sub voce, parlicipatio es sinónimo y es equiparable a
communicatio. Nótese que communicatio no aparece en las fuentes
litúrgicas antiguas, donde sí es frecuente participatio, que
obviamente ocupa el lugar de communicatio. Este último concepto
está presente sólo con el verbo communicare para indicar la
participación en el cuerpo y en la sangre de Cristo y la comunión
entre todos los miembros de la iglesia (cf canon romano:
"Communicantes, et memoriam venerantes...") — l6
Véase, por ejemplo, el Sacramentarium Veronense (cf P. Bruylants,
Concordance verbale du Sacramentare Léonien, Lovaina 1948; y
Wortverzcichnis, a cargo de L. Eizenhófer-P. Siffrin al final de L.C.
Mohlberg (dir.), Sacramentarium Veronense, Roma 1966), donde el término
participatio aparece veinte veces, y casi siempre en el contexto por
nosotros referido — l7 Cf A. Pflieger, Liturgicae orationes
concordantia Verbalia I, Missale Romanum, Roma 1963 — '"
Están a punto de publicarse las concordancias de los
términos presentes en el Missale Romanum de Pablo VI (I9752) a
cargo de J. M. Cañáis Casas, presso le Ed. Liturgiche (Roma)
" Cf A. Lupp, Der Begriff "Participatio". en Sprachgebrauch
der rómischen Liturgie, Munich 1960 — 211 El vocablo participatio
se encuentra raramente en
600. Texto
castellano en Pío XII, La sagrada liturgia. Col. Documentos pontificios,
Sigúeme, Salamanca 1963' 2' Cf ib, 547-572; La sagrada liturgia nn.
84-171, pp. 52-96 — 24 Ib, 552; La sagrada liturgia, 99, p. 61 — K
Cf ib; ib — 26 Cf ib, 552-553; La sagrada liturgia, n. 101, p. 62 -"
Cf ib, 560; La sagrada liturgia
n. 128, pp. 75-76
— 2K Cf ib, 530-537; La sagrada liturgia, nn. 33-52, pp. 24-35
— 29 Cf ib. 564; La sagrada liturgia n. 145, p. 82 — '" La
encíclica subraya que participar en el sacrificio
eucarístíco no significa, por parte de los fieles, gozar de
poderes sacerdotales, como afirman algunos (Ib. 553; La sagrada liturgia, nn.
102
104, pp. 62-64)
-•" Cf ib, 556; IM sagrada liturgia, n. 113, p. 68
•" "" Cf nota 56 ,2 Cf EDIL I, Index rerum analylicus.
voz. Vita (pp. 1220-1222) — " Véanse las aportaciones con
Participación
tenidas en A. M.
Triacca-A. Pistoia (dir.),
La
"méthexis" dans l'ancienne liturgie ambrosienne.
Contribution des sources eucologiques ambrosiennes a Tintelligence d'un
probleme liturgique actuel: laparticipation de l'assemblée, en
VV.AA., L'assemblée liturgique et les différents rotes dans
l'assemblée, Ed. Liturgiche, Roma 1977, 269-305 — -17 Véase
G. Schembri,
The
"Libellus ad Leonem X"of Paul Giusüniani and Peter Quirini
and litúrgica! Reform in its Christian Humanistic Era, Tesis en el Pont.
Inst. Lit., Roma 1974; E. Cattaneo, ¡l culto cristiano in Occidente.
Mote storiche, Ed. Liturgiche, Roma I978\ 322-338, 348, 355-356,455 3,4
Cf J.A. Jungmann, Ereditá litúrgica e attualita pastor ale,
Edizioni Paoline, 1962, 310-330;
E. Cattaneo, o.c,
354ss, 373-374 — 39 Cf E. Cattaneo, o.c, 330-343 — <° Cf A.
Bugnini, La liturgia dei sacramenti al concilio di Trento, en EL 59 (1945)
39-51; H. Jedin, Das Konzil von Trient und die Reform der liturgischen
Bücher, en EL 59 (1945) 7-38; J.A Jungmann, Das Konzil von Trient und
die Erneuerung der Liturgie, en G. Schreiber (dir.), Das Weltkonzil von Trient
I, Friburgo/Br. 1951, 325-336; R. Theisen, Mass Liturgy and the Council of
Trent, Collegeville, Minnesota 1965 —4I Cf E. Cattaneo, o.c,
343-353; R. Stáhlin, Die Geschichte des christlichen Gottesdienst, en
Leitourgia I, Kassel 1954, 54-60; H.B. Meyer, Lutherunddie Messe, Paderborn
1965; U. Beyer, Abendmahl und Messe. Sinn und Recht der 80. Frage des
1570
Heidelberg
Katechismus, Neukirchen 1965; F. Clark, Eucharistic Sacrifice and the Reformation,
Westminster, Londres 1960; y la reciente síntesis de H.A.J. Wegman,
Geschichte der Liturgie in Western und Oslen, Pustet, Ratisbona 1979,
238-356 ( - Die Reformatoren) — 42 Cf Mansi 38,989-1282; E. Cattaneo,
o.c, 518538 — 43 Cf H. Schotte, Zur Geschichte des Emser Kongressen,
en Historisches Jahrbuch der Górresgesellschaft 35 (1914) 86-109; 319348;
781-820; A.L. Mayer, Liturgie, Aufklárung und Klassizismus, en JLW9
(1930) 67-127, especialmente 102-112. El congreso de Ems tuvo lugar en el
1786 — u Eso mismo sucedió en la antigüedad llevando al
fixismo eucológico. Cf
A.M. Triacca,
"Jmprovvisazione"o "fissismo" eucológico? Asterisco
ad un periódico episodio di pastorale litúrgica, en Sal 32 (1970)
149164 — 4i Recuérdese también la obra de Bona
(1609-1674): cf E. Panitti, La scienza litúrgica nella controriforma
post-tridentina e contributo di Giovanni Bona (1609-1674) al suo processo di
autonomía, Pont. Inst. Lit., Roma 1976; de
Tomasi(
1649-1713): cf I. Scicolone, IIcardinale Giuseppe Tomasi di Lampedusa e gli
inizi della scienza litúrgica, Studia Anselmiana, Roma 1981; de Muratori
(1672-1750): cf L. Brandolini, La pastorale dell'eucaristia di Ludovico Antonio
Muratori, en EL 81 (1967) 333-375; 82 (1968) 81-118; la de Sailer (1741-1832):
cf M. Probst, Gottesdienst in Geist und Wahrheit. Die liturgischen Aussichten
und Bestrebungen J. M. Sailers, Münster 1976; o la de Antonio
Rosmini-Serbati (1797-1855): cf A. Pistoia, La "parte del popólo
" nella litúrgica nel pensiero di Antonio Rosmini, en EL 86 (1972)
313-353:
A. Quacquarelli,
La lezione liturgia di Antonio Rosmini. II sacerdozio deifedeli, Marzorati, Milán
1970; A. Pistoia, In margine a una recente pubblicazione sulla lezione
litúrgica di A. Rosmini, en EL 87 (1973) 163-174 — 46 Cf W.
Trapp, Vorgeschicht und Ursprung der liturgischen Bewegung vorwiegend in
Hinsicht aufdas deutsche Sprachgebiet, Ratisbona 1940, especialmente
14-189; A.L. Mayer, Die geistesgeschichtliche Situation der liturgischen
Erneuerung in Gegenwart, en ALW IV/1 (1955) I51 —47 Cf O.
Rousseau, Storia del movimento litúrgico. Lineamenti storici dagli inizi
del see. XIX fino ad oggi, Edizioni Paoline, 1960, 2348; / Movimento
litúrgico, I, 4 — 4H Cf A.L. Mayer, a.c (nota 46), 45-49 —
49 Cf E.M. Vismara, La liturgia cristiana e la partecipazione del
popólo. Opera di propaganda per la ristorazione litúrgica in
mezzo ai fedeli, Soc. Anón. Tip. Catt. Vicent., Vicenza 1919, 85-125,
donde el autor insiste en la formación del sacerdote y en su deber de
instruirse para instruir; en las pp. 228-295 habla de la ciencia
litúrgica necesaria al sacerdote —50 Se podrían recordar
aquí las intervenciones de san Pío X, que citaremos
más adelante (ver notas 56-57), y que despertaron la
1571
conciencia del
pueblo de Dios, y en particular del clero — 5I En el tema de la
participación se han interesado los siguientes congresos o semanas
de estudio anteriores al Vat. II: Participañon active des
fidéles au cuite. Cours et conférences des semaines
¡iturgiques 11, Abbaye du Mont César, Lovaina 1934; L,
Augustoni-G. Wagner (dir.), Partecipazione attiva alia liturgia. A tti del
III Convegno internazionale di studi liturgici. Lugano 14-18 setiembre
1953, Lugano-Como 1953; Active Participation ofthe Faithful in the Liturgy of
the Church, Madras 1959; Participation in the Mass. 20,h North American
Liturgical Week, Washington 1959; Heeswijk, 14-16 janvier 1962: cf QLP 43
(1963) 76; Participating in the Mass. Eighth Irish Liturgical Congress
April 1961: cf V. Rian, Studies in Pastoral liturgy 2, Dublín 1963; La
partecipazione deifedeli alia messa. Dottrina e pastorale. Atti della XIII
settimana litúrgica, 10-13 luglio 1962, Cal, Roma !963 - 52 Aquí
habría que citar las publicaciones de los subsidios pastorales
litúrgicos, de las traducciones del misal (los clásicos misalitos
para el pueblo de Dios), de los distintos comentarios, como también las
diversas revistas de divulgación litúrgica, etc. Referente
a las traducciones del misal conviene recordar la investigación de G.
Landotti, l^e traduzioni del messale in lingua italiana anteriori al
movimento litúrgico moderno. Studio storico, Ed. Liturgiche, Roma
1975. Se constata que la inquietud por una auténtica
participación en la eucaristía recorre e invade los siglos
— 53 Resulta estimulante a este respecto el artículo de E.
Cattaneo, L'insegnamento della storia sulla partecipazione del
popólo cristiano al culto della chiesa, en VV.AA., La partecipazione dei
fedeli alia messa, Ed. Liturgiche, Roma 1963, 319-349 — 54 Es un lugar
común que el movimiento litúrgico, de realidad de la base,
se habría convertido en realidad de la jerarquía eclesiástica
cuando Pío X lo sancionó con sus reformas: de este modo se
habría transformado en vitalidad de toda la iglesia. Ahora bien: esto es
antihistórico y un preconcepto. Ya en el s, xvn Inocencio XI (1676-1689)
había iniciado reformas litúrgicas: cf I. Marzola, Pastorale litúrgica
del b. Innocenzo XI, Ist. Pad. Arti Graf., Rovigo 1972; y en ei s. xvm aparece
la obra de Benedicto XIV (1740-1758): cf L. Brandolini, Benedetto XIV di
fronte ad alcuni movimenti riformistico-lilurgici del sec XVIII, en EL 88
(1974) 447-470 - 5Í Neunheuser distingue cuatro períodos o
momentos típicos dentro del movimiento litúrgico clásico,
e identifica las características positivas y negativas de cada uno: cf
B. Neunheuser, Storia della liturgia attraverso le epoche culturali, Ed.
Liturgiche, Roma 1977, 133-138 — 56 Texto oficial italiano en ASS 36
(1903-1904) 329-339. El texto latino (ib, 387-395) es traducción fiel,
pero no oficial. Texto italiano también en La liturgia (Insegna-
Participación
menti pontifici,
8), Edizioni Paoline, 19622, nn. 216-248 — " En AAS 2 (1910) 577-583
SB En AAS 21 (1929) 33^1 — " En AAS 35 (1943) 193-248 — w
Véase nota 22. A este respecto ver B. Capelle, "Mediator
Dei" et la participation active, en QLP 31 (1950) 77-81 "'
Cf AAS 43 (1951) 128-137; 44 (1952) 4863 — 62 Cf const. apost.
Christus Dominus, en AAS 45 (1953) 15-24; y
G.
Baraúna, La partecipazione attiva principio ispiratore e direttivo della
Costituzione, en Id. (dir.), La sacra Liturgia rinnovata dal Concilio, LDC,
Turín 1964, 135-199 - 70 Basta con consultar los varios comentarios
a
Die Gegenwart
Jesu Christi im Gottesdienst. Systematische Studien zur Liturgiekonstitution
des II. Vaticanischen Konzils, Grünewald, Maguncia 1982 — 71 Cf
G. Bardy, La question des langues dans Teglise ancienne, Cerf, París
1948;
H. A. Schmidt,
Liturgie el langue vulgaire. Le probleme de la langue liturgique chez les premieres
Réformateurs et au Concile de Trente, Pug, Roma 1950; G. Landotti, o.c,
en la nota 52, XI-XI (con bibl.) — n Véase S. Marsili,
Storia del
movimento litúrgico italiano dalle origini alt'enciclica
"Mediator Dei", en O. Rousseau, Storia del movimento
litúrgico, Edizioni Paoline, 1960, 263-369; E. Moneta Caglio, Movimento
litúrgico ambrosiano, ib, 371-378; VV.AA., Proftli di iiturgisti, Cal,
Roma 1970, donde se recuerda a G. Calcagno, G. Moglia, F. Rodolfi, E.M.
Vismara, G. Polvara, A. Bernareggi, C. Dotta, A.L Schuster, F. Tonolo, A.
Gemelli, G. Belvederi, G. B. Cannizzaro, G. Bevilacqua^ E. Caronti —
" Cf A.M. Triacca, Riforma litúrgica e rinnovamento
litúrgico, en Lit nn. 174-175, 8 (1974)481-484; A che punto siamo:
la liturgia a dieci anni dal Concilio, en Vita pastorale n. 5, 63 (1975) 6-12;
B. Neunheuser, LM riforma litúrgica: a che punto siamo?, en RasT 18
(1977) 209-219 - 74 Cf A. Chupungco, The Magna Chana of liturgical
Adaptation, en Not n. 139, 14 (1978) 74-89; con la integración y la
puntualización de A.M. Triacca, Adattamento litúrgico:
utopia, veíleitá o strumento
Participación
della pastorale
litúrgica?, en Not n. 150, 15 (1979)26-45 —75 Cf a.c, en la nota
44 —76 Cf A. Cuva, La creativitá rituale nei libri liturgici ai
vari livelli di competenza, en EL 89 (1975) 54-99; A.M. Triacca, a.c, en la
nota 74 —77 La afirmación es de G. Lercaro, L'azione educativa
della liturgia, en Liturgia viva per gli uomini viví II, Herder, Roma
1965, 18 — 78 Cf bibl. al final de la presente voz y los diversos matices
de la diatriba en H.A. Schmidt, Introductio in Liturgiam occidentalem,
Herder, Roma 1960, 88130 — 79 Véase lo mejor de las
aportaciones en VV.AA., Liturgie de l'égliseparticuliére et liturgie
de l'église universelle, Ed. Liturgiche, Roma
1976; A.M. Triacca-A.
Pistoia (dir.), L'église dans la liturgie, Ed. Liturgiche, Roma 1980
— 80 Cf O. Casel, Art und Sinne der altesten christlichen Osterfeier, en
JLW 14 (1934) (= 1938) 1-78 — 8I Cf C. Vagaggim, El sentido
teológico de la liturgia (nota 1), 46-106 -K2 La expresión
proviene de O. Casel, Zur Idee der liturgischen Festfeier, en JLW 3 (1933)
93-99, especialmente 95. Como nota B. Neunheuser,
La
"celebrazione litúrgica"nellaprospettiva di Odo Casel, en RL
57 (1970) 248-256 (aquí: 250): "La epifanía en la liturgia
fue bien caracterizada más tarde por R. Guardini en su significativa
conferencia en el primer congreso litúrgico de lengua alemana (Francfort
1950). Esta conferencia está publicada con el título Die
liturgische Erfahrung und die Epiphanie, en el libro Die Sinne und die
religióse Erkenntnis" — 83 Hacemos nuestra la opinión
de P. Dacquino, // sacerdozio nel nuovo popólo di Dio e la prima
lettera di Pietro, en VV.AA., S. Pietro. Átti della XIX Settimana
bíblica, Paideia, Brescia 1967, 291-317 (aquí: p. 316, nota 46)
— *4 Es sintomático que de los escritos de Rosmini se haya podido
sintetizar lo que se lee en A. Quacquarelli, a.c. en la nota 45 —m
Síntesis de las opiniones en A. Meneghetti, // "sacrificio spirituale"
presso la recente riflessione teológica. Dalianalisi dei dati verso una
sintesi (contributo alia teología litúrgica), Pont. lnst.
Litúrgico, Roma 1982, 33-87 — 86 Véase cuanto hemos
escrito: A.M. Triacca, Per una trattazione orgánica sulla
"confermazione": verso una teología litúrgica (Rassegna
e ragguaglio), en EL 86 (1972) 128-181 (aquí: 133-134) H7 No podemos
condividir la opinión de Y.M. Congar, Per una teología del
laicato, Morcelliana, Brescia 1966, 299 (y también 175ss). Recordamos
que el original francés se remonta a 1954 —u La iglesia nace,
vive, "augescit" por medio de la liturgia. Cf A.M. Triacca,
Laperennitá dell'assioma: "Ecclesia facit liturgiam et liturgia
facit ecclesiam ". Osmosi tra pensiero dei padri e preghiera
litúrgica, en S. Felici (dir.), Ecclesiologia e cateches i
patrística. "Sentirsi chiesa", Las, Roma 1982, 255-294 - B9 Cf
E.J. de Smedt, // sacerdozio deifedeli, en G. Baraúna (dir.). La
chiesa nel Val. II. Studi e commenti intorno alia eos
1572
tituzione
dogmática LG, Vallecchi, Florencia 1965, 453-464 — » Cf S.
Marsili, Liturgia e sacerdozio comune, en Anamnesis 1 (1974) 127129; J.
Castellano Cervera, Sacerdocio de los fieles, en Diccionario de espiritualidad'
III, Herder, Barcelona 1984, 312-316 —9I CfB. Droste,
"Celebrare" in der rómischen Liturgiesprache, Max
Hübert Verlag, Munich 1960 — n Cf
A.
Pernigotto-Cego, Cos'é la festa cristiana? Alie sorgenti liturgiche: il
concetto e il valore della solennitá nel Sacramentarlo Veronese, en EL
87 (1973) 75-120; // signifícalo del termine "sollemnitas " e dei
suoi sinonimi nel latino precristiano e nel latino cristiano dei primi
secoli, en Eulogio. Miscellanea litúrgica in onore di P. Burkhard
Neunheuser, Anselmiana, Roma 1979,277-315 — " Cf A.M. Triacca, o.c,
en la nota 88, 265-266 — 94 Id, La "méthexis"dans
l'ancienne liturgie ambrosienne. Coniribution des sources eucologiques
ambrosiennes á l'intelligence d'un probléme liturgique
actuel: la participation de i'assemblée, en VV.AA., L'assemblée
liturgique et les différents roles dans I'assemblée, Ed. Liturgiche,
Roma 1977, 269305 —M Cf E. Valentini, Don Eusebio M. Vismara,
salesiano, Turín 1954; Don Eusebia M. Vismara, pioniere del
"movimento litúrgico"in Italia, en A. Cuva (dir.), Fons vivus.
Miscellanea litúrgica in memoria di Don Eusebio Maria Vismara,
Zurich 1971, 1-27 — 96 Cf E.M. Vismara, o.c en la nota 49, 3. La
obra de Vismara reproduce artículos publicados desde el 1913 al 1916 en
Movimenti
ecclesia/i contemporanei. Dimensioni storiche teologico-spirituali e
apostoliche,
m
Roma I9822 - La
frase es de G. de Luca, / cristiani e la liturgia, en L'Avvenire d'Italia (3Vl-1930).
No se extrañe de la fecha el lector. Lo que cuenta es el contenido. Por
otro lado, Pablo VI, al establecer el jubileo extraordinario de la clausura del
Vat. 11 con la const. apost. Mirificus eventus, del 7 die. 1965 (AAS 57
[1965] 949), quería reunir a los fieles alrededor del obispo en la
catedral, a fin de que comprendieran la pertenencia a la iglesia local y,
por ende.
1573
a la universal
— l01 E.M. Vismara, o.c, 3 — 102 Cf Conc. Trid., Sess. XXII, c. 6:
"... pro ómnibus fidelibus, qui ad corpus Christi pertinent,
celebrantur"(DS\141) —m Cf A.M. Triacca, Pedagogía e
caiechesi litúrgica nei riíi del battesimo e della
confermazione, en VV.AA., Rinnovati in Cristo e nello Spirito:
l'imziazione cristiana, Bari 1981, 134-164, especialmente 135136
— l04 Cf C. Dillenschneider, 11 dinamismo pastorale dei sacramenti,
Bolonia 1966 —
105 Cf V, Joannes,
Aspetti teologici della concelebrazione, en VV.AA., Concelebrazione. Dottrina
e pastorale. Brescia 1965, 37-139, especialmente 83-92 (l sacramenti
"quae sacerdotalia non sunt". ¡I battesimo. Il matrimonio)
— 106 Cf B. Botte, La participaron et le sacerdoce desfidéles, en
Cours et conférences des semaines ¡iturgiques 11, Lovaina 1934,
21-28 — l07 Para una síntesis relativa a la eucaristía, D.
Bondioli, Forme e gradi della par tecipazione, en VV.AA., La partecipazione
deifedeli alia messa, Roma 1963, 281-297. En algunas reflexiones que seguirán
nos inspiraremos en este escrito — m Ib. 293.
A. M. Triacca
BIBLIOGRAFÍA:
Alujas M., La participación de los fíeles en el misterio
eucarístico, en "Liturgia" 16(1961) 332-340;
Baraúna G., La participación activa, principio inspirador y
directivo de la constitución, en La sagrada liturgia renovada por
el concilio, Madrid 1965, 225-285; Bellavista J., La participación
de los fieles en los sacramentos a ¡a luz de la historia, en
"Phase" 33 (1966) 201-217; Díaz Mozaz J.M., La asistencia
a misa como indicador de vida cristiana,
en
"Communio" 3 (1982) 199-202; Garrido M., La participación de
los fieles en la liturgia, en "Liturgia" 6 (1951)32-38; López
Martín J., Para participar mejor en la liturgia, "Imágenes de
PASCUA
/ Misterio
pascual; / Pascua y Pentecostés; / Triduo pascual
Pascua y
Pentecostés
SUMARIO: I. Del
Pentecostés judío al cristiano - II. La celebración
del tiempo pascual.
I. Del
pentecostés judío al cristiano
Entre las fiestas
de Israel, la más
citada en
la pascua. En
tiempo de Jesús era
considerada la
más importante'.
Como prenotando
de la cincuentena
pascual
cristiana, interesa particular
mente ahora su
conexión con la gran
fiesta
judía de las semanas, o Pente
costés. Su
nombre más tradicional
de fiesta de las
semanas (Ex 24,22)
la relaciona, al
final de estas siete,
con la de los
ázimos (Dt 16,9). La
fiesta, en
conexión así con la pascua,
es dependiente de
ella, por lo menos,
en cuanto al
día de su celebración.
En el judaismo
helenístico lleva el
nombre del
día quincuagésimo, t]
TTtvrrjxooT-q
(tf¿ea), es decir, Pente
costés.
Mientras que la
fiesta judía significaba en un principio la fiesta de la cosecha, y
en los albores del cristianismo la conmemoración de la alianza
del Sinaí el día quincuagésimo, para los cristianos es un
tiempo que se prolonga durante cincuenta días. La duración
cincuentenaria y la celebración del Señor resucitado, en las
múltiples facetas del / misterio
pascual, es la
novedad radical de la pascua cristiana. La traducción, intencionalmente
en plural, Dum complerentur dies Pentecostés, del singular de
los Hechos de los Apóstoles (He 2,1), en
Pascua y
Pentecostés
santa, punto
culminante de la celebración pascual.
Entre los autores
antiguos que nos permiten conectar con los orígenes cristianos, el
más citado es Tertuliano, quien, entre otros, nos ofrece el
célebre texto en el que presenta Pentecostés como un espacio
de tiempo que se caracteriza por la misma solemnidad de alegría
Tantundem spatio Pentecostés, quae eadem exultationis solemnitate
dispungitur1.
Grande y
único día de fiesta celebrado con gran alegría'. En
el s. II el día quincuagésimo aparece distinguido de los otros,
bien sea por su carácter conclusivo del período o bien por su
conexión con el evento de la ascensión o de la venida del
Espíritu Santo4.
El sentido de
pascua, prolongada durante el tiempo de Pentecostés, es en los tres
primeros siglos un hecho universal; lo mismo se encuentra en las iglesias del
Asia Menor, Egipto, norte de África, que en las de Roma
o
Instar Dominicae,
tota quinquaginta dierum curricula celebrantur...5
Naturalmente que
la costumbre de rezar de pie y el no ayunar en este período, o cualquier
otro signo que ponga de manifiesto la gran alegría de pascua, aparecen
por doquier, con exclusión de las formas penitenciales.
Un proceso
evolutivo, al que no es ajena la influencia del libro de los Hechos de los
Apóstoles, llevará poco a poco a festejar el domingo de la
conclusión como el de la venida del Espíritu Santo. En el s. iv,
igle1574
sias como la de
Constantinopla, Roma, Milán y la de
II. La
celebración del tiempo pascual
Criterios
históricos y teológicos han devuelto al tiempo pascual su
carácter cincuentenario, un tanto olvidado durante siglos.
Fundándose en ellos, la reforma del concilio Vat. II ha
restablecido en los libros litúrgicos actuales el genuino sentido de la
pascua. Con su ayuda, la comunidad que celebra la pascua descubre su
sentido. Así es claro en los prenotandos del Misal Romano, donde se dice
taxativamente que los cincuenta días que van de la resurrección
hasta el domingo de Pentecostés han de celebrarse con tal alegría
y exultación, como si se tratara de un solo y único día
festivo, como "un gran domingo" (san Atanasio)«. Los domingos
se llaman domingos de pascua, y no como antes, domingos de después
de pascua. En la misa vespertina de la vigilia del domingo de
Pentecostés recordamos que el Señor "ha querido que la
celebra1575
ción de la
pascua durase simbólicamente cincuenta días y acabase con el
día de pentecostés". El creyente es invitado a cantar el
cántico nuevo del aleluya pascual. Dios quiera que el que lo cante ponga
en armonía su vida con sus labios, su boca y la conciencia (san
Agustín) '. Las cincuenta misas festivas y feriales de este tiempo
son la fe pascual hecha plegaria, expresada en la formulación de
cada una de sus oraciones. La teología pascual puede completarse a
través de los cinco nuevos prefacios, más los dos de la
ascensión y el de pentecostés. Los oficios contenidos en
en la
selección y en la abundancia de la palabra de Dios, que se encuentra en
los leccionarios del tiempo pascual, donde la fiesta despliega su pleno
significado.
En leccionario
dominical ofrece, en la primera lectura de la misa, una característica
propia del mismo; los Hechos de los Apóstoles reemplazan la del Antiguo
Testamento. Existía ya el precedente en las liturgias / orientales, /
ambrosiana e / hispánica. Las tres lecturas son prácticamente
distintas para cada uno de los domingos de los tres años, si exceptuamos
el primer domingo de pascua, la ascensión y el domingo de
pentecostés. La razón se encuentra, por un lado, en la
conveniencia de no prescindir de unas lecturas tan apropiadas para cada una de
estas tres misas, al tiempo que se destaca la particular relevancia de estos
días.
La primera
lectura dominical se repite en un ciclo trienal, de manera que en cada uno de
los tres años la comunidad escuche los fragmentos más importantes
que hacen referencia a la primitiva comunidad cristia
Pascua y
Pentecostés
na, así
como los discursos kerigmáticos de Pedro y Pablo. La segunda
lectura es semicontinua de la carta de san Pedro, de la primera de san Juan y
del Apocalipsis, en los respectivos años A, B y C. Ha determinado
la elección de estos libros bíblicos su conocido
carácter pascual; la primera, llena de sentido bautismal; la
segunda, como guía para el camino cristiano en la fe y la caridad;
la tercera, como la gran visión del glorificado, que conserva las señales
de la pasión.
Los textos de la
tercera lectura, para los domingos de pascua, en su conjunto, son del cuarto
evangelio. La preferencia por Juan se impone en razón de su
predilección a la amplia reflexión teológica sobre el
Cristo de la pascua. El segundo domingo, por razón del octavo
día, repite los tres años la misma perícopa
evangélica, que narra el acontecimiento. El evangelio de los tres
primeros domingos es siempre un relato de resurrección. Al
terminarse éstos, en los restantes se recurre a la
tradición, que ya usaba el cuarto evangelio, en el capítulo 10 de
Juan, y en la selección de textos del discurso de Jesús en
la última cena. El criterio, tan conforme con la tradición,
permite de alguna manera ofrecer un círculo de evangelio de Juan, si se
tiene en cuenta, además, la cabida que ya tiene en la cuaresma, aunque
no tan completo como el de los sinópticos, para cada uno de los
tres
años.
La primera semana
de pascua, al establecer formularios propios para la celebración diaria
de la / eucaristía, recibió como textos evangélicos
las apariciones del Resucitado. La reforma actual ha respetado el criterio
en continuación con la gran tradición bautismal de esta
semana. Los cristianos que celebran estas manifestaciones del Señor de
la vida son los bautizados, que en la pascua han recibido o renovado su incorporación
al Resucitado como señor de la vida y de la muerte. La teología
paulina del bautismo se basa en la reincorporación del cristiano al misterio
pascual. De ella deriva la dimensión bautismal inherente a la
pascua.
La paz, la
reconciliación universal y el perdón, el domingo como día
de reunión, y sobre todo el Cordero inmolado y glorificado, que
muestra las llagas, están en el centro de la asamblea dominical. El
Señor glorificado, donador del Espíritu, funda el testimonio
de la pascua, que la iglesia celebra, y que ha de anunciar. La admirable unidad
de la pascua incluye las variadísimas facetas del inefable misterio en
el tiempo del bienaventurado pentecostés cristiano. El prefacio,
heredado de la noche santa y transmitido por el sacramentado
Veronense, nos ofrece la feliz síntesis: él "muriendo
destruyó nuestra muerte, y resucitando restauró la
vida".
NOTAS: ' K.
Hruby,
J. Bellavista
BIBLIOGRAFÍA:
Bellavista J., Los lemas mayores de la cincuentena pascual, en
"Phase" 110 (1979) 125-135; La actual cincuentena pascual, en
"Phase" 11 (1971) 223-231; Cabié R.,
1576
SUMARIO: I.
Relación entre liturgia y pastoral: 1. La liturgia es pastoral; 2.
La liturgia necesita una atención pastoral; 3. Liturgia y pastoral
frente a las "culturas" - II. La pastoral litúrgica en la
teología pastoral: I. El lugar de la pastoral litúrgica en la
teología pastoral: 2. La calificación pastoral de la pastoral
litúrgica: a) Originalidad de la teología pastoral, b) La reflexión
pastoral de la iglesia española, c) Influjo de las perspectivas
pastorales en la pastoral litúrgica; 3. La calificación
litúrgica de la acción pastoral - III. La pastoral
litúrgica en relación con los ritos y las asambleas: 1.
Interpretación pastoral de los libros litúrgicos: a) El proyecto
teológico-pastoral de un rito, bj El "programa" ritual de una
celebración concreta, c) La dirección ejecutiva; 2.
Valoración pastora! de las asambleas litúrgicas: a) Factores
condicionantes de la expresión de la celebración, b) Factores
condicionantes de la misma posibilidad de la celebración; 3.
Conducción pastoral de las celebraciones: a) Asegurar la verdad
humana de los signos litúrgicos, b) Hacer perceptibles las
"otras" realidades significadas, c) Insertar la celebración
en el horizonte experiencial-cultural de la asamblea - IV. Centros operativos
de la pastoral litúrgica: 1. Orientaciones de pastoral litúrgica
de la sede apostólica; 2. Directivas nacionales de pastoral
litúrgica; 3. Programas de pastoral litúrgica a nivel diocesano;
4. Actividades de pastoral litúrgica a nivel parroquial.
La acción
pastoral litúrgica, que el Vat. II (SC 43) se propuso favorecer, ha
asumido una considerable importancia tanto en los documentos
eclesiásticos como en las preocupaciones pastorales
(piénsese, aunque no sea más, en algunas de las iniciativas
que persiguen una seria preparación para los sacramentos) o en la
experiencia del pueblo cristiano, que se siente invitado a participar
en las celebraciones y casi obligado a prepararse a los sacramentos. El
hecho de que la liturgia debe tener un alcance pastoral y de que las celebraciones
necesitan de una atención pastoral son convicciones que ya se
impusieron con mucho trabajo antes del Vat. II, y que incluso después
no han recibido toda la atención necesaria, especialmente frente a
los nuevos problemas '.
1577
I.
Relación entre liturgia y pastoral
Los diversos
modos de comprender la relación entre liturgia y pastoral han
evolucionado a lo largo de este siglo, pasando de la certeza de que la liturgia
es pastoral (al menos como tendencia) a la constatación de que la
liturgia debe ser objeto de una atención pastoral, hasta las últimas
perspectivas que consideran a la liturgia como un aspecto más de la
globalidad de la praxis eclesial.
1.
L. Beauduin de
presentar, en 1909, en el congreso de Malinas, en Bélgica, la
liturgia como "la verdadera oración de la iglesia", en cuanto
Pastoral
litúrgica
"verdadera
oración de los fieles", "lazo poderoso de unión",
"enseñanza religiosa completa", y proponer como
instrumentos el "misal traducido como libro de piedad", o al menos
las traducciones "del texto integral de la misa y de las
vísperas de cada domingo"4. A pesar de haber transcurrido ya seis
años desde la famosa frase de Pío XII en el motu proprio Tra
le sollecitudini ("La primera e indispensable fuente del verdadero
espíritu cristiano es la participación activa en el culto
público"), el documento de dom Beauduin fue rechazado por los
presidentes de las acciones dedicadas a la doctrina, a la moral y a la piedad,
y sólo tiene acogida en la sección artística. ¡De
este modo se consideraba la liturgia como pastoral! Y, sin embargo, los
pioneros del movimiento litúrgico, basándose en la historia y en
su experiencia personal (dom Beauduin había sido párroco),
con admirable constancia mostrarían que la liturgia es por derecho
propio, como vocación y destino, pastoral, es decir, abierta a la
participación del pueblo cristiano y con capacidad formadora de la vida
de fe.
Para evitar una
amenaza que se cernía sobre el movimiento litúrgico
alemán, R. Guardini escribía en 1940 al obispo de Maguncia en estos
términos: "Quien juzgue de un modo imparcial, se habrá dado
claramente cuenta de que en estos últimos años en materia de
pastoral ha terminado una época... Si son exactos los pronósticos
que se pueden hacer, la acción pastoral se limitará en el
futuro, de un modo hasta ahora desconocido, al campo religioso propiamente
dicho. Es, por tanto, urgente devolverle toda su pureza y su fuerza... El
altar ha sido siempre el centro de la vida de la iglesia; quizá muy
pronto no será sólo el centro, sino su vida entera. Es, pues, muy
importante que lo que sucede en el altar y desde allí llega a la vida
del individuo y de la familia retome su sentido más pleno y sus formas
más puras... Es necesario que la práctica de la liturgia se
realice en función de las parroquias como éstas son en realidad..."5.
Después de
la segunda guerra mundial, el movimiento litúrgico católico
(guiado especialmente por el francés, que durante la guerra había
descubierto las ideas y realizaciones del alemán) multiplica estudios y
esfuerzos para hacer pastoral a la liturgia, pero se enfrenta con una
realidad ritual rígida y no dispuesta a desarrollar la
función participativa y comunicativa que se le atribuía. La
restauración de la vigilia pascual (1951) y, posteriormente, de la semana
santa (1955) hizo comprender que, si el rito podía ser acomodado
según las exigencias pastorales, la obligación del uso de la
lengua latina hacía prácticamente imposible la
comunicación directa de los significados. El mismo Congreso internacional
de pastoral litúrgica (Asís, 1822 de septiembre de 1956) no
vislumbraba ninguna posibilidad de superar este escollo. La liturgia,
aun siendo pastoral por vocación —y
J.A. Jungmann lo
demostró en aquel congreso *— se veía obligada a no abrirse
al pueblo cristiano principalmente por el obstáculo de la lengua.
Esta
situación fue inicialmente desbloqueada por la constitución
SC\ y definitivamente resuelta a continuación por los documentos de
la / reforma litúrgica. "En esta reforma, los textos y los ritos se
han de ordenar de manera que expresen con mayor claridad las cosas
santas que significan y, en lo posible, el pueblo cristiano pueda
comprenderlas fácilmente y participar en ellas por medio de
una celebración plena, activa y comunitaria". El motivo de esta
reforma era claramente pastoral: 1578
"Para que en
la sagrada liturgia el pueblo cristiano obtenga con mayor seguridad gracias
abundantes, la santa madre iglesia desea proveer con solicitud a una reforma
general de la misma liturgia" (SC 21). Se indicaba incluso el
método: "Debe proceder siempre una concienzuda investigación
teológica, histórica y pastoral acerca de cada una de las partes
que se han de revisar". Incluso se preveía una creatividad
gradual y orgánica: "No se introduzcan innovaciones si no lo
exige una utilidad verdadera y cierta de la iglesia, y sólo
después de haber tenido la preocupación de que las nuevas formas
se desarrollen, por decirlo así, orgánicamente, a partir de las
ya existentes" (SC 23).
Si existía
la convicción ingenua de que la liturgia por sí misma fuese
pastoral, la misma reforma litúrgica se encargó de destruirla:
una acción puramente ritual, aunque sea irreprochable en lo
ceremonial, no llega a comunicarse con el pueblo cristiano y no lo
renueva. Se atendía al hecho de que la liturgia no son los libros, sino
las personas, incluidos los fieles, que actúan según las propuestas
de aquellos libros.
2.
L. Beauduin se
vio obligado a indicar entre los "medios prácticos" el
"misal traducido", difundido como "libro de piedad". Seguir
al sacerdote que dice la misa leyendo en un librito la versión de
los textos que él recita es ya un recurso que la liturgia, como
tal, no contempla. Durante el tiempo que precedió a la reforma,
la acción pastoral tuvo que recurrir a los medios más diversos,
a
1579
menudo
ingeniosos, pero embarazosos de todos modos. Basta recordar aquellos
"coros hablados", recitados entre los fieles y un dirigente (meneur
du jeu, decían los franceses), que se superponían a la misa dicha
por el sacerdote y que a veces no se correspondían con los momentos y
contenidos de la celebración. Nace en este tiempo la figura del comentarista,
que explicaba a los fieles lo que hacía el sacerdote, leía en la
lengua vernácula algunos textos, especialmente los fragmentos
bíblicos, que el sacerdote leía en latín, y a menudo se
convertía en el actor principal que monopolizaba la atención
y actividad de los presentes. La liturgia se convertía en
ocasión y pretexto para hacer una paraliturgia superpuesta. La
fantasía pastoral será fértil en estas paraliturgias,
desde las acciones escénicas a las vigilias bíblicas ",
que llegan a ocupar el lugar de las celebraciones. A propósito de estos
sucedáneos litúrgicos se planteará la cuestión
de qué es (o no es) liturgia.
La afirmación
de Pío XI de que "la liturgia es la didascalía de la iglesia"*
tiene éxito; pero para el que tiene preocupaciones de tipo pastoral
muy pronto se hace claro que esta didascalía tiene necesidad de una
didáctica. La liturgia forma en la fe solamente si los sujetos han sido
educados para comprender su lenguaje y para participar activa y fructuosamente.
A menudo, sin embargo, la catequesis litúrgica de los comienzos de siglo
y del período entreguerras no tiene clara la perspectiva de la
participación y se reduce a un uso de la liturgia, a veces de sus
aspectos secundarios, para la explicación de las fórmulas
catequísticas. En este sentido se intepretaban normalmente,
además, los de textos del concilio Tridentino: el de la sesión
XXII, De sacrificio missae, c. 8, donde se impone a los párrocos la
obligación de
Pastoral
litúrgica
explicar,
frecuenter Ínter missarum cehbrationem, alguna cosa de lo que se lee en
la misa l0, y el de la sesión XXIV, De reformatione, c. 7, donde se
invita a obispos y párrocos a explicar los sacramentos según la
capacidad de aquellos que los reciben, cum haec erunt populo administrando.
Esta segunda indicación será reafirmada por el Rituale Romanum
de Pablo VI, en el tít. I,
n. 10; pero,
según parece, no dio origen a una catequesis mistagógica
dentro de la celebración ni suscitó la práctica de una
preparación a los sacramentos que fuese una introducción
al significado de los ritos para participar en ellos conscientemente. Catecismo
y predicación están todavía dentro de una
concepción esencialista que domina la teología sacramentaría.
Se deberá esperar a los estudios sobre las catequesis mistagógicas
y festivas de los padres para encontrar las relaciones justas entre liturgia,
catequesis y predicación.
El mérito
innegable de estos intentos de catequistas y predicadores por revalorizar
la liturgia como expresión de la fe cristiana y por llevar al
pueblo a comprender y a gustar de las celebraciones litúrgicas es el
haber hecho comprender que la liturgia por sí sola no llega a
expresar su carga formativa ni a comunicar sus virtudes santificantes. Esto ha
estado siempre condicionado por la preparación del receptor y por
su fe; ahora resulta evidente que la recepción fructuosa del
sacramento exige una fe informada para ser capaz de leer (intelligere:
intus-legere) los signos celebrativos no restringidos ya sólo a los
signos esenciales, identificados por la materia y forma. Se redescubre
toda la celebración como una estructura dialógica, en la que se
significa el don de Dios y a la vez se expresa la respuesta de la iglesia. La
preocupación pastoral se orienta a descubrir las funciones y el sentido
de los elementos litúrgicos en la unidad significativa de la
celebración; a explicarlos, por tanto, en lo que dicen a la fe, incluso
en relación a acontecimientos o ritos de la historia bíblica y a
valorarlos como momentos y modos de una activa participación.
Sin embargo, el
paso decisivo de esta orientación pastoral se dio cuando el movimiento
litúrgico redescubrió e hizo propio el concepto de asamblea
—por lo demás ya contenido en los formularios de la liturgia,
pero por más de un milenio ausente de la mentalidad y de la práctica
eclesiástica—, poniéndolo como base de sus reflexiones y
realizaciones ". En un primer momento, el término
asamblea se usó para aludir a los fieles presentes que tomaban parte
de la acción litúrgica, que es celebrada por el presidente,
obispo o sacerdote; sólo después se clarificará —y
en esto el concilio ha supuesto un avance innegable (SC 26)— que la misma
asamblea es el sujeto de la acción litúrgica, aunque con roles diversos
y funciones específicas dentro de sí. Por lo tanto, es un deber
pastoral el hacer funcionar la celebración, haciendo
conscientes a los diversos sujetos —"actores como son
llamados"— de su papel teológico y habilitándoles para
desarrollar las funciones rituales que les competen. Será un trabajo
difícil por causa de un milenio de pasividad litúrgica del pueblo
cristiano y de individualismo de obispos y sacerdotes en la celebración;
un trabajo que necesita revisión y cambio de categorías
teológico-jurídicas y de actitudes espirituales-pastorales.
Los documentos y
los instrumentos más significativos del esfuerzo realizado en esta
dirección de pastoral litúrgica son los Directorios diocesanos
y nacionales para la misa l2, entre los primeros está el de la
diócesis de Bolonia del card. Lercaro ",
1580
y para los
sacramentos l4. La reforma
litúrgica
no hace inútil este trabajo,
sino que lo
exige, para no reducirse
a una pura y
simple transformación
de los ritos; los
objetivos del movi
miento
litúrgico pertenecen ahora ya
a toda la
iglesia, y la acción pastoral
litúrgica
ya no aparece más como un
hobby de algunos
afectados por el
arqueologismo,
sino que se convierte
en un deber que
obliga a toda perso
na comprometida
en la edificación
de la iglesia.
Este modo de
pensar y hacer pastoral litúrgica ha exigido un nuevo método
de estudio del pasado litúrgico de la iglesia, un estudio no limitado
ya a los textos y a los libros, sino atento a la reconstrucción de las
formas celebrativas, de los modos de participación, de los contenidos
de la predicación homilética y de las catequesis, sobre todo,
mistagógicas. La época en la que ha encontrado
inspiración, e incluso modelos concretos, la pastoral
litúrgica ha sido especialmente la patrística clásica de
los ss. IV y v, con las asambleas participativas, la institución
catecumenal ya desarrollada, el año litúrgico en formación
y la práctica penitencial todavía comunitaria. Incluso los
artífices de la reforma litúrgica, al preparar los nuevos
libros litúrgicos, se han propuesto la restauración
atendiendo prevalentemente a aquellos modelos y resucitando muchos
textos creados en aquel tiempo.
pero es indudable
la existencia de un amplio esfuerzo catequístico y pastoral; los
resultados de la renovación litúrgica, aun cuando festejados, no
parece que hayan correspondido a las expectativas y a las fuerzas empleadas.
Además, mientras en la iglesia se llevaba a cabo el mayor programa de
reforma litúrgica que se registra en la historia con la esperanza
manifiesta de conseguir la renovación espiritual del pueblo cristiano
en sentido eclesial y apostólico, el conjunto de la sociedad era recorrido
por corrientes innovadoras y contestadoras que afectaron también a las
comunidades cristianas e instituciones eclesiásticas. Este movimiento
afectó particularmente al área eclesial que en aquel momento
era más móvil, precisamente la liturgia, con efectos
contrastantes: por una parte, la revalorizó en sus posibilidades
creativas, obligándola a veces a expresar proyectos y deseos
discutibles e imposibles de ser compartidos por toda la comunidad; por otra
parte, la puso en crisis mostrando su inadecuación frente a las
culturas vigentes y a los grupos sociales emergentes. El proyecto de
pastoral litúrgica, aun permaneciendo válido, constataba su
insuficiencia para interpretar las nuevas exigencias eclesiales y
para corresponder con propuestas aceptables. Era necesaria la
integración en la globalidad de la praxis eclesial, ahora ya articulada
según situaciones culturales diferentes o incluso otras.
3. LITURGIA Y
PASTORAL FRENTE A LAS "CULTURAS". Todavía deben ser analizadas
y valoradas serenamente las reflexiones e iniciativas a las que se vio
obligada la acción pastoral litúrgica en los años
setenta, pero ciertamente indicaron nuevos caminos por los que debe dirigirse.
La nueva sensibilidad orientó también la
investigación histórica, la re
Pastoral
litúrgica
flexión
teológica y las síntesis expositivas, como lo demuestra F.
Brovelli ". No se privilegia ya un período histórico,
los ss. IV y v; todas las épocas históricas y las
situaciones culturales del pasado están llenas de indicaciones
tanto sobre las posibilidades como sobre los peligros de toda iniciativa
litúrgica. La teología litúrgica cada vez
reúne sectores más amplios de reflexión, considerando
la celebración como cruce donde se encuentran o desencuentran, se
armonizan o se contrastan la hermenéutica bíblica, las
concepciones antropológicas, experiencias y proyectos eclesiales. Los
pastores, en su trabajo en torno y dentro de la liturgia, no pueden llevar
cuenta de todo esto. Sin pretender ser exhaustivos, hacemos un elenco de
algunos fenómenos importantes que han suscitado esa nueva
sensibilidad y colocan la acción pastoral frente a nuevos deberes.
Ante todo, el
descubrimiento de culturas, en el sentido descrito por
juvenil [/
Jóvenes], causada por la formación de un mundo de adolescentes,
caracterizado no simplemente por unas exigencias psicológicas,
Pastoral
litúrgica
sino estructurado
por unos valores vividos y con formas expresivas propias, aunque
cambiantes ". Después vino la cultura obrera, latente desde tiempo
atrás, actuante en los movimientos de trabajadores y surgida
también de modo imprevisto como componente en las asociaciones obreras
católicas, no sólo en línea de reivindicaciones
político-sindicales, sino como modo de situarse dentro de la sociedad,
y, por lo tanto, también en la iglesia, con su lenguaje,
aspiraciones y valores propios. Inesperada, pero precisamente por esto
más traumática, es la manifestación de una cultura
femenina que, después de las vivaces y a veces desordenadas
demostraciones feministas, se muestra un filón profundo y fecundo
del continente mujer que la iglesia consideraba un territorio fácil de
administrar ". Todo esto sumergido en un clima cultural precedente de
secularización, que suprimía o vaciaba los símbolos
religiosos de que se habían impregnado durante los siglos de
cristiandad las instituciones y actividades sociales y promovía la
búsqueda de una autonomía de lo religioso y, por lo tanto, de lo
ritual, incluso en los sectores morales, educativos, familiares, desde
siempre campo de las instituciones religiosas. Ni siquiera el denominado
reflujo hacia lo privado y lo religioso registrado en la segunda
mitad de los años setenta consentía no tener en cuenta los
fenómenos surgidos en los años
precedentes. De
una forma menos dramática, la acción pastoral debe ahora tomar en
consideración esas culturas; al tratarse de profundas anotaciones de
época, podrían ser desatendidas durante un cierto período
sin fracasos aparentes; pero a la larga se advertirán efectos disolventes
si no son acogidas, interpretadas y respondidas.
[/ Cultura y
liturgia]. Otro fenómeno descubierto de un
1582
modo nuevo, justo
después de la reforma litúrgica, ha sido el de la religiosidad
popular, que en los ritos renovados no ha encontrado las adecuadas
modalidades de expresión. Se ha acusado a la reforma litúrgica, y
a la acción pastoral que la ha seguido, de racionalismo e iluminismo,
es decir, de demasiada confianza en la racionalidad de un culto
comprensible y accesible a la participación, y al mismo tiempo de
simplismo en la comprensión de la complejidad de lo
antropológico y cultural. Pero, de hecho, la existencia de las
diversas formas de la religiosidad popular ha sido la prueba de que
también en el pasado las propuestas pastorales oficiales del mundo eclesiástico
a menudo no eran escuchadas y quedaban sin incidencia en la experiencia,
incluso religiosa, de gran parte del pueblo cristiano. Éste encontraba
medios más espontáneos de manifestarse en momentos y formas
del sustrato pagano, aunque con un cierto barniz cristiano; o bien usaba ritos
creados eclesiásticamente, pero interpretados y utilizados con
intenciones y finalidades diversas. Se descubría así todo un
espacio religioso sumergido, huidizo para la predicación
eclesiástica, aunque regularmente recubierto por los sacramentos
y por la participación en las fiestas. En el mundo católico se ha
preferido considerar las formas de la piedad popular recuperando o reno
vando al margen
de la liturgia renovada; pero en los pastores más preocupados
ha quedado la conciencia de haber hecho frente sólo en parte con la
pastoral litúrgica a las exigencias más o menos
inconscientes de la religiosidad popular. En Francia se ha hablado de
cristianismo popular, llegando a preguntarse si los modelos y las propuestas
oficiales eclesiásticas agotan los modos de percibir, sentir y vivir el
mensaje evangélico. '*.
[/ Religiosidad
popular].
1583
Un último
desafío es el que proviene de la cultura de la participación,
que ha marcado a muchos creyentes y practicantes entre los años
sesenta y setenta, que continúa produciendo una especial
sensibilidad, esperanzas e iniciativas a pesar del reflujo hacia lo privado. A
esta cultura contribuyó también la reforma litúrgica,
aunque después no parezca haber correspondido adecuadamente ".
Las desilusiones experimentadas por una participación solamente
formal de tipo colectivo más que comunitario, las frustraciones
sufridas al intentar una inserción más responsable en las
estructuras eclesiales y las experiencias concomitantes a menudo negativas en
la gestión democrática de actividades civiles llevaron
a muchos fieles, incluso sacerdotes, a privilegiar los espacios eclesiales
como lugar de fraternidad para el diálogo de fe, para la celebración
y para las actividades pastorales. Nacen las misas en grupo, las liturgias
de las comunidades, las eucaristías domésticas. Las formas
rituales del Misal Romano, calcadas sobre las de las celebraciones basilicales
del s. iv y repensadas para asambleas dominicales parroquiales, no responden a
estas situaciones; la misma sede apostólica sintió la necesidad
de elaborar unas normas a este respecto 2", ampliadas en documentos
episcopales2'. El fenómeno se manifiesta más profundo, dado que
implica a la misma reflexión eclesiológica y se sitúa
como punto de referencia inevitable de toda proyección pastoral y
litúrgica del futuro n.
[/ Grupos
particulares].
La
preocupación de los pastores se ha dirigido preferentemente a los
estudios que demostraban la existencia de formas celebrativas de tipo
doméstico durante los primeros siglos, y que buscaban los
núcleos originarios de la liturgia cristiana en el contexto de la
judaica. Se individuar
Pastoral
litúrgica
ban así
los trazos morfológicos y teológicos propios del culto eclesial,
que celebra el acontecimiento evangélico en su originalidad
específica. Como estos elementos primordiales han sido asumidos y
desarrollados en otros contextos culturales, surge así la pregunta de
por qué no es ahora posible recorrer de nuevo el mismo iter,
siempre teniendo en cuenta todos los datos que la tradición nos
proporciona. Este trabajo de arqueología a la búsqueda de
los signos litúrgicos originales ha estado acompañado por la
recuperación en la cultura occidental del valor del lenguaje
simbólico y por el análisis refinado de su funcionamiento,
dentro de esos sistemas lingüísticos que son las culturas2J. Todo
esto ha influido sobre la sensibilidad de los que se interesaban por la
liturgia desde el punto de vista pastoral: se comenzaron a examinar de un
modo más atento y exigente los ritos propuestos por la reforma
litúrgica y se consideró a los actores y participantes de
las celebraciones como personas y grupos fuertemente insertos en el contexto
cultural de pertenencia. Ha surgido la conciencia de que las iniciativas
de aculturación de la liturgia no resuelven por sí solas el
problema, si no van acompañadas de
un proceso de
inculturacion de la evangelización y de la catequesis, y por tanto de
las comunidades eclesiales24.
II. La pastoral
litúrgica en la teología pastoral
Desarrollada en
relación con la ciencia litúrgica y con la reforma de los ritos,
la pastoral litúrgica siempre ha tenido relación con las otras
disciplinas teológico-pastorales, especialmente con la
eclesiología, la catequética y la homilética, y se ha
servido de un modo notable de los
Pastoral
litúrgica
resultados de la
exégesis bíblica. Es un cruce de caminos, donde convergen
las contribuciones de diversas ciencias eclesiásticas y
antropológicas, diversamente utilizadas por los responsables para
hacer funcionar las celebraciones y formar las asambleas. Existe el
peligro de reducir la pastoral litúrgica a una simple aplicación
de principios teoréticos o de limitarla a unas técnicas para la
celebración. La pastoral litúrgica no pretende instituirse
en ciencia autónoma, sino que se construye como un conjunto de
criterios interpretati
vos
(hermenéuticos) tanto del dato litúrgico como de la
situación socioeclesial, y por lo tanto como conjunto de
normas reguladoras del modo de celebrar en y con asambleas concretas.
Así pues, tiende a formar a los responsables de las celebraciones, proporcionándoles
los conocimientos necesarios y purificando en ellos los carismas y los dones
precisos para una ars celebrandi. De todos modos, su inclusión dentro
del conjunto de las disciplinas que encuentran acomodo bajo el nombre de
teología pastoral o teología práctica puede ayudar a
comprender su especificidad y su objeto.
1. EL LUGAR DE
cepción
digna y con qué ritos dispensarlos. La tercera atiende al deber
de dar ejemplo y debe tomar en
1584
consideración
el comportamiento personal y público del pastor de almas"26.
Esta rígida división y este planteamiento aplicativo serán
a continuación puestos en discusión, tanto por causa de la
reivindicada autonomía de la teología pastoral con respecto
a la teología dogmática, como en la corriente de teología
kerigmática27, como por la disolución de la teología
pastoral en cada una de las disciplinas que la constituyen: homilética,
catequética, liturgia, pastoral
o ciencia de la
cura de almas en sentido estricto. Pero a menudo se volverá a
aquella triple división, denominando a cada una de las partes:
catequética, liturgia y hodegética. Esta última
tomará cada vez más en consideración la edificación
de las comunidades eclesiales con una perspectiva más amplia que la parroquia
individual, la catequética asumirá temas cada vez más
amplios de evangelización y de promoción de una fe madura, y la
pastoral litúrgica
encontrará
su campo específico en el sector de las celebraciones, interesándose
también por lo que las precede y las sigue.
De hecho, en la
acción pastoral concreta, los campos no pueden ser tan cuidadosamente
separados. Por ejemplo, todo el proceso formativo del cristiano comienza a ser
contemplado en el marco de la iniciación cristiana, actividad
eclesial a través de la cual la iglesia se construye continuamente;
pero en la iniciación cristiana convergen: la pastoral
catequética, para los contenidos de fe que se deben transmitir y
para los métodos más aptos para la transmisión; la pastoral
litúrgica, para las celebraciones
que marcan el
camino y para los sacramentos que lo determinan, y la pastoral de
edificación de la comunidad, para las condiciones eclesiales y los
procesos integradores propios de la iniciación. Las actividades de todo
grupo eclesial encuentran su
1585
motivo y
calificación en la celebración eucarística y a ella
se orientan como momento de síntesis; pero la asamblea
eucarística comprende como principal el momento dialógico de
la palabra de Dios y de la fe, y por lo tanto interesa directamente a la
catequética, y más específicamente a la homilética.
Por otra parte, la asamblea eucarística es el momento expresivo de la
comunidad eclesial en sus múltiples roles ministeriales y también
en los carismas reconocidos que la edifican y la enriquecen, además
de ser el lugar-momento en el que se confían funciones misioneras y se
aprueban iniciativas y actividades. Es probable que en el futuro las
disciplinas de la teología práctica se terminen por organizar
más según los objetos de la acción pastoral que
según la especificación académica conocida en el
pasado. Ésta será siempre útil a nivel
teórico; pero a nivel práctico las diversas ciencias deberán
concurrir al análisis de las concretas situaciones pastorales y a
la presentación de las propuestas que, acogidas y examinadas desde el
discernimiento pastoral, podrán convertirse en proyecto de
acción y programa para la participación.
2.
a) Originalidad
de la teología pastoral. La reflexión más avanzada y
estimulante sobre este aspecto ha sido realizada por K. Rahner y su grupo 28; a
pesar de las dificultades de lenguaje y lo discutible de algunas aplicaciones,
es todavía un punto de referencia para toda definición de
Pastoral
litúrgica
pastoral.
"El objeto formal de la teología pastoral no es la esencia
inmutable de la iglesia, que pertenece a la eclesiólogía
dogmática, ni siquiera la esencia actualizada en la historia, que es
estudiada por la historia de la iglesia, sino la iglesia en cuanto que se ha de
realizar aquí y ahora"M.
La peculiaridad
de la teología pastoral o práctica, como la escuela rahneriana
prefiere denominarla, es "el análisis de la situación en la
que la iglesia debe realizarse cada vez a sí misma1'30 para llegar a un
acto de decisión que creativa y proféticamente elabora un
proyecto y escoge el modo de ejecución. La decisión no es
sólo una consecuencia determinada por los análisis
precedentes y por los principios teológicos de que se ha partido, sino
que "implica un algo más del todo original"J1, por lo que se
constituye como acto carismático de discernimiento espiritual,
realizado por los sujetos responsables de la edificación de la
iglesia y de su misión en el mundo. La teología
práctica se sirve de diversas disciplinas antropológicas,
pero no es simplemente su aplicación práctica; ella "espera
que la reconozcan como disciplina teológica autónoma, originaria
e importante"; por lo tanto, con su "respetabilidad
científica"'2, nunca separada del actuar de la iglesia y, en
consecuencia, elaborada en medio de la vida eclesial y sometida a la
necesidad de la experimentación.
En las
reflexiones realizadas a continuación por otros autores, la
teología pastoral se plantea como ciencia de un actuar o de una praxis,
lugar de realización de la interdisciplinariedad, pero siempre
momento de una praxis creyente y, por consiguiente, acto del pastor y del
fiel que deciden a la luz de la palabra de Dios y con el don del
Espíritu Santo". Por esto, aceptados los fundamentos
eclesiológicos y los con
Pastoral
litúrgica
dicionamientos
socio-culturales, la teología pastoral se desarrolla a la
búsqueda de un criterio de valoración y de opción,
entendido al servicio del acontecimiento Jesús: el NT se convierte
en el lugar privilegiado para comprender el proyecto de Dios manifestado en
Jesucristo y actuado históricamente por las comunidades
apostólicas J4. La teología pastoral se enriquece con las adquisiciones
hermenéuticas, y pasa a ser un momento interpretativo de la realidad
socio-eclesial a la luz de lo que Dios ha revelado en el acontecimiento
Jesús, y un acto de decisión bajo el poder del Espíritu.
El aspecto carismático-ministerial de la acción pastoral es
conducido a la misión fundamental de la iglesia de ser testimonio
de Jesús en el mundo. Y esto en situaciones culturales bien determinadas
y en la aceptación del pluralismo cultural, hoy difundido a nivel
mundial, y a menudo local.
b) La
reflexión pastoral de la iglesia española. Con ocasión de
los veinte años de la promulgación de la constitución Sacrosanctum
concilium (el día 4 de diciembre de 1963),
En efecto, la
pastoral litúrgica es un hecho eclesial que inevitablemente se ve
afectada por otros fenómenos producidos tanto en el interior de la
iglesia como en los confines de la misma con un medio cultural y humano en que
se desenvuelve.
El primero de
todos estos factores ha sido indudablemente el proceso cultural y la
evolución de la sociedad española durante estos años en
que se ha debido realizar la reforma li1586
túrgica. Y
no es que exista una dialéctica o una exclusión mutua entre
la cultura moderna y las formas religiosas y litúrgicas.
Sencillamente se toleran y coexisten de una manera vaga y pasiva, sin contraste
y sin integración. Esta mentalidad superficial, incoherente,
reveladora de un enorme vacío espiritual que nos envuelve,
representa la mayor dificultad no sólo para la pastoral
litúrgica, sino para toda la labor eclesial, evangelizadora y
catequética.
El secularismo,
que es una corriente de pensamiento que tiende a negar lo trascendente o a
relegarlo, ha llegado también a nuestra sociedad española
con los mismos efectos de indiferencia y abandono de la fe, y no sólo de
las actitudes religiosas. Este fenómeno, en su afán de borrar
todo límite entre lo sagrado y lo secular, ha amenazado los
fundamentos mismos de la liturgia, por lo cual es explicable el repliegue
de muchas personas hacia formas intimistas de religiosidad y hacia nuevos modos
de subjetivismo litúrgico. Otros factores, como la tensión
entre la evangelización y la promoción humana; la
simpatía hacia formas de presencia profética y de compromiso
en el mundo, con exclusión a menudo de la dimensión celebrativa
de la fe; el afán de convertir las celebraciones litúrgicas en
medio de promoción humana y de toma de conciencia de los
problemas
sociales del momento, etcétera, han provocado graves desajustes
en la comprensión del papel de la liturgia en la vida de la iglesia,
y concretamente en la acción pastoral.
La
renovación litúrgica fue acogida pastoralmente en
España con euforia, despertando entusiasmo en los primeros momentos,
haciendo que la liturgia estuviera de actualidad durante bastante tiempo.
Se trabajó pastoralmente con entusiasmo y esfuerzo. Luego vino una
fase, más 1587
larga, de cierta
desilusión, para volver a surgir en una tercera etapa —la
actual— la conciencia de la necesidad de una mayor fidelidad a los
aspectos teológicos, espirituales y normativos de la liturgia.
Sin embargo, en los años de desilusión pastoral se trabajó
en muchos lugares silenciosa y eficazmente, poniendo en práctica las
orientaciones pastorales-celebrativas de los nuevos rituales de los
sacramentos. Los frutos de esta pastoral son: un resurgir de la religiosidad
popular y el espíritu de oración manifestado en grupos, siendo la
base y fuente de donde brota el espíritu que anima la actividad de
la iglesia: la evangelización, el apostolado y la acción
caritativa o de compromiso en el mundo.
La mirada de
conjunto de la pastoral litúrgica en España produce una
impresión satisfactoria, sobre todo si se tiene en cuenta el volumen de
todo lo que era necesario revisar y renovar. Entre los frutos más positivos
de la reforma litúrgica cabe señalar: el mayor conocimiento
del misterio pascual en la vida cristiana; la dimensión
comunitaria-eclesial; la calidad creciente de la participación de los
fieles en las celebraciones; la diversificación de los ministerios y
funciones en la asamblea litúrgica; la cercanía entre presidente y
pueblo fiel para lograr una mayor comunicación humana y religiosa;
la sensibilidad hacia lo festivo, lo simbólico, lo celebrativo; el
interés por armonizar la sencillez con la estética en los
gestos y actitudes; la atención a los grupos especiales y a las
pequeñas comunidades celebrativas; la renovación del espacio
celebrativo, etc. También se han presentado entre lo positivo algunas
sombras. No pocas veces ha faltado la necesaria preparación
catequética del pueblo cristiano para acoger y comprender el
espíritu y las orientaciones de la reforma litúrgica.
Pastoral
litúrgica
El momento actual
no puede ser más propicio para relanzar la reforma litúrgica
por los caminos de la profundización y consolidación de cuanto se
ha hecho de positivo. La pastoral litúrgica no puede ser una tarea aislada
y unilateral. De ahí que debe estar inspirada por el genuino
espíritu eclesial, y sin perder para nada su finalidad propia, debe
estar orientada a la santificación del hombre y a la
glorificación de Dios por el culto (ciSC 7,10).
A los veinte
años de aquel acontecimiento que fue el Vat. II, bajo cuyo impulso
creador vive la iglesia, debemos apoyarnos en los muchos signos de vitalidad
que en todos los sectores del pueblo de Dios se encuentran en
relación con la liturgia, y aceptar el reto de una nueva etapa
ilusionada y realista a la vez, pero firme en los propósitos y en el
empeño constante y esperanzador. Es necesario acercar
pastoralmente la liturgia al hombre y el hombre a la liturgia. Hay que
poner el acento e interés en ayudar a descubrir la liturgia como
centro y cumbre de la vida cristiana por celebrarse el misterio pascual de
Cristo.
c) Influjo de las
perspectivas pastorales en la pastoral litúrgica.
Dado que se
desarrolla alrededor de ritos transmitidos tradicionalmente y propuestos por
los / libros litúrgicos, la pastoral litúrgica es ciertamente
la más concretamente determinada: hay momentos establecidos,
contenidos precisos, modos obligatorios. Y, sin embargo, el contexto
eclesial en el que se desarrolla, las orientaciones pastorales que prevalecen,
las relaciones con el mundo que la comunidad establece, influyen notablemente
en la reflexión y la actividad de la pastoral litúrgica.
Ésta se sitúa entre lo ritual y lo eclesial, no sólo como
mediación, sino interpretando y, en consecuencia, con un
* Pastoral
litúrgica
análisis
de la situación socio-cultural que se refleja en las asambleas celebrativas,
con un discernimiento de los sujetos que celebran o de los candidatos a
las celebraciones, con previsiones e iniciativas de lo que el celebrar
implica para la comunidad.
El planteamiento
comunitario que ha asumido definitivamente la teología pastoral, al
menos a nivel teórico, ha sido muy importante para la pastoral
litúrgica; incluso se debe reconocer que en gran parte se debe
precisamente a ella el redescubrimiento de la asamblea-comunidad como
sujeto integral de la celebración. Pero ahora parece importante la
adquisición del aspecto cristológico para la
caracterización de las celebraciones litúrgicas como formas
testimoniantes de
la fidelidad de las comunidades eclesiales al proyecto mesiánico de
Jesús. Las relaciones con el mundo y la misión de la iglesia
sólo encontrarán una adecuada solución en la
interpretación continua de quién fue el Jesús
histórico, que ha llegado a ser Señor y Mesías (He 2,36)
por el poder del Padre, y de qué proyecto de hombre y de comunidad
fue portador e iniciador, y por lo tanto de lo que la iglesia debe ser en las
diversas situaciones. Semejante trabajo no podrá dejar in
demnes las
celebraciones, sino que las llevará a ser lugares en los que se hace
memoria y se proclama la actualidad de este proyecto mesiánico, nos
ofrecemos a Dios para estar disponibles a su acción en el mundo, y
donde simbólicamente se expresa y pneumatológicamente se
experimenta ese modo nuevo de ser y de relacionarse.
3.
1588
del objeto
material, se pregunta qué tiene de un modo formal como específico
litúrgico el conjunto de iniciativas prácticas que se toman
y que no se pueden reducir a la simple ejecución ritual de la
liturgia. Sin duda, el ambiente en el que se desarrollan las celebraciones
litúrgicas se caracteriza por una sacramentalidad eclesial
específica; y así se expresa de un modo específico el
sacerdocio, tanto del cuerpo eclesial como el ministerial. Los documentos
conciliares han advertido que lo sacramental y lo sa
cerdotal son
dimensiones del ser y del actuar eclesial y cristiano (LG 1 y 10); en
consecuencia, van más allá del ámbito litúrgico; en
él, sin embargo, se expresan a través de "signos
sensibles" (SC 7), "elementos rituales" (SC 59) o, en
general, de sacramentos (LG 11), que constituyen lo propio, lo
específico de lo que se llama litúrgico. En consecuencia, la
pastoral litúrgica debe tomar en serio el hecho de que lo que la
cualifica
de un modo
especial proviene de la atención orientada hacia los signos cultuales a
través de los cuales la iglesia, reunida en asamblea, manifiesta lo
que es por iniciativa de Dios —alcanzando así el máximo de
significatividad y de eficacia y, por esto mismo, de
sacramentalidad— y, al mismo tiempo, ejercita su acción sacerdotal
en la relación de comunión con Dios, en la mediación
representativa de Cristo y en la invocación
del
Espíritu Santo.
Evitando el
plantear la cuestión teórica sobre la especificidad del sacerdocio
cristiano, consideramos la dignidad y función sacerdotal como la
posibilidad recibida de acceder a Dios superando el obstáculo del pecado,
de entrar en diálogo de comunión con él y de
significar a través de formas expresivas adecuadas estas relaciones
no experimentables de forma inmediata; todo esto en Jesús y por la
acción del Espíritu Santo. El
1589
mismo
Jesús ha dado a su iglesia, en la cena eucarística, los signos
rituales necesarios para recordar-expresar su acción sacerdotal por
excelencia y para asociarse a ella apropiándonosla ritual y
vitalmente; el Espíritu Santo, animando toda existencia cristiana
y a las comunidades eclesiales, hace vivir este sacerdocio de un modo
consciente y llena de eficacia los signos rituales que lo manifiestan. Por
tanto, desde el punto de vista operativo-ritual, la mediación sacerdotal
es la capacidad de significar simbólicamente la relación de comunión
con Dios que la biblia revela y que la iglesia vive. Por esto la acción
pastoral es litúrgica cuando está atenta a todo aquello que
en la existencia cristiana y en la actividad de la iglesia emerge como
expresión ritualizada de la dignidad y función sacerdotal
para favorecerlo e interpretarlo desde la fe. Toma en serio el hecho de
que todo fiel, por su dignidad sacerdotal (LG 10-11) y por el
"sentido de la fe" (LG 12), debe estar en situación de
interpretar el lengua
je cristiano de
los signos rituales y de ser él mismo sujeto que realice actos
simbólicos que sean significativos.
El campo de la
acción pastoral litúrgica se extiende a ámbitos
más amplios que la celebración de las asambleas, ocupando incluso
los espacios rituales de la oración personal, familiar,
catequística y popular, como las formas devocionales o de piedad,
valorándolas en relación con la liturgia y relacionándolas
con ella. Además, la pastoral litúrgica muestra cómo las
actitudes espirituales cristianas y las diversas actividades
pastorales encuentran su momento de expresión simbólica, y
por lo mismo de una eclesialidad y sacramentalidad intensas, en la
liturgia entendida como "cumbre y fuente" (SC 9-10).
La pastoral
litúrgica proporciona
Pastoral
litúrgica
a cuantos tienen
funciones ministeriales en las asambleas litúrgicas, y
especialmente a aquellos cuyo ministerio se define como sacerdotal por
antonomasia, la profesionalidad requerida por el deber de actuar ritualmente
de modo que se signifiquen las complejas relaciones que los creyentes
cristianos tienen con el Dios de Jesucristo en la iglesia por el
Espíritu Santo. La competencia doctrinal y la capacidad operativa de
realizar las celebraciones litúrgicas de modo que resulten
significantes y comunicadoras de las realidades divinas que
aquéllas tienen el deber de expresar sacramentalmente, y de educar
a los fieles en la cultura de la fe que les- haga capaces dé interpretar
y participar fructíferamente, deben ser el bagaje intelectual y
práctico de quienes son llamados a ser presidentes de las asambleas litúrgicas,
las cuales reúnen a las comunidades de las que aquéllos son
pastores.
III. La pastoral
litúrgica en relación con los ritos y con las asambleas
Las
"palabras y cosas presentidas", que constituyen la
"tradición sagrada" y cuya "comprensión crece"
(DV 8), son el tejido con el cual la pastoral litúrgica construye las
celebraciones adecuándolas a las asambleas concretas. La biblia y los
ritos sacramentales son la sustancia de esa tradición eclesial, cuya
riqueza espiritual debe ser interpretada, asimilada y celebrada en toda
época y en todo lugar. En la práctica es colocada a
disposición de las iglesias a través de los / libros
litúrgicos que, al servirse de la biblia y presentar
eucológicamente los sacramentos, hacen ya una interpretación
y pretenden favorecer la asimilación a través de esa
especial actividad eclesial que es el celebrar.
1.
INTERPRETACIÓN PASTORAL
DE LOS LIBROS
LITÚRGICOS. A SU vez, los libros litúrgicos exigen no sólo
una ejecución de tipo ritual, sino también una
interpretación de su contenido desde la perspectiva de la
actuación pastoral. Los libros nacidos de la reforma litúrgica
del Vat. II tienen unos praenotanda ( = introducción) o institutiones
(principios y normas) que señalan su valor teológico, su
función eclesial y su posible aplicación pastoral. Antes de usar
un libro litúrgico debe examinarse atentamente lo que nos propone
y los diversos modos como puede celebrarse. Una mentalidad de tipo ritualista
todavía difundida entre el clero se preocupa sobre todo por la
ejecución exacta de las rúbricas.
concretas de las
personas y del ambiente, de modo que se llegue a conseguir la
implicación del conjunto de la asamblea que participa. Para llegar
a esto, el libro litúrgico debe ser sometido a una interpretación
que puede realizarse según el siguiente esquema: proyecto,
programación, realización -".
1590
a) El proyecto
teológico-pastoral de un rito. De los libros litúrgicos,
el agente pastoral debe tomar sobre todo las afirmaciones teológico-pastorales
que señalan el objetivo que la iglesia se propone con ese rito
o con esa
secuencia ritual. Por ejemplo, en cuanto a los ritos de introducción
de la misa,
(n. 24). Por
tanto, el problema pastoral no es el de realizar perfectamente cada
uno de los elementos rituales, sino de realizar toda la secuencia ritual de
modo que se alcance ese objetivo, y de respetar el "carácter de
exordio, introducción y preparación" (ib) propio de estos ritos.
En el RP se entiende que la iglesia no se limita a proponer diversos modos
de celebración; en la introducción nos invita a construir
todo un sistema penitencial •", poniendo de manifiesto cómo
la penitencia debe practicarse "en la vida, en la liturgia y especialmente
en el sacramento de la penitencia" (cf n. 4). Sólo en este
contexto llegan a tener su significado los diversos ritos que se proponen. En
el RBN hay una introducción general que plantea el bautismo de los
niños desde la perspectiva de la iniciación cristiana; desde
ese punto de vista debe comprenderse también el RC. Los primeros
19 números de
vidualizables en
la misma estructura de las celebraciones, es lo que llamamos proyecto de
un rito. Los agentes pastorales lo deben tener siempre presente como
perspectiva ideal y 1591
como modelo de
inspiración, aunque haya necesariamente una distancia entre
formulación teórica y aplicación práctica.
b) El
"programa " ritual de una celebración concreta. Para celebrar
un rito y para realizar su proyecto, la asamblea litúrgica utiliza los
diversos elementos rituales organizados según una secuencia
orgánicamente establecida y distribuidos según roles
ministeriales determinados. Es necesario un programa preparado con
anticipación, que prevea ios movimientos, los gestos, los textos de
lectura y de oración, los cánticos, y que confíe su
ejecución a los actores disponibles. No todo ha de estar
rígidamente prefijado, ya que hay intervenciones del presidente o de los
ministros del tipo moniciones que "no requieren que se reciten exactamente
en la forma propuesta en el Misal" (OGMR 11), o del tipo exhortaciones a
menudo introducidas así: "Con estas palabras u otras
semejantes". Pero estos momentos, que forman parte del desarrollo de la
celebración, deben estar cuidadosamente previstos y preparados,
dado que la celebración no soporta improvisaciones espontáneas o
enseñanzas prolijas J». A menudo, antes de comenzar la
celebración se presenta un sumario que enumera la sucesión
de los elementos rituales con los actores que los ejecutan. Pero ¿con
qué criterios se prepara este programa ritual? Frecuentemente el libro
litúrgico ofrece formas o elementos rituales alternativos, da la posibilidad
de elegir (OGMR, c. Vil), faculta para escoger otros formularios (OGLH
246-252), indica posibles adaptaciones que corresponden al presidente (cf
RP 40). Todo esto sin tener en cuenta todo lo que cada libro deja a las
conferencias episcopales para la acomodación a las diversas
regiones y circunstancias".
Pastoral
litúrgica
En algunos casos,
como en la misa con / niños, se permiten amplias posibilidades de
omitir o sustituir elementos rituales para mejor alcanzar el objetivo
previsto. Por lo tanto, el programa para cada celebración concreta es el
resultado de la atenta elección y de la oportuna disposición de
los elementos rituales —algunos contenidos en los libros
litúrgicos, otros tomados de los repertorios, como los cánticos,
y otros previstos como momentos de un hablar no ritualizado— en
relación con la asamblea concreta, teniendo presente siempre el
proyecto inspirador. Allí donde la celebración se repita, como la
misa dominical en una iglesia parroquial, la configuración del
programa deberá contar también con una pedagogía pastoral
progresiva.
c) La
dirección ejecutiva. Normalmente, el modo de ejecución de
los elementos rituales programados es sugerido por las rúbricas, que se
pueden considerar como indicaciones técnicas ceremoniales. Las
acciones litúrgicas —la proclamación de una lectura,
el intercambio de un saludo, la recitación de una oración,
un cambio de lugar, la realización de un gesto, la ejecución de
un cántico— exigen una realización que respete y
subraye su valor simbólico, que favorezca su misma fuerza comunicativa
y significante, que contribuya a crear un clima comunitario y una
atmósfera religiosa, que suscite tanto el sentido de la fiesta como
la disposición para la contemplación. Son ceremonias, porque
se salen de lo normal y de lo banal; pero corren continuamente el peligro
de caer en un formalismo vacío de significado o en una solemnidad
retórica. Los libros litúrgicos dan sugerencias sobre
el modo como se deben realizar los ritos (cf OGMR 18; 2023); pero su
medida, su tono, su estilo no pueden establecerse a priori
Pastoral
litúrgica
de una vez por
todas, dada la variedad de elementos enjuego: la personalidad del
ministro, la cantidad y amplitud de la asamblea, la circunstancia concreta
de la celebración. Aunque en el ámbito litúrgico "el
estilo es el hombre", en cuanto que las acciones rituales son
realizadas por personas y el verdadero símbolo ritual es la persona
que actúa y se expresa, también es verdad que la persona
debe contener sus sentimientos y adecuar sus gestos al papel que representa,
siendo en la asamblea signo de Cristo Señor, que actualmente
realiza ese servicio. Todo este conjunto de sugerencias e indicaciones
para la ejecución del programa ritual, adecuándolo tanto a
las personas como a las circunstancias, puede denominarse
dirección, por analogía con él teatro, donde la
dirección es el arte de representar a través de la puesta en
escena del guión. Las recientes disposiciones no contemplan al
ceremoniero, pero aluden a la posibilidad de que "sobre todo en las
iglesias y comunidades de mayor importancia haya alguien designado para la
preparación adecuada de las acciones sagradas y para que los ministros
las ejecuten con decoro, orden y piedad" (OGMR 69).
2.
VALORACIÓN PASTORAL DE LAS ASAMBLEAS LITÚRGICAS. LA
elección y la disposición de las formas y de los elementos
propuestos por los libros litúrgicos para configurar una
celebración concreta debe hacerse "según las circunstancias
de personas y lugares" (OGMR 5) y mirando "más al bien
espiritual común de la asamblea que a sus (del sacerdote
presidente) personales preferencias" (OGMR 313). El carácter
comunitario-asamblear de las celebraciones es ya un principio
adquirido (SC 26-27), y por tanto debe orientar toda iniciativa de la pastoral
litúrgica que, "mirando a la naturaleza y 1592
demás
circunstancias de cada asamblea", debe ordenar toda la celebración
"de modo que favorezca la consciente, activa y total participación
de los fieles, es decir, esa participación de cuerpo y alma, ferviente
de fe, esperanza y caridad" (OGMR 3). La asamblea concreta, como existe
aquí y ahora, interviene condicionando el planteamiento y la conducción
de la celebración, que deberá adecuarse por tanto a ella en
el modo de realizar los ritos y en sus formas expresivas40.
a) Factores
condicionantes de la expresión de la celebración. Los
condicionamientos más evidentes son de orden sociológico; y es
positivo valorar la asamblea a partir de los diversos grupos de edad,
pertenencia cultural o estratificación social. Pero se ha
observado que los factores que influencian más especialmente en la
participación están relacionados con los niveles de fe, con las
experiencias eclesiales, con las relaciones existentes entre los presentes, con
el conocimiento del presidente y de los ministros. El ideal de una asamblea es
la heterogeneidad sociológica y cultural (en cuanto que expresa
mejor la realidad del pueblo de Dios) junto con la homogeneidad en la
experiencia de fe y de vida eclesial, con tal de que ésta no desaparezca
bajo una religiosidad de tipo genérico y una pertenencia puramente
jurídica. Basándose en los diversos modos de pertenecer a la
iglesia, un estudioso
1593
pequeñas
comunidades, cuyas exigencias y sensibilidad caracterizan notablemente la
asamblea y, por tanto, las celebraciones correspondientes. Las asambleas
parroquiales son ahora constituidas por cristianos donde domina el elemento
catequético, es decir, que han seguido cursos catequísticos
y tienen una cierta atención ante las propuestas eclesiales para su
vida de fe, con un porcentaje más o menos amplio de cristianos de
dominante cultual, preocupados sólo por la observancia, y presentes de
modo masivo en algunas circunstancias y en las grandes fiestas.
La misma
disposición de los fieles en la asamblea —situados frente al
presbiterio o formando un semicírculo en torno a él;
esparcidos por la iglesia; en círculo, mirándose unos a
otros—, además de su amplitud, determina modos diferenciados de
celebrar y, por tanto, estilos diversos de participación. Pertenece a
los responsables pastorales de la liturgia valorar las formas
participativas que conviene exigir a una asamblea, sin exigir lo que ella no
puede dar, pero tampoco privándola de aquellos modos de expresarse
de los que es capaz.
b) Factores
condicionantes de la misma posibilidad de la celebración.
Se abre
aquí un nuevo capítulo de la acción pastoral que afecta de
cerca a la pastoral litúrgica y que concierne a la valoración de
las "condiciones de posibilidad de celebración" de un
sacramento eclesial. ¿Qué actitudes conscientes de fe son
exigidas para que los responsables de la iglesia puedan juzgar como
oportuno dar un sacramento a aquellos que lo piden? La propuesta del RICA hizo
entender que a la iglesia no se pide el sacramento, sino el ser
introducido en la fe cristiana; los sacramentos son dados por la iglesia
después de que se ha manifestado la oportuna dis
Pastoral
litúrgica
posición.
Por esto, los catecúmenos son elegidos para prepararse a su recepción.
En todas las
introducciones opraenoianda de los ritos sacramentales se alude a SC 59:
"Los sacramentos suponen la fe"; pero la reflexión teológico-pastoral
se plantea una cuestión: ¿Qué fe? ¿Basta una
fe religiosa
o es necesaria la
fe en Jesús, el Señor? ¿Es suficiente una fe
cristiana? global o se requiere una fe informada por los significados
teológicos y espirituales del sacramento que se recibe? ¿No es
deseable una fe iluminada por el significado existencial y eclesial del
sacramento, y por esto mismo educada para saber leer en profundidad el signo
sacramental en el contexto de la celebración? ¿Cuándo y
cómo desarrollar esta catequesis mistagógica? ¿Y
cómo discernir la fe de los candidatos, y qué
garantías de continuidad pedirles?
Estos
interrogantes se hacen más urgentes, incluso dramáticos, en una
situación eclesial caracterizada por la desaparición de la
cristiandad, nada menos que llamada poscristiana por la prevalencia de
actitudes públicas secularizadas y la desaparición de los
soportes ambientales y culturales de la vida cristiana. En esta
situación, difundida por. Europa occidental, ¿es posible y
oportuno admitir a todos a las celebraciones sacramentales? ¿O
no es pastoralmente más prudente y religiosamente más indicado
ofrecer oportunidades de celebrar adecuadas a los diversos niveles de
fe, favoreciendo así un crecimiento en la comprensión del
evangelio, para no desilusionar con una apresurada oferta sacramental? A
este propósito se habla de la liturgia del umbral, dirigida a
familiarizar a las personas con la escucha creyente, con la oración
personal y con algunos signos eclesiales4!.
[/
Evangelización y liturgia].
Pastoral
litúrgica
3.
CONDUCCIÓN PASTORAL DE LAS CELEBRACIONES. Plantear programáticamente
una celebración para una asamblea concreta y dirigirla de modo que
resulte significativa para quien participe en ella exige un profundo
respeto por la naturaleza simbólica de toda acción
litúrgica. Aquí está el límite infranqueable
de la adaptación de la celebración a la asamblea, ya que es
ésta la que debe ser llevada a percibir y asimilar los mensajes
propuestos por los signos litúrgicos, que en su estructura ritual y
en sus contenidos son un dato no manipulable. La mediación pastoral
del presidente y de los ministros debe favorecer la comunicación
simbólica que tiene lugar en el momento de celebrar y que une
directamente a cada fiel con las realidades significadas. A esto se llega
teniendo en cuenta las características propias de la
comunicación simbólica, así como de esos
símbolos particulares que son las acciones litúrgicas.
a) Asegurar la
verdad humana de los signos litúrgicos. Para que una acción ritual-simbólica
sea comunicadora de mensajes religiosos, debe ser ante todo simplemente humana.
Aun en su estilización ritual, una acción litúrgica debe
permanecer humanamente verdadera: diálogo donde hay personas
que hablan y que escuchan; banquete donde se come y se bebe; agua que corre
sobre el cuerpo... Los ritos corren a menudo el peligro de estilizarse
tanto que pierden toda relación con las acciones análogas de
la vida normal, llegando incluso a tener necesidad de una
explicación para ser considerados como gestos antropológica
y culturalmente verdaderos. Esta verdad humana, soporte de la significación
religiosa, se obtiene cuando se cuida la calidad de los objetos usados y
del ambiente en el que se cele
1594
bra; pero
también es importante el actuar de los ministros, ya que el símbolo
litúrgico es casi siempre una acción. El mismo modo de
hablar debe tener en cuenta los signos paralingüísticos
(entonación, pronunciación, ritmo, sonoridad...) que suministran
a los oyentes la clave para descodificar correctamente el significado de
lo que se dice. La fuerza significativa de la celebración, y en
consecuencia su capacidad comunicadora, depende del comportamiento de
los que realizan los diversos signos (una lectura, un diálogo, un
cántico, un gesto...) con espontaneidad y con sencillez solemne,
con la conciencia de, simbólicamente, mediar la realidad divina de
la salvación.
b) Hacer
perceptibles las "otras" realidades significadas. Pertenece al
símbolo el juntar realidades de orden diferente
(sensible-espiritual; terrestre-celeste; cósmico-humano-divino;
pasado-presente-futuro...) y ofrecer una vía de acceso del orden
constatable a aquel que puede ser intuido a través de una multiplicidad
de relaciones. La acción simbólica es siempre multisignificativa,
como rendija a través de la que se atisba un amplio horizonte
contemplado desde el punto en el que aquella nos sitúa. La
determinación de algunos significados surge del contexto en el que
está inserto el símbolo y de la capacidad interpretativa del que
lo experimenta. Así pues, para favorecer la comunicación
simbólica se debe actuar sobre el contexto de la celebración para
plantear la acción simbólica en la perspectiva correcta, y sobre
las personas presentes para suscitar en ellas la capacidad de re
cepción e
interpretación. La acción pastoral seguirá estas dos
pistas y no pretenderá dar una explicación que empobrezca el alto
valor evocador y provocador del símbolo y mortifique 1595
a la persona
impidiéndole realizar esa actividad interpretativa que la predispone a
la adhesión y al encuentro. Estos son los caminos de una
auténtica catequesis sacramental que tienda más a la
conversión que a la instrucción, y que se preocupe de poner los
condicionamientos mínimos para que en la celebración se
establezca el diálogo con Dios, que habla y se comunica a través
de los signos. En primer lugar se tendrá en cuenta la ley
litúrgica de la relación palabra-sacramento, por la que una
acción sacramental siempre está precedida por un texto
bíblico que narra el acontecimiento salvífico que el
sacramento actualiza. En segundo lugar se tendrá presente la otra
ley litúrgica: la relación oración-sacramento,
por la cual una acción sacramental siempre está precedida
por una invocación (epíclesis), con el fin de que el
acontecimiento salvífico sea eficaz para las personas que ahora lo
celebran. Se trata de despertar el deseo orientándolo, a través
de la oración, hacia el proyecto divino 4>.
c) Insertar la
celebración en el horizonte experiencial-cultural de la asamblea. Para
que se establezca una comunicación es necesario hablar de cosas que
pertenezcan a los intereses, preocupaciones y esperanzas de aquellos a los
que se dirige, o bien conecten con los intereses, preocupaciones y
esperanzas ya presentes (aunque no explícitamente) en los
interlocutores ". Las celebraciones litúrgicas y su
realización carecen a menudo de esto, y por ello mismo no
aparecen unidas a la vida concreta y no influyen sobre ella. El lenguaje que
allí se habla, incluso en los gestos simbólicos, queda fuera de
la experiencia vital y no ayuda a interpretarla ni a orientarla. Esta
traducción del lenguaje de la fe al contexto cultural en el que viven
los creyentes-practicantes, para que
Pastoral
litúrgica
comprendan las
consecuencias para su vida y se conviertan a la oferta divina, no es una
acción reservada a la pastoral litúrgica. Ante todo es deber de
la teología, de la catequesis y de la espiritualidad; de ellas deduce la
pastoral litúrgica los términos con los que plantea los textos
bíblicos y las acciones simbólicas, poniéndolas en
relación con las experiencias culturales y vitales de las personas
presentes en las asambleas; pero no como una actividad teórica,
sino compartiendo auténticamente esas experiencias comprendidas a la luz
de la fe. Así formados, presidentes y ministros sabrán plantear
la celebración y conducirla, con intervenciones más
alusivas que descriptivas de la realidad cotidiana implicada por los signos
litúrgicos, de modo que se permita esa comunicación profunda que
Dios, en Jesucristo y por el Espíritu Santo, realiza con estos
fieles y en esta asamblea.
IV. Centros
operativos de la pastoral litúrgica
La
constitución conciliar SC y la sucesiva reforma litúrgica han
significado un viraje decisivo para el movimiento litúrgico,
ya que han extendido a toda la iglesia los objetivos y métodos de
la pastoral litúrgica, por mucho tiempo considerada como una actividad
reservada a ambientes de élite. Afirmada la oportunidad
histórica y la actualidad espiritual de la promoción y
renovación de la liturgia (SC 43), el concilio se apresura a constituir
órganos permanentes nacionales y diocesanos para "dirigir la
actividad pastoral litúrgica" y "promover el apostolado
litúrgico" (SC 44-45). Con el motu proprio Sacram liturgiam (
Pastoral
litúrgica
cesis, o en la
reunión de algunas, los obispos constituyan "una comisión
cuyo deber sea el de atender al conocimiento y al incremento de la liturgia"
(n. 2). La siguiente instrucción ínter oecumenici (
[/ Organismos
litúrgicos].
1. ORIENTACIONES
DE PASTORAL LITÚRGICA DE
S. Congregado pro
Sacramentis et Cultu divino, comprende ahora institutiones generales o
praenotanda que orientan para una utilización de los ritos consciente de
su significado teológico y de su importancia pastoral, a menudo
dando amplias posibilidades de adaptación a las situaciones
concretas en conformidad con los nn. 37-40 de
1596
actividad de
2. DIRECTIVAS
NACIONALES DE PASTORAL LITÚRGICA. La constitución de las
conferencias episcopales, que reúnen a "los obispos de una
determinada nación o territorio" (CD 37-38), ha llevado
también a la institución de la comisión litúrgica
nacional, formada por "miembros de la misma conferencia episcopal o, si
no, tendrá como miembros a uno
o dos obispos, a
los que se unirán sacerdotes expertos en liturgia y pastoral,
personalmente designados para esta tarea" (ínter oecumenici 44). A
esta comisión "ayudará en lo posible un instituto de
liturgia pastoral, compuesto de miembros eminentes en estas materias,
sin excluir los seglares según las circunstancias" (SC 44). Deber
de esta comisión es "encauzar dentro de su territorio la
acción pastoral litúrgica... y promover los estudios y
experiencias necesarios cuando se trate de adaptaciones que deben
proponerse a la sede apostólica" (SC 44). De hecho, el trabajo fundamental
de estas comisiones, a menudo reunidas por áreas
lingüísticas, fue el preparar la traducción de los
libros litúrgicos, a veces también con adaptaciones rituales
y con unas oportunas directivas pastorales de acuerdo con las situaciones
concretas. Al activo de estos organismos pertenece también la preparación
de los documentos que a menudo la conferencia episcopal ha
1597
hecho propios o
que la comisión ha publicado como propios, y la organización
de encuentros nacionales de los responsables diocesanos de la liturgia.
Una información sobre cuanto hacen las diversas comisiones litúrgicas
nacionales se publica periódicamente en Notitiae.
Con la reforma y
al lado de las iniciativas oficiales, han crecido los centros, los
periódicos y las publicaciones de pastoral litúrgica, a menudo
antecediéndolas con estudios y propuestas o acompañándolas
con sugerencias y subsidios. A este respecto, las naciones de todas las
áreas lingüísticas han visto multiplicarse las iniciativas.
Todo este trabajo se ha mostrado fecundo, tanto para la formación de los
agentes pastorales como para la realización de inteligentes
experiencias de adaptación, allí donde un instituto de liturgia
pastoral ha colaborado con los organismos oficiales y se ha hecho
promotor de investigaciones, de sesiones de estudio y de publicaciones
científicas y pastorales. Se ha constatado que si la liturgia debe estar
regulada por la autoridad competente, permanecen amplios espacios que pueden y
deben ser ocupados por iniciativas inteligentes.
En España,
el Secretariado Nacional de Liturgia, órgano ejecutor de
[/ Organismos
litúrgicos II, 111].
Pastoral
litúrgica
3. PROGRAMAS DE
PASTORAL LITÚRGICA A NIVEL DIOCESANO. Recomendada ya por
Pastoral
litúrgica
veces en la
revista Pastoral Litúrgica, de
4. ACTIVIDADES DE
PASTORAL LITÚRGICA A NIVEL PARROQUIAL. Toda celebración que
quiera adecuarse a la asamblea y que se desarrolle de un modo
significativo con la colaboración de ministros debe estar precedida
por una preparación práctica hecha "con ánimo
concorde entre todos aquellos a quienes atañe, tanto en lo que toca al
rito como al aspecto pastoral y musical, bajo la dirección del rector de
la iglesia, y oído también el parecer de los fieles en lo que a
ellos directamente les atañe" (OGMR 73). Es obvio que en este
trabajo preparatorio debe estar presente el sacerdote presidente, aunque no sea
el rector de la iglesia. Para las celebraciones dominicales y festivas de
asambleas regulares, estos colaboradores que preparan la celebración
y animan la asamblea tienden a constituir un servicio permanente y a
organizarse en un grupo. A menudo el cuidado de una asamblea es asumido
por los miembros de un grupo eclesial que entre sus actividades tiene también
la de reflexionar sobre las lecturas bíblicas y sobre la liturgia
de la misma en con
junto con el
presidente, la de preparar las diversas intervenciones y propuestas
rituales y la de distribuir los diversos servicios. En las iniciativas de
catequesis particulares con vistas a los diversos sacramentos se han introducido
fieles que se convierten también en colaboradores para la
preparación y conducción de la cele
1598
bración:
para el bautismo de los niños, la misa de primera comunión,
la confirmación, el matrimonio... A menudo las personas interesadas
—padres, confirmandos, novios— son invitados a participar activamente
en la preparación, además de realizar alguna función
relevante en la celebración. De todas estas actividades en torno y
dentro de la liturgia van surgiendo fieles que colaboran con una cierta
frecuencia y competencia; con ellos se constituye el grupo
litúrgico "8. Con él el párroco no se limita a
preparar cada una de las celebraciones, sino que piensa y programa toda la
actividad pastoral litúrgica de la parroquia, atendiendo a las
diversas asambleas y con un plano de formación progresiva para ellas. El
mismo consejo pastoral debe interesarse por proyectar y evaluar la vida
litúrgica cuidando de que tenga relación con las diversas formas
de catequesis y que influya sobre la calidad de la vida comunitaria,
familiar y personal. Sobre todo los tiempos litúrgicos fuertes
(cuaresma, tiempo de pascua y adviento), que unifican la actividad de los
diversos grupos y las diferentes iniciativas pastorales, deben proyectarse
a nivel de consejo pastoral.
En este nivel de
la base actúa de un modo eficaz la pastoral litúrgica, y en
consecuencia debe ser el sector que reciba las mayores atenciones, no
sólo para controlar y orientar la ejecución, sino para manifestar
las exigencias, verificar las propuestas, experimentar las soluciones y acoger
eventuales intuiciones prácticas. No deben olvidarse las liturgias de /
grupos y comunidades, más o menos unidas a la parroquia, y en los
que la situación asamblear y eclesial permite formas de celebrar
más informales y a menudo más ricas y significativas.
Frecuentemente en estos grupos hay una notable capacidad creativa
—piénsese en los cánticos—
1599
cuya
producción pasa después a las asambleas parroquiales. Pero el
paso de una asamblea a otra no puede ser automático, y necesita una
cuidadosa reflexión.
[/
Secularización; / Movimiento litúrgico; / Formación
litúrgica; / Participación; / Animación].
NOTAS: ' Cf L.
Della Torre, Rinnovamento clella liturgia fra ieri e domani, en Humanilas 1976,
720-736; los artículos de C. Vagagginí, P. Visentin, L, Della
Torre, en RL 1974/1, sobre Nel decennale della Sacrosanclum Concilium
— 2 J.A. Jungmann, Pastora! e historia de ¡a liturgia, en Herencia
litúrgica y actualidad pastoral, col. Prisma, San Sebastián 1961,
451 -• ' Ib, 464-465 —
o.c. en la nota 2
hace referencia a la conferencia dada en aquella circunstancia; cf MD 47-48
(1956), que contiene las actas oficiales del congreso — 7 El
concilio había reafirmado el uso de la lengua latina, concediendo
"a la lengua nacional una parte más amplia, especialmente en las
lecturas y las admoniciones, en algunas oraciones y cantos" (SC 36).
Será la sucesiva experiencia la que convenza de que no era posible
conservar textos latinos en una celebración con el pueblo * Para una
breve historia de las vigilias bíblicas y su distinción de la
paraliturgia, cf L. Della Torre, Le celebrazioni della Parola di Dio, en
Pastoral
litúrgica
caro, nel XXV
anniversario, en RPI. 1981/1, 37-39 —1<l Para Italia cf el Direttorio
liturgicopastoraleper luso del Rituale dei Sacramenti e dei Sacramentan,
Padua 1967, y los comentarios de I. Biffi, en RL 1968, 84-106; 237-261
—
B. Seveso,
Teología pastorale, en DTI I, 88
3b 21
94 -Ib. 90
— Ib, 93 — 2* K. Rahner y sus colaboradores han expuesto las
cuestiones de la "teología práctica" en el Handbuch der
Pastorallheo/ogie, También han preparado un Lexikon der
Pastoraltheologie, ed. it. Dizionario di pastorale, Queriniana, Brescia
1979 2* B. Seveso, o.c., 95 — "> K. Rahner, La teología
pratica nel complesso deíle discipline leologiche, en Nuovi Saggi
III, Edizioni Paoline, 1969, 158 — •" Ib, 156 — "
Ib, 161 — " Cf
M. Lefebvre, Vers
une nouvelle problématique de la théologie pastorale, en NRT
1971, 29-49; Théologie pastorale et agir ecclésial, ib, 363386;
L'interdisciplinarité dans l'action el la reflexión
pastorales, ib, 947-962; 1051-1071 — 14 Cf H, Schuster, Diepraklische
Théologie unter dem Anspruch der Sache Jesu, en Praklische
Théologie heute, Munich-Maguncia 1974, 150163 — t5
Conferencia Ep. Española, La pastoral litúrgica en
España, Pastoral Litúrgica, nn. 133-134, 1983,3-13 -" Este
esquema ha sido aplicado fructuosamente a la misa en una serie de
artículos de Servizio della Parola 197H-79, recogidos luego en E. Costa,
L. Della Torre, F. Rainoldi, Interpretare il rito della messa, Que
Penitencia
riniana, Brescia
1980 — " Qué se entiende por "sistema penitencial"
se explica en Servizio delta Parola 111 (1979): Per una nuova pratica penitenziale,
donde la pastoral del sacramento de la penitencia se considera un aspecto de la
acción pastoral orientada a reconstruir hoy el sistema penitencial
eclesial — , ! Cf E. Costa, La presa di parola nell'assemblea
litúrgica, en La predicazione dei laici, Queriniana, Brescia 1978,
3746 — 39 Para las posibles adaptaciones a los varios niveles
eclesiales y en los diversos libros litúrgicos, cf A. Cuva, La
creativitá rituale nei libri lilurgici ai vari livelli di competenza, en
EL 1975, 54-99 — 40 Cf A. Pistoia, Dal rapporto rito-assemblea al rapporto
liturgia-chiesa, en Mysterion, LDC, Turín 1981, 233-258 —'•
H. Denis, La communauté eueharistique aujourd'hui, en MD 141 (1980)
37-67. Con otros criterios, pero siempre en la óptica
litúrgico-pastoral, ver los tipos de análisis propuestos en
L. Della Torre, Criíeri per modelli di celebrazione in assemblee
diversifícate, en VV.AA., Ecclesiologia e liturgia, Mahetti,
Turín 1982, 149159 — " Cf el n. 1980/2 de RL sobre
Perché dai sacramenti oggi non nasce la chiesa?, con artículos de
L. Bettazi, G. Grasso, F. Brovelli,
M. Sodi —41
Cf J. Gelineau, L'assembleacelebra azioni simboliche, en NeHe vostre
assemblee I, Queriniana, Brescia 19835; también el n. 121 (1980) de
Servizio della Parola, sobre Competenza del celebrare, con
artículos de G. Stefani,
S. Maggiani, L.
Della Torre, E. Costa, C. Loglio, C. Di Sante, G. Orlandoni, C. Biscontin
— w Cf F. Lever, La messa come comunicazione, en Catechesi 1980/15,
3-22 — 45 Cf Le traduzioni dei libri lilurgici. Atti, Cittá del Vaticano
1966 4» Not 1971, 133 -4' Cf Oggioni. Le commissioni diocesane di
liturgia, en RPL 1980/1, 44 — 48 Cf M. Mignone, Ilgruppo
litúrgico parrocchiale, en RPL 1980/1, 5053; B. Ripamonti, fniziare
un gruppo litúrgico inparrocchia, en RPL
L. Della Torre
BIBLIOGRAFÍA:
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Caracas 1975; Arns E.P., La liturgia, centro de la teología y de la
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Studium, Madrid 1965, 353-376; Bouyer L., Corrientes de espiritualidad y
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Concilio Pastora) de Galicia,
La liturgia
renovada en la pastoral de
Santiago de
Compostela 1976; Delegados diocesanos, Conclusiones del Symposium Phase100,
en "Phase" 100 (1977) 345-346; Floristán C, Dificultades de la
pastoral litúrgica ante el
1600
cristiano
tradicional, ib 44 (1967) 404-410; Orientaciones actuales de la
teología pastoral, ib 76 (1973) 389-400; Pastoral litúrgica, en
VV.AA., La celebración en
gica, en
"Liturgia" 255 (1971) 358-363; Vagaggini C, El sentido
teológico de la liturgia, BAC 181, Madrid 1959,765-884.
SUMARIO: Premisa
-1 . Conversión y penitencia en la historia de la salvación
- II. Momentos más relevantes de la tradición - III. El nuevo
"Ordo Paenitentiae": 1. Luces y sombras: a) El planteamiento
histórico-salvífico-trinitario de fondo, la dimensión
comunitario-eclesiológica, la centralidad de la palabra de Dios, b)
Límites y lagunas; 2. Posibilidades del nuevo rito: a) Su adaptabilidad,
b) Interrogantes sobre su efectiva utilización en España - IV.
Para una pastoral de la penitencia: 1. Evangelizar los valores profundos
del sacramento de la misericordia; 2. Una celebración auténtica;
3. Celebración y compromiso de crecimiento espiritual; 4.
Sugerencias para una verdadera renovación penitencial.
1601
Premisa
El momento en que
la iglesia ha promulgado un nuevo Ordo Paenitentiae ', inspirado en una
profunda renovación doctrinal y abierto a importantes perspectivas
celebrativas y pastorales, está marcado por una acentuada crisis del
sacramento de la penitencia, y sobre todo de la misma penitencia
cristiana. Tal crisis ha sido favorecida ciertamente por la inadecuación
de la disciplina tradicional, ahora ampliamente renovada, pero
también por una situación cultural profundamente insensible al
anuncio evangélico de la conversión y de la penitencia.
En el fondo de
todo esto está presente el radical viraje de la cultura moderna: de
la civilización de la causa primera, donde en el horizonte de la
propia vida y en la comprensión del mundo brillaba Dios creador y
Señor, se ha pasado a la civilización de las causas segundas,
caracterizada por una percepción solamente científica,
técnica y antropológica, donde en la práctica Dios se
ha hecho ausente, inútil o incluso competidor del hombre, que pretende
ser el único dueño de su destino, de sus opciones y de
su comportamiento. Es lógico que la pérdida del sentido de Dios
lleve consigo la pérdida del sentido del pecado como ofensa hecha a
Dios y del sentido de la responsabilidad frente a la voluntad concreta de
Dios o frente a su plano. Además, hoy se puede observar el crecimiento
del sentido de lo humano: este fenómeno, aunque en sí mismo
no es negativo, manifiesta, sin embargo, la tendencia a ver el pecado como
una ofensa al hombre y a resaltar solamente su dimensión humana y
social (cf RP 43) \ A esto se debe añadir la carrera hacia el bienestar,
no sólo favorecida, sino dirigida y confirmada por la
técnica más refinada y persuasiva que sabe utilizar la
actual so
Penitencia
ciedad de
consumo. Lo importante es estar bien, llegar a tener la mayor cantidad posible
de bienes para el uso y consumo propio.
Dentro de
semejante sistema de vida y de mentalidad, presente ahora a todos los niveles,
¿qué puede significar la predicación cristiana de la
penitencia, de la conversión a Dios
o de la
mortificación evangélica? A pesar de todo, no hay que dejarse
llevar por el pesimismo, por el desaliento o por el temor, que nunca son
actitudes constructivas. Si el hombre de hoy, dentro del clima general de
permisividad, ha creído liberarse de todo yugo para concederse
todas las libertades y goces posibles, no por esto ha llegado a ser
más feliz, más seguro ni más verdaderamente libre,
como frecuentemente reconocen tantas personas que viven según
esta orientación. Si ya no se busca el confesonario, mucha gente
manifiesta sus dudas, sus incertidumbres y sus angustias a otros con
fesores laicos,
dispuestos a dar sus consejos más o menos sabios y a liberar de los
diversos sentimientos de culpa. No solamente se recurre al psicólogo o
al psiquiatra para curarse de una cierta problemática que se lleva
dentro de sí, sino que se buscan incluso guías espirituales de
otras religiones para dar sentido y orientación a la propia
existencia, si es que no se va a la deriva con consecuencias peores. Todo
esto no facilita ciertamente el discurso y el compromiso de la
conversión cristiana, pero al menos muestra que ni siquiera el hombre
emancipado y secularizado ha vencido el temor, la inquietud, la
búsqueda, la necesidad de certezas e incluso de perdón.
Conscientes de
las especiales dificultades que provienen de la situación
ambiental y de los grandes recursos pastorales del nuevo Ritual
Penitencia
de
I.
Conversión y penitencia en la historia de la salvación
El pecado
apareció en el origen mismo de la historia humana; por esto, en la
realización concreta de su plan de salvación, Dios se ha preocupado
de quitar y curar esta antigua servidumbre, como la llama la liturgia
(colecta del martes de la primera semana de adviento), para allanar
el camino a la reconciliación plena y al restablecimiento de la
alianza de amor interrumpida por nuestros primeros padres y retomada con la
vocación de Abrahán.
Los profetas
especialmente fueron los grandes heraldos de este deseo divino: no cesan de
denunciar los pecados del pueblo infiel e ingrato frente a los abundantes
beneficios y al amor tan tierno y atento recibidos de Dios; hacer continuas
llamadas a la necesidad de conversión, que no puede consistir
sólo en ritos y gestos externos, sino que exige, además de un
radical cambio de conducta para conformarse con la voluntad de Dios y con sus
mandamientos, una transformación radical en lo más íntimo
del hombre; en el fondo, esta transformación se manifiesta como don de
Dios y de su Espíritu: finalmente, Dios puede escribir su ley en el
corazón del hombre y, además, darle "un corazón y un
espíritu nuevo" para los tiempos mesiánicos (Ez 11,19;
cfJer 31,31-34).
1602
La
predicación profética se dirige ante todo al conjunto de la
comunidad santa de Israel, sin exceptuar en sus llamadas y reproches a sus
jefes y dirigentes políticos y religiosos; poco a poco, sin embargo, la
mirada se dirige a todo el horizonte de las naciones paganas, que un día
se convertirán también y entrarán en el banquete
final junto con los primeros invitados. En los umbrales del NT, el
último de los grandes profetas, san Juan Bautista, inicia su ministerio
y lo desarrolla casi totalmente en torno a este tema con una urgente
llamada a la conversión con vistas a "preparar el camino del Señor"
(cf Me 1,2-5 y par.). Inmediatamente después, Jesús se inserta
y une explícitamente a esta llamada, proclamando el gran
acontecimiento decisivo para la elección de todos: "Se ha
cumplido el tiempo, y el reino de Dios es inminente. Arrepentios y creed en el
evangelio" (Me 1,15).
Jesús se
presenta como aquel que libera a los hombres de la esclavitud del pecado y de
la muerte; frecuentemente perdona él mismo los pecados (cf sobre
todo Me 2,1-12; 2,13-17; Le 19,1-10; 7,36-50; Jn 8,3-11) y afirma con
fuerza que "el Hijo del hombre tiene poder (exousía) para perdonar
pecados sobre la tierra" (Me 2,10). Esta misión que ha recibido del
Padre quiere que continúe en su iglesia: manda a los doce a hacer lo que
él ha hecho (cf Me 3,13-15) y transmite a los discípulos su
"poder". Esto se ve más claramente en el gran texto
juanista de la tarde de pascua (Jn 20,21-23), texto al que se ha referido toda
la tradición cristiana y en el que el concilio de Trento (DS 1670)
ve el fundamento del sacramento de la penitencia. La iglesia no ha cesado
nunca de predicar la conversión y la penitencia, y se ha considerado
siempre dispensadora de la gracia del perdón, merecida por Cristo de una
vez para siempre.
1603
II. Momentos
más relevantes de la tradición
A lo largo de su
historia, la iglesia ha conocido diversas condiciones y modos de explicar esta
mediación sacramental. Se ha hablado justamente de una triple
evolución en la disciplina penitencial de la iglesia: de una
celebración pública a una celebración privada de la
penitencia; de una reconciliación con la iglesia, permitida solamente
una vez, a una celebración frecuente del sacramento, entendida como
ayuda-remedio para la vida del penitente; de una expiación, previa a la
absolución, prolongada y rigurosa, a una satisfacción,
posterior a la absolución, leve y poco vinculante K
No es necesario
que nos alarguemos en la reconstrucción de la historia de la
praxis penitencial de la iglesia, sobre la que existen buenos estudios
[/ infra, bibl.]. Bastará un recuerdo sintético de las tres
fases, en las que se divide ordinariamente: fase de la penitencia
pública (ss. I-vi), que nosotros conocemos suficientemente
sólo desde el s. m, permitida una sola vez en la vida y reservada a los
pecados más graves, caracterizada por un largo y difícil
camino de expiación que concluía con una reconciliación
eclesial a través del ministerio del obispo, con la presencia de
toda la comunidad cristiana; fase de la penitencia tarifada (ss. VII-XI), que
se fue difundiendo poco a poco siguiendo la nueva situación cultural y
pastoral, repetible, con una satisfacción tarifada, es decir,
prefijada según una jerarquía de los pecados, seguida de una
reconciliación privada a través del ministerio de un
sacerdote; fase de la penitencia privada (del s. XI en adelante), con la
confesión a un sacerdote y la recepción inmediata de la
absolución después de aceptar una ligera satisfac
Penitencia
ción;
praxis que fue codificada por Trento —que insistió mucho sobre la
función del sacerdote como médico y juez y sobre los actos
del penitente (contrición, confesión y satisfacción)
y recomendó la denominada confesión de
devoción4— y ha llegado hasta nosotros.
Analizando la
más reciente praxis penitencial de la iglesia a la luz de la
tradición, K. Rahner pudo hablar de cinco "verdades
olvidadas": en relación con el aspecto eclesiológico
del pecado, con el significado original de "legare", con la materia
del sacramento, con la oración de la iglesia y con la
reconciliación eclesial5.
Después de
un estancamiento multisecular en la disciplina penitencial de la iglesia,
del Vat. II han llegado no sólo los criterios para la revisión
de los ritos y de la fórmula del sacramento de la penitencia (cf SC 72),
sino también la importante recuperación de la
comprensión eclesiológica de la penitencia cristiana (cf LG 11).
El nuevo Ordo Paenitentiae, publicado en 1974, después de un
difícil trabajo de preparación, aun revelando límites y
discordancias, se inspira en una visión teológica
renovada y promueve una praxis articulada en tres formas penitenciales: la
celebración individual con acusación y absolución
individuales; una celebración comunitaria con acusación y
absolución individuales y, en fin, una celebración comunitaria
con absolución general, reservada a los casos de necesidad determinados
por el obispo diocesano, de común acuerdo con los otros miembros de la
conferencia episcopal, con la obligación de acusarse de los pecados
graves en una confesión individual posterior. Comienza así una
nueva fase en la historia de la penitencia cristiana, que está madurando
fatigosamente en las comunidades cristanas.
Penitencia
III. El nuevo
"Ordo Paenitentiae"
1. LUCES Y
SOMBRAS. Apenas el OP se hizo de dominio público, no faltaron las
valoraciones de tono diverso en numerosas revistas, especialmente las
más interesadas por nuestro campo, así como en algunos
volúmenes escritos, generalmente en colaboración, por
especialistas. Se han puesto de manifiesto numerosos aspectos positivos junto a
carencias y formularios poco felices, especialmente si se tiene en cuenta el
lenguaje y la mentalidad teológica actual y los caminos concretos
que la praxis pastoral está buscando, al menos en algunos ambientes
más vivos.
El texto mismo
del OP provoca juicios y reacciones opuestas: de hecho, en muchos puntos
manifiesta la intención precisa y firme de confirmar como
típica la praxis tridentina de la confesión privada, pero no raras
veces, tanto en los Praenotanda como en el rito, los horizontes se
amplían; se nota la conciencia de una realidad mucho más amplia y
compleja que, por una parte, refleja una evolución histórica
larga y bastante diferenciada según tiempos y lugares y, por otra,
una situación pastoral actual extremadamente difícil y
diversificada, si se compara con la situación estática de la
cristiandad de ayer.
El esfuerzo de
los redactores —creemos que bueno, aunque en los hechos y en los
condicionamientos ha podido tener más o menos éxito—
tendía a concordar en la medida de lo posible las diversas tendencias
y salir al encuentro de las necesidades reales del que vive en contacto
con los hombres y con las comunidades de hoy. El resultado final,
aunque imperfecto, no está exento de buenos frutos ni carente de
significado para aquel camino de conversión que la iglesia de todas
las 1604
épocas
debe suscitar y dirigir sabiamente en el pueblo de Dios, como "fiel
administradora de las insondables riquezas de Cristo y de la ilimitada
misericordia del Padre".
a) Para un examen
atento, son numerosos los valores positivos que emergen del nuevo rito. Ante
todo, a nadie le escapa la importancia que se debe atribuir a un texto como el
de los Praenotanda, aunque un estudio serio no debe separarlo o aislarlo
del conjunto y menos de la riqueza ofrecida por la eucología, a pesar de
habérsela reducido o empobrecido progresivamente a lo largo de las sucesivas
redacciones.
Haremos
referencia a la edición castellana Ritual de
Salta
inmediatamente a la vista el
planteamiento de
fondo histórico-salvífico-trinitario del tema, que se explícita
desde los nn. 1-5 del RP, vuelve muy a menudo después y está
presente en toda la eucología, en primer lugar en la
"fórmula de absolución" (RP 1020) central, ampliada e
insertada explícitamente en tal contexto. He aquí otro
ejemplo: "...el Padre acoge al hijo que retorna a él, Cristo toma
sobre sus hombros la oveja perdida y la conduce nuevamente al redil, y el
Espíritu Santo vuelve a santificar su templo o habita en él con
mayor plenitud..." (RP 6, d; cf un texto semejante en el n. 5).
Más en
particular se podría subrayar el hecho de que la penitencia se
coloque en el centro de la historia salvífica, es decir, en el misterio
pascual de Cristo, con las palabras mismas de la absolución
(RP 19 y 102), e incluso con la exhortación que el sacerdote dirige al
penitente para que tenga conciencia de ser renovado en y mediante ese
misterio (cf RP 94). Es más, todo el conjunto de la celebración
sacramental se presenta desde el comienzo como una procla1605
mación de
la victoria pascual de Cristo sobre el pecado (RP 1). Diversas lecturas y
textos eucológicos no hacen sino reforzar esta idea central. Lo
mismo sería preciso decir de la acción peculiar del
Espíritu Santo en este sacramento: el hecho mismo de que un penitente
llegue contrito al confesonario quiere decir que es "movido por el
Espíritu Santo" (RP 6), aunque no lo advierta explícitamente;
y es el mismo Espíritu, dado "para la remisión de los
pecados" (fórmula de absolución), el que vuelve a
consagrar su templo, es decir, la persona del cristiano (RP 6d).
La
dimensión comunitario-eclesiológica, tan sentida y marcada
en la penitencia antigua, en la praxis corriente (hasta ahora) e incluso en la
conciencia de muchos confesores y penitentes, quedaba muy en la sombra por
causa de una comprensión preferentemente individualista e intimista
del sacramento. ¿Queda resuelto el problema en el RP? No, por
cierto, de un modo totalmente satisfactorio o adecuado. Pero si, prescindiendo
del modo como se haya llevado a la práctica en España, se
considera el libro litúrgico RP en sí, el cual, sobre los tres
ritos propuestos, organiza dos de ellos como celebraciones comunitarias
(RP ce. 2 y 5) —con la precisa intención, manifiesta ya en el
decreto introductorio, "ut in luce ponatur aspectus communitarius
sacramenti"^(desgraciadamente, el decreto no aparece en la
traducción castellana)—, no podremos menos de reconocer que
esto es ya un hecho importante que va mucho más allá de la
situación ante
rior. Pero se
dice también de modo explícito que "toda la iglesia, como
pueblo sacerdotal, actúa de diversas maneras al ejercer la tarea de
reconciliación", porque llama y prepara a la
conversión, intercede por el pecador con su mediación
materna y lo
Penitencia
sigue paso a paso
a lo largo de todo el itinerario que conduce a Dios, en el seno de la comunidad
de los hermanos. Este texto, tan importante, termina precisando que la
"misma iglesia ha sido constituida instrumento de conversión y
absolución del penitente por el ministerio entregado por Cristo a
los apóstoles y a sus sucesores" (RP 8; véanse también
los nn. 5; 9; 19). Es una pena que de este contexto haya desaparecido
algún hermoso texto patrístico (por ejemplo, de Agustín),
donde se mostraba cómo en el conjunto del proceso de la
reconciliación, hasta la absolución impartida por los legítimos
sacerdotes, existe siempre la unitas ecclesiae que está presente y
actúa sobre y con el penitente. Por
el contrario, nos
parece fuera de lugar pretender que el RP pueda dirimir la conocida
controversia teológica sobre si \apax
cum ecclesia sea la "res et sacramentum" a través de la cual
se recibe la pax cum Deo: con el Vat. II (LG 11), el RP(n. 4) se limita a
afirmar que el penitente, al recibir el perdón de Dios, se reconcilia
a la vez (simul) con la iglesia, que había sido herida por su pecado.
Otro valor de
primer orden, recuperado en la nueva celebración del sacramento, se
encuentra en el lugar y en la función atribuidos a la palabra de
Dios, no sólo por el rico leccionario propuesto (se indican
más de ochenta lecturas, con la advertencia de que pueden ser
escogidas también otras según las circunstancias), sino por
el principio mismo que se formula: "Es conveniente que el sacramento
de la penitencia empiece con la lectura de la palabra. Por ella Dios nos llama
a la penitencia y conduce a la verdadera conversión del
corazón" (RP 24). El texto citado se refiere directamente a la
celebración comunitaria (esquema II); pero, "si
Penitencia
parece
oportuno", se recomienda la lectura de un texto de
Padre, siempre
esperando, para abrazarnos como hijos, el descubrimiento de la
verdadera naturaleza del pecado dentro de una estructura de alianza y la
apertura de una nueva posibilidad de vida en su amor, brotan de la escucha
y del encuentro con la palabra de Dios (cf RP 4-6; 89; 17-18).
Durante la misma
celebración comunitaria, a la lectura bíblica se añade
la homilía con una pausa de silencio y el examen de conciencia,
para penetrar totalmente en su sentido (RP 25-26 y 128-129). En el acto de
contrición, con el cual el penitente pide a Dios Padre
perdón de sus pecados recitando una oración, "es conveniente
que esta plegaria esté compuesta con palabras de
1606
bida
después la remisión de los pecados, "el penitente
proclama la misericordia de Dios y le da gracias con una breve
aclamación tomada de
1607
con nosotros una
verdadera relación de Padre a hijos, reconciliándonos con
él en su Hijo y con la comunidad de los hermanos, abriéndonos
así a un nuevo proyecto de vida que transforma todas nuestras relaciones,
tanto verticales como horizontales.
Desde este punto
de vista se comprende la crítica que tan frecuentemente se ha
hecho a las Normae pastorales circa absolutionem sacramentalem generali
modo impertiendam (
Sin este
encuentro personal con Dios a través de la palabra es difícil que
una determinada praxis sacramental heredada del pasado salga fuera de la
esfera legalística o ritual para ascender a un nivel propiamente
teologal, que es el nuestro, el cual implica siempre una confessio fidei en el
contexto del horizonte salvífico-trinitario-eclesial y una
verdadera confessio peccatorum "ante ti, Padre, y ante vosotros,
hermanos", terminando después, como por una necesidad
intrínseca, con la alegría de
Penitencia
la
reconciliación, en la confessio laudis final, del mismo modo que
las parábolas y las escenas evangélicas de encuentro de
Jesús con los pecadores y las pecadoras acaban siempre en
fiesta y cánticos (e incluso ¡danzas!), por la experiencia verdaderamente
liberadora que recrea al hombre desde dentro y lo lanza hacia un nuevo
futuro.
Si el confesor y
el penitente comprenden bien estos valores de fondo, es imposible que todo
quede limitado al ritual, a lo acostumbrado, anónimo y
estereotipado, como se acusa a una cierta praxis tradicional, tanto de confesiones
en masa como devocionales. La palabra, valorada en serio, arroja una
luz nueva sobre todo el conjunto e implica en primera persona a los
actores para una mejor comprensión de los diversos momentos y
textos (piénsese en la densidad de la nueva "fórmula de
la absolución"), para una elección más variada
de los elementos que se tienen a disposición (baste recordar la
riqueza ofrecida por las lecturas y por el apartado eucológico) y para
una adaptación más realista a las personas, asambleas o
circunstancias en las que se encuentra.
Y si cambia la
comprensión de fondo, se renueva todo el clima y el estilo de
la celebración de parte del fiel y del confesor. Éste tiene
ciertamente conciencia de perdonar los pecados con una especial autoridad de
Cristo y por la fuerza del Espíritu Santo; pero, dada la
implicación tan profunda exigida al mismo tiempo a la persona del
penitente, los dos se sienten concelebrantes en un acontecimiento que es
mayor que ellos; es más, juntos son actores de una misma "liturgia
de la iglesia, que se renueva continuamente" (RP 11), es decir, de esa
ecclesia semperpurificando et re
formando, que
está en estado de continua conversión en todos sus miembros sin
excepción. Nos sitúa
Penitencia
mos aquí
bastante más allá del plano puramente moral-jurídico e
individualista-formal, como si se tratase sólo de un rito que el
sacerdote realiza sobre un sujeto más o menos pasivo. Las
categorías tridentinas del "tribunal" y del
"confesor-juez" vuelven a confirmarse, pero en el contexto
de un sentido pastoral vivo y concreto que hace referencia explícita
y repetidamente al Cristo buen pastor del evangelio; o bien la figura del juez
se completa con la del padre-maestro-médico de las almas,
"hombre del Espíritu", con cuyo Espíritu el sacerdote
debe sentirse siempre en intimidad y dependencia para tener su caridad, su
pureza de corazón y humildad y su luz sobrenatural para el
discernimiento de las almas (RP 6-11).
En suma: el plano
de las grandes verdades teológicas empapa todo e influye también
a nivel celebrativo y pastoral, con un notable enriquecimiento y
ampliación de perspectivas y de comportamientos concretos. Todo esto, al
menos a nivel objetivo, debe ser puesto de manifiesto en el texto del RP,
aunque queden en diversas partes las normales incongruencias,
vacíos y distancias por rellenar para llegar eficazmente al nivel
de la aplicación práctica.
b) Si nos
queremos detener ahora más directamente en los límites y
lagunas más subrayados en estos años por teólogos, liturgistas
y pastoralistas, podemos recordar entre los elementos más comunes
de las diversas críticas una insuficiente armonización o
incluso incoherencia entre algunos enunciados positivos de los Praenotanda y la
aplicación concreta que reciben en la parte ritual. Por dar un
ejemplo: es importante ver afirmada, como principio general, la
dimensión esencialmente eclesial del sacramento de la peni
1608
tencia, con la
implicación y participación de todo el pueblo sacerdotal en
todas las etapas del proceso de conversión y reconciliación; pero
llega la desilusión cuando se observa el orden mismo con que en el
RP se han dispuesto los capítulos o diversos modos de
celebración y, en clara discordia incluso con un solemne enunciado del
concilio (SC 26-27), se coloca en primer lugar el rito de la
reconciliación individual; es más, se tiende a presentarlo como
el verdadero (por no decir el único) tipo de celebración
sacramental. Así también, resulta extraño elaborar y
proponer oficialmente dos modos de celebración para un grupo
de penitentes (RP, ce. II y III), con la intención declarada de
"manifestar el aspecto comunitario del sacramento" (decreto
introductorio, texto latino), y después constatar que el tercer
esquema queda prácticamente bloqueado por un rígido complejo de
leyes y prohibiciones, y el segundo resulta prácticamente un
híbrido, incluso en aquello que no era necesario; en efecto, aun
manteniendo como indispensable la acusación secreta e individual
para cada uno de los pecados graves, ¿qué dogma
impedía impartir después una absolución general a
todos los penitentes bien dispuestos, reservando así la cumbre del
sacramento a la celebración verdaderamente eclesial-comunitaria?
Quizá algunas veces la incongruencia se invierte entre las dos
partes: así, al comienzo de los Praenotanda (RP 2) se encuentra una
alusión al nexo importante que une la penitencia con el
bautismo-eucaristía, y después en el resto se evita casi
totalmente el tema, mientras que en la parte eucológica (y en los
apéndices) una búsqueda diligente podría poner de
manifiesto textos y alusiones significativos. Lo más difícil
de aceptar, salvo por razones disciplinares, es el ostracismo en que cae
(único caso
1609
entre todos) la
celebración del sacramento de la penitencia dentro del sacrificio
eucarístico, mientras que la unión
eucaristía-reconciliación es intrínseca a la
naturaleza profunda de los dos sacramentos. Con la acostumbrada
incoherencia se afirma después, y muy felizmente, que la eucaristía
es "cumbre de la reconciliación con Dios y con la iglesia"
(RP, apéndice II, n. 338). Obviamente se podían dictar
algunas cautelas disciplinares a este respecto, pero establecer una
separación absoluta va contra la naturaleza de las cosas.
Otra
constatación evidente es que a lo largo de toda la exposición de
los principios y de las aplicaciones
se alternan y se
entrecruzan dos teologías: por una parte, en algunos textos, y
especialmente en muchas prescripciones concretas, está claro el deseo de
mantenerse en la línea de la teología clásica sin
abandonar la praxis penitencial postridentina; por otra, en algunos
números de planteamiento más general y en muchos pasos que
se repiten frecuentemente, como también en algunos elementos que
pertenecen a la estructura del rito y a la eucología, aflora el esfuerzo
de superar la visión escolásticotridentina, un poco
restringida, para abrirse a la tradición y a la praxis penitencial
más antigua y universal, mientras que al mismo tiempo se atiende y se
quiere salir al encuentro, en cuanto es posible, de los problemas y de las
exigencias que surgen en nuestro tiempo, tan lejano en algunos aspectos de
la mentalidad y de las prácticas religiosas del pasado. La coexistencia
de dos "mundos" culturales y religiosos diversos se refleja también
en la misma terminología adoptada, comenzando por los nombres
usados para este sacramento (penitencia-reconciliación); y esto
quizá con resultados no del todo negativos, en cuanto que
ningún término
Penitencia
podía
expresar la riqueza de contenido que en la misma tradición habían
recibido diversas denominaciones para subrayar ora uno, ora otro aspecto.
A veces, sin embargo, uno recibe la impresión de que existiera una
yuxtaposición desorganizada, donde lo nuevo y lo positivo no falta,
pero encuentra a menudo el contrapeso o el freno de un "sí,
pero...".
El RP es, pues,
un texto que, tanto para su correcta interpretación como para una
inteligente puesta en práctica, exige una particular atención
por parte del teólogo, del liturgista y del pastoralista.
Quizá no esté bien el pedirle ciertas clarificaciones
o
sistematizaciones de fondo que no son de su competencia. En / supra, III, l, a,
se ha aludido a la cuestión sobre el nexo preciso entre pax cum Deo y
pax cum ecclesia; aquí se puede añadir la cuestión
sobre el modelo exacto de interpretación y la clave esencial que
explique la especificidad de este sacramento: la victoria sobre el pecado,
¿se explica en el marco de la alianza (matrimonial-eclesial-bautismal-eucarística,
en una palabra: pascual), o bien en la dirección moral-jurídica?
Respuestas de este género creemos que pueden pedirse, si es
posible, a la reflexión teológica atenta a la praxis penitencial
vivida por toda la tradición de la iglesia, tanto diacrónica como
sincrónicamente, sin olvidar la dimensión ecuménica
(especialmente de las iglesias orientales).
2. POSIBILIDADES
DEL NUEVO RITO. Del análisis del nuevo RP, como se ha visto, no es
difícil hacer surgir valores y defectos.
a) Entre los
valores, creemos que deben incluirse sustancialmente los nn. 38-40 de los
Praenotanda sobre las "adaptaciones del ritual a las diversas
regiones y circunstancias"; adaptación que, si tiene unos
límites
precisos fijados
por las Normae
mencionadas [/
supra, III, 1, a],
para un estudio
más atento deja un
notable margen de
espacio libre a
tres niveles: de
conferencias episco
pales, de obispos
diocesanos indivi
duales y de
ministros confesores par
ticulares.
En los dos
primeros niveles, en el fondo no hay otra cosa obligatoria e intangible que el
conservar "integralmente la fórmula sacramental" (RP
Para los
confesores, especialmente para los párrocos, los Praenotanda se expresan
así: "En la celebración de la reconciliación, sea
individual o comunitaria (han de procurar) adaptar el rito a las
circunstancias concretas de los penitentes, conservando la estructura
esencial y la fórmula íntegra de la absolución;
así, pueden omitir algunas partes, si es preciso por razones pastorales,
o ampliar otras, seleccionar los textos de las lecturas o de las oraciones,
elegir el lugar más apropiado para la celebración
según las normas establecidas por las conferencias episcopales, de
modo que toda la celebración sea rica en contenido y fructuosa" (RP
40). Como se ve, lo que aquí también se mantiene es "la
estructura esencial y la fórmula de la absolución"; en
cuanto a lo demás, no sólo se posibilita, sino que se insta
a la adaptación, al tratarse de un sacramento
1610
que compromete
tan íntimamente a la persona y a la comunidad concreta que se tiene
delante. Referente a esto, sería oportuno leer también lo que en
RP, apéndice II, nn. 292-293, se recomienda fundamentalmente para las
"celebraciones penitenciales" simples, pero que, a la luz de RP
40, puede servir para cualquier celebración. En ese apéndice se
exhorta a tener en cuenta "las condiciones de vida, el modo de
expresarse [¡lenguaje!] y las posibilidades receptivas" de cada
una de las comunidades o grupos, y a organizar en consecuencia las
celebraciones escogiendo los textos mejor adaptados. Los esquemas de
celebración aquí propuestos, pues, deben considerarse
"un subsidio puramente indicativo" (en latín: quasi
specimina intelligenda, y así se expresa también el título
latino que está al principio del apéndice II en el OP: Specimina
celebrationum paenitentialium), que se debe adaptar caso por caso a las
condiciones concretas y precisas de cada comunidad.
b) Ampliando el
discurso a todas las posibilidades ofrecidas por el rito en los diversos
esquemas y textos propuestos, es el momento de preguntarse qué
se ha realizado verdaderamente o se ha intentado realizar seriamente en
España, comenzando por las celebraciones sacramentales comunitarias, que
también la iglesia ha organizado "ut in luce ponatur aspectus
communitarius sacramenti". ¿Es lícito dejar a muchas de
nuestras comunidades (¿cuántas?, ¿la mayor parte?)
totalmente fuera de esta posibilidad y experiencia? Y sin embargo, de esas
celebraciones puede derivar, de algún modo, la toma de conciencia
de la dimensión social de ciertas culpas colectivas, donde está
implicado también el pueblo cristiano; con ellas se puede proyectar
nueva luz sobre el verdadero ros
1611
tro de la
iglesia, que debe aparecer siempre en estado de conversión en virtud de lo
que es y de lo que debería ser; finalmente, darían posibilidad
a todos de comprender la naturaleza eclesial de un sacramento que en estos
últimos siglos ha sido mantenido exclusiva y celosamente en la
esfera de lo íntimo y de lo privado; aunque, evidentemente, siempre la
persona con toda su responsabilidad deberá sentirse implicada, sin refugiarse
en el colectivo, dado que la iglesia es "comunidad de personas", y no
sociedad anónima.
Análogos
interrogantes se podrían hacer, dirigiéndonos a todos, en relación
con la riqueza inmensa y las posibilidades explosivas encerradas en la palabra
de Dios como clave indispensable de la renovación penitencial:
¿Qué han hecho en este sentido los pastores, los confesores,
los penitentes, las mismas comunidades y, en primer lugar, las comunidades
religiosas? El axioma de los Praenotanda (RP 24) recordado [/supra, III,
1, a], que supone que todo el proceso penitencial parte de la escucha de
la palabra, habría podido tener muchas más aplicaciones, al menos
en las comunidades espiritualmente más preparadas y comprometidas.
Pero ¿qué han hecho los mismos responsables para que las cosas
vayan en esta línea, según la inapreciable indicación,
teológica y pastoral, del RP? Quizá se ha hecho alguna cosa o se
ha intentado hacer en algunos grupos. Pero, en general, ¿las
comunidades eclesiales han comprendido y se han convertido, confiándose
al poder de la palabra de Dios? Hay mucho que meditar aquí por parte de
los pastores y de los guías del pueblo de Dios. Quizá se tiene
mayor confianza en nuestras palabras sobre Dios que en la escucha directa
de la palabra de Dios.
Esto nos lleva a
suscitar otra cuestión: ¿Hemos sido capaces en nues
Penitencia
tras comunidades
de encontrar una
relación
intrínseca entre nuestras instrucciones o celebraciones penitenciales
y la vida real de cada día, a la que también aluden los Praenotanda
(RP 18; 20)? Aquí se deja amplio espacio a la sana creatividad para
inventar, quizá en diálogo con los mismos fieles, gestos
concretos y verdaderamente significativos de conversión, de
caridad, de paz y de perdón mutuo, según las diversas situaciones
que se dan dentro de la comunidad, de la familia, del barrio o de la
sociedad más amplia, donde no faltan ocasiones de conflictos o de
tensiones causados por intereses, ideologías, opciones políticas
diversas y personalismos de todo tipo. ¿Por qué no
preguntarse nunca, por ejemplo, qué significa un sacramento de la
reconciliación celebrado poco antes de la pascua o en otra circunstancia
parecida, si la atmósfera está envenenada, incluso entre los
cristianos que frecuentan la misma iglesia o la misma mesa eucarística?
¿Quién creerá a estos cristianos que se consideran
perdonados, y muchas veces, por Dios, pero que no saben perdonar para convertirse
en "constructores de paz"? Se trata aquí de crear una
relación cada vez más estrecha entre sacramento y vida; y esto a
nivel personal, comunitario y social. Se comprende entonces
cómo los sacramentos no afectan sólo al bien y al progreso
espiritual de cada uno en sí mismo o en relación con un Dios
colocado sobre las nubes: por su naturaleza intrínseca, los
sacramentos son y deben llegar a ser constructores de comunidad, de
armonía fraterna, de ayuda recíproca, e incluso de
reconciliación cada vez que es necesario. El momento culminante de
esta experiencia cristiana se vive en la eucaristía; pero
también el sacramento del que hablamos, realizando la paz con Dios y con
la comunidad de los
Penitencia
hermanos (cf RP
5) en el sentido horizontal, constituye otro momento fuerte, estrechamente
emparentado además con el único sacrificio pascual, que es
la fuente de todo.
Finalmente, surge
una pregunta seria: la situación de inercia en la que parece
encontrarse la comunidad eclesial española en el tema que nos interesa,
¿se debe a los defectos reales del nuevo RP, o bien debe buscarse la
causa en nuestras comunidades, que no han sabido comprender ni valorar sus
elementos positivos, presentes de modo innegable en el nuevo rito, y
que ofrecen no pocas posibilidades de renovación y de camino hacia
delante? Las mismas mejoras que se pueden sugerir a las instancias competentes
para que el rito se adecué mejor al sentido del sacramento y a
ciertas exigencias actuales pueden surgir no tanto de las discusiones
académicas o de arbitrarias huidas hacia delante, sino de
verdaderas experiencias pastorales que exploten inteligentemente lo que
contiene de positivo y, al mismo tiempo, pongan de manifiesto sus lagunas y
problemas: a todo esto podrán responder las autoridades
responsables, según el principio que iluminó todas las decisiones
del concilio y el camino mismo de la reforma litúrgica: bonum
animarum suprema lex.
IV. Para una
pastoral de la penitencia
Varias veces en
la historia de la iglesia la confesión ha sufrido crisis. Pero en la
confusión general en la que se debate hoy gran parte de la humanidad, la
iglesia puede y debe aparecer más que nunca como "columna y
fundamento de la verdad" (1 Tim 3,15), maestra y guía segura, no
por pretensión humana de los que la componen, sino por la luz y la
salvación que alcanza a la fuente
1612
más
original e infalible: Dios mismo y su Hijo Jesús, revelación y
encarnación suprema de la bondad del Padre. Por esto, en cuanto la
sede apostólica publicó el Ordo Paenitentiae (el Decretum
lleva la fecha de 2 de diciembre de 1973),
de los
penitentes, ni siquiera en las zonas más tradicionalmente católicas
y ricas en tantos valores. Es necesario que el tema no se deje caer en el
olvido, sino que se retome con decisión y sabiduría pastoral.
1. EVANGELIZAR
LOS VALORES PROFUNDOS DEL SACRAMENTO DE
más
humanos concedidos por Jesús a la iglesia y a las almas. Damos
aquí, por esto, algunas líneas que ayuden a la toma de conciencia
y a la catequesis, y hagan progresar la reflexión y el esfuerzo de la
renovación, incluso práctica, a partir de las valiosas
indicaciones y de la profundización que ha tenido lugar en estos
últimos años, del Vat. II en adelante, en armonía con la
sana doctrina católica de siempre, pero sin negar algunas
lagunas reales del pasado que todavía pesan en la mentalidad común.
Ya el citado documento de
Una primera
clarificación concierne a la idea misma de pecado vista a la plena
luz de la revelación. La ofuscación del sentido de Dios para el
hombre de hoy; el surgimiento del "sentido de culpa" del que hablan
los psicólogos modernos, que es algo muy diferente del "sentido de
pecado"; tal vez la insuficiente formación catequística
recibida en la infancia, que acentuaba el aspecto sobre todo legal del pecado
mismo..., exigen que se vuelva a examinar lo que significa el
término pecado en una justa y completa perspectiva cristiana. Ya los
profetas del AT intuyeron la naturaleza específica y la gravedad
del pecado de Israel a partir de la experiencia de la alianza, a la que
Dios por pura gracia había llamado al pueblo. Para definir esta
culpa y esta responsabilidad, los profetas usan un lenguaje muy fuerte: hablan
de infidelidad y de ruptura del vinculo del amor contraído por Dios; de
traición y de adulterio, que rompe el vínculo matrimonial entre
Dios y su pueblo (véase, por ejemplo, la historia de Oseas, que
parece ser el pri
Penitencia
mero en exponer
esta fecunda perspectiva). En la nueva alianza en que vive el cristiano,
después de la plena revelación de que "Dios es amor" (1
Jn 4,8) y en Cristo "nos amó hasta el fin"(Jn 13,1), las cosas
no pueden ser diversas; es más, se agrava la valoración del
pecado; naturalmente, a condición de que el pecador haya tomado
conciencia del don recibido. La revelación habla de un nuevo crucificar
a Cristo (cf Heb 6,6), a ese Cristo que el Padre nos ha dado en un gesto
supremo de amor (cf Rom 8,32; Jn 3,16), en plena consonancia con la
abnegación del Hijo, que se entregó por nosotros hasta la muerte
(cf Gal 2,20; Ef 5,25; Flp 2,6-8).
Por tanto, el
pecado del cristiano bautizado, que se sabe acogido y amado "como hijo en
el único Hijo" por la ternura del Padre, no podrá nunca
reducirse a la simple infracción de una ley abstracta o a la violación
de un código que le es extraño: será siempre el
pecado de un hijo pródigo que desconoce la bondad y los dones del Padre;
el pecado de un hijo que se sale y que de algún modo se extraña
de la casa y de la familia común, es decir, se distancia de la comunidad
de los hermanos; en vez de tomar parte viva y activa en la obra común de
la iglesia, con su comportamiento, especialmente si es grave, la
deshonra y la hiere, disminuye su belleza de esposa y oscurece e impide,
por su parte, su luminosa irradiación sobre el mundo. Para nosotros,
llamados a la intimidad con Dios, el pecado no puede presentarse sino como
rechazo del amor interpersonal, clausura y ruptura de una unión que
la palabra de Dios no duda en describir con "todos los matices del
amor", que van de la fuerte ternura paterna a la invencible delicadeza
del afecto maternal, hasta la experiencia más íntima y profunda
que conoce el amor humano en la intimidad indisoluble de los esposos,
Penitencia
que forman
"una sola carne". Toda la historia de la salvación no hace
más que demostrar cómo la "especial fuerza del amor
[...] prevalece sobre el pecado y sobre la infidelidad del pueblo elegido"
(Juan Pablo II, Dives in misericordia, del 30 de noviembre de 1980, n. 4)
y de cada persona en particular. El Dios que se reveló a
Moisés es un "Dios clemente y misericordioso, tardo para la
ira y grande en benignidad y fidelidad" (Ex 34,6), en esa bondad que permanece
firme y victoriosa a pesar de las traiciones del hombre. Un buen día
resulta claro que el amor de Dios va más allá de los confines de
Israel y que, superando las resistencias de una visión bastante
restringida y nacionalista, como en el caso de Jonás, se derrama
sobre la misma ciudad pagana de Nínive. En suma, el amor de Dios es
verdaderamente universal y nadie tiene derecho a limitarlo en su
extensión, duración o intensidad. "Vacilarán los
montes, las colinas se
conmoverán,
mas mi bondad hacia ti no desaparecerá ni se conmoverá mi alianza
de paz, dice Yavé, el que de ti se compadece" (Is 54,10).
Esta
revelación del amor divino alcanza su culminación en la persona
misma del Hijo, que viene a nosotros precisamente para traducir en
términos humanos esa infinita riqueza de caridad. Aquí tiene
su causa la enseñanza y el comportamiento concreto de Jesús,
que se declara enviado no a los sanos y a los justos, sino para curar a
los enfermos y para buscar a los perdidos y a los lejanos (cf Me 2,17; Le
19,10); quiere hacer sentir a todos la invitación y la espera
angustiosa del Padre, que está ansioso por abrazar de nuevo a sus hijos;
al mismo tiempo, en los banquetes festivos que sellan la reconciliación
de Zaqueo, de Leví, de la pecadora o al final de las
parábolas de la misericordia (cf Le 15), quiere hacer visible, a
pesar de las murmura
1614
ciones de la
gente, toda la alegría que Dios experimenta en perdonar y la fiesta de
la que quiere hacer partícipes a los ángeles del cielo, a
los amigos y vecinos, de modo que entre cielo y tierra se celebre la
comunión plena del amor, restablecida después de la ruptura. Pero
todo esto nos ha sido dado "a gran precio" (cf 1 Cor 6,20); porque en
el momento supremo de la vida de Jesús, el Padre no perdonó
a su Hijo, sino que "le hizo pecado en lugar nuestro" (cf Rom 8,32; 2
Cor 5,21) sobre la cruz, y el Hijo se hizo levantar "para atraer a todos
hacia él" (cf Jn 12,32). Este sacrificio total fue el que
mostró cómo el amor es más fuerte que la muerte: mientras
externamente se consumía la vida de Jesús, en realidad, por
medio de la libre ofrenda de amor, destruía la raíz misma de la
muerte que es el pecado, y así hacía que triunfase de nuevo
la vida, la verdadera vida, que no termina nunca y que el Padre ha
manifestado en la resurrección del Hijo (cf Flp 2,9). Es justamente por
ese amor llevado al extremo por lo que entre el Padre y el hombre
—escribe Juan Pablo II (Dives in misericordia 7)— nace "un
vínculo todavía más profundo que el de la
creación". Le pertenecemos por un nuevo título, ya que
fuimos adquiridos de nuevo mediante la preciosa sangre de Cristo (cf 1 Pe
1,18-19; Ap 14,3-4). Se comprende, entonces, por qué la misma tarde de
pascua, en la primera aparición a los discípulos, como primer
fruto de la redención Jesús les comunica junto con la paz el
soplo creador de su Espíritu (cf Jn 20,22-23), que, gracias a los
méritos de aquel sacrificio, los hace partícipes de la misma comunión
infinita de amor que hay entre el Padre y el Hijo, y que constituye
la misma persona del Espíritu Santo. Así, por una parte, el
Espíritu, como se expresa la liturgia8, es "el mismo perdón
de los pecados", en
1615
cuanto acto
infinito de amor de Dios del que se nos hace partícipes, que cura y se
opone a la actitud de ruptura en la que nos sitúa el pecado, y, por
otra, transmite a los apóstoles "el poder de perdonar los
pecados", que es propio de Jesús (cf Mt 9,6-7).
Para que los
fieles tomen conciencia de lo que quiere decir pecado y entren en la
dinámica de conversiónpenitencia, es indispensable que antes
sean evangelizados, es decir, lleguen a descubrir auténticamente a
un Dios personal con el que se encuentran en relación, un Dios que
ya en sí mismo es comunión de amor entre las tres personas, un
Dios que se ha revelado y manifestado como amor al hombre. En Cristo nos ha
dado la prueba suprema, y en su pascua ha destruido la barrera del pecado
con todas sus consecuencias para reconstruir en el don del Espíritu la
nueva alianza de amor con Dios y entre nosotros, formando el nuevo cuerpo de
Cristo, que es la iglesia. La pascua conduce a pentecostés y a la
iglesia, donde todo se vive de un modo concreto: el "misterio de la reconciliación",
realizado por Jesús una sola vez ante el Padre en favor de toda la
humanidad, se convierte ahora en "ministerio de la reconciliación",
que se realiza en el Espíritu y en el signo sacramental a lo largo de
toda la historia de la iglesia, mediante los apóstoles y sus
sucesores, que han recibido el mismo poder de perdonar los pecados. "En
nombre de Cristo os rogamos —escribía san Pablo—:
reconciliaos con Dios" (2 Cor 5,18-21).
De por sí,
el cristiano que se ha convertido por medio de la fe y el bautismo y ha entrado
en la comunidad de la nueva alianza en el Espíritu ya no
tendría necesidad de reconciliación; pero Jesús ha
previsto un nuevo sacramento no sólo para socorrer nuestra debilidad,
desgraciadamente siempre experimentada
Penitencia
de nuevo, sino
para mantener siempre presente y abierta en la iglesia esa fuente perenne
de misericordia que nos reveló y abrió una vez de parte del
Padre. Así instituyó también este medio para
continuar su obra redentora y salvadora en la historia, para los
individuos y también para beneficio de la sociedad. En efecto, con los
sacramentos, actos realizados por la iglesia en su nombre y con la fuerza
de su Espíritu, permanece siempre activo en el mundo para sanarlo y
salvarlo. El cristiano bien formado sabe que, como discípulo de
Cristo y miembro de un mismo cuerpo, no vive nunca solo ni se salva
aisladamente (cf LG 9). Por el contrario cree, ora, construye su
santificación personal y colabora en el crecimiento del reino de Dios,
necesariamente en la iglesia y unido a la iglesia. Por lo mismo, no peca
nunca solo, es decir, sin dañar también al organismo vivo de
la iglesia, que sufre por cada pecado de comisión u omisión de
sus miembros; y así tampoco puede reconciliarse nunca solo, es
decir, sin el adecuado reconocimiento y la reparación debida a la
iglesia y sin su ayuda materna. Ya el obispo mártir san Cipriano (f 258)
afirmaba que no es posible la paz con Dios sin paz con la iglesia, y completaba
su pensamiento con la famosa sentencia: "No puede tener a Dios como Padre
quien no tiene a la iglesia como madre" (De unitate Ecclesiae
catholicae 6).
Otro punto
delicado debe tenerse en cuenta hoy: el cristiano, cada vez que va a misa, es
invitado ciertamente a participar de un modo pleno, es decir, hasta la
comunión sacramental. Es claro que Cristo, al instituir la
eucaristía bajo la forma y el signo de un banquete y de un alimento hecho
para ser comido, pretendía llegar a realizar la plena
comunión con todos; y sabemos también que el fruto perfecto
de su sacrificio, la gracia
Penitencia
propiamente
sacramental, no se recibe sino por el camino indicado por él:
comiendo su carne y bebiendo su sangre, para tener en nosotros la vida (cf Jn
6,53-58). Sin embargo, está también claro que es preciso ponerse
en la disposición interior de obediencia a la voluntad del Padre,
según el ejemplo que Cristo nos da ofreciéndose al Padre por
nosotros. ¿Cómo entrar en la intimidad de su vida, si nos
encontramos en la antítesis de lo que él exige de nosotros? Por
esto san Pablo nos advierte: "Examínese, pues, el hombre" (1
Cor 11,28). Un autorizado documento del magisterio (instrucción
Eucharisticum mysterium, del 25 de mayo de 1967), comenta del
siguiente modo este texto, recogiendo como en síntesis la doctrina
tradicional de la iglesia: "La práctica de la iglesia declara que
es necesario este examen para que nadie, consciente de pecado mortal, por
contrito que se crea, se acerque a la sagrada eucaristía sin que haya
precedido la confesión sacramental. Pero si se da una necesidad urgente
y no hay suficientes confesores, emita primero un acto de
contrición perfecta" (n. 35). De este modo se aprecia
mejor la estrecha relación que tienen intrínsecamente todos los
sacramentos, incluido el sacramento de la penitencia, con la
eucaristía, justamente llamada por el nuevo RP "culminación
de la reconciliación con la iglesia y con Dios" (apéndice
II, n. 338), porque el misterio del "cuerpo entregado y de la sangre derramada
para el perdón de los pecados" (plegaria eucarística,
palabras de la consagración) contiene totalmente lo que los otros
signos sacramentales indican y comunican con dones parciales. No se trata
de favorecer una cierta mentalidad que todavía sobrevive en
algunos de nuestros fieles, que creen en la necesidad de la
confesión cada vez que se comulga, aunque no se tenga concien
1616
cia de pecados
graves; pero, por otra parte, no se puede olvidar el peligro de llegar a ser
"reos del cuerpo y de la sangre del Señor" cuando no se sabe
hacer el necesario "discernimiento" —del que habla san
Pablo (1 Cor 11,29)— acerca de las propias disposiciones interiores
con el fin de armonizarlas con la voluntad del Señor. Cf también
CDC de 1983, can. 916.
2. UNA
CELEBRACIÓN AUTÉNTICA. Si la fe lleva al cristiano bautizado
a la clara conciencia de que todo pecado significa el abandono del Padre y
de la casa paterna para disipar los dones recibidos de un modo ingrato y
egoísta, también su vuelta será una gran fiesta de amor, y
no sólo un pequeño gesto ritual que quede al margen o en la
superficie de su existencia. Celebrar el sacramento es siempre creer y
proclamar la victoria de Cristo crucificado y resucitado; "significa creer
—para decirlo con Juan Pablo II— que el amor está presente
en el mundo y que este amor es más poderoso que cualquier tipo de mal en
el que el hombre, la humanidad o el mundo estuviesen envueltos" (Dives in
misericordia 1). Por esto, además de la preparación remota (nunca
concluida), encontramos hoy en el nuevo RP un medio precioso y eficaz que
todavía no parece suficientemente conocido y valorado en el
uso pastoral de nuestras comunidades, pero que sería capaz de renovar
verdaderamente la praxis sacramental y la toma de conciencia de los grandes
valores implicados en el sacramento. Aludimos a la liturgia de la palabra,
medio siempre disponible para evangelizar, todas las veces que sea
necesario, acerca de las riquezas contenidas en el don de Dios. Esta liturgia
de la palabra, con su correspondiente salmo responsorial, homilía
orientada a un examen de conciencia y pausa de silencio, es
1617
parte necesaria e
indispensable en toda celebración comunitaria de la penitencia: el nuevo
RP es categórico a este respecto (n. 24). Es una vía
concreta mediante la cual hoy la iglesia puede continuar su misión
profética y apostólica de anunciar a todos la necesidad de
convertirse al Dios viviente y proclamar la gravedad del mal ante el
juicio y según los criterios de Dios; mientras, al mismo tiempo, hace
sentir la invitación, desvela y ofrece la misericordia del Padre que nos
espera para hacernos hijos y colaboradores suyos. Los tres actos constitutivos
del sacramento realizados por el penitente (contrición,
confesión y satisfacción) —que hacen de él como un
concelebrante en el proceso de la reconciliación— brotan y se
desarrollan bajo la luz y la fuerza "transpasadora" (en el sentido
original de la "compunción", por ejemplo en He 2,37) de la
palabra de Dios, cuya eficacia se debe ciertamente a la íntima
acción del Espíritu Santo, que mueve al pecador, como se
expresa en RP 6, a convertirse desde dentro y acercarse al sacramento.
También el cuarto elemento, la absolución, que completa el
sacramento por parte del ministro competente para transmitir el perdón
en nombre de Cristo y de la iglesia, es siempre una palabra de Dios
o de Cristo con
su eficacia infalible.
Así, en
consonancia con la doctrina clásica de la tradición
cristiana, tomada de nuevo y confirmada por el Vat. II y traducida después
en el nuevo RP, se debe recomendar vivamente volver a dar un puesto de honor,
en la experiencia de la reconciliación, a la lectura-escucha, a la
meditación, a la confrontación y a la celebración de
la palabra, en cuanto sea posible incluso en la confesión individual (RP
17 y 87-93). Ciertamente existen circunstancias de número o
tipo de personas para quienes esto es imposible o muy difícil;
Penitencia
pero con el
clero, con religiosos y
religiosas, con
muchos laicos muy
preparados y
comprometidos, el uso
sabio y
penetrante de la palabra de
Dios, antes o
durante la celebración,
puede
¡legar a ser un gran medio de
renovación,
abrir el camino para
volver a
descubrir y a vivir ciertos
valores de fondo
del encuentro con
Dios misericordioso.
En este horizonte
aparece clara
mente cómo
una experiencia tan
profunda
sólo puede verificarse don
de la persona
está totalmente com
prometida. Esto
vale también para
la
celebración comunitaria, porque
la verdadera
comunidad cristiana
siempre está
formada y actúa a nivel
de personas,
nunca a nivel de masa
o de grupo, que
llega a eliminar la responsabilidad a los individuos. Además,
también en los ritos penitenciales comunitarios propuestos
oficialmente por el RP el encuentro de la confesión auricular con el
sacerdote confesor es siempre un acto personal, tanto en la celebración
misma como también (en la forma celebrativa con absolución
general) dejado para una ocasión más oportuna (en caso de
tener pecados graves). Por esto viene muy a propósito la reiterada
recomendación del papa Juan Pablo II para que no se pierda o se reduzca
a un hecho esporádico la confesión individual que nos ha
transmitido la tradición católica de los últimos siglos y
es fuente de tanto bien espiritual (cf Redemptor hominis, del 4 de marzo de
1979, n. 20, y diversos discursos pronunciados en Roma y en los via
jes al
extranjero).
Después de
decir esto para salvaguardar un bien precioso para todos y confiado a
nuestra responsabilidad, es verdad que el RP ha organizado y
propuesto también otros dos ritos de la penitencia "para poner de
manifiesto el aspecto comunitario del sacramento": sería una
pérdida
Penitencia
real para todos
no entender ni valorar adecuadamente estas nuevas riquezas. En
efecto, no se trata de hacer más solemne en algunas ocasiones
el rito o de resolver el problema práctico de la gran abundancia de
penitentes; antes de nada es preciso convencerse de que todo acto sacramental,
por su misma naturaleza, es un acto de Cristo y al par un acto eclesial, que
afecta y compromete al conjunto de la comunidad de los fieles. Esto,
naturalmente, es aplicable también a la confesión individual;
pero no se olvide que en las celebraciones para un solo penitente, los
signos eclesiales se reducen al mínimo esencial y no se dirigen a
la conciencia explícita de los fieles, especialmente cuando la
celebración se desarrolla en algún rincón oscuro,
quizá no del todo decoroso.
Por el contrario,
la forma comunitaria del sacramento, si está bien preparada y realizada
según las normas de la liturgia, amplía los horizontes,
hace comprender de un modo concreto cómo todo sacramento no debe
ser nunca entendido como un acto solamente privado o íntimo, ni puede
ser vivido sólo a nivel psicológico: es celebrado por la iglesia
y en la iglesia; es un acto solemne de culto a Dios (cf SC 59) que trasciende
el valor de las personas particulares, incluido el confesor. El fiel
comprende mejor cómo su mismo pecado es algo que afecta y hiere a la
naturaleza íntima de la santa iglesia, a la que pertenece y de la que se
siente corresponsable; en su arrepentimiento y vuelta a Dios advierte que no
está solo, sino que se ve ayudado y sostenido por la comunidad de
los hermanos. En una celebración comunitaria bien preparada
—cuando bajo la dirección del sacerdote-pastor todos se disponen a
la escucha y a la confrontación seria con la palabra de Dios, todos
juntos se reconocen y confiesan pe
1618
cadores y
necesitados de la misericordia divina y también del perdón
mutuo, oran juntos los unos por los otros y juntos cantan, edificándose
recíprocamente (cf Ef 5,18-20; Col 3,16-17)— se da una
manifestación visible de lo que es la iglesia, ciertamente santa
por los dones recibidos de Cristo, pero que "acoge en su propio seno
a hombres pecadores [...y por eso está] siempre necesitada de
purificación [y] busca sin cesar la penitencia y la
renovación" (RP 3). Lo que el penitente puede tomar para sí
en este momento es sobre todo la mediación orante y maternal de la
iglesia: mediación que durante muchos siglos ha acompañado
todo el itinerario de conversión-reconciliación de los
penitentes públicos, hasta el día —jueves santo— en
que el obispo les imponía las manos para la absolución
definitiva; sin embargo, esta absolución no aparecía como un acto
jurídico válido en sí mismo, sino como meta de una
cooperación, larga y trabajosa, en la que había participado toda
la comunidad. Por otra parte, no se olvide, como lo recuerda RP 5, que por
la ley de la solidaridad, llevada a su grado máximo en el cuerpo
místico de Cristo, "el pecado de uno daña también a
los otros y la santidad de uno aprovecha también a los
demás"; por otra parte, "los hombres, con frecuencia,
cometen la injusticia conjuntamente, del mismo modo se ayudan
mutuamente cuando hacen penitencia", para que, "unidos a todos
los hombres de buena voluntad, trabajen en el mundo por el progreso de la
justicia y de la paz". Aludimos aquí a la dimensión social
de muchos pecados y de muchas situaciones de injusticia. Es sabido
cómo muchos hombres de hoy, sobre todo los jóvenes, son
extremadamente sensibles a esta amplia realidad del pecado que nos
envuelve y nos hace a todos de algún modo solidarios y co
1619
rresponsables.
Las celebraciones comunitarias de la penitencia cristiana puestas como
ejemplo pueden ayudar a los fieles a tomar conciencia de las responsabilidades
colectivas reales, a comprender cuál es la verdadera actitud
cristiana que corresponde a esa situación y, por tanto, a descubrir
cuáles son los medios más eficaces e idóneos para
intervenir aquí y ahora en la medida de lo posible, sin olvidar
nunca que el discípulo de Cristo está dispuesto a cualquier
sacrificio para socorrer a un hermano que sufre o que tiene necesidad.
En cuanto al
tercer esquema de celebración, donde la absolución se imparte
colectivamente una vez realizada la confesión genérica de los
pecados, la decisión relativa a su uso pertenece a las conferencias
episcopales (RP 39b). El episcopado español ha dado unos
criterios orientativo-pastorales sobre estas celebraciones (RP,
Orientaciones doctrinales y pastorales del episcopado español,
nn. 76-82).
Está, sin embargo, el segundo esquema, que, atendiendo a las
indicaciones del RPy con alguna observación pastoral, podría y
debería encontrar aplicación, al menos en algunas ocasiones,
tanto para los niños como para la comunidad adulta y para las
diversas categorías de fieles, según las circunstancias de tiempo
y lugar. No estaría mal, incluso, que al menos en algunas iglesias
más preparadas y en algunos santuarios hubiera regularmente celebraciones
comunitarias de la penitencia, realizadas de modo ejemplar, para que los fieles
de una cierta zona, advertidos de ello, pudiesen participar en
determinados días y horas. En todo caso, RP 36-37 prevé
también y recomienda vivamente celebraciones comunitarias de la
penitencia no estrictamente sacramentales, que son
"útilísimas para la conversión y la
purificación del corazón". Por la gran elasticidad con que
se pueden
Penitencia
organizar y adaptar
a las diversas exigencias de la comunidad y del grupo concreto, por la
posibilidad de escoger libremente las lecturas y la valoración plena de
la palabra de Dios como elemento fundamental de toda la experiencia penitencial
tanto personal como comunitaria o social, estas celebraciones pueden llegar a
ser un medio eficacísimo y al alcance de todos, especialmente en los
tiempos fuertes como la cuaresma, en la preparación de las grandes
fiestas y en otras muchas circunstancias particulares, para iluminar y
madurar la conciencia con vistas a una confesión sacramental. Las
comunidades religiosas podrían llegar a ser signo viviente y convincente
en medio del pueblo de Dios no sólo dando siempre ejemplo de una
conversión cada vez más profunda y de reconciliación
con Dios y en sus relaciones fraternas, sino también ofreciendo modelos
de celebración penitencial
comunitaria
útiles para todos los demás grupos de fieles.
La
celebración penitencial en todas sus formas exige un compromiso muy
serio por parte de todos. Pero la riqueza del nuevo RP que hemos subrayado
tantas veces (lectura de la palabra de Dios, homilía, examen de
conciencia, cánticos, silencio), sin olvidar la importancia que se
vuelve a dar al gesto bíblico de la imposición de las manos (RP 19
y 102), constantemente presente en la tradición litúrgica en
la absolución de los pecados, como momento culminante de un
lenguaje ritual más amplio, y la abundancia de formularios para la
oración que acompañan todo el desarrollo, nos ayudarán a
realizar también este sacramento en el marco de una celebración
verdadera y digna; en consecuencia, no reduciremos por negligencia nuestra
todo a la mera corc/es/ón-enumeración de pecados, sobre los
que después se pronuncia una rápida absolución, sino
Penitencia
que insertaremos
cada elemento en una gran confesión de fe en el marco de la comunidad
eclesial animada por el Espíritu, y el Espíritu nos hace
encontrarnos con el Padre de la misericordia, que siempre nos renueva en
la muerte-resurrección de su Hijo. De este modo, todo desemboca de modo
natural en la gran confesión final de alabanza.
3.
CELEBRACIÓN Y COMPROMISO DE CRECIMIENTO ESPIRITUAL. DE cuanto se ha
dicho hasta ahora se concluye que el sacramento de la penitencia se apoya
necesariamente en una base más amplia: la actitud exigida por la
fe-conversión, que no ha sido nunca realidad de una vez para siempre, y
el estado en que nos ha puesto el bautismo de muerte-lucha con el pecado y con
todas sus manifestaciones con el fin de que siempre triunfe en nosotros la
vida nueva de Cristo resucitado, muestran que el cristiano no llega nunca al
final de este itinerario, de este esfuerzo continuo por creer en Cristo,
luchando contra todas las fuerzas que se oponen tanto desde dentro como
desde fuera.
Precisamente
santo Tomás (S. Th. III, q. 86, a. 2) afirma que la penitencia-sacramento
no puede perdonarnos los pecados si no encuentra en nosotros la
penitencia-virtud, es decir, esa actitud de fondo permanente que rechaza
el pecado y da paso a la acción transformadora de la gracia de Cristo,
que quiere asimilarnos a él de día en día. Los dos
polos —la gracia de Dios y nuestra colaboración voluntaria—
se necesitan y se sostienen mutuamente en todos los sacramentos, y
especialmente en éste, que precisa de todo nuestro compromiso
interior y exterior.
Las ideas de
mortificación, de renuncia y de lucha contra toda forma de mal,
aunque son clarísimas y cen1620
trales en el
evangelio como condiciones absolutas para seguir a Cristo (llevando la
propia cruz: Mt 16,24), se han enfrentado siempre con las tendencias naturales
del hombre y con el espíritu del mundo, que predica lo contrario.
Hoy estas ideas tienen el peligro de encontrar especiales dificultades en
la mentalidad de los fieles, a causa del clima en que todos estamos inmersos,
de la civilización del bienestar y del consumo. En nuestro tiempo
surgen además teorías equivocadas que, unidas a intereses
económicos, desearían justificar en la educación
misma de los niños y de los jóvenes la idea tan difundida de
contentarlos en todo. Es verdad que también a la iglesia le ha parecido
bien modificar y aliviar algunas formas de penitencia y aseesis; pero, por
otra parte, no se puede renunciar a la fundamental exigencia
evangélica y cristiana de la educación al sacrificio. La
misma constitución apostólica de Pablo VI Paenitemini(\l
de febrero de 1966), que mitigó y adaptó las antiguas formas
penitenciales a la nueva situación, proclamó también con
fuerza: "Por ley divina todos los fieles son llamados a hacer
penitencia".
Por tanto, se
trata de no disminuir el rigor y el vigor de la llamada evangélica
a realizar esa fundamental renuncia que se nos pide desde el momento en que
nacemos a la vida cristiana en el bautismo y que se prolonga en la lucha, en
nosotros y en torno a nosotros, por conservar y hacer crecer de día en
día, sano y robusto, el don de la vida nueva puesto en nosotros por
el amor de Dios: Dios nos ha purificado y renovado en las aguas bautismales,
nos ha hecho criaturas nuevas e hijos suyos; pero nosotros debemos llegar
a ser en lo cotidiano, en la realidad en que vivimos, lo que somos en lo profundo
por puro don.
En este esfuerzo
de fidelidad y de
1621
crecimiento
cotidiano es donde justamente se comprende otro aspecto del sacramento de
la penitencia que todavía no ha aparecido con toda claridad. En efecto,
la reconciliación sacramental no sólo restablece la unión
entre nosotros y Dios después de una grave ruptura y de un total
alejamiento de la casa del Padre (pecado mortal), sino que nos perdona
también muchas debilidades, pequeñas infidelidades y
componendas entre nuestro yo y las exigencias del amor, que son tanto
más apremiantes cuanto más profundamente lo comprendemos y
no queremos oponernos a ellas. Es incalculable el don que Dios nos hace
perdonándonos también las culpas cotidianas, lo que llamamos
pecados veniales. No olvidemos que el mismo pecado venial, si está
profundamente enraizado, puede ser un obstáculo real para el proyecto de
Dios. La confesión fre
cuente o de
devoción, siempre tan recomendada y defendida por el magisterio de
la iglesia hasta Juan Pablo II, avalada por tantos frutos espirituales
producidos a lo largo de ios siglos y vuelta a plantear por la autorizada voz
del nuevo RP, es ciertamente un medio privilegiado para llevar a su pleno
desarrollo la gracia bautismal, "para que [...] se vayan conformando
más y más a Cristo y sean cada vez más dóciles a la
voz del Espíritu" (RP 7b).
Es verdad que hay
otros muchos medios para perdonar los pecados veniales, incluida la misma
eucaristía: cuando se comprende y se participa bien en ella,
es "antídoto por el c|iie nos liberamos de las faltas cotidianas"
(conc. de Trento: DS 1638). Tampoco es necesario minusvalorar los
clásicos medios no sacramentales que la antigua tradición
cristiana ha apreciado y usado tanto para "cubrir la muchedumbre de
pecados" (cf I Pe 4,8), como la famosa tríada de la
caridad-limosna, la oración y
Penitencia
el ayuno o
cualquier otra mortificación corporal. Sin embargo, después
de que, con el tiempo, la iglesia ha aclarado muchas verdades, no hay duda de
que en primer plano es preciso colocar el medio específico de la
penitencia sacramental, con todo su valor terapéutico, que nos cura de
tantas enfermedades espirituales, nos sostiene y remedia nuestra debilidad
y la tendencia a replegarnos en nuestra mediocridad. Si en la misma
celebración del sacramento, al establecer la satisfacción,
los participantes no se contentan con el acostumbrado rezo de alguna
fórmula estereotipada de oración, sino que entre confesor y
penitente, con gran atención y una íntima llamada al
Espíritu Santo, a la luz de la palabra de Dios, se busca la
medicina verdaderamente apropiada al tipo de enfermedad espiritual
que se ha descubierto, entonces la acción de Dios, unida al
discernimiento claro de un experto médico de las almas, no de
jará de
producir frutos admirables; al mismo tiempo se evitará uno de los
defectos más temidos que se atribuyen a la confesión
frecuente: el de la rutina o costumbre, mientras que se ayudará al
progreso y al crecimiento constante en la respuesta a los caminos de
Dios. Por algo los textos oficiales recomiendan que se cuide el momento de la
satisfacción, para aplicar la medicina verdaderamente eficaz en
cada caso (cf RP 4; 6-7; 65).
Sin duda, es
delicado establecer por ley una frecuencia periódica de la
confesión igual para todos: la praxis tradicional de la iglesia es
una llamada, una señal que saca del sueño e induce a
reexaminar las propias posiciones frente a Dios y frente a los propios
compromisos espirituales. Si hoy hay una mayor amplitud y elasticidad,
esto debe significar para todos un mayor sentido de responsabilidad
personal y comunita
Penitencia
ria, según
las circunstancias. En efecto, si el compromiso de responder al amor de
Dios y de crecer en Cristo se mantiene vivo, la experiencia de la propia
fragilidad cotidiana hará que el recurso frecuente a este medio
privilegiado de gracia llegue a convertirse en una necesidad espontánea.
Si hay un sacramento que está hecho para asumir, mediante la gracia
misericordiosa y victoriosa del Señor, nuestra vida real, incluida la
carga de nuestras miserias e infidelidades, éste es justamente el
sacramento de la penitencia-conversión continua.
4. SUGERENCIAS
PARA UNA VERDADERA RENOVACIÓN PENITENCIAL. Está claro que
para hacer que reviva en el pueblo cristiano la verdadera actitud de
conversión-penitencia a la que Dios llama también en nuestros
días, y redescubra el verdadero rostro del sacramento de la
reconciliación de modo que vuelva a ser una celebración viva
y fructífera para todos, es necesario preparar un amplio plan de
trabajo, que debe realizarse después con convicción, constancia e
inteligencia, tanto de los contenidos [/ supra, IV, 1] como de las necesidades,
las esperanzas y las dificultades con que se va a encontrar una propuesta
de este género. Quizá nuestra pastoral ha dejado un poco de lado
este sector de la evangelización de la penitencia, privilegiando
otros campos de apostolado. La situación hoy es tal que, si nos
ponemos a trabajar en profundidad para hacer surgir las raíces
mismas de la fe, de la verdadera renovación interior y del
encuentro auténtico con Dios a nivel personal o comunitario, muchas de
nuestras iniciativas y de nuestros instrumentos apostólicos corren
peligro de moverse en el vacío. El campo de la conversión-penitencia
no permite quedarse en la superficie: precisa fatiga, paciencia y re
1622
nuncia a los
resultados clamorosos y gratificantes. Se trata de una semilla que debe caer en
el profundo surco de la muerte oscura y dolorosa (cf Jn 12,24) para
germinar en novedad y abundancia de vida. Es siempre la misma ley de
la pascua-paso de la muerte a la resurrección, que regula tanto el
compromiso penitencial de cada persona como el compromiso de quien
quiere anunciar y hacer público este mensaje de conversión-transformación
radical de la vida.
A nivel
práctico, lo primero que se debe hacer es plantear en todas nuestras
comunidades programas de catequesis bien concebidos y organizados, de
amplio alcance, para implicar poco a poco a todas las personas,
comenzando por los niños y siguiendo por los jóvenes, las
familias, los grupos y las asociaciones de diversos tipos, a fin de llegar
poco a poco a todo el cuerpo de los fieles. Está claro que es preciso
ante todo reunir y formar en profundidad a los catequistas, a los educadores,
los padres y los laicos comprometidos en la formación cristiana.
Sin una previa profundización y una buena comprensión que
haga a todos conscientes y corresponsables en el esfuerzo general,
será muy difícil realizar un trabajo serio y duradero. Por
esto será conveniente estudiar y preparar adecuadamente unos
subsidios verdaderamente apropiados y articulados según un camino
gradual de redescubrimiento y de experiencia penitencial que poco a poco
pueda comprometer a toda la comunidad. Será preciso, naturalmente, arbitrar
en qué niveles (de grupo, parroquiales, de zona, diocesanos, interdiocesanos)
se va a trabajar y cómo preparar instrumentos, planos y tiempos para
alcanzar el objetivo común.
La mejor
catequesis, la que sabe evangelizar todas las riquezas del sa
1623
cramento, es
indispensable, pero no basta: muchos elementos nuevos, y quizá los
más profundos y duraderos, sólo se descubrirán
haciendo participar activamente a los fieles en celebraciones centradas
verdaderamente sobre los valores esenciales, preparadas cada vez y
adecuadas a los diversos ambientes y situaciones, según las
orientaciones contenidas en el nuevo RP. El estudio y la preparación
de celebraciones verdaderamente ejemplares es determinante para todo el
programa de renovación.
Además de
una planificación cuidadosamente proyectada, no faltan ocasiones
para introducir en la vida de la comunidad y de la pastoral ordinaria
tanto el discurso formativo sobre la reconciliación como celebraciones
penitenciales concretas en sus diversas formas. Piénsese en la
importancia del tiempo fuerte que es la / cuaresma: un tiempo penitencial que
la tradición cristiana ha organizado sabiamente a través de
lecturas, oraciones, signos y etapas sucesivas, a fin de hacer revivir no
sólo a los catecúmenos, sino a toda la comunidad de los
fieles todas las grandes decisiones de la fe y de la espiritualidad
bautismal. Este tiempo, que se prolonga en un compromiso permanente de
conversión y de coherencia, culmina en el "cumplir con
pascua". "Cumplir con pascua" es una expresión
popular simple pero profunda que debe tomarse en toda su fuerza; "cumplir
con pascua" significa una confesión-comunión que no se reduce
al cumplimiento de una formalidad, sino que se abre a una sincera
conversión y a una unión vital con el Señor; es un vivir
la pascua con Jesús y con la iglesia, con plena conciencia del
don y del compromiso que lleva consigo.
Además de
la cuaresma tenemos el tiempo de / adviento, con sus características;
la preparación a algunas fiestas, todavía sentidas por el
Penitencia
pueblo; las
reuniones de grupo y de categorías y los campos-escuela veraniegos,
los retiros espirituales; tenemos el importante momento de la
iniciación cristiana de los niños, que comprende también
el delicado momento de la primera confesión, que se debe cuidar con
particular esmero según las orientaciones de la iglesia; en este acontecimiento
no sólo están implicados los niños, sino también
los padres y las familias con los padrinos y todos los educadores de la
fe; tenemos por fin, el momento de la preparación al matrimonio. Procúrese
que en esta ocasión no se tome la confesión como un paso obligatorio
para cualquier otra cosa (por ejemplo, el matrimonio), sino que tenga todo su
significado y relieve en sí misma, hasta el punto de condicionar
con su importancia todos los otros pasos del camino.
En las
celebraciones comunitarias de la penitencia, tanto en las propiamente
sacramentales como en las organizadas en torno a una celebración
de la palabra abierta a metas sucesivas, conviene cuidar la relación
del rito con la vida concreta de las comunidades, de los grupos y asociaciones,
de las familias o categorías que están implicadas en ellas, provocando
el examen de conciencia sobre algunos deberes o faltas, inclusive
sociales; buscando, con tacto y delicadeza, la pacificación de rivalidades
y tensiones o la superación de discordias antiguas o recientes; sugiriendo,
como satisfacción sacramental, que se preste atención a situaciones
de sufrimiento, de pobreza
o de soledad
existentes. Es un modo de poner de manifiesto toda la fuerza de
reconciliación y de promoción humana realmente encerrada en el
don de Dios, pero confiada también a la generosidad, a la
intuición creativa y a la coherencia personal y social de
gente que se dice cristiana.
No se debe
olvidar, en fin, que
Penitencia
también
las celebraciones litúrgicas ordinarias, como la misa de todos los
domingos, ofrecen temas y estímulos continuos para la sensibilización
y la profundización en el compromiso de
conversión-reconciliación: piénsese en el acto
penitencial, que se ha convertido en punto de partida o pasaje obligado para
celebrar la eucaristía; en tantas invocaciones de piedad
contenidas en gran parte de los formularios de la misa, cánticos y
oraciones; en el ápice de la celebración, es decir, en el
"misterio del cuerpo entregado por nosotros y de la sangre
derramada para el perdón de los pecados" (palabras de la
consagración); valórese el padrenuestro, que pide el
perdón y nos compromete a perdonar; invítese a los fieles,
inclusive recordándoselo en el momento oportuno, a tomar conciencia del
alcance del gesto de la paz y de la reconciliación fraterna antes de la
comunión, y del "Señor, no soy digno...". No debe
minusvalorarse la importancia educativa de estas fórmulas,
conscientemente usadas, y su valor incluso a un nivel más profundo:
aun no alcanzando la plena eficacia sacramental en sentido estricto, no
dejan de formar parte del mundo sacramental-litúrgico, "cumbre
y fuente" de la vida de la iglesia (cf SC 10), en cuanto que son
oración de la comunidad cristiana oficialmente reunida e indisolublemente
unida a Cristo, su cabeza, oración cuyo poder de intercesión no
puede ser nunca medido con un metro simplemente humano. Inmerso en esta
atmósfera, el cristiano se hace capaz de santificar y hacer meritorias
y expiatorias incluso las penas, las pruebas, las cruces y las fatigas
cotidianas, ¡que no faltan nunca!; penetra cada vez más en la
redención de Cristo y llega a ser a su vez un activo colaborador de la
redención y la reconciliación universales.
1624
NOTAS: ' Cf S.
Congr. pro Cultu divino, Ordo Paenilentiae, Typis Polyglottis Vaticanis,
Í974 —2 Documentos de
P.
Viseníin
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Burgaleta J.T.,
IM celebración comunitaria de
Plegaria
eucarística
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sacramento de
en "Estudium
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5. Ritual de la penitencia
Aldazábal
J., La celebración de
forma del nuevo
Ritual (1966-1973), en "Phase"
79/80 (1974)
11-22; Larrabe J.L., Nueva lectura
teológico-pastoral
del Ritual de
en
"Communio" 11 (1978) 377-390; Olivares E.,
Del sacramento de
PENTECOSTÉS
/ Espíritu
Santo; / Pascua y Pentecostés; / Triduo pascual, VII
SUMARIO: Premisa:
Un problema actual - I. Desde el desarrollo histórico: 1. Relaciones con
la tradición judía; 2. Las diversas tradiciones litúrgicas
- II. La reforma del Vat. II: I. Los criterios de trabajo; 2. Los tres nuevos
textos; 3. Los desarrollos posteriores - III. Orientaciones
teológico-pastorales: I. El fenómeno de las plegarias
eucarísticas "libres": significado y perspectivas; 2, La
aportación de carácter teológico;
3. Para una
celebración auténtica.
Premisa: Un
problema actual
Quien sigue la
literatura litúrgica de estos años nota que al tema de la
Plegaria
eucarística
plegaria
eucarística se le dedica un espacio mucho mayor que a otros
capítulos de la liturgia. Las razones de este hecho no parece que se
deban buscar sólo en la importancia del tema (es incontestable la
centralidad de la eucaristía, y no hay por qué maravillarse de
que, dentro de ella, adquiera un amplio espacio el estudio de la plegaria
eucarística). Nuestro tema ha conocido una gran variedad de
investigaciones, porque se ha revelado como un punto de alguna forma
nuclear en el estudio teológico y en la problemática
pastoral en campo litúrgico. En particular: para un historiador, el
análisis del género literario de los textos más antiguos
de plegarias eucarísticas y de sus contenidos obliga a valorar desde
cerca la importancia de las relaciones de la liturgia cristiana con el
judaismo y la peculiaridad de las diversas tradiciones litúrgicas
de Oriente y Occidente. Un teólogo, por su parte, encuentra
ahí mismo referencias de primera importancia en orden a la
reconstrucción del significado que la iglesia ha atribuido y atribuye
a la celebración eucarística, momento central y normativo de su
camino a lo largo de la historia. Quien, en cambio, esté atento, en
particular, a interpretar el momento de la reforma litúrgica del Vat.
II, encontrará atribuidos a la plegaria eucarística un singular
interés y una gran atención, hasta el punto de configurar de
hecho el capítulo de la plegaria eucarística como un
ámbito de reforma que ha conocido desarrollos y etapas del todo originales.
También aquellos que en el análisis de la liturgia del
posconcilio hubieren privilegiado los aspectos propiamente pastorales, no
tendrán dificultad en reconocer que algunos fenómenos de
carácter general —piénsese, por ejemplo, en el problema del
lenguaje, de la creatividad, de la celebración— han
tenido una manifestación
1626
particularmente
espectacular precisamente a propósito de la plegaria
eucarística. También por razón de estas constataciones
nuestro estudio tratará de explorar —siquiera en una
síntesis panorámica y con un intento prevalentemente
introductorio— todos los sectores de investigación y de
debate en los que el tema de la plegaria eucarística ha resultado
notablemente enriquecido.
I. Desde el
desarrollo histórico
Al intentar
reconstruir las líneas esenciales de una apreciable serie de recientes
estudios de carácter histórico sobre la plegaria
eucarística, resulta indispensable recoger los aspectos
sobresalientes en torno a dos grandes momentos: el más antiguo,
caracterizado sobre todo por las relaciones con la tradición
judía; el sucesivo, en el que predomina el fenómeno del
desarrollo de los textos de las plegarias eucarísticas y de su articulación
dentro de áreas eclesiales diferenciadas. De uno y otro momento
recibimos no sólo una riquísima antología de plegarias
eucarísticas, sino también la posibilidad de captar en vivo el
plantearse de un problema general de sentido/significado de la plegaria
eucarística'.
1. RELACIONES CON
lar la entera tradición
hebrea', las aportaciones sucesivas nos dirigen a un lugar muy diverso: el
acento se pone sobre todo en la continuidad de inspiración y de temas de
las dos tradiciones, continuidad que se hace posible en particular por la
constante referencia de ambas a la palabra4; además, el remitir a
la liturgia judía no se queda en algo genérico, sino que se
precisa hasta el punto de individuar más en concreto cuales de las
plegarias hebreas se configuran como probable fuente de la plegaria
eucarística s.
No pudiéndonos
parar en el análisis de los textos en cuestión', nos
limitaremos a resumir cómo se precisa el nexo de la plegaria
eucarística con la tradición judía. La insistencia en la
continuidad de inspiración religiosa entre las dos tradiciones conduce
a poner en primer plano la naturaleza eucarística de la anáfora
cristiana. La plegaria eucarística se configura primariamente como expresión
particularmente autorizada de ese singular coloquio que nace entre el
pueblo salvado y el Dios de la alianza: como oración de alabanza y de
acción de gracias enraizada en la historia del amor de Dios que se nos
ha revelado en la palabra. También dentro de la comunidad cristiana
—en particular en ese momento del todo singular de la fractio
pañis— perdura la voz que "hace memoria" a Dios de su
amor para que continúe "acordándose" de su pueblo.
Dentro de esta perspectiva, que aparece totalmente dominada por la
referencia a la alianza, resulta natural que los contenidos de la
oración se vayan recogiendo en torno a los grandes acontecimientos en
los que progresivamente se ha realizado la manifestación de
Dios a su pueblo: en particular, el trinomio, clásico para Israel, de
creación-ley-elección es declinado por las comunidades cris
Plegaria
eucarística
tianas en
términos de Cristo-Espíritu-iglesia. En consecuencia, no
sorprende que, también a nivel de estructura, la tradición
cristiana relativa a la plegaria eucarística mantenga la fundamental
articulación del doble movimiento hecho de acción de
gracias/intercesión fraterna: el primer elemento evidencia la
fundamental inspiración eucarística y la connotación
doxológica de la oración cristiana; el otro evidencia la
tensión de comunión que la recorre por dentro, en espera de
que el reino se manifieste en plenitud. Desde este punto de vista, el
análisis de alguno de los textos de entre los más antiguos
—
2. LAS DIVERSAS
TRADICIONES LITÚRGICAS. Los textos de plegarias eucarísticas
atestiguados por las diversas tradiciones litúrgicas de Oriente
y Occidente constituyen un campo de investigación tan vasto, que nos
vemos obligados a limitar los acentos a algunas líneas esenciales.
Por lo que se
refiere a Oriente, el análisis de los textos sugiere a los estudiosos el
agrupar los textos en torno a algunos ámbitos que resultan capaces
de tipificar la riquísima producción al respecto: el tipo alejandrino,
el antioqueno, el siriooriental; para Occidente se imponen las referencias
a las cuatro grandes tradiciones: romana, ambrosiana, galicana e
hispánica. Hay que notar que esta clasificación de
carácter general no surge sólo de las consideraciones
que ponen de relieve, dentro de las tradiciones de Oriente y de Occidente, una
diversidad de estructura en el modo de componer entre sí los
elementos de la anáfora; resultan todavía más
decisivos los aspectos relevantes que connotan la especificidad de la
inspiración temática propia de cada una de las tradiciones
Plegaria
eucarística
arriba indicadas
'. Bajo esta perspectiva debe decirse que la pluralidad de plegarias
eucarísticas presentes en la tradición litúrgica revela
las peculiaridades teológicas y espirituales de las "familias
litúrgicas" a través de las cuales ella se ha ido expresando
l0. Aunque no podemos aquí pretender ser completos, puede ser
útil aludir a la riqueza y variedad de conclusiones a que
conduciría un análisis comparado de plegarias eucarísticas
de la misma época, pero provenientes de tradiciones
litúrgicas diversas. Ayudados también por estudios
especializados, examinamos aquí el canon romano, la anáfora de la
iglesia de Jerusalén y la de san Basilio ".
El canon romano,
como es sabido, está ya atestiguado en sus partes más antiguas
por san Ambrosio en el De sacramentas (ca. 380), y ha sufrido en los siglos
sucesivos una serie de integraciones y de modificaciones que deformaron la
estructura original. En su lenguaje solemne y hierático se
ilumina una rica teología del ofrecimiento, y la temática del
sacrificio encuentra en algunas referencias bíblicas acentos
de un gran valor doctrinal; el esquema es articulado y complejo, muy
diverso de las características totalmente peculiares de la
tradición oriental. En cuanto al texto de la iglesia de
Jerusalén, aparecen inmediatamente el esquema trinitario, dentro
del cual se desarrolla una rica reflexión teológica, y la
constante referencia a
1628
confluyen
simultáneamente, dentro de una continua referencia a la biblia, una
profunda contemplación del misterio y de los datos de un debate
sobre los temas trinitarios y pneumatológicos, alcanzadas ya precisiones
conclusivas y clarificadoras; en la segunda, en cambio, la oración se
abre a una súplica de intercesión, en la cual encuentran espacio
simultáneamente todas las personas, grupos, experiencias que
animan aquella concreta comunidad, y se da al misterio de la
iglesia-comunión una consideración de gran amplitud.
Si nos hemos
parado un poco, a modo de ejemplo, sobre estos aspectos, del todo
insuficientes y esporádicos, es sobre todo porque creemos en el
valor del método utilizado en este estudio monográfico y comparado;
a parte de la ventaja de entrar a comprender la riqueza de muchas plegarias
eucarísticas —las tres a las que hemos aludido constituyen sin
duda ejemplos de entre los más significativos y merecedores de
profundización—, una metodología como ésta
permitiría captar, más allá de las muchas diversidades
entre las tradiciones particulares, la presencia de constantes estructurales y
temáticas de la anáfora cristiana.
También
por esta razón nos parece necesario concluir esta rápida
síntesis histórica con algunas consideraciones de orden
general. Debe tenerse en cuenta ante todo que el progresivo proceso de
separación y de superación de la matriz judía tiene
lugar en virtud de una conciencia cada vez más lúcida de la
novedad y de la definitividad de Cristo. Es su pascua, la alianza nueva
ritualizada en la memoria litúrgica; en ella se hace a los creyentes el
don del Espíritu de unidad y de reconciliación. Aparece, por
tanto, evidente que antes todavía de los debates teológicos,
particularmente vivos por la insidia constante de las numerosas corrien
1629
tes
heréticas, la tradición anafórica cristiana se construye y
se desarrolla a partir de la exigencia de confesar la fe en aquello que Dios ha
hecho por nosotros en Jesucristo. En esta perspectiva, no maravilla, de hecho,
la presencia de un segundo dato complexivo proveniente de la
tradición antigua: el de la pluralidad de los textos de plegarias
eucarísticas. El Oriente, en particular, representa el testimonio al
respecto más significativo, a causa de la riqueza y variedad de las
tradiciones que lo constituyen. Las múltiples vicisitudes que Dios ha
vivido con su pueblo en el intento de conducirlo a la acogida de la realidad
profunda de la alianza culminada en Cristo, hacen ya plausible,
o incluso
necesaria, una variedad de expresiones que revelen más adecuadamente
su riqueza; a ello hay que añadir la progresiva experiencia de la
palabra, que es propia del camino histórico de las iglesias
particulares, y la intermitente amenaza de herejías. El conjunto de
estos elementos puede dar razón del hecho de que la oración, que
está en el corazón de la celebración eucarística,
se vaya articulando en su formulación concreta también en
referencia y como respuesta a esas realidades. Por su parte, la
tradición litúrgica de Occidente —mucho menos rica y
variada— presenta un dato singular: la tendencia a crear una
relación más explícita entre el texto de la plegaria
eucarística y los diversos misterios de Cristo celebrados a lo
largo del curso del año litúrgico. Serían sobre todo el
cuerpo prefacial de la liturgia romana y ambrosiana y diversos elementos
de la tradición hispánica y ambrosiana quienes lo
documentan; en todo caso, un dato de este tipo simplemente confirma, con
un acento propio, la característica de fondo con que la antigüedad
nos entrega el sentido de la anáfora: la de conside
rarla lugar
autorizado de la confe
Plegaria
eucarística
sión de fe
del pueblo de Dios en la totalidad del misterio único e indiviso de
Cristo.
II. La reforma
del Vat. II
Si a lo largo de
los trabajos del concilio no se registran hechos particularmente
relevantes a propósito de la plegaria eucarística (la orientación
prevalente ha sido la de no considerar el canon entre "las partes de
la misa" para las que se pueda prever el uso de la lengua
vernácula: cf SC 54), los años inmediatamente siguientes ven
abrirse un debate muy vivo y el comienzo de una serie de opciones de reforma de
notable amplitud. Precisamente para poder captar todas las dimensiones del
problema, nos mantenemos atentos al sucederse de las diversas etapas con
las que la intervención de los organismos oficiales encargados de
la reforma se ha ido poco a poco manifestando n.
1. LOS CRITERIOS
DE TRABAJO. Era inevitable que la progresiva actuación de la
reforma de la misa —el uso cada vez más amplio de la lengua
nacional, en particular— planteara también de modo
explícito el problema pastoral del canon. Se reconocían
ciertamente en el texto antiguo y solemne de la anáfora romana
riquezas doctrinales y líneas de pensamiento de muy fecunda espiritualidad;
por otra parte, se manifestaba de modo cada vez más evidente que el
canon romano no tenía las características lineales y de claridad
que facilitaran una participación activa y consciente por parte de
la asamblea. Cuando el problema se planteó públicamente,
prevaleció la opinión de quien desaconsejaba un retoque, bastante
consistente, en un texto tan venerable, y sugería más bien
abrirse a la posibilidad de tener nuevas plegarias eucarísticas junto al
1!
canon romano.
Plegaria
eucarística
Pero el
análisis de las intervenciones oficiales que acompañaron a
la publicación de tres nuevas plegarias eucarísticas en 1968
muestra que tal elección no está dictada primariamente por
el intento de obviar los límites del canon romano. La preocupación
prioritaria era de signo positivo: optando por una pluralidad de plegarias
eucarísticas, se da mejor razón de un dato significativo de la
tradición antigua y se nos abre a la posibilidad de un comentario
más rico y articulado del significado del memorial pascual'". Una
precisión ulterior la tenemos cuando las nuevas plegarias
eucarísticas se publican como parte integrante del Missale
Romanum. En
De este modo se
codifican los elementos más importantes que las tradiciones de
Oriente y Occidente proponían. Por lo demás, la voluntad de
abrirse a todo el dato de la tradición litúrgica queda
manifiesta perfectamente —como se documentará en los estudios
a que haremos alusión dentro de poco— en el hecho de que,
como verdaderas fuentes de las tres nuevas plegarias eucarísticas, se
asumen primariamente la tradición romana (plegaria 11), la gálica
y la hispánica (plegaria 111), y la oriental (plegaria IV).
1630
2. LOS TRES
NUEVOS TEXTOS. Debiéndonos limitar a aspectos de carácter
sintético, preferimos caracterizar bajo la perspectiva
temática la aportación realizada por los tres nuevos textos, que
entraron en el uso litúrgico a partir de 1968 ".
El primero de
ellos (plegaria II) asume como su fuente directa la anáfora de
sacrificio con el
que Cristo ha vuelto a adquirir para el Padre el "pueblo santo",
edifica también hoy en el Espíritu a la iglesia
(después de la consagración).
Resulta
más difícil caracterizar el segundo texto (plegaria III), que deriva
inmediatamente de la refundición del proyecto Vagaggini, pero 1631
que Jounel juzga,
en su redacción final, como "enteramente nutrido de cultura
bíblica y patrística, además de reminiscencias de diversas
liturgias, pero al mismo tiempo abierto a las preocupaciones y al lenguaje
de la iglesia de nuestro tiempo",!. En la sucesión de los diversos
elementos que lo componen podemos notar en particular: la estructura trinitaria
del "Santo eres en verdad, Señor", que se abre al final a la
consideración del tema de la iglesia; la oración de anamnesis
(después de la consagración), que comenta con gran variedad
de acentos el significado salvífico de la pascua e introduce el
tema del ofrecimiento del sacrificio "vivo y santo", realizado en
"acción de gracias"; la intercesión ("que esta
víctima de reconciliación..."), en la que se pasa
sucesivamente de la oración por el mundo entero (Col 1,1920) a
la oración por la iglesia "todo el pueblo redimido por ti" (1
Pe 2,9), por la asamblea reunida, por los hermanos difuntos, hasta abrirse
a "todos tus hijos dispersos por el mundo" (Jn 11,52). En
particular, merece ser puesta de manifiesto la acentuación del
significado soteriológico del memorial del sacrificio de Cristo: la
alusión inicial a la bondad de las cosas vivificadas en Cristo
("das vida y santificas todo"), el hecho de que la extensión
de la oración de anam
nesis se
prolongue hasta incluir la parusía ("mientras esperamos su
venida"), el relieve —inspirado en Pablo— de la "hostia
nostrae reconciliationis" ("esta víctima de reconciliación"),
el universalismo de las intercesiones, son todos ellos elementos que ponen
de manifiesto cómo la eucaristía constituye el sacramento
del único sacrificio que ha redimido el mundo y la historia de los
hombres, reconciliándolos con Dios.
En la
determinación de las fuentes utilizadas para la redacción del ter
Plegaria
eucarística
cer texto
(plegaria IV) son necesarias varias referencias. La primera pone de manifiesto
la analogía con las anáforas orientales, a las que, por lo
demás (piénsese, en particular, en la de san Basilio), el
proyecto "C" de Vagaggini se refería
explícitamente; Jounel vería ahí también los signos
de una notable presencia del pensamiento de O. Casel ". En la sucesión
de las diversas partes van emergiendo las particularidades más
evidentes del texto: la amplia y sugestiva memoria de la historia de la
salvación pensada sobre el fondo del esquema trinitario y
cuyos inicios están ya en el acontecimiento de la creación
(antes de la consagración); la epíclesis de comunión
("congregados en un solo cuerpo por el Espíritu
Santo"), que se abre al tema del culto espiritual ("seamos...
víctima viva": Rom 12,1); la intercesión final ("Padre
de bondad..."), claramente inspirada en una perspectiva universalista
y abierta a la espera del "reino... junto con toda la creación
libre ya de pecado y de muerte, te glorifiquemos por Cristo, Señor
nuestro" (Rom 8,21; 1 Cor 15,26-28; 1 Pe 3,13). En una perspectiva
sintética, hay que poner de relieve el hecho de que la eucaristía
sea leída, en su significado más profundo, a la luz de la
historia de las alianzas (antes de la consagración), es decir, en cuanto
cumplimiento de aquel proyecto de Dios que desde el principio aparece manifiesto.
A esta luz la eucaristía aparece en el centro de la "plenitud de
los tiempos", memorial del evento culminante de la pascua, nuevo y definitivo
pacto entre Dios y el hombre ("... el gran misterio que nos dejó
como alianza eterna"). Por la acción de la
eucaristía-alianza se crea continuamente una comunidad —la
iglesia— capaz de culto espiritual.
Las tres nuevas
plegarias eucarísticas tienen como características comunes:
una estructura más unita
Plegaria
eucarística
ria, un lenguaje
más claro, la doble epíclesis o invocación del
Espíritu Santo (antes y después de la consagración),
la aclamación de los fieles después de la consagración,
las intercesiones antes de la doxología final, la
disposición ordenada de los diversos elementos constitutivos, en
armonía con el esquema propuesto por OGMR 55.
3. LOS
DESARROLLOS POSTERIORES. Con la publicación de las tres nuevas
anáforas no se agota el camino de la reforma posconciliar a este
respecto: a nivel de debate y de textos hay que registrar ulteriores pasos.
La autorizada
carta circular Eucharistiae participationem, de 1973, tiene ciertamente una
intención de carácter disciplinar: después del atento
estudio del fenómeno de la proliferación de las plegarias eucarísticas
[/ infra, III, 1], la sede Apostólica considera oportuno reservarse
el derecho de decidir en lo que se refiere a un capítulo tan importante
de la praxis litúrgica20. En realidad, el documento añade a
esta precisión, expresada de un modo muy neto, la invitación a
valorar los espacios ya consentidos para un trabajo creativo, y manifiesta
la propia disponibilidad a tomar en consideración ocasionales
peticiones formuladas por las conferencias episcopales "para la
eventual composición e introducción en el uso litúrgico,
en circunstancias particulares, de una nueva oración
eucarística..." (n. 6). No parecería, por tanto, ausente del
texto la preocupación de crear las condiciones para un ulterior paso de
reforma, prevista ya como probable21. Como confirmación de esto
mismo está la intervención del 1 de noviembre de 1974, en la que
1632
composición
de tres anáforas para ser usadas en las misas con niños, y de dos
anáforas sobre el tema de la reconciliación para utilizarlas con
ocasión del año santo de 1975 y en otras circunstancias (cf
Noí 11 [1975] 4-12) [/Nuevas plegarias eucarísticas, II, 2,3].
De este
desarrollo posterior, con el que se introducen de hecho en las iglesias
particulares nuevas plegarias eucarísticas, nos parece importante
señalar sobre todo su significado global. Se ponen de relieve dos criterios
de fondo: la más estricta relación que debe existir entre el
texto de la anáfora y la especificidad de una asamblea reunida para la
eucaristía (éste es el caso de las plegarias
eucarísticas para las misas con / niños); la oportunidad de la
conexión entre el texto de la anáfora y algunos
acontecimientos eclesiales especialmente significativos (el año santo,
en este caso) o, más en general, la posibilidad de introducir nuevos puntos
de vista para releer la historia de la salvación, de la que la
eucaristía es memorial. Respecto de la aportación realizada
por cada uno de los textos, nos limitaremos a algunos aspectos relevantes
y sintéticos. Los textos para las misas con niños confirman,
por una parte, el esquema tradicional de plegaria eucarística; pero
encuentra espacio en ellos —y con frecuencia con formas creativas y no
carentes de interés— una atención más marcada
al problema celebrativo que haga posible una participación
más plena y activa de la asamblea; tampoco desde un punto de vista
temático faltan acentuaciones de un cierto interés, sobre
todo por la importancia conferida al tema de la acción de gracias y por
las frecuentes y concretas referencias a Cristo y al amor que lo ha conducido
a la pascua22. En las dos plegarias eucarísticas de la
reconciliación se confirman las opciones de estruc
1633
tura y de
inspiración de la reforma conciliar: se puede notar ahí, como
algo positivo, la relevante presencia de referencias a textos bíblicos y
del Vat. II. Sin embargo, es todavía más significativo el hecho
de que el valor salvífico de la eucaristía se reinterpreta
en términos de reconciliación. Ésta se revela como una
categoría central de la historia de la salvación y excelente
clave hermenéutica de la obra y de la persona de Cristo; en este sentido
y por esta razón la reconciliación puede ser asumida como
referencia temática capaz de inspirar también los textos de plegarias
eucarísticas n.
Un último
capítulo de desarrollo, que merece ser considerado, es el conjunto de
plegarias eucarísticas que han recibido autorización oficial para
su uso litúrgico en situaciones y contextos específicos24. No
importa aquí hacer un elenco completo de ellas ni iniciar un
comentario detallado; baste señalar que tal conjunto de plegarias
eucarísticas parecen una confirmación posterior de algunos
criterios de reforma ya aparecidos en precedencia, o, incluso, pueden entreverse
otros nuevos. En particular: algunos momentos significativos de la vida de
las comunidades eclesiales se convierten en ocasión para tematizar
la eucaristía de un modo más amplio y articulado, de tal modo que.se da espacio a contenidos percibidos hoy
como prioritarios y se favorece una más intensa participación:
éste es el caso, por ejemplo, de los textos para el sínodo de los
católicos suizos, para el convenio pastoral de la iglesia holandesa,
para el congreso eucarístico de Manaus, en Brasil. Se va abriendo
también camino la exigencia de tener plegarias eucarísticas
mejor sintonizadas con el contexto cultural dentro del que se sitúa la
liturgia: es el caso, por ejemplo, de la iglesia australiana, que prepara
un "ensayo para ex
52
Plegaria
eucarística
presar la
eucaristía en las tradiciones culturales y en los esquemas de pensamiento
de los pueblos aborígenes de Australia". De este modo la realización
progresiva de la reforma va evidenciando desarrollos interesantes.
III.
Orientaciones teológico-pastorales
Por todo lo hasta
ahora dicho se comprende la multiplicidad de niveles sobre los que
debería plantearse una reflexión conclusiva de carácter
teológico-pastoral a propósito de las plegarias
eucarísticas. Al no poder desarrollar aquí una reflexión
amplia, nos limitamos a indicar las referencias que nos parecen
prioritarias.
1. EL
FENÓMENO DE LAS PLEGARIAS EUCARÍSTICAS "LIBRES":
SIGNIFICADO Y PERSPECTIVAS. Una consideración
específica del fenómeno de la proliferación de plegarias
eucarísticas, incluso sin pretensiones de ser completos, sino con
la intención de captar los más significativos indicios de
tendencia que en tal fenómeno se van manifestando, no se justifica en
una lógica de simple documentación; al afrontar el tema, ni
siquiera queremos atribuir demasiada importancia a un capítulo que
la valoración más serena no puede calificar ni de central ni
de prioritario. Si juzgamos tal fenómeno merecedor de
profundización, es porque en él se han ido manifestando
consideraciones de carácter fundamental que tocan de cerca
algunas de las componentes más discutidas a nivel de estudio
25.
La
inflexión registrada por la literatura que ha examinado
críticamente el problema es un primer dato significativo. De un
juicio inicial, que tiende a considerar el fenómeno del continuo
multiplicarse de textos de plegarias eucarísticas como un ca
Plegaria
eucarística
pítulo
transitorio debido a la moda de un momento 26, se pasa a fases sucesivas,
en las que la lectura del problema se pone en relación con los
criterios de fondo de la reforma misma. Más en particular, podemos
notar el surgir de diversos aspectos relevantes. Uno es de orden celebrativo:
¿cómo hacer más intensa y verdadera la
participación de toda la asamblea en la celebración y también
en el momento culminante de la plegaria eucarística? ¿Es posible
que, en la perspectiva de la consecución de un valor como
éste, tal plegaria asuma una estructura más dialógica?27
Mucho más amplio es el debate en el plano propiamente teológico.
Se confirma, ante todo, la plena legitimidad del fenómeno, que, en
último término, puede ponerse en relación con la
historicidad misma de la celebración cultual realizada por la iglesia
as. Con idéntico rigor, sin embargo, se subraya la exigencia de la
fidelidad a contenidos considerados imprescindibles, en profunda
continuidad con el significado que Cristo ha conferido a la cena eucarística;
ello surge, por lo demás, de una lectura teológica del dato de la
tradición que sepa captar los valores de fondo, más allá
de la multiplicidad de las formas según las cuales la plegaria
eucarística se encarna2'. Esta tarea se debe llevar hasta alcanzar
una precisión sustancialmente definitiva respecto del tema de la estructura
que la plegaria eucarística habrá de tener; bajo esta perspectiva,
si es unánime la orientación de atribuir una autoridad real al
esquema propuesto por la reforma (cf OGMR 54-55), aparece también
la tendencia a considerar que no todos los elementos del mismo deban estar
siempre presentes en toda anáfora. La atención prevalente se
centra, más que en la completez material, en la inspiración
eucarística de la plegaria y en su unidad interna, ca
1634
paz de conferir
significado a todos los elementos que la componen30.
No es tan
fácil moverse dentro de la producción de plegarias
eucarísticas libres y reconducir a unidad elementos y
orientaciones muy heterogéneos entre sí. Aparte del aspecto
propiamente disciplinar de la cuestión —también este
capítulo, por la importancia de los valores en juego, merecería
atenta consideración—, puede resultar útil, para un estudio
adecuado, el intento de individuar los criterios y las intenciones que se
encuentran en el origen de estas composiciones. A través del
análisis de un muestreo discretamente representativo hemos
conseguido individuar la presencia de algunas líneas de fondo. A
veces los textos de plegarias eucarísticas nacen en relación
estricta con personalidades y experiencias específicas: es el caso
de la producción de H. Oosterhuis, poeta holandés, en quien son
prioritarias la atención al lenguaje y el empeño de reformular
con formas nuevas y culturalmente significativas los grandes temas
teológicos, enriquecidos, a su vez, por una visión
eclesiológica renovada". En otros casos —y se trata,
además, de los ejemplos más discutibles y susceptibles de
muchos aspectos relevantes— prevalece la intención de
expresar de forma más neta el sentido de la eucaristía, su
validez política; ello se obtendría a través de una
marcada relación con la historia concreta del hombre y de la comunidad
que ora y con los problemas de la sociedad dentro de la que uno y otra se
encuentran -". En otras expresiones —también ellas atentas al
problema del lenguaje y a la búsqueda de una perspectiva eficaz de
actualización de la oración— se quiere establecer, en
cambio, una conexión más estrecha entre la plegaria
eucarística y el desarrollo del año litúrgico; el memorial
eucarístico se ilumina y profundiza a la luz
1635
de
múltiples aspectos que componen
el misterio
global de Cristo celebra
do a lo largo del
año, y su significa
do para la
iglesia en camino se va
enriqueciendo
poco a poco ". Mere
ce ser recordada
también una última
tendencia, en la
que se asume como
criterio prioritario
la relación entre
el texto de
plegaria eucarística y la
liturgia de la
palabra propuesta por
el leccionario en
las celebraciones fes
tivas; se
considera, de este modo,
que se debe
asumir más de cerca el
problema de la
unidad de la celebra
ción
eucarística, también en el senti
do de poner de
manifiesto las cone
xiones
temáticas entre la palabra, la
oración,
la acción de gracias ".
2.
Cuando
después consideremos más de cerca —aunque sólo sea
de un modo global y panorámico— la ayuda efectiva que nos puede
venir de textos de plegarias eucarísticas para la comprensión del
sentido de la eucaristía que celebramos, el tema se ensancha
necesariamente a una multiplicidad de aspectos '5. Por li
Plegaria
eucarística
mitarnos a los
esenciales, podríamos recordar los siguientes. Ante todo, a nivel de
inspiración: dar gracias, para la iglesia significa situar la propia
oración dentro de una historia a través de la cual Dios se ha ido
progresivamente revelando como el Dios de la alianza; ello quiere decir hacer
memoria de su amor para con nosotros, en el sentido profundo de continuar, por
parte de Dios, un gesto de salvación, y de confesar, por parte de
la iglesia, que Dios es Señor de la historia y del cosmos y que ama al
hombre. En esta perspectiva, la plegaria eucarística se manifiesta como
e! lugar privilegiado de la profesión de la fe de un pueblo y, al
tiempo, momento de gracia con el que Dios nos constituye permanentemente
como pueblo de la alianza. Si después consideramos dos hechos
complementarios atestiguados por el desarrollo histórico —la
multiplicidad de plegarias eucarísticas y la plegaria
eucarística como elemento normal de la celebración de la eucaristía—,
esto nos ayuda a alcanzar un segundo nivel de consideración: en la
multiplicidad de los textos la plegaria eucarística nos ayuda a comprender
el sentido mismo de la celebración cristiana en términos de
proclamación de fe en el misterio de Jesucristo y de momento
que edifica, aquí y ahora, en la multiplicidad de las situaciones dentro
de las que se sitúa la iglesia en comunión; análogamente,
la normalidad de este elemento en la celebración cultual indica
claramente que la liturgia en cuanto tal es celebración del misterio de Cristo
en su globalidad; memorial de la pascua, en el que se compendia toda la
historia de la salvación. Cuando se nos pregunta por la estructura
misma de la plegaria eucarística, se hace inevitable alcanzar un
tercer nivel: el sucederse del momento narrativo de la historia de la salvación,
que culmina en la pascua de
Plegaria
eucarística
Cristo; de la
oración propiamente anamnética, que se encarga de resituarnos
constantemente en la realidad de la celebración-memorial; de la
epíclesis de comunión, enteramente referida a la comunidad
eclesial, que es generada por tal memorial, tiene una riqueza de discurso que
ha de comunicar: a la luz del sentido de esta estructura resulta de hecho posible
captar hasta qué punto dominan las categorías doctrinales de
acontecimiento salvífico, de celebración memorial, de
estructura anamnética, etc., en la interpretación de la
liturgia cristiana J«. Un último nivel de consideraciones
podría ser el de la reflexión en torno al discurso sobre Dios
elaborado y expresado por la plegaria eucarística: además de
estar este discurso constantemente referido a la historia de la salvación,
en el que se inspira y toma contenido, se articula con la riqueza y la
potencialidad del pensamiento simbólico, recorrido por la tensión
de fidelidad al símbolo del que es memoria; además de eso
—y es quizá esto último la observación que subraya
el aspecto más singular— se configura como discurso sobre Dios
enraizado en la adoración, que se manifiesta por tanto en
doxología. En la perspectiva de la alianza, esa doxología se
revela como la forma más alta y más verdadera de nuestro hablar
de Dios, la que mejor expresa la total gratuidad de un don del que no pueden
sino brotar la adoración y la
acción de
gracias.
3. PARA UNA
CELEBRACIÓN AUTÉNTICA. Todas las consideraciones hechas en
precedencia conducen ya a subrayar diversos elementos importantes que
deben entrar a formar parte de una preocupación pastoral, para que la
celebración de la plegaria eucarística sea lo más
verdadera posible. Nos parece, sin embargo, que subrayar algunos aspectos de ca1636
rácter
conclusivo puede completar mejor nuestro discurso.
Pensamos, ante
todo, en la dimensión propiamente catequética: un momento
central como el de la participación en la eucaristía
requerirá la constante preocupación de introducir a aquellos
que participan en ella en la comprensión y la vivencia de \o que
celebran. Bajo este aspecto, la comprensión vital de la plegaria
eucarística —su sentido global, el significado de su estructura y
de los elementos particulares que la componen, su inspiración de fondo—
se revela como un aspecto prioritario de la acción pastoral. No es
inútil recordar a propósito cómo la notable abundancia de
textos de plegarias eucarísticas para el uso litúrgico
permite una catequesis muy amplia y articulada; quien sepa valorar
inteligentemente la peculiaridad de cada una de las anáforas
tendrá un amplio abanico de perspectivas y de subrayados para introducir
en la comprensión inteligente de aquello que la iglesia trata de hacer
cuando invita a participar en la celebración de la cena del
Señor. Ya hemos indicado [/ supra, 1] la preocupación de
hacer también del momento de la anáfora un lugar de
participación activa por parte de toda la asamblea, evitando el riesgo
de que se transforme en el tiempo de mayor ausencia de los presentes y de
su menor implicación en la acción ritual. El problema
no es de fácil solución: por una parte, apuntar únicamente
a la variabilidad continua de los textos, proponiéndose
primariamente mantener viva la atención, podría correr el riesgo
de sustraer o atenuar las ventajas de una inteligente repetitividad; por
la otra, una concepción formal de oración presidencial
podría implicar una excesiva lejanía respecto de la asamblea,
eliminando las innegables posibilidades de participación que
comportaría una serie más am
1637
plia de
intervenciones directas 37. Tal vez la dirección emprendida por la
reforma [/ supra, II, 3] se revele como el sendero más equilibrado y
fecundo; hay que auspiciar que permanezca lo más abierto posible,
para que pueda expresar también todas las potencialidades que tiene
dentro de sí. No nos parece, en cambio, inútil remitir a un
problema más general de participación en la eucaristía;
también a propósito de la plegaria eucarística se
plantea la cuestión relativa a la parte de un todo. Por más que
sea central, la anáfora no agota el rito eucarístico; para que
sea adecuadamente intensa y participada, exige ser celebrada por una
asamblea que ya ha acogido dentro de sí la palabra de la fe: alimentada
por este anuncio que convoca a la salvación, la comunidad se abre a la
acción de gracias dirigida al Padre de nuestro Señor Jesucristo,
en el Espíritu, para después significar en el gesto del pan
compartido y en la participación en el cáliz la propia voluntad
de comunión. Bajo esta perspectiva, la plegaria eucarística
necesita estar implicada en toda la dinámica que recorre la
celebración eucarística.
[/
Eucaristía; / Nuevas plegarias eucarísticas].
No i AS: ' Aunque
necesita ser completada y corregida con otros estudios (cf en particular cuanto
digamos en las notas sucesivas), sigue siendo importante la
investigación de L. Bouyer. Eucaristía. Teología y
espiritualidad de la oración eucarística, Herder, Barcelona 1969
2 J.-P. Audet, Esquisse historique du genre littéraire de la
"bénédiction "juive et de l'eucharislie
chrétienne, en RB55 (1958) 371-399 ' J.
P. Audet, Genre
littéraire et formes cultuelles de l'eucharistie. Nova et velera, en EL
80 (1966) 353-385 4 Cf L. Bouyer, Eucaristía... cit., ce. Il-V
Plegaria
eucarística
Cazelles,
Eucharisties, bénédiction et sacrifice dans l'AT. en MD 123
(1975) 7-28 — " Son de fundamental importancia los recogidos y presentados
por A. Hánggi-J. Pahl, Prex eucharistica. Textus e variis liturgiis
antiquioribus selecti. en SF 12 (1968) 3-57 (a cargo de L. Ligier);
E. Lodi,
Enchiridion euchologicum fontium liíurgícorum, Ed.
Liturgiche, Roma 1979, nn. 3490, 21-46 — 1 Llevan a resultados ya
conclusivos las recientes puntualizaciones de E. Mazza,
Didaché
IX-X: etementiper una interpretazione
eucorislico. en
£L 92 (1978) 393-419; A. Veiheul, La priére eucharistique
dans
J. Pinell)
recogidas en S. Marsili (dir.), Anamnesis. Inlroduzione storico-teologica
alia liturgia II, La liturgia: panorama storico genérale,
Marietti, Turín 1978, 55-128; 147-223 — 10 Algunas
puntualizaciones teológicas de conjunto lo demuestran bien; cf ad
es.: R. Bornert,
Les commentaires
byzantins de la divine liturgie du Vil' au XV siécle, París 1966;
L'anaphore dans la spiritualité liturgique de Bysanee. Le
lémoignage des commentaires mystagogiques du Vil' au XV siécle,
en VV.AA., Eucharisties d'Orient et d'Occidenl II, Cerf, París 1970, 241264;
I. H. Dalmais, Quelques grands thémes théologtques des anaphores
orientales, ib, 179196 -" J. A. Jungmann, Strutlura e valore leologico-pastorale
del canone, en VV.AA., // canane delta messa, QR, Milán 1968, 33-54; E.
Galbiati, // substrato bíblico del canone romano, ib, 13-32; C.
Vagaggini, // canone delta messa e la riforma litúrgica, LDC,
Turín 1966; A. Tarby, La priére eucharistique de l'église
de Jerusalem, Beauchesne, París 1972; P. Scazzoso, Inlroduzione
alia ecclesiologia di s. Basilio, Vita e Pensiero, Milán 1975, 123-170
— l2 Para esta parte véase F. Brovelti, Preghiere eucaristiche.
Appunti su di un problema apeno, en RL 65 (1978) 449-487 (en particular
454-473) — 11 Desde este punto de vista, fue decisivo el rol
desempeñado por el estudio de C. Vagaggini que recordamos en la nota 11
— '" Epistula ad Praesides Conferentiarum Episcopalium del card. B.
Gut, del
Plegaria
eucarística
cada uno de estos
elementos: cf Not 9 (1973) 209-246 — l6 La misma bibl. que utilizaremos
indica lo vastísimo que podría resultar el trabajo de
profundización y de análisis crítico de las nuevas
plegarias; para una visión de conjunto, cf P. Jounel, La composition des
nouvelles priéres eucharistiques, en MD 94 (1968) 38-77; sintético
y documentado el fascículo n. 61 (1977) del canadiense Bulletin national
de liturgie —
S. Marsili (nota
prec.) — 30 H. Rennings (se
1638
cretario de
Cittadella,
Asís 1975 — 33 Véase en particular:
D. Dufrasne-F.
Debuyst-C. Ferríére, Rendre gráce aujourd'hui. Essais de
priéres eucharistiques, Centurión, París 1975;
VV.AA., A la-recherche de priéres eucharistiques pour notre temps,
Centurión, París 1976 —
T. Federici,
Liturgia: creativita, interiorizzazione, attuazione, en Not 13 (1977)
73-87 (en particular 76-79); A. Cuva, La preghiera eucarística,
preghiera-azione ecclesiale, en VV.AA., In Ecclesia, LAS, Roma 1977, 335-351;
desde el ángulo ecuménico es de mucho interés J. F.
Puglisi, Quelques exemples de convergence dans les priéres
eucharistiques, en MD 139 (1979) 101-124; cf también J. Betz, La
eucaristía, misterio central, en Mysterium salutis IV/2, Cristiandad,
Madrid 1975, 185ss — 3? J. Llopis, La
plegaria
eucarística, ¿repetición o sorpresa?, en Ph 88 (1975)
257-270; H. Cnudde, Quelques repéres pour la priére
eucharistique au niveau du langage et de la communication, en LVC 89 (1974)
214-231; VV.AA., La priére eucharistique. Initiation á la
priére chrétienne, en MD 125(1976)41-51.
F. Brovelli
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"Phase" 75 (1973) 247284; Mejorar la traducción de las
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1639
liimT 152 (1980)
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La anamnesis en
la liturgia eucarística hispánica, en VV.AA., Liturgia y
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Instituto de Estudios Visigótico-Mozárabes de San Eugenio,
Toledo 1978, 65-86; El memorial eucarístico: concepto, contenido y
formulación en iostextos de las anáforas, en
"Ephemerides Liturgicae" 96 (1982) 189-208; Ramos M., La gran
oración eucarística, en "Phase" 44 (1968) 137158;
Sánchez Abellán F., Canon Romano. Fuentes y paralelos
literarios y comprobantes arqueológicos. Universidad Pontificia,
Salamanca 1974; Sánchez Caro J.M., Bendición y eucaristía.
25 años de estudios sobre el género literario de la plegaria
eucarística, en "Salmanticensis" 30
(1983) 123-147;
Eucaristía e historia de la salvación. Estudio sobre la
plegaria eucarística oriental, BAC 439, Madrid 1983; Silanes N.,
Las nuevas plegarias eucarísticas, en "Estudios Trinitarios'^
(1968) 375-394; Sustaeta J.M., Misal y eucaristía. Estudio
teológico, estructural y pastoral del nuevo Misal Romano, Facultad
de Teología, Valencia 1979, 145-190; Thurian M., Una liturgia
eucarística ecuménica, en "Phase" 139 (1984) 163-172
(texto://?, 173-178); VV.AA., El canon de
PRESIDIR
/ Animación;
/ Asamblea; / Estilos celebrativos; / Formación litúrgica de los
futuros presbíteros; / Jóvenes IV, 3
Procesión
SUMARIO: 1.
Enfoque antropológico - II. Las procesiones en la biblia: 1. En el AT;
2. En el NT - III. Desde la historia de la liturgia: 1. Procesiones que
conmemoran los misterios de Cristo; 2. Procesiones extraordinarias y ocasionales;
3. Procesiones rituales o ceremoniales; 4. Procesiones devocionales y votivas -
IV. Reflexiones teológico-pastorales.
I. Enfoque
antropológico
La
procesión es un rito religioso
de significado
universal. Su simbo
lismo, el gesto
de caminar juntos, res
ponde a una
necesidad primaria de
esa
agregación con la que el grupo
adquiere
consistencia. Es un signo
válido
para significar la historia de
la comunidad
humana. La procesión
añade a la
celebración un elemento
de notable
incidencia psicológica: el
orar subrayado
por el movimiento.
La oración
resulta ayudada por una
expresión
más ferviente, la comuni
dad es potenciada
en su unidad. Su
imagen es una
larga fila que, con
paso uniforme,
procede lentamente,
orando y
cantando; o la de un cortejo con aparato ceremonial, a menudo con
vestidos uniformes, en homenaje a un personaje o a un signo sagrado.
Se camina no
sólo para llegar, sino también para vivir el camino: la
procesión añade a la ritualización de los sentimientos de
penitencia, de súplica y de acción de gracias un simbolismo
que hace ver a los hombres insertos en la vida que se desarrolla fuera del
ambiente sagrado, en los lugares donde viven y trabajan. Mezclados en el camino
y unidos en el canto, los creyentes se descubren hermanados, más
implicados en los mismos problemas.
La
procesión no es sólo un caminar juntos de cualquier modo:
antes de partir se reúne la asamblea estructurada; parte de un
lugar deter
Procesión
minado, camina
con un reglamento preciso y se dirige a una meta bien definida. Estos elementos
enriquecen la celebración con valores psicológicos y
sociológicos de fuerte eficacia emocional (que frecuentemente se
añaden a los del carácter excepcional).
A pesar de la
vida sedentaria; es más, precisamente cuando es tal, la procesión
tiene el fin de recordar a los hombres que son peregrinos, el fin de despertar
en ellos la parte nómada de su alma, para que recuerden que su
estancia aquí abajo no es estable, sino transitoria (cf Heb 13,14; 1 Cor
5,6).
Procesión
y peregrinación son dos signos contiguos, hasta el punto de interferirse
entre sí, con análogo simbolismo. Peregrinación es un
concepto más amplio, mientras que procesión es
más circunscrito y determinado. La procesión puede ser la
parte ritualizada de la peregrinación: los momentos más
importantes de la peregrinación, como el principio y el fin, pueden
convertirse en procesión. La peregrinación puede ser
también individual; la procesión lo es siempre de una comunidad.
Por ser un
símbolo abierto, al que se le concede gran libertad de adaptación
y creatividad, la procesión es uno de los símbolos más
expuestos a los riesgos de la manipulación.
II. Las
procesiones en la biblia
Las procesiones
en la biblia aportan los elementos teológicos y normativos de
la procesión litúrgica: son celebraciones que se inscriben en la
historia de la salvación, dan una imagen de la iglesia peregrina y son
un signo de su realidad pasada, presente y futura.
1. EN EL AT. La
legislación ritual no hace mención de las proce1640
siones que
formaban parte de la liturgia del templo; sin embargo, una decena de
salmos (67; 83; 104; 113, etcétera), además de los graduales
(119-134), las evocan por el contenido o por alguna referencia.
La marcha del
éxodo, más allá de la temática de la
peregrinación, por influjo sacerdotal, es presentada como una gran
procesión. Peregrinación y procesión en los momentos
más relevantes llegan a identificarse (por ejemplo, la nube sobre el
tabernáculo se pone en movimiento o se detiene para indicar las
etapas del pueblo; cf Núm 9,17s; también Ex 40,36-38; Sal 67,1;
Is 33,3). Los primeros capítulos del libro de los Números
nos muestran cómo Dios mismo regula, hasta los más
mínimos detalles, el modo de proceder, el orden de las tribus, el
puesto de los estandartes, casi como si fuese un desfile.
Análogamente,
el déutero-Isaías y el libro de Esdras presentarán el retorno
del exilio —el segundo éxodo— como una inmensa
peregrinación-procesión, en la que Yavé camina a
la cabeza de su pueblo (Is 40,3; 52,12; Esd 1,8-11; 3,3-6. lOs; Sal 117; 125;
cf Ez 10,
El AT describe a
propósito cuatro procesiones extraordinarias: la toma de Jericó,
el transporte del arca a Jerusalén, la procesión de
Nehemías y la de Judit.
La toma de
Jericó (Jos 6,1 -16) es una procesión de Yavé: el arca,
llevada por los sacerdotes al son de las 1641
trompetas,
precede al pueblo. La procesión, que dura siete días, tiene
primero carácter de súplica; al final se convierte en
celebración de la victoria de Yavé. La narración
más típica de la guerra santa de conquista (en la que Dios
actúa prácticamente solo) ha sido transformada por la
redacción definitiva en una liturgia. Se subraya el papel de los sacerdotes,
como anteriormente para el paso procesional del Jordán (Jos 3,144,18).
Esta procesión no va de un lugar a otro, pero se inscribe en el camino
hacia la tierra prometida2. Se nota también la ausencia de cantos:
el silencio se interrumpirá en el último momento por el grito de
guerra, que se convierte en aclamación al Señor. El
holocausto consiste en entregar todo al anatema.
El traslado del
arca a Jerusalén
(2 Sam 6,12-19; 1
Crón 15,25-16,3) está ligado, pese a su distancia en el tiempo,
al camino del éxodo, del que constituye la conclusión. Un hecho
político-militar —la conquista del último baluarte jebuseo,
destinado a convertirse en capital del reino unificado—, presentado
en un marco litúrgico, viene a adquirir valor soteriológico:
como coronación de las guerras de conquista, Dios pone el sello, entra
vencedor en la ciudad santa y establece allí su morada. David, que
lo festeja ante Yavé —danzando con todas sus fuerzas— entre
el alborozo y el sonido de las trompetas (de modo análogo a María
a la salida del mar Rojo: Ex 15,20s), expresa la tonalidad festiva y popular de
la procesión. Ésta es la más importante de todas las procesiones
del AT; varios salmos hacen referencia a ella (23; 67; 131; etc.). Este
acontecimiento divide en dos períodos la historia de Israel: al
nomadismo sucede el asentamiento. Por eso se presenta como la
última procesión de Yavé. En ella tenemos todos
los elementos de las procesiones,
Procesión
incluido el
holocausto y la distribución de los dones3.
La
procesión de Nehemías (Neh 12,27-43) tiene lugar por la dedicación
de las murallas reedificadas. Ya no es la procesión de Yavé, sino
la de su pueblo (después de la destrucción del templo no se
volverá a hablar del arca). Existe una continuidad entre el
retorno del exilio y este acontecimiento. Sobre los baluartes se abren al mismo
tiempo dos coros que, avanzando en sentido opuesto, recorren el
perímetro de la ciudad, reuniéndose después en el templo.
La vuelta alrededor de las murallas es un rito de propiciación y de consagración,
que une en un desposorio (renovación de la alianza) templo y ciudad,
Dios y su pueblo. Los cortejos ensalzan —tocando, alabando y dando
gracias— a Yavé. El rito se completa con sacrificios y manifestaciones
de fiesta popular.
La
procesión de Judit (Jdt 15,1216,18) se describe con categorías
inspiradas en la cultura popular helenística (tirsos,
laureles, coronas), a pesar de la intención nacionalista: es un
testimonio indirecto de las procesiones del tiempo. Se coloca en una
topografía arbitraria y extravagante y se desenvuelve, por más de
un centenar de kilómetros en línea recta, a través de
un país montañoso: parece el intento de colocarla fuera del
tiempo y del espacio para acentuar el carácter escatológico.
Danzas, música, himnos y el cántico de agradecimiento
expresan la acción de gracias al Dios liberador y vencedor de las
potencias del mal. Como las otras procesiones, tiene por meta Jerusalén,
donde se concluye con el ofrecimiento de los dones y los holocaustos.
2. EN EL NT. El
testimonio de Lucas nos presenta el ministerio de Jesús4 —en
analogía con la peregri
Procesión
nación del
éxodo— como una subi
da a
Jerusalén.
La única
procesión recordada por el NT es la entrada de Jesús en Jerusalén
(al templo: Le 19,45) como conclusión ritual de esta
peregrinación
o preludio del
sacrificio de la cruz. El Mesías se presenta excepcionalmente con
el aparato de los conquistadores, pero el caballo es un mulo (como en el
cortejo que consagrará a Salomón: 1 Re 1,33), porque es un rey
manso y el siervo de Yavé.
En el mundo
helenístico, un cortejo tal formaba parte del ritual de la
parusía: la ceremonia del triunfo de los imperatores podía dar a
los cristianos la imagen de la venida escatológica del
Señor. Las aclamaciones de la multitud son del Sal 117 (vv. 25s),
el último del hallel, utilizado en las mayores solemnidades y en la
fase conclusiva-ritual de las peregrinaciones; la palma, que en la
mentalidad helenística tiene significado de victoria (1 Mac 13,51;
Jn 12,13; Ap 7,9), rememora las celebraciones de la fiesta de los tabernáculos,
en cuyos días Israel escenificaba la marcha por el desierto.
Con este signo se
cierran las procesiones bíblicas. Durante esta procesión
Jesús llora sobre Jerusalén, y dos días después
pronunciará el discurso escatológico. Desde el momento
en que se rasga el velo del templo, algo ha cambiado: Cristo ha muerto fuera de
la ciudad; las narraciones evangélicas se cierran sobre el monte de
los Olivos, bajo la bóveda del cielo. El libro de los Hechos nos muestra
a la iglesia alejándose progresivamente de Jerusalén:
¿debe tal vez interpretarse este signo en el sentido de que la
iglesia se dilata según las dimensiones del mundo? En el Apocalipsis,
escrito cuando la ciudad y su templo ya han sido reducidos a la
ruina, se presenta la ciudad celeste sin el templo. En ella ya no hay
procesiones porque el camino 1642
está ya
realizado. El único movimiento será reunirse al Resucitado,
cuyo cuerpo es el nuevo templo; la escena central del Apocalipsis es la asamblea
de los elegidos en torno al altar del Cordero y al trono de Dios. Pero la
realidad plena, ya realizada en Cristo, debe difundirse todavía en la
iglesia y entre los hombres; por eso el signo de la procesión es
todavía posible; es más, necesario.
Las narraciones
bíblicas están de acuerdo sobre los elementos comunes que
nos ayudan a definir la procesión cristiana: Dios camina a la
cabeza de su pueblo entre invocaciones de súplica y aclamaciones de
alabanza; la procesión es la ritualización del
peregrinar de los hombres sobre la tierra; el camino se proyecta en la
escatología y es motivo de esperanza en el advenimiento del mundo
futuro, al que se orienta la esperanza; el pueblo se ordena por categorías,
cada uno según su papel; el tono festivo y lúdico está muy
marcado; la procesión se dirige hacia el templo, donde se concluye
normalmente con los sacrificios. Son los elementos que deberemos encontrar
en la procesión litúrgica, que sigue conservando su significado
en la iglesia.
III. Desde la
historia de la liturgia
Para valorar la
fenomenología de las procesiones es necesario confrontar la
teología bíblica con la historia de la liturgia; el orden
histórico, mejor que el jurídico de los libros litúrgicos
5, constituye para ello, en cierto modo, la exégesis, y
ayudará a comprender su significado e importancia.
Mientras la
iglesia no tuvo libertad religiosa, no se pensó evidentemente
en las procesiones; éstas aparecen después de la paz
constantiniana, primero de forma sobria y
1643
excepcional,
luego cada vez más numerosas y en perjuicio de la calidad.
1. PROCESIONES
QUE CONMEMORAN LOS MISTERIOS DE CRISTO. Son celebraciones que se refieren
directamente a la historia de la salvación; evidentemente son las
más significativas. La lectura bíblica prolonga su eficacia
en la animación simbólica, haciendo revivir sus frutos \
a) La
presentación de Jesús en el templo es el término de una
peregrinación que tiene el significado de la entrada y la toma de
posesión del templo por parte del Señor; por eso su anamnesis ha
asumido la forma de procesión. Nacida en Oriente (Egeria habla de ella
en su Peregrinatio: cf tr. A. Arce, BAC 416, Madrid 1980, 271), fue
introducida en Roma —desde donde se difundió en Occidente—
por un papa griego, Sergio I (687-701). Los cantos, adaptaciones de
troparios bizantinos, subrayan el tema de la luz (en analogía con
la fiesta de la epifanía, de la que es la conclusión), a la que
los griegos son muy sensibles. Occidente, durante el medievo, hizo de ella
una procesión en honor de María (la candelaria), introduciendo la
bendición de las candelas y sin salir de la iglesia.
b) También
de la procesión de las palmas nos da la primera noticia Egeria (o.c,
283.285). Nació en una iglesia —la de Jerusalén— que
celebra el misterio de Cristo historizándolo; por este motivo
recorta alguno de sus aspectos para evidenciar los misterios particulares del
mismo. El éxito y la popularidad de esta evocación
conmemorativa se afirmaron desde el principio; la comunidad revive,
dramatizándola, la escena evangélica que se lee al principio, rehaciendo
después el recorrido hecho por Cristo. La celebración no tardará
en imponerse en Occidente, que
Procesión
hará de
ella una procesión en honor de Cristo rey, recorriendo un itinerario
de una iglesia extraurbana hasta la catedral (en el medievo era la
procesión tipo, que movilizaba a la ciudad entera). A lo largo de los siglos
habrá evoluciones, como la de la bendición de los ramos, que
tanto estima la gente todavía hoy. En los textos (formularios y
rúbricas) se nota una notable analogía, con reclamos, con la
procesión del 2 de febrero (presentación del Señor).
c) La
procesión del "epitafio". Los bizantinos, en la
celebración nocturna del viernes santo, llevan en la
procesión un paño que representa la sepultura de Cristo
(análogo al antimension, el equivalente del corporal): se
deriva de la procesión de la sábana santa, durante algún
tiempo custodiada en la capilla imperial de Constantinopla. Al entrar en la
iglesia, la procesión desfila bajo el epitafio, simbolizando
cómo nosotros, mediante el bautismo, somos consepultados en la
muerte de Cristo. Es una procesión popular asumida por la liturgia hasta
hacer de ella una celebración conmemorativa de un misterio de Cristo.
d) En la liturgia
latina tiene un profundo significado la procesión con el cirio al
comienzo de la vigilia pascual: este cirio está cargado del simbolismo
de la luz en la noche del éxodo y de la presencia del Resucitado. A
medida que la procesión avanza, a las aclamaciones del lumen
Christi, la luz del cirio se propaga a las velas de los participantes,
haciéndoles pasar simbólicamente de las tinieblas a la luz. Es el
rito que hace de prólogo a la máxima celebración de
toda la liturgia. El cirio se encenderá también durante las celebraciones
que, de algún modo, quieren significar el paso pascual: bautismos y
funerales principalmente.
2. PROCESIONES
EXTRAORDINARIAS Y OCASIONALES, a) La traslación de las
reliquias. Apenas gozaron de paz, los cristianos se las ingeniaron
para dar una sepultura de honor a los mártires, los hermanos en la fe
que más se habían conformado con el misterio pascual de Cristo.
Aquéllas llegaban a constituirse en lugares de culto, bien en el lugar
mismo del martirio o bien dentro de los muros, trasladando las reliquias a una
iglesia que se les dedicaba. Estas traslaciones se hacían con gran
solemnidad, por tratarse de un signo que celebra la iglesia del cielo. El nuevo
rito para la dedicación de la iglesia y del altar (RDI) prevé la
posibilidad, con ocasión de la / dedicación de la
iglesia, de la procesión con las reliquias que serán colocadas
bajo el altar (inspirándose en Ap 6,9; cfi?D/35;39;58, etc.).
b)
Análogos a las precedentes, por la índole pascual que los aproxima
a las procesiones memoriales, son los cortejos fúnebres o exequiales:
se trata de procesiones con tres estaciones —en la casa del difunto, en
la iglesia y en el cementerio—, allí donde es todavía
posible hacerlas. Como en el caso de los mártires, se da honor al
cuerpo que ha sido santificado, mediante los sacramentos, por la
acción del Espíritu Santo; la fe en la resurrección le
confiere una índole escatológica (cf RE passim).
c) Ya en la
antigüedad tenemos procesiones por causa pública, sea para dar
gracias, sea en caso de calamidades (con carácter de
súplica) o penitenciales; el medievo fue muy sensible a este modo de
orar y lo vivió intensamente (con los pies desnudos, vestidos de saco,
la cabeza cubierta de ceniza y el rostro oculto).
Históricamente
se han venido desarrollando las procesiones purifica1644
tivas, derivadas
del paganismo: consistían en dar la vuelta a los lugares que
habían de ser exorcizados o bendecidos. En el campo adquirieron importancia
las rogativas (también llamadas letanías mayores y menores,
porque se cantaban en ellas las letanías de los santos).
En las ciudades
eran significativas las procesiones estacionales durante la cuaresma y en la
semana pascual: la comunidad se reunía en la iglesia ad collectam, desde
donde se partía procesionalmente hacia la "estacional".
En todos los
casos se concluía con la celebración eucarística.
3. PROCESIONES
RITUALES O CEREMONIALES. Cuando en el desenvolvimiento de la
acción litúrgica se precisa un desplazamiento de personas
—dentro de la asamblea y en el lugar mismo donde se celebra—, se
suele hablar de procesión (en realidad el término se usa
impropia o análogamente, porque una procesión supone el
traslado de la asamblea de un lugar a otro). Las procesiones dentro de un rito,
del que se habla frecuentemente en los nuevos libros litúrgicos, son de
este género; por tanto se procurará no falsear el concepto.
Nos limitamos a un inventario de las más importantes, remitiendo,
para completarlo, a los respectivos libros litúrgicos'.
a) En la
celebración de la eucaristía tenemos: la procesión
inicial (entrada de los ministros); a las del evangelio y de las ofrendas en
los ritos orientales corresponden, respectivamente, la pequeña y
gran entrada; la de la comunión; el domingo es posible la
procesión lustral, que recuerda el bautismo y subraya el carácter
pascual del día del Señor.
b) La
procesión con los óleos sagrados, en jueves santo:
después de la misa crismal, en la catedral, y, en 1645
la misa
vespertina, para presentarlos a la comunidad parroquial (ver RO 210-211).
c) La
procesión de los "presanti
ficados" (se
trata de una costumbre oriental que pasó a la iglesia latina):
después de la misa vespertina in coena Domini se traslada
procesionalmente el pan consagrado al lugar preparado para la
adoración; desde aquí se le volverá a llevar al altar
durante la acción litúrgica del viernes santo para la
comunión de la asamblea.
d) En la
última parte del rito del bautismo se hace la procesión del
baptisterio al altar, con la vela encendida. Están previstas otras
procesiones en los ritos progresivos de la iniciación cristiana de
los adultos: la más importante es la de los neófitos, del
baptisterio al altar (el RICA no habla de ello porque la arquitectura de
las iglesias de hoy no prevé normalmente un baptisterio autónomo).
4. PROCESIONES
DEVOCIONALES Y VOTIVAS. SU popularidad está en razón inversa de
su importancia litúrgica; tal como nacieron históricamente
y según se las celebra con frecuencia, no es fácil ver su
conexión con el misterio de la salvación.
a) Procesiones
eucarísticas. La del Corpus Domini es, en orden cronológico,
la última de la serie; pero con el paso de los años se ha convertido
en la más importante de todas. Nacida, como prolongación de la
misa, del "deseo de ver la hostia", ha evolucionado
convirtiéndose en fiesta de la realeza de Cristo, y ha adquirido
carácter de purificación (la presencia del Señor bendice a
la ciudad y a los hombres) y de adoración (para suscitar la fe en
la presencia real). A diferencia de la procesión del viático y de
la de los "presantifi-Procesión
cados", no
desemboca en la comunión. La desproporción entre la importancia
de la misa y la que se da a la procesión no debe descompensar el
significado de la eucaristía; el culto eucarístico debe
manifestar dependencia, conexión y referencia a la
celebración, que tiene importancia primaria (cf RCCE 101-105 y 1 \2d,
Procesiones eucarísticas).
b) Procesiones en
honor de
junto con la del
2 de febrero, son las más antiguas que se celebran en honor de
Concluyendo,
podemos resumir los elementos de la procesión cristiana en los
siguientes puntos": 1) reunión en un determinado lugar de la comunidad
eclesial local; 2) procedimiento según cierto orden; 3) un lugar
de culto fijado como meta; 4) la oración intensa —sobre todo el
canto—, que hace de la procesión un tiempo excepcionalmente
fuerte de la vida litúrgica; 5) celebración de un misterio
cristiano. A éstos debería añadirse la
celebración eucarística como conclusión; pero
sólo la encontramos en las procesiones de origen más
antiguo; las más recientes,
o se hacen
después de la misa (procesiones eucarísticas) o están
totalmente separadas de ella. En síntesis, las procesiones
están ligadas a modelos bíblicos, pero también en conexión
con la cultura: son los dos componentes, que deben encontrar un constante
equilibrio, so pena de que el signo decaiga; el signo, además, ha
de ser salvífico, es decir, fundado en la revelación.
IV. Reflexiones
teológicas
Según los
datos de la antropología (/ supra, I) y de la biblia (/ supra, II), la
procesión aparece como un hecho sólido y fundado, y un signo apto
para celebrar el misterio de Cristo (y no sólo un fenómeno
religioso susceptible de ser cristianizado). Una actitud iconoclasta al
respecto sería equivocada e injusta. La procesión es un valor por
sí misma; requiere ser reestudiada e inculturada con claridad. Sin
embargo, de hacer caso a la historia (/ supra, III), resulta que, al decaer la
liturgia, la procesión se ha cargado poco a poco de elementos
negativos: se ha pasado de las procesiones memoriales a las devocionales; pero
éstas han descendido de un plano cristiano a un plano simplemente
religioso (con todas las posibles contaminaciones a las que puede someterse lo
sagrado)'.
Los estudiosos y
los documentos pastorales l0 ponen de relieve en ellas graves desviaciones: la
inautenticidad cristiana y la decadencia de los contenidos; la vuelta del
paganismo, la exterioridad, la mundanización; las expresiones oscuras de
la religiosidad, como la superstición y el fanatismo; la
religiosidad aberrante, el exhibicionismo, el derroche, que es una
provocación para los pobres. En algunos casos las procesiones se reducen
a un desfile de asociaciones, de religiosos y de clero entre dos filas de
pueblo pasivo; o a una parada folklórica de dignatarios,
eclesiásticos y laicos (éstos, tal vez, no cre1646
yentes), que
exhiben antiguos y extraños objetos históricos; o en una
anacrónica parada triunfal de una minoría, por sincera y
ferviente que pueda ser, en medio de un pueblo .que asiste sin la fe
necesaria para captar el significado de la celebración.
Si del
análisis sociológico pasamos al psicológico, las
deformaciones resultan todavía más graves: una
búsqueda de protección y de seguridad por parte de gente que
no tiene alternativas en el plano económico, político y social;
la pasividad y la dependencia de un mundo sacral y de una religión del
miedo; la marcada manifestación exterior, que denuncia una
ausencia de vitalidad interior, la religiosidad reducida a episodio,
sin que se traduzca en la vida.
En perspectiva
cristiana se notan aún otros desfases: la falta de referencia a la
palabra de Dios; despreocupación por insertarse en el año
litúrgico; el acento en formas marginales (búsqueda de
milagros, en vez de compromiso; cristianismo reducido a religión de
los santos; devociones que marginan a los sacramentos;
procesión como momento principal de la fiesta; formas devocionales
exageradas y aberrantes; etcétera).
Estas
manifestaciones no son la verdadera procesión y, en consecuencia,
no deben generalizarse de modo absoluto; son las desviaciones, no la sustancia.
Existe después una panorámica muy variada que debe estudiarse
interdisciplinarmente, porque la procesión es un hecho complejo11.
Esta tipología ayuda a entender por qué, en un mundo secularizado
y pluralista que despierta el sentido crítico, existe, sobre todo entre
los jóvenes y en el mundo de la cultura y del trabajo, alergia hacia las
procesiones o, mejor, hacia una cierta imagen de ellas, creada a lo largo de
los siglos. Su ocaso no sig1647
nifica su muerte,
sino que es índice de la crisis de un cierto modo de realizarlas,
ligado al pasado y ya no asimilable hoy.
La pastoral
deberá orientarse hacia soluciones adecuadas que privilegien
no las formas que tienen mayor éxito l2, sino las más
válidas, hacia las que se orienta la auténtica
tradición. Una procesión que se contenta con apoyarse en
sentimientos religiosos populares es de por sí insuficiente; las
que apuntan a lo devocional deben tener en cuenta el SC 13, que quiere que
estén en armonía con la liturgia, deriven de ella y hacia
ella se orienten. Las procesiones por ello deben ser auténticos actos de
culto y testimonios convincentes de fe.
No es éste
el lugar para sugerir indicaciones pastorales técnicas. A lo largo de la
exposición, especialmente en la reflexión bíblica e
histórica (/ supra, II-III) han emergido, directamente o por
contraste, constantes significativas, que parece deben orientar la
lectura del fenómeno y la elección de criterios en los que ha de
inspirarse la praxis. Los elementos que encontramos en los orígenes
cristianos deben ser considerados como paradigmáticos, aunque ha de
tenerse en cuenta la situación de hecho y la cultura cambiante. Donde el
problema se ha repensado seriamente y se ha iniciado una pastoral
iluminada y valiente —integrando positivamente los aspectos en los
que había lagunas y resolviendo los críticos— se han
obtenido resultados notables y también las procesiones se renuevan.
[/ Devociones; /
Gestos; / Religiosidad popular].
NOTAS: ' Israel
sigue apareciendo, como en los tiempos del éxodo, el pueblo para el que
el culto es su misma razón de ser; cf Fx 3,12; 4,23; 7,16.26; 8.16;
9,1.13; I0,3.7s.24.26; etc. —! Las teorías y las pompas paganas
difieren de las
Procesión
procesiones
bíblicas entre otras razones porque mientras las primeras privilegian la
circumambulación, las segundas están orientadas: también
en la procesión se expresa la concepción de la historia
(invomilismo y circularidad por una parte, progreso y desarrollo por otra); cf
I.-H. Datmais, Mole sur la sociologie de la procession, en MD 43 (1955)
41s — 3 Tendría lugar una nueva procesión cuarenta
años después, cuando el arca se transfirió de la ciudad de
David al templo de Salomón (1 Re 8,1-9; 2 Cor 5,2-10); pero
ésta está casi oscurecida por la liturgia de la dedicación
(el templo está muy cercano y la procesión pasa por las calles
estrechas de la ciudad). De ahora en adelante el templo —el
lugar de la divina presencia— será la meta de toda
procesión — 4 El mismo se ve como un continuo peregrinar:
Belén, Egipto, Nazaret, el Jordán, Cafarnaún y los
alrededores del lago, etc. En su evangelio, Juan nos muestra a Jerusalén
como meta frecuente —los peregrinajes continuos con casi un
rito— con ocasión de las fiestas — ' Cf Ceremoniale episcoporum
I. II, ce. XXX1I-XXXIII (ver índex rerum notabilium, en la vo$
Processio); C/Cde 1917, 1. 111, tít. XVII: De sacris processionibus
(cáns. 1290-1295); Rituale Romanum, tít. IX: De processionibus.
En el medievo existía un libro, el Procesional, de origen monástico
y usado también en las catedrales, que contenía las normas y
los cantos que les concernían —
* Para una idea
precisa de su significado se remite a las relativas lecturas del
Leccionario y a los formularios del Misal. Pueden hallarse abundantes
noticias históricas y bibliográficas en M. Righetti, Manuale di
storia litúrgica I, Ancora, Milán 1964', 404-415, y en A.-G.
Martimort, Processioni, pellegrinaggi, giubilei, en Id. (a cargo de), La
chiesa inpreghiera. Introduzione alia liturgia. Desclée, Roma 19662,
705-715 — ' Cf EDIL I, y el Index rerum analyticus, voz Processio;
puede verse también A. Mistrorigo, Dizionario di liturgia
pastorale, Messaggero, Padua 1977, 1339-1346 —8 De A.-G. Martimort,
Les diverses
formes de procession dans la liturgie, en MD 43 (1955) 46 -' Hoy se hacen
reservas a la afirmación, que parecía fuera de duda, según
la cual los tiempos de religiosidad exuberante se distinguen por una necesidad
de exteriorizar la fe: el multiplicarse de las procesiones en
régimen cristiano no ha coincidido con la asimilación genuina del
misterio pascual l0 Cf, por ejemplo, // culto populare e la
comunitá cristiana (lettera pastorale dei vescovi della Campania),
en // regnoj Documenti 19(1974) 121-123; G. Agostino, Lefestereligiose nel
Sud, LDC, Turín 1977 — " Las llamadas formas
alternativas, como las "marchas de la fe" o "de la paz";
los cortejos de antorchas al final de las procesiones no puede decirse que
tengan carácter litúrgico. Se advierte una progresiva
aculturación "laica" de la procesión; con
Profesión
de fe
frecuencia, los
séquitos políticos o sindicales, dada una fuerte ritualidad,
parecen un sustituto laico de la procesión — [2 Cristo, en
continuidad y en línea con la actitud de los profetas, se
mostró inflexible entre las falsificaciones del culto, pues ellas
generan el equívoco en la relación del hombre con Dios.
S. Rosso
BIBLIOGRAFÍA:
Aldazábal J., Caminar, en "Oración de las Horas" 7-8
(1984) 223-230; Carretón E., Las rogativas, en "Liturgia"
6 (1951) 65-71; Martimort A.-G., Procesiones, peregrinaciones, jubileos,
en La iglesia en oración, Herder, Barcelona 19672, 691-700;
Molí X., Peregrinaciones, en DE 3, Herder, Barcelona 1984, 146-148;
Righetti M., Las procesiones eucarísticas, en Historia de la
liturgia 2, BAC 144, Madrid 1956, 546-549; Sciadini P., Procesiones, en DE
3, Herder, Barcelona 1984, 191-192. Véase también la
bibliografía de Devociones y Religiosidad p op ular.
SUMARIO: I.
Problemática - II. Símbolo - III. Liturgia y profesión de
fe - IV. Circunstancias en las que aparecieron las profesiones de fe: 1. Vida
litúrgica; 2. Kerigma; 3. Catequesis; 4. Experiencia eclesial; 5.
Controversias - V. Fórmulas históricas de la
profesión de fe: 1. Antiguo Testamento; 2. Nuevo Testamento; 3. Iglesia
antigua - VI. Perspectivas actuales.
I.
Problemática
La fe cristiana
desde sus inicios se ha expresado en las profesiones de fe, que han asumido
lenguajes y matices diversos en dependencia de las variadas situaciones
ambientales y de las necesidades pastorales. La confesión pública
de Jesucristo es la determinación decisiva, que lleva posteriormente a
formular síntesis autorizadas de los contenidos de la propuesta
cristiana de salvación. A lo largo de la historia, la iglesia ha
proclamado siempre, si bien con mo1648
dalidades literarias,
expresiones cultuales y acentuaciones existenciales diferentes, su total
adhesión al misterio de la condescendencia del amor del Padre en
Cristo Jesús. En nuestro mundo contemporáneo, en el intento
de reformular el lenguaje del credo para hacerlo más comprensible
en su anuncio y en su celebración, ha vuelto a aflorar la urgencia
de captar el alma más verdadera de la proclamación comunitaria de
la fe. Frente a esta exigencia, en la comunidad eclesial emergen al mismo
tiempo la necesidad de vivir en profunda unión con toda la
tradición de la iglesia y de dar un rostro nuevo al contenido doctrinal.
En torno al misterio de Cristo, cada vez más luminoso y
estimulante, se revitaliza de modo continuo la existencia de los fieles
concretos y de sus comunidades, que celebran en el culto y confiesan en la
historia.
La
profesión de fe posee una gran eficacia, porque evidencia el proceso de
continuidad del misterio histórico-salvífico de la
redención e invita a los fieles a una coherencia renovada; todas
las generaciones que se han venido sucediendo en la historia de la iglesia
proclaman el mismo mensaje, celebran la única salvación, testimonian
la misma vitalidad.
Las
fórmulas son la manifestación de la fe, acogida y proclamada, de
la comunidad eclesial. El lenguaje mediante el que se comunica el anuncio,
necesariamente debe asumir categorías culturales propias del
momento histórico en el que la proclamación del evangelio tiene
lugar; las significaciones de esta acogida de la fe deben a su vez
retraducirse en expresiones que evidencien cómo ha sido percibido
el mensaje, cómo ha determinado la vida personal y comunitaria y la
fuerza de la celebración salvífica. La profesión de fe se
hace así visibilización de la vitalidad de la tradición de
la iglesia, 1649
que camina, en un
dinamismo ascensional, proyectada hacia la parusía.
En el campo
estrictamente litúrgico, la profesión de fe anima las celebraciones
sacramentales y se hace particularmente explícita en el bautismo y
en la eucaristía; la proclamación de la fe, tanto en las
promesas bautismales como en el canto del credo en la asamblea
litúrgica dominical, representa la más luminosa manifestación
de la vitalidad de la fe de la comunidad de los creyentes. En estas
específicas celebraciones los fieles revelan la alegría de estar
insertados en una situación de salvación que debe
traducirse en gesto en la acción de gracias sobre los dones, como
justamente afirma
(n. 43).
Si se conduce a
la comunidad cristiana a comprender el valor de la profesión de fe
y a personalizar sus contenidos, la ritualidad celebrativa será
verdaderamente signo de una vitalidad eclesial.
II.
Símbolo
En su modo
cotidiano de vida los cristianos se han habituado a entender, con la
palabra credo, una fórmula fija, que sintetiza los aspectos
principales de su elección de fe. Esta visión, sin embargo, puede
inducir fácilmente al error de considerar la profesión de fe
sobre todo como una simple enumeración de proposiciones que los
fieles han de aceptar. Para evitar este peligro, la tradición de la
iglesia, sobre todo la patrística, ha utilizado otro término,
segura
Profesión
de fe
mente más
vivo: símbolo. Este vocablo no indicaba entonces ante todo la
adhesión a algunos elementos doctrinales, sino más bien la
acogida viva y activa del Otro que viene en la historia. El lenguaje del
símbolo, por su propia naturaleza, pone en estrecho contacto con la
totalidad del misterio. Quien se apropia su contenido profesa aceptar todo
el proceso revelativo, que tuvo su culminación en el misterio
pascual. El acto de proclamar el credo en la asamblea litúrgica
por parte de la comunidad celebrante evidencia la voluntad de realizar un
gesto que indica que la propia existencia está en íntima relación
con la fuente de la historia de la salvación, es decir, con el Padre, el
Hijo y el Espíritu Santo. La recitación del símbolo
descubre una vida ya inmersa en una relación estable con
En este cuadro
vivo, el símbolo resulta lógicamente la regla de la fe a la que
hay que acudir constantemente para llevar una existencia auténtica
y testimonial. La comunidad eclesial, de hecho, se vio precisada en
su historia a elaborar fórmulas que resumieran su fe. y sedimentaran
en las diversas culturas el núcleo esencial del kerigma. Los fieles,
si quieren desarrollar su propia vitalidad en torno a Cristo, deben situarse en
actitud de verificación con el símbolo, para que su crecimiento
sea un real florecer de la vocación a ser cada vez más lugar
del señorío de Cristo en la alabanza del Padre mediante la
comunión creada por el Espíritu.
En las catequesis
mistagógicas de la época patrística estaba muy presente
la imagen de la elección cristiana como celebración de la
alianza en la iglesia entre Dios y su pueblo
Profesión
de fe
en el misterio
pascual de Cristo. Con el término símbolo se expresaba la
consciencia de querer vivir en comunión con toda la
tradición, en una activa continuidad con la tradición
apostólica. La alianza, que Jesús celebró en su
misterio pascual que fue objeto de la predicación de la iglesia nacida
de pentecostés, se les volvía a proponer continuamente a los simpatizantes
del anuncio. Éstos, en el acto de acoger el mensaje de la salvación,
proclamaban su fe y así se ritualizaba para ellos la alianza pascual.
La profesión de fe se hacía por ello signo de su comunión
existencial con el resucitado en el ámbito de la comunidad
cristiana. Para este admirable camino de unión asumía una
relevante importancia el lenguaje objetivo del símbolo, que
quería remarcar y expresar la relación con la situación
existencial de los creyentes, que manifestaban en el acto de fe su propia
elección de Cristo Jesús. La triple profesión de fe, que
caracterizaba la celebración pascual [/ Bautismo], evidenciaba toda
su plenitud de valores. Las preguntas y las respuestas eran un signo rico y
expresivo del actuar de Dios uno y trino, en cuyo nombre se celebraba el
bautismo y con el cual el catecúmeno estaba a punto de unirse definitivamente.
Cuando los bautizados recibían el símbolo, era presentado de modo
lapidario un estilo de vida que debía poseer la existencia de fe. En el
momento de la celebración los catecúmenos debían recitarlo
además con el corazón, porque en él estaba
escrita la alianza y de él surgía una vitalidad nueva para la
comunidad. Mediante este gesto ritual, el símbolo se hace signo de
reconocimiento, fórmula de iniciación; de hecho es
"la fórmula por la que los cristianos se inician en el misterio de
la fe y el signo por el que puede reconocerse que profesan la verdadera
fe"2.
1650
La
profesión de fe revela por sí misma una vitalidad eclesial. El
bautismo no es un acontecimiento puramente individual, sino que se
cumple en y a través de la comunidad de la iglesia, pueblo de Dios. El
símbolo es expresión de una comunidad que cree en la
revelación trinitaria y tiende a identificarse progresivamente con
el Padre, el Hijo y el Espíritu. La identidad cristocéntrica y
trinitaria de la iglesia se manifiesta en la formulación de los
contenidos de la revelación, que pertenece a su misma estructura. La fe,
en efecto, no es un secreto que los creyentes deben custodiar celosamente
en su propia interioridad, sino el vínculo de comunión
fraterna, el signo de pertenencia a la iglesia, en la que se ha recibido la fe
cristiana y es continuamente vivida. "La profesión de la fe
cristiana,
junto con el
ejercicio de la caridad a Dios y al prójimo, la celebración de la
eucaristía y de los sacramentos, constituye la vida misma de la iglesia,
su identidad, su continuidad y la fuente de su renovación y de su juventud
a lo largo del tiempo"J. Con la entrega del símbolo no se quiere
indicar simplemente la comunicación de una fórmula para
recitar; en el lenguaje ritual de la traditio symboli [/ Iniciación
cristiana] aflora la vitalidad de la fe de la iglesia local a la que el
elegido es agregado. En el símbolo se afirma la fe común de la
comunidad particular. En efecto, la expresión de la fe hace emerger
el rostro teologal de la iglesia local y se entreteje en la trama sociocultural
en que vive la comunidad. Sin embargo, en el símbolo, más
allá de estos condicionamientos, se evidencia la prenda de ese
tesoro que es la fe, acogida en la comunidad de los creyentes, vivida y
celebrada por ellos, en la espera de la perfecta comunión en la
comunidad escatológica. Quien profesa la propia fe y es regenerado
por el agua y el Espíritu 1651
expresa,
sí, la propia fe en el misterio pascual de Cristo, pero al mismo tiempo
participa en la expresión de la fe de la iglesia local, signo de la
universal. Inmerso en la asamblea litúrgica con los hermanos en la
fe, el bautizado, en la escucha, contempla la presencia de Dios en la historia
y celebra sus maravillas. Entonces la misma asamblea litúrgica, en la
que él vive y de la que surge el canto de alabanza, se hace
confesión de fe. El himno celebrativo de la fe de la iglesia local,
que se significa por la proclamación comunitaria del
símbolo, es por ello el signo de la comunión en la
glorificación con todos los hermanos esparcidos por el mundo, a
imagen de la maravillosa comunión trinitaria.
III. Liturgia y
profesión de fe
La
profesión de fe es un acto de culto y está animada por un profundo
espíritu de adoración. Es natural, por tanto, que la liturgia sea
el lugar por excelencia, aunque no exclusivo, en el que los cristianos son
llamados a proclamar la propia fe y a custodiar la propia elección
existencial: Cristo Jesús. "En la liturgia, gradual pero
constantemente, la profesión de fe (solicitada por la palabra, vivamente
proclamada en la acción litúrgica), que es
espontánea, personal, dictada por la circunstancia de la
celebración, es orientada, a la luz de la regla de fe, hacia una
objetividad y una síntesis en sintonía con el
depósito común de la fe"4. La liturgia, en efecto,
asume en la historia un papel bastante relevante en la determinación
de las fórmulas de la profesión de fe. A través del
lenguaje ritual, la verdad de fe celebrada se sedimenta en las fórmulas.
Esto sucede continuamente en la historia de la iglesia, porque el ambiente
vital del culto está caracterizado sobre
Profesión
de fe
todo por la toma
de conciencia de la realidad de Dios y de la presencia de las obras divinas.
Las expresiones de fe han tomado forma en el proceso de continua
glorificación que permite ver e intuir el misterio de la salvación.
El símbolo
de fe, que es esencialmente un acto de alabanza, vive de una
atmósfera de oración. Incluso cuando expresa una serie de afirmaciones
sobre Dios es esencialmente una oración de acción de gracias. La
matriz de fondo de la confesión de fe es la contemplación de las
maravillas de Dios y la resonancia que se crea en el ánimo de los
creyentes y de la comunidad frente a lo que el Padre obra cada día. Del
corazón lleno de admiración por las maravillas de Dios nace
la alabanza y la celebración de su poder. La historia de la
salvación, que tiene su núcleo fundamental en el misterio pascual
de Cristo, es el lugar del que surge la alabanza. La condición para
poder percibir estas riquezas es que el hombre tenga siempre el ojo
abierto ante las grandezas de Dios. Si no se pone en actitud de escucha con
todo su ser, no puede emerger la confesión de fe como himno de alabanza
al Padre. De hecho, el punto de partida de todo este proceso no es el hombre,
sino la venida de Dios en la creación, en la historia, en la redención.
El creyente alaba a Dios cada vez que descubre las maravillas realizadas
por él. La glorificación, a su vez, se sedimenta en la
profesión de fe, que llega a ser la declaración de
adhesión de los creyentes al misterio de la salvación y el signo
de su fidelidad al continuo ofrecimiento de amor por parte del Padre para
hacer siempre viva y vital la alianza en la pascua del Señor.
La
confesión de fe se califica como la respuesta a la acción
salvífica de Dios en Cristo Jesús y como la pro
Profesión
de fe
clamación
de su señorío. Este procedimiento se realiza de modo particular
en la liturgia cristiana, que desde sus orígenes ha sido claramente considerada
como la expresión máxima y la custodia por excelencia de la fe de
los apóstoles [/ Fe y liturgia]. Ella conserva y hace vivo en todas las
épocas el / memorial de la salvación; es asimismo
conservadora de la tradición pascual.
Sobre este fondo,
la confesión de fe llega a ser la celebración de la propia
fe; representa por parte de la comunidad la significación de la voluntad
de vivir en el señorío de Cristo, de expresar el dinamismo
más profundo de la elección cristiana. En el momento de la
proclamación de la fe el creyente es ayudado a discernir el camino
por el que es conducido, para afirmar cada vez más que Dios les
hace vivir en Cristo Jesús. En este clima la profesión de la fe
de los apóstoles quiere poner de relieve la intención del fiel de
volver a ponerse continuamente en la condición de seguir al
Señor para renovar el propio corazón y toda la comunidad. La
confesión de fe expresa la actitud del hombre en relación con el
actuar de Cristo y su sumisión a él. Cuando se celebra en el
culto, el símbolo es el signo vivo de la propia consciencia de querer
dar cumplimiento, si bien en modo progresivo, a la propia
identificación con el Redentor. En tal modo, la confesión de
la fe en Cristo, hecha por la comunidad, deberá orientarse hacia el
Señor que celebró en su propia vida la fidelidad del Padre
para asumir los sentimientos cultuales y existencia-Íes. En la
confesión de Cristo en favor de los hombres, los creyentes encuentran
la fuerza y la comunión de su fe en acción. En él,
"testimonio fiel del Padre" (Ap 1,5; 3,14), el cristiano, en la
proclamación personal y comunitaria de la fe, siente su compromiso
de llegar a ser signo de la
1652
vitalidad de
Cristo. El discípulo que alaba en la confesión de fe es la continuación
sacramental de Cristo en la historia. En la fuerza del Espíritu, que
obra en el creyente y en el contexto cultural, Cristo es confesado por
aquellos que en él son activamente nuevas criaturas, celebrando las
maravillas del Padre. "La confesión de los creyentes en favor
de Cristo es sustentada por la confesión de Jesucristo en favor de
ellos, y representa sólo una pequeña respuesta humana. La
confesión de Jesucristo en favor de esos creyentes es asumida por
el testimonio del Espíritu Santo, que instaura la nueva
creación"!.
IV.
Circunstancias en las que aparecieron las profesiones de fe
La presencia en
la comunidad cristiana, desde los primeros tiempos, de la profesión
de fe es una invitación a ver cuáles han sido las circunstancias
que la han hecho emerger y qué funciones realizaba. Las
motivaciones que hay en el origen de su aparición son múltiples y
se insertan en el conjunto de la vida de la primitiva comunidad cristiana. El
florecimiento de una gran variedad de situaciones ha operado de forma que
aparecieran diversas formulaciones del núcleo del mensaje
cristiano. La variedad de los fines a los que la confesión de fe
debía responder se refleja en los diveros rostros que asume. Las
situaciones concretas eran el lugar en el que se formaban y crecían
las fórmulas de fe, que no sólo vivían del lenguaje
litúrgico, sino que estaban llamadas también a dar una respuesta
a todas las problemáticas que afloraban en la vida de la iglesia.
1. VIDA
LITÚRGICA. La situación más obvia que requirió una
profe1653
sión de fe
es la liturgia, pues ella es el clima ideal para hacer viva y manifestar
la propia adhesión a Cristo. Los gestos sacramentales, en efecto,
debían vivir de la fe para significarla. El misterio de la
celebración del / bautismo tuvo una importancia relevante en el
proceso de la formulación de los contenidos de la fe. Si la palabra
da el contenido al gesto ritual, era indispensable que apareciera una
fórmula que informase de sí el lenguaje gestual (cf la
relación entre 1 Cor 15,3-4 y Rom 6,3-11). La confesión
pública de fe se sedimentaba en la celebración. Desde los
orígenes, los cristianos comprendieron la naturaleza de aquello en
que creían y buscaron términos que expresaran su
comprensión del misterio de la salvación. El lenguaje
bautismal, a su vez, alcanza la culminación expresiva en la
oración eucarística, donde la comunidad, reunida para
celebrar la cena del Señor, toma conciencia del proceso
histórico-salvífico y se pone en actitud
anamnético-epiclética, proclamando las maravillas hechas por
el Padre en Cristo Jesús. La plegaria
eucarística,
en efecto, ha sido durante mucho tiempo, especialmente en la liturgia
romana, la única profesión de fe durante la
celebración de la misa. En este contexto doxológico, la
proclamación de la fe adquiere toda su vitalidad, la fórmula de
fe vive de la alabanza y, a través de la actitud de
glorificación, la voluntad de creer por parte de la comunidad celebrante
capta su verdadero contenido: Cristo Jesús. Las confesiones de fe
bautismal y eucarística son un himno de alabanza al Padre por la bondad
que se ha manifestado en favor de la humanidad entera en Cristo
Jesús.
2. KERIGMA. El
momento celebrativo presupone el anuncio de la salvación. La
iglesia ha sido llamada
Profesión
de fe
por Cristo a
proclamar el mensaje
cristiano a todos
los hombres tenien
do en cuenta sus
necesidades. En vir
tud de su
naturaleza misionera, a la
iglesia se le
imponía la necesidad de
redactar un
símbolo que fuese una
condensación
de la fe, como ayuda
concreta a la
predicación. Se crearon
esquemas para los
predicadores del
evangelio. Las
fórmulas de fe que
derivaron de ello
llegaron a ser in
terpretaciones
privilegiadas del men
saje cristiano,
que había calado en
circunstancias
históricas y culturales
bien definidas.
Todo ello fue la lógi
ca consecuencia
del encuentro entre
el evangelio y la
comunidad cristiana
que vivía
en una época y en un lugar
histórico
bien determinados.
CATEQUESIS. El símbolo es el
fundamento de la catequesis que precedía al bautismo. Entre el anuncio
y la celebración se insertaba el discurso catequético, que
ayudaba a profundizar y a personalizar lo que se había anunciado (cf He
28,31). La catequesis era la exposición sistemática y
elemental del misterio cristiano a aquellos que se preparaban para la
celebración de los sacramentos de la iniciación y
querían posteriormente conocer a fondo el anuncio con el fin
de hacer verdadera y auténtica la vitalidad de la asamblea
litúrgica. Ella permitía guiar a los creyentes a vivir en la
historia el momento central representado por el misterio pascual, para
poder llegar a celebrar el culto en la plenitud de la propia personalidad, ya en
fase activa de cristificación [/ Catequesis y liturgia].
EXPERIENCIA ECLESIAL. Las fórmulas
de fe tienen una función de integración/agregación en la/a
la iglesia. El deseo de proclamar la propia fe se manifestaba en cada reunión
de la comunidad. Puesto que la fe cristiana se celebraba en el lugar
Profesión
de fe
donde se
reunían los fieles, era necesario que asumiera también una
di
mensión
comunitaria. A través de la proclamación cultual y existencial
del mensaje salvífico, el creyente se sentía cada vez más
insertado en la iglesia local y adquiría ulterior capacidad y
fuerza para testimoniar con los hermanos el anuncio pascual. En efecto, en
torno a la fe misma la comunidad se reconocía tal, sus miembros
se integraban entre sí mediante una profunda relación de
comunión, y la asamblea litúrgica, que se expandía en
la temporalidad, se hacía signo comunitario de la presencia en la
historia del misterio de salvación. De ese modo las fórmulas de
fe servían como signo de reconocimiento, y permitían a cada
creyente y a la comunidad identificarse recíprocamente como
creyentes en la misma fe. La proclamación del símbolo significaba
la voluntad de hacer emerger la vitalidad de la propia fe eclesial.
En esta perspectiva podemos comprender por qué numerosos mártires
recitaban el símbolo de la propia iglesia antes de morir.
5. CONTROVERSIAS.
Para permitir el crecimiento comunitario en torno a la misma fe y
salvaguardar la unidad de los cristianos, la autoridad dictaba
fórmulas claras. A causa de las dificultades que los contenidos de la fe
encontraban en la vida de la iglesia local surgían fórmulas de
fe. Por ello éstas fueron más doctrinales que doxológicas,
como sucedió, por ejemplo, con las fórmulas de fe conciliares
[/ infra, V, 3]. Este paso aparece más claro en la literatura apologética
y en las tomas de posición contra las herejías. En su presentación
al mundo, la iglesia no sólo debía explicar su propia
identidad, sino también responder a las problemáticas que
emergían en su ámbito, tanto desde el exterior como desde el
interior de la comunidad cristiana.
1654
"Las
fórmulas de fe tienen una función apologética o
defensiva: establecen líneas de demarcación entre su propio
mensaje y lo que no es cristiano. Incluso en el NT ciertas expresiones de fe
básicamente positivas adquieren a menudo un matiz defensivo o
polémico"6. Las dificultades que surgían en el camino
de la vida cristiana ayudaban a profundizar en los contenidos de la fe y a
hacer aparecer toda la luminosidad del mensaje revelado.
La
constatación del hecho de que son múltiples las circunstancias
que han permitido la aparición de las profesiones de fe debe
inducir a pensar que existía en la antigüedad un dato de fe
único y fundamental al que cada iglesia o creyente debía referirse
necesariamente. Las diferentes formas aparecieron para responder a las diversas
exigencias de las comunidades cristianas. Teniendo presente la
visión global del anuncio, se trataba de centrar la atención de
los oyentes sobre un aspecto particular de la tradición cristiana. La
vida de toda la iglesia primitiva no sólo hizo brillar el contenido del
anuncio pascual, sino que favoreció también la
construcción formal de confesiones primitivas de la fe. Las necesidades
de la vida de la iglesia estimularon desde el principio este proceso de una
multiplicidad de confesiones.
V.
Fórmulas históricas de la profesión de fe
Las diversas
situaciones con las que se enfrentó el mensaje cristiano han hecho
emerger profesiones de fe diferenciadas. En este proceso nos encontramos en
continuidad con la estructura del AT, donde se sintió la necesidad de
dar vida a proposiciones sintéticas que resumieran las convicciones
de fondo del pueblo de la antigua alianza.
1655
ANTIGUO TESTAMENTO. Ya en el AT
habían aparecido profesiones de fe para ayudar a Israel a tomar
conciencia de la propia historia, celebrar las acciones salvíficas
de Dios para con ellos, introducir a la comunidad israelita de todos los
tiempos en la alianza y revigorizar la esperanza en el advenimiento de los
tiempos mesiánicos. La comunidad del AT trató, desde los primeros
tiempos, de recoger en frases concisas aquello que Dios había
realizado en su favor. Los acontecimientos históricos formaban el
fundamento de toda la confesión de fe (cf Dt 26,5-11; Jos 24; los Salmos
históricos). Partiendo de la constatación de tales
acontecimientos, siempre renovada a través de las celebraciones cultuales
en los santuarios, afloraba la pública proclamación del
señorío de Dios, según el estilo propio de la poesía
litúrgica (cf Sal 16,2; 97,9; 104; 146). Además, la
recitación cotidiana de
NUEVO TESTAMENTO. En el NT se encuentran
varias fórmulas de confesión de fe. La iglesia primitiva
sentía la necesidad de expresar la fuerte experiencia de que
había sido objeto y de la que era depositaría. El
Profesión
de fe
mensaje
debía encarnarse inevitablemente en fórmulas que explicasen
el bagaje de fe propio de los testigos oculares de la época
apostólica. La literatura del NT está llena de ellas. La
profesión de fe ayudaba a comprender y a comunicar el misterio
indicando sus características y evidenciando sus elementos
existencia-Íes, en su intento de colocar a la comunidad en una
situación decididamente mesiánica. El presente era
cualificado escatológicamente a través de la acogida del
evangelio, presentado como el significado existencial de lo que Jesús
había hecho y anunciado. La predicación apostólica
representaba la continuación de la plenitud de los tiempos aportada por
Cristo.
La más
simple y tal vez la más auténtica podría ser la
profesión de fe en Jesucristo, hijo de Dios y Señor (cf He 8,37;
Rom 1,3; Rom 10,9; 1 Cor 12,3; Heb 4,14; 1 Jn 4,15). Desarrollando este
elemento central se esbozó, especialmente en los Hechos y en Pablo,
el cuadro de los contenidos kerigmáticos proclamados en la iglesia
en los primeros veinte-treinta años después de la resurrección.
Los aspectos del proceso salvífico manifestados en Cristo Jesús
que se remarcaban en este período, consistían en afirmar que
Jesús de Nazaret era de la descendencia de David, había entrado
en la historia como hijo de Dios-Mesías, había sido
crucificado, muerto y sepultado, resucitando al tercer día; exaltado
a la derecha de Dios y vencedor de los principados y potestades, finalmente
vendría de nuevo a juzgar a los vivos y a los muertos (cf He 2,22ss;
3,13ss; 5,30ss; 10,36ss; 13,23ss; Ef l,20ss; Flp 2,6ss; Col l,15ss; 1 Tim 3,16;
2 Tim 2,1 lss). Es interesante notar con Cullmann cómo el camino
histórico de Jesús en su plenitud era el lugar para com
Profesión
de fe
prender su
dignidad. Cullmann, en efecto, afirma que "no es la filiación
divina la que sirve para explicar la elevación del Cristo resucitado,
sino que el cristiano del s. i habla de su origen divino y de su retorno a
partir de la dignidad de Señor resucitado del Cristo"».
La
confesión de fe más difundida en los albores del cristianismo
era, en todo caso, la fórmula puramente cristológica. La historia
de Jesucristo era la salvación porque su presencia en la
comunidad eclesial era su lógica consecuencia. Por esta razón, en
los primeros tiempos los cristianos consideraban como elemento esencial de
su propia fe el misterio de Cristo; la fe en Dios estaba presupuesta e
implícita. Un anuncio en esta línea creaba por ello un
símbolo de fe esencialmente cristocéntrico y un bautismo en el
nombre de Jesús. La proclamación de su señorío se
retraducía en una fe cristológica y en una celebración
sacramental informada por su acción (cf He 8,32ss).
La
predicación a los paganos hizo aparecer la confesión de fe, que
comportaba dos artículos: el Padre y Jesucristo (cf 1 Cor 8,6;
2 Tim 4,1), con la insistencia en la unicidad de Dios.
La
utilización de la confesión de fe para el bautismo hizo necesaria
la fórmula con tres artículos, en la cual el Espíritu era
la fuerza de la eficacia del bautismo (cf Mt 28,19; 1 Cor 13,13; Ef 4,4). El núcleo
principal, fundamentalmente cristológico, se desarrolló en una
perspectiva claramente trinitaria.
3. IGLESIA
ANTIGUA. En Justino, Ireneo y Tertuliano se encuentran fórmulas
más diferenciadas, que exponen el contenido de la verdadera fe en
el cuadro de una fórmula trinitaria. La estructura ternaria, Padre,
1656
Hijo,
Espíritu Santo, ha dominado las confesiones de fe sucesivas, que
simplemente han desarrollado los conceptos implícitos en las
fórmulas del NT a la luz de una continua relectura del dato
revelado. "Así, el credo del s. ii es eco de las confesiones
de fe primitivas, que se remontan al kerigma apostólico y a i*,
ievelación de Jesucristo mismo" \
En la primera
época patrística, el símbolo era sobre todo una confesión
de fe que el catecúmeno proclamaba en el momento del bautismo. En
el s. ni, en Roma, existía una fórmula del símbolo similar
a lo que comúnmente se llama símbolo apostólico o
romano. La actual fórmula surgió probablemente en las Galias
(parece que por obra de Cesáreo de Arles) y fue ampliada respecto al primitivo
núcleo romano con añadidos provenientes del Oriente (Marcelo de
Ancira).
En Oriente
existía un mayor pluralismo y una vasta diferenciación de la
formulación de la profesión de fe. Los diversos credos representaban
las fórmulas con las cuales se enseñaban y profesaban los puntos
fundamentales de la fe. El uso kerigmático y catequético
comportaba inevitablemente una evolución, que dependía de la
aparición de problemáticas y de la profundización del
dato revelado. Las múltiples formas de símbolos eran variaciones
armoniosas de un único tema: la celebración de las
acciones realizadas por el Padre en Jesús. Cuando la iglesia, en Nicea
(año 325), quiso definir su fe contra la herejía arriana, se
sirvió para tal fin del marco de las profesiones de fe bautismal (o
de la fórmula usada en Cesárea, o de la de
Jerusalén), a las que añadió algunos términos
técnicos (por ejemplo "consubstancial"). De igual modo
podría haber sucedido con todas las fórmu
1657
las elaboradas en
el curso de las discusiones trinitarias habidas en el s.
IV.
El desarrollo de
la teología conciliar del tiempo de Nicea dio gran impulso
hacia la unificación del credo. Es interesante notar, sin embargo,
cómo las definiciones conciliares tenían reflejos
también en la plegaria eucarística, la profesión de fe por
excelencia en el período patrístico clásico [/
supra, IV, 1]. Las anáforas orientales de tipo sirio-antioqueno [/
Plegaria eucarística, I, 2] y ciertas añadiduras prefaciales de
origen leoniano (León Magno, 440-461) son una clara
documentación de esto mismo. Por lo que se refiere al
símbolo de Constantinopla (año 381), el origen parece
incierto; en todo caso, no se trata de una elaboración de la fórmula
de Nicea (aunque se denomina comúnmente símbolo niceno-constantinopolitano).
"El texto fue leído en el concilio de Calcedonia (año 451)
como símbolo del concilio de Constantinopla, y esta atribución se
hizo tradicional. (...) Este acuerdo suplantó a los demás símbolos
bautismales de Oriente y, por algún tiempo, también al
de Roma. El símbolo fue introducido en la liturgia
eucarística; con la misma función se difundió luego en
Occidente, primero en Hispania, más adelante en la corte imperial y
finalmente en Roma, desde 1014, a petición de Enrique II" l0.
En la
evolución histórica, el símbolo, que al principio
tenía multiplicidad de usos según las situaciones concretas
de la comunidad cristiana, llegó a ser la forma de fe a la que
había que referirse para juzgar la ortodoxia de un teólogo y
para expresar la recta fe frente a un hereje. En esta línea
surgieron nuevos símbolos con carácter más o menos
oficial que concordaban con el símbolo de Nicea.
Profesión
de fe
VI. Perspectivas
actuales
El símbolo
de fe se funda en el recuerdo del Jesús histórico visto a la luz
de la reflexión teológica sobre el misterio pascual del
Señor muerto y resucitado y todavía vivo en su iglesia. El
símbolo es necesario para la construcción de la comunidad
cristiana, que se mira, se verifica y encuentra esperanza en él. Es
fácil advertir cómo en la historia de los últimos cuatro
siglos ha desaparecido la creatividad de las fórmulas. En la
perspectiva contemporánea, en cambio, nace la exigencia de nuevos
símbolos de fe que emerjan de una vivaz vitalidad cristiana y de las formas
renovadas de vida comunitaria. Las nuevas confesiones, que se sitúan
junto a las antiguas como reinterpretaciones modernas del mismo dato,
aparecen bajo el estímulo de nuevas formas creadoras y de los signos
de los tiempos, y expresan la continua reflexión de la iglesia
sobre el gran acontecimiento de Jesucristo. Cualquier comunidad eclesial como
tal es heredera de una común tradición propia a todas las
generaciones que han creído y creerán en Cristo Señor. En
él radica todo verdadero testimonio evangélico. Los
símbolos de fe son signos que hacen presente toda la tradición de
la fe en un devenir que revitaliza y reactüaliza el anuncio
evangélico.
La más
autorizada confesión de fe moderna es la de Pablo VI (30 de junio de
1968), pronunciada en la clausura del año santo de la fe. El dinamismo
carismático ha hecho emerger con gran empuje esta exigencia de
nuevas fórmulas de fe, y en estos años han aparecido bastantes,
si bien con formulaciones más bien breves ". Las necesidades catequéticas,
las preocupaciones para hacer accesible el anuncio cristiano y la insistencia
en la importancia de la iglesia local han llevado a expre
Profesión
de fe
sar de un modo
nuevo la fe en Jesús con vistas a hacerla verdadera en sus lenguajes
kerigmáticos, catequéticos y litúrgicos.
En la mentalidad
contemporánea se evidencia también otro aspecto en
relación a los siglos precedentes. En vez de una visión
teológica, hoy se trata de dar una entonación más
bíblica y mesiánica a las nuevas confesiones de fe. Se
advierte mucho, en efecto, el sentido de la historia de la salvación, en
la cual la comunidad creyente se siente inmersa. Desde este punto de vista es
importante superar la tendencia a la separación entre
profesión de fe y liturgia. En la iglesia antigua las fórmulas de
fe servían para un uso tanto misionero como litúrgico; la
celebración era la admirable síntesis de ello. En la época
pospatrística, moderna y contemporánea, estas dos
finalidades, a pesar de haberse conservado, se han ido separando cada vez
más la una de la otra. El acento exagerado sobre la función
doctrinal y dogmática del credo ha eclipsado su función litúrgica
y doxológica. El resultado final de tal ruptura consiste en el vaciamiento
del credo de toda vitalidad litúrgica, porque se pone sólo
al servicio de una investigación especulativa. De este modo la
confesión de fe pierde la estricta conexión con ¡a
revelación histórico-salvífica propia de
Hoy la profesión
de fe y la liturgia deben ser vividas de modo unitario, para que lleguen a ser
una experiencia real y benéfica para todos los creyentes ,2.
Lo que se cree es tal sólo cuando se celebra y se hace fuente de
testimonio en la alabanza al Padre. La formulación de la
profesión de fe debe ser colocada en relación con la liturgia y
con la catequesis, y de ellas debe recibir su profunda vi
1658
talidad. En la
admirable síntesis de anuncio de la salvación, de catequesis
y de celebración deberían nacer las diversas formulaciones de la
fe. El pueblo de los creyentes en Cristo Jesús, como todas las
comunidades humanas, tiene una expresión, una experiencia y un lenguaje
totalmente propios para reencontrar la comunión viviente con sus
peculiares orígenes. Este proceso utiliza, en el mundo
contemporáneo, sobre todo lenguajes más bíblicos y
más litúrgicos.
La vitalidad de
la fe se manifiesta de modo pleno en el canto del credo durante la liturgia
dominical. En la alegría de esta proclamación se evidencia
aquello que hace de la asamblea celebrante una auténtica comunidad
eclesial, que revive el único y gran misterio salvífico y se
siente salvada. En el contexto litúrgico de la palabra escuchada y
acogida, la profesión de fe resulta un gran himno y ayuda a la
asamblea litúrgica a vivir el anuncio en actitud de alabanza al Padre.
De la proclamación litúrgica de la propia fe a través del
canto del credo y de un lenguaje más ajustado a la vitalidad de la
comunidad celebrante (por ejemplo, la posibilidad actual de celebrar misas
con / niños) nace un verdadero compromiso también en la
historia. La confesión de fe debe ser ai mismo tiempo recuerdo del
misterio pascual, alegre celebración de la presencia del Resucitado
entre los suyos y real y verdadera inserción en la historia con
vistas a construir un mundo del que brote la glorificación del Dios uno
y trino.
[/ Fe y
liturgia].
NOTAS: ' E.
Vilanova, Expresión de la fe en el culto. En la época
posapostólica, en Con 1973, n. 82, p. 193 — 2 P.-T. Camelot,
Símbolos de la fe, en Sacrameníum mundi 6, Herder,
1659
llarcelona 1976,
359-360 —
Símbolo
dellafede. Breve esposizione del Credo niieno-constantinopolitano, AVE, Roma
1980, 5
fe en un mundo irreligioso,
en Con 1973, n. 82, pp. 281-293 — '2 Desde este punto de vista es
interesante el trabajo del episcopado francés, que ha presentado las
verdades fundamentales de la fe a través del comentario de la plegaria
eucarística IV: cf Les évéques de France, // est grand le
mystere de lafoi. Friere etfoi de l'église catholique, Centurión,
París 1978.
A. Donghi
BIBLIOGRAFÍA:
Brekelmans A., Confesiones de fe en
¿Qué
relación existe entre nuestro bautismo y nuestra fe?, ib, 22 (1967)
175-187; Schmidt H., Creer y confesar la fe en un mundo irreligioso, ib, 82
(1973) 281 -293; Schreiner J., El desarrollo del "credo " israelita,
ib, 20 (1966) 284-396; Vawter B. -Vilanova E., Expresión de la fe
en el culto, ib, 82 (1973) 183-203; VV.AA., Historia y teología del
símbolo de la fe, en "Phase" 73 (1973) 2-60; VV.AA., La
confesión de la fe, en "Communio" 2 (1979) 2-106. Véase
también la bibliografía de Fe y liturgia.
Profesión
religiosa
SUMARIO: I. La
vida religiosa en la iglesia -/
II. El rito de la
profesión religiosa en la tradición litúrgica: 1. Las
primeras trazas de un rito de profesión monástica; 2. La
profesión monástica en la tradición benedictina; 3.
La profesión en las órdenes canonicales; 4. La profesión
en las órdenes mendicantes; 5. La profesión en
3. Contenido
doctrinal del rito de profesión
IV. Problemas de
adaptación.
I. La vida
religiosa en la iglesia
La
institucionalización de los / ministerios y del monacato condujo
muy pronto a una doble distinción de las vocaciones en la iglesia: por
lo que se refiere a los ministerios, entre clérigos y laicos; por lo que
se refiere a los géneros de vida, entre religiosos y seglares. Por una
parte, la estructura jerárquica de la iglesia; por otra parte, la
variedad de formas de vida cristiana.
El
Espíritu vivifica siempre a la iglesia suscitando, incluso en nuestros
días, nuevas formas de ministerio y de vida religiosa. Las varias
vocaciones o dones particulares están ordenados a la común
edificación de la iglesia (cf 1 Cor 14,12). El elemento
eclesiológico es, pues, fundamental para comprender la vida
cristiana, y esta variedad se explica solamente relacionándola con
la comunidad eclesial'. Consiguientemente, el Vat. II afirma que "los
consejos evangélicos, mediante la caridad hacia la que impulsan,
unen especialmente con la iglesia y con su misterio a quienes los
practican" (LG 44). Muy pronto la iglesia y los religiosos sintieron la
necesidad de sacramentalizar esta elección de vida cristiana en un gesto
simbólico y festivo, cumplido en el seno de la comunidad
eclesial, Nacieron así los ri
Profesión
religiosa
tos de la
profesión monástica y de la / consagración de
vírgenes. [/ Virginidad consagrada en la iglesia].
II. El rito de la
profesión religiosa en la tradición litúrgica
1. LAS PRIMERAS
TRAZAS DE UN RITO DE PROFESIÓN MONÁSTICA. El primer rito completo
de profesión monástica llegado hasta nosotros se remonta al
Pseudo-Dionisio Areopagita, que vivió probablemente entre los ss. v
y vi. En el c. 6 de
1660
profesión.
En efecto, el Pseudo-Dio
nisio ha ejercido
un influjo notable
tanto en Oriente
como en Occidente,
incluso en el
campo de la vida mo
nástica.
El Areopagita nos
ofrece un rito ya muy evolucionado y casi perfecto. Pero en los primeros
tiempos, el ingreso en la vida monástica se realizaba con gran
simplicidad y sin ritos particulares. En sus orígenes, la vida
monástica ignoraba lo que nosotros llamamos promesa, voto,
fórmula de profesión, empeño, etc. Los primeros
monjes manifestaban la voluntad de perseverar hasta la muerte en su
género de vida con la simple vestición del hábito,
como, por su parte, los clérigos con la recepción de la tonsura,
y las vírgenes con la imposición del velo se consagraban
definitivamente al servicio de Dios. Las expresiones professio religiosa,
pro
positum sacrum, votum
religionis y semejantes no indicaban aún el acto de la promesa
concretado en una fórmula precisa, sino el compromiso público en
uno de los tres estados consagrados o su aceptación, o también
estos estados en cuanto diferían de la vida cristiana ordinaria (professio
christiana). Afirma por ejemplo san Ambrosio: "Prophetavit itaque Symeon,
prophetaverat copulata coniugio, prophetaverat virgo, debuit etiam vidua,
ne qua aut professio deesset aut sexus"'. A pesar de que después
del s. vin el término professio tomará el significado de una
declaración solemne de compromiso en la vida monástica,
conservará aún algo de su antiguo significado.
Una
antiquísima fórmula de compromiso en la vida
monástica se encuentra en la llamada homologhía pros
Theón ("pacto con Dios"). El objeto de este pacto está
tomado de los lugares del evangelio en que Cristo exige a sus
discípulos la renuncia a todo (cf Mt 10,37s; 16,24; 19,12; Me 10,21; Le
9,23.25), y es conocido 1661
con la palabra
apótaxis o apotaghé (abrenuntio, conversio). Las fuentes
monásticas hablan de renuncia al mundo, a la familia, a la propiedad, a
sí mismos... Después, en sentido positivo, se habla de la
imitación de Cristo y de las obligaciones inherentes a ella.
Subrayando uno u otro aspecto de este proyecto de vida y explicitándolos
en forma de promesas particulares, nacieron las diversas fórmulas
de profesión monástica.
En la segunda
mitad del s. iv el compromiso de las vírgenes, hasta entonces
probablemente privado, se convierte en un acto público unido a una
celebración litúrgica. Más tarde, el ambiente
monástico sufrirá un proceso semejante de institucionalización.
2.
En Occidente, del
que nos ocupamos principalmente aquí, encontramos un rito de
profesión monástica perfectamente constituido sólo en el
s. vi con san
Benito. La descripción del rito está en el c. 58 de
Profesión
religiosa
de
petición por el mismo novicio, que la firma y la deposita sobre el
altar. Sigue inmediatamente el canto del versículo 116 del salmo 118:
"Suscipe me, Domine, secundum eloquium tuum et vivam, et ne
confundas me ab exspectatione mea". La comunidad entera repite tres
veces este versículo, terminándolo con el Gloria. Seguidamente el
neoprofeso se postra a los pies de cada uno de los monjes pidiéndoles
que rueguen por él. Por fin, es despojado de sus vestidos y revestido
con prendas propias del monasterio.
Por su
cercanía al altar y a la eucaristía, la profesión
benedictina es llamada professio super altare. Ella expresa el
carácter de la vida monástica como consagración, como
oblación santificada por el altar y enraizada en algún modo
en él; y al mismo tiempo expresa la relación de la vida
monástica con la eucaristía: el monje se entrega a Cristo,
el cual lo incorpora a su propia oblación. La profesión
super altare tiene puntos de contacto con la tradición oriental, que,
como hemos visto en el Pseudo-Dionisio, subraya el momento de la
epíclesis consagratoria. En efecto, en las antiguas fuentes monásticas
latinas la profesión es llamada ordinatio, benedictio o consecrado
'. Probablemente con esta terminología se quiere expresar una
concepción más bien mistérica que voluntarista de la
profesión monástica.
El rito de
profesión benedictina consta de los siguientes elementos principales:
promesa de perseverar en el monasterio bajo la obediencia
Profesión
religiosa
del abad y
entrega de la petición que ratifica esta promesa; oración; vestición.
Los rituales sucesivos seguirán fieles a la sobriedad de la
celebración prevista por san Benito, aunque desarrollarán
los diversos elementos.
En muchos
rituales, la profesión del monje viene precedida de una serie de
preguntas que tienen por objeto cerciorarse de la libertad con la cual el
candidato hace su elección. Así, por ejemplo, el Ordo adfaciendum
monachum del Pontifical Romano-Germánico del s. X exige que el
novicio sea interrogado sobre la libertad con la cual renuncia al mundo 5.
A este propósito reviste particular interés un ritual de
Montecasino de fines del s. xi. Se trata de un Ordo adfaciendum monachum
en el que se subraya en modo particular la relación existente entre
profesión monástica y bautismo. Las preguntas dirigidas al
novicio toman la forma de un cuestionario bautismal6.
La promesa puede
ser equiparada a una fórmula de profesión, con la cual el novicio
se compromete a observar la stabilitas, la conversatio morum
(más tarde convenio morum) y la obedientia. La tradición benedictina
permanecerá fiel a esta tríada. Pero en las fórmulas
concretas de profesión se introducen muchas variantes: se
añade, por ejemplo, secundum Regulam s. Benedicti; algunas vez
se habla sólo de estabilidad y de obediencia; otras veces, de estabilidad
y de conversio morum; encontramos también sólo la conversio
morum o sólo la obediencia. Una fórmula típica de
profesión benedictina es la de Cluny: "Ego frater promitto
stabilitatem monachi, et conversionem morum meorum, et obedientiam
secundum regulam s. Benedicti, coram Deo et sanctis ejus in hoc monasterio
quod est constructum in honore bb. apost. Petri et Pauli; in praesentia
domini N. abbatis"7.
La promesa es
formulada oralmen1662
te por el
novicio, el cual inmediatamente después deposita un ejemplar de la
misma sobre el altar. En una época más reciente, la promesa
escrita en forma de petición será utilizada para pedir a la
comunidad, con una cierta antelación, la admisión a la misma
profesión. El acto de colocar la fórmula escrita sobre el altar
es un gesto de ofrenda que subraya la relación íntima que existe
entre la oblación del monje y la de Cristo, renovada
sacramentalmente sobre el altar. El versículo del salmo 118
"suscipe me, Domine..." que sigue inmediatamente, avalora este
simbolismo.
El rito concluye
con la vestición del hábito monástico. Con todo, la
expresión hábito monástico no se encuentra en toda
fines del s. xi,
prescribe la bendición del hábito monástico y,
además, la siguiente fórmula: "Exuat te, Dominus
Jesús Christus veterem hominem cum actibus suis... Et induat te
novum, qui renovatur in agnitionem secundum imaginem eius qui creavit
eum",0.
En general, los autores
creen que originariamente la profesión benedictina se hizo en forma
de preguntas y respuestas. Por ello algunos historiadores opinan que el
ritual primitivo de la profesión benedictina se inspiraba de
algún modo en la stipulatio del derecho romano. La stipulatio era un
contrato oral y tenía varias aplicaciones: en el derecho público
era usada para concluir paces y alianzas; en el derecho familiar, para prometer
la hija en matrimonio... Cuando la stipulatio era compleja, redactada
por escrito con todas sus cláusulas, era leída por el futuro estipulante
al futuro prometedor, y se concluía con la pregunta: "Ea quae supra
scripta sunt, promittis?", a la cual el prometedor respondía:
"Promitto".
3.
En los ss. x-xn,
época clásica del feudalismo, la immixtio manuum era el gesto
simbólico más característico del contrato feudal:
cuando el júnior o vasallo se entregaba al servicio del sénior,
colocándose bajo su protección (commendatio), arrodillado,
ponía sus manos juntas en
Profesión
religiosa
las manos de
éste (immixtio manuum) y le prometía fidelidad. El sénior,
en señal de aceptación, daba al vasallo el beso de paz (osculum).
De este modo el júnior se convertía en el vasallo (homo ligius)
del señor del territorio, el cual estaba obligado a ejercitar con
él la defensa o tuitio.
Los elementos de
la commendatio feudal fueron introducidos, en un primer momento, en el
rito de incorporación o admisión al noviciado de algunos
institutos canonicales. Véase, por ejemplo, el esquema del rito de
incorporación tal y como lo describe el ritual de la abadía
de San Víctor, de París, en el s. xn: 1. Adductio in
capitulum. 2. Prostratio cum petitione. 3. Erectio ad iussum abbatis. 4.
Interrogatio cumpromissione. 5. Immixtio manuum. 6. Promissio
obedientiae. 7. Oratio pro perseverantia. 8. Concessio societatis. 9.
Osculum. 10. (Vestitio)'1.
Es claro el
paralelismo con la commendatio del derecho feudal. El lugar de la ceremonia no
es la iglesia, sino la sala capitular; más que una ceremonia sagrada, es
considerada un acto simbólico de carácter social. Al principio de
la ceremonia, el candidato manifiesta su deseo de ser recibido en la
comunidad por medio de la postración y de la petitio oral, generalmente
en forma de oración. Sigue el interrogatorio, en el que el candidato
promete cumplir las obligaciones de la vida monástica. Hemos
visto [/ supra, 2, nota 6] que un uso análogo se encontraba en algunos
rituales de profesión de la tradición benedictina
posteriores al s. x. La immixtio manuum es el gesto central del rito de
incorporación; el postulante lo cumple al mismo tiempo que
pronuncia la promesa de obediencia. Como signo de acogida fraterna en la
comunidad, el rito se cierra con el beso de paz del abad y de todos los
hermanos. Acabada la ceremonia, el encargado del vestua
Profesión
religiosa
rio da al nuevo
novicio todo lo necesario para vestirse y calzarse.
Hay que notar que
los institutos canonicales, aunque introducen los elementos del contrato feudal
en la ceremonia de admisión al noviciado, conservan el rito de
profesión con las características de la tradición benedictina.
Por lo mismo, su profesión era siempre una professio super altare
". Con el pasar del tiempo, la professio in manibus se unió con la
professio super altare, bien como rito previo que tenía lugar en la sala
capitular, bien como rito celebrado durante la misa.
4.
constituciones
primitivas: "Ego N. fa
ció professionem
et promitto obe
dientiam Deo et
beatae Mariae et
tibi N., magistro
ordinis Praedicato
rum, et
successoribus tuis, secundum
regulam beati
Augustini et institu
tiones fratrum
ordinis Praedicato
rum, quod ero
obediens tibi tuisque
successoribus
usque ad mortem"'".
El ritual
tenía que acomodarse a la nueva fórmula de profesión.
Así la immixtio manuum, que en la tradición canonical era el
gesto característico de la promissio de la ceremonia de
ingreso al noviciado, se convertirá en el gesto característico de
la profesión religiosa.
ha professio in
manibus es propia también del rito de profesión de los
franciscanos. Damos a continuación el texto de la fórmula de
profesión tal y como la encontramos en las constituciones narbonenses de
1260: "Ego, frater N., voveo et promitto Deo et beatae Mariae Virgini et
beato Francisco et ómnibus sanctis et tibi, Pater, toto tempore
vitae meae, servare regulam fratrum minorum per dominum Honorium papam
confirmatam, vivendo in obedientia, sine proprio, et in castitate"ls.
En esta
fórmula de profesión se habla por primera vez de voto (voveo
et promitto Deo). Nos encontramos sin duda ante el concepto de voto
religioso público de pleno sabor escolástico. Hay otra
novedad todavía más importante: la fórmula franciscana
hace mención explícita de los tres consejos evangélicos.
No es claro cuándo y en dónde aparece por primera vez la
tríada obediencia, pobreza y castidad. Parece ser que la encontramos por
primera vez en una fórmula de profesión del año 1148, en
la abadía de los canónigos de Santa Genoveva, de París. Su
abad Odón escribe así: "In professione igitur nostra
quam fecimus, tria, sicut bene nosti, promisimus, castitatem, communionem,
obedien
1665
tiam"
". La communio sería la vida común fundada en la pobreza.
Esta tríada es una versión canonical de la tríada
benedictina: estabilidad, vida religiosa, obediencia. En todo caso, parece
cierto que la mayor parte de las órdenes religiosas, incluso las antiguas
órdenes monásticas, aceptaron, a lo largo del s. XIII, la
inclusión de los tres consejos evangélicos en sus fórmulas
de profesión. En este proceso es evidente el influjo personal
ejercido por el papa Inocen
cio III
(1198-1216). En el rito de la professio in manibus se expresa con claridad
el carácter de la profesión como contrato entre el religioso
y la comunidad que lo recibe. En cambio, laprofessio super altare contiene
sólo una promesa del candidato a la comunidad. En la tradición
benedictina, la comunidad monástica no corresponde a la stipulatio
del novicio con una restipulatio; le ofrece solamente, y a petición
(petitio) suya, una casa en la que él pueda satisfacer su deseo de
seguir a Cristo más de cerca. En cambio, la professio in manibus expresa
también el compromiso de la comunidad. El característico gesto de
la immixtio manuum sirve para ilustrar en modo adecuado los dos aspectos de la
profesión: ofrecimiento de la mano y aceptación de la misma,
es decir, promesa y societas.
5.
Profesión
religiosa
el sentido antes
indicado, es decir: "después de la comunión" (del
sacerdote celebrante)".
El origen de la
professio super hostiam hay que buscarlo probablemente en usos muy
antiguos. Ya en el s. ni el cismático Novaciano, antes de dar la
comunión a sus secuaces, les exigía el juramento de fidelidad l8.
En el alto medievo se exigían manifestaciones semejantes a los que
comulgaban en la misa que precedía a las pruebas ordálicas.
Dos siglos antes de san Ignacio encontramos una disposición del
capítulo general de los franciscanos celebrado en Perpiñán
en 1331 según la cual la emisión de los votos tenía que
preceder inmediatamente a la recepción de la
santísima
eucaristía. Pero este uso fue revocado en el capítulo general
sucesivo, celebrado en Asís el año 1336". La
inspiración inmediata le vino a san Ignacio probablemente del juramento
practicado en alguna orden militar y muy enraizado en la tradición
española. Los votos pronunciados por Ignacio y los otros seis
compañeros el 15 de agosto de 1534 en la pequeña iglesia de san
Dionisio de Montmartre fueron votos privados de pobreza, castidad y
de peregrinar a
Jerusalén. Ya en esta ocasión tales votos fueron pronunciados
antes de la comunión de la misa, celebrada por Fabro, el único
sacerdote del grupo.
El ritual de la
profesión de
Profesión
religiosa
videtur
necessario introducta, ut repraesentetur vota in manus recipi". Por
lo mismo, encontramos en algún modo presentes en el rito de
Las
constituciones de los jesuítas prevén dos fórmulas de
profesión: la primera, además de los tres votos de pobreza,
castidad y obediencia, contiene un cuarto voto de obediencia al sumo
pontífice "circa missiones"; en cambio, para los admitidos
solamente a pronunciar los tres votos tradicionales, se propone una
segunda fórmula idéntica en el contenido, pero sin la
mención del voto especial de obediencia al pontífice.
La professio
super hostiam de
21
uso.
Es evidente que
cada uno de los tres tipos de profesión que hemos analizado representa
un ambiente cultural y espiritual claramente caracterizado. Pero hay en la
historia del rito de profesión un proceso hacia una
concepción cada vez mayormente voluntarista y jurídica de la
misma profesión, que contrasta con la concepción
prevalecientemente mistérica de la tradición oriental. En este
proceso, la professio super hostiam, expresión de una piedad fuer1666
temente
individualista, representa un punto de llegada.
6. E L RITO DE
fessio in
manibus, consolidada en las órdenes canonicales y acogida después
por otros muchos institutos (frailes predicadores, frailes menores,
conventuales, capuchinos, carmelitas, pasionistas, salesianos, etc.), de
tal modo que se convierte en la forma más difundida; la professio super
hostiam, promovida por
El
Pontificóle Romanum no ha sufrido cambios sustanciales desde su primera
edición en 1485 hasta la reforma del concilio Vat. II. Este Pontifical
no contiene un rito verdadero y propio de profesión monástica
o religiosa. Pero encontramos en él, junto al rito de bendición del
abad, las ceremonias que se tendrían que realizar en el caso del todo
anacrónico en el que el abad, inmediatamente antes de su
bendición, tuviera que emitir sus votos monásticos. El rito
de la profesión monástica formaba parte, en cambio, de la
antigua ordenación del Pontifical, como testimonia la
tradición manuscrita que nos ha llegado, la cual abraza sobre todo el
período que va desde el s. xn al s. XV.
La falta de una
ordenación litúrgica a nivel eclesial favoreció una
progresiva decadencia del ritual de profesión. Se perdió poco a
poco la simplicidad y la objetividad de los tiempos antiguos, y se fueron introduciendo
el subjetivismo ascético y
1667
el
espíritu legalista. Los ritos de profesión se hicieron
más prolijos, incluyendo ceremonias que añadían un
cierto patetismo a su significado fundamental, pero sin enriquecerlo en sus
elementos sustanciales. Sucesivamente, la proliferación de los
institutos religiosos comportó la multiplicación de los
rituales de profesión, que se alejaban cada vez más de la
simplicidad y del equilibrio de los antiguos ritos monásticos. En general
abundan los símbolos que acentúan unilateralmente el aspecto
negativo de la renuncia al mundo del pecado. Los hay también
más o menos melodramáticos, y tal vez incluso
desagradables para los familiares del novicio, sobre todo de la novicia:
ataúd con velas y paño mortuorio, campanas que tañen a
muerto, corona de espinas, cruz, etc. Algunos rituales, generalmente
en el s. xix, época de teología particularmente decadente,
prescriben que la novicia, durante el canto de una larga letanía,
se extienda sobre el pavimento cubierta con un paño fúnebre, mientras
a sus lados arden algunas velas, como si se tratara de un catafalco, y las
campanas tañen a muerto...
Sería
demasiado arduo catalogar aquí los numerosos ritos de profesión,
nacidos sobre todo en el siglo pasado. En general, se puede aplicar a todos
ellos el juicio negativo que acabamos de expresar.
III. El rito de
la profesión religiosa renovado por disposición del Vat. II
El estado de
decadencia que hemos descrito en cierto modo ha persistido hasta
nuestros días. De ahí que el concilio Vat. II decidiera promulgar
algunas normas relativas al rito de profesión. El concilio (SC 80)
dispone que se redacte un rito-tipo de profesión religiosa y de renova
Profesión
religiosa
ción de
votos que contribuya a obtener en este campo mayor sobriedad y dignidad y
a restablecer una unidad fundamental que deje, con todo, la puerta abierta
a las legítimas diferencias. Este futuro rito-tipo es presentado
como obligatorio para "aquellos que realizan la profesión o
renovación de votos dentro de la misa, salvo derecho particular".
1. EL NUEVO
"ORDO PROFESSIONIS RELIGIOSAE" (= OPR). Fue promulgado por
El nuevo OPR
consta de las partes siguientes. Comienza con una introducción, en
la que se trata de la naturaleza y del valor de la profesión
religiosa, de la misa que se debe celebrar en el rito de la
profesión y de las adaptaciones que cada instituto puede introducir.
Siguen a continuación los ritos de profesión, primero de los
religiosos y luego de las religiosas. Tanto los unos como los otros
comprenden: el rito de iniciación en la vida religiosa, el rito de
la profesión temporal dentro de la misa, el rito de la profesión
perpetua dentro de la misa, el rito de la renovación de los votos
dentro de la misa y además una serie de textos bíblicos y
eucológicos que se pueden utilizar, a discreción, en los ritos de
la profesión religiosa. En tercer lugar se encuentran tres
esquemas del rito de la promesa, según que éste tenga lugar en
una celebración de la palabra de Dios, en la celebración del
oficio divino o dentro de la misa. Al final se
encuentra un
apéndice que recoge un ejemplo de fórmula de profesión religiosa,
tres formularios de misas (para los días de la primera profesión,
de la profesión perpetua y de
renovación
de votos) y la memoria de los neoprofesos, que se introduce eventualmente en la
plegaria eucarística de la misa.
La versión
castellana del OPR ha sido publicada conjuntamente con la del Ordo
Consecrationis Virginum, promulgado por
Ritual de la
profesión religiosa y consagración de vírgenes y fue
publicada en 1972 (= RPR).
2. ESTRUCTURA DEL
RITO DE PROFESIÓN. Tomamos como prototipo el rito de profesión
perpetua (RPR, c. III), por ser el más caracterizado
teológicamente y el más completo ritualmente.
El rito se
desarrolla dentro de la misa, después de la proclamación del
evangelio, como ya se había establecido para el rito de
ordenación de obispos, presbíteros y diáconos 1668
[/ Orden/
Ordenación], el rito de la confirmación [/ Confirmación],
etc. En este modo no se altera el orden de la celebración de la misa,
cuyas dos partes quedan claramente respetadas y separadas. Además,
la homilía se presta a ser un óptimo lazo de unión
entre la liturgia de la palabra y el rito de profesión, del cual ella
forma parte en cuanto exhortación
o
alocución a los profesandos. Las familias religiosas que en virtud del
derecho particular celebran el rito de profesión en otro momento de la
misa pueden conservar esta costumbre. Con todo, está desaconsejado
hacer la profesión "delante del santísimo
sacramento" antes de la comunión, porque es menos conforme con
el verdadero sentido litúrgico; este uso está formalmente
prohibido en adelante a las nuevas familias religiosas (RPR, Praenotanda
15).
Por lo que se
refiere propiamente al rito de profesión, encontramos los siguientes
elementos estructurales:
a) Llamada o
petición de los candidatos, que puede omitirse si se juzga conveniente.
b) Homilía
o alocución que, partiendo de las lecturas bíblicas, instruye
al pueblo y a los que van a profesar sobre la naturaleza y excelencia de
la vida religiosa.
c) El
interrogatorio, por el cual el celebrante o superior se asegura de que los que
van a profesar están dispuestos a entregarse a Dios y avanzar por la
senda de la caridad perfecta, según la regla de la familia religiosa.
Las preguntas hechas tocan los temas siguientes: las íntimas
relaciones existentes entre la profesión religiosa y el bautismo;
el seguimiento de Cristo en una vida de perfecta castidad, obediencia
y pobreza, característica de la vida religiosa; la caridad perfecta para
con Dios y el prójimo como meta fundamental de 1669
la vida religiosa
y, finalmente, el significado apostólico de la misma.
d) Sigue la
oración litánica, por la que se ruega a Dios Padre y se pide la
intercesión de
e)
Profesión. Es el momento central del rito. Cada familia religiosa
es libre de usar la fórmula de profesión que juzgue
más adecuada (el RPR ofrece una en el apéndice). Esta
fórmula, que el candidato ha escrito previamente de su puño y letra,
es leída por él mismo públicamente ante el superior
legítimo del instituto y ante los hermanos ya profesos que asisten
de pie, actuando como testigos, según la costumbre de la familia
religiosa. Luego el neoprofeso se acerca al altar y coloca sobre él
la fórmula de profesión. Sigue el canto de la
antífona "Recíbeme según tu promesa..."
("Suscipe me, Domine...": salmo 118,116), que ya hemos encontrado en
f)
Bendición solemne o consagración del profeso. Es una
fórmula larga, hermosa y de rico contenido (hay dos, a
discreción), con la clásica estructura de las oraciones
solemnes de bendición. Por ella la iglesia confirma la
profesión religiosa con la consagración litúrgica, rogando
al Padre celestial que derrame con abundancia los dones del Espíritu
Santo sobre los nuevos profesos. La introducción de esta oración
epiclética es una novedad importante en la tradición
occidental, la cual había olvidado frecuentemente la dimensión
mistérica de la profesión religiosa.
g) Si es
costumbre de la familia religiosa, se entregan las insignias de la
profesión, por las que se significa
Profesión
religiosa
externamente la
dedicación perpetua de Dios. Para los religiosos no se propone ninguna
concreta insignia. Para las religiosas se indica el anillo como
expresión del vínculo perpetuo de la esposa de Cristo.
h) El rito
concluye con unas palabras apropiadas del celebrante (o del superior), o
también mediante el abrazo de paz entre los neoprofesos y los demás
hermanos de la comunidad. Mientras tanto, el coro con el pueblo canta la
antífona "Ved: qué dulzura, qué delicia..."
("Ecce quam bonum et quam iucundum habitare fratres in unum"), con el
salmo 132 u otro canto apropiado. (Para las religiosas: antífona "Qué
deseables son tus moradas...", "Quam dilecta tabernacula tua, Domine
virtutum! Concupiscit et déficit anima mea in atria Domini", y
salmo 83.) Sigue inmediatamente la misa con la preparación de los
dones: algunos de los neoprofesos llevan al altar el pan, el vino y el agua
para el sacrificio eucarístico. En la plegaria eucarística
se hace conmemoración de la oblación de los profesos con las
fórmulas correspondientes. Al final de la misa se pueden emplear las
fórmulas especiales de bendición propuestas para esta
ocasión.
Como es
fácil constatar, la estructura del rito es simple y lineal. Los
elementos más típicos y tradicionales se han conservado o
restaurado. No encontramos ya nada de melodramático o de mal gusto.
No hemos hablado
de la vestición, uno de los elementos tradicionales del antiguo rito de
profesión monástica. Desde los comienzos del medievo,
la vestición del hábito fue gradualmente anticipada al
comienzo del noviciado, costumbre que se extendió de tal modo que
el rito de ingreso al noviciado y a la vida religiosa tomó
ordinariamente el nombre de vestición del hábito. El nuevo
Profesión
religiosa
RPR restaura el
uso antiguo, según el cual el hábito se entrega en el rito de la
primera profesión (RPR, Praenotanda 5). En tal modo aparece como
signo de vida consagrada.
3. CONTENIDO
DOCTRINAL DEL RITO DE PROFESIÓN. Este contenido hay que buscarlo ante
todo en los textos bíblicos y eucológicos que enriquecen el
rito. Estos textos hay que interpretarlos como los demás textos
litúrgicos, los cuales, por su misma naturaleza, tienden a expresar de
modo sintético, universal y vital, pero no sistemático ni
necesariamente completo, una realidad cristiana, en nuestro caso la
profesión religiosa y la vida religiosa en general. Sin embargo, el
valor de estas fórmulas es siempre grande, porque constituyen la
expresión más auténtica del pensamiento de la iglesia.
Hemos recordado [/ supra, 1] que el RPR es un rito-tipo, a partir del cual
las diversas familias religiosas pueden elaborar sus propios ritos de
profesión. Ello significa que los textos del rito contienen y expresan
la perspectiva y los elementos comunes que definen y constituyen la vida
consagrada en general. Véamoslos.
a) La vida
religiosa está ante todo enmarcada en el cuadro general del designio
salvífico en favor del hombre, actuado por Dios a lo largo de la
historia de la salvación. Los textos eucológicos que expresan mejor
esta inserción de la vida consagrada en la historia de la
salvación son las solemnes fórmulas de bendición o
consagración del profeso, de auténtica profundidad doctrinal, con
las que la iglesia confirma la plena disponibilidad del religioso a donarse
al Señor. Estos textos, que están redactados según el
esquema clásico de las oraciones de bendición, recorren de
modo rápido las etapas de la historia salvífica, contemplada uni1670
tariamente desde
su centro, que es Cristo, y presentan el carisma del seguimiento de Cristo
según la forma específica de la vida religiosa desde la
perspectiva de esta unidad histórica y teológica.
Así, por ejemplo, la primera de estas oraciones de bendición
(para los religiosos: RPR 67) comienza proclamando a Dios fuente y origen
de toda santidad que, a pesar del pecado de Adán, resplandece y se
irradia ya desde los tiempos del AT en la inocencia de Abel y en los santos
personajes suscitados por Dios en el seno del pueblo elegido. Entre estos
personajes descuella la figura de
manos.
b) La vida
religiosa, a pesar de ser una novedad estrictamente cristiana, ha sido
preparada y prefigurada, juntamente con todo el misterio de Cristo,
en la historia sagrada del AT. Recorriendo los textos eucológicos y
las lecturas bíblicas del RPR, encontramos en la etapa veterotestamentaria
de la historia salvífica una serie de tipos o figuras de la vida
consagrada. Se trata de algunos personajes de la antigua alianza, en los que
vemos realizados anticipadamente algunos aspectos de la vida religiosa:
Abel, ejemplo de vida inocente (RPR 67); Abrahán, Samuel, Elias,
Elíseo (RPR, las cuatro primeras lecturas del AT, pp. 193
196), de los
cuales
divina; pero
sobre todo María, totalmente disponible a los planes de Dios,
perfecta imitadora de Cristo casto, obediente y pobre, y eminente en santidad
de vida. Por ello, entre las lecturas evangélicas para el rito de la
profesión de las religiosas es propuesta la perícopa de la
anunciación: Le 1,26-38 (cf RPR, Leccionario, Evangelios VII,
229-230).
c) Contemplando
la vida religiosa encuadrada en la historia de la salvación, es
normal que se vea en ella la acción de Dios trino, autor y animador de
toda la obra salvífica. Así, el Padre es presentado como el
origen primero de la vida religiosa. Él llama, suscita e inspira este
particular seguimiento de Cristo, el cual a su vez es el supremo ejemplar
del religioso, sobre todo en su vida de
pobreza,
obediencia y castidad. Finalmente, es cometido del Espíritu Santo
hacer crecer y desarrollar el propósito de perfección del
religioso [/ supra, a].
d) Si la vida
religiosa está injertada en la historia de la salvación,
forma parte consiguientemente de la vida de la iglesia, realidad que caracteriza
la etapa actual de la historia salvífica. La presencia y la intervención
de la iglesia en la profesión del religioso es indicada continuamente
en los textos del rito. Nos detenemos brevemente sólo en el fundamento
ontológico de esta eclesialidad de la vida consagrada, que
percibimos a través de la relación que ésta tiene con los
sacramentos constitutivos de la misma iglesia: bautismo (confirmación)
y eucaristía.
Por lo que se
refiere a la relación con el bautismo, la vida religiosa pretende
abrazar las exigencias bautismales con todas sus consecuencias. El
RPR (nn. 57; 62) los expresa claramente en la primera pregunta del
interrogatorio: "Queridos hijos
Profesión
religiosa
(hermanos), ya
que por el bautismo habéis muerto al pecado y estáis consagrados
al Señor, ¿queréis ahora consagraros más
íntimamente a Dios con la profesión perpetua?" Las dos
oraciones colectas (a discreción) de la misa para el día de
la profesión perpetua contienen la misma idea. Encontramos
además, entre las lecturas bíblicas del rito, uno de los
pasajes bautismales más característicos del NT: Rom 6,3-11.
En el nuevo rito
es muy evidente la relación existente entre eucaristía y vida
religiosa, sobre todo por el hecho de que la profesión religiosa
está insertada en la celebración de la misa; pero también
por la presencia de otros ritos menores, como la colocación de la
fórmula de profesión sobre el altar —elemento típico
de la
professio super
altare [/supra, II, 2]— y la introducción de una fórmula
especial de intercesión por los neoprofesos en la misma plegaria
eucarística. Pero el fundamento de estas relaciones está en la
oblación santa del Salvador, presente sacramentalmente en la
eucaristía, de la cual la oblación del religioso recibe todo su
valor. Esta doctrina está indicada, más o menos
explícitamente, en algunas lecturas del evangelio de Juan propuestas por
el RPR: Jn 12,24-26; 15,1-8; 15,9-17.
e) Finalmente, la
vida religiosa es presentada como compromiso moral, que impone al que la
abraza un continuo progreso en el fervor de la caridad y en la
perfección del culto divino (cf LG 44). En el momento de la entrega del
libro de la regla o de las constituciones, durante el rito de la primera
profesión, el RPR (n. 32) propone la fórmula siguiente:
"Recibe la regla de nuestra congregación, para que,
observándola fielmente, vivas siempre en caridad". En el rito de la
profesión perpetua el celebrante dirige a los candidatos esta signi
Profesión
religiosa
ficativa
pregunta: "¿Queréis esforzaros con firmeza y constancia
por alcanzar la caridad perfecta para con Dios y el prójimo,
siguiendo fielmente el evangelio y observando vuestra regla?" (RPR
57). De tenor semejante son las solemnes bendiciones de los profesos, en
donde encontramos un auténtico programa de vida de
perfección, que debe conducir a los religiosos hacia la meta de la
santidad.
IV. Problemas de
adaptación
El nuevo RPR se
inspira en los antiguos rituales monásticos y, en cierto modo, codifica
en su contenido y estructura la más auténtica tradición
de las diversas familias religiosas. Pero, al mismo tiempo, el RPR se
presenta como un rito-tipo, que las familias religiosas pueden y deben adaptar
de forma que exprese mejor la naturaleza y el espíritu de cada instituto
(RPR 14).
El RPR
representa, pues, un punto de referencia seguro para los diversos
rituales de profesión religiosa. Encontramos en él los elementos
más característicos de los tres tipos de profesión
tradicionales en Occidente [/ supra, II, 2-5]. La inserción del
rito entre la liturgia de la palabra y la liturgia eucarística de la
misa y la colocación de la fórmula de profesión sobre el
altar son típicas de la professio super altare. La fórmula
de profesión propuesta por el RPR se acerca mucho a la tradición
de la professio in manibus: se trata, en realidad, de una profesión
"ante los hermanos aquí presentes, y en manos de... [del
superior]". El RPR desaconseja la profesión "delante del
santísimo sacramento" antes de la comunión, porque es
menos conforme con el verdadero sentido litúrgico. Pero la
relación existente entre la eucaristía y la consagración
religiosa
1672
está
ampliamente ilustrada por los textos del rito, como hemos visto anteriormente.
El eclecticismo
del RPR no se opone a una adaptación inteligente del mismo a la
naturaleza y al espíritu de los diversos institutos2', es perfectamente
posible hacer una selección de elementos, pues como dice el mismo
RPR (Praenotanda 14), en la adaptación del rito operada por las diversas
familias religiosas, no hay inconveniente en omitir algunas partes del
mismo.
NOTAS: '
Véase J.M. Lozano, La sequela di Cristo. Teología
slorico-sistematica della vita religiosa, Ancora, Milán 1981, 57-91
—2 El texto se encuentra en PG 3,
R. Molitor, Von
der Mónchsweihe in der lateinischen Kirche, en TG 16 (1924) 586-588
5 Ed. C. Vogel y R. Elze, I, Ciudad del Vaticano 1963, 71 —"
"Vos ergo, filii, qui relicto saeculo confugium fecistis ad Deum, ecce
coram eo et coram hoc sacrosancto altari stantes, ante praesentiam fratrum
qui hic consistunt, proprio ore dicite si vultis abrenuntiare saeculo huic et
pom-pis eius. Volumus. Vultis assumere conversionem morum vestrorum et
affectionem parentum relinquere et abrenuntiare? Volumus. Vultis profiteri
obedientiam secundum regulam s. Benedicti, abrenuntiando etiam propriae
voluntati? Volumus" (M. Andrieu, Le Pontifical Romain au moyen-áge
I, Ciudad del Vaticano 1938, 295296 — 7 Antiquiores consuetudines
Cluniacensis monasterii I. II, c. 27: PLI49, 713AB — 8 Ed. L.C.
Mohlberg, Herder, Roma 1960, n. 1574 — ' Véase A. Chavasse, Le
Sacramentaire Gélasien (Vaticanus Reginensis 316). Tournai 1958, 444-445
- ,
1673
17), Granada
1976, 140 — ,8 Cf Eusebio, Historia Eclesiástica VI, 43,18
(SC4\), París 1955, 158 — l9 Cf Archivum Franciscanum Historicum
2 (1909) 281 —
22 2}
Véase en Not 57 (1970) 316-322
— Véase
S. Marsili, Un
esempio di adattamento nel "Rito della professione religiosa", en RL
63 (1976)98-110.
M. Auge
BIBLIOGRAFÍA:
1. Sobre el rito
de la profesión monástica en la tradición occidental
Véanse los
breves estudios de los siguientes manuales: Righetti M., Historia de la
liturgia II (BAC 144), Madrid 1956, 1023-1027; Nucent A., La professione
monástica, en La chiesa in preghiera, Desclée, Roma 1963,
707-713.
2. Otros estudios
de carácter histórico
Rothenháusler
M., Die Anfange der klósterlichen Profess, en BM 4 (1922) 21-28;
Molitor R., Von der Mónschsweihe in der lateinischen Kirche, en TG 16
(1924) 584-612; De Puniet P., Le Pontifical Romain: hístoire et
commentaire II, Lovaina-París 1931, 63-95; Hertling L., Die Professio
der Kleriker und die Enistehung der drei Gelübde, en ZKT 56 (1932)
148-174; De Santa Escolástica J., O ritual de professao monástica,
en Ora et labora (1955) 28-35; 77-82; 196-201; Leclercq J., La véture
"ad succurrendum" d'apres le moine Raoul, en Studia Anselmiana
37 (1955) 158-168; Urquiri T., La vestición del hábito, al
rito de la profesión religiosa; una sugerencia, en Confer 12 (1968)
45-52; Duval A., Quelques données e réflexions historiques
sur l'engagement religieux, en Engagement etfidelité, París 1970,
69-115; Colombás G.M., El monacato primitivo II (BAC 376),
3. Algunos
trabajos de carácter doctrinal
Séjourné
P., Voeux de religión, en DTC 15 (1947) 3234-3281; Vandenbroucke F., La
profession, second baptéme, en VS 76 (1947) 250263; Oppenheim
Ph., Mónchsweihe und Taufritus: ein Kommentar zur Auslegung bei
Dionysius dem Aeropagiten, en Miscellanea litúrgica in honorem L.
Cuniberti Mohlberg I, Roma 1948, 259-282; Leclercq J., Profession monastique,
baptéme et pénitence d'apres Odón de Cantorbéry, en
Studia Anselmiana 31 (1953) 124-140; Nicolau M., Sacramentalidad de la pro
fesión
religiosa, en Hechos y Dichos 33 (1957) , 607-620; Von Rieden O., Die heilige
Profess:
Profesión
religiosa
eine zweite
Taufe, en St.-Fidelis 48 (1961) 105138; Neunheuser B., Monchgelübde
ais zweite Taufe und unser theologisches Gewissen, en Leben aus der Taufe,
María Laach 1963/64, 6369; Fuertes J.B., Professio religiosa
complementum baptismi, en Commentarium pro religiosis et missionariis 45
(1964) 292-319; Ranquet J.G., Consécration haptismale et
consécration religieuse, París 1965; Martelli M., La
professione dei voti religiosi neiformulan liturgici (separata de La
spiritualitá della religiosa), Padua 1966; Leclercq G., Professione
religiosa, secondo baltesimo, en Vita Religiosa 3 (1967) 3-8; De Ruiter
T,, La professione religiosa nella luce dell'anno litúrgico, Roma 1968;
Santangelo M.C., La profesión religiosa y la consagración de
vírgenes, en Cuadernos monásticos 4 (1969) 1, 181-203; Nicolau
M., Eucaristía y profesión religiosa, en Confer 14(1975) 195-213.
4. Estudios
monográficos sobre algunos rituales particulares de
profesión
Herwegen I., Geschichte
der benediktinischen Professformel, Münster 1912; Casel O., Die
Mónchsweihe, en JLW 5 (1925) 1-47; Lefevre F.PL, Les
cérémonies de la véture et de la pro
fession dans
Tordre de prémontré, en Analecta Praemonstratensia 8 (1932)
289-307; Zeiger I., Professio super altare (Analecta Gregoriana 8), Roma 1935,
161-185; Protessio in manus, en Acta Congressus luridici Internationalis III,
Roma 1935, 161-185; Pofessio in manus, en professione solemni in ordine
Praemonstratensi; ritus disquisitio histórica et canónica, Roma
1938; Hofmeister Ph., Zum Ritus der zeitlichen Profess bei den
Benediktínern und Cisterciensern, en Cistercienser-Chronik 51
(1939) 33-50; Zeiger I., Professio super hostiam: Ursprung und Sinngehalt der
Professform in der Gesellschaft Jesu, en Archivum Historicum Societatis
lesu 9 (1940) 172-188; Frank H., Untersuchung zur Geschichte der
benediktinischen Professliturgie in frühen Mittelalter, en Studien
und Mitteilungen zur Geschichte der benedikliner Ordens und seiner Zweige 63
(1951) 93-139; Leclercq H., Voeux monastiques, en DACL 15,2 (1953)
3146-3149; Ernetti P.M., La professione monástica secondo s. Pacomio, s.
Basilio, G. Cassiano, s. Benedetto, en Vita Monástica 11 (1957) 152-161;
12 (1958) 3-12; Hofmeister Ph., Benediktinische Professriten, en Studien und
Mitteilungen zur Geschichte der benedikliner Ordens und seiner Zweige 74 (1963)
241-285; Ravasi L., La professione "super hostiam", en Vita Religiosa
4 (1968) 615-619; De Aspurz L., // rito della professione nell ordine francescano,
en Studi Francescani 66 (1969) 245-268; Thomas A.H., La profession
religieuse des dominicains: formule, cérémonie, histoire, en
Archivum fratrum Praedicatorum 39 (1969) 5-52; Gráf H.J., Ad
monachum faciendum: die
Mónchsprofess
nach einem Fest-Sakramentar von Venedig aus dem 11. Jh., en EL 88 (1974)
353-369.
5. Por lo que se
refiere a los ritos orientales véase
Raffin P., Les
rituels orientaux de la profession monastique, Le Saulchoir 1966.
6. Algunos
comentarios y estudios sobre el nuevo "Ordo professionis religiosae"
de la liturgia romana
Calabuig I.M., La
professione dei consigli evangelici, en Nelle vostre assemblee (por J. Gelineau),
Queriniana, Brescia 1970, 689-714; Note sulla teología e
spiritualitá della vita religiosa alia luce dell'nOrdo
professionis», en Per una presenza viva dei religiosi nella chiesa e nel
mondo (por A. Favale), LDC, Turín 1970, 933975; Ordo professionis
religiosae: commentarium, en Not (1970) 118-126; Parnés P., La nueva
liturgia de la profesión religiosa, en Ph (1970) 580-587; Raffin P.,
Liturgie de l'engagement reiigieux; le nouveau rituel de la profession
reiigieuse, en MD (1970) 104, 151-166; Urquiri T., Los nuevos ritos de
¡a profesión religiosa; notas de pastoral litúrgica, Madrid
1970; Dreissen J., Kritische Bemerkungen zum "Ordo professionis
religiosae", en Ordenskorrespondenz 13 (1972) 159-169; Auge M., I riti
della professione religiosa e della consacrazione delle vergini: struttura
e contenuto teológico, en RL 60 (1973) 326-340; VV.AA., La vita religiosa.
Commento esegetico e pastorale del lezionario litúrgico per ¡a
"professione religiosa", Queriniana, Brescia 1974; Ravasi G., Voi
siete miei amici. Commento esegetico-spirituale al lezionario biblico
della professione religiosa, OR, Milán 1976; Marsili S., Un esempio di
adattamento nel "Rito della professione religiosa", en RL 63 (1976)
98-109; Neunheuser B., La liturgia della professione religiosa, en
Informationes SCRIS 4 (1978) 328344; Ferraro G., Catechesi
litúrgica sulla vita religiosa, Ancora, Milán 1980.
SUMARIO: Premisa
-1 . Liturgia y valores humanos: 1. Maestra que inculca la
jerarquía de los valores; 2. Los valores humanos redimensionados en
referencia a lo divino - II. Potencialidad promotora de lo humano de la
liturgia:
I. La liturgia
exige ser "vivida": abarca a todo
1674
el hombre, asume
su existencia concreta, transformándola; 2. La celebración
convoca la asamblea y provoca una participación activa, consciente
y plena; 3. La celebración se desarrolla en un clima de fiesta, que
provoca una intensa experiencia colectiva; 4. Dios habla hoy en la liturgia y
llama a la historia humana a comparecer ante el tribunal de su palabra; 5.
La liturgia abarca todas las dimensiones históricas de la
salvación: pasado, presente y futuro; 6. Todo acto litúrgico
actualiza la misión que brota del bautismo: nos envía a los
hermanos - III. ¿Qué falta a nuestras liturgias para ser de
verdad promotoras de lo humano? - IV. Conclusión.
Premisa
La
reflexión más reciente sobre la misión de la iglesia, y la
misma dramaticidad de los problemas que tienen lugar en el mundo de
hoy han estimulado a profundizar en los lazos existentes "entre
evangelización y promoción humana... Vínculos de orden
antropológico, porque el hombre que hay que evangelizar no es un ser
abstracto, sino un ser sujeto a los problemas sociales y económicos.
Lazos de orden teológico, ya que no se puede disociar el plan de la
creación del plan de la redención que llega hasta situaciones muy
concretas de injusticia, a la que hay que combatir y de justicia que hay
que restaurar. Vínculos de orden eminentemente evangélico
como es el de la caridad"'. En esta perspectiva, el que toma en serio la
afirmación del concilio, que presenta la liturgia "como la cumbre y
la fuente de toda la vida de la iglesia" (SC 10), no se sorprenderá
de encontrar en este diccionario una voz sobre el tema promoción
humana y liturgia.
Para estudiar
este tema se podían escoger dos caminos: a) el de señalar todo lo
que falta a nuestras liturgias, tal y como son realizadas, para ser
verdaderamente promotoras de lo humano; b) o bien estudiar positivamente
las potencialidades que se encuentran en una verdadera liturgia para
promocionar al hombre, o sea, para empujarlo (mover) hacia ade1675
lante (pro), para
favorecer su crecimiento y abrirlo a una continua novedad. Se ha
preferido estudiar este deber ser como un ideal que ha de amarse y perseguirse
con todas las fuerzas. Una mirada posterior al ser, muy lejano del ideal,
mostrará todo el camino que queda por recorrer y estimulará al
compromiso.
I. Liturgia y
valores humanos
Partiendo del
significado global del término evangelización como ha sido
formulado por Pablo VI en la exhortación apostólica La evangelización
del mundo contemporáneo, es claro que la evangelización incluye
la liturgia como parte integral. En efecto, por evangelización,
según el uso común, se entiende el conjunto del anuncio de la
palabra de Dios, de la comunicación de la vida divina mediante los
sacramentos y del testimonio en la historia del servicio a los hermanos 1.
Inserta entre
anuncio y testimonio, la liturgia los une vitalmente.
1. MAESTRA QUE
INCULCA
Promoción
humana
da de la
relación entre iglesia y mundo, reino e historia, fe y valores humanos.
Ciertamente, el
mundo litúrgico está impregnado de valores sobrenaturales:
en él domina la perspectiva de la fe, se celebra la pascua de Cristo,
se manifiesta el plan de Dios para nuestra salvación. Pero la liturgia
no está nunca desencarnada. Es el hombre en su vida concreta el que
debe ser salvado en todo el conjunto de su destino; lo humano que se realiza
aquí abajo, y lo divino que se consuma allá arriba. Habla a
menudo del cielo, pero no afirma que el cielo lo sea todo y la tierra nada.
Pero tampoco afirma lo contrario. Fiel a la antropología
bíblica, se atiene a un humanismo integral abierto a la dimensión
trascendente del destino del hombre.
2. Los VALORES
HUMANOS REDIMENSIONADOS EN REFERENCIA A LO DIVINO. Decir que "el
hombre está ordenado a lo divino", como hace
Promoción
humana
ta la libertad
total, para la que no basta la ausencia del pecado, que es esclavitud interior.
— Ofreciendo una comunión con la misma vida de Dios, satisface el
ansia de participar y de compartir más allá de lo que se puede
realizar en los diversos momentos de la vida. — Insertándose
en la pascua de Cristo se abre a una novedad que no se refiere sólo a la
cultura, las estructuras y los modelos operativos, sino que también
afecta a las raíces mismas del hombre, transformadas por la novedad del
Resucitado, que "hace nuevas todas las cosas" (Ap 21,5).
Para el que no
cree está claro que todo esto no significa nada, mientras que para
nosotros, los creyentes, es maravillosamente capaz de promocionar lo
humano. El hombre cristiano es un hombre bajo el signo del más, lo
que hacía decir a Nicolás Pende: "El cristiano es un ser compuesto
de cuerpo, alma y Espíritu Santo".
II. Potencialidad
promotora de lo humano de la liturgia
Querría
ahora indicar esquemáticamente las dimensiones litúrgicas
que me parecen más directamente promotoras de lo humano. Las llamo
potencialidades porque nada sucede automáticamente: explotarlas
depende de nuestro esfuerzo.
1.
1676
ramente en el
acto de alguien: debe llegar al hombre real, asumir su vida con sus problemas y
sus aspiraciones, provocar sus opciones. Si se dice que es un acto de la
iglesia, no debe olvidarse que la iglesia existe en los hombres: la iglesia es
el nosotros de los cristianos (san Jerónimo). El hombre debe
introducirse completamente en el acto litúrgico. O sea, por una parte
debe movilizar todas sus capacidades (cuerpo y alma, inteligencia y voluntad,
memoria y afectividad); por otra debe sentirse implicado tanto en su mundo
personal como en la dimensión social que lo une a los hermanos [/
Participación]. La liturgia es sacramental: por tanto se
sitúa en la línea de la encarnación y no quiere como
actores a hombres desencarnados. Como Cristo bajó del cielo
"por nosotros los hombres y por nuestra salvación", así
el gesto sacramental es acción de Dios, pero lo es para el hombre.
Lo quiere salvar en su situación concreta.
Y a este hombre,
después de haberle aferrado, lo pone de espaldas contra la pared:
el signo litúrgico tiene una dimensión esencial de compromiso.
Es esto lo que impulsó a los padres de la iglesia a llamar al bautismo
sinthéke, contrato.
Me limito a hacer
algunas alusiones evocadoras: — Los sacramentos particulares hacen
referencia a momentos centrales de la existencia cristiana: el nacimiento
(bautismo), el crecimiento continuo (eucaristía), la maduración y
asunción de responsabilidades (confirmación), la formación
de una familia (matrimonio), la crisis de la enfermedad (unción),
etc. El sacramento es un gesto personal de Cristo que asume esta
situación, con el don de la gracia la transforma y nos la restituye para
que la vivamos en el plano de la fe. El sacramento supone un salto cualitativo
hacia adelante. — En la 1677
eucaristía
todo el / trabajo humano, ese desmedido esfuerzo por transformar la
realidad, es llevado al altar. Para simbolizarlo sirven los signos del pan y
del vino, "fruto de la tierra y del trabajo del hombre". Como el pan
y el vino de modo maravilloso forman parte de la eucaristía, así
el trabajo humano entra en el drama de la redención. Chenu dice que se
convierte en "una maravillosa materia para el reino". De
aquí se sigue que el hombre trabajador es promovido a la dignidad
de colaborador de Dios, en el gran opus de la redención siempre en
acto. — Todas las aspiraciones, las ansias y los problemas del
hombre son asumidos en la oración de intercesión. No es que con
esto nos lavemos las manos, dejando a Dios el encargo de resolver todo. La
oración verdadera no es nunca una coartada del descompromiso ni
empuja al hombre a dimitir de sus responsabilidades: mientras rezo por la paz o
por la justicia, la gracia trabaja en mi corazón y me da luz y fuerza
para ser pacífico: constructor de la paz y operador de la justicia.
Surge aquí
el carácter bipolar, que ve desarrollarse el acto litúrgico entre
dos términos en tensión dialéctica: el misterio de
Dios y el misterio del hombre. La liturgia es antes que nada / memorial:
actualiza, o sea, hace presentes los grandes gestos con los que Dios nos salva.
Pero la forma es sacramental: debe hablar al hombre y aferrado. De aquí
la exigencia de una dimensión antropológica, que debe
ponerse de acuerdo con la / cultura y la historia de hoy.
Es preciso, sin
embargo, comprender bien esta exigencia: que la liturgia debe
conceder un espacio a la vida real y expresarla, permitiendo así una
participación viva [/ Pastoral litúrgica]. Esto no se
realiza simplemente haciendo entrar en el acto
Promoción
humana
litúrgico
la vida tal como es en sus formas cotidianas y profanas. Así
desaparecería toda la diferencia entre lo sagrado y lo profano. Es
un camino equivocado, invocado por algunos, que pretende, por ejemplo,
transformar la eucaristía en una merienda fraterna, realizada en
torno a una mesa en mangas de camisa. Así tendremos no una liturgia
más humana y más promotora de lo humano, sino solamente
una liturgia más banal y con menos significado. La liturgia no celebra
la acción del hombre, sino la de Dios. Si nuestra existencia debe entrar
en ese misterio, sólo lo puede hacer a través de la
expresión simbólica que es el lenguaje de la liturgia, e
implica una ruptura con respecto a las formas de lo cotidiano y ordinario. La
liturgia está viva, si se da realmente una vida de comunión con
Dios y con los hermanos, y después esa vida se hace presente en la
celebración, que se convierte en su signo, y así se introduce
en la trama de la salvación.
Se ha observado
que la / eucología del mundo litúrgico en sus textos
clásicos, en gran parte conservados, no concede gran espacio a los temas
de la promoción humana: el plan de Dios, los temas del reino y de la /
escatología dominan indiscutiblemente, junto con las radicales
exigencias que se imponen a los que entran a formar parte de él. Los
elementos terrenos afloran, en cambio, más explícitamente en
los textos de reciente composición: las oraciones de algunos santos
(especialmente los santos caritativos, como Juan Bosco o Vicente de
Paúl) y las peticiones de la / liturgia de las Horas, en donde se da un
mayor espacio a los problemas humanos y a los proyectos de progreso
inspirados en la doctrina social de la iglesia. Indudablemente, el hecho
se explica por la mayor sensibilidad que tenemos hoy con relación a
esta dimensión de la evangeliza
Promoción
humana
ción. Pero
creo que hay una razón más profunda: los proyectos y las metas
del hombre están unidos a la actualidad y a la imprevisible mudanza
de los acontecimientos. Por tanto, difícilmente puede encontrarse
su expresión en textos fijos e inmutables. Por el contrario, la
atención a lo concreto encontrará su puesto en las partes de
/ creatividad (las intenciones de la oración de los fieles, las
moniciones y la / homilía del celebrante, etc.), en las que la liturgia
renovada deja amplias posibilidades, no siempre utilizadas con la
necesaria sensibilidad y atención al hoy. Los proyectos humanos
deben ser armonizados a nivel de fe con el plan divino que la liturgia
debe sobre todo anunciar y celebrar.
2.
Este pueblo
reunido está, pues, implicado por entero en la acción. Cada uno
tiene que hacer su parte según la diversidad de los roles, pero la
acción es única, y en ella todos somos actores. Es una forma casi
1678
ideal de
participación que no admite
espectadores.
Asamblea y
participación son realidades conectadas y de importancia decisiva
para la promoción humana. Hay en nuestra sociedad una profunda
exigencia a este respecto. El verticalismo, que hace brotar todo de lo alto y
mortifica el movimiento de participación de la base, ha desaparecido.
No se está ya dispuesto a delegar en otro la propia parte de
responsabilidad. Cada vez más se quiere ser protagonista de la parte de
historia en la que se vive. Las mismas instituciones eclesiales y civiles
se abren a nuevas formas de participación y de corresponsabilidad
con diferentes organismos, originando diversas formas de asambleas.
Si la asamblea
dominical [/ Domingo] se convierte en una experiencia viva, por ese
mismo hecho crecerá hacia una participación responsable.
Ayudará a superar una actitud de pasividad y de rutina, a abrirse al
diálogo y al encuentro con los otros, a acoger el don del hermano y a
ofrecerle generosamente lo mejor de sí mismo, a buscar diversas
formas de participación en la vida cotidiana (escuela, barrio,
ambiente de trabajo) y a asumir roles y compromisos en la vida pública;
en una palabra, a sentirse corresponsable en primera persona del bien
común; ante todo del bien de la iglesia, viviendo esa dimensión
señalada por el Vat. II y llamada ordinariamente "conciliaridad
de la iglesia".
Es verdad que las
grandes asambleas dominicales no facilitan intercambios profundos ni
consienten posibilidades amplias de diálogo y creatividad. De
aquí la legítima exigencia de realizarlo en celebraciones de
grupo con una dimensión más humana. Al difundirse, estas
formas ofrecen gran ayuda a los / grupos comprometidos; pero no se debe tener
la pretensión de que ésta sea la 1679
única
forma, porque la celebración normal es siempre la que convoca a todo el
pueblo de Dios alrededor de su Señor, como ya sucedió a los pies
del Sinaí.
Obsérvese,
además, que si se acentúa indebidamente esta
dimensión propia de la asamblea, se acabará por sustituir el
individualismo de ayer por un comunitarismo nivelador. Esto, más
que promover a la persona en sus relaciones con los otros, la achicaría,
desatendiendo a los particulares, no respetando los ritmos personales de
crecimiento, desconociendo las exigencias de interiorización y de
apropiación a las que la persona no puede renunciar. Las pausas para la
oración en silencio [/ Silenció] pretenden dar la debida
respuesta a estas exigencias.
3.
Promoción
humana
sucedáneos
buscados por muchos y por todos los medios; sucedáneos que han
envenenado las fuentes de la alegría, apagado el canto y matado la
capacidad lúdica del hombre, marcando su rostro con preocupaciones
y angustias. Entonces el clima fascinante de la fiesta se convierte en un
recuerdo de otros tiempos y la convivencia se hace cada vez más
inexpresiva y banal.
Una liturgia
vivida en la alegría podrá hacer renacer el sentido de la /
fiesta, del que la vida del pueblo no puede prescindir, porque está profundamente
unido a nuestra naturaleza. Pero para hacerlo verdaderamente,
deberá desarrollarse en un ambiente pascual, impregnado de
alegría. Decía Nietzsche: "Tendrían que cantarme
mejores canciones...; sus discípulos tendrían que parecerme
más redimidos".
4. Dios HABLA HOY
EN
No es sólo
el individuo que escucha el que es juzgado. Al entraren la
celebración, el creyente no.olvida lo que ha sucedido fuera. Lleva a la
oración su experiencia, las situaciones concretas en las que se
encuentra implicado y las analiza a la luz de la fe. Se le ofrece la palabra
como un criterio de juicio, y es una criteriología que llega al
corazón de los hechos. La / homilía debe ayudar a hacer
esta valoración. La palabra cumPromoción humana
pie su
función profética ofreciendo
un juicio de
condena del mal, que
puede convertirse
en una ardoro
sa denuncia de
injusticias patentes
(pienso en Helder
Cámara), un estí
mulo para la
conversión o la mani
festación
de compromisos concretos
y urgentes en la
iglesia y en el mun
do. Lo dice K.
Barth: "Tengo en una
mano el evangelio
y en la otra el pe
riódico, y
leo los acontecimientos a
la luz del
evangelio".
Así, en
torno a la palabra se forma una comunidad comprometida, una comunidad tan
madura que no sufre "lo que sucede", sino que lo valora a la luz de
la palabra. Promoviendo esta conciencia crítica, ante todo de sí
misma, se ayuda al hombre a superar el fatalismo, a hacerse cargo de los
problemas de la iglesia y del mundo y a dar humildemente su aportación,
fortalecido por ese "suplemento de espíritu" que
sólo el evangelio puede dar. Será un evangelio no
domesticado, que conserva su carga original renovadora y se hace levadura
dentro de todas las situaciones humanas; una palabra que dialoga con los
acontecimientos y provoca los hechos. Y así continúa la historia
sagrada.
5.
El sacramento abarca
las tres dimensiones: es recuerdo, porque recapitula
retrospectivamente todo el
1680
pasado y lo
actualiza mediante el
/ memorial
eficaz; es presencia, por
que se revive el
acontecimiento sal
vífico y
me ofrece aquí y ahora la
salvación;
es espera, porque el don
de la gracia no
es todavía la salva
ción
definitiva. Por tanto está pro
yectado hacia un
futuro en el que el
presente se
completará de modo
inaudito.
Esto responde
bastante bien a la necesidad de historicidad, tan aguda en la cultura
contemporánea, y es fuertemente estimulante para un compromiso activo en
el hoy. Encuadrado en este único y gran acontecimiento,
proyectado hacia adelante, este fragmento de presente en el que he de
actuar se sublima. Es bonito sentirse implicados en una historia
más grande que nosotros. El pasado de la historia sagrada, que me
atestigua la fidelidad de Dios y la continuidad de su plan, me ofrece una base
sólida y un fundamento seguro para la esperanza. Se sabe que un
hombre sin esperanza es incapaz de un compromiso dinámico.
Sé que en
esta historia se construye el reino. Y el reino es el único
absoluto. Esto impide absolutizar cualquier otra estructura contingente.
No hay ya lugar para falsos mesianismos terrenales. Las realizaciones
históricas son siempre limitadas. Caminamos hacia la ciudad futura, y el
reino está todavía en construcción. Hay sobre todo un
todavía no. Esto abre todos los proyectos a una concepción
dinámica, proyectada hacia el futuro, y por lo tanto promotora
de lo humano, de un mañana mejor que el hoy. La fe abre a la novedad. De
aquí no surgirá una invitación al descompromiso, sino
más bien a una presencia más incisiva. "La espera de la
tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien avivar, la
preocupación de perfeccionar esta tierra" (GS 39).
Además, el
futuro que la liturgia
1681
presenta es
elfuturo de Dios. El hombre no está solo desplegando sus fuerzas
en el plano de la historia, como nuevo Prometeo, empeñado en una
conquista que sólo depende de él. El protagonista es Dios,
Señor de la historia, y nosotros sólo debemos colaborar con
él. Por tanto, el futuro que esperamos no es una utopía, porque
se funda en la promesa divina. El que acepta este modo de entender la
fe se libera de la natural reacción de angustia frente a "lo que
todavía no ha sucedido nunca". El sacramento vivido en todas sus dimensiones
históricas se convierte así en gesto de auténtica
esperanza cristiana, que hace posible todo tipo de audacia.
6. TODO ACTO
LITÚRGICO ACTUALIZA
Del sacramento se
sale enviados a los hombres. Es como si se dijese: "Id y comunicad a los
otros el don recibido. Gritad desde los tejados la maravillosa noticia de que
Dios nos ama y nos salva".
Se va a los
hermanos con la misión que proviene de haber experimentado el
amor de Cristo que se entrega. La exigencia queda marcada por ese don. Nos
sentimos impelidos a seguir sus huellas, a asumir su estilo de servicio, a
volcar sobre los otros ese amor oblativo; un amor que, precisamente porque
piensa soPromoción humana
lamente en darse,
acude adonde hay más miseria.
Todo sacramento
es un gesto liberador de Cristo, y privilegia por tanto a los
marginados. Me libera para que yo me convierta a la vez en liberador.
Quien ha tenido esta experiencia no podrá permanecer neutral ante
las formas de opresión y de injusticia que encuentre.
Colmado de los
dones del Señor, no podrá rehuir el don de sí y de sus
cosas. "Pues si os comunicáis en los bienes inmortales,
¿cuánto más en los mortales?" (Didajé IV, 8).
En la asamblea de Nairobi (1975) del Consejo ecuménico de las
iglesias un orador dijo: "El que evangeliza es un menesteroso que va
a decir a otro menesteroso dónde pueden encontrar ambos de
comer". El que vive la liturgia se siente prisionero de esta
dialéctica. Siente que debe tender un puente entre la eucaristía
y la vida. La monición final debería estimularlo y
orientarlo en este sentido y ponerle en el corazón un gran deseo de
"hacer nuevas todas las cosas" al ir al encuentro de la vida diaria.
III.
¿Qué falta a nuestras liturgias para ser de verdad promotoras de
lo humano?
He evocado las
potencialidades de la liturgia. Podría parecer una poesía
inconsistente. De hecho son dimensiones verdaderas, objetivas, del signo
litúrgico. Es verdad que podemos debilitarlas, hasta incluso anularlas.
Pero nuestras
liturgias, tal como son celebradas en concreto, ¿son promotoras de lo
humano? En el complejo de nuestra realidad litúrgica, junto a
muchos aspectos positivos, ¿no se ven desgraciadamente carencias
notables? ¿Cuáles son en concreto? Me limitaré a algunas
rápidas alusiones:
Promoción
humana
Liturgias que se desarrollan en un clima
aséptico e irreal, sin ningún enganche con ¡a vida ni con
la actualidad, que lo mismo pueden celebrarse en España que en
África, en los años sesenta que en los años noventa.
No es preciso discurrir mucho para entender que favorecen la falta de
compromiso y la alienación.
Asambleas apáticas y pasivas, en
las que no se realiza ni un encuentro con el Resucitado ni la comunión
con los hermanos. En vez del clima de fiesta domina el cansancio y el
aburrimiento. El espacio litúrgico se convierte en un lugar sin
atmósfera, atemporal e impersonal, donde no tienen cabida la vida y los
problemas del hombre.
La costumbre
"cosificante ", que empuja a decir palabras y a realizar gestos de
modo mecánico, sin que el corazón se comprometa mínimamente.
Entonces hasta las palabras más llenas de fuerza (gracia, luz, salvación)
y los gestos más expresivos se quedan vacíos. Es exactamente lo
contrario de la autenticidad.
La sistemática
inutilización de medios importantes para animar a la asamblea, como los
gestos de acogida [/ Animación], que deben dar al signo de la
asamblea su dimensión humana, promoviendo relaciones fraternas; las
moniciones, que deben reencender la chispa de la fe que se ha experimentado,
etc. Muchos celebrantes se autocondenan al papel de simples ejecutores de
ritos prescritos y de lectores de fórmulas estándar.
La fijación total, que inutiliza
todos los espacios creativos, renuncia a las necesarias adaptaciones a la
asamblea concreta, no permite a nadie expresarse y quita a todos el espacio
necesario para crecer. Es una barrera que aprisiona y adormece, e impide seguir
hacia adelante. En el
1682
extremo opuesto
está la creatividad subversiva del que no respeta a la asamblea,
imponiéndole los gustos personales de uno solo, se abandona a una
improvisación absoluta, sin ningún sentido de los propios
límites, o actúa a menudo de un modo reductivo, despojando a
la celebración de su dimensión de / misterio. Se debilita
entonces su potencial de fe, base del compromiso cristiano.
•
Homilías atemporales y descomprometidas, que presentan más
o menos bien una
doctrina, pero que renuncian a iluminar las situaciones concretas de la vida, a
ser la fuerza divina (dynamis) que suscite una praxis cristiana coherente.
• La
incapacidad de armonizar de modo equilibrado en la experiencia litúrgica
los aspectos de contemplación y de alabanza (veo admirado las
maravillas de Dios y le canto mi admiración y mi reconocimiento) con el
operativo, o sea, con el compromiso concreto que el Señor exige de
mí y que debe traducirse en hechos. Sin contemplación, la
acción carece de vida; sin compromiso concreto, la
contemplación se hace estéril.
IV. Conclusión
Si entre el ideal
esbozado y las situaciones concretas se abre un foso profundo, a todos nos
toca allanarlo con solícito empeño. Promovamos nuestras liturgias
hacia estas metas, y veremos con nuestros ojos la rica aportación que
ofrecen para la promoción del hombre.
[/ Existencia
cristiana y liturgia; / Compromiso].
NOTAS: ' Pablo
VI, exhortación apostólica
La
evangelización del mundo contemporáneo, PPC, Madrid 1981",
n. 31, p. 26 -2 Ib, nn.4147, pp. 32-37.
M. Magrassi
1683
BIBLIOGRAFÍA:
Bellavista J., Liturgia, ideología política y
exclusión de la comunidad eclesial, en "Phase" 77 (1973)
425-436; Duquoc C.-Guichard J., Política y vocabulario
litúrgico, Sal Terrae, Santander 1977; Gatti G., Liberación, en
DTI 3, Sigúeme, Salamanca 1982, 310-318, Gelineau J., Celebrar la
liberación pascual, en "Concilium" 92 (1974) 273-287; Llopis
J., Homilías y política, en "Phase" 91 (1976)
60-63; Rovira J.M., Incidencia de la ideología en las celebraciones
litúrgicas, ib, 77 (1973) 407-422; VV.AA., Los jóvenes y el
futuro de
Teología
de la liberación, en "Selecciones de Teología"70 (1979)
98-190; VV.AA., Política y liturgia. La liberación del hombre por
la liturgia, en "Concilium" 92 (1984) 165-309. Véase
también la bibliografía de Compromiso y Existencia cristiana
y liturgia.
SUMARIO: I.
Liturgia y experiencia humana
11.
Caracterización psicológica de la liturgia cristiana - III.
Símbolo y liturgia - IV. Condiciones de la actividad simbólica;
a) En lo referente al individuo, b) Al grupo, c) En relación con las
leyes de la percepción - V. Experiencia litúrgica y madurez
psicológica - VI. Liturgia y dimensión social - VII.
Conclusiones.
I. Liturgia y
experiencia humana
Expresar con toda
la plenitud de significados y gestos, individualmente y en grupo, las
propias reacciones ante las experiencias vitales más profundas y
arcanas —o bien inmediatas— es algo connatural a la vida, en
la que, desde las primitivas modalidades expresivas del reino vegetal
hasta las más complejas del reino animal, observamos este
irrefrenable impulso a celebrar el nacimiento, la vida, la enfermedad, el
amor, la separación, la muerte, la alegría, la victoria con
verdaderos y propios rituales '. Sin embargo, pese a su inconmesurable
fuerza vital, estos rituales están como limitados en un repetirse
estereotipado, de modo que
Psicología
su sentido se
agota al ser celebrados, y por tanto se prestan a lecturas ajenas. En la
especie humana, la alegría y el pathos de las experiencias primordiales
y de los acontecimientos vitales se unen con una peculiaridad específica
que es al mismo tiempo la fuente de la riqueza creativa y del dramatismo de la
celebración humana de las diversas situaciones existenciales: la
búsqueda de su significado 1.
El individuo
humano celebra ritualmente sus experiencias no sólo para
repetirlas, revivirlas o comunicarlas a otros seres, sino también
porque a través de la celebración ritual quiere realizar una
cierta transformación de sí mismo y de la realidad que le
permita alcanzar niveles más profundos y globales de comprensión
y de participación en el misterio de la vida. Lo que permite al ser humano
evitar qué caiga en la repetición de estereotipos en sus
rituales, y por tanto celebrar los ritos3, es su personalidad, es decir, ese
conjunto de procesos psíquicos cognoscitivos, emotivo-afectivos y
sociales, estrechamente ligados a un aparato específico: el
sistema nervioso central, dotado de características típicas
solamente de la especie humana, por las que la persona participa de modo
transformador, y por tanto creativo, en su vida misma". Así se
fundamenta y explica la importancia de las relaciones entre
psicología y liturgia.
II.
Caracterización psicológica de la liturgia cristiana
Históricamente,
la dinámica del rito religioso se ha caracterizado por el intento de
representar la búsqueda de una unión con la trascendencia, el
Absoluto, partiendo de la experiencia inmediata de la autoconciencia!
Psicología
considerada como
límite. Cuando las experiencias fundamentales y más incisivas de
un individuo o de un grupo han sido participadas íntimamente por
una comunidad y celebradas con esta proyección de unión con
el Absoluto, y por tanto se han convertido en religiosas (de la etimología
de religio, que implica una unión con una realidad), entonces las
estructuras rituales que las han expresado y con las que han sido transmitidas
de una generación a la otra han constituido y realizado lo que desde un
punto de vista psicológico significa el término liturgia.
La experiencia
cristiana, especialmente en la multiforme tradición católica,
ha llevado a cabo un profundo cambio de las actitudes, y por tanto de las
vivencias psíquicas, en relación con el rito y la liturgia,
puesto que el significado de los acontecimientos y de las experiencias
celebradas litúrgicamente no se ha dirigido ya a la búsqueda de
una unión con la trascendencia, desconocida y fraccionada en
imágenes antropomórficas, sino al conocimiento y a la imitación
vital del Absoluto, que se ha dado a conocer como palabra, sangre,
amistad, muerte y resurrección, hasta hacerse llamar y caracterizar
como el Hijo del hombre: Jesucristo. Y sólo mediante él se
establece la relación vital con lo que está más alejado de
nuestras posibilidades de imaginación y de experiencia, el
Padre y el Espíritu.
III.
Símbolo y liturgia
Para poder
participar, manifestar y comunicar vitalmente una experiencia que implica
una tensión global de la propia realidad psicofísica, el ser
humano está provisto de una especial capacidad mental: la actividad
simbólica. En efecto, a través del producto de ésta, o
sea, a través
1684
del
símbolo, el individuo humano consigue representar y expresar con todos
los estratos de su estructura humana una relación con algo desconocido,
no directa y plenamente cognoscible por vía sensorial, que, en cualquier
caso, no es reducible tan sólo a la racionalidad, sino que implica
siempre un esfuerzo de síntesis (símbolo en su significado
etimológico, syn-bállein, implica el unir) entre aspectos
opuestos o diferentes.
La importancia de
la actividad
simbólica
es tal que ha sido reciente
mente
señalada como especial, espe
cífica y
casi fundante de la radical
diferencia entre
el individuo humano
y los primates,
llegando a afirmar
que la
noción de homo symbolicus
es la más
coherente y adecuada que
actualmente somos
capaces de dar
del ser humano *.
Partiendo de la
observación de que la energía psíquica no se agota en la
satisfacción de las necesidades primarias de tipo
biológico-instintivo y tampoco en las debidas a motivaciones
de tipo social, se ha resaltado cómo es utilizada también
con fines creativos (por ejemplo, el arte) y ético-valorativos'. Esto
implica la actividad simbólica, así como la función
del símbolo de transformar la energía psíquica
canalizándola en determinadas direcciones unidas a la amplitud de
conocimiento del individuo y a sus más verdaderas y profundas
motivaciones.
Consecuentemente,
se ha intentado una clasificación de los diversos tipos de
símbolos!. Así, algunos símbolos han sido
clasificados como individuales. Se consideran tales porque
situaciones estrechamente unidas a la vida del individuo, y por tanto a su
actitud frente a una determinada experiencia, son vividas con un
particular tono emotivo, llamado nouminosum, por lo que se convierten en
simbólicas para quien las vive, 1685
pero solamente
para él. Otros símbolos son culturales, en cuanto que
derivan estrictamente de las experiencias y de las actitudes de la
sociedad en que vive el individuo y le son transmitidos a través de la
educación. Hay, en fin, símbolos que hacen referencia
intrínseca a la condición humana, y tienen origen en
experiencias primordiales o excepcionales de la humanidad, y que, aun
modelándose de diverso modo en las diferentes culturas o
diferenciándose en algunas expresiones formales, conservan
inalterada su capacidad, transcultural y transhistórica, de transformar
la conciencia del grupo en el que son conocidos, participados vitalmente y
transmitidos a lo largo de las generaciones '. Éstos, en efecto, tienen
sus raíces en el misterio mismo de la vida y permiten al individuo
humano realizar su capacidad de proyectar la utopía l0 y situarse
en el cosmos, dimensiones éstas que tanta importancia han tenido y
tienen en la construcción del camino de la humanidad. Así
son, por ejemplo, el símbolo del agua que regenera y hace renacer
", o el de co
mer a la
divinidad ".
IV. Condiciones
de la actividad simbólica
Para poder
desarrollar las complejas operaciones y los procesos psíquicos
más arriba expuestos, y sobre todo para poder actualizar su potencial
creativo y transformador, el símbolo debe convertirse de
algún modo en una información, o sea, en una experiencia
—de una naturaleza, como hemos visto, más bien compleja—
que, comprendida, elaborada a diversos niveles de integración y
memorizada, dé lugar a sistemas de respuesta a los estímulos
externos que tengan la posibilidad de modificar la conducta humana. Para
que
Psicología
esto suceda son
necesarias algunas condiciones. Ante todo debemos tener presente que
existe un proceso mental específico para el aprendizaje de las
realidades simbólicas. Su finalidad es la de permitir al ser humano
la representación mental de objetos, personas o acontecimientos no
presentes o no perceptibles mediante la experiencia puramente sensorial, como
acontece precisamente en la liturgia. La función simbólica,
con un origen genérico muy limitado, se desarrolla a través de un
proceso largo, continuo y gradual de integración entre
experiencias diversas y diferentes estructuras cognoscitivas l3.
La función
simbólica aparece en el niño hacía la segunda mitad del
segundo año de vida, y sólo gracias a una gradual
evolución, a través de los procesos de imitación e
identificación, de construcción mental de la realidad
objetiva, de la adquisición de la noción del tiempo, del espacio
y de la causalidad, alcanza su plenitud funcional'". Por tanto,
será oportuno tener presente que la maduración de la
función simbólica sólo puede suponerse después de
la pubertad. Al mismo tiempo debe quedar claro que es una función de
integración; por tanto, no es un proceso en sí mismo, sino
precisamente el conjunto de los procesos psíquicos y de comportamiento
de los que se ha hablado más arriba, que, al ser integrados en un
específico sistema funcional, constituyen la así llamada
función simbólica. Para que después pueda funcionar de
modo coherente con el estilo de aprendizaje y elaboración del
sistema nervioso central y ser por lo tanto integrada armónicamente
a nivel de toda la personalidad, además, como es obvio, de un
estado de funcionamiento suficiente del sistema nervioso central, son necesarias
también algunas condiciones, en especial referentes al indiviPsicología
dúo que
vive la experiencia simbólica, al grupo con quien la comparte y a
la situación ritual misma.
a) En lo que
concierne al individuo, es necesario que a la actividad simbólica
se asocie un estado emotivo, sostenido por una motivación adecuada,
con los contenidos del símbolo de la estructura ritual que se
celebra. Es, por tanto, obvio que se precisa una concentración y un espacio
interior disponibles para vivir, más aún, para ser como llenados
por la experiencia simbólica. Por otra parte, en el caso de la liturgia
cristiana, es necesario también una particular actitud y
estado de ánimo coherentes con un saberse abandonar a la
experiencia misma en base a la confianza dada a Cristo en la iglesia. O sea, es
necesaria una actitud de fe, y por tanto una previa catequesis, que dé a
la persona los medios para poder alcanzar conscientemente el estado de
ánimo adecuado para percibir la forma especial de simbolismo
transformador que pertenece intrínsecamente a la liturgia cristiana,
y particularmente a la sacramental ".
b) Además
debe haber también un grupo que no sea una simple caja de resonancia o
de observación de la experiencia individual o de la celebración
litúrgica, sino que tenga un nivel de cohesión fundado en la
búsqueda de una común experiencia e identificación
con el rito que vive y celebra, lúcidamente consciente de que
está buscando el significado profundo y último de la propia
existencia o de algunos de sus aspectos en Cristo. Sin querer exigir
condiciones óptimas, además de irreales, amplias investigaciones
confirman que, de no lograrse un cierto nivel de esta
situación/condición de grupo, difícilmente tiene
lugar una transmisión vital de los símbolos, y por lo tanto
de la adecuada información
1686
para ser
después elaborada simbólicamente l6.
c) Finalmente, es
necesario que el rito mismo se estructure según las leyes que regulan
los dinamismos perceptivos humanos. Aquél, aun compuesto de elementos o
partes, debe constituir un todo, una Gestalt ", que pueda ser
percibida como una estructura unitaria. Lo que debe dar unidad estructural y,
por consiguiente, conformar, desde el punto de vista psicológico,
al rito, es la claridad, y por lo tanto el génesis, de la
experiencia o del acontecimiento que se celebra, la coherencia de las diversas
partes del rito, la capacidad de estimular asociaciones y relaciones
vitales que den a los gestos que se realizan, a los objetos que se usan (por
ejemplo, vestiduras sagradas) y a los roles que son confiados a cada uno, su
capacidad de ser intencionales y, en consecuencia, de hacer del conjunto
del rito una traducción de experiencias vitales ">. En este sentido
es particularmente importante y delicada la función del lenguaje
—tanto verbal como musical—, que es parte fundamental e
insustituible del rito litúrgico ".
V. Experiencia
litúrgica y madurez psicológica
Las
investigaciones psicológicas han puesto en claro dos direcciones
fundamentales en el proceso evolutivo del ser humano: la de la individuación,
tendente principalmente a la propia autorrealización, y la de la
comunicación, que se refiere al tema de las relaciones
interpersonales constituyentes del necesario ambiente de
confrontación y verificación del proceso mismo de crecimiento psicológico
M. Así considerada, la madurez psicológica puede ser
descrita como la capacidad de un individuo 1687
de encontrar un
equilibrio constante entre estos dos elementos, adaptándolos
plástica y funcionalmente a las diversas situaciones. Desde el punto de
vista de la individuación, se ha observado que todo crecimiento humano,
desde la experiencia primitiva, y a pesar de todo fundamental, de la
propia realidad, o sea, del propio yo como distinto, y por ende separado
de la madre, hasta la realización de niveles cada vez más
articulados de relaciones, y consecuentemente (por un lado) de nuevas
construcciones de la realidad; pero también (por otro) de nuevos modos
de separación con respecto a los estadios precedentes, deja una
especie de nostalgia radical en el inconsciente humano, la del primitivo
estado de fusión total y de simbiosis con la madre21. Granearte de los
cambios evolutivos del individuo pueden ser observados justamente bajo este aspecto:
el esfuerzo por entrar en relaciones con los otros seres y con las cosas,
que sean conscientemente relaciones parciales, en el sentido de que la
nostalgia arcaica del estado
simbiótico,
que empuja al adulto a buscar una cierta unión mística con las
otras personas y a veces incluso con las cosas (trabajo, bienes de consumo),
es una etapa infantil que continuamente se debe superar incluso en sus
residuos en la memoria, sobre todo porque se trata de un deseo irrealizable22.
Aunque en el orden lógico esta realidad sea de fácil comprensión,
todos tenemos la experiencia personal y colectiva de cómo la
tendencia a confundir realidades parciales con la realidad total es frecuente,
y es uno de los orígenes psicodinámicos de muchos comportamientos
e incluso de modelos culturales contemporáneos.
Y es justamente
al nivel de estas antiguas raíces, a pesar de todo tan importantes para
la maduración humana, donde se introduce la realidad
Psicología
que es la fuente
y, a la vez, la cumbre de la experiencia litúrgica: la eucaristía.
En efecto, en sus símbolos y en su significado, tanto psicodinámico
como religioso, reenvía constantemente al misterio de la comunión
con Jesucristo, y mediante él con el Padre y con el Espíritu, llamando
así a la conciencia del creyente a la única dimensión
en la que será posible realizar, a un nivel diferente y con otro
significado, ese deseo de unión mística y de armonía
cósmica que advertimos, aunque confusamente, en las raíces
de nuestro ser. En esta óptica y con esta conciencia es posible dar
un valor plenamente humano a los múltiples modos de relacionarse,
así como también a las relaciones con toda la realidad,
por ponernos en relación con otro nivel, el de la resurrección,
que permite una liberación de las fantasías infantiles de
posesión y omnipotencia, estimulando a vivir cada realidad
parcial en toda su potencialidad, más conocida y participada justo
porque no es absolutizada, pero también profundamente comprendida y
respetada como etapa evolutiva y don anticipado de la ex
periencia de la
unión con Cristo.
En esta perspectiva,
la liturgia se presenta como un itinerario simbólico que propone
diversos estilos y modos de vivir los ritmos de la vida. Mediante el ritmo
de lo ordinario nos ofrece la posibilidad de vivir el fatigoso crecimiento de
lo cotidiano, sin banalizar ningún aspecto de la vida, por
monótono e insignificante que parezca. Así, por ejemplo, el ritmo
de la liturgia de las Horas asume un biorritmo humano fundamental, el
diurno-nocturno, y lo proyecta en la eternidad de Cristo, invitándonos a
expresar cada mañana el asombro agradecido de haber resucitado una vez
más con él, como en la misma inconsciencia del sueño
nocturno hemos esperado (cántico del Benedic
Psicología
tus); para
estallar después en la alegre maravilla de proclamar, en las
vísperas, la gloria de Dios porque, aparte de nuestro rol social o de
otras características valiosas, nos ha llamado a testimoniar el amor;
para terminar, por fin, más sumisamente en la oración de
completas, con una meditada reflexión sobre nuestros límites,
que no nos impide abandonarnos con serena confianza en las manos del
Señor al sumergirnos en el sueño.
Lo propio de la
liturgia llama a una conciencia más fuerte, no sólo personal,
sino también colectiva, de aquellos momentos de la vida de Jesús
que, vividos normalmente con un ritmo semanal, vienen a irrumpir en el ritmo
del día tras día para remover y dirigir la toma de conciencia
de nuestra identificación con él. Por esto la navidad o la
ascensión, como cualquier otra celebración del misterio de
Cristo, no deben ser nunca psicológicamente conmemoraciones de
un acontecimiento, sino una toma de conciencia de una dimensión de
la vida del Salvador y de nuestro grado de participación en ella. Y esto
en el contexto de una comunidad de fe que, partiendo de la comunidad familiar,
llega hasta la comunidad de los santos, que justamente por su ejemplaridad
en la vivencia del misterio de Cristo podemos llamar con razón
comunión de los santos. Con ellos, en efecto, anticipamos esa
realidad de relaciones armónicamente globales que atañen a todos
los niveles de la personalidad, pero que no son realizables plenamente
con nuestros hermanos de fe de la tierra. Y para que estas experiencias y
estos conocimientos del misterio de Cristo ño permanezcan unidos
sólo al desarrollo individual ni sean solamente momentos de claridad
intelectual, sino energías que transformen nuestra vida, los momentos
decisivos de la vida y las
1688
elecciones
fundamentales que la ca
racterizan son
celebrados eclesial
mente con los
ritos sacramentales.
Así, el
ser humano puede sentir cómo su devenir no está confiado y
condicionado por el continuo cambio de los condicionamientos socioculturales
y políticos, sino enraizado en la realidad perenne de Cristo, del cual,
incluso los momentos más dramáticos, como la enfermedad
grave, la muerte o las opciones que por su irrevocabilidad nos vuelven
más inseguros al hacerlas, v.gr., la elección del matrimonio
o la profesión religiosa, reciben en el símbolo sacramental
y en el rito litúrgico su sentido y su energía.
VI. Liturgia y
dimensión social
Pero,
además de la dimensión de la individuación, también
la de la comunicación toma parte en la maduración
psicológica y debe encontrar su espacio concreto en la liturgia. La
dimensión comunicativa nace y se desarrolla en una atmósfera de
intensa emotividad y de profunda intimidad como es la del
núcleo familiar 23, y se desarrolla progresivamente de modo
auténtico sólo en aquellas situaciones donde haya un grupo que
tenga una elevada cohesión y una cultura propia a diversos niveles
24. Sin estas últimas dimensiones no sólo es imposible toda
comunicación simbólica, sino que se corre el peligro de que
la misma comunicación semiótica y semántica se reduzca
a un puro formalismo, que en el plano litúrgico quiere decir esterilidad
y rituales estereotipados. No hay que olvidar, en efecto, que la
eucaristía, expresión central del misterio cristiano, tiene
como referencia originaria una cena familiar.
A través
de una iniciación gradual en los diversos ritos litúrgicos,
vivida en pequeños grupos homogéneos, el 1689
individuo puede
adquirir una base de comunicación que le consentirá
después el paso a la capacidad de comunicarse simbólicamente
incluso con grupos heterogéneos y de mayor amplitud. Sólo una reunión
litúrgica formada por grupos con fuerte cohesión entre
ellos, y que consigue encontrar en la celebración una dimensión
en la que todos se reconozcan, puede hacer de la celebración
litúrgica una fuente auténtica de experiencia y de
comunicación simbólica incluso en un macro-grupo. De aquí
nace la conciencia de una identidad común, sentida realmente como tal,
que consiente después una dinámica de grupo, que a su vez modela
y estructura tanto la conciencia de los participantes como su capacidad de
comunicar a nivel eclesial.
Para obtener este
resultado, además de una adecuada formación, son necesarios
otros elementos. Ante todo, la cohesión de un grupo no se presupone,
sino que se verifica; y, en nuestro caso, no sólo por sus necesidades
psicosociales de cohesión o de identidad, sino por su relación explícita
con el misterio de Cristo y con la iglesia como espacio real en el que vivir
este misterio. También es necesario que el rito litúrgico manifieste
sin ambigüedades un papel definido y activo para todos los participantes,
hasta el punto de que sentirse espectadores debería dar lugar a la
intolerancia. Finalmente, las relaciones entre las estructuras eclesiales
organizativas e institucionales y las dimensiones litúrgicas
deberían ser analizadas a menudo comunita
riamente, para
evitar que se tenga la
sensación
de sentirse rebaño por parte
de la
mayoría de la asamblea litúr
gica.
VII. Conclusiones
Aunque la
liturgia se exprese con símbolos transhistóricos y transcul-
Psicología
turales, sin
embargo, el individuo y el grupo forman necesariamente parte de una
determinada cultura y de una determinada situación espaciotemporal.
Esto implica una constante atención al emerger de nuevas modalidades
de vivir los diversos símbolos litúrgicos, así como
al declinar de las estructuras rituales que han perdido su carga comunicativa y
transformadora. Si no se presta una vigilante atención a esto, la
liturgia, como cualquier otro símbolo inadecuado, produce un
sentimiento de pasividad e incluso de destructividad en quien la celebra.
La verdad de lo que se celebra y del código verbal y gesticular que se
emplea, la capacidad y el coraje de no ignorar los problemas
provenientes de participar grandes multitudes en el rito litúrgico
sin que esas multitudes sean el resultado de grupos menores formados sobre
la base de una cohesión y de una identidad anteriores a su encuentro
en el macro-grupo (con el peligro de la pérdida de identidad de los
participantes en un rito vital), son condiciones necesarias para que la
celebración litúrgica conserve y renueve su capacidad de incidir
en la vida y en los modelos culturales de las diversas sociedades.
Los recientes
estudios dedicados a la / religiosidad popular han manifestado la
importancia de aquellos sistemas rituales, que por haber nacido
precisamente de una simbiosis entre la transmisión del mensaje cristiano
y la realidad cotidiana, han formado una conciencia religiosa popular que ha
mantenido viva la fe, pese a sus limitaciones, incluso en condiciones
ambientales de descristianización. La atenta observancia y
asimilación de los valores y de las exigencias más profundas, y
justo por esto emergentes de las diversas situaciones particulares, así
como el uso pleno y responsable de la vasta gama de posibilidades que ofrece la
Psicología
liturgia renovada
del Vat. II, permiten adaptar a la edad, a las características
socioculturales y a las exigencias particulares las diversas expresiones
de la liturgia cristiana.
Hay que tener
presente que el símbolo no se repite de modo automático,
ni la estructura ritual se hace evidente a la participación y a la
percepción de un grupo por el mero hecho de ser celebrada. La dimensión
simbólica y su manifestación ritual requieren que el rito
sea celebrado cada vez de modo creativo. La estructura ritual, pues,
deberá ser realizada creativamente incluso en su celebración
cotidiana, a través de una / animación consciente y preparada,
que tenga siempre presentes las características y las variables del grupo
al que se dirige y de sus componentes. Sólo cuando la liturgia se
convierte, tanto en sus animadores designados por su ministerio (obispo y
ministros ordenados) como en los demás componentes, en compromiso
constructivo y creativo, aunque repetido y hasta cotidiano; sólo cuando
llega a ser sentida verdaderamente como "opus Dei", será
verdaderamente capaz de transformar e integrar en la dimensión
del misterio toda forma de experiencia personal y social.
[/
Signo/Símbolo; / Comunicación en la eucaristía].
NOTAS:' K.
Lorenz, L'allrafaceta dello specchio, Adelphi, Milán 1974, c. XII
— 2 J.C. Eccles, Affromare la realtá, A. Armando, Roma 1978,
10-17 —3 Con el término "ritual" aquí se entiende
una manifestación referida al mundo vegetal o animal o bien una
manifestación humana neurotizada, mientras que con el
término "rito" se entiende una expresión consciente y
libre de la persona humana en el sentido que se precisará más
adelante — * S. Arieti, Le vicissitudini del volere, II Pensiero
Scientifico, Roma 1978, 218-241 — ! J.C. Eccles, La conoscenza del
cervello, Piccin, Padua 1976, 255257 — * L. von Bertalanffy,
Teoría genérale dei sistemi in psichiatria, en Manuale di
psiebiatria (dir. porS. Arieti), Boringhieri, Turín 1970, III,
1690
2204 —
23 D.W.
Winnicott, La famiglía e lo sviluppo dell'indivtduo, A. Armando, Roma
1972 — 24 O. Cotinaud, Dinámica di gruppo e analisi delle istituzioni,
Borla, Roma 1977.
L.M. Pinkus
BIBLIOGRAFÍA:
Dolto F.-Pohier J., El poder de la bendición sobre la identidad
psíquica, en "Concilium" 198 (1985) 243-257; Floristán
C , La mentalidad religiosa simbólica, en "Phase" 34 (1966)
308-315; Greeley A., Simbolismo religioso, liturgia y comunidad, en
"Concilium" 62 (1971) 218-231; Eliade M„ Mitos, sueños y
misterios. Revelaciones sobre un mundo religioso y transcendente. Fabril,
Buenos Aires 1961; Imágenes y símbolos. Taurus, Madrid
I9742; Jung C.G., Simbologia del espíritu. Fondo de Cultura
Económica, México 1962; El hombre y sus símbolos, Aguilar,
Madrid 1967; Kennedy E.C., Valor del rito religioso para el equilibrio psicológico,
en "Concilium" 62 (1971) 212-218; Poli W., Psicología de la
religión, Herder, Barcelona 1969; Scharfenberg J., Madurez humana y
símbolos cristianos, en "Concilium" 132 (1978) 182195;
Vergote A., Psicología religiosa, Taurus, Madrid 19753; Zunini G.-Pupi
A., Psicología de la religión, en DTI 3, Sigúeme,
Salamanca 1982, 961-982. Véase también la bibliografía de
Antropología cultural. Sagrado y Signo/Símbolo.
R
SUMARIO: I.
Precedentes - II. Organismos de la reforma: 1. El "Consilium"; 2.
3.
Profundización bíblica; 4. Capacidad creativa - V.
Reacciones - VI. Perspectivas.
I. Precedentes
En la
constitución sobre la sagrada liturgia, primer documento examinado
y aprobado por el Vat. II, leemos: "La santa madre iglesia desea
proveer con solicitud a una reforma general de la misma liturgia" (SC
21). Esta reforma se correspondía con la finalidad pastoral del concilio
de "adaptar mejor a las necesidades de nuestro tiempo las instituciones
que están sujetas a cambio" (SC 1). Habían preparado el
camino a la decisión conciliar años de investigación
en el campo científico y pastoral. La publicación de las
antiguas fuentes de la liturgia y los estudios históricos y
arqueológicos habían permitido comprender la verdadera esencia de
la liturgia y conocer su evolución, la actividad desarrollada a lo largo
de los siglos por los papas y obispos para regularla y las constantes y
las diferencias entre las diversas familias litúrgicas. Paralelamente,
en el campo pastoral se había desarrollado la idea de la necesidad de
introducir al pueblo cristiano en la comprensión y participación
de los sagrados misterios [/ Movimiento litúrgico]. Su importancia
había sido comprendida por san Pío X cuando, en el motu proprio
Tra le sollecitudini (22 de noviembre de
1903), afirmaba:
la "fuente primera e indispensable (del genuino espíritu cristiano)
es la participación activa en los misterios sacrosantos y en la
oración pública y solemne de la iglesia"1. Pero estas
palabras quedaron prácticamente en letra muerta, a pesar de las
notables intervenciones del mismo papa referentes, por ejemplo, a la
reanudación de la comunión frecuente, incluso diaria; a la
admisión de los niños a la comunión; a la nueva
ordenación del salterio en el breviario romano y del calendario
litúrgico 2. La atención se dirigió más bien a
lo que parecía interesar más especialmente al papa: "Ver
florecer en todas partes el decoro y la dignidad de las funciones
litúrgicas" y especialmente de la música y del canto
sacros', a lo que se dedicaban casi veintinueve artículos del motu proprio
antes indicado.
Tuvieron que
pasar años de lenta pero fecunda maduración4. Sólo en el
pontificado de Pío XII se empieza a pensar en un plano orgánico
de
Reforma
litúrgica
reforma de los
ritos mismos con una tendencia más claramente pastoral, "con vistas
a aligerar el aparato litúrgico y adecuarlo de un modo más
realista a las exigencias concretas del clero y de los fieles en la nueva situación
de hoy"s. En efecto, las grandes encíclicas de Pío XII
—Mediator Dei (20 de noviembre de 1947), la primera dedicada
exclusivamente a la liturgia, y Musicae sacrae disciplina (25 de diciembre
de 1955)— fueron precedidas o seguidas de acciones de tipo
práctico para facilitar la participación: la nueva versión
del salterio latino para el uso litúrgico6, la concesión de los
rituales bilingües ' y, sobre todo, la institución (28 de mayo
de 1948), en el ámbito de
El trabajo
continuó con el papa Juan XXIII, incluso cuando ya estaba anunciado
el concilio e instituida una comisión preparatoria para la liturgia.
Aparecieron un Código de las rúbricas de la misa y del oficio
divino "; nuevas ediciones típicas del breviario, del pontifical y
del misal, y un decreto ordenando el catecumenado de adultos. Sin embargo,
ya había madurado la conciencia de la necesidad de un trabajo más
amplio y fundamental. En efecto, el 20 por 100 de las propuestas hechas por el
1692
episcopado en el
tiempo de la preparación del concilio hacía referencia a la
liturgia, deseando la revaloración de su carácter
didáctico y formativo, la simplificación de los ritos, la introducción
de las lenguas vernáculas, la adaptación a los diferentes
pueblos y la participación de los fieles '2. La intervención
masiva y significativa de los obispos revelaba que los deseos de la
iglesia se identificaban con los de los estudiosos y los promotores del
movimiento litúrgico. La comisión preparatoria del concilio
para los temas litúrgicos, presidida por el card. G. Cicognani,
secretario, padre A. Bugnini, se aprovechó de ello.
La
constitución sobre la sagrada liturgia, a pesar del ajetreo de las
discusiones, revisiones e incluso tentativas de manumisión ",
es el único documento conciliar que conserva sustancialmente el esquema
elaborado por la comisión preparatoria. Este hecho se debe al
planteamiento del trabajo, basado en la confianza recíproca, la libertad
de expresión y la seriedad de la investigación garantizada
por la responsabilidad de los pastores y por la competencia de los expertos.
Éstos, elegidos internacionalmente, fueron distribuidos en trece
subcomisiones, en razón de su competencia en los diversos campos:
teología, pastoral, historia, arte. Se pudieron recoger las exigencias
más sentidas y los conocimientos y experiencias más
válidos. El card. Cicognani dio a los colaboradores "la mayor
confianza, y trabajó con ellos: a veces como si fuese uno de ellos,
siempre dispuesto a recibir, escuchar, comentar, examinar, discutir y, si
fuese necesario, a revisar sus posiciones. Aceptaba con gusto sugerencias
y propuestas. Generalmente contemporizaba; pero una vez tomada una
decisión, proseguía con resolución y animaba a los otros a
seguirlo sin dudar" l4. Se iniciaba, en 1693
el ámbito
de la curia romana, un nuevo y diferente estilo de trabajo, retomado
y continuado en los años sucesivos; ésta es una, si no la principal,
causa de la eficiencia y del éxito de los trabajos para la reforma
litúrgica.
II. Organismos de
la reforma
Aprobada la
constitución litúrgica (4 de diciembre de 1963) con el motu
proprio Sacram liturgiam (25 de enero de 1964), fue rápidamente preparado
un programa para llevar a la práctica las orientaciones contenidas en
ella l5.
1. EL
"CONSILIUM". El encargo de llevar a la práctica la
constitución fue confiado por el motu proprio citado al Consilium
ad exsequendam constitutionem de sacra liturgia. Su presidente fue el card. G.
Lercaro, arzobispo de Bolonia, sustituido el 9 de enero de 1968 por el card. B.
Gut; fue secretario el padre Bugnini. Estaba constituido por miembros consultores
y consejeros. A los primeros tocaba la aprobación de los esquemas y
decisiones que se debían someter al santo padre; a los segundos,
distribuidos en unos cuarenta grupos de estudio, la función de estudiar
los problemas y elaborar los proyectos de reforma. Se trataba de un
organismo colateral a
Reforma
litúrgica
curia romana. No
obstante, se debe decir que la institución del Consilium fue una
intuición genial de Pablo VI. Con él se garantizaba una
actuación unida a la letra y al espíritu de la
constitución litúrgica y la eficacia y sensibilidad propias de un
organismo joven. Todo esto, y sobre todo el apoyo del papa, al que el Consilium
dirigía directamente sus propuestas y decisiones, daba confianza a
los obispos, a los estudiosos y a los responsables de la pastoral
litúrgica.
El método
de trabajo del Consilium estaba marcado por el clima humano, que ya se
había registrado en la comisión preparatoria; por la seriedad
científica y por la atención a los datos de la tradición,
las exigencias de la pastoral y las necesidades del momento. Lo
exigían la delicadeza de la empresa y las directrices de la
constitución litúrgica: "Para conservar la sana
tradición y abrir, con todo, el camino a un progreso legítimo
debe preceder siempre una concienzuda investigación teológica,
histórica y pastoral acerca de cada una de las partes que se han de revisar";
ténganse en cuenta, además, las leyes generales de la liturgia,
la experiencia de las reformas recientes y el bien de la iglesia (SC 23).
El ingente
trabajo realizado es prueba de la fidelidad a las consignas conciliares.
El card. Gut trazó de él una síntesis al papa en la
audiencia del 10 de abril de 1970: "Trece asambleas plenarias, innumerables
reuniones particulares, trescientos sesenta y cinco esquemas destinados a
las asambleas plenarias y algunos centenares de esquemas particulares;
documentos de diferente tipo: constituciones, motu proprios,
decretos, instrucciones, son la columna vertebral de un trabajo a través
del cual cincuenta pastores, cardenales y obispos y más de ciento
cincuenta sacerdotes de todas las par
Reforma
litúrgica
tes del mundo,
con un empeño oculto, silencioso y asiduo, han dado un nuevo y
más auténtico rostro, a la lex orandi de la iglesia... El
historiador que en el futuro desee rehacer el camino doloroso y alegre que
han seguido cada uno de los ritos reformados, cada una de las
fórmulas reutilizadas, compuestas o restauradas, cada una de las
rúbricas o de las leyes y normas pastorales que enriquecen los
libros reformados, podrá contar con un archivo que recoge un material de
una riqueza increíble: ese archivo demuestra del modo más
evidente posible con cuánto sentido de responsabilidad ante Dios y ante
la iglesia ha trabajado el providencial y dinámico organismo que
salió de vuestra mente y de vuestro corazón"".
Desde 1965 el Consilium tuvo una revista propia: Notitiae (= Not).
Para poder llevar
a cabo este inmenso trabajo en un período de tiempo
relativamente breve se formaron diversos grupos de estudio, encargados de
sectores particulares de cada libro litúrgico: breviario, misal, pontifical,
ritual, martirologio, ceremonial. La coordinación se efectuaba a
través de los respectivos relatores. La garantía de avanzar
uniformemente en todas las partes de la liturgia partía del
examen de los esquemas generales hecho por todos los relatores de los
grupos de estudio. Su reunión plenaria precedía normalmente
a la asamblea de los miembros del Consilium, en la que participaban
después para explicar los eventuales problemas técnicos y motivar
las propuestas hechas. En el lapso de seis años el Consilium tuvo,
como ya se dijo, trece asambleas generales, con una media de dos al
año. Normalmente, se prolongaban por espacio de una semana, aprovechada
íntegramente en sesiones de mañana y de tarde. La fraternidad y
la pasión por un trabajo del que se
1694
esperaban grandes
frutos para la iglesia y el interés por atender las necesidades
pastorales del pueblo de Dios sostenían y compensaban el arduo
trabajo.
Por el trabajo
del Consilium se mostraron interesadas las comunidades eclesiales no
católicas. Era un signo del cumplimiento de un deseo del Vat. II, el de
promover a través de la liturgia "todo aquello que pueda
contribuir a la unión de cuantos creen en Jesucristo" (SC 1). Seis
representantes de comunidades no católicas tuvieron
oportunidad de participar, desde 1966, en las asambleas generales del
Consilium como observadores. Su participación fue discreta y
respetuosa, sin otra pretensión que la de darse cuenta de la empresa que
estaba llevando a cabo la iglesia católica para la reforma de su liturgia
y de los principios en que ésta se inspiraba. La insinuación de
que influyeron en las decisiones es una falsedad y una ofensa para
ellos l8.
Las conclusiones
y resoluciones del Consilium se presentaban, debidamente motivadas, al
santo padre. Él examinaba todo personalmente, hacía sus observaciones,
señalaba los puntos dudosos mostrando su perplejidad, daba
directrices. Los esquemas sufrían luego el examen de los
dicasterios de
1695
de unas pocas
personas hábiles que impusieron su punto de vista personal.
Sí puede afirmarse, en cambio, que es fruto de una colaboración
eclesial, y que fue querida, seguida y aprobada en sus mínimos detalles
por Pablo VI.
2.
gunos
períodos, largos en ocasiones, de sede vacante, el card. A. Tabera (20
de febrero de 1971) y el card.
R.J. Knox (25 de
enero de 1974).
Pero, así
como fue inesperado su nacimiento sólo un año después de
la reforma de la curia romana, así también fue breve su
existencia. El
Reforma
litúrgica
11 de junio de
1975 se realizaba una fusión, lógica en sí misma, pero
artificial en la forma, con el dicasterio encargado de la disciplina de
los sacramentos, que se convierte en Sagrada Congregación para
los sacramentos y el culto divino M. La tentativa de hacer aparecer
esta medida como una evolución normal no convence. Sin embargo, el
nuevo organismo, aunque empobrecido de personal, continuó,
ciertamente con otro ritmo, el trabajo comenzado por los precedentes: de ello
es testimonio la revista Notitiae, la cual, traspasada en 1969 del
Consilium a
Ordo Dedicationis
Ecclesiae et Altaris2', aunque ya estaba preparada para imprimirse antes
de la fusión de las dos congregaciones. El trabajo de la reforma
general, que ya estaba adelantado22, había abierto otros horizontes
inspirados en los fundamentos puestos por el Vat. II. Quizá se
imponía un período de reflexión y de profundización
por lo que se refería a los tesoros ya entregados a la iglesia.
III.
Líneas directivas y criterios
La reforma
litúrgica se realizó según un plan orgánico en
el que estaban previstos tiempos y modos de actuación. Dos eran las
líneas de acción: una se ocupaba de la preparación
de los libros litúrgicos renovados; la otra, de promover, sostener
y dirigir la aplicación de la reforma mediante criterios,
orientaciones, aprobación de las decisiones de las conferencias
episcopales y concesión, guía y control de experimentos.
Reforma
litúrgica
1.
PREPARACIÓN DE LOS NUEVOS LIBROS LITÚRGICOS. Aunque los
principios y criterios de
a) Primeras
actuaciones. La primera fase de la reforma señala el paso del
latín a las lenguas vulgares y la introducción de algunos elementos
que podían ser adoptados con los libros litúrgicos existentes. Se
realizó con documentos del Consilium, publicados luego por
1696
y en el
Consilium. Sopesadas las ventajas y desventajas,
1697
mixtas29, y para
que se redujese el número de las expresiones lingüísticas
menores o dialectales30. A pesar de la buena voluntad, el conseguir un lenguaje
que transmita el mensaje de un modo accesible a la cultura, formación y
estructura lingüística de los participantes continúa siendo
todavía uno de los problemas más graves.
Los cambios
llevados a cabo en esta primera fase, aunque limitados, contribuyeron a dar un
rostro nuevo a las celebraciones, a hacerlas más participadas, a poner
de relieve elementos de gran valor catequético: distinción
entre las dos partes de la misa; adaptación de las iglesias, sobre
todo para hacer patente el altar vuelto hacia el pueblo, el ambón como
lugar de la proclamación de la palabra de Dios y la sede del presidente;
la introducción de la oración de los fieles y la
obligación de la homilía; el uso experimental de ciclos de
lecturas bíblicas para las misas de los días feriales y para
circunstancias particulares; recomendación de la celebración del
oficio divino con el pueblo; simplificación de los ritos e insignias
pontificales, de modo que se facilite la celebración del obispo con su
pueblo. Pablo VI dio ejemplo no sólo multiplicando las celebraciones
en las parroquias romanas, sino también llevando a cabo una reforma
valerosa de todo lo que en las ceremonias papales recordaba costumbres de
corte y fasto mundano. También en el templo mayor de la cristiandad (la
basílica de San Pedro de Roma) las celebraciones adquirían
un tono de verdad, decoro, simplicidad, y sobre todo de oración y
de participación, expresada incluso en el canto del pueblo, en la comunión
eucarística, en las lecturas y en el servicio del altar, que ya no era
desempeñado por monseñores y obispos, sino por lectores y
acólitos. Fue un desconcierto para el que se jacta
54
Reforma
litúrgica
ba de antiguos
derechos, para el que prefería las finuras musicales de
Otros dos
aspectos fueron objeto de una particular atención en este período
de preparación de la reforma: el culto de la eucaristía y el
canto. El primer rito, completamente nuevo, estudiado, aprobado y dado a
la iglesia por el Consilium fue el de la concelebración y la
comunión bajo las dos especies (7 de marzo de 1965, en EDIL 387-392).
Después de siglos se restituía a los fieles la posibilidad
de comulgar del cáliz para
Reforma
litúrgica
una
participación más plena, a nivel de signo, en la
eucaristía y en el mandato del Señor. La
concelebración confería de nuevo dignidad a la celebración
de la misa en las comunidades de sacerdotes, eliminando la dispersión
y la prisa; sobre todo hacía resaltar el significado memorial del
único sacrificio de Cristo, vínculo de unidad del pueblo de Dios
alrededor del mismo altar, en torno al cual cada uno participa según su
grado y oficio propio, fundamento de la fraternidad sacerdotal en el
único sacerdocio de Cristo.
La
"instrucción publicada a continuación, Eucharisticum
mysterium (25 de mayo de 1967, en EDIL 899965), recogía la
síntesis de la reflexión doctrinal sobre la
eucaristía, madurada en los últimos años y propuesta
por los documentos del magisterio, con sus consecuencias en el campo
práctico para la celebración y la piedad. Se estimulaba la formación
de una visión más compleja y unitaria del misterio
eucarístico en su conjunto: cena del Señor, memorial de la
pascua, presencia sacramental de Cristo, fuente y cumbre de toda la vida
de la iglesia y base insustituible para la construcción de la
comunidad cristiana, signo y vínculo de unidad. En consecuencia, se regulaban
de un modo más conforme con la renovación litúrgica los
ejercicios piadosos del culto eucarístico: oración personal,
adoración, exposición, bendición. Después de
consultar a cada uno de los obispos se estudió y admitió la
posibilidad de una relación más familiar, siempre con el debido
respeto, al recibir la eucaristía. En muchos países se introdujo
la primitiva costumbre de recibir en la mano el pan consagrado".
Al canto sagrado
se dedicó la siguiente instrucción, Musicam sacram (5
de marzo de 1967, en EDIL 733-801), y la publicación de melo
1698
días
gregorianas más simples: Kyriale, Gradúale simplex y cantos
del celebrante. La instrucción tuvo una larga gestación
y muchas redacciones. La oposición de algunos músicos a la
reforma fue siempre tajante, viva e incluso áspera. La
introducción de las lenguas vulgares implicaba la formación
de un nuevo patrimonio de cantos que facilitase la participación de los
fieles. Prácticamente en todas partes se debía partir de cero.
Las primeras realizaciones resultaron, por falta de experiencia, de mala calidad
o inadecuadas. La instrucción, al par que invita al respeto y a la
conservación del patrimonio del pasado, se abre también al
futuro: solicita una producción nueva e insiste sobre la necesidad
del canto en las celebraciones, no para adorno, sino como elemento primero y
fundamental de un pueblo en fiesta. Éste no puede quedarse sin el
canto, aunque se pueden admitir grados y modos diversos de
participación: coroasamblea, lengua latina-lengua vulgar,
canto popular y canto gregoriano o polifónico. El documento animó
a la investigación y dio impulso a la formación de repertorios
nacionales o diocesanos de cánticos litúrgicos,
aprobados por la autoridad
eclesiástica
local.
b) Los nuevos
libros litúrgicos. La segunda fase de la realización de la
reforma se caracterizó por la publicación de los nuevos /
libros litúrgicos, después de años de paciente e
intenso trabajo. Abre la marcha un trabajo de importancia histórica: la
introducción de tres nuevas / plegarias eucarísticas (23 de
mayo de 1968). Se colocan junto al canon romano, en uso desde el s. iv
como única fórmula del rito romano, en el que nadie había
intentado introducir cambios a no ser de poca importancia. La
celebración de la eucaristía se enriquecía con la
variedad, conte
1699
nido doctrinal y
facilidad de participación y de comprensión. Rota una
barrera milenaria, surgió el deseo de una variedad todavía
mayor. Se multiplicaron los estudios y las propuestas de plegarias
eucarísticas adaptadas a las diversas circunstancias y a la
mentalidad de los pueblos. Del ejercicio literario se pasó incluso al
uso de textos no aprobados.
La obra de
restauración de los libros litúrgicos para la misa prosiguió
con la publicación del nuevo Ordo Missae (1969), del Ordo Lectionum
Missae (1969 [19812]) y del Missale Romanum completo (1970 [19752]). A ritmo
rápido, de
Reforma
litúrgica
tener en cuenta
de modo práctico su efectiva funcionalidad e incidencia. Esto fue
posible en amplia medida con la concelebración, el catecumenado de
adultos, la unción de los enfermos, las exequias y la liturgia de las
Horas. Son los ritos más conseguidos. Para otros se pidió el
parecer de los obispos o de un círculo más amplio de
expertos, especialmente para los leccionarios de la misa y del oficio
divino, los himnos y las preces de laudes y vísperas". La
reacción ante los experimentos fue tal que obligó a limitarlos al
máximo para no comprometer todo el trabajo. En efecto, algunos
encontraron en ellos un pretexto para hacer ellos mismos experimentos
no autorizados y, en ocasiones, extravagantes, permanentemente reprobados
por
La estructura
general de los libros litúrgicos de la reforma es uniforme, aunque entre
los primeros y los últimos publicados hay diferencias debidas
a la mayor experiencia acumulada. En particular, dan un gran relieve a las
instrucciones iniciales de carácter dominical, pastoral, catequético
y rubrical (los así llamados praenotanda o premesse), que indican
la estructura y las diversas formas de celebración, el significado de
cada una de las partes, la función de los ministros, las adaptaciones
posibles. Mención especial merecen las instrucciones antepuestas al
misal y a la liturgia de las Horas (respectivamente: Institutio Generalis
Missalis
Romani [IGMR] e
Institutio Generalis Liturgiae Horarum [IGLH]; en las ediciones
castellanas: Ordenación General del Misal Romano [OGMR] y
Ordenación General de
Reforma
litúrgica
verdaderas joyas
de alta literatura li
túrgica).
Dentro de cada
uno de los ritos, una gran variedad de textos eucológicos y
bíblicos, e incluso de formas celebrativas, da la posibilidad de
construir una celebración adecuada a la situación de los
participantes y a las circunstancias. Así se tiene: misa con el pueblo,
concelebrada, con los niños y sin el pueblo; tres tipos de exequias;
tres formas de celebrar la penitencia: comunitaria con absolución
individual, comunitaria con absolución general y celebración
individual; bautismo de los niños e iniciación
cristiana de adultos; esta última prevé el rito ordinario, otro
simplificado para situaciones especiales y otro para los jóvenes;
rito breve y largo para la comunión fuera de la misa, presidido por el
ministro ordinario o por uno extraordinario; matrimonio entre dos esposos cristianos
y entre un bautizado y un no cristiano. Los principios inspiradores son
los propuestos por la constitución SC: se dará siempre
preferencia a la celebración comunitaria, donde cada uno
realice todo y solamente aquello que le compete; inserción en la misa;
liturgia de la palabra y del sacramento; noble simplicidad, claridad y
brevedad, evitando repeticiones inútiles y la necesidad de explicaciones
eruditas; participación consciente, devota y activa de toda la
asamblea.
c)
Profundización y adaptación. Una reforma, aunque sea perfecta,
queda muerta si no se comprende el espíritu que la anima. Ya la primera
instrucción, ínter oecumenici, que ponía en marcha la
reforma litúrgica, señalaba que sus frutos serían
"tanto más abundantes cuanto más profundamente los pastores
y los fieles capten el espíritu auténtico", porque
el objetivo de la constitución conciliar sobre la liturgia "no
tiene
1700
como finalidad
cambiar sólo los ritos y los textos litúrgicos, sino
más bien suscitar en los fieles una formación y promover una
acción pastoral que tenga como punto culminante y fuente inspiradora la
sagrada liturgia" ". El fin último de la reforma es
desarrollar la fe, suscitar la oración, realizar el encuentro del hombre
con Dios, inducir a una vida que sea coherente con el misterio celebrado.
Por esto, además de la traducción de los libros litúrgicos
y de su uso, es indispensable hacer que sean comprendidas, apreciadas y
asimiladas sus riquezas espirituales. Es un trabajo largo, paciente,
metódico, que requiere un profundo conocimiento no sólo de la
liturgia, sino también de las exigencias y capacidad de las diversas
asambleas. La liturgia debe arraigar profundamente en el ánimo de las
personas. Éstas se deben abrir a la revelación de Dios y romper
con las costumbres y actitudes que no se corresponden. Al mismo tiempo, la
palabra de Dios no se confunde con ninguna cultura, pero se encarna en cada una
de ellas. Y "la iglesia no pretende imponer una rígida uniformidad
en aquello que no afecta a la fe o al bien de toda la comunidad, ni siquiera en
la liturgia; por el contrario, respeta y promueve el genio y las
cualidades peculiares de las distintas razas y pueblos" (SC 37). Es
el principio de la / adaptación prevista por los libros
litúrgicos, que ofrecen diversas posibilidades de elección y
permiten a las conferencias episcopales introducir elementos de la propia
cultura en los gestos y en los símbolos y proponer textos
alternativos.
1701
nes, adaptando
formas y colores de las vestiduras y de los vasos sagrados, lugares de
culto, arte y música, actitudes corporales que respondan mejor a los
usos y a la cultura de cada país. También se han hecho tentativas
más consistentes para la estructuración de las celebraciones, de
modo que, respetando las líneas fundamentales y los criterios dados por
los nuevos libros litúrgicos, se ajusten más a la cultura del
pueblo. Está abierto un proceso hacia un rito indio y zaireño de
la misa, si bien entre múltiples incertidumbres y dificultades J6.
Por su parte, también
2.
DIRECCIÓN DE
Reforma
litúrgica
vida
litúrgica de sus iglesias, con poder de decisión sobre
diversas cuestiones, los obispos y sus colaboradores precisaban ser
informados sobre la orientación y las líneas directrices de la
reforma, sobre su exacta interpretación, sobre el estado de los trabajos
del Consilium, de ser ayudados y sostenidos en su función. Se
instituyó, por tanto, un modo de recíproca
comunicación y colaboración. El Consilium lo llevó a
cabo sobre todo mediante cartas a los presidentes de las conferencias
episcopales, en las que de una manera familiar y concreta se trataba
de los diversos aspectos de la reforma, se llamaba la atención sobre
actuaciones discutibles o no correctas y se daban las oportunas
aclaraciones. A los obispos presidentes se les pedía información
sobre los primeros pasos de la reforma, sobre las dificultades,
respuesta, expectativas y deseos. Hay cuatro cartas de carácter
general"; otras se refieren a temas concretos, como la catequesis sobre
las anáforas de la misa, el canto sagrado en lengua latina"' o
situaciones particulares de algunos países. Estos contactos
llegaron a ser muy frecuentes, porque, coincidiendo con la publicación
de cada documento o libro litúrgico, se enviaba una copia a los
representantes de
El instrumento de
enlace fue la revista Notitiae [/ supra, II, 1 y 2], convertida en
una de las principales fuentes de información sobre la reforma. El
ejemplo fue imitado: muchas comisiones litúrgicas nacionales e incluso
diocesanas fundaron su boletín informativo de carácter
litúrgico.
Atención y
ayuda merecían también otros sectores implicados en la
reforma, con el fin de unir y armoni
Reforma
litúrgica
zar las fuerzas y
proceder de modo concorde. El Consilium organizó un congreso
internacional de traductores de los libros litúrgicos42, dos reuniones
de los presidentes de las comisiones litúrgicas nacionales (26 de
septiembre de 1964 y 17 de noviembre de 1965), dos con los directores de
las revistas de carácter litúrgico y pastoral (13-14 de noviembre
de 1964 y 14 de noviembre de 1965) y una con los secretarios de las comisiones
litúrgicas nacionales (25-26 de febrero de 1971). Era un modo de
orientar rectamente la realización de la reforma, especialmente cuando
se estaban dando los primeros pasos, y de tomar contacto con la realidad a la
que se destinaba. Las distancias con Roma se acortaron. En todos ardía
el deseo de continuar con encuentros periódicos a propósito
de los diversos sectores. Desgraciadamente, por lo apremiante del trabajo
y por dificultades burocráticas y financieras, no fue posible
tenerlos. Pero el clima de confianza recíproca y de colaboración
que se había instaurado permitió continuar los contactos.
Con
ocasión de diversos encuentros o para examinar situaciones delicadas,
se pedía cada vez con más frecuencia la presencia del Consilium
o de
1702
ración,
corriéndose el riesgo de comprometer la marcha ordenada y progresiva
de la reforma. A través de un diálogo paciente y comprensivo y
autorizando todo lo que podía ser concedido, la actuación de la
reforma encontró también en aquella nación una
vía de mayor equilibrio, de comunión con los obispos locales y de
sintonía con el camino ya recorrido por toda la iglesia.
Entre las
demás ocasiones especiales de colaboración merecen mención
especial los congresos eucarísticos internacionales, ya que coincidieron
con las etapas fundamentales de la reforma litúrgica posconciliar y
fueron su banco de prueba. El congreso eucarístico de Bombay (noviembre-diciembre
de 1964) permitió anticipar las primeras realizaciones de la reforma:
lengua vulgar, cánticos populares, concelebración y comunión
bajo las dos especies; el de Bogotá (agosto de 1968) experimentó
los ritos de los sacramentos según la fórmula de los libros
litúrgicos de inmediata publicación entonces; el congreso de
Melbourne (febrero de 1973) ofreció la oportunidad de celebrar la
liturgia ya renovada totalmente, con atención especial para las
exigencias de las masas urbanas y de los grupos particulares, y de experimentar
su posibilidad y eficacia pastoral.
La actividad de
1703
mentos de mayor
lentitud e incluso de estancamiento. Pero las celebraciones habían
conquistado ya un dinamismo nuevo por su riqueza de contenidos y de
participación.
IV. Propuestas de
la reforma
Los principios
inspiradores de la reforma todavía no han podido desarrollar todo
su potencial. Es necesario tiempo para asimilar y confrontarse con
una realidad social y eclesial en rápida transformación.
Ciertamente, no todo lo que se ha hecho es perfecto. Algunas soluciones
deben ser revisadas a la luz de la experiencia; el lenguaje litúrgico es
mejorable. La reforma se ha realizado en un decenio de fermentación
y de investigaciones suscitadas por el concilio y, aunque fiel a la
tradición, es fruto de su tiempo. Con todo se han sentado las bases para
una liturgia renovada, abierta a posteriores desarrollos y con propuestas
que comprometen a la iglesia y la estimulan a una acción de gran
alcance.
1.
DIMENSIÓN CELEBRATIVA. La reforma litúrgica se esforzó por
redescubrir y restaurar las líneas fundamentales de cada rito,
liberándolas de los elementos heterogéneos, inadecuados o
convertidos en anacrónicos, y por insertar en ellos nuevas
formas de armonía con las ya existentes. Pero no se ha limitado a un
trabajo de restauración. Su fundamento es una concepción
renovada de la liturgia y de su relación con el misterio de la
salvación, con la iglesia y con el mundo. Se han superado los
estrechos límites de quienes la consideraban simplemente como medio,
aunque fuera privilegiado, de dar culto a Dios. La liturgia es "la obra de
la redención humana y de la perfecta glorificación de Dios",
que Cristo continúa realizando en el Es
Reforma
litúrgica
píritu
Santo por medio de la iglesia (SC 5). Es una sola acción de Cristo y de
la iglesia, unida indisolublemente a él. Cristo está
presente en la asamblea concretamente reunida, en la persona del ministro que
obra en su nombre, en los sacramentos y sobre todo en las especies
eucarísticas. Es él el que habla cuando se proclama
Las consecuencias
de estas premisas son múltiples. En primer lugar, la
celebración no es propiedad de nadie, sino que se construye con la
aportación y el compromiso de cada uno de los participantes: "La
efectiva preparación práctica de cada celebración
litúrgica hágase con ánimo concorde entre todos
aquellos a quienes atañe, tanto en lo que toca al rito como al aspecto
pastoral y musical, bajo la dirección del rector de la iglesia, y
oído también el parecer de los fieles en lo que a ellos directamente
les atañe" (OGMR 73). El ministro ordenado no es el único
protagonista; todo el pueblo santo
Reforma
litúrgica
de Dios es
protagonista. Aquél, sin embargo, tiene una función necesaria
de servicio. Con la palabra, la exhortación, la homilía, la
elección de los textos, el modo de orar y de gesticular, debe hacer
sentir la presencia viva de Cristo, sostener a la asamblea, suscitar la
participación externa e interna, facilitar la inserción en
el misterio. Todo esto marca el paso de la simple ejecución de cuanto
está mandado a un / estilo celebrativo en el que se pone en juego
la propia personalidad y responsabilidad para animar el rito. El desarrollo
mismo de la acción litúrgica no puede agotarse, por parte del
pueblo, en la asistencia, sino que debe conllevar una actitud celebrativa,
de diálogo entre Dios que habla y salva y el pueblo que responde a su
Señor.
Como
acción del pueblo de Dios, la liturgia nos empuja a prestar atención
a las características humanas, culturales y sociales del pueblo mismo
para elevarle si fuera necesario, promover su desarrollo y asimilar los valores
que sean apropiados para expresar el misterio de Cristo. Los libros
litúrgicos ayudan en este trabajo, presentando diversas propuestas.
"Se debe poner todo el esmero posible para que sean seleccionadas y
ordenadas aquellas formas y elementos propuestos por la iglesia que,
según las circunstancias de personas y lugares, favorezcan
más directamente la activa y plena participación de los
fieles y respondan mejor a su aprovechamiento espiritual" (OGMR 5).
Asambleas diversas precisan de celebraciones diferentes, no en lo
sustancial, sino en el estilo, en las expresiones, en los cantos, en los
gestos. Muchos sacerdotes, educados y habituados para ser solamente fieles
ejecutores, no se han compenetrado todavía con la exigencia de
vivificar la celebración con su propia iniciativa. Una mentalidad
práctica
1704
que sólo
busque la eficiencia induce a escoger sistemáticamente la primera
indicación, el primer texto propuesto o bien el más breve; a
adoptar lo que resulta más fácil y requiere menos esfuerzo;
a eliminar símbolos propuestos como facultativos (como el incienso o el
agua bendita); a hacer desaparecer todo aquello para lo que solamente se
recomienda la sobriedad a fin de no oscurecer el signo principal (flores,
vestiduras, luces, ornamentos); a no prestar atención al canto; a
confundir la participación activa con la recitación coral de las
fórmulas, olvidando su contenido y la interiorización mediante la
escucha atenta y el / silencio; a usar la
lengua del pueblo
sin cuidar, empero, la dicción correcta. Reside aquí una de
las causas de la sensación de pobreza que la liturgia renovada ha
producido en algunos, a pesar de su enriquecimiento eucológico,
bíblico y expresivo. Por el contrario, se debe desarrollar siempre la
capacidad celebrativa.
2. COMPROMISO
PASTORAL. La liturgia, presencia del misterio de Cristo, contiene todo el
bien de la iglesia y de la humanidad. Justamente es cumbre y fuente de
toda la actividad de la iglesia (SC 10), tanto de la primera
evangelización como de la catequesis. En consecuencia, otra tarea y meta
fundamental de la reforma es el conducir a los fieles a participar plena y
activamente de las acciones litúrgicas [/ Participación). Esto lo
exige la naturaleza misma de la liturgia. Puesto que es acción de todo
el pueblo de Dios, de toda la asamblea, nadie puede comportarse como mudo y
ajeno espectador. Todos deben saber comprender, responder, estar en
silencio, cantar, actuar. Aquí se nos presenta de nuevo el problema de
la lengua. No se trata solamente de eliminar un obstáculo para su
comprensión, sino de con1705
sentir al pueblo
expresarse de un modo inmediato y veraz, con lo que es él mismo. Haberle
dado esta posibilidad es una conquista. Pero no basta para tener una
verdadera participación. Es necesario que aparezca
también la alegría de la fe; la conciencia de formar parte
de un pueblo sacerdotal, amado y salvado por Dios, y la exigencia de la
fraternidad hasta compartir todos los bienes. La participación
será siempre proporcional a la intensidad de la fe, de la esperanza
y de la caridad, se propone así un programa que va más
allá del momento de la celebración y su inmediata preparación.
Compromete a formar a los fieles en la oración y en el crecimiento
en la fe, a crear comunidades que sean verdaderamente un solo
corazón y un alma sola, para que puedan vibrar al unísono en
la alabanza y florezcan en ellas los ministerios. La reforma ha puesto al
desnudo la situación real de las comunidades cristianas. Ha provocado
también alguna beneficiosa decepción en quien se esperaba
casi automáticamente resultados sorprendentes de renovación de la
vida cristiana. No viéndolos en la medida esperada, alguno atribuye
la culpa al fallido éxito de la reforma. Una consideración
más atenta lleva al convencimiento, por el contrario, de que para la
plena eficacia de la liturgia es necesario desarrollar paralelamente
una acción atenta a formar cristianos y comunidades que sean
verdaderamente cristianas. Así, se ha redescubierto el valor del
método catecumenal [/ Catecumenado; / Iniciación
cristiana] y han surgido múltiples iniciativas de tipo formativo
inspiradas en él, especialmente para la preparación a los
sacramentos, la profundización en la fe y la vuelta a la vida cristiana.
La puesta en práctica de las instancias profundas de la reforma
estimula la búsqueda de nuevos métodos pastorales.
Reforma
litúrgica
3.
PROFUNDIZACIÓN BÍBLICA. La liturgia renovada ha expuesto los tesoros
de
Ya desde la
primera instrucción (ínter oecumenici, 1964) para la
aplicación de
Reforma
litúrgica
de la palabra de
Dios y la oración [/ Asambleas sin presbítero; / Celebraciones
de la palabra].
La experiencia
litúrgica ha hecho surgir ya un nuevo modo de aproximarse a la
palabra de Dios, un deseo vivo de saciarse de ella, y se han multiplicado
las iniciativas de escucha de
juntos forman un
único acto de culto, juntos realizan y renuevan la alianza entre
Dios y el hombre. Sin la fe suscitada por la palabra y la respuesta positiva al
plano de Dios, el sacramento no tiene eficacia. Así disminuye
sensiblemente el grupo de los que se preocupan sólo de la participación
en el acto estrictamente sacramental, descuidando, incluso voluntariamente,
como una preparación superflua, la celebración de la
palabra. Queda todavía mucho por hacer, no sólo para la comprensión
de la palabra de Dios (y de la misma liturgia, cuyo lenguaje está
constituido por símbolos y palabras inspiradas en
4. CAPACIDAD
CREATIVA. Regular la liturgia compete a la autoridad eclesiástica.
En esta responsabilidad,
1706
En el mismo
ámbito de una celebración normal se requiere habilidad
creativa para adaptar las moniciones y hacerlas nuevas, introducir las lecturas,
formular intenciones para la oración universal y las intercesiones y
actualizar la celebración con intervenciones apropiadas referentes
a la palabra proclamada, al misterio, a la fiesta celebrada o a la
situación local. Para hacer esto no basta la facilidad de palabra: es
más, a menudo resulta peligrosa. Se necesita capacidad de
contemplación, experiencia del mundo de Dios, sobriedad y buen
gusto, conocimiento de las reglas del lenguaje y de la situación de
la asamblea. La improvisación total supera la capacidad normal
de los celebrantes, y a menudo no es digna de la santidad de Dios y del respeto
debido a la asamblea. "La verdadera espontaneidad, la verdadera
creatividad consisten en prepararse bien para hacer vivo el texto, dando
espíritu a la letra de la liturgia" ". Es un deber del que
nadie se puede eximir.
Ésta y las
demás propuestas de la reforma impiden considerar la misma reforma
como un hecho conclui
1707
do con la
publicación de los nuevos libros litúrgicos. Esas propuestas
comprometen a todos [/ Formación litúrgica], pero afectan sobre
todo a los principales responsables, por haber sido constituidos
"dispensadores de los misterios de Dios".
Reforma
litúrgica
llegaron a buen
puerto por falta de opiniones comunes entre los organismos propuestos para
la reforma litúrgica y para los seminarios. Sólo el 3 de junio de
1979,
V. Reacciones
En conjunto, el
mundo católico ha aceptado favorablemente la reforma, aunque
todavía es necesario algún sacrificio y esfuerzo para adecuarse
a ella. Lo reconoció el mismo Pablo VI, que se convirtió en
el más autorizado catequista de la renovación
litúrgica posconciliar: "No debemos dudar en hacernos primero
discípulos y luego mantenedores de la escuela de oración que va a
comenzar. Puede suceder que las reformas afecten a costumbres muy
queridas, y acaso también respetables; puede darse que las reformas
exijan sobre las primeras un esfuerzo no grato; pero debemos ser dóciles
y tener confianza: el plan religioso y espiritual que nos ofrece la nueva
constitución litúrgica es estupendo"4*.
De hecho no han
faltado palabras de amargura y añoranza por parte de los que han
conservado la nostal
Reforma
litúrgica
gia por las
antiguas fórmulas, por la lengua latina, por el canto gregoriano y
polifónico. También han experimentado dificultades, al
comienzo, no pocas familias religiosas. Surgidas en tiempos en los que el
aspecto devocional prevalecía sobre el litúrgico,
habían heredado una tradición de vida espiritual basada en la
recitación de múltiples oraciones vocales (no raramente
pobres de teología y Sagrada Escritura y ricas en sentimentalismo)
y en devociones dirigidas a aspectos particulares del misterio de
Cristo. Un mayor acercamiento más vivo y directo a la liturgia; el
descubrimiento del valor de la misa comunitaria, de la liturgia de las Horas y
de la palabra de Dios, han disipado rápidamente las dificultades.
La vida de las comunidades está ya gozosamente medida sobre el
metro de la liturgia.
También
han manifestado perplejidad los que han visto en la reforma
litúrgica la causa de la desaparición de formas de piedad popular
muy queridas de los fíeles, particularmente las referentes al culto
de los santos y a los ejercicios devotos en honor de
Ha faltado,
además, una exacta información sobre la importancia y el
espíritu de algunas reformas, como la del calendario. Y no se puede
negar que el fervor por situar la liturgia en el centro de la vida de la
comunidad cristiana, adaptar los lugares de culto a las exigencias de la
reforma, corregir expresiones folclóricas locales que no se
adecuaban bien al sentido religioso de ciertas
1708
fiestas
patronales, ha conducido a intervenciones demasiado drásticas y no
suficientemente preparadas.
Se puede aplicar
a todo este sector lo que el presidente del Consilium indicaba, en carta del 30
de junio de 1965, a propósito de las imágenes: "En la
renovación de las iglesias a los postulados de la renovación litúrgica
ha habido quizá alguna exageración a propósito de las
imágenes sagradas. Había iglesias rebosantes de imágenes y
de estatuas; ahora se corre el riesgo de pasar al extremo contrario, haciendo
tabula rasa, eliminando absolutamente todo. La transformación ha
sido a veces realizada sin el acompañamiento de una catequesis
apropiada y ha podido suscitar reacciones negativas o, por lo menos, no
edificar a los fieles". La opinión común no ha sabido distinguir
entre las directrices y el espíritu genuino de la reforma y algunas
de sus aplicaciones menos correctas. Se la ha confundido indebidamente con
experimentos arbitrarios, incluso profanadores, de algún desconsiderado.
La prisa por hacer las traducciones, la falta de pericia en la composición
de nuevos cánticos, la exageración en las simplificaciones hasta
rozar el desaliño y la banalidad, han contribuido también a
acrecentar el malestar y la desconfianza. Son todos ellos aspectos sobre
los que se repite continuamente la llamada y la reprobación del
papa, del Consilium, de
Sin embargo, un
sector que se ha fijado en posiciones de rechazo del concilio ha opuesto
también una re1709
sistencia tenaz y
persistente a la liturgia renovada, vista como la bandera de la
renovación conciliar. Son numerosas las denominaciones y los boletines
de información de los grupos de contestación'\ Algunos se limitaban
a la petición de poder continuar celebrando la misa en lengua
latina. Pero otros, contrarios a todo, llevaron adelante una batalla desleal y
llena de prejuicios, que no ahorró las acusaciones más vulgares y
absurdas contra las personas. El sistema consistía en
"colocar, sin corregirse jamás, una etiqueta despectiva a los adversarios;
amalgamar lo que se detesta en la globalidad de un término que
constituye el objetivo de un rechazo afectivo no matizado; sostener que se
tiene razón, a veces al precio del formalismo; estar convencido de
que existe un complot de los malos, que se ha abierto paso en la iglesia una
activa conspiración judeo-masónica o comunista que fomenta
una subversión interna"4".
Un típico
ejemplo italiano de esta actitud son las publicaciones de un escritor
católico que suscitaron un amplio eco. Y sobre todo la primera, con el
significativo título La túnica stracciata: un libelo difamatorio
e injurioso contra personas e instituciones "'.
Desgraciadamente, lo avalaba con un prólogo un miembro del sacro
colegio. Los periódicos y revistas de la capital (II Tempo, II Messaggero,
Lo Specchio, II Borghese, L'Espresso), particularmente en los primeros
meses de 1967, se unieron a él con artículos en defensa de la
liturgia tradicional, del latín, de la música
clásica en las iglesias. El mismo Pablo VI tuvo que intervenir para
defender el trabajo llevado a cabo por la presidencia del Consilium 50. Pero no
pasaría mucho tiempo antes de que él mismo fuera desconsideradamente
acusado de herejía".
Especialmente
violenta fue la oposición al nuevo Misal, en el que se
Reforma
litúrgica
entreveían
errores doctrinales del protestantismo. Gran sensación provocó
la divulgación de un Breve examen crítico del "Novus Ordo
Afissae", presentado al papa por dos cardenales. Las
preocupaciones doctrinales que en él se expresan derivan de la no
comprensión del lenguaje adoptado por los documentos litúrgicos
". La fijación en las expresiones teológicas de la
escolástica no permitió aprehender el significado pleno de
términos provenientes de la mejor tradición patrística,
como cena del Señor o memorial. Se quisieron encontrar expresiones
imprecisas en
Pablo VI
impidió que se llegase a peores extremos. No hubo clamorosas
rupturas. Sin embargo, las continuas insinuaciones produjeron algún
efecto negativo. La insistencia en la audacia y peligrosidad de la reforma
litúrgica, la generalización de algún acto arbitrario y
las calumnias lanzadas contra las personas, la última en el tiempo
fue la de asociación con la masonería, encontraron acogida en
algún colaborador inmediato del papa.
En el extremo
opuesto, otros, generalmente de un modo más tranquilo y
más bien a nivel de estudios, juzgan imperfecta la reforma, demasiado
tímida y anclada en el pasado, no correspondiente a la evolución
cultural y a las necesidades del mundo moderno. También
éstos, aunque con algunas observaciones y sugerencias
válidas, pecan de una visión parcial y subjetiva. La liturgia no
puede ser el banco de pruebas de teorías particulares ni puede reservarse
a grupos de élite. Por esto la reforma ha debido tener en cuenta la
situación general de la iglesia y fundir en el mismo crisol las exigencias
de la sana tradición y del legítimo progreso (SC 23), de
modo que todos puedan insertarse en el cauce trazado.
VI. Perspectivas
Ninguna obra
humana es perfecta, aunque en ella hayan puesto inteligencia y
corazón los nombres más valiosos y competentes del momento.
Menos aún lo puede ser la reforma más amplia que la iglesia
haya conocido nunca en el campo litúrgico, realizada en un
período de tiempo relativamente breve. Hay aspectos que se
deben reconsiderar; puntos que se deben coordinar, sobre todo por causa de
la fusión de los diversos Ordo de los sacramentos; par
1710
tes que se deben
completar; orientaciones que se deben madurar y desarrollar. La misma
naturaleza de la liturgia precisa de la disponibilidad para una continua
mejora, porque pertenece »la vida de la iglesia y debe caminar con
ella. El lenguaje, las categorías mentales, las costumbres, los
gestos, los géneros literarios y musicales, la cultura cambian rápidamente.
Surgen nuevos problemas, como la relación con los medios de
comunicación social [/ Mass media], con el mundo juvenil [/ Jóvenes],
con el mundo del / trabajo o de la ciencia. La liturgia se debe confrontar
con todo esto. La reforma ha recogido lo mejor que ha encontrado en la
bimüenaria tradición de la iglesia y ha dado gran importancia a la
realidad pastoral. Pero ha faltado la aportación de las ciencias antropológicas,
de las dinámicas de la comunicación [/ Liturgia y ciencias
humanas]. Por esto su lenguaje encuentra cierta dificultad de transmisión
y los textos hacen resonar el clima humano y cultural de épocas
cristianas muy lejanas de la nuestra por las condiciones de vida, / cultura
e incluso intensidad de la fe. La atención preferentemente dirigida a
suscitar la participación en la liturgia y a preparar los instrumentos
que la facilitan no ha permitido valorar adecuadamente el peso y la incidencia,
por una parte, de la secularización y, por otra, de las
fórmulas devocionales y de la religiosidad popular. El estudio
de la relación de estas últimas, en especial, con la liturgia
ha sido aplazado. El culto eucarístico y la piedad mariana han sido
objeto de documentos importantes e iluminadores [/ Culto eucarístico;
/ Eucaristía; / Virgen María]; sin embargo, falta
todavía una investigación y una confrontación de
carácter más general y la consideración de aspectos
devocionales particulares, como los que se refieren a la
1711
humanidad de
Cristo, a su pasión, a las peregrinaciones, a las tradiciones populares
coincidentes con la semana santa o con acontecimientos particulares
de la vida: nacimiento, matrimonio, muerte [/ Religiosidad popular,
II]. El mismo desarrollo de la doctrina sobre la iglesia y sobre los
sacramentos, y sobre todo la maduración de la fe y de las formas de
vida comunitaria de las comunidades cristianas, requerirán una
continua puesta al día. [Para la relación entre
secularización y liturgia, / Secularización.]
La reforma ha
sentado unas sólidas bases y trazado las líneas para admitir
futuros desarrollos en continuidad con cuanto se ha hecho. Ella misma los
estimula con sus instancias de renovación de la vida cristiana;
con la promoción del sentido comunitario, de la
participación activa y responsable, de los ministerios, de la
adaptación. Son hechos que animan, que compensan los sufrimientos
y las dificultades encontradas en el trabajo y las imperfecciones inevitables,
y encaminan a la comunidad cristiana hacia la meta propuesta por la
constitución litúrgica: contribuir a que los fieles expresen
en su vida y manifiesten a los demás el misterio de Cristo y la
naturaleza propia de la iglesia (cf SC 2).
[Sobre el papel
que en el campo de la reforma litúrgica ha tenido mons. Annibale
Bugnini, cm (19121982), primeramente como secretario de la
comisión litúrgica antes del concilio (/ supra, I) y
después como secretario de la comisión preparatoria del Vat.
II para la liturgia (/ supra, I), del Consilium ad exsequendam
constitutionem de sacra liturgia
y de
G. Pasqualetti,
Una vita per la liturgia, en Liturgia opera divina e umana. Studi
sulla riforma litúrgica offerti a S.E. Mons. Annibale Bugnini
Reforma
litúrgica
in occasione del
suo 70° compleanno, Ed. Liturgiche, Roma 1982; Mons. Annibale Bugnini
(1912-1982). "Liturgiae cultor et amator", en RL 69 (1982) 553-567;
P. Jounel, Monseigneur Bugnini, en MD 152 (1982) 187-192; C. Braga,
Ricordo di Mons. Bugnini, en Not 18 (1982) 441-452; Ricordiamo Mons. Bugnini,
en EL 97 (1983) 5-15; B. Fischer,
A. Bugnini e il
futuro della chiesa,
ib, 23-33.]
NOTAS: ' DPILS 1,
pp. 12s — 2 S. Congr. del Concilio, decr. Sacra Tridentina Synodus, 22
diciembre 1905; S. Congr. de Sacramentos, decr. Quam singulari, 8 agosto 1910;
const. apost. Divino afflaíu, 1 noviembre 1911: DPILS I, nn. 5; 7; 8
— 3 Carta pontificia al card. Respighi, vicario de Roma, 8 diciembre
1903: DPILS I, 4 —4 Cf M. Magrassi, // tungo cammino del
rinnovamento litúrgico dagli inizi alia Costiíuzione concillare,
en
forma del
Breviario romano (1956-57). Risullaii e deduzioni, 1958: De instauratione
litúrgica maioris hebdomadae. Posilio, 1955 — ' DPILS I, 53;
II, 68; 70; 73; I, 57; II, 74; II, 64; 77; II, 65 — ,0 SRC,
instrucción De música sacra 3, sem. 1958: DPILS II, 84
— " Motu proprio Rubricarum instructum, 25 julio 1960, en AAS
52 (1960) 593ss; SRC, decr. de promulgación y Código de las
rúbricas, 26 julio 1960, en AAS cil., 596-731 — l
Reforma
litúrgica
dirigieron no
sólo a la modificación del texto, sino también contra las
personas. El caso más clamoroso fue la sustitución de A. Bugnini
por
F. Antonelli como
secretario de la comisión conciliar parala liturgia: cfG. Caprile,
o.c. — w A. Bugnini, L 'opera del card. Gaelano Cicognani per il
rinnovamento litúrgico dell'ultimo decennio, en EL 76 (1962) 132
— IS Texto del motu proprio en EDIL 178-190 — " Cartas de
1965, en EDIL
191; 379; discurso de Pablo VI al "Consilium", 13 octubre 1966; Ib,
682-685 —
Nol 6 (1970)
224-225 — A. Bugnini, Gli osservalori al "Consilium", en Not 10
(1974) 249-252 — " Const. apost. Sacra Rituum Congregatio, en
EDIL 1761-1773 — 20 Const. apost. Constans nobis studium, en Not 11
(1975) 209-212 — 21 Not 13 (1977) 364-365 — 22 Cf Relatio de
laboribus el inceptis Sacrae Congregalionis pro Cullu Divino ad Synodum
Episcoporum, en Nol 10 (1974) 355-362 — 23 Cf A. Bugnini, Dieci anni, en
Not 9 (1973) 395-399 — 24 Id, Restaurare la linea "autentica"
del Concilio?, en Not 10 (1974) 217-221 — 25 Cf carta pontificia
Sacrificium laudis, 15 agosto 1966, en EDIL 675-680; instrucción
sobre la lengua que deberán usar los religiosos en el oficio divino
y en la misa, 23 noviembre 1965, en EDIL 505-525 — 2* EDIL 574; 780; 2579
— 2' Le tingue nella liturgia dopo il Val. II, en Not 15 (1979) 387-520
— 28 Instrucción del "Consilium" sobre la
traducción de los textos litúrgicos para la celebración
con el pueblo, 25 enero 1969, en EDIL 1200-1242 — M Cf documentos del
"Consilium" y de
1712
CNPL,
París 1975 — 33 Las líneas generales de revisión de
los libros litúrgicos y en particular de la misa y del oficio divino
fueron presentadas al examen del primer sínodo de los obispos de 1967,
que debería haber referido el juicio de cada una de las conferencias
episcopales: De liturgia in prima Synodo Episcoporum, en Not 3 (1967) 353-370.
Fue también enviado a cada obispo un pequeño volumen con la
descripción de la estructura de la liturgia de las Horas: Descriplio
Officii Divini iuxta Concilii Valicani II decreta instaurati, en Not 5 (1969)
74-85. Se envió a unos ochocientos expertos para que examinaran el
proyecto del leccionario bíblico de la misa para los domingos y fiestas,
impreso pro manuscripto por el "Consilium"; las respuestas
comprendían cuatrocientas páginas y siete mil fichas de
observaciones que impusieron una revisión completa. Se llevó a
cabo un trabajo análogo en el caso de las lecturas bíblicas
y patrísticas, de los himnos y de las preces de la liturgia de las Horas
—3d Cf intervenciones del papa, del "Consilium" y de
35 36
2185 — EDIL
199; 203 — A. Bugnini, La riforma litúrgica nelle missioni, en
Problemi attuali dell'evangelizzazione (pro manuscripto).
Pontificia
Universitá Urbaniana 1975, 193-217; sobre las adaptaciones
litúrgicas actuales en Pakistán, Cambodia, India,
República Khmer, cf Not 4 (1968) 331; 5 (1969) 365-366; 6 (1970) 67; 97;
282; 10 (1974) 391; P. Puthanangany, Adattamento delta liturgia in India,
en RL 65 (1978) 130-143; A.J. Chupungco, Verso una liturgia per le Filippine.
ib, 144-149 — 37 SCCD, instrucción Actio pastoralis, 15 mayo
1969, en EDIL 1843-1857; Directorio para la celebración de la misa con
niños, 1 noviembre 1973, ib, 3115-3169; adaptaciones para situaciones y
grupos particulares, en Not 2 (1966) 30; 245; 8 (1972) 254-258; 9 (1973)
138-139; 274-278 — 38 Sobre el tema de la creatividad y de la adaptación,
cf£L 89 (1975) fase. 1 —3' Discurso de Pablo VI al
"Consilium", 13 octubre 1966, en EDIL 685 — " 25 marzo
1964; 30 junio 1965; 25 enero 1966; 21 junio 1967; todas en EDIL
192-196; 406-417;
569-579; 974-982 — " 2junio 1968 y Pascua 1974, en EDIL 1044-1062;
Not 10 (1974) 123-126 — a Le traduzioni dei libri liturgia. Atti del
Congresso lenuto a Roma il 913 novembre 1965, Librería Editrice
Vaticana, 1966 — 43 Cf / Messali in lingua nazionale, en RL 65 (1978)
fase. 1 — " Max Thurian, Tradizione e rinnovamento nello
Spirito, AVE, Roma 1978, 152; A. Cuva, La creativitá rituale nei libri
liturgia ai vari livelli di competenza, en EL 89 (1975) 54-99 — 4i Texto
latino, en Not 15 (1979) 526-570; texto ital. en Lil 13 (1979) 596-642 —
*<• Pablo VI, La reforma litúrgica, voluntad de
1713
Italia son:
"Una voce", "Civiltá cristiana", "Vigilia
romana" — 48 Y. Congar, La crisis de
C. Vagaggini, II
nuovo "Ordo Missae"e l'ortodossia, en Rivista del Clero Italiano
50 (1969) 688-699 — " Cf G.M. Oury,
G. Pasqualetti
BIBLIOGRAFÍA:
1. Comentarios a
la constitución conciliar sobre la sagrada liturgia
Baraúna
G., La sagrada liturgia renovada por el concilio, Studium, Madrid 1965; Bouyer
L., Liturgia renovada. Comentario espiritual doctrinal a la
constitución SC, Verbo Divino, Este-Ha (Navarra) 1967; Nicolau M.,
Constitución litúrgica del Vaticano II. Texto y comentario
teológico-pastoral. Apostolado de
II. Balances,
estudios, prospecciones, Taurus, Madrid 1969; VV.AA., Sacrosanctum Concilium
diez años después, en "Phase" 82 (1974) 265-380.
2.
Documentación de la reforma litúrgica
Elencos de
documentos: en "Phase" 72 (1972) 577-585; 84 (1974) 520-524; en
"Pastoral Litúrgica" 84-85 (1975) 3-31.
Reforma
litúrgica
Informes sobre la
documentación litúrgica: de 1974: en "Phase" 84 (1974)
497-512; de 1975: ib, 90 (1975) 417-434; de 1977: ib, 102 (1977) 535547;
de 1978: ib, 108 (1978) 499-522; de 1979: ib, 114 (1979) 455-471; de 1980: ib,
120 (1980) 419-444; de
3. Desarrollo de
la reforma litúrgica, juicios y balances
Aldazábal
i.. La eucaristía a los 10 años de la constitución de
liturgia, en "Phase", 81 (1974) 229-241; "Ay, ay, pobre reforma
litúrgica", ib, 126 (1981) 519-522; 20 años de reforma en España.
Comentarios a un documento episcopal, ib, 139(1984)71-79; Las lecciones de una
reforma, en "Notitiae" 219 (1984) 603-623; Aroztegui F.X.,
Balances de estos diez años de reforma litúrgica, en
"Phase" 83 (1974) 433^39; Bugnini A., Siete años, ib, 62
(1971) 127-130; Situación actual de la reforma litúrgica, ib, 78
(1973) 495504; Carreras J.M., La reforma litúrgica en España.
Resultados de la encuesta nacional, en "Liturgia" 245 (1969) 81-100;
Comunidades de Saint-Séverin, La renovación litúrgica,
Casal y Valí, Andorra 1962; Conferencia Episcopal Española,
La pastoral litúrgica en España a los 20 años de
Religiones
no-cristianas
1977), en
"Phase" 100 (1977) 189-217; Mesa redonda: ib, 251-262; Oriol J.,
Los debates sobre liturgia en el Sínodo episcopal, ib, 42 (1968)
569-574; Palacios M., La renovación litúrgica, ¿optimismo
o pesimismo?, en "Liturgia" 23 (1968) 213-223; Pou R., ¿Se
está haciendo re
forma
litúrgica?, en "Phase" 62 (1971) 131-147; En crisis de
pastoral litúrgica, ib, 84 (1974) 471 489; Rodríguez del
Cueto C , La reforma litúrgica, ¿una mela incumplida?, en
"Colligite" 22 (1976) 110-132; SchmidtH., La reforma litúrgica.
Observaciones y perspectivas, en "Liturgia" 21 (1966) 353-368; Tena
P., Perspectivas pastorales de la reforma litúrgica, en
"Phase" 29 (1965) 280-293; Balance de situación a los 20
años de la "Mediator Dei", ib, 43 (1968) 5-16;
Pedagogía de la reforma y trabajo teológico, ib, 54 (1969)
523-528; La "recepción " de
4. La contestación
a la reforma litúrgica
Congar Y., La
crisis de
forma
litúrgica (A propósito del caso Lefebvre), en "Phase"
97 (1977) 1-74; VV.AA., Monseñor Lefebvre o el cisma entre el recuerdo y
el olvido,
en
"Colligite" 22 (1976) 378-393. Véase también la
bibliografía de Culto eucarístico. Eucaristía,
Formación litúrgica. Formación litúrgica de los
futuros
presbíteros. Movimiento litúrgico.
SUMARIO: Premisa
- 1. Dos grandes grupos de religiones - II. Las religiones cósmicomísticas
y sus fiestas - 111. Las religiones monoteístico-proféticas y sus
fiestas - IV. ¿Antítesis o convergencia?
1714
Premisa
Las fiestas y
celebraciones religiosas son patrimonio de todos los pueblos y, por
lo que parece, tan antiguas como su historia, hasta el punto de que
alguien ha observado que el hombre, además de ser definido como homo
faber, ludens, politicus, religiosus y oeconomicus, debería ser
denominado también festivus\ Según el filósofo
neopositivista L. Wittgenstein, que discute ásperamente sobre
este punto con Frazer, "se podría casi decir que el hombre es un
animal ceremonial"2. Pero aparte de estos importantes, aunque
tardíos, reconocimientos, tanto la historia de las religiones como
la antropología religiosa todavía no han estudiado de un modo
global y sistemático este sector; prueba de ello es el hecho de que los
más conocidos manuales de fenomenología de las religiones existentes
en nuestros días, carecen de un tratamiento específico y general
de este argumento.
Este breve
tratado se limitará, por tanto, a las celebraciones más importantes
de las grandes religiones actuales, no sin haber hecho notar antes que, al
igual que en el cristianismo, la celebración festiva se inscribe
en el tema y en el contenido fundamental de toda fe religiosa, para
actualizarlo y ofrecerlo al disfrute de toda la comunidad.
I. Dos grandes
grupos de religiones
Antes de tratar
de las celebraciones festivas de las grandes religiones, se impone la
necesidad de echar un vistazo al mapa religioso de la tierra para comprender
sus características y distinciones fundamentales.
Observamos
rápidamente que existe una gran división bipartita en el
mapa religioso de la humanidad. Las 1715
religiones se
dividen en dos grupos, que se caracterizan por el modo diverso de
representarse la realidad última y primordial, "ese
último e inefable misterio que envuelve nuestra existencia, del
cual procedemos y hacia el cual nos dirigimos", que la declaración
del Vat. II sobre las religiones no cristianas (NA 1) sitúa en la
base de todas las religiones. Existen en las religiones dos modos de concebir
el Absoluto. Tenemos religiones monoteístico-proféticas y
religiones cósmico-místicas; en las primeras, el Absoluto es
concebido como un ser personal distinto y diferente del cosmos, al que ha
dado origen con un acto creador y en el que interviene a través de
los profetas; en las segundas, el Absoluto es imaginado como un ente
indiferenciado, realidad teo-cosmo-antropológica, de la que los
individuos particulares se han separado por un accidente originario
inescrutable. Estas dos formas religiosas, que conviven en nuestro planeta
unas veces en zonas separadas, otras de modo sobrepuesto y enlazado,
tienen modos diversos y peculiares de celebrar las fiestas religiosas.
II. Las
religiones cósmico-místicas y sus fiestas
Nos ocuparemos en
primer lugar de las religiones que representan al Absoluto con trazos
impersonales, indistintos y totalizantes. Se trata del Brahmán, en el
área hindú del Nirvana, que "no es ni existencia ni noexistencia,
ni siquiera alguna imaginable combinación de existencia y no-existencia"
(L. de
Religiones
no-cristianas
nes
mítico-filosóficas, que se corresponden sustancialmente con
el Mum-mu de la mitología sumerio-babilónica, con el Kaos,
el Apeiron, el Kosmos y el Uno de los griegos y, en cierto aspecto, con
Supuesta la
existencia de este Principio impersonal, el hombre se convierte en un
fragmento del ser, caído accidentalmente; la historia, en el puro juego
fenoménico del Absoluto, sin consistencia propia ni significado
intrínseco (el lila de los dioses en
En este contexto
religioso, presente por doquier en el planeta tierra, las fiestas y los
rituales sagrados asumen el carácter de celebraciones
cósmico-naturalistas. Estas celebraciones cósmicas son
patrimonio atávico de la humanidad. Persisten como trasfondo, incluso
donde se ha afirmado el monoteísmo proféti
Religiones
no-cristianas
co, y aparecen
sometidas a un esquema común. Casi todas están moduladas
por un ciclo cósmico, y precisamente por el más obvio e
inquietante, que es el movimiento lunar. En algunas ocasiones, el ciclo
lunar se asocia de diversos modos al solar o estacional. Es recurrente en estas
solemnidades el horror temporis, o sea, la preocupación por la
consunción del mundo y de la vida en el fluir del tiempo, que hace nacer
el propósito de poner en contacto cada año que nace, cada
estación, cada mes que comienza con el Principio originario del
cosmos. Existe también la percepción de que hay tiempos
críticos y débiles en el transcurso del año, como el
novilunio y el solsticio, por lo que es necesario recurrir a ritos para
sostener el decurso de las energías cósmicas. Hay alegría
por la renovación de la fecundidad en los rebaños y en los
campos, por el retorno de la lluvia y del sol, por el florecer de la vida en
las familias y en las tribus. Existe la intuición de un
ordenamiento divino del universo, gracias al cual la luz vence a las tinieblas,
la vida predomina sobre la muerte, el orden se mantiene y se impone sobre
las fuerzas absurdas de la disgregación. Pero surge también
el temor de que el orden cósmico pueda ser quebrantado y de que con
él se rompan la comunicación y la fraternidad familiar y social.
De aquí la preocupación para que cada cosa vuelva a su puesto,
los espíritus a sus habitáculos, los muertos a sus moradas, los
vivos a su propio contexto social y que todo se reintegre a la unidad
primordial. No faltan las purificaciones con aguas lústrales,
prácticas adivinatorias y execratorias, entremezcladas de
tradiciones y leyendas populares, precauciones contra posibles
catástrofes o colapsos de la energía cósmica. Falta
una esperanza verdadera y propia; se tiene la impresión de una
revolución
1716
centrípeta:
el individuo y la comunidad tienden a dirigirse, como en un movimiento de
sístole, hacia el Principio del que se han separado. No existe la
espera de un reino de pios, pero se pide la liberación del mal.
Me
limitaré a indicar rápidamente alguna celebración entre
las muchas de este tipo de religión.
En el área
hindú está el Divali o el Dipavali (literalmente, guirnalda de
luces), ciclo festivo de cinco días (hoy es fiesta nacional) que se celebra
en torno al novilunio de octubre: el centro de la fiesta es la diosa Laksmi,
mujer de Visnú, diosa de la prosperidad, de la belleza y de la
felicidad; en cambio, en Bengala es Kali, consorte de Shiva, diosa de la
disolución y de la regeneración. El primer día
de la fiesta se entroniza su imagen en las casas y comercios; el segundo se
celebra la victoria de Krishna sobre el demonio Naraka (una especie de victoria
de Apolo contra los centauros o de Zeus contra Tifón), y
después comienza la adoración en masa (puja) de Laksmi y de Kali
en sus respectivos santuarios, mientras que casas, templos y fuentes son
iluminados por millares de pequeñas lámparas de aceite. Los
hindúes de hoy ven en este ritual un símbolo de la luz que disipa
las tinieblas de la ignorancia. Cabras y búfalos son inmolados a
centenares para propiciar los favores de las diosas, mientras que la
sangre derramada a los pies de la negra imagen de Kali crea un ambiente de
embriaguez y de exaltación en todos los presentes.
También en
1717
Por eso los
miembros de las familias se reúnen en los patios de las casas, veneran
el sol bajo la forma de un diagrama rojo, renuevan la vajilla de la casa y
asisten juntos al hervido del arroz en la leche, símbolo de prosperidad.
En los dos primeros días se realizan baños en los ríos
sagrados, se comen semillas de sésamo para purificarse de las culpas, y
el tercer día la fiesta se extiende a los animales: vacas, toros,
búfalos y elefantes son lavados, pintados, adornados y festejados de
todos los modos posibles, con regalos de golosinas a base de arroz y
leche.
Muy celebrada en
toda
Más
tranquila es la celebración de Holi, que coincide con la luna llena de
marzo: su característica consiste en encender grandes hogueras, mientras
que se espía a los que pasan por las calles para empaparlos abundantemente
con agua colorada.
Festejada en toda
Religiones
no-cristianas
jer de Brahma, en
el sur y en el oeste; y a Durga, mujer de Shiva, en el resto del
país. Sarasvati es la diosa de la palabra y de la sabiduría;
Durga es la madre benévola y providente. El sexto día de
lá fiesta todas las plazas y casas son adornadas con una imagen de la
diosa, y ante ella los brahmanes recitan oraciones para que la divinidad venga
a habitarla. En ese momento la fiesta alcanza su punto culminante:
baños sagrados, flores, himnos, fórmulas sagradas,
lámparas, ritos, espectáculos teatrales y cantos se suceden continuamente
durante tres días ante la diosa, antes de que al décimo
día, según se cree, el espíritu divino abandone la
estatua. Entonces se toma la imagen, se la acompaña al río
más cercano y se la arroja al agua en medio de gritos de fiesta; al volver,
se pasa por las casas para darse unos a otros los augurios y felicitarse por la
fiesta realizada.
En el área
china, marcada por el budismo Mahayana y por el taoísmo, predomina
sobre todas la fiesta del comienzo del año, que dura quince días
a partir de la aparición de la luna del año nuevo (finales de
enero-primeros de febrero). La celebración alcanza su máxima
intensidad en los primeros dos días del novilunio y en el
decimoquinto día del plenilunio; pero ahora sólo puede ser
observada en los confines de
Religiones
no-cristianas
dente la
atmósfera cósmica de la celebración.
Está
difundida en todo el área chino-japonesa la festividad de los
muertos, llamada Vllambana (probablemente del sánscrito), Urabon en
japonés, fiesta relacionada con el plenilunio de julio. La
celebración consiste en ofrendas de flores y alimentos, y en la
recitación de oraciones con el fin de propiciar la paz a los
difuntos y su tranquila entrada en el reino de los muertos. Es la resignada
celebración de la muerte como reabsorción cósmica, en la
que toda la población participa intensamente.
En el área
del budismo Theravada (Sri Lanka, Thailandia, Birmania), la mayor
celebración es el Vesaka, coincidente con el plenilunio de mayo, que
recuerda al mismo tiempo el nacimiento, la iluminación y la muerte,
o sea, el paso definitivo al Nirvana de Gautama Buda. La gente se
concentra en las pagodas y acampa en sus cercanías. Campea sobre el
conjunto la imagen dorada e impasible de Buda (el amarillo es el símbolo
de lo eterno, en donde Buda ha entrado) en actitud de meditación
sobre una flor de loto, el mágico símbolo de la pureza y de la
salvación, porque los pétalos y las hojas del loto son
refractarios al agua en la que se encuentran inmersos. Es la gran
lección del budismo, que enseña a percibir la no-consistencia
del yo (analta), la no-permanencia de los seres (anicca), para liberarse
de la sed existencial (tanha) y evitar finalmente el dolor (dukka). La gente
permanece en recogimiento ante Buda y ofrece pétalos perfumados,
pronunciando fórmulas eficaces para obtener el desapego interior por las
cosas, pero también favores y prosperidad material.
Una festividad
mensual del budismo es el poya o celebración del plenilunio,
sobre todo el de enero. La 1718
gente se
apiña en las pagodas para contemplar la arcana imagen de Buda impasible,
mientras que de lo alto cae la luz blanca de la luna. Pequeños y
grandes, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos se concentran en
silenciosa meditación; se arrepienten de sus culpas y oran para
obtener la iluminación, bajo la mirada tranquila e inalterable de
los monjes.
Además,
todo buen budista, sobre todo si es monje, guarda un día de
meditación, de abstinencia y de limosna cada semana en correspondencia
con cada cuarto de luna. De este modo la existencia cotidiana es reconducida a
su origen y reconciliada en la paz: ¿de
III. Las
religiones monoteístico-proféticas y sus fiestas
Pasamos ahora a
la otra gran división de las religiones del mundo, que representa
al Absoluto en términos de un Dios personal distinto y diferente
del cosmos, llamado por él a la existencia mediante un libre acto de su
voluntad.
Se trata de
monoteísmo histórico profético, que tiene sus ejemplos
más representativos en
En estas religiones
tiene gran importancia la creación, de la que dependen todos
los seres; pero todavía es más determinante la
intervención de Dios en la historia: esta interven1719
ción
consiste, para los judíos, en el
don de la ley y
de la alianza por me
dio de Moisés
en el Sinaí; los cristia
nos la ven en la
misión de Cristo y
en la
salvación realizada por él en su
nacimiento,
muerte y resurrección,
mientras que para
los musulmanes
consiste en la
bajada del Corán, ex
presión
perfecta de la voluntad de
Dios para regular
la vida individual
y social de los
hombres.
Está claro
que el primer resultado de este acontecimiento es la exaltación del
hombre, que, después de haber venido a la existencia como criatura
de Dios, surge como interlocutor de Dios, aunque las posturas se hacen
aquí divergentes en una escala que va del islámico "siervo
de Dios", al judío "compañero de Dios" y al
cristiano "hijo de Dios". La fe en esta intervención de Dios en
la historia por medio de los profetas y mediadores acabó con las
anteriores visiones cosmocéntricas y totalizantes e inauguró
el reino del hombre en relación con Dios en la historia.
Para los
seguidores del monoteísmo profético, la historia y la temporalidad
ya no representan un momento alienante, sino, para todos y para cada uno,
el kairós, el momento oportuno que se debe llenar de obras de justicia;
y para la humanidad en su conjunto, la trayectoria que recorrer, docilidad
a la palabra de Dios para realizar su plan. En efecto, hay un éschaton,
un horizonte final establecido por Dios para la humanidad, entendido como
"los días del Mesías" en el judaismo, como
"día de la resurrección" (Corán 2,79) en el islam
o como "epifanía de la parusía del Señor
Jesús" (2 Tes 2,8) en el NT.
Nos preguntamos
ahora qué significado revisten las celebraciones festivas en este
contexto religioso. La respuesta es clara: las fiestas y las solemnidades
religiosas son aquí una
Religiones
no-cristianas
evocación
y un recuerdo de la intervención de Dios en la historia; todas de algún
modo celebran y actualizan el acontecimiento que diera una nueva
dirección a la vida humana. Esto provoca sentimientos de gratitud y de
alabanza. Se mira con ojos nuevos la experiencia de la vida cotidiana,
y se renuevan los vínculos de solidaridad y de participación
que han caracterizado a la comunidad religiosa en su estado naciente. Por
esto las celebraciones tienen el estilo de asambleas: el viernes se llama en
árabe yóm algum 'a (día de la asamblea); en el
shabbat, los judíos van a la sinagoga, y en el "día del
Señor" los cristianos se reúnen para la synaxis
eucarística. En esta ocasión se propone tanto a la comunidad
como a los individuos asumir y apropiarse personalmente la finalidad de la intervención
de Dios, cuya certeza celebrada en asamblea se convierte en prenda de
esperanza y casi preludio del cumplimiento futuro, al que tiende la
intervención de Dios en la historia. La celebración se
convierte así en un momento sumamente denso, en un tiempo fuerte, en el
que el pasado y el futuro se funden en una atmósfera de
acción de gracias, de invocación y de renovación de propósitos.
Ya conocemos
estas celebraciones en el mundo judío e islámico, por no hablar
del mundo cristiano. Todos conocen el sábado de los judíos,
día de reposo y de reevocación de los prodigios realizados por
Dios en la creación y en el éxodo (cf Ex 20,810; Dt
5,12-15).
Dentro del mundo
judío están íntimamente conectadas con la intervención
de Dios en la historia
Religiones
no-cristianas
y de la ley
recibida en el Sinaí, mientras que en septiembre
Yóm
Kippür está dedicado a pedir el perdón por todas las
transgresiones cometidas por el pueblo contra la alianza.
Para los
musulmanes, el día festivo es el viernes, escogido al parecer
porque en ese día Mahoma entró en Medina por primera vez. A
diferencia del sábado judío, no es un día de reposo,
sino "el día de la asamblea", en el que la comunidad es
invitada a acudir a la mezquita para profesar la fe (sahada) que Dios
proclamó por medio de Mahoma. El ritual es el mismo en todo el mundo
musulmán: a eso de mediodía la gente se reúne al
grito del muecín, se purifica, se descalza y entra en la mezquita,
colocándose delante del mirhab en dirección a
1720
ben esperar a que
las mujeres se hayan alejado. Durante esta asamblea del viernes debe cesar
toda actividad laboral; después, disuelta la asamblea, la gente se
dispera alegremente en dirección a sus casas, según la
prescripción del Corán: "Cuando la oración ha
acabado, id adonde queráis y buscad los dones del favor divino.
Pensad a veces en Dios y seréis felices" (Sura 62,10)'.
La fiesta
más popular del islam es la 'id alfitr (— fiesta del comienzo),
que se celebra al final del mes de Ramadán. Está precedida por la
gran vigilia de la noche de al-qadr, en la que se festeja la "bajada"
del Corán. El anuncio del fin del Ramadán se da apenas se ve
aparecer en el cielo la hoz de la luna nueva del mes siguiente. La noticia es
acogida con una explosión de alegría: todos se visten con ropas
nuevas, las barberías se llenan de parroquianos, los sastres mandan
a sus clientes los nuevos vestidos encargados, todos adquieren en los comercios
regalos para los amigos, se prepara la propina para los dependientes, se
da a los pobres las limosnas del fin del ayuno. Desde hace varios
años, el Secretariado vaticano para los no cristianos
envía un mensaje de participación y de felicitación
cristiana para esta festividad popular panislámica.
Igualmente
sentida en el mundo islámico es la "fiesta del sacrificio"
('id al-adha), que se celebra el 10 del mes de du 7 higga, día en que
termina la peregrinación a
1721
Debe mencionarse
todavía, entre las fiestas panislámicas, el día del nacimiento
del profeta; pero la celebración es más civil que religiosa.
IV.
¿Antítesis o convergencia?
Antes de concluir
esta panorámica sobre los dos tipos de celebraciones festivas existentes
hoy en el mundo, parece útil subrayar que ambas clases de fiesta no
han estado nunca en antítesis entre sí; como ya sucedía en
Religiones
no-cristianas
partes de Asia y
África, se preguntan seriamente sobre el modo de adoptar y reinterpretar
las antiguas celebraciones locales a la luz del mensaje de la
salvación y de su celebración social. "Puede llegar un
día —escribe un autor que conoce a fondo el cristianismo y el
hinduismo— en que la iglesia de
[/
Adaptación, IV].
NOTAS: ' H. Cox,
Las fiestas de locos, Taurus, Madrid I9833 —
Wesen der
Religión, Kohlhammer, Stuttgart 1961, 154-155 — 5 R. De Smedt,
Religious Hinduism, St. Paul Publications, Allahabad 1968, 144.
P. Rossano
BIBLIOGRAFÍA:
Caubet A., El calendario de Enoc-Jubileos y el antiguo calendario hebreo,
en
"Salmanticense" 6 (1959) 131-142; De Vaux R., Instituciones del
Antiguo Testamento, Herder, Barcelona 1964; Eliade M., Tratado de historia
de las religiones, 2 vols., Cristiandad, Madrid 1973; Frazer J.G., LA rama
dorada, Fondo de Cultura Económica, México 19694; Maertens
Th., Fiesta en honor de Yahvé, Cristiandad, Madrid 1964; Sartori
L., Teología de las religiones no cristianas, en DTI 4, Sigúeme,
Salamanca 1982, 416-436; Van der Leeuw G., Fenomenología de la
religión, Fondo de Cultura Económica, México 1964; VV.AA.,
Ritos de enterramiento no cristianos, en "Concilium" 32 (1968)
301-341; VV.AA., Fiestas, en Diccionario de Religiones Comparadas 1,
Cristiandad, Madrid 1975, 643-653. Véase también la bibliografía
de Antropología cultural. Calendario, Fiesta¡ Fiestas, Tiempo y
liturgia.
Religiosidad
popular
SUMARIO: I. Desde
el punto de vista de las ciencias humanas: 1. La religiosidad popular y el
fenómeno de su estudio hoy; 2. La religiosidad popular y su
asunción en las ciencias humanas y en la teología; 3. La
religiosidad popular como la dimensión antropológica
más profunda; 4. Religiosidad popular y ritualidad; 5. Carismas y
ambigüedades de la religiosidad popular; 6. Relación con la
liturgia - II. Desde el punto de vista de la teología y de la pastoral
litúrgica: 1. Una cuestión de palpitante actualidad: a)
Indicaciones del magisterio de la iglesia, b) Reflexión teológica
y pastoral, cj Influjos y relaciones entre liturgia y religiosidad popular
(integración fecunda, coexistencia pacífica, ocasión
propicia); 2. Principios y orientaciones: a) Principios doctrinales, b)
Orientaciones pastorales; 3. Unidad de culto, de fe y de vida; 4. Los
ejercicios de piedad: a) Concepto y naturaleza, b) Sugerencias y realizaciones.
I. Desde el punto
de vista de las ciencias humanas
1.
1722
tucionales, el
estudio y el interés por tal fenómeno parecen fruto de una toma
de conciencia totalmente contemporánea. Por ello, un
análisis, aunque sea sumario, o también una simple
reflexión sobre las causas convergentes que han hecho posible y
fecundo el estudio de la religiosidad del pueblo, son importantes porque, por
una parte, nos permiten descubrir el alma y la orientación de fondo
de la cultura contemporánea y, por otra, nos ofrecen la posibilidad de
enmarcar el fenómeno en un contexto más amplio, en el que
apenas caben lecturas preconcebidas e interpretaciones facilonas. Naturalmente,
es tarea específica de la historia y de la sociología trazar
de modo orgánico el cuadro de las causas que han contribuido o
determinado a moverse en una precisa perspectiva cultural; pero quienquiera
que se interrogue sobre un fenómeno de amplias dimensiones
históricas y culturales no puede substraerse a la idea de insertar
tal realidad particular en un contexto global, amplio y justificativo del
conjunto.
Ahora bien,
tratando de precisar este punto de partida, yo diría que si de la serie
de causas que han alimentado y alimentan todavía el estudio de la
religiosidad se debiera destacar la causa fundamental y decisiva, habría
que referirse hoy a una inquietud subterránea y a un malestar di
fuso que
sólo muy limitadamente obedece todavía a las causas sociales,
a las contestaciones políticas, etcétera. Por esto, lo
religioso popular no siempre se hace eco de lo que es subalterno, de la
marginación política o de la impotencia desde el punto de
vista económico; tendiendo, más bien, a hacerse intérprete
de la crisis de la cultura científica, del declive de los valores
dominantes de nuestra sociedad, del ocaso de la ilustración de moda en
nuestra historia más re
1723
ciente. El
estudio de la religiosidad popular parece nacer hoy, por tanto, como
decantación del ideal de la ciencia y de la técnica, y, de
rechazo, proponerse como búsqueda de una identidad nueva, de un retorno
a la naturaleza, al sentido común; como busca de espacios nuevos de
libertad, de serenidad, de armonía consigo mismo y con el
mundo.
Es esta nueva
orientación gestáltica, diríamos, la que se proyecta
hermenéuticamente sobre la concepción misma de la
religiosidad popular, consiguiendo definir de un modo nuevo sus contornos.
En efecto, ¿de qué religiosidad popular se habla?
¿Cuáles son los fenómenos religiosos que se toman en
consideración?
La respuesta a
estos interrogantes —según mi parecer— consigue englobar
perfectamente los complejos motivos que convergen en este fenómeno
tan actual.
Yo
distinguiría en este punto una religiosidad popular clásica y una
religiosidad popular nueva; entiendo por la primera, por ejemplo, las peregrinaciones
a santuarios, las fiestas patronales, las devociones a los santos, las
bendiciones, las fiestas tradicionales de acción de gracias, los votos,
las diversas devociones a
Ahora bien, el
estudio de esta segunda forma de religiosidad ha ido modificando poco a
poco la perspectiva con la que se estudiaba la religiosidad
clásica, hecha de imágenes, de pequeñas devociones, y
ha mostrado que la tarea fundamental para quien quiere profundizar en es
Religiosidad
popular
tos
fenómenos consiste en interrogarse sobre el hombre religioso de
ayer y de hoy para entender cómo la religiosidad más simple y
más común —si está interiormente vivificada
y es acogida interiormente— es capaz de subrayar las claves más
verdaderas e importantes de la existencia según los tiempos
del sufrimiento, de la espera, de la esperanza o de la alegría.
Pero llegados a
este punto, basándonos en la segunda forma de religiosidad
popular, que puede reinterpretar a la primera, el problema se extiende no
ya sólo a la discusión de formas particulares de religiosidad,
sino al viraje mismo que se ha producido en la sociedad, en la que no se
percibe tan sólo un simple "rumor de ángeles " sino que
se asiste a una invasión de manifestaciones y de signos de lo
sagrado, de reafirmaciones del valor de los símbolos y, en general,
de las mediaciones religiosas.
2.
Religiosidad
popular
dológicamente
a través de un con
cepto más
amplio y comprensivo del
valor de la
cultura.
Yo diría
que justamente el concepto de cultura, inspirado en una mayor elasticidad
y aplicable a todos los estratos de población, de forma que incluso la
más simple costumbre popular puede ser un elemento fundamental de
cultura, ha abierto las puertas al estudio de la religiosidad popular como un
hecho cultural y social de inmensa relevancia, y ha llamado la atención
de numerosos antropólogos, que se han dado cuenta de la importancia
que debía atribuirse al estudio de las sedimentaciones
pluriseculares de la propia cultura a través de la religiosidad del
pueblo, y al estudio de las costumbres locales, respecto a los estudios
sobre los pueblos primitivos, mucho más difíciles por la
lejanía, la lengua y la mentalidad. En esta ocasión, sin embargo,
la atención a las propias tradiciones y al folclore popular no estaba
dictada por la curiosidad, sino por el deseo de profundizar las propias
raíces étnico-culturales. Libros de antropología,
como El hombre desnudo, de Lévi-Strauss, o Mirrorfor Man de
Kluckhon, son significativos para indicar la orientación de
conjunto de estas ciencias.
Siguiendo las
huellas de la antropología, la / sociología y la / psicología
han empleado a su vez sus respectivas técnicas de
investigación y han demostrado que se relacionan más
fácilmente con la segunda forma de religiosidad y que, en consecuencia,
recogen más rápidamente los ecos de la crisis de la / secularización
y de la nueva impronta sugerida por el retorno de lo / sagrado.
La
teología, en fin, después de haber comprendido que la
religiosidad popular estudiada por los antropólogos y por los sociólogos
no era un epifenómeno marginal por su misma comprensión del homo
religiosus y
1724
por los aspectos
decisivos que tal fenómeno incluía en relación con la
misma fe, ha tratado de recuperar —por así decir— el terreno
perdido y se ha aprestado con ansia a interrogarse sobre las costumbres
populares, manifestando una simpatía completamente nueva hacia esas
expresiones de religiosidad que, en tiempos no lejanos, ella misma consideraba
poco o nada significativas. ¿Se trata de una verdadera conversión
o sólo de una estrategia debida a las nuevas orientaciones culturales y
al estado de crisis del que hemos hablado más arriba? Es evidente que
también la teología se ve afectada por los movimientos culturales
y por los cambios que tienen lugar en la sociedad, a pesar de que acude constantemente
a la revelación y a la palabra de Dios, y es natural que haya
tenido que empeñarse en comprender el mundo popular religioso por
motivos que consideraba fuera de su radio de reflexión y de compromiso.
Sin embargo, es importante reconocer que ahora le competen a la teología
tareas bien precisas, a las que debe responder. Debe responder al mundo de la
religiosidad popular más que cualquier otra ciencia humana,
precisamente porque se trata de religiosidad; y todo ámbito religioso
debe ser interpretado primariamente, no con los criterios de la cultura,
con los cánones de la sociología y con las hipótesis
de la psicología, sino más bien con la mentalidad
teológica y religiosa que más se le aproxima y que, por tanto, en
el esfuerzo de comprensión e interpretación, creará
menos fácilmente equívocos y reducciones.
3.
1725
inducidas, uno se
queda positivamente sorprendido porque cae en seguida en la cuenta de
que no se trata de desenterrar residuos atávicos de carácter
supersticioso o mágico, o formas irracionales de desahogo de los
propios sentimientos y de la propia impotencia, sino más bien de comprender
un conjunto simbólico y ritual que tiene un origen histórico
preciso y que, si bien está cargado de elementos culturales
difíciles de descifrar, es siempre y a pesar de todo una
relación con una realidad soberana, respecto de la cual se advierte
un fuerte sentido de dependencia.
En este momento,
quien observa desde dentro el mundo de la religiosidad popular y deja
espacio a este mundo de vida, comprende que el pueblo tiene una
inspiración propia y profunda, una riqueza propia, que las diversas
categorías interpretativas como la magia, la superstición,
etcétera, podrían ofuscar más que aclarar. El observador
atento, que tiene la voluntad de comprender antes que de explicar,
descubrirá también un plus, es decir, que también la
interpretación socio-política, en la que lo popular religioso
está en constante oposición a elitista, hegemónico,
etc., y donde la religiosidad es vista siempre en fase de contestación,
rebelión o aceptación resignada de la cultura dominante, es
un criterio insuficiente y, con frecuencia, aberrante. En realidad, la
religiosidad popular —vista en un contexto más amplio,
que comprende la ciencia de las religiones, la historia del cristianismo y la
misma teología, las cuales estudian el fenómeno concordemente—
se ofrece como una experiencia antropológica profunda, anterior al
mismo cristianismo; como una experiencia inmemorial, prerreflexiva, de la que
emergerían de modo natural sentimientos originarios o alborales
—como diría Eliade—, en los que se dan a la par el
Religiosidad
popular
sentimiento de la
proximidad a la naturaleza y el deseo de ser protegidos de ella; en los
que la vida y la muerte no son nunca simples datos de registro, sino momentos
supremos de acercamiento a otro mundo más real, en el que, sobre
todo a través del recurso a algún gran símbolo
religioso, se consigue encontrar a un tiempo las propias coordenadas
espacio-temporales y sentirse integrados en una realidad que abraza la
visión completa del mundo.
Así, la
religiosidad popular se presenta como la lengua materna religiosa,
hablada por todos los hombres en los preámbulos de la historia
respecto a todas
las instituciones religiosas, que serian simplemente una derivación
y una codificación de aquélla. La historia y la ciencia de las
religiones podrían atestiguar ampliamente este carácter
nativo de la religiosidad del pueblo y crear analogías de gran
importancia entre un pasado que ya no recordamos y un presente profundo que
creemos que no nos pertenece y que, en cambio, se encuentra reflejado en
nuestra misma religión apenas se la libera de algunos elementos
culturales e históricos añadidos. Eliade, a propósito
de las fiestas de las estaciones que se repiten en todas las religiones y que
se encuentran con frecuencia en su carácter específico y genuino
todavía hoy en la religiosidad popular, se ha referido a un cristianismo
universal, anterior al cristianismo mismo.
Pero como
confirmación de hasta qué punto lo religioso popular y lo
antropológico profundo están conjugados, quisiera llevar la
reflexión a un solo término: cultura y cultus. El significado
originario del término está representado por el latino colere,
del que justamente derivan cultus y cultura. Ahora bien, está demostrado
que la distinción entre la cultura y el cultus y el cultivo de la
tierra es un hecho posterior más re
Religiosidad
popular
cíente;
así como también es un hecho más reciente la
distinción entre cultura y civilización, en cuanto valor
social representado por el trabajo. Originariamente el hombre actuaba de tal
forma que reflejaba un modo de ser altamente unificado, en el que el cultivo de
la tierra, el habitar del hombre en ella y el culto que el hombre
tributaba a los dioses formaban un todo indisoluble. Y en este contexto
los dioses, a través de las recitaciones míticas y de las
celebraciones rituales, constituían la voz más significativa
de esta unidad.
Al terminar esta
alusión a la religiosidad popular orientada hacia una
recuperación de nuestras raíces antropológicas más
profundas, no quisiera, sin embargo, dar lugar a una nueva concepción
ideológica de tal fenómeno. No se trata, de hecho, de querer
volver a lo arcaico, ni de dejarse atrapar por el inconsciente o por la
nostalgia de los orígenes en un clima romántico renovado; sino de
intentar alcanzar un justo equilibrio, en el que se comprenda que la
religiosidad del pueblo no es algo alternativo ni de la cultura ni de la
religión cristiana, sino más bien una matriz profunda, en la que
cultura y cristianismo encuentran una realidad vital a la que no pueden
dejar de referirse.
4. RELIGIOSIDAD
POPULAR Y RITUALIDAD. No es casual que la religiosidad popular pueda
ser definida como un ejercicio prevalentemente ritual de la religión;
pues, de hecho, por su concreción e inmediatez, lo ritual se ofrece
mejor que cualquier otra realidad para mediar en la experiencia de una
creencia y de una fe. ¿Qué hay de más concreto que
¡os ritos, donde los símbolos se expresan mediante gestos,
verbalmente
o de modo coral;
donde los sentimientos más diversos pueden encontrar una
especie de catarsis inmedia1726
ta; donde se nos
pone en presencia de imágenes concretas, de iconos, que visualizan y dan
la sensación, por así decir, de encontrarse inmediatamente
en presencia de esa realidad que se busca, que se invoca, a la que se
suplica o se dan gracias?
En este contexto
se puede observar también que la religiosidad popular aparece
demasiado exuberante en los gestos, en los comportamientos, en las
expresiones, porque tiende a significar en un lenguaje simple y
perceptible las propias aspiraciones. Pero se deberá atender
también a no confundir todo esto con la retórica y con
actitudes artificiales. De hecho, la religiosidad del pueblo, justamente en su
aspecto ritual, está siempre comprometida con problemas concretos.
Es poco menos que inútil discutir sobre el hombre y sus símbolos
y ritos, si no se tiene en cuenta cada vez al hombre de carne y hueso con su
vinculación a la tierra, al vivir, con sus problemas de hoy y de
siempre. Tales problemas están fielmente reflejados en el ritual
tradicional y popular, que por ello es menos formal que cualquier otro ritual,
pues parte siempre de las condiciones del vivir cotidiano, aunque
después tienda, por los símbolos que emplea, a trascender esas
mismas condiciones de partida.
El ritual popular
es también muy "tradicional" y poco dispuesto a innovaciones.
Es otra señal de que el pueblo está ligado a su pasado, a sus
raíces; y de que, si lo tradicional puede convertirse
también en sinónimo de acrítico, es porque las exigencias
fundamentales del hombre se repiten y existe una identidad inconsciente a la
que se permanece fieles.
Aclaradas estas
(algunas) características sobresalientes de la ritualidad
popular, quisiera hacer un breve intento de interpretación global de
tales ritos según una triple .estratifi
1727
cación,
que opera de modo diverso en cada uno de ellos.
La primera
estratificación es la que emerge desde abajo, según la cual yo
diría que la ritualidad popular se presenta sobre todo como
síndrome de problemáticas existenciales no resueltas.
Me ocuparía, por tanto, de modo prioritario del carácter
esencialmentefuncional del ritual popular. Tal vez se estime un poco
brutal semejante afirmación, que parece poner entre paréntesis la
apertura a lo sagrado y tiende a cargar la mano sobre el lado utilitarista
y egoísta del rito. Pero creo que antropológicamente es
importante notar que si el hombre no tuviera ningún problema
humano, psicológico, social, existencial, no se expresaría en un
ritual religioso. Afirmación válida para cualquier
manifestación religiosa; pero particularmente relevante para la
ritualidad del pueblo que tiene aspectos claramente marcados por las
necesidades concretas, por problemas que en general urge resolver. La
ritualidad popular, por tanto, expresa sobre todo una necesidad de
salvación que se despliega en todos los niveles y que afecta a los
problemas más grandes y serios del hombre y de la vida social, y a los
problemas particulares y personales. Naturalmente, en esta proposición,
en la que considero los ritos populares como ritos de crisis, hay
también un amplio lugar para la fiesta y para las celebraciones
caracterizadas por la alegría y el reconocimiento.
También estas celebraciones pueden entrar muy fácilmente en el
contexto arriba indicado, anunciando un hecho liberador, una gracia, la
superación de una situación crí
tica.
La segunda
estratificación es la que se basa más sobre el efecto mismo
del rito, comprendido en su dimensión simbólica. En este
segundo momento acontece lo inaudito: se
Religiosidad
popular
opera la
unificación total de la experiencia de lo real mediante algunos
grandes símbolos y la superación de todos los problemas
contingentes. Esta segunda fase es cualificante para el ritual, que busca
siempre una traslación, una transposición de los problemas, de
las dificultades y de las expectativas en un contexto más amplio, en un
horizonte total, en el que se encuentra pleno significado a la existencia. Es
en este nivel en el que el rito se hace liberador y puede ser considerado como
gratuidad y como juego. Por tanto, no se trata en este caso de desmentir las
afirmaciones precedentes, según las cuales el rito es sobre todo un
rito de crisis en la religiosidad popular, sino de comprender en sentido
apropiado la maduración que sorprende a toda expresión
ritual en fase simbólica: el rito tiende irresistiblemente a transformarse
en una visión unificante y liberadora de todo lo real, y en consecuencia
a situarse de un modo nuevo, como un acto de gratuidad y como un juego.
La tercera y
última estratificación, según la cual me permito leer el
sentido del rito y de su evolución, es la que yo llamaría la
fase teológica. Este último momento constituye propiamente
la verdad del acto ritual:
se trata de la
referencia a lo sagrado, a lo trascendente, a lo divino. También la
religiosidad popular tiene el sentido fuerte e imperioso de una relación
vinculante con una realidad heterónoma, con una realidad ya no discreta
y continua respecto de lo dado, de lo fáctico, de lo empírico. Un
rasgo específico de la religiosidad popular puede advertirse en el
hecho de que en este caso la dimensión teológica debe ser
entendida en el sentido amplio del término, de modo que aparece filtrada
con frecuencia mediante categorías por así decir menores
respecto a las categorías propias de las religiones institu
Religiosidad
popular
cionales.
Aquí la referencia a lo sagrado y a Dios puede estar formulada
según los moldes de lo insólito, de lo incontrolable, de lo
extraordinario, de lo maravilloso, de lo potente, de lo temible o
también de lo mágico. En el caso concreto de la religiosidad
cristiana no se advierte con frecuencia la diferencia entre la
invocación del santo, la plegaria a
o la referencia a
Dios. Antes bien, en la ritualidad del pueblo parece operarse un intercambio
continuo, de modo que en la imagen de un santo o en una reliquia cualquiera se
concentra la misma potencia y la misma trascendencia de Dios.
No obstante esta
transferencia de la idea de Dios y de la trascendencia, incluso en el ritual
más pobre se mantiene siempre viva, desde el punto de vista
simbólico, la tensión hacia Dios, como la realidad última
de la que se depende y a la que en último término se dirige.
5. CARISMAS Y
AMBIGÜEDADES DE
1728
Ante todo, la
religiosidad popular nos habla en nombre de un redescubrimiento de los
signos y de los símbolos religiosos. Dicho de otra forma, se
trata de abandonar ese criticismo poco menos que absoluto que
imperó en los años más candentes de la
secularización y que llevó a sospechar de cualquier
expresión religiosa. La religiosidad popular puede en este caso
enseñarnos que la posibilidad de emplear símbolos, de
comprender el lenguaje mitológico, de realizar actos y gestos
simbólicorituales para expresar el mundo religioso, es un
componente profundamente humano y religioso irrenunciable.
La realidad
religiosa popular nos sugiere también una actitud menos intelectual y
menos formal en relación con la religión. La religión
—incluida la cristiana— debe ser vivida por cada creyente y
por la comunidad como experiencia religiosa profunda, debe llegar a ser
parte de la propia vida en la inmediatez de lo cotidiano.
Otra
característica de la religiosidad popular me parece que está
vinculada a una cercanía muy particular a la naturaleza, a la
tierra, a todo aquello que nos rodea. Esta atención, que yo
llamaría ecológica, debe sugerir algo a la teología y a la
liturgia, a veces demasiado interesadas en comunicar dogmas y doctrinas
fuera de un contexto armónico con la naturaleza y con todo aquello que
se refiere a los elementos esenciales en que vivimos, y que han sido desde
siempre los símbolos religiosos más importantes, como el agua, la
tierra, la luz, el cielo, etc.
Una última
observación muy significativa: es preciso reconocer que en la
religiosidad popular es siempre el pueblo el protagonista; se trata de una
religiosidad gobernada por el pueblo. Y esta observación no deja de
tener su importancia si se conside1729
ra cómo
todavía hoy la liturgia consigue con dificultad crear espacios para
el pueblo en la celebración eucarística. Se diría que
la ritualidad popular ha practicado desde siempre esa nueva propuesta que
la liturgia comienza a traducir ahora en la práctica y según la
cual "el verdadero sujeto de la liturgia es el pueblo".
Por lo que se
refiere a las ambigüedades de la ritualidad popular, no pretendo
referirme a los habituales peligros de magia, de superstición
o de credulidad
ciega, sobre las que la teología y la ciencia de las religiones han
cargado a veces la mano sin demasiadas contemplaciones; sino que me
limitaré a decir antes que nada que todo acto religioso, sea de la
ritualidad de la iglesia o de cualquier otra religión, incluye una
cierta ambigüedad. Lo sagrado no es institucional, y la
religión puede tergiversar siempre aquello a lo que pretende
referirse. La iglesia y las religiones en general son medios, nunca fines.
Si esto vale para las religiones en general, mucho más para la religiosidad
popular, que nace ciertamente de inspiraciones profundas, de exigencias
antropológicas que tienen en sí la verdad de todo lo que es
profundamente humano, pero que puede poco a poco instrumentalizar esas
exigencias y cristalizar en una celebración egoísta del propio
mundo hecho de contradicciones. En definitiva, las ambigüedades
internas de la religiosidad popular nacen de un exceso y de una instrumentalización,
que puede incluso ser inconsciente, de esos mismos elementos positivos
que hemos señalado.
6.
RELACIÓN CON
Religiosidad
popular
sia y la liturgia
del pueblo? Los espacios vacíos que se notan entre la
institución y celebración litúrgica y su
apropiación por parte del pueblo, ¿no son reveladores de
omisiones, de desatenciones de la iglesia a lo humano, concreto e
histórico? Por todo eso la liturgia y la pastoral litúrgica,
motivadas por la religiosidad del pueblo, deben plantearse seriamente
el problema de cómo el pueblo puede llegar a ser el verdadero
sujeto del gesto religioso y litúrgico. La desobediencia, por así
decir, del pueblo que reza y emplea formas diversas de liturgia ampliando,
simplificando o desechando la liturgia clásica, no puede
atribuirse a una simple intolerancia, sino que en ciertos casos puede ser
considerada como una necesidad religiosa diferente, que no sería
atendida en los esquemas clásicos. De manera eminentemente
positiva se podría afirmar que
el pueblo tiene
derecho a expresar su fe según su modo de sentir, de percibir o de
comprender el misterio de Cristo en relación a su realidad
histórica. En este sentido se comprende que en toda liturgia existe
una polarización de fondo entre mediación cultural, que es
el vehículo de todo lo humano, antropológico, cultural o
ambiental, y expresión religioso-cristiana, que juzga la profundidad
del misterio de Cristo y de la iglesia según la fidelidad a la palabra y
a la tradición. En la compenetración recíproca y
actual de estas dos dimensiones se juega el valor de la liturgia y su eficacia
histórica. Si, por una parte, la liturgia ha de dar cuenta del
equilibrio entre expresión religiosa y mediación cultural y debe
juzgar hasta qué punto la operación cultural que modifica los
símbolos responsabiliza, subraya o por el contrario altera y priva
de significado la expresión religiosa —sobre todo el misterio de
Cristo—, por la otra, debe percatarse de que su actualidad
Religiosidad
popular
o inactualidad se
calibra por la capacidad de hacer filtrar las verdaderas necesidades
del hombre, y por ende se juega en la escucha del hombre en su totalidad y
en la atención que presta a los símbolos dominantes de un
determinado ámbito particular y cultural. Entonces diríamos
que si, en este cuadro, la religiosidad popular ha optado por lo humano
religioso y cultural, dejando con frecuencia de lado el misterio de
Cristo, la liturgia no puede a su vez elegir el misterio de Cristo dejando de
lado o entre paréntesis al hombre y su realidad concreta.
A.N. Terrin
II. Desde el
punto de vista de la teología y de la pastoral litúrgica
1. UNA
CUESTIÓN DE PALPITANTE ACTUALIDAD. El estudio de las relaciones
entre liturgia y religiosidad popular tiene una fecha de nacimiento
más bien reciente: se refiere de hecho a un problema que se ha asomado
a la reflexión teológico-litúrgica y pastoral
después del Vat. II en conexión con la actuación de la reforma
posconciliar. Tal estudio ha surgido en la conciencia eclesial con la valoración
del fenómeno de la religiosidad popular por parte del magisterio
de la iglesia (cf el n. 48 de la exhortación apostólica
Evangelií nuntiandi [
1730
rado y parcial,
hay que decir que en los últimos años los teólogos y pastoralistas
liturgistas han sentido la necesidad de reflexionar sobre el fenómeno
de la religiosidad popular en sus relaciones con la liturgia oficial,
conscientes de encontrarse ante un problema en el que era preciso profundizar
'. Por lo demás, también el magisterio de la iglesia ha intervenido
al respecto.
a) Indicaciones
del magisterio de la iglesia. Se puede afirmar que el problema, tal como hoy se
presenta, no ha sido recogido como instancia específica en la
constitución litúrgica
o en otros
documentos de la reforma conciliar.
n.
(n. 23); las
indicaciones acerca del mantenimiento de las costumbres regionales en el
rito del matrimonio
(n. 77) y en el
uso del canto popular también en las acciones litúrgicas
(n. 118), etc. En
las introducciones a los / libros litúrgicos particulares encontramos
directrices pastorales que sugieren / adaptaciones de los ritos mismos a las
costumbres de los pue
1731
blos o a las
necesidades de la asamblea, adaptaciones solicitadas a las conferencias
episcopales y en ocasiones al mismo celebrante. Estas aperturas no
deberían olvidarse cuando se trata de expresar un juicio objetivo
sobre la posibilidad de realizar ese primer y fundamental acercamiento
entre liturgia y religiosidad popular, que debe consistir en hacer
celebraciones litúrgicas que sean verdaderamente populares,
según las preciosas indicaciones de
Otro importante
filón de indicaciones proviene de la actuación concreta
de los principios de la adaptación cultural de la liturgia en
áreas de tradición católica (como las Filipinas)
(nota 17) o donde predominan otras religiones (India, África).
Aflora en todo esto el deseo de salir al encuentro de la religiosidad de los
pueblos y de insertarla en la liturgia oficial de la iglesia. Debe recordarse
también la inserción de elementos devocionales en rituales
propios de algunas familias religiosas 2.
Más
explícitamente, el tema de las relaciones entre liturgia y religiosidad
popular ha sido propuesto por Pablo VI en su exhortación apostólica
Marialis cultus (
Religiosidad
popular
trices
teológicas y pastorales muy importantes para una iluminación de
nuestro tema. Un primer fruto de tales directrices puede considerarse el
reciente Ordo para la coronación de una imagen de la bienaventurada
Virgen María, que inserta esta expresión de religiosidad
popular mariana en diversos contextos litúrgicos3.
Tenemos, en fin,
algunas orientaciones referidas a nuestro tema para el ambiente
latinoamericano, donde éste suscita especial interés. El primero
es una lectura que el cardenal secretario de Estado Villot escribió el
Religiosidad
popular
religión
del pueblo, con su gran riqueza simbólica y expresiva, puede
proporcionar a la liturgia un dinamismo creador. Éste, debidamente
discernido, puede servir para encarnar más y mejor la
oración universal de la iglesia en nuestra cultural"6.
b)
Reflexión teológica y pastoral. Las recientes publicaciones
sobre el tema brindan una vasta panorámica de intereses. Nos
encontramos frecuentemente con la clarificación de la
terminología, de forma que se pueda comprender qué realidades
están en juego; de hecho, la terminología no sólo cambia
(religiosidad, piedad popular, religión del pueblo), sino que con
frecuencia acusa la presencia de una multiplicidad (de conceptos y) de
realidades que se pueden encontrar más o menos ya en la liturgia y
en las actitudes de los participantes, o bien que se separan de la liturgia y
se le contraponen 7. De la terminología se pasa después a un
análisis más profundo de las diversas realidades: la actitud
religiosa que se expresa en la liturgia, las formas de devoción,
los ritos y los usos ligados al año litúrgico, las formas
particulares de interpretación y de celebración de los
sacramentos, las instituciones, las personas, etc., relacionados con las
manifestaciones religiosas arriba indicadas, ciertos signos religiosos revestidos
con frecuencia de carácter mágico o supersticioso, etc.8
La
cuestión sobre las causas de la actual situación crítica
de la religiosidad popular en relación con la liturgia resulta
difícil asimismo por falta de datos sociológicos apropiados.
Una opinión tiende a inculpar a la reforma litúrgica
posconciliar, porque ésta habría sido una reforma de
gabinete, sin la participación del pueblo, y después
habría sido impuesta sin haber profundizado suficientemente
las necesidades y las ex
1732
presiones
cultuales del pueblo'. Habría, sin embargo, que preguntarse
aquí si se trata de un defecto de la liturgia en sí o más
bien de la falta de una adecuada pastoral que haga a la liturgia verdaderamente
popular; es decir, capaz de satisfacer y evocar las necesidades religiosas
del hombre en sus múltiples situaciones culturales y sociales. Creo, en
todo caso, que un juicio demasiado severo sobre la reforma litúrgica es
injustificado, sobre todo porque muchas áreas y expresiones de la
religiosidad popular han sido, culpable o tal vez inconscientemente,
refractarias a acoger el mensaje y la celebración de la liturgia
posconciliar; además de que ciertas manifestaciones de la religiosidad
popular han nacido justamente de la renovación litúrgica, de
la conciencia de ser asambleas celebrantes, de las nuevas posibilidades
ofrecidas por la liturgia misma (por ejemplo, de la adopción de la
lengua vernácula, de la creatividad en el tema de los cantos populares,
de la participación más plena en los diversos ministerios):
debe notarse, de hecho, que las actuales expresiones de la religiosidad popular
no pueden reducirse sin más a formas antiguas de devoción y de
culto, ya que encontramos formas nuevas, como ciertos ritos modernos
creados por la generación de los que podríamos llamar
"cristianos del Vat. II"10. En esta perspectiva la discusión
ofrece óptimas posibilidades de renovación de la liturgia, que
puede y debe ser más popular, viva, participada, abierta a la
promoción y educación del sentimiento religioso de los individuos
y de las masas, capaz de integrar en sí instancias justas de la religiosidad
del pueblo. Se trataría entonces no de una vuelta al pasado, que
sonaría a reflujo o rechazo de las instancias del Vat. II, sino de
apertura hacia un futuro que integre sabiamente fragmentos disper1733
sos dentro del
seno de la liturgia católica.
Se ha sentido
también el deseo de una confrontación con la historia. Nuevas
investigaciones pueden aclarar, desde las raíces bíblicas,
el sentido de la liturgia popular; las aberraciones religiosas
desligadas del verdadero culto a Dios; el humus profundamente popular de la
liturgia hebrea y también el sentido alegre y participativo de
la primitiva liturgia cristiana ". Son preciosas las enseñanzas de
la historia de la liturgia occidental y oriental respecto al desarrollo de
formas populares de celebración de los misterios de Cristo desde la
primera antigüedad cris
tiana. Baste
recordar las celebraciones de la iglesia madre de Jerusalén, tal
como las ha descrito la peregrina Egeria, para ir descubriendo una progresiva
reactualización de los misterios de Cristo vivida con intensa piedad
y generosa participación del pueblo l2. A partir del s. iv la iglesia de
Roma asumió en el ritmo de su propia liturgia aspectos derivados de las
expresiones religiosas del imperio romano, y supo acoger en la mistagogia
sacramental ritos y referencias pedagógicas que conseguían
injertar el sacramentalismo cristiano en las exigencias más profundas
del homo religiosus de la época l3. Se puede afirmar que en Occidente la
liturgia, durante el período áureo de la fijación de
los formularios y de los ritos, permaneció auténticamente
popular; capaz, por consiguiente, de integrar en su seno sentimientos y
acciones rituales, como lo demuestra la sabia obra de Gregorio Magno, con su
sentido pastorall4. Queda, sin embargo, como algo emblemático la
ruptura y el nacimiento de un dualismo cultual en el medievo, cuando ante
una liturgia demasiado clerical el pueblo reacciona con la creación de
una liturgia folclórica, popular, unas veces integrada en la liturgia
Religiosidad
popular
oficial, otras
veces paralela a ella (la celebración de procesiones y representaciones
sagradas) y otras incluso en contraste polémico con aquélla
". Es justamente a esta religiosidad y a sus expresiones, que provienen
del medievo y se desarrollan en la época moderna en un tiempo de fixismo
litúrgico, a lo que se refiere la problemática actual de las
relaciones de la piedad del pueblo con la liturgia de la iglesia.
No obstante, la
reflexión teológica señala también sectores nuevos
de la piedad popular. Uno de ellos es el diálogo con las culturas no
católicas ni cristianas, con la mira puesta en una adaptación
ritual que se inspire en las raíces religiosas de los pueblos. La
cuestión es compleja y se refiere, por una parte, a áreas misioneras
de África y de Asia, en las que sólo con mucha dificultad se
consigue efectuar una verdadera adaptación a la liturgia;
pero, por otra, debería referirse también a vastas zonas
indígenas y populares de países cristianos, como América
Latina, donde la primera evangelización no ha conseguido borrar ritos y
tradiciones religiosos preexistentes, que subsisten todavía en un
sincretismo más o menos velado, junto a y en
concomitancia con
las celebraciones litúrgicas cristianas; es el problema de la liturgia
para los indígenas y los campesinos de
Existe
además una zona menos clara en la tipología religiosa: la de
las masas de nuestra civilización industrial, que tienen una base
popular de la que han sido bruscamente substraídas, pero que
todavía persiste en
Religiosidad
popular
lo más
profundo; las nuevas generaciones, por su parte, expresan su religiosidad
en formas modernas, más en consonancia con la reforma litúrgica,
pero con instancias de participación viva y vivaz, de gestos nuevos,
de nuevos ritos que expresen y comprometan al par con valores
auténticamente cristianos: justicia, solidaridad, no-violencia, paz.
El argumento
insiste en una cuestión de principio: la liturgia debe prestar
atención al homo religiosus presente en la variedad
característica de las asambleas cristianas; este hombre no
reacciona como individuo a la participación litúrgica, sino que
lo hace con la conciencia, tal vez con el atavismo, de una naturaleza hondamente
religiosa que se expresa en convicciones, actitudes y ritos provenientes
de una larga tradición cultural, cristalizada en formas populares.
Me parece que no
existe correspondencia entre la vasta investigación
teológica e histórica y una pastoral iluminada con
principios operativos claros y con realizaciones concretas. La ausencia de
pronunciamientos precisos por parte del magisterio de la iglesia bloquea
en parte la creatividad en los principios y en las realizaciones, por miedo a
desembocar en soluciones que integren de forma híbrida liturgia y
piedad popular, o bien por el riesgo de recaer en una creatividad
superficial desaprobada por los libros litúrgicos y por las recientes
declaraciones del magisterio. Y, sin embargo, el tema es de palpitante actualidad.
No se puede abandonar la religiosidad popular a su propia suerte; existe
el peligro de explosiones atávicas, de contraposiciones a la liturgia
oficial, de instrumentalizaciones políticas antieclesiales, como
sucede por desgracia en los lugares donde esta religiosidad no se
evangeliza y purifica con la palabra, con la oración o con el sentido
pastoral que orienta hacia el
1734
misterio de
Cristo y la edificación del pueblo de Dios; la religiosidad popular
puede degenerar también en formas de integrismo religioso o en formas
exóticas para un turismo religioso barato. Por el contrario, potenciada
y asumida en el seno de la liturgia, la religiosidad popular ofrece el
humus celebrativo necesario para un culto ferviente a Dios, recupera
tesoros de la tradición católica de los últimos siglos,
desaprueba creatividades litúrgicas apresuradas, nuevo fruto de
personalismos sin trasfondo cultural y sin raíces populares en la
iglesia.
Por lo que
sabemos, el problema no se plantea en las liturgias orientales, que han
sido tradicionalmente más sensibles a las exigencias religiosas del
pueblo, han propuesto celebraciones auténticamente populares e
integrado usos devocionales (por ejemplo, el himno Akáthistos y
c) Influjos y
relaciones entre liturgia y religiosidad popular. Al no haberse
acuñado todavía una terminología precisa aceptada por
todos respecto a las posibles acepciones en base a las cuales podríamos entender
la religiosidad popular en relación con la liturgia, parece oportuno limitarse
a proponer algunas tipologías de los influjos y relaciones mutuas
entre una y otra.
Integración
fecunda. Existe una fecunda integración entre liturgia y piedad
popular cuando todo el sentido religioso del pueblo se capta y ex
1735
presa
satisfactoriamente en las celebraciones de la iglesia, sea porque el mismo
pueblo no siente la necesidad de otras formas extra-litúrgicas, pues
encuentra en las celebraciones eclesiales de la liturgia todo cuanto desea en
contenido y en formas; sea porque una sabia acción pastoral consigue
integrar ritos, cantos y gestos expresivos en una liturgia digna.
Éste es el caso de la primitiva liturgia de la iglesia, que supo asumir
e integrar paso a paso, en su progresiva inculturación, formas
celebrativas; es también el caso de la liturgia romana, que ha
asumido como litúrgicas procesiones, rogaciones y letanías;
es igualmente el caso de la traducción en categorías
litúrgicas de temas y formas devocionales que se desarrollaron a partir
del medievo hasta nuestra época: formas de culto
eucarístico,
títulos devocionales que entraron a formar parte del calendario
litúrgico, como fiestas del Señor y de la bienaventurada Virgen
María, etc. En el futuro éste podría ser el caso de
la auspiciada integración de la nueva religiosidad popular de los
"cristianos del Vat. II" dentro de celebraciones litúrgicas
vivas y dignas, permaneciendo obviamente en los límites fijados por
la iglesia, pero con esa pizca de inteligente creatividad de la que puede
ser capaz una asamblea convencida y preparada. En la misma línea se
sitúan los intentos de adaptación cultural de la liturgia en
los países de / misión, realizados a tenor de SC 37-39, con lo
que se sale al encuentro de una religiosidad que, evangelizada y purificada
por la liturgia de la iglesia, puede encontrar en ella una expresión
válida que, a su vez, enriquece la gran tradición católica
l6. En último término, éste es el modelo de integración
entre algunos ritos devocionales y liturgia, realizado por el Misal de los
Siervos de María (salu
do a
Religiosidad
popular
del viernes santo
y de la vigilia pascual: / nota 2) y en la adaptación lograda en la
así llamada misa filipina, que ha asumido no sólo formas
culturales de aquel archipiélago, sino también tradiciones de la
colonización española ". El Misal Romano de Pablo VI ha
demostrado gran apertura al acoger, en las secciones "misas y oraciones ad
diversa" y "misas votivas", muchos temas ideológicos
de la devoción y de la piedad popular. Pero es claro que tal propuesta
temática no basta; hace falta también una conveniente apertura celebrativa
para que no todo ni siempre deba figurar en la celebración
eucarística. La religiosidad popular, es decir, esa fe y búsqueda
de Dios (Evangelii nuntiandi 48) tan rica en valores que, si se orienta bien,
puede llevar a las masas populares a un
verdadero
encuentro con Dios en Jesucristo (ib), es sin duda la preparación
remota más adecuada para esa consciente, activa y fructífera
participación litúrgica auspiciada por el Vat. II (SC 11);
pero a condición de que "expresen con mayor claridad las cosas
santas que significan y... el pueblo cristiano pueda comprenderlas
fácilmente y participar en ellas por medio de una celebración
plena, activa y comunitaria" (SC 11).
Coexistencia
pacifica. No se puede pretender traducir a toda costa la piedad popular en
categorías litúrgicas. Ciertas devociones y ejercicios
piadosos difícilmente pueden ser integrados en un esquema
litúrgico sin crear fórmulas híbridas por contenido y
forma. A pesar de auspiciar con SC 13 que ciertas formas de piedad, como los
ejercicios piadosos, "en cierto modo deriven de ella (la liturgia) y
a ella conduzcan al pueblo, ya que la liturgia, por su naturaleza, está
muy por encima de ellos", es justo que haya en la iglesia una
legítima variedad cultual que pueda satisfacer
Religiosidad
popular
todas las
necesidades y enriquezca las fórmulas y forrftas de oración antiguas
y nuevas. Hoy se siente el vacío creado por ciertas
prácticas de piedad que ayudaban a celebrar mejor el misterio de
Cristo, de María y de los santos a lo largo del año litúrgico.
Si es cierto que la eucaristía suple ampliamente estas cosas y que la
liturgia de las Horas puede ofrecer una oración cualitativamente
más rica, es igualmente cierto que la variedad ritual de ciertas
celebraciones extralitúrgicas ofrecía una elección
más amplia de expresiones cultuales. Lo que se puede y debe hacer, además
de permitir su pacífica coexistencia, es evangelizar estas formas
de piedad y orientarlas litúrgicamente a asumir la estructura de la
celebración de la palabra y de la oración, como se
dirá a continuación [/ infra, 2, b]. Estamos convencidos de que,
cuanto mayor es la vitalidad litúrgica personal y comunitaria, menor es
la necesidad objetiva de otras expresiones devocionales.
Ocasión
propicia. Si por piedad popular se entiende el sentido religioso
más o menos iluminado de la fe, se puede hablar de ella como de un
terreno propicio para la evangelización y la catequesis mediante la
liturgia. En el hombre que se encuentra en ciertos lugares o ante ciertas
imágenes sagradas (santuarios), que celebra ciertas fiestas populares
o se ve envuelto en ciertas circunstancias relacionadas con la liturgia
(bautismos, matrimonio propio o de parientes), se despierta ese sentido
religioso que tal vez se había entumecido en el cotidiano vivir separado
de la fe. Aquí la iglesia no puede renunciar a esa evangelización
y catequesis que se realiza por la liturgia, sea a través de la
palabra de Dios, sea por medio del mundo de los signos litúrgicos (a
través de la misma asamblea que participa en los 1736
ritos y en los
cantos). No siempre se conseguirá superar la ambigüedad de los
signos o el carácter epidérmico de ciertas conmociones no
acompañadas de una práctica perseverante de la fe. Pero
el pastor de almas no podrá ignorar las oportunidades que ciertas
situaciones (solicitud de un sacramento, funeral de los parientes, visita
a los santuarios, fiestas populares) ofrecen a la liturgia para
desempeñar su obra de evangelización y de
santificación del hombre, incluso en la esfera de su sensibilidad,
tan necesitada de sumergirse en una atmósfera religiosa. Una adecuada
preparación para la celebración de tales sacramentos, la
celebración digna y devota de las fiestas populares que tenga
presente las necesidades de la comunidad y las liturgias que tienen
lugar en los santuarios, constituyen oportunidades pastorales ofrecidas
por la religiosidad del pueblo. Ignorando o despreciando tales
realidades y situaciones, se pierden ocasiones propicias, o incluso se
generan peligrosas contraposiciones entre religión del pueblo y
liturgia de la iglesia.
2. PRINCIPIOS Y
ORIENTACIONES. En la exposición de la situación actual del
problema [/ supra, II, 1] hemos anticipado algunos principios del
magisterio y sugerido ciertas orientaciones prácticas, que ahora
tratamos de exponer más explícitamente.
a) Principios
doctrinales. La liturgia conserva su carácter de. fuente y cumbre
de toda la acción de la iglesia y de todas sus experiencias de fe y
de caridad y, por tanto, también de la religiosidad popular (SC 9-10).
Desde el punto de vista doctrinal, este principio sigue siendo válido,
en cuanto que la liturgia de la iglesia expresa plena y totalmente el sentido
del culto cristiano, celebra objetiva1737
mente el misterio
pascual y lo comunica. Por ello, toda expresión de la religiosidad
popular debe extraer de la liturgia, como de su fuente, la fe y el compromiso
de vida, y modelarse en la ortodoxia y en la ortopraxis que emanan del misterio
litúrgico. También desde el punto de vista práctico hace
falta recordar que el cristiano está llamado a la plenitud de la vida
que le viene otorgada en la liturgia eclesial, y no puede contentarse
sólo con lo que se le ofrece desde otras formas de religión y de
devoción. La evangelización de la religiosidad popular no
puede, por tanto, olvidar que el fin de esta última es conducir a
los fieles a la mesa de la palabra y de la eucaristía: reunirlos
para que "alaben a Dios en medio de la iglesia, participen en el
sacrificio y coman la cena del Señor" (SC 10). No se puede promover
la religiosidad popular de modo que mantenga a los fieles lejos de las fuentes
de la vida eclesial, como si estuvieran destinados a permanecer siempre
como una categoría de cristianos
de religiosidad
popular.
La liturgia, por
su parte, consciente de la dimensión antropológica, comunitaria
y simbólica del culto cristiano, no ahorrará ningún esfuerzo
para tocar a los fieles en su realidad de hombres religiosos, acogiendo
formas y expresiones de religiosidad conformes con el estilo y el fin de
sus celebraciones. El hombre, abierto a la palabra de Dios y convertido a
los signos específicos del misterio cristiano, debe ser alcanzado
hasta lo más íntimo por la liturgia de la iglesia, a fin de
que pueda ser verdaderamente celebración del misterio de Cristo en la /
existencia cristiana. Esto supone una apertura a la creatividad, a la
integración armónica de elementos cultuales populares
válidos y aprobados, especialmente en aquellas dimensiones de la
liturgia que son expresión cul
Religiosidad
popular
tual de la
respuesta a la palabra y a la gracia: cantos, gestos, ritualizaciones
apropiadas del misterio o de los misterios celebrados a lo largo del año
litúrgico.
Para resituar en
el centro del misterio de Cristo ciertas expresiones devocionales
desplazadas a la periferia, ciertas acentuaciones parciales o separadas de
él, ciertos simples acercamientos subjetivos carentes de relación
objetiva con el misterio, es necesario que la religiosidad popular mire a
la liturgia como a su fuente y cumbre. Será entonces oportuno recordar
los principios expuestos por Pablo VI en
A estos
principios sería preciso añadir otros que derivan de la naturaleza
misma de la liturgia: el componente bíblico del anuncio y de la
oración; el carácter simbólico, la nota misionera y
escatológica del culto cristiano; el compromiso del testimonio
y por la liberación. Entonces la liturgia no sólo se erige en
fuente y cumbre de la religiosidad popular, sino también en modelo
estructurador válido para toda expresión de piedad ls.
b) Orientaciones
pastorales. Además de las orientaciones prácticas ya
propuestas [/supra, II, I, b-c], sólo nos queda recordar aquí,
como empeño prioritario, el empeño por una liturgia viva y
popular que asuma y
Religiosidad
popular
exprese la
religiosidad de las diversas asambleas, con sensibilidad para las distintas
categorías: masa, / grupos particulares, / jóvenes, /
niños, según las indicaciones y las posibilidades
ofrecidas por los libros litúrgicos. Adaptaciones particulares de
tipo cultural competen, como es claro, a la autoridad eclesiástica
(conferencia episcopal), que debería obrar con sabiduría y
apertura, partiendo de una buena teología de la liturgia y de sus
posibilidades, cuidando siempre, como es obvio, la ortodoxia de la fe y la
ortopraxis de la comunión eclesial, pero con intrepidez misionera y
evangelizadora.
Sigue abierto el
problema de crear nuevos espacios de celebraciones que, inspirándose en
la liturgia, puedan llegar a ser verdaderamente litúrgicas, a
pesar de partir de la religiosidad popular ". La solución
más clara es la de proponer la liturgia no sólo como modelo
estructurador, sino también como modelo externo, de tal modo que se
inserte la piedad del pueblo en esquemas de / celebración de la
palabra y de celebración de la oración. Muchas necesidades
religiosas, actualmente satisfechas por las devociones u otras
prácticas, podrían encontrar la justa satisfacción en
celebraciones de la palabra; éstas, por ejemplo, pueden dar sentido
y estructura a una peregrinación, a una ofrenda ue los frutos de la
tierra, a una procesión, a un acontecimiento familiar o comunitario.
Lo mismo puede decirse de celebraciones de la oración, estructuradas
según el esquema amplio de la liturgia de las Horas y modeladas según
el estilo de las oraciones de la iglesia, insertando en todo caso en
ellas con
prudente creatividad elementos eucológicos y rituales nuevos que
puedan expresar el sentido específico de lo que se conmemora. Nos
encontramos de nuevo con los principios operativos de
lus:
bíblico, litúrgico, ecuménico, antropológico. De
ahí resultará un enriquecimiento de la piedad popular, que
será educada en la escuela de la vida espiritual de la iglesia y, por
tanto, modelada por su pedagogía litúrgica.
La misma liturgia,
con sus principios y sus formas celebrativas, podría efectuar
poco a poco una purificación de los elementos deteriorados o
ambiguos que se encuentran en la piedad popular, así como una
evangelización y educación de las actitudes religiosas del
pueblo, valorando todo lo que de auténtico hay en tal religiosidad,
que no puede ser abandonada a su propia suerte, si no se quieren correr los
riesgos recordados [/ supra, II, 1, b].
Para evitar tales
riesgos y también el peligro de la manipulación, nos parece
oportuno sugerir un doble principio operativo de base. Las celebraciones
de la piedad popular deben ser consideradas de la comunidad y para la
comunidad. De la comunidad: es decir, expresión de la fe y de la
vida evangélica de los creyentes, con animosa sumisión a la
iglesia y espíritu comunitario, fruto de común
colaboración; toda celebración de piedad popular que escape
a la comunidad cristiana corre el riesgo de ser instrumentalizada con
fines ajenos al culto cristiano, a la evangelización, a la piedad
auténtica de los cristianos. Para la comunidad: toda celebración
o manifestación de religiosidad se sitúa en un preciso programa
cultual como confesión de la fe o como respuesta cultual a Dios,
agradecimiento a María o a los santos; aunque no se excluyen otros fines
(como la evangelización
de los alejados,
la oportunidad de despertar la fe y el sentimiento religioso de las
masas), la atención pastoral debe dirigirse a la comunidad
cristiana que se expresa en esta forma religiosa.
1739
3. UNIDAD DE
CULTO, DE FE Y DE VIDA. Una consideración final nos lleva a la
valoración de la religiosidad popular partiendo justamente de la
liturgia.
Si la
religiosidad popular expresa una fe y una búsqueda de Dios cargada
de valores teológicos y antropológicos, no se puede ignorar
que, a la luz de la teología del culto en el NT, uno es el culto y uno
es el mediador de este culto: Cristo Jesús, con la fuerza del
Espíritu. No existe respuesta válida y agradable al Padre
sino por medio de él. Por tanto, no se puede pensar en la religiosidad
popular sino en la perspectiva de este único culto agradable al Padre.
Por una parte, estos principios ayudan a valorar todas las formas cultuales
genuinas —oraciones, peregrinaciones, sacrificios, promesas—
propios de la religiosidad del pueblo, incluso fuera de la liturgia, en cuanto
son asumidos en el movimiento cultual de Cristo hacia el Padre; por otra parte,
nos colocan ante la urgencia de evangelizar esta religiosidad para
que corresponda al deseo del Padre, a los sentimientos de Cristo
Jesús, a las mociones de su Espíritu 2».
La unidad de la
fe exige que la religiosidad popular se adecué en las fórmulas,
en las valoraciones que sugiere y en las verdades que profesa a la
confesión de la fe admirablemente expresada por la iglesia en su liturgia,
que debe corregir oportunamente desviaciones, acentuaciones o desequilibrios
de la piedad del pueblo.
La unidad de la
vida cristiana sugiere que la religiosidad popular no puede substraerse a
la tarea de educar al pueblo cristiano en los verdaderos valores del
evangelio, en el compromiso de la caridad, en el cumplimiento de la
voluntad de Dios o en el testimonio activo. Por tanto, no debe ser usada como
opio del pueblo, como consolación para los po
Religiosidad
popular
bres, para frenar
el empeño por la liberación en Cristo. También en este
caso la liturgia sigue siendo fuente, cumbre y escuela de vida para una
valoración de los tesoros contenidos en la religiosidad del pueblo.
Por otra parte, si la religiosidad popular tiene las
características anotadas con entusiasmo por Pablo VI en
4. Los EJERCICIOS
PIADOSOS. Hemos querido dejar para el final el tratamiento de los ejercicios
piadosos, para evitar que la religiosidad popular fuera reducida exclusivamente
a estas expresiones devocionales. A este propósito ofreceremos
algunas orientaciones concretas.
a) Concepto y
naturaleza. No existe un concepto claro de los ejercicios piadosos.
Religiosidad
popular
tiene un especial
estatuto litúrgico y un ritual promulgado durante la reforma
litúrgica posconciliar (De sacra communione eí de cultu
mysterii eucharistici extra missam, Roma 1973; ed. castellana: Ritual de la sagrada
comunión y del culto a la eucaristía fuera de la misa, Madrid 1974);
por tanto, no debería ser equiparado a un ejercicio de piedad
cuando se realiza según las normas contenidas en tal libro
litúrgico. Históricamente: los ejercicios piadosos se
desarrollaron en la piedad occidental del medievo y de la época moderna
para cultivar el sentido de fe y de la devoción hacia el Señor,
papel en parte
sustitutivo de las lecturas bíblicas y de las celebraciones
litúrgicas, y han concentrado la fe y la piedad en torno a los misterios
esenciales de la redención: encarnación, pasión,
resurrección. Con la renovación litúrgica como
retorno a las fuentes de la biblia y de la celebración sacramental
de los misterios, estas formas de piedad han experimentado una cierta
crisis; en algunos momentos y en ciertos lugares se ha tratado de un verdadero
y propio ostracismo. El magisterio de la iglesia siempre ha mantenido
hacia ellas una actitud equilibrada, ha alabado sus méritos y ha abierto
la vía a una renovación. Es la vía seguida oficialmente
por Pío XII en
blo VI
trató ampliamente el tema en
Estos ejercicios
piadosos son, por lo demás, expresiones de oración comunitaria
o individual; celebran el
1740
misterio de
Cristo, de María y de los santos generalmente con fórmulas
bíblicas o litúrgicas. No son considerados como
liturgia; por esto se recurre con frecuencia a la terminología
de extra-litúrgicos o para-litúrgicos, para indicar al mismo
tiempo su semejanza y diferencia. Oficialmente no son considerados
oración pública de la iglesia. Es significativo el juicio dado
por Pablo VI en
sente bajo el
velo de los signos y operantes de modo misterioso los 'misterios
más grandes de nuestra redención'; la segunda (la memoria
contemplativa del rosario), con el piadoso afecto de la contemplación,
vuelve a evocar los mismos misterios en la mente de quien ora y estimula su
voluntad a sacar de ellos normas de vida. Establecida esta diferencia
sustancial, no hay quien no vea que el rosario es un piadoso ejercicio inspirado
en la liturgia y que, si es practicado según la inspiración
originaria, conduce naturalmente a ella, sin traspasar su umbral".
Según esta exposición, los ejercicios piadosos pertenecen
a la memoria subjetiva de los misterios, a la contemplación privada
—aunque pueda realizarse eventualmente de forma comunitaria—;
les faltaría esencialmente, para que puedan ser auténticos actos
litúrgicos, el sentido objetivo de la memoria (anamnesis)
litúrgica y el reconocimiento de la iglesia. Hoy se avanzan aquí
y allí algunas nuevas hipótesis a este respecto. Partiendo de la
unidad del culto cristiano, es claro que los ejercicios piadosos de
1741
ben considerarse
culto en sentido amplio en el ámbito de la vida cristiana, en la
que toda expresión de oración tiene un componente cultual propio.
Pero hay más. Es preciso preguntarse si alguno de estos ejercicios
piadosos, cuando se realizan de una forma renovada, es decir,
modelándose como liturgias de la oración o liturgias de la
palabra y conteniendo fórmulas netamente litúrgicas (como es
el caso del rosario y puede ser el del vía crucis), no serán ya
verdadera y propia oración litúrgica del pueblo de Dios; en este
caso la proclamación de la palabra y los formularios
bíblicos y litúrgicos propuestos garantizarían esa
objetividad del misterio, tal como puede hoy estar presente en una
celebración de la palabra o de la oración. Un reconocimiento
implícito por parte de la iglesia vendría del hecho de que estos
ejercicios piadosos no sólo expresan la fe de la iglesia, sino que
la expresan con sus mismas fórmulas de oración22.
b) Sugerencias y
realizaciones. La norma del Vat. II (SC 13), pese a su brevedad,
continúa siendo esencial para la renovación de los ejercicios
piadosos: armonía con la liturgia, con los temas, los tiempos y las
fórmulas litúrgicas; también para estas
prácticas la liturgia es fuente y cumbre, y no sólo en sentido
objetivo, como para otras realidades de la vida cristiana, sino
también en sentido celebrativo: "Deriven de algún modo
de ella, y a ella conduzcan al pueblo cristiano". No queda, pues,
más que realizar una pastoral inteligente que, partiendo de la
teología litúrgica y de las formas litúrgicas, sepa
ordenar sabiamente estos ejercicios en sus contenidos (cuando ello sea
necesario) y en sus fórmulas. No faltan ejemplos alentadores al respecto,
especialmente en el campo de la devoción mariana. Se han hecho
Religiosidad
popular
intentos
válidos para dar al rosario un ritmo más bíblico con la
proclamación de párrafos evangélicos relativos a
los misterios correspondientes y con la introducción de oraciones
tomadas de la liturgia. Lo mismo puede decirse del ejercicio piadoso del
vía crucis: formas y fórmulas como las usadas cada año en
Roma por el santo padre para esta práctica el viernes santo son
ejemplares por su sobriedad, riqueza litúrgica y patrística.
Dignos de ser propuestos en este campo son algunos trabajos de
[/ Liturgia,
IV-VII; / Celebraciones de la palabra; / Devociones].
J. Castellano
NOTAS: ' Cf bibl.
— 2 Es el caso de los Siervos de María, que han conseguido
que se intro
Religiosidad
popular
dujera un rito de
saludo a
3 Ordo coronandi
imaginem Beatae Mariae Virginis, en Not 17 (1981) 247-267 —4 Texto
contenido en G. Caprile, Movimento litúrgico, musica e canto
sacro, en CC 129 (1978/11) 267271 — 5 Texto del directorio en
versión castellana en la revista Medellín 3 (1977) 547-557;
cartas de
1742
ser, Pietá
litúrgica e "pía exercilia", en VV.AA., La sacra
liturgia rinnovata dal Concilio, LDC, Turín 1964, 229-227 — 22 Cf
G. De Rosa, Valorizzazione pastorale della religiositá popolare, en
CC 131 (1980/IV) 450-451; recogido en Id., La religione popolare. Storia,
teología, pastorale, Edizioni Paoline, 1981, c. IV — "
Vigilia de Domina. Ufficio dei serví a santa María,
Curia Generalis
OSM, Roma 1980 (texto latino e italiano); Ángelus Domini. Celebrazione
dell' Anuncio a María. Curia Generalis OSM, Roma 1981 (texto en
latín del ángelus; en italiano de la celebración).
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Iglesias Orientales,
ib, 122 (1977)
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en Extremadura al final de
4, Consejo S. de
Investigaciones Científicas, Madrid 1975, 2207-2381; VV.AA.,
Renovación pastoral de los santuarios, en "Phase" 132
(1982)445-504.
RITO AMBROSIANO /
Ambrosiana, Liturgia
RITO HISPANO /
Hispana, Liturgia
Rito/ Ritos
SUMARIO: I. Presencia
del rito en la cultura contemporánea; 1. Para una definición del
rito: a) Uso analógico, b) Útil/no útil, c) Religioso/no
religioso; 2. Génesis fundamental del rito: a) El modelo
ontogenético de E. Erikson, b) Simbólico/imaginario; 3.
Morfología del rito: a) Ritos obsesivos, b) Ritos de interacción,
c) Ritos instituidos - II. Rito cristiano: 1. Mito fundador-rito; 2. Constantes
y variables del ritualismo cristiano.
I. Presencia del
rito en la cultura contemporánea
Las actitudes y
valoraciones con respecto al rito son en la cultura occidental
contemporánea bastante complejas y controvertidas. Mientras una
tendencia parece reírse de los ritos e intenta abandonarlos, siguiendo
en esto los estímulos cada vez mayores de la organización racional
de la sociedad, otra tendencia, no necesariamente ajena del todo a la
precedente, sino que emerge de ella de forma ocasional, adopta ante ellos
actitudes de búsqueda, de redescubrimiento y/ o de ejecución
convencida '. Así, mientras que en la esfera tanto social como
religiosa hemos observado un abandono de prácticas rituales, casi
contemporáneamente han nacido otras prácticas propias
de determinadas áreas culturales típicas, por ejemplo, las de los
adolescentes o de los jóvenes2. Igualmente, al tiempo que en los
círculos cultos e intelectuales se afirmaba el fin de lo religioso (el
eclipse de lo sagrado) y el emerger de la secularización, entendida en
el sentido más amplio de la palabra, persistían y persisten
prácticas rituales arcaicas, como las peregrinaciones y
procesiones, o formas repetitivas de gestos y actitudes propias de las
fiestas periódicas, tanto religiosas como civiles 3.
Es necesario
constatar, antes de cualquier definición o hermenéutica
Rito/ Ritos
de los ritos, su
compleja presencia en la vida de los hombres. En realidad esta presencia
debe ser considerada en el orden de lo fundamental. "Es un error
pensar que pueda existir una religión que sea totalmente interior,
sin reglas, sin liturgia, sin signos externos de estados de ánimo
interiores. Así como para la sociedad, así también
para la religión la forma exterior es condición de su
existencia... Como animal social, el hombre es un animal ritual. Suprimido
en un modo, el ritual rebrota en otro, tanto más fuerte cuanto
más intensa es la interacción social"". Sin embargo,
esta presencia fundamental de los ritos en la vida del hombre, por sus
multiformes relaciones con lo vivido, hace difícil toda interpretación
ulterior.
1. PARA UNA
DEFINICIÓN DEL RITO, a) Uso analógico. No existe una
definición unívoca y denotativa del término rito 5.
"Según la etimología sánscrita, este
término designa lo que está conforme con el orden (rita)"6;
pero en las explicaciones descriptivas de tipo antropológico, aunque
surgiendo siempre alguna referencia a lo regulado, a lo que tiene ritmo,
al orden, parece preferirse el uso del término rito y, por extensión,
ritual, ritualización, dando casi por descontado su significado. La
misma observación puede hacerse toda vez que los citados términos
se unen a explicitaciones como actitudes rituales, comportamientos rituales,
expresiones rituales, o cuando se emplean términos sustitutivos como
ceremonias,
programa ritual, secuencia ritual. En realidad, en el campo
antropológico se observa una cierta uniformidad al considerar como
ritos una serie de prácticas sociales, colectivas o individuales, aunque
no se hayan precisado el uso y el límite de la definición
conceptual que los describe. Así, mientras que en el len
1744
guaje
común el rito se refiere a menudo a un comportamiento social
repetitivo y/ o estereotipado, se hace problemático determinar con claridad
las fronteras entre lo que es ritual y lo que no lo es. En concreto, no es
fácil establecer la diferencia entre usos, actitudes sociales o
relaciones públicas y ceremonias o cultos. La amplia
tipología citada por
J. Huxley 7, con
ejemplos de un ritualismo que va de los rituales basados en la
proyección psicológica, como el macho cabrío expiatorio, a
los de la actividad lúdica, invita a considerar el uso no sólo de
los términos, sino también del concepto
analógicamente; uso fácilmente justificable y comprensible
por cuanto los rituales son explicitaciones fundamentales de la socialidad
del hombre que señalan y subrayan, en consecuencia, todas las
manifestaciones de dicha socialidad.
b) Útil/no
útil. Sin embargo, y sin salimos del lenguaje tanto común
como especializado, el rito además de ser referido a la
repetitividad es considerado como perteneciente al orden de lo no-útil,
insinuándose una frontera entre lo que es rito y lo que no lo es. En una
tentativa de definición, podríamos decir con
J. Cazeneuve:
"El rito exhibe el aspecto de una acción que se repite de
acuerdo con reglas invariables y cuya ejecución no se advierte que
produzca efectos útiles"8. Pero indudablemente el
recurrir a la categoría de lo útil no ayuda a clarificar el
fenómeno, en cuanto que las condiciones que definen el
comportamiento ritual, las funciones que desarrolla y los medios que
emplea revelan una necesidad práctica propia de los ob
jetivos
utilitarios, de modo que entre el rito y el acto útil podemos observar
posibles coincidencias y amplias constantes'. Basta pensar en los ritos
mágicos para obtener la lluvia, o 1745
bien en los ritos
típicos de la neurosis obsesiva, que sirven para gratificar y
calmar al sujeto empujado a realizarlos. En este sentido, Cazeneuve
precisa ulteriormente: "El rito es un acto cuya eficacia real o presunta
no se agota en el encadenamiento de causa y efectos. Si es útil, no
lo es por conductos exclusivamente naturales, y en ello reside su diferencia
respecto de la práctica técnica" ,0. El reenvío
a una dimensión no-fenoménica, extra-empírica, de algún
modo sobrenatural, plantea a su vez la distinción entre rito-religioso y
rito-no-religioso.
c) Religioso I
no-religioso. Es necesario advertir sobre todo cómo en esta
distinción parecen concordar los pareceres de una gran parte de los
investigadores del rito en las diversas culturas. Desde Durkheim y la escuela
sociológica " a Malinowski y la corriente funcionalista l2 hasta
Turner, uno de los más importantes investigadores
representativos de la antropología sociall3, el rito es definido,
además de por su repetitividad, por su referencia a creencias, a
órdenes extra-empíricos o a poderes místicos. Es
más, dentro de las mismas escuelas o corrientes, como por ejemplo
en la funcionalista de la obra de R. Firth u, se llega a establecer
ulteriormente la división entre ceremonias y rito, subrayando la diferencia
propia e insistiendo en la eficacia de orden místico del segundo
más que en la normalidad convencional de las primeras. Sin insistir
demasiado en esta última diferencia, por cuanto la interferencia
entre las dos formas es frecuente ", me importa subrayar que la
oposición absoluta entre ritos religiosos y no religiosos no
es del todo pertinente ni operativa.
Es preciso
distinguir entre lo que sucede en la sociedad y en las culturas y en la
conceptualización propia
Rito/Ritos
de las
conciencias particulares. En lo tocante a estas últimas, es normal
constatar que "ningún creyente estaría dispuesto a
admitir que el ritual de la misa es un fenómeno de la misma
naturaleza que el de quitarse el sombrero en casa. Los dos fenómenos
son conceptualizados de modo diverso por un sujeto social"l6. Por
consiguiente, en este plano es fácil distinguir lo que es rito religioso
de lo que no es aceptado como tal. La valoración es notablemente
diferente cuando se toman en consideración las sociedades donde lo religioso
no es constatable ni resalta como una realidad aparte, diferente del resto. En
este contexto, tanto para el individuo como para la sociedad, el fenómeno
ritual es omnicomprensivo, marca rítmicamente lo cotidiano y
señala las estaciones, pero no establece relaciones entre lo
sagrado y lo profano, pues no existe ninguna frontera que lo divida. En el
caso de que después se quiera investigar el fenómeno
partiendo de esta división, se debe tener presente la oportuna indicación
metodológica de considerar "el comportamiento ritual
lógicamente anterior a toda representación de dioses o
divinidades particulares, de modo que el culto o el servicio divino
sería más fácilmente interpretable como una
aplicación a los dioses, divinidades, espíritus y fuerzas
más o menos localizados y antrópomorfizados, de las reglas y
costumbres en uso en los rituales de interacción humana,
descartando quizá el sacrificio" ".
Estas precisiones
me parece que confirman ampliamente el uso analógico de la
noción de rito, reenviando a los diversos contextos las puntualizaciones
necesarias y el empleo del término.
2. GÉNESIS
FUNDAMENTAL DEL RITO, a) El modelo ontogenético de
E. Erikson. La
amplia fluctuación
Rito/Ritos
analógica,
si por una parte comporta el peligro de una pulverización del
fenómeno ritual y, llevada al extremo, una evanescencia
interpretativa, por otra invita a buscar los elementos de la ritualidad
humana en su génesis fundamental o en aquellas raíces que
permiten comprender cómo es posible encontrar la experiencia ritual
en una amplia gama de hechos. En esto nos puede ayudar el modelo de E. Erikson,
que desde una perspectiva psicológico-social descubre el fenómeno
ritual, o mejor su ontogénesis, en el proceso de crecimiento y de
socialización del hombre/mujer ". Erikson, para delimitar la
ritualidad humana, plantea como postulado que dicha ritualización debe
comportar como mínimo un intercambio entre dos personas, las cuales
repiten determinados actos a intervalos significativos en contextos que se repiten.
La formalización de este intercambio debe favorecer la adaptación
emotiva de los dos participantes. En la relación madre-niño,
en el estadio preverbal de este último, en particular en la
relación que se establece al despertar cada mañana, encontramos
este intercambio entre dos personas que, repitiendo determinados
actos a intervalos significativos y en un contexto dado, permite la
adaptación recíproca". Erikson comenta: "Muchas cosas
contribuyen a pensar que el hombre nace con una necesidad de seguridad y de
reafirmación regular y recíproca: en cualquier caso,
sabemos- que la ausencia de estas realidades puede causar trastornos
gravísimos en un recién nacido, ausencia que disminuye o
detiene la búsqueda activa de impresiones que confirman los datos de los
sentidos del mismo recién nacido. Pero una vez despertada, esta
necesidad se confirma en cada periodo de la vida bajo la forma de un
anhelo de ritualización y de ritos renovados, más
formalizados y más 1746
ampliamente
compartidos cada vez,
que da de nuevo
el reconocimiento
esperado. Estas
ritualizaciones com
prenden el
intercambio de los sa
ludos ordinarios
que refuerza los
vínculos
emotivos, hasta la fusión
del individuo con
su objeto en el
amor, la
inspiración o el carisma del
jefe. Yo
sugeriría, por íunto, que esta primera y oscura seguridad, este
sentimiento de una presencia santa, aporta un elemento que está
presente en toda ritualización humana, y que nosotros llamamos lo
numinoso"2°. Para el autor es esencial observar la
existencia de un mismo proceso de ritualización; éste se confunde
con el crecimiento vital del hombre y, pese a sus diferentes formas y
grados, recorre toda manifestación ritual, desde la inicial de la
relación madre-niño a la más propiamente religiosa,
en la que el elemento de lo numinoso es aspecto indispensable y
referente obligatorio, que de algún modo se explicita. Sin embargo, por
el hecho de que en la ritualización de los adultos se aluda emocional y
simbólicamente a elementos infantiles, no se quiere afirmar en
absoluto que el rito pertenezca al orden de lo infantil. Por el contrario,
se pretende hacer resaltar una lectura cultural de la vida humana y
explicar adecuadamente la persistencia del fenómeno ritual en su
totalidad funcional. En este sentido pienso que el modelo eriksoniano
puede facilitar la comprensión de las diversas crisis a las que el rito
está de vez en cuando sujeto tanto históricamente como en la
vida del individuo 21, al tiempo que se recuerda su importancia y su fundamentalidad
para el hombre/mujer en relación.
b)
Simbólico I imaginario. Para iluminar ulteriormente el proceso analizado
por Erikson, convendría considerar el rito como una acción 1747
compleja en la
que confluyen, ya desde su nacimiento, además de gestos y
movimientos, palabras y cosas, "un todo coherente que, dentro de un
determinado sistema cultural, establece un campo simbólico que permite
situarse o situarnos el uno frente al otro, establecer relaciones, reconocer
valores"22. Recordar lo simbólico significa confirmar por una parte
la fundamentalidad del ritualismo humano, y por otra señalar su
esencial función maduradora para el hombre/ mujer25. De hecho, lo que
llamamos ordinariamente lo real no lo alcanzamos nunca directamente.
Sólo podemos percibirlo mediatamente; lo real se hace presente a
nosotros mismos a través de la compleja trama simbólica de la
cultura, en particular mediante la actividad del lenguaje, globalmente
comprendido 2*. También el devenir del sujeto en cuanto tal, y en cuanto
se reconoce como tal, subyace a esta ley. La alteridad, de la que se toma
conciencia progresivamente con respecto a la madre, a las cosas, a la
sociedad y a la historia, se hace presente, de hecho, a través del
orden simbólico. "Sin la mediación del lenguaje y de la
trama simbólica constituida por la cultura que me ha formado,
estaría sometido al imperio mortífero de la cosa, en una inmediatez
cerrada en sí misma. Es preciso que el lenguaje realice la muerte
de la cosa para que yo me pueda constituir como sujeto en un mundo
significante: así se crea un espacio libre, en el que llega a ser
posible la vida humana. Pero al mismo tiempo renuncio a creer que pueda
alcanzar la desnuda y cruda realidad, ilusión que me conduciría a
la muerte: el símbolo me arranca así del imperialismo de lo
imaginario"25. Es, en cambio, propio de lo imaginario aislar lo real
y situar las cosas fuera de la cultura y de la sociedad. El individuo, en
lo imaginario, se aisla a su
Rito/ Ritos
vez,
impidiéndose a sí mismo reco
nocer al otro y
la realidad como di
ferente de
sí. Todas las cosas son vis
tas como parte de
sí mismo y son
percibidas como
imágenes de sí. El
proceso de
maduración del hombre
queda
dramáticamente bloqueado y
puede conducir
inevitablemente a la
muerte.
La ritualidad es
por su naturaleza anti-imaginaria, y vive del orden de lo simbólico. Sus
mediaciones asumen las características de la diferenciación
entre los diversos ritos. De este modo el tiempo y el espacio que establece
mediatiza la compleja relación naturaleza/ cultura, pensamiento/acción,
palabra/cuerpo y las infinitas aperturas del hombre/ mujer hacia los
otros, las cosas, la sociedad y la historia. De este modo le es concedido
al sujeto situarse; el rito le recuerda, haciendo que lo viva según las
circunstancias, quién es, de dónde viene, a dónde va;
la permite reencontrarse y reencontrar, ofreciéndole o mejor
facilitándole esas posibilidades de maduración que afectan
tanto a sus conocimientos como a su vida práctica, es decir, su
éthos: actitudes y valores.
3.
MORFOLOGÍA DEL RITO. Frente a la analogicidad de la noción
de rito y, consecuentemente, a la fundamentalidad originante del rito, tanto
ayer como hoy se ha intentado dominar la complejidad del tema a través
de dos operaciones. La primera consiste en dividir tipológicamente
los ritos clasificándolos en ritos arcaicos y primitivos, distintos
de los que están más propiamente presentes tanto en las grandes
religiones modernas como en la vida cotidiana26. En la práctica,
han sido considerados los primeros sobre todo desde el punto de vista etnográfico
y antropológico; aunque no faltan estudios, más allá de
las disciplinas específicas propias de un de
Rito/Ritos
terminado rito,
que afrontan el problema ritual hasta el comienzo de la época
contemporánea2'. La segunda operación consiste en interpretarlos
según las funciones que realizan, tanto sociales como
psicológicas2S.
No ha faltado un
tercer intento que, para evitar la complejidad de las operaciones enunciadas,
ha propuesto referirse al ritual como programa, y desde el programa
se ha intentado leer las categorías propias del ritual2'.
Para permanecer
en el ámbito de mi presentación, manifiestamente promocional en
lo tocante al rito, creo que es más útil clasificar los ritos
según tres grandes planos o grados sugeridos por las respectivas estructuraciones
formales, y por tanto por una lectura que podríamos llamar
gramatical del contexto ritual. De este modo será fácil
clasificar también los rituales litúrgicos, prescindiendo de
las complejas secuencias rituales que los componen y que hacen a los ritos
particulares articuladamente elaborados.
a) Ritos
obsesivos. En estos ritos más o menos supersticiosos se pueden
clasificar actos como lanzar una pizca de sal a los cuatro puntos cardinales
cuando la sal ha sido derramada; hacer la señal de la cruz al
comienzo de una competición deportiva; escupir en las propias manos
antes de comenzar un trabajo; tocar hierro..., que en su reiterad vi-dad y
complejidad parecen no tener objeto aparente. Son ritos que de algún
modo ha de practicar la persona, so pena de profundos trastornos y
frustraciones.
Según la
lectura psicológica iniciada por Freud ,0, en estos ritos individuales
es posible entrever características propias del rito en general, y
del religioso en particular. Sin embargo, este tipo de lectura es discutible,
sobre todo porque sitúa la ex
1748
plicación
de la ritualidad social no a nivel ontogenético, sino dentro de la
psicología individual, a nivel filogenético.
b) Ritos de
interacción. El segundo grado o nivel del ritual cubre toda la
amplia área de los ritos interpersonales, fina y eficazmente
descritos por E. Goffman ". Conciernen a todo lo que el sujeto en presencia
de otros se ve obligado a hacer al objeto de volverse accesible y
utilizable para comunicar: códigos de educación, precedencias,
reglas para la toma de contacto, etc. A través de estos ritos se
instaura ante todo un respeto entre los individuos; respeto prestado y reconocido
de forma que facilite el contacto y las respectivas fases situacionales. La lectura
goffmaniana tiene el mérito de subrayar que "el ritual no es una
fórmula muerta que esconde el funcionamiento real de las
instituciones, sino el conjunto de actos a través de los cuales el
sujeto controla y hace visibles las implicaciones simbólicas de su
comportamiento cuando se encuentra directamente expuesto a otro
individuo"52. Además estamos más sensibilizados a aquellas
secuencias rituales, que podríamos denominar globalmente de
presencia y de contacto, observables en los rituales más complejos, y en
particular en los de tercer grado.
c) Ritos
instituidos. En el tercer grado del ritual se pueden clasificar aquellos ritos
que denominamos instituidos, los cuales, teniendo una organización
autónoma y formada por varias secuencias rituales, se sitúan en
torno a un acto performativo 13; por ejemplo: los ritos de tránsito 34,
los ritos de iniciación ", los ritos de sacrificio ", los ritos
de adivinización..." La tipología que puede abrazar
este tercer nivel es muy amplia, y múltiples los problemas anejos,
porque cada uno de los ritos 1749
puede estar
sujeto a lecturas muy diferentes. No se puede dejar de recordar
expresamente que es posible situar entre estos ritos también a los
litúrgicos, entendidos en su acepción de cristianos. Sin embargo,
la problemática propia de estos últimos repropone con
vigor la cuestión de la relación entre el rito y la magia M, y
globalmente la eficacia simbólica tanto en la lectura tradicional
como en la relectura contemporánea 3\ dando lugar, discreta pero
claramente, a una renovada comprensión de la eficacia sacramental
*>.
II. Rito
cristiano
El sector de los
ritos cristianos se presenta compuesto y a la vez complejo. Conviene tener
presente una triple distinción indicativa y fluida, la cual, sin
embargo, no goza del consenso de todos los estudiosos. En primer lugar:
los ritos litúrgico-sacramentales, declarados como propios y
oficiales por los responsables eclesiales, que abarcan la mayor parte de
los ritos de tránsito (para utilizar la terminología de A.
van Gennep), la eucaristía, la liturgia de las Horas41. En segundo
lugar: los ritos típicos de la piedadpopular: rosario, novenas,
procesiones devocionales..., que de hecho se inspiran directa o
indirectamente en los ritos oficiales, sobre todo en cuanto a los
contenidos42. Por último: el vasto campo de los ritos de la / religiosidad
popular, en los que se pueden observar resonancias o referencias cristianas tanto
en las secuencias rituales como en los contenidos: peregrinaciones
anuales tradicionales (como, por ejemplo, a
Rito/ Ritos
solamente tengo
en cuenta la primera distinción, que, en su acepción sacramental,
se refiere a los ritos que he denominado [/ supra, I, 3, c], por su estructura,
instituidos.
1. MITO
FUNDADOR-RITO. Como todo rito religioso, el rito cristiano se especifica
principalmente por su referencia al mito fundador, para que lo hagan revivir de
algún modo, a través de las modalidades de ser propiamente
rituales, los celebrantes
o actores rituales
"5. "Sumergiendo simbólicamente al grupo en el tiempo
primordial del que ha nacido, esta anamnesis ritual obra una verdadera
regeneración. El retomar energías en el in illo tempore
mítico de la génesis del grupo sirve de obstáculo a
las fuerzas de la muerte que, inevitablemente y sin descanso, socavan su
identidad y, por lo tanto, amenazan tanto su existencia como el agotamiento de
su significancia del mundo. Tal es, en efecto, el poder de la anamnesis
mítica: acto de reminiscencia, extirpa el pasado a lo que es realidad
pasada, donde el simple recuerdo lo deja pudrirse y lo vuelve presente, para
hacer del mismo una génesis viviente del hoy y del futuro; en la
anamnesis el grupo recibe su pasado como presente —en el doble sentido
del término—, como don de gracia" K. Está claro que el
rito cristiano tiene como mito fundador, en sentido estricto, la muerteresurrección
de Jesucristo. Con la característica particular, sin embargo, de no
concebir la inmersión en el in illo tempore como mito del eterno retorno,
sino con la certeza de una libertad personal que confiesa la realidad
primordial en una historia continua y no cíclica47.
Dentro de la
experiencia cristiana,
O. Casel, con
lucidez y perspicacia, aunque con finalidades teológicas, ha puesto en claro
las estratificaciones y dependencias entre el mito fun
Rito/ Ritos
dador y el rito.
"Partiendo del hecho de que la liturgia cristiana es llamada
constantemente misterio, Casel descubre que los componentes esenciales de
este término técnico-cultual son: 1) la existencia de un acontecimiento
primordial de salvación; 2) que este acontecimiento se hace presente en
un rito; 3) que el hombre de todos los tiempos a través del rito realiza
tanto su particular historia de salvación como la universal. Aplicando
estos elementos resulta, pues, que el culto cristiano, realizándose en
el nivel y forma cultural del misterio, no es tanto una acción del
hombre que busca un contacto con Dios (concepto natural de
religión) cuanto un momento de la acción salvífica de
Dios sobre el hombre (concepto revelado de religión)"". De
esto se deriva también y sobre todo que el grupo-iglesia se ve
continuamente forzado a referirse a su fundador para expresar su total
dependencia en cuanto a los contenidos y para confrontarse sobre cómo
explícita ritualmente estos contenidos.
Sin embargo, se
debe precisar que "como cualquier ritual religioso, los sacramentos no son
ante todo de orden cognoscitivo, el de la loghia, sino de orden
práctico, el de la urgia. Si transmiten informaciones doctrinales o
éticas, es a partir de la acción que se realiza y según el
mismo simbolismo de esa acción. Las celebraciones
litúrgicas no se deben considerar como el lugar de un tratado
teológico, aunque éste no está evidentemente ausente
nunca. Sobre todo son un actuar, que busca una eficacia real y beneficiosa para
los participantes. El obrar tiene prioridad sobre el decir; o, mejor, lo
que se dice es lo que se hace, de modo que lo decisivo es menos lo que se dice
que el modo de decirlo, o sea, el acto del decir"4'. Para la experiencia
cristiana, por tanto, el rito no pertenece al orden de lo accesorio, sino
1750
que es una
modalidad de ser y de expresarse que media expresivamente,
despertándolas, todas las realidades silenciosas de la fe: comprometiendo
al hombre entero y al cosmos en las articulaciones de todo el lenguaje
verbal y no-verbal, reactualiza el mito-fundador, de modo que éste tiene
efectivamente lugar por medio del gesto humano50.
2. CONSTANTES Y
VARIABLES DEL RITUALISMO CRISTIANO. El rito cristiano no instituido se articula
como un hacer-obrar, según determinadas circunstancias, tiempos y
acontecimientos, o explicitando lo que el fundador mandó hacer al grupo-iglesia
(por ejemplo, el banquete sacrificial...), o refiriéndose a una ritualidad
más vasta, asumiéndola del patrimonio ritual religioso de distintas
culturas (por ejemplo, la imposición de las manos), del mundo hebreo,
de tradiciones griegas o romanas (por ejemplo, aspectos del rito
matrimonial) o de expresiones particulares de las culturas en las que se
practica hoy. En la ritualidad cristiana, sin embargo, los ritos no se
pueden reducir a meras creaciones culturales organizadas en torno a elementos
focalizadores o a circunstancias ocasionales externas51. Además
de ser confrontados con el mitofundador, como decía más
arriba, encuentran en la lógica del mismo, globalmente
entendido, un paradigma de autoridad referencial: el logos se hace carne,
transfigurándola para la vida sin fin. El logos (en este caso las
palabras fundamentales de la experiencia cristiana) aporta a la ritualidad
una instancia denotativa que circunscribe y precisa la polisemia inscrita en
todo lenguaje ritual. De este modo se pueden usar también los lenguajes
verbales y no verbales de la ritualidad humana y religiosa más vasta,
pero para encontrar dentro del rito cristiano, en el texto o en
1751
el contexto,
determinadas resonancias y posibilidades de lectura y comprensión.
Conviene, empero, distinguir en la ritualidad cristiana lo que es
constante o constitutivo, a menudo directamente ligado al fundador, y lo
que depende de las variables históricas culturales en las que el
rito se ha visto en la necesidad de ser expresado ".
Entre las
constantes se pueden señalar: a) las palabras y las cosas: la
fórmula sacramental, que tiende a un máximo de performatividad
tanto por su contenido lingüístico como por el gesto que la
acompaña, tomada de las palabras del fundador o en referencia
verbal al nombre de Dios, de
Entre las
variables se pueden señalar: a) las acciones gestuales: el lenguaje
no verbal; de las posiciones: de rodillas, en pie, sentados...; de los
movimientos: procesiones, danza....; b) el dispositivo ecológico:
distribución y reglamentación del tiempo y del espacio,
poseer y habitar el espacio por parte de los actores rituales en
función de las secuencias rituales; c) los objetos: vestidos, objetos
fun
Rito/Ritos
cionales, vasos
sagrados...; d) los actos de lenguaje: el uso de diversos estilos al leer
y al orar; el canto, el grito, la aclamación, la música...; e)
los actores: algunos protagonistas particulares en el rito: el que acoge, los
lectores, el director del canto...
Probablemente en
la atenta dinámica entre las constantes y las variables,
antropológicamente hablando, reside la fuerza y la vitalidad del rito
cristiano. El fenómeno, digamos de entropía, al que los siglos y
las culturas someten al rito religioso, encuentra en la
responsabilidad del grupo-iglesia y en las posibilidades inherentes a la
ritualidad cristiana un filtro y un dique bastante sólidos. El rito
cristiano, aunque identificándose en el mito-fundador, se puede
abrir estructuralmente a la pluralidad de adaptaciones exigida por los
tiempos y por las diversas culturas en las que vive y actúa cada uno de
los grupos-iglesia. Aparecer siempre el mismo y nunca el mismo es una
característica de indudable fuerza cultural, que beneficia al grupoiglesia
en sus inculturaciones, aculturaciones y transculturaciones, por complejas
que sean.
NOTAS: ' Por lo
que se refiere a la primera tendencia, cf, por ejemplo, los análisis de
H.J. Blackham, Aspeas idéologiques: une réévaluation
des rites, en J. Huxley (a cargo de), Le comporiemení riluel chez I
homme et /'animal,
Gallimard,
París 1971, 301-306, donde el autor estudia toda la vasta gama de los
ritos. Por lo que concierne a los ritos más propiamente religiosos,
M. Douglas señala tres fases en el proceso de alejamiento del rito:
"Primera: la que supone el desdén por las formas simbólicas
externas. Segunda: un proceso de interiorización de la experiencia
religiosa. Tercera: el movimiento en favor de una filantropía de
tipo humanista" (Símbolos naturales. Alianza Universidad,
Madrid 1978, 26; cf también las pp. anteriores donde ilustra el
fenómeno y los efectos de las tres fases). Sin embargo, creo que entre
las motivaciones profundas del alejamiento del rito, además de la
desconfianza en los símbolos señalada por la misma Douglas y
cuyas raíces culturales internas he mostrado (cf S. Maggiani,
Rito/ Ritos
Nelia foresta dei
simboli..., en RL 67/3 [1980] 291-316), hay que incluir el rechazo de la muerte,
típico de nuestros contemporáneos (cf mi
Elementi del
dibattiio odierno sul tema della morte, en RL 66/2 [1979] 270-317). El rito
religioso en general y el cristiano en particular exige un morir
simbólico de los participantes (morir a lo inmediato, al hombre
viejo...) para poder entrar en comunión con el misterio. La
remoción de la muerte en todas sus articulaciones comprende
también el rechazo de la muerte simbólica y, en consecuencia, lo
que expresa dicha muerte: el rito precisamente — 2 El fenómeno
aquí indicado es de una complejidad laberíntica evidente,
entre otras razones a causa de la movilidad a que está sujeto el
fenómeno mismo. Sin embargo, me parece importante tomar aquí
conciencia más de la entidad del fenómeno globalmente
considerado que de los aspectos efímeros y pasajeros de las
situaciones que lo integran. Aunque en sus componentes no se presenta como un
fenómeno totalmente nuevo, la emergencia es tan preponderante que
suscita hipótesis de evoluciones tendenciales que se
desarrollarán en el tiempo. Para los jóvenes, cf M. Ermilli,
Rito, festa e ideología nelTesperienza cultúrale dei giovani,
en VV.AA., Creativitá, gesto, comportamento..., Patrón,
Bolonia 1980, 225-252. Para una panorámica de algunas orientaciones
nuevas incluso rituales en la esfera de lo religioso, cf L. Castellani, I santi
delTApocalisse, SEI, Turín 1979; VV.AA., Studi sulla produzione
sociale del sacro I, Forme del sacro in un'epoca di crisi, Liguori,
Ñapóles 1978; es de particular interés el estudio de F.
Ferrarotti,
Riflessioni
introduttive sul destino della ragione e il paradosso del sacro, ib, 11-70, que
traza problemáticas subyacentes al fenómeno del resurgir de
lo sagrado en algunos grupos, y hace algunas indicaciones metodológicas
para la investigación. Resulta útil el presondeo realizado
por R. Mion y otros, Fine di una eclissi? Sondaggio sulla religiositá
dei giovani, LDC, Turín 1980. Pueden encontrarse valiosas indicaciones
teóricas y metodológicas, así como ricas temáticas
sobre algunos movimientos religiosos europeos e internacionales nuevos, en
VV.AA.,
Méthamorphose
contemporaine des phénoménes religieux? (The contemporary
Metamorphosis of Religión?) Actes de la 12*™ Conférence
Internationale de Sociologie Religieuse (
- 1752
e interferencias
de la secularización con la teología remito a las voces
correspondientes de los distintos diccionarios teológicos. La
persistencia de las manifestaciones de ritualidad "popular" ha dado a
los antropólogos la posibilidad de investigar esta religiosidad llamada
residual, contagiando a varias disciplinas y dando vida a una plétora de
estudios sobre la cultura y sobre la religiosidad popular: cf, por ejemplo, las
contribuciones de VV.AA., Liturgia e religiositá populare...,
Dehoniane, Bolonia 1979; R. Cipriani (a cargo de), Sociología della
cultura popolare in Italia, Liguori, Ñapóles 1989. Sobre el perdurar
de los ritos religiosos populares y su contagio simbólico a una
ritualidad civil, cf el estudio de VV.AA., // símbolo conteso,
Ianua, Roma 1979 —
sens pratique.
Mythes et rites: analyse structurale et logique pratique, en Actes de la
recherche en sciences sociales I (febrero 1976), 43-86 — 10
Sociología del rito (nota 8) 19 — " Cf E. Durkheim, Las
formas elementales de la vida religiosa, Akal, Madrid 1982 — 12 B.
Malinowski, Sex, Culture and Myth, Alien & Unwin, Londres 1963,
223-224; en estas páginas se recoge el art. de M., The Group and
the Individual in Functional Analysis, aparecido en la revista American J.
Sociology 44/6 (1939) 938964 — l3 Así define V. Turner el
rito: "Entiendo por ritual una conducta formal prescrita en ocasiones
no dominadas por la rutina tecnológica, y relacionada con la
creencia en seres o fuerzas místicas" (La selva de los
símbolos, Siglo XXI, Madrid 1980, 21) — l4 Tikopia Ritual and
Belief, Alien & Unwin, Londres 1967, 31ss — l5 Cf la voz Cerimoniale,
en Enciclopedia 2, Einaudi, Turín 1977, 955-967 — lt Ib, 958
— !7 J.-Y. Hameline, Aspeéis du rite, en MD 119(1974) 103 - ls
Ontogénie de la ritualisation chez l'homme, en J. Huxley, Le comportement
rituel... (nota 1) 139-169; cf también la lectura que hace I. De Sandre,
Rito e societá contemporánea, en VV.AA., Fede e Rito..., Dehoniane,
Bolonia 1975, 81-89 — '" Puede resultar útil referirse
también a J.A. Ambrose,
Ritualisation du
lien mére-nourisson chez les humains, en J. Huxley, Le comportement rituel...
(nota 1) 170-175 — 20 E. Erikson, Ontogénie de la
ritualisation... (nota 18) 141-142 —21 Cf las observaciones de I. De
Sandre, Rito e societá contemporánea (nota 18) — 22 S. Mag
1753
gianí, II
rito oggi, en Servizio della Parola 121 (1980) 14 — 2J "Sin embargo,
no es necesario excluir la tendencia a eventuales patologías que
encontramos en el rito cuando éste ya no funciona en una
determinada cultura: la esclerosis, que puede minar algunas secuencias
rituales, puede facilitar fenómenos de regresión hacia lo
imaginario personal e impedir, decayendo, por ejemplo, el componente emotivo
que favorece la reciprocidad, la relación" (S. Maggiani, Ib, 17).
Cf también las observaciones de L.M. Chauvet, Du symbolique au
symbole, Cerf, París 1979, 152-159 — u Cf los escritos de E. Ortigues,
Le discours et le symbole, Aubier-Montaigne, París 1962 —
Rito/Ritos
sciences sociales
5-6 (1975) 183-190, y F. Isambert, Rite et efficacité symbolique, Cerf,
París 1979, 87-113 — 34 Cf el clásico A. van Gennep, Les
rites de passage, Mouton, París 1969 — " Cf, por ejemplo, R.
Bastide, Initiation, en Enciclopaedia Vniversalis 8 (1971) 1031-1036; B.
Bettelheim, Heridas simbólicas. Una interpretación
psicoanalítica de los ritos puberales, Barral, Barcelona 1974; G.
D'Alviella, Initiation, en Encyclopaedia of Religión and Ethics 7,
T.T. Clark, Edimburgo 1914, 314-329;
A.M. Di
Ñola, ¡niziazione, en Enciclopedia delle religioni 3 (1971)
col. 1116-1171; M. Eliade, La nascita mística. Riti e simboli
d'iniziazione,
Morcelliana,
Brescia 1974 — 36 Cf, por ejemplo, H. Hubert y M. Mauss, Essai sur
la nature et la fonction du sacrifice, en M. Mauss, Oeuvres I (nota 26),
193-354; R. Girard, La violence et le sacre, Grasset, París 1972; W.
Burkert, Homo necans. Antropología del sacrificio cruento nella
Grecia antica, Boringhieri, Turín 1981 — 37 VV.AA.,
Encyclopédie de la divination, H. Vegrier, París 1973
— 38 Cf, por ejemplo, F. Jesi, Rito, en Enciclopedia Europea 9,
Garzanti, Milán 1979, 770-772; la voz Magia, en Enciclopedia 8, Einaudi,
Turín 1979, 708723 — 39 Cf las agudas precisiones de F. Isambert,
Rite et efficacité symbolique (nota 33) 2785, y la correspondiente
bibl., 215-216 — *° Cf Ib, 201-213 — 4I Para una lectura hecha
desde dentro de la experiencia cristiana sobre la diferencia entre
liturgia-no-liturgia, cf S. Marsili, Liturgia e non-liturgia, en S. Marsili (a
cargo de), Anamnesis I, Marietti, Turín 1974, 137156 — 42 El
límite entre piedad y religiosidad popular es quizá el más
difícil de establecer: cf, por ejemplo, C. Valenziano, Su la religiositá
popolare. Osservazioni per una tipología nelle culture cristiane, en
Vita monástica 132 (1978) 74-96; cf también algunas citas de
nuestra nota 3 — 43 Al afrontar los problemas inherentes al
santuario-peregrinaje se palpan la complejidad y la vastedad de la
"religiosidad po"pular" y la fase de transición que
estamos viviendo en torno a su estudio: cf, por ejemplo, R. Guarnieri,
Fonti vecchie e
nuoveper una "nuova"storia di santuari, en Mar 42 (1980) 495-521
— " E. de Martino, Morte epianto rituale..., Boringhieri,
Turín 1975 — 45 Utilizo el término "mito" en su
acepción connotativa que desborda en una realidad inicial fundamental.
De todas formas, sigue siendo global y variable la interpretación del
mito: cf, por ejemplo, E. Castetli (a cargo de), Mito e fede..., Istituto di
studi filosofici, Roma 1966; A. Di Ñola, Mito, en Enciclopedia delle
religioni 4 (1972) 485-530; VV.AA., Mythe, en Enciclopaedia Vniversalis II
(1977) 526-537; M. Detienne, Mito¡ Rito, en Enciclopedia 9, Einaudi,
Turín 1980, 348-363; VV.AA., Mythos/logos, ib, 660-689 -
Rito/Ritos
torno, Alianza,
Madrid 19792 — 4" S. Marsili, Verso una teología della
liturgia, en Anamnesis I (nota 41), 78 —
S. Maggiani
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en "Concilium" 132 (1978) 196-209. Véase también la
bibliografía de Antropología cultural. Gesto/Gestos y
Signo/Símbolo.
RITOS ANTIGUOS /
Liturgias locales antiguas
RITOS ORIENTALES
/ Orientales, Liturgias
s
SUMARIO: I.
Enfoque fenomenológico-cultural -11. El sacerdocio de Israel - III.
El sacerdocio de Cristo - IV. El sacerdocio del pueblo sacerdotal y de los
ministros ordenados: I. El sacerdocio común de todos los creyentes; 2.
Origen de los ministerios ordenados - V. El sacerdote en la historia
de la liturgia y en la teología:
1. De los tiempos
apostólicos a la época carolingia; 2. De la época
carolingia al concilio de Trento; 3. Del concilio de Tremo al Vat. II; 4. El
Vat. 11 y los años posteriores: a) La recepción del magisterio y
de la reforma conciliar, b) Problemática ecuménica, c)
Perspectiva de una nueva calificación teológica y pastoral.
I. Enfoque fenomenológico-cultual
El hecho de que
en todo contexto cultural se encuentre de modo constante la presencia de
una persona dotada de determinadas características
socio-religiosas, permite apreciar la importancia de tal persona en el
ámbito de la vida humana. Esa persona es llamada con diversos nombres,
que remiten a la matriz sacerdotal, la cual evidencia su carácter
primario religioso y sacerdotal: el sacerdote, pese al amplio abanico de
matices particulares en las modalidades del ejercicio de sus funciones, es
desde siempre el mediador reconocido oficialmente entre el hombre y Dios,
entre el contexto social humano y el mundo divino (sacerdote = sacra
daré).
Son tres los
ámbitos principales en los que el sacerdote ejerce sus funciones en
las sociedades primitivas y en las culturalmente evolucionadas: a) la
inmolación del sacrificio: constituye el centro de toda la vida cultual,
aun siendo diversas las matizaciones del significado (propiciatorio,
expiatorio...) y los modos (cruento, incruento; de personas, animales,
cosas...); fc)el exorcismo, cuyo fin es la purificación de todas las
formas de mal que afecten al individuo o, en casos límite, a toda la
sociedad: desde el pecado que pesa sobre la conciencia individual y
colectiva al mal de ojo o expresiones análogas de (presuntos) influjos
espiritistas, que a menudo, en realidad, son los efectos nocivos e incluso
letales de alimentos venenosos y/o de estupefacientes
(piénsese en la difusión del cornezuelo del centeno en el medievo
occidental, con crisis de locura colectiva, epidemias de parálisis y alteraciones
psico-físicas); c) el oráculo: permite al sacerdote adivinar
el curso de los acontecimientos y la suerte futura a partir de determinadas
observaciones.
Paralelamente al
desarrollo de las culturas, las funciones del sacerdote se integran con otros
cargos sociales,
o bien se
descomponen, cristalizando en torno a una única y limitada
actividad. Así, no es extraño observar la existencia de
sacerdotes-reyes tanto en el vértice de la actividad religiosa como del
poder político-administrativo. Pero en algunas sociedades (la
romana, por ejemplo) el
Sacerdocio
sacerdote, por el
contrario, se reduce a ser un simple exorcista o adivinador, mientras que
en el aspecto cultual y sacrificial es solamente un experto del
ceremonial junto con el jefe del Estado o la personalidad política a
quien compete en cada ocasión la acción sacrificial.
Por
último, se puede observar que el sacerdote no siempre consigue mantener
sus funciones específicas propias, sea por el hecho de que esas
funciones son ejercidas por otros, sea también porque el sacerdocio en
ocasiones se degrada a nivel de bru
jería en
las culturas en que lo mágico se apodera de lo genuinamente religioso.
II. El sacerdocio
de Israel
Antes de la
organización particular del sacerdocio israelítico
—cuyo conocimiento es necesario para poder comprender adecuadamente
el sacerdocio de Cristo y de los cristianos—, en tiempos de la
monarquía la acción sacrificial era realizada (también)
por personas no investidas de una misión sacerdotal específica,
comenzando por Caín y Abel (Gen 4,3ss), Noé (Gen 8,20),
Abrahán (Gen 22,13), Jacob (Gen 31,54; 46,1), hasta la época de
los Jueces (por ejemplo, Gedeón: Jue 6,25; Elcaná, padre de
Samuel: 1 Sam 1,
sino más
bien con el oráculo. Esta función oracular —basada en la
respuesta sí/no con el uso de urim y thummim— podía
desarrollarse en los santuarios (por ejemplo, 1 Sam 22,
1756
(cf 1 Sam 14,18s.36-42);
esta función inscribe la actividad sacerdotal israelítica en
el contexto de actividades oraculares-sacerdotales análogas del Antiguo
Oriente. Con respecto a esto se deben tener presentes dos aspectos
significativos: a) los sacerdotes del antiguo Israel pronuncian
oráculos sin ser videntes o adivinadores; b) los sacerdotes pueden
ofrecer ciertamente sacrificios, pero no por esto asumen una
función sacrificial-cultual específica, dado que todo hombre
tiene el poder de hacerlo (cf los ejemplos ya señalados).
En la historia
del sacerdocio israelítico tiene gran importancia la figura de
Moisés, el mediador por excelencia entre Dios y su pueblo. Diversos
textos le han atribuido explícitamente funciones sacerdotales
posteriores, y también a él se refiere la investidura sacerdotal
de los hijos de Aarón (Núm 15,17). Tampoco se puede olvidar la
existencia de santuarios sacerdotales de gran importancia, como Silo
(Jos 18,8ss; 19,51; 21,2; 22,9-12; Jue 18,31; 21,19; 1 Sam 1,
Este sacerdocio
sufre también influencias egipcias (por ejemplo, la inserción
de los sacerdotes entre los oficiales reales), y es parcialmente limitado
por el sacerdocio del mismo monarca como representante principal y
mediador primario entre el pueblo y Dios. En el período monárquico,
de todos modos, el sacerdocio comporta diversas actividades de relieve que
se encuentran sintetizadas en las dos partes de la bendición
de la tribu de Leví pronunciada por Moisés (Dt 33,8-11): la
antigua función de consultar a Dios, una actividad magisterial que
se refiere sobre todo a la coherencia o incoherencia del comportamiento
humano
1757
con la ley y el
cumplimiento del sacrificio cruento y del incienso '. Con el tiempo se
afirman cada vez más las funciones judiciales, a las que alude ya Ex
18,13-26; Dt 17,8-13, y que encuentran amplia difusión en los siglos
posteriores (cf Ez 44,24 y todo el contexto de caracterizaciones sacerdotales
propias del s. vi).
Después
del exilio se alcanza un cierto equilibrio entre las diversas corrientes
sacerdotales, constituidas por los descendientes de Aarón (en particular
los sacerdotes) y los levitas, todos ellos con amplias genealogías
y reivindicaciones cultuales y políticas. La comunidad israelita
conquista ahora una marcada fisonomía cultual. El personaje
más llamativo es el sumo sacerdote (cf la liturgia de la
expiación en Lev 16), que se encuentra en el vértice de la
clase de los sacerdotes (sus funciones son descritas minuciosamente en Lev 1
6: fuente P). Los
libros de las Crónicas, a su vez, dan amplias informaciones sobre
los levitas, divididos en clases y con diversos oficios relacionados con la
vida del templo (cf las concordancias bíblicas). Es probable que
entre ellos hubiera también profetas cultuales, aunque se puede excluir
el que tuviesen funciones de magisterio y de predicación. En los textos
es evidente que la época posexílica registra una notable
diferencia con la anterior, sobre todo en el énfasis que se pone en la
sacralidad sacerdotal y la relativa limitación de las acciones
cultuales únicamente a los sacerdotes. En ese ambiente
histórico el sacerdocio se vive más conscientemente, no tanto
como una vocación, sino más bien como una función que se
realiza en virtud de unos derechos-deberes hereditarios, respetando
minuciosamente las normas rituales y las pres
cripciones que se
deben observar para mantener la pureza sacerdo
Sacerdocio
tal (cf, por
ejemplo, Lev 21,1-7; 10,8-11).
Si es verdad que
el sacerdocio israelítico, especialmente en su caracterización
posexílica, se acoraza en su propia zona sagrada, separada del resto del
pueblo, este hecho, sin embargo, no debe hacernos olvidar el discutido
pasaje de Ex 19,6. En efecto, aquí se subraya la concepción
del sacerdocio colectivo de todo el pueblo de Dios (cf también
Núm 16), concepción ésta que encontrará su
más precioso desarrollo a partir de la visión cristiana del
sacerdocio, como se encuentra, por ejemplo, en 1 Pe 2,9.
Para la
comprensión histórica del sacerdocio cristiano, especialmente del
presbiterado, es útil recordar también algunas instituciones
judaicas tardías. Por ejemplo, en la diáspora judaica las
comunidades eran gobernadas por una autoridad colegial de ancianos, los
jefes de familia. En casos especiales una, pero casi siempre dos personas
eran encargadas de funciones específicas bien determinadas. Es la
institución del Salia (= apostólos), que presenta analogías
evidentes con He 11,33 (Bernabé y Saulo) y He 15,22 (Judas Barsabbás
y Silas)2. A pesar de todo, continúa siendo difícil la confrontación
entre la ordenación rabínica y el paralelo cristiano, entre otras
cosas porque el ritual judío tomado como término de
comparación no es homogéneo, sino fruto de diversas tradiciones
de diferentes épocas 3.
Por otra parte,
no se puede negar la existencia de un número notable de analogías
a nivel estructural y ritual que relacionan el cristianismo naciente con
el mundo judío, tanto en su forma central oficial como en sus diversas
modalidades periféricas, a veces contestatarias, como se encuentran
por ejemplo en Qumrán y en las comunidades de las que surgirán
inmediatamente algunos escritos
Sacerdocio
apócrifos
(v.gr.: el Testamento de Leví o el Testamento de los doce Patriarcas).
Pero, independientemente de toda analogía estructural en el campo
ritual, está el hecho de que el sacerdocio cristiano presenta un
contenido profundamente diverso respecto al sacerdocio de la antigua alianza:
está marcado profundamente por el acontecimiento salvífico
de Cristo.
III. El
sacerdocio de Cristo
Ningún
escrito del NT, exceptuada la carta a los Hebreos, habla de Jesús
dándole el título de sacerdote, pero esto no debe sorprendernos.
Su persona, en efecto, presenta una imagen que a primera vista no tiene nada de
sacerdotal según la concepción del AT y la praxis no siempre
edificante del judaismo tardío. Jesús no pertenece a la familia
de Aarón, sino a la tribu de Judá. Su misión muestra
además un carácter marcadamente profético en las
palabras y en los gestos, según él mismo afirma
(Le 4,24) y los
otros reconocen espontáneamente (por ejemplo, Le 7,16). En algunos
momentos, lo propio de este carácter profético y de su
mensaje parece ser contrario a un cierto ejercicio del sacerdocio (Mt 9,13;
12,7). Por fin, la misma muerte de Jesús, fría ejecución
de una condena de muerte, por tanto un acto simplemente legal e infamante,
no presenta ninguna característica sacrificial o ritual
veterotestamentaria.
"Jesucristo
es al mismo tiempo víctima y sacerdote gracias a la entrega de su
vida y al sacrificio que hace de sí mismo. Se ve esta idea ya en la
tradición de la última cena como la transmiten Marcos-Mateo (Me
14, 24; Mt 26,28), mencionando la sangre de la alianza, con la que se
roció a los israelitas en el Sinaí (Ex 24,8). Por eso se
contrapone en 1 Cor
1758
10,14-22 la cena
del Señor a los sacrificios gentiles. En Juan, la última
cena de Jesús se interpreta como pascual (10,14.36); Pablo llama a Jesús
cordero pascual (1 Cor 5,7; cf 1 Pe 1,2.19). Es el Cordero que quita los
pecados del mundo (Jn 1,29.36; Ap 5,6.12; 13,8). Finalmente, en Ef 5,2 se dice:
'Se entregó por nosotros como don y sacrificio agradable a Dios'. Es en
la carta a los Hebreos donde primeramente se llega a una auténtica
teología sobre el sacrificio de la cruz y el sumo sacerdocio (3,1;
4,14ss; 5,ls; 77,1 ls, etc.)."4.
Preparada entre
otras cosas por la concepción teocrática de Ezequiel, por la
conjunción del ideal sacerdotal-profético y mesiánico
que se da en el período posexílico (por ejemplo, Jer
13,14-22) y por fermentos ya presentes en la tradición cristiana, como
el pensamiento joaneo, la carta a los Hebreos no encuentra dificultad
al hacer una grandiosa síntesis: el pasado se habré al
acontecimiento de la muerte y resurrección de Cristo justo porque
los acontecimientos de su vida son releídos
en clave
sacrificial, cultual y sacramental 5.
En abierta oposición
con las exasperadas reivindicaciones de privilegios y de alteridades
sagradas en relación con el pueblo, la carta a los Hebreos presenta
un nuevo modo de hacerse sacerdote: la plena solidaridad del sumo y
único sacerdote con los hombres. "Debió hacerse en todo
semejante a los hermanos para convertirse en pontífice...
Convenía en efecto que aquel por quien y para quien todo fue hecho,
queriendo lle
var a la gloria
un gran número de hijos, hiciese perfecto, mediante los sufrimientos, al
jefe que debía guiarlos a su salud" (Heb 2,17.10).
El estilo del
sacerdocio de Cristo se aleja de la visión veterotestamentaria de
una preeminencia honorífica unida a menudo al ejercicio de un 1759
poder
político: no es una carrera ha
cia la
supremacía (cf 2 Mac 4,7
8.24), sino un
itinerario de fe vivido
hasta el
sufrimiento de la muerte,
única
vía de acceso a la gloria. "Je
sús, le
vemos coronado de gloria y
de honor por
haber sufrido la muer
te, de modo que,
por la gracia de
Dios,
gustó la muerte en beneficio
de todos"
(Heb 2,9).
En esta plena
solidaridad con el destino del hombre marcado por la muerte y en esta plena
comunión de vida con Dios en su gloria inmortal, Cristo realiza la
función principal del sacerdocio: la mediación entre Dios y el
hombre. "Hecho perfecto para siempre" (Heb 7,28), ofreciéndose
a sí mismo, Cristo presenta a Dios un sacrificio único, todo a la
vez y de una vez para siempre (cf Heb 7,27). Supera así el radical
carácter fragmentario e incompleto de los sacrificios antiguos. Con razón
puede ser considerado, en efecto, "un sumo sacerdote tal, que
está sentado a la derecha del trono de la majestad en los cielos, como
ministro del santuario y del verdadero tabernáculo erigido por
el Señor, no por un hombre" (Heb 8,1-2; cf 9, 11-14).
La misma carta
muestra claramente la eficacia de la mediación de Cristo cuando
plantea la posibilidad concedida al hombre de entrar en comunión con
Dios. El cristiano disfruta de la "gozosa esperanza de entrar en
el santuario, en virtud de la sangre de Jesús, siguiendo el camino nuevo
y viviente que él ha inaugurado a través del velo, es decir,
de su carne" (Heb 10,19-20; cf 4,14-16).
Si queremos
destacar algunas connotaciones significativas más del sacerdocio
de Cristo, sin dejar la carta a los Hebreos, se pueden recordar:
a) La
misericordia (Heb 2,17), como participación en un único destino
de sufrimiento del que brota la
Sacerdocio
solidaridad y la
compasión. Esta perspectiva corrige la imagen que del sacerdote se
podía obtener en la historia de Israel. Según ésta,
en más de un caso ser sacerdote significaba romper toda relación
humana y familiar (cf Dt 33,9); asumir actitudes inflexibles, dictadas por
un rigor que no admitía la clemencia (cf Ex 32,27.29; Núm
25,6-13). Cristo lleva a la perfección una actitud plena de
misericordia, que no minimiza la importancia del pecado, sino que quiere
salvar al pecador a través del sacrificio de sí mismo (cf
Núm 17,915): justo por haber sufrido personalmente, él
"está capacitado para venir en ayuda de aquellos que están
sometidos a la prueba" (Heb 2,18).
b) El mismo texto
(Heb 2,17) indica que el sumo sacerdote es "fiel ante Dios".
Más expresamente, el término original (pistos) califica el
especial vínculo de confianza entre Cristo y Dios, mucho más
íntimo y profundo (cf Heb 3,2) que el que existió entre
Moisés y Dios. Cristo, en efecto, realiza la profecía de
Isaías (ls 8,17) haciéndose plenamente capaz de la confianza
divina, hasta el punto de ser elevado a la derecha de Dios (Heb 1,13= Sal
110,1; cf He 2,34) en la excelencia de la filiación que merece toda
adoración por parte de los mismos ángeles (Heb 1,5-6). Y, como
necesaria consecuencia de esta condición, a Cristo le pertenecen
por entero la majestad, el juicio y el sacerdocio (Heb 1,8-10, que recoge
Sal 45,7-8; 102,26-28). Gozando plenamente de la confianza del Padre,
Cristo muestra asimismo su fidelidad hacia el hombre: su misericordia es
asumida en la relación filial. Hermano de los hombres e Hijo de
Dios, Cristo es verdaderamente el único y sumo sacerdote.
c) El c. 7 de la
misma carta, con las frecuentes alusiones al Sal 110
(109) —del
que se ofrece una intere
Sacerdocio
sante
exégesis cristológica—, subraya el tercer aspecto que
queremos recordar ahora: el sacerdocio de Cristo tiene un carácter
mesiánico y universal. El recuerdo de la enigmática figura
de Melquisedec —Jesús es "sumo sacerdote para siempre según
el orden de Melquisedec" (Heb 6,20 — Sal 110,4)— permite al
autor demostrar la superioridad del sacerdocio "según el orden
de Melquisedec" sobre el levítico de los israelitas. El rey de
Salen no tiene genealogía, es un extranjero frente a Abrahán: de
este modo el sacerdocio de Cristo-Melquisedec es eterno, inmutable,
perfecto y traspasa los límites de Israel; al mismo tiempo lleva a
cumplimiento la historia del pueblo elegido y de su sacerdocio. Baste
recordar a este respecto algunos temas veterotestamentarios que aparecen
en Heb 9: el sacrificio expiatorio (114), la nueva alianza sellada por
Cristo con su sangre (15-25), la misión del siervo de Yavé
vivida en plenitud en la oblación "para quitar los pecados del
mundo" (v. 28; cf Me 10,45; Flp 2,6-11). "Qui [Christus] pro amore
hominum factus in similitudinem carnis peccati, formam servi Dominus
assumpsit, et in specie vulnerati rnedicus ambulavit. Hic nobis Do-minus et
minister salutis, advocatus et iudex, sacerdos et sacrificium",
proclamará a continuación la liturgia galicana y toda la
iglesia en una feliz síntesis cristológica6.
IV. El sacerdocio
del pueblo sacerdotal y de los ministros ordenados
"En Cristo
es, pues, abolida la distinción entre sacerdote y víctima, entre
culto y vida. Por otra parte, este sacrificio, siendo el cumplimiento de
la voluntad de Dios, agrada a Dios, es aceptado por Dios, transforma la
humanidad de Cristo y la
1760
une perfectamente
a Dios. Así son abolidas todas las separaciones entre Dios y la
víctima-sacerdote. Al mismo tiempo es abolida la última separación,
o sea, entre el sacerdote y el pueblo, porque el sacrificio de Cristo es un
acto de solidaridad extrema con los hombres, hasta tomar sobre sí
su muerte para salvarles."7
1. EL SACERDOCIO
COMÚN DE TODOS LOS CREYENTES. Gracias al sacerdocio-sacrificio de Cristo
y por medio de él, todo cristiano tiene ahora la posibilidad de acceder
al Padre (Heb 7,25; Ef 2,18) sin ninguna limitación. Se ve
aquí también la diferencia con el sacerdocio israelita, donde
sólo el sumo sacerdote podía ejercitar plenamente el sacerdocio,
y únicamente en el día de la expiación. Además, el
sacrificio que los cristianos son llamados a ofrecer al Padre se
sitúa decisivamente en el plano personal de un culto espiritual (Rom
12,1). Éste se realiza en concreto al renovar la propia vida a la luz de
la voluntad de Dios (Rom 12,2), siempre en paralelismo y en dependencia
del sacerdocio-sacrificio de Cristo, y al vivir plenamente compartiendo los
propios bienes "porque Dios se complace en tales sacrificios" (Heb
13,16).
Esta
dinámica de vida en la presencia de Dios y en la comunión de
los hermanos tiende a la perfección sacerdotal (Heb 10,14). Hace al bautizado
piedra viva para "ser edificado en casa espiritual y sacerdocio santo
para ofrecer víctimas espirituales aceptas a Dios por
mediación de Jesucristo" (1 Pe 2,5; cf 2,4-10 como relectura
eclesial de Ex 19). En la conciencia de la renovación bautismal y de la
incorporación del hombre a Cristo será subrayada la
responsabilidad del cristiano-sacerdote, capaz de ofrecer a Dios sacrificios
de justicia, de elevar al Padre oraciones, de anunciar el reino
1761
difundiendo la
palabra de Dios. "Como el sacerdocio de Cristo, que abarca toda su vida,
no se limita a la acción sacrificial de la cruz, así la dignidad
sacerdotal de los fieles no se puede circunscribir a la ofrenda solamente, sino
que se extiende a toda su vida"". Una vida marcada por el culto a
Dios y por el sacerdocio fraterno (1 Pe 2,5) y subrayada por el amor
recíproco y el servicio de la palabra (1 Cor 12,14).
2. ORIGEN DE LOS
MINISTERIOS ORDENADOS. Desde el contexto eclesiológico del NT y
desde la naturaleza específica del sacerdocio de Cristo se puede
llegar a la fundamentación histórico-teológica del
sacerdocio ministerial u ordenado. El itinerario está bien
delineado en el decreto del Vat. II sobre el ministerio y la vida sacerdotal.
"Nuestro
Señor Jesús, al que el Padre santificó y envió al
mundo (Jn 10,36), hace partícipe a todo su cuerpo místico de
la unción del Espíritu con que fue él ungido (cf Mt 3,16;
Le 4,18; He 4,27; 10,38): pues en él todos los fieles son hechos sacerdocio
santo y regio, ofrecen sacrificios espirituales a Dios por Jesucristo y
pregonan las maravillas de aquel que de las tinieblas los ha llamado a su luz
admirable (cf 1 Pe 2,5.9). No se da, por tanto, miembro alguno que no tenga
parte en la misión de Cristo, sino que cada uno debe santificar a
Jesús en su corazón (cf 1 Pe 3,15) y dar testimonio de
Jesús con espíritu de profecía (cf Ap 19,10; LG 35).
Ahora bien, el mismo Señor, con el fin de que los fieles formaran un
solo cuerpo, en el que no todos los miembros desempeñan la misma
función
(Rom 12,4), de
entre los mismos fieles instituyó a algunos por ministros, que en
la sociedad de los creyentes poseyeran la sagrada potestad del orden para
ofrecer el sacrificio y perdonar los pecados (cf conc. Triden-
Sacerdocio
tino, DS 1764 y
1771) y desempeñaran públicamente el oficio sacerdotal por
los hombres en nombre de Cristo. Así pues, enviados los
apóstoles como él fuera enviado por su Padre (cf Jn 20,21; LG
18), Cristo, por medio de los mismos apóstoles, hizo
partícipes de su propia consagración y misión a los
sucesores de aquéllos, que son los obispos (cf LG 28), cuyo cargo
ministerial en grado subordinado, fue encomendado a los presbíteros
(cf ib), a fin de que, constituidos en el orden del presbiterado, fuesen
cooperadores del orden episcopal para cumplir la misión apostólica
confiada por Cristo (cf Pontificóle romanum, De ordinatione
Presbyteri, Praefatio). El ministerio de los presbíteros, por estar
unido con el orden episcopal, participa de la autoridad con que Cristo mismo
edifica, santifica y gobierna su cuerpo. Por eso, el sacerdocio de los
presbíteros supone, desde luego, los sacramentos de la iniciación
cristiana; sin embargo, se confiere por aquel especial sacramento con el que
los presbíteros, por la unción del Espíritu Santo,
quedan sellados con un carácter particular, y así se configuran
con Cristo sacerdote, de suerte que puedan obrar como en persona de Cristo
cabeza (cf LG 10)" (PO 2).
a) Es evidente
que el sacerdocio del pueblo santo de Dios es un hecho real que habilita para
llevar a cabo un auténtico culto. Pero este culto tiene valor y puede
realizarse tan sólo gracias a la intervención del único
mediador, Cristo, capaz de enlazar al hombre con Dios. No hay culto cristiano
y menos todavía se da una relación con Dios sin la mediación
de Cristo (cf Rom 5,1; Ef 2,6.18; Heb 13,15.21...). Por esto es necesaria la
intervención de "ministros de la nueva alianza" (2 Cor
3,6), que ciertamente no son mediadores, sino simples y, sin embargo, indis
Sacerdocio
pensables
sacramentos de la mediación de Cristo. La unicidad de la mediación
de Cristo está, por tanto, en el origen del sacerdocio ministerial.
Ministerial porque, por una parte, está al servicio del sacerdocio de Cristo,
del que es sacramento; por otra, porque está al servicio del sacerdocio
común de los creyentes, que es el que nos introduce en la obra mediadora
de Cristo y nos unifica en la comunión eclesial'.
b) Es evidente
también que en un primer momento los apóstoles no se plantearon
el problema del sacerdocio ministerial o de determinadas ordenaciones. La
vida eclesial y la misión de los individuos se desenvolvía
aún en virtud de la palabra de Cristo, de su vocación y del
mandato dado por él a los apóstoles y discípulos.
Pero el problema
se agudiza ya en la segunda generación, la de Lucas y Pablo. Se trata,
en efecto, de establecer una relación vital con Cristo que lleve a
una implicación personal con el fin de poder acoger el Espíritu
del Señor y de anunciar su palabra de salvación con una
indiscutible fidelidad al mensaje original (cf 2 Tim 1,6). A partir del
modelo apostólico —como se ve claramente en las cartas
Pastorales— el "sacerdote ordenado" (el término
técnico es posterior) concreta su misión "con la fe y
la caridad de Cristo Jesús". Esa misión consiste
principalmente en guardar, vivificándolo a través de una continua
obra de actualización, "el preciado depósito por la virtud
del Espíritu Santo, que habita en nosotros" (2 Tim 1,13-14).
La institución del ministerio ordenado responde a la
"necesidad de proveer al cuidado pastoral de las futuras iglesias,
cuando carezcan de la actuación y del prestigio de los apóstoles
y de sus primeros colaboradores. La conciencia de esta necesidad no aparece
1762
como un puro dato
empírico, sino que se funda en el valor esencial de la tradición,
sentida como la continuidad indispensable de la transmisión, a
lo largo del tiempo, del único mensaje sobre el que se funda la iglesia
que es el mensaje apostólico" l0.
c) "Ministro
de Cristo y dispensador de los misterios de Dios" (cf 1 Cor 4,1), el
sacerdote del NT sigue la escuela de los apóstoles para vivir un
especial seguimiento de Cristo que le haga disponible para el servicio de la
palabra y de la mesa (cf He 20,11; 10,16; 11,17-34, y la problemática
que surge en He 6,17), colaborando dócil y responsablemente
con los apóstoles (He 15, 22-27).
Es difícil
determinar cuál era la función específica del ministro
ordenado en el NT y, más todavía, si había un
servicio litúrgico o comunitario limitado sólo al ministro.
El vocabulario mismo es bastante variado y destaca en especial a dos
grupos de personas con funciones sacerdotales:
apóstoles-presbíteros (He 15,
"A nivel del
NT estamos todavía lejos del ordenamiento bien estructurado que
algunas iglesias conocerán en el siglo siguiente. Se advierte que
la organización de la comunidad cristiana está en plena
evolución, con un ritmo más o menos rápido según
los lugares. Desgraciadamente, los textos de que disponemos tienen
demasiadas lagunas como para ofrecernos una idea exacta." ".
d) A pesar de la
falta de certeza en las fuentes —que no tienen la pretensión
de ofrecer un tratado sistemático de la doctrina y de la praxis
1763
cristiana con
relación al sacerdocio—, se puede observar en el NT la
existencia de grupos (consejos) de ancianos, los presbíteros: este
grupo constituye el paralelo cristiano de la institución judía de
los responsables de las sinagogas, con funciones que incluyen también el
campo material. De este tipo debía ser también el grupo de siete
ministros de que habla Lucas (He 6,1-6). Igual había sido
además la estructura de gobierno de las nuevas comunidades misioneras
(He 14,23; 1 Tes 5,12s; He 20). En estas pequeñas asambleas surgen de
entre los presbíteros algunos dedicados de un modo particular
a la predicación y a la enseñanza: éstos podrían
haber formado el grupo responsable de los episcopi (= vigilantes,
inspectores), un comité ejecutivo restringido y estable que se
diferencia de los otros presbíteros, los cuales desarrollan más
bien una función de consejeros o diputados con responsabilidad y deberes
limitados y subordinados.
e) Esta
delimitación no explícita entre obispos y presbíteros
—estos últimos con el encargo particular de vigilar y presidir la
comunidad— puede haberse prolongado durante algún tiempo en las
iglesias cristianas. Pero un cierto presbiterianismo, que se encuentra en
algunos padres (sobre todo en Jerónimo, aunque también en
Ambrosio, Pelagio, Juan Crisóstomo y Teodoro de Mopsuestia) y
más tarde en el medievo (por ejemplo, Rábano Mauro), pudo tener
su origen en una lectura, posterior e independiente, más
restringida de las cartas Pastorales y de Flp 1,1.
Con la
penetración del cristianismo en el mundo grecorromano, se diferencian
cada vez más dos corrientes de pensamiento, que se podrían
denominar petrina y paulina. A cada una le corresponde también un determinado
modelo de gobierno de la
Sacerdocio
comunidad: el
primer modelo está constituido por el gobierno colectivo de los
presbíteros (Jerusalén, y desde allí en Palestina, Egipto,
norte de África y el sur de España); el segundo se
caracteriza por la dirección monárquica propia de
Antioquía, que a través de Asia Menor y de Iliria llega hasta las
Galias. Las dos actitudes asumen también actitudes diferentes ante el
judaismo, registran en ocasiones algunos radicalismos (son típicas
las posiciones posteriores de Cerinto y Marción, respectivamente),
pero logran reencontrase en la unidad gracias a la función mediadora
y armonizadora de Roma: en
V. El sacerdote
en la historia de la liturgia y en la teología
Para la
comprensión del sacerdocio cristiano, de la situación actual
y de las posibilidades futuras de precisar su identidad —la cual
debe hacer referencia continuamente a Cristo y a la situación concreta
de los hermanos a los que se dirige el servicio—, no se pueden ignorar
las principales etapas del camino histórico recorrido por el
sacerdote, desde la época apostólica neotestamentaria hasta llegar
al Vat. II y a la actual etapa posconciliar. La perspectiva
histórica es, por lo menos, útil para evitar la fácil
tentación de retomar opciones nuevas, cuyos peligros y
límites ya ha evidenciado la antigüedad. Además, se debe
superar la segunda y permanente tentación, la de hacer opciones
operativas bajo el apremio de las circunstancias concretas, teniendo después
la pretensión de darles una justificación teórica y
¡quizá incluso consiguiéndolo! Un tercer elemento
Sacerdocio
importante a
señalar en la panorámica histórica nos viene dado por
las abundantes reflexiones teológicas y soluciones concretas a las que
las circunstancias del tiempo no permitieron madurar o sobrevivir: algunos
hechos y pensamientos del pasado merecen ser reconsiderados como sugerencias,
por lo menos interesantes, en la búsqueda de soluciones a problemas
iguales o análogos que la iglesia de hoy debe afrontar.
1. D E LOS
TIEMPOS APOSTÓLICOS A LA ÉPOCA CAROLINGIA. Toda función
eclesial que se desarrolla con autoridad y de modo permanente, en el NT es
conferida siguiendo un rito. Éste presenta algunos elementos fijos
en las diversas situaciones investigadas, pero no se puede afirmar que se
trate siempre de un único e idéntico ritual y sobre todo es cierto
que no se confería el mismo oficio ministerial.
Habida cuenta de
los episodios involucrados en esta problemática (He 6,16; 13,1-3, y
en especial 1 Tim4,14; 5,22; 2 Tim 1,6), la ordenación ministerial
comprende los siguientes momentos principales: el nombramiento/elección
de los candidatos, un (eventual) ayuno de preparación inmediata, la
imposición de las manos —hecha normalmente por el colegio
de los apóstoles o de los presbíteros—,
acompañada por una oración. Es innegable la analogía
del rito con la ordenación rabínica, pero es siempre
difícil establecer una eventual dependencia directa.
De todos modos,
la función principal de los ministros ordenados es el servicio
apostólico con toda la riqueza de sus contenidos, entre los cuales
sobresalen el ministerio de la palabra, la atención pastoral y la
presidencia de la eucaristía, esta última entendida como la
culminación de la caridad-comunión eclesial y, por lo tanto,
centro de la vida cris
1764
tiana,
sacramental y profana. Por otra parte, la referencia a la eucaristía
supone ya una relectura del NT a partir de la experiencia posterior —al
menos a partir de Clemente Romano e Ignacio de Antioquía (ss.
I-u)—, pero no es un hecho casual. Como en otros temas de los que el NT
no dice nada o casi nada, "no se trata tanto de encontrar textos explícitos
en los escritos apostólicos (o de forzarlos con interpretaciones arbitrarias)
cuanto de penetrar en la lógica interna de la vida de la iglesia
primitiva" ".
El cuadro
fundamental de la ordenación sacerdotal neotestamentaria
vuelve a encontrarse a comienzos del s. ni en
Hipólito no
alude a la elección de los presbíteros; sin embargo, nos da
importantes datos sobre su ordenación: el sacerdote es ordenado por
el obispo, el único que pronuncia la oración. Los miembros del
presbiterio tan sólo extienden las manos con la función de
sello (sphragízein), criterio último para la
ordenación en el
1765
ministerio
eucarístico. En la breve
plegaria de
ordenación —que quizá
se remonta a una
comunidad presbi
teriana
"— está presente, dándosele
una gran
importancia, la dimensión
pneumática
del sacerdocio, que confirma y explicíta el gesto bíblicojudío
de la imposición de las manos; se alude también por primera vez a
la tipología veterotestamentaria (Moisés) que se
encontrará de nuevo en textos posteriores (por ejemplo, Serapión
de Tmuis, en el s. iv, en Egipto...). Es interesante observar que, según
Hipólito, la imposición de las manos u otro gesto/rito de
ordenación presbiteral resulta superfluo en el caso de los
confesores, que han sufrido persecución por la fe, porque con su
testimonio han demostrado poseer ya el Espíritu (sin embargo, dado
que no tienen el poder de transmitir el Espíritu, también
los confessores deben ser ordenados en el caso de que lleguen al episcopado).
Falta en el caso
del presbiterado el otro gesto litúrgico significativo que se encuentra
en el s. ni en diversas ordenaciones episcopales, y que también
tiene paralelos judíos: la intronización. En efecto, este
gesto evidencia quizá más que ningún otro la
sucesión apostólica y la función magisterial y judicial
de la persona que ha tomado posesión de su sede: deberes que
competen especialmente al obispo, como sumo sacerdote de la iglesia local.
Sin embargo, en
su actividad de gobierno pastoral el obispo es ayudado por los
presbíteros a dos niveles: a) Junto al obispo en los primeros
siglos se encuentra siempre un colegio de sacerdotes que interviene en la
ordenación de los presbíteros, como se ve en
Sacerdocio
en los tiempos
del papa Cornelio. No hay, sin embargo, un consejo presbiteral "junto al
obispo con poderes distintos. Hay un presbyterium en torno al obispo. Y
éste llama a los sacerdotes sus cumpreshyteri. Pero él es su
cabeza: es él el que da unidad al presbyterium, como da unidad a la
iglesia"l5. b) Con la difusión del cristianismo y la imposibilidad/inoportunidad
de instituir iglesias locales con obispo propio, el cuidado pastoral de
algunas zonas rurales y de la ciudad se entrega a los sacerdotes. Actúan
de modo suplente con facultades todavía limitadas y con una
especial referencia al único pastor de la iglesia local. A éste
le pertenece siempre, por ejemplo, la bendición del crisma para la
confirmación. En la iglesia de Roma hay dos elementos particulares significativos:
el uso del fermentum, a través del cual "la iglesia romana se
mantiene como una única communio, aunque existan diversas celebraciones
eucarísticas en un mismo día (domingo)" ", y las
liturgias estacionales, que también quieren indicar la unidad
eclesial de una zona relativamente amplia, en la que actúan varios
sacerdotes, siempre en estrecha comunión con el único
obispo.
Otro elemento que
subraya la unión del sacerdote con el obispo y la iglesia local
—el principio es válido en Oriente y Occidente durante toda
la antigüedad; en Occidente desaparece definitivamente en el medievo—
es sancionado por el canon VI del concilio de Calcedonia (451): "Nadie
debe ser ordenado sacerdote
o diácono,
o constituido en cualquier función eclesiástica, de modo
absoluto. Por el contrario, el que es ordenado debe ser asignado a una iglesia
de la ciudad o del pueblo, a la capilla de un mártir o a un monasterio.
El santo Sínodo manda que toda ordenación absoluta sea nula"
(COD 66).
Sacerdocio
Según este
cuadro de la vida eclesiástico-litúrgica, el título
de sacerdos, atestiguado a partir del 200 más
o menos, designa
simplemente al obispo en relación con su servicio litúrgico. En
la medida en que el sacerdote participa del ministerio litúrgico
del obispo, también será reconocido como sacerdos. En la
época carolingia este título se atribuía
indistintamente tanto al obispo como al sacerdote, mientras que en Oriente
ese uso ya se había difundido antes (ss. iv-v).
Mientras tanto,
el rito de ordenación evoluciona de modo homogéneo,
ampliándose y enriqueciéndose cada una de sus partes. Estudiando
los Sacramentarios y los Ordines Romani, pueden obtenerse algunas noticias: en
Roma, hasta León Magno (f 461), todos los domingos podían
hacerse ordenaciones. Es seguro que desde el pontificado de Gelasio I
(| 496) en adelante fueron días de ordenación solamente los
sábados de las cuatro témporas (período de ayuno). En
los miércoles y viernes anteriores era posible hacer un escrutinio
público sobre la idoneidad de los candidatos, mientras que el lunes los
electi habían prestado juramento acerca de la falta de impedimentos
que podrían anular la ordenación (se trata de los
"quattuor ca
pitula"inherentes
a pecados sexuales que, en cualquier caso, reducían a los culpables al
estado de penitentes públicos, con el consiguiente impedimento para
toda ordenación canónica) ".
El desarrollo del
rito de la ordenación del sacerdote es lineal: consta de una
llamada de los candidatos, una oración de introducción del
pontífice (obispo), una oración litánica del pueblo y
una oración conclusiva del pontífice. El núcleo central
del rito está constituido por la imposición de las manos (en
silencio), al que sigue la oración conse1766
cratoria, que se
remonta a los ss. iv-v, y que se ha conservado incluso en la reciente reforma
litúrgica [/ Orden I Ordenación]. Son ritos complementarios
la entrega de la estola y de la casulla antes de la ordenación, y el
beso de la paz en el momento de su conclusión.
De la importante
oración de ordenación se pueden resaltar al menos dos
elementos: a) la ampliación de la tipología veterotestamentaria
con una referencia a los hijos de Aarón, y quizá también a
los levitas i8; b) la importancia dada a la subordinación del
presbítero al obispo. Se habla, en efecto, del sacerdote en
términos de "vir sequentis ordinis, secundae dignitatis",
volviendo a hacer uso de un concepto conocido desde León Magno y que se
remonta hasta Orígenes ".
En el plano
teológico se afirma también la idea sostenida por san
Agustín en la polémica contra los donatistas, los cuales
afirmaban la necesidad de una vida integérrima en los sacerdotes para la
validez de las acciones sacramentales realizadas por ellos. El obispo de Hipona
coloca en el centro de la vida de la iglesia el sacerdocio de Cristo, cuya
acción permanece válida incluso cuando el sacerdote es indigno.
Esta refutación de la doctrina donatista merece ser recordada por el
abuso que después se hará de ella para sostener las ordenaciones
absolutas y la visión unilateral del carácter sacramental
del ordenado.
2. D E LA
ÉPOCA CAROLINGIA AL CONCILIO DE TRENTO. Este período presenta
toda una serie de procesos transformadores del sacerdocio cristiano
—en parte ya comenzados anteriormente— hasta alterar de manera
notable su fisonomía. Desde el punto de vista del ritual, el
período carolingio, con la difusión de los centros de
irradiación litúrgica fran1767
ca y
germánica, produce un desequilibrio en el rito de la
ordenación, con diversas consecuencias negativas incluso para la
comprensión teológica del sacramento.
Al sacerdote se
le contempla cada vez más con una especie de aureola sacralizada: a este
respecto es paradigmática la unción de las manos del
neo-ordenado, que se realiza según una costumbre importada del ambiente
celta de los países francos. Al comienzo del s. IX esa unción es
comprendida y transmitida con estricta referencia a la consagración
eucarística. Esta ampliación ritual, que objetivamente tiene
escasa importancia —y de la que se tienen indicios en Roma hacia el
925—, sanciona y favorece igualmente una visión alterada del
presbiterado. Sacando las consecuencias extremas, poco después (ss.
xii-xm) se acaba por atribuir al sacerdote solamente el apoder sacramental, no
reconociéndole ya la missio de ministro de la palabra. En el s. x
es codificada también en el Pontifical Romano Germánico la
entrega de los instrumentos. Para el presbítero son la patena
y el cáliz, entregados al ordenado después de la
unción de las manos con las siguientes palabras: "Recibid el
poder (accipite potestatem) de ofrecer el sacrificio a Dios y de celebrar
la misa tanto por los vivos como por los difuntos en el nombre del
Señor". Y de hecho, en una perspectiva desvinculada de la mejor
tradición litúrgica, la teología escolástica
sanciona, como materia de la ordenación presbiteral, esta entrega de los
instrumentos y, como forma, las palabras que la acompañan.
"El
presbiterado se confiere por la entrega del cáliz con el vino y de la
patena con el pan... De igual modo para los restantes órdenes, a los cuales
se asignan los objetos correspondientes a su ministerio": es la conclusión
del magisterio en el "decreto Sacerdocio
para los
armenios" del concilio de Florencia de 1439 (DS 1326).
Este colocar al
presbiterado en relación unilateral con la eucaristía denuncia
otra dificultad: la exclusión del episcopado del sacramento del orden y
la concepción que ve en el mismo presbiterado la más alta forma
del sacramento. En consecuencia, en el segundo milenio y hasta 1947
—cuando se promulga la constitución apostólica
Sacramentum Ordinis—, cada vez que se habla de orden y de sacerdocio
se hace de ordinario referencia solamente al presbiterado, buscando, al
máximo, lo que los obispos tienen o hacen de más y los
diáconos de menos.
Una ulterior
piedra de tropiezo, que afecta principalmente a los obispos, pero que
también tiene alguna consecuencia para el clero, es la distinción
—y a menudo la separación de hecho— entre potestad de orden
y potestad de jurisdicción. Además de todas las confusas
interferencias que se siguen de ella, no se puede olvidar la marginación
forzada del sacerdocio al mundo litúrgico sacramental a costa de
una atenta y obligada pastoral.
Para enrarecer
ulteriormente esta situación tan precaria, a partir de la época
carolingia se agudiza cada vez más el problema de la lengua, que llega a
ser prácticamente incomprensible. Se observa entonces el siguiente
y paradójico fenómeno: el servicio del sacerdote tiende a
restringirse a la celebración de la misa; pero, de hecho, la
eucaristía se reduce progresivamente a un acto privado.
A este respecto
son significativos los formularios litúrgicos de las misas que el
sacerdote celebra para sí mismo. Estas oraciones son bastante abundantes
en los Sacramentarios carolingios y en los Misales posteriores; junto con
las apologías de los Ordo Missae, atestiguan la autoconciencia que
los sacerdotes tenían de
Sacerdocio
sí mismos.
Aun teniendo en cuenta los diversos géneros literarios, resulta
predominante la visión negativa del propio estado de criatura, indigno,
frágil y sometido a todo tipo de tentaciones. En la mayor parte de los
textos, el servicio sacerdotal es contemplado exclusivamente en relación
con el altar y el sacrificio. Son muy raras las alusiones al aspecto
existencial del ministerio, que hace del mismo sacerdote una víctima viviente;
como también es escaso el relieve dado a sus responsabilidades
sociales y al bien público. Sin embargo, el conjunto de las
oraciones "pro ípso sacerdote" se corrige con los numerosos
formularios por vivos y difuntos, que abarcan a todas las categorías
sociales, y con las numerosas misas para las circunstancias más
diversas20.
No faltan
tampoco, sobre todo con la renovación del s. XI, excelentes
intervenciones del clero en la vida del pueblo cristiano, un renacer de la
praxis penitencial y una reforma del rito de las exequias (con la absolución
del difunto): ni se debe infravalorar el particular momento
histórico que siente el fervor de las cruzadas con todo un mundo de religiosidad
en efervescencia; baste pensar en la difusión de las indulgencias y
en la confianza ciega en la autoridad del sacerdote, sobre todo en los
centros rurales. A pesar de todo, y no sólo en el s. xi, prevalece en
general "un ideal de vida clerical... según la
concepción ascética medieval, en la que se pone el acento
más en el ejercicio personal y colectivo de las virtudes que en la
actividad externa de la cura animarum (sobre todo administrativa)"2'.
En su aspecto
global y por diversos motivos, la situación del pueblo de Dios
sufre a largo plazo las consecuencias de la actitud pastoral pasiva
asumida por el clero, al que se atribuye al menos en parte la res1768
ponsabilidad del
debilitamiento de
la fe y de la
vida cristiana. Dos he
chos
significativos: la prescripción
del Lateranense
IV (1215) que obliga
a la
confesión y comunión anuales
(DS 812), y la
devoción cada vez
más
extendida de ver ¡a hostia.
Se entró
prácticamente en un ca
llejón sin
salida, que da lugar a un
círculo
vicioso: una decadente teolo
gía del
sacerdocio ha desfasado los
términos
de la realidad sacramental
con acentuaciones
parciales y defor
mantes; todo esto
se refleja en los
ritos de
ordenación y en la acción
del sacerdote,
que toma un camino
que reduce
progresivamente sus fun
ciones
originarias y específicas; pero
esta praxis a su
vez reclama una jus
tificación
de orden especulativo, que
no falta nunca.
En el desarrollo
ritual, los años 1292-95 ven la aparición de un nuevo
Pontifical, redactado por Guillermo Durando, obispo francés de
Men-de. La mayor diferencia con respecto a las fuentes precedentes es un
apéndice de los ritos, que se encuentran desplazados o introducidos
por primera vez después de la comunión: el rezo o canto del
credo, otra imposición de manos y el juramento de obediencia.
Éste será el ritual que servirá de modelo inmediato al Pontificalis
Liber de 1485, y en la práctica también para las ediciones
sucesivas del Pontifical romano hasta la reciente reforma conciliar
(1968).
3. DEL CONCILIO
DE TRENTO AL VAT. II. La situación del clero, que, como se ha podido
observar, no era la mejor en cuanto a vida espiritual y compromiso pastoral, no
podía dejar de constituir un tema de interés para los
reformadores del s. xvi, entre otras cosas porque los intentos de
recuperación intraeclesial habían dado resultados positivos pero
restringidos en el ámbito de las órdenes religiosas. En este
momento, un gran
1769
número de
sacerdotes no ejercitan ya ningún ministerio, y mucho menos
desarrollan una actividad misionera centrada en la palabra. Hay una
inflación de misas privadas, celebradas en cualquier rincón
y, fuera de las misas privadas, los sacerdotes se contentan con recitar el
breviario.
Los reformadores
tienen en cuenta algunas críticas precedentes (por ejemplo, la de
Wycliff), pero van más allá de una polémica que afecte tan
sólo a la praxis. Se enfrentan decididamente con el problema del
sacerdocio desde una perspectiva diferente de la acostumbrada. Hacen
patente de modo positivo el sacerdocio de los fieles y el ministerio pastoral
del sacerdote ordenado, ministerio que se concreta en la predicación
de la palabra y en la administración de los sacramentos. La
óptica luterana y calvinista es, por esto, eclesiológica, no
eucarístico-sacramental en un sentido reductivo; y, de hecho,
se subraya también la unión entre el sacerdote y su comunidad
local. Pero, negativamente, los reformadores llegan a rechazar el
carácter sagrado y permanente del sacerdote, excluyendo también
la relación sacerdocio-sacrificio eucarístico tal como
se interpretaba en el área católica tradicional.
"Lutero, en
su polémica contra el sacerdocio católico, no intentaba [sin
embargo] destruir el ministerio disolviéndolo en el sacerdocio universal
de los fieles. Pensaba en el ministerio como una institución indispensable
para la iglesia y querida por Cristo, ordenada a la predicación del
evangelio y al cuidado pastoral de las comunidades cristianas a
través de la administración de los sacramentos, consagrada por un
rito de ordenación en el que se comunica realmente el don del
Espíritu... También en Calvino el rechazo del sacerdocio
es el rechazo de un modo de concebir el sacerdocio, es decir, de
Sacerdocio
entenderlo como
ordenado a la celebración del sacrificio. Atribuye a los ministros
de la palabra el nombre de sacerdotes, pero en el sentido paulino de Rom
15,16, o sea, en cuanto que, convirtiendo los pueblos a Dios por medio de la
predicación del evangelio, los ofrecen a Dios. También
acepta la ordenación, siempre que admita sólo el rito
apostólico de la imposición de las manos, sin la unción;
y sobre todo con tal de que su objeto sea el de apacentar el rebaño de
Dios con la predicación y los sacramentos, y no el de
sacrificar."22
La falta de una
teología adecuada —o quizá, mejor, de una voluntad
decidida, si se considera el esquema doctrinal de 1552, desgraciadamente desaparecido
en las sucesivas sesiones— lleva al concilio de Trento a un camino
paralelo y divergente con respecto a la dirección teológica de la
reforma. El razonamiento no es eclesiológico, sino simplemente sacramental
y motivado por posiciones apologéticas de defensa. Se centra,
por tanto, en el oficio sacrificial del sacerdote, que permanece separado
del más amplio contexto vital de la ministerialidad de la iglesia. De
todos modos queda abierta la posibilidad de un desarrollo posterior, como
se hizo, tras un estancamiento de varios siglos, en el Vat. II.
En las dos
sesiones (
mente de los
apóstoles a los sacerdo
tes, haciendo
aquí y en alguna otra
parte alguna
indicación sobre la
unión
orgánica sacramental entre es
tos
últimos y los obispos (cf DS
960).
El enfrentamiento
con los refor
madores insta
además a Trento a
restringir al
mínimo toda alusión al
ministerio de la
palabra y a la misión
pastoral,
mientras que pone en evi
dencia otros puntos
objeto de discu
sión,
como, por ejemplo, el carácter
permanente del
ministro ordenado
(DS 960). Toda la
problemática del
sacerdocio y de
su institución como
la de su
función es vista siempre de
modo exclusivo en
relación con la
cena del jueves santo
y con la euca
ristía.
"Este modo
de pensar será reforzado, de otra parte, por la tendencia
historizante de la liturgia (una tendencia que ya existía desde
tiempo atrás), que corre el riesgo de aislar la cena no solamente del
resto de la vida de Cristo, sino también de los demás aspectos
del misterio pascual y de pentecostés. A esta investidura del jueves
santo, se unirá muy de cerca la consagración de las manos
del sacerdote, hasta el punto de que durante muchos siglos esta consagración
pasó por ser el rito fundamental de la ordenación de los
sacerdotes. Esta concepción del origen del presbiterado
(identificado con el sacerdocio) ha tenido una resonancia considerable, no
porque sea criticable como tal, sino por el uso que se ha hecho de
ella"23 en Trento mismo y después del concilio.
Un factor
importante para la vida sacerdotal es puesto en marcha por el concilio de
Trento con la institución de los seminarios (sesión XXIII,
cap. 18) para la formación de los sacerdotes desde el punto de vista
espiritual y cultural. En esta línea se registran algunos
importantes movimientos, mientras que, desde
1770
otro punto de
vista, la teología del sacerdocio y del presbiterado en particular
no se abre a perspectivas nuevas y relevantes durante algunos siglos.
A partir del ejemplo de los seminarios de Roma y Milán (san Carlos
Borromeo) se abren instituciones parecidas en muchos lugares,
especialmente en Italia y en Francia. A la formación del futuro clero se
dedican personalidades importantes, como Pedro de Bérulle con sus Oratorianos,
san Vicente de Paúl con los sacerdotes de
Pero más
que una espiritualidad presbiteral, el clero desarrolla una piedad anclada en
la misa, en el culto eucarístico y en la devoción al sagrado
Corazón. Algunas voces, que conciben la teología de modo contrario
a la dirección común, se pierden sepultadas en el olvido o
en las polémicas. Un siglo más tarde, por ejemplo, se da el caso
de la importante reflexión de Rosmini: afirma con claridad, como
quizá ningún otro antes que él en la época moderna,
el sacerdocio común de los fieles M.
Mayor
presión sobre la conciencia eclesial ejercen, por el contrario, un
nutrido grupo de sacerdotes filántropos, animados por una profunda
fe 1771
y un agudo
sentido social: de Pallotti a Gaspar del Búfalo, de Juan Bosco a
Cottolengo, al tiempo que Juan
B. Vianney
representa claramente al párroco de una pequeña comunidad rural
que irradia la vida cristiana a partir de una intensa piedad personal y de
una renovación de la vida sacramental de los fieles. Éstos son
todavía los modelos que actualmente la iglesia propone al clero a
través del pequeño esbozo de su fisonomía espiritual en
las diversas oraciones y lecturas de la liturgia.
Después de
la borrasca de las reacciones antimodernistas, algunos importantes
documentos del magisterio subrayan fuertemente la espiritualidad
sacerdotal, pero sin afrontar
o profundizar
nuevas puntualizacíones de carácter teológico. Pueden
recordarse algunas propuestas de los pontífices, como la
encíclica Humani generis (1917), en la que Benedicto XV confirma el
compromiso apostólico de la predicación; Ad catholici
sacerdotiifastigium fue escrita por Pío XI (1935) sobre el sacerdocio
en general. Sobre la santidad de la vida sacerdotal llaman nuevamente la
atención Pío XII con la exhortación apostólica
Mentí nostrae (1950) y Juan XXIII con la encíclica Sacerdotii nostri
primordio, publicada con ocasión del centenario de la muerte del
cura de Ars (1959). (Conviene recordar aquí la tradición iniciada
por Juan Pablo II de dirigir cada año, con ocasión del jueves
santo, una carta "a todos los sacerdotes de la iglesia.")
Sin embargo, ya
en 1947 se habían hecho públicos dos documentos significativos
con profundas repercusiones. Punto de partida de la renovación
teológica y litúrgica del sacramento del orden es la
recordada const. apost. Sacramentum ordinis: ésta acaba con las
discusiones sacramentales-rituales y abre el camino a nuevas reflexiones
sobre el sacramen
Sacerdocio
to y sus tres
grados. Entre otras cosas afirma que el episcopado es un verdadero
sacramento, y que la materia y la forma del sacramento son la
imposición de las manos y la oración consacratoria.
Esta
afirmación —retomada en documentos posteriores del magisterio
(por ejemplo, en LG 10)— origina una fuerte discusión, agudizada
sobre todo por el hecho de que la fórmula original quiso
responder al problema de una "diferencia de ministerio (más
precisamente de poderes) entre sacerdotes ordenados y laicos a
propósito de la eucaristía"25. A continuación se
produjo una gran confusión, porque de nuevo la misma
formulación se usó en sistemas conceptuales y
lingüísticos diversos: "Confusión de lenguajes,
favorecida por el hecho de que el primer uso de la fórmula parece
precisamente referirse al ministerio, hablando de él en
términos de sacerdocio... En realidad, la urgencia de afirmar la
excelencia del sacerdocio ministerial está unida no a la
confrontación entre éste y el sacerdocio bautismal, sino entre el
sacerdocio ministerial y los diversos ministerios/carismas... Por otra parte,
el sacerdocio común, considerado en sí mismo, es cualitativamente
superior no sólo al sacerdocio ministerial, sino también a
cualquier otro ministerio"26; problemática ésta
todavía en fase de una elaboración teológica más
precisa.
4. EL VAT. II Y
LOS AÑOS POSTERIORES. En tres documentos presenta el concilio
la identidad del sacerdote de modo explícito y particularizado:
la constitución LG, el decreto PO "sobre el ministerio y la
vida de los sacerdotes" y el decreto
Sacerdocio
1772
OT sobre la
formación sacerdotal" misión de Cristo, siervo, pastor, saEstos
textos son el punto de refecerdote y maestro.
rencia obligado
para el tiempo posLa segunda y amplia perspectiva terior; pero, bajo
ciertos aspectos,
viene dada por la
realidad eclesial,
marcan una pausa
en la reflexión manifestada precisamente por la sateológica.
Esta última parece ya sacramentalidad de la iglesia, por una
tisfecha de la valoración dada al episrenovada eclesiología
de la comucopado y se dedica a la revalorizanión, por la
complementariedad del ción de funciones un tanto descuidasacerdocio
común de todo el pueblo das en la historia de la iglesia mode Dios
y del sacerdocio de los miderna, no sin polémica, por cierto.
nistros
ordenados. El Espíritu del Señor introduce y promueve en la
a) La
recepción del magisterio y iglesia, toda ella profética, sacerdode
la reforma conciliar, sin embargo, tal y real, una presencia especial, arha
transcurrido de modo lineal, sin ticulada y jerárquica de los servicios,
muchas novedades. De las reflexioque, a pesar de la diversidad de esennes
y discusiones de los padres en el cia y grado, se ordenan a la edificaSínodo
de los obispos de 1971 no ción del único cuerpo de Cristo.
salió nada nuevo, a pesar de las ex
El tercer aspecto
en el que se funpectativas impacientes de un grupo dan los ministerios es
la acción deleclesial deseoso de un cambio en
lación
indisoluble entre ministerio-Una síntesis clara de la sensibilimisión
y acción del Espíritu Santo, dad teológica conciliar y posconcialma
viva de la iglesia, se recuerda
liar se ofrece en
el nuevo Ritual de en las moniciones introductorias de Órdenes, en donde
se descubre la mi-los ritos, en las cuales se atribuye
nisterialidad de
la iglesia y la estricta particularmente a la efusión del Esunión
entre teología y liturgia, recupíritu el fiel cumplimiento
del minisperada en los últimos decenios. En terio y la
verificación de los carismas
efecto, es
posible reunir en una sínpara el desempeño de los tres
princitesis teológica los criterios inspirapales deberes del
oficio pastoral: la dores que han guiado la revisión de
reconciliación con Dios en la iglesia,
los ritos de
ordenación. Se ha querila ordenación armónica de los
mido expresar de un modo más claro nisterios y carismas y la
realización
la referencia a
Jesucristo, fuente y del culto espiritual del pueblo de modelo de todo
ministerio ordenaDios 2S. do; la naturaleza eclesiológica del ser
Esta
teología renovada se refleja vicio que se debe vivir y la íntima
de modo orgánico y capilar en el nuerelación con el don del
Espíritu Sanvo rito de ordenación (1968; trad.
to, que alimenta
continuamente su castellana, 1979). Como se afirma en fecundidad y eficacia.
la
constitución apostólica Pontifica-
El principio
constitutivo y ejemlis romani recognitio, "ha parecido plar de los
ministerios ordenados es, necesario dar mayor unidad a todo por lo tanto, la
"diaconta"de Cristo; el rito distribuido en diversas partes y esto
vale también para el sacerdoy destacar más vivamente el
núcleo te para su compromiso apostólico y central de la
ordenación: esto es, la
para su
espiritualidad. Es una persimposición de las manos y la
oración pectiva cristológica multidimensio-consecratoria"
(RO, p. 10; EDIL nal que se debe concretar en la igle1082).
sia y que se
puede resumir en
1773
texto que ya
aparece en el sacramentario Veronense, sufre ahora sólo algunos
—pocos— retoques textuales, excepto la conclusión, que es un
breve párrafo nuevo que subraya la misión
evangelizadora universal del sacerdote. En este elemento se confirma
la nueva visión teológica, según la cual ser
"sacerdote significa separarse de la vinculación estructural
con el cuerpo episcopal, hacia la dimensión universal del misterio
de la iglesia"29. Un segundo elemento importante, existente asimismo
en la oración consecratoria y expresado varias veces desde perspectivas
diferentes, es la relación entre sacerdote
y obispo. Aparte
del estrecho punto de vista disciplinar, se trata de recuperar el sentido
profundo de esta relación observando que "los presbíteros
deben obedecer a los obispos en la comunión del sacramento del orden,
misión de paternidad y fraternidad, como Cristo obedeció al
Padre en la comunión de la única naturaleza divina,
misterio de paternidad y filiación en la igualdad. La obediencia
presbiteral no es para afirmar una superioridad personal de los obispos o
para confesar la sujeción personal de los presbíteros, sino
que es solicitada y dada, junto con los obispos, por Cristo y en Cristo al
Padre, para afirmar, testimoniar y difundir el misterio de Dios y de su
salvación en el mundo"30.
La
ordenación, según las nuevas estructuras rituales, tiene lugar
una vez concluida la liturgia de la palabra durante la misa. Entre los
ritos introductorios se mantienen y se renuevan la llamada a los
candidatos, la declaración del obispo que elige a los ordenandos y la
significativa respuesta de aclamación por parte de la asamblea de
los fieles, unas palabras del obispo y la declaración de los candidatos
que expresan su decisión de ser ordenados y prometen obediencia.
Sacerdocio
Los ritos
explicativos han sido reducidos y desplazados; actualmente son la
unción de las manos con el crisma, la entrega de los ornamentos
litúrgicos y, sobre todo, de las ofrendas para la eucaristía
[/ Orden/Ordenación].
b)
Problemática ecuménica. En el campo ecuménico se registra
un hecho que ha roto el ya precario equilibrio entre las iglesias
cristianas, y que para ortodoxos y católicos constituye un
obstáculo en el camino de la reconciliación: en 1958 la iglesia
luterana sueca admitió al pastoreo a las mujeres. Este ejemplo ha sido
seguido poco después por otras iglesias de América y
Europa, mientras que en el campo católico ha comenzado toda una
serie de intervenciones de distinta naturaleza y con direcciones
diversas. Después de una toma de postura de Pablo VI, que expresó
un hondo pesar por la orientación tomada por la iglesia anglicana3I,
la declaración ínter insigniores, de la sagrada
Congregación para la doctrina de la fe (1976), impide a las mujeres el
acceso al sacerdocio ministerial, basándose en el hecho de
la
tradición, en la actitud de Jesús y en la praxis de los
apóstoles, e iluminando la dimensión del sacerdocio
ministerial desde una perspectiva cristológica y eclesiológica.
Entre otras cosas, la declaración afirma, contra una visión
socio-democrática del servicio sacerdotal que inviste al sacerdote
más allá de su sexo, que es necesario no "olvidar que el sacerdocio
no forma parte de los derechos de la persona, sino que depende de la
economía del misterio de Cristo y de la iglesia. La función del
sacerdote no puede ser deseada como el término de una
promoción social; por sí mismo no da lugar a ningún progreso
puramente humano de la sociedad o de la persona; se trata de un orden
diferente"32 [/ Mujer, III].
Sacerdocio
El diálogo
ecuménico se concentra sobre todo en la naturaleza de la ministerialidad
eclesial, permaneciendo sin embargo a menudo en los aspectos más
generales o dando importancia de modo particular al episcopado. La
figura del sacerdote se sitúa así en un segundo plano, con
el peligro de no ser perfilada de un modo adecuado. Un intenso trabajo de
reflexión fue realizado por la comisión "Fe y
constitución" del Con
sejo
ecuménico de las iglesias en la consulta de Cartigny de 1970, de donde
surgieron interesantes datos relativos a la relación
ordenación-ministerio-profesión, y donde se sintió la
urgencia de hacer convergir las estructuras canónicas de acuerdo
con las coincidencias teológicas ".
En septiembre de
1972, el "grupo de Dombes" publica un documento "para una
reconciliación de los ministerios", en donde se pide que por
parte católica sea reconocida la validez del ministerio
protestante, que "en un cierto número de casos, al menos, puede
apoyarse en el signo de la continuidad presbiteral". Por parte
protestante, además de algún reconocimiento de las realidades
exis
tentes en la
iglesia católica, se debería examinar y poner "en
cuestión la práctica, introducida en algunas iglesias
reformadas, de la delegación pastoral para la predicación y
para la celebración de la santa cena, dada a fieles que no están
ordenados, de modo que no quede oculta la diferencia de carismas entre
ministerio ordenado y sacerdocio universal"'4.
Entre los
resultados del encuentro de Accra (1974) se debe señalar la
afirmación de la diversidad de ministerios: "La pluralidad de
las culturas eclesiales y de las estructuras ministeriales no compromete la
única realidad ministerial, fundada en Cristo y constituida por el
Espíritu Santo sobre la autoridad de los apóstoles... Dentro de
la misma co
1774
munidad de fe es
posible encontrar juntos estilos diversos de vida eclesial y diferentes
estructuras ministeriales, sin que esa comunidad deba constituirse en
modelo obligatorio para todas las demás". Acerca de la
función específica del sacerdote, se repite que debe ser
"comprendida como proclamación del evangelio y administración
de los sacramentos"35.
La persistente
situación de estancamiento en lo que se refiere al reconocimiento
recíproco de los ministerios a nivel ecuménico no debe, con
todo, ser juzgada sólo de un modo negativo. "El reconocimiento
mutuo de los ministerios no debe efectuarse mediante un procedimiento administrativo,
ni siquiera haciendo una llamada a la voluntad democrática expresable
a través del consenso de las iglesias... Es necesario hacer referen
cia al
pentecostés continuo, al juicio que salva y purifica, a la luz del Espíritu""'.
c) Si se pueden
presentar algunas perspectivas para una recalificación
teológica y pastoral del sacerdote, éstas deben tener
presentes de todos modos algunos datos de hecho. Entre los más
evidentes se pueden recordar la necesaria profundización
teológica en la ministerialidad de la iglesia. Esta constituye el
marco en el que se hace comprensible el sacerdocio ordenado; pero a menudo
el razonamiento pasa por
encima del
sacerdote o minimiza su naturaleza y función al intentar hacer patente
la realidad del episcopado y del diaconado. Así, la renovación
teológica de los ministerios no siempre consigue renovar la identidad
teológica del sacerdote. En el plano de la vida cotidiana, pocas estructuras
han sido tan sacudidas por la revolución social de los últimos
decenios como el sacerdote, y en particular el párroco de los lugares
medios y
pequeños. Para generacio
1775
nes enteras el
párroco ha sido el único punto de referencia espiritual,
cultural y social de las comunidades. Hoy es una persona más, a menudo
no es la que posee más cultura, ha perdido casi en todas partes su autoridad
y no puede enfrentarse con los modelos propuestos por los medios de
comunicación de masas. La crisis general de la sociedad separa a los
fieles de su iglesia, y el sacerdote se encuentra cada vez más solo y se
ve marcado por su enfermedad: el aislamiento que sofoca y deforma la soledad,
la resignación que apaga toda esperanza, la amargura que vuelve tristes
los días.
Hay muchos modos
cómodos y posibles de salir de esta situación, a costa de
sacrificar la identidad sacerdotal; por ejemplo, un convulso activismo
pastoral o un éxito a bajo precio buscado en actividades mejor
remuneradas y más gratificantes. También hay quien se acomoda en
la inercia o en el encerramiento pusilánime. Se hace necesaria una
recuperación a diversos niveles, comenzando por lo humano:
precisando y consolidando las dos relaciones coordinadas fundamentales,
vertical y horizontal, que encuentran su concreta realización en la
obediencia filial y alegre al padre de la diócesis; en la
disponibilidad generosa hacia los hermanos de ministerio, con quienes se
construye el primero y más íntimo núcleo de
comunión de vida en el Espíritu.
Sobre esta
plataforma de relaciones vividas en plenitud, según la peculiar
fisonomía espiritual y humana, es posible construir el servicio
sacerdotal en sus dos aspectos principales: el servicio de la palabra y la
administración de los sacramentos.
El primer
servicio implica una triple relación del sacerdote con la palabra:
a) una verdadera relación existencial. No se puede limitar el servicio
de la palabra a una simple
Sacerdocio
proclamación
de una realidad que queda fuera de la vida. Tampoco se trata de llegar a una
comprensión del texto y a su apropiación desde el punto de vista
cultural. Está en juego un proceso de identificación que
debe llevar al sacerdote a ser él mismo el eco de la palabra, la
exégesis actual y realista de la palabra de siempre en el día de
hoy. Es un aspecto del progresivo itinerario espiritual de
divinización del hombre, que ve a la criatura asumir la fisonomía
de Cristo, dejándole que se haga todo en toda la propia realidad humana,
que de este modo se transfigura. Con unas condiciones precisas: el
sacerdote se sitúa en la comunidad como invitación y ejemplo para
todos a entrar en la escuela de la palabra en sus términos
más urgentes y constructivos: las diversas liturgias de la palabra y la
lectura divina individual y comunitaria, b) De ello se deriva un peculiar
estilo de proclamación que evita rigurosamente toda propuesta
persuasiva de tipo intelectual, con un discurso gris en
cuanto a los
contenidos espirituales y fácilmente acomodaticio. La proclamación
debe alcanzar la fuerza de una provocación existencial, que llegue
a todo el hombre con una carga de autenticidad y transparencia, con la
afirmación clara de los valores evangélicos puestos al desnudo
por un estilo de vida simple y pobre, alegre y perseverante en su ir
contracorriente, hoy tan necesario. No se trata, por tanto, de
acomodar la palabra a las categorías de moda, minimizando su carga
de choque y su novedad radicalmente incómoda. La palabra ha de resonar
en plenitud, sostenida por la convicción de que a ella se debe
conformar no sólo el sacerdote, sino la iglesia toda y el mismo mundo
que la rechaza al negarla o al quererla deformar, c) Sin embargo, todo
esto no puede ser sólo un esfuerzo aislado del sacerdo
Sacerdocio
te, sino que es
el momento fuerte de toda una pastoral orgánica que se recupera en su
núcleo esencial con una introducción personal a la comprensión,
comunitaria e individual, de la palabra. Y aquí se ve cómo es
necesario recuperar también el tiempo y las múltiples
ocasiones para desarrollar una paciente acción de dirección
espiritual11. Solamente si el sacerdote, a través de la meditación
de la palabra, encuentra personalmente al Dios personal, sentirá la
urgencia de este servicio. Pero esto a su vez implica una intensa vida de
oración y de silencio de escucha, de interiorización que no puede
ser un estéril repliegue sobre las propias ideas y miserias, sino el
concentrarse en el misterio de Dios a fin de lograr la sabiduría
necesaria para una proclamación veraz de la palabra.
En la
administración de los sacramentos el puesto de relieve lo ocupa la
eucaristía celebrada bajo la presidencia del sacerdote. Esta
presidencia está cargada de ambigüedad desde el momento
en que se la ha querido identificar simplemente con la presidencia
responsable y totalizadora de la comunidad: de la responsabilidad
disciplinar a la animación espiritual y la coordinación
organizativa. La crisis multidimensional que se ha abatido sobre el
sacerdote es una invitación a resituar su función, valorando
otros ministerios y poniendo en claro diversas responsabilidades
eclesiales, no necesariamente de tipo clerical38.
A este respecto
sería útil una confrontación con una peculiar
realidad cristiana como es el monaquisino. Muchas veces se ha puesto en discusión
el sacerdocio de los monjes, que no tendría una finalidad pastoral,
porque no se ha comprendido que "cierto significado de la iglesia solamente
puede manifestarse en ella a través de un sacerdote consagrado
únicamente a la búsqueda de
1776
Dios"39.
Pero desde siempre el monasterio ha constituido una comunidad-de-base
con estructuras y modos de vida peculiares. Dos aspectos son inherentes al
problema que ahora afrontamos: el responsable último de la
comunidad monástica desde siempre —el CDC va contra la tradición
oriental y occidental si y cuando exige el sacerdocio— desarrolla su
servicio independientemente del que sea sacerdote y sin identificarse
siquiera con la función de padre espiritual. Además, el
sacerdocio monástico, más y antes que responder a una
exigencia espiritual del individuo, es un servicio a la comunidad.
Son el abad (y la comunidad) los que deciden sobre el sacerdocio de los monjes,
teniendo en cuenta en primer lugar la situación interna de la misma
comunidad.
Esta
situación de hecho, reconocida como válida en el
ámbito del monaquisino, ¿en qué medida puede ser
transferida a otros ámbitos de la vida eclesial? El problema no puede
pasarse por alto, especialmente en la perspectiva futura de una presencia de
laicos, cualificados en el plano de la cultura teológica, a los cuales
la iglesia, y de modo especial los sacerdotes, deben dejar el espacio que
les otorga el Espíritu. De aquí la necesidad de subrayar
algunos aspectos esenciales de la vida del sacerdote y de orientar en
consecuencia su formación hacia una vida de fe más madura,
profundizada en la oración y en la comunión fraterna;
oración y caridad fraterna que por sí solas hacen al
sacerdote aquello que es verdaderamente, por encima de cualquier
condicionamiento socio-cultural: sacramento de Cristo, único
mediador entre Dios y los hombres, pan que se deja partir para la salvación
de los hermanos, palabra viva de Dios presente entre los hombres.
[/ Ministerio
IMinisterios; / Orden/ Ordenación; / Obispo].
lili
NOTAS: ' Sobre la
datación, cf A. Cody, A History of OT Priesthood, PIB, Roma 1969,
114-123 —
frühen
Christentum, en Freiburger Zeitschrift für Phitosophie und Theologie 22
(1975) 56 —
Sacerdocio
1959, Vita e
Pensiero, Milán 1962, 379 — 22 S. Dianich, La teología del
presbiterato al Concilio di Trento, en ScC 99 (1971) 335-336 — 2) H.
Denis, La teología del presbiterato da Trento al Val. II, en Ipreti.
Formazione, ministero e vita (a cargo de Y. Congar-J. Frisque), Ave, Roma
1970,127-128 —
26 27
471 — Ib,
472 — Una crítica negativa del
Sínodo,
insertada en una amplia revisión de
toda la
problemática sacerdotal, la presenta E.
Schillebeeckx, El
misterio eclesial. Responsa
bles en la
comunidad cristiana, Cristiandad, Ma
drid 1983 —
2S Es interesante la comparación
con el documento
del episcopado alemán, Prin
cipi per
l'ordinamento dei ministeri paslorali,
con un
párrafo dedicado a los sacerdotes (su especificidad teológica,
funciones, actividades). Texto en // Regno Doc. 22 (1977) 351 — M H.
Denis, o.c, 145 —
s. Benedicti (a
cargo de B. Steidle), Pont. Inst. Anselmi-Herder, Roma 1957, 66, nota 20.
B. Baroffw
BIBLIOGRAFÍA:
Abad J.A., El sacerdocio ministerial en la liturgia hispana, en VV.AA.,
Teo
Sacramentales
logia del
sacerdocio 5, Burgos 1973, 351-397; El carácter sacerdotal en la
liturgia hispana, ib, 8, Burgos 1976, 271-303; Bernal J.M., El carisma
permanente en la tradición litúrgica, ib, 5, Burgos 1973,
67-96; La identidad del ministerio sacerdotal desde los rituales de
ordenación. Balance histórico, en "Phase" 123
(1981) 203-222; Garrido M., La potestad de orden en
participación
en
SUMARIO: I.
Problemática - II. Síntesis histórica - III. Doctrina
generalmente admitida - IV. Concilio Vaticano II - V. Presupuestos para una
reformulación de la teología de los sacramentales: 1.
Relación hombre-mundo; 2. Centralidad de Cristo; 3. Ministerio de la
iglesia: a) Dimensión epiclética, b) Dimensión ritual
- VI. Nuevas perspectivas: 1. Contexto litúrgico; 2. Celebración
de una existencia esencialmente pascual
VII.
Número de los sacramentales - VIII. División de los
sacramentales: 1. Consagraciones; 2. Bendiciones; 3. Exorcismos - IX. Sacramentos
y sacramentales - X. Consecuencias litúrgicopastorales - XI.
Conclusión.
I.
Problemática
La
concepción de la realidad teológica de los sacramentales es
una 1778
de las que
difícilmente es enfocada con claridad y precisión en la actual
teología de los sacramentos. Hoy, a la luz de los últimos
estudios, se pueden esbozar algunos elementos que permiten dar un rostro a
los sacramentales y buscar, si no propiamente una definición,
al menos una descripción.
La
problemática que acompaña a la actual reflexión en la
teología sacramental ha llegado también a los sacramentales,
como es obvio '. Normalmente, los autores dan de ellos una
definición a la luz de los sacramentos, ya que, si nos colocamos en
una perspectiva jurídica o simplemente moral, como podemos observar
en los manuales clásicos, los sacramentales parecen ser completamente
ajenos al hombre de hoy. Para enfocar mejor la experiencia sacramental, la
teología de los sacramentos-sacramentales es considerada en el
ámbito de la sacramentalidad de la iglesia. El presupuesto para un
verdadero tratado de los sacramentos-sacramentales es un profundo
tratado eclesiológico. El descubrimiento de las verdaderas características
de la iglesia-sacramento puede permitir iluminar de un modo más preciso
tanto los sacramentos como los sacramentales.
Además,
mientras que el campo de los sacramentos propiamente dichos está
limitado a los siete, el radio de evolución de los sacramentales es
mucho más amplio y difícilmente definible. Éste es
uno de los motivos por los que resulta especialmente difícil dar
una definición precisa de los
sacramentales.
A estos problemas
de orden teórico se añaden las dificultades causadas
por las diversas concreciones históricas que afloran en la vida sacramental
de la iglesia. El hombre contemporáneo es tendencialmente propenso, por
causa del fenómeno de la / secularización, a rechazar 1779
toda la
ritualidad que expresa el dato sacramental. Teme, en efecto, caer en la magia
cuando se prepara para celebrar los sacramentales. En realidad, no se puede
negar que una cierta forma de superstición pueda relacionarse o se haya
relacionado con muchos sacramentales. La pregunta que se hace el hombre
contemporáneo es la siguiente: ¿qué sentido
puede tener el bendecir a una persona, una cosa o un alimento que se va a
tomar? La tendencia, en este caso, puede llevar a un esplritualismo
inconsciente, en el que el sacramental ya no tendría ningún
derecho de ciudadanía, ya que el gesto-rito resultaría, de hecho,
marginado de la edificación de la vida cristiana. Por otra parte, el
desarrollo de las ciencias humanas conduce a relativizar ciertas
prácticas sacramentales. Surge la convicción de que la dignidad
del hombre queda disminuida, si no incluso manipulada, por una magia de estilo
medieval.
La
relación sagrado-profano es uno de los aspectos más sentidos en
el contexto de la cultura contemporánea. Este hecho ha empujado al
creyente a cuestionarse sobre el porqué de las celebraciones
sacramentales y a buscarles el significado en su justo marco
teológico-litúrgico. Solamente la recuperación de la
auténtica relación entre fe y religión puede ayudar a
determinar la identidad sacramental, especialmente en su traducción
pastoral. En efecto, la problemática acerca de los sacramentales
engloba todo el complejo tratado sobre la relación Dios-mundo, feiglesia-mundo,
amor a Dios-compromiso temporal.
Los sacramentales
son expresiones rituales de la relación iglesia-femundo. El
esfuerzo por recuperar la verdadera identidad de los sacramentales tiene
un gran interés, ya que constituyen un amplio capítulo de la
ritualidad de la iglesia. Frente
Sacramentales
a esta
problemática, que implica directamente toda la vida
litúrgica de la comunidad eclesial, es indispensable redescubrir el
sentido más auténtico de los sacramentales.
II.
Síntesis histórica
La presencia de
los sacramentales en la iglesia se inserta en un amplio cuadro
histórico, que hunde sus raíces en la antigüedad. En el
curso de su vida, con cierta frecuencia, Jesús utilizó
gestos con un significado claramente religioso (bendiciones, exorcismos...).
Formaban parte de la herencia que él, su comunidad y todo el NT
habían recibido del pasado. En este sentido, algunos querrían
formular la hipótesis de una prehistoria de los sacramentos que se
remontaría más allá del NT y del AT, para llegar hasta las
religiones primitivas. En el ámbito veterotestamentario, algunos
gestos y ritos se introducían en la vida de la comunidad como
elementos sustentadores. En el Talmud encontramos toda una colección de
bendiciones que nosotros llamaríamos sacramentales 2. En el
ámbito cristiano hallamos, por citar un ejemplo, el testimonio de la
Tradición
apostólica de Hipólito. En ella se recomienda la bendición
del aceite, el queso, las aceitunas, el pan y la miel, etc. En la
tradición litúrgica medieval, los libros litúrgicos
(tanto los Sacramentarios como los Pontificales) nos muestran el gran
uso de los sacramentales por parte de la comunidad cristiana hasta llegar a la
época moderna, en que el Rituale Romanum (1614), con su rico repertorio,
atestigua la frecuencia de su celebración.
Ante esta
constante, que encontramos en la historia de la revelación y de la
iglesia, los intentos de dar una definición precisa del concepto de sacramental
han sido muy abun
Sacramentales
dantes a lo largo
de las diversas épocas culturales.
El término
sacramental, como sustantivo, no se encuentra en uso en la teología
anterior al s. XII. Anteriormente la palabra usada de ordinario era
sacramentum. Este término se aplicaba también a ritos
religiosos naturales, que no se identificaban con los sacramentos tal como hoy
los entendemos; es más, la ritualidad en general era un sacramentum.
Podemos encontrar la razón de este uso lingüístico en
el hecho de que todo lo que estaba en relación con los sacramentos
propiamente dichos estaba consagrado al servicio divino por medio de una
bendición particular. En Agustín la palabra sacramentum
expresaba realidades diversas: desde el padrenuestro a la celebración
del bautismo o de la eucaristía. En la época patrística
y en la alta edad media encontramos también una gran
fluctuación en los modos de interpretar la praxis sacramental de la
iglesia. El concepto de sacramental, que antiguamente estaba unido a los
ritos relacionados con los sacramentos, se aplica posteriormente a todo
tipo de ceremonia religiosa.
Este dato ha
obligado a la teología a dar una definición, lo más clara
y comprensible posible, de los sacramentales. La profundización en
la noción de sacramento en la primera mitad del s. xn ha tenido un papel
decisivo para la comprensión teológica de los sacramentales
y ha sido determinante para toda la posterior reflexión teológica
y la exposición de los manuales. Mientras que el bautismo y la
eucaristía se consideraban en estrecha relación con el misterio
de Cristo, otras categorías de sacramentos parecían
más bien derivar de los primeros y no diferenciarse mucho de los
diversos ministerios y de la liturgia concreta de la iglesia. Un vocabulario
especial para distinguir
1780
bautismo y
eucaristía de los otros sacramentos a ellos subordinados es usado por
Hugo de San Víctor con la especificación de "tria genera sacramentorum".
"Mientras al primer género de sacramentos pertenecen los sacramenta
maiora, del segundo género es considerado el complejo de los sacramenta
minora, y el tercer género no tiene una denominación particular,
aunque se catalogue antes de los otros dos géneros directamente
en relación con el tema de la iglesia, de sus miembros y de sus
oficios" \
En el s. xm, bajo
el influjo de Pedro Lombardo, encontramos una terminología
bastante clara, y surge la distinción entre los sacramentos y los
sacramentales: los sacramenta principalia o maiora y "alia sacramenta
quae significantius possunt sacramentalia dici, quasi sacramentis adnexa
et de eis dependentia"*.
Siguiendo la
especulación medieval, en el período postridentino se va
hacia un tratamiento más sistemático (R. Bellarmino, F.
Suárez), que en los ss. xix y xx se amplían hasta convertirse en
propios y verdaderos tratados ("De sacramentalibus in
genere"), en los cuales son discutidas de modo analítico todas
las cuestiones referentes a su institución y clasificación, el
problema de la eficacia y de los efectos que de ella derivan.
A la luz del
desarrollo de nuestro tema en la teología de los manuales, se llega a
esta definición litúrgica de los sacramentales: "Los
sacramentales son signos visibles religiosos, instituidos por la
iglesia para servir al culto, para tutela contra los influjos del demonio y
para el incremento del bien espiritual y material de los fieles"3.
En nuestro siglo
el movimiento litúrgico ha dado su precioso aporte para una mayor
profundización en la teología de los sacramentales y 1781
para una mejor
comprensión de sus características particulares en el contexto
global de una teología de la liturgia.
III. Doctrina
generalmente admitida
La
evolución histórica ha permitido comprender cada vez mejor
el significado global de los sacramentales. En este campo algunos elementos
doctrinales son hoy comúnmente admitidos; en torno a ellos hay un
sustancial acuerdo entre los autores.
a) En la
categoría de los sacramentales encontramos una gran variedad
de ritos, muy diferentes entre sí, instituidos por la iglesia. De por
sí no se incluyen en los siete sacramentos, pero tienen una
estructura parecida a la de ellos. De hecho, en algunos aspectos, especialmente
en lo que se refiere al lenguaje del signo, son muy similares a los
sacramentos. Por este motivo el CDC de 1917, can. 1144, los definía como
"cosas o acciones de las que suele servirse la iglesia, lo mismo, en
cierto modo, que de los sacramentos, para conseguir por su
impetración efectos principalmente espirituales". (Más
precisamente el CDC de 1983, can. 1166 [que retoma SC 60]: "son
signos sagrados, por los que, a imitación en cierto modo de los
sacramentos, se significan y se obtienen por intercesión de la
iglesia unos efectos principalmente espirituales".) Los autores
modernos los distinguen, a grandes líneas, en dos categorías: los
sacramentales-cosas y los sacramentalesacciones. Aparece así
la distinción entre las cosas benditas, consagradas, exorcizadas, y
las acciones, que son las bendiciones, las consagraciones y los exorcismos.
En el primer tipo de sacramentales podemos cla
Sacramentales
sificar el agua
bendita, las velas benditas, los ramos de olivo bendito, la ceniza
bendecida al comienzo de la / cuaresma... En el segundo tipo se catalogan las
consagraciones (/ profesión religiosa, bendición del abad; /
consagración de vírgenes, / dedicación de una
iglesia...), las / bendiciones (del agua, de los niños, de los
enfermos, de los campos, de los utensilios...), los / exorcismos6. Esta
multiplicidad de cosas y acciones, que entran en la categoría de los sacramentales,
ha hecho muy difícil su clara definición.
b) Si queremos
tomar los elementos comunes y determinantes para hacer una
definición-descripción de los sacramentales, podríamos
decir así: "Los sacramentales consisten inmediatamente y en
primer lugar en una oración impetratoria que la iglesia dirige a Dios, y
sólo en segundo lugar y mediatamente, esto es, mediante esta
oración intercesora de la iglesia, en una santificación, en
cuanto que la iglesia, por medio de estos ritos, impetra precisamente de Dios
la santificación de las personas o de las cosas"7. Aparece, por lo
tanto, bastante evidente que los sacramentales son bendiciones y
consagraciones que revelan la fe y el amor de la iglesia para que en la
historia de los hombres y en el cosmos se manifieste la gloria de Cristo por
encima de todos los obstáculos que impiden su expansión. Los
sacramentales son signos de la fe de la iglesia. En esta fe reside toda su
fuerza. Cualquiera que sea el objeto de los sacramentales, el elemento que
los caracteriza y que les permite no contagiarse del peligro de la magia es la
fe orante de la comunidad eclesial. "Por los sacramentales se libra y
preserva la fe en Cristo de las extravagancias espiritualistas y de la
anemia que amenaza la vida. Las cosas se hacen encuentros con Cristo.
En y por ellas
Sacramentales
se realiza la
entrega a él. Está en nosotros, en nuestro quehacer cotidiano,
dándole sentido, consistencia y amparo. Los sacramentales son una
expresión del valor divino de lo cotidiano y de las cosas, de los
trabajos, que llenan la vida de nuestros días. Nos muestran que
Dios toma en sus manos, santificándola, la cotidianidad"8. En
este elemento común (la fe orante e intercesora de la iglesia) hay una
diversidad de objetos que constituyen el ámbito de los sacramentales.
A través de la mediación de personas y cosas, en el contexto de
la mediación de la iglesia frente a una situación
histórica, el sacramental adquiere una dimensión funcional
con respecto al crecimiento de la comunidad.
c) La semejanza
con los sacramentos es una de las características de los
sacramentales. En efecto, los sacramentales están intrínsecamente
relacionados con la celebración de los sacramentos, y especialmente con
la eucaristía. Son vistos, en un sentido, como una preparación;
y, en otro, como una especie de prolongación de los sacramentos, en
la perspectiva de poner al servicio de Dios todo el mundo terreno y de ofrecer
al hombre una ayuda y una guía en su esfuerzo por forjar el mundo y
hacer madurar progresivamente en la propia persona la vocación
a ser imágenes de Dios en Cristo en medio del mundo. En la comunión
que se celebra, que constituye el amplio campo de la liturgia, los sacramentos
y los sacramentales ponen a la comunidad en camino hacia la experiencia
escatológica que vive de la gran liturgia del cielo.
d) Entre el
sacramento y los sacramentales, aunque se da una semejanza,
proveniente de la realidad del signo en un contexto de fe orante, existen
sin embargo profundas diferencias. Mientras que los sacra
1782
mentos fueron
instituidos por Jesucristo, los sacramentales son propuestos por la
iglesia. Son, en efecto, acción de la iglesia, expresión de
su voluntad de santificar a la humanidad en camino a través de su
acción de intercesión. Otro aspecto que diferencia a los
sacramentos de los sacramentales es el de su eficacia. La diferencia,
desde este punto de vista, se expresa tradicionalmente en el lenguaje
teológico con las fórmulas ex opere operato (sacramentos) y ex
opere operantis (sacramentales). Los ritos sacramentales propiamente dichos
producen, con su estilo propio, su efecto con tal de que el signo sea hecho
válidamente, y no por la condición moral de los que celebran
el sacramento. En el sacramento hallamos la "representación
objetiva inmediata" (Ó. Casel) del misterio pascual de
Cristo. En el ámbito de los sacramentales, por el contrario, los efectos
del misterio pascual son concedidos por Dios mediante la intercesión
de la iglesia significada en los gestos litúrgicos'. La eficacia de los
sacramentales está en relación con la oración de
intercesión de la iglesia, que tiene efectos en el plano espiritual
e, indirectamente, en el material. Obviamente es en la experiencia
eclesial donde tiene lugar la celebración de los sacramentales. Los
sacramentales son celebrados por el pueblo de Dios en camino: en cada uno de
ellos se expresa y obra la iglesia. En esta condición eclesial de
oración el efecto espiritual que se consigue por el gesto
litúrgico es actualizado por el Padre en virtud de la dignidad moral de
aquel que realiza el rito y aquel que lo acoge.
e) Acerca de los
efectos producidos por la celebración de los sacramentales se
puede decir que, como todo hecho salvífico, tienden a incrementar y
reforzar el reino de Dios. La intercesión de la iglesia, en 1783
el lenguaje
propio de la liturgia, interviene para que en aquellos que realizan el
acto sacramental o viven de él Cristo sea verdaderamente el
Señor. Indirectamente, el creyente recibe del amor pascual de Dios
protección contra las tentaciones del demonio, gracias y
ayudas actuales según la especificidad de cada sacramental,
capacidad operativa y gracias actuales para realizar la voluntad del
Padre según el propio carisma y la llamada de Dios, y
también favores temporales, en caso de que sirvan para la
salvación en el ámbito del plano de la providencia.
f) De acuerdo con
la doctrina tridentina, los sacramentos son siete (DS 1601); los sacramentales,
por el contrario, no tienen límite en cuanto a número. Son
fórmulas que expresan la oración de intercesión de la
iglesia sobre personas y objetos particulares para fines de
utilización cultual o bien profana. Puesto que el terreno en el que
florecen los sacramentales es la vitalidad de la iglesia caminante en
la historia, se diversifican y se multiplican según las diversas
situaciones de la existencia humana, a la que ofrecen de forma
corpóreo-concreta, bajo el lenguaje del signo impregnado de
oración y de invocación, el misterio de la acción
salvífica del Resucitado que abarca a todos los hombres. Los sacramentales
testimonian cómo la salvación comprende todo lo que es el hombre,
en todos sus componentes existenciales, personales y ambientales. Al
diversificarse las situaciones en las que el hombre se encuentra, la
iglesia aumenta los lenguajes de su oración y, potencialmente,
también el número de los sacramentales. La presencia del
sacramental es un medio para profundizar y asimilar el misterio
pascual en una parte de la historia de los hombres, y para comunicar la
salvación
Sacramentales
a todas las
situaciones en las que la humanidad se encuentra.
g) En el origen
de la celebración de los sacramentales está el misterio de
Cristo. El significado del mundo, en cuyo ámbito obra el sacramental, es
Cristo. La iglesia, que es el actor principal de las celebraciones sacramentales,
actúa y ora en Cristo. La finalidad del acto de la celebración es
cristificar al hombre, a la comunidad, al mundo. En esta concentración
crística del sacramental aparece clara la dimensión trinitaria
que lo envuelve; la celebración litúrgica la visibiliza muy bien:
en los rituales se usa frecuentemente la fórmula "en el nombre del
Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo", a menudo acompañada
del gesto de la señal de la cruz. La fórmula y el gesto, en la
celebración de los sacramentales, hacen aparecer claramente
cómo todo el misterio de la vida divina, que se nos comunica en el acto
celebrativo, nos es ofrecido por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo
por medio de la cruz de Cristo. Comprendido así, el sacramental ya
no es algo mágico, sino una celebración de la propia fe en Cristo
resucitado, realizada a través del gesto ritual. El hombre, consciente
de la propia situación histórica, por medio del signo
sacramental rico de fe y del ministerio de la iglesia expresa su
invocación al Dios uno y trino, para que el propio caminar en la
historia tenga siempre el significado querido por el creador.
IV. Concilio
Vaticano II
El Vat. II, en su
obra general de / reforma litúrgica, puso algunas premisas para una
renovación teológica y celebrativa de los sacramentales. En SC se
habla de modo difuso del tema de los sacramentales, pero particularmente
en LG y GS se descu
Sacramentales
bren aspectos que
permiten reformular de modo dinámico la teología de los
mismos.
En SC es
importante relacionar los nn. 60-62 con el contexto general del documento. Los
sacramentales deben interpretarse desde el trasfondo de la
atmósfera estrictamente litúrgica descrita por SC 5-8. Viven del
dinamismo propio de la experiencia litúrgica: su estudio, de hecho,
se desarrolla dentro del capítulo dedicado a la celebración
de los sacramentos. Este hecho permite superar una comprensión de tipo
puramente material de los sacramentales mismos e, indirectamente, establece
una constante referencia de los mismos a la estructura salvíficosacramental.
"La santa madre iglesia instituyó, además, los
sacramentales. Éstos son signos sagrados creados según el modelo
de los sacramentos, por medio de los cuales se expresan efectos, sobre todo de
carácter espiritual, obtenidos por la intercesión de la
iglesia. Por ellos los hombres se disponen a recibir el efecto principal
de los sacramentos y santifican las diversas circunstancias de la vida"
(SC 60) ">. Esta semejanza con los sacramentos lleva a considerar los
sacramentales en relación con el misterio pascual (cf SC 61). En la
perspectiva de una auténtica recuperación de los
sacramentales, el Vat. II pide una revisión de sus ritos (cf SC 79). En
sus propósitos pastorales el concilio desea, por una parte, que se
iluminen sus verdaderos valores y, por otra, que se acomoden "a las
necesidades presentes" (SC62) ".
Es interesante
observar cómo para SC 60-61 las diversas circunstancias de la vida son
santificadas por medio de los sacramentales. Éstos, en efecto,
contribuyen a establecer el vínculo entre lo sagrado y lo cotidiano,
y así ayudan al realismo de la vida cristiana, cuyo centro es el momento
litúrgico. Esto significa que
1784
(los sacramentos
y) los sacramentales se encuentran con las grandes experiencias de la
vida humana y, "por medio de la gracia divina, que brota del misterio
pascual", las santifican en el mismo momento en que la celebración
de la liturgia incorpora a sí, con su lenguaje, el lenguaje de la vida
cotidiana.
La
afirmación de SC podría, con todo, parecer restrictiva si las
realidades terrenas y los acontecimientos de la vida tuvieran que hacerse
culto para ser santificados. Una visión simplemente cultual de los
sacramentales, como podría deducirse de
está
comprometido en lo temporal y en camino hacia la escatología. En el
culto se consagra a la esperanza del reino que está por venir y a su
anticipación a través de sus esfuerzos actuales y de los
valores ya encarnados aquí abajo. A través de estos
valores, "como la dignidad hu1785
mana, la
unión fraterna y la libertad; en una palabra, todos los frutos excelentes
de la naturaleza y de nuestro esfuerzo", el reino está ya misteriosamente
presente en esta tierra, aunque sólo alcanzará la
perfección con la venida del Señor (cf GS 39).
La
profundización que LG y GS dan a SC permite entrever algunas pistas; de
seguirlas, la doctrina sobre los sacramentales puede ser mejor comprendida por
el hombre de hoy, comprometido en lo temporal y a la búsqueda de su
auténtica liberación.
V. Presupuestos
para una reformulación de la teología de los sacramentales
A la luz de la
enseñanza global que el Vat. II ha ofrecido y en la escucha de las voces
que provienen del mundo contemporáneo, intentamos ahora iluminar
algunos puntos que pueden contribuir a presentar una fisonomía
más auténtica de los sacramentales, al servicio de los que
están llamados a celebrarlos.
1.
RELACIÓN HOMBRE—MUNDO. Uno de los aspectos que la teología
hace evidente a propósito de los sacramentales es el de la
consagración del mundo al plan creativo de Dios. También hacen
esto los sacramentos, pero el mundo de los sacramentales puede
extenderse prácticamente a casi todos los objetos con los que el
hombre entra en contacto en su vida diaria y llegar a casi todas las
situaciones en las que se puede encontrar.
La
celebración de los sacramentales presupone una experiencia concreta
de lo temporal. En efecto, el culto debe ser la manifestación de una
nueva creación que nace del compromiso del hombre (cristiano) en su
historia. El hombre está en con
Sacramentales
tinua
relación con el mundo de los hombres y de las cosas, y con él y
por medio de él realiza su propio sacerdocio cósmico. "El
hombre no puede llegar a ser él mismo sin sacar del cosmos no solamente
su alimento y su bebida, sino también su saber, su poder, su
arte, su religión, su lenguaje; en una palabra, toda su verdad. Ser
hombre significa integrar en sí el significado del mundo y situarse
cósmicamente"l2. La relación con el mundo es necesaria y
debe ser deseada por el hombre, si quiere ser verdaderamente hombre. El cristiano
está llamado a tomar conciencia de su puesto en el mundo. "Inmerso
en el mundo, profundamente implicado en sus problemas, íntimamente
unido a sus más nobles aspiraciones, trabajando activamente por su progreso,
educado en el mundo y para el mundo, el cristiano, como Cristo, debe ser
levadura en el mundo. Nadie puede colaborar de modo efectivo al
desarrollo de la comunidad cristiana si no participa activamente en la edificación
de la comunidad humana" B. Por medio del dominio consciente sobre la
naturaleza, el fiel es incitado a construir el mundo de acuerdo con su fe:
hacer del mundo la gloria de Dios. En su activa colaboración a la
continua creación del mundo por parte de Dios, el hombre realiza en
sí la imagen de "Dios en Cristo Jesús. Siguiendo este dinamismo,
la evolución del mundo por medio del hombre y en el hombre, en un clima
de amor fraterno, actualiza aquel reino de Dios que tendrá su
cumplimiento en la escatología con los cielos nuevos y la tierra nueva
(cf Is 65,17; 2 Pe 3,13; Ap 21,1).
La iglesia entra
activamente en comunión con el mundo hasta la plenitud de la
parusía, para desarrollar continuamente el principio de la encarnación.
El cristiano está llamado, bajo la acción del Espíritu
Santo, a realizar por todas partes, a través de
Sacramentales
su existencia
comprometida en lo temporal, su ser litúrgico. Cumple esta misión
creando entre los hombres y entre los hombres y las cosas nuevas relaciones.
Aquí se introduce el tema acerca de los sacramentales.
El sentido del
acto cultual realizado por el hombre, creado a imagen de Dios, se une
precisamente con su postura litúrgica frente al mundo y en el mundo. La
historia de la humanidad no es otra cosa que el desarrollo activo de
las relaciones entre el hombre y el mundo en el marco del plan misterioso de
Dios. En este trasfondo, la celebración de los sacramentales se
convierte en el lugar para alimentar la esperanza en relación con
el cumplimiento del plan de la creación.
La
relación hombre-mundo está resquebrajada por la realidad del pecado
(Rom 8,19ss). En el acto de la celebración, por medio de la invocación
de la iglesia, la presencia pascual del Resucitado se convierte en el
centro de un camino que tendrá su acabamiento más allá de
la historia; en él la iglesia revive la liberación
pascual del cosmos, que será plena cuando todo entre en la gloria de
Dios. En el momento de la bendi
ción
ritual (en el caso del sacramental-cosa, por ejemplo), aunque el objeto
conserve su función natural, sin embargo es puesto en relación
con la divinidad, para que el hombre pueda progresar en la
actuación del plan de la creación de Dios y obtener fuerza para
la construcción del mundo. En el contexto de la celebración
del misterio pascual, que es como el alma de todos los sacramentales, el
misterio de la creación y de la encarnación se desarrolla en
la línea de la cristificación del hombre y del cosmos: el
universo es invadido por el misterio de la gracia, sin ser separa
do de su destino
natural. En este acontecimiento pascual, significado por las celebraciones
sacramentales,
1786
toda realidad
creada, hombre o cosmos, es aferrada y llevada a realizar la finalidad
propia de la creación: recapitular todo en Cristo. En el hoy del plan
divino, el hombre recibe la misión "de preparar, significar, anunciar
y llevar adelante la recapitulación pascual hasta su definitiva conclusión:
la glorificación de toda la creación en la gloria personal del Señor
Jesús resucitado, triunfo del amor del Padre mediante la indisoluble
unidad de su gesto creador y de su gesto redentor"l4.
2. CENTRALIDAD DE
CRISTO. Según la mentalidad contemporánea, el centro del
mundo es el hombre, que no sólo tiene la capacidad de someterlo, sino
también de ponerlo al servicio de la importante misión de
realizarse a sí mismo. Esta vocación creativa impele al
hombre a escudriñar las profundidades de su propia
personalidad. En este proceso se abre ante el hombre el misterio del amor de
Dios, que ha alcanzado la cúspide de su revelación en la encarnación
del Verbo: en Cristo Jesús el misterio del amor creativo del Padre ha
encontrado su expresión más ple
na. Resulta, por
lo tanto, evidente, que la historia de la humanidad y del cosmos tiene su
centro en el misterio de la encarnación de Cristo. Este
acontecimiento, fundamento de todo el destino de la humanidad, se desarrolla y
encuentra su cumplimiento en una continua incorporación, por
parte de toda la humanidad, de los valores significativos de la persona
del Resucitado. En él toda realidad encuentra su significa
do. El misterio
del Verbo encarnado, muerto, resucitado y ascendido al cielo, es el
verdadero sentido de la historia. El Cristo pascual es el sentido
máximo de la creación, puesto que en él se descubre el
sentido de la existencia. En Cristo, Dios creador obra en el mundo y con el
mundo: 1787
en él, en
efecto, se realiza el eterno propósito de Dios de recapitular en Cristo
todas las cosas (cf Ef 1,10). Todo lo creado debe su existencia al Cristo
pre-existente (cf Jn 1,3; Heb 1,3) y en él encuentra la propia consistencia
(cf Col 1,17): sólo en él se da la auténtica
salvación (cf He 4,12). En el misterioso plan de la creación del
Padre, el Verbo encarnado está ordenado a ser el significado
del cosmos, de toda la creación. El Verbo hecho carne ha sido
llamado desde la eternidad a ser el señor del mundo, ya que todo ha sido
creado por medio de él (cf Jn 1,3; Ap 4,11).
Puesto que a
causa del pecado la unidad y la armonía del cosmos y de la comunidad
humana han sufrido una situación de ruptura, Cristo en su misterio
pascual ha llevado a cabo la reconciliación con el fin de restablecer el
orden cósmico (cf Col 1,20). Dios mismo, por medio de Cristo, ha
realizado la reconciliación (cf 2 Cor 5,18ss), y el universo ha sido
pacificado. Esta novedad mesiánica, fruto de la condescendencia del
amor del Padre en Cristo Jesús, recompone la unidad del universo y
mantiene firme la creación ya renovada. Desde ahora, a
través de la presencia sacramental de Cristo la paz cósmica ha
entrado en el mundo y se ha realizado la redención universal. En el
momento de la celebración Cristo se hace presente, renovando
el misterio de la reconciliación cósmica.
El acontecimiento
Cristo, que es el significado de la historia, se actualiza siempre en ella
a través del ministerio de la iglesia. En la iglesia, que es la
expresión histórica de Cristo, éste ejercita en un
eterno presente su dominio sobre el cosmos y se hace cada vez más
señor del universo (cf Col 2,10.19). Si el hombre, y en él el
mundo, debe descubrir en Cristo el sentido de la propia existencia
Sacramentales
y llegar en
él al estado de hombre perfecto en plenitud (cf Ef 4,13), la iglesia es
el instrumento mediante el cual este proceso es siempre actual y actualizado.
En la iglesia, el elemento institucional está al servicio de la
realización de ese plano misterioso y fundamental que el Padre ha realizado
en Cristo Jesús. En efecto, el ministerio de la iglesia se convierte en
continuación y continuidad de la acción de Cristo, que a su vez
es el significado de la vida humana sobre la tierra.
El hombre
comprometido en lo temporal precisa descubrir las motivaciones más
profundas de su ser y de su obrar. El anuncio del evangelio, que
fundamenta y hace madurar continuamente la fe del cristiano, ilumina la
dimensión más profunda de la realidad a través de la
llamada a permanecer enraizados en Cristo. El cristiano, con su acción
de fe, que se concreta en la confesión pública de Cristo Jesús
y en el consiguiente testimonio por medio de una vida de resucitado en
él, renueva continuamente el mundo y lo hace crecer en la caridad
hasta su plena realización en Cristo. En el acto de la celebración
del sacramental la iglesia quiere impregnar al mundo de un significado
cristológico a través de personas y cosas, para que la potencia
del Resucitado, mediante estas realidades, haga nuevo al mundo. El culto
sacramental, con el dinamismo propio del misterio pascual, ayuda a los
hombres, llamándoles a morir a sí mismos y a nacer de nuevo en
Cristo Jesús.
3. MINISTERIO DE
Sacramentales
sia anuncia
continuamente a Cristo y celebra su pascua para cristificar el mundo. Desde
esta perspectiva aflora el sentido de su acción en la celebración
de los sacramentales. Esta intervención de la iglesia puede ser
comprendida tanto en su dimensión epiclética como en su
dimensión ritual.
a) En primer
lugar, la dimensión epiclética. El culto es al mismo tiempo
el venir de Dios al hombre y el ir del hombre a Dios en toda la amplitud
de su ser hombre, en la perspectiva de someter todo a Cristo y de
transformar todo en él (cf 1 Cor 3,22). Si el compromiso del hombre en
la historia tiene como objeto que aflore el misterio de la gloria de Dios, la
liturgia es su cumplimiento máximo al nivel de la sacramentalidad.
Al realizar este objetivo (o sea, que la creación y el hombre lleguen a
la gloria de la libertad de los hijos de Dios: cf Rom 8,21), la iglesia
está en situación de continuo caminar. Sin embargo, la meta
está muy lejana de la actual condición del hombre. A
pesar de todo su esfuerzo, tanto su sentir como su obrar son esencialmente
incompletos, ya que no se han dejado todavía penetrar plenamente por la
potencia del Espíritu. Por esto, de la iglesia en marcha brota la
invocación (epíclesis). Del corazón de aquel que, inmerso
en el Espíritu, actúa en la historia mana una continua
epíclesis. El gemir del Espíritu en el hombre es la
expresión de la ansiosa espera, por parte de la creación, de ser
revestida de la luz
divina. Ahora
bien, este dato existencial se traduce en invocación cultual:
la iglesia, que tiene el deber de recapitular todas las cosas en Cristo,
se convierte en continua epíclesis para que el plan de renovación
del mundo pueda realizarse. La actitud de invocación no es otra cosa que
el emerger del Espíritu presente en la
1788
comunidad
creyente en marcha, que se siente pobre. Toda situación, todo
sufrimiento, toda circunstancia vivida en la pobreza del hombre se traduce
en una gran liturgia de invocación. La situación existencial
del hombre está en poder del sufrimiento del momento presente y de
la liberación escatológica; incluso la creación
anhela esta liberación (cf Rom 8,18-19): el Espíritu de Dios nos
la hace transparente y, a través de los signos sensibles de las cosas
creadas, nos ayuda a entrar en contacto con las realidades externas por
ellas significadas. En el bautizado, en cuyo corazón actúa el
Espíritu (cf Rom 5,5), la pobreza histórica se convierte en el
lugar en el que se manifiesta esa fuerza de salvación que es el
Espíritu de Dios. En la celebración del sacramental la
iglesia revela el sentido de su propio inacabamiento y pobreza a
través de la invocación del Espíritu que actúa
en ella. Éste renovará al hombre y el cosmos para que puedan
alcanzar la auténtica meta de la creación.
El
Espíritu es el enviado, que está en y con nosotros y que
intercede por nosotros. En esta perspectiva, el sacramental no es ya
ocasión para la magia, sino el momento en que emerge una fe eclesial
movida por el Espíritu que la anima. —
b) En segundo
lugar, la dimensión ritual. La invocación del Espíritu
Santo debe traducirse en lenguaje, gestos y ritos para que pueda ser verdaderamente
humana. El hombre como tal no puede vivir sin / ritos: aunque está
inmerso en el ambiente secularizante y no acepta inspirarse en las formas
tradicionales de culto, el hombre no puede dejar de expresar su propia
interioridad a través del gesto (en el sentido más amplio del
término) y encontrar así el equilibrio de su propia personalidad.
En el ámbito del culto cristiano, el gesto es 1789
exigido, causado
y realizado por el hombre para introducirse en un proceso de
cristificación y pneumatización. Los / signos sacramentales
son vehículos del Espíritu y revelan su presencia y su actividad,
dirigidas a conformar al hombre con Cristo, el Señor. Por medio del
gesto sacramental, la iglesia no solamente expresa su propia
interioridad, sino que la personaliza en la comunidad orante. En el gesto del sacramental
se revela la expresión de la fe. Por una parte, aflora la
decisión de acoger la salvación pascual; por otra, la firme
convicción de que la fidelidad de Dios realizará todavía
prodigios en la historia. El acto cultual que caracteriza al sacramental no es
más que el acto simbólico plenamente humano que surge de esta fe.
De este modo la iglesia, que es esencialmente epiclética en su marcha
hacia la plenitud escatológica de los cielos nuevos y la
tierra nueva, en el gesto ritual del sacramental expresa su propia
esperanza en la fidelidad de Dios, que quiere dar cumplimiento en Cristo
resucitado al plan de salvación. "Así el contacto con
los signos sacramentales deja de ser algo anónimo y abstracto,
frío e impersonal, para convertirse en un contacto personal con el
Dios vivo, que en el Espíritu Santo encontramos en cada palabra, signo,
actitud y, sobre todo, en las personas"l5.
VI. Nuevas
perspectivas
Estos tres
elementos (relación hombre-mundo, centralidad de Cristo y
ministerio de la iglesia) nos ayudan a entrar en una visión
dinámica de los sacramentales, yendo más allá de la
simplemente jurídico-canónica. Si a estos elementos
añadimos las afirmaciones encontradas en el Vat. II [/ supra, IV],
podemos intentar reformular el concepto de sa
Sacramentales
cramental en
categorías más accesibles para el hombre de hoy.
1. CONTEXTO
LITÚRGICO. Desde la perspectiva del Vat. II, el sacramental es
considerado en el marco de la celebración litúrgica. La liturgia
es el culto que la iglesia, unida a Cristo, el gran liturgo de la comunidad
eclesial en marcha, y en él a cada uno de sus miembros, rinde al Padre.
A través del ejercicio sacramental del sacerdocio de Cristo,
significado por la celebración litúrgica, la iglesia conduce
al hombre en su camino de vuelta en Cristo al Padre y lo hace avanzar
hacia esa meta. El creyente, en este clima de fe y de invocación, se
deja conducir. La iglesia, sacramento de Cristo, representa para el hombre
peregrino sobre la tierra el signo, el estímulo y el lugar de la
propia santificación: la acción de la iglesia ha de verse en la
perspectiva de guía de los hombres para cumplimiento de la
economía de la salvación.
La
celebración de los sacramentales tiene sus premisas existenciales
no sólo en la vocación del hombre a construir el mundo en la
obediencia, sino también en la pobreza de la historia de los
hombres. El hombre tiene ante sí una gran meta, pero no está
en situación de alcanzarla a causa de las consecuencias del pecado.
Para que el hombre pueda desarrollar su misión, interviene la
acción misma de la santísima Trinidad, que se convierte en una
continua estimulación para él, a fin de que esté a \a
altura de la vocación que se le ha confiado. Así pues, el
Espíritu Santo, que anima y da vida a la iglesia, hace brotar la
plegaria-gesto e inspira a la comunidad eclesial para realizar la
celebración litúrgica. Desde el momento en que el Espíritu
es el Espíritu de Cristo, la invocación que caracteriza al
sacramental brota de la presencia de Cristo, que ora con
Sacramentales
tinuamente en su
iglesia por los hombres. A través del gesto litúrgico el hombre
se introduce en este retorno cultual al Padre en la alabanzaacción
de gracias-súplica del Resucitado. En el momento en que quiere dar
significado a la propia existencia, percibe que ha sido creado en una
situación relacional de hijo frente al Padre, y que todo el
universo en el que está inmerso se encuentra proyectado hacia su
Señor. Se hace evidente así su vocación: dar gloria al
Padre a través de la contemplación activa de las bellezas
creadas. La misma vocación de todo lo creado, de ser una alabanza
para Dios, se actualiza en el compromiso histórico del hombre;
éste, tomando conciencia de su ser de criatura, mediante su
compromiso con lo temporal, da voz al homenaje que todas las criaturas deben
prestar a Dios y, obrando así, da un significado no sólo al
universo que Dios ha creado, sino también a sí mismo.
El gesto cultual,
que es el lenguaje del sacramental, se inserta en este orden de realidad. El
hombre se da cuenta de que está en camino hacia el Padre, no él
solo, sino con los hermanos y con todas las criaturas, para darse a
sí mismo, y (a través de sí mismo) a la humanidad y al mundo
entero el sentido cristológico que la celebración
litúrgica actualiza continuamente. Por consiguiente, el sacramental
surge de esta alabanza que acompaña a la iglesia en su caminar
hacia la gran liturgia del cielo. La liturgia de la vida se sedimenta en la
liturgia sacramental. La esencia más verdadera de los sacramentales se
sitúa en la animación de estas dos liturgias. El contexto cultual
aleja el peligro de dar al sacramental una explicación puramente
dogmática. Surge de la sacramentalidad litúrgica. En efecto,
su interpretación doctrinal está animada por el momento
doxológico.
1790
Sólo a la
luz de la / celebración, el sacramental adquiere toda su vitalidad,
ya que es en ella donde se descubre una importante dimensión de la fe
viva, que precisamente encontramos en la oración de la iglesia
l6. Por tanto, resulta imposible reencontrar el significado
auténtico del sacramental si se le aisla del contexto global de su
celebración.
2.
CELEBRACIÓN DE UNA EXISTENCIA ESENCIALMENTE PASCUAL. La
celebración del sacramental se sitúa en clara
relación con la existencia pascual, que determina la vida del
cristiano. Este, a causa de su propia experiencia bautismal, hace una
continua anamnesis de las obras maravillosas de Dios y sabe que debe hacer
revertir esas riquezas en su servicio a los hermanos y en su compromiso
con lo temporal. En la conciencia de sus propios límites, medita
continuamente, a través de la escucha de la palabra, en las obras
maravillosas que el Padre ha realizado, y no cesa de plasmarlas en la
historia de la humanidad. La energía divina, de la que está en
posesión, a causa de la iniciación sacramental en el misterio
de Cristo Jesús le da la capacidad de bendecir a Dios. A la luz de
este continuo hoy de la condescendencia de Dios y en el reconocimiento
de la vocación recibida por el hecho de estar en el mundo,
él bendice a Dios, porque mediante lo bendecido o la acción
de bendecir Dios llena de su benevolencia la historia de la humanidad. En
efecto, sólo bendiciendo a Dios el hombre puede realizar
verdaderamente la propia vocación de volver al mundo gloria de
Dios: él ha sido llamado a ser sacerdote del universo mediante su
activi
dad cotidiana, y
vive su vocación en la condescendencia benévola del Padre.
En la iglesia que
celebra y alaba, el cristiano, a través del sacramental, 1791
recibe el
estímulo para hacer de su propia vida un auténtico culto espiritual
agradable a Dios (cf Rom 12,1) y hacer presente en el desarrollo del mundo
la voluntad creadora del Padre. El significado y la función de los
sacramentales se entienden en la perspectiva de hacer de la historia una
historia de salvación: el centro de esta historia es Cristo, que ha entrado
en la vida concreta de la humanidad para elevar al mundo entero a la
luz del Padre. La iglesia, con los sacramentales, está al servicio de
este Cristo cósmico, como la levadura con respecto a la masa.
Al celebrar los
sacramentales se tiene una conciencia cada vez más clara del significado
que se debe dar al propio compromiso con lo temporal. Para conseguirlo, es
indispensable estar en armonía con las profundidades del
misterio de Cristo. La celebración de los sacramentales es el signo de
la voluntad de vivir, a la luz del amor pascual de Cristo, el testimonio de una
vida decidida a marchar con una orientación religiosa y con un
compromiso de fe, lo cual es posible cuando se reconoce la absoluta gratuidad
de los dones de Dios. La realidad sacramental-cultual de la iglesia,
comprometida en la construcción del reino de Dios en la historia, se
convierte en la celebración de la marcha hacia la plena
liberación del hombre, de la historia, de la naturaleza, en la
perspectiva de su total donación a Dios y de una transparencia
maravillosa de su gloria.
Pero, como es
necesario recordar que este camino se desenvuelve en un contexto de pecado, la
celebración de los sacramentales se convierte también
en la celebración del proceso de reconciliación entre la
historia y el Padre en el misterio pascual de Cristo. En el sacramental,
este misterio pascual es reconocido como la vida del hombre y de toda la hu
Sacramentales
manidad. Al
celebrar la fe en Cristo, que recapitula en sí el cosmos y la historia,
se asiste a un proceso continuo de reconciliación histórica
y cósmica, para que se pueda realizar la confirmación de la
presencia de lo humano en la historia misma. En virtud de esto, que
añade una novedad posterior en el hombre, con la celebración
de los sacramentales la iglesia invoca al Padre a fin de obtener las
gracias actuales necesarias para las personas por las que intercede. El
efecto será una renovación de la vida teologal y una profundización
concerniente al proceso de reconciliación, para que la comunidad
cristiana pueda configurarse en el mundo como un auténtico signo del
amor pascual.
VII.
Número de los sacramentales
La experiencia
cultual y sacramental se sitúa en estrecha relación con la
estructura antropológica de cada cristiano, que obviamente cambia
según el tiempo y el lugar. El hombre vive en una historia siempre
nueva, a causa de la evolución del cosmos y de las relaciones entre los
hombres. En el misterioso fluir de las situaciones existenciales, ante las
diversas realidades que se ofrecen, el hombre siente la necesidad de celebrar
el misterio pascual con gestos sacramentales, para poder vivir el momento presente
centrado plenamente en Cristo. El campo de los sacramentales no es
fácilmente de-limitable, en cuanto que tiene la misma extensión
que el desarrollo de las relaciones mundo-hombre creyente.
Se deben, por
tanto, esperar nuevas posibilidades de desarrollo y formación
de los sacramentales, en relación estrecha con el mundo de la
liturgia y de la vida cristiana en ge
Sacramentales
neral.
"Partiendo de una síntesis, es decir, de la vida analizada y de sus
posibilidades, se debe llegar luego a afirmaciones válidas sobre las formas
de manifestar, testimoniar y expresar la vida cristiana"", que
eso son precisamente los diversos sacramentales. Esta apertura a una multiplicidad
de sacramentales permite al cristiano vivir como hombre nuevo en Cristo las
diversas situaciones en que
VIII.
División de los sacramentales
El ámbito
de la operatividad de los sacramentales es muy amplio, como es amplia la
relación mundohombre en el desarrollo del proyecto creador de Dios
en Cristo Jesús. Esto explica la dificultad de definir de modo claro la
naturaleza de los sacramentales. A lo largo de la historia han sido
clasificados de diversos modos. Hoy son agrupados en tres
categorías.
1.
CONSAGRACIONES. En el acto de la consagración, por una libre op1792
ción, las
personas o las cosas son
substraídas
a la libre disponibilidad
del hombre.
Mediante su oración, la
iglesia las
confía a Dios por medio
de Cristo, que es
el gran liturgo de la
iglesia. En
virtud de este acto, las
personas o las
cosas continúan es
tando al servicio
de la obra del hom
bre, que, sin
embargo, quiere actuar
a favor del
cumplimiento del plan de
Dios sobre la
humanidad. En esta
categoría
podemos incluir la consa
gración o
/ dedicación de una igle
sia, de un altar
o de un cáliz, la ben
dición de
un abad, la / consagración
de una virgen, la
/ profesión religio
sa o
monástica.
2. BENDICIONES.
Son oraciones de invocación sobre personas o cosas para ponerlas
bajo la protección
o los beneficios
divinos. Por medio de su oración la iglesia introduce eficazmente
las realidades y las personas, que en su calidad de criaturas están
ya bajo la protección de Dios, en el misterio vivo de Cristo, en el que
tiene lugar toda nuestra historia de salvación. La bendición de
las cosas, que tiene como telón de fondo el obrar de Dios en la
historia, adquiere sentido dentro de la perspectiva de la
cooperación para el auténtico bien de la persona, en
conformidad con las disposiciones del mismo Dios '».
3. EXORCISMOS.
Este tercer tipo de sacramental es el que crea mayores dificultades al
hombre contemporáneo, por causa de la problemática
sobre la presencia del demonio en la vida de la humanidad. En los exorcismos la
iglesia, a ejemplo de Jesús, pide la protección del Padre en la
lucha contra Satanás, que interpone obstáculos en el
desarrollo de la persona humana y del plan universal de salvación.
[/ Exorcismos y liturgia].
1793
IX. Sacramentos y
sacramentales
El sacramental,
dado que surge del gran mundo de la liturgia y en él encuentra su linfa
y su vitalidad, se sitúa necesariamente en relación con los
sacramentos, en especial con la eucaristía. Los siete sacramentos han de
verse como los puntos de concentración de la acción
salvífica de Dios realizada en su hijo Jesús. Sin embargo,
la vitalidad de la iglesia no se agota en el acto de la celebración de
los siete sacramentos, sino que abarca también una gran variedad de
otras modalidades rituales. Los sacramentos son celebraciones vitales de
la iglesia, esenciales e insustituibles; pero no pueden ser calificados
como sus únicas formas expresivas, en el sentido de que no se
podrían encontrar otras. Aunque el misterio de la iglesia se actualiza
de modo especial en los sacramentos, este ámbito donde tiene lugar
la salvación no es único ni exclusivo en el plan salvífico
del Padre en Cristo Jesús. En conexión con ellos, por tanto,
existen otras formas expresivas de carácter eclesial y personal, que, en
determinadas circunstancias, ayudan a los creyentes en su camino hacia Cristo.
La vida única de la iglesia se revela y se manifiesta en
múltiples realizaciones.
El cristiano se
hace nueva creatura y celebra tal acontecimiento en los sacramentos de la /
iniciación cristiana. Éstos dan la capacidad de actuar
inmersos en lo temporal, con el fin de mantener y desarrollar la vida recibida
de Cristo en el momento de la iniciación. Pero la potencialidad de vida
recibida en la celebración bautismal, que confirma la conversión
a Cristo y a la iglesia, debe consolidarse y crecer. Corresponde a los
sacramentales preparar, por un lado, la riqueza celebrativa de los sacramentos
y, por otro, prolongar sus efectos, para que el mundo se haga
Sacramentales
verdaderamente
gloria de Dios. En efecto, mientras que los sacramentos privilegian algunos
momentos determinados de la vida, los sacramentales están
presentes en todas las situaciones de la vida y les imprimen un dinamismo
pascual.
Además, si
los sacramentos por su naturaleza propia están orientados a la
eucaristía, también lo están los sacramentales. Toda
la ritualidad que caracteriza el amplio campo de la liturgia no tiene otro
objeto que actualizar, con las modalidades propias de cada rito, el /
misterio pascual. El lugar privilegiado en donde se encuentra la presencia
de la pascua del Señor es la eucaristía. Como consecuencia
del bautismo, el cristiano vive del Resucitado (cf Rom 6,3ss; 14,6ss) y
debe llevar una vida de resucitado para poder celebrar el banquete del
Señor (cf 1 Cor 11, 17ss). En su esfuerzo por renovar la vitalidad de la
resurrección en Cristo y para poder, indirectamente, celebrar con
autenticidad la eucaristía, el cristiano, a través de la
intercesión típica de las celebraciones de los sacramentales,
se pone en actitud de súplica, para que su existencia en lo temporal sea
verdaderamente animada por el Espíritu de la resurrección.
En la celebración eucarística recabará los frutos de su
propio compromiso en el mundo, para volver después a lo profano con
una vitalidad más inmersa en el misterio pascual. Comulgando el cuerpo
de Cristo, el cristiano acoge el dinamismo creador de la historia que lo
sitúa en la vida de los hombres, es introducido en la fuerza
creadora del Verbo para llevar a la perfección la historia hacia la
gloria del Padre. La eucaristía, en efecto, es el sacramento de
toda la vida y de toda la historia de la humanidad, desde la creación
a la parusía ". El hecho de que tantas celebraciones sacramentales
(bendición de un abad, / consagra
Sacramentales
ción de
una virgen, / profesión religiosa o monástica, / exequias,
bendición de los óleos [/ Elementos naturales]...)
tengan lugar en el ámbito de la celebración eucarística,
es signo evidente de que la eucaristía es la cumbre de los sacramentales
y su más profundo significado.
Sin embargo, es
necesario subrayar también que la eucaristía, celebrada
en determinadas ocasiones en unión con los sacramentales, muestra
cómo el misterio eucarístico favorece una
participación más inmediata tanto en el misterio de la encarnación
del Verbo a través del compromiso activo en lo temporal como en el
misterio del sufrimientomuerte-resurrección del Señor en los
grandes momentos de afán de la humanidad. Las celebraciones
eucarísticas son signo de la continua encarnación del
Verbo en la historia y de la constante redención del hombre; son signo
de la cotidianidad de la encarnación y de la com-pasión del
Señor con el sufrimiento del hombre; aspectos todos que
están presentes en la intercesión de la iglesia durante la
celebración de los sacramentales.
El sacramental,
por tanto, hace entrar de un modo más claro en el camino hacia la
consumación escatológica. En el momento de la parusía
del mundo se convertirá en la irradiación cósmica del
misterio del señorío de Cristo. El sacramental existe desde y en
vista de la perspectiva de la gran liturgia final, cuando todas las cosas
quedarán sometidas a la luz divina y serán un himno perenne
y completo a la sabiduría creadora del Padre.
X. Consecuencias
litúrgico-pastorales
La vida
litúrgica de la comunidad cristiana abraza toda la historia del
1794
mundo, para que
todos los acontecimientos y situaciones que se encuentran en la
escena del mundo puedan convertirse en lugares por medio de los cuales el
hombre viva de Cristo y de su historia. Éste es el fondo que da vida al
sacramental. El hombre, desde el nacimiento hasta la muerte, es llamado a
identificarse cada vez más con Cristo. En ciertos momentos del
transcurso del tiempo, la iglesia, que es signo de la presencia de Cristo
en el mundo, hace pasar a la vida humana la vitalidad salvífica del mismo
Cristo a través de los sacramentales. El encuentro, en la celebración
de los sacramentales, entre la iglesia y las personas que piden el gesto de la
bendición, es el lugar de una palabra y de un rito simbólico
llenos de significado para el hombre. A través de la celebración
de determinados acontecimientos dé la existencia se
confía en un gesto, que en esas particulares circunstancias asume
un especial significado, la función de manifestar y casi objetivar
tanto el valor del acontecimiento Cristo como el puesto que éste ocupa
en la vida de la comunidad. De este modo, a causa de la presencia de Cristo en
la historia humana y del Espíritu que reside en cada hombre, estos
gestos se convierten en celebraciones de la salvación. El sacramental
es la vida mediante la cual la iglesia de todos los tiempos y naciones
intenta llevar a los hombres al camino de Cristo.
El gesto, por
sí mismo, puede tener una gran variedad de significados. Una
celebración de un sacramental exige una profunda visión de
fe para que sea auténtica. El cristiano vive la sucesión de
los acontecimientos de la historia con la convicción de formar
parte de un plan de salvación. Tiene la firme seguridad de estar
insertado en la gratuidad del amor de Dios. La fe en el hecho de que la
historia es un don de Dios, 1795
lleva al creyente
a celebrar los ritos de la iglesia en los que lo temporal, por la gratuidad del
amor pascual, adquiere en Cristo su verdadero significado. La escucha de
la palabra de Dios, presupuesto existencial y ritual del gesto
simbólico, ayuda a descubrir hasta el fondo la densidad salvífica
de la vida cristiana y de la densidad sacramental. En las situaciones en
que se pide la celebración de los sacramentales, la palabra de Dios
desvela al creyente y a la comunidad el profundo significado de ese
acontecimiento y pone las condiciones para su apertura a todo el plan de
salvación. La celebración, mientras es celebración de un
determinado hecho o necesidad, abre la situación histórica a
una visión de la vida que trasciende lo contingente y lo coloca en la
trayectoria del misterio pascual. La fe, que ilumina el acontecimiento, se
hace presente en el rito de bendición y fecunda de eternidad la
marcha de la historia. Por eso, éste es el primer acto que debe caracterizar
la celebración del sacramental: ante los acontecimientos de la
vida, el cristiano siente la necesidad de buscar o de renovar en la
lectura de
Sacramentales
viene de Dios e
invade con su fuerza todas las bendiciones pronunciadas por el hombre. En el
acto de la celebración de los sacramentales la bendición
comprende la invocación a Dios para obtener de su misericordia la ayuda
y las gracias oportunas para las personas que a él se consagran o
para los objetos, a fin de que su acción o presencia sea signo fructífero
de salvación para cuantos entran en contacto con el misterio. Toda
la vida cristiana será transformada por la comunión con el
misterio de la muerte y resurrección del Señor.
El acto de la
celebración de los sacramentales por parte del hombre no es otra cosa
que el emerger de una precedente bendición del Dios trinidad. Todo
hombre que ha sido bendecido por Dios puede invocar la bendición de Dios
sobre otros seres vivientes; y, si es cristiano, los puede bendecir en el
nombre de Dios Padre por Cristo en el Espíritu Santo. La capacidad
de acoger la bendición de Dios da la energía necesaria para
bendecir posteriormente a los otros. En la multiplicidad de las bendiciones
sacramentales, no todos ni por un mismo título pueden celebrar los
sacramentales. Todo sacramental, siendo esencialmente una bendición
de Dios, comporta anteriormente la acción renovadora de Dios en
aquel que ha sido llamado a celebrar el mismo sacramental: el padre
o la madre de
familia bendecirán la mesa porque poseen la bendición familiar
de Dios, fruto del sacramento del matrimonio. El obispo, a su vez,
celebrará aquellos sacramentales que están más
relacionados con la construcción de la comunidad eclesial, ya que
ha sido constituido como su pastor. Desde este punto de vista, el sacramental
no nos coloca fuera del mundo, en un contexto mágico, sino que se
convierte verdaderamente en la celebración de la esperanza y del
Sacramentales
deseo de vivir en
el mundo que se pertenece, en la fuerza para ver cada vez mejor las maravillas
de Dios, para readquirir la confianza en la sabiduría y en el poder
amoroso de Dios Padre, para vencer las fuerzas del mal que actúan en el
mundo por causa del pecado, para reanimar la esperanza en la victoria final y
definitiva de la pascua de Cristo. El sacramental abre decididamente
a la iglesia a su destino escatológico: la forma de existencia del mundo
es transitoria e insuficiente; los sacramentales son signos de la
existencia celeste en la que todo el cosmos será luminosamente
transfigurado.
De este fondo
escatológico surge la visión litúrgica propia de los sacramentales.
Mientras celebra en el signo el hoy del Cristo pascual (SC 7), la iglesia
pregusta la realización luminosa de la liturgia celeste (SC 8). Por eso
los sacramentales son el lugar de la celebración del significado crístíco
de la historia y de la vida humana, en espera de la renovación
definitiva cósmica en la gran liturgia celeste.
XI. Conclusiones
El mundo de los
sacramentales plantea múltiples problemas. Para poder comprender su
significado más verdadero y más profundo el creyente intenta
buscar el sentido del mundo y de su propia relación con é).
Está llamado a ser un liturgo-cósrnico. Sólo si
está animado de una fe profunda, que tenga su centro en Cristo, el
cristiano podrá introducir en la historia el dinamismo pascual que
permita a la humanidad avanzar hacia su plena realización. Vive una
caridad hacia el mundo que está siempre abierta a nuevas manifestaciones.
Contemporáneamente, debe construir el mundo liberándolo de la
esclavitud del pecado y de sus conse
1796
cuencias. Con la
misma fe pascual con que construye el mundo debe actuar en el mundo mediante un
esfuerzo de continua liberación. A través de esta
acción facilita y, a la vez, da testimonio de la propia
liberación en el espíritu de Cristo. Puesto que la historia no es
un hecho abstracto, sino que está situada y es la suma de muchos
acontecimientos, personas y cosas, el cristiano, a la luz de la palabra de
Dios que regenera su fe, realiza el gesto de la iglesia, o sea el sacramental,
en actitud de bendición-invocación, para que Dios fecunde
con su presencia pascual la marcha de la humanidad. Esta renovada
presencia de Dios, ofrecida por la celebración del sacramental, revitalizada
al máximo en el misterio eucarístico, da al hombre la esperanza
que le permite comprometerse en lo temporal, transfigurar el mundo e imprimirle
ese dinamismo pascual que tendrá su plena realización en la
escatología.
[/
Bendición; / Libros litúrgicos VII, 5; / Sacramentos].
NOTAS: ' "Si
la teología sacramental y, más en general, los 'sacramentales',
para incluir también la práctica, hoy está en crisis,
hay que reconocer que la orientación adoptada por la teología
contemporánea no puede llevar a una solución. Sus
resultados, tanto en el plano teórico como sobre todo en el
práctico, más bien parecen acentuar la crisis" (G.
Colombo, Dove va la teología sacramentaría?, en ScC (102) [1974]
694). Mientras no se encuentre la claridad en el campo
teológico-sacramental, la misma definición de
"sacramental" no saldrá de la condición de
incertidumbre tanto conceptual como pastoral — 2 // lrattato delle
benedizioni (Berakhol) del Talmud babilonese (a cargo de S. Cavalletti),
Utet, Turín 1968 — ' A. Caprioli, Alie origini della
"definizione " di sacramento: da Berengario a Pier Lombardo, en
ScC 102 (1974) 736 — 4 Siccardo di Cremona, citado por A. Caprioli, a.c.
740, nota 93 —
1797
rrespondía
toda una enumeración de sacramentales —
Sacramentos
nuestro
Señor" — lv "El mundo, por su parte, está hecho
para transformarse escatológicamente en el cuerpo de un Cristo que,
en su encarnación, hace del mundo un constituyente esencial de su
personalidad eterna de Hijo. Revelada como ya posible, aunque esperada
todavía en su manifestación, la realidad del mundo como cuerpo de
Cristo resucitado es la meta a que ha de tender el trabajo del hombre y de toda
la creación. La eucaristía nos dona, precisamente en los signos,
esta realidad del mundo como cuerpo de Cristo resucitado" (G. Martelet,
o.c., 196).
A. Donghi
BIBLIOGRAFÍA;
Beraudy R., Los escrutinios y los exorcismos, en "Concilium" 22
(1967) 239244; Cortés J.-Gatti J.B., Proceso a las posesiones
y exorcismos, Paulinas, Madrid 1978; Parnés P., Nota sobre los
exorcismos bautismales, en "Phase"33 (1966) 253-256; Los sacramentos
V los sacramentales, ib, 82 (1974) 324-336; Haag H., Eldiablo, Herder,
Barcelona 1978, 323-361; Lóhrer M., Sacramentales, en SM 6, Herder,
Barcelona 1976, 157-164; Martimort A.G.,
SUMARIO: I.
Signos del misterio de Cristo: 1. El sacramento como signo religioso
"cristiano";
Simbolismo y presencia sacramental - II.
Cristo en el origen de los sacramentos: 1. Datos bíblicos y
patrísticos; 2. Teología y magisterio;
Cristo, "autor" de los
sacramentos - III. Desarrollo de la tradición: 1. La
reflexión pretridentina; 2. El concilio de Trento y la reforma
protestante - IV, La eficacia de los sacramentos:
1.
Síntesis histórica sobre la causalidad de los sacramentos; 2.
Reflexión sistemática.
Los sacramentos
son signos eficaces del misterio de salvación de Cristo; son,
en efecto, su realización en
Sacramentos
el "tiempo
de la iglesia". Para comprenderlos es necesaria una exacta
visión del valor soteriológico de Cristo, de la posición
de la obra salvífica de Cristo en la historia de la
salvación en cuanto dimensión temporal de realización
del designio divino sobre el hombre. Así, mientras que la
cristología, integrada por su momento esencial soteriológico, nos
da la verdadera visión de Cristo "cabeza del cuerpo, es decir,
de la iglesia" (Col 1,18), el conocimiento de los sacramentos como
realización de la salvación en el tiempo nos hace descubrir a la
iglesia en su formación y crecimiento como "cuerpo de Cristo"
en la historia.
La doctrina de
los sacramentos es una de las partes más vivas y agitadas de la
tradición de la iglesia; pero el punto básico, esto es, que los
sacramentos son los vehículos normales de comunicación
con la obra salvífica de Cristo, jamás ha sido impugnado.
Solamente en la época de la reforma protestante este punto base fue en
cierto modo puesto en duda por la afirmación de que "la sola fe es
causa de justificación"; y así ocurrió que solamente
en el concilio de Trento la iglesia se sintió obligada a
formular en términos de magisterio su propia doctrina sobre los
sacramentos. La doctrina entonces formulada ha permanecido hasta hoy como la
enseñanza común de la iglesia, aunque hoy se reconoce y se admite
cada vez más que el discurso teológico del concilio de Trento estuvo
condicionado sobre todo por la actitud apologética en la confrontación
con los innovadores protestantes. En este punto, es decir, respecto a la
doctrina tridentina, el Vat. II no ha introducido novedades doctrinales.
Ha abierto, no obstante, nuevos horizontes en el plan disciplinar y
práctico, que invitan a una profundización de la teología
de los sacramentos.
1798
I. Signos del
misterio de Cristo
Al decir que los
sacramentos son signos del misterio salvífico de Cristo, queremos
indicar de un modo general que entre los sacramentos y el misterio de
Cristo (— salvación realizada en Cristo) existe el nexo
íntimo que siempre se da entre el elemento significante y la
realidad significada, pero sin pretender restringir la relación a
la de pura y simple significación. Usamos el término signo,
que es el que hoy se usa más comúnmente en relación con
los sacramentos, sobre todo porque introduce en cierta medida la idea
de que los sacramentos pertenecen a la esfera de las realidades
simbólicas, de las que siempre se ha servido y se sigue sirviendo la
religión en todos los lugares y tiempos, aunque a diferentes
niveles. Hoy el signo no solamente se ha revalorizado, en contraposición
con posturas críticas mantenidas a lo largo de los últimos
siglos, sino que es objeto de especial atención, porque es una de
las vías que mejor favorecen la comprensión de la religión
en general y de cada una de las expresiones y formas religiosas en
particular.
1. EL SACRAMENTO
COMO SIGNO RELIGIOSO "CRISTIANO". Agustín afirma que
cuando un signo dice relación a cosas divinas se llama sacramento.
Esta afirmación no pretende ser ni la explicación
etimológica del término sacramento ni una definición
verdadera y propia del mismo: es sólo una constatación de hecho a
propósito del modo con que el término se usaba en tiempos de
Agustín, uso que va desde el ver sacramentos en los
acontecimientos/personajes/palabras del AT, en cuanto referibles al
NT, hasta designar como sacramentos las acciones/gestos/ palabras de
Cristo, o también e incluso principalmente —desde los
1799
ss. iv-v en
adelante— los ritos sagrados de la iglesia. Este modo de hablar
del "sacramento como signo relativo a las cosas divinas" nace
ciertamente del hecho de que ya en la latinidad precristiana el
término sacramento tiene un significado estrictamente
religioso-sacral; pero sobre todo denota que en la mentalidad de los padres ese
término resume el modo de actuación de la historia de la
salvación. Con otras palabras: los padres, al calificar como sacramentos
tanto los acontecimientos/palabras del AT como los acontecimientos/palabras
de Cristo y luego los ritos sagrados de la iglesia, pretenden presentar
todo el tiempo y la realidad de la revelación (AT-NT) bajo el
máximo común denominador de la sacramentalidad: la revelación
de Dios acontece siempre a través de signos sagrados.
El término
sacramento entra en el lenguaje cristiano por medio de Tertuliano a
principios del s. m. Originariamente, en la lengua clásica, sacramento
es el acto de consagración mediante el cual el soldado promete fidelidad
total a su emperador. De esta consagración lleva impreso en su cuerpo un
signo-sello. Tertuliano llama, por analogía, sacramentum militare al
bautismo, en cuanto inscripción a la milicia de Cristo, y
así el rito de iniciación conocido como misterio,
comenzará a designarse también con el nombre de sacramento,
aun cuando los dos términos no se equivalgan del todo en su significado.
El misterio era
primariamente un rito que tenía como finalidad el "hacer
presente un acontecimiento de salvación" ocurrido en tiempos lejanos,
y sólo secundariamente implicaba una consagración (en cuanto
que el misterio se realizaba para consagrar a alguien a la divinidad
salvífica). El sacramento, por el contrario, evoca ante todo y
casi exclusiva
Sacramentos
mente la idea de
consagración. Tal vez se deba a la convergencia-polivalencia de los
dos términos el hecho de que en la traducción latina del NT
mystérion se traduzca unas veces por sacramentum (Ef 19; 3,3.9; 5,32;
Col 1,27; 1 Tim 3,16), y otras, en cambio, se haga solamente la transcripción
del término griego en su forma latina mysterium (Mt 13,11; Me 4,11; Le
8,10; 1 Cor 2,7; 4,1; 13,2; 14,2; 15,51; Ef 3,4; 6,19; Col
1,26; 2,2; 4,3; 2
Tes 2,7; 1 Tim 3,9). Este hecho nos autoriza a conservar el sentido pleno de la
palabra misterio, aun cuando en la correspondiente traducción
latina se lea sacramento. El misterio, que en el lenguaje corriente
moderno viene a significar algo difícil o imposible de comprender
—y, en el lenguaje cristiano, una verdad de fe conocida por
revelación—, en su significado antiguo indicaba el modo
ritual de actuación sensible en el tiempo presente de un
acontecimiento primordial que había sucedido en una época fuera
del tiempo y del espacio.
San Pablo usa la
palabra misterio-sacramento para indicar "el designio divino
escondido desde todos los siglos en Dios" (Ef 3,9; Col 1,26), pero que
ahora "se ha manifestado en Cristo" (Col 1,27). Más
aún; Cristo mismo es el misterio-sacramento de Dios, si se
contempla tal misterio, no en la dimensión de "designio eterno
en Dios", sino en su "existencia temporal", como se ha realizado
en Cristo. Con la venida de Cristo, el misterio salvífico divino se hace
"revelación manifiesta" ("epifanía": 2 Tim
1,9-10; Tit 2,11) y "presencia" entre los hombres (Jn 1,9-14; Ap 21,3:
"Dios-con-los-hombres). La linea histórica de la
salvación halla su punto culminante, pasa de la sombra a la luz plena en
Cristo, luz que ahora se proyecta hacia adelante en el tiempo, que se
llama por eso "tiempo del NT", o "tiempo de la
iglesia".
Con Cristo se ha
llegado a la "plenitud de los tiempos" o a la "consumación
del tiempo".
Consumación,
pero no detención del misterio, en Cristo. Siendo él la
"plenitud" del designio divino a nivel de realidad, en adelante
llenará de sí mismo todos los tiempos futuros, aunque siempre,
naturalmente, en su dimensión de misterio-sacramento, y por
consiguiente, también en el tiempo de la iglesia la
salvación se realizará sacramentalmente: son los "sacramentos
de la iglesia".
Toda la historia
de la salvación se realiza, por consiguiente, en sus tres fases (antes
de Cristo, en Cristo, después de Cristo) en el plano sacramental,
en cuanto que Cristo, que es esencialmente misterio-sacramento, actúa
precisamente en esta su dimensión antes (en aquellos que miran
hacia adelante, hacia el Cristo-venidero) y después (en los que
miran hacia atrás, hacia el Cristo-ya-venido). Contacto con la
salvación por medio de la fe, que alcanza la realidad del misterio
superando el signo: por lo mismo, fe siempre igual e igualmente
salvífica, porque la realidad es siempre la misma (Cristo); los
signos (sacramentos) serán diversos en el AT y en el NT (signos de realidades
por venir, signos de realidades acaecidas). Los sacramentos del AT cesan;
permanecen, no obstante, los elementos materiales para incluir la realidad en
lugar de la promesa. Los padres de la iglesia son los grandes defensores de
esta visión unitaria de la historia de la salvación a nivel
sacramental. Es la afirmación de la unidad de los dos Testamentos, en
los cuales la diversidad de los sacramentos no destruye la unidad de la
gracia'.
2. SIMBOLISMO Y
PRESENCIA SACRAMENTAL. Los padres de la iglesia, hablando de los
sacramentos, se sirven de una terminología que es
1800
útil
indicar, porque aunque se valgan de categorías mentales propias de
una cultura determinada, nos comunican por medio de ellas unas líneas
teológicas que merecen ser conocidas. Los términos
más corrientes en materia sacramental son: imagen, semejanza, tipo,
símbolo, misterio, sacramento. Esta terminología
patrístico-litúrgica nos conduce al campo del simbolismo y
nos explica su naturaleza. De todos estos términos resulta un dato
común: todos los sacramentos, cada uno según su propia
dimensión, producen presencia: la cosa (en el caso de los sacramentos:
el acontecimiento salvífico de Cristo) de la que son a su vez
imagen, semejanza, tipo, etc., se hace presente de uno u otro modo. Pero no en
el sentido de que la cosa está presente como imagen, como seme
janza, etc.,
porque esto equivaldría a quitar toda realidad a la presencia, como si
dijéramos que la cosa tiene valor de imagen, de semejanza, etc. Se trata
más bien de la presencia de una cosa (acontecimiento) en la imagen,
en la semejanza, etc.; y es lo mismo que decir que una cosa (acontecimiento),
además de existir realmente en sí misma, tiene una realidad
de presencia diversa de la originaria, pero igualmente real, existente en
la imagen y en la semejanza con la cosa en el tipo, en el símbolo, en el
misterio y en el sacramento de la cosa. Precisamente en virtud de esta
capacidad de representación el simbolismo es ante todo un medio de
comunicación objetiva de la realidad, y en esto se distingue del
conocimiento intelectivo-conceptual, que es la aprehensión
subjetiva de la verdad de la cosa.
Pensemos en una
celebración litúrgica, que se desarrolla por completo
en el plano simbólico: la cosa que se hace presente en el símbolo
ritual no se ofrece a nuestra conciencia intelectiva como una cosa que se
1801
nos pone delante
en su realidad objetiva fuera de nosotros, sino que se nos ofrece como una
realidad que se identifica con nosotros, envolviéndonos en nuestro
existir y en nuestro ser. Está claro que la realidad de la presencia de
la cosa en la imagen, etcétera, depende de la realidad que la cosa
(acontecimiento) tiene en sí misma. En el caso del simbolismo
litúrgico cristiano, éste se refiere siempre, en sus diversas
formas, a un acontecimiento de la historia de la salvación, que por el
hecho de ser perceptible como acontecimiento salvífico sólo por
la fe, no por eso cesa de ser acontecimiento histórico. Aquel que para
los habitantes de Nazaret era sólo "el hijo del carpintero
José", para la fe y en realidad era el que restauraba la
generación de los hijos de Dios en el mundo (Le 3,23-38), aquel en el
cual "hoy —es decir, en un tiempo histórico— se estaba
cumpliendo
Sacramentos
sobre las
ofrendas, segundo domingo ordinario: "Concede nobis, quacsumus,
Domine, haec digne frequentare mysteria, quia quoties huius hostiae
commemoratio celebratur, opus nostrae redemptionis exercetur"-).
Naturalmente,
todo esto es posible y acontece no en virtud del simbolismo en cuanto
tal, el cual, como medio de comunicación total de la cosa simbolizada,
de suyo transmite sólo a nivel psicológico y emocional. Este
hecho —unido por lo demás a la fuerza poética del
simbolismo— no sería suficiente para crear un sacramento en
el sentido cristiano, que quiere ser presencia real-objetiva del hecho del que
es signo. Esta presencia, como veremos en seguida, derivará de
una causa bien determinada, esto es, del hecho de que el sacramento
depende de Cristo (institución).
II. Cristo en el
origen de los sacramentos
Bajo esta
formulación generalísima tratamos el argumento que suelen
tratar los teólogos bajo el nombre de institución de los sacramentos.
1. DATOS
BÍBLICOS Y PATRISTICOS. Es evidente que
Sacramentos
12,13; Gal 3,27;
Ef 4,5; 1 Pe 3,21); de una imposición de manos para el don del
Espíritu Santo (He 8,17; 19,6); de una fracción del pan (= eucaristía)
(He 2,42.46; 20,7.11; 1 Cor 10,16) llamada también cena del Señor
(1 Cor 11,20); de una unción de los enfermos (Sant 5,14); de una imposición
de las manos para constituir a uno en la jerarquía o en el
ministerio (He 6,6; 1 Tim 4,14; 2 Tim 1,6). Los padres de la iglesia tratan de
uno o de otro de los sacramentos sin plantearse explícitamente el problema;
tratan de ello como de un hecho que creen provenir de Cristo, apelando a la
"tradición apostólica", de la que la iglesia los ha
recibido directamente. Pero con frecuencia, sobre todo a propósito del
bautismo y de la eucaristía, recurren al dato de Cristo:
"Bautizad..." (Mt 28,19); "Haced esto en memoria
mía" (Le 22,19).
2.
TEOLOGÍA Y MAGISTERIO. La doctrina tradicional de que todos los
sacramentos han sido instituidos por Cristo pasa generalmente a la teología
posterior, hasta que encuentra una primera oposición de modo explícito
en los protestantes, los cuales sostienen que solamente el bautismo y la
eucaristía (penitencia) tienen un origen directamente cristiano, mientras
que los demás sacramentos los atribuyen a la iglesia medieval. En
época más reciente la teología liberal y los modernistas
han afirmado que los sacramentos deben atribuirse —al menos en cuanto a
la práctica institucional— a la iglesia apostólica, y
en general a la iglesia antigua, la cual, sin embargo, se inspiró en
Cristo y en sus enseñanzas. En este proceso sacramental de la iglesia
muchos afirman que la praxis de la iglesia se ha visto influida en muchos
puntos por la "religión de los misterios"
contemporánea a la iglesia primitiva, sobre todo por obra de Pa
1802
blo (iglesia
sacramental paulina con
tra la iglesia
"moral-escatológica
petrina). Hoy no
faltan autores que
admiten como
posible el origen de
los sacramentos
directamente de la
iglesia,
considerada como el princi
pal sacramento y
como tal instituida
por Cristo (K.
Rahner).
El concilio de
Trento ha definido
a este respecto
explícitamente que
"todos los
sacramentos, precisamen
te los siete
sacramentos, han sido
instituidos por
Cristo" (DS 1601), po
niendo el acento
en "todos", pero sin
especificar
qué se entiende por insti
tución ni
cómo y cuándo ocurrió
esta
institución. La teología poste
rior,
apoyándose en santo Tomás en
lo que respecta a
la idea de institu
ción (S.
Th. III, q 64, a. 2, sed c)
acepta la
definición según la cual
institución
significa: "Agregar a cosas
sensibles el
poder de significar y
producir la
gracia". Por lo que res
pecta al
cómo y al modo de la institución de parte de Cristo, las
opiniones son diferentes, ya sea por razones de principio (naturaleza
del sacramento como medio de gracia), ya sea por razones históricas
(dificultad de probar por
1803
agua (bautismo);
o bien en línea específica, determinando el alimento como
cena-convite y el uso del agua como baño; o bien en particular, la cena
con pan ácimo y vino de uva; el baño con agua corriente o con
agua común.
3. CRISTO,
"AUTOR" DE LOS SACRAMENTOS. El tratamiento sobre una
institución de los sacramentos por parte de Cristo nunca ha faltado en
la teología de los padres, pero comenzó a adquirir un nuevo
sentido en el medievo, cuando el término institución adquiere una
acentuación fuertemente jurídica. Una prueba evidente de
esta tendencia es la misma definición de santo Tomás cuando
escribe: "Se dice que uno instituye alguna cosa cuando da a la cosa fuerza
y vigor, como es evidente en el caso de las instituciones de las leyes"
(S. Th. III, q. 64, a. 2, sed c). Este modo de expresarse supone: a) que el
sacramento exista sólo en virtud de un explícito mandato-ley de
Cristo; b) que la institución no tiende en primer término a la
comunicación de la gracia, sino más bien al hecho de ser
atribuido a una cosa sensible el poder de conferir la gracia, la cual de
suyo podría darla Dios independientemente de todo elemento exterior. La
consecuencia de esta posición jurídica será la preocupación
de determinar sobre todo cuáles son los elementos sensibles que
constituyen el sacramento.
A nuestro juicio,
para esclarecer realmente en qué sentido Cristo está en el origen
de los sacramentos, hay que recorrer un camino muy diverso de la
institución de trasfondo jurídico: a) Si examinamos
cuidadosamente los principales textos que hablan del bautismo y de la
eucaristía (los dos sacramentos de los que es certísima la fuente
neotestamentaria), no resulta que su origen deba ponerse en la
línea de una pro
Sacramentos
mulgación
jurídica de su signo sacramental por parte de Cristo. El mandato de
bautizar y de hacer la eucaristía se refiere en realidad al ejercicio
del sacramento, no a su origen ni a su autor, b) Cristo ha dado origen y
es autor de los sacramentos por el hecho mismo de ser él personalmente,
en su concreta y visible humanidad, sacramento primordial y esencial de la
salvación. Los sacramentos de la iglesia no son, en realidad,
más que imágenes reales del misterio-sacramento de Cristo. Ya
sabemos qué quiere decir Cristo sacramento de salvación.
Él, en su humanidad de Verbo encarnado, revela y comunica la
salvación divina, de la que, en cuanto Dios, es el autor, y en cuanto
hombre, es el portador; es, por tanto, su signo eficaz. Todo el que por la fe
descubre en él esta realidad de salvación, toca, es decir,
encuentra la salvación tocando su humanidad (signo de
salvación para el que cree). Ahora bien, Cristo es signo eficaz de
salvación porque ha dado eficacia, es decir, ha hecho reales, ha
llevado a su cumplimiento aquellos que eran ya signos anunciadores de la
salvación, esto es, la palabra de Dios y los acontecimientos unidos
a ella. Cristo, en efecto, es salvación, porque es
"encarnación de la palabra". Por consiguiente, como los signos
del AT —aun prescindiendo del mandamiento divino— eran signos
de salvación, porque eran realizaciones (parciales) de la palabra
que prometía y anunciaba la salvación, así los
sacramentos del NT son y actúan —aun prescindiendo del mandato de
Cristo— como signos eficaces de salvación, porque son
realizaciones de la palabra encarnada. Decir esto no es solamente hacer
una analogía con el AT, sino que es como decir que Cristo no ha
inventado la palabra, sino que la ha realizado, así como no ha inventado
los signos, sino que les ha dado cum
Sacramentos
plimiento y
realidad. Vemos, pues, que los signos sacramentales de Cristo son
idénticos a los que preexistían antes de él, pero
sólo como anunciadores de él: el bautismo-paso a través
del agua para indicar la liberación; la eucaristía-banquete
de alianza. La diferencia no consiste en el rito como tal, sino en el
hecho de que el signo de anuncio ha pasado al nivel de realización
alcanzada en Cristo. El signo sacramental es a la salvación y a su
realidad lo que la humanidad de Cristo es a la salvación y a su
realidad; es decir, le da la eficacia real en el mismo momento en que la vela.
Sólo la fe puede alcanzarla tanto en Cristo como en el sacramento
de la iglesia.
Concluyendo: si
la definición tridentina de que Cristo "instituyó todos
los siete sacramentos" quiere ser una afirmación de fe, que no mira
sólo al origen externo y jurídico de los sacramentos, sino que
quiere indicar que en él hallan su eficacia sobrenatural y que
son necesarios para la salvación de los hombres, entonces no hay
otro camino ni otra razón sino la que hemos dicho: Cristo es el
autor-institutor de los sacramentos de la iglesia porque es el gran sacramento
de la salvación. De este modo los sacramentos permanecen ligados a
Cristo no por medio de un simple mandato y no aparecen como ritos
que manifiestan
genéricamente la fe en Cristo, sino que dependen del mismo ser
sacramental de Cristo3, como de una fuente sacramental de la cual brota en los
sacramentos aquella salvación que, siendo una realidad revelada, siempre
tiene necesidad de signos a fin de ser percibida por el hombre. Los
sacramentos son, pues, la continuación del sacramento de
salvación, hecho real de una vez para siempre en Cristo. Por eso los
padres, aludiendo al simbolismo ciertamente intencionado de
1804
Jn 19,34
("uno de los soldados le traspasó el costado con una lanza, y
seguidamente salió sangre y agua"; cf 1 Jn 5,6), dicen con
frecuencia que "del costado de Cristo durmiente, esto es, muriendo en la
cruz —es decir, desde el momento culminante de la salvación
que se realizaba en Cristo—, brotaron los sacramentos por los que se
ha constituido la iglesia"4.
III. Desarrollos
de la tradición
1.
que constituye el
ser sacramental según una línea que en parte ha formado
toda la mentalidad teológica posterior.
Hablando de la
acción ritual llamada sacrificio, Agustín la define como el
"sacramento, o sea, el signo sagrado visible del sacrificio invisible
(interior)"5, y declara que "se llaman sacramentos aquellos signos
que se refieren a las cosas divinas"*. Para Agustín, el signo tiene
como propiedad el que "hace pensar, además de aquello que
presenta a los sentidos, en otra cosa diversa de sí". Esta otra
cosa puede ser múltiple, y por tanto
1805
indeterminada.
Para evitar la indeterminación, en el sacramento interviene la
palabra, que, siendo de Dios, da el significado preciso querido por Dios
mismo, y hace del sacramento una "palabra visible de Dios" que,
como tal, tiene una eficacia operativa: "Quitada la palabra,
¿qué es el agua solamente? Añade la palabra al elemento
(al agua) y se hace el sacramento, el cual es luego una palabra visible"'.
Esta
posición de Agustín recorrerá los siglos y no
creará problemas en una época como aquélla, en que se
vivía bajo la enseña del sacramento, designando como tal la
palabra y el personaje del AT, Cristo y los ritos de la iglesia. Pero con
el tiempo se sintió la necesidad de restringir el área de la
sacramentalidad, y por lo mismo empezó a buscarse una definición
de sacramento más precisa, que pudiera aplicarse a los que entonces
se llamaban sacramentos mayores para distinguirlos de los así llamados
sacramentos menores (= sacramentales) [/ Sacramentales, II]. Es lo que
hizo en el s. XII Pedro Lombardo: "Se dice propiamente sacramento lo
que es signo de la gracia de Dios y forma de la gracia invisible, de tal
modo que es imagen y causa de la gracia"". La definición de
Lombardo se fundaba en el principio de hilemorfismo (del griego hyle =
materia + morphé = forma)
aristotélico,
asumido por la teología
escolástica
como principio básico del
conocimiento del
ser creado. Tal de
finición
aplica al signo sacramental
en su conjunto (materia
y forma =
elemento material
y palabra) una
causalidad
directa en la producción
del efecto de
gracia, de la que el sa
cramento era al
mismo tiempo el sig
no. En qué
manera, es decir, por qué
vía y bajo
qué formalidad ejercita el
sacramento (compuesto
de elemen
tos naturales y
sensibles) esta su
causalidad de
gracia (realidad so
Sacramentos
brenatural y no
sensible), no quedaba definitivamente explicado. Santo Tomás se
distinguirá entre los demás sobre todo por haber acentuado el
carácter instrumental de los sacramentos, en cuanto ellos
serían respecto a Cristo como la mano a la cabeza; son, en efecto,
"la prolongación de la mano de Cristo", que daba la
salvación a los que tocaba. Otro aspecto notable en santo Tomás,
que mejor lo une a la tradición de los padres, es aquel por el cual,
distinguiendo un triple aspecto o referencia en el signo sacramental,
hace de él un signo rememorativo del hecho salvífico obrado por
Cristo, un signo indicativo del hecho salvífico realizado en el
presente por el sacramento, y un signo prognóstico, que indica el
término último de la salvación (S. Th. III, q. 60, a.
3).
En todo este
proceso, relativo sobre todo a la causalidad de los sacramentos, uno
de los puntos que se afirmará con mayor interés es el de la
eficacia del sacramento ex opere operato, en que se distingue de la eficacia de
los sacramentales, que es ex opere operantis. La expresión "efficacia
ex opere operato" quiere decir que el sacramento, cuando se confiere
en los términos y con la intención querida por Cristo y por
la iglesia, para Dios es medio -válido y apto para producir la gracia.
Pero esto no significa que de hecho la gracia se produzca, si faltan las
debidas disposiciones en el sujeto receptor. En cambio, la eficacia del / sacramental
está ligada totalmente al valor del que lo hace, o al menos de la
iglesia que lo ordena y se compromete. Desgraciadamente la comprensión
del opus operatum viene muchas veces comprometida por una visión
demasiado material del sacramento, que se considera siempre eficaz por el
hecho mismo de administrarse, prescindiendo de las condiciones del
que lo recibe.
En base a esta
situación teológica
trabajó el
concilio de Trento para
formular en
términos de fe la doctri
na de los
sacramentos; pero no se
puede decir que,
al hacer esto, que
dara inmune de
muchos influjos de
la
teología de la época. Es cierto ade
más que
también la negación protes
tante se
movía en el mismo terreno
teológico.
La consecuencia fue que
el discurso de fe
cerrado sobre las vías que la teología precedente había
esbozado, y por lo mismo la misma doctrina de Trento, no enriquecieron
sensiblemente la fe ni provocaron un cambio real en la teología para una
comprensión más profunda de este aspecto tan fundamental del cristianismo.
2. EL CONCILIO DE
TRENTO Y
maciones de fe a
lo que los protestantes ponían en duda, negaban o explicaban de un
modo diverso del que siempre ha mantenido la tradición (DS 1600).
En efecto, la doctrina tridentina sobre los sacramentos debe ser deducida
de los cánones, o sea, de las fórmulas de condenación de
los errores opuestos. Los cánones
en cuestión
vienen presentados con un breve proemio en un grupo de trece afirmaciones
propuestas en un rígido esquema: "Si alguno dijere que...,
¡sea anatema!": a) Los sacramentos instituidos por Cristo son
solamente siete; todos son sacramentos, pero no todos de la misma dignidad
(DS 1601; 1603); b) Los sacramentos cristianos difieren de los del AT en el
contenido, y no sólo en el rito exterior (DS 1062); c) Los sacramentos
son necesarios para la salvación en la realidad, o al menos en el deseo
(in voto), aunque no todos los sacramentos son necesarios para todos (DS
1604); d) Los sacra
1806
mentos contienen
la gracia que significan y la confieren siempre a quien no pone
óbice a la misma; no son, por lo mismo, sólo signos externos,
no son simplemente signos que distinguen a los fieles de los infieles (DS
1606), ni han sido instituidos sólo para alimentar la fe (DS 1605);
e) Los sacramentos producen la gracia ex opere opéralo (DS 1608), cuando
el ministro tiene al menos la intención de hacer lo que hace la
iglesia (DS 1611) y, aun estando en pecado mortal, cumple aquello que es
esencial al sacramento (DS 1612);/} Entre los sacramentos hay tres: bautismo,
confirmación y or
den, que imprimen
carácter, signo espiritual indeleble, que impide su reiteración (DS
1609).
Por importante
que parezca y sea la doctrina tridentina sobre los sacramentos, es vista y
considerada principalmente en la óptica particular provocada por la
oposición protestante a todo el mundo sacramental tradicional;
y a esta luz, al menos en parte, se la juzga hoy. Por otro lado, no se puede
olvidar el peso que la teología contemporánea y prece
dente al concilio
ha tenido en la formulación de la doctrina y en los términos
que en tal exposición se usaron.
En el proemio a
los "cánones sobre los sacramentos en general", el
Tridentino afirma que quiere con estos últimos ofrecer un
"complemento a la doctrina de la justificación", porque
es "por los sacramentos por los que toda verdadera justicia (santificación)
o comienza, o comenzada se aumenta, o perdida se repara" (DS 1600). La
íntima dependencia
de la doctrina
sacramental de la relativa a la justificación, es decir, al libre
don divino por el cual el hombre viene trasladado por gracia al estado de
hijo adoptivo de Dios, como viene afirmada por la iglesia
en la
enseñanza del Tridentino, tam1807
bien era
mantenida en el pensamien
to de los
primeros reformadores
(Lutero y
Calvino). Pero todo de
pendía
precisamente del modo de
concebir la
justificación, o sea, la lla
mada gracia
santificante: y el modo
era diverso en la
fe de la iglesia y en
la
predicación protestante.
El movimiento
protestante nace como movimiento de reforma de la iglesia, tomando como punto
de partida la situación moral y espiritual concreta que la iglesia
presenta en los comienzos del s. xvi, pero que es el resultado de una
decadencia que iba progresando desde hacía mucho tiempo. Uno de los
aspectos más importantes en los que se manifestaba esta decadencia
en la iglesia de la época era ciertamente la praxis cultual en su
conjunto, que con mucha frecuencia revelaba una mentalidad supersticiosa, la
cual luego, en el uso de los sacramentos, no pocas veces caía
prácticamente en los excesos de la magia. En la obra de reforma, como
los protestantes la intentaban, queriendo superar por completo esta
situación, impugnaron no sólo los abusos, sino la misma
razón de ser de los sacramentos, en cuanto que negaron a la
economía sacramental toda realidad de eficacia en la comunicación
de la gracia. Partiendo de la idea (equivocada) de que la efica
cia ex opere
opéralo atribuida a los sacramentos por la tradición
católica era elevar la obra humana a un valor objetivamente
salvífico y, por tanto, admitir que la justificación es fruto de
la obra del hombre (mientras que es cierto —decían— que
sólo puede provenir de la gracia divina, y que ésta a su vez es
el don que Dios otorga "sólo a la fe" y no a las obras
del hombre), los protestantes sostenían que a los sacramentos se les
debería reconocer únicamente la función de ser
expresión y predicación-presentación de la fe.
Celebrándose por mandato de Cristo y conteniendo su
Sacramentos
palabra, los
sacramentos en el pro
testantismo son
vistos como puras
ceremonias
religiosas, en las que los
fieles que los
reciben expresan exter
namente su fe, la
misma fe que pres
tan a la palabra
de Dios, puesto que
los sacramentos
no son más que la
"palabra
hecha visible" en el rito.
Además de
esto, los protestantes niegan que todos los sacramentos hayan sido instituidos
por Cristo. Reconocen como de institución divina el bautismo y la
santa cena; pero en la práctica conservan también los otros
sacramentos (confirmación, penitencia, ordenación y
matrimonio). Sólo el sacramento de la unción de los enfermos no
ha dejado rastro alguno entre ellos.
A esta total
abolición de la realidad sacramental como comunicación
de gracia divina ha contribuido no sólo el modo protestante de concebir
la justificación, sino también una interpretación del
espiritualismo cultual cristiano. Basándose en el dicho de Cristo
que exige "adoración en espíritu y verdad", los
protestantes han tomado el espíritu en contraposición a
cuerpo/materia, y por consiguiente han vaciado de significado el aspecto
exterior del culto, ignorando que si entre los hombres no se admite un cuerpo
sin espíritu —porque no es más que un cadáver—,
tampoco puede existir un espíritu sin cuerpo.
Todo lo que
aquí se dice de la oposición protestante a los sacramentos
sirve como explicación del contexto en el que ha sido formulada la
doctrina del concilio tridentino. Con el andar del tiempo, ciertas posiciones
asumidas inicialmente por los protestantes, después de haberse radicalizado
en sentido más negativo aún en los ss. xvn-xvin, hoy se van
atenuando o se van integrando —sobre todo por efecto del movimiento
litúrgico y de estudios más profundos de teología
bíblica—, en cuanto que existe un sensible acercamiento a las
posiciones católicas. Esto, empero, no quiere decir que la
crítica o la negación protestante de ciertas tesis
católicas no deba también ser considerada de un modo positivo
y promocional.
IV. La eficacia
de los sacramentos
Es el tema
conocido desde los tiempos de la escolástica como uno de los puntos
culminantes de la especulación teológica, que lleva el nombre
de causalidad de los sacramentos; halla su expresión en la
fórmula corriente: "Los sacramentos son medios eficaces
de la gracia".
1.
SÍNTESIS HISTÓRICA SOBRE
zar acciones que
tienen siempre un valor espiritual, ya se trate de milagros o de actos
interiores, como la comunicación del Espíritu. Cf, por ejemplo,
la imposición de las manos para bendecir (Me 10,16), para curar (Me
8,23ss; 16,18; Le 4,40; 13,13; He 9,12; 28,8), para otorgar el Espíritu
(He 8,17; 19,6); la unción con aceite para curar (Me 6,13); el uso de la
saliva (Me 7,33; Jn 9,6), etc. En esta
línea se
debe ver también el uso del agua en el bautismo. Tampoco a los padres de
la iglesia les crea problemas el uso de las cosas materiales para obtener
efectos espirituales9. El elemento material adquiere un nuevo poder por
efecto de la palabra de Cristo que consagra, que trae la pre
1808
sencia del
Espíritu, que hace que actúen en el elemento el Padre, el
Hijo y el Espíritu Santo. En los ss. xii-xm la escolástica se
plantea de modo específico y especulativamente el problema de
la causalidad de los sacramentos: 1) Qué son los sacramentos; 2)
Qué modo de causalidad ejercen. A la primera cuestión responden:
"Los sacramentos causan la gracia que significan". A la segunda, los
escolásticos
(santo Tomás) responden en general que los sacramentos obran a
modo de causa instrumental: son instrumentos de los que se sirve Cristo
para comunicar la gracia.
Esta causalidad
de los sacramentos acontece ex opere operato; es decir, en el momento
en que a un elemento material (materia) se une la palabra (forma), que
determina su significado de un modo unívoco a nivel de
revelación, queda constituido el sacramento en su ser y en su
obrar, esto es, causa la gracia que significa independientemente de las
disposiciones subjetivas del ministro
y del sujeto que
lo recibe. Precisamente en esto difiere el sacramento de otras acciones
sagradas, cuyo efecto se determina proporcionalmente al modo de actuar del
sujeto, más o menos justo moral y espiritualmente (opus operantis). Para
comprender bien esto, hay que distinguir la obra del sacramento (opus
operatum), que es la gracia, que siempre la recibe el sujeto; y la obra de
la gracia, es
decir, la
acción que la misma gracia produce en el sujeto que la recibe, que
está siempre condicionada a las disposiciones (opus operantis) con las
que se recibe el sacramento. Si faltan estas disposiciones subjetivas, es claro
que en esta explicación el sacramento produce objetivamente su efecto,
que es el don de la gracia; pero el don no es acogido en el modo debido, por
eso la gracia conferida por el sacramento permanece estéril.
1809
En la
explicación del modo de causar la gracia propia de los sacramentos,
mientras que los teólogos tanto de la escolástica como los posteriores
hasta nuestros días están de acuerdo en reconocer al sacramento
una causalidad instrumental, las opiniones se dividen cuando se trata de
explicar en qué sentido los sacramentos son instrumentos de gracia,
distinguiendo entre una causalidad física y otra moral.
También en
el capítulo de la causalidad de los sacramentos el concilio de
Trento, más que exponer una doctrina completa, quiere proponer en aquello
que afirma los aspectos doctrinales que cree son puestos en duda o negados por
los protestantes de la época. Las posiciones protestantes se pueden
resumir en los siguientes puntos: a) Los sacramentos son signos de la
palabra que promete la salvación; b) Los sacramentos son sólo
signos que atestiguan nuestra fe en la promesa de Dios; c) La gracia se recibe
(en el AT y en el NT) sólo por la fe, no por los sacramentos. El
concilio de Trento contrapone así la doctrina católica: a) Los
sacramentos son necesarios para la salvación porque la gracia de la
justificación no se puede recibir por la sola fe (DS 1604); b) Los
sacramentos contienen y confieren a quien no pone impedimento la gracia
que significan, y no pueden considerarse como meros signos exteriores de
la gracia (recibida únicamente por la fe), ni sólo como signos
externos de profesión cristiana (DS 1606); c) Los sacramentos
no han sido instituidos sólo para alimentar la fe (DS 1605); d) La
gracia viene conferida por los sacramentos ex opere operato (es decir, es
efecto de la acción misma sa
cramental) y no
basta para recibir la gracia la sola fe en la promesa divina (DS 1608).
Como se ve, el
Tridentino no entra en la cuestión discutida sobre el
Sacramentos
modo de actuar el
sacramento en la comunicación de la gracia (con su realidad
física movida por el agente principal Cristo; o bien presentando en
su signo a Dios los motivos —voluntad salvífica y pasión de
Cristo— para que él confiera la gracia). Más
aún, el concilio está tan lejos de pretender entrar en el
discurso teológico, a fin de no correr el riesgo de hacer propia
una u otra de las dos tesis contrapuestas, que evita incluso el término
típico característico causare-causa; en cambio, las partes
contendientes deducen cada una del concilio el sentido de su
interés: causa física o causa moral.
2.
REFLEXIÓN SISTEMÁTICA. También para nosotros el lenguaje
del concilio de Trento es suficiente en la formulación que nos ha dejado
sobre la doctrina de la "colación de la gracia por medio del
sacramento". No nos detenemos, por tanto, en la cuestión de la
causalidad instrumental física y la causalidad instrumental moral
de los sacramentos. Partiendo siempre del principio bíblico de Cristo-sacramento
[/ supra, II, 3] y permaneciendo en esta línea, creemos que podemos
hacer un tratado teológico que supere aquella inútil polémica.
Para valorar de lleno la gracia conferida por los sacramentos y,
consiguientemente, para tener una idea más perfecta del sacramento,
preferimos mantenernos en la línea seguida en la explicación ya
sea del valor-de-signo del sacramento, ya sea de su origen; y esta línea
es la que nos viene dada por la relación existente entre los sacramentos
de la iglesia y el sacramento-Cristo. Es lo que vamos a hacer procediendo por
proposiciones sintéticas y progresivas.
Primera
proposición: Los sacramentos producen no aquello que significan
en el plano natural, sino aque
Sacramentos
lio que
significan en el plano revelado de la salvación, según la
realidad de Cristo.
En la
explicación del efecto de los sacramentos se recurre con frecuencia
a la fórmula: "Los sacramentos producen aquello que
significan", y, procediendo por vía de analogía, el
significado-acción de los sacramentos viene especificado
principalmente en la finalidad operativa que se descubre como propia en el
elemento material (agua, pan-vino, aceite, etcétera) de que se
compone cada uno de los sacramentos: así el agua, que significa lavar,
produce una purificación interior; el pan-vino, que significa alimento,
produce una manutención de la vida espiritual, etc. Tal
explicación es evidentemente insuficiente para describir el efecto
del sacramento en cuanto tal, es decir, de la acción simbólica
sagrada que quiere ser expresión del sacramento-Cristo; pero
también de cada sacramento da un conocimiento sólo analógico
y además incompleto, en cuanto que no concede espacio a la palabra,
la cual se añade al elemento material precisamente para absorber su
valor simbólico natural y transformarlo en valor simbólico
convencional, que le viene al sacramento de la institución y es
transmitido por la palabra, pero que no coincide necesariamente con el
suministrado por el elemento natural.
Por otra parte,
la insuficiencia de este procedimiento analógico no es menor cuando,
identificado en la gracia el significado-efecto del sacramento (cf la
formulación de Trento: "Los sacramentos confieren la gracia que
significan"), la misma gracia viene después ilustrada recurriendo
todavía al significado-efecto natural del elemento material del
sacramento, y así se permanece aún en la analogía. Esto
sucede porque se ignora que los elementos materiales forman parte
1810
del sacramento
cristiano no en virtud de su significado-efecto natural, sino por el valor
simbólico salvífico que han adquirido en la historia de la
salvación a partir de la revelación del AT.
Por consiguiente,
el dar la explicación del efecto del sacramento en el plan de la
salvación *egún la realidad que ésta ha tenido en
Cristo quiere decir que el valor-de-signo del sacramento se debe
descubrir ante todo en el significado que sus elementos materiales han
tenido ya en la revelación, comenzando por el AT y pasando de
aquí al NT. Así, por ejemplo, en el AT el agua viene a
significar: en el diluvio, la destrucción del pecado; en el paso
del mar Rojo y del Jordán, el paso de la esclavitud al reino de
Dios (tierra prometida). Los dos significados se recogen en el
bautismo de Cristo (NT), porque Jesús recibe el bautismo de Juan el
Bautista, que anunciaba la remisión de los pecados y se concretaba
en un paso a través del agua del Jordán para indicar que en
Cristo se habrían cumplido ambas cosas según una realidad
que estaba indicada en el signo, pero que superaba el signo del AT.
Así el pan y el vino en el rito pascual del AT no era sólo una
comida destinada a mantener la vida en el cuerpo físico, sino que era el
convite que Dios había preparado a su pueblo, para que éste
supiese que era el único pueblo de Dios, y no ya un grupo compuesto de
diversas tribus, y comprendiese que comer aquel pan y beber aquel
vino quería significar la aceptación de la salvación
espiritual que Dios había traído a Israel y la
ratificación de su alianza eterna.
Segunda
proposición: Los sacramentos en tanto se revelan eficaces de
salvación en cuanto realizan en nosotros el misterio de Cristo;
según los momentos distintos que diversi
1811
fican e integran
la historia de la salvación.
Como se ha dicho
[/ supra, II, 3], el nombre Cristo no indica la persona
histórico-empadronada de Jesús de Nazaret, sino aquel en el cual
el misterio de la salvación se ha hecho salvación total de toda
la humanidad, en el sentido de que en la humanidad de Cristo la
humanidad entera ha hallado la salvación que le había sido
prometida l0. La realidad de salvación que en Cristo se desborda
sobre todos los hombres es un hecho de carácter ontológico, que
afecta a toda la naturaleza humana en cuanto tal. Pero la naturaleza humana
no existe más que en dimensión individual y personal;
entonces, lo que por medio de Cristo ha acontecido en la humanidad
permanece un hecho potencial para cada individuo. Los que pertenecen a la
naturaleza humana son sujetos efectivos de salvación sólo
cuando existen, y esta salvación se hace real en ellos cuando conocen
y aceptan a Cristo-sacramento de salvación de la humanidad. El
conocimiento de Cristosacramento se hace en la fe; la aceptación
se lleva a cabo en los sacramentos, por los que en el tiempo del NT se
prolonga el tiempo salvífico de Cristo. Con otras palabras: los
sacramentos son los medios por los que el acontecimiento salvífico de
Cristo, que ha afectado a todos los hombres a nivel de naturaleza, adquiere
la consistencia de un hecho de elección personal, y por consiguiente
responsable, cuando interviene el anuncio de la fe. Este estado de cosas
hace que, si uno no ha recibido tal anuncio, pero vive su vida con
honradez natural, ciertamente se salva, puesto que en la humanidad asumida por
Cristo también él estaba presente.
Pero en la fase
de la realización es asimismo preciso distinguir los diversos
aspectos de la salvación, que
Sacramentos
se integran
recíprocamente y la hacen completa. Porque la salvación
consiste en hacer que el hombre vuelva a ser imagen perfecta de Dios, es decir,
en restablecerlo en la situación en que fue creado: hijo de Dios (=
imagen), portador del Espíritu de Dios en el mundo y adorador
perfecto de Dios con la santidad de vida (obediencia a Dios). Cristo fue
ciertamente, a partir del momento de su encarnación, sacramento perfecto
de la salvación en sus tres aspectos. Pero en el ámbito del
signo, también en Cristo se debe advertir un progreso en la
realización del designio salvífico. Su nacimiento de
María fue el signo de que en el mundo a partir de entonces existía
un hijo de hombre que era hijo de Dios; en el bautismo se manifestó la
presencia del Espíritu; en la muerte se reveló como
sacerdote y víctima, que en el Espíritu Santo se presenta al
mundo como adorador perfecto en su sacrificio. En los sacramentos de la iglesia
se observa el mismo proceso. Todo sacramento es actuación del
Cristo-sacramento de salvación, pero respetando la sucesión de
los momentos-de-signo que se observan en la realización que la
salvación ha tenido en Cristo. Cada uno de los sacramentos es una
proyección particular del único sacramento, o sea, momentos
sucesivos de todo el proceso de salvación: así como en un
prisma se
descompone la única y misma luz del sol en los distintos colores
que la componen; mientras que, al sobreponerse sucesivamente un color al
otro, se forma de nuevo la única luz blanca del sol. Como se ve,
los sacramentos son momentos diversificantes del único Cristo-sacramento
de salvación y, no obstante, son en su misma diversidad elementos
que se integran recíprocamente hasta llegar a formar en el hombre
la salvación única y completa de Cristo.
Sacramentos
Tercera
proposición: Los sacramentos no tienen como efecto la
producción de una doble gracia: santificante y sacramental, sino
que son actuaciones del único misterio de Cristo, o sea, de la
única gracia santificante, que en virtud del diverso signo
sacramental es actuación diversificada del predicho único
misterio de Cristo.
Los
teólogos, al explicar el axioma del concilio de Trento: "Los
sacramentos producen la gracia que significan", han introducido en el
sacramento un doble efecto: como efecto común, la gracia
santificante; y como efecto propio de cada sacramento, la gracia
sacramental. A nuestro juicio, si el concilio en el enunciado de lo
que constituye la razón misma del sacramento no distingue dos tipos de
gracia, es abusivo introducir tal distinción; además, esta
distinción supone una idea de la gracia que prescinde de la
visión del Cristosacramento de salvación: la única
gracia que se ha realizado en el hombre es la gracia que ha venido a ser
un hecho (en griego eghéneto) en Cristo (Jn 1,17), justamente en cuanto
y porque Cristo es sacramento. Todo don de gracia que adviene al hombre es, por
consiguiente, una gracia sacramental, porque (por el camino de los
sacramentos) proviene del Cristo-sacramento. Esta afirmación no se
contradice ni siquiera con el hecho cierto de que Dios puede dar la gracia
también sin el sacramento. En efecto, también en este caso
la gracia: a) tiene su origen en el Cristo-sacramento; b) está siempre
—al menos in voto, es decir, en el deseo explícito o
implícito— en conexión con el sacramento; y quien
excluyese positivamente el sacramento no recibiría ninguna gracia.
En suma: la gracia, si no es sacramental, no existe, porque una gracia que
quiere ser, como debe ser, una comunicación de la vida divina no
1812
existe como tal
en absoluto, sino sólo en relación con el Cristo-sacramento.
Al decir que
todos los sacramentos son "actuación de la única gracia
santificante", puesto que esta gracia santificante proviene de los sacramentos,
afirmamos que "la gracia santificante existe como sacramental";
más aún, existe "en cuanto sacramental": es en
realidad la diversificación del único misterio
salvífico de Cristo que es actuado en momentos sucesivos. Todo
sacramento nos pone en comunión con el misterio total de Cristo, pero
según los diversos aspectos que integran la salvación:
el ser recreados a imagen de Dios en Cristo como hijos de Dios, como portadores
del Espíritu, como sacerdotes y adoradores perfectos de Dios. Si esto
vale para los tres sacramentos de la iniciación cristiana
(bautismo,
confirmación, eucaristía), vale igualmente para los
demás sacramentos. La penitencia, en efecto, quiere restaurar la
imagen de Dios afeada por el pecado, y en ella se comunica de nuevo el
Espíritu de Cristo muerto y resucitado (cf Jn 20,22-23); la
unción de los enfermos se celebra por un cristiano al que la enfermedad
ha puesto en una situación del todo particular, para que en el
desmoronamiento físico de la enfermedad se reafirme su fe en la salvación
de Cristo, y en vista de tal salvación una su propio sufrimiento al
sufrimiento de él, convirtiéndose así también el
enfermo por este camino sacramental en "el siervo sufriente de
Yavé"; el matrimonio es participación en el misterio de
Cristo en cuanto él es el que actúa el proyecto nupcial que
Dios siempre ha tenido respecto a la humanidad; el orden o ministerio, que
comprende el diaconado como servicio y el presbiterado-episcopado como
sacerdocio, es también participación en el misterio de
Cristo, considerado en
1813
su función
de "siervo de Dios y de los hombres" y de "sacerdote"; pues
es en virtud de su encarnación, que lo convirtió en
"sacramento de salvación", por lo que Cristo fue
"siervo" y "sacerdote".
Digamos para
concluir: todo sacramento comunica la gracia santificante, que es
participación en el único misterio de Cristo según
una relación cualitativamente diferenciada sobre la base del distinto
signo sacramental. Por consiguiente, la gracia sacramental no es una
gracia que se añade al sacramento, como gracia actual distinta de la
gracia santificante, ni constituye un don particular que crea en el
sujeto el derecho a obtener auxilios especiales necesarios para mantener
la gracia santificante recibida por el sacramento. Este modo de pensar la
gracia sacramental empobrece enormemente el sentido y el valor de los
sacramentos y de su diversidad; pero sobre todo destruye el valor y el sentido
del signo sacramental, al no ponerlo en relación directa con
el Cristo-sacramento de salvación. Toda teología
sacramentaria será verdadera en el plano de la revelación cuando
en el plano de la práctica individual y pastoral se ponga cada vez
más en contacto con la realidad del Cristo-sacramento de
salvación. Aun cuando los sacramentos constituyan un régimen
de signos, éstos no deben convertirse en velos opacos, sino que debemos
poder decir con san Ambrosio: "No por espejos ni por enigmas, sino cara a
cara te has mostrado a mí, oh Cristo, y YO TE ENCUENTRO A TI
EN TUS SACRAMENTOS"".
NOTAS: ' Cf, por
ejemplo, Agustín, De peccatorum meritis et remissione 2,29,47 (PL
44, 169): "Antes de su nacimiento en la carne, de la debilidad de su
pasión y del poder de su resurrección, quienes vivían
en aquel tiempo eran
Sacramentos
formados por
Cristo con la fe en aquellos mismos acontecimientos que eran
todavía futuros. En cambio, quienes constataban el realizarse de las
cosas y veían el cumplimiento de lo que se había predicho, eran
formados por Cristo con la fe en los mismos acontecimientos hechos presentes;
y con la fe de los mismos acontecimientos ya pasados, Cristo no cesa de
formar a los que han venido después de los hechos, tanto a nosotros mismos
como a quienes vendrán detrás de nosotros. Así pues,
única es la fe que salva a todos..., mas con el cambiar de los tiempos
han cambiado los sacramentos de esta única fe a fin de hacer más
adecuado el modo de significarla" — 2 Así lo expresa san Gregorio
Magno en Dial4,58 (PL 77,428): "De un modo totalmente único este
sacrificio... nos hace presente en el misterio la muerte ya acaecida del
Señor. En efecto, éste, si bien al haber resucitado de la
muerte no muere más y en sí mismo está siempre vivo, es
inmortal e incorruptible, sin embargo se inmola por nosotros nuevamente en
el misterio de la santa oblación" — 3 Cf Agustín, In
ep. loan. 3,6 (PL 35,2000): "Cristo es el nombre de un sacramento,
como cuando se dice profeta y se dice sacerdote" — 4 Agustín,
Enarr. in Ps. 138,2 (PL 37,1785) — 5 Agustín, De civitale Dei 10,5
(PL 41,281) — 6 Id, Ep. 138,7 (7^33,527) —7 Id, InJoh. 80,3 (PL
35,1840) —8 Pedro Lombardo, Lib. Sent. IV, dist. 1,4 — 9 Baste con
citar a Tertuliano, De carnis resurrectione 8 (PL 2,806): "Se lava la
carne para que se purifique el alma; se unge la carne para que sea consagrada
el alma; se signa la carne para que se robustezca el alma; con la
imposición de las manos se echa la sombra sobre la carne para que
el alma sea iluminada en el espíritu; se nutre la carne con el
cuerpo y la sangre de Cristo para que el alma se llene de Dios..." —
l0 Cf, por ejemplo, Hilario, In Ps. 67,23 (CSEL 22,298): "Cristo fue el
primero en cumplir en sí mismo el sacramento de nuestra
salvación; resucitando él personalmente de entre los muertos
anuló el decreto de nuestra muerte"; Id, In Ps. 138,6 (CSEL
22,749): "Cristo cumplió en el sacramento [de su bautismo en el
Jordán] la justicia de la humanidad, que él había asumido...;
no había rehusado ponerse de parte de nuestro pecado y había
tomado sobre sí toda la bajeza de nuestra carne" — " Cf
Ambrosio, Apología proph. David 1,2 (CSEL 32,339).
S. Marsili
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celebración en
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la liturgia romana, en "Burgense" 18/1 (1977) 971; Ulanes J.L.,
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pneumalológica de los sacramentos, en "Phase" 96 (1976)
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teología de los sacramentos, en "Est. Eclesiásticos" 56
(1981) 1398-1431; Palenzuela A., Los sacramentos de
el culto, Sal
Terrae, Santander 1968; Schillebeeckx E., Cristo, sacramento del encuentro
con Dios, Dinor, San Sebastián 1966; Schulte R., Los sacramentos de
1814
SUMARIO: I. El
sacrificio de Cristo y su memorial: 1. Antiguo Testamento; 2. Trasfondo en
la historia de las religiones; 3. Nuevo Testamento - II. Teología
de los padres - III. La escolástica - IV. Reforma y teología
postridentina - V. Las concepciones actuales: 1. "Sacrosanctum
concilium" y "Eucharisticum mysterium"; 2. Contribución
ecuménica; 3. ¿Figura del convite?; 4. "Institutio Generalis
Missalis Romani" - IV. Epílogo.
Punto de partida
de nuestras reflexiones será la doctrina clara y normativa de la
iglesia, tal cual viene propuesta en la constitución sobre la liturgia
del Vat. II: "Nuestro Salvador, en la última cena, la noche en
que le traicionaban, instituyó el sacrificio eucarístico de
su cuerpo y de su sangre, con el cual iba a perpetuar por los siglos,
hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y a confiar así a su esposa,
la iglesia, el memorial de su muerte y de su resurrección"
(SC 47)'.
El sacrificio
eucarístico es la "fuente y culminación de todo el culto
de la iglesia y de toda la vida cristiana"2. El sacrificio llevado a
cabo por Cristo sobre la cruz se coloca de este modo, a través de su
celebración, en el centro de la fe y de la vida cristiana.
Hay dos puntos
controvertidos: el carácter sacrificial de la misa —sobre
todo por parte de la teología protestante—; por otro lado, incluso
la valoración de la misma acción salvífica de Cristo
en cuanto sacrificio tropieza con alguna crítica en la exégesis
moderna, y no sólo fuera de la iglesia católica.
He aquí,
por consiguiente, el sentido de nuestra pregunta: ¿qué queremos
decir cuando afirmamos que la muerte de Cristo en la cruz es su sacrificio, y
cuando declaramos igualmente como sacrificio la celebración
litúrgica del memorial de su muerte y resurrección?
1815
I. El sacrificio
de Cristo y su memorial
Es evidente que
ni Jesús en su mensaje ni los evangelios que nos lo transmiten
llaman a la obra de Cristo con el término técnico de sacrificio.
Pero tampoco cabe duda de que Pablo, Juan y en general la predicación
apostólica designan el don que el Señor hizo de sí mismo
sobre la cruz por nosotros, en su núcleo esencial, con el nombre de
sacrificio.
1. ANTIGUO
TESTAMENTO. Estos testimonios primeros presuponen con absoluta claridad la
doctrina y la praxis del AT. En su centro se encuentran con carácter
dominante y claro los sacrificios ofrecidos por el pueblo de Israel a lo largo
de su historia. Esto también ocurre en el culto del templo. Pero todos
estos sacrificios hallaron su último cumplimiento y,
consiguientemente, su superación (Aufhebung), en la muerte
sacrificial de Jesucristo, como afirma en términos claros la plegaria
sobre las ofrendas del domingo XVI per annum del nuevo Misal Romano:
"Oh Dios, que has llevado a la perfección del sacrificio
único los diferentes sacrificios de la antigua alianza, recibe y
santifica las ofrendas de tus fieles, como bendijiste la de Abel, para que
la oblación que ofrece cada uno de nosotros en honor de tu nombre
sirva para la salvación de todos" ("Deus, qui legalium
differentiam hostiarum unius sacrificii perfectione sanxisti, accipe
sacrificium a devotis tibi famulis, et pari benedictione, sicut muñera
Abel sanctifica, ut quod singuli obtulerunt ad maiestatis tuae honorem,
cunctis proficiat ad salutem"). La predicación apostólica
del mensaje de Jesús, y en modo muy particular su muerte expiatoria, son
propuestos con el término y el concepto de sacrificio. Al final,
esta interpreta
Sacrificio
ción la
propone sobre todo la carta a los Hebreos, que entiende la acción
salvífica de Cristo esencialmente como el sacrificio que
Jesús llevó a cabo sobre la cruz cuando asumió la muerte
"por nosotros" en obediencia al Padre, con un amor que
llegó "hasta el fin" (Heb 9,11-23; 10,5-18). En la perspectiva
de esta interpretación, "el sacrificio de Jesús en la cruz
señala la plenitud y abolición de todos los sacrificios
antiguos"3.
Abolición
aquí significa, sin duda alguna, el fin, la superación definitiva
del culto sacrificial anterior; pero al mismo tiempo significa igualmente
su cumplimiento más verdadero. Aquello que estaba en tal culto de manera
vaga prefigurado, es ahora verdad, es realidad perfecta. Por lo mismo podemos
ya sentir y pregustar aquello que es el sacrificio de Cristo, mirando a
las veladas prefiguraciones que Dios nos ha dado de él en la
historia del pueblo de Israel.
El sacrificio,
junto con la oración, es una de las formas más antiguas e
importantes del culto humano general. Y esto es así para todas las
religiones, incluido el culto del AT. Allí el sacrificio ocupa una
posición centralísima. Es importante notar que la
religión revelada del AT excluye del modo más categórico
cualquier forma de magia. "El sacrificio veterotestamentario no
tiende a desencadenar una dinámica apersonal, sino a establecer y
restablecer una conexión con Dios en la que se expresa
sumisión o petición de reconciliación y ayuda"4.
Se le aplican los nombres de don consagrado (santo, santificante), ofrenda (korban),
don (minchan); se trata de un don hecho a Dios, realización de la
comunión con él, reconocimiento de lo sacro, alimento de la
divinidad (algo que, obviamente, muy pronto llega a convertirse sólo en
una imagen para expresar el beneplácito de Dios ante el "suave
perfume del ho
Sacrificio
locausto"),
reconciliación con Dios, acto de obediencia5. La torah es, de modo muy
particular, una regulación de la recta ofrenda del sacrificio.
Se distinguen sacrificios cruentos de incruentos, sacrificios consistentes
en alimento e incienso o en bebida. "Con más precisión
pueden distinguirse los holocaustos (sacrificios totales de
adoración a Dios) de los sacrificios de acción de gracias,
que muchas veces comportaban también una súplica, un voto. Es de
mencionar, por fin, el sacrificio de expiación"6. Bajo algunos
puntos de vista se trata de sacrificios análogos a los ofrecidos por los
pueblos paganos vecinos, pero se diferencian y distinguen "de
modo muy característico
porque tienen por
fundamento y motivación religiosa más profunda la historia de la
salvación"'. Se ofrecen a Dios creador y señor de acuerdo
con su función de construcción de la comunidad; ocupan una posición
importante en el establecimiento de las alianzas (con Noé, con
Abrahán, en el Sinaí). Terminan con un convite sacrificial.
"En el caso de algunos sacrificios puede llegarse a pensar en una cierta
actualización (re-presentación) de los acontecimientos
histórico-salvíficos". Es el
caso del
sacrificio pascual o de la fiesta de la reconciliación». A lo largo
del tiempo, el sacrificio pascual se convierte en el más importante de
todos'. No hay duda de la posición decisiva, central, del culto
sacrificial en la antigua religión de Israel. "Incluso la toma
de posición de los profetas es considerada [por los exegetas]
no ya como un rechazo radical
sino, más
bien, como una protesta contra una cierta exteriorización del culto
sacrificial" ">.
2. TRASFONDO EN
1816
en las
afirmaciones del AT y en una consideración global de la historia de las
religiones, "podemos decir que [el sacrificio] es la presentación
hecha a Dios (o a un ser superior) en forma ritual por parte de un miembro
de la comunidad delegado para ello (sacerdote), de un don concreto (vivo) con
el cual el sacrificante se identifica a fin de expresar la propia
autodonación respetuosa, grata y amante; su finalidad estriba en llegar
a transformarse
con el mismo don, a través de la consagración que santifica
en virtud de la (originaria) acción divina presente, en el ser superior
(sacro) y llegar así a la unión con Dios, que acoge benignamente
el don y consiguientemente al sacrificante mismo, en plena comunión
de vida y de amor"11.
3. NUEVO
TESTAMENTO. Ahora bien, en el NT todo esto es superado, es decir, cancelado en
su forma cultual concreta, pero realizado en medida sublime en su
profundo núcleo esencial. Por consiguiente, el NT conoce una
crítica del sacrificio, ya que Jesús insiste en la actitud
interior que debe encontrar su expresión en él, y porque, como
los apóstoles lenta pero cada vez más claramente
comprenden, en la
muerte de Jesús crucificado ("por muchos") se ofrece a Dios
Padre el sacrificio verdadero. "El concepto de sacrificio, aplicado a la
muerte salvífica de Cristo, tiene un sentido totalmente distinto, mucho
más concreto, y al mismo tiempo más elevado que en el caso
de los sacrificios de los paganos y de los hebreos. También en la
autodona
ción libre
y voluntaria del Hijo de Dios se ha convertido en realidad aquel lamento
único e irrepetible, pero en el fondo válido para todos los
tiempos y todas las zonas, que constituía como el presagio y la as
piración
más secreta de los mitos y
Brevemente los
rasgos esenciales del
leyendas
cultuales. Aquí la creación
sacrificio
cultual tal como aparece
1817
ha sido
radicalmente renovada de una vez para siempre, brillando ante los ojos del
creyente como la nueva creación en la gloria pascual y escatológica
de la resurrección. Aquí el pecado y su precio, la muerte, son
vencidos para siempre y se abre la fuente inagotable de la vida eterna y
divina. Precisamente en el don del cuerpo martirizado de Jesús se verifica
aquella transformación realmente re-creadora que vanamente y desde
siempre los antiguos habían previsto en sus sacrificios"l2.
Cierta
exégesis, algo más crítica en nuestros días, afirma
que "en la cristo logia de Pablo la idea de sacrificio asume un valor
metafórico y es un medio para interpretar el hecho fundamental de la
salvación realizada por la muerte de Cristo",3. Pero tal
reserva no se sostiene frente a pasajes como Rom 4,25; Gal 3,13; 2,20; 2
Cor 5,14s.l8-21, etc., sobre todo si leemos el NT a la luz de las
últimas cartas paulinas y de la carta a los Hebreos. En estos textos
"se intenta comprender e ilustrar" el significado salvífico de
Jesucristo "utilizando el concepto cultual tradicional de sacrificio:
Cristo se entregó a sí mismo
por nosotros en
sacrificio de suave olor (Ef 5,2). Tal sacrificio es, al mismo tiempo,
sacrificio de la alianza, sacrificio de expiación y sacrificio pascual.
Su efecto salvífico consiste, por consiguiente, en sellar la nueva
alianza, en expiar por medio de una purificación y una
santificación y en redimir" ". Partiendo de la carta a los
Hebreos, hay que decir: "La muerte de Cristo es el sacrificio escatológico,
ofrecido de una vez para siempre y definitivamente, para la supresión de
los pecados en virtud de la fuerza expiatoria de su sangre; la autoofrenda
perfecta del sumo sacerdote neotestamentario; obra salvífica
única"IS.
A pesar de las
reservas de la exégesis más reciente, nosotros segui
Sacrificio
mos manteniendo
que todo el mensaje del NT, "prolongando el uso lingüístico
veterotestamentario, usa los vocablos prosphorá y prosphérein
(oblación, ofrecer) también para describir la obra redentora
de Jesús. [Las cartas a los Efesios y a los Hebreos] conciben la muerte
de Jesús mediante la categoría de sacrificio cultual. Esto
no se encontraba todavía con tanta nitidez en la predicación apostólica
primitiva ni en la sinóptica, donde la muerte de Jesús es proclamada
de modo más martirológico como entrega de la vida realizada por
el Siervo de Dios. Pero con Pablo se inicia una cultualización
más intensa de la pasión de Jesús. Según Ef 5,2, la
persona corpórea de Jesús es la prosphorá y la thysia, el
don
sacrificial
ofrecido por Cristo por nosotros. La carta a los Hebreos proclama más
tarde con énfasis la acción redentora de Jesús como
prosphorá, y precisamente como prosphorá irrepetible que anula todos
los sacrificios legales precedentes y los futuros sacrificios materiales. Con
tal concepto la carta a los Hebreos abraza en una síntesis grandiosa
toda la vida y acción de Jesús... El acontecimiento de la
encarnación es ya la obertura, primer paso, de laprosphorá
de Jesús como acción sacrificial... Vértice de la acción
sacrificial de Jesús es su muerte en la cruz..., el sacrificio cultual
cumplido de una vez para siempre... La consecuencia ineluctable de la pros
phorá de
Jesús en el Gólgota es su entrada en el santuario celestial,
puesto que él lleva su sangre como don sacrificial al Padre"l6.
La muerte de
Jesús en la cruz, su sacrificio por la salvación del mundo, es el
signo del cumplimiento de todos los sacrificios antiguos y su meta; ella
es el sacrificio que ha sido ofrecido de "una vez" (ephápax)
por todas. "No existe ya ningún sacrificio
cultual"". Cuando en el NT se
Sacrificio
habla de
sacrificio y de sacrificar sin referencia al sacrificio de Cristo en la cruz,
estos términos son usados en sentido traslaticio. Los cristianos tienen
que ofrecer sus cuerpos como "sacrificio (thysía) viviente, santo y
agradable a Dios", como su "culto espiritual" (logiké
latréia) (Rom 12,1). De la misma manera se habla en 1 Pe 2,5.
"Ahora bien, Heb 13,15, conectando con el AT, presenta como sacrificio la
alabanza a Dios, el fruto de los labios, es decir, el comportamiento ético-religioso.
De todas formas, no se da aquí una cultualización del
éthos, sino también una etización y una
espiritualización del culto. De hecho, la alabanza consiste en la
confesión del nombre de Dios; pero a su vez ésta se hace en el
culto y por medio de él. De tal manera reconoce la carta a los
Hebreos un carácter sacrificial en el culto cris
tiano, aunque no
ve este carácter en el valor autónomo de una ofrenda sacrificial,
sino en la confesión espiritual de Dios" '*.
En el marco de
esta tendencia progresiva de la espiritualización del culto,
comenzada ya en el AT (con los profetas) y en la interpretación de la
biblia por Filón de Alejandría, es preciso ver también el
mandato del Señor de celebrar el memorial de su muerte y, por consiguiente,
el modo en que los apóstoles y la iglesia primitiva realizan esta
acción memorial agradeciendo y proclamando en la eucaristía
y en la eulogía la muerte del Señor (cf 1 Cor 11,23
26 y Mt 26,26ss;
Me 14,22ss; Le 22,19ss). El NT no llama expresamente jamás
sacrificio a la "fracción del pan", a la "cena del
Señor". Ésta es el memorial agradable de la muerte de
Cristo, y por ello de su sacrificio, su proclamación. Pero tal memorial
(anamnesis), tal proclamación, es la actualización del
sacrificio de Cristo realizado de una vez para siempre y suficiente para todos
los
1818
tiempos, su
aplicación a los fieles que lo celebran. Ni siquiera esto queda
dicho de una manera tan expresa en el NT; pero son las interpretaciones
válidas de las afirmaciones neotestamentarias las que hablan de la muerte
de Jesús en la cruz y de su voluntad de dejar memoria de ella en la
celebración de la fracción del pan y en el beber el cáliz
de bendición ".
Todo ello debe
ser visto en la perspectiva de una creciente espiritualización
del culto (cf Jn 4,21-24); de un culto que no consiste ya en la ofrenda de
dones materiales, sino en la eucaristía, en el himno lleno de gratitud y
de alabanza a Dios por las gestas llevadas a efecto por él para la
salvación de los hombres20.
Teniendo presente
estos dos grupos de motivos, resulta que la proclamación llena
de gratitud, el memorial de agradecimiento, es decir la eucaristía,
es la actualización del sacrificio de Cristo, su presencia siempre nueva
que, no obstante, no repite numéricamente aquel único sacrificio.
Más bien lo presencializa en su plena suficiencia haciéndolo pa
tente a todos los
tiempos y lugares y a los creyentes para que se convierta en su propio
sacrificio. Lo hace presente como el don sacrificial donde Dios, prenda de
la salvación y también como acción sacrificial, se introduce
en los creyentes y en cuantos la celebran con fe a través de la donación
única de Cristo. En él, por
él y con
él tienen acceso al Padre para la gloria del Padre por medio de Cristo.
II.
Teología de los padres
Esta actualización
del único sacrificio de Cristo ha llevado a llamar a la
acción eucarística prosphorá y memorial. Y esto incluso
teniendo presente "la acentuación enfática de la unicidad y
exclusividad del sacri1819
ficio visible de
Jesús". "Particularmente los escritores
eclesiásticos primitivos que, como Clemente Romano o
Bernabé, se hallan claramente influenciados por el texto de la carta a
los Hebreos o al menos por sus ideas, llaman franca y libremente a la
eucaristía una prosphorá"21.
La acción
eucarística es un sacrificio en cuanto que introduce a la iglesia
dentro de la donación sacrificial de su Señor. Ello ocurre
mediante la celebración de la acción memorial y por la ofrenda
del pan y del vino, que son los elementos constitutivos de la acción memorial.
En tal sentido
Posteriormente,
incluso los dones materiales quedan inscritos de alguna manera en esta
actualización del único sacrificio de Cristo. "Esto resulta
tanto más sorprendente cuanto que, oponiéndose el cristianismo a
los sacrificios materiales y cosificados de procedencia judía y
pagana, había llegado a considerar la oración y la
intención pura como su único y auténtico
sacrificio"22.
Justino subraya
de manera extraordinariamente fuerte que los sacrificios de los
cristianos son sus oraciones y acciones de gracias (eucharistíai)
(Dial, con Trifón 117). Ahora bien, tales oraciones de acción de
gracias llegan a concretarse en la acción de gracias pronunciada
sobre los elementos del convite que llevan los cristianos al
acercarse al altar, para que el presidente pronuncie sobre ellos
Sacrificio
la
eucharistía en memoria de la pa
sión de
Cristo (Apol. I, 66,1 y 67,5).
Esta
acción de llevar los dones es
llamada sin
empacho prosphérein;
éste es el
modo en que los cristianos
quedan
involucrados en la donación
sacrificial de
Cristo, para que en el
sagrado banquete
puedan llegar a ali
mentarse de los
dones eucaristiza
dos, que ya son
el cuerpo y la sangre
de Cristo.
Resumiendo, puede
decirse que la
teología
que se anuncia en estos es
casos testimonios
del s. n "ha fundi
do en una
síntesis sorprendente y
grandiosa estas
afirmaciones que re
sultarían
divergentes a primera vista
sobre la
prosphorá visible, única y
definitiva de
Jesús en la cruz, sobre
la
prosphorá espiritual de los cristia
nos en su
oración y en la pureza de
corazón y
sobre la prosphorá mate
rial de la
eucaristía"23.
Por ello, hacia
el año 200, Ireneo de Lyon, polemizando con los falsos maestros
gnósticos que despreciaban los elementos de la creación,
podía insistir tranquilamente en la oblado de los elementos del pan, del
vino y del agua. Algo más tarde, el canon romano hablará en el
mismo sentido de "ofrenda de los dones" que el mismo Dios nos ha
dado: "Offerimus... de tuis donis ac datis", y añade a
continuación: "... hostiam puram"; es decir, la
oblación de los elementos es únicamente el presupuesto de la
actualización de la única oblatio plenamente válida,
suficiente y verdadera, tal como se da en el sacrificio de Cristo, que es
actualizado en esta celebración memorial.
Además,
contamos con la siguiente afirmación decisiva de la primera plegaria
eucarística cristiana, tal como nos ha sido transmitida por
Sacrificio
surrección,
te ofrecemos el pan y el cáliz, y te damos gracias por habernos
hecho dignos de comparecer en tu presencia y de servirte. Te pedimos
también que envíes tu Espíritu Santo sobre la ofrenda de
tu iglesia..." ("Gratias tibi referimus, Deus, per dilectum
puerum tuum Jesum Christum... Memores igitur mortis et resurrectionis eius,
offerimus tibi panem et calicem, gratias tibi agentes, quia nos dignos
habuisti adstare coram te et tibi ministrare. Et petimus, ut mittas
Spiritum tuum Sanctum in oblationem sanctae ecclesiae...")2*.
La iglesia
sacrifica, sí; pero en la ejecución de la acción memorial,
el don de la iglesia se transforma en el cuerpo sacrificial de Cristo. El
único sacrificio ofrecido por Cristo en la cruz se actualiza,
haciéndose presente en el aquí y el ahora. "La
solución del problema se manifiesta con la plenitud clásica
de las dos breves palabras contenidas en la así llamada anamnesis
tras el relato de la institución: memores offerimus-memnemé
noi
prosphéromen. Celebrando el memorial de la prosphorá de
Jesús, llevamos a plenitud nuestra propia prosphorá. En otras
palabras: nuestra prosphorá es un memorial de la prosphorá
de Jesús, y puede ser sólo entendida como memorial de la
prosphorá de Jesús. Así suena la explicación
de los padres, y por lo mismo la interpretación normativa de la
liturgia antigua"2S.
La desenvoltura
con que la celebración del sacrificio de Cristo es denominada
por la teología también sacrificio, actualización del
sacrificio de Cristo, aparece de modo particularmente clara en Cipriano.
"Oblatio y su sinónimo sacrificium son para él la
denominación predominante de la eucaristía"». He
aquí lo que él mismo dice expresamente: "Quia passionis eius
mentionem in sacrificiis ómnibus facimus; passio est
1820
enim Domini
sacrificium quod offerimus"".
Ofrecemos un
testimonio ulterior del Oriente. Se trata de un texto del comentario de san
Juan Crisóstomo a Heb 10,10: "También hoy nosotros ofrecemos
(prosphéromen) aquel sacrificio (thysía), que fue ofrecido
de una vez para siempre y de modo inagotable. Lo hacemos en memoria
(anamnesis) de lo que ocurrió entonces; de hecho él dijo:
'Haced esto en mi memoria'. Nosotros no llevamos a efecto otro sacrificio, como
hacía antiguamente el sumo sacerdote, sino que siempre ofrecemos el mismo;
mejor aún, nosotros realizamos (ergázomen) el memorial del
único sacrificio"28.
El punto de vista
que aquí se adivina con su síntesis entre memorial del
sacrificio - sacrificio aparece explícitamente también en
los antiguos sacramentarios romanos (Veronense, Gelasiano antiguo,
Gregoriano) y en la eucología del Misal Romano, que hace referencia a
ellos, trátese del postridentino de Pío V o del posvaticano
de Pablo VI. Bastan algunos ejemplos para demostrarlo. Una orado super oblata
del sacramentarlo Veronense dice: "Munus populi tui, Domine, placatus
intende quo non altaribus ignis alienus, nec inrationabilium crúor
effunditur animalium, sed sancti Spiritus operante vir
tute sacrificium
iam nostri corpus et sanguis est ipsius Sacerdotis" (Ve 1246). Munus
significa don; pero al mismo tiempo se refiere a toda la acción cultual,
a toda la acción sacra 2'. En esta acción del pueblo creyente
no se ofrece ya un sacrificio imperfecto, un simple sacrificio cruento de
animales, sino el sacrificio (del cuerpo y de la sangre) de Cristo
sacerdote. En la celebración de la acción cultual se verifica el
sacrificio de Cristo.
Ve 1250:
"Veré dignum: tuae laudis hostiam iugiter immolantes cuius fi1821
guram Abel iustus
instituit... celebravit Abraham, Melchisedaec sacerdos exhibuit, sed
verus agnus aeternus pontifex hodie natus Christus implevit". La
iglesia inmola (immolat) el sacrificio de alabanza, que el verdadero
sacerdote Cristo, que es a la vez verdadero cordero pascual, ha ofrecido como
cumplimiento de las prefiguraciones veterotestamentarias.
Ve 1265:
"Oblatio tibi sit, Domine, hodiernae festivitatis accepta; qua et
nostrae reconciliationis processit perfecta placatio, et divini cultus
nobis est indita plenitudo, et via veritatis et via regni caelestis apparuit".
Pide la iglesia que sea acogido con benignidad su sacrificio. De él
procede la salvación. Resulta evidente que la fuente de la misma
salvación es el sacrificio de Cristo, que se hace presente en la
oblatio de la iglesia y coincide con tal oblatio (cf 1269; 91; 93; 95; 216;
222; 228; 238; 253).
No habla de
distinto modo el Gelasiano antiguo. GeV 679 (= Ve 253): "Remotis
obumbrationibus carnalium victimarum spiritualem tibi, summe Pater,
hostiam supplici servitute deferimus, quae miro et ineffabili
mysterio et immolatur semper et eadem semper offertur, pariterque et devotorum
munus et remunerantis est praemium". Aunque hayan pasado ya los
sacrificios materiales, la iglesia ofrece su sacrificio, que por un misterio
inefable es siempre el mismo, o sea, el único sacrificio de Cristo.
GeV 1188:
"Dus, qui legalium differentias hostiarum unius sacrificii
perfectione sanxisti, accipe sacrificium a devotis tibi famulis et pari
benedictione sicut muñera Abel iusti sanctifica, ut quod singuli
obtulerunt ad maiestatis tuae honorem, cunctis proficiat ad salutem". Se
pide la aceptación del sacrificio, es decir, de lo que cada uno ha
ofrecido (pan y
Sacrificio
vino o lo que
corresponda). Pero la aceptación, a través de la benedictio,
transforma tales dones en el sacrificio perfecto de Cristo, que lleva a
plenitud todos los sacrificios veterotestamentarios (cf GeV 111; 116; 126;
158; 165, etc.).
Gr 70,2
(Lietzmann): "Domine Deus noster, qui in his potius creaturis quas ad
fragilitatis nostrae subsidium condidisti, tuo quoque nomini
muñera iussisti dicanda constituí: tribue quaesumus, ut et vitae
nobis praesentis auxilium et aeternitatis efficiant sacramentum". Con los
dones que Dios concede la iglesia celebra el sacrificio, que —y
ahora el sentido, el contenido de tal acción sacrificial se transforma
casi imperceptiblemente en el del sacrificio de Cristo— debe servir
de ayuda para el presente y garantía de salvación eterna.
Gr 77,2:
"Ipse tibi quaesumus, Domine, sánete Pater, omnipotens Deus,
sacrificium nostrum reddat acceptum, qui discipulis suis in sui commemorationem
hoc fieri hodierna traditione monstravit". Cristo mismo es
mediador de la aceptación del sacrificio de la iglesia, que ella realiza
por su voluntad, en memoria suya (cf, por ejemplo, 39,2; 40,2; 43,2; 55,2;
87,2, etc.).
Todo lo que estas
oraciones (casi todas super oblata) dicen unánimemente, se confirma
en términos clásicos en la oración más antigua
de la liturgia romana, en la oración conocida como Canon Romanus
(GeV 1244-1255): la iglesia pide la aceptación de los "dona,
muñera, sancta sacrificia ¡Ilibata", ofrecidos por ella, por
sus ministros y por los mismos fieles: "Qui tibi offerunt hoc sacrificium
laudis". Tal oblatio, continúa la oración, debe hacerse
cuerpo y sangre del Señor: "Quam oblationem...".
Recordando su mandamiento, "nos servi tui sed et plebs tua
sancta" ofrecemos "de tuis do
Sacrificio
nis ac datis
hostiam puram, sanctam, immaculatam, panem sanctum vitae aeternae et calicem
salutis perpetuae".
También
aquí, por tanto, se ofrece, en un característico proceso pendular,
un don terreno, pero en la celebración memorial de la muerte y
resurrección del Señor, en la cual el don se transforma en el
cuerpo y sangre de Cristo, de modo que la iglesia, haciendo memoria y ofreciendo,
ofrece el sacrificio de Cristo, del que ella misma espera la salvación
eterna.
Según los
claros términos de la liturgia romana, la celebración de la
eucaristía es sacrificio de la iglesia, porque ella ofrece dones en
memoria de la muerte del Señor, de modo que su acción sacrificial
no es otra cosa que la ofrenda del sacrificio del Señor, un
ser-insertados en ese sacrificio, que así se hace presente sin por
ello nacerse un nuevo sacrificio de Cristo. Este último permanece en su
unicidad y es hecho presente, en
cuanto
único, a los celebrantes.
Es digna de
notarse la tranquilidad con que consecuentemente se habla del sacrificio
de Cristo y del sacrificio de la iglesia. La iglesia espera del propio
sacrificio la salvación eterna, precisamente porque en su
acción, por obra del Espíritu Santo, se hace presente el
único sacrificio de Cristo. En la medida en que la iglesia
presenta, ofrece e inmola sobre el altar dones terrenos, concedidos por
Dios creador, como expresión de la propia donación y de la
propia disponibilidad para insertarse
en el sacrificio
de Cristo, está ofreciendo hoy, en el marco de la acción
memorial, el sacrificio de Cristo al Padre.
Este será
el lenguaje de los siglos sucesivos. Pero antes queremos considerar
todavía algunos testimonios de los grandes padres, que preceden
1822
a las
formulaciones de la liturgia romana.
Ambrosio dice:
"Por la muerte de uno fue redimido el mundo... Su muerte es la vida de
todos... Mortem eius orantes annuntiamus, mortem eius offerentes
praedicamus;... mors eius sacramentum est, mors eius annua solemnitas
mundi est"30. En la acción de la iglesia —"offerentes
praedicamus", en la celebración del sacrificio, en la
oración eucarística— se predica, se actualiza la muerte (sa
crificial) del
Señor para vida de todos.
En Agustín
leemos: "Jesucristo... en la forma de esclavo prefirió ser un
sacrificio más que recibirlo... Por eso él es sacerdote, es
contemporáneamente sacrificador y víctima sacrificial.
Cuius rei sacramentum cottidianum esse voluit ecclesiae sacrificium".
El sacrificio de la iglesia es día tras día sacramentum, o sea,
imagen mistérica, actualización del sacrificio de Cristo
dispensador de vida.
León Magno
utiliza un lenguaje en que la cercanía a las formulaciones de los
sacramentarios romanos se hace casi tangible. "Atrajiste a ti,
Señor, todas las cosas para que la piedad de todas las naciones celebrase,
como un misterio lleno de realidad y libre de todo velo, lo que tenías
oculto en un templo de Judea a la sombra de las figuras. Ahora es
también cuando, abolidos ya los sa
crificios de
animales carnales, la sola oblación de tu cuerpo y de tu sangre ocupa el
lugar de todas las víctimas que la representaban. Por eso, tú
eres el cordero de Dios que quita los pecados del mundo, y todos los misterios
se cumplen en ti de tal suerte, que así como todas las hostias que se te
ofrecen no forman más que un solo sacrificio, así todas las
naciones de la tierra no forman más que un
solo
reino"". Gregorio Magno afirma: "Quoties 1823
ei hostiam suae
passionis offerimus, toties nobis ad absolutionem nos-tram passionem illius
reparamus" n. Nuestro sacrificio consiste en representar la
única passio (la acción sacrificial de Cristo); cada vez que
ofrecemos el sacrificio de su pasión, ese sacrificio está entre
nosotros, se hace nuestro sacrificio.
Pascasio Radberto
(f 860) sostie
ne: "Este
sacramento es inmolado
en memoria de la
muerte de Cristo
(in memoriam
monis Christi immo
latur), para que
sea el cuerpo de nues
tra
redención, el alimento de vida en
nosotros y la
sangre del Nuevo Tes
tamento en la
muerte del testador".
Algero de Lieja
(t 1131 ó 1132) declara con fuerza: "Es necesario saber, que
si nuestro sacrificio cotidiano fuese diverso del que Cristo ofreció
una vez, no sería un verdadero sacrificio, sino un sacrificio superfluo.
Así como es imposible que se dispense otra salvación, del mismo
modo el sacrificio ofrecido una vez y el nuestro cotidiano deben ser la misma cosa
(oportet eandem esse illam semel oblatam et nostram cottidianam
oblationem". Algero pronuncia estas palabras refiriéndose al
comentario de Juan Crisóstomo a la carta a los Hebreos [/supra, nota
28], que la edad media atribuía erróneamente a Ambrosio.
III. La
escolástica
La doctrina de la
tradición fue finalmente sintetizada de manera clásica
por Pedro Lombardo, el Magister, el autor del manual fundamental de la
alta escolástica, que en el libro IV de las Sententiae, presentando
expresamente la problemática decisiva, escribe:
"Después de esto nos preguntamos si lo que realiza el sacerdote
puede llamarse con propiedad sacrificio o inmolación y si Cristo
es inmolado cotidianamente o fue
Sacrificio
inmolado una sola
vez. A esto podemos responder brevemente así: lo que el sacerdote
ofrece y consagra se llama sacrificio y oblación, porque es memoria y
representación del verdadero sacrificio y de la inmolación
santa hecha sobre el altar de la cruz. Además, Cristo murió una
sola vez en la cruz y allí fue inmolado en sí mismo; pero es
inmolado cotidianamente en el sacramento, porque en el sacramento se
hace memoria (recordatio fit) de lo que se hizo una sola vez"33. A
continuación siguen algunos textos clásicos de los padres34.
"De aquí se deduce que lo que se hace sobre el altar es y se llama
sacrificio, que Cristo ha sido inmolado una sola vez y que se le ofrece
cotidianamente, pero entonces de una manera y ahora de otra"35.
Comoquiera que se
explique el modo de actualización del sacrificio de Cristo, es indudable
que el Magister Pedro Lombardo llama a la misa sacrificio; y que
ésa lo es en cuanto recordado del único sacrificio de la
cruz, en cuanto memorial.
Ésa
seguirá siendo la doctrina de los teólogos, como resulta por ejemplo
del testimonio de Tomás de Aquino: "...No ofrecemos un
sacrificio diverso del que Cristo ofreció por nosotros, o sea, su
sangre. Por tanto, el nuestro no es otro sacrificio, sino el memorial del que
ofreció Cristo"3*.
Entre los
diferentes nombres del sacramento del altar, Tomás menciona en
primer lugar el de sacrificio: se llama así "referido al pasado, o
sea, en cuanto que es conmemorativo de la pasión del Señor,
que fue un verdadero sacrificio; y por eso se llama sacrificio" (S. Th.
III, q. 73,
a.
a. 3), así
lo es también el sacramento. A continuación resuelve las
dificultades remitiéndose a la tradición y a su manera de
resolverlas: "Si en la celebración de este sacramento
Sacrificio
Cristo es
inmolado" (III, q. 83, a. 1).
afrnn»
C?mentari
o a las
Sentencias
«ronta
brevemente la cuestión sólo ?n la expositio textus:
"Efectivamenif' " ° decimos que Cristo sea cruci'icado
y muerto cotidianamente, por
e'ac to
5"e. de los judíos... ha pasauo.
Decimos, en cambio, que se repiten cotidianamente las cosas que se refieren a
la relación de Cristo con uios Padre, como la oferta, el sacrificio
y similares, por el hecho de que 'a hostia es perpetua".
En los siglos
sucesivos esta doctrina sobre el sacramento de la eucaristía
como sacrificio es sustancialmente conservada y transmitida; pero dentro
de la perspectiva general de la teología eucarística, como se ha
ido delineando en el curso del medievo: cada vez más "aparece
en primer plano el asombro que adora la
presencia real
que el Señor nos ha dejado... como alimento y consuelo"".
Para Ockham y los demás teólogos de la escolástica
tardía, esto con frecuencia significa que "el interés
teológico se concentra en medida creciente sobre la doctrina de la
transubstanciación; y, dentro de ésta, sobre cuestiones
filosófico-especulativas de la relación entre sustancias
y quantitas"'*. La justa comprensión del significado de la realidad
sacramental desaparece en medida pavorosa39. Falta por completo una
discusión del carácter sacrificial. Se la deja a la piedad,
limitándose a lo sumo a tocar algunas cuestiones casuísticas y
rigurosamente rubricistas40 Con razón dice E. Iserloh:
"Ockham
instauró una mentalidad teológica que no sólo no estudia
la eucaristía como sacrificio, sino que hacía difícil a
Lulero conciliar el carácter sacrificial de la misa con la
revelación, y a los teólogos contro
1824
to Ockham como
los demás teólogos de la época la reflejan de continuo. Es
simplemente presupuesta y vivida de manera práctica en la actividad
litúrgica cotidiana. "Precisamente el s. xv conoce numerosas y
amplias explicaciones de la misa... Sin embargo, en ellas aparecen en
primer plano con frecuencia cuestiones periféricas, mientras el método
alegórico domina toda la exposición. Pese a esto, en esas
explicaciones de la misa condicionadas históricamente se mantiene
(aunque débilmente) la
justa idea
fundamental de que la misa es la re-presentación de la muerte
redentora de Cristo... Los sermones [sobre la misa], con pocas excepciones,
son repeticiones áridas, y con demasiada frecuencia mezcladas con
opiniones supersticiosas o historias milagrosas bastante problemáticas,
de explicaciones académicas... poco adecuadas para inflamar los corazones
y promover la recta comprensión del significado de la misa. El tema
de los frutos de la misa, tratado con frecuencia en los sermones de esa
época, contribuía poco a la instrucción de los fieles; y
el método seguido para ello no carecía de peli
gros para la vida
religiosa del pueblo. En efecto, las exaltaciones de la misa como medio
infaliblemente eficaz en todas las necesidades corporales y
espirituales no promovían la tensión moral de los oyentes, y constituían
además un motivo de escándalo para todos los que buscaban
una reflexión más seria "a.
IV. Reforma y
teología postridentina
De todas formas,
si prescindimos de fenómenos marginales de exage
versistas
católicos defenderlo con raciones supersticiosas, el creyente
católico podía gozarse tranquilamente de la misa como de un
sacri
Ypese a todo, la
doctrina de la ficio, como de su sacrificio, mediante misa como sacrificio
sobrevive. Tan
1825
el cual hallar
acceso al único sacrificio de Jesucristo en la cruz. Lutero, en
cambio —que se movió primeramente sin más por los
carriles de la concepción contemporánea sobre la
eucaristía, pero que se alzó polémicamente
después, por motivos pastorales auténticos, contra los
abusos en el campo de la vida concreta de piedad—, se ve poco a poco arrastrado
por su polémica a oponerse a la doctrina de la misa en general". En
su opúsculo polémico De captivitate babylonica sostiene
sobre todo
(testificando
así involuntariamente la convicción de fe de entonces, que
él en cambio valoraba de manera negativa) que la tercera
cautividad, en la que ha caído este sacramento, es "el abuso sin
duda más impío, que ha llevado a hacer que hoy en la iglesia
quizá ninguna opinión esté tan difundida y sea defendida
tanto como la opinión según la cual la misa sería una obra
buena y un sacrificio"44. En el escrito Vom Missbrauch der
Messen (de 1522) leemos: "Decidnos, sacerdotuchos de Baal,
¿dónde está escrito que la misa es un sacrificio? O
¿dónde ha enseñado Cristo que es necesario sacrificar a
Dios el pan y el vino bendito? ¿No oís? Cristo se ha sacrificado
a sí mismo una sola vez, no quiere seguir
siendo
sacrificado por ningún otro; quiere que se haga memoria de su
sacrificio. ¿Cómo podéis entonces ser tan audaces que
hacéis del memorial un sacrificio?... Temo, más aún,
por desgracia sé que vuestro sacrificio es un sacrificar de nuevo a
Cristo".
Lutero, por
tanto, lucha contra la realidad del sacrificio de la misa casi con las mismas
palabras con que la tradición, a partir de
Sacrificio
el memorial de la
iglesia. Él (así como los teólogos anteriores a él)
no comprende ya como es debido el significado de la realidad sacramental,
del memorial cultual, de la anamnesis •".
Contra esta
enseñanza de Lutero, defendida con tanto ahínco, el concilio
de Trento (ses. 22, DS 17381759) simplemente volvió a afirmar, con
palabras solemnes, la doctrina de toda la tradición: "... a fin de
que se mantenga en la santa iglesia católica la fe y la doctrina
antiguas, absoluta y de todo punto perfecta sobre el gran misterio de
la eucaristía; y se conserve en su pureza...: enseña... acerca
de [ella] en cuanto que es el verdadero y único sacrificio"
(Z>S1738)".
Ante todo, el
Concilio afirma en el c. 1 que Jesucristo, el nuevo sumo sacerdote, ha venido
para completar los sacrificios insuficientes del AT, y así llevar a la
plena santificación a cuantos debían ser santificados. Él
se ofreció una sola vez sobre la cruz para llevar a efecto la
única redención eterna. Pero para que no se extinguiese
su acción de sumo sacerdote, en la última cena dejó a
su iglesia "un sacrificio visible en el que estuviera representado
(repraesentaretur) aquel sacrificio cruento que iba a realizar una sola
vez en la cruz; y permaneciera su memoria hasta el final de los tiempos
(eiusque memoria); y su eficacia salvífica se aplicara a la
remisión de los pecados que cometemos diariamente...:
ofreció a Dios Padre su cuerpo y su sangre bajo las especies de pan y de
vino...;
los dio... con
estas palabras: Haced esto en memoria mía, etc. Así lo entendió
y enseñó siempre la iglesia. Porque habiendo celebrado la antigua
pascua..., instituyó una pascua nueva, que era él mismo, que
había de ser inmolado por la iglesia..., en memoria de su
tránsito (transitus) de este mundo al Padre... Y ésta es,
Sacrificio
ciertamente,
aquella oblación pura que no puede mancillarse con ninguna
indignidad o malicia de los oferentes... Ésta es, en fin, la que
estaba prefigurada, en los tiempos de la ley natural y de la ley revelada
(naturae et legis tempore), por las imágenes (similitudines) diversas de
los sacrificios, puesto que ella contiene todos los bienes que
aquéllos significaban, con su plenitud y perfección" (DS
1739-1742)".
En el c. 2 se
llama al sacrificio eucarístico "sacrificio verdaderamente
propiciatorio", porque "en este divino sacrificio... se contiene e
inmola incruentamente aquel mismo Cristo...". El motivo de este hecho es:
"Porque la víctima es una sola y la misma; el mismo que ahora se
ofrece por el ministerio de los sacerdotes es el que entonces se
ofreció en la cruz; sólo es distinto el modo de ofrecerse. Los
frutos de esta oblación (de la cruenta hablamos) se reciben
abundantemente por medio de esta oblación incruenta: tantum abest, ut
illi per hanc quovis modo derogetur" (DS 1743)".
Esta doctrina
finalmente se resume de manera precisa en los cánones 1-4. Especial
importancia reviste el can. 3 (DS 1753): el sacrificio de la misa no es
sólo un sacrificio de alabanza y acción de gracias
(¡cosa que es, naturalmente!); no es tampoco una nuda commemoratio del
sacrificio de la cruz, con lo que se rechaza la errónea
explicación luterana del memorial, del recuerdo puramente subjetivo. El
sacrificio de la misa es una memoria — anamnesis en el pleno sentido
antiguo del término: recuerdo/memorial lleno de realidad; copia
perfecta de la realidad; sacra-mentum (mysterium) del irrepetible sacrificio de
la cruz, en el que este último está presente, de tal manera que
los celebrantes sacrifican realmente, realizan aquí y ahora el sacrificio
de Cristo, lo hacen propio, y
1826
como propio se lo
ofrecen al Padre, para que, pese a su indignidad, con fe y pureza de
intención (cf DS 1743) puedan recibir los frutos (del sacrificio de
Cristo en la cruz), esto es, "la gracia y el don de la penitencia"
(ib).
Aquí, como
es natural, hemos expuesto la doctrina del concilio de Trento tal como la
vemos y comprendemos hoy, tras cuatrocientos años de diligente
trabajo teológico. Lo primero que hay que destacar es esto: frente a las
negaciones de los reformadores, el Tridentino afirma claramente que "la
misa es un verdadero sacrificio" y que "este carácter
sacrificial suyo, que no coincide simplemente con la comida en cuanto tal,
sino que más bien es una realidad particular, no contradice de ningún
modo la unicidad del sacrificio redentor de Cristo; más aún,
sacrificio de la cruz y sacrificio de la misa son en cierto sentido un
único sacrificio". Pero el concilio, conscientemente, no
ha querido decir más; y "con razón, pues los debates conciliares
revelaban una notable inseguridad en cuanto se intentaba pasar a explicar
teológicamente estas líneas fundamentales: se avanzaba un poco a
tientas, porque, según parece, faltaban las categorías
conceptuales con las que entender esta verdad de fe entonces claramente
recordada por su negación"49. Pero por causa de la situación
polémica, el concilio acentuó de manera particularmente fuerte el
carácter sacrificial.
A esto cabe
añadir el hecho, debido a circunstancias diversas, de que se expuso
la doctrina sobre la eucaristía en tres sesiones distintas, con un
intervalo de más de diez años entre la primera y la tercera,
correspondientes a las tres grandes temáticas: presencia real
(1551), comunión (1562) y, al final, sacrificio de la misa (1562). Se
insistió con mayor fuerza en la presencia real, mientras el sacrificio
de la misa —sin duda en la 1827
línea de
la evolución teológica del medievo tardío— se
consideró más en sí mismo, y no tanto en conexión
directa con el sacramento M. El clima polémico y fuertemente antiprotestante
obligó a subrayar la realidad del sacrificio de la misa.
En los siglos
sucesivos al concilio de Trento se trabajó en el mismo sentido con las
llamadas teorías de la destrucción, que intentaban demostrar
la existencia de un cambio real del don sacrificial de la misa, o con las
teorías de la oblación, que veían en la misa un (nuevo)
acto sacrificial de Cristo. El agudo problema de todas las
teorías era y sigue siendo éste: "Cómo conciliar la
realidad del sacrificio eucarístico con la unicidad del sacrificio
redentor en la cruz" ". La mejor solución al problema la
apuntaron algunos teólogos de una tradición tomista que, como
Vázquez y Bossuet, subrayaron el carácter sacramental del
sacrificio. Hoy podemos decir que, en cierto sentido, se cierra el
círculo. El camino intermedio entre los dos extremos, o sea,
entre "la realidad brutal de una nueva inmolación, análoga a
la del Calvario, y el signo desnudo, falto al menos por su propia fuerza de
cualquier realidad sacrificial", es éste: "El sacrificio de la
misa consiste esencialmente en el hecho de que las especies eucarísticas
representan el sacrificio de tal manera que lo contienen realmente, de
manera sacramental"52.
V. Las
concepciones actuales
1.
"SACROSANCTUM CONC1LIUM" Y "EUCHARIST1CUM MYSTERIUM".
Así ve también el Vat. II el sacrificio de la misa,
particularmente en la constitución sobre la liturgia (SC 47; 2; 5-7).
Posteriormente se desarrolló el argumento en la encíclica de Pablo
VI Mysterium fidei, de 1965, y,
Sacrificio
a partir de ella,
en la instrucción Eucharisticum mysterium, de 1967, sobre el culto del
misterio eucarístico ". Tal instrucción presenta de manera
excelente la síntesis a la que se ha ido llegando lentamente en la discusión
teológica desarrollada después del concilio de Trento.
Delinea el marco histórico-salvífico, la acción
salvífica con la que Cristo ha constituido su iglesia, para comunicarle
a ella su propia vida, y en ella a los creyentes, "que se unen misteriosa
y realmente a Cristo paciente y glorificado, por medio de los sacramentos.
Por eso nuestro Salvador... instituyó el sacrificio eucarístico
de su cuerpo y sangre, con el cual iba a perpetuar por los siglos hasta su vuelta
el sacrificio de la cruz y a confiar así a su esposa, la iglesia, el
memorial de su muerte y resurrección: sacramento de piedad...
(SC 47). Por eso la misa o cena del Señor es a la vez inseparablemente:
sacrificio en el que se perpetúa el sacrificio de la cruz; memorial de
la muerte y resurrección del Señor, que dijo: Haced esto en
memoria mía; banquete sagrado en el que por la comunión en
el cuerpo y la sangre del Señor el pueblo de Dios participa en los bienes
del sacrificio pascual, renueva la nueva alianza entre Dios y los hombres
sellada de una vez para siempre con la sangre de Cristo, y prefigura y anticipa
en la fe y la esperanza el banquete escatológico en el reino del Padre,
anunciando la muerte del Señor hasta que venga"(n. 3, a).
Resumiendo,
podemos decir con
J. Betz: "El
sacrificio de los cristianos no pretende completar el sacrificio de
la cruz, sino representarlo, actualizarlo, presencializarlo, desarrollar
su dimensión interna aquí y ahora. Además, el mismo
sacrificio de la cruz no es sólo sufrimiento, sino también
acción del hombre Jesús... Aun cuando todo depende de la
eficacia salvífica de Dios, ésta no Sacrificio
excluye una
actividad propia de la criatura espiritual en el acto de salvación,
sino que la incluye, la prepara previamente con la gracia, de modo que el
movimiento ascendente está siempre posibilitado por un movimiento
descendente. En el caso de la eucaristía, el mandato de institución
Haced esto legitima la colaboración de la iglesia en el sacrificio.
La autocomprensión de la iglesia encuentra su más fuerte
articulación en el offerimus y, sobre todo, en la precisión
de que ofrecemos a Cristo. Es la autoconciencia del cuerpo, que sabe con
certeza de su unión con la cabeza, pero tiene que rogar a Dios que se
digne aceptar misericordiosamente su sacrificio" *.
2.
CONTRIBUCIÓN ECUMÉNICA. Esta concepción —fruto
precioso de un trabajo multisecular— ha madurado en el intento de
hallar una solución válida y de dar una respuesta
satisfactoria a la protesta de los reformadores y, por tanto, a la problemática
que levantó. Con muchos teólogos protestantes de hoy,
podemos decir que, según la fe católica, es necesario
"afirmar la representación no sólo del Christus passus,
sino también de la passio Christi"55. Naturalmente, la mayor parte
de los teólogos protestantes afirma esto permaneciendo dentro del
ámbito "de la concepción luterana del sacramento como
acción exclusivamente receptiva"56, mientras la doctrina
católica —junto a pocos teólogos protestantes, entre los
cuales destacan M. Thurian y J.-J. von Allmen— dice además
que es precisamente Dios mismo quien nos da la posibilidad de ofrecer al
Padre el sacrificio de Cristo como nuestro en la acción memorial
sacramental. "La crítica protestante se basa... en un
desconocimiento de la verdadera concepción católica primitiva; es
fruto de una consideración atomista de
1828
la
teología del s. H (y de la doctrina católica en general). Toma
aisladamente las afirmaciones particulares y las encuentra
contradictorias. Pero no ve que la iglesia de ese mismo siglo (como
también la actual) fundió en una síntesis
sorprendente y grandiosa estas afirmaciones realmente divergentes a
primera vista sobre la prosphorá visible, única y definitiva de
Jesús en la cruz, sobre la prosphorá espiritual de los cristianos
en la oración y en la pureza de corazón y sobre la
prosphorá material en la eucaristía. Esa síntesis salvaguarda
el derecho de cada una de las proposiciones particulares, y las concilia. Es
uno de los mayores servicios prestados por la historia de la
teología" ".
Este servicio,
prestado ya por la antigüedad cristiana, hoy, después del Vat. II,
es ampliamente aceptado. "En realidad, viendo en la eucaristía
la re-presentación sacramental del sacrificio de la cruz, se eliminan
objeciones decisivas de los reformadores, sin tocar por ello la doctrina
eucarística del Tridentino; más aún, volviendo claramente
a la doctrina eucarística de la escolástica clásica, de la
época de los padres y de
1829
gota es el
núcleo más íntimo también del sacrificio de la misa
realizado hoy nuevamente por el sacerdote. La acción sacramental del
sacerdote hoy en el altar es precisamente el medio gracias al cual el
único sacrificio, el único acto sacrificial de Cristo hoy
re-entra én nuestro tiempo, y no mediante una nueva puesta en acto
de sí mismo, ni tampoco mediante un nuevo y ulterior acto de Cristo,
sino, precisamente, mediante la acción sacramental del sacerdote,
sacerdotum ministerio, como dice el concilio de Trento. En esta acción
del sacerdote se desarrolla la acción de Cristo. En toda misa el agente
principal es Cristo, y de tal manera que el acto de Cristo que está
detrás de la acción del sacerdote es numéricamente
idéntico al acto del sacrificio de la cruz"!S.
3. ¿FIGURA
DEL CONVITE? Todo esto se debe tener presente también de cara a ciertas
tendencias de la teología católica de nuestros días,
que subrayan preferentemente en la eucaristía la figura del
convite, de la comida. El impulso en esta dirección vino inicialmente de
la exégesis, que enlaza con la terminología neotestamentaria:
cena del Señor (deípnon kyriakón) y fracción del
pan. Nada menos que Romano Guardini pudo escribir: "Figura sustentante
fundamental de la misa es el convite. En ella no aparece en primer plano
el sacrificio, sino que está detrás de todo... no como figura,
sino como realidad, fuente, presupuesto"". Se trata de una
acentuación ciertamente posible incluso dentro del dogma católico.
De todas formas, pasa por alto el hecho de que este convite, en la medida en
que se inserta en el marco de las oraciones eucarísticas que se
remiten a las berakoth (= alabanzas, bendiciones) veterotestamentarias
judías, en su figura de conjunto es un convite— memoSacrificio
rial, un memorial
(anamnesis) en el que aquello de lo que se hace memoria deviene
verdaderamente presencia real. Precisamente las narraciones
neotestamentarias de la cena del Señor dicen de forma clara que la
oración de acción de gracias, esto es, la eucaristía, en
la que se alaban y exaltan las grandes obras de Dios, la acción
salvífica y el don sacrificial de Cristo, se pronuncia sobre elementos
del convite que se transforman en el cuerpo y sangre de Cristo para que todos
puedan comer y beber de ellos y unirse así totalmente al Señor
sacrificante y víctima. La figura de la celebración, si se quiere
usar precisamente esta palabra, no es el (simple) convite y tampoco
un sacrificio material de pan y vino en cuanto acción distinta del
sacrificio de Cristo, sino el memorial de acción de gracias sobre
el pan y sobre el vino (elementos del convite), en los que se hace
presente el único sacrificio de Cristo en la cruz: sacrificio sacramental,
lleno de realidad. La acción sagrada, como se dice en el texto de
la instrucción Eucharisticum mysterium citado más arriba, es
insimul et inseparabiliter sacrificio, memorial y convite sacrificial, y todo
esto de manera sacramental, en palabras y acciones como signa sacra, bajo los
que se esconde la realidad históricosalvífica: sacrificio de
Cristo como nuestro sacrificio, cuerpo sacrificial y sangre del Señor,
con los que nos podemos alimentar.
4.
"INSTITUTIO GENERAL1S MlS-SALIS ROMANI". Todo esto se dice claramente
en
(n. 1); "El
concilio Vat. II (SC 47; LG 3; 28; PO 2; 4; 5) ha vuelto a afirmar la
naturaleza sacrificial de la
Sacrificio
misa,
solemnemente proclamada por el concilio de Trento en consonancia con toda la
tradición de la iglesia..."
(n. 2). Esa
doctrina se expresa igualmente en los formularios del Misal Romano, por
ejemplo en la conocida oración sobre las ofrendas del Ve
93: "Cuantas
veces se celebra el memorial de este sacrificio se realiza la obra de
nuestra redención" (ib). Lo mismo se dice en las plegarias eucarísticas:
"En éstas el sacerdote, al hacer la anamnesis, se dirige a
Dios en nombre de todo el pueblo, le da gracias y le ofrece el sacrificio
vivo y santo, es decir, la ofrenda de la iglesia y la víctima por
cuya inmolación el mismo Dios quiso devolvernos su amistad; y pide que
el cuerpo y sangre de Cristo sean sacrificio agradable al Padre y
salvación para todo el mundo. De este modo, en el nuevo Misal, la
¡ex orandi de la iglesia responde a su perenne lex credendi, que nos
recuerda que, excepción hecha del modo diverso de ofrecer, constituyen
una misma y única realidad el sacrificio de la cruz y su
renovación sacramental en la misa, instituida por el Señor en la
última cena con el mandato conferido a los apóstoles de
celebrarla en conmemoración de él; y que, consiguientemente, la
misa es al mismo tiempo sacrificio de alabanza, de acción de
gracias, propiciatorio y satisfactorio" (ib).
Después de
haber explicado el "sacerdocio ministerial del presbítero"
(n. 4), siempre en el proemio, el papa pone expresamente el acento
también en "el sacerdocio real de los fieles [distinto del de los
presbíteros, pero preciosísimo], cuya ofrenda espiritual es
consumada en la unión con el sacrificio de Cristo, único Mediador,
por el ejercicio ministerial de los presbíteros" (n. 5). "Se
trata nada menos que del pueblo de Dios, adquirido por la sangre de
Cristo, congregado por el Señor, que lo alimen
1830
ta con su
palabra; pueblo que ha recibido el llamamiento de encauzar hasta Dios
todas las peticiones de la familia humana; pueblo que en Cristo da gracias
por el misterio de la salvación en el ofrecimiento de su sacrificio;
pueblo que por la comunión de su cuerpo y sangre se consolida
en la unidad" (ib).
A la
interpretación auténtica del papa, expresada en el proemio, corresponde
después el cuerpo de
n. 7: "En la
misa o cena del Señor el pueblo de Dios es reunido, bajo la presidencia
del sacerdote que hace las veces de Cristo, para celebrar el memorial del
Señor o sacrificio eucarístico. De ahí que sea eminentemente
válida, cuando se habla de la asamblea local de la santa iglesia,
aquella promesa de Cristo: Donde dos o tres están reunidos en mi nombre,
allí estoy yo en medio de ellos...
Pues en la
celebración de la misa, en la cual se perpetúa el sacrificio de
la cruz, Cristo está realmente presente en la misma asamblea..., en la
persona del ministro, en su palabra y ciertamente de una manera
sustancial y permanente en las especies eucarísticas".
1831
Lo que así
se dice del sacrificio de la misa en general, se repite insistentemente a
continuación. En el mismo capítulo, al comienzo del
párrafo C sobre la "liturgia eucarística", leemos:
"En la última cena, Cristo instituyó el sacrificio y convite
pascual, por medio del cual el sacrificio de la cruz se hace continuamente
presente en la iglesia cuando el sacerdote, que representa a Cristo Señor,
realiza lo que el mismo Señor hizo y encargó a sus
discípulos que hicieran en memoria de él" (OGMR 48). En
primer lugar se habla de la "Preparación de los dones" (nn. 4953):
"... se llevan al altar los dones"
(n. 49); dentro
de lo posible deben ser los mismos fieles quienes los presenten; "el
rito de presentarlos conserva igualmente todo su sentido y significado
espiritual" (ib). A continuación sigue lo que se refiere a la
"plegaria eucarística" (nn. 54-55), donde se afirma con
fuerza: "Ahora es cuando empieza el centro y el culmen de toda la
celebración, a saber, la plegaria eucarística, que es una
plegaria de acción de gracias y de consagración... El sentido de
esta oración es que toda la congregación de los fieles se una con
Cristo en el reconocimiento de la grandeza de Dios y en la ofrenda del
sacrificio"
(n. 54).
Está claro que no basta con hablar de la figura de convite de la misa.
Efectivamente está en primer plano la "plegaria de acción de
gracias y de consagración", de la que se distinguen los
elementos particulares
(n. 55), los
cuales, sin embargo, en cierto sentido, se compenetran y todos juntos
forman la única plegaria eucarística, en la que se celebra el
memorial del sacrificio de Cristo y los dones se transforman en su cuerpo
y sangre. He aquí los elementos particulares: la acción de
gracias ("por toda la obra de salvación o por alguno de sus
aspectos particulares"); la aclamación (Sanctus); la
Sacrificio
epíclesis;
la narración de la institución y la consagración
("con las palabras y gestos de Cristo se realiza el sacrificio que el
mismo Cristo instituyó en la última cena"); la anamnesis,
en la que "la iglesia... realiza el memorial del mismo Cristo, recordando
principalmente su bienaventurada pasión, su gloriosa resurrección
y la ascensión al cielo"); la oblación ("la
iglesia, en este memorial... ofrece al Padre en el Espíritu Santo la
víctima inmaculada. La iglesia pretende que los fieles no
sólo ofrezcan la víctima inmaculada, sino que aprendan a
ofrecerse a sí mismos, y que de día en día perfeccionen...
la unidad con Dios"); las intercesiones; la doxología final.
La
celebración del sacrificio eucarístico es, por tanto, hasta
tal punto el centro solemne de todo el culto de la iglesia, con la que
"Dios es perfectamente glorificado y los hombres santificados" y
es actualizado el "sacerdocio de Jesucristo" (SC 7), que la
misma iglesia debe necesariamente esforzarse por conducir a los fieles a
una participación viva en ella, para que "los cristianos no asistan
a este misterio de fe como extraños y mudos espectadores, sino que,
comprendiéndolo bien a través de los ritos y oraciones,
participen consciente, piadosa y activamente en la acción sagrada, sean
instruidos con la palabra de Dios, se fortalezcan en la mesa del
Señor, den gracias a Dios, aprendan a ofrecerse a sí mismos
cuando ofrecen la hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote,
sino juntamente con él; se perfeccionen día a día por
Cristo mediador en la unión con Dios y entre sí, para que,
finalmente, Dios sea todo en todos" (SC 48). Esto significa que el
sacrificio de Cristo, hecho ahora realmente también sacrificio de los
cristianos, debe constituir el centro de su culto.
Sacrificio
VI. Epilogo
El culto
sacrificial ocupa un puesto central en todas las religiones. Esto sucede
también en el AT. En los vértices de la historia de salvación
encontramos siempre un sacrificio, que sella la alianza entre el Dios
misericordioso y los patriarcas que él ha elegido y llamado, y finalmente,
entre él y el pueblo elegido, Israel. El culto sacrificial, su rica articulación
y su minuciosa reglamentación ocupan el centro de la ley veterotestamentaria.
Frente al peligro de la exteriorización, la crítica de los
profetas invita a la interiorización y a la espiritualización,
aludiendo al mismo tiempo a un cumplimiento último y futuro de esos
sacrificios. Por tanto, los sacrificios veterotestamentarios en el fondo
son solamente prefiguraciones e indicaciones tipológicas. Su
cumplimiento llegó en la plenitud de los tiempps con Jesucristo,
Hijo de Dios. Él vino para "dar su vida en rescate por
muchos", en perfecta obediencia a la voluntad del Padre que le
había enviado, pronto a sacrificar, con un amor por los suyos hasta
el final, su vida, a dar el propio cuerpo y a derramar la propia sangre,
gesto último de quien ha dejado un memorial con el mandato de celebrarlo
continuamente en recuerdo de su muerte. Los apóstoles y sus
sucesores lo han hecho, y al mismo tiempo han ido profundizando cada vez
más el sentido último de la acción salvífica de
Cristo, descubriendo en ella un don sacrificial para nuestra
salvación y para gloria del Padre.
Pablo interpreta
la muerte del Señor como la del verdadero cordero pascual:
"Cristo, ya fue inmolado" (1 Cor 5,7); "En Cristo, Dios reconciliaba
al mundo" (2 Cor, 5,19). La carta a los Hebreos ha expuesto y desarrollado
esta idea en una gran síntesis: "En efecto, no siendo la ley
1832
más que
una sombra de los bienes venideros..., sin poder hacer perfectos a
aquellos que se acercan a Dios... porque es imposible que la sangre de toros y
machos cabríos quite los pecados. Por eso, al entrar en este mundo,
Cristo dijo: No has querido ni sacrificio ni oblación, en cambio me
has formado un cuerpo... entonces dije: Heme aquí que vengo... para
hacer, oh Dios, tu voluntad. .. Y en virtud de esta voluntad somos
nosotros santificados, de una vez para siempre, por la oblación del
cuerpo de Jesucristo" (Heb 10,1-10; cf también 10,11-18).
En
correspondencia con el mandato del Señor, la celebración memorial
del único sacrificio de Cristo constituye el centro del culto cristiano.
Es en su núcleo un sacrificio sacramental, memoria en palabras y
acciones, mediante las cuales aquel único, perpetuo y omnisuficiente sacrificio
de Cristo se hace presencia continua en medio de la iglesia que celebra el
memorial con fe. De este modo toda la vida cristiana está destinada
a ser "en Cristo Jesús", insertada en su sacrificio, en
su camino sacrificial, en su paso de este mundo al Padre, para nuestra
salvación y gloria del Padre. Con la celebración del sacrificio
de Cristo, ofrecido ahora por la mano sacrificante de la iglesia, esta
última se transforma en un don incesante, que le permite ofrecerse,
sacrificarse y caminar con toda su vida hacia el Padre por Cristo y en
Cristo. Esto expresa en términos clásicos la oración
sobre las ofrendas del domingo de pentecostés del sacramentario
Veronés (n. 216): "Propitius, Domine, quaesumus, haec dona
sanctifica, et hostiae spiritalis oblatione suscepta, nosmetipsos
tibi perfice munus aeternum" (en el Misal Romano de Pablo VI, sábado
después del domingo II, IV, VI de pascua).
1833
Tal
oblación traza el programa de la vida cristiana en función del
sacrificio de Cristo. La disponibilidad que el cristiano, inspirado ya por
la gracia, presenta y expresa en los dones ofrecidos en el altar, pueda
—así pide— ser santificada por Dios mediante la
transformación de tales dones (imagen de su disponibilidad) en el
cuerpo y sangre de Cristo; Dios Padre acepte benigno este sacrificio espiritual
—o sea, el sacrificio de Cristo, ofrecido en el Espíritu Santo,
hecho ahora sacrificio de los cristianos en virtud del mismo
Espíritu— para que, gracias a él, toda la vida cristiana
sea un munus aeternum, don perenne del creyente a Dios en el sentido de Rom
12,1; en la perseverancia de la fe y del amor, en la creciente
configuración con Cristo, según las palabras que se leen en Flp
3,8-14.
[/ Memorial].
NOTAS: '
Además: Concilio de Trento, DS 1739-1742; Ordenación general del
Misal romano (OGMR) 1; 7; 48; 54s; instrucción Eucharisticum
mysterium {= EM) 3 — 2 EM 3e — 3 LTK 7, 1173 -* Ib, 1170 -5 Ib,
17691772 — " V. Warnach, Vom Wesen des kultischen Opfers,
en B. Neunheuser (a cargo de), Opfer Chrisli und Opfer der Kirche, Patmos,
Dusseldorf 1960, 71; ver todo el artículo, 2974 — 7 /*, 71s
— » Ib, 72 — ' N. FUglister, Díe Heilsbedeutung des
Pascha, Munich 1963, 71-76 y passim — '" V. Warnach, a.c, en la nota
6, 72 -" Ib. 70 -'2 Ib, 73 -" J. Behm, Thysia, en GL7V74,638 —
'* N. Füglister, o.c. en la nota 9, 278s — ,5 LTK 7,1173
— 16 J. Betz, Die Prosphorá in der patristischen Theologie, en B.
Neunheuser, o.c, en la nota 6,
lOls —
" Ib, 102 — " Ib, 103 -" Cf las obras de O. Casel; cf
también numerosos escritos de J. Betz, el último en
Mysterium salulis IV/2, Cristiandad, Madrid 1975, 185-308, en especial 186-207
— 20 Cf O. Casel, Das Gedachínis..., Friburgo 19181 = Le
memorial du Seigneur dans la liiurgie de l'anüquité chrétienne.
París (954; Die logike thysia der antiken Mystik in
christlicrt-liturgischer Umdeutung, en JLW 4 (1924) 37-47; Die Liiurgie ais
Mysterienfeier, Friburgo 1922. Para la valoración actual del
significado de anamnesis en el NT y en la patrología / Memoriale —
2I J. Betz, a.c. en
Sacrificio
la nota 16, 103;
Ib (103s) también la documentación deducida de Clemente y
Bernabé — 22 Ib, 104 —2! Ib, 106 — »
Hanggi-Pahl, Prex eucharislica, SF 12 (1968) 81 — 25 Betz, a.c.,
2Í 21
107 -Ib, 105
— Ep. 63,17; CSEL 3,714, 21s; cf también Ep. 63,9; CSEL 3,708,
10s: "Nec sacrificium dominicum legitima sanctifícatione celebran,
nisi oblatío et sacrificium nostrum responden! passioni"
—28 Hom. 17,3; PG 63,131; en el medievo se pensaba que este texto era de
san Ambrosio — 2>) Cf O. Casel, Beirírage zu rómischen
Orationem, en JLW 11 (1931) 42 — 30 De excessufratris sui Satyri 2,45; PL
16,1327; el texto sucesivo de Agustín: De civ. Dei X, 20; PL 41, 298
— 3I San León Magno. Homilías sobre el año
litúrgico, BAC 291, Madrid 1969, hom. 8 [59], pp. 245-246;
traducción según Casel, JLW 6 (1926) I70s; otros textos de
los padres, ib, 113-204 = Faites-ceci en mémoire de moi,
París 1962 — 32 Hom. in Evgl. 37,7; PL 76,1278s: Pascasio
Radberto, Expos. in Mí. XII, 26: PL
q. 22, a. 3 ad 2
— 37 B. Neunheuser, Eucharistie in Mittelalter und Neuzeil, Herder,
Friburgo 1963, tA=L'eucharistie..., París 1966, 93 — 38 Ib, 44 y
resp. 96 — 3' Cf F. Pratzner, Messe und Kreuzesopfer. Die Krise der
sakramentalen Idee bei Luther und in der mitlelallerlichen Scholastik, Viena
1970; cf recensión en ALW 14 (1972) 162s — " Cf B.
Neunheuser, o.c. en la nota 37, 47 y resp. 101 — 41 Gnade und Eucharistie
in der philosophischen Theologie des Wilhelm von Ockham. Ihre Bedeuiung
für die Ursachen der Reformation, Wiesbaden 1956, 274 — 42 B.
Neunheuser, o.c. en la nota
Sagrado
37, 47s y resp.
101 s; los trozos entrecomillados están tomados de A. Franz, Die Messe
in deutschen Mittelaher. Beitráge zur Geschichte der Liturgie und
des reiigiosen Volkslebens, Fri burgo 1902, 737 y 739 —43 Cf B.
Neunheuser, o.c, 51ss y resp. HOss — H Opera latina 5 (1868) 28-35; para
la cita siguiente de Vom Missbrauch..., cf Samtliche Werke 28 (1840) 44
— 45 Cf la recensión de la obra de Pratzner, cit. en la nota 39,
en ALW 14 (1972) I62s — * La fe de la iglesia católica, BAC 466,
Madrid 1983, n. 1072, p. 676 — 47 Ib, nn. 1074-1076, pp. 677678
— * Ib, n. 1077, pp. 678-679 —49 B. Neunheuser, o.c. en la
nota 37, 61 y resp. 127s —
50 Sl
Ib, 62ss y resp.
131ss — Ib, 64 y resp. 134 — " G. Sartori, Le concezioni
sacramentan del sacrificio della messa, en ScC 78 (1950) 7 y 8 — 53
Ene. Mysterium fidei (3 septiembre 1965), en EDIL 418-455; instr. Eucharisticum
mysterium (25 mayo 1967), en EDIL 899965 — M En Mysterium salutis
IV/2, Cristiandad, Madrid 1975, 285 — « Ib, 384-385 — 56
Ib, 385 — 57 J. Betz, en B. Neunheuser (a cargo de), Opfer Christi (cit.
en la nota 6) 106s — 58 B. Neunheuser, Eucharistie (cit. en la nota 37)
66 y resp. 137s — 59 Besinnung vor der Feier des hl. Messe, Maguncia
1939', 76 — 60 Ordenación general del Misal Romano (OGMRJ, que se
encuentra en la edición oficial del Misal Romano.
B. Neunheuser
BIBLIOGRAFÍA:
Alfaro J., Las funciones salvíficas de Cristo como revelador,
Señor y sacerdote, en MS 111/1, Cristiandad, Madrid 1971, 671-755;
Bouyer L., El rito y el hombre. Sacralidad natural y liturgia, Estela,
Barcelona 1967, 79-94; Frazer J.G., La rama dorada. Magia y religión,
Fondo de Cultura Económica, México 1969; Guerra M., La
función sacrificial, definitoria del sacerdocio en las religiones
etniopoliticas, en VV.AA., Teología del sacerdocio 2, Facultad de
Teología, Burgos 1970, 247-281; Lecuyer J., El sacrificio de
1834
SUMARIO: I. Desde
el punto de vista de las ciencias humanas: 1. La noción y la experiencia
de lo sagrado hoy; 2. Lo sagrado en la ciencia de las religiones y en la
fenomenología de la religión; 3. La filosofía de la
religión y la concepción de lo sagrado; 4. La
teología y la liturgia frente a lo sagrado; 5. La experiencia de lo
sagrado en el rito y en la liturgia - II. Perspectivas
teológico-litúrgicas.
El tema de lo
sagrado se considerará en esta voz en primer lugar (I),
ampliamente, desde el punto de vista de las ciencias humanas; a continuación
(II) más sintéticamente, desde el punto de vista
teológico-litúrgico.
I. Desde el punto
de vista de las ciencias humanas
1.
Ciertamente no es
sólo el aspecto
1835
histórico-social
el que pone en crisis cualquier explicitación y clarificación
del concepto de sagrado, sino, de manera más determinante, la misma
extensión del término en el ámbito religioso, y al
mismo tiempo su ocultamiento y su carácter informal e indeterminado
respecto a lo religioso mismo. Una primera observación de
ciencia de las religiones reconoce, efectivamente, en lo sagrado lo que
está separado, que se esconde, que se debe sustraer a la mirada, que es
diferente y extraordinario según la etimología sacer
(latín), qadosh (hebreo), o haram (árabe); mientras que lo
profano es lo que se encuentra delante (pro-) del templo (fanum), y por tanto
fuera del ámbito de lo sagrado. Ahora bien, esta peculiaridad
intrínseca, esta reserva, hace todavía más difícil
una clarificación exhaustiva del significado de lo sagrado.
¿Cómo clarificar lo que por su misma naturaleza es
inclarificable? ¿Cómo hablar de lo sagrado, si debe mantener su
intimidad diferente, extraordinaria, otra?
Y, sin embargo,
aunque sea en gran medida indeterminable, lo sagrado vuelve a ser
constantemente un interrogante de la conciencia contemporánea, por
lo que será interrogando a la conciencia contemporánea
—que alternativamente habla de / secularización, que ironiza sobre
los que considera los tutores o los especialistas de lo sagrado, o proyecta
y vive formas de retorno y redescubrimiento de lo sagrado— como se
podrá llegar a la experiencia de lo sagrado hoy y a una primera
calificación. Este primer paso de carácter
sociológico-fenomenológico se mostrará en toda su
importancia sobre todo si se considera que lo sagrado no es nunca una
entidad definida en sí misma, sino una experiencia entre otras
experiencias; con otras palabras: si se tiene en cuenta que lo sagrado influye
de alguna ma
Sagrado
nera en la
experiencia de lo sagrado.
Pero, si esto es
así, para no perdernos en observaciones puramente
sociológicas, intentemos remontarnos a una reflexión
originaría que sea capaz de esencializar el discurso
contemporáneo sobre lo sagrado, antes de mostrar todo un abanico de
connotaciones sociológicas que aparecerán en nuestro
contexto histórico-cultural.
Ahora bien, la
reflexión originaria que resume cualquier otro discurso podría
ser una reflexión según la cual lo sagrado en la conciencia contemporánea
sea captado en el misterio del hombre, que constituye en ese sentido una
especie de trascendencia inmanente. En lo sagrado el hombre moderno proyecta
todo lo que le afecta de cerca y que al mismo tiempo no es dis-ponible: el
problema del nacimiento, de la vida, del sentido de la vida, el problema
de la muerte. Se diría que también y sobre todo el hombre de hoy
busca algún gran símbolo integrador que temática o
atemáticamente le asegure una orientación de fondo en la vida y
más allá de la misma vida, todo lo cual asume para él la
fisonomía de lo sagrado.
Naturalmente,
este aspecto, que llamaría metafísico y que actúa como
plataforma de base de la experiencia de lo sagrado en la conciencia
contemporánea, no es el aspecto más evidente, pero sí el
que explica todos los demás modos de percibir lo sagrado. Desde el punto
de vista de una observación sociológica, este motivo de fondo
aparece frecuentemente combinado con un fuerte interés por lo
desconocido, incógnito, imprevisible, a lo que se añade, por
exaltación de la experiencia, lo enigmático, oscuro,
inverificable, insondable. Luego, en su aspecto más degenerado,
la experiencia de lo sagrado bebe con frecuencia de lo oculto, acreditando
prácticas rituales de ca
Sagrado
rácter
mágico o inspirándose en la astrología, la
adivinación o la cartomancia. Fenómenos de ninguna manera
secundarios en nuestro tiempo. De manera menos negativa, frecuentemente
expresa lo sagrado en la conciencia contemporánea la experiencia
secularizante y al mismo tiempo el intento de superar esa experiencia. En
este caso lo sagrado, generalizado e identificado con una causa vagamente
religiosa, sirve de vehículo a la desconfianza o a la ambivalencia
contemporánea hacia la religión institucionalizada. En relación
a la religión, lo sagrado manifiesta unas veces un sentimiento de
estima, en la medida en que la dimensión religiosa garantiza un surplus
de sentido profundamente antropológico y funcionalmente indispensable
a la existencia y a la cultura; pero otras vece traduce también
un cierto escepticismo religioso
o la tendencia a
desmitificar el rito y el tratamiento religioso en cuanto estos
últimos institucionalizan una experiencia que para la mentalidad
contemporánea y para una cierta franja cultural debería
dejarse en su profundidad subjetivo-antropológica. En este sentido,
la experiencia de lo sagrado se puede reducir a lo religioso no
institucional, de carácter subjetivo, no determinado. En último
término, tal experiencia se ve como pre-religiosa y al mismo tiempo
como la única experiencia que tutela el misterio, fuera de las domesticaciones
que traen las experiencias canalizadas e institucionalizadas producidas
por las religiones.
Pero
también en relación con la experiencia de Dios, la experiencia de
lo sagrado asume en la mentalidad contemporánea un papel privilegiado
y distinto. Lo sagrado no tiene una identidad propia cualificada; ciertamente
expresa la experiencia de una trascendencia, pero sin nombre: no se pone
al nivel intersubjeti
1836
vo del
yo-Tú, sino que más bien expresa el sentimiento de un poder
y de una omnipresencia latente y fluctuante cuyo sujeto hace experiencia
en su profundidad. Y la conciencia contemporánea prefiere un acercamiento
semejante a lo religioso, porque vive fundamentalmente en la indecisión
frente a Dios, especialmente frente al Dios personal, jugando como a la reserva
y no deseando pronunciarse sobre el nombre de Dios. La experiencia de lo
sagrado, al menos en este sentido, hace al hombre disponible para Dios.
Una
observación última e importante que desearía hacer
sobre la experiencia de lo sagrado en la conciencia
contemporánea se refiere, por así decir, al aspecto
económico en el sentido amplio de la palabra, para el que lo sagrado se
acerca fácilmente a la etimología del término
alemán heilig, que significa sagrado como salvíflco. Y parece
ciertamente que la conciencia contemporánea, decepcionada por los
mitos de la ciencia y de la técnica y desorientada por propuestas
demasiado banales para convertirse en ideales de vida, es impulsada por
una necesidad nueva de recuperar su integridad, su identidad.
También en este caso lo sagrado sigue siendo un sagrado inmanente,
que, sin embargo, auna la búsqueda de un ideal de vida con la exigencia
nunca apagada de absoluto, entendido al menos como necesidad de ir
siempre más allá de sí mismo; y ésta parece
verdaderamente la única propuesta humana, espiritual y al mismo tiempo
también salvifica
y embrionalmente
trascendente. En este contexto, sin embargo, en que se deben registrar las
innumerables formas actuales de redescubrimiento y retorno a lo
sagrado, no es difícil descubrir muchas ambigüedades. Lo
salvífico, efectivamente, podría aparecer solamente como una
falta global de afecto hacia las con
1837
diciones de vida
moderna, y lo sagrado podría buscarse solamente en todas las
transgresiones posibles de la vida actual, como por ejemplo en la violencia, en
el éxtasis producido por la droga, en el erotismo, etc. Por eso no es
casualidad que la experiencia de lo sagrado en el curso de la historia
haya dado lugar a extremos opuestos: por ejemplo ha creado las
mayores obras artísticas, pero al mismo tiempo ha engendrado los
más tremendos fanatismos.
Pese a estos
peligros y a esta ambigüedad, no se debe minusvalorar el hecho
profundamente antropológico y por ello mismo profundamente
enraizado en la conciencia contemporánea, por el que la experiencia
de lo sagrado se configura como la experiencia de una carencia que, a su vez,
remite a un deseo de salvación, a una voluntad de ser
íntegros, de recuperar lo heilig, lo salvífico.
2. LO SAGRADO EN
Es un hecho que
la ciencia de las religiones, que en sus primeras reflexiones más
elaboradas se remonta a los comienzos de nuestro siglo, no ha podido prescindir
del concepto de sagrado; más aún, ha hecho de él
Sagrado
el
fenómeno central de toda religión hasta un punto tal que la mejor
definición de religión parece ser aquella que se centra
sobre el valor de lo sagrado. Pero se trata todavía de un concepto de
sagrado que oscila, que es inestable, que asume un carácter más
sociológico, psicológico, mágico
o
tabuístico, según los autores que lo usen. Se diría que
durante un cierto período de tiempo la historia de un concepto ha
constituido la historia y la evolución de una pluralidad de
ciencias aplicadas al estudio de las religiones.
Queriendo hacer
alguna referencia histórica más importante, se notará que
la ciencia de las religiones ante todo se había comprometido a clarificar
el tratamiento de lo sagrado recurriendo con una cierta insistencia al
concepto etnológico de mana, descubierto por Codrington entre los
melanesios (1891), concepto que expresaría esa fuerza
anónima e impersonal —aunque esta concepción era
equivocada— que invade todo lo que es extraordinario, insólito, rebosante,
y que se podría descubrir de alguna manera en todas las religiones,
tanto tradicionales como históricas. De este modo se asimiló
el mana al wakan de los sioux, al orenda de los iroqueses, al megbe entre
los pigmeos, etc., hasta llegar a descubrir esa fuerza religiosa en el numen
de los latinos, en el brahmán de los hindúes o en el tao de los
chinos. El intento, tan ambicioso, de crear una amplia confrontación
históricoreligiosa fracasó pronto por las simplificaciones
que comportaba y porque, ya en el origen mismo, el concepto de mana
no parecía incluir un concepto de fuerza impersonal; quedó,
de todas formas, en el aire el sentido de una fuerza originaria, a la que se
refiere la religión y cuyo carácter, interpretado por los
ritos, dada precisamente su difícil definición,
seguía estando en manos de las
Sagrado
más
variadas interpretaciones de la ciencia de las religiones. Como figuras
históricas destacadas pueden enumerarse los intentos de Marett de
interpretar lo sagrado como fuerza impersonal (mana), de Frazer al leer lo
sagrado sobre el fondo ambiguo de lo mágico, de Wundt al considerar
lo sagrado como una experiencia psicológica que nace de la
fantasía de los pueblos, y de Freud, para quien los orígenes de
lo sagrado se conectan estrechamente con el tabú y deben remitirse
totalmente a una sexualidad que se mueve sobre el doble carril:
violación-violencia y remordimiento-expiación.
En general, las
teorías que se refieren a lo sagrado en el s. xix no se apartaban
mucho unas de otras, teniendo todas como única matriz el
evolucionismo, según el cual a partir de formas más bastas se
habría evolucionado y alcanzado poco a poco estadios de mayor
complejidad. Y pese a las diferencias, esas teorías tienden a una sola
finalidad: intentan explicar las religiones mediante el recurso a lo
sagrado como una potencia ambivalente y extraordinaria, única o
polivalente en la que se mezcla lo puro y lo impuro, lo divino y lo
demoníaco, lo benéfico y lo maléfico.
Siempre en el
contexto de la ciencia de las religiones, que pretende explicar la
religión y su núcleo más íntimo, que parece ser
precisamente lo sagrado, se da mayor importancia a la escuela
sociológica francesa por su punto de partida más sólido,
además de por su mayor incisividad histórica.
Ya en 1904 H.
Hubert, M. Mauss y E. Durkheim proponían considerar la idea de lo
sagrado como el fenómeno central respecto a todos los demás
fenómenos religiosos, hasta el punto de considerarlo un fenómeno
preeminente respecto a la religión misma entendida como culto
1838
ofrecido a Dios o
a los dioses. En particular Hubert, en la introducción a la
traducción francesa del
Manual de
historia de las religiones
de Chantepie de
(1912),
después de haber abandonado las definiciones de religión que
se refieren a la idea de Dios o de espíritus, proponga
autoritariamente su definición, según la cual "una
religión es un sistema solidario de creencias y de prácticas
relativas a entidades sagradas, o sea, separadas, entredichas; creencias y
prácticas que unen en una misma comunidad moral, llamada iglesia, a
todos sus adherentes". Se sabe que en esta definición de
religión se incluyen los dos motivos centrales del razonamiento del
sociólogo francés: el primero, reconocible en la
distinción fortísima que hace el autor entre sagrado y
profano; distinción frente a la que palidece la ya clásica entre
bien y mal, teniendo la capacidad de separar y oponer dos ámbitos de
realidad heterogéneos entre sí; el segundo motivo
—explicación del primero— está en reconducir
esta oposición a aquella otra identificable en la relación
entre individuo y sociedad, en que la noción de lo sagrado, que en
las religiones elementales se conecta con el tótem, no es sino la
objetivación de la sociedad misma.
De este modo
parece evidente que la ciencia de las religiones, enlazada durante decenios a
la etnología, a la psicología y a la sociología,
había centrado ciertamente el discurso en torno a la noción de lo
sagrado, pero con vistas a una teoría explicativa de lo sagrado mismo.
1839
En una
perspectiva totalmente diversa se colocó en cambio la fenomenología
de la religión, en la que están los verdaderos maestros de lo
sagrado, como Sóderblom, R. Otto,
G. van der Leeuw
y M. Eliade. Con Sóderblom comienza esa reflexión sobre lo
sagrado que posteriormente debía profundizarse cada vez más y que
tenía como punto focal la concepción de lo sagrado como una
realidad no del todo racional: elemento de extrema importancia que
permitirá a la escuela fenomenológica ponerse al reparo de
todos los intentos de explicación y reducción de la realidad
a otra cosa. Efectivamente, si lo sagrado comporta por sí mismo
elementos irracionales, todo intento de dar cuenta exhaustivamente de la
religión está condenado al fracaso, siempre que se le
considere el núcleo más íntimo de la experiencia
religiosa. Y en esto Sóderblom, en Das Werden des Gottesglaubens (1916),
fue muy decidido, sea al considerar el elemento no racional de la
religión, sea al asociar ese elemento a lo sagrado.
La
maduración y el cumplimiento de la nueva perspectiva inaugurada por
Sóderblom tuvo lugar con
R. Otto, cuyo
nombre está indisolublemente unido a la obra Lo Sagrado
(1917).
Con R. Otto lo
sagrado ya no es una idea tomada de una u otra religión, sino que
se hace la idea verdaderamente central capaz de resumir el sentido de la
experiencia religiosa vivida por las grandes religiones del mundo. Por eso no
es pura casualidad que el teólogo de Marburgo fuera un
profundo conocedor de la historia de las religiones y hubiera hecho
muchos viajes para conocer las grandes religiones universales.
Lo sagrado, para
Otto, está en el sentido de lo numinoso, dado por un sentimiento
originario que se encuentra en todas las religiones, pero
Sagrado
que no admite
comparación con otros sentimientos humanos. Se trata de una
realidad del todo singular, sui generis, que tiene un sentido antropológico
en la inmediatez del sentimiento de creaturalidad por el que el hombre
religioso se siente polvo y ceniza frente a esta primera grandeza que es
el Numen. Por su parte, este primer sentimiento se refracta en el prisma de
otros innumerables sentimientos concomitantes, en los que domina la polaridad
entre tremendum y fascinans. Lo sagrado se manifestará así
como mysterium tremendum et fascinans.
Independientemente
de la precisa descripción de lo sagrado, las observaciones
más importantes que se deben hacer respecto a la obra y a la
perspectiva de Otto son de carácter metodológico. Ante todo, el
sentido de lo numinoso, que parece ser el lado subjetivo-categorial, en realidad
sobrevive solamente porque está sostenido por el objeto numinoso, por la
realidad de lo numinoso. Otto da muestras de ser un fenomenólogo
precisamente en cuanto no sólo describe el núcleo
fundamental de toda experiencia religiosa, sino que en esta descripción
trata de anclar constantemente la experiencia de lo sagrado en la
realidad de lo sagrado, de tal manera que experiencia y realidad parecen
los polos correlativos de un único modo de percibir y conocer. En
segundo lugar, precisamente porque Otto habla del sentido de lo numinoso
como de lo totalmente otro, y por tanto de una trascendencia inconmensurable,
y al mismo tiempo habla de un enraizamiento profundo de esa experiencia en lo
más íntimo del alma (Seelengrund), logra llevar la experiencia
religiosa a su especificidad y originariedad del todo particular, hasta poder
afirmar contra Wundt que la religión "comienza consigo
misma". En todo esto se diría que la experiencia de lo
Sagrado
sagrado
actúa de centinela de la verdad y profundidad de la
religión.
Por
último, Otto, en la parte filosófica, habla de lo sagrado
como de una categoría puramente apriori invocando a Kant. Es la
parte más difícil de aceptar por la diversidad sustancial
con el a priori kantiano. Pero ¿no sucederá que Otto, más
allá del lenguaje kantiano, propone una reflexión trascendental
de gran valor, según la cual en todo acto de conocimiento humano
está presente una illuminatio Dei, como llegó a decir el mismo
Otto en un coloquio con el filósofo J. Hessen? (Cf para esta tesis,
además de para una visión de conjunto del trabajo de Otto, A.
N. Terrin en la
bibl.) En conclusión, Otto con su tematización de lo sagrado
ha vuelto a dar vida al sentido de la experiencia religiosa dentro de todas las
religiones; ha reconocido el núcleo de verdad de toda
experiencia religiosa en cuanto es un movimiento intencional hacia lo
divino, creando las bases para una nueva filosofía de las religiones
en el sentido más preciso del término, y no de una
filosofía de la religión cristiana; por fin, a través de
la escuela fenomenológica que parte de él, ha puesto en crisis
una cierta historia de las religiones, que no se ocupa de la profundidad de la
experiencia religiosa presente en las religiones y que realiza solamente un
trabajo superficial de aproxima
ción de
documentos y de hechos religiosos.
G. van der Leeuw,
en su Fenomenología de la religión, puede decirse que ha
sido quien ha intentado dar un estatuto más claro y válido filosóficamente
a la fenomenología de la religión basada siempre en la idea de lo
sagrado. En este sentido es el continuador ideal de la obra de Otto. Desde el
punto de vista de los contenidos, sin embargo, sobre todo en cuanto conocedor
de las religio
1840
nes primitivas,
Van der Leeuw tiende a reconocer constantemente lo sagrado en la idea
defuerza, potencia, (Machí), que se libera particularmente en la
palabra sagrada y en la ejecución de los ritos, interpretando después
desde el punto de vista antropológico estapotencia como el deseo
del hombre "que no se limita a aceptar la vida como se le da",
sino que va en busca de potencia, de tal manera que la religión en
su esencia parece "una ampliación de la vida hasta el
límite extremo".
Una palabra
conclusiva sobre la interpretación de lo sagrado en los
fenomenólogos de la religión, a propósito de M.
Eliade, cuyos trabajos y cuya competencia histórico-religiosa se
reconocen a nivel mundial.
El punto de
partida de Eliade sobre la realidad y el sentido de lo sagrado no se
aparta mucho del de Otto, como, por ejemplo, cuando escribe en una de sus
obras más recientes: "En la historia de las religiones,
toda manifestación de lo sagrado es importante. Todo rito, todo
mito, toda creencia o figura divina refleja la experiencia de lo sagrado y, por
ello mismo implica las nociones de ser, de significación y de verdad"
(Historia de las creencias y de las ideas religiosas, vol. I, 15). Sin embargo,
en su conjunto la obra del maestro de Chicago se dirige más a poner de
relieve las manifestaciones de lo sagrado: las hierofanías siempre
en estrecha conexión con las experiencias humanas más
profundas e indestructibles. Por eso se da en Eliade la tendencia constante a
reconocer la experiencia de lo sagrado como el desarrollo más
auténtico de situaciones antropológicas y existenciales que
aparecen en todas las religiones. Las dos coordenadas más características
sobre las que Eliade proyecta su concepción de lo sagrado son
ciertamente las de tiempo y espacio. El tiempo sagrado es el tiem
1841
po
ontológico por excelencia: es el tiempo "creado y santificado por
los dioses desde la época de sus grandes acciones" (cf Lo sagrado y
lo profano 61). Se trata del tiempo originario, por el que Eliade
siente una preferencia del todo particular; se trata del illud tempus que
consiente el renacimiento o la renovación cósmica, como
aparece sobre todo en las religiones orientales, y que se combina en el
motivo cósmico y psicológico del retorno al útero materno
como posibilidad de integración con lo originario, con el mundo de
los comienzos. En la recitación cultual, y en general en los ritos,
se da para Eliade este paso: se recupera el tiempo sagrado mediante la
salida momentánea de lo contingente y de lo insignificante. El
espacio sagrado es el segundo gran motivo que aparece en Eliade. El
Tratado de historia de las religiones aparece como un gran despliegue topográfico
de los lugares y de las modalidades con los que se manifiesta lo sagrado.
Esencialmente lo sagrado en el espacio se ve en el centro, en el axis
mundi, que es el lugar que protege, preserva o salva.
En conjunto, la
visión eliadiana de lo sagrado aparece a través de los acentos
situados en las experiencias humanas más enraizadas y verdaderas,
de las que nace también la advertencia dirigida al hombre de hoy
que pretende renunciar a lo sagrado para que no deje desatendida su propia
y más verdadera humanidad ni viva su propia parte de religiosidad y de
sagrado en la pasividad de los sueños, de lo onírico y de lo
inconsciente.
3.
ces en un
contexto más dramático y otras en un contexto más
tranquilizante. El punto cualificante del pensamiento filosófico
sobre lo sagrado parece ser esa constante que consiste en el intento de poner
la experiencia de lo sagrado como base, fundamento o legitimación
de la religión y de la experiencia religiosa en cuanto tal, buscando
sola y eventualmente en un segundo momento el paso a la legitimación de
la religión cristiana.
El intento de
fundar la experiencia religiosa sobre la idea de lo sagrado en la
filosofía contemporánea lleva ante todo el nombre de M. Scheler.
El autor, muy
cercano a Otto en algunos puntos fundamentales de la concepción de lo
sagrado, como la originariedad de tal experiencia y la imposibilidad de
explicitarla racionalmente, ha concebido lo sagrado como el vaíor
supremo, intentando a la vez enlazar la metafísica a la experiencia
religiosa: lo sagrado de la religión se entiende como la realidad
suprema, que es, a la vez, el ens realissimum de la metafísica.
Pero ciertamente
el aspecto más importante también en el caso de Scheler se
refiere al empleo del método fenomenológico para clarificar
y dar fuerza y verdad a la experiencia de lo sagrado. En este contexto el
filósofo alemán busca ante todo una cuidadosa distinción
entre actos religiosos y objeto religioso. Ahora bien, en el acto religioso,
como por ejemplo la alabanza, la acción de gracias, el temor, la
esperanza, el amor, el juicio, el perdón, la adoración, la
imploración, etc., Scheler ve el verdadero origen del conocimiento
religioso, hasta el punto que "el Dios de la conciencia religiosa es
y vive exclusivamente en el acto religioso". Precisamente mediante
una nueva utilización del principio de intencionalidad, Scheler ve
en el objeto religioso el cumplimiento del acto religioso mediante el
cual "nuestro espíSagrado
ritu no
sólo rebasa esta o aquella esencia, sino el mismo concepto de esencia de
cosas finitas". El autor llega a continuación a lo divino y a
Dios en cuanto ser personal.
Dejando de lado
la evolución tardía del pensamiento de Scheler, evolución
que le ha llevado por derroteros bien distintos, diría que la aportación
que nos ofrece este autor en la profundización del sentido que se debe
atribuir a la conciencia religiosa en relación con la realidad de
lo sagrado es uno de los más considerables.
Del pensamiento
de Heidegger, el pensador más influyente de la época
contemporánea, se puede decir que todo el último período,
que va de los años cincuenta en adelante, aparece orientado hacia una
incipiente, aunque no bien delineable, experiencia de lo sagrado. Pero
hablar temáticamente de la experiencia de lo sagrado en M.
Heidegger es bastante problemático, sobre todo porque la unidad
y coherencia del pensamiento del autor es de tal calibre que es difícil
separar y aislar un tema del cuadro completo de referencias de ese
pensamiento; en segundo lugar, porque la figura de lo sagrado en Heidegger
aparece o totalmente subordinada a los temas principales —sobre todo
al tema del ser— hasta el punto de podérsela considerar un
apelativo puramente nominal del ser mismo, demostrando con esto una
provisionalidad especulativa enteramente particular; o acaba por encontrarse
en un contexto sólo aparentemente de carácter
mito-poiético, en el que solamente ejerce una función de
referencia, de reenvío, de carácter alusivo; en definitiva,
está orientada a otro que no es él mismo.
De
1842
como sólo
a la luz de la esencia de la divinidad es posible que se piense y se exprese lo
que la palabra Dios debe significar", y de otros pasos y contextos en
relación sobre todo con los comentarios que Heidegger nos ofrece de las
poesías de Hólderlin, Rilke y Trakl, parece que la idea de lo sagrado
asume como una función medianera entre el ser, de quien lo sagrado
recibe su consagración y sobre todo su significado salvifico (heihg)>
y el Dios que ha de venir, y de quien lo sagrado constituye el anuncio y
la posibilidad de llegada. En otras palabras, lo sagrado en el filósofo
de Friburgo está entre el acontecimiento del ser —que
todavía no se manifiesta en cuanto que toda la época moderna se
basa sobre el olvido del ser o sobre el pensar el ser solamente como
ente— y la espera de lo divino, como condición de posibilidad
de pensar a Dios de un modo nuevo, de un modo verdadero. Sobre estas
bases, por una parte, se podrá ver que la experiencia de lo sagrado no
es un hecho puramente transitivo y formal, sino que hace participar en la
comprensión del sentido del ser, mientras que al mismo tiempo
incoativamente alude al Dios que ha de venir, demostrando así la
centralidad que asume en el pensamiento del autor; por otra parte, se
puede notar también que esa experiencia es indeterminada, y no
tiene la posibilidad de ser traducida sino mediante las imágenes y los
sentimientos que aparecen en la poesía.
En
conclusión, se trata de una visión de lo sagrado que no
desagrada a la sociedad contemporánea, decepcionada por los mitos
de la ciencia y de la técnica y que, a partir de los vuelos
heideggerianos, se ve instada a pensar de manera nueva y más profunda
(ursprünglicher Denken), pero en la que el amplio margen de
ambigüedad de comprensión de lo sagrado no se sabe bien si debe ser
1843
constitutivo de
lo sagrado mismo o si en cambio pertenece a un pensamiento que
todavía no ha encontrado su dirección y permanece expresamente
unterwegs (en camino).
En cambio, un
teólogo que ha pensado lo sagrado de manera más cercana al mundo
cristiano y en general al mundo de las religiones, aunque quizá con
menor profundidad, es P. Tillich, que ha intentado captar en la idea de lo
sagrado, quizá en relación sobre todo con Otto, el punto central
de enlace entre filosofía y teología. Tillich habla de lo sagrado
como de lo incondicionado (das Unbedingte), o, mejor, como de la realidad que
nos afecta incondicionadamente (ultímate Concern),
en el intento de
unir más la idea de lo numinoso de R. Otto a los otros valores
fundamentales de la vida, de modo que a lo totalmente otro de Otto debe
pertenecer un valor en conexión con el hombre mismo. Y
efectivamente el autor, en el libro I de
A lo sagrado como
"lo que nos afecta incondicionalmente" le atribuye Tillich
también la posibilidad de superar la división existente entre
filosofía y teología, entre cultura y revelación.
Basándose en la reflexión filosófica de la relación
condicionado-incondicionado, el autor hace ver que es la idea de lo
incondicionado la que nos hace conscientes de lo conSagrado
dicionado en que
vivimos, y que la teología y la cultura se distribuyen correlativamente
las tareas de elucidar uno y otro lado del problema: en la
filosofía se tiene el mundo que se ocupa de lo condicionado, pero con la
mirada puesta en lo incondicionado, de lo que no puede prescindir; en
la teología, en cambio, se tiene la ciencia que se ocupa de lo incondicionado,
pero con la mirada y los esquemas de la historia y de la cultura, de los que
tampoco ella puede prescindir.
La idea de lo
incondicionado unida a la realidad de lo sagrado sigue siendo, en todo
caso, la matriz profunda del pensamiento de Tillich, el cual descubre en
ello no un objeto que se da al sujeto como visible, sino "el presupuesto
de toda pregunta"; "no una forma que se puede contemplar, sino
más bien una cualidad, una potencia, una exigencia".
Debe notarse, en
apéndice, que la definición de lo sagrado de Tillich ha parecido
interesante a un gran sector de sociólogos: por ejemplo a Parsons
y Bellah, quienes, en cambio, frecuentemente y de buen grado sustituyen el
concepto normativo de ultímate Concern, que en el teólogo
tiene el significado de lo que es incondicionadamente, "de lo absolutamente
real porque es el presupuesto de toda posición de realidad",
por un concepto puramente funcional, en el que lo incondicionado o lo sagrado
es solamente "lo que más interesa al hombre", no importa
según qué criterios u opciones se establezca este interés.
4.
Sagrado
do y por la
experiencia de lo sagrado quizá de manera más amplia y decisiva
que las demás disciplinas, porque veía implicados en este
tema sus mismos presupuestos fundamentales y los enunciados de la fe que se
referían a la concepción de las religiones, de la
revelación, del Dios personal de la biblia, del Dios Padre de
Jesucristo, además de la relación constante entre Dios y el
hombre.
En este breve
recorrido no seguimos las ideas de uno u otro teólogo, sino que,
por la brevedad del trabajo, preferimos resaltar los problemas
fundamentales que debían o deben todavía resolverse en la
perspectiva teológica.
La
teología se ha opuesto a una cierta concepción de lo sagrado, que
fundamentalmente era la de la fenomenología y filosofía de
la religión, por dos motivos, de los que el primero es de
naturaleza estrictamente teológica, mientras que el segundo es de
carácter teológico-sociológico, y adolece más de un
cierto aire histórico-cultural.
El motivo
teológico fundamental está en el hecho de que un concepto fuerte
de sagrado o también, en otras palabras, una exaltación de la
experiencia religiosa basada en el sentido de lo sagrado, corre el riesgo de
suplantar a la revelación, entendida como acontecimiento
único e irrepetible, diluyendo así el valor incomparable que
se atribuye en el cristianismo a la palabra de Dios. Efectivamente,
lo sagrado, como categoría a priori, les parece a los
teólogos una especie de revelación interna capaz de crear
dificultades y hacer opaca la revelación histórica. Como marco de
este motivo de fondo aparece el motivo secundario según el cual, si
la revelación pierde su puesto destacado, se sigue que todas las religiones,
en la medida en que pueden remitirse a la experiencia de lo sagrado, deben
considerarse al mismo
1844
nivel, sin
privilegios para la religión
cristiana.
El segundo
motivo, que busca justificaciones teológicas, pero que tiene
también una fuerte contaminación sociológica,
pretende rechazar lo sagrado porque lleva las huellas de una concepción
precientífica, que no anda pareja con la mentalidad técnica de
nuestros días, como tampoco lo haría con la biblia o los
evangelios, que fueron los primeros, en la historia de las religiones, que
echaron mano a la tarea de desacralización. A través de esta
última consideración llegamos al problema de gran alcance
histórico-cultural llamado / secularización.
Para uno y otro
motivo proponemos un breve replanteamiento y esbozamos una posible
solución.
En la historia de
la teología contemporánea el primer gran rechazo de lo
sagrado como idea central de la religión vino de K. Barth y de la teología
dialéctica protestante de los años 1920-1930, a la que, por lo demás,
no fue insensible la misma teología católica. Lo sagrado
—según esta teología— es ambiguo; es todo lo que
proviene del hombre como esfuerzo de autojustificación; es el intento
del hombre de alcanzar la salvación, y en cuanto tal va negado y
denunciado como un acto que atente a la libre y soberana iniciativa de
Dios y se opone a la revelación y a la gracia como don que viene de lo
alto. Naturalmente, estos acentos fueron poco a poco suavizándose;
en cambio, quedó un residuo —si se permite hablar
así— en la concepción de la religión cristiana como
de una realidad diversa respecto a las demás religiones del mundo y en
la concepción de Dios como no homologable a la realidad de lo
sagrado.
Puesto que la
primera consecuencia afecta más a la teología de las
religiones no cristianas, que hoy tiene un desarrollo enteramente parti1845
cular, nos
remitimos a esa disciplina, y nos queda por clarificar sólo el segundo
residuo, o sea, la no homologabilidad de sagrado y divino, por la que Dios
sería el verdadero centro de la religión y no lo sagrado. Esta
tesis, que todavía hoy sostienen teólogos bien conocidos
como Bouillard y que es respaldada por algunos historiadores de las religiones
en su parte negativa, o sea, en la oposición a considerar lo sagrado
como idea central de las religiones (en cuanto que esta posición
quitaría el movimiento propio de la historia y llevaría
a una concepción inmovilista y acrónica en la concepción del
sentido de las religiones), parece basarse sobre un equívoco,
más que sobre un intento de mayor claridad. Efectivamente, lo
divino parece lo trascendente absoluto, distinto de lo sagrado; pero
tal distinción, vista ex
parte hominis,
parece solamente nominal, porque, si al hombre religioso le es posible
hablar de lo divino, esto sucede sólo y siempre en el contexto de lo
sagrado. Lo sagrado siempre es más que lo sagrado, es el movimiento
a partir del cual se desarrolla lo divino y lo absoluto. Esta tesis contiene la
esencia misma de la descripción fenomenológica de lo sagrado
de Otto, que se refiere a una trascendencia que es un movimiento interior,
hacia la plenitud y realidad de lo sagrado, aprehensible solamente a
través del discurso simbólico e ideogramático. Ahora bien,
separar lo divino de lo sagrado significa arrebatar a este último su
dinamismo constitutivo, pero al mismo tiempo querría también
significar la imposibilidad de captar signos de lo divino, huellas de su
trascendencia y, en último término, significaría la
caída en la afasia teológica, abriendo una fractura incolmable y
peligrosa entre Dios y hombre.
Esta tesis sobre
la relación Diossagrado nos permite responder em
Sagrado
brionariamente ya
también al problema de proporciones ilimitadas que se ha ido
formando en el segundo motivo teológico y que hemos reconocido
en conexión con el fenómeno de la secularización. La
secularización había hecho presa en el signo cuando
pretendía subrayar la trascendencia de lo divino: "Dios no es
así", "Dios no es un trozo de mundo", etc., dando
comienzo en los años sesenta a las diversas "teologías de la
muerte de Dios" (H. Cox, Vahanian, Van Burén, Altizer, etc.) y
llevando a cabo una reducción de los signos de lo sagrado, ya anticipada
y justificada dentro de la biblia por el teólogo Gogarten, según
el cual la revelación bíblica ya había realizado una
profunda desacralización del mundo sagrado de la antigüedad
pagana; pero las mediaciones de lo divino (lo sagrado) no pueden caer
en su totalidad, a menos que queramos perder lo divino mismo, a lo que van
profundamente unidas. Más específicamente, el problema se
plantea en estos términos:
¿Es
posible un cristianismo sin lo sagrado? ¿Es posible una fe sin
signos?
A fuerza de querer
expresar el mensaje cristiano en un lenguaje secular y de intentar
eliminar toda expresión religiosa de la vida del cristiano, se
corría el riesgo de vaciar el cristianismo mismo de su esencia, que
se podía conservar solamente en un lugar sagrado. Nos hemos dado
cuenta —también a consecuencia de la crisis de la mentalidad
científica y técnica— de que lo sagrado no sólo
era necesariamente el lazo de unión con lo divino, sino que
también llevaba consigo la profundidad de los presupuestos
antropológicos de toda fe cristiana, ante los cuales un proyecto de
cristianismo no religioso (Bonhoeffer) no tenía sentido.
Así, lentamente, la teología ha vuelto a creer que la
experiencia de lo sagrado es una propedéutica de la experiencia
Sagrado
de fe, más
consciente de que la misma experiencia de fe no es nunca un hecho puro y
una respuesta precisa al anuncio cristiano, sino una dimensión
antropológica del deseo humano de lo divino.
En
conclusión, la teología hoy se abre más a las dimensiones
antropológicas de la religiosidad y habla con menos desconfianza de
la experiencia de lo sagrado, aunque manifiesta una cierta actitud de
reserva en relación al revival religioso y a la vuelta de lo
sagrado.
Por lo que se
refiere a la primera parte de esa afirmación, la teología se
percata de que son irrenunciables las condiciones antropológicas en que
vive la experiencia de lo sagrado: que no se puede vivir sin una
orientación originaria; que fenomenológicamente el / tiempo,
si se le despoja de toda ritualidad, se convierte por necesidad en una
figura de condenación; que no es posible vivir un tiempo sin fiestas,
según un calendario absolutamente profano; que no se podrá nunca
quitar un sentido sagrado al nacimiento, a la muerte, a las grandes
experiencias interiores sociales y existenciales que acompañan la vida
de cada hombre. Y, consiguientemente, se hace consciente de que es sobre
una tal estructura antropológica y religiosa a la vez, sobre la que
puede construir su edificio. La teología ha aprendido y está
aprendiendo esta lección en parte de la misma mentalidad contemporánea,
que niega su homenaje incondicional a la racionalidad y concede nueva
importancia a la imaginación, a la creatividad, a lo simbólico,
a la gratuidad, en un contexto de renovada meditación del sentido del
mundo y de la naturaleza.
Queda, de todas
formas, una actitud de reserva crítica, porque la nueva
tensión hacia lo sagrado podría revelarse en algún caso
sólo como la búsqueda de lo exótico, de lo oculto,
1846
de lo puramente
irracional; y queda una actitud de cautela, porque las formas de
re-investimiento de lo sagrado pueden referirse a objetos no religiosos.
La experiencia de lo sagrado lleva siempre consigo también una
cierta ambigüedad y la posibilidad de su mixtificación. Pero
si es verdad que el hombre de hoy frecuentemente no es sensible a las objetivaciones
religiosas de una mentalidad sagrada que ya ha vivido su momento, y que es
propenso a investir lo potencialmente sagrado de formas crédulas
como signo de evasión del mundo y búsqueda indiscriminada
de lo diverso, es verdad también que este hombre sigue siendo
siempre sensible a una cierta idea de experiencia de humanidad, de bondad,
de orden, de búsqueda de sentido, de alegría, de fiesta, de
sufrimiento, etc. Y la teología está aprendiendo que el
verdadero criterio de lo sagrado es, por fin, su valor antropológico
en conexión desde siempre con una experiencia religiosa o
pre-religiosa.
5.
Ya la ciencia de
la religión, desde
1847
su nacimiento, ha
tenido siempre en expansión la relación existente entre la idea
de lo sagrado, de una realidad diversa entendida como potencia o como
experiencia de algo excepcional, como el mana, y los diversos ritos negativos
(tabúes, prohibiciones, reglas para evitar algo, etc.) y positivos (el
sacrificio, el servicio cultual, la oración y las celebraciones
comunitarias). Algunos autores, sin embargo, han llegado más
allá, afirmando que lo sagrado no sólo está en
estrecha conexión con el rito, sino que es engendrado por él.
Así, por ejemplo, Robertson Smith piensa que lo sagrado brota del
sacrificio, mientras que para Durkheim es producido por el aspecto social
del rito y por la efervescencia psicosocial que logra provocar. Ahora
bien, aunque las cuestiones genéticas ya no pueden afectar de
manera decisiva a los problemas histórico-religiosos, y la afirmación
de Durkheim se convertiría fácilmente en una petitio principii
—efectivamente, si así fuese, deberíamos preguntarnos
después de qué impulso nace la voluntad de celebrar el
rito—, la ciencia de la religión, en la relación entre lo
sagrado y el rito, podría hacer quizá más de cuanto ha
hecho R. Otto, demostrando que las primeras articulaciones de lo sagrado
son internas al ritual. Piénsese en el valor atribuido al Li-chi en la
religión china; o en el concepto de Karma en la religión
hindú, que indica el fruto de las propias acciones y está en
el origen de la idea del renacimiento, pero que originariamente
indicaba solamente la acción ritual. También la misma
palabra Brahmán, que expresa lo absoluto trascendente e inefable de las
Upanishadas, originalmente no era sino una palabra sagrada que liberaba
potencias dentro del ritual védico.
Pero
también desde el punto de vista de la reflexión crítica se
com
Sagrado
prende la
estrecha relación que debe existir entre ritual y experiencia de lo
sagrado. Solamente hay ritualidad donde hay experiencia de lo sagrado.
Lo sagrado, en efecto, necesita expresarse. Si es la trascendencia
inmanente, si es la mediación a lo divino y al mismo tiempo la posibilidad
de decir de lo divino y de Dios, toda su fuerza está en conexión
con la conciencia simbólica, y la conciencia
simbólico-religiosa no puede hallar su realización, su
espacio adecuado sino en el rito, en la expresión cultual, en
el sacrificio, en la oración.
De esta tesis,
que aquí no puede aparecer más que con carácter axiomático,
resulta que el ritual es la expresión más auténtica
de lo sagrado, porque está fundado sobre un conjunto
simbólico en el que se da a la vez la posibilidad de hablar de la trascendencia
en la inmanencia expresiva y figurativa. Y es precisamente en este nivel
de un delicado juego de equilibrio entre trascendencia e inmanencia, entre
misterio y sentido, entre lo sagrado y sus signos, donde se instaura la
verdadera experiencia religiosa. El equilibrio deberá guardar una
cierta reserva frente a los símbolos y gestos que constituyen el ritual,
porque no se puede domesticar lo sagrado: está siempre más
allá de sí mismo; y en la medida que una simbología ritual
pretende inmanentizarlo y capturarlo —por así decir—,
logra en realidad tan sólo trastornarlo. Los mismos sacramentos en
la liturgia cristiana realizan ciertamente aquello que significan, pero
solamente en la economía de la fe y de la gracia.
Pero existe
también el peligro opuesto, o sea, que quien cumple el ritual exprese
cada vez más una serie de reservas críticas sobre el uso de
símbolos y signos, hasta el punto de temer usar un lenguaje
simbólico que puede parecer extraño al hom
Sagrado
bre del s. xx. En
este contexto, el ritual se hace cada vez más enrarecido y la fe y
la experiencia religiosa, por falta de oxígeno, de alimentación,
corren el peligro de ahogarse bajo el peso de una trascendencia no
mediatizable. Es necesario volver al uso de los símbolos y signos rituales
de lo sagrado, sin poner por eso en discusión las adquisiciones de la
ciencia y de la técnica. No se trata de soñar un retorno a
la época sacral anterior a nuestro mundo, que continúa en
gran medida secularizado, sino de denunciar la unión necesaria entre
secularización y triunfo de una racionalidad que cree poder explicar el
misterio del hombre y del mundo y desprecia toda relación con el mundo
que no sea la de la productividad y racionalidad científica. La
idea de lo sagrado, como aquello que no es plenamente racionalizable, como
experiencia de la trascendencia, debe todavía guiar preeminentemente
al hombre religioso. En este sentido hay que volver a pensar en la
lección de los fenomenólogos de la religión y no dejarse
arrastrar tan fácilmente por el proyecto de hacer el ritual sólo
práctico-funcional, y por la tentación de ofrecerlo sobre la
bandeja de plata de la racionalidad cuasicientífica.
Finalmente,
observamos que el ritual es el elemento de canalización y de
orientación de la experiencia de lo sagrado. Y aquí la palabra
pasa a las religiones históricas, a los grandes contenidos
kerigmáticos y tradicionales del cristianismo (así como de
otras religiones), donde la experiencia de lo sagrado encuentra su
especificación dentro de las iglesias y de sus liturgias. La experiencia
de lo sagrado manifiesta la necesidad de su plenitud, que tiene lugar mediante
la trascendencia que se ha revelado, y mediante el Logos que se ha hecho
carne y cuya acción continúa, precisamente, de manera direc
1848
ta en los
sacramentos de la iglesia. Pero aquí la palabra pertenece al
teólogo. Permanece, mientras tanto, la experiencia de lo sagrado como
lazo de unión, como el punto de contacto con la revelación, como
el conjunto de las dimensiones antropológicas más profundas,
como la trascendencia inmanente, que, por último, debe dejar su
puesto a la palabra y a la acción de Dios, entendida como gracia y
como don.
A. N. Terrin
II. Perspectivas
teológico-litúrgicas
Si en su
fenomenología concreta y en sus leyes psico-sociológicas el culto
cristiano tiene manifestaciones comunes con otras formas religiosas y como
tal puede ser objeto de estudio por parte de las ciencias humanas, de todas
formas se distingue netamente de todo otro culto por sus características
específicas. Ante todo se lo debe considerar en dependencia de una /
historia de la salvación en la que Dios se revela y se comunica con su
palabra [/ Biblia y liturgia] y con toda una pedagogía de / signos,
mediante los cuales llama a los hombres a la fe y los une consigo en la
alianza. Todo acto de / culto cristiano, en definitiva, se especifica como
participación sacramental en el culto de Cristo, único
pontífice de la nueva alianza: en las acciones-signo de la /
iglesia, él ritualiza y expresa su misterio de salvación [/
Misterio pascua/]. Las formas cultuales cristianas, enraizadas en la
tradición bíblica y releídas en relación a
Cristo, muy sencillas al principio, sucesivamente tienden a hacerse
más complejas e institucionalizadas por razones
psicológicas y culturales y también por el perdurar del
influjo veterotestamentario.
1849
Estas premisas
nos parecen fundamentales para plantear un discurso correcto sobre lo
sagrado en régimen cristiano, y en particular sobre la sacralidad
de la liturgia, en sus distintas expresiones.
En el
cristianismo no es posible admitir una sacralidad absoluta (de carácter
numinoso, mítico, cosmovital, etc.) que no distinga la realidad
sagrada de lo divino; se puede admitir solamente una sacralidad relativa
que respete la trascendencia y se sitúe como mediación e
irradiación de lo divino por medio de / ritos, personas, / lugares,
/ tiempos, cosas, que ponen al hombre en contacto con Dios, y por eso se
llaman, con significado no unívoco, sagrados. La misma oposición
sagrado-profano, afirmada a nivel histórico-religioso, no puede dar
cuenta de la originalidad cristiana, que está determinada por la
encarnación del Verbo.
Lo sagrado
cristiano es un sagrado de lafe: va unido a una iniciativa divina irreductible
al orden natural; y depende de la palabra de Dios, que interpreta, juzga y
purifica.
Con Y. Congar
podemos identificar cuatro niveles de sacralidad en el cristianismo: 1) un
sagrado en cierta manera substancial: el cuerpo de Cristo, en el sentido
global que le atribuye el NT; 2) un sagrado de los signos de tipo
sacramental: los / sacramentos propiamente dichos y las situaciones
humanas creadas por los sacramentos, sobre todo por el bautismo-confirmación,
el orden y el matrimonio; 3) el conjunto de los signos que expresan
nuestra relación con Dios en Cristo, o que disponen para realizarlo
mejor: el ámbito amplísimo de las palabras / gestos, costumbres,
reglas de vida comunitaria, adaptados a su función de favorecer nuestra
comunión con Dios (yo lo llamaría sagrado expresivo-pedagógico);
4) la totalidad de las cosas y de la vida ordinaria, santificadas por
Sagrado
el uso que de
ellas se hace en relación con Dios, sin quitarles su carácter
secular. Si se evita el peligro de una sacralidad de separación y de
ritualización, es legítimo para los cristianos crear
también expresiones significativas en el plano social de una
voluntad de santificación, como oraciones, bendiciones, monumentos,
etcétera. Pero para el cristiano ya no existe nada profano, y la
santificación puede ser santidad de la vida terrestre, que no se
pone en la huida del mundo, aunque se la pueda buscar a través de
la huida del mundo, a nivel de condiciones y de medios '.
Se puede intentar
dar algunas conclusiones orientativas: 1) una sacralidad cristiana se
comprende en términos relativos, de mediación, a nivel
sacramental o expresivo-pedagógico: en relación a Cristo,
que es el "santo de Dios"; 2) no reconocer una sacralidad de tipo
sacramental significa vaciar el cristianismo, secularizarlo; reducirlo de
religión de la gracia y de la trascendencia a una ideología como
las demás, a un estímulo para la construcción del mundo
J; 3) la sacralidad de tipo expresivo que caracteriza muchos aspectos de
la liturgia cristiana, aunque sea secundaria, y en cierto sentido puramente
funcional, no se justifica solamente por una determinación
jurídica o por su continuidad con una larga tradición
eclesial: es propia del tiempo de la iglesia, situado entre una y otra venidas
del Señor, y por tanto responde a la naturaleza misma de la
liturgia como conjunto de signos que expresan nuestra relación con Dios
en Cristo y nos preparan para ella, teniendo debidamente en cuenta las leyes
propias del simbolismo, de la / celebración y de la / fiesta; 4) si
muchas formas sacrales del cristianismo dependen de las diversas culturas
y entran en las constantes pertenecientes a todas las religiones, las
expresiones de la fe y de
Salmos
la vida cristiana
no se identifican con las expresiones de la simple religiosidad natural;
por el contrario, deben ser confrontadas continuamente con la palabra de
Dios y reconducidas a los acontecimientos mediante los cuales Dios se ha
manifestado y ha venido a nosotros; 5) al mismo tiempo se debe evitar siempre
el riesgo de un sagrado cosista, que se hace fin en sí mismo, o de
un sagrado ceremonial, que va continuamente filtrado según el
criterio de una verdadera significatividad cristiana y de una concreta
inteligibilidad. Tampoco en esto —podemos concluir con
Y. Congar—
"llegaremos nunca al fin de esta obra inacabable de hacernos
cristianos, cada vez más cristianos, ciudadanos libres del pueblo
mesiánico que va peregrinando por este mundo hacia el Santo de los
santos, al que ya desde ahora tenemos acceso espiritualmente"3.
NOTAS: ' Y.
Congar, Situación de lo sagrado en régimen cristiano, en VV.AA.,
La liturgia después del Vaticano II, Taurus, Madrid 1969, 479-507
— 2 Cl. Geffré, Le christianisme et les métamorphoses du
sacre, en E. Castelli (dir.), Le sacre. Eludes et recherches, Roma-París
(Aubier) 1974, 133-150 — ' Y. Congar, o.c,
507.
D. Sartore
BIBLIOGRAFÍA:
Altizer T.J.J., Mircea Eliade y la dialéctica de lo sagrado,
Madrid-Barcelona 1972; Bouyer L., El rilo y el hombre. Sacralidad natural y
liturgia, Estela, Barcelona 1967; Castro Cubells C , El sentido religioso
de la liturgia, Guadarrama, Madrid 1964; Congar Y.M.-J.,
Situación
de lo sagrado en régimen cristiano, en VV.AA., La liturgia
después del Vaticano II, Taurus, Madrid 1969, 479-507; Eliade M., Lo
sagrado y lo profano, Guadarrama, Madrid 1967, 26-69; Grand Maison J., El mundo
y lo sagrado. Verbo Divino, Estella (Navarra) 1970; Jung C.G., El secreto de la
flor de oro, Paidós, Buenos Aires 1955; Maldonado L., La violencia de lo
sagrado. Sigúeme, Salamanca 1974; El hecho de los santuarios desde la
fenomenología religiosa, en "Phase" 132 (1982) 451-464;
Martín Velasco J.D., El hombre en oración, en La religión
en nuestro tiempo. Sigúeme, Salamanca 1978, 110-139; Introducción
a la fenomenología
1850
de la
religión. Cristiandad, Madrid 1979; Morra G., Religión
(Fenomenología de la), en DTI 4, Sigúeme, Salamanca 1982, 66-83;
Otto R., Lo santo, Madrid 19732; Sahagún Lucas J., Interpretación
del hecho religioso, Sigúeme, Salamanca 1982; Salado D., La
religiosidad mágica, San Esteban, Salamanca 1980; Simonis E., Tiempos y
lugares sagrados, en SM 6, Herder, Barcelona 1976, 638-641; Splet J., Lo
sacra!, lo
profano y lo
santo, en "Concilium" 62 (1971) 271-280; Van der Leeuw G.,
Fenomenología de la religión, Fondo de Cultura Económica,
México 1964; Widengren G., Fenomenología de la
religión. Cristiandad, Madrid 1976. Véase también la
bibliografía de Antropología cultural. Culto, Elementos
naturales, Lugares de la celebración. Religiosidad popular.
Secularización y Tiempo.
SUMARIO: 1.
Enfoque Htúrgico-existencial ü. Los salmos en la biblia; 1.
Contenido y subdivisiones; 2. Los títulos; 3. Los géneros
literarios; 4. Origen del salterio - III. Aspectos litúrgicos
originarios - IV. El uso de los salmos en el NT y en la iglesia primitiva - V.
El uso litúrgico de los salmos (Oriente y Occidente); 1. La salmodia
en Oriente; a) La misa, b) La liturgia de las Horas; 2. La salmodia en
Occidente: a) La liturgia de la misa en Roma (canto de entrada, los cantos
interleccionales, el canto del ofertorio, el canto de comunión,
otros usos de los salmos en la misa romana), b) La liturgia de la misa en las
otras familias occidentales (liturgia africana, liturgia galicana, liturgia
celta, liturgia hispánica, liturgia ambtosiana antigua), c) La
distribución del salterio en el oficio romano (el primitivo oficio
romano, el oficio romano del s. vil, el "cursus" de
vas - VIH.
Problemas litúrgico-pastoraies.
I. Enfoque
Iitúrgico-existencial
La
renovación litúrgica querida por el Vat. II y programada en la
constitución SC prevé, de acuerdo 1851
con las
exigencias más esenciales de la liturgia, que se abran los tesoros de la
biblia con mayor generosidad al pueblo fiel, de modo que la mesa de la palabra
de Dios se prepare con mayor abundancia y variedad y mejor elección
de textos (cf SC 24 y 35). Esas disposiciones afectan de modo especial al libro
de los salmos
o salterio. El
libro de los salmos, colección de ciento cincuenta composiciones de
carácter poético y de contenido marcadamente eucológico,
formado, según las opiniones más probables, en el ámbito
cultual de Israel, constituye una herencia preciosa que el culto cristiano
ha recibido y ha sabido conservar a lo largo de los siglos. Precisamente
por ello la renovación litúrgica en acto desea favorecer un
retorno al uso de los salmos y una mayor valoración de los mismos. El
salterio, de inspiración divina como el restb de
válido y
eficaz de la oración cristiana (CÍSC90; OGLH 102).
Desde el punto de
vista literario, los salmos pertenecen a un género poético de
índole musical: son verdaderamente cánticos de alabanza.
Salmos
Esta
característica no debe olvidarse ni ctiando se ejecutan en \a celebración
litúrgica ni cuando se reza con ellos en soledad y silencio.
Desde este punto
de vista se puede decir que el salterio recoge la extraordinaria
experiencia de un pueblo que sabía orar, o sea, que en las más diversas
circunstancias de la vida sabía comunicar al Señor sus propios sufrimientos,
las esperanzas, los gozos y el agradecimiento, que por lo demás son
comunes a todos los hombres. Desde el momento en que Jesús
hizo suyos los salmos, éstos pasaron a ser verdaderamente una
escuela de oración para los hombres de todos los tiempos que desean ser
sus discípulos.
La
introducción de las lenguas vernáculas en la liturgia
posconciliar ha hecho posible un contacto más estrecho del pueblo fiel
con el salterio. Indudablemente, el uso generalizado de los salmos
puede hacer sentir más vivamente la aludida dificultad que comporta
el salterio. Precisamente por esta razón es necesaria una
conveniente preparación, para descubrir que rezar con los salmos es
rezar con la iglesia y en iglesia con composiciones que expresan los
dolores y las esperanzas, las miserias y la confianza de los hombres de
todos los tiempos, quienes, por encima de todo, dan gracias al Señor
Salmos
1852
por la
redención realizada en Cristo 10, y 114 y 115, pero cortan en dos (OGLH
107). 146 y 147. El salterio (del griego
Con la /reforma
de los /libros psaltérion, instrumento de cuerda litúrgicos,
después del Vat. II, ha que acompañaba al canto) aparece
aparecido de manera más viva el paen la biblia dividido en cinco
libros pel que corresponde a los salmos no (quizá por analogía
con los cinco lisolo en la misa y en la liturgia de las bros de
fuerzo por
introducir a los fieles en 107-150), con excepción del último,
una comprensión de los salmos y en a menos que se considere el Sal 150
un uso que sepa respetar sus exigencomo una solemne doxología concias
poéticas y musicales. Pero en clusiva de todo el libro '. El uso del
este sector aún queda mucho por hanombre divino (Elohim o
Yavé) y cer, y sobre todo es necesario evitar las indicaciones de los
títulos permila fácil tentación de sustituir el uso
ten descubrir una serie de divisiones de los salmos con cánticos de comque
probablemente muestran las diposición reciente, que frecuentemenversas
unidades preexistentes a la acte son de escaso valor tanto desde el tual
codificación. Se considera como
punto de vista
literario como del teoprimitiva la colección elohísta, 42
lógico.
83, formada por tres colecciones: de los hijos de Coré, 42-49; de David,
51-72; de Asaf, 73-83, a las que se habrían unido otros salmos no elo-
II. Los salmos en
la biblia
hístas
(84-89). A esta primera colección se le habría antepuesto
otra (ya-
El libro de los
salmos es una co
vista) atribuida
a David (3-41, junto lección de cantos que, al parecer, escon dos
salmos no davídicos, 2 y 33).
taba destinada al
culto del templo Probablemente, el Sal 1 sería una de Jerusalén,
según las indicaciones introducción a la gran colección de
que ofrecen los títulos que los acomsalmos. En el resto del
salterio hay pañan, los cuales con frecuencia tieotras colecciones,
como los salmos nen un carácter melódico y litúrgico.
del reino
(93-100); los salmos alelu-En la biblia hebrea el libro ocupa el yáticos
(104-106; 111-117; 135; 146primer lugar entre los Escritos o Ke
150); los cantos
de las subidas (120tubim; en los LXX empieza la sec
134); y,
finalmente, otros salmos dación de los libros didácticos, y
en la vídicos (101; 103; 108-110; 138Vulgata se encuentra
después de Job 145)'.
y antes de Prov.
No es posible precisar con exactitud la época en que el libro
recibió su forma actual, aun
2. Los
TÍTULOS. En el encabe
que en conjunto
se puede decir que zamiento de la mayor parte de los existía en el s. ni
a.C, como paresalmos (116 en la biblia hebrea y 131 ce confirmar Sab
47,8-10 y 1 Mac en los LXX) se encuentran títulos de origen y valor muy
discutidos, pero de indudable importancia por
1. CONTENIDO Y
SUBDIVISIONES. las indicaciones que ofrecen. Pueden La colección
comprende 150 salmos. clasificarse de la siguiente manera: Del 10 al 148 la
numeración de la 1) títulos que indican el género libiblia
hebrea tiene más unidad que terario del salmo, aunque no sean los LXX y
2) títulos
con términos musicales, no siempre de fácil
interpretación; 3) títulos que se refieren al uso
litúrgico; 4) títulos que se refieren a las circunstancias
históricas, especialmente la atribución de ciertos salmos a David;
5) títulos precedidos por un lamed, que se referiría al
autor real o presunto del salmo3.
3. LOS
GÉNEROS LITERARIOS. Una simple lectura del salterio permite
apreciar que los salmos pertenecen a géneros literarios diversos.
Los mismos títulos, al indicarlos como himnos, cánticos, etc.,
invitan a reconocer tal diversidad. El mérito de haber sido el primero
en codificar los diversos géneros literarios pertenece a H.
Gunkel'. El sistema de Gunkel fue completado por G. Castellino ' tras un
estudio de las literaturas poético-religiosas del Oriente
próximo.
Los
géneros literarios descritos por Castellino son once6, a) Lamentaciones
individuales: son expresión del alma religiosa que, frente a enemigos
o a las más diversas contradicciones, se dirige a Dios en demanda
de ayuda. Estas oraciones son particularmente numerosas, y su contenido muy
variado. A veces incluye también un canto de agradecimiento,
b) Salmos de confianza: se relacionan con las lamentaciones individuales,
pero el motivo de la confianza en Dios predomina y da el tono a todo el
salmo, c) Lamentaciones públicas: se diferencian de las
lamentaciones individuales porque a la situación individual sustituye
una
calamidad
nacional, insistiendo en los insultos de los enemigos que, indirectamente,
se reflejan sobre Dios mismo, d) Cantos de agradecimiento: normalmente
estos cantos acompañaban el sacrificio de acción de gracias
que el fiel, tras el cumplimiento de sus peticiones, debía realizar
en el templo. Es posible que algunos
Salmos
de estos cantos
se hayan compuesto como expresión de piedad o de sentimiento
personal privado, y sólo en un segundo momento hayan sido adaptados al
uso litúrgico, e) Himnos: son composiciones destinadas a cantar a
Dios, celebrando sus atributos y sus manifestaciones en la
creación, en el hombre, en el pueblo de Israel, en el gobierno de los
pueblos, f) Salmos reales: el grupo comprende oraciones
augúrales e impetratorias en favor del rey, o bien oraciones
del rey mismo, o también celebraciones de alegres acontecimientos
reales, como bodas o gran
des empresas, g)
Salmos de Sión: tienen estructura hímnica y celebran la
capital, Jerusalén, con rasgos más o menos idealizados, de modo
que represente la capital del reino mesiánico. h) Salmos de
Yavé rey: pertenecen al género himnico, y contienen la
expresión "el Señor es rey"; subrayan que el
Señor es rey sobre toda la tierra y sobre todos los pueblos. i) Liturgia
de la "fidelidad y avista ": pueden considerarse como secuencias
litúrgicas que se recitaban con ocasión de alguna fiesta anual importante,
con una asamblea general
del pueblo, j)
Salmos sapienciales: tienen como objeto la ley, la sabiduría, la
vida moral. Parece que estaban destinados a la instrucción
más que al uso litúrgico, k) Oraciones variadas: son cinco
salmos cuyo esquema, muy simple, no permite determinar con mayor
precisión su género literario.
4. ORIGEN DEL
SALTERIO. El uso litúrgico de los salmos, si por una parte nos permite
buscar su origen en el ambiente de los cantores del templo, por otra no excluye
que algunas composiciones hayan tenido un origen diferente, sea como
poemas debidos a personas particulares, sea como cantos populares o como escritos
pertenecientes a una literatura
Salmos
no
bíblica. Sea como fuere, los autores están de acuerdo en
admitir una cierta relación de los salmos con Asaf, con Coré y
con David, los más citados en los títulos. Si no todos los salmos
atribuidos a estas personas deben considerarse compuestos por ellas, por lo
menos figuraban en colecciones que sí habrían estado en
relación con esas mismas personas. Parece, efectivamente, que una buena
parte del salterio se remonta a la época monárquica, mientras que
otros salmos serían de la época del exilio y el resto se
habría desarrollado en torno al templo, una vez restaurado.
Los salmos han
sido las oraciones del AT. Inspirados por Dios mismo, ofrecían a
Israel el modo adecuado para dirigirse al Señor y para expresar
sentimientos dignos de gente que vivía la realidad de la alianza.
Las palabras de alabanza, de súplica
o de
agradecimiento contenidas en el salterio, aunque nazcan de circunstancias
muy concretas, tienen un valor universal, porque expresan la genuina actitud
que corresponde al verdadero creyente frente a Dios'.
III. Aspectos
litúrgicos originarios
La liturgia del
antiguo Israel, según las indicaciones de la biblia, comportaba un
canto cultual del que, sin embargo, no se sabe nada con certeza. La existencia
del libro de los salmos ha creado la hipótesis de que él
sería precisamente la gran colección de los cantos
litúrgicos formados en torno al santuario israelita.
Efectivamente, tanto en los títulos como en los textos de los
salmos hay indicaciones que aluden a las prácticas cultuales: las
fiestas, la entrada en el templo, las procesiones, los sacrificios, los
oráculos, las bendiciones sacerdotales. El texto deja 1854
adivinar, junto
al salmista, la presencia de la multitud, mayor o menor, o bien de
oficiales del culto ante los que se hacen las declaraciones de inocencia o las
profesiones de fe, cuando no preguntan directamente ellos mismos al salmista.
En algunos casos el salmo parece como la huella de un diálogo
probablemente cultual.
Asimismo, los
salmos dejan adivinar, además de la oración propiamente
dicha, otras actitudes en relación con el culto: el canto, la
danza, el grito de angustia o de tristeza y la aclamación de gozo y de
triunfo. Ofrecen también un interesante elenco de instrumentos
musicales, adecuados para acompañar el canto y las diversas
celebraciones.
Otras
indicaciones de carácter litúrgico se refieren a la
atribución de los salmos a determinados días, a determinadas
fiestas, como pascua, Pentecostés, tabernáculos, dedicación
del templo, etc., o a liturgias ocasionales, como celebraciones de
acción de gracias, peregrinaciones, súplicas y liturgias reales.
No obstante estos
elementos positivos, el hecho de que muchos salmos sean más
bien manifestaciones de piedad privada o personal ha levantado dudas sobre
su finalidad litúrgica. Una explicación podría ser la
siguiente: composiciones de origen no litúrgico, en un segundo momento
habrían sido adoptadas para el culto de Jerusalén 8.
Considerada la
diversidad de contenido de los salmos, E. Beaucamp9 los agrupa en tres
series correspondientes a los tres momentos presuntos de la
evolución cultual de Israel.
De los
orígenes de la monarquía a la reforma de Josías el orante,
individuo o comunidad, combatido por los enemigos, viene a la presencia de
Dios, y en la oración se vuelve a encontrar salvado.
Oráculos, evocaciones del nombre divino, teofanías e 1855
imprecaciones
contra los enemigos constituirían modos de actualización de la
salvación divina. Las composiciones más arcaicas, como las
colecciones davídicas y levíticas de los tres primeros
libros del salterio, permiten comprender la existencia de una liturgia de
salvación destinada a los individuos o a la colectividad presentes en el
templo. En el segundo período, o sea, de la reforma de
Josías at exilio, en el ambiente de la reforma deuteronomista, el
orante, individuo o colectividad, es consciente de pertenecer al pueblo
escogido, a Israel. Se siente inmerso en la historia de la
salvación, y el recuerdo de los padres y de las intervenciones
divinas en favor de Israel se mezcla con la experiencia personal. La
montaña de Sión aparece como el signo de la solicitud de
Yavé por su pueblo y el lugar donde se puede beber de las verdaderas
fuentes de la salvación. Finalmente, en la época del segundo
templo después del exilio, el orante es consciente de pertenecer a
Israel entendido como comunidad que vive entre las naciones, para las
cuales hay también una esperanza de poder participar en la
salvación divina. El culto serviría más bien para
reconfortar espiritualmente al orante, reavivando la esperanza de una
salvación que va a llegar. La contemplación de la historia
de Israel y de la misma Jerusalén es una invitación al futuro que
Dios prepara para su pueblo en una Jerusalén renovada.
IV. El uso de los
salmos en el NT y en la iglesia primitiva
La praxis del AT
que hacía de los salmos un elemento importante de la liturgia, explica
el hecho de su presencia en el NT. El libro de los salmos es uno de los libros
del AT que con más frecuencia aparece citaSalmos
do en el NT, en
cuanto se lo consideraba, junto con el Pentateuco (Ley o Moisés) y
con los Profetas, uno de los más válidos testigos de la revelación
(cf Le 24,44). La familiaridad de Cristo con los salmos se muestra por el hecho
de que tanto los sinópticos cuanto Juan ponen en labios del
Señor citas de salmos en el curso de las discusiones (sinópticos:
Sal 8, 109 y 177; Jn: Sal 40, 68 y 81). No hay indicaciones precisas acerca del
uso de los salmos en la oración de Cristo, excepto la cita del Sal 21 en
la cruz en Mateo y Marcos. El uso litúrgico de los salmos en la primera
comunidad cristiana se puede deducir solamente de unas pocas indicaciones
suministradas por las cartas paulinas y católicas (cf Ef 5,19; Col 3,16;
Sant 5,13, y quizá Rom 15,9 y 1 Cor 14,15.26). En He 16,25 se recuerda
que Pablo y Bernabé, en la cárcel de Filipos y durante la noche,
se entretenían cantando himnos, probablemente salmos.
El uso de los
salmos en la liturgia cristiana de los primeros siglos es sin duda una
realidad, aunque las noticias precisas sean escasas. La proveniencia
del judaismo de muchos de los primeros cristianos y los testimonios sobre
su participación en el culto del templo y de la sinagoga antes del
año 70 pueden considerarse una confirmación. Como dejan entender
Ef 5,19 y Col 3,16, junto al uso del salterio aparece, en el culto cristiano,
el himno de origen eclesiástico, que conoce una amplia difusión.
Pero por ello no se marginó el salterio, sino que continúa
teniendo un papel importantísimo tanto en las controversias
antignósticas y antijudaicas (cf la literatura de los padres
apostólicos y de los apologistas, por ejemplo Ireneo y
Justino) como en la vida espiritual de la iglesia. Así se explica que se
hayan escrito tantos comentarios patrísticos al libro de los Salmos, de
los que tenemos noti
Salmos
cias
(Hipólito de Roma, Orígenes, Atanasio de Alejandría,
Basilio Magno, Dídimo el Ciego, Gregorio de Nisa, Diodoro de Tarso,
Teodoro de Mopsuestia, Cirilo de Alejandría, Hilario de Poitiers,
Ambrosio de Milán, Jerónimo, Agustín, Arnobio el
Joven, Casiodoro)l0.
Después
del año 200 la himnodia cristiana, comprometida radicalmente por
los abusos del gnosticismo, pierde el puesto importante que tenía
en la liturgia y es sustituida por el libro de los Salmos, que seguirá
presente en el culto cristiano hasta hoy. El s. iv ofrece múltiples
testimonios sobre el uso de los salmos litúrgicos, como, por ejemplo,
nos dice el Diario de viaje de la peregrina española Egeria a
Jerusalén. Desde este momento, la interpretación de los salmos
adquiere indudablemente el carácter cristológico
característico de la liturgia. En los salmos Cristo habla a la iglesia;
y la iglesia se dirige a Cristo o habla de él al Padre".
V. El uso
litúrgico de los salmos (Oriente y Occidente)
Los salmos se
usan en la liturgia cristiana según un doble criterio. En primer lugar,
la elección de determinados salmos de acuerdo con su significado,
para unirlos sea con las lecturas (hechas) de
La finalidad de
la presente voz es ilustrar el uso del salterio en la liturgia de la misa
y del oficio divino. En general es común a todos los ritos el 1856
modo de ejecutar
los salmos en la celebración. Pueden resumirse en tres las formas de
ejecución de la salmodia: a) Forma responsorial: el salmo es
recitado o cantado por solistas, y la asamblea interrumpe de vez en cuando
repitiendo uno o algunos versículos; b) Forma continuada (in directum):
el salmo se ejecuta sin interrupciones, bien por un solista, bien por un
coro o por la asamblea; c) Forma alternada: la asamblea, distribuida en dos
coros, canta alternativamente los versículos del salmo. Un elemento
relacionado con la ejecución del salmo es la antífona: se
trata de un versículo, generalmente tomado del salmo, que sirve o como
respuesta en la forma responsorial o para indicar el tono musical con que se
debe ejecutar el salmo n.
1.
a) La misa. El
uso de la salmodia en la celebración de la eucaristía puede
encontrarse en la liturgia de la palabra como canto interleccional, o
también en algunos ritos al comienzo de la celebración. En el
grupo alejandrino (rito copio y etiópico) el salmo se encuentra
después de la lectura apostólica, y consta generalmente de
tres versículos ejecutados de forma responsorial. En el grupo
antioqueno, el rito bizantino conoce los salmos llamados typicos en el rito
inicial entre las letanías y algunos versículos sálmicos
antes del evangelio; los ritos maronita y armenio tienen un salmo antes de
la lectura apostólica, mientras el rito siro-antioqueno no conoce el uso
del salterio en la misa. En el grupo sirooriental (ritos caldeo y
malabar), el salmo interleccional lo cantan alternativamente dos
coros".
1857
b) La liturgia de
las Horas. El uso de los salmos en el grupo alejandrino (rito copio y
etiópico) tiene un claro origen monástico. El salterio, del que
se han suprimido setenta y ocho salmos, se divide en seis secciones de
doce salmos, cada una de las cuales se le asigna a una de las seis horas
más importantes del oficio. El grupo antioqueno conserva esencialmente
las costumbres litúrgicas de la iglesia en Jerusalén; es característico
el hecho de que los salmos se escojan según las características
de las horas y queden unidos a ellas. Una recitación continuada del
salterio, de origen monástico, no se ha aceptado en los ritos
siro-antioqueno y maronita, y sólo más tarde se
admitió en los ritos bizantino y armenio.
En el rito
bizantino actualmente están los salmos fijos (aproximadamente
cincuenta, una tercera parte del salterio), asignados a determinadas
horas, y los salmos llamados variables, de origen monástico. En los
libros bizantinos el salterio actualmente se divide en veinte cathismos, cada
uno de los cuales se subdivide en tres stasis. El rito armenio posee una
distribución semejante del salterio en ocho cánones, que se
repiten en las diversas horas. En el grupo siro-oriental (ritos caldeo y
malabar) el salterio está dividido en veinte hullale, a su vez
subdivididos en tres o cuatro marmitha. El salterio se recita dos veces a la
semana".
2.
Salmos
a) La liturgia de
la misa en Roma. Conocemos el uso de los salmos en la antigua misa romana
gracias a las indicaciones ofrecidas por los Ordines romani, sobre todo
por ell y el XV l5, y por los antifonarios y colecciones de cantos para la misa
". El material en los antifonarios aparece agrupado según los diversos
días litúrgicos, en el orden del año litúrgico,
comenzando con el I domingo de adviento. Para cada día se presenta el
canto de entrada, el responsorio o gradual, el verso del aleluya o el tracto,
la antífona de ofertorio y el canto de comunión. Se
presentarán las características propias de cada uno de estos
elementos.
Canto de entrada.
Para el canto de entrada, en el antifonario se indica sobre todo la
antífona, que en general se toma del salterio, salvo alguna
excepción l?. Sigue siempre la indicación de un versículo
del salmo que se debe ejecutar, generalmente el primero (el incipit) u otro,
cuando la antífona toma el comienzo del salmo '*. En caso que la
antífona no sea de origen sálmico, nunca falta la indicación
del salmo que se debe recitar ". Este particular de la presencia
constante del salmo hace pensar que una buena parte del mismo, si no todo,
debía ser ejecutada, al menos durante un período de tiempo, y que
sólo posteriormente se limitó al simple versículo
indicado. La elección de los salmos y de las antífonas se hizo
teniendo en cuenta el carácter propio de los diversos tiempos
litúrgicos 20, o bien, como sucede en los domingos del tiempo
ordinario (o domingos después de pentecostés), siguiendo
el orden del cursus del salterio21.
Los cantos
interleccionales. Los cantos que tienen lugar en la liturgia de la palabra son,
en los antifonarios, de tres tipos: el responsum o
Salmos
gradúale,
el versículo del aleluya y el tractus.
El responsum o
gradúale, que no falta en ningún formulario, está formado
de dos elementos, llamados respectivamente responsum y versus, y en general
están tomados los dos del libro de los Salmos22. Está claro que
este tipo de canto, como figura en los antifonarios, es una reducción
del antiguo salmo responsorial ocasionada probablemente por razones
musicales ". La primera parte o responsum tenía la
función de antífona,
o sea,
debía repetirse después de los diversos versículos del
salmo, reducidos, en la época de la redacción de los
antifonarios, a uno solo. El responsum de la misa del día del nacimiento
de san Juan Bautista (24 de junio) es un ejemplo del carácter repetitivo
de la primera parte del canto: efectivamente, el versus pide la
repetición del responsum por razón del sentido del texto24.
El versum del
aleluya es un texto, frecuentísimamente tomado también del
salterio, precedido de la indicación del aleluya. Falta en los
formularios de las misas feriales de adviento y del tiempo ordinario,
y en los formularios del período que va desde septuagésima a
pascua.
El tractus, canto
típico del tiempo que precede a pascua —o sea, cuando la
liturgia omite el aleluya—, consiste en una serie de versículos
sálmicos, dos, tres o más ", sin ninguna
repetición prevista. En tres casos, a saber: el I domingo de cuaresma,
el domingo de ramos y el viernes santo, presentan el texto del salmo casi
completo, respectivamente, los salmos 90, 21 y 1392'.
Esta
rápida mirada a los cantos interleccionales, tal como los presentan
los antifonarios, muestra la importancia del salterio como libro que
suministra los textos para los cantos que acompañan a la liturgia de la
palabra de todo el año litúrgico.
1858
El canto de
ofertorio. Para el canto que debe acompañar la ofrenda de los
dones, después de la liturgia de la palabra, y que por su finalidad
recibe el nombre de offertorium, está prevista una antífona, casi
siempre tomada del libro de los Salmos, que va siempre acompañada de
algunos versículos sálmicos, dos o tres, y en algunos casos hasta
cuatro o cinco, tomados del mismo salmo al que pertenece la antífona.
Cuando la antífona no es sálmica, los versículos que
siguen pertenecen al mismo texto bíblico utilizado ". Para los
domingos del tiempo ordinario, del I al XVI, los salmos empleados siguen
el orden del salterio 28.
El canto de
comunión. El canto previsto para acompañar a la comunión
comporta también una antífona, que puede ser sálmica
o tomada de otro texto bíblico, frecuentemente el evangelio del
día. Así y todo, el antifonario prevé el salmo que se debe
ejecutar de manera responsorial N. Para el tiempo de cuaresma y para los
domingos ordinarios, del I al XVII, los salmos se han elegido según el
orden del salterio ,0.
Otros usos de los
salmos en la misa romana. Aunque se trate de usos más recientes, hechos
obligatorios sólo con el Misal promulgado por el papa san
Pío V, debemos citar la recitación del salmo 42 en los ritos
introductorios" y de un trozo del salmo 25 en el rito del lavabo de la
misa, después de la presentación de las ofrendas -".
b) La liturgia de
la misa en las otras familias occidentales. El panorama que nos ha
ofrecido la liturgia de la iglesia de Roma sobre el uso del salterio en la misa
permite hacer comparaciones con las características propias de las
otras familias litúrgicas occidentales.
1859
Liturgia
africana. Aunque no nos hayan llegado libros litúrgicos propiamente
dichos, es posible conocer en conjunto la estructura de la misa en las iglesias
del África latina, partiendo de los testimonios dispersos en la abundante
literatura eclesiástica del tiempo (padres y concilios) ".
Así, se puede afirmar la existencia de un salmo responsorial entre la
lectura apostólica y el evangelio; de un salmo que se debía
ejecutar en el momento del ofertorio, y del uso del salmo 33 durante la
distribución de la comunión'4.
Liturgia
galicana. Por lo que se refiere a la liturgia galicana, se debe decir que no se
nos ha conservado ningún fragmento del antifonario de la misa, y que las
descripciones de la celebración eucarística que se han
conservado" deben interpretarse con gran cautela, pues reflejan una
situación de decadencia del rito \ La celebración comenzaba por
el praelegendum: canto procesional, probablemente sálmico, que
acompañaba la entrada de los ministros ". El único canto
interleccional que se conoce es el himno de los tres jóvenes de Daniel.
Probablemente el sonum y los laudes, que se ejecutaban durante el ofertorio,
eran en realidad dos cantos típicos de la liturgia de la palabra,
que hablan sufrido un desplazamiento m. Durante la distribución de
la comunión se ejecutaba el trecanum, que era probablemente un canto
compuesto de tres versículos, quizá tomados del salmo 33
".
Liturgia celta.
La estructura de la misa celta, en la medida en que se la puede reconstruir4I>,
permite reconocer la existencia del salmo responsorial,
después de la lectura apostólica, y los cantos ofertoriales y de
comunión, probablemente de carácter sálmico,
aunque no se pueda llegar a una certeza plena al respecto "'.
Salmos
Liturgia /
hispana. Esta liturgia conoce, con la excepción del tiempo de cuaresma y
días ferialesn, un canto inicial, el praelegendum, semejante
al introito romano. Consta de una antífona y de un versículo
sálmico con Gloria ". Con mucha frecuencia, la antífona se
toma del salterio, sobre todo en el tiempo ordinario ".
Los cantos
interleccionales hispá
nicos son tres:
el psallendum, el cla
mor y los laudes.
El psallendum, que
corresponde al
gradual o responsum
romano y sigue
siempre a la primera
lectura, está
compuesto por una an
tífona o
estribillo y uno o más ver
sículos:
se trata por tanto de un can
to responsorial,
actualmente reduci
do a la
mínima expresión, pero que
conserva las
características del anti
guo salmo
responsorial. Por regla
general se toma
de los salmos45. El
clamor es un
canto típicamente his
pánico
propio de ciertos días solem
nes y está
en estrecha relación con el psallendum *; puede afirmarse su carácter
eminentemente sálmico. Los laudes, que corresponden al versículo
del aleluya romano, pero se ejecutan después de la homilía
como conclusión de la liturgia de la palabra, son un
versículo tomado casi siempre del salterio 47.
El sacrificium, o
canto ofertorial de la misa hispánica, es un canto de carácter
responsorial formado de una antífona y de diversos versículos.
El texto de los sacrificio, siempre de origen bíblico, proviene del
salterio sólo en trece casos4".
Para la
comunión, el rito hispánico prevé el canto ad
accedentes, compuesto sobre el salmo 33, y tiene como estribillo el
"Gustad y ved"4'.
Liturgia /
ambrosiana antigua. El canto inicial de la liturgia ambrosiana (anterior a
la reciente reforma) es el ingressa, formado por una antífona sola.
Aunque su función corresponda a la del introito romano o del
Salmos
praelegendum
hispánico, no ofrece ningún versículo sálmico, como
estos últimos. Con gran frecuencia el texto del ingressa
está tomado del libro de los Salmos, y unos setenta ingressa
corresponden en el texto y en las melodías a introitos del antifonario
romano50.
El psalmellus y
el cantus de la liturgia milanesa corresponden al responsum y al
tractus romanos: se trata de cantos interleccionales, cuyo texto proviene
del salterio, como en la liturgia romana ". Otros cantos de la liturgia de
la palabra son el versículo del aleluya, y las antífonas
ante evangelium (en algunas solemnidades) y post evangelium, característica
de Milán52: quizá se trata de formas evolucionadas del canto de
aclamación que precedía y seguía al evangelio. Estos
cantos algunas ocasiones presentan un texto sálmico ".
El canto
ofertorial u offerenda es una antífona que acompañaba al salmo,
ejecutado durante la presentación de las ofrendas. Con el tiempo
desapareció el salmo o se redujo a un solo versículo '". El
canto ofertorial milanés, en determinadas ocasiones, se toma
del salterio5í.
En el rito de
comunión, la liturgia ambrosiana conoce dos cantos: el confractorium,
antífona que acompañaba a la fracción del pan, y el
transitorium, ejecutado durante la procesión del pueblo para la comunión
o durante el traslado procesional de las especies sagradas al sagrario.
Los textos del transitorium son muy elaborados y contienen con frecuencia
referencias al salmo 33. A veces estos dos cantos se toman del salterio56.
c) La
distribución del salterio en el oficio romano. Dejando aparte las
tradiciones no del todo confirmadas, se puede afirmar que, entre los ss. iv y
vn, en las basílicas romanas tiene lugar una primera organización
del 1860
oficio, que tiene
como elemento primordial la recitación del salterio, siguiendo
antiguas costumbres orientales a menudo de origen monástico ".
El primitivo
oficio romano. Los estudios sobre el primitivo oficio romano 58
están de acuerdo en señalar el principio, que se hace fundamental
en el ámbito de la liturgia romana hasta el Vat. II, de la
recitación semanal del salterio. Este aparece dividido en dos
grandes grupos: el primero, formado por los salmos 1-108, estaba destinado
a la oración de las horas matutinas, que acababa con los salmos 148-150
s«; el segundo grupo, salmos 109-147, se distribuía para la
oración de la tarde de los días de la semana. Semejante división
ha dejado huellas en la liturgia milanesa y en la liturgia monástica
benedictina. Quizá en un primer momento esta celebración no
incluía las horas menores, que aparecieron más tarde. Esta
aparición comportará la introducción de variaciones en la
distribución de los salmos del primer grupo, para abastecer a cada oficio
de un cuerpo de salmodia60.
El oficio romano
del s. vil. En el
s. vn aparece
plenamente estructurada la distribución del salterio para el oficio
cotidiano ", que estará en vigor en la liturgia romana hasta la
reforma de san Pío X (1913). Para el oficio de las vigilias se reservan
los salmos del primer grupo tradicional (1-108), de modo que se aseguren para
cada día doce salmos, más el salmo 94, con el que empieza la celebración
cada día *2. El oficio de laudes comprende un grupo de salmos que
se repiten todos los días, más un salmo propio del día
". Para las horas menores se reserva el largo salmo 118 *>. Para
las vísperas se mantienen los salmos 109-147, y para la hora de
completas se repiten los tradicionales salmos 4; 30,1-6; 90 y 133, ade1861
cuados a las
horas nocturnas. Tal distribución del salterio es justamente una
combinación del principio de la recitación continuada con la asignación
de determinados salmos a determinadas horas, respetando su sentido propio
<5.
El "cursus
" de
La
distribución de Quiñones. En la primera mitad del s. xvi hubo en
el ámbito de la iglesia romana un intento de distribución del
salterio tendente a hacer el oficio divino más asequible. El card.
Quiñones m recibió del papa Clemente VII el encargo de
una reforma del oficio. Aprobado por Pablo III en 1535, el nuevo oficio
tuvo un gran éxito, pero fue suprimido, tras sólo treinta y tres
años de vida, en 1568 ™. Manteniendo el principio de la
recitación semanal del salterio, Quiñones distribuye
los 150 salmos según tres principios nuevos: se abandona el sistema
de la recitación del salterio según el orden
numérico; no se debe
Salmos
repetir
ningún salmo a lo largo de la semana; se asignan tres unidades solamente
para cada hora ". Pese a sus méritos, la obra de Quiñones
fue objeto de severas críticas, una de las cuales fue,
precisamente, que no había respetado las asignaciones tradicionales
de ciertos salmos a funciones u horas determinadas n.
La reforma de san
Pío X. En 1911 el papa Pío X creó una comisión para
la reforma del Breviario romano; y en 1913 se promulgó el nuevo
oficio, que contenía una nueva distribución del salterio.
Los principios seguidos por la comisión son un feliz compromiso entre la
tradición romana y algunos aspectos del Breviario de
Quiñones. Efectivamente, la nueva distribución mantiene la recitación
semanal de los 150 salmos, pero sin ninguna repetición. Los salmos
de la mañana disminuyen y cada hora recibe salmos propios, aplicando los
principios de la división de los salmos más largos y la
atribución de tres unidades a cada nocturno y a cada hora menor, excepto
laudes y vísperas.
La
distribución de los salmos se hace de tal manera que se mantiene, dentro
de lo posible, la atribución de los dos grandes grupos de salmos que era
tradicional en Roma desde los comienzos mismosn. La nueva distribución
se mantiene hasta los años del posconcilio, cuando en 1967 la segunda
instrucción litúrgica Tres abhinc annos permitía simplificar
la recitación del salterio74.
d) La distribución
del salterio en el oficio hispano y ambrosiano. Entre las liturgias
occidentales no romanas, la hispánica y la ambrosiana han conocido
una organización más característica de la liturgia de
las Horas, de la que intentaremos dar una breve descripción por lo que
se refiere al uso del salterio ".
Salmos
La
celebración de la liturgia hispana. La liturgia de las Horas hispánica
comprende un oficio eclesial (o catedral) y un oficio monástico. El
oficio eclesial conoce solamente la hora de la mañana y la hora vespertina;
las horas menores de tercia, sexta y nona se recitan solamente en los
días feriales de carácter penitencial 76. El oficio
monástico, además de las horas de la mañana y de la tarde
(las mismas del oficio eclesial), tenía las horas siguientes: los nocturnos,
las horas menores diarias y completas (llamadas las horas canónicas).
Además, como preparación
o complemento de
las horas canónicas, estaban las horas llamadas peculiares
". En general, sea el oficio monástico, sea el oficio eclesial,
tras la introducción llevaban una parte salmódica78.
La estructura de
la salmodia de la hora de la mañana comprendía elementos
provenientes del oficio de vigilia y elementos propios del oficio de la
mañana. La parte de vigilia de los días feriales se compone del
salmo 3 ™ y de una missa de tres salmos 80. El domingo, en
cambio, comienza con los tres salmos canónicos, o sea, los
salmos 3, 50 y 56, seguidos por una missa cuyos salmos se reducen a un solo
versículo más el Gloría. En los días festivos,
después del Sal 3, sigue una o diversas missae, semejantes a la del
domingo8'. La parte propiamente matutina de los días feriales comprende
el salmo 50, el cántico del AT, el salmo matutino82 y los tres
salmos 148-150. El domingo presenta el cántico del AT, las Bendiciones
de Daniel, el sonum" y los salmos 148-150. Los días festivos,
en cambio, tienen el salmo 50, el cántico del AT, las Bendiciones,
el sonum y los salmos 148-150.
La oración
de la tarde comprende el vespertinum con el salmo lucernario y otros dos
salmos. En el domingo y en los días festivos los tres sal1862
mos se reducen a
un versículo con el
Gloria 8\
En el oficio
eclesial, por tanto, la salmodia es bastante reducida. A los salmos de las
horas de la mañana y de la tarde hay que añadirles los tres
salmos de cada una de las horas menores en las ferias penitenciales. En el
oficio monástico, en cambio, la salmodia era mucho más abundante:
30 salmos los días feriales y 36 el domingo, por lo que se refiere a las
horas canónicas, más los numerosos salmos de las horas peculiares
85.
La
distribución del salterio respondía a un doble sistema: por
una parte estaban los salmos elegidos para una función específica
en la celebración86; por otra, la lectura continua del salterio, en
el sentido de que los salmos, recitados según el orden numérico,
se retomaban en el punto donde había terminado la hora precedente.
Este doble sistema se encuentra sobre todo en el oficio monástico,
y en parte también en el oficio eclesial, aunque en este
último no parece que se recitase todo el salterio en un determinado
período de tiempo"'.
El uso del
salterio en la liturgia hispánica no se puede valorar solamente a
partir de la salmodia de las horas del oficio. Efectivamente, el libro de
los Salmos constituye un elemento de primera importancia en el conjunto de
la celebración, en cuanto que una buena parte de los elementos
de la misma (antífonas, psallenda, sonum, responsorios, oraciones,
etc.) se toman en gran medida del salterio, especialmente en el oficio
ferial"".
La
celebración de la liturgia ambrosiana antigua. El oficio ambrosiano
ha sufrido a lo largo de los siglos influencias provenientes de ambientes
litúrgicos no milaneses, así como de la liturgia romana [/ Ambrosiana.
Liturgia, I], que afectan
1863
precisamente a la
parte de la sal
modia.
La vigilia
matutina milanesa conoce la salmodia solamente en el oficio de cinco
días de la semana, del lunes al viernes incluidos; en cuanto al domingo,
en lugar de los salmos, tiene tres cantos del AT, y el sábado un
cántico del AT y el salmo 118. La disposición de estos dos
últimos días sería primitiva y propia de Milán.
Para la salmodia de los otros días se han asignado, como en Roma, los
salmos 1-108. Estos salmos han sido divididos en diez grupos, llamados
decurias, cinco para una semana y cinco para la otra, dando lugar así a
la recitación del salterio en dos semanas, en vez de en una sola,
como en Roma1".
Para la parte
final del oficio matutino o laudes, después del cántico del Benedictus,
el domingo presenta los cánticos de Éxodo, Cantemus, y de Daniel,
Benedicite; las ferias, de lunes a viernes, el salmo 50, y el sábado
el salmo 117. Siguen tres salmos típicos (148-150 y 116), y por
último un salmo llamado directus, propio de cada día *>.
Las horas menores
entraron en el esquema del oficio ambrosiano en un segundo momento y repiten todos
los días el salmo 118, como se hacía en el oficio romano desde el
s. vil hasta el 1913".
Las
vísperas ambrosianas ofrecen una estructura tripartita, formada por el
lucernario, la salmodia y la parte estacional, esta última para los
días festivos. El lucernario, elemento primitivo y más antiguo de
las vísperas *2, usa versículos sálmicos que ilustran
el tema de Dios luz". La parte salmódica ofrece tres modalidades,
dos propias de Milán y la tercera de influencia romana. La primera,
para las grandes solemnidades del Señor, se compone de un salmo propio,
al que siguen los salmos 133 y 116. La segunda, para las fiestas
Salmos
de los santos,
presenta un salmo propio con los salmos 133 y 116, y un segundo salmo
propio. Finalmente, para las vísperas del domingo y de las ferias, cinco
salmos para cada día de la semana, retomando así el grupo de
salmos 109-147 que usaba la liturgia romana para la oración de la
tarde94. La salmodia de completas ofrece una combinación de elementos
propios y de elementos roma
9i
nos. La antigua
celebración ambrosiana conocía otras dos vigilias,
además de la matutina: una vigilia vespertina con tres salmos y una vigilia
nocturna, propia de las mayores solemnidades, con la
recitación del salterio entero %. Además de la salmodia, el
oficio ambrosiano contiene otros elementos (antífonas, psallenda,
versículos, etcétera) tomados del s,alterio o estrechamente
unidos a él, como las oraciones que acompañan a algunos
salmos".
e) Ayudas para el
uso cristiano del salterio. El libro de los Salmos ha sido considerado como
elemento insustituible de la oración cristiana desde los primeros
tiempos de la iglesia, pero sobre todo a partir del
s. III '8. El
salterio, como hemos dicho [/ supra, I], supone una cierta dificultad como
libro de oración para el cristiano. Conscientes de ello, las
generaciones cristianas han ideado auxilios para ayudar a comprender el
texto sagrado y facilitar su lectura cristiana. Entre éstos conviene
recordar especialmente los títulos de los salmos, las
antífonas y las colectas sálmicas.
Los
títulos de los salmos. En el encabezamiento de la mayor parte de los
salmos, en la biblia (hebrea y de los LXX) se encuentran títulos [/
supra, II, 2-3]. Su origen y su valor son muy discutidos, pero tienen
Salmos
una indudable
importancia por las
indicaciones que
suministran para la
historia del
salterio y de su utiliza
ción
litúrgica en Israel".
También en
diversos manuscritos
latinos de
salterios para el uso litúr
gico cristiano se
dan los títulos al
comienzo de los
salmos, que, sin em
bargo, son
diferentes de los bíblicos.
Se trata de
breves sentencias, que
tienen la
finalidad de facilitar la in
terpretación
cristiana del salmo y
ayudar a la
plegaria del orante. Es
tos
títulos cristianos han sido objeto
de una
investigación minuciosa por
obra de dom
Pierre Salmón, y pu
blicados
después por él mismo m.
La obra de dom
Salmón contiene seis series de títulos, cuya composición
puede establecerse en el arco de tiempo que va desde las postrimerías
del s. m o comienzos del ív hasta el final del s. vi. Se trata en
general de obras anónimas, a excepción de dos series atribuidas,
respectivamente, a Eusebio de Cesárea "" y a Casiodoro y Beda
,02.
Sobre el
contenido de estas series de títulos se puede decir que, en general,
intentan dar una explicación e interpretación del texto sagrado
siguiendo los principios de una exégesis espiritual, o sea, viendo
en los salmos profecías de la obra redentora de Cristo e intentando
hacer de los mismos salmos un texto vivo, una plegaria actual, un canto que se
inserta en la gran realidad del misterio de Cristo y de la iglesia m. Las
series IV y VI ofrecen una interpretación cristiana del
género literario del salmo m. La importancia espiritual de estos
títulos cristianos de los salmos ha sido reconocida por los que han
preparado la nueva Liturgia Horarum de la iglesia romana querida por el
Vat. II, ya que han enriquecido el nuevo libro de oración
litúrgica con títulos semejantes a los de las antiguas series (cf
OGLH 111).
1864
Las
antífonas. La historia de la liturgia testifica que, desde el s.
ív, la recitación de los salmos conocía el uso de las
antífonas. La antífona es un estribillo que tiene una doble función.
La primera es musical, ya que designa y prepara el tono sobre el que
debía modularse el salmo: desde este punto de vista, la antífona
podía ejecutarse al principio y al final del salmo, o bien repetirse
entre los versículos en forma responsorial. La segunda
función de la antífona, la más importante, es la de
sugerir el sentido preciso que se quiere dar al salmo en la
celebración. Esto aparece sobre todo en las antífonas llamadas
sálmicas, formadas con breves frases tomadas del incipit del salmo
o de los versículos más característicos l0!.
La función
de la antífona se nos recuerda en
Las colectas
sálmicas. Desde el
s. ív, en
Oriente y Occidente, sobre todo en los ambientes monásticos, se
sintió la necesidad de introducir una pausa de oración silenciosa
entre salmo y salmo. Con las pausas de silencio se trataba de profundizar
las ideas sacadas del salmo que se acababa de recitar. De la pausa de oración
silenciosa se pasó a la improvisación de una oración
en voz alta que resumiera en pocas palabras el resultado de la
meditación. En un momento posterior, esta praxis originó la
redacción de colectas para ser rezadas durante la celebración. El
nombre de colecta derivaría de la expresión "colligere
orationem"10'.
Las colectas
sálmicas, aun habiendo tenido un gran éxito, como ates1865
tigua su
difusión, encontraron una verdadera dificultad para penetrar en la
liturgia oficial. La liturgia hispánica fue la única que
conservó su uso en la liturgia de las Horas "".
Las diversas
series o colecciones de colectas sálmicas que se conservan son
objeto de cuidadosas investigaciones a causa de su rico contenido
teológico y espiritual. La más antigua, probablemente de la segunda
mitad del s. v, es la serie "Visita nos", compuesta
íntegramente por un solo autor l08. De la mitad del s. vi es la que se
llama serie romana, o mejor itálica, atribuible quizá a Casiodoro
m. De la época carolingia queda una serie compuesta por un autor
anónimo sobre algunas colectas de origen hispánico
"°. Finalmente existe la abundante colección de colectas
de origen hispánico, que con gran probabilidad estaban originalmente
reunidas en un libro litúrgico llamado liber orationum psalmographus,
del que se ha publicado recientemente una recomposición '".
Los autores de
las colectas se inspiraron en los comentarios patrísticos, en
las series de títulos y con frecuencia en las antífonas,
así como en los salmos mismos. Indudablemente, las colectas
sálmicas son un admirable ejemplo de actualización de la
espiritualidad vivida en la celebración de la liturgia, en concreto
de la interpretación cristiana del salterio. Precisamente por ello
se ha dicho que las colectas constituyen una especie de catequesis de la
sacramentalidad de la celebración litúrgica "2.
VI. Los salmos en
la liturgia romana actual
El n. 24 de
Salmos
la / reforma
litúrgica, ejecutada según los principios establecidos por
el Vat. II, el papel del salterio es notable en todos los libros
litúrgicos.
1.
(n. 26) y para el
canto de comunión
(n. 56, i)
está previsto el canto de la antífona, con mucha frecuencia tomada
de los salmos (figura en el formulario correspondiente del Misal, y, con
notación musical, en el Gradual romano o en el Gradúale simplex),
que puede ir acompañada por el respectivo salmo. No obstante, junto
a este uso de los salmos,
Ha sido mucho
más lograda la recuperación del salmo responsorial,
considerado parte integrante de la liturgia de la palabra (OGMR 36). Se discute
si este salmo debe considerarse como una ulterior lectura de
Leccionario
añade en el n. 9: "Para que el pueblo pueda más
fácilmente decir la respuesta salmódica, la distribución
de las lecturas señala algunos textos de salmos y de respuestas
seleccionados para los diversos tiempos del año o para las diversas
categorías de santos, los cuales podrán emplearse en vez del
texto que corresponde a la lectura, siempre que el salmo sea cantado"
"4. En lugar de los salmos responsoriales indicados más arriba,
cales que se
encuentran en el Gradúale simplex "'.
2.
cuatro semanas;
en general, los salmos se usan una sola vez, exceptuados los
más significativos, que se repiten varias veces. Son treinta y seis
los salmos que aparecen dos o más veces a lo largo de las cuatro semanas.
Los salmos 57, 82 y 108, considerado su carácter imprecatorio, no
aparecen en la oración de la iglesia, y también varios salmos han
sido privados de los versículos que se consideraba que podían
crear difi
cultades en los
orantes. El principio más usado en la elección de los salmos
es el de la elección según el carácter de la hora y
del día. Así los nn. 126ss de
1866
criterios de
selección: para el primer salmo de laudes se ha elegido un salmo
matutino, mientras el último es, según la antigua
tradición, un salmo de alabanza; para las vísperas, desgraciadamente,
no se ha conservado el uso de un salmo lucernario, como en otras liturgias;
para el domingo se han escogido salmos estrechamente relacionados con el
misterio pascual, mientras que al viernes se le han asignado salmos de
carácter penitencial o capaces de ser referidos a la pasión;
los salmos 77, 104 y 105, que narran la historia de la salvación en el
AT, han sido reservados para los tiempos litúrgicos de adviento,
navidad, cuaresma y pascua; para las fiestas, la elección de los salmos
se ha hecho de
manera que se subraye el carácter de la celebración. Indudablemente
la nueva distribución del salterio está orientada a ayudar a los
fieles para una utilización más viva de las riquezas que
contiene. El hombre moderno difícilmente se puede adaptar a las
largas salmodias en uso durante los siglos pasados. Al reducir el número
de salmos y escoger los salmos más significativos para las horas de
laudes y vísperas, se pone a disposición de los fieles una parte
de
Para que se
facilite el uso de los salmos en la oración cristiana, la nueva
Liturgia Horarum prevé tres elementos, recuperados de la
tradición precedente: los títulos, las colectas sálmicas y
las antífonas. En el salterio distribuido en cuatro semanas, cada
salmo lleva un título, que se refiere a su significado y su importancia
para la vida humana del creyente. Además, cada salmo va
acompañado de una frase tomada del NT o de los escritos de los pa
dres, que invita
a orar con el salmo en sentido cristológico (OGLH 111). Se prevé
también la publicación de 1867
colectas
sálmicas, en la línea de la tradición medieval (OGLH 112).
Por desgracia, tal publicación oficial no ha tenido lugar
todavía. En algunos países, provisionalmente, se han
preparado algunas series de colectas sálmicas, que indudablemente son de
gran utilidad. Las antífonas ayudan a descubrir el género
literario del salmo, y con frecuencia ponen de relieve aspectos importantes del
mismo. El n. 114 de
El salterio
está todavía presente en otros elementos del oficio divino, como
los versículos y los responsonos, que se encuentran en las diversas
horas del oficio.
3. LOS
SACRAMENTOS Y LOS SACRAMENTALES. El n. 35 de SC prescribe la lectura
de
VII. Modalidades
celebrativas
El n. 121 de
Salmos
contenido y
según el carácter específico de cada uno de ellos.
Como se ha indicado más arriba hablando de los géneros
literarios, los salmos son verdaderos poemas, y cada uno de ellos tiene su
especificidad, que debe respetarse si se quiere que la celebración
adquiera su sentido festivo.
La
tradición, como hemos señalado en los párrafos
precedentes, nos ha transmitido diversos modos de ejecutar los salmos, y la
renovación querida por el Vat. II se ha preocupado por
«vitalizarlos. Así, para la celebración de la misa se ha
reintroducido con carácter obligatorio el salmo responsorial
después de la primera lectura. Sólo en el caso del canto
gregoriano (latino) se permite retomar el gradual, canto sálmico de
carácter reducido (OGMR 36). Por lo que se refiere a las otras celebraciones
de la palabra en conexión con los diversos sacramentos y sacramentales,
el salmo responsorial es obligatorio. Para la liturgia de las Horas, el n. 122
de
Salmos
te las
publicaciones de P. Farnés y
A. Aparicio
"'.
VIII. Problemas
litúrgico-pastorales
El uso del
salterio como libro de oración para el cristiano de hoy comporta
evidentemente problemas, algunos de los cuales ya se han insinuado a lo
largo del tratado. Como conclusión, es oportuno señalar dos
importantes núcleos de problemas, que conviene considerar atentamente
desde un punto de vista litúrgicopastoral: los derivados del
contenido del salterio y los que conciernen a la interpretación
celebrativa de los
salmos. La
marcada impronta veterotestamentaria del salterio exige a quien desea
rezar los salmos en el espíritu del evangelio un mínimo de preparación
o ambientación bíblica. Efectivamente, los salmos se han
leído en el ámbito del culto cristiano como profecías
relativas al misterio de Cristo, el cual a su vez permite interpretar
el sentido último de los salmos. Así, la posterior
tradición cristiana patrística y litúrgica ha aprendido a
leer a Cristo en los salmos y a los salmos en Cristo. El auténtico modo
de orar con los salmos se puede colegir del siguiente texto de san Agustín:
"Como el
Cristo total es cabeza y cuerpo, por eso en todos los salmos, al
oír la voz de
Ved que yo estoy
con vosotros hasta la consumación de los siglos. Si está con
nosotros, habla con nosotros, de nosotros y por nosotros; como también
nosotros hablamos en él, y por eso hablamos verdad, porque hablamos
en él" l2°. Por ello no debe olvidarse el papel de
válida ayuda que,
1868
para una recta
interpretación de los salmos, tienen las antífonas, las frases
bíblicas y los títulos que aparecen en los libros
litúrgicos, sin olvidar las colectas sálmicas. Los problemas
derivados del contenido de los salmos pueden superarse con un traba
jo de
mentalización y de conocimiento del salterio dentro de la historia
de salvación que se actúa en la liturgia.
El segundo
núcleo de problemas se refiere a la interpretación celebrativa
de los salmos.
n. 103 recuerda:
"Los salmos no son lecturas ni preces compuestas en prosa, sino
composiciones poéticas de alabanza. Por tanto, aunque posiblemente
hayan sido proclamados alguna vez en forma de lectura, sin embargo, atendiendo
a su género literario, con acierto se les llama en hebreo Tehillim,
es decir, cánticos de alabanza, y en griego Psalmoi, es
decir,
cánticos que han de ser entonados al son del salterio. Es verdad,
todos los salmos están dotados de cierto carácter musical, que
determina el modo adecuado de recitarlos. Por tanto, aunque los salmos se
reciten sin canto, e incluso de modo individual y silencioso,
convendrá que se atienda a su índole musical: ciertamente ofrecen
un texto a la consideración de la mente; pero tienden
sobre todo a
mover los corazones de quienes los recitan y los escuchan, e incluso de quienes
los tocan con arpas y cítaras". La interpretación celebrativa
de los salmos en la liturgia sigue siendo, por tanto, un amplio campo de
investigación, en el que los técnicos y pastores deben empeñarse
a fondo para encontrar las formas más adecuadas a los diversos
tipos de comunidades y a las
diversas
celebraciones. Del modo de interpretación dependerá indudablemente
el interés del pueblo fiel por servirse de los salmos en su
oración.
1869
NOTAS: ' P.
Auvray, Los salmos, en H. Cazelles (dir.), Introducción
crítica al AT, Herder, Barcelona 1981, 525 — 2 P. Auvray, Los salmos,
l.c, 526; A. Rolla, Libri didattici, en // messaggio delta salvezza 3, LDC,
Turín 1971, 420-424; G. Castéllino, Libro dei Salmi. en
S. Garofalo
(dir.),
G.
Castéllino, Le lamentazioni individuali e gli inni in Babilonia e in
ísraele, raffrontati riguardo alia forma e al cortlenuio,
Turín 1940 — 7 Cf E. Lipinski, Psaumes I, Formes et genres
¡ittéraires, en DBS IX (1973) 1-125 — 8 Cf E. Beaucamp,
Psaumes II, Le Psautier, en DBS. cit., 127-159 — 9 Cf E. Beaucamp,
Psaumes II, Le Psautier, l.c, 149-157 — l0 Cf P. Salmón, Les
"Tituli Psalmorum" des manuscrits latins, Cerf, París 1959,
10-27 — " Eteria, Diario di viaggio, Edizioni Paoline, 1979
— l2 Cf
P.J. Mateos, De
officio matutino et vespertino in ritibus orientalibus, pro manuscripto, Pontificium
institutum liturgicum Anselmianum, Roma 1968, 17-31 — 13 Cf B. Botte,
Rites el
familles
lilurgiques, en A.G. Martimort (dir.), L'église en priére.
Introduction a la liturgie, Desclée, París 1961, 15-26
(bibl.) — " Cf P. Salmón, La priére des heures,
en A.G. Martimort, o.c.enlanotaprec,789-815(bibl.) - l! CfM. Andrieu, Les
Ordines Romani du haut moyenage 2, Les Textes (Ordines I-XIII), Lovaina
1971, 2-108 (OR I); 3, Les Textes (suite) (Ordines X1V-XXXIV), Lovaina
1974, 45-125 (OR XV) — ]h Los principales antifonarios romanos son el
Cantatorium de Monza (Monza, hacia el año 800), el antifonario de
Rheinau (Rheinau, VIII-IX s.), el antifonario de Mont-Blandin o de Pamelius
(Mont-Blandin, VIII-IX s.), el antifonario de Compiégne o de Carlos
el Calvo (Saint-Corneille de Compiégne, 860/880), el antifonario de
Corbie (Corbie, después del año 853), el antifonario de Senlis
(Saint-Denis, 877/882). Cf R.J. Hesbert, Antiphonale missarum sextuplex,
Bruselas 1935 — l7 Entre las cerca de 115 antífonas conservadas en
los antifonarios, una treintena no son sálmicas, sino
pertenecientes a otros libros de la biblia, excepción hecha de las
antífonas Gaudeamus y Salus populi (textos no bíblicos) y In
excelso throno (del IV libro de Esdras) — IK Así, la
antífona del I domingo de adviento presenta los primeros versículos
del salmo 24: Ad te levavi animam meam, mientras que el salmo reanuda con el v.
4: Vías
lúas — 19 Por ejemplo, el II domingo de adviento tiene como
antífona Is 30,30: Populus Sion, con el salmo 79. La antífona de
la epifanía está tomada de Mal 3,1 y 1 Crón 29,12: Ecce
advenit, mientras que el salmo es el 71. Se ha
Salmos
subrayado que el
incipit del salmo es menos pertinente a la solemnidad que el v. 10 (Reges
Tharsis... muñera offerunt), pero ello ayuda precisamente a
comprender la costumbre primitiva de decir todo el salmo o al menos los
versículos más apropiados, y no solamente el primero — 20
Así, para el tiempo de adviento se eligieron los salmos 18, 24, 79 y 84;
en cambio, para el tiempo cuaresma] aparecen los salmos de lamentaciones,
además del típico salmo 90 — 21 Desde el I al XVI domingo
los antifonarios presentan antífonas sálmicas tomadas de los salmos
12, 17, 24, 26, 27, 46, 47, 53, 54, 67, 69, 73, 83, 85 - 22 Los responso
conservados por los antifonarios son alrededor de ciento treinta, de los que
sólo diez son textos no sálmicos — 23 El enriquecimiento
melódico que significó el canto gregoriano para los textos y que
exigía un espacio de tiempo superior a una salmodia simple, explica
la reducción del salmo responsorial a un solo verso, además de la
antífona o estribillo ~ 24 El texto en cuestión no es
sálmico, sino que proviene de Jer 1,5.9: "Priusquam te formarem
in útero, novi te: et antequam exires de ventre, sanctificavi te. V.
Misit Dominus manum suam, et tetigit os meum, et dixit mihi:
Priusquam..." — 25 Los "tractus" que aparecen en los
antifonarios son alrededor de una veintena, de los que tres o cuatro
constan de dos versos, mientras que los demás poseen tres, cuatro,
cinco o seis — 26 El "tractus" Qui habitat presenta 13 vv., que
corresponden a los vv. 1-7 y 11-16 del salmo 90: el "tractus" Deus,
Deus meus, presenta 13 vv., que correspoden a los vv. 2-9, 18b-
22. Interesante
el que en el viernes de
mos: 9, 12, 16,
17, 26, 30, 33, 50, 103 —
storico
genérale, Turín 1978, 62-67 ---17 Cf J. Pinell, Le liturgie
occidentali, 59 — 1í! Ib, 61 y 63 — 39 Ib, 75 —
"° J. Pinell, De liturgiis occidentalibus, 85-86 — 4I Cf J.
Pinell, Le liturgie occidentali, 132-140, e Id, La liturgia céltica, en
Anamnesis 2, 67-70 para la bibl. — 42 Éste es el uso de la
tradición B, mientras que la tradición A de los días
citados presenta, en lugar del praelegendum, tres antífonas a veces
de origen salmico. Cf Missale Mixtum, ed. A. Lesley: PL 86;
L. Brou-J. Vives,
Antifonario Visigótico Mozárabe de
Cf Missale Mixtum
(nota 42), 109 y 183 -u Cf
J. Pinell, Le liturgie
occidentali (nota 36) 79106; Id, La liturgia ispanica, en Anamnesis 2,
70-88 — 45 Un ejemplo de psallendum: 1 domingo de cuaresma: "Ne
memor fueris Deus iniquitatum nostrarum antiquarum: cito apprehendat nos
misericordia tua Domine. V. Quoniam pauperes facti sumus valde. R. Cito apprehendat".
Cf Missale Mixtum 297 — **• Un ejemplo de clamor en relación
con el psallendum: "(Psal.) Haec est dies quam fecit Dominus:
Exsultemus et laetemur in ea. V. Dextera Domini fecit virtutem: dextera Domini
exaltavit
1870
me. R. Exsultemus
et laetemur in ea. (Clamor) Aperite mihi portas iustitiae. Deo gratias. R.
Exsultemus et laetemur in ea". El nombre clamor se debe probablemente
al largo neuma con que acababa el verso, y al que el pueblo respondía
con un Deo gratias, antes de reanudar el estribillo — 47 En las misas del
tiempo de cuaresma el psallendum es sustituido por un canto propio, los
threni, formados con textos tomados de Lam, Job o de los Profetas. Cf J.
Pinell,
El canto de los
"threni" en las misas cuaresmales de la antigua liturgia
hispánica, en Eulogia. Miscellanea litúrgica, Roma 1979, 317-365
— 48 Cf J. Pinell, Le liturgie occidentali, 89; M.M. Otero
Azcárate, Elevavit sacerdos muñera. Estudio teológico
de las fuentes bíblicas y litúrgicas de los cantos
ofertoriales hispánicos "sacrificio " del antifonario de
la liturgia hispánica.
Disertación
doctoral, Pontificio Instituto Litúrgico, Roma 1980 — 49 Cf
J. Pinell, Le liturgie occidentali, 101 - 50 Cf P. Borella, // rito ambrosiano,
Brescia 1964, 146-152; J. Pinell, Le liturgie occidentali, 42; A.M. Triacca, La
liturgia ambrosiana, en Anamnesis 2, 88-110 — 51 Cf P. Borella, II
rito ambrosiano, 156; J. Pinell, Le liturgie occidentali, 45 - - " Cf
P. Borella, o.c, 159-161; J. Pinell, Le liturgie occidentali, 45
— 51 Cf, por ejemplo, A. Paredi (dir.), Sacramentarium Bergomense,
Bérgamo 1962, 6 y 7, die XXVII dec. e dom. p. Natale Dom. — M Cf
P. Borella, o.c, 166-168 — 55 Cf
A. Paredi, o.c,
7, dom. p. Natale Dom.: "Visi sunt gressus tui, Domine, gressus Dei mei
regis, quí est in sancto...", Ps 67 - 5(l Cí P. Borella,
o.c, 206-216; J. Pinell, Le liturgie occidentali, 50-51 — " Eteria,
Diario di viaggio, Edizioni Paoline, 1979, 103 -5* Cf H.J. Becker, Reform des
Ferialpsalterium. Ein Diskussionsbeitrag, en EL 79 (1965) 17-54; C. Callewaert,
De laudibus Matutinis, en SE 1940, 65ss; J. Pascher, Zur
Frühgeschichte des rómischen Wochenpsalteriums, en EL 79
(1965) 54-58 -
frühchristlicher
Vigilienfeier und ihr Fortleben vor allem im rómischen und monastischen
Ritus, Münster 1967, 195-205 -M Cf H.J. Becker, le (nota 58) 47
-<" Cf S. Báumer-R. Biron, Histoire du Bréviaire I,
Roma 1967, 293ss;
C. Callewaert,
L'oeuvre liturgique de st.-Grégoire, en SE 1940, 636ss; M. Righetti, Manuale
di storia litúrgica II, Milán 1946, 445ss. Estos autores
atribuyen a san Gregorio Magno la estructuración del salterio romano -bl
M. Righetti, o.c, 564-565, atribuye la introducción del salmo 94 como
invitatorio en el oficio romano al papa san Gregorio Magno - 61 Los salmos
que se repiten cada día son: 50, 62, 66, 148, 149 y 150. El salmo propio
o salmo matutino de cada día: 117 (dom.), 5(f2), 42 (f 3), 64 (f
4), 89 (f 5), 142 (f 6) y 91 (sáb.) M En la
1871
hora de prima,
junto a cuatro estrofas del salmo
118. se recitaba
el salmo 53 y otro salmo tomado del grupo de los salmos de la vigilia
matutina (1-108) — M Para otras precisiones cf J. Giben Tarruell, La
nouveile disiribution du Psautier dans la "Liturgia Horarum", en EL
87 (1973) 325-382 — ** Para estudiar las relaciones entre oficio romano y
oficio de
V. SC 185 (1971)
— v Son fijos los salmos 66, 50, 148, 149 y 150; son propios los salmos
117 y 62 (dom.), 5 y 35 (f 2), 42 y 56 (f 3), 63 y 64 (f 4), 87 y 89 (f 5), 75
y 91 (f6), 142 (sáb.) --M En la hora de prima del domingo, cuatro
estrofas del salmo 118; durante la semana, los salmos 19. El resto del
salmo 118 se recita en las horas del domingo y del lunes, mientras que desde el
martes al sábado se repiten los salmos graduales, 119-127 —
6y Erancisco Quiñones, de la orden de los Menores, cardenal de
Salmos
tis, pecutiaris
vigilia, post nocturnos, ordo peculiaris seu aurora, ad primam, ad
secundam, ad quartam, ad quintam, ad septiman e ad octavam. Cf J. Pinell,
Las horas vigiliares del oficio monacal hispánico, en Liturgia 3
(Scripta et Documenta 17), Abadía de Montserrat 1966, 197-340 — T8
El esquema general de la oficiatura hispánica era, según J.
Pinell, el siguiente: Introductio/Psalmodia/Lectio sacrae scripturae/
Hymnodia/Euchologia/Appendix devotionalis. Cf J. Pinell, De liturgiis
occidentalibus 11, 70 — 79 En el oficio hispánico la regla general
es que cada salmo posee su antífona y una oración
sálmica como conclusión. De estas oraciones sálmicas
se hablará luego /[V, 2, e] — st) Recibe el nombre de
"missa" un conjunto formado por tres salmos con sus respectivas
antífonas y oraciones sálmicas. En los días festivos
y domingos, los salmos se reducen a un verso y al Gloria. El conjunto, formado
por antífona, verso y Gloria, aparece como un canto de tipo responsorial
-- Bl Según la solemnidad del día, las "missae" pueden
ser 2, 3, 4, 5, 6, 7 u 8. Cf J. Pinell, De liturgiis occidentalibus II, 106 y
115119 — K2 Los salmos matutinos de la liturgia hispánica son
los salmos 5, 18, 35, 42, 58, 62, 64, 66, 75, 87, 89, 91, 100, 107, 117, 118,
145152, 129 y 142. Cf J. Pinell, De liturgiis occidentalibus II, 127 —
83 El sonum es un canto formado por una antífona y por un
versículo sálmico, melódicamente muy adornado —M En
el oficio festivo, el tercero es un salmo aleluyético, y en los
libros recibe el nombre de Lauda. En tales oficios existe, entre el vespertinum
y el segundo salmo, un sonum semejante al del oficio matutino - Kí
Cf J. Pinell, De liturgiis occidentalibus II, 71-72; Las horas
vigiliares... (nota 77) 224-231 — *b Los salmos elegidos son los salmos
canónicos (3, 50, y 56), los salmos matutinos (cf nota 82), los salmos
148-150 y los salmos vespertinos -*7 Cf J. Pinell, De liturgiis occidentalibus
II, 72; Las horas vigiliares... 219 ** Cf J. Pinell, De liturgiis occidentalibus
II, 72 -™ Cf P. Borella, // rito ambrosiano, Brescia 1964, 225-239. En la
p. 238 el autor ofrece la distribución de los salmos según las
diez decurie — **" Los salmos directi de los siete días
de- la semana son: 92, 53, 66, 69, 1 12, 142 y 89 yl Si la tradición primitiva
de la liturgia ambrosiana reservaba el salmo 118 para la vigilia matutina del
sábado, aparece el origen no milanés de la recitación de
dicho salmo en las horas menores. Para las horas de prima está
prescrito también el salmo 53, como en la liturgia romana antigua
— y2 Cf J. Pinell, Vestigis del lucernari a Occident, en Litúrgica
1 (Scripta et Documenta 7), Abadía de Montserrat 1956, 91-149 —
gí Cf P. Borella, // rito ambrosiano, 251-248 - y4 Cf ib. 259. La
tercera parte de las vísperas ambrosianas, u oficio estacional,
propia de los días festivos, está formada por psallenda, cantos
procesionales
Salmos
para las visitas
a los bautisterios. Cf P. Borella, // rito ambrosiano, 260 — " Los
salmos de completas propios de la tradición ambrosiana son los
salmos 132 y 116, los cuales se recitan junto con los salmos 4, 30, 90 y 133,
propios de la tradición romana —96 Cf P. Borella, // rito ambrosiano,
262-271 — 97 Para otros particulares, cf P. Borella, // breviario
ambrosiano, en M. Righetti, Manuale di síoria litúrgica II (nota
61) 603-641 — » Cf P. Salmón, La priere des heures (nota 14)
799. En el medievo el salterio adquiere en ciertos ambientes un valor penitencial,
lo que tiene como consecuencia una recitación abundante de salmos.
Así, sobre todo en los ambientes monásticos, junto con las horas
canónicas, y como preparación o como complemento, se difunde
el uso de la recitación de salmos bajo títulos diversos: oficios
votivos (de
IM los
152 — I0S
Cf Ib, 30 — Cf Ib, 28-30 — Cf
M. Righetti,
Manuale distoria litúrgica II (nota 61)512-516 — "* Cf J.
Pinell, Le collette salmiche, en Liturgia del/e ore (nota 69) 269-286;
"Líber orationum psalmographus". Colectas de Salmos del
antiguo rito hispánico, Barcelona-Madrid 1972 (33) — l07 J.
Pinell, Le collette salmiche, 276 — l0" Cf J.M.
Cañáis Casas, Las colectas de salmos de la serie
"Visita nos", Salamanca 1978 — "" Cf A.
Wilmart-L. Brou, The Psalter Collects from V- VI Century Sources (Three
Series), Londres 1949; P. Verbraken, Oraisons sur les 150 psaumes, París
1967; J. Pinell, "Líber orationum psalmographus" (nota 106)
(71)-(82) — '"> Cf nota precedente y J. Pinell, Le toilette
salmiche (nota 106)274 — '" J. Pinell, "Liber orationum
psalmographus" cit. En el apéndice se publican los textos de una
serie hispánica desaparecida, que habría sido escrita durante la
primera mitad del s. vi, textos conservados en un palimpsesto actualmente de la
biblioteca de S. Gall, Suiza (Stiftsbibliothek, ms. 908, palimpsesto. A. Dold,
Palimsest-Studien I, Beuron 1955, 14-18). Cf también A.M. Triacca,
Cristologia nel "Líber orationum psalmographus ". Un
saggio di catechesi patrística cristocentrica prégala, en
Cristologia e catechesi
patrística
(a cargo de S. Felici), Roma 1981 — 112 Cf J. Pinell, Le collette
salmiche 284 — 111 Texto en el Misal Romano oficial — l u En
1872
la editio typica
altera del Ordo Lectionum Mis
sae, Typis
Polyglottis Vaticanis 1981, el n. 9 de
los praenotanda
se ha convertido en n. 89 —
115
Gradúale sacrosanctae romanae ecclesiae
de tempore &
de sanctis, Solesmis 1979 —
116
Gradúale simplex in usum minorum eccte
siarum, Typis
Polyglottis Vaticanis, editio altera
1975 —
"7 Officium divinum ex Decreto Sa
crosancti
Oecumenici Concilii Vaticani II ins
lauratum,
auctoritate Pauli PP. VI promulga
tum: Liturgia
Horarum iuxta ritum Romanum,
Typis Polyglottis
Vaticanis, 1971 -~ m Para
otras precisiones,
cf J. Pascher, // nuovo ordi
namento delta
salmodia nella Liturgia romana
delle ore, en
Liturgia delle Ore. Documenti uf
ficiali e Sludi
(Quaderni di RL 14), LDC, Turín
1972, 161-184; J.
Gibert Tarruell, La nouvelle
disiribulion du
Psautier dans la "Liturgia Ho
rarum", en
EL 87 (1973) 325-328 — "' P. Far
nés,
Moniciones y oraciones sálmicas para lau
des y
vísperas de las cuatro semanas del salterio,
Ed. Regina,
Barcelona 1978; A. Aparicio, J.C. Rey García, Los salmos, oración
de la comunidad, Inst. Teol. de Vida Religiosa, Madrid 1981; para otras
indicaciones, cf G. Sobrero, Cantare i Salmi, en RPL 23 (1980) 57-61 (mayo)
— 120 Enarrationes in Psalmos 56,1, BAC246, Madrid 1965,395.
J. Gibert Terruel
BIBLIOGRAFÍA:
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Alonso Schoekel
L., Treinta salmos: poesía y oración. Cristiandad, Madrid 1981;
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doctrinal, Herder, Barcelona 19642; Franquesa A., Lectura cristiana de los
salmos y sentido de las lecturas, en "Vida Religiosa" 36 (1974)
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Gourgues M., Los salmos y Jesús, Jesús y los salmos, "Cuadernos
Bíblicos" 25, Verbo Divino, Estella (Navarra) 1979; Guichou
P., Los salmos comentados por
2. En la liturgia
Alonso Schoekel
L., Salmos. Texto original litúrgico, introducción y notas,
Cristiandad, Madrid 1966; Aparicio A.-García J.C.R., Los salmos
oración de la comunidad. Para celebrar la liturgia de las Horas, Publicaciones
Claretianas, Madrid 1981; Cañáis J.M., Las colectas de sal
1873
mos de la serie
"Visita Nos", Publicaciones Claretianas, Madrid 1978; Cois D.,
La salmodia, en "Oración de las Horas" 5 (1983) 152-154; 7
< 1983) 222-224; López Martín J., La oración de las
Horas, Secretariado Trinitario, Salamanca 1984, 203-220; Pinell J., "Liber
Orationum Psalmographus". Colectas de salmos del antiguo
Rilo
Hispánico, Instituto S. de Investigaciones Científicas, Madrid
1972; VV.AA., La oración de los salmos, en "Phase" 17 (1963)
169-216; VV.AA., Los salmos en la liturgia, en "Phase"
134(1983)85-177.
3. El salmo
responsorial
Cois D., El salmo
responsorial y la aclamación del aleluya, en "Oración
de las Horas" 3 (1981) 82-84; Deiss L., El salmo gradual, en VV.AA.,
Presentación y estructura del nuevo Leccionario, Ed. Litúrgica
española, Barcelona 1969, 65-93; Farnés P., El salmo responsorial,
en "Phase" 134 (1983) 123-145; Taule A., El salmo responsorial, en
"Phase" 56 (1970) 177-181.
SALVACIÓN,
HISTORIA DE LA / Historia de la salvación
SUMARIO:
Introducción: El único Santo, el pueblo santo, los santos - 1. El
culto de los mártires: 1. El culto de los difuntos; 2. El culto de los
testigos; 3. Las modalidades del culto de los mártires; 4. El culto de
los santos - II. Evolución del culto de los santos: 1. Los factores
del desarrollo: a) Traslado y repartición de las reliquias, b)
Literatura hagiográfica (calendarios y martirologios, libros
litúrgicos, actas, pasiones, leyendas y vidas de los santos, obras
literarias de los santos), c) Las peregrinaciones;
2. La
reglamentación canónica: a) El reconocimiento del culto en
el primer milenio, b) La liturgia de la canonización - III. Culto
litúrgico y devoción popular: 1. El culto litúrgico: a) El
aniversario, b) La inscripción en el martirologio, c) El formulario
eucológico, d) La veneración de las reliquias y de las
imágenes; 2. La devoción popular: a) Los santos preferidos por el
culto popular, b) Los modos de expresión del culto popular - IV. El Vat.
II y el culto de los santos: 1. El culto de los santos en 1960: a) El
calendario, b) Los formularios, c) Las normas para la celebración; 2. La
reforma de 1969: a) El "Calendarium Romanum genérale", b) Los
formularios de la misa y del oficio, c) Las nue
Santos
vas normas para
la celebración - V. Teología y pastoral del culto de los santos:
1. La reflexión teológica: a) Santidad y misterio pascual, b) La
imitación de Cristo, c) La intercesión de los santos; 2. La acción
pastoral: a) El descubrimiento del verdadero rostro de los santos, b) La
imitación de los santos, c) La intercesión de los santos.
Introducción
El único
Santo, el pueblo santo, los santos. La santidad es atributo de Dios y de su
Hijo, Jesucristo, "el único Santo, el único
Señor". La santidad es el don de Dios a su pueblo (Ex 19,5-6),
el don de Cristo a su iglesia y a cada uno de sus miembros (1 Pe 2,9). Por eso
el apóstol Pablo escribe "a todos los que estáis en Roma,
amados de Dios, llamados santos" (Rom 1,7) y pide su amor de hermanos (Rom
12,13) en favor de los "santos" que están en Jerusalén
(Rom 15,25 gr.). Con el lenguaje protocolario de su época,
Agustín se dirigirá a los oyentes con el apelativo "vuestra
santidad". Pero entonces el título de santo se atribuía ya
de manera especial a aquellos cristianos que habían vivido con
mayor plenitud su pertenencia a Cristo, a saber: los mártires.
Desde la segunda mitad del s. II en Oriente, y desde comienzos del ni en
Occidente éstos ocupaban un puesto particular en el recuerdo
de la comunidad. La iglesia festejaba cada año su natalicio, aniversario
de su deposición y nacimiento para el cielo, y se recomendaba
a su intercesión ante el Señor. Había nacido el culto de
los mártires: lo seguiría el culto de los santos.
I. El culto de
los mártires
1. EL CULTO DE
LOS DIFUNTOS. El culto de los mártires es una forma del culto de los
difuntos. Este culto, que se remonta hasta la prehistoria, se expresa de
diferentes maneras se
Santos
gún las
regiones. Comporta, en primer lugar, las honras fúnebres al cuerpo
del difunto. En el territorio de Israel el muerto era inhumado, depositado en
la tierra o sobre la piedra de la celda sepulcral. En Roma, donde se
conocía la inhumación, se admitía también la
incineración. En los primeros siglos de nuestra era se practicaban ambos
ritos, como testifican los columbarios de los cementerios
subterráneos y los sarcófagos paganos. Con frecuencia la tumba
representaba la casa donde había vivido el desaparecido. Los
miembros de la familia se reunían allí ciertos días para
ofrecer libaciones o presentar alimentos a los manes del difunto y
para participar en el refrigerium (el banquete fúnebre) en su recuerdo,
sobre todo en el aniversario de su nacimiento. Cada año, los últimos
días de febrero, que hasta el tiempo de César habían
señalado el final del año, estaban particularmente
consagrados al recuerdo colectivo de los difuntos y al banquete que
reunía a los miembros de la parentela en torno a sus tumbas. La
fiesta de
Los cristianos no
rechazaron ninguno de los usos familiares que rodeaban la muerte;
sólo evitaron aquellos que testimoniaban una concepción
de la supervivencia incompatible con la propia fe. Ésta se encuentra
expresada con vigor en las paredes de los cementerios y en las inscripciones
funerarias: fe en la resurrección y en la vida eterna en Cristo;
certeza de que la muerte significa el final del éxodo pascual inaugurado
en el bautismo. Deseosos de imitar a su Señor incluso en la forma
de la sepultura, los cristianos optaron desde el principio por la inhumación:
se siembra un cuerpo mortal, que resucitará cuerpo espiritual (cf 1
Cor 15,44). Sin renunciar a los 1874
banquetes
fúnebres y a las libaciones sobre la tumba, preferían celebrar la
eucaristía en los cementerios con ocasión de las exequias.
En lugar de los lamentos rituales, elevaban cantos de esperanza con himnos y
salmos.
EL CULTO DE LOS TESTIGOS. Martyr
significa testigo Ei primer mártir es Cristo, "el testimonio
fiel" (Ap 1,5). Pero el Apocalipsis da el mismo título a Antipas,
muerto por la fe en Pérgamo (2,13), porque el cristiano que confiese la
propia fe en Jesús hasta la muerte testimonia el señorío
de Cristo. Más aún, Cristo vivo testimonia en él la
potencia de la propia resurrección. El mártir se hace una sola
cosa con Cristo crucificado-resucitado y da a Dios el máximo
testimonio de fidelidad. Por eso la comunidad de los hermanos, la iglesia
local, rodea su recuerdo de un homenaje particular.
LAS MODALIDADES DEL CULTO DE LOS
MÁRTIRES. El homenaje ofrecido a los mártires es en parte
idéntico al tributado a cualquier difunto. También se
localiza junto a la tumba, pero presenta ciertas características
que lo diferencian. Es ante todo un culto que tiene como sujeto una comunidad
de creyentes, y no solamente un círculo de parientes; es toda la familia
de los hermanos en la fe la que rodea al mártir de la propia
veneración. Su aniversario se celebra no en el día de su nacimiento,
sino en el día en que ha padecido la muerte por Cristo. Esta muerte
ha originado una plenitud de vida; es el verdadero natalicio, el de
la entrada en la santa Jerusalén. El mártir, finalmente, no
tarda en manifestarse como poderoso intercesor ante Dios. La gente no duda en
rezarle, como testifican en Roma los más antiguos grafitos de
1X75
La
celebración del aniversario de los mártires induce a cada iglesia
local a compilar un elenco donde, junio a los nombres de los
confesores de la fe, se menciona la fecha de su muerte y el lugar de la
deposición, como prescribía Cipriano (Ep. 12). Se pueden seguir
así las huellas, desde la mitad del s. m, de los primeros esbozos
de calendarios cristianos.
Tertuliano
testifica que en los funerales de los mártires se canta (Scorp. 7),
y las Acta Cypriani refieren que el cuerpo del obispo se inhumó
"cum voto et triumpho magno" (Act. 5). Algo semejante sucedía
con ocasión de los aniversarios: los fieles de Esmirna, después
del martirio de Policarpo, se habían propuesto reunirse cada
año para conmemorarlo "con gozo y alegría" (Mari. Pol.
18, 2). La eucaristía ofrecida en ese día era muy festiva, como
testifican los más antiguos formularios eucológicos.
4. EL CULTO DE
LOS SANTOS. El honor tributado a "nuestros señores los
mártires y vencedores" (Calendario de Nicomedia, a. 361)
tendrá siempre la precedencia en la iglesia a lo largo de los siglos.
Pero desde el s. iv se otorgará un homenaje similar también a
otras categorías de fieles.
Primero se
celebró la memoria de los obispos que habían dejado un recuerdo
particularmente significativo. Cada iglesia local tenía actualizado el
elenco de sus obispos, para atestiguar la propia filiación
apostólica. Junto a
Santos
culto de los
santos. La fijación de
los formularios,
en el curso del s. vi,
conservará
a veces algunos vestigios
del culto
inicial. Por eso en el s. XII
la oración
super oblata de san León
Magno
pedirá todavía "ut illum bea
ta retributio
comitetur".
Con la
cristianización del mundo
romano, en el s.
iv, parece pasado el
tiempo del
martirio. Se describi
rán
entonces formas sustitutivas del
martirio en la
ascesis, en la virgini
dad y en la
viudez. Él prestigio de
los padres del
desierto, como el de
los iniciadores
de la vida monástica
masculina y
femenina, comportará
la
inscripción de sus nombres en los
calendarios
locales, sin atribuirles,
de todas formas,
la misma impor
tancia que a los
mártires.
Saludando a
María como la santa Madre de Dios, el concilio de Efeso
(431)
contribuyó a la difusión de su culto. Mientras la iglesia de
Jerusalén celebraba ya su fiesta el 15 de agosto, la mayor parte de
las iglesias celebraban su memoria en conexión con el nacimiento del
Señor. Pero no eran sino las primicias de un homenaje
litúrgico destinado a asumir dimensiones muy amplias [/ Virgen
María].
II.
Evolución del culto de los santos
Limitado
inicialmente a la basílica cementerial o a la tumba del santo, el culto
de los mártires no tardaría en experimentar un desarrollo al que
contribuyeron diversos factores.
1. Los FACTORES
DEL DESARROLLO. El factor decididamente primario de la
extensión del culto de un santo consiste evidentemente en su
fama. Por eso,
desde la segunda mitad del s. iv, toda la iglesia festeja a los
apóstoles Pedro y Pablo, y en Roma se conmemoran los mártires
Santos
de Cartago:
Perpetua, Felicidad y Cipriano. Igualmente, el papa Dámaso
transforma su propia casa en basílica, y la dedica al
diácono Lorenzo. Para los mártires menos conocidos la
difusión del culto derivará sea del traslado y división de
sus reliquias, sea del lugar que se les asigne en los diversos documentos
hagiográficos.
a) Traslado y
repartición de las reliquias. Los descubrimientos y traslados de
las reliquias de los santos se ponen de manifiesto al final del s. IV, tanto en
Occidente como en Oriente. San Ambrosio fue el promotor en Milán y
Bolonia. En Roma habrá que esperar a las guerras gótico-bizantinas
del s. vi, y sobre todo al final del s. viu, para asistir al traslado
sistemático de los cuerpos de los mártires, exhumados de los
cementerios suburbanos para ser depositados en una basílica de
la ciudad. Esta basílica se convierte en un nuevo centro de culto
del santo.
La
repartición de las reliquias, a la que Roma será durante mucho
tiempo refractaria, hacía ya mucho tiempo que se acostumbraba hacer en
otras regiones. Poco después del descubrimiento de los restos de san
Esteban, no lejos de Jerusalén (a. 415), ya había llegado una
partícula a Hipona, donde hacía milagros. Así, dondequiera
que se poseyese el mínimo fragmento de un cuerpo santo, no se
omitía celebrar su natalicio, y éste atraía a los
fieles. Pronto ya no se concebirá la dedicación de una iglesia
sin la deposición de reliquias de mártires bajo el altar [/
Dedicación, II, 1, b\ Roma, menos partidaria que otras iglesias de
la multiplicación de las reliquias corporales de los santos,
reservó su preferencia a reliquias representativas, como los
paños que habían tocado la tumba del santo y las lámparas
de aceite que habían ardido una noche ante ella.
1876
La
difusión de las reliquias multiplicaba los centros de culto, pero
este culto seguía unido a un vestigio tangible del santo. Donde tal
culto se liberó de toda referencia material al santo es en la
basílica vaticana: el papa Gregorio III (731-741) erigió en San
Pedro un oratorio en honor de Cristo y de su santa Madre, así como de
"todos los santos mártires y confesores y justos llegados a la
perfección, que reposan en el mundo entero", y ordenó a los
monjes de servicio en la basílica que acudieran allí todas las
tardes para celebrar un breve oficio votivo en su honor. Pronto comenzó
a difundirse la fiesta de Todos los Santos, relacionada en Oriente con las
solemnidades pascuales, y fijada, en Inglaterra y en los países
francos, para el 1 de noviembre.
b) La literatura
hagiográfica. Cubre un vasto campo. Lo que hoy despierta
más interés son los documentos más concisos,
calendarios y martirologios; pero durante mucho tiempo fueron las
pasiones, las actas, las leyendas y las vidas de los santos las que cosecharon
mayor éxito y decretaron a este o aquel santo un culto
popular.
Calendarios y
martirologios. El calendario es originalmente una guía local para
la celebración de las fiestas a lo largo del año. Consigna
los nombres de los santos con la respectiva fecha y el lugar de la
asamblea eucarística. Así, leemos en el calendario romano:
"III id. aug. Laurenti in Tiburtina" (= el 3 de los idus de agosto
Lorenzo en la vía Tiburtina). El martirologio, que tendrá un estatuto
oficial solamente en el s. xvi, recoge en cambio el nombre de diversos
santos cuyo natalicio cae en el mismo día. En algún caso trae
seis
o siete nombres
en la misma fecha,, acompañados de breves noticias.
1877
La doble
depositio romana, de los obispos y de los mártires, recogida en un
cronógrafo del 354, parece remontarse al 336. Es el calendario
más antiguo. Le sigue de cerca el calendario de Nicomedia de los
años 360, base del martirologio siríaco del
411. Uno y otro
contienen solamente nombres de mártires. El calendario de Cartago, de
principios del s. vi, añadirá a los natalitia de los
mártires las depositiones de un cierto número de obispos,
preludiando los calendarios medievales, en los que encontraremos
junto a los mártires la mención de otros santos: obispos,
confesores y vírgenes.
El documento
capital de la hagiografía occidental es el martirologio
jeronimiano. Este título pseudoepigráfico engloba la
fusión de antiguos elencos de mártires romanos, africanos y
orientales, que el compilador había enriquecido con añadiduras,
tomadas entre otras de las fuentes galicanas. La compilación, ejecutada
en Auxerre, se remonta al año 592. El martirologio jeronimiano, recopiado
muchas veces desde entonces, era difícil de interpretar, hasta que el
bolandista H. Delehaye publicó su comentario en los Acta Sanctorum
novembris (1931).
El jeronimiano
contenía sólo el nomen-locus-dies de cada santo. El monje
inglés Beda el Venerable creyó conveniente componer un martirologio
menos denso de nombres, pero provisto de una breve noticia sobre cada uno de
ellos (comienzos del s. vni). Nacía así un texto nuevo, que se
llamó martirologio histórico. Después de Beda vinieron
Floro de Lyon (840), Adón de Vienne (860), poco escrupuloso en la
utilización de las fuentes y fantasioso en la elección de las
fechas; a continuación, Usuardo de Saint-Germain (865), que tendría
un amplio y durable éxito. El martirologio de Usuardo se leerá en
todos los capítulos de canónigos y
Santos
en todos los
monasterios del medievo, y cada uno de ellos le añadirá sus
propias noticias. Harán falta pocas modificaciones para que se convierta
en el Martirologio romano, promulgado por el papa Gregorio XIII en 1584.
Bajo formas
diversas, las iglesias de Oriente han adoptado guías similares para
la celebración de las fiestas de los santos. Viene en primer lugar
el sinaxario, que indica el lugar de la asamblea litúrgica, o sinaxis, y
suministra un breve elogio del santo para cada día del año, desde
comienzos de septiembre hasta finales de agosto. El más importante
es el Sinaxario de Constantinopla, editado por H. Delehaye, que se remonta
con probabilidad al s. x.
Los libros
litúrgicos. Al suministrar los textos necesarios para la celebración
de las fiestas de los santos, los libros litúrgicos han contribuido a su
conocimiento. Sacramentarios y leccionarios romanos han hecho familiares a todo
Occidente los nombres de los santos de Roma, gracias a su difusión
a partir del s. vm. Así también el leccionario de
Jerusalén, de principios del s. v, llegado a nosotros en una
traducción armenia, ha hecho populares las fiestas celebradas en
Actas, pasiones,
leyendas y vidas de los santos. Los documentos relativos a las vidas de
los santos, especialmente a los testimonios ofrecidos por los
mártires, son de muy diversa naturaleza. Todos tienen la finalidad de
suscitar la admiración y animar
Santos
a la fidelidad al
Señor. Sin embar
go, solamente
alguno que otro se
atiene
rigurosamente a la relación de
los hechos.
Las actas de los
mártires constituyen los documentos más preciosos de la
hagiografía; pero desafortunadamente son raras las que nos han
llegado sin manipulaciones. Entre éstas podemos citar las de Justino en
Roma y de Cipriano en Cartago. También la pasión de Perpetua y Felicidad,
aunque sea una obra literaria, debe colocarse en esta categoría.
Siguen a
continuación las narraciones de testigos oculares, entre ellas la
carta de los cristianos de Esmirna sobre el martirio de Policarpo
(a. 156), y la de
las iglesias de Lyon y Vienne, que describe la última lucha de
Potino, Blandina y sus hermanos.
Las pasiones son
generalmente narraciones más tardías, sobre cuyo valor
histórico es difícil pronunciarse. Van desde la
narración fundada en datos de archivo a historias de pura
fantasía. Su género literario se inspira en la epopeya:
encontramos siempre los mismos tipos de jueces, de interrogatorios, de
respuestas, de suplicios. Sobreabunda lo maravilloso. La mayor parte de
las veces el narrador parte de un nombre o de un lugar bien atestiguados; pero
sobre esta base elabora después toda una novela. Es el caso de san
Jorge, mártir en Lidda, donde a finales del
s. iv se
había erigido una basílica en su honor. Lo mismo se diga de los
santos Cosme y Damián, mártires en Ciro, junto a Aleppo. Pero
puede también suceder que sea todo inventado, como en las pasiones
de Cipriano y Justina, o de Bonifacio de Tarso.
A
propósito de las leyendas (lat. legenda = cosas que se debían
leer), precisemos que el término no juzga de antemano en modo alguno la
autenticidad de los acontecimientos
1878
referidos. Las
pasiones de los mártires se destinaban a la lectura pública,
en la asamblea litúrgica, especialmente durante la vigilia de la
fiesta del santo, o en el refectorio del monasterio. Pero con frecuencia
las pasiones contenían tantas inverosimilitudes que su
credibilidad quedaba bastante en entredicho.
Nacidas
generalmente para glorificar a un santo, algunas leyendas
hagiográficas se redactaron para ilustrar un lugar de culto. Es el
caso de las leyendas romanas de fundación de títulos. Parten de
elementos topográficos, explicando sus particularidades y
conectándolas con la vida del fundador (Cecilia, Prisca,
Crisógono). Con frecuencia unen con lazos de parentela, o juntan en una
misma muerte a diversos mártires de épocas diferentes que
reposan en los cementerios de una misma región. Así se
consideró a Emerenciana hermana de leche de Inés por el
hecho de que las dos mártires reposan en la vía Nomentana.
Las leyendas de fundación pretenden responder a las preguntas
de los peregrinos y a señalar la importancia de la iglesia que
visitan (santos Juan y Pablo ad clivum Scauri). Por tanto, no es
legítimo corroborar la autenticidad de las leyendas a partir del hecho
de que los arqueólogos hayan sacado a la luz restos conformes con las narraciones,
dado que éstas se fundan precisamente sobre el mismo dato
topográfico.
Las vidas de los
santos aparecen muy pronto. La más antigua es la de Cipriano, escrita
por su diácono Poncio. En los siglos siguientes, los grandes obispos
Ambrosio, Agustín, Germán de Auxerre, Cesáreo de Arles,
etc., encontraron biógrafos inmediatamente después de sus
muertes. Pero las vidas que tuvieron mayor éxito son las de
los padres del desierto y los monjes, como
san Atanasio; la
de Sabas, escrita por Gregorio de Escitópolis, y, más tarde, la
de Benito, narrada en el libro II de los Diálogos de san Gregorio
Magno. Las vidas de los santos se han multiplicado hasta nuestros días,
cada una marcada por la mentalidad y las aspiraciones de la propia
época: llenas de milagros y de revelaciones en el medievo, atentas a la
psicología espiritual del personaje en la época moderna y, en
nuestros días, provistas de referencias documentales.
A través
de las vidas, como por otra parte también a través de las
leyendas hagiográficas, se descubren los tipos de santidad que a lo
largo de los siglos han alimentado la admiración y estimulado el
fervor del pueblo de Dios: la primacía del amor al Señor y del
estar disponible en sus manos; el servicio a los hermanos; el
espíritu de oración; la ascesis; la predilección por
la virginidad... Desde este punto de vista, se puede decir que la leyenda
es a veces más verdadera que la historia.
No se puede
olvidar, finalmente, que un cierto número de santos fueron maestros
espirituales, místicos, teólogos. Algunos han escrito libros,
otros han dejado epistolarios o memorias íntimas. Es evidente que
tales páginas iluminan la personalidad de sus autores y ejercen una
profunda atracción en cuantos nutren con ellas su reflexión y su
plegaria. Baste citar, por todos, los nombres de las dos Teresas.
c) Las
peregrinaciones. En todo tiempo han constituido un factor de difusión
del culto de los santos. Nadie ignora cuánto han contribuido las
modernas peregrinaciones a Lourdes a hacer familiar al mundo la figura
de Bernadette Soubirous.
Las
peregrinaciones comenzaron aun antes de la paz constantiniana
(a. 313), como
testimonia la inscrip
Santos
ción
funeraria de Abercio de Gerápolis; pero fue en el s. IV cuando alcanzaron
gran desarrollo: peregrinaciones a Tierra Santa y a Roma; peregrinaciones
a las tumbas de santos hoy olvidados, como Sergio y Menas, que hicieron
florecer verdaderas ciudades en el desierto de Siria
(Rosafa-Sergiópolis) y en los confines del desierto de Egipto (Karm
abu Mina); peregrinaciones a los santuarios de san Simeón Estilita
en Qalaat Semán (Siria); después a los santuarios de san
Martín en Tours (Francia), y más tarde todavía, a Santiago
de Compostela (España), sin olvidar las peregrinaciones al monte Gargano
y a Mont-Saint-Michel (Francia) contra los peligros del mar.
Los dos tipos de
peregrinaciones más frecuentes y célebres fueron, sin duda, los
de Tierra Santa y Roma. En los países de la biblia habían florecido
santuarios en todos los lugares teofánicos del AT y del NT. La
religiosa española Egeria nos ha dejado un recuerdo pintoresco y
entusiasta de su peregrinación de un lugar a otro. Pero, tras
haber caminado sobre las mismas huellas de Jesús, los
cristianos no hay nada que deseen tanto como encontrar un recuerdo de
María en los lugares donde ella vivió. Su culto se
desarrolló, en época bizantina, de Nazaret a Belén y,
en la misma Ciudad santa, de la piscina Probática a
La
peregrinación hacia Roma del medievo convocaba a los fieles, procedentes
de las más lejanas provincias, en las tumbas de Pedro y Pablo,
en las respectivas basílicas del Vaticano y de la vía Ostiense;
después en Letrán, donde se venera la mesa de
te de la
fundación, antes de llegar (hasta el s. ix) a los cementerios subterráneos
de la periferia. Volviendo a casa, monjes y clero llevaban consigo, como
un precioso recuerdo, los itinerarios de las tumbas sagradas, transcritos por
ellos mismos, y los sacraméntanos, que contenían las oraciones
para celebrar a Inés y Cecilia, Clemente, Nereo y Aquiles, Pedro
y Marcelino o los Cuatro Coronados, cuyos nombres se introducen desde
ahora en todos los calendarios.
2.
a) El
reconocimiento del culto en el primer milenio. Durante los primeros siglos nos
encontramos siempre en presencia de una iniciativa de la comunidad local,
donde el sentir del pueblo viene ratificado por el obispo después de un
proceso rudimentario. En tiempo de las persecuciones se conserva el
recuerdo de los mártires y de los confesores de la fe, pero sólo
después de haber comprobado cuidadosamente que el que había
sufrido la muerte había formado parte de la gran iglesia. Frente a
los donatistas, Agustín recordará que no es el suplicio padecido
el que hace al mártir, sino la causa por la que se ha padecido el
suplicio: "Non poena, sed causa". Los obispos honrados con culto
público son aquellos que han manifestado eminentes cualidades de
pastores: fidelidad a la oración y a la ascesis, celo por la predicación,
amor a los pobres, acogida de los hermanos, valentía en la defensa
del derecho. A veces el amor a la ciudad tendrá mayor peso, en el
homenaje popular, que las virtudes
1880
personales. En
cuanto a los padres de la vida monástica y los misioneros del
evangelio, se juzgará el árbol por los frutos, según la
palabra del Señor. Lo mismo sucederá con las vírgenes
consagradas y las santas viudas, desde Paula de Belén a Genoveva
de Lutecia.
b) La liturgia de
la canoniza
ción.
Hasta finales del s. X no se re
gistra ninguna
intervención de la
Santa Sede en el
reconocimiento del
culto tributado a
los santos. Fue
para dar
más esplendor a la exalta
ción de su
predecesor Ulrico (t 973)
por lo que el
obispo de Augsburgo
pidió al
papa que aprobara su culto.
Juan XV
accedió a tal petición du
rante un concilio
celebrado en Le
trán
(993). El s. xi vio numerosas
intervenciones
similares, pero el tér
mino
canonización no es anterior a
los años
1120. Hacia el 1175, Alejandro III declaró que no estaba permitido
venerar públicamente a nadie como santo sin la autorización de la
iglesia romana. En 1234 las decretales de Gregorio IX reservaron al papa
el juicio en la materia. De todas formas, algunas iglesias particulares
siguieron, durante varios siglos, efectuando canonizaciones.
Cuando Sixto V
instituyó en 1588
1881
En 1634 se
instituyó una primera etapa en el camino de la canonización:
es la beatificación, que autoriza el culto a un siervo de Dios dentro de
un determinado territorio o familia religiosa. El primer beatificado (en
1665) fue Francisco de Sales (t 1622). Entre los beatos siempre es considerable
el número de mártires: entre éstos figuran las
víctimas de la persecución en Inglaterra, Gales, Escocia e
Irlanda; las de
No entraremos
aquí en los detalles procesuales de la beatificación y de la
canonización. Solamente diremos que la investigación
canónica se dirige esencialmente a tres puntos: la ortodoxia del
personaje manifestada en sus escritos; el ejercicio heroico de las virtudes
teologales y cardinales; los milagros obtenidos por su intercesión.
El martirio no necesita convalidarse con milagros. Hasta el pontificado de
Pablo VI, el papa se reservaba la intervención personal solamente
para la canonización, mientras la beatificación
consistía en la simple lectura del decreto. Pablo VI quiso acentuar el
carácter litúrgico también de la beatificación,
procediendo él mismo a la proclamación del beato en el curso
de la misa, como para la canonización.
En las iglesias
ortodoxas son raras las canonizaciones. Son decretadas por el Sínodo y
proclamadas por el patriarca, como se hizo en 1972 con Lidia, la vendedora de
púrpura de Tiatira bautizada por san Pablo (cf He 16,11-16). La
última canonización efectuada por la iglesia de Rusia
fue la de san Serafín de Sarov, celebrada en 1907. Las iglesias luteranas
y las de la comunión anglicana, aunque no hablan de canonización
propiamente dicha, inscriben en los propios calendarios diversos nombres de
eminentes cristianos.
Santos
Por ejemplo, en
el calendario de la iglesia evangélica de Alemania leemos el nombre
de Dietrich Bonhoeffer junto a los de Tertuliano, Orígenes y
Pascal. El calendario de la iglesia episcopaliana de Canadá trae
los nombres de Bartolomé de Las Casas y de Martín Lutero King,
junto a los de numerosos misioneros mártires.
III. Culto
litúrgico y devoción popular
El culto
litúrgico ocupa evidentemente el primer puesto en la celebración
de los santos, pero se mezcla en muchos aspectos con la devoción
popular. Más aún, se podría afirmar que, si no se beneficiase
de ese substrato, sería en cierta medida artificial.
1. EL CULTO
LITÚRGICO, a) El aniversario. Desde el principio, el culto de los
mártires consistía en la vigilia nocturna celebrada en su
aniversario junto a la tumba. La humilde vigilia del tiempo de
persecución, como la que celebró el presbítero Pionio junto
con dos mujeres en la fiesta de san Policarpo (a. 250), después de la
paz constantiniana se transformó en amplias asambleas, en las que el
júbilo popular rodeaba las basílicas cementeriales,
donde los fieles celebraban el oficio. "Algunos dentro salmodian,
leen y celebran el misterio; mientras tanto otros llenan todo el espacio
circundante con el sonido de cuernos y flautas", escribía en Egipto
el abad Schenute, en el s. v. Lo mismo sucedía en todas las
regiones. A la lectura de la biblia se añadía la de la
pasión del santo, que a veces se había escrito expresamente para
la circunstancia. La eucaristía solía celebrarse dos veces:
la primera junto a la tumba, al final de la vigilia (in vigilia); la segunda,
por la mañana (in die).
Santos
b) La
inscripción en el martirologio. El aniversario de los
mártires, y luego el de los otros santos, se registraba en el
calendario local. En el
s. vin el
calendario de la iglesia romana se introdujo en los países francos,
pero indudablemente ya había llegado antes a Inglaterra. Desde entonces
abasteció de un fondo común a los calendarios de las otras
iglesias de Occidente, contribuyendo a conservar en la memoria del pueblo
el recuerdo de los santos y a suscitar la devoción hacia ellos.
A partir del
año (1584) en que el martirologio romano se hizo libro oficial, se ha
inscrito en él a todo nuevo santo, cumpliendo a la letra lo que mandaba
la fórmula de canonización pronunciada por el papa: "Nos
declaramos y definimos que el beato N. es santo. Nos lo inscribimos en el
catálogo de los santos y decretamos que sea honrado en toda la iglesia
entre los santos". Sólo los santos más importantes se
celebran "en toda la iglesia". Y solamente la manifestación
efectiva de un culto universal da derecho a la lectura de su breve
biografía en el martirologio, en el aniversario de su muerte. La
inscripción en el martirologio es, pues, una forma de culto
litúrgico que no se debería infravalorar.
c) El formulario
eucológico. Desde el momento de su canonización, todo santo
es dotado de un formulario eucológico. A partir del s. xvi ya no se
remite totalmente al común, sino que se compone una misa y un oficio en
honor del nuevo santo. Lo mínimo consiste en la redacción de la
colecta y en la elección de las lecturas para la misa y del texto
hagiográfico para el oficio. A través de estos textos se
presenta a la comunidad celebrante la fisonomía espiritual del
santo. La elección de las lecturas bíblicas permitirá
meditar sobre la palabra de Dios a la luz de
1882
los ejemplos
concretos de hombres y mujeres que la han vivido intensamente.
d) La
veneración de las reliquias
y de las
imágenes de un santo no es
un hecho ajeno a
la liturgia, como
testimonia la
constitución litúrgica
del Vat. II:
"De acuerdo con la tra
dición, la
iglesia rinde culto a los
santos y venera
sus imágenes y sus
reliquias
auténticas" (SC 111).
Los primeros
siglos comprendieron el vínculo que existe entre las reliquias de
los mártires y la celebración de la eucaristía. San
Ambrosio se alegraba de poder depositar bajo el altar los cuerpos de aquellos
que habían estado más cerca del misterio pascual de Cristo. La
edad media llevó más adelante la propia devoción y no
dudó en colocar sobre el altar preciosos relicarios, decorados de esmaltes
y piedras preciosas. Éstos se incensaban durante la celebración.
Era fácil, en el s. xn, ver al papa inaugurar la vigilia de las fiestas
mayores en la basílica vaticana con una diligente peregrinación
a los múltiples altares dedicados a los santos, procediendo a su
incensación. Hoy se agradece una mayor discreción en este culto
de las reliquias y se prefiere volver a la costumbre antigua.
Oriente, en su
veneración de los iconos, tendría alguna lección que dar a
toda la iglesia sobre el culto de las imágenes. En las iglesias orientales,
imágenes y estatuas no tienen una función puramente decorativa;
deben asegurar más bien una mediación entre lo visible y lo
invisible. Por eso el Vat. II prescribe: "Manténgase
firmemente la práctica de exponer en las iglesias imágenes sagradas
a la veneración de los fieles; hágase, sin embargo, con moderación
en el número y guardando entre ellas el debido orden, a fin de que no se
cause extrañeza al pueblo cristiano ni favorezcan una
devoción me
1883
nos
ortodoxa" (SC 125). Es fácil intuir que el culto de las
imágenes actúa como bisagra entre la liturgia y la
devoción popular.
Con el culto de
las reliquias y de las imágenes podemos también enlazar la
erección de una iglesia o de un altar bajo el título de un santo.
Es éste un honor que no se le otorga a un beato (cf RDI, n. 4, p. 24).
El título es una invitación a dar gloria a Dios por las
maravillas que ha hecho en su siervo y, a la vez, recuerda el poder de
intercesión del santo invocado en ese lugar. Por lo que se refiere
al altar, el rito para
n. 10, p. 78).
2.
a) Los santos
preferidos por el culto popular. La santa más popular es sin duda alguna
la inmaculada Madre de Dios, la "Reina de todos los santos". Bajo los
títulos más diversos se la venera en todas las iglesias,
y sus santuarios atraen masas de peregrinos. Los bosques de velas que arden
ante sus imágenes son un testimonio del fervor del pueblo cristiano
por ella.
Santos
Ciertamente,
grandes santos como Francisco de Asís y Teresita del Niño
Jesús son también objeto de culto popular, pero con frecuencia se
constata un hiato entre el calendario litúrgico y la
devoción de la gente. No siempre los santos que más han influido
en la vida de la iglesia son los más venerados. San Blas aventaja a san
Agustín. Los que atraen la piedad del pueblo son sobre todo los
santos auxiliadores, o sea, aquellos a los que se invoca para tener
protección en las dificultades, curación en la enfermedad,
éxito en el trabajo, felicidad en familia. Algunos reciben un culto
muy antiguo, como san Sebastián, invocado contra la peste desde el
s. vi. Después han llegado san Antonio de Padua, que ayuda a encontrar
objetos perdidos; santa Rita, abogada de las causas difíciles, etc.
El elenco es diferente según las regiones.
Santos muy
populares son también los patronos de los lugares. No sólo
el patrono de la ciudad o barrio, sino también el titular de la modesta
capilla junto a la que mana una fuente milagrosa. Ciertas naciones, como
Irlanda o Bretaña, honran a santos cuya fama se limita a un
círculo muy restringido. Pero cuanto más reducido es el
territorio, más intenso es el fervor. Al comienzo de nuestro siglo
hubo un movimiento para dar patronos a las naciones, incluso a los
continentes; pero ciertamente debemos reconocer que la piedad popular
no ha correspondido nunca a ningún decreto eclesiástico. Con
frecuencia, al contrario, precede la decisión de la autoridad con su
fidelidad a la memoria de un siervo de Dios, cuya causa de canonización
puede estar todavía lejos de su conclusión.
Junto a los
patronos locales se mencionan los patronos de las cofradías y
hermandades, los de las diversas categorías (por ejemplo, los
Santos
santos Cosme y
Damián, patronos de los médicos; san Isidro, patrón de los
agricultores, etc.). A veces la elección se funda sobre una
tradición legendaria (san Jorge, patrono de los caballeros), o
incluso sobre un juego de palabras (san Cornelio, patrono de los animales con
cuernos).
La piedad
popular, en fin, está unida a lugares donde ha vivido un santo
y en los que se conservan sus objetos de uso cotidiano. Esto constituye,
por ejemplo, el encanto de la devoción romana a san Luis Gonzaga, a
san Felipe Neri y a san José Benito Labre cuando el peregrino visita
los lugares en que ellos vivieron y murieron.
b) Los modos de
expresión del culto popular. La devoción popular se expresa sobre
todo en la celebración más festiva de la liturgia del
día. Con frecuencia, el aniversario del patrono es día de
vacación; la multitud acude más numerosa; los cantos
están mejor preparados. Por las calles puede que desfile una
procesión, a menudo plagada de banderas y estandartes.
Espontáneamente, la fiesta religiosa se prolonga en la fiesta
profana: juegos y
danzas, competiciones deportivas, a veces desfiles históricos,
desafíos entre zonas vecinas. La fiesta es popular en la medida en que
logra suscitar múltiples actividades locales y crear un clima de
alegría unánime, a la que no son ajenos tampoco los
no-practicantes o los no-creyentes.
El culto popular
gusta de expresarse mediante los símbolos que emplea la
liturgia —el agua, el fuego, la luz—, dándoles una nueva
capacidad de expresión. Las hogueras de la tarde de san Juan enlazan
esta fiesta con las diversiones por el solsticio de verano, desde el
momento que este santo "vino para ser testigo de la luz". En Lourdes,
la procesión aux flambeaux se desarrolla de no
1884
che, elevando al
invisible sus avemarias. El agua milagrosa de la fuente lava los cuerpos
de los enfermos y regenera los corazones.
Aunque la
liturgia exponga al culto las sagradas imágenes y rodee de incienso
las reliquias de los santos, puede suceder que este culto tome de la
religiosidad y fervor populares un desarrollo exagerado. Entonces se ve el
altar del santísimo sacramento olvidado en beneficio de la estatua
del santo taumaturgo, a no ser que la urna del mismo no esté sobre el
altar, envuelta en una nube de glo
ria. Así
también, la tumba venerada, adornada de flores y rodeada de lámparas,
puede polarizar excesivamente la atención. En las grutas vaticanas los
peregrinos se apiñan sobre la tumba de Juan XXIII, mientras echan
solamente de pasada una mirada descuidada al lugar donde fue sepultado el
apóstol Pedro.
En lo que tiene
de bueno, el culto popular es una valoración del culto litúrgico.
Por tanto, debe escapar al peligro de las desviaciones cuando se rompe el
equilibrio y una forma accesoria de culto se impone como elemento esencial.
Pero las posibles excrecencias no quitan su importancia a los grandes
momentos de fervor colectivo, en los que el pueblo de los bautizados toma
conciencia de ser un pueblo de salvados en camino hacia la felicidad.
IV. El Vat. II y
el culto de los santos
La constitución
litúrgica del Vat. II dedica dos artículos al culto de los
santos. Después de haber levantado acta del culto tradicional de los
mártires y de otros santos en la liturgia, el concilio esboza una
teología (SC 104) y le asigna unos límites "para que las
fiestas de los santos no prevalezcan sobre los misterios de la
1885
salvación"
(SC 111). Los principios de reforma que guían la aplicación de
esta norma se enmarcan en el conjunto de la legislación conciliar sobre
la liturgia: también el culto de los santos debe alimentar la fe del
pueblo cristiano (SC 33), ofreciendo lecturas bíblicas más
abundantes (SC 24; 35); tendrá una noble sencillez y evitará
las repeticiones inútiles (SC 34); respetará el carácter
primordial de la celebración dominical (SC 106). Este amplio
trabajo de reforma empezará por un cuidadoso estudio
teológico, histórico y pastoral (SC 23). Así era el
programa. ¿Cómo se ha realizado? Para comprenderlo conviene
recordar las formas de la celebración del culto de los santos en 1960.
1. EL CULTO DE
LOS SANTOS EN 1960. La manera en que entonces se celebraba el culto
litúrgico de los santos presenta tres características: un
calendario muy rico; formularios más bien pobres; una reglamentación
restrictiva.
a) El calendario.
El esqueleto del Calendario universal de la iglesia romana en 1960 estaba
formado todavía por el Breviario tridentino, promulgado en
1568. Este último, a su vez, tenía detrás una larga
historia. En el s. VIH se había elaborado en los países francos
un calendario que recogía las diversas tradiciones locales de Roma,
añadiéndole las fiestas de los apóstoles y las de los
cuatro doctores de Occidente. Del s. IX al xn este calendario se
había ampliado acogiendo numerosos mártires no romanos
popularizados por las leyendas y los papas de los primeros siglos,
considerados también mártires. Allí figuraban
también los nombres de algunos santos orientales, como Antonio de
Egipto y Juan Crisóstomo. El calendario lateranense de finales del
s. xn da una síntesis
Santos
de él,
destinada a perpetuarse hasta nuestros días. Mientras las iglesias de
Oriente, a excepción de la rusa, no celebran prácticamente
ningún santo posterior al año 1000, la iglesia romana ha querido
que su calendario permaneciese abierto para acoger las grandes figuras
espirituales de las generaciones sucesivas. La pléyade de santos del s.
xm, entre ellos Francisco de Asís, encontrarán en él
un puesto de primera línea.
El calendario
tridentino aceptó la herencia del pasado, llevando a cabo, de todas
formas, una selección para reducir las fiestas a menos de doscientas.
Pretendía seguir siendo, sobre todo, el calendario de los mártires
romanos y de los santos de las épocas más antiguas. En él
sólo seis nombres se refieren al segundo milenio: los de san
Bernardo, santo Domingo, san Francisco, santa Clara, san Luis IX, rey de
Francia, y santo Tomás de Aquino. Se encuentran también las
fiestas, más recientes, de
De
b) Los
formularios. En los formularios del Misal tridentino hay que distinguir
los textos de las misas heredadas de los antiguos sacramentarlos y
leccionarios de los de las misas introducidas posteriormente. Los
Santos
1886
primeros revelan
una cierta varieconsecuencia, el oficio ferial se cele
dad, aUn
manteniéndose en términos braba raramente, mientras que la mas
bien genéricos. Ninguno pretenlectura bíblica continua
desapareció día referirse a la personalidad del casi por
completo. santo que se celebraba; bastaba con saber que uno había sido
mártir y 2.
las misas
introducidas antes del dida sesenta años antes por el papa
s. xviii se
remitían normalmente al san Pío X, el proyecto del Vat. II era
común,
excepto para la colecta. Por restaurar el orden de valores en el eso
aparecían con frecuencia las misaño litúrgico, dando
la prioridad a mas lecturas, tanto que un buen núla
celebración de los misterios de la mero de sacerdotes se sabía
bastansalvación respecto al culto de los tes de memoria. santos. Si
quería tener futuro, esa
Otro tanto
sucedía con el oficio reforma no podía contentarse con divino.
Este, además, estaba lleno de revisar el calendario, que ciertamenlecturas
hagiográficas de escaso nite debe estar abierto a las aportaciovel.
Veinte años después de la prones del tiempo. Era necesario,
pues, mulgación del Breviario de 1568, se sobre todo, proponer normas lo
baspedía ya su revisión. Pese a los intante
elásticas para armonizar las metentos de Benedicto XIV y de
Pío X, morias de los santos con la liturgia ningún proyecto
llegó a término. del tiempo en una misma celebra
ción.
También hacía falta refundir c) Las normas para la celebra
los textos del
Misal y del Oficio y ción. En 1568 las fiestas se clasifica
enriquecerlos con
lecturas. ban en cuatro categorías: doble, semidoble, sencilla y
memoria. En el
a) El
"Calendarium Romanum
s. xvii las
dobles se dividieron en genérale". Se adoptó este
título para dobles de primera clase y de segunindicar que ese
calendario debía inda, en doble mayor y doble menor: tegrarse con
la adopción de calendade aquí se seguía una
jerarquía de rios particulares, planteados según ocho grados.
Hasta 1911, todas las los mismos principios. Efectivamenfiestas de rito
doble tenían precedente, el concilio había decretado que cia
sobre el domingo, excepto los "se deje la celebración de muchas de
más importantes, como el I de ad
ellas a las
iglesias particulares, naviento y el I de cuaresma, de manera ciones o
familias religiosas, extenque el ciclo temporal estaba ahogadiendo a
toda la iglesia sólo aquellas do por el santoral. que recuerden a santos
de importan
Según las
rúbricas de 1568, toda cia realmente universal" (SC 111). fiesta
tomaba íntegramente su forSi se hubiera cumplido a la letra mulario
del propio o del común. Esa esa prescripción, se debería
haber regla estuvo en vigor hasta 1969 para suprimido la inmensa mayoría
de los la misa y hasta 1911 para el oficio. nombres inscritos en el calendario.
Cuando se celebraba la misa de un Pero ¿habría aceptado el pueblo
santo no se podían utilizar las lectucristiano una solución
tan radical? ras de la feria, ni siquiera en cuaresPor ello se atuvieron a
la norma gema. Igualmente, el oficio debía toneral formulada
por la misma consmar la salmodia de un repertorio bastitución
litúrgica, según la cual "no tante restringido y utilizar
una se introduzcan innovaciones si no lo selección de lecturas
bíblicas y paexige una utilidad verdadera y cierta trísticas
sumamente limitadas. En de la iglesia" (SC 23). En la revisión
1X87
del calendario se
ha querido aligerarlo y a la vez enriquecerlo, procediendo
también a los cambios de fechas exigidos por la fijación de
Aligerar y
enriquecer el elenco de los santos. Los dos objetivos, aparentemente
contradictorios, se concillaron de la siguiente manera. En primer lugar se
redujeron a menos de ciento ochenta las memorias de santos propuestas,
comenzando por la exclusión de los personajes que levantaban mayores
dificultades desde el punto de vista de su existencia (por ejemplo, Juan y
Pablo, Pudenciana, Cipriano y Justina, Úrsula, Catalina,
Félix de Valois). Se decidió asimismo suprimir la
mención de los mártires locales de Roma de los que no se
conocía nada excepto el nombre y los aniversarios (por ejemplo,
Gorgonio, Timoteo, Emerenciana), y también de los fundadores y
fundadoras de los antiguos lugares de culto (Prisca, Sabina, Crisógono,
Eusebio). De todas formas se han conservado, junto a los nombres de
mártires recuperados del olvido (Ignacio de Antioquía, Justino,
Fabián, Conidio, Sixto y sus diáconos, Inés),
también los titulares de las basílicas visitadas por los
peregrinos con mayor asiduidad y
constancia
(Cecilia, Sebastián, Pancracio, Nereo y Aquiles). Después
convenía remitir a los calendarios propios a todos aquellos santos, en
su mayoría italianos, cuyo recuerdo iba unido solamente a un territorio
restringido o a una familia religiosa (Ubaldo, Juan Gualberto, Juliana de
Falconieri, Eduardo, Remigio, Jacinto). Ésta fue la gran labor de
aligeramiento.
A
continuación hacía falta enriquecer el calendario romano,
acentuando su carácter universal. Ya después del
concilio Vat. I, de
Santos
1920,
habían aparecido en el calendario los nombres de numerosos padres
de la iglesia oriental y de los grandes misioneros de la alta edad media
(Ireneo, los dos Cirilos, de Jerusalén y de Alejandría;
Efrén, Juan Damasceno, Cirilo y Metodio, Agustín de
Canterbury, Bonifacio, Beda el Venerable). No quedaba sino ensanchar
el ángulo de visión a toda la iglesia extendida por el mundo; por
eso se incluyeron las memorias de los mártires canadienses, japoneses
y ugandeses, y del protomártir de Oceanía, Pedro Chanel.
Al fijar el
elenco de los santos se ha querido destacar la perennidad de la santidad, y
especialmente del martirio, a lo largo de la historia. Después de los
mártires del circo de Nerón en el Vaticano y de los primeros
siglos encontramos a los papas Juan I (s. vi) y Martín I (s. vn);
Bonifacio, el apóstol de Alemania
(s. vin);
Wenceslao (s. x), Tomás Becket y Estanislao (s. XI), Juan Fisher y
Tomás Moro, así como los mártires de Nagasaki (s. xvi),
Fidel de Sigmaringen y los mártires canadienses (s. xvn), Pedro
Chanel y los mártires ugandeses (s. Xix), María Goretti (s. xx).
Nada mejor que este elenco para ilustrar la afirmación de la colecta del
17 de octubre, memoria de san Ignacio de Antioquía: "... Deus,
qui sanctorum martyrum confessionibus ecclesiae tuae sacrum corpus
exornas...".
Celebrar el
día aniversario. El culto de los mártires comenzó por
la reunión de los fieles junto a sus tumbas "en los
días en que recibieron la corona" (calendario de Nicomedia). Hasta
el s. xi fue una preocupación constante la de respetar el día aniversario.
Pero Adón de Vienne ya había introducido en su martirologio
fechas elegidas por él mismo (por ejemplo, Ignacio de Antioquía,
el
Santos
1 de febrero;
Policarpo, el 26 de enero; Basilio, el 14 de junio), y estas fechas
pasaron a los calendarios sucesivos. A partir del s. xvn, la elección
de fechas se hizo por las razones más fútiles: Vicente de
Paúl se fijó el 19 de julio, que marcaba el final del año
escolar en los seminarios lazaristas; Juan Damasceno y Juan de Capistrano,
el 27 y 28 de marzo, para rellenar los huecos de la cuaresma. Obviamente
se imponía el retorno a las fuentes. Esto explica muchos
cambios de fechas introducidos en el calendario de 1969. Con frecuencia se
permite a la iglesia romana celebrar a un santo oriental en el mismo
día que en su país de origen, como Ignacio de Antioquía y
Policarpo. De todas formas se han hecho tres excepciones: los aniversarios
de san Benito, san Gregorio Magno y santo Tomás de Aquino, que
caían siempre en cuaresma, se trasladaron a otras fechas, en
conexión por otros conceptos con su memoria, para facilitar la
celebración festiva. Efectivamente, Benito era celebrado desde el
s. VHI en los países francos el 11 de
julio, aunque
desconozcamos la razón de esta elección. El 3 de septiembre
es el aniversario de la ordenación episcopal de san Gregorio Magno,
y el 28 de enero el del traslado de los restos de santo Tomás de
Aquino a Tolosa.
b) Los
formularios de la misa y del oficio. Los formularios de la misa indican las
lecturas y las oraciones. El leccionario de los santos ha sido provisto de
un repertorio abundante. Algunas lecturas van unidas a una determinada
fiesta; la mayor parte se agrupan en los diversos comunes. Efectivamente,
a través de la lectura de la palabra de Dios es como mejor se puede
penetrar en el alma del santo cuya memoria se celebra. Alguno de ellos ha
descubierto en una determinada página del
1888
evangelio la luz
decisiva para su propia vida; por tanto, era conveniente que se leyera ese
texto en su aniversario.
Las oraciones se
han revisado atentamente. Ha sido posible utilizar las numerosas fuentes
litúrgicas editadas en los últimos siglos (sacramentarios
romanos, ambrosianos y galicanos; misales franceses del s. xvm). Se ha
querido liberar a las oraciones de expresiones demasiado manidas, como la del
florecer de una nueva familia religiosa, o de alusiones de desprecio hacia la
realidad terrena ("terrena despicere"). También se ha querido
personalizar los formularios con referencias al espíritu que ha animado
al santo o a la misión que ha cumplido en la iglesia.
El concilio
había prescrito que se restituyeran a la verdad histórica en el
oficio divino las pasiones o vidas de los santos (SC 92). La empresa era
difícil en sí misma, porque la historia, como toda ciencia,
está en perpetuo progreso, y siempre ha de ser necesariamente
provisional toda síntesis de las adquisiciones hagiográficas.
Así pues, se optó en
esencial de ellas
como lectura. Igualmente se han podido utilizar los testimonios de
los biógrafos antiguos o 1889
los recuerdos de
los que vivieron en intimidad con el santo (por ejemplo, Beda el Venerable,
Juana de Chantal). Cada vez que se ha tenido que fijar la lectura de un
fundador de familia religiosa se ha confiado la elección a los
responsables de la misma familia.
c) Las nuevas
normas para la celebración han permitido llevar a la
práctica la voluntad del concilio de dar la preferencia a la liturgia de
los misterios de la salvación respecto a las memorias de los santos y de
no imponer a toda la iglesia nada más que las fiestas de los santos
más conocidos.
Los grados de la
celebración de un santo se han reducido a tres: solemnidad, fiesta
y memoria. Se celebran como solemnidad, además de las de
fiesta los
aniversarios de los apóstoles y evangelistas, las conmemoraciones
de los santos arcángeles, de los diáconos san Esteban y san Lorenzo,
de los santos Inocentes. Todas las demás celebraciones son memorias.
Pero la novedad más interesante es la que distingue entre memorias
obligatorias y memorias libres. Hay sesenta y tres memorias obligatorias y
noventa y cinco memorias libres. El número de estas últimas
habría sido mayor si el papa Pablo VI, al final, no hubiera hecho
obligatorias en vez de libres ciertas memorias de santos, y sobre todo de
santas (Cecilia, Águeda, Lucía, Escolástica, Clara,
Isabel de Hungría).
Santos
El modo de
celebración. Lo que importa, más que el número de fiestas
o de memorias obligatorias, que no podrá sino aumentar (Juan Pablo
II ha hecho obligatorio el aniversario de san Estanislao), es el modo de
celebración. Solamente las solemnidades y las fiestas comportan un
formulario propio completo, tanto para la misa cuanto para el oficio. Las
memorias deben integrarse en la liturgia de la feria. Cuando se trate de
una memoria obligatoria, solamente se está obligado a decir la
oración propia (con las lecturas, si se refieren explícitamente
al santo) y a leer el texto hagiográfico. En cuaresma esta lectura
se añade a la del día (OGLH 239).
La experiencia ha
confirmado la eficacia de la nueva reglamentación. La celebración
de la feria, con la posibilidad de la lectura continua de la palabra de
Dios, está sólidamente asegurada; lo cual, de todas formas, no
impide dejar amplio espacio a las memorias libres, principalmente en los casos
en que responden a un deseo de la devoción popular. La restauración
del año litúrgico, comenzada por san Pío X en 1911,
halla así su coronación.
V.
Teología y pastoral del culto de los santos
Tanto la
teología como la pastoral del culto de los santos se basan en una
teología de la santidad y especialmente del martirio.
1.
Santos
propia imagen.
Todo santo es una "alabanza de la gloria de su gracia" (Ef 1,6), pero
de hecho lo es solamente porque en él vive Cristo (Gal 2,20). La
santidad es identificación con Cristo.
a) Santidad y
misterio pascual. La santidad no es otra cosa que el desarrollo supremo de la gracia
bautismal. Es por tanto comunión con Cristo en el acto mismo de su
muerte y resurrección, en su pascua, como enseña el Vat. II:
"Al celebrar el tránsito de los santos de este mundo al cielo, la
iglesia proclama el misterio pascual cumplido en ellos, que sufrieron y
fueron glorificados con Cristo" (SC 104).
El martirio
constituye la cumbre de la santidad, porque realiza plenamente el
carácter sacrificial de la vida espiritual, expresado con tanta fuerza
por san Pablo: "Estoy crucificado con Cristo" (Gal 2,19). Policarpo
da gracias al Señor porque le ha preparado un sacrificio "agradable
y completo"; pero él participa en el cáliz de Cristo
"para resucitar a la vida eterna del alma y del cuerpo en la
incorruptibilidad del Espíritu Santo".
Si en el martirio
el que muere ofrece a la iglesia "la perfecta expresión de la
fe" (colecta de los santos Juan Fisher y Tomás Moro, 22 de junio),
lo hace porque Cristo testifica en él el amor hacia el Padre. Los
primeros fieles lo comprendieron pronto. Según la carta de los cristianos
de Lyón, "el cuerpo de Potino estaba consumido por la vejez y las
enfermedades, pero conservaba en sí el alma, para que por él
triunfase Cristo". Y Blandina, "pequeña, débil y
despreciada, se había revestido de Cristo". Los compañeros
veían en ella a "aquel que había sido crucificado por
ellos".
b) La
imitación de Cristo. Desde el momento que un santo es un
1890
miembro vivo de
Cristo se comprende que los santos hayan vivido con los ojos fijos en
él, para reproducir su imagen en ellos mismos. Desde Esteban, que muere
repitiendo las palabras del Crucificado, a Francisco de Asís,
deseoso de vivir a la letra las bienaventuranzas, todos los santos han
tenido como único ideal la imitación de su Señor. Por eso
reproducen fielmente su imagen. Quien ve a un santo ve a Cristo. Y cada uno de
ellos puede repetir con san Pablo: "Sed imitadores míos, como yo lo
soy de Cristo" (1 Cor 11,1).
c) La
intercesión de los santos. La relación entre los santos y los fieles
que peregrinan aquí abajo se expone claramente en el primer prefacio
de los santos. Después de haber afirmado, siguiendo a Agustín,
que coronando sus méritos Dios corona su propia obra, el texto declara
que el Señor nos ofrece "el ejemplo de su vida, la ayuda de su
intercesión y la participación en su destino". El primer
y tercer punto no levantan objeción en las iglesias reformadas,
pero el segundo no es aceptado. De todas formas, pertenece a la
tradición unánime de las iglesias de Oriente y Occidente,
desde los orígenes mismos. En la intercesión de los santos los
cristianos expresan su fe en el misterio del cuerpo místico de
Cristo: cuando un miembro está alegre, todos se alegran; cuando
sufre, todos participan en su sufrimiento. Los santos no pueden, por tanto, ser
insensibles a las necesidades de sus hermanos. Bien lo había
entendido santa Teresita del Niño Jesús cuando llegó
a decir y prometer: "Pasaré todo mi paraíso haciendo el bien
en la tierra".
La
intercesión comporta dos grados. En la misa nunca nos dirigimos a
los santos, sino que, en la colecta, 1891
pedimos a Dios,
por Cristo, que acepte la intercesión de tal santo en nuestro favor. La
oración sobre las ofrendas y también la oración después
de la comunión prescinden de esta intervención de los santos. En las
plegarias eucarísticas pedimos tener parte con ellos en la vida
eterna; en el canon romano nos encomendamos explícitamente a ellos:
"Por sus méritos y oraciones concédenos en todo su
protección". La liturgia de las Horas se abre, en las
antífonas y en los himnos, a la oración que sube hacia los
santos. Esto significa que la iglesia católica admite la mediación
de los santos, pero que vale para ellos, afortiori, lo que el concilio
afirma de
2.
a) El
descubrimiento del verdadero rostro de tos santos. El primer esfuerzo que
hay que hacer es quizá el de redescubrir el auténtico rostro de
los santos. La popularidad de un santo nace de la gente y con frecuencia
tiene raíces oscuras. La autoridad no puede ordinariamente ni promoverla
ni oponerse a ella. Pero siempre es posible ayudar a los fieles a captar las
virtudes centrales que han hecho de un cristiano un santo y a descubrir el
elemento esencial de su mensaje. Si el título de doctor atribuido a san
Antonio de Padua es
Santos
quizá un
poco exagerado, es de todos modos cierto que las excepcionales
cualidades de predicador de este hijo de san Francisco han hecho de él
un baluarte de la fe frente a la herejía catara y un ardiente defensor
de los pobres. Esto es mucho más importante que cualquier otra leyenda
de la que pueda derivar su reputación. También es sabido que
los estudios e investigaciones sobre santa Teresita del Niño
Jesús han puesto de manifiesto en ella un alma bastante
más probada en la fe de cuanto se podía suponer en torno al 1900.
De esta forma, ha aparecido mucho más cercana a los cristianos de nuestro
tiempo y más popular a todos los espíritus que se mantienen en
constante búsqueda.
b) La
imitación de los santos. En la memoria de todos los santos, la
oración propia pide siempre la gracia de seguir su ejemplo. Este
aspecto del culto es decididamente esencial. Pero para que el
personaje tenga una fuerza ejemplar, es necesario que su vida aparezca
cercana a la de cada uno de nosotros. Ayer se sentían
atraídos sobre todo por las gracias extraordinarias que se
habían concedido a un santo y por los milagros que realizaba; hoy
se desea comprender sobre todo en qué se le puede imitar. Santa
Brígida de Sue-cia, que junto con el marido Ulfo educó a sus ocho
hijos en una familia fervorosa, es una figura más ejemplar que no
c) La
intercesión de los santos. Si la reflexión teológica
justifica la
Secularización
intercesión
de los santos, la acción pastoral debe ayudar a los fieles a encontrar
el justo equilibrio entre el exceso y el rechazo. Rechazar apriori que se
pueda recurrir a los santos significa colocarse fuera de la tradición
católica y manifiesta una cierta ignorancia del misterio de la encarnación.
Pero el recurso a los santos debe quedar subordinado al recurso a Cristo.
Ciertamente es legítimo adornar con flores las estatuas de los santos y
encender lámparas ante sus imágenes, pero es más
importante venerar a Cristo en la eucaristía. La protección
de los santos no es ningún fruto de la magia, sino de la fe y del
amor.
En este campo,
como en otros muchos, la liturgia se revela como una maestra de fe y una
reguladora de la devoción: sigue recordándonos que el homenaje
más auténtico que el pueblo de Dios puede tributar a un santo,
hoy como en época de las persecuciones, es celebrar su aniversario
con una asamblea sagrada en torno a la mesa del Señor.
P. Jounel
BIBLIOGRAFÍA:
Aldazábal J.-Roca J„ Celebrar los sanios, "Dossiers del
CPL" 13, Barcelona 1981; Aldea Q., Hagiografía, en DHEE 2,
Consejo S. de Investigaciones Científicas, Madrid 1972, 1073-1078;
Brovelli F., Culto de los santos, en DTI, 2, Sigúeme, Salamanca 1982,
224-229; Camarero J., La figura del sanio en
pular y
Devociones.
1892
SUMARIO: I.
Introducción - II. El fenómeno ayer y hoy; 1. La
aportación clarificadora de los diccionarios
teológico-pastorales; 2. ¿Qué implicaciones tiene
para la liturgia?; a) Consistencia del fenómeno, b) Un
fenómeno no fácilmente circunscribible en el tiempo, c)
Presencia simultánea de la bipolaridad "sacrum-profanum",
"saeculum-religio" - III. Un reto a la liturgia: 1. La
secularización interpela a la liturgia; 2. En busca de un
"lenguaje" adecuado: a) Biblia y liturgia: punto de paso obligado, b)
La comunidad de fe, criterio hermenéutico - IV. La respuesta
de la liturgia hoy: 1. Secularización de los "objetos"; 2.
Secularización de los "lugares";
3.
Secularización de los "tiempos"; 4. Secularización
de las "personas" - V. Conclusión.
I.
Introducción
"Unos
cristianos viven hoy entre personas entregadas sinceramente a sus
prácticas religiosas, otros se encuentran en ambientes sociales que
rechazan ampliamente toda forma de religión. Unos celebran la liturgia
dominical en iglesias llenas; otros en grupos que a duras penas reúnen
algunas personas. Unos siguen formas litúrgicas sustancialmente
incambiadas desde muchos siglos ha; otros conservan ritos que hablan el
lenguaje del área cultural donde nacieron. Otros, por el
contrario, buscan formas nuevas de un culto más auténtico a
través de la experimentación, ejercitada por los participantes
mismos. Unos buscan mantener un ritmo de plegaria personal, a pesar
de los fallos múltiples. Otros se quedan con una cierta nostalgia de la
oración, conforme la presencia de Dios en ella se les hace cada vez
más irreal. La mayoría se sienten culpables por lo poco o
nada que la practican. Algunos han cesado en el esfuerzo por
intentarla. Los que oran y los que no se plantean cuestiones sobre la plegaria
comunitaria y la individual..."1. Con estas palabras se abría el
borrador de un documento sobre el "culto a Dios en un tiempo
1893
secular",
preparado en el ámbito de la comisión "Fe y
constitución" del Consejo ecuménico de las iglesias, ante
Las expresiones
pueden asumirse como estimulante apertura de un discurso sobre la
secularización vista como fenómeno que ha afectado y sigue
afectando a las más diversas expresiones de la liturgia todavía
hoy. Así lo demuestra, por ejemplo, la reforma de la liturgia en
España, donde algunos retrasos y desfases en la actuación de la
reforma litúrgica posconciliar han estado motivados por la falta de un
"esfuerzo de inculturación y de adaptación de los libros
litúrgicos a la nueva y concreta situación que se ha creado con
la secularización, la descristianización de masa y, por tanto,
con el pluralismo que se ha determinado en el seno de la así
llamada cristiandad. Los nuevos ritos pecan de abstractos, en el sentido de que
ignoran demasiado los datos antropológicos y sociales relativos al rito,
al lenguaje, al símbolo, al signo.
II. El
fenómeno ayer y hoy
Hablar de
secularización a casi tres lustros de distancia del período en
que tal fenómeno alcanzó su cima (1968) puede parecer
anacrónico, o por lo menos inútil. Efectivamente, quien haya
seguido —aunque sea de rechazo— el debate que se ha encendido
también en España en torno a este fenómeno proveniente de
Centroeuropa habrá podido constatar su impacto, a veces violento,
en las instituciones eclesiales y en la reflexión teológica
en sus más variados sectores.
Un signo
elocuente de todo esto lo constituye la cantidad de estudios que han aparecido
con la finalidad
Secularización
de integrarse,
completarse, a veces de eliminarse... Una simple ojeada a las reseñas
bibliográficas ofrece la más obvia confirmación5. Una confirmación
posterior y más sistemática se obtiene a partir de la
discreta gama de diccionarios teológico-pastorales que en el breve
espacio de este último decenio (años setenta) han intentado
condensar el fenómeno poniendo al lector sobre pistas de
reflexión que ya han alcanzado la connotación de
auténticas conclusiones4.
Aquí
estaría fuera de lugar —¡y fuera de tiempo!— retomar
todo el problema de la secularización; si en el plan del presente
Diccionario se contempla esta voz, se debe buscar el motivo en el hecho de que
el fenómeno no ha pasado inadvertido en la vida de la iglesia;
más aún, bajo diversas formas —positivas— sigue
estando presente en la vida cultual de la comunidad cristiana como llamada
de atención crítica a poner en práctica formas
litúrgicas cada vez más genuinas, que ayuden a expresar
mejor y más radicalmente la liturgia de la vida,
1.
Secularización
a) En el
Diccionario enciclopédico de teología moral \ T. Goffi,
afrontando el problema desde el punto de vista específicamente
moral, define así la secularización: "Mentalidad-compromiso,
que pretende promover en el plano individual y social los valores
terrestres, como válidos en sí mismos, proclamándolos
autónomos de la metafísica y de la religión"'.
Desde esta perspectiva se ve la secularización como "la mayor
agresión global contra el cristianismo concebido en su forma
tradicional", pero a la vez también como la causa
—¿el signo de los tiempos?— que "podría
favorecer la constitución de una vida espiritual cristiana
iluminada en su expresión evangélicamente pneumática"7.
Se trata de una agresión que pone en discusión ese método
teológico que, en el intento de mediar la palabra de Dios, rechaza
la confrontación con la realidad secular. "La teofanía
divina —se recuerda— puede manifestarse y efectuarse
únicamente a través de lo humano"8. De aquí nace el
jjroblema de la relación sagrado-profano y sus
correspondientes implicaciones, que subyace a todo el discurso.
b) En el
Diccionario teológico interdisciplinar *, P. Vanzan introduce el
tema afirmando que "la fortuna de la categoría
secularización va ligada precisamente a las múltiples e
inconfesadas ambigüedades ideológicas de fondo que le han
consentido proponer, con enorme simplicidad, explicaciones incluso
opuestas, pero siempre lineales y universales, de un conjunto
variadísimo de fenómenos". En este punto "lo
único prudente que hay que hacer es someter la
secularización a un delicado trabajo de restauración" a
nivel de palabra y de ideología l0.
Queriendo
recuperar el sentido original del término mediante el exa1894
men de varios
juegos lingüísticos, Vanzan delinea los cinco significados
principales que claramente "traicionan la compleja memoria de sus
avatares históricos": de hecho (I) político-jurídico
", el término pasa a asumir un valor (II) filosóficoculturaln,
para convertirse después —hacia los años treinta— en
una
(III)
categoría sociológica tendente a explicar el paso de una
sociedad agrícola-cerrada-sagrada a una sociedad
industrial-abierta-profana.Ésta es la categoría " que
reciben los
(IV)
teólogos, y que ellos estudian y profundizan a la luz de la palabra de
Dios para encontrar una respuesta adecuada a la solución del problema
". El uso del término, finalmente, en los (V) documentos
eclesiásticos se extiende a todos los valores precedentes,
según "una aceptación realista del presente...,
considerando la evolución en curso no ya cqmo una apostasía de la
fe, sino como una nueva oportunidad (kairós) ofrecida a la fe para
anunciar lo específico cristiano en un mundo secularizado"1-.
Esto por lo que al término se refiere.
A nivel
ideológico —siempre según el pensamiento de
Vanzan— destacan sobre todo los significados tercero y cuarto.
Pero se impone la necesidad de una revisión crítica a nivel
sociológico y teológico, que permita "una buena
recuperación de la categoría secularización ",
mediante la decantación de los vicios teológicos, ante una
proposición alternativa que, partiendo de la superación de la
secularización, se desarrolla y se precisa en torno al término
trans
funcionalización
de la religión". Este término parece el más adecuado
para expresar esa especie de "relación intermedia que en un
futuro deja lugar tanto para la crisis como para la sorpresa
histórica", y que parece responder "tanto a la
función de la religión en la sociedad moder1895
na como a la
vitalidad religiosa" >~. Esto se logrará en la medida en que se
purifique el concepto de religión de las valencias sagrado-paganas, y la
noción bíblica de lo santo " recupere su originalidad,
o sea, la de indicar "una relación objetiva que cualquier
ser puede establecer con el Totalmente Otro...". De este modo la
secularización expresará "la autonomía de las
realidades terrenas y su legítima emancipación de lo sagrado-pagano,
pero al mismo tiempo su ineliminable apertura al misterioso Totalmente Otro con
el que dicen relación de mil maneras" ".
Son simples
insinuaciones, casi flashes, que dejan adivinar notables consecuencias en el
ámbito de un discurso más específicamente
litúrgico.
c) En el Nuevo
diccionario de teología 7" el tema —"¡uno de los
elementos más respetables de la mitología de la
sociedad moderna!"— se afronta desde una perspectiva más
directamente teológica. Él autor deja adivinar la superficialidad
y el descuido con que la "teología católica no ha
ofrecido ninguna aportación original al debate específico sobre
el tema, es cierto que ha ido a remolque de la producción
protestante"21. Con frecuencia ha faltado un tamiz crítico que,
dejando aparte los fáciles entusiasmos, permitiese adivinar los lados
débiles tanto a nivel de método teológico n como a nivel
de contenidos que tienden a "una especie de ensayismo de
divulgación". Andrea Milano completa el cuadro de la
problemática con algunas afirmaciones tomadas de Acquaviva ":
con el fenómeno de la secularización "se pone el
énfasis sobre el quehacer del hombre comprometido en el trabajo, en la
ciencia, en la técnica..., atento a vivir concretamente esta vida en
lugar de prepararse para la otra". Por otra parte, "el hecho social
del comunicar prevalece sobre el hecho
Secularización
teórico
del conocer... La urgencia comunicativa le empuja [al teólogosociólogo]
a aceptar el lenguaje periodístico y pactar con las modas
culturales del momento". Finalmente, "más que de
problemas reales [esta teología-sociología] es expresión
de la crisis de seguridad del mundo eclesiástico; por eso es un
hecho sobre todo eclesiástico y escasamente comprendido por los
laicos".
Volviendo a tomar
directamente las palabras de Acquaviva, se puede concluir que "la teología
de la secularización es muchas cosas a la vez: un hecho
teológico en el sentido tradicional del término; un hecho
social y cultural de los teólogos y del clero en el sentido de que
está unida al cambio de cultura, de mentalidad, de matriz social del
clero; un hecho político-religioso unido al problema de la
jerarquía, del poder, de la burocracia, de los dogmas, de la
iglesia; un hecho de competencia en la sociedad pluralista, o sea,
expresión de la competencia que ejercen otras explicaciones del
mundo, más o menos religiosas; un hecho cultural en sentido
estricto, o sea, expresión de una sociedad que construye para una
cultura diversa una imagen distinta de la religión..."24. Por eso
el fenómeno tiende a juzgar la fe "a partir de una
comprensión de la situación del mundo moderno en lugar de juzgar
este mundo a partir de la fe"25.
De todas formas,
es innegable el gran mérito de la teología de la secularización:
el haber "favorecido la disolución definitiva y sin nostalgias de
la imagen idealizada del pasado, esa especie de regresión
eclesiástica en virtud de la cual dominaba las mentes la
interpretación de la historia a base del esquema de la decadencia
del mundo a causa de la desintegración progresiva de la cristiandad
medieval bajo los asaltos de Satanás, del protestantismo, del
ateísmo"26.
Secularización
2.
¿QUÉ IMPLICACIONES TIENE PARA
a) Consistencia
del fenómeno. El examen de la literatura nacida en torno al problema de
la secularización —desde hace tiempo en fase ya de
sedimentación— nos permite apreciar ante todo las dimensiones
reales del problema. Su efectiva consistencia aparece como un dato
fáctico por el influjo innegable que el fenómeno ha ejercido
de manera directa e indirecta tanto en las estructuras eclesiales
cuanto en las más diversas expresiones de la vida y de la
reflexión de la iglesia.
Nos fijaremos en
un aspecto particular de la vida de la comunidad eclesial: la liturgia.
¿Se ha visto también ella implicada? ¿Es
válido, por ejemplo, lo que sostienen los teorizadores de la
relación iglesia-mundo, a saber: que "la secularización
y la secularidad no son irrelevantes para la religión, porque lo menos
que pueden hacer es poner en crisis todos los signos y símbolos, todos
los discursos con los que el hombre no secularizado expresaba y vivía la
relación entre el hombre en el mundo y Dios"? s ¿En qué
medida puede (o debe) el mismo lenguaje litúrgico resentirse del influjo
de este fenómeno? No es inútil nacerse estas preguntas
precisamente en el contexto del posconcilio y en el período de la plena
actuación de la reforma litúrgica; más aún,
pueden resultar una
1896
ulterior clave de
lectura para preci
sar mejor los
objetivos de la reforma
misma.
b) Un
fenómeno no fácilmente circunscribidle en el tiempo. "Bajo
la doble inspiración de la espiritualidad franciscana, tan cercana
al pueblo y a la naturaleza, y de la antigüedad romana, Cimabue
anuncia el comienzo de tiempos nuevos. Por primera vez se afirma —con
lenguaje pictórico— que para ir a Dios no es necesario volver la
espalda al mundo": con esta afirmación de R. Garaudy, J.
Sperna Weiland introduce su intento de definir la secularización
30.
En nuestro
contexto, la afirmación puede ser una llamada a no circunscribir
los términos históricos del problema a estos dos últimos
siglos, sino a asumir como parámetro la consistencia espacio-temporal de
la relación sacrum-profanum, saeculum-religio: el mundo del hombre
y el mundo de Dios. Si el fenómeno ha asumido particulares connotaciones
y desarrollos sobre todo en nuestro tiempo —baste observar las fechas
(años sesenta-setenta) de su abundante literatura—, esto puede ser
el resultado de varias componentes que, acentuando la densidad de
elementos colaterales, han hecho aparecer un poco más la punta del
iceberg. Y si ahora la punta del iceberg —por continuar con la
metáfora— parece haberse disuelto a la salida de otros
soles en el cielo de la socio-teología, de ello no se puede concluir que
se deba considerar disuelta la consistencia del fenómeno, ni hoy ni
en una tan futurible como hipotética sociedad secularizada, debido
precisamente a la permanencia de la relación saeculum-religio.
La consistencia
de esta bipolaridad se refleja necesariamente en el mundo de la liturgia;
aún diría más: es precisamente aquí, más que
en 1897
cualquier otro
sector de la vida de la iglesia, donde esta relación se asume y se vive
no tanto como alternativa, sino como recíproca integración de
cara a aquella verdadera religio que es el culto al Padre en espíritu y
verdad.
c) Presencia
simultánea de la bipolaridad "sacrum-profanum ",
"saeculum-religio ". En la fenomenología de la
religión, "sagrado se opone a profano, y significa esencialmente
dos cosas: 1) algo o alguien separado, apartado para la divinidad, para
que le sirva exclusivamente a ella; 2) la potencia, la fuerza misteriosa,
transnatural, de la que están dotados ciertos seres o por propia
naturaleza
o por el hecho de
haber entrado en contacto con lo divino... Este contacto, que ha cargado a
un ser de sagrado, y por tanto de potencia, puede asumir numerosas
formas"1'. Entrar de esa manera en contacto con lo sagrado comporta
apropiarse toda la fuerza misteriosa que contiene, a la par que la
adquisición de una particular actitud que induce a descubrir en las
cosas y en los seres "una realidad que trasciende el plano
natural..."". Este modo de ver la realidad, típico de una
sociedad agrícolo-natural, parece haberse derrumbado ante la nueva
mentalidad científica y técnica, que, si por una parte permite al
hombre descubrir los secretos de la naturaleza, por otra lleva a considerar el
mundo como el campo de la propia acción, que puede ser manipuladora o
transformadora, y por tanto a la superación de toda
trascendencia.
"Mientras lo
sagrado indica la presencia de una fuerza misteriosa, pero impersonal..., lo
religioso... hace referencia a un Ser personal trascendente, con el que [el
hombre] intenta entrar en contacto mediante oraciones, actos de culto,
sacrificios de expiación y de impetración: rela
Secularización
ción que
es de temor y de adoración, pero también de amor y de confianza...
Mientras en lo sagrado predomina el temor, en lo religioso predominan
la confianza y el amor... El acto religioso esencial es la oración, que
es desconocida, en cambio, para el hombre de lo sagrado, quien intenta
apropiarse de lafuerza sagrada mediante la acción mágica o defenderse
de ella mediante el acto supersticioso"".
Si —como
creemos— éste es un dato de hecho objetivo, nos hacemos la
siguiente pregunta: ¿Por qué se ha producido la crisis de esta
religio? De Rosa insinúa una respuesta señalando dos factores:
una "diversa actitud psicológica del hombre moderno frente a
la realidad", al saeculum 34; y las "consecuencias que ha
producido en el campo social el paso de una sociedad agrícola
pretécnica a una sociedad industrial técnica" ". Por
consiguiente, se puede concluir: 1) que en la civilización de la
técnica el hombre rechaza una postura pasiva y casi fatalista;
más aún, se siente directamente llamado a actuar en primera
persona sobre las realidades creadas para que rindan y produzcan lo que
él mismo desea, quizá independientemente de lo que puede ser
un ciclo natural. Desde este punto de vista, el hombre ya no siente la
necesidad de dirigirse a Dios: esto se hace inútil, porque todo parece
depender de la inteligencia, laboriosidad y actividad de la persona;
2) que el paso de un tipo de sociedad a otro comporta fenómenos que
pueden incidir negativamente en el factor religiosidad:
piénsese en la movilidad social que origina fracturas a veces
irreparables en el ámbito familiar, social y, consiguientemente, religioso,
precisamente porque "la práctica religiosa está fuertemente
controlada por el grupo social, que dicta en cada campo... los modelos de comportamiento"'\
Piénsese además en
Secularización
el nacimiento de
un nuevo pluralismo en todos los sectores, en un nuevo modo de ver el
fenómeno religioso; más aún, en un replanteamiento
del fenómeno mismo que en una sociedad industrial es solamente un
aspecto, entre otros, de la vida. La llegada del bienestar,
finalmente, y la satisfacción de sus propuestas lleva a buscar un
paraíso inmediato que aparece en su entidad sin recurrir a mediaciones
ni a instancias ultramundanas.
III. Un reto a la
liturgia
La
desaparición de lo religioso (— secularización) conlleva la
desaparición de lo sagrado falso (= desacralización), y
no necesariamente la desaparición de lo sagrado auténtico,
de la verdadera religión y de la fe cristiana. Más aún,
"la muerte de lo sagrado —que bajo cierto aspecto es positiva porque
es una purificación de la religiosidad, que de ese modo se libera de las
sofocantes excrecencias de lo sagrado— no significa
automáticamente la muerte de la religión, por lo menos en
sus expresiones más elevadas. La religión, efectivamente,
ofrece al hombre la respuesta a ciertas preguntas que él no puede
dejar de hacerse; preguntas que se refieren al sentido de la vida, al misterio
de la muerte, al sentido del sufrimiento, al problema del mal..."".
En este sentido es clarificador lo que se afirma en el campo
sociológico, a saber: que el proceso en marcha se designaría
mejor como "desacralización, ya que implicaría sólo
la reducción progresiva y acaso radical de las modalidades sacrales de
la experiencia religiosa. Desaparecerían solamente las
prácticas religiosas inspiradas en una mentalidad
mágica, utilitarista, supersticiosa..."'".
Es indiscutible
que este modo de
1898
percibir y vivir
la realidad ha influido en la vida litúrgica de la iglesia.
Más aún; así como una mentalidad sacralizaníe en
otros períodos de la vida de la iglesia ha comportado formas y
modos rituales que a veces podían parecer una transmutación de
actitudes mágico-sacrales, del mismo modo hoy nos hallamos frente a
los resultados de una reforma litúrgica que parece haber pasado (o
por lo menos rozado) el crisol de este fenómeno. La consecuencia
más inmediata, provocada también —pero no
exclusivamente— por las influencias de este mismo fenómeno,
ha sido el intento de presentar cada una de las expresiones del culto como un
momento y signo real de la religio; o sea, expresión de aquella
relaciónrespuesta de fe entre el hombre y Dios, que tiene su origen
en la iniciativa gratuita de Dios, y que en el signo del culto revive y
hace vivir la máxima expresión de esta comunión.
Con esto no se
podrá considerar ipso facto superada la bipolaridad de la que se hablaba
más arriba: está siempre presente en la vida y en la
reflexión de la iglesia con motivo de la dialéctica
sagrado-profano; y de manera más o menos consciente según la
acentuación de uno u otro de los términos de la relación
fe-cultura (desarrollo).
Pero todo esto
debe considerarse un signo de los tiempos destinado a seguir influyendo
positivamente —como estímulo e invitación constante—
en el mundo de la liturgia para que sus signos, globalmente considerados, sean
lo más transparentes posible al expresar las realidades santas
que tienen que comunicar.
1.
rie de reflejos
en la misma forma en que la persona es llamada a vivir su propia
relación con lo sobrenatural y con las realidades que la circundan.
Según la lógica de la salvación cristiana, la
dimensión litúrgica es la que mejor puede absorber —y de hecho
absorbe— la secularización de los valores humanos; esto en la medida
en que se vive la liturgia no como una evasión, sino como lo que
realmente es: un encuentro en el signo sacramental con el Dios que ha
creado el cielo y la tierra, que ha establecido los confines
—límites bien precisos— de cada una de las realidades.
Si algunos
profetas más o menos recientes han llegado a predecir el ocaso del culto
en favor de un mayor compromiso del cristiano en el mundo, esto quiere
decir que su experiencia del culto ha sido por lo menos alienante y por
tanto una experiencia de no-culto, de una pseudoliturgia. En realidad, el verdadero
culto al Padre en espíritu y verdad es la más fuerte
invitación y también la más verdadera precisamente
ante un compromiso adecuado en la ciudad secular. La misma oración,
presentada por algunos como un inútil residuo del pasado, como una huida
de lo real, se hace una llamada continua a la trascendencia del hombre. No
se puede negar esta dimensión vertical, so pena de privar a la persona
de uno de sus componentes esenciales: la religio es uno de estos componentes, y
desde el momento que existe debe expresarse necesariamente. "Se
trata, en efecto, de necesidades tremendamente importantes y de
necesidades que la cultura secular suscita más bien que satisface"
•". Por eso "la humanidad no será nunca
completamente arreligiosa o posreligiosa: si sucediera esto, no
sólo sería el final de la religión, sino también el
final del hombre. El hombre que no se planSecularización
tease los grandes
problemas del sentido de la vida y de la muerte, del sentido del dolor y
del pecado, del significado de la historia humana y del destino del hombre y
del mundo, ya no sería hombre"". De aquí la apertura no
sólo al mundo de signos y símbolos que caracteriza uno de los
aspectos de la religio, sino también todas las demás formas
expresivas de esa misma religio, que hemos etiquetado con el nombre
de religiosidad, y que la secularización tiende a negar11.
¿Cómo
es posible poner en relación un justo reconocimiento y promoción
de la autonomía propia del orden temporal con la dimensión sobrenatural?
¿Y cómo revivir en la fe esta relación? Creemos —sin
desarrollar posteriormente este pensamiento— que el justo
reconocimiento de las realidades de este mundo y de su papel efectivo puede
brotar de una asiduidad más profunda con
2. EN BUSCA DE UN
"LENGUAJE" ADECUADO. Nos encontramos así frente a un problema
de lenguaje que en su transparencia e inmediatez lleve al hombre
secularizado a expresiones de fe que no pretenden poner en
discusión la autonomía de las realidades de este mundo, sino que
actúan sobre el compromiso y sobre la voluntad del hombre llamado a
construir la historia. En otros términos: ¿Cómo
evitar que el culto —en el que se vive esta fe— aparezca como algo
alienante frente a las responsabilidades del hombre en la
Secularización
construcción
de la historia? En esta línea, la urgencia de establecer "signos"
de la fe adecuados aparece como un problema cada vez más acuciante
en las más diversas expresiones litúrgicas de las
comunidades cristianas.
Ahora hay que
preguntarse: ¿Qué percibe el hombre contemporáneo de
ciertos ritos complicados y solemnes (!), de ciertos gestos no usuales, de
la permanencia en lugares sagrados, del uso de cosas particulares?
¿Por qué motivo se exigen ritos propios y fijos, lugares y
cosas sagrados para que el culto cristiano alcance su finalidad?
Es necesario
advertir que con la reforma promovida por el Vat. II la iglesia ha empezado a
realizar un esfuerzo particular de reinterpretación, y sobre
todo de traducción del lenguaje (= palabras y signos) utilizado en
la liturgia, para ayudar a vivir con mayor conciencia a los hombres de nuestro
tiempo el encuentro con Cristo en sus misterios. Ya no se trata de
referirse a traducciones del latín al castellano —capítulo
cerrado (salvo algún nostálgico revival nacional o de importación),
que ya pertenece a la historia del culto cristiano en Occiden
te "—,
sino del empeño por traducir el contenido eucológico de la tradición
según las categorías del hombre contemporáneo, y a la vez
de la capacidad de elaborar nuevos ritos y textos, fruto de la fe orante y
creativa de la iglesia de nuestro tiempo. Pero ¿cómo puede
llevarse a efecto esto?
a) Biblia y
liturgia: punto de paso obligado.
1900
mas expresivas de
la misma celebración. Es la palabra de Dios la que hace del rito
sacramental un verdadero y propio kairós, un signo de
salvación. En consecuencia, el retorno a un conocimiento más
sapiencial de
Además
indica el camino a la única solución del problema del lenguaje.
Efectivamente, éste resulta adecuado a su función cuando posee
una fuerte capacidad expresiva y comunicativa del misterio de que es
signo, un grado suficiente de comprensión y una notable eficacia de
implicación tanto a nivel personal como a nivel comunitario.
b) La comunidad
de fe, criterio hermenéutico. Un punto de referencia ulterior es la
comunidad de fe a causa de la dimensión eclesial del anuncio y de la
respuesta. Efectivamente, la asamblea es el locus en que se efectúa
esa comunicación divinohumana y humano-divina. Por consiguiente,
el problema encontrará una solución solamente desde una
óptica más objetiva de la celebración, en la que debe
realizarse esta comunicación ascendente, descendente y horizontal
**. Es éste un dato de hecho que necesariamente debe
llevar a la
elaboración de fórmulas y gestos adecuados, no con la intención
de crear ulteriores libros litúrgicos, sino solamente llevando a
cabo las adaptaciones prescritas, o sea, actuando aquellas competencias que
cada libro litúrgico pide principalmente a las conferencias episcopales
45, por tanto a los obispos y a los responsables directos de la celebración
«. Todo esto para que la celebración no sea el resultado de
lo que está escrito en el libro, sino la expresión de la
comunidad que en la
celebración
misma revive su propia fe, la manifiesta y la actúa.
1901
Al afrontar el
argumento de un nuevo lenguaje litúrgico, Marsili escribía
en 1969: "Tales fórmulas eucológicas, provenientes del patrimonio
de la tradición, nacidas en un clima profundamente cristiano, pero en
situaciones distintas de las nuestras, se nos presentan frecuentemente
en la traducción como si llegaran —hermosas, pero sin vida—
de un mundo muy lejano del nuestro... Y hoy, cuando nuestra generación
es colocada de pronto ante [la liturgia], es casi imposible que penetre eficazmente
en el misterio litúrgico si éste tiene todavía un lenguaje
arcano, a pesar del acercamiento de la traducción. Si no se crea un
nuevo lenguaje litúrgico, la liturgia no pasará de ser un vestido
de fiesta, que —como es sabido— puede tener formas y colores
exóticos, que adornan, pero no expresan a quien lo viste. Esto, además,
significaría que nuestra teología no ha elaborado la
revelación como cosa viva, como anuncio de presencia, y que la realidad
eterna de la historia de la salvación no se ha temporalizado en un
lenguaje que la encarne en nuestro momento, con lo que habría dejado de
ser historia para reducirse a relato de una historia hecho en
términos y tonos de otros tiempos"47.
Por otra parte,
sólo desde esta perspectiva puede tener lugar la superación
del ritualismo —tentación que reaparece siempre en la historia de
las comunidades eclesiales cuando olvidan que la liturgia no es el rito.
Una cierta concepción mágica y mecánica del encuentro del
hombre con Dios mediante la celebración ha hecho que se
extendiese un velo de sacralidad que, en vez de abrir a la contemplación
del misterio, ha ofuscado todavía más su realidad. En este
sentido debe considerarse un signo de los tiempos una cierta
desacralización.
Secularización
Del mismo modo
puede efectuarse el replanteamiento de la práctica exterior a favor
de la intervención gratuita de Dios, acogida por la fe viva de cada
persona. Sólo así es posible superar los peligros del formalismo
y del legalismo, que llevan a una pasividad que hace ineficaz la celebración
misma, y que en definitiva ¡es la muerte de la religio!
IV. La respuesta
de la liturgia hoy
Ahora se trata de
profundizar esta realidad: ¿Cómo actuar las perspectivas
más arriba señaladas dentro del mundo litúrgico? "En
un mundo humanizado y manipulado por la ciencia y la técnica,
¿qué sentido puede tener la fe en Dios..., la
oración?"*. ¿En qué sentido se puede hablar de tiempo
sagrado, de persona sagrada, de lugar o de objeto sagrados? El examen nos llevará
a concluir que el proceso de secularización opera ciertamente una
desacralización, pero de una manera falsa, de un falso sagrado; una
desacralización, por tanto, que implica las dimensiones tiempo,
lugares, realidades, personas, no para vaciarlas de su consistencia, sino para
restituirles su justa dimensión sacral, la más genuina, y
por tanto para purificar la fe. "La presunta desaparición de
la religión de la tecnópolis por obra de la revolución
industrial-urbana significa en realidad su purificación de las envolturas
sagradas, la destrucción del Dios-alienación; pero al mismo
tiempo el redescubrimiento del Totalmente Otro, aun cuando la caída de
la concepción anterior de lo sagrado no esté libre de los
riesgos..."4'.
Si consideramos
ahora el mundo de la liturgia, sobre todo los resultados procedentes de la
reforma litúrgica del Vat. II, podemos descubrir
Secularización
algunas
perspectivas claras para una respuesta objetiva a las solicitaciones que hace
el fenómeno de la secularización.
1-
SECULARIZACIÓN DE LOS "OBJETOS". La biblia nos ofrece una
visión del mundo como realidad dependiente de Dios y confiada
al hombre. La dependencia de Dios remite a su trascendencia respecto a las
realidades particulares, pero indica también la consistencia de
estas últimas y su relatividad respecto al proyecto de Dios confiado a
la inventiva y a la creatividad del hombre; efectivamente, es el
hombre el que domina las cosas, da el nombre a los animales... (cf Gen 1,28-30;
2,19-20). En esta línea se puede afirmar que el mundo no es sagrado
en
sí mismo,
pero puede serlo —y a veces debe serlo— cuando se hace para el
hombre signo de la obra del Creador, o el hombre mismo lo elige como medio
para comunicarse con lo sobrenatural.
La óptica
en que se coloca la liturgia frente al valor intrínseco sacral de
los objetos-realidades es muy clara. Parte de una afirmación que encontramos
en la plegaria eucarística IV, donde el discurso históricosalvífico
se asume como parte integrante de la acción de gracias de la
comunidad: "Hiciste todas las cosas / con sabiduría y amor. / A
imagen tuya creaste al hombre / y le encomendaste el universo entero /
para
que,
sirviéndote sólo a ti, su Creador, / dominara todo lo
creado". La misma perspectiva, más actualizada, la encontramos
en las colectas de la misa "por la santificación del trabajo
humano": se reconoce e invoca a Dios Padre, que "por medio del trabajo
del hombre diriges y perfeccionas sin cesar la obra grandiosa de la
creación"; que ha querido "someter las fuerzas de la
naturaleza al trabajo del hombre" para que el hombre
1902
sea un digno
cooperador "al perfeccionamiento de tu creación" y coopere
"a la extensión del reino de Cristo".
Las realidades
creadas por Dios se le confían al hombre para que se sirva de ellas como
signo e instrumento en la realización del proyecto mismo de Dios.
No son un fin, sino un medio. Por eso la iglesia en su historia, sobre todo de
la edad media en adelante, ha sacralizado, en cierto sentido, todas las
realidades creando una serie infinita de bendiciones f/ Bendición, IV,
3] para los objetos y las cosas (Ritual y / Bendicional), para que su uso
recordase al hombre
su efectiva
finalidad. Por tanto, el acento no se pone tanto sobre el objeto en
sí —que como tal no es ni sagrado ni profano— cuanto sobre
la relación que se establece entre el objeto y el usuario, como puede
verse, por ejemplo, en el fenómeno de la recuperación de una
serie de objetos, en otro tiempo considerados sagrados ¡como
adorno de anticuarios! Esta relación es la que ilumina el
carácter de sacralidad de las cosas, y —por el contrario—
señala su reajuste o desacralización; nos lo recuerda
con fuerza la oración después
de la
comunión del II domingo de adviento: "Nos des sabiduría para
sopesar los bienes de la tierra amando intensamente los del cielo".
2.
SECULARIZACIÓN DE LOS -LUGARES". Si prescindimos de la historia
de las religiones y concentramos nuestra atención en la experiencia del
pueblo de Israel, encontramos a propósito del lugar sagrado una progresiva
evolución que va de la tienda-tabernáculo como lugar de encuentro
entre Dios y su pueblo (cf Ex 3) al arca de la alianza, signo
de la presencia
de Dios, y al templo, signo del encuentro entre Dios y su pueblo, considerado
por ello lugar sagrado.
1903
La venida de
Cristo llevará a cumplimiento estos signos, relativizándolos
y englobándolos en el signorealidad de su cuerpo: con la encarnación
del Hijo, Dios ha venido a habitar en medio de su pueblo; no sólo, sino
que además será precisamente el cuerpo de Cristo el templo
nuevo y definitivo en el que Dios se encontrará con su pueblo y el
pueblo podrá seguir comunicándose con el mismo Dios: es la
visión teológica de la carta a los Hebreos, que prolonga y
actualiza la afirmación de Jn 2,19-21: "Destruid este templo y en
tres días lo levantaré... Pero él hablaba del templo de su
cuerpo".
En ambiente
cristiano, por tanto, ya no tiene sentido hablar de un lugar sagrado,
porque la sacralidad del lugar no depende de coordenadas espacio-temporales,
sino de la santidad de las personas que se reúnen en el nombre del
Señor: éstas son las piedras vivas que forman el edificio
espiritual que es la iglesia santa de Dios viviente (cf 1 Pe 2,5; Ef 2,1922;
Heb 8,1): "Los verdaderos adoradores adorarán al Padre en
espíritu y en verdad" (Jn 4,23).
Es interesante
ver la evolución (e involución) histórica de la realidad
templo = lugar sagrado, con las consiguientes bendiciones y consagraciones
del templo y del altar [/ Dedicación de iglesias y de aliares; / Lugares
de celebración]. Durante siglos, la iglesia edificio ha mantenido
su índole sacral porque en ella se reunía la asamblea para
celebrar los santos misterios, y ¡con tal celebración se
consagraba la iglesia! A medida que, progresivamente, se fue perdiendo el
valor de la celebración y la sacralidad del lugar se dejó de
percibir como fruto de la presencia de la asamblea, se ha recurrido a un
montón de signos que evocasen, en su exuberante florecimiento, la realidad
de la presencia de Dios. La perspectiva histórica se mueve, por
Secularización
tanto, de la
domus ecclesiae a la domus Dei. El testimonio más elocuente
nos lo ofrece el Pontificóle romanum: en la editio typica de 1595
(1596), el capítulo "De ecclesiae dedicatione seu
consecratione", que contiene la descripción detallada de las
bendiciones, unciones, lustraciones, signationes, iluminaciones, exorcismos,
etc., ¡ocupa casi cien páginas! so
Si prescindimos
del nuevo ritual de
Así, la
referencia a la funcionalidad y significatividad del templo, del lugar
sagrado en general, mientras por una parte replantea su valor extrínseco,
por otra recuerda que "los templos contrapesan en nuestra vida cotidiana
la preponderancia de lo inmediato; si se quiere, de lo profano, que tiende
a desconectarnos de nuestra relación con el valor último...
Lo que interesa es tener iglesias que, sin separarse de esa vida cotidiana,
abriéndose en medio de ella, irradien
Secularización
a través
de sus símbolos los valores últimos anclados en las expresiones
finitas de nuestra existencia"S4.
3.
SECULARIZACIÓN DE LOS "TIEMPOS". Para el cristiano, el tiempo
es la realidad dentro de la cual se actúa la salvación: la
categoría de la que Dios se sirve para revelarse ad extra. La comunidad
cristiana renueva esta fe al comienzo de la vigilia pascual en el
rito de la "preparación del cirio": "Cristo ayer y
hoy, / principio y fin, / alfa / y omega./ Suyo es el tiempo / y la eternidad./
A él la gloria y el poder / por los siglos de los siglos.
Amén" ". En esta profesión de fe en la soberanía
de Cristo, la asamblea reconoce que el tiempo no le pertenece; pero lo vive
como medio para conseguir el Omega, para comunicarse con todo el misterio
de Cristo distribuido a lo largo del año, de la encarnación a
Pentecostés y a la espera del retorno del Señor (cf SC 102). El
signo de la incisión de las cifras del año en curso subraya
aún más la dimensión de provisionalidad del éxodo.
Parece que en el rito debe verse la cristalización de aquella
sacralidad que acompaña la dimensión tiempo en todas las
religiones y culturas, y que encuentra en el calendario una expresión
orgánica y un significado56. Para el cristiano lo que da significado
a la dimensión tiempo no es tanto el alternarse de los días, de
los meses
o de las
estaciones —elementos enlazados al ciclo natural y astronómico—,
cuanto la certeza de que el opus redemptionis se vive concretamente dentro
de ese ciclo natural donde los elementos sol y luz se asumen como signos
de Jesucristo, "sol de justicia", "luz que no conoce
ocaso".
En este contexto
no extraña el hecho de que para el cristiano el / año
litúrgico gire en torno a la pascua de Cristo —la pascua anual y
la pascua
1904
semanal—:
de este acontecimiento repropuesto anualmente es de donde cobra su valor y
significado la sucesión de las estaciones que la iglesia llama
tiempos litúrgicos, o más en general propio del tiempo, que no es
un aniversarismo, sino el "ciclo temporal de las solemnidades o
fiestas en las que se va desplegando y conmemorando a lo largo del
año litúrgico el misterio de la redención"5?.
A la luz de la
realidad de la pascua es como se replantea la eventual tentación de
sacralizar el tiempo: éste es solamente el instrumento para, el medio,
no el fin en sí mismo, como nos recuerda Pablo cuando escribe a los
colosenses: "Que nadie os juzgue por las comidas o bebidas o por la
participación en las fiestas, novilunios o sábados, lo que
representa una sombra del futuro, cuyo fundamento es Cristo"
(2,16-17). Si éste es el núcleo de todo, ya no tiene sentido
considerar más o menos sagrado un día en vez de otro. "Para
el cristiano, es fiesta... no un día de la semana, sino toda su vida
inaugurada por el evento pascual, porque toda ella es ofrecimiento y
posibilidad de don salvífico". El domingo cristiano no es el
bautismo del sábado judío: "Lo que sustituye al
sábado o, mejor, aquello que el sábado significaba, es no un
día, sino todo el tiempo nuevo que nace y fluye post Christum"58.
Este paso del
krónos al kairós ha dado vida a una mens que se transparenta
también en la eucología. Tómese por ejemplo el
formulario para el "comienzo del año civil", que el Misal
Romano coloca en las Misas para diversas circunstancias públicas.
La asamblea, que saluda "con gozo el comienzo de este año"
(oración sobre las ofrendas), ofrece a Dios "su
comienzo"(colecta) no sólo para vivir "en este
año" (colecta) "día a día en tu paz y tu
amor" (oración sobre las ofrendas), sino para
1905
que "no sean
afligidos por ningún peligro" (oración después de la
comunión), pero sobre todo para que dentro de este tiempo pueda
"abundar en bienes de la tierra... por la santidad de nuestras
obras" (colecta) y de "cuantos celebramos con gozo el comienzo de
este año" (oración sobre las ofrendas) ". El conjunto
se enmarca en una exaltante y exultante profesión de fe que lleva a
reconocer al Padre como aquel que vive eternamente, "principio de
toda criatura" (colecta); como aquel que corona el año
con sus beneficios (cf la antífona de entrada que toma el Sal 64,12); y
reconoce a Jesucristo, "el mismo ayer, hoy y siempre" (antífona
de comunión, tomada de Heb
13,8). [/ Tiempo
y liturgia].
4.
SECULARIZACIÓN DE LAS "PERSONAS". El vuelco de
perspectiva teológica llevado a cabo por el Vat. II en
El c. II de
Secularización
¿Qué
decir entonces de la consagración religiosa? ¿Es ésta
una realidad que añade un quid de más a la dimensión
sagrada que ya posee la persona por causa del sacerdocio común? La
respuesta orgánica está en la confluencia y compenetración
entre la lex credendi y la lex orandi. La primera, condensada en los ce.
VI y VII de
Quien huye del
mundo no lo hace... por una desresponsabilización, sino para
expresar mejor mediante los signos más eficaces e incisivos los
elementos que forman parte de la esencia misma de toda vida cristiana...:
anhelar los bienes que no pasan...; afirmar el primado del amor de Dios
sobre todos los demás valores...; ofrecer con una existencia que se
hace servicio de amor una realización ejemplar de lo que debe ser
toda la comunidad cristiana.
La
síntesis de todo esto se encuentra de manera particular en el
núcleo del rito mismo: en la oración de con
Secularización
sagración
el obispo recuerda que, según tu providencial designio, "quisiste
otorgar a algunos el don de la virginidad. Así, sin menoscabo del valor
del matrimonio y sin la pérdida de la bendición que ya al
principio del mundo diste a la unión del hombre y la mujer, algunos
de tus hijos, inspirados por ti, renuncian a esa legítima unión
y, sin embargo, apetecen lo que en el matrimonio se significa; no imitan lo que
en las nupcias se realiza, pero aman lo que en ellas se prefigura"61.
La perspectiva
lleva el discurso a la constatación de que la persona es consagrada para
y por el ejercicio de la función que está llamada a desempeñar.
Entonces, el primer acto de esta consagración es el bautismo, que
consagra "rey, sacerdote y profeta" a todo hijo de Dios llamado
a formar parte de ese "reino de sacerdotes", de esa
"nación santa" de que ya habla Ex 19,3-6.
La tan aireada
secularización de las personas en esta perspectiva parece hallar su
adecuado replanteamiento. Ciertamente, es la casta la que puede ponerse en
discusión cuando quiere administrar un poder que no le corresponde
o que ha usurpado. Pero la realidad del sacerdocio ministerial o de otros
elementos de la estructura eclesial no correrán el riesgo del dúo
sunt genera christianorum y de la consiguiente crisis de identidad, si
permanecen dentro del ámbito para el que se han instituido. El punto de
referencia es siempre Jesucristo: él es quien bautiza, quien
predica, quien guía a su iglesia... (cf SC 7); todo ministerio es
posible y adquiere significado sólo en cuanto hace presente y
actual el único sacerdocio de Jesucristo. Y con esto se pretende indicar
no tanto la dimensión ministerial cuanto la cultual, que todo
bautizado —y sólo en cuanto bautizado— está llamado a
realizar según la praxis de la iglesia 1906
primitiva, que
"reserva el término sacerdocio y sacerdote a la actividad
global de toda la comunidad y de todos y cada uno de sus miembros"*2.
Dimensión cultual que, al par que desacraliza una cierta imagen de
persona, rehabilita a toda persona que busca a "Dios con corazón
sincero", porque es signo-sacramento de la presencia de Cristo, porque
Dios "ilumina a todo hombre" que viene a este mundo (cf Jn 1,9).
V.
Conclusión
"¿Ha
terminado el tiempo de la liturgia?" La pregunta, lanzada en el
período del boom del fenómeno de la secularización,
encuentra hoy una respuesta más serena y, por tanto, más
objetiva. No es una respuesta nueva; nuevo es quizá el espíritu
con que se debe acoger la voz de la lex credendi cuando afirma en SC 10:
"La liturgia —y así el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo
(SC 7)— es la cumbre a la cual tiende la actividad de la
iglesia", a la que tiende todo esfuerzo y empeño que la comunidad
cristiana realiza para liberar al hombre de toda forma de egoísmo
a cualquier nivel; una liturgia que libera porque convierte, porque permite
entrar en comunión con la pascua de Cristo. Pero la liturgia es
también "la fuente de donde mana toda la... ví'r(us"de
la iglesia (SC 10).
El acento, pues,
se desplaza hacia la acción litúrgica, en particular a la
celebración y a los problemas que en ella subyacen, para hacer adivinar
no su final por agotamiento de capacidades vitales sino su finalidad, que
es siempre la misma y a la vez siempre nueva para el hombre de todo tiempo y
lugar: la pascua de Jesucristo, cuyo misterio debe revivir en cada
persona. Que ésta sea homo religiosus o bien homo tecni1907
cus no constituye
problema si el uno y/o el otro construyen un verdadero homo liturgicus ",
a saber: la persona a cuyas operosas manos se ha confiado el universo
para que el amor de Dios alcance su cumplimiento en todo y en todos, en la
anakefaláiosis definitiva de lo que está aquí en la tierra
y allí arriba en el cielo, para recomponerse en aquellos cielos
nuevos y tierra nueva donde se superará definitivamente toda
contraposición entre saeculum y religio, entre sacrum y profanum,
porque todas las realidades creadas serán unum in Christo Iesu (Gal
3,28).
NOTAS: ' L.
Maldonado, Secularización de la liturgia, Marova, Madrid 1970, 45-46
— 2 Tanto la primera como la segunda y definitiva redacción del
documento aparecen en la obra citada de Maldonado —3 Cf P. Vanzan-G. Basso,
Bibliografía italiana sulla teología delta secolarizzazione
e "morte di Dio", en RasT 11 (1970) 120-141; Bibliografía
italiana ragionata sulla teología della secolarizzazione e delta
"morle di Dio"(¡970-1971), en RasT 13 (1972) 195213;
264-287 —
P. Vanzan, pp.
271-286 del IV vol. — ,0 Ib, 271-272 — u Para una buena
presentación de este hecho, cf H. Raab, Secularización
(jurídico-política), en K. Rahner (dir.), Sacramentum mundi,
vol. 6, Herder, Barcelona 1976, 272-280, donde se precisa así el
concepto: "Por secularización se entiende, según el
primer uso histórico del término en las conversaciones
preliminares a la paz de Westfalia, la sustracción sin licencia
eclesiástica por el poder estatal o público al dominio y al
uso eclesiásticos de haciendas (principalmente tierras), cosas,
territorios o instituciones, para dedicarlos a fines profanos. Secularización
es originariamente un concepto político y jurídico. Su
transformación en categoría filosófica e histórico-cultural
se dio a principios del s. xix, principalmente por obra de aquellos que
saludaron con júbilo la secularización total del año
1803 como una supresión de la soberanía espiritual, y que
querían entender este concepto como designación y programa de
Secularización
una
emancipación cultural y política" (p. 272). Cf
también A. Milano, Secularización, en G. Barbaglio-S. Dianich
(dir.), NDT, Cristiandad, Madrid 1982, 2.» vol., pp. 1617-1618 — n
Se ha solido indicar como fecha de comienzo el 1846, año en que se funda
en Inglaterra
3234
Ib, 216 —
" Ib, 217 -- Para la etimología del término cf G. De Rosa,
o.c. (nota 32), 169173; A. Pompei, a.c. (nota 29), 273 —
Secularización
tuales firmes y
arraigados: un sentido profundo de lo real, de lo verdadero, de lo que posee
valor" (ib, 428) -«G.de Rosa, o.c. (nota 32), 228 — 4I
"Los recientes reviváis místico-espirituales, a una y
otra parte del Atlántico, indican una inversión de tendencia
respecto a la dirección que pronostica la secularización
clásica —que sería mejor llamar secularismo—, tal
como la han abrazado los teólogos radicales de la muerte de Dios, y
denotan una recuperación de la experiencia de lo Totalmente Otro en que
consiste esencialmente la religión...": P. Vanzan,
(nota 10), 280 —
II: "Teología bíblica
del culto" — 43 Cf E. Cattaneo, // culto cristiano in Occidente.
Note storiche, Ed. Liturgiche, Roma 1978: "II Concilio Vaticano
11", en particular las pp. 643667 —M H e desarrollado estas
perspectivas en dirección pastoral y catequística en VV.AA.,
Formare i
catechisti in Italia negli anni 'SO,
LDC, Turín
1982, c. VII: "L'esperienza litúrgica e il suo linguaggio"
— 4S Cf M. Sodi, Compéleme liturgiche delle Conferenze
episcopali nei nuovi "ordines", en RL 69 (1982) 658-701 —
1908
53 H
colecta, p. 813 ~
Ib: prefacio, p. 815 — L. Maldonado, o.c. (nota 1), 237 — 5! Misal
Romano..., o.c. (nota 51), p. 277 — s6 Cf A. Di Ñola,
Calendario, en Enciclopedia delle Religión!, vol. I, Vallecchi,
Florencia 1970, 14351441 —" Misal Romano..., o.c. (nota 51),
Normas universales sobre el año litúrgico y sobre el calendario,
n.
M. Sodi
BIBLIOGRAFÍA
Álvarez Bolado A., El culto y la oración en el mundo
secularizado, en "Phase" 41 (1967) 411-445; Consejo E. de las
Iglesias,
Upsala
¡968: Informes, declaraciones y alocuciones. Sigúeme,
Salamanca 1969; Cox H., La ciudad secular, Barcelona 1968; Fernández P.,
¿Qué es la liturgia en nuestra cultura secular?,
en "
SEMANA SANTA
/ Cuaresma; /
Misterio pascual; / Triduo pascual
1909
SUMARIO 1.
Introducción - 11. Nociones de signo y de símbolo - III.
Simbolismo cristiano:
I. El simbolismo
bíblico; 2. Desarrollo del simbolismo cristiano - IV. Los signos en
la liturgia cristiana: 1. NT y antigüedad cristiana; 2. La reflexión
de san Agustín, 3. La edad media - V, Renovación y
problemática actual: I. La reforma litúrgica del Vat. II; 2.
Leyes del simbolismo litúrgico cristiano; 3. Crisis y
"chances" del simbolismo litúrgico; 4. Misterio y
símbolo ritual;
5.
Educación para el simbolismo - VI. Conclusiones pastorales.
I.
Introducción
La liturgia
cristiana se presenta como un complejo de signos y símbolos que las
ciencias humanas pueden estudiar a diferentes niveles, pero de los que
sólo se puede tener una comprensión plena y una experiencia
auténtica dentro de un contexto de fe y de pertenencia a la iglesia.
La tarea de
profundizar la dimensión simbólica de la liturgia cristiana
encuentra una primera dificultad en la imprecisión y equivocidad con que
los términos signo/símbolo se usan en diversos vocabularios
referidos al vasto campo de lo simbólico,
o sea, ese
conjunto de elementos sensibles en los que los hombres, siguiendo el
dinamismo de las imágenes, captan significados que trascienden a las
realidades concretas. Las típicas zonas de aparición del
símbolo,
o sea, los campos
principales donde se profundiza su naturaleza y sus problemas, y donde por
tanto se encuentran los términos signo/ símbolo, son la
fenomenología de las religiones, la psicología profunda, la
creación artística y literaria, la tradición
bíblica y cristiana y la experiencia espiritual, ante todo la
mística'.
Superando las
orientaciones intelectuales o positivistas de los siglos pasados y tomando
postura contra las estrecheces de una mentalidad técnica y
funcional muy difundida en nuestros días, algunos estudiosos,
Signo/Símbolo
desde diversos
puntos de vista, han vuelto a valorar positivamente el significado y la
exigencia profunda de la experiencia simbólica en el hombre 2. La
experiencia simbólica no se sitúa en el nivel de la
abstracción y del concepto, ni puede confundirse con la
percepción inmediata de la realidad concreta; es una forma intermedia
de expresión, en la que confluyen todos los recursos más personales:
sensibilidad, imaginación, memoria, voluntad, intuición, etc. El
redescubrimiento de la función simbólica en el hombre ha
madurado a partir de disciplinas diversas que se han influido
recíprocamente. También es muy significativa la publicación
de grandes colecciones de símbolos, que sirven para documentar la
complejidad del fenómeno simbólico y la correspondencia
universal de ciertos signos. La misma complejidad y amplitud del campo
simbólico explican la disparidad de las interpretaciones,
sobre todo del simbolismo religioso. Pero un número cada vez mayor
de estudiosos tiende hoy a considerar el símbolo como un momento de
realización plena del hombre en su apertura a lo trascendente y en
su dimensión social; como lugar privilegiado de la relación entre
sujeto y objeto, entre conocimiento y conciencia, donde se expresa la
sustancia misma de la vida espiritual y encuentra su enraizamiento y su
equilibrio la existencia humana concreta. Por otra parte, la misma
investigación sociológica, mientras por un lado documenta
también en ámbitos muy evolucionados y bastante más
allá de ciertas previsiones la persistencia de expresiones
simbólicas y sacrales, por el otro testifica la continua creación
de nuevos mitos y nuevos ritos, que denotan la existencia en el hombre de
necesidades profundas, frecuentemente camufladas o degradadas, pero nunca
del todo sofocadas.
Signo/Símbolo
II. Nociones de
signo y de símbolo
Ahora
intentaremos dar algunas indicaciones para precisar y distinguir los
conceptos de signo y de símbolo, basándonos en algunas posiciones
que nos parecen más ampliamente compartidas.
Hablamos en
primer lugar de signo entendido como género, respecto a otros
conceptos más específicos. Se llama signo a una realidad sensible
que revela en sí misma una carencia y remite a otra realidad
ausente o no presente de la misma manera. Usando las categorías introducidas
por F. De Saussure, se indica frecuentemente con el término signi
ficante el mismo
elemento sensible, con el término significado la realidad evocada,
con el término significación la relación establecida
y, por tanto, concretamente, la capacidad efectiva de un significante de serlo
para determinadas personas; capacidad que puede depender tanto del
elemento sensible como de un código común a los dos
comunicantes, del contexto, de la experiencia previa, etc. En cambio,
cuando se usa el término signo en un sentido más específico
(y sobre todo en relación a símbolo), con él normalmente
se entiende una realidad sensible que remite a un significado
preciso, pero de carácter convencional: más determinado,
pero más limitado; por tanto, entre el significante y el significado
no hay una relación de comunión y presencia; otros hablan de una
relación inmotivada (no fundada naturalmente), y por tanto no
necesaria (como convención). Pero hay muchos estudiosos que
prefieren conservar para el término signo una acepción general, e
introducen —para indicar el sentido más específico de
la palabra— otros términos de significado no siempre
unívoco, como señal, índice, icono, imagen, emblema,
síntoma, etc.
1910
El término
símbolo (gr. symbolon, del verbo symbállo: echar juntos, poner
juntos, confrontar), a nivel etimológico-semántico primario
indicaba una parte, un fragmento, que necesitaba completarse con otra parte
para formar una realidad completa y funcional. Pero hoy, en sentido
antropológico, se habla generalmente de símbolo cuando se
tiene un significante que remite no a un significado preciso, sino a
otro significante; cuando la realidad significada está de alguna
manera presente, aunque no del todo comunicada; cuando la
función simbólica se funda en la realidad misma del significante;
no es por tanto convencional y definida, sino que se enraiza en la naturaleza
de las cosas y del hombre y está, precisamente por ello, abierta a
perspectivas más profundas y universales. En el campo religioso, el
término símbolo se refiere tanto a las formas concretas en que se
explícita una determinada religión como al modo de conocer,
de intuir, de representar propios de la experiencia religiosa. En estos
símbolos, aunque con frecuencia puede reconocerse un substrato
antropológico universal, el significado, o sea, el alguna otra cosa a
que remiten, se define en los
diversos autores
según su interpretación general del hecho religioso; por
tanto, puede hacerse depender de una revelación, del influjo social, de
la aparición de un arquetipo, etc.
Una forma
particularmente importante de símbolo religioso es el rito, que se
puede definir como una acción simbólica constituida por un
gesto y una palabra interpretativa, y que tiene una estructura institucionalizada
de carácter tradicional que favorece la participación
común y la repetición. Las acciones simbólicas más
típicas de las diferentes religiones generalmente van unidas a los
momentos clave de la vida del hombre, con una referencia constitutiva 1911
a los mayores
problemas de la existencia humana. En cuanto a las actitudes
interiores, traducidas normalmente en un comportamiento cotidiano, se
le reconoce a la actividad simbólico-ritual una función de expresión
más integral, de intensificación, de socialización,
de apoyo, de formación permanente.
También se
ha hablado de cuatro propiedades del símbolo que se articulan en la
unidad de la función simbólica, sugieren los temas fundamentales
de la existencia humana y alimentan las "formas elementales de la vida
religiosa": la resistencia (a toda sistematización); la redundancia
(con una significación siempre abierta); la ambivalencia (previa a toda
interpretación ontológica o moral); la pregnancia (da sentido a
la existencia)J. Pertenece a la naturaleza del símbolo el no
comunicar solamente un mensaje, sino favorecer una relación,
provocar el desarrollo de una identidad, de un reconocimiento o de
una alianza.
III. Simbolismo
cristiano
El ingreso en la
trama simbólica que constituye todo sistema cultural madura a
través de un proceso de socialización durante el cual se es
iniciado en la experiencia simbólica de una determinada comunidad que
reconoce unos significados y significantes propios. Los símbolos
litúrgicos los vivimos dentro de esa trama simbólica
particular y original que es la fe de la iglesia \ Solamente podemos
introducirnos en el cristianismo como campo simbólico mediante la
biblia y la tradición cristiana.
1. EL SIMBOLISMO
BÍBLICO. La biblia apenas usa el término símbolo (Os 4,12;
Sab 2,9; 16,6), mientras que recurre con mucha frecuencia —80 veces en el
AT, 70 veces en el
Signo/Símbolo
NT— al
término signo (hebr. ót, gr. sémeion) y afines. Pero al
margen de los términos, el lenguaje simbólico, profundamente
connatural a la mentalidad semita, es una de las características
básicas de la sagrada escritura; por lo demás, la
pedagogía de los signos es una constante de la acción del Dios
vivo en medio de su pueblo.
Carácter
simbólico en sentido lato tienen en el AT muchas narraciones
bíblicas, los antropomorfismos y antropopatismos referidos a Dios,
las expresiones que aluden a la alianza y, en sentido más
específico, los ritos de la religión hebrea (la pascua, las
fiestas, el sacrificio, la circuncisión, la unción, etc.), los
lugares y los signos de la presencia de Dios en el mundo (el arca, la
tienda, el templo), los objetos del culto, etc. El simbolismo
bíblico nace de una concepción religiosa que ve toda la
realidad y toda la historia en estrecha conexión con Dios, para la
cual todos los seres y todos los acontecimientos pueden llegar a ser signos de
la presencia y de la obra de Dios. En el NT se da una estrecha continuidad
simbólica con el AT tanto en el lenguaje como en los ritos, pero
sobre todo se centra en Cristo, que cumple toda figura y toda promesa. La novedad
de algunos símbolos del NT depende del significado y de la función
que llegan a sumir en relación con el misterio de Cristo: la cena, el
bautismo, la unción, la imposición de manos, etc. Es,
concretamente, la palabra de la predicación la que les da su nueva
realidad en la fe y en la vida de la comunidad cristiana.
Los signos
bíblicos pueden clasificarse en cuatro categorías principales:
los signos de la creación (que culminan en el hombre, creado a imagen
y semejanza de Dios: Gen 1,26), los signos-acontecimiento (que culminan
para el AT en el éxodo, y para el NT en la encarnación), los
signos-persona (hasta llegar a la per
Signo/Símbolo
sona misma de
Cristo, hombre-Dios), los signos rituales (que culminan en la
celebración pascual y en su cumplimiento en la última cena); a
éstos se puede añadir, en el plano del lenguaje, la
parábola (hebr. masa], gr. parabolé), forma didáctica
que consiste básicamente en el uso de una comparación ampliada,
que alude al misterio sin explicitarlo5.
2. DESARROLLO DEL
SIMBOLISMO CRISTIANO. Tomaremos ante todo en consideración algunas
perspectivas más generales, para analizar a continuación el
simbolismo litúrgico. El desarrollo del simbolismo cristiano
está favorecido no sólo por la vitalidad intrínseca de la
comunidad cristiana y el perdurar de la tradición y de la
mentalidad bíblica, sino también por los influjos de las
diferentes culturas: por el helenismo (tradición platónica,
influjos religiosos, etc.) en los primeros siglos; y, sucesivamente, por
la civilización bizantina en Oriente, y por el mundo
franco-germánico en Occidente. La
forma
mentís platónica tuvo en la antigüedad cristiana un gran
peso. En la concepción platónica (y neoplatónica)
todo lo que existe en el mundo del devenir responde a una idea, a un arquetipo
del mundo del nous; más aún, es una participación de
él: por eso todos los aspectos del mundo visible se consideran como
símbolo de lo espiritual e invisible.
Prescindiendo de
las características del lenguaje teológico cristiano de los
primeros siglos, debe subrayarse la precoz multiplicación de los
símbolos cristianos, que en una notable proporción son de
inspiración bíblica: imágenes, signos gráficos,
representaciones, gestos, posturas, objetos, y sobre todo la progresiva
formación del complejo de los signos litúrgicos [/ infra, IV].
Esta tendencia a la expresión simbólica, que será
siempre una característica muy acu1912
sada en la
tradición cristiana oriental, culmina en Occidente, en la alta edad
media, en la arquitectura y ornamentación de las iglesias.
En la edad media
tardía se asiste a un profundo cambio de mentalidad: el
convencionalismo, el alegorismo, la pérdida del sentido
litúrgico, el intelectualismo y, finalmente, el nominalismo
dominantes en filosofía y en teología sofocan el gusto por el
simbolismo. La nueva mentalidad crítica respecto a la concepción
medieval del mundo determina también la actitud de la reforma
protestante frente a toda expresión simbólica tanto en el arte
como en la vida litúrgica. Esta orientación general de la
cultura occidental se acentúa con el intelectualismo y el positivismo de
los ss. XVII-XIX. La renovación que comenzó a efectuarse en
Occidente a partir del romanticismo, ha madurado en la iglesia, en
armonía con
una nueva
sensibilidad general, con el desarrollo de los estudios bíblicopatrísticos
y del / movimiento litúrgico y por influjo de las ciencias humanas.
IV. Los signos en
la liturgia cristiana
El sector de la
tradición donde el simbolismo cristiano ha hallado su más
completa expresión es ciertamente el de la liturgia, que es por
definición un complejo de signos.
1. NT Y
ANTIGÜEDAD CRISTIANA. El nuevo culto inaugurado por Jesús es un
culto espiritual (Jn 4,23s), en cuanto que es el don del Espíritu que
capacita a sus fieles: bajo su moción cobran significado y eficacia
todos los momentos de la nueva vida en Cristo; pero también los signos y
los ritos que la caracterizan, explícitamente instituidos por
Cristo y confiados a su iglesia. Los primeros son 1913
el bautismo, como
sello de la fe y de la conversión, condición de la regeneración
en él (Me 16,16; Jn 3,3-5); y la eucaristía, en la que Cristo mandó
renovar, en memoria suya, el convite de la nueva alianza inaugurada por
él (Mt 26,26-29 y par.; I Cor 11,23-25), después de haber
enseñado que quien come su carne y bebe su sangre tendrá la vida
eterna (Jn6,51).
Con su sacrificio
redentor, Cristo selló la nueva alianza (Me 10,45s; I4,22s): "Por
una oblación única ha hecho perfectos para siempre a aquellos que
santifica" (Heb 10,14). Precisamente por eso el culto cristiano,
aunque en su fenomenología y en sus leyes psicológico-sociológicas
pueda estudiarse como todas las demás formas religiosas, es desnaturalizado
cuando no se tiene en cuenta su naturaleza profunda: es siempre
participación sacramental en el culto de Cristo, único
pontífice de la nueva alianza; en las acciones-signo de la iglesia
él ritualiza su misterio de salvación mediante los ministros
elegidos e instituidos para representarlo y actuar en su nombre.
La comunidad
cristiana ha tenido desde sus orígenes la conciencia de ser, en su vida,
"sacerdocio santo, para ofrecer víctimas espirituales aceptas a
Dios por mediación de Jesucristo" (1 Pe 2,5); pero ha considerado
fundamental el bautismo (He 2,38-41), y ha sido asidua "en la enseñanza
de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del
pan y en las oraciones" (He 2,42) y ha conocido otros ritos (cf, por
ejemplo, He 8,17 y 1 Tim 5,22: imposición de las manos; Sant 5,14s:
unción con aceite), que ha ido precisando y comprendiendo
mejor progresivamente. Después de la extrema simplicidad primitiva, de
la que todavía podía presumir Minucio Félix hacia el
año 200 (Octavius, 3,2: "...delubra et aras non habemus", PL
3,339), en
Signo/Símbolo
los siglos
sucesivos el culto cristiano se enriquece con muchos elementos
simbólicos procedentes de la biblia y de diversos influjos culturales.
En el s. iv, la
liturgia cristiana ya ha alcanzado un desarrollo notable, y se articula en
acciones-signo que comportan el ministerio de personas, la
valorización de cosas y palabras, la realización personal y
comunitaria de gestos y posturas, con una determinación de tiempos
y lugares "sagrados".
El desarrollo del
simbolismo litúrgico cristiano conserva una matriz
predominantemente bíblica, una referencia constante a la praxis y a
la enseñanza de Cristo; pero el influjo de la civilización
religiosa helenística se va haciendo cada vez más marcado.
Pablo en el s. i e Ignacio de Antioquía en el n adoptan una terminología
mistérica, que era ya expresión de una cierta cultura y de
una cierta sensibilidad para indicar las realidades cristianas; en el s. m,
mientras Tertuliano combate los misterios como
"diabólicas mamarrachadas", Clemente Alejandrino cree deber
"descubrir los signos santos" hablando a los griegos del Logos y de
sus misterios en imágenes que les sean familiares (cf
Protréptikos XII,
119, 1-120, 2;
GCS I, 84). Pero solamente a partir del s. iv, cuando ya se dejan los
misterios paganos, es cuando "se aceptan en masa en el cristianismo
triunfante, sin mayores preocupaciones, vocablos, expresiones, una
disciplina del arcano y bastantes gestos y acciones litúrgicos precisamente
de los misterios y de su mundo"'. Se pueden encontrar sus influencias
en Juan Crisóstomo, en Dionisio Areopagita, en la evolución de
los signos litúrgicos en las Constituciones apostólicas y en
san Basilio: "... el helenismo se transforma en bizantinismo; durante
este proceso los últimos restos del tesoro de los misterios son
también absorbí
Signo/Símbolo
dos por el
cristianismo, y en él encuentran, con significados totalmente
nuevos, un nuevo esplendor".
2.
s. v, san
Agustín pudo todavía subrayar la simplicidad y el limitado
número de signos sagrados de la religión cristiana (cf,
por ejemplo, Ep. 55,19,35: PL 33,221). Él ve una prueba de la
libertad cristiana en el hecho de que, en lugar de la multiplicidad y
complejidad de los signos del AT, que eran solamente praenuntiativa Christi
venturi, "se han instituido otros sacramentos más eficaces,
más benéficos, más fáciles de celebrar, más
reducidos de número", distinguiendo el bautismo, la
eucaristía y "todo lo que se nos recuerda en las escrituras
canónicas" acerca de "aquellos sacramentos que la tradición...
nos hace respetar, como la celebración anual del misterio pascual
del Señor y cualquier otra costumbre por el estilo observada en
toda la iglesia" (Contra Faustum 19,13: PL 42,345).
En estos
contextos Agustín emplea frecuentemente el término sacramentum
en un sentido muy amplio, indicando prácticamente con este nombre
todos los signos sagrados: los que la palabra de
50: PL 40,344).
Él es profundamente consciente de la fuerza sugerente y elevadora del
lenguaje simbólico, "porque todo lo que sugieren los
símbolos toca e inflama el corazón mucho más vivamente de
cuanto pudiera hacerlo la realidad misma, si se nos presentara sin los
misteriosos revestimientos de estas imágenes... Yo creo que la
sensibilidad es lenta 1914
para inflamarse,
mientras está tra
bada en las
realidades puramente
concretas; pero
si se la orienta hacia
símbolos
tomados del mundo cor
poral y se la
transporta desde ahí al
plano de las
realidades espirituales
significadas por
esos símbolos, gana
en vivacidad, ya
por el mismo hecho
de este paso, y
se inflama más, como
una antorcha en
movimiento, hasta
que una
pasión más ardiente la
arrastre hasta el
reposo eterno" (Ep.
55,11,21; PL
33,214).
De todas formas,
hay que subrayar los límites de la famosa definición
agustiniana de signo ("signum est res praeter speciem quam ingerit
sensibus, aliud aliquid ex se faciens in cogítationem venire": De
doctr. chr. II, 1,2: PL 34,35). Depende de Orígenes, según el
cual "signum dicitur cum per hoc quod vidimus, aliud aliquid
indicatur" (Comment. in Ep. ad Rom. III, 8: PG 14,948), donde, como se ha
advertido frecuentemente, el indicatur de Orígenes es susceptible
de una extensión mayor que la fórmula de Agustín (faciens
in cogítationem venire), más adecuada a los signos del
lenguaje que a los sacramentales.
Nos hemos
detenido en el pensamiento de Agustín a propósito de los
conceptos de signo y de símbolo; pero para profundizar la
concepción de los padres sobre el simbolismo cristiano, sobre todo en
relación a la liturgia, se debería analizar con toda
atención la terminología relativa a los signos de los mismos
padres y de los textos litúrgicos antiguos tanto en Oriente como en
Occidente. En particular deberían estudiarse los términos
éikon, symbolon, mystérion, typos, antítypos,
omóioma, signum, imago, figura, species, sacramentum, mysterium,
similitudo,
etcétera.
3.
tuvo un
desarrollo extraordinario, del que no solamente deben subrayarse los
aspectos negativos. Como se puede constatar en el Pontifical
romano-germánico del s. X [/ Adaptación, II, 4], se dio en
las iglesias franco-germánicas un esfuerzo admirable por adaptar la
tradición litúrgica romana a la mentalidad y a las
exigencias de los nuevos pueblos, para los que se necesitaban celebraciones
más dramáticas, ricas en emotividad y fantasía: baste
citar aquí la procesión del domingo de ramos, la adoración
de la cruz, los ritos de la vigilia pascual, así como también el
grandioso ceremonial de la dedicación de las iglesias, ritos todos
que testimonian también un fuerte influjo del Oriente cristiano7.
No obstante las sucesivas reformas, la aportación cultural
franco-germánica ha dejado una huella muy sensible en la
tradición litúrgica occidental; pero aún más
profundamente han influido sobre el futuro de la iglesia latina, a nivel
litúrgico, los aspectos negativos de este período. Si en la
antigüedad cristiana la mentalidad bíblica y la
tradición platónica habían inspirado la
creación y la comprensión del simbolismo litúrgico
cristiano, en la edad media la pérdida progresiva de un contacto vivo
con
Signo/
Símbolo
mentos objetivos,
frecuentemente basadas en textos bíblicos leídos subjetivamente,
sin relación con el contexto. G. Durando, en su Rationale divinorum
officiorum (cf Bibl. Patr. Lugd. XXV, 378), enseña que todo rito puede
tener cuatro explicaciones simbólicas: histórica,
alegórica, tropológica y anagógica: por ejemplo,
Jerusalén designa históricamente la ciudad de Palestina,
alegóricamente la iglesia militante, tropológlcamente el
alma fiel, anagógicamente la patria celestial».
Este radical
cambio de actitud frente al simbolismo de la liturgia no es sino una
consecuencia del progresivo paso de la interpretación tipológica
de la biblia, que se fundaba sobre una continuidad de la figura a la realidad,
a una interpretación alegórica ya incapaz de abrirse a perspectivas
eclesiales y escatológicas'. Por otra parte, la reducida función
de la palabra en la liturgia, que el pueblo ya no entiende, favorece la
enfatización de los ritos y su interpretación subjetiva, y
con frecuencia mágica, mientras que la pérdida del sentido vivo
de la presencia de Cristo en la acción litúrgica provoca que
ya no se perciban los signos en relación con él: esto lleva
a una liturgia ritualista y sin ninguna relación con la vida de las
comunidades concretas. Las consecuencias para el futuro de la liturgia
cristiana en Occidente han sido muy graves: sin ignorar la vitalidad religiosa del
medievo y del período de la contrarreforma, es lícito
afirmar que el fixismo, el rubricismo y el intelectualismo que han
dominado durante siglos la vida litúrgica de la iglesia en
Occidente, han oscurecido no sólo la primitiva sencillez y el originario
simbolismo, sino con frecuencia también la verdadera realidad y el
genuino signifi
cado del culto
cristiano. Arrancados
de su tierra
nutricia bíblica y sin la
iluminación
de la palabra interpre
Signo/Símbolo
tativa, los
signos litúrgicos dejaron de ser el vehículo para comprender el
misterio de Cristo y para participar en él desde la fe.
V.
Renovación y problemática actual
1.
en lo posible, el
pueblo cristiano pueda comprenderlas fácilmente y participar en ellas
por medio de una celebración plena, activa y comunitaria"(SC21).
Así, la
liturgia cristiana vuelve a ser, en la experiencia del pueblo cristiano,
un universo de signos, cada uno de los cuales, con su especificidad, nos
introduce en el misterio de Cristo. Tanto las realidades naturales como
los ritmos del tiempo, asumidos en la acción sagrada, se hacen
expresiones del misterio de Cristo:
junto a las
acciones propiamente sacramentales nos encontramos efectivamente con
signos litúrgicos secundarios (espacios sagrados, determinaciones
temporales, etc.) que la acción sagrada hace significativos de la obra
salvífica de Cristo. Se trata de un complejo simbólico y ritual
en el que hoy se pueden distinguir tres niveles: un nivel antropológico
universal, un nivel bíblico (en relación especial con las palabras
y acciones de Cristo) y un nivel cultural, dependiente de la influencia
del helenismo y de las sucesivas culturas.
1916
2. LEYES DEL
SIMBOLISMO LITÚRGICO CRISTIANO. Todos estos signos —sean
sacramentos en sentido estricto o no, establecidos por Cristo
o bien por la
iglesia— obedecen a una serie de leyes, que presentamos
sintéticamente resumiendo la posición de A.G. Martimortl0.
a) Son signos (en
sentido lato: / supra, II) para introducir en realidades que los
trascienden, en determinados acontecimientos con los que se enlazan. No
pueden interpretarse en sentido puramente funcional
o según el
método alegórico. Deben comprenderse y celebrarse en su plena
y auténtica realidad simbólica.
b) Pero no son
signos puramente arbitrarios, convencionales. Son en buena medida
símbolos, elegidos por su natural capacidad de ser realidades
simbólicas, y como tales pueden estudiarse e interpretarse
también en el ámbito de las ciencias humanas; efectivamente, son
expresiones de un lenguaje que Dios ha inscrito en las cosas, y que
también ha depositado en los meandros del alma humana. Con frecuencia
determinados elementos, aunque de origen cultural, se comprenden y se
viven como auténticos símbolos en un contexto de fe y en el
seno de una
tradición.
c) De todas
formas, en los signos litúrgicos, expresiones de actitudes y de
realidades sobrenaturales, la relación entre significante y
significado [/ supra, II] sobrepasa siempre los fundamentos
antropológicos: en cierta medida su significado depende de la libre
voluntad de Cristo y de la iglesia, que generalmente está bien expresada
en la palabra que acompaña el gesto y la acción. En todo
caso, es necesario buscar cuidadosamente la intención de Cristo y
de la iglesia; estudiar la historia del rito, o sea, su realidad
simbólica originaria,
1917
y el desarrollo
sucesivo, para ver cómo hay que comprenderlo, reformarlo o
quizá sustituirlo según las nuevas exigencias culturales.
d) Sobre todo, al
menos muchos de ellos, son signos bíblicos, cuya comprensión nos
la da la misma pedagogía del Señor contenida en
e) Si se puede
decir en general que los signos tienden siempre a perder eficacia y
vitalidad a causa de la costumbre, de la distracción, de la
atenuación del interés y del agotamiento del espíritu
de quien participa en ellos, los signos de la liturgia presentan
especiales dificultades incluso por razones históricas, en cuanto
que frecuentemente siguen estando unidos a una cultura o a una experiencia
humana que ya no corresponde del todo a las condiciones de hoy. Pero
este hecho, si bien hace entrever instancias de reforma y adaptación
más radicales y levanta siempre problemas considerables de / pastoral y
de / catequesis, de todas formas no afecta a la utilidad y conveniencia de
los ritos en sí mismos, que, al revés, son reafirmados por la
iglesia con plena legitimidad. Tampoco puede nunca infravalorarse el
prerrequisito de la fe, de una fe alimentada en las grandes ideas de
Signo/
Símbolo
nencia a la
iglesia, a su tradición y a su vida concreta. Pese a una clara tendencia
hacia un redescubrimiento del símbolo y lo simbólico, documentable
tanto a nivel científico como popular, y pese a la renovación litúrgica
en marcha, constatamos hoy en la iglesia una innegable crisis litúrgica.
Evidentemente, éste es, en raíz, un problema de fe, por la resistencia
y las dificultades que el hombre, rechazando la pedagogía de los
signos, opone a dejarse envolver y comprometer en el / misterio pascual
del Señor. Pero este profundo malestar ante la expresión
simbólica cristiana tiene hoy también una doble matriz
cultural, en la persistente tradición intelectualista y positivista de
los siglos pasados y en la mentalidad marxista, hoy muy difundida, que
está claramente cerrada a toda perspectiva simbólica y a toda
trascendencia. Por otra parte, la misma vida del hombre de hoy,
artificiosa y febril, sofoca en él cualquier actitud contemplativa, y le
inclina hacia posturas consumistas y funcionalistas en relación con
las cosas. Encontramos aquí el aspecto más radical de la
crisis de la liturgia, que es, ante todo, crisis del simbolismo litúrgico.
El hombre secularizado de hoy [/ Secularización] encuentra muchas
dificultades a la hora de concebir una salvación unida a ritos que privilegian
y hacen determinantes unos momentos de su existencia, y no oculta su desagrado
ante un simbolismo y un lenguaje unidos a culturas que considera
irremisiblemente pasadas. Igualmente critica y tiende a
superar formas
culturales cosmocéntricas, mientras que va en busca de una
experiencia religiosa más antropocéntrica, en la que las
relaciones humanas y el compromiso con los problemas del hombre tienen
más importancia que los / elementos y los ritmos naturales.
Si estas
instancias exigen un va
Signo/Símbolo
1918
líente
esfuerzo de / adaptación de üdad de simbolización
privilegiada los ritos litúrgicos y una búsqueda del hombre
total, que en el acto de más seria de un nuevo lenguaje relila
ritualización expresa su drama gioso, ciertamente no pueden llevar
existencial, su limitación constitua un vaciamiento del
cristianismo de cional, su pasión por el origen y por una
dimensión que responda a las la muerte frente al Otro divino, a leyes
fundamentales de la / historia quien él, en la acción de gracias,
de la salvación, para adecuarlo a una ofrece lo que le ha sido
donado" ". reducción antropológica preconcebiEn la
experiencia litúrgica cristiana da, que ignora las exigencias más
puede, por tanto, el hombre contemprofundas del hombre, que hoy más
poráneo encontrar la inspiración y que nunca es necesario
salvaguardar la fuerza para su lucha en favor de la
y promover.
justicia; pero también una respuesta a sus grandes problemas existencia
3. CRISIS Y
"CHANCES" DEL SIMÍes, así como la
liberación de todos
BOLISMO
LITÚRGICO. Como subraya los falsos absolutos y de todos los L.-M.
Chauvet, si bien es verdad que ídolos de la historia: en ella puede
nuestras celebraciones litúrgicas se encontrar una gran reserva de verhan
visto sacudidas hasta los fundadadera humanidad y de tensión esmentos
por el movimiento de de-catológica. sacralización y
secularización que caracteriza a la sociedad occidental
4. MISTERIO Y
SÍMBOLO RITUAL.
contemporánea,
"estas celebraciones
No sólo
para justificar la experiencia
conservan de
todas formas sus chan
litúrgica,
sino también para com
ces por dos
razones fundamentales:
prenderla y
vivirla con mayor pleni
la ritualidad
cristiana es una res
tud, es necesario
hoy valorar la am
puesta muy eficaz
a las reivindica
plia y
sólida base que proporcionan
ciones
contemporáneas del simbolis
las ciencias
humanas. Queremos li
mo"; los
ritos cristianos anuncian y
mitarnos a
subrayar el intento de al
celebran la
liberación de Cristo; por
gunos
investigadores de asumir los
eso "el
desplazamiento actual de lo
datos
antropológicos sobre la activi
sagrado hacia el
polo histórico-pro
dad
simbólica en el mismo ámbito
fético
—libertad, justicia, compartir,
de la
reflexión teológica, de manera
dominio de la
historia— resuena con
que "no
figuren únicamente como
el mensaje
bíblico" y por ende con el
un
capítulo preliminar o como in
acontecimiento
litúrgico ".La litur
troducción,
o como una contribu
gia cristiana
podrá ser el lugar en
ción
sectorial o de verificación, sino
que, en
continuidad con la biblia, se
que
acompañen y sostengan la refle
unan estas dos
perspectivas. Efecti
xión
teológica en todos los puntos
vamente, en la
biblia ya encuentra
importantes, en
todos los momentos
sus raíces
una desacralización del
centrales de su
progresión en la com
universo en favor
de la historia; y no
prensión
de los misterios de la fe" ".
se puede excluir
la posibilidad de que el compromiso en favor del "El símbolo
—escribe Chenu— no
hombre se pueda
pensar, vivir o exes un adorno accesorio del misterio presar
también a través de los esni una pedagogía
provisional, sino quemas cósmicos del lenguaje tradiel resorte
coesencial de su comunicional. 6 J cación. He ahí la
profundidad de la inserción psicológica y ontológica Por
otra parte —anota todavía L.-del símbolo ritual en el seno
del misM- Chauvet- "la ritualidad litúrgi-terio"l4.
También L.-M. Chauvet, en ca • conserva su irreducible origina-su
"aproximación a los sacramentos
1919
a través
de la vía del símbolo", y sobre todo en su intento de profundizar
"la eficacia simbólica de los sacramentos", subraya que
las aportaciones de las ciencias humanas "no son una simple
propedéutica al estudio teológico que empezaría después,
sino que atraviesan de arriba abajo su desarrollo" ".
Partiendo de la
existencia cristiana, los sacramentos no se aislan como acciones
independientes, sino que se sitúan dentro del conjunto de las acciones
simbólicas y de las celebraciones de la vida humana y cristiana:
por medio de ellos, las situaciones fundamentales de nuestra existencia
se ritualizan en la acción de la iglesia, como expresiones más
intensas y concretas de la intervención salvífica de Cristo
y de nuestra adhesión a él en la fe. El rito religioso posee
una eficacia específica sobre el hombre, la cual representa el substrato
antropológico de la eficacia de la fe. La profundización del
comportamiento simbólico-ritual abre el camino a la
comprensión de su carácter institucional, de su
función formativa, de su capacidad de intensificar el compromiso de
cada uno y la comunicación interpersonal.
A través
de categorías personalistas unidas a la expresión
simbólica, hoy se trata también de repensar la intuición
fundamental de Odo Casel [/ Misterio; / Memorial], tendente a la
prolongación de la obra salvífica de Cristo a partir del
Jesús de la historia, denunciando la insuficiencia de una
interpretación ontológica, intencional o puramente
ética para fundar la unión entre la liturgia y la vida.
5.
EDUCACIÓN PARA EL SIMBOLISMO. A nivel pedagógico, la
revalorización de la función simbólica ha llevado
a una toma de conciencia de la importancia de una educación para el
simbolismo como momento esenSigno/Símbolo
cial de una
iniciación y de una / formación litúrgica. Tal
educación para el simbolismo nos parece que se debe configurar: a nivel
subjetivo, como perfeccionamiento de la actitud contemplativa y de la
percepción simbólica; a nivel objetivo, como iniciación
al simbolismo de las realidades naturales (luz, fuego, agua, etc.) y de algunas
experiencias relaciónales (de la convivalidad, por ejemplo); a nivel
cultural, como inserción gradual en un determinado contexto social; a
nivel expresivo, como formación para la expresión
simbólica (expresión corporal, pedagogía del / gesto
y de las posturas, lenguaje simbólico).
La
educación litúrgica debe proponerse como objetivo
también una iniciación progresiva a las actitudes interiores y
exteriores que caracterizan la vida litúrgica y, en particular, a
los valores humanos, base de toda celebración eucarística y
sacramental, como el sentido de la / fiesta, el estar juntos, el convite
fraterno, el / canto y la / oración común, el / silencio de
la escucha y de la meditación, la expresión del agradecimiento,
del perdón, etc.'« Será la biblia quien dé una
aportación insustituible a toda educación al simbolismo
cristiano, mientras que para la formación litúrgica no
habrá ninguna pedagogía sistemática más eficaz que
la experiencia de celebraciones vivas y auténticas, en un contexto de fe
y participación comunitaria.
VI. Conclusiones
pastorales
1. Una
reflexión no unilateral sobre la situación actual nos lleva a un
renovado acto de confianza en el simbolismo litúrgico: éste se
coloca en continuidad vital con la biblia; hace posible la celebración
misma del misterio y responde a profundas exigencias antropológicas, hoy
particularmente sentidas.
Signo/Símbolo
2. La
atención no se dirige a los símbolos tomados en sí mismos,
más
o menos
necesitados de manipulación o de sustitución, sino a todo un
proceso de simbolización; el significado y la eficacia de una
experiencia simbólica dependen de una iniciación, de una fe,
de un sentido de identidad y de pertenencia a la iglesia y a la
tradición cristiana, de la vitalidad de nuestras comunidades cristianas
y de la autenticidad de sus celebraciones.
Verdaderas acciones simbólicas
no pueden funcionar como simples signos: su significación y su eficacia
no pueden definirse, explicarse, programarse, verificarse como algo ya
establecido o convencional. Tampoco transmiten sólo una información
o un mensaje, sino que suscitan una postura vital, llevan a una toma de
posición: "Las figuras y los símbolos están siempre
ahí para dar sentido a lo que la vida no deja de producir de nuevo para
nuestra fe. Ellos son siempre el sentido que hay que encontrar, el riesgo que
correr, la promesa que mantener, la alianza que renovar" ".
También por eso nos parece que
razones de fe y motivaciones antropológicas nos deben llevar a rechazar
el malentendido de aquellos que desean simplificar o explicar al máximo
el lenguaje litúrgico y vulgarizar gestos y elementos sensibles de
la liturgia para reducirlos al nivel de la vida cotidiana. Para tener una
liturgia rica en fuerza simbólica debemos cuidar mucho las formas,
con una celebración plena y auténtica, aceptando la ruptura y el
profetismo que ejercitan respecto a la existencia concreta.
Queda abierto el problema de un lenguaje
más acorde con la sensibilidad y los problemas del hombre de hoy y
de una reinterpretación de
1920
las acciones
simbólicas en perspectiva histórica; tarea ardua, pero posible,
en la liturgia cristiana. Sólo podrán lograrlo hombres
dotados de talento poético y de una fuerte disposición
simbólica, capaz de ponerse en sintonía profunda con nuestro
tiempo.
Hacemos nuestra
la conclusión a la que llega J. Gelineau, de quien ya hemos tomado en
las columnas precedentes algún punto de reflexión:
"¿Encontrar nuevos símbolos? ¿Buscar
símbolos modernos? Quizá. Pero, ¿dónde
están? ¿Y quién los retiene? ¿No debemos más
bien conceder un voto de confianza, dándoles todas sus posibilidades, a
esas realidades humanas que Jesús y la iglesia han tomado de nuestra densidad
corporal y psíquica, de la naturaleza y de la cultura unidas
indisolublemente, para que ellas signifiquen a Dios que viene a entablar
alianza con el hombre? Esos signos y sacramentos, ya que construyen una
historia, nuestra historia, no dejarán de desplegar sus sentidos siempre
nuevos en todos los tiempos, en todos los lugares, en todas las culturas,
en todas las situaciones individuales o colectivas, a la luz del signo de
Jonás, única llave simbólica dada a los hombres en Cristo
muerto y resucitado, hasta que él venga"18.
NOTAS: Cf A. Di
Ñola, Símbolo, en Enciclopedia delle Religioni 5, Vallecchi,
Florencia 1973, 1064-1085 —2 Cf Ch. A. Bernard, Panorama des eludes
symboliques, en Greg 55 (1974) 379-392 —3 Cf B. Medina-J. Vidal, Le symbole
et iOccident, en Catéchése, n. 73 (1978) 393396 — ' Cf
L.-M. Chauvet, Du symbolique au symbole. Essai sur les sacrements, Cerf
París 1979, 81-82 -5 Cf S. Cavalletti, Segno, símbolo, tipo
nell'ebraismo e nel cristianesimo primitivo, en VV.AA., ¡Isegno nella
liturgia, CAL, Roma 1970, 41-61 — « H. Rahner, Mysterion. II
mistero cristiano e i misten pagani, Morcelliana, Brescia 1952, 40,
también para la cit.
sig-— 7 Cf
A.L. Mayer, Die Liturgie in der europaischen Geistesgeschichte, Darmstadt
1921
1971, 1-97
—» Cf A. Nocent,// simbolismo nel medioevo, en VV.AA., // segno
nella liturgia, cit. 81-99 — ' Cf H. De Lubac, Typologie et allegorisme,
en RevSR 34 (1947) 180-224 — 10 Cf La chiesa in preghiera,
Desclée, Roma I9662, 173-210 — " L.-M. Chauvet, o.c. (nota 4),
277-281 — n Ib, 278 — " Cf C. Traets, Orientationspour une
théologíe des sacrements, en QL 53 (1972) 97-118 — M Cf
M.D. Chenu, El hombre de la liturgia, en La liturgia después del Val.
II, Taurus, Madrid 1969, 193 — l
M. Chauvet, o.c,
10-11 — " Cf S. CongTeg. para el culto divino, Directorio para las
misas con niños 9, en Liturgia de
129.
BIBLIOGRAFÍA:
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realidad, Studium, Madrid 1972, 7-50; La realización simbólica en
la expresión cultual, en "Phase" 75 (1973) 213-233; VV.AA.,
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165-291; VV.AA., Liturgia y belleza, en "Phase" 143 (1984) 385-453.
Véase también la bibliografía de Arte, Gestos,
Lengua/Lenguaje y Sacramentos.
SUMARIO: El
redescubrimiento del silencio en la liturgia - II. Conjunto de textos
normativos posconciliares sobre el silencio - III. Significado y
tipología del silencio litúrgico: I. El silencio, elemento
estructural; 2. Motivos del silencio litúrgico; 3. Tipología
del silencio litúrgico: a) Silencio de recogimiento, b) Silencio de apropiación,
c) Silencio meditativo, d) Silencio de adoración - IV. Conclusiones
sistemáticas.
"Si alguien
me preguntase dónde comienza la vida litúrgica, yo respondería:
con el aprendizaje del silencio. Sin él, todo carece de seriedad
y es vano...; este silencio... es condición primera de toda
acción sagrada" '. La experiencia litúrgica de estos
últimos años ha devuelto actualidad a esta afirmación
de Romano Guardini. La iglesia del Vat. II, que ha redescubierto "en
la celebra
Silencio
ción
litúrgica la importancia de
I. El
redescubrimiento del silencio en la liturgia
La
constitución SC, tratando de las modalidades concretas de la participación
activa de los fieles, destaca la importancia del silencio: "Para promover
la participación activa se fomentarán las aclamaciones del pueblo,
las respuestas, la salmodia, las antífonas, los cantos, y también
las acciones o gestos y posturas corporales. Guárdese,
además, a su debido tiempo, el silencio sagrado" (n. 30).
La referencia al
silencio no estaba en el esquema originario de la constitución2: la
añadió la comisión según el deseo expresado en
el aula conciliar3, retomando y ampliando la prescripción de la
instrucción De música sacra, del 3 de sept. de 19584.
En los
años precedentes, la necesidad y la función del silencio en
la celebración litúrgica habían sido afirmadas con
frecuencia. Aun subrayando el carácter de acción comunitaria
de la celebración litúrgica y la posibilidad de colocar fuera de
la liturgia el momento de la meditación,
C. Vagaggini
llamaba la atención sobre algunos aspectos significativos de la
tradición más antigua, lamentando que en la misa ya no
hubiera "ningún rasgo de semejantes momentos suspensivos
oficiales de oración y de meditación privada"s. En
vísperas del concilio la praxis litúr1922
gica más
común nos la describe así uno de los primeros comentaristas de
(n. 140). Por eso
se invita a "notar la diferencia profunda entre el silencio de inercia de
asambleas individualistas e informales, que es necesario hacer
desaparecer, y el silencio comunitario, alimentado y preparado por el
canto y la catequesis. El silencio es la culminación de la
oración; por su calidad se mide el esfuerzo de participación"
(n. 141).
II. Conjunto de
textos normativos posconciliares sobre el silencio
La norma
establecida por SC 30 acerca del silencio ha tenido una amplia resonancia
en diversos documentos de la reforma litúrgica actual
después del Vat. II. Presentamos aquí la serie de estos textos
normativos, mientras que en el párrafo siguiente analizaremos
su contenido. Para la explicación de las siglas nos remitimos al elenco
de las mismas que se encuentra al comienzo del Diccionario.
1923
Musicam sacram
(instrucción de
Eucharisticum
mysterium (instrucción de
fuera de la misa,
que cita los textos de la instrucción.
RO (ed. typica
lat., 1968); la ed. oficial castellana a cargo de
(c. VII, n. 24,
p. 119). Cf c. V, n. 20,
p. 73 (para los
presbíteros), y c. IV,
n. 20, p. 56
(para los diáconos). "Y todos oran en silencio durante un breve
espacio de tiempo" (c. I, n. 5,
p. 33; c. II, n.
5, p. 37 [para los lectores y acólitos]).
RBN (ed. typica
lat., 1969); ed. oficial castellana 1970, a cargo de
(n. 17 de las
Observaciones generales previas, II).
Silencio
RE (ed. typica
lat., 1969) ed. oficial castellana a cargo de
OGMR (1969; texto
latino en el Missale Romanum, ed. typica altera, 1975); en el Misal Romano, ed.
oficial cast. de
Silencio
Missale Romanum
(1970; ed. typica altera, 1975); ed. oficial castellana a cargo de
(n. 4). "La
liturgia de la palabra se concluye con la oración universal, que se hace
de este modo: el diácono, desde el ambón, dice la invitación
que expresa la intención. Después todos oran en silencio
durante un espacio de tiempo, y seguidamente el sacerdote, desde la sede
o, si parece más oportuno, desde el altar, con las manos extendidas,
dice la oración. Los fieles pueden permanecer de rodillas o de pie
durante todo el tiempo de las oraciones" (n. 10). "El sacerdote...
toma la cruz..., comenzando la invitación a la adoración
de la cruz... Todos responden: Venid a adorarlo, y acabado el canto se
arrodillan y adoran en silencio, durante unos momentos, la cruz, que el
sacerdote, de pie, mantiene en alto" (n. 15). Cf nn. 17 y 19. Vigilia
pascual,
después de cada una de las lecturas: "... el sacerdote dice: Oremos
y, después que todos han orado en silencio durante algún tiempo,
dice la oración colecta" (n. 23).
RPR (ed. typica
lat., 1970); ed. oficial cast. de
RC (ed. typica
lat., 1971); ed. oficial castellana a cargo de
1924
OGLH (1971; texto
lat. en el yol. I de
también se
ha de dar cabida al silencio en la liturgia de las Horas" (n. 201).
"Por lo tanto, según la oportunidad y la prudencia, para
lograr la plena resonancia de la voz del Espíritu Santo en los
corazones y para unir más estrechamente la oración personal con
la palabra de Dios y la voz pública de la iglesia, es lícito dejar
un espacio de silencio después de cada salmo, una vez repetida su antífona,
según la costumbre tradicional, sobre todo si después del
silencio se añade la oración sálmica (cf n. 112), o
después de las lecturas, tanto breves como largas, indiferentemente
antes o después del responsorio. Se ha de evitar, sin embargo, que
el silencio introducido sea tal que deforme la estructura del oficio
o resulte molesto
o fatigoso para los participantes" (n. 202). "Cuando la
recitación haya de ser hecha por uno solo, se concede una mayor libertad
para hacer una pausa en la meditación de alguna fórmula que
suscite sentimientos espirituales, sin que por eso el oficio pierda su
carácter público" (n. 203).
1925
RUÉ (ed.
typica lat., 1972), ed. oficial castellana a cargo de
RP(ed. typica
lat., 1974); ed. oficial castellana a cargo de
Eucharistiae
participationem (carta circular de
Silencio
que han
oído, o alaben y rueguen al Señor en la intimidad de su propio
espíritu" (n. 18).
DMN= Directorio
para las misas con niños (ed. typica lat., 1973); ed. oficial castellana
a cargo de
Ritual de la
sagrada comunión y del culto a la eucaristía fuera de la misa
(ed. typica lat., 1973); ed. oficial castellana a cargo de
OLM— Ordo
Lectionum Missae
(ed. typica
altera, 1981); ed. oficial castellana a cargo de
Silencio
se ha de celebrar
de manera que favorezca la meditación, y, por esto, hay que evitar
totalmente cualquier forma de apresuramiento que impida el recogimiento.
El diálogo entre Dios y los hombres, con la ayuda del Espíritu
Santo, requiere unos breves momentos de silencio, acomodados a la
asamblea presente, para que en ellos la palabra de Dios sea acogida
interiormente y se prepare la respuesta por medio de la oración. Pueden
guardarse estos momentos de silencio, por ejemplo, antes de empezar dicha
liturgia de la palabra, después de la primera y segunda lectura y,
por último, al terminar la homilía" (n. 28).
III. Significado
y tipología del silencio litúrgico
Confrontando
entre sí estos diferentes textos, intentamos ahora dar unas
líneas maestras que ayuden a interpretar el significado y la
función del silencio en la liturgia renovada después del Vat. II.
1. EL SILENCIO,
ELEMENTO ESTRUCTURAL. Se presenta repetidamente el silencio como
"parte de la celebración" (OGMR 23; OGLH 201; Eucharistiae
participationem 18; DMN 37); condición para que los fieles "no se
vean reducidos a asistir a la acción litúrgica como espectadores
mudos y extraños" (Musicam sacram 17), para evitar a los
niños dar "lugar excesivo a la acción externa" (DMN
37).
En clave
pedagógica, se indica el silencio entre los "elementos
litúrgicos", que deben tenerse presentes "en la
formación litúrgica de los niños y en su
preparación para la vida litúrgica de la iglesia" (DMN
13). De este silencio, recomendado "como muchos desean"
(Eucharistiae participationem 18), se dan unas motivacio
1926
nes positivas que
analizaremos, pero para la liturgia de las Horas se señalan tres
criterios negativos, oportunos en toda acción litúrgica:
efectivamente, se afirma que el uso del silencio debe ser tal que no
deforme la estructura del oficio, ni cause molestias o resulte fatigoso a
los participantes (cf OGLH 202), de manera que el oficio no pierda su
característica de oración pública (cf OGLH 203).
2. MOTIVOS PARA
EL SILENCIO. "La naturaleza de este silencio depende del momento de
la misa en que se observa" (OGMR 23), pero de los textos citados se
desprenden también motivos de carácter general. El motivo
más general del silencio litúrgico es "para promover la
participación activa" (SC 30), para que los fieles "sean
asociados más íntimamente al misterio que se celebra"
(Musicam sacram 17). En particular, el silencio favorece la escucha de la
palabra de Dios y la respuesta de la meditación y de la oración,
"para lograr la plena resonancia de la voz del Espíritu Santo
en los corazones y para unir más estrechamente la oración
personal con la palabra de Dios..." (OGLH 202). Cf OLM 28. Las finalidades
inmediatas del silencio en la liturgia están resumidas en la carta
Eucharistiae participationem, de 1973: "... debe respetarse siempre,
como muchos desean, el silencio sagrado, que se observará en los
tiempos establecidos, como parte de la acción litúrgica, a fin de
que los asistentes, en respuesta al momento particular en que aquél
se co
loca, entren
nuevamente en sí mismos o bien reflexionen brevemente sobre todo lo
que han oído, o alaben y rueguen al Señor en la intimidad de su
propio espíritu" (n. 18).
3.
TIPOLOGÍA DEL SILENCIO LITÚRGICO. Como ya hemos mostrado,
1927
la naturaleza y
las funciones del silencio litúrgico dependen de los momentos
en que entra a formar parte de la acción litúrgica. Algunos textos
(OGMR 23; Musicam sacram 17; DMN 37; Eucharistiae participationem 18) dan
una visión de conjunto de estos diversos momentos y sugieren una
tipología del silencio litúrgico, que posteriormente se
confirma con el análisis de todos los demás documentos citados:
silencio de recogimiento: para la oración personal; silencio
de apropiación: sobre todo durante la oración presidencial;
silencio de meditación: después de la palabra o después de
la homilía; silencio de adoración: en la comunión
o en el culto
eucarístico.
a) Silencio de
recogimiento. Se produce cuando se invita a toda la asamblea a recogerse
"para hacerse conscientes de estar en la presencia de Dios y formular
interiormente sus súplicas" (OGMR 32). El DMN habla de
él como de una invitación a los niños "a entrar en
sí mismos y meditar" (n. 37). Esta "recollectio silentiosa"
asume en la liturgia renovada varias formas, unidas a muchos aspectos de
la tradición:
Comienzo de un rito: la forma más
solemne es la de la postración que abre la acción
litúrgica del viernes santo, pero encontramos otros ejemplos de
ella en el rito de las exequias (RE 10) y en la celebración
comunitaria de la penitencia (RP 111). Una variación intensa del mismo
es el "acto penitencial" de la misa, cuyas finalidades se definen con
toda claridad en las palabras que el RP refiere al silencio después de
la homilía: "para examinar la conciencia y suscitar la verdadera
contrición de los pecados" (n. 129).
Oración
silenciosa: se invita a la asamblea a un momento de oración silenciosa,
que concluye con la ora
Silencio
ción del
celebrante. Aparecen cuatro variantes: se exhorta a los fieles a orar por los
hermanos que van a participar de un rito, como por ejemplo la
confirmación (RC 31), la profesión religiosa (RPR I, 29; II, 32)
o los ministerios (RO, c. I, n. 5,
p. 33; c. II, n.
5, p. 37); antes de la colecta de la misa, al final de los ritos
introductorios y al comienzo de la liturgia de la palabra, el celebrante invita
a la asamblea a la oración silenciosa que él
"recoge" en la colecta (OGMR 32); en la oración universal
o de los fieles,
de tipo griego, después de cada una de las intenciones propuestas
puede sustituirse la respuesta de los fieles por una pausa de silencio:
está previsto en la misa (OGMR 47) y en la liturgia de las Horas (OGLH
193); en las "oraciones solemnes" la plegaria de la asamblea
se desarrolla de manera articulada: intención del diácono,
plegaria silenciosa, oración del celebrante, "venerable
tradición romana" en la que se indica el modelo más significativo
en el viernes santo (Misal Romano 10-11).
b) Silencio de
apropiación. Es un silencio de escucha y de interiorización
durante las grandes plegarias presidenciales, en "unión espiritual
con el celebrante en las partes que dice él mismo" (Musicam sacram
17). El ejemplo más frecuente de este silencio sagrado lo tenemos
en la plegaria eucarística: "Dicha oración
—señala la carta Eucharistiae participationem— es
recitada por el sacerdote ministerial, que interpreta la voluntad de Dios que
se dirige al pueblo, y la voz del pueblo, que eleva los ánimos a
Dios. Solamente ella debe resonar, mientras que la asamblea, reunida para
la celebración litúrgica, mantiene un silencio religioso"
(n. 8); pero lo encontramos también durante la oración consecratoria
de las ordenaciones (RO, c.
Silencio
VII, n. 24, p.
119; c. V, n. 20, p. 73;
c. IV, n. 20, p.
56). A propósito de este gesto consecratorio, que en la
ordenación episcopal y sacerdotal lo prolongan y repiten respectivamente
los obispos concelebrantes y los sacerdotes presentes, ya comentaba
Hipólito de Roma: "Todos estarán en silencio y
rezarán en su corazón para que descienda el Espíritu Santo"8.
En la misa crismal (RO, pp. 216, 217, 219), en la profesión religiosa
(RPR, I, 29; II, 32). Es particularmente significativo el gesto silencioso
de la "imposición de manos", acompañado de la
oración de los presentes, en la unción de los enfermos
(RUÉ 139).
c) Silencio
meditativo. Es el silencio de respuesta a la proclamación de
la palabra de Dios: invita a "reflexionar brevemente sobre lo que han
oído" (OGMR 23); a "lograr la plena resonancia de la voz del
Espíritu Santo en los corazones y [...] unir más
estrechamente la oración personal con la palabra de Dios" (OGLH
202); favorece "que la palabra de Dios sea mejor comprendida por
cada uno, y se le preste una mayor adhesión" (RP 117). Cf OLM 28.
Varios textos
recomiendan este silencio meditativo: después de la proclamación
de la palabra: OGMR 23; OGLH 48; 202; Musicam sacram 17; DMN 46; Eucharistiae
participationem 18; RP 117; después de la homilía: RBN
116; OGMR 23; OGLH 48; DMN 37; RP 129'; después de los salmos: OGLH 112
("sobre todo si después del silencio se añade la oración
sálmica": OGLH 202). Semejante a las antiguas colectas
sálmicas [/ Salmos, V, 2, e] es la oración que cierra
la plegaria silenciosa después de cada una de las lecturas de la solemne
vigilia pascual: en ambos casos las oraciones resumen la plegaria de la
asamblea y dan una
1928
interpretación
actualizante a los textos bíblicos proclamados y rezados en la
comunidad cristiana.
d) Silencio de
adoración. El silencio orante, que brota de la palabra y hace
más consciente nuestra vida "oculta con Cristo en Dios" (Col
3,3), asume una expresión más intensa en nuestro encuentro con el
misterio eucarístico: sea que los fieles se preparan "para
recibir con fruto el cuerpo y sangre de Cristo" (OGMR 56, f), sea que
se detengan después de la comunión para "alabar y rezar a
Dios en su corazón" (DMN 37; cf OGMR 56, j ; Musicam sacram 17),
sea cuando prolongan "la unión con él conseguida en la
comunión" con la oración ante Cristo "presente en el sacramento"
(Rito de la sagrada comunión y del culto a la eucaristía
fuera de la misa 81). Esta adoración extra missam, en su forma
más completa, se articula en "lecturas, cánticos y
algún tiempo de silencio, para fomentar más eficazmente la vida
espiritual de la comunidad. De esta manera se promueve... el espíritu
de unidad y fraternidad de que es signo y realización la
eucaristía" (Ib, 90). Semejante a este silencio de adoración
es el que acompaña a la adoración de la cruz del viernes
santo, sobre todo en la forma colectiva, cuando se presenta la cruz en silen
cio a toda la
asamblea.
El
análisis de estos textos que han interpretado y desarollado la directriz
de SC 30 nos lleva a constatar que la reforma litúrgica ha puesto fin al
mutismo de la asamblea cristiana y a la marginación de la palabra,
y en cambio ha hecho florecer nuevamente el silencio como momento
celebrativo y como forma plena de participación litúrgica. Se
prevén formas diversas de este silencio litúrgico sin
esquematismos rígidos y con amplios espacios de adaptación: toda
asamblea, junto con su presi1929
dente,
deberá encontrar los ritmos adecuados para una celebración que
sea expresión de su propia fe y de su propia vida.
IV. Conclusiones
sistemáticas
En los
años en que se han promulgado los documentos que hemos citado
y en los inmediatamente posteriores ha habido un reflorecimiento de
publicaciones sobre el silencio en la liturgia (cf la bibl.).
Sirviéndonos de estos autores y valorando la savia de la
tradición, presentamos algunas conclusiones sistemáticas.
Es innegable un redescubrimiento del
silencio litúrgico. Silencio sagrado: no como elemento absoluto e
insustituible, de carácter mágico, necesario y significativo en
sí mismo, sino silencio de participación: condición
espiritual para la inserción en el misterio celebrado, para la escucha
de la palabra y para la respuesta de la asamblea, momento privilegiado del
Espíritu Santo, que hace crecer la comunidad como templo consagrado;
silencio expresivo: que rodea la acción salvífica de Dios y
su palabra, signo de fe y de reverencia profunda de la comunidad; silencio
pedagógico: "silencio de iniciación", como decía
Dionisio Areopagita ,0, capaz de crear el clima y las actitudes
espirituales necesarias para la experiencia litúrgica y de ofrecer a
cada uno, comprometido en la acción comunitaria, un espacio vital
para su inserción, apropiación e interiorización.
Esta renovada sensibilidad hacia el
silencio es, ante todo, fruto de una familiaridad más profunda con la
biblia: Dios se hace oír en el silencio (1 Re 19,11-13); precediendo,
interrumpiendo y prolongando la palabra, el silencio inspira el diálogo
entre Dios y los hombres, se
Silencio
hace
manifestación del respeto debido al Señor que se revela,
necesidad cultual para su presencia: de la liturgia del templo a la del
cielo (Abd 2; Sof 1,7; Ap 8,1.3-4). Pero Cristo es el verdadero modelo de los
cristianos en la búsqueda del Padre en el silencio (Mt 14,23; Me
1,35; Le 9,18; Jn 6,15); él ha venido para manifestar el misterio
de salvación de Dios, "mantenido en secreto" durante siglos
(cf Rom 16,25). Del Verbo "salido del silencio", Ignacio de
Antioquía dirá que "también lo que callando
hizo son cosas dignas de su Padre", afirmando que "el que de verdad
posee la palabra de Jesús, puede también escuchar su silencio, a
fin de ser perfecto" ". Por su parte, Ambrosio de Milán, que
dedicó un amplio estudio al silencio l2, llegará a decir:
"El diablo busca el estrépito; Cristo, el silencio" ".
3. La importancia
del silencio va unida a la palabra, de la que es tierra privilegiada. "Hay
que ejercitarse en el silencio para bien de la palabra. Porque la liturgia
consiste en gran medida en palabras dichas por Dios
o dirigidas a
Dios..., estas palabras deben ser inmensas, llenas de calma y de silencio
interior... El silencio abre la fuente interior de la que brota la
palabra" '\ Muchas liturgias antiguas conocieron moniciones diaconales
que exhortaban a una escucha reverente antes de la proclamación
de la palabra: "Silentium facite!"; "State cum silentio,
audientes attente!"is En este silencio reverente y meditativo ante la
palabra, la iglesia sigue el ejemplo de
4. Una mayor
búsqueda del silencio en la liturgia es también signo de una
mayor madurez celebrativa. "Una celebración que amontona un rito
sobre otro, que procede con un 1930
Silencio
era Liturgia 27
(actuosa participado), en ASS
ritmo sin
paradas, cansa a la comu
COVSi/1,273
— La propuesta fue avanzada
nidad, sin
edificarla"l6. No se debe 3
por mons. Paul
Philippe: "... Ad n. 27 haec adolvidar que "la liturgia
está hecha de denda propono: 'Attamen in actione litúrgica
ritmos, de alternancias, es como una sacrum silentium interdum quoque observe
respiración"
". No se pueden establetur"': ^5^0^1/1,64 5 —4 CfS.Congr.de
Ritos,
instrucción De música sacra 27, e-f, en
cer y programar
taxativamente tiem
La liturgia
(Insegnamenti pontifici 8), Edizioni
pos y espacios,
sobre todo conside
Paoline, 19622,
19: "Realizada la consagrarando que aquí no se trata de duración...,
se recomienda un devoto silencio (sación cronológica, sino
más bien de crum silentium) hasta el Pater noster"; a su vez,
duración psicológica, que se percibe el Codex rubricarum de 1961
había restablecido
la pausa de
silencio después de la invitación
y se vive en lo
más íntimo del alma.
diaconal
"Flectamus genua" (n. 440) —
Será
también un problema de direc
Vagaggini, El
sentido teológico de la liturgia, ción, de programación
ritual, que BAC 181, Madrid 19652, 301 — ' C. Braga, en exige
sensibilidad, tacto, sobriedad F. Antonelli-R. Falsini, Costituzione conciliare
y discreción. Por otra parte, el silensulla Sacra Liturgia, OR, Milán
1964, 222 —
cio
litúrgico es un silencio construc7 Directoire pour la pastorale de
la messe a l'utivo, coeficiente fundamental para sage des diocéses
de France, París 1976, 49 — edificar y formar la comunidad cele8
Cf B. Botte, La tradition apostolique de Saint Hyppolite, LQF39(1963)6
—» Una respuesta
brante:
"Llena el espacio con tanta
de
ga de la
meditación", sino que la favorezca":
clima de
compromiso común" ".
l0
cf Not 83, 9
(1973) 192 — Dionisio Areopagita, De mystica theologia I, 1: PG
3,997 —
5. Finalmente,
querríamos subra
11 Padres
apostólicos, BAC 65, Madrid 19794,yar la correspondencia de esta nueva
Carta a los Magnesios 8,2, p. 463; Carta a los o, mejor dicho, renovada praxis
liEfesios 15,1-2, p. 456 — ,! Ambrosio, De offi
túrgica
con la orientación contem
ciis 1, ce. 1-10
(Sancti Ambrosii Ep. Mediolanensis opera 13). Roma-Milán 1977,
22-43 —
plativa de la
espiritualidad contem
" Id, Inps.
45,11: PL 14,1138 -'" R. Guardi
poránea,
en la que se puede apreciar
ni, La messe
(nota 1) 24s — " Cf J. Jungmann, una fuerte exigencia de recogimienMissarum
sollemnia. Origini, liturgia, storia e to, de silencio, de desierto, como conteología
della messa romana, vol. I, 1953, 328s
dición de
libertad, de escucha, de
nota 15; E. Lodi,
Enchiridion euchologicumfontium liturgicarum, Roma 1979, n. 2340 — l
disponibilidad,
para abrirse al Espí
Deiss, Le silence
dans la célébration liturgique,
ritu y recorrer
nuevamente el camino
en £C97
(1969) 12 -" A.-G. Martimort, Le de oración de Cristo. "Tibi
silentium sens du sacre, en Mfí 25 (1951) 68 — '" Ib, laus!
—concluimos con monseñor 67 — " F. Sottocornola, La
preghiera quoli-
A.
Bugnini—. No queremos especdiana della Chiesa, en VV.AA., Nelle
vostre assemblee I, Brescia 1975, 364-396 — 20 (a.b.),
tadores inertes y
mudos, sino parti
Tibi silentium
laus. en Not 110, II (1975) 282.'
cipantes activos,
conscientes, orantes, que saben embriagarse y vivir el misterio con la
plegaria, con el canD. Sartore to, con la acción, con el silencio
de espera ansiosa y de adoración. Un
BIBLIOGRAFÍA:
Busquets P., El silencio en la
silencio que no
es índice de mutismo
celebración,
en "Phase"92 (1976) 144-148; Lack
espiritual, sino
un momento de gra
R., Desierto, en
NDE, Paulinas, Madrid 1983,
cia vivificante
en el que calla la cria
336-348; VV.AA.,
Participación en la liturgia
tura, pero habla
el Espíritu"2». por el canto, la aclamación y el
silencio, PPC, Madrid 1970,63-65.
S1IVIBULU NOTAS:
' R. Guardini, La messe, Cerf, París '57, 20 — 2 Cf Schema
constitutionis de Sa-/ Signo/Símbolo
1931
SUMARIO: I. La
sociología: de la descripción a la interpretación y de la
interpretación a la intervención: 1. Introducción:
valoraciones y actitudes frente a la sociología hoy: a) En la opinión
pública, b) En las instituciones mayores; 2. Qué se entiende por
sociología: a) Orientaciones generales, b) Perspectivas temáticas
de la investigación sociológica hoy: tradición,
acontecimiento, interacción social, símbolo - II. De la
sociología de la religión a la sociología de las liturgias
cristianas: 1. Pluralidad de aproximaciones; 2. Qué se entiende por
sociología de la religión; 3. Religión: el objeto de la
sociología de la religión - III. Sociología de la
religión y liturgia: 1. Importancia y función social de la
liturgia; 2. Incidencia de la sociología de la religión en
la liturgia: a) Celebraciones litúrgicas, b) Los libros rituales, c)
Historia litúrgica.
I. La
sociología: de la descripción a la interpretación y de la
interpretación a la intervención
1.
INTRODUCCIÓN: VALORACIONES Y ACTITUDES FRENTE A
joven. Antes de
cualquier explicación, aunque breve, pero que pretenda ser
puntual y sistemática, y en nuestro caso también expresamente
parcial y sectorial, considero necesario señalar algunas posturas o
juicios de valor frente a la ciencia sociológica que, como he
dicho, no ayudan a su comprensión, sino que más bien pueden
impedirla o de hecho obstaculizan su uso. En estas observaciones
tendré también presente el mundo a que se refiere el
fenómeno religioso, en cuanto que la voz presente se
caracterizará, en su articulación, en este sentido. Finalmente
debo se
Sociología
ñalar, por
honradez, que la aproximación a la sociología y a la sociología
del fenómeno religioso o a la sociología religiosa o de la
religión, como quiera que se diga según las corrientes diversas,
aunque realizada por un liturgista, reconoce a la ciencia
sociológica la absoluta autonomía, y descubre en esta
autonomía la garantía más seria y eficaz para los diversos
intentos de análisisinterpretación del fenómeno
religioso: sólo así se podrá evitar el peligro, nada
teórico como veremos, de reba
jar la
sociología a mera auxiliar de exigencias pastorales, por ejemplo.
a) En la
opinión pública. Para introducir el tema me serviré de algunas
observaciones que la socióloga L. Voyé expone en un
artículo en el que reivindica para la sociología el estatuto de
ciencia, y que se dirige tanto a los sociólogos como a los
teólogos'.
Entre los
diversos malentendidos, el más frecuente es el que reduce la
sociología a una operación meramente estadística,
preocupada por datos numéricos estimados externos y superficiales.
Dentro de la ciencia sociológica no se puede despreciar la
importancia objetiva e insustituible de dicha operación para una reflexión
sobre algunos determinantes sociales que intervienen en comportamientos
particulares2. Pero éste es indiscutiblemente un primer estadio de
trabajo; porque, de hecho, con las estadísticas no es posible conocer el
porqué de los comportamientos, y el campo está abierto a la
más variada danza de hipótesis, danza que indirectamente
confirma los malentendidos. Hay que incluir en esta ten
dencia
también el influjo que tienen los diversos sondeos: desde los sondeos
de opinión a los orientados hacia los comportamientos religiosos.
La utilización cada vez más frecuente de estos medios tiende
a identifi
Sociología
Carlos con la
sociología, originando una valoración negativa de esta
última. Por otra parte, una lectura no siempre correcta de los
sondeos ha facilitado el aumento de los malentendidos y de la
confusión: "Su utilización a veces intempestiva,
frecuentemente con finalidad justificativa o de reflexión
apologética, determina afirmaciones incontroladas, causa de errores, y
esconde la realidad que se pretende descubrir o ilustrar"3.
b) En las
instituciones mayores. Si a continuación pasamos de las valoraciones
de la opinión pública a la de las instituciones mayores, como el
estado o la iglesia, aparecen prevenciones y fuertes dificultades y
desconfianzas. Una lectura de estas reacciones muestra con frecuencia que se ve
la sociología como un instrumento desestabilizador, en cuanto
que pone de manifiesto los mecanismos sociales y muestra el proceso
generativo y el de funcionamiento de las instituciones, ideologías y
prácticas. "Esta reacción de desconfianza, que en
algunos casos es un puro y simple rechazo, es más frecuente cuando la
sociología no se limita a
describir una
situación determinada, sino que propone, además de una
explicación, también una interpretación de dicha
situación y, eventualmente a partir de estos datos, sugiere
también orientaciones para la acción"4. Por el
contrario, el recurso a la metodología sociológica, sobre todo en
el ámbito de la sociología del fenómeno religioso, no es
siempre claro. Con los datos sociológicos se mezclan preocupaciones
sea de la teología pastoral, sea de una ideología
confesional preconcebida que condiciona apriorísticamente cualquier
resultado. En estos casos "se puede decir que la sociología se ve
reducida a la función de sierva de la pastoral, y se la somete a las
necesidades eclesiásticas de conservación
1932
del status quo.
La atención dirigida a categorías sociales particulares, a
ambientes de desarrollo particulares... y a clases de edad específicas...
confirma mucho más la única, común y constante
intención de utilizar la ciencia de la sociedad para seguir utilizando a
la sociedad misma"5.
2. QUÉ SE
ENTIENDE POR SOCIOLOGÍA. Las valoraciones y actitudes
señaladas hasta el momento, y también las que pueden
suponerse: falta de cientificidad, estaticidad valorativa, precariedad en
las conclusiones..., plantean la pregunta fundamental: ¿Qué
se entiende por sociología? Y a continuación, en nuestro
plano de estudio, ¿qué se entiende por sociología del
fenómeno religioso? En ambos casos dejo a un lado el desarrollo
histórico detallado de la disciplina y del pensamiento subyacente,
remitiéndome a los manuales
para toda
eventual profundización, señalando solamente las corrientes y
concepciones fundamentales \ Pese a las limitaciones de una definición,
me parece pertinente, aunque compleja, la descripción que propone
Ferrarotti. Entiende la sociología como "ciencia de
observación, o sea, como análisis empírico conceptualmente
orientado, guiado por hipótesis de trabajo verificables inductivamente,
e interpretación crítica de cualquier agrupación humana
tal y como se expresa en sus diferentes relaciones interindividuales,
constatadas en sus aspectos de uniformidad y repetibilidad"7.
En esta
definición se da por descontado, porque ya lo había mostrado
anteriormente el autor, el concepto de ciencia tal y como ha venido
madurando hasta hoy8. En cambio, se señala claramente que la sociología
es "la ciencia de la sociedad" que estudia, en el sentido de describir,
explicar, interpretar y de alguna 1933
manera prever,
los fenómenos sociales, no en una perspectiva global y totalizadora
como una superciencia, sino como instrumento limitado y delimitado por el
mismo estatuto de ciencia y, conscientemente, por la tensión de
acercamiento interdisciplinar con las demás ciencias sociales,
caracterizándose de todas formas como disciplina que analiza las
agrupaciones humanas en sus relaciones interindividuales, prescindiendo
de su naturaleza religiosa, económica, jurídica,
filosófica...' En estas operaciones, lo que ha sido y es
problemático es el concepto de sociedad. Este, de hecho, depende de
la variabilidad histórica, subyace, está interpretado y
particularizado por toda teoría sociológica, la guía y
dirige ">. De rechazo nace una pluralidad de caminos de
aproximación y de escuelas que solamente en parte pueden coincidir con
la definición que he señalado y que, en definitiva, hacen de
la sociología algo heteróclito y heterogéneo en sus
desarrollos.
a) Orientaciones
generales. Son tres las orientaciones generales que muy esquemáticamente
se pueden señalar: nomotética, descriptiva y critica. La
primera orientación se sitúa en continuidad con los padres fundadores
que, aunque de diferentes maneras, consideraban la sociología como una
ciencia nomotética general de la sociedad. Baste recordar la
investigación de las leyes de naturaleza histórica que se
insertan en la evolución de la sociedad, efectuada por A. Comte, K. Marx
y H. Spencer "; el establecimiento de las relaciones funcionales
entre los fenómenos sociales de E. Durkheim "; las
irregularidades señalables por la historia comparada de M. Weber
"; el análisis lógico de las acciones no lógicas
de V. Pareto l4. Por lo que se refiere a la investigación actual, se
Sociología
gún R.
Boudon, se nota, "sobre todo a nivel de ciertas especialidades de la
sociología, que aparecen progresos en el sentido del desarrollo de una
ciencia nomotética" ". Entre estas especialidades se
cuenta la teoría de la circulación de las familias y de los
individuos dentro de las estructuras sociales (movilidad social) "; el
estudio de las relaciones entre la estructura y los objetivos de las
organizaciones (teoría de las organizaciones)", la
teoría de los conflictos...I8 Su desarrollo, enriquecido con los
intentos anteriores y también con los fracasos, como por ejemplo el de
T. Parsons "
y G. Gurvitch M, parece insinuar la posibilidad de ofrecer nuevamente a la
sociología un sistema de conceptos generales dentro de un cuadro
teórico. De todas formas, todavía queda mucho camino por recorrer
y la meta está aún bastante lejana (R. Boudon); aunque, en definitiva,
puede ser del todo discutible la llegada, en el sentido de la necesidad
inmediata, aun descubriendo en las teorías empíricas controlables
la vocación de la sociología. La segunda orientación,
la descriptiva, cubre actualmente buena parte de la producción
sociológica. En este sector la mayor influencia la ejerce la escuela
americana, que, después del último conflicto mundial, ha
inspirado, de alguna manera, la investigación en Europa. Se
destaca como una sociología concreta o sociográfica.
"Fundamentalmente, sociografía significa presentación
ordenada de los datos recogidos tal como aparecen, sin omitir ninguno que
pueda ser pertinente al caso: territorio, clima, población,
condiciones de vida, costumbres, tipos e índices de delincuencia,
distribución de los cargos públicos y del poder político,
etc."21 La sociología sociográfica se divide en un cierto
número de sectores, según determinados objetos concretos,
como por ejemplo: sociología del
Sociología
tiempo libre, del
consumo, de la ciudad, del deporte, de las religiones,de los grupos...22
Sin embargo, esnecesario observar que estos sectoresde la sociología
están sujetos a pluralidad de aproximaciones
tambiénmetodológicas. La orientación señalada,
entonces, debe considerarsecomo tendencia general, hoy másque nunca, en
cuanto que el aspectosociográfico, se revela cada vez conmás
frecuencia como componenteauxiliar de una metodología ínterdisciplinar
más compleja. La terceraorientación es la crítica,
indicada algunas veces como especulativa, dando a este término
una connotación
no del todo
positiva. Si se excluyende esta dirección las preocupacionesy las
fusiones de modelos meramentefilosóficos, se puede comprender
susignificado exacto, o por lo menossu hipótesis de trabajo. Así lo
indicauno de sus representantes más autorizados: "Ciencia de
la nada y delpresente, sea cual sea la posibilidaddel sociólogo de
conseguir la plenacientifización del juicio político y delas
opciones sociales, la sociologíaes, ante todo, efectivamente una ciencia
crítica. Por el solo hecho de escoger como objeto propio de investigación
los modos, los términos ylas relaciones de que se forma la convivencia
humana, llama la atenciónsobre tal convivencia y su forma, eva
1934
Dentro de esta conciencia situa
cional, debida inicialmente a la re cogida de datos empíricos, el
análisis sociológico,
además de clarificar la
situación fáctica, puede explicitar aquellas corrientes que tienden al des
arrollo y las respectivas leyes subya centes. Naturalmente, así se
deriva
la incisividad y la posibilidad de in
tervenciones operativas que ofrece
oportunamente la misma sociología24. Por otra parte, esta
incisividad se puede encontrar,
más o menos, en cada una de
las orientaciones seña ladas. Efectivamente, en el plano metodológico es propio de la
inves tigación científica de la sociología acercarse a las consecuencias socia
les; encausar a las instituciones; po
ner directa o indirectamente en dis cusión las creencias,
costumbres y comportamientos
tradicionalmente aceptados.
"Cualquiera que tenga ex periencia directa de investigaciones sociológicas sabe que incluso la
más simple de ellas,
circunscrita al nivel más
elemental, implica necesariamen te un cambio; puede iluminar el des
fase entre lo que se cree idealmente
y lo que sucede en la vida
práctica de cada día;
puede probar que institu ciones generalmente aceptadas sin discusiones en su forma
tradicional, como la familia de
tipo preindus trial, en realidad son poco adecúa das, inadecuadas
y con retraso res
lúa su
nivel de racionalidad, mide su pecto a la evolución objetiva de la
rigidez estratificadora, su capacidad sociedad contemporánea"25, de
adaptación y su funcionalidad, prevé (ciertamente con un amplio
b) Perspectivas temáticas de la margen de error) su evolución
futura investigación sociológica hoy. Las y su destino, y expresa
su significado orientaciones que hemos indicado global. Más quizá
que cualquier otra no deben aparecer como carriles rídisciplina
científica, la sociología gidos que impidan una comunicaplantea
un problema de compromiso ción. Más aún, el recurso a un
aussocial y humano a sus cultivadores, tero método interdisciplinar
denota Es muy rara la investigación socio- en muchas ocasiones la
necesidad de
lógica que
no plantee un problema salir, por ejemplo, de una mera despolítico.
En este sentido, la sociolo- cripción sociográííca
hacia una ingía es una ciencia intrínsecamente crí-
terpretación más crítica; o bien de tica"23. recurrir
a una sistemática rigurosa, 1935
aunque no
preceptiva, para intentar, de alguna manera, una lectura nomotética.
Pero la sensibilidad al método interdisciplinar ha inducido a
sociólogos de escuelas y métodos diversos a afrontar
temáticas hasta ahora excluidas, o casi excluidas, del campo de los
estudios sociológicos. En este estudio me interesa señalar
brevemente algunas de estas perspectivas que dejan entrever una aportación
en absoluto indiferente a la investigación sociológica, entendida
globalmente, y, por lo que nos afecta, a la investigación
litúrgica26.
Tradición,
Es el tema que, quizá, está exigiendo un amplio trabajo, aunque
sea de verificación empírica, en sociología, para
reinsertarse adecuadamente. Aunque entendido de diversas maneras, siempre
se le ha considerado a partir de la contraposición
tradición-cambio social11. El renovado interés actual por lo popular,
ampliamente constatado28, ha relanzado el tema de la tradición como
sistema de hechos y de valores que pueden conservarse también dentro
del cambio, y que en cierta manera lo cualifican. Por eso, no se ve ya la
tradición sobre todo como un impedimento. En este sentido, es importante
para todo el problema de la socialización2' y de la pertenencia ,0.
Acontecimiento,
como factor innovador. El hecho de que la sociología se haya
organizado en torno a leyes, modelos, estructuras o sistemas ha incidido
sobre su no considerar el acontecimiento como identificado con lo
imprevisto, el azar, lo contingente, lo irreducible...; la invitación
a reinsertarlo es reciente". Según E. Morin, "reconocer el
acontecimiento no es solamente reconocer el azar (la aventura) en la
historia (del mundo, de la vida, del hombre), sino permitir el estudio de las
propiedades de los sistemas (bióticos, hu
Sociología
manos, sociales),
de donde se deriva una actitud de desarrollo"12; efectivamente, el
acontecimiento revela algo en el sistema en que acaece, y nos introduce en el
problema de su evolución. En este cuadro siempre es pertinente la
hipótesis de R. Bas-tide sobre la nueva relación entre el destino
personal y el cambio social que se instaura en la sociedad actual respecto al
pasado. Hoy "el campo privado depende del público... Nuestro
destino se inserta en el destino de los grupos a los que pertenecemos... Los acontecimientos
que nos afectan se han desplazado de lo particular individual a lo particular
colectivo"33. El acontecimiento, así considerado,
además de afectar a la historia de los sistemas34, como
decía Morin, tiene una incidencia indudable para la teoría
sacramental35.
Interacción
social. Los refinados análisis de la estructura de la interacción,
en cuanto unidad fundamental de la vida social, efectuados por
E. Goffman 36, al
margen de las polémicas por el abandono de la sociología
tradicional (macrosociología) en favor de la microsociología, mejor
precisada como sociología de la vida cotidiana37, parecen imponerse como
análisis que descubre, en la vida de todos los días, los lazos
mismos de la sociedad. Las observaciones críticas dirigidas al
autor, si por una parte delimitan justamente el alcance de su
investigación para no caer en generalizaciones ineficaces, por otra
confirman su originalidad para la ciencia social3». La atención
que pone en lo ritual, en cuanto que desempeña una función reguladora
en la interacción, lo hace particularmente útil para
comprender también los modelos interactivos de toda la actuación
litúrgica.
Símbolo.
Aunque no falten en la historia de la sociología autores que se hayan
interesado por el análisis
Sociología
1936
de los
símbolos (v.gr., E. Durkheim, gico en general al del fenómeno
reli
G.H. Mead, T.
Parsons, P.A. Soro-gioso en particular, en cuanto que kin, G. Gurvitch), los
estudios al res"no es casual que casi todos los autopecto son de
escaso relieve. Con la res que han afrontado el tema del certeza de que
"para la sociología símbolo se han visto posteriormente
contemporánea el concepto de símen la necesidad de tratar la
sociolobolo está sin duda alguna entre gía de la
religión" ". Probablemente, aquellos que se deben considerar
funtambién por este motivo, la heterodamentales, visto que a
nivel de geneidad de la investigación sociolócomportamiento
afecta a una gama gica, ya señalada, se refleja en el cambastante
desarrollada de elementos po de la sociología de la religión.
susceptibles de investigación: objeEsto no debería
sorprendernos, si no tos, personas, expresiones, gestos, olvidamos, ante todo,
que "el fenóque adquieren un valor más bien meno
religioso, tanto en sus formas unívoco —por lo menos
tendencial-más elementales como en las más mente— dentro de
un particular complejas, particularmente la funcontexto de referencia
(grupo, clase ción social de la religión sea a nivel social,
movimiento)"39, el problema del comportamiento individual, sea se afronta
nueva y rigurosamente en relación a sus repercusiones sobre con
investigaciones particulares sola vida económica y sobre las motibre
el campo 40. El interés renovado vaciones del actuar social, constituye
por este tipo de
análisis deja adivinar una preocupación, si no dominante,
posibles desarrollos en la investigaen los fundadores y en algunos de
ción sociológica41. Además de prolos autores
más significativos de la fundizar empíricamente, por ejemdisciplina
sociológica"44. Podemos plo, cómo sirven los símbolos
como señalar, esquemáticamente, una trimedio de
comunicación social entre ple aproximación, observando que los
sujetos agentes, cómo pueden ser se debate todavía, en un cuadro
gepor una parte signos de una especie neral, entre la propuesta de
teorías particular y por otra instrumentos nomotéticas, de
acuerdo con los cláde participación, cómo
están sujetos sicos, y las investigaciones empíricas a una
variabilidad y a una relativisobre el terreno, no conciliando fredad
dentro de la realidad social, cuentemente las primeras con las secómo
conservan la continuidad y la gundas y, viceversa45, olvidando que identidad
del grupo y de sus signifitambién en sociología de la
religión cados y valores; además de todo la teoría debe
verificarse con la prácesto, decíamos, no puede dejar de
tica; y que, alternativamente, los asafectar a la investigación
litúrgica en pectos teóricos nacidos de investigasu actual
reconsideración del simbociones precedentes deben someterse lismo
en todo su valor42. a una nueva verificación46. La pri
mera
aproximación, influida por los principios metodológicos del
funcionalismo, encuentra muchos seguido
II. De la
sociología
res en el mundo
anglo-americano,
de la
religión a la sociología
sostenidos por
contribuciones teóri
de las liturgias
cristianas
cas de autores
como T. Parsons47 y
J.M. Yinger48. En
esta tendencia,
1. PLURALIDAD DE
APROXIMA
que considera la
función puramente
CIONES. Habiendo
hecho mención,
social de la
religión, pueden incluirse
entre las
perspectivas temáticas de la
también
los autores de procedencia
sociología,
del símbolo, creo haber
marxista, en
particular los del Este
facilitado el
paso del campo socioló
1937
europeo. La
segunda aproximación, de carácter formal, empeñada en una
investigación nomotética y tendente a componer
tipológicamente los resultados obtenidos, se expresa sobre todo en
el área alemana y en autores como G. Menshing"' y J. Wach50. Por su
amplitud y por sus intereses, la tercera aproximación, que incluye
personalidades, en particular G. Le Bras, renovador de la investigación
socio-religiosa ", grupos y centros que se refieren en la
investigación a una sociología aplicada a las necesidades y
a las aspiraciones de las iglesias cristianas en general, y más
particularmente a la católica (por ejemplo: C.I.S.R. [Conferencia
internacional de sociología religiosa]; dentro de su misma
autonomía, el Grupo de Sociología de las Religiones y la revista
Archives de Sciences Sociales des Religions; el equipo de la revista
más difundida en el ámbito europeo: Social Compass; Centro
de Sociología del Protestantismo, en Estrasburgo; los centros promovidos
por S. Burgalassi en Pisa, por S.S. Acquaviva en Padua, por G. Alberigo en
Bolonia, el C.I.R.I.S. de
Sociología
ca ha invitado a
tomar en consideración a la misma y a intentar crear una
sociología de las liturgias cristianas, sea como fruto del concilio,
sea como procedentes de él en el pluralismo de las actuaciones
prácticas ".
2. QUÉ SE
ENTIENDE POR SOCIOLOGÍA DE
Sociología
1938
condicionada por
sus referencias comprensión de la comunidad, así teóricas
y por las instancias culturacomo su lugar y la tarea que le coles
más generales, propias de la sorresponden en el universo. La reliciedad
que examina. Más específicagión define la perspectiva
en que las mente: en sus relaciones con la teopersonas se ven a sí
mismas, y sus logía se diversifican las opiniones de relaciones con la
sociedad y la natulos autores". De todos modos, "paraleza"61.
Paralelamente a esta defi
rece predominar
la opinión de los nición, hay sociólogos que se remique
consideran la sociología de la ten a una definición sustancial de
la religión como una ciencia autónoma religión. La
religión es, en este caso, en sus modalidades metodológicas,
considerada en su relación con el aunque orientada en la
dirección de mundo invisible, aun reconociendo su investigación y
en la precisión de su impacto en la sociedad. Hay que su objeto por
indicaciones de carácobservar que estos modos de consiter
teológico"58. Excluyendo, de toderar la religión no
ayudan excesi
das formas, el
caso de manipulaciovamente a la sociología. Es más
útil nes, parece oportuno llegar a una hacer que aparezca, a partir de
la iluminación recíproca de las dos disinvestigación
misma, qué tipo de reciplinas. Lo mismo se debe decir de
ligión es destacable en las diferentes lo que concierne a la pastoral. A
este posiciones sociales; ella misma es un respecto es útil recordar
"que la soobjeto de estudio M. Por eso la invesciología
de la religión puede orientigación socio-religiosa se
cualifica tarse justamente en su investigación considerando al hombre y
a la mujer a partir de las necesidades indicadas enfrentados con sus religiones
y las por la pastoral y, viceversa, la pasto modalidades que les
acompañan en
la sociedad. Por
tanto, "serán objeto
ral se orienta en
su acción por las
de la
sociología de la religión las for
indicaciones
tomadas de la investi
mas de
relación recíproca existentes
gación
socio-religiosa; en cambio se
entre diversas
experiencias reli
excluye un tiempo
de utilización que
giosas y
estructuras de una deter
acaba en una
indebida instrumenta
minada sociedad
(a nivel de grupos,
ro n y en una
negación de la auto
instituciones,
centros de poder, es
nomía
misma de la ciencia"" tratos y clases sociales, etc.). Será
también objeto de la sociología y de
SOrm,RE!r,G1ÓN:
EL 0BJET°
DE LA la religión el
análisis de las relaciones Sa r ?°JA DE
dl«par todo
posible equívoco, es bue
micas culturales
(especialmente refe
"ISipar todo
nncihlo »n„í
socioín„1-Sar
lnmediatamente que la rido a modelos de cultura, usos, cos
no a moderna
con Ho ha
considerado tumbres, valores, etc.). Por último, sido T,ly seneda d 'a
religión «. Ha podrá ocuparse del estudio de los
lo la
aPO«ación de procesos por
los que se advierte ehe ¡n.%y* a-Durk-interioriza la interacción
entre reli
s PadrlmTntf E
Weber"
"BaJ° la in"
fluenci/n r,
gión y sistema socio-cultural, a nivel
Durkhe¡m
«°s elahn,6-
los sociólo-de sistema de personalidades (con un a llar"ada
ci°n fun^ar0n
defini-los problemas de la socialización al d e l a reli ión L
religiosa, de la pertenencia, etc.)"65.
reli«ión^e
Hnrg-a
d e n e ahor
aParece evidente que el objeto de la
su fnnr-- en términos
a
consociología de la religión no es \&fe o
d e Pronñr" S0Cla1'cretamente
nifícado
Hla gracia, "sino sus manifestaciones
10nar la matriz del sig
"ÍM
ursi asociedad. La religión es u objetivaciones en el plano obserClÓndelrnnnHma
¡nterpreta-vable y del comportamiento, como
para la
,rnundo, que
articula la mito1939
la
práctica religiosa, las creencias, los sentimientos de pertenencia, las
motivaciones religiosas, los conflictos, así como los grupos y las
estructuras dentro de los cuales se van institucionalizando y
desarrollando las experiencias religiosas colectivas"66.
III.
Sociología de la religión y liturgia
1. IMPORTANCIA Y
FUNCIÓN SOCIAL DE
teado el problema
en los últimos años, a impulsos de un renovado estilo
celebrativo, o del fenómeno de la secularización, o de los
problemas que plantean el marxismo y las diferentes teologías de la
liberación6". Con frecuencia, las soluciones de los diversos
autores se han movido en el plano teórico. Las referencias históricas
pueden ayudar a sintetizar una respuesta, que parece, en algunos aspectos,
positiva; queda en pie el problema de una verificación
empírica acerca de cómo encuentra la liturgia una resonancia y
qué resonancia en la vida familiar, profesional, cultural y
política. Planteado de este modo, el problema forma parte de ese capítulo
de la sociología, bastante más amplio, que considera la
religión como factor de desarrollo y cambio social 6«, y de este
contexto se pueden extraer paradigmas teóricos para plantear una
verificación empírica
correcta y
atenta.
2. INCIDENCIA DE
Sociología
GÍA DE
los libros
rituales, en particular de los nuevos Ordines, fruto de la reforma
litúrgica conciliar. En tercer lugar, su aportación resulta
útilísima para renovar la historia de la liturgia y para
comprender y plantear más correctamente el estudio de la misma,
particularmente el de los sacramentos. En los tres planos, es necesario
subrayarlo, hará falta la ayuda de otras disciplinas para crear una red
interpretativa interdisciplinar,
científicamente
más eficaz, a fin de evitar lecturas parciales y/o absolutas y
sucesivas tomas de posición o intervenciones ineficaces, cuando no poco
pertinentes ™.
a) Celebraciones
litúrgicas. Considerando las celebraciones como conjuntos de ritos
organizados (gestos, símbolos, palabras), la sociología
distingue tres funciones dentro de la función expresiva del rito en
general?!. La primera es la comunicación, entendida como acto que
estructura y constituye toda comunidad. La aproximación
crítico-empírica puede mostrar la complejidad
de las
respectivas funciones de comunicación dentro de la misma liturgia,
comprendiendo los aspectos verbales y no verbales; la intervención
concreta de las variables n; estructurales: dimensión,
composición del grupo o del público de las asambleas, los
canales de comunicación preestablecidos; ambientales: el as
Sociología
pecto
prosémico 73, el contexto humano en que se inserta la asamblea
'", y también el amplio problema del simbolismo. La segunda
función es la socialización, entendida como proceso por el que a
un individuo se le transmiten los valores, normas, actitudes y comportamientos
del grupo social que lo acoge o en el que está inserto ". En
referencia a la liturgia, se debe leer el proceso como cognoscitivo, pero
sobre todo como interiorizador de los valores y las actitudes religiosas.
La aproximación sociológica ayudará a leer mejor el
proceso incluso
en sus componentes de violencia simbólica n. La tercera función
es la pertenencia religiosa, que se califica como actitud psicosocial de
un miembro en su conexión con su grupo religioso77. En la liturgia,
la contribución sociológica puede poner de manifiesto
diversos tipos de pertenencia según que los suscite o los
favorezca. En este contexto puede aparecer el problema de los papeles dentro de
la celebración: desde el de los laicos, en general, en los diversos
ministerios, al históricamente problemático de la mujer78, o
también el
tan complicado del catecumenado de los adultos7'. De rechazo puede
considerarse el problema de la densidad de los grupos que celebran para
una participación real, sin olvidar el fenómeno de las asambleas
dominicales. También para esta última problemática parece
evidente que el problema de las funciones es interdependiente y al
mismo tiempo abigarrado. Todavía quedan más posibilidades de
incidencia de la sociología en la realidad celebrativa.
Sin ser
exhaustivos, se puede señalar su aportación para: 1) Los ritos
de tránsito (iniciación..., matrimonio..., muerte),
examinados como prácticas religiosas que, como en las más
diversas sociedades, acompañan el paso de un individuo de una con
1940
dición a
otra, paso "en el que tiene lugar un proceso de profunda transformación
del individuo dentro del significado colectivo, y la responsabilidad
estructural del status social en que el sujeto es introducido"80; 2) La
fiesta, considerada desde el punto de vista del sujeto, entendido como la
colectividad mediante la que se difunde el acto de la fiesta y adquiere un
significado; y del objeto, aquello a lo que se dirige la celebración
y el tiempo en que se celebra, con la preocupación de encontrar, si es
posible, una puerta abierta entre lo sagrado y lo profano8I; igualmente su
componente económico82, sin excluir una interpretación no estrictamente
religiosa como la marxista83; 3) El sacrificio en su fundamentalidad,
características y naturaleza específica dentro de un grupo social
o comunidad84; 4)
La eficacia simbólica en sus relaciones con la magia y sus
eventuales diferencias8'; 5) El problema de la religión, religiosidad,
piedad popular, en referencia a las transformaciones litúrgicas de las
celebraciones oficiales o a las celebraciones de grupos elitistas,
consideradas globalmente como celebraciones rechazadas por las masas
populares, bien porque éstas deserten del culto oficial, bien porque se
refugien en formas rituales tradicionales. Aquí encuentra su justa
importancia la otra cara de la moneda, la secularización, entendida
en toda su problematicidad86; 6) La relación y comprensión
del binomio palabra-rito dentro de las prácticas sociales "7; 7) La
música ritual considerada en su producción y reproducción,
en relación con el proceso de evolución histórica
de la sociedad humana eclesiástico-eclesial, así como en el
sentido que desarrolla en la asamblea
en referencia a
particulares ambientes sociales o a determinadas categorías
respecto a otros ambientes u otras categorías88.
1941
b) Los libros
rituales. El análisis sociológico ha afrontado en estos últimos
años, con bastante rigor, aunque con límites evidentes, las
problemáticas inherentes a una sociología del tema
religioso, preocupada por llegar a una teoría del modo de
producción de este tema ". Poner en claro la ideología
presente en tal tema, la presencia activa del productor del mismo, que
construye su mundo social en relación con otros actores; la
relación entre análisis del tema y análisis de las
posiciones ocupadas por los actores en el campo de producción del
mensaje religioso: éstos son algunos aspectos que se refieren al
uso social de la palabra *".
La mayor parte de
la investigación se ha dirigido al análisis de temas enunciados
dentro de un grupo religioso en una posición de gran legitimidad
o en el ejercicio de esta legitimidad, en particular en el momento
ritualizado de la homilía ". No faltan intentos de ensanchar la
investigación, sea a la eucologio en sí misma "-,
sea, más tímidamente, a los ritos nacidos de la reforma
litúrgica ". Sociólogos y semiólogos están de
acuerdo en este trabajo "por considerar el texto como un producto social
cuyo sentido se encuentra ahora en su modo de aparecer al lector, y que de
hecho escapa parcialmente a los autores"'4. Lo que interesa en este tipo
de análisis es el funcionamiento del texto, tanto en su
emisión
o
producción por parte de un determinado agente social como en la recepción
del texto a través de otro agente social, o la correspondiente
práctica (escucha, rechazo, participación...). El desarrollo
de la perspectiva señalada (microsociología), aun
debiéndose armonizar con la investigación sociológica
habitual (macrosociología), permite un análisis más
cuidadoso del funcionamiento de la liturgia como relación social
Sociología
y una lectura
más completa del fenómeno de la reforma litúrgica.
c) Historia
litúrgica. Todavía hay que recorrer un largo camino para llegar a
tener una historia del culto cristiano, y en particular de la liturgia,
más atenta a los cambios correlativos de la iglesia y de la sociedad.
Gracias a las investigaciones de G. Le Bras, sobre todo en Francia, la
relación entre historia y sociología de la religión
experimenta desarrollos notabilísimos '5, entre otras cosas por la
singular aportación de las contribuciones metodológicas
y de ampliación de contenidos de E. Poulat,6. El proceder de estas
investigaciones deja ya adivinar la necesidad de una revisión global de
los textos de historia litúrgica, para que sepamos tener en cuenta tanto
la descripción de acontecimientos particulares del pasado como la
elaboración de leyes generales". Obviamente, el proyecto se
inscribe en el ámbito más amplio de la renovación de
la investigación histórica, que se muestra tan sensible a la
aportación de la sociología ". En el cuadro expuesto aparece
en toda su actualidad la incidencia de la historiografía que se
refiere a la sociología de la religión para el tratamiento
teológico, y el sacramental en particular. Ya M.-D. Chenu
señalaba a la sociología de la religión la tarea de
indagar los contextos socio-cultuales dentro de los que se elaboraron
las fórmulas dogmáticas *, y hoy podemos añadir la de indagar
las diversas situaciones humanas, en sus evoluciones, a las que se
refieren los sacramentos, así como las variabilidades dentro de los
mismos en referencia al cambio social o eclesialm.
Probablemente con
la ayuda de estas investigaciones se podrá aclarar más de un
aspecto de estas celebraciones que estructuran también al hombre
social, tanto en referencia
Sociología
a la herencia
histórica como a la adaptación contemporánea.
NOTAS: '
Sociologie et religión. Pour clarifier les relations entre sociologues
et théologiens, en RTL 10 (1979) 305-323. Creo justo señalar que,
dentro de la misma ciencia, enfoques, conceptos, corrientes, aparecen de
hecho complejos y no siempre cristalinos: cf, por ejemplo, F. Bourricaud,
Sociologie, en Encyclopaedia Universaiis 15, París 1977, 72-73; cf
también A.W. Gouldner, La crisis de la sociología
occidental, Amorrortu, Buenos Aires 1979 — 2 Acerca del problema y
de la utilización de los instrumentos estadísticos en
sociología, cf, por ejemplo, M. Young, Scientific Social Surveys and
Research, Prentice-Hall, Englewood Cliffs, Nueva York 19613; M. Boldrini,
Statistica. Teoría e metodi, Giuffré, Milán 1958; V.D.
Miani-Calabrese, Metodología statistica e statistica di fenomeni sociali,
Giuffré, Milán 1958; V. Capecchi, Analisi qualitativa e
quantitativa in sociología, en Quaderni di sociología 2
(1963) 171-200; el autor trata de la cuantificación de los datos
cualitativos con amplia bibl.; F. Ferrarotti, Trattato di
sociología, UTET, Turín 19742, en part. Appendice I. Brevi
cenni intorno all'uso del método statistico-matematico nell'analisi
quantitativa dei fenomeni sociali, 567-708; F. Vaccina, Evitabilitá
e inevitabilitá dell'errore, en G. Trentini (dir.), Manuale del
colloquio e dell'intervista, Mondadori, Milán 1980, 9, 1-34. Para la
sociología de la religión, cf el estudio de P. De Sandre,
Sociología della religiositá. Introduzione al método e
alie tecniche della ricerca, pref. di.
S.S. Acquaviva,
AVE, Roma 1967, con amplia documentación incluso bibl. Puede ser
útil a nivel parroquial. Cf también J. Maítre, Sociologie
religieuse et méthodes mathématiques, París 1972
— 3 J. Sutter, Opinions des Francais sur leurs croyances et leurs
comportements religieux, en MD 122 (1975) 59-83; y además, en este
contexto, me parecen útiles las observaciones de F. Ferrarotti,
Societá, Osear Mondadori, Milán 1980, 45-46: "La poca
importancia científica del sondeo está ligada a la falta de
un claro y continuo recurso a la teoría sociológica, que sustenta
y plantea la encuesta, a su inadecuada conceptualización y a las
carencias de una elaboración sistemática de los datos recogidos,
que suelen hacer del sondeo un mero inventario de datos cuya utilidad, en
orden a la comprensión significativa de los fenómenos investigados,
con frecuencia sigue siendo totalmente problemática". Para
algunas precisiones en torno a la entrevista, al coloquio o al sondeo de
opinión, cf G. Trentini, Tassonomia genérale del colloquio e
dell'intervista, en G. Trentini (dir.), Manuale del colloquio... I, 1-52; G.
Pellicciari, L'intervista nella ricerca sociológica, ib,
1942
17, 1-45 con
suficiente bibl. —
A. Izzo (dir.),
Storia delpensiero sociológico I: Le origini; II: l classici; III: I
contemporánea II Mulino, Bolonia 1977; del II y III vol. se hizo una
reimpresión en 1981. Para las transformaciones más
importantes del saber, de la teoría, de los conceptos de la
sociología de nuestro siglo, cf F. Barbano, Trasformazioni e tipi della
teoría sociológica contemporánea, en VV.AA., Questioni di
sociología I,
Regioni, autori
ed anni della sociología. Saggio bibliográfico, ib, II, 741-790; la
reseña comprende estudios hasta el año 1965 — 7 La
sociología. Storia. Concetti. Metodi, ERI, Turín 19776, 20
—8 "a) La noción dogmática, aun metafísica,
de 'ley científica' deja el paso a la noción de 'uniformidad
tendencial', válida sólo en sentido probabilista; b) La
explicación científica no es ya mono-causal, sino poli-causal; c)
En último análisis, la estructura de la explicación
científica poli-causal se presenta como una explicación
condicional; d) Cae la distinción o, mejor, la separación cualitativa
entre ciencias de la naturaleza... y ciencias de la cultura o sociales...;
e) Principia la concepción del conocimiento científico como
productor de 'modelos', que no se limita ya a la reproducción de la
'naturaleza' in vitro, es decir, en laboratorio, sino que inventa, más
que descubrir, la naturaleza misma, simula sus procedimientos, produciendo
directa o autónomamente fenómenos...;/) Se formula un nuevo
concepto de espacio y tiempo como categorías no separadas ni
separables...; g) se elabora el concepto de 'campo', que lleva a la identificación
de la masa con la energía; h) se confirma la teoría de la
relatividad, que considera la misma ciencia clásica como un
caso-límite de la relatividad": F. Ferrarotti, Societá
(nota 3) 6-7. Los puntos que yo he citado son los precisados luego por el
autor y engloban lo que en estadios precedentes él había
avanzado. Con fundamento argumental, mientras el concepto de ciencia se
amplía, nos damos cuenta de que engloba ya también a las ciencias
sociales. Entre éstas a la sociología —9 Es útil
señalar las posibles diferenciaciones de la sociología en
relación con algunas ciencias, pues de este modo aparece con más
claridad la identidad de la misma. En esto me sirvo de las ilustraciones de F.
Ferrarotti, La sociología... (nota 7) 25: es posible "distinguir
la sociología de la filosofía social, en cuanto que es ciencia de
observación y no se propone en primer lugar, como tarea fundamental,
valoración normativa o juicios propiamente éticos;
1943
de la psicología,
en cuanto que considera al individuo humano como miembro del grupo
más hicn que al individuo como organismo o agente fínicamente
dotado e irrepetible, en el cuadro »U' un determinado ambiente; de la
antropología < ultural, en cuanto que centra el propio interés
MI el hombre como agente social y creador de instituciones sociales, dejando en
la sombra i'l ros aspectos de su actividad; de la economía, i n cuanto
que renuncia a la consideración, típi
* a de los
economistas clásicos, del hombre > orno homo oeconomicus, accionado
esencialmente por el cálculo hedonista según un esquema
de puro racionalismo; del derecho, en cuanlo que busca el contenido
sociológico real débalo de la abstracta precisión de
las fórmulas liirídicas, incluyendo en el propio examen actitudes
y comportamientos sociales difusos, como, por ejemplo, la moda, que no son
jurídicamente codificables; y, en fin, de la historia, en cuanto
que mientras que la historia tiende a individualizar el fenómeno que
estudia, o sea, a constatar el suceso como único e irrepetible, la
sociología tiende a generalizar, comparando fenómenos y
sucesos análogos de distinta época, II fin de deducir los
elementos comunes, repetíbles y, por tanto, en cierta medida
previsibles" — l0 Cf, por ejemplo, la síntesis de las
imágenes predominantes, emergentes de los estudios
sociológicos, que da Ferrarotti, Societá (nota 3) 31 —
" Cf, para una visión general del pensamiento sociológico,
además de los estudios señalados en la nota 6,
también R. Aron, l¿s étages de lapensée
sociologique, Gallimard, París 1967; también L. Cavalli, //
mutamento sacíale..., II Mulino, Bolonia 1970, con un apéndice
bibl. actualizado en 1978; G. Duncan Mitchell, Historia de la
sociología, 2 vols., Guadairama, Madrid 1973; F. Ferrarotti, El
pensamiento sociológico de Comte a Horkheimer,
Edicions 62,
Barcelona 1975; D. Martindale, Tipología e storia della teoría
sociológica, II Mulino, Bolonia 1968, y la obra de P.A. Sorokin,
Storia delle teorie sociologiche, Cittá Nuova, Roma 1974, 2 vols.
Los autores señalados presentan, quien preconceptos interdisciplinares,
quien una visión incompleta de las escuelas, quien parcialidad en la
elección de los autores; de aquí la necesidad de una lectura
integradora de cada uno de los estudios. De A. Comte cf Curso de
filosofía positiva, Magisterio Español, Madrid 1977; de K. Marx
cf G. Poggi (a cargo de), Karl Marx. Antología degli scritti
sociológica II Mulino, Bolonia 1977; de H. Spencer cf la
presentación de F. Ferrarotti, Traítado di sociología
(nota 2) 79-92, con correspondiente hibl. de las obras de autor — n En
realidad, en el caso de Durkheim se habla de tres fases de su pensamiento: cf
F. Ferrarotti, Trattato di sociología (nota 2) 121-139; por lo que
se refiere a la orientación por mí señalada, cf en part.
Breviario di sociología, Newton Compton, Roma
Sociología
1971; // lavoro
sociale, Newton Compton, Roma 1972; 11 suicidio... UTET, Turín 1969
— 11 Cf en part. Economía y sociedad, 2 vols., Fondo de Cultura
Económica, México 1944. Sobre el autor, cf F. Ferrarotti, Max
Weber e il destino della ragione, Laterza, Bari 1971, Acerca de su
influencia aun hoy cf VV.AA., Max Weber e la sociología oggi, Jaca Book,
Milán 1969 — M Cf en part. Formas y equilibrio sociales,
Revista de Occidente, Madrid 1967; cf la presentación de su pensamiento
en F. Ferrarotti, Trattalo di sociología (nota 2) 193-211 —
15 Sociologie I: Les développements..., en Encyclopaedia
Universalis 15, París 1977, 75 — 16 Es fundamental la obra de P.A.
Sorokin, Social Mobility, Harper & Bros, Nueva York 1927; cf
también A. Carbonara (a cargo de), Stratificazione e classi sociali, II
Mulino, Bolonia 1971; P. Crespi, La stratificazione sociale, en Questioni
di sociología II (nota 6) 55-98; V. Capecchi, La misura della mobilitá
sociale, ib, 99-142. Para una primera información, cf F. Ferrarotti,
Societá nota (3) 94-102 — l7 Cf, por ejemplo, F. Demarchi,
Organizzazione e burocrazia, en Questioni di sociología II (nota 6)
361-419, con amplías orientaciones bibl., y la voz de A. Scivoletto,
Organización, en DiS 1209-1218 — l8 Una buena panorámica
concerniente al problema de los conflictos: A. Touraine, Conflits
sociaux, en Encyclopaedia Universalis 4, París 1976, 856-867
— l9 De este famosísimo sociólogo americano, cf sus obras
fundamentales: La estructura de la acción social, 2 vols.,
Guadarrama, Madrid 1968, y El sistema social, Revista de Occidente, Madrid
1966; cf también los estudios críticos sobre el autor de M.
Marotta, // contributo di Talcott Parsons alia sociología
genérale e alie sociologie speciali, en Rassegna italiana di
sociología 4/2 (1963) 239-293; P. Almondo, L'oggetto delta teoría
genérale di Talcott Parsons, ib, 16/2 (1973) 185-224 — 2Ü
Entre las obras del autor hay que señalar en especial su Tratado de
sociología, 2 vols., Kapelusz, Buenos Aires 1962, y La vocación
actual de la sociología, Fondo de Cultura Económica,
México 1953; cf el estudio de P.A. Sorokin, La dialectique
empirico-realiste de Georges Gurvitch, en VV.AA., Perspectives de la sociologie
contemporaine. Hommage a G. Gurvitch, PUF, París 1968, 427-444 —
2I M. Garzia, Sociografía, en DiS 1588; cf toda la voz; para una primera
idea de esta orientación, cf 1588-1593; subrayo lo que afirma el autor
en
p. 1588:
"Actualmente, la palabra sociografía no es de uso muy común,
refiriéndose más bien a los estudios descriptivos de tipo
cualitativo y cuantitativo" — n Cf los temas que presenta
F. Ferrarotti,
Societá (nota 3) 75-295; naturalmente hay que observar que el autor
distingue estos sectores de la sociología describiendo la pluralidad de
enfoque tanto de las investigaciones como de los métodos — 2i
F, Ferrarotti,
Sociología
Traitaw di
sociología (nota 2) 534-535; cf también las pp. 515-564, en
las que se sitúa históricamente el desarrollo de la
sociología crítica; cf también más
sintéticamente, Id, Socieía (nota 3) 60-74. También en el
campo litúrgico ayuda el prestar atención al uso alternativo del
material histórico propuesto por el autor. A este respecto cf,
también Id, Storia e storie di vita, Laterza, Bari 1981; fue publicado
con anterioridad un extracto del libro: Una metodología sociológica
come técnica dell'ascoho, en Critica sociológica 56 (invierno
1980-81) 17-46. En esta última aportación suya Ferrarotti
añade otras precisiones a las ya hechas en el Trattato — 24 La
conveniencia de que este tipo de investigación tenga como
presupuesto inseparable una sociología de la religión, y
viceversa, lo han aclarado P.L. Berger-T. Luckmann en su ensayo La
construcción social de la realidad, Amorrortu, Buenos Aires 19795
—
R. Courtas, F.A.
Isambert, Eíhnologues et sociologues aux prises avec la notion de
"populaire", en MD 122 (1975) 20^2, y C. Prandi, Populare,
en Enciclopedia 10, Einaudi, Turín 1980 — 29 "Con el
término socialización se indica el proceso mediante el cual
se transmiten a un nuevo miembro de un grupo social los valores, normas,
actitudes y comportamientos compartidos por los miembros ya existentes del
mismo grupo": B. Tellia, Socialización, en DiS 1569. Cf
también el estudio crítico de V. Cesareo, Socializzazione e
controllo sociale. Una critica alia concezione dell'uomo
ultrasocializzato,
F. Angelí,
Milán 1977 — 30 En sociología se usa casi exclusivamente
para referirse a la actitud de las personas frente a los grupos religiosos,
actitud que comprende la experiencia religiosa en sus aspectos sociales
— 31 Cf las contribuciones aparecidas en Communications 18 (1972)
1-193, todas sobre el argumento — 32 E. Morin,
L'événemení-sphinx, en Communications, cit, 190
— 33 La connaissance de l'événement, en VV. AA.,
Perspectives de la sociologie... (nota 20) 166 —34 Cf la voz de R.
Gubert, Sistémica, en DiS 1546-1559 — 35 Cf, por ejemplo, las
indicaciones de P.-M. Gy: Problemes de théologie sacramentaire, en MD
110 (1972) 133-134 — 36 Entre las obras del autor cf en part. La
presentación de la persona en la vida cotidiana, Amorrortu, Buenos Aires
1971; Relaciones en público, Alianza, Madrid 1979; Modelli di
interazione, II Mulino, Bolonia 1971; cf también, por la temática
afín, P. Berger-T. Luck
mann, La
construcción social de la realidad (nota 24) — 37 Cf M. Wolf,
Sociología della vita quotidiana, Espresso Strumenti, 1979, 111; el
autor presenta un buen análisis de la so
1944
38 Q
ciología
de Goffman en las pp. 13-100 —el análisis crítico de
P.P. Giglioli, Sel/e interazione nella sociología di E. Goffman.
Introduzione a E. Goffman, en E. Goffman, Modelli ¿interazione
(nota 36) VII-XXXVII — 39 R. Cipriani, G. Rinaldi, P. Sobrero, II
símbolo con^ teso. Simbolismo político e religioso nelle cuU ture
di base meridionali, Ianua, Roma 1979, \\ El estudio-análisis realizado
por los autores, de, jando aparte el hecho de emplear aún las categorías
dicotómicas gramscianas hegemónicosubalterno, es de gran
interés. Como refiere
A.M. Di
Ñola en
Soziologie und
Symbol. Ein Beitrag zur Handlungstheorie und zur Theorie des sozialen Wandeis,
Westencher Verlag, KSln-Opladen 1969 -_ 41 Al respecto se había
planteado ya el problema fundamental de cómo poder utilizar un sistema
válido de análisis: cf S.G. Wieting, Mytfr and Symbol. Analysis
of Claude Lévi-Strauss and Víctor Turner, en Social Compass 19
(1972) 139-154 —
S.S. Acquaviva,
The Rupture between Theory and Verification in the Theses of Invisible Religión,
en Actes de
D. Zadra,
Sociología della religione: rapporti attuali tra teoría e
ricerca, en Scienze sociali 1
47 48
(1970) 27-70
— Cf la nota 19 — Cf del autor, Sociología della religione,
Boringhieri, Turín 1965; The Scientific Study of Religión,
MacMillan, Nueva York 1970 —49 Cf la síntesis del pensamiento
del autor, Sociologie religieuse, Payot, París 1951 — 5Ü
Sociology of Religión, Kegan, Londres 1947; Types of Religious
Experience, Chicago University Press 1951 — 5I Cf en part. Introduction a
l'histoire
1945
de lapratique
religieuse en Trance, PUF, París 1942-45, 2 vols.; Eludes de sociologie
religieuse, PUF, París 1955-56, 2 vols. - 52 Cf la útil panorámica
de F. Ferrarotti, Socieía (nota 3) 240249 — 53 Remito en
part. a H. Carrier, E. Pin,
Sociologie du
christianisme. Bibliographie iníernationale (1900-61), Presse de
l'Université tírégorienne, Roma 1964, y a las actualizaciones:
H. Carrier, E. Pin, A. Fasola-Bologna, Sociologie du christianisme
(Supplément 1962-66), ib, 1968; repertorios incompletos y siempre verificables
—
M. Mauss,
Sociología e antropología, Newton Compton, Roma 1976; para una
síntesis del pensamiento del autor en referencia al fenómeno
religioso, cf F. Ferrarotti, R. Cipriani, Sociología... (nota 5)
17-38. La importancia del pensamiento del autor para la reflexión
litúrgica la señala J.-Y. Hameline, Séleclion de
íextes sociologiques sur la célébraíion. Durkheim
eí Mauss, en MD 106 (1971) 111-131 — 62 Además de las
referencias bibl. de la nota 13, cf Sociología delle religioni, a cargo
de Ch. Sebastian! (lntr. de F. Ferrarotti), UTET, Turín
1976, 2 vols.;
sobre el pensamiento del autor cf la notable aportación de L. Cavalli,
Max Weber, religione e socieía, II Mulino, Bolonia 1968; para una
síntesis cf F. Ferrarotti, R. Cipriani, Sociología... (nota 5)
39-77. La importancia del pensamiento del autor también para la liturgia
la indica J.-Y. Hameline, Sur la genése desformes du cuite et de la
priére. Perspectives de Max Weber, en MD 109 (1972) 123-136 con bibl.,
p. 126-127 —
Sociología
Social Compass 20
(1973) 535-551 —
66 67
Ib, 14 —
H.B. Meyer, Significado social de la liturgia, en Con 92 (1974) 193-211 —
^ Cf la reseña de D. Sartore, Celebrazione e impegno, Rassegna
bibl, en VV.AA., Celebrare il mistero di Cristo..., Dehoniane, Bolonia
1978, 163190 — 69 Cf, por ejemplo, G. Milanesi, Sociología
de la religión (nota 54) 77-92, con bibl. — 70 Cf las indicaciones
de F. Ferrarotti, Socieía (nota 3) 243-245; para una
confrontación-colaboración con las demás
sociologías, cf H. Desroche, Sociologies religieuses, PUF,
París 1968 — 7I Cf las aportaciones de F. Houtart,
Aspecís
sociologiques du role de la liíurgie dans la vie ecclésiale:
communication, socialisation, appartenance, en MD 91 (1967) 77-105; S.S.
Acquaviva, El eclipse de lo sagrado en la civilización industrial,
Mensajero, Bilbao 1972, 278281, y sobre la función expresiva del
rito, cf T. O'Dea, Sociología della religione, II Mulino, Bolonia 1968,
67-70 — 72 Cf la segunda parte del estudio de E. Costa jr , Isimboli
baiíesimali: una analisi del rituale, en RL 67 (1980) 386392
—- 73 Cf O.M. Watson, Comporíamenfo prossemico, Bompiani,
Milán 1972, bibl. 156158 — 74 Cf VV.AA., Liturgia et
communautés humaines, Centurión, París 1967 — 7S Ver
la nota 29 —
M. Mauss, Essai
sur la nature et lafonction du sacrifice, en M. Mauss, Oeuvres I: Lesfonctions
sociales du sacre, Ed. De Minuit, París 1970,
Sociología
193-354, y la voz
con bibl. de R. Bastide, Sacrifice, en Encichpaedia Universalis 14, 583585
—85 Cfel estudio importante de F.A. Isam
bert, Rite et
ef/icacité symbolique. Essai d'anthropologie sociologique, Cerf,
París 1979, y las aportaciones de P. Bourdieu, Esquisse d'une
théorie de la pratique, Droz, Ginebra 1972; Le langage autorisé,
note sur les conditions sociales du discours rituel, en Actes de la recherche
en sciences sociales 5-6 (1975) 183-190; cf también la útil
reseña de A. De Spirito, Magia, scienza e religione in alcune
interpretazioni contemporanee, en Sociología 9/2 (1975) 75-110
— %b En la ya vasta bibl. indico algunas contribuciones, expresiones de
enfoques diversos del problema, para que sirvan de orientación: cf D.
Sartore,
Panorámica
critica del dibattito attuale sulla religiositá populare, en VV.AA.,
Liturgia e religiositá popolare..., Dehoniane, Bolonia 1979;
R.
Cipríani (dir.), Sociología della cultura populare in
Italia, Liguori, Ñapóles 1979; Colloques Internationaux du
C.N.R.S., La religión poputaire... C.N.R.S., París 1979, en part.
283367; cf, referente a la secularización, F. Ferrarotti, R.
Cipríani, Sociología... (nota 5) 79-182, y L. Dani,
Secularización, en DiS, 14921499 — 87 Cf, por ejemplo, J.-Y.
Hameline, Parola e rito, en Servitum 9 (i 975) 601 -602; P. Bourdieu,
Le sens pratique, en Actes de la recherche en sciences sociales 1 (1976) 43-86
— u Para una panorámica general del estado actual de la
sociología de la música, incluida la litúrgica, cf VV.AA.,
La sociología della música. Antología e saggio
introduttivo, de A. Serravezza, EDT/Música, Turín 1980, con
amplia bibl., 219-316. Por lo que se refiere a la música ritual, cf
también G. Stefaní, L'espresione vocale e musicale nella
liturgia, LDC, Turín 1967; J.-Y. Hameline, Le son de Vhistoire.
Chant et musique dans la restauration catholique, en MD 131 (1977) 5-47;
útiles aportaciones en RL 68 (1981) 7-68 — 89 Cf las varias
aportaciones en Social Compass 20 (1973) 357-504, con referencias bibl.; las
indicaciones de A. Rousseau, Rites et discours religieux comme practiques
sociales, en MD 129 (1977) 117-130 — w El problema ha de inscribirse en
el más vasto de la sociolingüística; cf E. Rigotti,
Sociolingüística, en DiS 1594-1602 — 9I Cf, por ejemplo.
VV.AA., Ricerca interdisciplinare sulla predicazione, Dehoniane,
Bolonia 1973; J.-M. Marconot, Comment
"ils"préchent..„ Cerf, París 1976 —9 ! Cf,
por ejemplo, el intento de C. Duquoc, J. Guichard..., Politique et
vocabulaire liturgique, Cerf, París 1975, y las observaciones correspondientes
a A. Rousseau, Discussión sur les limites d'une analyse du vocabulaire
liturgique, en MD 125 (1976) 85-96 — " Hay que recordar en part.
F.-A. Isambert, Reforme liturgique... (nota 55), y el análisis,
posteriormente afinado, del Rito de
1946
94 Id, Reforme
liturgique... (nota 55) 94 — 95 Cf, para enmarcar la
investigación, E. Passerin D'Entréves, Sociología e
storia religiosa, en Sociología 2/1 (1968) 151-162; C. Langlois, Des
études d'histoire ecclésiastique lócale a la sociologie
religieuse historique. Réflexions sur un siecle de produclion
historiographique, en R.fí.EF. 2(1976)329-347. Cf también B. Plongeron,
Religión et sociétés en Occident (XVfXX3
siécles). Recherches francaises et tendances internationales
(1973-1977), C.D.S.H., París 1980 — % Cf, por ejemplo, la
aportación Sociologie religieuse et histoire, en Actes de
C.l.S.R. (nota
45) 425-430; Église contre bourgeoisie. Introduction au devenir du
catholicisme actuel, Casterman, París 1977 — 9? Algunos aspectos
de la investigación están más desarrollados que
otros; por ejemplo, la familia, la muerte, la religiosidad popular...;
también algunos períodos históricos; puede consultarse una
bibl. escogida en el buen estudio de M. Ménard, Une histoire des
mentalités religieuses aux XVIF et XVIIP siécles..., Beauchesne,
París 1980, 427439; es útil desde el punto de vista
metodológico C. Langlois, Sociologie religieuse historique et
religión popular, en CNRS, La religión populaire... (nota
86) 325-334 —98 Cf ía panorámica problemática de A.
Porro, Historia, en DiS 827839; luego, en orden de edición; Ch.
Samaran (dir.), L'histoire et ses méthodes, Encyclopédie de
penitence
publique durant le six premiers siécles. Histoire et sociologie. en
MD 118 (1974) 92-130; A.Rousseau, Hérédités sociales et
initiation religieuse, en MD 132 (1977) 141-155.
S. Maggiani
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P., ¿Es realmente válida la parroquia urbana?, en
"Phase" 87 (1975) 188-192; El lugar de la liturgia en nuestra
situación eclesial, en "Phase" 99/100 (1977) 277-306 y 307-316
(Mesa redonda); VV.AA., Liturgia y comunidades de base, en "Phase 52
(1969) 329-430; VV.AA., Fe cristiana y cambio social en América
Latina, Sigúeme, Salamanca 1973; VV.AA., Catolicismo en
España. Análisis sociológico, Instituto de So
ciología
Aplicada, Madrid 1985.
T
SUMARIO: I.
Premisa terminológica - II. Teología cultual en la
antigüedad precristiana
III. En la
antigüedad cristiana la liturgia es teología - IV. Naturaleza
teológica de la liturgia cristiana - V. La liturgia es "theologia
prima"
VI. La
teología es distancia de la liturgia - VIL La liturgia, en busca de la
teología - VIII. Surge una teología litúrgica - IX.
Liturgia teológica, no teología litúrgica - X.
Liturgia-teología en el Vat. II - XI. Liturgia-teología en la
investigación actual - XII. Para un estatuto de la teología
litúrgica.
I. Premisa
terminológica
La liturgia, en
el término y en su significado inmediato, parece distinguirse e
incluso disociarse netamente de la teología, tomada en el sentido
etimológico de la palabra, como tratado sobre Dios. Es lo que de
ordinario se arguye a partir del simple análisis de los dos
términos: el primero está totalmente en el plano de la
acción (griego: leit-ourguia = obra-función hecha para el
pueblo); el otro, por el contrario, se mueve
total y exclusivamente
en la línea del pensar/hablar con/de Dios (griego: theo-loguía).
El momento
declaradamente operativo implícito en el término liturgia,
de uso exclusivamente laico tanto en el mundo clásico griego como
en el helenismo, se mantuvo incluso cuando la traducción griega (LXX) de
la biblia indujo en él la evolución semántica que le
quedaría para siempre como propia, y por la cual liturgia
significará ya exclusivamente la acción ritual sagrada reservada
al sacerdocio levítico '. [/ Liturgia, I].
Por otra parte,
liturgia, aun conservando el sentido operativo original, entraba de
hecho en el ámbito de la teología, porque, si ya toda acción
sagrada ritual implica necesariamente por su misma naturaleza una
relación de diálogo con Dios, esto es tanto más verdadero
en la liturgia de la religión revelada del Antiguo Testamento, que por
definición es la religión de la palabra de Dios.
II.
Teología cultual en la antigüedad precristiana
A este respecto
es, sin embargo, interesante advertir cómo una relación
directa del culto con la teología se planteaba también fuera del
mundo bíblico. En efecto, para los antiguos había una
teología o tratado sobre Dios, que era propia de los sacerdotes, en
cuanto que estaba contenida y expresada en el simbolismo de las
celebraciones rituales. Ya Tertuliano (Ad Nationes 2,1), y después
Agustín (De civil. Dei 6,5ss), por no
hablar de otros
escritores cristianos antiguos, nos relatan que Varrón, exponente en
esto del pensamiento de sus predecesores griegos y latinos, conoce una triple
teología, que es un
1949
i ripie modo de
referirse al conocimiento de Dios: la teología mítica, que
es aquella en que la divinidad aparece en la ficción poética; la
teología física de los filósofos, que estudian
lo que son verdaderamente los dioses en sí mismos y la relación
que tienen con el mundo; la teología política o civil, que
Varrón, citado por Agustín (ib), describe como aquella que
"en las ciudades todos los ciudadanos, pero sobre todo los sacerdotes,
deben conocer y administrar, estableciendo qué dioses se deben venerar
oficialmente, qué ritos y sacrificios se deben realizar y
quién es competente para ello". "El culto tiene, por lo
tanto, una literatura ritual en las litterae sacerdotum, que se contraponen a
los carmina poetarum y constituyen la theologia civilis"2.
III. En la
antigüedad cristiana la liturgia es teología
En el
ámbito cristiano el término teología, sobre todo en los
padres griegos, adquiere de un modo cada vez más claro el sentido
específico de tratado "sobre" Dios a nivel de reflexión
acerca del dato de la revelación cristiana; pero conserva al mismo
tiempo el elemento cultual, en cuanto que el hablar "con Dios", como
acontece en el culto, también es teología. Los testimonios del
uso del término griego theologuía en sentido y con un fondo
cultual-litúrgico, muy frecuentes en la antigüedad
cristiana \ solamente pueden explicarse como la permanencia, en el
ámbito cristiano, de la primitiva interpretación del
término, que era la de tratado sobre Dios-con Dios: tratado que,
provocado por el encontrarse en la presencia de la divinidad en el
contexto de una acción cultual, se expresa en formas orales o solemnes
(en el canto), estático-poéticas o
Teología
litúrgica
envueltas en el
secreto del silencio sagrado4. La fuerza de la raíz cultual de
theologuía en los padres orientales se advierte en el hecho de que
en los escritos ascéticos representa el punto de máxima
ascensión espiritual 5, ascensión que se alcanza y manifiesta
en una altísima oración, llamada precisamente
theologuía6 u oración de alabanza, incensante e ininterrumpida
(cántico del triple santo, Is 6,2-4; Ap 4,8-9), transmitida por los
ángeles a la liturgia de la iglesia7. La unión de tal modo establecida
entre la más alta oración mística y la oración
litúrgica, entendida como theologuía por excelencia,
justifica plenamente la afirmación de Reitzenstein»,
según el cual el monje que ha llegado a ser espiritual
(pneumático) se manifiesta y se sitúa, precisamente por su theologuía,
en la posición de auténtico sacerdote'.
De estas breves
alusiones, que van desde la antigüedad precristiana [/ supra, II] hasta
los ss. iv-v de la era cristiana, resulta claro que existe una teología
estrechamente relacionada con el culto, bien en el sentido de que el culto
a la divinidad y sus manifestaciones forman su objeto (teología civil de
Varrón) o de que constituye el ambiente y la ocasión para una
teología (oración por excelencia). Tanto en un caso como en
el otro, la celebración ritual es el modo típico de hacer
teología; y esto por la razón evidente de que la celebración
sagrada, por su misma naturaleza, implica siempre una referencia a la
divinidad, y da por esto ocasión de hacer teología. Existe, por
tanto, una teología que hace el rito, y que a su vez se expresa en el
rito.
Esta
afirmación, que nace históricamente de una
constatación de hecho, nos parece que tiene un valor absoluto tal
que podría, llegado el caso, prescindir de la constatación
histórica; y que, en consecuencia, per
Teología
litúrgica
""te
reivindicar, tanto para el culto en general como para la liturgia en
Particular, la propiedad de dar ori
im
- nos parece
importante porque constituye una inaicacion, de alguna manera nueva, Para
una comprensión más exacta ae la naturaleza misma de la liturgia,
en el sentido de que daría una nueva Profundidad a lo que ya se llama
comprensión
del aspecto y del dato teológico"de la liturgia.
IV.
Naturaleza
teológica de la liturgia cristiana
En efecto, si
consideramos la liturgia como se presenta en la religión
revelada, primero judía y después cristiana, no es otra cosa
que la celebración de un acontecimiento salvífico; y, como
tal, es siempre, por su contenido, palabra de Dios, y por su forma hablar de Dios,
aunque no se haga con un lenguaje científico, sino con el lenguaje
simbólico pro
pio del obrar
ritual. El poder teo-dialógico, propio de la celebración de un
acontecimiento salvífico relativo al hombre, es el que, al tiempo que
constituye la celebración en cuanto auténtica liturgia
(acción de culto a Dios), garantiza su incidencia espiritual en el
hombre, precisamente porque se desarrolla, de por sí, necesariamente a
través de un diálogo entre el hombre y Dios. Por otra parte,
al ser la liturgia una teología en acción simbólico-ritual,
puede acontecer que el componente ritual adquiera el rango de valor operativo
válido en sí mismo, con la consecuencia de que el lenguaje
simbólico pierda su fuerza, y así la liturgia no sea ya
verda
1950
que se afirmaba
en él la ordenación levítica del culto, la atención
se concentró progresivamente en la ritualidad de la
acción cultual, y menos sobre el acontecimiento salvífico divino,
que era su contenido. La consecuencia fue que la celebración acabó
por ser un puro ritualismo y dejó de ser teología en
dimensión ritual;
y al mismo tiempo
se creó una situación nueva, por la que el hebraísmo
quedaba minado desde la base.
Nacido como una
religión caracterizada por un culto que por institución
pertenecía a todo el pueblo, todo él llamado a una actividad sacerdotal
que se debía explicitar no tanto en formas cultuales externas cuanto en
"si escucháis atentamente mi voz y observáis mi
alianza" (Ex 19,5-6), el judaismo no podía permi
tir que su propia
religión dejase de ser ese culto que debía ser: un culto
esencialmente teológico; habría sido renegar de sus propios
orígenes. Por eso surgió entonces el fenómeno del
profetismo, que se convierte inmediatamente, con la posición
antirritualista que asume y lleva ininterrumpidamente hacia delante,
en el signo de una profunda escisión en el seno mismo del
hebraísmo. En efecto, mientras que el sacerdocio levítico es el
representante de un culto ritual mudo, el profeta aparece como el portador de
la palabra de Dios (teo
logía),
con vistas a un culto espiritual. El hecho crea una situación,
aparentemente anormal, de escisión cultual; pero será
precisamente la enseñanza de los profetas la que hará comprender
que puede ser eliminada y que el judaismo puede reencontrar su unidad
cultual si se acoge nuevamente en el culto la palabra de Dios, de modo que
éste re
asuma su
primitiva dimensión teolólógico, sino solamente una
acción hu
dera porque ya no
es un diálogo teo
gica ((cf Is
1,10-20; 29,13-14; Jer mana.
7,21-28).
El hecho se
verificó de manera Es lo que de forma emblemática ejemplar en el
judaismo: a medida se lee en la visión de Is 6,1-13: cuan1951
do es el mismo
profeta, el hombre
de la palabra de
Dios, el que toma
parte en la
celebración litúrgica en el
templo, las cosas
cambian. La cele
bración no
es ya solamente el rito
externo que Dios
rechazaba tan
abiertamente por
boca del mismo
profeta (Is
1,10-15): ahora reasume
todo su valor
teológico originario.
La acción
ritual desaparece de la
perspectiva del
profeta; en su espíri
tu primero (Is
6,3) resuena "la ala
banza de la
santidad" de Dios en el
canto de los
serafines (que la tradi
ción
litúrgica cristiana calificará ex
presamente como
teología [/ supra,
III,
correspondiente a la nota 7]);
después,
en el espíritu del profeta,
movido por la
visión de Dios (v. 5),
recomienza ese
diálogo con Dios que
debe ser la
razón de todo verdadero
culto. El mensaje
de la visión de
Isaías es
claro: Dios no quiere sacri
ficios, sino que
se escuche su voz (Jer
7,21-23; Sal
39,7-9) y que se ofrezca
la oración
de alabanza en recuerdo
de sus beneficios
(Sal 39,10-11;
49,14-15.23;
50,17-18; 68,31-32). De este modo el culto deja de fundamentarse en
"tradiciones humanas" (Is 29,13) y recupera la dimensión
teológica que la revelación le ha dado al enfocarlo desde el
primer momento (Ex 19,5-6) como un diálogo con Dios.
Un mensaje
análogo, no dirigido sin embargo a una restauración del verdadero
culto en el templo, como en Isaías, sino a una recuperación del
verdadero culto inclusive fuera o sin el templo, es el de Ezequiel en la
visión que abre su libro (Ez 1-3). La visión, que renueva en
tierra extranjera la gran aparición doxológica ya
contemplada por Isaías dentro del templo, lugar sagrado por excelencia,
quiere hacer saber a Israel que, aun habiendo perdido todo el aparato
operativo-ritual de su culto
-templo, altar,
sacrificios (Dan 3, 38) e himnos sagrados (Sal 136)—,
Teología
litúrgica
no debe alimentar
la persuasión ni la desesperación de no tener ninguna posibilidad
de dar culto a Dios. Israel debe comprender que no es cuestión de
tener un templo o un ritual para poder encontrar a Dios; y si piensa que
no tiene ni siquiera un sacerdote en Ezequiel (Ez 1,3) en torno al cual
reunirse, sólo porque él es también un deportado que se
encuentra privado de todo su ritual, no ya en el templo sino a orillas del
canal Kebar (1,1), debe cambiar de opinión. Israel podrá dar
verdadero culto a Dios reuniéndose en torno al
profeta Ezequiel,
porque como tal ha sido puesto por Dios en medio de los israelitas en la
deportación (2,5); acoger la palabra que él les lleva (3,4.11)
será recuperar el culto que agrada a Dios, ese culto que en la escucha
de la palabra y en la fidelidad a la alianza hará de nuevo a todos,
hoy en el exilio como entonces en el desierto, sacerdotes de Dios (Ex 19,5-6).
El culto es verdadero aunque carezca de ritualidad, con tal que sea plenamente
teología.
Y es lo que
sucederá. Con la vuelta a la enseñanza de los profetas, el
exilio será para Israel lo que fue una vez el desierto, que precisamente
se había caracterizado por el culto de un pueblo de sacerdotes que no tenían
sacrificio (Am 5,25; Jer 7,2223), pero que estaban a la escucha de la
palabra (Ex 19,5-6). Así Israel concentrará en el exilio su
propio culto en torno a la palabra de Dios y a la sinagoga, o sea, la asamblea
sagrada semanal; y revitalizará todo el aspecto teológico
del culto, restableciéndolo a partir de aquel diálogo de
Dios con el pueblo que ya tuvo lugar en el Sinaí (Dt 5,1.22) y que
marcó la característica fundamental del culto según
la revelación: ser momento de encuentro con Dios y con su gloria en
la escucha de su voz (Dt 4,1013; Ex 33,7-11).
Vista en el
conjunto de la historia
Teología
litúrgica
de la salvación,
esta reapropiación teológica del culto con arreglo a la
revelación señala, en el AT, la proximidad del momento en el
que el ritualismo cultual perderá definitivamente su
importancia, para ceder su lugar a un culto que se centrará exclusivamente
en la palabra de Dios. Cuando el evangelista Juan, el teólogo por
excelencia, proclame en síntesis todo el misterio de la encarnación
del Hijo de Dios diciéndonos que "el Verbo se hizo carne y
habitó con nosotros" (Jn 1,14), dará a la encarnación
una dimensión propiamente cultual: la humanidad que acoge a
En realidad, la
liturgia cristiana, en cuanto celebración del misterio de Cristo, no es
otra cosa en el fondo que la actualización sacramental continuada
de aquel primer acontecimiento por el cual
1952
de la palabra. En
este sentido y por esta razón la actuación de la palabra en
Cristo no aconteció ni se expresó en una liturgia, entendiendo el
término en el sentido de una acción ritual, sino que
fue la verdadera y suprema teología, porque la actuación de
la palabra en Cristo nacía de un conocimiento de Dios que era el fruto
inmediato de la unión inseparable existente entre la humanidad de Cristo
y la persona divina de
En efecto, en la
liturgia el único acontecimiento salvífico de Cristo se hace
presente a través de los símbolos, y así se comunica
a quien quiera, como Cristo, realizar la palabra. La actualización de la
salvación para los individuos tiene lugar, pues, en la liturgia, o sea,
por vía ritual y sacramental: en efecto, no puede darse una nueva
actuación, sino solamente presencia y comunicación de lo que ya
se realizó en Cristo. De este modo la realización de la palabra
que tuvo lugar en Cristo como pura y suprema teología,
actualizándose en los cristianos por la vía de la liturgia, es
decir, según una dimensión sacramental, no deja de ser
igualmente una teología, o sea, fruto del conocimiento de Dios
transmitido por la palabra.
Por esta
naturaleza sacramental que le es propia, la liturgia cristiana es
fundamentalmente y por su origen una teología; y así la
escisión, observada en el AT, entre sacerdocio y profetismo, que es
después escisión entre liturgia y teología, entre culto y
vida, queda nueva y definitivamen1953
te sanada. En
efecto, la liturgia cristiana es esencial y existencialmente
teología, porque es siempre palabra de Dios reconocida en la realidad
que adquiere en el rito simbólico. Esto explica suficientemente por
qué en la época patrística se pensó y se
vivió la liturgia como un momento especialmente feliz, de
auténtica teología".
En efecto, la
liturgia conserva su dimensión cristiana, que no se agota en pura y
vacía ritualidad, en tanto en cuanto mantiene su original nivel
teológico, que es el de ser conocimiento experimental de Dios, tal
como nos viene de la actualización de la palabra ya realizada por Cristo
y ahora representada en el rito, el cual no es otra cosa que la figuración-representación
simbólica de la palabra de Dios; en una palabra, teología en
acción.
Cuando 1 Cor
11,23 nos presenta "la cena del Señor" como una tradición
(parádosis), quiere hacer manifiesto de inmediato que ese rito no
es solamente un hecho operativo cuya realidad estriba en ser realzado.
El uso del
término tradición, que está en el plano de la
enseñanza mistérica, nos indica que el rito es ante todo
portador de un significado que hace referencia a Cristo, y en consecuencia
se realiza por lo que es, se hace una teología simbólica a nivel
ritual; en efecto, es proclamación del valor eterno ("hasta que
vuelva") de la muerte del Señor. En el cristianismo, por
encima de los ritos, hay siempre un hecho de revelación, que es
teología en el sentido más fuerte del término, y por esto
toda profesión de fe es una tradición (1 Cor 15,3); o sea,
es tal que del estado de anunciación debe pasar necesariamente al
de realización en la celebración litúrgica (Rom
6,4s), que se revela por tanto como un momento teológico por excelencia,
en cuanto
62
Teología
litúrgica
revelación
recibida y vivida de un modo concreto.
V. La liturgia es
"theologia prima"
En este sentido,
precisamente en la antigüedad, sobre todo en Oriente, la liturgia se
consideraba como theologia prima, ya que representa el primer momento en el que
la profesión de fe, transformándose en praxis vivida, llega
a ser el primer lenguaje teológico concreto que se ha encontrado en la
iglesia como fundamento de toda reflexión ulterior dirigida a la
comprensión de aquello que, como dictado simbólico, se presentaba
a los fieles en la liturgia, y que formará precisamente lo que desde
una perspectiva justa se debe considerar una theologia secunda, si se ve
en relación con la primera, es decir, con la teología puesta
en acto por la liturgia n.
Es lo que se
verifica, en efecto, en el plano histórico, porque la denominada
teología de los padres de la iglesia nació y ha llegado hasta nosotros
como explicación del contenido de fe expresado y vivido en la
liturgia; por lo que se puede afirmar con razón que de la
teología predicada y vivida, que era la liturgia, ha brotado la
teología como reflexión sobre la liturgia. Contrariamente a lo
que se podría esperar, es incuestionable que la liturgia es ya una
expresión completa de la fe cuando la reflexión
teológica todavía comenzaba a desarrollarse; y así la
tradición litúrgica se convirtió en la primera y
más universal verificación de la ortodoxia en la fe ".
Después de
la época de los padres, se puede decir que no hay teología diferente
de la que se expresa en la liturgia, y cuando en los ss. ix-x comienza,
con el renacimiento carolingio, un relanzamiento teológico,
éste
teología
litúrgica
gira
principalmente sobre la liturgia, con el fin de dar una visión
teológica de esta última. Aunque esto sucediese siguiendo la
interpretación alegórica de Amalado de Metz o el realismo
espiritual de Floro, Agobardo de Lyón, Pascasio Radberto de Corbie, el
"esplritualismo conceptual" de Ratramno o la simple
comprensión literal de la plegaria eucarística, como tenía
lugar en las muchas "Expositiones Missae" de la época, se
trataba siempre de hacer vivir en la celebración su momento
teológico: conocimiento del misterio de Cristo en la experiencia
concreta que de él daba la liturgia.
VI. La
teología se distancia de la liturgia
Desgraciadamente,
después de la época de los padres el rito fue perdiendo gran
parte de su transparencia y, al imponerse precisamente por el gran peso
ceremonial que había asumido, se presentaba en la práctica
como una realidad en sí misma sagrada y sacralizante, con un valor
salvífico objetivamente activo: un contenedor de gracia, que solamente
esperaba a ser administrada, distribuida y aplicada "pro vivis et defunctis".
La liturgia ya no es ocasión ni razón de ser de la
teología, y vuelve a ser —como había acontecido en el
hebraísmo— lo que lleva inscrito en el nombre: una
operación sagrada. En otras palabras: la liturgia tendrá
siempre en el misterio de Dios en Cristo su propio contenido esencial
(objectum fórmale quod), pero ahora lo poseerá tan sólo
para transmitirlo operativamente; es decir, de tal modo que la
acción litúrgica ya no será teología, o sea, ya no
será vista como revelación actual y experimental (objectum
fórmale quo) de la fe.
La liturgia, al
no ser ya la theolo
1954
gia prima, no es
teología en ningún sentido, sino sólo ritualidad desnuda;
y así la teología que va naciendo no será una theologia
secunda, sino simplemente la theologia, o sea, un conocimiento, o más
bien una ciencia de Dios, en la que las profesiones de fe asumen las
funciones de primeros principios de la ciencia que precisamente se
quiere construir de un modo científico. Las realidades divinas se
conocerán a través del filtro de la racionalidad, y no se
percibirán como fruto de una experiencia interior directa. La
teología, dirá el mismo santo Tomás (S. Th. I, q. 1,
a. 6, ad 3), dejará de ser un pati divina, como lo era precisamente la
teología-liturgia. Objeto de la teología será siempre
la fe, como lo es en la liturgia. Pero mientras que ésta vive de la
"fides qua creditur", aquélla estudia la "fides quae
creditur".
La
separación de la teología con respecto a la liturgia se hizo inmediatamente
tan profunda, que incluso cuando los escolásticos con las
auctoritates y sentenliae y posteriormente los humanistas con los loci
theologici intentaron precisar los posibles lugares de referencia a los
que acudir para la demostración o la confirmación de una tesis
teológica, la liturgia no fue jamás incluida entre ellos.
VII. La liturgia,
en busca de la teología
El primero en
reivindicar para la liturgia un puesto entre las ciencias teológicas es,
a mitad del s. xvm,
E. de Azevedo, el
jesuíta portugués propuesto para la "Escuela de liturgia"
(Schola sacrorum rituum) abierta "en el Liceo Gregoriano" por Benedicto
XIV en noviembre de 1748 '". Comparando la liturgia con la
"teología mística, los sagrados cánones, la
teología escolástica, la dog1955
mática y
la moral", De Azevedo mantiene que aquélla "supera en
mucho a estas disciplinas, porque... mientras éstas miran
sólo al conocimiento de las cosas divinas, la liturgia provoca la
unidad con ellas, de tal modo que es inseparable" ". Pero la
pretensión de la nueva disciplina no es excesiva: De Azevedo quiere que
se le reconozca a la liturgia el título de ciencia teológica al
mismo nivel que las disciplinas ya indicadas, por tratar, y de modo
todavía más inmediato, las mismas cosas divinas que son el
objeto de estudio de la ciencia llamada teología ". Se trata, por tanto,
del reconocimiento de la naturaleza teológica de la liturgia en
base al hecho de que el objeto de estudio es el común a toda la
teología y de que de la liturgia se pueda hacer una ciencia "con la
autoridad de Aristóteles y de santo Tomás" ".
Ni en el proyecto
de De Azevedo ni en ninguna otra parte en su tiempo se puede entrever el
menor signo de una teología litúrgica en la orientación
o bien en el nombre, excepción hecha de la obra de M. Gerbert, abad
de Sankt Blasien, en
Pero quizá
precisamente el solo hecho de encontrar en esta época el
título de teología litúrgica colocado, aunque en modo
vacuo, en la cabecera de un libro, insinúa ya que el gran
florecimiento de los estudios litúrgicos en aquel tiempo hiciera nacer
la idea de que el conocimiento profundo de la liturgia puede ser el arranque
para una nueva teología. El mayor conocimiento de los padres y la
publicación de las fuentes litúrgicas orientales y occidentales
'" daban, en efecto, origen a estudios "
Teología
litúrgica
que, aun presentándose
en una línea de investigación histórica orientada a menudo
en un sentido apologético de la fe católica, no impedían
la apertura de nuevas perspectivas para la teología, al menos en el sentido
de que ésta necesitaba —y ahora se ofrecía la posibilidad—
ser leída desde una clave diversa de la hasta entonces conocida,
que era única.
En cambio, esta
floreciente primavera litúrgica no comportó otro fruto
que el del paso de la liturgia al grado de locus theologicus, fruto
—pequeño por cierto— que fue acogido con poco
éxito por los teólogos del s. xix20. El problema de la relación
liturgia-teología estaba abierto de todos modos, y todavía hoy
espera una solución.
En una
perspectiva que quiere superar la postura de locus theologicus, en
cuanto pretende afirmar que la liturgia tiene un valor teológico propio
(valor que va más allá de una estimación de la misma como
testimonio de una tradición, por cuanto propone una visión
teológica propia de la liturgia), el tema fue retomado a principios del s.
xx en Lovaina por el benedictino L. Beauduin (18731960). En 1912
abrirá su Essai de manuel fundamental de liturgie2I con la
afirmación: "Si la teología es la ciencia de Dios y de
las cosas divinas, es claro que la liturgia pertenece con pleno derecho al
ámbito de esta ciencia". Dicho esto, y dejando a otros la
función de escribir "la parte especial" del manual, es
decir, la que estudia detalladamente el origen y el desarrollo formal de
los ritos descritos en los libros litúrgicos, redacta solamente la
parte "fundamental" del manual, la que se refiere al "aspecto
teológico"'de la liturgia. Beauduin no ignora que fijarse en
el aspecto teológico de la liturgia puede "parecer exagerado y
unilateral"; pero está también persuadido de que
Teología
litúrgica 1956
sin eso la
liturgia será sólo una todavía en 1937 la relación
entre lireserva de caza para historiadores, turgia y teología se
veía total y exarqueólogos, estetas y ceremonia-clusivamente
a nivel de liturgia-locus listas 22. theologicus25.
Beauduin, al
exponer el aspecto teológico de la liturgia, sigue un es
VII. Surge una
teología litúrgica
quema fijo:
presenta ante todo un "fundamento dogmático" relativo a Sin
embargo, la voz de Beauduin cada uno de los aspectos fundamenes acogida,
por otros caminos y con tales que pertenecen al concepto de gran amplitud, en
el ambiente que se liturgia (culto-iglesia, término-sujeto forma en
torno al / movimiento lidel culto, etc.) y, hecha su enunciatúrgico
que tiene por centro la abación/explicación en el plano
teolódía benedictina de Maria Laach, en
gico, demuestra
cómo
constituye su
realización en el plano mos el primer intento real de dar a ritual.
Después continúa con una la liturgia su propio estatuto
teoló
consideración
que tiene la finalidad
gico.
de mostrar
cómo la realización litúrGuardini (1885-1968), que,
aun no gica del dato de fe encuentra su consiendo monje, forma parte viva
del tinuación/aplicación en la vida espigrupo
litúrgico de Maria Laach, enritual cristiana concreta. Naturaltiende
la liturgia como "integrada mente, no deja de mostrar que la —aunque
sea en su propio ámbito relación entre liturgia y teología
no cultual— en aquel valor de revelaes una invención suya, ya
que se función sobrenatural que en el plano da en el hecho de que
la liturgia es noético es calificado como infalibilireconocida por
todos como un locus dad"26. En consecuencia, afirma que theologicus de
primer orden, no sólo el aspecto teológico de la liturgia es por
aparecer como "el principal insnecesariamente parte integrante de
trumento de la tradición en la iglecualquier estudio que quiera
tener sia"23, sino por contener en su "idea una visión y
conocimiento sistemátiteológica una idea fuerza", que
de co de la liturgia27. Este conocimiento forma ininterrumpida reaviva y forse
concretará primero en un estudio tifica la fe del pueblo cristiano24.
de cada uno de
los elementos de que
Beauduin, al par
que reconoce la la liturgia se compone; después lleposición
de la liturgia como locus gará a una búsqueda de síntesis
que theologicus, intenta superarla demosayude a precisar las razones por
las trando que los términos mismos de cuales todos esos elementos son lila
definición —"la liturgia es el culto turgia. En ambos
momentos, sin emde la iglesia"— implican un amplio bargo, la
investigación litúrgica no contenido doctrinal de fondo, que
podrá olvidar que "se trata de teolohace de la liturgia una
teología en gía, o sea, de la ciencia de una reveacción.
lación sobrenatural"n, que debe des
Se diría
que el procedimiento de velar "tanto el principio unitario y
Beauduin no ha
logrado hacer pasar vital [de la liturgia], en cuanto que la liturgia al rango
de una verdadera es la vida, místicamente actualizada, y propia
teología, si consideramos del hombre-Dios, que se hace camique
muchos años después, en un amno hacia el Padre; como la
forma biente tan cercano a él y tan declaraque se presenta como
acción unitaria damente litúrgico (en el mejor senti
de palabra y de
rito en una celebrado de la palabra) como el de las "Seción
que incluye oración, sacrificio y maines liturgiques" de Lovaina,
transmisión de gracia"2'.
1957
Esto lleva a
Guardini a concluir que la liturgia, en cuanto teología, no sólo
se diferencia de todas las ramas del saber científico natural, sino
i|ue también en el seno de la teología i lene su propio
método de investiganon. En efecto, la entiende como "ciencia
teológica en sentido estriclo", que se ocupa de la doctrina de
la le tal y como ha sido concientizada por la iglesia en su misma vida
cultual50. Para Guardini la liturgia es, por tanto, teología; pero
según su propia modalidad, que es la de ver y conocer el contenido de la
fe en su manifestación en la vida cultual de la iglesia. Es en
ésta, en efecto, donde la verdad fundamental y peculiar del
cristianismo, la que ununcia que Dios se ha comunicado a los nombres en
Cristo, llega a
•ser
comunicación actual de la salvación.
La fuerte
afirmación de Guardini, que hace de la liturgia una teología
según un sentido propio y con un método particular, se hizo
actual en el mismo ambiente de Maria Laach en que nació, sobre todo por
obra de O. Casel (1886-1948), para quien la liturgia, si en su ejercicio es celebración
del misterio de Cristo, como ciencia no es sino "teología del mismo
misterio de Cristo". Para Casel, la liturgia no es sólo culto
ritual en función de la comunidad, que se asienta, junto con la
profesión de fe y la ley moral cristiana, como tercer elemento dentro de
la iglesia. Su "objeto específico y primario es, en efecto, el de
ser una acción que hace objetivamente presente toda la obra
salvífica de Cristo" ". Esto quiere decir que la obra
salvífica de Cristo en cuanto se hace presente en la celebración
litúrgica, no es sólo un artículo de fe que se cree
(fides quae creditur), sino también y sobre todo una realización
de la fe (fides qua creditur) según una determinada forma
simbólico-sacramental (litúrgi
Teología
litúrgica
ca); en
consecuencia, se hace verdadera y propia teología cuando se busca
el conocimiento de esta obra salvífica en y a través del
símbolo ritual que la contiene y la revela como realidad efectiva.
También
para Casel, como para Guardini, no se trata ya de una teología de
la liturgia, que consistiría en descubrir en la liturgia aquellas
verdades de fe de las que, a nivel de ciencia, se ocupa la teología y
que se unirían a ésta para su enriquecimiento. En Casel se
delinea y se afirma con fuerza una verdadera teología litúrgica,
o sea, un modo nuevo de hacer teología, modo no sólo iluminado
por la liturgia, sino basado en ella.
Ese contenido de
fe que se percibe como realidad que vive en la iglesia y que es vivido por la
iglesia en su formulación ritual se convierte en objeto de
investigación no con vistas a un conocimiento abstracto ni a un
conocimiento puramente intelectual, sino precisamente como realidad viva y
vivida, en la que la iglesia se siente inserta. La fórmula ritual, por
tanto, no hace solamente la función de contenedor de la realidad de fe,
ni tampoco de momento de arranque para su conocimiento; constituye,
por el contrario, el modo peculiar según el cual la realidad de fe
se presenta y es percibida, y esto en cuanto realidad litúrgica. En
otras palabras: la realidad salvífica, comprendida en todas sus
dimensiones y sus componentes, es acogida e interpretada en su momento
litúrgico, es decir, como salvación en dimensión
simbólico-ritual; el dato (verdad) de fe se va haciendo, por así
decir, bajo nuestros ojos realidad de fe (salvación en concreto).
Naturalmente,
aquí la teología nace de la liturgia como experiencia de fe, y
por tanto lleva a un conocimiento contemplativo-sapiencial,
Teología
litúrgica 1958
conocimiento que
era peculiar de los misma teología bíblica son formas padres de
la iglesia y que consistía sectoriales de la teología. en un
conocimiento intelectivamente El intento de hacer una teología profundo
y afectivamente participalitúrgica llevado a cabo por Casel, do de
la historia salutis. Que para aunque encontró algún consenso,
Casel este modo de entender la teohalló una fortísima
oposición, ofilogía fuese, entre otras razones, una
cialmente centrada en las dificultaconsecuencia de la concepción
misdes que muchos encontraban en su térica que tenía de la
liturgia, no quicomprensión mistérica de la liturgia. ta
valor a su intento de hacer una En realidad, aunque el contraste verteología
litúrgica, comoquiera que se saba ante todo sobre la interpreta
juzgue, bien en
su conjunto, bien en ción mistérica que imponía en el camsus
elementos particulares, su interpo específico de la liturgia, es
decir, pretación mistérica de la liturgia. Si en los sacramentos,
la oposición naen Casel hay algo seguro, es sin duda cía de
que la visión sacramental que el rechazo de la teología
dogmática tenía del dato de fe no encontraba de su tiempo, por
reconocerla incalugar en las categorías metafísicas paz de
comprender la liturgia. De que regían todavía en la
teología. aquí otra cosa evidente en su obra: Que el impulso dado
por Casel lleel intento de dar un giro profundo a vase a largo plazo hacia
una nueva la teología, en el sentido de que la teología, lo
muestra el hecho ciertateología es tal en cuanto que es teomente
sintomático de que en la mislogía litúrgica. Mientras
que en ma universidad de Innsbruck (AusGuardini la teología se
vuelve litúrtria), de donde le vino a Casel, por gica cuando el
dato de fe se comobra del teólogo jesuita Umberg, la prende en su
modalidad de dimenmayor oposición, haya derivado dessión
cultual, que es al mismo tiempo pués, aunque de modo indirecto, el la
modalidad ritual de la iglesia,, en mayor reconocimiento. Y esto suceCasel
la modalidad cultual, al revedió cuando otro jesuita, J.A. Jung
larse como el
momento en que el mann, con su Die Frohhotschaft dato de fe asume la
dimensión de und unsere Glaubensverkündigung una
comunicación concreta del mis(Ratisbona 1936), proclamó la
neceterio salvífico divino de Cristo a la sidad de una nueva
teología que se iglesia, es la única que abre el camipresentaba
como teología kerigmáno a una teología sobre
él, es decir, tica, y cuya base encerraba la instana esa
teología que sólo trata sobre el cia litúrgica, en cuanto
que es la liDios de Dios, o sea, sobre el Dios turgia la que permite, en y
medianque se revela por Cristo en el Espírite la
celebración, un conocimiento
tu Santo a la
iglesia en la actualidad experimental de la verdad de fe de de la
celebración litúrgica: "En la ceun modo plenamente
adecuado al lebración litúrgica, que es la acción anuncio
del mensaje cristiano (kémás importante de la iglesia, el
gesto rygma). ritual se funde con la comprensión más profunda, y
es aquí donde la teología vuelve a ser lo que era en los
orígenes: una theologuía, o sea, IX. Liturgia teológica,
un concreto y efectivo hablar de no teología litúrgica Dios desde
Dios"32. En suma, para Casel solamente la teología litúrgica
Entretanto, en los ambientes litúr
es
teología en sentido pleno, miengicos se abría camino cada
vez más tras que la teología dogmática y la una
profundización del valor intrínsecamente teológico de
la liturgia, so
iyw
bre todo al
imponerse uno de los puntos centrales del pensamiento careliano: la
comprensión de la liturgia como historia de la salvación en acto.
En este punto, y quizá
precisamente por el empuje de este importantísimo y particular
aspecto dado a la liturgia, se inscribe desde 1957 el problema reabierto de un
modo claro por Vagaggini en torno a la relación
liturgia-teología con su importante obra El sentido teológico
de la liturgia " (citamos: BAC 181, Madrid 1965), problema que el ilustre
benedictino volvió a tratar nuevamente en Liturgia e pensiero
teológico recente 34.
En El sentido
teológico de la liturgia, Vagaggini afronta la relación liturgia-teología
desde dos perspectivas: una que podríamos calificar de contenido
teológico de la liturgia, y otra de método para dar una disposición
teológica a la liturgia.
En concreto, con
la primera perspectiva pretende llevar a cabo una amplia síntesis
teológica, después también espiritual, de la liturgia, a
partir de lo que llama "las grandes y las constantes leyes que rigen
efectivamente las relaciones entre Dios y las criaturas"". Las
aludidas constantes y leyes, que afectan especialmente a la liturgia,
son enunciadas por él del siguiente modo: 1) La ley de la objetividad;
2) La dialéctica cristológico-trinitaria de la salvación;
3) La ley del único liturgo y de la única liturgia como principal
explicación de la dialéctica cristológico-trinitaria;
4) La ley comunitaria de la salvación; 5) La ley de la encarnación;
6) La ley de la unitotalidad cósmica de la salvación. A partir de
estas constantes-leyes organiza en ocho largos capítulos 36 la parte
más original de su investigación, demostrando que ellas, que
también son las leyes en las que se expresa "la quintaesencia de la
visión cristiana
Teología
litúrgica
del mundo...,
alcanzan propiamente en la liturgia para nosotros su máxima
concretización y aplicación"3'. Efectivamente, se debe
reconocer que, al verificar la presencia de esas constantes teológicas
en la liturgia, Vagaggini muestra el camino por el que se puede llegar a una
verdadera
teología
litúrgica.
Sin embargo,
cuando Vagaggini afronta el problema sobre el método necesario para dar
una presentación teológica a la liturgia (segunda perspectiva),
se ve que esta teología litúrgica tiene la consistencia de
una ilusión óptica, porque el método lleva
sólo a una "liturgia teológica", que después es
simplemente una integración de la liturgia en una "teología
sintética general"3». Él, en efecto, nos dice lo
siguiente: 1) No basta hacer de la liturgia un locus theologicus, como se
había comenzado a hacer en el s. xvm a impulsos de los estudios
litúrgicos de la época, aunque con poca fuerza, porque de
este modo la liturgia se situaría todavía en una posición
preparatoria para la teología, y al máximo tendría valor
de testimonio y quizá de apologética. 2) Partiendo del dato
fáctico de que la fórmula litúrgica expresa la fe, es
preciso enfrentarse a la liturgia con un estudio
histórico-científico, para poner de manifiesto, a través
del método inductivo de investigación, su valor
teológico. 3) Esta investigación hace descubrir que la
fórmula litúrgica propone la fe según una
dimensión peculiar, que es la de ser una fe vivida por la iglesia y en
la iglesia según ese determinado momento que es, de forma
genérica
o
específicamente sacramental, el encuentro de Dios con el hombre.
Ésta es la visión propiamente teológica de la liturgia, y
la que permite a la liturgia integrarse orgánicamente, es decir,
a un verdadero nivel teológico, en la que Vagaggini llama
"teología sintética general".
Como se ve, todo
el esfuerzo por precisar el sentido teológico de la liturgia no ha
llevado a otra cosa que a encontrar para la liturgia el necesario
título de nobleza por el que pueda ser declarada tan teológica
que pueda insertarse y ser absorbida por la hipotética
"teología sintética general". El mismo Vagaggini, al admitir
que este proceso lleva a la "constitución de una teología de
la liturgia y de una teología litúrgica"'9, parece
reconocer cierta dife
rencia entre una
y otra teología, aunque ambas son calificadas litúrgicamente,
y a nosotros nos parece que la diferencia hay que atribuirla a la diversa finalidad
de la investigación teológica dentro de la liturgia. En efecto,
hay teología de la liturgia cuando se hace "investigación
sobre la naturaleza y las propiedades de la liturgia a la luz de los principios
generales y del método científico de la teología
dogmática" "; por el contra
rio, la
teología litúrgica consiste simplemente en "poner de
manifiesto el material de valor teológico contenido en los ritos
sagrados", teniendo en cuenta siempre el modo particular y limitado
en que los mismos ritos presentan el aludido valor teológico41.
Si después
Vagaggini se detiene a reflexionar sobre cómo se configuran estas
dos teologías referentes a la liturgia, advierte que no se pretende
hablar de "dos nuevos tratados en el complejo general del sistema teológico,
sino simplemente de una
o dos
monografías, investigaciones especiales de la revelación en un
sector particular de las fuentes (liturgia) en que aquélla
está contenida o propuesta y vivida en acto en la iglesia"
«, investigaciones que serán después "debidamente
asimiladas" en la teología sintética general43.
Aparte la
concordancia fundamental entre las dos obras de Vagaggini, nos parece que
las conclusiones que
1V0U
se deducen de la
segunda: Liturgia e pensiero teológico recente, se compaginan bien
con las de El sentido teológico de la liturgia en lo que se refiere a la
perspectiva del método para una teología de la liturgia. No es
que esto nos entusiasme, ya que la investigación de Vagaggini a
propósito del sentido teológico que se debe atribuir a la
liturgia se puede formular, en conjunto, como liturgia teológica,
expresión que califica mejor
que cualquier
otra su intento de llegar a una "elaboración del valor teológico
de la liturgia" que se debe introducir, capítulo por
capítulo, "en la teología sintética general" **;
así se obtiene el resultado de poder "considerar la
liturgia... en el marco de la síntesis teológica general"45
que la compone y ver de este modo "la unidad entre ambas"
según las orienta
ciones que
él mismo da en su obra principal *.
X.
Liturgia-teología en el Vat. II
Interviene, entre
tanto, el Vat. II, el cual, estableciendo simplemente que la liturgia "se
explicará tanto bajo el aspecto teológico e histórico como
bajo el aspecto espiritual, pastoral y jurídico" (SC 16), no
hace alusión a la existencia de una teolo
gía
litúrgica. Se puede decir lo mismo del otro decreto conciliar sobre
la formación del clero (OT 16). Sin embargo, se debe tener en cuenta que
el documento aplicativo de este último decreto, es decir,
una
auténtica teología litúrgica (tal
1961
es, en efecto, el
conocimiento de cómo los misterios de la salvación están
presentes y operantes en la liturgia), que, aun no siendo ciertamente
propuesta como una disciplina específica, parece que se
concibió como principio informador de toda la teología
"por su valor de fundamento e incluso de calificación primaria...
de toda la teología"47. En suma, se trataría de hacer
de la liturgia, por su naturaleza de celebración del misterio de
Cristo, el punto de partida de un modo nuevo, es decir, litúrgico, de
hacer teología.
Después
del concilio, naturalmente, la discusión sobre la relación
liturgia-teología se complica, sea en búsqueda de una
solución a propósito de la misma relación, sea para
encontrar la justa posición de la liturgia en el conjunto de todo
el estudio de la teología, según las exigencias
expresadas por el Vat. II4B. Puede decirse que es unánime el reconocimiento
del sentido-valor teológico de la liturgia. Hay acuerdo igualmente
en reconocerle un método más peculiar y una
presentación científica. Pero mientras que para algunos todo
esto hace que la liturgia sea una ciencia válida en sí misma, con
una finalidad específica, para otros es una ciencia teológica
destinada a integrarse, con su propia aportación, o en una
teología sistemática general, que haría la
función de una síntesis teológica global del dato de fe, o
en una ciencia prácticapastoral, de la que, sin embargo, ella misma
sería el alma o el elemento central, a causa de su valor declaradamente
teológico.
XI.
Liturgia-teología en la investigación actual
En lo que se
refiere a la situación del posconcilio, nos ceñimos a las
posturas más características.
Teología
litúrgica
1. Después
del concilio, uno de los primeros en entrar en la discusión sobre
la relación liturgia-teología es S. Marsili osb, del
Pontificio Instituto Litúrgico de San Anselmo (Roma), director de
ce como una
proposición de verdades abstractamente quidditativas (quid sit
Deus), sino como una realidad salvífica divina, que se hace presente
y activa en y por la humanidad de Cristo (cur Deus homo), que no sólo se
convierte en símbolo-sacra
Teología
litúrgica 1962
mentó de
salvación, sino que revela nicándolos. Así en el AT tanto
los cómo la salvación, o sea, toda la reacontecimientos
cósmicos, como la lación de Dios con el hombre, no
creación y el diluvio, o histórico-hupuede realizarse si no
es por la vía manos, como la salida de Israel de del simbolismo
sacramental. Egipto, cuanto los ritos, que son el
Si la
teología bíblica nos descubre / memorial de los acontecimientos,
en el sacramento-Cristo la sacra-suplen al sacramento, o sea, al símmentalidad
como ley fundante de la bolo en el que se revela y por el que revelación
(salvación en acto), la teose comunica Dios-realidad
salvífica. logía litúrgica será la que en la celeEn
el NT el único acontecimiento bración descubrirá el
continuo achistórico-humano en el que se revela tualizarse de la
misma revelación en y se comunica de modo total en el aquella
situación de sacramentalidad tiempo y en el espacio (absorbiendo
derivada que
está constituida precitambién, por tanto, el acontecimiensamente
por los sacramentos de la to cósmico e implicándolo) Diosiglesia,
que son la comunicación/parrealidad salvífica es Cristo,
símboloticipación en el sacramento-Cristo. sacramento de
Dios por excelencia
Para Marsili,
teología litúrgica no en su humanidad. También en el es la
que se sirve del contenido teoNT, por la ley universal que sustenta
lógico de las fórmulas y ritos para el valor y el significado del
rito, en el construir una teología de trasfondo origen de la liturgia
está el acontecilitúrgico (como cuando se dice, por miento
Cristo-sacramento de salvaejemplo: teología del Espíritu
Santo ción, y en consecuencia la liturgia es en la liturgia). Mucho
menos piensa en el NT revelación sacramental en que la teología
se haga litúrgica cuansentido totalitario. En efecto, decir
do asume de la
liturgia elementos que la liturgia actualiza el misterio que pueden ser
aducidos como funde Cristo en dimensión sacramental damento y como
prueba de una ciery ello a través de un símbolo portata
posición teológica. En efecto, en dor de presencia
salvífica divina, este caso la liturgia sería al máximo
quiere decir que la misma actualiza y en sentido más justo un testimonio
continuamente en el tiempo —dado ae la le de la iglesia en el
ámbito es-que en el tiempo se realiza— toda
Padre, del Hijo y
del Espíritu Santo,
existe
teología litúrgica, según
Trinidad no
estática, sino operante
Marsili, cuando
el discurso sobre
por su ser
personal, no atemporal,
uios —y el
Dios-objeto de la teolo
sino
históríco-salvífica; Cristo es sa
s ol° el Dios
de la
c\L ", «vela-cramento de la
salvación a nivel openon— se fundamenta en lo que
ma
sacramentalidad
de la reveíasoteriológico del proyecto divino se
ción.
m e
revelación no es —o al actúa en él como sacerdocio
eterna
es
E S < n
°Í ° «ricamente- mammente activo y como
mediación umaló n de la verdad de y sobre versalmente
válida; Cristo es sacra
Uant0 exist
sino m ° ente
en Dios, mento de la iglesia, en cuanto que la ción TA*
comunicación/participa-iglesia está siempre y totalmente prevK
Dl ° s en cuanto realidad salsente en él, el cuerpo en la
cabeza; me a para el hombre, y como tal no Cristo es sacramento, que en cada
cami
no dí
i™al'ZarSe S1 no es P°r eluno de los sacramentos actúa y cotravés
H sacramentalidad, es decir, a munica toda su propia realidad a los U n Slmbol °hombres, por lo cual los
hombres se
u e manifieste
a Din,,10s v su q
reahdad salvífica comu
1963
convierten en
él —como él— en hijos de Dios mediante el
bautismo, en personas vivificadas por el Espíritu Santo mediante la
confirmación, en adoradores perfectos del Padre en espíritu y
verdad mediante la eucaristía.
Por tanto,
según Marsili, teología litúrgica es la que hace su
discurso sobre Dios a partir de la revelación vista en su naturaleza de
fenómeno sacramental, en el que coinciden el acontecimiento de
salvación y el rito litúrgico que lo representa. De este modo la
teología litúrgica es necesariamente y ante todo
teología de la economía divina, es decir, de la presencia y
de la acción de Dios en el mundo, que quiere realizarse en el mundo como
salvación eterna en dimensión antropológica. Esto
aconteció proféticamente en el AT y acontece realmente
en el NT, primero en Cristo, sacramento humano de Dios en la encarnación,
después en los hombres, a los que Cristo se comunica a sí
mismo, sacramento total de salvación, a través de sacramentos
particulares y distintos.
La
teología litúrgica es, en consecuencia, la theologia prima,
necesaria e indispensable para que el discurso sobre Dios sea un discurso
cristiano, es decir, recibido de Cristo por medio de la experiencia
sacramental. En este sentido la teología litúrgica no excluye
ninguna teología que sea reflexión humana sobre Dios, aunque
nunca puede ser sustituida por ella.
La
teología litúrgica es la única que concuerda naturalmente
y se adecúa del todo a una espiritualidad cristiana en el
significado pleno y exclusivo del término. Es, pues, la teología
de la que debe partir y a la que debe llevar cualquier catequesis o cualquier
actividad pastoral.
2.
Contemporáneamente a Marsili, también el teólogo E.
Ruffini,
Teología
litúrgica
en el ensayo
Teología dei sacramenti e liturgia^', habla de una teología litúrgica,
pero ciñéndose al campo restringido y específico de los
sacramentos. Después de haber observado que, "al
plantearse como ciencia de la celebración de la historia salutis,
la liturgia ha recuperado toda su dimensión teológica"
", Ruffini descubre la teología litúrgica en la interpretación
teológica de la celebración y de la ritualidad, definida
como "particularísima encarnación histórica del
acontecimiento sacramental"". Según dice Ruffini, el
acontecimiento sacramental en sí mismo, entendido "tanto en sus contenidos
trascendentes como en su efectiva significación
histórico-política"54, pertenece al campo de la teología
de los sacramentos.
Que respecto de
la realidad sacramental se pueda hablar de una teología y de
una teología litúrgica, asignándoles funciones diferentes,
Ruffini cree poderlo afirmar a partir de una distinción que observa en
el mismo acontecimiento sacramental, el cual si se considera como "actualización
existencial" pertenece a la teología; visto, por el contrario, en
su "actualización celebrativa" pertenece al campo del
liturgistai5.
Para ilustrar
esta idea, Ruffini nos explica que la teología en los sacramentos
consiste en el conocimiento del signo sacramental como "punto de
convergencia de
Sin embargo, nos
parece que, en esta distinción, la denominada teología
litúrgica se reduce en la prácti
ca a una
antropología litúrgica, en cuanto que es aplicación a la
liturgia de las leyes y características psicosociológicas de
comportamiento (gestualidad, oratoria, ritualidad, uso del simbolismo)
adecuadas para crear la respuesta de reacción (provocación)
necesaria para que el acontecimiento salvífico llegue a una concreta
correspondencia y actualización en el sujeto.
Sintetizando,
puede decirse que respecto de la relación liturgia-teología
la discusión se ha movido en tres direcciones: 1) la linea de Vagaggini
[/ supra, IX], que, a pesar de haber descubierto algunas pistas muy
válidas —a nuestro juicio— para la verdadera teología
litúrgica, acaba luego proponiendo sobre todo una teología de la
liturgia, mejor llamada liturgia teológica, cuya tarea es hallar
los valores, o sea, el sentido teológico presente en la liturgia, para
convertirlos en un conjunto de ele
mentos que, por
considerarse de importancia primordial, integren la "teología
sintética general"; 2) la línea de Marsili, que, viendo
en Cristo-sacramento el momento esencial de la revelación, descubre
en la sacramentalidad no sólo el modo en que se realiza la
revelación histórica, sino también la expresión
primaria y esencial, a cuya luz todo el dato de la fe, igual que es objeto
principal de la experiencia vivida en la celebración así
también puede y debe ser objeto de reflexión intelectual. La
teología litúrgica es, por tanto, discurso sobre Dios a la
luz de la sacramentalidad, que es el modo de ser de la revelación
tanto en su primer existir histórico como en su actuarse cotidiano
en la liturgia; 3) la línea de Ruffini, para el que la teología
litúr
gica debe
limitarse al área de los sacramentos; ella, en efecto, estudia los
sacramentos no sólo en su ser, sino también como hecho
celebrativo, para descubrir que la teología de los
1964
sacramentos
encuentra su actuación en la celebración litúrgica.
En esta tercera
dirección se sitúa de algún modo, en 1976, F. Brovelli con
el artículo Per uno studio della liturgia". El autor, defendiendo
la existencia de una ciencia litúrgica como disciplina específica
y válida en sí misma, le reconoce una función
teológica, en cuanto que el contenido teológico presente en
la liturgia se toma como "término de reflexión
crítica sobre la praxis litúrgica"5".
Con Brovelli, si
bien siguiendo la orientación de K. Rahner sobre la teología
práctica, está sustancialmente de acuerdo A. Caprioli en su
artículo Linee di ricercaper uno statu-to teológico della
liturgia ", de 1978. Caprioli plantea también la liturgia como
"reflexión teológica sobre la praxis litúrgica en su
conjunto"60, incluyéndola en la pastoral.
XII. Para un
estatuto de la teología litúrgica
Como
conclusión de cuanto se ha dicho, nos parece que podemos resumir
así el problema de la existencia o no de una teología
litúrgica:
1. Sobre la
relación liturgia-teología hoy está clara una cosa:
la liturgia exige una comprensión desde el punto de vista
teológico, porque es esencialmente portadora de todo el dato de fe
comunicado por la revelación.
2. La liturgia
está llamada a dar su aportación a la teología; pero esta
aportación no ha de reducirse a lo que se pueda deducir de la liturgia
entendida como locus theologicus, que puede servir de testimonio de las
diversas épocas históricas y áreas geográficas. La
liturgia es un modo de ser de la revelación, y por este modo de ser de
la revelación en la liturgia (actualización de la fe) la
1VD3
teología
debe dejarse iluminar en su reflexión sobre esa misma revelación.
Es lícito llamar teología
litúrgica a la reflexión que deduce el contenido
teológico de la liturgia de la praxis celebrativa y que lo ilustra con
esa misma praxis.
Más allá de ésta hay
una teología que justamente se llama teología
litúrgica, porque al hacer teología plantea su propio
tratado sobre Dios según las categorías litúrgicas.
Éstas son:
a) La
sacramenlalidad de la revelación. La revelación se
efectúa siempre por medio de un sacramento y, por tanto, así
como se recibe en el sacramento, así también se estudia y
comprende en el sacramento. La palabra de Dios (eterna en Dios) se convierte en
sacramento, o sea, palabra visible (revelación), cuando se manifiesta en
el símbolo de un acontecimiento (sacramento). Este procedimiento llega a
su punto más alto en la encarnación (humanidad de Cristo =
sacramento de Dios), pero desde entonces es procedimiento perenne en la
liturgia. Por tanto, la liturgia no sólo es la primera depositaría
de la fe, sino que ésta sólo se comprende a la luz de
aquélla.
b) En el
sacramento-Cristo está la totalidad de la revelación. Siendo la
liturgia celebración del sacramento-Cristo, en ella se encuentra
toda la revelación, no como un conjunto de verdades abstractas, sino
como realidades que se revelan y comunican de un modo actual. Por tanto,
en la liturgia el hombre entra en contacto con el dato de fe ante todo por
comunicación, o sea, por conocimiento experiencial; y desde
aquí accede a la comprensión del misterio de Cristo y
puede llegar a un más profundo conocimiento de todas las demás
realidades divinas, de las
íeuiugiu
litúrgica
que Cristo es el
sacramento [/ supra, XI].
c) La economía.
Es la revelación de Dios y de sus realidades como historia de la
salvación; es la revelación de Dios con vistas a la
salvación humana. La liturgia es la continuación, en
términos simbólico-rituales, de la economía divina,
historia de la salvación en acto. La economía, que es la
razón fundamental tanto de la revelación histórica como de
su realización en la liturgia, supone como término al hombre en
cuanto objeto del amor de Dios; y por lo tanto en la teología
litúrgica el conocimiento de la economía divina no es nunca
un fin en sí mismo, sino que incluye siempre al hombre al que la
economía se destina.
d) Presencia del
misterio de Cristo. La economía encuentra su punto de máxima
concentración y de cumplimiento total en el misterio de Cristo, visto tanto
en su momento de realización histórica como en su
actualización litúrgica. En efecto, la liturgia es
celebración memorial del misterio de Cristo, y como tal implica
siempre la presencia de lo que se celebra. En consecuencia, si la liturgia
actualiza la presencia de todo el misterio de Dios, que se encuentra
concentrado en Cristo, hacer teología a la luz de la liturgia
quiere decir acercarse a la totalidad del misterio de Cristo y verlo no en la
abstracción de unas formulaciones conceptuales, sino en la
concreción de un acontecimiento presente y operante.
e) Palabra de
Dios en acción. Esta categoría resume y conlleva a todas las
demás, y es la categoría litúrgica por excelencia; la que
permite a la teología ser siempre un tratado sobre Dios inspirado
por Dios y al mismo tiempo una confessio fidei siempre nueva.
5. La
teología litúrgica, consti
tuida como
theologia prima, no sólo admite, sino que incluso postula una theologia
secunda, que tendrá en primer lugar la función de investigar ante
todo cómo en el plano histórico-cultural se va realizando el
misterio de Cristo en el mundo, y, en segundo lugar, la de traducir a un
lenguaje cultural adecuado a los tiempos actuales lo que la liturgia expresa en
su lenguaje simbólico.
NOTAS: ' Cf S.
Marsili, en VV.AA., Anamnesis I, Turín 1974, 33-45 — 2 P.
Batiffol, Theologia. theologi, en ETL 5 (1928) 211 — 3 Por ejemplo:
Orígenes, Schol. in Cant. 7,1 (PG 17,280); In Ps. 67,5 (Pitra, Anal,
sacra 3,80); Dídimo, In Ps. 18,2 (PG 39,1268); Eusebio de
Cesárea, Hist. eccl. 10,3,3 (PG 20,848): De laudibus Constantini I, 16
(PG 20,1324; 1425); Praeparatio evangélica 11,14 (PG 21,884); De
ecclesiastica theologia 2,23 (PG
24,961); Cirilo
de Jerusalén, Catech. 23,6 (PG 33,1114); Máximo Confesor,
Myslagogia 24 (PG 91,709); Liturgia de San Marcos, en I. Pahl-A. Hanggi, Prex
eucharistica, Fribur-go/Sv. 1968, 103-115. Cf S S. Marsili, Theologuia, en
RL 22 (1935) 273-277 -4 Cf O. Casel, Altchristlicher Kult und Anlike, en JLW 3
(1923) 7s; Glaube, Gnosis und Mysterium, en JLW 15 (1941) 172-195 — 5 Cf
M. Rothenháusler, La doctrine de la "theologia"chez
Díadoque de Photiké, en Ir 14 (1937) 536-553; M. Viller, Aux
sources de la spirilualité de St. Má
xime, en Rev.
Ascét. et Myst. II (1930) I65s; 247s; 255; R. Reitzenstein, Hist.
monachorum und Hist. lausiaca, Gottinga 1916, 135; S. Marsili, Giovanni
Cassiano ed Evagrio Pontico (Studia Anselmiana 5), Roma 1936, 105; 123;
127; 147 — 6 Cf Marsili, o.c. en la nota prec. — 7 Cf Marsili,
Theologhía (nota 3) 276s — 8 Cf Marsili, o.c. (nota 5) 137 —
' Cf O. Casel, Altchristlicher Kult (nota 4), l.c.: "Los cristianos
conocen un solo sacrificio espiritual, la alabanza en el Espíritu, que
es su eucaristía, que... es en primer lugar una theologuía. o
sea, un hablar (con Dios) de Dios" — l0 Cf Marsili, Giovanni
Cassiano... (nota 5), l.c. — " Cf Marsili, Theologhía
(nota 3), l.c. — n Cf G. Lukken, Realización de la fe en la
liturgia, en Con 82 (1973) 180ss; La liturgie comme lieu théologique
irrem
placable, en QL
56 (1975) 95-112 -" Cf C. Andronikoff, Dogme et liturgie, en VV.AA., La
liturgie expression de lafoi, Ed. Liturgiche, Roma 1979, 19s — " Cf
E. De Azevedo, Praefatio in ínstitutione scholae sacrorum rituum,
cae..., Padua 1768 — " Ib, XIII -" /*, XIIIs — " Ib,
XIV — " E. Renaudot (1720), Collectio rituum orientalium; E.
Marténe (1739), De antiquis ecclesiae ritibus; L.A. Muratori
(1750), Liturgia romana vetus: G.L. Assemanni (1782), Codex liturgicus
ecclesiae universae;etc. — " G. Bona(1674), De divina psalmodia;
Rerum liturgicarum libri dúo; G. Morin (1659), Commentarius... de
disciplina... sacra
menti
paenitentiae; Commentarius de sacris eccl. ordinationibus; P. Lebrun (1729),
Explication... despriéres et cérémonies de la messe;
C. Chardon (1771), Histotre des sacrements...; etc. — 20 Cf C. Vagaggini,
El sentido teológico de la liturgia, BAC 181, Madrid 19542, 473ss 21
Cf QLP 3 (1912-13) 56-66; 143-148; 201-209; 271-280. Reimpreso en L. Beauduin,
Mélanges lilurgiques, Lovaina 1954 — 22 Ib, 56-57 —
23 24 2S
Ib, 145 —
Ib, 147 — M. Cappuyns, Liturgie el théologie, en Le vrai
visage de la liturgie. Cours et conférences des semaines lit. XIV,
Lovaina 1938, 175-210 —2« R. Guardini, Über die svstematische
Methode in der Liturgiewissenschaft, en JLW 1 (1921) 99 --21 Ib, 100;
2S 3°
102 — /*,
104 (nota 3) — » Ib — Ib, 108 — 31 O. Casel, Glaube,
Gnosis... (nota 4) 194 ypassim en todos sus escritos —32 Ib, 195; cf ib
172 --" C. Vagaggini, o.c. (nota 20) —
34 Id, Liturgia e
pensiero teológico recente, Pontificio Ateneo Anselmiano, Roma 1961
— 35 El sentido teológico..., 182. Nótese esta llamada
a las "creaturas", que indica la dimensión cósmica que,
según Vagaggini, forma parte de la visión litúrgica de la
relación Dios-mundo —
36 3!
O.c, 182-423
-" /*. 182 -Ib, 506 — 39 Lilurgia epensiero... (nota 34) 42
—"° Ib —
41 42
Ib — Ib,
42s; cf El sentido teológico..., 605 — 43 Ib, 43 — " El
sentido teológico..., 506 — " Ib, 508 — tt Ib, 600. Cf
S. Marsili, Liturgia e teología. Proposta teorética, en RL 58
(1972) 460-464; F. Brovelli, Per uno siudio della liturgia, en ScC 104 (1976)
617s
gía e
liturgia (2.° Convegno APL), Dehoniane, Bolonia 1974, 32; cf 33 4»
Una bibliografía bastante indicativa y que abarca desde
55 56
Ib, 114 —
Ib, H4s — " En ScC 104 (1976) 567-635 — 5" Ib, 622; cf
631 -" En Communion 41 (1978) 35-44 -<* Ib. 38.
S. Marsili
BIBLIOGRAFÍA:
Bartsch E., Ciencia litúrgica,
en Benedetto XIV,
De sacrosancto Missae saen VV.AA., ¿Qué es teología?.
Sigúeme, Salacrificio libri tres... ad usum Academiae liturgi-manca
1969. 379-429: Bernal J., La liturgia
1967
como disciplina y
como objeto de estudio, en Una liturgia viva para una Iglesia renovada, PPC,
Madrid 1971, 123-151; Cañáis J.M., Liturgia y
metodología, en VV.AA., La celebración en
Culto, Eucologio,
Fe y liturgia. Formación litúrgica, Libros
litúrgicos, Liturgia, Misterio, Misterio pascual, Orientales (liturgias)
y Padres y liturgia.
SUMARIO: I. Significado
y contenido del tiempo ordinario - II. Solemnidades y fiestas del
Señor durante el año - III. Las rogativas y las témporas
hoy.
I. Significado y
contenido del tiempo ordinario
El llamado tiempo
ordinario o, más propiamente, tiempo durante el
Tiempo ordinario
año, es
una de las partes del / año litúrgico que han experimentado una
transformación mayor en la reforma posconciliar. Considerado como un
tiempo menor o "no fuerte", en comparación con los ciclos
pascual y de la manifestación del Señor, es lo bastante
importante para que, sin él, quedase incompleto el sagrado recuerdo que
la iglesia hace de la obra de la salvación efectuada por Cristo en el
curso del año (cf SC 102). Por tanto, no se insistirá lo bastante
en la riqueza y el valor de este tiempo litúrgico en orden a la
contemplación del misterio de Cristo y a la progresiva
asimilación de los fieles y de las comunidades a dicho misterio.
El tiempo
ordinario desarrolla el / misterio pascual de un modo progresivo y
profundo; y, si cabe, con mayor naturalidad aún que otros tiempos
litúrgicos, cuyo contenido está a veces demasiado polarizado por
una temática muy concreta. Para la mistagogia de los bautizados y
confirmados que acuden cada domingo a celebrar la eucaristía, el
tiempo ordinario significa un programa continuado de penetración en
el misterio de salvación siguiendo la existencia humana de Jesús
a través de los evangelios, contenido principal y esencial de la /
celebración litúrgica de la iglesia.
Ahora bien, la
peculiaridad del tiempo ordinario no consiste en constituir un verdadero
período litúrgico en el que los / domingos guardan una
relación especial entre sí en torno a un aspecto determinado
del misterio de Cristo. El valor del tiempo ordinario consiste en formar
con sus treinta y cuatro semanas un continuo celebrativo a partir del
episodio del bautismo del Señor, para recorrer paso a paso la
vida de la salvación revelada en la existencia de Jesús.
Cada domingo tiene valor propio; "Además de los tiempos que
tie
Tiempo ordinario
1968
nen
carácter propio, quedan treinta rración de los evangelios.
Éstos, dey tres o treinta y cuatro semanas en jando aparte los
capítulos de Mateo el curso del año en las cuales no se y Lucas
sobre la infancia de Jesús, celebra algún aspecto peculiar del
comienzan con lo que se denomimisterio de Cristo, sino que más bien
na el ministerio público del Señor.
se recuerda el
misterio mismo de Cada episodio evangélico es un paso Cristo en su
plenitud, principalmenpara penetrar en el misterio de Criste los
domingos" (NUALC 43).
to; un momento de
su vida histórica
El tiempo
ordinario comienza el
que tiene un
contenido concreto en lunes siguiente al domingo del bauel hoy
litúrgico de la iglesia, y que se tismo del Señor y se extiende
hasta cumple en la celebración de acuerdo el miércoles de ceniza,
para reanucon la ley de la presencia actualizadarse de nuevo el lunes
después del dora de la salvación en el aquí-ahodomingo
de pentecostés y terminar ra-para nosotros.
antes de las
primeras vísperas del doPor eso puede decirse que en el mingo I de
adviento (ib, 44).
tiempo ordinario
la lectura evangéliAntes de la reforma litúrgica del ca
adquiere un relieve mayor que en
Vat. II este
tiempo se dividía en dos otros tiempos litúrgicos, debido a
partes denominadas tiempo después que en ella Cristo se presenta en su
de epifanía y tiempo después de penpalabra dentro de la
historia concretecostés, respectivamente. Los dota sin otra
finalidad que la de mosmingos de cada parte tenían su protrarse
a sí mismo en su vida terrena, pia numeración sucesiva indepenreclamando
de los hombres la fe en dientemente de la totalidad de la la salvación
que él fue realizando día serie. Ahora, en cambio, todos fora
día. Los hechos y las palabras que man una sola serie, de manera que
cada evangelio va recogiendo de la
al producirse la
interrupción con la vida de Jesús, proclamados en la cellegada
de la cuaresma, la serie conlebración en la perspectiva de las pro
tinúa
después del domingo de Pentemesas del Antiguo Testamento —en
costés. Pero sucede que unos años esto consiste el valor de la
primera empieza el tiempo ordinario más lectura— y a la luz de la
experiencia
pronto que otros
—a causa del ciclo eclesial apostólica —la segunda lecnatalicio—.
Esto hace que tenga las tura—, hacen que la comunidad de treinta y cuatro
semanas o solamente los fieles tenga verdaderamente en el
treinta y tres.
En este caso, al producentro de su recuerdo sagrado a lo cirse la
interrupción de la serie, se largo del año a Cristo el
Señor con elimina la semana que tiene que vesu vida
histórica, contenido obligado
nir a
continuación de la que queda y único de la liturgia.
interrumpida. Hay que tener en cuen
La reforma
posconciliar del / año ta, no obstante, que la misa del dolitúrgico
ha introducido en el tiempomingo de pentecostés y la de la soordinario
algo verdaderamente decilemnidad de la santísima Trinidad sivo en
la perspectiva de lo que venisustituyen a las celebraciones domimos
diciendo. En efecto, a partir del nicales del tiempo ordinario.
domingo III se
inicia la lectura semi-
El hecho de que
el tiempo ordinacontinua de los tres evangelios sirio comience a
continuación de la nópticos, uno por cada ciclo A, B y fiesta del
bautismo del Señor permiC, de forma que se va presentando te
apreciar el valor que tiene para la el contenido de cada evangelio a meliturgia
el desarrollo progresivo, epidida que se desarrolla la vida y presodio
tras episodio, de la vida histódicación del Señor.
Así se consigue rica entera de Jesús siguiendo la nauna
cierta armonía entre el sentido 1969
de cada evangelio
y la evolución del año litúrgico. Como hemos indicado ya,
después de la epifanía y del bautismo del Señor se
leen los comienzos del ministerio público de Jesús, que guardan
estrecha relación con la escena del Jordán y las primeras manifestaciones
mesiánicas de Cristo. Al final del año litúrgico, se llega
espontáneamente a los temas escatológicos propios de los
últimos domingos del año, ya que los capítulos del
evangelio que preceden a los relatos de la pasión y están,
por tanto, al final de la vida de Jesús se prestan perfectamente a ello.
Y en medio de las
dos etapas del tiempo ordinario se encuentra el ciclo pascual
—cuaresma, triduo y cincuentena—. Lejos de ser un obstáculo
para la celebración progresiva del misterio de Cristo, este ciclo ofrece
una maravillosa continuidad en la evocación de la vida y de la
acción mesiánica del Hijo de Dios. Recordemos que la cuaresma se
abre con los episodios de las tentaciones y de la transfiguración,
momentos en los que Jesús entra decididamente en el camino de la pascua,
o sea, en el camino de la cruz y de la resurrección, destino y
culminación de su vida histórica y, por tanto, centro iluminador
de todos los hechos y palabras que la llenan. El cristiano, celebrando
sucesivamente todos estos pasos de Jesús, hace suyo este camino y
programa pascual del Señor, camino y programa que ha de realizarse
no sólo en el curso del año lilitúrgico, sino
también a lo largo de toda la vida.
En el año
B del / Leccionario, correspondiente al evangelista san Marcos se
intercalan, después del domingo XVI del tiempo ordinario, cinco
lecturas del capítulo 6 del evangelio de san Juan, debido a la brevedad
de aquel evangelio. La intercalación se hace espontáneamente,
pues el discurso del pan de vida,
Tiempo ordinario
tema de Jn 6,
tuvo lugar después de
la
multiplicación de los panes, que
narran
conjuntamente ambos evan
gelistas.
En cuanto a las
otras lecturas, las del Antiguo Testamento se han elegido siempre en
relación con el evangelio y como anuncio del correspondiente
episodio de la vida del Señor. Las segundas lecturas no forman unidad
con el evangelio y la del Antiguo Testamento, salvo excepciones. Están
tomadas de forma semicontinua de las cartas de san Pablo y de Santiago.
Dada la extensión de la primera carta a los Corintios, se la ha
distribuido en los tres años al principio del tiempo ordinario. La
carta a los Hebreos también está repartida entre el año B
y el C.
Las ferias del
tiempo ordinario no tienen formulario propio para la misa, salvo las lecturas y
salmos responsoriales. El / Leccionario ferial está, no obstante,
dividido en un ciclo de dos años, pero de forma que el evangelio
sea siempre el mismo, mientras que la primera lectura ofrece una serie
para el año I (años impares) y otra para el año II
(años pares). En la lectura evangélica se leen únicamente
los evangelios sinópticos por este orden: Marcos en las semanas
I-IX, Mateo en las semanas X-XXI y Lucas en las semanas XXII-XXXIV. En la
primera lectura alternan los dos Testamentos varias semanas cada uno,
según la extensión de los libros que se leen. El Leccionario
ferial del tiempo ordinario supone una novedad en la liturgia romana, pero se
da con ello cumplimiento a la disposición del Vat. II en orden a la
apertura abundante de los tesoros de la biblia para el pueblo cristiano (cf
El oficio divino
se caracteriza en este tiempo por no contar con otros textos propios que las
lecturas bíblica y patrística del oficio de lectura de cada
día, y las antífonas del Bene
Tiempo ordinario
dictus y
Magníficat de los domingos. Durante el tiempo ordinario se usa completo
el salterio de las cuatro semanas, con sus lecturas breves, responsorios,
antífonas y preces. La serie de lecturas bíblicas del oficio
de lectura va siguiendo la historia de la salvación; las lecturas
patrísticas generalmente ofrecen temas independientes, pero de
una extraordinaria riqueza doctrinal y de una amplísima variedad.
II. Solemnidades
y fiestas del Señor durante el año
La
celebración del misterio de
Cristo a lo largo
del año comprende
una serie de
solemnidades y fiestas
del Señor,
además de los grandes ci
clos pascual y
natalicio. La mayor
parte de ellas
caen dentro del tiempo
ordinario. Los
formularios litúrgicos
para celebrarlas
se encuentran en el propio del tiempo o en el santoral, según sean
variables o fijas en cuanto a la fecha del calendario. La comprensión
adecuada de todas ellas sólo puede hacerse relacionándolas con el
/ tiempo litúrgico que les es más cercano y tratando de comprenderlas
dentro de la secuencia de los hechos y palabras de salvación verificados
en Cristo.
Así
tenemos el 2 de febrero la presentación del Señor en el
templo, a los cuarenta días de / navidad (cf Le 2,22), como un eco de la
celebración de la manifestación del Señor (= Cristo luz de
las gentes en la epifanía y en el templo); la anunciación del
Señor el 25 de marzo, fiesta también relacionada con navidad,
pues se celebra nueve meses antes del 25 de diciembre, pero también
relacionada con la pascua, pues en la encarnación el Hijo de Dios
asume el cuerpo con el cual va a redimir al hombre; la fiesta de / Jesucristo
Sumo Sacer1970
dote, en
España el jueves después de Pentecostés y, por ello,
necesariamente referida a la pascua; la solemnidad de la santísima
Trinidad, el domingo siguiente a pentecostés, celebración que es
una síntesis de toda la cincuentena pascual, en el sentido de que
entre pascua y pentecostés se ha recordado el amor del Padre, la obra
del Hijo y Señor nuestro Jesucristo y la donación del
Espíritu Santo.
La solemnidad del
cuerpo y de la sangre de Cristo y la solemnidad del corazón de
Jesús están ambas en la órbita de la
pascua-pentecostés, lo cual quiere decir que reducirlas a algunos
aspectos únicamente significa empobrecerlas, pues una y otra festividad
se comprenden mejor cuando se las contempla en la dinámica del /
misterio pascual y de la donación-efusión del /
Espíritu Santo, que se nos da en la eucaristía y que ha brotado
del costado abierto de Cristo en la cruz.
El 6 de agosto se
celebra la transfiguración del Señor, fiesta importante,
aun cuando este misterio está presente en la cuaresma, en el segundo
domingo. Sin embargo, tiene lugar cuarenta días antes de la fiesta
de la exaltación de la santa Cruz, el 14 de septiembre. Al margen de las
razones ecuménicas e históricas, además de las populares,
que avalan a una y a otra fiesta, no es difícil ver en ellas un
duplicado de la pascua, especialmente en la dimensión gloriosa y
triunfal del / misterio redentor.
En las
postrimerías del / año li
túrgico,
en noviembre, nos encon
tramos aún
con otras dos festivida
des: la
dedicación de la basílica de san Juan de Letrán, la
catedral de Roma y, por ello, cabeza y madre de todas las iglesias del orbe, y
la solemnidad de Jesucristo rey del universo. La primera, aunque no
lo parezca, es una fiesta del Señor, pues la dedicación de
un templo —y por
I
tanto su
aniversario— sólo puede hacerse a Dios, el cual ha introducido
su morada entre los hombres por medio de Cristo, el único y verdadero
santuario, y por medio de la iglesia, templo del Espíritu. No hay
duda, pues, de las resonancias pascuales de esta fiesta, cuyo paralelo es,
en cada diócesis, el aniversario de la catedral respectiva.
La solemnidad de
Cristo rey hace que culmine la celebración del / año
litúrgico con el recuerdo de la última manifestación del
que ha de venir a consumar toda la / historia de la salvación. Pero
también abre y prepara la nueva etapa del / adviento, que se inicia el
domingo siguiente. La solemnidad, por tanto, hace de enlace entre un
año que termina y otro que empieza, ambos presididos por el signo de
Cristo rey universal, Señor de la historia, alfa y omega, el mismo
ayer, hoy y por los siglos (cf Ap 13,8 = vigilia pascual: rito de bendición
del cirio).
Todas estas
fiestas y solemnidades del Señor tienen los primeros puestos en la
tabla de los días litúrgicos; de manera que, cuando las que son
fijas caen en domingos del tiempo ordinario, se las antepone en la celebración
de la misa y del oficio divino. Esto da una idea de la importancia
que el año litúrgico y el calendario dan al sagrado recuerdo
del misterio de Cristo sobre la base de los domingos y de las restantes celebraciones
del Señor (cf SC 102 y 106).
III. Las
rogativas y las témporas hoy
Al referirse al
tiempo ordinario, no se puede prescindir de dos celebraciones del tiempo
que actualmente no están ligadas a un determinado tiempo
litúrgico. En realidad, nunca
i lempo ordinario
lo estuvieron en
sentido estricto, como se deduce de su historia.
Esta vieja
celebración de las cuatro témporas y de las rogativas
está ligada a las cuatro estaciones del año. Su finalidad era la
de pedir la / bendición del Señor y darle gracias por los frutos
de la tierra y el trabajo. Se originaron en Roma y se difundieron al
mismo tiempo que la liturgia romana, pues las encontramos en las
más antiguas colecciones de textos litúrgicos. Primeramente
fueron tres: en septiembre, diciembre y pentecostés (por tanto:
otoño, invierno y verano). Muy pronto se añadiría la
cuarta en cuaresma (primavera). Se conocen varios sermones de san
León Magno para estos días, que eran ciertamente de ayuno y
comprendían la eucaristía los miércoles y viernes,
además de una vigilia el sábado, en la que también se celebraba
la eucaristía. Esta celebración correspondía ya al /
domingo, de forma que ya no había otra en este día.
El significado
específico de cada una de las témporas variaba según el /
tiempo litúrgico en que tenían lugar. Es importante este
aspecto para no caer en la tentación de ver en estas celebraciones
simples concesiones a cultos naturalistas precristianos. Desde luego,
no deben ser más antiguas que el papa Siricio (384399), a quien se
atribuye su institución. Hipólito de Roma(ss. ii-m) las
desconoce aún. Lo que sí es evidente es su relación con la
vida agraria y rural. Por eso, hoy, considerada además la
extensión universal de la iglesia, se imponía una revisión
y una adaptación a las exigencias concretas de cada pueblo.
La
solución ha sido proponer a las conferencias episcopales la determinación
del tiempo y el modo de celebrarlas, incluso la duración y repetición
durante el año. En España concretamente se señalaron los
días 5, 6 y 7 de octubre, o al menos el
día 5. Si
la celebración se limita a un solo día, se elegirá una de
las misas de las que se proponen para los tres, especialmente aquellos
formularios que abarcan los tres aspectos que comprende la celebración:
acción de gracias, petición y conversión. El / misal ya
ofrece los formularios convenientemente dispuestos. Las fechas
elegidas son muy oportunas porque en ellas tiene lugar el comienzo de
curso, no sólo académico, sino también pastoral, en las
parroquias, movimientos apostólicos, comunida
des, etc., que
han interrumpido o aminorado sus actividades durante el verano. Por otra parte,
esas fechas también son importantes para el mundo de la agricultura.
De lo que se
trata es de reunir a la comunidad para celebrar la vida humana y el
trabajo de todos los hombres como un don de Dios y una oportunidad de
enriquecimiento personal y social, todo ello en el espíritu de fe y
de conversión propios de los creyentes, conscientes de la autonomía
de todo lo temporal, sí, pero también de la necesidad de la ayuda
divina para realizar la propia vocación y misión en el
mundo. Lástima que estas celebraciones apenas ha
yan entrado en la
conciencia de pastores y comunidades.
Otro tanto puede
decirse de las rogativas, institución romana también, pero
de indudable peso en muchas iglesias locales. También corresponde a
las conferencias episcopales determinar su fecha y número de
días.
J. López
Martín
BIBLIOGRAFÍA:
Bellavista J., Sobre las solemnidades del Señor en el Tiempo per
annum, en
Phase" 70
(1972) 347-454; Gracia J.A., El 5 de octubre en el nuevo calendario nacional,
ib, J55-362; Nocent A., Celebrar a Jesucristo 5-7, llempo ordinario, Sal
Terrae, Santander 1979; Kignetti M., Historia de la liturgia 1 BAC '32, Madrid
1955, 862-882; VV.AA., Tiempo
ly/z
de los domingos
verdes, en "Asambleas del Señor", Marova, Madrid 1966;
VV.AA., S. Trinidad, Corpus, Cristo Rey, ib, 53, 54, 88, Marova,
Madrid 1964-1967; VV.AA., SS. Trinitá, SS. Corpo del Signore e Sacro
Cuore, Cristo Re, en "Parola per l'Ass. Fest."28, 29, 62, Queriniana,
Brescia 1971-1973; VV.AA., Tempo ordinario, en // messale romano del
Vaticano II1, LDC, Leumann (Turín) 1984, 458-587.
SUMARIO: 1. Las
diversas concepciones del tiempo: 1. Interpretaciones profanas; 2. Interpretación
sagrada - II. El tiempo está enraizado en el misterio
"Cristo-tiempo": 1. El tiempo está ordenado a manifestar la
bondad de Dios; 2. Lo eterno invade el tiempo: la encarnación, inicio
del cumplimiento del misterio; 3. Cristo en el tiempo; 4. Consecuencias para la
vida de los fieles - III. El tiempo litúrgico: historia de la
salvación-que-continúa: 1. La liturgia: tiempo
de
"historia" de la salvación; 2. Las "justificaciones"
del tiempo litúrgico; 3. Hacia una espiritualidad del "tiempo
litúrgico" - IV. El misterio de Cristo en el ciclo anual: 1.
Una respuesta bíblica a la realidad del tiempo litúrgico; 2. El
año de la redención en el año solar - V. Incidencia
del tiempo litúrgico en la vida de los fieles.
Reflexionando
sobre los datos de hecho presentes en nuestra sociedad, incluso el que no
profesa ninguna fe se da cuenta de que el fluir de la propia existencia
está marcado por el ritmo de los días de trabajo y de los
días festivos, algunos de los cuales tienen su origen en
acontecimientos de la historia civil y otros en hechos propios de la
historia religiosa. Es más, la mayor parte de las festi
vidades tienen un
origen religioso, como el ritmo semanal del día de descanso (domingo
para los cristianos; sábado para los judíos; el equivalente
a nuestro viernes para los musulmanes, etc.), o el retorno anual de las
fiestas (navidad, epifanía; pascua; hégira, etc.).
Ahora bien,
frente a esto, hasta el hombre peor preparado desde el pun1973
to de vista
cultural se plantea la pregunta: ¿Por qué se hace esto? La
repetición del día libre de trabajo, ¿es de la misma
naturaleza que la repetición semanal de la jornada religiosa
para el que profesa una fe? ¿O quizá aquél tiene sus
orígenes en ésta? Y el que profesa una fe se pregunta:
¿Dónde está el verdadero sentido de las festividades
religiosas? [/ Fiesta/Fiestas].
Puede encontrarse
una respuesta a estas preguntas investigando sobre el significado del tiempo.
Al cristiano la respuesta completa le llevará a la
comprensión del / misterio, o sea, de la / historia de la
salvación, que se desarrolla en el tiempo.
I. Las diversas
concepciones del tiempo
Es oportuno
observar ante todo que la concepción y la realidad del tiempo
litúrgico no pueden ser comprendidas o pensadas como nociones
etéreas o estériles fantasías. El tiempo litúrgico
no es una noción. Es vida; es dar espacio vital al Espíritu
de Cristo, presente en la vida cotidiana del cristiano. Por eso se comprende
mejor al vivirlo que al hablarlo. Si aquí se habla de él, es para
comprenderlo más plenamente y, por tanto, para vivirlo de un modo
exhaustivo. El tiempo cósmico en el que se desenvuelve y se desarrolla
la historia de la humanidad, si se toma en su sentido genuino, el que le ha
sido conferido por el Creador, es tiempo de Dios, como de Dios son el
espacio y todos los seres. El tiempo litúrgico es el tiempo de Dios;
pero con una sola observación: en Cristo Jesús. Solamente en
Cristo es como vive el hombre, dado que él, el Señor, es la
estructura y orientación interior de la misma historia1. Puesta
claramente de manifiesto esta perspectiva, que es la cris
Tiempo y liturgia
tiana, ya
están puestas las bases no sólo para un diálogo con otras
concepciones del tiempo, al menos parciales (por, no decir
erróneas), sino también para su superación.
1.
INTERPRETACIONES PROFANAS. Usamos ahora el adjetivo profano en su sentido
etimológico: fuera del phanum, es decir, fuera de lo sagrado;
entendiendo por sagrado sólo lo auténticamente sagrado, y no lo
sagrado que es preciso desacralizar para hacerlo auténtico.
Son
interpretaciones profanas, y por tanto con algunas incrustaciones de lo
mágico, opresivo, esclavizante, subyugante, las interpretaciones del
tiempo propias de las "religiones" creadas por el pensamiento y la
imaginación de los hombres: retorno mítico del tiempo
(antiguas religiones paganas); ilusiones de un nirvana etéreo y
sublimador de las fuerzas del hombre (muchos pueblos primitivos
o culturas que
hunden sus raíces en un pasado glorioso pero ya pretérito).
En general, estas concepciones religiosas, aunque pseudosagradas, con la
categoría tiempo potencian lo tremendum, lo sobrehumano, lo inaferrable,
y dejan al hombre en la espera atónita de algo que lo aplasta o que
momentáneamente le ayuda a trascender un presente insoportable en nombre
de una esperanza humana que sólo tiene el nombre en común
con la cristiana.
Del mismo modo,
resultan erróneas las concepciones del tiempo de la llamada
civilización técnica. Ésta ha creado un nuevo ritmo para
la vida humana: la racionaliza y la colectiviza, la enmarca primero en planes
trienales o quinquenales, y después en balances económicos, en
cifras de productividad y de consumo... Acelera el tiempo de modo desconsiderado
y, con la ilusión de liberar al hombre, en realidad lo hace
esclavo de las mismas
estructuras que
ella desarrolla, cambia o suprime sin tener en cuenta a la persona humana,
si no es en cuanto sirve para la realización de los planes preestablecidos.
Esta concepción del tiempo, propia de una mentalidad
capitalista, se acentúa en cuanto a su negatividad en la mentalidad
marxista: aquí encontramos la concepción de un tiempo cerrado en
sí mismo, porque está deliberadamente separado de toda posible
relación con la eternidad. En este sentido es absurda la
concepción del tiempo propia del ateísmo, que fabrica un
tiempo caótico y espantoso; aquí el hombre no tiene nunca tiempo,
ya no tiene tiempo, porque no tiene el punto de referencia atemporal, que
es Dios, del que deriva el
tiempo.
Así
también diversas corrientes filosóficas
contemporáneas, que hacen sentir su influjo en la literatura, en el
cine, en el modo de pensar de muchas personas, bloquean al hombre en una
temporalidad plana y descolorida2.
Los ejemplos
podrían continuar. Basta haber llamado la atención sobre
algunas concepciones profanas del tiempo para comprender el salto cualitativo
que existe entre éstas y la interpretación auténticamente
"sagrada" del tiempo.
2. INTERPRETACIÓN
SAGRADA. Entendiendo sagrado en la acepción de lo auténticamente
sagrado, que da la primacía al Dios Uno-Trino en cooperación con
la acción libre del hombre, la humanidad conoce una sola interpretación
del tiempo. En otros términos: como es única la revelación
por excelencia y es único el Dios tripersonal, así también
es úni
ca la
auténtica interpretación del tiempo.
Históricamente
hablando, encontramos dos grandes períodos, correspondientes a
los dos Testamentos o
iy/4
bien a los pactos
de alianza entre Dios y la humanidad; pero de hecho se trata de una sola
realidad, en cuanto que el AT es sólo una sombra de la luz que es
el NT. Ahora bien, la interpretación de que hablamos considera el
tiempo como desarrollándose desde "en el principio existía
el Verbo, y el Verbo estaba con Dios" (Jn 1,1) pasando por "al
principio creó Dios" (Gen 1,1), hasta la plenitud de los
tiempos (Gal 4,4). Como atestigua
momentos o
acontecimientos (kairói). Todos estos momentos en conjunto se
ordenan entre sí con vistas a la realización de un proyecto
divino [/ Misterio]. Hay momentos o acontecimientos que, con respecto al
vivir de la humanidad, pertenecen al pasado, otros pertenecen al presente
o al futuro salvífico [/ Historia de la salvación]. El verdadero
tiempo proviene de la sucesión y de la recíproca dependencia
de los acontecimientos de salvación (kairói). Un nuevo acontecimiento
no elimina al precedente, sino que lo lleva hacia su plenitud, hasta el momento
del kairós por excelencia: Jesús histórico/Cristo metahistórico,
que, como "plenitud de los tiempos", da pleno sentido a la
dimensión
temporal, espacial y creatural. Dado que la creación del mundo
está incluida en el período que tiene como cumbre y centro el
kairós Cristo (cf Ef 1,10) •', su mismo realizarse,
completarse y palingénesis (paso de la antigua a la nueva creación,
a la aparición de los cielos nuevos y la tierra nueva: cf Ap
21,1-8; 2 Pe 3,13) tiende progresivamente al
éschaton
[/ Escatología].
En este sentido
el paradigma del
1975
tiempo sagrado se
atiene al siguiente
esquema: pone el
acento en el hecho
epifánico
del Señor como comienzo
de la plenitud de
los tiempos y tiene
su cumbre en el
acontecimiento his
tórico de
la pasión-muerte de Cristo,
contiguo con el
kairós histórico-me
tahistórico
de su resurrección y del
envío del
Espíritu a la iglesia, es de
cir, en el /
misterio pascual.
Es obvio que la
concepción sagrada del tiempo —la cual, repetimos, es
única: no puede haber otras que sean auténticas—, al chocar
con las diversas culturas, asume clarificaciones, profundizaciones y
tonalidades diferentes. Los intentos de comprender la historia de la
salvación han sido diversos, datan del comienzo del cristianismo y
continúan a lo largo del fluir de los siglos. La reflexión
sobre la historia de la salvación se basa y a veces está
condicionada por concepciones filosóficas y filosófico-teológicas
que pretenden comprender más a fondo el dato revelado.
De estos datos
apenas aludidos, pero cuyo sentido se puede intuir fácilmente, se
comprende cómo tanto el desarrollo cuanto el diversificarse de las
connotaciones de tiempo sagrado en las diversas generaciones y culturas
cristianas están en estrecha relación con las grandes reflexiones
teológicas sobre el misterio de la salvación. Basta, por
ejemplo, tomar en consideración la expresión mysterium
salutis y estudiarla a la luz de los padres occidentales. Se ve inmediatamente
que, en general, entienden salus como algo definitivo, seguro,
decisivo, terminado, cumplido, al tiempo que advierten que la realidad
mysterium encierra un contenido que se mueve en el ámbito,
diríamos nosotros, de lo dialéctico4. Por otra parte, estos
padres advierten de modo reflejo que la salvación tiene su causa fontal y
teleológica en Dios. Esto obliga a tomar conciencia de lo
Tiempo y liturgia
siguiente:
afirmar la existencia de una historia salvífica equivale a afirmar
que la salvación se realiza por medio de actos humanos libres y contingentes,
con los que el hombre construye su historia, que es historia de
salvación por iniciativa y por ayuda de Dios.
La
interpretación sagrada de la realidad tiempo proveniente de la revelación
hizo comprender al pensamiento oriental antiguo que la historia no
obedece a la ley del retorno cíclico del tiempo cósmico, que devora
y consume inexorable e ineluctablemente todo, sino que está orientada
fundamentalmente por el proyecto de Dios, que se desarrolla y se
manifiesta en ella. La historia es una constelación de acontecimientos
que tienen un carácter único y que no se repiten, sino que se
depositan en la memoria-anamnesis con su propia virtualidad y eficacia
salvífica. En las concepciones religiosas paganas el tiempo no es
sagrado; aunque se piense que, con la repetición de unos hechos,
ordenada por las denominadas religiones, un hecho particular pueda
reproducir la historia primordial de la divinidad (o de los dioses), como
acontece en los ciclos repetitivos de la naturaleza. Con la revelación
del único Dios, completada en y por Jesucristo con la fuerza del
Espíritu, el concepto y la realidad del tiempo se hacen realmente nuevos.
La obra de Dios Uno-Trino se manifiesta efectivamente en una historia
sagrada por medio de los acontecimientos de que aquélla está
hecha y cuya virtus proviene del hecho de que siempre son acontecimientos
teándricos, divino-humanos. Por esto el tiempo, en el que se insertan
los hechos de Dios para el hombre y con el hombre, tiene en sí un valor
sagrado. En efecto, el tiempo no es
sagrado porque
repita el tiempo primordial en el que Dios creó, el Verbo se
hizo carne, Cristo murió en la
Tiempo y liturgia
cruz, el
Espíritu descendió sobre la iglesia, etc., de una vez para siempre
s, sino en cuanto que Dios vivifica las virtutes de estos acontecimientos,
y la humanidad (la cristiandad y los que a ella se orientan) celebra su memoria
al tiempo que las etapas del plan de Dios se suceden, cada una con su
significado particular, para bien de todos los fieles en la iglesia y para
gloria de
Lo que da un
sentido a todos estos puntos del tiempo (o bien: acontecimientos,
kairói) no es el conjunto de factores históricos que se entrecruzan,
sino exclusivamente la intención divina que los ha orientado hacia
Cristo "sator temporum", "plenitudo temporum", alfa y
omega, principio y final (cf Ap 1,8; 21,26; 22,13). Es significativo en este
contexto el rito de la preparación del cirio en la vigilia pascual,
donde se proclama solemnemente: "Cristo ayer y hoy. Principio y fin. Alfa
y omega. Suyo es el tiempo y la eterni
dad. A él
la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén"6.
La verdadera
concepción del tiempo es la sagrada: es el fruto genuino de lo
Eterno-en-el-tiempo existencial: la revelación. Cuando más
tarde la revelación fue llevada a su plenitud por el
enviado-mesías-revelador Cristo —es decir, cuando el Verbo
eterno se hizo hombre sin de
jar de ser
eterno—, entonces los hechos que él realizó y
dejó a su cuerpo místico asumieron la doble característica
de la temporalidad y de la supratemporalidad. La sacralidad del tiempo
proviene de la con-memoración [/ Memorial] de los acontecimientos
de salvación que, superando el tiempo, son siempre co-presentes; de la
presencia continua del acontecimiento que resume todo en sí: Cristo
[/ Jesucristo, II, 2], y de la pertenencia de todo pasado-presente al
futuro escatológico ya comen
1976
zado [/
Escatología]. El tiempo auténticamente sagrado atestigua que la
salvación es una realidad que se actualiza continuamente. Es precisamente
el medio a través del cual la economía divina se realiza. Pero si
ésta se despliega en la historia, está claro que también
en la historia se debe desarrollar el sucederse de los misterios que se
realizan históricamente en la sucesión de los hechos,
de los que el
tiempo auténticamente sagrado se hace garante, haciendo su memorial
(concebido sin embargo no como algo estático, sino dinámico),
un memorial donde aletea el Espíritu de Cristo: hombre-Dios, tiempo-eternidad,
principio y fin, simultánea e inseparablemente.
Se comprende
entonces cómo las características del tiempo auténticamente
sagrado lo definen como tiempo litúrgico. El tiempo pertenece al
Cristo liturgo. En él, Cristo está presente y actúa. En
Cristo alcanza su verdadero valor.
II. £1
tiempo está enraizado en el misterio "Cristo-tiempo"
El cómputo
del tiempo se realiza según parámetros humanos; pero éstos
son relativos, mutables, contingentes. Por tanto, el tiempo es una
realidad secundaria por el hecho de que está en relación con algo
que está fuera del tiempo y que es lo que le confiere un significado.
Para los cristianos el tiempo no encuentra algo, sino a Alguien que le da
sentido pleno: Cristo. Quien divide el tiempo en ritmos diarios, semanales,
anua
les, etc., es Cristo.
El tiempo pertenece a los cristianos porque es de Cristo. Los siglos, el
año, la semana, los días, las horas, los instantes son de los
cristianos porque pertenecen a Cristo, que vive "por los siglos de los
siglos"7; a aquel que da sentido al año por haber sido puesto en su
iy//
centro8; a aquel
que marca el ritmo de las semanas con ese día que es de tal modo suyo
que se llama / domingo (dies Domini)9; a aquel que es el hoy l0 con el que
la iglesia celebra los / sacramentos y la / liturgia de las Horas; a aquel
que da sentido a cada pulsación del "corazón de los
fieles"". En otras palabras, el tiempo pertenece al cristiano
como el cristiano pertenece a Cristo. Por él el cristiano toma
conciencia de que, en el tiempo que Dios le concede, tiene todo el tiempo
necesario para hacer lo que Dios desea que haga. Porque el cristiano tiene el
tiempo que es Cristo. Y Cristo, para el cristiano, lo es todo. Nadie debe
maravillarse de la existencia de tantas concepciones equivocadas del tiempo,
por las que el cristiano corre el peligro de sentirse abrumado: dado que
la verdad es una, está claro que el error puede ser múltiple;
dado que la verdad es Uno, es normal que los que se equivocan sean muchos. La
verdad es Cristo. Él es en el tiempo. El está presente hasta la
consumación de los tiempos. Se comprende por tanto cómo el
tiempo encuentra su origen, su desarrollarse y su completarse en el misterio
de Cristo-tiempo por múltiples razones.
1. EL TIEMPO
ESTÁ ORDENADO A MANIFESTAR
1 lempo y
liturgia
carne. La
expresión de León Magno: "Admirablemente lo creaste,
más admirablemente lo redimiste", podría ser explicada
así: "En el principio Dios dijo: Hágase. Dijo:
Hágase bien en todas sus partes. ¡Y se hizo bien! Después,
por obra del primer Adán, se destruyó todo el bien y vino la
ruina. Y Dios volvió a decir: Hágase de nuevo. Dijo:
Hágase de nuevo bien en todas sus partes. Y fue hecho de nuevo mejor.
Por obra del segundo Adán se rehizo cada parte de bien. Fue hecha la
alegría de la creación. Fue hecha la gloria de la
creación. Y habitó entre nosotros en persona, en el tiempo,
una vez, para la continuidad de siempre". La bondad de Dios se manifiesta
en la humanidad y benignidad de nuestro Salvador, por medio del cual todo
ha sido creado (cf Tit 3,4; Col 1,16).
Todo esto lo
explica Pablo, que fija su mirada en Cristo hombre-Dios, en el Cristo de la
carne y de la gloria, en el Señor que entró en el tiempo a
través de una mujer (Gal 4,4), pero que es siempre y sobre todo "el
Hijo propio de Dios" (Rom 8,32), el Señor. El Padre es creador,
pero en su unigénito Hijo Jesucristo. Pablo profesa en 1 Cor 8,6:
"Hay un solo Dios, el Padre, del que proceden todas las cosas y por
el que hemos sido creados; y un Señor, Jesucristo, por quien
son todas las cosas y nosotros por él". Es más, en la carta
a los Colosenses, Pablo precisa y encuadra este tema: "El cual es imagen
de Dios invisible, primogénito de toda la creación, porque por
él mismo fueron creadas todas las cosas, las de los cielos y las de
la tierra, lo invisible y lo visible, tanto los tronos como las
dominaciones, los principados como las potestades; absolutamente todo fue
creado por él y
para
él" (1,15-17). Y el autor de la carta a los Hebreos (1,2-3) afirma:
"(Dios) nos ha hablado por el Hijo,
a quien ha
constituido heredero de todas las cosas, por quien hizo también el
universo. Éste, que es el resplandor de su gloría y la
impronta de su sustancia, sostiene todas las cosas con su palabra
poderosa". Por otra parte, el prólogo juanista acentúa
la misma realidad cuando afirma: "Todo fue hecho por él; en
él estaba la vida, y la vida es la luz de los hombres... Estaba en el
mundo; el mundo fue hecho por él" (Jn 1,3
4.10).
En la
práctica, los textos de la / eucología, que en la /
celebración hacen una exégesis viva de la palabra de Dios,
subrayan la centralidad de Cristo en la realidad de la creación. En el
credo profesamos nuestra fe en el único Señor Jesucristo, por medio
del cual han sido creadas todas las cosas. En el canon romano rezamos:
"Por Cristo Señor nuestro. Por él sigues creando lodos los
bienes,
los santificas...
y los repartes entre nosotros". Y el antiguo himnario reza: "Cristo,
rey y creador para siempre"; "Cuando llegó la plenitud del
tiempo sagrado, el Padre envió al Hijo, creador del mundo, rey eterno
de los escogidos, creador de todas las cosas".
Y, en el Verbo,
el Padre piensa y crea el tiempo. El Padre crea el tiempo y da el tiempo
al mundo mediante el Verbo, llamado por el himno de los domingos de
cuaresma (oficio de lecturas) "omnium rex atque factor temporum".
Así, el tiempo está ordenado en su totalidad a realizar y
manifestar la riqueza del pensamiento-palabra de Dios creador, hacedor del
sucederse del tiempo, hecho él mismo tiempo.
y realiza la
encarnación del Verbo eterno en el tiempo para poder manifestar a
todos el amor, que es el constitutivo de Dios.
2. LO ETERNO
INVADE EL TIEMPO:
¡y /o
CUMPLIMIENTO DEL
MISTERIO. La encarnación es el milagro de los milagros, en el que
se realizan las obras maravillosas de Dios. En María la voluntad de Dios
se encuentra con la de la humanidad. En el seno de
La
creación del tiempo es querida por Dios porque está destinado a
ser tiempo de salvación, en el que nacerá el Salvador, que
cumplirá en sí el
misterio pascual.
Dios crea el tiempo
y se lo da al mundo a través del Verbo; lo da como el cauce que debe
recibir a aquel que es la plenitud de los tiempos: Cristo Jesús '2.
El Oriente
cristiano se detiene es
pecialmente en su
liturgia en la epifanía completa de las mirabilia Dei, que tienen
su comienzo en Cristo por medio del Espíritu. En la humanidad de
Jesucristo se manifiesta la divinidad (fiesta de la teofanía, epifanía,
doxofanía, agapetofanía). El Occidente cristiano prefiere ver en
el Señor-Kyrios la humanidad-benignidad de nuestro Salvador
(solemnidad de navidad).
Oriente
acentúa además la fiesta de la cruz y el preanuncio
litúrgicohistórico de la fiesta de la transfiguración,
que tiene implicaciones epifánicas con la cruz y la
resurrección, con el envío del Espíritu y la
parusía. Occidente, especialmente en el marco de las liturgias
ambrosiana y galicana, acentúa la parusía. El reino eterno
de Dios es la etapa final extratemporal de la historia de la sal
vación que
ha comenzado ya en el aquí y ahora ("hic et nunc") del tiempo
sagrado ".
Con la
encarnación del Verbo comienza la mayor irrupción que haya
acontecido nunca de lo eterno en el tiempo de la historia humana: Dios 1979
mismo habita en
el seno de una vir
gen, toma un
cuerpo como el nues
tro, está
en medio de los hombres
sus semejantes,
de modo que todo el
universo
encuentra ahora su centro
no sólo en
Dios, sino en un hombre
que es Dios. A
través del tiempo de
la
salvación se habían preparado los
caminos hacia
Cristo. Su venida, su
venir a acampar
entre nosotros, da
comienzo al
viraje de los tiempos, el
cual puede
así superarse a sí mismo
y por-en-con
Cristo hacerse un con
tinuo presente de
salvación. En este
sentido, el
tiempo auténticamente
sagrado se
convierte en tiempo litúr
gico, mediante el
cual el Dios atemporal actúa en el tiempo con las mismas
acciones salvíficas que Cristo ha realizado en continuidad con la obra
de lo eterno en el tiempo. La historización de esta obra comenzada
en la encarnación tiene su cumbre en la pascua-pentecostés
cristiana. Las acciones llevadas a cabo por Cristo en un determinado
momento histórico son realizadas, en el tiempo litúrgico que es
el Cristo-tiempo, en una actualización que es a la vez
histórica y metahistórica, humana y divina, temporal y supra-temporal.
3. CRISTO EN EL
TIEMPO. Con Cristo viene la novedad absoluta, el primer principio, el
restablecimiento radical de la relación entre la humanidad y su
creador, ahora ya fundado no sólo en el hecho de que Dios se quiera
donar, sino en el Dios-encarnado que se ha donado efectivamente.
Puesto que el Verbo se hace hombre, entra en la existencia temporal con
todas las relaciones que la sitúan y la limitan. Pero dado que este ser
humano es también el Verbo eterno, se convierte inmediatamente, hasta en
su existencia temporal, "ya que en él quiso el Padre que habitase
toda la plenitud" (Col 1,19), en plenitud de la divinidad, de la
eternidad, de lo universal, y en plenitud de
Tiempo y liturgia
la humanidad, del
tiempo y de lo particular.
El que es principio,
centro y fin del tiempo cósmico en su totalidad se convierte en aquel en
quien todo nace, subsiste y se consuma; se convierte en el tiempo
verdadero, pleno, que tiene sentido: el ayer, el hoy, el siempre; el
aquí, el ahora; el alfa y la omegal4. Es el eterno siempre personalmente
comprometido en el devenir y que, en su humanidad, funda, inicia y mide el
tiempo.
Es preciso
comprender bien el "ephapax", el "semel", el "de una
vez para siempre" de Heb 7,27; 9,12; 10,10, que incluye en sí la
idea de una continuidad supratemporal. En efecto, es de una vez para siempre
como Cristo ha realizado el "hapax", es decir, la única
realidad, el misterio pascual. Cristo, llamado alfa y omega, está
en el origen y en el término de todas las cosas que son, que fueron
y que serán l5. Una sola vez enviado por el Padre, apareció
entre nosotros. Una sola vez nacido, muerto, resucitado, ascendido al Padre, entronizado
en los cielos, sentado a la derecha del Padre para interceder por nosotros. Una
sola vez el Verbo se hace carne, la eternidad se hace tiempo, para dar al
mundo, por medio de su humanidad, ser, sentido y valor. Por esto, como la
eternidad fundadora del tiempo está literalmente presente y es
eficaz en Jesucristo, lo eterno en persona crea el mundo temporal y hace surgir
el tiempo como medida de toda la existencia. El tiempo del mundo está ya
ahora y para siempre, en todas sus partes y en su totalidad, fundado, puesto y
medido por Jesucristo. Cristo, compendio de la salvación, el
Salvador, el misterio, o sea, el plano de la salvación proyectado
por
Tiempo y liturgia
la
asunción del tiempo por lo eterno, como la recreación del tiempo
en su función más radical, como el comienzo del tiempo de la
salvación para todos los hombres. Y este aspecto de asunción, de
transfiguración, de consagración del tiempo, constituido por
Jesucristo, es necesariamente único, porque es la única
trama: de lo eterno y del tiempo; del Creador y de su creación; del
Salvador con los salvados; de
La venida del
Verbo encarnado es, por tanto, el acontecimiento escatológico por
excelencia. Puesto que lo eterno se hace presente en el tiempo, los primeros
tiempos se cierran, se inauguran los últimos tiempos; nace una alianza
nueva y eterna. En este sentido, los últimos tiempos son el mismo
Jesucristo, en cuanto que en él se cumple el misterio total de la
salvación, ya que el "Salvador del mundo" es el mismo
"ayer y hoy y lo será por siempre" (Heb 13,8). Así la
salvación es historia plena, que pasa
por la humanidad
de Cristo. Cristo contiene en sí mismo todo el misterio, en cuanto
que en su humanidad el proyecto eterno de la salvación se realiza
totalmente por medio de la presencia y de la acción divina en él.
El misterio de Cristo es el fin al que tendía desde el comienzo el plan
de Dios; y al mismo tiempo es el princi
pio concreto de
la salvación que Dios quiere comunicar a los hombres. Él
misterio de Cristo es, por esto, el centro y la cumbre de la historia de
la salvación, que solamente en él encuentra su
actualización plena y su razón de ser.
4. CONSECUENCIAS
PARA
1980
nos.
Éstos, sin embargo, vivieron, viven y vivirán la realidad de
Cristotiempo a través de la liturgia. La historia misma de la
comunidad cristiana primitiva testimonia cómo el tiempo estaba
marcado por los ritmos diarios de oración (cf He 1,14; 3,1; 10,9;
etc.) y por los semanales con referencia al "día del
Señor" (cf Ap 1,10), que sustituía al "día de
Yavé" del AT (cf Am 5,18; Jl 2,1; Sof 1,7; etc.) al llevarlo a su
cumplimiento escatológico. En efecto, el concepto de parusía
o de tiempo último-escatológico equivale al tiempo de la
intervención de Dios, proyectado por él mismo (Dan 2,21;
7,12), equivale al momento en el que la intervención de Dios se
concretará (Dan 9,2.24-27; MT 24,3). A este respecto es muy conocido el
pasaje del Eclesiastés 3,1-13, que confirma que el hombre no puede
conocer los fines de Dios en el mundo. Hasta que él orden preestablecido
comience a realizarse: desde entonces en adelante se
perpetuará la salvación para
todos los
hombres. Esto se realiza en el Cristo vida, presente en el tiempo hasta el
fin de los siglos, creído, celebrado y vivido por el creyente en una
relación de intimidad. La intimidad con el Señor,
dueño y hacedor de todos los tiempos, no puede ser coartada por
ningún tiempo, según el principio: "Omnium tempo-rum
Dominator non adstringitur spatiis temporalibus".
El vivir del fiel
es tiempo de Cristo, por lo que el tiempo es para Cristo y Cristo es
el todo. En Cristo ya no hay distancia temporal; sólo hay presencia
íntima. En él ya no hay pasado, sino siempre y sólo
presente. Con él se está proyectando hacia el futuro. No se tiene
nostalgia del pasado, sino del futuro. Es el ya, pero todavía no
manifestado como tal; es el ya y todavía; es el ya pero todavía
más. Del impacto de lo eterno con el
tiempo se
desprende la presencia de
1981
Cristo en el
tiempo y se profundiza en la unión con él, que se prolonga en lo
eterno. Paradójicamente, el tiempo, desde que con Cristo sumo y eterno
sacerdote se convierte en tiempo litúrgico, se trasciende a sí
mismo. Por otra parte, el pensamiento del Padre, concretado y realizado
por nosotros en Cristo (nos eligió en él: Ef 1,4) en virtud del
Espíritu Santo, es tal que no nos piensa separados de Cristo. Y por
ahora nosotros no podemos permanecer fuera del tiempo, que es él: el
Señor.
El tiempo para la
liturgia es la actualización crono-ontológica de la
única ley: todo en Cristo (cf Ef 1,10). La coordenada normal en la que
vive el fiel —el tiempo— está en manos de Cristo, es de
Cristo: se vive sólo para él, en él y con él,6.
III. El tiempo
litúrgico: historia de la salvación-que-continúa
El Verbo eterno
por su encarnación se ha introducido no en un tiempo abstracto o
mítico, sino en el tiempo de la historia de los hombres, haciendo de
él un tiempo de historia de salvación real y siempre actual. En
efecto, nosotros "llegamos a ser partícipes de Cristo" (Heb
3,14) en el momento en que él "participó de la misma carne y
sangre" (Heb 2,14), haciéndonos entrar en ese su hoy, que
constituye el cumplimiento en el tiempo de esa salvación de la que
él es portador y que es un hecho de todos los días durante todo
el tiempo en que ese hoy se proclama.
1.
Tiempo y liturgia
etapas
salvíficas, las cuales son el despliegue orgánico de la
memoria de los misterios de Cristo, que se resumen en el único /
misterio pascual, y la / celebración de esos misterios bajo los diversos
aspectos de cada uno de los acontecimientos de la vida histórica de
Cristo. Efectivamente, la afirmación de Agustín: "Dado
que Cristo es la palabra de Dios, también un hecho de
En este sentido,
la constitución sobre la liturgia del Vat. II afirma que "las
riquezas del poder santificador y de los méritos del Señor"
se hacen "presentes en todo tiempo para que puedan los fieles ponerse en
contacto con ellos y llenarse de la gracia de la salvación"
(SC 102). Con esto se dirige la atención hacia la realización y
actualización del misterio que es Cristo, misterio que está unido
a la eficacia de las acciones que el mismo Cristo ha realizado y realiza. Y las
acciones del Señor son esas acciones mediante las cuales se revela y
realiza el plan divino de la salvación. Él, el Señor,
persigue y prosigue en el tiempo el camino de inmensa miseri
Tiempo y liturgia
cordia que
inició en su vida mortal. Mediante la liturgia toda la iglesia puede
realizar con Cristo, un año después de otro, su camino hasta la
victoria final y recorrer una a una
las principales
etapas del misterio de Cristo, para conformarse así, progresivamente,
con su imagen.
2. LAS
"JUSTIFICACIONES" DEL TIEMPO LITÚRGICO. El tiempo, en la
auténtica acepción de tiempo sagrado, es tal por la
presencia de Cristo en él. Es más, el Verbo hecho carne por obra
del Espíritu, Cristo, el ungido por excelencia, rey y sacerdote,
llena el tiempo dándole su sentido pleno y definitivo. Este sentido
está en relación con el sacerdocio de Cristo, porque el tiempo,
desde la
encarnación
del Verbo hasta siempre, sirve para dar gloria al Padre, en Cristo-tiempo,
por el poder del Espíritu. Pero como es Cristo el que ascendió a
los cielos y está sentado a la derecha del Padre, entronizado en los
cielos (Heb 9,12) (= en la eternidad) de una vez para siempre, lleva a una
dimensión eterna la gloria que
el hombre junto
con todo lo creado debe dar a Dios. El tiempo asume una dimensión
litúrgica. Está lleno de la gloria del Padre, que es Cristo. Es
por el poder del Espíritu cómo en el tiempo litúrgico se
da la posibilidad, a todo hombre que se haya convertido en fiel, de
configurarse y de conformarse con Cristo, de recorrer su trayectoria humana y
ponerse en
contacto con cada
uno de sus misterios, que tienen para cada persona una ejemplaridad y una
eficacia inagotable. La linfa de la vid se transmite a los
sarmientos; la vida de Cristo cabeza pasa a los miembros de su cuerpo
místico.
A través
del tiempo litúrgico, organizado de modo que se repita anualmente,
es como pueden realizarse para el fiel algunas realidades típicas,
que son el fundamento de la
1982
comprensión
del año litúrgico tanto globalmente considerado como vivido
en cada una de las solemnidades, fiestas, memorias o ferias o en el fluir de
los tiempos fuertes (adviento-navidad-epifanía; cuaresma-pascua-pentecostés)
y de los tiempos débiles (tiempo ordinario o per annum).
Teniendo como elementos básicos la polarización sobre la per
sona de Cristo y
sus misterios y la atención a los imitadores de Cristo (los santos:
ciclo santoral), el año litúrgico realiza ante todo, de modo
gradual y progresivo, la ley de la imitación de la vida de
Jesús. En efecto, los fieles del Señor, aceptando el don del
Padre y la obra continua del Espíritu, deben reproducir perfectamente
en sí mismos, imitándolo, a Jesucristo. Jesús nos
dice que le sigamos (Mt 26,14; Me 8,34; Jn 12,26), y
pone a los
discípulos una meta de perfección: el Padre (Mt 5,48). A su vez,
Pablo inculcará a la iglesia primitiva la misma ley: la de la imitación
(mimesis) de Cristo (cf 1 Cor 4,15; Ef 5,11; Flp 3,17; 1 Tes 1,6). La liturgia
lleva este precepto a la práctica de un modo que le es exclusivo.
La
imitación, en cuanto es posible, implica que se revivan las acciones
salvíficas realizadas por Jesús en la tierra (sus misterios): la
principal entre todas es el único gran acontecimiento de la
muerte-resurrección de Jesús con el don del Espíritu [/
Misterio pascual]. A este respecto encontramos en los padres de la iglesia
expresiones como: "Lo que suce
dió una
vez en la realidad histórica, la solemnidad [litúrgica] lo
celebra de modo que se repita y así lo renueva en el corazón
de los creyentes" (Agustín); "¡Cuántas fiestas
litúrgicas para cada uno de los misterios de Cristo!"
(Gregorio Nacianceno). Porque toda fiesta litúrgica tiene en sí
una í\xtrz&-virtus: "Ese día no pasó de modo que
haya pasado también la fuerza íntima de la acción
1983
(virtus operis) que
realizó en aquel tiempo el Señor" (León Magno).
Pero si por una
parte el misterio de Cristo es rico y múltiple, nuestra naturaleza
humana es limitada en sus posibilidades. Precisa considerar lentamente en todos
sus detalles, en todos sus aspectos, el misterio total que es Cristo, para
penetrar mayormente en su conocimiento, para ser estimulada a la
adhesión, para conformarse integralmente a su imagen, para crecer
progresivamente en gracia y en sabiduría como él y en
él, mientras que aumenta el número de sus años. Y el estar
cada persona inserta en el tiempo la configura ya implícitamente
con el Hijo. La encarnación del Verbo del Padre aconteció
en la carne y, por lo tanto, también en el tiempo: es hacerse-tempo
ral, sumergirse
en el tiempo. La encarnación no perturbó el ritmo natural del
tiempo ni provocó la parada del proceso natural del apremiar
el tiempo, ni el crecimiento del cómputo cronológico. Por el
contrario, consagró el tiempo, renovándolo y haciendo
de él algo nuevo (se comprende entonces nuestro modo de contar los
años [de salvación] a partir del nacimiento de Cristo).
Para la vida del
fiel, el tiempo no es simplemente un conjunto de coordenadas que, como un
marco, encuadran sus propios hechos. El tiempo forma parte de la
existencia de la persona, que está inmersa en él, junto con
todo lo creado, en el sucederse de días, años y siglos. El
Verbo, al asumir la naturaleza humana, asumió todo lo creado y lo
restauró, santificándolo, infundiéndole la posibilidad
de dar gloria plena y perpetua al Padre. Los días, los años
y los siglos entran también en el nuevo movimiento imprimido por el
Redentor del universo. Se comprende, por tanto, cómo el tiempo, a
partir del hacerse-temporal de lo eterno, se
convierta en
sacramentum, o sea,
Tiempo y liturgia
signo eficaz de
los misterios que Cristo realizó. El año litúrgico transfigura
todos los días de los fieles al elevarles y hacerles instrumentos eficaces
de conformación con él, el Señor, que vive y reina
por los siglos de los siglos. Es más, es el tiempo litúrgico el
que, en un hoy (hodie) perenne, tiene la capacidad de imprimir su ritmo y
de medir la existencia rescatada y redimida.
3. HACIA UNA
ESPIRITUALIDAD DEL "TIEMPO LITÚRGICO". Si el tiempo en
manos de la liturgia se convierte en historia de la salvación, el
tiempo litúrgico es la sedimentación privilegiada de las
experiencias bíblico-eclesiales que el Espíritu Santo (que
es la memoria experiencial de la iglesia, porque es su ánimo y su alma)
confía a la iglesia en los fieles y a los fieles en la iglesia. El
tiempo litúrgico es un continuo / memorial del sucederse y continuarse
de hechos histórico-salvíficos que se concretan en
repetidos encuentros con Cristo, Señor del tiempo y de todo y
de todos "
por el poder del Espíritu. El memorial del futuro anticipado y del
pasado vivido se hace eficaz en el presente litúrgico. El tiempo
litúrgico ofrece a cada fiel la posibilidad de insertarse de un
modo nuevo en el acontecimiento fundamental que es el misterio de Cristo, y simultáneamente
introduce el acontecimiento salvífico en la vida de cada fiel. El
tiempo litúrgico llega a ser la interiorización eclesial del
misterio convivido con Cristo, en cuanto él está presente y
actúa en el tiempo: interiorización y perpetuación de
cuanto ha sido realizado en Cristo, por Cris
to, para Cristo y
con Cristo. Y al par el tiempo litúrgico es el espacio privilegiado
de la acción del Espíritu Santo, que en la celebración del
ciclo litúrgico actualiza los misterios de Cristo; y es el "aduar-operar"
del Espíritu del Resucitado, que hace y
1V84
actúa en
nosotros lo que Cristo ha 1. UNA RESPUESTA BÍBLICA A LA vivido y vive en
la iglesia. REALIDAD DEL TIEMPO LITÚRGICO. A El tiempo de la liturgia es
el tiem- primera vista parecería que el NT po del hoy de la gracia.
niegue la legitimidad de organizar el tiempo litúrgico tal como la
iglesia
lo ha hecho
IV. El misterio
de Cristo- Ésta afirma que quiere en el ciclo anual celebrar "la
memoria sagrada de la obra de la salvación realizada por Es pensamiento
común en los pa- Cristo en días determinados durante dres que en
el ciclo que se repite cada el curso del año"'«. Si al ojo
del proaño se reactualiza para nosotros el fano el año
litúrgico aparece como misterio de nuestra salvación; miste- un
conjunto y una sucesión de sorio que, prometido desde el origen y
lemnidades, de fiestas y de memollevado finalmente a cumplimiento, rias,
es muy diferente su verdadera se prolongará sin tener nunca fin.
finalidad. Quizá también los fieles De este punto de vista se
hace eco, podrían quedar afectados al escupor ejemplo, el himno de
las según- char las lecturas de perícopas del das vísperas
de navidad: "Hic prae- evangelio según Juan, el cual trasla
sens testatur
dies, currens per anni da de un modo sistemático y regular
circulum". Frente a semejante com- los hechos realizados por Jesús
a la prensión cíclica, podría surgir, si no
Jerusalén de los días de fiesta (cf Jn propiamente una duda, sí
al menos 2,13.23-25; ll,54ss; ll,12ss; 13,1: pasuna cierta confusión
respecto a lo cua; Jn 5,1; 7,14.37; 8,2; fiesta; Jn que hemos afirmado
más arriba: que 10,22: dedicación) para indicar el el tiempo
litúrgico está claramente cumplimiento pleno de esas fiestas en
posición de superación de las con- en Cristo y, por tanto, su
fin. Es cepciones profanas del tiempo, mu- más, Pablo, al descubrir que
los gachas de las cuales están en una estre- latas observaban
días, meses y años, enísima relación con una
compren- siente surgir en él la duda de haber sión ciclica del cosmos.
Por otra trabajado en vano entre ellos (cf Gal parte, también hemos
recordado 4,10), porque las fiestas, los novilumás arriba un dato
de hecho: la en- nios y los sábados son sombras del
carnación
del Verbo significa que lo futuro, cuya realidad es Cristo (Col eterno se
hace-temporal. Y el Verbo, 2,16). Sin embargo, lo que el Apósasí
como asume la naturaleza huma- tol combate es la manera, el espíritu na,
también asume la dimensión anacrónico y formalista en la
obsertemporal, renovando la una y la vación de fechas y fiestas.
Los gálaotra. Si después se añade que ni tas
demostraban no comprender que Cristo pretende someterse a ninguna aquellas
celebraciones comprómeformalidad, ni siquiera a las forma-
tían la fe cristiana. A la luz de la lidades temporales propias de la
an- polémica explicitada por Pablo, y ya tigua economía, a su vez
unida a una presente implícitamente en Juan, determinada praxis marcada
por rit- contra la observancia de fechas y fiesmos temporales, ni la
iglesia ha ter- tas, surge la necesidad de superar
giversado el
pensamiento y la volun- concepciones farisaicas y formalistas tad de su Esposo
al organizar el año en torno al modo de vivir el tiempo,
litúrgico, entonces se deben buscar para entrar en la perspectiva introotros
fundamentos, además de los ducida por Cristo a propósito del ya
indicados [/ supra, III, 2], para tiempo.
una
comprensión más adecuada del En otras palabras: cuanto la igletiempo
litúrgico. sia, que por medio de la liturgia es 1985
intérprete
veraz y verídica de la voluntad de Cristo, realiza en el año
litúrgico no es algo simplemente circular y vacío de
significado. Bajo un orden y una determinación temporal, en el
año litúrgico está presente el conjunto de todas las
acciones salvíficas de Cristo, que engloban toda la historia de la
salvación, desde sus orígenes en la ya implícita
revelación en la creación hasta su cumplimiento final, en el que,
por medio del Cristo glorioso, todo el mundo formará el reino de Dios,
el pueblo santo de adquisición, el hombre nuevo, perfecto, formado
a la medida de la plenitud de Cristo (cf Ef 4,13). Pero para que esto
suceda, el hombre no sólo debe recibir la revelación del plan de
Dios (aspecto de la aceptación del don), sino que debe llegar al
mismo Cristo como plan salvífico revelado, es decir, participar en
el mis
terio de Cristo
(aspecto del don conquistado y explotado) a través del desarrollo
cíclico del año, que es figura de todo el
ciclo-de-la-redención que Cristo realizó en sí mismo desde
la encarnación hasta pentecostés y que todavía tiende a su
realización definitiva por medio de su segunda venida en la gloria. Este
desarrollo del plan de la redención es el verdadero año de
la salvación, a imagen del cual se ha dispuesto el año
litúrgico. Por otra parte, Cristo en la sinagoga de Nazaret,
aplicándose a sí mismo la profecía de Isaías,
había proclamado como realizada en él mismo la liberación
sagrada del año jubilar, indicando su propio tiempo y toda su actividad
como el año santo de la liberación (cf Le 4,16-21). De este
año de la redención, que contiene todo el tiempo de Cristo, es de
donde nace y se desarrolla el año litúrgico como su
proyección y síntesis cíclica en la historia humana,
que exteriormente se organiza de acuerdo con el movimiento de la tierra en
torno al sol, pero cuyo sentido
63
Tiempo y liturgia
profundo es el
gravitar de los hombres, de lo creado y del tiempo en torno a Cristo.
2. EL AÑO
DE
componentes de su
pueblo a ser santos porque él es santo (cf Lev 19,2). El mismo
conjunto de disposiciones de la antigua alianza sobre el culto implicaba
también una actitud interior a través de la cual la santidad
divina pudiese alcanzar en profundidad al hombre. En la alianza nueva y
definitiva, cada iglesia local, tomando conciencia de su deber de
conformarse con Jesucristo, único protagonista de la salvación
divina llevada a su plenitud, se organiza a partir de las antiguas estructuras,
pero con un espíritu nuevo. Es más, toma conciencia de que
Jesús, como humilde Hijo del hombre y Señor omnipotente, ha dado
sentido a todas las antiguas fiestas. "En los sinópticos
y en Juan, en la carta a los Hebreos y en el Apocalipsis es presentado
como el único verdadero protagonista de la fiesta de la pascua
(el Cordero de
Dios); de pentecostés (el dador del Espíritu como primicia
Tiempo y liturgia
de los frutos de
la salvación); de los tabernáculos (el dador del agua de vida que
es el Espíritu Santo; la luz del mundo; la nueva alianza; el juicio
de Dios; el sacerdocio del único pueblo de Dios; el dador de la nueva
ley que es el Espíritu); del kippür (el que ha entrado de una vez
para siempre con su sangre en el tabernáculo eterno no construido
por mano de hombre); y además del año nuevo (el iniciador de la
nueva realidad sin fin); de la dedicación del templo (el nuevo
templo); de las suertes (el que es el primogénito de los muertos,
que ha vencido a la muerte con la muerte, que ha establecido la vida como
destino del hombre que cree). Al fin él es el protagonista y
señor del sábado, porque ha cumplido los seis días de
las obras del Padre aceptando morir, regenerar la creación y
regenerar al hombre creado a imagen de Dios, entrando así en el
descanso de Dios" ".
Las diversas
liturgias orientales y occidentales, nacidas bajo este impulso y animadas
por estas ideas directrices, han desarrollado, acentuando un aspecto
u otro, la gama de los misterios de Cristo, copresentes en el único
misterio de pascua-pentecostés. Cristo glorioso con su misterio
histórico y suprahistórico se hace presente en la historia de la
iglesia, que celebra sus diversas manifestaciones a lo largo del
año solar. El año litúrgico es un sacramental; en la
línea de los sacramentos20 es un medio eficaz para historizar la vida
del Señor, que se propone a los hombres que lo buscan con sincero
corazón en el conjunto de sus acontecimientos, para que
lleguen a ser una sucesión de acontecimientos salvíficos.
El año
solar se convierte en símbolo de la eternidad por el hecho de que
en su sucederse, mientras que vuelve al punto de partida, no se detiene
nunca, sino que tiende siempre 1986
hacia Cristo. El
año de la redención, el litúrgico, desarrollándose
según el año solar, se renueva continuamente. Los
años solares, como medida del tiempo, se superponen unos a otros, de
modo que el fin de un año coincide con el comienzo de otro nuevo en
una circularidad continua. Para el año litúrgico el acabar de un
año da comienzo al otro, en un progreso de espiral, de modo que el
final de uno esté más elevado que su comienzo, y desde el
final más avanzado comience un nuevo ciclo de la redención.
Esto significa, de modo figurado, que el tiempo de toda la historia de la
salvación que se realiza en la iglesia, y que en cada uno de los fieles
puede ser no sólo contado como "año del Señor 1983,
1984...", sino también perfeccionado y acrecentado por medio
de una progresión. En efecto, con el alternarse y sucederse de los
años de la redención, cada fiel se inserta cada vez
más en los misterios de Cristo, o sea, en los diferentes aspectos
mediante los cuales la única y misma gracia de la salvación se
nos da en Cristo.
A través
de la imagen temporal del año, el fiel entra en comunicación
con la santidad eterna, por cuyo medio se ha realizado para nosotros, en la
humanidad de Cristo, el plan salvífico de Dios. Es éste, por
tanto, el camino a través del cual cada uno de los hombres es llamado a
la unidad salvífica del pueblo de Dios, que tiene una historia, con
un tiempo cuyaforma es la iglesia, "la cual es el cuerpo de él, la
plenitud del que lo llena todo en todos" (Ef 1,23); que además
llega a ser ella misma misterio, es decir, "signo e instrumento de la
unión íntima con Dios y de la unidad de todo el
género humano" (LG 1); es más "reino de Cristo ya presente"
en el fluir del tiempo, sagrado por excelencia. Así se realiza todos los
días lo que se hizo una vez. Y es característico de los actos
salvíficos
1987
de Cristo no
quedarse en su pasado, sino permanecer eficaces, por la gracia, en el
presente de su misterio total, que es Cristo-iglesia; no quedar sepultados
en el olvido, sino renovarse en su influjo. Para la omnipotencia de
Dios nada está abolido, nada ha pasado, sino que por su gran poder todo
está presente para él, todo el tiempo es para él hoy.
En la concepción
común del tiempo, lo que ha pasado aparece como algo
estático y olvidado. El misterio, por el contrario, como
"acción por la que se revela la salvación de Dios en
Cristo", es una realidad que siempre se renueva en el presente; es
por su misma naturaleza dinámico y eficaz. En el ciclo del
año litúrgico los misterios son acciones del Cristo que
está presente entre nosotros hasta el final de los siglos, y se
convierten en una inmersión, cooperación y participación
en lo que Cristo realiza "hoy y por los siglos".
V. Incidencia del
tiempo litúrgico en la vida de los fieles
Dado que el
misterio de Cristo se revive en el ciclo litúrgico anual, se
podría afirmar que el tiempo litúrgico es la suma
cronológica de los misterios celebrados en un ciclo, en el que la
presencia del misterio en el tiempo ha abatido el velo de separación
entre el ayer y el mañana, haciendo del tiempo un perenne hoy
salvífico. Como la separación entre Dios y la humanidad fue
abolida en Cristo (encarnación del Verbo), así por medio de
Cristo la vida divina ha invadido el tiempo (el hacersetemporal de lo
eterno) anulando los parámetros humanos tanto en el pasado
salvífico que siempre está presente, como en el futuro
salvífico ya que es anticipado. En efecto, Cristo está presente
en todo el tiempo litúr
Tiempo y liturgia
gico, y
simultáneamente es supra
existente a todo
ciclo litúrgico, de
modo que el
año litúrgico es uno en
su pluralidad y
alternancia y al par
es siempre el
mismo y, misteriosa
mente, diferente.
Para todos los
fieles el año litúrgico se convierte en "sequela vitae
Jesu", es decir, riqueza insondable de la vida de Cristo, que se desgrana,
se extiende y se coparticipa en el tiempo a los fieles; es el transcurrir de la
propia existencia al unísono con Cristo; es pasar el tiempo con las
pulsaciones del propio ser en sintonía con la vida mistérica de
Cristo.
El tiempo
litúrgico es el tiempo para el que Cristo es el todo, mientras
continúa (y se completa y termina) cuanto Cristo ha realizado en el
tiempo y realiza en sus miembros.
Todo fiel, al
vivir estas realidades y con esta actitud, hace la exégesis existencial
del "Christus heri, hodie et in saecula" (Heb 13,8). Es un hoy
perenne, el tiempo litúrgico tiene la capacidad de marcar el ritmo y medir
la existencia rescatada del hombre en un hoy de gracia en el que la
palabra de Dios se convierte en vida. Reflexionar, incluso
científicamente, sobre este hoy de gracia para percibir en
él concentrada toda la importancia de la historia de la
salvación fijada en la palabra de Dios, concretada en Cristo
"hoy y por los siglos", celebrada en el año litúrgico y
vivida por cada uno de los fieles, significa recorrer existencialmente una
teología bíblica auténticamente perenne. De este modo
el tiempo litúrgico transfigura la existencia humanocristiana al
concretar la epifanía de los "mirabilia Dei" insertos en el
tiempo. La vida del fiel es así llevada a modelarse en las
manifestaciones de cada uno de los misterios celebrados, para llegar
profundamente, aunque nunca de modo totalmente perfecto, a transformarse en
Cristo.
Tiempo y liturgia
Entonces los
misterios de Cristo llegan a ser vida de la iglesia; y, a su vez, la vida
de todo fiel inserto en la iglesia prolonga y completa el misterio de
Cristo. Progresivamente, el tiempo litúrgico, que pertenece a
Cristo-iglesia, recapitula toda la historia de la salvación
haciendo revivir en las celebraciones el impacto de la eternidad con el tiempo
y anticipar el encuentro escatológico del tiempo con la eternidad. En este
sentido, por medio de la liturgia, la iglesia, Christus totus, llega a ser
revelación no escrita, sino viviente del misterio del Verbo encarnado
presente en el tiempo.
[/ Año
litúrgico].
NOTAS: '
Aquí se inserta el tema escriturístico de Cristo recapitulador de
todas las cosas (cf Ef 1,10), desarrollado en la época de los padres y
testimoniado por su pensamiento y por el arte sagrado antiguo. Véase C.
Capizzi, "Pantokrator". Saggio d'esegesi
letterario-iconografica, Roma 1964 — 2 Cf J. Mouroux, II mistero del
lempo. Indagine teológica, Morcelliana, Brescia 1965, 9-10 — 3
Resulta de interés el trabajo de
M. Berciano,
Kairós, tiempo humano e histórico-salvífico en
Clemente de Alejandría, Burgos 1976 — 4 Para el concepto de
historicidad, cf
A. Darlap,
Teología fundamental de la historia de la salvación, en Mysterium
salutis I, Cristiandad, Madrid 1969, 60-201 —5 Más adelante
[/ infra, II, 3] reanudaremos esto, que es un concepto-clave para comprender la
realidad del tiempo litúrgico — 6 Cf Misal Romano, Domingo de
pascua de la resurrección del Señor. En la noche santa. Vigilia
pascual. Parte primera: Lucernario o solemne comienzo de
1988
Felici) 2, Roma
1981, 123-172; "Cristoprosopographie". Frontiére entre la
christologie el la christianologie selon des sources liturgiques occidentales
(De la methode a la théologie liturgique), en Le Christ dans la
liturgie (a cargo de
A.M. Triacca-A.
Pistoia), Roma 1981, 262303 — 'E s útil la colección
de documentos antiguos sobre el domingo de W. Rordorf, Sábalo e
domenica nella chiesa antica, Turín 1979 — 10 Cristo es el hoy. El
ayer y los siglos futuros le pertenecen en un perpetuo hoy. Por eso la liturgia
puede afirmar; "Hoy vais a saber que el Señor vendrá y nos
salvará"; "Hoy, desde el cielo, ha descendido la paz sobre
nosotros"; "Hoy brillará una luz sobre nosotros, porque nos ha
nacido el Señor" (antífona de entrada de las misas de
navidad). Por coextensión la historia salvífica se
actúa en un hoy perenne, de forma que la liturgia puede decir con
razón: "¡Qué pregón tan glorioso para ti,
María! Hoy has sido elevada por encima de los ángeles y con
Cristo triunfas para siempre" (antífona de entrada de la misa
vespertina en la vigilia de la asunción de
El tema
"Plenitudo temporis" (Gal 4,4) en la literatura cristiana occidental
hasta san Agustín. Aportación a la teología de la historia
en los cuatro primeros siglos, Roma 1973, I, Xl-904 pp.; II, LXXXVIII-436 pp.
— ,J Cf A.M. Triacca, Anno litúrgico: alcunipresupposti della
sua esistenza e struttura, en Sal 34 (1972) 321-330, especialmente 324-326;
Anno litúrgico: verso una sua orgánica trattazione
teológica, en Sal 38 (1976) 613-622, sobre todo por la bibl. cit.
— 14 Para comprender lo que aquí se afirma es del mayor
interés recorrer toda la carta a los Hebreos y la concepción
supratemporal que emerge del Apocalipsis — " Es oportuno
comparar las doxologías finales del canon de la misa pertenecientes
a dos tradiciones litúrgicas diferentes, como la ambrosiana y la
romana: se integran y se completan mutuamente en su dinamismo
trinitario (en especial referente al Espíritu Santo) y en el acentuar la
importancia de Cristo, mediante el cual se crean todas las cosas. La liturgia
romana afirma (los cursivos son nuestros): "Per ipsum, el cum ipso, et in
ipso, est tibi Deo Patri Omnipotenti, in unitate Spiritus sancti, omnis honor
et gloria per omnia saecula saeculorum. Amen". La liturgia ambrosiana
ora: "Et est tibi Deo Patri Omnipotenti ex ipso, et per ipsum, et in ipso
omnis honor, virtus, laus, et gloria, imperium, perpetuitas et potestas
in unitate Spiritus sancti per infinita saecula saeculorum. Amen"
— l6 Cf nota prec. — " Es interesante el comienzo de una oración
1989
sálmica
hispano-visigótica que reza: "Domine Jesu Christe, quem omnium
saeculorum et re-gem fatemur et Dominum"; cf J. Pinell, Líber
orationum psalmographus. Colectas de salmos del antiguo rito hispánico,
Barcelona 1972, n. 355 — l8 Normas universales sobre el año litúrgico
y sobre el calendario 1; texto íntegro en el Misal Romano — "
T. Federici, L'anno litúrgico nei riti orientali (pro manuscripto),
Roma 1970, 8 —M Véase el nuevo concepto de sacramental que emerge
de SC 60-62, en comparación con las anteriores concepciones.
A.M. Triacca
BIBLIOGRAFÍA:
Aliaga E., Teología del tiempo litúrgico, Valencia 1980;
Bellavista J., La celebración del tiempo en las iglesias Orientales,
en
"Phase" 113 (1979) 367-375; Berciano M., Kairós, tiempo
salvíflco, en RET 34/1 (1974) 333; Cazelles H., Biblia y tiempo
litúrgico: escatología y anamnesis, en "Selecciones de
Teología" 85 (1983) 22-28; Eliade M., £7 mito del eterno
retorno, Emecé, Buenos Aires 1968; Goetz J., Tiempos santos, en
Diccionario de las Religiones, Herder, Barcelona 1964, 1383-1385; López
Martín J., "Tiempo de Dios" y tiempo de los hombres en la
fiesta de los cristianos, en "Nova et Vetera" 7 (1979) 21-41; La
santificación del tiempo 1, Instituto I. de Teología a
Distancia, Madrid 1984; Pou i Rius R., Cristo y el tiempo, en "Phase"
50 (1969) 110-122; Simonis E., Tiempos y lugares sagrados, en SM 6,
Herder, Barcelona 1976, 638-641; Van der Leeuw, Fenomenología de la
religión, FCE, México 1964, 369-378; VV.AA., Los tiempos de la
celebración, en "Concilium" 162 (1981) 165-298. Véase
también la bibliografía de Año litúrgico,
Calendario, Escalología, Fiesta/Fiestas e Historia de la
salvación.
SUMARIO: I. Nota
previa - II. Fe, trabajo y liturgia - III. Liturgia y trabajo del hombre: 1. Un
pequeño florilegio de textos; 2. Aproximación
antropológica; 3. Aproximación teológicolitúrgica
- IV. Conclusiones.
I. Nota previa
En estos
últimos años la iglesia se ha comprometido a fondo en la re
Trabajo
novación y
adaptación de sus celebraciones litúrgicas, de modo que
puedan expresar más auténticamente la fe y la vida de
nuestro tiempo. Pero, no obstante los indudables resultados pastorales de
la reforma litúrgica, son muchos los cristianos de hoy que se
sienten extraños a la liturgia, hallan dificultad para comprenderla
y les cuesta trabajo tomar parte en ella: se habla de "separación
entre los ritos y la vida", de "ruptura entre celebración y /
compromiso cotidiano"; hay quejas porque las "liturgias son
asépticas, frías, que no interesan ni comprometen". Estas reacciones
se registran sobre todo en el mundo del trabajo: de modo particular
encuentran dificultades con la liturgia de la iglesia las personas metidas en
ambientes industriales que pasan sus jornadas encerradas en una fábrica,
insertas a menudo en ciclos productivos rígidamente automatizados.
Quizá las dificultades dependen de esto: tales personas se caracterizan
por una mentalidad técnica y funcionalista, a la que cuesta acoger
una salvación dada por Dios a través de formas establecidas; tienen
una sensibilidad que se pierde en un mundo de símbolos, como el de las
acciones litúrgicas; están acostumbradas a un tipo de
participación que está lejos del clima de comunicación
que se respira en una asamblea cristiana; son demasiado concretas y
están preocupadas por los problemas más agobiantes de la vida
diaria para comprender y apropiarse el lenguaje de la oración de la
iglesia.
Las reflexiones
que propondremos sobre el tema trabajo y liturgia, aun abriéndose a
un horizonte más vasto, se referirán en particular a ese tipo de
trabajadores que viven "en una cultura obrera" y que a menudo
encuentran casi imposible realizar una verdadera síntesis entre actividad
mecánica y experiencia religio
Trabajo
sa. El Vat. II, en
un texto muy significativo, presenta el trabajo como una actividad que
"es para el trabajador y para su familia el medio ordinario de
subsistencia; por él el hombre se une a sus hermanos y les hace un
servicio, puede practicar la verdadera caridad y cooperar al perfeccionamiento
de la creación divina" (GS 67); pero estas personas lo sienten
a menudo casi sólo como una dura e ineliminable necesidad de la vida'.
Una experiencia
litúrgica desenraizada de una eficaz evangelización y
separada de todo compromiso de promoción social podría verdaderamente
correr en tales contextos el riesgo de aquel triple extrañamiento que K.
Marx atribuía a la religión: alienación, opio del pueblo e
ideología2. Además, las celebraciones litúrgicas,
con su estructura ritual prefijada y su lenguaje típico, pueden ser
percibidas, cuando no son expresión de una comunidad concreta y no
implican a las personas a nivel de preparación y de
participación, como emanación de una institución vinculada
a la clase dominante y a un orden social impugnado.
II. Fe, trabajo y
liturgia
1. Un camino que
lleve a los cristianos de nuestro tiempo a comprender y a vivir la
profunda conexión que en la experiencia cristiana puede
establecerse entre compromiso diario en el trabajo y participación
en la liturgia de la iglesia debe comenzar necesariamente por una
evangelización que no esté desencarnada de los problemas
concretos.
La ambivalencia
del trabajo humano, hoy tan dramáticamente percibida y vivida
(el trabajo puede realizar o bien enajenar e instrumentalizar al hombre),
es asumida e iluminada por el mensaje bíblico, que
1990
sugiere el camino
para purificarla y superarla proponiendo una concepción cristiana
del trabajo: ésta puede llegar a ser, en la situación concreta
del individuo, un fecundo término de comparación y un ideal de fe
y de esperanza1. Creado a su "imagen y semejanza", el hombre
está llamado a colaborar en el trabajo de Dios y a tomar parte un
día en su descanso, cuando haya acabado el tiempo de la fatiga y de la
peregrinación. El aspecto doloroso del trabajo, indicado como fruto
del pecado, es reintegrado plenamente en el horizonte de la
salvación individual e histórica traída por Cristo, el
cual asocia al hombre a su obra redentora.
2. La historia de
la salvación, comprendida y vivida en el obrar diario concreto en
el que Dios nos llama a ser protagonistas de un designio de amor y de
liberación, es el terreno en el que liturgia y actividad humana
convergen y pueden encontrarse. Para comprender la liturgia, y en especial
para penetrar en el significado vital del misterio eucarístico,
hay que ser hombres de fe; o, mejor, "hay que tener una fe como Dios
quiere", es decir, esa fe —alimentada con los grandes pensamientos
de la biblia— en el Dios viviente, siempre presente en medio de su pueblo
a través de signos en los que se revela y obra la salvación. Para
comprender la liturgia hay que sentirse parte de una historia de amor que
ha culminado en la venida al mundo de Jesús salvador y que
continúa hoy en la iglesia, donde Jesús nos sale al encuentro a
través de gestos, ritos y acciones simbólicas, que constituyen
precisamente nuestra liturgia. Entonces las celebraciones
litúrgicas resultan ser momentos privilegiados de nuestra vida
cristiana que nos recuerdan con fuerza las obras de Dios realizadas por
nosotros, nos ponen en contacto con el Señor presente,
1991
dan
orientación e impulso a nuestro compromiso y nos ofrecen ya, como en
prenda, una anticipación de nuestro encuentro definitivo con el
Señor en la vida eterna en que creemos y esperamos.
Ahora bien, los
grandes pensamientos bíblicos que nos hacen comprender el
sentido de la liturgia nos dan a entender también el significado
cristiano del trabajo como lo ve la liturgia. La laboriosidad diaria de los
hombres, a la luz de la fe bíblica, está profundamente vinculada
a ese ayer, a ese hoy y a ese mañana que jalonan la historia de la
salvación celebrada en la liturgia: en el trabajo, en efecto, se
llama al hombre a continuar la obra creadora del Padre, a vivir en
unión con Cristo salvador en el servicio a los hermanos y a
construir un mundo nuevo, abierto al soplo del Espíritu.
III. Liturgia y
trabajo del hombre
1. UN
PEQUEÑO FLORILEGIO DE TEXTOS. Cuando leemos la biblia, tanto el AT como
el NT, nos llama la atención la estima y la importancia que
atribuye al trabajo humano incluso en sus expresiones más materiales
y más duras. Cristo mismo trabajó durante treinta años con
sus manos como un humilde carpintero.
También la
liturgia cristiana, toda ella impregnada del espíritu de la biblia,
revela en sus oraciones una gran consideración por el trabajo humano. La
cuarta plegaria eucarística, por ejemplo, se expresa así:
"Te alabamos, Padre Santo, porque eres grande, porque hiciste todas las cosas
con sabiduría y amor. A imagen tuya creaste al hombre y le encomendaste
el universo entero, para que, sirviéndote sólo a ti, su creador,
dominara todo lo creado...".
En cada misa,
cuando se presen
Trabajo
tan al
Señor el pan y el vino, se subraya que son "fruto de la
tierra..., de la vid", y por tanto dones de la bondad de Dios, pero
también "fruto del trabajo del hombre". De las dos misas
para la santificación del trabajo afloran apuntes preciosos para una
espiritualidad del trabajo4. Bastaría citar una de las colectas:
"Dios y Señor nuestro, que, por medio del trabajo del
hombre, diriges y perfeccionas sin cesar la obra grandiosa de la
creación, escucha nuestras súplicas, y haz que todos los hombres
encuentren un trabajo digno que ennoblezca su condición humana
y les permita vivir más unidos, sirviendo a sus hermanos". Y
en una oración sobre las ofrendas se pide: "Acepta, Señor,
los dones de tu iglesia en oración, y haz que, por el trabajo del hombre
que ahora te ofrecemos, merezcamos asociarnos a la obra redentora de
Cristo". En otros lugares se pide "realizar fiados en tu
providencia el trabajo que nos has encomendado" y "que
entregados a nuestras tareas con espíritu cristiano, practiquemos la
caridad sincera con nuestros hermanos y colaboremos al perfeccionamiento
de tu creación".
Las invocaciones
de la liturgia de las Horas están entreveradas de frecuentes
referencias al trabajo humano: "Que el trabajo de hoy sirva para la
edificación de un mundo nuevo y nos conduzca también a tu reino
eterno" (laudes del viernes de la 2.a, 4.a y
6.a semanas de
pascua); "Enséñanos a trabajar, con empeño y a
conciencia, en nuestras propias tareas" (laudes de la fiesta de
Trabajo
logrados,
ayúdanos, pues, a vivir en medio de nuestros trabajos sintiéndonos
siempre hijos tuyos y hermanos de todos los hombres" (lunes del
tiempo ordinario). Otros textos se refieren al trabajo de los campos: el
Señor es invocado como "el verdadero autor de los frutos de la
tierra y el labrador supremo de los dones del espíritu"; se ruega
por la nueva cosecha: "Da fecundidad a nuestro esfuerzo para que
consigamos abundante cosecha"5.
Son textos
significativos que revelan una marcada atención de la liturgia
por el trabajo humano. Pero la relación entre liturgia y trabajo se
sitúa a un nivel más profundo y vital que el que puede revelar
una serie de referencias explícitas.
2.
APROXIMACIÓN ANTROPOLÓGICA. Liturgia y trabajo no son dos
mundos incomunicados, aunque a menudo las condiciones sociales del trabajo
condicionan duramente toda la vida del trabajador y contribuyen a alejarlo de
la liturgia. Querríamos poner de manifiesto algunos aspectos de la
experiencia litúrgica, perceptibles ya en una primera aproximación
de carácter antropológico, que pueden ser significativos para el
hombre que trabaja:
a) La liturgia de
la iglesia no es algo puramente espiritual: implica toda nuestra persona;
valora elementos materiales tomados de nuestra ^ida, transformados y
preparados por el trabajo humano, que se convierten en primicias de un mundo
nuevo que cada uno de nosotros se -ompromete a construir.
b La experiencia
simbólico-ritual, favorecida por la liturgia, tiene una
función profundamente humanizante y equilibradora en la vida del
hombre: nos abre a lo trascendente, promueve nuestra socialización,
ofrece una referencia constitu1992
tiva a los
grandes problemas de la existencia humana, nos ayuda a liberarnos de los
falsos absolutos y de todos los ídolos de la historia6.
c) En particular
es de gran signi
ficado social la
dimensión de la fies
ta, inherente a
la vida litúrgica, con
la
celebración semanal del / domin
go y con el rito
anual de las fiestas
cristianas:
experiencia fuerte de li
bertad, de
gratuidad, de renovación
social, de vida
comunitaria, de autén
tica humanidad,
de confianza y de
esperanza.
d) Hay
además en la liturgia una gran reserva de universalidad, de solidaridad,
de apertura a los demás, que favorece la superación de todo
particularismo mezquino y unilateral.
3.
APROXIMACIÓN TEOLÓGICOLITÚRGICA. Estas valencias de
la experiencia litúrgica, perceptibles ya a nivel
antropológico, cobran un significado mucho mayor a la luz plena de
la fe cuando nos hacemos conscientes de participar, a través de los
ritos de la iglesia, en el misterio pascual de Cristo. Es sobre todo en la
eucaristía donde podemos comprender y vivir la relación que
media entre la liturgia y nuestro trabajo diario'.
a)
Celebración y vida están para los discípulos de Cristo
íntimamente relacionadas: "Todas sus obras —escribe de
los laicos el Vat. II—, sus oraciones e iniciativas apostólicas,
la vida conyugal y familiar, el cotidiano trabajo, el descanso de alma y de
cuerpo, si son hechos en el Espíritu, e incluso las mismas pruebas
de la vida, si se sobrellevan pacientemente, se convierten en sacrificios
espirituales, aceptables a Dios por Jesucristo (cf 1 Pe 2,5), que en la
celebración de la eucaristía se ofrecen piadosísimamente
al Padre junto 1993
con la
oblación del cuerpo del Señor" (LG 34).
b) A la luz de la
liturgia de~la palabra, el trabajo humano entra en el horizonte de la
acción de gracias, y en particular de la plegaria eucarística:
con su actividad diaria el hombre está llamado a convertirse en
protagonista de la historia de la salvación, a hacerse colaborador del
proyecto de amor de Dios por la salvación del mundo.
c) Por eso el
acto penitencial de la misa se refiere también a la responsabilidad
con que el cristiano afronta (o no afronta) los compromisos de cada
día: su seriedad profesional, su solidaridad con los demás,
la actitud de ofrecimiento al Padre y de servicio a los hermanos, pero
también su participación en los esfuerzos por la
liberación y la promoción social, por la creación de
condiciones de trabajo más justas y más humanas.
d) El
ofrecimiento de los dones es también ofrecimiento del trabajo humano
contenido en ellos y, por tanto, momento que da luz y fuerza a toda una
actividad material, a menudo pesada y carente de impulso interior, pero
capaz de ser asumida en el trabajo por la construcción de un mundo nuevo
y definitivo.
e) El peso de la
fatiga, la precariedad de las situaciones concretas, los desgarros de la
lucha de clases y la falta de amor, que vuelven más dura la experiencia
del trabajo, hacen sentir más aguda la necesidad de la
redención de Cristo, de quien viene la salvación
también para el mundo del trabajo, no liberado todavía
totalmente del pecado, de las sacudidas de una creación que gime
por los dolores del parto (cf Rom 8, 19-22).
f) En fin, la
eucaristía, en su contexto festivo y en su dimensión esca-
Trabajo
tológica,
relanza siempre de nuevo la esperanza cristiana hacia los cielos nuevos y la
tierra nueva, a los que tienden todos los acontecimientos de la historia y a
todos los sectores de nuestra vida humana, incluido el trabajo.
g) En esta
perspectiva aparece también todo el valor que puede cobrar para los
trabajadores cristianos el / año litúrgico, en el que Cristo
vuelve a revivir con nosotros sus misterios, a fin de que entremos cada vez
más en ellos para hacerlos nuestros, para revestirnos de Cristo y
crecer en su amor: el año litúrgico se convierte en un
camino de gracia, de renovación continua, de progresiva unión con
Cristo, para que su Espíritu anime toda nuestra vida.
IV. Conclusiones
No hemos agotado
ciertamente todas las posibilidades de profundización y de
interpretación de que es susceptible nuestro tema, y menos aún
creemos poder proponer recetas pastorales y celebrativas para superar
todas las dificultades que los trabajadores encuentran en su experiencia
litúrgica. Al término de nuestras reflexiones, nos limitamos
a ofrecer algunas consideraciones:
a) Es en el
ámbito de la historia de la salvación donde se puede comprender
la relación que trabajo y liturgia tienen en el plan de Dios, su
profunda vinculación, en la existencia cristiana, con los problemas
de la justicia y de una promoción humana más integral.
b) El mundo del
trabajo tiene siempre necesidad de una experiencia simbólico-ritual
que sugiera una concepción más humana y más integral
del trabajo, que haga redescubrir la urgencia de comprometerse en una
participación consciente y so
Traducción
litúrgica
lidaria y
favorezca "ese sentido existencial que no puede derivar sólo
del tecnicismo ni del progreso, sino de la maduración sufrida y
crítica de cada individuo, a la que las iglesias deben dar su
específica contribución de conciencias críticas, en defensa
del hombre, para que espere y proyecte fuera de sí sus esperanzas
en el futuro"8.
c) La
participación en la liturgia de la iglesia es para los trabajadores
cristianos un gran recurso espiritual: una continua fuente de gracia, de
fuerza, de generosidad, de esperanza; una experiencia de fiesta, siempre rica
en humanidad; un continuo ensanchamiento de horizontes, un repetido
encuentro con los hermanos, una constante apertura a los problemas de la
iglesia y del mundo que orienta a comprender mejor el propio trabajo como servicio
y guía para descubrir el valor de una fatiga y de un sufrimiento
ofrecidos por los demás, en comunión con Cristo para la
salvación de todos los hombres.
d) En fin, es
evidente que la concreta celebración litúrgica, a nivel de
adaptación, de preparación, de participación y de
expresión, podrá convertirse en signo de una comunidad que
acoge a los trabajadores, se hace cargo de sus problemas, sabe atesorar su
sensibilidad y su experiencia humana; y podrá convertirse
también en punto de convergencia de la vida de grupos pequeños,
en los que categorías particulares de personas encontrarán
más fácilmente un momento de comunión eclesial, de
evangelización y de espiritualidad con vistas al compromiso cristiano en
el mundo.
[/ Domingo; /
Evangelización y liturgia; / Fiesta/ Fiestas; /Promoción
humana y liturgia].
NOTAS: ' Cf G.
Mattai, Trabajador, en NDE 1368 — 2 O. Maduro, Lavoro e religione se
1994
condo Kart Marx,
en Con 16 (1980) 32^t3 — 3 Cf F. Schüssler Fiorenza, Credenze
religiose e prassi: riflessioni su posizioni delta teología cattolica
del lavoro, en Con 16 (1980) 144-145 — 4 Misal Romano, 1978, 865-866 (ed.
1973,710711) — ' Ib, 867 -' Cf G. Gevaert, La funcione
umanizzaníe delle celebrazioni cristiane, en RL 64 (1977) 328-329
— 7 Cf Th. Herr, Der Mensch und seine Arbeit im Lichte der Sonntagsfeier,
en TG 68 (1978) 62-76 — » S. Burgalassi, Lavaro.festa, rito,
en ScC 107 (1979) 336
337.
D. Sartore
BIBLIOGRAFÍA:
Angelini G., Trabajo, en NDT 2, Cristiandad, Madrid 1982, 1885-1911; Campanini
G., Trabajo, en DETM, Paulinas, Madrid 19752, 1094-1111; Mattai G„
Trabajador, en NDE, Paulinas, Madrid 1979, 1368-1382. Véase
también la bibliografía de Compromiso, Domingo y Promoción
humana y liturgia.
SUMARIO: 1.
Perspectiva histórica: I. Origen del problema de la traducción;
2. Desarrollo histórico: a) Del s. II a la mitad del s. vn, b) De la
segunda mitad del s. vil al concilio de Trento, c) El concilio de Trento; 3. La
situación actual: a) Orientaciones del Vat. II, b) Evolución del
problema de la traducción - II. Perspectiva lingüistica: 1.
Procedimiento lingüístico de la traducción: a)
¿Traducción literal?, b) La traducción en
relación con los sistemas lingüísticos, c) La
traducción en relación con las culturas y con las interlenguas,
d) La traducción y las connotaciones, e) La traducción en la
evolución lingüística; 2. Posibilidad e imposibilidad
de la traducción: a) Traducción y lengua mágica, b)
Estructuras que facilitan o impiden la traducción, c)
Traducción de textos poéticos; 3. Fidelidad e infidelidad de
la traducción - 111. Perspectiva teológica: 1. Objeciones
teológicas a la traducción; 2. Valor teológico de un texto
litúrgico traducido.
I. Perspectiva
histórica
1. ORIGEN DEL
PROBLEMA DE
se plantea en los
términos actuales. "No parece —escribe Landotti— que
antes de la controversia que tuvo como protagonistas a los santos Cirilo y
Metodio (s. ix), la iglesia se hubiese planteado nunca un problema
teórico acerca de la lengua que se debía usar en los ritos
litúrgicos o en la evangelización... Se daba por descontado
que la lengua que se usaba debía ser comprendida por los interesados...
El principio de que en las asambleas se debía usar la lengua que era
realmente comprendida por los presentes no era en absoluto una simple
afirmación teórica"'. "Mientras que las religiones
paganas —explica Martimort— daban poca importancia a la comprensión
de las palabras rituales, que en ocasiones acompañaban a los actos de
culto, la religión de Jesucristo, por el contrario, manda adorar en
espíritu y en verdad y predicar a toda criatura la buena nueva de
Cristo"2.
El problema de la
traducción se plantea en un primer momento, y principalmente en
relación con
Por el contrario,
los textos litúrgicos eucológicos no estaban todavía
disponibles, y se iban formando autónomamente en las diversas
lenguas, a menudo con influjos recíprocos. Para que surja el problema de
la traducción será necesario que se llegue a una
situación en la que concurran una serie de elementos. Se pueden
enumerar: 1) presencia de un texto litúrgico, más o menos amplio,
ya relativamente fijo; 2) aceptación de este texto por parte de la
iglesia o de las iglesias como tradición litúrgica; esta
aceptación es determinada generalmente no por una norma extrínseca,
sino por un reconocimiento de su valor de autenticidad y ejemplaridad; 3)
necesidad de reproducir el texto en una lengua diferente de la
Traducción
litúrgica
del mismo texto.
Esta diversidad se origina por la variedad de las lenguas que
progresivamente encuentra el cristianismo, o bien por el hecho de que la lengua
del texto original se ha convertido con el tiempo en una lengua muerta; 4)
exigencia de una fidelidad al texto primitivo que no sea solamente
aproximativa, sino puntual, incluso con vistas a evitar los errores y
desviaciones doctrinales. Estos elementos, no tomados aisladamente, sino
en su entrecruzarse y conjuntarse, acaban por dar lugar a los diversos
temas de la problemática de la traducción litúrgica:
necesidad y oportunidad, fidelidad, modo.
2. DESARROLLO
HISTÓRICO. A lo largo de la historia, la traducción adquiere
diversa importancia según las situaciones en las que se encuentre.
Pueden distinguirse algunos períodos o fases, que encuentran su
punto de división en los ss. vii-vm y en el concilio de Trento. Estas
fases, aunque diversamente caracterizadas, están entre
sí en sucesión de continuidad y de desarrollo.
a) Del s. n a la
mitad del s. vn. Este período, globalmente considerado, se
caracteriza por los siguientes hechos: 1) Se forman las / lenguas
litúrgicas. En Oriente son varias, mientras que en Occidente se
impone finalmente el latín. 2) Se hacen verdaderas y propias
traducciones, que, sin embargo, afectan en primer lugar a la biblia para
las iglesias que no usan el griego. 3) A partir del s. m se fijan los
primeros textos eucológicos en las diversas áreas
litúrgicas; gradualmente las iglesias particulares enriquecen cada vez
más su patrimonio eucológico, que de vez en cuando intercambian.
De ordinario no se traduce, sino que se elabora, teniendo presentes las culturas
y tradiciones propias. 4) No se
Traducción
litúrgica 1996
excluyen, sin
embargo, verdaderas que tengan ejemplares sin variantes traducciones,
especialmente en las de las oraciones habituales, traduciiglesias que poco
a poco se constitudos de rollos bien escritos en letra yen en dependencia
de otras. Los pregriega"4. El principio permite la tradicadores
del evangelio y los monjes ducción de la liturgia bizantina en
contribuyen a difundir los textos lilengua estaroslava; en la época
motúrgicos de sus iglesias de origen. derna, la' misma liturgia se
traduce 5) En Occidente tiene lugar el paso al rumano (s. xvi) y a las lenguas
de del griego al latín. En general no se los diversos países por
los que los traduce, aunque es posible enconorientales se habían
desperdigado: trar, especialmente en el rito / am-en tártaro y en
tciuervac (en la rebrosiano, cierta similitud de algunas gión de
los Urales), en chino (1866), fórmulas latinas con las orientales. en
albanés (1860) y en japonés Incluso los textos cantados, donde
(1873). Sin embargo, al principio bila dependencia inicial podía
ser mazantino se le hacen oposiciones y resyor, acaban
haciéndose totalmente tricciones. Los ucranianos en el exiindependientes.
Este período es en lio se niegan a traducir su liturgia.
su conjunto muy
interesante y quizá La curia romana dificulta la traducparadigmático,
no tanto por el tema ción: basta pensar en el conflicto por
específico de la traducción cuanto la introducción de la
lengua húngara
por los problemas
anejos a él. Su en la liturgia. estudio podría abrir perspectivas
En Occidente, el
latín es la lengua
para el
planteamiento de una serie
litúrgica
indiscutida; pero ya en la
de problemas
[traducción, / adapta
segunda mitad del
s. ix los santos
ción, /
creatividad] que hoy está
Cirilo y
Metodío emprenden la tra
afrontando la /
reforma litúrgica.
ducción de
la liturgia romana a la lengua eslava. "Al final del primer b) De la
segunda mitad del milenio —escribe Landotti— se ens. va al
concilio de Trento. A partir cuentran los primeros síntomas de de este
período, algunas lenguas liuna cuestión de la lengua
litúrgica. túrgicas ya se han estabilizado, y se Efectivamente,
cada vez se hace más han formado diversas colecciones de difícil
comprender el latín, sea porformularios, aunque no ha desapaque
son evangelizados nuevos puerecido la creación de nuevas compoblos
residentes fuera de los confines siciones eucológicas. del antiguo
imperio, sea porque den
Mientras que en
Occidente existe tro de esos confines se van formando una sola lengua, el
latín, en Oriente las nuevas lenguas vulgares"5. Estas la liturgia
se celebra en diversas lennuevas lenguas asumen progresivaguas;
algunos factores (rupturas enmente su personalidad propia y se tre las
iglesias incluso por cismas y convierten así en un instrumento adeherejías,
impulso misionero, razones cuado para la predicación, la homi
políticas
y la invasión árabe) manlía y las devociones
populares; hay tienen siempre abierta la posibilidad algún intento, muy
parcial, de tra
de la
traducción. Precisamente en ducción litúrgica. Las
poblaciones Oriente, en la iglesia bizantina, se de lengua germánica se
encuentran
codifica en 1190
un principio del entre aquellas que más sienten la exigran
canonista Teodoro Balsamón, gencia del uso de la lengua vulgar, y
patriarca de Antioquía: "Los que donde sin duda se manifiesta de un
son ortodoxos en
todo, pero ignoran modo más claro la iniciativa de tra
completamente la
lengua griega, ceducción de los textos litúrgicos '. La
lebrarán en su propia lengua, con tal reforma protestante asume esta exi1997
gencia, haciendo
de ella uno de los motivos de oposición a Roma. En el ámbito de
la reforma tiene lugar la traducción de la biblia; el culto, en todos
sus elementos, se celebra en lengua vulgar; con Calvino se afirma que se debe
celebrar exclusivamente en lengua vulgar.
c) El concilio de
Trento se enfrenta en dos ocasiones con el problema de la lengua, y
en la sesión
22.a, del 17 de
septiembre de 1562, aprueba la orientación definitiva. La
afirmación protestante (missam non nisi in lingua vulgari, quam omnes
intelligant, celebran deberé) se recibe en el concilio en el
sentido dogmático que le atribuye Calvino, por lo cual, en
oposición, se decide la conservación del latín como
única lengua para la celebración litúrgica en Occidente.
Las decisiones del concilio, sin embargo, no interrumpen el ritmo de la
publicación de los leccionarios y misales en lengua vulgar,
precisamente porque en el plano disciplinar los términos usados por el
concilio dejan de hecho, intencionalmente o no, alguna posibilidad.
Sólo en 1661, por solicitud de los obispos franceses, Alejandro VII
amenaza con la excomunión a Voisin y pone en el índice de
libros prohibidos su Missale romanum e latino idiomate ad gallicam
vulgarem linguam conversum, et typis evulgatum. Se trata de un hecho
aislado, que no implica una praxis de intraducibilidad. Continúan
publicándose traducciones, aunque se debe registrar otra
condena a la traducción de Nicolás Le Tourneux (17 de septiembre
de 1695), sospechosa de jansenismo. Con el progreso de la imprenta,
las traducciones para uso de los fieles se hacen cada vez más amplias
y numerosas, permaneciendo, sin embargo, siempre excluida su utilización
litúrgica. Este desarrollo plantea las premisas para las pos
Traducción
litúrgica
teriores
decisiones que tomará el Vat. II'.
3.
gura y
preparación del traductor, el de cómo traducir y el del destinatario
de la traducción. En abril de 1965, el Consilium programa un congreso,
que se desarrolla en Roma del 9 al 13 de noviembre; en esta ocasión se
tratan los diversos aspectos de la traducción litúrgica con
la participación de los responsables de las conferencias episcopales8.
Fruto
Traducción
litúrgica 1998
de este estudio
es la instrucción del premonitorios, sobre los que se re25 de enero
de 1969, que traza las flexiona después para llegar a la nelíneas
generales en materia de tracesaria profundización y a ulteriores
ducción
(EDIL 1200-1242). La nordesarrollos ". ma que dispone la existencia
de una traducción única para regiones que
II. Perspectiva
lingüística
tienen una sola
lengua (EDIL 298, 484, 981, 1202, 1241) debe ser revi
Cuando los
traductores de los tex
sada pronto a
causa de dificultades e tos litúrgicos comenzaron su trabainconvenientes
de tipo objetivo; con jo, se encontraron con una serie de la carta del 6 de
febrero de 1970, la problemas que no se esperaban. Los Sagrada
Congregación para el culto traductores de la biblia (el libro que divino
da orientaciones muy claras abre siempre el camino a los otros para una
pluralidad de traducciones libros litúrgicos) se estaban enfren(EDIL
2050-2055).
tando con ellos
utilizando los datos de la lingüística moderna y de los,
b)
Evolución del problema de la
primeros estudios
teóricos sobre la traducción. El trabajo de traducción
traducción hechos por Vinay, Fedose hace ingente, y progresivamente
rov y Cary ,;. También en el caso de pone en las manos de las asambleas
la liturgia se intentaba proceder apolos libros litúrgicos
renovados'. A yándose en los últimos datos de la lo largo de este
trabajo aparecen una
lingüística
[/ Lengua/Lenguaje li
serie de problemas
que se pueden túrgico]. Refiriéndose a éstos, podeagrupar
en torno a los temas de la mos señalar algunos aspectos de la
adaptación y de la creación de los traducción
litúrgica ".
textos
litúrgicos. Se comienza a pensar que quizá la autoridad
central,
1. PROCEDIMIENTO
LINGÜÍSTICO
más que
ofrecer un texto para tra
DE
ducir,
completamente estructurado literal? En el ámbito de la
lingüística en todas sus partes, podría hacer una
tradicional era posible plantear el redacción no del todo acabada, que
tema de la traducción literal, aunque pudiese ser punto de referencia
para siempre se discutió sobre la posibililas diversas conferencias
episcopales, dad o imposibilidad de llegar a realisin obligación de
hacer simplemente zar una operación de ese género. A una
traducción puntual; podría baspartir de las nociones de
arbitrarietar una correspondencia amplia en lo dad y valor del signo y del
sistema fundamental. Las "preces eucharislingüístico, que
se manifiestan tamticae pro missis cum pueris et de rebién en
el ámbito del lenguaje litúrconciliatione"l0 se mueven
ya en esta gico ", no es posible plantear el prolínea.
"Nos encontramos ante un blema en aquellos términos, precisacambio
de dirección de notable immente porque la lingüística
moderna portancia en lo referente a los textos procede en conformidad con datos
y litúrgicos. Si este estilo llegase a amobservaciones diferentes.
Todo el pliarse y generalizarse, se abriría un proceso de la
traducción debe tener periodo completamente nuevo para siempre en cuenta
que el paso de una la expresión orante de la liturgia de lengua a otra
se hace en referencia a resultados imprevisibles". La probleunas
estructuras, presentes a divermática que se desarrolla en torno a
sos niveles; solamente en su ámbito la traducción
litúrgica va tomando se puede actuar correctamente, aunahora nuevas
direcciones; una vez que queden muchos aspectos por premás se dan
antes unos hechos casi
cisar.
1999
b) La
traducción en relación con los sistemas lingüísticos.
Dada la naturaleza del signo lingüístico y el carácter
sistemático de la lengua [/ Lenguaj Lenguaje litúrgico], el traductor
tiende idealmente a traducir a la nueva lengua cada uno de los signos con su
valor propio y a reconstruir un sistema que se imagina como parecido a la
situación lingüística de partida. En realidad, sin embargo,
se esfuerza por reproducir un conjunto de signos de donde, al sumar sus
diversas y múltiples relaciones, surja el significado global del
texto base. La traducción se configura como un procedimiento lingüístico
de descodificación de un mensaje para hacer una nueva recodificación.
Es como si el mensaje fuese desmontado pieza por pieza, desvistiéndole
casi de sus formas estructurales y asumiendo otras, permaneciendo en
lo posible intacto su significado. En su carta sobre las traducciones, el
Consilium escribe: "Aunque es imposible separar completamente... lo
que se dice del modo de decirlo, es sin embargo necesario, cuando se traduce un
mensaje de una lengua a otra, liberar el contenido del mensaje para darle
una forma nueva" (EDIL 1207).
c) La
traducción en relación con las culturas y con las interlenguas.
Dado que una
lengua es siempre reflejo de una cultura, general o litúrgica,
el hecho de traducir comporta también el pasar de una cultura a otra.
Desde el punto de vista estrictamente lingüístico, el pasaje
tiene lugar o bien expresando en la nueva lengua todos los aspectos culturales
del texto lingüístico que se debe traducir (sin embargo, a menudo
faltan los medios lingüísticos adecuados),
o bien
sustituyendo estos aspectos por otros análogos de la comunidad
lingüística para la que se traduce. El primer modo podría
ser el adecuado
Traducción
litúrgica
para comunicar
una cultura litúrgica específica, pero puede dar origen a un
texto poco claro por causa de los frecuentes préstamos y calcos y por
los continuos hechos verbales; el segundo se configura como una deshistorización
y rehistorización, y puede dar origen a un texto
lingüísticamente perfecto, pero privado de los aspectos
culturales propios del texto original. El traductor litúrgico no
desdeña este segundo modo; es más, lo utiliza,s; sin embargo,
cuando debe dejar clara la especificidad de una peculiar cultura litúrgica,
ha de utilizar el primer modo. Su función puede ser obstaculizada o
facilitada por la ausencia o presencia de una interlengua litúrgica
específica.
d) La
traducción y las connotaciones. Una doble dificultad se le presenta
al traductor ante las connotaciones: percibir su presencia y origen,
y disponer de medios para reproducir las situaciones y contextos que las
recreen. No todo esto puede ser obra suya; y tampoco todas las
connotaciones pueden ser expresadas de nuevo, puesto que pertenecen
al mundo subjetivo. Las connotaciones que dependen del modo de
transmisión del mensaje (presencia
o ausencia de
ritos y gestos, uso de elementos visibles, concomitancia de cánticos y
música) dependen en parte de los que celebran. La obra del
traductor se limita al texto escrito, aun sabiendo que se
añadirán valores semánticos suplementarios, que
restringirán o ampliarán el mensaje mismo; el último toque
a la traducción (lo que no se debe olvidar desde el ángulo
del significado) lo da la asamblea celebrante y sus actores.
e) La
traducción en la evolución lingüística. El
fenómeno de la evolución lingüística determina
que ninguna traducción pueda ser definitiva, sino relativa a
un momento histórico de la lengua. Aquélla debe
traducción
litúrgica 2000
rehacerse continuamente,
adecuándad, como acontece con las palabras dose al movimiento y a
la dirección o fórmulas mágicas. Existe entre patomados
por la lengua, insertándose labras y cosas una neta distinción,
en su ritmo histórico. El hecho de como si fueran dos mundos que se que
una lengua sea un producto de ordenan y se desarrollan de modo la historia,
nunca fijo, la hace confiautónomo, con sus leyes propias. La
gurarse como un proceso lingüístico palabra y la lengua no
condicionan histórico. Ahora ya no es posible tela realidad. En el
ámbito cristiano, ner libros litúrgicos que duren para donde no
hay palabras mágicas y se siempre, sino que es necesario acoshace
un correcto planteamiento de tumbrarse a que se cambien cada la lengua, no hay
dificultad en las cierto tiempo, no por una búsqueda traducciones. Sin
embargo, una cierde novedad, sino para llegar a sita oposición
a la traducción nacía en
tuarse y a
celebrar en el lenguaje del el pasado de una concepción de la
hombre
histórico '6. Existe la tentasacralidad del latín que se
acercaba ción continua, para el traductor lia la
interpretación mágica. túrgico, de situarse en una fase
histórica de la lengua anterior a la acb) Estructuras que
facilitan o tual, es decir, de usar términos y impiden la
traducción. Las verdadelocuciones que ya no están en uso,
ras dificultades nacen de las mismas
por el deseo
instintivo de no romper lenguas, en cuanto que cada lengua con el pasado
lingüístico (existe de a todos los niveles (de léxico, grahecho
un rechazo al cambio en el matical, sintáctico...) se estructura culto,
incluso desde el punto de vista de un modo diferente de las otras.
lingüístico) y por dar al texto un Sin embargo, no hay nunca una
descierto sabor arcaico y áulico; así, por igualdad total y
radical entre las lenejemplo, ha pasado con algunas fórguas;
hay universales, por lo que inmulas del nuevo Misal Ambrosia-cluso entre
lenguas muy diferentes no ", y algo menos con el Romano. es posible llegar
a traducciones que Sin embargo, el sustraerse a la evoreproduzcan el
mensaje original, aunlución de la lengua puede dificultar que
imperfectamente. Los análisis la comunicación, generando hechos
realizados en el ámbito litúrgico, al verbales y suscitando
repulsas. tiempo que ponen de manifiesto es
tos datos,
demuestran también que
2. POSIBILIDAD E
IMPOSIBILIDAD no siempre este hecho debe consideDE
desde la
perspectiva lingüística, se guas. La idea de que el latín es
la debe poner en claro ante todo que lengua que mejor puede expresar el las
dificultades no se encuentran en lenguaje litúrgico no es verdadera en
la relación de la lengua (con todos todos sus aspectos y no puede defensus
elementos) con la realidad; es dederse desde la lingüística;
no obstancir, la lingüística no concibe el signo te, debe
decirse que las diversas si
o la lengua
indisoluble y necesariatuaciones históricas han llevado al mente
unidos a las cosas y a la realilatín clásico a modificarse
de tal
2001
modo que se ha
hecho apto para expresar lo más correctamente posible la realidad
cristiana y litúrgica. En esto las lenguas modernas tienen un largo
camino que recorrer, impulsadas entre otras cosas por los repetidos
intentos de traducción.
c)
Traducción de textos poéticos. Otras dificultades le vienen
a la traducción del carácter poético y literario que
puede tener el texto litúrgico. El traductor se encuentra con que
debe actuar sobre un terreno muy difícil, dado que todas esas
connotaciones no están unidas a elementos lingüísticos
específicos, sino —como escriben Wellek y Warren— a un
conjunto de factores relativos a los sonidos, al léxico, a las formas
gramaticales y sintácticas, al estilo, al empleo de las imágenes,
a los géneros literarios o a la métrica de la poesía
que supera la suma de estos factores ls. La literalidad del texto, dada
precisamente por la masiva presencia de tales connotaciones, parece ser
muy relativa a la subjetividad del autor y del lector. Hay quien afirma
sin más que estos textos son intraducibies; otros, por el contrario,
hablan de modalidades de traducción, aun admitiendo algunos
límites. Siguiendo las conclusiones del congreso de Bratislava
sobre la traducción de las obras literarias ", puede
afirmarse que semejante acción puede llevarse a cabo solamente después
de una atenta interpretación del texto. Así pues, el paso que se
debe realizar no es sólo de lengua a lengua, de un sistema a otro,
sino también de un sistema poético a otro, cada uno de los
cuales se fundamenta sobre una peculiar, genial y secreta
combinación de elementos lingüísticos bien armonizados
y dosi
ficados,
típicos de una tradición literaria. Todos los elementos contribuyen
a crear el valor estético, armonizándose,
sucediéndose, superpo
Traducción
litúrgica
niéndose,
descomponiéndose, contrastando, interrumpiéndose, repitiéndose,
rimando, desapareciendo o apareciendo como significado o como puro valor
musical, determinan el conjunto estético. Por esto Jakobson,
defensor de la posibilidad de la traducción literaria, precisa que en la
poesía es posible solamente la "transposición creadora"
a.
3. FIDELIDAD E
INFIDELIDAD DE
semejante juicio,
es fácil explicarse por qué a menudo se ponen de manifiesto
divergencias de opiniones sobre la fidelidad de los textos litúrgicos
traducidos. Las disparidades en el juicio dependen a menudo del modo diverso de
concebir la traducción y de la referencia a algunos elementos
lingüísticos, olvidando otros factores que también son
semánticamente importantes. El trabajo de quien debe juzgar una
traducción resulta hoy difícil; sin embargo, el conocimiento
de la lingüística le facilita el trabajo, evitando la
búsqueda de una imposible fidelidad.
III. Perspectiva
teológica
1. OBJECIONES
TEOLÓGICAS A
dáctico;
de donde se sigue que debe ser comprendida por los fieles. El concilio de
Trento se preocupó de defender contra esta posición el valor
objetivo como sacrificio-sacramento de la misa, no unido necesariamente
a la comprensión por parte de la asamblea ni dirigido principalmente
a su instrucción. El resultado de la confrontación
determinó el reconocimiento del valor didáctico de la misa y
la afirmación del uso tradicional del latín en la
celebración, para no dar lugar a las interpreta
2002
ciones
protestantes. Cuando esta preocupación desaparece y la
reflexión sobre la sacralidad de la lengua se libera de eventuales
influjos mágicoreligiosos, desaparece toda objeción
teológica y surge con toda su genuina luz el valor altamente
didáctico de la liturgia, valor fundamentado incluso
teológicamente, el Vat. II, hablando de la índole
didáctica y pastoral de la liturgia, decreta el uso de la lengua
vulgar y la traducción de
los libros
litúrgicos (SC 36).
2. VALOR
TEOLÓGICO DE UN TEXTO LITÚRGICO TRADUCIDO. "No existen
tantas liturgias —dice Pablo VI a los traductores— cuantas son las
lenguas de las que se sirve la iglesia en los sagrados ritos; sino que la voz
de la iglesia que celebra los divinos misterios y administra los sacramentos
es y permanece siempre única y la misma, aunque se exprese en diversos
idiomas" (EDIL 1205). Ciertamente esto le viene a las traducciones
de su referencia y dependencia del texto original, de ser, por ello, voz de la
única iglesia que ora, animada por el Espíritu. Pero
quizá existen otros aspectos, con respecto a los cuales debe entenderse
la ex
presión de
Pablo VI. Toda traducción, a pesar de los esfuerzos que se hagan,
no es nunca exactamente la copia del texto latino; además, en algunas
ocasiones no se intenta siquiera hacer verdaderas traducciones, como
en el caso de las oraciones eucarísticas penitenciales. Podemos
preguntarnos: ¿Qué valor teológico tienen estos textos?
¿Participan de la "lex supplicandi, lex credendi"? ¿Son
la voz de la única esposa de Cristo? Estas traducciones, incluso cuando
difieren del texto oficial latino, pueden ser voz de la única
iglesia que ora y que celebra. La iglesia local, en cuanto está en
comunión con las otras iglesias hermanas, hace presente y actualiza
el misterio de Cristo
2003
en el tiempo y en
el espacio, misterio que es único, irrepetible, indivisible y eterno. En
la iglesia local la palabra llega a ser verdaderamente traducida,
haciéndose realidad:
NOTAS: ' G.
Landotti, Le traduzíoni del messale in lingua italiana anteriori al
movimento litúrgico moderno. Studio storico, Ed. Liturgiche, Roma
1975, 10-11 —
Traducción
litúrgica
nota 9) 110
— 5 Cf B. Bottte, Les anciennes versions de
L'áge de
lliomme, Lausana 1979; V. Bertalot,
Tradurre la
bibbia. Problemi di traduzione della
bibbia ebraica,
LDC-ABU, Turín 1980 — " Cf
J. Henning, Das
Übersetzen liturgischer Texte im Lichte der Literaturwissenschaft. en
Literaturwissenschaftliches Jahrbuch 13 (1972) 359375 — i4 Cf
G. Venturi, Problemi della traduzione litúrgica. Saggi di analisi
della traduzione italiana del "Messale Romano", Las, Roma 1978,
extracto de Sai 40 (1978) 70-116 — l
en
«¿64(1977)500-523 — l7 Cf G. Venturi,//
nuovo
"Messale Ambrosiano": creazione eucologica o traduzione?, en RL
65 (1978) 488505 — l8 R. Wellek—A. Warren, Teoría
literaria, Gredos, Madrid 198!" -" J.S. Holmes (dir.), The
Nature of Translation. Essay on the Theory and Practice of Literary
Translation, París-Bratislava 1970 — 20 R. Jakobson, Essai de
linguistique genérale, París 1969, 86 — 2I G. Baget-Bozzo,
Teología e lingüistica nella traduzione della bibbia, en
Bibbia e Oriente 17 (1975) 8.
G. Venturi
2004
Triduo pascual
BIBLIOGRAFÍA:
Aldazábal J., Mejorar la traresulta compleja en muchos puntos,
ducción de las plegarias eucarísticas, en "Phase" el
aspecto pascual de la cena de Je88 (1975) 281-296; Bernal J.,
¿Traducir o crear
sús,
según los sinópticos y 1 Cor, no
textos nuevos?,
en "Phase" 41 (1967) 446-458;
ofrece
dificultad. Ahí nace la pascua
Congreso de
traducciones litúrgicas en Roma (9-13 de nov. 1965), en "Phase"
30 (1965)) 385-de los cristianos. El marco pascual 391; Farnés P.,
Nominalismo litúrgico (Fidelide la cena y los ritos
litúrgicos transdad material a laspalabras o fidelidad
doctrinal en nuevos a la
formados dan paso
al contenido), en
"Phase" 46 (1968) 366-371;
; nueva pascua.
Marsili S.,
Textos litúrgicos para el hombre moderno, en "Concilium"
42 (1969) 219-236; Mú-Hacia el año 57 d.C, Pablo, escrigica
J., Traducciones bíblicas: necesidad y probiendo a los corintios,
precisaba con blema, en "Phase" 66 (1971) 511-520; Oriol J.,
exactitud el
objeto de nuestra pas
cua:
"Cristo, nuestra pascua, ha sido
gicos, en
"Phase" 59 (1970) 502-507.
inmolado" (1
Cor 5,7). En el lenguaje del cuarto evangelio, Cristo es el cordero
pascual que quita el pecado del mundo (Jn 1,29) y, como a tal, no se le rompe
ningún hueso (Jn 19,33.36). Las tres pascuas escalona
TRIDUO PASCUAL
das en el
ministerio público de Jesús (Jn 2,13; 6,4; 11; 55), al insistir
que SUMARIO: I. La fiesta de pascua en los orígese trata de la
pascua judía, ¿no mues
nes cristianos -
II. El triduo pascual y su signitran acaso la intención de aquel
que ficación - III. Celebración litúrgica del santo
con su muerte va
a sustituir la pas
triduo - IV.
Viernes santo, primer día del triduo - V. Sábado santo,
segundo día del triduo cua judía? Es normal que el anuncio
- VI. Domingo de
resurrección, tercer día del pascual sea el centro de la predicatriduo.
ción
apostólica (Le 24,26, etc.), y sobre todo los discursos
kerygmáticos de Pedro y Pablo. Muy pronto el
I. La fiesta de
pascua
memorial de la
muerte de Cristo
en los
orígenes cristianos
ocupará,
sobrepasándolo, el memorial del Éxodo (1 Cor
sión de la
antigua tradición oral judía) en el tratado de las fiestas
vienen a continuación de la fiesta del Una cuestión muy viva
en la iglesábado. El nombre se refiere ya sea sia primitiva, acerca
del día que dea la comida pascual o bien a la misbía
celebrarse la pascua, nos proporma fiesta. Se puede afirmar con seciona
unos primeros datos sobre su gundad que en tiempos de Jesús era arraigo
en la comunidad. Una parte considerada como la fiesta más imde la
iglesia del Asia Menor, ampaportante del año.
rándose en
el apóstol Juan, siguienAparte de una investigación que do
al judaismo oficial, mantiene el 2005
14 de
nisán. Otra corriente, podríamos llamar universal, defiende
la del domingo después de este día. Ésta coincidía,
en interpretar la expresión de Lev 23,15 de celebrarla a partir del
día siguiente al sábado, con otros calendarios, como el que
seguían el grupo desidente samaritano y el esénico de
Qumrán.
La
cuestión nos es conocida por el testimonio de Eusebio de
Cesárea'. El obispo Polícrates, de Éfeso, como cabeza de
los obispos de Asia, se dirige al obispo Víctor (195 d.C.), cabeza
de la iglesia de Roma. La controversia se centra acerca del día de
la celebración de la pascua, esto es, el día que hay que poner
fin al ayuno. Víctor, convencido de que en su favor obra la
tradición apostólica de la celebración del domingo, quiere
separar de la unión común las iglesias del Asia. Por la
carta de Ireneo —partidario también del domingo— a
Víctor, en nombre de los hermanos de
Al margen de
quién tiene razón —posiblemente las dos partes si se matiza
un poco—, nos interesa aquí el testimonio tan primitivo de la fiesta,
que además avala su posición en la tradición
apostólica. De todas formas, ya mucho antes del concilio de Nicea
(325) todas las iglesias celebraban la pascua el domingo.
En el siglo n es
fácil ampliar el testimonio de la celebración pascual. Basta
citar dos nombres.
Triduo pascual
na. En la
primera, escrita alrededor del año 150, se contempla la celebración
pascual como una memoria de la muerte gloriosa celebrada en una vigilia
nocturna2.
La homilía
de Melitón (166-180) es un comentario a la pascua del éxodo en
comparación con la cristiana. La primera salva a Israel por la
sangre del cordero, la segunda salva a los hombres por la plegaria y
muerte de Cristo 3. La vigilia, el ayuno, la fiesta y la eucaristía
pascual son una página excelente de la literatura del siglo ni,
ofrecida por la
Didascalia
Apostolorum'.
La
tradición alejandrina, siríaca, griega o latina llena por doquier
los primeros siglos, de tal manera que lo mejor es ciertamente recurrir a sus
páginas admirables a fin de poder captar los múltiples matices de
la pascua.
Respecto al
contenido teológico de la fiesta, si bien es verdad que hasta el s. m la
tradición más bien unitaria es la asiática, no lo es menos
que en el plano histórico litúrgico se concreta en una doble práctica.
La fiesta aniversario de la pasión, así como la de la
resurrección, comportaba una acentuación diversa de uno de
los dos extremos del único misterio pascual.
El concilio de
Nicea (325) confirmó la unidad del día de la celebración,
de tiempo ya conquistada, acordando que los hermanos de Oriente hicieran
como los romanos, alejandrinos y todos los demás, de manera que
todos unánimemente, en el mismo día, elevaran su
oración en el día de la pascua5. La decisión del concilio
se fue estabilizando pacíficamente en toda la iglesia hasta la
reforma del calendario por Gregorio XIII (1582), reforma que fue rechazada por
el patriarca de Constantinopla en nombre de la fidelidad al concilio de Nicea.
Triduo pascual
2006
II. £1
triduo pascual dascalia de los Apóstoles, donde se y su
significación puede leer parascevem tamen et sabbatum integrum ieiunate\
nos
La pascua de los
primitivos crisresultan más conocidos. tianos, entremezclada con la
expeLlegados al s. iv, encontramos riencia de la comunidad apostólica,
una formulación teológica litúrgica giraba en torno a una
sola celebrabien precisa del triduo sacro. En san ción. El criterio
místico de la conAmbrosio podemos leer: "Triduo en
centración dominaba sobre el croel que ha sufrido, ha reposado y ha
nológico de los tres días, que se imresucitado el que pudo
decir destruid puso más adelante. La pascua era la este templo y en tres
días lo reedifigran celebración nocturna de la nocaré"
l0. Entre otras escogemos la co
che, de tal
manera que hasta finales nocida expresión de Agustín por su del
s. 111 era la única fiesta anual. Su tan adecuada formulación:
Sacratiscelebración concentraba la unidad simum triduum
crucifíxi, sepulti et
de la historia de
salvación desde la
suscitati".
creación a
la parusía.
Sin perjuicio de
la unidad total del
Pronto esta
vigilia pascual fue misterio de pascua, los padres tenían precedida de
uno o más días de ayubuenas razones para consagrar la no,
los cuales se transformaron proidea de triduo sacro. El presentar los gresivamente
en el triduo del viernes, aspectos sucesivos de la celebración
sábado y domingo, dedicados, resera sin duda la mejor manera para
pectivamente, a
la muerte, sepultura una vivencia cristiana mayor. Las y resurrección
del Señor. El paso prerazones bíblicas no faltaban. Por un
suponía ya una aceptación del dolado, la tipología
bíblica de Jonás y
mingo
después del 14 de nisán como del templo (Mt 12,40; Jn 2,19); por
el día de pascua.
otro, la unidad
de los tres momentos
El triduo
pascual, vislumbrado ya del misterio, según viene expresada en
Orígenes, nos lo descubre no en diversos lugares del NT, como es como
una indicación cronológica, el caso de Corintios:
"Murió por tosino de sentido teológico y
litúrgico. dos para que los que viven no vivan Comentando Os 6,2, dice:
Prima die ya para sí, sino para aquel que por nobis passio Salvatoris
est et secunellos murió y resucitó" (2 Cor 5,15),
da, qua descendit
in infernum, tertia o bien "fue entregado por nuestros autem
resurrectionis est dies, añapecados y resucitó para nuestra
jus
diendo unas
líneas más abajo la extificación" (Rom 4,25).
presión el
misterio del tercer día.
La doble
tradición acerca del
Una
celebración de los días antenombre de pascua
contribuyó tamriores a la vigilia pascual, consistente
bién a
forjar la teología del triduo. en el ayuno, la encontramos en TerAl
entrar en crisis la primitiva, la
tuliano, y supone
una costumbre asiática (pascha-passio), en el s. iv, arraigada.
Fundamenta la práctica, va adquiriendo preponderancia la occomo los
únicos días, solos legítimos cidental al tener
conocimiento de ieiunorum, prescritos por el evange
la alejandrina
(pascha-transitus). La
lio, para el
momento que el esposo traducción latina de
el viernes
dicamus et ieiuniis paras
paso, transitus,
está en la base del
cevem'.
nuevo acento
teológico.
'" A
principios del s. ni el ayuno del Al principio del s. m, al interpre
triduo,
según
tarse pascua por
paso, como lo hace
lica', y un poco
después en
2007
jandría12,
se funda en la etimología del filósofo judío Filón
de Alejandría. La nueva palabra paso resulta muy adecuada para
significar el principio y el término del triduo. Será el
vehículo de una teología que permite poner de relieve los
aspectos morales, ascéticos y doctrinales de la pascua. Los autores
cristianos expresan así la dimensión cristológica,
sacramental y escatológica de la fiesta.
Vemos cómo
en la primitiva concepción del triduo quedaba excluido el jueves
santo. La actual concepción popular, tendente a incluirlo, arranca
del tiempo de Amalario (s. ix), y se basa en una concepción superficial
y errónea.
III. Celebración
litúrgica del santo triduo
Santo triduo
pascual es el título del misal, puesto inmediatamente antes de la misa
vespertina de la cena del Señor. El epígrafe santísimo triduo
pascual de la muerte y resurrección del Señor, en la
oración de las horas, encabeza los oficios que empiezan por las
vísperas del jueves de la cena del Señor. En el leccionario, con
menor precisión, la misa crismal del jueves va precedida de la expresión
triduo pascual. El nuevo Ordo lectionum del año 1981, rectificando, pone
la misa crismal en la cuaresma, y la palabra triduo precede a la misa de la
cena.
Para las normas
universales sobre el año litúrgico, el triduo pascual de la
pasión y de la resurreción del Señor comienza con la
misa vespertina de la cena del Señor, tiene su centro en la vigilia
pascual y acaba con las vísperas del domingo de resurrección
".
Hasta aquí
una síntesis de la normativa actual según los libros
litúr
Triduo pascual
gicos promulgados
después del concilio Vat. II. La consagración de la palabra
triduo es patente; los límites, no tanto. Anteriormente, la expresión
no se encuentra ni siquiera en la encíclica Mediator Dei (1947). Después
de la cuaresma, sin distinción ni nombre de días, introduce en el
tiempo sagrado en que la liturgia nos propone los atroces dolores de Jesucristo
(n. 198). A continuación habla de la solemnidad pascual, que
conmemora el triunfo de Cristo
(n. 199). No
obstante la novedad, ni el lenguaje ni mucho menos el contenido es de
ahora. Las bases son bíblicas y patrísticas. De todas maneras,
éstas en ningún caso incluían el jueves santo, ni siquiera
parcialmente. Para la iglesia, el triduo pascual de la pasión y
resurrección del Señor es el punto culminante de todo el
año litúrgico '". El triduo pascual, propiamente, comprende
los tres días de la muerte, sepultura y resurrección del
Señor. Así se explica que la liturgia de las Horas del jueves
tenga el carácter de una feria de cuaresma. En todo caso, las
vísperas de los que no participan en la misa vespertina, que ocupa el
lugar de las primeras vísperas, y la propia eucaristía, son como
la introducción del triduo. Los historiadores de la liturgia encuentran
dificultad para poder avalar con una remota antigüedad una misa
vespertina para el jueves. Es cierto que
ayuno cuaresmal
por la tarde, podían comulgai*en esta segunda misa,
Triduo pascual
2008
instituida para
ellos. Es una explicaEs esta dinámica propia, que va de ción
probable. la austeridad a la alegría y de la
Es el viejo
sacramentario Gelasia-muerte a la vida, la que lleva impresa no el que nos ha
familiarizado con el orden y sentido de las celebraciola expresión
misa Caenae Domini-nes del triduo, desde este prólogo del cae, en el
hanc igitur de la misa de jueves, bien significado en la lectura
reconciliación,
de la cual no hay ninprofética de la pascua del Éxodo. guna
alusión en el s. v. Conviene recordar además, que la
referencia es matutina, puesto que se vincula al IV. Viernes santo, ayuno: dies
ieiunii Caenae Domini-primer día del triduo cae. Misa que, por otra
parte, no tiene liturgia de la palabra, como La ausencia de datos sobre la cetampoco
la tiene la última del grupo lebración litúrgica del
viernes santo item feria V Missa ad vesperum. Peprimitivo inclina a pensar
que ésta
queños
indicios históricos, que evino existía. Del gran ayuno
pascual dencian el aserto anterior del jueves del viernes y sábado,
testimoniado no incluido en el triduo. La actual por
Los primeros
días del triduo no dicho anteriormente no quita que la son
preferentemente penitenciales, praxis del viernes esté en
relación cersino contemplativos del misterio de cana con los
tiempos apostólicos. Cristo y de la espera escatológica de
Quizá sea éste el sentido de la tradisu triunfo. Entre estos
signos hay ción bizantina cuando, intentando que contar también
el ayuno del crear esta conexión apostólica, afirviernes y
del sábado, expresamente ma: "Esta costumbre de no comer
diferenciados del de la cuaresma, nada el gran viernes nos ha sido para llegar
a la alegría de la resutransmitida por las disposiciones de
rrección '«. los santos apóstoles" ". Vienen muy
El Ordo de 1955, al establecer la a propósito las palabras del canon 8
celebración
vespertina del jueves, hadel IV concilio de Toledo, expresión
bía
iniciado el camino de la recupede la praxis litúrgica
hispánica anteración como noche de la cena del rior, y un
poco de la iglesia en geneSeñor. La promulgación del nuevo
ral, reprobando a aquellas personas
Ordo en 1970, con
las oraciones y que rompen abusivamente el ayuno lecturas apropiadas, ha
consolidado después de la hora de nona en este su significado. Una
eucaristía toda-día de la dominicae passionis, que
S co n signos de
austeridad, que ce-brantando así la norma de la iglesia ieorando el
Nátale Calirh
Nataleuniversal.
naro , Calicis
nos prepara para la gran eucaristía del año, Es probable que
esta reunión del
,'m!,n^ClÍeSanta
see -Sobnedad,
que, viernes se llenara poco a poco de conSo n °rd,°: ha? *w
mantener in-tenido celebrativo. Es comúnmente sieu° fara el lugar de
la reserva que admitido que el servicio de lecturas,
lg"e a
continuación.
cantos y
oraciones de este viernes, ción°l,V°1VÍde que la unica
celebra-de tanta sobriedad en la liturgia roSt°S días' en los
mana, refleja las reuniones alitúrgi
«Sene^f
'"i d! e,
"genes, era
la de la vigilia pascual. cas de los primeros siglos, según 2009
eran observadas
en África y Roma. El viejo comes de Wüzburgo permite deducir, con
cierta probabilidad, que las lecturas del viernes anteriores a la reforma del
concilio Vat. II estarían ya en uso en el s. vi. En cuanto a la
lectura del cuarto evangelio, Egeria nos dice que esto ocurría ya
en Jerusalén allá por el año 384.
El esquema
primitivo sería el fondo arcaico que ha persistido en la
celebración histórica del viernes santos: dos lecturas del
AT, seguidas del tracto y, a continuación, el evangelio. Al final,
unas oraciones solemnes por todas las necesidades de la iglesia y de los
hombres.
La liturgia de la
palabra, según el Ordo Romanus XXIII —testigo de la liturgia
romana por lo menos del
s. vm—
tiene lugar hacia el final de la adoración de la cruz. La liturgia de la
palabra era, y es, la parte más importante de la celebración.
Según el Ordo Romanus XXIV, en un tiempo existieron separadas ambas
prácticas, reservando la adoración de la cruz para las primeras
horas de la tarde. El viejo sacramentario Gelasiano describe seguramente
la celebración más popular, presidida por un
presbítero, y anterior en algún punto a la papal. Comienza
con un silencio, seguido de dos oraciones y de las tres lecturas, y vienen después
las oraciones solemnes. A continuación siguen la adoración
de la cruz y el rito reciente de la comunión de la reserva
eucarística.
La movilidad de
la adoración de la cruz no le quita el segundo lugar en importancia a la
celebración del viernes. Su origen jerosolimitano es descrito por el
relato de viaje de Egeria. En Roma alcanzó gran desarrollo en
la procesión que partía de la basílica constantiniana de
Triduo pascual
que nos la
describe, sabemos también que ni el papa ni los diáconos
comulgaban. El rito de presantificados, desarrollado en los
títulos, la liturgia papal lo ignoraba todavía en el s. xi. El
pontifical de curia del
s. xm declara que
sólo comulga el pontífice. Ampliado al obispo y sacerdote
que preside, éste fue el uso en vigor hasta el año 1055.
La
celebración actual. La liturgia de la palabra con su conclusión,
las oraciones solemnes, continúa siendo el centro de la
celebración. El silencio impresionante con que empieza —el
nihil canentes del antiguo sacramentario— es expresión de la
sobriedad de siempre, propia de este día. La reforma actual, al
cambiar las dos primeras lecturas tradicionales, se ha inclinado por una
acentuación de lo que podríamos llamar el anuncio de la
pasión. Un análisis atento del cuarto cántico del siervo
de Yavé descubre una profecía del misterio de pascua. El salmo
30, como responsorial, continúa la meditación de la voluntad
interior de oblación del que puede decir: "Padre, a tus manos
encomiendo mi espíritu". El fragmento de la carta a los
Hebreos de la segunda lectura es una síntesis de la teología de
la salvación pascual en Jesucristo, por. su gran obediencia.
Esta
celebración de la palabra encuentra su cima en el evangelio de la
pasión según san Juan, reservado desde siempre para este momento.
En él, como el de la gran hora de Jesús entregado a los suyos por
amor, se hacen más visibles que en ninguna otra narración sus
características pascuales, sacramentales y de la sublime realeza y
divinidad de quien va a una muerte abierta a la glorificación.
Las oraciones con
que concluye la liturgia de la palabra no son unas oraciones, sino las
oraciones solem
Triduo pascual
2010
nes, según
el sacramentario gregodo pronto a favor de la celebración riano.
Son probablemente un sustraen domingo, contribuyó a allanar las to
anterior al s. v, y ya universaliza-cosas y facilitó el sentido y
comprenao en este. Es la plegaria del pueblo sión del segundo
día. sacerdotal, asociado activamente a El sacramentario gelasiano,
testila salvación universal del viernes. go de una tradición
anterior, nos
La
adoración de la cruz no como permite saber cómo Roma dedicaba
objeto sino como signo es un acto de la mañana de este sábado a
la última te y una proclamación de la victoria preparación
bautismal. En efecto, pascual de Jesús. Los cantos que la era el momento
del séptimo escrutiacompañan subrayan este carácter
nio, que no comportaba la celebratriunfal. El que mejor la sintetiza es
ción de la misa. Durante el mismo
el
magnífico Crucem tuam, procetenía lugar el rito del
Effatá y la andente del oficio bizantino de la matigua
recitación del símbolo por parñana de pascua. te del
catecúmeno (redditio), trans
La conveniencia
de unirse en coformada más adelante, al desaparemunión
con el pontífice que se encer el bautismo de adultos, en la trega
para liberar a su pueblo ha prerecitación por parte del sacerdote.
valecido en la
liturgia actual sobre el El ritual del bautismo actual prevé
inconveniente de la doble comunión la posibilidad de los ritos prebautisaei
triduo en la controvertida cuesmales para esta mañana, en el su
tión
histórica. puesto del bautismo por la noche pascual.
La sobriedad
celebrativa de la mav- Sábado santo, ñana del sábado
no se vio alterada segundo día del triduo ni por el absorbente
alegorismo de un Amalario (s. ix), que, partiendo
Sin el menor
intento de materialide la ausencia de misa, nos dice que zar las cosas en
detrimento de su el oficio de esta mañana es como una simbolismo y
sentido más profundo, ilustración de la futura noche '».
excluido igualmente un pobre histo-El sábado, como día de
oración y
ncismo, afirmamos,
no obstante, reposo, encuentra en la oración de como
característico, que el sábado las horas su única
celebración. Tiene es el segundo día del sagrado triduo, un
marcado acento de una celebrat i significado del día está
puesto de ción pública del oficio de lecturas
e por la
ll ¡u
Presentación que el mi-con asistencia del pueblo ". En este sai
hace del mismo. La iglesia, dice, oficio de lecturas, de acuerdo con el aurante
el sábado santo permanece gran silencio y reposo del Señor junto
al sepulcro del Señor meditan—según la antigua
homilía que en él do su pasión. El gran sábado de
la se lee—, pregustamos la salvación "urgía bizantina
está envuelto en universal anunciada a los justos del 'os mismos
sentimientos. AT: "Dios hecho hombre se ha dorf„»
í"á? Probable es que el ayuno mido y ha despertado a los que
dorjuera 'a única forma de celebración mían desde
hace siglos..., ha puesto Primitiva. Por lo menos la tradición en
movimiento a la región de los
siemPre
i,n Yist0
,. este sábado como muertos",
en el misterioso encuentro
"n
día ahtúrgico, es decir, en el que con los que se hallaban en
dicha pri^iglesia se abstiene de la celebrasión (1 Pe 3,19).
En el oficio la igle
e"carística
os ^- Por ello el
altar sia confía participar del reposo yqueda desnudo. La tendencia
cuar-triunfo del Señor. En las vísperas, todecimana, más
judaizante, cediencelebradas pocas horas antes de la 2011
vigilia pascual,
domina esta espe
ranza ante la
inminencia de la resu
rrección.
La mala
interpretación del sába
do santo
llevó progresivamente a an
ticipar la
celebración vigiliar a la
mañana.
Para el Ordo Romanus
XXIII, el momento
de empezar es
ya hora quasi
Vil, y para el sacra
mentario
Gelasiano, VIH hora diei
mediante, es
decir, que en los ss. vu
vm existían
en Roma dos tradicio
nes que empezaban
la celebración de
la vigilia a la
una y a las dos y media,
respectivamente A
partir del s. xiv
la
celebración pasa a las primeras
horas de la
mañana. La oscuridad
de estos largos
últimos siglos fue re
dimida
restituyendo la vigilia a su significado originario en la primera
restauración del papa Pío XII, el año 1951.
VI. Domingo de
resurrección, tercer día del triduo
El domingo de
resurrección fundamentalmente es una vigilia, la vigilia
pascual. La pascua del Éxodo era ya noche de vigilias en honor de
Yavé (Ex 12,42). El apócrifo Epístola Apostolorum (s.
ü) subraya este aspecto, que probablemente se remonta a los tiempos
apostólicos. La tradición de la iglesia queda muy bien expresada
en las conocidas palabras de san Agustín. El razonamiento del
santo obispo es lógico. Si san Pablo nos invita a imitarle en sus
vigilias continuas, con cuánta más razón no deberá
hacerse esta noche, que es la madre de todas las santas vigilias2", en la
que todo el mundo vela. En otra homilía de la vigilia afirma que la
repetición anual de la pascua, en la luminosa solemnidad de esta
noche, renovando la memoria de la resurrección del Señor, en
cierto modo la realizamos2I.
Es esta
tradición la que recoge el
Triduo pascual
misal actual al
advertir que se trata
de una
celebración nocturna, y que
por lo tanto no
ha de empezar antes
del inicio de la
noche y ha de termi
nar antes del
amanecer; así se da
cumplimiento al
mandato del Señor
de tener
encendidas las lámparas (Le
12,35ss).
La noche santa
rompe el ayuno, y es la inauguración de la gran fiesta de alegría
cincuentenaria. Es el tercer día del triduo, como el paso del duelo
a la fiesta, de la muerte a la vida, juntamente con el Señor. De todos
los tiempos, es la noche de la celebración sacramental de la pascua por
la palabra, el bautismo y la eucaristía. La originalidad de la
pascua es el hecho de ser la eucaristía que alcanza su máxima
expresividad por encima de las restantes celebraciones del año. El
esquema habitual que constituye toda celebración se da en un grado
mayor. La liturgia de la palabra es mucho más larga que la habitual; y
la liturgia sacramental no sólo celebra la eucaristía, sino también
el bautismo.
Previo al
elemento más primitivo, consistente en la liturgia de la palabra,
el paso del tiempo añadió oportunamente una apertura que se
realiza por el rito del fuego nuevo y de la proclamación de la
pascua.
El
antiquísimo rito del lucernario, utilitario y simbólico, de
Jerusalén y del Oriente, dará lugar al del alumbramiento del
cirio pascual. La liturgia papal del s. vin no conocía
todavía este rito. Sólo en el s. xii entrará en ella la
bendición del mismo y la procesión. Las ceremonias del
sacramentario Gelasiano, no obstante, nos permiten saber que en el s. vn ya
existía la ceremonia del cirio y su bendición, efectuada en la
celebración de los presbíteros romanos de los arrabales de
Roma.
La alegría
y acción de gracias pascual del África de Agustín o
de
2012
berancia
hispano-visigótica y galicatradición que le es anterior. Ya
Terna, creó las maravillosas loas del cituliano nota que el
tiempo más apto rio con el bellísimo Exultet de la para el
bautismo es el domingo de temprana edad media. Esta bendipascua o los
días de la cincuentena ción, hecha por un diácono, estaba
que son su continuación". Ciertaen uso en Italia ya en el s.
v. mente, el s. iv es la gran época de
La complicada
historia de las lecla noche pascual como gran noche turas bíblicas
de la vigilia pascual no del bautismo. La noche del año 387 quita su
importancia central en la fue la del bautismo de Agustín por liturgia,
sino al contrario. Haciénel obispo de Milán, san Ambrosio.
dose eco de esta tradición, la liturgia Es el tiempo que nos ha legado
las actual no teme afirmar que ellas grandes catequesis, preparatorias y
constituyen el elemento fundamental mistagógicas, de Ambrosio de Mide
la vigilia. Las fuentes en las que lán, Cirilo de Jerusalen, Teodoro de
se inspiran para Roma los sacraménMopsuestia, Agustín, Juan
Crisóstanos Gelasiano y Gregoriano nos tomo...
acercan al
período del dominio biEn este contexto pascual nacen los
zantino
(550-750), que establecía el formularios y ritos bautismales, con
bilingüismo. En todo caso es un he
procesión
al baptisterio, bendición
cho general en la
liturgia de pascua.
del agua
—un texto de los más céleIncluso asomándonos a
la liturgia bres de la liturgia romana23— la triple
comparada,
descubrimos probable
profesión
de fe, con la triple inmer
mente un
núcleo universal de orga
sión, la
unción y la crismación, que
nización.
Buena muestra de ello es el
confirmará
al hasta poco antes cate
hecho que los
tres primeros actuales,
cúmeno,
hecho ya neófito.
comparados con
las tradiciones occi
Hoy
continúa siendo la noche por
dental y
oriental, se encuentran en
excelencia del
bautismo por la en
ocho tradiciones
distintas. La tradi
trañable
vinculación del sacramento
ción
bizantina y, particularmente, la
con el misterio
de la muerte y resu
de Jerusalen son
las más próximas
rrección,
de acuerdo con la teología
al sistema
occidental. La liturgia de
paulina.
la palabra es el
memorial agradecido
La gran vigilia
llega a la cima con
por la
salvación, recordada por unas
la eucaristía
nocturna, que inicia el
referencias
históricas base, que cul
domingo de
resurrección. Es la euca
minan en el
Cristo de la pascua. Las
ristía por
antonomasia, en que el neó
tres
últimas lecturas están más di
fito y todo
cristiano ha sido adentra
rectamente
orientadas hacia la cele
bración
inmediata del bautismo. A
do en la
comunión con Cristo, nuesla lectura del NT (Rom 6,3-11), igualtra
pascua, en la espera de la venida mente bautismal, sigue el relato evangloriosa
del Señor. La eucaristía gélico de la resurrección.
Las orapascual, culminación del memorial ciones del final de las
lecturas contide la muerte y resurrección del Senúan su
vieja función, heredada de ñor hasta que venga. El paso de la los
sacramentarios, de actualizar la austeridad a la alegría es la iniciasalvación
en Cristo, anunciada en la ción de la fiesta para siempre, simlectura,
al tiempo que los responso-bolizada en Pentecostés (= cincuenta nos
bíblicos invitan a la contempladías). ción agradecida
de la misma. La vigilia dominical termina antes de amanecer. En un principio
era
noche de pascua
en el Gelasianum
encontrar una
segunda misa de pas
vetus y en el
Gregoriano, recoge una
cua en la liturgia
romana habrá que
2013
aguardar siglos;
seguramente hasta después del papa san León (t 461). Fuera de
Roma, hay testimonios anteriores, como es el caso de África, en
tiempos de san Agustín, entre otros.
Las II
vísperas del domingo son el final del tercer día del triduo. Para
la liturgia romana de los sacramentarios era la ocasión para una
nueva convocación de los nuevos bautizados junto con el pueblo en
la basílica lateranense. La descripción detallada la ofrece
el Ordo Romanus
XXVII. Aunque
representa la noticia escrita más antigua de su ordenación,
el rito le es muy anterior. Estas vísperas, así como todo el oficio
actual propio del día, como corresponde, en efecto, al I domingo de
pascua que empieza la cincuentena, respiran esta ambientación propia
de "la máxima solemnidad de la pascua"24.
NOTAS: ' Eusebio
de Cesárea, Historia Eclesiástica I, Madrid 1973, 330-337
—2 R. Cantalamessa,
A. Reifferscheid
y G. Wissowa, CC 2, Turnhout
Triduo pascual
1954, 1272
— ! B. Botte,
13: PL 16,1030
— " Agustín, Epístola 54,14: PL 38,215 — l2
Clemente de Alejandría, Stromati II, XI, 51,2 — ,3 Normas
universales sobre el año litúrgico y sobre el calendario, 19
— M id, 18 — l! Agustín, Epístola 54, 5-10, PL 33,202
— " Concilio Vat. II, Sacrosanctum concilium 110 — " E.
Mercenier, Lapriere des églises de rite byzantin, Chevetogne 1937, 2,2,
p. 210 — l8
Officio hodierno, quod totam noctem illustrat futuram, cf J.M. Hanssens,
Amalara episcopi opera litúrgica omnia, t. II, Ciudad del Vaticano
1950, 103 -" IGLH 210 — 20 Mater omnium sanctorum vigiliarum, cf san
Agustín, Serm. 219: PL 38,1088 — 2I Vbi vigilando tamquam
resurrectionem Domini per "cogitationis reliquias" operemur, cf san
Agustín, Serm. 220, 1089 — 22 Tertuliano, De baptismo
19,1-2, ed. J.G.Ph. Borleffs, CC 1, Turnhout 1954, 293 —
Joan Bellavista
BIBLIOGRAFÍA:
Bernal J.M., Iniciación alano litúrgico, Madrid 1984; Cantalamessa
R.,
u
UNCIÓN DE
LOS ENFERMOS
rfaH ,R10:
'• E1 hombrc frente a la enfermer a en la cultura occidental: 1.
Análisis de
estrecha
relación entre unción y disciplina penitencial, b) La
interpretación de Abelardo, c)Interpretación franciscana
(Buenaventura yDuns Escoto), d) A nivel de celebración; 5. Los ss.
xvi-xx: a) El concilio de Trento, b) El ritual de Pablo V (1614), c) Los ss.
xix-xx, d) El Vat. II - V. El "Ordo Unctionis Infirmorum eorumque
Pastoralis Curae": 1. La dimensión eclesial;
2. La
asunción de los elementos positivos de la cultura contemporánea;
3. Los efectos del sacramento; 4. El sujeto del sacramento - VI.
Orientaciones pastorales: I. La evangelización de los enfermos; 2. Para
una pastoral de los enfermos y de los ancianos; 3. A nivel de celebración.
El hombre frente a la enfermedad en la
cultura occidental
Para poder
comprender en toda en nrofundidad el problema que im«Hcad h°mbre
enferm° er!el mUn"
-
So
contemporáneo (el anales, aun
considerando la
cultura occidental en general, tiene presente de modo particular la
situación española), es necesario tener en cuenta, aunque sea de
un modo breve, la evolución que ha tenido lugar, especialmente en los
últimos treinta años, de modo que se puedan aprehender los elementos
de la nueva sensibilidad del mundo en el que la iglesia vive y
actúa.
1.
ANÁLISIS DE
jetivo, es decir,
partiendo del malestar conocido y valorando su gravedad según
el estado a que queda reducido el enfermo, fácilmente joven. Dada
la duración habitualmente breve de la enfermedad y la ausencia
de tratamientos especializados, el enfermo es tratado en casa (no conoce
por esto la prueba de la separa
ción, de
la soledad, del aislamiento). La enfermedad de una cierta gravedad
desemboca en general en la muerte. En fin, la relación médicopaciente
está llena de humanidad, amistad, consejo y ánimos (recuérdese
que muchas veces el objetivo de las curas era simplemente aminorar el
sufrimiento).
En nuestro siglo
tiene lugar un viraje decisivo, y particularmente en lo? últimos
treinta años, que ha contemplado el imponente crecimiento
2015
de la medicina,
de la cirugía, de las diversas especialidades médicas y de los
centros de internamiento hospitalario. Es muy frecuente que hoy el enfermo
sea un anciano, afectado por una enfermedad crónica y de lenta
evolución (debida sobre todo a la intervención médica);
los notables progresos a nivel de diagnóstico, incluso preventivo,
y de terapia, mientras que por una parte han llevado al conocimiento de
nuevas enfermedades, por otra han favorecido el crecimiento
numérico del mundo de los enfermos, creando en muchos casos
psicosis de enfermedad en las personas sanas, que por esto viven con el
temor de descubrirse improvisadamente enfermas. Las consecuencias de todo
esto en el plano social y cultural son notables: la enfermedad se
convierte en una de las preocupaciones más constantes y angustiosas
de la vida del hombre contemporáneo. En ocasiones pasa a ser un estado
de vida prolongado o incluso permanente (por esto hoy la enfermedad ha
perdido la estrecha conexión que un día tuvo con la muerte; estar
enfermo ya no significa correr necesariamente peligro de muerte).
Además, la necesidad de tratamientos especializados y, por esto,
del consiguiente internamiento hospitalario provoca en el enfermo
experiencias psicológicas lacerantes, como la ruptura de la propia
identidad, el peso de la marginación social, el aislamiento y la
soledad existenciales, la sensación de pertenecer a un estado de
minoría de edad, como una tercera persona cuya suerte se decide, en
diálogos furtivos, entre los familiares y el médico. La misma
relación de este último con el enfermo ha sufrido notables
transformaciones: el paciente se encuentra delante de personas
desconocidas —que le piden una serie de pruebas, cuyos motivos y resultados
no comprende— y a las que está totalmente sometido. Así es
Unción de
los enfermos
como ha nacido el
mundo de los enfermos, separado del de los sanos, incluso a nivel
cultural; en efecto, la enfermedad para gran parte de las personas es una
cuestión sin sentido, un puro hecho objetivo, que no tiene importancia
alguna en el horizonte de los problemas humanos.
2. CONSECUENCIAS
INTRA-ECLESIALES DEL NUEVO CONTEXTO SOCIOCULTURAL. La radical
transformación de perspectiva, de actitud y de modo de pensar antes
indicada ha supuesto una provocación para la iglesia, que se ha visto
profundamente cuestionada por la nueva sensibilidad
antropológica. La iglesia ha recorrido de nuevo, releyéndolas en
esta perspectiva, las fuentes bíblicolitúrgicas, llegando
así a la superación de la actitud ascética en su relación
con la enfermedad, que tomaba el nombre de pía resignación y aceptación
', y asumiendo al mismo tiempo el deber de luchar contra la enfermedad,
sin caer con todo en una visión radicalmente secularizada, que
podría llevar a un modo arreligioso de vivir la situación de
enfermedad, la cual, entre otras cosas, incluso desde el punto de
vista meramente antropológico, constituye una fuerte experiencia, susceptible
de apertura al misterio de lo sobrenatural. Se ha superado también
el peligro de aislamiento del enfermo dentro de la misma iglesia; la
enfermedad ya no se ve como un estado de vida y de santificación,
ordenado por una espiritualidad propia, porque la iglesia entera
está llamada a vivir la lógica de la cruz y sometida a la cruz.
II.
Problemática teológica
Son varios los
problemas que se encuentran al estudiar el sacramento de la unción de
los enfermos. Se pueden reducir a los siguientes:
Unción de
los enfermos
Los datos bíblicos relativos al
sacramento son muy escasos y necesitan ser integrados en los temas
más amplios de la enfermedad y del sufrimiento.
Las tradiciones occidental y oriental
documentan una discreta variedad de denominaciones, como óleo santo,
sacra unctio, unctio in
flrmorum,
sacramentum exeuntium, extrema unctio (Occidente); óleo, óleo
santo, el óleo de la oración, el misterio de las
lámparas (Oriente).
Lasformas y realizaciones del sacramento
cambian a lo largo de los siglos, a) El rito se celebra tanto en casa como en
la iglesia, y es administrado por los presbíteros o por los fieles,
b) En lo que concierne al destinatario, a lo largo de la historia se pasa del
enfermo leve al moribundo (en ocasiones incluso al que ya está
muerto), c) Sobre los efectos, los datos de las fuentes litúrgico-patrísticas
se mueven entre los efectos corporales y los espirituales (penitenciales),
d) ¿Dónde se sitúa el sacramento? ¿En la
bendición del óleo reservada al obispo o en la liturgia de la
unción?
Sirviéndonos de las publicaciones
teológicas relativas al sacramento de la unción, podemos
resumir las últimas discusiones en torno a algunas grandes
orientaciones: unas ven el sacramento como "consummativum
paenitentiae" (curar al pecador en el cristiano gravemente enfermo); otras
como "consagración de la muerte" del cristiano"; y otras,
por fin, como "sacramento de los enfermos"2. En esta última
línea es donde se inserta la reflexión del Vat. II (SC 73), que
dirige la reflexión sobre el sacramento hacia los enfermos que
comienzan a estar en peligro de muerte, superando la visión
teológico-pastoral codificada por el CDC de 1917 (can. 940), es
2016
trechamente unida
al pensamiento
medieval (cf can.
1004 del CDC de
1983).
Analizaremos
puntualmente todo esto en los párrafos siguientes.
III. Datos
bíblicos
La biblia (AT y
NT) no parece interesarse por la enfermedad en cuanto tal; se acerca a ella
sólo en la medida en que plantea a la experiencia de fe del pueblo
de Dios interrogantes que sustancialmente se pueden formular
así: ¿Cómo se explica la enfermedad dentro de la historia
de la salvación? ¿Cómo vivirla a la luz de la fe? El
análisis de la línea en la que se mueve
1. CRISTO,
CURANDO A LOS ENFERMOS , ANUNCIA EN SU PERSONA
2017
de y maravilloso
futuro de Dios, y es un modo de hacer que este futuro nos llegue.
CRISTO SE DISTANCIA DE
EL HIJO DEL HOMBRE SUFRIENTE.
Viviendo plenamente, en el camino hacia la luz, la experiencia del siervo de
Yavé, Cristo experimenta, al compartir y solidarizarse por
voluntaria elección mesiánica (no por enfermedad), los aspectos
de debilidad, de oscuridad, de tentación, de lejanía del
misterio de Dios típicos de la experiencia del sufrimiento.
Así su sufrimiento puede iluminar el nuestro (Mt 8,16-17; Me 14,32-42 y
15,21-41). Se perfila de este modo el anuncio del valor salvífico
redentor del sufrimiento (enfermedad), capaz de tener significado para el
reino: el sufrimiento no sólo se convierte en una situación que
debe ser superada, sino que también debe ser aprovechada. El
sufrimiento, vivido desde la fe, en la confianza en el poder de Dios y en su
fidelidad sin tacha, se hace redentor, destruye el pecado: el siervo inocente
expía los pecados de
64
Unción de
los enfermos
los otros (esto
ciertamente no quitará al sufrimiento su carácter escandaloso,
que le viene de ser participación en la estupidez del misterio de
la cruz).
4. EN LAS
COMUNIDADES CRISTIANAS PRIMITIVAS. La experiencia de Cristo se convierte
en experiencia de la iglesia, que prolonga los gestos de curación de
Jesús (Mt 10,7-8; He 2,43; 5,12; 5,5-16; 9,34-40), afirmando
así la presencia del reino y poniendo de manifiesto su fuerza liberadora.
Pablo presenta el carisma de curación como un servicio a la edificación
de la comunidad (1 Cor 12,928). Los textos de Col 1,24 (a la luz del cual
la tradición cristiana ha interpretado el sufrimiento, incluso el
originado por la enfermedad) y de 2 Cor 1,5-6, al tomar de nuevo el tema del
hijo del hombre sufriente, nos sitúan ante la pasión del
Señor, a cuya luz es reinterpretado el sufrimiento
apostólico. Pero será el texto de Sant 5,14-16 el que
ocupará el centro de la reflexión cristiana posterior y el
que constituirá el punto de referencia para fundamentar la praxis
sacramental de la unción; presenta una praxis institucionalizada, y
describe, con muchos y diversos términos capaces de expresar la
complejidad existencial de la situación del enfermo, la
acción pastoral de la comunidad: oración, unción, alivio,
curación y perdón de los pecados.
De lo que ha sido
expuesto es posible concluir que
Unción de
los enfermos
IV.
Tradición litúrgica
Sería
ciertamente interesante y metodológicamente más correcto
estudiar toda la actividad pastoral que la iglesia ha realizado en
relación con sus miembros débiles y enfermos, como
actuación obediente, a lo largo de los siglos, del ministerio de Cristo,
que vino para curar. Aquí nos limitaremos al sacramento de la
unción, y sobre todo a las fuentes litúrgicas que nos dan noticia
de él (con particular atención al área romana), pero
sin perder de vista los otros testimonios, capaces de iluminar la
acción de la iglesia y el contexto cultural en el que actúa.
1. Los ss. I-IV
(V). Se caracterizan por un relativo silencio de las fuentes más
directas y explícitas sobre este sacramento. Entre las fuentes
litúrgicas que se acostumbra a estudiar con relación a este
período-1 me parece oportuno presentar la bendición del
óleo que se encuentra en
2018
laboradores. El
uso del óleo que lleva consuelo y salud se deja a los mismos
fieles (gustantibus y utentibus), los cuales lo tienen en su poder para la
curación de las enfermedades propias y de otros.
2. Los ss. v-vn
(viii). En estos siglos los testimonios son más abundantes:
a) Fuentes
litúrgicas. Se trata todavía de fórmulas de
bendición del óleo. Consideramos particularmente la
fórmula romana Emitte, que, transmitida tanto en la redacción gregoriana
del final del s. vi5 como en la redacción gelasiana del s. vin', puede,
sin embargo, remontarse en su origen al s. v. Estos textos guardan
continuidad con
2019
que se
añaden los mártires: su testimonio se considera
también como una unción en el Espíritu que da fuerza
en esa particular situación vital del cristiano bautizado (martirio), la
cual presenta una cierta analogía con la situación de enfermedad.
Además, aunque la versión gelasiana presenta la visión
tripartita del hombre como en 1 Tes 5,23, sin embargo la insistencia de la
oración recae sobre el alivio del cuerpo. El uso del óleo se
hace de diversos modos: unción (ungenti), bebida (gustanti),
aplicación (tangenti), y son los enfermos los que disponen del mismo8.
b) Otras fuentes
(intervenciones del papa, de obispos o sermones) nos permiten comprender de
modo concreto la praxis de estos siglos. Recordemos
Unción de
los enfermos
conveniente
visitar por sí mismo a alguno, sin duda puede bendecir y ungir con el
crisma aquel a quien corresponde preparar el crisma. Con todo, no se puede
ungir a los penitentes, porque es éste un género de
sacramento. Y a quienes se niegan los otros sacramentos, ¿cómo
puede pensarse que se conceda uno de ellos?" (DS 216)'. En la carta se subraya
la importancia fundamental de la bendición del óleo por el obispo;
se determina que el texto de Santiago debe entenderse como referido a los
fieles enfermos (excluidos sin embargo los penitentes públicos, porque
el óleo pertenece al "genus sacramenti") que pueden usar
el óleo para sus necesidades personales (y, por lo tanto, no sólo
los presbíteros).
Es asimismo
interesante para la iglesia de
La iglesia, al
prolongar la acción de Cristo con los enfermos, valora el uso y la
confianza de los pueblos mediterráneos en las virtudes curativas
del aceite de oliva y bendice así el óleo que se usaba para los
enfermos. Sin embargo, el acento se pone en la
Unción de
los enfermos
bendición
del óleo (caracterizada por la solemne epíclesis), que los laicos
pueden aplicar a los enfermos y que los fieles enfermos usarán en caso
de enfermedad, en comunión con la iglesia; en Roma, a partir del
s. vil, la
bendición se pide solamente al obispo el jueves santo. Además, el
texto de la carta de Santiago, sobre todo a partir de Inocencio I, se introduce
en las oraciones litúrgicas para la bendición del óleo y
se convertirá en la fuente inspiradora de los rituales que poco a
poco se van formando en este momento. Finalmente, la relación
eucaristía-unción es evidente: esta relación hará,
al menos en la época precarolingia, que la unción no se
interprete como un sucedáneo de la medicina, casi como una medicina
cristiana, ni tampoco como una intervención milagrosa, sino como un
recurso a la iglesia, signo de Cristo, salvador del hombre integral, al que
debemos abrirnos en la fe.
3. Los ss. vm-xii
(xiii). Para el estudio de estos siglos hay ya muchísimas fuentes
n, que, con todo, necesitan todavía una aproximación
hermenéutica correcta y completa. Por esto me limito a presentar una
síntesis interpretativa de los datos, pacíficamente admitida
hoy por todos.
a) El centro de
gravedad del sacramento no es la bendición del óleo, sino la
administración de la unción. Nacen ahora los primeros rituales
u "ordines ad visitandum vel perungendum infirmum", caracterizados
por una gran variedad de oraciones y de gestos, por una notable libertad
con respecto al número y al lugar de las unciones y por una
floración notable de ritos y de plegarias.
b) El papel de
los presbíteros. El clero asume cada vez más un papel
2020
determinante;
además se le reserva la unción (a este propósito,
piénsese en el significado y la importancia que tuvo, para la reforma
carolingia, la reforma del clero, y en la unión cada vez más
estrecha entre penitencia sacramental y unción, con el consiguiente
incremento del papel determinante del sacerdote en el proceso
penitencial y, por tanto, también en la administración de la
unción).
c) Los efectos.
Se ponen cada vez más de relieve los efectos espirituales de la
unción (sin embargo, esto no significa que ya no se piense en el efecto
corporal), vistos, sobre todo a partir del s. X, como purificación
del mal: los sentidos se ungen no en cuanto enfermos, sino en cuanto
instrumentos del pecado. En efecto, la enfermedad, en este tiempo, se
considera progresivamente como ocasión para la conversión de los
pecados y como momento de reconciliación con Dios, que exige la
intervención del ministerio sacerdotal: piénsese, por
ejemplo, en los decretos del concilio Lateranense IV, que prescriben
"quod infirmi prius provideant animae quam corpori" (COD, pp. 22 ls).
d) La
unción "ad mortem". La evolución más importante
y significativa proviene del deslizamiento generalizado del rito de
la unción hacia el momento de la muerte, causado por la
asociación de hecho de la unción con la penitencia ad mortem
y con el viático. Esta praxis provoca el desarrollo de una
teología de la unción que pone de manifiesto, de un modo cada vez
más unilateral, la perspectiva de la unción ad mortem: así
la unción, ritualmente unida a la penitencia ad mortem, aparecerá
como la culminación del rito de la reconciliación (no por
casualidad se transfiere a la unción la problemática
penitencial de la repetibilidad, de los entredichos...). La praxis llega
así
2021
a la denominada
extrema unción, pero sin que la mayoría de los textos
litúrgicos sufra en su contenido modificaciones similares a la
evolución del rito hacia la muerte; en efecto, todavía hablan de
alivio y de la vuelta del enfermo a las actividades de la vida normal.
4. LOS SS.
XII-XVI (
a) La estrecha
relación entre unción y disciplina penitencial. Aparece
claramente la tendencia a superponer la unción a la penitencia,
cosa que ya era evidente en la praxis de la época, sobre lo que
reflexiona la teología. Está claro por esto la conexión
con la disciplina penitencial y con el peligro de muerte como condición
previa para recibir el sacramento. Se perfila así una visión
teológica que sitúa la unción en una perspectiva
escatológica ("sacramentum exeuntium, ultimum remedium,
immediate disponens ad gloriam"), y una praxis pastoral que ve en la
unción el sacramento "consummativum totius spiritualis
curationis", conclusión de la vida cristiana comprendida como
curación espiritual, y que engloba, en analogía con la
sucesión de tres ritos de la iniciación cristiana, una
sucesión paralela de tres ritos de una especie de iniciación
escatológica: penitencia, viático y unción. La
reflexión teológica así con
Unción de
los enfermos
figurada,
asumiendo evidentemente un papel de orientación de la praxis,
acabará por confirmar y conservar la praxis por la que ella misma fue
generada.
b) La
interpretación de Abelardo relaciona, por una parte, la unción
con el bautismo (unción bautismal), y por lo tanto con la idea de
consagración; y, por la otra, con la penitencia, y por ende con la remisión
de los pecados. La primera relación abre la perspectiva de la unción
como complemento de la consagración bautismal, en el sentido de que
la consagración bautismal inicia a la vida cristiana en su fase terrena;
la unción, por el contrario, completa, es decir, pone fin a la vida
cristiana, preparando al fiel para la vida futura y garantizando un
especial fulgor al cuerpo en la resurrección. La unción,
calificada ya como extrema unción, prepara al hombre para la
visión divina. La segunda relación no hace otra cosa que explicitar
la progresiva fisonomía penitencial que ya estaba asumiendo la
unción.
c)
Interpretación franciscana (Buenaventura, In IV Sent., 1. IV,
a. 1, q. 1, y
Duns Escoto, In IV Sent.,
1. IV, d. 2; a.
2; d. 23; a. 1). Para Buenaventura el sujeto de la unción no es el
enfermo, sino el moribundo, considerado como "venialmente pecador".
La unción, pues, actúa sobre los pecados veniales, para purificar
radicalmente al hombre en ese ámbito de pecados difícilmente
vencibles durante la existencia terrena; además se convierte
también en alivio del alma del moribundo, hasta redundar, de
algún modo, en beneficio de la psicología y del cuerpo del
moribundo. Duns Escoto considera la unción como el sacramento que
perdona todas las culpas veniales con vistas a la entrada inmediata en la
gloria; por esto solamente puede ser administrada en el último instan
Unción de
los enfermos
te (en el que ya
no se puede pecar más) o también cuando se ha perdido la
conciencia.
d) A nivel de
celebración. Litúrgicamente, la praxis se va orientando
hacia un tipo único de rituall4; en particular vale la pena recordar el
contenido en el Pontifical Romano del s. XIII, que influyó ciertamente
en la reflexión escolástica. Este tipo de ritual contiene,
concentrados en sucesión continua, los ritos ad mortem. Pero
será preciso llegar al s. xv para que se generalice, incluso ritualmente,
la unción después del viático.
5. Los ss.
xvi-xx. a) El concilio de Trento, a pesar de moverse dentro de las
opciones doctrinales de la teología escolástica (sacramento de
los moribundos) y del concilio de Florencia, se distancia en lo que esta
concepción tiene de unilateral y de exclusiva (aunque todavía se
discute la unción como corolario de la penitencia), superando la
pura espiritualización y escatologización d,e la
escolástica y la concepción físicorealista primitiva
de la "caelestis medicina", y reafirmando vigorosamente la
sacramentalidad de la unción contra las ideas de la reforma (DS
1694-1700 y 1716-1719): la unción se entiende como "consummativum"
no sólo de la penitencia, sino de toda la vida cristiana considerada
como una penitencia continua (= lucha continua contra el pecado). En
segundo lugar, el concilio sitúa la unción dentro de la
economía de los sacramentos, presentados como "remedios para
la salvación" y poderosos instrumentos para la lucha cristiana;
por eso la unción es la ayuda querida por Cristo (promulgado en el texto
de Santiago) para la situación característica del
"final de la vida" (sin embargo, recuérdese la matización
en los términos introducida entre el proyecto [dumtaxat y méri
2022
to] y el texto
definitivo [praesertim; mérito desaparece: DS 1698]), momento de
crisis en el que el adversario lanza su último y más
violento asalto para perdernos. Finalmente se debe tener presente la pluralidad
de efectos (espirituales y corporales) indicada por el concilio, y la
importancia concedida a la necesidad del ministerio ordenado para la administración
del sacramento (que debe comprenderse en el contexto de la necesidad de tomar
posiciones contra la eclesiología protestante),5.
b) El ritual de
Pablo V (1614). A pesar de las intenciones conciliares de volver, con la
realización de la reforma de los libros litúrgicos, a la antigua
tradición, también el ritual de la unción (título V
del Rituale Romanum de 1614) consagra la fijación medieval en su
evolución litúrgica, subrayando el tono penitencial y la
conexión con la muerte, aunque algunos textos litúrgicos expresan
los temas de la tradición antigua (la primera y la tercera de las
oraciones finales del rito). Son ciertamente muy apreciables los principios pastorales
contenidos en el título VI del Rituale, para la visita y el cuidado de
los enfermos.
c) Los ss.
xix-xx. Mientras que los siglos posteriores a Trento se mueven sustancialmente
en la óptica tridentina, la discusión teológica relativa
al sacramento se organiza en torno a dos grandes escuelas: la alemana
(Scheeben, Schell, Kern, Schmaus, Rahner), que retoma la tradición
teológica medieval, particularmente la interpretación abelardina
de la unción como sacramento de la preparación para la muerte y
del paso a la vida eterna; y la francesa ("Maison-Dieu", Botte,
Ortemann, Sesboüé), que pretende recuperar la praxis y la
teología subyacente de la unción de la iglesia anti
2023
gua antes de las
transformaciones de la época carolingia.
d) El Vat. II no
pretende ofrecer una doctrina sobre la unción de los enfermos, sino que
intenga llegar a la revisión de los ritos. Sin embargo, una cierta toma
de posición se ha realizado ante todo en relación con el nombre
del sacramento, prefiriendo el de "unción de los enfermos" (SC
73); en segundo lugar, en cuanto al sujeto del sacramento: los padres
conciliares intentaron interpretar el peligro de muerte en el sentido más
amplio posible, en orden a evitar la casuística y los inconvenientes pastorales
experimentados en la praxis ad mortem (SC 73).
V. El "Ordo
Unctionis Infwmovum «oiumque Pastoralis Curae" (= OUI)"
1.
Unción de
los enfermos
celebración
de los sacramentos de los enfermos. Estos sacramentos, como los demás,
revisten un carácter comunitario que, en la medida de lo posible, debe
manifestarse en su celebración" (RUÉ 33). Una obligación
particular incumbe a los familiares de los enfermos y a quienes, de
cualquier modo, estén a su cuidado (RUÉ 34). Es, pues, cometido y
misión de todo el pueblo de Dios hacer visible hoy la solicitud de
Cristo por los enfermos; hacer esto es vivir en obediencia al mandato de Cristo
(Me 16,18), convirtiéndose en auténtica profecía, en
la medida en que se reacciona, también por ese camino, contra el proceso
de privatización que actualmente amenaza a todo el cuidado pastoral de
los enfermos y de los ancianos.
En este entramado
eclesial se insevta la celebración de la unción de los
enfermos como "signo principal" (cf RUÉ 5) de la solicitud de
Cristo, el Señor, para con ellos. Es fácil, por tanto, captar el
significado de la celebración comunitaria del sacramento y el
consiguiente empobrecimiento del mismo cuando se le reduce a gestos
furtivos y precipitados. Si la comunidad eclesial no se convierte en su
mentalidad y actitudes, no podrá ser el signo eficaz que revela y
actualiza la presencia operativa de Cristo salvador y del Espíritu; al
contrario, será más bien un antitestimonio:
oscurecerá el rostro de Cristo y dejará a la tarea de uno solo
(el enfermo) lo que más bien es cometido y misión de toda la
comunidad eclesial. Es evidente que en un contexto tan pobre de fe y de
vida eclesial la acción litúrgica se reduce a un gesto furtivo y
privado del sacerdote, sin ninguna consistencia comunitaria real.
2.
es el hecho de
que el nuevo ritual ha asumido las aportaciones positivas de la cultura y de la
sensibilidad del hombre contemporáneo, acogidas como positiva
provocación a profundizar en la palabra del Señor. En
efecto, los cuatro primeros números de las indicaciones doctrinales y
pastorales dedicados a la "enfermedad y su significado en la historia
de la salvación" son testimonio de este afortunado encuentro del
evangelio con la sensibilidad del hombre contemporáneo. La iglesia
siente y hace propia la angustia de la conciencia humana que experimenta
existencialmente el problema del dolor y del mal en la enfermedad
(RUÉ 1). Se
consideran como
preparación al evangelio "todos los esfuerzos científicos
para prolongar la vida" (RUÉ 32). La iglesia inserta, pues, su misión
evangélica dentro de esta grandiosa lucha del hombre contra la enfermedad
en todas sus formas. Se ofrece como fermento y luz al interior de la
conciencia humana, manifestando al hombre la riqueza integral de la
posibilidad ofrecida por Dios de dominar sobre la creación y sobre el
mal. La enfermedad, entendida como atentado contra la salud, es, en
último término, un atentado contra el don de Dios que es la vida;
por eso se la
combate con todas las fuerzas, tanto por el enfermo como por médicos,
enfermeros, etc. (RUÉ 4). Al creyente se le ofrece, además, la
posibilidad de acoger la enfermedad como una de las realidades significativas
de la situación del hombre frente a Dios, es decir, de la condición
de fragilidad y pobreza que caracterizan la existencia humana. Desde este mismo
punto de vista de la fe, al enfermo se le ofrece la posibilidad de
completar en la propia carne lo que falta a la pasión de Cristo
(Col 1,24) para el bien de la iglesia (RUÉ'3); en una palabra, se le
ofrece
la posibilidad, a
la luz de una lógica
2024
de cruz
voluntariamente aceptada en Cristo, de vivir en fidelidad al mayor de los
mandamientos, el de la caridad, en la línea de la donación
de la propia vida como testimonio cristiano ante el mundo. La enfermedad
puede ser una tentación; pero al enfermo se le da un signo que le
ayuda a sentirse seguro en la orientación oblativa de su vida, haciendo
de su situación particular un "memorial testificante"; y a
quien se encuentra sano, de que existen bienes esenciales y perdurables
que deben tenerse
presentes y que
"la vida mortal de los hombres ha de ser redimida por el misterio de la
muerte y resurrección de Cristo" (RUÉ 3).
Nos encontramos,
pues, ante la asunción de los valores positivos de la cultura
contemporánea, pero sin dejarnos arrastrar hacia una total
autonomía del hombre: éste, protagonista de la
creación de un mundo nuevo, vive en la esperanza escatológica
y en radical dependencia de la palabra de Dios. La iglesia, pues, al realizar
su misión profética, permanece vigilante reaccionando contra
toda respuesta intramundana y contra toda cristalización
racionalizadora que quisiera dejar de lado el misterio. El creyente,
en última instan
cia, se
encuentra, en la forma más cruda y lacerante —la del dolor—,
ante el problema de fondo de la existencia humana: el significado de la
misma. ¿Se la puede reducir, como querría el análisis
positivista, a un puro hecho biológico, psicológico o social; o
se trata más bien de un misterio jamás desvelado o de una
promesa que nadie tiene el derecho de frustrar? La mentalidad contemporánea
racionalista, tecnológica, utilitaria y productivista tiende a encontrar
la respuesta en la primera dirección. Para el creyente, en cambio,
el sufrimiento, la enfermedad, son ocasiones para acoger la vida como misterio
y como valor inesti
2025
mable, porque es
don de Dios, porque-está vinculada a una vocación desde lo
alto, porque es algo que no se posee, sino por lo que uno es poseído
por un acto de amor gratuito, y de la cual uno no es jamás plenamente
dueño. Por esto, el sentido del ser-en-el-mundo del hombre es siempre
misterioso. El hombre no se puede reducir al papel de consumidor y
productor. El creyente, el enfermo, ayudado por el testimonio de los creyentes,
está llamado a rechazar cualquier visión reductiva y
calculadora que impida ver la vida como misterio.
3. LOS EFECTOS
DEL SACRAMENTO. El ritual ofrece, además, una visión
renovada de los efectos del sacramento. Por un lado, asistimos todavía
al diálogo y a la asunción de valores positivos de la cultura contemporánea
respecto de la corporeidad (que en definitiva hunde sus raíces
en la biblia) y, por otro, al diálogo con todos los
capítulos de la tradición litúrgica para darles nueva
expresión en el hoy de la iglesia. Aquéllos aparecen como algo
que atañe a la totalidad de la persona, en su complejidad de alma y
cuerpo: se ve al hombre como unidad viviente.
El Ordo reacciona
aquí contra un espiritualismo exagerado, recuperando, a la luz de
la encarnación, todo lo que la cultura moderna ha redescubierto en torno
a la corporeidad: el hombre no es una interioridad encerrada, que en
un segundo momento, como en una segunda fase, se encarna en el mundo a
través de la corporeidad. El cuerpo humano en cuanto tal es parte
esencial de la subjetividad del hombre. Es en el cuerpo donde el hombre se
manifiesta, se hace visible, perceptible, abierto a todos. La carne
del hombre, su ser-cuerpo, es el lugar en que el hombre ama, sufre,
trabaja, se relaciona con lo otro. A la luz de estos nuevos logros, el ritual
declara que el hom
Unción de
los enfermos
bre entero,
espíritu encarnado, encuentra ayuda para vivir su vida, a pesar de
las particulares dificultades de la enfermedad (RUÉ 6; 140; 144149).
La fórmula sacramental misma revela una corrección de ruta respecto
de la visión que expresaba la invocación medieval, en la que
se pedía el perdón de los pecados cometidos con cada
uno de los sentidos. La liberación del pecado, implícita en todo
acontecimiento de salvación, es más bien un efecto secundario y
condicionado: "Por esta santa unción y por su bondadosa
misericordia / te ayude el Señor con la gracia del Espíritu
Santo. Amén. / Para que, libre de tus pecados, te conceda la salvación
/ y te conforte en tu enfermedad. Amén" (RUÉ
143)". Por tanto, la fórmula sitúa al sacramento en el plano
del acontecimiento salvífico.
Cristo no se
presenta como un contrincante de quienes trabajan en el campo de la
medicina: Cristo es el salvador. En efecto, la unción es sacramento
de la fe; por tanto, un encuentro con Cristo en el signo sacramental
y mediante él, que es don de gracia para superar las dificultades de la
situación de enfermedad, apoyo en la prueba, fuerza para proseguir
el camino de salvación en el ámbito de la misión de la
iglesia. Consiguientemente, puesto que el enfermo, por su mera condición
de hombre está obligado a luchar contra la enfermedad y a procurar
la curación, el sacramento le impulsa en esta dirección a desear
y también a pedir a Dios, a buscar y procurar con paciencia y constancia
la curación misma por todos los medios que el poder y la ciencia
humanos pongan a su disposición. "En este sentido, la unción
de enfermos no tiende a producir una mejoría o la curación
directamente y por sí misma, sino a través del nuevo
ánimo y deseo de autosuperación del enfer
mo mismo, que se
siente ayudado para hacer todo lo que está en sus manos en orden a la
curación, a colaborar, por tanto, con los médicos en lo que
es el sector propio de su competencia. Los mismos médicos subrayan lo
importante que es para la curación del enfermo esta actitud de
colaboración serena y confiada. En este sentido, la curación que
puede seguir a la unción no es un efecto mágico ni
milagroso. Pero al mismo
tiempo se puede
afirmar que el sacramento ha colaborado positivamente para obtenerla,
poniendo en acción todas las fuerzas, incluso espirituales, del
enfermo. Esto no excluye que en algún caso, como efecto ocasional y
concomitante, pueda realizarse una curación inesperada y no
suficientemente explicada por los medios médicos empleados. Pero esto no
sería un efecto propio del sacramento en cuanto tal, sino más
bien un don extraordinario de Dios con ocasión del sacramento" l8.
No hay que
buscar, por tanto, nada milagroso. Dada la unidad psicosomática del
hombre, es normal que todo lo que es ayuda al robustecimiento de la unidad
de la persona contra las fuerzas disociativas de la misma tenga su
traducción también en el plano físico. Más
aún: la salvación tiene un nivel de realidad más
profundo, que constituye el objeto de la esperanza escatológica: el sacramento
da al enfermo la gracia no sólo para saber vivir la enfermedad
como acontecimiento
de salvación, sino también para completar en la propia carne lo
que falta a la pasión de Cristo por la salvación del mundo,
y para saber aceptar las pruebas y los dolores como realidades de breve
duración y de leve entidad si se comparan con la gloria eterna que nos
proporcionan (RUÉ 2). En una palabra, este sacramento abre al hombre a
la esperanza escatológica.
2026
4. EL SUJETO DEL
SACRAMENTO. También lo referente al sujeto del sacramento ha sido
renovado. En efecto, "esta santa unción debe ser conferida con todo
cuidado y diligencia a los fieles que, por enfermedad o avanzada
edad, vean en grave peligro su vida (fidelibus quipropter infirmitatem vel
senium periculoseaegrotant)"(RÚES). Se trata, pues, de una
enfermedad seria (no banal o de escasa gravedad), para la que, sin embargo,
está abierta la posibilidad
de
curación y para cuya valoración (con "un dictamen prudente y
probable de la misma") el ritual invita a eliminar toda perplejidad
(ib).
Aquí se
acentúa el carácter dialogal del sacramento: éste
exige una participación de fe personal y abierta a la esperanza
cristiana; por eso se puede administrar el sacramento a niños:
"Puede asimismo darse la santa unción a los niños, a
condición de que comprendan el significado de este sacramento"
(RUÉ 12). Para ello se insiste en la necesidad de una catequesis previa
(RUÉ 13; 17; 159); la necesidad de la palabra de Dios...
En este sentido
despierta una cierta perplejidad, a mi modo de ver, la segunda parte del
RUÉ 15 cuando afirma que el sacerdote, en la duda sobre si el enfermo ha
muerto ya, puede administrar el sacramento bajo condición. Aun teniendo
presente que los sacramentos son dones de Dios, considero que el actual
contexto pastoral y el peligro de magicismo sacramental exigen de
hecho, en la práctica de este sacramento,
una actitud
más cauta. Por otra parte, se trata tan sólo de posibilidad
(potesí) y no de deber; por lo mismo el sacerdote deberá tener
siempre la preocupación de no acreditar ulteriormente la
opinión según la cual la unción vendría a ser el
billete de partida hacia el más allá.
2027
Frecuentemente,
en la acción pas
toral,
será precisamente en torno a
esta frontera
donde se deberá reali
zar una
acción iluminadora, firme y
caritativa para
revalorizar el sacra
mento. Son
interesantes las observa
ciones formuladas
por el departa
mento
litúrgico diocesano de Turín:
"Cuando
llaman al sacerdote, sería
erróneo
creer que automáticamente
están
pidiendo la unción de los en
fermos. Somos
nosotros quienes lo
pensamos y
quienes... hemos acos
tumbrado
así [a los fieles]. Una ora
ción bien
hecha, en la que se pide a
Dios el
perdón de los pecados del
enfermo o
moribundo y la admisión
en su presencia
puede ser suficiente
en muchos casos
para manifestar la
salvación
en Jesucristo y la miseri
cordia de
Dios"". Por otra parte, el
estado de
evangelización en que se
encuentra
actualmente la iglesia no
permite, por
ejemplo, presumir a priori el deseo del sacramento en personas que se
encuentran en estado de coma o que son desconocidas. Sin embargo, es
evidente que, si la vida precedente de la persona en cuestión hace
probable su deseo de recibir el sacramento, en tal caso es posible
administrarlo (RUÉ 14), con tal que se catequice a las personas presentes,
evitando cualquier gesto que favorezca una mentalidad mágica y
dé una visión pobre y reduccionista del gesto sacramental.
VI. Orientaciones
pastorales
Mucho de lo dicho
hasta ahora podría tener su lugar bajo este último
epígrafe. Por ello voy a limitarme a puntualizar algunas indicaciones
derivadas de las "Orientaciones doctrinales y pastorales del episcopado
español", documento publicado en el mismo Ritual de la unción
y de la pastoral de enfermos (nn. 42-86).
Unción de
los enfermos
PARA UNA PASTORAL DE LOS ENFERMOS Y DE
LOS ANCIANOS. Para que la unción sea un signo creíble y
verdadero, debería ser el punto culminante de una auténtica
pastoral de los enfermos y de los ancianos, de la que se hace cargo toda la
comunidad cristiana y, en su ámbito, sobre todo los que
profesionalmente están dedicados a los enfermos, como
médicos y enfermeros (recuérdese la posibilidad ofrecida,
mediante los ministros extraordinarios de la eucaristía, de proporcionar
a los enfermos la comunión en el cuerpo del Señor los domingos.
Aludo también a la catequesis, en los tiempos fuertes de adviento y
cuaresma, para grupos de enfermos, reunidos en casa de alguno de ellos,
impartida por agentes pastorales laicos, sensibles a los problemas del
enfermo).
A NIVEL DE CELEBRACIÓN. Entre
lo mucho que podría decirse, me fijaré solamente en dos cosas.
Ante todo, la posibilidad de adaptación del rito a la situación
concreta (RUÉ 14; 15; 19; 20; 23; 37; 40; 41...), teniendo como
primera preocupación una atención particular no tanto al
2028
libro cuanto a
las personas y a la mann, o.c, 27-31: Casiodoro, Eligió de Noyon,
asamblea concreta que celebra. En Beda — l2 Están por explorar e
interpretar los escritores eclesiásticos, las decisiones episcopa
segundo lugar,
hacer uso de la ho
les o sinodales,
las vidas de santos, los ritua
milía
dominical para una educación
les —
" La lectura-interpretación del sacramenadecuada y profunda en
lo referente to por parte de la escolástica podría articua
este sacramento, siempre que la larse en torno a cuatro grandes líneas:
la lí
nea victorina, la
línea abelardiana, la línea
palabra de Dios ofrezca
posibilidad
bonaventuriana-scotista,
la línea tomista —
para ello (por
ejemplo, las actitudes
14 En los ss.
VIII-XH se van multiplicando los
de Cristo para
con los enfermos). rituales. Siguiendo a Chavasse (ver bibl.), se ha solido
dividirlos en tres tipos: "a) los áe\ primer tipo, ios más
antiguos (ss. IV-vm), aunque no
NOTAS: ' S.
Spinsanti, L'etica cristiana delta poseen una estructura general
idéntica, concuermalattia, Edizioni Paoline, 1971, 25-48; se redan
en realizar las unciones globalmente, dugistran aquí las distintas
motivaciones que se rante la recitación de una o más
fórmulas, sin aducen para aceptar pacientemente la enfermeuna
fórmula propia para cada unción. La iocadad: la enfermedad
es una consecuencia del pelización' de la unción no siempre
se precisa; cado onginal y un justo castigo por nuestros b) los del segundo
tipo, de mediados del s. ix, pecados; la enfermedad soportada con resignatienen
ya una fórmula propia para cada unción. ción libera de las
penas del purgatorio y nos Las unciones aumentan en número, por lo que
ayuda a conquistar el cielo; la enfermedad es no se limitan a los cinco
sentidos. Las fórmulas un excelente sistema pedagógico para
despegar son indicativas; c) los del tercer tipo, que se al hombre de la tierra
y desacostumbrarlo de remontan a finales del s. x, son difundidos es
ios gozos
sensibles; la enfermedad soportada pecialmente por los consuetudinarios
cluniacen-Pacientemente trae incluso ventajas temporales-ses. Las unciones se
reducen a los cinco sentila enfermedad y el sufrimiento son sobrenatu-dos.
La fórmula es deprecativa" (A. M. Triacca, ralmente fecundos,
porque se asimilan a la siLa chiesa e i malati [cf bibl.] 69) —
" Cf A. tuación de Cristo en la cruz: de aquí el valor
Duval, L'extreme onction au Concite de Trente, apostólico del
sufrimiento abrazado con en MD 101 (1970) 127-172 — "• Ordo
Unctioamor — Q. Moioli, L'unzione dei malati: il nis Informorum
eorumque Pastoralis Curae,
Íe"a
sua naturaenTypis Polyglottis Vaticanis, 1972 — " El primerg'a°um£°¿lÍco-Te°'°-verso
de la fórmula está tomado de la antigua Vll 27 v m ->~oV
Costituzioni Apostoliche fórmula romana; el segundo se inspira en el
2J?; Canom de
2<Jv 5io il\'
Hipólito, cáns. 199-Tridentino (DS 1696); el tercero y el cuarto,
en
Domini NJC
T"'am
rani'ónlTÍ.-I.
24; Se-Gen 5,15 (en el texto latino el ritmo ha hecho
XV
vvw""",'' Sacramentarium Vil; VIH; IK
preferir
propitius a benignus) — F. Sotto
st Ü'inn ,,
,7 ^ Tradition apostolique de
d ecornola, //
segno del conforto di Cristo, Centro
trñZu,,^
reconstitution par dom
ecuménico
"Ut unum sint", Roma 1973, 528
Shh^ f SB) '
Aschendorffsche Ver
529 —
" // sacramento degli infermi, Ufficio
lagsbuchhandlung,
Münster 1963, 18 5 La tra
litúrgico
diocesano, Turín 1973, 36.
4 0 dC C
tX:! ' ;*
On^J^hacra-
G. Colombo
^ ¡ r
í m ^fsa^rt^ort BiBLioGRAFfA: Alszeghy Z., Unción de los en
6 Pans
^{Z raZ7sT m
mayor narte\
¿ ¿ • ~ encuentra en la
M Cil?Kmplarf de
l Gelasian oGregoriana, Roma 1981; Betz J., Unción de los
»• vm
(cf del
1 ed 382) U
traducción
está
tomada de C oí" 8''
nmuT . 7 •
°rt«mann, o.c. 18 — » Cí enfermos, en CFT2,
Cristiandad, Madrid 1966, »™Z™nZdm\UJ ^r^omani di 838-844;
Chavasse A., Oraciones por los enfermos y unción sacramental, en
A.G. Martimort,
y ..«..que,
Lovaina 1961, 467-470 » L £
Cathol,q^K;^S
7rtf^
textos publicados
en C. Ortemann, o
tual de
26 — "
Para contactar con las i)pm»
C ° na S
demá s74(1973) 143-155; Feiner J., Enfermedad y sa
de este
perbdo°L aCtar ' '«* £
periodo,
indicamos n „ r n,.„
nos
n
a C. Orte-cramento de
2029
Madrid 1984,
467-523; Gozzelino G., Unción de los enfermos, en DTI4, Sigúeme,
Salamanca 1983, 592-607; Larrabe J.L., El nuevo Ritual de
Unción de
los enfermos
en
"Phase" 141 (1984) 272-274; Righetti M., Historia de la liturgia
2, BAC 14, Madrid 1956, 879-904; Sciadini, Unción de los enfermos, en DE
3, Herder, Barcelona 1984, 541-543; Sporken P., Ayudando a morir. Sal
Terrae, Santander 1978; Tena P., La celebración de la unción
de los enfermos en una gran asamblea de fieles, en "Phase" 121 (1981)
53-62; VV.AA., Los sacramentos de los enfermos, PPC, Madrid 1974; VV.AA.,
Pastoral sanitaria, PPC, Madrid 1976; VV.AA., Morir con dignidad. Acercamiento
a la muerte y al moribundo, Marova, Madrid
1976; VV.AA.,
Sufrimiento y fe cristiana, en "Concilium" 119 (1976) 309-449;
VV.AA., Unción de los enfermos, en "Communio" 5/5
(1983)385-488.
V
VESTIDOS
LITÚRGICOS / Objetos litúrgicos/Vestiduras
SUMARIO: I. La
presencia de María en la liturgia; 1. Las causas de un renovado
interés; 2. El fundamento teológico de la presencia de María
en la liturgia: a) El magisterio de la iglesia, b) "Unida indisolublemente
a la obra salvífíca de su Hijo" - II. Génesis y
desarrollo de la presencia de María en el culto de la iglesia: I.
Los testimonios primitivos más fidedignos; 2. Al
gunos factores de
desarrollo anteriores al concilio de Éfeso: a) Lugares y textos del
ambiente palestino, b) Invocaciones y plegarías, c) Primeros
vestigios de la memoria mariana en el ciclo temporal y santoral del año
litúrgico; 3. El influjo del concilio de Éfeso - III. La memoria
de María en las celebraciones de la liturgia romana actual: I.
Bautismo y confirmación; 2. Eucaristía; 3. Los otros sacramentos;
4. Ritos
sacramentales; 5.
Liturgia de las Horas; 6. Leccionario - IV. María en los diversos
ciclos del año litúrgico: I. La presencia de María en el
ciclo "de tempore": a) En el tiempo de adviento, b) En el tiempo de
navidad, c) En el tiempo pascual y en su preparación cuaresmal, d) En el
tiempo "per annum"; 2. La presencia de María en el ciclo
santoral: a) Solemnidades y fiestas del Señor de contenido mariano
(Anunciación del Señor, Presentación del Señor), b)
Tres solemnidades para celebrar tres dogmas marianos (Inmaculada
Concepción, Santa María, Madre de Dios; Asunción de
santa María Virgen), c) Las dos fiestas marianas (Natividad de santa
María Virgen, Visitación de santa María Vir
gen), d) Las
"memorias" de María (Nuestra Señora de Lourdes,
Nuestra Señora del Carmen, Dedicación de la basílica de
Santa María
la
santísima Virgen María, Inmaculado Corazón de
María), e) La memoria de santa María en sábado y las misas
votivas - V. Orientaciones teológicas y pastorales: i. La liturgia,
síntesis de doctrina y de culto; 2. Ejemplarizad de María
para la iglesia en el culto y en el servicio; 3. Liturgia mariana y devociones
marianas - VI. Conclusión.
I. La presencia
de María en la liturgia
La
santísima Virgen María ocupa un puesto de relieve en la liturgia
de la iglesia: lo confiesan de modo unánime las liturgias de
Oriente y Occidente, que dedican amplio espacio a su recuerdo en las
plegarias eucarísticas, en la eucología sacramental y
en las diversas
expresiones de oración. La presencia de María emerge
especialmente en el relieve de que gozan en el curso del año
litúrgico las festividades marianas, que se han ido multiplicando poco a
poco hasta cubrir, en algunos ritos orientales, notables espacios celebrativos.
El rito romano, a su vez, a pesar de su
tradicional
sobriedad, ha reservado desde los orígenes un recuerdo específico
en el corazón mismo de la plegaria eucarística (cf el
Communicantes del canon romano) y a lo largo de su evolución ha
acogido múltiples elementos marianos, especialmente en la
heortología del año litúrgico. La reciente / reforma
posconciliar ha llamado la atención de los teólogos y de los
liturgistas sobre el hecho
2031
global de esta
presencia de María en la liturgia como problema que se ha de investigar
no sólo a nivel histórico, sino también
teológico; como dato de hecho atestiguado por los nuevos libros
litúrgicos, así como también en cuanto principio
grávido de consecuencias importantes de orden pastoral y espiritual.
Finalmente, la atención que el reciente magisterio de la
iglesia ha reservado a este tema, especialmente con la exhortación
apostólica de Pablo VI Mañalis cultus, del 2 de febrero de
1974 (= MC), le ha otorgado una importancia singular y en cierta manera le
ha dado una formulación del todo nueva en el ámbito de la ciencia
litúrgica y de la pastoral de hoy.
1. LAS CAUSAS DE
UN RENOVADO INTERÉS. Si el dato de la presencia de María en la
liturgia es tradicional, no se puede decir lo mismo de su justificación
teológica. Se puede afirmar que es relativamente nueva la
reflexión que se esfuerza por ofrecer bases teológicas a la
amplia presencia efectiva de María en la eucología. Es
bastante común que los manuales de mariología se alarguen en
reflexionar sobre la devoción mariana o sobre el culto mariano
(expresión que no agrada a algunos autores), pero rara vez se detienen a
pensar sobre la relación entre María y la liturgia. Textos como
SC 103, que fija los datos esenciales de esta relación, aunque
sólo sea en una prospectiva que se limita al "anni circulus",
y especialmente el amplio examen que
Virgen
María
Otro hecho que ha
desarrollado el interés por la presencia de María en la liturgia
—del que
No se puede
ignorar a este propósito que en la base del enriquecimiento
doctrinal de los textos marianos de la liturgia renovada está toda
la doctrina mariana del Vat. II [/ infra, 2, a]: a veces dicha doctrina se
recoge en su misma formulación verbal. Los nuevos textos
litúrgicos marianos o los tradicionales eventualmente retocados
son, en fin, más sensibles al dato bíblico y se sitúan
dentro de una teología mariana que se mueve en esas tres dimensiones que
son características también de la liturgia: la dimensión
trinitaria, con particular atención a las relaciones Cristo-María
y Espíritu Santo-María; la dimensión eclesial, que se
hace así fecunda, mediante la tipología María-iglesia,
para la reflexión teológica sobre el rol preciso de
María y de la iglesia en la liturgia; y, finalmente, la
dimensión antropológica, que se preocupa de hacer surgir una
imagen de María que sea plenaVirgen María
2032
mente fiel,
además de a los datos bípartir de esta afirmación
[sobre la blicos, también a la sensibilidad acque volveremos /
infra, V, 2], Patual de la iglesia. Y de este modo blo VI ha podido
enumerar una serie
ciertos textos de
la liturgia renovada, de actitudes marianas típicas que que a veces se
inspiran en las fuentes son ejemplares para la iglesia en su antiguas, han
alcanzado vértices de ejercicio del culto divino: la escucha
alta
teología y de noble expresión'. de la palabra (MC 17), la
oración
La reciente
reforma ha podido ha(MC 18), la oblación (MC 20), el cer uso
también de una amplia conejercicio de la maternidad espiritual
tribución de la tradición antigua, (MC 19). En esta prospectiva
las revemos sus efectos en el notable enriferencias explícitas
o implícitas a Ma
quecimiento
cuantitativo de lecturas ría que hallamos en la liturgia
no
patrísticas
mariológicas en el ámbito sólo constituyen "un
sólido testimode la liturgia de las Horas, en el renio del
hecho de que la lex orandi de curso a textos venerables como el la iglesia es
una invitación a reavivar Rotulo de Rávena (s. vi) para alguen
las conciencias su lex credendi, y nas fórmulas de la liturgia de adviceversa,
la lex credendi de la iglesia
viento y en la
utilización de la him-requiere que por todas partes se desn°grafia
antigua (pero dejando la poarrolle lozana su lex orandi en rela
sibilidad de
adaptación a las diversas ción con
fecto equilibrio
entre el maximalis-mulantes para la comprensión de la mo de las
liturgias orientales clásicas lex vivendi, en cuanto que la liturgia
desde la bizantina, más conocida, exige ser vivida con actitudes teolo
a la
etiópica, tan característica por gales (de las que María
es modelo), su sencilla ingenuidad5— y el minique luego se
convierten en culto esmalismo de los protestantes, tan reapiritual en
la vida cotidiana, ya que
cios a admitir en
sus servicios divi
"María...
es sobre todo modelo de nos el dato mariano por temor a osaquel culto que
consiste en hacer de
curecer la
centralidad de Cristo, el la propia vida una ofrenda a Dios: rito romano ha
conservado su noble doctrina antigua... que cada uno pue
característica
de sobriedad en sus rede volver a escuchar..., pero también
ferencias a María: en ellos se dice
con el
oído atento a la voz de
todo lo esencial
sin ceder al minimagen cuando ella, anticipando en sí lismo, al que
obliga la voluntad de misma la estupenda petición de la encontrar
compromisos a toda cosoración dominical: 'Hágase tu vota,
y sin caer en excesos que son ajeluntad' (Mt 6,10), respondió al
men
nos a su
tradición. sajero de Dios: 'He aquí la esclava
Nuevo leitmotiv
de la actual teodel Señor, hágase en mí según
tu palogía mariana en sus relaciones con labra'(Le 1,39)"
(MC2\; cf 57). Mala liturgia es la representación de la ría
aparece, por consiguiente, como
Virgen como
modelo de la iglesia en el modelo de una celebración litúrgiel
ejercicio del culto divino. Así la ca que luego sabe traducirse en comfigura
de María aparece en el centro promisos de vida evangélica,
típica de una obligada recuperación de la del verdadero
discípulo del Señor 6. conciencia de que nuestra participa[Pero
sobre todo esto, como se ha ción en la celebración de los santos
indicado, volveremos más adelante.] misterios debe estar impregnada de
Adviértase, finalmente, que la plefe, esperanza y caridad
teologales, na recuperación teológica de la reladisposiciones
todas en las que María ción entre María y la iglesia lleva
es modelo para la iglesia (MC16). A consigo una nota de equilibrio en
2033
la
devoción a la santísima Virgen. También en este campo
incumbe a la liturgia la tarea de ser culmen et
fons (cf SC 10),
por consiguiente momento fontal y final de toda expresión de
devoción mariana, y al mismo tiempo escuela de una devoción
regulada; y por tanto modelo también para otras formas de piedad,
tanto en sus contenidos como en las formas expresivas y en los consiguientes
compromisos de vida. Sin querer restringir toda devoción mariana a la
sola liturgia, es necesario privilegiar su papel y hacer hincapié
en el culto mariano litúrgico con sus expresiones genuinas, seguras
y ricas de doctrina y de piedad [/ infra, V, 3].
2. EL FUNDAMENTO
TEOLÓGICO DE
a) El magisterio
de la iglesia. Los textos más significativos del Vat. II que establecen
las bases para una reflexión teológica en el sentido indicado son
los siguientes: SC 103, sobre la presencia de María en el año
litúrgico; LG 66-67, sobre el culto de la santísima Virgen en la
iglesia. A éstos se pueden añadir LG 50, últiVirgen
María
mo
párrafo, que recuerda la comu
nión de la
iglesia terrena con la igle
sia celeste en la
liturgia eucarística
con una cita del
canon romano; y
UR 15, sobre el
culto de los orienta
les a
De estos textos
el más importante es sin duda SC 103, en cuanto establece un
principio teológico que va más allá de la referencia
específica al año litúrgico. LG 66 traza brevemente
el fundamento del culto a María, que brota de su divina maternidad
y del hecho de que ella "tomó parte en los misterios de Cristo";
indica significativamente los orígenes de tal culto y su desarrollo
a partir del concilio de Éfeso (431); precisa su naturaleza y
finalidad. LG 67 establece algunas reglas pastorales, entre las cuales
sobresale la referencia a la liturgia como fuente y expresión
genuina de este culto a
En la
exhortación apostólica MC se recoge todo esto y se desarrolla
autorizadamente en dos dimensiones fundamentales: la presencia de hecho de
María en los textos de la liturgia romana renovada, y su ejemplaridad
para la iglesia en el ejercicio del culto divino; partiendo de estos dos
principios se desarrollan preciosas reflexiones de orden teológico,
espiritual y pastoral sobre el culto mariano.
En todo caso, permanece
fundamental el primer texto mariano del Vat. II, SC 103, donde se ofrece
el fundamento teológico de la relación entre María y la
liturgia como celebración del misterio de Cristo'.
b) Unida con lazo
indisoluble a la obra salvífica de su Hijo. Estas palabras de SC 103 son
esenciales para la reflexión teológica que estamos haciendo
y ofrecen la clave de comprensión de muchos otros textos marianos del
Vat. II. "En la celebración de este círculo anual de
los mis
Virgen
María 203
terios de Cristo,
la santa iglesia vetribución personal de María, quer nera
con amor especial a la bienda por Dios, a la economía de 1
aventurada Madre de Dios,
El texto, no
obstante, va más allá
María como
ejemplo de la actitud
de la
justificación de una presencia
espiritual con
que la iglesia celebra y
de María
en el año litúrgico para
vive los divinos
misterios". Con esta
convertirse en el
fundamento de la
nueva visión,
MC recupera cuanto
memoria de
LG 60-65
decía a propósito de la re
en cuanto
memorial, presencia, ac
lación
María-iglesia. Pero hay ade
tualización
de la obra salvífica de
más en MC
16 una referencia a SC 7
Cristo, a la que
María está indisolu
que resulta
interesante: "La ejempla
blemente unida.
Sobre el trasfondo
ridad de la
santísima Virgen en este
de los nn. 5-8 de
campo dimana del
hecho de que ella
liturgia viene
descrita como misterio
es reconocida
como modelo extraor
pascual de Cristo
y su presencia en
dinario de la
iglesia en el orden de la
la iglesia, el
recuerdo de María en la
fe, de la caridad
y de la perfecta
liturgia adquiere
un alcance mayor y
unión con
Cristo, esto es, de aquella
específico.
María está indisoluble y
disposición
interior con que la igle
activamente unida
al cumplimiento
sia, esposa
amantísima, estrechamen
del misterio de
Cristo en la encarna
te asociada a su
Señor, lo invoca y
ción, en
la pasión-muerte-resurrec
por su medio
rinde culto al Padre
ción, en
Pentecostés, como ha des
eterno". SC
7: en la liturgia "Cristo
arrollado en otra
perspectiva LG 55
asocia siempre
consigo a su amadísi
59 hablando de la
función de María
ma esposa la
iglesia". La ejemplari
"en la
economía de la salvación".
dad de
María respecto a la iglesia
También LG
66 alude a ello cuando
reside en el
hecho de que María fue
afirma:
"María... tomó parte en los
la iglesia-esposa
asociada a la obra
misterios de
Cristo". Allí donde se
salvífica
de Cristo; ahora bien, la igle
recuerda y se
hace presente la obra
sia, fijando su
mirada en Cristo,
salvífica
de Cristo, es justo que se
cuyo misterio
celebra, la fija también
recuerde
igualmente a
en María,
modelo ejemplar de aque
dre, que estuvo
unida indisoluble
llas actitudes
con las que ella ahorf
mente con esta
obra salvífica. La con
.•035
ilcbe unirse al
misterio de Cristo, así i unió María se unió a
él en el momento de su realización.
Por consiguiente,
antes aun de hahlar de una veneración dirigida específicamente
a María en la liturgia, ••<• debe hacer resaltar su
unión con el misterio de Cristo y su ejemplarizad con respecto a la
iglesia. Antes ilc ser objeto de culto María —como i risto, pero
en total dependencia del misterio de Cristo— es sujeto de la liturgia, y
siempre inspira las actitudes con las que deben vivirse los misleríos
celebrados. Por eso "la santa iglesia venera con amor especial a la
bienaventurada Madre de Dios..., en
illa admira y
ensalza el fruto más espléndido de la redención y... conlempla
gozosamente... lo que ella misma, toda entera, ansia y espera ser'YSC 103).
Esta centralidad
de María en la liturgia junto con Cristo halla su confirmación
en el hecho de que en la génesis del culto mariano las primeras
expresiones en las que María aparece vinculada a la liturgia hacen
referencia [como se verá / infra, II] a la celebración de la
eucaristía y del bautismo, al misterio de la encarnación y
al misterio pascual. El recuerdo de María resultará
así normal siempre que la predicación de la iglesia dentro
de la liturgia hable del misterio de Cristo —como ocurre en la
homilética de los padres— y cuando el año litúrgico
se desarrolle como celebración global de todo el misterio de la salvación.
En la base de la
reflexión teológica sobre el misterio de María celebrado
en la liturgia está, por consiguiente, su unión con el
misterio y con los misterios de Cristo y su ejemplaridad respecto a la
iglesia. De aquí se sigue la especial veneración y el especial
recuerdo de
Virgen
María
se espera la
realización de las promesas de Cristo y en
II.
Génesis y desarrollo de la presencia de María en el culto de la
iglesia
No es
fácil trazar las líneas de desarrollo de esta presencia. No
faltan algunas síntesis competentes al respecto; pero no se
encuentra una clara distinción entre predicación mañana
y devoción a María y la concreta inserción de María
en la celebración litúrgica; ahora bien, es esto último lo
que aquí interesa. En todo caso, se puede trazar una línea.
1. LOS
TESTIMONIOS PRIMITIVOS MÁS FIDEDIGNOS. La presencia de
Virgen
María 2036
Cristo y al mismo
tiempo se reconooh Padre) has mandado del cielo al ce en los sentimientos
de oración de seno de una Virgen y ha sido concela madre de
Jesús'. bido, se ha encarnado y se ha maniNos complace subrayar que
uno festado como Hijo tuyo, nacido del de los primerísimos textos
litúrgicos Espíritu Santo y de
que han llegado
hasta nosotros, está éxito en las plegarias eucarísticas
posen relación con la celebración de la teriores hasta el
punto de llegar a ser pascua: se encuentra en la homilía una de las
memorias más acredita
Sobre la pascua,
de Melitón de Sardas y constantes de
el mismo que
nació de María, cordeVirgen Madre. ra sin mancha"10.
Las tres referencias quieren subrayar la verdad de la
2. ALGUNOS
FACTORES DE DES
encarnación
en el seno de
ARROLLO
ANTERIORES AL CONCILIO
El título
de "cordera sin mancha"
DE ÉFESO.
La extensión de la pre
atribuido a
María, un poco chocante
sencia de
María en la liturgia, espe
a primera vista,
se torna elocuente si
cialmente en lo
que respecta al ciclo
lo relacionamos
con el título de Cris
temporal y al
ciclo santoral del año
to "cordero
sin tacha ni defecto"
litúrgico,
obedece a las leyes del pro
(1 Pe 1,19) e
indica probablemente
greso
histórico de la liturgia; pero
la virginidad de
María, título que en
tiene
características propias que no
tra en la
tradición litúrgica y que se
se pueden
atribuir superficialmente
conserva
aún hoy en la liturgia bi
a las leyes que
regulan; por ejemplo,
zantina del
viernes santo. En la pri
el desarrollo del
culto de los mártires
mordial fiesta
cristiana, la pascua,
y de los /
santos.
encontramos, por
consiguiente, el
Como punto de
partida se toma
primer recuerdo
de
generalmente la
fecha del concilio de
de aquel que es
el Cordero sin man
Éfeso
(431), que proclamó a María
cha y la pascua
de nuestra salvación.
Madre de Dios: a
partir de este
Encontramos otras
dos referen
acontecimiento
tendrá lugar una
cias, incluidas
en el contexto de la
verdadera y
propia explosión de cul
plegaria
eucarística y de la profesión
to mariano, que
influirá a todos los
de fe bautismal,
que se nos han con
niveles sobre la
liturgia, especial
servado en
mente en la creación
de muchas fies
de
Hipólito de Roma. El texto se
tas marianas y en
el desarrollo de la
remonta a la
primera mitad del s. III,
himnografía
cultuall3. Pero entre los
pero transmite
formularios litúrgicos
ss. Ii-iv podemos
encontrar ya algu
más antiguos.
En la plegaria euca
nos factores que
preparan el des
rística se
habla del Verbo "que (tú,
arrollo
posterior.
2037
a) Lugares y
textos del ambiente palestino. Aunque bajo ciertos aspectos los datos
permanecen oscuros, hallazgos recientes de la arqueología en
Palestina y testimonios de una teología allí floreciente hacen
suponer la existencia de una primitiva veneración de
o junto a la
cueva de Belén, donde nació el Salvador. En este ambiente
florecen con fines apologéticos textos apócrifos ricos en
detalles sobre la vida de María: pensamos en el Protoevangelio de
Santiago o en la narración apócrifa del Transitus glorioso.
Tampoco faltan composiciones poéticas, alusivas a la admirable
maternidad de María, que parecen pertenecer al uso litúrgico,
como algunos pasajes de las Odas de Salomón o los
Oráculos sibilinos H.
b) Invocaciones y
plegarias. Se remonta probablemente al s. ni. una de las primeras oraciones que
invocan a María como Theotókos (Madre de Dios),
conocida en Occidente con una fórmula semejante en la invocación
Sub tuum praesidium ". El epitafio de Abercio (ss. Il-Ili) une en su
lenguaje simbólico la mención de la eucaristía a la de
Virgen
María
fórmula
del "canon romano", que recuerda a María junto con los santos
—el Communicantes— es postefesina en su redacción actual,
refleja, no obstante, un texto anterior y se corresponde con el de otras
fórmulas semejantes de las primitivas anáforas alejandrinas y
antioquenasl6. En esta época, la misma iconografía mariana tiene
ya un desarrollo inicial en lugares que, al menos momentáneamente,
están destinados al culto: piénsese en el famoso fresco de
c) Primeros
vestigios de la memoria mariana en el ciclo temporal y santoral del
año litúrgico. Aunque sólo indirectamente, la memoria de
María comienza a hallar un puesto en la liturgia dentro de las celebraciones
que surgen para conmemorar la encarnación y el nacimiento del Salvador.
Ya en el s. ii se celebra la navidad en Egipto en algunas sectas
gnósticas, como sugiere Clemente Alejandrino. En Oriente esta fiesta se
convertirá en la fiesta de la epifanía, mientras que en
Occidente el nacimiento del Salvador se celebrará el 25 de
diciembre. Es natural que en la celebración de este acontecimiento haya
encontrado espacio el recuerdo de
Vir8e
» Mari,
en el ^ ebSn
ddeí a V!f nt°> ornará pie la
K^fe^eTSS?
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de
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María
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durante el
tos de ni t1teS
de navidad
con tex
1¿^altura
Semnln f
teológica, por ejemplo, el Rótulo de Rávena,en Korna
aparece la primitiva memoria «e
22
marzo.
A partir del s.
vi encontramos ya otros desarrollos autónomos concretados en
fiestas marianas como las de la dormición y de la natividad de
María, surgidas en Oriente e impuestas definitivamente en Occidente
por el papa Sergio I a finales del s. vn. Un poco posterior es la memoria jerosolimitana
de la presentación de
2038
s. XI como
celebración teológica de
Es difícil
seguir y sintetizar los desarrollos posteriores. En todas las liturgias
orientales y occidentales se nota una verdadera explosión de culto
mariano. La memoria de
de Cristo como en
las múltiples fiestas marianas de tipo devocional ligadas a
milagros, lugares y experiencias espirituales de grupos o de familias
religiosas. En Occidente la memoria de
Oriente como en
Occidente han surgido luego períodos marianos particulares con
sus respectivas celebraciones litúrgicas y devocionales.
Esta mirada
sintética que hemos echado sobre la génesis y desarrollo de la
memoria de María en la liturgia nos ha permitido recoger dos datos
esenciales: 1) la memoria de María está ligada al memorial
de Cristo: preferentemente va unida a la celebración del misterio
de la encarna
ción; 2)
esta memoria tiene lugar en los momentos centrales de la liturgia, como
son la plegaria eucarística y la profesión bautismal de fe. En
los desarrollos sucesivos el culto mariano sigue también las
vicisitudes de la historia de la liturgia ".
III. La memoria
de María en las celebraciones de la liturgia romana actual
En la
descripción de esta panorámica litúrgico-doctrinal
seguiremos 2039
las huellas de la
exhortación MC de Pablo VI: recorreremos, por tanto, los nuevos libros
litúrgicos de la iglesia de Roma, con el fin de poner de relieve el
puesto que
1. BAUTISMO Y
CONFIRMACIÓN. La memoria litúrgica de María en el bautismo
es discreta: se invoca a María como Madre de Dios en las letanías
de los santos (RBN 118; RICA 214); además se menciona en la profesión
de fe: "¿Creéis en Jesucristo..., que nació de
santa María Virgen...?" (RBN 126; RICA 219), según la
antigua tradición [/ supra, II, 1] (MC 14). La referencia a ella es
elocuente, y no puede omitirse. Las antiguas liturgias y los padres de la iglesia
pusieron de relieve el paralelismo entre la maternidad de María y la
maternidad de la iglesia en el bautismo, como ha recordado Pablo VI:
"Justamente los antiguos padres enseñaron que la iglesia prolonga
en el sacramento del bautismo la maternal virginidad de María...
Queriendo beber en las fuentes litúrgicas, podríamos citar
la bella illatio de la liturgia hispánica: Ella (María)
llevó
En el rito de la
confirmación no encontramos ninguna mención particular de
María, excepto la contenida en la profesión de fe o
renovación de las promesas bautismales (RC 28.29). Recuérdese, no
obstante, que la confirmación viene presentada como una
actualización del misterio de pentecostés y como una
efusión singular del Espíritu Santo (RC 1).
Virgen
María
Según el
principio de ejemplaridad recordado por Pablo VI —María es
"modelo de la actitud espiritual con la que la iglesia celebra y vive los
misterios divinos" (MC 16)— y si tenemos en cuenta la presencia
activa de María en pentecostés (LG 59), no podemos ignorar
aquí las relaciones especiales que median entre María y el
Espíritu Santo, entre María y la iglesia (cf MC 26-28).
2.
EUCARISTÍA. La celebración del santo sacrificio en su centro, que
es la eucaristía, concede amplio espacio a la memoria de
plegaria
eucarística. Algunas liturgias orientales incluyen esta memoria
en la anamnesis que sigue al relato de la institución. El canon
romano expresa de forma solemne la comunión con María:
"Communicantes et memoriam venerantes, in primis gloriosae semper
Virginis Mariae, Genitricis Dei et Domini nostri Jesu Christi". La
fórmula es
2040
realmente
solemne: indica la memoque fecundó con su poder el seno de ria, la
veneración de y la comunión María, santifique, Señor,
las ofrencon María, de la que se indican los das que te presentamos
sobre el altítulos honoríficos, especialmente su tar".
Otros textos eucológicos han perpetua virginidad y su papel esenconservado
la antigua fórmula de fe cial de Theotókos. Una conmemoeucarística
que reconoce en el cuerración semejante se encuentra en las po y en
la sangre del Señor, muerto intercesiones o recuerdos de los sany
ahora glorificado, la carne que el tos, que son comunes a las diversas Verbo
asumió de Man'a: "Ave, veliturgias; o antes del relato de la
insrum corpus, natum de Maria Virgi
titución
(como en el canon romano), ne!". Se podrá notar además, en
la según el esquema de las anáforas alelínea de
ejemplaridad de María resjandrinas; o bien después de
él, pecto a la iglesia que celebra la eucacomo en las liturgias de
Juan Cri-ristía, cómo las fórmulas de oración
sóstomo y de Basilio. Este último esque constituyen el alma
de la anáfoquema se sigue en la segunda y cuarra reflejan los
sentimientos de María ta plegarias eucarísticas, en las que la en
su cántico de alabanza por las memoria de María reviste una pecugrandes
obras hechas por el Señor liar acentuación escatológica y
"ex(Magníficat), en su ardiente súplica presa con
intensa súplica el deseo de por la venida del Espíritu Santo (Penlos
orantes de compartir con
,nv
10):' " con
María,
"1?m6terna y
cantar tus
alában
os (U); ... que
todos tus hijos nos 3. LOS OTROS SACRAMENTOS. reunamos en la heredad de tu
reino
Muy sobrias, en
general, son las re
Sos» r ^ Ia
Virgen Madre de
ferencias a
María en los ritos de los
uios (IV).
Acentuación que reza
otros
sacramentos. Se trata de ora
Sentid0 sa'vífí
SÜT
C°ü Ico V ciones de intercesión de la iglesia,
a
ceIebra"ón
Stica
FgñC.° V euca-como en el
caso de la ordenación del
^•^HP'^ria
tercera la me
obispo, del
presbítero y de los diáco
rnona de
nos, sobre los
que se invoca la pro
Pd?HUhar P
,°r el ht*ho
PreCe ' í
e tección de
tTSfoT/Ja^CÍÓí?del&píri
letanías
(RO 18, p. 54; 18, p. 71; 21,
nos
en ofrendat? qU e
"transforme p. 117). Otras fórmulas piden la in
P
e™aneAte" dond e
dem?sTetau n P°" tercesión y la ayuda
de María por
1Ónmplícita
a la
'
cualidad d e k
vSS t los pecadores que se acercan al sa
de María
(ofrenda)yasu
tj"™?
cramento de la
penitencia (RP 131:
n actual
misterio de CrM?
ació al
confíteor)
y después de haber sido
En el Misal R
(°frenda Perenne).
b reconciliados
(RP 104: "La pasión
« las
ofreni "íf1?0'la oraci°n so-
de nuestro
Señor Jesucristo..., la in
María
fc^dei,co.^n de santa
tercesión
de la bienaventurada Vir
vi1 1fmpo de
ento recoge
Í n, *»-gen
María..."; ib, 135: se sugiere el
P a rale lsmo
Sunas
liturfas¡ P que
al-Magníficat como cántico de acción
ent
°d"^ale s
« la vS S a
. .^cubren de gracias); lo mismo
sucede respec
S,EsPlntu
Sant°,
avocada enfa e to
a los enfermos en los ritos iniciay l a intervenció?L $'S
euca"'stica les del sacramento de la unción de
en lamismo
,
encarnációídH Espíritu los enfermos (RUÉ
132: confíteor),
sen° Verbo
e"
de Marfa «" . ^ el
"El
Espí 'ntu Santo, y después de lo cual el enfermo renueva la
profesión de fe bautismal
2041
en Jesucristo,
hijo de Dios, nacido de María (188). En el rito de la recomendación
de los moribundos se invoca a santa María (239) Madre de Dios
(242), y se ruega que el moribundo hoy mismo pueda tener con ella su
morada en la paz de
4. RITOS
SACRAMENTALES. María tampoco es olvidada en las celebraciones
previstas por los otros libros litúrgicos. Tales celebraciones, por
lo demás, se unen con frecuencia a la celebración
eucarística, donde la memoria de
Virgen
María
Vat. II
había afirmado de María, glorificada ya en cuerpo y alma,
como imagen y primicias de lo que la iglesia será f'en el siglo
futuro" y como signo de esperanza y de consuelo para el pueblo de Dios
peregrinante (cf LG 68; SC 103). En el Ritual de la dedicación de
iglesias y de altares, después de haber invocado la intercesión
de
Entre los
últimos rituales que hasta el día de hoy (junio de 1983) han
sido promulgados por
Virgen
María 2042
riqueza
teológica y espiritual. Es notamento relativas a la bienaventuratable
una nueva supplicatio titánica da Virgen; aumento numérico no ca
(n. 41), es
decir, una nueva redacción rante, sin embargo, de una crítica de
las letanías de la santísima Virserena, porque han sido
recogidas gen, en la cual van unidas fidelidad únicamente aquellas
lecturas que, o a la tradición bíblica y consonancia por la
evidencia de su contenido o con la sensibilidad espiritual de por las
indicaciones de una atenta nuestro tiempo. exégesis, avalada por las
enseñanzas del magisterio o por una sólida trallT5- LITURGIA
DE LAS HORAS. dición, pueden considerarse, aunque
También el
restaurado libro del ofide manera y en grados diversos, de cio de laudes,
esto es,
contenido; en las
intercesiones de laurencias en las notas 31-33. des y vísperas, en
las que no es infreSe puede recordar aquí, de pasacuente el
confiado recurso a
dre de
misericordia; en la vastísima nes que
?T¡ T 2 °
en la edadsignio de Dios para la salvación de
moderna" (MC
los hombres,
está toda ella impreg
i ¿). 1
odavia en las vísperas de cada «"a la iglesia, queriendo
expresar su nada del misterio del Salvador
agradecimiento
por el don de la saly contiene, además, desde el Génesis
va"0", toma prestadas las palabras hasta el Apocalipsis, referencias
inaei cántico de María, el Magníficat. dudables a
aquella que fue madre y cooperadora del Salvador. Pero no ,1' * LECCION ARIO .
Si la preocupa-quisiéramos que la impronta bíblica que
¿r?ACos
fuese
servida con mayor
abundancia en las textos y símbolos sabiamente sacaKí*? 0116
8dos de las Sagradas Escrituras; com
litúrgicas
(SC 35; 51)
" a e ? tad
oporta mucho más: requiere, en efec
en el centro de
los esfuer
i r ! form ato,
que de la biblia tomen sus térmi
n?, J?C
Posconciliar, no se puede olvidar que el enriquecimiento nos y su
inspiración las fórmulas de
aei Leccionario
ha contribuido a oración y las composiciones destinaa r tam ^
ié ndas al canto; y exige, sobre todo, que
S e l conocimiento del
el culto a
misterio de
María. Lo subraya Pa
sead "
"Como lógica con
tiano, a fin de
que, al mismo tiempo
secuencia ha
resultado que el Lee-
Iene un mavor
deS
de lecturas del
Antiguo y Nuevo Tes
2043
dos por la luz de
la palabra divina e inducidos a obrar según los dictados de
En
relación con lo dicho recordamos además que, celebrando el
oficio de lectura en las fiestas o memorias marianas, se lleva a cabo
una helio divina del misterio de María, ya sea con una posible lectura
tipológica de algunos salmos, según nos enseña la
tradición, ya sea especialmente con la meditación de las
páginas marianas de los padres y de otros autores señalados
en tales oficios. Así la palabra de Dios viene leída en el
cauce de la tradición eclesial, y ésta a su vez progresa
gracias a la reflexión de los creyentes que, a ejemplo de María,
meditan en su corazón las cosas y palabras transmitidas (DV
8)".
IV. María
en los diversos ciclos del año litúrgico
La iglesia
celebra el misterio de María en el amplio espacio del año
litúrgico: en este kairós sacramental despliega toda su fuerza el
misterio de Cristo y halla lógicamente espacio la memoria de
Virgen
María
rianas se recoge
dentro de la armonía del único año litúrgico
del Señor, en cuanto ellas celebran episodios que, ya precedan a la
natividad del Señor (como el nacimiento de María y su
presentación en el templo), ya sigan a pentecostés (como es el
caso de la asunción), pertenecen a la misma economía de la
salvación. Y también las memorias marianas, que traen origen
de una idea o de una tradición eclesial, deben reconducirse a la
unidad del misterio de Cristo, como celebraciones de un aspecto particular de
tal misterio tal como se manifiesta en el tiempo de la iglesia (esto acontece
también en algunas fiestas del Señor o de los santos),
esforzándose por conciliar el sentido de tales celebraciones con los
datos esenciales del misterio salvífico, lo que no siempre es
fácil de conseguir. Por lo demás, el lento proceso histórico
de la formación del año litúrgico, la desordenada
presencia en él de ciertas celebraciones y la reiterada
celebración de un mismo acontecimiento hacen difícil la
tarea de presentar una visión coherente de este aspecto.
Para adquirir una
visión global de la presencia de María en los diversos
períodos del anni circulus es preciso hacer referencia a tres libros
fundamentales de la liturgia renovada: el Misal Romano, para la
eucología de la misa; el Leccionario, para la liturgia de la
palabra, y
Virgen
María 2044
1.
tiempo de
navidad), mientras que es Hija excelsa de Sión, tras la prolonmenos
vistosa la memoria de María gada espera de la promesa, se cumen el
ciclo de pascua, en su preparaple la plenitud de los tiempos y se
ción cuaresmal y en su prolongainstaura la nueva economía,
al tomiento, que va hasta pentecostés, a mar de ella la naturaleza
humana el diferencia de cuanto ocurre en las liHijo de Dios..." (LG 55).
Ahora turgias orientales, donde el recuerdo bien, el tiempo de adviento celebra
de María se distribuye de un modo esta economía
veterotestamentaria más equilibrado a lo largo del año. de la
espera, en la cual está ya pre
sente
María. En el breve espacio de
a) En el tiempo
de adviento. La cuatro semanas se acumula la celeMC enuncia
sintéticamente la imbración de tres misterios: la solemportancia
de este tiempo: "Así, dunidad de
resonar las
antiguas voces proféticas tendrán luego una memoria propia).
sobre
"Los libros
del AT..., tal como se "Deus, cuius ineffabile Verbum, anleen en la
iglesia y tal como se intergelo nuntiante, Virgo immaculata pretan a la
luz de una revelación ulsuscepit, et domus divinatis effecterior
y plena, evidencian... de una ta, sancti Spiritus luce repletur, quaeforma
cada vez más clara la figura sumus ut nos, eius exemplo volunde la
mujer Madre del Redentor. tad tuae humiliter adhaerere valea
2045
mus". Es
importante, por el modo como invoca al Espíritu Santo sobre los dones
eucarísticos, la super oblata del IV domingo de adviento, inspirada en
el sacramentado de Bérgamo: "Altari tuo, Domine, superposita
muñera Spiritus ille sanctificet, qui beatae Mariae viscera sua virtute
replevit". Concentra la espiritualidad de la espera, de la que
María es modelo para la iglesia en este tiempo, el incipit del segundo
prefacio de adviento: "Quem praedixerunt cunctorum praeconia prophetarum,
Virgo Mater ineffabili dilectione sustinuit..." ("A quien todos
los profetas anunciaron,
Debido a la
presencia de todos estos temas, comentados ampliamente en las
páginas de los padres propuestas a la meditación en el
oficio de lectura, el tiempo de adviento, y especialmente el último
tramo, el de la espera inmediata, es particularmente apto para celebrar el
culto de la madre del Señor: María viene aquí presentada
con un notable equilibrio, toda inclinada hacia el Hijo que espera, sierva
fiel del misterio que le ha sido confiado a su obediencia de fe29.
b) En el tiempo
de navidad. La evidente riqueza de referencias a María contenidas en los
evangelios de este tiempo, que narran el nacimiento del Salvador y los
episodios que le siguen, hacen del tiempo de navidad "una prolongada
memoria de la manternidad divina, virginal, salvífica de aquella que,
'conservando intacta su virginidad, dio a luz al Salvador del mundo'
(canon romano, Communicantes de la octava de navidad)" (MC 5). En
este tiempo, además de la narración del acontecimiento
central: "María... dio a luz a su hijo
primogénito..."(Le 2,7; evangelio de la misa de medianoche),
se Virgen María
propone
repetidamente la alusión a la visita de los pastores "que encontraron
a María, José y al niño..."; se celebra la fiesta de
la sagrada Familia (domingo dentro de la octava de navidad), que menciona
la presencia de María junto a José en Belén y en Nazaret;
se alude a la circuncisión e imposición del "nombre
Jesús, como había sido llamado por el ángel antes de
ser concebido en el seno de la madre" (Le 16,21: evangelio del 1 de
enero); se recuerda la presentación de Jesús en el templo (evangelio
del 29 y 30 de diciembre, donde se leen las palabras de Simeón a
María sobre la espada que le atravesará el alma: Le 2,35) y
la adoración de los magos: "Entraron en la casa, vieron al
niño con María, su madre..." (Mt 2,11: evangelio de
epifanía). La reforma litúrgica ha recuperado para este
tiempo también la solemnidad de
V2,b\.
Se trata de un
ciclo breve (que va desde la misa vespertina de la vigilia de navidad hasta la
fiesta del bautismo de Jesús, domingo después del 6 de
enero), pero intenso, en el que los motivos marianos que ofrecen el Misal, el
Leccionario y
'I
Todo el tiempo de
navidad, que Notemos en primer lugar que 4, idealmente se prolonga hasta la pregenio
y la tradición de la liturgia rosentación del Señor
en el templo mana no ha dado mucho espacio a (2 de febrero) —como
recuerda la
celebrado, llenos
de gozo, la fiesta escasez de elementos marianos en la del nacimiento del
Señor..." (cf Militurgia ha correspondido en Occisal
Romano)—, se puede considerar dente un amplio desarrollo de la re
una
celebración de la maternidad de ligiosidad popular, que insiste con
María y del papel que ella desempegusto en la presencia de
María al pie ña en la manifestación del Señor en de
la cruz, en su soledad, en la ale
cuanto Salvador:
bajo esta luz hay gría de su encuentro con el Cristo que ver la presencia
de María en las resucitado. Antes de la reforma re bodas de Cana,
episodio recordado cíente, la liturgia romana anticipaba
también en
la epifanía (cf antífona la dolorosa participación de
tífona al
Magníficat de las segundas el viernes que precede al dominvísperas)
y propuesto en el evangelio go de ramos (cf Misal Romano de de la misa del
segundo domingo per Pío V, edición posterior a 1960, enannum,
ciclo C. Después de haber tre las fiestas del mes de marzo: "Fedado
a luz al Salvador, María lo ria sexta post dominicam I passio
muestra a todos
para que lo acojan nis: Septem dolorum b, Mariae vircomo Señor en
la fe de los verdadeginis. Hodie, ubi peculiaria pietatis ros
discípulos. exercitia in honorem b. M. V. Matris dolorosae
peraguntur, permittuntur duae missae festivae de septem
c) En el tiempo
pascual y en su
doloribus B. M.
V."). Esta fiesta ha
preparación
cuaresmal. La exhorta
sido suprimida
para dar a la celebración MC guarda silencio sobre la preción
de la cuaresma una mayor hosencia de María en los ciclos de cuamogeneidad.
resma y de
pascua. Este silencio ha sido advertido y se ha interpretado Un esmerado
análisis de los textos de diversos modos; pero tal vez haya del triduo
pascual muestra que, no sido aconsejado por la ausencia de obstante su
sobriedad y su estilo elementos marianos, en estos dos cieucológico,
la liturgia romana no ha
clos, de
suficiente relieve como para marginado en realidad a
consentir la
elaboración de una sínMaría. Ya en el oficio de
lectura del tesis. Es cierto que la presencia de la jueves santo viene
propuesta la hoVirgen en la liturgia cuaresmal y milía pascual de
Melitón de Sardes pascual no es tan evidente como en [/ supra, II, 1],
que contiene el signila de adviento y de navidad. Más ficativo
título de María "cordera sin
aún, de
parte de muchos se han hemancha". El canto que acompaña la cho
votos para que la celebración reposición del santísimo
sacramento
del misterio
pascual venga enriquedespués de la misa in coena Domini
cida desde el
punto de vista mariano, ("Pange, lingua, gloriosi Corporis
subrayando mejor
el papel privilemysterium") no deja de recordar el
giado y activo de
María junto a su lazo íntimo que existe entre María y
Hijo, como
testimonia el evangelio la eucaristía: "Fructus ventris gene-
de Juan
(19,15-27). El problema merosi... nobis natus ex intacta Virgi
rece un poco de
atención. ne". El viernes santo inpassione Do
2047
mini viene
propuesto como canto para la adoración de la cruz el himno antiguo
"Pange, lingua, gloriosi proelium certaminis". Dicho himno es uno de
los señalados ad libitum para el oficio de lectura de la semana santa.
Una de sus estrofas recuerda la encarnación y por consiguiente la
función de María en la historia de la salvación
("Quando venit ergo sacri / plenitudo temporis, / missus est ab arce
Patris / Natus, orbis conditor, / atque ventre virginali / carne factus
prodiit"); y la narración de la pasión según san
Juan, centro de la liturgia de la palabra, contiene la perícopa
sobre María al pie de la cruz. El sábado santo, en la vigilia pascual,
se invoca a
Estas escasas
referencias marianas que acabamos de señalar, y algunas otras que se
pueden encontrar en las preces de la liturgia de las Horas (laudes del
sábado santo), pueden dejarnos insatisfechos. De todos modos, no
colman la necesidad celebrativa que siente la piedad popular. Ya el ritual de
una familia religiosa, concedido por
gina caeli,
laetare, alleluia! Será bueno, no obstante, dejar otros elemen
Virgen
María
tos, tal vez
superfluos, que no se podrían introducir armónicamente en las
celebraciones de la liturgia romana. Se podría, en cambio, favorecer
una digna celebración del sábado santo en cuanto tal para revivir
la experiencia fuerte de María en el intervalo entre la cruz y la
resurrección. Las tradiciones latina y oriental conservan
materiales aptos para la composición de una celebración de
lectura y de plegarias que colme el vacío celebrativo del sábado
santo y sugiera una intensa esperanza pascual, como la que florecía
en el corazón de
Durante todo el tiempo
pascual hasta pentecostés, la liturgia de las Horas se concluye en
completas con el júbilo del Regina caeli. En el formulario de la
misa del común de la santísima Virgen antes de la ascensión
y durante la preparación próxima a pentecostés hay
elementos válidos para una catequesis sólida que quiera
partir de María. De todos modos, la sobriedad de referencias marianas en
este tiempo litúrgico es una invitación a fijar con María
los ojos y el corazón en el rostro del Resucitado y a meditar sus palabras
haciendo la exégesis a la luz de la resurrección. Tal vez hubiera
merecido algún ulterior rasgo mariano la fiesta de la
ascensión del Señor, como sugieren los iconos de esta fiesta
según aparece en el Evangeliario de Rábula (s. vi) y otros
iconos antiquísimos del Sinaí, en los que María ocupa el
puesto central como madre de los discípulos de Jesús y figura de
la iglesia ". Dígase lo mismo de pentecostés y de su
preparación en los últimos días del tiempo pascual:
lo exige la mención de María en los Hechos (1,14), que la
señalan activamente presente en el cena
Virgen
María 2048
culo en la espera
del Espíritu (cf la ñas respecto al calendario romano colecta
común de la santísima Virprecedente no han rebajado la pregen
después de la ascensión). sencia de María, la cual resulta
más En la liturgia cuaresmal, las refebien enriquecida por el
más valioso
rencias a
de la voluntad de
Dios, en la gran ción a Cristo; y en la catequesis es
peregrinación de la fe: en María tepreciso saber encontrar,
partiendo nemos un modelo para vivir la prede los textos
litúrgicos, el nexo lógiparación a la pascua como
discípuco de cada una de ellas con el mistelos de Cristo, es
decir, para llegar rio de Cristo y de la iglesia y con la con ella a la cruz y
a la resurrección. economía de la salvación. En la siguiente
enumeración de las solemnidades, fiestas y memorias marianas
d) En el tiempo
"per annum"la
daremos una
síntesis de la historia,
memoria cotidiana
de
elementos
eucológicos de mayor re
lugar en la
plegaria eucarística de la
lieve y del
significado global de cada
misa y en la
liturgia de las Horas M (/ supra, III, 2 y 5). Recordamos que una. el
cántico del Magníficat se recoge, en algunos de sus motivos, en
la oraa) Solemnidades y fiestas del Seción conclusiva de
vísperas de las ñor de contenido mañano. Estamos cuatro
semanas del salterio, comenexaminando el ciclo santoral y, por zando por
el lunes de la primera seconsiguiente, no repetiremos cuanto mana:
así la oración de la iglesia se hemos dicho [aquí / supra,
l, a-c] soinspira en los sentimientos y en las bre el recuerdo de
María en los cipalabras de
del sábado
es la que da al ritmo de la navidad y de la pascua. Dos celebra
semana una
impronta mariana, ya ciones del Señor merecen ser aquí sea
mediante la celebración votiva recordadas. de la santa María en
sábado con sus textos respectivos, ofrecidos por el
Misal y por
marzo), que trae
su origen de la fes
ya sea mediante
otros elementos sig
tividad de
nificativos, como
la oración conclu
tísima
Virgen María, celebrada en
siva de nona y la
bella letanía de
Asia Menor desde
el s. vi. Introduci
preces de laudes
del sábado de la ter
da en Roma por el
papa Sergio I
cera semana (cf
MC 12-13)" (687-701), ha recibido en los libros litúrgicos, con una
cierta fluctua
2.
2049
ción que
responde a un criterio de organización del año litúrgico
diverso del adoptado hasta ahora para conmemorar la anunciación y
la encarnación hacia finales de adviento (20 de diciembre), sin
preocuparse de interponer una distancia cronológica de nueve meses
respecto a la navidad. Esta solemnidad, que con frecuencia cae antes de la
semana santa, y en todo caso siempre en la cuaresma —pero que no pocas
veces debe ser trasladada al tiempo de pascua—, crea alguna
dificultad psicológica por el criterio de datación que la
une a navidad. En la óptica de los padres de la iglesia, la
encarnación tiene una relación indisoluble con la
redención y con el misterio pascual. Es a esta luz como debería
ser celebrada dicha solemnidad, según subrayan algunos de sus
textos: la colecta, por ejemplo, habla "de nuestro Redentor"; la
oración después de la comunión recuerda "el poder de
su santa resurrección" ("Eius salutiferae resurrectionis
potentiam"); la se
gunda lectura
(Heb 10,4-10) ilustra la oblación sacrificial de Cristo. Las referencias
a María, como es obvio, son múltiples, ya sea en la liturgia de
las Horas, ya sea en el formulario de la misa; es bellísimo el prefacio
inspirado en la liturgia hispana: "Quem (Christum) inter homines et
propter homines nasciturum, Spiritus sancti obumbrante virtute, ac caelesti nuntio
Virgo fidenter audivit et immaculatis visceribus amanter portavit",
texto que puede usarse no solamente en este día, sino siempre que en la
misa se proclama el evangelio de la anunciación. MC 6 sintetiza bien el
significado de esta solemnidad.
65
Virgen
María
bemos que esta
fiesta se celebraba en Jerusalén ya hacia finales del
s. iv. Fue
recibida en Occidente en el
s. vil con el
título griego de "Hypapanti" (hypapantánó,
encontrar), fiesta del encuentro entre el Mesías y su pueblo. Los textos
de
junta del Hijo y
de
,r8en
María
2050
br,b) I¡eJ
solernnidades para celesu función de "abogada de gracia y
brar tro* ^
"««««o para cete
rParia"os
s°lemn!daHJrW'W-
Las tres ejemplo de santidad" para el pueblo
_: mrndaues
mañanas del año litúr
cristiano.
c«SS.ran
lífS dogmas de la
«i ^
católica
sobre el mista • '
„VTr ?\
Asunta al cielo en su desti
como se ha
indicado [aquí / supra,
no una! Junto a
Crist0 como ¡mi
CIa1, b]). La
antigua memoria de
de la iglesia.
gen María,
que se remonta al s. vi y que se celebra todavía en los diverInmaculada
Concepción (8 de disos ritos orientales, ha recuperado ciembre). La
antigua fiesta oriental hoy el puesto que desde el s. vm te
e ,a
concepción milagrosa de
María nía en Roma bajo el título Natale Por Ana se
convirtió en Occidente sanctae Mariae. Aunque se ha camnacía
el s. xi en la fiesta de la concepbiado el título de la fiesta, se
ha conción de María sin pecado original. Las servado el rico
contenido mariano
conocidas
controversias teológicas de los textos litúrgicos, especialmensobre
este tema no han favorecido te de las oraciones, de las antífonas su
desarrollo y su exacta formulay de los responsorios. MCS comenta
ción
teológica. Introducida en el Ca
así el
contenido de esta solemnidad: lendario romano en el año 1476 por
"Esta, fijada en el día 1 de enero, según una antigua
sugerencia de la
decisión
de Sixto IV, después de la
liturgia de Roma,
está destinada a
proclamación
del dogma de
celebrar la parte
que tuvo María en
maculada por
Pío IX (1854), la fiesta
el misterio de la
salvación y a exaltar
recibirá
los formularios de notable
la singular
dignidad de que goza la
belleza que han
llegado hasta nos
sánela
Parens..., per quam merui
otros. La
reciente reforma ha apor
mus... auctorem
vitae suscipere (an
tado algunos
enriquecimientos en la
tífona de
entrada y oración colecta);
liturgia de las
Horas y en la misa,
es además
una ocasión propicia para
especialmente con
el nuevo prefacio,
renovar la
adoración al recién naci
que ofrece una
síntesis del significa
do
Príncipe de la paz, para escuchar
do cristiano y
eclesial de este dogma
de nuevo el
jubiloso anuncio angéli
mariano:
"... ut in ea [beatissima
co (cf Le 2,14:
paz en la tierra a los
Virgine Maria]
dignam Filio tuo Ge
hombres...) y
para implorar de Dios,
nitricem
praepares, et Sponsae eius
por
mediación de
ecclesiae sine
ruga vel macula for-
el don supremo de
la paz". Uniendo
mosae signares
exordium". En la so
la
celebración de la jornada mundial lemnidad del 8 de diciembre "se
cede la paz instituida por Pablo VI (a lebran conjuntamente
paración
radical (cf Is 11,1.10) a la en la liturgia de la misa se proclama venida del
Salvador y el feliz exor—como segunda lectura— la bendidio
de la iglesia sin mancha ni arrución de Moisés que desea la
protecga" (MC 3). Hay que notar, como ción de Dios y la paz
(Núm 6,22-27). canta este prefacio, el bello paraleEn la
oración después de la comulismo entre
2051
dad divina de
María es, por tanto, la ocasión para extender el sentido de tal
maternidad a la iglesia y a toda la humanidad, para la que se implora, por su
intercesión, la plenitud de la paz en su denso significado
bíblico.
Asunción
de
(15 de agosto).
Una antigua fiesta que se celebraba en Jerusalén desde el s. vi en honor
de
los lazos de la
muerte". La proclamación del dogma de
Virgen
María
mente en el texto
de LG 68, ofrece una bella síntesis del significado cristológico
y eclesial de la solemnidad. MC 6 centra su sentido en la perfecta
configuración de María con Cristo resucitado. En la liturgia
de las Horas esta temática halla un claro desarrollo en la gozosa
plegaria eclesial que brota de la contemplación de
c) Las dos
fiestas mañanas. Dos acontecimientos de la vida de María se
celebran con el grado de fiesta:
Natividad de la
santísima Virgen María (8 de septiembre). El origen de esta
fiesta va unido a la dedicación de la iglesia de la natividad de
María en Jerusalén, que se celebraba desde el s. v. Se extendió
a Bizancío y a Roma en el s. vn. Es una fiesta de gran importancia en
todo el Oriente por coincidir con el comienzo del año
litúrgico bizantino. Las fórmulas de la liturgia romana
acusan el influjo oriental y son singularmente alegres, pues celebran el
nacimiento de la que, hecha Madre del Redentor, nos ha dado las primicias
de la salvación (colecta de la misa).
Visitación
de
(31 de mayo).
Esta fiesta tiene su justificación en el evangelio de Lucas
(1,39-56). Como episodio relacionado con el nacimiento del Salvador, la
visitación tiene ya una conmemoración en la semana que
precede inmediatamente a la navidad. Como fiesta fue instituida por Urbano
VI el año 1389, pero ya se celebraba por los franciscanos el 2 de julio
desde 1263. En esta misma fecha se celebraba en Constantinopla una fiesta
mariana de la reliquia del cinturón de María en la iglesia de
Virgen
María 2052
ticipadojustamente
esta fiesta —que María como fuente de agua viva y recuerda la
visita de María a la mamedicina de los enfermos. dre del futuro
precursor— a la solemnidad que conmemora el naciNuestra
Señora del Carmen (16 de miento del Bautista (24 de junio), cojulio)
es el título que recuerda el nalocándola el 31 de mayo, es
decir, al cimiento de una Orden religiosa profin del mes que por
tradición popufundamente mariana (
que la
visitación cae hoy en torno a lendario actual. La referencia
bíblica Pentecostés, podría celebrarse como al monte
Carmelo y la gran tradición recuerdo particular de
cas (el
niño da saltos en el seno de gún la tradición de
Dedicación
de la basílica de Santa
Alianza" (
María
mora en ella) e
imagen de la iglesia
memoria hace
referencia al lugar de
primitiva por su
impulso en la ora
dicado en Roma en
el s. iv casi como
ción (el
Magníficat) y en la caridad
una
réplica de la basílica de
activa (una vez
más la visitación).
vidad de
Belén, en honor de
d) Las
"memorias de María ". El
quilmo. En el s.
V, el papa Sixto III
Calendario romano
enumera otras
ofrece la iglesia
al pueblo de Dios
ocho
"memorias" en honor de Ma
(plebi Dei),
embellecida con precio
ría,
algunas obligatorias, otras li
sos mosaicos
—conservados todavía
bres.
Están inspiradas ya sea en epi
en el arco de
triunfo—, que son un
sodios de la vida
de
canto de la
divina maternidad y de
en ideas
teológicas o en lugares ve
los episodios de
la infancia de Jesús
nerados por los
fieles. Las indicamos
y un monumento a
la definición dog
según la
cronología del año litúrgico.
mática de
Éfeso (431). Esta fiesta evoca los grandes temas de María
como
Nuestra
Señora de Lourdes (11 de
templo de Dios y
nueva Jerusalén.
febrero) es la
memoria que va unida al recuerdo de las apariciones de
sibilidad de una
contemplación de ocho días después del 15 de agosto,
2053
tiene el
siguiente significado según las palabras de MC 6: "La solemnidad
de
Nuestra
Señora
Nuestra
Señora
Virgen
María
también la
oración conclusiva del Ángelus Domini, un inciso explícitamente
mariano: "... ut qui, angelo nuntiante, Christi Filii tui incarnationem
cognovimus, beata María Virgine intercedente, per passionem eius et
crucem...". Sólo en este inciso añadido se menciona a
Presentación
de la santísima Virgen María (21 de noviembre). Fiesta
antigua y de gran importancia en la liturgia bizantina por el significado de la
entrada de
Inmaculado
Corazón de
s. xvn (escritos
de san Juan Eudes). Las apariciones de Fátima (1917) y la
consagración de toda la humanidad al Inmaculado Corazón de
María hecha por Pío XII en 1942 han favorecido su
extensión. El mismo papa instituyó la fiesta en 1944, asignándole
la fecha del día octavo después de
Virgen
María
e) La memoria de
Santa María en sábado y las misas votivas. Desde la edad media,
el sábado se ha considerado en la liturgia latina como un
día mariano, a diferencia de lo que hacen las liturgias orientales, que
reservan el miércoles a la memoria de
En la
sección de misas votivas, el Misal Romano remite, para las misas en
honor de María, al común de la santísima Virgen, que
contiene hasta siete formularios, tres de los cuales están reservados,
respectivamente, al tiempo de adviento (el cuarto), de navidad (el
quinto) y de pascua (el sexto): son los mejores desde el punto de vista de
su contenido. En la "editio typica altera" (1975) del Missale
Romanum, entre las misas votivas se ha añadido el formulario
De b. María Ecclesiae Matre, con el cual se enriquece notablemente
en cantidad, y sobre todo en calidad doctrinal, el "corpus
marianum" de la liturgia. Es importante la colecta, que recuerda a
María a los pies de la cruz eri el momento en que se convierte en madre
de los discípulos de Jesús; el prefacio propio se inspira
ampliamente en el capítulo mariano de la constitución
dogmática Lumen gentium. (Evidentemente, esta misa se ha incluido en las
nuevas ediciones del Misal castellano.
Pero no conviene
olvidar aquí "que el Calendario Romano General no registra todas
las celebraciones
2054
de contenido
mariano; pues corresponde a los calendarios particulares recoger, con
fidelidad a las normas litúrgicas, pero también con adhesión
de corazón, las fiestas marianas propias de las distintas iglesias locales"
(MC 9). El deseo aquí expresado se convierte en una invitación a
ofrecer, en los textos eucológicos de las celebraciones de los
calendarios particulares, aquella visión del misterio de
María, sobria y esencial, según la cual ella está asociada
a la obra de Cristo y del Espíritu y está presente en la iglesia
bajo diversos títulos y por diversos motivos sin que jamás
disminuya el contenido del dogma ni decaiga la calidad de la doctrina: la
veneración para con
V. Orientaciones
teológicas y pastorales
Después de
esta valoración de los elementos marianos de la liturgia de la iglesia
occidental resumamos en algunos puntos las orientaciones doctrinales y
pastorales más específicas y necesarias por su gran importancia
para la espiritualidad y para la vida de la iglesia y de los cristianos.
1.
textos del Misal
restaurado, vemos cómo los grandes temas marianos de la eucología
romana —el tema de
Virgen
María
quiere vivir el
misterio de Cristo... (colecta del 15 de septiembre: Virgen de los Dolores); y
como voz de alabanza junto a la cual quiere glorificar a Dios...
(colecta del 31 de mayo: Visitación; prefacio de la santísima
Virgen); y puesto que la liturgia es culto que requiere una conducta coherente
de vida, ella pide traducir el culto a
Además, la
liturgia ofrece la medida múltiple, pero justa, de aquel culto a
Cristo que se traduce en veneración especial a su Madre, revistiéndose
aquí de varias formas de piedad, así como de otras tantas
formas de amor filial. Es de nuevo
fiada
invocación, cuando experi
menta la
intercesión de su Abogada
y Auxiliadora (cf
LG 62); en servicio Virgen María
de amor, cuando
descubre en la humilde sierva del Señor a la reina de misericordia
y a la madre de la gracia; en operosa imitación, cuando contempla
la santidad y las virtudes de la llena de gracia (Le 1,28); en conmovido
estupor, cuando contempla en ella, "como en una imagen
purísima, todo lo que ella desea y espera ser" (SC 103); en atento
estudio, cuando reconoce en la cooperadora del Redentor, ya
plenamente partícipe de los frutos del misterio pascual, el cumplimiento
profético
de su mismo
futuro, hasta el día en que, purificada de toda arruga y toda mancha (cf
Ef 5,27), se convertirá en una esposa ataviada para el Esposo
Jesucristo (cf Ap 21,2)" (MC 22).
En la liturgia,
por consiguiente, hallamos a nivel de fe profesada y vivida "una
norma de oro para la piedad cristiana" (MC 23); pero también el
manantial, la cima, la escuela y la experiencia mistérica de nuestra comunión
con
2. EJEMPLARIDAD
DE MARÍA PARA
2056
cialmente en dos
datos teológicos ya señalados: a) la presencia activa de
María en el misterio de Cristo; b) su ejemplaridad para la iglesia;
estos dos datos se hallan ampliamente explicados en el c. 8 de
tenido
éxito en la iglesia: se le puede considerar como una de las intuiciones
más fecundas de la espiritualidad litúrgica y mariana de los
últimos siglos, con amplia base en la gran tradición
patrística, como documenta cuidadosamente
Pablo VI presenta
a María como "modelo de la iglesia en el orden de la fe, de la
caridad y de la perfecta unión con Cristo", que son las actitudes
interiores con las cuales la iglesia, esposa amadísima, invoca a su
Señor, y por su medio rinde culto al Padre eterno (MC 16). Con este
principio se nos ofrece además una sólida orientación
teológica para toda formación en la / participación
litúrgica: el modo propio de formar para vivir la liturgia es formar
para la vida teologal, la cual se ejercita
justamente en la
liturgia y en ella alcanza su punto culminante; más aún, en la
liturgia alcanza su punto culminante toda la oración y contemplación
del cristiano bajo la acción del Espíritu Santo, en contra
de lo que en algún tiempo escribieron Jacques y Rai'sa Maritain ".
El principio de
la ejemplaridad de María ha sido explicado por Pablo VI
refiriéndose a algunas actitudes comunes a
2057
el
Espíritu, y a la iglesia, la cual, bajo la acción del
Espíritu, celebra el memorial del Señor. En primer lugar, en
la escucha religiosa de la palabra de Dios, María aparece como Virgen
oyente: modelo, por tanto, para la iglesia que medita, escucha, acoge, vive y
proclama aquella palabra que se encarnó en María: "Esto
mismo hace la iglesia, la cual, sobre todo en la sagrada liturgia, escucha con
fe, acoge, proclama, venera la palabra de Dios, la distribuye a los fieles como
pan de vida y escudriña a su luz los signos de los tiempos, interpreta
y vive los acontecimientos de la historia" (MC 17). De María, cual
Virgen orante se pueden recordar en general, ya sea su actitud orante, ya sea
aquellos sentimientos que el Espíritu suscitaba en su corazón
y que coinciden con las grandes dimensiones de la oración eclesial,
la cual alcanza su vértice y su punto de condensación
en la plegaria eucarística: la alabanza llena de gratitud del
Magníficat, la intercesión en Cana, la súplica para la
venida del Espíritu
en el
cenáculo. A estas actitudes hay que añadir la peculiar
experiencia de María cual Virgen oferente en el templo de
Jerusalén y en el Calvario, experiencia que en su aspecto activo
(María ofrece) y pasivo (María se ofrece) se torna ejemplar para
la iglesia en su oblación sacrificial de la eucaristía y de la
oración (MC 18.20) ". Desde otra perspectiva María,
cual Virgen Madre, es el modelo de aquella cooperación activa con la
cual también la iglesia colabora mediante la predicación y
los sacramentos (especialmente en el bautismoconfirmación y en
la eucaristía) a transmitir a los hombres la vida nueva del
Espíritu (cf MC 19).
Con la amplitud
de este principio de ejemplaridad se puede afirmar que toda
celebración litúrgica debe ser implícitamente mariana, en
cuanto debe ser celebrada por
iglesia con
aquellos sentimientos que tuvo
Pero hay algo
más. Si la liturgia se traduce en el compromiso y el culto
litúrgico exige su prolongación en el culto espiritual de la
vida, la ejemplaridad de
Recordamos,
finalmente, cómo el fin de la liturgia —glorificación de
Dios y santificación de los hombres (SC 7)— coincide con la
misión materna de María, que es la de "reproducir
en los hijos los rasgos espirituales del Hijo primogénito" (MC
57). Junto al Cristo, el Hombre nuevo, aparece también María
como Mujer nueva, que refleja, para gloria de Dios y para ejemplo de la
iglesia, los rasgos de aquella vida nueva mediante una santidad ejemplar y
un crecimiento hacia la plenitud de la gracia, según la magnífica
enumeración de virtudes evangélicas practicadas por
María, que ofrece Pablo VI en MC 57.
La iglesia, que
celebra los misterios divinos, debe por tanto mirar a María como
modelo de fe, de esperanza y de caridad, de pureza y de compromiso, de
perseverancia en la
2058
oración.
Más aún, una plena conriana pueden considerarse como paciencia
de este principio mariano radigmáticas para la renovación de que
ilumina la liturgia debería llevar otras formas de piedad.
a una liturgia
contemplativa, bella Sigue siendo regla de oro el prin—la "via
pulchritudinis" es auténticipio de
lorar los
ejercicios piadosos para adaptarlos a las necesidades de cada
3. LITURGIA
MARIANA Y DEVOcomunidad eclesial y hacerlos auxiCIONES MARIANAS. Lo
acabamos de liares válidos de la liturgia": Una
repetir (/ supra,
2): la iglesia, que ceejemplificación autorizada de esta valebra
objetivamente el misterio de la loración-adaptación la ofrece la
misVirgen Madre asociada a Cristo y se ma exhortación a
propósito del apropia subjetivamente en toda acÁngelus
Domini y del Rosario (MCción litúrgica sus sentimientos, vive
40-55). la mejor y la más auténtica forma de
En la actual
valoración de la reli
devoción mariana
en cuanto realiza giosidad popular no conviene olvila comunión con
historia del
culto cristiano se nota presiones típicas de devoción mariaque,
tanto en Oriente como en Occi
na como el mes
mariano (mayo, sedente, las más altas y más límpigún
la tradición popular; diciembre, das expresiones de la piedad hacia la
según la litúrgica), se procura o habienaventurada Virgen
han florecido cer converger todo en la celebración en el ámbito
de la liturgia o han sido de la eucaristía y de la liturgia de las
incorporadas a ella". Pablo VI ha Horas o recurrir a la celebración
de
querido trazar
las líneas de una rela palabra o de la oración inspirada
novación de la piedad mariana insen la liturgia. Las mismas
peregrinapirándose en las notas características ciones a los
santuarios marianos son
de la liturgia,
que son la dimensión gestos de piedad que deben culminar trinitaria,
cristológica (y pneumatoen la plegaria comunitaria, en la celógica)
y eclesial (MC 24-28). Ha sulebración del sacramento de la penigerido
además, siguiendo las líneas tencia y en la celebración
eucarística.
de las
enseñanzas conciliares, "alguEn general, podemos decir que la
nas orientaciones —bíblicas, litúrgiposibilidad de
incluir armónicamencas, ecuménicas,
antropológicas— te en la liturgia el recuerdo de
une a
VI. Conclusión
en otra parte de
este Diccionario (/ Religiosidad popular, II), tales La síntesis
motivada sobre la preconsideraciones sobre la piedad masencia de
co que
encontramos en SC 103 —el primer texto mariano del Vat. II— se ha
convertido en un principio teológico y operativo para la
revisión de tal presencia que se ha verificado en la reforma
litúrgica posconciliar. La memoria y la veneración de
Virgen
María
conseguida [el
presente y futuro escatológicó\ en la ciudad de Dios, ofrece
[en el presente litúrgico de la iglesia] una visión serena y una
palabra tranquilizadora: la victoria de la esperanza sobre la angustia, de
la comunión sobre la soledad, de la paz sobre la turbación,
de la alegría y de la belleza sobre el tedio y la náusea, de las
perspectivas eternas sobre las temporales, de la vida sobre la muerte"
(MC 57). Así
NOTAS: ' J.
Castellano,
Paoline, 1972,
85; L. Ligier,
primordiis cultus
mariani, cit., 81-95 — l9 Eteria, Diario di viaggio, Edizioni
Paoline, 1979, 109-112 — 20 R. Laurentin,
Akathislos.
Antico inno alia Madre di Dio, Roma 19825 — 22 D.M. Montagna, a.c. (nota
13) 114-118 — " Una síntesis del desarrollo del culto mariano
en R. Laurentin, o.c, 57-157 —
P. Evdokimov,
Sacramento dell'amore, Sotto il Monte-Milano 1982, 188-203 — 26 Texto oficial
y comentario de I.M. Calabuig, en Not 17 (1981) 247-328 — 27 Una buena
presentación de los textos marianos, además de en la o.c. de la
nota 3, puede encontrarse en VV.AA., // lezionaño mariano. Commento
esegetico e pastorale del lezionaño litúrgico, Queriniana,
Brescia 1975 — 28 Para la historia: B. Capelle, Le
feste
mañane, en VV.AA., La chiesa inpreghiera, Roma 19662, 829-849; las
aportaciones indicadas en la nota 3 y, con amplitud, VV.AA., // culto di
Maña oggi, Edizioni Paoline, 1978, 117-259 —2' Una hermosa
síntesis en I.M. Calabuig, L 'avvento spazio celebra! ivo del
mistero della Vergine, en VV.AA., Come celebrare Maña. Principi e
proposte, Roma 1981, 19-39 — 30 Proprium Missarum Ordinis Servorum Mariae
I, Roma 1972, 28-32 — 3I L'"Ora" della Madre. Celebrazione mar
tana per Usábalo santo. Primo formulario ispirato alia liturgia bizantina,
Centro di Cultura mariana "Mater Ecclesiae", Roma 1982;
L'"Ora" della Madre. Celebrazione mariana per Usábalo
santo. Secondo
formulario di
stile latino, Centro di cultura mariana "Mater Ecclesiae", Roma
1983 — 32 Cf
P. Evdokimov,
Teología della bellezza. L'arte dell'icona, Edizioni Paoline, 19812,
303-307 — 33 Recuérdese también que en la
celebración eucarística romana hay diversos prefacios, comprendidos
los de las festividades marianas y los
2060
del común
de
en VV.AA.,
/. Castellano
BIBLIOGRAFÍA:
Auge M., Boletín bibliográfico posconciliar de liturgia
mariana, en "Ephemerides Mariologicae"25(1975) 131-142; Bobichon
M., María en la nueva liturgia de
ría, Hija
de Sión, Cristiandad, Madrid 1964; De Pedro A., Líneas dominantes
de la liturgia mariana provenientes del Vaticano II, en "Phase"
136 (1983) 299-324; Dillenschneider Cl., El misterio de María y nuestra
devoción mariana, Sigúeme, Salamanca 1965; Elizondo V.,
perspectiva
teológica de la liturgia de
2061
Historia del
culto a María en Iberoamérica y de sus imágenes y
santuarios más célebres, Madrid 1956; VV.AA.,
SUMARIO: I. La
virginidad en las comunidades apostólicas - II. Las vírgenes
consagradas en la edad patrística: 1. Hasta el concilio de Nicea (325);
2. Hasta la mitad del s. vil - III. Las vírgenes consagradas en el
medievo: 1. Las vírgenes que viven en un monasterio; 2. Las
vírgenes en los movimientos de vida evangélica;
3. La virginidad
consagrada según santo Tomás de Aquino (t 1274) - IV. Doctrina y
praxis de la consagración virginal del concilio de Trento al Vat. II: 1.
El concilio de Trento; 2. La encíclica "Sacra virginitas"; 3.
El Vat. II; 4. La praxis de la virginidad consagrada.
Aunque en este
Diccionario se reservan dos voces a la ilustración de / libros
litúrgicos concernientes a la vida de especial consagración a
Dios en la iglesia [/ Consagración de vírgenes; /
Profesión religiosa], no parece inútil detenerse, casi a
modo de introducción, en la historia de la virginidad consagrada,
presente en la iglesia desde sus orígenes, presencia que llega a
justificar, en cierto sentido, la existencia de un ritual para un estado
de vida no sancionado con un sacramento —mientras que una liturgia para
el estado de vida conyugal, al que "Cristo nuestro Señor
bendijo abundantemente" (GS 48) con el sacramento del / matrimonio, no
necesita apología—. Por eso el plan de lectura de la amplia
temática "vida de especial consagración y liturgia"
podría articularse de la siguiente manera: 1) Virginidad consagrada
en la iglesia (la presente
Virginidad
consagrada
voz); 2) /
Consagración de vírgenes; 3) / Profesión religiosa
(N.d.R.).
Prescindiendo del
caso particular de Jeremías, célibe por orden de Yavé (Jer
16,1-4), y quizá los casos de los profetas Elias y Elíseo, que,
según tradiciones eclesiásticas, vivieron en celibato ', y
de la posible presencia de célibes en la comunidad
esenio-qumramita2, la virginidad consagrada3 es una institución neotestamentaria,
específicamente cristiana, y constituye una forma de vida
constantemente presente en la historia de la iglesia.
I. La virginidad
en las comunidades apostólicas
No es nuestra
intención tratar aquí de la noción de virginidad en el
NT4, sino que simplemente deseamos poner de relieve cómo en las
comunidades apostólicas hombres y mujeres, siguiendo el ejemplo y el
consejo del Señor (Mt 19,10-12), vivían la continencia
voluntaria por el reino; sensible a los valores de la virginidad merced al
testimonio del Bautista, "el amigo del esposo" (Jn 3,29), la
primitiva tradición cristiana considera que el apóstol Juan, tipo
del perfecto discípulo del Señor, vivió en
virginidads; Pablo, convertido a Cristo, vive célibe para"
dedicarse por entero a la causa del evangelio y se convierte en teorizador
y propagador de la doctrina sobre la virginidad consagrada (1 Cor
7,1.7-8.2538); en la comunidad de Cesárea, el diácono Felipe
"tenía... cuatro hijas vírgenes, que profetizaban" (He
21,9)'.
Los datos
bíblicos no nos permiten indicar otros discípulos que eligieran
la virginidad por el reino; tampoco sabemos qué frutos obtuvo en
este campo la predicación de Pablo. De todas formas, algunos escritos de
virginidad
consagrada
2062
los padres
apostólicos, que nos lledos: el primero, desde el principio van
retrospectivamente a un tiempo hasta el concilio de Nicea (325); el
cercano al de los
apóstoles, nos insegundo, desde Nicea hasta la mitad forman de
comunidades paulinas y del s. vil. joaneas en las que florece la vida virginal:
Clemente Romano exhorta a
1. HASTA EL
CONCILIO DE NICEA
los corintios:
"El casto en su carne (325). A las alusiones escasas de los no se jacte de
serlo, sabiendo como padres apostólicos y a las también sabe que
es otro quien le otorga el sobrias de los primeros apologistas 7 don de la
continencia" (Ad Corinsigue, a partir del final del s. n, una
thios 38,2:
Padres Apostólicos, BAC
abundante
literatura sobre la virgi65, Madrid I9794, 213); Ignacio de nidad
cristiana. Se escriben las priAntioquía escribe a Policarpo,
discímeras obras monográficas sobre el pulo del
apóstol Juan y obispo de
argumento: los
Actos de Pablo y de
Esmirna: "Si
alguno se siente capaz
Tecla y
de permanecer en
castidad para honpseudo-Clemente, dos apócrifos de rar la carne del
Señor, que permafinales del s. II; los opúsculos El velo
nezca sin engreimiento" (Ad Poly-
de las
vírgenes, de Tertuliano, y El
carpum 5,2: BAC
65, p. 500); por su
vestido de las
vírgenes, de Cipriano;
parte, Policarpo
amonesta a los fili
el Diálogo
sobre la virginidad, de
penses: "Las
vírgenes caminen en in nu
Metodio de
Olimpo. Pero mástachable y pura conciencia" (Ad Phimerosas e
interesantes con frecuenlippenses 5,3: BAC 65, p. 665).
cia son las
páginas sobre la virginiTodo esto demuestra que la ensedad
contenidas en obras de temática
ñanza de
Jesús sobre la virginidad, más amplia y de diferente
género lidiametralmente opuesta a la de los terario (tratados
teológicos, escritos rabinos, fue acogida en las comunide
controversia, cartas, homilías...). dades apostólicas y
subapostólicas: De esta literatura se desprende en ellas, la
opción de la virginidad, que el testimonio de la virginidad va con
motivaciones cristológicas, asadquiriendo progresivamente imporcéticas
y escatológicas, es un dato de tancia en la vida de la iglesia: en la
hecho, objeto de atención por parte escala de los valores, los santos pade
los pastores, que ya ponen tamdres la sitúan inmediatamente desbién
en guardia a los fieles contra pués del testimonio de la sangre posibles
desviaciones y peligros en ofrecido por el mártir. A medida que
esta materia. remite
la persecución y la figura del mártir va perdiendo actualidad, el
virgen, y sobre todo la virgen, se hace el tipo más representativo de la
II. Las
vírgenes consagradas
santidad
eclesial: con su opción y su
en la edad
patrística
vida, la virgen vence
los estímulos negativos y los peligros del sexo, a La época de
los padres es particuveces sobrevalorados por algunos palarmente
importante en la historia dres y por las corrientes heréticas del de la
virginidad cristiana; en su tiemtiempo; vence asimismo el apego a po, el
ideal de la virginidad experila familia, y por tanto está en condimenta
un extraordinario florecimienciones particularmente favorables to y es
objeto de una notable pro-para seguir a Cristo (Le 14,26-27);
fundización doctrinal. En nuestra vence, por fin, el paganismo que la
exposición, de carácter necesariarodea, porque con la
fidelidad promente sintético, distinguiremos en la metida a Cristo
supera las lisonjas edad patrística dos grandes perío2063
de la
idolatría y con la autenticidad
de la vida
denuncia la corrupción del
mundo pagano.
Desde el punto de
vista eclesial, a las vírgenes, que seguían viviendo en sus
propias casas, se las considera como una categoría particular de fieles
(ordo virginum): por íntima vocación están dedicadas
al culto divino, y con frecuencia se les reconoce el carisma de
profecía; por el compromiso aceptado, tienen en la comunidad
una tarea de edificación y de ejemplo "para aquellos que ya son
fieles o para los que lo serán" (pseudo-Clemente, Carta a las
vírgenes 3,1: Funk 2,2); por su conducta santa, ellas, objeto de
una particular solicitud pastoral, son consideradas "flores que han
brotado en la iglesia [...], reflejo de Dios e impronta de la santidad del
Señor, porción elegida del rebaño de Cristo"
(Cipriano, El vestido de las vírgenes 3: CSEL 3/1, 189).
En la
patrística prenicena ya están presentes los temas principales de
la doctrina sobre la virginidad consagrada '. A partir de Tertuliano se explícita
el tema esponsal, que será característico de la
teología sobre la virginidad: refiriéndose a 2 Cor 11,2, los
padres ven en el propositum virginitatis un matrimonio entre Cristo (Dios)
y la virgen; a ésta se la llama
sponsa Christi,
Christo dicata, virgo Christo maritata, Deo nupta, sacrata Deo virgo...'
Así también se hace resaltar la relación entre la iglesia
y la virgen; relación de origen: la virgo sacra nace de la iglesia, que,
cual madre, imprime en la hija sus rasgos espirituales; relación simbólica:
la hija, en su triple condición de virgo sponsa mater, se hace signo
visible de la madre, la iglesia, virgen por la integridad de la fe, esposa por
la indisoluble unión con Cristo, fecunda por la muchedumbre de sus
hijos.
Los padres
prenicenos vieron también el valor de la virginidad como
Virginidad
consagrada
un retorno al
paraíso, o sea, a la condición de Eva originaria, virgen
pura; como expresión de apátheia o virtud entendida como dominio
de sí y ausencia de pasiones; como anticipación de la vida
futura, porque "en la resurrección no hay esposos ni esposas, sino
que son como ángeles en el cielo" (Mt 22,30). En ambiente
alejandrino se subraya el aspecto sacramental de la virginidad; para
Orígenes es un medio peculiar de participación en el misterio de
Cristo y de asimilación a su humanidad virginal; también es
"símbolo y tipo de la unión Cristo-iglesia", así
como "resultado de una intervención santificante directa de Cristo
y de la iglesia"l0.
No les
pasó desapercibida, finalmente, a los padres que la elección
por parte de Dios de una madre virgen para la encarnación del Verbo
constituía una precisa indicación sobre el valor y la
excelencia de la virginidad: "¿No sabes cuan sublime y
extraordinaria gloria se reserva a la virginidad?
Pero pese a la
alta estima de que goza la virginidad consagrada en la iglesia prenicena, a
propósito de ella se plantean numerosos problemas. Algunos son de
índole ascético-disciplinar: el peligro de que en el corazón
de la virgen se insinúen, como
2064
Virginidad
consagrada
elementos
corruptores, la presunción monio y virginidad consagrada, que y la
soberbia, de donde se siguen las se resuelven casi siempre con la misfrecuentes
exhortaciones de los pama afirmación: el primero es bodres a
la humildad y la vigilancia; num, pero la segunda es melius l2; de las
sospechas que rodean a la práctitodas formas, para apoyar esa docca
establecida en las iglesias de Áfritrina, los padres con
frecuencia, en ca y Siria del matrimonium spiritua-vez de recurrir a argumentos
teolóle —cohabitación de dos vírgenes de gicos,
se remiten a razones ascéticas diferente sexo—, que
determinarán y a motivos prácticos: comparan, en la rápida
abolición de esta instituapuntes que preludian los esbozos
ción a nivel canónico; el riesgo no caricaturescos de los ss.
iv-v, las mosólo hipotético de que la virgen falte lestias
del matrimonio con las ventaa su compromiso. Para los padres, jas de la
virginidad; pero no faltan la virgen consagrada que contrae maconfrontaciones
marcadas por una trimonio es traidora y, en especial, visión más
serena y equilibrada: adúltera, incestuosa, bígama: adúl"...
como aquella que, no casada, tera "no a un marido, sino a Cristo",
piensa en las cosas del Señor para
como dice
incisivamente san Cipriaser santa en el cuerpo y en el espíritu no
(El vestido de las vírgenes 20: —escribe Clemente
Alejandrino—, CSEL 3/1, 201); incestuosa, "sin así
también aquella que se ha casado duda, porque los demás
cristianos se ocupa, en el Señor, tanto de las con los que la virgen se
une son hercosas del marido como de las cosas manos de Cristo"";
bígama, o sea, del Señor, para ser santa en el cuerpasada a
segundas nupcias, y por tanpo y en el espíritu. Ambas, efectivato
considerada por el concilio de An-mente, son santas en el Señor, una
cira (314) como las mujeres que se como esposa, la otra como virgen"
casan dos veces
(can. 19: MANSÍ2, (Stromata III, 12,88,2-3: GCS Cle519), con todas
las consecuencias jumens Alex. 2,236-237). rídicas que de ello se
derivan. Otros Una disposición de la colección problemas son de
índole doctrinal: canónico-litúrgica compilada por Hilas
ambigüedades derivadas del hepólito hacia el 215 revela la
existen
cho de que la
estima hacia la virginicia de una problemática teológica y
dad prospera entre los movimientos disciplinar a propósito de la instituheréticos
que, condenando la mación de las vírgenes consagradas:
teria como
intrínsecamente mala "No se imponga la mano sobre la (marcionitas,
encratitas, diversas virgen: es únicamente su decisión la
sectas
gnósticas), rechazan la instique la hace virgen"
(Tradición apostución matrimonial y exaltan la castólica
12: SC U-bis, 68). De tal deci
tidad
estéril porque, a diferencia del sión se desprende que en algunos
lumatrimonio, no propaga la especie; gares se insinuaba la praxis o al me
los prejuicios
inadmisibles que a venos se sugería la hipótesis de la ces
se deslizan entre los autores orordenación sacramental de las
vírgetodoxos, como la reducción del camnes, a la manera
de la de los obispos,
po de la
concupiscencia únicamente los presbíteros y los diáconos
l3: la a la esfera sexual y la visión pesimisseca aclaración
de Hipólito elimina ta del matrimonio, que, apoyándose cualquier
duda al respecto. Pero por
en 1 Cor 7,8-9,
considera casi exclu
encima de la
delicada cuestión de la
sivamente como
remedio al mal peor imposición de manos, nos podemos de la
incontinencia. preguntar: en la iglesia prenicena A esta época se
remontan las prila emisión del voto de virginidad, meras
confrontaciones entre matri¿implicaba una celebración
litúr
2065
gica? Los
investigadores parecen excluirlo 14.
2. HASTA
Muchos escritos
sobre nuestro argumento proceden de ambiente alejandrino; uno de
ellos —el Discurso sobre la virginidad (TU 29,2; PG 28,252-281)—
parece obra auténtica de san Atanasio (f 373) ". El tratado,
escrito para las vírgenes consagradas que viven en la propia casa,
contiene preciosas normas de vida ascética.
Los dos hermanos
capadocios, san Basilio Magno (f 379) y san Gregorio de Nisa (f ca. 394),
nos han dejado páginas de gran valor sobre la virginidad: san Basilio
escribió una dolorosa Epistula ad virginem lapsam (PG 32,369-381), en la
que señala las obligaciones que se derivan del voto pronunciado
"delante de Dios, de los ángeles y de los hombres" (ib,
372) y la gravedad de la culpa que la virgen comete recurriendo a bodas
humanas; pero con el trasfondo de la parábola del hijo pródigo
(Le 15,11-32) presenta a la pecadora un perdón rehabilitador por el que,
arrepentida, podrá recuperar el "vestido anterior" (ib,
381); san Gregorio compuso el tratado De virginitate (SC 119; PG 46,317-416)
"para infundir en quienes lo lean el deseo de la vida virtuosa. Porque
[...] la vida secular está sujeta a muchas distracciones, nuestro
escrito Virginidad consagrada
no puede menos
que recomendar la vida basada en la virginidad como puerta de entrada a una
conducta más sabia" (SC 119; 246).
Otro capadocio,
san Gregorio Nacianceno (f 390), íntimo amigo de san Basilio, canta
repetidamente la virginidad cristiana en versos que a veces están
transidos de un verdadero sentimiento poético: In laudem
virginitatis (PG 37,521-573), Praecepta ad virgines (ib, 573-632), Ad virginem
(ib, 640-642). Escritos hacia el final de su vida, estos poemas constituyen
un sereno testimonio de la importancia de la virginidad en la vida de la
iglesia.
Basilio de Ancira
(t ca. 364), en Asia Menor, antiguo médico, escribió
también un tratado De virginitate (PG 30,669-809), en el que
ilustra con verismo los peligros que amenazan a la virginidad y se detiene
en los aspectos fisiológicos y dietéticos unidos a ella "\
En Siria se
recuerda, pese a las incertidumbres críticas que rodean su obra, a san
Efrén (f 373), autor de numerosos himnos, entre los cuales los
cincuenta y dos de la colección Hymni de virginitate et de
mysteriis Domini nostri (CSCO 94), en los que, tratando el tema de la
virginidad, se remite a las figuras de María,
San Juan
Crisóstomo (f 407), antioqueno, escribió quizá el
tratado más importante —De virginitate (SC 125: PG
48,533-596)— a nivel práctico, por la orientación pastoral
y la atención concedida a los aspectos éticos. Por el
equilibrio de sus posturas en la comparación entre la virginidad
consagrada y el matrimonio, ha merecido Ser llamado "defensor
del matrimonio y apóstol de la virginidad"l8. Para evitar posibles
escándalos y el pulular de sospechas escribió dos cartas de
contenido dis
Virginidad
consagrada
ciplinar y de
tono polémico: una contra los miembros del clero que tenían en
casa vírgenes consagradas
(Adversus eos qui
apud se haber» virgines subintroductas, PG 47,495513); la otra para
disuadir a las vírgenes regulares, dedicadas oficialmente al
servicio de la iglesia, y por tanto sujetas a leyes canónicas, de
hospedar de manera habitual a hombres (Quod regulares faeminae viris
cohabitare non
debeant, PG 47,513532)".
Los mayores
escritores de Occidente, san Ambrosio en Milán, san Jerónimo
en Palestina y Roma y san Agustín en Hipona, abogaron tanto como sus
colegas orientales por la defensa y exaltación de la virginidad
cristiana.
Las obras de san
Ambrosio (t 397) sobre este tema son numerosas y escritas con afecto
particular: en el 377, tres años después de su elección
episcopal, publicó los tres libros De virginibus ad Marcellinam sororem
(PL 16,197-244) que hicieron se le considerase "el clásico de
la antigüedad cristiana acerca de la virginidad"20 y la
más ambrosiana de
sus obras; pronto
le siguió, en 378, el tratado De virginitate (PL 16,279316), en el
que reafirma el valor de la virginidad y se defiende de la acusación
de exaltar demasiado el estado virginal; el De institutione virginis
(PL 16,319-348), del 392, deriva de una homilía pronunciada en Bolonia
para la velatio de la virgen
Ambrosia;
finalmente,
2066
ticas y
comentarios exegéticos, en cartas e himnos2I.
San
Jerónimo (f 419) es un apóstol y un acérrimo defensor
de la virginidad cristiana, pero no posee ni la atrayente suavidad de
Ambrosio ni la paciente humildad de Agustín. Cuando Jerónimo
escribe sobre la virginidad, frecuénteme"*; arrastrado por el
fuego de la polémica, rebasa los límites. Contra Elvidio,
que
para reforzar su
tesis contra el ascetismo y la virginidad, había afirmado que
María, después del nacimiento de Jesús, había
vivido conyugalmente con José, escribe el punzante opúsculo
De perpetua virginitate
b. Mariae (PL
23,193-206); igualmente contra el monje Joviniano, que igualaba en
mérito el estado virginal y el estado matrimonial, escribe los dos
libros Adversus Iovinianum (ib, 221-352), en los que confuta eficazmente
al adversario, pero parece despreciar el valor del matrimonio; el año
384 redacta la famosa Carta a Eustoquio (Ep. 22: CSEL 54,143
211),
exhortación vigorosa a la virginidad y pintoresca denuncia de los
peligros que la acechan;
gido a Eustoquio,
Jerónimo compone un nuevo tratado para una profesión
virginal,
(Ep. 130: CSEL
56,175-201), más virginitatis (PL 16,351-380) desarrobreve, menos
brillante, pero siempre lla una homilía pronunciada en Flovigoroso
en la convencida exhortarencia el 393 con ocasión de la dedición
a la virginidad consagrada22.
cación de
una basílica construida graLamentando no poseer una virtud cias a
la munificencia de la viuda que admiraba profundamente, san Juliana, a cuyos
hijos exhorta Am
orosio a abrazar
la vida virginal,
Agustín
escribió, en 401, el tratado f-ero independientemente de estas De sancta
virginitate (CSEL 41,233S eSpecifícas' el tema de la virgi-302),
obra maestra de la doctrina pa
trística
sobre el argumento, e,. el que
6Ce en 0tras
muchas
inculca la estima
y el amor de i¿ vir
£n*?ay Pa
smas ambrosianas:
en obras dogmáginidad sin despreciar el matrimo
2067
nio, y
enseña a cultivar la humildad para custodiar la pureza virginal del
corazón y del cuerpo. Pero indicaciones valiosas sobre la
virginidad se encuentran dispersas por otras muchas obras suyas, sobre
todo en los tratados De bono coniugali (ib, 184231), De continentia (ib,
139-183) y De bono viduitatis (ib, 303-343), que constituyen una especie de
"biblioteca agustiniana" sobre el ascetismo cristiano 21.
Además de
los tres grandes doctores, otros autores de Occidente han escrito
páginas notables sobre la virginidad. San Zenón de Verona (t ca.
371) en las homilías De pudicicia (CCL 22,8-14) y De continentia
(ib, 171-178), reafirma la doctrina tradicional de la superioridad de la
virginidad sobre el matrimonio; y para probarla se remite al ejemplo de
María "esposa y madre, sí, pero también virgen
después del matrimonio; y conservada tal precisamente porque
el Hijo no encontró privilegio más bello que regalar a su madre"24.
El tema del lamento por la virgen caída reaparece en el De lapsu
virginis sacratae (PL 16,367-384), atribuido a Nicetas de Remesiana
(después del 414). De ambiente pela
giano proceden
varios opúsculos no carentes de interés:
30,55-60), que
testifican la estima de que gozaba la virginidad incluso en un ambiente que se
iba alejando progresivamente de la ortodoxia.
Al final de la
edad patrística, san Fulgencio de Ruspe (f 533) con
Virginidad
consagrada
po-padre que
escribe un libellus de virginitate para la virgen-hija consagrada a
Cristo; en la línea de Cipriano y Ambrosio, de Jerónimo y
Agustín, la carta de san Fulgencio, tradicional y equilibrada en cuanto
a los contenidos, es a la vez exhortación y aviso, enseñanza
y regla de vida. En la misma línea, pero más rico de sugerencias
y más orgánico que el libellus de san Fulgencio, se encuentra el
áureo tratado De institutione virginum et de contemptu mundi (BAC
321, pp. 21-76), de san Leandro de Sevilla (t 600), escrito como regalo nupcial
para Florentina, hermana e hija espiritual del santo, con
ocasión de su consagración virginal. Por el carácter
normativo de sus disposiciones y por el tipo de problemas que afronta, propios
de la vida comunitaria, la carta de Leandro asume el tono y el aspecto de
una regla monástica, y como tal —Regula s. Leandri— se la
conoce precisamente.
En este punto nos
parece necesario aludir a algunas transformaciones en el modo de
vivir la virginidad consagrada que se perfilan en este período, y a
algunos aspectos que se definen con mayor claridad.
La virgo sacra se
transforma progresivamente en una sanctimonialis: el monasterio ocupa el
lugar de la casa paterna; a la autoridad del obispo se añade la de
la superiora; el servicio eclesial, desarrollado en medio de la comunidad,
es sustituido por el servicio monástico, llevado a cabo frecuentemente
en un lugar apartado, en régimen de separación de la vida
ordinaria de los fieles; la sequela Christi, vivida sin particulares
estructuras en la propia casa, es sustituida por una forma de seguimiento
minuciosamente programada por la regla, según las necesidades de la
vida común. A partir del s. iv se escriben numerosas reglas monásticas;
en la mayoría de los casos es
2068
tan compuestas
para hombres, pero ta la misma norma para
sucede con las
dos reglas más difunÁfrica son menos rigurosos: el condidas:
cilio de Hipona
(393) fija el límite 103,487-554) de san Basilio, en Orienmínimo
de edad en veinticinco años
te; y
75,1-165), en
Occidente. Pero no 149,33); y, poco después, el concifaltan reglas
escritas específicamenlio de Cartago del 318 modera aún te
para las mujeres: en 423 san Agus
más la
disciplina admitiendo a la
tín
escribe
consagración,
"en caso de nece57,356-371), en la que adapta su Residad",
también a vírgenes de edad
gula ad servos
Dei (PL 32, 1377inferior (Codex canonum Ecclesiae
1384) a las
exigencias particulares de Africanae 126: MANSI 3,822-823).
una comunidad
monástica femeniA través de Dionisio el Exiguo (f ca.
na; san
Cesáreo de Arles (f 542) re545), que introdujo esta norma en su
dacta los Statuta
sanctarum virgiafortunada Collectio Conciliorum,
num (G. Morin, S.
Caesarii opera
la praxis
africana pasó a ser general omnia II, 101-129), de particular imen
Occidente. Sobre los efectos de la
portancia porque
son la primera reconsagración virginal, la legislación gla
compuesta exclusivamente para de la época es sustancialmente unámujeres;
san Donato, obispo de Benime al considerar que crea un vínsancon
(f 660), compuso una Regula
culo matrimonial
entre la virgen y ad virgines (PL 57,273-298), en
Hombre inmortal),
público ante la
También a
partir del s. iv se perfisociedad civil y la comunidad eclela un
ceremonial para la consagrasial, garantizado por la iglesia y soción
de las vírgenes: tiene lugar ante metido a su disciplina. En este camel
obispo y la comunidad eclesial, po la praxis disciplinar de Roma, ordurante
un rito litúrgico bien definidinariamente más moderada que
la do y expresamente compuesto. Los de otras iglesias particulares, se catestimonios
al respecto son numeroracteriza por un cierto rigorismo, en sos y
explícitos: conocemos la fecha el que se debe ver sobre todo un sigy
el lugar de algunas celebraciones, no de su estima hacia la virginidad los
nombres de los obispos consaconsagrada: el papa Siricio (f 399) grantes y
de las vírgenes consagradas estableció que la monialis que hu
y las
líneas esenciales del rito. Pero biera faltado gravemente y con esde
todo esto se habla en / Consagracándalo al propositum castitatis
fueción de vírgenes, I. ra expulsada del monasterio y reclui
Los aspectos
jurídicos de la conda in ergastulis de por vida, para que
sagración se precisan con mayor cuicon lágrimas y
penitencias expiase dado. Por lo que se refiere a la edad su delito (Ad
Himerium episcopum
requerida, la
legislación no es uniTarraconensem 1: PL 13, 1137); el forme: en
Roma y Milán, la valorapapa Inocencio I (f 417), remitiénción
del requisito de la edad se deja dose por lo demás a Siricio, distinal
buen juicio del obispo; en España, gue entre las vírgenes que han
roto el concilio de Zaragoza (380) estalos esponsales con Cristo (que se
han blece como edad mínima cuarenta casado después de haber
formulado años (can. 8: MANSI 3,635); más el propositum, pero no
han recibido tarde el concilio de Agde (506) adopla consecratio) y las
vírgenes que han .'069
violado el
matrimonio con Cristo (que se han casado después de haber recibido la
consecratio): las primeras, habiendo faltado a la palabra dada al Sponsus,
deben hacer penitencia aliquanto tempore; las otras, adúlteras que
viven en adulterio permanente, no pueden ser admitidas a la penitencia
mientras dure su situación de convivientes con un hombre (Ad
Victricium episcopum Rotomagensem 15-16: PL 20,478-480); para el papa
Gelasio I (j 496), los matrimonios de las virgines lapsae son contratos
incestuosos y sacrilegos: para ellas, excluidas de la communio eclesial, no
queda otra vía de reconciliación que la penitencia
pública y prolongada; y si verdaderamente se muestran como penitentes
arrepentidas, podrán recibir el viático en punto de muerte
(Ad episcopos per Lucaniam, et Brutios, et Siciliam constituios 20: PL 59,54).
Estas
últimas anotaciones sobre el problema de las virgines lapsae y su
condición canónica no deben oscurecer el valor del
testimonio ofrecido por la iglesia de los padres sobre la virginidad
consagrada: testimonio práctico, porque las vírgenes, salvo
dolorosas excepciones, viven con autenticidad su consagración matrimonial
a Cristo; y la iglesia local por su parte rodea al ordo virginum, considerado
una novedad singular del cristianismo y una realidad eclesial de primera
importancia, de atenciones y cariño y, ayudándolo a nivel
económico, lo libra de excesivos apoyos materiales de orden temporal;
testimonio teórico, porque la reflexión sobre la virginidad
consagrada toca vértices que quedarán sustancialmente
insuperados; como decíamos en otro lugar [/ Consagración de
vírgenes, II], la concepción doctrinal que subyace a la moderna
liturgia de la consecratio virginum proviene en gran medida del pensamiento
teológico de los padres.
Virginidad
consagrada
III. Las
vírgenes consagradas en el medievo
La edad media no
ofrece elementos nuevos relevantes para la reflexión sobre la
virginidad consagrada. De todas formas nos parece necesario considerar,
aunque sea de manera sintética, el puesto que ocupan en la vida
eclesial las vírgenes que viven en los monasterios, la forma particular
de testimonio de las vírgenes —religiosas o laicas— que
viven su consagración a Cristo en el ámbito de los movimientos de
retorno a la vida evangélica y, finalmente, la contribución
de santo Tomás de Aquino a la definición de la naturaleza de la
consagración de las vírgenes.
1. LAS
VÍRGENES QUE VIVEN EN UN MONASTERIO. Del s. vn al s. XII se generaliza y
consuma el proceso al que ya se ha aludido, por el que la consagración
virginal viene a identificarse con la profesión monástica:
la virgo Deo sacrata es una sanctimonialis, y en concreto una claustralis.
La virginidad, aunque sea vivida como donación al Señor, por
parte de una mujer nubil que no entra en un monasterio, queda como un
hecho interior, que no recibe ningún reconocimiento: esa mujer no
recibe la consagración litúrgica, no accede al ordo virginum.
Desde el s. vn,
Sía^tavS^
qUe Una ™ujer
PUedan alcanzar
Vl**
Perfeccfó ^ p
rgen.
suPenor ala de una
*°EpoTtilZl^éti™,
^eterizábales de las 1 'Smo> n°re<*n los
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VÍrgenes cris
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imponen lihr 8ene s australes
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a vida de la
virgo sanctimonialis nos . 01recen obras compuestas por mujeres, y se
deriva de la triple y conjunta experiencia virginal monástico-hturgica
vivida con autenticidad, por lo que la vida de la virgen consagrada se
configura como una perenne liturgia nupcial: diálogo con el esposo
Cristo, cuya palabra se medita constantemente en la lectio divina;
oración incesante a él y con él, por
que en laescuela
de los padres la virgen ha aprendido que en la salmodia Cristo está
presente y en las voces del salterio reconoce frecuentemente la voz del
Esposo; banquete
nupcial, porque
se invita a la virgen a la mesa eucarística, donde se hacen presente in
mysterio las bodas de la cruz, y donde ella se alimenta con la carne del
Cordero y bebe su sangre, sangre en la que se ha lavado el traje nupcial de la
esposa (Ef 5,25-27; Ap 7,14); itinerario, porque a lo largo del año
litúrgico acompaña a su Se
ñor en el
viaje hacia la cruz y la gloria' vigilia de bodas, porque, según la
expresión evangélica, la virgen con la lámpara encendida
espera al Esposo que viene (Mt 25,6-7).
2070
De esta
espiritualidad exquisitamente litúrgica, que tiene sus
raíces más profundas en una lúcida conciencia del
significado matrimonial de la virginidad consagrada, son principales
representantes santa Matilde de Hackerborn (t J299), autora del
Líber specialis gratiae *, y santa Gertrudis de Helfta (f 1302), que
compuso dos obras
destinadas atener un gran éxito postumo y un influjo duradero
sobre todo en los países germánicos: los Exercitia spiritualia
(SC 127) y los cuatro libros del Legatus divinae pietatis (SC 139,
143,255)".
2. LAS
VÍRGENES EN LOS MOVIMIENTOS DE VIDA EVANGÉLICA. Durante
mucho tiempo, por tanto, la virgen consagrada se identifica con la claustral o
con la reclusa. Pero al surgir en la iglesia numerosos movimientos
espirituales, de índole laica
o religiosa, que
tenían como denominador común el retorno a la vida
evangélica (sencillez, pobreza, fraternidad, itinerancia opuesta
ala estabilidad monástica...), la virginidad consagrada halla
espacios nuevos y formas nuevas donde expresarse. En muchos casos las
vírgenes, aun permaneciendo como laicas, logran dar
se una
fisonomía propia y una tarea específica en la comunidad local:
visten con sencillez, son pobres, se mantienen con su trabajo, viven en
su propia casa o,
reuniéndose espontáneamente en pequeños grupos, viven
en casas modestas, rezan con los demás fieles en las iglesias
públicas y, a impulsos del amor de Cristo, se dedican a las obras de
misericordia, en especial al servicio de los enfermos a. Pero, más
frecuentemente, las vírgenes viven en el ámbito espiritual de las
Órdenes mendicantes que surgen a partir del final del s. xn, entre
las que destacan los Frailes Menores y los Frailes Predicadores, fundados
respectivamente, por san Francisco
2071
de Asís (f
1226) y santo Domingo de Guzmán (t1221); las vírgenes son
todavía laicas, adscritas a embrionarias Órdenes Terceras, o
bien se hacen religiosas en la correspondiente rama femenina. De todas
formas, a causa sobre todo de las condiciones sociales de la época, las
Órdenes mendicantes no consiguen expresar sino parcialmente un
módulo original de vida religiosa femenina; por lo que, tras
algunas vacilaciones, adoptan para sus vírgenes religiosas la forma de
vida claustral, con sus valores propios, pero también con los
condicionamientos que ella comporta; en efecto, quedan fuera de los muros
del monasterio algunos ele
mentos
característicos de la vida evangélica, como la itinerancia, la
inseguridad, el servicio directo a los más pobres; dentro delos muros
vige, en cambio, la misma tensión matrimonial vivida dentro de una
ordenación monástica más ágil: los miembros son
menos numerosos, el estilo de vida es más familiar y fraterno, el
desarrollo ritual de la liturgia menos amplio y solemne.
Pero en nuestro
caso interesa relevar que tanto lasvírgenes laicas como las
vírgenes religiosas-mendicantes no reciben la consagración
virginal: las primeras, porque desde hacía siglos se
había interrumpido la relación directa entre el obispo y las
vírgenes; más aún, éstas a veces viven en una
situación de larvada contestación frente a la
jerarquía M; las segundas, porque representan en cierto sentido una
ruptura con la vida monástica tradicional, en cuyo seno se había
conservado la consecratio virginum.
3.
Virginidad
consagrada
samiento de santo
Tomás, heredero de la reflexión patrística, y
todavía punto obligado de referencia para los teólogos.
Santo
Tomás, en el ámbito de la virtud de la templanza (S. Th. II-II,
q. 143),
considera la virginidad como una parte de la castidad, y por tanto eltratado
De virginitate (ib,
q. 152) sigue
inmediatamente al De castitate (ib, q. 151). Afirmado el valor y la
relatividad de la integritas carnis ("integritas corporalis membri per
accidens se habet ad virginitatem", q. 152, a. 1, ad 3), Tomás
hace consistir la virginidad, formaliter et completive, en el propósito
de abstenerse perpetuamente de los placeres venéreos por un motivo
teologal: por Dios, creador del cuerpo y del alma, a quien y por quien la
integritas carnis se consagra, se ofrece, se conserva. En esta
concepción parecen esenciales tres elementos para que la virginidad
pueda definirse cristiana: ladecisión consciente y responsable
(propositum); el motivo teologal (propter Deum, q. 152, a. 2, ad 1); la
perpetuidad de la oblación (in perpetuo), confirmada con el
correspondiente voto ("propositum voto firmatum", q. 152, a. 3, ad
4).
Por tanto, en el
pensamiento de santo Tomás es elemento esencial de la virginidad
cristiana su elección propter Deum. De este elemento el Aquinate
puntualiza un aspecto que afecta y atrae particularmente su reflexión:
la renuncia que la virginidad cristiana comporta se ordena —como
medio más adecuado— a la consecución de un fin
altísimo, la vida contemplativa, que es el bien supremo del alma.
"Ad hoc —dice Tomás, remitiéndose
explícitamente a 1 Cor 7,34— pia virginitas ab omni delectatione
venérea abstinet, ut liberius divinae contemplationi vacet"
(q. 152, a. 2, in
corp.). Pero la naturaleza de la virginidad se define también
en relación a la castidad, de la
Virginidad
consagrada
que es una parte.
La virginitas es una specialis virtus que va más allá de la
castitas, porque no se limita al recto uso de las facultades generativas, sino
que libre y radicalmente renuncia a ellas "ad vacandum rebus divinis"
(q. 152, a. 3, in corp.). La virginidad es, pues, un algo más que
se añade a la castidad, y su relación con ella —observa
finalmente santo Tomás— es como la relación de la
magnificencia hacia la liberalidad
(q. 152, a. 3, in
corp.). Respecto a la cuestión de la relación de valor entre
virginidad consagrada y matrimonio, santo Tomás, siguiendo a san
Agustín», afirma con decisión la superioridad de la primera
sobre el segundo. Afirmar lo contrario —recuerda el Aquinate—
sería recaer en el error de Joviniano. Para apoyar la doctrina tradicional,
santo Tomás aduce tres argumentos: el ejemplo de Cristo, "que
eligió
como madre a
a. 4, in corp.);
la enseñanza del Apóstol, que en 1 Cor 7,25-35 aconseja la virginidad
como un "bien mayor"; la superioridad del bonum anímete
y de la vida contemplativa, ob
jeto de la
virginidad, sobre el bonum corporis y sobre la vida activa, objeto del
matrimonio (ib).
Pero el amor a la
virginidad no lleva a santo Tomás a sobrevalorarla. Con la antigua
tradición, él recuerda que una virgen, por el mero hecho de
serlo, no es mejor que un casado: prescindiendo de los términos
teológicos de la cuestión, es necesario considerar en
concreto el animus con el que cada uno de ellos vive el propio estado y el
grado de virtud que ha alcanzado (cf q. 152,
a. 4, ad 2).
Santo Tomás se guarda mucho asimismo de considerar la virginidad
consagrada como la máxima virtud: ella es virtud máxima in genere
castitatis, o sea, solamente en relación a la castidad conyugal y a la
2072
continencia de
las viudas; porque —precisa— el martirio y también la vida
monástica son superiores a la virginidad.
Queda por
considerar si, según santo Tomás, la consagración virginal
realiza en quien la recibe una nueva condición sacral. El Doctor Angélico
no trata la cuestión en el ámbito litúrgico y laical
propio de la consecratio virginum, sino en el jurídico y religioso
de la profesión monástica. Ahora bien, en este ámbito
su respuesta es afirmativa: la sollemnitas del voto de continencia profesado
por los religiosos, al que es asimilable el propositum virginitatis formulado
por las vírgenes, no consiste en el aparato exterior del rito socioreligioso
que sanciona el paso de un
fiel a una nueva situación
de vida sino en un elemento espiritual, actuado por Dios (cf q. 88, a. 7,
¡n corp.), o sea, "in quadam consecratione seu benedictione
voventis"
(q. 88, a. 11, in
corp.). Esa benedictio crea efectivamente una nueva condición
sacral: se puede perder p 0 r propia infidelidad grave; pero de ella
—añade santo Tomás, citando una decretal de Gregorio IX
"— no puede dispensar ni siquiera el papa, p 0r que
así como ningún prelado puede hacer que "un cáliz
consagrado deje de estar consagrado si permanece intacto" (ib),
así "multo minus hoc p 0 test faceré aliquis praelatus,
ut homo Deo consacratus, quando vivit, consecratus esse desistat"
(ib).
La doctrina del
Aquinate sobre la virginidad consagrada, límpida v ponderada no
carecerá de críticas negativas. Pronto observarán algu_
nos que carece de garra frente a )a patrística: los términos
caritas y <#_ lectio, frecuentes en los escritos de los padres para indicar
la razón última por la que una discípula abraza el
estado virginal, están prácticamente ausentes en la q. 152,
dedicada a la virginidad. De todas formas
2073
en otros lugares
santo Tomás es un fiel .continuador de la concepción
patrística de la virgen como sponsa Christi; hablando expresamente de la
consagración virginal, afirma: "La consagración es en cierto
modo un matrimonio espiritual con Cristo, por medio del cual se representa el
matrimonio del mismo Cristo con la iglesia, en cuanto a su incorrupción,
y por eso solamente el obispo, a quien está encomendado el cuidado de la
iglesia, desposa a las vírgenes como mediador del esposo" (Sent.
lib. IV, dist. 38, q. 5). Otros, sobre todo en tiempos recientes,
discutirán la doctrina tomista sobre la indispensabilidad del votum
coníinentiae y la del valor sacralizante de la pro
fesión
religiosa.
IV. Doctrina y
praxis de la consagración virginal del concilio de Trento al Vat. II
Para los siglos
que van del concilio de Trento (1545-63) al Vat. II (1962-65)
consideraremos la doctrina de la sesión tridentina, el pensamiento
de la encíclica Sacra virginitas, de Pío XII (t 1958); la
enseñanza del Vat. II y, finalmente, algunas expresiones acerca del
modo en que se entendió y vivió la virginidad consagrada.
1. EL CONCILIO DE
TRENTO. La grave perturbación doctrinal y disciplinar producida por
la reforma protestante afectó también a la doctrina sobre la
virginidad consagrada. El pensamiento de los grandes maestros de la
reforma era diametralmente opuesto al de la tradición
católica: mientras ésta mantenía la superioridad de
la virginidad consagrada sobre el matrimonio, aquélla
enseñaba que "matrimonium non postponendum, sed anteponendum
castitati" ».
Virginidad
consagrada
E. Ferasin
sintetiza eficazmente el pensamiento de los teólogos de la reforma en
estos términos: "El celibato y la virginidad no son, como
enseña la iglesia católica, un genuino y legítimo valor
cristiano, y tanto menos constituyen un estado superior al matrimonio.
Ciertamente, la continencia es un don de Dios, pero constituye tal milagro
y tal excepción que no se verifica casi nunca; el signo cierto de
que no se tiene tal don es el hecho de que normalmente el hombre arde de
concupiscencia. La condición normal del hombre caído exige, por
tanto, como remedio moral, el matrimonio: es un mandato divino y
vocación universal terrestre; por tanto, deber e ideal del hombre. Los
que se imponen la virginidad y la continencia como un estado de vida
que comporta una mayor perfección y un mayor mérito cumplen
un acto presuntuoso y farisaico, opuesto a la humildad de la fe fiducial,
siendo aquél un don exclusivo de Dios imposible de conquistar con
las fuerzas humanas" ".
Se comprende que,
ante tales pro
posiciones, que
daban al traste con
una
enseñanza y una praxis secula
res, el concilio
de Trento haya senti
do la necesidad
de reafirmar la doc
trina tradicional
y de oponer un di
que resistente a
la expansión del
error.
Efectivamente, el concilio des
de 1547, en el
contexto de la confu
tación de
los errores sobre el matri
monio, se
había ocupado del valor
de la virginidad
cristiana. Pero sólo
en 1563, ante el
final inminente de
los trabajos,
formuló el propio pen
samiento en el
can. 10 del Decr. de
sacramento
matrimonii: "Si alguno
dijera que el
estado de matrimonio
debe anteponerse
al estado de virgi
nidad o celibato;
y que no es mejor
y más
santo permanecer (manere)
en virginidad o
celibato que unirse
en matrimonio,
sea anatema" (DS
1810).
Este canon ha
ejercido una gran influencia en la reflexión teológica
postridentina sobre las relaciones entre virginidad y matrimonio.
Según él, la doctrina de la superioridad del estado virginal
sobre el conyugal se calificaba como doctrina de fe definida. En nuestro
tiempo, en el ámbito de la revisión hermenéutica de
los documentos magisteriales, el canon tridentino ha sido objeto de una atenta
relectura. En cualquier caso, para una correcta interpretación, es necesario
ante todo retener dos elementos como adquiridos: que el concilio, al
redactar el canon, lo que pretendía era formular un enunciado
teórico encaminado a salvaguardar la pureza de la fe contra
errores y desviaciones, y no simplemente adoptar una posición
pastoral; que la iglesia del s. xvi pretendió también afirmar la
superioridad efectiva de la virginidad cristiana sobre el matrimonio. Esto
constituye, a nuestro parecer, la primera regla hermenéutica que hay que
aplicar a este can. 10. Dicho esto, y teniendo muy en cuenta el particular
contexto teológico y el ambiente polémico en que se
redactó el canon, hoy se considera "infaliblemente cierto,
porque fue definido, que la negación protestante va contra el
sentido cristiano auténtico del matrimonio y de la virginidad; por
el contrario,
debe considerarse infaliblemente cierto el carácter cristiano
de la afirmación tradicional. En cambio, no se precisa [...]
cuánto en esa afirmación homogénea con el espíritu
cristiano sea formalmente revelado y cuánto en cambio representa
una formulación de este dato, en la que se contengan suposiciones implícitas
que en cuanto tales pueden no pertenecer a la fe y hacer, por tanto,
contingente también una determinada expresión
tradicional" u. En otros términos: el canon tridentino se
limita a repetir, en polémica con los reformadores, la superiori
2074
dad de la
virginidad sobre el matrimonio y a confirmar la obligación de
permanecer en el estado virginal para quien responsablemente lo haya abrazado.
El canon, por tanto, no cubre con su autoridad ni los argumentos
tradicionales adoptados en las discusiones conciliares, muchos de los
cuales hoy parecen insuficientes; ni la visión pesimista de la
sexualidad humana, que subyace a la reflexión teológica de la
época; ni el planteamiento de la comparación entre los dos
estados en términos de perfección e imperfección; ni
vincula la exégesis de 1 Cor 7,25ss35.
2.
Matriz de los
errores denunciados por Pío XII era un renaciente naturalismo,
incapaz de comprender la realidad de la virginidad y del matrimonio
cristiano en el plano de la fe. Pese a partir de otros presupuestos, llevaba en
algunos casos a los mismos errores de los reformadores protestantes. Esos
errores eran: la aseverada imposibilidad para el hombre de frenar el
instinto sexual sin detrimento de su equilibrio psicofísico y, en
consecuencia, la afirmación de la absoluta necesidad de la vida
conyugal para la consecución de la plena maduración de la persona;
la capciosa argumentación según la cual el matrimonio es un
"instrumento más eficaz aún que la misma virginidad
para unir las almas a
2075
Dios, porque el
matrimonio cristiano es un sacramento y la virginidad no lo es" *; la
opinión según la cual "la ayuda mutua que buscan los esposos
en el matrimonio sea un medio de santidad más perfecto que la
soledad del corazón de las vírgenes y de los
célibes"3'.
Contra estos
errores reaccionó Pío XII, afirmando enérgicamente la
superioridad de la virginidad sobre el matrimonio: "Esta doctrina, que
establece las ventajas y excelencias de la virginidad y del celibato sobre el
matrimonio, ya fue puesta de manifiesto por el divino Redentor y por el
Apóstol de las gentes... Y, asimismo, en el concilio de Trento fue
solemnemente definida como dogma de fe divina, y siempre fue
enseñada por el unánime sentir de los santos padres y doctores de
la iglesia"'8. Pero, según el parecer de varios comentaristas,
la encíclica, respecto al canon tridentino y al conjunto de la
tradición, no aportó argumentos nuevos a favor de la
superioridad del estado virginal.
En la primera
parte del documento, para ilustrar la excelencia de la virginidad
consagrada, Pío XII había aportado argumentos tradicionales
y prácticos: "La abstinencia perfecta del matrimonio
desembaraza a los hombres de cargas pesadas y de graves obligaciones" '*,
mientras que "las almas [de los casados] están como divididas entre
el amor de Dios y el amor del cónyuge, y sometidas a duras preocupaciones
que a causa de los deberes del matrimonio difícilmente les permiten
dedicarse a la meditación de las cosas divinas" ™; "una
completa renuncia a los placeres de la carne... [consiente] gustar mejor
las elevaciones de la vida espiritual"4I; efectivamente, el uso de la
sexualidad, aun legítimo en el matrimonio y santificado con un
sacramento, impide al hombre caído después del pecado
de Adán —como Virginidad consagrada
observa santo
Tomás, a quien el papa cita— "que se entregue totalmente
al servicio de Dios" «; la gran conveniencia, en el caso de los ministros
sagrados, entre la continencia perfecta y el ministerio del altar y de la
caridad ".
Estos argumentos,
observan los comentadores del documento, no prueban una superioridad
intrínseca de la virginidad sobre el matrimonio. Por tanto, la
teología no puede sustraerse a la tarea de buscar en la estructura
sobrenatural de los dos estados las razones de la superioridad de uno
sobre otro; ni a la de profundizar los motivos por los que la sensibilidad
cristiana manifieste una instintiva repugnancia a ver antepuesto el
matrimonio a la virginidad, preguntándose si en el origen de
esa actitud no hay también una concepción reductiva del matrimonio
como simple remedium concupiscentiae.
Pero los mismos
comentaristas iluminan los aspectos positivos de la encíclica: la
denuncia del carácter no cristiano de la mentalidad combatida por
lo que se refiere tanto a la concepción del matrimonio como a la
noción de virginidad; la forma de plantear la comparación entre
virginidad y matrimonio, no oponiéndolos, sino considerándolos
como "dos modos cristianos (y humanos) de tomar postura ante la vida
sexual"44; la defensa de la virginidad "por el reino de los
cielos" como opción de fe y como condición de vida que
permite la plena realización humana del sujeto; la exigencia de que
la valoración del matrimonio cristiano tenga lugar en el ámbito
de una visión cristiana de la sexualidad, no fuera de ella o contra
ella; la necesidad de que la perfección en el matrimonio se conciba
y busque en términos de perfección cristiana, y no de otras
formas; la advertencia de no considerar con ligereza la enseñanza
tradicional acerca de la superioridad de la virginidad sobre el
matrimonio4S.
3. EL VAT. II.
Aun sin hacerlo objeto de un tratado específico, el Vat. II ha hablado
de la virginidad cristiana en varios documentos: en los ce. 5 ("Universal
vocación a la santidad en la iglesia") y 6 ("Los religiosos")
de la constitución LG, sobre la iglesia; en los decretos PC, sobre
la renovación de la vida religiosa; PO, sobre el ministerio y vida
de los presbíteros, y OT, sobre la formación de los candidatos al
sacerdocio. Del conjunto de los textos resulta que el Vat. II se
sitúa sustancialmente en la línea de la tradición, y
con ella repite la superioridad de la virginidad sobre el matrimonio:
"Conozcan debidamente los alumnos las obligaciones y la dignidad del
matrimonio cristiano, que simboliza el amor entre Cristo y la iglesia
(cf Ef 5,32s); pero comprendan la excelencia mayor de la virginidad consagrada
a Cristo" (OT 10).
Entre los medios
de santificación ofrecidos por el Señor a la iglesia,
único e indivisible pueblo de Dios, está la virginidad.
Ésta sobresale entre los "múltiples consejos que el Señor
propone en el evangelio para que los observen sus discípulos" (LG
42) y es un regalo precioso de la gracia concedido a algunos, para que
más fácilmente, con el corazón indiviso, se consagren
sólo a Dios (cf ib). El don de la virginidad no es prerrogativa de este
o aquel componente eclesial, sino que es un bien de toda la iglesia; en
efecto, la condición virginal la viven los laicos (cf AA 4; 22),
los religiosos (cf LG 43; 46; PC 12) y los ministros sagrados (PO 16). La
elección del estado virginal se funda en la enseñanza de
Cristo y en su ejemplo y el de
La virginidad
consagrada tiene 2076
una
función múltiple de signo: del amor sobrenatural a Dios y a los
hombres (cf LG 42; PC 12) y del "mundo futuro, que se hace ya presente
por la fe y la caridad, en que los hijos de la resurrección no tomarán
ni las mujeres marido ni los hombres mujeres" (PO 16). Es fuente de
fecundidad espiritual, medio eficacísimo para la dedicación
al servicio divino (cf PC 12) y a la tarea apostólica (PC 12; PO 16);
lejos de constituir un obstáculo para la maduración de la
persona, es más bien "un bien de toda la persona" (PC 12) y
dispone a los que la abrazan "para recibir más dilatada paternidad
en Cristo" (TO 16).
El Vat. II,
remitiéndose a los padres, encuadra el misterio de la virginidad
consagrada en el ámbito de la relación entre Cristo y la iglesia,
que a su vez imita la actitud de
El concilio no
trata directamente del valor consecratorio de la virginidad profesada por
motivos sobrenaturales. Pero frecuente e intencionadamente emplea el
término consecratio a propósito de la profesión
religiosa (cf LG 44; 45; PC 1; 5; 11; AG 18) y del celibato sacerdotal (cf PO
16), o sea, de dos estructuras eclesiales que tienen la virginidad como un
componente de primera importancia. Refiriéndose a los religiosos,
el concilio afirma: "Entregaron [...] su vida entera al servicio de
Dios, lo cual constituye sin duda una
2077
especial
consagración, que radica íntimamente en la
consagración del bautismo y la expresa con mayor plenitud" (PC 5);
respecto a los presbíteros de rito latino escribe: "Por la
virginidad o celibato guardado por amor del reino de los cielos, se consagran
los presbíteros de nueva y excelente manera a Cristo, se unen
más fácilmente a él con corazón indiviso, se
entregan más libremente, en él y por él, al servicio de
Dios y de los hombres" (PO 16).
En los
años posconciliares se ha discutido mucho sobre la naturaleza de esa
consecratio, a saber: si es de índole subjetiva (compromiso de la
voluntad de dedicarse completamente y por siempre al servicio de Dios),
o bien objetiva
(acción divina que produce en el sujeto una nueva condición
sacral)". Pero la discusión no ha llegado a conclusiones ciertas,
umversalmente aceptadas. De todas formas, sobre dos puntos el
consenso es general: la consagración virginal (religiosa) se funda sobre
la consagración bautismal ("radica íntimamente en
la consagración del bautismo", PC 5), pero no es
ontológicamente una consagración más radical que la
que produce el bautismo-confirmación; ni siquiera se identifica con
ella, sino que "la expresa con mayor plenitud" (PC 5), es un desarrollo
peculiar en la línea de la conformación con Cristo virgen,
ratificado por el Espíritu, invocado por la iglesia en la
acción litúrgica (cf LG 45). En esta perspectiva no parece posible
ver en la consecratio virginal (religiosa) un simple compromiso de la
voluntad, aun expresado dentro de un bien definido contexto
jurídico y eclesial.
Queda por
reseñar la actitud del Vat. II frente a la doctrina de la superioridad
de la virginidad consagrada sobre el matrimonio. Es necesario
advertir que el concilio tampoco en este caso ha tratado la
cuestión
Virginidad
consagrada
ex professo, sino
que se ha limitado a repetir la doctrina tradicional en un texto —se
observa— de importancia menor: una exhortación a los
aspirantes al sacerdocio (cf PO 16). Varios comentadores, basándose en
una serie de indicios, creen poder afirmar que sobre este punto la actitud
del concilio ha sido más circunspecta, es decir, menos propensa a
una repetición acrítica de la doctrina tradicional47.
Según E. Ferasin, por ejemplo, el concilio, aun conservando
"la formulación tradicional de la mayor perfección del
estado virginal", no oculta "la preocupación de recortar
toda afirmación que se refiera a la preeminencia del estado de
virginidad con afirmaciones igualmente válidas y positivas acerca
de la vida matrimonial" «. Según otros, la superioridad de la
virginidad sobre el matrimonio se refiere no tanto al estado cuanto a la
persona: para quien ha sido llamado, para quien ha recibido el don, para
él la virginidad es superior al matrimonio.
Los indicios de
la actitud circunspecta por parte del Vat. II serían: las
referencias a los textos clásicos de la biblia sobre el argumento (Mt
19,11 y 1 Cor 7,7) introducidos con un simple confer; la peculiar
solución dada al tema del corazón indiviso (la ecuación
tradicional: casados = corazón dividido, vírgenes-— corazón
indiviso, la sustituye el concilio por la simple afirmación de que la
opción virginal hace más fácil [facilius] la
indivisión del corazón [cf LG 42]); la ausencia de citas del
canon tridentino (DS 1880) y la escasez de referencias a los padres y a la
encíclica Sacra virginitas; el recurso al empleo de los adverbios
de grado comparativo (facilius, liberius, expeditius, pressius, clarius,
plenius, intimius...), que parecen sugerir más una referencia a la
persona que escoge la virginidad que al estado de virginidad en sí
mismo"'.
Se trata en
conjunto de observaciones perspicaces, sugeridas por el estudio directo de
las actas conciliares. Pero dada la delicadeza de la materia, nos parece
que algunos indicios deben verificarse más; según nuestra
opinión, por ejemplo, no se debe dar excesivo peso a la ausencia de cita
del canon tridentino o a la escasez de referencias a
4.
•
virginidad vivida sin consecratio. En el s. XVI perdura la
situación que ya hemos recordado tantas veces: la virginidad
consagrada, oficialmente reconocida, es propiedad exclusiva de la
vida claustral; pero el uso de la consecratio virginum ha desaparecido
casi por completo. El célebre canonista A. Barbosa (f 1649),
en su Ius ecclesiasti
2078
cum universum,
escribe: "Advertas quod consuetudo benedicendi virgines non amplius
est in usu"50;
de todas formas,
en el Pontificóle promulgado por Clemente VIII en 1595 sigue
apareciendo el rito de la consagración de las vírgenes;
así pues, este rito está plenamente en vigor desde el punto
de vista tanto jurídico como litúrgico. Pero la praxis no
cambia; el rito, de hecho, no se usa sino excepcionalmente. Los canonistas
e historiadores de la liturgia, en efecto, como si quisieran subrayar el
carácter excepcional del rito, se complacen en citar algunos casos
esporádicos de consagración, ocurridos en los ss. xvn-xvmir;
la vida religiosa
sale de la clausura. Tras algunos intentos frustrados
(piénsese en
2079
secratio a los
ojos de las nuevas familias religiosas parece un rito arcaico y
lejano, aparatoso y aristocrático, una institución de otros
tiempos y de otra mentalidad. Y si, aquí o allí, se
insinúa la posibilidad de recibir la consecratio, no falta la oportuna
toma de posición de los canonistas, que recuerdan viejas prohibiciones y
advierten: estas religiosas no son claustrales; su virginidad, por
tanto, no está suficiente
mente defendida,
en tales condiciones de riesgo la iglesia no puede proceder a la
consagración. Además, en esta época la consecratio virginum
se valora frecuentemente de forma negativa desde el plano teórico:
en la comparación entre professio y consecratio pierde esta
última; en efecto, al carecer de algunos elementos propios de la
primera (votos de pobreza y de obediencia, observancia de una regla,
práctica de la vida común), no sitúa a la virgen en un
estado de perfección y, por tanto —dicen algunos— es poco
más que una simple ceremonia;
• el 15 de
agosto de 1868; por iniciativa de dom P. Guéranger y con la
autorización de Roma, las primeras siete monjas del nuevo monasterio
de Santa Cecilia de Solesmes recibieron la consagración virginal
según el rito del Pontificóle Romanum, adaptado por el mismo
dom Guéranger, que fundió en una celebración
única \aprofessio monástica y la
consecratio virginum 52. El prestigio del célebre abad y gran
liturgista y el creciente influjo que la abadía de Solesmes
ejercía sobre el monacato benedictino, y en general sobre el mundo
monástico, hicieron que la consagración de Solesmes no quedara
como un hecho aislado, sino que marcase la recuperación de la antigua
costumbre: desde entonces, por sucesivas concesiones de
Virginidad
consagrada
se hizo praxis
normal en muchos monasterios de benedictinas ";
desde los
comienzos del s. xx se difunde entre las mujeres laicas la conciencia del valor
de la consagración virginal. Varios factores han ayudado a crearla:
el reflorecimiento de los estudios patrísticos, las aportaciones
del movimiento litúrgico, la creciente atención que la
jerarquía eclesiástica dedica al apostolado de los laicos. En una
palabra, las mujeres laicas que se sienten llamadas a consagrar a Cristo
la propia virginidad desean salir de los esquemas subalternos en los que
viven su condición de vírgenes: voto de castidad
meramente privado, pronunciado con la autorización del confesor;
inscripción en una pía asociación, que compensa la falta
de pertenencia a una familia religiosa. Como consecuencia de la renovada
toma de conciencia, son cada vez más frecuentes las peticiones
dirigidas a Roma de consagración de mujeres que viven en el mundo, de
manera que
estas prohibiciones no debilitan, de
todas formas, el movimiento en marcha, la voluntad de vivir eclesialmente,
aun en la condición secular, el carisma de la virginidad. Ese movimiento
se refuerza con la progresiva consolidación de los institutos seculares,
en los que la profesión de la castidad por el reino de los cielos es
obviamente un componente esencial.
Virginidad
consagrada
El 2 de febrero
de 1947 Pío XII, con la constitución Provida Mater Ecclesia,
define la posición jurídica de los institutos seculares y
reconoce que sus miembros viven en un estado de perfección; el Vat.
II, por su parte, revisando la terminología, prefiere usar la
expresión estado de consagración, pero reconoce que " los
institutos seculares, aunque no sean institutos religiosos, llevan, sin
embargo, consigo la profesión verdadera y completa, en el siglo, de
los consejos evangélicos, reconocida por la iglesia" (PC 11). En
cualquier caso, los institutos seculares femeninos parecen mostrar un
tibio interés hacia la consecratio virginum, sea porque en la
época de su primera constitución estaban en vigor las
prohibiciones de Pío XI y Pío XII, sea porque la profesión
de los miembros de los institutos, aunque sea perpetua, queda expresamente
oculta al exterior, mientras la consagración prevista por el
Pontificóle Romanum es una celebración eminentemente
pública y diocesana;
• las
últimas intervenciones de la jerarquía en relación con la
consagración de las vírgenes son: la disposición
del Vat. II de someter a revisión "el rito de
consagración de vírgenes, que forma parte del Pontifical
Romano" (SC 80), y la sucesiva promulgación del Ordo Consecratio
Virginum (31 de
mayo de 1970), para cumplir el mandato conciliar. El nuevo Ordo, dando la
vuelta a ciertas posturas aún recientes, devolvía a las
mujeres laicas la posibilidad de recibir la consagración virginal.
NOTAS: ' El
celibato de Elias y de Eliseo no lo atestigua formalmente
2080
recubren, aunque
sólo sea parcialmente, la misma realidad (virginidad cristiana,
castidad perfecta, celibato consagrado, celibato por el reino, virginidad
fecunda...), nosotros usaremos preferentemente la de virginidad
consagrada, dada su especificidad y su corte litúrgico — 4 Para
una aproximación al tema, cf L. Legrand, La domina bíblica della
verginitá, Borla, Turín 1965; F. Festorazzi, Matrimonio e
verginitá nel
2081
además del
estudio citado en la nota anterior: A. Moulard, St.-Jean Chrysostome. La vie,
son oeuyre, Procure genérale du Clergé, París 1941,
158-187; H. Musurillo, Introduction genérale a la ed. del De
virginitate, en SC 125, 7-75; G. Oggioni, a.c, 248-273 —M G. Coppa,
Notastorica, en san Ambrosio, Opere, Utet, Turín 1969, 93 —
21 Para una síntesis de la doctrina ambrosiana sobre la virginidad,
cf V. Grossi, La verginitá negli scritti dei padri. La sintesi di s.
Ambrogio: gli aspetti cristologici antropologici ecclesiali, en VV.AA., //
celibato per il Regno (nota 4) 131-164; G. Oggioni, a.c, 286-306 — 22 Cf
D. Dumm, The theological Basis of Virginily according to St. Jerome, St.
Vicent Archabbey, Latrobe 1961; V. Recchia, Verginitá e martirio
nei "colores"di s. Girolamo, en Velera christianorum 3 (1966) 45-68;
G. Oggioni, a.c, 314-321 — 23 Cf M. Agterberg, "Ecclesia-Virgo".
Étude sur la virginité de l'église et des fideles
chez st.-Augustin, Institut historique augustinien, Heverlé-Lovaina
1960; J. Heerincke, Divi Augustini tractatus "De sancta virginitate",
en Ant 1931, 37-58; G. Oggioni, a.c. 323379; D. Riccardi, La
verginitá nella vita religiosa secondo la dottrina di s. Agostino,
Marietti, Turín 1961 —
66
Virginidad
consagrada
228 — 35
Ib, 226-228. Al can. 10 le ha dedicado un estudio pormenorizado E. Ferasin,
Matrimonio e celibato al concilio di Tremo, Pontificia
Universitá Lateranense, Roma 1970 —
36 31 3S
AAS 46 (1954) 176
— Ib, 176 — Ib,
3 40 4'
174 —' Ib,
68 — Ib, 168 — Ib, 169 — 42 Ib, 169; S. 77i. II-II, q. 186,
a. 4 — « Cf ib, 169-172 — " G. Moioli, a.c. (nota 34)
232 — 45 Cf ib, 233-234; A.M. Triacca, "Verginitá cristiana"
e "matrimonio cristiano", en VV.AA., II celibato per il Regno (nota
4) 118-129 — * Cf
A. Boni, La vita
religiosa nel suo contenuto teologale, en Vita consacrata 7 (1971) 265-276; Id,
Note storico-giuridiche sul concetto di consacrazione nella professione
religiosa. Ib, 8 (1972) 666-682 (entre los negadores de la consagración
objetiva); P. Molinari, Divino obsequio intimius consecratur, Ib, 7 (1971)
417-430; Domino se peculiariter devovet et divino obsequio intimius
consecratur, Ib, 8 (1972) 401-432; P.R. Régamey, Consacrazione
religiosa, en DIP II (1975) 1607-1613 (entre los sostenedores de una
consagración "objetiva" obrada por Dios) — 41 Cf G.
Moioli, a.c, 234-248; E. Ferasin, a.c. (nota 33) 247-252 — " E.
Ferasin, a.c, 237 49 "Sin embargo, la formulación
'comparativa' en el presentar el valor de la opción celibataria
o religiosa a
menudo es de orientación descriptivo-personalista, es decir, que se
plantea no a partir del análisis del don de la gracia, sino del hombre
que hace su donación y vive su respuesta de caridad" (G.
Moioli, a.c, 247). La misma línea personalista sigue K. Rahner, Sobre
los consejos evangélicos, en Escritos de Teología VII, Taurus,
Madrid 1969, 449ss -» Lib. I, ce. 44, n. 21 — !l Cf R. Metz, o.c
(nota 9) 342343 — i2 Ib, 343-344. El rito preparado por dom
Guéranger fue expresamente aprobado por Pío IX el 21 de
¡unió de 1876 en una audiencia concedida al card. G.B. Pitra
— 53 Cf G. Escudero, Virginidad y liturgia, Cocuisa, Madrid 19632
— » Cf AAS 19 (1927) 138-139 — " Cf/MS43(I951) 15-16.
I.M. Calabuig-R.
Barbieri
BIBLIOGRAFÍA:
Castellano J., Consagración, en DE 1, Paulinas, Madrid 1983, 458-460;
Gozzelino G., Vida consagrada, en DTI4, Sigúeme, Salamanca 1982,
640-668; Legrand L., La doctrina bíblica de la virginidad, Verbo
Divino, Estella (Navarra) 1969; Moioli G., Virginidad, en DE 3, Herder,
Barcelona 1984, 591-600; Rahner K., Sobre los consejos evangélicos, en
Escritos de Teología 7, Taurus, Madrid 1967, 435-468; Thurian M.,
Matrimonio y celibato, Hechos y Dichos, Zaragoza 1966; Vizmanos F. de B., Las
vírgenes cristianas de
jer y Matrimonio.
PEQUEÑO
VOCABULARIO LITÚRGICO (por A. Nosetti, C. Cibien y J. M.
Cañáis)
En este
vocabulario se encontrarán muchas palabras que tienen una adecuada
explicación en los artículos correspondientes a las voces del Diccionario,
a las que remite la flecha (/) que precede al vocablo impreso con caracteres
cursivos (véanse, por ejemplo, los reenvíos de las palabras AMBÓN,
ANÁFORA, ANAMNESIS, etc.). En este sentido, el presente vocabulario
constituye una notable integración del índice analítico.
La flecha que precede a un nombre escrito con caracteres normales (redondos)
remite a términos explicados en este mismo vocabulario (véanse,
por ejemplo, ABSOLUCIÓN, ACLAMACIONES, ACOLITADO, etc.).
Abad (Abadesa)
(del hebreo abbá = padre): en un principio era un monje que
ejercía sobre sus hermanos una paternidad espiritual; después
de san Benito es el superior de un monasterio de las órdenes
monacales y también de algunas colegiatas. Bendición, abacial
véase el Ritual de bendición de un abad o una abadesa, pp.
142-167, en Rituales de la dedicación de iglesias y de altares y de
la bendición de un abad o una abadesa.
Ablución:
acto de lavar o lavarse todo o una parte del cuerpo. En la liturgia bautismal
significa la participación en la muerte y resurrección
de Cristo (RICA 32: observaciones previas). En otras celebraciones significa penitencia,
purificación interior. Purificación de los vasos sagrados
después de la comunión en la eucaristía (OGMR 120).
Ábside (de
hapsis [haptó] — nudo o clave de la bóveda): parte de la
iglesia abovedada y comúnmente semicircular, opuesta a la fechada,
donde se levanta el altar y aparece acoplada la cátedra del obispo,
coronada por un semicírculo de asientos para los
presbíteros.
Absolución
(de absolvere — perdonar, liberar): signo por el cual Dios concede su
perdón al pecador que manifiesta su conversión al ministro
de la iglesia en la confesión sacramental (RP 6d). La
fórmula de la a. cuya parte esencial son las palabras: "Yo te
absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, y del Hijo, y del
Espíritu Santo", "significa cómo la
reconciliación del penitente tiene su origen en la misericordia de Dios
Padre; muestra el nexo entre la reconciliación del pecador y el misterio
pascual de Cristo; subraya la intervención del Espíritu
Santo en el perdón de los pecados y, por último, ilumina el
aspecto eclesial del sacramento, ya que la reconciliación con Dios
se pide y se otorga por el ministerio de la iglesia" (RP 19). La
absolución de las censuras se encuentra en el RP, apéndice
/. También se llama absolución la oración conclusiva
del / acto penitencial de la eucaristía: "Dios todopoderoso tenga
misericordia de nosotros..."
resma, el
miércoles de ceniza y el viernes santo para todos los que tienen
más de catorce años. Cf Const. apost. de Pablo VI Paenitemini
(
Abü Halim:
en la liturgia siro-oriental (la caldea) es el libro litúrgico que
contiene la oración de la mañana, compuesto por Elia III
Abü Halim (1176-1190), recogiendo material de autores más antiguos.
Acheropita (del
a-cheiro-poiélé = no hecha a mano) se dice de las imágenes
sagradas no hechas por manos humanas. El Mandylion (icono del rostro de Cristo,
enviado por el mismo Cristo, según la leyenda de Abgar, rey de Edesa) es
un típico ejemplo, cercano quizá a
Aclamaciones:
noción colectiva de aplaudir a una persona o a un acontecimiento; manifiesta
la emotividad con fórmulas breves, repetidas e intensamente
proferidas. Las aclamaciones favorecen la participación activa de
la asamblea en las celebraciones (cf SC 30; OGMR !4, 15, 18). Principales
aclamaciones en la liturgia:
Amén(= así es, es verdad).
Cf Dt 27,15-26; 1 Cor 16,36; Neh 8,6; Sal 14,14; 1 Cor 1,20 (Cristo es el
sí de Dios y por medio de él llega a Dios Padre nuestro
amén);
Aleluya (alabad a Dios), especie de
estribillo sálmico y elemento característico de las
doxologías sálmicas (cf Sal 148,1-4; 150);
Gloria {del griego dóxa; de
ahí /doxología);
Hosanna (¡ayuda, pues!); cf Sal
117,25 (donde se indica la respuesta de los sacerdotes: Bendito el que
viene en el nombre del Señor, frase introducida en el Sanctus). Se halla
ya en
Otras
aclamaciones en OGMR 30 (Señor, ten piedad); 89, 91, 95 (Te alabamos, Señor);
55b (Santo);
Abstinencia: con
esta palabra se entiende
Vocabulario
litúrgico
15 agosto 1972).
/ Ordenes menores. "Compete al acólito el servicio del altar
como ayudante del sacerdote y del diácono. A él compete
principalmente la preparación del altar y de los vasos sagrados, y
distribuir a los fieles la eucaristía, de la que es ministro extraordinario"
(OGMR 65). Para el rito de institución véase Ritual de Ordenes,
c. II, pp. 35-38. / Akólythos.
Acróstico
(ákros-stichon — inicio de verso): en el oficio bizantino, la
frase compuesta por las primeras letras de cada /tropario de un /canon.
Actio-canon
actionis (= acción-regla de acción): indica la celebración
eucarística (actio), en particular la plegaria eucarística (canon
actionis) que trae el Galasiano (nn. 1242-1255). En este sentido se puede
también entender la expresión agustiniana "agendi ordo"
(Ep. 54,6,8). El papa Juan Pablo II define la cena del Señor:
"acción santa y sagrada".
Acto penitencial:
se realiza cuando toda la comunidad hace su confesión general y se
termina con la conclusión del sacerdote después de terminado
el saludo inicial de la eucaristía (OGMR 29).
Ad accedentes: en
el rito hispano, el canto (indicado por la rúbrica homónima)
que acompaña la comunión: Accedite ad eum el illuminamini
(cf Sal 35), alternado con el versículo Gústate et videte...
Ad complendum:
así se titula en el / Gregoriano la oración conclusiva de la
celebración eucarística, correspondiendo a su vez en el /
Gelasiano a la post communionem populi. En el Misal postridentino se
abrevió diciendo: postcommunio, y en el Misal del papa Pablo VI ha
vuelto a llamarse post communionem.
Addai y Mari
[anáfora de]: / anáfora sirooriental del s. m. empleada por
las tres ramas de los sirios orientales: nestorianos, caldeos y malabares
(India). Parece que es la única compuesta en siríaco. Su
estilo se caracteriza por el paralelismo propiamente semítico; es
más simple y primitiva que las otras dos anáforas
sirio-orientales (de Teodoro de Mopsuestia y de Nestorio). La ausencia de la
narración de la institución no es originaria, según Botte,
porque la anamnesis se articula naturalmente con la narración, que en
Siria termina con las palabras: "Haced esto cada vez que os reunáis
en mi nombre".
Adoración
[eucarística]: los fines secundarios de la reserva de las sagradas
especies fuera de la misa son la distribución de la comunión y la
adoración de nuestro Señor Jesucristo presente en el
sacramento. Este culto de adoración se basa en una razón muy
sólida y firme, porque a la fe en la presencia real del Señor le
es connatural su manifestación externa y pública (cf Ritual de la
sagrada comunión y
2084
del culto a la
eucaristía fuera de la misa 5). / Exposición.
Adviento (del
latín adventus = llegada): tiempo litúrgico preparatorio a la
navidad, "en la que se conmemora la primera venida del Hijo de Dios a los
hombres, y es a la vez el tiempo en el que por este recuerdo se dirigen las mentes
hacia la expectación de la segunda venida de Cristo al fin de los
tiempos. Por estas dos razones el a. se nos manifiesta como tiempo de una
expectación piadosa y alegre" (Normas universales sobre el
año litúrgico y sobre el calendario 39). Su existencia se
confirma ya en el s. IV en Occidente.
Ágape (=
amor): en el ambiente griego, de donde procede, indica el amor gratuito,
la caridad, la fraternidad, y se contrapone al érós (=
pasión). Entre los primeros cristianos significaba la cena fraterna
que precedía a la eucaristía, costumbre testimoniada por Pablo en
1 Cor 11,17-34. En la carta de Judas 12 parece identificarse con la
celebración eucarística. La cena fraterna se separó
de la eucaristía hacia finales del s. I como se atestigua en la
carta de Plinio a Trajano y Justino (I Apol. 65). Un recuerdo de esta primitiva
agape-eucaristía se encuentra en el s. v, como atestigua san
Agustín (Ep. 54,7) cuando habla de una comida permitida en la cena
del jueves santo en África.
Agnus Dei (=
cordero de Dios): triple invocación compuesta por las palabras del Bautista
(cf Jn 1,29.36; Ap 5,6; 18,8), que la asamblea canta o dice durante la
fracción del pan (OGMR 56e). El texto actual se remonta al papa
siríaco Sergio I (687-701) —según testimonia el /
Líber Pontificalis I, 376—, influenciado acaso por la liturgia
de Santiago.
Agrypnía
(= vigilia): celebración de una vigilia nocturna que, en el rito
bizantino, precede al domingo y a la fiesta. Comprende las vísperas y el
/ orthrós.
Agua: elemento
natural de gran trascendencia tanto para la vida humana como para expresar
la salvación cristiana. Símbolo positivo (vida, nacimiento,
regeneración), negativo (muerte, purificación), que se encuentra
en la liturgia bautismal (RBN en la bendición e invocación a Dios
sobre el agua 122-123; 147148 —cuyo texto se encuentra ya en el
sacramentarlo Gelasiano, nn. 444-448—). Se emplea
también en varios ritos de / aspersión y de purificación.
Agua gregoriana:
compuesta de agua, vino, sal y ceniza para la purificación de iglesias y
altares al ser consagrados.
Áitésis
(de aiteó — pido, solicito, demando): en la liturgia bizantina, la
letanía de petición en la segunda parte de las vísperas,
que termina con la palabra aithesómeta = pedimos. Se distingue de
las / ecténias. / Liturgia de las Horas 1172.
2085
Akáthistos
(del a-káthistos = no sentado; por tanto, de pie): es el poema mariano
más célebre de la iglesia bizantina. Obra maestra de
literatura y de teología. Las estrofas van alternando cuadros
marianos y temas cristológicos, fundiendo a la vez el Hijo y
Akólythos
(= compañero de viaje; / acolitado), del que deriva akolythía (=
rito, servicio litúrgico).
Alba (~ blanco):
vestidura o túnica de lienzo blanco común para todos los
ministros de cualquier grado, que se ponen para las celebraciones. Si es
necesario, se ciñe con el cíngulo a la cintura (OGMR 298,
300, 301).
Alcuino
(735-804): A., con Benito de Aniane, colaboró con Carlomagno en la
reforma litúrgica del imperio franco-germánico. Trabajó
en la confección de los libros litúrgicos necesarios inspirándose
en los modelos oriundos de Roma. Durante mucho tiempo se ha creído
que A. era el autor del sacramentarlo / suplemento del Gregoriano.
Alegoría:
figura retórica con la que se comunica una realidad por medio de la cual
el receptor puede comprender otra. Es conocida la interpretación
alegórica de la biblia y de la misa. Entre las muchas definiciones que
los padres han dado de la alegoría, se puede recordar aquella de
Ambrosio: "allegoria est, cum ahud geritur et aliud figuratur".
Aleluya
(hallelüjah — alabad a Yavé): fórmula hebraica de /
aclamación que se repite en algunos salmos como estribillo (Sal
104-106; 111-113; 115-117; 135; 146-150). A. típica del tiempo pascual.
Su uso en la liturgia varía según la tradición y el rito.
En la celebración pascual hebrea los salmos 113-118 pertenecen al
llamado pequeño hallel, mientras que el salmo 135 se denomina el gran
hallel.
Alitúrgicos:
son aquellos días en que no se celebra la eucaristía; en la
liturgia romana son el viernes y sábado santos, y en la liturgia /
Ambrosiana, además, todos los viernes de cuaresma.
Alma redemptoris
Mater: una de las antífonas marianas que se rezan al terminar las /
completas. Probablemente en uso ya en el
s. XI. Las otras
antífonas son: Ave, Regina caelorum; Ave, María; Sub
tuumpraesidium; Salve Regina; Inviolata; Integra; Virgo parens Christi;
Regina caeli.
Altar: mesa sobre
la cual se celebra la eucaristía (cf OGMR 259-270). Es venerado con el
beso e incienso (OGMR 27, 84-85, 129, 163, 214...). Colocación en el
presbiterio, /Arquitectura 154. Dedicación del altar
Vocabulario
litúrgico
/ Rituales de la
dedicación de iglesias y de altares y de la bendición de un abad
o una abadesa. Los padres de la iglesia no dudaron en afirmar que Cristo fue,
al mismo tiempo, la víctima, el sacerdote y el altar de su propio
sacrificio. De ahí la expresión: "El altar es Cristo".
Conviene edificar el altar sobre los sepulcros de los mártires o colocar
sus reliquias debajo de los mismos, de tal manera que "vengan luego
las víctimas triunfales al lugar en que la víctima que se ofrece
es Cristo; pero él sobre el altar, ya que padeció por todos;
ellos bajo el altar, ya que han sido redimidos por su muerte y
resurrección. El altar puede ser fijo y móvil" (OGMR 260261).
Ambón (de
anabáinein ~ subir): / bema. No confundirlo con el / pulpito. Él
ambón es un lugar reservado para el anuncio de la palabra de Dios y el
pregón pascual; puede también tenerse desde él la
homilía y la oración de los fieles (OGMR 272). Es menos
conveniente que ocupen el a. el comentarista, el cantor o el director del
canto. Conviene que sea estable. / Lugares de celebración 1227.
Amburbium:
procesión lustral pagana realizada alrededor de los muros de Roma (=
urbs), que tenia lugar el día de las Lupercalias (15 de febrero); parece
que, por contraste, se estableció la procesión de la fiesta
de
Amén
(— es verdad, así es): / aclamación que pasa del AT(Dt
27,15-26; 1 Crón 16,36; Neh 8,6; Sal 40,14; 71,19; 88,53; 105,48) al NT
y a la liturgia cristiana (2 Cor 1,20); significa ratificación,
afirmación que pronuncia la asamblea al concluir las oraciones.
Aniidah (de la
raíz amd = estar en pie): formulario de súplica cotidiana
hebrea, más conocida por las dieciocho bendiciones.
Amito (de amicire
— revestir): lienzo fino, cuadrado y con una cruz en medio, que se
pone antes del alba sobre la espalda y los hombros; se ata por medio de dos
cintas alrededor del cuerpo (OGMR 8Id; 298).
Anabathmói
(= subir): con este nombre se designa en el ámbito bizantino los
salmos / graduales (= Sal 119-133) o los de subida y los brevísimos /
troparios que se inspiran en éstos.
Anáfora
(de anaphorá = llevar sobre, ofrecer): es la parte central de la
liturgia eucarística, que va del prefacio a la doxología;
sinónimo de plegaria eucarística (OGMR 54-55). Iniciaimente
designaba el pan para la ofrenda. Para los sirios indicaba el velo con el que,
después de la consagración, se cubría el cáliz y la
patena. Entendiendo la palabra en el sentido de "plegaria
eucarística" en Oriente se recuerdan las a. de / Addai y Mari; la
de san Basilio (inicio del s. IV);
Vocabulario
litúrgico
5-15 (entre los
siglos IV-V); la de Santiago (de ambiente antioqueno-jerosolimitano, ss. IV-V);
la de san Marcos (ambiente egipcio, ss. v-vi). / Eucaristía 734.
Anakefaláiosis
(= recapitulación): en Ef 1,10. La recapitulación en Cristo
significa su señorío sobre la historia y muestra la
actuación de la economía salvífica.
Anamnesis (=
memoria, conmemoración, recuerdo): parte de la plegaria
eucarística que sigue a la narración de la institución o
consagración, en la que se conmemora los grandes acontecimientos
salvíficos. La iglesia, al recibir el encargo de Cristo, por medio
de los apóstoles, realiza el memorial del mismo Cristo recordando
principalmente su bienaventurada pasión, su gloriosa
resurrección y ascensión al cielo (OGMR 55e). En el rito hispano
se llama illatio. Su significado bíblico de actuación del
acontecimiento pascual equivale al sinónimo de / Memorial 1253ss, /
Eucaristía 735.
Anargyroi (= sin
plata, sin dinero): apelativo dado a los santos orientales Cosme y Damián,
en cuanto, siendo médicos, ejercían gratuitamente su
profesión.
Anástasis
(= resurrección): con este nombre, Egeria define la zona oeste de la
iglesia del santo sepulcro en Jerusalén, en la que se encuentra el
sepulcro de Cristo. En aquel lugar, en la octava pascual, el obispo
tenía las / mistagogias dirigidas a los / neófitos. Por
extensión se aplicó el nombre también a otras
basílicas de la antigüedad.
Anatolikón
[sticherón]: serie de / estiqueros del / lucernario y de los / laudes
del domingo en el rito bizantino. Quizá de origen siropalestino,
anterior al s. VII.
Ángelus
Domini: oración de carácter bíblico que reza el pueblo
cristiano al ritmo litúrgico para santificar los momentos importantes de
la jornada: mañana, mediodía y tarde, haciendo memoria del
misterio pascual (cf MC 41).
Anillo: aro de
metal u otra materia, que se lleva en los dedos de la mano; símbolo de
alianza y de fidelidad (RM 52, 97, 119; RO, c. VII, 30; RPR, profesión
perpetua de religiosas 74 y consagración de vírgenes 25, 65, 66).
Anoíxantária
(= versículos de introducción): en el rito bizantino, los
estribillos cantados con el Sal 103 con los que se inicia las vísperas.
Anthológion
(= florilegio): libro litúrgico oriental que contiene elementos
procedentes de otros oficios.
Antídoron
(= don sustitutivo): en ía liturgia bizantina el pan bendito que se
distribuye después de la divina liturgia a los que no han recibido
la eucaristía (don por excelencia).
2086
Antífona
(de antiphdn = voz opuesta, voz contra voz): desde el s. IV existe la
salmodia antifonada; es decir, era cantada por dos coros que alternaban
los versículos o versos. Un elemento imprescindible en este canto alternativo
o antifonal era un verso que precedía y anunciaba la melodía del
salmo. Éste versículo previo se llama hoy antífona;
su origen se debe a razones de técnica musical para apoyar la entrada
segura del coro. Según el / Líber Pontificalis, el papa Celestino
I (432) introdujo el canto antifonado en Roma. La salmodia antifonada se
distingue de la responsorial. Según san Juan Crisóstomo,
"el pueblo no conoce el salmo entero y de ahí que cante un
versículo adaptado que contenga alguna verdad sublime". Las
antífonas entraron luego en la celebración
eucarística en el introito, ofertorio y comunión. Después
de la reforma del Vat. II, se ha suprimido la antífona del ofertorio. En
la liturgia de las horas las a. tienen una función esencialmente
sálmica, en cuanto "ayudan a poner de manifiesto el
género literario del salmo; lo transforman en oración
personal; iluminan mejor alguna frase digna de atención y que pudiera
pasar inadvertida; proporcionan a un determinado salmo cierta tonalidad
peculiar en determinadas circunstancias; más aún, siempre
que se excluyan arbitrarias acomodaciones contribuyen en gran medida a
poner de manifiesto la interpretación tipológica o festiva y
puedan hacer agradable y variada la recitación de los salmos (OGLH
113-120). Existen a. mayores, como las marianas / Alma Redemptoris Mater.
Antifonario:
libro litúrgico que contiene los cantos-antífonas para las celebraciones.
Se encuentran fragmentos de tales libros antes del papa Gregorio Magno. /
Libros litúrgicos.
Antimensio:
paño de seda o de lino, parecido a unos / corporales, adornado con
imágenes de Cristo, en el que se hallan encerradas las reliquias de los
mártires; sustituye al ara.
Antipendio
(colgar delante): velo o tapiz de tela preciosa que tapa los soportes y la
parte delantera de algunos altares.
Año
[litúrgico]: "La santa iglesia celebra la memoria sagrada de
la obra de la salvación realizada por Cristo, en días
determinados durante el curso del año. En cada semana, el domingo
hace memoria de la resurrección del Señor, que una vez al
año, en la gran solemnidad de la pascua, es celebrada juntamente
con su pasión. Durante el curso del año despliega todo el
misterio de Cristo y conmemora los días natalicios de los
santos" (Normas universales sobre el año litúrgico y sobre
el calendario 1). /Año litúrgico 136-143.
Aperitivo Aurium:
/ effatá.
Apodéipnon
(= después de la cena): en la liturgia griega, el oficio de la
tarde correspon
2087
diente a las
completas. Es el último de los siete oficios de la jornada / Liturgia de
tas Horas 1171.
Apódosis
(= final): en la liturgia bizantina, el día de clausura de un
período festivo.
Apofática
[teología]; vía negativa (ascendente) que subraya la inefabilidad
de Dios y su absoluta trascendencia. Se complementa con la /
catafática.
Apología
sacerdotis (= justificación del sacerdote): se trata de confesiones
de la propia culpa e indignidad del sacerdote, generalmente de una
extensión considerable, que se combinan con ruegos para conseguir
la gracia y misericordia de Dios. Aparecen en la liturgia galicana y, al mismo
tiempo, en los libros orientales. En el s. XI alcanzan gran importancia y
luego desaparecen, quedando en los libros litúrgicos algunas. En el Ordo
missae reformado por el Vat. II quedan todavía algunas; por
ejemplo, en la preparación de los dones: In spiritu humilitatis...; en
el canon romano: Nobis quoque peccatoribus familís tuis...; antes de la
comunión: Domine Iesu Christe, Fili Dei vivi..., o Perceptio Corporis et
Sanguinis tui, Domine Iesu Christe...; después de la
comunión: Quod ore sumpsimus, Domine, pura mente capiamus...
Apólysis
(= reenviar): en la liturgia bizantina, la despedida de la asamblea al terminar
un oficio.
Apolytíkion
(= tropario conclusivo): / tropario cantado al final (/ apólysis) de las
vísperas y del / órthros, en las horas menores y en la santa
liturgia después de la pequeña entrada.
Apósticha
(= versículos intercalados): / troparios intercalados en los salmos
(por ejemplo, Sal 92 dominical) en la última parte de las
vísperas. Cantados también en el / órthros (matutino) en
el día ferial. / Liturgia de las Horas 1172.
Apostólos:
libro que contiene las pericopas de los escritos de los apóstoles que se
leen en la liturgia bizantina.
Apótaksis
(= separación): renuncia a Satanás. / Iniciación cristiana
1059. En ambiente monacal, la renuncia al mundo. / Profesión religiosa
1660.
Aqaptha (=
respuesta, réplica): en la liturgia siro-caldea, los dos
versículos de un salmo recitado después de la salmodia /
marmítha que se encuentra al inicio del / qurbana.
Arcano
[disciplina del]: la ley que, en los primeros siglos de la iglesia,
prohibía a los cristianos hablar abiertamente de los sagrados ritos
delante de los catecúmenos y no creyentes. Se encuentra también
en otras religiones mistéricas.
Artoklásia
(de árton ~ pan y klasis = partido): en el rito bizantino indica la
"fracción de los panes". Es la ceremonia que se realiza al ter
Vocabulario
litúrgico
minar el oficio
de vísperas cuando le sigue una vigilia (/ agrypnía, /
pannychís). Consiste en una bendición de cinco panes y de
una cantidad de grano, vino y aceite. Él pan y vino se distribuyen
durante el / orthrós, cuando se venera el evangelio y el icono. /
Liturgia de las Horas 1172.
Artophóríon
(de árton = pan y féró = llevar): en la liturgia
bizantina, el tabernáculo que custodia la eucaristía, que algunas
veces puede tener la forma de paloma.
Asamblea: reunión
del pueblo de Dios para orar y celebrar la historia de la salvación. Es
signo sacramental de Cristo y epifanía de la iglesia. Se articula
según los diversos ministerios.
Asmatikós
(= cantado): el oficio cantado de la liturgia de Constantinopla (= asmatikós
akolythía), en oposición al oficio monástico;
desapareció progresivamente a partir de los ss. XIII-XV.
Aspersión
(de aspergeré = rociar): acto de derramar el agua bendita sobre los
fieles u objetos para bendecirlos o purificarlos. Se puede realizar
al inicio de la eucaristía dominical en lugar del acto penitencial (cf
MR, apéndice /, 1-6). El instrumento con que se rocía es el
hisopo (cf Sal 50,9: "rocíame con el hisopo").
"Asperges" es \a palabra con que empieza la antífona cuando el
sacerdote rocía a la asamblea.
Asterisco: en el
ambiente latino, es un signo ortográfico, indicador de la pausa que se
hace en medio de un versículo. Lo estableció Urbano VIII
(1623-1644). En el rito bizantino es un aparato con cuatro pies, formado por
dos semicírculos entrecruzados y unidos formando una especie de
estrella, impidiendo que el velo que cubre el pan roce con el mismo.
Audientes o
auditores (— oyentes): catecúmenos, inscritos en el registro
de la iglesia para ser admitidos a los ritos de la iniciación, que
alargaban el tiempo de recibir el bautismo, incluso algunos hasta la hora de la
muerte. Se les admitía a escuchar las lecturas y la explicación
de la palabra de Dios y luego eran despedidos de la asamblea antes del credo
de la misa.
Authentica
[hebdómada]: así se llama en la liturgia / Ambrosiana a la
semana santa.
Ave Regina
Caelorum: / Alma Redemptoris Mater.
Ayuno: abstenerse
parcial o totalmente de alimentos por motivos penitenciales o disciplinares.
Hoy sólo existen dos días al año: miércoles de
ceniza y el viernes santo. En estos días sólo se permite una
comida completa. Obliga a todos los fieles que no han cumplido los sesenta
años (cf CDC 1252). El ayuno eucarístico consiste en abstenerse
por el espacio de una hora de cualquier comida o bebida, excepto el
agua y medicinas (CDC 919).
Vocabulario
litúrgico
Ázimo
[pan]: pan confeccionado sin levadura. El p. para la celebración
eucarística debe ser de trigo, según la tradición de toda
la iglesia; ázimo, según la tradición de la iglesia latina
(OGMR 282; CDC 924,2; 926).
Báculo:
insignia litúrgica de los obispos y abades; símbolo del
cuidado y solicitud pastoral encomendados por la iglesia (RO, c. VIH, 32;
Rituales de la dedicación de iglesias y de altares y de la
bendición de un abad o una abadesa, p. 151).
Baldaquín:
pabellón de planta cuadrangular que cubre todo el altar en las antiguas
basílicas. Posteriormente es un dosel o palio de forma ovalada o
cuadrada que cuelga sobre el altar.
Baptisterio: /
Lugares de celebración 1214-1215, 1228.
Basílica:
iglesia caracterizada por su antigüedad, extensión,
magnificencia o que goza de ciertos privilegios. En Roma hay b. mayores y
menores. /Lugares de celebración 12131214.
Bathe: en la
liturgia siro-caldea, las estrofas de un himno.
Bautismo:
baño de agua en la palabra de vida que hace a los hombres
partícipes de la naturaleza divina e hijos de Dios. Conmemora y
actualiza el misterio pascual haciendo pasar a los hombres de la muerte del
pecado a la vida. Es el primer sacramento de la iniciación cristiana.
Ilumina por la gracia del Espíritu Santo a los hombres para que
respondan al evangelio y los incorpora a la iglesia. El rito de ablución
con agua puede hacerse con inmersión o por infusión,
invocando a la santísima Trinidad. / Bautismo 189-207; / Iniciación
cristiana 1051-1068.
Berna (= paso):
en la basílica cristiana, el banco colocado a lo largo del ábside
a los dos lados de la / cátedra episcopal. Con la misma palabra en
la iglesia bizantina se entiende el mismo / presbiterio al que se entra
por la puerta del / iconostasio.
Bendicional:
libro que contiene las bendiciones con las que la iglesia alaba la bondad
divina y suplica el auxilio celestial.
Benedictus: es el
/ incipit del cántico de Zacarías (Le 1,68-79), que se recita
en laudes matutinos. Cuando los laudes preceden inmediatamente a la
misa, el B. se recita o canta después de la comunión (cf OGLH
94).
Berakah (=
bendición): "En el sentido específico rabínico
designa cualquier párrafo oracional que inicie y/ o termine con la
fórmula eucológica: Benedictus tu Dominus " (C.
Giraudo). Puede designar también una fórmula de bendición
general. / Bendición 213-214; / Eucaristía 733.
Bergomense
[sacramentario]: se trata de un misal plenario del s. IX, transcrito
últimamente por A. Paredi en 1962. La edición precedente
2088
fue realizada por
Cagin (Solesmes 1900). Pertenece a las fuentes de la liturgia / Ambrosiana.
Binación:
concesión de celebrar en un mismo día dos eucaristías (cf
CDC 905,2).
Birkat Ha-Mazon
(= bendición sobre los alimentos): "formulario hebreo de
bendición después del alimento" (C. Giraudo). / Eucaristía
733.
Bizantino: rito
de la rama siro-antioquena. /Orientales, Liturgias, 1527-1536.
Bolsa [de
corporales]: pieza de dos hojas de cartón, cuadradas y revestidas de
seda o lino según el color litúrgico, entre las cuales se guarda
plegado el / corporal.
Brándea:
reliquias que consistían en algún objeto pasado por la tumba
de algún mártir.
Breviario: (=
resumen, extracto): libro litúrgico del oficio de las horas que
compendia para la recitación privada los libros necesarios para la
recitación en coro. La orden franciscana en el s. XIII lo aceptó
y lo difundió. / Libros litúrgicos 1133.
Buxida:
cofrecitos destinados a la reserva eucarística. Se propagaron a
partir del s. XII.
Byrrus: vestidura
civil romana (también llamada paenula) usada en las celebraciones
litúrgicas antes del uso de las vestiduras sagradas.
Caeremoniale
Episcoporum: / Libros litúrgicos 1135, 1137-1139.
Calendario (de kalendae
= primer día del mes): tabla de los meses, semanas y días que forman
un año. Para los cristianos comprende las fiestas de los misterios del
Señor, de
Candelaria:
nombre popular de la fiesta de
2089
Simeón,
que presenta a Cristo como Luz de las .naciones. Los orientales llaman a esta
fiesta / hypapánté, o sea, encuentro.
Canon actionis: /
Actio.
Canon: (de kanon
— regla, norma fija): en la liturgia romana es la plegaria
eucarística (la primera del MR), que se inicia con el prefacio y termina
con la doxología trinitaria. Indica también los libros inspirados
de la biblia (libros canónicos). El C. es el libro que usaban los
obispos desde el inicio de la plegaria eucarística hasta
después de la comunión. Composición de contrapunto en
que sucesivamente van entrando las voces, repitiendo o imitando cada
una el canto de la que le antecede. En el rito bizantino, composición
poética subdividida en nueve odas, cada una con tres
o cuatro /
troparios (la segunda oda se recita sólo en cuaresma desde el s. XI). El
C. bizantino tiene como fuente la biblia: 1) primera oda: Cántico
de Moisés (Ex 15,1-20); 2) Cántico de Moisés (Dt
32,1-44); 3) Cántico de Ana (1 Re 2,1-11); 4) Cántico de Habacuc
(Heb 3); 5) Cántico de Isaías (Is 26,9-21); 6) Cántico de
Jonás (Jon 2,3-11); 7) Cántico de los tres jóvenes (Dan
3,26-57); 8) Himno de acción de gracias de los tres jóvenes (Dan
3,57-88); 9) Cántico de María y de Zacarías (Le 1,46-55 y
67-79).
Cánticos:
composición poética bíblica con algunas
características propias de los salmos, pero no pertenecientes al
salterio. En
Cántharus
(de kántharos): fuente que servía para las abluciones
simbólicas colocada en el centro del atrio de las antiguas
basílicas paleocristianas.
Capitúlanos:
listas especiales de perícopas bíblicas escogidas para el
uso de la liturgia, indicadas por las primeras y últimas palabras.
Usados antes de los / leccionarios.
Capitula (de
capitulum — sumario, estracto): lectura bíblica que sigue a
la salmodia. Hoy en
Caput ieiunii:
así se definía el día inicial del ayuno cuaresmal, el
miércoles de ceniza.
Cara cognatio:
uso pagano de recordar el día 22 de febrero a los familiares difuntos,
realizado incluso por los primeros cristianos de Roma. Antes del / calendario
juliano, dicha fecha coincidía con el fin de año.
Casulla:
vestidura sacerdotal que se pone sobre las demás vestiduras para la
celebración eucarística (cf OGMR 81, 298; en la concelebración,
161).
Catafática
[teología]: visión teológica positiva (—
descendente). Dios sale de su trascendencia para revelarse a los hombres.
Vocabulario
litúrgico
Catecumenado:
instituido por la iglesia para que los candidatos al bautismo, en un tiempo
prolongado, reciban la instrucción necesaria y se ejerciten en vivir una
vida evangélica. Todo esto se obtiene por medio de cuatro caminos: 1)
mediante una catequesis apropiada y graduada; 2) la práctica de una
vida cristiana ayudados por los padrinos y fieles de la comunidad; 3) la
celebración de ciertos ritos litúrgicos que les ayuden
paulatinamente a purificarse y a ser sostenidos con la bendición
divina; y 4) la cooperación activa para la avangelización y
edificación de la iglesia con el testimonio de su vida y con la profesión
de la fe (cf RICA, Observaciones previas
19).
Cátedra-catedral:
la cátedra (de kathédra = sede) es la sede reservada al obispo
cuando preside la asamblea litúrgica. Generalmente está en el
centro del semicírculo absidal de la iglesia titular del obispo
diocesano; por esta razón se llama iglesia catedral: la madre de todas
las iglesias de la diócesis. / Lugares de celebración 1217, 1226.
Catismas: las
veinticuatro secciones en que se divide el salterio bizantino.
Celebración:
actuación ritual de la fe, de la feexpresada-e n-rit o; es, por
tanto, la acción por excelencia que la iglesia realiza hasta la parusía,
en el anuncio y actuación del misterio, y que incorpora al hombre de
todo tiempo al plan salvífico.
Ceniza
[imposición de la]: gesto expresivo del inicio cuaresmal, camino de la
pascua. Es signo de participación en la cruz de Cristo, para luego
participar con el corazón limpio en la celebración del misterio
pascual (cf MR, Bendición e imposición de la ceniza en el
miércoles de ceniza).
Ceremoniero: el
que prepara adecuadamente las acciones sagradas y procura que los ministros
celebren con decoro, orden y piedad (cf OGMR 69).
Cherúbikon:
himno bizantino cantado durante la gran entrada o procesión de las
ofrendas.
Chirothécae
(— guantes): guantes usados por los obispos. Hoy son facultativos y
siempre de color blanco.
Chirothesía
(= imposición de manos): en el ambiente bizantino es la
imposición de manos unida a la colación de una dignidad
eclesiástica, excluido el sacramento del orden.
Chirotonla (=
extensión de la mano): la imposición de la mano para la
consagración sacerdotal. /Sacerdocio 1764.
Ciclo (de kyklos
= giratorio): período de tiempo que se vuelve a contar de nuevo. En el /
Año litúrgico, su completo desarrollo; en la / Liturgia de las
Horas, las veinticuatro horas del día; existe también un ciclo
para los / leccionarios (A, B, C para los domingos y solemnidades, y para los
días feriales el c. par e impar para la primera lectura).
Cíngulo
(de cingere = ceñir): cordón o cinta de seda o de lino que sirve
para ceñirse al sacerdote el alba cuando se reviste. El c. en forma
de cordón se introduce a partir del s. XV (cf OGMR 298).
Cirio pascual: /
Elementos naturales 645-646; /Procesiones 1643. En la vigilia pascual el
es signo de la
luz de Cristo (lumen Christij resucitado, que disipa las tinieblas e ilumina
la tierra (MR, vigilia pascual 12, 14). El
además de
en el tiempo pascual se emplea en el rito del bautismo (RBN 131) y de las
exequias (RE 78).
Clementina
[versión de la biblia]: después de la llamada versión de
Sixto V (sixtina), editada en 1590. Clemente VIII (1592-1605) dio en 1592 una
nueva versión, conservando en la primera página el nombre de
Sixto V. Sólo en 1604, en una nueva edición realizada en
Lión, al nombre de Sixto V se añadió el de Clemente VIII.
La vulgate sixto-clementina ha estado en uso hasta en nuestro siglo.
Clementina
[liturgia]: / Constituciones Apostólicas.
Colecta (de
colligere = recoger, reunir): primera oración presidencial en el rito de
entrada de la eucaristía. Se remonta al papa León Magno
(440-461). La historia de esta fórmula eucológica es compleja.
Parece que está compuesta por dos partes: primero, el sacerdote
invita a orar a los fieles con el oremus, y éstos oran en silencio para
hacerse conscientes de estar en la presencia de Dios y formular interiormente
sus súplicas; luego, recogiendo las oraciones de la asamblea (=
colligere orationem), el sacerdote se dirige a Dios Padre por Cristo en el
Espíritu Santo con palabras que expresan la índole de la
celebración (OGMR 32). / Eucaristía 729; / Eucologio 769.
Colores
litúrgicos: "La diversidad de colores en las vestiduras sagradas
tiene como fin expresar con más eficacia, aun externamente, tanto
las características de los misterios de la fe que se celebran como el
sentido progresivo de la vida cristiana a lo largo del año
litúrgico"; los colores son blanco, rojo, verde, morado o negro,
rosa (el azul en España para la fiesta de
Comentarista:
"El que hace las explicaciones y da avisos a los fieles para introducirlos
en la celebración y disponerlos a entenderla mejor". Sus
intervenciones deben ser claras, sobrias y preparadas con esmero. "En
cumplimiento de su oficio ocupa un lugar adecuado ante los fieles, que, a
ser posible, no conviene que sea el ambón" (OGMR
Comes (=
compañero, vademécum): después de los / capitularlos, se
escribe el texto íntegro de la biblia para las lecturas; el Comes o
Líber Comitis recoge las pericopas de las epís
2090
tolas, e incluso
quizá de los evangelios para la misa.
Commendatio
animae (= recomendación del alma): es, por decirlo en el sentido griego,
el último saludo o recomendación que la iglesia hace en favor del
moribundo, encomendándolo a Dios. La iglesia, que ha estado presente
junto al enfermo, ahora en el momento de la muerte le ayuda a hacer su
tránsito a la vida eterna en unión con Cristo, y lo recomienda
a la iglesia celeste por medio de la oración (RUÉ 82-85;
234-247).
Commixtio (=
mezcla): la acción de introducir en el cáliz, que contiene el
vino consagrado, un fragmento de la forma consagrada. Este rito
antiquísimo tiene sus raíces en el del / "fermentum",
como signo de comunión con el obispo.
Communicatio in
sacris (~ comunicación en las cosas sagradas): en ambiente
ecuménico "existe comunicación en las cosas sagradas
cuando alguien participa en cualquier culto litúrgico
o también
en los sacramentos de cualquier iglesia o comunidad eclesial" (Directorium
Oecumenicum 1,30; UR = Unitatis redintegratio 8). / Ecumenismo.
Competentes (de
cum-peiere — coincidir, caminar juntos): los que, superada la
primera etapa del catecumenado, piden a la iglesia su ingreso en el
catecumenado cuaresmal (segunda etapa) para prepararse a recibir los
sacramentos de la iniciación cristiana en la solemnidad de la vigilia
pascual. En Roma eran llamados / elegidos.
Completas (=
conclusión): la última oración del día que se hace
antes del descanso nocturno, destinada a santificar la noche (OGLH 84).
Comunión
[dos veces en un mismo día]: "Quien ya ha recibido la
santísima eucaristía puede de nuevo recibirla el mismo día
solamente dentro de la celebración eucarística en la que
participa" (CDC917). / Liturgia en el nuevo CDC.
Concelebractón
[eucarística]: modo excelente de celebración; es un acto colegial
en que todos los ministros confluyen en el único acto sacrificial
que construye la comunidad cristiana y manifiesta la unidad del
sacerdocio, del sacrificio y de todo el pueblo de Dios (dOGMR 153).
Concurrencia: se
da c. "cuando en el mismo día hubieran de celebrarse las
vísperas del oficio en curso y las primeras vísperas del
día siguiente, prevalecen las vísperas de la celebración
que en la tabla de los días litúrgicos ocupe lugar preferente; en
caso de igualdad, se prefieren las vísperas del día en
curso"
(Normas
universales sobre el año litúrgico y
sobre el
calendario 61).
Conditorium (=
sepulcro): en el lenguaje litúrgico equivale a la piscina: lugar
destinado a recoger el agua de las purificaciones o los
2091
residuos de los
objetos sagrados destruidos o
incinerados.
Confesión:
en el sentido primario, es la proclamación de la fe (símbolo
o profesión de fe); proclamación pública de la alabanza
divina; en sentido penitencial, significa confesar las culpas en el sacramento
de la penitencia (cf RP 6b) y lugar en el que un mártir sufrió el
martirio o donde está sepultado.
Confirmación:
el bautizado avanza por el camino de la iniciación cristiana por
medio del sacramento de la c , por el que recibe la efusión del
Espíritu Santo. "Por esta donación del Espíritu Santo
los fieles se configuran más perfectamente con Cristo y se fortalecen
con su poder, para dar testimonio de Cristo y edificar su cuerpo en la fe y la
caridad. El carácter o el signo del Señor queda impreso de tal
modo, que el sacramento de la c. no puede repetirse" (RC 2,1).
Confractorium: en
la misa ambrosiana es la antífona que acompaña ía
fracción del pan ("canto al partir el pan").
Conmemoración:
recuerdo litúrgico de un oficio concurrente en el día, pero
impedido por otro más importante. En laudes y vísperas se conmemora
añadiendo a la oración conclusiva una antífona (propia o
del común) y la oración del santo (cf OGLH 239b).
Conopeo (de
chonopéion — tienda): velo, ahora facultativo, que cubría
el sagrario que custodiaba el Santísimo, como signo de la presencia
del Señor en el sacramento (cf instr. Eucharislicum myslerium 57; RCCE
11).
Consignatio (=
signar): el signo de la cruz hecha sobre la frente del confirmando, que hasta
el
s. v era distinta
de la unción (crismación).
Consignatorium:
capillajunto al bautisterio, en donde los neófitos eran confirmados por
el obispo antes de ser conducidos en procesión a la iglesia para
participar en la eucaristía. / Lugares de celebración 1215.
Constituciones
apostólicas: se trata de una compilación canónica en
ocho libros atribuidos a Clemente Romano (t 96), pero en realidad redactada
entre los ss. iv-v, sobre un material preexistente (Didajé, Didascalia
siríaca, Tradición apostólica); en el libro Vil
contiene una anáfora basándose sobre el texto de
Contestatio:
parte de la / anáfora galicana correspondiente al prefacio romano.
Contrición:
primera de las cuatro condiciones del sacramento de la penitencia
(además de la confesión, satisfacción y
absolución); es el primer acto del penitente, que consiste en el
"dolor del alma y un detestar el pecado con propósito de no pecar
en adelante, es la / metánoia, es decir, aquel íntimo cambio de
Vocabulario
litúrgico
todo el hombre
impulsado por la santidad y el amor de Dios, manifestado en Cristo" (RP
Cordero: en la
liturgia bizantina es la parte principal de uno de los cinco panes de la
ofrenda (/ prospherá), que representa al Cordero de Dios. Esta parte del
pan, de forma cuadrada
o rectangular,
lleva impreso las IC (= Jesús), XC (= Cristo), NI y KA (= vence); el
primero (IC) se introduce en el cáliz en el momento de \ü
fracción, mientras que los otros tres son utilizados para la
comunión del sacerdote y de los ministros.
Coro: parte de la
iglesia reservada al clero (/ presbiterio), con frecuencia enriquecida por la
sillería adornada artísticamente. En la celebración comunitaria
del oficio divino "la obligación del coro mira a la comunidad, no
al lugar de la celebración, que no es necesariamente la
iglesia" (OGLH 262).
Coronación
[de una imagen]: costumbre de poner una corona preciosa sobre la cabeza de
una estatua o imagen de
Corporal: sagrado
lienzo que se extiende en el altar sobre el mantel para poner sobre él
la / patena y el cáliz en la celebración eucarística
(cf OGMR 49,
Corpus domini
(— cuerpo del Señor): fiesta que se introduce en Occidente a causa
de la devoción a la sagrada forma como respuesta a los errores de
Berengario de TourS, que negaba la presencia real del Señor; se
celebró por primera vez en el año 1246 en Lieja por el obispo
Roberto de Thourotte. El papa Urbano IV en 1264 la extendió a toda
la iglesia. Después del concilio Vat. II se denomina solemnidad del
Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo.
Costumbre
[litúrgica]: / Derecho litúrgico 555, NB.
Credencia: mesita
ubicada en el presbiterio sobre la cual se coloca lo necesario para la celebración,
como el cáliz, corporales, vinajeras, etc. (cf OGMR
Cremación
(— acción de quemar): reducir a ceniza un cadáver. A
los que han escogido la cremación de su cadáver puede
concedérseles el rito de las exequias cristianas, "a no ser que (la
cremación) haya sido elegida por razones contrarias a la doctrina
cristiana" (CDC 1176,3).
Crisma (de /
chrismón): mezcla de aceite de oliva y bálsamo consagrado
por el obispo en la misa crismal junto con el óleo de los enfermos
y de los catecúmenos. / Elementos naturales 649.
Crismación:
rito de unción con el crisma realizada sobre el neobautizado,
confirmando, sacerdote y obispo.
Crismeras: vasos
o pequeñas ánforas destinadas a conservar los santos
óleos: crisma, enfermos y catecúmenos.
Crismón:
medalla sobre la cual está inscrito el monograma de Cristo P y el
binomio apocalíptico A y íl.
Cronógrafo
[filocaliano]: de Furio Dionisio Filocalo, famoso calígrafo, amigo
del papa Dámaso, autor en 350 de un calendario para el cristiano
Valentín. Además de otras indicaciones de fechas civiles en
la segunda parte, contiene elementos cristianos, como el aniversario de
los papas (depositio episcoporum) y de los mártires, partiendo del
nacimiento de Cristo (25 de diciembre) hasta el día 13 de diciembre.
/Santos, Cuito a los, 1876.
Cruz: antiguo
suplicio en el que fue suspendido y murió Cristo. Desde el principio del
cristianismo fue objeto de veneración y se convirtió en
signo de victoria cuando, después de Constantino, fue representada
gamada. Las primeras representaciones del crucifijo se remontan al s. V;
en Occidente es representado vestido, más o menos hasta el s. X. Existe
la cruz procesional, la del altar, la del pectoral usada por el papa,
cardenales, obispos y abades. El viernes santo la iglesia adora solemnemente
la santa cruz.
Cuarenta horas:
costumbre piadosa nacida en Milán en la iglesia del Santo Sepulcro en
1547. Su gran propagador fue san Antonio María Zacarías. El papa
Clemente VIII las autorizó en Roma, y el papa Urbano VIII las
aprobó umversalmente. Consiste en un acto de adoración al
Santísimo Sacramento por espacio de cuarenta horas (aunque no sean '
consecutivas). Actualmente se regula por las normas del RCCE 94-96.
Cuaresma: tiempo
litúrgico "ordenado a preparar la celebración de la
pascua: la liturgia cuaresmal prepara para la celebración del misterio
pascual tanto a los catecúmenos, haciéndolos pasar por los
diversos grados de la iniciación cristiana, como a los fieles, que recuerdan
el bautismo y hacen penitencia" (Normas universales sobre el
año litúrgico y sobre el calendario 27).
Cuartodecimano:
nombre dado a los cristianos de Oriente que en el s. n celebraban la pascua el
día 14 de nisán (marzo), mientras que en Occidente se celebraba
el domingo siguiente a la luna llena de primavera. Por esta diferencia se
entabló la discusión sobre la celebración de la
pascua. La disputa se acentuó en tiempos del papa Victorio I (189-199).
La intervención de Ireneo de Lión (202) evitó el cisma. En
este ambiente se inserta la homilía
2092
pascual del
llamado Anónimo cuartodecimano.
Cuatro
témporas: tres días de particular oración, ayuno y
limosna (miércoles, viernes y sábado), que la iglesia ordenaba al
inicio de las cuatro estaciones. Se trata de una costumbre
antiquísima y vinculada al mundo agrícola. Después de la
reforma del Vat. II, la iglesia, en estos días de témporas, ora a
Dios por las diversas necesidades de los hombres, principalmente por los
frutos de la tierra y el trabajo humano, y da gracias a Dios
públicamente (cf Normas universales sobre el
año
litúrgico y sobre el calendario 45-47).
Cursus (=
movimiento): es la sucesión armoniosa de palabras y de
sílabas usadas por los prosistas griegos y latinos al final de las
frases y de los miembros de frase para obtener diversas cadencias de
efecto agradable al oyente. Se distingue un c. planus, tardus y velox. Se
encuentran ejemplos bellísimos en las oraciones latinas de la misa.
Indicaba también antiguamente el oficio divino, el conjunto de las
diversas horas que se recitaban en el curso de un día.
Cusapa: en el
rito siro-caldeo, la plegaria penitencial que recita en secreto el
celebrante estando generalmente de rodillas.
Dalmática:
una túnica blanca, adornada con mangas anchas y cortas, usada para el
paseo en la antigua Roma. Es la vestidura propia del diácono (OGMR 81b,
300; OGLH 255).
Déesis (=
intercesión): icono típico en el centro del / iconostasio
clásico, representando a Cristo / Pantocrátor (= que todo
contiene o domina), y a su derecha
Delegación
[diocesana de liturgia]: / Organismos litúrgicos.
Depositio: / Dies
natalis.
Deprecatio
Gelasii: oración litánica introducida por el papa Gelasio
(492-496), sustituyendo la oración de los fieles. A cada petición
se responde: Kyrie, eleison; Christe, eleison. El papa Gregorio Magno (590-604)
suprimió las intenciones o peticiones, dejando las respuestas o
aclamaciones de la asamblea en el rito de entrada de la eucaristía.
Despedida [rito
de]: parte conclusiva de la celebración, con la que se disuelve la
asamblea para que cada uno vuelva a sus quehaceres alabando y bendiciendo al
Señor (cf OGMR 57).
Devotio (de
devovere = dedicar, consagrar): expresa el sentimiento profundo de quien
se ha consagrado a Dios, respondiendo así a su iniciativa amorosa;
no se trata tanto de una piedad, sino de una actitud del bautizado al
"que es porción de Dios", del religioso que profundiza
este aspecto en su vida y del consagrado por la ordenación.
2093
Día
[litúrgico]: "Comienza a medianoche y se extiende hasta la
medianoche siguiente. Pero la celebración del domingo y las solemnidades
comienzan ya en la tarde del día precedente". "Cada
día es santificado por las celebraciones litúrgicas del
pueblo de Dios, principalmente por el sacrificio eucarístico y por
el oficio divino" (Normas universales sobre el año litúrgico
y sobre el calendario 3).
Diaconisas:
así eran llamadas las mujeres, vírgenes o viudas, que en la
iglesia antigua prestaban algunos servicios, incluso litúrgicos, en
la comunidad. Además de la asistencia caritativa, se les reservaba
la administración del bautismo a las mujeres y la unción de las
mismas. Por ser una institución particular, su ordenación nunca
tuvo valor sacramental.
Diácono:
"Entre los ministerios, ocupa el primer lugar el diácono, uno
de los grados del orden que ya desde los comienzos de la iglesia fue tenido en
gran honor. En la misa, el d. tiene su cometido propio en la
proclamación del evangelio y, a veces, en la predicación de la
palabra de Dios; en preceder a los fieles en la oración universal; en
ayudar al sacerdote, en distribuir a los fieles la eucaristía, sobre
todo bajo la especie de vino, y en las moniciones sobre posturas y gestos
de toda la asamblea" (OGMR 61). / Diaconado.
Diakonikón:
en las iglesias orientales, el altar secundario de la derecha, junto al muro
del ábside. Sobre él se colocan los ornamentos litúrgicos
para los celebrantes.
Didajé:
libro que recoge instrucciones morales, litúrgicas y disciplinares con
una conclusión apocalíptica. Data de la segunda mitad del primer
siglo, proveniente de la experiencia eclesial palestina. Son importantes para
la liturgia los ce. 7 (bautismo), 9-10 y 14 (eucaristía).
Dies natalis:
para los romanos era el día del nacimiento. Para los cristianos es el
día de la muerte, por ser el día del nacimiento para el cielo, el
paso a la verdadera vida. En el aniversario del d. n. se celebra la
depositio (fecha de la muerte) de los mártires, de los obispos,
etcétera.
Difuntos
[conmemoración de todos los fieles difuntos]: la conmemoración
del día 2 de noviembre se remonta a san Odilón, abad de Cluny
del 994 al 1048. El papa Benedicto XV en 1915 concede a los sacerdotes poder
celebrar en este día tres misas. Cuando este día cae en
domingo, éste deja su lugar a la liturgia de los fieles difuntos
(cf Tabla de los días litúrgicos).
Dikirotrikíra:
en la liturgia bizantina, los pequeños candeleros que tienen
incrustrados dos o tres velas. El obispo lo usa para bendecir, pues
representan las dos naturalezas de Cristo y
Vocabulario
litúrgico
Dimissio
catechumenorum: despedida de los catecúmenos al terminar las
lecturas de la palabra de Dios. De ahí la expresión missa.
Diócesis:
"Una porción del pueblo de Dios cuyo cuidado pastoral se encomienda
al obispo con la colaboración del presbiterio, de manera que, unida
a su pastor y congregada por él en el Espíritu Santo mediante el
evangelio y la eucaristía, constituya una iglesia particular, en la cual
verdaderamente está presente y actúa la iglesia de Cristo
una, santa, católica y apostólica" (CDC 369).
Diódion: /
canon.
Dípticos
(=dos pliegues); dos pequeñas tablillas, en forma de libro, de
madera o de marfil, en las que se anotaba una lista de nombres pertenecientes a
miembros vivos o difuntos en relación con la iglesia, los cuales,
precedidos y seguidos por breves fórmulas de recomendación
a Dios, eran proclamados durante la misa, como testimonio de la comunión
espiritual que los fieles tenían con ellos. San Cipriano habla de
los d. como de uso muy tradicional en su tiempo.
Directaneus: tono
recto, sin flexión, con que se canta un salmo, himno o cántico.
Dískos:
patena en la liturgia bizantina.
Diurna): libro
que contiene el oficio de las horas diurnas.
Doble [rito]:
antes de la reforma litúrgica del Vat. II indicaba el grado de la fiesta
litúrgica. Se dividía en cuatro categorías: d. de primera
clase y de segunda clase, d. mayor y menor; los dos primeros, a su vez, se
llamaban clásicos; los otros, infraclásicos.
Dogmatikón:
/ theotókion del lucernario de las grandes y pequeñas
vísperas del sábado tarde
o de las fiestas
(liturgia bizantina). Su nombre proviene de la fórmula
dogmática continente que se refiere a
Doxastikón:
/ tropario cantado después de la primera parte del Gloria al Padre (Doxa
Pa~ íri), relacionado con el misterio de
Doxología
(de doxa — gloria + logos = palabra): fórmula
litúrgica que glorifica a Dios. Se distinguen: a) la gran
doxología que es el himno: Gloria a Dios en el cielo... (cantado en el
oficio matutino primitivo); b) la pequeña d.: Gloria al Padre...
(s. iv), recitado como conclusión trinitaria de muchas oraciones y de
todos los salmos en
Economía:
el plan salvífico decretado por Dios, realizado y revelado en la
historia, plan que encuentra en Cristo su centro y culminación (cf Ef
1,3-14 y paralelos).
Ecténias:
oraciones orientales de intercesión en forma litánica,
proclamadas por el diácono o
Vocabulario
litúrgico
por el sacerdote;
la asamblea responde con la invocación Kyrie, eleison.
Effetá (=
ábrete): antiquísimo rito del aperitio aurium (abrir los
oídos), inspirado en Me 7,34, y practicado sobre los bautizados para
significar la capacidad de escuchar la palabra de Dios (también el proclamar
la propia fe) (cf/?5132).
Eiréne
pásin (= paz a todos): en el rito bizantino es el saludo inicial que el
sacerdote dirige a la asamblea, la cual responde: Kaí tó
pneúmati sou (y con tu espíritu).
Éisodos (=
entrada): en el rito bizantino, la procesión de entrada en las
vísperas de los domingos y de las fiestas, al terminar el lucernario,
mientras se canta el / theótokion dogmático; en la liturgia,
además de la pequeña entrada, existe la gran entrada (ofertorio).
Ekphónesis:
conclusión doxológica de una oración o letanía
cantada por el celebrante (liturgia bizantina).
Elegidos (electi,
gr. photixómenoi: = iluminados): así se llaman en Roma a los
candidatos al bautismo, que en el tiempo de cuaresma recibirán
catequesis especiales para prepararse adecuada e inmediatamente al
bautismo; / competentes.
Elevación
(de las sagradas especies eucarísticas): la elevación más
antigua es la que acompaña
doxolo8 í
a
D conclusiva del
canon, antes del Padrenuestro. La gran elevación es la más
importante. La que sigue a la narración de la institución se
introdujo en el s. XM en con
hereJía de
í+ainleJa
Berengario de Tours (T 1088), que defendía la permanencia de la
sustancia del pan y del vino después de la consagración.
Embolismo (de
embulló = añadir): oración que recoge y desarrolla una
oración precedente ; u n propio es el Líbranos, Señor...,
que sigue inmediatamente al Padrenuestro de la eucaristia y comenta
desarrollando la última petición (... y hbranos del mal).
También es un e
a parte
central y variable del prefacio.
É"nlí£(=
preludi°):
en la liturgia bizantina, la
Va de la
K T\
doxología inicial a la en
trada de los
mimstros en el santuario.
egk"inía
Enret'!L"fide,
= dedicación): fiesta que temnln H t recon?agrac¡ón del
altar y del
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sobre los sirios en el año
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de diciembre (cf
Jn 10,22). / Dedicación 532.
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2094
Eortología
(de eorté = fiesta): el estudio del origen y de la historia de las
fiestas y de los tiempos del año litúrgico.
Eothinón:
el evangelio del / orthrós. En domingo, el doxastikón de los
laudes, que corresponde a uno de los once evangelios de la
resurrección.
Epacta (de
épaktos = añadido); es el número de días que en
cualquier año tiene el día 1 de enero la lunación
comenzada antes del mismo, pues el año solar excede en once
días al lunar común de doce lunaciones, o sea, de trescientos
cincuenta y cuatro días. La e. ayuda a determinar el novilunio de
cada mes y en particular el de marzo, del que depende la datación de la
pascua. Para encontrar la e. es necesario previamente conocer el /
número áureo.
Epano-kalamáfkion:
lienzo negro muy ligero que rodea el / kalamáfkion, que cae sobre las
espaldas dividiéndose en tres partes.
Ephymnion:
estribillo que se intercala entre los troparios del canon poético.
Epíclesis
(de epikaléó = invocación): con la e. "la iglesia,
por medio de determinadas invocaciones, implora el poder divino para que
los dones que han presentado los hombres queden consagrados, es decir, se
conviertan en el cuerpo y sangre de Cristo, y para que la víctima
inmaculada que se recibe en la comunión sea para salvación
de quienes la reciban" (OGMR
oraciones de
consagración también contienen una fórmula
epiciética en la que se invoca la intervención especial del
Espíritu Santo. / Eucaristía 735-736; / Espíritu Santo 702
716.
Epifanía
(= manifestación): la fiesta litúrgica de Jesús, que se
revela y se manifiesta en la navidad a los pastores y a los magos (Occidente);
en el bautismo del Jordán y en las bodas de Cana a los discípulos
(rito bizantino). / Navidad/ Epifanía 1405-1408.
Epístola:
la lectura bíblica que seguía a la oración colecta.
Se encuentra ya en la liturgia romana a finales del s. v Su nombre proviene del
hecho de ser un texto de las cartas de los apóstoles. El libro que
contenía los textos de las e. se llamaba Epistolario.
Epitáphios:
en las iglesias orientales, el lienzo precioso que representa a Cristo en el
sepulcro. Se lleva en procesión el viernes y sábado santos.
Es adorado el viernes santo y se coloca sobre el altar para el oficio de
medianoche antes de los maitines pascuales.
Ephitymía:
la penitencia impuesta por el confesor por los pecados cometidos. Puede
incluir también la exclusión de la comunión eucarística
por un tiempo más o menos largo. Cuan
2095
do dura
más de un año se reserva al obispo y pide una fórmula
especial antes de la absolución ordinaria.
Epitrachélion:
en el rito bizantino, la larga estola del obispo o del sacerdote adornada
con siete cruces.
Escrutios: examen
y averiguación exacta y diligente que se hace de una persona,
aspirante al bautismo, sobre su comportamiento y sobre su conocimiento del
evangelio o de la fe. / Iniciación cristiana 1055 (Carta a Senario),
1056 (Getasiano y Ordo XII) y 1060 (RICA).
Esperínon:
las vísperas en la liturgia oriental.
Esychía-esicasmo
(— silencio, tranquilidad de la mente y del cuerpo): método
ascético oriental que busca la contemplación de Dios por medio
de la paz del cuerpo y del alma. Interiorización y oración
de corazón: cf Mt 6,5-6.
Etimasía
(— preparación): la solemne representación
simbólica del juicio final presidido por Cristo (es etoimasía tou
thrónou — preparación del trono): un trono que termina
con una cruz (o el monograma de Cristo). Ejemplos típicos son: el
famoso sarcófago de Túsculo, en el mosaico de la cúpula
del bautisterio de los ortodoxos en Rávena, y el arco triunfal de
la basílica de Santa María
Eucharistia
lucernalis: en la liturgia ambrosiana e hispano-mozárabe, la antigua
liturgia vespertina en la que se ofrecía al Señor, como
sacrificio de la luz, la lámpara —símbolo de Cristo, luz
del mundo - que se encendía al inicio de la / sinaxis nocturna.
Euchélaion
(= óleo santo): la unción de los enfermos en la iglesia
oriental.
Euchológhion:
es el libro que contiene las oraciones para la / synaxis
eucarística. Es famoso el de Serapión (+ ca. 390). En
Oriente es el libro fundamental por contener las oraciones presidenciales de
las horas, el ordinario de la eucaristía, de los sacramentos, el oficio
de los difundos, la profesión monástica, las consagraciones
y las bendiciones. Corresponde al Sacramentario y a los Rituales latinos.
Eucología
(de euché — oración, y lógos — palabra):
"la ciencia que estudia las oraciones y las leyes que regulan su composición.
En un sentido menos propio, el conjunto de oraciones contenidas en un
formulario o en un libro litúrgico"(M. Ángel). /
Eucología 759.
Euloghetária
(de euloghetós — bendito): se llaman así a dos series
de troparios, uno dedicado a la resurrección y el otro a los
difuntos; el nombre proviene de la primera palabra del estribillo: Benditos
seas, oh Señor (cf Sal 118,12). El de la resurrección se canta en
el orhtrós dominical como anuncio de la pascua semanal. Los dos
últimos troparios están dedicados a
Vocabulario
litúrgico
triple aleluya en
honor a
Eulogía (=
bendición): oración de bendición y, por tanto,
sinónimo de la eucaristía en el s. i. Luego se aplicó la
palabra a los panes bendecidos pero no consagrados (— /
antídoron) y a los demás objetos bendecidos y conservados por
devoción.
Euouae: sigla
vocálica sacada de la conclusión del Gloria Patri (saeculorum.
Amén), que en los libros litúrgicos corales indica el final de
cada versículo del salmo.
Evangeliario:
libro que recoge las perícopas evangélicas para la liturgia de la
palabra.
Exapostilárion
(nombre de origen incierto): es el / tropario que precede a las alabanzas, después
del canon del / orthrós. Está en conexión con el tema
de las alabanzas y del evangelio del orthrós y presenta con
frecuencia el tema de la luz de Cristo.
Exaptérygon:
especie de / flabelos usados en el rito bizantino.
Exhomológhesís
(— confesión): oración de alabanza y de
adhesión a la voluntad divina y confesión de los pecados (cf 1 Jn
1,9; Sant 5,16).
Expiación
[fiesta de la]: es la fiesta del Kippur, la más solemne del judaismo (cf
Lev 16,1113) y la única presidida por el sumo sacerdote. La
carta a los Hebreos contempla en el sacrificio de Cristo la verdadera
realización de esta fiesta (cf Heb 9-10).
Exposición
del Santísimo: es la veneración de Cristo presente en el
sacramento. Los fieles al estar en la presencia sacramental de Cristo recuerdan
que esta presencia proviene del sacrificio y se ordena al mismo tiempo a
la comunión sacramental y espiritual (cf Ritual de la sagrada
comunión y del culto a la eucaristía fuera de la misa 80).
El ministro de la exposición es el sacerdote o el diácono; en su
ausencia o legítimamente impedidos, pueden exponer y reservar el
acólito, el ministro extraordinario de la sagrada comunión,
los cuales no podrán bendecir con el santísimo Sacramento
al terminar la adoración (cf ib, 91).
Expulsión
de los penitentes: el rito con el que los penitentes públicos y los
catecúmenos eran despedidos al terminar la liturgia de la palabra.
Exsultet: es la
primera palabra con que empieza el / Praeconium paschale.
Ext rama
unción: antiguo y discutido nombre dado a la / Unción de los
enfermos 20142028.
Faldistorio (de
Ealtatuhi = silla plegable); asiento móvil sin respaldo, recubierto
de un lienzo del color litúrgico del día, usado por el obispo en
algunas celebraciones, sobre todo cuando falta la cátedra.
Familias
litúrgicas: la diferenciación y polarización del
núcleo litúrgico debido a hechos históricos,
geográficos, culturales y lingüísticos, dando lugar a la
formación de las diversas f.l. En Occidente podemos diferenciar las
liturgias galicana, céltica, hispano-mozárabe, ambrosiana
y romana; en Oriente, las familias antioquena y alexandrina.
Feria: para los
romanos es el día no laborable. En el lenguaje litúrgico son los
días de la semana que siguen al domingo, (feria secunda = lunes);
el primer día de la semana es el domingo y el séptimo conserva la
denominación hebrea: sábado. En la f. no hay oficio propio
ni memoria de santo; por tanto, el oficio y la misa son feriales o ad libitum.
Son
f. privilegiadas
el miércoles de ceniza, las ferias de la semana santa y las ferias
de adviento del 17 al 24 de diciembre.
Fermentum: era
fragmento del pan eucarístico consagrado por el papa y llevado a los
presbíteros titulares que no habían participado en la misa
papal por tener que celebrar para sus fieles. Este fragmento introducido, en el
cáliz en el momento del Pax Domini, era signo de comunión y
de unidad con el papa.
Férula:
antiguo bastón usado por los pedagogos y, en el rito ambrosiano, la
insignia del preboste.
Filantropía
(= amigo de los hombres): uno de los atributos divinos más apreciados
por la liturgia y la piedad oriental. Significa el amor de Dios al hombre.
Flabelos (de
fiare = soplar): los abanicos grandes de plumas de avestruz que un tiempo
acompañaban los movimientos del papa en la silla gestatoria.
Flectamus genua
(= pongámonos de rodillas): monición diaconal dirigida a la
asamblea para que se arrodille y ore en silencio (cf MR, viernes santo, n. 11).
Pos-hilaron: /
Phos hilaron.
Fractio
pañis (= fracción del pan): es el gesto «parti r el pan
realizado por Cristo en la ?™ a.™, a (cf 1 Cor 11,24; Le 22,19; Me
it,¿2, Mt 26,26), que dio nombre a la celeoración entera de
la eucaristía (cf He 2,42.46; iUiílmente la f-P-tiene lu
del r¡,
d«pués
« I rito de
la paz y significa "que nosotros,
snln
Sr,°m°1 muchos
. <=" la
comunión de un
solo pan de vida,
que es Cristo, nos hacemos
Uerp <OGMR
10,17) °
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calor, ocupa un lufa
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nt0 2ara la bendición
del oue l del
tog°,
«SíTfó
2¡b
" la
io™ula que acompaña a la ben
2096
dición (cf
MR, Vigilia pascual, n. 9). / Elementos naturales 642-647.
Gaudete
[domingo]: se llama así el tercer domingo de adviento por comenzar
la antífona de entrada con la palabra Gaudete in Domino semper...
(Flp 4,4). El color litúrgico de este domingo puede ser rosa (cf OGMR
308 0
Gazza: (=
tesoro): libro litúrgico siro-oriental en el que se recogen las
composiciones poéticas para las fiestas y las memorias de los
santos.
Gelasiano
[sacramentarlo]: se titula también Líber sacramentorum
romanae aeclesiae ordinis anni circuli (edición crítica
realizada por
L. C. Mohlberg) o
gelasiano antiguo, para distinguirlo del grupo posterior de los gelasianos
francos de la segunda mitad del s. viii; se conserva en un solo manuscrito
(Vaticano, Reginensis lat. 316), copiado en el país franco hacia
mediados del s. VIII. Empieza con la vigilia de navidad y contiene todo el
año, con el santoral separado del temporal. Representa la liturgia
de una iglesia presbiteral de Roma en el s. Vil, incluso con elementos de la
liturgia de Roma en el s. VI, antes de san Gregorio. Algunos rechazan esta
hipótesis y
sitúan la
composición del sacramentarlo en el país franco. Está
dividido en tres libros: 1.° Propio del tiempo y algunos rituales (ordenación
presbiteral, diaconal; catecumenado, penitencia, bautismo,
dedicación de la iglesia, órdenes menores, consagración de
vírgenes); 2.° Orationes el preces de natalitiis sanclorum;
3.° Orationes el preces cum canone per dominicis diebus. / Libros
litúrgicos
1129-1130.
Gellone
[sacramentarlo]: es el códice latino, manuscrito 12048 de
Genuflectentes:
es una clase de penitentes que se despide en la celebración
eucarística después de la liturgia de la palabra con los
catecúmenos; pero antes de salir se ponen de rodillas para
escuchar una oración en la que se pide su conversión y recibir la
bendición.
Glianta: es el
rito siro-caldeo, la oración pronunciada por el celebrante en el momento
del / Qurbana, en voz baja y de rodillas, con las manos extendidas y con las
palmas mirando hacia arriba.
(Eloria in
excelsis Deo (= gloria a Dios en el cielo): es la gran / doxología.
Himno de origen griego, compuesto por el canto angélico de Le 2,14,
como introducción; luego sigue una alabanza al Padre (parte más
antigua), una súplica al Hijo, Jesucristo, y una doxología
trinitaria.
2097
Gloria Patri: es
la pequeña doxología. La segunda parte (sicut eral...) se
fijó en Occidente en el s. VI, pero no ría sido aceptada en
Oriente.
Cmurtha: en el
rito siro-caldeo, el pan consagrado.
Gradual: era el
salmo responsorial después de la primera lectura, proclamado por el cantor
desde las gradas (gradus) del ambón. /Salmos 1858.
Gregorianos
[sacramentarlos]: se trata de una familia de sacraméntanos. El primero
se conoce por medio de un ejemplar papal enviado por Adriano I a
Carlomagno entre 784 y 791. El título del volumen se atribuye a san Gregorio.
La comparación entre el gregoriano / Adrianum y otros dos manuscritos
ligeramente diferentes, conservados en Padua y Trento, permite establecer
que dicho sacramentario se constituyó en Roma hacia 630. Contiene
por lo menos ochenta oraciones, que se pueden atribuir con certeza o gran
probabilidad a san Gregorio Magno (590604). / Libros litúrgicos
1130.
Hadrianum
[sacramentarlo]: nombre dado al / Gregoriano enviado por el papa Adriano a
Carlomagno. / Libros litúrgicos 1130.
Hághia (de
la hágia — las santas): es la puerta central del / iconostasio que
tiene dos hojas (de ahí el plural); se llama también real o del
Paraíso. Está decorado con el icono de
Haghiasma (=
templo, sagrario): en el rito bizantino, el agua santa o la fuente
decorada con el / icono de un santo o de un misterio venerado
(haghiasmatérion = agua santa). Es también un extracto del /
euchológhion.
Hagiográfica
[lectura]: es el texto de algún padre o escritor
eclesiástico que o bien habla directamente del santo cuya festividad se
celebra o que se le puede aplicar rectamente, ya un fragmento de los
escritos del santo en cuestión, ya la narración de su vida (cf
OGLH 166), que se lee en el oficio de lectura.
Hebdomadario (de
hebdómada — semana): el canónigo o monje o religioso que
durante una semana se encarga de presidir el oficio o la misa capitolar o
conventual.
Hexasalmo: el
conjunto invariable de seis salmos (3, 37, 62, 87, 102, 142) recitados al
inicio del / orthrós.
Hieratikón
(= sacerdotal): en el rito bizantino, el libro que contiene las oraciones del
sacerdote o del diácono para el orthrós, las vísperas
y liturgia. / Euchológhion.
Hijuela: / palia.
Vocabulario
litúrgico
Himnarío:
el libro que recoge los himnos para la liturgia de las Horas. El card. Tommasi
publicó una colección, sirviéndose sobre todo del himnario
manuscrito más antiguo que conocemos, el códice Reg. XI, de
VIII. La
colección de todos los textos poéticos medievales conocidos fue
llevada a cabo por Dreves y Blume, Analecta hymnica medii aevi, con cincuenta y
ocho volúmenes.
Himno de la
tarde: uno de los más antiguos himnos lucernarios, atribuido al
mártir Atenágoras, muerto hacia 169. En griego, phóshilarón;
en latín, lumen hilare. Dirigido a Cristo (luz gozosa) y concluye con
una doxología trinitaria. / Luz.
Hipogonátion
(= apoyo para las rodillas): es el pastoral del obispo para los bizantinos.
Hirmós (=
seguido, concatenado): el primer tropario de cada oda del canon, empleado como
modelo para otras estrofas.
Homiliario: antes
del año 1.000 los libros para la celebración de la liturgia de
las Horas estaban separados; uno de ellos era el homiliario, que
contenía las lecturas patrísticas, generalmente sacadas de
las homilías de los padres de la iglesia. El que obtuvo más
difusión fue el de Warnefrido, llamado vulgarmente Pablo el
Diácono, monje de Montecasino (f 797?), que lo preparó por
encargo de Carlomagno, el cual escribió el prefacio recomendando
la obra para el uso litúrgico.
Homophórion:
en la liturgia bizantina, la larga cinta que el obispo lleva alrededor del
cuello y que simboliza la oveja perdida que el buen pastor (Cristo) lleva al
redil (iglesia).
Hora intermedia:
comprende las horas de / tercia, / sexta y / nona. Conforme a una
tradición muy antigua de la iglesia, los cristianos acostumbraron a
orar por devoción privada en determinados momentos del día,
incluso en medio del trabajo, a imitación de la iglesia
apostólica; esta tradición cristalizó en unas oraciones a
unas horas determinadas del día, en tercia, sexta y nona. Tanto en
Oriente como en Occidente se ha mantenido la costumbre litúrgica de
rezar a estas horas principalmente para unirse al recuerdo de los
acontecimientos de la pasión del Señor y de la primera
propagación del evangelio (cf OGLH 74-79).
Horológhion:
libro litúrgico bizantino que contiene la parte ordinaria del
oficio cotidiano con elementos sacados de otros libros litúrgicos
como el / Menáia, del / Triódion, del / Pentekostárion y
otros formularios.
Hosanna: /
aclamación.
Hostia (de hostia
— víctima): pan ácimo redondo y delgado que se
confecciona con harina para el sacrificio eucarístico. Se consagra en la
plegaria eucarística y se comulga en la comunión.
Hucusque: es la
primera palabra del prefacio al suplemento del sacramentarlo gregoriano,
atribuido durante tiempo a / Alcuino y hoy a Benito de Aniane.
Hudrá (=
ciclo): libro litúrgico siro-oriental (caldeo) que contiene las
más antiguas composiciones para todos los oficios festivos.
Hullalé:
cada una de las veinte secciones en que se divide el salterio en la
mayoría de los ritos orientales.
Humeral [velo]:
el paño con el que se recubre las espaldas del sacerdote mientras
bendice con el Santísimo a la asamblea o cuando se realiza una
procesión eucaristica o se traslada el Santísimo (por ejemplo, el
jueves santo).
Humuíate
capíta vestra Deo ('-- inclinaos para recibir la bendición,
según la traducción castellana): es la monición
diaconal dirigida a la asamblea para recibir la bendición con que
termina la eucaristía (cf MR, Benedictiones solemnes; Orationes super
poputum).
Huthama: en el
rito oriental caldeo, la bendición final al despedir a los fieles
al final del / Qurbana.
Hypakoé
(— escucha): tropario festivo y dominical.
Hypapánté
(= encuentro): es el nombre griego de la fiesta de la presentación del
Señor en el templo (2 de febrero). Conocida ya a finales del s. IV en
Jerusalén; en el s. Vil estaba difundida por toda la cristiandad. /
Ambürbium. /Candelaria. / Virgen María 2049.
Icono (= imagen):
pintura sagrada, frecuentemente portátil, pintada sobre una madera
siguiendo una técnica especial transmitida secularmente en
Oriente. La teología del icono arranca de la contemplación del
misterio de la encarnación, expresado en el texto de la carta Col 1,15:
"Cristo es imagen {= icono) de Dios invisible", y termina siendo una
teología visiva, una teofanía: "Cuando el evangelio
se expresa en palabras, el icono lo proclama con los colores y lo hace
presente a nosotros".
Iconoclasta (=
destrucción de las imágenes): se dice del hereje del s. VIII que
negaba, con violencia y radicalmente, el culto debido a las sagradas
imágenes, destruyéndolas y persiguiendo a quienes las
veneraban. Fueron condenados en el concilio ecuménico de Nicea en
787.
Iconostasio: la
parte que divide el santuario del espacio reservado a la asamblea, recubierta
de iconos y con tres puertas, una grande y dos pequeñas. /
Hághia. / Déesis.
Idiomélo:
el / tropario cantado según una melodía, a diferencia del /
prosómoion, que es cantado con un ritmo y una melodía
común a otros troparios.
I. H. S.: las
tres primeras letras de la palabra griega Jesús en la traducción
latina. La trans
2098
cripción
de
Ikos (de
oikós = estrofa, copla): estrofa del / kontákion.
IUatío: en
la liturgia hispano-mozárabe, la parte de la plegaria eucaristica que
corresponde al prefacio en la liturgia romana. / Contestatio.
Iluminados
(dephotisménoi): eran los llamados neófitos, por haber recibido
la luz de Cristo en el bautismo.
Imagen: / icono
(cf SC 125 y OGMR 278).
Imposición
de manos: / Gestos 320; además, / Iniciación cristiana y
Confirmación; / Chirothesía.
Improperios (de
improperare ~ reprochar): durante la solemne adoración de la cruz
en el viernes santo se cantan los i. que el Crucificado parece dirigir al
pueblo elegido; la asamblea responde con el Trisaghion: Hágios o
Theós (= santo es Dios), Hágios hchyrós {— santo y
fuerte), Hágios Athánatos (= santo e inmortal), ten piedad
de nosotros. Provienen del ambiente jerosolimitano (s. Vi) y se
introdujeron en el ambiente galicano. El texto se encuentra por primera vez en
el Pontifical de Prudencio de Troyes (s. IX).
Incienso (en gr.
¡hymiama): es el símbolo de la oración como aparece en el
Sal 140,2: "Se eleva mi oración ante ti como
incienso..."" En el Oriente cristiano se usó pronto el i.;
Occidente, en cambio, lo introduce en la liturgia en los ss. IX-X.
Actualmente es facultativo (cf OGMR 235-236). / Elementos naturales 646-647.
Indulgencia:
"Es la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya
perdonados en cuanto a la culpa, que un fiel dispuesto y cumpliendo
determinadas condiciones consigue por mediación de la iglesia, la
cual, como administradora de la redención, distribuye y aplica con
autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los santos" (CDC,
can. 992). Entre las i. recordamos la del día 2 de noviembre
(conmemoración de los fieles difuntos), la del día 2 de agosto
(de
Inmersión:
en el bautismo, el acto de entrar en el agua de la fuente bautismal.
Inmixtión:
/ conmixtio.
Instrumentum
parís: / portapaz.
Intercesiones:
antiquísimas oraciones de súplica que se hacen en la misa y en la
celebración de las vísperas (cf OGLH 180, 182).
Introitum
[antiphona ad]: canto que acompaña la entrada del sacerdote con sus
ministros. "El fin de este canto es abrir la celebración,
2099
fomentar la
unión de quienes se han reunido y elevar sus pensamientos a la
contemplación del misterio litúrgico o de la fiesta".
"Si no hay canto de entrada, los fieles, o alguno de ellos, o un lector
recitarán la antífona que aparece en el Misal. Si esto no es
posible, la recitará, al menos, el mismo sacerdote después
del saludo" (OGMR 25 y 26).
Invitatorio: Es
costumbre iniciar todo el oficio con el i. Consta del versículo
Señor, ábreme los labios... y el salmo 94 (o los salmos 99, 66 y
23) en forma responsorial (cf OGLH 34 y 35).
Jubileo: en la
biblia era tiempo jubilar al final de cada séptimo año
sabático, a saber: después de siete grupos de siete
años y, por lo tanto, cada cincuenta años (cf Lev 25,8ss).
Durante el jubileo la tierra descansaba y era un año de expiación
y de libertad. Desde 1300 se celebra el año santo o jubileo. En la
actualidad, cada veinticinco años, y por este motivo el papa concede
indulgencia plenaria.
Kairós:
tiempo favorable, oportuno. Indica la irrupción del tiempo de Dios en la
historia por medio de Cristo.
Kalamáfkion:
especie de sombrero, color negro y en forma cilindrica, usado por los bizantinos
(excepto Rusia).
Kántharos:
/ cantharus.
Karozutha: en el
rito siro-caldeo, la proclamación realizada por el diácono.
KashkuII (—
contiene todo): libro litúrgico sirocaldeo, que, a diferencia del
Hudra, contiene todos los textos para el oficio ferial. / Orientales,
liturgias, 1514.
Katamerós:
el leccionario en la liturgia copta.
Katabasía
(de katabasía = descenso, bajada): en el rito bizantino, nombre dado al
/ kirmós, cuando, en los días festivos, se canta nuevamente
al final de las odas o del canon, míentras los dos coros descienden
para unirse en el centro y cantar juntos.
Kathísma
(de kalhizó = estoy sentado): con esta palabra se indican las partes del
oficio durante las cuales se está sentado, y también cada
una de las veinte secciones en que está dividido el salterio
bizantino para ser leído en forma continua en las vísperas y
en el orthrós. / Catismas.
Katholikós
(= universal): título dado desde finales del s. IV a algunos
obispos de algunas iglesias procedentes del patriarcado de Antioquía,
a saber: los obispos de Seleucia-Ctesifonte, de Armenia y de Georgia. Actualmente
existen dos katholikói católicos, el armeno y el caldeo
(siro-jacobita).
Kénosis
(de kénosis = acción de vaciar, de despojar de todo):
expresa el abajamiento de Cristo cantado en el himno de Flp 2,7: "Cristo
se anonadó a sí mismo tomando \a natura
Vocabulario
litúrgico
leza de siervo,
haciéndose semejante a los hombres". El Hijo de Dios,
encarnándose, se despojó de su gloria hasta hacerse
"irreconocible" (cf Is 53,2-3). La k. es el modo propiamente
divino de amar. Existe también la k. del Espíritu en la iglesia.
Kérygma
(de keryssó — anuncio, proclamación): es el
núcleo esencial del mensaje evangélico, anunciado por
mandato divino a la iglesia.
Koinonía
(= comunión): palabra frecuente en los escritos de Pablo y de Juan;
indica la comunión entre las personas de
Kóluba:
dulce confeccionado con flor de trigo, fruta confitada y azúcar, que se
ofrece en el ámbito bizantino en honor de un santo o de un difunto.
Kontákion
(de kontós — himno breve): antiquísima
composición poética (s. v-vi). Himno compuesto de estrofas
isosilábicas, o por lo menos isorrítmicas, cantadas todas
según el mismo ritmo, con un estribillo cantado por el pueblo; el himno
va precedido cada vez de un preludio y se termina con una oración. La
liturgia bizantina ha conservado el k. con sus estrofas después de la
sexta oda del / orthrós festivo. El compositor más célebre
de los k. fue Romano el Melodo (s. VI). El célebre himno /
Akáthistos es un k.
Kusapá: en
el rito siro-caldeo, la oración secreta dicha por el celebrante.
Kyriale: libro
que contiene los cantos invariables de la misa, a saber: Kyrie, Gloria,
Credo, Sanctus, Agnus Dei.
Laetare
[domingo]: el cuarto domingo de cuaresma, porque la antífona de
entrada de la eucaristía comienza con la palabra "Laetare,
Ierusalem, et conventum facite..." (Is 66,1011). Se puede emplear en
este domingo el color rosa (OGMR 308Í).
Lauda Sion: /
incipit de la / secuencia compuesta por santo Tomás de Aquino para
la misa del / Corpus Christi, actualmente facultativa (cf OGMR 40).
Laudes
[matutinos]: oración matutina de la iglesia que se reza al comenzar
el día para santificar la mañana y hacer memoria de la resurrección
del Señor Jesús, que es la luz verdadera que ilumina a todos
los hombres y que nace de lo alto (cf OGLH 38). / Liturgia de las Horas
1172-1173.
Lázaro
[domingo de]: quinto domingo de cuaresma, ciclo A. En el rito ambrosiano
se llama asi al domingo en que se lee el evangelio de la
resurrección de Lázaro (Jn 11,1-45).
Leccionario:
libro litúrgico que contiene las lecturas bíblicas para las
celebraciones litúrgicas. / Libros litúrgicos.
Vocabulario
litúrgico
Lectura continua:
la lectura continua de la biblia en la liturgia consistía en
iniciar la lectura en donde se había concluido en la celebración
anterior. Hoy se emplea el sistema de lectura semicontinua, haciendo realidad
lo expresado en
Lectio divina:
lectura o meditación de
l.d. se practica
hoy también en comunidades cristianas no monásticas.
Lectorium: el
muro divisor entre la zona del coro y la nave. Su finalidad es crear una separación
entre el / presbiterio, reservado al clero, y la zona reservada a la asamblea;
en el
1. generalmente
están incorporados dos pulpitos.
Lectorado-Iector:
es el "ministerio instituido" (como el / acolitado), ya no es el
segundo grado de las órdenes menores. La función del lector
consiste en hacer de mensajero y portavoz de la palabra de Dios leyendo la
palabra a la asamblea litúrgica, menos el evangelio; faltando
el salmista, recitará el salmo responsorial; proclamará las intenciones
de la oración de los fíeles, cuando no haya a disposición
diácono o cantor; dirigirá el canto y la participación del
pueblo fiel; instruirá a los fieles para recibir dignamente los sacramentos
y preparará, cuando sea necesario, a otros a quienes se encomiende
temporalmente la lectura de
Leoniano
[sacramentado] / Veronense.
Letanía
(de litanéia ~ oración pública de súplica):
súplicas populares dialogadas entre el diácono y el pueblo,
que responde una breve invocación; con frecuencia acompañan una
procesión. En el rito bizantino se distingue la colecta (/
sunapté) de las / ecténias y la plegaria de petición
(/ áitesis). En la lit. latina son famosas las letanías de los
santos, y la devoción mariana ha creado la letanía lauretana
(de Loreto). El Kyrie, eleison es una letanía. / Deprecatio Gelasii.
Letras
dominicales: se da este nombre a las siete primeras letras del alfabeto (a, b,
c, d, e, f, g), que indican los días de la semana, para así
permitir individuar los domingos del año. Cada año tiene una
letra dominical. Los años bisiestos tienen dos: la primera hasta el
día 24 de febrero y la segunda del día 25 de febrero en
adelante. Así el 1984 tiene como letra dominical a y g; el 1985, la/- el
1986, la e; el
2100
1987, la d; el
1988, c y b... El orden de las letras es decreciente.
Lex credendi-lex
orandi: síntesis del famoso axioma atribuido a Próspero de
Aquitania (| 463), que reza así: "... ut legem credendi statuat lex
supplicandi" (= la ley de la oración establece la ley de
creer). Pone de manifiesto la relación vital entre fe y liturgia.
Pío XII en la enciclica Mediator Dei profundiza el axioma y aporta un
complementario: "Lex credendi legem statuat supplicandi" (cf MD 47).
Libelli
[missarum] (= pequeño libro para la misa): librito que contiene los
textos de una o más misas para uso de una determinada iglesia.
Nacieron cuando en la lengua latina se iniciaba la creatividad
litúrgica. Posteriormente se recogieron de estos 1. las mejores composiciones
eucológicas, dando lugar a los / sacraméntanos. El / Veronense es
un ejemplo prestigioso de esta recopilación.
Líber
ordinum: nombre dado al ritual mozárabe.
Líber
pontiflcalis: libro que contiene los datos biográficos de los primeros
papas y su actividad. En él se encuentran noticias, como fuentes,
sobre innovaciones litúrgicas realizadas
o atribuidas a
los primeros papas. / Agnus Dei.
Líber
sacerdotalis: la más importante tentativa del Ritual Romano, publicado
por Castellani en 1555 para uso de los sacerdotes.
Líber
sacramentorum: / Sacramentario.
Lité
(— súplica): en el rito bizantino, la gran oración de
súplica que se hace durante la procesión de las
vísperas. Se compone de peticiones en favor del pueblo y del mundo
entero.
Liturgia (del
griego léiton érgon = obra popular): hoy significa el culto
público e integral del cuerpo místico, Cabeza y miembros (cf SC
7). En la iglesia griega tiene un sentido más restringido: significa la
eucaristía (= la divina liturgia).
Liturgia [griega
de Santiago]: es un Ordinarium Missae completo con los ritos y las
fórmulas con ella relacionados, que representa probablemente el
antiguo rito litúrgico de Antioquía y Jerusalén. El
testimonio más antiguo se encuentra en un canon (32) del concilio de
Trullano (692); pero ciertamente se celebraba mucho antes. Cayó casi en
completo desuso desde el s. xn. La celebran hoy los griegos ortodoxos una sola
vez al año, en la fiesta de Santiago (23 de octubre), en
Jerusalén, Chipre y alguna otra iglesia.
Liturgia de las
Horas: la oración de Cristo, con su cuerpo, al Padre. "Cristo
Jesús, al tomar la naturaleza humana, introdujo en este exilio terrestre
aquel himno que se canta perpetuamente en las moradas celestiales. El
mismo une a sí la comunidad entera de los hombres
2101
y la asocia al
canto de este divino himno de
alabanza"
(SC 83). / Liturgia de las Horas
1164ss.
Lucernario (de
lychnikón = lucernarium): en el rito bizantino es el oficio de la tarde,
cuya parte central comprende los salmos 140, 141, 129, 116, con cuadro a diez /
estique ros intercalados, el / doxastikón, el / theotókion,
el / éisodos y el himno de la tarde (/ Luz). Para los primeros
cristianos era el rito con el que se saludaba a la luz, símbolo de
Cristo, luz eterna e indefectible. Desapareció en el s. iv, a
excepción de la laus cerei (= el / exsultet pascual); sin embargo, se ha
conservado en la liturgia ambrosiana. / Eucaristía lucernaria; /
Liturgia de ¡as Horas 1175; / Salmos 1863.
Lumen Christi (=
la luz de Cristo o, mejor, tratándose del genetivo
epexegético: "la luz que es Cristo"): aclamación
diaconal cantada en la vigilia pascual cuando el diácono, teniendo
en sus manos el cirio pascual y guiando la procesión, entra en la
iglesia después de la bendición del fuego y antes del
pregón pascual. El pueblo responde: Deo gratias (— demos gracias a
Dios).
Lumen hilare:
himno, recordado por san Basilio (t 379), que los cristianos recitaban para saludar
al primer destello de la luz al atardecer. / Luz; / phós hilaron.
Lumt santi (de
hágia phóta — luces santas): nombre griego de la
epifanía en cuanto conmemoración de la luz traída por
Cristo y manifestada por él en el bautismo.
Lustral
[agua]-lustración (de lustrare = purificar): agua bendita con la
que se asperja al pueblo y a los objetos para purificarlos y para
exorcismos.
Luz: para la
liturgia, la luz es símbolo de Cristo. Un ejemplo clásico es el
himno lucernario de la liturgia de las Horas, phós hilaron: Oh luz
gozosa de la santa gloria... /Fuego; / Elementos naturales 642-647.
Lychnikón:
/ lucernario.
Madrina-padrino:
originariamente era el garante (sponsor) que presentaba a la iglesia el aspirante
(catecúmeno) al bautismo, le acompañaba durante el
catecumenado, en la celebración de los sacramentos de la
iniciación cristiana y en la / mistagogia. Su cometido hoy es el de
ayudarle a encarnar en su vida el evangelio, despejar sus dudas, vigilar y acompañarle
en el crecimiento de la fe y exhortarle a perseverar en la vida cristiana. Para
los aspectos jurídicos, cf CDC, cáns. 872-874 (bautismo) y
892-893 (confirmación).
Magníficat:
es el / incipit del cántico de
Maitines: antes
de la reforma de la liturgia de las Horas era la oración nocturna
destinada a
Vocabulario
litúrgico
santificar el
último espacio nocturno antes de la aurora. Ha sido sustituido por el
oficio de lectura, "aunque en el coro conserva el carácter de
alabanza nocturna" (OGLH 57), "Puede recitarse a cualquier hora
del día, e incluso en la noche del día precedente, después
de haberse celebrado las vísperas" (OGLH 59).
Mandatum: el
lavatorio de los pies que se realiza después de la homilía
en la misa vespertina de la cena del Señor del jueves santo, en aquellos
lugares donde lo aconseje el bien pastoral. El nombre de mandatum proviene de
la antífona que acompaña el rito: "Mandatum novum do
vobis..." (= os doy un mandamiento nuevo..,"; cf Jn 13,34).
Mandylion: /
acheropita.
Manípulo
(del latín medieval manipulus = pañuelo): indumento ornamental
usado por los nobles romanos como sudarium o para dar señales. Ornamento
sagrado de la misma hechura que la estola, pero más corto, sujetado por
medio de un fiador al antebrazo izquierdo sobre la manga del alba. Suprimido en
la reforma del concilio Vat. II.
Manteles: lienzo
con que se cubre el altar (cf OGMR 268).
Maphriano (=
consagrador): en la jerarquía de la iglesia jacobita es el título
que se da al que ocupa el cargo después del / katholikós. Hoy el
m. es el vicario general y asistente del katholikós.
Maranathá
(— El Señor ha venido o Ven, Señor): antigua
aclamación aramaica testimoniada por Pablo (cf 1 Cor 16,22), por
Juan (cf Ap 22,20) y por
Marmttha: en el
rito siro-caldeo es la subdivisión del salterio en dos o en tres
sesiones.
Maronita: rama
estrechamente emparentada con el rito siro-antioqueno, del que constituye
una derivación. El rito m. halla su origen en las comunidades agrupadas
alrededor de los monasterios de Siria central, y ante todo del que se
había desarrollado sobre la tumba de un asceta de principios del s. v,
Mar Marón.
Mártir-martyrium
(de martyría — testimonio): la iglesia veneró muy pronto a
quienes testimoniaron la propia fe con su sangre. / Santos, Culto de los.
En el lugar del martirio (el martyrium) se reunían anualmente los
cristianos para recordar al mártir, convirtiéndolo en centro
de peregrinación posteriormente por haberse construido un edificio
sagrado.
Martirologio:
libro que contiene algunos datos esenciales relativos a los mártires y
santos, incluidos en el calendario según el día de su
Vocabulario
litúrgico
muerte o de su
conmemoración litúrgica.
/ Libros
litúrgicos; / Santos, Culto de los.
M atroné o
(de matrona — señora): lugar reservado a las señoras
en las antiguas basílicas.
Medíanle
die festo, in: en el rito bizantino es la fiesta que recuerda el día 25
después de pascua, que se celebra el miércoles entre la
cuarta y quinta semanas después de pascua. La fiesta se fundamenta en el
texto de Jn 7,14-30.
Mediator Dei:
encíclica fundamental sobre la liturgia, emanada por Pío XII el
día 20 de noviembre de 1947.
Megalinario (de
megalynó = magnífico): retornelo de los / troparios de la
novena oda del canon, que inicia con la primera palabra del
Magníficat.
Melisma (de
mélisma = canto): en el canto gregoriano, la sucesión
más o menos larga de notas melódicas sobre una misma
sílaba o vocal.
Memoria:
antiguamente podía significar el "monumento funerario" o
"capilla funeraria" sobre la tumba de un mártir. Hoy
indica la celebración conmemorativa (obligatoria o libre) de un
santo.
Memorial: en la
cultura greco-latina, el m. quiere revocar un difunto o un acontecimiento;
en la cultura judío-cristiana es recordar el acontecimiento
salvífico de Dios, que se renueva actualizándose en la
historia. En este sentido, la eucaristía no es sólo un recuerdo,
sino actualización del sacrificio de Cristo en el hoy de la iglesia y
tensión hacia la realidad gloriosa de Cristo resucitado. / Anamnesis; /
Memorial.
Menáia (=
meses): en el rito bizantino, la colección de 12 volúmenes
(uno por mes) que contiene día por día los oficios de las
fiestas fijas del Señor, de
Menológhion:
nombre dado al / sinaxario; colectar noticias para las fiestas del
Señor, de
Mesonyktikón
(= medianoche): oficio bizantino de medianoche.
Mesórion:
en el rito bizantino, la duplicación de las horas menores del oficio en
los días penitenciales. / Liturgia de las Horas.
Metánoia
(— cambio de mentalidad): mencionada en la const. apost.
Paenitemini, de Pablo VI (17-2-Í966) cuando dice: "Ad Christi
Regnum nobis fas est accederé tantum metánoia". La m.
se describe como "intima totius hominis mutatione, qua ípse
cogitare, iudicare vitamque suam componere incipit ea sanctitate et
caritate Dei perculsus, quae in Filio novissime manifestatae sunt et plene
nobis impertitae" (ED/L
2102
Micrologus: obra
de Beroldo de Constanza (t 1100) que contiene indicaciones sobre la misa, las
témporas, el año litúrgico. Tuvo gran éxito en el
medievo. El método interpretativo alegórico que emplea es
bastante moderado.
Miércoles
de ceniza: primer día del tiempo cuaresmal, tenido en todas partes
como día de ayuno; en él se impone la ceniza (cf Normas
universales sobre el año litúrgico y sobre el calendario 29).
Ministerios:
"En las celebraciones litúrgicas, cada cual, ministro o simple
fiel, al desempeñar su oficio hará todo y sólo
aquello que le corresponde por la naturaleza de la acción y las normas
litúrgicas" (SC 28). Esta distinción de funciones
convierte la asamblea en un cuerpo orgánico, expresión y
manifestación del cuerpo místico de Cristo (1 Cor 12,12-30),
y la liturgia en un conjunto armonioso en el que cada cual
desempeña su propio papel (cf OGMR 58).
Minorista: antes
de la reforma litúrgica se llamaba m. al clérigo que
había recibido los / ordenes menores.
Misa de
presantificados: en el rito bizantino se celebra la m.d.p. los días
cuaresmales; se comulga con el pan consagrado en una celebración
eucarística anterior. La liturgia romana sólo celebra la m.d.p.
el viernes santo.
Misa seca: el
abuso medieval de celebrar la eucaristía sin consagración cuando
se impedía la binación.
Misal: el libro
litúrgico que contiene los textos eucológicos para celebrar la
eucaristía. El M. antes de la reciente reforma era plenarium por
contener también las lecturas. / Misal.
Missale mixtum:
es el libro litúrgico plenario hispano, que contiene los textos para el
oficio y para la misa.
Mistagogia (=
iniciación a los misterios): es el último período de /
iniciación cristiana, que se tiene después de haber recibido los
sacramentos de la iniciación. En este período se profundiza
en el misterio pascual mediante la meditación del evangelio, la
participación en la eucaristía y el ejercicio de la caridad.
Misterio de la
fe: aclamación anamnética después de la
consagración en la eucaristía. Antiguamente, antes de la
reforma litúrgica del concilio Vat. II, la expresión mysterium
fidei en el canon romano estaba incorporada entre las palabras de la
consagración del vino.
Mitra: toca alta
y apuntada con la que los obispos se cubren la cabeza para algunas celebraciones.
Monición
(de monere — exhortar): en la liturgia existen fórmulas, llamadas
m., que invitan a la oración, como Oremus, Orate fratres, Sursum
corda, etc. Existen también otras m. que son explicaciones para
introducir a los fieles
2103
en la celebración
y disponerlos a entenderla mejor. Conviene que estén preparadas y
asimiladas, que sean breves e incisivas (cf OGMR
Myróforos
(portador de ungüento): las mujeres que fueron al sepulcro la
mañana del primer día de la semana para ungir el cuerpo de Jesús
(cf Le 24,1).
Myron: en Oriente
es el óleo santo consagrado por el patriarca o por el obispo para el
sacramento de la confirmación y la consagración del altar.
Nartez:
vestíbulo de la iglesia en forma de pórtico, reservado
primitivamente a los catecúmenos y a los penitentes
públicos.
Natalis [dies]: /
Dies natalis.
Nave: parte
central de la iglesia "reservada a los fieles, de modo que les permita
participar con la vista y con el espíritu en las sagradas celebraciones"
(OGMR 273).
Neófitos (de
neóphytos = neonato): así se llaman los neobautizados por
haber nacido a la nueva vida de la fe. Es el tiempo de la / mistagogia.
Neomenia (de
neomenia — nueva luna): la fiesta del novilunio.
Nocturno:
así se llamaba cada una de las tres partes (primero, segundo y tercer
n.) de los antiguos / maitines.
Nona: una de las
"horas" del oficio, incluida en la "hora intermedia".
Número
áureo: los novilunios se repiten cada diecinueve años en las
mismas fechas del año solar; de ahí la importancia de individuar
el lugar que un año solar ocupa en el ciclo de los diecinueve
años. Tal lugar es indicado por el n.á., que se obtiene sumanda
una unidad al año y dividiendo el total por el número 19: el
resultado de la división es el n.á.; si el resultado es 0 {=
cero), el n.á. es 19.
Nunc dimittis: es
el / incipit del cántico de Simeón (Le 2,29-32), que se reza en
completas.
O
[antífonas]: se llaman así las siete antífonas del
Magníficat que se cantan del día 17 al 23 de diciembre por
iniciarse con esta exclamación.
Octava: espacio
de ocho días, durante los cuales la iglesia celebra una fiesta.
Actualmente sólo existe la o. de navidad y de pascua.
Ocurrencia: es
cuando en un mismo día ocurren varias celebraciones. Se celebra el
oficio de la que ocupa lugar preferente en la tabla de los días
litúrgicas (cf Normas universales sobre el año litúrgico y
sobre el calendario 60 y 59).
Odas (de
odái= cantos): en el rito bizantino son: 1) los cánticos
bíblicos del /orthrós, 2) el conjunto de troparios
poéticos del / canon.
Vocabulario
litúrgico
Ofertorio: tiene
lugar después de la consagración en la eucaristía,
cuando la iglesia reunida ofrece al Padre, en el Espíritu Santo, el cuerpo
y la sangre de su Hijo Jesucristo. En este momento también los fieles se
ofrecen a sí mismos (cf OGMR
Oficio divino:
/Liturgia de las Horas 11641190.
Oficio de
tinieblas: antiguamente se rezaba o cantaba por la mañana los maitines y
los laudes del jueves, viernes y sábados santos, en los que se
apagaba gradualmente las quince velas colocadas en el candelero triangular.
Ofrendas: son
principalmente el pan y el vino que se presentan al altar para la
eucaristía. También se pueden aportar otras donaciones para los
pobres o para la iglesia (cf OGMR 49-50).
Ogdóada:
es la semana de ocho días, símbolo de eternidad, porque el
número ocho trasciende la semana e indica el día
escatológico. Además, el octavo día que sigue al
séptimo (= sábado) es el domingo, día de la resurrección
del Señor (l Ts 5,2-10). Por la relación existente entre la
resurrección del Señor en el octavo día y la
celebración del bautismo, muchos baptisterios antiguos son
octogonales (por ejemplo, el de San Juan de Letrán, el de Santa
Sofía en Constantinopla, etc.).
Oikós: /
ikos.
Októechos:
en el rito bizantino, el libro litúrgico de los ocho tonos. Contiene los
textos poéticos para las vísperas, el oficio nocturno, el
orthrós y la liturgia dominical e infrasemanal. Los textos están
repartidos para ocho semanas, según los ocho tonos musicales.
Óleos
santos: los tres óleos que el obispo bendice en la misa crismal del
jueves santo: el crisma, el óleo de los catecúmenos y el
óleo de los enfermos.
Onitha: en la
liturgia siro-caldea, el canto antifonal alternativo. Existen varias
antífonas, a saber: la onitha de Bem, antífona antes de la
comunión de los fieles; la onitha de Quanke, antífona
después de la salmodia al inicio del Qurbana; la onitha de Rase,
antífona ofertorial; la onitha del evanghelion, canto antifonal
después del evangelio, acompañado procesionalmente por los
fieles mientras se conducen a los catecúmenos a la salida de la
iglesia.
Opus Dei: en los
ambientes monásticos, especialmente benedictinos, se llama
así al oficio divino (cf Regla de san Benito, cap. 43), considerado
como dominicum servitium.
Oracional: el
libro que contiene las oraciones para la liturgia de las Horas. Se encuentran
elementos esparcidos en los primeros / sacramentarlos (Veronense y
Gelasiano).
Oraciones
presidenciales: son las oraciones reservadas al sacerdote celebrante, a
saber: la plegaria eucarística, la colecta, la oración so
Vocabulario
litúrgico
bre las ofrendas
y la oración después de la
comunión
(cf OGMR 10-13).
Oraciones
sálmicas: las o.s., los títulos y las antífonas han
contribuido grandemente a la inteligencia de los salmos y a su
adaptación para la oración cristiana de la liturgia de las Horas.
Según la norma de la antigua tradición, se rezan concluido
el salmo y después de observar un momento de silencio
(cíOGLH 110,112).
Orarion: en los
ritos orientales, la estola diaconal, adornada con tres cruces.
Oratio dominica
(= oración del Señor): es el
Padrenuestro.
Oratio fidelium
(= oración de los fieles): la oración universal, que
concluye actualmente la liturgia de la palabra (cf OGMR 45-47). Antes de
la reforma litúrgica del Vat. II, en el rito romano se tenía la
solemne oración universal sólo el viernes santo. /
Deprecatio Gelasii.
Oratio super
oblata: oración sobre las ofrendas, antes del prefacio; antiguamente se
llamaba
Secreta.
Oratio super
populum: antiquísima oración de bendición y de despedida,
que se conservó en el rito romano sólo en el tiempo de cuaresma.
En el Misal Romano de Pablo VI se ha vuelto a restaurarla, precediendo la
monición diaconal: Inclínate vos ad bendictionem (— inclinaos
para recibir la bendición).
Oratio super
sindonem (= oración sobre el corporal): en el rito ambrosiano, la
antigua oración que seguía a la antífona post
evange-Hum; hoy es la oración que concluye la oración de los
fieles.
Ordenes menores:
antes de la reforma, los o.m. eran: el ostiariado, el lectorado, el exorcistado
y el acolitado. Después de la reforma existen sólo dos
ministerios: el / lectorado y el / acolitado.
Ordinario del
lugar: "Por el nombre de o.d.l. se entienden en derecho, además del
romano pontífice, los obispos diocesanos y todos aquellos que, aun
interinamente, han sido nombrados para regir una iglesia particular o una
comunidad a ella equiparada según el can. 368, y también quienes
en ellas tienen potestad ejecutiva ordinaria, es decir, los vicarios generales
y episcopales" (cf CDC, can. 134).
Ordines Romani:
junto a los sacraméntanos (eucología) y leccionarios (lecturas),
encontramos en la antigüedad los libros de los Ordines.
Contienen las ceremonias de las celebraciones litúrgicas. Se
escribieron en varias épocas, que van del s. vm al x. M. Andrieu ha
realizado la edición crítica de los O.R. (Les Ordines Romani du
moyen age, I-V, Lovaina 1931-1961), que consta de cincuenta
O.R. subdivididos
en diez secciones según los argumentos. / Libros litúrgicos 1131.
2104
Ordo: equivale a
la palabra rito; así, el ordo missae equivale al rito de la misa; el
ordo baptismi, al rito del bautismo.
Orthrós (=
aurora): para los bizantinos es el oficio del amanecer. Tiene un esquema diverso
y mucho más amplio que el oficio del rito romano. En los días en
que se celebra la eucaristía se une a ella. Con las vísperas
son los dos momentos fuertes del culto cristiano cotidiano.
Padrino: =
madrina.
Paduense
[sacramentarlo]: en la familia de los sacraméntanos Gregorianos,
además del llamado Hadrianum existe el P. (del manuscrito
n. D47 conservado
en Padua en la biblioteca capitular), dividido en dos partes; la primera es
más rica (136 ff.) e importante. Es difícil establecer la historia
entre el Hadrianum y el
P. / Libros
litúrgicos 1130.
Palia: en
España se usaban dos clases de palias
o hijuela; una
redonda (= palia), que se ponía sobre la forma al preparar el
cáliz; la otra, cuadrada, puesta dentro de los corporales, llamada desde
muy antiguo hijuela.
Palio: insignia
pontifical otorgada por el papa a los arzobispos y algunos obispos. Es una banda
circular de lana blanca decorada con seis cruces negras que se coloca sobre los
hombros, cayendo por delante y por atrás, confeccionado con la
lana de dos corderos que anualmente son ofrecidos al papa en la fiesta de santa
Inés. Especie de dosel colocado sobre cuatro o más varas
largas, que sirve en las procesiones para que el Santísimo o la imagen
que se porta sean protegidos de las inclemencias del tiempo o de otros
acci-¡ dentes.
Palma: en la
biblia es signo de prosperidad (Sal 91,12) y de victoria (Ap 7,9). El domingo
de ramos, en que se conmemora la entrada triunfal de Jesús en
Jerusalén, la p. significa victoria y martirio.
Paloma
eucaristica: copón suspendido del techo del baldaquín, o de una
ménsula de hierro junto al altar, que tomaba la forma de paloma y
guardaba las formas consagradas. La p. estaba en uso desde el s. v en los
bautisterios para contener el crisma. A partir del s. XI se destinó a
custodiar la eucaristía.
Palmatoria:
especie de candelero bajo con mango y pie, que se encendía antes de
la consagración en la eucaristía y alumbraba para dar la
comunión.
Panaghía
(de pan-haghia = toda santa): es el título honorífico que la
iglesia bizantina atribuye a
Panegyriltón:
homiliario bizantino que contiene las homilías de los padres y las
narraciones
2105
hagiográficas
para ser leídas durante el oficio
o en el comedor
monacal.
Panichída:
el oficio fúnebre en el rito bizantino eslavo.
Pannychís
(= la noche entera): la vela o vigilia litúrgica que se prolonga toda la
noche. Se practica todavía hoy en algunos monasterios bizantinos. En
Oriente, la vigilia pascual es la
p. por
excelencia.
Pantokrátor
(= todopoderoso, omnipotente): en el arte oriental es la representación
más frecuente de Cristo. Se representa su figura entera, como en muchos
ábsides, sentado en el trono y bendiciendo. Más frecuentemente se
representa sólo de medio cuerpo, enmarcado dentro de un
círculo, con la derecha levantada en signo de bendecir y de autoridad y
con la izquierda mostrando el libro de los evangelios.
Paráklisis:
es el pequeño oficio en honor de
Paraklitikí
(de parakletiké = consolación): otro nombre dado al /
októechos, en cuanto contiene los cantos propios de
exhortación y consolación.
Paramonia (de
paramoné — permanencia): la palabra significa permanecer
largo tiempo en un mismo lugar, como sucede en el rito bizantino en las
tres grandes vigilias de las solemnidades de navidad, epifanía y
pascua.
Parasceve (de
paraskeué — preparación): para los hebreos era el
día que precedía al sábado y en el que se preparaba lo
necesario para la fiesta. Según el testimonio de los evangelios, fue el
día de la muerte de Jesús (cf Mt 27,62; Me 15,42; Jn 19,42; Le
23,54). En el Misal de Pío V, publicado en el año 1570, el
viernes santo se titulaba Feria VI in Parasceve.
Parástasis:
en la liturgia bizantina, el oficio de difuntos.
Parimía (de
paroimía = proverbio, parábola): nombre que se da a las lecturas
de las vísperas en el rito bizantino.
Parroquia (de
paroikéo = "habito cerca", pero también "estoy en
pais extranjero). El CDC define la p. diciendo: "Es una determinada
comunidad de fieles constituida de modo estable en la iglesia particular,
cuya cura pastoral, bajo la autoridad del obispo diocesano, se encomienda
a un párroco como su pastor propio" (can. 515). Acerca del
párroco, véase también CDC, can. 519.
Parusía
(de parousía — presencia, venida): retorno de Cristo al final
de los tiempos (cf I Tes 2,19; 3,13; 5,23). En la liturgia la p. es la tercera
dimensión: cada acción litúrgica es memorial de la
acción de Jesús histórico, celebración en el hoy y
en espera del retorno de Cristo.
Vocabulario
litúrgico
Pascha
annotínum: el primer aniversario de la pascua en la que se ha recibido
el bautismo. En esta ocasión los neófitos celebraban una fiesta
conmemorativa. Esta costumbre duró en Roma hasta el s. vm.
Passio: la
narración evangélica de la pasión, muerte y sepultura de
Cristo proclamada en el domingo de ramos (Mateo en el ciclo A, Marcos en el B y
Lucas en el C) y el viernes santo (según san Juan).
Pasión
[tiempo de]: tiempo litúrgico que comprendía la semana
precedente a la pascua, del domingo de ramos en la pasión del
Señor al sábado santo (Normas universales sobre el año
litúrgico y sobre el calendario 30-31).
Patena: especie
de bandeja pequeña o platillo, generalmente dorada, donde se deposita la
forma durante la celebración eucaristica. / Objetos litúrgicos/
Vestiduras 1451-1452.
Paz: / Rito de la
paz.
Pedobautismo (de
páis = niño + bautismo): la costumbre antiquísima en la
iglesia de bautizar a los niños, testimoniada ya en el libro de
Penitenciales
[libros]: así se llamaba en los ss. vii-vm a los libros que
contenían el elenco de pecados e indicaban la satisfacción correspondiente.
Fue la época llamada de la penitencia tarifada. / Penitencia 1603.
Penitenciales
[salmos]: son los siete salmos definidos así por su contenido, y
son los siguientes: 6, 31, 37, 50, 101, 129, 142.
Pentecostés
(de penttekosté heméra = cincuenta días): la fiesta
agrícola hebrea que se celebraba a los cincuenta días de la
pascua. Pronto se le unió la memoria de la promulgación de la ley
sinaítica. En el culto cristiano es la fiesta de la venida del
Espíritu Santo, con la que se concluye el tiempo pascual. / Triduo
pascual. / Pascua y Pentecostés.
Pentekostárion:
nombre que se da en la liturgia bizantina al libro que contiene lo propio del
período que va de pascua a penfecostés y el / estiquero del salmo
50 para el / orthrós.
Perícopa
(de peri-kóptó = corte alrededor): pasaje que puede ser
recortado dentro de un libro o capítulo de la biblia.
Phós
hilaron: / luz; / himno de la tarde.
Photixómenoi:
(= iluminados); / elegidos.
Píxide
(áepúxis = caja): copón en el que se guardan las
formas consagradas.
Planeta: especie
de casulla que se diferencia de la misma por tener la parte delantera mucho más
corta.
Pluvial (de
pluviale = capa para la lluvia): vestidura litúrgica usada por el
sacerdote en la exposición eucaristica, en las procesiones
eucarístícas, en la celebración del matrimonio fuera
de la misa, en la liturgia de las
Vocabulario
litúrgico
Horas. En la
confirmación la usa el obispo
Polycleos
(— muy misericordioso): así llaman los griegos al salmo 135 porque
en la segunda parte de cada versículo se dice: "porque es eterna su
misericordia".
Pontifical
Romano: libro litúrgico que contiene los textos y la normativa para las
celebraciones reservadas al obispo. / Libros litúrgicos 1132.
Porciúncula:
la pequeña iglesia de san Francisco que se encuentra dentro de la
iglesia de Santa María de los Angeles, en Asís. Se le
concedió indulgencia plenaria por Honorio III y posteriormente se
hizo extensiva a las iglesias franciscanas y a todas las parroquias.
Portapaz: /
instrumentum pacis,
Postcommunió:
la oración última de la eucaristía antes de la
reciente reforma litúrgica. Hoy se llama oratio post communionem,
volviendo al nombre antiguo.
Post nomina
[oratio]: en la antigua liturgia franca era la oración después de
la lectura de los / dípticos.
Post pridie
[oratio]: en la misa hispano-mozárabe, la oración parecida
al canon romano.
Potérion:
el cáliz en la lengua griega.
Praeconium
paschale (= pregón pascual): unido al rito lucernario que caracterizaba
la vigilia pascual, el p.p. o / exsultet se remonta al final del s. II.
Concluida la procesión con el cirio pascual encendido y llegado el
sacerdote al altar, el diácono pone el cirio pascual sobre el candelero
colocado en medio del presbiterio o junto al ambón, recibe la
bendición del sacerdote presidente y proclama solemnemente el p.p.,
mientras los fieles permane
cen de pie y con
las velas encendidas en las
manos.
Precatecumenado:
período comprendido entre el primer anuncio del evangelio y el ingreso
en el catecumenado. En este tiempo se evangeliza al aspirante, se
fundamenta su fe y conversión y se le inicia en la oración y
en la vida de la comunidad eclesial.
Prefacio (de
praefari = decir delante): es el primer elemento de la plegaria
eucarística. "El sacerdote invita al pueblo a elevar el
corazón hacia Dios, en oración y acción de gracias...; en
nombre de todo el pueblo santo glorifica a Dios Padre y le da gracias por toda
la obra de salvación o por uno de sus aspectos particulares...; y
toda la asamblea, uniéndose a las jerarquías celestiales, canta o
recita el Sanctus" (OG MR 54
2106
Preorté
(De pró-eorté = antes de la fiesta): el día precedente a
una fiesta.
Presantificados:
/ misa de los presantificados. Presbiterado: el segundo grado del orden sa
grado.
Presbiterio:
espacio que rodea al altar reservado al obispo y al clero.
Presbítero
(= anciano): antiguamente se denominaba así al que había
recibido del obispo la ordenación sacerdotal y colaboraba con él
en la liturgia y en la salvación del pueblo.
Primera
comunión [misa de]: es la celebración eucarística en la
que el cristiano, después de un tiempo de preparación, recibe por
primera vez la eucaristía.
Primera piedra
[poner la]: cf RDI, pp. 15-23. La celebración del rito de la
colocación de la primera piedra y Ja bendición del terreno de la
nueva iglesia es conveniente que esté reservada al obispo
diocesano.
Prokímenon
(de prokéimenon — puesto delante): en el actual oficio
bizantino, el versículo sálmico proclamado antes de la lectura
bíblica y que ofrece una clave interpretativa de la lectura a la
luz del misterio del día.
Proskomidía:
preparación de las ofrendas en la liturgia bizantina. /
Próthesis.
Proskynesis:
postración o inclinación en signo de adoración.
Prosómion:
tropario sin melodía propia, cantado con la melodía de otro
tropario.
Prosphorá
(= oblación): en el rito bizantino, el pan del que se extraen las
partículas para ser consagradas.
Próthesis:
en el rito bizantino, la pequeña mesa colocada en el ábside
menor, al lado norte, destinada a la preparación de las ofrendas y
consumación de las santas especies después de la liturgia.
Protóclito
(de protos-kaléó = llamado antes): título
honorífico concedido a san Andrés por haber sido el primero que
Cristo llamó (cf Jn 1,40), así como san Esteban es el protomártir.
Psycopómpo
(de psyché + pémpo = acompañar el alma: así se
denomina al arcángel Gabriel, porque la iconografía cristiana lo
representa acompañando a las almas al cielo.
Puertas reales: /
hághía.
Pulpito:
plataforma pequeña y elevada, con an-. tepecho y tornavoz, construida en
la nave principal de la iglesia para la predicación, los ejercicios
piadosos y la proclamación de las lecturas en la misa solemne o cantada.
Hoy día está casi en desuso. / Lugares de celebración
1222.
el nos...; Et
ideo...)y se concluye lógicamente Qanoná: en el rito
sirio-caldeo, la aclamación con la aclamación del
Trisághión (Sanctus, doxológica proclamada en voz alta por
el cesanctus, sanctus). lebrante. / Orientales, Liturgias.
2107
Quddasa: en el
rito siro-caldeo, la consagración, la anáfora.
Quincuagésima
[domingo de]: se llama así al domingo que precedía inmediatamente
a la cuaresma. En la reforma litúrgica del Vat. II se ha suprimido, como
sexagésima y / septuagésima.
Qula$a: en el
rito siro-caldeo, una especie de aclamación diaconal.
Qurbana (—
ofrenda): en el rito siro-malabar significa la plegaria eucarística.
Recitación:
lectura-declamada en forma recitativo-melódica, con simples
inflexiones de voz para indicar la puntuación del texto.
Recomendación
del alma: / Commendatio animae.
Rationabilis
(traducción del griego: loghiké = relativo a la
inteligencia): la palabra, que significa espiritual ya en la biblia (cf Rom
12,1; 1 Pe 2,2), se encuentra en la liturgia con el mismo significado.
Así, en el canon romano define rationabilem la ofrenda en la epiclésis
Quam oblationem. La traducción castellana dice: "Bendice y
acepta, oh Padre, esta ofrenda haciéndola espiritual..."
Rationale Divinorum
Offíciorum: es el título de una obra de Guillermo Durando (t
1296), obispo de Mende, en la que el autor recopila íntegramente las
prescripciones del oficio contenidas en los Ordines romani y
dándoles una interpretación exageradamente simbólica.
Redditio symboli
(= entrega del símbolo): como existía la / traditio symboli,
consistente en la enseñanza de los artículos de la fe a los catecúmenos
en los domingos tercero y cuarto de cuaresma, también existía la
r.s., que tenía lugar la mañana del sábado santo, que consistía
en la recitación oficial del credo por parte de los catecúmenos,
que aquella misma noche recibirían el bautismo, como signo de su
creencia y de haberlo meditado. / Iniciación cristiana
Refrigerium:
antigua costumbre cristiana de comer junto a la tumba de un difunto, reservando
parte de la comida para él. San Ambrosio en el s. IV lo
prohibió a los cristianos por la estrecha analogía con las
costumbres paganas.
Regina Coeli:
antífona mariana que se recita al concluir el oficio divino en el tiempo
pascual.
Reliquias [culto
de las]: los restos mortales o los objetos o vestidos pertenecientes a un santo
fueron venerados desde antiguo por la iglesia. La veneración de las
r. tiene como fin único proclamar las maravillas que Cristo ha realizado
en sus siervos, que son un ejemplo a imitar por los fieles (cf SC 111).
Renuncia a
Satanás: es el acto realizado por el catecúmeno (RICA 217) o sus
padres y padrinos por él antes de ser bautizado (RB
Vocabulario
litúrgico
124, 149); por tal
acto se renuncia a Satanás, a sus obras y seducciones. Se repite cada
año en la vigilia pascual, estando la asamblea de pie y con las velas
encendidas en las manos (cf MR, Vigilia pascual 46; renovación de las
promesas bautismales).
Responsorio:
canto alternado entre el solista (o schola) y el pueblo o asamblea, que
responde con un estribillo. Es la forma más antigua del canto
litúrgico; tenemos un ejemplo en la liturgia eucarística en
el salmo responsorial.
Rito de la paz:
dentro del rito de comunión en la eucaristía se encuentra el
r.d.l.p., con el que los fieles imploran la paz y la unidad para la iglesia y
para toda la familia humana, y se expresan mutuamente la caridad, antes de
participar de un mismo pan (cf OGMR 56b).
Ritual: libro que
contiene las fórmulas y la normativa que deben saber el sacerdote y
los fieles para la participación y celebración de los
sacramentos. /Libros litúrgicos 1132 y 1134.
Rótulo de
Rávena: se trata de un pergamino, mutilado al principio y al final,
sobre el que se han escrito en caracteres unciales cuarenta oraciones relativas
a la preparación de la navidad. El documento se encuentra en el archivo
del Príncipe Pío y la edición crítica se encuentra
en el apéndice de la edición del / Veronense realizada por
Mohlberg, en las pp. 173-178.
Rúbricas
(de ruber — rojo): cuando en los ss. XI-XII la palabra entró en el
lenguaje litúrgico, significó la normativa ritual y ceremonial
indispensable para el correcto desarrollo de las acciones litúrgicas. En
los libros litúrgicos la normativa siempre se escribe en color
rojo. La reforma litúrgica actual ha reducido muchísimo el
aparato rubrical para enriquecer con indicaciones teológicas y
pastorales los libros litúrgicos.
Sacras: antes de
la reforma litúrgica del Vat. II eran las tres tablas o cuadros
colocados sobre el altar para ayudar la memoria del celebrante en la
recitación de las partes invariables de la misa.
Sacramentario-Liber
Sacramentorum: libro litúrgico que precedió al Misal.
Contiene los formularios litúrgicos para la celebración de la
eucaristía, de los sacramentos y de los sacramentales. Los
principales son: el s. / Veronense, el s. / Gelasiano, el s. / Bergomense.
/ Libros litúrgicos.
Sacristía
(de secretarium, sacrarium): en las iglesias es el lugar donde se revisten
los sacerdotes para las celebraciones litúrgicas y donde se guardan
los ornamentos y todo lo perteneciente al culto.
Salmista: quien
proclama o canta el salmo responsorial u otro canto bíblico
interleccional. Para cumplir bien con este oficio, es preciso
Sabulario
litúrgico
do'es e'paraS el^
rt e d e «'"Odiar y tenga r¡dad (cf oSw« 67)"
*pronuncia r «» c£
Íl'r
reSPOnS°rÍa,: / «Pon-orio; / salmodia.
m°dulada de
los salm°s
P^ede'ser'elecn^
P°r Un
salmista
s°l¡sta
conJl»fjf* o por el
de
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«triwf£UO,ta-Ponsorian rH Í r responsonal (salmo res
0 rma
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an,lfonal (/ antífona)oralmente por toda la asamblea.
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2108
Secuencia: (de
sequenlia = proseguir): canto poético o prosa rimada que se canta antes
del evangelio, después de la segunda lectura, en algunas solemnidades.
Nació del canto sobre vocal que se aplicaba a la última
sílaba del Aleluya. Para facilitar la vocalización se utilizan
palabras, formando así una composición autónoma que
se convirtió en secuen
cia. Mencionamos
las siguientes: la secuencia pascual: Vkíimae paschali laudes, el Veni,
sánete Spirilus yarz el día de Pentecostés y la famosa
Stabaí mater. Fuera de los días de pascua y Pentecostés no
son obligatorias (cf OGMR 40).
Sede: el lugar
reservado al sacerdote celebrante para cumplir su oficio de presidir la
asamblea y dirigir la oración. Ha de estar de cara al pueblo para
facilitar la comunicación entre el sacerdote y la asamblea.
Evítese toda apariencia de trono (cf OGMR 271).
Senatorium:
antiguamente era la parte de la nave de la iglesia a la derecha del altar, que
estaba reservada a los hombres.
Sentencias: En el
salterio de la liturgia de las Horas, cada salmo va precedido, además de
por el título sálmico, por una sentencia para fomentar la
oración a la luz de la revelación cristiana, sacada del NT o de
los padres (cf OGLH 111). Así, por ejemplo, el salmo 149 de los laudes
dominicales de la primera semana tiene como título "Alegría
de los santos" y como sentencia una frase de Hesi
quio: "Los
hijos de la iglesia, nuevo pueblo de Dios, se alegran por su Rey, Cristo, el
Señor".
Septuagésima
[tiempo de]: era, antes de la reforma litúrgica, un tiempo de
preparación a la cuaresma. La cuaresma, tiempo de preparación
a las fiestas pascuales, tenía a su vez tres domingos preparatorios a la
cuaresma, a saber: septuagésima, sexagésima y quincuagésima.
El domingo de septuagésima se celebraba setenta días antes
del clausum paschae (= el sábado de la octava de pascua).
Sepulcro: se
define así el lugar del altar que encierra las santas reliquias
colocadas en el día de su consagración.
Sexagésima:
/ septuagésima.
Sexta: hora menor
que se celebra al mediodía. Forma parte de la / hora intermedia.
Signo de la cruz:
esel gesto distintivo de los cristianos. Toda celebración
litúrgica se inicia con el s.d.l.c. para indicar que se celebra en
nombre de
Signo de la paz:
/ rito de la paz.
Shemá
[Israel] (— escucha, Israel): la típica oración
hebrea, recitada dos veces al día y compuesta por los textos Dt
6,4-9 y 11,13-31.
Shemoné-esréh
(— la oración de las dieciocho bendiciones): es para los hebreos
la íefilla {= oración) por excelencia. También se llama
2109
/ amxdah (= de
pie) porque se recita estando
de pie.
Simpatizantes:
son los aspirantes al catecumenado. En este tiempo son evangelizados. /
Precatecumenado.
Sinergia (de
syn-érgon — co-acción): la colaboración nacida
de la unidad de energías. En los padres, la palabra intenta presentar la
novedad de la unión de Dios y del hombre en Jesucristo mediante el
Espíritu Santo. La s. del Espíritu Santo yde la iglesia es una noción
clave para comprender el misterio de la liturgia (Corbon).
Solemnidad: la
máxima clasificación del día litúrgico. Su
celebración comienza en las primeras vísperas, el día
precedente (cf Normas universales sobre el año litúrgico y sobre
el calendario II). Las solemnidades principales son: el triduo pascual, navidad
del Señor, epifanía, ascensión, pentecostés,
etc.
Sphraghis
(— sello): era la señal con la que el amo marcaba a personas y
animales de su propiedad. En la liturgia sacramental indica el carácter
peculiar que imprimen en el alma los sacramentos del bautismo,
confirmación y orden.
Stasis (de
stásis — estación, pausa): en el rito bizantino, las s. son
las sesenta antífonas que dividen las veinticuatro / catismas del Salterio
bizantino.
Statio [liturgia
de la] (= lugar de parada): antigua acción litúrgica
consistente en una procesión de una iglesia (llamada iglesia collecta
= reunión) a otra (iglesia estacional), donde se celebraba la
eucaristía. El Ordo Romanus I describe todos los detalles de esta
costumbre romana.
Stauróforo
(de stáuros-féró — portador de la cruz): el que
lleva la cruz en las procesiones.
Staurotheotokíon:
un / theotókion con alusiones a la cruz:
Stichéros
(de sticherón ~ versículo): el / tropario intercalado entre
los versículos de los salmos del iucernario y de los laudes
(liturgia bizantina).
Sticologia: I)
lectura continua versículo a versículo del salterio, un /
catisma para vísperas y tres para el orthrós. Se trata de una costumbre
bizantina monacal, omitida en las parroquias; 2) lectura de los
versículos de un salmo intercalados por los troparios, los stichéros
o apostichos.
Sufragios:
oraciones yobras de caridad ofrecidas por los fieles difuntos. La
celebración eucarística es el s. por excelencia. Los s. relacionan
la iglesia peregrina con la iglesia celeste (cf LG 50).
Super oblata: /
oratio super oblata.
Suplemento del
Gregoriano: llamado también: / Hucusque por la palabra inicial de su pre
Vocabulario
litúrgico
facio. En el
sacramentarlo Gregoriano enviado por el papa Adriano a Carlomagno faltaban
muchos formularios por ser un sacramentarlo para uso del papa; fue
necesario añadir los formularios necesarios. Durante mucho tiempo se
afirmaba que / Alcuino realizó el trabajo de completarlo; hoy la
crítica reciente lo atribuye al abad Benito de Aniane.
Surraya: en el
rito siro-caldeo, el canto compuesto por un salmo oparte del mismo, después
de la segunda lectura del AT.
Synapté (=
colecta): letanía diaconal al principio de las vísperas, del
orthrós y de la eucaristía (liturgia bizantina).
Synaxario (de
synaxárion — recoger): en la iglesia griega recoge un breve
elogio hagiográfíco del santo de cada día del año
para el oficio divino. Designa también el / typikón. /Santos
1877.
Synáxis
(de synáxis = reunión): la asamblea, la reunión
litúrgica para una celebración. / Asamblea.
Tabernáculo:
/ Lugares de celebración.
Teándrico-teandrismo
(de Théos + anér
—
Dios-hombre): con estas palabras se indica la unión de la naturaleza
divina con la humana en la única persona de Cristo. La liturgia es
una realidad teándrica por excelencia porque al celebrar la iglesia
(cuerpo) los misterios Cristo (cabeza) está presente.
Tercia: hora
menor que se celebra hacia las nueve de la mañana. Hora incluida en
la / hora intermedia.
Theotókion:
/ tropario en honor de
Tracto: algunos
versículos de un salmo que se cantaban o rezaban inmediatamente antes
del evangelio en la misa de ciertos días. Su característica
originaria era la de ser ejecutado por un cantor de un tirón, sin
interrupciones antifónicas o responsoriales por parte del coro
o de la asamblea.
/ Salmos 1858.
Traditio symboli
(= entrega del símbolo de la fe): en la antigua disciplina catecumenal
existía la costumbre de enseñar de viva voz a los / competentes
los artículos de la fe del símbolo apostólico (credo)
el tercero o cuarto domingo de cuaresma, A la t.s. le corresponde la /
redditio symboli.
Transitorium:
corresponde a la antífona de comunión en el rito antiguo
ambrosiano.
Triadikón:
tropario en honor de
Triduo (de
tres-dies = tres días): tres días dedicados especialmente a
la oración y celebra
Vocabulario
litúrgico
ciones. En la
liturgia el t. principal es el / Triduo pascual.
Triódion
(= de tres odas): canon que comprende tres odas, rezado los lunes y
viernes de cuaresma. Se llama también así el libro de la cuaresma
(cf / pentekostárion).
Trisághion
(— tres veces santo): la triple aclamación Santo Dios, santo
fuerte y santo inmortal, ten piedad de nosotros que se encuentra en
la liturgia eucaristica oriental al inicio de la liturgia de la palabra, en la
pequeña entrada. Esta aclamación, sacada de Is 6,3,
inicialmente cristológica y presente en las actas del concilio de
Calcedonia (451), se amplió luego dándole un sentido trinitario.
Se menciona en los / improperios del viernes santo mientras se adora la cruz.
Tropario (de
tropos = modo, forma o tono): composición poética de variable
duración, cuyo ritmo se fundamenta sobre el acento tónico. Los
más antiguos se remontan al s. v. Estos formaron luego parte de las
sucesivas composiciones litúrgicas de los kontákia, de los iki y
de los cánones. Con frecuencia el t. es el desarrollo de una
antífona sálmica.
Tropos (de tropos,
entendido como desarrollo armónico): texto breve que durante ía
edad media se interpolaba en un texto litúrgico, bien aprovechando una
frase musical sin letra en el canto o bien dotándole de melodía
propia.
Turgama: en el
rito siro-caldeo, el himno cantado antes de la epístola y del
evangelio.
Thymiatérion:
incensario.
Typiká: en
la liturgia bizantina, el grupo formado por los salmos 102, 145 y las
bienaventuranzas (Mt 5,3-12). Precede a la pequeña entrada,
sustituyendo a las tres antífonas. El oficio de los t. es de origen
palestinense; era un oficio de comunión para los días
alitúrgicos (como los presantificados en cuaresma, de origen
constantinopolitano).
Typikon: en el
rito griego es el libro litúrgico que contiene las ceremonias y
rúbricas. También se llama así, por extensión,
el reglamento de un monasterio.
Urbi et orbi (=
para la ciudad y para el mundo): expresión usada por los papas para
referirse a la ciudad de Roma y a toda la iglesia. Se emplea principalmente en
las bendiciones solemnes en las que se concede indulgencia plenaria.
Valedictio (=
despedida): es la última recomendación a Dios y la
última despedida dada a un difunto. / Commendatio animae.
Velatio [sponsae
et virginis] (= velación de la esposa y de la virgen): esta costumbre
litúrgica se remonta al s. iv y procede de la tradición
pagana del velamen flammeum con que se cubría a los esposos a modo de
nube (de ahí el verbo nubere = desposar). Tanto para
2110
las
vírgenes como para los esposos —que son signo de una misma
realidad esponsal—-, la
v. contiene un
sentido fuertemente pneumatológico. /Matrimonio 1246.
Veronense
[sacramentarlo]: es el más antiguo de todos los / sacramentarios.
Contiene una colección de formularios procedentes ciertamente de
Roma y probablemente de los mismos archivos lateranenses. Bianchina fue el
primero que publicó en 1735 esta colección de libelii y la
tituló Sacramentaho Leoniano porque creía que el papa León
era el autor de los formularios. Hay textos del papa Gelasio, Virgilio, el
mismo León y otros por identificar todavía. Es la primera y
más importante fuente de la eucología romana. Los formularios
fueron compuestos en los ss. vi-vil y están distribuidos
según los meses del año civil y no según el año
litúrgico, como en el sacramentarlo Gelasiano. El manuscrito, que
se encuentra en la biblioteca de Verona, está mutilado y faltan los
primeros folios, que comprenden los meses de enero a abril. / Libros
litúrgicos i 129.
Viático (=
provisiones para el camino): con este nombre se indica el sacramento de la
eucaristía dado a los moribundos, según las palabras del
Señor: "Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y
yo le resucitaré el último día" (Jn 6,54). "A
ser posible, el v. debe recibirse en la misa, de modo que el enfermo pueda
comulgar bajo las dos especies, ya que, además, la comunión
en forma de v. ha de considerarse como signo peculiar de la
participación en el misterio que se celebra en el sacrificio de la
misa, a saber: la muerte del Señor y su tránsito al Padre"
(RUÉ 26).
Victimae paschali
laudes: es el / incipit de la célebre / secuencia pascual atribuida a
Vipo, capellán del emperador Conrado II (t 1050).
Vigilia:
costumbre de prepararse a una solemnidad o a un acontecimiento
extraordinario permaneciendo en oración toda la noche precedente.
La vigilia madre de todas las vigilias es la pascual, que sirvió de
modelo para otras vigilias, como la de navidad del Señor, Pentecostés,
etc. La v. adquiere un sentido escatológico a la luz de la
parábola de las vírgenes (Mt 25,6) y de la invitación a
vigilar que dirige Cristo a sus apóstoles (Mt 13,35-36). Cf OGLH 70-73.
Triduo pascual, artículo nuevo.
Vísperas:
es la oración de la tarde, cuando ya declina el día. Se da
gracias por cuanto se nos ha otorgado en la jornada y por cuanto hemos logrado
realizar con acierto. Hacemos también memoria de la redención por
medio de la oración que elevamos "como el incienso en presencia del
Señor", y en el cual "el alzar de las manos" es
"oblación vespertina" (Sal 140,2). Cf OGLH 39. / Liturgia de
las Horas 1173.
2111
Yóser (=
creador): la primera palabra y el nombre de una de las dos bendiciones que
preceden al / shemá. / Oración y liturgia 1461.
Ypakoé:
tropario propio para los domingos y los días de gran fiesta. Él
sentido de la palabra es incierto (quizá deriva del
akoúó = escuchar) y expresa una invitación a prestar
atención en la lectura y en la escucha.
Zéon: en
el rito bizantino, el agua caliente que
Vocabulario
litúrgico
se mezcla con el
vino en el cáliz después de la inmixtión, mientras el
sacerdote dice: "Fervor en la fe y lleno del Espíritu
Santo". Nicolás Cabanillas ve en este acto el descender del
Espíritu Santo sobre la iglesia.
/.ikkarón:
/ anamnesis; / Memorial 871-872.
Zummara: en el
rito siro-caldeo, el canto compuesto de salmos que se canta después
de la epístola.
ÍNDICE
ANALÍTICO
En el presente
índice las palabras impresas en MAYÚSCULAS corresponden a
las voces del Diccionario que estudian un determinado tema en toda su amplitud;
para el análisis de tales voces es necesario consultar el sumario que
contiene al principio cada una de las voces. — La flecha (/) remite
siempre a las voces del Diccionario. — Para encontrar temáticas
eventualmente no mencionadas en este índice, consúltese el
Pequeño Vocabulario
Litúrgico.
Absolución
/ Penitencia
Acción
celebración como a., 343ss
liturgia como a., 57ls
Aculturación
y adaptación, 46-47
y creatividad, 478ss
y derecho litúrgico, 525ss
ADAPTACIÓN,
33-50 / Creatividad, / Estilos celebrativos
de los signos, 623s
y la misa de los niños, 1413s
de edificios y de iglesias, 1219ss
y profesión religiosa, 1672
y religiosidad popular, 1730ss
ADVIENTO, 50-53
ambrosiano, 68s
y las celebraciones-catequesis penitenciales,
1622s
Adultos
bautismo de los a., 1059ss
confirmación de los a., 439ss
Agua
bendición del a., 225
gregoriana, 503
simbolismo del a., 639ss
y bautismo, 640ss
Alfabeto
—
inscripción del a. en la dedicación de iglesias, 535ss
Alienación
— como
producto del trabajo, 1990
Alianza
sangre como signo de la a., 340
y matrimonio, 1242ss
Altar
/
Dedicación de iglesias y de altares, / Lugares de
celebración
su colocación, 1217s
vetado a la mujer, 1397ss
profesión "super
altare", 1661ss
AMBROSIANA,
LITURGIA, 53-86
cantos en la 1.a. antigua, 1860s
y uso de los salmos en el oficio, 1862s
ANAMNESIS
/ Memorial
Anillo
en la consagración de
vírgenes, 456, 464
en la ordenación del obispo, 1444
ANIMACIÓN,
96-110
— por parte
de la mujer, I397ss
Antifonario
— como
libro litúrgico, 1131
Antropología
y la eclesiología, 1045s
y los elementos naturales, 330s
y el trabajo, 1992s
índice
analítico
ANTROPOLOGÍA
CULTURAL, 111-136 / Sagrado, / Cultura y liturgia, / Religiosidad popular
y liturgia
cambio antropológico, 521 ss
y oración cristiana, 1463s
y procesión, 1639s
AÑO
LITÚRGICO, 136-143
Ambrosiano, 68s
Hispano, 955s
y la palabra de Dios, 166s
y acción litúrgica, 347s
y escatología, 67 ls
en la familia, 835, 838
y fe, 848s
y la formación litúrgica,
894s
y Jesucristo, 1088s
siro-oriental (caldaico), 1514
siro-occidental (jaconita), 1516
copto, 1519s
armenio, 1524s
bizantino, 1528s
y los misterios de Cristo, 1984s
María en el a.l., 2043s
Apostolado
/ Misiones y
liturgia
ARQUITECTURA,
144-155
ARTE, 156-165
y liturgia, 104s
muerte del a., 156
y renovación de las iglesias,
1224s
y decoración de las iglesias,
1228s
bizantina, 1532s
ASAMBLEA, 165-180
y la animación comunitaria, 105
en el AT, 169s
gestión de la música en la
a., 295ss
y concelebración, 380s
en la confirmación, 434
dominical, 607
eucarística, 740ss
como signo de compromiso, 385s
2114
políticamente diversa, 390s
valoración pastoral de la a., 1592s
y promoción humana de la a., 1678s
ASAMBLEAS SIN
PRESBÍTERO. 181187
— y
presidencia femenina, 1399
Asociación
Española de Profesores de Liturgia, 1506-1509
Audiovisuales
/"Mass
media"
Autoridad
eclesiástica
y derecho litúrgico, 550
y ministerio, 1288s
Ayuno pascual
— en el
viernes santo, 2008
Basílica
/ Lugares de
celebración
BAUTISMO, 189-207
/ Catecumenado, /
Iniciación cristiana, / Profesión religiosa, / Cuaresma
y confirmación, 424s
y diaconisas, 1392s
y ecumenismo, 619, 623s
y agua, 640s
y luz, 642ss
y escatología, 669
enCDC, 1196s
y bautisterio, / Lugares de la celebración
y profesión de fe, 1650
Benedictinos
—
profesión religiosa de los b., 1661s
BENDICIÓN,
210-228
— del
cáliz, 1451
2115
— de la patena,
1451
— del agua
bautismal, 198s
—
oración de bendición sobre el pueblo, 770
—
bendición familiar, 834s
— nupcial,
1246
— en la
profesión religiosa, 1669s
— como
sacramental, 1792
Bendicional
/Libros
litúrgicos, 1141s
Berakah, 213s,
733
BIBLIA, 230-249
y catequesis en los Padres, 322
y las celebraciones, 337s
y dedicación de las iglesias, 533,
543, 545, 547
en la eucaristía, 743s
en la eucología, 760
y fe, 845
la fiesta en la b., 869-873
el uso de la b. en los grupos, 937s
leccionarios, 1130s, Í103s
la b. en el oficio de lectura, 1175
y matrimonio, 1242s
y memorial, 1259s
y ministerios, 1275s
y misterio, 1321s
y pascua, 1344-1356
y homilía, 1017s
y ordenación, 1476s
e imposición de las manos, 1476s
en los Padres, 1542s
y conversión-alianza, 1602s
en el sacramento de la penitencia,
1605s
fundamentos bíblicos de la oración,
1458ss
procesiones en la b., 1640s
y profesión de fe, 1654s
en la reforma litúrgica, 1705s
y sacerdocio, 1756s
y secularización, 1899
y espiritualidad litúrgica, 684s
premisas bíblicas para una
"teología litúrgica", 1950s
y la enfermedad, 2016s
índice
analítico
CALENDARIO
LITÚRGICO, 258-264
/ Fiesta/ Fiestas
— y
martirologio, 1134, 1876s, 1885s
Cáliz,
1451-1452
Campanas!
Campanario
/Lugares de
celebración, 12111229
Canonización
— de los
santos, 1880s
CANTO GREGORIANO,
264-272
historia, 280ss
c. mozárabe, 962s
en la renovación litúrgica
en España, 1383ss
CANTO Y
MÚSICA, 272-297
en la iglesia primitiva, 265s
y mujer, 1398
reforma litúrgica, 1698
y comunicación, 408
y uso de los salmos en la misa, 1857s
Carismas
— y el
redescubrimiento de los ministerios, 1287s
Casel Odón
y el misterio de Jesucristo, 10811085
y definición de liturgia, 1146s
y memorial, 1254s
y misterio, 1327-1331
e historia de la salvación en Cristo,
lOOls
y teología litúrgica, 1957s
CATECUMENADO,
298-316 / Catequesis, / Iniciación cristiana
como formación litúrgica,
896s
y misión, 131 ls
índice analítico
CATEQUESIS,
319-331 / Profesión de fe, / Catecumenado
y año litúrgico, 11 Os
y en Tertuliano, 197
c. bautismal en los Padres, 205s, 302s
en la celebración, 349s
y confirmación, 446s
c. litúrgica, 41 Os
y misión, 1312s
y participación, 1566
— ocasiones
de c. y religiosidad popular, 1736
Catolicidad
— de los
grupos, 933s
CELEBRACIÓN,
333-350
/ Lugares de la
celebración, / Estilos celebrativos, /Participación
c. como acción simbólica,
102s
y palabra de Dios, 246s
eclesiología y c , 1046s
en situaciones "irregulares",
495
y culto, 509s
c. ecuménica, 632s
y escatología, 669s
eucarística, / Eucaristía,
y fiesta, 873s
y formación litúrgica, 892s
en los grupos, 937s
y compromiso, 378s
c. de la liturgia de las Horas, 1183s
de
y homilía, 1033s
y rito-asamblea, 1589s
c. de la penitencia, 1616s
y promoción humana, 1678s
dimensión celebrativa de la reforma
litúrgica, 1703s
código gestual en la c. de la
misa, 401-403
c. de los sacramentales, 1790s
grados de la c , 1886, 1889
y secularización, 1899s
aspectos sociales de la c, 1939s
c. genuina exigida de la espiritualidad
litúrgica, 692s
2116
CELEBRACIONES DE
Cementerio
/ Lugares de
celebración, 1216
Ceniza/ Cenizas
bendición de la ceniza, 225
en el agua bendita, 535
simbolismo de la c, 647
Centro de
Pastoral Litúrgica de Barcelona, 1503-1506
Ceremonia
— liturgia
como c, 1146
Ceremonial de
obispos
/Libros
litúrgicos, 1137ss
Cirio I Cirios
bendición de los cirios, 226
c. pascual, 645s
procesión con el c. pascual, 1643
Ciencia
mentalidad científica y liturgia,
522s
ciencias humanas y religiosidad popular,
1723s
c. de las religiones y sagrado, 1837s
epistemología y liturgia, 523s
Clero
— enelCDC,
1192s
Código de
Derecho Canónico
/Liturgia en el
nuevo CDC, 11911203
Colecta, 764
Comercium
admirabile
— en la
bendición, 215, 218
Comisiones
litúrgicas, 1495-1501
2117
Competencia
en la creatividad, 49 ls
en la celebración
eucarística, 741s
Completas, 1174s
—
estructura actual de las c , 1177s
COMPROMISO,
373-391
en el catecumenado, 312
y celebración de la penitencia,
1620s
en la vida del sacerdote, 1775s
y los sacramentales, 1785s
Cómputo
eclesiástico, 259
Comunicación
/
Comunicación en la eucaristía
bendición como c , 21 Os
eucología como c , 344s, 762
en la homilía, 1035s
COMUNICACIÓN
EN
Comunidad
/ Asamblea
la iglesia como c. de oración,
1047s
y creatividad, 493s
y formación litúrgica, 887s
misa de c. en el seminario, 909
y liturgia, 1157
c. cristiana y matrimonio, 125ls
dimensión comunitaria de la penitencia,
y religiosidad popular, 1738
Comunión
—
oración después de la c , 770
Comunión bajo
las dos especies
en la confirmación, 434, 438
en la-dedicación de iglesias, 545
de las diaconisas, 1393s
índice
analítico
a los familiares de los ordenados, 833
y reforma litúrgica, 1697
CONCELEBRACIÓN
EUCARÍSTICA, 410-421
— y
participación,
Conferencias
episcopales, 55ls
CONFIRMACIÓN,
423-450 / Iniciación cristiana
y escatología, 669s
y formación litúrgica del
preadolescente, 900s
en el CDC, 1197
"Confessio
fldei"
/ Bautismo, /
Iniciación cristiana, / Fe y liturgia
Confesonario
/ Lugares de
celebración
Congregación
para el culto divino
en el derecho litúrgico, 550
y reforma litúrgica, 1695
Consagración
— del
cáliz, de la patena, / Bendición
— y
bendición, 227
— del
altar, 539s
— como
sacramental, 1792s
— y secularización,
1905ss
CONSAGRACIÓN
DE VÍRGENES, 452474 / Virginidad consagrada en la iglesia, /
Profesión religiosa
— y
matrimonio, 1246
— y
secularización, 1905ss
Conversión
/ Penitencia
y catecumenado, 311
y culto, 506s
índice
analítico
Copón,
1451
Corona
— en la
consagración de las vírgenes, 455, 456, 464
Corporeidad
en Tertuliano, 636
y resurrección, 666
del hombre, 813s
y los efectos de la unción de los
enfermos, 2025s
Cosmos
— elementos
cósmicos, 639-647
Costumbre
litúrgica
— Derecho
litúrgico, 555
Creado/ Crea tura
/ Elementos
naturales
— y
bendición, 222s
—
religiones cósmico-místicas, 1715ss
— y
sacramentales, 1785ss
— y
secularización, 1902s
CREATIVIDAD,
475-496 / Adaptación
— y los
nuevos signos, 656
— y los jóvenes,
1097
— y los
grupos particulares, 937s
— y los
libros litúrgicos, 1128s
— en la
formación de un rito, 1205
— y las
plegarias eucarísticas "libres", 1633s
— plegaria
litúrgica, 1471s
— y
religiosidad popular, 1737s
— y reforma
litúrgica, 1706s
Cristologia
/Jesucristo,
1089ss
en la liturgia ambrosiana, 60s
en el año litúrgico, 139ss
y edificio del culto, 148s
y asamblea, 167
ley del cristocentrismo, 240s
cristocentrismo, 1074s, 1462s
2118
CUARESMA, 497-501
/ Misterio pascual
— y
catequesis en las celebraciones penitenciales, 1622s
CULTO, 501-510
/ Culto
eucarístico, / Santos, Culto de los
y cultura, 524s
público y privado en la misa dominical,
1155ss
c. judaico y su influjo sobre el
cristiano, 969s
CULTO
EUCARÍSTICO, 511-518
presencia eucarística, 1227s
en la "Eucharisticum mysterium",
574s
CULTURA, 518-529
/
Antropología cultural, / Religiosidad popular y liturgia
y adaptación, 45s
en Freud, 120s
y ornamentos sagrados, 1447s
y música, 273s, 293s
y creatividad, 475ss
y muerte, 644ss, 790s
y pastoral litúrgica, 1581ss
y estilos celebrativos, 725s
Danza
/
Procesión
y fiesta, 864ss
en la biblia, 916s
y reforma litúrgica africana, 1315
y celebración colectiva de fiesta,
1679
y estilos celebrativos, 725s
DEDICACIÓN
DE IGLESIAS Y DE ALTARES, 531-547
DERECHO
LITÚRGICO, 548-560 / Liturgia en el nuevo Código de Derecho
Canónico
2119
Descanso semanal
— y
sábado/domingo, 600ss
DEVOCIONES Y
LITURGIA, 562-581 / Religiosidad popular y liturgia
— y
liturgia, 1161s
—
ejercicios piadosos, 1739ss
— d,
mariana y pastoral litúrgica, 1740, 2058
— d.
popular y culto litúrgico de los santos, 188Iss
DIACONADO,
582-591 / Ministerio/Ministerios
— d.
auxiliar, 183s
Diaconisas,
1397s, 1284
Difuntos
— culto a
los, 1873ss
Dirección
en la celebración, 98
y canto, 291ss
y presidencia, 91 Os
y pastoral litúrgica, 1591s
y silencio, 1929
y estilos celebrativos, 727
Directorio para
las misas con niños,
1410-1414, 1425s
Discernimiento
— y
compromiso, 380s
DOMINGO, 594-612
/ Eucaristía,
d. de Abrahán, 69
y espiritualidad litúrgica, 682
Domingo de ramos,
647s
bendición de los ramos, 225
procesión de los ramos o palmas,
1643
su celebración cuaresmal, 499s
Domus ecclesiae,
36-39
índice
analítico
Dramatización
— y
liturgia de
— y fiesta,
867
Eclesiología
/ Iglesia y liturgia
— y derecho
litúrgico, 556
— y
ministerialidad, 1286s
Economía-producción
— y tiempo
de fiesta, 854ss
ECUMENISMO,
614-633
y liturgia ambrosiana, 82
y confirmación, 426
y ordenación de la mujer, 1402s
y sacerdocio, 1773s
Edad
en la confirmación, 427, 432
y formación litúrgica,
896-902
Edicto de
Milán
— y
adaptación litúrgica, 38s
Efectos
— de los
sacramentales, 1782
Eficacia
— de los
sacramentales y causalidad, 1804, 1808ss
Ejercicios
piadosos
— como
componentes de la religiosidad popular, 1739ss
ELEMENTOS
NATURALES, 635-657
Epíclesis
—- del
Paráclito, 346s
Epistemología
— y
liturgia, 522ss
ESCATOLOGÍA,
659-675 / Tiempo y liturgia
índice
analítico
y asamblea, 171
y acontecimiento, 50, 51s
y consagración de las
vírgenes, 469s
y naturaleza, 637-640
y compromiso, 382s
y liturgia bizantina, 1532
y procesión, 1642
y sacramentales, 1786, 1788
Escrutinios
/
Iniciación cristiana
ESPÍRITU
SANTO, 702-716
bautismo en el E.S., 193
ley del "dinamismo" del E.S.,
241
como iconógrafo-iconoplasto-iconóforo,
244s
en la eucología, 346s
exegeta de la palabra, 357s
y confirmación, 429ss
y consagración de vírgenes,
467
y eucaristía, 748s
e iniciación cristiana, 1052s
y la liturgia de las Horas, 1186 y
oración, 1462s
ESPIRITUALIDAD
LITÚRGICA, 676700
en el año litúrgico, 142s
y palabra de Dios, 240s, 242s
y participación, 1567s
y pneumatología, 714s
e. del tiempo litúrgico, 1983s
ESTILOS
CELEBRATIVOS, 720-729
/
Celebración
EstructuralismoI
Estructura
en Radcliffe-Brown, 119
y lingüística, 122ss
de Lévi-Strauss, 122s
y cultura, 520s
y eucología, 76 Is
EUCARISTÍA,
729-758
/ Plegaria
eucarística, / Memorial, /Culto eucarístico, /Existencia
2120
cristiana,
/Comunicación en la eucaristía
e iglesia, 828s
y confirmación, 438
y consagración de las
vírgenes, 465
y dedicación de las iglesias,
533ss
y domingo, 606ss
y ecumenismo, 618-623, 626-628
como alimento, 649ss
y escatología, 664ss
y exequias, 788s
y familia, 832s
y niños, 1410-1416
y formación litúrgica,
887ss
y formación de los
presbíteros, 908
e iniciación, 1065s
y trabajo, 1993s
enelCDC, 1197ss
y culto de la reserva eucarística,
1227s
como memorial, 1253ss
y misión, 1318
en los coptos, 1521
en los etíopes, 1523
en los armenios, 1526
en los bizantinos, 1527
y reconciliación, 1615s
procesiones eucarísticas, 1645
y sacerdocio del Tridentino, 1768ss
sacramentales orientados a la e., 1793
uso de los salmos en la e., 1865s
y espiritualidad litúrgica, 686s,
695s
y María, 2039s
EUCOLOGÍA,
759-770
/Plegarias
eucarísticas
en la liturgia ambrosiana, 73
en la celebración, 345s
y eclesiología, 1043ss
—
oración "Deus, castorum corporum" en la
consagración de las vírgenes, 463s
y plegarias eucarísticas, 735s
y grupos, 938s
2121
y trabajo, 1992
e. eucarística e historia de la liturgia,
983
en el Misal Romano, 1302s
EVANGELIZACIÓN
Y LITURGIA, 772
777
y catecumenado, 306s
y catequesis, 324-327
en la celebración, 349s
EXEQUIAS, 777-791
EXISTENCIA
CRISTIANA Y LITURGIA, 793-800
EXORCISMOS Y
LITURGIA, 801-824
en el bautismo, 198s
como sacramentales, 1792
Experimentación
— y
creatividad, 490s
Expresión
del niño, 141 ls
gestual y formación
litúrgica, 893
e. litúrgica e historia de la
salvación, 101 ls
Fábrica
— trabajo
en la f., /Trabajo
FAMILIA, 826-839
y niños, 1412s
y liturgia doméstica, 93ls
y sociedad actual, 1240s
Familias
litúrgicas
/Historia de la
liturgia, 974ss
FE, 840-852
/Profesión de fe
profesión bautismal, 201
confesión de la f. y ecumenismo,
617
índice
analítico
y existencia cristiana, 794ss
fe y sacramentales, 1781s
Fenomenología
en la fiesta, 860ss
de la religión y sagrado, 1837ss
Fieles
en la asamblea, 173s
yCDC, 1192s
y homilía, 1034s
FIESTA/ FIESTAS,
854-875 /Religiones no-cristianas y fiestas
en el calendario litúrgico, 258s
y dedicación de una iglesia, 531ss
y los jóvenes, 1097s
como anuncio de liberación integral,
385
y promoción humana, 1679
y espiritualidad litúrgica, 687s
fiestas marianas, /Virgen María
fiestas y solemnidades del Señor,
1970s
FORMACIÓN
LITÚRGICA, 883-902
en la expresión gestual, 920
y jóvenes, 1099s
a la participación, 1552s
y reforma litúrgica, 1706s
educación al simbolismo, 1919
y el movimiento litúrgico en España,
1383s
FORMACIÓN
LITÚRGICA DE LOS FUTUROS PRESBÍTEROS, 903-912
yCDC, 1192
y reforma litúrgica, 1706s
Funerales
/Exequias
— y fiesta,
868s
Fuego
—
simbolismo del f., 642ss
Funcionalismo I
Función
en Malinowski, 118
y fiesta, 864ss
GESTOS, 913-926
/Procesión,
/Sacramentales, /Estilos celebrativos
en el arte, 156s
en la bendición, 215s
y canto, 295s
el g. de la última cena, 730ss
y Directorio para las misas con
niños, 141 ls
en la ordenación, 1482s
"professío in manibus",
1663ss
y comunicación, 401ss
dimensión pneumatológica de
los g. litúrgicos, 71 ls
Gradualidad
— en la
creatividad, 490s
GRUPOS
PARTICULARES, 929-941
y misa del sábado tarde, 611
y formación litúrgica, 89ls
grupos juveniles y formación litúrgica,
90 ls
y lugares de la celebración, 1227
Hambre y sed,
649-654
Hermenéutica
de la palabra de Dios, 235-249
del dato litúrgico, 841
Himnario, 1133s
/Libros litúrgicos
— himnos en
la liturgia de las Horas, 1181s
HISPANA,
LITURGIA, 943-964 /Liturgias locales antiguas, 1211
historia del catecumenado, 303s
uso de los salmos en el oficio,
2122
Historia, 138s
/Fiesta/Fiestas
y celebración, 340s
y cultura, 522
y liturgia de
cristifícación de la h.,
/Sacramentales
HISTORIA DE
—
formación de un rito local, 1204ss
HISTORIA DE
/ Tiempo y
liturgia, / Misterio, / Jesucristo
y palabra de Dios, 237ss
y confirmación, 1046ss
y eucología, 762s
y trabajo, 1990
conversión y penitencia en la
h.d.s., 1602s
Historia de las
religiones
/ Religiones
no-cristianas y fiestas, / Religiosidad popular y liturgia
y lengua religiosa, 1121
y sacrificio, 1816
Hombre-mundo
/
Secularización
— y
sacramentales, 1785s
HOMILÍA,
1015-1036
en la eucaristía, 745
y misa con niños, 1413s
y grupos, 938
audiovisuales, 1235s
y comunicación, 408
Homiliario
/ Libros
litúrgicos, 1132
— y
patrística, 1021s
Hora intermedia,
1174
—
estructura de la h.i., 1176s
2123
Hostia
(partícula o forma)
pobreza sígnica de la h., 654
"professio super hostiam",
1665s
Icono
bizantino, 1532s
imágenes sagradas y reforma litúrgica,
1707s
y comunicación, 400
IGLESIA,
1039-1050 /Liturgia, 1157s
y asamblea, 170s
y palabra de Dios, 231, 360s
ley de la eclesialidad, 24ls
y música, 293ss
vinculación y catecumenado,
311-312
y confirmación, 443s
y virginidad consagrada, 467s
y culto, 508s
en la dedicación de las iglesias,
545ss
en la asamblea dominical, 607s, 61 ls,
704s
y ecumenismo, 616s
y escatología, 666s
i. doméstica, 93ls, / Familia
y la construcción del tejido eclesial,
89ls
y grupos, 1096s
i. docente y CDC, 1195
y liturgia de las Horas, 1184s
siro-malankar, 1517
la oración de la i., 1461
y profesión religiosa, 1671
y sacramentales, 1787ss
la i., "pleroma" de la
salvación histórica de Cristo, 1007s
Iluminismo
— y
movimiento litúrgico, 1365s
Imposición
de manos
/ Gestos, /
Iniciación cristiana
en el bautismo, 193
en la confirmación, 425-438
en el orden, 1476s
índice
analítico
Improvisación,
38
— y libros
litúrgicos, 1128
Incienso, 646s
Inculturación,
48s
— y
religiosidad popular, 1734ss
INICIACIÓN
CRISTIANA, 1051-1068
/ Catecumenado
y adaptación litúrgica,
37ss
catequesis patrística, 32ls
y catequesis, 324
y confirmación, 425, 440s
y ecumenismo, 619s
y formación litúrgica,
986ss
y espiritualidad litúrgica, 693s
e historia de la liturgia, 972s
y María, 2039
Instituto
litúrgico de Barcelona,
1505s
Institutos
religiosos I Seculares
— en el
CDC, 1194s
Institución
— de los
sacramentos, 1801 ss
Instrumentalidad
y culto, 525
de los sacramentos, 1805
Instrumentalización
— de la
palabra de Dios, 937s, 386
Interdisciplinaridad
— y
creatividad, 490
Interioridad/
Interiorización
/
Participación
en el culto, 505ss
y formación, 885s
y gestualidad litúrgica, 916s
y Liturgia de las Horas, 1171
silencio e i., 1927
índice
analítico
2124
Invitatorio, 1175
Jesuítas
Jerarquía
— profesión religiosa de los j. ,
1665s /
Ministerio/ Ministerios, / Obispo
— iglesia
jerárquica en el CDC, Jornadas especiales
1193s
JESUCRISTO,
1071-1091 / Existencia cristiana, / Misterio
bautismo de J., 190s
bautismo en J., 192
J. bendice, 216
en la eucoíogía, 1765s
la virgen consagrada tomo "sponsa
Christi", 466s
en el culto, 505, 507s
y derecho litúrgico, 556
y las mujeres, 1390s
centro del ecumenismo, 615s
y el alimento, 652s
y escatología, 660s
y exequias, 790
y eucaristía, 733s
al origen de la fe cristiana, 872
como "contenido" de la formación
litúrgica, 884ss
como "contenido" de la gestualidad,
918s
y definición de la liturgia,
1147ss
y liturgia de las Horas, 1186
cristarquía y ministerios, 1287
y funciones ministeriales, 1490s
participación como conformación
a J., 1562ss
la oración de J., 1460s
profesión de fe en J., 1655
y piedad popular, 1739s
el sacerdocio de J., en la carta a los
Hebreos, 1758ss
en los sacramentales, 1786s
en los sacramentos, 1801ss
el sacrificio de J., 1815ss
y espiritualidad litúrgica, 967ss
en la historia de la salvación,
1005ss
y el tiempo, 1976ss
su incarnación como centro de la
teología litúrgica, 1952s
y María en el plan de
salvación, 2033ss
— y
domingo, 612
JÓVENES,
1093-1102
y formación litúrgica, 90
ls
grupo juvenil, 901
Juego
— fiesta
como j. , 863
Laicos
— y el CDC,
1192
Latín
— como
interlengua litúrgica, 1124s
Laudes
significado de los 1., 1172s
estructura actual de los 1., 1175s
LECCIONARIO DE
ambrosiano, 76s
del Tiempo ordinario, 1968s
del Tiempo de pascua, 1575
Lectorado/A
colitado / Ministerio/ Ministerios, 1284s
LENGUA/ LENGUAJE,
1113-1126 / Eucoíogía, / Traducción litúrgica
y grupos, 937s
y reforma litúrgica, 1696s
dimensión pneumatológica de
la 1.1., 709s
Lenguaje
en la catequesis patrística, 323
¿qué 1. en la
celebración?, 349
y creatividad, 493s
2125
"machista" en la liturgia,
1401s
y estructura en la
eucoíogía, 761ss
y fe, 842ss
1. religioso y secularización,
1899s
"Lex orandi,
lex credendi", 49, 82, 617, 768, 1905 / Fe y liturgia
LIBROS
LITÚRGICOS, 1127-1143
/ Leccionario de
y adaptación, 38-43
para el canto litúrgico, 270s
y creatividad, 485, 493s
y homilía, 1026ss
siro-orientales, 1514
siro-occidentales, 1516
coptos, 1519
etiópicos, 1522
armenios, 1524
bizantinos, 1528s
interpretación pastoral de los
1.1., 1589s
y reforma litúrgica, 1696ss
y sociología de la
religión, 1940s
1.1. romanos e historia de la liturgia,
970ss, 984s
Lingüística,
122s
—
perspectivas 1. de la traducción litúrgica, 1998ss
LITURGIA,
1144-1162
Leyes litúrgicas, 82ss, 239-249
como "drama", 99
como acción simbólica,
102ss
y antropología, 131-136
dimensión descendente y ascendente
de la 1., 215ss, 233
y escatología, 664-671
y devociones, 562-581
doméstica, 93ls
e interlengua, 1118ss
y santificación en el CDC, 1195ss
siro-oriental, 1513s
índice
analítico
siro-malabar, 1515
siro-occidental, 1515ss
maronita, 1517s
copta, 1518ss
etíope, 1521ss
armenia, 1524ss
bizantina, 1527s
y pastoral, 1577ss
sacramentales y contexto litúrgico,
1789s
y experiencia de lo sagrado, 1846ss
y oración de los salmos, 1856ss
romana clásica, 979ss
y tiempo, / Tiempo y liturgia
como "theologia prima", 1953s
LITURGIA DE LAS
HORAS, 1164-1190 / Salmos
ambrosiana, 80ss
hispana, 956s — oración de
la iglesia, 1047s
entrega a las vírgenes del libro
de laL.d.H.,458, 464
y escatología, 671
en familia, 837
"breviario", 1133
como libro litúrgico, 1136s
en el CDC, 1201
homilía durante de
y espiritualidad litúrgica, 686,
696s
y María, 2042
Liturgia de
y catequesis en el bautismo, 329s
en la celebración, 344, 363s
en la confirmación, 435s
en la dedicación de las iglesias,
543
y asamblea dominical, 608
y eucaristía, 743ss
y grupos, 937s
y compromiso, 386s
lugar del anuncio de la palabra de Dios,
1227
y penitencia, 1605ss
celebración de la palabra y religiosidad
popular, 1738
índice
analítico 2126
LITURGIA EN EL
NUEVO CÓDIGO DI 2 Martirologio
DERECHO
CANÓNICO, 1191-1203 / Derecho litúrgico
—
homilía y CDC, 1030
LITURGIAS LOCALES
ANTIGUAS 1203-1211
— en
Italia, 55ss
Lugar
teológico
/ Fe y liturgia
— liturgia
como l.t., 617s, 663s
LUGARES DE
CELEBRACIÓN, 12111229
en el CDC, 1202
espacio litúrgico y comunicación,
396ss
e historia de la liturgia, 977s
Lustraciones
en la dedicación de las iglesias,
535ss
agua lustral, 641 s
Luz
simbolismo de la 1., 642ss
lucernario de las vísperas ambrosianas,
1863
lucernario en la "Tradicción
apostólica", 973
en la vigilia pascual, 201 ls
Magia
y sacramentales, 1783
y sagrado, 1836s
lengua mágica y traducción,
2000
uso del óleo contra los ritos
mágicos, 2020
Maldición
I Bendición, 213ss
Mártires
/ Santos, Culto a
los /Libros litúrgicos, 1133ss
— y
calendario, 1876s
" Martyrium
"
— en
Oriente y en Occidente, 1215
"MASS
MEDIA-, 1230-1238
— y
oración, 1472s
MATRIMONIO,
1240-1252
y adaptación, 48
y consagración de vírgenes,
454459,461,2063
matrimonios mixtos, 628ss
y familia cristiana, / Familia
en el CDC, 1200s
espiritualidad litúrgica del m.,
699
Mendicantes
(órdenes)
—
profesión religiosa de los m., 1664ss
MEMORIAL,
1253-1271
en la celebración, 34ls
y ecumenismo, 62ls
la fiesta como m. de la salvación,
871s
del misterio de Cristo, 1079s
y compromiso cristiano, 378ss
y celebración de la pascua, 1347s,
1360ss
y "reevocación" en los
ejercicios piadosos, 1740
y sacrificio de Cristo, 1818
e historia de la salvación, 1009s
MINISTERIO/MINISTERIOS.
12731292 / Orden/Ordenación, / Diaconado
en la asamblea, 173ss
asistentes pastorales, 184
y creatividad, 493s
y rol de la mujer, 1398s
y ecumenismo, 618
ministerio sagrado, 1158
2127
— en el
CDC, 1191ss
— origen de
los m. ordenados, 1761s
Misa
estructura dinámica de la m., 99ss
dominical (obligación de la m.,),
606, 610s
multiplicación de las m., 612
m. de grupo y formación
litúrgica para los jóvenes, 902
m. con jóvenes, 1095s
radio-televisión, 1236ss
MISAL ROMANO,
1293-1310
/ Libros
litúrgicos, 1132s
ambrosiano, 72s
m. romano y misterio, 1329
espiritualidad y liturgia del nuevo
m. romano, 690
MISIONES,
1311-1320 / Profesión de fe
y eucaristía, 755s
para promover al hombre, 1681
Mistagogia, 328,
310
MISTERIO,
1321-1340 / Sacramentos
en la celebración, 337-348
religiones mistéricas, 505s
y matrimonio (Ef 5,32), 1243s
en los Padres, 1539, 1541s
y vida en la participación, 1561s
"mysterium salutis" y tiempo
cristiano, 1974s
MISTERIO PASCUAL,
1342-1364
Mito
— y
celebración, 334
MOVIMIENTO
LITÚRGICO, 1365-1381
y despertar eclesiológico, 1041
y definición de liturgia, 1146ss
índice
analítico
y participación, 1553ss
e historia de la liturgia, 990ss
MOVIMIENTO
LITÚRGICO EN ESPAÑA, 1383-1387
Muerte
/ Exequias
y ecumenismo, 63ls
simbolizada en el agua, 639ss
simbolizada en el fuego, 644
y escatología, 671ss
y unción de los enfermos, 2025ss
MUJER, 1388-1403
— y
sacerdocio en el ámbito ecuménico, 1773
Mujeres laicas
consagradas
/
Consagración de vírgenes
NAVIDAD/
EPIFANÍA, 1405-1408
Naturaleza /
Elementos naturales
elementos naturales y agrícolas,
647-654
retorno de la naturaleza y religiosidad
popular, 1722s, 1728
naturaleza-espíritu, 112s
NIÑOS,
1409-1416
y catequesis, 324s
y formación litúrgico, 899s
Número
áureo, 259
OBISPO, 1438-1446
/ Ministerio/
Ministerios, / Orden/ Ordenación, / Sacerdocio
y asamblea, 174
en la confirmación, 430, 435s
en la consagración de las
vírgenes, 460
y derecho litúrgico, 551
Índice
analítico
enelCDC, 1193
y cátedra episcopal, 1217
y presbítero, 1491s, 1766
OBJETOS
LITÚRGICOS/ VESTIDURAS 1446-1454
— y
comunicación, 400ss
Ofertorio I
Ofrenda
en la eucaristía, 745ss, 749ss
— oración sobre las ofrendas, 769s
como vértice del compromiso
cristiano, 382s
Oleo (o aceite)
simbolismo del a., 647ss
en la unción de ordenación,
1484
misa crismal, 500s
ORACIÓN,
1456-1473
/
Eucología, 768-769
iglesia en o., 1047s
y ecumenismo, 632s
en / Familia
personal y formación
litúrgica en los seminarios, 910
y compromiso, 387s
privada y pública, 1158ss y
liturgia de las Horas, 1165s,
1182
— o. de
ordenación, 1484ss
Oracional, 1133
Oratorio
— liturgias
de grupo, 932s
ORDEN/ORDENACIÓN,
1474-1492 / Ministerio/Ministerios, /Diaconado — ordenación
de la mujer, 13941396
— en el
CDC, 1200
— origen de
los ministerios ordenados, 1761s
— y espiritualidad
litúrgica, 699 2128
Ordines
/Libros
litúrgicos, 1131
XI (bautismo), 431, 1055ss
XLII, XLI, XLIII (dedicación de
iglesias), 535ss
ORGANISMOS
LITÚRGICOS, 14941509
y pastoral litúrgica, 1595ss
de la reforma litúrgica, 1693ss
ORIENTALES,
LITURGIAS, 1510-1536
— Oficio en
las o.L, 1172
PADRES, 1538-1545
música, 277-280
y catequesis, 321ss
y dedicación de las iglesias, 547s
y domingo, 599s
y ministerios, 1279s
y homilía, 1021ss
teología del sacrificio en los Padres,
1818ss
Palabra de Dios,
363s
Palabra y
sacramento, 365s
— y
ecumenismo, 621
Palabra y
sacrificio
— en la
celebración, 339s, 367s
Pan y vino
— uso y
simbolismo, 649-654
Parresía
— y
compromiso, 380s
Párroco
¡ Parroquia ~ en el CDC, 1193
y participación, 1564ss
y pastoral litúrgica, 1598
PARTICIPACIÓN,
1546-1569
/Pastoral
litúrgica, /Existencia cristiana
2129
y derecho litúrgico, 558s
de los niños, lilis
homilía participada, 1027s
Pascua
/Misterio
pascual, /Memorial, / Pascua y Pentecostés
hebraica y baño bautismal, 1352s
semanal, /Domingo, /Eucaristía
y fiesta cristiana, 872ss
eucología pascual y misterio,
1329s
anual en la historia de la liturgia, 972
PASCUA Y
PENTECOSTÉS, 1573-1576
PASTORAL
LITÚRGICA, 1576-1599
y ornamentos/vestidos, 1453s
y asamblea, 176ss
y palabra de Dios, 240, 242s, 246
y confirmación, 445-449
promoción de la p.l., 1502
y participación, 1565s
y penitencia, 1612ss
y religiosidad popular, 1730ss
y reforma litúrgica, 1704s
y culto de los santos, 1889ss
y pneumatología, 715s
de la unción de los enfermos,
2027s
y culto mariano, 2054ss
Patología
y lengua cultural, 1121
Paz (saludo de
la, signo de la)
en la confirmación, 438
en la eucaristía, 754
"instrumentum pacis", 228 (nota
41)
Pecado
evangelización y sentido del pecado,
1613s
y enfermedad, 2016s
índi«*analítiC
0
Pedagogía
/ Catequesis y
Liturgia
—
ciclicidad en el aprender ->>..,
894 ' ¿i*7
s,
— en
— eficacia
pedagógica de la liturgia
— p. de los
signos en la biblia, 1911
PENITENCIA,
1600-1624 / Cuaresma
en el CDC, 1200
lugar de la reconciliación, 1632
y espiritualidad litúrgica, 698
y unción, 2021
Pentecostés
y confirmación, 442
pascua, 1535ss
Peregrinación
/
Procesión
— y culto a
los santos, 1879s
Persona
/
Promoción humana
como sujeto de formación
litúrgica, 884s
y secularización, 1905s
Pez
(ichthús)
Phase (revista),
1504
Piedad popular
/ Religiosidad
popular y liturgia, / Devociones y liturgia
PLEGARIA
EUCARÍSTICA, 1625-1637
/
Eucaristía, / Nuevas plegarias eucaristías, 1417ss
en la concelebración, 413s, 419s
para la misa con niños, 1414s,
1427s
sobre la reconciliación, 1431s
índice
analítico
Pneumatología
/ Espíritu Santo
Polifonía,
284ss
Política
/ Compromiso
Pontifical /
Libros litúrgicos
—
ambrosiano, 79s
—
romano-germánico del s. x (de
s. Albano de
Maguncia) y confirmación, 431 y consagración de vírgenes,
454s y
dedicación de iglesias, 538s y ministerios, 1284
— del s.
XII y confirmación, 431
— de
455s
— de
Guillermo Durando de Men-
de (s. xm) y
confirmación, 431 y dedicación de iglesias, 538s
— romano
del 1485
y
profesión monástica del abad,1666
Preadolesceníes
— y
formación litúrgica, 900s
Precepto
dominical, 610s
Prefacio
en adviento, 51
estructura del p., 766s
Presbítero,
174s
en la concelebración, 416s
y obispo, 419
Presencia
— de Cristo
en
2130
de Cristo en la liturgia, 10801086
simbolismo y presencia sacramental,
1800s
Presidencia
en las celebraciones de
en la concelebración, 119s
formación a la p.
litúrgica, 910ss
y el mundo juvenil, 1102
su sede, 1226s
y homilía, 1034
códice gestual de la p., 402s
y eucaristía, 1776
y episcopado, 1445
PROCESIÓN,
1639-1647 / Gestos, / Rito/ Ritos
Profano
/ Sagrado
Profecía
acto profético y compromiso, 377ss
como superación del ritualismo,
1950
PROFESIÓN
DE FE, 1648-1658
PROFESIÓN
RELIGIOSA, 1659-1673
/
Consagración de vírgenes, / Virginidad consagrada en la iglesia
— y
secularización, 1905ss
Promesas
bautismales
en el bautismo, 201
en la confirmación, 436s
PROMOCIÓN
HUMANA Y LITURGIA, 1674-1682 / Compromiso
Protestante
(reforma)
y sacramentos, 1806s
y sacrificio eucarístico, 1824ss
2131
e historia de la liturgia, 988s
su influjo sobre la concepción
"bíblica" de la historia de la salvación,
998s
y lengua litúrgica, 1996s
y virginidad consagrada, 2073s
y episcopado, 1441
Psicoanálisis,
120ss
PSICOLOGÍA,
1683-1690
Pueblo de Dios
/ Iglesia
enelCDC, 1192ss
protagonista de la religiosidad popular,
1728
Realidades
terrestres / Compromiso
Redención
— como
bendición, 223
REFORMA
LITÚRGICA, 1691-1711
y catequesis, 322-327
e iglesia, 1041ss
y concelebración, 414s
y derecho litúrgico, 550ss
y lugares de la celebración,
1223ss
y "mass media", 1233ss
en África, 1315s
en Asia, 1316s
y misterio, 1333s
y homilía, 1024ss
e historia de la liturgia, 991ss
Religión
como "función" social,
119
y sociedad que cambia, 597ss
filosofía de la r. y conocimiento
de lo sagrado, 1841ss
sociología de la r., 1936ss
RELIGIONES
NO-CRISTIANAS Y FIESTAS, 1714-1721
índice
analítico
Reliquias
en la dedicación de las iglesias,
533ss
procesiones para la traslación de
las r., 1644
Responsorio
— en la
liturgia de las Horas, 1181
Resurrección
— y
escatología, 671ss
Rito de la paz
— en la
liturgia ambrosiana, 75
RITO/ RITOS,
1743-1751
/
Celebración, / Sacramentales
en la antropología, 125-131
en crisis, 127, 132, 1726s
de paso, 128, 133
proceso ritual (Turner), 129
r. cíclicos, 130s, 134
y arte, 156
y música, 291ss
en el catecumenado, 312
de entrada en la eucaristía, 740ss
ritualidad en los grupos, 939
r. romano, su origen y evolución,
1206ss
r. de ordenación, 1480ss
y pastoral litúrgica, I589ss
ritualidad y religiosidad popular, 1726s
y experiencia de lo sagrado, 1846ss
como símbolo religioso, 1913
Ritual
/ Libros
litúrgicos, 1132-1142
ambrosiano, 78s
tridentino, 1134s
Rivista
Litúrgica (revista)
— y
movimiento litúrgico, 1378
Rogativas, 197 ls
índice
analítico
Rosario
como ejercicio piadoso en familia,
835
ejercicio piadoso, 1740s
Rúbricas
— en
derecho litúrgico, 552s
Sábado
y domingo cristiano, 600s
misa del sábado tarde para grupos,
612
como fiesta, 869
SACERDOCIO,
1755-1776
y asamblea, 1047
y concelebración, 416
participación como ejercicio del
s., 1561
Sacerdocio
común de los fieles
— y
sacerdocio de Cristo, 1760s
SACRAMENTALES,
1778-1796 / Bendicional, 1141s
bendiciones como s., 223s
y exorcismos, 802
enelCDC, 1201
y María, 204ls
Sacraméntanos
/Libros
litúrgicos, 1129s. /Misal Romano, 1295
— Veronense
(n. 921), 1044,
1046 y consagración de vírgenes,
453 como libro
litúrgico, 1206ss,
1325
— Gelasiano
(n. 432), 1045
(nn. 1213 y 1218), 1045 y confirmación, 431 y consagración de
vírgenes,
453 e
iniciación cristiana, 1056
2132
como libro
litúrgico, 1208s, 1325
Gregoriano adrianeo y
confirmación, 431 como libro litúrgico, 1130
Gelasiano del s. vm como libro
litúrgico, 1130
SACRAMENTOS,
1797-1813
y catequesis, 324ss, / Evangelización
y liturgia
e iglesia, 418s
y domingo, 609s
y ecumenismo, 618s
y escatología, 669s
Jesucristo como s., 1079
enelCDC, 1196s
y liturgia de las Horas, 1188s
y homilía, 1026ss
y participación, 1563ss
y profesión de fe, 1652s
y sacramentales, 1782, 1793s
y María, 2040s
Sacramentum
/ Misterio
SACRIFICIO,
1814-1833
y sangre en la celebración, 340
de Cristo, 507s
SAGRADO,
1834-1850
/ Religiosidad
popular y liturgia, /Sacramentales, /Secularización
sacralidad del tiempo, / Fiesta/ Fiestas
lengua sagrada, 1119ss
tiempo sagrado, 1974ss
SALMOS, 1850-1868
salterio, 1133
en la liturgia de las Horas, I178ss
recitación/cantilación, 269
Sangre
— en la
celebración, 339 2133
SANTOS, CULTO DE
LOS, 1873-1892
en el calendario eclesiástico, 260
y domingo, 612
santidad femenina, 1400
en la eucaristía, 752
santificación en el CDC, 1195s
santificación y liturgia de las Horas,
1186ss
Satanás
— renuncia
a S., 199
Secretariado
Nacional de Liturgia,
1499
SECULARIZACIÓN,
1892-1907
y culto cristiano, 501
y domingo, 595
Sede
apostólica
— y derecho
litúrgico, 550
Sello
— en la
confirmación (signación), 437
Seminario
como comunidad litúrgica, 906s
y oración personal, 910
Ser
— y sagrado
en Heidegger, 1842
Sexo
—
"impureza" sexual de la mujer, 204, 1390, 1397
SIGNO/
SÍMBOLO, 1909-1920
/
Psicología, / Comunicación en la eucaristía
liturgia como acción
simbólica, 102s
dimensión simbólica, 123ss
asamblea como s., 169ss
en la catequesis, 323ss
consagración de vírgenes,
469s
y culto, 525s
índice
analítico
y dedicación de iglesias, 543s
actividad simbólica de la naturaleza,
637
valor de los signos, 654ss
lenguaje simbólico y
formación litúrgica, 886s
ambivalencia del grupo como s., 933ss
y liturgia, 1152 .
"sacramentum" en
Agustín, 1324
s. litúrgico y realidad humana,
1594
y profesión de fe, 1649ss
rito y dimensión simbólica,
1727
"campo simbólico" y
rito, 1747
sacramentalidad del s. como fundamento
de la espiritualidad litúrgica, 685ss
s. sacramental y celebración de la
historia de la salvación, 1008ss
SILENCIO,
1921-1930
y animación, 106
en la liturgia de las Horas, 1182ss
y comunicación, 398s
y Espíritu Santo, 712
Simbolismo
de los ornamentos/vestidos, 158, 160s,
1448
de la sangre, 340
del agua, 640ss
de la luz y del fuego, 642-647
de la ceniza, 647
y tecnología, 1232
en la liturgia bizantina, 1531
sacramental, 1800s
Sínodo de
Pistoia
/ Movimiento
litúrgico, 1367s
SOCIOLOGÍA,
1931-1942
escuela sociológica y fiesta, 859ss
s. del grupo, 934ss
dimensión social y liturgia,
1688ss
índice
analítico
Sucesión
apostólica
— y
ministerio, 1279, 1287
Tabernáculo
/ Lugares de
celebración
Témporas
hoy, 197 ls
Teofanía
— y fuego,
644s
TEOLOGÍA
LITÚRGICA, 1948-1966
/ Fe y liturgia
ambrosiana, 84
de la virginidad consagrada, 465ss
y lenguaje litúrgico, 1122ss
en la basílica, 1216s
del matrimonio, 1247ss
de los misterios, /Misterio
t. litúrgico-sacramental y participación,
1566s
pastoral, 1583ss
de la plegaria eucarística, 1635s
y fenómeno de la religiosidad popular,
1724, 1727, 1730ss
del sacerdocio, 1763ss
de los sacramentales, 1785ss
Testimonio
/ Compromiso
TIEMPO Y
LITURGIA, 1972-1988
/Fiesta/Fiestas,
/Historia de la salvación, / Tiempo ordinario
sábado hebreo, 600ss
domingo, 602ss
tiempos sagrados en el CDC, 1202s
y religiones no-cristianas, 1715
secularización de los tiempos litúrgicos,
1902s
TIEMPO ORDINARIO,
1967-1972
Tinieblas
/ Elementos
naturales, 643ss
2134
Tipología
bautismal, 206
t. bíblica del agua, 640ss
TRABAJO,
1989-1994
Tradición
/
Profesión de fe
en el derecho litúrgico, 558
t. litúrgica, 844-849
t. litúrgica de la
antigüedad, 1204
TRADUCCIÓN
LITÚRGICA, 1994-2003
— y reforma
litúrgica, 1696
Trinidad
(dimensión trinitaria)
y acción litúrgica, 346s
y misterio de Dios, 1072
y penitencia, 1604s
y profesión religiosa, 1671
Unción/
Unciones
prebautismal, 200
posbautismal, 201s
en la confirmación, 437
y dedicación de las iglesias,
534ss
en la liturgia, 648s
en la ordenación, 1484
UNCIÓN DE
LOS ENFERMOS, 20142028
y ecumenismo, 631
en el CDC, 1200
Unidad y variedad
en la creatividad, 488s
y cultura, 520
unidad, no uniformidad y derecho
litúrgico, 557
en la proyectación de una iglesia,
1225s
de los estilos celebrativos, 723ss
Velo,
velación
— en la
consagración de vírgenes, 457, 464s
2135
— en el
matrimonio, 1246
Vida
/ Existencia
cristiana y liturgia
celebración como v., 348, 889s
y culto, 505-510
simbolizada en el agua, 639ss
hambre, alimento y v., 650
formación litúrgica para la
v., 896s
misterio pascual y existencia cristiana,
1363s
y participación, 1562s
consagrada, 1670ss
y sacramentales en LG y GS, 1785
en Cristo, / Espiritualidad litúrgica
v. cristiana y Cristo-tiempo, 1980s,
1987s
Vida de los
santos
— actas,
pasiones y leyendas, 1877ss
índice
analítico
VIRGEN
MARÍA, 2030-2059
/ Religiosidad
popular/II
en el adviento, 51
y consagración de vírgenes,
468s
como mujer, 1391s
en la eucología, 768s
devociones marianas y liturgia, 576s,
1161
procesiones en honor déla V.M.,
1645s
Vírgenes,
1392
VIRGINIDAD
CONSAGRADA EN
/
Consagración de vírgenes, / Profesión religiosa
Vísperas
significado de las v., 1173s
estructura actual de las v., 1175
Viudas, 1392
ÍNDICE DE
LAS VOCES
Adaptación
(A. Chupungco) 33-49 Adviento (A. Bergamini) 50-53 Ambrosiana (Liturgia) (A. M.
Triacca) 53-86 Animación (L. Brandolini) 96-110 Antropología
cultural (A. N. Terrin) 111-135 Año litúrgico (A. Bergamini)
136-143 Arquitectura (E. Abruzzini) 144-155 Arte (V. Gatti) 156-165 Asamblea
(A. Cuva) 165-180 Asambleas sin presbítero (D. Sartore) 181-187
Bautismo (A.
Nocent) 189-207 Bendición (M. Sodi) 210-228 Biblia y liturgia (A. M.
Triacca) 230-249
Calendario
litúrgico (J. López Martín) 258-264 Canto gregoriano (I.
Fernández de
Dedicación
de iglesias y de altares (P. Jounel) 531-548 Derecho litúrgico (A. Cuva)
548-560 Devociones y litúrgica (J. López Martín) 562-581
Diaconado (D. Borobio) 582-591 Domingo (L. Brandolini) 594-612 índice de
las voces 2138
Ecumenismo (P.
Tamburrino) 614-633 Elementos naturales (S. Rosso) 635-657 Escatología
(J. Castellano) 659-675 Espiritualidad litúrgica (B. Neunheuser) 676-700
Espíritu Santo (A. M. Triacca) 702-716 Estilos celebrativos (L.
Brandolini) 720-729 Eucaristía (P. Visentin) 729-758 Eucología
(M. Auge) 759-770 Evangelización y liturgia (M. Ramos Sánchez)
772-777 Exequias (F. Brovelli) 777-791 Existencia cristiana y liturgia (B.
Haring) 793-800 Exorcismos y liturgia (J. B. Cortés) 801-824
Familia (D.
Sartore) 826-839 Fe y liturgia (F. Brovelli) 840-852 Fiesta/Fiestas (S.
Maggiani) 854-875 Formación litúrgica (M. L. Petrazzini) 883-902
Formación litúrgica de los futuros presbíteros
(D. Sartore)
903-912
Gestos (C.
Cibien) 913-926 Grupos particulares (G. Venturi) 929-941
Hispana, Liturgia
(J. Bohajar, I. Fernández) 943-964 Historia de la liturgia (B.
Neunheuser) 966-996 Historia de la salvación (A. Pistoia) 998-1014
Homilía (L. Della Torre) 1015-1036
Iglesia y
liturgia (D. Sartore) 1039-1050 Iniciación cristiana (A. Nocent)
1051-1068
Jesucristo (A. Cuva)
1071-1091 Jóvenes (W. Ruspi) 1093-1102
Leccionario de la
misa (J. López Martín) 1103-1113 Lengua/Lenguaje litúrgico
(G. Venturi) 1113-1126 Libros litúrgicos (I. Scicolone-P. Farnés)
1127-1143 2139 índice de las voces
Liturgia (S. M
arsili) 1144-1162 Liturgia de las Horas (V. Raffa) 1164-1190 Liturgia en el
NCDC (A. Cuva) 1191-1203 Liturgias locales antiguas (J. Pinell) 1203-1211
Lugares de celebración (F. Jounel) 1211-1229
Mass media (P.
Serracino Inglott) 1230-1238 Matrimonio (G. Colombo) 1240-1252 Memorial (B.
Neunheuser) 1253-1271 Ministerio/Ministerios (E. Lodi) 1273-1292 Misal romano
(J. López Martín) 1293-131Q Misiones y liturgia (J.
López-Gay) 1311 -1320 Misterio pascual (P. Sorci) 1342-1364 Movimiento
litúrgico (B. Neunheuser) 1365-1381 Movimiento litúrgico en
España (J. M. González Jiménez) 1383-1387 Mujer (R.
Goldie) 1388-1403
Navidad/Epifanía
(A. Bergamini) 1405-1408 Niños (E. Mazza) 1409-1416 Nuevas plegarias
eucarísticas (M. Carmona García) 1417-1435
Obispo (E. Lodi)
1438-1446 Objetos litúrgicos/ Vestiduras (A. Cuva) 1446-1454
Oración y liturgia (J. Castellano) 1456-1473 Orden/Ordenación (G.
Ferraro) 1474-1492 Organismos litúrgicos (M. Ossi-J. M.a
Cañáis) 1494-1509 Orientales, Liturgias (D. Gelsi) 1510-1536
Padres y liturgia
(M. Pellegrino) 1538-1545 Participación (A. M. Triacca) 1546-1569 Pascua
y pentecostés (J. Bellavista) 1573-1576 Pastoral litúrgica (L.
Della Torre) 1576-1599 Penitencia (P. Visentin) 1600-1624 Plegaria
eucarística (F. Brovelli) 1625-1637 Procesión (S. Rosso) 1639-1647
Profesión de fe (A. Donghi) 1648-1658 Profesión religiosa (M.
Auge) 1659-1672 Promoción humana y liturgia (M. Magrassi) 1674-1682
Psicología (L. M. Pinkus) 1683-1690 índice de las voces
Reforma
litúrgica (G. Pasqualetti)Religiones no-cristianas y fiestas (P.
Rossano)Religiosidad popular y liturgia (A. N. Terrin-J. Castellano)Rito/Ritos
(S. Maggiani)
Sacerdocio (B.
Baroffio) Sacramentales (A. Donghi) Sacramentos (S. Marsili) Sacrificio (B.
Neunheuser) Sagrado (A. N. Terrin-D. Sartore) Salmos (J. Gibert Terruel)
Santos, Culto de los (P. Jounel) Secularización (M. Sodi)
Signo/Símbolo (D. Sartore) Silencio (D. Sartore) Sociología (S.
Maggiani)
Teología
litúrgica (S. Marsili) Tiempo ordinario (J. López Martín)
Tiempo y liturgia (A. M. Triacca) Trabajo (D. Sartore) Traducción
litúrgica (G. Venturi) Triduo pascual (J. Bellavista)
Unción de
los enfermos (G. Colombo)
Virgen
María (J. Castellano) Virginidad consagrada en la iglesia (I. M.
Calabuig-
R. Barbieri)
1691-1711 1714-1721
1722-1741 1743-1751
1755-1776
1778-1796 1797-1813 1814-1833 1834-1850 1850-1868 1873-1892 1892-1907 1909-1920
1921-1930 1931-1942
1948-1966
1967-1972 1972-1988 1989-1994 1994-2003 2004-2013
2014-2028
2030-2059
2061-2080